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SOBRE LOS LLAMADOS SILBATOS CELTIBERICOS.
UNA PROPUESTA DE INTERPRETACION POR ZOA ESCUDERO NAVARRO n ARTURO BALADO PACHÓN C)
RESUMEN En el presente articulo proponemos una nueva interpretación para los objetos realizados en asta de ciervo que tradicionalmente se han identificado con silbatos o instrumentos musicales.
A partir de otros elementos europeos semejantes, creemos que las piezas de la Península Ibérica se corresponden con camas de bocado de caballo, psalia, y que, hoy por hoy, deben fecharse claramente en la Segunda Edad del Hierro.
En primer lugar, vamos a realizar una descripción general del tipo con sus variantes, para pasar a continuación a mostrar el inventario de los ejemplares hispanos, incluyendo tanto los conocidos hasta ahora bibliográficamente como algunos inéditos que daremos a conocer.
Como ya hemos avanzado, se trata de piezas realizadas sobre asta de ciervo, aprovechando generalmente el extremo de un candil o pitón lo que les confiere su aspecto caracteristico curvado y terminado en punta.
Presentan como primera caracteristica común, un corte en bisel realizado en la mitad inferior de la cara interna de las piezas que únicamente queda marcado de forma brusca en su parte más gruesa.
En este corte se realiza una perforación que atraviesa totalmente el núcleo esponjoso del asta, comunicándole con el exterior por la zona de la base.
Algunos ejemplares sustituyen el corte en bisel por una profunda muesca o escotadura con sus dos extremos iguales, en la que, como ocurriera con las anteriores, se efectúa la perforación del núcleo del asta.
Perforación del núcleo y muesca en forma de bisel o de escotadura son los atributos básicos que definen el tipo que, además, presenta otras características comunes a la mayoría de las piezas; entre éstas se encuentra la de ofrecer siempre el tercio superior desprovisto de corteza y pulido.
Ocasionalmente esta labor alcanza otros sectores, con preferencia de la cara interna, siendo la zona mediabaja de la cara externa la que con más frecuencia conserva la corteza original.
En algunos ejemplares son apreciables las facetas que produjo el instrumento cortante utilizado para realizar dicha tarea.
Señalaremos, por último, cómo en algún caso (por ejemplo la pieza procedente de Paredes de Nava) son apreciables en el tercio inferior huellas de una intensa fricción que ha ennegrecido la zona.
La Dehesa de Morales (Fuentes de Ropel, Zamora) De la colección de D. Nicasio Rodríguez se conocen tres piezas realizadas sobre asta de ciervo procedentes del castro zamorano de la Dehesa de Morales o Morales de las Cuevas.
De los tres ejemplares, dos (Fig. 1) corresponden al tipo que tratamos, más concretamente al que hemos denominado de corte en bisel (1).
Bibliografía.-Balado y Escudero, 1988 (En prensa).
El conjunto de poblados del Soto de Medinilla, situado al norte del casco urbano de la ciudad de Valladolid, resulta de sobra conocido por tratarse de un yacimiento" clave en los estudios sobre la Edad del Hierro de la Meseta Norte (Wattenberg, 1959: 176-207; Palol y Wattenherg, 1974: 181-195; --====---====--, 1978).
De recientes excavaciones en el yacImIento (Escudero Navarro, 1988: 32-41) procede un ejemplar de este tipo del más moderno de los dos niveles celtibéricos constatados (Fig. 2, 1).
Su longitud actual es de unos 12 cms., si bien en origen era algo mayor ya que se encuentra fracturado en su extremo.
Corresponde al tipo denominado de escotadura.
Las Quintanas (Valoria La Buena, Valladolid)
El yacimiento de las Quintanas en Valoria la Buena es un importante núcleo de época celtibérica que, a pesar de su envergadura, apenas aparece recogido en la bibliografía (Martín Valls y Delibes de Castro, 1978 a: 222, fig. 2; Mañanes, 1983: 74, fig. XXXVIII-3 y 4).
El poblado, que conforma un auténtico lell, ocupa una extensión de unas 25 Has. y aparece, bordeándolo por el sureste, una serie de grandes manchas -quizás cenizales-en los que se aprecian abundantes restos, principalmente de cerámica.
En uno de estos manchones localizamos una pieza (Fig. 2, 2) en prospección superficial (2).
Se trata de un ejemplar que, como el anterior, está fracturado en su extremo, siendo su longitud actual de 9,5 cms.
Pertenece al grupo de los denominados de corte en bisel.
Poco es lo que sabemos de esta pieza que tan sólo conocemos a través de una breve referencia bibliográfica en la que no se especifica el yacimiento del que proviene, ni si este estaba enclavado en la capital palentina o en su provincia.
Poseemos, eso sí, una somera representación del objeto que permite al menos comprobar que se trata de un ejemplar del mismo tipo que los anteriores (Fig. 3, 6), pero que presenta la particularidad de que en él aparecen reunidos los dos elementos que en otras piezas habíamos visto por separado, la escotadura y el bisel.
El orificio que perfora el núcleo del asta parte del último de ellos.
Posee este ejemplar, además, un engrosamiento en su extremo apuntado a modo de remate cónico.
Paredes de Nava (Palencia) Perteneciente a la colección Blanco Rivera (3) conocemos un ejemplar procedente de Paredes de' Nava (Fig. 3, 1), del que no sabemos con certeza el lugar en que fue localizado, si bien podemos presumir que fuera en el importante núcleo celtibérico, situado en la citada localidad palentina, conocido como «La Ciudad,.
Presenta esta pieza, de 13,8 cms. de longitud, la típica perforación del núcleo y el corte en bisel en su cara interna.
Posee la peculiaridad de estar íntegramente pulido, así como la de mostrar rebajada la zona opuesta al bisel.
Precisamente en estos dos puntos, el bisel y la parte rebajada de la cara opuesta, son apreciables huellas de una intensa fricción que ha ennegrecido ambos sectores.
(2) Correspondiente a la campaña de 1986-87 del Inventario Arqueológico Provincial de Valladolid.
(3) Agradecemos a D. José Luis Blanco Rivera, asi como.a sus hijas Pilar y Ana. las facilidades prestadas para acceder a dicha pieza.
La Cuesta del Moro en Langa de Duero es un notable poblado celtibérico que posiblemente perdura hasta la época romana y al que se ha intentado identificar con el enclave, citado en las Fuentes, de Segontia Lanca (Taracena, 1929: 31-32; Idem, 1932: 61; Idem, 1944: 90).
El conocimiento de piezas como las que venimos tratando en este yacimiento soriano nos viene dado, únicamente, por una referencia escrita sin que en la publicación aparezcan los ejemplares reproducidos, ni en dibujo, ni fotográficamente, por lo que desconocemos tanto su tipología como su número.
Numancla (Soria) Sabemos al menos de dos ejemplares procedentes del celebérrimo yacimiento soriano (Fig. 3, 3 Y 4) de los que, como es norma en todos los presentados por la bibliografía, apenas conocemos más de ellos que su propia representación -en este caso fotográfica-y que están realizados sobre asta de ciervo (4).
Ignoramos si proceden de los niveles celtibéricos o romanos, cuestión esta interesante, ya que de ambiente romano se conoce otra pieza que proviene de uno de los campamentos con que Escipión cercó a la capital arévaca (Fig. 3, 2).
En cuanto a su tipología, y por lo que se puede apreciar, uno de los ejemplares de Numancia podría pertenecer al. tipo de escotadura (Fig. 3, 4), mientras que los otros dos se encuadran, con toda seguridad, dentro del tipo más común de bisel.
La Hoya (Laguardia, Alava) De este yacimiento de la Rioja alavesa conocemos al menos cuatro piezas que, como las anteriores, están realizadas sobre asta de ciervo y de las que tan sólo poseemos una representación fotográfica, por lo que a la hora de su adscripción hemos de basarnos en nuestras propias apreciaciones.
Todas ellas parecen estar completas y tan sólo una presenta la escotadura marcada, mostrando las demás el sistema del bisel.
Por lo demás, todas poseen la típica perforación del núcleo esponjoso y en alguna se adivina un desbastado y pulido que parece afectar a la mayor parte de la pieza.
(4) En realidad las piezas de Numancia podrian ser cuatro: que son las que presenta Paulsen, sin embargo la calidad de la fotografía no nos permite atribuir como seguros más que dos de los ejemplares.
Nuestro propósito en el siguiente apartado es el de aproximarnos a la funcionalidad del conjunto de piezas descritas que tan frecuentemente han sido identificadas, sin ningún fundamento a nuestro juicio, con instrumt: ntos musicales tales como silbos (Llanos, 1983: 18), silbatos (Paulsen, 1931: 271) o silbatos de caza (Schulten, 1927: 254) y ponerlas en relación, a partir de otros ejemplares próximos en su tipología, aunque de origen extrapeninsular, con elementos de arreo de caballo.
La utilización de piezas de hueso o asta de ciervo como camas de bocado de caballo -psaliaestá perf ectamenle atestiguada en Europa oriental y central (Mozolics, 1953: 69-113; Foltny, 1967: 11-37) desde los inicios del Bronce Medio y si bien para el caso del occidente europeo los estudios se encuentran menos desarrollados y se basan sobre todo en los tipos metálicos, son conocidos igualmente ejemplares fabricados en materiales orgánicos con esta misma función aunque de cronología quizá algo más avanzada (Roes, 1960: 68-72; Balkwill, 1973: 425-452; Britnell, 1976: 24-34; HüUel, 1981).
Estas piezas europeas antiguas, en uso ya desde el segundo milenio antes de la Era, y concretamente las realizadas en asta, presentan una variada tipología si bien coinciden básicamente en su fonna curva -dependiente de la materia prima en la que se fabrican-y en el número de pefforaciones, que puede llegar a ser elevado aunque normalmente es de tres, sobre todo en los ejemplares ya de finales de la Edad del Bronce (Fig. 4, 1, 2 y 4), mientras que para la Edad del Hierro puede considerarse característica la aparición de modelos con escotadura o muesca y una única perforación que atraviesa el extremo más grueso de la pieza (Roes, 1960: 68
Siguiendo el esquema de reconstrucción propuesto por Britnell (1976: 26-29, fig. 3A) para estos tipos de la Edad del Bronce los ejemplares de asta formarían parte de un par en origen utilizado en el arnés del caballo para solucionar la unión de los tres elementos principales del arreo: la cabezada, las riendas y el bocado que pudo estar frecuentemente realizado en materiales orgánicos y no rigidos, como son el cuero o la cuerda, aunque el uso de bocados metálicos no fuese en absoluto desconocido en esta misma época.
Parece aceptada de forma general la idea de que los psalia de asta o hueso, probablemente junto a otros de madera que no han llegado hasta nosotros, constituyeron los modelos más antiguos antecesores de lo que serian los tipos de metal (Childe, 1930: 104; Clark, 1955: 450).
No obstante y con independencia de la zona o grupo cultural en que apareciesen los bocados metálicos, en un momento que debe relacionarse con el desarrollo tecnológico del Bronce Final (Childe, 1930: 104; Balkwill, 1973: 427), lo más probable es que las piezas de asta o hueso siguieran utilizándose con preferencia a las de bronce o en combinación con ellas hasta la generalización de los bocados enteramente de hierro (Britnell, 1976: 29; Lión Valderrábano, 1970: 102).
A pesar de que los tipos metálicos, especialmente los de bronce, no reproducen con exactitud los modelos en asta -con toda probabilidad porque resultarian demasiado pesados (Britnell, 1976: 30)-lo cierto es que existen notables similitudes entre muchas de las piezas realizadas en uno y otro material.
Así, entre otros casos, los ejemplares de bronce del escondrijo británico de Isleham -siglo VlIl a.
C. (Fig. 5, 2), recuerdan en lo esencial el esquema de los psalia de asta, concretamente de aquellos que parecen caracteristicos de la Edad del Hierro y poseen una única perforación.
Debemos señalar igualmente la existencia de este mismo tipo de piezas en territorios extraeuropeos.
Así, psalia de asta y hueso de la Edad del Bronce se documentan en diversos yacimientos de Anatolia (Hüttel, 1981: 42) y del Cáucaso (Roes, 1960: 60, nota 1), mientras que en momentos más avanzados aparecen asociados ya a bocados de hierro en los montes Altai (Rudenko, 1970, pI.
Elementos muy semejantes se hallan representados en relieves asirios en torno al 700 a.
C. (Fig. 5, 1), aunque casi' con toda seguridad corresponden a ejemplares enteramente metálicos (Roes, 1960: 69).
A partir de estos modelos europeos y asiáticos creemos que las piezas peninsulares pueden adscribirse sin dificultad al grupo de las denominadas camas de bocado de caballo o psalia realizadas en asta y concretamente al tipo de muesca o bisel y una sola perforación caracteristico de la Edad del Hierro pero que se documenta así mismo en etapas mucho más recientes (5).
Las piezas que conocemos y presentamos proceden todas ellas de yacimientos ocupados únicamente durante la Segunda Edad del Hierro, o con un asentamiento romano sobre anteriores niveles (5) En este sentido resulta muy llamativa la semejanza de nuestros ejemplares con los procedentes de yacimientos medievales de Frisia, probablemente de los siglos VII-VIII, aunque no todos ellos son interpretados como psalitl (Roes, 1960: celtibéricos y, en este sentido, coinciden claramente con la tipología asignada para esta etapa en otros territorios.
De la existencia de estos tipos en asta de ciervo durante la época celtibérica no cabe duda a la vista de los ejemplares aparecidos en yacimientos que no alcanzan la romanización como son los vallisoletanos de Valoria la Buena y El Soto de MediniUa o el alavés de La Hoya.
Las piezas de Soria, Zamora y Palencia podrian pertenecer igualmente a las ocupaciones romanas de estos enclaves, sobre todo si tenemos en cuenta que en Dinamarca, Alemania y Austria parecen existir modelos similares en dicha época (Roes, 1960: 70, notas 7 y 8), así como en la propia Península Ibérica (Mountinho Alan; ao, 1984: 80-81, fig. 386.2) (6).
Es de lamentar la imposibilidad de realizar más precisiones cronológícas sobre estas piezas dada la sucinta y, en ocasiones, confusa información acerca de su posición estratigráfica o contexto en aquellas que proceden de excavaciones y la carencia total de datos en el caso de las conocidas mediante prospección.
No obstante, resulta significativo que todas ellas se adscriban a ambientes celtibéricos o celtíbero-romanos y no se conozcan modelos similares a estos o a los europeos de la Edad del Bronce en ningún otro yacimiento de época anterior; citaremos, como excepción, la dudosa pieza almeriense de Fuente Alamo (Arteaga y Schubart, 1977: 273-274, fig. 12, O) que, aunque de hueso y fechada precisamente en el Bronce Tardío, correspondería a un tipo en todo diferente al que nos ocupa.
Tomando como punto de partida los modelos ya mencionados y la morfología de nuestros ejemplares, proponemos una reconstrucción posible para su utilización:
Considerando la existencia de una única perforación vertical en el extremo grueso del asta y la presencia de la escotadura o el bisel en la cara interna de la misma, creemos que el bocado -que podría estar realizado tanto en material flexible como en metal-se sujetaría, bien anudado directamente o a través de anillas, en las muescas de cada uno de los psalia que permanecerían unidos a la quijera por dos correas que, en forma de Y, se unirían a los extremos del asta (Fig. 6).
Las ríendas -el elemento que ejerce en definitiva el efecto sobre la gobernabilidad del animal-(6) Respecto a la Posibilidad de que alguna de las piezas que presentamos corresponda a la época romana ya hemos seflalado como ninguna de eUas posee en este sentido una procedencia segura y, en cualquier caso, siempre existe una superposición de los niveld romanos sobre otros anteriores de la Segunda Edad del Hierro.
Debe exceptuarse el ejemplar procedente de uno de los campamentos en tomo al enclave numantino, aunque en este caso creemos que la relación con el yacimiento celtibérico puede justificar su presencia piezas (Soto de Medinilla.
Paredes de Nava.... etc.) parece imposible que a través del mismo haya podido pasar una correa o cuerda.
Por ello. creemos que en este punto se sujetaría el resto de la cabezada a través también de una anilla.
Respecto al extremo apuntado. desconocemos que sistema se utilizó para su sujeción ya que no aparecen perforaciones ni muescas de ningún tipo. pero podemos suponer que quizá fuese suficiente con un anudamiento de la correa en tornu al asta.
En este sentidu. el ejemplar palentino (Fig. 3, 6) presenta un engrosamiento en el extremo que pudiera haber servido de tope para la correa atada en esa zona. sobre todu si tenemos en cuenta que la tracción de las ríen das se ejerce siempre hacia atrás y hacia abajo.
Lo que es seguro es que resulta imprescindible la existencia de dos correas que unan ambos extremos de la pieza con la quijera pues con un solo puntu de sujeción la cama del bocado sería inutil. y en estu nu estamos de acuerdo con Roes (1960: 70) para quien sería suficiente que la pieza se anuda~e sólo en un extremo además de en el bocado.
La aparición de evidencias claras de roce y pulimento no intencionado en las zonas del bisel de algunas de las piezas que presentamos, así como en su cara inferíor y sobre todo en el lateral interno -precisamente aquel que iría en contacto con la piel del animal-parece apoyar la interpretación que proponemos para tales piezas cuya funcionalidad ha sido objeto de diversas hipótesis.
Así. la existencia de ejemplares de muy diverso tamaño y la presencia en los mismos de grados diferentes de pulimento ha obligado a algunos autores a buscar otras funciones para este grupo.
Roes (1960: 71-72) interpreta que sólo las piezas pequeñas y con fuerte pulimento o roce en la zona de la muesca corresponden a psalia y propone que el resto pudieran haber sido empleados como útiles para bardar. hacer trabajos de cestería o tejidos de cuerda, apoyándose además en la facilidad con que estos ubjetos pueden sujetarse con las manos de forma que el pulgar descanse sobre la muesca.
Más improbable parece la propuesta de Bueles. recogida por Roes (1960: 71. nota 7), para quien estos tipos -si bien es cierto que se refiere a los ejemplares medievales frisios. por otro lado tan semejantes a los nuestros-, podrian haber sido utilizados como dientes de un escarificador (7).
Ya nos hemos referido anteriormente a las atribuciones a instrumentos de viento, que opinamos son precisamente las menos fundamentadas de todas las que se han propuesto.
Por todo ello opinamos que la interpretación de estos objetos como camas de bocado de caballo es la que presenta mayores posibilidades de realidad.
Reconocemos sin embargo la existencia de imprecisiones o de aspectos discutibles en nuestra atribución.
La notable diferencia de tamaño entre ejemplares de idéntica tipología (pueden compararse entre sí algunas de las piezas del yacimiento de La Hoya o las piezas zamoranas), la fragilidad que acusarian aquellos casos en que como la de Valoría la Buena (Fig. 2, 2) o el de la Dehesa de Morales (Fig. 1, 2) la perforación del extremo grueso presenta un diámetro considerable, son cuestiones que no pueden obviarse; del mismo modo, la falta de perforaciones a lo largo del extremo apuntado de la pieza dificulta notablemente su comprensión en relación con el resto de elementos de la cabezada.
Así pues, hasta el momento en que aparezca alguno de estos ejemplares en su contexto y asociados a elementos que definan su función, debemos conformarnos con aceptar aquellas hipótesis más plausibles.
Por otro lado, son varias las cuestiones que nos plantea el recocimiento de las referidas piezas como parte de los arreos de caballo de época celtibérica.
En primer lugar, debemos referirnos al ámbito geográfico donde, por ahora, aparecen documentados los psalia de asta, la mitad septentrional de la Península Ibérica y de forma mayoritaria la Meseta Norte (Fig. 7).
Basta repasar los catálogos de materiales metálicos de los yacimientos de la Segunda Edad del Hierro, básicamente los de necrópolis (Schüle, 1969, tafeln 27, 29, 35, 42. etc.), para comprobar que en época contemporánea se están realizando bocados completos íntegramente metálicos -de hierro sobre todo-con una tipología idéntica a la existente en la misma etapa en territorios europe~s (Taffanel, 1962: 3-32, figs. 9-11 y 24).
Debemos hacer notar, como antes hicieran (7) Roes (1960: 71) critica. a nuestro juicio acertadamente. esta interpretación en el sentido de que las piezas mostranan necesariamente una gran erosión en sus extremos apuntados al haber sido empleadas para labores agncolas y en la realidad tal zona no presenta otros rasgos más que un cuidadoso pulimento o un facetado. otros investigadores (Clark, 1955;450; Roes, 1960: 70), la marcada dualidad entre los lugares de aparición de los bocados de asta -siempre en poblados-y los metálicos -básicamente en necrópolis-o Este aspecto, si bien puede expresar una diferencia de uso de las piezas en virtud de la consideración del metal como un elemento de prestigio (los bocados de hueso corresponderian al. tipo vulgar mientras que los de bronce o hierro estarlan al alcance tan sólo de una minoría que los llevarla a las tumbas como un signo más de su riqueza), distorsiona ciertamente, para el caso de nuestro territorio, la imagen de su distribución espacial, por cuanto se desconocen casi totalmente las necrópolis en las zonas de los valles del Duero y del Ebro, mientras que en la Meseta Sur el número de poblados excavados es insignificante.
No debe desecharse, sin embargo, la existencia de otros factores, quizá de tipo cultural -aunque por ahora nada puede apuntarse en este sentido-, dignos de tomarse en cuenta'a la hora de explicar su localización exclusiva en esta zona.
No cabe en este caso aludir a la tan común interpretación de la estrecha dependencia de la cultura celtibérica con respecto al mundo.. céltico,. o.. hallstáttico,. centroeuropeo, ya que la semejanza entre los modelos de hierro del área del sur y los del interior permitiría suponer un origen común o unas mismas influencias para ambos casos, y por ello el conocimiento y uso de elementos de asta en los bocados debería haberse extendido del mismo modo en las dos zonas.
Un aspecto que dificulta la comprensión del origen y difusión de este tipo es el hecho de su ausencia, por lo que hasta ahora sabemos, en conjuntos peninsulares correspondientes a la Primera Edad del Hierro o al Bronce Final.
Su aparíción en estos ambientes explicaría con más facilidad la relación entre los modelos centroeuropeos e hispanos, si bien es posible que tales elementos no se incorporasen hasta un momento indeterminado de la Segunda Edad del Hierro por lo que se adoptarían los modelos en uso fuera de la Península, aquellos que presentan una sola perforación.
Este aspecto nos introduce en una nueva cuestión como es la de la relación de las piezas que venimos tratando con el uso del caballo en la protohistoria.
A pesar del mínimo conocimiento que poseemos sobre el aprovechamiento económico de los recursos animales, sabemos que el caballo está siempre presente en los conjuntos óseos de época celtibérica, así como de etapas anteriores, aunque la información sobre su uso es realmente exigua.
Para un momento avanzado de la Segunda Edad del Hierro, las Fuentes Clásicas mencionan con frecuencia la caballeria celtibérica como arma de guerra y la destreza de sus jinetes además de referirse a la abundancia de caballos en los bosques de la Meseta (8).
Una vez más debemos reconocer la falta de datos para aproximamos al uso del carro en esta zona ya que los restos poco significativos hallados en Numancia parecen corresponder a época romana (Fernández Miranda y Olmos, 1986: 79 y 150).
No hay más documentación en los poblados excavados y parece no existir un uso funerario de este elemento como ocurre en el mundo europeo de La Téne o incluso en etapas anteriores, aunque parece lógico suponer que grupos dinámicos como los celtibéricos, con evidentes relaciones comerciales y culturales con los pueblos vecinos, lo conociesen y utilizasen para el transporte de mercancía o personas sobre todo si tenemos en cuenta que desde el Bronce Final existen representaciones de los mismos (Almagro Basch, 1966; Almagro Gorbea, 1977: 185), si bien relacionadas básicamente con el mundo funerario, religioso o ritual.
Todo ello nos hace presumir la aparición de nuevas piezas a medida que se intensifiquen las excavaciones, especialmente en ambientes de la Edad del Hierro, lo que con seguridad ayudará a comprender y precisar el origen fonnal y cronológico de los modelos que ahora presentamos.
A pesar de la escasa información que poseemos sobre estas piezas y de la dificultad que entraña, por tanto, cualquier intento de aproximamos a su funcionalidad, creemos que pueden concretarse, a modo de conclusión, una serie de aspectos que ya hemos tratado más ampliamente en apartados anteriores:
-Los objetos fabricados en asta, normalmente de ciervo, para los que con frecuencia se han propuesto atribuciones relacionadas con instrumentos musicales -silbatos-pueden ponerse en relación más probablemente con piezas de arreo de caballo, en concreto con las camas de bocado o psalia.
(8) En las Fuentes se recogen menciones de los reclutamientos por parte de los romanos de caballería en los pueblos del interior de la Meseta (Livio, Frag.
Sobre la abundancia de caballos habla &trabón (W. IV.
53-54) destaca los numerosos caballeros que formaban parte de las tropas. concretamente de la ciudad vaccea de InlerroliD.
Así mismo. la imagen que ofrece el mundo funerario celtibérico parece confirmar la importancia de los jinetes como dementos de élite social. -Estas piezas deben relacionarse con las que aparecen en los territorios europeos durante la Edad del Hierro que tienen su origen y antecedentes en otros modelos, de distinta tipología aunque de idéntica funcionalidad y realizados también sobre asta de ciervo, documentados desde la Edad del Bronce tanto en Europa como en el m undo asiático.
-Los ejemplares localizados en la Península Ibérica presentan entre sí unos rasgos tipológicos comunes y aunque pueden diferenciarse dos grupos (los que presentan el corte en bisel y los que poseen escotadura), estos parecen carecer de significado cronológico, cultural o geográfico y, del mismo modo, no pueden descubrirse diferencias en su utilización.
No obstante, alguno de los rasgos morfológicos que diferencian entre sí a estos ejemplares -por ejemplo, su tamaño-sí pueden cuestionar que todos ellos hayan desempeñado una misma función.
-Desconocemos el momento en que se extendió su uso y las vías por las que se introdujeron o difundieron estos modelos pero, en relación con los datos que poseemos, debemos situarlos, desde el punto de vista geográfico, en la Meseta Septentrional (siempre al norte del Duero) y en el valle alto del Ebro y, en cuanto a la cronología, deben atribuirse claramente a la Segunda Edad del Hierro pudiendo haber perdurado ocasionalmente en época romana pero siempre en yacimientos que manifiestan continuidad de poblamiento sobre ocupaciones indígenas, o en estrecha relación con ellas.
-Este conjunto de piezas sólo se documenta en poblados, siendo contemporáneas a los arreos de hierro de distinta tipología tan frecuentes en las necrópolis de esta misma época.
De hecho, para su incorporación al arreo y funcionamiento, deben combinarse con elementos metálicos, algunos de los cuales, como el caso concreto de las piezas del bocado, pudieron ser sustituidos por materiales orgánicos (cuero, cuerda, etc.).
Quedan hasta aquí resumidos los rasgos más destacados que caracterizan a este grupo de piezas de asta de ciervo.
Nuevos hallazgos en mejores contextos arqueológicos deberán matizar o refutar totalmente nuestro intento de interpretación; en espera de datos más definitivos, valga nuestra propuesta para un conjunto que, atribuciones pintorescas aparte, ha permanecido prácticamente ignorado hasta nuestros días. |
RESUMEN Las faunas son elementos fundamentales en la reconstrucción de las economías y de los paisajes de los asentamientos humanos.
Esto ha sido ya puesto de manifiesto en numerosos trabajos.
Es por ello que actualmente no se concibe un análisis integral de un yacimiento antrópico que no incluya su correspondiente informe faunístico.
A pesar de esto, el papel desempeñado por la fauna en la interpretación de un complejo arqueológico no está exento de limitaciones.
No reconocer éstas puede inducir a cometer errores interpretativos que acaben lesionando la argumentación teórica.
En este trabajo se discuten algunos casos concretos procedentes de estudios llevados a cabo en la Península Ibérica.; Klein & Cruz-Uribe 1984; véanse también las nuevas revistas especificas recientemente surgidas como Ossa, Archaeozologin, Antropozoo[ógica, etc... ).
Tal desarrollo, como suele ocunir con frecuencia, ha producido algunos efectos secundarios nada positivos.
De este modo, y mientras casi todus lus profesionales piensan ahora que no es posible concebir una adecuada reconstrucción -paleocultural o paleoambiental-de un asentamiento arqueológico (s.l.) sin llevar a cabo un análisis faunístico, asistimos a lo que lleva camino de convertirse en un permanente desacuplamiento entre la obtención de datos y su interpretación.
En no poca medida tal hecho sea imputable al propio carácter «ccotónico» (es decir, multidisciplinario) de la Arqueozoología.
La multidisciplinaridad, en efecto, conlleva la confluencia sobre un mismo foco de atención de colectivos científicos con diferentes necesidades y expectativas.
Por esta razón creemos necesario advertir el hecho, antes de que el desacoplamiento antes referido se acabe convirtiendo en un divorcio «de facto,..
Básicamente éste ha sido el motivo de nuestra decisión de escribir estas líneas.
Para llevar a cabo interpretaciones coherentes de la fauna debemos percatarnos, entre otras, de cuatro circunstancias fundamentales: a) Las limitaciones impuestas a los datos por las características de la excavación, la tafonomía, el tamaño de la muestra y las limitaciones de los arqueozoólogos (colecciones comparativas incompletas, por ejemplo).
Estas limitaciones restringen la aplicación de ciertas metodologías (por ejemplo, osteometría) y restan capacidad informativa a los restos, por lo que inciden directamente sobre la fiabilidad a efectos interpretativos.
Ser capaz de reconocer todas y cada una de estas limitaciones en cada caso es labor del buen profesional.
No percatarse de estas (o alguna de estas) contingencias puede desembocar en comisión de errores o en situaciones de incomprensión por parte de aquellos que equiparan indefinición con desinterés (Hanison & Moreno 1984: 52).
Como corolario de estas limitaciones tenemos: b) La capacidad explicativa, la heurística, de los datos.
Este segundo aspecto deriva del anterior, como acabamos de ver, pero es mucho más trascendental que aquél.
Si el arqueozoólogo conoce bien las limitaciones de los datos que maneja, debería también ser capaz de saber en que medida los mismos le han de servir para abordar el análisis de ciertos problemas con garantías de éxito.
De otro modo, las consecuencias de su estudio pueden inducir a otros al error.
Volveremos sobre este punto en la siguiente sección.
En parte relacionado con estos dos puntos se encuentra: c) La correcta contextualización de los datos.
Debemos ser capaces de valorar en que medida los datos obtenidos son extrapoblables fuera de nuestro contexto.
El método inductivo, la generalidad a partir de la particularidad, es posiblemente inadecuado en ciencia (Popper 1973) pero, desde luego, lo es mucho más cuando se contextualizan datos de modo erróneo.
El peligro adicional estriba en que, con frecuencia, las conclusiones del informe faunístico pueden ser manejadas por otros que desconocen todo el proceso previo de elaboración metodológico-teórica por lo que las posibilidades de descontextualizar resultados aumentan de modo impredecible. d) La correcta conceptualización de los datos.
Siendo la Arqueozoología una encrucijada a caballo entre muchas otras ciencias, toma conceptos de unas y de otras, a veces de un modo indiscriminado.
El peligro entonces radica en que los conceptos de una determinada disciplina sean utilizados por profesionales con formación diferente que no acierten a manejarlos de un modo correcto.
La bibliografía abunda en ejemplos de este tipo sobre los que comentaremos algo más adelante.
De momento el mensaje es claro: sólo si hablamos un mismo lenguaje podremos estar seguros de comprendemos.
Una vez establecidos estos cuatro aspectos es momento de abordar la valoración de la materia prima de los informes faunísticos.
LOS DATOS: LIMITACIONES Y CALIDAD DE LA INFORMACION ARQUEOZOOLOGICA DISPONIBLE EN LA PENINSULA
La «concienciación» de los excavadores sobre la importancia de la fauna en tareas de interpretación histórica parece haber venido dictada, en no poca medida, por la cantidad y calidad de la información complementaria que poseían.
Así, los prehistoriadores han mantenido tradicionalmente estrechas colaboraciones con paleontólogos y arqueozoólogos mientras que la arqueología medieval ha sido la última en reclamar la ayuda de los analistas de fauna y aún hoy en día lo hace de un modo desigual.
Por lo mismo, la investigación arqueozoológica española no se adentra en las edades moderna y contemporánea a pesar de lo útil que su labor se ha revelado en análisis históricos llevados a cabo en otros países (Reitz & Scarry 1980).
Todo esto nos indica que la disponibilidad de datos es cuestión prioritaria a la hora de plantear una revisión critica sobre el papel heurístico de la Arqueozoología.
Existe un amplio sector de analistas de fauna que concede príoridad a las directrices que inspiran los trabajos (Meadow 1980; Hesse & Wapnish, 1985).
Evidentemente estamos totalmente de acuerdo con la idea de que si no existen nociones claras a la hora de plantear un proyecto de inve:;tigación, el trabajo irá perdiendo, imperceptible pero irremediablemente, datos a lo largo de las diferentes etapas de su desarrollo.
Lógicamente esta pérdida lesionará el valor de la información obtenida.
Ello es la razón de que propugnemos, entre otras medidas, una estrecha colaboración entre los directores de las excavaciones y los especialistas (arqueozoólogos en este caso) desde el comienzo del trabajo.
Hasta aquí estamos todos de acuerdo y es sólo cuestión de tiempo y voluntad hasta que se subsanen ciertas deficiencias de la labor en equipo derivadas de la tardía incorporación de la Arqueozoología a las tareas de campo.
Sin embargo, en algunos casos, la cuestión se plantea desde perspectivas más radicales.
En esta línea se sitúan aseveraciones como la de Torres (1988: 137) para quien «La relevancia de tales análisis (fa unís tic os) depende de la relevancia de los problemas que intentan resolver y el potencial de cada una de estas técnicas viene determinado por las necesidades y estímulos de la investigación».
Parece, pues, que se considera que los planteamientos son capaces de subsanar cualquier tipo de deficiencias inherentes a las muestras.
Por ello conviene elaborar algo más acerca de lo que hemos dicho en relación con las limitaciones y capacidad explicativa de los datos, situando éstos en el marco crono-espacial de la Península Ibérica, la zona que mejor conocemos.
España es un país que tardó en incorporarse a las corrientes arqueozoológicas.
Es más de un siglo después de los análisis pioneros de Rütimeyer (1861) cuando publica Altuna su estudio sobre' el Castro de las Peñas de Oro (Altuna 1965).
Esta tardía incorporación de la Arqueozoología en España, ampliable igualmente a Portugal, no ha sido obstáculo para completar valiosos trabajos a lo largo de las dos últimas décadas (véase recopilación bibliográfica en Davis 1989) pero lastra la cantidad de información de que disponemos a la hora de intentar visiones integrales sobre problemas específicos.
La Arqueozoología se ha llevado a cabo en zonas muy concretas de la geografía peninsular (el Sureste y País.
Vasco, secundariamente Levante y la periferia de Madrid y Sevilla-Huelva) y en períodos muy restringidos de nuestro pasado (Neolítico-Hierro y Paleolítico medio y superior, etc... ).
Más grave aún que esta repartición desigual de la información es su calidad a efectos de interpretación.
Esta calidad se ve mermada sobre una cuádruple vertiente: a) La pérdida sustancial de materiales debido a los métodos de recuperación de fauna.
En la gran mayoria de los casos, los informes faunísticos peninsulares han debido elaborarse a partir de muestras que no han sido cribadas ni flotadas, por lo que resulta imposible saber en que medida son representativas incluso de los materiales existentes en el sedimento en el momento de la excavación.
No volveremos a incidir sobre la importancia que esta pérdida de información acarrea por haber sido este punto discutido exhaustivamente en numerosos trabajos metodológicos de todos conocidos (Payne 1972; Gifford 1981; Gilbert & Singer 1982; Aaris-S0rcnsen 1983; Grayson 1984). b) Ausencia de contextos bien definidos y excavación parcial de yacimientos.
La representatividad y la calidad de la información en muestras faunísticas es, sobre todo, una cuestión de definición contextual (Uerpmann 1973) y no tanto de tamaño de la muestra (Davis 1989; ver apartado (d) más abajo) o de.e...inexistencia de criterios unificados de análisis y publicación de los resultados...,.
Una excavación en la que el contexto está mal precisado o es desconocido producirá pocos resultados fiables independientemente de la cantidad y calidad de los materiales recuperados.
Pensemos, por ejemplo, en contextos tales como los catalogados como.efondos de cabaña,..
Por otra parte, una excavación parcial, obligada con frecuencia por limitaciones de tiempo y presupuestarias, tampoco podemos estar seguros que sea significativa de todo un contexto o habitat de ocupación.
Las excavaciones de urgencia podrian considerarse como ejemplos clásicos de este tipo, aunque existen honrosas excepciones. c) Selección aprioristica de la zona de excavación.
Obligada con frecencia por las razones que acabamos de comentar, la selectividad de los lugares de excavación puede resultar nefasta a efectos de interpretación.
No llegaremos tan lejos como Uerpmann (1973) quien mantiene que la selectividad destruye la significatividad pero tenemos que ser más rigurosos en la determinación de contextos cuando se ha seleccionado previamente el lugar a excavar en un yacimiento.
De otro modo podriamos correr el riesgo de interpretar fauna funeraria o ritual como evidenciadora de una determinada economía ganadera, por ejemplo.
Tenemos conocimiento de casos de este estilo, alguno de los cuales será comentado más adelante. d) Tamaño de las muestras.
Aunque no llegamos a posturas tan tajantes como la adoptada por Davis (1989: 46) está claro que, por debajo de ciertos valores criticos, el tamaño de una muestra puede distorsionar seriamente la representatividad original de la misma, especialmente si el material no ha sido cribado.
Por otra parte, en muestras numérica o taxonómicamente reducidas la aparición de diferencias debidas a fenómenos aleatorios y el número de coincidencias que éstos provocan puede inducir a pensar en asociaciones o disociaciones de variables que son, en realidad, mero azar y no evidenciadoras de relaciones causales.
Para nuestra desgracia, muchas de las colecciones de fauna que estudiamos son tan pequeñas que poco o nada podemos inferir de las mismas.
Añadamos a estos cuatro factores otros derivados de la química edáfica (tan destructiva en zonas áridas), la diagénesis, la manipulación intencionada de huesos y conchas (fracturas, cortes, etc... ), etc... y completaremos un cuadro en donde queda bien claro el mensaje: bajo determinadas circunstancias el analista apenas si puede proporcionar algo más que una descriptiva de los restos remitidos para su estudio.
Sencillamente, los datos no dan para más.
Con esto retomamos la cuestión planteada al comienzo de esta sección, es decir, si los datos fallan, de nada sirven los buenos propósitos, los modelos teóricos o los programas de investigación bien concebidos en su origen.
Quien mantenga lo contrario, o bien no ha trabajado mucho con material de primera mano, o bien desea empeñar sus energías en cuestiones futiles comprometiendo al mismo tiempo el rigor de sus argumentos.
Por todo esto consideramos injustificado el comentario de Torres (1988: 155) sobre la.eauténtica capacidad infomativa» de una serie de informes que menciona en su texto.
Aunque quizás se nos escape el significado de este complejo término, lo cierto es que todo informe es informativo por definición.
Otra cosa és que los resultados no estén fundamentados en los datos que se proporcionan o que tales resultados sean de muy limitada aplicación fuera del contexto del que proceden.
En cualquier caso, no podemos atacar a un profesional que hace lo que se le solicita en la medida en que los datos se lo permiten.
Más injustificados aún son los comentarios de Harrison & Moreno (1984: 52) al respecto: «.•.la mayoría de los análisis faunísticos poseen metas muy limitadas... se dirigen a paleontólogos especializados.
Pocos estudios faunísticos se escriben para los prehistoriadores... cuando esto sucede, los resultados sOl 't'"iriviales~.
Aquí se está presuponiendo una falta de interés que en absoluto se corresponde con la realidad.
Si los informes faunísticos de Altuna, Van Den Driesch o Boessneck son básicamente descriptivos y marginalmente elucubrativos o teóricos no es debido a incompetencia o desinterés sino a que los datos, de momento, no pueden servir para más.
Por eso son aún más injustos estos autores cuando manifiestan que «... si los prehistoriadores no tratan de extraer el máximo de información de sus propias muestras faunísticas... el trabajo quedará sin hacerse ya que se encuentra fuera de los intereses y el campo de estudio de las restantes ciencias~ (Harrison & Moreno 1984: 52).
Tal afirmación equivale a la segregación de hecho de la Arqueozoología en las dos corrientes que mencionábamos al principio: la de los que estudian la fauna y la de los que la interpretan (<<... la utilización creciente de un número de análisis técnicos por parte de los arqueólogos tiene que ver con la necesidad de crear evidencias que resuelvan problemas concretos~ (Torres t 988: t 37).
Evidentemente, discrepamos de tales concepciones.
Supongamos de todos modos y, por un momento, que los datos son menos importantes que los postulados y que lo que interesa es, como propugnan estos autores, abordar ~~problemas concretos», a ser posible de ~~gran relevancia» e intentar «extraer el máximo de información de (sus propias) muestras faunísticas».
Tenemos algunos ejemplos de estos intentos en nuestra bibliografía.
Veamos cuales han sido los resultados.
La irrefutable teoría del policultivo ganadero
Creemos que en el trabajo de Harrison y Moreno (HM en lo sucesivo) se encuentran algunas de las deficiencias que evidencian muchas reconstrucciones paleoculturales (paleoeconómicas en este caso) basadas en un uso equivocado de los restos de fauna.
La teoría que intentan demostrar HM ha sido formulada previamente, bajo diferentes versiones, por otros autores.
HM se circunscriben a la llamada hipótesis 2PR de Sherrat (Sherrat 1981).
En esencia esta teoria mantiene que, con el tiempo y los efectos de una demografía humana en permanente aumento, los usos de las faunas domésticas se diversificaron.
A medida que los recursos ambientales disponibles iban siendo consumidos por los hombres, los animales domésticos, originalmente utilizados sólo como proveedores de carne, fueron también aprovechados por los' productos secundarios que fueron capaces de proporcionar específicamente.
La teoría mantiene que tales productos secundarios fueron una innovación tardía en las prácticas ganaderas pues supusieron el desarrollo de una serie de nuevas tecnologias, tales como la rueda o el arado que «... no fueron parte del complejo original de domesticación en Eurasia dado que aparecieron 3.000-4.000 años después de la introducción de la agricultura en Europa» (HM 1984: 51).
Aunque son muchos los puntos debatibles en esta teoría, el primero de los cuales es si los animales han sido realmente domesticados exclusivamente como proveedores de carne (Gauthier 1984; Mason 1985) nuestro objetivo no se centra en discutir las tesis de Sherrat, sino la aplicación que de las mismas hacen HM a una serie de asociaciones faunísticas ibéricas.
Abordaremos sus argumentaciones desde la base comentando secuenciadamente: 1) los datos que manejan, 2) las metodologías que les aplicaq y 3) las inferencias e interpretaciones que de los mismos realizan.
La información básica sobre la que se articulan las tesis de HM procede de 14 análisis de fauna (Fig. 1).
HM intentan demostrar diferencias consistentes entre estas faunas para el período que transcurre desde el final del Neolítico hasta la Edad del Bronce.
Tales diferencias serían indicativas de un cambio significativo ocurrido en las técnicas pecuarias, lo que HM interpretarían como el comienzo del «policultivo ganadero» en la Península Ibérica.
De partida, podemos aducir cuando menos cinco razones que nos obligan a desconfiar de la validez de los datos:
1) Procedencw de los da los.
HM no han realizado ninguno de los informes faunísticos.
No están, por tanto, familiarizados con las peculiaridades de cada muestra, en especial con aquellas características de la misma -como grado de preservación-que pueden ser de enorme importancia al llevar a cabo una reconstrucción de hechos o una comparación entre las distintas asociaciones.
La presencia mayoritaria de yacimientos andaluces nos obliga a pensar hasta que punto los resultados son extrapolables al resto de la Península (Sacaojos, el único yacimiento septentrional, sólo es utilizado a título de comparación restringida de patrones de mortandad y de calidad de conservación ósea).
3) Tipo de recolección.
Salvo por Zambujal, ninguna de las muestras ha sido cribada.
No se mencionan ni condición o grado de preservación del hueso, ni características de los yacimientos, ni tampoco asociaciones de otros conjuntos (polínicos, utensilios, etc... ) con la fauna.
Sabemos que los contextos difieren (Tabla 1) ": ti que las excavaciones en casi ningún caso han sido completas, pero los autores no hacen comentarios al respecto.
5) Diferencias en el tamaño de las muestras.
Aunque HM pretenden que la mayoría de sus muestras superan los 10.000 restos, lo cierto es que si descontamos de estos valores las piezas sin identificar y circunscribimos el recuento a los periodos en cuestión (Neolítico-Bronce) sucede justo al revés (Tabla 1).
¿Hasta qué punto es factible una comparación de las muestras? ¿en qué medida pueden actuar variaciones aleatorias en la determinación final de cabañas, cohortes, etc...?
Obviamente tales preguntas carecen de respuesta.
A pesar de todo esto, los postulados de partida de HM son muy claros: a) Las asociaciones óseas son un reflejo fiel de las poblaciones animales originalmente existentes en el yacimiento y sus alrededores.
b) Los perfiles de mortalidad de las poblaciones reflejan las estrategias de explotación pecuaria de los habitantes de cada núcleo.
Evidentemente, nos resulta imposible ser tan optimistas.
Pero imaginemos por un momento que así fuese ¿qué pasa entonces?
Con ello nos referimus a la preservación diferencial de restos en diferentes unidades cronoestratigráficas.
En este caso tales patrones, de nuevo, son considerados como evidenciadores de prácticas ganaderas y sólo eso.
Aunque HM mantienen que su análisis metodológico es similar a los llevados a cabo por Brain (1981) lo cierto es que ni en este trabajo (pp. 21-24), ni en los precedentes (Brain 1967(Brain, 1969) ) utiliza este autor huesos completos, como hacen HM, en sus comparaciones.
Brain divide a los huesos en porciones proximales y distales, lógico pues ambas suelen poseer diferente resistencia frente a los agentes destructores sean éstos del tipo que sean Los patrones de representatividad esquelética, ordenados en una escala de frecuencia decreciente, n8 son comparados frente a valores estandard derivados de estudios teóricos como el de Brain, sino en relación con el yacimiento de Zambujal.
La razón aducida es que Zambujal es la única muestra, de entre las consideradas, que ha sido cribada.
Tal razón no se justifica desde el momento en que Zambujal no puede ser una muestra 4Cobjetiva» por tratarse de una colección adicional sesgada en su representatividad como cualquier otra por los agentes tafonómicos que en ella concurriesen.
El que sus patrones de representatividad esquelética, por haber sido cribados, sean más fiel reflejo de la realidad pretérita no impide en modo alguno este sesgo en las abundancias detectadas.
Se confunden los términos.
Este es un serio fallo metodológico que, como veremos más abajo, se acentúa al examinar detalladamente los datos.
Los valores de frecuencias teóricas no aparecen por la sencilla razón de que el método no es el de Brain (quien sí posee una base de comparación objetiva e independiente de las colecciones arqueológicas) y HM no parecen dispuestos a llevar a cabo experimentos similares a los de Brain con huesos completos.
Por otra parte, el tener que referirse a los huesos como unidades completas también es erróneo ya que en las muestras arqueológicas casi inevitablemente aparecen fragmentados.
Aquí se pone de nuevo de manifiesto la restricción de su trabajo y los peligros que entraña el trabajar con datos que no son propios: HM se ven obligados a utilizar las tablas como referencia y en éstas no consta si un hueso está entero, partido en dos o es una simple esquirla.
Además de estos errores de base, detectamos dos inconsistencias adicionales en su modo de proceder:
1) El método sólo es aplicado en el caso de tres cabañas (equina, bovina y ovina (s.l.» en únicamente 4 de los 14 yacimientos seleccionados.
No se dan razones para tal decisión.
En cualquier caso, queda claro que la significatividad de los resultados se vería mermada notablemente a la hora de realizar extrapolaciones de cualquier tipo.
2) Mucho más importante aún que todo lo anterior, son los resultados obtenidos al aplicar estas técnicas.
Un análisis de los histogramas de las Figuras 1 y 2 del trabajo de HM evidencia una supervivencia de huesos que puede explicarse más parsimoniosamente en función de sus propiedades físicas (en especial tamaño y grado de compactación del tejido) que por causas exógenas de cualquier otra naturaleza (culturales, naturales, etc... ).
De este modo, incluso en Zambujal, apreciamos una infrarrepresentación llamativa de los elementos de menor tamaño tales como los carpales, tarsales, sesamoideos, vértebras caudales o falanges al tiempo que los huesos más grandes y compactos (particularmente muchos de los grandes huesos apendiculares) evidencian una notable suprarrepresentación.
Este patrón resulta aún más claro en las muestras no cribadas y parece claramente resultadó de una recuperación parcial de restos debida a causas tafonómicas además de las derivadas del modo de recolección.
De confirmarse, las implicaciones serian enormes, especial- mente en lo relativo a supervivencia de las osamentas de individuos infantiles / juveniles, pero HM no parecen percatarse de esto ni comentan nada en relación con el tema.
Existe una última critica seria contra este método: la dificultad (cuando no la imposibilidad) de asignar agentes unívocos a patrones específicos.
Sólo en las circunstancias más afortunadas podriamos realizar tal inferencia aunque son muy pocos los investigadores que creen que los únicos factores que afectan a la preservación diferencial en una asociación osteoarqueológica son el transporte pre-deposicional y el deterioro causado por el agente recolector (Binford 1981; Lvman 1979).
Normalmente actúan múltiples procesos, a menudo de modo convergente, distorsionando y enmascarando patrones (Morales & Rosello, en prensa).
Nuestras posibilidades de segregar entonces cada uno de éstos dependerán de nuestra capacidad ~. f ort una (Behrensmeyer & HilI, 1980).
En cualquier caso, los resultados de comparación de los histogramas no son consistentes con las deducciones que extraen HM de los mismos.
En particular nos resultan chocantes, además de gratuitas, las inferencias que llevan a cabo sobre el papel de los perros como agentes de acumulación de restos.
De este modo, la pervivencia de los huesos más resistentes de caballo en Zambujal es interpretada en función de la actividad destructiva de estos carnívoros «(...
Zambujal parece una colección devastada por los perros donde han sobrevivido los huesos más duros y densos (1)... »).
Aparte de no aducir evidencia en favor de esta hipótesis, la perplejidad ahora es de otra índole.
Si la muestra de Zambujal estuviese realmente «devastada por los perros)) ¿porqué entonces se utiliza Zambujal como base de las comparaciones porcentuales de representatividad esquelética? ¿puede, en una colección ósea, la acción destructora de un agente enfatizar más nítidamente la de otro? ¿acaso la pérdida de información no lo es a todos los efectos?
Los autores ni siquiera intentan abordar estas cuestiones.
Por todas estas razones, y las que veremos más adelante, muchos de los comentarios que vierten en el texto no están de acuerdo con los datos que se exhiben en las Figuras 2, 3, y 4.
También llamados perfiles de mortalidad o pirámides de edad, son utilizados sobre la base de dos supuestos fundamentales unidos secuenciadamente: a) Que la pirámide de edad ofrecida es siempre fiel reflejo del patrón de mortandad de la población, y b) que el patrón de mortandad ofrecido en la pirámide es siempre fiel reflejo de una determinada estrategia ganadera.
En lo referente a la primera asunClon hay que advertir que 1) salvo que las condiciones de preservación sean excepcionales y 2) salvo que se recupere la totalidad de la fauna depositada en el. sedimento excavado, las posibilidades de que lo recuperado refleje lo originalmente depositado son casi nulas (Meadow, 1980; Uerpmann, 1973; Hesse & Wapnish 1985).
Comoquiera que én el anterior apartado tenemos sospechas fundadas para pensar que ninguna de estas dos condiciones se cumplen (las muestras no se han cribado) dudamos mucho de la validez del postulado de partida (los histogramas 2, 3 Y 4 del trabajo son también ilustrativos de este extremo: así, los individuos jóvenes con esqueletos mucho más porosos que los adultos, aparecen indefectiblemente infrarrepresentados en las muestras).
Pero continuemos argumentando en esta línea.
Supongamos que se cumpliese el primer punto, ¿podemos aceptar como valido el segundo punto?
De nuevo aquí debemos ser cautelosos ya que la convergencia tafonómica volverá a intervenir produciendo datos de ambiguo significado.
(1) ¡Considerando a las mandíbulas y cráneos, ausentes de las muestras, como piezas de inferior resistencia a las apendiculares!
T. P., 1990, n ll 47 ejemplo, una abundancia de individuos adultos en una población puede significar alguno o varios de los siguientes fenómenos en diferentes combinaciones según los casos: a) ¿Optimización del rendimiento cárnico? (en razas actuales las edades óptimas de sacrificio para maximizar la producción cárnica son de aproximadamente J 8 meses en el porcino, 36-42 meses en el vacuno y J 2-24 meses en ovicaprinos.
En todos los casos estamos ante individuos subadultos o adultos jóvenes). b) Uso selectivo de productos secundarios (diferentes según cabañas y prácticas pecuarias).
e) Malas condiciones de preservación (los juveniles tiene huesos menos resistentes a procesos destructivos). d) Recuperación parcial de muestras (los adultos tienen piezas óseas de mayor tamaño). e) Prácticas pecuarias que suponen la sistemática exportación de juveniles y subadultos fuera del asentamiento.
f) Hipótesis complejas relacionadas con epifenómenos culturales (prácticas rituales, religiosas, simbolismo social. etc... ).
¿Cómo decantarse por una opción o una determinada combinación de opciones?, de nuevo aquí la respuesta es el contexto y la evidencia asociada (polen, sedimentología, industrias, dataciones, etc... ).
En ausencia de contexto el analista de fauna está perdido.
Y el contexto no entra en momento alguno dentro de la exposición de HM.
Todavía no hemos dicho nada acerca de las técnicas de estimación de edad empleadas, las cuales tampoco están exentas de problemas.
HM utilizan en sus reconstrucciones pirámides de edad basadas en el reemplazo y desgaste dentario, métodos con limitaciones tales como la indefinición de cohortes tras la aparición de la última pieza de la dentición definitiva en el caso del reemplazo.
Esta dentición definitiva aparece relativamente pronto dentro de la ontogénesis de los ungulados domésticos (trás los 60 meses en los equinos y el vacuno y entre 40-50 meses en ovicaprinos).
Dado que la mayoria de las prácticas ganaderas implican un uso diferencial dentro de los distintos grupos de individuos adultos üóvenes, maduros y seniles) resulta vital para el investigador poder discriminar tales cohortes dentro de toda población, lo que no seria posible con este método (un problema asociado es que un ungulado doméstico con la dotación dentaria definitiva al completo tiene aún bastante desarrollo somático por delante.
No podria realmente ser considerado un individuo «adulto" (s.s.».
Las técnicas de caracterización del desgaste dentario intentan neutralizar estas deficiencias.
Sin embargo, en el caso de las utilizadas por HM (las clásicas del desgaste progresivo de (+), (++), (+++) de la escuela de Munich) la situación es bien distinta dado que la asignación a una categoria concreta resulta harto subjetiva, como sabemos todos los que nos dedicamos a este oficio.
Además de esto, los estados de desgaste dentario no proporcionan edades absolutas y se encuentran íntimamente sujetos al tipo de dieta.
(1966) fueron los primeros en percatarse de que el desgaste dentario se aceleraba en dietas de plantas con altos contenidos de materia mineral y en suelos arenosos.
Esto puede hacer aparecer como más viejos a los individuos de una población, lo cual es un problema a la hora de hacer comparaciones intermuestrarias.
Estudios posterióres han confinnado estos extremos.
Desgraciadamente, al no disponer de información edafológica o ~omplementaria es difícil precisar en que medida resultan comparables los cuadros de edades basados en el desgaste dentario de las poblaciones utilizadas por HM.
De hecho sospechamos que la ubicación de los yacimientos en diferentes zonas (vegas, cerros) con diferentes T. P., 1990, nll47 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es sustratos geomorfológicos estaría provocando «sesgos,. de algún tipo, aunque resulta imposible precisar su naturaleza y grado a efectos de homogeneización de muestras.
Existe otro aspecto metodológico a tener en cuenta con los desgastes dentaríos.
Para ser operativo como técnica, son necesarias seríes más o menos completas (las piezas sueltas, incluidos los últimos molares, sirven para poco en estos casos).
Lógicamente esto reduce drásticamente el número de elementos útiles en una muestra con lo que su significatividad extrapolativa también se vé mermada.
Todos estos problemas podrían haberse solventado en no poca mediila de haberse utilizado técnicas complementarias como la de las fusiones epifisarias.
Para complicar aún más las cosas, en esa parte del trabajo se detectan otra seríe de deficiencias, entre éstas: a) Las muestras de caballos son siempre demasiado reducidas (salvo en Cerro de la Encina) como para poder ser significativamente desglosadas en cohortes.
Curíosamente, en Cerro de la Encina, y frente a lo que manifiestan HM, no apreciamos diferencias entre las proporciones de «adultos» y (mo adultos» entre las distintas unidades cronológicas establecidas (Tabla 1, p.
61). b) Los histogramas que se comparan no son homogéneos.
En la figura S, un histograma está construido con los datos de dos yacimientos (Azuer y Los Palacios), mientras que en la Figura 7 las cuatro cuevas neolíticas han sido agrupadas como una muestra única, cuando los restantes histogramas representan sólo un determinado nivel de un determinado yacimiento.
Obviamente, tal práctica es inconsistente.
Para no extendernos más en consideraciones de este tipo, concluiremos diciendo que aunque con datos tan limita~os y heterogéneos como los presentados no es posible certificar patrones, HM (1984: 66) abundan en tal cuestión defendiendo el inequívoco uso de las cabañas para producción lechera en unos casos, tracción en otros, etc...
Los datos no sólo no apoyan la teoría sino que incluso parecen estar en franca oposición con ella en bastantes ocasiones.
En el caso de los ovicaprinos la discriminación ha sido de tipo osteomorfológico (clavijas y pelvis) aunque 4< ••• incluyéndose animales de todas las edades» (HM, 1984: 69) lo cual vuelve a ser equivocado, entre otras razones debido a que: 1) Los ovicaprinos no adultos apenas se discriminan sexualmente con criterios morfológicos o no se discriminan en absoluto (a veces, ni tan siquiera específicamente), incluso con especímenes actuales (Bosold, 1966).
2) Desde el punto de vista paleoeconómico la discriminación sexual entre los sectores «adulto •• y _no adulto» de una población supone implicaciones muy diferentes (sobre todo en lo referido a técnicas pecuarias).
En ambos casos, vacuno y ovicaprinos, la interpretación de las proporciones resulta ambigua.
Por ejemplo, se pueden mantener machos por sus productos secundarios, pero altas frecuencias de machos en una muestra pueden ser debidas a los fenómenos ya citados de una preservación diferencial (huesos más resistentes), recuperación parcial de la muestra, u otras más complejas (s: lcrificios, símbolos estatutarios, combates de carneros, etc., etc., etc... ).
Lo cierto es que, de nuevo, no existe ningún tipo de correspondencia unívoca entre una forma específica de explotación y una determinada proporción de machos dentro de una cabaña.
Y, de nuevo aquí también, la información contextual y asociada se vuelve a revelar como clave a la hora de decantarse por una opción concreta.
Las prácticas de castración también son fenómenos a tener en cuenta en este tipo de análisis.
Curiosamente, a pesar de existir abundante información sobre el tema en muchos de los informes que manejan, HM no comentan nada al respecto.
IMPORTANCIA RELATIVA DE LAS ESPECIES EN LAS MUESTRAS
Este parámetro ha sido inferido exclusivamente a través de las denominadas «biomasas •• (es decir, el peso del NR) también conocido como el Weigenmethode de Kubasciewicz (Kubasciewicz, 1956; Paaver, 1958).
Aunque correcto, el método presenta una serie de limitaciones dignas de tener en cuenta si se realizan comparaciones intermuestrarias.
Entre éstas: a) Errores de calibrado si los huesos no están totalmente limpios, así como: b) Errores de calibrado debido a que diferentes tipos de sedimentos eliminan los componentes orgánicos y minerales del hueso a diferente ritmo. c) Sobrestimación de las especies cuyos restos, siendo más diagnósticos, son más fáciles de reconocer (por ejemplo, cerdo).
Por lo mismo: d) Sobrestimación de las especies o grupos con huesos más resistentes y, por tanto, de más fácil identificación (machos vs. hembras, adultos vs. juveniles, macrofauna vs. meso-y microfauna, etc... ). e) Desde un punto de vista paleoeconómico, el peso infraestima la contribución real de un animal al balance energético humano por cuanto congela su aportación a un sólo momento de su vida.
Sin entrar en consideraciones sobre si todo un animal es potencialmente consumible o no, lo cierto es que el uso de los productos secundarios dilata en el tiempo y diversifica en sobremanera esta energía indi\'idual.
Por ello, si, como parece, la tesis de HM argumenta en favor de la aparición e importancia de los productos secundarios, parece lógico pensar que el peso debería ser la última opción en la lista dé variables que cuantificase el papel de una determinada cabaña dentro del conjunto de la estrategia pecuaria global.
Los puntos a-d hacen que, con frecuencia, las muestras no sean directamente comparables.
El punto e, que los resultados nada o poco tengan que ver con el intento de detección de explotación basada en el uso de productos secundarios.
HM no comentan nada sobre todo esto y, aunque podrian haber utilizado técnicas alternativas que subsanasen las deficiencias mencionadas (Gauthier, 1984) pasan sin más dilaciones a comentar los resultados.
Al hacer esto, podemos apreciar muy claramente la imposibilidad de alcanzar ningún tipo de conclusiones ni de visualizar ninguna tendencia sobre la importancia relativa de los cinco taxones considerados.
Esto es así por varias razones (Fig. a) La enorme variabilidad exhibida por la importancia relativa de las diferentes cabañas.
Así, por ejemplo, el cerdo -única especie cuya explotación no ofrece dudas-oscila entre 2,5-40 96, según los casos.
Esta variabilidad sería muy útil si pudiese enmarcarse dentro de algún tipo de tendencia definida.
Sin embargo: T. P., 1990, n ll 47 b) Existe una total imposibilidad de ordenar esta variabilidad cronológicamente.
Así, dentro de El Argar el cerdo oscila entre 8-40 %, el caballo entre 3-63 % Y la vaca entre 18-65 %, mientras que proporciones de ovicaprinos de alrededor del 15 % se constatan en el Neolítico, Campaniforme, Argar, Bronce típico e Hierro, algo que también ocurre con las restantes cabañas.
Aún peor que esto: c) Los patrones conjuntos de representatividad de las 5 «cabañaslj son con frecuencia similares en yacimientos muy alejados geográfica y culturalmente.
Tal sería el caso de Sacaojos, Cuesta del Negro y Zambujal.
El caso de Zambujal resulta particularmente ilustrativo y parece confirmar la hipótesis opuesta a la que defienden HM (es decir, cada yacimiento es un caso independiente); sus niveles 1-4 (abarcando desde el Eneolítico al Campaniforme) son prácticamente idénticos en cuanto a la contribución relativa de las 5 especies consideradas.
En realidad, todo esto cabría esperarlo de lo que comentamos al principio en relación con la inadecuación de la técnica de la «biomasa>l como variable de comparación.
Ahora bien, si somos incapaces de extraer ningún tipo de lectura a estos datos ¿cómo es posible que HM pretendan ~onvencernos en su texto de que podemos inferir a partir de ellos las técnicas pecuarias que produjeron tales patrones de frecuencias?
Incluso sin considerar las limitaciones de los datos brutos, lo equivocado de las asunciones y la inadecuación de la metodología empleada, nadie podría pensar que de estos diagramas es posible deducir algo en favor de la teoría del policultivo ganadero.
Lo que necesitamos son otras técnicas, más datos y otro modo de actuación, no más hipótesis o postulados.
Las conclusiones que, a pesar de todo, extraen de estos datos utilizan también otra serie de fuentes anejas de información, algunas de eUas no necesariamente derivadas de estudios faunísticos.
Estas son las que constituyen un capítulo importante de las inferencias realizadas en la parte final del trabajo.
En lo relativo al primer punto adelantemos que no hay tal suceSlOn.
Tan sólo 22 tumbas argáricas en Cuesta del Negro, situadas fuera de contexto.
Lo único que parece deducirse del infonne de A. Von Den Driesch (1976) es que los ovicaprinos son elementos constantes, el cerdo aparece en 10 de ellas, en 9 los restos de vacuno y el ciervo sólo en una.
No hay restos de caballos en ninguna tumba.
Pero de esto a suponer que se trata de «comida funeraria», como mantienen HM, hay un largo trecho.
Además, la diversidad faunística de cada tumba, en ausencia de contextos (rango social del muerto, sexo, edad, ajuar, etc... ), resulta difícil de interpretar.
En cualquier caso, al no proporcionarse información sobre otros yacimientos (El Barranquete parecería la opción ideal) el edificio comparativo se derrumba.
Desde luego, resulta imposible pensar que con un material así sea posible apoyar (o refutar) ninguna teoría.
Tampoco la'infonnación documental sirve bien a esta causa.
Los sistemas agropecuarios del norte de Burgos en el siglo xvm estudiados por Ortega (1974) se desarrollaron, además, en un marco jurídico (por ejemplo, derechos exclusivos sobre pastos) que desconocemos en qué medida Por lo que respecta al tercer punto, la información vertida es muy limitada y no entra realmente dentro de la línea de argumentación.
De hecho, en las conclusiones, HM defienden la teoría del policultivo más sobre una base demográfica que «ecológica» (s.l).
A pesar de esto, quisiéramos hacer una llamada de advertencia para quienes utilicen este tipo de datos en lo sucesivo.
Aunque, a grandes rasgos, el patrón climatológico peninsular se ha mantenido desde comienzos del postglaciar y algo parecido ocurre con los rasgos geomorfológicos, algunos cambios operados en los medios, sobre todo el vegetal, han sido realmente drásticos (Bellot, 1978; Font, 1983; Rivas-Martínez, 1987; véase también el simposio que sobre «zonas áridas en España» editó en 1989 la Real Academia de Ciencias).
Esto es especialmente cierto, por estar constatado documentalmente en los últimos 2.000 años aunque sabemos que comenzó mucho antes.
En la sección IDB retomaremos el tema.
De momento, bástenos decir que estos cambios rápidos hacen que, a nivel de microhábitats, las áreas Aunque en el capítulo de conclusiones HM se dulcifican, no dejan de insistir en que la evidencia que manejan confirma las hipótesis de Sherrat, lo cual es, a todas luces, falso.
A decir verdad, la información aportada ni apoya ni refuta nada, entre otros, por ser incompleta, ambigua en su mensaje y estar manejada de modo inconsistente en diferentes secciones del trabajo.
Inconsistentes son también los comentarios sobre las criticas que de la teoria de Sherrat realiza Chapman (1982: 79).
Textualmente «... en este aspecto tiene razón, pero la crítica olvida el verdadero valor del modelo, que es su efecto estimulante", En otras palabras, el fin justifica los medios.
No negaremos que mucho de lo aprovechable de ciertas teorias son las potencialidades heurísticas que.encierran, pero no resulta aconsejable, llegar a estos extremos que, dicho sea de paso, comprometen en no poca medida la defensa del policultivo como hipótesis plausible.
Quizá el punto más importante de estas conclusiones sea la causa última que obliga a plantear la cuestión: «... se quiera o no aceptar la teoria de Sherrat... hay que buscar una explicación para este aumento continuo de población,.
Aquí llegamos al fondo del asunto.
Y aquí es donde podemos comprobar como todo este complejo edificio argumentativo falla en su base.
Sherrat y HM, como tantos otros antes que eUos, han equivocado su objeto de estudio.
Sencillamente porque el continuo aumento de una población, de cualquier población, no se debe a causas exógenas aunque éstas lo posibiliten.
En efecto, todos los análisis ecológicos sobre dinámica de poblaciones coinciden en señalar que las peculiaridades reproductoras de cada especie dictan en gran medida el modo de incremento de sus poblaciones (cíclico, explosivo, gradual, etc... ) así como su ritmo (Giesel, 1974; Krebs, 1972; Hutchinson, 1978; Poole, 1974).
Por ello, aunque los animales, como cualquier otro tipo de recurso, sirvan para permitir el que este aumento se consolide, la población tiende a aumentar, a producir un excedente, con recursos o sin ellos.
Las actuales mortandades subsaharianas, por desgracia, no son nada nuevo en la historia de la Humanidad y afectan sobre todo a niños de menos de 2 años, que son engendrados y paridos en medio de la más absoluta miseria.
Tal situación es consecuente con la tendencia al aumento exponencial de la población sobre la que ya disertó Malthus en el siglo xvrn y que constituyó uno de los fulcros de las tesis de Darwin a mitad del siglo XIX.
No hay nada nuevo, ni informativa ni metodológicamente, aunque, eso sí, la cultura humana se ha encargado de ritualizar y «socializar» la biología reproductora de la especie a través de los más sorprendentes procedimientos (véanse, en plan divulgativo, algunos (no todos) de los trabajos de Hams 1974de Hams, 1985de Hams, y 1986)).
Si estamos de acuerdo con estas ideas ¿son los restos animales de yacimientos los que proporcionen respuestas a las causas del aumento de las poblaciones humanas?, no, más que de una forma muy limitada e indirecta y siempre a posteriori.
De otro modo, confundiríamos, invirtiendo los términos, la relación causal.
Quizás de haberse percatado de esta contingencia, HM no se habrían embarcado en esta «misión imposible».
Veamos a continuación otro caso de muy distinta naturaleza.
Las valoraciones ecológicas de fauna constituyen un capítulo importante dentro del amplio campo de la reconstrucción paleoambiental.
Tales valoraciones son, desde un punto de vista estrictamente metodológico, inferencias analógicas basadas en las valencias ecológicas de cada especie, presuponiendo el que Risch y Ferrés acertadamente denominan ~principio de actualidad)) (Risch y Ferrés, 1987: 68).
Evidentemente, se trata de técnicas mucho menos complejas que las que acabamos de ver en relación con la teoría del policultivo pero que, sin embargo, pueden resultar muy útiles a la hora de detectar determinados biotopos o condiciones ambientales en asentamientos del pasado (2).
Para resultar viable la valoración ecológica de muestras faunísticas deben cumplirse, cuando menos, los siguientes requisitos:
1) Aplicación del principio de actualidad de modo consistente.
El uso riguroso de esta aplicación pasa por considerar en toda su amplitud la valencia ecológica real de todas y cada una de las especies implicadas.
Si esto no se hace, se corre el grave riesgo de simplificar el panorama con la pérdida de información que tal práctica supone.
Además, la simplificación puede producir un efecto secundario muy peligroso, a saber: una sensación de manipulación no-aleatoria de la información.
Lógicamente ello podría llegar a comprometer la imagen de honradez de las tesis argumentativas.
2) Asegurarse de la adecuación de los sujetos de estudio.
Evidentemente en el caso de las faunas, las domésticas no parecen sujetos adecuados.
Lo cierto es que la gran mayoría de los animales voladores o de talla elevada son mucho menos fieles indicadores de condiciones ambientales que la microfauna.
Con diferencia, los mejores animales para este tipo de estudios son los insectos, seguidos de otros animales ectotérmicos (mal llamados de sangre fría) como los moluscos, peces dulceacuícolas y anfibios (Bungeneers & cols., 1989; Ervynck & cols., 1987).
3) Estar seguros asimismo de poder interpretar correctamente la aparición de fauna en un yacimiento.
Para ello no basta con conocer los biotopos en donde aparece una especie, hay que conocer también sus hábitos.
A título de ejemplo sorprende el comentario que de la aparición de zorzal común (Turdus philomelos) en el yacimiento almeriense de Terrera Ventura ofrece Lull (1984: 30).
Al parecer no se percata el autor de que se trata de una especie migradora que en época de invernada se encuentra repartida por toda Península (incluida Almería) sin asociación específica con ningún biotopo en particular (Santos, 1985).
Detalles sutiles de este tipo resultan ser vitales en las valoraciones paleoambientales.
4) Disponer de una base de información adecuada para cada caso.
Esto significa, entre otros, disponer de muestras de cierta envergadura.
Aunque tal matización resulta imprecisa, parece claro. que con una o dos piezas de una especie hay poco campo para la argumentación.
Esto se debe, también al hecho, siempre presente en faunas de origen antrópico, de la potencial aloctonía de los restos.
Tal aloctonía parece tanto más probable cuanto menor sea la muestra específica lo que, en modo alguno, implica que se haya producido o que no se produjese con muestras de mayor tamaño.
Una vez más, aquí, contexto e información asociada serán los elementos que nos permitirán alcanzar, en última instancia, la solución de los problemas planteados.
(2) Queremos destacar el error conceptual que supone confundir nicho con biotopo.
Aquel, viene definido como un punto en un hiperespacio teórico formado por múltiples ejes que lo cuantifican a modo de gradiente.
Pero esta definición lo está en función de la especie que lo ocupa no siendo en modo alguno un concepto absoluto: si la especie X no existe, tampoco existe su nicho.
El biotopo, en cambio, es algo físico, tangible y absoluto, que existe con independencia de que aparezcan especies.
Por ello, la valoración de especies no refleja nichos ecológicos (Risch & Ferrés, 1987: 68) De todo lo anterior se deduce que sólo con información adecuada sobre todas las especies es posible realizar inferencias fiables de índole paleoambiental.
Para ello es necesario tener conocimientos sólidos acerca de la biología de los animales o, en su defecto, disponer de una adecuada base de apoyo indirecta (bibliografía, asesoramiento, etc... ).
Sin embargo, todavía queda por decir lo más importante de todo el problema: la fauna es sólo uno de los elementos en juego en una reconstrucción paleoambiental.
La información proporcionada es de muy diferente naturaleza a la que proporciona la flora, los suelos o los documentos.
Por esta razón, es preciso una confrontación de todas estas fuentes adicionales para apreciar la concordancia de los datos o su discordancia.
En casos de conflicto, hay que examinar con detalle el problema, a fin de detectar fuentes de ambigüedad o error que puedan lesionar las conclusiones.
Si el conflicto persiste es mejor siempre esperar a nuevos datos que decantarse por una opción u otra.
Pero, si a pesar de todo, nos vemos forzados a decantamos por algo utilicemos el que denominamos «principio de fiabilidad inmóvilll: cuanta mayor la capacidad de desplazamiento de los objetos analizados tanto menos fiables los resultados.
Desde esta óptica, la fauna es la fuente de información paleoambiental más ambivalente y los análisis edáficos, sedimentológicos, etc..., los más fiables, salvo excepciones..En realidad es con frecuencia la información documental la fuente menos fidedigna pero esto, en el caso que nos concierne, no resulta de interés, como veremos a continuación.
Evolución de los Ijlotopos del sureste peninsular en El Argar: La Información faunística, fuente de un conflicto Mucho se ha escrito acerca de los cambios del paisaje ocurridos desde el final del Neolítico en el sureste peninsular.
La zona, con diferencia la más seca de la Península, parece haber sido de caracteristicas climatológicas más benignas como ya expusimos en su día al realizar un resumen del informe faunístico de Terrera Ventura (Driesch & Morales, 1977).
Aunque la información de naturaleza paleoambiental, además de los análisis faunísticos, es escasa, parecen existir discrepancias entre los diferentes autores que tratan el tema del deterioro climático (Almagro & Arribas, 1963; Arribas, 1964; LuD, 1983LuD,, 1984)).
De este modo, los análisis edafológicos en Los Millares (asentamiento y suelos artificiales de tumbas) no detectan alteraciones climáticas apreciables desde el Bronce 1 mientras que los análisis de carbones detectan la presencia de árboles, tentativamente clasificados como pinos y olivo/ acebuche, además de otras especies de mucha más dudosa asignación (Castanea y Robinia son especies importadas en nuestro suelo, la primera en época histórica? (¿romana?) y la segunda durante el siglo XVII (Ceballos 1971) (3).
Una de las primeras valoraciones de las faunas, con diferencia el elemento más abundante de las reconstrucciones paleoambientales, la realiza Arribas (1964: 329) y, para este autor, ésta se encuentra más acorde con una vegetación semiesteparia, lo que estaría corroborado por la presencia de lino y de esparto que, tanto domésticos como silvestres, indudablemente sólo prosperan en zonas áridas.
Lo cierto es que las especies citadas (équido, rumiante, jabalí, ¿gamo?) en modo alguno definen biotopos netos, inclusive si fuesen en todos los casos silvestres.
Posteriormente, Schüle confirma la teoría de Arribas diciendo que: «el clima del tercer milenio no era de ninguna manera más húmedo que el de hoy en díall (Schüle, 1967;p.
114) conclusión que no fundamenta, de todos modos, con nuevos datos.
(3) La cuestión sobre la posible introducción de Castanea en España es un asunto complejo pendiente de dilucidar.
Ha sido citado por distintos autores en distintos lugares de la Península desde el Würm antiguo, aunque la validez de los datos es discutida por algunos.
Un reciente resumen sobre esta cuestión puede encontrarse en Sánchez-Goñi (1988).
De partida es clara la postura de este imestigador en el sentido de no coincidir con las tesis que abogan por la estabilidad climática en la zona.
Así, difiere de la valoración de fauna «semiesteparia» de Arribas y considera demasiado restringidos como para permitir extrapolaciones, los análisis edafológicos realizados en Los Millares.
Lógicamente parece estar más de acuerdo con el escepticismo de Driesch y Morales sobre la existencia de la estepa natural de Lautensachs en Terrera Ventura (Driesch & Morales, 1977: 30) y las conclusiones de Uerpmann sobre la fauna como indicadora de bosque en Los Castillejos (Uerpmann, 1979;p.
167) (notemos que ambos trabajos se refieren a yacimientos pre-argáricos).
Para comentar este estudio desde el punto de vista de la interpretación arqueofaunística reproducimos en la Tabla 3 las tablas 3, 4 Y 5 de Lull, que recopilan las faunas silvestres aparecidas en tres momentos difere.ntes de la prehistoria del sureste.
Inmediatamente advertimos algunas deficiencias dentro de este núcleo troncal de datos:
1) Limitaciones numéricas de las muestras en la mayoria de las especies.
Con excepción del conejo y de algún macromamífero los NR son casi siempre inferiores al centenar.
En el caso de los mejores indicadores disponibles, micromamíferos y aves, las muestras específicas muchas veces son de uno o dos restos, insignificantes a efectos extrapolativos.
2) Omisiones o errores tipográficos.
Entre otros, no aparecen 4 restos de liebre en el nivel lIT de Cerro de la Encina ni 16 restos de cabra montés en la menguada fauna de Cerro del Real.
Se incluye la tórtola, especie no aparecida en ninguno de los yacimientos, así como la paloma torcaz en Terrera Ventura cosa que no sucede.
Por el contrario, no aparecen los 2 restos de corzos en Castillejos y quizá ello se deba a que se encuentran en niveles indefinidos culturalmente pero entonces ¿porqué se incluye la cabra montés que también aparece en los mismos?
Achacables a errores de imprenta, y por tanto disculpables en el caso del primer trabajo, tales fallos aparecen íntegramente repetidos en el trabajo posterior de Risch y Ferrés ¿Nadie se ha percatado, en los tres años transcurridos, de esto?
Lógicamente esta cuestión nos resulta más preocupante que la comisión puntual de ciertas deficiencias.
Algunas de estas son de orden operativo.
Por ejemplo, en Cabezo Redondo algunos micromamíferos aparecen tan solo reseñados con una «X» en vez de por su NR, y esto mismo ocurre con las aves de Terrera Ventura.
En ambos casos los informes originales proporcionan NR (Driesch & Morales, 1977; Storch & Uerpmann, 1968).
No se sigue ningún criterio para la ordenación de taxones pudiendo aparecer especies próximas en diferentes lugares de la relación secuencial lo que dificulta su encuadre en un esquema de biotopos.
Los nombres a veces son imprecisos (<<Aguila» en vez de «Aguila Real» o «cabra» en vez de «cabra montés») o equivocados (<<tortuga de agua» en lugar de «galápago»).
Con todo, las inconsistencias más llamativas no afectari a aspectos tan triviales.
Estas son las referidas a dos agrupaciones de taxones (<<grajillaquebrantahuesos» y «tortuga-peces-anfibios») que resultan difíciles de explicar.
¿Cómo podemos incluir especies de tan diversa valencia ecológica como los reptiles, anfibios y peces dentro de una misma categoría?, ¿acaso por su género de vida acuática?
En Cerro de la Encina los 11 restos de esta categoría incluyen 7 de galápago, 1 de mero, 1 de pargo y 1 de dentón.
Estas 3 últimas especies obviamente están fuera de lugar en la reconstrucción de los ecosistemas del tsureste.
Realmente, estos fallos, resultan desconcertantes y, por supuesto, aparecen íntegramente recogidos en el trabajo posterior de Risch & Ferrés (1987: 69).
Una crítica de diferente naturaleza a las anteriores se refiere a los datos manejados.
Al igual que en el caso de Harrison y Moreno, en todos estQS casos los autores utilizan información que no ha sido obtenida por ellos por lo que vuelven a desconocer todas aquellas cuestiones no reflejadas en los informes (grado de fragmentación, estado de conservaclOn, tamaño de los restos, etc... ) que resultan transcendentales a la hora de hacer valoraciones comparadas de muestras.
Esta es una crítica muy seria ya que en este caso se pretende reconstruir las condiciones del ambiente en función de lo que indica la fauna y aquí encontramos otra segunda crítica grave: ninguno de los investigadores es un especialista en análisis de faunas, vivas o fósiles.
Llegados a este punto cabe entonces preguntarse cuales han sido las bases de apoyo indirectas para realizar las inferencias sobre los biotopos que cada una de las especies representan, dado que este es el punto clave de toda la discusión.
En el caso de Risch y Ferrés resulta llamativo comprobar como tal cuestión ni siquiera es suscitada en el texto.
¿En que se basan sus comentarios para dictaminar el carácter más o mends forestal de los yacimientos y zonas circundantes?
Tan solo se hacen referencias, a veces transcripciones exactas como en el caso de las tablas, al trabajo de Lull (1984).
Todo el edificio construido es imposible de refutar ya que no se definen de modo específico las valencias ecológicas de las especies, y no queda más remedio que aceptar las conclusiones como válidas.
Esta es la razón por la que no dedicaremos más comentarios a este texto.
En el caso de Lull (1984) la base de apoyo utilizada se ofrece en las tablas 1 y 2 de su artículo y se basa en la información proporcionada por dos famosas guías de campo editadas por Omega (Brínk & Barruel, 1971; Peterson & cols., 1973).
Independientemente de algunas equivocaciones cometidas en estas tablas (inclusión de especies no aparecidas como el cormorán, gavión, tórtola o milano negro y exclusión de especies presentes tales como el buitre negro, cernícalo primilla y.alcatraz) dos factores nos llaman a reflexionar sobre la validez de los datos ofrecidos: a) En primer lugar, la fuente misma de los datos.
Las guías de campo no pueden ser consideradas como fuentes bibliográficas fidedignas por su propio carácter divulgador que con frecuencia obliga a presentar escuetamente condensada la información sin entrar en consideraciones ni pormenores.
En el caso de Brink y Barruel y de Peterson y cols. se trata de dos excelentes guías, pero redactadas por autores centro y norteuropeos, con el consiguiente sesgo de la información hacia situaciones ambientales que distan mucho de las de la Península Ibérica.
Además, se trata de muy antiguas versiones de los libros, lo que hace que se encuentren plagados de errores que sólo d especialista sabe delectar y neutralizar convenientemente.
A título de ejemplo, Brink & Barruel (t 971) consideran una sola especie de cabra silvestre en Europa (que además denominan erróneamente como Capra hireus, es decir, la forma doméstica) cuando, en realidad hay dos vicariantes: el íbice de los Alpes (Capra ibex) y las cabras monteses de las Serranías ibéricas (Capra pyrenaiea) (Op. cit.,pp. 169" 170).
Sus confusiones en el caso de los roedores son con frecuencia muy graves sinonimizando, por ejemplo, a la ratilla de cabrera (Microtus cabrerae, erróneamente llamada ratilla asturiana) con otras especies (M. guenteri, M arvalis) algunas de las cuales no son válidas actualmente (M. harting~ M. asturianus) (Op. cit., p. t08).
Lógicamente, tales confusiones conducen a la comisión de errores al caracterizar valencias ecológicas. "sí, por ejemplo, se pretende que nuestro topillo común (Pitymys duodecimeostatus), de zonas mediterráneas y secas, ocupa los mismos hábitats que el montaraz topillo oscuro (P. pyrenaieus, confundido también con otra especie válida pero no aceptada en la guía, P. lusitanieus) o que el topillo europeo (P. subterraneus) típico habitante de praderas y campos muy húmedos (op. cit., pp. 100-104).
En el caso de Peterson & cols.
(1973) un error de envergadura es considerar, por ejemplo, que nuestra perdiz común (Aleetoris rula) tiene los mismos hábitos que la pardilla (Perdix perdix) especie que alcanza hasta la taiga (Op. cit., p.
Lógicamente, todas estas cuestiones son muy técnicas pero no por ello menos importantes de cara a la posterior caracterización ecológica de taxones.
Eso sí, sólo un profesional es capaz de reconocerlas.
Por esta razón, aunque también para proporcionar una base objetiva de contraste, la Tabla 6 proporciona una relación de las especies mencionadas en la Tabla 3 ordenadas taxonómicamente y caracterizadas biotópicamente de acuerdo con las fuentes bibliográficas reseñadas. b) En segundo lugar, y a pesar de todo lo dicho, la consulta de las dos guías mencionadas nos revela discrepancias entre las tipificaciones taxonómicas de hábitat que ofrecen y las que Lull proporciona.
Por alguna razón, la transcripción que este autor hace sobre los hábitats casi nunca es completa en relación con lo que aparece en la guía.
Estas diferencias de transcripción a veces dan la impresión enfatizar los hábitos forestales de algunas especies o de obviar referencias a medios abiertos y/o antrópicos.
Por supuesto, no pensamos que tal situación se esté provocando intencionadamente pero el hecho es destacable por cuanto incide en un punto clave de las argumentaciones que se van a suceder (Tablas 4 y 5).
Con todo lo dicho, podemos ya pasar a realizar un análisis pormenorizado de las implicaciones paleoambientales indicadas por la fauna.
La Tabla 6 indica, utilizando fuentes bibliográficas especializadas y circunscritas al ámbito peninsular, todos los biotopos en donde es posible encontrar a cada una de las especies reseñadas, así como su valoración global en la Península, de acuerdo con las mismas fuentes.
En muchos casos las especies sólo aparecen en un biotopo o conjunto de biotopos muy afines, por lo que la valoración ecológica no presenta mayores dificultades.
En otros casos las especies (siempre circunscribiéndose al caso de la Península Ibérica) aparecen en biotopos diferentes por lo que aquí es importante definir su abundancia o querencia en cada uno de ellos.
Esto pasa por un conocimiento detallado de hábitos, censos y estudios de campo, que los autores mencionados recogen.
La asignación entonces cita el carácter prioritario de la valencia ecológica.
Caso de que esta precise ma"tizaciones, las mismas aparecen entre paréntesis trás la tipificación ecológica.
Caso de que la especie Huede consignada de un modo bivalente, el carácter prioritario se indica en primer lugar y el secundario (o la procedencia biogeográfica original del taxón) tras aquél.
De los nombres utilizados. quizás los únicos que merezcan algún comentario son los que hemos denominado «terreno abierto» y «terreno cubierto».
Básicamente se corresponderían con coberturas herbáceas y subarbustivas del sustrato, respectivamente.
Entre estas últimas incluimos todo un conjunto de agrupaciones de caméfitos, setos, matorrales. arbustos así como ocasionalmente árboles.
Todos estos, con densidades ínfimas, pueden por supuesto aparecer de cuando en cuando en
Bosques jóvenes cun monte bajo denso, matorrales; bordes de bosque, terrenos descubiertos con buenos abrigos; también en zonas muy húmedas.
Desde la llanura a la alta montaña Sobre todo bosques, especialmente de árboles de hoja caduca, aunque tam.bién ocupa bosques de coníferas.
Originalmente en bosques muy claros que alternan con llanuras.
Los ciervos de Escocia se han adaptado completamente a vivir fuera de los bosques y se les encuentra en zonas altas, brezales, etc.
Prefiere el bosque mixto de árboles de huja caduca, en la proximidad de lagunas, ciénagas, pastus o tierras cultivadas Vive sobre todo en terrenos descubiertos; raramente en bosques dentro del ámbito geográfico del ratón leonado.
Bordes de bosque con maleza; zonas de arbustos, dunas Terrenos arenosos o de arcilla; también en bosques, sobre todo de coníferas y también en zonas montañosas aunque sin extenderse a la alta montaña En casi todos los tipos de terrenos llanos (con preferencia en las cercanÍiJ.S de tierras cultivadas); también en bosques de hoja caduca (raramente en bosques de coníferas) en eriales y dunas.
Vive también a bastante altitud en las montañas Sobre todo en terreno seco; en zonas de arbustos, setos, matorrales y en bordes de bosque; poco frecuente en bosque cerrado Zonas extensas de bosques variados, alternando con terrenos descubiertos con arbustos; igualmente sabanas con alguna cobertura vegetal terrenos de cultivo y otros de los que consignamos como terreno abierto, pero la inversa también se cumple dado que en el sotobosque, monte bravío, etc..., las zonas provistas de vegetación herbácea o muscícola son con frecuencia nada desdeñables (Peinado & Rivas 1987).
Recordemos. mientras tanto, que algunas especies precisan para prosperar que se cumplan ciertos requisitos en los biotopos que nada o poco tienen que ver con el grado de cobertura vegetal circundante.
Es el caso de las especies acuáticas, pero también de las que anidan en rocas o paredes (grandes águilas y buitres leonados, por ejemplo) o de las especies antropófobas (muchos carnívoros).
(2) El caso más notable es el del conejo, que sólo penetra en un biotopo si el grado de compactación del suelo permite su actividad zapadora, ya que su estructura social, y su supervivencia dependen de la existencia de complejos sistemas de galerías subterráneas (Soriguer, 1981).
Curiosamente, el grado de compactación del suelo disminuye al desaparecer el sistema de fijación radicular del árbol por lo que no es raro encontrar conejos en dunas costeras o en terrenos muy degradados por la acción del hombre (4).
(4) Esta es también la razón de por qué es tan infreC\lente el conejo en la cornisa cantábrica, una de las regiones tradicionalmente más forestadas de nuestra Península (Norés, 1986).
En la Tabla 7 se ofrece, resumido, el cuadro de valencias ecológicas de los 60 taxones.
Salvo en el caso de dos especies extinguidas (uro y asno salvaje), cuyas preferencias biotópicas sólo conocemos por fuentes indirectas, los datos son de primera mano y, en la medida de lo posible, hemos seleccionado los que nos han parecido más fidedignos.
Este desglose contrasta notablemente con el proporcionado por Lull (1984) en el sentido de que, lejos de ser dominantes, las especies estrictamente forestales se encuentran prácticamente duplicadas por las de biotopos abiertos cuando no esteparios.
Más aún, dentro de las especies forestales o de paisaje cubierto hay una situación de equilibrio entre mamíferos y aves mientras que entre las especies de espacio' ~bierto, las aves dominan en una proporción de 5:1.
Por otra parte, entre las especies estrictamente forestales no hay ni una sola especie de importancia numérica en las muestras mientras que entre las de medios abiertos se encuentran las más abundantes de todas las aves (la perdiz y la avutarda; la primera especie, además, con la representación más amplia en cuanto a presencia en yacimientos).
Con independencia de esto las muestras numéricamente Il}ás importantes corresponden siempre a mamíferos de carácter ubiquista.
Todo el caballo de batalla, por tanto, se nos antoja reducido a algo tan simple como que casi todas las especies consideradas por Lull como forestales no son realmente tal.
La mayoria de éstas son macromamíferos de carácter polivalente que prosperan en las más diversas de las situaciones y medios.
Es cierto que muchas de estas especies proceden en origen de una fauna euriasiática de componente forestal (corzo, ciervo, jabalí, zorro, tejón) pero no menos cierto es que la principal especie de todas las muestras analizadas, con más de 10.000 restos contabilizados, es el conejo, un endemismo de la Península Ibérica (¿norte de Africa?)
(Kurtén, 1968} de marcado carácter mediterráneo que si hubiéramos de colocarlo en algún biotopo éste no seria\pecesariamente forestal.
La colonización postglacial del subcontinente europeo por parte de este animal es muy tardía, posiblemente incluso se deba a la acción humana (Zeuner, 1963; Mason, 1985) y con ella el conejo adapta sus valencias ecológicas para prosperar en determinados ambientes forestales (Brink & Barruel, 1971) del mismo modo que se adaptó a las condiciones semidesérticas del continente australiano donde actualmente se localizan las mayores concentraciones populacionales del lagomorfo (Mason, 1985, Giesel 1974).
Del mismo modo, la macrofauna euriasiática se adaptó a las condiciones ambientales de la Península Ibérica, por lo que en ella, tales especies no pueden ser consideradas forestales y sí, en cambio, ubiquistas (Cabrera, 1914; Purroy & Varela, 1982).
Si el conejo dejase de ser considerado como especie forestal, toda la argumentación, verbal y porcentual, del trabajo se vendría abajo.
Aunque sorprende en la discusión de Lull la tenacidad con la que defiende el carácter estrictamente forestal de las especies, sorprende más que restrinja ésta a los macromamíferos.
Las aves forman parte marginal de las argumentaciones y los micromamíferos apenas son mencionados.
Obviamente puede argumentarse que en estos casos las muestras son siempre muy reducidas pero en el caso de las aves la situación puede enfocarse de otro modo.
Eliminando las especies acuáticas, que se concentran lógicamente en la laguna del Cabezo Redondo (donde aparecen con exclusividad 9 de las 12 especies de biotopos limnéticos, es decir el 75 9(¡ de los taxones) las aves terrestres son mayoritariamente indicativas de estricta estepa (perdiz, sisón, avutarda y codorniz, es decir el 14 9(¡ de los taxones) o de condiciones asociadas (cuervo, grajilla, chova piquirroja, paloma bravía, mochuelo, ambos cernícalos, el buitre común, el alimoche y la cigüeña; 34,5 9(¡ de los taxones).
De las especies forestales (gavilán, buitre negro, paloma torcaz, zorzal común, milano real y grulla; 20,7 9(¡ de los taxones de aves terrestres) todas pueden encontrarse en medios mucho más abiertos, a diferencia de las esteparias salvo la perdiz.
El resto son aves de terrenos abiertos (corneja, lechuza campestre), alta montaña (quebrantahuesos, águila perdicera y real) o ubiquistas (urraca, buho real).
Sobre la calificación de determinados biotopos pretéritos como más «húmedos» tenemos que hacer tres aclaraciones: 1) La humedad es una variable climática que no tiene necesariamente nada que ver con la presencia de agua en el sustrato a menos que se precise algo más el término.
Todos los oasis tienen mucha agua pero el medio ambiente circundante es muy árido.
En la misma situación se encuentran las lagunas esteparias de las que España posee aún una variada representación (Gallocanta, Ruídera, etc... ).
2) Como consecuencia de aquello, la presencia de especies riparias no tiene por qué ser indicativa más que, en el mejor de los casos (es decir, con individuos autóctonos) de la existencia puntual de determinadas condiciones ambientales en una zona.
Dos restos de castor en Cuesta del Negro, dos de rata de agua en Cabezo Redondo, dos restos de nutria en Cerro de la Virgen y uno en Cerro de la Encina, así como 30 restos de galápago: [en Cerro de la Virgen (6), Cerro de la Encina (7) y Cabezo Redondo (17)], junto con una pieza de ciprinido en Cerro de la Virgen, parecen pocos datos para abogar en favor de un cambio climático, máxime cuando muchas de estas piezas procedían de un número muy inferior de individuos, generalmente uno; el NMI de galápagos, por ejemplo, es de sólo 8 (4 en Cabezo Redondo, 3 en Cerro de la Virgen y 1 en Cerro de la Encina).
Con muestras tan menguadas ¿cómo puede nadie hablar de «circulaciones hídricas» (¿?) mayores en la zona?
3) Como corolario del punto (2) la caracterización de la climatología pretérita en una zona no puede casi nunca inferirse a partir de especies riparias.
Incluso la presencia de esta fauna puede deberse a causas estrictamente antrópicas.
En zonas áridas las pocas zonas húmedas pueden llegar a concentrar docenas de miles de anátidas, fochas y otra fauna potencialmente cinegética.
Tal concentración favorece la explotación sistemática de las mismas y ocurre incluso en nuestros días.
En este caso, lo rentable de la caza podría suprarrepresentar las especies riparias y provocar falsas. imágenes de abundancia de ellas y de sus biotopos en las muestras.
Pero no es este el caso.
Las muestras reseñadas revelan que, salvo en Cabezo Redondo (donde conocemos la existencia de la laguna esteparia), la fauna riparia es siempre un elemento marginal. cuando no anecdótico, de las asociaciones.
Como resultado de esto, las conclusiones de Lull (1984, p.
-No se deduce de la fauna el que haya habido mayor extensión de bosque ya que, en contra de lo que mantiene -La presencia de especies de espacios abiertos es más que notable, incluso considerando al conejo como un ubiquista.
Estas especies son casi siempre los mejores indicadores ambientales que poseen las muestras y, a pesar de que no se les dedica la atención que se presta a la macrofauna y a los carnívoros, hablan claramente de una existencia de biotopos abiertos cuando no directamente de condiciones esteparias incluso ya en los yacimientos preargáricos (abundancias relativas de perdiz, avutarda y liebre en Cerro de la Virgen 1 y ll).
El conejo, se quiera o no, es el típico representante de la fauna mediterránea en la Península y esto indica condiciones climáticas diferentes a las que favorecen la presencia del bosque caducifolio.
-Mientras tanto, la mayoria de las macrofaunas son formas ubiquistas, presentes por doquier en los actuales biotopos peninsulares.
Como tales, pueden ser utilizadas para defender tanto hipótesis favorecedoras de la «mayor extensión del bosque,. como hipótesis contrarias según lo que a cada autor le convenga más.
Lo cierto es que sobre la fauna cinegética pesa también el mismo sesgo cultural que anteriormente comentábamos en relación con la riparia: la acción acumuladora del hombre puede falsear abundancias, máxime en muestras tan menguadas en donde los fenómenos aleatorios pueden combinarse con los agentes tafonómicos produciendo suprarrepresentaciones de lo más resistente (los grandes huesos).
Recordemos también que en muchos casos se trata de los mismos yacimientos utilizados por Harrison y Moreno en relación con las hipótesis del policultivo.
Muestras menguadas, no cribadas, etc... claramente resultaria peligroso ser terminante con las deducciones extraídas de estos materiales.
-La tercera conclusión, mayor caudal de las corrientes hidrográficas, es, por los datos de que dispone para aseverada, poco más que un comentario gratuito.
-La cuarta conclusión (4Cgran riqueza faunística») no sabemos como interpretarla.
Por si sirve de algo, diremos que sólo en la provincia de Almeria actualmente hemos observado, capturado y anillado, todas las aves citadas en los yacimientos, a excepción del buitre negro, quebrantahuesos, grulla y ánsar común (5).
Asimismo hemos observado galápagos en numerosas localidades y 13 de las 22 especies de mamíferos (uro y asno salvaje son especies extinguidas, el castor lo está en la Península probablemente desde tiempos medievales, mientras que los carnívoros, lobo, oso, nutria y lince existen en la zona hasta el siglo pasado al igual que ocurre con el ciervo y el corzo (Graells, 1897).
Estas últimas cuatro especies existen actualmente en zonas incluidas dentro del espacio argárico).
Obviamente a nadie se le escapa que la fauna, especialmente la de carnívoros y grandes mamíferos, ha sido drásticamente depauperada por la acción del hombre (Morales, en prensa).
Pero el término «gran riqueza faunística» no dice nada puesto que, sin hacer referencia a cifras o datos concretos, resulta en extremo subjetivo.
Destacan en estas conclusiones las criticas y apoyos vertidas en tomo a las dos hipótesis formuladas para explicar tales «cambios» en las especies y hábitats.
Así, la primera hipótesis (<<el régimen climático no ha variado fundamentalmente desde el Eneolítico») se empareja con una suposición (<<la vegetación a partir de esa época debe considerarse residual y suficiente como para conservar la humedad en ciertas zonas que permiten la vida de la fauna foresta!.) que en modo alguno se deduce de tal hipótesis (aunque pueda ser cierta).
¿Porqué esta equiparación? ¿acaso estamos argumentando desde puntos de partida aprioristicamente decididos?
Esta primera hipótesis presenta, al parecer, «evidentes problemas» (Lull, 1984: 40):
1) El primero de estos vuelve a ser precisamente la deducción gratuita, sin apoyo de datos que acabamos de mencionar (<<Existía anteriormente un ambiente húmedo que permitió el establecimiento de una vegetación que en el momento preargárico estaria ya formada por islas que configuraron microambientes residuales»).
(5) El ánsar careto del Cabezo Redondo debe tomarse con sumo cuidado ya que se trata de una especie divagante en la Península y la osteometría no es críterío de diagnosis adecuado (K. Rosenlund como verb.).
2) «El dominio de las especies de estepa con su fauna característica no estaría representada en los asentamientos no porque no fuera la dominante sino debido a valoraciones culturales».
Es difícil saber con certeza a que se refiere al hablar de valoraciones culturales pero lo cierto es que este problema se resuelve si dejamos de considerar a todas las especies como forestales estrictas.
¿Jamás podríamos concebir a perdices o a conejos como faunas de zonas abiertas? ¿nadie ha visto nunca a los conejos en las ramblas almerienses?
Incluso sin demasiados conocimientos zoológicos todo el mundo ha observado ocasionalmente jabalíes y ciervos en terrenos despejados.
Evidentemente sólo si nuestra valoración ecológica es sesgada podríamos considerar el comentarío antes referido como un problema a la hipótesis de la estabilidad climática.
3) El tercer comentario «(La acción cinegética se realizaba exclusivamente en estas islas reducidas y se desechaba la potencialidad alimentaria de las especies de estepa») es prolongación del segundo por lo que se le puede aplicar la misma critica que en el caso anterior.
4) El cuarto comentario es particularmente conflictivo.
En él se dice que «El mayor caudal y la regularidad que se documenta en los ríos no estaría relacionado en ningún caso con una pluviosidad mayor, sino a partir de un régimen que se supone regular y abundante de aguas subterráneas que al salir a la superficie no reciben aportación de lluvias de cabecera más importantes que las actuales».
¿Dónde y de qué modo se documentan caudal y regularidad en los ríos?
Toda la fauna limnética, salvo la nutria y la rata de agua ocasionalmente, lo es de biotopos lénticos (aguas encharcadas) no lóticos.
¿Dónde están los análisis hidrológicos necesarios para corroborar tal aseveración?
Risch y Ferrés reconocen que, en realidad, los aspectos hidrológicos son: «Una pregunta de difícil respuesta debido a los pocos dalas disponibles» (Risch y Ferrés, 1987: 89).
¿Acaso son 5 huesos, tres de nutria y dos de rata de agua (en la laguna de Cabezo Redondo), suficiente prueba de tales parámetros hidrográficos?
En algunos momentos tenemos la impresión de que está supravalorando la importancia de la fauna en reconstrucciones ambientales.
5) Por último, se pretende que aceptar la hipótesis de la estabilidad climática conlleva el convertirla en un fenómeno regional que «... se desarticula de los cambios climáticos observados en niveles suprarregionales en el resto de Europa desde aquel momento».
Para demostrar esto, sin embargo, sólo se citan los cambios de clima inferidos a través de pólenes en dos zonas más restringidas geográficamente que el sector sudeste peninsular (Córcega y los Pirineos orientales) que no sabemos en que modo pueden acoplarse con la información discutida de índole faunística.
Curiosamente, los análisis polínicos de zonas más próximas (Verdelpino y el País Valenciano) no son tenidos en cuenta (López García, 1977; Menéndez & Florschütz, 1961; Menéndez, 1961.
En el caso del yacimiento conquense no se dan las razones para tal decisión.
En el caso del País Valenciano se dice que «... éstos ofrecen puntos dudosos que hacen muy aventurada la reconstrucción del paisaje» (p.
Estas «paradojas», como así se denominan, son las siguientes:
Presencia del olivo y del castaño (árboles cultivados) en el 2.170 a.
C. El acebuche (Olea europea), agriotipo del olivo, es espontáneo por toda la Iberia mediterránea y se injerta regularmente con aquel a fin de obtener los pies más resistentes (Ceballos, 1971;429) por lo que resulta sumamente difícil diferenciar los pólenes agriotípicos con los de muchas variedades domésticas.
El castaño, por su parte, ha sido cultivado desde la antigüedad, desconociéndose cuando y cómo fue trasladado del mediterráneo oriental al occidental.
Aquí, por tanto, puede haber terreno para la especulación pero no ((paradoja» (3).
Presencia compartida de Pinus y Quercetum mixtum (esta sin asociación no existe en la sintaxonomía de Rivas-Martínez, 1987) que en estado natural se sustituyen.
En efecto, como indica Gandullo, los pinares de pino de alepo (P. halepensis): «... en general nos definen masas subclimácicas de Quercus ilex (encina) en Cataluña, Cazorla, Centro-L~vante y Centro-Sudeste y bosques climax en las regiones más aridas: Monegros, Levante, Sudeste y Sur» (Gandullo, 1972;107).
Pero esto en absoluto nos indica que no puedan aparecer juntos ejemplares de ambos conjuntos (Quercetum es una sinasociación botánica que incluye no menos de 15 especies!) en zonas que evolucionan hacia una climax o hacia etapas subclimácicas incluso de forma natural.
Tampoco hay aquí conflicto alguno.
Presencia de árboles de clima frio (Belula) y que exigen humedad (Salix (no salid!), Alnus y Fagus).
¿Dónde está la paradoja?
Los sauces (Salix) son: M ••• plantas casi exclusivas de sotos, riberas y lugares húmedos sin distinción de suelos>!
Sólo en la provincia de Almería tenemos actualmente 3 especies (S. fragilis, S. alrocinerea, y S. purpurea) (Peinado y Rivas-Martínez, 1987: 277).
Por lo que respecta al aliso (Alnus glutinosa), única especie peninsular del género: «... aparece espontáneamente en toda España, siendo más escaso o faltando en las comarcas áridas sudorientales oo."
(Ceballos 1971: 193) (recordemos que el análisis polinico de Menéndez-Florschütz se hizo en el País Valenciano).
CebaUos continúa: «oo. las alisedas o vemedas son rodales formando galerias y orlas junto a ríos, arroyos o lagunas donde llega a vivir parcialmente sumergidQ).
Esto encaja bien con un paisaje de manchas residuales de bosque ¿no?
Por lo que se refiere a los abedules (Betula) recordemos que B pubescens (ssp. celtiberica) aparece en el centro de España aetualmente (aunque no en el Levante) mientras que B. pendula lo hace por algunos puntos del norte de la Península (alcanza el Moncayo!) apareciendo de modo relicto en las montañas del Rif (Marruecos) (Ceballos, 1971: 187).
La primera datación de los análisis polínicos que comentamos (4.330 a.
C) es lo suficientemente antigua como para pensar en alteraciones significativas de las corologías de muchas especies, tanto animales como vegetales.
Si los abedules existen en el Moncayo actualmente ¿no pudieron haber llegado más al oeste hace 6.000 años?
Algo parecido podríamos decir del haya, cuyo punto más próximo a la zona discutida (el hayedo relicto de Montejo entre las provincias de Madrid y Guadalajara) tampoco se encuentra tan alejado como para pensar que 10s análisis polínicos de Menéndez-Florschütz ofrecen «puntos dudosos>!.
Tras analizar detalladamente las criticas expuestas sobre estos análisis de pólenes, creemos que para Lulllo más inaceptable del palinograma ofrecido por esta autora resulta ser el hecho de que se propone «oo. un paisaje abierto de bosque disperso desde la primera datación oo.» (6) qve en absoluto apoya las hipótesis de las faunas forestales por él defendidas.
Al igual que con los análisis edafológicos parece como si este autor no fuese capaz de encajar cualquier información contraria a su teoria y se empeña en buscar en lugares distantes las pruebas que no consigue obtener con los datos de que dispone en su área de estudio.
y con esto entramos en el capítulo final del comentario al trabajo.
Planteado de una forma menos radical, el estudio de Lull hubiese podido obtener una serie de interesantes resultados de los que el autor ni siquiera parece percatarse en momento alguno.
Planteado de la forma que lo hace, intentando obtener de las muestras faunísticas pruebas que refuten trabajos de mayor precisión (aunque, eso sí, limitadísimos), Lull se compromete en una serie de argumentaciones circulares en donde las especies son primero definidas como forestales para posteriormente utilizar su presencia como evidencia de la existencia de bosques.
No entra en consideraciones sobre si las muestras son menguadas, las caracterizaciones simplistas o, peor aún, si la fauna de que dispone (básicamente macrofauna de vertebrados procedentes de sedimentos no cribados) constituye el elemento adecuado para abordar una reconstrucción del paisaje o una demostración del cambio climático que, por fuerza, tiene que haber ocurrido a pesar de lo que diga la edafología o de lo que no puedan decir los pólenes, carbones o huesos.
Simplemente, de lo que más se dispone es de informes faunísticos y, al parecer, con eso basta.
La misma critica, acentuada por no proporcionar relación de valencias ecológicas, la extendemos a Risch y Ferrés (1987).
Discrepamos •de este tipo de trabajos más por el modo de proceder que por la adecuación o no de los resultados a las preguntas que se han formulado en un principio, tanto si son hipótesis (6) Algo muy similar se desprende de otros análisis como los aportados por López-García (1977, 1986Y 1988) Y Dupré-Omvier (1988). aisladas como si éstas se encuadran dentro de un programa sistemático de investigaciones.
A peGar de esto, tenemos que decir que en este caso concreto los resultados obtenidos no sólo son equivocados sino que pueden inducir a terceros a cometer equivocaciones.
De haberse percatado los autores de la necesidad que tenían de contar con especialistas capaces de valorar con conocimiento de causa la información bio-geológica disponible, los resultados habrian sido distintos.
ERRORES CONCEPTUALES: EL PELIGRO DE LAS NOCIONES DESCONTEXTUALIZADAS
La bibliografía sobre temas de fauna arqueológica ocasionalmente incluye comentarios que evidencian falta de familiarización con determinados conceptos.
El objeto de esta sección es enfatizar los peligros que entraña utilizar con desconocimiento determinadas «herramientas» de trabajo.
Se trata más bien, y a diferencia de los ejemplos comentados en la Sección m, de una llamada de atención para el futuro.
Anteriormente dijimos algo acerca del error que supone equiparar nichos ecológicos con biotopos.
A continuación exponemos algunos ejemplos similares tomados de diferentes trabajos:
1) Confusión entre acepciones vernáculas o intuitivas y reales de términos matemáticos.
En algún momento de su exposición Torres (1988: 153-154), al referirse a diferentes estrategias de aprovechamiento en cabañas mixtas de ovicaprinos, habla indistintamente de «relaciones» y «proporciones» cuando en realidad son dos conceptos diferentes.
Así, una relación es una conexión entre dos elementos de un conjunto o entre elementos de dos conjuntos (Jones y Clamp, 1982: 165).
Por el contrario hablamos de proporciones cuando las razones (esto es, el resultado numérico de comparar dos magnitudes, cantidades o números) entre elementos correspondientes de dos conjuntos es constante (Ibídem: 154).
En todos los casos, cuando los elementos son números se entiende siempre que se trata de números reales (es decir 1 < n < 00).
Por esta razón, tampoco es lícito hablar de relaciones o: 1 ó 1:0.
Sencillamente, cuando uno de los elementos no existe, por definición no puede haber relación.
Desconocemos si el uso repetido por parte de aquel autor al hablar de relaciones implicando al cero se debe al deseo de ahorrar espacio en el texto, pero llamamos la atención sobre un modo de exposición que puede inducir a confusión.
2) Utilización de expresiones y de términos mecanicistas en las discusiones.
Uno de los ejemplos más corrientes en los estudios de paleoeconomía es hablar de la obtención de proteinas y calorias para referirse, simplemente, al consumo de alimentos.
¿Porqué utilizar estos términos?
Esta terminología es aparentemente muy «científica», pero está fuera de lugar por dos razones fundamentales: a) Induce al error por cuanto no es reflejo de la realidad, atomizando una actividad en sus partes constituyentes y convirtiendo éstas en el objetivo último del proceso.
La gente comía, no para obtener calorias o proteínas (fenómenos supeditados e indisolublemente unidos a tal actividad) sino para saciar su apetito, divertirse o, incluso, matar el tiempo.
b) Induce también al error por cuanto puede enfatizar erróneamente el papel de ciertos elementos de un sistema conduciendo a simplificaciones del mismo harto peligrosas dado que pueden volver a tener «efectos en cascada» sobre otros investigadores.
Siguiendo con el símil de la «obtención 'de calorias y de proteínas» recordemos, por ejemplo, que 100 gr. de carne rinden aproximadamente 18 gr. de proteínas y proporcionan unas 250 calorlas mientras que 100 gr. de frutos secos rinden 16 gr. de proteínas y proporcionan unas 600 calorias.
La diferencia, a efectos de reconstrucción de la dieta, es que la carne suele dejar señales de su consumo (huesos) mientras que las nueces no (al menos normalmente).
Por eso, aunque las proteínas de origen vegetal sean de inferior calidad a las proporcionadas por la carne (no siempre, de todos modos) el concluir mayor consumo de proteínas en un asentamiento lleno de huesos que en otro en donde no se recupere ni uno solo puede no ser indicativo de un menor consumo de proteínas (y mucho menos de calorías).
Aunque estacionales, los frutos siempre son más fáciles de obtener que los animales y sus productos se conservan con frecuencia mucho mejor que los derivados cárnicos (s.l.).
Convendria utilizar, pues, los nombres comunes de las cosas y actividades ya que en ellos suele encerrarse mucha más sabiduría de la que a veces suponemos los que utilizamos regularmente la nomenclatura científica.
Al hacer esto, además, cumpliríamos una misión divulgadora de la que no estamos exhimidos por el hecho de ser investigadores.
3) El uso recurrente de correlaciones como evidenciadoras de relaciones causales.
Tales correlaciones. a menos que conozcamos el modo preciso de interactuación de las variables implicadas. no son en absoluto fidedignas y. como caso específico del método. ejemplifican las limitaciones de la inducción como modo de obtención de conocimiento en Ciencia.
Un caso particular de esta técnica puesta en práctica son las correspondencias de faunas utilizadas en los anteriormente citados trabajos de Lull (1984) y de Risch y Ferrés (1987) para investigar las afinidades ecológicas de asentamientos.
En realidad, se trata de índices de similitud faunística muy semejantes a los obtenidos por paleontólogos y ecólogos (Simpson.
En función de los porcentajes de taxones compartidos en las muestras. se infiere primero una atinidad faunística entre yacimientos y. a partir de ésta, se realiza una segunda inferencia que implica a las condiciones ecológicas de sus entornos.
Realmente todo el edificio colapsa si desconocemos (a) en qué medida las faunas reflejan el entorno original y (b) en qué medida las muestras son directamente comparables (idénticas técnicas de excavación. idénticos sedimentos.
PH. humedad del suelo. etc.... etc... ).
Sin saber esto las coincidencias pueden ser exclusivamente debidas al azar.
En el caso que nos concierne hay. además. otros inconvenientes: e) desconocimiento absoluto del modo en que interactuan las variables (especies) semejantes en pares de muestras comparadas; d) desigualdad notable en el número de taxones entre muestras (38) (Cabezo Redondo)-3 (Cerro del Real) (7) lo cual. debido a las propiedades matemáticas de estos índices. hace que los valores de semejanza (las «correlaciones») oscilen mucho entre pares de muestras.
Como esto no parece ser deseable. los índices se restringen a los mamíferos. con lo cual los márgenes de variación intermuestraria disminuyen notablemente La razón estriba en que las muestras cuentan aún con suficientes diferencias de diversidad como para no aeutralizar oscilaciones derivadas de comparar algún yacimi~nto de fauna muy limitada (Cerro del Real) con otros con mayor riqueza taxonómica.
Esto. lógicamente. evidencia un quinto problema del método. e) Las «similitudes» (los valores) dependen en no poca medida de la igualdad entre listas taxonómicas, ya que los índices se encuentran diseñados de tal modo que el número de presencias compartidas «pesará», a la postre, mucho menos sobre el valor final que el número total de taxones yel número de taxones no compartidos entre ambas muestras.
De esto, lógicamente, se deduce que las propiedades matemáticas del índice afectarán de distinta manera 1) a pares de muestra de diferente riqueza taxonómica y 2) a pares de muestras de alto número de co-ausencias (aunque los números de taxones sean idénticos).
En resumen, el valor final se debe a un cúmulo de circunstancias muchas de las cuales nada tienen que ver con las especies.
Por eso, mucho menos tendrán que ver con los biotopos que se pretende reconstruir.
f) Las «correspondencias» tan solo tienen en cuenta datos cualitativos.
A la hora de hacer el índice, por ejemplo, cuenta tanto 1 resto de erizo como 3.420 de conejo en Cabezo Redondo.
Se desvirtúa, por tanto, la base de inferencia y 10 restos de 10 especies forestales «convertirán» en forestal una muestra con más de 3.000 restos de una especie de campo abierto.
Por encima de todo esto, tenemos la cuestión fundamental: g) ¿Pueden decir algo unos guarismos como éstos acerca de la similitud paisajística entre dos yacimientos?
¿Realmente que significan esos números?
En la Tabla 8 se incluyen las tres muestras preargáricas (con diferencia las más homogéneas de las analizadas por Lull) y se comparan con cuatro yacimientos que nada tienen que ver con ellos: una cueva mesolítica conquense (Verdelpino), otra neolítica alicantina (Sarsa), una motilla manchega (Azuer) y un poblado soriano de la edad del Bronce (Ucero).
Las coincidencias más altas aparecen entre Verdelpino y Terrera Ventura (69), Castillejos y Verdelpino (70) y Cueva de la Sarsa y Terrera Ventura (71,5).
Según esto, estos yacimientos tendrian especies más próximas y serian de paisaje más afín que cualquiera de los yacimientos preargáricos lo eran entre sí.
Más aún, los valores se aproximan al más alto constatado previamente entre Cerro de la Encina y Cuesta del Negro y superan a los valores entre estratos de un mismo yacimiento (60 entre C. Virgen preargárica y argárica; 57 entre C. Encina argárica y postargárica).
También son notables las altas «coincidencias» entre Azuer y Cueva de la Sarsa (53) que, ni por cultura, cronología, contexto o paisaje parecen en principio tener mucho en común.
Lo cierto de todo esto es que no sabemos que significan esos números, a que responden, de que modo se relacionan las variables que les dan origen ni como pueden convertirse en paisajes concretos.
En no poca medida, este caso nos manifiesta igualmente el fetichismo de la numerología.
Cuanto más números podemos hacer aparecer en una página tanto más riguroso parecerá el trabajo.
La Arqueozoología es una ciencia joven y llena de potencialidades.
Los arqueozoólogos tradicionalmente venimos funcionando como analistas de restos faunísticos que se integran en los diferentes equipos de investigación, normalmente dirigidos por arqueólogos.
Hasta este momento, la gran mayoria de los arqu\!ozoólogos hemos trabajado con faunas de pequeña a mediana envergadura en donde las conclusiones que se obtienen, independientemente de las cuestiones que un proyecto pretenda resolver, son limitadas en función de los tipos de materiales disponibles.
En algunos casos la colaboración del equipo es muy estrecha y los materiales son muy ricos.
Los informes faunísticos que se elaboran entonces son dilatados y abordan un mucho mayor número de cuestiones.
Sin embargo, este tipo de muestras faunísticas no parece prodigarse en nuestro suelo y, por lo mismo, un análisis arqueozoológico de este tipo no suele poseer muestras similares con las que contrastarse.
Todo este cúmulo de factores suponen el que los informes de Arqueozoología ibérica sean en un gran porcentaje datos y en un pequeño porcentaje teoría.
Esto se aplica a todos los equipos que estamos trabajando en España, tanto españoles como alemanes y belgas.
Pero esto en absoluto indica desinterés, incompetencia, o nada por el estilo.
Muy al contrario, si no se hacen estudios teóricos exhaustivos es porque, como profesionales conocedores de la información que manejamos, sabemos que, hoy por hoy, tales estudios son prácticamente imposibles de hacer con garantías de éxito.
Es necesario el concurso de varios especialistas y, aún así, las cosas no son fáciles.
Curiosamente, no debemos haber sido capaces de transmitir esa impresión y en estos momentos parece que corremos el riesgo de quedar relegados a meros «técnicos)), en el decir de algunos (identificadores de huesos en palabras de otros), para que con nuestros datos otros puedan construir teorías e hipótesis (8).
En este trabajo confiamos haber convencido (aunque sea a unos pocos) que tales intentos, realizados con profundo desconocimiento de causa, estarán casi siempre condenados al fracaso.
No deja de ser curioso que los dos principales ejemplos comentados utilicen prácticamente las mismas fuentes (unos las faunas domésticas para inferir el policultivo y otros las silvestres para inducir el cambio del clima y el entorno) y lleguen al mismo punto.
Es intención nuestra que estas críticas no sean entendidas como reproches ni como cuestiones personales ya que, de una u otra forma, todos nosotros formamos un mismo equipo y necesitamos de toda la colaboración posible para sacar el máximo provecho a nuestro esfuerzo.
Esperamos sinceramente que esta larga y meditada reflexión sirva para fortalecer el respeto mutuo por el trabajo de los demás.
(8) En no poca-medida, todo el problema posiblemente pasa por una concepción excesivamente restrictiva de lo que es la arqueología Arqueólogos, a fin de cuentas, somos todos los que, desde un ángulo u otro, aportamos nuestro granito de arena al conocimiento de nuestrOli antepasados.
Por lo tanto, a nosotros en conjunto, y no sólo a los estudiosos de industrias (s.l.), nos corresponde el encargamos de las «ciencias auxiliares» en función, eso sí, de nuestra especialización, para integrarlas adecuadamente en el cuerpo de datos general de la arqueología. |
RESUMEN Se propone una metodología útil para la identificación de trigos recuperados en yacimientos arqueológicos de España.
Se basa en el análisis discriminante informatizado de nueve especies actuales del género Triticum que constituyen el patrón comparativo que identifica las especies de trigo arqueológico.
Se presenta la aplicación del método en 15 yacimientos de ámbito geográfico distinto y cronologías que van del Neolítico al cambio de Era.
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es 292 RICARDO'TELLEZ.
JAVIER G. CHAMORRO \ ANA M a ARNANZ granos carbonizados.
En el caso de éstos últimos, los únicos datos objetivos utilizables son su morfología y sus dimensiones.
Cuando éstos van acompañados de estructuras secundarias (glumas, espiguillas, raquis), la identificación es inmediata, aunque esto no ocurre con la frecuencia necesaria.
Los granos de trigos arqueológicos desnudos se encuentran normalmente trillados (Rivera et al., 1988) sin la presencia de glumas.
La acción del fuego sobre el grano hace desaparecer, en la mayoria de los casos, las frágiles estructuras secundarias mientras que el fruto queda carbonizado y así logra preservarse imperecedero.
Bajo condiciones de oxígeno limitado (dentro de vasijas o cestos), y temperaturas no superiores a 250 0, se produce un «horneado~ del fruto que convierte sus componentes orgánicos en carbón veg~tal.
Desde el momento que el fruto carboniza hasta su recuperación por parte del arqueólogo, sólo el proceso de abandono, sedimentación. y excavación del yacimiento puede ser los responsables de su incorporación, o no, al registro arqueológico.
La frecuente ausencia de estructuras florales secundarias en las muestras de procedencia arqueológica y de gran interés arqueobotánico, hace necesario recurrir a la metodología que presentamos.
Se basa ésta en el análisis estadístico discriminante realizado sobre: a) poblaciones de cien granos de especies conocidas, carbonizados en laboratorio, que se comparan con b) muestras arqueológicas (poblaciones de cien granos), cuya especie tratamos de determinar.
En unos y otros granos contamos, solamente, con las dimensiones reales de éstos -longitud, anchura y espesor-o
La hipótesis de trabajo que planteamos es que el establecimiento de una taxonomía numérica de trigos conocidos permite la extrapolación de los resultados estadísticos obtenidos al trigo arqueológico cuya identificación específica sea objeto de estudio.
SISTEMATICA y ECOLOGIA DEL GENERO TRITICUM La evolución biológica es el proceso de cambio y diversificación de los organismos a través del tiempo.
El cambio evolutivo afecta a todos los aspectos de los seres vivos: su morfología, fisiología, comportamiento y ecología.
Subyacentes a éstos están los cambios genéticos que, interaccionando con el ambiente, determinan el resultado final.
Cuanto mayor complejidad tenga la estructura genética de una planta mayor será su variabilidad y adaptabilidad, tanto económica como geográfica.
El trigo fue, junto con la cebada, el cultivo que permitió la expansión de la agricultura en el Viejo Mundo.
Su domesticación inicial en el Próximo Oriente originó, en parte, el fenómeno neolítico: frente a la incertidumbre que representaba recolectar frutos silvestres, el hombre optó por sembrar y cosechar cereales, por su fácil almacenamiento, cultivo y autopropagación.
El desarrollo económico-cultural del neolítico tuvo una base económica de sustento, muy importante, en el aprovechamiento intencional de estos cereales, junto con algunas leguminosas, que sembradas en pequeñas cantidades se multiplicaban en pocos meses.
Está suficientemente probado el origen del trigo a partir de gramíneas de composición genética simple que, por acumulación de mutaciones y cruzamientos intergenéricos e interespecíficos espontáneos, dieron.lugar a especies más complejas, de mayor rendimiento y con un potencial de variabilidad muy superior (Helbaek, 1966; Renfrew, 1973; López, 1980; Zohary y Hopf, 1988).
Así, disponían de una <;apacidad mayor para adaptarse a diferentes medios, es decir, a difundirse y ampliar su hábitat.
El hombre supo reconocer estas ventajas y convertirse en «mejoradoo), es decir, comenzó a dirigir la evolución de los cultivos.
Dos características de los trigos cultivados son la 1.2.
Dispersión y ecología Vavi lov (1887-194 1) Y s u esc uela exploraro n exha ustiva me nte durante los primeros decenios de este s iglo, el Próx imo Oriente y en general la c uenca mediterránea, con el propósito de lograr nuevas va riedades vegeta les que se adaptaran a condi cion es ecológicas tan variab les como las presentes en la U nión Soviética.
Estudiaron la variabilidad genéti ca de las es pecies c ulti vadas id entifica ndo y localizando s us afines silvestres.
El interés econó mi co de s us desc ubrimi en tos ra di ca en la posibilidad de dirigir y acelerar la mejora de las pl a ntas culti vadas.
Ll egaron a la concl usión de qu e el probable ce ntro d e origen en el cual se desarroll ó un a especie vegetal de in terés económico, debía localiza rse cerca d e la zo na donde se co nce ntra el mayor núm ero de formas d e la misma.
Vavilov ( 195 1) d emostró que las especies c ultiv adas, durante el proceso de dispersión d esde su cen tro de origen, lograron diferenciarse genéticamente en grupos con características morfológicas y ecológicas distintas.
Para cad a una de las es pecies, d e presencia reconocida en nuestra Peníns ul a, damos a con ti nu ación los resu ltados d e las med iciones, en fresco, de las muestras que hemos exam in ado.
También un res um en de s us ca rac terís ticas m ás notables en cuanto a los hábita ts preferidos y a la utilización de s us frutos, siempre dent ro de l sistem a de especies d e la Tabla 1.
Mi e ntras en la r a rma s ilvestre (s ubsp. boeolicum) la espiga se descompo ne en espi guillas a l a proximarse a la ma durez, en la form a cultivada (s ubsp. m0I10COCCUI11), qu e deri va de la anterior por cruzami e nto natu ra l, la espiga m a ntie ne s u estructura y necesita de trilla para libera rlas.
En ningún caso el gra no queda lib re de s us e nvolturas flora les, por lo cual pertenece a uno d e los tres tipos de trigos vestidos.
Es un a es pecie de maduración te mprana, sie ndo «pasto» propicio para pájaros.
Sus gluma s le protege n s in emba rgo d el a taque d e los insectos.
Tolera el frío, viento, a ltitud, hum ed ad, calor y sequía prolongada.
A pesar d e todo ello s u c ultivo en la actual id ad es prácti ca m ente in ex is te' nte de bido a la difi c ultad d e s u trilla, y a su bajo va lor nutritivo; puede se r empl eado en la a liment a ción animal.
Trigo tetraploid e, vestido, conocid o como «e mm en> o «almidonero».
Derivó, en época preagrícola, del silvestre T lu rgidum dicoccoides.
Es el más fác il de trillar e ntre los trigos vestidos y ta mbié n, el más ex pa ndido desd e ti empos prehi stóricos.
S u impo rta nc ia fu e primordial en los comi enzos de la agric ultura co mo a li men to pre para do en for ma d e gachas, pan o cerveza.
De esta especie s urgen los trigos turgidum des nudos (conv. durum, co nv. lu rgidum, conv. polonicum) qu e, al ser de trilla fác il, lograron reempl azar a su ancestro en importancia.
Por hibrid ac ión, dio lugar tambié n, al T aeslivum (Zohary y Hopf, 1988).
Fla kes be rger ( 1935) s itúa s u c ulti vo para Espa ña e n zonas montañosas de Navarra y Asturias.
No tolera un a cl im a tología excesivam ente dura y está cali ficado como tri go tardío.
Trigo tetra plo id e desvestido con cañas muy gruesas.
Prefiere suelos húmedos y no muy castigados por las intem peries, pu es a unqu e lo sobrell eva, es más sensibl e a l frío, a la seq uedad y a los s uelos ende bl es que el T monococcum, T spella, y los T aes livul11 (Rojas Cleme nte,18 18).
Resiste bi e n la roya, el ti zón y otras e nfer med ades.
Su rendimiento y va lor nutriti vo es interm edio (Té Llez y Alonso, 1952).
F ue un trigo muy propagado e n Ing late rra y co nocido como «rive t wh ea t» (Perciva l, 1948).
E n Espa ña, s u cultivo se e ncue ntra prefere nte mente e n la parte meridiona l.
Alonso de Herrera (principios siglo XVI) menciona 4<... aunque mu~' propagado en Berbería, rara vez lo amasan los moros para pan, sabiendo por experiencia cuán escaso es de harina... por eso no se ha multiplicado mucho por España, donde apenas se siembra... »
Cría mucha y buena paja y soporta bien la climatología adversa.
Es poco vulnerable a la roya, el tizón siempre que disfrute de temperaturas benignas.
Su expansión actual se debe al alto contenido de gluten en el germen que permite la elaboración de pastas v sémolas.
Es propio de países mediterráneos desde época clásica aunque su cultivo bien pudo ser anterior (Zohary y Hopf, 1988: 45).
T. polonicum L. Trigo tetraploide de glumas foliáceas muy caracteristicas y grano muy largo.
Suele aparecer en los sembrados del T. durum como contaminante.
Es bastante sensible a la sequedad y no tanto a la pobreza del terreno.
Se defiende mejor que otros de los pájaros, de la frialdad y demás inclemencias (Rojas Clemente, 1818).
Es poco fructífero y su harina, aunque abundante, tiene poco valor nutritivo.
Por ello, está poco difundido tanto en España como en el resto de Europa.
Trigos hexaploides que fueron definidos por sus autores respectivos (Linneo y Host) basándose en la densidad de sús espigas.
Mientras el T. vulgare presenta densidades de 10 hasta 38 espiguillas, el T. compactum nunca baja la densidad de 40.
Esta compacidad de las espigas determina una T. P., 1990, n ll 47 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es menor longitud del grano.
Esta caracteristica botánica no tiene utilidad para los trigos arqueológicos puesto que casi nunca se recupera la espiga completa y, por tanto, su densidad no puede medirse.
El hecho de que en la actual sistemática se mantengan ambas como subespecies distintas justifica que las diferenciemos en este trabajo.
El genoma hexaploide permite una mayor adaptabilidad ecológica y aumenta su potencial de difusión geográfica.
Sin embargo, sufre más de tizón y roya que otros tipos.
Las aristas de la espiga protegen a los granos de los insectos mientras permanecen en ella.
Proporciona excelente pan y paja, siendo su rendimiento nutritivo y productivo el más elevado (Téllez y Alonso, 1952).
Flakesberger (1939) señala que en el neolítico los trigos compactum, de planta enana, fueron más extensamente cultivados que en la actualidad, como lo demuestran los hallazgos arqueológicos en Europa central. de donde han desaparecido casi por completo en la actualidad.
T. spelta L. Trigo hexaploide vestido, presente en Centroeuropa desde época neolítica (Renfrew, 1973).
En España y más concretamente en Asturias se ha cultivado como trigo de primavera, al menos hasta mediados del presente siglo.
Es el trigo de trilla más difícil.
De productividad baja es, sin embargo, resistente a los inviernos crudos y poco exigente en cuanto a suelo y clima.
Tiene el inconveniente de que la planta vuelca o «encama», dificultando su recolección.
Trigo hexaploide endémico de la India (Punjab y Sind) (Percival, 1921).
Es una planta poco polimorfa, de grano globular y dimensiones muy reducidas, cuya estructura genética no le permite mayor adaptabilidad ecológica.
Clemente y Lagasca (Téllez y Alonso, 1952) no mencionan su presencia en España.
Morfología del género Triticum
En las especies de hábito silvestre el raquis del trigo es frágil; las espiguillas, envueltas en sus glumas, se descomponen de forma espontánea lo cual permite la diseminación natural de sus granos y su propagación.
Esta característica es de vital importancia para la supervivencia de la especie silvestre.
Sin embargo, este rasgo dificulta el aprovechamiento del trigo silvestre por parte del homb,•e.
En las especies cultivadas, el raquis se mantiene tenaz hasta su recolección.
Durante la trilla los granos saltan fuera de sus envolturas, quedando listos para su posterior molienda.
La modalidad de fragmentación en las espigas se emplea en la sistemática botánica para la diferenciación de las especies.
Dada la morfologia de la espiga de trigo, son tres los puntos de posible fragmentación en el momento de su madurez (Fig. 1).
Al descomponerse la espiga del T. spella, cada espiguilla lleva adosada lateralmente el artejo contiguo (3) (Fig. I,b), mientras que en el T. monococcum y el T. dicoccul1l, lleva adosada terminalmente el artejo de la espiga inmediatamente inferior (Fig. la, Lám.
En los trigos vestidos, el eje de la espiga desaparece al descomponerse sus artejos, por el contrario, en los desnudos permanece.
En el caso de los trigos cultivados desnudos, más comunes en la generalidad de las zonas cerealistas, el eje de la espiga (raquis) persiste, las espiguillas se despojan de las glumas fácilmente durante la trilla (Fig. Ic).
Para separar el grano basta aventarlo posteriormente.
La aparición de los trigos de raquis tenaz y grano desvestido fue fortuita, según los genetistas, sin menospreciar el trabajo de observación, valoración y selección que ejerció el hombre sobre las especies que conseguía domesticar con éxito.
Las ventajas de los trigos desvestidos que maduran en la espiga sobre los silvestres vestidos que caen espontáneamente, son las siguientes:
mayor productividad, -cultivo y recolección más fácil, -utilización directa, o con escasa preparación, del producto de la cosecha, -fácil conservación de los granos para su uso como alimento o como semilla en posteriores ciclos.
Las nueve variedades de trigos actuales y la población por muestra, que configura el archivo infonnático, que denominamos 4CPatrón" (4), son las siguientes:
( A excepción del T. sphaerococcum, sabemos que estas especies estaban presentes en España a comienzos del siglo XIX por mención de los botánicos Lagasca y Clemente (Téllez y Alonso, t 952).
Estos recogieron especímenes de los trigos que se cultivaban por entonces en España, en época anterior a la modernización de la agricultura y a las manipulaciones de carácter genético destinadas a mejorar la productividad económica, resistencia a la roya y otras enfermedades.
Incluir el T. sphaerococcum en el presente trabajo se debe exclusivamente a la mención que Pinto da Silva (Pinto da Silva, t 971; Pac;o, t 953 Y t 956) hace de su posible presencia en algunos yacimientos portugueses y en Almizaraque.
Identificación que no creemos válida por las razones expuestas de endemismo y por no haber sido recogido por Lagasca y Clemente (Téllez y Alonso, t 952) en su colección de la 4CCeres Hispánica".
De cada una de las nueve variedades se midieron las poblaciones correspondientes considerando como variables la longitud, anchura y espesor.
Kosina (1983: 177) mide además la anchura del surco ventral (variable 4) y la distancia del surco al dorso del grano (variable 5), que no hemos considerado porque no queríamos introducir variables que precisaran la destrucción de la muestra analizada (5).
Una vez obtenidos los valores en fresco, se procedió a la carbonización de la muestra en una estufa de aire a 100 0 durante 48 horas con objeto de eliminar lentamente la humedad del grano.
Este procedimiento resultó adecuado para la completa carbonización de los granos a excepción de los correspondientes a T. spelta, T. vu 19a re, T. compactum y T. dicoccum que precisaron una temperatura superior a 250 0 durante tres horas más en mufla.
Es sabido que la carbonización produce deformaciones en los granos de cereales.
Para abordar experimentalmente el problema, es necesario utilizar una colección de patrones conocidos.
Hemos investigado este hecho en profundidad y ello nos pennite valorar cuantitativamente la variación producida en el fruto por la transfonnación del estado fresco al carbonizado.
El exocarpio de los granos de trigo actúa como membrana elástica, más o menos finne, y permite al contenido del grano dilatarse hasta adoptar la fonna en estado carbonizado.
En todos los casos se demostró que la longitud de los granos se redujo entre el 13 y 24 %, Y el espesor entre el 4 y 15 %, en función de la variedad botánica.
El comportamiento de la anchura es irregular con tendencias menos acusadas a la reducción, siendo en alguna variedad inexistente o (4) Las muestras 1.2, 7 Y 9 fueron cedidas por el Banco de Gennoplasma (Instituto Nacional de Investigaciones Agrarias) al ser estas variedades de cultivo muy limitado hoy día en España Agradecemos a Marisa Granda la ayuda que nos brindó para este fin.
Las restantes muestras fueron proporcionadas por el Instituto Nacional de Semillas y Plantas de Vivero. ambos centros pertenecientes al Ministerio de Agricultura.
(5) En un principio se consideraron también como variables los coeficientes entre la longitud. anchura y espesor. descartándolos posterionnente ya que no mejoraban.Patrón •.
T. P., 1990, n ll 47 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es incluso positiva, como ocurre en el T. polonicwn (Tabla 2).
La tendencia general del grano a redondearse no es un uniforme y su valor depende de la variedad.
Esto era un paso previo. necesario para la identificación de especies y variedades de trigo arqueológico puesto que las dimensiones de éste no deben compararse con las correspondientes a granos actuales en estado fresco sino con los parámetros estadísticos de granos conocidos carbonizados.
Así una «Muestra Arqueológica X» será discriminada en base a su similitud con los nueve grupos varietales que hemos establecido en «Patrón» (Tabla 4).
En la Tabla 4 se presenta la base de datos resultante del proceso experimental y que nos sirve de patrón comparativo.
En las muestras carbonizadas de trigos conocidos, la fiabilidad discriminante entre los nueve grupos está en relación con las distancias cuadráticas generalizadas que existen entre ellos (Tabla 6).
Al interpretar los datos obtenidos, es necesario tener en cuenta los parámetros de tipificación que figuran en los resultados del análisis discriminante.
Si bien, las nueve muestras de trigos que componen «Patrón» sabíamos eran miembros de su grupo al 100 %, no todos los granos de una muestra homogénea se definen dentro del mismo (Tabla 6).
Esto se debe a factore~ tales como:
-Situación del grano en la espiga.
Los granos del tercio superior e inferior suelen ser de menor tamaño que los formados en el centro.
Un campo fértil o bien abonado, suele producir granos y espigas bien conformadas.
Siempre existe un factor aleatorio en la selección, que involuntariamente afecta a los resultados.
A mayor número de observaciones, menor es el índice de error.
Hay que tener en cuenta estos factores para interpretar los resultados y extrapolarlos a las muestras arqueológicas.
Es necesario establecer.el sesgo de cada grupo para evitar errores en la interpretación..cPatrón»: resultado del análisis discriminante efectuado sobre muestras de trigos conocidos carbonizados con su porcentaje de asimilación entre grupos.
Los valores indican la asignación de grupos realizada por el programa (horizontal), para una muestra homogénea (vertical).
Entre,;t7 paréntesis se indica el grado de fiabilidad de cada asignación.
-\O Resultado del análisis discriminante en el que se aprecian los grados de aproximación filogenética.
Se agrupan los porcentajes, no por su asimilación a una variedad concreta, sino por su pertenencia a su grupo filogenético, Tetraploide vestido (tetra.
V), desnudo (tetra D.)
La dificultad, expresada por varios paleoetnobotánicos, de diferenciar T compaclum, y T vulgare (Renfrew, 1973: 62) parece satisfactoriamente resuelta con los parámetros establecidos en ~~Patrón», lo mismo sucede en el caso de los trigos desnudos tetraploides y hexaploides (Tablas 5 y 6) (Zohary y Hopf, 1988 y Kosina 1983).
Los restantes tres grupos tienen unos índices que consideramos insatisf actorios, por ahora, de acierto y fiabilidad: Los resultados de este análisis discriminante, muestran la existencia de ciertos solapamientos que generan zonas de incertidumbre, tanto más acusadas cuanto menor es la distancia cuadrática entre grupos (Tabla 6).
En estas zonas, de solapamiento, los individuos pueden considerarse tanto de una población como de otra, como ocurre en el caso del T. dicoccum y del T spelta, en donde la distancia es inferior a 1 (0,79).
Contamos con la tipificación de la muestra que incluye el índice de densidad (número de identificaciones) de un detenninado grupo varietal dentro de la misma, y con la proporción (fiabilidad) de las identificaciones dentro de los nueve grupos.
La tipificación representada por el numerador (identificación) incluye el denominador (fiabilidad de la identificación) con respecto a los nueve grupos establecidos (Miller, 1988: 72).
En este estudio arqueobotánico, empleamos ambos índices (identificación y fiabilidad) para conocer la tipificación de grupo que establece «Patrón».
La identificación discriminante de trigo arqueológico, que denominamos «Prueba», nunca podrá mejorar la identificación de «Patrón» (muestra homogénea), y se basa en la correlación de las tipificaciones de grupos conocidos con las tipificaciones de trigos arqueológicos (100 observaciones T. P., 1990, n ll 47 por muestra).
Cuando la tipificación es similar tanto en el patrón como en la muestra arqueológica, podemos considerar que se trata de una misma población.
Si, por el contrario, el índice de densidad en «Prueba,. es inferior a «Patrón,., pero su fiabilidad similar, podemos establecer más de una.
Muestras de Trigos arqueológicos: «Prueba,.
El archivo «Prueba)! consta de 18 muestras de trigos arqueológicos procedentes de 15 yacimientos españoles con cronologías que van desde el quinto milenio hasta el cambio de Era (Mapa).
Cada muestra procede de un mismo contexto arqueológico y son homogéneas en cuanto al número de observaciones.
Los resultados revelan ciertos patrones regionales a pesar del reducido muestreo geográfico con que contamos en la actualidad.
Agrupamos las muestras de acuerdo con su procedencia y las comentaremos en conjunto.
Todo el material está adscrito a la Cultura Castreña.
Muestra 1: (I-N) Castro de Vigo (Pontevedra).
Excavado por J. M. Hidalgo Cuñarro en 1983, siglo I d.
Muestra 2: (I-G) Boimorto (La Coruña).
Excavado por F. Acuña Castroviejo, siglo I d.
Muestra 3: (2-X) Castro de A'Graña, Toques (La Coruña).
Excavado por F. Acuña Castroviejo y G. Meijide, siglo 1 a.
Muestra 4: (1-C) Castro de Peñalba.
Excavado por A. Alvarez Núñez en 1984, siglo VII a.
Muestra 5: (2-1) Castrovite, A. Estrada (Pontevedra).
Excavado por X. Carballo Arceo en 1986, siglo IV-ID a.
Excavado por X. Carballo Arceo en 1985, siglo II a.
Los resultados de las muestras analizadas señalan la presencia mayoritaria, reflejada en el índice de densidad, de T compactum con valores que oscilan entre 48 96 (Castro de A'Graña) y 81 96 (Castro de Vigo).
Los índices de fiabilidad en la identificación superan el 70 96.
En casos concretos como Castro de Vigo, los porcentajes de tipificación coinciden plenamente con compactum en «Patrón)!
En todas las muestras aparece un porcentaje de T vulgare que oscila entre 5 y 1 S 96, que puede ser asimilado a la población mayoritaria de compactum si tenemos en cuenta que en «Patrón)! la asimilación es del 1496 (Tabla 4).
Llama la atención la presencia de T turgidum, siempre minoritariamente representado, con índices de fiabilidad elevados que indican su probable cultivo en Galicia en época castreña.
En la Fig. 3 se representan las poblaciones identificadas: T compactum, a la que se ha asimilado los porcentajes de las de T vulgare, y T. turgidum.
Muestra'•7: Cueva de Arevalillo, Arevalillo de Cega (Segovia).
Muestra 8: (Nivel XXV) Calle Azafranales, Coca (Segovia).
2.-1) Castro de Vigo (Pontevedra).
3.-Distribución de variedades de trigos arqueológicos.
Se aprecian patrones de comportamiento semejantes en todos los castros gallegos.
Por un lado, la presencia mayoritaria de T. compaclum (2), a la que se ha acumulado T. vulgare (ver texto), y por otro la existencia de una población minoritaria de T. lurgidum (S), que aunque escasa, presenta unos índices de fiabilidad lo suficientemente elevados como para poder considerarla significativa.
1) T. spella 2) T. compaclum 3) T. sphaerococcum 4) T. vulgare 5) T. turgidum 6) T. dicoccum 7) T. monococcum = Identificación dentro del grupo, índice de densidad.
F = Fiabilidad de la identificación dentro de los 9 grupos.
Yacimientos: 1) Castro de Vigo (Pontevedra).
2) Boimorto (La Coruña).
3) Castro de A'graña (La Coruña).
4) Castro de Peñalba (Pontevedra).
6) Castro Montaz (Pontevedra).
7) Cueva de Arevalillo (Segovia).
9) Motilla de Santa María del Retamar (Ciudad Real).
10) Motilla del Azuer (Ciudad Real).
13) Liorna de Betxi (Valencia).
14) Castillo de Doña Blanca (Cádiz).
16) Cortes de Navarra (Navarra).
• Total de semillas discriminadas por «Patrón)l con valores de fiabilidad> 50.
4.-Distribución de variedades de trigos arqueológicos.
Se puede apreciar. la existencia de dos trigos T. compactum (2).Y T. vulgare (4) cuya presencia se repite en los yacimientos de la Meseta, a exce~ión de Azuer, en donde los ~Tcentajes quedan Invertidos.
En el texto se describe cómo estos dos trigos no difieren más que (>?r la densidad de su espiga, y por tanto pueden considerarse de forma conjunta a todos los efectos.
La Identificación de T. 5phaerococcum (3) debe interpretarse no como tal, sino como granos ~o desarrollados de las poblaciones mayoritarias.
1) T. spelta 2) T. compactum 3) T. sphaerococcum 4) T. vulgare 5) T. turgidum 6) T. dicoccum 7) T. monococcum.
Se observa la presencia de dos variedades de trigo, T. compaclum y T. vulgare, quizás cultivados juntos.
Como ya se dijo sólo difieren en la densidad de la espiga y bien pudieron coexistir en la Meseta.
Se trata de dos poblaciones significativamente representadas.
En los casos de las muestras 7 y 8, procedentes de la provincia de Segovia, los porcentajes de ambas poblaciones son casi idénticos (entre 39 % Y 45 %), Y podemos conjeturar la presencia de compaclum y vulgare.
La muestra 9 procede de un mismo contexto arqueológico que corresponde al nivel de incendio de una habitación.
Los granos se hallaban en recipientes distintos, dos ollas de pequeño tamaño y un cesto de esparto.
Efectuamos, en un principio, el análisis de las tres por separado para determinar si se encontraban diferentes variedades de trigo.
Los resultados son similares y las hemos agrupado con la media en la Tabla 7.
En Retamar, predomina el vulgare (56 %) sobre el compaclum (27 %), aunque consideramos que ambas poblaciones están significativamente representadas.
En la muestra 10 del Azuer, se aprecian las mismas poblaciones que en los restantes de la Meseta, pero con los porcentajes invertidos: compaclum (64 (6), vulgare (25 %).
Los porcentajes de sphaerococcum que aparecen en Coca y Retamar, no pueden identificarse como tal debido al bajo índice de Fiabilidad con respecto a «Patrón».
Interpretamos que corresponden a granos poco desarrollados de las poblaciones mayoritarias, vulgare y compactum.
Adscrita al Neolítico Cardial, segunda mitad quinto milenio.
Muestra 12: Cova de 1'0r, Beniarrés (Alicante).
Adscrita al Neolítico Cardial segunda mitad quinto milenio.
Muestra 13: (AB/I-2) Liorna de Betxí, Paterna (Valencia).
Adscrito al Bronce Pleno, c.
C. (M. J. de Pedro y E. Grau, comunicación personal).
Las dos muestras procedentes de la Cova de 1'0r no han sido agrupadas por pertenecer a campañas diferentes.
El análisis, sin embargo, revela que ambas muestras son similares en su composición.
La población mayoritaria es T. compactum (65 % Y 64 %) con la presencia minoritaria de T. vulgare (18 % Y 25 %).
El elevado índice de fiabilidad en ambas permite suponer el cultivo de los dos trigos.
No hemos constatado en nuestro análisis T. dicoccum (Hopf, 1966), ni hallado estructuras secundarias en la muestra total que se encuentra depositada en el Servicio de Investigación Prehistórica (Valencia), que permita identificar su presencia en este yacimiento.
En la Liorna de Betxí, están así mismo presentes las poblaciones de compactum (29 %) Y vulgare (56 %), aunque los porcentajes están invertidos con respecto a las dos muestras anteriores.
La identificación de granos como sphaerococcum, en la Liorna y Cova de 1'0r, no debe entenderse como tal debido a sus bajos índices de fiabilidad (61 %-68 %) con respecto a «Patrón» (92 %).
Interpretarnos que estos granos corresponden a frutos poco desarrollados de las poblaciones vulgare o compactum.
5.-Distribución de variedades de tri~os arqueológicos.
En Cava de L'Or y en la Llama de Betxi, puede considerarse caracteristica la presencia simultánea de T. aestivum y de T. compactum a pesar de que la proporción relat, iva de los mismos sea diferente.
La identificación de T. sphaerococcurri (3) debe interpretarse no como tal. sino como granos poco desarrollados de las poblaciones mayoritarias.
En Almizaraque y en el Castillo de Doña Blanca la distribución si~ue siendo la misma, a pesar de las distancias cronológicas y geográficas.
Esto permite subrayar cómo el T. aestlvum, en cualquiera de sus variedades, ha sido el trigo más representativo de las sociedades prehistóricas, desde su aparición.
Cortes de Navarra, es el único yacimiento en el que se han discriminado variedades vestidas (ver texto) t) T. spelta 2) T. compactum 3) T. sphaerococcum 4) T. vulgare
Castillo de Doña Blanca
Muestra 14: Castillo de Doña Blanca, Puerto de Santa María (Cádiz).
Adscrita a la Cultura Turdetana, siglo lV-lII a.
Los elevados índices de fiabilidad en ambas identificaciones permiten suponer la presencia de las dos variedades de trigo.
El bajo índice de fiabilidad (50 %) en la identificación de T. spelta.. puede, quizás, indicar simplemente el cultivo! consumo de un trigo vestido en Doña Blanca.
Muestra 15: Almizaraque (Casa 41), Cuevas de Vera (Almería).
Adscrito al Eneolítico, c.
La tipificación nos indica la presencia de ambas variedades.
Los 13 granos aquí identificados de T. sphaerococcum deben interpretarse como granos poco desarrollados, por su posición en la espiga o por las pobres condiciones de suelo, y son asimilables a cualquiera de las dos poblaciones mayoritarias.
A esta conclusión llegamos al observar el bajo índice de fiabilidad con que aparece, mientras que en «Patróm~ es de los más altos.
La identificación «de visu» puede caer fácilmente en este error, y por ello, disentimos de la realizada por otros autores (Pinto da Silvá, 1971y Rivera, 1988).
Muestra 16: Cortes de Navarra (Casa 18), Cortes (Navarra).
Adscrito a la Cultura Hallstática, nivel de incendio fechado 720-550 a.
En la muestra completa depositada en el Museo Arqueológico Nacional (Madrid) encontramos estructuras se~undarias que permitían la identificación de T. dicoccum Nuestro análisis revela la presencia mayoritaria de trigos vestidos, T. spella (4796), T. dicoccum (796) Y T. monococcum (1496).
Si bien el índice de fiabilidad de este último es muy bajo con respecto al patrón, los correspondientes a spelta (62 96) Y dicoccum (59 96) coinciden con él.
Como dijimos anteriormente, las distancias cuadráticas generalizadas entre spelta y dicoccum son inferiores a 1, por lo cual la identificación discriminante de ambas poblaciones es aún insatisfactoria.
A la vista de los resultados, se constata la presencia mayoritaria de trigo vestido que, por las estructuras secundarias, debe identificarse como T. dicoccum Los trigos desvestidos, T. vulgare y T. compactum, están representados con 27 96, por lo que podemos inferir su cultivo! consumo en Cortes de Navarra.
Creemos que la metodología experimental presentada resulta válida para la identificación de las diferentes especies y variedades de trigo cultivado en la Península Ibérica, recuperados por medios arqueológicos, desde los inicios de la agricultura hasta época histórica.
El método se presenta como una alternativa en la identificación de trigos cuando éstos carecen de estructuras secundarias.
Las dos muestras de Cova de l'Or ofrecen una gran similitud a pesar de tratarse de campañas diferentes y creemos que este dato corrobora la validez del método que proponemos.
«Patrón,. discrimina las poblaciones de fonna analítica y emite un juicio de resultados objetivo con respecto a las variables morfológicas establecidas.
El medio físico detennina, en gran medida, la presencia o pennanencia de ciertos cultivos en las zonas concretas que hemos estudiado.
Si analizamos los resultados de las 18 muestras, en conjunto, se observa la clara preponderancia de T. eompaetum y T. vulgare, que aparecen de fonna significativa en todos los yacimientos que hemos muestreado.
El T. aestivum se encuentra en la Península desde los niveles neolíticos, por ser el trigo que mejor se adapta a las diferentes condiciones ambientales.
Sin embargo, esta especie es la más propensa a sufrir añublo y otras enfennedades que pudieran malograr la cosecha.
En dos de los castros gaUegos (Vigo y Peñalba), la identificación de vulgare, en el análisis discriminante se debe considerar con la asimilación que cabe esperar de poblaciones homogéneas de compactum, de acuerdo con los resultados de «Patrón,..
En la mayoría de las muestras «Prueba», se aprecia el cultivo de dos variedades de trigo.
En Galicia, la presencia de aestivum y turgidum indica que ambos pueden sembrarse conjuntamente.'En otros dos castros (A'Graña y Montaz), hay dos poblaciones mayoritarias, compactum y turgidum, siendo los procentajes de vulgare, mero testimonio de su asimilación con compactum La identificación de turgidum es constante en todas las muestras procedentes de Galicia, pero sólo A'Graña y Montaz pueden señalarse como centros productores/consumidores de esta variedad de trigo.
En la zona de la Meseta, se observ,a la clara hegemonía de dos poblaciones, compactum y vulgare, que se cultivan por igual.
Si bien en las dos muestras, procedentes de Segovia, la proporción es casi equitativa, en Azuer la preponderancia corresponde a compactum La presencia de granos raquíticos, discriminados como sphaerococcum, en Almizaraque, las tres muestras de Valencia y dos de la Meseta, puede indicar el cultivo de compactum o vulgare en suelos poco fértiles y faltos de humedad que propician granos con características de enanismo.
Es significativa su total ausencia en Galicia, Doña Blanca y Cortes de Navarra.
Las variedades de trigo vestido sólo han sido documentadas significativamente en Cortes de Navarra y en menor porcentaje en Castillo de Doña Blanca.
Cortes de Navarra es el único que muestra la presencia mayoritaria de un trigo vestido, spelta o dicoccum Los resultados de Doña Blanca, además de señalar la existencia de compaetum y vulgare, indican la posibilidad de que también se consumiera un trigo vestido.
Hace falta un muestreo más amplio en el yacimiento para despejar esa incógnita en el futuro.
No hemos constatado, la importancia relativa que se ha venido atribuyendo al dicoecum entre las variedades de trigos arqueológicos españoles.
Somos conscientes que el muestreo es aún insuficiente para pronunciarse sobre ésta y otras cuestiones que, sin duda, podrán clarificarse mucho más cuando tengamos suficientes análisis en nuestro archivo «Prueba)!, que abarquen proporcionalmente todos los ámbitos cronológicos y geográficos del trigo en la Península Ibérica.
Pretendemos lograr en el futuro una identificación más satisfactoria de las tres convariedades (dieoccum, durum y spelta), ampliando «Patrón,. con nuevas variables, y con la utilización de un lector óptico digital.
Sería del máximo interés conocer, mediante Microscopia Electrónica de Barrido, la estructura celular del pericarpio de los nueve grupos considerados..
«Patrón,. y «Prueba» (Tablas 4 y 7) constituyen una línea de investigación abierta a la identificación de muestras de trigo aportadas por todos aqueUos arqueólogos interesados en el tema.
T P., J 990, no 47 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es |
En este trabajo presentamos la primera evidencia de arte mueble paleolítico en el sur de Portugal: dos plaquetas de pizarra procedentes de niveles solutrenses del yacimiento de Vale Boi, zona occidental del Algarve (Portugal).
La primera de las piezas es una pequeña placa (14,6 × 8,1 mm) que presenta sobre una de sus caras un ideomorfo grabado.
La segunda (8 × 5 cm) cuenta con una superfi cie ocupada por óxido de hierro natural de color amarillento, tiene claros indicios de extracción de mineral para producir colorantes.
En la superfi cie opuesta han sido grabados tres uros y una posible cierva.
El estilo y secuencia de los grabados apuntan a un solo artista.
Las características estilísticas de los zoomorfos concuerdan bien con los rasgos comunes del arte del ciclo Gravetiense fi nal y Solutrense antiguo del País Valenciano, Andalucía y Valle de Côa (Portugal).
Esta afi nidad sintoniza asimismo con las fechas AMS de los niveles solutrenses de Vale Boi, datados entre ca.
En los últimos años, diversos proyectos de prospección sistemática y de excavación han permitido extender la investigación a la mayor parte del territorio portugués, como Trás-os-Montes (Vale de Foz Côa) o el Algarve (VV.
En esta última región de Portugal se han llevado a cabo varios proyectos de investigación (A Ocupação Humana Paleolítica do Algarve y A importância dos recursos aquáticos no Paleolítico do Algarve dirigidos por Nuno F. Bicho y O processo de Neolitização no Algarve, dirigido por António F. Carvalho) que han permitido documentar más de 60 nuevos yacimientos arqueológicos prehistóricos, a partir de los cuales ha sido posible articular una secuencia para la región que abarca desde el Paleolítico medio hasta el Calcolítico.
De entre todos ellos destaca Vale Boi, tanto por su singular riqueza secuencial como por la cantidad y diversidad de vestigios arqueológicos (e.g.
En el ámbito más restringido del arte paleolítico en el territorio de Portugal (Bicho et al. 2007), el repertorio es aún muy reducido y, por el momento (Fig. 1), limitado en su versión subterránea a la cueva de Escoural (Santos et al. 1981; Lejeune 1995; García et al. 2000), mientras que al aire libre diversas localizaciones han terminado por perfi lar un área original en el modo de expresión de las manifestaciones gráfi cas paleolíticas en el entorno de cursos fl uviales: Mazouco (Jorge et al. 1981), las estaciones del valle del Côa (Baptista 1999a(Baptista, 1999b; Baptista y Gomes 1997) y otros emplazamientos de menor entidad, como Pousadouro, Sampaio y Fraga Escrevida, en la región de Trás-os-Montes (Zilhão 2001); Ribeira da Sardinha en río Sabor (Baptista 2001), Quinta da Moreirola en Beira Alta (Bicho et al. 2007) y Ocreza y Poço do Caldeirão, en Beira Baixa (Baptista 2001(Baptista, 2004;;Gomes 2001).
Así mismo, por su relativa proximidad a Vale Boi, habría que añadir Molino Manzanez (Collado 2002), en la Extremadura española, o Siega Verde (Alcolea y Balbín 2008), en este caso más alejado, pero reseñable por su proximidad al Côa, entre otros.
La versión mobiliar quedaba aún más restringida, limitada a un grupo de indicios comúnmente aceptados en Caldeirão (Zilhão 1988(Zilhão, 1997)) añadir otros dos, procedentes de Setúbal y Montemayor-o-Novo (Santos 1981; Zbyszewski y Ferreira 1985) sujetos a cierta controversia en cuanto a su valoración arqueológica (Zilhão 1989).
A este limitado conjunto se suman las dos plaquetas encontradas en el yacimiento de Vale Boi, que adquieren una singular importancia por varias razones: a) Terminan por extender hasta el extremo suroeste de Europa (Algarve portugués) las manifestaciones artísticas mobiliares paleolíticas.
b) La gran calidad y complejidad compositiva de alguna de las piezas. c) Su documentación en excavación aporta indicios cronoestratigráfi cos precisos para ayudar a articular la secuencia gráfi ca del Paleolítico superior meridional ibérico. d) La identifi cación de rasgos técnicos y estilísticos enraizados claramente en la tradición del arte paleolítico del occidente europeo (yacimien-
CONTEXTO ARQUEOLÓGICO Y METODOLOGÍA DE ESTUDIO DE LAS PIEZAS DE ARTE MUEBLE
El yacimiento cuenta con una superfi cie arqueológicamente fértil en torno a 1 ha que se extiende al pie de un farallón de calizas jurásicas de unos 50 m de altura.
Con posterioridad y hasta la actualidad, se vienen desarrollando cada año campañas de excavación (Bicho et al. 2010a(Bicho et al., 2010b) ) en 3 de las zonas principales del yacimiento: Abrigo, Ladera y Terraza.
En la primera se ha documentado hasta el momento una estratigrafía con 5 niveles arqueológicos, entre los que encontramos ocupaciones solutrenses, intercaladas entre niveles gravetienses y magdalenienses, y que han sido datadas ( 14 C/AMS) entre ca.
Desde entonces, se han identifi cado una decena de placas con indicios gráfi cos paleolíticos procedentes de los niveles gravetienses, solutrenses y magdalenienses de Vale Boi.
La colección de arte mobiliar sobre soporte pétreo no puede considerarse cerrada pues estamos en pleno proceso de revisión de los numerosos soportes líticos y óseos documentados y, además, continúan las excavaciones arqueológicas en el emplazamiento.
A ello hay que añadir los numerosos soportes con amplias superfi cies ocultas parcial o totalmente por depósitos litoquímicos.
Tal circunstancia impide la visualización directa de éstas y requiere trabajos específi cos para removilizar las costras que demandan una gran inversión de tiempo.
Como avance de este capítulo del registro arqueológico de Vale Boi presentaremos en este trabajo dos piezas procedentes de los niveles solutrenses.
La documentación gráfi ca de las piezas con arte mueble de Vale Boi se ha realizado con calcos digitales a partir de fotografías obtenidas con una cámara Olympus 9.08 megapíxeles siguiendo criterios metodológicos publicados (por ejemplo, Crèmades 1994; Fritz 1997Fritz, 1999;;Montero et al. 1998; Maura y Cantalejo 2004).
En la lectura se empleó una lupa binocular de hasta 120 aumentos y un microscopio digital Sony interface DFW-X 700 con apoyo de iluminación de luz fría de tipo fi bra óptica.
El tratamiento digital de las imágenes y la lectura tafonómica y de las técnicas de grabado han sido realizados mediante la observación con lupa binocular y su traslado inmediato a soporte gráfi co sobre fotografía digital con el programa Adobe Photoshop TM.
DESCRIPCIÓN DE LAS PLAQUETAS GRABADAS DE VALE DE BOI
Se recuperó en la campaña de 2006 en el corte arqueológico del Abrigo, Capa B3, n.o de inventario de excavación 1.180, un depósito sedimentario cuya cultura material corresponde al Solutrense superior (Bicho et al. 2003).
Dispone de una datación 14 C/AMS (Tab.
1) que defi ne una edad (a 2σ) de ca.
El soporte pétreo consiste en una diminuta laja de pizarra procedente de la formación de esquistos y grauvacas del Carbonífero superior.
Su afl oramiento más próximo dista en torno a 1 km del yacimiento.
Las dimensiones máximas, según la orientación subjetiva empleada (Fig. 2) son 14,6 mm, 8,1 mm de ancho y 4 mm de espesor.
El soporte no parece haber sufrido ningún proceso postdeposicional relevante, incluido el arrastre/transporte.
La única huella sobre su superfi cie es el grabado de un ideomorfo sobre una de ellas.
El signo (Fig. 2) consiste en un haz de líneas convergentes incurvadas, según la tipología de V. Villaverde (1994), trazadas de izquierda a derecha según la orientación expuesta.
Fue recuperada en la campaña de 2005 en el sector del Abrigo, Capa C, n.o de inventario de excavación 1389 (Fig. 3).
La cultura material asociada ha sido defi nida como Solutrense medio.
Dos dataciones 14 C/AMS (Tab.
1) que fechan en (a 2σ) ca.
El soporte está compuesto por un cuerpo interior de esquisto y dos superfi cies exteriores de óxido de hierro de cromatismo amarillo.
Este tipo de roca metamórfi ca con intercalaciones ferruginosas se encuentra en la misma formación del Carbonífero superior citada.
No obstante, también es posible obtenerla junto al yacimiento en forma de material detrítico en el pequeño curso del río con el mismo nombre del yacimiento.
La pieza es de forma trapezoidal aplanada (Fig. 3C) de 52,9 mm de altura, 71,4 mm de anchura y 9,4 mm de grosor máximo.
De modo convencional describiremos los diversos aspectos dispuestos en las superfi cies A y B de la pieza (a partir de ahora S/A y S/B respectivamente).
El soporte puede considerarse (Fig. 3) completo y, por tanto, las dimensiones de confi guración y uso íntegras.
Todas las superfi cies presentan preparación o tratamiento antrópico.
Para el contorneado se recorta el soporte mediante extracciones obtenidas por percusión directa con un percutor duro.
Este recortado puede observarse en los bordes de la plaqueta, tanto en la S/A (ángulos superior izquierdo y sector inferior del lateral derecho) como en la S/B (lateral izquierdo) (Fig. 3).
El estado de conservación de las superfi cies es en general bueno.
No obstante, existen dos planos de exfoliación en el sector inferior de la S/A, delineados por microgrietas, que suponen un riesgo latente para la conservación de la pieza.
Así mismo, parte de la superfi cie se perdió debido a la disgregación por causas físico-químicas del soporte.
Este proceso se limita a huellas de corrosión química en el cuadrante superior iz quierdo de la S/A y algunos microdesprendimientos que afectan parcialmente a los grabados (Fig. 3A).
Una de las incidencias más notables en esta plaqueta es la presencia de depósitos litoquímicos en forma de restos de costras ferruginosas ubicadas en dos áreas próximas a los bordes en la S/A (Fig. 3A) y sobre todo de carbonatos localizados básicamente en la S/B, uno de los bordes y en áreas residuales de los surcos de los grabados.
Al objeto de realizar una lectura adecuada de buena parte de la S/B se hizo imprescindible eliminar los carbonatos.
Este trabajo de limpieza ha sido ejecutado por una restauradora (2).
Las características litológicas del soporte (blando y poroso) nos indujeron a descartar la remoción de los carbonatos mediante medios químicos, recurriéndose a una eliminación mecánica bajo obser-Fig.
Paleta colorante del Solutrense medio (fotografía: los autores; calco: los autores).
Superfi cie A con un palimpsesto de grafi smos en los que destacan 3 uros y una posible cierva.
Superfi cie B con trazos de extracción de colorante (fotografía: los autores; calco: los autores).
vación en lupa binocular.
Cuando fi nalmente se eliminó buena parte de las costras aparecieron profundas estrías de extracción de colorante.
La disposición de las costras nos indica que la pieza fue ¿abandonada? reposando sobre la S/A, superfi cie que mantiene todo el repertorio iconográfi co de la pieza (Fig. 3A).
Cabe preguntarse si la pieza fue grabada una vez amortizada la paleta de colorante o durante su uso.
En este sentido, existen microdesprendimientos del soporte que eliminan parcialmente parte de los grabados (Fig. 3A) y son, obviamente, posteriores a su ejecución.
Sin ser categóricos al respecto, apuntamos que dada la fragilidad del soporte (planos de exfoliación y superfi cies blandas), no parece factible que este haya sufrido procesos de transporte intensos.
Los mismos hubieran derivado probablemente en la fragmentación de la pieza (a favor de los planos de exfoliación) o en un 'borrado' mayor de los motivos dada la escasa tenacidad ante golpes o roces de la superfi cie.
Así pues, parece probable que la pieza fuera grabada y empleada paralelamente o con posterioridad como paleta de colorante: los desprendimientos pueden estar vinculados a la manipulación del soporte durante su uso como tal.
La secuencia de estigmas infrapuestos a la decoración sobre la S/A (Fig. 3A) puede desglosarse como una serie de surcos de pequeño tamaño que corren en sentido oblicuo desde el ángulo superior derecho hasta la zona central derecha.
Son productos de una presión-arrastre incontrolada sobre superfi cies irregulares o con aristas y serían las huellas que no pudieron regularizarse/ eliminarse con el tratamiento antes de la ejecución de los grabados.
Indicios semejantes, pero menos estructurados, aparecen de forma más o menos aislada en otras áreas de la S/A.
A continuación se encuentran estrías muy someras relacionadas con abrasiones destinadas a la regularización de esta superfi cie sobre todo en la zona centro-superior.
Cuando coinciden los grabados siempre se les superponen, aunque también existen otros en el resto de la pieza que pueden estar vinculadas a la extracción de colorante en la S/B.
Toda la mitad inferior de la S/A presenta tratamiento de aspecto más intensivo mediante frotado-bruñido, especialmente en su tramo medio donde se distribuye en forma de arco invertido (Fig. 3A).
Tras la ejecución de los grabados se depositó un fi no colorante amarillento en el borde superior (vid. Fig. 3A y B), algo más profundo en su ángulo izquierdo, relativamente homogéneo.
Coincide, por lo general, con la orientación que tienen, en la S/B, las huellas de extracción de colorante.
Esta distribución en forma de película parece evocar una extracción de colorante apoyando la paleta sobre el borde superior ligeramente inclinado.
El colorante cubre más superficie en el ángulo superior izquierdo, sin alcanzar el superior derecho (Fig. 3A).
Además, la disposición parece apuntar a la existencia de un componente líquido que fi nalmente traza una especie de línea de nivelación.
Por último, afi rmamos que la zona con aspecto de bruñido cuenta con una disposición casi simétrica pero opuesta (Fig. 3A).
Todo ello nos induce a pensar que la mano sujetaba fuertemente la pieza por esta última zona (huellas con aspecto de bruñido), apoyándola sobre algún tipo de contenedor/recipiente con una sustancia líquida (quizás agua), mientras se extraía el colorante mediante un raspado muy intenso de la S/B (Fig. 3B).
Esta plaqueta de esquisto con intercalaciones ferruginosas amarillentas fue recogida en un ámbito probablemente cercano al área geológica fuente y empleada como paleta de colorante y soporte de arte mobiliar.
Al menos, las últimas extracciones de colorante de la S/B se realizaron con todos los zoomorfos ya plasmados sobre la S/A.
En la S/A se concentran todos los grafi smos (Fig. 3A).
Predomina en los grabados la sección en V con distintas orientaciones en el eje y complementariamente en U. Aparecen también morfologías habituales en los grabados: código de barras, cometas, estrías parásitas, doble trazo de buril, etc. Las características de los trazados parecen indicar la utilización de uno/varios instrumentos en sílex.
Los análisis traceológicos del material lítico recopilado en excavación (Bicho y Gibaja 2007) detectan un trabajo sobre materiales de dureza media a dura, que bien pudieron tener ese fi n.
Los grabados forman un palimpsesto de líneas que se disponen en numerosas superposiciones (Fig. 4) con particularidades técnicas como rehundidos, algunos rectifi cados, etc. Su lectura per mite dilucidar fácilmente la existencia de representaciones de zoomorfos.
No obstante, la individualización de los trazos correspondientes a cada uno de ellos o su número no resulta inicialmente tan fácil.
Como criterios para individualizar buena parte de las grafías y asignarlas a cada uno de los zoomorfos (Fig. 5) hemos recurrido a: c) Identifi cación de la expresión individualizada de las representaciones de cada una de las partes anatómicas de la mitad delantera de cada animal (curva cérvico-dorsal, cornamenta, frente, morro, quijada, cuello, vientre y patas delanteras), los trazos de la mitad posterior son menos nítidos y parece existir un uso complementario de líneas.
d) Los convencionalismos usados para determinadas partes anatómicas (unión cuello-cabeza en forma de Y) o de relación entre trazos complementarios desplazados ligeramente entre sí.
Hemos podido individualizar tres uros, dispuestos de izquierda (cuartos traseros) a derecha (cabeza), ejecutados mediante la técnica del grabado.
La posible identifi cación de un cuarto animal, un prótomo de cérvido, es más compleja.
Es probable que se reutilicen distintos trazos correspondientes a los uros.
Uro 1 (Fig. 4B): es una fi gura incompleta y cuenta con el menor grado de detalle de los bóvidos identifi cados.
Presenta parte de la cabeza con morro abierto y tendencia cuadrada.
Dos trazos cortos expresan los cuernos.
El cuello y la cabeza se unen en forma de Y oblicua.
La cornamenta y el trazo de cuello-arranque de la pata delantera están infrapuestos al resto de fi guras, mientras que la parte inferior de la boca lo está a la del Uro 3.
Uro 2 (Fig. 4C): el animal se adapta al campo máximo disponible en el soporte.
El cuerpo es desproporcionado con abdomen muy grueso.
La cabeza se muestra alargada, triangular y con un estrechamiento acusado en torno al hocico, cerrado con un trazo somero.
La cornamenta es lineal abierta recta, con uno de los cuernos hacia arriba y el otro extendido y proyectado hacia delante, y con aspecto 'quebrado'.
El cuello y la cabeza se unen en forma de Y oblicua articulada.
Dos trazos infrapuestos al Uro 3 diseñan la curva cervico-dorsal.
El que delinea la parte trasera se proyecta fuera del eje del cuerpo para representar la cola mediante un grabado más fi no y poco profundo a medida que se acerca a su extremo distal.
La fi gura parece conjugar dos bloques gráfi cos mayores: el conjunto cabeza-cuello y la parte posterior del animal.
La unión entre ambos se realiza con líneas desplazadas hacia el interior del cuerpo y del extremo fi nal del cuello (Fig. 5C).
Estos bloques han sido complementados posteriormente con escasos detalles anatómicos, morro y falo.
Es de destacar el interés en representar este rasgo antes incluso que las patas traseras y el vientre del animal (aparece infrapuesto a estos dos), lo que determina después la ubicación de estas partes anatómicas.
Las patas traseras se diseñan en forma de triángulo prolongado ligeramente.
En general la fi gura tiene un aspecto alargado y desproporcionado, resuelto en perspectiva biangular oblicua.
Uro 3 (Fig. 4D): la fi gura es rotunda.
Un grueso cuello que le confi ere un aspecto anguloso y masivo, acentuado por una fuerte infl exión en la zona media de la línea cérvico-dorsal y un cuello muy arqueado, realizados mediante un trazo muy profundo.
Los cuernos tienen forma de U lineal abierta.
La cabeza es también maciza, rectangular con un trazo muy marcado, rehundido, reaprovechando trazos de la fi gura anterior.
Finaliza con un morro de trazado recto, separado del resto de la cabeza, y que sobrepasa ligeramente el límite de la quijada.
El cuello y la cabeza se unen también en forma de Y oblicua no articu lada.
El pecho del animal y las patas delanteras se enlazan mediante un escalón, abierto.
Un trazo vertical defi ne en tres trazos las patas delanteras.
Como ocurría con la anterior fi gura se diseñó primero el falo, siguiendo un trazado paralelo al tramo fi nal de la línea de la espalda.
Ello determina que esté desviado y superpuesto respecto a idéntica parte anatómica del Uro 2.
Con posterioridad se acentúa la curva del vientre trazando una línea discontinua menos profunda y paralela al vientre del Uro 2.
Las patas traseras parecen reutilizar las del Uro 2, en triángulo prolongado, pero complementando con trazos propios cortos y paralelos al tercio superior de cada pata.
Las partes delanteras y traseras del animal resultan incorrectas y bastante desproporcionadas, debido a esta reutilización de la fi gura anterior y la limitación del soporte.
Parece como si el autor no hubiese calculado bien las proporciones delanteras de esta nueva fi gura y al mismo tiempo se viera limitado en su ejecución por el espacio disponible para las grafías.
El Uro 3 presenta en conjunto un aspecto masivo y desproporcionado expresado en perspectiva biangular oblicua.
En el caso de superposiciones, los trazos correspondientes a este zoomorfo se encuentran siempre superpuestos al resto.
Cierva (Fig. 4A): es una fi gura que parece percibirse en la lectura de la plaqueta.
Cuando se eliminan los trazos empleados para la ejecución de los tres uros parece carecer de los trazos necesarios para su individualización.
No obstante, unos simples trazos que claramente no corresponden a los uros expresan orejas, arranque del cuello, frente hasta el hocico y boca.
Complementarios con el resto de grabados que les rodean, se observa un prótomo de cierva en perfi l absoluto.
El análisis para individualizar uno/varios autores en los grafi smos diseñados sobre la S/A no puede ser concluyente.
No obstante una serie de indicios parecen apuntar a un único artista.
En primer lugar la pieza parece responder a un diseño único en la utilización a campo completo de la S/A. En segundo término, aunque formalmente cada zoomorfo es diferente del resto, todas sus proporciones se ajustan entre ellas y comparten varios convencionalismos singulares (Fig. 5): a) La unión entre cuello y quijada se realiza mediante un agregado de trazos que generan en los tres uros una 'Y' inclinada, de modo que el arranque de la quijada aparece desplazado respecto al extremo de la línea del cuello. b) La fórmula de acabar y comenzar trazos a escasos milímetros unos de otros, pero ligeramente desplazados entre sí.
Esta recurrencia que nos ha sido de gran utilidad para individualizar e identifi car algunas partes anatómicas a cada uno de los animales. c) La ejecución de los dos falos con anterioridad al trazado del vientre o las patas.
Este hecho parece indicar un plan de ejecución al menos en dos ejemplares machos, antes de tener defi nida por completo ni siquiera la fi gura del primero. d) La reutilización de líneas en la frente de los animales y la perspectiva integradora que expresa el conjunto.
A la misma línea de autoría apunta el orden de ejecución de los grabados.
El análisis de los grabados nos ha permitido diferenciar dos fases creativas (Tab.
Una inicial plantea el número de fi guras y su ajuste al soporte disponible.
Esto queda patente, por ejemplo, en los dos falos de los uros completos.
Se delinean con trazos paralelos al tramo posterior de las curvas dorsales de los animales.
No es posible decir qué líneas se trazaron antes, pero no cabe duda de la clara vinculación entre ambos ni de su importancia en la disposición y amplitud de las fi guras.
A continuación se ejecutan los zoomorfos.
Las superposiciones permiten analizar el proceso de realización de los grabados y fi guras (Tab.
2, Fig. 4) e identifi car sus fases: a) Existe un plan preestablecido para plasmar dos uros machos cuyos trazos defi nitorios no se ejecutan uno después del otro sino en algún caso en paralelo.
Un buen ejemplo de ello son la superposición (3 y 5 de Tab.
2) y la infraposición (Tab.
2) de las curvas cérvico-dorsales de los Uros 2 y 3. b) Con seguridad se trazan primero las curvas cérvico dorsales.
Más tarde, los falos, las patas delanteras, cabezas, morros, cuellos y, quizás con posterioridad, las patas traseras y por último el vientre.
c) Más tarde se completan diversos trazos adicionales para la defi nición de algunos animales con independencia del orden de ejecución anterior (superposiciones 3, 9, 12, 27, 29).
La identifi cación de la dirección y forma del trazado de los distintos trazos (Figs.
3) incitan también a pensar en un único artista.
Así, en el caso de los Uros 1 y 2, aparte de convencionalismos ya expuestos, es absoluta la concordancia en la dirección de los trazos de las distintas partes anatómicas, mientras que el Uro 3 concuerda en 8 con los anteriores, pero discrepa en otros 5.
En los tres uros se emplean líneas divergentes respecto al cuerpo (de dentro a afuera) para representar los cuernos, frentes, quijadas, patas (salvo un trazo convergente en U3) y colas.
La diferencia radica en los trazados de la parte superior e inferior del cuerpo, dispuestos de izquierda a derecha para los Uros 1 y 2 y de izquierda a derecha para el Uro 3 (Fig. 5).
El yacimiento de Vale Boi constituye el ejemplo más meridional de arte mobiliar paleolítico sobre soporte pétreo en Portugal y viene a unirse al limitado conjunto de objetos de esta adscripción en todo el sur de Iberia: Nerja (Sanchidrián 1994; Pellicer y Sanchidrián 1998), Ambrosio (Ripoll 1986), Bajondillo (Simón y Cortés 2007), El Pirulejo (Cortés y Simón 2008) y Gorham (Simón et al. 2011).
Además, salvo una pieza de Nerja, dos en Gorham y el conjunto de El Pirulejo (todos ejemplos magdalenienses), el resto de ítems carece de una adecuada o afi nada concreción cronocultural.
A todo ello hay que añadir que las dos piezas que acabamos de presentar de Vale Boi suponen los elementos de arte mobiliar más antiguos conocidos para todo el sur de la Península Ibérica.
Como expusimos la Plaqueta 1 de Vale Boi procede de un nivel atribuido por industria y cronología al Solutrense superior.
En sintonía con esta atribución el único ejemplo de este subtipo identifi cado entre las plaquetas de Parpalló procede de los niveles del Solutrense superior (Villaverde 1994).
La Plaqueta 2 de Vale Boi procede de niveles atribuibles al Solutrense medio y puede considerarse una paleta de colorante decorada con gra- fi smos artísticos paleolíticos.
Este doble uso no es ajeno al arte paleolítico europeo.
Como ya han advertido algunos autores (Barandiarán 1984), la relación entre las representaciones y el soporte está condicionada por las características de este.
Ello tiende a resultar en conjuntos de siluetas superpuestas y enmarañadas, sobre todo en los momentos iniciales de la secuencia gráfi ca paleolítica.
En las que tratamos más que una reducción de las fi guras, se han deformado sus proporciones por la adaptación al espacio disponible.
La paleta de ocre forma parte de un conjunto de indicios funcionales muy ricos que indican la manipulación de colorantes geológicos en Vale Boi (ocre, impregnaciones sobre distintos tipos de soportes líticos, etc., Bicho et al. 2004b).
La Plaqueta 2 añade a la citada gestión de recursos, un valor simbólico (grafi smos) y una funcionalidad dentro del procesado de sustancias colorantes en el yacimiento.
El estilo de los atributos iconográfi cos de los zoomorfos de la Plaqueta 2 sintoniza bien con los momentos iniciales (Gravetiense fi nal -ciclo antiguo Solutrense) de la secuencia artística mediterránea.
Salvando las diferencias contextuales o referidas al tipo de soporte, dimensiones o técnicas, las composiciones basadas en la superposición de fi guras son muy frecuentes en yacimientos portugueses, caso del valle del Côa, o del Levante español, con Parpalló como colección 'canónica' para el arte mueble.
No obstante, la Plaqueta 2 de Vale Boi difi ere de la gran mayoría de los ejemplos citados por cuanto sus fi guras aparecen integradas entre sí, han sido realizadas de forma prácticamente paralela y se articulan como un 'todo' armónico que parece aglutinar toda una serie de atributos (Villaverde 2005; Villaverde et al. 2009) que caracterizan a esta fase cultural.
Los convencionalismos estilísticos para expresar las otras partes anatómicas de los uros las hallamos en Portugal y en zonas ibéricas.
Así, por escoger solo aquellos con paralelos de rango cronológico más específi co reseñaremos los bóvidos con morros con extremo adelgazado en yacimientos de arte parietal al aire libre de Portugal, como Fariseu (García y Aubry 2002), o en el ámbito levantino español, el arte parietal de Meravelles (Villaverde 2005, Villaverde et al. 2009) o mobiliar, Malladetes y Parpalló (p. ej. plaquetas 16005A o 16041) (Villaverde 1994(Villaverde, 2005;;Villaverde et al. 2009), atribuidos al Gravetiense y Solutrense inferior y Solutrense medio antiguo.
La perspectiva biangular recta oblicua en la cabeza y biangular recta en patas delanteras (Uros 2 y 3 de Plaqueta 2) es exclusiva en Parpalló entre el Gravetiense, el Solutrense antiguo y la primera parte del Solutrense medio antiguo (Villaverde 1994; Villaverde et al. 2009).
En el Uro 3, una infl exión característica en forma de S articula el pecho y el 'encuentro' remite a momentos gravetienses (Pigeaud et al. 2004) y quizás también podríamos verla en un équido de Nerja (Ne297, Sanchidrián 1994).
No obstante, encontramos un trazo complementario que, si bien podría corresponder al Uro 2, adjudicamos al Uro 3 por la forma del trazado y los modos de ejecución empleados en el resto de las fi guras, de modo que fi nalmente se obtiene un convencionalismo ecléctico entre los citados modelos gravetienses y las patas trilineales ya empleadas en el Uro 2.
Los tres trazos paralelos abiertos para expresar las extremidades delanteras (Uros 2 y 3 de la Plaqueta 2) son una variante de signifi cada antigüedad.
En la misma línea y circunscribiéndonos al ámbito meridional ibérico tendríamos la datación directa de un uro con patas delanteras en tres trazos en La Pileta, 20.130 ± 350 BP (Sanchidrián et al. 2001).
Hallamos, por ejemplo, la fi nalización en forma apuntada de las patas traseras (Uro 2) en el único uro del ciclo antiguo de Ardales (Cantalejo et al. 2006).
Por último, la repetición del tema del uro con distintos convencionalismos y, según parece, ejecutados por un mismo individuo y en un período corto de tiempo es especialmente sugerente por varios motivos.
Los Uros 2 y 3 (hocicos abocinados y cuadrados) parecen presentar rasgos que evocan fi guraciones atribuidas en otras áreas geográfi cas al Gravetiense.
En contrapartida el Uro 3 manifi esta rasgos que parecen bien defi nidos en momentos del Solutrense inferior o primera fase del medio en el ámbito mediterráneo ibérico, en concordancia con las dos fechas disponibles (c.
Por último, el deseo de plasmar 3 uros crecientemente voluminosos, los dos de mayor tamaño machos con distintos convencionalismos estilísticos, podría estar relacionado con la evocación del ciclo vital de esta especie o con un carácter mitológico que se nos escapa.
En resumen, el estudio de las plaquetas de Vale Boi incide en la dirección apuntado por Villaverde et al. (2009).
Hay un contexto transicional entre el Solutrense inferior y el medio antiguo, en el cual coexisten elementos estilísticos previos con otros que se desarrollarán más estandarizada con posterioridad.
En la línea apuntada por Azema (2005), encontramos que el fenómeno gráfi co de descomposición del movimiento por superposición de imágenes (con ejemplos ibéricos tanto en España como en Portugal) es más frecuente de lo que parece y se produce en momentos pre-magdalenienses.
Las plaquetas decoradas de Vale Boi incrementan no solo el número de piezas de arte mobiliar en el área portuguesa sino que completan hasta el confín suroccidental de Europa la extensión de esta genuina forma de expresión del Paleolítico superior europeo.
Además, la iconografía identifi cada manifi esta vínculos claros con el ámbito mediterráneo ibérico (zona andaluza y levantina), que bien podrían sintonizar con el ambiente mediterráneo del que gozan otras representaciones parietales y mobiliares (Bicho et al. 2007).
Los resultados presentados son el resultado de proyectos de investigación fi nanciados por Fundação para a Ciência e Tecnologia (proyectos POCTI/HAR/37543/2001 y PTDC/HAH/64184/ 2006) (Portugal), Fondo Social Europeo en el ámbito del III Cuadro Comunitario de Apoyo, National Geographic Society y Archaeological Institute of America (Estados Unidos).
Este trabajo se ha visto enriquecido con la lectura crítica y comentarios del Dr. Valentín Villaverde. |
Este artículo describe el arte parietal descubierto en la Cueva de El Mirón (Cantabria, España) en el curso de las excavaciones dirigidas en el yacimiento por MGM y LGS desde 1996.
El arte consiste en grabados, la mayoría de ellos aparentemente no fi gurativos en su estado actual, pero hay una imagen de un caballo y otra de un posible bisonte.
Todos los grabados se localizan en el fondo del gran vestíbulo, a plena luz, en íntima relación con los depósitos de origen humano.
El caballo y los grabados lineales asociados a él en las paredes de la cueva pueden atribuirse al Magdaleniense inferior o medio sobre la base de su estilo y de la altura practicable sobre las superfi cies de ocupación de estos períodos.
Datables con mayor precisión son dos grupos de grabados lineales sobre un gran bloque que pueden asignarse al Magdaleniense inferior cantábrico, un período bien caracterizado por sus obras de arte mueble, como los omóplatos grabados, en El Mirón y en otros varios yacimientos regionales.
A partir de entonces se grabó su cara originalmente interior.
A continuación, el bloque y sus grabados fueron progresivamente recubiertos por sedimentos del Magdaleniense medio, superior y fi nal datados entre ca.
En suma, el arte descubierto y estudiado (*) Dpto.
hasta la fecha en El Mirón puede atribuirse al Magdaleniense inferior y medio, aunque el yacimiento estuvo habitado por los humanos al menos desde el Paleolítico medio hasta época medieval.
El artículo concluye situando el arte parietal de El Mirón en el contexto de las otras numerosas (pero peor datadas) manifestaciones de arte rupestre de la cuenca del río Asón, en la Cantabria Oriental, que incluyen sitios tan notables como Venta de la Perra, Covalanas, La Haza y Cullalvera.
LA CUEVA DE EL MIRÓN: LOCALIZACIÓN, INVESTIGACIÓN Y OCUPACIÓN HUMANA
La Cueva de El Mirón (también conocida históricamente como Cueva del Francés o Cueva de los Gitanos) se localiza en la ladera oeste del Monte Pando, muy cerca del núcleo de población de Ramales de la Victoria (Cantabria) y a 1 km del límite con Vizcaya (Fig. 1).
El Mirón presenta una boca de grandes dimensiones, orientada al Oeste (Fig. 2).
Al fi nal del vestíbulo se encuentra la base de un empinado depósito de limos arenosos y arcillosos y de cantos rodados que se eleva hacia la galería interior de la cueva, un pasadizo de un centenar de metros, relativamente recto, de suelo nivelado y por lo general de unos 8 m de ancho y unos 3 m de altura máxima.
A juzgar por el contorno y el ángulo de las paredes de la cueva, tanto el vestíbulo como la galería contaban con rellenos sedimentarios muy profundos.
Lo confi rman las excavaciones en curso (hasta más de 3 m de profundidad actualmente), los sondeos de georradar (que señalan la roca madre a 9-10 m) y la perforación de un sondeo de 4 cm de diámetro efectuada en la zona de entrada de la cueva en 2003, que ha permitido muestrear sedimentos hasta 6,75 m de profundidad a partir de la superfi cie original del suelo de la cueva.
El frente del vestíbulo, al exterior, tiene el característico perfi l de equilibrio en forma de arco de medio punto y está sembrado de grandes bloques de derrumbe de la bóveda.
Su centro y fondo no han sufrido ese proceso.
De su techo plano cuelgan algunas escasas estalactitas de gran tamaño y muy alteradas, indicio de la falta de caída de bloques en un período prolongado.
El desarrollo total accesible es de unos 130 m.
En torno al Mirón está documentado un importante conjunto de cuevas con arte rupestre paleolítico.
Covalanas está a unos 50 m justamente por encima.
En el mismo sector del monte Pando, La Haza se sitúa a unos 60 m por debajo y unos 400 m hacia el NO de El Mirón.
Cullalvera, también en el municipio de Ramales de la Victoria, se encuentra a 1,2 km al NNO y a unos 150 m por debajo de la cota de El Mirón.
El valle del río Carranza, con sus numerosas cuevas con arte parietal, se sitúa al NE y al otro lado del macizo del Moro; su confl uencia con el río Asón se sitúa a 4 km de Ramales, en Gibaja.
El gran yacimiento superomagdaleniense y aziliense de la Cueva del Valle (municipio de Rasines) -conocido por su enorme riqueza en arte mueble-se encuentra a algo más de 2 km al NE de la confl uencia del Carranza con el río Asón.
En las laderas del Monte Pando, cerca de la Cueva de El Mirón, destacan, además, las cuevas de La Luz, con arte paleolítico y yacimiento solutrense, y del Horno, con materiales y dataciones del Magdaleniense superior-fi nal y Aziliense (Straus et al. 2002a(Straus et al., 2002b)).
El descubrimiento científi co de las cuevas de Covalanas, La Haza y El Mirón en septiembre de 1903 se debió a Hermilio Alcalde del Río y Lorenzo Sierra (Alcalde del Río 1906; Sierra 1909; Alcalde del Río et al. 1911).
En aquellos primeros años se documentó en superfi cie industria lítica de diversos momentos paleolíticos en El Mi-Fig.
Plano general y detalle de la entrada de la cueva de El Mirón (Ramales de la Victoria, Cantabria) con la localización de los conjuntos gráfi cos y unidades gráfi cas citadas en el texto (levantamiento topográfi co de E. Torres Cosío, Speleo Club Cántabro Universitario).
La única 'excavación' antigua (no publicada) cuya autoría se conoce es una trinchera en el interior de la cavidad en los años 1950 debida a los obreros que hicieron el camino de acceso a Covalanas, bajo la dirección del ingeniero A. García Lorenzo.
El proyecto de investigación sobre la Cueva de El Mirón se inició en 1996, con campañas anuales de excavación que continúan hasta el presente.
Aspectos más concretos de la secuencia magdaleniense y sus materiales se analizan en artículos específi cos (González Morales y Straus 2005; González Morales et al. 2006; Straus y González Morales 2003a, 2005).
La discusión del conjunto de dataciones de radiocarbono también se ha tratado de manera monográfi ca en tres artículos (Straus y González Morales 2003b, 2008, 2010).
En el vestíbulo se han excavado dos áreas de unos 9-10 m 2 conectadas por una trinchera: la 'Cabaña' en la parte anterior y el 'Corral' en el fondo, utilizada hasta fechas recientes como cuadra para ganado ovicaprino.
Las paredes están desgastadas por el roce de animales y manchadas por pintadas y humo, y el suelo estaba recubierto por paja y excrementos al iniciarse la excavación.
Para el presente trabajo interesa de manera especial, por su relación con el grafi smo rupestre, la secuencia del 'Corral'.
Si se exceptúan algunos materiales de superfi cie, la secuencia cronocultural post-pleistocénica falta por completo (muy probablemente por la remoción de tierras al nivelar la superfi cie, aunque no hay evidencias claras en las paredes de la cueva).
La secuencia del 'Corral' se estructura en dos sectores.
En el sector NE había una zona removida de unos 15-20 m 2, por la actuación de clandestinos.
Por debajo se documentaron niveles arqueológicos intactos (se inicia la secuencia con el nivel 120, un estrato limo arcilloso amarillento).
En el sector superior de la secuencia del 'Corral' se ha excavado un área de unos 9 m 2 al S y al O del pozo antes descrito.
Un gran bloque caído de la pared de la cueva y grabado posteriormente es su límite SE.
En este sector se han identifi cado niveles atribuidos al Magdaleniense inicial e inferior-medio (119-108) extremadamente ricos en industria lítica, ósea y en fauna (en especial cabra montés y ciervo, con numerosos restos de salmón).
El nivel 107 está parcialmente alterado por madrigueras fácilmente reconocibles.
Los niveles 106-103 son discontinuos y con pocos restos arqueológicos del Magdaleniense superior.
Los niveles 102-101 son arqueológicamente muy pobres (unas pocas lascas y esquirlas de hueso) y deben corresponder con ocupaciones azilienses o mesolíticas, ya que no se han localizado cerámicas.
El mayor impacto habitacional durante el Paleolítico en la cueva de El Mirón se vincula con momentos del Magdaleniense antiguo sin arpones.
Además de documentarse este tipo de ocupaciones en el área de la 'Cabaña' y en el 'Corral', se han registrado en un pequeño sondeo abierto en la parte profunda y oscura de la cueva, en el fondo de la trinchera de A. García Lorenzo, donde industria lítica y fauna se asocian a una fecha de 14.620 BP.
La ocupación de la cueva por los humanos durante el Tardiglacial (como en muchas otras cuevas de la Región Cantábrica) fue intensa.
EL GRAFISMO RUPESTRE DE LA CUEVA DE EL MIRÓN: APUNTES HISTORIOGRÁFICOS, CONSERVACIÓN E IMPLICACIONES EN EL ESTUDIO Y DESCRIPCIÓN DEL DISPOSITIVO ICONOGRÁFICO
El grafi smo rupestre de la cueva de El Mirón no ha sido estudiado hasta fechas recientes.
Por la descripción de H. Alcalde del Río (1906: 46), sabemos que en los primeros años del siglo XX revisaron las paredes en busca de manifestaciones: "En toda ella sus paredes carecen del más pequeño vestigio de gráfi ca".
Dentro del proyecto de excavación y estudio de la cueva de El Mirón, uno de nosotros (MGM) identifi có al inicio de las excavaciones en 1996 las primeras evidencias gráfi cas sobre un bloque que se encuentra parcialmente cubierto por niveles arqueológicos intactos y que ha sido objeto de varias referencias (Straus y González Morales 1996: 16, 1998: 176, 1998-99: 5, 2000: 355 Con posterioridad a la elaboración de este artículo se ha podido localizar una nueva zona con múltiples grabados muy fi nos sobre una superfi cie reducida, inmediata al conjunto 1 y que estuvo recubierta por el sedimento.
Las difi cultades para poder trabajar en la cueva, por motivos administrativos, durante los años 2008 y 2009 ha impedido poder completar el estudio de estas representaciones, que posponemos para otra futura publicación.
El dispositivo iconográfi co de la cueva de El Mirón se ve afectado por una acción física que debe su génesis a alteraciones químicas del soporte y a la exposición de éste a la dinámica ombrotérmica exterior.
Las superfi cies externas de las paredes de la cueva muestran dos pátinas bien diferenciadas: una de color grisáceo propio de la caliza (en diferentes tonalidades) y otra marrón-rojiza.
La segunda testimonia procesos de alteración de la roca que originan una muy fi na capa con alta concentración de hierro (de ahí su color) cuya delgadez y bajo grado de cohesión con el soporte representa una zona de debilidad manifestada por desconchados.
Hemos organizado y descrito las grafías de acuerdo a unidades y conjuntos gráfi cos. La unidad gráfi ca integra representaciones consideradas conceptos gráfi cos individuales y con un sentido gráfi co preciso.
Bajo el término de conjunto gráfi co describimos diferentes formas o tipos de representaciones que, por su relación espacial con otras, no pudimos delimitar con unas mínimas garantías.
Es decir, es posible que aquello que integramos bajo el concepto de conjunto gráfi co pudiera hacer referencia a una o más unidades gráfi cas en su concepción gráfi ca original.
Es característica común (tanto de las unidades gráfi cas como de los conjuntos, a excepción del 4, 5 y 6) que los grabados conservados se relacionen con superfi cies de color marrón-rojizo, grabadas cuando ya se había formado dicha capa.
La alteración y la caída de ésta origina la pérdida total o parcial de los trazos.
Teniendo en cuenta la anterior consideración y el hecho de que un gran número de líneas grabadas de los diferentes conjuntos (1, 2 y 3) y unidades (especialmente la 1) se relacionan con uno o varios desconchados, es de suponer la existencia de otros motivos naturales, lineales o geométricos que hoy en día no se conservan o no se han llegado a discriminar.
Los trabajos arqueológicos hasta la campaña de 2007 han puesto de manifi esto las representaciones gráfi cas que localizamos y describimos a continuación.
La tabla 1 resume las características del soporte y los caracteres técnicos de los grabados.
Se sitúa en la pared izquierda en sentido de entrada (Norte), aproximadamente a 23 m de la entrada, al fondo del vestíbulo.
Se compone de un amplio número de trazos preferentemente rectilíneos que en algunos casos se cruzan creando ángulos (Fig. 3).
La longitud de los trazos también lo es: de 0,3 a 4,6 cm. El conjunto se distribuye por una superfi cie máxima de 220 cm de ancho y 52 cm de alto.
Su estado de conservación es defi ciente debido a la alteración del soporte y a los desconchados de la capa superfi cial, que afectan a la integridad de los grabados.
Sobre el mismo soporte existen gran número de pequeñas grietas o fi suras que pudieran confundirse con trazos antrópicos.
Unidad gráfi ca 1: se localiza en la pared izquierda, en el mismo panel que el conjunto 1 y en relación física con algunos de los trazos anteriormente descritos.
Se sitúa a unos 23,5 m del límite de la boca de entrada.
De una representación naturalista zoomorfa de equino (Figs.
3 y 4) se reconoce la línea frontal, las dos orejas, el cuello, la crin, la línea cérvico-dorsal, la extremidad caudal, dos tercios del recorrido del vientre, las dos extremidades delanteras (una parcialmente) y el pecho.
Algunos desconchados y fi suras en la zona de la cabeza pudieran sugerir la línea maxilar y la frontal en su integridad.
Dado que los desconchados son posteriores a la ejecución del grabado, no consideramos pertinente mantener que formen parte de la composición, a modo de elemento natural con contenido formal.
La discriminación de las líneas exactas que componen la fi gura es difícil.
El criterio para individualizar el contorno fue considerar todos los surcos con desarrollo similar al de las diferentes regiones anatómicas.
Mayor problema presenta identifi car líneas en el interior del cuerpo del animal.
Como las líneas que integran el conjunto gráfi co 1 componen, preferentemente, pequeños grupos y alrededor del equino no son tan profusas, juzgamos que las situadas en su interior tienen relación directa con él.
Además de las líneas de contorno, las situadas en la zona abdominal suelen describir un recorrido paralelo al vientre, y en la región costal, y disponerse claramente en vertical.
Su localización, dispersión y disposición describirían, de manera esquemática, el pelaje o el abultamiento que presentan los animales en ese tramo corporal.
La figura se orienta hacia el interior de la cavidad y muestra nivelación de 5 °-15 ° derecha.
7) presentan las medidas utilizadas en el estudio de los zoomorfos: longitud del cuello = 7 cm; longitud del cuello al gaznate = 6,3 cm; longitud del tronco = 22 cm; distancia de la grupa a la nalga = 4 cm; longitud de las orejas = 0,8 cm; altura de la cruz = 11,6 cm; altura del pecho = 9,4 cm; altura o hueco sub-esternal = 1,2 cm y anchura máxima = 24 cm. El defi ciente estado de con servación por la alteración del soporte y por el desconchado, juntamente con el carácter muy estrecho de los surcos impiden reconocer superposiciones.
Se asocian al grabado pequeñas fi suras y grietas.
Unidad gráfi ca 2: se asocia a la parte superior de la cabeza de la unidad anterior.
Representación de líneas paralelas horizontales y otras paralelas verticales que se cruzan casi ortogonalmente, componiendo un morfotipo reticulado (Fig. 5).
Las medidas máximas son 4,4 cm de ancho y 3,4 cm de alto.
Su estado de conservación es deficiente debido a la alteración del soporte y a los desconchados de la capa superfi cial, que afectan a la integridad de los grabados.
Conjunto gráfi co 2: está en la pared izquierda, a 33 m de la entrada.
El conjunto se compone de un gran número de trazos preferentemente rectilíneos que en ocasiones se cruzan creando ángulos (Fig. 6).
La disposición de los surcos es variable: horizontal, vertical y oblicua; su longitud también lo es: de 0,4 a 5 cm. El conjunto se distribuye por una superfi cie máxima de 86 cm de ancho y 38 cm de alto.
El gran número de pequeñas grietas o fi suras sobre el soporte pudieran confundirse con algún trazo antrópico.
Conjunto gráfi co 3: se localiza en la pared derecha (Sur), aproximadamente a 23 m de la entrada.
Se compone de gran número de líneas preferentemente rectilíneas que en ocasiones se cruzan formando ángulos (Fig. 7).
Su longitud también lo es: de 0,2 a 9 cm. Ocupa una superfi cie máxima de 45 cm de ancho y 21 cm de alto.
Este conjunto gráfi co, en complemen- tariedad con la morfología natural del soporte, pudiera componer una fi gura tipo bisonte casi completa.
La modulación natural de la superfi cie de la roca y algunas líneas de fractura formarían la estructura general de la línea cérvico-dorsal, grupa, nalga, extremidades (al menos un par), la línea frontal, el ojo y un cuerno.
El estado de conservación es defi ciente por la alteración del soporte y los desconchados de la capa superfi cial, que afectan a la integridad de los grabados.
Conjunto gráfi co 4: está en la pared del fondo (Este), aproximadamente a 23 m de la entrada.
En la actualidad es imposible una descripción mínimamente detallada de los grabados, ya que parecen continuar bajo los sedimentos arqueológicos.
Habrá que esperar a la futura excavación del sector para una caracterización defi nitiva.
A tenor de lo que puede reconocerse, el conjunto se compone de representaciones preferentemente rectilíneas.
La disposición de los surcos es generalmente vertical.
Su estado de conservación es defi ciente por la alteración del soporte.
Conjunto gráfi co 5: se localiza en la pared derecha (Sur), a unos 25 m de la entrada, más concretamente en un pequeño entrante que describe la cavidad.
Se compone de un gran número de representaciones preferentemente rectilíneas.
Los surcos suelen disponerse en vertical.
Los procesos de descalcifi cación del soporte han alterado su superfi cie, siendo imposible precisar más allá de indicar que es un tipo de surco ancho.
Conjunto gráfi co 6: se localiza en los cuadros W7, W8, X7 y X8 del 'Corral', a unos 21 m del límite de la entrada.
El soporte es un bloque calizo desprendido de la pared que se apoya sobre sedimento arqueológico.
La cara decorada es plana, con un fi no depósito de color marrón-rojizo que responde a un proceso de alteración por oxidación de la superfi cie.
Se corresponde con la superfi cie fracturada del bloque en su posición original.
Su morfología coincide con un plano de fractura situado por encima de la localización actual del bloque.
Las huellas de corriente de la cara inferior, resultantes de procesos erosivos de la superfi cie externa de la caliza, corroboran que la cara interior es la grabada.
El conjunto se compone de un gran número de líneas rectas que en ocasiones se cruzan formando ángulos (Fig. 8).
Su longitud también es muy variable: de 0,8 a 15 cm, y se distribuyen por toda la superfi cie en algo más de un metro de ancho y 70 cm de altura.
LA DATACIÓN DEL GRAFISMO RUPESTRE DE EL MIRÓN: DISPOSITIVO ICONOGRÁFICO, ESTRATIGRAFÍA Y OCUPACIÓN HUMANA
Las consideraciones a partir de los datos obtenidos en la excavación de los depósitos arqueológicos ayudan a proponer una cronología relativa del momento de ejecución de algunas grafías basada en datos radiométricos.
Para el encuadre cronológico del conjunto 1 y de las unidades gráfi cas 1 y 2 se valora la diferencia de cota entre el panel y los niveles arqueológicos.
Para ello se parte de tres factores:
Secuencia estratigráfi ca de referencia: las catas de furtivos y la posterior extracción de tierra para su uso como abono han alterado la se-cuencia estratigráfi ca prehistórica.
Debajo de los grabados (cuadros W11-X12) ésta sólo se conserva a partir del nivel 120.
Como secuencia de referencia más cercana se adopta un corte estratigráfi co situado 210 cm al O y 100 cm al S, en los cuadros T10 y U10.
Allí la secuencia se inicia con el nivel 105, a unos 100 cm por debajo del punto medio del conjunto 1 y termina, según los trabajos realizados hasta el momento, con el nivel 116.
El punto más bajo de la excavación está a unos 190 cm del punto medio del conjunto gráfi co 1.
Antes de poner en relación la diferencia de cota existente entre el panel de grabados, donde se integran la unidad 1 y 2 y el conjunto 1, y la última secuencia estratigráfi ca apuntada, debe explicarse la pertinencia del uso de dicho corte.
La lectura de la estratigrafía muestra en el corte X8-W8 una ligera pendiente descendente hacia el O. El corte V7-V8 tiende a la horizontalidad, carácter que se hace más acusado a partir del nivel 108.
El corte T7-U7-V7 tiene una ligera pendiente descendente hacia el O. Situación similar se produce en el corte T7-T8-T9-T10, donde la pen-Fig.
Cortes estratigráfi cos norte (W8/X8) y oeste (V-W8/V-W7) del área del 'Corral' de El Mirón (Ramales de la Victoria, Cantabria), mostrando la ubicación estratigráfi ca del gran bloque desprendido.
En el corte norte (a la izquierda de la imagen) se aprecia cómo la arista inferior del bloque se encaja en el nivel 110 (diagrama a partir de dibujos de los cortes de L. Straus y R. Stauber). diente, ligeramente más marcada y también descendente, buza hacia el N. En el corte T10-U10 los niveles en el cuadro T10 tienden a la horizontalidad, y en el cuadro U10 descienden en marcada pendiente hacia el O. Por su cercanía, los datos que puedan extrapolarse de la lectura del corte T10-U10 y de la complementariedad de los cortes T7-U7-V7 y T10-U10, ayudarán a comprender la relación entre los grabados y la secuencia estratigráfi ca: a) El aumento de pendiente hacia el O es más acusado en el corte N (T10-U10) que en el S (T7-U7-V7) y se produce de manera progresiva.
b) Los niveles lito-arqueológicos del corte T10-U10 presentarían hacia el interior de la cueva una cota algo más alta.
Tales datos deben entenderse como valores extremos de distancia mínima, ya que la pendiente de los niveles 106 a 112 tendería a reducirse según se observa en los cortes X8-W8 y T7-U7-V7.
Inexistencia de fases erosivas entre niveles que pudieran desvirtuar las consideraciones sobre la altura del suelo: sobre la base de unas primeras apreciaciones de los procesos sedimentarios reconocidos en la cavidad (Straus et al. 2001) y de las dataciones obtenidas hasta el momento, puede afi rmarse que al menos desde una fecha cercana a los 19.000 BP y hasta los 8.000 BP se ha producido una ocupación continuada y sin ruptura alguna de la secuencia que pudiera indicar la eliminación parcial o total de algunos niveles por fases erosivas.
El grabado inciso muy fi no de un motivo zoomorfo como el presentado exige que el autor en todo momento visualice correctamente el panel y lo que está grabando.
La altura del soporte a grabar debe corresponderse con la distancia entre el suelo y el hombro (unos 25 cm por debajo de la cabeza).
Por ello, se acepta el rango 135-155 cm como altura potencial máxima entre el plano donde se grababa y el suelo donde se situaba el artista.
Partiendo de tales consideraciones, si los artistas no usaron estructuras para elevarse y grabaron de pie en una posición cómoda, la ejecución pudo corresponderse con la sedimentación del actual paquete 108-112, que contiene ocupaciones del Magdaleniense medio y del Magdaleniense inferior cantábrico.
Este rango es el espectro temporal más probable de grabación para las unidades 1 y 2 y el conjunto 1.
En cuanto a la estratigrafía parietal del bloque grabado: es otro elemento fundamental para la cronología relativa del conjunto gráfi co 6.
El bloque se desprendió en un momento sincrónico a la formación del nivel 110, ya que en el corte E de los cuadros X8-W8 (Fig. 9) apoya sobre él.
La parte originariamente interior del bloque presenta líneas grabadas en parte cubiertas por se dimentos del nivel 104, datado de manera relativa entre el lapso 11.950 ± 70 BP (GX-Fig.
Análisis gráfi co del corte bajo el conjunto 1, con la proyección teórica de la estratigrafía desaparecida y la ubicación de los grabados en la pared.
A la derecha aparece la escala métrica (montaje de L. Teira).
En la campaña de 2001 se excavó la parte del sedimento de los niveles 104 y 105 que fosilizaba el sector sur del bloque, localizando la serie de líneas grabadas formando un motivo complejo de la zona derecha de la superfi cie del bloque bajo el sedimento intacto.
En 2007 se completó la excavación del sedimento sobre la parte baja del bloque, hallando nuevas líneas grabadas bajo el sedimento del nivel 105.
Como la cara grabada se corresponde con el plano de fractura y, en buena lógica, el acto de grabar se produjo tras la caída del bloque, las líneas hubieron de trazarse en un momento posterior o sincrónico a la formación del nivel 110 (caída del bloque) y anterior al nivel 105 (recubrimiento de los grabados), cuya datación debe insertarse entre el lapso 11.950 ± 70 BP (nivel 102.1) y 13.660 ± 70 BP (datación más reciente del nivel 108).
VALORACIÓN DEL GRAFISMO RUPESTRE DE EL MIRÓN
La cueva de El Mirón es una cavidad de corto recorrido y desarrollo lineal con tres tramos diferenciados: el vestíbulo de techo alto y amplias dimensiones, la rampa, estrecha y con pendiente muy marcada, y el interior, un espacio ancho de techo bajo, sin iluminación natural pero perfectamente transitable.
Las excavaciones arqueológicas han revelado una importante secuencia del Paleolítico Superior y postpaleolítico en el vestíbulo.
Según los trabajos realizados hasta la fecha, se eligió para la actividad gráfi ca la zona exterior de la cavidad, iluminada por el sol.
A pesar de ello, la modalidad de grabado no permite una lectura precisa y defi nida de todas las grafías.
Las de surco más ancho (conjuntos 5 y 6) son reconocibles y observables durante todo el día.
En cambio, para el resto, la buena visualización con luz natural se ciñe, preferentemente, a las horas de la tarde, cuando por la orientación al Oeste de la boca, la luz llega incluso directamente a las paredes del fondo del vestíbulo.
Sin luz sólo se distingue un conjunto de líneas sin ordenación aparente.
El dispositivo iconográfi co se compone de 2 unidades y 6 conjuntos gráfi cos. Las unidades son un equino (unidad 1) y una estructura reticulada (unidad 2).
Los conjuntos gráfi cos son líneas de disposición aparentemente desordenada que tienden, a veces, a asociarse en paralelo formando pequeños grupos.
En el conjunto 3 el trazado lineal se adecua a superfi cies y formas naturales pudiendo representar una fi gura de bisonte.
La mayor parte de los grabados se localizan en frentes de pared: los conjuntos 1 y 2 y unidades 1 y 2 a la izquierda, y los conjuntos 3 a 5 a la derecha.
Se desmarca el conjunto 6, sobre un bloque caído de la misma.
Una disposición vertical y superfi cies preferentemente lisas o levemente sinuosas predominan en los soportes.
El estudio de la distribución o dispersión de los grabados en la cavidad valora su conservación.
En la actualidad las grafías están a 20-33 m de la entrada, en el tránsito entre el vestíbulo y la rampa (donde se sitúa propiamente el conjunto 2).
Pudieron existir otras en puntos más exteriores que, por procesos de alteración del soporte especialmente reconocibles en los conjuntos 1, 2 y 3, y unidades 1 y 2, no han perdurado.
La visibilidad también importa: la mayoría de los conjuntos aparecieron tras la limpieza detenida de la superfi cie de las paredes, algunas muy cubiertas de suciedad.
El caballo, hasta la fecha es la única representación fi gurativa, muestra nivelación tendente a vertical (5 °-15 °) y orientación hacia el interior de la cavidad.
No está completa, pero basándose en la correspondencia de la anatomía con los desconchados del soporte pudiera pensarse que, en su día, se grabaran, cuanto menos, todas las líneas del contorno, según hemos descrito.
Las pocas medidas tomadas imposibilitan el estudio preciso de las proporciones, si bien cabe apuntar el tronco ancho y la marcada concavidad del vientre.
Es una fi gura de formato pequeño.
La morfología de las líneas está entre el carácter rígido en las zonas del pecho y la extremidad delantera, ambas confi guradas mediante líneas rectas, y el modulado.
El esquema morfosomático de la región del tronco es rectangular.
La representación lineal, angular y tendente a paralelo, confi gura una morfología reticulada.
Completan el repertorio los conjuntos gráfi cos con líneas donde no ha sido posible discriminar formas complejas.
La técnica de grabado es siempre la incisión fi na y superfi cial, también describible como de carácter fi liforme.
En el caballo se recurre al grabado múltiple para la delineación de las líneas de contorno y a un estriado abundante y paralelo para el interior.
La propuesta cronológica para el caballo de El Mirón, por la correspondencia entre los grabados y los depósitos arqueológicos, apunta a un lapso que va del Magdaleniense inferior al medio.
Las líneas grabadas del conjunto gráfi co 6 se realizaron entre el Magdaleniense inferior cantábrico y el Magdaleniense medio avanzado o el Magdaleniense superior.
Ello abre la posibilidad de que las grafías puedan ser contemporáneas.
EL GRAFISMO RUPESTRE DE EL MIRÓN EN LA SECUENCIA GRÁFICA PALEOLÍTICA DEL VALLE DEL ASÓN
En el valle del Asón y la inmediata depresión cerrada de Matienzo se ha mencionado actividad gráfi ca rupestre supuestamente paleolítica en 27 estaciones (Fig. 11) (1).
Un primer grupo con representaciones cuya cronología paleolítica no parece cuestionable incluye las cuevas de El Otero (González Sainz et al. 1985), Los Emboscados y El Patatal o Sotarraña (Balbín et al. 1986) Un segundo grupo integra los conjuntos grabados o pintados cuya cronología o estilo paleolítico es difícil de probar: abrigos de San Carlos y del Perro (Moure y González Morales 1986), San Juan de Socueva (Serna y Valle 2000), Cofresnedo (Smith 2002), El Risco (Serna 2002a), La Covarona (Gómez Arozamena 1992: 284), La Chora (Serna 2002b), Los Moros (Muñoz 2002a),
(1) En el Alto Asón también en la cueva de El Becerral se han señalado representaciones de estilo paleolítico (Bernaldo de Quirós et al. 1987Quirós et al., 1988Quirós et al. -1989)).
Recientemente se ha certificado la falsifi cación de este conjunto (García Díez y Eguizábal 2007-2008).
La primera difi cultad es la interpretación del origen, naturaleza y forma de las concentraciones de color en Cofresnedo, La Chora, Los Moros y El Horno.
La segunda es la sencillez de las representaciones (puntos o líneas) cuya asignación, a priori y sin una discusión contextualizada, es insegura: San Carlos, San Juan de Socueva, Cofresnedo y El Polvorín.
Los grabados del Abrigo del Perro son menos dudosos: un mo- tivo bastante complejo, con triángulos y series de ángulos, inmediatos a un depósito magdaleniense bien contrastado y cuyo paralelo formal más próximo es precisamente el nuevo motivo del bloque de El Mirón.
Por último en El Risco y La Covarona la descripción hoy conocida consiste en escuetas notas insufi cientes para la datación.
El conjunto de 17 estaciones con fi guras seguras de cronología paleolítica nos acerca a la secuencia gráfi ca documentada en el valle del Asón.
Sin pretender una discusión individualizada de su cronología, a partir de los datos hoy disponibles (González Sainz y San Miguel 2001) (2), se trazará su secuencia, valorando el grafi smo de El Mirón en ese contexto.
Los primeros momentos de la actividad gráfi ca corresponden al ciclo pre-magdaleniense: motivos de Arco A, Arco B, Arco C, Pondra, Morro del Horidillo, Covalanas, La Haza, Venta de la Perra, El Risco y probablemente La Luz.
Precisar la fecha concreta de su ejecución es problemático, siendo necesario recurrir a propuestas temporales de carácter amplio.
Entre el Auriñaciense y el Solutrense inferior se realizaron los dispositivos iconográfi cos de Covalanas, La Haza, Morro del Horidillo, Arco C y una parte de los conjuntos de Pondra, Arco A y Arco B (todos los dibujos rojos).
Entre el Gravetiense fi nal y el Solutrense medio se grabaron las fi guras de Venta de la Perra, La Luz y Arco B. En un lapso temporal algo más amplio (entre el Gravetiense fi nal y el Solutrense fi nal) se pintaron las ciervas de Pondra y los bisontes de Arco B, grabándose las fi guras de Pondra y Arco A.
La propuesta cronológica para el ciclo magdaleniense puede precisarse más.
Al Magdaleniense inferior se han adscrito las fi guras de Emboscados y Cobrantes, las de esta última cavidad sin unanimidad entre los investigadores; algunos las asignan a momentos algo posteriores (Magdaleniense medio o superior).
El dispositivo iconográfi co de La Cullalvera se ha datado estilísticamente en el Magdaleniense medio avanzado.
Durante el Magdaleniense superior-fi nal se hicieron las fi guras de Sotarriza y Otero.
La cronología de la de El Patatal es difícil de precisar más allá de su pertenencia al presente ciclo.
(2) García Díez, M. 2002: Comportamiento gráfi co durante el Paleolítico superior en el Alto Asón: análisis de los dispositivos iconográfi cos rupestres.
Departamento de Estudios Clásicos, Facultad de Filología, Geografía e Historia, Universidad del País Vasco.
La fi gura de equino de El Mirón, y probablemente la forma reticulada y por extensión, y cuando menos, otras líneas del conjunto gráfi co 1, según la correspondencia entre proceso gráfi co y depósitos arqueológicos, se realizaron entre el Magdaleniense inferior y el Magdaleniense medio.
La concepción en parte geométrica del animal, en contraposición a lo defi nible como analítico 'puro', las proporciones un tanto abultadas en la región del vientre y el recurso al contorno múltiple llevan a vincular a la fi gura, a partir de un razonamiento formal de carácter lineal, al fi nal del Magdaleniense inferior o inicio del Magdaleniense medio.
Caracteres similares pueden reconocerse en Emboscados y Cobrantes.
Las líneas del conjunto gráfi co 6 se ejecutaron entre el Magdaleniense inferior y el Magdaleniense medio avanzado o el Magdaleniense superior.
El parecido más directo de los conjuntos del Alto Asón, cuya edad paleolítica está asegurada, es uno de los paneles de Venta de la Perra, compuesto exclusivamente de formas lineales.
Su cronología es sensiblemente anterior, pero también hay referentes en otros de edad paleolítica insegura pero supuesta como los abrigos de San Carlos y sobre todo El Perro.
Las investigaciones en la Cueva de El Mirón vienen siendo fi nanciadas por la Fundación Marcelino Botín, la L. S. B. Leakey Foundation, la National Geographic Society, la National Science Foundation, la University of New Mexico, la Consejería de Educación, Cultura y Deporte del Gobierno de Cantabria y el Ministerio de Educación y Cultura.
Los trabajos han contado con el apoyo de la Universidad de Cantabria, el Instituto Internacional de Investigaciones Prehistóricas de Cantabria y el Ayuntamiento de Ramales de la Victoria, y, por supuesto, con la constante ayuda y colaboración de Joaquín Eguizábal, guía de la cueva de Covalanas.
Alcalde del Río, H. 1906: Las pinturas y grabados de las cavernas prehistóricas de la Provincia de Santander.
Altamira, Covalanas, Hornos de la Peña y El Castillo. |
El tratamiento térmico en rocas silíceas, un procedimiento técnico para la talla
Se pretende mostrar un panorama general del estado actual de las investigaciones sobre el tratamiento térmico como procedimiento para la talla de rocas silíceas.
Partiendo de varios autores, se ha desarrollado un programa experimental en el que se sintetizan los aspectos que se consideran más relevantes: las ventajas que supone el tratamiento térmico de la roca; los estigmas característicos que produce sobre ella, principalmente el cambio de color y el lustre térmico; y el momento de su aparición.
Hemos experimentado con 24 muestras de un sílex nodular de color oscuro de Serra Llarga (Balaguer, Lleida) que no ha mostrado las mismas reacciones que otros tipos de sílex.
Debemos destacar los resultados obtenidos en los pruebas de rugosidad de superfi cies, que han abierto una línea de investigación prometedora.
Finalmente, apuntar la consideración del tratamiento térmico en un contexto técnico y económico más amplio, y no como un fi n en sí mismo.
El tratamiento térmico de las rocas silíceas para la mejora de su explotación mediante la talla no es una cuestión baladí.
Representa un foco de interés sobre los procesos técnicos y el desarrollo tecnológico entre los grupos prehistóricos de especial relevancia en los estudios sobre el proceso de neolitización en Europa occidental.
D. Crabtree y R. Butler (1964) publicaron el primer trabajo relacionado con esta temática.
Desde entonces el corpus bibliográfi co ha crecido de forma considerable centrándose en tres objetivos (Gibaja y Clemente 1997; Terradas y Gibaja 2001):
Qué ventajas supone la práctica de un tratamiento térmico.
Cuáles son los estigmas característicos resultantes.
En qué momento y cómo se manifi estan estos estigmas.
En general, el tratamiento térmico se ha venido considerando aislado y no dentro del proceso tecnológico más amplio de producción de instrumental lítico.
Sin restar trascendencia a los cambios provocados por el calentamiento en la estructura, composición, orden interno, etc., de la materia prima nuestros intereses científi cos no son los de la Química, la Física o la Geología sino el conocimiento de las sociedades humanas.
En concreto aquí estudiamos los procedimientos técnicos desarrollados en el proceso de manufactura del instrumental lítico.
Los cambios acaecidos en la roca tras un tratamiento térmico nos interesan en la medida en que nos aproximan a los objetivos especifi cados.
Nos centramos en el desarrollo de criterios para el reconocimiento de los cambios documentados y de metodologías para interpretar su incidencia en la producción lítica.
Nos interesa lo que hay detrás de un tratamiento térmico: qué materias primas se utilizan, en qué momento de la producción se practica, quién lo aplica, quién se benefi cia de sus resultados y cuál es el uso fi nal de los instrumentos obtenidos.
El presente trabajo no soluciona estas cuestiones, pero constituye una parte previa y necesaria para determinar los rasgos discriminantes de un tratamiento térmico y sus objetivos.
Primero tratamos qué es un tratamiento térmico y de qué criterios disponemos para reconocerlo.
Segundo planteamos un programa experimental propio para observar, a distintas temperaturas, las alteraciones térmicas que sufre un sílex de tonalidades oscuras, independientemente de si se trata de nódulos o productos de talla.
Finalmente replanteamos cuál debe ser la línea a seguir.
¿Pero a partir de cuándo y dónde podemos reconocer el tratamiento térmico?
Algunos trabajos en curso en Sudáfrica, demostrarían el uso de la pirotecnología por parte de los primeros humanos modernos.
La habrían utilizado para incrementar la calidad y la efi ciencia de la silcreta en el yacimiento de Pinnacle Point 5-6 hace aproximadamente 164 mil años (ca.)
(Brown et al. 2009) y para la talla a presión de preformas para la obtención de puntas bifaciales en el yacimiento de Bomblo Cave hace aproximadamente 75 mil años (ca.)
No obstante es en el Paleolítico Superior (1) y sobre todo durante el Neolítico cuando el tratamiento térmico parece haber tenido mayor importancia a juzgar por el número de casos y sus implicaciones técnicas.
A fi nales del Neolítico esta práctica irá decayendo para desaparecer con (1) F. Bordes (1969) publicó el primer caso de tratamiento térmico en un contexto arqueológico europeo sobre una hoja de laurel procedente de los estratos solutrenses del yacimiento francés de Laugerie-Haute. la generalización de la metalurgia, por lo menos en el Mediterráneo occidental.
El subcontinente indo-pakistaní es un caso excepcional, ya que el tratamiento térmico se documenta desde el inicio del Neolítico (Inizan y Lechevallier 1996) a la actualidad, utilizándose técnicas 'tradicionales' en procesos artesanales, vinculados con elementos ornamentales (Roux 2000).
Posiblemente en el norte de América hay un mayor número de evidencias arqueológicas y documentación etnográfi ca con referencias de tratamiento térmico para la talla (Nagle 1914).
Etnográfi camente se documenta prácticamente en todo el mundo: en las islas Andaman, en el Golfo de Bengala (Man 1883), Zimbaue (Robinson 1938), entre otras zonas.
Desgraciadamente solo en el caso de la India, se informa sobre la importancia del tratamiento térmico en estas sociedades.
En la Península Ibérica, las primeras evidencias de tratamiento térmico corresponden a yacimientos de la zona de Levante y del suroeste del Paleolítico Superior: Cueva del Caldeirao en Portugal (2), Cueva de Ambrosio en Andalucía (Ripoll López et al. 1997) o Cueva del Parpalló en Gandía (Tiffagom 1998(Tiffagom, 2006)).
Una mención especial merecen los yacimientos atribuidos al inicio del Neolítico del Sur de la Península Ibérica (Carvalho 2008).
El estrecho nexo entre la producción laminar por presión y la aparición del tratamiento térmico quizás pueda relacionarse con infl uencias norteafricanas y acorde con su cronología proponerse un origen ibérico para el tratamiento térmico, asociado a la talla laminar, en el Neolítico de Europa occidental.
Ejemplos de otras zonas no peninsulares son el sílex melado procedente del sureste francés (fi nal del V milenio -inicios del IV milenio cal.
BC), con el que se confi guran preformas de núcleos cuya expansión geográfi ca abarca el Midi francés, Cataluña, Suiza y el Piemont-Ligurie (Binder 1998; Terradas y Gibaja 2001; Léa 2004Léa, 2005)); así como el tratamiento térmico sobre grandes láminas en contextos de Neolítico Final y Calcolítico en el centro de la Península Ibérica (Martín et al. 2009).
Tratamiento térmico, alteración térmica, annealing y pretratamiento térmico, son algunos de los conceptos que podemos encontrar en la bibliografía referente a la temática que aquí nos ocupa.
Pero debemos ser cautos con su utilización.
Terradas y Gibaja (2001) ya advierten del peligro de confundir el tratamiento térmico con las alteraciones térmicas, que en algunas publicaciones se utilizan como sinónimos.
En las ciencias de materiales el tratamiento térmico se defi ne como un procedimiento técnico al que se someten algunos de ellos para mejorar sus propiedades mecánicas y físicas, básicamente la dureza, la resistencia y la tenacidad, mediante la aplicación de calor y el posterior enfriamiento (Kalpakjian y Schmid 2002).
Cuando se aplica a las rocas silíceas la mejora de las propiedades mecánicas se refl eja en su forma de fractura.
Crabtree y Butler (1964) ya demostraron en su momento a partir de réplicas experimentales que la aptitud (3) de muchas rocas silíceas para la talla mejora tras alterarlas térmicamente.
Varios test mecánicos sobre el material experimental han demostrado que los cambios afectan la elasticidad de los materiales y su resistencia a la fractura.
Dichos cambios tienen distintos efectos.
La mejora más evidente es la necesidad de una menor fuerza del tallador en el momento de fracturar la roca (Crabtree y Butler 1964; Bleed y Meier 1980).
Se constata un mayor control en las operaciones relativas a la confi guración de los bloques, la explotación de núcleos y el retoque de los soportes (Terradas y Gibaja 2001).
El tratamiento térmico afecta a una de las propiedades mecánicas más importantes: la homogeneidad de sus propiedades.
Su incremento hace la talla más predecible, reduce las posibilidades de fractura y la aparición de bordes refl ejados (Luedtke 1992).
Este mayor control resulta benefi cioso sobre todo en zonas con períodos de inaccesibilidad a los recursos líticos debido a bajas temperaturas, nieve y
(3) Nos referimos a la mejora de las condiciones y propiedades que posibilitan la fractura intencionada de la roca mediante la aplicación controlada de una fuerza (presión, percusión) para la consecución de un objetivo preestablecido. heladas, que requieren un sistema que evite el derroche de la materia prima (Domanski y Weeb 2007).
Destacamos que es en la zona sibero-mongola, durante el Paleolítico Superior, donde aparece el tratamiento térmico dirigido a la producción laminar (Inizan y Lechevallier 1996).
La alteración térmica permite la fabricación de productos con fi los más agudos.
Hay autores que han observado ángulos muchas veces inferiores a los 30°, ausentes en el mismo tipo de piezas sin alteración térmica (Rick 1978).
La desventaja es que tiende a aumentar su fragilidad, haciendo depender sus posibilidades de utilización de la dureza de los materiales a manipular.
El tratamiento térmico es una ventaja en el momento de obtener productos de mayor longitud (Rick 1978; Bleed y Meier 1980).
Mejora considerablemente la efi cacia de la talla por presión y también la percusión mediante percutor blando y la percusión indirecta.
El mayor control, facilidad y precisión en los procesos de transformación de la materia prima propicia su explotación mediante cualquier sistemática de talla.
Otra de las consecuencias del tratamiento térmico es un cambio en el aspecto externo de ciertas rocas silíceas hacia tonalidades más rojizas y superfi cies de aspecto más brillante.
Ambos, según Domanski y Webb (2007), incrementarían el valor totémico o religioso del objeto por la simbología especial del color rojo en ciertas sociedades.
Sin entrar en la simbología de ciertos colores, estos cambios visuales a nivel estético pueden bastar para practicar un tratamiento de este tipo.
Por ejemplo las cuentas de cornalina de Cambay (India) reciben un tratamiento térmico sistemático para mejorar de la talla, pero sobre todo modifi car su color (Roux 2000).
Estas mejoras/ventajas no se dan en todas las rocas silíceas de la misma manera.
Principalmente son visibles en rocas microcristalinas cuyos cristales de cuarzo tienen menor tamaño: el sílex, el jaspe, el ágata, la calcedonia, la madera petrifi cada o la novacuolita.
Una vez tratadas la fractura se asemeja a la de materiales como la obsidiana o el vidrio.
Donde hay escasez de materias primas de buena calidad para la talla, parece que se ha utilizado el tratamiento térmico para mejorar la calidad de las existentes.
Materiales macrocristalinos como la silcreta, la cuarcita o el cuarzo, también mejoran algo, pero no tanto como en las rocas microcristalinas.
No obstante los resultados de las réplicas experimentales son muy variables.
No todas las rocas, macrocristalinas o microcristalinas, con las que se ha experimentado han mostrado mejoras obje tivas.
Como alteraciónes térmicas o termoalteraciones entendemos los cambios en la estructura y superfi cie de la roca tras someterla a una fuente de calor de forma premeditada o no. En cambio lo que defi ne al tratamiento térmico es la intencionalidad y la planifi cación previa de acuerdo a unos objetivos prefi jados.
Existe también el peligro de confundir tratamiento térmico y choque térmico.
Esta alteración térmica se produce cuando la considerable diferencia de temperatura entre las partes de la roca, o entre la roca y su entorno fractura la roca (Luedtke 1992).
Este choque térmico puede ser consecuencia de factores atmosféricos, de un contacto directo o fortuito con fuego o de un acto voluntario para fracturar el bloque.
Al no buscar la modifi cación del bloque para la talla o para cambiar la coloración de la roca, no debería considerarse como tratamiento térmico en sentido estricto.
Algunos autores han malinterpretado la documentación etnográfi ca viendo un tratamiento donde solo había un choque térmico.
Este último punto puede ser motivo de discusión, porque ¿cuándo podemos considerar realmente que hay un tratamiento térmico?
¿También entraría el choque térmico destinado a extraer los bloques de sílex en algunos contextos mineros?
El éxito en un tratamiento térmico depende de unas condiciones determinadas de la materia prima, la temperatura y el tiempo.
Pero aún controlando estas variables el tratamiento térmico no es un procedimiento preciso.
Cada roca reacciona de manera distinta ante su exposición a los efectos de un foco de calor.
Hay un consenso en que el tratamiento térmico es un proceso largo y constante hasta llegar a la temperatura óptima, tras la cual debe haber un enfriamiento también progresivo y lento para evitar el choque térmico.
Esta temperatura oscilaría entre los 250 °C-350 °C (Purdy y Brooks 1971), según las propiedades de la materia prima y el tamaño de la muestra.
Por encima de esta temperatura la roca sufre daños que, en muchos casos, repercuten negativamente en la talla.
Por debajo ningún cambio mejora signifi cativamente sus propiedades.
El tiempo de experimentación en horno de mufl a puede variar entre 1 h y 72 h.
En estos casos la pieza se deja enfriar en su interior de manera que el descenso de la temperatura sea gradual.
Basándonos en la información etnográfi ca, en un hogar al aire libre el tiempo de calentamiento sería de unas 24 h: en cada caso el calor sube lenta y progresivamente hasta llegar a la temperatura óptima y posteriormente se deja enfriar en el interior de la estructura de combustión utilizada hasta que se apaga la brasa.
La materia prima está infravalorada en la mayoría de los estudios, aunque a ningún autor se le escapa que cada litología da resultados diferentes.
Otra variable a controlar es el tamaño del bloque.
Crabtree y Butler (1964) constataron que el tratamiento térmico en los soportes comparativamente más delgados era mucho más exitoso.
La observación, olvidada por muchos autores posteriores, ha sido recuperada recientemente por Mercieca y Hiscock (2008).
En su trabajo experimentaron con cubos de silcreta de diferentes volúmenes para observar la respuesta térmica a distintas temperaturas.
Constataron una clara interacción entre el volumen y la temperatura: las piezas con mayor volumen se fracturaron mucho antes que las de menor volumen.
Esto infl uye también en el tratamiento simultáneo de distintas piezas, ya que para evitar que unas se fracturen antes que otras, todas tendrían que ser más o menos de un mismo tamaño o recibir un tratamiento individualizado.
En resumen, no podemos reducir el tratamiento térmico a la interacción tiempo y temperatura.
Hace falta considerar también las propiedades específi cas de la materia prima y su volumen.
¿Pero en qué momento del proceso de manufactura del instrumental lítico se tiene que realizar el tratamiento térmico?
¿Antes de la confi guración del bloque de materia prima?
¿Antes de la obtención de los soportes?
¿Antes de dar forma a los soportes mediante el retoque?
El tratamiento térmico no tiene un momento concreto de aplicación.
Su elección depende de los objetivos buscados.
Se puede aplicar en cualquier momento del proceso productivo dependiendo del desarrollo tecnológico, la capacidad de asumir el riesgo que comporta su aplicación y del objetivo fi nal que se busca con el calentamiento de la roca.
Por ejemplo en las cuentas de cornalina de la India el calentamiento se aplica en tres momentos distintos del proceso (Kenoyer et al. 1991).
CRITERIOS DE RECONOCIMIENTO DEL TRATAMIENTO TÉRMICO EN ROCAS SILÍCEAS
Muchos trabajos experimentales se llevan a cabo para desarrollar métodos que permitan reconocer los efectos del tratamiento térmico en el material lítico.
Desgraciadamente hasta el momento no hay ningún método concreto, ni macroscópico ni microscópico, para su identifi cación con total seguridad.
Parece claro que un tratamiento térmico no altera la mineralogía de la roca sino su estructura (Purdy y Brooks 1971) dado que la temperatura infl uye en la estructura de las rocas.
Según Bertouille (1989Bertouille (, 1990)), los cambios atmosféricos de temperatura acumulan tensiones en forma de dislocaciones e imperfecciones.
Es el denominado 'fenómeno de fatiga'.
Este altera la estructura de la roca, perjudicando sus propiedades para la talla.
Para volver a modifi car esta estructura necesitamos una energía similar o superior.
La resultante de un tratamiento térmico puede producir una nueva redistribución de las dislocaciones, una restauración de la estructura y la reducción de los efectos de las tensiones.
El fenómeno de fatiga se evita manteniendo el tratamiento en los límites de una temperatura óptima que modifi que la estructura de la roca favoreciendo sus aptitudes para la talla.
El resultado del tratamiento térmico es también una mayor homogeneización de las propiedades texturales de la roca (Luedke 1992).
Cuanto más diferente es el tamaño, forma y disposición de los cristales, peor es la talla.
El tratamiento tiende a aumentar las propiedades isotrópicas de la roca, favoreciendo una mayor homogeneidad en su respuesta mecánica (Luedke 1992).
Aún hoy no hay una hipótesis única e inequívoca que explique los cambios internos de la roca al ser tratada térmicamente que modifi can sus propiedades de talla.
A partir de esta se han propuesto otras, que no son excluyentes entre sí, al tratar la misma fenomenología desde distintas aproximaciones o fe-nómenos directamente vinculados entre sí.
Luedke (1992) las agrupó en dos modelos: el silica fusion model (Purdy y Brooks 1971; Beauchamp y Purdy 1986; Griffi ths et al. 1987), cuyas propuestas hacen referencia al relleno de los espacios intercristalinos y el crack model (Flenniken y Garrison 1975; Schindler et al. 1984) con las relativas a la creación de micro fracturas.
El tercer modelo de 'recristalización' de Domanski y Weeb (2007) reúne las que postulan que los cristales se hacen más equigranulares.
Todas estas teorías consideran la volatilización del agua, localizada en los poros y microfracturas del sílex, como principal agente en la mejora de las condiciones de talla de la roca (Griffi ths et al. 1987; Domanski y Weeb 1992; Luedke 1992; McCutcheon y Kuehner 1997).
Según las personas que tallan a nivel experimental esta reducción de la humedad favorecería el inicio de la microfracturación que se produce al aplicar una fuerza a un bloque o fragmento de sílex.
Para observar las alteraciones internas que se producen en la roca después de tratarla térmicamente se han utilizado analíticas como el Scanning Electron Microscope (SEM) o la termoluminiscencia.
Por desgracia estas analíticas no son siempre asequibles por factores económicos o de disponibilidad de la infraestructura, aparte de suponer en ocasiones la destrucción total o parcial de la muestra.
Por este motivo el tratamiento térmico sigue observándose controlando las alteraciones a nivel externo como el cambio en la coloración de la roca, la aparición del llamado lustre térmico y, ya cuando la temperatura resulta excesiva, de una serie de alteraciones más 'agresivas', perceptibles a simple vista.
Sin embargo, debemos tener cuidado con estos cambios con un importante componente de subjetividad y difíciles de cuantifi car.
El cambio de color, conocido como rubefacción (Fig. 1), aparece con temperaturas superiores a los 200 °C en litologías cuyo contenido en partículas de hierro supera las 1100 ppm (Purdy y Brooks 1971).
Según diversos autores el aumento de la temperatura oxida estas partículas.
Al liberarse como consecuencia de la movilización del agua (Tixier 1984) aparece esta tonalidad más rojiza característica que varía según el grado de temperatura y la cantidad de impurezas.
El cambio de color no debe confundirse con la aparición de tonalidades blancas que experimentan todos los sílex cuando alcanzan una tem-peratura excesiva.
Igualmente, otros tipos de pátinas, blancas o de otras tonalidades, pueden desarrollarse en el sílex como consecuencia de fenómenos naturales.
El lustre térmico es una de las primeras alteraciones térmicas que se evidencian en la roca.
Se trata de un brillo identifi cable sólo en la superfi cie de los negativos de las extracciones realizadas después del tratamiento térmico (Fig. 1).
La parte externa del bloque, núcleo o soporte que ha recibido tratamiento conserva un aspecto mate en comparación con ella.
Además, las ondulaciones de la propagación del golpe quedan mejor impresas y de modo más regular (Terradas y Gibaja 2001).
Este lustre aparece cuando las temperaturas llegan a los 200 °C-300 °C, que es también la temperatura óptima según la mayoría de los autores para la mejora de las condiciones de talla.
Esta temperatura depende de la materia prima, sin que exista un consenso acerca del origen de este brillo.
Las personas menos experimentadas pueden confundir el lustre térmico con otras alteraciones químicas y/o mecánicas como el pulido eólico que modifi can la superfi cie de la pieza dejando características similares a las alteraciones tér micas.
Se constatan otro tipo de alteraciones, mucho más agresivas e identifi cables con mayor facilidad, una vez se ha superado la horquilla en la que se sitúa la temperatura óptima.
Pueden ser accidentales o consecuencia de una sobreexposición térmica/horaria durante la aplicación de un tratamiento térmico.
Distintos tipos aparecen de forma gradual: cúpulas térmicas, fracturas, craquelado o escamado, pátina de color blanquecino o pardo, fragmentación en múltiples esquirlas e, incluso, desintegración completa (Clemente 1995, 1997; Paterson 1995) (Fig. 2).
Con frecuencia, el color o el lustre térmico no nos permiten identifi car un tratamiento térmico con total seguridad, y en muchos casos sólo podremos constatar alteraciones debidas al contacto con alguna fuente de calor sin establecer su origen ni su intención.
Así pues, resulta necesario buscar otros criterios de reconocimiento.
No hay una sola manera válida de determinar cuando un material está termoalterado de manera intencionada o fortuita.
El criterio más diagnóstico es asociar los cambios de color y la aparición de lustre térmico en zonas concretas de la pieza con el estudio tecnológico y espacial de todo el conjunto lítico: su distribución espacial, la relación porcentual de piezas alteradas y no alteradas, la situación del tratamiento térmico en un momento concreto del proceso de transformación de las materias primas en productos, el nexo entre los objetivos que dirigen la producción y los restos derivados del proceso de talla, etc.
Otro punto a considerar debería ser la proximidad a fuentes de materia prima de yacimientos con evidencias de posible tratamiento térmico.
No es un factor determinante, pero la necesidad de una gran cantidad de materia prima y el riesgo de accidentes inherentes a su tratamiento térmico aumentan las posibilidades de que este se lleve a cabo en las proximidades de los afl oramientos explotados (Léa 2005).
Esta circunstancia nos permite comparar el material termoalterado, del yacimiento estudiado con muestras de la misma materia prima no tratada térmicamente.
También cabría esperar de la fragilidad inherente a un conjunto lítico termoalterado una mayor tendencia a la fracturación.
Debería ser posible observar un índice de fracturación más elevado en los productos alterados que en los que no lo están, siempre y cuando los productos tratados térmicamente hayan tenido un uso continuado.
Núcleo de sílex melado procedente de la estructura 70 del yacimiento de Can Gambús 1 (Sabadell, Barcelona), atribuible cronológicamente al Neolítico Medio, concretamente a la denominada Cultura de los Sepulcros de Fosa (fi nales del V a inicios del IV milenio cal BC) (lugar de depósito Museo de Historia de Sabadell) (Roig et al. 2010).
En él se puede observar tanto la rubefacción de la superfi cie del núcleo, como el lustre térmico visible en las extracciones (fotografía J. Boix).
Otro criterio de reconocimiento de un tratamiento térmico serían las evidencias de su práctica in situ, a través de la identifi cación de las correspondientes estructuras de combustión (Fig. 3).
Los ejemplos etnográfi cos sugieren una gran variabilidad de estrategias para la práctica de un tratamiento térmico de las rocas desde el hogar doméstico hasta aquel diseñado específi camente con la fi nalidad de calentar las rocas.
Desgraciadamente esta gran variabilidad, las pequeñas dimensiones que pueden llegar a tener, la vinculación con otras evidencias antrópicas ajenas a la talla y/o la posibilidad de que estas estructuras estén aisladas difi cultan su identifi cación.
En Zimbaue, los Naysalad depositaban los bloques en medio del hogar.
Una vez calentados, sujetados contra una especie de yunque, se golpeaban con un martillo para extraer las lascas (Robinson 1938).
En Norteamérica el grupo de los Plateau Shoshoni Indians colocaban las piezas en un hogar apagado y por encima hacían otro que mantenían durante 24 horas.
Antes de colocar el material encendían un fuego en el interior de la cubeta.
Una vez apagado lo cubrían de arena y colocaban el material encima mezclado.
Finalmente cubrían con tierra seca y lo dejaban aproximadamente 2 días.
Mandeville y Flenikken (1974) describen un hogar destinado al tratamiento térmico donde, tras excavar la cubeta, primero se depositarían los materiales, se cubrirían de arena y encima se encendería un hogar.
La variabilidad de estructuras de combustión, aunque difi culta la rápida identifi cación de estos contextos arqueológicos, nos aporta mucha información sobre el grado de desarrollo de la producción del instrumental lítico tratado térmicamente.
Desgraciadamente las evidencias arqueológicas son escasas, consecuencia posiblemente de la misma dinámica del tratamiento térmico donde para recuperar el material se destruiría la estructura.
En la Península Ibérica tendríamos un posible ejemplo en una de las estructuras documentadas en el yacimiento del Campo de Fútbol de la Fábrica de Ladrillos Preresa (Getafe, Madrid) Fig. 2.
Tratamiento térmico experimental de sílex de tonalidades oscuras, efectos de un tratamiento excesivo: 1. cúpulas térmicas, fragmento de la pieza B5.3; 2. escamado, pieza B7.2; 3. blanqueamiento, pieza B6.1 (no considerada en el experimento); 4. fragmentación en múltiples esquirlas, pieza B7.2 (fotografías J. Boix).
Se trata de una cubeta de aproximadamente 50 cm de profundidad y 50 cm de diámetro donde se intercalarían niveles de arena, limpia y con carbón, y donde mayoritariamente se han recuperado restos líticos.
UN EJEMPLO EXPERIMENTAL: EL TRATAMIENTO TÉRMICO EN EL SÍLEX NODULAR DE SERRA LLARGA (BALAGUER, LLEIDA)
Las difi cultades para afi rmar la existencia de un tratamiento térmico y su fi nalidad hacen necesaria la experimentación en laboratorio bajo condiciones favorables para el control de las variables consideradas más relevantes de los materiales alterados, así como también entender los procesos de cambio en la estructura de la roca.
Para este primer experimento, hemos utilizado un sílex nodular encajado en un cuerpo de calizas lacustres, de facies micrítica, adscritas a la Formación de Castell (Serra Llarga, Balaguer, Lleida) (Fig. 4).
Esta formación tiene una edad priaboniense terminal y forma parte del sistema lacustre de La Noguera que, a su vez, se incluye en una de las secuencias deposicionales del relleno sedimentario del sector oriental de la cuenca del Ebro (Anadón et al. 1989).
La morfología de los nódulos de sílex es esférica o plana con una longi-tud que oscila entre los 5 y los 20 o 25 cm. El sílex es de color negro-gris (tabla Munsell: 10YR 4/1, dark grey; 7.5R 3/0, very grey dark; 2.5YR 3/0, very grey dark.), opaco y de grano fi no. Sus superfi cies pueden presentar alteraciones, principalmente fracturas y pátinas de desilicifi cación.
Seleccionamos este tipo de sílex por tres motivos: su explotación contrastada a lo largo de la Prehistoria, la posibilidad de que hubiera sido objeto de un tratamiento térmico y su coloración oscura que permitía adivinar una respuesta distinta a la de otras litologías explotadas en otros contextos arqueológicos.
A partir de la talla por percusión directa de los nódulos de un tamaño entre 10 y 15 cm seleccionamos 24 lascas de dimensiones similares (Tab.
Muestra sufi ciente para observar el comportamiento de este sílex de características diferentes a las de otros sometidos a experimentación.
El sílex se ha calentado en un horno de mufl a que puede alcanzar hasta 1.000 °C. Su controlador de rampas permite programar subidas de temperatura a tiempo determinado en una sola hornada lo que evita llegar a la temperatura fi nal demasiado rápido y permite mayor control del tiempo de exposición del material al calentamiento.
Las piezas se han colocado en el interior de recipientes cerámicos llenos de arena.
Al evitar que el calor les llegue de forma súbita se excluye un choque térmico y que estallen.
Utilizamos arena como protector ya que es un buen conductor térmico, que asegura una transmisión regular del calor favoreciendo un calentamiento y enfriamiento homogéneos y graduales.
Además, es un material fácil de conseguir y existen referencias etnográfi cas de su uso para dicha fi nalidad.
Las variables que la mayoría de los autores apuntan como importantes son la temperatura, el sílex se ha calentado 150 °C, 200 °C, 250 °C, 300 °C, 350 °C y 400 °C; el tiempo de calentamiento, con un aumento progresivo de 50 °C cada 30 minutos y el de enfriamiento, lento, aproximadamente 20 horas, más rápido con la extracción inmediata de la pieza y a temperatura ambiente.
Además se controlan el peso y el volumen.
Se ha medido el color, el volumen y el peso de cada pieza en las distintas fases de la experimentación.
Las piezas se depositan de dos en dos en los recipientes cerámicos rellenos de arena.
Estos se introducen en la mufl a también de dos en dos calentándose hasta la temperatura deseada en cada momento.
Una vez alcanzada se apaga la mufl a y se saca al exterior solo uno de los recipientes, así conseguimos enfriar rápidamente dos piezas a temperatura ambiente y dos lentamente.
Finalmente se practican extracciones a las piezas para observar si se ha producido el lustre térmico esperado.
Cada tipo de roca tiene reacciones diferentes frente a un tratamiento térmico y todas ellas son útiles para ampliar nuestro conocimiento.
Pero debemos puntualizar que el sílex de Serra Llarga (Balaguer, Lleida) no es una materia agradecida para la observación de las reacciones de una roca silícea expuesta a una fuente controlada de calor.
Como presumíamos, este sílex no ha mostrado las mismas reacciones aparecidas en otras rocas empleadas en experimentaciones realizadas por otros investigadores.
El cambio en la coloración por exposición a un foco de calor, en este caso, al tratarse de un sílex oscuro y con un bajo contenido de partículas férricas, no se ha producido.
Recordar que, según Purdy y Brooks (1971), los sílex con más alto contenido de partículas férricas, más de 1.100 ppm, son los únicos que cambian el color como consecuencia del proceso de oxidación de las mismas cuando se llega a temperaturas próximas a los 200 °C.
El lustre térmico, la alteración que muchos autores destacan como la más relevante para la identifi cación del tratamiento térmico, aparece alrededor de los 300 °C. Pero, la diferencia esperable entre las partes lustrosas y sin lustre no es tan contrastada como por ejemplo en el sílex provenzal (Terradas y Gibaja 2001).
En los sílex calentados a 350 °C y enfriados de manera rápida este lustre térmico no se da.
¿La aparición del lustre térmico está entonces más relacionada con el tiempo y tipo de enfriamiento que con la temperatura considerada óptima?
Los futuros experimentos tendrán que incidir en esta cuestión.
Si el lustre es uno de los puntos claves para reconocer el tratamiento térmico, ¿cómo lo identifi camos en estos casos?
¿Será un tratamiento más común de lo que creemos?
En el caso que nos ocupa, la temperatura óptima de calentamiento se sitúa entre los 300 y los 400 °C, y es cuando aparecen las primeras evidencias de lustre térmico en un momento previo a la aparición de los daños.
A partir de los 400 °C la roca sufre daños considerables, se fractura.
Su aparición gradual es también mucho más rápida de lo esperable.
Los daños no siguen tampoco ningún patrón fi jo.
Como indicamos, el tamaño es una de las variables a tener en cuenta al practicar un tratamiento térmico: a mayor tamaño más propensión al choque térmico debido a la mayor diferencia de temperatura entre el exterior y el interior.
Este es el caso de la pieza B1.2, que a 400 °C solo ha desarrollado alguna cúpula térmica, todo lo contrario de las otras calentadas a la misma temperatura y ligeramente más gruesas, que han quedado totalmente fragmentadas.
La pérdida de peso relacionada con la pérdida interna del agua localizada en los poros y microfracturas de la roca, es insignifi cante.
Por eso no creemos que sea una variable relevante.
Tras el tratamiento térmico, a simple vista y también con el tacto, se observan diferencias entre las nuevas superfi cies generadas a partir de las extracciones y las no modifi cadas, que permiten constatar el lustre térmico.
Creemos necesario aplicar algún test que confi rme si esta diferencia existe realmente y, en caso afi rmativo, buscar alguna manera de objetivarla y cuantifi carla.
Para intentar medir la rugosidad a diversos aumentos, y cuantifi carla mediante índices establecidos a partir de su representación tridimensional, hemos recurrido al Stereo Explorer 2.2.
Este programa informático nos permite estas mediciones y un control directo sobre el microscopio, en nuestro caso, uno estereoscópico Leica MZ16FA con foco motorizado.
Dicho control se ejerce sobre las cámaras, los aumentos y las profundidades en las superfi cies, permitiendo crear modelos 3D, así como también analizar perfi les, áreas y volúmenes.
El programa de medidas proporciona gran cantidad de parámetros.
Nos hemos fi jado en los que hacen referencia directa a la rugosidad y, en especial, en el parámetro Ra (Mean average roughness of profi les) o valor promedio de rugosidad en μm (4).
En esta primera prueba medimos la rugosidad de una roca antes y después del tratamiento térmico, y sobre las extracciones practicadas a pos-(4) El mismo programa nos advierte que esta medida puede resultar un tanto 'errónea' ya que nos da una media general.
Finalmente desestimamos los últimos resultados debido a que, al incrementar los aumentos, se reduce correlativamente la zona a medir y por tanto crece la difi cultad de evidenciar y comparar las diferencias.
En cambio, a 15 y 30 aumentos, sí obtenemos diferencias signifi cativas al comparar la superfi cie antes y después de las extracciones (Fig. 5), estas prácticamente se duplican (Tab.
Esto corro boraría la hipótesis de partida según la cual las superfi cies de aspecto mate y más lustroso que aparecen en las extracciones posteriores a un tratamiento térmico son apreciablemente distintas, siendo estas últimas las de mayor índice de rugosidad.
Podemos objetivar tales diferencias de rugosidad, pero debemos profundizar aún más en su signifi cado.
Nos falta ampliar la muestra y realizar más estadísti- cas que nos ayuden a entender mejor lo que sucede, pero se nos ha abierto una línea de investigación prometedora.
Esta frase resume la principal problemática a resolver.
En todos los ámbitos de la investigación arqueológica nos centramos con demasiada frecuencia en adaptar técnicas desarrolladas por otras disciplinas, intentando buscar su 'aplicabilidad' arqueológica.
Solemos priorizar la novedad de la técnica frente a su capacidad de resolución de problemáticas arqueológicas, substituyendo nuestro verdadero objeto de conocimiento por nuestro objeto de estudio.
Uno de los peligros más habituales cuando experimentamos en arqueología es confundir medios y fi nes.
Por ejemplo, en los trabajos sobre tratamiento térmico, tenemos una idea bastante clara de las reacciones de las rocas frente al calor, pero nos falta identifi car la importancia de este tipo de tratamiento en los procesos de producción.
Es evidente que se deben seguir investigando los cambios estructurales internos que sufre la roca al ser alterada térmicamente, pero nuestro trabajo como arqueólogos está en aprovechar los datos de todos estos cambios internos que sean relevantes para nuestra investigación.
Es evidente que el estudio de los cambios físicos nos aporta datos indispensables.
Pero los cambios estructurales tienen que considerarse secundarios.
En la medida de lo posible tendríamos que trabajar más estrechamente con equipos/personas formados en otras disciplinas, intentando desarrollar una investigación de carácter marcadamente interdisciplinar.
Debemos empezar a poner mucho más énfasis en otro tipo de criterio diagnóstico como el propio contexto arqueológico.
La clave para identifi car un tratamiento térmico no está en las alteraciones resultantes, sino en la relación que se establece entre ellas, la interpretación global de todo el conjunto lítico y la distribución espacial de este conjunto en el seno del yacimiento, en relación al resto de productos y actividades.
Los programas experimentales sobre el tratamiento térmico, al igual que sobre otros aspectos de la tecnología lítica, deberían desarrollarse en un contexto técnico y económico más amplio.
En defi nitiva, ese tratamiento no es más que una opción técnica, un segmento más del proceso de producción del instrumental lítico.
Su aplicación depende de unas necesidades sociales concretas y de la oferta medioambiental del territorio en que opera esta sociedad.
El tratamiento térmico responde a la voluntad de conseguir una materia prima con unas propiedades nuevas, diferentes a las originales y destinadas a solventar unas necesidades igualmente diferentes.
Este trabajo ha sido una primera incursión al tratamiento térmico en rocas silíceas como procedimiento técnico para la talla.
Hemos visto qué cambios sustanciales experimenta el sílex, cómo se manifi estan a nivel superfi cial y sus posibilidades interpretativas en el seno de un estudio sobre la producción técnica en la Prehistoria.
Igualmente, se adivinan líneas potenciales de desarrollo de esta investigación en el futuro, entre las cuales el estudio de la rugosidad de las superfi cies termoalteradas parece ser muy prometedora.
Esperemos que una correcta identifi cación de las distintas alteraciones térmicas y su correcta contextualización permitan interpretar adecuadamente los aportes que supone el tratamiento térmico como procedimiento técnico en la manufactura de instrumentos líticos y su signifi cación tecnológica.
Valorando en su conjunto la experimentación realizada y formulada en este trabajo, pensamos que no puede darse por terminada.
Al hacerlo han aparecido más interrogantes que respuestas.
Es un proceso natural y lógico en la formulación de una investigación experimental cuyo objetivo es contrastar determinadas hipótesis.
Estos interrogantes plantean a la vez nuevos retos científi cos y posibilitan detectar los puntos débiles del programa experimental.
Gracias a ello esperamos replantearlo con el objetivo de resolver las deficiencias y carencias.
El logro de estos objetivos otorgará una mayor solidez a los resultados obtenidos.
Esta experimentación se realizó como trabajo fi nal de tercer ciclo titulado El tractament tèrmic en roques silícies com a procediment tècnic per a la talla: estat de la qüestió, presentado en el Dpto. de Prehistoria de la Universidad Autónoma de Barcelona.
Agradezco a Xavier Terradas, Institución Milá y Fontanals -Consejo Superior de Investigaciones Científi cas (IMF-CSIC), mi director de tesis, a Juan Francisco Gibaja (IMF-CSIC) e Ignacio Clemente (IMF-CSIC), así como a los correctores anónimos, sus consejos y correcciones durante la redacción del artículo.
ZONA MEDICIÓN ANTES DE CALENTAR DESPUÉS DE CALENTAR |
La tecnología cerámica de los niveles IV y III en el yacimiento de Kobaederra (Cortézubi, Bizkaia).
Aprovisionamiento y modificación de las materias primas
en las últimas décadas del siglo XX.
Ello se ha visto favorecido por la excavación de nuevos depósitos como Los Canes (1), Los Gitanos (Ontañón 2005), El Mirón (González Morales y Straus 2000), Kobaederra (Zapata et al. 1997) y Herriko Barra (Iriarte et al. 2005).
Gracias a esos avances, se han adscrito a la primera mitad del V milenio cal AC las evidencias cerámicas más antiguas de la región cantábrica.
El análisis de parte de estas cerámicas se ha integrado en las síntesis sobre el Neolítico en la región (Arias 1991) o en ensayos de sistematización de sus caracteres morfoestilísticos (Alday 2003).
Algunas cerámicas han sido objeto de un estudio monográfi co como las halladas en El Mirón (2) o Los Gitanos (Cubas y Ontañón 2009).
El elevado índice de fragmentación y la escasa representatividad morfológica de los conjuntos cerámicos han impedido su sistematización atendiendo a criterios morfoestilísticos (Cubas 2008).
En general muestran un buen estado de conservación con leves concreciones calcáreas en sus superfi cies o coloraciones debidas a infi ltraciones, ya que proceden de entornos kársticos.
En este artículo se considera la cerámica como manufactura, inserta en una secuencia tecnológica de elaboración que transforma la arcilla en un recipiente con unas características físico-químicas concretas.
En función de este enfoque los objetivos fueron el reconocimiento de las potenciales áreas de aprovisionamiento de las materias (1) Arias, P. 2002: La Cueva de Los Canes (Asturias).
Los últimos cazadores de la Península Ibérica ante la muerte.
Dpto. de Ciencias Históricas.
Manufactura, morfología y abandono.
Trabajo de investigación de Tercer Ciclo.
primas empleadas en la elaboración de las cerámicas de los niveles inferiores del yacimiento de Kobaederra y la discriminación de sus secuencias de manufactura.
EL DEPÓSITO ARQUEOLÓGICO DE KOBAEDERRA (CORTÉZUBI, BIZKAIA)
Es una cavidad de gran tamaño, unos 25 m de ancho por 6 m de alto en su parte central, abierta en las calizas paraarrecifales del Aptiense (Cretácico Inferior) del monte Aritzgane.
Se ubica en la ría de Guernica que se dispone con una dirección N-S a favor de los materiales blandos y erosionados del Keuper (Fig. 1).
El núcleo de la ría está constituido por materiales triásicos -en su mayoría arcillas abigarradas, rocas de textura ofítica y yesos-y en los fl ancos se disponen depósitos jurásicos y cretácicos en una serie casi continua (IGME 1973a(IGME, 1973b)).
El Jurásico, en la parte oriental de la cuenca vasco-cantábrica, es predominantemente marino y carbonatado, con eventuales unidades detríticas (Garmendia y Robles 1991: 9).
Este carácter carbonatado caracteriza a las calizas arrecifales y paraarrecifales (Cretácico Inferior) tan abundantes en el entorno del yacimiento con alternancia de calizas, margas y argilolitas calcáreas masivas (IGME 1973a(IGME, 1973b)).
Por último, los depósitos cuaternarios están ampliamente documentados en la ría y en su mayoría son materiales holocenos depositados en el estuario que se formó como consecuencia de la transgresión marina (EVE 2003).
La excavación se organizó en unidades de 1 m 2, subdivididas en cuadrantes, y se realizó mediante tallas de espesor variable (entre 3 y 6 cm) siguiendo el buzamiento reconocido en el sedimento.
Los materiales registrados fueron industria lítica, ósea, cerámica, restos faunísticos determinables o mayores de 4 cm y muestras antracológicas, carpológicas y malacológicas.
Se recogieron en bolsas individuales indicando su posición topográfi ca.
Todo el sedimento se fl otó para recuperar los macrorrestos botánicos, seleccionándose el residuo insoluble.
La parte superfi cial de la secuencia se defi nió como nivel I (Fig. 2) con una potencia variable entre 34 y 62 cm de espesor.
El sedimento es de fracción limo-arcillosa, con capas costrifi cadas y de escasa compacidad.
Este nivel se superpone a una capa estalagmítica que alcanza los 20 cm de espesor en algunas zonas.
El nivel II, infrayacente y separado del anterior por una costra estalagmítica, tiene características sedimentológicas y arqueológicas simi-lares.
Se extiende por la práctica totalidad del área excavada con una potencia entre 18 y 54 cm de espesor y una costra estalagmítica a base.
Según las dataciones absolutas disponibles se formó en un momento avanzado del V milenio cal AC (Beta-126686 y UBAR-472) (Tab.
Un enterramiento en fosa cortaba al nivel II y una pequeña costra lo separaba del infrayacente nivel III.
1) sugiere que esta fosa intrusiva puede haber afectado la integridad del depósito del nivel II y provocado la remoción de los materiales de ambos niveles.
El nivel III es de fracción arcillosa, muy compacto, con cenizas y carbones que le confi eren una tonalidad marrón-grisácea.
Tiene una potencia entre 35 y 55 cm de espesor, con una disposición más horizontal que los dos anteriores.
El nivel IV, la parte inferior de la secuencia, es un sedimento de fracción arcillosa-limosa y de unos 20 cm de espesor.
1) se formó a lo largo del V milenio cal AC.
Las dataciones absolutas no son muy concluyentes (Tab.
Se han seleccionado los conjuntos cerámicos de los niveles inferiores de la secuencia porque constituyen las cerámicas más antiguas documentadas en el yacimiento, en torno a mediados del V milenio cal AC, con cronologías similares en el resto de la región.
A pesar de la aparente homogeneidad observada en las dataciones absolutas del nivel II, se ha decidido excluir su conjunto cerámico ya que la fosa posterior pudo haber afectado a la integridad del depósito.
El conjunto arqueológico de los niveles IV y III del yacimiento evidencia una escasez de restos líticos y cerámicos en comparación con la gran abundancia de fauna de mamíferos.
Está representada por animales domésticos, básicamente ovinos, y, en menor proporción salvajes, especialmente Cervus (Altuna y Mariezkurrena 2009).
Los restos malacológicos son muy numerosos: unos 6.000 por m 2 con un dominio de los bivalvos, Ostrea, Ruditapes y Scrobicularia (Gutiérrez Zugasti 2009).
El análisis de macrorrestos vegetales constata trigo vestido (Triticum dicoccum), cebada, leguminosas, avellanas y bellotas, así como el uso mayoritario de madera de Quercus subg.
Quercus (grupo de robles caducifolios y marcescentes) como combustible (Zapata 2002: 94).
Dataciones absolutas disponibles para la secuencia estratigráfi ca (yacimiento de Kobaederra, Cortézubi, Bizkaia).
Las calibraciones corresponden a la curva IntCal09 para muestras terrestres (Reimer et al. 2009).
La metodología se basó en tres niveles de análisis: macroscópico, mineralógico y composicional.
Debido a la gran fragmentación del material, el fragmento cerámico fue la unidad de análisis.
El análisis macroscópico se llevó a cabo sin tratamiento previo y se realizó en todos los fragmentos cerámicos recuperados en la excavación (n = 417, Tab.
2), fueran partes morfológicas representativas o indeterminados.
Se observaron las variables: cuerpo cerámico y matriz arcillosa, inclusiones, tratamiento de superfi cies, decoración y las alteraciones postdeposicionales.
Como resultado del análisis macroscópico se establecieron grupos de referencia, que después se tomaron como base para el análisis mineralógico mediante lámina delgada.
Algunos autores critican este sistema de muestreo (Cowgill 1964) ya que los grupos de referencia se establecen mediante criterios subjetivos.
Sin embargo, este tipo de muestreo permite reconocer toda la variabilidad del conjunto cerámico estudiado y asegura que, al menos, una muestra de cada grupo esté fi nalmente representada (Neff 1993: 30).
Un procedimiento similar se ha empleado para las cerámicas prehistóricas del valle del Ebro (Ortega et al. 2010).
Se seleccionaron un total de 109 muestras para el análisis mineralógico mediante lámina delgada (Tab.
Actualmente no existe ningún procedimiento estandarizado y sistemático para la descripción petrográfi ca de láminas delgadas de cerámica arqueológica, a pesar de los intentos realizados (Whitbread 1989).
En este trabajo la descripción petrográfi ca caracterizó la textura de la matriz arcillosa y las inclusiones no plásticas.
En la matriz arcillosa se observó su isotropía o anisotropía, así como la morfología y distribución de los macroporos.
En las inclusiones se procedió a su identifi cación mineralógica, se determinó sus dimensiones, morfología, índice de esfericidad y densidad relativa.
El análisis petrográfi co utilizó un microscopio Kiowa Biopol-2.
Las micrografías se tomaron con unas cámaras Leica DFC Twain (480 R2) y Canon 450D, acopladas al trinocular del microscopio.
El análisis petrográfico diferenció distintos 'grupos de manufactura' (GM) a partir de rasgos tecnológicos similares.
La característica principal de estos grupos es la presencia de una mineralogía indicativa de las distintas áreas geológicas de captación, o algún rasgo tecnológico destacable como la adición de cierto tipo de desgrasante.
El concepto de 'grupo de manufactura' puede ser considerado sinónimo del de 'grupo tecnopetrográfi co' propuesto por otros autores (Roux y Courty 2005).
Tras la observación petrográfi ca de las 109 láminas delgadas, se seleccionaron 49 muestras para el análisis mineralógico mediante difracción de rayos X (DRX) y análisis geoquímico mediante espectrometría de dispersión de energías de rayos X (EDS).
En este caso el dispositivo se acopla a un microscopio electrónico de barrido (MEB) (Tab.
La selección valoró que las muestras presentaran características mineralógicas distintas.
El elevado coste de estas técnicas exige una selección previa del material a analizar.
Los análisis mediante DRX se llevaron a cabo con un difractómetro Bruker D8 Advance, utilizando la radiación Kα del cobre (1,54051 Å) y condiciones de trabajo de 40 kV de tensión y 30 mA de intensidad.
Los difractogramas se registraron entre 2θ = 5-60° a temperatura ambiente, con un tiempo de integración de 8 s por paso en un portamuestras convencional.
Los difractogramas se compararon con las bases de datos estandarizadas del Joint Committee of Powder Diffraction Standars (J.C.P.D.S.), utilizando el programa EVA suministrado por Bruker.
Las muestras se molieron en mortero de ágata hasta alcanzar el estado de polvo policristalino con un diámetro inferior a 30 μm.
Para evitar el aporte de alteraciones postdeposicionales, especialmente de calcita secundaria, se desbastaron las superfi cies más externas de los fragmentos cerámicos.
El análisis geoquímico semicuantitativo se realizó mediante EDS sobre secciones obtenidas a partir de los fragmentos cerámicos.
Tras embutirlas en una resina epoxi, se desbastaron y pulieron.
Para que las secciones pulidas fueran conductoras, se recubrieron con carbono evaporado de unos 20 nm de espesor.
Se utilizó un microscopio electrónico de barrido Jeol JSM 5800-LV, equipado con un detector de rayos X para microanálisis Oxford Instruments modelo DCL7849, realizándose los análisis con una tensión de aceleración constante de 15 kV.
Los análisis mediante MEB-EDS se orientaron a obtener la composición química promedio de la matriz arcillosa, por lo que se efectuaron en zonas sin inclusiones no plásticas ni poros (Tite et al. 1982).
RESULTADOS MINERALÓGICOS Y GEOQUÍMICOS
El análisis petrográfi co indica que las materias primas empleadas en la manufactura cerámica proceden de distintas fuentes de aprovisionamiento y que los sedimentos originales se han modifi cado con la adición de desgrasantes, aunque los grupos de manufactura (GM) identifi cados en los niveles IV y III tienen cierta homogeneidad.
Se han identifi cado 10 y 12 GM para los niveles IV y III respectivamente.
Como los GM 1-7 presentan una mineralogía similar en ambos niveles se describen de forma conjunta.
En cambio los grupos GM-8, GM-9, GM-10, GM-11 y GM-12 refl ejan una mineralogía más heterogénea y distintiva en cada nivel.
Sus principales rasgos son:
GM-1: 11 muestras (9 del nivel IV y 2 del nivel III) caracterizadas por cuarzo mono y policristalino, arenisca y sílex.
El mineral arcilloso identifi cado es illita (Fig. 3: 1).
En 2 fragmentos del nivel IV la calcita es esporádica.
GM-2: 20 muestras (16 del nivel IV y 4 del nivel III) con fragmentos de sílex.
La illita es el único mineral arcilloso identifi cado por DRX.
Presenta cal-cita, aunque se observan algunas diferencias en la mineralogía del componente detrítico.
La illita es el mineral arcilloso identifi cado en todas las muestras y la caolinita solo en algunas (Fig. 3: 2).
GM-4: 9 muestras (3 del nivel IV y 6 del nivel III).
Se individualiza por la alta densidad de cuarzo mono y policristalino.
Se observan también mica, plagioclasa, epidota y minerales opacos y fragmentos de roca (sílex y arenisca).
El análisis mineralógico mediante DRX determina una elevada presencia de illita.
GM-5: 5 muestras (3 del nivel IV y 2 del nivel III).
Se caracteriza por nódulos de arcilla y la Fig. 3.
Mineralogía de las cerámicas del yacimiento de Kobaederra (Cortézubi, Bizkaia).
Difractogramas de las muestras: 1.
Abreviaturas: Co cordierita, E epidota, i illita, K caolinita, K-fel feldespato potásico, Na-Ca feldespato sódico-cálcico, Qz cuarzo, Vr vermiculita, GM Grupos de manufactura. identifi cación de illita como fase arcillosa principal.
Su mineralogía, heterogénea, incluye cuarzo, epidota, e incluso, fragmentos de roca arcillosa y sílex.
GM-6: 6 muestras (2 del nivel IV y 4 del nivel III).
La calcita y los minerales opacos ricos en óxido de hierro lo defi nen.
Se ha identifi cado cordierita en una muestra del nivel III, lo que es coherente con la observación de cuarzos idiomorfos que la relacionan con afl oramientos triásicos.
Se individualiza por los fragmentos de roca de textura ofítica.
El componente detrítico comprende cuarzo, epidota y minerales de disgregación de estas rocas como piroxenos, plagioclasas y minerales opacos ricos en óxido de hierro.
La illita es el mineral arcilloso más importante.
En un caso se ha identifi cado vermiculita (Fig. 3: 3).
Los GM 8-12 refl ejan una mineralogía más heterogénea y sin correlación entre los niveles IV y III.
Como rasgos comunes, destacamos la chamota característica de los GM-8 del nivel IV (1 muestra) y GM-9 del nivel III (3 muestras), con un componente detrítico compuesto fundamentalmente por cuarzo monocristalino y la illita como mineral arcilloso.
Los GM-9 del nivel IV (1 muestra), GM-10 (1 muestra) y 11 (1 muestra) del nivel III presentan una mineralogía poco representativa con un componente detrítico de cuarzo monocristalino, moscovita y fragmentos de roca arcillosa y caliza.
La illita es el único mineral arcilloso identifi cado.
El GM-10 (1 muestra) del nivel IV y los GM-8 (4 muestras) y 12 (1 muestra) del nivel III tienen fragmentos de arenisca.
La fracción detrítica incluye cuarzo monocristalino, epidota, moscovita y minerales opacos, junto con illita como mineral arcilloso.
Según el análisis geoquímico de la matriz arcillosa se utilizan, al menos, tres posibles bancos de arcilla (Fig. 4) (3) muy similares entre sí, tal como refl ejan las distancias euclídeas entre los centroi- Fig. 4.
Análisis geoquímico de la matriz arcillosa de la cerámica del yacimiento de Kobaederra (Cortézubi, Bizkaia).
Valores promedio (% en peso) de los óxidos presentes en los conglomerados identifi cados en el análisis cluster.
La tabla muestra las distancias euclídeas entre los centros de los conglomerados fi nales establecidos mediante k-medias.
Distancias euclídeas entre los centros de los conglomerados fi nales establecidos mediante k-medias. des de los tres conglomerados fi nales calculados mediante k-medias (Tab.
Se diferencian en el porcentaje en peso de SiO 2, FeO y MgO, mientras que los valores de CaO son similares.
No se observan diferencias composicionales destacables entre los posibles bancos de arcilla utilizados en los niveles IV y III.
Las composiciones geoquímicas de la matriz arcillosa no se corresponden con mineralogías concretas, lo que induce a pensar en bancos de arcilla cercanos entre sí formados a partir de un sustrato geológico similar.
APROVISIONAMIENTO DE MATERIAS PRIMAS
El análisis mineralógico indica que las materias primas utilizadas para la elaboración de cerámica proceden de tres entornos geológicos distintos: de afl oramientos calizos jurásicos y cretácicos, de depósitos triásicos y un tercer afl oramiento detrítico relacionado con las areniscas.
La identifi cación de desgrasante carbonatado en algunas muestras del GM-3 de ambos niveles y la presencia de esta mineralogía en la geología de la zona sugieren el aprovisionamiento de materiales calizos.
Estos afl oramientos son frecuentes en el entorno de la ría de Guernica y se adscriben al Jurásico y al Cretácico.
El monte Aritzgane está constituido por calizas paraarrecifales del Aptiense (Cretácico Inferior) y los depósitos jurásicos de la zona son predominantemente carbonatados (Garmendia y Robles 1991: 9).
También se localizan otros materiales carbonatados como margas, dolomitas y lutitas calcáreas (IGME 1973a).
El sílex del GM-2 se puede relacionar con las silicifi caciones existentes en los depósitos jurásicos y cretácicos del entorno.
Los afl oramientos de sílex más antiguos de la cuenca vasco-cantábrica se hallan en los depósitos jurásicos (Tarriño 2006: 55) y en las formaciones carbonatadas arrecifales del complejo Urgoniano del Cretácico Inferior.
En el entorno de Guernica estos afl oramientos de sílex aparecen en el extremo noroeste de Munguía, en Barrica (Tarriño 2006: 63-65) y en los depósitos secundarios de Pedernales, localizados a unos 6 km al noroeste, cuyo uso está ampliamente documentado durante la Prehistoria.
Algunos de los grupos de manufactura evidencian la explotación de los afl oramientos triásicos inmediatos al yacimiento.
La mineralogía de las muestras del GM-7 es compatible con este tipo de afl oramientos.
Las rocas de textura ofítica identifi cadas son características de los depósitos triásicos (facies Keuper) localizados en el núcleo de la ría.
Los suelos formados a partir de este tipo de sustrato poseen una fracción arcillosa con filosilicatos característicos como la clorita y la vermiculita (González Huecas et al. 1997: 418).
La identifi cación de vermiculita en una muestra de este grupo (Fig. 3: 3) es un dato más que apoya la utilización de materiales triásicos.
Otros GM también sugieren la utilización de este tipo de arcillas en su elaboración.
Algunas muestras de los GM-3 y GM-6 con tienen cuarzos idiomorfos, de morfología prismático-piramidal que, con frecuencia, exhiben inclusiones fl uidas en su núcleo (Marfi l 1970).
Apuntan igualmente, hacia la explotación de arcillas triásicas modifi cadas después con la adición de otros desgrasantes.
Un tercer grupo de manufacturas (sobre todo GM-10 del nivel IV y GM-8 y 12 del nivel III) tiene fragmentos de arenisca, en general, muy abundante en el entorno del yacimiento.
En la zona norte se identifi ca un importante depósito de cuarzoareniscas que se extiende desde Elanchove hasta el valle del Ea en dirección O-E y entre Nachitúa y Basecheas en dirección N-S.
Esta misma formación afl ora al sur del monte Aritzgane.
Asimismo, al sur del yacimiento se ubican depósitos de areniscas silíceas constituidas por cuarzo, feldespato, mica blanca y materia orgánica.
Los GM que no han podido relacionarse con una litología concreta son el GM-5, caracterizado por nódulos de arcilla, y los grupos GM-8 y GM-9 con chamota.
La compatibilidad entre la composición mineralógica de las cerámicas analizadas y el entorno geológico del yacimiento sugiere una producción local de las manufacturas.
La utilización de materias primas procedentes de, al menos, tres entornos geológicos distintos se documenta tanto en el nivel IV como en el III, lo cual refl eja una continuidad en la explotación de las materias primas destinadas a la manufactura de cerámica.
MODIFICACIÓN DEL SEDIMENTO ARCILLOSO: ADICIÓN DE DESGRASANTES
Las materias primas seleccionadas para la manufactura cerámica se pueden emplear en su estado natural o modifi cado.
Esta modifi cación puede consistir en la extracción de materiales no deseados o en la adición de desgrasantes.
La utilización del término 'desgrasante', como equivalente en castellano del concepto temper (Shepard 1980: 25), se entiende como la adición intencional de inclusiones no plásticas para modifi car las características del sedimento original.
Para distinguir una inclusión natural de una deliberada se utiliza normalmente su morfología, su tamaño, su densidad relativa o su composición mineralógica (Rice 1987: 410).
En Kobaederra se han identifi cado cuatro tipos de desgrasantes: calcita, sílex, rocas de textura ofítica y chamota, lo que evidencia distintos procesos de preparación de la pasta (Fig. 5).
La calcita es el desgrasante principal determinado en algunas muestras del GM-3 de ambos niveles (Fig. 5: 1 y 2).
Aparece como la mineralogía con mayor densidad relativa y se distingue del resto por su tamaño (Fig. 6) y su morfología (Fig. 5: 1 y 2).
El componente detrítico de estas muestras está constituido mayoritariamente por cuarzo monocristalino de morfología redondeada Fig. 5.
Micrografías de lámina delgada (luz plana) de las inclusiones de la cerámica del yacimiento de Kobaederra (Cortézubi, Bizkaia): 1-2. calcita (GM-3); 3-4. sílex (GM-2); 5. roca de textura ofítica (GM-7, nivel III); 6. arenisca (GM-10); 7-8. chamota (GM-8, nivel IV y GM-9, nivel III).
GM Grupos de manufactura. y menores dimensiones.
Su distribución de tamaño de grano es más homogénea que en la calcita.
Esta última evidencia una distribución heterogénea y una morfología angulosa que puede relacionarse con una fractura intencional (Fig. 6).
El segundo de los desgrasantes es el sílex, identifi cado en algunas muestras del GM-2 de ambos niveles.
Sus inclusiones son de morfología angulosa, gran tamaño y una especial recurrencia, aunque su densidad relativa es menor que la de la calcita (Fig. 5: 3 y 4).
Los fragmentos de roca de textura ofítica se han considerado producto de una adición intencionada en las muestras clasifi cadas en el GM-7 del nivel III.
Tienen mayor tamaño que el componente detrítico y una morfología marcadamente angulosa, aunque su densidad relativa es baja (Fig. 5: 5).
Los fragmentos de arenisca identifi cados presentan una morfología claramente angulosa y un tamaño mayor que el del componente detrítico, pero no se ha podido determinar, con los criterios descritos anteriormente su intencionalidad (Fig. 5: 6).
La adición de chamota se detecta en algunas muestras de los GM-8 y GM-9 del nivel III y IV respectivamente (Fig. 5: 7 y 8).
Puede considerarse un desgrasante artifi cial, ya que se trata de fragmentos de cerámica machacada (Rice 1987: 75).
Solo se clasifi caron como tal las inclusiones con una clara diferenciación perimetral con respecto a la matriz arcillosa y características distintivas respecto a esta, como birrefringencia o coloración.
CRONOLOGÍA Y SECUENCIAS DE MANUFACTURA
Las dataciones absolutas disponibles para los niveles IV y III de la secuencia de Kobaederra indican que su formación se produce entre la primera y la segunda mitad del V milenio cal AC.
A pesar de su imprecisión (Tab.
1), el solapamiento entre las dataciones de ambos niveles apunta a que fue poco dilatada en el tiempo.
Aunque se ha identifi cado un elevado número de GM, la variabilidad tecnológica observada en los conjuntos cerámicos procedentes de los niveles IV y III no es especialmente signifi cativa, lo cual indica que podrían ser casi coetáneos.
No obstante, se pueden señalar algunos aspectos importantes respecto a su secuencia de manufactura.
El aprovisionamiento de materias primas es bastante similar en los dos niveles, ya que sus materiales cerámicos se han manufacturado con materias primas locales del entorno geológico inmediato al yacimiento.
Se han identifi cado, además, los mismos tipos de desgrasantes, salvo la adición de rocas de textura ofítica propia del nivel III (12 muestras).
La calcita es el desgrasante con mayor representación en ambos niveles (25 muestras del GM-3), mientras el sílex es mayoritario en el nivel IV (11 muestras) y desciende de forma importante en el nivel III (4 muestras).
El empleo de la chamota es ocasional (3 muestras) en ambos niveles.
Se observa, por tanto, que el sílex es más abundante en el nivel inferior de la secuencia, mientras que las rocas de textura ofítica se utilizan de forma sistemática sólo en el nivel superior.
La utilización de estos desgrasantes, especialmente la calcita, se documenta durante el Neolítico en todo el ámbito de la Península Ibérica.
La calcita aparece en la región cantábrica, con cronologías similares, en el yacimiento de Los Gitanos (Cubas y Ontañón 2009).
Otra zona de dispersión es el valle del Ebro, en yacimientos como Mendandia (Ortega et al. 2010) y Cueva Lóbrega (Gallart y Mata 2004) entre el VII y el VI milenio cal AC, hasta contextos en la desembocadura a partir del VI milenio cal AC (Martín et al. 2010).
A estos enclaves debe añadirse Chaves en el Prepirineo de Huesca (Gallart y López 1988).
Una tercera zona de dispersión es la levantina, donde aparece desde los inicios del Neolítico en la Cova de l'Or (Gallart 1980; McClure et al. 2006 2006).
En el sur de la Península Ibérica, se identifi ca en varios yacimientos de Andalucía (Navarrete et al. 1991; Lazarich et al. 2002).
El uso del resto de desgrasantes está menos extendido en el territorio peninsular.
El sílex se documenta en La Carigüela (Navarrete et al. 1991) en cronologías neolíticas.
Las rocas de textura ofítica aparecen en la Cueva de los Murciélagos de Zuheros (Barrios et al. 1999) y en Papa Uvas (Barrios et al. 2005) en cronologías ligeramente más recientes.
Asimismo, se identifi ca en la Edad del Hierro en los yacimientos de la Cuenca de Pamplona (Olaetxea 2000).
La chamota aparece en un elevado número de yacimientos peninsulares del valle alto-medio del Ebro (Ortega et al. 2010), la zona catalana (Clop 2007), Valencia (McClure et al. 2006), Madrid (Díazdel-Río et al. 2011) y Andalucía (Navarrete et al. 1991).
Su uso en la región cantábrica parece que se mantiene hasta la Edad del Hierro (Olaetxea 2000).
El estudio tecnológico evidencia importantes similitudes entre los conjuntos cerámicos de los niveles IV y III.
Esta homogeneidad corrobora la hipótesis apuntada a partir de la industria lítica, el espectro arqueobotánico, malacológico y faunístico (Zapata et al. 1997; Zapata 2002; Gutiérrez Zugasti 2009, Altuna y Mariezkurrena 2009) sobre la similitud de las ocupaciones antiguas del yacimiento (Zapata et al. 1997: 57).
Destacamos el uso de instrumentos de sílex para el trabajo de la cerámica en los niveles IV y III (Ibáñez 2001: 232).
Se trata de dos láminas de sílex con huellas de uso relacionadas con el raspado de un material mineral abrasivo, utilizando agua como lubricante.
El hallazgo de estos útiles es poco frecuente en contextos arqueológicos, aunque se conoce en yacimientos como L'Eglise (Gassin 1996) y la cueva de El Toro (Rodríguez et al. 1996), y debe ponerse en relación con los procesos de modelado previos a la cocción del recipiente.
Su presencia y la disponibilidad de materias primas en el entorno sugieren una producción local.
Se observa una continuidad en la explotación de los posibles bancos de arcilla y en la utilización de desgrasantes.
La comparación con el resto del conjunto arqueológico permite apuntar un carácter habitacional del yacimiento en estos momentos ya que se han identifi cado actividades realizadas en la propia cavidad.
En este contexto, la aparición de la cerámica debe interpretarse como un elemento más de las actividades cotidianas de subsistencia de sus habitantes.
Este trabajo se enmarca en el proyecto "La implantación de las especies domésticas en la Europa atlántica: cronología e impacto en la dieta humana" (DOMATLANTICA, HAR2008-06477-C03-01/HIST), fi nanciado por el VI Plan Nacional de Investigación Científi ca, Desarrollo e Innovación Tecnológica 2008-2011 del Ministerio de Ciencia e Innovación.
Miriam Cubas disfrutó de una beca predoctoral de la Universidad de Cantabria y realizó durante una estancia de dos meses en el Centro de Ciencias Humanas y Sociales-CSIC el trabajo de observación petrográfi ca, a principios de 2009, bajo la dirección del |
El gran asentamiento de la Edad del Cobre de Valencina de la Concepción ha sido objeto de numerosas investigaciones a lo largo de más de un siglo.
Estas investigaciones han dado lugar a un registro arqueológico heterogéneo particularmente difícil de interpretar, y que presenta importantes vacíos y problemas.
En este artículo se exponen los resultados de una prospección geofísica realizada en diciembre de 2004 entre los sectores de La Pastora y Montelirio en conexión con el proyecto de construcción de una carretera que fi nalmente nunca se llevó a cabo.
Estas prospecciones revelaron numerosas estructuras previamente desconocidas.
Los datos de esta prospección geofísica son valorados a la luz de los resultados obtenidos en la excavación llevada a cabo entre 2007 y 2008 en el sector inmediatamente adyacente de PP4-Montelirio, actualmente en proceso de estudio por nuestra parte, donde se identifi caron varias decenas de estructuras prehistóricas (negativas no-megalíticas y megalíticas, funerarias y no-funerarias).
Estos resultados arrojan nueva luz de cara a la interpretación espacial del asentamiento de Valencina de la Concepción posibilitando, por primera vez, cartografi ar un sector amplio del mismo.
A partir de estas nuevas evidencias se debaten cuestiones relativas a la densidad y diversidad de las estructuras presentes entre La Pastora y Montelirio así Trab.
Esto plantea preguntas con respecto a la clasifi cación tradicional del sitio en zonas diferenciadas de "hábitat" y "necrópolis" y contribuye en general a una mejor comprensión de la organización espacial de este gran asentamiento prehistórico.
A full programme of post-excavation and radiocarbon dating of PP4-Montelirio is cur-(5) Peinado Cucarella, J. 2009: Memoria arqueológica del plan parcial sector PP4 "Dolmen Montelirio" en el Término Municipal de Castilleja de Guzmán (Sevilla).
Delegación de Cultura, Junta de Andalucía.
All photos: José Peinado Cucarella.
"Una valoración del Patrimonio Histórico en el campo de silos de la finca El Cuervo-RTVA (Valencina de la Concepción, Sevilla). |
Grabados de la Prehistoria Reciente en abrigos galaicos
La prospección sistemática de arte rupestre en el Ayuntamiento de Porto do Son (A Coruña) ha permitido la localización de casi dos centenares de grabados, dos de ellos en abrigos graníticos.
A estos últimos se suman otros dos casos en las comarcas occidentales de Galicia.
La temática presente es idéntica a la del arte galaico al aire libre, datado grosso modo en el III milenio a.C. Estos hallazgos plantean, por otra parte, la intencionada restricción física sobre la visualización de este fenómeno.
La convivencia de motivos en el interior de cavidades con otros situados al aire libre e incluso en frisos verticales fácilmente perceptibles demuestra la variabilidad de estas manifestaciones y nos permite refl exionar sobre la audiencia a la que habrían estado destinadas las diferentes estaciones rupestres.
Uno de los aspectos que más atención ha concitado en los estudios sobre arte prehistórico realizados en las últimas décadas tiene que ver con el público al que las manifestaciones artísticas se habrían dirigido.
Como acertadamente señala R. Bradley (2009: 8), pocas veces resulta posible deducir el signifi cado de las imágenes del pasado sin la ayuda de documentación escrita, pero es factible abordar la relación entre las grafías y la gente que las contempló en su momento.
En este sentido, podría plantearse la diferencia esencial que existe entre el arte ejecutado al aire libre y aquel realizado en el interior de cuevas o locales artifi cialmente cerrados (megalitos o viviendas por ejemplo), pues la segunda opción propone una limitación evidente respecto al número de observadores y circunstancias (iluminación o sonoridad por ejemplo) de su visualización.
No obstante, como veremos, esta oposición tan defi nida está abierta a la matización toda vez que, por ejemplo, en el exterior pueden darse situaciones que modulen esa mayor 'apertura', no sólo en nombre de las convenciones sociales sino en función de la disposición de los paneles decorados o la microtopografía del entorno de éstos, que pueden plantear restricciones a la 'publicidad' de las manifestaciones artísticas o imponer perspectivas o recorridos específi cos para su contemplación.
Por otra parte, la discreción o recogimiento asociados a las imágenes ejecutadas en el interior pueden estar compensados, siquiera parcialmente, por su vinculación a monumentos o formaciones geológicas llamativas, que actúen como referentes en el paisaje.
Al mismo tiempo debemos tener en cuenta que las cuevas y abrigos pueden tener múltiples usos, desde los de naturaleza ceremonial al simple empleo como refugio más o menos ocasional.
Las consideraciones precedentes resultan de interés a la hora de abordar las expresiones gráfi cas encuadradas bajo la denominación de petroglifos galaicos, un grupo artístico cuya cronología coincide básicamente con el III milenio AC, si bien con extensiones temporales anteriores y posteriores a dicho marco cronológico (Fábregas 2010).
Los petroglifos tienen como una de sus señales distintivas el comparecer sobre rocas al aire libre, generalmente poco conspicuas, aunque existan excepciones a esta norma como en el gran panel del Outeiro dos Lameiros (Baiona, Pontevedra), cuya imaginería y emplazamiento lo aproximan al arte esquemático, en un área (SO de Galicia) donde abundan los indicios de interacción e infl uencia mutua entre ambos grupos artísticos (Bradley y Fábregas 1999).
En este trabajo presentaremos varios casos en los que motivos clásicos entre las insculturas gallegas, como combinaciones circulares de cierta complejidad o representaciones de zoomorfos, han sido grabados en oquedades y abrigos graníticos.
Una última estación (Pedra Xestosa) tiene la peculiaridad de plasmar en un mismo afl oramiento rocoso una aparente convivencia entre paneles grabados al aire libre y otros protegidos por una visera pétrea.
LOS ABRIGOS Y CAVIDADES GRANÍTICAS DURANTE LA PREHISTORIA RECIENTE EN GALICIA
La escasez de cuevas en la mayor parte del territorio gallego, consecuencia de la reducida existencia de formaciones calizas (concentradas en el sector oriental de las provincias de Lugo y Ourense) y el dominio casi absoluto que las litologías plutónicas tienen en buena parte de esta comunidad, ha convertido a los abrigos graníticos en una alternativa puntual para las ocupaciones humanas a lo largo de la Prehistoria, las cuales han tenido una naturaleza variable, desde aquélla estrictamente doméstica a otra posiblemente funeraria o ritual.
En este sentido, es conocida la presencia humana en abrigos graníticos desde, al menos, el Paleolítico Superior y el Epipaleolítico, con yacimientos como los de Pena Grande (Vilalba, Lugo) (Ramil y Ramil 1995).
Posteriormente, en el Neolítico, existen también evidencias puntuales de actividades humanas al interior de este tipo de cavidades, caso de A Cunchosa (Cangas, Pontevedra) (Suárez 1997), prolongándose éstas incluso hasta bien entrada la Edad del Hierro, como en Os Pericos (Ribeira, A Coruña) (Vilaseco y Fábregas 2008) o Cova dos Mouros (Oímbra, Ourense), en la que también podrían atestiguarse ocupaciones anteriores (Gómez y Vázquez 2009).
Junto a estos ejemplos, en los que las ocupaciones tendrían un carácter probablemente doméstico, encontramos casos como los de Arca dos Penedos (Baltar, Ourense) (Eguileta et al. 1993(Eguileta et al. -1994) ) o la gran cavidad de O Folón (Vigo, Pontevedra) (Rodríguez et al. 1996(Rodríguez et al. -1997) ) donde la parquedad de material (varios fragmentos de campaniforme cordado en el primero y un vaso de cerámica incisometopada tipo Penha y sendos útiles pulimentados en el segundo) podrían apuntar a la posibilidad de deposiciones votivas o bien de enterramientos de los que, debido a las condiciones locales extremadamente ácidas, no haya quedado ninguna evidencia orgánica.
Resulta interesante que, a día de hoy, no se hayan documentado evidencias de arte, a pesar de que -por ejemplo-en concreto en O Folón, la formación en la que se sitúan las cavidades tiene un buen número de paneles rupestres al aire libre.
GRABADOS RUPESTRES EN EL INTERIOR DE ABRIGOS
Las investigaciones realizadas en diversos puntos de la costa occidental gallega, en colaboración con especialistas y afi cionados locales, nos permitieron localizar más de un centenar de estaciones rupestres, cuatro de ellas (Fig. 1) situadas en el interior de abrigos o viseras graníticas de distinta entidad y con un carácter más o menos reservado.
Con anterioridad a estos trabajos, contábamos tan solo con la referencia a la existencia de grabados en cinco cavidades de Corme (A Coruña), entre las que destaca Petón da Campaíña, una enorme visera granítica en cuyo interior se han documentado motivos sencillos (cazoletas, líneas y círculos simples), amén de otros de cronología probablemente histórica (Mañana y Santos 2002).
A éstos habría que sumar los abrigos de Peneites (Nigrán) y Pedra Cavada (Gondomar), en Pontevedra, en cuyo piso rocoso se practicaron respectivamente una y dos pequeñas piletas de forma cuadrangular, para las que contamos con paralelos al aire libre repartidos a lo largo de más de medio centenar de puntos del suroeste gallego, a menudo asociadas a grabados prehistóricos (Vázquez Rozas 1998; Fábregas 2010).
La principal novedad de las estaciones que ahora presentamos estriba en que se documenten, por primera vez en el interior de abrigos, los motivos clásicos del corpus rupestre prehistórico al aire libre: combinaciones circulares complejas y zoomorfos.
Pedra Xestosa (Laxe, A Coruña): se sitúa al noroeste de Galicia, en un lugar que hasta hace muy poco se creía huérfano de representaciones naturalistas (Rodríguez et al. 2010).
La estación se encuentra sobre un gran batolito granítico en torno a los 3 m de altura y con su eje mayor orientado en dirección NE-SO.
Es un afl oramiento no especialmente conspicuo situado en la ruptura cóncava de una pequeña vaguada protegida de los vientos del norte (Fig. 2).
En la parte sur del afl oramiento existe un pequeño abrigo de apenas un metro de ancho y poco composición está dominada por la confrontación entre el cérvido de mayor tamaño y cornamenta más desarrollada y el antropomorfo, cuyo brazo delantero se proyecta de modo antinatural hacia la cabeza del gran animal.
Ello, con toda probabilidad, representa algún tipo de arma, posiblemente una lanza, como también podrían serlo las líneas horizontales dispuestas frente al cérvido situado en el extremo derecho de la escena.
Entre la fi gura humana y el gran ciervo, por encima de ambos, aparece una imagen incompleta -¿un posible ídolo o divinidad protectora?-paralelizable con otras conocidas en estaciones gallegas (Santos 2005a) así como en la pintura del dolmen de Orca dos Juncais (Viseu, Portugal), con el que este panel guarda notables similitudes.
Rego de Corzo VI (Porto do Son, A Coruña): el abrigo se sitúa en las estribaciones occidentales de la Sierra del Barbanza, en la zona de transición hacia la amplia plataforma costera (Fig. 2).
Se encuadra en un área de unas 40 ha (Outeiro Campelos-Rego de Corzo), en la que se ha documentado un considerable número de estaciones rupestres, algunas de gran monumentalidad, situadas en puntos desde los que se domina visualmente los valles que desembocan en el océano (Fig. 5A).
Dicha zona se caracteriza por numerosos batolitos graníticos que conforman un relieve escalonado y compartimentado por pequeñas gargantas por donde circulan cursos de agua en torno a los cuales se concentran buena parte de los grabados.
Estos accidentes delimitan, a Norte y Sur, un espolón en cuya ladera occidental se encuentra el abrigo, con su entrada orientada al Oeste y un interior de poco más de 2 m de ancho, 1,5 m de profundidad y 50 cm de altura (Fig. 6).
En el suelo rocoso de la cavidad se localizan cuatro zoomorfos, probablemente cérvidos, dos de ellos incompletos.
Éstos se orientan mayoritariamente hacia la derecha, con la excepción del mayor y mejor conservado de los animales.
Pese a estar a cubierto, los surcos presentan un cierto grado de erosión, resultado de la existencia de pequeñas aperturas en la parte sureste del abrigo por las que penetra el agua de lluvia.
No obstante, su surco relativamente estrecho e irregular parece sugerir que en su elaboración se habría empleado la técnica del piqueteado.
Esta información resulta de gran importancia desde un punto de vista técnico, pues dado el alto grado de erosión que afecta a los grabados rupestres galai- más de 1,5 m de altura, conformado por un tafone originado por la erosión eólica (Fig. 3).
En la pared de esta minúscula cavidad se documentó un zoomorfo con cornamenta amén de una combinación circular incompleta, único motivo abstracto presente en toda la estación.
También se observan varios cruciformes claramente modernos.
Otro panel se sitúa en la parte externa de la roca que actúa de cubierta del abrigo (Fig. 4) y se compone de al menos seis cérvidos presididos por un gran macho.
Varios de estos animales han sido representados en actitudes naturalistas, como el berreo o el olisqueo de genitales.
El tercer conjunto, el más complejo de la estación, se localiza sobre una pared totalmente vertical de casi 2 m de altura y 6 m de longitud donde se ha identificado una escena de caza: seis cérvidos se enfrentan a otras cuatro o posiblemente cinco fi guras de animales de mayor esquematismo, interpretados como cánidos, así como a un antropomorfo.
La cos al aire libre, nunca se ha podido determinar con seguridad la técnica exacta empleada para su realización.
Calderramos (Porto do Son, A Coruña): el abrigo se localiza a 3 km al Norte de Rego de Corzo, también en la zona inmediata de transición hacia la plataforma costera (Fig. 7).
Se ubica dominando en altura una pequeña vaguada que desciende en dirección suroeste hacia la costa atlántica.
Esta hondonada, sobre la cual el abrigo ejerce un evidente control visual (Fig. 5B), en la actualidad está profundamente modifi cada por la construcción de terrazas para el cultivo, si bien antiguamente servía de cauce para un pequeño curso de agua.
El abrigo (Fig. 8) consiste en una diminuta cavidad granítica, abierta hacia el sureste, de poco más de 2 m de ancho por apenas uno de profundidad, mientras que su altura no supera los 70 cm. En su origen tendría un carácter mucho más cerrado y reservado, perdido a raíz de las actividades de cantería tradicional que removieron parte de la visera pétrea.
Los motivos, parcialmente al aire libre, se sitúan en el suelo inclinado en dirección a la pendiente.
El conjunto comprende una multitud de surcos que no conforman ninguna fi gura reconocible y que, en ocasiones, han aprovechado las diaclasas de la propia roca.
Junto a éstos, contamos con cazoletas de diversos tamaños y profundidades así como varios motivos geomé-tricos, entre los que destaca una combinación circular incompleta situada en el interior del abrigo.
Pese a haberse documentado señales recientes de fuego dentro de la cavidad, los grabados presentan un buen estado de conservación.
Ello ha permitido identifi car la técnica empleada para su ejecución: piqueteado en la combinación circular y buena parte de los surcos lineales, pudiendo observarse incluso los golpes individuales realizados durante el proceso, y pulido en varias cazoletas, fundamentalmente las de mayor tamaño.
En el momento de su descubrimiento, se recogieron muestras del sedimento de su interior para su análisis si bien, lamentablemente, éstas no proporcionaron ningún resultado signifi cativo.
Outeiro de Rixidores (Carnota, A Coruña): el abrigo (Cernadas 2007) se sitúa en el sector inferior-medio de la ladera noroeste de una pequeña sierra cuya cota máxima en ese punto se sitúa en torno a los 490 m.
La estación se localiza sobre una terraza natural que supone uno de los pocos relieves suaves en un área caracterizada por su fuerte pendiente (Fig. 7).
En las cercanías existe una pequeña vaguada por la que desciende, en dirección Oeste, un riachuelo.
La orientación del abrigo ignora por completo dicha vaguada, para enfocarse hacia la amplia plataforma costera sobre la que goza de una espectacular perspectiva (Fig. 5C).
El grabado no se sitúa en un abrigo sensu estricto, sino más bien bajo una pequeña visera granítica naturalmente conformada por dos de los numerosos batolitos (Fig. 9) que componen la amplia y recortada masa granítica que domina las laderas de este punto de la costa occidental gallega.
La naturaleza recogida u oculta de la estación está fuera de toda duda, pues la observación del motivo y del propio panel exige el acceso a la cavidad.
Este carácter cerrado podría haber sido acentuado de manera artifi cial mediante la colocación de una laja granítica plana en la parte superior de la visera, si bien resulta difícil determinar si ésta fue colocada coetáneamente al proceso de grabado o bien en momentos posteriores, quizás por parte de pastores que buscaban abrigo.
El panel está conformado por una combinación circular de considerables dimensiones (78 cm de diámetro) situada en el suelo y orientada según la pendiente.
El grabado se ha visto condicionado por la existencia de una diaclasa que atraviesa la parte inferior del panel.
La erosión del motivo ha sido considerable, debido a su exposición a los vientos procedentes del océano, siendo imposible determinar la técnica empleada en su ejecución.
ARTE RUPESTRE GALLEGO AL AIRE LIBRE Y EN ABRIGOS
Los abrigos que acabamos de describir comparten una característica: los grabados se han ubicado siempre en el suelo o bien en la parte baja de las paredes, mientras que sus zonas medias y altas fueron sistemáticamente ignoradas.
Dicha circunstancia parece indicar una cierta trasposición al interior del abrigo de la lógica de grabado propia de buena parte del arte rupestre al aire libre, más que de la dinámica que puede observarse en los abrigos con arte esquemático y en las cámaras megalíticas, donde las representaciones evidencian una acusada verticalidad.
Hay más diferencias entre las estaciones al aire libre y en abrigos, referentes a la naturaleza y complejidad de sus grabados, las propias características internas de las cavidades, la ubicación de los mismos en el lugar y su facilidad de acceso.
Los abrigos con arte rupestre documentados en Galicia no comparten -en cuanto a su ubicación-la mayoría de las características de los lugares con arte esquemático, donde muchas de las cavidades se sitúan en lugares difícilmente accesibles, lo que teóricamente habría limitado su contemplación.
En nuestro caso, los abrigos comparten localización con otras insculturas al aire libre (Figs.
2 y 5), dominando valles fl uviales y plataformas costeras desde las cuales se tendría una relativa facilidad de acceso a las estaciones.
A pesar de ello, existen abrigos más fácilmente asequibles -como Pedra Xestosa o Calderramosque otros, como Rego de Corzo y, sobre todo, Outeiro de Rixidores.
Todos estos recintos tienen en común el reducido tamaño de su interior, siendo prácticamente imposible permanecer de pie o incluso agachado, debido fundamentalmente a que, salvo en Pedra Xestosa, no superan el metro de altura.
Además, en Outeiro de Rixidores, Petón da Campaíña o Pedra Xestosa, este escaso tamaño viene acompañado de un defi ciente aislamiento con respecto a los agentes atmosféricos, siendo frecuentes las fi ltraciones en su interior del agua de lluvia y de las corrientes de aire.
Bastante más cerrados son Rego de Corzo y, sobre todo, Calderramos, hasta el punto de que, en el caso de este último, su insufi ciente iluminación habría difi cultado la visualización de los motivos.
Por todo ello, dichas cavidades serían muy poco adecuadas para su uso doméstico, aunque sí para la realización de rituales que requiriesen de una reclusión más o menos clara.
Los abrigos gozan de ciertas cualidades que sin duda los habrían dotado de un carácter especial para los seres humanos de la Prehistoria.
Ello muy verosímilmente habría sido clave para la ubicación en su interior de diversas manifestaciones artísticas, de modo que el simbolismo propio de ambas entidades -arte y abrigo-se potenciase mutuamente.
La oscuridad reinante en el interior de estas cavidades produciría una especie de 'privación sensorial' que -en cierto sentido-habría detraído al observador de sus experiencias cotidianas, transportándolo a un mundo donde sus facultades sensitivas normales estarían alteradas.
Probablemente por ello dichos recintos han sido considerados por muchas sociedades como lugares de transición entre dos mundos o realidades (Bradley 2009: 65).
La naturaleza reducida y semi-cerrada de los abrigos habría aislado al individuo de los estímulos visuales y auditivos procedentes del exterior, facilitando la focalización de su atención hacia los grabados.
Además, la escasa visibilidad en su interior habría exigido en alguna ocasión utilizar medios artifi ciales de iluminación o bien el uso del tacto para apreciar los motivos.
La acústica reverberante habría potenciado la sonoridad producida por el golpeo y/o rasgado derivado del grabado así como los sonidos emitidos durante los ritos.
Por otra parte, debido al reducido tamaño de los abrigos, es muy posible que durante todo el proceso el observador hubiese estado obligado a adoptar posturas forzadas e incómodas y a permanecer agachado o incluso tumbado.
Todas estas circunstancias habrían condicionado profundamente el nivel de intensidad y signifi cado de la interacción entre arte y observador diferenciándola, hasta cierto punto, del tipo de experiencias que se podrían haber tenido en el arte rupestre al aire libre.
En función de dichas disimilitudes, es muy posible que se hubiese otorgado al arte de las cavidades un signifi cado e incluso un tipo de audiencia diferentes.
Resulta tentador relacionar las especiales condiciones reinantes en el interior de los abrigos con la ya clásica asociación entre los procesos de producción del arte y los estados alterados de conciencia protagonizados, probablemente, por algún especialista de lo ritual (Lewis-Williams 2002).
El arte rupestre galaico tampoco se ha sustraído a esa interpretación (Peña y Rey 2001), que podría apoyarse en la aparición de sustancias alucinógenas en los análisis de fi tolitos realizados en algún petroglifo gallego (Fábregas 2010), si bien la vinculación cronológica de las mismas al momento de uso de los grabados no está asegurada (Guerra y López 2006).
Por otro lado, no han sido pocos los autores (Kehoe 2000; Bahn 2001; Insoll 2004) que han criticado la vinculación establecida por algunos investigadores (Lewis-Williams 2002) entre arte, estados alterados de consciencia y chamanismo, señalando lo inapropiado de la aplicación general Trab.
PERCEPTIBILIDAD DEL ARTE RUPESTRE GALAICO
De modo general, se ha caracterizado al arte rupestre galaico, en tanto que ubicado al aire libre, como un fenómeno con una muy limitada imposición de restricciones para su contemplación, en contraste con el arte megalítico.
Tradicionalmente se ha considerado a los petroglifos como un elemento abierto, fácilmente perceptible y accesible prácticamente a todo aquel que se moviese por el paisaje prehistórico.
En consecuencia, estos grabados han sido asociados a un tipo de audiencia muy amplio y poco especializado con la excepción -quizás-de los grabados de armas, a menudo vinculados a grupos o cofradías de guerreros (Vázquez Varela 2000).
La documentación de arte en el interior de abrigos introduce una vuelta de tuerca en esta visión, pues su divergencia con respecto a los grabados al aire libre sería, en cierto modo, la misma que se propone entre petroglifos y arte megalítico: su naturaleza restrictiva y el tipo de audiencia al que estarían destinados (Bradley 2009: 120).
La ubicación de los grabados en el interior de cavidades evidencia una voluntad efectiva por controlar el tamaño y la propia composición de los agentes involucrados y, lo que consideramos muy importante, una clara pretensión de 'ocultación' de las representaciones.
El afán de ocultación evidenciado por estos petroglifos indica que debe relativizarse, al menos en parte, el papel que de modo general se le ha atribuido al arte rupestre galaico como 'marcador del paisaje'.
Este tipo de concepciones vinculan el supuesto carácter abierto y la elevada perceptibilidad del arte rupestre al aire libre con audiencias muy amplias que, superando incluso a la comunidad creadora, abarcarían en parte a grupos vecinos y rivales.
En este sentido, los trabajos de T. Ingold (1987) y M. Casimir (1992) han tenido un enorme calado en la concepción del arte rupestre galaico como un elemento articulador y/o normativo del uso del espacio por parte de sociedades productoras aún con un alto grado de movilidad (Bradley 1997).
En función de dichas interpreta-ciones, los petroglifos habrían sido herramientas de comunicación básicamente 'intergrupal', destinadas a mediar en el uso del paisaje por parte de dos o más poblaciones vecinas, estableciendo el acceso preferente o exclusivo por parte de un grupo determinado a un lugar económica y/o simbólicamente importante.
Dicha interpretación convertiría al arte rupestre en una especie de código de señales o mensajes que funcionaría a modo de intercambio fi jo de impresiones entre sociedades que no estarían en contacto directo de modo frecuente.
Otros autores han remarcado, no obstante, que parte de esta información habría ido destinada también a los propios miembros de la comunidad, a modo de transmisor 'intergeneracional' de información útil vinculada generalmente a la explotación de los recursos del territorio circundante (Taçon 1994).
Al abrigo de interpretaciones como las que acabamos de exponer, en las últimas décadas en gran número de investigaciones (Bradley et al. 1994; Santos 1999) las estaciones rupestres han sido analizadas fundamentalmente en el marco del paisaje circundante, a través del estudio de su distribución espacial, así como de su relación con vías naturales de tránsito (collados y vaguadas) y puntos de interés para su explotación económica por parte de las comunidades prehistóricas (valles fl uviales y costeros, etc.).
Sin embargo, muy pocas veces se ha analizado en profundidad la naturaleza e intensidad de la interacción entre estaciones rupestres y territorio circundante, así como tampoco se ha prestado demasiada atención a las estrategias y mecanismos por medio de los cuales dicha interacción podría haber sido modulada.
A tenor de nuestra experiencia, consideramos que la interacción entre petroglifos y paisaje se habría mediado a través, fundamentalmente, de dos conceptos: su visibilidad y su perceptibilidad.
El primero hace referencia a la cantidad de lugares dominados o controlados visualmente desde un petroglifo determinado.
La perceptibilidad defi ne la facilidad para identifi car desde el entorno circundante la roca y/o los motivos de un determinado petroglifo así como la distancia desde la que unos u otros pueden ser captados.
Ambos conceptos no tienen por qué ser equivalentes, pues existen muchas estaciones a ras de suelo apenas perceptibles al alejarnos unos metros pero desde las que se ejerce un gran dominio visual del entorno.
La visibilidad ha sido uno de los aspectos al que, en general, mayor importancia se ha prestado en el análisis espacial del arte rupestre al aire libre en Galicia (Bradley et al. 1994; Santos 1999; Peña y Rey 2001).
Ésta depende prácticamente en exclusiva de la ubicación en el paisaje de una estación concreta, de tal manera que si ésta se sitúa en lugares, como una ladera, contará con un amplio dominio visual sobre las cotas inferiores.
La visibilidad puede concentrarse sobre un lugar inmediato, como en una estación situada en un collado o una vaguada cuyo dominio visual se reduce fundamental o exclusivamente a dichos accidentes geográfi cos, o bien ser ejercida a media o incluso larga distancia, pudiendo llegar a controlarse varias decenas de kilómetros (Fig. 10).
La diferencia entre ambos tipos de estaciones con respecto a su inter actuación con el paisaje circundante sería evidente: aunque ambas controlan visualmente el mismo tipo de lugares, las primeras lo hacen desde el interior, por lo que es posible que hubiesen tenido un papel directo y real en la gestión de su tránsito y explotación.
Las segundas, en cambio, ejercen un control desde una distancia elevada.
Su interactuación con dichos lugares sería menos directa y quizás de una naturaleza más ritual o simbólica.
La perceptibilidad de los petroglifos ha suscitado mucho menos interés entre los especialistas y con frecuencia ha sido equiparada e incluso confundida con la visibilidad.
Cuando ésta ha sido tenida en cuenta, la atención se ha centrado en la roca que sirve de soporte al petroglifo: su forma y tamaño así como su situación en un punto prominente del paisaje, como una colina o cerca de un gran afl oramiento o un fi lón.
Fuera de ello, rara vez se han valorado otro tipo de estrategias o mecanismos destinados a incrementar o reducir dicha perceptibilidad.
El impacto específi co del panel grabado, tradicionalmente solo se ha estudiado a partir del incremento del tamaño de las fi guras o, fundamentalmente, del carácter más o menos vertical de la superfi cie donde fueron grabadas, asociándose automáticamente los paneles verticales con una mayor perceptibilidad de sus motivos (Peña y Rey 2001: 207).
Resulta obvio que el grado de verticalidad de un panel puede ser un recurso fundamental a ese respecto, si bien está lejos de ser su garante absoluto como tampoco se establece como la única herramienta para captar la atención.
Uno de los sistemas más efectivos para incrementar la percepción de los grabados vendría de aprovechar el contraste de tonalidad entre los surcos frescos y la superfi cie del panel.
En el granito, la marcada coloración blancuzca de los grabados recién realizados habría hecho de la elección de una roca oscura un método idóneo para aumentar sustancialmente la perceptibilidad del conjunto (Fig. 11), incluso con independencia de la morfología de la roca y el panel o de las condiciones de luz existentes.
Puede asumirse, además, la posibilidad de que los grabados fuesen repicados cada cierto tiempo (en el marco de diversos ritos o bien cada vez que se añadía un nuevo motivo al panel), de modo que el contraste habría podido perdurar durante períodos de tiempo relativamente amplios.
La situación de muchos de los grandes petroglifos de nuestra comunidad (Peneda Negra, Gurita, etc.) en rocas con una superfi cie de color oscuro, puede no haber sido una circunstancia enteramente casual.
No obstante, esta noción debe manejarse con cau-Fig.
Detalle de un motivo de factura reciente presente en la estación rupestre de Outeiro dos Lameiros (Baiona, Pontevedra) y en el que puede observarse el contraste de color entre los surcos y la superfi cie de la roca.
tela, pues el aspecto superfi cial de una roca puede haber sido alterado dramáticamente durante los últimos 4.000 años debido a la actuación de agentes, como incendios forestales o líquenes.
Asimismo, este método puede haberse utilizado en el sentido contrario: el de ocultar los grabados.
La elección de una roca con unas tonalidades claras habría hecho que -desde el mismo momento de su realización-los motivos hubiesen pasado prácticamente desapercibidos al alejarnos de ellos tan solo unos pocos metros, incluso en los paneles verticales.
A cambio, al ser bañada por la luz solar, la coloración blanca habría conferido un aspecto brillante a la superfi cie de la roca que contrastaría con la oscuridad de las sombras que esa misma luz habría proyectado -a determinadas horas del día-en el interior de los surcos grabados, volviéndolos perfectamente visibles durante un lapso de tiempo concreto.
Lejos de considerar mera especulación la utilización consciente de los colores de las rocas como un medio de aumentar la perceptibilidad de un petroglifo, recordamos que se ha recurrido a ellos reiteradamente durante la Prehistoria (Scarre 2002; Tilley 2004), siendo especialmente evidente en el uso de minerales como el cuarzo en las corazas de los túmulos megalíticos para hacerlos más visibles (Criado y Vaquero 1993; Bradley 1998; Darvill 2002; Forteza et al. 2008).
La conjunción de éstas y otras variables tendría mucha importancia y habría cambiado en función de los objetivos y naturaleza con los que se concibiesen los distintos grabados y de la audiencia a la que se dirigiesen.
Así, una estación con un carácter muy conspicuo se convertiría posiblemente en una referencia espacial de importancia y, en consecuencia, jugaría un papel destacado en la concepción real y/o simbólica del paisaje compartida por los integrantes de las comunidades que hubiesen habitado ese entorno.
Por el contrario, optar por reducir la perceptibilidad de ciertas estaciones quizás evidenciaría un afán de ocultación, como en los grabados situados en el interior de abrigos, haciéndolas visibles solamente a aquellos individuos con un conocimiento más exhaustivo del terreno.
Dichos petroglifos podrían haber tenido una carga simbólica igual o más importante, pero reservada quizás a ciertos miembros de una comunidad concreta: la responsable de su realización.
Teniendo en cuenta las hipótesis que estipulan que buena parte de los petroglifos se confi gura-rían como 'marcadores del paisaje' destinados a mediar en las relaciones entre grupos distintos por la explotación de determinados lugares, cabría esperar que su interacción con el paisaje potenciara tanto el dominio efectivo de esas zonas sujetas a derechos de uso, como la propia perceptibilidad del petroglifo.
Al hacerlo, éste sería fácilmente observable por parte de los individuos ajenos a la comunidad, que serían una parte fundamental de la audiencia a la que el arte rupestre iría destinado.
Esta situación parece darse en estaciones con grabados de armas, las cuales habrían funcionado como importantes referentes en el marco del paisaje que ocupan.
Sin embargo, los propios especialistas que defi enden esta hipótesis (Bradley 1997; Vázquez Rozas 1995; Peña y Rey 2001) han sido conscientes de que, a menudo, este papel referencial parece mucho más difícil de discernir.
En algunas áreas del arte rupestre galaico, dichas 'anomalías' (Bradley 1997) llegan incluso a ser mayoritarias en comparación con aquellos paneles más perceptibles o conspicuos (Peña y Rey 2001; Fábregas et al. 2010).
De hecho, buena parte de los petroglifos tienden a situarse lejos de las vías de tránsito y de las zonas que otorgasen un control efectivo del acceso a las áreas de mayor interés para estas comunidades.
Se emplazan más bien en puntos cuyo acceso dependería de un conocimiento profundo del terreno o de las pautas que operaban en la disposición del arte rupestre a lo largo del territorio (Peña y Rey 2001).
De esta manera, el interés por su perceptibilidad parece haberse supeditado a la búsqueda de una visibilidad ele vada.
Por todo ello, creemos que resulta difícil mantener que este tipo de grabados fuesen realizados pensando en una audiencia ajena a la propia comunidad.
Fueron, más probablemente, una herramienta de 'autoconsumo' destinada a ser usada y entendida dentro del propio grupo que los habría creado.
Estos petroglifos no habrían sido ideados, pues, para ejercer un papel de control directo y efectivo sobre el territorio -dejando claro a los miembros ajenos a la comunidad ese dominio-sino indirecto y simbólico, buscando reforzar la relación entre determinado(s) individuo(s) y el grupo del que formaría(n) parte con dicho lugar, así como reproducir o representar, a través de él, su propia concepción del mundo.
Para ello no haría falta que interviniese esencialmente la contraposición con elementos ajenos a dicha comunidad.
El hecho concreto de que una estación rupestre se encuentre al aire libre no la hace equivalente a un elemento de observación abierta a todos cuantos frecuentaran el paisaje prehistórico gallego.
La ausencia de barreras físicas evidentes para su detección no implica necesariamente la inexistencia de herramientas o métodos que, al volver prácticamente imperceptibles los grabados, limitaran su audiencia.
La propia lectura de las imágenes del arte rupestre dista mucho de ser un simple asunto de sensaciones.
Implica también conocimientos, recuerdos y una asociación icónica, procesos todos ellos culturalmente mediados (Tilley 2008: 38).
Estas circunstancias no afectarían en exclusiva a la capacidad para interpretar las imágenes representadas sino al hecho mismo de su percepción.
Desde la perspectiva del mundo actual, marcado por una profunda naturaleza visual en la que la vista es un sentido primordial para nuestro desarrollo social, resulta difícil de entender la incapacidad para percibir determinadas imágenes por parte de un individuo concreto.
Sin embargo, la experiencia del trabajo de campo en el medio rural gallego nos ha llevado al convencimiento de que, en el pasado, las sociedades campesinas tradicionales -inmersas en un mundo menos visualizado-habrían sido muchas veces incapaces de percibir parte de los motivos grabados en los petroglifos, pese a haber convivido con ellos durante siglos.
Las entrevistas realizadas entre los habitantes de mayor edad de las zonas inmediatas a las grandes concentraciones de arte rupestre nos confi rmaron que la mayor parte de los grabados habían pasado totalmente desapercibidos para las comunidades campesinas gallegas.
Ello parece haber afectado incluso a los paneles de mayor monumentalidad, con frisos verticales y motivos de gran tamaño.
Curiosamente, dicha 'incapacidad' habría afectado de manera principal a los motivos fi gurativos: en particular a los zoomorfos y en mucha menor medida a las armas.
Así, en la estación de Pedra Xestosa los habitantes de la zona -habiéndose incluso resguardado en el pequeño abrigo-solo percibieron la combinación circular.
Esta circunstancia puede estar en el origen de muchas de las destrucciones sufridas por los petroglifos hasta épocas recientes.
Los motivos geométricos habrían pasado menos desapercibidos por asociarse a ítems familia-res como ruedas o sartenes.
No es casualidad, a nuestro entender, que sean precisamente los que sufren mayor número de destrucciones y/o cristianizaciones (Fig. 12), como en Pedra Escrita (Oia, Pontevedra).
Incluso en paneles complejos conformados por motivos de diversa naturaleza, existe una notable tendencia a que cruciformes y otros motivos modernos se concentren en exclusiva o en mayor medida en torno a los elementos geométricos: Pedra da Boullosa, Chan da Lagoa (Campo Lameiro, Pontevedra) o la propia Pedra Xestosa.
Aparicio Casado (1995Casado (, 1996) ) ha llegado a conclusiones similares en sus valiosos trabajos acerca del folklore asociado a los petroglifos gallegos.
En ellos constata el escaso número de paneles grabados con leyendas o mitos asociados, hecho extensible incluso a las estaciones más emblemáticas.
Dicho folklore es indiferente del tipo del motivo si bien, curiosamente, las leyendas se relacionan en su mayoría con cruciformes y motivos modernos.
Por ello, sospecha una apli-cación de estos relatos a los petroglifos relativamente moderna, en contraste con los túmulos megalíticos o castros, objeto de la atención y supersticiones del campesinado gallego desde épocas muy remotas (Martinón 2006).
La misma carencia se observa en los grandes conjuntos rupestres con representaciones de cérvidos de Baroña (Porto do Son, A Coruña), como A Gurita I, con más de 60 en una roca muy inclinada, y Outeiro Bicudo 1 y 2, con sendos paneles verticales con zoomorfos que, en algún caso, superan el metro de longitud.
Estas observaciones parecen apoyar, efectivamente, nuestra impresión de que buena parte de estas manifestaciones artísticas habrían pasado desapercibidas para las comunidades que habitaron en sus proximidades durante siglos.
Lo atribuimos a la inexistencia entre dichas poblaciones de las asociaciones icónicas necesarias para comprender dichas imágenes e incluso para identificarlas como elementos artifi cialmente producidos.
LA AUDIENCIA DE LOS PETROGLIFOS GALLEGOS
El progreso que se ha vivido en la última década en el campo del arte rupestre aconseja matizar parcialmente ciertas concepciones previas sobre el mismo.
Así, la defi nición del arte rupestre al aire libre como un fenómeno de una naturaleza abierta o accesible (Bradley 2000: 72) debe ser observada ahora con prudencia a tenor de la documentación de grabados en el interior de abrigos.
Su aparición nos hace preguntarnos si el arte rupestre galaico habría estado efectivamente asequible a todos los miembros de la comunidad o si habría restricciones en función de la posición social, edad o género de determinados sectores o individuos.
Se abre el interrogante, además, de si el arte rupestre habría estado destinado a un único tipo de audiencia o si ésta habría cambiado en función de la naturaleza de cada estación o incluso de cada roca.
Salvo en casos concretos (Bradley 2002(Bradley, 2009)), el análisis de la audiencia en el arte rupestre galaico -es decir, del número y naturaleza de los individuos para cuya observación fue grabado un petroglifo determinado-se ha limitado a dos aspectos: la perceptibilidad del panel (tradicionalmente asociada, como hemos visto, al carácter horizontal o vertical de la superfi cie grabada) y la disponibilidad de espacio físico para congregar un mayor o menor número de individuos (Vázquez Varela 2000).
Una aproximación paradigmática de este tipo es la aplicada a las denominadas 'rocas panoplia' (Peña y Rey 2001): paneles verticales en los que se grabaron un buen número y variedad de representaciones de armas.
Estos petroglifos se han asociado reiteradamente a ritos de agregación de determinados individuos, casi siempre guerreros (fi gura ésta rara vez definida de un modo claro), en cuyo marco se habrían realizado ceremonias iniciáticas o de otro tipo (Vázquez Varela 2000; Peña y Rey 2001; Santos 2005a).
Al tratar la audiencia del arte rupestre galaico, debemos refl exionar primero sobre los mecanismos físicos que pudieron haber actuado a la hora de conformarla.
Después, consideraremos el papel de aquellos factores de naturaleza más inmaterial, reconociendo -al igual que otros autores han hecho antes (Bradley 2002)-la dualidad operativa que regiría o condicionaría la audiencia de un determinado petroglifo: una separación física y otra intelectual o simbólica.
Mecanismos de conformación de la
audiencia en el arte rupestre al aire libre Partiendo de la hipótesis de que un grabado rupestre situado al aire libre pudo, no obstante haber estado destinado a una audiencia tan reducida o selecta como el ubicado en el interior de un abrigo, consideramos necesario determinar los mecanismos que habrían incidido en su composición.
Por ejemplo, el carácter remoto combinado con la escasa perceptibilidad pueden haber sido dos poderosos elementos de segregación que condicionarían de un modo importante la audiencia de un petroglifo, al requerir del observador el conocimiento del terreno para poder localizarlos.
Ciertos autores han propuesto que los motivos abstractos habrían tenido, de modo general, una ubicación comparativamente más remota, a la que poca gente habría tenido acceso, en contraposición a los motivos naturalistas, que tenderían a emplazarse cerca de las hipotéticas zonas de hábitat, donde la audiencia sería muy diferente (Bradley 1997).
El paulatino aumento del catálogo de arte rupestre en Galicia ha evidenciado que, aunque dicha hipótesis no carece de fun damento, existen importantes y numerosas salvedades, como las derivadas de la aparición de representaciones de cérvidos en lugares totalmente aislados así como en el interior de abrigos.
La cada vez mayor indiferenciación en la ubicación de motivos abstractos y naturalistas muestra la polivalencia de estas representaciones y la difi cultad de defi nir audiencias solo por el tipo de motivo representado.
Diversos mecanismos o estrategias más allá de la verticalidad del panel o del tamaño de los motivos grabados, habrían permitido aumentar o disminuir la perceptibilidad de un petroglifo, haciéndola incluso independiente de las caracte rísticas físicas y de su ubicación.
Un petroglifo situado en las inmediaciones de las zonas habituales de tránsito durante la Prehistoria pudo haber pasado prácticamente desapercibido para buena parte de los individuos que caminaran por el lugar mientras que otros, que hoy se nos antojan apenas visibles, pudieron haber sido mucho más evidentes.
Tampoco debe despreciarse la importancia que condiciones externas al propio petroglifo, como el momento del día (o del año) o las condiciones atmosféricas, habrían jugado en la percepción de los paneles grabados.
Resulta obvio para cualquier investigador del arte rupestre que la observación de los motivos se ve profundamente alterada por las condiciones de luz existentes: la visita con una iluminación ade cuada puede hacer visibles motivos de otro modo prácticamente imperceptibles.
Además, en aquellas estaciones con paneles o motivos con orientaciones disímiles, la contemplación en distintos momentos del día habría cambiado toda la lectura del petroglifo, ocultando unas imágenes y desvelando otras, renovando así el mensaje transmitido en cada ocasión.
A su vez, la lluvia modifi ca la tonalidad de la superfi cie de la roca, facilitando o difi cultando la lectura: el petroglifo de Os Mouchos (Rianxo, A Coruña), al mojarse, adquiere una tonalidad rojiza que contrasta profundamente con el color de los surcos, acentuando especialmente la visibilidad de los motivos.
El refl ejo de la luz del sol sobre la roca mojada también habría aumentado exponencialmente la percepción de los grabados (Fig. 13), no pudiendo descartarse que durante su observación se hubiese mojado la roca como método para interactuar con ella y resaltar unos determinados motivos sobre otros en función de la información concreta que se quisiese transmitir.
La estación de A Insuela (Porto do Son, A Coruña) es uno de los ejemplos más evidentes de cómo las condiciones atmosféricas alteran la manera de percibir un petroglifo.
En ella dos zoomorfos fueron grabados en torno a una profunda pileta natural (Fig. 14).
El agua de lluvia acumulada en su interior habría dotado de gran realismo a la escena, simulando la ubicación de los animales al pie de un curso de agua.
El efecto sería aún más realista con las gotas de lluvia salpicando la superfi cie del agua, al dotar a la escena de cierta movilidad e incluso sonoridad.
Dichas impresiones serían radicalmente diferentes sin ella.
En este sentido, la similitud con otras escenas de los petroglifos gallegos en las que los zoomorfos se sitúan en torno a combinaciones circulares reforzaría la hipótesis, ya clásica, de que buena parte de estos motivos podrían haber representado cursos o acumulaciones de agua.
Es muy posible que este tipo de circunstancias -que habrían potenciado aspectos de las escenas, como su realismo-fuese una parte fundamental del proceso de visualización.
Así, el conocimiento de las condiciones idóneas para la observación de un petroglifo podría haber sido tan importante como el de su emplazamiento a modo de efi caz mecanismo de gestión de la naturaleza de su audiencia mediante la gradación de la profundidad del mensaje y, en último término, del volumen de signifi cado y nivel de impacto transmitidos.
La percepción de los grabados habría dependido en gran medida de una serie de procesos culturalmente mediados, como los conocimientos y recuerdos de los propios individuos que conforman la audiencia.
Bajo esta óptica, el observador no era -en muchos aspectos-un agente libre que pudiera moverse alrededor de las imágenes e interactuar con ellas a su antojo, sino que posiblemente debería hacerlo de un modo particular y siguiendo una secuencia correcta.
Dicha circunstancia podría haber implicado que, incluso en las estaciones más perceptibles, el acceso a su signifi cado real o último dependiese del conocimiento del ritual o coreografía adecuados que su observación exigía.
Ese ritual debe ser entendido como un conjunto de actividades físicas, mentales y emocionales que podrían incluir desde la dirección y modo de acercarse a un petroglifo hasta la manera de colocarse ante él, pasando por el orden en el que deberían ser observados los distintos motivos y escenas que lo componen.
Para un desconocedor del fenómeno rupestre de cierto lugar el proceso habría sido muy diferente, incluso guiado por alguien con experiencia.
Un miembro no iniciado habría sido, en muchos sentidos, equivalente a un ente foráneo de la comunidad, por lo que tendría sentido que el acceso a estos conocimientos fuese una condición sine qua non para formar parte plena de ella, así como la prerrogativa de cederlos o comunicarlos a nuevos individuos una importante fuente de poder o prestigio en el marco del grupo.
Muchos de estos conocimientos pueden haber sido, en parte, descodifi cables en función de la información aportada por las propias imágenes y, por lo tanto, a priori ser accesibles a todo aquel que los observara, incluidos los propios arqueólogos (como pretenden una parte de las aproximaciones estructuralistas).
En cambio otros niveles de entendimiento es muy probable que requiriesen un conocimiento específi co, reservado e independiente de los códigos subyacentes.
No obstante, no todas las estaciones conceden el mismo grado de libertad durante el proceso de observación.
Una roca horizontal puede permitir numerosas formas de visualización, requiriendo quizás de una participación más activa que invitase a moverse, conocer el punto idóneo donde situarse o cómo rodear el panel para contemplar los motivos del modo y orden correctos.
Por el contrario, los paneles verticales o inclinados, al presentar un punto de vista privilegiado (Vázquez Rozas 1995) e incluso único, habrían concedido menos libertad a la audiencia.
Esa circunstancia y el que, con frecuencia, las escenas representadas en esos paneles sean de una -aparentemente-fácil comprensión (armas, monta, caza...) nos hacen pensar en que quizás muchos de estos petroglifos habrían sido destinados a audiencias amplias, al menos en parte, con un papel más pasivo y posiblemente menos especializado.
El signifi cado o signifi cados de un petroglifo pudo variar a lo largo de su existencia.
El proceso de inclusión de nuevos grabados en un panel posiblemente se hubiese concebido por parte de las poblaciones prehistóricas como un modo de conexión con los individuos que habían realizado el mismo proceso en el pasado (sus'antepasa-Fig.
Aspecto general del petroglifo de A Insuela (Porto do Son, A Coruña).
Sendos zoomorfos (acentuados digitalmente) se grabaron en torno a una pileta natural que, una vez llena de agua, habría dotado a la escena de un notable realismo, simulando la ubicación de los propios animales en la naturaleza, abrevando quizás en algún curso de agua o manantial próximo. dos'), pero durante dicho acto también se estarían integrando nuevas historias que habrían reformulado y recodifi cado las preexistentes.
Además, la inclusión de nuevos motivos modifi caría la experiencia previa de los observadores e incluso posiblemente hubiese obligado a renovar la coreografía necesaria para la comprensión del panel.
Todo ello habría dado lugar -con toda probabilidad-a nuevos signifi cados que probablemente fuesen desdibujando paulatinamente aquéllos que el petroglifo habría tenido originalmente.
El hecho de que los observadores contemporáneos solo contemplamos el resultado fi nal del proceso (Tilley 2008), con frecuencia es obviado por muchos especialistas, que analizan los paneles como si hubiesen sido fruto de una sola mente y ejecutados por una única mano.
No obstante, existen ciertos paneles que -por su coherencia y homogeneidad interna-dan la impresión de haber sido efectivamente realizados de acuerdo a una planifi cación única y posiblemente grabados en un corto lapso de tiempo.
Un buen ejemplo sería la escena de caza de Pedra Xestosa.
En último término, el conocimiento sobre el arte rupestre no se materializa únicamente a través del grado de comprensión de los símbolos y escenas que lo conforman sino también mediante el control del propio acto de observación y del infl ujo de este sobre la audiencia.
Tal circunstancia lleva implícita una gran variabilidad, al reconocer la posibilidad de que el signifi cado de un petroglifo no fuera fi jo, sino dependiente -en gran medida-de las circunstancias concretas existentes en el momento de su visualización.
El proceso de observación de un petroglifo pudo haber sido altamente variable y profundamente dependiente del dominio de los códigos de visualización por parte del observador.
Tal circunstancia introduce en la ecuación una concepción más importante del individuo, entrando en juego su experiencia, conocimientos y recuerdos.
La revalorización del individuo implica, asimismo, el reconocimiento de la posibilidad de que cada observador hubiera tenido una experiencia concreta o una visión del fenómeno específi ca y mutable.
Las diferentes audiencias habrían vivido un lugar de distintas maneras e incluso un mismo individuo podría haber experimentado de modo dispar un mismo lugar, en función de los momentos de su vida.
Es muy probable que el aprendizaje de los códigos que permitiesen comprender al arte rupestre se actualizase continuamente du-rante la vida de una persona, por lo que su percepción podría cambiar también.
En conclusión, el signifi cado o simbolismo de un petroglifo dependería de una suma de circunstancias contingentes, muchas tan solo intuibles desde una perspectiva actual.
Se establece así una concepción en la que se acepta la interactuación entre observador y petroglifo como un proceso en el que ninguno de los dos es un elemento pasivo.
Se deja patente la posibilidad de distintos niveles de acceso a los petroglifos al aire libre, desde aquellos destinados a una visión más general y a una audiencia más amplia a otros más 'selectos'.
Dicha variabilidad no vendría dada única o principalmente por su temática sino por un conjunto de información que incluiría además las características de la propia roca y su ubicación dentro del paisaje circundante, así como la naturaleza de la audiencia.
Las disquisiciones acerca de la accesibilidad del arte rupestre galaico deben superar la simple dicotomía Arte Público vs. Arte Restringido.
La creemos poco operativa durante estos momentos de la Prehistoria, aceptando una gradación mutable y variable entre cada parte en función del paso del tiempo y de la composición de la propia audiencia.
Composición de la audiencia de los petroglifos gallegos
El género se ha establecido de un modo tradicional como la distinción más importante en la conformación de las audiencias que podrían haber accedido (física e intelectualmente) a las estaciones rupestres.
Ello deriva de la reiteración de grabados de armas y de escenas de caza o monta que remitirían aparentemente al mundo del varón y de lo masculino (Peña y Rey 2001: 192), en contraste con la ausencia de actividades cotidianas o domésticas (Peña y Rey 2001: 145) que -a tenor de aquellas visiones tradicionales-habrían sido llevadas a cabo por mujeres.
No sabemos si la posible segregación en función del género de los motivos y escenas grabados en las rocas se habría extendido necesariamente a la audiencia.
El signifi cado de los motivos de buena parte de las estaciones no está lo sufi cientemente claro como para negar tajantemente la asociación de alguno al mundo femenino.
M. Díaz-Andreu (1998) ha expuesto perfectamente este tipo de sal-vedades para el caso del arte rupestre levantino, que debe extenderse al propio papel de la mujer en el proceso de grabado de las rocas.
Si aceptamos que el elevado grado normativo de las fi guras representadas en los petroglifos gallegos derivara de la participación de especialistas en su elaboración (Peña y Rey 2001: 216-217), no debería descartarse que -como ocurre en algunas comunidades actuales de África y Oceanía-entre ellos hubiese habido mujeres (Díaz-Andreu 1998).
La intensidad de la segregación o diferenciación sexual en el seno de las comunidades que habitaron el noroeste de la Península Ibérica durante la Prehistoria Reciente resulta muy difícil de determinar.
La escasez de restos orgánicos no nos permite decidir si las divergencias observadas en los ajuares megalíticos responden -efectivamente-a diferencias sexuales.
En la esfera doméstica, dicha información resulta aún más inaccesible, pues es todavía muy poca la evidencia con la que contamos.
Se ha insinuado la posibilidad de un acceso diferencial a las materias primas líticas que, por su rareza, habrían sido más difíciles de conseguir, por parte de las mujeres con base en la ausencia de determinadas estrategias de explotación (Rodríguez y Fábregas 2011).
La hipótesis, de momento, resulta difícil de verifi car.
Otro tipo de segregación que pudo haber existido derivaría de la edad y, en función de la misma, del estatus de la audiencia en el marco de la comunidad.
Estos criterios habrían sido operativos con total seguridad, pero resultan extremadamente complicados de rastrear.
LOS GRABADOS Y EL PAISAJE
Los especialistas hemos fomentado un tipo de interpretaciones en las que el arte rupestre al aire libre es defi nido y explicado como mediador entre una comunidad y su entorno inmediato.
Los arqueólogos hemos intentado defi nir la identidad de la propia comunidad y el papel concreto que el arte rupestre habría jugado en la conformación y reforzamiento de la misma a través de las contraposiciones creadas en el marco de dicha relación (rivalidad con comunidades vecinas por la explotación de recursos; Cultura vs. Naturaleza; Espacio doméstico vs. Espacio ritual).
Sin embargo, se ha prestado menos atención a la posibilidad de que los petroglifos hayan sido, en buena medida, una herramienta generada y usada exclusivamente en el seno de la sociedad que los creó para reforzar una visión del mundo propia y negociar el papel que la comunidad tendría en la misma, sin ser estrictamente necesario contraponerla a ningún tipo de alteridad (naturaleza u otros grupos competidores).
Así, por ejemplo, en un primer momento, los individuos de una comunidad solo podrían haber accedido a los petroglifos gracias a la mediación de otros miembros más experimentados.
Sería a través de dicho proceso de conocimiento como un individuo concreto podría haber sido iniciado en la información práctica y simbólica, recurriendo a recuerdos o episodios míticos asociados no solo con el petroglifo en sí sino con el paisaje circundante.
De esa manera, petroglifo y paisaje se asociarían irremediablemente a la comunidad en función de una historia en común.
La interacción de una comunidad con los petroglifos no debe ser entendida en exclusiva como aquellas actividades estrictamente realizadas en las inmediaciones de los grabados, sino como una suma de procesos que puede iniciarse con las circunstancias del propio desplazamiento hasta la estación rupestre.
El hecho de que muchas insculturas solo sean perfectamente visibles a primera hora de la mañana o en el ocaso podría haber implicado viajar en la oscuridad, cuando el mundo y su percepción por parte del individuo son distintos.
Este conjunto de experiencias implicadas en el acceso y visualización de los motivos habría sido, quizás, tan o más importante que las características de los grabados y los ritos realizados en torno a ellos.
Los territorios pueden ser a menudo entendidos más como un conjunto de lugares específi cos con un signifi cado especial para una comunidad concreta que como espacio abstracto con fronteras nítidamente establecidas.
Por ello no cabe descartar que los petroglifos puedan haberse establecido precisamente como locales de este tipo.
Su recorrido en una secuencia determinada podría haberse reivindicado como un acto simbólico en sí mismo, estructurando las experiencias de los propios lugares que unen y ayudando a establecer una especie de orden en los mismos (Tilley 1994: 39), tipifi cado por los miembros pasados de la comunidad.
La inclusión de nuevos lugares habría sido prerrogativa de los individuos con una mayor preeminencia en el marco de la comunidad y en ellos reposaría también el conocimiento experto sobre estos lugares así como su mantenimiento.
Dichos saberes habrían sido una probable fuente de poder para el individuo al otorgarle el control sobre la difusión de la información acerca del territorio circundante y sobre el origen y naturaleza de los lazos que la comunidad mantendría con el mismo con base en una historia común.
Es posible que en el arte rupestre galaico al aire libre hubiese existido cierta transposición entre el panel grabado y el lugar que ocupa (Tilley 1994).
Con ello se produciría un reforzamiento mutuo del petroglifo y del paisaje circundante que acentuaría, por un lado, la propia cualidad narrativa del panel y reforzaría la credibilidad de su mensaje al vincular la acción representada a un 'escenario de los hechos' cercano y conocido por la audiencia.
Al mismo tiempo, es posible que dichos acontecimientos hubiesen sido importantes en la historia o mitología de la comunidad, por lo que se reforzaría la importancia de dicho local para el grupo por haber sido, precisamente, el escenario de los mismos.
Por medio de estos relatos, sociedad y espacio quedarían intrínsecamente ligados, convirtiéndose este último en lo que Tilley (1994: 15) denomina 'espacio existencial', construido a través de las experiencias concretas de los individuos y socializadas a través del grupo, en constante proceso de producción y reproducción, generado a partir del orden cotidiano.
Los lugares presentan diferentes densidades de signifi cados para sus habitantes, en función de los eventos y acciones de los que fueron escenario y que forman parte de la memoria común.
A mayor número y estabilidad de los signifi cados asociados a un lugar, más profundo será el nexo con el mismo por parte de la comunidad.
Si consideramos que el grabado de los petroglifos puede tener que ver con el desarrollo por parte de las comunidades de asociaciones simbólicas y mitológicas, éste actuará como transformador de algo físico o geográfi co en algo experimentado histórica y socialmente, como recordatorio de las acciones históricas de individuos o sociedades (Tilley 1994).
Un buen ejemplo de esta posible transposición entre panel y espacio circundante podría ser la impresión -repetidamente señalada por los especialistas (Vázquez Rozas 1997; Peña y Rey 2001)-de que en determinadas estaciones (la propia Pedra Xestosa o Pozas da Garda; Figs.
4 y 15) la ubicación de los ciervos dentro del panel parece reproducir la orografía del entorno inmediato: son representados subiendo o bajando en la dirección de la pendiente del terreno donde se emplaza la roca.
En otras ocasiones, la inclinación de la superfi cie del panel es idéntica a la de la ladera donde se sitúa y por la que probablemente habrían circulado los animales grabados (Vázquez Rozas 1997: 72).
VARIABILIDAD Y POLISEMIA DEL ARTE RUPESTRE GALAICO
Una de las características fundamentales del arte rupestre galaico es su enorme variabilidad y su profundo carácter polisémico, patentes en su naturaleza (características de los motivos, morfología y dimensión de los paneles, perceptibilidad de ambos, etc.) y su ubicación espacial.
Existe una enorme multitud de fi guras geométricas y naturalistas consideradas portadoras de distintos mensajes y signifi cados y a las que se les han atribuido incluso cronologías diversas (Santos 2005b).
Es posible que muchos de estos motivos hayan tenido un signifi cado más o menos permanente mientras que el de otros fuese polivalente y mutable.
Sin embargo, dicha diferenciación no residiría, en último término, en las características del propio motivo.
El grabado de una alabarda o un antropomorfo habría podido tener, posiblemente, un menor rango de signifi cados que un círculo simple o un grupo de cazoletas.
Pero ello no excluye que cambiara en función de un buen núme-ro de variables.
El arte rupestre habría sido un nexo relacional de las imágenes representadas, las cualidades materiales de la roca y los paisajes circundantes (Tilley 2008: 20).
Esta naturaleza sería profundamente variable y mutable sincrónica y diacrónicamente en función de las propias características de su audiencia particular (cantidad, composición y nivel de dominio del código por parte de la misma).
Es posible que en una misma estación hubiesen existido varios niveles de signifi cado, desde información práctica para el acceso a ciertos recursos hasta conocimientos sagrados, accesibles en función del dominio del código que poseyesen los observadores (Bradley 2002).
Los motivos no serían abstractos, ya que su interpretación no dependería de la arbitrariedad del observador, sino del acceso a la instrucción sobre su signifi cado o signifi cados, sien-do factible que diferentes individuos hubiesen poseído distintos niveles de habilidad o conocimiento para interpretarlos (Bradley 2009: 44).
Esta contingencia podría incluso afectar a las imágenes más naturalistas.
Esa variabilidad puede observarse también en la ubicación de los petroglifos.
En algunas áreas del territorio gallego, como Campo Lameiro (Pontevedra), existen concentraciones de estaciones rupestres de una enorme diversidad respecto a su monumentalidad, características generales y ubicación.
Otro claro ejemplo son yacimientos que se presentan en este trabajo: el abrigo de Rego de Corzo se ubica en un área con una espectacular concentración de arte rupestre.
Allí conviven petroglifos de especial complejidad y monumentalidad, como los frisos verticales de Outeiro Campelos y Campo Grande (Fig. 16), en los que fueron grabados zoomorfos de hasta 135 cm de altura, o el conjunto de Rego de Corzo I y III, con multitud de motivos entre los que se incluye una escena de monta junto a otros de gran simplicidad, como cazoletas aisladas o círculos simples.
Los abrigos de Calderramos y Outeiro de Rixidores se sitúan en las inmediaciones de paneles verticales o inclinados en los que se grabaron zoomorfos, próximos a insculturas muy sencillas, compuestas apenas por un círculo simple o varias cazoletas.
El ejemplo de Pedra Xestosa es, si cabe, más revelador: en un mismo afl oramiento dos paneles de una notable verticalidad y gran complejidad coexisten con otro -el situado en el interior del pequeño abrigo-conformado por un círculo y un cérvido.
La convivencia en un mismo territorio, y en ocasiones en una misma estación, de paneles con monumentalidad y perceptibilidad muy variadas, es muy posible que nos esté revelando el diverso papel o la naturaleza distintiva de cada uno de ellos.
Resulta muy probable que hubiese existido una compleja variabilidad que explicaría por qué se habrían dibujado determinados motivos en lugares concretos.
Sería una serie de circunstancias enormemente mutables las que darían su significado último al petroglifo y consideramos que estas no pueden ser aprehendidas desde paradigmas rígidos que no contemplen dicha variabilidad y la complejidad de unos procesos que, en buena parte, derivan del hecho de que las acciones de grabado y la propia observación habrían sido el resultado de episodios individuales con un carácter acumulativo.
La aparición de grabados rupestres de tipo galaico en el interior de abrigos graníticos evidencia, por primera vez, la existencia de restricciones físicas para la observación de este fenómeno, al tiempo que deja claro que los petroglifos del Noroeste de la Península Ibérica no se ha desarrollado en exclusiva al aire libre.
Dicha circunstancia introduce nuevas posibilidades para su análisis al tiempo que permite matizar algunas de las interpretaciones al uso sobre este fenómeno artístico.
La documentación de motivos propios del corpus principal del arte rupestre galaico en el interior de cavidades de reducido tamaño nos ha permitido refl exionar sobre las diferentes audiencias a las que estarían destinados los petroglifos.
Estas pueden haber cambiado en función de las características concretas de cada estación grabada pero también de otras circunstancias que habrían hecho posible que un mismo panel hubiese tenido distintos niveles de signifi cado accesibles a audiencias diversas dependiendo del dominio de ciertos códigos por parte de las mismas.
Estas condiciones habrían sido independientes de las restricciones físicas para la observación de los grabados y podrían haber afectado, por lo tanto, a la totalidad del arte rupestre galaico.
La identifi cación de estrategias para modular el grado de perceptibilidad de los petroglifos hace posible que muchos hubiesen sido voluntariamente ocultados a la mayoría de los potenciales observadores.
La hipótesis alcanza su evidencia más clara en la propia actividad grabadora en el interior de cavidades.
Esta faceta del arte rupestre galaico, no como algo abierto y accesible sino oculto y reservado, obligará a matizar las interpretaciones que han asociado este fenómeno a un papel de marcador del paisaje prehistórico y a un mecanismo de interacción y mediación entre las distintas comunidades que lo habitaron.
Consideramos que, en el Noroeste, la ausencia de arte en el interior de abrigos se ha debido, fundamentalmente, a la falta de su búsqueda específi ca del mismo por parte de los investigadores, en la idea de que el arte rupestre de esta región se había confi gurado como un fenómeno exclusivamente al aire libre.
Es posible que a partir de la publicación de este artículo aparezcan nuevos ejemplos en otros puntos de Galicia.
Las investigaciones que han hecho posible este artículo han sido llevadas a cabo en el marco del proyecto Ocupación do Espazo e Modificación do Entorno na Península do Barbanza durante a Prehistoria Recente.
Os petroglifos de Porto do Son, fi nanciado por el Ministerio de Ciencia y Tecnología y la Dirección Xeral de Investigación e Desenvolvemento de la Consellería de Innovación, Industria e Comercio de la Xunta de Galicia.
Así mismo, agradecemos profundamente a José Cernadas Sande, descubridor del abrigo de Outeiro de Rixidores, su valiosa |
En este trabajo se examina el fenómeno de la permanencia temporal de los monumentos megalíticos en el Suroeste de la Península Ibérica durante la Edad del Bronce y la Edad del Hierro.
En primer lugar se describen distintos casos documentados, detallándose las circunstancias específicas de cada uno de ellos (cronología, ritual funerario, localización espacial, etc.).
En segundo lugar se propone una interpretación del diferente significado ideológico y social que para las formaciones sociales del II y I milenio ANE pudo tener la utilización de viejos monumentos megalíticos.
Una de las más relevantes aportaciones epistemológicas que el análisis de la dimensión territorial y paisajística de las sociedades prehistóricas a través de la Arqueología ha recibido en la última década es que, dada una comunidad humana cualquiera, el Pasado es un elemento tan constitutivo e integrante del entorno como lo son sus elementos físicos o los vecinos humanos.
Diversos dispositivos son utilizados por las sociedades prehistóricas para anclar el tiempo en el espacio: desde la acción toponímica (el acto consciente de dar nombre a los eventos y elementos de la naturaleza) hasta la monumentalización de la naturaleza mediante construcciones concebidas con voluntad de presencia, visibilidad y permanencia.
La arquitectura monumental megalítica de la Prehistoria europea ha comenzado a ser interpretada (*) Dpto. de Prehistoria y Arqueología.
C/ María de Padilla s/n.
en su dimensión de permanencia temporal, ya que la utilización continuada de monumentos megalíticos como lugares sagrados y de enterramiento por parte de comunidades de la Edad del Bronce y de la Edad del Hierro, e incluso después de la extensión del imperio romano primero y el cristianismo después, es un fenómeno ampliamente constatado por toda Europa occidental.
Aunque los monumentos pueden cambiar de forma, el núcleo de la ideología religiosa que los sustenta puede resistir durante largos periodos de tiempo, siendo interpretado y re-interpretado por sucesivas generaciones de acuerdo con las condiciones sociales imperantes: la potencia ideológica del Pasado se expresa en el mantenimiento de viejas tradiciones arquitectónicas o en pautas novedosas de asimilación de antiguos monumentos (O'Brien 2002: 155).
En la Prehistoria de la Península Ibérica, distintos trabajos han comenzado a aportar datos que permitirán algún día establecer el alcance de la continuidad y la vigencia de los conceptos arquitectónicos y espaciales fijados por las primeras sociedades campesinas entre las sociedades de la Edad del Bronce y la Edad del Hierro.
La vigencia de los monumentos megalíticos construidos dentro del IV y III milenios como marco o escenario de las prácticas de reproducción ideológica de las sociedades"post-megalíticas" ha comenzado a sus-citar interés (Beguiristáin Gúrpide y Vélaz Ciaurriz 1999; Mañana Borrazás 2003; Lorrio Alvarado y Montero Ruiz 2004).
Este trabajo pretende contribuir a esta línea de análisis mediante una revisión no exhaustiva de la casuística conocida para el Suroeste de la Península Ibérica, mostrando que la permanencia y la continuidad del fenómeno megalítico es, a través de complejas dinámicas no lineales de continuidades y transformaciones sociales e ideológicas, más profunda y estable de lo que se ha supuesto hasta la fecha.
Este artículo resulta de un conjunto de reflexiones teóricas y constataciones empíricas derivadas de los trabajos realizados como parte de un proyecto de investigación, actualmente en curso, que las universidades de Sevilla y Southampton están llevando a cabo en relación con los paisajes megalíticos de Sierra Morena occidental y que entre los años 2000 y 2002 ha supuesto la realización de una serie de campañas de trabajo de campo (prospección y excavaciones) en Almadén de la Plata (Sevilla) (García Sanjuán y Vargas Durán 2002; García Sanjuán y Vargas Durán 2004; García Sanjuán et al. 2004; García Sanjuán y Wheatley 2005).
Dentro del planteamiento teórico a partir del cual esta investigación fue comenzada se distinguían tres problemas básicos susceptibles de contrastación en relación con la dimensión socio-económica e ideológica del megalitismo, referidos como presencia, inmanencia y permanencia (García Sanjuán 2000).
La tercera de ellas pretendía precisamente examinar la proyección de las construcciones megalíticas en el tiempo, considerando su papel en los procesos de cambio y continuidad social, cultural e ideológica que se producen durante los milenios II y I ANE (Fig. 1).
EVIDENCIAS PARA UN NUEVO ENFOQUE
Fases iniciales de la Edad del Bronce
Los casos actualmente documentados de utilización funeraria y ceremonial de monumentos megalíticos durante la Edad del Bronce en el Suroeste de la Península Ibérica son relativamente numerosos y ofrecen una significativa diversidad de pautas.
La tabla 1 muestra algunos de los sitios que son objeto de análisis en este trabajo, describiendo sus características básicas.
El análisis de la morfología y métodos de construcción no es por sí (al menos en la actualidad) lo suficientemente exacto como para permitir diagnosticar el momento preciso de construcción y uso de numerosos megalitos que podrían ser considerados tardíos.
El apoyo de la cronología absoluta a este respecto es bastante limitado, ya que las dataciones radiocarbónicas de sitios megalíticos del Suroeste son escasas.
La tabla 2 muestra que el interfaz más temprano entre enterramientos colectivos e individuales se produce en el Suroeste entre c.
2000 y 1900 cal ANE, donde existen contenedores megalíticos recientes como los tholoi de La Pijotilla y Huerta Montero (Badajoz), los sepulcros megalíticos de Cabeçuda, Joaninha, en la cuenca del Sever, y el Anta dos Tassos (la datación de esta última no obstante tiene una desviación estándar demasiado grande), mientras que los contenedores individuales más antiguos vienen representados por los casos de Herdade do Pomar, La Traviesa y Setefilla (asumamos que el enterramiento triple de este último sitio constituye más un grupo de tres inhumaciones individuales que un enterramiento colectivo).
Nótese que en estas tres necrópolis se han identificado ajuares de prestigio guerrero que se cuentan entre los de máximo estatus social de toda la Edad del Bronce en el Suroeste peninsular (García Sanjuán 1999: Tabla 34).
Aunque por el momento no hay fechas absolutas de enterramientos individuales (en cista o en fosa) anteriores a c.
2000 ANE, en la pequeña muestra de dataciones mostrada en la tabla 2 hay al menos tres casos de enterramientos colectivos dentro del II milenio ANE.
De ellas, dos corresponden a monumentos megalíticos que muestran signos de utilización dentro de la Edad del Bronce (Anta das Tab.
Continuidad en el uso de monumentos megalíticos durante la Edad del Bronce (c.
Castellanas y Anta dos Tassos) y una tercera a la necrópolis de covachas y fosas de Loma del Puerco (Cádiz), que es objeto de comentario más adelante.
Naturalmente, estas fechas radiocarbónicas podrían estar señalando simplemente el uso continuado de viejas cámaras construidas durante el Neolítico o la Edad del Cobre y no necesariamente la construcción ex novo de monumentos megalíticos en momentos avanzados del II milenio (de hecho, la procedencia y carácter de las muestras sobre las que se realizaron esas fechas concretas no sirven para datar el momento fundacional de los monumentos).
Sin embargo, diversos casos no corroborados por cronologías absolutas sugieren que, como es el caso de otras regiones atlánticas, la erección de monumentos megalíticos pudo continuar en cierta medida durante la Edad de Bronce también en el Suroeste peninsular.
Un buen ejemplo de ello lo constituyen las 3 cámaras colectivas identificadas en Guadajira (Badajoz) (Hurtado Pérez 1985; Hurtado Pérez y García Sanjuán 1996).
En esta necrópolis se registran cámaras circulares parcialmente excavadas en la roca y cubiertas por una falsa cúpula, una arquitectura análoga a la de numerosos monumentos de tipo tholos del Suroeste (García Sanjuán y Hurtado Pérez 2002), utilizadas como enterramientos colecti-vos, ya que en todas ellas se identificaron varios individuos (6 en la Tumba 1, 11 en la Tumba 2 y 2 en la Tumba 3), a pesar de que en el momento de su excavación ya se encontraban muy gravemente expoliadas y destruidas.
Los ajuares de estas cámaras son bastante inequívocos en cuanto a su cronología, que debe situarse en la primera parte del II milenio.
Un caso semejante se encuentra en el sitio de El Carnerín (Alcalá del Valle, Cádiz) (Martínez Rodríguez y Pereda Acién 1991).
En este caso se registró un contenedor funerario que por su morfología y dimensiones (2,45 m. de largo por 1,35 m. ancho) es descrito por sus excavadores como "megalítico" (Fig. 8).
De hecho, de acuerdo con su tamaño y factura se encuentra a medio camino entre un pequeño dolmen de galería y una cista de gran tamaño (otras estructuras parecidas encontradas en el Suroeste de España han sido denominadas "cistas megalíticas").
Más allá de la pura cuestión semántica, es sumamente significativo que la estructura tenga un carácter colectivo (se identificaron restos de al menos 8 individuos), mientras que al mismo tiempo varios de los objetos de los ajuares, sobre todo dos brazaletes y un hilo de plata, indiquen claramente que su cronología es coetánea de los ajuares de cistas individuales de la Edad del Bronce de Sierra Morena occidental o el Sureste.
En este caso, un grupo humano contemporáneo de los constructores de cistas individuales practica un ritual funerario que evoca claramente a los enterramientos colectivos megalíticos.
Construcción de contenedores individuales morfológicamente afines a los contenedores colectivos megalíticos.
La segunda pauta de permanencia del megalitismo en el Suroeste peninsular se expresa en la imitación o evocación de la arquitectura megalítica en ciertos contenedores funerarios individuales (y por tanto más propiamente definitorios de lo que, desde un punto de vista arqueográfico se considera propio de la Edad del Bronce).
En algunas de las necrópolis de cistas individuales de la primera parte del II milenio mejor conocidas del Suroeste de España se han identificado estructuras con unas dimensiones y una morfología que, como la de El Carnerín, se aproximan al concepto de galería dolménica.
(Amo y de la Hera 1975), situados en el Norte de la provincia de Huelva, así como también de la cista número 5 de La Traviesa (3,25 × 1,30 m.), que se encuentra en el municipio de Almadén de la Plata (Sevilla) (García Sanjuán 1998).
Aunque morfológicamente estos tres contenedores funerarios son semejantes a El Carnerín, existen dos diferencias básicas de carácter contextual y funcional.
Primero, las cistas de El Castañuelo, El Becerrero y La Traviesa son parte de una agrupación de cistas, mientras que El Carnerín aparece aislada.
De hecho, esos tres contenedores destacan dentro de sus respectivas necrópolis (siempre en torno a la treintena de unidades) por su gran tamaño, muy por encima de las dimensiones estándar de las cistas (que suele ser de aproximadamente 1,00 m. de longitud por 0,50 m. de anchura).
En segundo lugar, El Carnerín es claramente un enterramiento colectivo, mientras que, por lo que sabemos, las grandes cistas de El Castañuelo, El Becerrero y La Traviesa debieron ser individuales.
Ciertamente, las dos primeras se encontraron ya expoliadas, por lo que se desconoce la cantidad de individuos en ellas depositados o el carácter de sus ajuares.
Pero en la tercera, la cista 5 de La Traviesa, se identificó un ajuar compuesto por dos recipientes cerámicos y una alabarda de cobre arsenicado asociado a restos humanos de un único individuo (adulto masculino), que destaca así como una persona de elevado estatus social dentro de las comunidades de la Edad del Bronce del Suroeste de Es-paña.
Si asumimos que las cistas de gran tamaño de las necrópolis de El Becerrero y El Castañuelo también correspondieron a los de los líderes de las comunidades que las construyeron, entonces no deja de resultar significativo que los contenedores funerarios de los líderes de estas comunidades evoquen en su morfología las viejas cámaras megalíticas de las formaciones sociales neolíticas y calcolíticas.
Esta cuestión, y su posible significado en términos de los procesos de jerarquización social en la Prehistoria Reciente del Suroeste, es abordada de nuevo en la sección de conclusiones de este trabajo.
Una tercera pauta que manifiesta la continuidad del megalitismo entre las comunidades del II milenio a.n.e. se define por la re-utilización funeraria o votiva de viejos monumentos megalíticos.
Dos de los casos más interesantes del Suroeste se encuentran en la necrópolis de El Gandul, situada a caballo de los términos municipales de Alcalá de Guadaira y Mairena del Alcor, en la provincia de Sevilla.
Esta necrópolis es parte de un área de asentamiento que muestra un dilatado arco de ocupación desde al menos el III milenio a.n.e. hasta época romana (Pellicer Catalán y Hurtado Pérez 1987).
En al menos dos de sus enterramientos megalíticos, ambos de tipo tholos, se han identificado pautas de utilización que pueden ser consideradas propias de la Edad del Bronce.
En el tholos de Las Canteras se identificaron cuatro inhumaciones individuales en covacha ubicadas dos a dos a ambos lados del corredor del monumento megalítico y horadando su túmulo (Hurtado Pérez y Amores Carredano 1984: 156) (Fig. 3).
De ellas, la denominada Tumba 1 contenía un individuo orientado hacia el Este, provisto de un cuenco cerámico y un puñal de cobre como ajuar, y había sido sellada con dos losas de piedra alberiza procedentes de la cubierta del propio corredor del tholos.
La Tumba 2 contenía asimismo un único individuo orientado hacia el Sur provisto de un vaso cerámico y un brazalete de arquero en pizarra.
En el caso de la Tumba 3 se identificaron escasos restos humanos de orientación no identificable acompañados de un cuenco de cerámica.
Finalmente, en la Tumba 4 no se identificaron restos humanos, consistiendo el ajuar en un simple cuenco cerámico.
Un caso análogo al de Las Canteras se da en el cercano monumento megalítico de Cueva del Vaquero, que fue excavado originalmente por G. Bonsor y que permaneció inédito hasta la publicación del trabajo de G. y V. Leisner sobre megalitismo en el mediodía peninsular (1943: 196-213).
Aunque las circunstancias y condiciones del hallazgo original son poco precisas, de acuerdo con la revisión de los hallazgos campaniformes de la necrópolis de El Gandul efectuada recientemente por M. Lazarich González y M. Sánchez Andreu (2000: 331), Bonsor identificó en el exterior del tholos de Cueva del Vaquero tres inhumaciones.
La primera de ellas constaba de un individuo en posición flexionada con los brazos cruzados sobre el pecho y provisto de un ajuar integrado por una vasija globular y un punzón de cobre, que se ubicaba encima de la cubierta, entre las lajas primera y segunda de la entrada a la sepultura.
Según los escritos de Bonsor, este enterramiento debió realizarse una vez que el monumento megalítico había quedado abandonado y se había colmatado.
Las otras dos inhumaciones se encontraban a menos de 2 metros de la entrada al tholos, reduciéndose sus ajuares a algunos fragmentos de vasijas cerámicas.
Un caso semejante de utilización del espacio exterior (tumular) de un monumento megalítico, aunque con un carácter aparente más votivo que funerario, ocurre en el Dolmen de La Pastora (Valencina de la Concepción, Sevilla), con un depósito de 29 puntas de jabalina que han sido objeto de varios estudios tecno-tipológicos (Almagro Basch 1962; Montero Ruiz y Teneishvili 1996; Mederos Martín 2000) (Fig. 4).
Las circunstancias del hallazgo de este depósito son de nuevo imprecisas.
El Dolmen de La Pastora, fue descubierto en 1860 en el transcurso de trabajos agrícolas, siendo F. M. Tubino quien realizó la primera descripción arqueológica del monumento en 1868.
Aunque otros especialistas se han ocupado desde entonces del mismo, el hecho es que existen muchos aspectos de esta monumental construcción que no están en absoluto bien explicados (y probablemente nunca lleguen a estarlo, ya que, desafortunadamente, las condiciones deposicionales presentes en este monumento en el momento de su hallazgo no fueron registradas de forma sistemática).
A este respecto, Almagro Basch (1968: 7) expone que "según las actas de entrega que se conservan en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid, las dos flechas donadas por Tubino fueron recogidas entre la tierra que recubría una gran piedra que estaba inmediata al dolmen; [mientras que] las doce del Museo Arqueológico Nacional de Madrid y las catorce del Museo de Sevilla fueron encontradas en la pendiente occidental de la colina o túmulo que cubría el dolmen, parece ser en una urna de cerámica debajo de otra piedra" (1).
Para M. Almagro Basch (1962: 8) la localización de este conjunto de piezas en el exterior del monumento megalítico se explica como resultado del expolio de los depósitos y ajuares de su interior (simple-Fig.
Tholos de Las Canteras (El Gandul, Alcalá de Guadaira, Sevilla) y tumbas en covacha asociadas.
(1) Montero Ruiz y Teneishvili (1996:76) explican las razones de la discrepancia entre las 29 puntas que se conocen actualmente y las 28 que resultan del recuento de Almagro Basch.
mente habrían sido arrojadas al exterior al no considerarse valiosas).
Sin embargo, como señalan I. Montero Ruiz y T. O. Teneishvili (1996: 74), esta explicación es bastante insatisfactoria, no solo por que es improbable que una colección tan numerosa de piezas acabase, de forma aleatoria y conjuntamente, en un recipiente cerámico debajo de una piedra en medio de lo que supuestamente era un desordenado saqueo, sino por que no está tan claro que las mismas careciesen por completo de valor para los supuestos saqueadores.
Aparte, existen precedentes y registros empíricos suficientes como para contemplar la posibilidad alternativa de una ofrenda exterior.
La excepcionalidad técnica y morfológica de este conjunto de piezas en el ámbito de la Prehistoria Reciente de la Península Ibérica (Montero y Teneishvili 1996: 87), no viene sino a subrayar la propia singularidad del monumento en sí, dadas sus dimensiones (con 43 metros, presenta el corredor más largo documentado hasta la fecha en el megalitismo peninsular) y otros aspectos, entre los cuales no destacan menos la propia escasez o ausencia de depósitos funerarios (que sugiere una funcionalidad más ampliamente ritual y cultual que exclusivamente mortuoria), su orientación astronómica, completamente extraña a la pauta general de los megalitos ibéricos (Hoskin 2001: 79) o el mismo hecho de que a partir de un cierto momento su entrada fuera sellada deliberadamente.
Si asumimos hipotéticamente que el grupo de jabalinas representa en efecto una deliberada ofrenda en el exterior del monumento, sobre su túmulo, entonces podríamos estar ante un caso de utilización continuada de este espacio megalítico semejante al que se da en los tholoi de Las Canteras y Cueva del Vaquero.
Establecer este punto con una cierta fiabilidad tropieza de inmediato con el problema de la cronología del monumento, que no ha sido establecida por métodos absolutos.
La cronología generalmente aceptada de las cámaras megalíticas con cobertura mediante falsa cúpula del Suroeste se sitúa en la última parte del III milenio ANE.
Por otra parte, se ha propuesto que la tecnología y la morfología de las puntas de jabalina (de las que prácticamente no existen equivalencias en la Península Ibérica, pero que están relativamente bien documentadas en el Próximo Oriente) indica una cronología dentro de la primera parte de la Edad del Bronce (Montero Ruiz y Teneishvili 1996: 80), es decir, entre c.
Si esta cronología es correcta para el depósito de jabalinas y la fecha aproximada de construcción del tholos de La Pastora es de finales de la Edad del Cobre, entonces la deposición de la ofrenda habría podido haber tenido lugar poco tiempo después de la construcción del monumento.
Por otro lado, las excavaciones llevadas a cabo en 1991-1992 en el acceso de La Pastora mostraron que el sello con el que en un cierto momento se clausuró la entrada al corredor estaba elaborado con la misma técnica constructiva y el mismo tipo de materiales que las paredes de su largo corredor (Ruiz Moreno y Martín Espinosa 1993: 555).
Ello sugiere que el cerramiento del monumento no se produjo tanto tiempo después de su construcción como para que los arquitectos y constructores hubieran perdido la noción de la técnica originalmente empleada.
Quizás este evento pueda ser conectado con la deposición de las puntas de jabalina en el exterior: una vez que la cámara megalítica de La Pastora queda sellada y amortizada, y por tanto quizás inaccesible, adquiere sentido la ulterior utilización de su espacio exterior para la realización de ofrendas.
Diversos trabajos recientes han comenzado a prestar atención al significado ideológico de los episodios de sellado y clausura de cámaras megalíticas en la Prehistoria peninsular (Mañana Borrazás 2003: 174).
Otras construcciones megalíticas del Suroeste peninsular, sin embargo, sí muestran evidencias de utilización continuada de su espacio interior durante la Edad del Bronce.
En el dolmen de Bola da Cera, situado en Marvão (Alentejo, Portugal), se registraron, bajo un fragmento del ortostato de cabecera de la cámara, dos inhumaciones en decúbito lateral, en posición fetal y orientadas hacia el Este, que mostraban signos de cremación parcial en el abdomen, y que su excavador considera producto de una reutilización de la Edad del Bronce (Fig. 5).
En este monumento, el excavador distingue claramente dos patrones funerarios distintos.
El primero consiste en la deposición de "bolsas con huesos, despojos humanos y ofrendas ya fracturadas" y corresponde con el uso de osario dado al monumento por sus constructores originales durante la Edad del Cobre (Oliveira 1998: 444-452).
El segundo patrón funerario corresponde a la Edad del Bronce y se manifiesta en la rotura de la cabecera del monumento al objeto de introducir dos inhumaciones que fueron sometidas a una cremación parcial dentro de la propia cámara.
De acuerdo con su excavador, se trata de un caso de utilización del dolmen por parte de un grupo humano más tardío que no emplea las mismas claves escatológicas que sus constructores originales.
Por un lado, en la Edad del Bronce no se accede a la cámara megalítica por su entrada, sino mediante una apertura forzada en la cabecera que causa ciertos daños a los ortostatos, lo cual sugiere que el mantenimiento de la cámara había sido ya abandonado largo tiempo atrás y que la misma estaba colmatada y/ o inaccesible.
Por otro lado, el ritual funerario empleado en la Edad del Bronce, la inhumación con cremación parcial in situ dentro de la vieja cámara megalítica, parece ser, al menos en la interpretación del excavador, netamente diferente del uso como osario que se le da en la Edad del Cobre.
En la Tumba 2 de Colada de Monte Nuevo (Olivenza, Badajoz) se identificaron varios objetos de ajuar correspondientes a "enterramientos secundarios" de la Edad del Bronce (Schubart 1973a: 186;1973b).
En este caso no fue posible determinar la pauta funeraria que caracterizaba a este uso tardío de la cámara megalítica, pero la presencia de varios cuencos cerámicos de carena baja (los que Schubart denominó "tipo Atalaia") y de una punta de cobre de pedicelo largo (Fig. 6) destaca tanto en el conjunto del ajuar de la tumba que induce a su excavador a la certeza de que la estructura funeraria megalítica fue objeto de utilización cuando ya se estaban extendiendo los enterramientos individuales en cista.
Un caso análogo se encuentra en el anta número 2 de Texugo (Elvas), donde el espacio interior de la cámara megalítica había sido dividido, mediante un pavimento de piedra, en dos niveles horizontales.
En el nivel superior se encontraron restos de dos individuos inhumados acompañados de un cuenco de cerámica de nuevo de "tipo Atalaia".
Para H. Schubart, este pavimento de piedra separaba el nivel de enterramientos más profundo y antiguo (del periodo de uso original del monumento), del más reciente, de carácter secundario, fechable, a partir de la morfología del cuenco, en la Edad del Bronce (Schubart 1973a: 188;1973b: 29).
Sin cuestionar en principio la interpretación de Schubart, es preciso señalar que, en su discusión original de los hallazgos de esta tumba (Dias de Deus y Viana, 1953: 234-240), los excavadores no citan de forma expresa la posibilidad de que las dos inhumaciones correspondan a una re-utilización de la Edad del Bronce.
Otro hallazgo funerario de la Edad del Bronce Antiguo, descrito como de "re-utilización" de una cámara funeraria megalítica (en este caso de tipo tholos) por sus propios excavadores, se documentó en la Sepultura A del sector denominado Los Cabezuelos del gran asentamiento de la Edad del Cobre de Valencina de la Concepción (Sevilla).
En este tholos se identificó un nivel inicial de utilización colectiva, con al menos 12 individuos, al que se superponen dos inhumaciones individuales en conexión anatómica perfectamente definidas, en términos estratigráficos, como más tardías (Arteaga Matute y Cruz-Auñón Briones 1999: 596).
Uno de los individuos, femenino, carecía de ajuar, mientras que el otro, un varón de entre 30 y 45 años de edad, apareció con un ajuar de prestigio integrado por un puñal de lengüeta y cinco puntas Palmela de cobre (Fig. 7).
Aunque no se han obtenido dataciones absolutas de esta estructura funeraria, los excavadores consideran las dos inhumaciones propias del "horizonte campaniforme y de transición relativa al Bronce Antiguo" (Arteaga Matute y Cruz-Auñón Briones 1999: 596).
Con relativa independencia de su cronología absoluta, parece claro que la separación estratigráfica de los dos enterramientos indi-viduales sugiere que representan un evento funerario posterior al final del uso del sepulcro como enterramiento colectivo.
Una re-utilización funeraria tanto del interior como del exterior de un monumento megalítico se da en la Tumba 2 de Vale de Rodrigo (Évora, Portugal).
En esta cámara, que presenta una larga biografía que se extiende entre los milenios IV y III ANE, se identificó una última fase de utilización en la que se forzó el acceso al interior mediante la extracción de las piedras de la galería, realizándose inhumaciones (en número indeterminado, dada la descomposición de los huesos por la acidez del suelo) y cerámicas que los excavadores consideran de una fase avanzada de la Edad del Bronce (Larsson 1997: 39-40;2000: 451).
El hecho de que también se practicasen enterramientos en el exterior de la cámara sugiere que el papel simbólico y ritual del monumento había experimentado sutiles cambios con respecto a sus constructores y usuarios originales.
A pesar de las necesarias reservas que deban mantenerse ante la fragilidad de los criterios cronológicos que presiden la mayoría de los casos anteriormente citados de uso continuado de monumentos megalíticos durante la primera parte de la Edad del Bronce (y que dependen en muchos casos de valoraciones cronológicas artefactuales poco exactas), parece claro que la extensión y significado de este fenómeno es mayor de lo que se ha supuesto hasta la fecha.
Los casos de monumentos megalíticos del Alentejo en los que se encuentran materiales morfológicamente tardíos (básicamente de la primera parte de la Edad del Bronce) son "frecuentes" para H. Schubart (1973a: 188), mientras que J. M. Oliveira (1998: 487) considera que los depósitos "secundarios" de la Edad del Bronce identificados en monumentos megalíticos de la cuenca del río Sever son "innumerables".
Fases tardías de la Edad del Bronce
La permanencia del fenómeno megalítico entre las poblaciones del Suroeste peninsular durante la segunda parte de la Edad del Bronce manifiesta sutiles pero interesantes variaciones con respecto a lo discutido en la sección precedente.
Como es sabido, en las fases Reciente y Final de la Edad del Bronce el registro funerario de las poblaciones que ocupan las regiones atlánticas de la Península Ibérica se torna por lo general bastante inaprensible desde el punto de vista arqueográfico -ver una buena discusión en Belén Deamos et al. 1991-.
En consonancia con la dificultad de establecer las pautas funerarias predominantes en este periodo, disminuye la cantidad de casos en que viejos monumentos megalíticos aparecen utilizados.
Ello, sin embargo, no quiere decir que haya una ausencia completa de evidencias, puesto que es posible distinguir algunos casos descritos por sus excavadores como de "re-utilización" funeraria del espacio interior en ciertos monumentos megalíticos así como casos de continuismo en los conceptos arquitectónicos, espaciales y escatológicos que rigen la ideología funeraria.
En lo que se refiere a construc-ciones megalíticas ex novo, no hay evidencias para el Bronce Reciente-Final del Suroeste más allá de algunas sospechas mejor o peor documentadas.
Como es bien conocido, en distintas regiones del Mediterráneo como Cerdeña o Grecia la arquitectura megalítica alcanza un importante desarrollo durante la segunda mitad del II milenio a.n.e.
En el caso del Egeo, el contexto social y político en el que el megalitismo se desarrolla es claramente muy distinto al de Europa occidental: la función ideológica y política de los grandes enterramientos megalíticos monárquicos de sociedades estatales palaciales egeas, provistas de medios sofisticados de control burocrático como la escritura, es difícilmente asimilable al que tuvieron los megalitos en las sociedades tribales de variable grado de jerarquización de la Europa atlántica del V al III milenio.
Por otro lado, en otras regiones peninsulares, como el Sureste (Lorrio Alvarado y Montero Ruiz 2004: 104) o la fachada atlántica (Kalb 1987: 102) se han constatado algunos posibles casos de monumentos megalíticos construidos ex novo durante el Bronce Final.
En el conjunto del Suroeste, el único sitio candidato a representar esta pauta cultural sería Roça do Casal do Meio (Calhariz, Setúbal, Portugal) donde, en un monumento megalítico con cobertura en falsa cúpula y un corredor estrecho, se identificaron dos inhumaciones provistas de un conjunto de objetos que por su morfología serían fechables en el Bronce Final (Spindler et al. 1973) o quizás dentro de la I Edad del Hierro (Belén Deamos et al. 1991: 237-240).
No está claro si el monumento de falsa cúpula en sí puede ser datado en el largo periodo estándar de construcción de megalitos (Neolítico, Edad del Cobre), en cuyo caso las inhumaciones del Bronce Final-Edad del Hierro serían una forma de "re-utilización", o si por el contrario podría tratarse de un caso bastante tardío de arquitectura megalítica.
Un caso interesante, que ilustra hasta qué punto conceptos arquitectónicos y escatológicos establecidos en el Neolítico y la Edad del Cobre perduran hasta la Edad del Bronce Final, es el de los sepulcros colectivos de Loma del Puerco (Chiclana de la Frontera, Cádiz), en uno de los cuales se obtuvo una datación radiocarbónica de 2940 ± 90 BP, es decir de 1310-1020 cal A.N.E. (1σ) (Giles et al. 1994; Benítez Mota et al. 1995).
En esta necrópolis se identificaron 6 contenedores funerarios en forma de fosas o covachas (a veces dobles) selladas con lajas de piedra arenisca.
En su interior se identificaron res-tos óseos de varios individuos, algunos en conexión anatómica, aunque la mayoría apareció de forma desordenada, lo que sugiere que eran osarios para la deposición secundaria de huesos humanos.
Los ajuares eran bastante escasos y modestos, con restos de vasijas cerámicas, un brazalete de marfil y un pequeño objeto ornamental de cobre.
Los propios excavadores apuntan el carácter arcaizante de las pautas identificadas en esta necrópolis (Benítez Mota et al. 1995: 94), que ciertamente evoca el tipo de prácticas funerarias que encontramos en Andalucía occidental en monumentos megalíticos y cuevas artificiales del III milenio.
En otros casos se han reconocido posibles "re-utilizaciones" de antiguos monumentos o necrópolis megalíticas durante el Bronce Reciente-Final.
En el interior del tholos de Nora Velha (Ourique, Beja, Portugal) aparecieron varios hallazgos que V. Leisner (1965: 147-149) fechó a finales de la Edad del Bronce.
Concretamente dentro de la cámara se encontraron fragmentos de cerámica a mano pintada, dos urnas, dos cuentas de collar de oro y un trozo de un caldero de bronce.
Años después, otros autores (Schubart 1971: 179; Spindler et al. 1973: 143) discuten este hallazgo y, a partir de las cerámicas a mano con decoración pintada geométrica en el exterior, siguen situando la reutilización de la cámara del tholos a finales de la Edad del Bronce, en los siglos IX-VIII a.n.e., una cronología que Belén Deamos et al. (1991: 242) no cuestionan en su revisión del registro funerario del Bronce Final en la fachada atlántica.
Paradójicamente, en el Sureste peninsular, donde las costumbres funerarias durante el Bronce Antiguo-Medio manifiestan transformaciones sustanciales de los parámetros fijados en el megalitismo, se han documentado casos frecuentes y bastante claros de re-utilización de los espacios interiores de monumentos megalíticos durante el Bronce Reciente-Final.
Un ejemplo conocido desde hace bastante tiempo es el del sepulcro de Domingo 1 de la necrópolis de Fonelas (Granada), en el cual se identificaron dos inhumaciones que reunían un ajuar de prestigio morfológicamente fechable en el Bronce Final y compuesto por 24 pulseras y varias cuentas de collar de bronce.
Uno de los inhumados portaba en sus brazos 22 de las pulseras de bronce, por lo que parece tratarse de un individuo de elevado estatus social (Ferrer Palma y Baldomero 1977; Ferrer Palma 1978).
De acuerdo con la revisión efectuada por E. Ferrer Palma (1978: 184) son al menos 12 los sepulcros megalíticos listados por G. y V. Leisner (1943) dentro de la provincia de Granada que incluyen enterramientos secundarios de cronología posterior.
Similarmente, diversas excavaciones realizadas en la provincia de Málaga durante los años 1980 han deparado casos de reutilizaciones de monumentos megalíticos durante el Bronce Reciente y Final (Suárez Padilla 1992).
Por otra parte, la revisión de documentos de la Colección Siret del Museo Arqueológico Nacional efectuada por I. Lorrio Alvarado e I. Montero Ruiz (2004) eleva a más de 40 el número de dólmenes con evidencia de uso continuado durante la Edad del Bronce.
Es interesante que, de acuerdo con los resultados de esta revisión, la mayor parte de las reutilizaciones se feche en el Bronce Reciente-Final, apareciendo solo una minoría de casos del Bronce Antiguo-Medio, es decir, justo lo contrario de lo que parece ocurrir en el Suroeste peninsular.
Son varias las instancias de utilización de monumentos megalíticos por comunidades de la Edad del Hierro documentadas en el Suroeste peninsular (Tab.
Esta incipiente casuística refleja varias de las pautas culturales que ya han sido mencionadas anteriormente en relación con la Edad del Bronce.
No se ha documentado hasta el momento ningún caso demostrado o probable de construcción de monumentos megalíticos durante la Edad del Hierro del Suroeste.
Es notorio, sin embargo, que numerosas cámaras y construcciones de carácter funerario de este periodo presente elementos formales y conceptuales que se arraigan en la milenaria tradición de la arquitectura funeraria megalítica.
Quizás el caso más conspicuo actualmente conocido de explícita vinculación o evocación de arquitectura megalítica en un espacio funerario del I milenio sea el de Monte da Tera (Pavía, Évora).
Allí se identificaron dos monumentos funerarios de la I Edad del Hierro formados por encanchados de piedra de planta rectangular en cuyo interior se identificaron varias urnas con cremaciones, y que re-utilizaban monolitos que los excavadores creen procedentes de un alineamiento de menhires o de un cromlech neolítico cercano que fue en parte desmantelado y reaprovechado (Rocha 2000: 526).
Un caso análogo se da en la re-utiliza-ción de ortostatos megalíticos decorados en la fachada del posible santuario de la Edad del Hierro de Castro de la Coraja (Cáceres) (Bueno Ramírez et al. e. p.).
Un caso conspicuo lo tenemos en el Dolmen de Palacio III (Almadén de la Plata, Sevilla), explorado dentro del Proyecto El Paisaje de las Grandes Piedras llevado a cabo por las Universidades de Southampton y Sevilla en la Sierra Norte de Sevilla (García Sanjuán 2005; García Sanjuán y Wheatley 2005).
El Dolmen de Palacio III manifiesta una potente continuidad como sitio de carácter sagrado para las comunidades locales de la Edad del Hierro, que lo asimilan dentro de su sistema de reproducción ideológica siguiendo al menos dos pautas distintas de re-utilización, una de carácter funerario y otra de carácter votivo.
La primera de estas pautas se materializa en una estructura funeraria que se ubica espacialmente justo entre el dolmen de galería y el tholos que conformaban el espacio funerario antiguo del III milenio.
Esta estructura funeraria consta de un pequeño encanchado de bloques de piedra que recubre varias lajas dispuestas horizon-talmente, que a su vez sellan una fosa excavada en la roca, dentro de la cual se identificaron restos de una cremación con al menos 2 individuos (García Sanjuán 2005) (Fig. 9).
Dentro de la fosa únicamente se encontraron fragmentos de vasijas cerámicas hechas a mano.
Un caso parecido al del Dolmen de Palacio III se da en la necrópolis de Nora Velha, donde las excavaciones practicadas 1991 permitieron identificar, en torno a un monumento megalítico, un grupo de cinco depósitos funerarios que formaban parte de una necrópolis de incineración activa desde finales de la I Edad del Hierro y utilizada durante un periodo indeterminado de la II Edad del Hierro (Arnaud et al. 1994).
La cremación número 1 de Nora Velha presenta ciertas características análogas a la cremación del Dolmen de Palacio III, pues las cenizas y fragmentos de huesos estaban depositados en una fosa excavada en la roca natural luego recubierta por un encanchado de piedras de planta cuadrangular de 2,08 × 1,62 metros.
En su interior no se encontró ningún ajuar.
Los otros cuatro depósitos Tab.
Continuidad en el uso de necrópolis megalíticas durante la Edad del Hierro (c.
Región Descripción Bibliografía funerarios de esta necrópolis estaban bastante destruidos, aunque parece que su diseño arquitectónico era muy sencillo, como simples fosas abiertas en la roca.
Los únicos ajuares recogidos en ellas fueron restos de recipientes cerámicos, un fragmento metálico (posiblemente de fíbula) y cuatro cuentas de pasta vítrea.
Curiosamente, a escasos 600 metros de la zona funeraria prehistórica de Nora Velha se encuentra una ermita cristiana (Leisner 1965: 147).
Por otra parte, en su revisión de los diarios manuscritos de G. Bonsor, M. Lazarich González y M. Sánchez Andreu (2000: 332) citan un caso de inhumación de época orientalizante en la entrada del sepulcro de Cañada Honda B, en la necrópolis de El Gandul (Alcalá de Guadaira, Sevilla).
Aunque estas autoras no dan detalles relativos al ritual funerario seguido en la misma, en el caso de la necrópolis de El Gandul la relación entre las pautas funerarias de la Edad del Hierro y sus precursoras prehistóricas es compleja, dada la fuerte pervivencia de la ocupación de este asentamiento.
Un caso parecido de solapamiento y permanencia entre una necrópolis megalítica y una posterior necrópolis protohistórica se da en la propia Valencina de la Concepción, concretamente en las proximidades del sector de Los Cabezuelos donde, según se comentó anteriormente, ya se encontraron evidencias de reutilización de un tholos.
En este caso, en un sector donde se da una gran concentración de tholoi de la Edad del Cobre se han registrado dos monumentos funerarios que, según sus excavadores, se datan en la I Edad del Hierro (Arteaga Matute y Cruz-Auñón Briones 2001: 648-651).
De ellos, el enterramiento denominado Tumba 4 pudo ser excavado en su totalidad, comprobándose su mal estado de conservación.
Se trataba de una sepultura de corredor y cámara de tendencia cuadrangular (con dos pequeñas cámaras laterales) orientada al Noreste y cubierto por un túmulo ya muy arrasado.
A pesar de las alteraciones que presentaba, en el nivel del fondo de la cámara de este monumento se identificaron 3 individuos inhumados en conexión anatómica (1 adulto masculino de 22-35 años, 1 adulto femenino de 30-40 años y un niño de 10-12 años) (Arteaga Matute y Cruz-Auñón Briones 2001: 651).
Tanto en Nora Velha como en el Dolmen de Palacio III como en Monte da Tera se identifican casos de contenedores funerarios de la I Edad del Hierro junto a (o en las inmediaciones de) antiguos monumentos megalíticos.
No se han documentado hasta la fecha casos inequívocos de cremaciones o inhumaciones de este periodo dentro de viejas cámaras megalíticas.
El único caso potencial de este tipo de "re-utilización" en el Suroeste es el de El Palmerón (Niebla, Huelva), aunque se trata de un hallazgo bastante antiguo y mal documentado, y por tanto dudoso.
De acuerdo con la descripción de este hallazgo efectuada por M. Torres Ortiz (1999: 64-65), quien retoma referencias y comentarios previos de varios autores, especialmente de Belén Deamos (1995), en este sitio onubense se documentó en 1933 una estructura megalítica de corredor y cámara circular, ya destruida, en la que se recogieron los restos de una única cremación y un abundante ajuar orientalizante compuesto por un jarro piriforme de bronce, una espada y dos puntas de lanza de hierro, una diadema de plata, varias cuentas de oro, restos de cerámica roja y otros objetos metálicos.
A partir de la información actualmente disponible es imposible establecer si se trata de un antiguo monumento megalítico re-utilizado en la Edad del Hierro o si por el contrario se trata de una construcción funeraria megalítica muy tardía.
La segunda de las pautas de re-utilización del Dolmen de Palacio III es de carácter votivo y se manifiesta en la deposición, debajo de uno de los ortostatos caídos del dolmen de galería, de una serie de objetos suntuarios.
Este tesorillo está integrado por cinco objetos metálicos (tres anillos de plata, dos de ellos de forma anular simple y otro con un soporte o base para una piedra u ornamento engastado, una pieza compuesta rota de plata que podría ser un elemento de collar o colgante y un objeto apuntado de bronce, posiblemente una aguja o un pequeño punzón), dos cristales prismáticos de cuarzo y varias cuentas de collar de ámbar.
Aunque no existe ninguna datación absoluta de este conjunto, el estudio de la morfología y la manufactura de las piezas metálicas, actualmente en curso, sugiere que también son de la Edad del Hierro (2).
Este caso constituye un posible episodio de utilización del viejo dolmen de galería con un carácter votivo, no funerario.
Por otra parte, es posible rastrear en la literatura algunos casos de re-utilizaciones de los espacios interiores de cámaras megalíticas e hipogeas (a veces semi-megalíticas) ya dentro de la II Edad del Hierro.
Un ejemplo relevante a este respecto es el de la cueva artificial Antoniana (Gilena, Sevilla),
(2) Comunicación personal del Dr. Mark A. Hunt Ortiz.
fechada genéricamente en la Edad del Cobre (Cruz-Auñón Briones y Rivero Galán 1990; Cruz-Auñón Briones et al. 1992).
En una fosa abierta sobre la parte superior de esta cavidad funeraria se encontró una urna de cerámica decorada con finas líneas rojas conteniendo los restos de una cremación fechable en el siglo III a.n.e. por lo que sería un caso de práctica funeraria turdetana (Escacena Carrasco y Belén Deamos 1994: 246).
Muy semejante es el hallazgo de dos urnas de incineración ibéricas depositadas en el interior de la cámara de un sepulcro megalítico de la necrópolis de El Castillón (Alcalá del Valle, Cádiz), que permanecen inéditas (3).
Igualmente, en las excavaciones practicadas en 1918 en el dolmen de Matarrubilla, de nuevo en Valencina de la Concepción, se identificaron fragmentos de vasos "sencillos de panza esférica o cilíndrica" que su excavador interpreta de época ibérica (Obermaier 1919: 55).
La presencia de estos objetos en el corredor del dolmen es especialmente interesante dado que el mismo apenas deparó material votivo in situ, pues se encontraba, según su excavador, completamente saqueado.
¿Son estos materiales cerámicos producto de "visitas" o "saqueos" del monumento siglos después de su abandono o se explican, por el contrario, como el producto de ofrendas votivas realizadas por gentes de época pre-romana para las que el lugar todavía revestía un carácter sagrado?
Las excavaciones llevadas a cabo no aportaron datos empíricos para soportar una u otra interpretación, pero si algo queda claro de la discusión realizada en las páginas precedentes es que la segunda de las alternativas no debe dejar de ser tenida en cuenta.
MEMORIA, GENEALOGÍA, CONTINUIDADES Y TRANSFORMACIONES: VALORANDO LA PERMANENCIA DE LAS GRANDES PIEDRAS
Los trabajos recientes centrados en la pervivencia de la memoria cultural entre las sociedades de la Prehistoria Reciente europea sugieren que numerosas comunidades de la Edad del Bronce y la Edad del Hierro mantenían vínculos culturales muy activos con sus antepasados a través de pautas complejas de asimilación de los vestigios materiales del Pasado (Bradley 2002).
El megalitismo es un buen ejemplo de ello: como monumentos originalmente construidos con una firme voluntad de presencia y visibilidad en el Paisaje, los megalitos ejercen su influjo a través del tiempo incluso mucho después que la costumbre de construirlos haya desaparecido.
En el Suroeste de la Península Ibérica, las pautas de asimilación y uso de los vestigios monumentales del Pasado parecen ser múltiples.
Sin embargo, los casos de "re-utilización" mediante depósitos votivos o funerarios han sido tradicionalmente considerados excepcionales o anecdóticos.
Con frecuencia, la terminología empleada ha asumido un cierto carácter negativo con respecto a estos usos de los monumentos megalíticos (así, la literatura especializada está llena de "violaciones", "enterramientos parásitos" o "intrusiones").
En relación con la casuística discutida en las páginas precedentes, y visto el tratamiento que ha venido recibiendo este tema en la Prehistoria europea en los últimos años, cabe plantearse hasta qué punto la utilización continuada de monumentos megalíticos en los siglos posteriores al periodo de apogeo de su construcción, en los milenios IV y III a.n.e., es evidencia de sistemas de creencias residuales, o constituye por el contrario un potente fenómeno cultural e ideológico que necesita de mayor atención y de más robustas explicaciones.
Ahora bien, aunque un primer paso significativo se da con la constatación y medición empírica de la presencia que el Pasado tuvo en la vida de las sociedades prehistóricas peninsulares, la verdadera dificultad epistemológica reside en la descripción y explicación de las pautas mediante las cuales aquél fue interpretado, utilizado, controlado y explotado en el contexto de las dinámicas de cambio y continuidad que los sistemas de relaciones sociales de producción experimentaron en la Prehistoria Reciente.
Es decir, aunque sin duda podemos suponer que el Pasado sirvió tanto para subvertir el orden del Presente como para justificar el mantenimiento de formas y esquemas tradicionales de organización social y económica, el reto se plantea en la demostración arqueológica de las formas, extensiones, duraciones y consecuencias que estos procesos tuvieron.
La muestra de datos no sistemática recopilada en este trabajo es demasiado pequeña como para permitir una generalización estadística en este sentido.
Por esta razón, se utilizarán los casos descritos en las secciones anteriores para señalar una serie de hipótesis sobre las que la interpretación de este fenómeno puede avanzar en el futu-
(3) Comunicación personal del Dr. P. Aguayo del Hoyo. ro, cuando la cantidad y calidad de las evidencias de amplíe.
Se examina la cuestión teniendo en cuenta las 6 pautas conocidas de permanencia del megalitismo en los milenios II y I ANE que se desprenden de la discusión precedente, y que aparecen resumidas en la tabla 4.
Cercano y grandioso: el megalitismo a comienzos de la Edad del Bronce
2000 ANE los monumentos megalíticos concebidos como enterramientos u osarios colectivos dejan paulatinamente de ser construidos en el Suroeste y en su lugar aparecen enterramientos individuales diversos, por ejemplo cistas.
Ahora bien, como sugiere la tabla 3, este proceso es gradual y no tiene el mismo alcance entre todas las comunidades, mostrando matices y peculiaridades bastante significativas.
a) Construcción ex novo de contenedores funerarios megalíticos y colectivos.
En algunos casos se han identificado enterramientos u osarios colectivos de la Edad del Bronce que sugieren que la ideología funeraria comunalista propia de las sociedades del Neolítico y la Edad del Cobre en el Suroeste dista de haber desaparecido por completo.
Al me-nos dos de las escasas dataciones radiocarbónicas disponibles para el registro funerario del II milenio en el Suroeste corresponden a cámaras megalíticas (Anta dos Tassos y Anta das Castellanas).
Por otra parte, los enterramientos colectivos y de morfología megalítica de El Carnerín o Guadajira no han sido fechados por dataciones absolutas, pero son claramente coetáneos de los enterramientos individuales en cista de la Edad del Bronce.
Algunos de los conceptos escatológicos utilizados por los constructores de estas tumbas sugieren la pervivencia de las raíces ideológicas comunalistas presentes en el megalitismo.
Los enterramientos de Guadajira parecen representar un patrón funerario de transición entre la jerarquización comunalista propia de los constructores de megalitos y la jerarquización más individualista reflejada en las necrópolis de cistas.
Esta pauta es evidentemente la que de forma más directa demuestra la permanencia de rasgos fundamentales de la ideología funeraria del megalitismo entre las sociedades de la Edad del Bronce ¿Hasta qué punto se mantiene en el Suroeste la construcción de cámaras funerarias colectivas de carácter megalítico durante el II milenio?
¿Se trata de un fenómeno esporádico y marginal, o por el contrario constituye una norma cultural bastante extendida, como ocurre entre otras comunidades de las Tab.
Pautas de permanencia del megalitismo en el II y I milenios a.n.e. en el Suroeste.
Pauta Edad del Bronce Antiguo-Medio
Edad del Bronce Reciente-FInal Edad del Hierro regiones atlánticas europeas?
Por el momento, las evidencias discutidas en este trabajo no son concluyentes, por lo que probablemente la actitud más rigurosa es suspender la respuesta a esas preguntas, manteniendo no obstante una actitud abierta al respecto.
Ciertamente, la idea que se va abriendo paso en los últimos años es que la aparición de los enterramientos individuales hacia comienzos del II milenio en el occidente peninsular no supone el abrupto final de la construcción de megalitos (Bueno Ramírez 1994: 75; 2000: 65 y 74). b) Reproducción/evocación de la arquitectura megalítica en contenedores individuales.
Una se-gunda vía, más sutil, por la que los conceptos funerarios del megalitismo parecen expresar su permanencia entre las comunidades de la Edad del Bronce es el mantenimiento o emulación de la tradición arquitectónica en contenedores de carácter individual.
Esta pauta se manifiesta en necrópolis de enterramientos individuales en cista como La Traviesa, El Castañuelo o El Becerrero, donde al menos uno de los contenedores presenta una morfología y una técnica constructiva que lo aproxima a la noción de "galería dolménica", aunque tan solo haya habido un individuo enterrado en su interior.
En menor medida, otras necrópolis de la primera parte de la Edad del Bronce del Suroeste, como por ejemplo Atalaia, Provença o Alfarrobeira, evocan en su diseño (cistas rodeadas de anillos de piedra y cubiertas por un túmulo) la forma de los viejos monumentos megalíticos.
El hecho de que en estas necrópolis los grupos de cistas se agrupen físicamente mediante anillos de piedra tangentes, formando un sistema en panal, sugiere fuertemente la permanencia de los lazos y vínculos clánicos como elemento de cohesión de la comunidad y marco de la organización social.
La pauta b) no comporta una vinculación genealógica directa, pero parece sugerir que el poder de los líderes de las comunidades de La Traviesa, El Castañuelo o El Becerrero se expresa en una materialidad conceptualmente vinculada a un Pasado donde las cámaras megalíticas eran resultado de un esfuerzo comunal y eran utilizadas como enterramiento colectivo donde las distintas unidades parentales (o, por extensión, todo el tejido social) se fundían a menudo en un todo indistinguible.
Y no debemos olvidar que los tres enterramientos citados se ubican dentro de la franja de máxima jerarquización que muestra el registro funerario del II milenio en el Suroeste de España.
Ello supone un fuerte contraste con lo que acontece en la formación social argárica, donde la ideología funeraria experimenta fuertes transformaciones en la Edad del Bronce (extensión de los enterramientos bajo viviendas, acumulación de objetos de prestigio metálicos por parte de individuos concretos, menor frecuencia de re-utilización de monumentos megalíticos) y apoya la tesis de que, en el Suroeste, la transición a la Edad del Bronce supone una considerable disgregación del sistema comunalista de organización social de la Edad del Cobre, pero no una transición a la estratificación social (García Sanjuán 1999: 266-271).
c) Uso funerario de espacios exteriores.
En otras ocasiones, las comunidades de la Edad del Bronce utilizaron el espacio exterior de viejos monumentos megalíticos (túmulos y atrios), que podían ya encontrarse sellados, colmatados o inaccesibles por la falta de mantenimiento (o por su clausura intencional), para realizar inhumaciones.
En la provincia de Sevilla, los tholoi de Las Canteras, la Cueva del Vaquero y La Pastora muestran evidencias de re-utilización exterior durante los primeros siglos de la Edad del Bronce, aunque con significativos matices diferenciadores: mientras en los dos primeros se practican inhumaciones sobre el túmulo, en La Pastora tan solo se deposita una ofrenda votiva.
En realidad, el sentido de esta utilización del espacio exterior de La Pastora parece coincidir con el de la cámara megalítica en sí, la cual, más que (o además de como) un mausoleo (digamos depósito de cadáveres u osario), pudo haber funcionado como un templo. d) Uso funerario de espacios interiores.
En otros casos, los enterramientos se realizan en el propio interior de las cámaras megalíticas, como ocurre en Bola da Cera, Texugo, Colada de Monte Nuevo, Vale de Rodrigo o Los Cabezuelos.
En algunos de los ejemplos conocidos ello supone forzar el acceso a cámaras que se encuentran selladas o colmatadas, pero no puede descartarse que en otros casos los viejos monumentos megalíticos hayan sido objeto de un mantenimiento que permita utilizar sus accesos y entradas.
Las pautas c) y d) sugieren con claridad la conciencia y memoria que las comunidades de la Edad del Bronce tienen con respecto al significado de los viejos monumentos megalíticos.
Junto con la extensión del ritual individual de enterramiento, un factor claro de diferenciación funeraria con respecto a las antiguas sociedades constructoras de megalitos, muchas comunidades mantienen una fuerte afinidad genealógica e identitaria con sus antepasados, buscando deliberadamente enterrar a sus difuntos encima o dentro de unas ancestrales cámaras megalíticas cuya existencia no se ha, ni mucho menos, olvidado.
Tanto en Las Canteras como en Cueva del Vaquero se da una utilización del espacio exterior (principalmente tumular) del monumento megalítico una vez que éste parece haber quedado abandonado y/o colmatado (quizás es inaccesible), pero en otros casos, como Bola da Cera, los enterramientos son practicados en el interior de las cámaras megalíticas, incluso si ello supone forzar una parte de su arquitectura.
Es probable que numerosos casos de re-utilización del interior de los megalitos que no supusieron un destrozo en su arquitectura hayan pasado desapercibidos a sus excavadores.
Estos casos de re-utilización pueden representar una voluntad explícita de vinculación genealógica con el Pasado: quizás determinados grupos o individuos de la Edad del Bronce se consideran vinculados por consanguinidad con los linajes o clanes específicos supuesta o realmente enterrados en determinadas cámaras megalíticas.
La articulación espacial de numerosas necrópolis sugiere la importancia que el marco clánico o parental sigue teniendo en la ideología funeraria de algunas comunidades de la Edad del Bronce.
Una explicación alternativa sería que determinados grupos o individuos de la Edad del Bronce buscan vincularse a cámaras funerarias antiguas para incrementar su prestigio y poder.
En este sentido, sin embargo, hay que señalar que casi ninguno de los enterramientos de las fases iniciales de la Edad del Bronce que se adosan o introducen en viejos monumentos megalíticos contiene ajuares de prestigio.
La inhumación del "guerrero" de la Tumba A de Los Cabezuelos es la única que, por la asociación de artefactos de prestigio que presenta, se podría insertar en la franja de estatus social elevado de la Edad del Bronce en el Suroeste (García Sanjuán 1999: 214-220).
Las inhumaciones "secundarias" en las cámaras megalíticas de Las Canteras, Cueva del Vaquero o Bola da Cera carecen de ajuares de prestigio significativos.
Esta constatación sugiere que entre las sociedades de comienzos del II milenio ANE la invocación ideológica al Pasado pudo hacerse como mecanismo de re-afirmación y legitimación genealógica más que con el fin de reforzar una posición social personal de liderazgo u ostentación de poder (fin con el que indiscutiblemente el Pasado ha sido instrumentalizado con gran frecuencia).
e) Uso votivo de espacios exteriores.
Una quinta pauta identificada es la deposición de ofrendas en el exterior de las cámaras funerarias megalíticas.
En este caso, el único ejemplo claro parece ser el del depósito de puntas de jabalina hallado en el gran túmulo de La Pastora.
Aunque las circunstancias de este hallazgo distan de ser claras, no parece que dichos objetos se asociaran a un enterramiento, por lo que podrían ser interpretados como un depósito votivo.
La falta de atención que muchas excavaciones antiguas de monumentos megalíticos prestaron a las estructuras tumulares ha podido suponer que otros casos semejantes hayan pasado desapercibidos.
f) Uso votivo de espacios interiores.
No se cono-ce ningún caso inequívoco, aunque Colada de Monte Nuevo y Vale de Rodrigo podría representar esta pauta de re-utilización En conjunto, la permanencia del megalitismo en la ideología de las sociedades las fases iniciales de la Edad del Bronce del Suroeste debe ser valorada dentro de un proceso general de evolución de los sistemas de reproducción ideológica que comporta tanto continuidades como cambios.
Entre las continuidades destacan la utilización de cuevas naturales como lugares de enterramiento y culto, o sutiles formas de pervivencia de la ideología funeraria comunalista (en las necrópolis en panal, en cistas que a veces evocan la morfología de la grandes cámaras megalíticas y es posible que en algunos monumentos megalíticos construidos ex novo), así como la deliberada voluntad de dar continuidad al uso de los monumentos del Pasado.
Entre las transformaciones o rupturas, quizás las más evidentes sean la des-monumentalización generalizada de los espacios funerarios (ahora mucho menos visibles), la individualización de la persona en la muerte, la creciente asociación del liderazgo social a las armas y ornamentos personales metálicos (ajuares de guerrero) y la abrupta desaparición de las representaciones sagradas de bulto redondo (ídolos).
Vientos de cambio: el megalitismo en las fases finales de la Edad del Bronce
La identificación de las pautas a través de las cuales los monumentos megalíticos son asimilados culturalmente durante la Edad del Bronce Reciente y Final resulta ser un problema más complejo.
En este caso, la contrastación de las pautas de vinculación a la materialidad del "pasado megalítico" que se han citado anteriormente resulta de la siguiente forma: a) Contenedores funerarios megalíticos y colectivos.
El único caso "candidato" de monumento megalítico construido ex novo en el Bronce Reciente-Final es el de Roça do Casal do Meio, pero no existen datos empíricos firmes para establecer la fecha de su construcción.
La necrópolis de Loma del Puerco supone el único caso confirmado de enterramientos colectivo en línea con la práctica propia de las sociedades del Neolítico y la Edad del Cobre.
La escasez y pobreza de los ajuares de esta necrópolis subraya la pauta de indiferenciación entre individuos que siguió esta comunidad en su práctica funeraria.
En este caso la arquitectura de los enterramientos no es tanto evocadora del megalitismo como de los enterramientos en cueva artificial del III milenio ANE. b) Reproducción/evocación de la arquitectura megalítica en contenedores individuales.
El único caso candidato a representar esta pauta en el Bronce Final es Roça do Casal do Meio, pero, como se discutió anteriormente no es posible descartar que se trate de una pauta d).
No se conocen casos de que ilustren las pautas c) y e), de uso votivo o funerario del exterior de antiguos monumentos megalíticos.
En cambio, Nora Velha (y quizás Roça do Casal do Meio) representaría un ejemplo de pauta d), es decir, re-utilización funeraria del interior de un megalito.
Finalmente, tampoco se ha documentado ningún caso inequívoco de uso votivo de espacios interiores (pauta f).
Por tanto, en el conjunto del Suroeste, Nora Velha y Roça do Casal do Meio representan los únicos casos hasta ahora constatados (o probables) de un uso continuado de monumentos megalíticos durante la fase final de la Edad del Bronce.
La frecuencia de re-utilizaciones parece disminuir con respecto al Bronce Antiguo-Medio.
Ahora bien ¿supone ello una progresiva pérdida de vigencia de la ideología asociada al megalitismo en la memoria colectiva de las poblaciones locales?
¿Una desvinculación genealógica del pasado megalítico?
Ciertamente podría darse este caso.
En general es difícil definir las pautas de comportamiento funerario de estas poblaciones durante los últimos siglos del II milenio y los primeros del I milenio (Belén Deamos et al. 1991), pero ello no quiere decir que no existan trazas materiales de las mismas.
Los enterramientos semi-colectivos en covacha o fosa de Loma del Puerco son un ejemplo.
Otro ejemplo es la probable continuidad de la práctica de enterramientos en cista.
En el Sur de Portugal una amplia serie de necrópolis de cistas (en su mayoria, cierto es, pobremente documentadas) han venido siendo atribuidas al Bronce Reciente-Final; tal es el caso de Santa Vitoria, Odivelas, Medarra y otras de las compiladas por Schubart a principios de los 1970 (Schubart 1975), así como Pessegueiro (Tavares y Soares 1979;1981) Quiteira (Tavares y Soares 1981) o Ervidel (Arnaud 1992).
Por otra parte, algunos enterramientos concretos de necrópolis genéricamente adscritas al periodo anterior como Atalaia (Schubart 1975) o Provença (Farinha et al. 1974a;1974b; Tavares y Soares 1981) han sido considerados tardíos.
La evidencia más sustancial a este respecto procede precisamente de Atalaia, donde una fecha de radiocarbono del enterramiento 7 del grupo IV dio un resultado de 990-850 ANE (1σ) (Schubart 1975: 170).
El registro funerario de las poblaciones del Bronce Reciente y Final en el Suroeste ibérico es complejo y multiforme.
Posiblemente hubo un uso extendido de pautas funerarias que no dejan trazas materiales evidentes, lo cual exige contemplar la posibilidad de que también algunas re-utilizaciones de dólmenes habidas en este periodo sean más difíciles de registrar arqueográficamente.
A este respecto, hay que tener en cuenta que a este problema se le ha prestado por lo general poca atención.
La reciente revisión de excavaciones antiguas del Sureste peninsular (Lorrio Alvarado y Montero Ruiz 2004) enfatiza el alcance de la reutilización de megalitos a finales del II milenio y comienzos del I milenio.
Si la atribución de enterramientos en cista al Bronce Final se confirma algún día mediante dataciones radiocarbónicas, entonces probablemente se identificarán casos en los que la morfología y la arquitectura de los contenedores evoca el pasado megalítico, al igual que ocurre en las necrópolis de cistas del Bronce Antiguo-Reciente.
Por otra parte, ni la construcción ex novo de contenedores funerarios colectivos ni la deposición de ofrendas y muertos en espacios exteriores o interiores de viejos megalitos constituyen las únicas vías en que la dimensión de permanencia de los monumentos megalíticos pudo haberse expresado a lo largo de la Edad del Bronce.
Algunas de estas expresiones pueden ser menos tangibles arqueológicamente, como por ejemplo la relación topográfica o la visibilidad.
Se ha propuesto que un factor determinante en la ubicación de los monumentos megalíticos del Neolítico y la Edad del Bronce en Wessex (Reino Unido) pudo ser la posibilidad de contemplar o dominar visualmente otros monumentos pre-existentes (construidos por las generaciones precedentes), ya que ello habría añadido un valor de autoridad y legitimación al nuevo monumento (Wheatley 1996: 92).
Por otra parte, en una investigación del paisaje visual en un conjunto de túmulos de la Edad del Bronce del Sur de Suecia se ha observado que, debido a episodios de re-utilización y utilización continuada a lo largo de periodos dilatados, la altura y porte de los monumentos pudo cambiar con el tiempo, efectuándose recrecimientos y restauraciones que pudieron añadirles monumentalidad y altura (Lageras 2002: 182), una prác-tica sobre la que apenas disponemos de información para el Sur de la Península Ibérica.
Ecos del Pasado: el megalitismo en la Edad del Hierro
Con respecto a lo señalado en la sección precedente, las pautas de uso de los espacios funerarios megalíticos en Edad del Hierro ofrecen interesantes matices.
Ello se comprueba en la distribución relativa de los casos documentados en las seis pautas de permanencia del megalitismo. a) Contenedores funerarios megalíticos y colectivos construidos ex novo.
La primera de las pautas no cuenta con ningún caso documentado. b) Reproducción/evocación de la arquitectura megalítica en contenedores individuales.
En general, la influencia de la arquitectura y de los conceptos escatológicos propios del megalitismo es durante el I milenio más tenue que durante el II milenio a.n.e.
La morfología, la arquitectura y los rituales practicados en las necrópolis de la Edad del Hierro en el Suroeste muestran con frecuencia una serie de elementos que son extraños a la tradición funeraria megalítica, tales como las cremaciones completas (aunque en los últimos años ha ido quedando clara la importancia de las cremaciones parciales en la escatología de las sociedades del IV y III milenios), la utilización de urnas para depositarlas, etc. Otros aspectos, sin embargo, sí parecen apuntar a la vigencia y permanencia de conceptos fijados en la ideología funeraria tradicional.
Un ejemplo interesante es la similitud conceptual y formal de las necrópolis "en panal" de la Edad del Hierro del Sur de Portugal, como por ejemplo Fonte Santa, Nora Velha o Chada (Ourique, Alentejo) con respecto a sus predecesoras del II milenio como Atalaia, Provença (Ourique) o Alfarrobeira (Silves) (Jiménez Ávila 2003).
En este caso, manifestando la dualidad cámara (oculto) vs. túmulo/estructura tumular (visible), las construcciones funerarias del I milenio evocan y perpetúan una ideología de la muerte con precedentes en la Edad del Bronce y raíces aún más arcaicas dentro del megalitismo, algo que ya se ha venido constatando desde hace tiempo en otras regiones peninsulares (Rovira i Port y Cura i Morera 1989: 155-156).
Pero es quizás Monte da Tera la necrópolis de la Edad del Hierro que expresa una más fuerte voluntad de re-interpretación del Pasado: mediante la reutilización de unos menhires (posiblemente parte de un viejo recinto ceremonial neolítico), esta comunidad manifiesta una deliberada opción a favor de la integración en el Presente de los vestigios materiales de la sacralidad del Pasado.
En consonancia con los múltiples casos documentados por toda Europa occidental de re-utilización de viejos menhires y estelas en cámaras funerarias y espacios ceremoniales, la elección hecha por los constructores de Monte da Tera sugiere que los mecanismos de reproducción ideológica presentes en estas comunidades parte de un firme anclaje en su Pasado, incluso en el más remoto. c) Uso funerario de espacios exteriores.
Las cremaciones identificadas en Palacio III, Nora Velha y Monte da Tera, así como la sepultura tartésica con inhumaciones hallada en Valencina de la Concepción constituyen casos inequívocos de una deliberada utilización del espacio exterior de viejos mo-numentos megalíticos durante la I Edad del Hierro.
Similar es el caso de la re-utilización de la zona exterior de la Cueva Antoniana para emplazamiento de una urna funeraria ibérica.
En ellos se manifiesta una fuerte voluntad de vinculación y asociación del Presente al Pasado, de una asimilación de los vestigios materiales del Pasado en la práctica funeraria.
Y sin embargo, los casos de pauta d), es decir, uso funerario de espacios interiores, son casi inexistentes, con la sola excepción del inédito dolmen de Los Castillones en Cádiz.
Mientras que en la Edad del Bronce se constatan más casos de re-utilización funeraria del interior que del exterior de las viejas cámaras funerarias megalíticas, en la Edad del Hierro el uso directo de su interior parece ser menos claro.
En la Edad del Hierro se dan casos de continuidad en el uso de necrópolis megalíticas, pero mediante la construc- ción de contenedores funerarios nuevos que son parte de prácticas escatológicas y rituales esencialmente diferenciadas.
Estas nuevas cámaras funerarias pueden a veces (pero no necesariamente) asemejarse bastante en su concepción y su morfología a los viejos monumentos prehistóricos.
Es posible que las comunidades protohistóricas fueran menos proclives a depositar a sus muertos en el interior de las ya centenarias cámaras megalíticas que sus antecesoras de la Edad del Bronce.
Las razones de esto podrían ser varias.
Quizás a la altura del I milenio la mayoría de los viejos monumentos megalíticos se encontraban ya demasiado arruinados y en malas condiciones como para seguir siendo utilizados y ello obligaba a la construcción de nuevos mausoleos para los muertos.
Alternativamente, quizás las comunidades del I milenio no se sienten tan afines ideológicamente a sus viejos predecesores megalíticos como había sido el caso de las poblaciones del II milenio.
Es posible que durante la Edad del Hierro, dada la creciente distancia temporal y generacional, las comunidades protohistóricas sintiesen una afinidad más vagamente cultural que estrictamente genealógica con respecto a sus antepasados constructores de megalitos.
La utilización continuada de antiguas necrópolis megalíticas, resultante en muchos casos de la continuidad en la ocupación de asentamientos muy antiguos, expresa la existencia de una conciencia de pertenencia y arraigo al mismo territorio, y de una proximidad cultural, ideológica y religiosa con respecto a los ocupantes de la tierra en el Pasado, aunque no tanto de una vinculación genealógica o parental.
El Dolmen de Palacio III ilustra perfectamente este fenómeno, añadiendo además un posible elemento étnico a la ecuación.
Al elegir como lugar de reposo final de sus propios muertos el lugar donde sus antepasados habían erigido una gran cámara sepulcral cientos de años antes, las comunidades que habitaban la Dehesa de Palacio a comienzos del I milenio a.n.e. realizan un acto simbólico de apropiación del Pasado que reafirma la presencia propia en el territorio, definiendo una vocación identitaria que se arraiga deliberadamente en la tradición.
Ello tiene especial relevancia en un momento en el que comienza a definirse en el Sur de la Península Ibérica una presencia colonial fenicia que parece producir como resultado una importante aculturación de una parte de las poblaciones locales (una aculturación cuya expresión material en forma de estilos artísticos y artesanales da lugar al concepto de orientalización).
Una de las cuestio- nes más debatidas en la literatura arqueológica a este respecto ha sido el grado en el que las poblaciones locales (indígenas) asumen o asimilan determinadas pautas culturales orientales.
Parte del análisis de este problema se ha enfocado hacia el registro funerario como conjunto de indicadores empíricos expresivo de los sistemas de creencias vigentes entre las poblaciones protohistóricas del Sur de la Península Ibérica.
Las conocidas necrópolis orientalizantes (La Joya, Cruz del Negro, Las Cumbres, Setefilla, etc.) ofrecen múltiples indicios de unas concepciones escatológicas inspiradas en tradiciones culturales del Mediterráneo oriental (presencia y tratamiento de las cremaciones, factura, morfología y estilo de los objetos de prestigio, iconografía, etc.).
Por el contrario, la cremación de Palacio III parece representar una concepción funeraria y simbólica netamente local: por un lado carece de cualquier artefacto formalmente orientalizante, por otro es emplazada en un recinto sagrado con cientos de años de antigüedad.
La cremación de Palacio III plantea a este respecto algunos temas de discusión y reflexión bastante relevantes ¿Existieron fenómenos de resistencia y autoafirmación culturales por parte de las poblaciones locales frente a la creciente influencia de unas colonias extranjeras que en poco tiempo prosperan económica y socialmente, desafiando formas de vida y creencias profundamente arraigadas en la memoria colectiva?
De ser así ¿Cómo se expresaban materialmente tales fenómenos de resistencia?
¿Se expresaban en la ideología funeraria y, si así fuera, sería posible identificarlos?
Posiblemente una investigación más en profundidad de las pautas de reutilización de lugares ceremoniales y funerarios prehistóricos durante la primera parte del I milenio ANE pueda contribuir a la construcción de interpretaciones plausibles de este problema.
Debo agradecer a Víctor Hurtado Pérez, Primitiva Bueno Ramírez, María Belén Deamos y Elías López-Romero González de la Aleja, los valiosos comentarios, referencias y opiniones que me han aportado en la elaboración y redacción de este trabajo. |
Investigaciones arqueológicas, históricas y etnográficas han demostrado como los ambientes de montaña tienen una profunda infl uencia en las dinámicas socioculturales de las comunidades que viven en ellos y en sus áreas vecinas.
El desarrollo de estas sociedades tiende a producirse en los márgenes, usualmente lejos de los centros de
Esta marginación se extiende también a la circulación en estas regiones, donde las cordilleras suelen constituir poderosos obstáculos debido a su confi guración natural que juega un papel central en sus estrategias, comercio y movimiento humano.
Durante la Prehistoria Reciente, la constitución de Sierra Morena Occidental (España) moldeó tanto las vías de tránsito a través de las montañas, como las rutas históricas de comunicación que atraviesan Andalucía.
Utilizando una metodología de Sistemas de Información Geográfi ca diseñada específi camente para identifi car características en el paisaje de particular relevancia para el movimiento humano (como corredores naturales, puntos de cruce y áreas naturales de tránsito), se examinó el papel que la accesibilidad del terreno tuvo para las comunidades de esa región durante la Prehistoria Reciente.
Mediante este análisis concluimos que la ubicación de sus hábitats y lugares simbólicos se encuentran estrechamente relacionados con corredores naturales, posiblemente debido a una creciente importancia de las actividades de pas toreo. |
La técnica ha venido estableciéndose en el arte megalítico europeo como una categoría cultural.
Solo la Península Ibérica disponía de dólmenes pintados.
Pero algunos datos dispersos en el resto del continente, junto con los análisis que se aportan procedentes de la cámara H del túmulo de Barnenez, certifi can que la pintura formó parte de los programas gráfi cos de los más clásicos conjuntos atlánticos, como es el bretón. |
Microwear analysis of fl int denticulates from 'the ditched enclosure' of El Casetón de la Era (Villalba de los Alcores, Valladolid)
La presencia de grandes piezas líticas talladas bifacialmente es una constante en los contextos de la Edad del Cobre en el interior de la Península Ibérica.
El brillo apreciable a simple vista en su fi lo denticulado ha sido atribuido a su uso como hoz.
El estudio que ahora presentamos contradice parcialmente esta propuesta, ya que la mayor parte de las piezas halladas en el yacimiento de El Casetón de la Era (Villalba de los Alcores, Valladolid) no eran hoces sino elementos de trillo.
Estamos ante las evidencias más antiguas de su uso en la Península Ibérica.
Este tipo de piezas tienen cierta semejanza con las encontradas en el Próximo Oriente durante la Edad del Bronce.
riadores apenas han prestado atención hasta ahora al utillaje lítico de las Edades del Cobre y del Bronce.
En consecuencia, no existe una tradición de estudios traceológicos sobre dichos materiales.
Evidentemente, se trata de una situación a revisar.
En primer lugar, la piedra era todavía en aquellas épocas una materia prima esencial y muy común para producir todo tipo de artefactos.
Recuérdese la insistencia de L. Siret (1913: 30) en proclamar que Los Millares constituía el 'apogeo' de las industrias líticas de la Prehistoria del Sudeste de la Península Ibérica y, sobre todo, la traceología, cuyo campo de aplicación inicial fueron contextos paleolíticos y neolíticos, se ha revelado como un medio muy solvente de aproximación a la funcionalidad de los útiles de cualquier época y contexto (Clop et al. 2001(Clop et al., 2006;;Gibaja et al. 2004; Gibaja et al. 2005).
Con la esperanza, entonces, de reconducir la situación o de invertir tan negativa tendencia presentamos ahora los frutos, muy estimulantes, del estudio de casi tres decenas de denticulados de sílex de un yacimiento de la Edad del Cobre de la Submeseta Norte, El Casetón de la Era en Villalba de los Alcores (Valladolid), como muestra de las interesantes revelaciones que aún cabe esperar de la investigación traceológica sobre instrumentos de la Edad de los Metales.
Casi en el límite de las provincias de Valladolid y Palencia (Fig. 1), El Casetón de la Era se ubica sobre una suave loma, actualmente cultivada de cereal, que se alza un par de metros por encima de la confl uencia de los arroyos de la Moraleja y Mijares, tributarios del río Sequillo.
En rigor, se trata de un emplazamiento en llanura, pero su posición ligeramente destacada sobre el terreno circundante situado sobre las cuestas de la vertiente septentrional de los Montes Torozos hace posible divisar desde él una vastísima extensión de la Tierra de Campos palentina.
Entre 2006 y 2010 el yacimiento ha sido objeto de cinco campañas de excavación por parte de arqueólogos de las Universidades de Valladolid y Burgos, las cuales se programaron a raíz del descubrimiento por medio de la fotografía aérea de un 'recinto de fosos' análogo a los conocidos en otras áreas de la Meseta (Díaz del Río 2003).
La batería de dataciones (Fig. 2) obtenida en el transcurso de tales trabajos nos permite hoy afi rmar que la primera y más importante ocupación del lugar, con los fosos como principales protagonistas, se sitúa en el segundo cuarto del III milenio a.C., en estricta correspondencia, por tanto, con el horizonte calcolítico precampaniforme que en este sector de la Meseta recibe el nombre de'Los Cercados-Las Pozas' (Delibes y Herrán 2007: 137-180) (1).
Luego, cuando los fosos estaban ya del todo colmatados y en vísperas del inicio del horizonte campaniforme, el sitio se abandonó por completo y solo avanzada la Edad del Bronce El Casetón volvió a ser frecuentado en varios momentos del desarrollo de Cogotas I, lo que tuvo como principal consecuencia la aparición de un típico 'campo de hoyos'.
A la ocupación calcolítica, que es la que ahora nos interesa, corresponden tres grandes fosos de planta aproximadamente circular que adoptan una disposición concéntrica (Fig. 3).
El exterior, ligeramente ovalado y con un diámetro cercano a los 150 m, delimita un amplio espacio de 1,8 ha que, a juzgar por los hallazgos superfi ciales, no contiene la totalidad del yacimiento.
Las tres 'trincheras' cuentan con puertas, algunas claramente alineadas, sin que en la única que ha sido excavada se adviertan, más allá de la interrupción de la línea de foso, elementos monumentalizadores o de refuerzo.
Según suele ser común en esta clase de estructuras (Márquez 2001: 210), los fosos de El Casetón son irregulares, con notables desigualdades a lo largo del trazado, aunque podría hablarse de unas dimensiones medias de 2 m de profundidad y de 3 m de anchura, así como de una sección variable -en 'U' o 'V'-en los casi Fig. 3.
Grandes fosos de planta circular en El Casetón de la Era (Villalba de los Alcores, Valladolid).
Las estrellas localizan en el plano los 31 dentales de trillo y el gráfi co los cuantifi ca por contextos estratigráfi cos. esfuerzo argumental, se tacha lo mismo de silos que de basureros.
Novedad destacable en El Casetón de la Era es que tales hoyos se atienen nada excepcionalmente a unos gestos de colmatación pautados, detectándose en su parte superior espesos 'tapones' de barro limpio (entre 25 y 40 cm) que se diría sirvieron para sellarlos.
Y además, aunque debajo de dichos 'tapones' se registran rellenos en los que dominan el componente orgánico (cenizas y carbones) y los desechos constructivos (pellas de barro de manteado, con improntas de ramas y/o troncos), mezclados entre las cenizas aparecen de manera recurrente tanto instrumentos en perfecto estado de uso (molinos de mano, hachas pulimentadas, herramientas de hueso, vasijas completas, etc.), como valiosas piezas de carne (las ancas de una ternera con los huesos en perfecta conexión anatómica), lo que no deja de ser una invitación para considerar la condición ceremonial del yacimiento.
En las últimas campañas de excavación se han identifi cado algunas 'zanjas de cimentación de planta circular' que, por comparación con otras conocidas en la zona de Madrid (Díaz del Río 2003: 69-70), podrían responder a auténticos fondos de cabaña (Fig. 2).
Pero la excepcionalidad de tales estructuras en los más de 1.000 m 2 excavados en El Casetón y la rareza en su interior o en sus inmediaciones del mobiliario exigible a espacios incuestionablemente domésticos (ni un solo hogar, por ejemplo) justifi can las dudas que to davía tenemos sobre el carácter exclusivamente ha bitacional del sitio, por más que la ingente acumulación de detritus en los fosos remita expresamente a la existencia allí mismo o en las inmediaciones de un área de intenso consumo.
Entre tales detritus se cuentan por decenas de millares los vestigios de cerámica y de pedernal con huellas de transformación (Fig. 5), los restos de fauna, los barros con improntas de manteado, los molinos... y no falta algún objeto de cobre que, a juzgar por el hallazgo de un crisol que aún conservaba adherido su régulo, es posible se fundiera allí mismo, pese al centenar largo de kilómetros que separa Villalba de los Alcores de los veneros cupríferos más próximos (Delibes et al. 2009a;2009b).
Entre tantos materiales queremos destacar aquí la recuperación de 26 objetos de sílex negro y marrón lleno de impurezas disponible sin límite a unos cientos de metros de El Casetón.
Lejos de constituir un conjunto de época, proceden de diferentes partes del yacimiento y de los contex-tos más dispares: fosos, muladares al aire libre, hoyos-basurero y pozos de ofrendas o con 'depósitos estructurados', como denominan ciertos autores a aquellos que contienen cuerpos de perros o de rumiantes domésticos, juegos de molinos, vasos completos o valiosas herramientas en perfecto estado de uso (Márquez 2006) (3).
El utillaje analizado está confi gurado bifacialmente, sobre una lasca espesa y alargada (Fig. 6), con un fi lo denticulado y cubierto por un fuerte
De estas 31 no han podido analizarse 5 por estar depositadas en el Museo de Valladolid.
Aparecieron en la campaña del año 2006: 2 en el relleno del Foso 2; 1 en el relleno del Foso 1; 1 en el nivel de ocupación y 1 en el hoyo n.o 3. res de cuarcita, de percutores/retocadores de asta de ciervo y de compresores de hueso, unida a nódulos, núcleos, lascas y láminas de sílex, a más de algunas piezas fracturadas en los últimos pasos de la fabricación, permite reconstruir la cadena operativa completa por la que se regía la producción de estas piezas bifaciales que hasta ahora se creían elementos de hoz y que en la actualidad todavía pasan por ser uno de los mejores fósilesguía del Calcolítico de esta zona.
El proceso de elaboración de estas piezas foliáceas de El Casetón de la Era sigue, en general, distintas fases: a.
En primer lugar se obtienen grandes lascas espesas y alargadas a partir de la explotación de núcleos tallados mediante percusión directa con percutores duros inorgánicos.
Se refl eja en los talones lisos o diedros y bastante anchos que se aprecian en unas cuantas piezas, así como en los bulbos marcados y puntos de impacto evidentes.
Es probable que algunos de los soportes se calentaran con el fi n de disminuir su dureza y facilitar el proceso de confi guración bifacial de estas piezas.
Aunque tenemos ciertas dudas sobre este hecho, pues el brillo que se aprecia en varias de ellas quizás no es tanto producto del tratamiento térmico como de la propia naturaleza estructural de ciertas variedades de sílex, este sistema técnico no nos parecería extraño ya que ha sido documentado en la Península Ibérica de manera continuada desde el Neolítico antiguo hasta momentos posteriores a la Edad del Bronce (Carvalho 2008; Gibaja 2003).
Un ejemplo excepcional lo encontramos en el yacimiento del Caserío de Perales del Río, perteneciente cronológicamente a los horizontes Protocogotas y Cogotas I, con soportes bifaciales tallados tras ser tratados térmicamente (Carrión et al. 2004).
Precisamente, los autores del citado trabajo se preguntan si esas piezas se destinaban finalmente a las actividades de siega.
Posteriormente, se inicia el proceso de confi guración del soporte mediante extracciones planas y cubrientes.
El proceso de reducción bifacial del soporte tiene como objetivo generar un fi lo regular y una sección longitudinal y transversal de tendencia biconvexa.
El proceso se inicia priorizando las extracciones anchas y cubrientes de la cara dorsal.
Mediante este proceso el fi lo adquiere una delineación recta que permite confi gurar la cara ventral posteriormente.
La percusión posiblemente se efectuó con un percutor orgánico como los confeccionados en asta.
Algunas de las piezas bifaciales de sílex representativas de El Casetón de la Era (Villalba de los Alcores, Valladolid) que han sido objeto de este estudio.
Se especifi can los números de inventario (Tab.
Dibujos de Ángel Rodríguez González. lustre que no es distinto del que suele atribuirse a los 'elementos de hoz' en otros yacimientos coetáneos (Benavente 1992).
El presente estudio traceológico, como vamos a ver, ha sido decisivo para determinar la verdadera forma de uso de tales piezas.
El utillaje de El Casetón de la Era ha sido elaborado a partir de variedades de sílex, todas locales, como ya se dijo, de cuya explotación en la Prehistoria existen multitud de testimonios en el vasto páramo de Torozos.
Sería demasiada distracción enumerarlos, pero parece obligado mencionar siquiera el taller de Los Cercados en Mucientes.
Perfectamente coetáneo de nuestro yacimiento y a solo una veintena de kilómetros de él, se ha revelado como un centro especializado en la fabricación de los denticulados que ahora nos ocupan (Delibes et al. 1995).
La presencia allí de percuto-mentados varios percutores de este tipo en el cercano taller de Los Cercados de Mucientes o en otros contextos calcolíticos del centro peninsular como el Camino de las Yeseras, donde además las piezas bifaciales presentan un lustre en el fi lo que se considera producto del corte de cereales (Blasco et al. 2007).
Las siguientes extracciones adelgazan la cara ventral.
La forma fi nal es una pieza cuadrangular o losángica con el extremo distal y proximal recto o eventualmente apuntado.
La sección es plano-convexa y el fi lo activo recto, no convexo como el que va a ser enmangado.
Ni siquiera se han eliminado del todo las facetas corticales, cuando su espesor no representaba problema alguno para el futuro enmangamiento.
Un grupo de piezas no han llegado a confi gurarse a través de la reducción bifacial.
Debieron fracturarse durante su elaboración ya que se encuentran sin usar.
El proceso de reducción bifacial del soporte fi nalizaba con el adelgazamiento de los extremos distal y proximal mediante extracciones paralelas al eje de la pieza.
Esta operación parece estar relacionada con la adecuación de la simetría del útil para facilitar su enmangamiento.
Finalmente, utilizando un compresor quizás de metal o asta, se lleva a cabo el cuidadoso denticulado bifacial que será la parte activa del instrumento.
Este fi lo va cambiando morfológicamente, en especial su ángulo, a medida que se reaviva con el fi n de alargar su vida útil.
Aunque es difícil establecer los parámetros métricos de estas piezas debido a que la mitad están fragmentadas, un simple gráfi co de distribución de puntos, refl ejando su longitud y anchura, nos muestra que hay dos grupos: uno compuesto por piezas de 40-80 mm de longitud y 25-35 mm de anchura, y otro en el que la longitud supera los 100 mm y la anchura sobrepasa normalmente los 40 mm (Fig. 7; Tab.
El estudio tecno-tipológico del utillaje de El Casetón de la Era no está aún fi nalizado, por lo que no podemos avalar o descartar por el momento la cadena operativa de producción de los dentales en el yacimiento.
BASES PARA EL ESTUDIO
Una primera preocupación del analista estriba en comprobar la posible conservación de residuos microscópicos orgánicos e inorgánicos adheridos a la superfi cie de las piezas, los cuales podrían desaparecer de no mediar una limpieza controlada.
En condiciones normales se recomienda, por tanto, un lavado somero, con solo agua y jabón, para retirar el sedimento acumulado sobre el material.
Esta acción no acarrea problemas para el posterior reconocimiento macro y microscópico de los rastros de uso.
Sin embargo, el que prácticamente todas las piezas de El Casetón de la Era muestren fuertes concreciones calcáreas, como mínimo en una de las caras, nos ha obligado a recurrir excepcionalmente a una estrategia de limpieza más agresiva.
Consistió en sumergir los útiles en una solución muy baja (10%-15%) de ácido clorhídrico durante 4-5 minutos, e insistimos en que de manera excepcional porque se aplicó a los materiales en los que la concreción invadía la totalidad de los fi los, nunca a aquellos en los que la costra era solo unifacial.
De esta manera evitábamos deterioros en la superfi cie de las piezas y/o de las huellas.
Ya limpias las piezas, la observación ha conjugado el uso de una lupa binocular Olympus, y de un microscopio metalográfi co Olympus BH2 cuyos aumentos van desde 50X a 400X.
El análisis ha permitido apreciar el efecto pernicioso de algunas alteraciones de baja intensidad (lustre de suelo, efectos de alteración química), pero nada tan importante que impidiera observar el desarrollo excepcionalmente pronunciado de las huellas de uso de nuestras piezas ni descubrir a qué actividades se destinaron hace casi 5.000 años.
La hipótesis más barajada hasta ahora sobre estas piezas es que se trataba de elementos de hoz.
Está llena de lógica si se valoran el frecuente lustre de los fi los y el redondeamiento y las estrías observables incluso a nivel macroscópico.
Sin embargo, el estudio traceológico ha deparado sorpresas inesperadas.
El fuerte lustre de cereal que presentan buena parte de las piezas se asocia ordinariamente a otros desgastes muy específi cos, propios de útiles empleados como dentales de trillo.
En 9, de las 26 piezas analizadas, se aprecia la superposición de huellas generadas por corte de cereales y por contacto con una materia tan abrasiva como la tierra, lo que solo puede ser resultado de un uso como trillos.
Otras 9 presentan solo huellas producidas por roce intenso con la tierra, bajo la forma de fuertes abrasiones e innumerables estrías que recorren longitudinalmente el fi lo usado.
En ambos casos se trata, sin duda, de los mismos rasgos que en su día sirvieron para que las láminas cananeas de sílex de ciertos yacimientos de la Edad del Bronce (IV milenio BC) de Irak, Siria y Turquía, dejaran de considerarse piezas de hoz y adoptaran la consideración de piedras de trillo, plenamente aceptada en la bibliografía (Anderson e Inizan 1994; Anderson et al. 2004Anderson et al., 2006; Gurova y Chavot 2007) (4).
En El Casetón, 6 piezas, en su mayoría incompletas y sin huellas de uso, deben ser dentales fracturados y desechados durante el proceso de elaboración, o bien piezas guardadas/almacenadas tras su manufactura.
Por último, uno de los objetos no ha podido ser analizado por su mal estado de conservación y otro muestra huellas tan poco desarrolladas que solo nos atrevemos a decir, no sin dudas, que se utilizó sobre una materia vegetal indeterminada.
LOS DENTALES O PIEDRAS DE TRILLO
Uno de los rasgos relacionados con la trilla del cereal, apreciable a simple vista o palpando los fi los, es el fuerte redondeamiento de estos y de las zonas elevadas de los vértices generados por el retoque.
Tal grado de redondeamiento es directamente proporcional al tiempo de uso y al transcurrido desde el reavivado de los fi los.
La forma-(4) Se ha hablado también de la presencia de láminas empleadas como piezas de trillo en contextos supuestamente calcolíticos de Bulgaria.
Las dudas sobre su adscripción cronológica son consecuencia de la ausencia de dataciones absolutas y de los problemas de correlación de tales piezas con secuencias estratigráfi cas claras (Skakun 1992; Gurova 2001).
tización inicial de los dentales pasa por elaborar un fi lo denticulado que tiende a rectilíneo.
Posteriormente, el continuo trabajo y la abrasión que generan el corte de la paja y el roce con el suelo, redondean los fi los y los embotan con facilidad.
Para salvar dicho embotamiento y alargar la vida de las piezas, los fi los son continuamente reavivados.
En las estudiadas de El Casetón de la Era ha sido posible observar incluso distintos momentos de reavivado gracias a que la intensidad del pulido es heterogénea en según qué zonas o caras (Gurova y Chavot 2007).
Hay piezas en las que la intensidad del pulido de uso, o incluso su ausencia en el interior de las melladuras del retoque, solo se aprecia en el área distal o proximal del fi lo denticulado.
Donde se observa una menor intensidad de pulido, ha habido como mínimo un segundo momento de reavivado.
Cuando en el interior de las melladuras no hay huellas, es evidente que fueron desechadas y se renunció a la reutilización.
Aunque es difícil proponer una explicación general para el abandono de estas piezas, parece lógico pensar que algunas se rechazaron después de fracturarse durante el proceso de reavivado.
Si el reavivado afecta de manera desigual a ambas caras parece evidente que se efectuó en dos sesiones distintas, incidiendo primero en una cara y en otro momento en la opuesta.
Evidentemente, no podemos determinar el número de reavivados que se han realizado.
Esa heterogénea intensidad de pulido en el exterior e interior de las melladuras o incluso su ausencia en estas últimas nos hablan únicamente de distintos momentos de reavivado.
Las piezas se caracterizan asimismo por la presencia de micropulido de cereal y/o de elementos abrasivos entre los que destacan las estrías, los redondeamientos y los microagujeros.
Tales rastros tampoco se manifi estan siempre de manera similar en todas.
Su grado de desarrollo e intensidad depende de la pieza e incluso de ciertas zonas de un mismo fi lo.
El rango de intensidad del micropulido es muy variable, desde piezas en las que está muy desarrollado y hay relativamente pocas estrías (Fig. 8: 18), hasta otras en las que los puntos de pulido apenas son visibles por la fuerte abrasión que han sufrido.
Entre ambos polos hay una amplia gama de piezas en las que se documentan de manera conjunta, pero en distinto grado, pulidos, estrías, redondeamientos y microagujeros (Fig. 8: 6).
18) Pieza con pulido de cereal muy desarrollado y escaso componente abrasivo.
Fotos microscópicas a 100X tomadas en distintos puntos de las piezas 6 y 18.
No es fácil pronunciarse sobre la razón de tal diversidad, pero a la hora de buscar respuestas resulta obligado tener en cuenta los siguientes factores:
La fase de la trilla en que la pieza intervino.
La huella no es seguramente la misma en lascas usadas en el inicio del proceso, con el bálago enterizo formando una mullida parva sobre la era, que avanzado el mismo, con los tallos y las espigas ya cortados y las cuchillas virtualmente en contacto con el suelo.
Parece lógico que, según el momento en el que la pieza se haya desprendido (accidental o deliberadamente) del tribulum, encontremos en ella más pulido de cereal o más elementos abrasivos (estrías, microagujeros e intensos redondeamientos).
Otro determinante de los pulidos es la tierra que pudiera llegar a la era con los haces de cereal.
En este caso cabe que las huellas de pulido no fueran necesariamente de la fase más avanzada de la trilla.
Igualmente ha de tenerse en cuenta el efecto de los reavivados.
Cuando se refresca el fi lo a una pieza con mucho lustre de cereal, desaparece buena parte del pulido generado por el uso previo.
Si con posterioridad la pieza rehabilitada entra en contacto con el suelo, aparecerán abrasiones en la zona reavivada y se generarán estrías sobre los espacios que sobrevivan de la zona pulida inicialmente.
El útil, en este caso, presentará estigmas de una trayectoria de uso.
Otra circunstancia a sopesar es el lugar que ocupa la pieza en el trillo.
Es hipótesis aún por confi rmar experimentalmente o mediante la observación de ejemplares modernos, pero parece lógico que el mayor peso y presión del trabajo recaiga sobre los pedernales insertados en medio de la tabla y no en las zonas marginales.
Una posibilidad que valoramos al principio es que el diferente grado de desarrollo del micropulido de cereal y del componente abrasivo fuera fruto de una reutilización.
Es decir, que las piezas se hubieran empleado primero para segar y más tarde como elementos de trillo.
Hemos desechado fi nalmente esta hipótesis porque la mayoría presentan en distinto grado abrasiones en forma de estrías, redondeamientos y microagujeros y porque no es efectivo el enmangamiento como hoces de piezas tan grandes y pesadas como las de El Casetón de la Era (Figs.
Habría que atribuirlas, efectivamente, a hoces enormes, sin parangón a nivel etnográfi co e histórico.
La excepción podría ser la pieza pequeña 18 (Fig. 8) con huellas de cereal muy desarrolladas.
Sin embargo, no descartamos que la longitud inicial fuera mayor y se tratara de un elemento reaprovechado.
El grado de abrasión es tan intenso que no podemos pensar en piezas usadas para cortar el cereal por la parte inferior de los tallos.
Dicho procedimiento genera un micropulido de cereal claramente diagnóstico asociado simplemente a un mayor número de estrías y microagujeros, nada comparables con la fuerte abrasión y las innumerables estrías apreciables en las estudiadas.
P. Anderson y colaboradores ( 2004) también constataron esta variabilidad de huellas en las láminas cananeas y contemplaron la hipótesis de que pudiera guardar relación con el grado de humedad de las plantas trilladas y con las características de la superfi cie de la era.
Son cuestiones que deberán examinarse en futuros trabajos experimentales.
En cualquier caso, de hallarnos ante una reutilización, deberíamos encontrar el mismo grado de pulido de cereal e idéntica cantidad de estrías en toda la pieza, lo que no sucede entre distintas zonas del fi lo e incluso entre ambas caras.
Menos dudas suscitan las piezas que apenas presentan pulido y cuyos rasgos más característicos son las fuertes abrasiones en forma de numerosas estrías, intensos redondeamientos e innumerables microagujeros.
Se trata de piezas de trillo con rastros idénticos a los documentados en dentales de sílex modernos (Fig. 10).
Sobre tales piezas se atestiguan sistemáticamente estrías longitudinales paralelas al fi lo efecto de un movimiento de corte, pero también, puntualmente, estrías profundas de dirección transversal.
Según nuestro parecer, resultan de la presión que ejerce el trillo en el momento de situarlo en la era (Fig. 9: 7).
Por último, las estrías localizadas en uno de los laterales de las melladuras del fi lo retocado/ reavivado, denotan que el movimiento fue unidireccional, lo que sería de esperar en un trillo.
El desarrollo de la huella es tan acusado que en muchas piezas no cuesta trabajo determinar hasta dónde llegaba el límite de la zona de enmangamiento.
Gracias a dicho detalle puede afi rmarse que aproximadamente un tercio del ancho de las piezas, en ciertos casos hasta la mitad, estaba insertado o embutido en su bastidor.
La inserción de las lascas recibe el nombre de empedrado o enchinado.
Puede hacerse de dos maneras.
La más común y la que pervivió en la Península Ibérica hasta los trillos más recientes consiste en fi jar a presión los dentales en los cortes hechos previamente en una tabla mediante golpes de escoplo.
Pero P. Anderson y colaboradores (Anderson et al. 2004; Anderson et al. 2006) sospechan que el trillo armado con las amplias láminas de sílex cananeas debió tener una estructura diferente.
Vendría a ser una especie de balsa formada por troncos unidos con cuerdas en cuyas juntas se disponía una sustancia pegajosa o mastique en la que, debidamente alineadas, quedaban sujetas las cuchillas de piedra (Fig. 11).
El Casetón de la Era (Villalba de los Alcores, Valladolid).
Piezas con estrías, intenso redondeamiento y microagujeros resultado del contacto con el suelo durante su uso como piezas de trillo.
De los 19 dentales -acreditados como tales con seguridad-de El Casetón de la Era 11 (58%) no nos han llegado enteros.
Ello induce a pensar que se abandonaron al fragmentarse durante su utilización o durante los procesos de reparación y reavivado.
Esto explicaría por qué algunas de estas piezas, después de ser reavivadas, no han vuelto a ser usadas o se usaron durante muy poco tiempo.
El variable tamaño de los soportes completos sugiere el empleo en un mismo trillo de piezas de distintas dimensiones y, sin embargo, no siempre igual de bien clavadas en el mastique, cosa que poco puede extrañar cuando los reavivados parecen haber estado a la orden del día.
Nada nos permite imaginar, por último, el tamaño de los trillos ni el número aproximado de dentales requerido para componer uno.
Pero está claro que haberlos los hubo.
Finalmente, procede apuntar la existencia de fi tolitos en la pieza 6 (Fig. 8), que P. Anderson identifi ca con la epidermis de un tallo de gramíneas de cereal.
Es evidente la necesidad de que en el futuro se acometan estudios de este tipo a fi n de esclarecer, a través de los fi tolitos conservados en el fi lo de los pedernales, la naturaleza de las plantas trilladas.
En el conjunto de El Casetón de la Era, tenemos 6 piezas sin huellas de uso (Fig. 12) que presentan caracteres morfológicos comunes a las utilizadas.
Consideramos dentales de trillo los que están perfectamente acabados y dispuestos para su empleo inmediato (Fig. 12: 1).
Serían piezas excedentarias almacenadas para un uso posterior.
En otros casos da la sensación que las piezas se han fracturado durante el proceso de elaboración, por cuanto alguna parte aún no está configurada.
En ocasiones, aunque el fi lo denticulado ya esté preparado, la parte que acabará embutida en el vientre del trillo no está del todo confeccionada o ni siquiera retocada (Fig. 12: 9 y 24).
Incluso, hay piezas más reveladoras (Fig. 12), con una de las caras sin retocar o solo parcialmente retocada, como las piezas 5, 23 y seguramente la 14 catalogada como no analizable.
En defi nitiva, nos encontramos con un amplio abanico de variables, desde piezas preparadas que se almacenaron para substituir a las que se habían roto, desprendido o gastado, hasta otras que perecieron por fractura durante el proceso de elaboración.
Entre estas últimas algunas se rompieron al principio de la confi guración, al iniciar el fi lo denticulado, y otras a punto de fi nalizarse.
El utillaje estudiado de El Casetón de la Era permite reconocer por primera vez en la Península Ibérica que durante la Edad del Cobre, hacia el 2800 a.C., las comunidades humanas conocían y usaban el trillo para el procesado de cereales (5).
No sabemos exactamente su forma ni su tamaño, pero para el empedrado de su vientre empleaban piezas de sílex de unas características (5) Una pieza de trillo documentada en el yacimiento Forcalquier-La Fare (Francia) se ha atribuido a la fase más antigua de la ocupación hacia el 3000-2500 a.C. (Khedhaier et al. 2003). morfológicas y morfométricas muy concretas.
Tales piezas difi eren enormemente de las de los trillos actuales, pero se asemejan a las utilizadas en el Próximo Oriente durante el Calcolítico y el Bronce Antiguo.
Sospechamos que este tipo de piezas están también presentes en muchos yacimientos de la Edad del Cobre de la Península Ibérica, pero han sido confundidas con elementos de hoz, por lo que sería interesante abordar un estudio de conjunto, mucho más ambicioso, con otras comparables de diferentes áreas.
De esta manera intentaríamos conocer el papel de este tipo de artilugios en relación a las actividades económicas realizadas por los grupos estudiados y saber cuándo se inició el uso de los trillos con dentales de sílex.
Quizás previamente se emplearan para trillar sistemas como el pisoteo de animales que son difíciles de discernir en el registro arqueológico.
En un futuro será necesario establecer estrategias arqueológicas dirigidas a reconocer las posibles zonas correspondientes a las eras y colaborar con investigadores especializados en el estudio de las semillas y los fi tolitos para intentar resolver esta cuestión.
El empleo de trillos indica que estas sociedades requerían de un instrumento complejo y efectivo para procesar la cantidad de cereal que producían.
Sin duda, los trillos solo se usan cuando la producción es importante, pues de lo contrario se emplean otros sistemas para la separación de la espiga del tallo o el desprendimiento de las semillas, caso del golpeo con mayales o del golpeo de los tallos sobre una superfi cie dura (un tronco o una pared).
Sin duda, con este trabajo se abren nuevas perspectivas de estudio sobre la producción del cereal en la Prehistoria Reciente y su papel en la economía de las comunidades humanas de entonces.
Pero, sea como fuere, aún sigue quedando mucho por hacer.
Patricia C. Anderson por la lectura crítica de este trabajo, por su asesoramiento y la cesión de las imágenes relacionadas con la reconstrucción de los trillos (Fig. 11). |
La cuenta bitroncocónica de oro localizada en la cueva sepulcral de Cau del Tossal Gros (Torroella de Montgrí, Baix Empordà, Girona) constituye la primera de este tipo conocida en la Península Ibérica.
Estas cuentas son comunes en yacimientos del sur de Francia y se fechan de forma relativa en el Neolítico Final.
Con el objetivo de establecer su proceso de producción se han realizado análisis de composición, radiológicos y traceológicos.
Los resultados muestran la gran complejidad tecnológica de la pieza, sin paralelos conocidos en la Prehistoria peninsular.
La datación radiocarbónica del yacimiento mediante tres fechas AMS y los materiales recuperados confi rman una cronología de fi nales del IV-inicios del III milenio cal ANE.
Finalmente, la comparación con los datos disponibles sobre la primera metalurgia del nordeste de la Península Ibérica permite proponer el posible origen, uso y valor social de esta peculiar cuenta áurea.
CONTEXTO AQUEOLÓGICO: LA NECRÓPOLIS DE CAU DEL TOSSAL GROS
El Tossal Gros es una pequeña elevación en el reborde meridional del macizo del Montgrí (Fig. 1).
Este macizo, formado por calcáreas cretácicas que cabalgan sobre materiales terciarios, destaca junto a la costa gerundense y separa el Baix Empordà del Alt Empordà.
Se trata de una zona muy carstifi cada y muchas de sus cavidades, o cau, tienen interés arqueológico.
Las más conocidas, el Cau del Duc de Torroella de Montgrí y el Cau del Duc d'Ullà, fueron ocupadas durante el Paleolítico Inferior.
Las demás fueron usadas con fi nalidad se-Trab.
Como excepciones cabe citar el Cau del Ossos (Pascual 1883), que desgraciadamente fue vaciado ya en el siglo XIX, y el Cau d'en Calvet que pudo ser excavado en mejores condiciones y proporcionó numerosos restos humanos y un rico ajuar (Toledo i Mur et al. 1992).
El Cau del Tossal Gros es una cavidad conocida de antaño, localizada en una sima situada en lo más alto del Tossal Gros (161 m), desde donde se goza de impresionantes vistas sobre el llano del bajo Ter y el Baix Empordà.
Una grieta en el suelo da paso a un acceso estrecho y de fuerte pendiente, de más de 2 m de altura, que conduce a una sala de unos 16 m de largo por 3 o 5 m de ancho según los lugares.
Esta cavidad se rellenó parcialmente con tierra y piedras del exterior.
Hay también grandes bloques desprendidos que proceden de sus paredes.
La formación de espeleotemas es escasa.
A partir de esta sala se abren galerías pequeñas e inaccesibles, casi totalmente colmatadas por sedimento y bloques removidos y acumulados durante las intervenciones que ha sufrido el lugar.
Un sector con sedimento hundido, succionado hacia el fondo, sugiere probables cavidades inferiores y el carácter de sima del lugar.
En época prehistórica la sala fue usada como enterramiento y por ello su entrada exterior fue modifi cada para hacerla más monumental, añadiéndole un corredor de losas rodeado de un túmulo (Pericot y Esteva 1973).
Desde la primera mitad del siglo XX el yacimiento ha sido objeto de intervenciones arqueológicas cortas y esporádicas.
Las primeras se deben a L. Pericot, originario de Torroella de Montgrí, quien siendo estudiante emprendió en varios de los caus del Montgrí más bien visitas que campañas de excavación regulares y de larga duración.
Sin embargo, los resultados fueron signifi cativos y los referentes a las cavidades sepulcrales quedaron refl ejados en su tesis doctoral sobre el megalitismo en Catalunya (Pericot 1925(Pericot, 1950) ) y en otras publicaciones (Pericot 1939(Pericot, 1960)).
En 1923 encontró en el Cau del Tossal Gros un gran cuchillo de sílex y huesos humanos y en 1925 lo volvió a visitar con su profesor P. Bosch Gimpera y otros acompañantes (Pericot 1986).
Posteriormente, el yacimiento sufrió muchas remociones, de las que apenas se conserva documentación (Vert 1980).
Durante una visita en 1996 dos de nosotros (J. S. y N. S.) recogimos en superfi cie una gran lámina de sílex.
Ante la evidencia de que el lugar todavía podía proporcionar material prehistórico, en 1998 y 1999 limpiamos la cavidad y tamizamos las tierras removidas.
Estas intervenciones se insertaban en un proyecto de estudio del sepulcro y de restauración de su entrada megalítica, acordado entre la Universidad de Girona y el Museo del Montgrí y del Bajo Ter de Torroella de Montgrí, hoy Museo del Mediterráneo.
Constatamos que las antiguas excavaciones no habían llegado a todas partes (Soler et al. 2002).
En 1998, trabajando junto a la pared norte de la sala mayor, a medida que la acumulación de sedimento descendía y la pared de la cavidad se retiraba, llegamos a un espacio de apenas un palmo de altura, hasta aquel momento inaccesible.
Este se caracterizaba por una gran abundancia de fragmentos de huesos y de dientes humanos en superfi cie, que a causa de la pendiente rodaron a aquel rincón.
Aquí recogimos la cuenta de oro estudiada en este trabajo, limpia y brillante y sin que siquiera el orifi cio interior estuviera taponado.
El material arqueológico procedente del Cau del Tossal Gros es limitado pero signifi cativo.
Según L. Pericot (1925Pericot (, 1939Pericot (, 1950) ) en sus visitas de 1923 y 1925 pudo recoger huesos humanos de diferentes individuos, un cuchillo o gran lámina de sílex, una punta bifacial de sílex blancuzco de 3 cm de longitud con pedúnculo incipiente, un punzón de hueso de 10,5 cm de longitud, un incisivo de jabalí pulido, fragmentos de cerámica a mano tosca sin decorar y una pequeña hacha de piedra negra, muy bien pulimentada, de 3,5 cm de longitud (Fig. 2B).
Las rebuscas del Centro de Estudios del Montgrí también proporcionaron un hacha pulimentada pequeña de traquidolerita, un pendiente de hueso, fragmentos de cerámica prehistórica y un buen número de restos humanos, sobre todo dientes (Vert 1980).
Entre los hallazgos arqueológicos de 1996, 1998 y 1999 hay que destacar (Fig. 2A) una gran lámina de sílex de 220 × 20 × 6 mm, una punta foliácea bifacial de sílex gris de origen languedociense (54 × 19 × 7 mm), como las que aparecen con frecuencia en los yacimientos sepulcrales del III milenio cal ANE, una pequeña hacha de piedra pulimentada (33 × 20 × 7 mm) de forma trapezoidal, tres cuentas de piedra cilíndricas de unos 12 mm de diámetro y 4 mm de grueso, pequeños fragmentos de cerámica prehistórica no decorados, a excepción de dos campaniformes, y fi nalmente la cuenta de oro que se describirá a continuación.
Los abundantes restos de conejo (271) y los escasos de ovicápridos (31), aves (23), peces (13) y un único resto de erizo no se encuentran quemados ni presentan señales antrópicas.
El mayor número de restos corresponde a fragmentos de huesos humanos.
Entre ellos, 3.450 son indeterminables y entre los determinables destacan por su número los huesos pequeños de manos y pies así como 379 dientes.
Estos últimos han permitido a B. Agustí y J. Fiego (2002) dar un número mínimo de 31 individuos: 20 adultos, 3 adolescentes y 8 niños.
Al parecer, fueron depositados sobre el suelo de la cavidad sin ser cubiertos.
La cuenta de oro de Cau del Tossal Gros constituye la única de sus características conocida hasta el momento en la Península Ibérica.
Este ornamento se ha clasifi cado según la tipología de Eluère (1977Eluère (, 1982)), la cual se basa en el sistema de suspensión y en su posible funcionalidad.
Las cuentas se defi nen como objetos de suspensión indirecta con un orifi cio longitudinal para su engarce.
En este caso el orifi cio es central y la morfología bitroncocónica.
La pieza se encuentra en perfecto estado de conservación, a pesar de unas pequeñas fi suras alrededor de los orifi cios.
Tiene un peso de 11,18 gr y actualmente se encuentra depositada en el Museo del Mediterráneo de Torroella de Montgrí (n.o de inventario 1299).
La funcionalidad de las cuentas puede ser muy diversa: piezas de collar, pulsera, diadema u objetos similares, junto a cuentas de igual o diferente materia y morfología.
En el dolmen de Grah Niol (Arzon, Morbihan, Bretagne), tres cuentas tubulares de oro se asociaban a otras de variscita, aparentemente en un mismo conjunto (Eluère 1977: 393).
Pueden igualmente haber constituido complementos de casi cualquier tipo de objeto, unidos con una cuerda o hilo sobre vestimentas, zurrones, mangos de útiles y armas, etc. Por último, pudieron formar parte de elementos de tocado, incrementando la vistosidad que de por sí ya tiene el propio metal.
Recientemente se ha documentado dicho uso en el asentamiento campaniforme de Camino de las Yeseras (San Fernando de Henares, Madrid).
En una cámara con pozo de acceso se localizó un único individuo masculino joven con 22 cuentas tubulares y 2 láminas perforadas de oro agrupadas alrededor del cráneo.
La documentación de las cuentas in situ es fundamental para proponer su funcionalidad, aunque en muchos casos carecemos de ella.
En la cuenta de Cau del Tossal Gros, la ausencia de huellas diagnósticas visibles mediante el estudio traceológico aumenta la difi cultad de discernir entre los posibles usos citados (véase más adelante).
ESTUDIO TECNOLÓGICO Y PROCESO DE PRODUCCIÓN
Uno de los objetivos de este estudio era establecer el proceso seguido para la obtención de la cuenta áurea.
Para ello se aplicaron técnicas analíticas como el análisis de la composición, el estudio radiológico y la traceología metálica.
En el primer caso se empleó la microscopía electrónica de barrido con dispersión de energías de rayos X (MEB-EDX), mediante un microanalizador QUANTAX Bruker AXS Microanalysis GmbH del Laboratorio de Microscopía Electróni- ca y Microanálisis del Centro de Ciencias Humanas y Sociales (CSIC, Madrid).
El escaso espesor de la pieza aseguraba su correcta caracterización con esta técnica de análisis superfi cial.
Además para contrarrestar posibles discrepancias se efectuaron 5 tomas en diferentes zonas del objeto.
Mediante un equipo RX de potencial constante y fi lmación inherente se radiografi ó la pieza en distintas posiciones para examinarla en su totalidad.
El equipo pertenece a la Asociación Española de Ensayos No Destructivos (AEND, Madrid) y sus características son las siguientes: 1 mm Be; T.F. 3 mm; distancia foco-película 700 mm; kV 140; exposición a 5mA/minuto; película AGFA D7 VACU-PAL Pb 0.027 anterior y posterior.
El procesado ha sido manual a R 4 min 20°C, BP 1 min 18°C, F 10 min 18°C y L 20 min. En el análisis traceológico se utilizó el citado microscopio electrónico y un microscopio óptico de luz refl ejada Olympus BX-51 con objetivos de 50 a 500X, del Servicio de Análisis Arqueológicos de la Universidad Autónoma de Barcelona.
Los datos de la composición muestran que el oro es de gran pureza, conteniendo una cantidad muy baja de plata (menos del 2%) (Tab.
Este elemento, al igual que el cobre, es común en el oro nativo de tipo aluvial.
Como no existen demasiados análisis de oro aluvial para la Península Ibérica, algunos investigadores han situado de forma tentativa en un 25% de plata y un 1% de cobre los límites considerados normales.
Por encima de ellos, la composición del oro debe considerarse como una aleación artifi cial (Montero y Rovira 1991: 10).
Según los resultados elementales de la cuenta analizada, ésta fue obtenida a partir de pepitas auríferas recolectadas en el lecho de los ríos.
Dichas pepitas suelen presentar una superfi cie irregular y rugosa con inclusiones de todo tipo.
Debido a ello su aprovechamiento siempre requiere de una primera fase de fusión, cuyo objetivo es homogeneizar el metal y limpiarlo de impurezas.
El oro resultante o bien se vacía en el interior de un molde o bien se deja solidifi car en el fondo del crisol, dando como resultado un botón de fundición (Perea 2010: 248).
Posteriormente, algunas piezas, como la aquí estudiada, serían trabajadas mediante batido, quizás intercalando sucesivas fases de reco- cido hasta obtener una fi na lámina de oro.
Esta podría ser fi nalmente cortada, enrollada y, en algunos casos, perforada y/o decorada.
El proceso de trabajo expuesto se atestigua desde los momentos iniciales del uso de este metal en la Prehistoria, como demuestran el gran tamaño de algunas piezas peninsulares (diademas) o su ínfi mo espesor (Perea 1991b: 35).
Asimismo, el estudio de los espectaculares ornamentos de la necrópolis de Varna (Bulgaria), fechados a mediados del V milenio cal ANE (Ivanov 1991: 10), también apoyan esta idea.
El análisis radiológico ha puesto en evidencia que nos encontramos frente a un ornamento compuesto.
La cuenta consta de dos láminas de oro independientes: cada una fue enrollada en forma troncocónica y, posteriormente, unida con su compañera para obtener la longitud total de la pieza.
Este proceso, sin paralelos peninsulares conocidos, se constata por las líneas de juntura, perpendiculares y paralelas al eje de la pieza.
Las perpendiculares se localizan en el centro de la cuenta y la circundan.
Estas muestran con increíble claridad la franja en la que se superponen ambas láminas, que no supera los 2 mm, así como los extremos de las mismas.
Las zonas oscuras visibles en el interior de las líneas pueden corresponder a variaciones en el espesor debido al proceso mecánico de unión de las láminas.
Las dos líneas restantes, paralelas al eje de la pieza, solo se observan de forma parcial.
Resultan de la superposición de los extremos de mayor longitud de cada lámina para adoptar la forma troncocónica.
Es importante remarcar que cada línea sigue la misma orientación pero se encuentra en una posición diferente probando que las láminas primero fueron enrolladas y, a continuación, unidas entre sí para formar la cuenta bitroncocónica.
El proceso inverso habría resultado en la coincidencia total entre las líneas.
Todas estas junturas permanecen invisibles a simple vista.
Únicamente las perpendiculares han podido ser parcialmente detectadas en el interior de la cuenta (Fig. 4).
Sucesivos análisis han confi rmado la enorme similitud en la composición elemental de ambas láminas (Tab.
Esto apunta al empleo de una materia prima de origen similar.
Las dos láminas fueron recortadas a partir de una única base o de forma independiente pero con pepitas del mismo placer.
Una vez obtenidas y dobladas, la unión de los extremos de las láminas y de estas entre sí se llevó a cabo mediante ciclos alternantes de bruñido y recocido.
El primer proceso generó una deformación plástica por rozamiento y presión, quizás empleando una herramienta lítica de superfi cie dura y lisa.
El segundo fue fundamental para quitar acritud y eliminar las junturas de unión así como posibles fi suras.
Una simple hoguera hubiera bastado para alcanzar la temperatura necesaria.
El examen traceológico no ha detectado huellas de producción vinculadas a la eliminación de las junturas en frío, ni en el interior ni en el exterior de la pieza.
Este hecho confi rma la técnica de unión propuesta.
Un gran número de estrías se distribuyen por toda la superfi cie de la cuenta, mayoritariamente de forma uniforme y con idéntica orientación.
Son paralelas entre sí, oblicuas al eje de la pieza, de escasa profundidad y longitud variable (Fig. 5: 1, 2).
Sus características las relacionan con el pulido fi nal con un abrasivo de grano fi no. Este acabado, común en las piezas áureas, tenía como objetivo resaltar el aspecto brillante de la cara externa y visible del ornamento (Perea 1991b: 36).
Otras huellas de la cuenta deben relacionarse con procesos postdeposicionales y/o tafonómicos.
El origen de las estrías minoritarias y aisladas, de orientación y longitud variable hay que buscarlo en el golpeo accidental de la pieza.
También se observan cuatro alineaciones formadas por sucesivas muescas perpendiculares entre sí y a distancia regular (Fig. 5: 3).
Esta morfología, similar a una rodada dejada por un carro, parece vincularse a una modifi cación reciente.
Finalmente el interior de la pieza presenta algunas estrías aisladas, paralelas a su eje y de importante longitud.
Pueden deberse a una limpieza actual del orifi cio de la cuenta mediante un material más duro que el oro.
Los resultados obtenidos mediante la aplicación de diversas técnicas de análisis han documentado las siguientes fases del proceso de producción de la cuenta de Cau del Tossal Gros:
Recogida de pepitas de oro aluvial y fusión del metal.
Se desconoce si la colada habría sido vaciada en un molde o se la habría dejado solidifi car en el fondo de un crisol para obtener un botón de fundición.
Constitución de dos láminas mediante batido intercalando fases de recocido, bien de forma independiente bien recortando una única plancha inicial.
El resultado fi nal es el mismo: dos láminas de tamaño similar y morfología rectangular o ligeramente trapezoidal.
Enrollado de cada lámina formando dos troncos de cono separados, unión y eliminación de las líneas de juntura a través de la técnica del bruñido en conjunción con ciclos alternantes de recocido.
Unión de las dos piezas troncocónicas por bruñido y recocido para obtener la longitud total de la cuenta.
No se puede o no interesa la eliminación de la línea de juntura interna.
Acabado y abrillantado de la superfi cie externa mediante pulido empleando un material abrasivo, siguiendo siempre una orientación oblicua.
CRONOLOGÍA RELATIVA Y ABSOLUTA
La necrópolis de Cau del Tossal Gros cuenta con 3 dataciones radiocarbónicas AMS realizadas en el laboratorio Beta Analytic sobre restos humanos: un fragmento de parietal (Beta -252115) y dos occipitales (Beta -301152 y 301153) (Tab.
Las fechas revelan un uso funerario prolongado de la cavidad entre c.
Ello equivale, según la periodización actual, al principio del Neolítico Final, al grupo campaniforme y quizás también a un momento incipiente de la Edad del Bronce (Bronce Inicial) (Soriano 2010: 88-100).
Estos resultados coinciden con la cronología relativa de los diferentes materiales recuperados en el yacimiento.
Sin embargo, la fuerte alteración ya señalada de la estratigrafía de la cueva imposibilita asociar las dataciones obtenidas y la cuenta áurea.
Hasta ahora no se conocían ejemplares de este tipo de cuentas en la Península Ibérica.
Los paralelos más cercanos hay que buscarlos en yacimientos funerarios del sur de Francia, todos sin dataciones absolutas (Fig. 7).
Las cuentas más similares en dimensiones y morfología provienen de la región de Midi-Pyrénées.
De la sepultura de Pauilhac (Gers) proceden 8, una de las cuales desapareció durante la excavación.
El resto de artefactos, entre los que destaca una excepcional diadema losángica de oro, se asocian inequívocamente con el Neolítico Final.
La reciente revisión de este contexto lo ha fechado de forma relativa en la primera mitad del IV milenio cal ANE (Roussot-Larroque 2008: 135).
La cuenta recuperada en el dolmen de Pouy-Mayou (Bartrès, Hautes-Pyrénées) únicamente iba acompañada de un cuchillo de sílex.
Con un contexto menos claro en la región de Provence-Alpes-Côte d'Azur encontramos la procedente del hipogeo de Castellet (Fontvieille, Bouches-du-Rhône), con materiales del Neolítico Final y del grupo campaniforme (Fig. 6).
Existe otro conjunto de cuentas de morfología muy similar a las anteriores pero de tamaño tres o cuatro veces menor.
Todas se sitúan en la región de Languedoc-Roussillon, documentándose una en cada yacimiento (Fig. 6: 5, 6 y 7).
El dolmen de Sauzet 1 (Cazevieille) y el túmulo de Les Avents 1 (Sant-Mathieu-de-Tréviers), ambos en Hérault, presentan exclusivamente materiales de fi nales del Neolítico.
Dataciones absolutas relacionadas con los primeros objetos de oro y de cobre del nordeste de la Península Ibérica (programa empleado Calib 5.0).
El valor calibrado es el resultado de la media de la datación calibrada a 1 σ ponderada por cada uno de los rangos de valores probables existentes (Soriano 2010: 49-50).
Saint-Eugène (Laure, Aude) acompañada de artefactos vinculados al grupo campaniforme.
Por último, el hallazgo de la cueva de Porte (Narbonne, Aude) se asocia sin ninguna duda al Bronce Antiguo, constituyendo la única perduración detectada en esta cronología (Eluère 1982: 27).
Los únicos objetos áureos ligeramente similares al de Cau del Tossal Gros en la Península Ibérica proceden del abrigo de Buraco da Pala (Mirandella, Portugal).
Son 2 cuentas bitroncocónicas de pequeñas dimensiones fechadas por radiocarbono a mediados del III milenio cal ANE (Fig. 6: 8).
Fueron localizadas en el nivel 1 de la cavidad, asociadas a 4 cuentas esféricas y una lámina de oro así como a varias concentraciones de cuentas de piedra, mayoritariamente variscita (Comendador 1998: 110-111).
Según Eluère (1977: 407-408;1982: 136) la cronología relativa de las cuentas galas se sitúa claramente en el Neolítico Final, tal y como atestiguan varios contextos carentes de materiales más modernos (Pauilhac, Pouy-Mayou, Sauzet 1, Les Avents 1).
La reutilización de estas sepulturas por el grupo campaniforme o incluso alguna perduración durante el II milenio cal ANE no cues-tionan esta afi rmación.
Los dos casos de Buraco da Pala corroboran esta cronología antigua.
Por otra parte, la ausencia de cuentas análogas en el resto de territorio europeo con presencia campaniforme refuerza la desvinculación entre ambos fenómenos.
El conjunto de datos expuestos nos inclina a pensar que la cronología de la cuenta de Cau del Tossal Gros no debe alejarse demasiado de fi nales del IV-inicios del III milenio cal ANE.
Así lo indican la cronología relativa de los casos franceses y la proximidad geográfi ca con los mismos.
La datación radiocarbónica más antigua obtenida en el yacimiento catalán (Beta -252115 = 3450 cal ANE), aún sin poder asociarse con la cuenta, es coherente con esta afi rmación.
A la vez se constata que este tipo de adornos se vinculan inequívocamente con el momento inicial de los grupos del Neolítico Final.
LA PRIMERA ORFEBRERÍA DEL NEOLÍTICO FINAL
El estudio de la cuenta de oro de Cau del Tossal Gros ha documentado uno de los ejemplos más antiguos de orfebrería prehistórica del nordeste de la Península Ibérica.
A la vez y con cierta sorpresa, la tecnología empleada en su producción (unión por bruñido de dos piezas laminares) denota un elevado grado de conocimiento y destreza técnica.
No tenemos constancia de la existencia de objetos con similares características en el resto de la Península Ibérica en fechas tan tempranas.
En el área catalana los primeros objetos áureos se sitúan dentro del Neolítico Final, en torno al 3000 cal ANE.
Son los objetos de metal más antiguos puesto que los primeros artefactos de cobre se fechan en momentos ligeramente poste- riores (c.
Las 4 únicas piezas de oro documentadas en todo el territorio son elementos ornamentales.
De Balma dels Ossos (Berga, Berguedà) y Cabana Arqueta (Espolla, Alt Empordà) provienen 2 cuentas de tipo esférico, carentes todavía de estudio tecnológico que determine su proceso de producción (Castillo 1962; Tarrús 2002: 311).
Sin embargo, tampoco estas denotan una tecnología que supere el trabajo de batido y recortado de un único producto laminar (Soriano 2010: 302-310).
¿Guardan estas diferencias tecnológicas alguna relación con el origen de la orfebrería en esta región?
Actualmente, ninguna evidencia demuestra la producción de objetos de oro entre los grupos del Neolítico Final.
Ciertamente, las labores de orfebrería requieren herramientas poco especializadas, muy similares a las empleadas en la metalurgia de base cobre (martillos, yunques, pulidores) (Eluère 1982: 206; Armbruster 2010: 14-17).
Sin embargo, tampoco existen testimonios de la producción de cobre en estos grupos.
Los vasos de reducción y restos de fundición más antiguos se relacionan inequívocamente con el grupo campaniforme (Balma del Serrat del Pont, Cova del Frare, Vapor Gorina) (Martín et al. 1985; Alcalde et al. 1998; Roig et al. 2009).
A ello cabe sumar, como se ha visto, que los primeros objetos de cobre son ligeramente más tardíos que los de oro.
En sus inicios ambos metales sirvieron únicamente como productos manufacturados, siendo desconocido su proceso de producción.
Los datos cronológicos, tipológicos y culturales atestiguan la vinculación entre estos primeros objetos y los centros metalúrgicos del sur de Francia (Soriano 2010: 486-497).
Las continuas interacciones entre ambas regiones, visibles también en otras evidencias arqueológicas, denotan un constante movimiento de sujetos y objetos.
La materialidad arqueológica mayoritaria del Neolítico Final del nordeste de la Península Ibérica ha sido defi nida hasta día de hoy como Véraza, debido a las importantes similitudes que presenta con el grupo homólogo francés del que se supone parte integrante (Martín 2003: 83-84).
Otros artefactos documentados de forma más limitada, como cerámicas decoradas, cuentas de aletas globulares o un botón de caliza tipo Durfort han sido vinculados a otros grupos de la misma región (Treïlles, Ferrières, Fontbouisse) (Martín et al. 2002).
Más allá de estas evidencias materiales, determinadas prácticas económicas e ideológico-simbólicas apuntan también hacia el otro lado de los Pirineos.
La reciente documentación de varias estatuas-menhir antropomorfas y grandes estructuras de combustión con piedras termoalteradas tienen, en el sur de Francia, unos referentes innegables (Fortó et al. 2008; Moya et al. 2010).
"Los paralelos expuestos en la cuenta de Cau del Tossal, procedentes en su totalidad del país galo, constituyen una prueba fehaciente".
La ausencia de análisis similares en las piezas francesas impide conocer si repiten el característico proceso de producción documentado en la cuenta catalana.
Un segundo aspecto a señalar se refi ere al papel que el metal y, en concreto, el oro tuvo en el seno de estas comunidades.
La morfología de las cuentas muestra una enorme coincidencia con los tipos en uso contemporáneamente sobre otros soportes (líticos, óseos, malacológicos).
Se documentan cuentas esféricas realizadas sobre diferentes rocas y resinas fósiles.
Las bitroncocónicas guardan una gran semejanza con las más antiguas de variscita y las cuentas tubulares con los dentalia.
El oro se emplea inicialmente para producir ornamentos análogos a los ya existentes en vez de nuevos.
Este dato indica que el aprovechamiento del metal no puede relacionarse con sus mejores propiedades físicas y mecánicas (ductilidad, moldeado, reciclado) respecto a las demás materias.
El conocimiento profundo de dichas propiedades conllevaría el desarrollo de artefactos mejor adaptados al metal, como ocurre a partir de la irrupción del grupo campaniforme.
Únicamente aspectos como la capacidad de refl ejar la luz, que le aporta su peculiar brillo dorado, pueden explicar en parte su aceptación.
A ello hay que sumar que los ornamentos de oro son cuantitativamente anecdó- ticos dentro del registro arqueológico de este momento, caracterizado por una gran diversidad de elementos decorativos.
Todo ello indica que el oro sería más bien un objeto de curiosidad, que se emplearía conjuntamente con otras cuentas no metálicas formando parte del mismo atavío.
Su repercusión social sería muy limitada y su valor social no se alejaría, pues, excesivamente del otorgado a los restantes ornamentos.
Finalmente, se constata que los contextos de hallazgo son funerarios salvo un caso en hábitat (La Prunera).
Los elementos decorativos áureos se emplearían, como los restantes, en la vida diaria.
Su morfología relativamente robusta aseguraría cierta resistencia y durabilidad, visible en la cuenta de Cau del Tossal Gros.
La introducción de muchas de ellas en las tumbas, siempre de tipo múltiple colectivo, responde a la inhumación del individuo con sus abalorios cotidianos y no a la deposición de elementos producidos expresamente con fi nes funerarios (Soriano 2010: 315-316).
Todo lo contrario se constata a partir del 2800 cal ANE con la irrupción del grupo campaniforme.
Por vez primera aparecen nuevas morfologías de ornamentos, con una estructura más frágil (apliques de lados abatidos) procedentes exclusivamente de tumbas claramente individualizadas (Soriano 2010: 316-318).
El gran salto social desde el uso del producto metálico a la producción metalúrgica había empezado.
Por su colaboración y soporte técnico a los siguientes investigadores: Alicia Perea (Centro de Ciencias Humanas y Sociales, Consejo Superior de Investigaciones Científi cas, Madrid), José M.a González y Jesús Serrano (Asociación Española de Ensayos No Destructivos, Madrid) y Elio Vivas y Rosa Dinares (Sección de Radiología y Angiografía Rotacional del Hospital General de Catalunya).
Toni Roviras, director del Museo del Mediterráneo, nos dio todas las facilidades posi-bles para el estudio de la cuenta.
Al resto de miembros de Grupo de Investigación Arqueológica del Nordeste Peninsular -GRANEP, Paz Balaguer, Emiliano Hinojo y Camila Oliart así como a los dos evaluadores anónimos por la revisión y comentarios a este artículo.
Esta investigación ha sido fi nanciada por la Fundación Juanelo Turriano (Beca de Doctorado en Historia de la Ciencia y de la Técnica) y la Secretaría de Universidades del Departamento de Economía y Conocimiento de la Generalitat de Catalunya (2010ACOM00047). |
La discapacidad, entendida como la consideración de una persona con invalidez por parte de su comunidad, constituye un nuevo campo de investigación en Ar queología y Antropología Física.
Aquí se investiga este concepto en el marco de la cultura de El Argar.
Se han estudiado más de 200 esqueletos procedentes de yacimientos de la provincia de Granada (Castellón Alto, Fuente Amarga, Cuesta del Negro, Terrera del Reloj y Cerro de la Encina)
Al Oumaoui, I. and Jiménez-Brobeil, S. A. 2003: "Lesiones traumáticas en un individuo de la Edad del Bronce".
In J. Egocheaga (ed.): Biología de po- |
Este trabajo llama la atención sobre la duplicación de la conocida estela de Santa Ana (Calaceite), perteneciente al grupo de las llamadas estelas del Bajo Aragón de la 2.a Edad del Hierro.
El error parte del catálogo de estos monumentos que Fernández Fuster editó en 1951.
En él interpretó una fotografía parcial de la mencionada estela, publicada en Ars Hispaniae, como otro ejemplar, al que hizo proceder del poblado de San Antonio (Calaceite).
Este error ha pervivido en la bibliografía hasta ahora.
Uno de los conjuntos de estelas más conocidos y numerosos de la Protohistoria Peninsular (*) Área de Historia Antigua.
Dpto. de Ciencias de la Antigüedad.
está constituido por los ejemplares del Bajo Aragón.
Se documentan poco más de treinta piezas, la mayoría de las cuales se conservan incompletas o son simples fragmentos.
Su iconografía, series de lanzas y jinetes, y el signifi cado de la misma han centrado el interés de la investigación, aunque otros aspectos también han sido objeto de debate: cronología, ubicación y funcionalidad.
Este trabajo, sin embargo, se ocupa de un problema mucho más concreto como es la duplicación de uno de los ejemplares de Calaceite.
Fruto de las investigaciones de J. Cabré y P. Bosch Gimpera durante los primeros decenios del siglo XX en el Bajo Aragón, son las tres estelas de Calaceite que editaron en el sexto número del Anuari d'Estudis Catalans (1915-1920): Mas del Rei, San Antonio y Santa Ana.
Fernández Fuster (1951), al interpretar en su catálogo de las estelas bajoaragonesas una fotografía del último ejemplar citado como una cuarta estela procedente de Calaceite, duplicó la pieza de Santa Ana (Fig. 1).
515) entre la runa i terres de la costa Est de la muntanya, entre mig de terrisa, tobes, etc., caiguts de dalt del poblat, del lateral izquierdo de una estela (35 × 24 × 12 cm).
El borde está biselado y la superfi cie frontal dividida por una línea horizontal.
Bajo ella se conserva parte de una punta de lanza y sobre ella otras dos lanzas, una de las cuales lleva regatón.
Todo ello está grabado en negativo, técnica impropia del conjunto de las estelas del Bajo Aragón, en las que se emplean mayoritariamente líneas incisas para delimitar las siluetas de los elementos representados.
La importancia cronológica de este hallazgo ha sido señalada por P. Moret (2002: 125-126), puesto que el fi nal del yacimiento, que se sitúa en las postrimerías del siglo III a.C. o inicios del siguiente, proporciona una fecha ante quem previa a la que generalmente se atribuye a estas estelas (siglos II/I a.C.).
El carácter fragmentario del hallazgo lo invalida como argumento para defender una localización de este tipo de monumentos en los poblados o en sus proximidades (Bosch 1915(Bosch -1920: 641): 641).
Por contra, sí está bien atestiguado su reaprovechamiento como material de construcción en los asentamientos.
Sucede con varios fragmentos procedentes del yacimiento del Palao (Marco 1976: 90), que curiosamente conservan completa su anchura, muy probablemente porque las estelas fueron cuarteadas horizontalmente para su reutilización, obteniendo así sillares de un módulo más manejable (Cabré 1915-20: 631; Moret 2002: 125; Sanmartí 2007: 241, fi g.
Camino de Santa Ana (Fernández Fuster 1951: n.o 6) (Fig. 3): fue descubierta por un campesino en el transcurso de labores agrícolas en una parcela sita al borde del camino que une Calaceite con la ermita de Santa Ana, próximo a San Antonio, con otras piezas de dimensiones y forma similares pero sin ornamentar.
El campesino informó de que en el mismo lugar halló innombrables blocs de pedra, restes d'urnes, fusaioles, pondus i boletes de fang pintades, restes de cremacions i altres objectes (Cabré 1915(Cabré -1920: 630): 630) (1).
Una orla delimitada por dos líneas incisas y paralelas enmarca la cara frontal en su extremo superior y derecho y, presumiblemente también por el izquierdo, que se conserva muy deteriorado.
Dos líneas en zig-zag, confi gurando rombos, recorren el interior de la orla.
El espacio que delimita se divide en seis campos.
Los dos inferiores y superiores están ocupados por series de puntas de lanza.
El de arriba de los cen-
(2) Cabré (1915Cabré ( -1920: 630): 630) indica una altura de 170 cm; en el dibujo de este autor se señala un fragmento inferior, sin ornar, que actualmente no se conserva. trales recoge la imagen de un jinete que porta escudo oval.
En el otro -muy erosionado-se aprecian líneas que conforman un diseño geométrico y restos de otra representación de difícil identifi cación (Bosch 1913-14: 827, fi g.
Estela duplicada, atribuida a San Antonio (Fernández Fuster 1951: n.o 7), aparece por primera vez en el catálogo citado de L. Fernández Fuster (1951).
En él compila las estelas publicadas por P. Bosch Gimpera y J. Cabré, a las que añade algunas otras inéditas que Cabré había recogido en volumen del Catálogo Monumental de España dedicado a la provincia de Teruel (inédito).
Cataloga las piezas de Mas del Rei y Santa Ana, mientras que adjudica de forma errónea a Palermo (Caspe) la hallada por Bosch Gimpera en San Antonio.
Añade la número 7 de su corpus, que dibuja y localiza en San Antonio de Calaceite (Fig. 4A).
Además señala: "depositada en Barcelona.
Museo Arqueológico Nacional", dato de interés, pues es la única pieza del catálogo donde se indica la institución en la que se conserva.
También ofrece dos referencias bibliográfi cas de A. García y Bellido.
125) corresponde a un breve comentario genérico sobre las estelas bajoaragonesas y a una fotografía de la estela con jinete de Palermo (Caspe).
398) se refi ere a la fotografía de una estela publicada en Ars Hispaniae con la siguiente nota al pie: "estela de las lanzas, oriunda de Calaceite (Museo de Barcelona)" (Fig. 4B).
Es la estela de Santa Ana, de la que sólo se reproducen los campos de la parte superior, con el jinete y las puntas
Consideramos que Fernández Fuster (1951) interpretó y dibujó como una nueva pieza lo que no era sino una fotografía de la parte superior de la estela de Santa Ana, haciendo proceder a ambas de San Antonio.
El error probablemente se debe a que el texto de Ars Hispaniae nada expli-cita sobre la fi gura en la que aparece la estela, a excepción de la procedencia ("oriunda de Calaceite") y el lugar de conservación (Museo de Barcelona) (3) en el pie de foto.
Posiblemente infl uyó también que en aquellas fechas no se hubiera publicado ninguna reproducción fotográfi ca del ejemplar de Santa Ana, del que sólo se conocía el dibujo de Cabré.
Otro problema, ya señalado por S. Melguizo (2005: 66), es la incorrecta atribución del lugar de hallazgo de dos de estas estelas.
Como ya hemos comentado, Fernández Fuster (1951: 67; también en Marco 1978: 203, II.C.3) catalogó en su trabajo como procedente de Palermo (Caspe) la encontrada por Bosch en San Antonio.
La Tabla 1 sintetiza estos errores, surgidos en la bibliografía posterior a la edición de Cabré y Bosch Gimpera.
Agradecemos a F. Beltrán y F. Marco sus observaciones sobre este trabajo y a E. Sanmartí su ayuda y colaboración, sin ellas este estudio no hubiera sido posible. |
El acierto de esta obra y del seminario celebrado en 2006 en la Universidad de Iowa (EE.UU.), su punto de partida, es doble.
El primero es el análisis comparativo de dos procesos históricos alejados en el tiempo y en el espacio como procedimiento de refl exión y análisis.
Como Timothy Earle plantea en la introducción, en las últimas décadas el estudio de las sociedades del pasado se ha centrado en particularidades regionales y casos individuales.
Pero, a pesar de sus limitaciones, la analogía es una forma de conocimiento indispensable para explicar la variabilidad de las sociedades humanas.
La tensión epistemológica generada al analizar elementos comunes y divergentes en amplias escalas temporales o espaciales no justifi ca desestimar el enfoque comparativo.
Al contrario, la analogía permite identifi car lo particular y lo general, lo exclusivo y lo compartido y estimular nuevas teorías y procedimientos de análisis.
El segundo acierto consiste en el impulso de esta obra para situar el debate científi co en la Península Ibérica en la escena internacional.
Este défi cit de la tradición historiográfi ca ibérica en los últimos años ha comenzado a ser subsanado por una nueva generación de arqueólogos y arqueólogas de la que son una buena muestra los que participan en esta publicación.
La obra tiene 5 secciones temáticas: Historias, Paisajes, Cuerpos, Género y Arte.
Cada una incluye 3 capítulos, uno por área comparada, más un tercero que introduce la temática tratada, valora las similitudes y diferencias y plantea futuras líneas de investigación.
Completan el índice una introducción sobre Arqueología Comparativa y unas Conclusiones.
El objetivo general es el estudio comparado de las dinámicas históricas del suroeste de los EE.UU. (900-1600 AD) y de la Península Ibérica (3000-1500 BC), que comparten el desarrollo de determinadas formas de complejidad social.
La primera sección aborda la aparición y colapso de complejos sistemas de organización social a través de dos yacimientos emblemáticos: Chaco Canyon y Los Millares.
Según Stephen H. Lekson, el factor clave para la comprensión de las dinámicas sociales que ejemplifi can ambos poblados sería su nexo con distan-tes, más antiguas y complejas civilizaciones como las mesoamericanas o del Mediterráneo Oriental.
La aparición de los estados, en regiones periféricas como el suroeste norteamericano y la Península Ibérica, sería un desarrollo secundario de los continuos contactos con formas primarias de organización estatal.
Pedro Díaz del Río plantea una sugerente alternativa crítica al ambiente teórico que ha convertido la búsqueda del estado más antiguo en el objeto de deseo de muchos investigadores peninsulares que no dudan en construir intrincadas narrativas con evidentes desajustes respecto al registro material disponible.
El autor analiza los patrones de asentamiento, las construcciones defensivas, el tamaño de las cabañas, los patrones de consumo y las prácticas funerarias de Los Millares.
Como alternativa a su caracterización como estado tributario, atribuye el tamaño y complejidad del asentamiento a la habilidad de ciertos linajes de atraer y mantener una fuerza de trabajo que propiciaría una producción excedentaria y facilitaría la acumulación de riqueza y prestigio.
La construcción colectiva de estructuras monumentales crearía el sentido de comunidad y la capacidad de mantener la agregación poblacional.
En la sección Paisajes, Peter N. Peregrine analiza las interrelaciones a escala macro-regional entre el sureste y suroeste norteamericano con las poblaciones mesoamericanas del Período Postclásico.
Valora los numerosos objetos suntuarios mesoamericanos en Chaco Canyon y su práctica ausencia en el poblado de Cahokia, como resultado de tradiciones culturales divergentes a escala continental.
La posición periférica de Chaco Canyon requeriría de símbolos de poder para consolidar y justifi car la emergente jerarquización social, frente a Cahokia integrado en un paisaje cultural compartido con Mesoamérica gracias a profundos y dilatados contactos.
Leonardo García Sanjuán analiza la permanencia ritual e ideológica de paisajes monumentalizados mediante construcciones megalíticas en la Península Ibérica.
El autor acierta al romper con la visión evolucionista y de linealidad histórica, común en la investigación prehistórica peninsular, resaltando los elementos de continuidad cultural.
Los conceptos transformaciones, invocaciones, ecos y resistencia articulan las principales evidencias materiales relacionadas con prácticas de reutilización y la discusión del contexto social y político en el que se producen.
En la sección Cuerpos, Ventura R. Pérez analiza las causas, escala y naturaleza de las prácticas violentas Trab.
La información bioarqueológica incluye restos humanos desarticulados en contextos no funerarios con marcas de corte, fractura y exposición al fuego y enterramientos con evidencias de heridas por acciones violentas.
El autor reivindica una mayor atención al contexto arqueológico y un análisis más preciso de los conjuntos osteológicos.
Así, plantea diferentes interpretaciones, no siempre relacionadas con prácticas violentas, para explicar la variabilidad antropológica y de sus contextos espaciales.
Para la Península Ibérica, Estella Weiss-Krejci estudia las prácticas funerarias relativas al tratamiento de los cuerpos y a su deposición.
La manipulación de cuerpos y restos osteológicos incluye prácticas de desarticulación, descarnado, deshidratación, impreg nación con ocre y exposición al fuego.
Los ritos de inhumación implican, en numerosas ocasiones, la deposición temporal del cuerpo, su posterior exhumación, tratamiento y enterramiento total o parcial.
Estas prácticas rituales generan un complejo registro arqueológico y la oportunidad de analizar una diversidad cultural poco explorada y en exceso simplifi cada.
En la sección Género, Marit K. Munson analiza las relaciones entre religión, estatus y género en las comunidades Pueblo a partir de las representaciones gráfi cas sobre cerámica, paredes rocosas y los muros de las "kivas" (estructuras rituales).
La variabilidad en el estilo, diseño, técnicas, procesos de aprendizaje y habilidades motoras que exigen las decoraciones de cerámicas y de paneles rocosos, sugiere grupos sociales diferentes para cada actividad.
La autora suma la analogía transcultural para concluir que las mujeres hicieron la cerámica y los hombres los petroglifos.
Rui Boaventura analiza las implicaciones de género en el intercambio a larga distancia entre las regiones de Lisboa y el Alentejo durante el Neolítico Final.
La analogía transcultural es de nuevo utilizada para asociar con los hombres cualquier actividad que implique desplazamientos a cierta distancia y con las mujeres las tareas productivas cercanas al espacio doméstico.
En la sección Arte, Jill E. Neitzel analiza la arquitectura ceremonial, adornos, objetos rituales y cerámicas decoradas del Período Prehispánico.
Las características, contextos de deposición y variabilidad espacial y temporal de dichas manifestaciones refl ejarían las estrategias de las élites para legitimar y consolidar su posición social.
Estrategias basadas en el uso contradictorio de prácticas que enfatizan tanto un poder basado en rituales compartidos de forma comunitaria como centralizados y exclusivos de ciertos líderes.
Sara Fairén Jiménez se centra en las representaciones rupestres del levante peninsular.
Analiza los estilos macroesquemático, esquemático y levantino a partir de su localización topográfi ca, accesibilidad, visibilidad, tipo y características de los motivos y capacidad del sitio para acoger a un mayor o menor número de personas, estableciendo diferentes patrones conduc-tuales.
Relaciona las representaciones y las posibles vías de comunicación, clasifi cando los sitios como lugares de paso o de destino, y destaca la elección de áreas con reducida o nula visibilidad.
La posibilidad de establecer un proceso comparativo con cierta profundidad presenta algunas debilidades y limitaciones ya que se trata de dos procesos históricos anclados en tradiciones de investigación resultado de ámbitos sociales, políticos e intelectuales particulares.
Las variables analizadas son diversas y el modo como han sido medidas y caracterizadas limita la comparación.
Ello conduce a una yuxtaposición de temáticas más que a una contrastación efectiva.
Las diferencias de escala espacial y, sobre todo, temporal tampoco favorecen la comparación.
Los períodos fl uctúan entre los aproximadamente 700 años del suroeste de EE.UU. y los 1.500 años de la Península Ibérica.
Además, la alta precisión en las cronologías del suroeste contrasta con la escasez de fechas absolutas peninsulares.
Se echan en falta temas que consideramos relevantes para cualquier ejercicio comparativo de esta naturaleza.
Por ejemplo, el tipo y características de las prácticas agrícolas, ganaderas y artesanales, las formas de organización de la producción y su grado de especialización, un tema muy recurrente en la interpretación de la complejidad social en la Península Ibérica, o incluso una comparación más precisa de los rituales funerarios.
Quizás, el procedimiento de call for papers utilizado en la organización del seminario haya condicionado en exceso las posibilidades de comparación.
Al margen de las limitaciones planteadas, ejercicios comparativos como el presente son deseables e imprescindibles, ya que el razonamiento por analogía es parte indispensable de la arqueología.
Comparative Archaeologies abre una línea fundamental de refl exión y análisis sobre la que es necesario profundizar si pretendemos conocer y explicar la variabilidad cultural humana.
Este homenaje a J. Guilaine refl eja perfectamente la diversidad de sus trabajos y su impacto más allá de las fronteras regionales o nacionales, durante los últimos 40 años.
Incluye más de 50 artículos de autores de 6 nacionalidades, escritos en francés, español o italiano.
La mayoría han participado actualizando importantes artículos de revisión y muchos se formaron Trab.
El tono no es falsamente halagador, puesto que matizan y a veces contradicen las opiniones de un investigador que nunca ha dudado en poner en cuestión sus propias teorías cuando lo creía necesario.
Hay un toque de malicia en la disposición de las contribuciones, intercaladas en la obra como si se barajaran cartas, lo que desafía al lector a recuperar una secuencia lógica de la obra.
J. Guilaine ha consagrado buena parte de su actividad de campo en el sur de Francia al estudio de las estratigrafías en cuevas.
Las secuencias presentadas en este volumen se refi eren al Epipaleolítico y Mesolítico.
J. Vaquer y M.-P. Ruas estudian respectivamente la industria lítica y los numerosos macro-restos procedentes de 3 antiguos sondeos de la cueva de l'Abeurador.
M. Barbaza da un balance sobre la defi nición del Aziliense a través de las series de la cueva Troubat.
El Aziliense y el Sauveterriense aparecen en la estratigrafía de la Balma del Gai (Cataluña), donde Guilaine había trabajado durante los 1970.
P. García-Argüelles et al. insisten en la presencia de restos muy numerosos de conejos, un animal de madriguera.
F. Briois y J. Vaquer estudian la industria lítica procedente de la estratigrafía de la cueva de Buholoup, en los Pirineos, con niveles desde el Aziliense al Neolítico antiguo "Epicardial" de tipo Gazel IV.
La publicación por D. Sacchi de las cartas inéditas de M. Raphaël sobre el supuesto carácter antropomorfo de las fi guraciones esquemáticas en los cantos pintados azilienses, es más original en este contexto.
M. Lorblanchet prolonga la refl exión de Guilaine y Zammit sobre el signifi cado de las representaciones de violencia, relativamente numerosas a partir del Neolítico, pero prácticamente ausentes durante todo el Paleolítico.
Sobre este "sustrato" se produce un importante evento al que J. Guilaine ha estado particularmente vinculado: la neolitización y el Neolítico en los contornos del Mediterráneo.
La contribución de E. Crubézy sobre el poblamiento del Mediterráneo es una síntesis actualizada que relaciona los resultados de los estudios paleogenéticos, antropológicos y culturales disponibles sobre este tema.
El autor subraya que los datos tienden a relativizar la importancia dada al Neolítico como un factor de discontinuidad, y ponen de relieve otras contribuciones importantes y más recientes.
El impacto del Neolítico como movimiento de población sólo parece detectarse en los grupos genéticos del sureste de Europa.
Sobre los períodos neolíticos y predinásticos del antiguo Egipto, B. Midant-Reynes y F. Briois presentan los notables resultados en el sitio KS 043 del oasis de Kharga, con el descubrimiento de niveles prebadarienses (4800-4400 a.C.), unidos a la explotación de antiguos pozos artesianos.
Y. Tristan propone confrontar los datos arqueológicos e iconográfi cos que ilustran los útiles vinculados a las primeras prácticas agrícolas en el valle del Nilo.
El estudio del PPNA de Jerf el Ahmar (valle del Eúfrates) aborda el primer desarrollo de la agricultura en el Próximo Oriente.
D. Stordeur y G. Willcox sugieren el cultivo de cereales antes incluso de que las prácticas agrícolas produjeran transformaciones reales en su morfología, hacia 9500 a.n.e.
Por su parte, R. Valla estudia 3 grandes morteros de piedra natufi enses, encontrados in situ en Malaha y Hayonim, en Israel, cuyo uso para descascarillar cereales no es la única interpretación posible.
La colonización de la isla de Chipre marca una etapa importante en la expansión del Neolítico al Próximo Oriente.
M. Azéma presenta una reconstrucción virtual sintética de las arquitecturas domésticas de Shillourokambos, poblado inicialmente excavado por Guilaine.
J.-D. Vigne estudia los restos de fauna del sector 1 y se plantea la cuestión de los medios empleados para el transporte de estos animales en un trayecto marítimo de más de 70 km.
Cuatro contribuciones se refi eren a la neolitización de los Balcanes y de Europa suroriental.
A partir del ejemplo de la cueva Franchthi, en Grecia, C. Perlès refl exiona sobre el signifi cado de los conjuntos líticos del Neolítico europeo y destaca la importancia de los hechos sociales que explican la adquisición y transformación de esta materia prima.
J.-P. Demoule propone una síntesis extensa sobre la periodización del Neolítico antiguo de la Europa balcánica.
La voluntad de estas comunidades neolíticas de mantener una densidad demográfi ca débil sería el verdadero motor de una difusión rápida de la neolitización balcánica.
El estudio de C. Commenge sobre el material procedente del nivel III de Madzari, en Macedonia (VI milenio a.n.e.), analiza la tecnología de la alfarería y la fabricación de adobe.
M. Lichardus publica un corpus de 44 sellos en tierra cocida procedentes de Koracevo (Bulgaria).
J.-F. Berger discute y precisa el modelo arrítmico propuesto por Guilaine para explicar la expansión del Neolítico en Europa.
A pesar de la implicación personal de Guilaine en el estudio del Neolítico inicial en el sur de Italia, sólo hay una contribución sobre el tema.
G. Radi y C. Tozzi tratan las relaciones entre la cultura con cerámica pintada de Catignano y el complejo de la cerámica impresa.
A. Beeching tambien aborda las interacciones culturales, pero en la Italia del Norte, resaltando la frecuencia de préstamos e intercambios apreciables en sentido este-oeste y la rareza de los norte-sur, sobre todo en el valle del Ródano.
Por su parte, C. Manem y T. Perrin matizan los nexos previamente establecidos entre el cardial tirreno y el "franco-ibérico".
El primero es, seguramente, el más antiguo, pero la anterioridad de las fechas disponibles para la Península Ibérica en relación con las del sur de Francia se opone al modelo difusionista.
Otros grupos culturales del norte de Italia, como el de Fiorano, podrían haber jugado un papel un poco más importante del que se había supuesto.
Las problemáticas expuestas en estos artículos no Trab.
Las hachas aserradas descubiertas en Lugrin (Alta-Saboya) merecen una nueva interpretación de P. Pétrequin et al., privilegiando la hipótesis de un depósito "ritual" sobre la del aprovisionamiento directo en origen, al pie del Monte Viso.
Numerosos artículos ilustran el impacto de los trabajos de J. Guilaine en la Península Ibérica, sobre todo en Cataluña y Valencia.
J. Bernabeu et al. constatan la presencia de un Neolítico antiguo precoz en el interior peninsular, asociado a un estilo cerámico califi cado como Epicardial.
Difi ere claramente del Cardial de la costa mediterránea, aunque sea contemporáneo.
Los descubrimientos efectuados en 2006 en El Barranquet (Valencia), se atribuyen al complejo impreso, como Portiragnes en el sur de Francia, situado a más de 900 km de distancia.
Esta primera oleada de colonización neolítica estrictamente litoral, podría ser una alternativa para este otro Neolítico antiguo ibérico lo que resulta una hipótesis de trabajo apasionante.
La presencia de cerámica pintada en la estratigrafía de Cendres es todavía más difícil de explicar, a menos que se hagan intervenir hipotéticos contactos con el sur de Italia por vías marítimas africanas.
En Portugal, J. Zilhão presenta los resultados de algunos sondeos efectuados en la Galeria da Sisterna.
Atribuye la cerámica al Neolítico antiguo portugués, sobre la base de una clasifi cación tipológica y de la cronología regional.
Sólo algunos materiales funerarios pertenecerían a un Cardial antiguo, fechado por C14 en torno al 5400 a.n.e.
Sus paralelos apuntan a implantaciones cardiales en la región de Valencia, tomando nota de la ausencia de brazaletes, cucharas y algunos útiles de hueso.
Martí Oliver et al. se interesan por el caso particular de una decena de cerámicas con pico vertedor, procedentes de la Cova del Or, en Alicante, interpretadas como biberones para alimentar niños o animales jóvenes.
En Cataluña, M. Molist et al. proponen un estudio más completo de los elementos cardiales recogidos en la Caserna de San Pau del Camp, una serie muy útil para completar los procedentes de estratigrafías en cueva, como la de Can Sadurni.
J. Tarrús actualiza los recientes descubrimientos sobre la arquitectura de hábitats neolíticos, aludiendo a las excavaciones de La Draga o Barranc d'en Fabra para la fase antigua, y a las de Can Isach, para el Neolítico medio y reciente.
Casi todas las contribuciones del Neolítico medio se refi eren a contextos funerarios, especialmente megalíticos.
Un notable artículo de A. Gallay valora el lugar de G. Childe en los estudios megalíticos de Europa occidental.
El texto tiene un doble fi lo, dado el carácter estrictamente descriptivo y recopilatorio que el autor da a los trabajos de J. Guilaine.
Es una defensa tan brillante de otra escuela de pensamiento que resalta la apertura de espíritu de quienes han pu-blicado esta obra.
Sorprende, en cambio, la ausencia de contribuciones sobre este tema de H. Duday o R. Jou ssaume.
El estudio de J. M. Large sobre los alineamientos del Douhet en el islote Hoëdic, en Morbihan, demuestra la implantación de las fi las de menhires sobre un antiguo suelo, con dataciones radiocarbónicas del segundo cuarto del V milenio a.n.e. y un ajuar coherente.
Hay fotos inéditas de las excavaciones efectuadas, aquí y en Téviec, por M. y S.-J. Péquart hace más de 50 años.
Si el Golfo de Morbihan cuenta con más de un millar de monumentos, en Galicia se han catalogado casi diez mil, como subraya A. Rodríguez Casal en una síntesis que destaca la importancia de las ideas recientemente desarrolladas sobre el tema por P. Bueno Ramírez y R. de Balbin Berhman para la Península Ibérica.
La contribución de A. Augereau y Ph.
Chambon se fi ja en los ajuares recogidos en contexto sepulcral en la cuenca de París y Borgoña.
A partir del estudio de los restos carpológicos procedentes de un hogar atribuido al Chassense reciente en la estratigrafía de la Baume de la iglesia de Baudinard (Var), P. Marinval cuestiona el lugar del centeno como planta adventicia o cultivada esporádicamente del Neolítico a la Edad del Bronce en Europa occidental y balcánica.
Hay 4 artículos sobre los inicios de la Edad del Cobre.
El primero es una síntesis de R. Grifoni Cremonesi sobre este período en Italia central, actualizada por el resultado de las excavaciones en Sesto Florentino, que aportan nueva luz sobre sus relaciones con la cultura de Rinaldone.
En Cerdeña, M. G. Mélis recuerda los paralelos propuestos entre la facies de Monte Claro y los de Zambujal (Portugal) de la misma fecha.
M. Laroche et al. estudian los sellos de tierra o arcilla en la cabaña 28 de la Capitelle du Broum (Languedoc).
En Gers, el inventario de hachas planas en cobre llega a 5 ejemplares con la publicación de J.-P. Cantet.
Otras 4 contribuciones a diferentes escalas geográfi cas abordan el campaniforme.
L. Salanova ha querido refutar la reciente hipótesis de J. Guilaine sobre un posible origen del fenómeno en Sicilia, insistiendo en la distribución y origen atlántico de este tipo de decoración "marítima" o "internacional".
También a escala europea, M. Besse et al. proponen un origen carpático, hacia el 2500 a.n.e. para las jarras con asa y los vasos polípodos, que acompañan al Campaniforme.
Las modalidades de su difusión en Europa central y oriental se confrontan con los estilos de los vasos decorados que se les asocian, cuyo origen se sitúa, por el contrario, hacia el 2800 a.n.e. en la Península Ibérica.
O. Lemercier realiza una síntesis sobre el campaniforme del sureste de Francia y compara el grupo "ródano-provenzal" con el de Ciempozuelos en el centro de España.
Si los estilos pueden compararse a muy grandes escalas, la factura de los objetos parece, sin embargo, casi siempre local, como demuestra de nuevo el estudio petrográfi co de F. Convertini de 24 vasos campa-Trab.
Todas las contribuciones relativas a la Protohistoria, con una excepción, se concentran en el sur de Francia.
J. Gascó estudia los cambios culturales durante la Edad del Bronce meridional, con la idea de las barreras refl ectantes que comportan, en uno y otro lado, modifi caciones en cascada para grupos que apenas mantienen relaciones entre sí.
L. Carroza et al. y J. Abelanet estudian la cueva de Fraux y la necrópolis de Moulin de Mailhac asociando los motivos de los grabados parietales con los de las decoraciones presentes en las cerámicas del Bronce fi nal.
T. Janin concentra su propósito en una historia y síntesis actualizada del Mailhaciense.
En los Pirineos orientales, el estudio de los restos carpológicos procedentes de Llo-Lo-Lladre por M.-P. Ruas et al. sugiere la práctica de una agricultura de montaña al menos desde fi nes de la Edad del Bronce, por la presencia de plantas adventicias y subproductos procedentes del cribado de los cereales, previo a su almacenamiento o transporte.
En la otra vertiente de los Pirineos, G. Ruiz Zapatero trata igualmente el fi nal de la Edad del Bronce en el marco de una síntesis relativa al hábitat y los depósitos funerarios en Cataluña.
Identifi cados por fotografía aérea, las construcciones de Barbe y Candelou en el valle del Garona, publicadas por L. Izac-Imert et al., se atribuyen al inicio de la Edad del Hierro, como lo fue la de Antran, en Vienne, antes de contar con fechas radiocarbónicas del III milenio a.n.e.
Rancoule trata más en general de las corrientes de intercambio que pudieron existir durante las dos Edades del Hierro entre el valle del Garona y las orillas del Mediterráneo.
Boissinot y D. Peyric nos dan los resultados puntuales del recinto con torres de Celeste (Provenza), que las dataciones disponibles sitúan a partir de ahora en los siglos VI y V a.J.C.
Si los artículos relativos al Neolítico testimonian seguramente la amplitud y el impacto considerable de los trabajos de J. Guilaine en su campo, los relativos a la Prehistoria más antigua o la Protohistoria dan cuenta igualmente de las relaciones humanas que se han tejido en el seno de un equipo y laboratorio.
Algunas contribuciones aisladas (I. Carrère, V. Forest y M. Martzluff, N. Valdeyron y S. L. Da Silva Domingos) se refi eren al pastoreo moderno, las técnicas de talla de la piedra de construcción en los Pirineos, etc. Dos amigos de Guilaine han redactado textos que abren y cierran el volumen.
Goudineau introduce un punto de fantasía, ironía y humor, con un homenaje apoyado en su mujer, Christiane, que siempre le ha respaldado.
Esta obra es, con seguridad, un hermoso libro.
Da cuenta también, al hilo de las páginas y del tema escogido por cada autor, cómo J. Guilaine, catedrático del Collège de France, ha sido percibido por sus diferentes colegas, prehistoriadores y arqueólogos.
Correo e.: [EMAIL] Marco de la Rasilla Vives, Antonio Rosas González, Juan Carlos Cañaveras Jiménez y Carles Lalueza-Fox (eds.).
La cueva de El Sidrón (Borines, Piloña, Asturias).
Investigación interdisciplinar de un grupo neandertal.
Colección Excavaciones Arqueológicas en Asturias, Monografía 1.
Consejería de Cultura del Principado de Asturias.
Desde hace unos cuantos años el yacimiento asturiano de la cueva de El Sidrón se ha convertido en uno de los referentes obligados de la Prehistoria y de la Paleoantropología física europea y mundial.
Los prehistoriadores hemos ido recibiendo las noticias de los hallazgos de restos de Neanderthales tan bien preservados que han servido para poder obtener de ellos restos de ADN con los que secuenciar los genes de nuestro antecesor más inmediato, con el que ahora sabemos que compartimos un 4% del material genético, como resultado de su cruzamiento con nuestra especie antes de desaparecer de la faz de la tierra.
Hasta ahora hemos debido acudir a dos tipos de publicaciones para conocer la realidad de estos descubrimientos.
Por un lado, y para los más especialistas en Paleogenética y en Paleolítico, teníamos que leer los artículos aparecidos estos últimos años en Nature, en el Journal of Human Evolution o en el Journal of Archaeological Science, entre otras revistas del más alto impacto internacional.
Por otro lado, la importancia de los hallazgos de El Sidrón hizo que la prensa local, regional y nacional se hiciese eco de las campañas de excavación en el yacimiento y de los restos humanos que fueron apareciendo: desde La Nueva España hasta El País podemos ir rastreando primeras páginas, editoriales, artículos de fondo y dominicales en los que los Neanderthales de El Sidrón van ganando popularidad a nivel del gran público hasta el extremo, sobre todo en Asturias, de convertirse en un referente conocido por todos, como lo es Atapuerca a nivel nacional.
Todo esto viene a cuento para calibrar la oportunidad y el nivel científi co del libro que reseñamos.
El gobierno del Principado fue dándose cuenta de la importancia internacional del yacimiento y, con mucha lógica política, solicitó a los principales investigadores del proyecto la redacción de una obra que sirviese para justifi car, ante la sociedad asturiana, el ingente gasto que había supuesto fi nanciar la excavación, las pros-Trab.
Prehist., 69, N.o 1, enero-junio 2012, pp. 177-192, ISSN: 0082-5638 pecciones y estudios geológicos y los trabajos de laboratorio que han llevado a los restos humanos de El Sidrón a ser unos de los pocos que han proporcionado un avance signifi cativo en la Paleogenética durante el primer decenio del siglo XXI.
Cierto es que otros organismos nacionales e internacionales han intervenido en la fi nanciación de las investigaciones; pero factores como la proximidad y la demanda social llevaron a buen puerto la idea de tener una primera monografía sobre esa pregunta que siempre nos hacen los periodistas, portavoces de la inquietud de la sociedad, y que hemos de saber responder adecuadamente: ¿qué es eso que habéis encontrado en esa cueva y por qué es tan importante?
Y aquí entramos a aquilatar el segundo de los puntos que mencionábamos en el párrafo anterior, el nivel científi co del libro.
El adjetivo que mejor nos cuadra para defi nirlo es equilibrio.
Los coordinadores realizaron una apuesta arriesgada y difícil de conseguir, que consistía en satisfacer la petición política de una obra presentable ante la sociedad y, al mismo tiempo, entregar a la comunidad científi ca un excelente resumen, de buen nivel, que colmase el deseo de conocer a fondo los entresijos de los descubrimientos de El Sidrón.
Justo es decir que los dos extremos se quedan fuera de los objetivos del libro.
Las gentes poco motivadas por el tema lo seguirán estando, ya que la lectura requiere un esfuerzo y una voluntad al alcance solamente de los interesados.
Y los superespecialistas en karst, en ADN mitocondrial o en "lascas con dorsos de lascado" encontrarán a faltar más datos, que deberán ir a buscar a las revistas de impacto en las que los autores de las investigaciones las han publicado.
Pero los políticos y la sociedad tendrán 'El libro de El Sidrón', a todo color, con imágenes impactantes de reconstrucciones virtuales de los cráneos, del proceso de excavación o de los restos de la Guerra Civil identificados en la boca de la cueva.
Y los prehistoriadores tendremos a mano datos, imágenes y bibliografía de primera mano para calibrar la gran importancia real de los Neanderthales de El Sidrón en el contexto paleogenético y arqueológico de nuestro continente.
Por lo que hemos venido exponiendo hasta aquí, podemos imaginarnos que la labor de los coordinadores ha sido ardua por muchos motivos pero, sobre todo, para encontrar el nivel justo de alta divulgación impregnada de didáctica que surca casi todos los capítulos del libro.
En nuestro ámbito sabemos que es más fácil escribir cien páginas ininteligibles que diez inteligibles, y aquí les pedían lo segundo.
Con más aridez o con más amenidad los autores han ido desgranando todo aquello que cabía esperar, el descubrimiento, la decisión de excavar, los primeros hallazgos, la calibración de su importancia, los contextos geológicos y paleoambientales y todo lo relacionado con los restos humanos, desde la pura descripción paleoantropológica hasta los más apasionantes análisis paleo-genéticos, pasando por el complejo y espectacular protocolo para la recogida de las muestras sin contaminación antrópica actual.
En todos los capítulos trasluce la idea didáctica de explicar el porqué de los procesos usados durante la investigación, desde las prospecciones geofísicas hasta la cuadriculación del espacio para excavar.
En particular queremos destacar el apartado redactado por Carles Lalueza, el dedicado a los análisis paleogenéticos.
Hay que recomendar vivamente su lectura para entrar, con sencillez e inteligibilidad, en los entresijos de la genética en general, de la de los humanos en concreto, y de la de los Neanderthales en particular.
Entenderemos qué son los genes nucleares, y cuáles han sido identifi cados en El Sidrón, el de la pigmentación, el del lenguaje, el del grupo sanguíneo ABO o el del gusto amargo.
El trasfondo de buen escritor de este prestigioso paleogenetista le ayuda a hacer comprensible para todo el mundo unos conceptos que muchas veces se nos escapan.
Y si, entre los que leéis esta reseña, hay profesores universitarios, acudid a este capítulo para que vuestros alumnos de cursos avanzados puedan saber más del tema.
Y no podemos dejar de lado que la formación del equipo de trabajo, desde los coordinadores hasta los excavadores, pasando por los más variados especialistas que han colaborado en aspectos muy concretos, fue una apuesta personal, fuerte y decidida, como todas las suyas, del llorado Javier Fortea, al que va dedicada la obra.
Él valoró la importancia de los primeros hallazgos de El Sidrón, tras la truculenta historia de su descubrimiento y del traslado de los primeros restos a las dependencias centrales de la Guardia Civil, al sospecharse que podrían pertenecer a algún muerto de la Guerra Civil.
Insistió en rodearse de los mejores especialistas en todos los campos que requería la excavación y el resultado está a la vista: decenas de publicaciones de gran impacto y este libro que nos pone al día, de manera excelente, de los hallazgos de El Sidrón hasta el año 2010.
La historia sigue, y los Neanderthales continuarán apareciendo; la secuenciación de los diferentes genes nos permitirá saber, en un futuro a medio plazo, cosas inimaginables hace pocos años.
Si Javier lo leyese, en el último número de esa revista electrónica de gran impacto que acaba de salir, nos diría que a él las soluciones que se publican allí solamente le sugieren otras preguntas que deberemos seguir contestando, para que se quede medio satisfecho, tras su impenitente cigarrillo...
Ignacio Montero Ruiz (coord.).
Colección "Cursos de Formación Permanente para Arqueólogos" 1, Museo Arqueológico Regional (Alcalá de Henares) y Sección de Arqueología del Colegio de Doctores y Licenciados en Filosofía y Letras y en Ciencias de la Comunidad de Madrid (Madrid).
El volumen recoge las lecciones dictadas en el otoño de 2007 por ocho especialistas durante un curso organizado por el Museo Arqueológico Regional y por el Colegio de Doctores y Licenciados de la Comunidad de Madrid en torno al tema "Metales y metalurgia.
Criterios para su identifi cación y estudio".
El curso, celebrado en Alcalá de Henares, en la sede del propio Museo Regional, y dirigido por el Dr. I. Montero del CSIC, responsable también de la edición de la obra, es una de las varias iniciativas concebidas por ambas instituciones para fomentar la formación permanente, sobre todo práctica, de los arqueólogos madrileños.
Cual reza su título, se trata de un manual y, en cierta medida, de un vademécum para que sus destinatarios tomen conciencia del potencial científi co de los restos derivados de operaciones metalúrgicas.
Sin embargo no es una síntesis sobre arqueometalurgia como las clásicas de Craddock (1995), Mohen (1990) o Tylecote (1987), por cuanto, acertando como ellas a trazar una panorámica de la metalurgia antigua, ofrece la particularidad de nutrirse de experiencias analíticas de los propios autores y de utilizar casos de estudio de la Península Ibérica.
Así, al tiempo que alecciona a los legos sobre los secretos de la producción de metal, tiene la virtud también de introducir al estudioso foráneo en las singularidades del caso español.
Y es que este Manual, del que S. Rovira y A. Perea seguramente son tan responsables como I. Montero, no deja de ser un postrer fruto de dos antiguos proyectos liderados por todos ellos, Arqueometalurgia de la Península Ibérica y Arqueología del Oro, los cuales vieron la luz hace más de un cuarto de siglo (Perea et al. 2008).
Dos proyectos -o, mejor sería decir dos líneas de trabajo, dada su ramifi cada evolución-excepcionalmente fructíferos a tenor de la abultada serie de tesis doctorales que jalonan su trayectoria (junto a las de los propios directores, las de Comendador, Gómez Ramos, Herrán, Simón, Rodríguez de la Esperanza, Sarabia...) y que han propiciado que la arqueometalurgia española brille con luz propia.
Los autores de este libro son sin duda los pioneros de esta disciplina en España, dicho ello con todo el respeto para Luis Siret que, hace casi un siglo, investigaba el origen del mineral comprometido en la fundición, hacía análisis compositivos, cavilaba sobre la dimensión funcional de los instrumentos metálicos, y hasta recurría a la arqueología experimental a fi n de descifrar su cadena operativa.
Estructurado en ocho capítulos más dos apéndices bibliográfi cos, el volumen se inicia con una introducción de Montero y Rovira sobre la producción metalúrgica a fi n de aclarar cuáles son los documentos del registro arqueológico susceptibles de estudio (materias primas, instrumental productivo y productos) y las técnicas a aplicar a este fi n (el análisis elemental de componentes, la metalografía y los análisis de isótopos).
Un empeño éste de presentar las técnicas que en ningún caso se reduce a describir su principio físico o a enunciar su objetivo, puesto que, con una loable intención didáctica, pormenoriza también las claves para interpretar sus resultados.
El propio coordinador, en el capítulo 2, analiza la minería antigua, abordando primero cuestiones generales, como metalogenia, estructura de criaderos metalíferos y viejas técnicas mineras, e interesándose luego específi camente por el registro minero prehistórico de la Península Ibérica, en especial las minas del Aramo.
Un texto estimulante para los iniciados al interrogarse por cuestiones candentes como la cronología y posibles pervivencias de los más típicos instrumentos mineros -los martillos de surco-o las dudas razonables que suscitan las labores de ciertas minas pese al hallazgo en ellas de restos prehistóricos, como La Loma de la Tejería.
Pero sus páginas estelares, siempre trasunto de investigaciones propias (Montero et al. 2007), son, sin duda, las dedicadas a estudios indirectos sobre la explotación minera a través de análisis de isótopos del plomo.
Un ámbito en el que, de acuerdo con la fi losofía que alienta toda la obra, se atiende tanto a los fundamentos del método como a los problemas más frecuentes de su aplicación ( anomalías en los campos isotópicos o mezcla de matrículas en refundidos y aleados) en la busca de correspondencia entre criaderos minerales y productos metálicos.
En los dos capítulos siguientes, S. Rovira y M. Renzi pasan revista a las operaciones pirometalúrgicas desde la perspectiva de los subproductos (las escorias) y de las estructuras de combustión.
A propósito de aquellas, se insiste en su variedad y en su potencial para descifrar los procedimientos productivos -tan esquivos p.ej. en los aleados de estaño-, mientras que en el segundo caso la discusión se centra en hornos y toberas.
Obviamente en un libro con el cuño de Montero y Rovira, "a falta de estructuras que puedan interpretarse como hornos" (p.
127) se atribuye gran protagonismo en los inicios de la metalurgia de la Península a las "vasijas de reducción", sin que por ello dejen de describirse las estructuras de combustión excavadas y de cierto tamaño de Cabezo Juré o de Valencina de la Concepción.
Pero es evidente que en el libro se apuesta por la idea de unas operaciones metalúrgicas iniciales bastante limitadas (Montero 1994) que difícilmente se compadecen con el modelo de producción industrial propuesto para "el barrio metalúrgico" calcolítico de Valencina (Nocete et al. 2008).
El texto de I. Montero sobre la tecnología de la metalurgia de base cobre, casi un resumen de su trayectoria investigadora, presta atención a toda una batería de cuestiones que, por su interés, merecen ser "revisitadas" periódicamente: v.gr. las aleaciones accidentales o "naturales", derivadas del uso de minerales polimetálicos, cuyo exponente más conocido son los "cobres arsenicales" (Delibes et al. 1991); los siempre oscuros procedimientos conducentes a obtener los primeros bronces (Rovira 2007); o la razón de ser de los bronces plomados que, al no suponer en general ahorro de estaño, cada vez parece más lógico -sin perder de vista otras opciones, como la obtención de un metal más apropiado para el trabajo mecánico o con un punto de fusión más bajovincular a la disponibilidad a partir del Bronce Final de un excedente de Pb resultante de la copelación de galenas argentíferas (Orejas y Montero 2001: 138).
En la contribución de M. Gener sobre la metalurgia del hierro es destacable la claridad expositiva, muy de agradecer ante la maraña de precisiones técnicas y fórmulas químicas necesarias para comprender los procesos de reducción, de carburización para obtener acero o de corrosión.
Adolece tal vez, empero, de una excesiva desnudez de datos arqueológicos -vagas alusiones a primeros usos de hierro en Anatolia, a la precoz aparición del acero en China, o a la aparición de la farga catalana-, sin apenas proyectarse, a diferencia de otros capítulos, sobre la arqueología de la Península Ibérica, lo que acarrea que el lector se sienta desasistido en cuestiones de tanta actualidad como la naturaleza de los primeros hierros del oeste del Mediterráneo (p.e. los del tesoro de Villena) o la tecnología de las producciones coloniales.
La situación se corrige en el capítulo de A. Perea sobre la orfebrería que, sin desentenderse de la toma de datos y de los procedimientos analíticos (se subraya la importancia del uso del microscopio de barrido electrónico, que aporta a la vez imágenes de gran detalle e información compositiva), recurre sin embargo a ejemplos concretos a la hora de revisar la evolución de las técnicas de taller.
Viniendo el escrito de quien viene, los documentos estrella serán naturalmente los brazaletes de tipo Villena-Estremoz (elaborados a la cera perdida y mediando el uso de un torno de eje horizontal), los candelabros de tipo Lebrija (fundidos en partes, lo que requería soldadura adicional) y las joyas coloniales ya con la "terna mediterránea" soldadura-fi ligrana-granulado introducida por griegos y fenicios.
Pero tampoco faltará espacio para considerar el pequeño casquete esférico de hierro con recubrimiento de oro del Tesoro de Villena -parte seguramente de una coraza o de un casco-como uno de los primeros testimonios en la Península Ibérica de la técnica del chapado-laminado.
El círculo se cierra, fi nalmente, con un original y lúcido ensayo de B. Comendador, en el que se insiste en algo fundamental: la arqueometalurgia nos aproxima, evidentemente, al conocimiento técnico, pero también ilumina otras muchas caras del pasado vinculadas a la producción, al intercambio y a una variadísima gama de formas y ambientes de consumo.
La Arqueometalurgia, en suma, enriquece las fuentes documentales a partir de la aplicación de unas técnicas de análisis más o menos sofi sticadas, pero no por ello deja de ser una óptica singular para plantear y resolver problemas históricos.
Este libro es un fi el ejemplo de ello.
Pocos arqueólogos tienen el coraje de que su pensamiento evolucione signifi cativamente conforme sus carreras progresan; en consecuencia, se ven cortes generacionales y actitudes cargadas de ideología, que difi cultan nuevas formas de discusión o análisis.
Sin embargo, en el caso de María Dolores Fernández-Posse, encontramos una estudiosa que poseía este coraje, que no sólo amplió sus intereses de investigación en el curso del tiempo, sino que los incrementó y adaptó a los nuevos paradigmas intelectuales.
Durante los años 1985 a 2007, se convirtió en una intérprete sofi sticada de la Prehistoria fi nal de la Península Ibérica, promoviendo una arqueología interdisciplinar en cualquier parte donde trabajara.
Usando etiquetas taquigráfi cas, se puede ver cómo pasó de ser una "prehistoriadora normativista" de la Escuela de Granada a una completa "funcionalista" con perspectiva europea a mediados de los 1980.
Reconocía que los datos arqueológicos aparecen en registros diferentes, lo que requiere múltiples herramientas interpretativas y diferentes vías de exploración.
Este excelente libro reúne ensayos escritos por sus amigos y colegas, estimulados a "pensar por ellos mismos" como ella hizo.
Sería poco práctico resumir cada uno de los 24 ensayos e injusto ignorar alguno.
Siendo yo mismo prehistoriador, encuentro todos atractivos y lúcidos, ya que recorren la serie completa de intereses de Fernández-Posse.
El primer ensayo de Catalina Martínez es una valoración de las prospecciones en los yacimientos, que abarcan gran parte del trabajo europeo recien-te, con algunas refl exiones serenas sobre la necesidad de un control cronológico más estricto de las muestras para que tenga lugar una comprobación seria.
Le sucede el modelo de Alicia Perea sobre la variabilidad tecnológica en la orfebrería, y el concepto de estandarización, elaborado durante un lapso de muchos siglos.
Cuatro importantes trabajos de los equipos dirigidos por Germán Delibes, Primitiva Bueno, Vicente Lull y Anna Bettencourt consideran los restos funerarios y las tumbas desde diferentes perspectivas.
Es interesante ver cómo varían las bases de datos de los distintos períodos, lo que encajona a los autores en modelos regionales y en períodos cronológicos relativamente limitados.
No hay una historia general de la evolución cultural que emerge de ellas y, como los descubrimientos procedentes de los sondeos de investigación y los hallazgos casuales se acumulan, aumenta la tentación de caer en la descripción y el relato.
Es mérito de los autores no intentar sacar patrones o secuencias de donde no las hay.
El ensayo del equipo de Lull es un anacronismo histórico, retrasado desde 1992, actualizado después, pero difundido por otros medios.
Expone los argumentos a favor de que las sociedades de la Edad del Cobre del Sureste español participaron en un proceso de descomposición social antes de la aparición de las élites argáricas en sus nuevos emplazamientos.
Bettencourt muestra cuán compleja es la Edad del Bronce Antiguo del noroeste de la Península Ibérica, donde se anticipa un gran paso adelante si pudieran encontrarse más cementerios como el de Cimalha (Figueiras), con 163 tumbas individuales.
El trabajo de Bueno muestra el potencial de estudiar las primeras sociedades agrícolas de base cerealista en el valle del Tajo, y se inspira en el estudio de Fernández-Posse de 1980 sobre el Neolítico en la Meseta, en esa fecha, un tema casi desconocido.
Resulta instructivo el contraste con el de Delibes en el valle del Duero, y la precoz manufactura estacional del cobre.
Hay un conjunto importante de 5 ensayos sobre aspectos relativos a la minería prehistórica y romana del cobre y el oro, encabezados por Jorge Rolland, Juan Cano, F.-J. Sánchez Palencia, Carmen Fernández y Luis López.
Les une a todos la convicción de Fernández-Posse de que la organización de la economía política es la llave para la comprensión del esfuerzo de extraer el metal.
Ella estudió los yacimientos mineros auríferos de la Galicia romana y del Bierzo durante años con gran éxito y escribió informes que han inspirado otros.
Ella fue más allá de los estudios tecnológicos que habían caracterizado los trabajos precedentes y del mismo modo también estos 5 ensayos.
El informe sobre la colaboración entre la Academia Rusa de Ciencias y el CSIC para excavar en Kargaly es lapidario, un proyecto de éxito con impacto europeo.
Las minas de Kargaly son interpretadas de modo convincente como el trabajo de sociedades segmenta-Trab.
Es todavía una cuestión abierta si hubo mineros especializados, pero la evidencia predominante es que no. Este trabajo comprime una enciclopedia de información en sólo 19 páginas.
Los demás sobre minería romana del oro están presentados de forma más extensa, pero llegan a un núcleo igualmente relevante, y muestran cuán importante y variada era la colaboración entre las poblaciones indígenas de Galicia, el Bierzo y Biella (Italia) y sus señores romanos.
Encuentro fascinante el artículo sobre el Castro de Nuestra Señora de Cervantes y tan bueno como el dedicado a Kargaly.
La excavación de las casas de varios pisos de los mineros con su abundancia de cerámica romana importada de los siglos I-II AD muestra cuán rápida y potente fue la actividad romana en este área, y su deseo imperioso de extraer lingotes de oro para las acuñaciones imperiales.
La coexistencia de dos modelos territoriales, diferenciados y contiguos de subsistencia y extracción se describe con destreza.
A partir de esos artículos y colaboraciones me parece que los arqueólogos españoles están en la vanguardia internacional en el estudio, registro, excavación y publicación de estos sitios industriales que son un desafío a la investigación.
Y así es como debería ser, dada la abundancia y variedad de minas en España.
Yo esperaba en cierta medida que se incluyera un registro de las minas del siglo XIX AD en Asturias (zinc y carbón) y Cantabria (hematites de Cabárceno).
Los modelos arqueológicos presentados aquí son claramente transferibles a través de los milenios.
En este grupo sobre la interpretación socio-política de los sitios con trabajo del metal, debería incluir también el estudio de Cano, detallando la excavación de urgencia del asentamiento de la Edad del Bronce Final de Punta Langostera (Coruña).
Este yacimiento, interpretado como un taller costero fortifi cado de objetos metálicos durante los siglos IX-VI AC, tiene un gran interés para comprender aspectos clave de la Edad del Bronce Atlántico y la diseminación de sus objetos producidos masivamente.
Una excavación meticulosa, en un sitio considerado destruido por juegos de guerra actuales, recuperó tanto material que debería convertirse en una de las bases sólidas de la investigación de este período.
Es muy gratifi cante ver cómo una excavación de urgencia da resultados de calidad.
Hay otros artículos sobre Prehistoria regional.
El de Luis Benítez sobre las motillas de La Mancha es una perspectiva refrescante sobre el tema; se conocen sólo unos 30 sitios principales, abandonados en torno al siglo XIV AC, y que posiblemente fueron pozos fortifi cados, construidos durante un período largo de clima seco.
Es una propuesta contraria a la intuición, pero bien argumentada.
J. Francisco Fabián aborda un tema clásico de la arqueología de la Meseta cuando escribe sobre la inhumación doble de la Edad del Bronce Final, en un pozo, con un exiguo ajuar funerario.
Destaca un problema creciente en el registro arqueológico; a medida que aumenta en magnitud, no se amplía en calidad contextual, ni en facilidad de interpretación.
Hay 8 artículos adicionales sobre los períodos más tardíos desde el 500 AC en adelante hasta el mundo imperial romano.
El de Inés Sastre y colegas utiliza las propuestas de Fernández-Posse sobre los castros gallegos y asturianos de las últimas centurias AC.
Es bueno ver como la infl exibilidad previa de nuestros modelos sociales de las sociedades de la Edad del Hierro puede volverse más permeable y realista, haciendo uso de las ideas "anglo-sajonas" aparecidas en la última década.
Es completamente razonable suponer que los distintos tipos de sociedad coexistieron, ya que el registro arqueológico muestra amplias variaciones en los patrones de subsistencia, costumbres funerarias, riqueza material y densidades de población.
Es un artículo notablemente bien escrito y una fi na discusión de los elementos de "teoría" que han despertado acalorado desacuerdo.
Hay estudios igualmente brillantes de los equipos dirigidos por Teresa Chapa en los paisajes políticamente organizados del Guadiana Menor en época ibérica, y por Julio Manzano en las fortifi caciones en altura del Bierzo.
La Etnografía tiene una oportunidad también, con una presentación sólidamente fundamentada del consumo de bellota debida a Juan Pereira.
Hay mucho más que añadir al tema para lo que el autor no tiene espacio.
Conozco informes de dehesas de inicios del siglo XX en Mallorca con bellotas especialmente dulces injertadas en árboles viejos; comida de bellota mezclada con arcilla como alimento durante la hambruna en Córcega; y una plétora de estudios relativos a Portugal, esperando ser incluidos.
No es esta la ocasión, pero está por escribir un buen libro sobre las bellotas en Europa.
Ángel Esparza participa con un artículo elegante sobre la invención de una etnicidad asturiana, en un estudio que podría repetirse en cualquier parte de la Península Ibérica o de Europa occidental en su conjunto.
Redondean el libro artículos sobre la iconografía del 'jinete' ibérico, el simbolismo celtibérico sobre las placas de Numancia, las vías romanas en Asturias y el proceso de romanización en Galicia.
Este libro tan interesante le habría gustado mucho a María Dolores Fernández-Posse y estoy seguro de que se sentiría halagada al ver la profunda huella que ha dejado sobre sus colegas de investigación, y el afecto que se le tenía y se le tiene.
Las virtudes de lealtad y fi delidad de sus amigos se traslucen en todas sus páginas.
Ángel Villa Valdés (ed.).
Museo Castro de Chao Samartín, Grandas de Salime, Asturias.
Gobierno del Principado de Asturias, Consejería de Cultura y Turismo del Principado de Asturias.
Asociación de Amigos del Parque Histórico del Navia.
No faltan en los últimos años obras de síntesis sobre la "cultura" castreña, desde las ya clásicas de A. C. F. da Silva (1986) para Portugal o la de F. Calo (1993, nuevamente editada en 1997) hasta otras de fecha más reciente, que incorporan perspectivas importadas del mundo anglosajón en particular, como las de A. González Ruibal (2006-2007) y J. Rodríguez ( 2009) o la más divulgativa de X. Carballo (2000).
Aspectos más concretos como la disposición espacial, la plástica, la orfebrería, la cerámica o la etnicidad han recibido frecuente -y en el último apartado polémica-atención monográfi ca a lo largo de los últimos 30 años, particularmente en el ámbito gallego del fenómeno castreño.
En este período de tiempo han abundado las intervenciones en poblados de la Edad del Hierro y aun persistiendo las aproximaciones de perdigón, en ciertos casos los trabajos se han prolongado durante un buen número de años.
No deja de llamar la atención, entonces, la comparativa escasez de publicaciones de fuste recogiendo y analizando en detalle los resultados de las numerosas excavaciones realizadas, en las que se aborde el análisis exhaustivo de la documentación arqueológica y se apliquen técnicas modernas, un problema que, al margen de generar un importante défi cit de información, ha dejado el campo abierto a las ensoñaciones de una bulliciosa fringe archaeology.
En las páginas iniciales de la mencionada síntesis de González Ruibal (2006-2007) se hace una documentada y acerba crítica de este estado de cosas para el conjunto del Noroeste de la Península Ibérica que curiosamente (o no...) ha pasado desapercibida y a la que en todo caso reprocharíamos la falta de referencia al devastador efecto de las políticas emanadas desde la Xunta en la década de los 90 e inicios del siglo XXI, de cuyas consecuencias sí se hace eco J. M. Bello en el prólogo de esa misma obra.
El foco castreño asturiano ha permanecido en una relativa penumbra, como algo en cierto modo periférico frente al protagonismo de la provincia galaica, un desarrollo tardío al hilo de la conquista romana.
Algún destello aislado, como los trabajos de García y Bellido en Coaña y sus tan populares anaparástasis, así como el paciente esfuerzo de catalogación efectuado por J. M. González apenas bastaban para remover la atonía reinante.
Pero a fi nales del siglo XX va a tener lugar una espectacular inversión de dicha situación, a través de una serie de excavaciones que dotan de contenido -espectacular contenido a menudo-a unas expresiones castre-ñas asturianas de raíces profundas, arrancando en el Bronce Final y que se plasman en numerosas publicaciones y alguna espléndida monografía.
La pionera labor del malogrado J. L. Maya en Campa Torres (Maya y Cuesta 2001) abre el camino a esa revisión del paradigma y otras publicaciones siguen en rápida sucesión, como las del Castellu de Llagú, el Castrelo de Pelou o sobre los castros en torno a la ría de Villaviciosa, en una progresión no exenta de polémicas, fruto de visiones antagónicas del trabajo arqueológico y también de pequeñas rivalidades ("humano, demasiado humano..."), que tan bien conocemos al otro lado del río Eo.
En este ambiente se inscribe la investigación en Chao Samartín que, tras dos décadas de intervenciones, se ha convertido en un referente fundamental para la arqueología castreña del noroeste ibérico a través de innumerables publicaciones, de todo tipo y alcance, que aportan un rosario de informaciones que cubre prácticamente el espectro completo de las cuestiones e inquietudes generadas en este campo de estudio.
La calidad e interés de la producción bibliográfi ca generada en torno a este yacimiento tiene pocos paralelos en otros castros del occidente peninsular y constituye un ejemplo a seguir en lo que respecta a intervención, gestión de la información y rentabilización sociocultural.
El catálogo que ahora comentamos sirve para que el lector revisite algunos de los puntos más interesantes que las excavaciones en el Chao han sacado a la luz.
Es el caso de la posición cronológica de la orfebrería en este yacimiento, que las observaciones estratigráfi cas y las dataciones asociadas encuadran en un período que comienza en los siglos IV-III ane, certifi cando el trabajo y manipulación de los metales preciosos desde tiempos prerromanos, algo que debido a la general falta de contextos seguros en la órbita castreña estaba lejos de poderse asegurar.
En realidad los últimos trabajos en la Asturias occidental indican que la metalurgia está bien representada desde los niveles previos a la conquista romana, con piezas tan características como los puñales de empuñadura de antenas, de los que tenemos ejemplos de documentada antigüedad (incluso excesivamente antiguos a tenor de la fecha C-14 para la vaina del ejemplar de Os Castros de Taramundi).
A despecho de los notables cambios detectables en otros aspectos, se observa en el campo de la metalurgia una apreciable continuidad a lo largo de la ocupación del castro de Chao Samartín, ilustrada por la presencia de piezas tan idiosincráticas como el puñal de empuñadura de antenas recuperado en los niveles romanos del poblado (o el puñal afalcatado del próximo Castrelo de Pelou fechado en el siglo I dC).
Otros artículos como las cuentas de vidrio con decoración áurea indican esta misma perduración de diseños o tecnologías a lo largo del período de vigencia del yacimiento grandalés.
Éstas y otras evidencias muestran a las claras los peligros del empleo de argumentos exclusivamente tipológicos a la hora de defender la Trab.
Prehist., 69, N.o 1, enero-junio 2012, pp. 177-192, ISSN: 0082-5638 originalidad o antigüedad de determinados artefactos, pero también el error de la atribución genérica a la etapa romana de todos ellos, en la línea de C. A. F. de Almeida y otros investigadores.
Asimismo resulta de gran interés el arte fi gurativo documentado en Chao Samartín, con sendas representaciones de équidos ejecutadas mediante incisión sobre una pequeña placa de pizarra, fechada en el siglo IV ane.
Éstas presentan lazos formales con imágenes halladas en otros lugares del Noroeste, por lo general de problemática contextualización y en consecuencia difíciles de datar (Fábregas et al. 2011; Meijide et al. 2009).
Desde un punto de vista formal, este volumen tiene una excelente edición si bien, precisamente por ello, sorprende algún fallo en el apartado gráfi co, como acontece con las reproducciones de la tabula latrunculata (p.
385) o de la placa con los grabados de caballos (p.
Cabe preguntarse (especialmente en estos tiempos de crisis) por la utilidad de un catálogo con características de 'bien de prestigio' y si éste cubre otras necesidades más allá del efi caz relleno de un rincón de la estantería.
Opino que en este caso tiene sentido, toda vez que ya se dispone de un completo elenco de información en torno al yacimiento y esta obra completa así, de una forma atractiva, el repertorio bibliográfi co generado en torno al Chao Samartín.
Cota Zero cumple veinticinco años.
El que una publicación que se defi ne en su cabecera como "revista de Arqueología y Ciencia" alcance el cuarto de siglo de existencia ininterrumpida, caracterizada además por la puntual regularidad de su aparición anual, es un acontecimiento extraordinario en el panorama de la edición científi ca en España.
Pero lo es más si tenemos en cuenta dos hechos: es una publicación independiente, es decir, no vinculada orgánicamente a ninguna institución pública o privada (aunque ligada en su gestión a la Universidad de Vic), y se publica íntegramente en catalán.
Además de estas circunstancias, cada una de las cuales requeriría un comentario por su signifi cado intrínseco, hay que añadir que, desde su primer número, ha mantenido una extraordinaria coherencia tanto formal y estructural, cuanto relativa a su línea editorial.
Esta última, mantenida con rigor por un equipo editorial cualifi cado y comprometido, explica el hecho más extraordinario de todos los que concurren en el acontecimiento: Cota Zero, una revista independiente publicada en catalán y comprometida en primera instancia con la Arqueología catalana, ha llegado a ser una referencia indispensable para la Arqueología española, y uno de sus nexos con la corriente del pensamiento arqueológico internacional contemporáneo.
La revisión de su colección, ahora accesible on line [URL], otro valor añadido a los ya reseñados, ofrece un conjunto de referencias muy valiosas para trazar el mapa de la evolución de la teoría y la práctica de la Arqueología en estos últimos veinticinco años.
Esto ha sido posible gracias a la inteligente estructura de la publicación, vertebrada en torno a dossiers monográfi cos en los que el equipo editorial, sensible no sólo a 'lo nuevo' sino, sobre todo, a lo sustancial en los debates contemporáneos en el pensamiento y la práctica arqueológicos, ha sabido seleccionar sin prejuicios a colaboradores expertos que han ido desde las fi guras más relevantes del panorama internacional y español hasta investigadores jóvenes, procedentes, unos y otros, tanto de la academia como de la arqueología profesional y la administración.
Junto a estos temas monográfi cos, la revista ha prestado una atención preferente a su entorno, la arqueología catalana, constituyéndose, de alguna forma, en un observatorio permanente de su pulso.
En suma: el éxito de Cota Zero, y no me refi ero al mero éxito de conseguir sobrevivir, sino al hecho de haber conseguido una destacada relevancia para la comunidad arqueológica española, es el mejor ejemplo que conozco de lo que se ha llamado pensamiento "glocal", discutible pero expresivo neologismo que se refi ere a la articulación de lo local con lo global.
Estos datos defi nen con claridad los objetivos de la línea editorial, más que cualquier declaración explícita.
El proyecto independiente de Cota Zero se alimenta de un entorno que debe mucho a las personas implicadas en él, incluyendo a sus suscriptores, como se subraya en el Editorial (p.
3), pero que además se benefi cia de acertadas políticas y redes institucionales densas (baste repasar las adscripciones de los miembros del Consejo de Redacción).
Todos estos hechos merecen una necesaria refl exión por cuanto las circunstancias actuales, en el sombrío horizonte de una crisis social y económica sin precedentes, son especialmente amenazadoras para las publicaciones científi cas que se mantienen fuera del gigantesco negocio del tráfi co global del conocimiento científi co. Esta situación, en la que la presión de los organismos públicos evaluadores sobre los investigadores para que publiquen en las revistas integradas en el cartel de la edición científi ca internacional (cuya 'calidad' está certifi cada por empresas que ofrecen inquietantes analogías con las agencias de rating), amenaza crecientemente con ahogar en la falta de originales cualquier proyecto editorial, no ya los independientes, como el que nos ocupa, sino también los ligados a instituciones como universidades o museos.
En este contexto, la experiencia de Cota Zero es particularmente valiosa.
El número 25 de la revista resume y ejemplifi ca los rasgos que hemos destacado en su trayectoria.
El argumento principal de este número es la celebración del aniversario de la revista, cuyo signifi cado se glosa en el comentario editorial.
Pero, muy acertadamente, se ha mantenido la estructura habitual de secciones, incluyendo el noticiario arqueológico, con la reseña de las intervenciones arqueológicas realizadas en Cataluña durante el año 2009, y las notas bibliográfi cas sobre las tesis doctorales defendidas durante ese período en las universidades catalanas.
En la sección de "colaboraciones especiales" Anna Gómez Bach, secretaria de redacción, fi rma un interesante estudio bibliométrico de los 25 números de Cota Zero.
Además del agregado de la procedencia y temática de las colaboraciones el artículo incluye un índice completo de los autores que han colaborado en la revista.
Este artículo proporciona la información para valorar su trayectoria, pero también, como se ha sugerido más arriba, ofrece una referencia útil para comprender en su conjunto la historia de la Arqueología en los últimos 25 años y el impacto de la revista en nuestro país.
El cuerpo principal del volumen es el dossier monográfi co 25 anys de Cota Zero, 25 autors, 25 perspectives.
Se abre con una introducción fi rmada por los responsables del equipo de redacción, M. Molist, director, W. Cruells, jefe de redacción, y A. Gómez Bach.
En ella se presentan los objetivos del dossier y su proceso de elaboración.
Inicialmente, se propuso a los participantes una serie de cuatro preguntas de carácter general sobre la evolución de la Arqueología en los últimos 25 años, su estado actual y su futuro, las perspectivas concretas en el campo de especialización de cada autor y su opinión sobre el futuro de la edición científi ca arqueológica.
A partir de este cuestionario inicial, y respetando el criterio de cada autor, el do ssier resulta tener una gran variedad de enfoques, puesto que cada autor ha redactado su pieza de acuerdo con sus propios intereses.
Nueve contribuciones se centran en los aspectos generales de la disciplina, tres enfatizan el perfi l del contexto nacional del autor, cuatro comentan aspectos de disciplinas científi co-naturales conexas (arqueozoología, arqueobotánica, antropología física, etc.), dos se dedican a aspectos metodológico-teóricos muy específi cos, cuatro a aspectos generales de lo que podemos llamar "arqueología pública", uno es una refl exión específi ca desde la perspectiva de la arqueología medieval y, fi nalmente, uno aborda la arqueología de las mujeres.
Naturalmente, los temas recogidos en esta enumeración no son excluyentes, sino que se refi eren al eje principal de cada exposición.
La mayoría de los autores han incluido refl exiones generales en sus textos de acuerdo con alguno de los temas propuestos, combinándolas con su interés principal.
El conjunto asocia una gran variedad con una unidad temática de fondo, siendo francamente atractivo.
La selección de autores resulta interesante.
Son investigadores y profesionales de peso, y en algunos casos, de gran relieve internacional.
Es llamativo, y delata hasta cierto punto la ambición global que se ha comentado más arriba, que al comparar la procedencia de los autores seleccionados con los datos bibliométricos de la revista se observa que la contribución internacional ha aumentado hasta un 52% a costa de la catalana (36%) y la del resto de España (12%).
Naturalmente se puede discrepar de los criterios de selección aplicados y de los sesgos teóricos o temáticos que estos introducen.
Pero estaría injustifi cado cualquier reproche.
Se trata de celebrar el aniversario de la revista y la mejor forma de hacerlo es mostrar explícitamente las líneas maestras de su proyecto.
Nadie criticaría a quien invita a su fi esta de cumpleaños a los amigos más cercanos.
Especialmente si al fi nal todos podemos disfrutar de los resultados en la forma de un volumen interesante y útil.
¡Larga vida a Cota Zero!
Juan Manuel Vicent García.
Grupo de Investigación Prehistoria social y económica, Instituto de Historia -Centro de Ciencias Humanas y Sociales, CSIC.
Consejería de Cultura, Junta de Andalucía.
Con este primer número de la revista Menga entra en escena una nueva publicación anual dedicada a la divulgación de la investigación arqueológica andaluza, editada por la Junta de Andalucía y promovida por el Conjunto Arqueológico Dólmenes de Antequera.
Es de saludar sin reservas este aumento en la diversidad de los medios que en la actualidad sirven tanto como plataforma para la refl exión sobre temas corrientes y para fomentar el debate entre investigadores como para dar a conocer nuevos resultados científi cos. También es verdad que dado el no insignifi cante número de revistas arqueológicas ya publicado en Andalucía y la limitación de los recursos disponibles, inevitablemente surge la cuestión de si otro canal de divulgación más, logrará superar lo ya alcanzado por las revistas existentes.
Esta es una pregunta a la que se dedica el editorial de este primer número.
En su visión del futuro papel de la nueva revista los editores subrayan su dedicación particular tanto a temas de índole suprarregional -siempre en el marco del sur de la Península Ibérica-como a cuestiones teóricas y metodológicas.
Aunque estos aspectos ya están cubiertos en cierta medida por algunas de las revistas arqueológicas establecidas en Andalucía, hay que admitir que la combinación del foco suprarregional con el teórico hasta ahora seguía siendo más bien una prerrogativa de las revistas publicadas a nivel nacional o internacional.
Para alcanzar su objetivo, Menga estructura su contenido en cuatro secciones: Dossier, Estudios, Recensiones y Crónica.
No pretendemos ofrecer en la presente reseña una crítica detallada de contribuciones individuales a las mismas pero, en cambio, sí parecen indicadas unas observaciones sobre estas cuatro secciones en general.
Uno de los aspectos más destacados de la concepción de la revista y quizás su principal fortaleza es la inclusión de una sección monográfi ca -el Dossier-dedicándose a un debate de actualidad.
Para este primer número se eligieron las formas de organización de la producción en las sociedades argáricas, una temática que continúa sosteniendo un vivo debate con posiciones bastante diversas y es una de las más discutidas de la prehistoria andaluza.
Por ello, constituye un sujeto excelente para abrir la serie de Dossiers.
Por otra parte, la desventaja de una temática como esta siempre será que muchos de los argumentos expuestos ya se habrán esgrimido en otras publicaciones, como efectivamente pasa en esta ocasión.
La sostenibilidad del concepto de Dossier a largo plazo supondrá el mayor desafío para los editores no sólo por esta razón, si no también porque no resultará nada fácil encontrar año por año temas que, en similar medida, capturen debates de análoga relevancia e interés general dentro de su ámbito geográfi co.
La sección de Estudios en cambio presenta trabajos más variados en su temática, cubriendo materias tan diversas como son la historia de la investigación prehistórica en Andalucía, el megalitismo o el urbanismo protohistórico.
En este número los editores han puesto mucho empeño en mantener un equilibrio entre las secciones de Dossier y Estudios, cada una comprendiendo unas noventa páginas.
Con vistas a la gran cantidad de líneas de investigación actualmente perseguidas por los colaboradores del Conjunto Arqueológico Dólmenes de Antequera que se presentan en la sección de Crónica, y cuyos resultados uno esperaría aparecieran en futuros números de Menga, no será tarea fácil mantener ese equilibrio sin aumentar al mismo tiempo de manera considerable las páginas por número.
La propia Crónica consiste no sólo en un informe comprehensivo de las actividades desarrolladas en el ámbito del conjunto dolménico de Antequera durante la media década trascurrida hasta la creación del Conjunto Arqueológico en el 2010, sino que también esboza el programa de futuras actividades.
Ambas partes -informe y programa-resultan impresionantes en igual medida.
Algo menos impresionante se presenta la sección de Recensiones de este primer número, en que se recogen reseñas de dos obras recién publicadas, ambas dedicadas al tema del megalitismo y editadas o coordinadas por miembros de la dirección de la propia Menga.
Aunque no se nos ocurriría cuestionar el juicio independiente de los críticos reseñantes, hay que decir que se trata de una práctica bastante inusual que, sin ningún tipo de duda, en este caso se debe exclusivamente a la difi cultad de obtener ejemplares de recensión para el primer número de cualquier revista recién lanzada.
Confi amos que con el imponente debut de Menga eso sea un mal pasajero y que en el futuro la sección de Recensiones se presente más equilibrada sin incluir obras editadas por miembros de la dirección de la propia revista que publica las respectivas re señas.
Quedan por decir unas palabras sobre la calidad técnica de la edición.
Tanto la redacción de los textos como el apartado gráfi co en general es de muy alta calidad, y el principal motivo para no llamarla impecable es la falta de cualquier escala en una serie de gráfi cos -no sólo fotos, donde puede ser un pecado venial, sino también algunos dibujos y mapas, donde nunca lo es.
Este detalle aparte, la única fotografía de calidad insatisfactoria es una imagen de D. Manuel Gómez-Moreno en la página 126, debido a un patrón de Moiré que fácilmente se pudiera haber evitado.
Se trata, con todo, de problemas que no logran empañar la impresión por lo demás rotundamente positiva que deja el estándar técnico de la edición.
Confi amos una vez más que sean males pasajeros que ya no se observarán en futuros números.
En primer lugar hay que resaltar la decisión de quienes la publican de facilitar el acceso libre al contenido de cada número en la página web del Conjunto Arqueológico Dólmenes de Antequera (1), trascurrido el plazo de un año desde la publicación de la versión impresa.
En segundo lugar destaca la publicación bilingüe en español e inglés de todos los textos, siendo muy buena la calidad de la traducción.
En particular los artículos incluidos en el Dossier, pero además la mayoría de las contribuciones a la actual sección de Estudios ciertamente son de un interés lo bastante general para justifi car este doble esfuerzo.
Confi amos en que ese será el caso también de los próximos números, no obstante haber dejado ya los editores el listón muy alto con el presente.
En este contexto quizás parece un poco excesiva la repetición de la bibliografía completa en ambas versiones de cada artículo.
A lo mejor el espacio respectivo en el futuro se pudiera utilizar de una manera un poco más sensata.
También hay que preguntarse si la Junta de Andalucía realmente hace bien en invertir sus recursos en la traducción profesional de secciones como las de Recensiones o Crónica, de más limitado interés fuera del ámbito peninsular, mientras que los resúmenes en inglés de las contribuciones al Anuario Arqueológico de Andalucía en su mayoría resultan totalmente incomprensibles, con claras indicaciones de haber sido escupidos por un robot traductor bastante inepto.
La falta de una estrategia coherente de internacionalización para sus publicaciones por parte de la Junta, desde luego, no cae bajo la responsabilidad de quienes editan Menga, y en nada disminuye su mérito de haber tomado la iniciativa de lanzar esta nueva revista, que de cualquier modo estamos seguros dará un empujón positivo a la diseminación de la investigación arqueológica andaluza.
China), un Congreso Internacional cuyo principal objetivo era el de crear puentes y cauces de comunicación entre los investigadores asiáticos y europeos para conseguir una visión más amplia y global de la Edad del Bronce, tratando de incluir al continente asiático en una explicación histórica a menudo de corte eurocentrista.
El congreso contó con la colaboración de instituciones de China (Universidad de Pekín, Buró de las Reliquias Culturales de la Provincia de Shaanxi, Ayuntamiento de Baoji) y el Reino Unido (University College London, International Centre for Chinese Heritage and Archaeology) para su organización, dando muestra de la estrecha colaboración entre investigadores de ambos países en los últimos años.
Mención aparte merecen los estudiantes de la Universidad de Pekín, que llevaron a cabo la difícil tarea de la traducción simultánea.
La elección de la sede del congreso no fue ni mucho menos casual: Baoji es la cuna de las dinastías Zhou y Qin.
Hubo 28 colaboraciones de investigadores de China y 31 de otros países incluyendo Alemania, Dinamarca, España, Estados Unidos, Italia, Japón, Perú, Reino Unido, Rusia o Suiza, aunque el total de investigadores involucrados fue considerablemente mayor ya que muchas de las ponencias iban fi rmadas por varios autores.
El objetivo del Congreso era el debate sobre el origen de la Edad del Bronce en un sentido general, desde una perspectiva tecnológica, ideológica, productiva, social.
Sin embargo, el marcado perfi l arqueometalúrgico de los promotores británicos y el interés por la metalurgia del bronce de los colegas chinos convirtieron los estudios de metalurgia en el tema del Congreso, refl ejando la importancia que aún se concede a la metalurgia en la explicación histórica del cambio social.
En ese sentido destacaron las ausencias claras de estudios paleoambientales (a excepción del presentado por Michael Rowlands y Dorian Fuller del University College London), de otras tecnologías como la lítica o la cerámica e incluso a veces de los de carácter social.
Las 40 comunicaciones orales se estructuraron en 8 paneles:'Orígenes de la Metalurgia','Similitudes y Diferencias','Perspectivas Regionales','Signifi cado de los Metales','Metalurgia de la Provincia de Shaanxi' y 'Tecnología y Producción'.
Además hubo una sesión con 16 pósters.
Todo ello estuvo precedido por una sesión plenaria con intervenciones de los Profesores Li Boquian de la Universidad de Pekín, Evgenij Chernykh del Instituto de Arqueología de la Academia Rusa de Ciencias e Izumi Schimada de la Universidad de Illinois.
Estas tres conferencias plantearían de forma amplia las líneas principales de discusión del congreso y resumirían los puntos centrales de la misma acerca de la Edad del Bronce, evidenciando la similitud de ciertos debates en zonas espacialmente muy distantes.
En primer lugar se cuestionó la correlación que la historiografía china establece entre 'bronce''civili-Trab.
Se destacó que ni en el período en el que las sociedades chinas podrían defi nirse como 'jefaturas' (5000 BC), ni en la transición al Estado (Altou), ni en el período imperial que inicia la dinastía Quin, el metal desempeñó un papel determinante en la defi nición y evolución de la sociedad.
Esta misma concepción de que el metal jugó un papel más simbólico y de ostentación que defi nitorio de una sociedad se planteó en varias de las ponencias.
Por ejemplo Ulrike Sommer (University College London) incidió en la valoración social del bronce más por su color que por sus implicaciones económicas.
Una vez excluido el protagonismo del bronce, ¿cuáles son los elementos defi nitorios de las sociedades de la Edad del Bronce?
Desde esa perspectiva, se criticó el concepto mismo de 'Edad del Bronce'.
El Profesor Schimada lo clasifi có de "innecesaria casilla evolucionista" y Rod Campbell (New York University) fue más allá, abogando no por su redefi nición, si no por la erradicación de una casilla inoperante con claros tintes evolucionistas.
En segundo lugar, se debatió el origen y la difusión de la metalurgia en Eurasia.
El Profesor Boqian cuestionó la existencia de una única tradición metalúrgica en China, defendiendo diferentes tradiciones en diferentes regiones, unas con orígenes locales (por ejemplo en las Llanuras Centrales, donde los fragmentos de latón datados en la cultura Shang parecen indicar una evolución del latón al bronce) y otras zonas, como el noroeste de China, que podrían tener una mayor correlación con Asia.
El Profesor Chernykh (Academia Rusa de Ciencias) analizó el origen y desarrollo de la metalurgia en las diferentes provincias del Norte y Centro de Asia, defendiendo un origen independiente en la estepa rusa.
Miljana Radivojevic (UCL) también lo planteó para los Balcanes.
En cambio Ben Roberts (British Museum), desde un esquema de corte neodifusionista, volvió a las interpretaciones de la expansión de la metalurgia en Europa a partir del foco de Próximo Oriente.
Vicent Pigott (UCL), por su parte, trató la expansión de la metalurgia del bronce en Asia.
Finalmente se plantearon cuestiones sobre la organización de la producción metalúrgica.
El Profesor Boqian defendió su control por parte del Estado en China.
El Profesor Schimada la analizó en Sicán de forma amplia: desde la explotación del mineral hasta la obtención última del objeto metálico presentando así una visión más clara de las implicaciones sociales derivadas de la organización de dicha producción en los Andes.
Quizá en este asunto de la producción metalúrgica se observaron las mayores diferencias entre la aproximación de la mayoría de los colegas chinos y los occidentales.
La arqueología china parece haber quedado anclada en la historiografía de los años 1980 donde el artefacto constituía en sí mismo el objeto de estudio.
En la Arqueología oriental,'producción' y 'organización de la producción' parecen entenderse como 'técnicas de producción' de un objeto u otro.
Esas diferencias conceptuales hicieron que en alguna ocasión los debates no fueran tan fl uidos ni fructíferos como se esperaba.
La mayoría de las comunicaciones de los colegas asiáticos estaban centradas en los aspectos técnicos de la producción (moldes de múltiples piezas o cera perdida) o en la decoración estilística de los objetos sin llegar a los análisis contextuales o del proceso productivo en su conjunto que permitieran entender las implicaciones sociales de la producción de esos objetos.
Las aproximaciones al signifi cado social del bronce tampoco iban siempre acompañadas del estudio contextual del mismo, quedando reducidas a menudo a la mera descripción o comparación de decoraciones.
Esta concepción se observó también en la visita organizada al Museo de Baoji, donde abundaba la exposición de vasijas y artefactos de bronces pero escaseaba la explicación histórica y contextual de las piezas.
Como señaló Schimada, en la Arqueología oriental se hace necesario "desplazar al objeto del centro del estudio para colocar en él las prácticas sociales".
Es posible que esta forma de hacer arqueología sólo refl eje la importante escasez de excavaciones arqueológicas debida, más que a una falta de recursos, a las fuertes restricciones administrativo-burocráticas que difi cultan su desarrollo.
Entre las perspectivas 'centradas en el objeto' de algunos colegas asiáticos y las 'neodifusionistas' de algunos colegas occidentales, en ocasiones parecíamos estar mirando más al pasado de la Arqueología que apostando por su futuro.
No obstante hay que reconocer el claro interés observado entre los jóvenes investigadores asiáticos por estrechar lazos con los colegas europeos y a colaborar conjuntamente con ellos.
Fueron varias las co-autorías entre colegas asiáticos (especialmente de China y Japón) y británicos, así como entre colegas asiáticos que investigan en instituciones británicas.
Congresos como este ponen de relieve nuestras diferentes tradiciones arqueológicas y ayudan a avanzar en la consolidación de colaboraciones.
Esta, por el momento, es lenta y no va más allá del Reino Unido, pero esperamos se amplíe al resto de Europa.
Es evidente que se necesita mucho más que la reunión en un congreso internacional con traducción simultánea para establecer esos cauces de comunicación.
Hablamos en distintos idiomas en todos los sentidos y eso es algo que sólo el trabajo conjunto de años puede ayudar a traducir, pero este congreso habrá contribuido a ello.
Grupo de investigación Arqueometal.
Instituto de Historia, Centro de Ciencias Humanas y Sociales -CSIC. |
F. MALLO FERNANDEZ CO)
RESUMEN En este artículo estudiamos tres grupos de materiales líticos procedentes del yacimiento de la «Cueva de la Cantera» (Alcedo, León) que han sido adscritos, durante muchos años, a tres etapas del Paleolítico Superior: Auriñaciense, Magdaleniense y Aziliense.
Los análisis estadísticos de Homogeneidad, Correspondencias y Distancia, aplicados a los datos tecnológicos de los talones y soportes de los tres grupos, parecen demostrar que esta triple clasificación no se mantiene.
Ofrecemos como alternativa la asignación de las piezas a un único grupo correspondiente al Paleolítico Superior Final.
fueron f(modélicos~~ para los cánones de su época, lo más frecuente es que carezcan de informaciones que hoy resultan de gran importancia: estratigrafía minuciosa, relaciones espaciales... por no hablar de la pérdida de parte de las piezas a causa de selecciones voluntarias o involuntarias, o de la ausencia de estudios faunísticos, palinológicos, antracológicos, de dataciones absolutas, etc. Ante esto se plantea la disyuntiva de o bien obviar los datos antiguos o bien asumirlos e inkntar conseguir el máximo de informaciones pertinentes que puedan aportar.
La primera alternativa, ignorarlos, no resulta práctica, pues en muchos casos supondría una drástica reducción de los elementos sobre los que se ha de trabajar y, además, se corre el riesgo de sesgar las futuras interpretaciones al constituir estos materiales y noticias las únicas evidencias de asentamientos actualmente desaparecidos, de las actividades en ellos realizadas y, en definitiva, de la cultura de los grupos humanos que los ocuparon.
Por todo ello, nos parece más acertado asumirlos y tratar de compensar, en la medida de lo posible, sus deficiencias.
Sin embargo, conseguir ésto es un problema difícil que, sin duda, requiere la utilización de técnicas analíticas potentes.
Cuando nos enfrentamos al estudio de las industrias líticas, el empleo de estudios tecnológicos, además'de los tipológicos clásicos, puede proporcionarnos un mayor conocimiento de estos materiales ya que abarcan todo el conjunto lítico y no sólo las piezas retocadas, y aumentan el número de'variables significativas observadas.
De este modo, aunque no se corrijan la mayoria de las limitaciones de las colecciones antiguas, al menos se compensan parcialmente en algunos aspectos puesto que un estudio profundo puede detectar inconsistencias, asociaciones, relaciones, problemas, etc. que de otro modo no serian apreciados.
Ahora bien, si los datos tipológicos y tecnológicos no se manejan adecuadamente ni se integran en un marco teórico coherente, las potenciales informaciones que posean permanecerán sin ser descubiertas.
Un modo de evitarlo lo facilitan las técnicas estadísticas cuyas contribuciones al trabajo arqueológico van desde procurar procedimientos para presentar la información de manera clara y concisa, hasta permitir contrastar hipótesis, describir la estructura e interrelaciones de un grupo de datos, descubrir y confirmar modelos, determinar la influencia del azar en la variabilidad de los conjuntos, etc. Obligándonos, además, a ser conscientes de los planteamientos e ideas que tenemos sobre nuestra disciplina y a presentarlos de forma explícita -lo que supone que en muchas ocasiones adquiera primacía el método deductivo sobre el inductivo-.
Las consideraciones expresadas en los párrafos anteriores sirven de marco al trabajo que presentamos, en el cual aspiramos a resolver mediante análisis estadísticos, algunas de las cuestiones que se nos plantearon al abordar el estudio de una serie de materiales encuadrables en el Paleolítico Superior y depositados en el Museo Provincial de León desde los años veinte.
En este caso, los problemas suscitados por las colecciones antiguas resultan aún más agudos de lo normal debido a la casi total ausencia de información que sobre ellos poseemos.
Las piezas que vamos a estudiar proceden de una cueva ubicada al Norte dd pueblo de Alcedo (La Robla, León), descubierta en 1922 por D. Julián Sanz Martínez.
Las únicas noticias que este investigador aporta sobre el yacimiento se limitan a una reseña en la prensa local: notifica el hallazgo e indica que toda la parte anterior de la cueva había sido volada hacía tiempo como consecuencia de la explotación de una cantera, apareciendo «gran cantidad de huesos humanos y de animales y punzones de asta y hueso», lo que parecía indicar la existencia de un «yacimiento magdaleniense •.
Señala igualmente que, según informaciones de un vecino del lugar, los huesos se habían vuelto a enterrar en las proximidades, mientras los punzones habían sido usados por algunas mujeres para pas~ cintas.
También afirma que sobre el lugar ocupado por el vestíbulo del yacimiento se habían depositado grandes cantidades de tierra que formaban una capa protectora r.
P., 1990, nO 47 bajo la cual podrian encontrarse todavía «las osamentas... y útiles» de los antiguos habitantes de aquella cueva (Sanz Martínez, 1922).
Habrá que esperar hasta 1947 para obtener más información.
Este año, Luengo indica que en el Musco Provincial de León se encuentra una serie de materiales procedentes de «las calicatas» llevadas a cabo por J. Sanz Martínez en el yacimiento.
Estos objetos pertenecerían a un nivel musteriense -al que adscribe tres hendedores de ofita y uno de cuarcita-, y a tres niveles del Paleolítico Superior: Auriñaciense, Magdaleniense y Aziliense (Luengo, 1947: 154-156).
Estos últimos han sido estudiados recientemente, desde el punto de vista tipológico, por J. M. Vidal quien ya señala que la confirmación de esta estratigrafía resulta extremadamente complicada (Vidal, 1981).
Es evidente que las escuetas noticias que poseemos no nos aclaran puntos tan importantes como el desarrollo de la excavación -si es que ésta se llevó a cabo-la secuencia estratigráfica u otros posibles criterios seguidos a la hora de clasificar las piezas encontradas.
Sin embargo, dado el valor de estos materiales, que durante mucho tiempo han constituido la única evidencia de ocupación humana durante el Paleolítico Superior en la actual provincia de León y uno de los pocos ejemplos de asentamientos de este período en la vertiente Sur de la Cordillera Cantábrica, consideramos importante pretender confirmar, si era posible, tanto la existencia del yacimiento como la secuencia cronocultural superopaleolítica propuesta.
Para esto decidimos abordar la cuestión, por una parte, intentando localizar los restos del yacimiento y, por otra, realizando un estudio tecnológico (Bernaldo de Quirós, et al., 1981) -con el fin de analizar en profundidad los conjuntos Iíticos-y tipológico (Sonneville-Bordes y Perrot, 1953;1954-1956) -ya que, dado el poco desarrollo de los trabajos sobre tecnología, constituye aún uno de los pilares fundamentales para la adscrípción cronológica de los conjuntos líticos, máxime cuando se carece de otro tipo de datos-de los materíales de Paleolítico Superior, manteniendo la división en los tres niveles señalados para, posteriormente, analizar los problemas que plantea esta tríple partición.
No abordaremos la cuestión del supuesto nivel musteriense puesto que la ínfima muestra lítica conservada no permite demasiadas consideraciones.
Todo lo que podemos señalar es que los hendedores presentes -uno en cuarcita del tipo O de Tixier con filo reavivado, dos del tipo II y otro del tipo ID (Tixier, 1956) tiene sus más próximos paralelos tipológicos, tecnológicos y de materias primas, en niveles musterienses de la Cornisa Cantábrica, por lo que podrían proceder de un nivel del yacimiento encuadrable en este periodo.
Con respecto a la localización del yacimiento, siguiendo las informaciones dadas por Sanz Martínez (1922) hemos creído identificar los restos de la Cueva de la Cantera.
El estado en que se halla es casi idéntico al que describió su descubridor: lo que debió ser el vestíbulo de la cueva ha desaparecido y en su lugar se han depositado grandes cantidades de derrubios, sólo se conservan dos galerías terminales a las que es muy difícil acceder.
Todo esto hace que resulte extremadamente difícil, sino imposible, cualquier intento de confirmar la teórica estratigrafía mediante una excavación.
Por ello, nos vemos restringidos al estudio de los materiales depositados en el museo para extraer cualquier tipo de conclusiones.
La ubicación del yacimiento era excelente: orientado al Sur, en la zona donde el cauce del río Bernesga se estrecha a la entrada del valle de La Robla dominaba estratégicamente el paso natural hacia el Norte que conduce a Asturias a través del río y del Puerto de Pajares.
Además desde esta posición, en el primer escalón de la Cordillera Cantábrica, se controla todo el valle de La Robla por el que fácilmente se accede a la Meseta.
Desde el punto de vista geológico la cueva estaba constituida por calizas griottas rosáceas carboníferas del Viseano-Namuriense.
Estaba situada en un área entre Alcedo y Puente de Alba que De Verneuil consideró un anticlinar pero que según Pastor Gómez (1963) «está constituido en realidad por un sinclinar y un anticlinar muy fallados».
ESTUDIO DE LA INDUSTRIA
A continuaCión realizamos un estudio de los materiales conservados, siguiendo la relación establecida por J. M. Luengo en un cuaderno manuscrito conservado en el Museo Provincial de León, donde se estáblece la división en los tres niveles ya señalados.
Para no prolongar excesivamente la extensión de este trabajo, hemos reducido este apartado a aquellos aspectos que consideramos más importantes, intentando buscar un equilibrio entre la información necesaria para caracterizar estas industrias y una redacción lo más sucinta posible que, por su carácter meramente descriptivo, resulta engorrosa y poco atractiva.
Según el cuaderno corresponderian a este conjunto un total de 64 objetos, todos ellos piezas líticas, de la que se conservan 62: 26 (41,93%) son piezas no rdocadas v 36 (58,06%) piezas retocadas.
La materia prima está constituida mayoritariamente por sílex (98,39%) de diversos colores y generalmente de buena calidad, no encontrándose más que una pieza (1,61 %) de cuarcita de grano fino correspondiente a una raedera sobre lasca de primer orden.
Por lo que respecta al córtex predominan claramente las piezas de tercer orden que constituyen el 70,97%.
La relación entre soportes y córtex se puede apreciar en la Tabla l.
Entre los accidentes de talla tenemos dos hojas retocadas de tercer orden con doble bulbo, otra reflejada y un pseudo-buril de Siret en una lasca de segundo orden.
En las piezas no retocadas encontramos otro pseudo-buril de Siret en una hoja de tercer orden, un doble bulbo en una lasca de tercer orden y otra lasca reflejada.
Las fracturas son muy frecuentes: un 53,22% del total de la industria se encuentra fracturado.
Las más abundantes son las fracturas distales (57,58%) a las que siguen las proximales (27,27%), en tercer lugar se encuentran las distales-proximales con un 9,09% y, por último, las distales-proximaleslaterales y las laterales con un 3,03% cada una.
Por otra parte el 68,57% de las hojas y el 31,58% de las lascas están rotas, la única hojita de este nivel también presenta una rotura.
Además, no podemos dejar de señalar que existe una cierta igualdad en las causas de las roturas, un 45,4596 están ocasionadas por flexiones y el 54,5496 restante por presión (Tabla 2).
Los talones lisos, con 23 casos, son los más preparados (67,65%); les siguen los diedros y los puntiformes con 3 casos (8,82% cada uno); los suprimidos y facetados con 2 casos (5,88% cada uno) y los corticales con un caso (2,94%).
En cuanto a las alteraciones sólo podemos señalar que algunas piezas presentan concreciones.
Los principales estadísticos que resumen la tipometria se presentan en la tabla 4.
El grupo de los raspadores es, con nueve piezas, uno de los mayores.
Dos son raspadores simples en extremo de lámina -uno de los cuales presenta el frente reavivado-, otros dos son simples en extremo de lasca -uno también aparece reavivado-.
Hay además un raspador sobre hoja retocada, dos raspadores dobles, -de estos últimos uno es algo carenado con los bordes retocados y los frentes de raspador reavivados-o Finalmente tenemos un raspador sobre lasca -casi circular-y un raspador espeso en hocico con hombrera.
En el grupo de los buriles hay cinco piezas: dos son buriles de ángulo sobre fractura, otro es un buril de ángulo algo desviado sobre truncatura oblicua, el cuarto es un buril transversal sobre preparación lateral y, por último, hay un buril plano sobre paño natural.
El conjunto también presenta dos hojas con truncaturas, una es una truncatura recta y la otra oblicua.
Entre las piezas de borde abatido sólo hemos encontrado un ejemplar sobre fragmento de hoja con el borde abatido parcialmente.
Respecto a las hojas retocadas, tenemos cuatro fragmentos de hojas retocadas en un borde -uno tiene el retoque marginal y algo abrupto, otros dos poseen un retoque escamoso pero demasiado oblicuo para considerarlas hojas auriñacienses, el cuarto tiene un retoque simple-, a las que debemos añadir otra pieza con retoque continuo e inverso también en un borde.
Otros tres fragmentos de hojas tiene retoques continuos en los dos.bordes, en dos de ellas son retoques simples y marginales, y en la tercera el retoque es escamoso y oblicuo.
Además hay un fragmento de lámina auriñaciense con retoque escamoso y sobre elevado.
Entre las llamadas piezas arcaicas aparecen una pieza con escotadura, otra denticulada y cinco raederas: cuatro laterales y una convergente.
También tenemos una punta aziliense que, a causa de una rotura distal. está despuntada.
Para finalizar, en los diversos hemos incluido dos hojitas que presentan retoques parciales aunque bastante continuos en las zonas proximal y mesial de los bordes.
En primer lugar estudiaremos la industria lítica.
Por lo que respecta a las materias primas, todo el conjunto está tallado en sílex de gran calidad y diferentes colores.
En cuanto al corte x, hay un claro predominio de las piezas de tercer orden que constituyen el 82,9296, las de segundo orden suponen el 17,0796 restante, no existiendo ninguna pieza de primer orden.
No apreciamos ningun accidente de talla en este conjunto.
Las fracturas, en cambio, son abundantes, aparecen en un 51,2296 del total de la industria.
Las más frecuentes son las distales (57,14%), les siguen las proximales y las distales-proximales (19,0596 cada una) y finalmente se encuentran las laterales con un 4,76%.
Sobre las causas de las roturas podemos decir que un 57,1496 de las piezas se han fracturado por flexión y el otro 42,86% por presión (Tabla 6).
Los talones más representados son los lisos (33,33%), después se encuentran los suprimidos y las piezas sin talón (19,44%), les siguen los facetados y corticales (11,11% cada uno) y en último. lugar están los puntiformes (5,5596) (Tabla 7).
Por lo que respecta a las alteraciones, algunas piezas presentan concreciones y además hay dos piezas no retocadas, un núcleo prismático y un chunk de tercel-orden que parecen haber sido quemados.
La Tabla 8 presenta los estadísticos descriptivos que resumen el estudio tipométrico.
Las 19 piezas retocadas clasificables según la tipología de Sonneville-Bordes se distribuyen de la forma siguiente: Dentro de los raspadores aparece uno simple en extremo de hoja y otro sobre lámina retocada, otros dos están tallados sobre lascas cortas y anchas.
Hay también un raspador unguiforme y dos carenados que consideramos atípicos porque no presentan una carena bien delineada.
Se conservan dos piezas compuestas: un buril diedro de eje que tiene asociado un frente de raspador y un buril con truncatura convexa.
Respecto al grupo de los buriles, sólo tenemos un buril diedro de ángulo sobre una rotura reciente.
En cuanto a las truncaturas hay únicamente una hoja con truncatura recta.
Aparecen también un fragmento de hoja con retoque escamoso sobre un borde y dos fragmentos de hoja con retoque simple en los dos bordes.
Dentro del llamado «sustrato» solamente podemos incluir una raedera.
En la categoria de diversos hemos clasificado dos hojas con retoques parciales en un borde y una lasca que presenta en la parte proximal un esquirlado bifacial y en el borde derecho un retoque simple que se vuelve muy marginal en la zona mesial.
Estudio del material óseo
De las dos piezas óseas conservadas una es un punzón sobre hueso muy pulido, de 45 mm. de longitud.
Tiene una punta destacada y su base ha sido trabajada para adelgazarla.
Su sección transversal es aplanada., La otra pieza es un fragmento de azagaya realizada sobre asta, tiene 70 mm. de longitud y desconocemos cómo era su base por estar fracturada y carecer del extremo proximal.
La punta es bastante roma y se encuentra muy pulida.
Su sección transversal es subcircular a lo largo del fuste y redondeada en la zona de la punta.
De los 64 objetos originariamente asignados a este conjunto sólo se conservan 44.
Seis corresponden a restos óseos y el resto es material lítico entre el que se encuentra un fragmento de sílex de pequeñas dimensiones sin huellas de haber sido tallado.
El 91.90% (34 piezas) de la materia prima es sílex de buena calidad y colores variados.
Respecto al cortex, no se conservan piezas de primer orden, las de segundo orden representan el 27,03% Y las de tercer orden el 72,97%.
Aparece además un golpe de buril primario que constituye el 2,70% restante (Tabla 9).
Por lo que respecta a los accidentes de talla hay una lasca retocada de tercer orden que presenta un pseudo-buril de Siret y en los productos de talla una lasca de cuarzo con doble bulbo y dos hojas de tercer orden reflejadas.
Dentro del grupo de los raspadores solamente tenemos un pequeño raspador unguiforme y un rabot realizado sobre núcleo prismático.
En cuanto a los buriles, hay un buril diedro de ángulo realizado sobre una hoja que presenta uno de sus bordes retocados y un buril de ángulo sobre truncatura cóncava.
Se conservan asimismo una hoja con el dorso abatido parcialmente y un fragmento de hoja con retoque continuo.
En el llamado «sustrato» podemos incluir una pieza con escotadura, otra denticulada, dos esquirladas y dos raederas laterales.
Igualmente aparecen dos fragmentos de hojitas de dorso y otro de una microgravette.
Queda también un fragmento distal de una punta azilieI1se.
En los diversos hemos incluido una hoja que presenta un re~oque inverso y parcial, aunque bastante continuo, en las zonas mesial y distal.
De las seis piezas óseas, dos son fragmentos de hueso, uno de ellos presenta una rotura longitudinal y el otro está bastante alterado.
Otra de las piezas es un fragmento de candil de asta muy pulimentado.
La cuarta es una pieza dentaria de ciervo muy rodada.
Finalmente, dentro de la industria ósea propiamente dicha, tenemos un punzón de hueso de 45 mm. de longitud que tiene fracturadas la punta y la base, su sección es aplanada en la zona distal volviéndose circular en la zona de la punta.
La última pieza es un fragmento mesial de azagaya de 74 mm. de longitud realizada en asta, su sección es aplanada y se encuentra muy alterada.
Algunas consideraciones sobre los tres conjuntos
Una vez realizado el análisis de los tres grupos de materiales vamos a plantear algunas conside-, raciones sobre su adscripción crono-cultural.
Por lo que se refiere al primer conjunto, tenemos serias dudas para incluirlo en el Auriñaciense, pues, por un lado, las piezas pertenecientes al grupo auriñaciense son inferiores a las del grupo perigordiense, cuando lo normal en los conjuntos líticos auriñacienses es lo contrario (Bernaldo de Quirós, 1982: 209-232); por otra parte, la presencia de raspadores auriñacienses es muy escasa ya que solamente una pieza -un raspador espeso en hocico-se encuentra en este grupo.
A todo esto debemos añadir que la presencia de hojas retocadas nos parece poco significativa, pues son muy comunes en todo el Paleolítico Superior (Femández-Tresguerres, 1980: 139).
Ahora bien, no podemos dejar de plantearnos que, dado el estudio de la investigación entonces vigente, en el que se denominaban auriñacienses todos los niveles del Paleolítico Superior inicial. este grupo sea en realidad un perigordiense.
En este sentido, la punta que hemos considerado aziliense teniendo en cuenta los criterios propuestos por algunos autores para intentar subsanar la vaguedad de su definición (Merino, 1948: 161) podria considerarse, algo forzadamente, como una punta de Chatelperron.
Sin embargo, la atribución al Perigordiense Inferior o Chatelperroniense también resulta dudosa, pues en los conjuntos de este periodo los raspadores más importantes son los tipos sobre lascas lo que no ocurre en nuestro caso (Bemaldo de Quirós, 1982: 211).
Por todo ello, pensamos que este nivel. en realidad, debe encuadrarse en una etapa más avanzada del Paleolítico Superior.
En cuanto a la serie magdaleniense, no tenemos ningún criterio para rechazar esta adscripción, pero no podemos incluirla en ninguna etapa de este periodo, ya que, como señala Maure (1974: 11), salvo la existencia de arpones, no existen criterios suficientes para una separación radical entre el Magdaleniense Inferior y el Magdaleniense Superior Cantábrico.
En nuestra muestra, dado además lo reducido de la colección, nos resulta imposible incluir la serie en ninguna de las etapas de este periodo, pues no sabemos si la ausencia de arpones es debida a que éstos no existieron o a que no fueron hallados.
La industria ósea conservada tampoco resulta esclarecedora.
Sobre la inclusión del tercer conjunto en el aziliense hemos de decir que las piezas retocadas que se conservan no contradicen esta opinión, pero ya que «Magdaleniense final-Aziliense forman un todo unido, sin la menor solución de continuidad» (Maure, 1976: 27), no hay motivos para no considerar este nivel como Magdaleniense.
Este planteamiento se reafirma por el hecho de que los buriles igualan a los raspadores, cuando la presencia de los primeros en el aziliense es «exigua» (Femández-Tresguerres, 1980 138).
Tampoco en este caso las piezas óseas aportan información que sirva de diagnóstico.
El estudio tecnológico señala que existen grandes semejanzas entre los tres (miveles».
En las materias primas el sílex tiene siempre porcentajes muy altos, siendo muy escasas las piezas talladas en otros materiales; en cuanto a los soportes, las hojas representan siempre cantidades en tomo al 5096-, y si bien hay élementos como las hojitas, los núcleos o los productos de acondicionamiento que no se encuentran en todos los niveles, esto nos parece poco representativo ya que la cantidad de piezas existente en cada uno de ellos es pequeña.
También el cortex mantiene esta tónica, siendo siempre mayoritarias las piezas de tercer orden.
Incluso el número de fracturas es alto en los tres grupos.
Por otra parte, en un estudio más detallado, vemos que los mismos tipos de sílex se presentan en dos o tres niveles, y las concreciones y el tipo de sedimento conservados en algunos piezas de los tres conjuntos son iguales en color y textura al ser observados con lupa binocular.
Aunque cada uno de estos datos, tomados aisladamente, no resultan ser definitivos, la suma de todos ellos, unida al estado en que se encontraba el yacimiento en el momento de ser descubierto, nos han hecho sospechar que tal vez se distribuyeron los materiales recuperados, intentando ajustarlos a la clasificación cultural entonces vigente.
Incluso apuntamos la posibilidad de que la excavación se limitase a desenterrar los materiales ya extraídos del yacimiento y enterrados en otro lugar.
Así los dos huesos que Sanz Martínez (1922) señala que recoge al hallar el yacimiento son probablemente los mismos que después encontramos adscritos al aziliense.
En cualquier caso, las altas proporciones de piezas retocadas respecto a los restos de talla indican claramente que los materiales han sufrido una selección.
Por todo ello no nos parece incongruente plantear la hipótesis de que esta división es artificial y que fue realizada sin atender a ningún tipo de criterio estratigráfico.
Análisis estadísticos aplicados a la industria lítica Para intentar probar nuestra hipótesis de que la división en tres conjuntos es artificial hemos realizado una serie de análisis estadísticos.
El primero de ellos es un test inferencial que nos va a permitir aceptar o rechazar con cierto grado de confianza la hipótesis de nulidad, es decir, la hipótesis de que las diferencias observadas entre los tres conjuntos son debidas al azar y no a diferencias reales en su composición.
Los otros dos análisis tiene un carácter exploratorio y nos posibilitarán la descripción de las relaciones existentes entre los tres grupos.
Si los resultados de los tres análisis apuntaran en la misma dirección, las conclusiones extraídas de cada uno de ellos se verían reforzadas, mientras que si hubiese discrepancias entre ellas sería necesario investigar por qué se han producido éstas y replantearse el estudio.
Para la realización del test de homogeneidad decidimos trabajar con los datos aportados por los tipos de talones.
Su elección se debe a que, en el caso de haberse producido una selección de piezas con vistas a la división en tres grupos, ésta se habría llevado a cabo teniendo en cuenta criterios tales como la tipología de las piezas, su tamaño, los soportes, e incluso el córtex, pero no creemos que se hiciese atendiendo a los tipos de talones, pues este atributo pasaba casi totalmente inadvertido en la época en que debió haberse realizado la supuesta división, de modo que si hubiese producido ésta, la asignación de los talones a los diversos conjuntos habría sido aleatoria,-y por lo tanto no encontraríamos diferencias significativas entre ellos, pues las posibles distribuciones de frecuencias asociadas al grupo o grupos originales habrían sido destruidas por esta selección de talones, la cual. por su carácter aleatorio, habría conformado tres distribuciones de frecuencias sin diferencias significativas entre ellas.
Ahora bien, podría suceder que este tipo de datos no presentasen diferencias significativas a lo largo de las distintas etapas del Paleolítico Superior.
Con el fin de averiguar si ésto era así, realizamos el mismo test sobre los tipos de talones de los niveles supero-paleolíticos más ricos de la Cueva de El Castillo (Cabrera, 1984).
La elección de este yacimiento se debe a que posee la secuencia del Paleolítico Superior Cantábrico más larga que conocemos con un estudio tecnológico semejante al nuestro.
Los resultados de la Ji-cuadrado demostraron que las diferencias, en cuanto a T. P., 1990, n ll 47 talones se refiere, entre los diversos niveles analizados son muy significativas: la Ji-cuadrado observada es 97,72 con 18 grados de libertad, por tanto se rechaza la hipótesis nula al nivel del 1 %.
Esto nos permite suponer que este tipo de datos son válidos para determinar si las tres series son artificiales o no.
Para realizar nuestro test partimos de los totales de cada tipo de talón para los tres conjuntos con lo que obtuvimos una primera tabla de contingencias de grupos por talones (Tabla 13).
Sin embargo, dado que en esta tabla existía alguna frecuencia cero y que más del 20% de las casillas tenían una frecuencia menor que cinco, se hizo necesario agrupar frecuencias (Cuadras et alii, 1984: 641).
Esta agrupación no se hizo de manera arbitraria: unimos por un lado los talones lisos y los corticales, es decir los tipos más simples; por otro los diedros, facetados y puntiformes que representan los tipos más complejos; y por último, los suprimidos y las piezas sin talón, o sea aquellos casos en los que no podemos determinar cual fue su talón (Tabla 14).
Esta adición de columnas representa una pérdida importante de información pero en nada perjudica al análisis, puesto que resulta estadísticamente correcta al conservar el equilibrio entre síntesis de información e información perdida.
Y nos proporciona, además, la oportunidad de realizar el test que consideramos importante para la resolución del problema., Dado el valor de la Ji-cuadrado observada: 4,15 con 4 grados de libertad, se acepta la hipótesis nula a nivel del 5%, es decir, no hay diferencias significativas entre los grupos considerados.
Con el fin de obtener una representación de los grupos construimos una tabla de contingencia de los tipos de talón según soportes por los tres conjuntos.
La inclusión de los soportes es debida a que su evolución a lo largo del Paleolítico Superior es bastante conocida y, por tanto, las discrepancias en las relaciones entre estos soportes y los (coiveles» podrían indicarnos que la triple división es artificial.
En la confección de esta tabla (Tabla 15) hemos unido los talones de las hojas y de las hojitas ya que ibs criterios para diferenciar las unas de las otras varían mucho según los autores y además requieren Ips mismos pasos técnicos para su obtención.
Igualmente hemos suprimido las columnas en las que todas sus frecuencias eran cero pues sólo introducen «ruido» que podría distorsionar el análisis.
Sobre la Tabla 15 realizamos un análisis factorial de correspondencias.
Este constituye una variante del Análisis de Componentes Principales concebido para trabajar con este tipo de tablas y que permite además, en virtud del principio baricéntrico, la representación simultánea en un mismo plano factorial de los individuos y las variables.
Mediante su uso podemos obtener una representación de los grupos y de los tipos de talones según los soportes que ponga de manifiesto las relaciones existentes tanto dentro de unos y otros como entre ellos.
Estas relaciones se explicitan describiendo las proximidades entre los puntos fila de una parte y los puntos columnas de otra, en dos análisis de componentes principales paralelos, unos sobre los perfiles de fila y otros sobre los perfiles de columna.
El papel preponderante que podrian jugar las filas o las columnas en función de sus pesos, se elimina con el uso de la métrica Ji-cuadrado (Benzécri et al., 1980).
Por tanto, la variación explicada conjuntamente por los dos primeros factores es del 99,9996 lo que significa que prácticamente no hemos perdido ninguna información.
La Fig. 2, que muestra el plano factorial con la representación simultánea de los dos perfiles de correspondencias, nos permite observar cuáles son los «niveles,. más proxlmos en función de la configuración de tipos de talón según soportes y cuales son los tipos de talón según soportes más próximos en función de la configuración por niveles.
Asi, vemos que los tres conjuntos se encuentran más o menos a la misma distancia.
El aziliense está caracterizado fundamentalmente por las hojas y hojitas, el magdaleniense, en cambio, se asocia a hojas y a lascas, mientras que el auriñaciense está próximo a algunas lascas y a productos de acondicionamiento de núcleo.
Algunos de estos productos de acondicionamiento no parecen tener relación con ninguno de los tres conjuntos.
Esta representación nos muestra una imagen que parece responder a una caracterización de la industria lítica en la que se presenta una evolución de los soportes: desde los tipos más «tosCOS» -lascas y productos de acondicionamiento-en los momentos más antiguos, hasta una industria laminar en el aziliense, pasando por una etapa intennedia con cierto equilibrio entre hojas y lascas durante el magdaleniense.
Sin embargo, esta «evolución,. responde más a patrones teóricos que a la realidad tal como actualmente la conocemos.
En este sentido, no deja de resular chocante la falta de relación entre productos de acondicionamiento de núcleo y los soportes laminares, cuando los primeros forman parte de la cadena técnica que conduce a la obtención de los últimos.
Por todo ello, los resultados de este análisis nos hacen pensar, una vez más, que se produjo una división artificial de los materiales.
Análisis de las distancias
Con objeto de encontrar el grado de semejanza entre los tres grupos de piezas que venimos estudiando utilizamos un Análisis de las Distancias sobre la Tabla 15.
Puesto que los datos de esta tabla son las frecuencias con que las distintas clases de piezas se encuentran en cada conjunto, para distanciarlos caracterizamos a cada uno de ellos por la distribución de probabilidad de las variables que observamos: X: «N2 de objetos encontrados con tipo de talón según soporte i» i =1,..., 20
Las funciones de distribución de probabilidad asociadas a los niveles son multinomiales.
La distancia adecuada (Comamala y Arcas, 1984) basada en la matriz de información de Fisher (Rao, 1949), es:
)0 d = 2 are cos (¡ ~) (Oller, 1982) i " I siendo (pi,..., p20) Y (ql,..., q20) las estimaciones máximo verosímiles de los parámetros de los que dependen las distribuciones multinomiales que caracterizan los conjuntos, coincidiendo éstas con las frecuencias relativas dentro del conjunto.
Resultaron las siguientes distancias:
De acuerdo con este valor maXlmo, las distancias que hemos obtenido las consideramos pequeñas reafirmándose la no significatividad de las diferencias entre los tres grupos de piezas.
Además estos resultados concuerdan con los obtenidos en el Análisis de las Correspondencias, en el que los tres conjuntos tenían prácticamente iguales distancias entre ellos.
Por otra parte, resulta también indicativo el hecho de que los dos conjuntos que debeJÍan enCOntrarse más próximos -tanto por su cercanía cronológica como por sus relaciones culturales-, el Magdaleniense y el Aziliense, son precisamente los que se encuentran más alejados, mientras que los gruPos más alejados cronológica y culturalmente -el Auriñaciense y el Azilienseson, sin embargo los más próximos según el análisis.
El estudio realizado señala que la clasificación tripartita de los materiales del Paleolítico Superior de la Cueva de la Cantera no se sostiene: el análisis tipológico ha demostrado incongruencias en cuanto a la composición de algunos de los «niveles»; el test de homogeneidad, basado en los datos de los talones, no indica diferencias significativas entre los conjuntos; y los Análisis de las Correspondencias y de las Distancias muestran que las relaciones entre los tres conjuntos no corresponden a la que cabria esperar en caso de tratarse de tres verdaderos conjuntos.
Todo lo expuesto, unido a las peculiares circunstancias en que debió efectuarse la extracción de materiales del yacimiento, nos permiten afirmar que la clasificación tripartita se realizó sin utilizar ningún tipo de criterio estratigráfico.
Tal vez se buscó una partición que tuviese carácter didáctico, con vistas a la exposición de las piezas en las vitrinas de Museo.
Ahora bien, si esta división es artificial ¿qué alternativa ofrecemos a la adscripción de estos materiales?
Teniendo en cuenta la tipología, la igualdad de materias primas y la presencia de concreciones idénticas en piezas de los tres grupos, pensamos que la mayoria de la industria lítica podria incluirse en algún momento del Paleolítico Superior Final.
Sin embargo esta clasificación supone la existencia de un gran lapso de tiempo entre las ocupaciones del yacimiento en el Musteriense y en el Paleolítico Superior.
Este vacío temporal no tiene casi ningún paralelo en la Cornisa Cantábrica, y aunque podria rellenarse parcialmente con la adscripción de algunas piezas a un momento no bien determinado del Paleolítico Superior Inicial -como las hojas con retoque auriñaciense y algunas raederas, si bien estas últimas también podrían incluirse en el Musteriense-, resulta evidente que esto no subsana totalmente el vacío.
Tampoco debemos olvidar ni el estado del yacimiento en el momento de ser descubierto -piezas de otros niveles podrían haber sido enterradas en otros lugares o arrojadas lejos-ni, sobre todo, el hecho de que estamos trabajando con un yacimiento en la vertiente Sur de la Cordillera Cantábrica.
Con respecto a esto último, resulta evidente que los patrones de penetración del poblamiento en esta zona durante el Paleolítico Superior son aún totalmente desconocidos.
Tal vez, cuando se conozcan mejor podremos valorar si el caso de la Cantera es tan excepcional o si por el contrario corresponde a un modelo usual en esta zona.
Con independencia de los resultados obtenidos, creemos que este trabajo constituye un ejemplo más de cómo los Análisis Estadísticos deben ser parte esencial de todo proceso analítico que intente estudiar en profundidad las industrias líticas.
Su utilización sistemática en el curso de las investigaciones es una condición casi imprescindible para extraer el máximo posible de información de nuestros datos.
1.-Localización de la cueva de la Cantera (Alcedo, León). |
de vista de la Arqueología Espacial, con el fin de obtener el mayor número de datos posible para de este modo llegar, al menos, a una identificación cultural.
U n primer análisis de los datos obtenidos dio como resultado algunas diferencias con respecto a las afirmaciones de nuestros predecesores en el tema, sobre todo en lo que a materiales arqueológicos se refiere, pues ninguno de los autores citados había localizado restos materiales (cerámica o sílex), en cambio nosotros recogimos alguno en la mayor parte de los yacimientos prospectados.
Por este motivo pensamos que podría ser positivo el profundizar en las notas tomadas a pie de campo para ver cuáles podían ser los resultados finales, máxime teniendo en cuenta que los patrones de asentamiento eran muy similares a los que estábamos observando en zonas próximas para asentamientos pertenecientes a la Edad del Bronce.
El área objeto de nuestro estudio se encuentra situada, geográficamente, entre los términos municipales de Picón y Piedrabuena, provincia de Ciudad Real, en una seríe de sierras marginales de los Montes de Toledo, cuya característica común en su altura (700-850 mts. sobre el nivel del mar).
La superficie que vamos a analizar se corresponde plenamente con la que, en su día, estudió Hierro del Real (Hierro, 1973) Y por ello aparecen algunas lagunas de poblamiento en la zona, que sin duda quedarán cubiertas cuando finalicen los trabajos que estamos llevando a cabo en la zona norte de la provincia de Ciudad Real.
El proceso de localización y estudio de los yacimientos arqueológicos que hemos seguido pasa por dos fases, que se complementan entre sí.
En la prímera se trataba de localizar los asentamientos y para ello utilizamos la fotografía aérea, el análisis cartográfico, la encuesta directa, la consulta bibliográfica (Viñas, 1971; Hierro, 1973; Caballero, 1983): dando por concluida esta fase con la prospección exhaustiva de la zona en estudio.
La labor más difícil de llevar a cabo fue el reconocimiento visual del terreno, que se realizó dividiendo las sierras en tres zonas (solana, cumbre y umbría), tarea que corrió a cargo de un equipo formado por tres personas.
A la localización de cada yacimiento correspondía el registro del mismo, empleando para ello las fichas utilizadas por el equipo de la Universidad Autónoma (Miranda, 1986) que desde hace algunos años investiga sobre la Edad del Bronce en la Mancha.
En la segunda fase debíamos estudiar los distintos datos recogidos, teniendo en cuenta aspectos tales como la organización espacial del entorno, rasgos definitorios del asentamiento (ubicación, arquitectura, materiales, etc.), así como los derivados de las relaciones entre distintas colectividades (visibilidad, territorio de explotación, comunicaciones, etc.).
Los yacimientos del área de Picón y Piedrabuena se encuentran ubicados en una serie de sierras marginales (Sur) de los Montes de Toledo.
Estas sierras separan las cuencas de los rios Guadiana y Bullaque, al mismo tiempo que sirven como frontera natural al Campo de Calatrava, sobre cuyas planicies ejercían amplio control visual los pobladores que en estas cumbres se asentaron.
El grupo o grupos humanos localizados en este área sitúan sus asentamientos en las cumbres y laderas de las sierras, buscando un lugar idóneo para el emplazamiento de las viviendas.
Estos «sitios» se caracterizan por tener una fácil defensa, un amplio dominio visual sobre el entorno y un cómodo acceso a los recursos.
Estas constantes también hemos podido observarlas en los Montes de Toledo (López, 1988) por lo que la diversidad de emplazamientos parece querer indicarnos que nos hallamos ame «modelos de ocupación» preestablecidos, máxime si tenemos en cuenta que en todos los casos analizados los terrenos óptimos para la explotación agricola se encuentran a una distancia que oscila entre 1 y 1,5 kms., hallándose dentro del marco considerado como «territorio ideal de explotacióo» (Chisholm, 1968; Lee, 1969).
Para la ubicación del poblamiento se buscan aquellos lugares donde afloran las cuarcitas, en cuyos espacios libres se distribuye el habitat, utilizando las paredes rocosas como apoyo de las viviendas, sirviendo de este modo como parapeto a los vientos casi huracanados que se producen en primavera y atarlo.
Por otro lado, estos farallones se utilizan como defensas naturales, aunque no por ello dejan de construirse potentes murallas, rellenando los espacios libres en la pared rocosa con hiladas de piedra, evitando, de este modo, el costo tan elevado (tiempo y mano de obra) que supondria el fortificar una superficie completamente llana.
En algunos de estos asentamientos el carácter estratégico está determinado por su situación en las proximidades de puertos o collados (n.~ 1, S, 7, Y 9), adquiriendo así, pleno dominio de las rutas comerciales y de las vías de comunicación (Fig. 2).
Cabe señalar que esta zona ocuparía un lugar intermedio en las comunicaciones Norte-Sur (Andalucía-Meseta Norte, cruzando los Montes de Toledo por el paso de la Torre de Abraham y Puerto del Milagro en los Montes de Toledo) y Este-Oeste (Levante-Extremadura, aprovechando los pasos naturales que se forman en la unión de los Montes de Toledo y una serie de sierras marginales, localizadas al Oeste de la provincia de Ciudad Real) por lo que las poblaciones de la zona habrían de encargarse del control de estas dos rutas y de los trazados alternativos (Yac. en Collado).
Una de ellas nos parece especialmente importante (Norte-Sur), pues muy probablemente, sería utilizada para transportar el mineral de cobre que se extraía en la zona norte de los Montes de Toledo, en el actual término municipal de San Pablo de. los Montes, en la provincia de Toledo.
En otros, en cambio, el matiz táctico viene definido por su posicionamiento sobre los puntos de mayor altura, en cotas por encima de los 770 m.
(Fig. 3) y condiciones más favorables para la defensa (carácter bélico), ejerciendo, al mismo tiempo, un amplio control visual del territorio, advirtiendo cualquier movimiento de personas o animales que se produjera en la llanura (n.~ 3, 6, 8, lO, 12 Y 14).
La localización de yacimientos por debajo de las cotas máximas (media altura) parece indicar que no todos los asentamientos tenían como principal cometido el control del territorio, pues los situados en ladera tienen una mejor ubicación de cara al cultivo y aprovechamiento de los valles y vaguadas próximos (tierras fértiles, aptas para el cultivo de cereal) y por tanto, una buena disposición para el cuidado y defensa de sus tierras de labor.
Atendiendo a las características de su emplazamiento, los yacimientos han sido clasificados en tres grandes grupos, aunque no por ello dejan de existir pequeñas matizaciones entre los componentes de cada uno de los tipos.
Los modelos propuestos son los siguientes: a) Yacimientos en collado (n.~ 1, 4 Y 9).
Estos se localizan en las proximidades de los pasos o puertos naturales (Fig. 2), en cotas que oscilan entre los 760-800 m. sobre el nivel del mar y a 160-200 m. sobre el llano circundante (Fig. 3), a través de los cuales resultan fáciles las comunicaciones entre los valles de Picón y Piedra buena.
Estos asentamientos tienen un fácil acceso a los recursos del entorno, agrícolas, ganaderos, de recolección, caza, etc., aunque cabe suponer que una buena parte de su actividad habria de estar relacionada con el control de los pasos naturales sobre los que se ubican. b) Yacimiento en cima (n.2! 3,6,8, 10, 12 Y 14).
Se localizan en puntos elevados de la sierra (Fig. 2), en cotas entre los 750-838 m. ~obre el nivel del mar y alrededor de los 160-230 m. sobre la llanura, aunque no siempre coincidiendo con las máximas alturas (Fig. 3).
Su distribución a lo largo de la cuerda de las sierras permite un fácil control visual del territorio, que en ocasiones se prolonga a decenas de kms. (n.~ 3 y 12), enlazando con yacimientos de otras áreas. c) Yacimientos en ladera (n. ~ 2, 5, 7, 11 Y 15).
Son aquellos que se encuentran emplazados en la falda de la sierra (Fig. 2), en pequeños promontorios o espolones rocosos, que se introducen en la llanura.
Estos asentamientos se definen, a nuestro modo de ver, por su buena disposición para el aprovechamiento de los fondos de valle, a los que pueden acceder fácilmente y por la subordinación a uno o varios de los pertenecientes a los grupos 3 y 4, al menos en lo que al establecimiento de relaciones visuales se refiere.
Las diferencias de emplazamiento existentes entre unos yacimientos y otros nos llama poderosamente la atención, al mismo tiempo que nos inducen a considerar la posibilidad, por otro lado perfectamente factible, de una organización jerárquica del territorio, afirmación que no puede ser probada, mientras no se lleve a cabo una precisa clasificación cultural, cronológica y funcional de cada uno de los yacimientos.
De todo lo anteriormente expuesto se deduce que la elección del lugar para el emplazamiento viene determinada por:
-Las características físicas del lugar.
Siempre se eligen «sitios» con abundantes afloramientos rocosos, en alturas que oscilan entre los 740 y 850 m. sobre el nivel del mar, lo que hace factible un ahorro considerable de tiempo y energía en la construcción de las defensas del yacimiento.
-Una distribución organizada de los asentamientos.
La elección del lugar y la distribución de los yacimientos parecen estar marcados por unos modelos prefijados con anterioridad a la ocupación del territorio (asentamientos en cima, collado y ladera).
-Las posibilidades de acceso a los recursos.
Aunque todos los yacimientos se asientan en lugares de fuertes pendientes, existe, al menos, una zona por la que se accede fácilmente a los valles y vaguadas, factor que nos hace suponer que hay una relación directa entre la función y localización del yacimiento (Fernández, 1984).
-Proximidad a nacimientos de agua.
Una característica que define a todos estos asentamientos es la proximidad a pozos o aljibes, que permiten un fácil suministro de agua (Hierro, 1973).
Estos aljibes se localizan, indistintamente, en el interior o exterior de los poblados, apareciendo, por lo común, entre las fallas de la cuan.ita y conservan, generalmente, el agua durante todo o gran parte del año.
En algunos de estos alfibes aún se pueden apreciar los trabajos de acondicionamiento (excavación, cierre con muros de mampostería, revocos, preparación de la roca, etc.) llevados a cabo para un mejor aprovechamiento de las aguas subterráneas.
Resulta difícil y problemático llevar a cabo un estudio detallado de cada uno de los yacimientos (niveles semimicro y microespacial), partiendo de la sola base del análisis de los restos perceptibles a nivel superficial.
En algunos casos la vegetación, la erosión, la acción antrópica o el simple paso del tiempo han destruido o borrado las huellas del pasado, habiendo quedado reducidas a informes amontonamientos de piedra.
En otros quedan, todavía, los vestigios suficientes para esbozar y comprender el panorama urbanístico del yacimiento.
La reconstrucción de la casa característica de estos asentamientos no resulta fácil de llevar a cabo, aunque todos los indicios detectados en los sucesivos trabajos de campo nos permiten equipararlas a las documentadas en las excavaciones del cerro de la Encantada (Nieto y Sánchez, 1980).
En el yacimiento n ll 9 se aprecian en el interior del recinto una serie de estructuras de planta circular, cuya puerta de entrada estaba formada por dos grandes lajas de cuarcita hincadas en el suelo.
Este tipo de vivienda lo volvemos a encontrar, perfectamente definido, en el yacimiento n Q 14, aunque aquí aparecen combinadas con otras de planta cuadrada.
El mismo tipo de estructura parece adivinarse en el resto de asentamientos, aunque no están claramente definidas por hallarse completamente derruidas y estar reducidas a ingentes amontonamientos de piedras.
La parte de los muros que se conserva es de mampostería de piedras de diverso tamaño, pudiendo estar o no, trabadas con barro.
Este sistema de trabazón está asociado, como ocurre en otros yacimientos, a estructuras de planta cuadrada o rectangular (Nieto y Sánchez, 1980), mientras que las de planta circular no tienen trabazón alguna.
El alzado de estas casas debía ser de tierra apisonada (tapial), entre la que se entremezclarían algunas piedras, como así parecen indicarlo los restos de piedras y tierra encontrados en el interíor de algunos de estos asentamientos.
No cabe descartar, tampoco, la existencia de cabañas fabrícadas con materías vegetales (Romero, 1986), especialmente en aquellas construcciones utilizadas como habitación temporal.
Se han documentado algunas covachas cerradas por muros de mampostería, utilizadas, posiblemente, para enterramientos colectivos, de características similares a las descritas por otros autores para la zona de los Montes de Toledo (Nájera, 1984).
Las defensas del recinto de habitación estaban constituidas, en la mayoría de los casos, por las paredes de roca, en cuyos espacios libres se colocaron tramos de muro (piedras sin trabar).
Cuando no existen estos farallones rocosos se amuralla todo el recinto.
Estos sistemas defensivos ofrecen ligeras variaciones entre sí.
El método más sencillo consiste en fortificar todo el perímetro habitado, reforzando, a modo de acrópolis, la zona más elevada (n.~ 1,3, S, 7, 8, 9, 10, 11 y 15).
El segundo sistema consta de varios recintos amurallados y acrópolis (n.~ 4 y 12).
En tercer lugar aparecen unas defensas complejas, formadas por varias líneas de muralla flanqueadas por torres (n.!! §.
La adaptación de los sistemas defensivos al terreno impide la aplicación de modelos constructivos preconcebidos, aunque en la mayoría de los casos se percibe la utilización de unos esquemas arquitectónicos fijos (murallas, torreones, acrópolis, etc.), coincidiendo, generalmente, con aquellos lugares que menos defensas naturales poseen.
Todos los asentamientos localizados tienen una segunda fortificación (acrópolis) sobre el' lugar más elevado del emplazamiento, en ocasiones por su reducido tamaño puede tratarse, simplemente, de una torre de vigilancia o estructura similar.
Las dimensiones de estos recintos son variables, pudiéndose apreciar, de visu, las diferencias existentes entre ellos.
La valoración que haremos del tamaño de los mismos es meramente aproximativa, teniendo en cuenta que, por falta de medios, no se llevaron a cabo levantamientos topográficos y que las mediciones se efectuaron con una cinta métrica y en ocasiones contando pasos.
El análisis de los resultados obtenidos nos ha permitido diferenciar cuatro grupos:
No superan los 1.500 ms. 2; se trata del grupo de asentamientos que anteriormente definimos como de ladera (n.!! §.
Su reducido tamaño y los escasos restos de estructuras interiores nos llevan a pensar en la posibilidad de que estos yacimientos tuvieran un carácter meramente temporal.
Este grupo parece tener una actividad relacionada con el control de pasos de montaña y cañadas ganaderas.
Tienen una extensión que oscila entre los 5.000 y 10.000 ms2; estos lugares se localizan sobre las cotas de mayor altura (n.2! 3 y 10), gozando de un gran control del territorio.
Se localizan en cerros con amplias mesetas (en la tradición locar se les conoce como «viviendas de moroslt); aunque no se ubican sobre grandes alturas tienen un buen control del territorio. al mismo tiempo que gozan de buena disposición para el establecimiento de relaciones visuales con el resto de yacimientos.
Sin duda el gran problema que se suscita a la hora de analizar el territorio de explotación de estos asentamientos es la carencia de trabajos científicos que pongan en relación los caracteres edáficos existentes en la actualidad con los del IJ milenio a. c.. por lo que el estudio de los rasgos cdafológicos actuales nos puede ayudar a comprender los de milenios anteriores.
En la zona objeto de nuestro estudio encontramos terrenos aluviales que se localizan en el fondo de los valles de los ríos y en los arroyos de mayor entidad.
Son suelos de excelente fertilidad. siendo muy aptos para el aprovechamiento agrícola (Fig. 4). pues permiten cultivos intensivos y de huerta.
Los yacimientos n.~ 3.
14 y 15 están directamente relacionados con ellos.
Los suelos Pardos Meridionales se localizan en las grandes pendientes. extendiéndose por las laderas de las sierras sobre las que se ubican los asentamientos (Fig. 4).
Su aprovechamiento es para pastizal con encinas. alcornoques y jarales.
Las superficies con horizontes más desarrollados permiten el cultivo de cereal y/o el olivar.
Los suelos Rojos Mediterráneos se encuentran distríbuidos de manera aleatoria por todo el territorio. especialmente en las pendientes suaves. en las que pueden sobresalir crestas de cuarcita no erosionadas (Fig. 4).
Tienen un rendimiento aceptable en cultivos como cereal. vid y olivar.
Calibrar y definir el territorio de explotación de estos yacimientos es una tarea ardua y difícil. pues carecemos de datos objetivos referentes a la actividad de estas poblaciones. por lo que no entraremos a delimitar con exactitud cual era el espacio real de cada uno de los asentamientos. en espera de que los resultados de futuras investigaciones nos permitan establecer tales valoraciones; no obstante, presentamos. a título meramente indicativo. una tabla con los datos obtenidos de las calibraciones realizadas para radios de 5 kms.
En esta tabla queda reflejado el gran potencial de explotación agrícola de algunos yacimientos (n.~ 3,4, 5, 6, 7, 8,.
De esta evaluación se deduce que el número de yacimientos es equiparable desde el punto de vista de las posibilidades que ofrece el medio, lo que no significa que esto fuese necesariamente así, pues cabe la posibilidad que alguno de los asentamientos mencionados tuviera otra u otras actividades predominantes (vigilancia, caza, comercio, industrias de transformación, etc.).
El territorio, a nuestro modo de ver, estaria controlado por los yacimientos de mayor tamaño (3, 4, 8, 10, 12 y 14), funcionando el resto como aledaños o pedanías de estos, hipótesis que se encuentra en fase de confrontación en base a los trabajos y mediciones que estamos llevando a cabo en zonas próximas, especialmente en la franja sur de los Montes de Toledo.
Uno de los aspectos fundamentales, a nuestto juicio, del trabajo del campo consiste en la recogida de m&teriales.
De su estudio y posterior análisis se puede llegar a deducir una cronología y T. P., 1990, n ll 47 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es 348 FRANCISCO JAVIER LOPEZ FERNANDEZ una clasificación cultural, sino exactas, al menos aproximadas.
Desgraciadamente los materiales recogidos en la lona son escasamente representativos.
En primer lugar por ser fragmentos de reducido tamaño, que apenas son orienta bies y en segundo lugar por tratarse de materiales sometidos a un largo proceso de rodamiento, habiendo perdido parte de la textura original.
Se recogieron dos tipos de materiales, cerámicos y líticos, reflejados en la siguiente tabla:
NOMBRE BORDES GALBOS LmCO TOTAL
2) Las cerámicas constituyen el grueso del material recogido en la prospeCClon, sin embargo ninguno de los fragmentos tiene un tamaño que permita una identificación formal segura, por lo que resulta imposible llegar a establecer paralelos tipológicos y tipométricos con otros yacimientos.
Las formas que aparecen en los yacimientos del área de Picón y Piedra buena son las típicas de la Edad del Bronce, predominando cuencos, ollas y vasos carenados (Fig. 5), pero todo ello tratado con las reservas que impone el trabajar con fragmentos de reducido tamaño, pues en algunos casos no es posible ni una identificación formal aproximada.
Estas cerámicas se caracterizan por tener las pastas y superficies claras y medias (tonos rojizos, anaranjados y ocres), cocción oxidante (66,67 96); frente a las oscuras (tonos grises y negros), cocción reductora (33,33 96).
El análisis del acabado de estas cerámicas es bastante problemático, pues todas ellas han estado sometidas a un fuerte rodamiento, aunque de su estudio hemos podido extraer los siguientes datos estadísticos, donde queda reflejado el claro predominio de los alisados (63,51 96) frente al resto; sin embargo, el bajo porcentaje de espatulados (17,13 96) y bruñidos (9 96) puede ser debido al mal estado de conservación (grosero 10,36 96), pues se trata de materiales de superficie, expuestos continuamente a las inclemencias del tiempo.
Del estudio global de la cerámica se deduce que las formas y los acabados son paralelizables a los del Cerro de la Encantada, donde aparecen ollas, cuencos y vasos carenados de pequeño y mediano tamafto (Nieto y Sánchez, 1980), alisados, espatulados y bruñidos.
El material lítico está escasamente representado en las muestras recogidas.
Se trata de dos lascas de sílex sin retoque y un posible botón de caliza, de dudosa clasificación.
Examinando los resultados obtenidos en los análisis del tipo de poblamiento y materiales arqueológicos, creemos que los yacimientos del área de Picón y Piedrabuena deben ser adscritos a la Edad del Bronce, sin que por el momento podamos precisar a cual de sus fases pertenecen, debido a la inexistencia de excavaciones sistemáticas en la zona.
Antes de terminar quisiéramos aclarar aquellas interpretaciones que pudieran derivarse del presente trabajo, tales como la ausencia de asentamientos en llano.
Conocemos la existencia de este tipo de asentamientos en la zona, aunque todavía no tenemos definidas sus principales características por tratarse de hallazgos esporádicos poco sistematizados.
De todos modos no hemos creído oportuno incluirlos en el presente estudio hasta que no dispongamos de datos suficientemente confirmados y confrontados con los que estamos obteniendo en zonas próximas. |
El objetivo del presente artículo es dar a conocer, con carácter preliminar, los resultados de la intervención arqueológica llevada a cabo en el yacimiento protohistórico conocido como Carambolo Alto, Camas (Sevilla).
Nos centraremos en la identificación, descripción y evolución del conjunto monumental exhumado en la cima del cerro a lo largo de la excavación.
Ésta se interpreta como un santuario orientalizante con base en los paralelos arquitectónicos localizados y el registro material exhumado.
Como resultado de la Intervención Arqueológica de Urgencia desarrollada en el Cerro del Carambolo de Camas (Sevilla) entre agosto de 2002 y mayo de 2004, se ha exhumado en la corona del cerro una edificación de carácter monumental, que hemos interpretado como un santuario de época orientalizante.
La construcción presenta distintas fases constructivas, datándose su uso desde el siglo VIII al tránsito del siglo VII al VI antes de la Era Cristiana (1), momento de su amortización.
La secuencia ocupacional completa del yacimiento, que abarca desde el Bronce inicial al siglo XX con distintos hiatos, ya fue expuesta en otro trabajo con motivo del Congreso de Protohistoria del Mediterráneo Occidental celebrado en Mérida en 2003 (2) (Fernández y Rodríguez e.p.; Rodríguez y Fernández e.p.), por lo que, en esta ocasión, nos centramos en la segunda fase de ocupación, datada dentro del periodo orientalizante.
La evolución de la edificación monumental excavada correspondiente a este periodo (denominada Complejo A) no fue completada en aquella ocasión ya que los trabajos de excavación y laboratorio continuaron con posterioridad.
(*) Arqueología y Gestión S.L.L. C/ Tránsito 8.
Correo electrónico: affarqueo@ mixmail.com [EMAIL] Recibido: 4-IX-04; aceptado: 8-II-05.
(1) Las cronologías aportadas son relativas o convencionales hallándonos a la espera de seleccionar muestras para la datación absoluta.
Por otro lado, el estudio de materiales está en proceso de realización, por lo que incluso dentro de las cronologías relativas los datos son provisionales.
(2) 3 er Simposio Internacional de Arqueología de Mérida.
Congreso de Protohistoria del Mediterráneo Occidental.
En este artículo nos centraremos en la identificación, descripción y evolución del conjunto monumental exhumado.
La exposición de los datos se ha planteado a modo de periodización o faseado en función de los diferentes momentos constructivos registrados en la edificación.
En cualquier caso, la exposición que realizamos a continuación tiene un carácter preliminar y está sujeta, por tanto, a la posibilidad de que algunos de los datos aportados puedan completarse, variar o concretarse cuando terminen los trabajos de documentación y análisis, refiriéndonos, fundamentalmente, a la horquilla cronológica que enmarca el periodo de uso de la construcción y las reformas acometidas en la misma.
El yacimiento denominado Carambolo Alto se localiza al suroeste de la Península Ibérica, en las coordenadas UTM 762500/4142900 según cartografía del Instituto de Cartografía de Andalucía, Hoja 984.
Se halla emplazado en la localidad de Camas, en los terrenos antaño pertenecientes a la Real Sociedad de Tiro de Pichón y actualmente propiedad de Gabriel Rojas S.L. Es la elevación más próxima a la ciudad de Sevilla de las que forman el borde ribereño del Aljarafe, aunque se halla separado en parte de dicha meseta por la pequeña vaguada del arroyo del Pantano o del Repudio, que procede de Castilleja de la Cuesta.
Presenta una cota máxima de 85 m s.n.m. en el punto más alto y de 60 m sobre la Vega de Triana, tratándose de uno de los cerros más altos de su alineación.
Presenta una fuerte pendiente hacia el N-O, N-E y S-E con un único acceso desde el S-O.
Limita al este con la carretera Sevilla-Badajoz (Nacional 630), al sur con el Antiguo Camino de Almedinilla, al Norte y Oeste con la carretera del Club del Tiro del Pichón y el antiguo camino de Castilleja.
El yacimiento de El Carambolo (Camas, Sevilla) es, sin duda, uno de los más emblemáticos de Sevilla y Andalucía en general.
Se trata de uno de los emplazamientos "tartésicos" sobre el que más se ha escrito, debido al gran interés que suscita, no sólo por el hallazgo del conocido tesoro sino también por el propio yacimiento, fundamental para el conocimiento de las poblaciones de la Baja Andalucía anteriores a la conquista romana.
El conocimiento de la existencia de restos arqueológicos en el cerro del Carambolo parte de 1958, fecha en la que se produce el hallazgo del llamado Tesoro del Carambolo.
En este momento, la zona alta del cerro pertenecía a la Real Sociedad del Tiro del Pichón, que era propietaria desde 1940; de hecho este "descubrimiento" se produce debido a una serie de obras de infraestructuras y nivelación del terreno que se estaban llevando a cabo en las instalaciones de la citada sociedad (Carriazo 1973: 192-198).
El hallazgo fue comunicado a los arqueólogos del Servicio Nacional de Excavaciones, del que Juan de Mata Carriazo era delegado de zona, planteándose de inmediato una excavación en el lugar exacto de aparición del tesoro, siendo dirigida la intervención por él mismo.
En ésta participaron Juan Maluquer de Motes, Francisco Collantes de Terán y Concepción Fernández Chicarro.
En el proceso de excavación, iniciado en octubre de 1958, Carriazo distinguió cuatro niveles arqueológicos que aportaron un numeroso conjunto de piezas cerámicas y metálicas de época protohistórica, que de inmediato se adscribieron a la "cultura tartésica" (periodo Bronce Final) y que el arqueólogo interpretó como correspondientes a un fondo de cabaña.
Paralelamente, Juan Maluquer de Motes, durante su breve estancia en El Carambolo, realizó el dibujo de los perfiles documentados así como la descripción e interpretación de los niveles que él diferenció (Maluquer 1992: 15-29) y que posteriormente Carriazo equiparó a los cuatros niveles por él establecidos (Carriazo 1973: 218-227).
Durante el tiempo que duraron los trabajos de campo, Carriazo observó la existencia de niveles arqueológicos con cenizas y fragmentos cerámicos en zanjas abiertas en otros lugares del cerro, así como la existencia de niveles con gran cantidad de cerámica en diversos puntos donde se habían rea-lizado obras correspondientes a las edificaciones del Tiro del Pichón.
Los resultados obtenidos en esta excavación propiciaron que se continuara con las investigaciones en torno al cerro del Carambolo.
En 1959 se realizó una vigilancia arqueológica en las obras próximas, realizadas para la construcción del depósito de agua de EMASESA, documentándose únicamente restos aislados correspondientes a distintos periodos culturales.
Posteriormente se llevó a cabo la prospección sistemática de la zona de ladera del cerro, pero fue, a la vista de las fotografías aéreas realizadas para la investigación, cuando se observó que, en la parte septentrional del cerro, existía una amplia terraza con planta de tendencia circular, que se interpretó como posible área de poblado (Carriazo 1973: 236-337).
Ésta se limitó a un espacio rectangular de 25 × 15 m, ocupando una superficie de 375 m 2 ubicado en la vertiente oriental, en la ladera norte del mismo cerro y a unos 120 metros de la zona del hallazgo del Tesoro.
Esta nueva excavación arqueológica sacó a la luz restos de edificaciones también de cronología protohistórica de las que se documentaron cuatro niveles de habitación, que fueron interpretados por su excavador como un poblado, denominándose como el Carambolo Bajo, en contraposición a los restos documentados en la excavación anterior a la que se llamó Carambolo Alto (Carriazo 1973: 247).
Desde las intervenciones de 1958 y 1960 no se volvieron a realizar excavaciones en El Carambolo aunque han proseguido las investigaciones en torno al yacimiento.
En 1991, se emprende una Actuación Arqueológica de Documentación Gráfica dirigida por el profesor Fernando Amores Carredano, en la que se procede a la revisión de la cerámica recuperada durante las excavaciones (Amores 1995: 159-178) y en 1997 David Jordan y Miguel Ángel Pérez realizan una prospección geofísica por encargo de la Delegación Provincial de Cultura.
Esta última vino a confirmar las pequeñas dimensiones del yacimiento del Carambolo Bajo que, según los datos recabados, se limitaba casi estrictamente a los 400 m 2 excavados por Carriazo (Belén 2000: 70-72).
La importancia de las excavaciones realizadas en el Carambolo radicó, en gran medida, en el hecho de ser uno de los primeros poblados protohistóricos excavados en el Bajo Guadalquivir, por lo que supuso un hito en el conocimiento de los perio-dos correspondientes al Bronce Final y Edad del Hierro.
Desde el inicio de su investigación se han elaborado distintas hipótesis sobre el asentamiento protohistórico del Carambolo, que versan principalmente en torno a su entidad, funcionalidad y cronología.
Carriazo, una vez realizadas las intervenciones y a la luz de los restos documentados, interpretó que tanto el Carambolo Alto como el Carambolo Bajo eran poblados, aunque de distinta cronología.
El Carambolo Alto se consideró como un asentamiento de fines de la Edad del Bronce, caracterizado por un gran fondo de cabaña en el que se superponían distintos niveles de ocupación.
Asimismo expuso que, posiblemente, este tipo de unidad de habitación se extendía por la zona alta del cerro configurando un asentamiento (Carriazo 1980: 245).
A su vez, el Carambolo Bajo fue identificado como un poblado turdetano (Edad del Hierro), cronológicamente más tardío que el Carambolo Alto (Carriazo 1973: 249).
Posteriormente el profesor Antonio Blanco Freijeiro (1989: 95-96) consideró que el fondo de cabaña de El Carambolo pudo ser un lugar de culto como los del Egeo en época geométrica y orientalizante, momento, en los que los templos eran edificios muy rudimentarios, de planta rectangular u ovalada y que, sólo por la singularidad de sus ajuares se distinguían de las casas.
Años más tarde distintos autores intentaron recuperar el debate a cerca de la interpretación del yacimiento.
En 1992 M. E. Aubet publica un artículo con el que pretendía reabrir la discusión sobre el Bronce Final Tartésico y para ello presentó los dibujos y notas originales sobre la estratigrafía y sobre los hallazgos más significativos registrados en el fondo de cabaña durante la estancia de Maluquer (Aubet 1992: 329-349).
La publicación de las notas originales del profesor Maluquer se debe a que, según Aubet, entre éstas y las publicadas por Carriazo existen contradicciones, hasta tal punto, que la autora manifiesta que en líneas generales la lectura que hace Maluquer de los datos arqueológicos resulta correcta y coherente, en tanto que la interpretación de la estratigrafía del fondo de cabaña publicada por Carriazo resulta incomprensible.
En este debate sobre el Bronce Final, la autora confiere una gran importancia al yacimiento del Carambolo, de ahí, que decida reabrir la discusión sobre el mismo, partiendo de las notas originales del profesor Maluquer.
En cuanto a la interpretación del lugar, Aubet defiendió que tanto la forma como la disposición de los estratos arqueológicos revelan la existencia, en la zona alta del cerro del Carambolo, de una cabaña de planta oval, intensamente ocupada durante un periodo de tiempo relativamente largo e incendiada repetidas veces, apoyando esta hipótesis en las numerosas pellas de barro con improntas de vigas o cañizo halladas en el nivel F de incendio.
Asimismo, atendiendo a las características del enclave, su situación excepcional, dominando la Vega de Triana (agricultura de regadío), el paso del Guadalquivir a la altura de Sevilla (control estratégico de la principal arteria de comunicación de todo el sudoeste peninsular), y la meseta del Aljarafe (pastos y caza), Aubet opina que el yacimiento presenta un poder de control territorial sólo comparable al de un centro principal en el marco de una organización jerárquica de asentamientos.
Una interpretación distinta del yacimiento es la que ofrecen Belén y Escacena (1997: 103-131), quienes defienden la existencia en el cerro del Carambolo no de un gran poblado sino un importante santuario, enclavado en el denominado Carambolo Bajo, que contaría con todas aquellas dependencias propias de estos enclaves sacros.
Dentro de esta interpretación, el "fondo de cabaña" excavado en el Carambolo Alto actuaría como un pozo o fosa ritual que contendría los restos de las ofrendas que se depositaban en el santuario.
De ese modo, se explicarían los sucesivos niveles de incendio, la cantidad y calidad de las cerámicas que en él se hallaron, los fragmentos de cáscara de huevo de avestruz y la ocultación final del propio tesoro.
Esta hipótesis se basa, sobre todo, en los hallazgos realizados en el Carambolo Bajo.
Concretamente, en algunos elementos arquitectónicos, como el banco enlosado con sillares del Nivel IV, el posible altar (pilar de adobes de casi un metro de altura) y en el recipiente de piedra caliza, que según los autores, pudo ser empleado como pila para abluciones o libaciones.
Todos estos elementos aparecen en una misma estancia y junto a éstos, se encuentran los ajuares que según Carriazo estaban representados por las "especies más selectas" y que según los autores no son tan corrientes en ámbitos domésticos: jarros de barniz rojo, envases para perfumes, platos y soportes.
A esto, habría que unir las llamadas "piedras raras", que, siguiendo la interpretación de los investigadores, podrían ser representaciones anicónicas de la divinidad o divinidades que recibían culto en el lugar, es decir, betilos.
En esta línea María Belén, partiendo de la revi-sión de las notas de excavación y de los materiales recuperados en el Carambolo Bajo, propone que el yacimiento fuese un lugar de culto erigido por los fenicios hacia mediados del siglo VIII a.C. En distintas ocasiones, sobre el complejo inicial se habrían construido otras edificaciones que perpetuaron el carácter sagrado del lugar a lo largo de algo más de doscientos años (Belén 2000: 70-71).
Esta interpretación se basa en las estructuras y materiales del Carambolo Bajo, mientras que del "fondo de cabaña" dice que se trata de una fosa o pozo ritual.
Continúa la interpretación de la zona del Carambolo Bajo en base a las dimensiones del yacimiento, exponiendo que la extensión del enclave se reduciría casi estrictamente a la superficie excavada, unos 400 m 2, según se ha podido comprobar por las prospecciones geofísicas realizadas.
La autora manifiesta que tan exiguas dimensiones no son las que cabría esperar de un poblado que está considerado como uno de los centros políticos y económicos de mayor pujanza en el Bajo Guadalquivir, criticando, de este modo, la hipótesis defendida, entre otros, por M. E. Aubet.
Con esta breve revisión del estado de la cuestión acerca del yacimiento del Carambolo se pone de manifiesto el debate existente entre los distintos investigadores, cuyas hipótesis se basan principalmente en la revisión de los datos aportados por Juan de Mata Carriazo durante las excavaciones que llevó a cabo.
En este sentido cabe comentar que la realización de una nueva intervención arqueológica ha supuesto una oportunidad única para proseguir con la investigación de este yacimiento en campo.
MOTIVOS DE LA ACTUACIÓN, FICHA TÉCNICA Y ÁREA DE EXCAVACIÓN
La actuación arqueológica de urgencia realizada dentro de los antiguos terrenos de la Real Sociedad del Tiro de Pichón, ubicados en el cerro del Carambolo, se llevó a cabo de forma preventiva como consecuencia de la presentación de un proyecto de construcción de hotel y zonas deportivas en el citado inmueble.
Tras la presentación del Proyecto de Intervención Arqueológica de Urgencia correspondiente, por parte de Arqueología y Gestión S.L.L., la excavación fue autorizada por Resolución dictada con fecha 30 de julio de 2002.
La Intervención dio comienzo el día 26 de agosto de 2002, bajo la dirección de Álvaro Fernández Flores, coordinación de Araceli Rodríguez Azogue y con la colaboración de la Universidad de Huelva y la Universidad de Sevilla, y se dio por finalizada el 25 de mayo de 2004 (3).
En la actualidad, continúan los trabajos de laboratorio con el inventariado y estudio de los materiales exhumados.
Se ha intervenido sobre un área cercana a 5.300 m 2 correspondientes a la superficie afectada por el proyecto de construcción arriba señalado.
Esta zona corresponde a la mitad oeste de la cima del cerro, tratándose de una extensión inferior a la ocupada por el yacimiento que se extiende por la corona y laderas de la elevación.
La distancia que separa el área de actuación, ubicada en el tradicionalmente denominado Carambolo Alto, del área en que se desarrollaron los trabajos que dieron lugar a la diferenciación de este conjunto del denominado Carambolo Bajo, es de unos 150 metros.
V. RESULTADOS DE LA INTERVENCIÓN: PERIODIZACIÓN CRONOCULTURAL
La exposición de los datos se ha planteado a modo de periodización en función de los diferentes momentos constructivos registrados en la edificación documentada, desde su fundación hasta su amortización.
Se registran cinco grandes momentos constructivos o fases, aunque son numerosas las reformas menores documentadas dentro de cada fase.
La horquilla cronológica parece abarcar desde el siglo VIII a la transición entre los siglos VII y VI a.C., aunque estas fechas son aproximativas en
(3) Equipo técnico: -Coordinación: Araceli Rodríguez Azogue.
-Director: Álvaro Fernández Flores.
- tanto no se concluya el estudio de los materiales cerámicos y se realicen los correspondientes análisis que aporten cronologías absolutas para contrastar resultados.
La ocupación del periodo orientalizante se llevó a cabo sobre un poblado datado provisionalmente en el tránsito Calcolítico Final-Bronce Antiguo Inicial a partir de los materiales cerámicos recuperados.
De forma previa a la exposición realizaremos una aproximación al contexto geográfico natural en que se produce la ocupación correspondiente a este periodo histórico.
Los estudios sobre paleogeografía llevados a cabo en el área en la que se ubica el yacimiento, basados tanto en las fuentes históricas como en análisis geológicos (Arteaga y otros 1995: 129-134; Gavala 1992: láms.
1 y 2) apuntan a que el cerro del Carambolo dominaba en torno al año 1000 a.C. la desembocadura del río Guadalquivir en una amplia ensenada marina que extendía sus costas 70 kilómetros tierra adentro respecto a la costa atlántica actual (Fig. 1).
La elevación conformaba una pequeña península o cabo de fácil defensa ubicado en la cornisa nororiental de El Aljarafe, zona que desde el punto de vista geológico presenta una secuencia estratigráfica correspondiente a materiales de finales de la Era Terciaria.
Su posición, frente a la ciudad de Spal (actual Sevilla), permitía el control visual del área de la desembocadura del río y, por tanto, el control de las comunicaciones hacia el interior del valle, así como de las rutas mineras que desde tierra adentro bajaban del área de Aznalcóllar, en las estribaciones occidentales de la Sierra Norte de Sevilla.
Tras un hiato ocupacional que va desde el Calcolítico Final-Bronce Inicial al orientalizante inicial (VIII a.C.), registramos una nueva ocupación del área objeto de estudio caracterizada por la construcción de un complejo edilicio de carácter monumental, núcleo originario del denominado Complejo A (Fig. 2, Lám.
De forma previa al inicio de la actividad cons-tructiva, se procedió al aterrazamiento de la ladera suroeste del cabezo, lugar en que se ubica la construcción y, por tanto, a la regularización de este espacio; no obstante, se mantendrá un notable desnivel hacia el oeste.
La edificación se presenta como un conjunto cerrado de planta rectangular con orientación Este-Oeste, accediéndose al interior desde el Este.
La sección de la construcción presenta un descenso en la misma dirección en que está orientada, salvándose los desniveles mediante escalones.
En la edificación se emplean adobes de un formato aproximado de 45 × 30 × 7 cm de material limo-arcilloso, mostrando aparejo con hiladas alternantes a soga y tizón.
Como conglomerante se empleó arcilla con algo de limo y resto vegetal.
Los tendeles suelen ser bastantes regulares, aproximadamente 1-2 cm, mientras las juntas son más variables debido, en gran parte, a las deformaciones o irregularidades que en las esquinas presentan los adobes.
Los muros de carga principales de esta primera fase carecen de cimentación, asentando directamente sobre los estratos de ladera regularizados.
Los muros aparecen trabados entre sí, con un grosor medio de 0,60 m, presentando un zócalo de y recibe el mismo tratamiento que muros y suelos.
Los pavimentos reciben una preparación o asiento de tierra batida o bien se disponen sobre los niveles edáficos decapitados; sobre este firme se da una primera lechada arcillosa amarillenta, en ocasiones blanquecina, de potencia variable pero que no supera el centímetro acabándose el piso con una lechada teñida de rojo en finísimas películas que no superan 2 mm. Estos niveles de pavimento presentan numerosas reformas consistentes en la aplicación, bien de nuevas lechadas teñidas exclusivamente, bien de lechadas arcillosas, amarillentas y sin teñir sobre las que se dispone una película teñida.
La fragilidad de los acabados en la pavimentación explica las numerosas reformas que éstos necesitan y que quedan patentes en numerosas estancias de esta primera fase.
Los pavimentos en las estancias abiertas presentan un tratamiento diferente, consistente en una preparación de tierra batida rojiza.
Asimismo, en las zonas de tránsito (vanos de acceso y escalones) aparecen pavimentos realizados con conchas marinas (Glycymeris s. p.), con formatos bastante regulares, alineadas y llagueadas con una fina capa de pigmento rojo en la mayor parte de los casos desaparecida (4).
Como antes indicamos, el edificio exhumado presenta planta rectangular y sección escalonada Lám.
I. Vista aérea del edificio originario o Santuario E. mayor anchura, 0,80 m, hasta una altura media de 0,50 m.
Los muros de compartimentación presentan un grosor de 0,40-0,50 cm sin cimentación.
No aparecen refuerzos en los vanos, los cuales presentan en torno a 1 m de anchura.
Los acabados están realizados mediante enfoscados en general de color blanquecino y los enlucidos se realizan con lechadas rojizas sobre lechadas blanquecinas, al menos en la zona inferior de los paramentos y bancos adosados a los muros.
La estancia más amplia presenta bancos adosados, éstos se realizan disponiendo un murete de contención paralelo al muro principal con la misma altura que tiene el banco y colmatando el espacio entre el muro y el murete con un relleno, en general arcilloso, con abundante adobe disgregado.
La obra se cierra en su limite superior con adobes con pendiente Este-Oeste.
El único acceso se realiza a través de uno de los lados cortos desde una explanada situada al Este, mediante un vano de 1,80 m de anchura ligeramente sobreelevado del terreno circundante y al que se accede a través de una pequeña rampa de tierra apisonada que conduce al umbral del vano.
Existe un desnivel de aproximadamente 0,50 m entre el umbral y la primera estancia de la edificación, salvándose éste a través de dos peldaños pavimentados con conchas (Fig. 2, Lám.
El acceso aparece reforzado por sendos muros y da lugar a una amplia estancia (A-29), de planta rectangular de 12 m de largo por 8 m de ancho, que presenta un banco corrido perimetral.
Funcionalmente esta habitación ejerce como distribuidor y acceso a las otras estancias del recinto a las cuales se adosa (5).
A juzgar por el tratamiento de pavimentos, la erosión de los elementos constructivos, los hogares documentados y los restos recuperados, esta construcción funcionó a cielo abierto como patio multifuncional pero indudablemente relacionado con la preparación de ofrendas y sacrificios, sin excluirse que en sus primeros momentos pudiese funcionar como espacio cubierto.
Enfrentada a la entrada y adosada al fondo de la pieza, aparece una plataforma escalonada, muy deteriorada, que pudo funcionar como altar y estar en relación con los actos sacrificiales (Margueron 1991a(Margueron: 1222(Margueron -1232(Margueron, 1250(Margueron -1256)).
Al fondo de dicha estancia, y a ambos lados de la plataforma, encontramos dos vanos de una luz aproximada de 1 m a través de los que se accede a dos estancias rectangulares (A-45 y A-46) que funcionan a un nivel más bajo que la estancia anterior, salvándose el desnivel a través de un escalón.
El estado de conservación de A-45 y A-46 es deficiente debido a la afección que la edificación del Tiro de Pichón tuvo sobre las construcciones de esta zona, no obstante, la planta suponemos que sería similar en ambos casos.
A-46 ha sido la habitación mejor documentada gracias a su estado de conservación.
Se trata de una estancia de siete metros de largo por tres metros de ancho, compartimentada a su vez por un muro divisor en dos espacios, uno exterior al que se ac-(5) Esta relación puede ser indicativa, bien de la existencia de una fase aún anterior, donde las estancias descritas a continuación fuesen el núcleo inicial del complejo, bien de un simple plan constructivo condicionado por la pendiente de la ladera.
No existían evidencias claras al respecto por lo que se hizo necesario el desmonte parcial de algunas estructuras y la realización de sondeos verticales y en profundidad para comprobar lo antedicho que esperamos puedan ser llevados a cabo en futuras actuaciones.
Vista general de la estancia A-29 desde el oeste.
Al fondo escalera de acceso interior.
Detalle del sistema de acceso en A-29.
En primer plano compartimento interior.
Sobre el rótulo posible altar circular.
Al fondo acceso escalonado pavimentado con conchas. cede desde el patio de 5 m de largo por 3 m de ancho y otro interior de un 1,5 m de profundidad y 3 m de anchura (Lám.
En la habitación exterior se documentaron una serie de hogares entre los que destaca uno central, enfrentado al vano de acceso, de planta circular con una factura muy cuidada que puede ser interpretado como posible altar (Lám.
Presentaba restos de enfoscado en su perímetro sobresaliendo por el lado este, presentando similitudes formales con el altar circular de Cancho Roano (Celestino, 2001: 17-56).
Junto a éste, y a lo largo de las paredes de la estancia, una serie de oquedades de sección circular y planta en U registradas en el pavimento indican la presencia de vasos contenedores de los que no ha quedado más que su huella.
Paralelos a este respecto se pueden encontrar en las excavaciones realizadas en la casa-palacio del Marques de Saltillo de Carmona (Belén et al. 1997: 137-140).
Al fondo de la estancia encontramos un muro divisor que conforma la pequeña dependencia antes descrita, espacio que puede ser interpretado como adyton.
El tratamiento de paredes y pavimentos en las estancias citadas es bastante cuidado.
En cuanto a A-45, su documentación ha sido muy parcial, localizándose el vano de acceso y parte del peldaño de bajada.
Esta estancia se conforma como un espacio rectangular 3,80 m de ancho por un mínimo de 3,5 m de largo (Lám.
En principio podemos suponer que este espacio se articulase de la misma forma que A-45.
Junto al escalón de acceso se documentó una piedra que puede ser interpretada como betilo, aunque su posición junto al vano puede indicar asimismo una funcionali-dad distinta (Lám.
181 y 170) y por tanto con modelos ubicados en la costa sirio-palestina y Asiria que han sido interpretados como santuarios.
Previamente a la amortización de estas estructuras se limpiaron las estancias de objetos, tras lo que se desmontaron las techumbres y los alzados hasta una altura media de 0,60/0,80 m, vertiéndolos in situ hasta crear una plataforma nivelada a partir de la cual se construyó el nuevo edificio siguiendo, básicamente, los ejes del anterior.
Carambolo IV o Santuario D. Primera reforma y ampliación del santuario
En un momento aún no preciso dentro de la horquilla cronológica en que pervive el edificio (VIII -transito del VII al VI a.C.), se documenta un gran expediente de ampliación de la construcción original.
En la gran reforma acometida el edificio original queda como patio abierto, adosándose al mismo una serie de estancias a norte y sur con un esquema simétrico aunque con distinta proporción a ambos lados (Fig. 3, Lám.
De forma previa al inicio de la actividad constructiva, tiene lugar la explanación de la cima del cabezo y la regularización de la ladera suroeste mediante el vertido de los depósitos extraídos en el proceso de explanación citado.
De esta forma, se consiguió un aumento de la superficie de ocupación en la corona de la elevación y la obtención de un espacio bastante nivelado.
Evidentemente, este expediente supuso la erosión y decapitación de la estratigrafía arqueológica de la fase previa en las zonas mas elevadas y su probable ocultación bajo los vertidos de nivelación en las zonas de ladera.
Los perfiles obtenidos en el proceso de retirada de los elementos constructivos e interfaciales de época contemporánea han permitido apreciar el proceso descrito, pudiendo confirmarse la homogeneidad de los vertidos de ladera a lo largo de las secciones del edificio protohistórico y la decapitación de la estratigrafía natural y antrópica, previa a este momento, en la cima del cerro.
Sobre la zona regularizada, se construyó una edificación articulada en torno a tres patios o espacios abiertos con estancias de planta rectangular y cuadrangular intercomunicadas entre sí a través de vanos.
No se ha podido determinar la planta completa del edificio, ya que parte de él queda fuera del área de excavación y también por la afección que supuso la construcción del Tiro de Pichón.
• Materiales empleados y técnica constructiva La edificación emplea adobes de un formato aproximado de 43x30x9 cm de material limo-arcilloso mostrando, al igual que en la fase precedente, un aparejo con hiladas alternantes a soga y tizón.
Como conglomerante se emplea arcilla con algo de Fig. 3.
Planta de Carambolo IV.
Los trazos marcan los límites de los distintos ámbitos. limo y resto vegetal.
Los tendeles suelen ser bastantes regulares, en torno a 1-2 cm, mientras las juntas son variables (Lám.
Los muros de carga principales de esta fase se asientan sobre cimentaciones en fosa rellenas con mampuestos excavadas en los depósitos de nivelación de ladera.
La profundidad de las mismas oscila en torno a 0,20 m.
En alzado se desarrollan en forma de zócalo con una altura variable que oscila en trono a 0,30-0,50 m.
Los alzados, por encima de los zócalos, están realizados íntegramente con adobe.
Los muros se trabaron entre sí mostrando dos grosores principales: 0,80/0,83 m en los muros de carga de las estancias principales y 0,50 m en los restantes.
No aparecen refuerzos en los vanos, que miden en torno a un metro de anchura.
Los enfoscados, enlucidos y pavimentos se realizan del mismo modo que en la fase precedente.
Algunas de las estancias presentan bancos y gradas adosados, los cuales, al igual que en la fase anterior, se realizan disponiendo un murete de contención paralelo al muro principal con la misma altura que tendrá el banco, colmatando el espacio entre el muro y el murete con un relleno en general arcilloso con abundante adobe disgregado.
La obra se cierra en su límite superior con adobes y recibe el mismo tratamiento que muros y suelos.
La altura y anchura de los bancos es variable según las estancias.
Los pavimentos en las estancias abiertas presentan diferente tratamiento consistente en una preparación a base de cantos rodados o gravilla para el drenaje sobre la que se disponen suelos de tierra batida rojiza.
En esta fase no se detectan pavimentos de conchas en vanos ni en los accesos.
Como ya se indicó más arriba, no se ha documentado la planta completa del Santuario o Complejo A. No obstante, en el conjunto de estructuras exhumadas se distinguen cuatro ámbitos claramente diferenciables, tres de ellos (Ámbitos 2 y 3 y 4) se comportan como conjuntos de estancias comunicadas entre sí que se articulan en torno a patios interiores, mientras un tercero (Ámbito 1) se interpreta como un gran patio o plaza que da acceso a los dos ámbitos anteriores (Fig. 3).
-Ámbito 1: Se perfila como un gran espacio abierto formado por la estancia A-37, delimitado al suroeste por las edificaciones del santuario, mientras que en el resto de las direcciones sus límites son imprecisos aunque presumiblemente coincidiría con el espacio posteriormente ocupado por las estancias A-36 y A-37 del Santuario C. Con seguridad el espacio se extiende bajo la crujía que posteriormente se adosa a la edificación y bajo A-36 y A-37 en la fase C. Por tanto A-37 se configura como un gran espacio abierto cuyo pavimento se realiza disponiendo un asiento de gravilla y cantos rodados para drenaje sobre el que se dispone un pavimento de tierra batida, limoarenoso, pigmentado con arcilla rojiza.
-Ámbito 2: El área sureste de la edificación está ocupada por una serie de estancias de planta cua- drangular y rectangular, con muros principales de unos 0,50 m de anchura ( A-23, A-39 y A-24) articuladas en torno al patio A-28.
El conjunto de estancias queda delimitado por el sur por un probable muro de cierre (U.E. 2379), localizado a nivel de cimentación, por el sureste por el patio A-28, y por el noroeste por el muro de carga 2202/2194.
Por el sureste el conjunto continúa fuera del espacio ocupado por el hotel (Lám.
El acceso principal al conjunto de estancias se realiza desde el patio A-37 y desde el patio A-28.
Esta última estancia presenta planta rectangular con orientación este-oeste y unas dimensiones mínimas de 8,10 x 7,20 m.
Interpretamos que se trata de un patio interior; su carácter de espacio no cubierto lo indica su pavimentación, realizada con gravilla mezclada con tierra arenosa rojiza, la presencia de un canal de desagüe a cielo abierto de orientación norte-sur que surge en el centro aproximado de la estancia y continúa bajo el muro de cierre 2379, asi como su relación espacial con las restantes estancias y sus dimensiones.
Desde éste se accede, en línea recta, hacia las estancias que estamos describiendo, mientras a derecha continua a manera de pasillo o calle hacia el noreste Al frente y salvando un escalón de bajada, se accede a A-39, habitación de planta rectangular con pavimentos acabados en rojo y zócalos con idéntico enlucido.
Hacia la derecha la estancia nos permite el acceso a A-23, pequeña habitación de planta cuadrangular con suelos acabados con lechada de arcilla teñida de rojo.
Los muros que conforman este conjunto se adosan al cuerpo central o Ámbito 3, no obstante el estudio de paramentos no revela la existencia previa de enlucidos o niveles de pavimentos previos relacionables con este último ámbito, lo cual nos lleva a pensar que no sean el resultado de una ampliación posterior al cuerpo central del santuario, sino resultado del plan constructivo de esta fase.
-Ámbito 3: Se localiza al oeste del Ámbito 1.
A partir de los restos documentados podíamos concluir que el ámbito se conforma a través de una batería de estancias de planta rectangular, con muros de un espesor de entorno a 0,80 m. y ejes noreste-suroeste (A-40, A12, A-30, A-1) articuladas en torna un patio central A-29.
El conjunto de estancias quedaría enmarcado por el sur mediante el muro 2202-2194, que separa este Ámbito del A-2 mientras el muro 2151 limita con el Ámbito 4 por el norte (Lám.
El Ámbito A-3 presenta un esquema simétrico articulado en torno al patio A-29.
Éste reutiliza la edificación primitiva, anulándose las estancias A-45 y A-46.
Adosadas al patio A-29, localizamos las estancias A-30 y A-12/10, habitaciones que destacan por su longitud en comparación con su estrechez y por una funcionalidad relacionada con la preparación y tratamiento de alimentos a juzgar por los hogares y restos de fauna y cerámica localizados en superficie.
A ambos lados de estas habitaciones se disponen dos recintos, A-1 y A-40, que destacan por el cuidado tratamiento de sus paramentos y pavimentos y por la presencia de gradas decoradas y altares centrales que interpretamos como salas de culto.
En la estancia A-1, a pesar de estar seccionada en gran parte, los restos de paramentos, bancos y pavimentos que nos han llegado se encuentran en un excelente estado de conservación.
Nos encontramos ante una estancia de planta rectangular, con eje longitudinal este-oeste, coincidente con la salida del sol en el solsticio de verano, y unas dimensiones de 5,80 m (mínimo) de longitud por 6,60 m de anchura con acceso desde el noreste (Lám.
A juzgar por un pequeño sondeo realizado junto a las cimentaciones del siglo XX la estancia no ha variado en su distribución, estando dotada de gradas adosadas a los ejes mayores y pavimentos teñidos en rojo, no obstante estas apreciaciones, los acabados que se conservan íntegros pertenecen a la fase siguiente por lo que serán tratados en su momento.
En la zona central de la estancia y enfrentada al vano de entrada se documentó una cimentación de planta rectangular (U.E. 2384), desplazada del eje de la construcción y con orientación Este-Oeste 65o que interpretamos como altar (Lám.
En cuanto a la estancia A-40, ésta presenta un tratamiento singular al igual que A-1.
En este caso nos encontramos con una construcción de planta rectangular de 8 m de anchura por 15 m de longitud, con orientación este oeste, que presenta gradas perimetrales enlucidas en rojo y pavimentos con el mismo tratamiento.
El acceso no se ha documentado al estar afectado por el sótano de la Armería del tiro de Pichón, excepto en el límite del paramento 2202 (Lám.
En la zona central de la estancia se documenta un altar en forma de piel de toro (U.E. 2605) rehundido en el pavimento, aunque con un ligero relieve en torno al mismo.
La factura es sumamente cuidada apareciendo teñido en rojo y con huellas de combustión en su zona central.
El altar presenta cuatro reformas notables y una constante reposición de suelos en cada momento a través de lechadas alternantes blanquecinas de preparación y rojas de acabado (Lám.
Hacia el este localizamos una pequeña estructura de planta circular seccionada a nivel de cimentación.
Consiste en un adobe rehundido con una capa de mortero a base de tierra margosa que queda amortizado por la primera reforma del suelo de la estancia (6).
Los pavimentos de la estancia aparecen limpios, sin restos cerámicos, fauna o restos constructivos en contraposición a las estancias centrales del Ámbito.
La estancia resultó seccionada por la armería del Tiro de Pichón y un semisotano; no obstante, se puede observar su planta rectangular y la existencia de gradas adosadas a los ejes longitudinales.
El vano de acceso aparece al fondo de la fotografía, taponado en una fase constructiva posterior.
A la derecha aparece cortado por las cimentaciones del Tiro de Pichón.
(6) Un altar con forma de piel de toro se ha localizado en el cercano yacimiento de Caura en las excavaciones realizadas por J.L. Escacena (2001: 73-76).
-Ámbito 4: Al oeste de A-1 se documentaron en perfil algunos muros pertenecientes, con bastante probabilidad, a este momento que conforman otro ámbito diferenciado de los anteriores.
Esta zona se encuentra bastante afectada por las remociones de las edificaciones del siglo XX.
Aún así, pueden distinguirse dos estancias de planta rectangular que conformarían, probablemente junto a otras, un ámbito que proporcionaría simetría a la construcción (A-16 y A-15).
Carambolo III o Santuario C. Segunda reforma y ampliación del santuario
La reforma que se lleva a cabo en este momento se caracteriza por la ampliación del santuario a costa del patio A-37, con una crujía paralela a la antigua fachada de la edificación, y el carácter suntuario de los materiales empleados, destacando la calidad de pavimentos y enlucidos, que debieron dar un aspecto monumental a la construcción (Fig. 4, Lám.
La edificación emplea de nuevo adobes de formato 43 × 30 × 9 cm limo-arcillosos mostrando aparejo con hiladas alternantes a soga y tizón.
Como conglomerante se emplea una mezcla arcillo-limosa.
Los muros de carga principales de esta primera fase asientan directamente sobre el suelo de gravilla precedente.
Los alzados están realizados íntegramente con adobe sin presentar zócalos.
Los más anchos corresponden a las ampliaciones de las salas más suntuosas mientras los menores corresponden a la ampliación de las estancias destinadas a la preparación de alimentos.
No aparecen refuerzos en los vanos.
Éstos miden en torno a 1 m de anchura.
Los acabados están realizados mediante enfoscados de color blanquecino y los enlucidos se realizan con lechadas de color rojo intenso sobre lechadas blanquecinas, al menos hasta un metro de altura en la zona inferior de los paramentos y en su totalidad en los bancos adosados a los muros.
Algunas de las estancias presentan bancos adosados realizados con la técnica ya descrita en los santuarios D y E.
Los pavimentos asientan sobre los suelos previos; sobre este firme se da una primera lechada arcillosa amarillenta, en ocasiones blanquecina, de potencia variable pero que no supera el centímetro y sobre éste se vierte una lechada teñida de rojo en finísimas películas con un grosor que no supera los Lám.
Perímetro de la Estancia A-40.
La construcción aparece notablemente afectada por las cimentaciones del Tiro de Pichón (abajo izquierda y arriba derecha).
En primer plano basamento circular.
En segundo, altar con huellas de combustión.
2 mm. Al igual que en fases precedentes, los pavimentos en las estancias abiertas presentan un tratamiento diferenciado consistente en una preparación a base de cantos rodados para el drenaje sobre la que se disponen suelos de tierra batida rojiza.
Asimis-mo, en las zonas de tránsito (vanos de acceso, escalones) aparecen acabados consistentes en la colocación de conchas alineadas, con formatos regulares, llagueadas con una fina lechada de pigmento rojo, en la mayor parte de los casos desaparecida.
A pesar de la ampliación no se rompe el esquema anterior distinguiéndose de nuevo los cuatro ámbitos de la fase previa, tres de los cuales (Ámbitos 2, 3 y 4) se comportan como conjuntos de estancias, que se articulan en torno a patios interiores, mientras que un tercero (Ámbito 1) se interpreta como un gran patio o plaza alrededor del cual se articulan los tres ámbitos anteriores.
-Ámbito 1: Es el espacio en torno al cual se articula el conjunto del santuario.
Se trata de un gran espacio de planta rectangular, con unas dimensiones mínimas de 27 m de largo y 19 m de ancho, don- de se diferencian dos zonas denominadas como A-37 y A-36 (Lám.
A-37 se conforma como un gran espacio abierto de planta rectangular, con unas dimensiones mínimas de 20 m de longitud por 14 m de anchura, cuyo eje longitudinal presenta una orientación este-oeste.
Está delimitado al norte por el muro 1074, al oeste y al sur por el pavimento correspondiente a A-36, continuando fuera del área de excavación hacia el este y sureste.
Se halla pavimentado con un suelo de tierra batida teñida en rojo que se dispone sobre una cama de cantos rodados que facilitan el drenaje.
No presenta ningún tipo de elemento constructivo en las zonas conservadas, a excepción de un banco corrido o grada a lo largo del muro de cierre noroeste.
El acceso desde el patio o plaza A-37 al interior del edificio se realiza a través de una zona de tránsito pavimentada con conchas marinas de planta rectangular y eje noroeste-sureste (A-36), por tanto perpendicular al eje mayor del patio o plaza.
Se ha localizado el vano que daba acceso desde este espacio a la estancia A-40.
En las zonas en que mejor se conserva el contacto entre los pavimentos de A-36 y A-37 se observaba una línea de adobes que pueden sugerir que el espacio pavimentado con conchas funcionase a modo de galería o espacio porticado que diese paso desde el gran patio o plaza central al conjunto de ámbitos que forman el núcleo constructivo del edificio.
-Ámbito 2: En esta fase el área sureste de la edificación está ocupada por una serie de estancias de planta cuadrangular y rectangular, resultado de la adición de una estancia hacia el este (A-21) a costa del patio A-37 de la fase precedente y la compartimentación de A-39.
Todas estas estancias aparecen conectadas entre sí a través de una serie de vanos.
El conjunto de estancias queda enmarcado al sur por un probable muro de cierre (U.E. 2379), localizado a nivel de cimentación, al sureste por el patio A-28, y al oeste por el Ámbito 3.
En el nordeste el conjunto continúa fuera del área afectada por la excavación.
Se detecta un potente recrecido que conforma una plataforma denominada A-27, a costa del patio A-28, a la que se accede a través de, al menos, dos escalones pavimentados con conchas.
La funcionalidad de estas estancias no queda clara por el momento; los suelos aparecen bien conservados y prácticamente limpios a excepción de algunas piezas cerámicas.
Todas las estancias, excepto el patio A-28, presentan hogares ubicados aproximadamente en el centro.
-Ámbito 3: El espacio de culto descrito en la fase anterior, Carambolo IV, ha sido documentado con exhaustividad para esta fase gracias al buen estado de conservación de pavimentos, paramentos y gradas perimetrales.
La estancia A-40/A-20 es fruto de una ampliación longitudinal, con una nueva crujía, de una antigua estancia de culto.
La reforma acometida da lugar a una construcción de planta rectangular con unas medidas exteriores de 21 m de longitud y 9 m de anchura y unas dimensiones interiores de 19,50 m por 7,40/ 7,20 m.
Aunque hemos precisado las dimensiones totales de la construcción, la presencia de la cimentación de la armería del Tiro de Pichón impide documentar con certeza si se trató en este momento de un único espacio o si la estancia estaba compartimentada con un vestíbulo (ulam o pronaos) previo a la zona central de culto (hekal o naos) identificada por la presencia de un altar (lám. XX).
La existencia en este espacio de acceso de un banco corrido decorado en rojo liso en contraste con las gradas y decoración polícroma documentadas en el centro de la estancia apoyarían esta última hipótesis.
Sería la crujía añadida en este momento la que ejercería esa funcionalidad dando lugar a un vestíbulo de 3,80 m de profundidad por 7,20 m de anchura.
La construcción, en su zona central, interpretada como hekal o naos, presenta gradas a ambos la-dos con la contrahuella de la grada inferior decorada con un motivo ajedrezado en rojo, negro y reserva (lám. XXI).
Al fondo de la estancia, un entrante en la línea de gradas en un lateral y la presencia de un peldaño saliente adosado a la grada opuesta, sumado a un cambio en el tipo de decoración de la contrahuella, que a partir de este momento es roja lisa en contraste con la policromía anterior, podrían indicar la presencia de un espacio diferenciado a modo de debir o adyton, bien a través de algún tipo de material perecedero o bien exclusivamente a través de la ruptura del ritmo compositivo y por tanto de forma simbólica (Lám.
El ámbito central de la estancia (hekal o naos) tiene unas dimensiones interiores de 11 m de longitud por 7,40 m de anchura.
En la zona centro se dispone un altar rehundido en forma de piel de toro extendida y el pavimento presenta una ligera subida de cota en el contorno que acentúa la forma del altar y su profundidad.
Este hecho es resultado de su técnica constructiva, consistente en la deposición de una capa arcillosa sobre el altar previo, de entre 2 y 4 cm, en la cual se modela en hueco o negativo la forma de piel de toro extendida (Lám.
El altar presenta huellas de combustión en su zona central apareciendo completamente limpio de cenizas o cualesquiera restos.
De la misma forma los pavimentos de la estancia se presentan limpios de cualquier contenido.
El ámbito interior, interpretado como debir o adyton, que se individualiza del resto de la estancia por el cambio de decoración y modulación de las gradas Lám.
Vista general de A-40 delimitada por el trazo grueso.
En trazo fino, la posible compartimentación de la estancia en esta fase.
La zona central, correspondiente al altar, es la que presenta gradas con contrahuella decoradas con ajedrezado polícromo, mientras los bancos y gradas de las estancias de acceso y fondo aparecen acabadas en rojo liso.
Cata realizada en las gradas de forma previa a su extracción, para documentar su motivo decorativo.
Decoración de gradas con motivo de ajedrezado en rojo, negro y reserva. y bancos, presenta unas medidas de 4,40 m de profundidad por 7,40 m de anchura con gradas al fondo.
En este caso sí se documentaron restos de cenizas en el pavimento y huellas de combustión en la zona central, en contraposición al ámbito central que mostraba los pavimentos completamente limpios.
En cuanto a la estancia A-1/A-4, identificada asimismo como espacio de culto desde la fase anterior, muestra, al igual que A-40, un carácter singular respecto a las demás habitaciones por la cuidada factura de pavimentos y enlucidos.
A pesar del deficiente estado de conservación, podemos concluir que, en este momento, nos hallamos ante una construcción de planta rectangular, con eje longitudinal noreste-suroeste y unas dimensiones interiores de 9,80 m (mínimo) de longitud por 6,60 m de anchura, con acceso desde el noreste.
La estancia presenta gradas de dos escalones adosados a los ejes mayores con contrahuella inferior decorada con dos franjas rojas que delimitan una franja central, doble de ancha que las anteriores, en blanco (Lám.
El pavimento está realizado con lechadas de arcilla teñidas de rojo y aparecía limpio excepto en la esquina sureste donde apareció una acumulación de escamas de pescado.
En la zona central hallamos la cimentación correspondiente al altar ya descrito en la fase anterior.
La estancia de culto presenta un vestíbulo o ulam de 4 m de longitud por 6,4 m de anchura, totalmente seccionado por las edificaciones del siglo XX, que da acceso a la sala central dotada del altar interpretada como hekal o naos.
El resto de la habitación ha desaparecido como resultado de las obras del Tiro de Pichón.
Las estancias centrales tienen acceso directo desde el patio a través del espacio porticado A-36.
Los restos localizados indican una perpetuación de las actividades de preparación de alimentos a juzgar por los hogares, hornos y acumulaciones de cerámica y restos de fauna registrados en la anulación de los pavimentos de esta fase.
La funcionalidad de las estancias adosadas en este momento (A-32 y A-34) aun no queda clara, aunque no parecen estar en relación a las actividades anteriormente señaladas.
-Ámbito 4: En el extremo oeste del complejo, entre el gran patio central o plaza y el muro de cierre del complejo, localizamos un espacio bastante amplio que presenta un grado de conservación muy Lám.
Vista general de la zona central de A-40 desde el este, con altar en primer plano.
En proceso de excavación la grada de la izquierda.
Detalle de la decoración de la contrahuella de las gradas de la estancia A-1.
deficiente debido al arrasamiento de la estratigrafía durante las obras del Tiro de Pichón.
En esta zona los escasos restos documentados son fosas de distintas dimensiones colmatadas en la mayoría de los casos por depósitos con alto porcentaje de cenizas y gran cantidad de elementos orgánicos y cerámicos.
La existencia en la practica totalidad del área comprendida por el Ámbito 4 de fosas y vertidos de tales características, así como la ausencia de estructuras, nos inclina a interpretar esta zona como un espacio abierto dentro del Complejo A, donde se procede al vertido de los desechos que en él se producían.
Fuera de esta área, ni en planta ni en los extensos perfiles levantados se han documentado fosas relacionables con fondos de cabaña o basureros de cronología orientalizante.
Dentro de este ámbito se ubicaba el "fondo de cabaña" documentado por Carriazo en la excavación del Carambolo Alto (Carriazo 1973: 188-235).
Durante el proceso de excavación se comprobó que el supuesto fondo de cabaña se comportaba como una fosa de considerables dimensiones, planta irregular, aunque de tendencia ovalada y sección en "U" ( U.E.I. 19) abierta, con una longitud máxima conservada de 7,5 m, una anchura máxima conservada de 4,5 m y una profundidad mínima conservada de 2 m, rellena por depósitos vertidos desde el nordeste con un notable buzamiento de entre 30o-45o (Fig. 4, Lám.
Teniendo en cuenta las interpretaciones hasta ahora emitidas sobre la fosa excavada por Carriazo, fondo de cabaña o fosa ritual, tenemos que decir que en el proceso de excavación y limpieza no se documentó ningún tratamiento en sus paredes ni presencia de niveles de suelo-pavimento, como tampoco huellas de fuego (combustión in situ) ni posibles cimientos o huellas de postes en torno a la fosa.
Por el contrario, durante el proceso de colmatación se habían producido desprendimientos parciales de las paredes de la fosa, excavada en la marga amarillenta, que vistos en sección podían ser interpretados erróneamente como niveles de pavimento entre depósitos de colmatación.
El conjunto de observaciones realizadas en los párrafos anteriores nos lleva a desestimar la interpretación tradicional como fondo de cabaña y plantear el hecho de que no fuese más que una fosa destinada al vertido de basuras procedentes de las actividades de preparación de ofrendas realizadas en el Ámbito 3.
El carácter singular de los materiales exhumados en este último ámbito coincide con los recuperados en esta campaña en el área de segu-ridad que reservó Carriazo junto al "lavadero", diferenciándose, básicamente, en el mayor calibre de los registrados en la fosa en contraste con la compactación y disgregación de los hallados en las estancias del Ámbito 3 como resultado del tránsito constante sobre los mismos.
El hecho de que la serie de fosas exhumadas en el Ámbito 4 fuesen el destino final de los restos de ofrendas y recipientes recuperados en éstas, una vez cumplida su función en las estancias de culto, pudo dotar de un cierto carácter sacro a estos vertederos.
La fosa interpretada como "fondo de cabaña" aparecía cortando los depósitos de relleno de una fosa previa que, a su vez, cortaba un muro cuyos adobes que responden a los empleados en el Santuario D. A partir de estas relaciones estratigráficas y por los materiales recuperados, la fosa interpretada como fondo de cabaña queda enmarcada por el momento entre las fases III y IV, aunque la datación definitiva y la revisión de las estratigrafías pueden hacer variar esta adscripción, de hecho en los primeros resultados publicados (Fernández y Rodríguez e.p.), la fosa fue adscrita a la Fase II.
Como conclusión de lo anteriormente expuesto, la Fase III de la construcción, o Santuario C, nos muestra un conjunto monumental de carácter religioso que se encuentra en su máximo apogeo en estos momentos.
En el mismo se registra una dualidad de culto, con dos estancias singulares dotadas de altares (A-40 y A-1) y una serie de estancias de servicio directamente asociadas a ellas destinadas a la preparación de alimentos (A-30, A-12/10 y A-29).
A izquierda y derecha de este ámbito central se Lám.
Planta completa de la fosa protohistórica una vez excavada la estratigrafía arqueológica que había quedado en su interior.
Álvaro Fernández Flores y Araceli Rodríguez Azogue disponían una serie de pequeñas estancias con suelos teñidos de rojo que aparecen asimismo prácticamente limpios, algunos de ellos con hogares centrales (Ámbitos 2 y 4).
Todo el conjunto de ámbitos se articula a partir del gran patio central, accediéndose a las zonas de culto a través de un vestíbulo o zona porticada pavimentada con conchas (A-36).
A esta fase se puede asociar un muro de cierre con talud exterior, documentado en el extremo oeste y norte del área de excavación.
Éste podría funcionar como muro de cierre del Complejo A en esta zona a la vez que como muralla defensiva.
En cuanto a cronología, el estudio preliminar de los materiales podría llevarnos a datar de forma relativa el conjunto en torno al siglo VII a.C., no obstante esta fecha por ahora es meramente orientativa.
Carambolo II o Santuario B. Tercera reforma del santuario
Se distinguen en este momento dos conjuntos de construcciones, denominadas Complejos A y B respectivamente.
La adscripción a esta fase resul-ta provisional en tanto se revisan las estratigrafías y se obtienen las cronologías correspondientes a los materiales.
-Complejo A: Las reformas acometidas en esta fase se centran en el aprovechamiento de espacios antes diáfanos, con la construcción de muros de compartimentación, el desmonte y saneamiento algunos ejes, el refuerzo de otros y en general una subida de los niveles de uso con repavimentación de las estancias ya documentadas en el momento precedente (Fig. 5).
Los materiales, aparejos y acabados, tanto en paramentos como en suelos, son similares a los empleados en la tercera fase de la edificación, variando únicamente la materia prima para la confección de los adobes y enfoscados.
Los nuevos muros se construyen asentándose directamente sobre los pavimentos de la fase precedente y trabándose en- tre sí.
Posteriormente, el espacio que enmarcan los muros y que configuran las nuevas estancias es rellenado con restos constructivos, proceso mediante el cual se lleva a cabo el ascenso de la cota del suelo hasta alcanzar la altura de los bancos de la fase anterior.
Para este periodo de uso, y a pesar de las reformas que se han documentado, el edificio parece seguir manteniendo la misma organización.
Se distinguen cuatro Ámbitos; los tres ya señalados en el momento previo: Ámbito 1, plaza o patio central; Ámbito 2, conjunto de estancias articuladas en torno a un patio en la zona sureste y Ámbito 3, conjunto de estancias en torno a un patio en la zona suroeste, a los que se añade el Ámbito 4.
-Ámbito 1: En principio no varía su configuración pero se produce una acumulación progresiva de detritus que lleva a la subida del nivel de uso y a la anulación de los pavimentos de la fase anterior, tanto en el espacio abierto como en la zona porticada.
Se pavimenta sobre esta acumulación con lechadas arcillosas teñidas en rojo, solo conservados de forma muy precaria en la zona de tránsito anteriormente pavimentada con conchas.
-Ámbito 2: Las reformas documentadas en este ámbito conllevan la compartimentación de alguna de sus estancias, el refuerzo de algunos muros y la repavimentación de las estancias con subidas de nivel de suelo a lo largo del uso que marca esta reforma.
El Ámbito continúa articulándose en torno al mismo patio de la fase anterior (A-28).
No obstante, las dimensiones de éste se reducen hasta quedar conformando junto al pasillo A-24, una calle en recodo que permite el acceso a las estancias cubiertas.
Las estancias A-24 y A-26 a su vez permiten el acceso a las restantes habitaciones variando solamente su cota de uso.
-Ámbito 3: En este momento se documentan una serie de reformas que parecen destinadas a la subdivisión de espacios anteriormente unitarios.
Las dependencias que forman el ámbito se articulan de nuevo en torno al patio central (A-29) que continúa presentando una serie de estancias en batería a norte y sur.
Se trata de dependencias de planta rectangular con acceso desde el este en todos aquellos casos en que hemos conseguido localizar los vanos, precedidas por estancias cuya planta resulta difícil de precisar debido al estado de arrasamiento de los muros.
Al sureste del patio interior A-29, entre éste y el Ámbito 2, hallamos un total de tres estancias con similar distribución (A-12, A-14 y A-13), estas dos últimas resultado de la compartimentación de A-40, son de planta rectangular, con eje longitudinal noreste-suroeste y vanos de acceso por el Este a través de A-18/A-20.
Sólo A-12, estancia contigua al patio central, presenta acceso desde el mismo.
Las tres habitaciones presentan a la entrada sendos poyos adosados a los muros que compartimentan el espacio, creando una espacie de vestíbulo, tras los cuales se desarrolla el grueso de la habitación.
La función de los mismos resulta por el momento dudosa estando documentada la presencia de hogares sobre los mismos (lám. XVII).
La compartimentación de A-40 implicó la amortización del altar de la fase anterior, apoyando el muro de compartimentación directamente sobre el mismo.
Las gradas fueron decapitadas a la altura del primer escalón, nivel al que se repavimentó la estancia.
En A-13 se documentó una estructura rectangular tras los poyos de entrada, que puede ser interpretada como pervivencia de la función cultual de la estancia previa.
En cuanto a las estancias situadas al norte del patio A-29, A-1 pervive sin reformas en este momento mientras A-30, a pesar de su deficiente estado de conservación, tampoco parece que fuese compartimentada.
Compartimentación del ámbito y sistemas de acceso.
-Ámbito 4: Esta fase se encuentra bastante mal documentada en este conjunto, en principio se adscribieron a esta fase algunas de las fosas exhumadas, sin embargo la continuación de la excavación permitió la revisión de este supuesto.
Como indicamos anteriormente las obras acometidas en el Tiro de Pichón con la construcción de un semisótano han afectado notablemente a esta zona, rompiendo las conexiones con el resto de los ámbitos, circunstancia que se agrava cuanto mas superficial es la fase a documentar.
Aun así, todo apunta a que el área se mantiene básicamente como un espacio abierto de carácter secundario.
-Complejo B: En este momento, mientras la cima de la elevación sigue ocupada por la construcción anterior (Complejo A), en la ladera oeste del cerro documentamos una serie de construcciones que, por los materiales empleados, su técnica constructiva y su propia configuración, conforman un conjunto anejo (Complejo B).
Estas estructuras ocupan una superficie de 678,50 m 2 y aparecen claramente diferenciadas del complejo A mediante un muro de adobes de 2 m de anchura y 26 m de longitud que constituye un hito de delimitación entre ambos conjuntos constructivos (Fig. 5).
• Materiales y técnica constructiva
Se trata de construcciones con cimiento de piedra y alzados de adobes de orientación predominan-documentado en varias de las estancias bancos realizados con tapial (Lám.
Los pavimentos están realizados mediante un nivel de escasa potencia (2/4 cm) consistente en una capa homogénea de color rojizo que, en ocasiones, asienta sobre una capa de limos amarillentos.
Este mismo material es el empleado en los revestimientos, ya que, en los escasos ejemplos de alzado conservados muros y bancos presentan enlucidos arcillosos de color rojo.
Respecto a la organización de estas estancias, el principal problema con el que nos encontramos es el precario estado de conservación de las estructuras que ha impedido identificar, al menos en las estancias que han sido excavadas, los sistemas de acceso, por lo que desconocemos la distribución de las habitaciones y la conexión entre las mismas, hecho que dificulta la individualización de las construcciones.
No obstante, dadas las características de estas construcciones nos inclinamos a interpretar que no se trataría de una única edificación sino de varias unidades residenciales, ya que el carácter que presentan con respecto al documentado en la zona alta es mucho más modesto tanto en dimensiones como en sistema constructivo, materiales empleados, tratamiento y cuidado, por lo que, en principio, consideramos que se trataría de unidades domésticas de habitación.
En general las características del Complejo descrito se corresponden con las estructuras documentadas por Juan de Mata Carriazo en el Carambolo Bajo, distanciándose escasamente ambos conjuntos 150 m y hallándose cortada artificialmente la relación entre ambos por la construcción de una pista de tiro.
Por tanto no nos hallamos ante dos poblados sino ante un único conjunto de construcciones que se extiende por la ladera norte del cerro del Carambolo.
La última reforma constatada en el conjunto monumental denominado Complejo A conlleva la amortización del edificio, tras limpiar de objetos el mismo y reforzar los muros, con los vertidos procedentes del desmonte de los muros y techumbres.
Sobre esta preparación se levantará la nueva edificación, utilizando como cimentación los ejes reforzados del edificio previo, aunque algunos espacios anteriormente unitarios se compartimentan (Fig. 6, lám. XXIX).
• Materiales empleados y técnica constructiva:
Los materiales y técnica constructiva son similares a los de momentos anteriores, variando ligeramente el formato de los adobes 43 × 28,5/30 × 9 cm, con algunos ejemplares que llegan a 45 cm de largo y el material empleado para la confección de los mismos.
Los muros/refuerzos asientan directamente sobre los últimos pavimentos o niveles de uso de la fase precedente y sobre los bancos de las estancias, adosándose a los alzados.
Tras la realización de los mismos se procede a la elevación de la cota de uso mediante rellenos constructivos compuestos básicamente por adobes disgregados, documentándose subidas de hasta un metro de altura.
Se registran dos grosores principales en los paramentos 80/83 cm y 45 cm. Los vanos de la fase precedente aparecen taponados por estos muros adosados.
Los acabados no han sido documentados en ningún caso y los posibles niveles de uso están muy afectados por la reutilización posterior del edificio.
Como antes indicamos, se diferencian al menos tres de los cuatro ámbitos que documentábamos en el edificio de la fase precedente.
El conjunto se seguiría articulando en torno al patio central, pero no podemos hablar de articulación en torno a patios interiores, tanto por la pérdida de estratigrafía como por la compartimentación que sufren estos espacios.
-Ámbito 1: El gran espacio abierto que ocupa el extremo nordeste del complejo subirá progresivamente de cota durante el momento de uso anterior.
Se documentan una serie de vertidos detríticos de carácter doméstico que amortizan los pavimentos anteriores.
Estos vertidos están realizados en un periodo amplio, con periodos de transición, que dan lugar a la creación de zonas apisonadas y lavadas por los agentes naturales durante el proceso.
Sobre esta serie de vertidos se realizará una cimentación en fosa, rellena de mampuestos pétreos, con alzado de adobes y eje longitudinal surestenoroeste que cierra el patio hacia el nordeste.
Por tanto, en esta fase se documenta el cierre de este gran espacio al menos por tres de sus lados.
El paramento descrito presenta preparación para gradas o bancos al exterior y probablemente al interior en la zona sureste.
-Ámbito 2: La serie de estancias englobadas en este Ámbito (A-21, A-22, A-23, A-26 y A-25) muestran, básicamente, la misma configuración que en la fase previa.
Las reformas documentadas para este momento consisten en el refuerzo de los paramentos de las estancias y la subida de cotas de uso de las mismas, actuando estos refuerzos, junto a los muros originales, como cimentaciones de los nuevos alzados.
-Ámbito 3: La zona central de este ámbito se va a ver reestructurada notablemente con reformas que se pueden sintetizar en un expediente constructivo de compartimentación y subdivisión de espacios en la zona oeste, mientras que en la zona este se funden las estancias documentadas en la fase anterior.
Las reformas de compartimentación afectan al patio A-29 y a la dependencia A-30, mientras la unificación de espacios afectará a A-33 y A-34 por un lado y a A-32 y A-31 por otro (Lám.
Como señalamos, la estancia más afectada por las reformas en este momento será el patio A-29.
Éste quedará dividido en cuatro estancias, dos de ellas, (A-11 y A-8) de planta rectangular, paralelas a las grandes dependencias A-14, A-13 y A-12 y de similares dimensiones, y otras dos (A-6 y A-5) de planta cuadrangular.
Por otro lado, la estancia A-31 se cierra y se amplía con A-32.
El resultado del tercer gran expediente constructivo en el Ámbito 3, si se confirma la pervivencia de las estancias A-12, 13 y 14, se materializaría en una batería de seis estancias paralelas de planta rectangular y orientación noreste-suroeste que limitan al este con otra batería de dependencias de planta cuadrangular, compuesta, al menos, por tres habitaciones.
Estas dependencias limitan a su vez con las estancias A-3 y A-9, habitaciones con orientación perpendicular a las anteriores sureste-noroeste.
El último momento de uso del edificio está caracterizado por la realización de actividades artesanales definidas por la presencia de hornos y vertidos de cenizas asociados a los mismos, en las que se documentan crisoles, toberas y abundante escoria relacionada con la producción de bronce, cobre y en menor medida con la forja de hierro y obtención de plata (Lám.
Las construcciones precedentes aún debían estar en parte alzadas pues algunos de los hornos las reutilizan adosándose a ellas.
Esta actividad pervivirá durante algún tiempo, ya que se documenta la superposición de algunos de los hornos.
Estas estructuras, asociadas mayoritariamente a la manufactura del bronce, fueron amortizadas bien por los depósitos de cenizas descritos bien por potentes estratos con abundante materia orgánica.
Por encima de estos depósitos la estratigrafía queda decapitada por la solería y preparación del Tiro de Pichón.
En cualquier caso, parece que este expediente supone el definitivo abandono, al menos, de la zona ocupada por el Complejo A.
SÍNTESIS Y DISCUSIÓN HISTÓRICA
El conjunto de construcciones exhumadas en el cerro del Carambolo forma un complejo de carácter monumental, fruto de la ampliación progresiva de un edificio originario, cuyas características, tanto en planta como en materiales y edilicia, nos llevan a la búsqueda de paralelos en el mundo oriental y dentro de éste en los edificios de culto (Díes Cusí 2001: 69-121; Margueron 1991aMargueron: 1216Margueron -1236)).
En este sentido, a las características propias del edificio (ubicación, planta, edilicia y materiales) hay que sumar la información aportada por los altares exhumados en el mismo, el registro material recuperado y la distribución de ambos en los Ámbitos y estancias que conforman el conjunto.
La presencia de un posible santuario en el Carambolo Alto ya había sido señalada por otros investigadores de forma previa a esta intervención Lám.
XXX: Horno relacionado con la producción de bronce y trabajo del cobre.
El suelo presenta una superficie de un rojo intenso totalmente compactada por la acción del fuego.
Los vertidos asociados a estas estructuras, de las que se documentaron arranques de bóveda, destacaban por la presencia de cenizas vegetales, escorias de cobre y bronce, toberas, crisoles y moldes.
131) basándose en los materiales exhumados por Carriazo.
No obstante será a partir de los resultados obtenidos en la presente excavación cuando se pueda confirmar esta hipótesis, pudiéndose establecer sus fases de uso, configuración y actividades realizadas en él.
Antes de entrar en la discusión sobre la funcionalidad de las estructuras y los paralelos, debemos insistir en que aquello que excavó Carriazo era una parte mínima de una gran fosa colmatada intencionadamente a lo largo de un periodo de tiempo prolongado.
La fosa, integrada en el conjunto del santuario, se ubicaba en un espacio abierto junto al muro de cierre del complejo monumental pudiendo adscribirse, en base a sus relaciones estratigráficas y los materiales recuperados, a la fases IIl-IV.
Por tanto, debemos descartar una cronología precolonial del Bronce Final Tartésico, ya que las primeras construcciones no son anteriores a mediados del siglo VIII.
Somos conscientes de la gravedad de esta afirmación, pues la cronología del Bronce Final Tartésico se ha basado en gran medida en este yacimiento.
A este respecto, los resultados obtenidos en el conjunto de la intervención obligan a una completa revisión no sólo del Carambolo como enclave tartésico, sino de la propia cultura tartésica y su evolución cultural, al haberse puesto de manifiesto que el fósil-guía que suponía el conjunto material recuperado en el "fondo de cabaña" del Carambolo es de época colonial y que la edificación documentada en el Carambolo puede no responder a una tradición autóctona (Bronce Final precolonial) si no claramente foránea (oriental).
La búsqueda de paralelos a la edificación exhumada ha de comenzar, evidentemente, por la fase inicial, aunque la concepción espacial y elementos propios de este tipo de edificios en el mundo oriental se perpetúe a pesar de las progresivas reformas y ampliaciones (Almagro y Domínguez 1989: 341).
La planta del edificio documentado para la fase inicial asienta, bien directamente sobre el terreno natural o bien sobre estratos datados en el Calcolítico Final-Bronce Inicial, no documentándose en ninguno de los puntos en que se ha agotado la estratigrafía depósitos o construcciones datables en el Bronce Final precolonial (8).
Por lo tanto, tendríamos que considerar a la edificación inicial o Carambolo V como una construcción de nueva planta, cuyos paralelos se encuentran en modelos orientales ubicados en la zona siriopalestina y asirio-babilónica, que se interpretan como santuarios, de ahí que la construcción exhu-mada pueda ser interpretada como un edificio de culto.
A las semejanzas formales en planta hay que sumar el hecho de que la edificación presenta, tanto en esta fase como en la siguientes, una serie de estancias fundamentales en aquellos espacios relacionados con el culto propios del mundo oriental (Marguerón 1991a(Marguerón: 1244(Marguerón -1256)).
Así, podemos identificar espacios cultuales, habitáculos destinados al culto donde se halla la divinidad y espacios sacrificiales, tanto aquellos que pueden estar destinados al sacrificio como los destinados a la preparación y transformación de las ofrendas.
Tras la primera reforma y lo largo de las distintas fases del edificio, serán los Ámbitos 3 y 1, en las fases denominadas Carambolo IV y III, los que más nítidamente muestren esta funcionalidad.
Por los restos de hogares, depósitos y materiales asociados, estas actividades se llevan a cabo en los espacios abiertos y estancias anexas mientras que el culto propiamente dicho tiene lugar en las estancias cubiertas dotadas de altares que presentan pavimentos limpios y un excepcional tratamiento.
Coinciden estas fases con el máximo apogeo del santuario, a juzgar por la extensión que alcanza, los materiales empleados y los acabados de las estancias.
Para estos momentos planteamos la posibilidad de una dualidad de culto reflejada en las dos estancias dotadas de altar orientadas hacia la salida del sol en el solsticio de verano, dualidad que probablemente esté presente en el santuario inicial.
En este sentido existen paralelos como Emar, doble santuario dedicado a Baal y Astarté, donde los espacios de culto muestran una compartimentación similar, con dimensiones asimismo aproximadas, estando el templo sur dedicado a Baal y el norte a Astarté (Margueron 1982: 28-32).
Si tenemos en cuenta la aparición del exvoto dedicado a esta diosa en las inmediaciones del Carambolo podríamos plantear este doble culto para las dos estancias dotadas de altar localizadas, A-1, por su ubicación, estaría en relación con esta divinidad y A-40 con Baal, aun-(8) Existe la posibilidad de que el expediente de nivelación del terreno, por decapitación, para la construcción del edificio pudiese acabar con los depósitos y/o estructuras de una ocupación fechable en el bronce final, no obstante en aquellas zonas donde lo que se registra es la acumulación de vertidos para la nivelación tampoco se han registrado elementos adscribibles a este momento.
que por ahora no tengamos argumentos más convincentes para sostenerla (9).
A partir de Carambolo II, tras la compartimentación de A-40 y la amortización del altar 2531, podríamos plantear la continuación del doble culto, tomando A-13 la función de A-40.
No obstante, la aparición de una serie de estancias con caracteres peculiares en esta zona puede ser indicativa de cambios funcionales, cuestión que aún está en estudio.
En relación con el núcleo originario de edificio se encuentra indudablemente el denominado Ámbito 4 y concretamente el amplio espacio abierto que ocupa su extremo norte.
A pesar del deficiente estado de conservación del mismo, resulta significativa la presencia de fosas colmatadas por vertidos en todo similares a los depósitos que anulan, progresivamente, los pavimentos de las estancias destinadas a la realización de sacrificios y preparación de ofrendas.
La singularidad de los materiales recuperados en las fosas (entre las que se encuentra el denominado "fondo de cabaña del Carambolo") es pareja a la singularidad de las actividades que se están realizando en los espacios sacrificiales y cultuales de los cuales sin duda proceden.
A este respecto se podría plantear que aquéllas, aunque funcionen como vertederos, participen del carácter sagrado o ritual de los restos materiales en ellas amortizados y de la edificación que las engloba.
En cuanto al Ámbito 2, su función resulta más problemática de establecer, tanto por no estar excavado por completo como por la escasez de materiales recuperados, ya que los pavimentos, teñidos en rojo, solían amortizarse limpios y bien conservados.
Este dato puede resultar significativo, al igual que la presencia de hogares centrales y el reducido tamaño de las estancias, de una función que por el momento se nos escapa, pudiendo plantearse como hipótesis inicial el que estemos en una zona residencial en relación al sacerdocio.
Se puede plantear asimismo, partiendo del esquema de simetría que presenta el edificio, la misma función para las estancias ubicadas al sur del Ámbito 4.
El conjunto descrito queda cerrado, al menos desde Carambolo III, por un muro de cierre que lo aísla del exterior, y en concreto de una serie de construcciones mucho mas modestas en dimensiones, materiales y edilicia que son las que conforman el denominado Complejo B. Este grupo de edifica-ciones ocuparía, al menos, toda la ladera norte englobando el hasta ahora denominado "Carambolo Bajo".
Los materiales recuperados en el área difieren de los recuperados en el interior del edificio principal, siendo más abundantes las cerámicas de almacenaje sin tratamiento a mano y torno.
En cuanto a la funcionalidad de este conjunto de edificaciones podemos plantear distintas hipótesis desde que fuese un poblado desarrollado en torno a la seguridad del Complejo A, hasta que estuviese directamente vinculado a él como estancias de servicio.
En cualquier caso el poblamiento de la ladera parece mantenerse tras la amortización definitiva del santuario a juzgar por las labores desarrolladas sobre las ruinas de este.
La interpretación general de la zona excavada del yacimiento no excluye otras posibles funciones además de la cultual, pues desconocemos la planta completa de la edificación principal, quedando abiertas otras posibles interpretaciones que pudiesen acercarnos a una interpretación como palaciosantuario. |
RESUMEN El trabajo analiza la determinación cultural que la comarca natural del Altiplano
Yecla-Jumilla muestra durante el periodo del Bronce Final respecto de las áreas litoral y prelitoral murcianas.
De ésta se deducen intensas relaciones culturales con el Sureste del País Valenciano y la Submeseta Oriental que subyacen en su propia tradición material.
Palabras clave Sureste de la Península Ibérica.
Coimbra del Barranco Ancho.
La comarca del Altiplano de Y ecla•J umilla forma parte del área interna de esa extensa región natural que vertebra el lÍo Segura y la red hidrográfica con él relacionada Sus límites se materializan, al Sur y Sureste, por una parte de la propia cuenca del citado lÍo, y al Norte y Este por el arco de las tierras altas de Albacete y el Noroeste de la provincia de Alicante, encuadrándose geológica y tectónicamente en la parte externa de las Cordilleras Béticas.
Representa, pues, desde el punto de vista geográfico y bioclimático una zona de transición entre la costa y la Meseta a la vez que de paso entre ambas zonas y el Sur de la región valenciana y la Alta Andalucía; esta circunstancia se refleja, asimismo, en la cultura material de muchos de sus asentamientos del Bronce Antiguo y Medio y, como veremos a lo largo de las páginas que a continuación desarrollamos, también en los pertenecientes, desde un punto de vista estrictamente cultural, a la plenitud del Bronce Final del Sureste.
Uno de los poblados de este último momento es el de Coimbra del Barranco Ancho (Fig. 1) cuyos materiales cerámicos, enraizados en una tradición cultural distinta a la del Bronce Medio del n (Opto. de Prehistoria.
Historia Antigua e Historia Medieval.
supone la Cañada del Judío en la cabecera de la Rambla del Judío, cuyo cauce corre al Oeste de la citada Sierra, y por otra, las tierras bajas de El Prado y su continuación hacia el Sur-sureste, hasta bifurcarse de un lado en el pasillo que corre entre los altos de El Ardal y la Sierrecica de Enmedio, mediante el cual comunica con el área de Yecla-Villena y el Alto Vinalopó, de otro en la vía natural que, bien a través del paso entre la Sierra del Carche o bien por el que discurre entre esta última y las estribaciones orientales de la Sierra Larga, ponen en comunicación el área jumillana con el valle medio del Vinalopó a través de Pinoso.
La reconstrucción del ámbito geomorfológico en el que se emplazó el asentamiento de Coimbra del Barranco Ancho, así como la recreación de su entorno paisajístico, vienen dados por la presencia de materiales del Cretácico Superior con un complejo dolomítico basal y un complejo calizo superior, que emergen sobre extensos depósitos de glacis y mantos aluviales de formación cuaternaria.
Esta litología supone la existencia de suelos de tipo xerochrept con alta capacidad agricola (Albaladejo, Díaz, 1983: 114) en el entorno próximo al poblado, a la vez que una amplia zona de monte que posibilitaria el desarrollo de actividades económicas relacionadas con la ganadería y la caza, a la vez que la explotación de la madera y los derivados de la misma.
Tampoco el agua falta en las proximidades del poblado, pues a 700 mtrs. aproximadamente del mismo, en dirección Noreste, existen manantiales de agua potable.
Así pues, el emplazamiento, su entorno inmediato y el área en que se ubica presenta unas características y recursos que permiten el hábitat o la ocupación continuada del mismo durante amplios períodos cronológicos.
La posibilidad de que se diera ese continuismo ocupacional, quedó reflejada en la campaña de excavaciones practicada en 1983 en el área de la necrópolis denominada del Poblado.
En dicha campaña se continuaron los trabajos en la llamada «tumba principesca b, bajo cuyo zócalo se hallaron los fragmentos cerámicos que por amabilidad de la Dra.
Muñoz Amilibia hemos podido estudiar siendo, de esta forma, el tema de este trabajo.
Su hallazgo se produjo en un área que desde el siglo IV y hasta el II a.
C. sería utilizada como zona de enterramiento.
A juzgar por los datos existentes, los trabajos efectuados en ella parecen evidenciar al menos tres fases de enterramiento cuya sincronía con las fases de ocupación del poblado, si las hubo, no se conoce al no estar publicada, por el momento, la memoria de excavaciones de dicho yacimiento en fase de elaboración.
No obstante, el inicio cronológico dado a esta necrópolis, en relación a los contextos de los ajuares exhumados, sigue suponiendo un enorme lapsus poblacional de hasta cuatro o cinco siglos de cuya conexión o inexistencia comprobada de la misma nada sabemos.
En estas circunstancias y en tanto dicha publicación no sea efectiva, no tenemos elementos de juicio sobre la procedencia y el significado contextual del grupo de materiales aquí presentado, es decir, si responden a un área anteriormente utilizada como poblado o si su ubicación simplemente se debe al posible rodamiento desde la zona más alta, que más tarde sería ocupada por el poblado ibérico y que evidentemente presenta mejores condiciones para ser habitada que la zona de ladera alta/ necrópolis en que fueron halladas estas cerámicas, sobre las que precisamente hemos de' señalar los efectos, visibles en superficie y fracturas, de haber estado rodados o sometidos durante mucho tiempo a la intemperie.
Se ha indicado a este respecto, la existencia en esta área de la necrópolis de un tramo de muralla, perteneciente al Bronce Final, utilizada como muro lateral de la sepultura 70, afirmación que no parece concordar con la información que refleja el perfil estratigráfico en que se apoya dicho aserto (Iniesta et alii, 1987).
Ni las interpretaciones posibles de dicha sección estratigráfica, ni la orientación topográfica del muro lateral de la sepultura 70, el cual se interpreta como «tramo de la muralla ciclópea del Bronce Final», avalan dicha hipótesis, por lo que dicha interpretación no puede influir, a nuestro juicio, en una posible ubicación contextual del grupo de materiales que aquí analizamos.
ANALISIS DE LOS MATERIALES
El conjunto de rasgos morfológicos, de manufacturación y tipológicos que en una valoración «de visull presentan estas cerámicas (Cuadro 1), las muestra como un conjunto homogéneo en el que la ausencia de distorsiones relevantes permite definirlas como tal conjunto integrado en su mayor parte por bordes de cazuelas carenadas y/o cuencos de perfil en S, manufacturados a mano y cocidos mayoritariamente en atmósferas reductoras a la vez que tratadas en superficie mediante bruñido, y tan sólo en un caso, con decoración incisa y restos de incrustación de pasta blanca en la misma.
ESTUDIO DE LAS FORMAS Y LAS DECORACIONES EN EL CONTEXTO DEL BRONCE FINAL DEL SURESTE
En la tipificación del recipiente cerámico 1 ICOI (Fig. 2) hemos utilizado el término cazuela pese a que sus características métricas podrían indicar la asociación funcional con el tipo cuenco.
No obstante, su perfil, los índices de las relaciones dimensionales, así como las reminiscencias formales y decorativas que guarda con determinados recipientes de una tradición cultural anteríor, en la que dicha forma se asimila a la función «cazuela», apuntan la posibilidad de que fuera utilizada como tal.
A ello hay que añadir la circunstancia de que recipientes con características formales similares, localizados en otros poblados del mismo contexto geográfico y probablemente cultural, han sido identificadas con la citada funcionalidad, lo que nos hace reafirmarnos en su asociación al tipo cazuela.
En este sentido, en el poblado de Los Saladares de Orihuela, en la fase I-A 1 adscrita al Bronce Final Pleno del Sureste, aparece como característica una cazuela decorada con motivos incisos (Arteaga, Serna, 1979-80) de tipología muy similar al vaso de Coimbra con cuya decoración guarda ciertas relaciones, como veremos a lo largo de estas líneas.
También en El Castellar de Librílla, en su fase 11, aparece esta forma cerámica con características que la asocian a las dos anteriormente citadas, aunque en este yacimiento ha sido asociada al tipo denominado «tacitas de paredes finas» identificado como D. En este caso, el tipo se presenta en dos subfases continuadas, dentro de la II del yacimiento -subfases IIa y Ob-, cuyas características morfológicas y formales representan estadios evolutivos del mencionado tipo (Ros, 1989: 545).
En el ejemplar de Saladares las características de fabrícación responden a una cocción en atmósfera reductora y en proceso incompleto, con superficie de tonalidad «gris-verdoso claro» bruñida y el grosor de las paredes -en el ejemplar de Coimbra alcanza los 4 mm-es de 5,5 mm. (Arteaga, Serna, 1979-80: 86).
Por lo que respecta a las «tacitas» de El Castellar de Librílla-Fase O, ya hemos adelantado que la morfología varía entre los ejemplares de las subfases que conforman la fase O. Así la «tacita» variante 1.0.1 (Fig. 3), característica de la subfase Ha pertenece al Grupo 1 de las cerámicas de dicho yacimiento que identifica las manufacturas a mano con superficies cuidadas caracterizadas, además, por su cocción en atmosfera reductora que da pastas y superficies oscuras -negras, grises o marrones más o menos intensos-siempre bruñidas, con un grosor de 4 mm. en las paredes.
La tacita varían te m.D.l., propia de la subfase Ob, se incluye, en cambio, en el grupo cerámico m de Librílla constituido por las cerámicas grises a torno y caracterizado, además, en su período más antiguo, por sus pastas y superficies grises, cocidas en atmósfera reductora, de arcilla muy depurada y fractura regular y cortante.
Las superficies se recubren con un engobe que le da aspecto opaco, mientras que el espesor de las paredes, que ofrecen un característico sonido metálico al contacto con otra superficie, es sólo de 3 mm. Por su parte, la varíante m.D.2., que hace su aparición en la subfase ITa y es, por tanto, coetánea de la ya señalada I.D.1., se diferencia de esta' última por una manufacturación ya a torno, aunque todavía con muestras de una imprecisión que la distingue sensiblemente del torno rápido propio de la fabrícación de las cerámicas grises del Grupo m.
Pero es en esta variante donde más claramente se refleja la relación entre las cazuelas de CoimbralSaladares y las tacitas de El Castellar; el corto pero pronunciado hombro de su carena, ligado a las características del borde y el galbo de los ejemplares procedentes de los dos yacimientos citados en prímer lugar, es ~n elemento clave en el seguimiento de la perduración que este tipo tuvo durante los primeros momentos del Bronce Final Reciente del Sureste.
De este rápido análisis se deduce una identidad en el proceso de fabricación de los recipientes de Saladares, Coimbra, Librilla 1.0.1. y, en cierta forma, m.0.2; en cuanto a su manufacturación, atmósfera y proceso de cocción, así como en el acabado o tratamiento de las superficies que, en los casos de Coimbra y Saladares, sirven de sopor; te a motivos decorativos incisos.
En cambio, la variante m.O.l. de Librilla se aparta de estas caracteristicas tanto en lo que respecta a la manufactura, que en ~ste caso ya es a torno rápido, como a la generalidad de los elementos que forman -------------r
- ----------_ parte del proceso de fabricación.
En este sentido, no hemos visto en los ejemplares anteriormente reseñados, arcillas tan depuradas y compactas, ni fracturas tan regulares, texturas cortantes y duras como las que caracterizan esta última variante de Librilla -Ub, indicando un proceso de manufacturación y cocción bastante más perfeccionado que el que reflejan dichas características en los ejemplares de Coimbra, Saladares y variantes I.D.1 y I1I.D.1 de Librilla, con los que el único punto de relación en el proceso de fabricación es la atmósfera reductora que parece ser general a todas las cazuelas y tacitas aquí analizadas.
También el análisis comparativo de las formas y las relaciones de sus dimensiones parecen apuntar a la existencia de una homogeneidad que coexiste con una rápida evolución en contextos socioculturales muy similares y fases cronológicas escasamente alejadas.
Así de la comparación de las cazuelas de Saladares I-Al y El Castellar-II con la n Q 1 de Coimbra, se deduce que siendo todas ellas exvasadas, como indican los cocientes mayores de 1 de la R 1 (DB/DC), la que lo ofrece mayor es la de Coimbra; pero la mínima diferencia de los cocientes permite considerar todos los ejemplares como participantes de un mismo índice de exvasamiento.
En cuanto al parámetro profundidad o altura del vaso, los cocientes de la R2 (DB/ AT) son mayores en el caso de las cazuelas de El Castellar, lo que indica que estos son los más bajos mientras que el ejemplar de Saladares seria el más profundo y el de Coimbra se situaria en una posición intermedia; es decir, esta última cazuela es más profunda o alta que las de El Castellar y menos que la de Saladares.
Finalmente, en lo que respecta a la mayor o menor altura de la carena que queda reflejada en los cocientes de la R4 (AT / AC) y, de forma paralela aunque en su relación con el concepto diámetro del borde, en los resultantes de la R3 (DB/ AC), los cocientes de la cazuela de Coimbra representan, una vez más, el índice intermedio entre el más bajo de Saladares I-AI, que aparece así como el de carena más baja, y los más altos de El Castellar 11.
Así, según los índices establecidos (Ros, 1987: 85), se pueden considerar carenas medias-bajas los ejemplares de Saladares I-A 1, Coimbra y la variante I.D.I. de El Castellar-II, mientras las identificadas como I1I.D.1 y I1I.D.2, de la misma fase de dicho yacimiento, quedan clasificadas ya como carenas medias.
En este sentido ofrece también una mayor longitud el borde del ejemplar de Saladares que el de Coimbra, con un desarrollo prácticamente doble en la altura del galbo en el caso de Saladares sobre la cazuela de este último yacimiento.
Los analizados pudieran ser representativos en general de diferentes estadios evolutivos de este tipo cerámico, en el que, atendiendo a la relación entre los contextos cronológico-culturales en que cada una de ellas aparece inmersa y los cambios analítico-formales que las distintas variantes ofrecen, la más antigua sería la variante de Saladares, en función de la adscripción a una fase avanzada del Bronce Final Pleno que los excavadores de dicho yacimiento han apuntado para la fase IA-l en la que dicha cazuela se integra.
Del mismo momento cronológico aunque, como veremos más adelante, partícipe también de conexiones socio-culturales con otras áreas, sería la cazuela de Coimbra del Barranco Ancho.
A una fase más tardía que la del Bronce Final Pleno, cuyo momento más avanzado parecen representar los ejemplares de Saladares y Coimbra, pertenecen las variantes 1.0.1 y 111.0.2. de la subfase lla de Librilla, la primera de las cuales aparece algo más tardíamente, durante la subfase llb, con las características que conforman la variante 111.0.1. de la tipología cerámica de dicho yacimiento.
Ahora bien, si en esta línea de continuidad se puede seguir el rastro tipológico de la cazuela no 1 de Coimbra hasta el momento crucial del Bronce Final Reciente en que la cera mística indígena queda impactada por las novedades que aporta la colonización fenicia del Mediodía Peninsular, también es posible buscarlo en marcos culturales más antiguos, rastreando la tradición cultural en la que, como precedente, tuvieron origen tanto la forma cerámica como la decoración a la que sirve de soporte.
En este sentido, en el área del Segura-Guadalentín, no encontramos tipos similares en las fases más antiguas del Bronce Final, ni en lo poco que conocemos del Tardío, ni tampoco en el repertorio vascular argárico.
De igual manera, el entorno próximo a esta área tampoco proporciona mayores datos al respecto.
Tan sólo Peña Negra de Crevillente en su Fase 1, con la que, como veremos más adelante, desde un punto de vista contextual el material cerámico de Coimbra guarda fuertes conexiones, presenta algún motivo decorativo que indirectamente podría estar relacionado con los que ofrece la cazuela de Coimbra, junto con la utilización de idéntica técnica en ambos yacimientos.
Esas relaciones no se extienden, en cambio y al menos en lo que a Peña Negra 1 se refiere, al tipo cerámico sobre el que suelen aparecer que en dicho Horizonte se reduce, en un 9096, a la forma definida por González Prats como B7.
En efecto, pese a que con respecto a su funcionalidad se designan como cuencos o cazuelas (González, 1983: 68), tanto el perfil como los parámetros dimensionales que la definen difieren bastante de los que rigen para las cazuelas de Coimbra y Saladares, con las que el único nexo de unión formal reside en la presencia casi generalizada del hombro pronunciado en los vasos carenados de Peña Negra 1, elemento importante de por sí al relacionar los tres yacimientos en cuestión -Coimbra del Barranco Ancho (Jumilla), Saladares (Orihuela) y Peña Negra (Crevillente)-dentro del contexto de la cultura material del Bronce Final Pleno del Sureste, junto con otros yacimientos del área litoral como Parazuelos y Fuente Amarga (Mazarrón).
En cambio, en el Horizonte Peña Negra II aparece un ejemplar con decoración y perfil similar al que aquí nos ocupa -aunque con una peculiar facetación del galbo que difiere del ejemplar de Coimbra-cuyos índices morfométricos -Rl: 1; R2: 2,94; R3: 6,18: R4: 2,09-lo sitúan más cerca. de los ejemplares de El Castellar.
En esta retrospectiva cronológico cultural tampoco en el Bronce Valenciano encontramos indicios de una posible raíz para el tipo de cazuela de Coimbra.
En cambio, a manera de hipótesis a comprobar en contextos más precisos a la vez que mejor estratificados, las concomitancias vasculares y estéticas entre el ejemplar l/COI y otros de ciertos grupos Campaniformes, inducen a no desechar un posible enraizamiento de carácter evidentemente tradicional, de tales aspectos en esos grupos, tanto para el área del Altiplano de Yecla-Jumilla como para los complejos culturales del Bronce Final con él paralelizados.
En este sentido, es evidente que los motivos decorativos en cuestión -aspas, triglifos y grupos de trazos cortos incisos-aparecen en todos los grupos Campaniformes (Harrison, 1977), pero donde mayores conexiones se dan para tales motivos y el soporte vascular que decoran en Coimbra es en el grupo de Ciempozuelos (Delibes, 1977: 24-91; Harrison, 1977: 161, 181) y los complejos a él asociados como Carmona y Orce.
Es significativo al respecto la aproximación morfométrica entre la cazuela no 51 de Acebuchal (Harrison, 1976: 91) y la de
Coimbra (Cuadro 2), cuyos parámetros conocidos penniten deducir índices de exvasamiento y de altura de carena muy similares para ambas así como para la de Saladares.
Por otra parte. tanto el aspa incisa en banda horizontal como los triglifos de trazos cortos verticales aparecen en el Cerro de la Virgen de Orce (Granada) desde el nivel precampaniforme IIIIA hasta el lIIB, con significativas composiciones de triglifos y metopas de trazos verticales y horizontales respectivamente o asociaciones de trazos verticales combinados con reticulado vertical como el que aparece repetidamente en la cazuela incisa de Saladares (Schüle, 1980).
Esta similitud con el grupo Ciempozuelos, manifestada a través de los complejos de Carmona y Orce y el grupo Valenciano, se refleja no sólo en los motivos de aspas y triglifos de Coimbra o los reticulados verticales y triángulos rellenos de línea que aparecen en la cazuela de Saladares I-A 1 o el cuenco B 1 de la Cova del Bolúmini (Alfafara, Alicante), al que Bernabeu, junto con el cuenco B2 de dicha cueva, ha presentado como «dos casos problemáticos a la hora de su inclusión dentro del mundo campaniforme peninsular (Ciempozuelos, El Acebuchal)II, lo que le lleva a incluirlos dentro de este Horizonte, sino incluso sobre un fragmento inciso de Cova Santa (Font de la Figuera) en el que aparece el aspa incisa asociada a trazos horizontales y verticales con desarrollo en franja horizontal, de forma similar al desarrollo decorativo del galbo de la cazuela de Coimbra (Bernabeu, 1984: fig. 49).
Esta identidad se refleja, igualmente, en todo un elenco de motivos que aparecen entre las decoraciones incisas de Peña Negra 1, cuya posible raíz en la tradición campaniforme del Bronce Medio y Final de la Meseta ha apuntado ya González Prats (González, 1985: 163); este último autor relaciona los cuencos de la Cova del Bolúmini, que Bernabeu identifica como B 1 y B2, o más concretamente sus decoraciones, con las cerámicas incisas que caracterizan lo que él denomina «grupo meridionalll del Bronce Final del Sureste Peninsular (González, 1986: 129).
En cualquier caso, los últimos hallazgos de cerámicas campaniformes en contextos muy tardíos, tal es el caso de los realizados en un fondo de cabaña de la Universidad Laboral de Sevilla -la fecha del 3.190 ± 120 B.P.:1.240 B.e. proporcionada por el C-14, ha hecho incidir a sus excavadores en la propuesta de Harrison (Harrison, 1977: 71) de una perduración hasta el 1.200 a. e. para los campaniformes más tardíos de Carmona (Fernández, Alonso, 1985: 19)-y el más reciente del nivel m del Corte R-3 en el yacimiento cordobés del Llanete de Los Moros (Montoro) (Martín de la Cruz, 1984-85: 213) -en el que fragmentos de esta raíz cultural se llevan al siglo xm a.
C., en un contexto material del Bronce Tardío, por su asociación a cerámicas del Micénico illA tardío y IDB temprano-, permiten ir considerando la posibilidad de una tardía aunque consistente perduración sobre ciertos tipos cerámicos -como la cazuela que durante el Bronce Final vuelve a tener un papel predominante dentro de la vajilla doméstica-de motivos, esquemas e incluso funcionalidades propias de círculos culturales asociados a campaniformes tardíos.
Al respecto, no se pueden obviar datos de significativa entidad, como el que tenemos en el cercano poblado de Los Saladares de Orihuela; en efecto, la decoración incisa a base de triglifos de trazos cortos verticales limitados por grupos de líneas horizontales que se desarrolla en la ollita n Q 36 de la fase I-A3 (Arteaga, Serna, 1979-80: 99) es un dato importante que incide en la tradición decorativa a la que acabamos de aludir a la vez que hace sospechar una cierta entidad de dicha tradición estética al menos dentro de la cultura material del Bronce Final Pleno del Sureste.
Por otra parte, el contexto que acompaña la cazuela de Coimbra, cuyo significado cultural comparte y al que cronológicamente pertenece, vuelve a remitimos a los yacimientos y períodos cronológicos contemporáneos aludidos al analizar dicho tipo cerámico en sus relaciones con el área del entorno próximo, esto es, Saladares, Peña Negra, Castellar de Librilla, Llano de Los Ceperos, Fuente Amarga, etc.
Las relaciones con la fase I-A de Saladares se manifestan, de nuevo en el perfil en S que ofrece el cuenco nO 3, frecuente entre las ollas y ollitas de cuerpo globular de dicho contexto, aunque un Sector 11 de la Peña Negra de Crevillente, pertenecientes todos ellos a la fase 1 de dicho yacimiento (González, 1985: ff.
A estos mismos niveles de Peña Negra hemos de remitirnos para encontrar paralelos al fragmento de galbo carenado 15/COI (Fig. 2), perteneciente posiblemente al tipo fuente, con hombro indicado y carena interior señalada, bien representado, también, en Saladares I-A y Peña Negra 1 en la que constituye el tipo A6 (González, 1983: 65).
Pero son los bordes de pequeñas cazuelas, como las reproducidas gráficamente en la figura 3, las que, atendiendo a sus características carenas altas con hombro corto pero pronunciado y arranques de galbos con tendencia hemiesférica y de poca altura, implican unas fuertes relaciones con el poblado de Peña Negra de Crevillente en su Fase u Horizonte 1, donde constituyen el tipo B7 con numerosas variantes (González, 1985: 68-71).
En cuanto a la cazuela 2/COI (Fig. 2), sus paralelos más cercanos los vemos en los poblados del entorno territorial próximo como Fuente Amarga (Mazarrón) o la Loma de los Ceperos (Ramonete, Lorca), o El Castellar de Librilla, y en todos ellos parece implicar un momento algo más evolucionado que el resto del conjunto material de Coimbra.
No obstante, hay un elemento diferenciador con respecto a los ejemplares de los yacimientos con ocupación más tardía citados, y es la factura y el acabado de la forma que en el caso de Coimbra indica cierta falta de precisión que provoca el que la carena baja esté apenas y desigualmente indicada, circunstancia contraria a la perfecta línea de carenación que separa claramente el galbo del resto del vaso en los restantes casos.
Por todo ello pensamos que la cazuela 2/COI encaja perfectamente dentro del contexto cronológico que indica el resto del conjunto de materiales de Coimbra, puesto que este perfil de cazuela, sin la perfección formal de las de LibriUa, Mazarrón o Ramonete, está ya presente en la fase I-A 1 y I-A2 de Saladares, al parecer inmediatamente más antiguas que los yacimientos anteriormente citados (Arteaga, Serna, 1975).
En consecuencia y pese a la falta de mayores precisiones estratigráficas, el conjunto de materiales de los niveles más bajos de la necrópolis de Coimbra del Barranco Ancho hay que verlo en el contexto de la Fase Plena del Bronce Final del Sureste, coetánea a otros yacimientos del área próxima, citados a lo largo de estas líneas, como Saladares, Fuente Amarga y, probablemente, Santa Catalina del Monte y El Castellar de Librilla o la Peña Negra de Crevillente y otros yacimientos del entorno de este último como Bolúmini, Tabayá, etc. Pero el material del Bronce Final Pleno de Coimbra significa, fundamentalmente, fuertes relaciones culturales entre los poblados del Altiplano Yecla-Jumilla y el denso poblamiento que en esos momentos ofrece la cuenca alta y media del Vinapoló, lo que le hace partícipe y ostentadora de unas características peculiares y, en cierta forma, diferenciadoras del resto del poblamiento contemporáneo del área Segura-Guadalentín, fundamentalmente de este último. y en este sentido hemos visto que Saladares participa de ámbas tradiciones, en función precisamente de su estratégica situación, y de ahí las intensas relaciones que ofrece tanto con Coimbra del Barranco Ancho como con Peña Negra, Librilla, Fuente Amarga, etc. |
Palabras clave Bronce Final.
Los objetos metálicos que, aislados o en depósitos, aparecen con cierta frecuencia en las zonas noroccidentales de la península son, hasta el momento, escasos en Cantabria.
Estos hallazgos que sugieren una relación de las poblaciones de esta zona con las áreas del noroeste constituyen, a pesar de la ausencia de contexto en la mayoría de los casos, la única referencia segura para asignar a estas poblaciones unos parámetros sociales y unos modos de explotación del medio similares a los de las poblaciones de las áreas vecinas (Serna, 1985: 261-269).
Teniendo en cuenta la dificultad actual para identificar los rasgos que permitirian definir la ocupación del territorio durante la Edad del Bronce, los elementos metálicos son significativos para' el estudio de este periodo.
Entre estos objetos los mejor representados corresponden al Bronce Final y, de ellos, los tipos más frecuentes son, sin duda, las hachas; sin embargo su número es muy reducido si se compara con las zonas vecinas.
El hacha de talón y dos anillas encontrada recientemente en Ledantes (Vega de Liébana) viene a incrementar el escaso número de ejemplares de este tipo conocidos en el territorio (1).
Procede de un paraje próximo al Puerto de Riofrio, muy cercano al límite con las provincias de Palencia y León (2).
La pieza presenta una pátina gruesa e irregular de carbonatos y tiene una anilla ligeramente (') Dpto. de Ciencias Históricas.
(1) En conjunto se contabilizan once ejemplares; uno de talón sin anillas, siete de talón y una anilla y cuatro de talón y dos anillas, contando este ejemplar de Ledantes.
(2) Fue encontrada por el Sr. Vicente Casares a quien agradecemos la cesión de esta pieza, que ha hecho posible su estudio, así como la información sobre el lugar exacto de procedencia de la misma, que permitirá realizar una prospección en el área. machacada así como una pequeña melladura en el filo, pero su estado de conservación es bueno.
Presenta un talón rectangular de garganta estrecha y lados cóncavos, con los topes ligeramente curvados y sobreelevados; tomando estos como eje se sitúan las dos anillas de pequeño tamaño y forma oval.
La hoja de forma trapezoidal, con un marcado estrechamiento en la base lleva una nervadura central plana y presenta un corte recto sin bisel.
Como las restantes hachas de talón y dos anillas de Cantabria, corresponde a modelos que presentan un área de distribución restringida en las zonas septentrionales.
Teniendo en cuenta su clasificación, al ejemplar procedente de Ruiloba (Monteagudo, 1977: 155), cuyo paradero se desconoce, podrla asignársele una cronologia en el Bronce Final 1 (Ruiz-Gálvez, 1984: 241 y ss.).
El ejemplar de San Vítores (Monteagudo, 1977: 156-157), que corresponde también a un tipo con una distribución muy concreta, se incluye en un grupo que se considera ligeramente más tardío que el anterior y que se ha fechado en el Bronce Final n (Ruiz-Gálvez, 1984: 244 y ss.).
Para el tercer ejemplar que procede, al parecer, de Cabezón de la Sal (González Sainz y González Morales, 1986: 337) se ha propuesto una cronología también dentro del Bronce Final 11, pero en un momento avanzado, lo que le sitúa en torno al 1000-900 a.
Esta misma cronología podria aceptarse para la pieza de Ledantes que deberla relacionarse con ejemplares de los tipos del grupo 32 de Monteagudo (Monteagudo, 1977: 189 y ss.), si bien parece más próxima a los tipos con una sola anilla que a los que llevan dos.
Los rasgos que diferencian esta pieza de las que se incluyen en los tipos Oviedo-León con dos anillas son el estrangulamiento de la base de la hoja y el corte recto.
Las hachas asturianas, de corte convexo y anillas más destacadas, se diferencian, además, por la relación en las proporciones de longitud y anchura tanto del talón como de la hoja (de BIas, 1983: 157 y ss.).
También se observan ciertas divergencias en relación con los ejemplares de la Meseta asignados a este grupo, que sugieren que la pieza de Ledantes no corresponde a las producciones más caracterlsticas de esta zona (Fernández Manzano, 1986: 62 y ss.).
Todas las hachas de talón y dos anillas de nuestra región presentan un denominador común y es que dentro de las variantes en que se podrlan incluir, ninguna corresponde de manera exacta a los restantes ejemplares que conforman el tipo; pero, al mismo tiempo, su vinculación a las producciones de las áreas más próximas es bastante evidente.
Estas hachas representan variantes que responden a patrones comunes básicos y que denotan unas tradiciones tecnológicas vinculadas a los centros productores del noroeste.
La variabilidad dentro de los tipos se ha supuesto que está relacionada con las formas de producción y, aún con los inconvenientes que se le han señalado para las clasificaciones que recogen numerosas variantes, es. indudable que a partir de ellas parece posible precisar la existencia de producciones locales, de manera más efectiva que con las clasificaciones que establecen grupos muy amplios (Díaz-Andreu, 1988: 25-68). |
ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE LA EPISTEMOLOGÍA:
UNA RESPUESTA A UTRILLA Quisiera aprovechar esta oportunidad para responder a algunas de las alegaciones más ultrajantes hechas por Pilar Utrilla en su recensión de mi artículo «El nicho alimenticio humano» (TP,.
Encontré que su revisión era ingenua, malhumorada, errónea y malinformada.
Ella deliberadamente escogió no entender nada de lo que yo estaba tratando de decir.
Aquí discutiré los mismos cinco puntos que ella desarrolló en su recensión, y aproximadamente en el mismo orden.
Corregiré también un error que no parece haber sido detectado anteriormente. l.
La publicación de traducciones Utrilla piensa claramente que es inapropiado el publicar la traducción de un artículo originalmente aparecido en inglés.
No veo nada de malo en esto, ya que al someter el manuscrito a TP, le había informado al Dr. Veny que era una traducción.
El tenía todo el derecho de rechazar su publicación por ésta o cualquier otra razón.
El escogió no hacerlo.
Yo publiqué el artículo sólo con mi nombre porque lo escribí en su totalidad -palabra por palabra.
Mi anterior estudiante, Seonbok Yi, llevó a cabo parte del análisis para el trabajo, y por esta razón se incluyó como coautor en la publicación. de BAR (Clark & Yi 1983).
Esta es mi prerrogativa.
Claramente muchos de los lectores españoles podrian no haber visto la publicación en los BAR y por esto pensé que, al publicar una traducción, estaba haciendo accesible a mis colegas españoles un ensayo sobre su prehistoria que de otra manera no hubiesen podido ver.
Es cierto que el artículo contiene anglicismos.
Existen términos especializados en el vocabulario arqueológico del mundo anglófono los cuales no tienen una equivalencia en castellano.
Puse estas palabras inglesas entre paréntesis después de un intento de traducirlas.
La traducción fue realizada por el Ldo.
Luis Antonio Curet, un estudiante puertorriqueño postgraduado en este Departamento.
Hicimos lo mejor que pudimos para traducir fielmente el vocabulario especializado.
Nunca he visto los equivalentes de estos términos en la bibliografía española.
"Panizoll, ~~cornll, Mmaizell y 4Cmaíz,.
Quiero que los Sres. lectores de IP sepan que entiendo perfectamente que el maíz no pertenece al espectro de cereales indígenas del mundo antiguo (¡al fin y al cabo, mi esposa es una arqueóloga mcsoamericana!).
Fue un error de traducción.
La palabra 4(panizoll, usada por Santos (de quien saqué los datos sobre las plantas de utilidad económica en la Edad del Hierro), se traduce en inglés como 4(panic grassll, lo cual es, por lo visto, un obscuro sinónimo de maíz.
Aquí, nadie, pero nadie, usa 4I.panic grass... en vez de nnaize" o «corn....
No reconocí el sinónimo, porque pensé que 4(panizo» era un cereal indígena del Mundo Antiguo.
Más aún, «panizo,. aparecía en el texto original que yo le envié al Dr. Veny, y el (o alguien) posterionnente lo sustituyó por «maíz,..
¡Parece que Santos, erróneamente, considera «panizo... (= maíz) una planta indígena del Mundo Antiguo.
Lástima que nunca viera las pruebas de imprenta...
Es de interés notar que el nombre científico para el mijo es r Panicum miliaceum L., de origen asiático central. y un cereal que aparece por vez primera y en su fonna domesticada en el So milenio AC, en Europa central (Zohary y Hopf 1988: 76-78, van Zeist 1980).
Quizás Santos ha confundido Panicum (= mijo) con 4(panizo» (= maíz).
Hay un error en la figura l.
Dos de los encabezamientos fueron invertidos inadvertidamente cuando yo estaba preparando la figura.
La figura 1 correcta está presentada abajo.
Me imagino que este error es obvio para cualquier lector cuidadoso, ya que la figura 1 entonces publicada no tiene ningún sentido (es decir, no está de acuerdo con la discusión en el texto).
Me disculpo por este error, y espero que no haya confundido a los lectores de IP.
Utrilla me acusa de no dominar la más reciente bibliografía española sobre las arqueofaunas del Magdaleniense Inferior y Medio (esp. González Echegaray & Barandiarán 1981y, por supuesto, Utrilla 1981).
Ambas son monografías del C.I.M.A., las cuales son difíciles de obtener aquí.
Cuando escribí el artículo, de hecho había recibido el volumen del Rascaño, pero no tenía la Tesis Doctoral de Utrilla.
Obtuve una fotocopia cuando leí su recensión.
Me gustaria exponer los siguientes puntos.
Para poder calcular la estadística de la anchura del nicho es necesario tener tanto el NMI como el número de huesos de cada nivel incluido en los cálculos.
Si no se cuenta con cualquiera de estos datos, o si no hay forma alguna de estimar el NMI a partir del número de huesos, es imposible determinar la contribución proporcional de una especie a la dieta global representada por los restos faunísticos en un nivel determinado.
La anchura del nicho para una unidad cultural/estratigráfica (unidad c/s) es un promedio de estos niveles (véase Clark & Yi, 1983: 192).
Sitios del norte de España que cumplen con los criterios susodichos eran, y todavía son, muy pocos.
La misma discusión de Utrilla sobre las faunas del Mag.
I/M (pp. 242-251) reconoce que esto es cierto y que efectivamente existe una distribución bimodal de sitios en estos periodos con 17 niveles dominados por el ciervo, 4 niveles por el íbice, uno por la gamuza y 9 niveles en los cuales no es posible determinar aún la frecuencia relativa de las especies usando el número de huesos (véase tabla, pág. 249).
Claro que existen muchos otros presuntos yacimientos y niveles «Mag. l/M» que han proporcionado algunos restos de fauna.
Sin embargo, únicamente en Rascaño, el J uyo, la Riera y, evidentemente, en Abauntz, es posible calcular el estadístico de anchura del nicho sobre una serie de niveles.
Una vez hecho esto, los resultados son invariablemente mucho más bajos de lo esperado (véase tabla).
Es decir, los niveles están dominados (en términos de rendimiento calórico) o por el ciervo o por el íbice.
Aún cuando se incluyan los datos pobres provenientes de excavaciones de reducida extensión o antiguas, se mantiene el fuerte patrón bimodal en la fauna predominante.
Este patrón fue advertido por primera vez por Straus (1977) hace más de 10 años.
Ya que Utrilla cree que Straus es un investigador más competente que yo (pág. 339), lo voy a citar: «One striking similarity exists between certain faunal assemblages found in montainous areas of both the French and Spanish zones.
Es importante apuntar que Straus se refiere al Magdaleniense en su conjunto independientemente de sus subdivisiones, lo cual es un punto importante (véase abajo).
No discuto que Straus domine la bibliografía sobre la región franco-cantábrica mejor que yo, pero mis diferencias con Utrilla no van a ser resueltas únicamente por los datos.
Estas se deben a distintos conjuntos de preferencias paradigmáticas sobre (a) cuán fiables son las unidades analíticas c/e tradicionales, y (b) qué está causando los cambios en los conjuntos faunísticos.
Una Indiferencia insensible a la sistemática tipológica del Magdalenlense
El artículo que escribí trataba de los cambios a largo plazo en la dieta humana del norte de España; no era específicamente sobre el Magdaleniense l/M. Obtuve resultados que indicaban que el Magdaleniense l/M era anómalo en cuanto a sus arqueofaunas.
Este período mal definido era mucho más especializado de lo que yo hubiese esperado si ello formara parte de la tendencia a través del tiempo generada por el modelo gen~ral de la anchura del nicho.
(1) En la curva general, la anchura del nicho esperada para el MagdaJeniense l/M es de 3.40 (el rango es de 3.2-3.6, aproximadamente).
Todos los principales yacimientos «modernos. (i.e., excavados recientemente) tienen valores mucho más bajos de lo esperado, confirmando el patrón general presentado en el artículo.
Ya que sus faunas de aprovechamiento económico están dominadas por el ciervo. el cual es de mayor tamaño, La Riera y el Juyo tienen valores muy inferiores a lo esperado.
Rascaño, el cual tiene unos pocos bovinos, équidos y cérvidos (todas especies de mayor tamaño) además la Capra (especie relativamente pequeña) también tiene un valor bajo, pero no tanto como en los otros yacimientos.
unidades cl e estaban aproximadamente de acuerdo con la distribución esperada, y yo tenía curiosidad por saber por qué el Magdaleniense 1/ M no lo estaba.
Las investigaciones en la Riera indicaban que el patrón bimodal susodicho no se correlacionaba con, y de hecho era completamente independiente de la filiación cl e tradicional de los diversos niveles.
Los trabajos de Straus en la costa cantábrica (1977) Y en el suroeste de Francia (1983) mostraron que éste era un fenómeno general y que, cuando las faunas dominadas por el íbice estaban presentes, estas se correlacionaban con ubicaciones próximas a los hábitats rocosos preferidos por estos cápridos.
Ya que no existía evidencia de que (a) hubiera una correlación entre el contenido faunístico de los yacimientos y sus filiaciones cl e, ni (b) de que los cambios en la fauna de interés económico correspondieran a cambios paleoclimáticos (contra Utrilla 1986: 339), se me ocurrió que quizás la credibilidad de las propias unidades analíticas era sospechosa.
En cuanto al'solapamiento de las fechas (Fig. 3), yo desde luego sostengo que la integridad cronológica del Magdaleniense sin arpones es más problemática que la de las otras unidades analíticas convencionales, un hecho que socava aún más la credibilidad de dichas unidades.
Sin embargo, el punto que yo queria señalar era de carácter general: el colapso casi IV/al de la sistemática tipológica clásica europea ha forzado un replanteamiento del modo en que los prehistoriadores deberían abordar el estudio de la continuidad y el cambio en la adaptación humana a largo plazo (véase, por ejemplo, Clark & Straus 1983, Straus 1987).
En particular, tenemos que alejarnos del excesivo énfasis en la caracterización normativa de los componentes de estos conjuntos como los útiles retocados y los huesos trabajados (como si estos fueran de alguna manera «significativos» por derecho propio), y concentrarnos más en la tecnología y los restos faunísticos (un indicador comparativamente directo de la adaptación), y en la integración sistemática de los varios subsistemas de lo que fueron, desde el punto de vista de cada uno de nosotros, fenómenos regionales que persistieron durante miles de años.
Los problemas con las fechas sólo muestran que las unidades cl e convencionales no pueden ser ordenadas de acuerdo con una secuencia unilineal, lo que apoya la posibilidad de que dichas unidades fueran de naturaleza periódica o cíclica reapareciendo a lo largo del tiempo y del espacio independientemente de la distribución temporal! espacial de sus fósiles directores.
No debería sorprender a los lectores españoles que este escepticismo sobre la credibilidad de las unidades analíticas europeas, tal y como son definidas por los prehistoriadores europeos, forme parte de la tradición investigadora angloamericana.
No se debe olvidar nunca que estas unidades analíticas (por ejemplo, Magdaleniense, Solutrense, etc., y sus subdivisiones) fueron creadas por los prehistoriadores, son definidas por convención, y no tienen «realidad», ni «validez» demostrables fuera de las que les conceden estas mismas convenciones.
Lo que estaba tratando de hacer era cuestionar la credibilidad de las convenciones de la tradición investigadora franco-española, y la sistemática tipológica en la cual están basadas.
No estoy haciendo esto, partiendo de la ignorancia de estas tradiciones (contra Utrilla 1986: 339), sino con premeditación.
Estoy, de hecho, rechazando explícita y conscientemente un énfasis en la sistemática tipológica que lleva incluso hasta la exclusión de otras líneas de evidencia.
En el caso del Magdaleniense l/M, me parece que estas sistemáticas eran (y son) particularmente sospechosas.
En otras palabras, no creo que exista una única adaptación específica en el lapso de tiempo del «Magdaleniense l/M» (contra Utrilla 1981Utrilla, 1987)).
De hecho, no creo que el «Magdaleniense l/M» en sí tenga credibilidad alguna como unidad analítica.
Sí pienso, al igual que Straus, que lo que nosotros acostumbramos llamar' el «Magdaleniense l/M» es simplemente una parte de un sistema regional adaptativo pancantábrico que existió antes y después del lapso temporal definido convencionalmente para el «Magdaleniense.
En mi opinión, si la Prehistoria aspira a convertirse en una ciencia, no se pueden tolerar las desviaciones empiristas y la ausencia de preocupación por los problemas epistemológicos que caracterizan las tradiciones investigadoras continentales.
El estudio de la Prehistoria necesita «perder su inocencia», como apuntó una vez David Clarke (1973), y volverse más critico de las asunciones y prejuicios que subyacen a sus pretensiones de conocimiento.
Ha sido reconocido durante más de un' siglo que la ciencia se puede desarrollar a través de cambios o en los paradigmas o en las teorias generadas por los paradigmas, pero la ciencia no puede avanzar o desarrollarse solamente a través de la adquisición de los datos.
En un sentido filosófico, los datos no tiene significado, ni realidad fuera del marco conceptual que los define.
Aseveraciones al contrario, como las de Pilar Utrilla, apoyan una interpretación estrictamente empirista del registro arqueológico.
Estas sao maioritariamente decoradas (cerca de 80 96), predominando, a partir de 2. a metade do mI:! milénio a.
(1988) publicado en esta revista y las discusiones mantenidas con otros colegas españoles, me han convencido de la necesidad de responder a algunas críticas que se han suscitado en España acerca de la relevancia de la arqueología contextua! o interpretativa.
Entre los aspectos que quiero abordar, algunos son de carácter general, pero otros tienen un significado específico en el contexto particular de la arqueología española.
Ante todo, habría que subrayar que no existe una arqueología post-procesual como una corriente unificada.
Ruiz, Chapa y Ruiz se refieren a mi trabajo y a los de Miller, Sanks y Tilley.
Hay muchas diferencias entre estos diferentes autores y más adelante me referíré a algunas de ellas.
La arqueología feminista y las diversas formas de arqueología marxista también constituyen otras versiones de la arqueología post-procesual.
Si inicialmente estos autores fueron considerados como un grupo homogéneo, fue debido a su común rechazo de la arqueología procesual americana.
Pero a medida que la postura crítica ha sido sustituida por una aportación constructiva, se han puesto de manifiesto, cada vez más, las diferencias existentes dentro de la arqueología contextual.
Esta diversidad y la apertura a nuevas ideas constituyen la fuerza de la arqueología contemporánea.
Pero la crítica de una postura no puede extrapolarse al resto de las arqueologías post-procesuales.
Ruiz, Chapa y Ruiz tienen razón cuando afirman que la arqueología post-procesual surgíó como una critica hacia la Nueva Arqueología.
Pero se equivocan cuando sostienen que esta crítica fue más afortunada en sus ataques a las aplicaciones prácticas que a los principios teóricos.
De hecho, la crítica más ampliamente aceptada ha sido la que iba dirigida a las posiciones teóricas del positivismo, la ecología, el materialismo, la antropología y el funcionalismo.
Pocos procesualistas mantendrían hoy todos los presupuestos propios de la arqueología procesual de viejo estilo (ver no obstante Binford 1987), y muchos han incorporado algunos aspectos de los puntos de vista postprocesuales (Renfrew, 1983; Earle y Preucel 1987).
Era la posición teórica de la Nueva Arqueología la que estaba insuficientemente desarrollada y llegó a desmoronarse con rapidez.
No obstante, su contribución metodológica fue considerable y cualquier arqueología en nuestros días necesita emplear procedimientos científicos actualizados, desde el muestreo hasta el análisis cuantitativo y computerizado.
Todos estos aspectos, propios de una práctica científica rigurosa, están presentes en cualquier modalidad de arqueología post-procesual que sea críticamente consciente y responsable.
Pero la posición teórica de la arqueología nueva y procesual estaba anticuada y desconectada de los avances tanto de la antropología como de la historia.
El objetivo de la arqueología post-procesual, lAN HODDER tal y comQ yo lo entiendo, radica en conjugar una metodología científica con un conocimiento teórico más rico.
Pero ¿qué clase de metodologia científica hemos de seguir?
Ruiz, Chapa y Ruiz ofrecen una alternativa sencilla.
O abrazamos la Ciencia con «C. mayúscula, o estamos condenados al relativismo.
La Ciencia, para ellos, parece implicar una clase de positivismo en el que las leyes generales se prueban mediante algún procedimiento absoluto frente a los datos objetivos.
Este concepto de Ciencia resulta inaceptable porque ignora la evidencia histórica de que cada época y cada cultura escriben su propia historia y no sólo porque cada época formula preguntas diferentes del pasado sino también porque cada época encuentra diferentes respuestas satisfactorias.
De cualquier forma, no es necesario llegar al relativismo para manejar estos argumentos.
Es cierto que algunos autores como Sanks y Tilley (1987) parecen abrazar un presentismo en el que los datos arqueológicos sólo actúan como una 4<red de resistencias» ante nuestra creación en el presente de mitos sobre el pasado.
En cambio, autores como Gadamer (1975) han desarrollado criterios hermenéuticos complejos, mediante los cuales podemos decidir, de una forma científica, entre interpretaciones alternativas sobre el pasado.
La hermenéutica, la hermenéutica critica (Thompson 1981), el realismo y la dialéctica, todas ellas proporcionan alternativas al relativismo al tiempo que evitan los problemas • del positivismo de la Nueva Arqueología.
No existe un tipo único de metodología científica sino muchos.
Yo mismo prefiero una posición hermenéutica critica, donde coherencia y correspondencia se usan para decidir qué hipótesis se corresponde mejor con los datos, al tiempo que se acepta que la evaluación de la coherencia y la correspondencia depende parcialmente de contextos sociales del presente.
Yo no acepto que el pasado sea simplemente una red de resistencias contra la que podamos inventar cualquier historia que nos guste.
Yo no acepto que cualquier cosa vale.
A la vez que imponemos al pasado nuestras preocupaciones actuales, de forma que el pasado siempre está implicado en el debate social (ej. entre grupos étnicos o culturales o entre autores feministas o sexistas), al mismo tiempo, nuestras ideas sobre el presente dependen, en sentido real, de los datos arqueológicos del pasado.
Por ejemplo, nunca podriamos tener nuestras ideas seculares, pero siempre modernas, sobre el 4<progreso» si no contáramos con alguna evidencia del pasado.
Incluso nuestras ideas sobre el 4<presente» dependen de la definición y el conocimiento del «pasado».
Tenemos la responsabilidad de ser rigurosos en la utilización de los datos arqueológicos de manera que puedan contrarrestarse excesos como los del Tercer Reich o tergiversaciones como las de Van Daniken, y para que el pasado pueda desempeñar un papel importante en su contribución al debate social.
Hay algunos aspectos que quiero comentar sobre el pasado.
Por un lado, el pasado se construye subjetivamente en el presente, y por otro, el pasado arqueológico se ordena objetiva y materialmente.
No existe una razón necesaria por la que estos pasados, subjetivo y objetivo, deban coincidir.
En la dialéctica entre lo que esperamos que el pasado diga y lo que dice «realmente» es donde obtenemos una perspectiva diferente sobre nosotros mismos.
Es necesario por lo tanto, considerar la arqueología como una 4<ciencia» con 4<C» minúscula, pero esta ciencia arqueológica tiene que estar abierta a perspectivas diferentes y a diferentes metodologías.
Necesita ser una ciencia que no imponga simplemente el presente al pasado, sino que sea sensible a la diferencia del pasado.
Una ciencia arqueológica interpretativa que, al utilizar procedimientos hermenéuticos, permita que el pasado sea tanto objetivo como subjetivo.
Cuando afirman que los enfoques contextuales son idealistas, Ruiz, Chapa y Ruiz caen de nuevo en la trampa de creer que sólo una parte de la dialéctica o la contradicción tiene validez.
Verdaderamente yo no me considero idealista, pero tampoco comparto la postura materialista.
Al interpretar los significados y el simbolismo del pasado, no entro ni pretendo entrar en las mentes de los protagonistas •prehistóricos.
Concretamente en mi interpretación del simbolismo de Chatal Hüyük (Hodder 1987), hacía alusión a un simbolismo social y colectivo, pero no pretendía interpretar lo que pensaban de el los individuos particulares.
Yo sostenía que, en Chatal Hüyük, el simbolismo estaba estrechamente relacionado con preocupaciones de carácter material, tales como la intensifi-T.
P., 1990, n Q 47 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es cación económica y el control sobre la gente establecida en los asentamientos.
Pero el simbolismo no puede ser «reducido~ a estas preocupaciones materiales, es demasiado complicado y demasiado específico como para que pueda explicarse plenamente en términos de condicionantes y circunstancias materiales.
El simbolismo por tanto implica ideas, pero estas ideas están basadas siempre en condiciones materiales y sociales.
Las condiciones materiales mismas sólo pueden tener efectos sociales una vez que se han categorizado y ordenado y se les asigna un significado social.
Los significados simbólicos, más allá de contextos específicos, hacen referencia siempre a categorias y oposiciones abstractas más generales.
Por otro lado, el mundo material se organiza de una forma pragmática.
No hay razón alguna por la que ideas y aspectos materiales deban coincidir necesariamente.
Se produce así una dialéctica que puede ser la causa de importantes transformaciones.
Cualquier enfoque que defienda un idealismo o un materialismo estrictos pasa por alto la relación dialéctica entre lo ideal y lo material.
Hasta aquí he defendido la necesidad de evitar posturas excluyentes que contemplen la ciencia como objetiva o subjetiva, idealista o materialista.
Mejor aún, necesitamos examinar las relaciones dialécticas entre lo objetivo y lo subjetivo, lo ideal y lo material.
Una relación dialéctica de mayor alcance concierne tanto a lo general como a lo particular.
Un caso particular sólo podemos comprenderlo en términos generales pero, aún así, el caso particular posee alguna peculiaridad que lo hace diferente de todos los demás casos.
Un análisis contextual bien hecho conduce a una penetración y a unos conocimientos generales que transcienden la instancia particular.
Existe por tanto una tensión continua entre lo particular y lo general que nunca puede resolverse.
La arqueología procesual tuvo el acierto de subrayar la importancia de incorporar el conocimiento particular al conocimiento antropológico general.
No hay nada admirable en un historicismo de cortas miras que no integre sus descubrimientos en perspectivas más amplias.
Pero la arqueología procesual fue demasiado lejos en otro sentido, al rechazar la historia y la contribución que lo particular puede aportar a lo general.
No basta con depositar la confianza en hipótesis que prueben los procedimientos y la orientación dada a un problema.
Tales enfoques conducen con demasiada frecuencia a una contrastación superficial de la teoría general frente a los datos, sin ningún intento real por conocer la particularidad de los datos y la luz que esto puede arrojar sobre el conocimiento general.
Los enfoques interpretativos o contextuales tratan de ser más sensibles a la diferencia del caso particular, al mismo tiempo que admiten la necesidad del conocimiento general.
La arqueología se encuentra cada vez más implicada en un debate sobre las relaciones dialécticas entre objeto y sujeto, lo material y lo ideal, lo general y lo particular.
Se trata de un debate que, en gran medida, se ha producido en el mundo angloamericano, dominado hasta hace poco tiempo por la arqueología procesual.
La arqueología española por su parte, se ha visto influida hasta fechas recientes por una tradición empirista normativa.
Estoy de acuerdo en que esta tradición normativa e histórico-cultural ha de superarse mediante enfoques que utilicen métodos científicos de calidad, y a través de un compromiso con la discusión general.
Se necesitan métodos rigurosos y críticos tanto en el campo como en el laboratorio, en la misma medida que es necesario manteI1er unos niveles rigurosos de interpretación.
La arqueología española, como cualquier otra, necesita emplear una metodología científica, pero esto no debería llevar a concluir que el positivismo y la arqueología procesual son los únicos enfoques que proporcionan unos procedimientos científicos válidos.
Más aún, estoy de acuerdo en que la arqueología española necesita perspectivas teóricas y un debate teórico, pero esto no debería llevar a creer que la arqueología procesual proporciona una discusión teórica adecuada.
Han sido precisamente las diversas arqueologías post-procesuales las que han propiciado en la disciplina una discusión teórica plenamente actualizada.
Mientras se debe confiar en que la arqueología española desarrollará sus procedimientos científicos más ampliamente, habría que evitar un punto de vista de cortas miras sobre la disciplina.
En mi opinión, la ciencia arqueológica es un proceso hermenéutico y dialéctico cuyo rigor científico está ligado a la historia, al significado y a la acción social.
Lo que subyace a todo el debate entre las posiciones procesuales e interpretativas en arqueología es una visión diferente acerca de la relación entre el arqueólogo y el mundo social en el que él o ella vive y trabaja.
El procesualista deposita su confianza en el conocimiento proporcionado por la Ciencia.
El o ella, se interesa poco por las reacciones del público general.
El conocimiento arqueológico científico se encarcela en vitrinas de cristal, en bibliotecas, en un lenguaje abstracto y en terminologías científicas.
La arqueología procesual ha estado asociada con una creciente distancia entre el arqueólogo y el público, aunque actitudes similares también eran comunes entre la arqueología normativa e histórico-cultural.
Existe el peligro de que se esté produciendo una distancia semejante en la perspectiva de Ruiz, Chapa y Ruiz, puesto que ellos no conectan su búsqueda de la verdad con una obligación hacia el compromiso social.
Los enfoques interpretativos por otro lado, sostienen que los arqueólogos deben desempeñar un papel en la sociedad.
Deben contar historias sobre el pasado que se ajusten a los datos, y al mismo tiempo deben llevar el pasado vivo al público general.
Todos los miembros de la sociedad tienen y necesitan sus mitos sobre el pasado.
En lugar de recluirse en «torres de marfiJ., los arqueólogos tienen la responsabilidad social de confrontar estos mitos y de comprometerse así en el debate social.
Para ello, los arqueólogos necesitarán en la misma medida la ciencia y el conocimiento interpretativo.
G., 1988), pensamos que deja al lector en condiciones de valorar adecuadamente las diferencias entre nuestra posición y la del autor británico.
En consecuencia, vamos a limitar nuestra contrarréplica a dos cuestiones fundamentales: por un lado, las críticas que no han obtenido la respuesta de Hodder, así como algunas precisiones sobre su comentario, y por otro, la conveniencia de situar en el verdadero «contexto» español a la Arqueología Contextual y su supuesto debate.
La primera cuestión exige empezar por las criticas y aspectos no abordados por Hodder en su réplica.
El autor no ofrece una alternativa a nuestro apartado dedicado a mostrar las inconsistencias teóricas de la Arqueología Contextual (A. C.), ni a los que la acusaban de ser una «Arqueología de ejemplos», o de tener una noción excesivamente amplia de lo que es la Arqueología.
Todo ello, a nuestro modo de ver, sigue demostrando la inexistencia de un cuerpo teórico-metodológico propio de la A. C. Teniendo ésto en cuenta, afirmar que el debate teórico actual está liderado por los postprocesuales y que ellos han causado el desmoronamiento súbito de la Nueva Arqueología no deja de ser, cuando menos, una pretensión exagerada.
Hodder ha rehuido el auténtico debate que podrían suscitar nuestras críticas, y más bien ha optado por realizar algunas declaraciones amplias que pueden ser suscritas por arqueólogos de cualquier tendencia, independientemente de que luego se lleven a la práctica o no; por ejemplo, afirmar que la Arqueología actual precisa de una dimensión y componente social, o que «la Arqueología precisa conjugar una buena metodología científica con un conocimiento teórico más riCO».
Igualmente simplista es su afirmación de que los posicionamientos actuales se pueden dividir en «procesual es» e «interpretativos», para dar a entender que la Arqueología Procesual no es interpretativa.
El concepto de Arqueología Post-Procesual tal vez está claro para Hodder, pero hay que reconocer que desde sus primeras incursiones en el papel de los símbolos en Arqueología, los términos empleados para apellidar a «su» arqueología han sido utilizados según la moda del momento: simbólica, estructural, post moderna y finalmente contextual, aunque coincidimos con Lull (1989) en que esas denominaciones no son «inocentes», y ofrecen matices de diferenciación importantes.
Que dentro de los «contextuales» existan ya «escuelas» es algo que hoy día resulta difícil de apreciar en la bibliografía, salvando el caso de Shanks y Tilley (1982,1987), pero que se pretenda reclamar dentro de la A. C. a todas las Arqueologías actuales distintas a la Arqueología Procesual es algo inadmisible.
El caso más flagrante es, sin duda, incluir las distintas formas de Arqueología Marxista como ejemplo de la diversidad de «corrientes» dentro de la Arqueología Post-Procesual.
Como ha señalado Vicent (1989: 104) el enfoque marxista se opone igualmente al neo-positivismo de la arqueología procesual y al subjetivismu idealista de Hodder.
Posiblemente ese estado de «fluidez» teóricu-formal de Hodder es lu que le lleva a hacer una de las afirmaciunes que resulta más difícil de aceptar: (Nerdaderamente no me considero idealista, pero tampoco cumparto la postura materialista».
Una dialéctica que sitúa al investigador por encima del bien y del mal nos parece, cuando menus, peligrosa, pues justificaría afirmaciunes por las que se hace cunvivir un simbolismo social y colectivo, efecto de preocupaciones de carácter materíal. y a la par, un mundo de ideas que no tiene por qué coincidir necesariamente cun aquél.
Nos resulta difícil valorar un simbolismo que sea material e ideal a la vez, porque este perfecto matrimonio implica de hecho una contaminación de lo material que conducirá a hacer que el presente actúe subjetivamente sobre el pasado, y con ello, que la supuesta superación dialéctica del materialismo-idealismo sólo sea un viaje, una pirueta teórica que conduce al investigador a reencontrarse con uno de los lados de la contradicción: el idealismo.
De otra parte, la vieja idea de la superación de la dialéctica materialismo-idealismo contradice la J>osición final del autor cuando nos anima a evitar el «encierro en la torre de marfil de la sabiduría» y a definirnos en un compromiso social.
En nuestra opinión, es más fácil realizar una toma de partido desde la dialéctica materialista, por cuanto la contradicción es tratada en un plano teóricopráctico que conduce irremediablemente a un compromiso social y además político, aunque no por ello a un posicionamiento menos científico.
Según Schaff (1976: 359): «La posición que toma en consideración la estructura de clase desemboca en una verdad objetiva de orden superior comparada con la posición que ignora esta estructura y su acción».
Como uno de nosotros (A.R.R.) ha señalado, a finales del siglo XX «la Arqueología y el profesional de la misma se rebelan en contra de la imagen del "sabio" que sabe estar por encima del bien y del mal» (Ruiz et aL, 1986: 9).
En el contexto español hemos aprendido hace poco tiempo, escasamente dos décadas, que la toma de partido es obligada y necesaria, y en detenninados momentos, incluso prioritaria; en última instancia, porque es imposible ser señor y siervo, o burgués y proletario a la vez, y porque de nada vale la alternativa de ser algo distinto a ambos, si es que ésto existe.
La crítica a nuestra supuesta pretensión de una ciencia con mayúscula y la preferencia de Hodder por una posición hennenéutica crítica merece también algunas aclaraciones.
La perspectiva de Gramsci (1974: 360): «Si las verdades científicas fueran definitivas la ciencia dejaría de existir como tal... lo cual por suerte no es verdad para la ciencia», presente en otros autores materialistas, no plantea una ciencia con mayúscula.
Ahora bien, la ciencia con minúscula que el materialismo defiende no es la que Hodder define, y que se caracteriza porque cada época y cada cultura escriben su propia historia, y porque cada época encuentra diferentes respuestas a las preguntas que fonnula sobre el pasado.
El subjetivismo que Hodder opone a la objetividad (expresión positivista para el autor) es sólo la constatación de la imposibilidad para alcanzar el conocimiento científico, por mucho que se disimule con un modelo simbólico-estructuralista.
Desde un punto de vista materialista, la ciencia (con minúscula) de la Historia está obligada a buscar un cierto grado de objetividad que sea posible contrastar independientemente del punto de vista del grupo o de la época, pero este planteamiento se contradice con la ciencia con minúscula de Hodder «(Existe una tensión continua entre lo particular y lo general que nunca puede resolverse» dice el autor), a pesar de la dialéctica empleada, y conduce inevitablemente a la identificación de Historia con Particularismo.
En segundo lugar, queremos resaltar el papel que la A. C. está jugando en el contexto español.
En este sentido, resulta forzoso señalar que 1.
Hodder es más conocido en nuestro país por su etapa como «arqueólogo espacial» (Hodder y Orton, 1976) que como defensor de la nueva propuesta contextual.
Una re,:isión de la bibliografía española especializada podría demostrarlo sin discusión.
Si existe alguna difusión de las ideas contextuales es, excepto casos aislados, a raíz de su artículo publicado en la revista «Trabajos de Prehistoria» (n Q 41, 1987), cuyo impacto es aún difícil de evaluar.
Las únicas investigaciones españolas que pudieran relacionarse más directamente con los contextuales son los trabajos emprendidos por F. Criado (1989; Criado y Penedo, 1989), que aún así presentan un fuerte componente procesual.
En consecuencia, nuestra critica no se inserta en un auténtico debate sobre la A. C. en España -más bien inexistente-y sí en nuestro interés por hacer una llamada de atención sobre las posibles inconveniencias de ((estar a la última» sin haber sufrido una etapa procesual.
Ahí radica la diferencia entre el mundo anglosajón y nosotros.
No vamos a renunciar al reconocimiento de algunos valores de la A. c., como la llamada de atención sobre la dimensión simbólica de la cultura, la reivindicación del papel del individuo, y la sensibilidad hacia la proyección social de la Arqueología.
Todo ello, dentro del ámbito anglosajón, permite, sin ser contextualista, asumir aspectos positivios.
Pero nuestra crítica se planteó desde la situación de la Arqueología española, fuertemente marcada por una orientación normativista e histórico-cultural.
Desde esta perspectiva, y teniendo en cuenta el impacto minoritario de la Arqueología Procesual entre nosotros y la escasa sensibilidad hacia temas teóricos y metodológicos, el pasar de una Arqueología positivista a las propuestas contextuales puede ser algo así como querer correr sin aprender a andar.
La A. Procesual no tiene, en efecto, por qué ser el referente teórico único y hemos dejado claro en este texto cómo la A. Marxista puede ser otro referente teórico válido, pero se convendrá con nosotros que si la A. C. surge como critica de la N. A., mal se podrán discutir los presupuestos contextuales sin conocer los procesuales.
Para decirlo rápidamente, no es aconsejable para el arqueólogo español pasar de la lectura de las memorias positivistas a la A. C. Antes de asumir a 1.
Hodder convendria conocer a D. Clarke y L. R. Binford, así como a muchos otros ((fracasados» procesuales o materialistas históricos aún «por fracasa(")).
Queremos cerrar así esta polémica, no sin señalar nuestro aprecio por un autor como Hodder, a quien, al margen de la disparidad de criterios, hay que reconocer una activa presencia en el actual debate arqueológico internacional.
Generalmente no ha existido demasiado interés en historiar el desarrollo de la Arqueología y cuando se ha hecho ha sido, casi siempre, desde la óptica anglosajona, no en vano la más fuerte y amplia desde hace décadas; los textos de G. Daniel (1962Daniel (, 1975Daniel ( Y 1981) ) han sido durante muchos años la referencia obligada para acercarse al tema.
Pero los avances de la Arqueología en las dos últimas décadas, apenas considerados en las obras de Daniel, han sido de tal magnitud que sólo la empresa de enfrentarse a esta última etapa merece ya un reconocimiento.
El libro del joven arqueólogo italiano Alessandro Guidi aparece en un momento muy oportuno, donde el debate teórico-metodológico de nuestra disciplina está alcanzando una dimensión realmente mundial y ofrece, en mi opinión, un elemento importante: la visión del tema desde una tradición no-anglosajona, pero buena conocedora de ella, por la atracción que ha ejercido Italia hacía arqueólogos de todos los países, especialmente los anglosajones.
Este hecho creo que ha obligado a los arqueológos italianos a conocer la «Nueva Arqueología» pero con una fuerte actitud crítica y sin renunciar a sus propias raíces; casi me atrevería a decir que un libro como el aquí reseñado sólo podía haber sido escrito por un italiano.
La conciencia actual del interés que tiene el conocimiento del proceso de construcción y desarrollo de la Arqueología -como dice Guidi para identificar debilidades que presenta hoy día su origen y en consecuencia la forma de superarlas, para así integrar las diversas aproximaciones en el ámbito de la formación de una verdadera ciencia social-explica la aparición simultánea de varias obras sobre el tema, como la actualización del texto clásico de Daniel (Daniel y Renfrew, 1988) o las aportaciones de algunos de los más importantes arqueólogos en forma de biografía académica (Daniel y Chippindale, 1989); desde la perspectiva americana, Trigger (1989) acaba de publicar un importante estudio sobre la Historia del pensamiento arqueológico, por su parte, Willey (1989) ha biografiado a los más importantes arqueólogos americanos y Lamberg-Karlovsky (1989) ha editado un nutrido conjunto de ensayos sobre el estado del pensamiento arqueológico actual en Norteamérica.
El libro de Guidi reune tres aciertos importantes: prímero, como ya he señalado, una visión de la Arqueología y su desarrollo desde una tradición minoritaria y, por tanto, desde «fuera» de la Arqueología anglosajona predominante; segundo una estructura del estudio inversa a las de Daniel, es decir, la atención a las distintas etapas va aumentando a medida que nos acercamos al momento actual, con lo que se gana en el conocimiento de la-compleja realidad de los últimos años, aunque sin desdeñar las raíces anteriores, pero en su justa medida para comprender los desarrollos GONZALO RUIZ ZAPATERO ulteriores; y tercero, una presentación de la situación de cada etapa con las reflexiones y criticas de ese momento y no las actuales, como suele ocurrir en la mavoria de los análisis historiográficos.
El libro está organizado en ocho capítulos que se articulan en cortes cronológicos, analizando los tres primeros desde los origenes de la Prehistoria hasta 1945.
El capítulo 4 es un alto reflexivo que se superpone al ordenamiento por etapas y está dedicado a la obra de Childe v el nacimiento de la Arqueulogía moderna.
El capítulo 5 se ocupa del período 1945-1962, centrando la atención en la revolución del C-14 y el surgimiento del método interdisciplinar en Europa ~' América, pero sin ulvidar la situación de la Arqueología en Asia, Alrica v Oceanía ~', cumo no, una especial referencia a ltalia.
El capítulo 6 abarca de 1962, nacimiento oficial de la Nueva Arqueología con el famoso artículo de Binford «Arqueología como Antropología», hasta 1973 fecha del no menos famoso de Clarke 4<Arqueología.
La pérdida de la inocencia»; es la primera década de la Nueva Arqueología, que como he subrayado más arriba intenta ofrecer una exposición y critica desde dentro de su tiempo.
El capítulo 7 (1973-) 985) se extiende hasta el momento de cierre de la bibliografía consultada para la redacción de la obra, periodo caracterizado por la «explosión» de las diversas arqueologías.
Induda-.blemente resulta el más complejo de estudio por la prolíferación de títulos y la escasa perspectiva temporal de análisis, aun así el estudio de Guidi resulta enurmemente completo y equilibrado.
El último capítulo, como el cuarto, rompe la estructura lineal y estudia el período 1962-1985 en una doble vertiente, por un lado las aportaciones más recientes sobre temas clave: el origen del hombre, los inicios del Neolítico y la formación de los estados arcaicos, y por otro las tradiciones europeas no-anglosajonas: francesa, alemana, soviética y países del Este y una pequeña referencia a la italiana; justificada a mi modo de ver, porque, en alguna medida, las recientes tendencias en arqueología prehistórica italiana pueden constituir un auténtico puente entre la «Gran Tradición» y la «Gran División» por emplear los conocidos términos de Renfrew.
Cada capítulo tiene una extensa bibliografía -bien seleccionada en la que, difícilmente se podría señalar alguna ausencia importante-que remite al lector a los textos básicos de cada etapa.
Especial interés reviste el corto pero completo y sumamente orientativo ensayo bibliográfico que cierra la obra; por último las pocas figuras estan bien elegidas aunque tal vez se hubiera debido ampliar su número para ilustrar mejor algunos aspectos.
Para el lector español, el libro resulta doblemente útil pues esa «visión desde fuera» de la tradición anglosajona evita las dificultades que pueden encontrarse en obras realizadas «desde dentro» de dicha tradición, dando por conocidas cosas que desde la tradición arqueológica española no lo son o lo son de una manera un tanto confusa.
En mi lista de lecturas el libro de Guidi ha pasado a ocupar el primer lugar en los temas relacionados con la historia de la disciplina y con teoría y metodología arqueológica, al menos como obra de referencia inicial en estos campos.
Resulta una grata tarea la de comentar publicaciones en las que se da cuenta de trabajos arqueológicos recientes, tanto más cuanto no suelen producirse con la frecuencia que sería deseable.
En esa categoría cabe incluir el trabajo que ahora nos presenta Cardoso.
En él se recogen los resultados de las seis campañas realizadas en el yacimiento de Leceia, situado a 12 km. de Lisboa y a 5 km. de la margen derecha del estuario del Tajo, en plena área clásica de los estudios relativos al inicio de la metalurgia en Portugal.
En efecto, Leceia presenta una ocupación continuada desde el Neolítico Final hasta el Calcolítico Superior a lo largo de un lapso aproximado de 800 años, por lo que se convierte en punto de referencia inevitable a la hora de estudiar el Calcolítico de Extremadura.
Como se sabe, éste ha constituido el objetivo fundamental, junto con el del área del Sureste español, de la investigación tradicional y reciente sobre las primeras fases metalúrgicas de la Península Ibérica en función de la aparente semejanza de sus llamativos registros materiales y de las, sin embargo, diferentes trayectorias culturales de ambas zonas a partir de la Edad del Bronce (Gilman, 1987).
Paradójicamente, aunque por desgracia no pueda decirse que sorprendentemente, tan constante utilización de la zona extremeña portuguesa para fines comparativos y ejemplarizadores de una determinada dinámina cultural no se vio acompañada de una profundización real de la investigación en la zona.
La historia de la investigación portuguesa ha discurrído y discurre enmarcada en una concepción teórica claramente historicista que, sin ninguna duda, explica la situación actual de los conocimientos sobre su prehistoria.
Al margen de alguna excepción (Vaz Pinto y Parreira, 1979 por ejemplo), y al igual que en el resto de la Península Ibérica, sólo muy recientemente los investigadores portugueses (Morais Arnaud, 1982: 62; Tavares Da Silva y Soares, 1981: 184; Tavares Da Silva, 1987: 83) han empezado a cuestionar la bondad de los esquemas que hasta ahora regían sus trabajos, a la vista de la continuidad cultural evidenciada, cada vez con mayor contundencia, por el registro arqueológico, pero en ningún caso han iniciado vías alternativas.
Los planteamientos más avanzados preconizan una dinámica interna de desarrollo para explicar el inicio de la metalurgia en Portugal, basada en general en la intensificación de las fuerzas productivas (Tavares Da Silva, 1987), si bien no se atiende de forma suficiente a'la causa de tal intensificación.
Unicamente trabajos desarrollados por jóvenes investigadores educados fuera de su país de origen (Gomes Lisboa, 1985Lisboa, y 1987, por ejemplo), por ejemplo), abordan problemas culturales desde ópticas radicalmente distintas, enclavadas claramente por su parte, en las tendencias predominantes en los ALMUDENA HERNANDO GONZALO ámbitos académicos de lus que proceden.
Sus trabajus suponen una valiusa aportación para la Prehistoria portuguesa por cuan tu representan el inicio de alternativas de estudio hasta ahura nunca planteadas en aquel uniforme panurama.
Peru independientemente de estas innuvaciones realizadas desde utros ámbitos, y nu obstante las diferencias de criteriu que puedan surgir respectu al modo más adecuado de conocer la Prehistoria, nadie puede dudar de la seriedad y minuciosidad de lus trabajos portugueses y de la calidad de recientes publicaciunes en las que cumienza a sintetizarse el conjunto de los hallazgus.
En efecto, gran parte de las publicaciones purtuguesas se limitaban a dar a conocer un pequeño grupo de materiales prucedentes o no de excavación o un conjuntu de análisis que se constituían en lista aislada y sin contexto (Cardoso, \980 y t 98\; Vitor Guerra y Veiga Ferrerira, 1972; Correia, t 980; Soares y Tavares, t 975, etc.).
Sin embargo, en estos últimos años se han intentado síntesis sobre los resultados más destacados de la investigación realizada en áreas concretas.
A este apartado pertenece la obra de 1.
Tal monografía constituye, junto con los trabajos de C. ravares y J. Soares (t 981) sobre el área de Sines y la síntesis del primero de ellos (ravares da Silva, 1987) sobre el Calcolítico del Sur de Portugal, piedras de toque inevitables a la hora de comprender la secuencia arqueológica del Calcolíticu Portugués.
En ellas se consolida definitivamente la existencia de dus grandes áreas culturales durante el inicio de la metalurgia en Portugal: por un lado, el Calculítico de Extrcmadura, en el que se integran los hallazgos de las penínsulas de Lisboa y Setúbal, y por otro, el Calcolítico del Suroeste, que da cabida a los localizados en el Algarve y el Alentejo (Morais Arnaud, 1982: 54; Cardoso, t 989: 14; Tavares y Soares, 1981; Tavares, 1987).
En ambas se ha documentado la secuencia Neolítico Final/Calcolítico Final y el aparente paralelismo de sus desarrollos: en el Suroeste gracias, fundamentalmente, a la estratigrafía de Monte da Tumba (Tavares, 1987: 70) y a la de Leceia en el estuario del Tajo (Cardoso, 1989: 99).
Esta es la aportación fundamental que presenta este yacimiento a la investigación del Calcolítico portugués.
Las muestras de Carbono-14 han permitido, además, datar en términos absolutos los distintos niveles, lo cual constituye, sin duda, un notable avance en la consideración de sus relaciones con otros territorios.
Así, por ejemplo, Leceia ofrece la primera oportunidad de fechar contextos habitacionales extremeños del Neolítico Final (Ibídem: 135) y aunque todavía no se conocen fechas para los niveles de Calcolítico Inferior, las dataciones de Zambujal permiten cubrir ese lapso hasta el Calcolítico Final en que, de nuevo, Leceia ofrece abundante documentación (Ibídem: 136).
De esta forma, puede asegurarse una ocupación continua, o con pequeños periodos de abandono que podría no ser total, entre el Tercero y el primer cuarto del Segundo milenio, en fechas no calibradas de Carbono-14.
Debe resaltarse el abandono definitivo de la ocupación previamente a la presencia campaniforme, apenas documentada en el poblado (Ibídem: 136-7).
La superficie excavada ha llevado a identificar, fundamentalmente, las estructuras defensivas y algunas de habitación, lo que permite reconstruir las sucesivas fases de ocupación del siguiente modo: durante el Neolítico Final se habria construido una serie de estructuras dispersas por una amplia plataforma defendida naturalmente por todos sus lados por el escarpe natural del terreno, salvo por uno, en el que comienza a construirse una muralla defensiva, integrada por dos líneas fortificadas, al principio del Calcolítico Inicial.
Tal estructura sufre consecutivos reforzamientos y transformaciones para minimizar los efectos de una hipotética ofensiva durante toda esa fase, para verse reducida al mínimo e incluso, en determinadas zonas, abandonada, durante el Calcolítico pleno (Ibídem: 95-96).
Es en este período de decadencia en el esfuerzo defensivo cuando hace su aparición en el poblado la cerámica campaniforme (Ibídem: 136).
Entte ambas líneas de muralla aparecen estruc; turas de habitación que contribuyen igualmente a la defensa, y durante la fase V de construcción, dataoa en el Calcolítico Pleno, se construyen nuevas unidades en el exterior de la segunda línea de muralla, lo que sugiere a Cardos o aún una tercera, desconocida"todavía, pero de la que podrían existir indicios en el terreno (Ibídem: 89).
Las principales estructuras de habitación se situarían en la zona más interna del espolón, aunque desgraciadamente, la utilización como cantera que durante el siglo XVIII se hizo del cerro, destruyó todos los niveles de esta zona, perdida así irremediablemente para la investigación (Ibídem: 26 y 47).
El proceso de poblamiento se revela similar en todo el territorio portugués: poblados con estructuras dispersas no fortificadas al final del Neolítico y emplazados en posiciones defensivas e incluso amurallados durante todo el Calcolítico; al final de esta fase, coincidiendo con la aparición de la cerámica campaniforme, la ocupación se contrae, limitándose a las zonas más internas de las previamente ocupadas y vuelve a perder la necesidad de defensa (Ibídem; Tavares y Soares, 1981: 184).
La Edad del Bronce se caracteriza por poblados abiertos, que podrian contrastar, a juicio de Tavares da Silva (1987: 73), con poblados de altura donde quizás residieran los grupos dirigentes encargados de la defensa y la administración de determinados territorios.
Las caracteristicas de su evolución se corresponden, por tanto, hasta el final del Calco lítico, con las del Sureste español, evidenciando la sincronía de sus ritmos culturales.
Por otra parte, los datos relativos al espesor de las fortificaciones documentadas, aportados por Cardoso (1981: 222-223) demuestran que la solidez de las famosas estructuras de Zambujal o Vila Nova de San Pedro constituyen excepciones en el panorama general del Calcolítico portugués, del mismo modo que sucedía con las de Los Millares en el Sureste español (Hernando, 1987: 188 y 195).
Nada puede señalarse, sin embargo, respecto a la extensión de los poblados, ante la información aparentemente contradictoria que sobre el dato existe (Cardoso, 1981: 223, por un lado, y Morais Arnaud, 1982: 62-63, por otro).
En cualquier caso, las caracteristicas generales del período parecen corresponderse con bastante exactitud en los tres focos culturales a los que se viene haciendo referencia (Extremadura y Suroeste portugueses y Sureste español), con una concentración progresiva de la población en emplazamientos con posibilidades defensivas a lo largo del Calcolítico, y una aparente disgregación poblacional en la fase campaniforme.
El metal no va a estar presente de manera detectable hasta el Calcolítico Pleno (Cardoso, 1989: 140; Tavares y Soares, 1981:184), al final del cual hará su aparición la cerámica campaniforme.
Tal registro material confirmaria, por un lado, la presencia de la metalurgia como otro más de las manifestaciones de los cambios que se están produciendo y no la causa y esencia del Calcolítico, y por otro, la caracterización de la cerámica campaniforme como elemento denotador de ciertos cambios ya consolidados a todos los efectos -económicos, sociales, ideológicos-culturales (véase a este respecto Gomes Lisboa, 1987).
M. Kunst (1987a y b) llega incluso a atribuirle una funcionalidad específica como recipiente de comida, bebida u ofrendas, pero no de cocina en Zambujal, asociado exclusivamente al gremio de los metalúrgicos por su distribución espacial (Idem 1987b: 596).
Sin embargo, la presencia de este tipo cerámico es desigual en Portugal, a juzgar por los datos conocidos.
Obras de síntesis, entre las que la de Leceia juega un papel fundamental, comienzan a presentar una visión globalizadora de las caracteristicas arqueológicas del Calcolítico portugués, representado hasta ahora, como ha quedado señalado, por un mosaico al que faltaba la estructura base que le diera cohesión (v., por ej., Cunha Serrao, 1979).
De esta manera, y conforme a la lógica normativista, según la cual los materiales recuperados constituyen los índices f!
Jndamentales de clasificación cultural, el proceso de evolución de las primeras fases metalúrgicas de Extremadura, el área clásica portuguesa, puede resumirse en la sucesión de los siguientes «Horizontes» culturales, definido cada uno de ellos por tipos cerámicos distintos: Horizonte con taza carenada y bordes dentados, correspondiente al Neolítico Final y tres claros horizontes calcolíticos: Horizonte de la «cerámica acanalada» del Ca1colítico inicial, Horizonte de la «cerámica decorada por impresiones de hojas de acacia y grandes surcos» del Calcolítico Pleno y Horizonte campaniforme (Cardoso, 1989: 139; Tavares, 1987: 82).
Aunque tal secuencia fue puesta en cuestión por Kunst (1987a y b), a través de estudios estadísticos que tenían en cuenta la presencia de cerámica campaniforme en las distintas etapas, en ninguna de las posteriores publicaciones portuguesas se hace mención del conflicto, manteniéndose así la seriación tradicional.
Debe señalarse, sin embargo, que este autor alemán establece estadísticamente la existencia de cerámica campaniforme en Zambujal desde el inicio del Horizonte de «hoja de acacia», tipo que a su vez se mantiene en el llamado Horizonte Campaniforme, si bien varian notablemente sus proporciones.
Estas son de un fragmento campaniformc por cada tres de.. hoja de acacia» al inicio de este último horizonte tradicional, relación que progresivamente se invicl1c hasta alcanzar la de 2: t en el considerado hasta ahora horizonte exclusivamente campaniforme.
Yacimientos característicos del Calcolítico extrcmcño, aunque de menor perduración que el de Leceia, son los clásicos de Zambujal, V.N.S.P., Pedra Da Duro, Penedo de Lexim, Rotura, Montes Claros, Miradouro dos Capuchos, Pedrao, Olelas, etc. (Cardoso, t 989: t 43; Tavares y Soares, t 981: 138).
Así pues, la cerámica decorada define fundamentalmente el Calcolítico de Extremadura, constituyendo precisamente su proporción en el conjunto cerámico general. una de las principales diferencias entre el Calcolítico extremeño y el sudoccidental.
En éste, la homogeneidad de la cerámica a lo largo de las fases es mayor que en Extremadura, según atestiguan los estratos de Monte da Tumba, Castelos do Torrao o Santa Justa, con variaciones cerámicas de carácter casi exclusivamente cuantitativo (Tavares, 1987: 76).
En efecto, el Neolítico Final. paralelo al Horizonte de la cerámica carenada de Extremadura, se caracteriza por formas que se mantendrán en el Calcolítico Incial del so: platos de borde sin engrosamiento, tazas carenadas, tazas de borde engrosado, esféricos con mamelones, etc. Con el Calcolítico Inicial. paralelo al Horizonte de la cerámica acanalada de Extremadura, solamente desaparece la taza carenada, apareciendo, a cambio, Por primera vez, el plato de borde almendrado, uno de sus tipos más representativos.
La punta de flecha de base cóncava y los crecientes completan los principales fósiles-guía de la fase (Tavares, 1987: 69-70).
Es sólo en la de Calcolítico Pleno, todavía pre-campaniforme, y paralela al tradicional Horizonte de cerámica decorada con «hoja de acacia)) de Extremadura, cuando desaparecen en el SO los materiales de tradición neolítica, notándose un descenso cuantitativo del plato de borde almendrado y un aumento del de borde sin engrosar (Ibídem: 70).
Poblados característicos son, además de los tres citados, Escoural, Cortadouro, Alcalar, Barrada do Grilo, Castelo de Sao Bernardo, Castelo de Sao Bras, etc. (Tavares, 1987) o los de Vale Pincel 11, Monte Novo y Vale Vistoso en el área de Sines, donde se conforma un grupo con ciertas peculiarídades culturales en la Edad del Bronce, con poblados como Quiteria y Pessegueiro (Tavares y Soares, 1981: 185).
En todo el so la decoración es muy escasa, y consiste, principalmente, en motivos plásticos como mamelones, posiblemente no sólo decorativos y decoración simbólica representada sobre todo por motivos solares (Cardoso, 1989: 143; Tavares, Ibídem).
La episódica presencia en esta zona de cerámica decorada con hoja de acacia revela contactos con Extremadura, evidenciados igualmente por las puntas de flecha de base cóncava o recta del Suroeste, en Extremadura (Cardoso, Ibídem; Tavares, 1987: 70).
Además, las dudas sobre posibles relaciones entre ambas zonas queda absolutamente disipada con una simple mirada a la naturaleza anfibolítica de la matería prima en la que está realizada la mayoría de los objetos de piedra pulimentada de Extremadura, procedente, de forma necesaria, del Suroeste portugués (Cardoso, Ibídem; Correia, 1980: 29) o a los moluscos procedentes del estuario del Tajo hallados en Monte da Tumba (Cardoso, Ibídem).
En este punto debe señalarse una interesante reflexión de José Morais Arnaud (1982: 55-6), respecto a una cuestión de enorme interés que, sólo superficialmente, queda reflejada, de serlo, en otras publicaciones (Correia, 1980: 27).
Se trata de la inexistencia de cobre nativo en la zona extremeña, frente a su abundancia y susceptibilidad de explotación con métodos artesanales en las zonas del Alentejo y Algarve que, como venimos viendo, acogen al llamado Cakolítico del Suroeste.
Ciertamente, llama la atención que sea precisamente en la primera zona donde el proceso de transformaciones ligadas a la aparición de la metalurgia revista mayor intensidad -a la vista de su exuberante registro material y del empeño defensivo de sus habitantes-y presente un notable paralelismo con el del Suroeste, donde por el contrario, sí existe metal.
Morais Arnaud (1982: 56) se plantea la procedencia del cobre utilizado por las comunidades calcolíticas ext~emeñas y la posibilidad de que la tardía aparición de cerámica campaniforme en el suroeste demostrase la interacción entre ambos territorios por el comercio del metal.
Nadie profundiza, sin embargo, en las causas de tan paradójica disparidad de desarrollos.
En cualquier caso, la presencia de la cerámica campaniforme es reducida en el Suroeste, a excepción del poblado de Ferreira de Alentejo, donde la puntiLlada es muy abundante (Tavares, 1987: 71).
En toda la zona, la contracclon de los núcleos habitacionales parece corn~sp{)nderse, como veíamos, con una menor intensidad y perduración de la ocupación, esquema cuya resolución, al iniciarse la Edad del Bronce, está aún pendiente.
En efecto, son muchos los interrogantes que todavía tiene planteados la arqueología portuguesa.
Al igual que en el resto de los territorios, la investigación se ha centrado fundamentalmente en unos cuantos periodos -Neolítico y Calcolítico en los años 70 y Mesolítico, sobre todo, en los 80y ha atendido especialmente a una serie de zonas, con el efecto consiguiente de provocar un vacío de información en las parcelas olvidadas.
No debe considerarse ésta una critica particular a la investigación de nuestro país vecino.
Como digo, tal ha sido, y por supuesto es, la situación que cabe contemplar en todo el resto de Europa.
La peculiaridad de Portugal radica, quizás, en la escasez de medios con que cuentan sus investigadores para realizar las tareas que asumen, y sobre todo, en la escasez de medios con que se cuenta para formar y mantener a inv'cstigadores.
El reducido número de prehistoriadores profesionales (José Arnaud, Victor Gonc; alves, M. a Conceic; ao Rodrigues, el mismo J. L. Cardoso,... ) es un claro indicio de las limitadas posibilidades. que a la Prehistoria y a la Arqueología en general, se ofrecen en Portugal, y ayuda a comprender los méritos de sus practicantes por un lado, y la ausencia de alternativas teóricas a los planteamientos tradicionales, por otro.
Sin embargo, algo parece moverse dentro de este homogéneo panorama.
Ya en 1982 (pág. 63), Arnaud criticaba el «"culto a la pieza", especialmente de los ídolos y otras piezas "raras" o la igualmente negativa tendencia a la acumulación y descripción exhaustiva de datos sin alguna finalidad, con que se pretende conferir un estatuto científico a trabajos de un empirismo acéfalo y primario».
Y es a partir también del inicio de los 80, cuando empiezan a publicarse los escasos, pero importantes, trabajos de síntesis a que se ha venido aludiendo.
El trabajo publicado por Cardoso es, así, representativo de dos rasgos fundamentales del cambio que se está produciendo: a) Por un lado, el progresivo interés y consiguiente inversión económica, de organismos públicos por la investigación prehistórica.
En este sentido, debe resaltarse la iniciativa de la Cámara Municipal de Oeiras para la financiación no sólo de la monografía objeto de este comentario, sino también para la organización de exposiciones y la creación de un Museo Monográfico que posibilitara uno de los principales fines de nuestra investigación: la divulgación social de los conocimientos.
b) Por otro lado, la síntesis de los trabajos realizados hasta el momento en Leceia demuestran la asunción, por parte de Cardoso, de la necesidad de ofrecer de manera coherente y sistemática, la información recuperada de un yacimiento.
En este otro sentido, el trabajo resulta de gran utilidad, pues presenta, de manera ordenada, el registro material: estratigrafía y fases de ocupación, construcciones y materiales, además de los datos de cronología absoluta.
Documentación gráfica abundante y de calidad sirve de apoyo a sus descripciones, culminando así un trabajo bien organizado y de excelente presentación.
Ahora bien, Cardoso no publica los resultados definitivos de una excavaClOn, sino un avance exhaustivo y detallado de las campañas realizadas hasta 1988.
El autor considera que el Proyecto de Investigación que está llevando a cabo en Leceia no finalizará hasta 1991, momento en el que podrá caracterizarse, por primera vez en Portugal, «la organización del espacio en un gran poblado calcolítico, en términos diacrónicos» (Cardoso, 1989: 36).
En ese momento, se elaborará una nueva monografía que incluirá lo que en esta se echa de menos: análisis de tipo económico -faunísticos, paleobotánicos, sedimento lógicos, etc.-para intentar en suma, «la reconstrucción, no sólo del modo de vida de la comunidad que habitó Leceia y de las relaciones por ella establecidas con otras comunidades (oo.), sino también la caracterización de las relaciones mantenidas con el medio circundante y, en cierta medida, la reconstrucción de éste, en una perspectiva paleoecológica» (Ibídem: 38).
La actual publicación constituye, por tanto, una mera anticipación parcial de la información que Leceia está produciendo y que ofrecerá en el futuro.
Desde este punto de vista, sólo cabe agradecer a su autor la que incluso, y a la vista del lentísimo procesamiento de la información que caracteriza ALMUDENA HERNANDO GONZALO a otras zonas, puede calificarse de deferencia académica.
Sin embargo, en mi opinión, se hace notar la ausencia de un marco teórico explícito que hubiera llevado a formular una serie de preguntas para las que Leceia está a la vista de la información que se proporciona, dotada para responder, pero que de este modo seguirán quedando pendientes.
Sin embargo, este comentario afecta ya al carácter de la Prehistoria portuguesa en general, no a la publicación que nos interesa.
De ella sólo puedo decir, para concluir, que hubiera sido altamente deseable que los prehistoriadores historicistasnormativistas de otras procedencias hubieran sabido presentar tan escrupulosa y puntualmente los resultados de sus trabajos de campo como hace J. L. Cardoso con los de Leceia.
ALMUDENA HERNANDO GONZALO Cuando el lector alcanza la pagma 477 -la última del texto-, comprueba después que la bibliografía es tan exhaustiva como imaginaba, y que además, la autora ha incluido un completo índice de nombres, las palabras/clave para describir lo que siente son sinónimas: sorpresa y admiración.
Sorprende porque el lector habitual de obras sobre Prehistoria o Arqueología prehistórica no está en absoluto acostumbrado, al menos en nuestro país, a enfrentarse a un «libro de libros» que le obliga a colocarse dos escalones por encima de la «cota cero».
Abajo quedan los items: restos y yacimientos arqueológicos de variada naturaleza, filosofías, modos de pensar implícitos y explícitos -mucho más abundantes, desde luego, los primeros-, situaciones concretas sociológicas o económicas, asunciones nunca demostradas y un largo etc., desde luego bastante complejo, que define con profundidad una parte importante del «modo de sen) de la Prehistoria europea.
A partir de ahí, es necesario subir un primer escalón para colocarse en el mundo de las ideas a las que esos items han dado lugar -o a las que se han adaptado-, por muy diversos caminos y a lo largo de varios decenios.
Después hay que elevarse de nuevo, esta vez hasta el tercer escalón, para introducirse en el pensamiento de la autora y tratar de comprender, desde él, el hilo director de la obra.
Admiración porque todo ese impresionante caudal de datos se centra nada menos que en tres de los temas de la Prehistoria más debatidos y difíciles, y más sujetos a todo tipo de controversia: los aspectos teóricos-metodológicos que configuran nuestra particular parte de la Historia humana es el primero, después la periodización y por último la «Edad del Bronce» -esta última, al menos para muchos de los que no nos dedicamos a investigarla, siempre nos ha parecido un inmenso cajón de sastre en el que no sólo hay lugar para un número aparentemente infinito de investigadores, sino que, además, siempre ha habido, y al parecer siempre habrá, algo que «revisan) o algo que «excavan-.
Si el primer sujeto es complicado, y exige bastante valor -claramente demostrado por la autora-, para abordarlo con seriedad en los finales de nuestro actual milenio, no lo es menos el segundo: la periodización ha supuesto la «columna vertebral» para la construcción de la Historia humana y no humana desde el siglo xvm por lo m'enos.
Su significado -el que se le ha querido dar en cada caso-, ha sido muy diverso, y su análisis supone una revisión en profundidad de las ideas subyacentes y de los resultados conseguidos.
En este contexto, la «Edad del Bronce" no es la verdadera protagonista de la obra, aunque en el título aparezca como «paradigma,..
En realidad, podria no ser más que un pretexto que permite a la autora introducirse en la importancia concedida al «eje vertical,. en la historia de la investigación prehistórica, y en las consecuencias de esa importancia para el momento actual.
Para comprender la coexistencia pacífica de los tres sujetos, volvemos de nuevo al símil de la escalera: sobre una base o «cota cero,. denominada Bronce, subimos a un primer escalón, el de la periodización realizada sobre esa base -pero que puede servir, en su discurso, para cualquier otra-o El segundo escalón no puede comprenderse si no se sube al tercero, es decir, al complejo mundo interior del «concepto de Prehistoria", tanto a nivel general -como una versión específica del conocimiento científico-, como a un nivel particular muy concreto, es decir, dentro de nuestro país.
En esta ocasión, la autora no se coloca en otro escalón por encima, sino que su pensamiento constituye el cimiento que da unidad y consistencia a los tres peldaños -en realidad, la razón de que sea posible subir o bajar por ellos sin excesivos peligros-o
No resulta fácil para el lector acostumbrarse a este movimiento ascendente doble y simultáneo.
La obra deja muy clara la segunda escalera: comienza por el peldaño más alto -el primer capítulo-, desciende después hasta la periodización -el segundo-, y se explaya luego en la Edad del Bronce, ese terreno desde luego nada llano, que da origen a los capítulos tercero y cuarto.
Pero para llegar a comprender todo esto, resulta necesario familiarizarse con la primera subida.
Si el lector se coloca en la base -en los items-, es muy posible que no consiga enterarse de casi nada -en realidad, hacernos comprender la increible distancia entre los datos y las teorias es uno de los mayores logros del libro-.
Si se coloca en el escalón intermedio, las posibilidades de comprensión integral resultan bastante mayores, ya que desde él se puede intentar mirar al mismo tiempo hacia abajo y hacia arriba.
No hay duda, sin embargo, de que la mejor posición es la más alta -el hilo conductor, sutil y a menudo invisible, que va saliendo del pensamiento de la autora-o También es la más difícil, al menos para los lectores no excesivamente familiarizados con la peculiar idiosincracia de la Prehistoria.
Por mi parte, lo leí la primera vez en una «actitud normal,., es decir, colocándome en la base.
Sólo llegué hasta el tercer capítulo.
Desde él volví a comenzar, esta vez con la seguridad de que no me encontraba ante un «libro corriente» de Prehistoria.
Subir al segundo escalón cuesta, pero mucho más cuesta llegar al tercero.
Por tratarse de un «libro de libros», la autora nos está transmitiendo «SU)! manera concreta de leer o interpretar las lecturas o interpretaciones que otras personas han hecho o hacen sobre items al parecer, bastante más pobres de lo que un ajeno -como es mi caso-, podría suponer.
Está claro que el conocimiento de «SU)! manera resulta fundamental para la comprensión íntegra de la obra.
No es fácil, repito, pero tampoco imposible.
Escondida en notas a pie de página, o en el interior de largas y complejas frases, de vez en cuando asoman expresiones-clave: «en mi opinión», «creo», «me parece,., «desde mi punto de vista», etc.
Sobre todo, «su,. manera, de una forma menos concreta pero más importante, está en el alma de la obra.
En la página 109 -en realidad, al principio del trabajo-, nos habla de su «opción personal por la alternativa determinista,..
Es esta opción la que vertebra el libro y la «lleva a defender una reflexión sobre los aspectos formales del conocimiento científico -epistemología-, y sobre el objeto de dicho conocimiento y su instrumentaHzación metodológica,..
El conocimiento científico se convierte así en el objetivo final, presente a lo largo de todas las páginas.
Bajo ese paisaje, la.autora nos conducirá por el análisis de sus aspectos formales, de su objeto y de su instrumentalización.
Con un «alma,. tan general -o ambiciosa-, como ésta, la reflexión continua a la que obliga su lectura puede «senrir» de fondo para cualquier otro tipo de «objeto» o de «instrumentalización», dentro del campo de la Historia, y ya no sólo de la Prehistoria.
En efecto, temas como el de los diversos enfrentamientos a «la lectura del pasadQ», la oposición entre «historia descriptiva» e ~historia crítica» de la investigación, la posibilidad de extraer esquemas metodológicos no explícitos del análisis crítico de los sistemas de ordenamiento empleados (léase periodización, clasificación, etc.), el fenómeno de la conversión de algunos instrumentos de la investigación científica en fines de la misma, la elevación a la categoria de tesis de hipótesis no sólo no constrastadas, sino a veces ni siquiera consistentemente planteadas, y un largo e interesante etc., no son cuestiones que interesen exclw, ivamente a la Edad del Bronce, ni siquiera sólo a la Prehistoria.
Cualquier investigador del pasado -y no sólo en su vertiente humana-podrá ver reflejada en ellas su propia realidad.
Desde ese punto de vista, la obra que comento se sale de los márgenes establecidos, rebasa las fronteras «tradicionales» y nos obliga a un ejercicio mental bastante saludable, estemos o no familiarizados con los problemas internos -la ((cota cero»-de la Edad del Bronce.
Creo que esta es la razón principal por la que me he atrevido a escribir estas palabras, aún cuando mi obra personal se encuentre tan lejos, cronológicamente hablando, de la primera metalurgia.
Otra razón para ello es mi total acuerdo con las líneas generales de la autora, tanto con su planteamiento inicial, como con el coherente y detallado resultado de su desmenuzamiento.
La (!inocencia» o la ((asepsia» tradicionalmente planteadas como punto de partida para cualquier investigación, no suelen ser más que falacias -a veces intencionadas, otras veces, las más, desconocidas incluso por los propios autores-, y la asunción de esa realidad entre los trabajadores del pasado, puede convertirse en una de las principales piedras de apoyo para la consecución de una efectividad en la dialéctica, deseo que la autora resalta en su última frase.
Hemos comentado a veces esa curiosa tendencia de los escritores -sobre todo de los de Tesis doctorales-a dividir el mundo exterior en dos partes: antes y después de la realización de su obra.
En este caso -y viene más a cuento, porque este libro es una parte de la Tesis doctoral de la autora-, resulta que es bastante cierto: no creo que sea posible escribir sobre ((asepsias interpretativas», «independencias de la teoria», clasificaciones como ((simples herramientas de trabajo», o asunciones generales nunca demostradas, entre otras muchas cosas, sin basarse, hacer referencia o intentar superar, el libro de M. Isabel Martínez Navarrete, y no sólo cuando se trate de la ((Edad del Bronce».
Es cierto que el ((metalenguaje» -ese tercer escalón-puede resultar incómodo que nuestra falta de costumbre a las alturas, pero eso no es más que un detalle -fundamental, por otra parte-, que hace la lectura de este libro aún más apasionante.
Quede patente mi admiración ante la capacidad analítica de la autora, ya demostrada en anteriores ocasiones, aunque nunca con la complejidad de ésta.
Sobre todo, deseo dejar clara mi opinión sobre una obra valiente y comprometida, que hace historia del día de ayer, al mismo tiempo que ella misma se convierte en historia.
Es posible que existan en el texto fallos de carácter puntual que mi escasa formación sobre el tema tratado me impida localizar, pero estoy segura de que ninguno de ellos, si es que los hay, puede llegar a empañar lo más mínimo el valor de una obra que se nos presenta como un discurso complejo magníficamente entrelazado, en el que nada falta y nada sobra, y en el que tal vez lo único que se pueda echar de menos sea un lugar para la sonrisa.
Viene al caso comentar una recientísima aportación a la ya ingente bibliografía especializada sobre Tartesos.
Viene al caso porque pese a todo, nuestras certidumbres no son tantas, y su estudio sigue planteando numerosos problemas que el investigador deberá, con mayor o menor acierto, intentar siempre resolver.
Por eso podria ser esta una buena oportunidad para desentrañar algunas de ellas.
Pero parece aconsejable relegar aquellos planteamientos y las estrategias teóricas en que se inspiran que, ya probados, se manifestaron insuficientes para articular una respuesta armónica y coherente a la compleja maraña de interrogantes que una documentación intrincada e incompleta suscita.
Lamentablemente no es este el caso que nos ocupa, por lo que quizá deberia anticipar que la innovación y la claridad metodológica no es la caracteristica más destacable de la obra que constituye el objeto de esta reseña.
Sí lo es, en cambio, el empeño por ensayar una vez más soluciones conocidas y, por lo general, no compartidas por una gran parte de los investigadores.
Tal vez no sea esta razón suficiente, se puede argumentar, para rechazar un nuevo intento, sin duda más elaborado, de resolver desde posiciones ya explicitadas las numerosas incógnitas que el tema continua planteando.
Y ciertamente no hay razón alguna por la que no pueda suceder, y ejemplos hayal respecto, que la opinión mayoritaria yerre, estando las voces discordantes en uso de un juicio más aquilatado.
Por ello pasaré sin más a exponer mi opinión al respecto sometiéndola a la consideración del lector.
Tras una introducción (pp. 4-24) en la que se plantea el entramado teórico acerca de las sociedades complejas, la historia de la investigación y una información geográfica centrada en la descripción del área y su entorno, así como en la formación y composición de los suelos en relación con los recursos mineros y la riqueza agricola del territorio y su distribución, un primer capítulo dedicado al auge de Tartessos «(The Rise of Tartessos-Aspects of Evolution and Interaction (c.
800-500 BC),.) como resultado de una evolución matizada por procesos de interacción económica y cultural proporciona la primera oportunidad de entrar en la discusión.
Realiza la autora una reconstrucción de las comunidades autóctonas anteriores a la presencia de contactos y estímulos coloniales, que sólo considera a partir del 800 a.
C., en la que sobresalen distintos aspectos, com~ es una situación de crecimiento demográfico acompañada de una doble jerarquización de estas comunidades: por un lado interna, como se demuestra en la localización de joyas o estelas decoradas eri grandes necrópolis, y por otro zonal, manifestándose casi un principio de relaciones y contrastes centro/periferia, coincidiendo los mayores y más prósperos asentamientos en los lugares ricos en mineral o con suelos muy feraces de caracter aluvional, mientras que necrópolis más pequeñas se sitúan en los alrededores (p.
Determinados signos, como la presencia de algunas fortificaciones, hacen sospechar un cuadro de inestabilidad regional más o menos intensa en un panorama que muy bien cabria definirse como de guerra interna.
Nada de todo esto es nuevo, sin embargo, aunque muy bien puede aceptarse en sus líneas generales y coincide con el sentido de antt: riores aproximaciones (Aubet, 1977-8: 86 ss.;Wagnt:r, 1983: 12 ss.) que no siempre parecen haber merecido la atención de la autora, al menos en lo que las citas reflejan.
En lo que ya no me parect: posible el acut: rdo es en la convicción de que el Bronce Final dt: la región, y tampoco t: sto constituye una novt: dad al respecto, conociera como se pretende una vez más una cultura caracterizada por un alto desarrollo tecnológico y social; pero pese a que se trata sin duda de una opinión antigua compartida por no pocos autores, las evidencias no apuntan precisamente hacia ese sentido y, como afirma Blázquez (1975: 275), los poblados del Bronce Final en el área tartésica no se destacan precisamente por su gran cultura material.
No resultará tampoco sencillo seguirla en su interpretación, acorde con el más puro positivismo arqueológico, de las primeras navegaciones y contactos de los fenicios con Tartessos (p.
58 ss.): no es sólo la presión asiria lo que desata la expansión fenicia, sino un conjunto mucho más complejo de causas interrelacionadas (Aubet, 1987a: 64 ss.), y la reciente teoria de Gil sobre la identificación del Tarsis bíblico con el Tartessos Peninsular no va en contra de hipótesis como las mantenidas por Bunnens (1979: 348), Alvar (1982: 229) o yo mismo (Wagner 1986a: 205 ss.), en el sentido de que el término bíblico hiciera relación a un Occidente nebuloso e indeterminado.
Precisamente por ello la cuestión Tarsis/Tartessos tiene relevancia no para el estudio de las comunidades peninsulares del Bronce Final-Hierro Reciente, sino por el contrario para el origen de las más antiguas navegaciones de los fenicios hacia Occidente, pero son éstos trabajos que la autora no considera.
No es nuevo tampoco el prejuicio expresado en la página 35 en la que textualmente se afirma que «los fenicios carecían del genio creativo de los griegos y no tienen, por así decirlo arte propio».
No es de extrañar que, tomada esta aseveración como punto de partida, junto con otros deslices, como el que, inspirado en argumentos ofrecidos por Niemeyer, pretende hacernos creer (p.
64) que los asentamientos fenicios del litoral mediterráneo vivieron aislados y cerrados sobre sí mismos, sin contacto alguno de importancia con la población nativa, se llegue a considerar luego improbable la existencia de una aculturación de origen fenicio, y se decida por tanto buscar en otra dirección, resucitando una vez más el protagonismo helénico.
Pero las cosas no son tan sencillas, pues por una parte los fenicios no carecieron, como cualquier mente guiada por pesquisas serias y no por prejuicios acientíficos puede suponer (Sznycer, 1979: 41 ss.), de su propio genio creativo.
Una distorsión similar relativa al arte etrusco ha sido adecuadamente denunciada no hace mucho (Llobregat, 1982: 71 ss.), y parece que una exagerada influencia del ámbito greco-romano tiene mucho que ver con todo ello.
En cualquier caso, los presupuestos culturales e ideológicos deben dejar paso a investigaciones racionales para mostrar que así analizadas desde la perspectiva clásica tradicional de la civilización greco-romana muchas de las aportaciones culturales de fenicios y púnicos pueden parecernos insignificantes, cuando en realidad no son más que distintas (Tatli, 1978: 219 y 230; Wagner, 1986b: 360 ss.).
Es de esta forma que sus creaciones plásticas, por ejemplo, si se juzgan desde una óptica deformada por los cánones clasicistas del ámbito griego y romano, pueden antojársenos inferiores, si bien las realizaciones artísticas de estos cananeos conservan la ingenua frescura de una concepción vitalista y existencial del arte, más propicia del pensamiento oriental, en las que el arte por el arte y la pura inquietud estética apenas significan nada, y las expresiones artísticas raramente se disocian de todas aquellas otras propias de la existencia cotidiana.
Pero además, ni sÍquiera es cierto que a diferencia de los griegos entre los fenicios imperase una actitud xenófoba, como sostiene la autora apoyándose siempre en Niemayer, que sería responsable en parte del aislamiento de sus asentamientos coloniales en relación a la población local (p.
64); más bien al contrario.
Como se sabe, un fuerte cosmopolitismo constituye una de las constantes vitales de la civilización fenicia y no parece un refuerzo adecuado para tal hipótesis.
Los recientes hallazgos del Castillo de Doña Blanca (Cádiz) muestran que fenicios y población autóctona no tuvieron impedimentos para convivir estrechamente.
Existen por otra parte algunos trabajos que demuestran que la asimilación cultural y étnica fue un fenómeno ampliamente difundido en el mundo colonial fenicio de Occidente, Península Ibérica incluida (Whitaker, 1974) y que conocidos por la autora, que los consigna en su momento en la bibliografía y hace incluso uso de ellos para otras referencias, no son sin embargo discutidos prefiriéndose una aceptación acritica de la opinión de Niemayer.
No parece un camino metodológico correcto.
Ni lo es la contradicción que supone el empleo ejemplarizante de una cita de Dussaud alertando sobre el peligro de las soluciones simples que ocultan una complejidad real que la penuria de nuestra documentación no deja entreveer (p.
56), y la adopción inmediata de algunas de ellas para explicar el discurso histórico del mundo tartésico.
He aquí una muestra: la crisis de Tiro en Fenicia provocada por asirios y neobabilonios es puesta en relación con la aparente y contemporánea crisis de los asentamientos fenicios peninsulares, como Toscanos, dentro de un esquema que pretende la existencia de una empresa colonial única dirigida desde aquella metrópoli.
Pues ni la crisis es general, ni se ha entrevisto la posibilidad, sugerida por Gran Aymerich (1988: 581 ss.), de una reorientación del poblamiento colonial en la zona, de un tránsito desde los empona a la apoikia como los datos de Málaga parecen sugerir.
Además, no es cierto que los fenicios 4<que mantuvieron fuertes y constantes contactos con su patria» no constituyeran nunca una chora independiente, con la única excepción de Cartago.
¿Y las de Motia, Solunto, Panormo, Sulcis, Caralis, Ebussus y Gadir citadas por las fuentes o conocidas por la investigación arqueológica, qué son entonces?
Una vez más la idea es de Niemayer quien utiliza poco convincentemente una nada original interpretación de la leyenda sobre la fundación de Cartago (Wagner, 1987: 329 ss.).
65), los centros fenicios no son sólo factorías dedicadas a una actividad comercial sin relaciones con la población autóctona; numerosos indicios sugieren lo contrario: economía diversificada (Aubet, 1987b), posesión de una chora, asimilación laboral del elemento nativo, proyección hacia el interior, como en Cartama y Frigiliana, y colonización agrícola a lo largo del Valle del Guadalquivir y Extremadura como implicaciones de mezcla étnica.
Lo contrario hubiera sido improductivo.
Por ello diversificaron su economía lo que de paso explica su ubicación, que las simples consideraciones comerciales no han sido capaces de aclarar.
Ni dependían tan directamente de Tiro pues otros centros participaron de la expansión fenicia (Sidón y Tell-Sukas y Chipre entre ellos), y en una segunda fase de la colonización desarrollaron sus circuitos propios con el fin de aminorar los costos de transporte y almacenamiento que el viaje directo desde Fenicia suponía (Wagner, 1988: 419 ss.).
Así se puede decir que Toscanos y los demás asentamientos del litoral mediterráneo dependía mucho más directamente de Gadir que de Tiro o de cualquier otra metrópoli oriental.
Parece por tanto prematuro achacar a la acción griega buena parte de la influencia oriental y mediterránea sobre Tartessos, partiendo de premisas tan endebles como el supuesto aislamiento de los asentamientos fenicios y su desaparición tras una crisis pretendidamente generalizada hacia finales del siglo VI a.
C. Sobre todo, cuando aún no disponemos de asentamientos coloniales griegos que den razón de tal penetración (Tsirkin, 1986) y, se diga lo que se diga, el comercio por intenso que sea no basta para explicar por sí sólo los fenómenos de aculturación (Llobregat, 1976-8: 72 ss.;Domínguez Monedero, 1985: 436).
Claro que tal pretensión no estará ausente, como veremos, de la argumentación, pues la autora considera haber encoptrado una localización apropiada para Mainake.
Sí que estoy de acuerdo en cambio con ella en la interpretación, que toma nuevamente de Niemeyer (p.
52), en torno al problema Mainake/Toscanos.
Aunque tal idea no es nueva sino que ha tenido valedores anteriores (Rosentingl, 1977: 769 ss.) que nuestra autora no parece conocer.
Pero no queda claro, si se admite el razonamiento que ahora ha hecho suyo el citado investigador alemán, para qué es preciso buscar una nueva localización para Mainake.
No obstante el acuerdo es puntual, por lo que no suscribo su interpretación de la llegada de las importaciones griegas arcaicas a Tartessos, pues las manufacturas rodias están muy vinculadas a lo fenicio incluso en Oriente, donde en Rodas griegos y fenicios conviven sin dificultades (Coldstream, 1969; Plácido, 1989: 49-50).
Por otra parte, como es ya sabido, el problema de la desaparición de la cerámica ática en Cartago es falso; curiosamente en la Península cuando llega más cerámica ática, a partir del siglo IV a.
C. es también cuando aparecen más manufacturas procedentes de Cartago.
No parece que haya existido, por consiguiente, una separación entre circuitos comerciales púnicos y helénicos.
Por mi parte me es difícil percibir la existencia de ambos en Tartessos; aún más sí considero que el problema rodio está todavía bajo discusión, ya que no es fácil la atribución segura de un origen a estas manufacturas, algunas de las cuales, como la gran jarra de una tumba de La Joya, y todas las semejantes, deben ser asignadas a una procedencia etrusca, y no rodia como se venía diciendo (L1obregat, 1982: 820) y hay que fecharlas en torno al 700 a.
Aunque tampoco ve6 porqué los griegos no iban a poder comerciar en Tartessos, aunque no parece que hayan colonizado.
La excavación definitiva de Cancho Roano arrojará más luz al respecto.
Buena parte de las importaciones han podido ser traídas por los fenicios, como opina Sheftón (1982: 337 ss.).
Al fin y al cabo había bastantes fenicios en Rodas y en la propia Península supuestas manufacturas rodias aparecen en asentamientos fenicios como Toscanos o Guadalhorce.
Pero además, si hay griegos en Toscanos, lo cual es muy probable y también ha sido sugerido ya, entonces lo lógico es pensar en la existencia de una sola red comercial. la fenicia, utilizada también por los helénos.
Además los aribalos supuestamente rodios coinciden en su distribución con las ánforas SoS más antiguas y estas aparecen también en los asentamientos fenicios.
Y si como ya se dijo el comercio no acultura ¿cómo explicar el potente sustrato semita presente en el mundo ibérico (Tsirkin.
1985: 259; Wagner, 1986c) si consideramos también que la presencia cartaginesa fue breve y por lo tanto incapaz de responsabilizarse por sí sola de tal situación, lo cual la misma autora reconoce?
Por ello cree encontrar puebas que permiten asignar determinadas importaciones mediterráneas a la iniciativa griega, como es el caso de los obelo~ cuya interpretación general (p.
43 ss.) no creo poder aceptar, pues parece más probable una utilización premonetal de éstos que su inserción en un posible sincretismo entre una diosa mediterránea del tipo de Hera y la Ataegina céltica (p.
45), pero ello no documenta aculturación, sino que puede deberse a un fenómeno de reinterpretación e integración que actúe inclusive sin contacto físico directo, intenso o permanente.
De la misma forma, pretende minimizar la presencia fenicia al negar algunas de sus manifestaciones como los famosos escudos con escotadura en ~v».
Les asigna un origen europeo y sugiere que su localización en Iberia y en el Egeo debe tener un motivo común (pp. 40 y 105 ss.).
No obstante, han sido objeto recientemente de nuevos estudios, como por ejemplo acerca de la forma de asirlos, que según todas las representaciones parece oriental y no griega, o el mismo hallazgo de un ejemplar similar a los figurados en las estelas del SO en Chipre, habiendo otros paralelos próximos en la pátera de Amathus (Blázquez, 1986), datos que la autora no maneja.
Demasiadas omisiones en mi opinión en un trabajo de tal envergadura y, dicho sea de paso, abundan también en relación a otros temas, como cuando se trata la topografía antigua de Gadir (p.
60) manejando los datos de García y Bellido y obviando las últimas e interesantes aportaciones al tema (Escacena, 1985: 39-40).
Lagunas en la investigación, como esta, son acompañadas de errores metodológicos graves como cuando se intenta relacionar el origen de la escritura tartésica con una influencia cultural griega (p.
48 ss.), ante la difícultad que para la autora supone imaginar una procedencia del fenicio dado su tendencia cursiva POr: aquel entonces (p.
50); no obstante, como ella misma reconoce, el sistema tartésico responde a un semisilabario, cosa que no corresponde con el griego.
¿Por qué pues puede resultar una adaptación de éste y no de aquél?
¿Por qué esta hipótesis resuelve el problema de la T. P., 1990, nO 47 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es grafía disimilar?
¿Y el problema de la más que dudosa presencia griega responsable de tal préstamo?
Me temo que aquí la autora, que intenta atribuir a los griegos influencias culturalmente intrusivas en Tartessos, para reforzar su argumentación acerca de una temprana y fructífera pesencia de éstos, elige precisamente una que requiere una previa demostración de la existencia de dicha presencia, con lo que cae en un argumento circular.
Además se potencian excesivamente los testimonios arqueológicos acriticamente cuantificados en menoscabo de los históricos.
Mérito de la obra es, en cambio, insistir sobre el componente céltico o indoeuropeo en Tartessos (p.
90 ss.), aspecto éste últimamente un tanto descuidado por los investigadores, entre los que me incluyo, si bien algunas de sus pretendidas manifestaciones, como los ya mencionados escudos con escotadura en ~V», son más que discutibles.
Con todo se trata de una de las partes más interesantes del trabajo, que se inserta a continuación de una sección dedicada a las importaciones e influencia oriental (p.
70 ss.), entre las cuales no figuran los marfiles, ni la cerámica, que son considerados obra de talleres locales, como se afirma más adelante (p.
Por otra parte, estoy en total acuerdo con la autora cuando juzga que el mundo tartésico se encontraba fuertemente celtizado, al menos en un grado tan intenso cual fue la posterior influencia colonial externa de origen mediterráneo.
El siguiente capítulo: ~Tartessos-700 to 500 BC» (pp. 132-7) expone las conclusiones de todo lo anteriormente expuesto: en el siglo vn Tartessos habría alcanzado un nivel de organización estatal que llega incluso a definir como un «reino poderoso» (p.
Personalmente creo que exagera bastante el proceso de transformación/reestructuración económica a partir de la demanda colonial de metales.
No me parece probable, como ella piensa, que la demanda de plata produjera un «boom económico» (p.
134); en cualquier caso está claro que la nueva riqueza no afectó por igual a todos los segmentos de la población, sino que benefició particularmente a las élites aristocráticas y a sus artesanos dependientes.
Pero no es de extrañar que se llegue a conclusión semejante cuando se parte del presupuesto de que, tanto en los sistemas económicos antiguos como en los modernos, la oferta/demanda es capaz de producir eso; no creo que sea necesario añadir mucho al respecto: las conocidas críticas de Finley, Polanyi o Shalios resultarán más que adecuadas.
Parece, en fio que una vez más los árboles han impedido ver el bosque, pues uno tiene la impresión que se debe tal juicio a una sobrevaloración de los tesoros y otros artículos suntuosos disponibles sólo, como bien sabemos (Aubet, 1977-8: 98; Bisi, 1980, 225 ss.) para la élite, siendo la realidad material del resto de la población mucho más sencilla.
No hay que olvidar que, en realidad, las relaciones económicas que la interacción colonial introdujo en Tartessos, se ihscriben dentro de un contexto de intercambio desigual que si bien puede producir una situación de relativa prosperidad y dependencia en los grupos dominantes, pero que difícilmente dará lugar a un fuerte desarrollo económico generalizado, como se pretende, sino más bien a una situación muy distinta más próxima a una desestructuración y de consecuencias no tan halagüeñas.
Por consiguiente, es difícil que Tartessos haya llegado a existir nunca como un Estado, a no ser que lo fuera antes de la interacción colonial (cosa sumamente improbable), como afirma una vez más en la página 135.
Es también difícil que Habis haya sido realmente el fundador de una monarquía tartésica pero resulta todavía más difícil considerar benévolamente la aceptación acrítica del conocido texto de Justino sobre la situación interna de Tartessos, y aún más el desconocimiento de la más reciente polémica científica sobre la autenticidad histórica del documento (García Moreno, 1979; Bermejo Barrera, 1978: 215 ss., 1982: 61 ss.: Wagner 1986a: 218; Prasedo, 1986: 44 ss.).
En este estado la metodología, no' sorprenderá que se insista una vez más (p.
137) en el origen greco-oriental de la mayor parte de la aculturación detectada, confundiendo esta con la difusión cultural que resulta un fenómeno muy diferente, y a partir de dos ejemplos metodológicamente tan endebles por las razones ya antes expuestas como es el origen de la escritura (p.
137) y la dudosa adopción de ciertos ritos religíosos.
Consciente sin duda la autora del riesgo que todo ello supone, intenta encontrar una solución satisfactoria en una propuesta que constituye la mayor novedad de la obra: la localización de Mainake o Mainuba sobre el litoral portugués del Algarbe; no es, sin embargo, que los argumentos no resulten convincentes, sencillamente no se presentan, con lo que todo depende de la buena predisposición del lector para aceptar el testimonio de la autora.
Así las cosas.eI rol fenicio parece haber quedado restringido a las actividades propiamente comerciales (al n: vés de lo que ocurría hasta ahora, en que eran los gríegos quienes se veían relegados a tal condición, he aquí otra de las novedades del trabajo)' " trayendo cerámica fina y otros artículos de lujo, que pronto comenzaron a ser reproducidos por los artesanos ibéricos, y llegaron a convertirse en favoritos objetos de ostentación por las élites!! (p.
¡Y todo ello pese a que la influencia cultural dominante se pretende griega!
A continuación un nuevo capítulo: «Tartessos Peripheral areas: their cultural and economic development pasa revista principalmente a las actividades económicas en la periferia tartésica a lo' que también se ha dado en llamar el hinterland tartésico, trayendo además a colación, como ejemplo ilustrativo, la presentación del estudio sobre un caso concreto: «The case study of Sta.
149 ss.) que comprende el análisis de las caracterizaciones territoriales y sus límites, la aplicación de una estrategia probabilística modelo, la búsqueda de una jérarquía del lugar desde una perspectiva sincrónica y el estudio de las actividades económicas como la agricultura, el pastoreo, la caza, la explotación minera y el comercio y artesanado.
Siendo el mío fundamentalmente el comentario de un historiador, pasaré por alto dicha presentación.
Concluding aspects,. (pp. 170-(84) merece a mi juicio, los siguientes comentarios.
Estudios y aproximaciones a la diferenciación social en Tartessos basados en los vestigios de las prácticas funerarias ya habían sido hechos con anterioridad (Aubet, 1977-8: 94 ss., 447 ss.), pero las conclusiones que aquí se expresan parecen exageradas.
No creo que se pueda hablar de estratificación acusada en Tartessos (p.
175), si por estratificación se entiende lo que creo debe entenderse: presencia de grupos relativamente densos de individuos que se distinguen por poseer un modo de vida y unos niveles de ostentación y consumo que se distinguen de los restantes en un contexto en que operan las condiciones necesarias para reproducir tales circunstancias.
O si se prefiere la definición de la Enciclopedia de Antropología de Hunter y Whintten:.concepto que hace referencia a un ordenamiento de categorias o subgrupos en el seno de una sociedad para constituir un modelo de rasgos socialmente superiores e inferiores respectivamente.
El elemento clave en todo sistema de estratificación es la inequidad: Los diferentes rangos sociales presentan un acceso diferencial a los bienes y objetivos de estima (propiedad, medios de reproducción, poder, privilegio, fortuna, símbolos de prestigio) en la sociedad!! (1981: 275).
Como se comprobará, en ambos casos se habla de «grupoS» y parece que se confunde una sociedad que se pretende ((muy estratificada», en la que las necrópolis muestran como dos o tres individuos, a lo sumo, tienen derecho a un sepelio excepcionalmente rico, con otra con una jerarquización acusada o una estratificación incipiente; pero ambas cosas no resultan lo mismo.
He de decir, por otra parte, que no comparto tampoco la aproximación a las cuestiones ideológícas a través de la estrategia estructuralista (pp. 176-180) porque creo, como Harris (1982: 188 ss.) que no resulta una forma de pensar adecuada ni coherente, y por lo tanto difícilmente puede aportar solución alguna, amén del galimatías intelectualoide, a interrogantes serios.
Y por supuesto que estoy de acuerdo con la autora en que la ideología forma parte de los mecanismos de formación de estructuras estatales -yo mismo me he ocupado del asunto en otra parte (Wagner, 1989)-, pero no creo que en el caso que nos ocupa haya sido el elemento de un sistema político que, como se pretende, se habría desarrollado desde un «estado modular» hasta alcanzar las características propias del «Estado asiático,. (p.
Desde luego la documentación que poseemos no permite afirmar tanto y recientes estudios, a los que ya he aludido, sugieren una estatilización muy incipiente al final d~l período tartésico o, en su defecto, una total ausencia de esta.
La exagerada suposición de una estratificación acusada y de una gran cultura material en Tartessos es responsable de ello en buena parte.
¿Dónde hay algún testimonio de escritura tartésica de índole administrativa?
El agotamiento de las minas de plata es presentado (ibíd) como causa del resquebrajamiento de Tartessos y de la aparición de los posteriores reinos ibéricos en sus zonas de influencia.
Es esta una opinión que comparto y que yo mismo he defendido, pero no creo que sea la causa única de la desaparición de Tartessos.
Además hay que traer a colación la competencia massaliota sobre el comercio del estaño, y el ascenso de Cartago al frente de las empresas comerciales en Occidente, que si bien sólo supone un control moderado también conlleva una hegemonía, como en el caso ateniense.
Pero Cartago tenía sus intereses puestos en otra vertiente del mediodía peninsular como demuestra la distribución de su comercio a partir del siglo V a.
En fin, pienso que la mayor parte de lo que hay criticable en este trabajo se debe a la particular estrategia ecléctica en que la autora se mueve en el campo teórico.
Como ella misma afirma en la página 184 del libro, por parecerle el funcionalismo demasiado materialista y, por el contrario, el estructuralismo demasiado idealista, intenta una síntesis pragmática de ambos.
No es lugar ni ocasión para discutir las ventajas e inconvenientes de adoptar una estrategia ecléctica en la investigación, pero por mi parte considero que las soluciones que se obtengan serán poco armónicas y coherentes y remito a quienes han tratado el problema mucho antes y mejor que yo (Harris, 1982: 314 ss.).
Termina la obra con una extensa bibliografía que,.no obstante, presenta las lagunas ya señaladas, algunas muy importantes como los trabajos ya mencionados de Bunnens, Domínguez Monedero, García Moreno, Bermejo, Alvar y Blázquez, seguida de una serie de apéndices dedicados a las estelas extremeñas, los datos del C14, las inscripciones del 5.0., hallazgos de huesos, y el área propuesta como modelo de estudio.
El libro cuenta además con índices de láminas, tablas, apéndices, figuras y mapas situado al comienzo del mismo.
Entre alguno de los errores tipográficos detectados figuran los de la página S 1 y el pie de la figura 16 en donde reza Cartagena y en realidad debe poner Carteia, pero no abundaré más en estos detalles meramente formales.
Dpto. de Historia Antigua.
Facultad de Geografía e Historia.
Los estudios analíticos de fábricas cerámicas, con el objetivo de descubrir las proveniencias de los productos cerámicos protohistóricos, están adquiriendo un enorme interés de cara a determinar formas de organización de la actividad alfarera, niveles tecnológicos, especialización y estandarización de la producción, ámbitos de distribución o áreas de mercado e intercambios.
Todo ello tiene una clara relevancia en la caracterización socio-económica de las comunidades protohistóricas.
El desarrollo de las técnicas arqueométricas ha sido importante en las dos últimas décadas como demuestra la extensa bibliografía sobre el tema.
Pero frente a los avances analíticos en el campo de la ceramología hay que reconocer que, en muchos casos, los estudios realizados han quedado frecuentemente limitados a aspectos meramente descriptivos y en muy escasa medida integrados en problemas de interpretación histórica más o menos generales.
El estudio de Nicholson se inscribe precisamente en este segundo caso: la analítica cerámica está en función del estudio de la producción y distribución de la cerámica y su papel dentro de la cultura de Hünsrück-Eifel en la Segunda Edad del Hierro; todo ello desde una perspectiva general de «Sistema-Mundo», tan de moda en estos últimos años en la Protohistoria Europea.
Tras el declive de los grandes centros hallstátticos centroeuropeos, el centro de gravedad se desplaza a comienzos de La Tene al área de Hünsrück-Eifel, aunque con rasgos diferentes a la época precedente, fundamentalmente con una estructuración económica menos organizada, con diferencias sociales menos marcadas y un menor grado de centralización socio-política.
El ensayo de Nicholson se extiende desde la Hünsrück-Eifel-Kultur 1 (HEK 1) equivalente al Ha.
D hasta el final del HEK 11 (La Tene A/B).
El autor realizó un detallado muestreo en los museos alemanes de la zona, no exento de problemas por las formas de organización de los propios museos, que al final se tradujo en el análisis de cerca de 425 muestras de lámina delgada que se seleccionaron tratando de mantener: a) una cobertura lo más amplia posible del área a través de diversos yacimientos, b) un equilibrio entre las muestras de cerámicas de poblados y necrópolis, algo sesgado a favor de los primeros (270 contra 153), c) una muestra equilibrada por periodos y (d) una cronología bastante precisa para todas las muestras..
El trabajo se organizó en dos etapas, una a nivel macroscópico y otra a nivel microscópico (lámina delgada).
En la primera se intentó una atribución provisional de fragmentos a «fábricas» de forma visual tomando como criterios: el color, la dureza, la fractura, la distribución y tamaño de inclusiones y el tratamiento de superficies.
Con todo ello se rellenaron unas fichas estandarizadas y se realizaron agrupamientos por ordenador.
La idea era contrastar la validez de esta identificación inicial de ~fábricas,. con la segunda realizada a nivel microscópico.
En ésta, el análisis de lámina delgada reveló la existencia de 13 «fábricas)! con desigual representación por áreas y períodos.
Especial interés ofrece el intento de relacionar formas cerámicas con tipos específicos de «fábricas ••, cuyo resultado, no ohstante, se ve limitado por el hecho de que la mayor parte de los fragmentos analizados correspondían a vasos de forma desconocida (algo exigido por el traslado de muestras fuera de los museos alemanes).
La interpretación de los resultados analíticos permite una serie de conclusiones interesantes:
a) la adscripción de ciertas ~fábricas,. a determinados períodos de forma exclusiva. b) la existencia de unas pocas ~fábricas)l en áreas concretas con una distribución relativamente amplia, y que además se vinculan a formas específicas, especialmente en el área del Alto Nahe, que parece ser en la fase HEK II el centro de producción a tomo más importante -muy posiblemente con especialistas a tiempo completoy coincide, significativamente, con la zona de mayor concen-tll8ción de tumbas ricas.
Todo ello probaría la existencia de una cierta centralización de la producción cerámica, pero sólo a nivel regional. c) la uhicuidad de bastantes «fábricas», por el contrario, aboga por la idea de intercambios regionales entre el sector Este y Oeste de Hünsrück-Eifel y por tanto expresaría, en general, un bajo nivel de centralización. d) las 4Cfábricas» menos comunes revelan producciones muy localizadas, producciones domésticas a pequeña escala destinadas al autoconsumo.
e) hay ~fábricas" que, según revelan los experimentos de recocción, son más duras y resistentes al impacto térmico como resultado de ciertos degrasantes añadidos.
Son mayoritarias en poblados, probando así su función doméstica de cocina, y muy raras en necrópolis; por tanto cabe hablar de una producción cerámica especializada para usos domésticos y para usos funerarios.
Esta organización y producción de la cerámica en el área Hünsrück-Eifel hay que entenderla dentro de un sistema, como he señalado al principio, menos centralizado y organizado que los últimos centros hallstátticos de Centroeuropa.
C.) se reconocen en el incremento de las tumbas de carro y por las importaciones de bronces itálicos, pero en cualquier caso los intercambios con el Norte de Italia a través del Valle del Ticino no tuvieron la entidad de las anteriores transacciones entre el mundo hallstáttico y el Mediterráneo.
Las élites locales latenienses, que posiblemente ofrecieron minerales -hierro y oroa cambio de los bronces salidos de talles noritálicos, no mantuvieron intercambios directos y desde luego las manufacturas mediterráneas no crearon, como en el caso precedente hallstáttico, una dependencia del mundo mediterráneo, lo que explicará que en la fase siguiente La Tene B (300-250 a.
C.), aún cuando se detecte un descenso de la riqueza amortizada en las tumbas y de los contactos meridionales, no se produjera un colapso como el del final del Ha.
El estudio de Nicholson ofrece dos elementos valiosos para esta línea de investigación en el futuro, por un lado la consideración de sus aportes analíticos, como la importancia del análisis del tamaño del grano en las inclusiones y los experimentos de recocción, y por otro la necesidad de integrar esos análisis ceramológicos en un contexto socio-económico y político, que permita más adelante comparaciones entre distintas áreas.
Es interesante en este sentido destacar que el trabajo de Gosden (1987) referido a la cerámica en tomo de La Tene A en Bohemia parece dibujar un cuadro algo parecido, con la identificación de, al menos, cinco dalleres» que difieren en el tamaño del área que cubren: los del NO. pequeñas regiones de 30-40 kms. como máximo, mientras que en el centro, sur y oeste las cerámicas parecen haber circulado a mayores distancias.
Aquí da la impresión de que encontramos también dos modelos básicos de producción e intercambio de cerámicas torneadas: uno con talleres especializados que abastecen a pequeñas áreas y otro con talleres que producen a escala más grande.
Es posible, con todo, que, como en el estudio aquí reseñado, las limitaciones de muestreo no estén reflejando toda la realidad.
La vía de aproximación por análisis de lámina delgada pare reconstruir formas de producción y distribución cerámica será muy interesante en el futuro contrastarla con otra de las aproximaciones cerámicas que ha recibido bastante atención: el análisis de la variabilidad estilística como indicador de interacción social, y que ha llevado a definir «áreas estilísticas,., como los estudios del centro-sur de Gran Bretaña.
Contrastar los resultados arqueométricos con los análisis estilísticos puede arrojar mucha luz en la comprensión del valor de las cerámicas como indicadores de posibles identidades étnicas, intercambios y formas de contacto y asimilación socio-cultural.
No cabe duda que, en un futuro próximo, el desarrollo y la complementariedad de los procedimientos analíticos y la construcción de teoría y metodología estrictamente arqueológica será la mejor garantía para avanzar en la comprensión del pasado, yeso en definitiva ha tratado de hacer, con algunos problemas y limitaciones, la obra de Nicholson.
Entre nosotros, las escasas aportaciones en el terreno de la ceramología analítica ofrecen todavía una panorama pobre que es urgente empezar a modificar, consiguiendo para ello laboratorios, como el de reciente creación en la Universidad Autónoma de Madrid, y la dotación de plazas para especialistas, algo lamentablemente no asumido por nuestras Universidades.
Opto. de Prehistoria Facultad de Geografía e Historia Universidad Complutense.
Es un hecho asumido y repetido hasta la saciedad en nuestros manuales y monografías que la sociedad ibérica tenía un fuente componente bélico, y que los mercenarios peninsulares eran reclamados en los distintos ejércitos mediterráneos por su arrojo y resistencia.
Esta afirmación, basada en las fuentes y en los datos arqueológicos -abundancia de armas en las sepulturas-no había sido objeto, sorprendentemente, de un análisis interno detallado que nos permitiera saber, no sólo cómo luchaban los íberos, sino también qué segmento de la sociedad lo hacía y cómo influía esta actividad en el contexto simbólico y ritual.
Esta interesante parcela del conocimiento ha sido abordada con acierto por el autor, que como veremos, va más allá de los tradicionales modelos de estudio, ofreciéndonos un panorama abierto a la discusión y a nuevas investigaciones más documentadas.
Los dos volúmenes que presenta Quesada, con un total de casi 650 páginas, están dedicados a analizar el armamento de un yacimiento que asombra, tanto por el número de tumbas recuperadas -unas 600-, como por una casi nula proyección bibliográfica.
En efecto, lo primero que el lector observa es cómo el «Cabecico del Tesoro» resulta un ejemplo paradigmático de la falta de objetivos que han regido la investigación hasta el momento actual, sólo comparable a la ausencia del lógico control que debía ejercerse sobre las inversiones que han permitido exhumar nuestro patrimonio arqueológico y que luego no se han visto compensadas por una adecuada publicación y conservación de los materiales.
El problema de los yacimientos excavados hace tiempo y sin una aceptable documentación nos plantea un difícil reto que pone a prueba a menudo la paciencia y la aptitud detectivesca del investigador, obligado a leer cuadernos de campo difícilmente descifrables y convertidos a su vez en objetos a restaurar, así como a localizar cajas perdidas en los almacenes de los museos en las que las etiquetas han desaparecido, y en cuyo interior las piezas han acelerado su proceso de destrucción.
A pesar de todo, el autor de esta obra ha salido, al parecer, ileso de la experiencia, y teniendo en cuenta la falta de información sobre este tema en la bibliografía al uso, ha realizado un trabajo analítico de sumo interés q\.le abre nuevos campos en la investigación, y ayuda a plantear propuestas alternativas a la mera descripción crono-tipológica.
Desde una postura que recoge sin cuestionar los principios básicos de la «Nueva Arqueología» respecto a la información funeraria, el autor centra su interés en establecer un nexo entre sociedad. guerra ~' armamento. pero la obra. como fruto que es de una extensa Memoria de Licenciatura. se ciñe al ejemplo dd ~Cabecico». y aún estableciendo algunos paralelos con El Cigarrelejo. se deja para una próxima obra -su Tesis Doctoral-la valoración de las armas ibéricas en un contexto más general.
El índice es muy complejo. y tras presentar el yacimiento. se hace especial hincapié en la obtención de cronologías y en el establecimiento de criterios de riqueza o «valor» extraídos de los elementos de ajuar, ya que se carece de información alusiva a la construcción o disposición topográfica de las sepulturas. ambos factores clave para la interpretación social vertical u horizontal a la que se refiere el texto.
Un estudio detallado del armamento tanto ofensivo como defensivo da paso al establecimiento de 144 conclusiones que quizás hubiera convenido jerarquizar o al menos agrupar. ya que no todas tienen el mismo rango.
Una de las más interesantes es la constatación de que el íbero luchaba a pie y cuerpo a cuerpo. y no a caballo o a distancia como tantas veces se ha afirmado.
Asimismo, se aprecia que las tumbas con armas suelen estar entre las más ricas del promedio social, y que éste presenta mayores diferencias de rango en los siglos IV-m que en el s. 11.
Paralelamente. van tratándose asuntos accesorios que han tenido una íncidencia repetida en la bibliografía. como la adecuación de los análisis antropológicos sobre huesos quemados, la cronología de la destrucción escultórica o la verdadera finalidad de la inutilización de las armas.
En este comentario no me puedo extender en la discusión del contenido de la obra. ya que prácticamente cada una de las conclusiones podria ser debatida.
Como un ejemplo podria señalarse la suposición de que una menor jerarquización aparente de ajuar en el s. 11 reflejaria una sociedad algo más igualitaria, cuando sabemos que en esas fechas el urbanismo de los poblados está ya extraordinariamente desarrollado, y que los santuarios se han consolidado desde el s. m, revelándose por tanto una sociedad mucho más compleja que en épocas anteriores.
Tan sólo querría hacer un comentario de orden práctico, alusivo al sistema numerado de notas que remite a un listado de las mismas al final del volumen, y que a su vez nos obliga a revisar una lista bibliográfica que está al final del segundo volumen.
Seria preferible incluir las notas al pie de cada página, o recurrir al sistema americano de citas, combinable con el anterior.
En cualquier caso, se trata de una obra que plantea un importante punto de partida, y que está en línea con una serie de trabajos que surgieron a raíz del hallazgo del monumento de Pozo Moro, cristalizándose recientemente en grandes memorias como la de El Cigarralejo, y en una corriente que se plasma ahora en trabajos que como éste van a hacer entrar el panorama ibérico en una nueva etapa de investigación.
Las revistas de investigación representan una parte esencial de la publicación académica, por cuanto el avance y desarrollo de una disciplina se sigue en este tipo de publicaciones.
Desde 1940 el Departamento de Arqueología del CSIC ha venido manteniendo ininterrumpidamente la publicación de la serie Archivo Español de Arqueología, fenómeno nada desdeñable si tenemos en cuenta las dificultades que las publicaciones arqueológicas han conocido en nuestro país.
Constituida fundamentalmente por artículos, los trabajos monográficos han encontrado una salida en las colecciones anejas de esta misma serie, publicadas, con menor regularidad, desde 1951.
Sin embargo, la verdad es que sólo ciertos trabajos, y no siempre los mejores, llegan a publicarse como libros, lo cual va en detrimento tanto del lector como de la institución responsable.
Quizás sea este un buen momento para reflexionar detenidamente sobre el asesoramiento «científico» que interviene en la acepción o rechazo de determinadas obras.
Transcurridos once años de lo que fue en su día objeto de una Tesis Doctoral, G. López Monteagudo retoma el problema de las esculturas zoomorfas celtas de la Península Ibérica.
Los nuevos hallazgos habidos en España y Portugal, así como las novedades bibliográficas acaecidas estos últimos años, brindaban la oportunidad de poner al día la catalogación realizada por ella misma en 1976.
A partir de la base informativa -la escultura-la autora plantea su trabajo en tres niveles: primero, el entorno geográfico-cultural en base a las evidencias materiales y lingüísticas, segundo, el catálogo propiamente dicho, y tercero, el estudio cronológico-funcional de estas manifestaciones.
La primera parte dedica sus páginas a una minuciosa acumulación de datos sobre hábitat, cerámica, armamento, orfebrería y lengua, lejos de cualquier interpretación conjunta que una visión de síntesis requiere.
Es más, resumir una entidad de análisis tan compleja y espinosa como es el Bronce Final y la Edad del Hierro en la Meseta Occidental, sin un sólo juicio crítico sobre la problemática global que rodea este período y carente, en más de una ocasión, del riguroso conocimiento que muchas de estas parcelas requiere, no deja de ser una osadía de quien pretende construir una realidad histórica coherente a partir de las fuentes arqueológicas y epigráficas.
Sirva de ejemplo lo siguiente.
Hablar de una primera Edad del Hierro o Cogotas I -con antecedentes en el Bronce Finaly una segunda Edad del Hierro o Cogotas 11, así como explicar las características culturales de una y otra fase a partir de la llegada de pueblos distintos, nos lleva implícitamente a mantener posiciones tradicionales puestas hoy en revisión.
En primer lugar, la eCuación Cogotas 1 = Hierro 1 / Cogotas II = Hierro II, es extremadamente difícil si, entre otros muchos factores, atendemos a las fechas calibradas del C-14 que, para contextos Cogotas 1 en la Meseta, no van más allá del siglo IX a.
C. En segundo lugar, el antiguo marco explicativo de invasiones no resulta, hoy por hoy, nada convincente, sin que por ello neguemos la presencia de mecanismos de difusión de otra naturaleza.
En el fondo, de lo que se trata, es de comprender o limitar la esencia de tales aportaciones.
Por otro lado, la importancia que los fenómenos sociales y económicos pudieran haber desarrollado en la secuencia cultural del 1 Milenio, o la obligada referencia a las profundas transformaciones acaecidas en el plano del poblamiento, apenas encuentran sitio en la obra.
Los datos vertidos en el catálogo -que incluye un total de 280 esculturas-suponen una descripción completa de cada una de las piezas, indicándose lugar y circunstancias del descubrimiento, sitio donde actualmente se conserva y referencias bibliográficas.
Todo ello se completa con la debida documentación fotográfica.
Atendiendo a criterios de tipo funcional, concluye G. López Monteagudo que las esculturas fueron erigidas, en unas ocasiones, como ofrendas funerarias por su relación a necrópolis e inscripciones latinas, en otras, como elementos votivos por su conexión a santuarios o lugares sagrados dedicados a una divinidad.
Estas piezas se documentarían desde el siglo VI a.
C. hasta época imperial.
Aunque en la obra parece tomar más fuerza el carácter religioso asociado a estas manifestaciones, la verdad es que son muy escasas las novedades aportadas por la autora que no conozcamos de trabajos suyos anteriores (López Monteagudo, 1982y 1983).
Por otro lado, las argumentaciones a favor de la hipótesis funerario-religiosa se enfrenta a obstáculos de índole cuantitativa.
Sólo veinticinco piezas presentan inscripciones latinas.
Si a éstas añadimos las asociadas a necrópolis, el cómputo total apenas llega al 20 96 de los verracos conocidos.
De este modo, una parte importante de la población no se adecúa a las tesis que aquí se sostienen.
Una exclusión de estas características, resultado a su vez de la falta de un conjunto de directrices teóricas y metodológicas previas, sólo puede generar conclusiones parciales en tomo al significado de estas manifestaciones.
No en vano, el contexto al que se asocia la escultura zoomorfa de la Meseta suscita otras posibilidades de análisis, bien sea desde una perspectiva social, económica, simbólica o ideológica.
Podríamos incluso consultar la bibliografía existente sobre las manifestaciones artísticas de las comunidades prehistóricas.
Sirvan de ejemplo el trabajo de J. V. S. Megaw (1985) sobre el concepto del arte en el mundo celta, o el artículo de K Kristiansen (1984), sobre la importancia del componente ideológico en las representaciones materiales.
Más recientemente, estarían los trabajos recopilados por H. Morphy (1988).
Aunque centrados desde una perspectiva eminentemente antropológica, genera ideas muy interesantes sobre la representación de los animales en las sociedades prehistóricas.
Queda, naturalmente, otra posibilidad.
A partir de un sistema de clasificación, López Monteagudo podría haber intentado sistematizar la población total de zoomorfos conocida.
Es posible que de un estudio tipológico apenas se derivaran conclusiones relativas al origen y significado de estas esculturas, pero podría haberse intentado para comprobar su eficacia.
Finalmente, en cuanto al origen de estas representaciones, los supuestos paralelos de la estatuaria de la Meseta con las esculturas halladas en Polonia, y la relación de ambos fenómenos a partir de la ruta continental del comercio del ámbar, representa, sin lugar a dudas, el añadido exótico de la obra, cuya asimilación exigiría no pocas dosis de fantasía.
Los mapas de distribución se limitan a la simple representación gráfica de los elementos en el espacio, faltos de reflexiones razonadas y sin explotar al máximo sus posibilidades.
Del yacimiento palentino de Palenzuela -no La Palenzuela, y menos aún localizada en Baltanás-, proviene un nuevo ejemplar de pomo rematado en discos (Martín Valls, 1984: 41, fig. 14: 2-3).
Una hoja de perfil muy similar a la cacereña recogida por Griño, y asimismo de un área marginal con respecto a la zona nuclear de distribución de estos puñales, es la hallada en Matienzo (Santander) (Smith y Muñoz, 1984: lám. IV).
A dichos ejemplares debemos añadir los más recientes hallazgos de un puñal, conservando completo su pomo, de El Soto de Medinilla (Valladolid) (Escudero Navarro, 1988: 40), o la noticia de otro atribuible a la I Edad del Hierro en la necrópolis segoviana de San Miguel de Bernuy (Zamora Canellada, 1987: 39).
Finalmente, habría que citar los ejemplares y referencias aún inéditas de las necrópolis de La Hoya, Laguardia (FilIoy Nieva, 1990) y Las Ruedas, Padilla de Duero (Sanz Mínguez, 1990), o de una colección descontextualizada (Alvarez, Cebolla y Blanco, 1990) aportados al II Simposio sobre los Celtíberos celebrado en 1988 en Daroca; y los de las necrópolis sorianas de Ucero (García Soto, en prensa) y Tiermes (Martínez Martínez, en prensa), así como un excepcional pomo con decoración figurada de Padilla de Duero (Romero Carnicero y Sanz Mínguez, en prensa), dados a conocer en el II Symposium de Arqueología Soriana celebrado en 1989.
T8do ello resulta suficientemente ilustrativo de lo que ha variado en estos pocos años el panorama investigador del armamento objeto de estudio, hecho que incide ciertamente de manera negativa en algunas de las conclusiones tipológicas a las que llega la autora en el libro de referencia.
Por ejemplo la pieza 133 del catálogo, procedente de Padilla de Duero, conserva completa su vaina, respondiendo la actual configuración de la contera a la original, con lo cual ésta no sería de tipo c o rectangular con calados semicirculares como la pieza 134 con la que se equipara (pp. 17, 20 y 21), sino que constituiria un nuevo tipo de flancos escotados.
La decoración, por su parte, lejos d~ marcar diferencias entre ambos ejemplares (p.
En definitiva, el tipo de contera del puñal 133 queda sólidamente confinnado en los paralelos sorianos de Alpanseque y sobre todo en el recientemente hallado en Tiennes (Martínez Martínez, en prensa), prácticamente idéntico al vallisoletano.
Sin embargo, no todos los problemas se derivan de los recientes aportes de la comunidad investigadora; algunos son consecuencia de la tipología propuesta por la propia autora.
En esta línea, si la diferencia entre el tipo 1 y el 11 es la longitud, probablemente hubiera sido aconsejable incluir algún índice o proporción que, con vistas a la adscripción de nuevas piezas a uno u otro grupo, marcara el límite entre ambos.
El tipo V engloba vainas de conteras circular y rectangular, variantes A y B respectivamente, siendo el denominador común la desarrollada lengüeta que ostentan en la zona embocadura.
Pero si reparamos en el tipo IIB observaremos que participa igualmente de dicha caracteristica, y es, en definitiva, la contera la que le diferencia del tipo V. Incluso la presencia de remaches enfrentados en el centro de la planchuela, no de refuerzo (p.
44), sino para evitar la oscilación de la hoja dentro de la vaina, es otro rasgo más que aúna los productos de IIB, VA, Y VB.
¿No habría sido, pues, más aconsejable haber agrupado bajo un sólo tipo a dichos ejemplares de lengüeta desarrollada y establecer cuantas variantes fueran necesarias según la fOrIl}a de las conteras, o, en caso de primar éstas, establecer los tipos según ellas y las variantes en función de la particular morfología del pomo, embocadura, etc.?
Resulta evidente, por otro lado, que ejemplares con grandes lengüetas detentaron guardas navifonnes de escotaduras adecuadas o complementarias.
El debilitamiento que para la guarda supuso esta caracteristica es interpretado por Griño (p.
13) como causa directa del generalizado estado fragmentario en que estas piezas han llegado hasta nosotros.
Sin embargo, la causa real de estas roturas en la zona de la empuñadura obedece a su propia estructura, ya que no siempre poino y guarda se hallan'construidos mediante dos placas transversales unidas por remaches, sino que frecuentemente, y sobre todo en los puñales de lengüeta desarrollada, constan de una pareja de piezas naviformes independientes entre sí, cuya unión se produciría, combinada con otros elementos orgánicos, en el eje longitudinal del arma (nos referimos a piezas como las que pueden verse en Sanz Mínguez, 1986: fig. 4).
La tipología que para estas piezas establece Griño, basada exclusivamente en forma y tamaño, resulta excesivamente incompleta al no haber reparado en dichos aspectos estructurales que, por llevar implícitos valores cronológicos, poseen gran trascendencia.
La ausencia de intención seriativa quizás sea, con todo, el mayor problema al que se enfrenta la tipología establecida por Griño, ya que en lo que respecta al análisis espacial. la operatividad de la misma se manifiesta escasa, encontrándonos con que, a excepción del tipo V, los demás se distribuyen indiscriminadamente por todo el solar meseteño centro-oriental.
Habria sido conveniente, asimismo, emplear mapas de distribución cuantificados, y matizar la intensidad de la actividad excavadora desarrollada en cada yacimiento, ya que evidentemente no poseen el mismo significado los 17 ó 18 puñales «completos» de La Osera, entre más de dos mil tumbas, que los 21 de Miraveche en menos de un centenar de enterramientos, o los 14 de Monte Bemorio, producto de trabajos aún más puntuales.
La no inclusión de este tipo de valoraciones o la discusión de la génesis de estos puñales en términos parciales (apoyándose en paralelos formales o decorativos de algunas de sus partes) o comparativos con ámbitos extrapeninsulares, tiñe al material objeto de estudio de cierta inexpresividad, creando un confuso conglomerado de tipos que aparentemente poseen una común distribución cronológica y espacial.
No extraña, pues, que en esta línea de homogeneización se llegue a hablar incluso de ((Cultura representada por los puñales» o, a la luz de su distribución geográfica, de ((fronteras culturales» (p.
Evidentemente, con esta falta de discusión tipológica, planteando unos prototipos y unas piezas derivadas o intentando discriminar en virtud de las asociaciones o dispersiones geográficas cuáles responden o no, por ejemplo, a simples procesos de comercialización, se llega a la cuestión cronológica en condiciones b~stante precarias, siendo, una vez más, los paralelos extrapeninsulares los que se esgrimen para remontar la cronología del arma hasta la segunda mitad del siglo VI a.
C. El límite contrario se establece en el término del siglo IV a.
C. Como la propia autora señala, tratar de fijar fechas absolutas para esta época en la Meseta.Norte resulta aventurado, y precisamente por ello opinamos que mientras no poseamos argumentos de cierto peso seria más aconsejable seguir manteniendo las fechas tradicionalmente esbozadas, lo cual no quiere decir que futuros descubrimientos no permitan incluso remontar los origenes del tipo a la I Edad del Hierro como recientemente se ha sugerido (Zamora Canellada, 1987).
Por lo que se refiere a los límites modernos somos partidarios de ampliarlos sensiblemente hasta finales del siglo III o incluso inicios del 11 a.
En cualquier caso tenemos la firme convicción de que la clave de la seriación tipológica de estos puñales se encuentra no tanto en las conteras, a las que todos hemos dedicado una especial atención, como en las empuñaduras, evolucionando desde las construidas por cuatro piezas a las de dos, y experimentando un notable desarrollo transverso en sus estadios más avanzados.
En resumidas cuentas, la obra de Griño posee un innegable valor documental. convirtiéndose en fuente obligada de consulta para cualquier estudioso que desee profundizar en el conocimiento de este armamento.
Trabajos de catalogación de fondos museísticos como el presente son tareas ingratas pero ciertamente imprescindibles.
Sin embargo, y esto es lo que más se echa en falta en la presente obra, la ordenación tipológica de unos materiales cualesquiera debería conducir, con la exposición de hipótesis y teorías contrastadas, a la obtención de síntesis parciales, tendentes, en definitiva, a la reconstrucción histórica de las diversas épocas o culturas objeto de atención.
Pese a todo, el estudio tecno-tipológico y funcional de los puñales de tipo Monte Bemorio realizado por Griño, así como las más recientes aportaciones de los Congresos de Daroca y Soria reseñadas, abren un esperanzador futuro para la adecuada comprensión e interpretación de este singularísimo elemento de la panoplia meseteña.
Prehistoria y CC.HH. Facultad de Filosofía y Letras.
Ha iniciado recientemente su andadura una nueva revista, de la que se anuncia ya el contenido del número 1 del segundo volumen, titulada Journal 01 Mediterranean Archaeology, cuyo editor es el Dr. A. Bernard Knapp, de la Facultad de Estudios Clásicos de la Universidad de Cambridge.
La periodicidad de ésta es bianual y está abierta a quienes se hallen interesados en el mundo mediterráneo, y deseen publicar sus trabajos en inglés, lengua de la revista y hoy por hoy, lengua internacional por excelencia.
El objetivo de la misma, como explica su editor, es ir más allá de la concepción del Mediterráneo como entidad geográfica, para abrirse a trabajos enfocados desde una perspectiva más amplia del Mediterráneo y su entorno, y que encaren aspectos pluridisciplinares de su estudio.
En el equipo asesor, de primera línea, figuran eminentes arqueólogos de lengua anglosajona, no única pero sí primordialmente, británicos especialistas en el mundo mediterráneo.
Es de lamentar, sin embargo, que ningún especialista de los propios países mediterráneos implicados, que tanto tendrían que decir al respecto, figure en ~an prestigiosa comisión asesora, sobre todo, cuando la revista pretende ser un foro de discusión internacional y abierto, y no meramente, el portavoz de la arqueología anglosajona en el Mediterráneo.
No obstante, hay que aplaudir vivamente la iniciativa del DI'.
Knapp y desearle que, en efecto, esta nueva revista se convierta en FORO y punto de referencia obligado de todos aquellos que trabajan en el mundo mediterráneo, entendido este en su más amplio sentido.
Aquellos interesados tanto en publicar en la revista como en solicitar su suscripción pueden dirigirse, bien al propio editor: o la editora de la revista: |
Rechazada, siempre intempestiva, nunca la muerte resulta peor aceptada que cuando dirige sus arteros usos hacia personas que posan ante nuestros ojos en el disfrute pleno de su vida.
Tan injusta se nos muestra entonces triunfante sobre los mortales indefensos, que quizó sólo en tales momentos nos sentimos capaces de comprender con mediana lucidez por qué es recibida de tan buen grado por las inexistentes divinidades y sus necios corifeos, vanamente convencidos de que a su través se igualan con aquellas, que como ellas tan sólo la padecen efímeramente.
Hace unos meses, a los treinta años de su vida, que poco más son de diez vividos, hemos perdido para siempre a Fernando Piñón Varela camino esta vez de ninguna parte, justo en el instante en que su lucha contraria para vivir comenzaba a pesar en su favor y el fiel de la balanza marcaba el inicio tenso de un esperanzador desplazamiento de futuro.
Desde sus aun cercanos díos de alumno en nuestra Universidad Complutense sintió Fernando la atracción por los estudios prehistóricos.
Fue un estudiante aventajado, dentro de un grupo de aventajados compañeros que han proporcionado ya no pocas satisfacciones a quienes tuvimos la suerte de compartir con ellos las horas y las aulas.
Bajo los cielos optimistas de Menorca y Huelva pude ver a Fernando iniciarse impetuoso y decidido en las duras tareas de la Arqueología de campo.
Fue tanta la atracción que sobre él ejerció ese trozo de Andalucía asomada a la vez a Portugal y al Océano Atlántico, que buena parte de su vida transcurriría después por caños, dehesas y sierras, intentando de dolmen en dolmen explicarnos una y otra vez lo que tantos otros antes que él habían pretendido decirnos.
Entre los megalitos onubenses, enriaeros y jarales, pizarras y cabreros, surgió así una de las dos grandes pasiones científicas de la vida de Fernando. la otra, también mimada por él hasta la saciedad en medio de peñascos y bosques imponentes, fueron sus estudios sobre arte rupestre, en los que tomó el relevo que Almagro Basch le ofreciera generosamente sobre su Albarracín nativo.
Entre el megalitismo de lo Península Ibérica y el arte post-paleolítico se centró buena parte de su investigación preocupada, y los pocos años vividos no fueron afortunadamente impedimento paro que nos dejara sobre todo ello algún libro y bastantes artículos que hablan con suficiente elocuencia de lo importancia de su trabajo.
El brusco ritmo de lo muerte no fue capaz de imponer ahí su amarga y despiadada ley.
Interpretaciones novedosas y descubrimientos sobre arte rupestre, excavaciones en varios yacimientos -entre ellos el sorprendente poblado de los Vientos de la Zarcita, en Huelva-, trabajos de documentación en los megalitos que Carlos Cerdón había excavado hacía ya tiempo con tan buena intención como discutible fortuna y conocimientos, hipótesis sobre el neolítico y el calcolítico del suroeste peninsular... son cosos todas ellos que viven entre nosotros para siempre y lo hocen (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es mostrando la serenidad y madurez con que se supo enfrentar a problemas que, en no pocos casos, llevaban años y más años durmiendo el placentero sueño de las cuestiones confusas que todos rehuyen.
Aun recuerdo su cara de perplejidad y razonable preocupación cuando le sugerí entre los muros de Niebla que se atreviera a revisar todo cuando los leisner habían pontificado sobre dólmenes en Huelva y luego convirtiera sus reflexiones en tesis doctoral propia, labor que por cierto llevó a cabo con indiscutible aprovechamiento, engrandecida con el resultado de sus excavaciones y atinadas observaciones personales sobre el territorio en cuestión y sus relaciones exteriores.
Fernando Piñón hizo muchas cosas en poco tiempo y difícil resultaría aquí hablar de todas ellas.
Hay un trabajo suyo más que no quiero, sin embargo, relegar al olvido, quizá porque fui en gran parte culpable de que se embarcara en él, una aventura que le ocupó buena parte de su tiempo, distrayéndole horas preciosas que sin duda le hubieran aprovechado mejor atendiendo otros menesteres.
Se trata del proyecto Repertorio de Arqueología Española (RAE), que dirigió durante varios años, un proyecto auspiciado por el Ministerio de Cultura del mayor interés práctico para prehistoriadores, arqueólogos e historiadores del mundo hispánico y que, desgraciadamente, ha pasado por lamentables altibajos en estos últimos tiempos. los RAE recogen de modo sistemático la abundante bibliografía arqueológica que se produce sobre España, una tarea ciertamente urgente y necesaria que, sin embargo, nunca hasta nuestros días se había iniciado.
Intentos bibliográficos en esa línea, aunque dentro de contextos más generales, habían fracasado con anterioridad por la incapacidad de los responsables en llevarlos a cabo.
Fernando aceptó el reto a comienzos de los ochenta, aglutinó en torno suyo a un equipo eficaz y competente y pudo ver como parte del trabajo inicialmente planeado se convertía en unos cuantos volúmenes de indispensable consulta que constituyen ayuda insustituible para los investigadores.
No es fácil glosar una vida acabada a los treinta años.
Junto a profundas alegrías, Fernando Piñón conoció también sinsabores profesionales, que soportó con discreta entereza pese a que a veces las sombras de la injusticia llegaran a ser muy patentes.
El nunca concedió excesiva importancia a los titiriteros que las provocaban, tal vez con todo acierto, conforme nos enseña el paso del tiempo y su facilidad para volver críticas las perspectivas.
Es cierto también que, para desgracia de todos, son muchos los proyectos profesionales que dejó incompletos, pero no lo es menos que en los días que le tocó vivir supo ser un diligente profesor, un honesto investigador y un buen compañero.
Esta última condición bastaría para traer aquí nuestro emocionado recuerdo de su persona y su humanidad, sin duda lo mejor que de Fernando nos queda tras su última e irrecuperable ausencia. |
RESUMEN El presente artículo ofrece una breve aproximaclOn al estudio de la organizaclon interna de los asentamientos de comunidades cazadoras-recolectoras.
Dicho estudio se centra en la articulación de las diversas actividades productivas y de mantenimiento desarrolladas dentro del espacio de ocupación prioritario.
Siguiendo una secuencia lógica se plantean los presupuestos teórico-metodológicos básicos y la estructuración del método analítico desarrollado específicamente: el análisis de las interrelaciones espaciales de los dementos arqueológicos (ANITES).
Para ilustrar su funcionamiento se utilizan los resultados obtenidos en una primera aplicación con datos procedentes del asentamiento del Cingle Vermell
dl' ucupación a partir dl' I(J~ L'llak~ ~l' organil.<i la dinámil';t de pruducción v reproducción.
El objdivo b{l~ic() \..' ()n~isk en recon~tl'Uir la~ difen: nk~ acti\idades realil.adas (~ubsistenciaks v de malllL"nimiento) \ e~tabk'Cl:'I' su jerarquil.ación l'n ba~e al reconucimiento de los procesos de trabajo que las caracterizan.
De acuerdo con la existencia de principios organizativos en el seno de cualquier comunidad, que.\a se manifiestan desde la elección de la ubicación de los diferentes lugares de ocupación o intervención dentro del conjunto de ilreas de apron: chamicnto de rl 'cursos alimentarios v no alimental' ios, consideramos que exislL" una organización interna de los asentamientos que atañe tanto a las actividades de acondicionamiento previo del espacio ocupado como a las consiguientes ac, tividades productivas localizadas en dicho espacio.
Por tanto, como punto de partida planteamos la existencia de una organización social del espacio físico ocupado (asentamiento), entendida como una modificación y articulación del mismo en función de las necesidades socio-económicas.
Arqueológicamente, dicha organización queda reflejada globalmente en la interrelación de los restos materiales.
Cuando la acción antrópica y/ o los procesos post -deposicionales no han provocado una pert urbación significativa del depósito arqueológico, el análisis de la distribución diferencial (dispersión y / o concentración) de los restos materiales nos permite delimitar zonas o áreas internas.
En el marco de estas zonas, el análisis de la disposición (agrupación) de dichos restos -complementado con el aislamiento objetivo de las eventuales asociaciones de elementos significativas-nos permite detectar los procesos de trabajo realizados, considerando que éstos dejan una evidencia específica, excepto en el caso de que no dejen restos observables (a partir de las técnicas de análisis de que disponemos en la actualidad) o que los posibles restos no se conserven.
No obstante, en base al registro material conservado y recuperado se obtiene una visión directa o indirecta suficientemente representativa de la realidad socio-económica estudiada.
Situando los procesos de trabajo constatados dentro de una secuencia lógica podemos establecer el carácter y la jerarquización de las diferentes actividades desarrolladas en el asentamiento.
Las zonas o áreas internas delimitadas pueden reflejar actividades especificas ubicadas diferencialmente o no. Es decir, hay que contrastar si realmente existe una tendencia a realizar separadamente las actividades o si éstas aparecen solapadas, para saber si este criterio -la localización diferencial-, en relación a una eventual compartimentación del espacio ocupado, puede ser utilizado como un índice de complejidad socio-económica (p. e. en función de la especialización del trabajo) o se trata simplemente de un criterio secundario de gran variabilidad.
Hay que tener presente que la compartimentación del espacio ocupado es una característica organizativa que no puede aplicarse mecánicamente, se deben tener en cuenta otros criterios como la relación entre espacio ocupado/ densidad del grupo, y sobre todo el carácter del asentamiento en el marco del ciclo productivo y su estacionalidad (que puede influir en el espectro de actividades representadas y en su concentración o dispersión).
Unicamente en base a estos presupuestos teóricos (brevemente esbozados) podemos articular el ámbito de estudio y la metodología relevantes.
De entrada, genéricamente, cualquier lugar de ocupación se puede definir básicamente como el resultado de una o más ocupaciones humanas (permanentes o temporales, continuas o discontinuas) en un espacio físico delimitado.
La acumulación de las sucesivas ocupaciones -cuando ésta se produce-juntamente con la acción de los procesos post-deposicionales, son los dos elementos que configuran el depósito arqueológico propiamente dicho.
Ahora bien, si rechazamos la orientación estratigráfica tradicional -que opera con el concepto general de nivel arqueológico y sus múltiples subdivisiones-necesitamos delimitar una unidad básica operativa a partir de la cual el análisis de los restos materiales tenga relevancia en función de nuestros presupuestos.
A nivel general, la búsqueda de esta unidad básica ha dado lugar a un interesante debate.
Uno de los enfoques predominantes utiliza el concepto de suelo de habitat o suelo de habitación, respetando a grandes rasgos la definición establecida por Bordes: «es una superficie reconocible sobre la cual ha vivido el hombre paleolítico durante un lapso de tiempo lo suficientemente corto para que se pueda esperar deducir de la posición de los vestigios alguna cosa en relación a sus actividades» (Bordes, 1975: 39), a menudo de una manera acrítica, Tan sólo J, -Ph.
Rigaud explicita sus reservas ante este concepto, rechazando lo que denomina, siguiendo a Binford, «visión pompeyana» de Bordes y proponiendo una concepción más amplia: el suelu de ucupación, definido como «el resultado intacto o casi [intacto] de la ocupación de un vacimiento por un grupo humano durante un cierto periodo de tiempo» (Rigaud, 1976: 94).
Sintetizando las opiniones se establece una diferenciación entre dos visiones del concepto de suelo de habitación: por un lado, en un sentido amplio de ocupación homogénea -al margen de su duración-, por otro lado, la noción restringida de breve duración defendida por Bordes.
Para entender mejor este debate se deben evidenciar dos aspectos subyacentes de gran importancia: el factor temporal y la perturbación post-deposicional.
El mismo Bordes enfatiza la importancia del tiempo, es decir, de la duración de la ocupación, considerando que si ésta es prolongada hay más probabilidades de que las zonas de actividad se hayan desplazado (Bordes, 1975: 39).
Diversos autores han recogido esta argumentación para defender una postura restringida a la delimitación de conjuntos de restos supuestamente sincrónicos o contemporáneos dentro de una escala temporal no definida como base para sus interpretaciones paleoetnográficas.
Como señala Gómez Fuentes, se tiende a oponer dos formas de estudio: el sincrónico, de corta duración y el diacrónico, de larga duración; entendiendo el primero como sinónimo de una preferencia etnográfica y el segundo como sinónimo de una orientación estratigráfica (Gómez Fuentes, 1978: 96-97).
A nuestro entender se trata de una oposición en cierta medida artificiosa, en el sentido de que la delimitación de un(os) nivel(es) de ocupación dentro del mismo asentamiento implica necesariamente un cuidadoso control de la estratigrafía del mismo.
De alguna manera, la «oposición» entre sincronía y diacronía sólo puede entenderse a nivel abstracto y enmarcada en el debate sobre el tiempo histórico.
Arqueológicamente, nuestra preocupación cronológica se encuentra directamente condicionada por el estado actual de desarrollo de los métodos de datación disponibles.
Por lo tanto, no se puede plantear en sentido estricto una contemporaneidad cronológica, sino que, como señala el colectivo C.R.P.E.S. es más factible considerar «todos los vestigios arqueológicos [pertenecientes al mismo nivel] como contemporáneos dentro de un mismo momento evolutivo histórico» (C.R.P.E. S., 1985: 56).
Por lo que respecta a la acción perturbadora de los procesos post-deposicionales e incluso a las eventuales perturbaciones provocadas por acciones antrópicas, consideramos que existen actualmente suficientes medios técnicos para poder establecer el alcance de las mismas y evaluar si es pertinente o no el análisis de un nivel determinado (p. e. análisis sedimentológico físico-químico, análisis microestratigráfico mediante láminas finas, «remontage» de los restos líticos y óseos, etc.).
Como alternativa a las opiniones dominantes en este debate nuestra propuesta plantea el concepto de piso de ocupación, para enfatizar el componente de intervención antrópica, como la unidad básica de análisis representativa de un período de ocupación homogéneo, en el sentido de que refleja un estadio concreto de actuación socio-económica.
Su delimitación o aislamiento se apoya en una excavación sistemática y en la validación procedente de la aplicación de técnicas de control como las mencionadas anteriormente.
Su adscripción temporal directa se obtiene mediante diversas dataciones, y puede concretarse la dinámica de ocupación que representa -a partir de datos directos o indirectos-en base a su carácter (permanente o temporal) o a una eventual estacionalidad.
Desde esta perspectiva consideramos que es posible superar las restricciones defendidas por otros autores en base a los argumentos de Bordes.
Concretamente no es un factor limitador el hecho de analizar un período de ocupación «amplio» (en lugar del período breve planteado por Bordes) ya que la probable superposición de ocupaciones sucesivas no conlleva necesariamente la' imposibilidad de constatar eventuales interrelaciones de los restos y por tanto de establecer los procesos de trabajo y por extensión las actividades realizadas en dicho período.
Hay que tener presente, como ya comentábamos en un anterior trabajo, que se deben rechazar las interpretaciones que relacionan piso de ocupación con nivel sedimentológico/ estratigráfico, (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es GERMÁ WL: NSCH teniendo presente que en un mismo piso de ocupaClon podemos encontrar -y de hecho lo cncontramos-grandes diferencias sedimentológicas y que, por otro lado, diferentes pisos de ocupación pueden estar incluidos dentro del mismo nivel sedimentológico/ estratigráfico (Amat y otros; 1986: 2).
La correcta delimitación de la unidad básica de análisis (piso de ocupación) se fundamenta en la práctica de una excavación en extensión de la mayor superficie posible del asentamiento y ha de complementarse con un registro sistemático de la información mediante el método tridimensional de coordenadas cartesianas, conjuntado con otros métodos específicos de recogida de datos (fotografías, dibujos, filmaciones en vídeo, muestreo sistemático, cte.).
Para asegurar la manejabilidad de los datos es imprescindible informatizar dicho registro mediante la utilización de microordenadores, como base para el posterior procesamiento estadístico.
Obviamente cualquier tipo de tratamiento estadístico de los datos sólo adquiere relevancia y validez en función de estar integrado en un marco teórico a la luz del cual se intenta caracterizar y jerarquizar la información.
No obstante, la aparición y generalización del uso de métodos cuantitativos en arqueología se ha desarrollado a menudo de forma mecánica y acrítica.
Falta una reflexión previa sobre los presupuestos y las condiciones de aplicación de los diferentes tests estadísticos, básica a la hora de desarrollar -y no tan sólo aplicar-nuevas herramientas de análisis a los datos arqueológicos.
El análisis estadístico informatizado de las interrelaciones espaciales de los elementos arqueológicos (ANlTES) pretende fundamentalmente objetivar la información a partir de la cual intentamos proponer hipótesis explicativas sobre la organización interna de los asentamientos.
Mediante dicho análisis se intenta mejorar las propuestas anteriores, entre las que destaca el estudio de la organización del habitat característico de las interpretaciones paleoetnográficas (desarrolladas fundamentalmente en Francia).
Como ejemplo arquetípico podemos citar el conocido estudio sobre Pincevent (d.
Leroi-Gourhan y Brézillon, 1972), en el cual el criterio básico se restringe a una simple observación visual de los planos de distribución o repartición de los restos materiales sin ningún tipo de cuantificación ni de tratamiento analítico.
Obviamente los resultados están sometidos a un importante sesgo de subjetividad que invalida la pretendida 4(significacióm de los mismos.
Como contrapartida, el análisis que proponemos (ANITES) se caracteriza por la introducción de criterios cuantitativos que nos permiten objetivar -en función de su adscripción en el marco teórico matemático estadístico-el tratamiento de la información.
Las condiciones de validación de la aplicación del conjunto de tests estadísticos suponen:
-Analizar una unidad representativa (piso de ocupación) previamente validada por medio de las técnicas adecuadas.
-Utilizar únicamente categorías relevantes, dotadas de capacidad informativa, como base del procesamiento de los datos.
-Adecuar la creación de dichas categorías a los efectivos mínimos con los que pueden operar los tests, es decir, reducir el número de categorías con pocos efectivos o tratarlas a nivel cualitativo.
El paquete estadístico informatizado ha sido creado específicamente para adecuarlo a los datos arqueológicos y nos permite: por una parte, determinar las asociaciones de elementos significativas combinando todas las categorias; y por otra parte, determinar el patrón de distribución de cada categoría y establecer el tipo de disposición de las mismas, para posteriormente complementar ambos resultados y establecer una visión analítica global de las interrelaciones espaciales de los restos.
El primer paso de este análisis (que posibilita la introducción de categorias cualitativas) consiste en la elaboración de una matriz de contingencia que nos relaciona de dos en dos las categorias seleccionadas, a través de un coeficiente de asociación o similitud (coeficiente 1 de Jaccard) que no distorsiona los resultados ante categorías con presencia restringida (independientemente de los efectivos de las mismas), el grado de significación se obtiene mediante el test de r} (2'2).
Los resultados obtenidos'en unas aplicaciones preliminares indican que se trata de un procedimiento abierto y flexible que permite aislar las eventuales asociaciones significativas de elementos contemplando cualquier tipo de combinación (y no sólo las observadas durante la excavación).
El segundo paso del análisis se basa en una primera propuesta de complementariedad de dos grandes bloques de tests, los denominados ((métodos de los cuadrados» y «métodos de las distancias» (el desarrollo completo de todos los procedimientos, así como la evaluación de sus ventajas, inconvenientes y aplicabilidad aparece ampliamente recogido en Wünsch y Guillamón, 1987), entendiendo que nos informan sobrt; aspectos diferentes y nos permiten tratar datos de dos tipos:
-Localizados dentro de una red regular de cuadrados o celdas, tratados a nivel de frecuencias de efectivos por cuadro.
-Localizados individualmente dentro de un espacio delimitado, tratados a nivel de puntos ubicados tridimensionalmente.
Dicha propuesta conlleva un proceso previo de adecuación y remodelación del encadenamiento de tests para validar su aplicación a los datos arqueológicos (hay que tener presente que estos métodos fueron desarrollados inicialmente en otras disciplinas como la ecología y la geografía).
La complementación entre ambos métodos permite minimizar el efecto de sus ventajas e inconvenientes, así los métodos de las distancias tienen una gran ventaja inicial ya que son insensibles -teóricamente-al tamaño y forma de la distribución y del área analizadas, sin embargo, no conceden demasiada importancia al análisis de las relaciones entre distintas distribuciones y sólo describen las relaciones entre los puntos a partir de sus distancias, sin tener en cuenta su disposición en el espacio estudiado.
Por el contrario, los métodos de los cuadrados sí conceden gran importancia al estudio de la disposición de los restos, pero la dirección y situación inicial de los ejes de la red de celdas condiciona el número de efectivos de cada una de ellas y lo más importante, el tamaño de los cuadrados afecta los resultados.
De ello se desprende la necesidad de complementar sus potencialidades desarrollando un encadenamiento de tests apropiado.
El proceso que planteamos para el procesamiento de cada uno de los métodos se puede esquematizar del siguiente modo:
1) Determinar el patrón de la distribución observada de frecuencias por cuadros, comparándola con una distribución de Poisson con la misma densidad de puntos a través del test del X2, para cada una de las categorías seleccionadas.
Establecer si es aleatorio o no-aleatorio (agrupado o disperso).
2) Si es no-aleatorio, separar las posibles zonas o áreas a partir de una red de comparaciones cuadro a cuadro utilizando el test del X 2 •
3) Para cada categoría, analizar la disposición de las frecuencias por cuadros a través de los tests de autocorrelación espacial (coeficiente 1 de Moran).
4) Contrastar la pertenencia de cada categoría a las zonas delimitadas previamente, utilizando el análisis de la varianza de 2 factores.
Métodos de las distancias
1) Determinar el patrón de la distribución observada de puntos localizados individualmente para cada una de las categorías, a partir de una remodelación del test del vecino más próximo.
Dicha modificaciún consiste en adecuar el test para el tratamiento dc las tres dimensiones (x, y, z).
Para ello hemos dt'sarrollado un programa de simulación para obtener los parámetros necesarios en las fórmulas.
2) Si el patrón es no-aleatorio, separar las posibles agrupaciones (c1usters) dentro de las distribuciones de cada una de las categorias, a partir del cálculo de la distancia critica de ruptura, señalando las áreas teóricas máximas.
3) Para cada agrupación de cada categoria, sintetizar el patrón de dispersión calculando el centro de gravedad de la misma y la dirección de los ejes de la desviación estándard.
4) Si el número de agrupaciones (c1usters) de cada categoria es elevado, se puede aplicar de nuevo el test del vecino más próximo para determinar el patrón de su distribución.
5) A partir de las agrupaciones de cada categoría, analizar la disposición de los puntos a través de los tests de autocorrelación espacial.
Para ejemplificar el funcionamiento del ANITES, una vez esbozados sus presupuestos lógicoanalíticos, el marco teórico en que se integra y su estructuración interna básica, utilizaremos los resultados de una aplicación previa realizada con datos procedentes del asentamiento de cazadoresrecolectores del Cingle Vermell (Vilanova de Sau, Barcelona)., El Cingle Vermell (cL Vila, 1981Vila, y 1985) ) es un pequeño abrigo situado al pie de una pared rocosa, de dimensiones reducidas (unos 10 m. de ancho por unos 5 m. de profundidad) y datado por CI4 en 9760 ± 160 B. P. La selección de las unidades de análisis (pisos de ocupación) y, sobre todo, de las categorias a procesar, se vió afectada por el estado más o menos avanzado de los diferentes análisis de los restos materiales.
Ello implica que los resultados obtenidos sólo deben ser considerados a nivel preliminar, es decir, la disponibilidad de categorias más informativas aumentaria su potencialidad a la hora de generar hipótesis en el marco explicativo general.
No obstante, el procesamiento de datos permitió contrastar la operatividad del tratamiento estadístico propuesto.
Tellil-'nuo presentes los requIsitos explicitauos anteriormente, se seleccionaron tres pisos de ocupación, prácticamente horizontales \' separados por niveles estériles, denominados respectivamente M, B v V; con una superficie excavada de 35 m 2 cada uno de ellos \' un grosor medio de unos 3-4 cm. (Figs.
Los restos materiales recuperados, fundamentalmente líticos y óseos, no eran muy numerosos por lo cual las categorias seleccionadas para el procesamiento estadístico -solamente se utilizaron restos materiales tridimensionados-presentaban unos efectivos bajos (más adelante veremos la incidencia de los escasos efectivos en algunos resultados).
Un aspecto interesante era poder utilizar los datos del análisis igneológico de los restos líticos, lo que permitía contar con categorías con adscripción funcional conocida.
Para no dificultar excesivamente la comprensión del tratamiento estadístico, obvíaremos su formulación matemática, presentando únicamente los resultados de los tests correspondientes a las diversas etapas del ANITES Y los comentarios explicativos necesarios.
El primer paso consiste, obviamente, en la confección de: a) Tablas de frecuencias de efectivos por cuadros de las diferentes categorias cuantitativas (Fig. 4).
-Ejemplu de labIa de frecuencias de efeclivos por cuadros.
Piso V, illduslria lulal (ulilizada y no U1i/izada).
b) Tablas de presencia/ausencia (1/0) de las categorías seleccionadas para el análisis de las asociaciones de elementos significativas (AES). c) Un archivo individualizado que registra las coordenadas tridimensionales y la categoría a la que pertenece cada uno de los restos materíales a procesar.
Las categorías seleccionadas para el procesamiento estadístico son: P¡soM Industria total (total de restos líticos) N = 33.
Industria utilizada (instrumentos con función establecida).
Industria no utilizada (otros restos líticos) N = 21.
Fauna total (total de restos óseos) N = 30.
Mamífero medio (restos de herbívoros) N = 10.
Otros restos de fauna (restos de conejo, ave, etc.)
IndustrÚl total (total de restos líticos) N = 99.
IndustrÚl utilizada (instrumentos con función establecida) N = 32.
IndustrÚl no utilizada (otros restos líticos) N = 67.
Fauna total (total de restos óseos) N = 64.
ASOCIACIONES DE ELEMENTOS SIGNIFICATIVAS
Un primer aspecto analizado por el ANITES es la eventual existencia de asociaciones de elementos significativas (AES).
El procedimiento a seguir (como ya hemos adelantado) consiste en la elaboración de una matriz de contingencia que relacione de dos en dos las categorías seleccionadas a través de un coeficiente de asociación o similitud (coeficiente 1 de Jaccard); la significación de las diferencias observadas en cada caso se realiza mediante el test del X2 (2•2).
En el ejemplo del Cingle Vermell hemos utilizado las categorías presentadas anteriormente, y se han efectuado los cálculos en los tres pisos de ocupación.
Los resultados obtenidos se representan gráficamente mediante dendrogramas, indicando con un recuadro las asociaciones (Fig. 5).
Una primera observación nos muestra, en el piso M, una asociación altamente significativa entre los restos de mamífero medio y la industria utilizada, mientras que el resto de la fauna se asocia con la industria no utilizada.
En el piso B, la principal asociación se produce entre los restos de conejo y la industria utilizada, mientras que la industria no utilizada se asocia con los restos de mamífero medio.
Finalmente, en el piso V, la asociación más significativa se produce entre la industria utilizada y la no utilizada, a las que se añaden -excluyéndose-los restos de fauna.
Como valoración inicial se constatan marcadas diferencias entre los pisos de ocupación: las asociaciones más significativas no son recurrentes sino que varían, independientemente de los efectivos mayoritarios en cada caso.
Llama la atención el hecho de que no se produce una disociación entre restos líticos y óseos.
Posteriormente complementaremos estos resultados con los obtenidos en los siguientes tests en un intento de establecer una visión conjunta que permita una mejor definición del carácter y significación arqueológica de los mismos.
La segunda parte del ANITES consiste, siguiendo el esquema planteado anteriormente, en la creación y aplicación de dos encadenamientos de tests estadísticos basados en una propuesta de complementariedad entre los denominados «métodos de los cuadrados» y los «métodos de las distancias.: adecuadamente remodelados en algunos aspectos para permitir el procesamiento de datos arqueológicos.
Se aplican tests estadísticos basados en datos agrupados en cuadros o celdas, para ello se utilizan las tablas de frecuencias de efectivos por cuadros de las categorías presentadas, separadas en función de los pisos de ocupación seleccionados como unidades de base.
En cada uno de ellos se analiza la industria y la fauna (con sus correspondientes subdivisiones), primero individualmente para pasar seguidamente a ver la posible interacción entre ambas.
De esta forma obtendremos la información pertinente para el total de las dos categorías generales y aparte conoceremos también el(los) elemento(s) que más ha(n) influido en esta caracterización global.
El procedimiento utilizado consiste en establecer el carácter de la distribución (por frecuencias de aparíción) de cada categoría a través de su comparación con distríbuciones de Poisson de igual densidad, y en analizar la disposición (autocorrelación espacial) de los efectivos de cada categoría a través del coeficiente 1 de Moran. (d.
El análisis de la industria, tanto a nivel global como para las categorías de utilizada y no utilizada, muestra que las diferencias entre las distribuciones observadas:\1 las esperadas bajo la hipótesis de aleatoriedad no pueden ser consideradas significativas, ni en relación a las distribuciones de frecuencias ni en relación a la autocorrelación espacial.
Concretamente, en la comparación con las distribuciones de Poisson la diferencia critica según la prueba de Kolmogorov y Smirnov para una sola muestra ha resultado más elevada que las diferencias observadas: D = 0.36 para el total de la industria.
Igualmente, los índices de autocorrelación espacial (test I de Moran) no son significativos: z¡ = -0.949 (Ho) para el total de la industria. z¡ = -0.984 (Ho) para la indo utilizada. z¡ = 1.057 (Ha) para la indo no utilizada.
El análisis de la fauna muestra una interesante divergencia.
El estudio del carácter de las distribuciones de frecuencias no ofrece resultados significativos en ninguna de las tres categorías: D = 0.042 para el total de fauna.
Contrariamente, los índices de autocorrelación espacial sí que resultan significativos para las categorías en que hemos dividido la fauna: z¡ = -0.988 (Ho) para el total de la fauna. z¡ = 3.987 (HI) para el mamífero medio. z¡ = -1.778 (HI) para los otros restos de fauna.
Ello se debe a que la disposición de los restos de mamífero medio es altamente dispersa, mientras que la de los otros restos de fauna es altamente agrupada, lo que produce el carácter aleatorio del total de la fauna.
El análisis de la industria, a diferencia del piso anterior, muestra una diferencia significativa respecto de una distribución aleatoria para el total de la industria (D = 0.203); que no se mantiene para las otras dos categorías en que se subdivide: D = 0.104 para la indo utilizada.
La principal contribución a la significación del resultado global viene dada por la industria no utilizada que aunque no tiene una diferencia significativa respecto a la aleatoriedad, sí muestra una marcada tendencia a la dispersión.
Esta caracterización se refuerza con los resultados de la autocorrelación espacial, que indica una disposición significativa dispersa para el total de la industria aunque'las otras dos categorías en que se subdivide tengan disposiciones aleatorias: Zl = 2.264 (H ¡) para el total de la industria.
El análisis de la fauna ofrece unos resultados semejantes a los de la industria; la fauna total muestra una dispersión ligeramente significativa (D = 0.195) pero las dos categorías en que se subdivide resultan aleatorias: D = 0.165 para los restos de conejo.
Los restos de conejo son los que contribuyen mayoritariamente al resultado global ya que sin llegar a ser significativo su índice de divergencia respecto a la aleatoriedad tiene una marcada tendencia a la dispersión.
Los índices de autocorrelación espacial no muestran diferencias significativas respecto a una disposición aleatoria: Z¡ = -1.406 (Ho) para el total de la fauna.
El análisis de la industria en este piso, al igual que en el anterior, muestra una diferencia altamente significativa respecto a una distribución aleatoria para la industria total (D = 0.373) y una disposición también significativa: Z¡ = 2.362 (H.) para la industria total.
Este carácter marcadamente divergente de la aleatoriedad viene dado principalmente por la aportación de la industria no utilizada, que muestra una distribución no aleatoria (D = 0.294) y un índice de autocorrelación significativo [z¡ = 2.137 (HI)].
La industria utilizada, en cambio, tal vez debido a los pocos efectivos, muestra una distribución aleatoria (D = 0.154) y un índice de autocorrelación espacial no significativo: z¡ = 1.324 (Ha) para la indo utilizada.
El análisis de la fauna muestra una situación análoga a la observada en el piso B, el total de los restos de fauna presenta una clara diferencia significativa respecto de la aleatoriedad (D = 0.278).
Este carácter le viene dado principalmente por la distribución significativa de los restos de conejo (D = 0.308), ya que los otros restos de fauna presentan una distribución aleatoria (D = 0.049).
Sin embargo, los índices de autocorrelación no muestran ninguna divergencia significativa respecto de la aleatoriedad: z¡ = -1.081 (Ha) para la fauna total.
En conjunto, podemos observar en el piso V una fuerte divergencia en el carácter de las distribuciones espaciales de los conjuntos de industria y fauna, que se constata igualmente en los índices de asociación obtenidos a través del análisis de las asociaciones de elementos significativas ~ntre las categorías líticas y óseas.
Del mismo modo, hay que señalar los diferentes caracteres de las autocorrelaciones espaciales de las categorías analizadas: mientras que en la industria la divergencia entre los instrumentos con función establecida y los otros restos líticos es solamente de significación, en la fauna esta divergencia también es de signo, es decir, los restos de conejo (igual que el total de la fauna) muestran una tendencia al agrupamiento, mientras que los otros restos de fauna tienden a la dispersión.
En el piso B se observa un cambio en la interrelación de las categorías líticas y óseas: se pasa de tener una fuerte asociación entre los restos líticos (piso V) a tenerla entre la industría utilizada y los restos de conejo.
En este caso, lo que resulta más significativo en relación a la disposición (autocorrelación espacial) de los restos son los conjuntos globales de industria y fauna, y no las categorías más específicas en que se han subdividido.
En el piso M podemos señalar, por un lado, la diferencia en las distribuciones de la industria y la fauna (rasgo que se ha mantenido en los tres pisos de ocupación) y, por otro lado, la marcada divergencia entre las dos categorías en que se subdivide la fauna; divergencia que ya se constataba en el análisis de las asociaciones de elementos significativas.
METODOS DE LAS DISTANCIAS
En este caso se aplican los tests estadísticos que utilizan como base la situación tridimensional individualizada de los restos.
Para ello se utiliza una base de datos formada por registros que indican las coordenadas tridimensionales y la categoria a la que pertenece cada resto recuperado.
El procesamiento consiste en la determinación del carácter de la distribución de puntos -en relación a sus distancias mutuas-a través de una remodelación propia del test del vecino más próximo (coeficiente R); en el cálculo de la distancia crítica de ruptura entre los puntos como criterio para el establecimiento de agrupaciones; y, finalmente, para cada una de estas agrupaciones se ha sintetizado el grado y la dirección de la dispersión a partir del cálculo de la elipse de la desviación estándard (cf. Clark y Evans, 1954; Ebdon, 1976; Pinder, 1978; Vincent, 1976).
Los dos últimos pasos de nuestra propuesta metodológica no se han podido desarrollar debido a los escasos efectivos que han dado un número reducido de agrupaciones.
Para homogeneizar el tratamiento de los datos, se han analizado las mismas categorías para cada uno de los pisos de ocupación.
Los resultados del coeficiente R y el número de agrupaciones establecidas en base a la distancia crítica de ruptura (Figs.
En todos los casos los resultados obtenidos a partir del coeficiente R indican una dispersión altamente significativa (a = 0.00 1) de las categorías en cada piso de ocupación.
En algunas ocasiones -cuando R es mayor de 2-podemos interpretar el resultado como indicador, más que de dispersión, de regularidad en la distribución de los puntos.
Esto sucede con la industria utilizada y los restos de mamífero medio del piso M, con la industria utilizada y no utilizada y los otros restos de fauna del piso B, y con la industria utilizada y los otros restos de fauna del piso V.
Hay que tener en cuenta que estas categorias son las que presentan el menor número de efectivos en relación a cada piso y a cada categoria general de industria y fauna; el coeficiente de correlación entre el número de efectivos y el coeficiente R (Fig. 7) indica un comportamiento de proporcionalidad inversa entre ambas variables (r = -0.619), por tanto consideramos que estos resultados excepcionalmente elevados pueden ser debidos a los escasos efectivos con que hemos trabajado (sin que ello invalide el método utilizado).
En relación al número de agrupaciones de cada categoria podemos observar (Fig. 8) que el número de efectivos sólo muestra una influencia indirecta sobre el mismo: no hay una fuerte correlación entre el número de puntos y el número de agrupaciones obtenido (r = 0.234), mientras que sí se aprecia (Fig. 9) una mayor influencia del coeficiente R sobre el número de agrupaciones (r = -0.565).
Respecto al carácter del patrón de dispersión máxima de las agrupaciones (Fig. 10) de cada una de las categorias, no se observa ninguna dirección sistemática, aunque sí que existe una preponderancia no significativa de las dispersiones en dirección NE-SW.
En base a los resultados anteriores, nos interesa analizar más específicamente el carácter de las interrelaciones de las categorías estudiadas en los tres pisos de ocupación.
El procedimiento consiste en observar el solapamiento de las áreas máximas de las agrupaciones, teniendo en cuenta el carácter concreto de cada uno de los elementos involucrados, para establecer la posible significación de las interrelaciones generales de las agrupaciones de las diferentes categorías (obviamente sólo se estudian las categorías más específicas en que se han subdividido los restos líticos y óseos).
Los comentarios se ilustran con unas figuras que representan gráficamente dichas interrelaciones sin implicar ningún criterio de jerarquización previa: las líneas continuas indican que las dos agrupaciones que unen tienen sus centros de gravedad incluidos dentro del área de solapamiento mutuo; mientras que las líneas discontinuas indican que el área de solapamiento no incluye los centros de gravedad de las agrupaciones que unen.
Por tanto no se tiene en cuenta la ubicación concreta de las agrupaciones, si no el carácter de los elementos que las componen y las interrelaciones que se establecen entre ellas.
En general, los resultados del estudio de los solapamientos de las agrupaciones de cada categoría en los tres pisos de ocupación (Figs.
11.-Esquema de las interrelaciones entre las agrupaciones de categorías (Piso M).
En los recuadros los números indican la numeración de las agrupaciones y las letras la categoría.
El aspecto a resaltar es que muestran que las interrelaciones son más complejas de lo que parecía inicialmente, sobre todo teniendo en cuenta el carácter de los elementos que las integran.
En el piso M (Fig. 11) se han establecido dos grandes interrelaciones (A y B): la primera reúne la mayoría de agrupaciones de restos líticos (utilizados y no utilizados) y de restos óseos, mientras que la segunda reúne tres agrupaciones sin aparente significación.
En el piso B (Fig. 12) también se han establecido dos interrelaciones (A y B), la segunda de las cuales puede subdividirse en otras dos.
La interrelación A no parece tener significación, por el contrario, la B reúne la mayoría de los restos líticos y óseos, permitiendo caracterizar mejor la asociación entre los restos de conejo y la industria utilizada (que aparecía como el rasgo principal de este piso de ocupación) que se debe no tanto a la fuerte relación entre ambas categorías como al mayor peso de los efectivos de la primera.
En el piso V (Fig. 13) las interrelaciones apoyan los resultados obtenidos anteriormente en el análisis de la asociación entre las categorías: se forma una única interrelación CA) debido a que la dispersión de los elementos da lugar a agrupaciones muy grandes que se solapan mutuamente.
Como primera valoración, el análisis de las interrelaciones a partir de los solapamientos de las agrupaciones permite constatar una mayor complejidad y complementar el primer acercamiento obtenido a través del análisis de las AES.
La significación del carácter de estas interrelaciones se ha visto dificultada en este caso por la ausencia de asociaciones claras de elementos con adscripción funcional, sobre todo en referencia a la industria utilizada que era (en principio) el mejor indicador; no se han evidenciado asociaciones diferenciales de instrumentos de trabajo en base a procesos operativos específicos (cortar, perforar, raspar, etc.).
Tras estos breves comentarios sobre los resultados obtenidos con los diversos análisis y tests se puede realizar una comparación general.
Un aspecto que llama la atención es la aparente divergencia entre los resultados que ofrecen los dos bloques estadísticos aplicados. como se evidencia en el procesamiento de los datos del Cingle Vermell.
No obstante. ello es debido a que la información que ofrecen no se situa al mismo nivel: mientras que los tests basados en cuadrados se refieren a distribuciones de frecuencias de efectivos por zonas. los tests basados en las distancias informan sobre la situación individualizada de puntos en un espacio delimitado.
Por 10 tanto. éstos últimos se muestran más flexibles y sensibles a las divergencias respecto a la aleatoriedad. y por otra parte. más insensibles al número de efectivos de las categorias analizadas.
Los métodos de los cuadrados se han visto afectados claramente por el escaso número de efectivos que ha impedido la delimintación de áreas internas, pero han permitido analizar la disposición (autocorrelación espacial) de las categorías. un aspecto poco desarrollado en los métodos de las distancias.
Consideramos que ello justifica plenamente nuestra propuesta de complementariedad. que está siendo revisada para plantear una segunda propuesta más operativa.
En su conjunto, esta primera aplicación del análisis de las interrelaciones espaciales de los elementos arqueológicos (ANITES) a los datos procedentes del Cingle Vermell se puede considerar como positiva. si bien un nuevo procesamiento de los mismos con categorías más informativas ofrecería una mayor capacidad de profundización.
No obstante. esta aplicación previa a los tres pisos de ocupación ha permitido constatar la existencia de distríbuciones no aleatorias y testimoniar que las dispersiones ocupan una zona restringida dentro del espacio ocupado.
Sin embargo. en relación a los caracteres organizativos de las actividades desarrolladas en el mismo. destaca la ausencia de disociación entre los restos líticos y óseos (que no evidencian ubicaciones diferenciales) y la ausencia de agrupaciones diferenciales de las categorías líticas con adscripción funcional (cortar, raspar, rascar).
Ello no invalida necesariamente las expectativas propuestas, puesto que la ausencia de una experiencia de la causalidad (en este caso, la ausencia de constatación de agrupaciones funcionales) no equivale a una experiencia de la ausencia de causalidad (d.
De cualquier modo, en base a los resultados, no parece existir un patrón de ubicación de los procesos de trabajo realizados en las ocupaciones analizadas.
El ejemplo más claro es el del piso V donde, si bien el proceso de trabajo más representado es el de cortar materias blandas, la disposición de los instrumentos no configura una asociación aislada.
Como ya hemos avanzado, estos resultados sólo deben ser considerados a nivel preliminar, puesto que es posible que se vean afectados por los escasos efectivos (a nivel estadístico) y por el reducido tamaño de la superficie ocupada (que puede comportar el solapamiento de las actividades).
Diferentes hipótesis deberán ser contrastadas en nuevos procesamientos.
Finalmente, debemos señalar que la creación de las categorias de restos materiales procesadas estadísticamente dependerá del tipo Y profundidad de los análisis que deben realizarse previamente; análisis que habrá que contemplar y/o justificar en la elaboración de hipótesis.
Igualmente, hemos de tener presente que con la aplicación de estas pruebas estadísticas no pretendemos ir más allá de la objetivación de las descrípciones y caracterizaciones; esta objetividad no es extensiva a las propuestas explicativas que se planteen a partir de los datos.
«La "objetividad" a este nivel vendrá dada por el marco de nuestra formulación teórica y su congruencia interna» (Guillamón y Wünsch, 1986: 28). |
Palabras clave Paleolítico Superior.
La reciente excavaClon de varios yacimientos cantábricos con niveles solutrenses y un nuevo análisis de ese periodo en la región (Rasilla, en prensa), permiten precisar la secuencia arqueológica y proponer su desarrollo crono-estratigráfico.
De acuerdo con los esquemas clásicos la Región Cantábrica no presenta, por ahora, ningún resto que permita afirmar la existencia de Solutrense inferior.
Este hecho puede ser explicado por dos razones fundamentales: en primer lugar, es una realidad que durante las etapas finales del Würm ID determinados procesos del medio físico impiden conocer qué ocurrió en las cuevas (imposibilidad de ocupación o eliminación de niveles), y además en muchas de ellas no se ha excavado hasta la roca madre.
En segundo lugar, parece que la etapa Auriñaco-Perigordiense perduró más tiempo en la zona.
Es necesario demostrar suficientemente, y dilucidar su causalidad, este último aspecto, mediatizado por falta de secuencias de enlace tanto sedimentarias y polínicas, como isotópicas e incluso arqueológicas.
Sin embargo, no debe pensarse en un hiatus cultural.
La continuación de este desarrollo viene dada por el Solutrense medio.
En la actualidad es posible afirmar su existencia pero, lógicamente, se plantean una serie de problemas.
Primero, dos causas han condicionado -y condicionan-el reconocimiento de esta etapa en las cavernas de la Región Cantábrica: la cantidad de procesos erosivos o de inundación sucedidos durante el final del Würm ID y el interestadio de Laugerie y, presumiblemente, una mayor intensidad de ocupación en terrenos al aire libre al haber una menor habitabilidad en las cuevas tradicionales,
Empleo casi exclusivo de sílex como materia prima para la industria en general, y exclusivo para los útiles caracteristicos.
Gran tamaño de la industria en general y del utillaje solutrense en particular, dentro de los estrechos márgenes que permite la roca más usada.
Industria normalmente de tendencia poco laminar, predominando las lascas voluminosas.
Escasa o nula significación de las láminas de dorso.
Presencia única de puntas de cara plana y de hojas de laurel.
Las primeras parecen tener bastante importancia de esta etapa, para perderla en la siguiente.
En lo referente al utillaje característico destaca: a) Forma de la base convexa, apuntada (cuando la pieza está entera tiene forma romboidal) y recta; teniendo la prímera elevados porcentajes. b) Dirección de los retoques irregular, producto de la técnica de talla empleada (percusión más o menos violenta y no muy controlada), y del tamaño de los soportes utilizados (necesidad de golpear más fuerte para que la esquirla recorra mayor cantidad de superficie). c) Forma del borde sinuosa, debido a la forma de tallar y a que habitualmente no hay regularización de los bordes. d) Se observa una clara «construcción» de las piezas sin que, salvo excepciones, se utilice un soporte más o menos predeterminado.
No obstante, la forma del útil está perfectamente clara y conseguida, así como el empleo del retoque plano y de la bifacialidad en las hojas de laurel.
En el estado actual de conocimientos es difícil establecer fases dentro de esta etapa como se ha pretendido hacer en Las Caldas (Corchón, 1981).
La falta de elementos comparativos, la pequeña extensión de las catas y el relativamente escaso número de útiles característicos, sobre todo en los niveles basales, impiden una aproximación coherente al tema.
Sin embargo es posible que el nivel F
(1) Es posible, aunque también con dudas, que Bolinkoba pueda pertenecer a esa etapa.
(2) La fecha de Hornos de la Peña es todavía más antigua, pero al serlo también la excavación debe tomarse a título indicativo.
La fecha del nivel 18 de Las Caldas presenta problemas claramente explicitados en Jordá et alii (1982:14).
(3) Esto es apuntado dé soslayo por Corchón (1981: 231). de Cueto de la Mina pueda arrojar alguna luz sobre los momentos iniciales del períodu, máxime si admitimos su posición en el Würm III (Rasilla, en prensa).
El Solutrense superior no participa -o muy poco-de procesos sedimentarios erosivos o de inundaciones, teniendo una amplia representación en todo el ámbito de estudio, causada, presumiblemente, por una mayor insistencia en la utilización de cuevas debido al clima reinante.
Las recientes excavaciones en Las Caldas y La Riera han puesto de manifiesto un aspecto interesante: que no hay solución de continuidad -aparente-entre este periodo y el anterior.
Estos hechos reducen al máximo cualquier idea de una brusca intrusión del Solutrense en el area, teniendo entonces que buscar las razones de su desarrollo en algo más complejo relacionado con el entramado humano del mundo franco-cantábrico.
Los caracteres industriales de este momento se centran en: l.
Empleo de la cuarcita como materia prima para la industria, incluso para el utillaje característico.
No obstante, esa roca siempre tiene porcentajes menores que el sílex y, además, su uso en el utillaje solutrense se reduce normalmente a las puntas de base cóncava que en cambio son, casi en exclusiva, confeccionadas en cuarcita.
Tanto la industria como el utillaje característico tiene unas dimensiones menores que en la etapa anteríor.
Industria habitualmente de tendencia más laminar que en la etapa anteríor.
Importante significación de las láminas del dorso.
S. Presencia de hojas de laurel, puntas de base cóncava y puntas de muesca.
Las puntas de cara plana pierden importancia comparándolas proporcionalmente con el episodio precedente.
En lo que se refiere al utillaje característico destaca fundamentalmente: a) Forma de base cóncava, recta y convexa, teniendo la primera elevados porcentajes. b) La dirección' de los retoques participa de una elevada presencia de paralelos (aunque en general dominen los irregulares), indicando una mayor depuración en la técnica de talla, y que al ser los soportes de menor tamaño la esquirla de talla recorría más fácilmente la superficie de la pieza. c) Forma del borde rectilínea debido a la forma de tallar y a una intención por regularizar los bordes. d) Se observa una clara «construcción» en las hojas de laurel, pero tanto en las puntas de base cóncava como en las puntas de muesca hay, habitualmente, una clara actitud por usar soportes más o menos predeterminados.
En las puntas de base cóncava se observa en muchas ocasiones que la cara ventral está poco o nada retocada, pero es muy plana (no está curvada); y en las puntas de muesca está muy clara la utilización de soportes de sección tríangular o trapezoidal con la cara ventral también muy recta y sin muchos retoques.
La configuración final del útil característico está normalmente más conseguida, empleándose el retoque plano y la bifacialidad sobre todo en las hojas de laurel, pero también en los otros tipos citados.
Todo ello está en relación directa con la calidad y estructura interna de la mate ría príma empleada, que en cierto modo condiciona la morfología final del utensilio, e indica una mayor habilidad y experiencia técnica.
Esta fase presenta una clara homogeneidad a lo largo del Cantábrico (con las lógicas diferencias), una importante personalidad propia y un fuerte arraigo, adoptando varias soluciones inteligentes a ciertos obstáculos impuestos por el medio.
No obstante, estas peculiaridades regionales no difieren esencialmente de los esquemas de valores normales en la generalidad del Solutrense.
A continuación se ha definido en Las Caldas otra etapa, acuñándose para ella el término Solutrense terminal (Corchón, 1981).
Por lo que se refiere a la materia pnma, la tendencia es una creciente importancia de la cuarcita.
El tipo de lascado continúa siendo cada vez más laminar• en la base de esta etapa, acorde con la tendencia que se percibe desde la base del Solutrense superior, para caer bruscamente su índice al final del Solutrense, donde es escasamente laminar.
Si negar estos aspectos mencionados, pienso que la citada autora ha cargado todo el peso de la argumentación en la rarificación creciente de los útiles solutrenses y en la posición final que ocupan estos niveles en la secuencia de Las Caldas.
Lógicamente, siguiendo esos criterios, no puede concluirse de otra manera.
Ahora bien, considero que las diferencias con el Solutrense superior no son tan acusadas como para apoyar de forma taxativa la palabra terminal.
El que haya una rarificación tan intensa del utillaje caracteristico puede deberse en este caso a dos causas principales:
Se ha excavado en una zona de tránsito donde, por causa del azar, no han aparecido casi utensilios de este tipo.
No debe olvidarse dónde está situada la excavación y su tamaño.
Siguiendo la línea de Straus pudiera ser que las actividades desempeñadas en esos niveles no precisaran, casi, la utilización de tales instrumentos.
Sea cual sea la razón (4), no creo que esa escasez avale suficientemente toda la carga semántica que interviene en la palabra Solutrense terminal, hasta que no se haya excavado una extensión mayor del yacimiento, o hasta que no contemos con más depósitos que lo corroboren.
Además no disminuye tanto el tamaño del utillaje, la cuarcita no toma valores demasiado acusados, y la laminaridad tampoco difiere tanto respecto a etapas anteriores.
Incluso los grupos de utensilios más importantes, tanto en los niveles atribuidos al Solutrense superior como al terminal. son prácticamente iguales hasta en las frecuencias.
No obstante, esos rasgos enunciados por Corchón, a lo que añadiría la significación mayor que parecen tener las láminas del dorso y, quizá, la existencia de cierta -pero tenue-simplificación en la morfología y tecnología del utillaje, sí pueden indicar el inicio de un leve proceso de «desolutreanizacióm.
En efecto, considero que Chufín (y Morín siempre que se tome con las debidas reservas, por la posibilidad de que hubiera mezclas con lo suprayacente) muestra, con mayor claridad que Las Caldas, el citado proceso y tiene un nutrido conjunto de utensilios característicos solutrenses.
Esos yacimientos se encuentran dentro de esquemas solutrenses claros, pero las pequeñas dimensiones, frecuencias de materias primas, tendencia laminar, importancia de las láminas de dorso, y características morfo-técnicas del utillaje solutrense, anuncian dicho proceso de «desolutreanizacióm>.
Pienso entonces que Jo verdaderamente importante es el fenómeno que se va operando en los elementos materiales, siendo posible creer que se produce in situ y sin brusquedad aparente.
Las causas que justificarían dicho fenómeno pueden ser muy variadas y sobre todo complejas, pudiendo resumirse en dos grandes apartados: adaptación o aculturación.
Considero que aun siendo perfectamente posible la aculturación, dado el entramado social existente y la sincronía entre el Magdalaniense francés y el Solutrense cantábrico, la adaptación tuvo un peso decisivo en ese cambio mencionado.
Se observa una neta economía de esfuerzo en cuanto a la industria lítica, porque se simplifica el gesto técnico y el modelo tipológíco, consiguiéndose iguales o mejores resultados.
Es decir, la gama de recursos que se desechan, que se potencian, o que se generan, permiten una adaptación más favorable a las 4(nuevas~ condiciones.
Esto, pienso, se produce como maduración de una «actitud~ -consciente o inconsciente-sin que influyeran de forma expresa y ostensible factores ajenos al propio colectivo.
Hechos, no obstante, que deberán demostrarse con mayor rigor en el futuro.
Parece claro que, sean cualesquiera los factores concurrentes, fue un desarrollo casi imperceptible pero imparable, como parece demostrar La Riera.
El agravante en este caso es que dur-ante esta etapa estamos igualmente mediatizados por una serie de procesos sedimentarios que impiden reconocer en mayor número de sitios lo sucedido "j, presumiblemente también, por una mayor intensidad de ocupación al aire libre.
La tendencia de los niveles 9 al 14 de La Riera no se separa sustancialmente de la del Solutrense superior, pero determinados elementos, tales como el tamaño de los utensilios -que sin ser más pequeños denotan cierta tendencia a la baja, máxime cuando es la cuarcita la materia prima principal (5)-, la importancia de las lascas y la restricción de las hojas a ciertos utensilios, la baja laminaridad, la simplificación del modelo tipológico, la relativamente creciente importancia de la lámina de dorso, permiten atisbar también un leve proceso de ccdesolutreanización».
Resulta interesante anotar que aquí se da igualmente una rarificación creciente del utillaje solutrense, lo que obliga a replantearse la cuestión de nuevo.
Otra razón de su escasez, aparte de las dos citadas para Las Caldas y a la vista de los resultados, puede ser que efectivamente se produjera una rarificación drástica del utillaje, pero continuaron los esquemas solutrenses en el resto de la industria.
Es un hecho muy posible que trataré de argumentar en párrafos posteriores (cuando se hable sobre cronología y estratigrafía), pues tiene mucho interés.
Sin embargo, es difícil asumir una vez más la carga conceptual que lleva la palabra terminal puesto que, creo, no estaban agonizando los esquemas solutrenses sino que se estaban modificando.
En definitiva, parece que tanto los niveles 6 a 3 de Las Caldas como 9 a 14 de La Riera, tienen unos rasgos que pueden traducir un modelo de ocupación caracterizado por ser repetitivo pero efímero, sin que queden improntas nítidas de lo que allí oc unió, llegando hasta nosotros unos elementos de «cultura» diluidos.
Impidiendo, por tanto, una aproximación más eficaz al tema.
Es evidente, por otra parte, que nos encontramos en etapas transicionales, de cambio, a las que afectan factores muy dispares -pero de difícil discernimiento-sin que puedan definirse cuáles inciden en esas modificaciones y cuáles forman parte del modo de vida normal de estos grupos humanos.
A partir del nivel 14 de La Riera el alejamiento de los esquemas solutrenses es evidente para asumir cada vez con mayor claridad, y a medida que se asciende en la secuencia, esquemas magdalenienses.
Es decir, la tendencia que se observa entre los niveles 15 a 17 de La Riera muestra:
En cuanto a los útiles hay una mayor simplificación morfo-tecnológica, menor tamaño, normalmente poca laminaridad en el resto de talla (aunque en los útiles ésta aumenta considerablemente, hasta ser muy importante, a lo largo de los niveles debido sobre todo a las láminas de dorso), y menor diversidad tipológica.
Importancia numérica creciente de las hojitas de dorso, hasta convertirse en dos tercios del total de los útiles, y particularidad morfológica de las mismas.
En estos niveles se observa como, habitualmente, el soporte no. tiene forma estructural de hojita; se confecciona sobre «cualquier cosa» y mediante el retoque se convierte en dicho utensilio.
Por el contrario durante el Solutrense estos útiles tienen en general un soporte con forma de hojita de sección triangular o trapezoidal, denotando una cuidada extracción.
Así pues, esta serie manifiesta con absoluta determinación la existencia de un proceso de «magdalenización», en donde el Solutrense queda como un vago recuerdo de otros tiempos.
Incluso, pienso que al menos el nivel 17 debe ser considerado magdaleniense.
Estas cuestiones nos conducen a una serie de planteamientos.
En primer lugar, es evidente la intergradación existente entre el Solutrense y el Magdaleniense inferior (como ya dijo Straus, 1975: 786), lo que puede indicar que el paso de uno hacia otro fue suave pero continuo y lo hicieron in situ los mismos grupos humanos, dentro de un ámbito en el que las ideas estaban latentes dado el entramado social existente.
Es decir, ese paso no se hizo de una manera «brusca» como sí parece ocurrir en los inicios dd Solutrense cantábrico, sino que estando presentes las ideas, debido a las estrechas relaciones franco-cantábricas, a partir de cierto momento los esquemas fueron progresivamente "desolutreanizándose» para I<magdalenizarse».
Ello se efectuó in situ desde los mismos grupos portadores de los esquemas solutrenses.
En este orden de cosas es interesante traer a colación unos párrafos de Utrilla (1981: 294-295) correspondientes a las conclusiones de su estudio, y en relación con lo que la autora denomina "Magdaleniense inferior arcaico»: "...los cuatro yacimientos incluidos en la facies Rascaño 5 no contienen niveles solutrenses.
En todos ellos el magdaleniense arcaico inaugura las estratigrafías y tenemos la impresión de que son gentes nuevas, quizá venidas del sudeste de Francia, las que ocupan los yacimientos vírgenes, no ocupados por solutrenses...
Este Magdaleniense inicial, tipo Rascaño S, arraiga con gran fuerza en los cuatro yacimientos, entregando unas estratigrafías muy completas que perduran hasta la extinción del Magdaleniense...
Por el contrario, los cuatro yacimientos incluidos en la facies de Castillo contienen un nivel Solutrense superior subyacente.
Parece como si en estos yacimientos los primeros balbuceos del Magdaleniense fueran ensayados por los propios solutrenses que habitan en ellos, los cuales no van a ser extenninados bruscamente de la costa cantábrica... y poco a poco adoptarán de sus nuevos vecinos magdalenienses algunos modelos hasta que se llegue en el Magdaleniense ID a la unifonnización general del Magdaleniense cantábrico»..
Por lo dicho más arriba estoy de acuerdo, al menos, con la sugerencia contenida en la parte dedicada a la llamada facies de Castillo (6); pero es perfectamente factible sospechar que las cosas ocurrieran tal y como en general las plantea Utrilla.
Se adjunta un cuadro (Fig. 1) en el que propongo las posibles correlaciones entre las industrias estudiadas.
Quede claro que no es una correlación en el tiempo.
El ténnino Solutrense superior en "proceso de desolutreanización» debe entenderse como unas industrias que, aún estando dentro de esquemas solutrenses, participan del proceso mencionado (7).
El término industrias en «proceso de magdalenización» debe entenderse como unas industrias en las que los esquemas solutrenses han desaparecido (o casi), y se aproximan a esquemas magdalenienses.
No se pretende introducir una nueva tenninología, sino que se trata de conceptualizar un fenómeno de cambio, por adaptación o aculturación, con gradiente distinto.
Las tendencias «culturales» definidas en páginas precedentes deben incardinarse con los resultados crono-estratigráficos a fin de ponderar su desarrollo.
Para ello se ha confeccionado un cuadro (Fig. 2) con diferentes datos que tratarán de clarificar estos aspectos.
Es preciso decir, en primer lugar, que se ha utilizado la escala de tiempo propuesta por Arl.
Leroi-Gourham (Leroi-Gourhan y Renault-Miskovsky, 1977) por ser la más extendida y por hablar del mismo lenguaje; pero los límites trazados son -por sí mismos-discutibles y discutidos (Hoyos, 1981: 71-75), al estar basados en regíones alejadas de la nuestra y porque «... falta una secuencia polínico-c1imática regíonal de la Cornisa Cantábrica, que es con la que debíamos comparar nuestros resultados... »
Asimismo, dichos límites deben ser considerados de forma flexible, pues en buena medida son siempre arbitrarios y representan, nonnalmente, una convención para entenderse.
En segundo lugar, hay un hecho que debe asimilarse en toda su magnitud dadas las caracteristicas de nuestra disciplina.
Cuando correlacionamos, desde el punto de vista prehistóricoarqueológico, unas industrias con otras consideramos que son contemporáneas, cuando necesariamente no tiene porqué ser así.
En efecto, si tomamos una unidad de tiempo (Tl-T2) y unas industrias -etc.-dadas (11-15) consideradas como pertenecientes al mismo horizonte cultural, siempre son situadas en el mismo plano temporal (es decir, abarcando todo el espacio de tiempo).
Sin embargo ello no es necesariamente así (8).
Esas industrias abarcan espacios temporales propios, pudiéndose solapar en detenni-(6) Si bien, en concreto El Castillo no tiene un nivel Solutrense superior sino medio (Rasilla, en prensa).
Pudo haber uno de aquella etapa pero por: variadas razones no ha llegado hasta nosotros.
(7) Aunque, en efecto, en Las Caldas está situado al final del depósito solutrense.
(8) Desgraciadamente, por ahora no puede saberse con precisión el intervalo de tiempo ocupado por unos restos humanos e!l un espacio concreto.. --+---------------------------: 5;1 (1985:29-43) y los de La Riera, de Laville (1980, 198/ (Bowr•KIt'iI/, 1980), y el análisis sedimentario (Hoyos, comunicación oral), en el interestadio de Lascaux. nados momentos, e incluso puede darse el caso que 11 esté representada por un solo nivel arqueológico e I3 por varios.
Es decir, nosotros podemos marcar la tendencia general y trasladarla a una unidad de tiempo (unidad de tiempo que si es de un año no hay necesariamente contemporaneidad; si la unidad es de trescientos años sí puede haberla), pero por el momento no podemos afinar más, impidiendo conocer en esferas muy precisas la causalidad (temporal. funcional...) de las diferencias o semejanzas entre las cosas.
Este asunto se complica todavía más cuando nos encontramos analizando lo que sospechamos es -o puede ser-una fase de transición, es decir no estamos en lo que podriamos llamar niveles ~culturalmente~ puros.
Centrándonos pues en el tema que tratamos, tras estas premisas previas, intentaré evaluar la relación crono-estratigráfica/ cultural. de acuerdo con las tendencias reconocidas en el Solutrense Gantábrico.
Acertadamente dice Laville (en prensa) que «... si tomamos como referencia los límites cronológicos propuestos por Arl.
Leroi-Gourhan para los interestadios de Laugerie (20.000 a 18.000 B. P. aprox.) y de Lascaux (18.000 a 16.200 B. P. aprox.), las tres fechas propuestas por tres laboratorios diferentes para el nivel 1 de la Riera confirman su atribución a un episodio anterior al interestadio de Laugerie~ (9), y manifiesta también que el nivel 1 ~... se deposita bajo un clima frio».
Esto argumenta en favor de dos cuestiones: Los niveles pertenecientes al Solutrense medio tienen de momento como fecha más antigua el 19.942 B. P. (Hornos de la Peña) y el 19.030 B. P. (Las Caldas 12 techo) (10) como más moderna; correspondiendo su clima a una etapa genéricamente templada y húmeda asimilable a Laugerie (11).
En ella se han generado unos procesos sedimentarios erosivos (entre el nivel 1 y 2 de La Riera, entre el nivel VI y V (=E de la Vega del Sella) de Cueto de la Mina, entre 7a y 6 de Rascaño, los niveles estériles de Cava Rosa donde procesos relacionados con arroyadas impidieron ocupar el abrigo... ), que impiden una aproximación más definida al tema (incluso en Las Caldas hay una pequeña discordancia erosiva entre el nivel 15 y el 14a).
Esto implica que el Solutrensé superior cantábrico no es tan antiguo como pretende Straus apoyándose en La Riera, pero algo más de lo que inicialmente se sospechaba.
En lo que se refiere a los niveles del Solutrense superior, después de eliminar argumentadamente las dataciones de La Riera (Rasilla, en prensa), disponemos de pocas fechas absolutas.
(9) Laville (en prensa) añade una nota a pie de página comentando que «... esos límites cronológicos citados... tienen un carácter indicativo y aproximativo (d.
Evin, 1974)>> (10) Hay un pequeño desfase sin importancia, desde mi punto de vista, entre la fecha del nivel 12 techo (Solutrense medio) y la del nivel 9 (Solutrense superior), pero tomando la desviación positiva y negativa respectivamente se corrigen coherentemente.
Es muy difícil optar por una u otra posibilidad, ya que para cada una de ellas hay argumentos a favor y en contra cuyo peso no desequilibra la balanza.
En principio, y a título de hipótesis (13), puede aceptarse la primera, porque también es mucho más elocuente esta posibilidad, dado que ese fenómeno aparece en dos yacimientos, concretándose a lo largo de un amplio espectro temporal.
Entonces, especulando un poco, podria pensarse que en Las Caldas y La Riera, las actividades estaban destinadas a labores de manipulación en sentido amplio, y Chufín estaba más enfocado a labores de caza.
Incluso la situación topográfica de este último se adecúa más en esa dirección.
Dentro de este orden de cosas la infonnación de La Riera es sugestiva, porque la cuarcita toma valores altísimos y los grupos tipológicos más sobresalientes son los raspadores y los útiles de sustrato, instrumentos que son más acordes, en teoria y precisando una demostración convincente, con actividades de manipulación (14).
Queda, finalmente, por comentar lo que he llamado industrias en proceso de «magdalenización».
Y La Riera 19 (16.420 B. P.), atribuidos al Magdaleniense inferior, marcan la continuación del proceso (15).
Desgraciadamente, y por el momento, la única infonnación al respecto la ofrece La Riera, porque en otros yacimientos o bien hay erosiones o bien son niveles estériles.
En un episodio climático de tipo más o menos templado (o fresco)/húmedo, pero con caracteres transicionales hacia el clima frío posterior (entre finales de Lascaux e inicios del inter Lascaux/ Angles), se encuentran los niveles 15, 16 y 17 de La Riera indicando un evidente paso hacia esquemas magdalenienses.
Pienso incluso que el nivel 17 debe ser considerado Magdaleniense.
Así pues los últimos años del 17.000 y, al menos, los primeros seiscientos del 16.000 marcan el inicio y desarrollo del Magdaleniense inferior (16). |
RESUMEN Los elementos de adorno-colgantes en el Paleolítico Superior y Epipaleolítico han sido tradicionalmente estudiados y clasificados sin prestar especial atención a la manufactura que los convirtió en tales.
Los aspectos tecnológicos de estos colgantes son los criterios sobre los que se propone un análisis y descripción exhaustivas de estas piezas ornamentales.
Quizá una de las manifestaciones más personales que nos han llegado del hombre paleolítico son sus elementos de adorno.
La presencia de estas piezas ornamentales en las sepulturas atestigua la existencia de ritos y creencias entre quienes los fabricaron, aunque el hecho de encontrarlos dispersos en los yacimientos, mezclados con el resto de los materiales y sin relación alguna con vestigios humanos, evidencia también su ostentación entre los vivos.
La mayoria de estos elementos de adorno precisan para su lucimiento de una transformación que les procure un elemento por el que ensartarlos a alguna vestimenta o mantenerlos en suspensión.
Esa manufactura que convierte un soporte determinado en un colgante, es el objeto del presente artículo.
Algunas de las más importantes propuestas tipológicas sobre materiales óseos incluyen entre sus categorias a los colgantes, si bien hay que decir que sólo en contadas ocasiones se llega a una sistemática lo suficientemente amplia y correcta en sus planteamientos, siendo las principales causas de esta deficiencia la no contemplación de la totalidad de los criterios tecnológicos así como la parcialidad de los tipos propuestos.
n Lcda en Geografía e Historia (especialidad Prehistoria).
Facultad de Geografía e Historia.
En los inicios de la década de los cuarenta ve la luz, de la mano de M. Vidal y López (1943), uno de los primeros trabajos en que se intenta establecer una sistematización de objetos malacológicos prehistóricos.
A partir del estudio de este tipo de materiales en Parpalló, el autor propone un esquema en relación con el número de orificios de la concha y el origen de los mismos.
La amplitud, tanto cronológica como de criterios definitorios, da lugar a que piezas dispares culturalmente se puedan encontrar formando parte de un mismo grupo solo por la común posesión de un determinado número de orificos.
Aunque se pueden hacer algunas observaciones a la sistematización de M. Vidal. hay que destacar en tan temprana propuesta el apunte de algunas técnicas que posibilitan los orificios de «industria humana,..
Tal y como se ha reconocido, es «un esquema de alcance limitado pero con interesantísimas sugerencias que serán recogidas por autores posteriores» (Pérez Arrondo y López de la Calle, 1986:20).
Los extensos trabajos de Ignacio Barandiarán sobre materiales óseos se han constituido en punto de referencia obligado para cualquier estudio sobre este tipo de elementos.
En su obra «El Paleomesolitico del Pirineo occidental.
Bases para una sistematización tipológica del instrumental óseo paleolítico'" el autor señala como factor común entre los «colgantes varios», «su pequeño tamaño y la suposición de haberse utilizado por el hombre paleolítico ensartados en un gran número, como piezas de adorno personal sobre la cabeza, en la cintura... »
(Barandiarán, 1967:339), distinguiendo tanto en éste como en trabajos posteriores (Idem, 1973) entre «colgantes naturales, colgantes recortados y otros colgantes».
Un año más tarde se publica uno de los más interesantes y específicos trabajos sobre los adornos en conchas.
La obra de Y. Taborin «Le parure en coquillage de L 'Epipaléolithique au Bronze Ancien en France» (1974) nos presenta una sistematización de estas piezas atendiendo a la forma y tamaño de la abertura de los gasterópodos en lo que se refiere a las conchas enteras, y primando los criterios morfológicos en aquellos objetos fabricados en concha.
Esta propuesta presenta, no obstante, algunas sinrazones motivadas por su carácter de lista cerrada que limita las posibilidades, al menos teóricas.
A pesar de esto, se trata de un estudio serio y válido en el que se contemplan además de los tipos, los criterios tecnológicos que convierten los soportes en colgantes y que, según la autora, se concretan en tres tipos de acción: la natural, la de los litófagos y la humana (Taborin, 1974:123).
Y. Taborin lleva a cabo un análisis mucho más exhaustivo sobre los orificios debidos a la acción humana partiendo del estudio comparativo de los métodos de perforación de un conjunto de piezas dentarias pertenecientes a niveles del Paleolítico Superior (Idem, 1977).
Así, atendiendo a las trazos presentes en los caninos de zorro e incisivos de bóvidos analizados, la autora distingue entre «preparaciones» (que procuran la obtención o formación de una superficie adecuada para realizar la perforación y son: aplanamiento y cubeta o garganta), y «técnicas de obtención del orificio» (obtención directa por la preparación y la resultante de una técnica diferente de la preparatoria: astillado, repiqueteado y rotación).
«El Arte Paleolítico Cantábrico: contexto y análisis interno» es Un reciente trabajo monográfico de M. Soledad Corchón (1986) en el que se propone una tipología y sistemática de los motivos decorativos de este arte.
En palabras de la propia autora, «las formas artísticas del arte mueble se concretan en 43 motivos decorativos, de los cuales dos tercios corresponden a motivos no figurativos.
Otro núcleo de temas constituyen la representación figurativa; el tercer gran grupo recoge aquellos objetos en los que la práctica de la decoración implica su transformación física o, al menos, una adaptación parcial o una reconversión hacia una nueva categoría de objetos.
Para la autora, estos colgantes son «objetos o utensilios provistos de una o más perforaciones, que han sido preparados para ser suspendidos mediante la práctica de recortes, ranuras o surcos de disposición anular en alguna de sus extremidades» (Idem, 1986: 149), definición a la que debemos objetar la presuposición de que todos los colgantes tienen al menos una perforación, puesto que la observación de los materiales permite comprobar que en muchas ocasiones esas «ranuras o recortes» que señala M. Soledad Corchón, son el único elemento de suspensión que existe en la pieza.
Estas son, a grarides rasgos, las más interesantes propuestas tipológicas que contemplan, de una
El objeto de este trabajo es el de proponer una ficha en la que se recojan todas las caracteristicas técnicas que hacen posible la obtención de un colgante, además de otro tipo de datos sobre su soporte, que nos van a permitir llevar a cabo la descripción, bajo criterios unificadores, de cualquier colgante del Paleolítico Superior y Epipaleolítico.
Así pues, la ficha comienza recogiendo aquellos datos que sitúan la pieza tanto en el tiempo y espacio pasados, como en su destino actual. detallándose la información sobre el nombre del yacimiento, la cronología en que se encuadra el colgante, el número de inventario por el que lo podemos localizar, así como el depósito actual de la pieza.
Este primer bloque de datos se cierra con el número de ficha, establecido por nosotros y que nos permite llevar un registro de las mismas.
La descripción técnica del colgante propiamente dicha, comienza con el estudio del soporte.
Consideramos como tal al objeto sobre el que se realiza el colgante, separando dentro de esta categoría tres grupos que responden a la diversidad de la materia prima: <dos tipos».
HUESO Recogemos en este grupo aquellos colgantes que se han realizado sobre fragmentos de diáfisis, epífisis, vértebras y sobre astas y cuernos.
Si bien en este apartado entra cualquier especie hemos querido dar una singularidad especial a los «tubos de ave», a partir de sus huesos largos, cuya particular constitución y estructura, unidas a las numerosas ocasiones en que aparecen decorados,. hacen de ellos peculiares y muy significativos elementos de adorno.
No todos los elementos óseos se reducen a los huesos, ya que, también para su transformación en colgantes hay que considerar a las piezas dentarias, soporte éste utilizado con mucha frecuencia.
Tanto es así, que siendo el número de dientes por individuo muy inferior a su número de huesos y teniendo en cuenta que de cada pieza dentaria se obtiene un solo colgante mientras que de cada hueso se pueden obtener varios, el porcentaje de los realizados sobre dientes es muy superior al número total de los obtenidos en el resto de los materiales óseos.
ASÍ, y dada la importancia de estas piezas, creemos que no es posible cerrar este grupo sin más especificaciones, por lo que distinguimos entre incisivus. caninus. molares e indeterminados, englobando estos últimos a aquellas piezas dentarias que por una u utra razón han perdido su forma primitiva y no es posible su adscripción a ninguno de lus tipos propuestos.
Si el primer grupo al que hemos hecho referencia dentro del tipo de soporte ha sido al de las piezas óseas, el segundo -y no precisamente en importancia-es el que engloba al soporte malacológico, considerando como tal a las conchas de moluscos y gasterópodos.
El tercer tipo de soporte es el lítico, y en el recogemos, evidentemente, aquellos colgantes realizados sobre cualquier tipo de roca o piedra.
Un cuarto y último apartado de carácter abierto, ya que aún cuando es muy improbable la utilización de otro tipo de material para la elaboración de colgantes paleolíticos (o en el caso de que haya sido utilizado no nos llega, por ejemplo, el caso hipotético de la utilización de la madera), siempre es posible la aparición de un elemento poco habitual, como es el caso de una posible 4<cuenta de collar realizada con arcilla, encontrada en los niveles azilienses de la cueva de Los Azules 1 (F ernández-Tresguerres Velasco, 1980: 34).
Después de haber consignado el tipo de materia prima del soporte, concretamos el género o clase a que pertenece.
Como tal, entendemos el proceso que procura un adelgazamiento ~J al'ondicionamiento de la superficie mediante la extracción de una pequeña parte de la misma en la zona en la que más tarde se realizará el elemento de suspensión, No hay aquí labor de ((raspado o abrasión», sino una especie de talla muy localizada.
Si bien en estas dos técnicas se observa una misma finalidad que es el adelgazamiento de la superficie donde se realizará la suspensión, hemos creído conveniente hacer esta distinción puesto que cada una tiene entidad propia, y es muy posible que se puedan asociar, por separado, a un tipo concreto de piezas.
Sólo nos queda por añadir que dependiendo de la profundidad, hablaremos de un vaciado (superficial» o «profundo», como también lo hacen otros autores como M. A. Deibe Balbás (1986: 177).
Este apanado tiene como fin recoger hipotéticos tipos de preparación que hasta ahora no se nos han presentado o desconocemos.
Es posible, por último, que el soporte no haya sufrido ningún tipo de preparaclon y que el elemento de suspensión se efectúe directamente sobre la superficie en su estado natural.
Trabajos adicionales sobre la pieza
Como tales consideramos aquellas marcas o transformaciones que no contribuyen a facilitar la óbtención del elemento de suspensión, ni configuran tampoco por sí mismas un motivo decorativo, al menos aparente.
Por otro lado, M. A. Deibe (1985: 175) señala la existencia unas líneas que ella propone como la demarcación de la zona a perforar, en un canino de ciervo de la cueva de Tito Bustillo.
Creemos que la coincidencia en una sola pieza entre estas líneas y la perforación no son suficientes para generalizar este tipo de preparación, aunque, evidentemente, tendremos en cuenta esta posibilidad a la hora del estudio de los materiales.
Estado de conservación de la pieza
Un colgante, como otros tantos restos arqueológicos, puede haber llegado hasta nosotros en su estado original o fragmentado; es importante constatar su conservación y especificar, en el caso de que esté roto, si la fractura afecta o no al elemento de suspensión, puesto que de ello dependerá que podamos realizar parte de nuestro estudio.
Ya la definición más elemental de «colgante» que lo describe como un «objeto que desde uno de sus puntos pende o cuelga de otra cosa», nos delimita claramente cual es su primer e indispensable elemento: aquel que le permite pender o colgar.
Sin él, no existiria el colgante como tal.
Dos son los tipos de suspensión más habitualmente empleados para transformar un objeto en un colgante: la perforación y el estrangulamiento.
Sin ninguna duda, el más común de los elementos de suspensión.
Consiste en la obtención, mediante diversas tecnicas que más adelante analizaremos, de un orificio o agujero por el que introducir la «fibra de suspensión» que mantendrá pendiente el objeto.
Hemos utilizado el término «fibra de suspensión» y queremos aclarar que denominamos así, genéricamente, al elemento que servía para ensartar y sostener los colgantes.
Puesto que debía estar hecho de materiales orgánicos que no han llegado hasta nosotros (tendones, fibras vegetales, etc.), nos parece más correcto hablar de un elemento que englobe todas las posibilidades y no intentar concretar más puesto que carecemos de evidencias arqueológicas.
Normalmente cuando nos referimos a un colgante perforado le suponemos un solo orificio por el que pasaría la fibra de suspensión_ Este caso, sin duda el más numeroso, no es el único puesto que también existen colgantes que presentan dos o más perforaciones, por lo que debemos contemplar esa posibilidad.
ORIGEN Entendemos como origen la causa que ha motivado la presencia u obtención de la perforación.
Dentro de este apartado contemplamos dos categorías distintas: un primer grupo reúne a aquellos colgantes CU\O elemento de suspensión no es intencionado, es decir, que el hombre no ha intervenido en modo alguno en su obtención.
El segundo grupo recoge aquellos colgantes que lo son porque el hombre ha actuado sobre ellos, los ha modificado de alguna manera para que puedan pender de una fibra de suspensión.
Ya descritos en líneas anteriores, distinguimos dentro de ellos: A.2.!.!.
Naturales Consideramos como «colgantes naturales» aquellas piezas que, valga la redundancia, por su naturaleza son colgantes en potencia, es decir, están configurados de tal manera que en su propia estructura formal tienen algún tipo (te perforación, orificio, cavidad o estrechamiento que permite utilizarlas como colgantes sin tener que modificarlas para este fin.
El caso del «Dentalium» es ilustrativo de esta posibilidad.
Llamamos así a aquellas piezas que no teniendo en origen ninguna perforación, posteriormente, de manera fortuíta han sufrido una transformación que les ha procurado un elemento de suspensión, normalmente un orificio que, en piezas similares, hace el hombre intencionadamente para obtener un colgante.
Es decir, la naturaleza o cualquier causa ajena a la mano humana, como pueden ser la acción abrasiva del mar o la de los litófagos sobre las conchas, son las causantes de que una pieza se pueda constituir en colgante.
Tanto los colgantes naturales como los de «fortuna» tienen en común, ya lo hemos dicho, el que el hombre no ha intervenido en la obtención del elemento de suspensión.
Es por esta razón por lo que no podemos afirmar radicalmente, aunque sea muy posible, que la finalidad de estas piezas haya sido la de ser elementos de adorno a no ser que las encontremos directamente formando parte de un ajuar (o conozcamos paralelos en este sentido) o tengan algún tipo de decoración.
Recogemos aquí a aquellos tipos de perforación cuya existencia se debe exclusivamente a una acción intencionada por parte del hombre. aplicación de la técnica de preparación de la superficie.
Lo que ya no es posihle distinguir es si esta forma de obtención de la perforación es accidental o provocada, es decir, si prolongan la Il'Cniea de preparación voluntariamente hasta producir la perforación o simpkmente ésta se produce sin que ellos la buscaran, por lo que seria, en este caso, consecuencia de un error (Fig. 2. l.).
Levantamiento de astillas irregulares
Consiste en la extracción repetida de astillas o diminutos fragmentos del soporte incidiendo en un mismo punto de la superficie hasta provocar una perforación.
Ciertamente en la práctica es difícil distinguir un orificio obtenido por esta técnica de otro que se lograse por un exceso en el adelgazamiento de la superficie mediante vaciado.
Nosotros creemos que se debe diferenciar el primero por la constancia en las extracciones que forman el contorno de la perforación, mientras que consideramos que se trata de un orificio producido por un exceso en el vaciado cuando surge con el levantamiento de una o dos astillas y no se sigue incidiendo más sobre él, por lo que es muy irregular (Fig. 2.
Hablamos aquí de una técnica de obtención bastante simple, que consiste en golpear directa o indirectamente sobre un punto concreto de la pieza hasta obtener una perforación (Fig. 2.
La perforación obtenida mediante la técnica anterior presenta una sección y forma totalmente irregulares.
Sólo en el caso en que posteriormente se trabaje sobre ese orificio hasta regularizar su sección y, más o menos, su contorno, consideraremos que se ha aplicado la técnica de percusiónregularización (Fig. 2.
Se obtiene la perforación mediante esta técnica colocando un instrumento aguzado en un punto concreto y haciéndolo girar sobre sí mismo a la vez que se ejerce una presión para ir profundizando y horadando en la superficie (Figura 2.
Esta técnica junto con la de percusión es la más sencilla para obtener una perforación.
Consiste en practicar un corte o «aserrado» en una determinada zona que bien por su forma o por la situación, su eliminación va a provocar un vacío o perforación por el que se pueda pasar la fibra de suspensión.
En el caso de las formas más globulosas, por ejemplo, una «Cyprea», esta perforación necesita combinarse con la abertura natural para que pueda pasar la fibra de suspensión o que antes hacíamos referencia (Fig. 2.
Una perforación tendrá sección cilíndríca por dos motivos distintos: de forma natural como en el caso. por ejemplo del «Dentalium». o bien en el caso de cualquier oríficio que en un primer momento tuviera una sección distinta pero que posteriormente se convirtiera en cilíndrica, por ejemplo, una perforación de sección bicónica tiene en el punto de convergencia de sus dos conos un estrechamiento; si se incide sobre él y se rebaja, lo que nos queda como resultado es una sección cilíndrica.
La sección alargada suele corresponderse con aquellas perforaciones que han sido obtenidas mediante una técnica muy concreta.
Se ha practicado en la pieza una incisión sobre la que se trabaja una y otra vez hasta provocar un corte y, por lo tanto, una perforación.
La sección irregular no precisa de excesivas explicaciones ya que es aquella que carece de forma d, efinida.
Suele ser la resultante de la técnica de percusión.
Aquella perforación que en un primer momento, dada la técnica empleada para su obtención, tenía sección irregular y que posteriormente se trabajó hasta uniformar, en la medida de lo posible, las paredes de su contorno.
SITUACIÓN DE LA PERFORACIÓN La perforación se localiza en la pieza conforme a los siguiente parámetros: A.5.l.
La perforación atraviesa longitudinalmente toda la pieza Se encuentra en este caso en formas naturales como los «Dentalium» y los ~~tubos de ave» cuya estructura original es alargada y hueca en su interior (Fig. l.
Situación respecto al eje de la pieza
Es decir, si está centrada o descentrada respecto a un imaginario eje central (Fig. 1.
Posición dentro de la pieza
Zona concreta del soporte donde se localiza la perforación, por ejemplo, en la raíz de una pieza dentaria, en el natis de una concha, etc. En aquellos casos en que el soporte, por su naturaleza, no tenga partes singulares, como por ejemplo en el caso de un canto lítico, hablamos de una perforación en la zona central. en un extremo.
MEDIDAS Se recogen aquí las dimensiones máximas de la perforación.
En aquellos casos• en que la perforación se obtiene incidiendo desde las dos caras, debiendo converger ambos trabajos en un mismo punto, puede suceder que no coincidan perfectamente aunque sí se obtenga una perforación en la zona de intersección de ambos trabajos.
Hablamos entonces de la existencia de un desfase en la perforación.
A.S. MUESCA O ABRASIÓN LOCAUZADA
Es posible hallar en la perforación una pequeña muesca o una zona muy localizada abrasionada que podrían responder o a un encajamiento voluntario de la fibra de suspensión o al rozamiento ejercido por esta, respectivamente.
El segundo de los tipos de suspensión que contemplamos es aquel que mediante un adelgazamiento. recorte. entallamiento o muesca profunda en una determinada zona de la pieza. procura una pequeña superficie en la que se pueda sujetar o encajar la fibra de suspensión.
Este recorte o muesca al que hemos hecho alusión se puede localizar en uno o en los dos lados de la pieza. aunque también se puede presentar de una tercera forma, que consiste en un surco que recorre el contorno completo de la pieza.
Es lo que algunos autores, como 1.
Barandiarán, ha dado en llamar «incisión periférica» (1967:342) pero que nosotros denominamos «surco periférico», puesto que el utilizar el término «incisión» parece conllevar necesariamente, el uso de esta técnica (Fig. 3. a, h y c).
SITUACIóN EN LA PIEZA
Consignamos aquí la zona concreta del soporte en la que se sitúa el estrangulamiento, por ejemplo, en la raíz de una pieza dentaria.
Al igual que apuntábamos en el caso de la perforación, en aquellos soportes en que por su naturaleza no existan zonas diferenciadas, hablaremos de ((zona central», «extremo», etc. B.3.
TÉCNICA El «adelgazamiento, recorte, entallamiento o muesca» con que hemos definido el estrangulamiento, tiene su origen en distintas técnicas:
Se trata de suprimir de una zona concreta una pequeña parte del soporte mediante un recorte, lo que propicia el que quede una muesca muy marcada que permita fijar perfectamente la fibra de suspensión (Fig. 3.
También se puede obtener la muesca a la que acabamos de hacer referencia mediante la acción continua en una zona utilizando un elemento abrasivo, e incidiendo con él sobre la superficie hasta obtener un entallamiento o adelgazamiento (Fig. 3.
Practicando una incisión y trabajando sobre ella una y otra vez hasta hacerla realmente profunda, se puede obtener, obviamente. una muesca en que encajar la fibra de suspensión (Fig. 3.
Al igual que en anteriores apartados, en este epígrafe se recogen nuevas posibilidades técnicas que se puedan plantear.
Asimismo, y tal como acabamos de señalar en las técnicas, hemos creado este apartado al final de los tipos de suspensión, si bien hasta el momento no nos hemos encontrado con ninguna pieza que no presentara perforación o estrangulamiento como elementos de suspensión y, realmente, se nos haga muy difícil el imaginar otra posibilidad, pero creemos que esta ficha debe ser, en todo momento, un sistema abierto a todas las eventualidades.
Pieza recortada o labrada
Hay algunos colgantes efectuados sobre un soporte que ha perdido su forma natural en su transformación final como elemento de adorno.
Bien se trate de piezas obtenidas mediante el recorte de su soporte (por ejemplo, recortados sobre conchas de moluscos), bien sean obtenidas mediante una talla puntual (como en el caso de las imitaciones de piezas dentarias en distintos tipos de piedra), o se trate de aquellas piezas que han sido elaboradas en su totalidad por el hombre (como el caso, ciertamente extraño de una cuenta de barro en los estratos azilienses de Los Azules (Femández-Tresguerres Velasco, 1980: 34) es evidente que se debe consignar, en un apartado concreto, esta particularidad, aunque ya al hablar del soporte se haya hecho alusión a su naturaleza.
A) TIPO, Para concretar todavía más la peculiaridad de estos elementos, reseñamos el tipo de pieza que resulta, por ejemplo, si se trata de una cuenta, de una «perla»...
Desde el princIpIo queremos apuntar que la descripción que proponemos sobre la posible decoración de un colgante, tiene carácter general y no se pretende, en ningún momento, la realización de un análisis exhaustivo.
La razón de esto es la creencia de que los motivos decorativos constituyen, por sí mismos, un mundo complejo, tremendamente amplio y con entidad propia, y tratar de llegar a la máxima puntualización dentro de él nos alejaria de los propósitos sintéticos y de sistematización que perseguimos al crear esta ficha.
Esto no quiere decir, en modo alguno, que la decoración sea una parcela a la que se vaya a dedicar una menor atención, sino, simplemente que recogemos los aspectos más definitorios y generales de ella (matizados, eso sí, en las observaciones), que son los que nos van a permitir el establecimiento de una clasificación de las piezas, también, por sus motivos decorativos.
Así pues distinguimos: A) TIPO En este apartado puntualizamos la clase de decoración que presenta el colgante, intentando recoger todas las posibilidades:
Sea cierta o no la relación de estas pequeñas incisiones con la actividad cinegética, se trata, como expone M. -S.
Corchón (1986: 149), de «dos o más marcas cortas transversales en paralelo, comúnmente grabadas en la corona o, más raramente en un borde de la raíz, a veces conformando series en paralelo que pueden contornear todo el diente».
Recogemos aquí aquella decoración que se limita a incisiones singulares o aisladas y que en ningún momento forman conjunto alguno, al menos aparente, ni de tipo geométrico ni naturalista.
GEOMÉTRICA Se señala aquí la decoración que se presenta bajo una forma geométrica, sea ésta cual sea.
NATURALISTA Un caso más complicado en su descripción es el de aquellas piezas que puedan presentar una decoración a base de motivos naturalistas, es decir, aquellos en los que se reconocen formas de la realidad.
Aquí sólo constataremos que se trata de ese tipo concreto de decoración, a fin de unificar criterios para clasificar los colgantes, sin embargo, en las observaciones puede tener lugar una descripción del motivo decorativo en la que ya se concreten más detalles.
OCRE Uno de los tipos más frecuentes de decoración es el recubrimiento parcial o total de la superficie del colgante con sustancias colorantes como el ocre, por lo que queda constatado con el resto de las posibilidades.
OTROS De nuevo, como en el resto de los apartados, contemplamos la posibilidad de algún tipo de decoración que no responda a los ya expuestos.
Anotamos aquí aquella zona del colgante en que se localiza la decoración.
El objetivo de este último apartado de la ficha es disponer de un espacio en el que se puedan recoger aquellas características de los colgantes que por su excesiva singularidad no se registran en el resto de la ficha, así como posibilitar la ampliación de algún rasgo, ya señalado en su lugar correspondiente, pero sobre el que se desea, por uno u otro motivo, una mayor extensión en la explicación.
Aunque, evidentemente, en ningún momento hemos pretendido hacer de este apartado una especie de «saco» en el que todo cabe, es obvio que en una ficha en la que todo está ya definido y se recugen o anutan los datos mediante cruces y palabras puntuales, es totalmente necesaria la inserción de un epígrafe en el que se puedan incluir más amplias explicaciones, pues de realizar esto en cada uno de los apartados seria imposible el llegar a establecer unas caracteristicas generales y unos criterios unificadores en la definición de los colgantes.
CONCLUSIONES Desde un primer momento hemos querido llevar a cabo un proyecto que no sólo no perdiera su validez ante la aparición de una nueva variable sino que, lejos de eso, fuera capaz de recogerla e integrarla.
Así pues, las pautas para el estudio tecnológico de los colgantes que se recogen en estas páginas intentan ser, ante todo, abiertas.
No obstante, la necesidad de trabajar con una ficha operativa nos ha llevado a consignar unas determinadas técnicas y características que en su aplicación práctica a unos materiales concretos (los elementos de adorno-colgantes del Museo Arqueológico Nacional), han resultado acertadas y suficientes para la descripción y el estudio de todos y cada uno de los elementos de ese conjunto (Papí Rodes, 1988), lo que nos permite pensar en la validez de nuestra propuesta. |
TRANSFORMACIONES SOCIALES EN EL NEOLITICO FINAL DE LA EUROPA TEMPLADA (4000-2000 a.C.) (l) POR KRISTIAN KRISTIANSEN n RESUMEN Se examinan los cambios en el registro arqueológico de la Europa templada desde los complejos culturales TRB/Megalítico al de la Cerámica cordada/Hacha de Combate/Tumba individual atendiendo a las transformaciones en los patrones de subsistencia (agricultura de rozas vs. pastoreo), distribución del excedente (festejos (2) vs. intercambio de riqueza) y prácticas rjtuales (colectivas vs. individualizadoras).
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es
Cultura de la Cerámica de Bandas, de finales del sexto v quinto milenio, refleja la expansión inicial de una agricultura que ocupaba las áreas centrales fértiles, siguiendo el curso de los rios y las productivas tierras loésicas de Europa central.
Unos diez siglos después de esas secuencias culturales inintcn'umpidas, en el cuarto milenio, se produce una importante transformación y expansión de las comunidades neolíticas en la mayor parte de Europa septentrional y occidental, caracterizada por la construcción de monumentos megalíticos, Refleja la saturación del paisaje en la Europa templada.
En Europa central esta fase también se define por el primer uso de útiles de cobre, mientras que los megalitos siguen siendo un rasgo fundamental de la Europa occidental y septentrional.
Durante tudo el cuarto milenio se desarrolló un cierto número de culturas neolíticas regionales y más tarde locales.
A comienzos del tercer milenio, les sucedió una nueva oleada cultural importante que afecta a la mayor parte de la Europa templada con cerámica cordada, hachas de combate y tumbas individuales cubiertas por pequeños túmulos.
La expansión de la Cultura de la Cerámica Cordada (en Escandinavia se llama Cultura del Hacha de Combate/Tumba Individual), seguida por las de los campaniformes y la primera tecnología metalúrgica, refleja asimismo la intrusión de un régimen de subsistencia básicamente pastoril en las áreas más marginales de la Europa templada.
A continuación vamos a ocuparnos primordialmente de la segunda y tercera secuencias, las Culturas Megalíticas/ TRB y las Culturas Campaniformes/Tumba Individual/Hacha de Combate y €4e su transformación.
Ambas culturas han sido denominadas a partir de sus rasgos rituales más destacados: monumentos funerarios y cerámica.
Tradicionalmente las Culturas Megalíticas fueron concebidas como el resultado de un proceso de difusión desde el Mediterráneo occidental. mientras la Cultura de la Tumba Individual se interpretaba como reflejo de una importante migración de pueblos de lengua Indo-europea desde las estepas rusas.
Durante los últimos veinte años, sin embargo, algunos estudios regionales y locales han hecho posible reconstruir los procesos internos relativos a las formas de ocupación del territorio, la economía y la ecología.
De acuerdo con ello, podemos pensar que la secuencia que arranca de los megalitos y llega a las tumbas individuales refleja un proceso de intensificación económica y de expansión de la ocupación.
En particular Colin Renfrew (1973) ha demostrado las funciones internas de los megalitos como indicadores territoriales de un paisaje agrícola cada vez más poblado con una creciente competencia por la tierra.
A su vez, Andrew Sherratt (1981) ha puesto de manifiesto cómo ciertas innovaciones tecnológicas importantes, que denominó «revolución de los productos secundarios», tuvieron lugar durante los procesos de expansión que definieron la transformación del cuarto al tercer milenio en la Europa templada (véase una revisión crítica en Chapman 1982).
Esta revolución incluyó el empleo de animales de tiro para uncir el arado y a las carretas, así como el aprovechamiento de productos lácteos y la manufactura textil y lanar.
Este proceso marca igualmente un cambio geográfico por el cual se pasa de los buenos suelos explotados más intensivamente de Europa septentrional y occidental, caracterizados por la arquitectura megalítica, a las áreas más marginales y menos fértiles, cuya explotación estaba basada primordialmente en la cría de ganado (véase también Sherratt, 1984).
En consecuencia, conocemos hoy bastante bien las secuencias culturales, económicas y ecológicas del cuarto al tercer milenios de la Europa templada (3), aunque todavía no podemos explicar la rápida transformación y la coincidente y amplia expansión de nuevos rasgos culturales en las fases iniciales tanto de los megalitos como de las tumbas individuales.
Asimismo se han publicado recientemente nuevas interpretaciones acerca de las propiedades internas de la organización social.
Se ha propuesto que estamos ante dos variantes de una estructura tribal, cuyas propiedades sociales e ideológicas internas se vinculaban con diferencias económicas y ecológicas (Kristiansen, 1982).
En los paisajes boscosos del cuarto milenio la tierra agrícola era un recurso escaso, cuya creación y mantenimiento requería un esfuerzo colectivo coordinado.
La construcción de los monumentos megalíticos se basaba en el mismo tipo de organización colectiva
(3) En el caso de Europa puede encontrarse un resumen más justificado de la evidencia en Whittle (1985) y Barker (1985) y, en el de Dinamarca, en Hedeager y Kristiansen (1988).
El marco ecológico, que es básico para una comprensión de los cambios económicos y sociales, no está resumido en un sólo trabajo.
Hay buenas discusiones, desarrolladas por algunos botánicos destacados, en relación COll el pólen europeo (Behere, 1986), la palinologia inglesa (Sirnmons y Tooley 1981) y danesa (Andersen e~ al, 1985; Andersen, 1988aAndersen, y 1988b)).
del trabajo que la necesaria para clarear la tierra.
En términos ideológicos, dicha construcción reflejaba además la limpieza de piedras de los campos y, en términos rituales, la construcción de casas para el muerto similares a las de los vivos.
Todo esto era parte de un elaborado sistema religioso de culto al antepasado, que destacaba la continuidad entre el pasado y el presente, la vida y la muerte (Kristiansen, 1984), una prolongación ritualizada de la estructura de linaje comunal.
Se hacía valer lo colectivo más que lo individual (Shanks y Tilley, 1982).
Por el contrario, las tumbas individuales del tercer milenio expresaban un medio ecológico muy distinto.
Principalmente dominaban el paisaje amplias extensiones de pastos con manchas de avellanos y robles.
La tierra era abundante.
La economía era fundamentalmente pastoril, basada en la cria de rebaños de animales que pastaban en libertad y cuya alimentación se completaba con algunos productos agrícolas.
La organización social. consecuentemente, no acometía importantes esfuerzos colectivos como el clareado del bosque o la demarcación de su territorío mediante la construcción de monumentos.
La unidad básica de producción era la familia que, en términos ideológicos, quedaba reflejada en los pequeños túmulos familiares funerarios con tumbas individuales.
El individuo y su propiedad son ahora el foco de los ritos funerarios.
Se subraya con fuerza un rango personal que no se disimula en los monumentos y ritos colectivos (Shennan, 1982).
Esas variantes de la estructura tríbal propias de la Eurasia templada durante el cuarto y tercer milenios han sido denominadas por Colin Renfrew (1976) jefaturas con un poder basado en lo colectivo y en lo individual, respectivamente.
Otros han recalcado la relación entre organización social y ritual -la Cultura Megalítica se designa como «estructura de autoridad ritual» y la Cultura de la Tumba Individual como «economía de bienes de prestigio» (Thorpe y Richards, 1984)-.
Pero, aunque ello representa importantes intuiciones, no nos acerca a una comprensión ni de su dinámica interna, ni de la articulación de la producción con los excedentes y la jerarquía.
Dicha comprensión creo que es una condición previa necesaria si queremos explicar su transformación así como los principales procesos de difusión que tuvieron lugar durante ese período (4)
En un estudio reciente he intentado presentar la articulación de la producción, el excedente y la organización social en la Cultura Megalítica del cuarto milenio y en la Cultura de la Tumba Individual del tercero, respectivamente (Kristiansen, 1984).
Antes de explicar el modelo debería quizás clarificar brevemente mi concepción de excedente y consumo.
En sociedades previas a la estratificación, un excedente satisface necesidades básicamente sociales, por lo tanto no podemos separar nuestra definición de excedente de nuestra definición de la organización social de la producción.
Considero, pues, que el excedente forma parte consustancial del control social del trabajo y de la producción, y de la subsiguiente distribución de la segunda.
Esta distribución puede lograrse mediante los festejos, la manufactura y circulación de productos valiosos o el almacenamiento de un excedente potencial de rebaños o cosechas.
Tal excedente puede ser transformado de diversas formas en poder, prestigio o rango.
En este proceso de transformación, el consumo juega un papel importante, tanto al crear una dependencia, como al limitar el acceso a esos artículos consumidos, ya sean alimento, ganado o bienes de prestigio.
El consumo es, a la vez, un mecanismo de regulación y de manipulación y es el proceso de consumo el que crea los residuos que son la base primordial para la interpretación de los arqueólogos.
En las sociedades tribales, el ritual es una de las formas más potentes y más comunmente empleadas de legitimar la transformación del trabajo y de la producción en poder político y prestigio.
Así pues, es crucial la interpretación de las funciones materiales del ritual y de la religión para comprender la articulación de la producción, el excedente y la jerarquización.
De ello se deriva también que cualquier discusión de conceptos tales como excedente y consumo implica la consideración de la totalidad de la evidencia arqueológica.
En la Cultura Megalíti<:a, suhsistcncia, organizaClon social' Y religión estaban estrechamente ligadas entre si en una estructura vertical ritualizada de reproducción.
La estrecha conexión entre ritual. subsistencia e intercambio queda demostrada por el papel jugado por el hacha pulimentada de sílex en las tres áreas.
Como instrumento básico en la subsistencia, medio fundamental de intercambio v medio principal de depósito ritual, el hacha aúna la producción, el intercambio y el consumo ritual / festivo.
Las hachas sirvieron como medio de intercambio social y consumo ritual y fueron, a la vez, una condición previa para un incremento de la producción al emplearse para el clareado de nuevos bosques.
Esto podía producir, de nuevo, el excedente suficiente para dar fiestas v para participar en alianzas v crear depósitos rituales, incrementando así el control ritual (= social) ~. el prestigio.
Así, la ampliación ritualizada de producción y prestigio a través de los festejos y el depósito ritual de hachas pulimentadas revela las funciones materiales principales de esas instituciones culturales.
Además nos indica cómo el excedente de producción se introduce en el ciclo local de creación del prestigio.
La transformación del excedente de producción en festejos rituales, alianzas y prestigio desarrolló un sistema jerárquico ritualizado que sirvió durante más de medio milenio para organizar con éxito la producción de un sistema de asentamiento disperso de agricultura de, roza.
Estuvo respaldado por el empleo de megalitos y lugares rituales centrales en un complejo y rigido sistema religioso territorial de culto a los antepasados.
Dicho sistema, al definir el rango y la descendencia en relación con los ancestros fundadores, legitimó la desigualdad en el acceso a y el control de la tierra, del trabajo y del excedente de producción.
También se ha pensado que la naturaleza limitada del sistema y sus contradicciones potenciales quedarian reflejadas en la estructura del diseño y la decoración cerámicas (Hodder, 1982; Tilley, 1984).
En la subsiguiente Cultura de la Tumba Individual la conexión entre ritual. intercambio y subsistencia marcada por la Cultura Megalítica queda disuelta.
El hacha pulimentda de sílex todavía es el instrumento más importante para la producción subsistencial, pero no se emplea en el intercambio social, ni en el consumo ritual.
El excedente y la riqueza ya no se almacenan en los productos de la tierra sino, más bien, en rebaños de ganado vacuno y ovejas.
También se disuelve la organización territorial basada en los megalitos y los centros rituales.
En lugar de ella vemos un patrón de asentamiento disperso de pequeñas aldeas autónomas, cada una de las cuales construye sus propios pequeños túmulos funerarios.
La Cultura de la Tumba Individual estimula una enorme producción local de hachas de combate, el equipo normalizado en los enterramientos masculinos.
En las fases iniciales, las hachas, como algunos tipos cerámicos, son bastante similares por toda Europa central y septentrional, pero más tarde se ven sometidas a un desarrollo local. que refleja ciclos cada vez más cerrados de intercambio y matrimonios cruzados.
La información que transmiten los artículos de prestigio y el ganado prima así sobre los bienes y útiles básicos, uniendo ámplias áreas de la Europa templada y creando una cultura material bastante similar desde Ucrania a la costa atlántica, cuya composición regional, sin embargo, es variada.
Los campaniformes y las hachas fueron importantes manifestaciones ideológicas de estrategias predatorias y socializantes: la guerra y el consumo de cerveza (Burgess y Shennan, 1976).
Lo que observamos, entonces, es una organización social adaptada a una expansión predatoria, y la incorporación de nuevos grupos durante todo el proceso (véase Sahlins, 1961).
No hay evidencia de una jerarquía fija.
Se ha sugerido también que el estilo cerámico refleja una organización social abierta, no delimitada (Hodder, 1982; Tilley, 1984).
El equipo de estatus personal de los jefes en las tumbas, coincidente en amplias zonas de la Europa templada, está en concordancia con una estrategia social de ese tipo (Shennan 1986a y 1986b).
La competencia, la autonomía y el cambio de alianzas habían reemplazado a la organización inicial rígida y territorialmente estable.
La competencia se manifestaba abiertamente en el ritual funerario en lugar de ocultarse y canalizarse como en el ritual colectivO de los megalitos.
Debe hacerse notar, sin embargo, que aunque la Cultura de la Tumba Individual sea menos jerárquica que la Cultura Megalitica, estamos tratando todavía con una organización tnbal donde el rango y el esta tus eran propiedades fundamentales de la organiza- Cuando se comparan esas dos variantes de la estructura tr'ibal, vemos que están operando dos principios diferentes (Fig. 1) (Friedman, 1975).
En la Cultura Megalítica, el control del trabajo y la conversión de la producción en festejos y creación de prestigio eran una condición previa para tomar parte en las alianzas y en el intercambio.
Las relaciones verticales que conectaban los linajes con los antepasados de la propia comunidad que reposaban en los megalitos eran el principio dominante para la definición de toda fiesta e intercambio.
En este ciclo, los bienes de prestigio son una variable dependiente.
Todas las formas de acumulación están subordinadas a la capacidad de dar fiestas, para demostrar a lo sobrenatural el poder de sus propios linajes.
Expresa un control rituali:&ado del trabajo y la reproducción social.....
Por el contrario, la Cultura de la Tumba Individual refleja un sistema donde la acumulación de riqueza es independiente de un ciclo de festividades agricolas de ese tipo.
El empleo de bienes de prestigio y productos valiosos (por ejemplo, el ganado) en relaciones horizontales era suficiente por sí mismo para establecer el poder, al convertirlos en trabajo dependiente, fiestas, etc. De ese modo los bienes de prestigio son el agente económico dominante.
El paisaje funerario es una tierra de los muertos que refleja el paisaje social vigente.
Los antepasados son separados de la comunidad y del linaje local, y los ritos funerarios de las tumbas individuales reflejan la autonomía e individualización de los parientes más próximos o del grupo familiar.
Los individuos se entierran siguiendo reglas rígidas de parentesco, edad y género (Haüsler, 1983).
Debe recalcarse, sin embargo, que el funcionamiento de los bienes de prestigio en la organización social de la Cultura de la Tumba Individual no es explicable sin referirlo a las fases previas que transformaron las relaciones entre producción, ritual y organización social como resultado de procesos históricos específicos.
Hasta ahora he descrito las dos estructuras como si se opusieran la una a la otra.
Intentaré ahora bosquejar las condiciones para su transformación.
La edificación de cientos de megalitos a mediados del cuarto milenio representó la culminación de un proceso de expansión agrícola de la población y de las formas de ocupación del espacio, proceso que se estabilizó en un patrón territorial consistente en una jerarquía tribal ritualizada en evolución.
La estructura permaneció intacta durante otro medio milenio, pero bajo una presión interna creciente.
Puede sugerirse que el equilibrio entre la explotación de la tierra agrícola y del bosque fue alterado gradualmente, ya que el suelo forestal se agotó.
El aumento de población fue un factor adicional, pero dependiente de las propiedades de las relaciones de producción.
En la Cultura Megalítica esto se reflejaba en la elevada demanda de movilización del excedente y del trabajo para dar fiestas y crear prestigio.
Durante los últimos siglos de la Cultura Megalítica aumentaron los campos abiertos y la cría de animales (Madsen, 1982, fig. 17), una tendencia aparentemente general en Europa (Kruk 1980; S, ochacki, 1980: 98 y ss).
Los asentamientos se hicieron mayores y más permanentes (Skaarup, 1985) (5).
Además la construccióri• de megalitos y lugares centrales rituales se detuvo y, al mismo tiempo, el ritual y el consumo colectivos decrecieron.
En la cerámica ritual esto se manifiesta en una disolución gradual de los patrones decorativos limitados (Hodder, 1982; TiIley 1984).
Puede proponerse que este proceso representa el cambio desde un control ritualizado de la reproducción social. en el marco de una forma dispersa de ocupación del territorio, a un control doméstico inserto en un asentamiento centralizado con menor necesidad de ritualizar el poder y la autoridad.
La ideología de los constructores de megalitos intentaba ocultar dicho proceso mediante una afiliación territorial continua con la comunidad a través de ritos en los sitios tradicionales, y de la introducción de nuevos enterramientos en los antiguos megalitos.
A largo plazo, la contradicción entre un sistema de organización social jerárquico ritualizado y las condiciones reales de producción en un medio crecientemente degradado, en algunas áreas, llevó a una dispersión de los núcleos rurales y de la población, que se expandió rápidamente hacia nuevos teDitorios.
Estos se encontraron en medios menos fértiles de Europa central y septentrional, que podían ser transformados fácilmente en pastos para la cría de animales.
Para comprender la dinámica de unos cambios a tan gran escala hay que tener en cuenta los beneficios económicos de una producción más dependiente de la cría de animales.
Dadas las condiciones ecológicas y las limitaciones de la agricultura primitiva sin abonado, en un habitat templado abierto con bosques y suelos que se degradan lentamente (6), la cría de animales que pacen en libertad es, con mucho, la estrategia intensiva más productiva y de menor esfuerzo (Fleming, 1972).
La inestabilidad y la expansión son rasgos inherentes a una economía de ese tipo que llegó a predominar en la mayor parte de Europa durante el tercer y segundo milenios, incluso en el Mediterráneo (Harrison y Moreno López, 1985).
Los animales son móviles, su reproducción y expansión es más fácil que las de una producción agrícola.
Esto lleva o bien a una explotación excesiva de los pastos y/o a una expansión que explica la naturaleza guerrera y el aparente dominio masculino de las sociedades pastoriles, en general, y de las sociedades europeas durante el tercer y (5) Este desarrollo, combinado con alguna contracción y desplazamiento del asentamiento, puede explicar la tendencia general hacia una recuperación del bosque por toda Europa septentrional, antes de la expansión de los grupos de la Cerámica Cordada/Hacha de Combate.
Berglund (1969Berglund ( ) y G6ransson (1988) ) lo discuten en relación con Escandinavia y Bradley (1978: 106 y ss.) con Inglaterra (6) No hay evidencia que confirme la propuesta de Rowley-Convy (1980) de que el.Iandnam» del cuarto milenio de Europa septentrional estuviera basado en campos permanentes, sino más bien al contrario, como confirmó la evidencia botánica reciente (Andersen, 1988b).
Los campos abonados de modo permanente corresponden a la tradición más antigua de la Cultura de la Cerámica de Bandas y a algunos de sus descendientes de inicios del cuarto milenio (Troels-Smith, 1984).
Sin embargo, es correcta la observación de Rowley-Convy relativa al carácter permanente del clareado del bosque. segundo milenios, en particular.
Ello se enraiza también en la división del trahajo, L'n la cual el hombre se ocupa de los rebaños que son ahora el elemento dominante en la ecollomía (7).
En la Europa prehistórica, sin embargo, la agricultura sirvió como un factor de equilibrio.
Así, huho una economía mixta de cria de ganado y agricultura en un paisaje abierto de pastos v hosque secundario mixto.
En el nuevo medio podía tener lugar una competencia sin restricciones.
Pero, como el control ritual de la tierra y de la producción local ya no era crucial, se desarrollaron nuevos medios de conseguir estatus que estuvieran adaptados a las nuevas condiciones sociales y económicas de producción, caracterizadas por unidades de asentamiento autosuficientes y una riqueza móvil.
Como consecuencia de ello, dominó la ideología que justificaba la exhibición del estatus y prestigio individuales.
Sin embargo, como condición histórica previa, la Cultura TRB tenía que haber establecido el estatus y el rango como propiedades fundamentales del paisaje social neolítico.
Dado que la nueva estructura estaba basada en la competición' Y la expansión, tendía a socavar y dominar (<la estructura de autoridad ritual» territorial más estática de la Cultura Megalítica.
Los dos sistemas fueron así mutuamente contradictorios o incompatibles.
Esto tuvo importantes implicaciones en la forma en que se extendió el Complejo Cultural de la Cerámica Cordada.
Su primera fase se estableció rápidamente en las periferias de las áreas tradicionales de asentamiento de la Europa templada (Buchvaldek, 1980; Kruk, 1980; Sherratt, 1981; Starling, 1985).
Sólo en esas áreas encontramos todos los rasgos diagnósticos.
Después, gradualmente, penetraron en las antiguas áreas nucleares de las más antiguas culturas neolíticas, pero adoptando sólo parcialmente la estructura ritual existente.
En todo caso, fue la segunda oleada -campaniformes y puñales-la que completó el proceso de integración cultural (Harrison, 1980).
Así, el proceso de transformación dependió de una integración entre el intercambio local y el regíonal, entre las fuerzas internas y las externas, que todavía no se ha comprendido adecuadamente (véase Kristiansen, 1988).
En Escandinavia, pueden distinguirse tres variantes:
Areas con un asentamiento previo escaso -a menudo marginal-caracterizadas por un Complejo Cultural de Cerámica Cordada/Tumba Individual/Hacha de Combate, por ejemplo, Jutlandia/Schleswig-Holstein (Glob, 1944, Struve, 1955).
Areas con una ocupación de la Cultura TRB que adopta partes importantes del Complejo Cultural de la Tumba Individual, que lleva la formación de culturas nuevas y originales, por ejemplo, Suecia (Malmer, 1962) (8) maclon del paisaje v dl' la organizaClun social habían precedido a las de Europa septentrional y occidental. donde Sl' había desarrollado desde hacía tiempo una economía más pastoril (Anthony, 1986; Kristiansen 1988) (9).
Los grupos tribales que emigraban a través de los pasillos de bosque abierto, y siguiendo el curso de los valles fluviales de la Europa templada, introdujeron una nueva práctica tecnológica, económica y ritual.
Como había condiciones internas preparadas para un cambio en amplias áreas de Europa central y septentrional. la nueva economía e ideología se extendió rápidamente, liberando las contradicciones de las culturas neolíticas.
Esto probablemente provocó, de nuevo, ciertas migraciones locales y regionales.
En los siglos subsiguientes, el resto de Europa fue afectada por este proceso, creándose de ese modo una base social homogénea para la expansión posterior de la tecnología del bronce y el desarrollo de élites tribales (Gilman, 1981; Kristiansen, 1987; Rowlands 1985; Shennan, 1986aShennan, y 1986b)).
El proceso puede haber sido fomentado también por una oscilación climática (Gr~lund, 1980).
Así, en el Neolítico final europeo, la estratificación no fue provocada por una inversión agrícola creciente en la tierra, como Gilman (1981) propuso para Europa meridional, sino más bien por el potencial de control económico y social implícito en una economía de prestigío, de riqueza transportable y de guerra móvil.
La inversión en la tierra es menor en una economía dominada por la cría de animales que en otra en que impera la agricultura.
En consecuencia, una economía pastoril, a largo plazo, tiende a someter y transformar las sociedades agrícolas hasta que alcanza sus Límites ecológicos y requiere una reinversión en la tierra, como ocurrió durante la Edad del Bronce Final en Europa central y en la transición a la Edad del Hierro en Europa septentrional (10).
La trayectoria evolutiva de la Europa prehistórica del Neolítico y la Edad del Bronce comienza con unas comunidades agrícolas estables con elevadas inversiones en la tierra, producción agrícola importante y jerarquías territoriales en desarrollo, que son gradualmente reemplazadas por sociedades más descentralizadas y pastoriles.
Esos procesos fueron un resultado, a largo plazo, de las modificaciones de las condiciones ecológicas de producción y de una cierta interacción con sociedades pastoriles ya establecidas de Eurasia (Anthony, 1986; Gimbutas, 1979) que, a su vez, estaban interactuando con centros de civilización del Cáucaso y Anatolia.
Vistas desde esta perspectiva, podemos considerar las migraciones y la amplia difusión de nuevos elementos culturales como un rasgo estructural de importantes transformaciones sociales.
Tal perspectiva implica, además, que tenemos que valorar los diversos desarrollos europeos como parte de oscilaciones evolutivas a gran escala y de interacciones entre Europa, Asia y el Próximo Oriente, cuya naturaleza no se comprende todavía suficientemente (Rowlands, Larsen y Kristiansen, 1987).
(9) Cierto número de investigadores, ingleses sobre todo, han recalcado la importancia de los factores internos en la ruptura y transformación de las comunidades neolíticas de Europa oriental (Sherratt, 1982; Tringham, 1978; Nandris, 1978.
(10) Esto plante! la cuestión del estatus evolutivo y la significación de una agricultura de base pastoril y tribal.
Puede apuntarse que representa un estadio general de evolución tribal en habitats de degradación ecológica, con escasa o ninguna posibilidad de un control ~ntralizado de recursos, una trayectoria evolutiva diferente a la de los centros agricolamente fértiles d~ civilización (se discute en Engels, 1884/197; Kristiansen, en prensa). |
RESUMEN Este trabajo, que prolonga un artículo anterior sobre el tema (Criado Boado A), plantea que el megalitismo supone un tipo especial de configuración del espacio social dentro de la cual surgen conceptos específicos de tiempo y de espacio.
En una primera parte se intenta contrastar esta situación con otra distinta que antecedería al megalitismo y que, desde el punto de vista del autor, coincide con la situación que caracteriza a las poblaciones mesolíticas y del neolítico inicial.
Se propone que cada una de esas dos situaciones coincide con contextos culturales, marcos sociales y prácticas de subsistencia específicas.
En una segunda parte se particulariza dentro de soluciones megalíticas determinadas con el fin de observar si a través de ellas se expresan diferentes estrategias de ideología y poder funcionando dentro de las sociedades constructoras de los megalítos.
En efecto, decir que los megalitos son una ~disculpa para pensan., significa aceptar que, además de cualquier otra dimensión que ellos tengan, esos monumentos son actos, expresiones y concretizaciones de un pensamiento.
Ahora bien, en este sentido es preciso reconocer que no sólo fueron el pensamiento de los hombres que los construyeron, sino que además han servido de soporte para creencias y reflexiones de otras sociedades.
La propia elucubración arqueológica sobre el fenómeno megalítico, sea más o menos ~científica,. o acertada, es también la expresión de un pensamiento contemporáneo y nuestro que toma forma en tomo a los Monumentos Megalíticos.
De este modo se abre un campo bidimensional para el ejercicio de la Arqueología.
Creemos que ésta, partiendo de unos mismos principios y planteamientos, y con un mismo aparato teórico (1), deberia dedicarse no sólo a una labor descriptiva que tratase de descubrir a través de los restos materiales de las sociedades arqueológicas los discursos y el discurrir (en el doble sentido del término) de esas sociedades; sino también a una labor crítica que examinase de un modo desmitificador el discurso arqueológico para comprobar en todo momento su racionalidad y relaciones con el contexto en el que se gesta (un esquema de este tipo fue propuesto en Criado Boado 1988ay 1988d).
Dentro de esta segunda dimensión, a la que se aproximan trabajos como los de Fawcett (1986), Leone y otros (1987), Olsen (1986c) o Shanks y Tilley (1987b), se podría ver de qué forma la.producción arqueológica», mientras habla de aquello de lo que parece hablar, en realidad habla de eso otro que intenta negar que habla, con lo que de hecho se convierte en una «proposición ideológica,. típica (en el sentido de Althusser 1985: 20), tanto más peligrosa cuanto que esta circunstancia nunca aflora en la conciencia de los arqueólogos y en la superficie del trabajo.
En cambio, si se reconociera, permitiría utilizar esos componentes negativos de forma positiva Ya que en este caso el trabajo arqueológico sería, en vez de una mera búsqueda en el pasado de sociedades que ya no existen, una indagación dentro de nuestra propia cultura profundizando en ella a través de los discursos que crea para hablar de sí misma mientras insiste en hacer creer que habla de culturas distintas (2). l.
PERSPECTIVA BASICA: EL ESPACIO «BIDIMENSIONAL» DE LA ARQUEOLOGIA Creemos que este posicionamiento teórico-critico es el más adecuado para abordar el presente trabajo, tal y como intentaremos mostrar a lo largo del mismo y en los dos siguiente subapartados..
La 4Clabor critica" apllcada a Interpretaciones previas sobre el Megalltlsmo
Partiendo del planteamiento anterior se debe reconocer, por ejemplo, que decir que los Monumentos Megalíticos desempeñan una función socia¿ ya que serían el eje y elemento de equilíbrío de una comunidad dada, como por ejemplo propone la interpretación funcionalista de Renfrew (1976a, (1) Este «aparato teórico» se corresponde en líneas generales con el propuesto por la Theoretical o Critical Archaeology (Hodder 1986y 1987f, Shanks y Tilley 1987a), y con una línea de pensamiento estructuralísta y post-estructuralista (Hodder et all A, ver también la nota siguiente).
(2) Este planteamiento concreto, así corno los recursos teórico-metodológicos en los que se apoya, derivan fundamentalmente de posiciones foucuItianas (FoucauIt 1978a(FoucauIt, 1979(FoucauIt, 1980b(FoucauIt y 1984)), Y deben mucho a las propuestas que dentro del campo de la Historia ha realizado Bermejo Barrera (1983y 1987), así corno a un tipo de pensamiento post-moderno que, dejando a un lado las connotaciones artificiosas y snobs de este término, entronca con la línea de reflexión madura propuesta por J.-F. Lyotard (1984: 35-41, y 1987: 23-6) o G. Vattirno (1987: 145 y ss.); esta adscri¡x: ión a la postmodemidad no es una concesión a la moda dominante, sino que surge: al valorar qué supone el pensamiento moderno dentro de la Arqueología o en general (sobre este terna en particular véase la nota siguiente -fínal-).
1976b, 1983b Y 1 984b), no sólo supone destacar un aspecto concreto de esa~ construcciones, sino sobre todo admitir una interpretación de la sociedad como unidad globalizadora que funciona en aras de un equilibrio maximizador, definición que se corresponde bastante bien con el modelo ideal de una Compañía industrial y con el mito básico del capitalismo moderno.
Del mismo modo, señalar que los Monumentos Megalíticos son un símbolo territorifll que regula la adaptación al entorno de las comunidades megalíticas (como sugiere el mismo Renfrew y otros autores funcionalistas ecológicos: Darwill 1979, Fleming 1971y 1973), no significa sólo reconocer un rasgo básico del megalitismo, su componente espacifll; sino que además es una declaración realizada desde el contexto particular de una sociedad concreta que ha vivido una «crisis ecológica» (desde 1973 y la crisis del petróleo) que supuso el mayor ejemplo de inadaptación entre una sociedad y su entorno (3).
Finalmente, insistir en que, oponiéndose a lo anterior, los Monumentos Megalíticos son fundamentalmente «expresiones de un sistema de ideología-poder» (expresión tomada de Larsson 1985: 107-10 y que desarrollan Tilley 1984, Shanks y Tilley 1982y 1987a), no es únicamente poner el énfasis necesario en la dimensión olvidada de un fenómeno que es ante todo funerario y, por lo tanto, simbólico.
Sino que es ponerlo también en el «eco» lógico y natural de un contexto que, después de años de crisis económica, y no habiendo encontrado una solución satisfactoria a la misma, ha situado el estímulo de relanzamiento económico en un consumismo hedonista que precisa insistir en el individuo y revestirlo del narcisismo necesario para convertirlo en el objeto de consumo de la época post-industrial (4).
En el seno de esa «post-modernidad» mal entendida y que apenas se podria identificar con post-modernismo (Eagleton 1987), y dentro de un (desmesurado) énfasis en el objeto cotidiano y en el «funcionamiento activo» del mismo para construir el simulacro de la personalidad individual (5), surge una corriente arqueológica que revaloriza la cultura material y convierte a la Arqueología en la disciplina que analiza el funcionamiento de aquella como recurso simbólico para negociar el estatus de cada individuo dentro del grupo (6).
Esa Arqueología es la que ahora mira a los Monumentos Megalíticos no como los «símbolos territoriales que queria Renfrew (1987a: 9), sino como «símbolos materiales socialmente activos» (Hodder 1982d).
La «labor descriptiva» aplicada al Megalltlsmo postulados previos y principios teóricos
Las observaciones anteriores pretenden ser en parte un boceto de lo que una Arqueologia crítica puede descubrir sobre sí misma y nuestra sociedad.
Pero también intentan señalar el punto de partida del presente trabajo, que pretende describir ciertos elementos del Megalitismo dejados de
(3) Esta intell>retación del fenómeno megalítico, así como la enunciada en el párrafo anterior, parten de la teona fundamental del funcionalismo antropológico (compárense, por ejemplo, sus aspectos.. funcionales» y «adaptativos» con las formulaciones de Radcliffe-Brown en la «Introducción» a Estructura y función en la sociedad primitiva, 1986: 9-23); las interpretaciones «espaciales» y «ecológicas» han recibido un espaldarazo a través de la Antropología Ecológíca, la más reciente versión del funcionalismo clásico y que, de acuerdo con M_ Harris, coronaria el desarrollo de la teoria antropológica (Harris 1978; ver sobre esta estrategía de trabajo Martinez Veiga 1978 y 1985a).
En los últimos años se han realizado criticas muy acertadas de las aproximaciones funcionalístas en la Arqueología en general (Hodder 1982b, Shanks y Tilley 1987a), y respecto al Megalitismo en concreto (Hodder 1984, Midgley 1985).
Una critica del funcionalísmo y del ecologicismo antropológico se puede encontrar en Godelier (1976bGodelier ( y 1976a, respectivamente), respectivamente).
Pero, yendo más allá de estas criticas localizadas, es preciso sobre todo destacar la tradición intelectual en la que se inscribe toda la teoria funcionalista, valorando su estrecha vinculación con la modernidiul y con el orden social que ésta construye, tal y como destaca J.-F. Lyotard (1984: 29-34); estos aspectos están incluso íntimamente relacionados con las formulaciones que la Arqueología funcionalista realiza en tomo al megalítismo o a otros fenómenos prehistóricos, tal y como se puede entrever a través de los puntos discutidos en el texto.
(5) Es la cultura de «producción de simulacros. descrita y criticada por J. Braudillard (1978: 7), y que se apoya en circunstancias y categorias como las analizadas por J.-F. Lyotard (1987: 45-6) y G. Vattimo (1987).
(6) Esta definición de la Arqueología es la que surge de la obra de Shanks y Tilley (1987a), sin duda uno de los más sugerentes libros arqueológicos de los últimos años, y que recoge una corriente de análisis de la cultura material iniciada a partir del volumen colectivo Symbolic and Structural Archaeology (Hodder 1982a) y que, si bien aporta propuestas válidas, no está exenta de valoraciones criticas como la misma que acabamos de ofrecer. lado por otras aproximaciones.
Para ello disponemos de una serie de recursos que explicitaremos brevemente a continuación.
A nivel de postulados previos podemos citar tres principales.
El primero consiste en reconocer que el megalitismo es un fenómeno de ineludible dimensión espacÚll Este planteamiento resulta muy familiar, pues no en vano han insistido en él diferentes trabajos.
Ahora bien, beneficiándonos de las aproximaciones consideradas en el apartado anterior, y de un modo un tanto ecléctico, podemos decir que aquí los Monumentos Megalíticos serán entendidos como «símbolos tenitoriales que son asimismo socialmente activos».
Con ello nos alejamos de cierto reduccionismo inherente tanto al funcionalismo de la New Archaeology, como a la Structural Archaeology, que se centran respectivamente en los rasgos «territoriales» o «simbólicos» del megalitismo sin preocuparse de establecer la interdependencia entre ambos grupos de elementos.
En cambio, una plena comprensión de la dimensión espacial involucrada dentro del fenómeno megalítico supone reconocer que esos monumentos fueron los signos materÚlles a través de los cuales se expresó la configuración del espacio y del tiempo caracteristica de los grupos megalíticos.
Yendo más allá de ese punto, plantearemos, y éste es nuestro segundo postulado, que el megalitismo expresa un pensamiento específico, dentro del cual emerge una nueva forma de entender la posición del hombre y la sociedad en el seno de la naturaleza y de pensar el espacio social.
Desde un punto de vista convencional se podria decir que el análisis de esta situación constituye el tema central del presente trabajo.
El tercer postulado en que nos basamos consiste en considerar a los monumentos megalíticos, en vez de como «mojones tenitoriales", «marcas sociales" o «expresiones de una ideología-poden> (Larsson 1985: 107-10), como acontecimientos de pensamiento.
Evidentemente, las dos últimas afirmaciones resultan menos evidentes y son más discutibles que la primera, pues no en vano derivan del planteamiento específico de este trabajo y, por lo tanto se apoyan en principios teóricos que iremos definiendo progresivamente.
Por el momento nos limitaremos a deternernos en aquellos que completan los postulados previos y que, al mismo tiempo, nos indican la estrategia de búsqueda más adecuada para profundizar el tema.
De este modo, diremos que el planteamiento del tercer postulado implica, además de otras cuestiones que se tratarán más adelante, utilizar dos perspectivas de observación dispares y complementarias: la primera es una escala general y en ella se examinará el megalitismo desde el pensamiento que lo posibilita; la segunda es una escala específica y en ella se debe considerar cada conjunto megalitico específico, o incluso cada monumento megalítico particular, como un acontecimiento singular del pensamiento anterior.
Esta doble perspectiva da lugar a dos niveles de lectura diferentes, cada uno de los cuales constituye uno de los dos apartados principales de este trabajo.
A ellos se añadirá un tercer nivel de lectura que es de hecho una valoración global (ap. 4).
Asimismo, y en correspondencia en este caso con el segundo postulado, se debe tener en cuenta que, al igual que antes hablábamos de la bidimensionalidad de la Arqueología, también la labor descriptivo-arqueológica posee una doble dimensión muy clara.
Quiere decir ello que, del mismo modo que se admite que una cultura no se reduce a los aspectos físicos y materiales que la caracterizan, sino que sobre todo implica un pensamiento específico, una forma concreta de construir la realidad social (7), se debe reconocer que el registro material de una sociedad no traduce de un modo directo e inmediato lo que ocurre en esa sociedad, sino que refleja un discurso de poder perteneciente a ese grupo y representativo de un determinado sistema de saber-poder (8).
El reconocimiento de esta bidimensionalidad posee particular relevancia para la Arqueología, pues no en vano invalida todo intento de extraer: consecuencias de un modo directo y lineal a partir de los restos materiales.
Estos, en vez de ser el reflejo directo de la realidad, son el medio a través (7) Véase M. Godelier (1984).
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es del cual ésta es ocultada, manipulada o construida (9).
Pero además de dio adquiere un especial interés dentro de un trabajo como el presente, que pretende observar la dimensión imaginaria de la realidad (10).
Por esta razón, cada uno de los dos niveles de lectura que siguen (apartados 2 y 3) posee dos subapartados, cada uno de los cuales recoge un término de esa bidimensionalidad.
PERSPECTIVA GENERAL: EL ESPACIO MEGALITICO
Si se tiene en cuenta que el fenómeno megalítico funde una clara proyección simbólica con una nítida dimensión espacial (11), entonces veremos que la orientación teórica que hemos esquematizado en el apartado anterior (12), a pesar de los problemas que pueda presentar, es muy útil para pensar el megalitismo.
Así, mientras es evidente que para describir el primer aspecto es preciso una teoría adecuada a su especificidad, no es menos cierto que para considerar la segunda dimensión es asimismo conveniente mantener esa orientación, ya que, desde nuestro punto de vista, no es posible lograr una aproximación válida y unitaria al espacio sin abordar éste desde una proyección bidimensional que reconozca que el espacio no es sólo un medio concreto o las relaciones del hombre con el mismo, sino también la forma concreta cómo lo entiende cada cultura, o los diferentes grupos de ésta.
Así pues, no llega con reconstruir la humanización efectiva (o material) del entorno; también es preciso descubrir la construcción simbólica que lo ciñe; ambas dimensiones reunidas conforman el espacio natural en paisaje social, objetivo hacia el que se deben dirigir los estudios sociales (13).
De este modo, después de habernos fijado en otros estudios en los aspectos materiales del paisaje megalítico (Bello et all.
1986), el presente artículo pretende ofrecer una síntesis, sin duda limitada, de una línea de trabajo que pretendería profundizar en los aspectos imaginarios del megalitismo.
Para ello es preciso esbozar los contornos generales del pensamiento dentro del cual se inscribe ese fenómeno cultural.
Tiempo, Espacio, Mito, Muerte: del Pensamiento Salvaje al Pensamiento Megalítico Para estudiar esta temática, el análisis debe empezar no desde lo material e infraestructural, sino desde el pensamiento y lo imaginario: de acuerdo con la seguda parte de la afirmación que abre el ap. O., y con el planteamiento de los últimos párrafos, es preciso insistir en que los actos, construcciones e invenciones humanas (y los Monumentos Megalíticos entre ellos), antes de ser una forma de llenar el estómago, un medio de relacionarse con nuestros semejantes, o un recurso para canalizar las tensiones de la sociedad, son un acto de pensamiento y el resultado de una reflexión conceptual.
(10) Utilizamos el término en un sentido semejante al de Duby (1980) y para oponer esta esfera de la experiencia a los aspectos materiales de la realidad.
(11) Esta circunstancia fue reconocida más arriba: se profundizó en ella en Criado Boado (A). ( 12) Para una exposición más detallada ver Criado Boado (1 988b.
(13) Evidentemente no es frecuente encontrar este tipo de aproximaciones dentro de la Arqueología Espacial, donde dominan en cambio perspectivas funcionalistas, positivistas y cientificistas.
En cualquier caso, esta linea de critica e integración de la Arqueología Espacial convencional dentro de una estrategía teórica más basta, ha sido planteada en Criado Boado (1988b).
ocasiones la superestructra funciona de hecho como infraestructura, inversión metodológica que puede resultar muy rentable para el estudio (ver también Criado Boado B) (14).
En este punto radica la importancia que dentro de este trabajo posee el concepto pensamiento.
Se trata con ello de destacar que esta entidad, en vez de ser un epifenómeno de las condiciones materiales de la sociedad, contiene las condiciones de posibilidad para la construcción social de la realidad que toda cultura realiza.
Así pues, y en la medida en que el megalitismo representa la aparición de un tipo nuevo de paisaje adjetivado por unos elementos culturales específicos cuya originalidad respecto a otros «paisajesll culturales radica en que, por primera vez, unas construcciones humanas predominan sobre el espacio permaneciendo además a través del tiempo, debemos suponer que la construcción social del paisaje megalítico se apoya en unos determinados e innovadores conceptos de tiempo y espacio (15).
Tal y como es lícito sospechar, no es fácil para la Arqueología penetrar esa dimensión.
Sin embargo poseemos una serie de evidencias generales que nos podrian ayudar.
Surgen estas de la rentabilidad explicativa de un modelo interpretativo derivado de sociedades antropológicas actuales, y que ofrece una situación totalmente contrapuesta con la que representa el megalítismo, así como del hecho de que la evidencia arqueológica, megalítica y pre-megalítica, no sólo no contradice ese modelo, sino que incluso lo sostiene.
Este modelo lo aportan las conceptualizaciones de P. Clastres sobre la Sociedad Primitiva (SP), completadas con el trabajo de otros autores (Lizot 1978y 1980, Gauchet 1980) y con las propuestas de Lévi-Strauss sobre el Pensamiento Salvaje (PS) (16).
A continuación, y de modo muy sintético (17), veremos los rasgos que caracterizan a las sociedades primitivas o salvajes.
Su rasgo más universal y caracteristico es la inexistencia en ellas de Estado, entendido éste como un órgano de poder político dividido o separado de la sociedad.
Esto no quiere decir que en las SP no exista el poder, sino que es la sociedad en su conjunto quien posee el poder, no habiendo una esfera de lo político independiente a la sociedad misma (Clastres 1976a, Adler 1980).
El objetivo del ejercicio de ese poder es mantener alejado el peligro de la división social, con la cual va aparejada una inevitable desigualdad dentro del propio grupo.
Es la sociedad contra el Estado (Clastres 1979).
En este sentido, pero también en otros, las SP son «hechos sociales totales», lo que significa que no es posible diferenciar en ellas niveles específicos de actividad social ni, por lo tanto, postular ningún tipo de determinismo entre los diversos sectores de la unidad social (Clastres 1977a: 159) (18).
Esa misma indeterminación se da con la ideología, y ello hasta el punto de que dentro de las SP no se puede aislar un campo de lo ideológico.
La religión y el mito constituyen la forma de (14) Esta inversión, que es también la que M. Godelier opera cuando sostiene que las relaciones de parentesco forman parte de las relaciones de producción dentro de las sociedades primitivas (Godelier 1977a(Godelier y 1977b)), ha sido defendida dentro del campo de la Antropología Estructural por Lévi•Strauss (1972b) y dentro de la ArqUeología por Hodder (1986: véase por ejemplo pág. 13).
(15) Seria necesario realizar una discusión pormenorizada del concepto pensamiento, sobre todo de cómo lo entiende Lévi• Strauss (1964).
Unicamente diremos que, en vez de limitarnos a la concepción levi$traussina rigída que lo entiende como «razón. (tal y como señala Sperber 1985: 69 y ss.), utilizaremos este concepto dentro de. tina perspectiva más dinámica que no sólo lo conciba como la csintáxis» de la mente, sino también como el _léxico» con el que una cultura habla, y construye, su realidad social; propuestas en este sentido se encuentran dentro del mismo Lévi•Strauss (1968: 211, y 1986: 181-2); véase Criado Boado 1989 y A.
(16) No es posible identificar el PS linealmente con las SP.
Nos proponemo~ utilizar debajo de ese término únicamente algunas formas y recursos de pensamiento que, además de ser rasgos básicos del PS, son específicos de las SP, y que se refieren fundamentalmente a la conceptualización del tiempo y el espacio dentro de las segundas.
Esto no supone olvidar que ni la razón salvaie se limita a las sociedades primitivas, ya que también aparece en nuestra propia vida cotidiana, ni que la sociedad primitiva se limitó a pensar siempre en virtud de una lógíca de lo concreto y lo sensible.
(18) En palabras de J. Lizot (1978: 74): «Las caracteristicas generales de estas sociedades han sido puestas en evidencia por Sahlins y Clastres, por no citar más nombres: las posibilidades económicas están bajo la dependencia de las relaciones sociales, de las relaciones de parentesco en particular, las necesidades, de número limitado, pueden ser satisfechas fácilmente por un trabajo razonable y el tr: abajo productivo se interrumpe una vez que están completas, la autarquia es el ideal del grupo doméstico, el cual constituye la unidad fundamental de producción, las relaciones de poder son inexistentes o reducidas •.
interrelación entre la sociedad y el poder que la SP ejen:e sohre si misma p¡lra l'vitar la división (Clastres 1977a: 159), El discurso de estas sociedades estahlece un ordel/.
Y ese orden mantiene a la sociedad igual a sí misma, Pero este orden no proviene de seres humanos, pues si así fuera no seria respetado, sino que procede de un discurso-dado por los Dioses a los Ancest ros.
No existe por lo tanto una ideología manipuladora o subordinada a un poder de dominación, va que ((la naturaleza de las SP excluye la posibilidad de ese discurso» (Clastres 1978: 173), sino que la ideología es la condición básica de pervivencia y preservación de las SP: «en vez de actuar como 'superestructura', es inherente al ser social primitivo» (Clastres 1977a: 159).
Este discurso transmite significados y utiliza recursos muy concretos.
Entre todos ellos nos interesa destacar ahora la conceptualización del espacio y del tiempo que aparecen en su seno.
Respecto a lo primero, se debe resaltar que dentro de las SP existe una plena correspondencia entre el tipo de utilización que se hace del espacio, y la simbolización que se efectúa del mismo.
Abundantes testimonios etnográficos señalan el profundo conocimiento que estas sociedades poseen de la naturaleza, rasgo que se documenta entre cazadores, recolectores o agricultores «primitivos» (Clastres 1986, Lévi-Strauss 1963, Maestre Alfonso 1978: 78 y ss., Service 1973: 78-81), y que genera un comportamiento profundamente «ecológico» por parte de estos grupos plasmado en la adopción de formas económicas muy armoniosas con el medio.
Pero este conocimiento no se limita sólo a satisfacer necesidades, sino que sobre todo «corresponde a exigencias intelectuales» (Lévi-Strauss 1964: 24).
Revela con ello una profunda relación entre la naturaleza y la cultura, conexión que se utiliza para, fundándose en analogías naturales, ordenar la cultura, ordenar la naturaleza y, en definitiva, ordenar la realidad social Tal es la función del «operador mítico» (Lévi-Strauss 1965), de los sitemas de clasificación del «pensamiento salvaje» (Lévi-Strauss 1964), o la que aparece en el «pensamiento mítico» (Lévi-Strauss 1976: 611-4), efectuándose de esta forma una dilución de la naturaleza en la cultura y de la cultura en la naturaleza (Lévi-Strauss 1976: 137-8).
El análisis de la conceptualización del tiempo en las SP muestra asimismo una estrecha correspondencia con su categorización y posición respecto al espacio.
La mayor parte de los testimonios que se pueden reunir, verifican la ausencia de unas nociones temporales semejantes a las nuestras y construidas sobre un eje de prolongación-sustitución (por ejemplo, Service 1973: 82).
Lo que derivaría de un intento consciente por parte de las SP de negar el efecto de la experiencia del tiempo, de rechazar el impacto del cambio y del dis-currir temporal y de volverse en definitiva contra toda dinámica que pueda alterar su ser social primitivo (Lévi-Strauss 1973: XLIV-XLV).
Negar el tiempo es una forma de afirmar la permanencia de la sociedad (Clastres 1981 b).
De ahí la inexistencia de sistemas de cómputo del tiempo o de sistemas para «introducir un mínimo de orden cronológico en el pasado reciente» (Clastres 1986: 240).
Pero tal vez sean el mito y la muerte los campos más adecuados para observar la posición de las SP hacia el tiempo.
Clastres indica que en las SP de América del Sur hay una clara distinción entre dos tipos de muertos: los muertos antiguos o Ancestros y los muertos recientes o Antepasados (Clastres 1981 b).
La sociedad de los vivos reconoce una estrecha proximidad con los ancestros, muertos pasados que nadie recuerda y que se entremezclan con divinidades y héroes del grupo.
Estos ancestros ocupan el tiempo del mito, que es a su vez el tiempo, aunque tal vez fuera mejor decir «lugar», del cual proceden las reglas de la sociedad, su discurso mítico y la sociedad misma.
Por ello la referencia al pasado mítico y a los ancestros es siempre positiva.
Dado que éstos fueron quienes fundaron la sociedad y le dieron un conjunto de reglas a través de sus mitos, constituyen la condiCión de supervivencia de aquella.
La relación con los ancestros opera una re-aplicación continua del pasado mítico en el presente, lo que niega el flujo del tiempo y destaca la continuidad cultural.
De este modo, la perseverancia que la SP persigue, encuentra su expresión práctica en la negación particular del tiempo y dis-currir cotidiano que las SP atestigüan en su vida diaria, en la misma ausencia, ya no de sistemas de calendario, sino incluso de la más mínima preocupación por el tiempo, por el pasado y por el futuro.
En cambiu la referencia a lus muertus recientes, a lus anrepasadus, es siempre negativa, pues no en vanu sun la mejur expresión de lus peligros del tiempo.
Ellus, en vez de cunsolidar la continuidad de la sociedad, recuerdan continuamente que el tiempo fluye, y demuestran que éste puede destruir y afectar la identidad cultural (ver p. ej. Hams 1986: 19).
De este modo, la relación entre la sociedad viva y los antepasados, deviene en una relación de alejamiento y ocultación.
Todos los ritus acerca de la muerte pretender hacer olvidar su efecto.
La inexistencia de rituales funerarios elaborados, la ausencia de culto, de ceremonialismo funerario y dt: cementerios, son otras tantas estrategias para conseguir ese objetivo.
Los muertos poco menos que se abandonan sin apenas enten-ados (Clastres t 98 t).
Se dejan en canoas en los rios, en plataformas o en lo altu de los árboles. esperando que el tiempo borre sus restos.
O se entierran en necrópolis alejadas de las áreas de actividad normal del grupo, en lo más profundo de la espesura, y con la norma estricta de no poder ser visitados por los vivus (Carmichacl et all. t 985).
Jenness (1955), en una revisión de las tribus indias de América del Norte verifica que entre todos los grupos cazadores-recolectores y entre agricultores de rozas, las estrategias funerarias son siempre de esos tipos.
Podriamos añadir más datos y descripciones sobre las sociedades primitivas y salvajes.
Esto seria muy rentable para nuestro trabajo.
Pero, en beneficio de la brevedad, únicamente propondremos que, sobre este fondo del espacio-tiempo primitivo, del paisaje salvaje, se destacan con mayor nitidez y con rasgos totalmente opuestos los monumentos megalíticos.
Tal y como apuntamos más arriba, y de acuerdo con el planteamiento que hemos asumido, una transformación de este estilo sólo se puede dar a través de un reajuste pertinente y previo del aparato conceptual con el que la sociedad piensa la realidad.
La Construcción Megalítica del PaisaJe: del Paisaje Salvaje al Paisaje Campesino
La profunda transformación o fisura que señala el megalitismo se puede concretar en cinco puntos.
Dos de ellos se refieren a la proyección y conceptualización espacial que el fenómeno megalítico representa.
Así, en primer lugar destaca el hecho de que los megalitos sean monumentos que predominan sobre el entorno, y en segundo lugar la circunstancia de que, a través de ello, supongan la imposición de un efecto humano permanente sobre el espacio, creando paisaje humanizado.
Otros dos se relacionan con la dimensión temporal y funeraria del megalitismo.
En este sentido se debe resaltar ante todo el que sean construcciones que desafían al tiempo y realizadas con una clara vocación de permanencia.
Pero no es menos importante el que sean obras monumentales cuya misión primaria es exhibir la muerte, hacerla visible.
Un quinto punto seria el hecho de que el megalitismo supone una expropiación de trabajo.
Mientras los cuatro aspectos anteriores atestigüan los cambios en el mundo conceptual que subyacen (y posibilitan) al megalitismo, este último punto posee una clara significación sociológica, ya que evidencia los cambios ocurridos en el entramado social, y verifican que la sociedad megalítica posee un poder dividido o en vías de división, pues C(sólo a la fuerza el hombre trabaja más allá de la satisfacción de sus necesidades» (Clastres 1979, ver sobre ello Criado Boado et all.
Ahora bien, las tres primeras caracteristicas señaladas no son exclusivas del megalitismo, sino que definen también cualquier tipo de fenómeno monumental De aquí se pueden derivar dos observaciones.
En primer lugar, seria posible esperar que eso que impropiamente denominamos «pensamiento megalítico» sea un fenómeno mucho más complejo y basto que el megalitismo estricto.
En realidad deberíamos hablar de un tipo de orden cultural y social dentro del cual se legitima la construcción qe grandes monumentos, y que a escala global aparece como algo totalmente opuesto al orden primitivo-salvaje.
Evidentemente la validez de esta propuesta sólo puede ser de alcance general. y nunca particular, pues dentro de ese orden aparecen de hecho construcciones tan dispares como los megalitos atlánticos, los \voodhenges ingleses, los long barrows norteeul'Upeos o, incluso, las long houses danubianas o los telles del neolítico centroeuropeo.
Todos ellos formarían un gigantesco grupo de transformaciones, cada una de las cuales debe ser explicada en su contexto, pero que todas juntas participan de un orden cultural (conceptual) común.
En segundo lugar, la anotación anterior nos permite ofrecer una alternativa optimista a uno de los problemas fundamentales que presenta el megalitismo.
Sabido es que en todo el ámbito de dispersión del megalitismo atlántico los monumentos funerarios son tan abundantes como escasas las evidencias de ha bita ts.
Esto ha dado pie a todo tipo de especulaciones sobre el carácter nómada y pastor de las comunidades megalíticas.
Sin embargo, observando esta situación desde la perspectiva del «grupo de transformaciones» que acabamos de señalar, habría que plantearse si acaso la invisibilidad de los espacios de los vivos, no es la consecuencia lógica de la visibilidad de los espacios de los muertos.
Y del mismo modo, tampoco sería arbitrario, sino el par opuesto de esta situación, el hecho de que en todas las zonas europeas en las que aparecen grandes y monumentales poblados (dejando al margen el conjunto de asentamientos proto-urbanos con necrópolis megalíticas que plantean una problemática independiente que no entramos a considerar en este artículo), falten en cambio, ya no megalitos, sino incluso tumbas visibles o de cierto carácter monumental.
Todo es como si el predominio de la sociedad sobre el medio y la continuidad de ésta en el espacio y en el tiempo, se pudiera expresar de dos formas distintas y excluyentes: en un caso a través de los muertos y en otros a través de los vivos (19).
Frente a estas observaciones de carácter general, lo que contríbuye ante todo a particularizar al megalitismo es el cuarto rasgo enunciado más arriba, esto es, el hecho de ser un monumentalismo para exhibir la muerte.
A continuación, y sin pretender plantear ninguna nueva teoría sobre los orígenes de la tradición megalítica, intentaremos definir algunas de las coordenadas sobre las. que se inscribe este fenómeno, esa fisura del orden salvaje.
Para ello nos centraremos en dos puntos: por un lado en el examen del contexto y marco en el que aparecen las primeras construcciones monumentales, y por otro en la valoración del contraste que el monumentalismo, megalítico o de otro tipo, presenta respecto a la situación Mesolítica y de la primera parte del Neolítico.
Este segundo punto precisa reconocer que el complejo meso neolítico, en contra de las opiniones tradicionales que señalarían una profunda discontinuidad entre ambos períodos, forma parte de una misma unidad que se puede identificar con la sociedad primitiva y el pensamiento salvaje.
Esto se verifica, a nivel del espacio y de prácticas de subsistencia, no sólo en los datos arqueológicos recientes que señalan la escasa distancia entre Mesolítico y Neolítico (por ejemplo: Burenhult 1984, Ford 1979), sino sobre todo en el hecho de que el Neolítico debe ser entendido, en vez de como una fase de revoluciones y de inicios de nuevas formas de explotación del medio, como una etapa que mantiene en sus rasgos básicos el tipo de interacción con el entorno que se percibía ya en los grupos cazadores-recolectores (Cohen 1981: 32 y ss.).
Este tipo de interacción se percibe en las actividades complejas que implican un tratamiento sofisticado de las plantas y animales, y que aparecen ya en ciertos grupos mesolíticos y que apenas se diferencian de formas primitivas de agricultura o ganaderia.
Estas actividades son denominadas gardening en la bibliografía especializada, connotando con ello una práctica a medio camino entre la recolección, la «jardinería» y la agricultura (Larsson 1985, Sherrat 1980).
En todas estas prácticas de subsistencia se percibe que la primera condición para la supervivencia de la sociedad es mantener la naturaleza dentro de su orden natural correcto, y sin ocasionar efectos importantes sobre ésta (20):
Sin embargo, mientras la perspectiva funcionalista del segundo no le pennite más que hacer una versión de la visión de Renfrew de los monumentos como símbolos sociales aplicada a las long houses, y en la que se pierde toda consideración de tipo simbólico, la estrategia del primero se extravía en viricuetos demasiado particularistas y subjetivos.
(20) De hecho los primeros cambios ocasionados sobre el medio fueron de tipo «conservacionista", véase por ejemplo: Cohen 1981: 32 y ss. y Day 1953.
Todo ello debería contribuir a imponer la idea de que el Neolítico, en vez de ser una domesticación de la naturaleza, es la naturalización de la cultura (21).
En este sentido responderia plenamente a la lógica espacial del entramado primitivo-salvaje antes descrito.
Dentro de ese entramado, y a pesar como señala P. Clastres de la similitud formal entre todas las SP en otros aspectos, el repertorio de bases de subsistencia posibles es tremendamente amplio y su elección por una sociedad u otra totalmente indeterminista (Clastres 1976b, Sahlins 1977).
De hecho, ese entramado es un conlinuum a lo largo del cual una misma sociedad puede adoptar y abandonar la agricultura o una subsistencia cazadora según le venga en gana (Clastres 1981a, Lévi-Strauss 1963).
La misma imagen de continuidad surge si observamos lo que se refiere al tiempo y los ritos funerarios.
En efecto, en virtud de lo q~e se dijo sobre este tema en el apartado anterior, tal vez sea necesario empezar a considerar como una evidencia significativa la ausencia de evidencia sobre enterramientos en la mayor palie de los periodos prehistóricos pre-megalíticos.
Esta falta, en vez de ser debida al azar o a un problema de documentación se deberia fundamentalmente a una estrategia consciente por parte de los grupos prehistóricos de ocultar la muerte.
Por otro lado, la mayor parte de los enterramientos que poseemos de momentos paleolíticos, epipaleolíticos e incluso del neolítico antiguo, se corresponden bien en su mayor parte con ese tipo de prácticas de ocultación (May 1986): deposición de cadáveres entre basuras y escombros, (como es el caso de Los Azules o, en grado máximo, el enterramiento en concheros), desmembración de los cuerpos, canibalismo ritual...
En contraposición con la situación anterior, la especificidad del megalitismo viene dada no sólo por los rasgos que lo definen, sino también por aparecer sobre un determinado marco económicosocial y en el seno de un contexto cultural nuevo.
En lo que se refiere a la relación con el espacio, los comienzos de la arquitectura monumental sobreimpuesta al paisaje coinciden con el inicio de la ocupación y transformación del entorno a gran escala.
Antes de niveles del Neolítico Medio, las huellas del efecto humano sobre el medio son escasas y ambigüas.
Pero a partir de este momento serán ya inequívocas.
Por todas partes se invierte el tipo de relación cultura-naturaleza que caracterizaba el orden primitivo-salvaje.
El paisaje social, en vez de ser el configurado por la naturaleza y ocupado por el hombre, contribuyendo así a la ~naturalización de la cultura», empieza a ser un paisaje creado en todos sus rasgos por el hombre.
Como resaltando una profunda coherencia entre el efecto ambiental de las prácticas de subsistencia, y la ocupación simbólica de ese ambiente, aparecen los monumentos imponiendo un orden humano sobre el medio y configurando un nuevo tipo de paisaje.
Ahora bien, esta fisura no ocurre sin más.
Sino que, según nuestra opinión, concuerda con la aparición de un nuevo modo de vida que señala una profunda discontinuidad con el orden mesoneolítico: el modo de vidtl campesino.
Este se impone a partir del Neolítico Medio (o Calcolítico, según las zonas) a través de la revolución neolítica de los productos secundarios (Sherrat 1980).
Supone el inicio de la settled agriculture (ver sobre ella Boserup 1965), es decir de la agricultura en comunión con el terrazgo, amparada por prácticas estables: barbecho, abonado arado, ganadería estabulada,~racción animal.
Hay una fisura mayor entre el campesino y el agricultor de rozas del Neolítico inicial, que entre éste y el cazador-recolector.
En este sentido es significativo el que el megalitismo siempre aparezca en momentos desarrollados del Neolítico y sobre una base neolítica previa (Jorge 1981).
El campesino representa el inicio de una auténtica domesticación del espacio, entendido ello como la imposición a éste de un orden cultural.
El campesino es el hombre que llega a ser esclavo de la naturaleza, que sufre los riesgos de los accidentes naturales, y por ello utiliza su cultura para domar la tierra, para dominar la naturaleza.
Con el campesino aparece la producción, la obtención de excedentes y desaparece la jornada laboral de tres horas de la que habla Sahlins (1977).
El campesino termina, en suma, requiriendo el control más pleno posible del territorio.
Su pensamiento, en vez de legitimarse a través de la naturaleza. concibe a l'sta como un enemigo \' le impone un orden a través de él.
En este sentido es muy significativa la aparición en algunas zonas oe sistemas de campos cercados relacionados con monumentos megalíticos (Caulficld 1978(Caulficld.
1983 \' 1 Y86), La posibilidad de limitar el territorio, de expropiarlo. era ajena al pensamiento primitivo, Esta práctica se va a generalizar a partir del Neolítico final y en la Edad del Bronce (Bowen et all.
1978), Pero la preminencia de las construcciones monumentales sobre el paisaje, señala ya un primer tipo de apropiación del territorio que, por el momento, se apoya fundamentalmente en recursos simbólicos.
La visibilidad del monumento, sea funerario o de otro estilo, sea incluso un poblado permanente, representa la reivindicación del territorio.
A partir de aquí es posible pensar los megalitos como símbolos territoriales, y superar las limitaciones y simplificaciones de las propuestas funcionalistas sobre el particular (Renfrew 1976b), La monumentalidad del megalito, su posición visible sobre el paisaje (Criado Boado 1984/85, Fleming 1972, Lynch 1975, RCHM 1970: 427, Vaquero Lastres 1988), su relación con límites naturales y ecológicos que más tarde han dado lugar a fronteras humanas y sociales (extremo frecuente dentro del megalitismo: Criado Boado et all.
Si se considera la relación con el tiempo, el rasgo más notable que representa el megalitismo (y otros tipos de monumentalismo) es la completa transformación de la actitud hacia el mismo que aparece en el pensamiento mítico, pues mientras éste es un recurso para matar o suprimir el tiempo (Lévi-Strauss 1976: 548), el monumento que se hace perenne es una forma de recuperarlo.
En este sentido el megalito es un eco arcano, pero próximo, de lo que más tarde serán los Museos, los libros, el Pasado, la Tradición y la Historia.
Esta inversión en el orden del tiempo, de indudable relevancia y alcance, es coherente con la «domesticación del espacio» que supone los inicios del mundo campesino, Dentro de éste, de un sistema basado en los ritmos reiterativos de las estaciones y las cosechas, el tiempo, el ciclo y la repetición se hacen importantes.
El campesino, a diferencia del salvaje, es un hombre concernido directamente con el control y cómputo del tiempo (Clastres 1981 b).
Es más, lo significativo no es que se contraponga un ahora con tiempo frente a un antes sin él (propuesta que seria demasiado simplista), sino que el tiempo cambia de configuración: frente a un tiempo estancado en el que el futuro no existe y la diferencia entre presente y pasado se expresa «espacialmente», bajo la forma de dos territorios distintos y paralelos, ahora surge un tiempo lineal presidido por la sucesión (22).
Podemos enmarcar el tiempo megalítico dentro de estas coordenadas en función no sólo de las evidencias consideradas al inicio de este apartado, sino también del hecho de que los megalitos contienen formas más o menos rudimentarias de calendarios.
Sin necesidad de entrar en una revalidación o critica de los postulados que diferentes trabajos han propuesto en torno a la ciencia y la astronomía megalítica (Bernatt et aH.
1981), o a su posible significación social (ver Thorpe 1981), nos llega con que la mayor parte de los megalitos estén orientados en función de algún tipo de evento astronómico (23), lo que supone una observación continua de todos los ciclos de ese evento.
Así pues, y a modo de observación general, podemos decir que el punto más relevante del megalitismo de acuerdo con el planteamiento de este artículo lo constituye la paradoja de que este fenómeno, rompiendo equilibrios previos, expresa la preminencia de la cultura sobre el espacio a través de recursos temporales.
En este sentido, y en contra del orden primitivo-salvaje el megalitismo representa el inicio de la victoria del tiempo sobre el espacio, una victoria de la que todavía seguimos siendo esclavos (24). ( 22) Véase como ejemplos de ellos: Males (1986) y Mamani (1986), Discutir toda la bibliografía en este sentido seria muy prolijo.
(23) En Galicia la orientación más frecuente de las cámaras es hacia el solsticio de invierno.
(24) Nos referimos a las miserias que el énfasis en el tiempo y el discurso teleológico llevan siempre aparejadas.
PERSPECTIVA ESPECIFICA: LOS ESPACIOS MEGALITICOS
Habiendo llegado hasta aquí, una cosa está bastante clara: la aproximación que hemos elegido no explica casi nada sobre megalitos.
Esto, lejos de ser un error, es algo inherente al planteamiento del trabajo, al hecho de entender a los megalitos como ((acontecimiento de pensamiento».
Así pues, después de haber hablado del megalitismo y del pensamiento, consideraremos ahora el nivel del acol1lec: imientu y los lIlegaliws.
En este punto habrá que considerar los contextos concretos dentro de los cuales surgen los monumentos megalíticos.
Ello planteará que, al contrario de lo que ocurria en el nivel anterior, no sólo será posible, sino sobre todo necesario, utilizar el concepto ideología, buscando dónde y cuando ésta aparece, mostrando cómo la interrelación de poder, ideología y sociedad (25) dinamiza la estructura del sistema de pensamiento subyacente a los monumentos megalíticos y cómo todas esas estrategias se conjugan (o conjuran) para construir instrumentaciones específicas de ese pensamiento dentro de contextos históricos particulares.
Para ello, además de los conceptos anteriores, será preciso utilizar las nociones de acontecimiento y regularidad.
Más allá de la tipología: acontecimientos y regularidades megalíticas
A lo largo del apartado anterior hemos insistido en que el megalitismo es un fenómeno monumental.
Sin embargo, la monumentalidad megalítica no se reduce a la aparatosidad de su arquitectura, sino que la construcción de la monumentalidad megalítica incorpora un amplio repertorio de elementos que comprenden desde la distribución de los túmulos en el entorno, hasta los propios ajuares, concebidos éstos como un recurso material para significar una especie de monumentalidad interior del megalitismo.
De este modo, el C(monumentalismo» megalítico seria la consecuencia de la conjugación y articulación de una serie de espacios diversos que se escalonan desde el exterior del monumento hasta su interior y entre los cuales, a menudo, se establecen relaciones de oposición o tensión espacial La resolución de esas tensiones de una u otra forma, el predominio de unos y otros elementos, da lugar a soluciones megalíticas muy dispares.
En terminología convencional cada una de esas soluciones sería considerada un «tipo» específico de megalito.
Sin embargo rechazaremos esa notación por limitarse a insistir en aspectos formales.
En cambio, nos interesa destacar que, entendiendo cada tipo como una solución estratégica y significativa dentro de un contexto específico de los frentes de confliCto que se generan entre los diferentes niveles espaciales que integran el megalitismo como fenómeno cultural unitario, se podría llegar a describir las circunstancias que determinan la utilización de una u otra solución megalítica y, de este modo, a descubrir el sentido que la construcción de un monumento concreto podría tener.
Tomando como caso de estudio el NW peninsular, que es la zona que el presente autor mejor conoce, podemos ver que los niveles espaciales de monumentalidad que integra el megalitismo son: la distribución general de las mámoas, o escala de asentamiento (Bello Diéguez et aH.
Esos «espacios», por su parte, en vez de limitarse a actuar estáticamente dentro de cada megalito, se interaccionan entre eHos dando lugar a horizontes de conflictividad.
Los más señeros de estos últimos sQn: la interrelación monumento-entorno, el equilibrio túmulo-cámara, la dialéctica cámara-estructuras de entrada \, finalmenlL', la relaciún del <lJuar con d I 'l' QU del monumento (presencia / ausencia, mayor/ menor importancia del mismo), En el megalitismo del NW peninsular, al igual que en el de cualquier otra wna geográfica, es posible diferenciar elementos dispares dentro de cada uno de los nivelc:-. e:-.paciales o frentes de conflicto que se han enumerado (26), Por nuestra parte, denominaremos aC()/ltecimiento al hecho de que un elemento concreto entre toda la serie posible sea el adoptado para ser utilizado y satisfacer los requerimientos de un determinado nivel espacial.
La ventaja de esta conceptualización estriba en que con ella, en vez de limitarnos a hablar de meros elementos formales, comprendemos el proceso complejo a través del cual un elemento concreto es adoptado, destacando al mismo tiempo su articulación con otros elementos, su significado y el contexto mismo que rodea su utilización, Al mismo tiempo, a las soluciones generadas por la yuxtaposición de acontecimientos concretos, a los resultados de las posibles combinatorias espaciales, les denominaremos regularidad.
Poco más arriba se indicó que esas soluciones componen «tipos» específicos de megalitos, Sin embargo, del mismo modo que acontecimiento no equivale a elemento formal, regularidad tampoco se puede identificar con momento tipológico_ El empleo del concepto regularidad permite introducir referencias al significado y al contexto que no entran dentro de la normativa tipológica.
Más en general podemos decir que la utilización de estas categorías teóricas nos impide caer en la perspectiva tradicional que, cuando descubre la aparición de un nuevo elemento formal, lo mantiene dentro del cuadro de evolución tipológica de ahí en adelante.
En cambio, de un modo semejante a como ocurría con la «genealogía del poder» (Foucault 1980c(Foucault y 1984) ) lo que realmente importa respecto a cualquier elemento que se considere, no es su origen ni cuándo ocurre por primera vez, sino todas las veces que se repite y por la razón que sea, configurando de ese modo acontecimientos particulares, y cada acontecimiento un momento fuera del tiempo teleológico que es la ((presentización» de un instante (27).
Sintetizando ahora todos los diferentes acontecimientos que se pueden dar dentro de cada uno de los niveles espaciales y horizontes de conflicto considerados hasta aquí, podemos definir varias regularidades megalíticas distintivas.
Ahora bien, la discusión que sigue, en vez de ser tomada como la tipificación de tres regularidades concretas, debería ser entendida como la descripción general de tres grupos de regularidades.
Lo que constituye una regularidad determinada es cada megalito individual: cada mámoa singular es un acontecimiento único que concreta en un momento perpétuo toda la monumentalidad del megalitismo utilizando para ello rasgos y elementos procedentes del acervo general de este fenómeno cultural.
En primer lugar tendríamos un tipo de monumentalidad megalítica que se construye fundamentalmente en torno al túmulo y a la situación de éste en el espacio circundante.
Las dimensiones de la mámoa y el emplazamiento en zonas de dominio topográfico o de amplia visibilidad confieren al monumento ese carácter que se podría definir como de predominio de la monumentalidad exterior, esto es, de una monumentalidad hacia fuera.
En cambio los elementos más interiores apenas son destacados.
La cámara está encerrada dentro del túmulo, es de escaso desarrollo y no tiene estructuras de entrada o éstas son de poca entidad.
Los ajuares finalmente son pobres o casi inexistentes.
En segundo lugar tendríamos otra regularidad en la que se percibe un predominio o inicio' de hegemonía de los elementos interiores.
Las cámaras aparecen destacando en la superficie del túmulo, generalmente están dotadas de vigorosos corredores, según los datos arqueológicos que se (26) Desafortunadamente Queda fuera de los límites del presente trabajo la posibilidad de ofrecer una descripción pormenorizada de lo Que ocurre en cada uno de esos niveles, Un primer intento en este sentido, así como un boceto de las interacciones espaciales Que a continuación se señalan, fue ofrecido en Criado Boado y Fábregas Valcarce (1986), Además de ello, aspectos materiales sobre el megalitismo del NW han sido sistematizados recientemente en Fábregas Valcarce (1988a, 1988b y 1988c).
(27) Estos conceptos están tomados de Foucault (1979Foucault (, 1980b) Y Bermejo Barrera (1987), Sahlins (1985) ofrece una categorización con observaciones interesantes en esta línea; para él un evento (evem) es la relación existente entre un acontecimiento de la vida cotidiana y la estructura subyacente; como tal permite «la realización práctica de las categorias culturales dentro de un contexto histórico específico.
(Sahlins 1985), Todo ello nos aporta unas «herramientas» teóricas útiles para desenvolver la perspectiva adoptada por cuanto, a través de ellas, se dinamiza la situación descrita anteriormente a nivel del pensamiento, y Que. por imperiosidades metodológicas, podria parecer inmovilista y estática, En este sentido esas nociones son las más adecuadas para introducir las consideraciones'Planteadas más arriba sobre el pensamiento como «vocabulario», Ver también Criado Boado (1989 y A).
han empezado a recuperar en los últimos años aparecen atrios y umbrales de considerable importancia (Criado Boado el all.
A), Y los ajuares se hacen más abundantes y C<riCOSII.
Es relativamente frecuente la aparición en estos monumentos de elementos de cultura material de muy posible procedencia exterior.
Sin embargo, se debe anotar inmediatamente que lo que aquí denominamos elementos interiores no constituyen un grupo homogéneo, sino que dentro de esos elementos interiores se descubren elementos dispares e incluso contrapuestos.
De este modo es posible diferenciar regularidades específicas dentro de este grupo genérico.
Las dos básicas serian: la que se establece cuando los elementos interiores se inclinan del lado de los elementos claramente internos, esto es, cuando se asienta el predominio del espacio de la cámara, y la que, por el lado contrario, se genera cuando dentro de los elementos interiores priman los que se refieren a la transición entre interior y exterior, esto es, cuando se privilegia el atrio o la deposición del ajuar en el umbral En cualquier caso, lo que nos parece representativo del presente grupo de regularidades es que, en contraposición con esta hegemonía de los espacios interiores, los elementos exteriores disminuyen su importancia: el túmulo reduce su tamaño, llegando incluso cámaras que miden 6 ú 8 m. de largo a estar encerradas por túmulos de 15 a 18 m. de diámetro.
E incluso es frecuente que ocupen posiciones topográficas deprimidas en las cuales, si bien aún poseen un emplazamiento elegido en función de determinadas condiciones de visibilidad (es el caso de A Arca de Barbanza: Criado Boado 1984-5), han desaparecido las exigencias de emplazamiento que se encuentran en otros monumentos.
De acuerdo con la evidencia de la distribución de túmulos, es posible que grupos que construian monumentos de este estilo, y tal vez en momentos avanzados del megalitismo, se hayan extendido hacia tierras bajas y hacia entornos ecológicos diferentes a los más característicos del momento megalítico del paisaje gallego.
Otra regularidad distinta estaría señalada por un grupo de mámoas que parecen representar el final de la tradición megalítica.
En ellas la tendencia anterior y clásica, si se quiere, del megalitismo se interrumpe y cambia radicalmente de sentido.
La forma más apropiada de definir esta regularidad tal vez fuese decir que en ella no es importante ni el espacio exterior ni el interior.
Sólo el ajuar se hace importante.
Este se convierte en el aspecto más distintivo de los monumentos de este estilo, por cuanto en ellos aparecen con frecuencia cerámica campaniforme, objetos metálicos, joyas incluso de oro... en suma todo el elenco de piezas consideradas por la bibliografía tradicionalmente como útiles de prestigio (Criado Boado y Vázquez Varela 1982, Fábregas Valcarce 1983, La Iglesia 1909, Maciñeira 1941, Rodríguez Casal 1983, Vázquez Varela 1979).
En cambio los monumentos se vuelven invisibles casi a todos los niveles, pues por un lado los túmulos decrecen de tamaño hasta casi desaparecer, pierden todo rastro de prominencia sobre el paisaje y, finalmente, la cámara, cuando la hay, pues son asimismo frecuentes las estructuras tumulares de tierra limpia y sin resto de cámara, reduce su tamaño y proporciones hasta la escala de una cista megalítica y queda englobada dentro del túmulo.
Esta propuesta de regularidades se basa, de hecho, en modelos o síntesis generales que han sido presentadas y sostenidas por diferentes autores.
Se puede observar que, grosso modo, el esquema que se ha planteado reproduce los elementos básicos de las secuencias crono-tipológico-culturales elaboradas para dar cuenta tanto del megalitismo gallego (28), como incluso del N. de Portugal (29).
Ahora bien, una de las diferencias hásicas que distancia a nuestro esquema oe esos otros, radica en el hecho de que con el no pretendemos establecer un esquema cronológico ni una secuencia tipológica o cultural Esta posición es la que nos confiere un planteamiento genealógico (30), en el que el énfasis en el acontecimiento, la regularidad y la serie es más importante que la búsqueda de los orígenes, nacimientos y evoluciones de elementos o tipologías determinadas.
Desde este punto de vista, para nosotros lo significativo es que en unas zonas convivan en el mismo momento diferentes combinaciones, o que mientras en ellas se mantiene una regularidad específica, en otras áreas se adopten soluciones ya no desemejantes, sino incluso radicalmente opuestas, o, en definitiva, que comparando dos zonas dadas se pueda observar que la serie de regularidades que se percibe en cada una de ellas discurra en sentidos contrarios.
¿Cuál serÚl entonces la racionalidad que opera debajo de la elección de uno u otro tipo de regularidad?
Para ensayar una posible contestación a esta pregunta debemos, nuevamente, ensanchar el campo de observación y dirigirnos hacia el siguiente apartado.
Estrategias de poder y antl-poder: las soluciones megalíticas
A efectos de plantear una lectura imaginaria, vamos a sintetizar la síntesis que se ofreció en el apartado anterior.
Tal y como se pudo observar, todos los acontecimientos y regularidades que se han definido se reducen o articulan alrededor del enfrentamiento exterior / interior como forma de construir la monumentalidad megalítica, circunstancia por otra parte normal cuando el fenómeno involucrado es de tipo religíoso, funerario y simbólico, esto es, un tipo de fenómenos que basan su propia condición de existencia en el establecimiento de una clara distinción entre lo introducido en su lógica y lo exterior, periférico, marginal o profano.
A partir de esa oposición radical se configuran diferentes alternativas que expresan el sentido del megalitismo para comunidades particulares, y que se construyen utilizando unos elementos u otros para significar y concretar dicha oposición.
Esos elementos, grosso modo, se escalonan a lo largo de una serie que posee tres escalas principales: énfasis en la monumentalidad exterior (en el túmulo y/o en el emplazamiento, por lo tanto), énfasis en la monumentalidad interior (en la cámara y/o en el ajuar), énfasis en el umbral (concretada en atrios y/o en ajuar depositado fuera de la cámara).
La utilización de cada uno de estos elementos es para nosotros un acontecimiento, ya que señala la actualización de un recurso formal en un contexto específico.
Y la suma de esos acontecimientos que dan lugar a un megalito, configuran un instante megalítico.
Los tres, de hecho cuatro, (grupos de) instantes y regularidades megalíticas fundamentales que nos han sido dado ordenar, se corresponden con cada uno de esos tres niveles anteriores.
Ahora bien, se puede observar, sin ánimo de hacer una aproximación exhaustiva ni excesivamente general, que las líneas• básicas que hemos caracterizado en el megalitismo gallego, se encuentran en la mayor parte de las t<provincias» del megalitismo Atlántico.
El mismo esquema de evolución dual del megalitismo europeo propuesto por Renfrew (1983bRenfrew (, 1984bRenfrew ( Y 1987a) ) responde a esa genealogía.
En Inglaterra, Fleming (1973) descubre una dinámica de dirección opuesta en el desarrollo de la arquitectura megalítica que, por un lado, pondría el énfasis en la función monumental a través del túmUlo, y por otro en la función funeraria a través de la cámara.
Las lineas de fuerza del megalitismo de Gran Bretaña discurren en torno a ese eje, dando lugar en unos casos a la hegemonía de las cámaras, en otros a la de los túmulos y en otros, a través de unas soluciones que los autores clásicos interpretan como de consenso o equilibrio entre las dos tendencias anteriores, a las grandes fachadas monumentales que caracterizan un importante grupo de túmulos megalíticos (30) Concepto tomado de M. Foucault (1979 y 198Oc): aplicado arqueólogicamente en el sentido de Criado Boado (1988b). británicos (31).
También en Irlanda se percibe esta lógica de desarrollo de la arquitectura megalítica (32).
Los trabajos de C. Tilley en el sur de Suecia son también muy indicativos.
Este autor considera la transición de la cultura TRB del neolítico Medio a la BAC (&lule Axe-Corded Wared Tradition) del neolítico Final. haciendo una descripción de la misma en términos ideológicos y simbólicos (Tilley 1984, Shanks y Tilley 1987a).
Después de establecer una estrecha correspondencia entre la evolución de la decoración cerámica de la TRB y BAC, y el tipo de distribución de la primera dentro de los monumentos megalíticos y la correlación de la segunda con un nuevo tipo de monumento funerario, se vincula esa dinámica en la cultura material con un cambio en los principios simbólicos de ordenación del espacio que utilizaban esas comunidades, relacionando todo ello además con las circunstancias económicas y sociales de esos grupos.
De este modo se establece que, dentro de los grupos TRB (que construían monumentos megalíticos en cuyo interior eran depositados los muertos sin ajuar, después de haber anulado su individualidad a través de la práctica de la descamación o la quema de sus cuerpos), y dentro de los cuatro períodos en los que tradicionalmente se divide esa tradición cultural, se pueden diferenciar cuatro estilos cerámicos totalmente dispares que se corresponden con cuatro pautas diferentes de deposición del ajuar en las tumbas.
Así, en el periodo I y IV aparecen tipos cerámicos con escasa decoración, lo que, para el primer momento, es interpretado por el autor como reflejo de un énfasis escaso en destacar la identidad de los grupos particulares; durante estos momentos apenas se depositan ofrendas ni en el exterior, ni en el interior de la tumba.
En cambio, en los periodos II y ID se produce un incremento de la complejidad decorativa que se corresponde con el auge de la deposición de ofrendas en el exterior del monumento, destacando, posiblemente, a través de ello el incremento de las actividades y funciones rituales del megalito.
En este último sentido, los autores interpretan que mientras las fases I y IV habrían estado polarizadas hacia lo interior, las fases II y ID lo habrian estado hacia el exterior (Shanks y Tilley 1987a: 155-71).
La dinámica que se percibe en la fase IV, se continúa e intensifica con la tradición BAC, no sólo a nivel de decoración cerámica (ver Tilley 1984: fig. 19), sino sobre todo a nivel de ritos funerarios: en este momento se produce un abandono de la construcción de monumentos megalíticos, que son sustituidos por inhumaciones en sepulturas planas que ya no son «highly visible la ndmarks», y en las que el rito de enterramiento es la deposición individual de cuerpo entero.
En algunos casos estas comunidades siguen utilizando los megalitos, pero depositando sus muertos con el ríto de la nueva época y acompañados de los ajuares que caracterizan a estas comunidades, constituidos por hachas de combate y bipennes que son interpretados tradicionalmente como signo de intensificación de la jerarquización social (33).
Otros estudios realizados en la zona del Rhin y en la llanura Centroeuropea señalan también una dinámica de este estilo (Hodder 1982c(Hodder, 1984)).
Desde nuestro punto de vista, el interés de estas recurrencias y tendencias generales dentro del megalitismo atlántico radica en que, con independencia de las soluciones locales que se encuentren, permiten identificar unas líneas de fuerza básicas dentro de ese fenómeno cultural De este modo, lo general y universal dentro del megalitismo no seria la presencia de esos procesos u otros cualquiera, (31) Britnell (1979: 132-4), Corcoran (1969: 95-100), Darvill (1982), Henshall (1978), Lynch (1972), Manby (1976: 148).
En algunos casos se rastrea una posible secuencia cronológica para la adquisición y pedominio de una u otra solución; de todos modos este tema es punto de debate entre los diferentes autores.
(32) En este caso los momentos señeros están representados por tumbas reducidas, con cámaras pequeñas encerradas en ellas y ajuares pobres, y en el polo opuesto, grandes monumentos tipo New Grange: ocupando una posición intermedia aparecen las tumbas de corredor, los portal tombs y los court tomsbs dotados de aparatosas estructuras de fachada y atrio (O' Kelly 1983).
De acuerdo con los datos obtenidos en las excavaciones de la necrópolis de Carrowmore, es casi seguro que esa secuencia tipológica se corresponde asimismo con periodización cronológica (Burenhult 1984: 139-40).
(33) El autor que seguimos prefiere entenderlos únicamente como simbolo de un mayor auge en la individualización de los miembros del grupo, que también se realizaria a través del cambio en los ritos de enterramiento; este individualismo no excluye el incremento de la jerarquización y de las diferenciaciones sociales, ya que incluso seria posible que se desarrollara como complemento de este tipo de procesos; pero ofrece un marco menos restrictivo para entender todas las implicaciones del cambio de ritual funerario y de tipo de cultura material.
sino la existencia en su base de unas oposIcIones significativas que cuntienen las condiciones de posibilidad para generar un sentido que cada actualización COn(Teta del Illcgalitislllo terminará de construir dentro de contextos concretos.
Aún a riesgo de parecer apol1ar una explicación mecanicista, por tratarla con escaso detalle, intentaremos delimitar las líneas generales de estos procesos.
En el apartado anterior vimos que uno de los rasgos básicos del megalitismo es hacer visible la muerte.
Sin embargo, este hecho es paradójico, pues al mismo tiempo que el megalitismo exhibe la muerte a nivel de todo el grupo, la oculta.
Como fenómeno de enterramiento colectivo que es, supone un enmascaramiento del muerto individual.
Esto se revigoriza con prácticas como la descarnación o la posible deposición secundaria en los megalitos, que, como se ha señalado en repetidos casos, tienen por objetivo negar la identidad individual en la muerte, (ver respectivamente Shanks y Tilley 1982y 1987a, y Bloch 1971, Fraser 1983y Hertz 1960).
También encaja con esto la escasa importancia del ajuar y el hecho de que las piezas recuperadas en los megalitos representen, más que «ajuares individuales» propiamente dichos, ofrendas de tipo general o restos de actividad ritual.
A la vista de esta situación contradictoria, en la que exhibición y monumentalismo funerario conviven con ocultación y desindividualización, y teniendo en cuenta las descripciones consideradas al hablar de la muerte en las SP, resulta tentador proponer que el megalitismo representa una fase de transición paulatina en la que se empezaría realizando una primera utilización de la muerte y recuperación del tiempo a nivel de todo el grupo, pero sin descender todavía al nivel individual.
Esta interpretación podria venir apoyada por el hecho de que cada una de las «regularidades» consideradas aquí, puede ser definida como una escala distinta en la intensidad de exhibición de la muerte.
Así, la primera regularidad, en la que existe una invisibilidad de los ajuares y la cámara, se correspondería con un énfasis mayor en los aspectos espaciales y temporales del megalitismo, que en los funerarios.
La segunda regularidad, en cambio, marcaría una polarización de ese énfasis hacia la dimensión ritual e interactiva del monumento: el individuo se sigue ocultando, pero la cámara que lo encierra adquiere mayor preminencia y, sobre todo, se hacen importantes los umbrales y espacios de actividad social. en los cuales se centran los restos materiales, en vez de en los ajuares individuales de los muertos.
Cada una de estas situaciones puede reflejar, en ese extraño conflicto entre la hegemonía espacial o la hegemonía temporal y funeraria, a través de esa contraposición que parece reproducir la pugna entre la sociedad y el individuo y, tal vez, entre la sociedad indivisa y la sociedad dividida, la expresión ideológica particular de una determinada estrategia de poder.
La situación se resuelve finalmente con la tercera regularidad, donde existe un énfasis absoluto en la exhibición del individuo, plasmada en la «privatización» y enriquecimiento de los ajuares, en el cambio a un rito de enterramiento individualizado y en la aparición de la inhumación.
No es coincidencia entonces que la definitiva individualización en la muerte acompañe a la instauración de una nítida jerarquización social (34).
Claro que también se podría dar otra explicación.
Pues de la misma forma que Clastres (l976b), plantea acerca de los potlach y de algunas sociedades de «grandes hombres» cabría la posibilidad'de que los megalitos, en vez de ser la expresión de los primeros atisbos de división dentro de una sociedad, y su historia la Historia de la emergencia paulatina del poder, fuesen los últimos esfuerzos de algunas sociedades, conscientes ya de la posibilidad y riesgo de llegar a la división, por conjurar ese fantasma y permanecer indivisa.
La construcción de monumentos megalíticos sería entonces la curiosa versión de un potlach, una operación de proporciones descomunales que implica el consumo en beneficio del colectivo de los excedentes producidos y acumulados por la sociedad y/o por determinados sectores o individuos dentro de ella.
El hecho de que esa función la satisfagan los monumentos megalíticos, esto es, construcciones de finalidad iuneraria, estaría vinculado a las inquietudes y objetivos de una sociedad que, habiendo fundamentado su supervivencia en el dominio del entorno, precisa mostrar su hegemonía sobre el tiempo y reivindicar su territorio apelando a la tradición y a sus muertos.
Las disparidades y contradicciones entre los diferentes acontecimientos megalíticos narrarian entonces las vicisitudes de cada una de esas historias particulares; pues mientras en unos casos el discurso de todo el grupo se las arreglaría para tener éxito y el poder dividido quedaría conjurado, en otros en cambio las primeras formas de poder dividido cuajarían en una ideología expresada a través de los megalitos para con-vencer al grupo.
Las dos descripciones que hemos aportado, se resumen en definitiva entendiendo al megalito como discurso contra el poder (dividido) o a favor de ese poder.
PERSPECTIVA FINAL: EL «ESPACIO» DE ESTE ARTICULO
Llega el momento de distanciarnos un poco de las conclusiones de este texto, lo que significa adentrarnos todavía más en él.
Pues al fin y al cabo la coherencia con el planteamiento asumido, nos obliga a reconocer que, tal y como advertíamos en el párrafo introductorio, no nos podemos abrogar el privilegio de creer que nuestra descripción sea la culminación de nada.
Antes bien, es necesario hacer de ella un nuevo objeto de la labor crítica, lo que supone introducir un tercer nivel de lectura en el texto a través del cual. del mismo modo que antes hicimos con otras interpretaciones sobre el megalitismo, se intentase descubrir cuál podría ser el discurso oculto que habla nuestro discurso, y cuál el contexto que le da sentido.
Así, desde una perspectiva final y actual es bastante evidente que toda la descripción anterior puede ser no más que el redoblamiento de una critica a nuestro sistema económico-social.
En ella los «salvajes» serian utilizados como los depositarios de unos valores (ecológicos y primitivos) que nuestra cultura ha extraviado.
Estaríamos, en cierto sentido, reproduciendo el mito roussoniano del «buen salvaje» (35), amparándonos para ello en uno de los principales problemas de este trabajo: la descomposición paulatina de las sociedades primitivas, ya sea por aculturación o destrucción, no nos permite conocer auténticos salvajes.
Ni tan siquiera sabemos si éstos existieron en algún momento o cómo fueron.
Mientras tanto, la reflexión occidental se inventa una definición de lo salvaje para, de hecho, satisfacer un objetivo más oculto: definirse (y legitimarse) a sí misma (36).
Se podria optar por este último nivel de lectura o de credibilidad del presente texto.
Pero también se debe valorar que la descripción anterior, en la medida en que sigue una ordenación rigurosa desde lo más general, y si se nos apura evidente, a lo más particular, y por lo tanto inconcreto, ofrece asimismo una graduación de niveles de credibilidad.
El primer apartado aporta un esquema genérico (teórico y práctico) que se puede aplicar grosso modo a la prehistoria.
El segundo plantea recursos teórico-metodológicos específicos y conclusiones particulares sobre el megalitismo cuya validez dependen exclusivamente de contextos locales.
Posiblemente sea factible aceptar el texto anterior por etapas, en vez de en bloque.
En este sentido, y para finalizar, diremos que, sin haberlo buscado a propósito, nos ha salido un título simétrico y opuesto al de Renfrew (1976b).
Evidentemente el término megalitos coincide en ambos títulos, pues no en vano constituye el objetivo (o pretexto) de ambos trabajos.
En cambio, la oposición que se manifiesta entre los otros dos términos de cada título, señala con claridad la dispararidad de planteamiento y alcance de un trabajo y otro.
Así, a «territorios» nosotros oponemos «espacio», ya que mientras el primer término define una concepción material e incluso burguesa del (35) Una cñticade este tipo respecto a Lévi-Strauss aparece esbozada en Derrida (1976).
Asimismo es muy indicativo que, a menudo, diversos intentos de caracterizar o cñticar nuestro sistema social, involucren la consideración de lo primitivo (Braudillard 1980: 71 y SS., Lyotard 1987: 35 y ss.) |
con el área de dispersión del foco dolménico más importante del Oriente de La Meseta Superior, se documentan una serie de enterramientos tumulares pertenecientes a los primeros momentos de la Edad del Bronce.
Sirven como alternativas a las deposiciones de la época en los monumentos megalíticos, a los que llegarán a suplantar definitivamente.
El túmulo del ~Paso de la Loba» posee, a su vez, elementos más modernos que nos hablan del arraigo de esta peculiar forma de enterramiento en las poblaciones locales y su perduración hasta momentos avanzados de la Edad del Hierro.
leguminoso. pero que en la actualidad están abandonadas a la colonización de arbustos y herbáceas. manteniendo una ocasional cabaña de vacuno.
El paraje. en sentido amplio, alberga un importante conjunto de estaciones arqueológicas diseminadas por toda la ladera norte de la amplia depresión en que se asienta el túmulo de La Loba.
Entre ellas cabe citar, al occidente de la misma, el dolmen de Fuenteblanquilla excavado por nosotros y. al oriente, la cista de La Nava Alta ya en término de Villaescusa del Butrón, también excavado recientemente.
Pero. a estas dos construcciones megalíticas mencionadas, hay que añadir, muy próximo a La Loba, un campo de túmulos de pequeño porte. de tendencia circular, formados por piedras calizas de mediano tamaño dispuestas, en muchas ocasiones, dibujando círculos concéntricos.
Dentro de este campo tumular podria incluirse, como un componente más, el ejemplar que ahora nos ocupa (Fig. 1).
EXCAVACION: PLANTEAMIENTO y DESARROLLO
El pequeño porte del túmulo (Fig. 2 y Lám.
1.1) no era obstáculo para que destacara, de manera notable, sobre la superficie de las tierras circundantes.
El mayor desnivel entre su punto culminante y la periferia frisaba los 1,50 metros, pero era un desnivel engañoso ya que estaba colocado en una ligera pendiente.
El aspecto que presentaba, previo a la excavación, era el de un ámplio amontonamiento artificial de piedras que formaban una estructura paracircular de escaso tamaño.
En el centro podía advertirse una ligera concavidad no muy profunda, aunque sí bastante dilatada e irregular que contenía un bloque de piedra hincado, desplazado hacia el sector meridional.
Estas anomalías resultaron ser producto de remociones y reutilizaciones del monumento.
El diámetro máximo del túmulo era de 13 metros, por lo que creímos conveniente -a la hora de plantear la excavación-inscribir el mismo en un gran cuadrado de 13,5 metros X 13,5 metros y subdividirlo posteriormente en unidades de 3 X 3 metros dejando entre cada una 0,50 metros de testigo.
A estas cuadriculas se las numeró con letras de Este a Oeste (A-B-C-D) y con números de Norte a Sur (1-2-3-4).
Por lo tanto nos encontramos con 16 unidades de 3 X 3 metros que engloban totalmente la estructura tumular (Lám.
Con objeto de hacer más práctico el proceso de excavación iniciamos la misma en los cuadros centrales; ésto es, en B-2, C-2, B-3 y C-3.
Se siguió un sistema de excavación en horizontal por niveles, levantando capas sucesivas de escasos centímetros.
Del mismo modo, para la toma de datos, se estableció un sistema'de ejes cartesianos que coincidían con los bordes de cuadrícula, al tiempo que se fijó un punto O en el lugar más prominente del túmulo para medir profundidades.
Con estos planteamientos se inició la excavación en los cuadros antes mencionados, teniéndose que ampliar la misma en una nueva unidad (C-4) para poder descubrir totalmente un hoyo que se esbozaba en el cuadro C-3.
RESULTADOS DE LA EXCAVACION
Los resultados del proceso de excavaClOn de La Loba vamos a analizarlos desde una triple perspectiva: la prop.ia estructura constructiva, los restos arqueológicos exhumados y la adscripción cultural del conjunto.
Para la erección del monumento se buscó, de forma intencionada, un ligero promontorio dentro de la superficie del páramo.
De esta manera, invirtiendo un menor tiempo \ esfuerzo se conseguía destacar mejor la estructura.
Posteriormente se debió realizar un cráter u hovo, que alhergaría los enterramientos.
Sobre esta base se produjo un amontonamiento bastante anárquico de piedras calizas de pequeño y mediano tamaño que configuraron el aspecto general del monumento a modo de «Cairn».
Posiblemente, como epílogo a todo el conjunto, se colocó una gran laja de piedra enhiesta sobre el cráter señalando la ubicación de los difuntos.
Las secciones recogidas en la figura 3 reflejan fielmente estas precisiones.
Unicamente conviene incidir sobre dos peculiaridades: la existencia de una capa de arcilla limpia no muy potente en el fondo del monumento, inmediatamente por encima de la coraza calcárea del páramo; y la diferente textura que presentan los estratos en las capas de relleno del cráter y de la depresión del centro del túmulo.
En el primero de los casos, se trata de un horizonte poco homogéneo y que, a nuestro entender, se ha formado por la descomposición del suelo con la acción de las raíces.
En el segundo, los estratos se inclinan en demasía hacia el centro, dibujando falsas cubetas, formados por arcillas de tonalidad más oscura, más suelta y con una proporción notablemente inferior de piedras de tamaño grande.
Creemos que esta circunstancia se debe a remociones modernas y violaciones del monumento.
Esta impresión viene corroborada por la circunstancia de que los restos óseos y los escasos materiales recuperados -a excepción de la olla cerámica-se encontraban depositados en este área, preferentemente en los testigos B-2 / C-2 y C-2 / C-3, a la vez que el hoyo que aparece en el testigo C-3/C-4 estaba completamente vacío de cualquier tipo de evidencia a rqueológica.
Los materiales hallados son ciertamente escasos.
Sobre el nivel inferior de arcilla rojiza del cuadro B-2 -por tanto en su posición original-hallamos, muy fragmentada pero completa, una gran olla de cerámica (Fig. 4) que presentaba una muy deficiente elaboración a base de arcilla granulosa y escasa cocción por lo que se rompía con suma facilidad y resultaba muy costosa su reconstrucción.
No obstante describe una forma muy típica con el cuello inclinado hacia afuera y labio aplanado sobre el que se aplican digitaciones.
La panza es saliente, y sobrepasa notablemente el diámetro de la boca con las paredes inclinadas hasta el fondo plano y grueso.
La elaboración de la superficie no es homogénea y presenta el cuello alisado que contrasta claramente con la panza y el resto de la olla de superficie muy rugosa.
Tiene la decoración ya mencionada sobre el labio y una linea de ungulaciones perpendiculares al borde dispuestas como un anillo alrededor del cuello de.la pieza.
Sus dimensiones son: 27 cm. de altura por 24,8 de anchura máxima.
En posición secundaria hallamos tres objetos más, todos ellos en el nivel superior de revuelto del cuadro C-2 (Fig. 5).
Un brazal de arquero sobre arenisca de grano fino, rectangular con dos orificios bicónicos en los extremos.
Mide 8,6 cm. de largo por 1,5 cm. de ancho; el botón terminal de una fíbula de pie alzado en bronce que tiene forma circular y posee decoración a base de una circunferencia inscrita de puntitos impresos que rodean un motivo de muelle, en el centro una incisión corrida gruesa enmarca un hoyo más profundo a punzón; por último una pequeña lámina de sílex blanquecina de sección tropezoidal con dos aristas longitudinales convergentes en la cara dorsal y la cara ventral lisa y cóncava.
Presenta los filos naturales cortantes y el talón facetado.'''''~ -!G.:é~~' ~ I ~.. ~ I'f.
Los restos óseos humanos del túmulo de La Loba han sido estudiados por el Prof. Francisco Etxeberría Gabilondo miembro del Departamento de Medicina Legal de la Universidad del País Vasco y del Departamento de Antropología s. c.
Aranzadi de San Sebastiano Asimismo las apreciaciones sobre los escasos restos de animales se deben al Prof. Jesús Altuna.
A continuación reflejamos en su totalidad el contenido de dichos estudios.
a) Descripción del material
Se trata de un material muy fragmentado que alcanza un peso total de 3.000 gr. De coloración homogénea pardo clara y textura frágil, muestra signos de corrosión por efecto de la acidez propia de raíces vegetales que, en algún caso, se localizan en los intersticios de los huesos.
A excepción de 69 gr. que pertenecen a fauna, el resto corresponden al genero «horno».
-47 fragmentos de cráneo (mismo individuo).
-25 fragmentos de vértebras.
-41 fragmentos costales. -Región ar1icular de escápula (izda. \' drcha. mismo individuu) -Clavícula izquierda.
-Dos fragmentos de diáfisis de clavículas.
-Dos fragmentos de diáfisis de húmeros (dcho. e izdo. mismo individuo).
-Fragmento de cabeza de húmero.
-Esquirla de cabeza de húmero.
-2 fragmentos proximales de cúbito (drcho. e izdo. mismo individuo).
-6 fragmentos de diáfisis cúbito y 1 fragmento epífisis distal dd mismo.
-3 fragmentos de coxal (mismo individuo) -Esquirla de coxal.
-Fragmento de cóndilo de fémur.
-Tercio distal de fémur.
-2 fragmentos de diáfisis de fémur.
-5 fragmentos de diáfisis de radio.
-Extremo distal de radio.
-9 fragmentos de diáfisis de tibias.
-5 fragmentos de peroné.
-Astrágalo y calcáneo izquierdos (mismo individuo).
-Astrágalo y calcáneo derechos (mismo individuo).
-3 falanges proximales 1 Q dedo de pie.
-15 falanges (manos y pies).
-35 esquirlas diáfisis de huesos largos.
-Restos de fauna: pertenecientes a cabra, vaca y aves. dentarias sueltas (tres de ellas con máXimo grado de desgaste n Según la clasificación de BRABANT.
Determinación de individuos sexo y edad
El conjunto de restos representan a tres individuos de modo muy desigual.
Mientras que de uno se conservan piezas de todo su esqueleto más o menos completo, otro apenas es reconocido por algún hueso compacto y el tercero tan solo por piezas dentarias sueltas.
El sexo se determina con claridad en el individuo mejor representado y corresponde a un varón de edad adulta joven.
El segundo individuo también parece un varón de edad adulta joven y mayor que el anterior.
El tercero resulta arriesgado de sexar y es el de mayor edad.
De todos modos, los tres son adultos jóvenes.
Se detectan dos estigmas de distinta nosología y de relativa frecuencia en los estudios paleopatológicos.
Observación 1: se trata de dos porciones de arco vertebral pertenecientes a la 6. a y 7. a vértebras cervicales en su hemilado derecho, los cuales se encuentran fusionados en bloque.
Desde la articulación de las facetas posteriores en el lado derecho y a lo largo de las láminas de ese lado, se establece un sólido puente de unión que fusionaría ambas vértebras.
No existen evidencias de las articulaciones facetarias posteriores, y la ausencia de exótosis a ese nivel permite suponer que se trata de una sinóstosis congénita.
Observación 2: Cuerpo vertebral perteneciente a 4. a vértebra lumbar que presenta osteofitos discretos en reborde anteríor y superior.
Estimamos se trata de los habituales procesos degenerativos que afectan a la columna vertebral (artropatía degenerativa).
c) Adscripción cultural del conjunto
El hecho de que dispongamos de tan escasas evidencias arqueológicas nos obliga a considerar distintos factores en conjunto para poder aproximarnos lo más científicamente posible al contexto cultural y cronológico del túmulo de La Loba.
Así, habremos de estudiar el tipo de monumento, las comparaciones tipológicas del material recuperado y el ritual funerario empleado.
La valoración conjunta de estos factores permitirá ofrecer un diagnóstico sobre la realidad del monumento.
La costumbre de realizar enterramientos bajo túmulo es un hecho ciertamente habitual durante la Prehistoria.
Sin tratar de ser exhaustivos habría que recordar algunos de los monumentos similares próximos y que pertenecen, a tenor de los resultados obtenidos en su excavación, a épocas dispares.
La intensificación de la investigación arqueológica sobre las fases tardoneolíticas en una zona próxima a la que nos ocupa, como es el País Vasco, ha llevado consigo, al margen de otras consideraciones, el descubrímiento de multitud de manifestaciones funerarias asociadas en unos casos al fenómeno megalítico y en otros a determinadas costumbres -alternativa en muchos casos de los dólmenes-de inhumaciones bajo un túmulo de piedras sin otra estructura aparente.
Consideramos aquí estos últimos a fin de hallar concomitancias, al menos constructivas, con el ejemplar burgalés que presentamos.
Así, en 1981 Vegas Aramburu publica los resultados obtenidos en el túmulo-dolmen de Kurtzebide en Letona, interpretándolo como el inicio de un dolmen por la existencia en la base de cinco cráteres excavados en el suelo virgen y que dibujan cierta forma pentagonal parangonable con una hipotética y nunca construida cámara dolménica.
Pero lo que ahora nos interesa constatar en una época arcaica (2495 ± 45 a.
C.) es su forma tumular, la existencia de cráter y de una gran laja colocada sobre la estructura.
Posteriores investigaciones del mismo autor en 1985 inciden igualmente sobre estructuras tumulares que forman, en la mayoria de los casos, auténticos campos de túmulos de difícil adscripción cronológica debido a la parquedad de materiales hallados.
Esto ocurre en el campo tumular de Askaín y en el túmulo de Urkibi.
Las caractensticas de las estructuras en estos casos no difieren mucho entre ellas, ni tampoco en relación con nuestro ejemplar.
Así, se busca intencionadamente un pequeño promontorio natural para disminuir el trabajo de realce de la estructura y, sobre él, se depositan de forma un tanto arbitraria, las piedras que compondrán el túmulo.
Se advierte en ellos, tambien, una pequeña capa basal de tierra y la existencia de cráter central, mucho más acentuado en el caso de Urkibi.
Por otra parte asistimos a una disminución del diámetro de los mismos que se establece entre 5 y 9 metros.
Construcciones tumulares observamos igualmente en zonas más septentrionales de la Península.
En tierras asturianas se recoge la presencia en Tineo, de un túmulo postdolménico, el del Campiello, que tiene la particularidad de estar levantado totalmente a base de arcilla, aunque no faltan en la zona otros de piedra con un gran cráter en el centro como es el caso de El Pedregal en la misma localidad (Jordá, García y Aguado 1972-73).
En el valle del Ebro, por su parte, se han descubierto también numerosas estructuras tumulares (Andrés Rupérez, 1973: 79 ss.) entre las que destaca sobre todas la Atalayuela en Agoncillo, con un diámetro de unos 12 metros y una fosa en el centro de unos 5 metros de diámetro, todo ello recubierto por un amontonamiento no muy potente de piedras y tierra (Barandiarán, 1978).
No queremos olvidar en esta sucinta relación otra serie de túmulos de distintas áreas geográficas y que se adscriben a momentos culturales dentro de la protohistoria más avanzada.
Nos referimos a las necrópolis tumulares pirenaicas (Maya, Díez-Coronel y Pujol, 1973) de las primeras fases de los Campos de Urnas; a los campos de túmulos conquenses de Pajaroncillo (Almagro Gorbea, 1973) que a su estructura pétrea suman una cista de lajas en el centro; o a los enterramientos tumulares, mucho menos marcados y de cronología más moderna, de la Meseta Oriental (Cerdeño, 1981).
Hemos dejado intencionadamente para el final las manifestaciones de esta peculiar forma de enterramiento en la provincia de Burgos por cuanto que son las referencias comparativas más próximas y por ende, quizás, más válidas.
A escasos trece kilómetros en línea recta se ha excavado en el término municipal de Tablada del Rudrón un túmulo campaniforme (Campillo, 1985) de estructura muy parecida al nuestro.
Se trataba de un amontonamiento artificial de piedras que medía 11,90 metros de diámetro y poseía un cráter central de 2,50 metros aproximadamente.
La estructura interna no difiere apenas de La Loba ya que, en esencia comparte los tres horizontes descritos: una capa inferior de arcilla compacta, un nivel más potente de bloques calizos de distintos tamaños y una capa superficial que sirve de asiento a la colonización herbácea.
Además, posee, aproximadamente hacia el centro, tres fosas artificiales que sirvieron de lugar de depósito de las inhumaciones.
Como vemos, estructuralmente, La Loba y el túmulo de Tablada del Rudrón comparten idénticas características: escaso porte, dimensiones, existencia de cráter y composición vertical, aunque en el túmulo de Huidobro el nivel inferior de arcilla compacta se interprete como natural, producto de la descomposición de la base calcárea.
Algo más al sur, en la necrópolis de Ubierna se reconocen una serie de tumbas de incineración circulares de pequeño tamaño y compuestas por piedras calizas dispuestas en anillos circulares muchas veces concéntricos.
El centro suele estar ocupado por las ofrendas y la vasija cerámica con los restos incinerados del difunto.
Analizaremos más en profundidad este tipo de estructura al tratar el ajuar funerario, pero lo que ahora nos interesa es la constatación de otro tipo de estructura tumular, próxima geográficamente a la que nos ocupa, pero con caractensticas claramente diferenciadas.
Así pues, como hemos visto, nos encontramos con que los enterramientos tumulares en la Península Ibérica no son exclusivos de una época ni una cultura concreta y evolucionan desde los más arcáicos, neoeneolíticos, hasta los más extendidos campos tumulares de la Edad del Hierro.
En todo este período advertimos una cierta evolución tendente sobre todo a la disminución del tamaño y la ordenación y diferenciación lógica de los componentes.
En este sentido son básicamente distintos los túmulos de Kurtzebide, Atalayuela o Tablada del Rudrón de los más modernos pertenecientes ya a la Edad del Hierro de Pajaroncillo, Sigüenza o Ubierna.
Por esta razón meramente estructural pensamos que 4(La Loba» comparte mayor número de caractensticas y está más cerca culturalmente de los primeros que de los segundos.
Los materiales arqueológicos recuperados, aunque son escasos, también nos permiten algunas comparaciones tipológicas.
En primer lugar, la gran olla de cerámica recogida en el nivel inferior del cuadro C-II, por sus características -cuello inclinado hacia afuera, panza con saliente variable sobrepasando siempre el diámetro de la boca, pared inclinada desde el máximo saliente hasta el fondo plano y con frecuentes decoraciones en el labio y cuello-podríamos incluirla dentro de la forma 1 de Amparo Castiella (1977) para las cerámicas de superficies sin pulir de la Edad del Hierro en Navarra y Rioja.
Sin embargo, la misma autora cree que esta forma, compaginada con la deficiente elaboración y cuidado de la pasta y superficies, suele revestir un alto grado de localismo (Castiella, 1977: 272) y la propia forma, debido a esta caracteristica, adquiere multiples variantes.
Esto se manifiesta no sólo en el perfil que, -manteniendo las constantes de cuello exvasado, diámetro de panza mayor que la boca y paredes rectas que acaban en un fondo plano--, varia al pronunciarse o restringirse el cuello, sino también en las decoraciones y el tratado de superficies.
Las primeras, que ahora sí de manera exclusiva afectan al labio y el cuello, se presentan como digitaciones, ungulaciones o de elementos aplicados.
Nuestra pieza posee en el labio toda una sucesión de digitaciones y en el cuello un anillo de ungulaciones.
Este tipo de decoraciones ofrece escasas precisiones cronológicas ya que son motivos que se conocen desde el Neolítico, proliferan durante la Edad del Bronce y se mantienen en la Edad del Hierro.
Las segundas -tratamiento de las superficies-son por lo general sin pulir, si bien se puede dar la variante de que tengan el cuello alisado y la panza rugosa.
Esta última caracteristica que comparte la olla recuperada en el túmulo de La Loba podria parecer propia de asentamientos castreños de la Edad del Hierro por su presencia en los poblados navarros y riojanos referidos por Castiella, así como en los alaveses de Solacueva de Lacozmonte (Barandiarán, 1963) o Peñas de Oro (panos, 1971).
Sin embargo, creemos interesante señalar cómo, desde mucho antes, podemos rastrear ejemplares en los que la zona decorada -el cuello-aparece pulida (posiblemente para resaltar la decoración o para hacerlo más agradable al tacto), y la panza intencionadamente rugosa (quizás para facilitar su sujeción y evitar el deslizamiento en el momento de ser utilizado al fuego).
Así, anotamos un encadenamiento de hallazgos que van más allá de los Pirineos, registrándose en yacimientos eneolíticos de Ardeche en Grenoble (Roudil, 1965).
De contextos similares ya en nuestra península tenemos ejemplares en el complejo de Ojo Guareña (Ordax-Fusté, 1964-65) y con un sistema compositivo semejante aunque la zona sin pulir adquiere un revestimiento plástico, en la cueva de Riezu, Navarra (Beguiristain, 1979).
En el yacimiento de Covarrubias dentro de la provincia de Soria y en un contexto del Bronce Antiguo -donde incluso se registra un fragmento de campaniforme Ciempozuelos-encontramos una forma cerámica similar con el mismo tratamiento de paredes (Ortego Frias, 1969).
Frecuente lo es también en el yacimiento del Bronce Medio de Los Tolmos de Caracena, donde Alfredo Jimeno (1984: 78) escribe al hablar del tratamiento de superficies dentro de la cerámica:... « hay que señalar aquí que los fragmentos con bordes pertenecientes a grandes vasijas u orzas, que generalmente van decorados con un cordón plástico horizontal por debajo del borde, llevan la zona correspondiente a este espacio entre cordón y borde bastante bien espalulado y a veces hasta bruñido, pero por debajo del cordón la pared de la vasija es rugosa intencionadamente».
Por último, enlazado cronológicamente con los ejemplares de la Edad del Hierro pero en un yacimiento de depósitos de hoyos en Bizkar, Alava, encontramos nuevamente un ejemp)o de esta diversidad de tratamiento en la superficie de los recipientes cerámicos (Llanos, 1987: 253).
Unicamente nos resta hacer alguna comparación con el material cerámico aparecido en el vecino túmulo de Tablada del Rudrón.
Aquí anotamos, entre otros materiales, un par de ollas grandes u orzas cuyas formas podemos considerar como variantes de nuestro ejemplar.
En efecto, no son exactamente iguales pero poseen el cuello vuelto, la panza más saliente que la boca, las paredes inclinadas y el fondo plano, además de llevar, también, ungulaciones en el borde.
Por su parte, la pasta y cuidado de las superficies es muy parecido en ambos casos por lo que pensamos que existen más afinidades que diferencias entre nuestro recipiente y los aparecidos en Tablada.
Por todo lo expuesto, nos hacemos eco de la opinión de Castiella al considerar este tipo de forma como muy habitual y propia de manufacturas locales y creemos que tanto la forma como la decoración, el tratamiento de la superficie y la composición de la pasta responden a una concepción simple y funcional del recipiente que no se puede adscribir «per se» a ningún periodo concreto.
Así, considerando el tipo de monumento, el ritual funerario empleado y la asociación con otros materiales como el brazal de arquero. valoramos nuestro ejemplar comu elaburación de las poblaciones autóctonas en el momento de la erección de la tumba.
Otro de los objetos recuperados en La Loba fue un brazal de arquero en arenisca de grano muy fino con dos perforaciones bicónicas en los extremos.
Este tipo de piaas acompaña con mucha frecuencia el ajuar de las tumbas campaniformes.
Lo vemos formando parte de dus de las tumbas más representativas del grupo Ciempozuelos.
1974) y Villabuena del Fuente (Maluquer de Motes.
1960), así como en otros hallazgos interpretados también como posibles enterramientos (Grajal de Campos.
Por lo tanto. lo que parece claro es que es un objeto peculiar de ajuar fúnebre. circunstancia que no obsta para que. debido a su funcionalidad -¿amortiguar el golpe de la cuerda en el momento de distensión del arco?-aparezca, con cierta frecuencia. en poblados como el de Orce (Schüle y Pellicer, 1966), el Castillo de Cardeñosa (Naranjo González.
Se ha querido ver una diferenciación tipológico-geográfica entre los brazales del Sur y los de la Meseta Norte debido a la mayor longitud y estrechez de los primeros.
Pero no hay que olvidar que en el Sur (Orce) también se documentan los típicos brazales de los enterramientos meseteños tipo Fuente-Olmedo o Villabuena y que en el Norte coexisten en el mismo contexto (túmulo de Tablada) ambos modelos.
A lo sumo cabría pensar, como parece demostrarse en Orce (Schüle.
1981), en una matizada diferenciación cronológica que tiende a la estilización y simplificación de modelos.
Por todo ello, creemos adecuado valorar nuestro ejemplar como un producto propio del primitivo ajuar funerario depositado en el túmulo de La Loba en plena Edad del Bronce, tanto por la tipología de la pieza en sí, como por su estrecha relación con los brazaletes aparecidos en el vecino túmulo de Tablada de Rudrón.
Por último, de entre los restos materiales de La Loba sólo nos resta referirnos a un objeto de bronce recogido en los niveles superiores del cuadro C-2.
Se trata del botón terminal de una fíbula de pie alzado.
En este caso, tanto su adscripción cultural como cronología no ofrecen ninguna duda, dado que es un modelo frecuente y muy extendido entre las necrópolis tumulares de la Segunda Edad del Hierro.
20 y T. ISO, no 10). las sorianas de Osma (T. 53, no 10) y la Mercadera (T. 52, no 16) que inician un jalonamiento de hallazgos que nos llevan a través de las Tierras Altas de Guadalajara (Aguilar de Anguita) (Argente Oliver, 1974: 161) y distintos poblados catalanes (La creueta, Cn'Olivé) (Navarro, 1970: 72, no 2 y 4) hasta el golfo de León de donde toman el tipo proveniente de Italia hacia el s. V. a.
Son, por tanto, en nuestro ámbito geográfico, elementos característicos del ajuar funerario de tumbas individuales de incineración bajo túmulo, costumbre que se generalizó durante la Segunda Edad del Hierro.
Su presencia en el túmulo de La Loba debe entenderse, a nuestro juicio, como producto de una violación o reutilización posterior del túmulo y en el contexto de la necrópolis tumular próxima que aún está sin excavar y cuyas estructuras funerarias poseen caracteristicas absolutamente distintas tales como un agrupamiento más regular de anillos de piedras de pequeño tamaño, más reducido alzado (apenas levantan del suelo 60 cm.) y menor dimensión (1,5 a 2 m. de diámetro).
El tercero de los factores a considerar a la hora de abordar el entronque cultural de todo el conjunto es el tipo de ritual funerario empleado por las poblaciones responsables de la erección del monumento.
Los restos antropológicos exhumados no ofrecen ninguna duda al respecto.
Se trata, inequívocamente, de un ritual de inhumación.
En toda la excavación no observamos el menor rastro de incineraciones o cremaciones, ni tan siquiera el mínimo vestigio de cenizas o cualquier evidencia de utilización del fuego con carácter ritual.
Por tanto, serían poblaciones que aún detentaran el ritual de inhumación quienes construyeran el túmulo de La Loba.
Dentro de esta línea, el hecho de que el estudio de los huesos nos haya permitido conocer el número de individuos enterrados (tres), la presencia de una única fosa completamente revuelta y excavada en el nivel calcáreo del páramo y la propia constatación dé la inhumación como única práctica ritual utilizada en el monumento, nos ofrece suficiente garantía para conjugar las tres circunstancias y considerarlas integrantes de una misma realidad.
La costumbre de la inhumación es practicada por las poblaciones prehistóricas desde tiempos inmemoriales bien en tumbas individuales, bien de forma colectiva.
Pero será hacia finales del tercer milenio y de la mano de los cambios sufridos en las relaciones sociales por la introducción de la metalurgia cuando se imponga de forma casi definitiva la inhumación simple como práctica más corriente.
En nuestro ámbito geográfico esta fase suele identificarse con la cultura campaniforme que unas veces aprovecha los monumentos megalíticos, en uso con anterioridad a lo largo de varias centurias para, de forma instrusiva, sepultar a sus difuntos en ellos (por ejemplo, Chabola de la Hechicera (Apellaniz y Femández-Medrano, 1978), El Sotillo (Barandiarán et alii, 1964), Ciella (Deübes et alii, 1982), Aldeavieja de Tormes (Morán, 1931) Y otras se les encuentra sepultados en fosas de inhumación individual (Fuente-Olmedo, Ciempozuelos (Riaño et alii, 1894), Villabuena del Puente,... ).
Que se advierta esta dualidad -aprovechamiento de dólmenes versus fosas individualeslleva a Delibes y otros (1982, 84) a cuestionarse si la fosa no seria el recurso al que acudirian las gentes ciempozuelos cuando faltaban los megalitos, para responderse a continuación que es difícil mantener tal planteamiento aún cuando es incuestionable que donde hay megalitos funerarios, los enterramientos campaniformes se realizan normalmente y de forma intrusiva en los mismos,. relegando a un segundo término su sistema tradicional de fosa.
Si esta apreciación la trasladamos al área geográfica en la que se ubica el túmulo de La Loba, nos encontramos con ciertos matices interesantes que puntualizan tal opinión.
Bien es sabido que en el norte de Burgos y más concretamente en la comarca de La Lora se desarrolla un foco megalítico de gran vigor e interés y que, hasta el presente, viene jalonado por la antigua excavación del sepulcro de corredor de Porquera del Butrón (Osaba et alii, 1971) al que se han sumado en los últimos años más de una decena de estaciones sobre las que estamos trabajando y de las que ya se han pubücado dos memorias de excavación (Delibes et alii, 1982; Delibes, Rojo, y Sanz, 1986).
Tanto en el dolmen de Ciella como en el de Las Arnillas se documentan materiales pertenecientes a posibles intrusiones campaniformes (cerámicas de incrustación, botones de perforación en V) lo que no hace más que potenciar la hipótesis de que estas gentes aprovechaban los dólmenes, en las zonas donde existían, para realizar sus enterramientos.
Pero el hecho de que la fundación del túmulo de Tablada se realice para albergar precisamente una inhumación individual también en fosa, introduce un elemento nuevo y es una alternativa a las intrusiones campaniformes en los dólmenes.
Es más, el hecho de que esta connotación de «intrusión~ no sea suficientemente clara en muchos monumentos ha incünado a Delibes y Santonja (1985 y 1987) a considerar los enterramientos campaniformes como un momento más dentro de la larga perduración y utilización de que fueron objeto estas construcciones megalíticas.
A esto añadiriamos nosotros ahora que no sólo ocuparon casi sistemáticamente los dólmenes, sino que alternaron sus enterramientos en estos monumentos con la construcción de túmulos de piedra que señalasen y resaltasen la fosa sobre la que depositaron al difunto.
Esta costumbre que se certifica con toda veracidad en el túmulo de Tablada arraigará en las poblaciones locales y se perpetuará a lo largo de la Edad del Bronce.
En efecto, tanto en el túmulo de Tablada con posterioridad al horizonte fundacional del mismo, como sobre todo en el túmulo de La Loba podemos constatar esta perduración.
La inhumación simple en fosa, caracteristica de todos los enterramientos campaniformes si exceptuamos el de La Atalayuela (excepcional en tantos aspectos) variará a lo largo de la Edad del Bronce en nuestra área geográfica donde se constatarán sucesivamente enterramientos dobles (Los Tolmos) o triples (San Román de Hornija) (Delibes, 1978).
Desde esta perspectiva, el hecho de que los restos óseos exhumados en La Loba pertenezcan a tres personas, la sensación asimismo de que es muy posible que ocupasen la fosa realizada a tal efecto, y el convencimiento de que tanto la olla de cerámica como el brazal de arquero pudieran haber sido elaborados por las poblaciones autóctonas en los primeros compases de la Edad del Bronce nos hacen pensar que esta forma de enterramiento tumular no sólo coexistió en esta zona con las deposiciones u ocupaciones de los monulllentos megalíticus preexistentes. sino que perduró y acabó imponiéndose.
Solo futuras excavaciones podrán corroborar fehacientemente estas impresiones que por el momento se fundamentan en un reducido banco de datos. pero el hecho de que nuestras exhaustivas prospecciones en la comarca de La Lora hayan deparado el hallazgo de más de una quincena de estructuras similares. nos autorizan a ser moderadamente categóricos al respecto. |
La presencia de materiales fenicios en el curso del río Ebro se ha relacionado con su interés hacia los recursos mineros del nordeste peninsular en general y del área Molar-Bellmunt-Falset en particular, pero hasta la fecha esta propuesta no había sido adecuadamente contrastada.
En este artículo presentamos las primeras evidencias de actividad metalúrgica procedentes del poblado de Calvari del Molar (Priorat, Tarragona) (campañas 2002-2003), que consisten en una tobera de tipología desconocida hasta la fecha en Cataluña, un molino empleado para triturar el mineral y una punta de flecha orientalizante que puede interpretarse como una imitación local de modelos foráneos.
Damos a conocer también el estudio arqueometalúrgico de otros cuatro bronces procedentes de las excavaciones de S. Vilaseca (1930).
La publicación de los resultados arqueológicos y arqueométricos nos sirve para presentar las perspectivas de futuro de nuestra investigación acerca del poblado, de su área minero-metalúrgica y de su relación con los intereses comerciales fenicios.
Se presta especial atención a la plata, obtenida a partir de minerales de este metal, plata nativa y galena argentífera, como un subproducto de la explotación de plomo.
Puntas de flecha orientalizantes.
El conjunto arqueológico de Calvari del Molar (1) está formado por un poblado y una necrópolis preibéricos.
Las excavaciones llevadas a cabo por Salvador Vilaseca en 1930 en ésta última (Vilaseca 1943), así como el hecho de que dicho autor la propusiera como prototipo de su fase III (Vilaseca et al. 1963: 88) han convertido este yacimiento en un referente de la Protohistoria del nordeste peninsular.
La necrópolis, que ocupaba una área trapezoidal de c.
20 x 16 × 11 m en la que se recuperaron 172 enterramientos, fue completamente excavada; no así el poblado, donde se abrió un corte de c.
11'5 × 6'5 m para posteriormente abandonar los trabajos, cuyos resultados fueron publicados de forma sintética en la misma memoria de la necrópolis (Vilaseca 1943: 35-40).
El espacio funerario ocupa un arco cronológico que abarca los siglos VIII y VII ane (Ruiz Zapatero 1985: 162-70), aunque Almagro-Gorbea (1977) ha sugerido una fecha de inicio algo más alta, en el siglo IX ane.
Más recientemente Castro (1994) ha llevado a cabo una revisión de la necrópolis situando su inicio en los s. X/IX cal ANE, a partir de dataciones calibradas obtenidas en otros yacimientos geográfica y culturalmente afines.
La excavación realizada en el poblado dio como resultado la aparición de una serie de recintos cuadrangulares, algunos comunicados entre sí, y un único horizonte de ocupación correspondiente cronológicamente a la última fase de la necrópolis.
El reciente estudio de los materiales de las excavaciones, conservados en el Museo Comarcal Salvador Vilaseca de Reus (Tarragona), confirma esta última propuesta (Rafel 2000).
En el año 2001 comenzó un programa de excavaciones en el poblado que se enmarca en el proyecto El yacimiento protohistórico del Calvari del Molar y el área minerometalúrgica Molar-Bellmunt-Falset (2001-2010) que, como reza su título, se propone como objetivo el estudio del yacimiento en el marco de la explotación de la importante zona minera en la cual se halla ubicado (Rafel et al. 2003).
Los trabajos llevados a cabo hasta la fecha (2) han permitido apreciar la existencia de dos hileras de habitaciones, en sendas terrazas, que -aunque lo limitado de los trabajos realizados hasta ahora no permite todavía identificar unidades habitacionales completas-parecen corresponder a unidades funcionales compuestas por diferentes ámbitos, con un tamaño total superior a lo usual en este momento y con una complejidad de diseño que va más allá también de lo conocido hasta hoy en este período (Lám.
Por otra parte, entre los datos de interés proporcionados por las excavaciones recientes figura el hecho de que, contra lo que se apreciaba a través de los materiales de la excavación de Vilaseca en 1930, el (2) Se ha dado a conocer un breve avance de las campañas 2001-2002 (Rafel y Armada e.p.).
(3) Circunstancia que no es privativa de este poblado, sino que supone una constante en los yacimientos catalanes con importaciones fenicias.
El poblado se asienta en la cima de un pequeño cerro (230 m.s.n.m.) orientado en sentido NE-SO y situado entre dos barrancos de los cuales uno, el de Santa Càndia, desagua a unos 3 km de distancia en el río Siurana y el otro, el del Rec d'en Bas, els Reguerals o dels Comuns, lo hace en el Ebro, a unos 5 km. Una antigua cañada ganadera recorre el poblado longitudinalmente (4).
Al oeste de éste y en la vertiente se extendía la necrópolis.
Un muro ciego de mayor anchura que el resto sigue el límite de la plataforma rocosa superior del cerro y divide el hábitat en dos partes, que no tienen comunicación entre sí (Fig. 3).
A ambos lados de éste se adosan sendas hileras de habitaciones.
De momento las excavaciones han permitido identificar siete ámbitos (I, II y VI y habitaciones Vilaseca E, C, B, F) adosados al lado sur del muro longitudinal y seis ámbitos más en su lado norte (III, IV y V y Vilaseca D, A, G; de éstos tres últimos sólo se aprecian los arranques de los muros que se adosan al muro central).
En los primeros se documenta un único horizonte ocupacional (segunda mitad del s. VII e ini-cios del VI ane); en el ámbito III del lado norte, en cambio, varias remodelaciones significativas indican una fase anterior que, de momento, no se ha podido fechar.
De los ámbitos excavados en el curso de nuestros trabajos, los que llevan los números I, II y VI estaban comunicados entre ellos por sendas puertas.
En el ámbito II y, sobre todo, en el VI se pudo documentar una superposición de pavimentos de arcilla que, en este último y enmarcando la puerta de comunicación con el primero, presentaba un realce, que creemos decorativo, en forma semiovoidal.
Un pequeño tabique dividía dicho ámbito VI en dos compartimentos.
Los ámbitos III y V también están comunicados entre sí, mientras que el IV, probablemente un almacén, no presenta, en su última fase de utilización, puerta alguna.
El corte excavado por Vilaseca en 1930 se encontraba al iniciar nuestros trabajos colmatado con tierras, lo que impedía visualizar el conjunto excavado y dibujar las estructuras exhumadas (de las cuales Vilaseca sólo hizo un croquis).
En la campaña del verano de 2003 se procedió a reexcavar el corte Vilaseca y a consolidar las estructuras.
En dicho corte la roca presenta un desnivel suave en sentido NE-SO y, en consecuencia, en la parte más occidental del corte la roca natural está a mayor profundidad.
En la reexcavación pudimos apreciar que Vilaseca había excavado por tallas a un mismo nivel y que cuando apareció la roca en el lado oriental abandonó la excavación dejándola toda en la misma cota.
Por tanto, nos encontramos que el extremo occidental del corte no estaba completamente excavado, obligándonos a paralizar los trabajos y a aplazar la excavación de esta parte hasta la siguiente campaña.
Fue precisamente en este extremo del corte (Vilaseca F) donde apareció, en un nivel de cenizas, la tobera que presentamos en este artículo.
No habiéndose finalizado la excavación de este sector es posible que próximas campañas nos deparen nuevos datos en relación a actividades metalúrgicas en el poblado.
LOS MATERIALES: TIPOLOGÍA, ANALÍTICAS Y CONTEXTO
Las recientes excavaciones han proporcionado algunas evidencias relacionadas con la explotación metalúrgica.
Los nuevos materiales son una punta de flecha de bronce que apareció en un nivel superficial del ámbito VI, la parte pasiva de un molino completo aparecido en el mismo ámbito, volcado, (4) Ésta es la razón por la cual no se ha podido completar de momento la excavación de algunos de los ámbitos, puesto que cortar la cañada, aún en uso, está requiriendo de una gestión previa.
Esperamos solucionar este problema en la próxima campaña mediante el acondicionamiento de un camino alternativo.
I. Vista general de las estructuras del poblado. pero en un contexto estratigráfico correspondiente al estrato (UE 79) que cubre el nivel de uso de la habitación y una tobera aparecida en el extremo sudoeste del ámbito F del corte Vilaseca 1930, que, como ya hemos explicado, éste no acabó de excavar y que ahora estamos reexcavando.
En lo que atañe a materiales metálicos o relacionados con actividades metalúrgicas, hemos analizado por diferentes métodos un total de siete piezas: las tres a que acabamos de aludir y cuatro más procedentes de la excavación de Vilaseca, concretamente dos brazaletes, una fíbula y una punta de flecha de aletas (5).
Los cuatro bronces de la excavación Vilaseca, conservados actualmente en el Museo Comarcal Salvador Vilaseca (Reus), habían sido analizados previamente dentro del proyecto "Arqueometalurgia de la Península Ibérica" (6).
Únicamente el brazalete decorado posee información contextual mínimamente precisa; la fíbula es un hallazgo "suelto" en la necrópolis (Vilaseca 1943: 23, lám. XVI.5) mientras que el otro brazalete y la punta de flecha fracturada proceden del poblado sin una atribución más concreta en la memoria de excavación (Vilaseca 1943: 35-40).
4762) (Fig. 4.1) es un bronce plomado y formalmente es muy similar a otra conservada íntegra, procedente de la habitación F (Vilaseca 1943: 38).
Como ya hemos señalado en otro lugar (Rafel 2000: 273), se trata de piezas con aletas y pedúnculo pertenecientes al tipo C de Ruiz Zapatero; este autor las incluye en su variante C2, de nervio central poco acusado y posiblemente relacionada con el tipo Mailhac I (Ruiz Zapatero 1985: 934-36).
Dos puntas de este mismo tipo se han documentado en la propia necrópolis del Molar, una de ellas fuera de contexto y la otra en la Fig. 3.
El trazo grueso (ámbito C) corresponde a estructuras dibujadas por Vilaseca que no se conservan en la actualidad; no se dibujan los arranques de los muros excavados por Vilaseca al norte del muro longitudinal, al encontrarse en muy mal estado de conservación.
La trama gris indica la situación de los pavimentos registrados, incluyendo el realce semiovoidal de arcilla roja del ámbito VI (en negro).
(5) El análisis de microrresiduos de otro fragmento de molino que no incluimos aquí indica su empleo para el procesado de cereales.
Sobre este particular, J. Juan Tresserras y J. C. Matamala: El poblat del Calvari (El Molar, Priorat).
(6) En algún caso existían ciertas dudas respecto a la correcta identificación de los materiales analizados en el texto y las láminas de la memoria de Vilaseca (1943).
La cronología de las puntas con pedúnculo y aletas es amplia y difícil de definir, aunque en líneas generales parecen situarse entre los siglos VIII-VI ane (Ruiz Zapatero 1985: 936).
Los hallazgos de moldes en Cabezo de Monleón de Caspe (Zaragoza) y Masada del Ratón de Fraga (Huesca) atestiguan su fabricación en talleres locales del valle del Segre, Bajo Aragón y probablemente valle del Siurana (Ruiz Zapatero 1985: 936; Castro 1994: 107; Quesada 1997: 458-59).
Las seis fíbulas contextualizadas en la necrópolis del Molar pertenecen al tipo de doble resorte con puente de sección circular o filiforme y pie largo (Navarro 1970: 28-30; Castro 1994: 106), documentándose suelto un ejemplar con puente de sección cuadrangular (Navarro 1970: 31).
El fragmento de fíbula analizado (4 × 3'2 cm) (inv.
Tiene arco de sección circular y no está decorado, aunque los extremos del puente acodado presentan un desarrollo longitudinal a modo de apéndice rematado por botones hemisféricos; ha perdido la aguja, el pie y un apéndice de botón (8).
Fíbulas de pivote o de dos piezas han aparecido en diversos yacimientos peninsulares, siendo aquí dignos de mención, por razones de proximidad, los siete ejemplares de Can Piteu -Can Roqueta (Sabadell), así como los de Sant Jaume Mas d'en Serrà (Tarragona), Agullana (Girona), Nules (Castellón) y El Ceremeño (Guadalajara), este último también con una composición binaria (Cerdeño y Juez 2002: 82, fig. 68.5); uno de los de Agullana pertenece al subtipo chipriota con vástago y pivote y apareció en la sepultura 69 de la citada necrópolis, mientras que el de Nules se conserva incompleto aunque debió pertenecer al mismo subtipo que el del Molar (Navarro 1970: 41; Ruiz Zapatero 1985: 950).
Otra fíbula similar, con puente rectangular de sección circular, se encontró en superficie en la necrópolis de Hoya de Santa Ana (Chinchilla, Albacete), aunque en este caso los extremos acodados incorporan bolas perforadas (Sanz Gamo et al. 1992: 74, 87, fig. 4.4.2).
Frente a la cronología baja (ss.
Almagro-Gorbea (1977: 101) considera que la pieza del Molar debe atribuirse a la primera fase de la necrópolis, que sitúa entre 800-700 ane; Ruiz Zapatero (1985: 951) retoma la idea de una procedencia marítima para el tipo y fecha a finales del s. VIII los ejemplares del Molar y Nules, que considera una clara evolución local de los tipos chipriotas.
Por su parte, Castro (1994: 140s) recurre a los contextos cronométricos disponibles para este tipo de fíbulas en Palermo II (Caspe, Zaragoza), Fuente Estaca (Embid, Guadalajara) y Cerro de la Mora (Moraleda de Zafayona, Granada) para datar el ejemplar del Molar en el s. X cal ANE y proponer la existencia de una fase inicial en la necrópolis remontable c.
Sin embargo, otros ejemplares catalanes con contexto conocido aunque de características diferentes, como uno de los de Agullana o el de Sant Jaume Mas d'en Serrà, se sitúan en momentos posteriores (c.
La descontextualización de la pieza que nos ocupa impide una propuesta cronológica concluyente.
Los brazaletes poseen una destacada presencia en la necrópolis del Molar, aunque sólo se ha podido analizar un ejemplar (inv.
Se trata de una pieza en bronce binario que mide 6'2 × 4'8 × 0'5 cm, tiene sección rectangular y está decorado a base de líneas curvas, puntos y verticales; fue hallado en la urna 149, junto a dos brazaletes sogueados o de varilla torsionada (Vilaseca 1943: 33, lám. XV.1).
El brazalete procedente del poblado (inv.
4760) (fig. 4.2.) es liso, abierto y de sección cuadrada, con unas dimensiones de 5 '8 x 4' 1 cm (Vilaseca 1943: lám. XIX.2; Rafel 2000: fig. 12.5) y su composición, aunque es un bronce binario, nada tiene que ver con el otro ejemplar ya que contiene tasas altas de plomo (1'2 %) sin que lleguemos a considerarlo bronce plomado.
Desde el punto de vista tipológico, los brazaletes han sido objeto de diversas clasificaciones, incluyendo una demasiado compleja ideada por Vilaseca (1943: 19-21) para los ejemplares decorados, que se compone de 17 tipos -con algunas variantes-buena parte de los cuales presentan únicamente una muestra.
En su revisión de la necrópolis, Castro (1994: 104-6) ha propuesto una clasificación más sencilla para la totalidad de los brazaletes, contemplando variables morfológicas y decorativas.
El brazalete de la urna 149 se incluye en el grupo de "brazaletes ovales con decoración incisa-puntillada en temas curvilíneos" (Castro 1994: 104).
Con anterioridad, Ruiz Zapatero (1985: 963-67) había propuesto una clasificación de los brazaletes de los CU peninsulares basándose principalmente en las secciones; los de sección rectangular de forma ovalada con decoración incisa geométrica formarían su tipo B o "tipo Molá", encontrándose bien representados en su fase Ib de la necrópolis, que fecha entre 725-675 ane (Ruiz Zapatero 1985: 164, 965).
En un trabajo más reciente, este autor, contra Castro (1994), se ratifica en la posibilidad de distinguir dos grandes fases en la necrópolis, siendo los brazaletes con decoración incisa y los sogueados característicos de la primera (Molá I, c.
800-700 ane) y los (9) Marlasca, R.; Rovira, C.; Carlús, X.; Lara, C.; López Cachero, J. y VIillena, N. e.p.: "Materiales de importación en la necrópolis de incineración de Can Piteu -Can Roqueta (Sabadell, Barcelona)".
Congreso de Protohistoria del Mediterráneo Occidental.
Anejos de Archivo Español de Arqueología.
(10) En los listados de análisis de los S.A.M. (Junghans et al. 1974) aparecen dos fragmentos de brazaletes de la necrópolis de El Molar.
La referencia dada en números romanos nos impide determinar a qué piezas corresponden, aunque probablemente deben encuadrarse en los tipos que nos ocupan.
En este caso serían parecidos al analizado por nosotros.
Aunque son bronces binarios con estaño en torno al 10 %, la presencia de plomo en los análisis de los S.A.M. parece indicar que se trata de dos fragmentos diferentes y distintos al de la urna 149 (no 5052) (tabla 1).
Análisis de composición de objetos de El Calvari (valores expresados en % en peso; tr = trazas; nd = no detectado). lisos de la segunda (Molá II, c.
Las otras tres piezas que pasamos a comentar han sido recuperadas durante los trabajos recientes en el poblado (breve avance en Rafel y Armada e.p.).
En primer lugar cabe referirse a una punta de flecha hallada en la campaña de 2002 (Fig. 5 y Lám.
Mide 38 mm de longitud y 4'5 mm de sección en el cañón o empalme, que tiene sección circular; la punta propiamente dicha es de pirámide cuadrangular o cuatro filos, con una longitud de 14 '6 mm y una sección máxima de 6' 7 mm. Este ligero saliente de la base cuadrangular con respecto al cañón constituye el único elemento de retención.
Se localizó en el cuadro 11-23 y dentro de la UE 54, un nivel de colmatación de tierra bastante compacta con arcilla, con escaso material arqueológico y que poseía una pendiente acusada hacia el S (12).
Las puntas de flecha orientalizantes han merecido la atención de diversos autores desde que García Guinea (1967) les dedicara un artículo monográ-fico hace casi cuatro décadas.
El tipo con diferencia más difundido y publicado es el de doble filo y arpón, que dio lugar a denominaciones como "puntas de flecha con anzuelo y doble filo" (García Guinea 1967) o "puntas à barbillon" (Sánchez Meseguer 1974).
Sin embargo, como apuntó muy bien Ramón (1983: 310-12) y corroboraron luego otros autores (Quesada 1989: 165; Ferrer 1996), el arpón es un elemento secundario y las puntas que lo poseen se integran en un conjunto más amplio y complejo de puntas de flecha orientalizantes o feniciopúnicas.
Al publicar ejemplares inéditos de Ibiza, Ramón (1983) creó una tabla tipológica en forma de sistema de coordenadas que en líneas generales se ha mantenido hasta la actualidad; la forma se sitúa en el eje de ordenadas y el tipo en el de abcisas, agrupando éste último los elementos definidores dentro de cada forma.
A partir de esta sistematiza- (11) Agradecemos los comentarios e informaciones que nos han suministrado E. Ferrer y F. Quesada sobre este tipo de piezas.
(12) El avance de la excavación durante esa misma campaña daría lugar a la definición del ámbito VI dentro del cuadro 11.
Vista general y fotografías macro de la punta de flecha orientalizante hallada en el poblado (campaña 2002). ción, Ferrer (1996) amplió posteriormente la tabla a fin de acomodar los nuevos hallazgos (Fig. 6); esta última propuesta ha sido asumida por Quesada (1997: 445, fig. 265), quien recomienda su empleo para las nuevas descripciones.
La aproximación tipológica de Ferrer (1996) incide en dos rasgos morfológicos no valorados con anterioridad: la sección de la hoja y la proporción dimensional de ésta con el cubo de engarce (Ferrer 1996: 47).
En este sentido, la punta del Molar se aproxima a su forma 5 y tipo 51 al poseer sección cuadrada y cuatro filos, con las caras de la hoja ligeramente rehundidas; este tipo es muy escaso y está documentado en la Península a través de cuatro piezas, dos de la zona de Écija (Sevilla) y otras dos de El Hacho de Benamejí (Málaga) (Durán y Padilla 1990: 54-55, fig. 4.9; Ferrer 1996: 51); otra punta de cuatro filos se localiza en Pech Maho (Aude), formando parte de un conjunto de unas 70 piezas recuperado en 1978 (Quesada 1989: 167).
Sin embargo, algunos rasgos morfológicos singularizan el ejemplar del Molar respecto a los mencionados; uno de ellos es la diferenciación de la hoja con respecto al cañón de engarce, que le confiere una función de retención ausente en los restantes, y otro podría ser el largo desarrollo del vástago.
Con todo, la característica más específica de nuestra pieza, que plantea la posibilidad de una interpretación o imitación local, es el cañón macizo (13).
De hecho, trabajos recientes vienen apuntando al diámetro del cañón como único factor que da regularidad al conjunto, por lo que la parte donde se insertaba el ástil habría sido la única que se mantuvo uniforme en los múltiples moldes empleados para la fabricación de estas puntas (Ferrer 1996: 49); fue precisamente el vástago macizo uno de los rasgos disonantes argumentados por Ferrer (1996) para desestimar el tipo 33 de Ramón.
No obstante, se ha propuesto la fabricación tardía -hasta el s. III ane-de tipos macizos de sección triangular por parte de las tropas cartaginesas o los habitantes del Genil y bajo Guadalquivir (Quesada 1997: 448).
El riguroso cumplimiento de estas dimensiones estándar (casi el 90 % de los cubos tienen un diámetro de 5-6 mm) se ha relacionado con su utilización como armas arrojadizas.
Esta propuesta se opone a la idea de una función premonetal para las puntas peninsulares, que ha sido planteada por algunos investigadores y contra la que han argumentado Ferrer (1995) o Quesada (1997: 458).
Algunas piezas de las riberas del N y O del Mar Negro, sin embargo, sí presentan rasgos como la punta roma o el cañón macizo que, junto a su aparición en depósitos que contienen un amplio número de ejemplares, señalan con claridad su carácter de lingotillos y su uso premonetal (Ferrer 1995; Quesada 1997: 458).
En el estado actual de nuestros conocimientos, el hallazgo del Molar se configura como un caso único que no obliga a reconsiderar la hipótesis vigente para el material peninsular; nuestra propuesta se inclina más bien hacia la imitación o interpretación local de un producto foráneo ( 14).
(13) Este rasgo no se conoce en ninguna otra punta de flecha orientalizante, a pesar de que trabajos recientes han documentado más de 1500 piezas (Ferrer 1994: 35) y en algún yacimiento andaluz se encuentran a millares (Quesada 1997: 457).
(14) Habría que tener en cuenta, sin embargo, las especificidades que plantean los hallazgos del NE peninsular y S de Francia, donde se localizan conjuntos como el de Pech Maho con unas 70 piezas (Quesada 1989: 167) y concurren unas circunstancias socioeconómicas particulares, con una estructuración de la actividad mercantil bajo influencia foceo-masaliota desde mediados del s. VI ane (Gracia 1995: 326).
Sin embargo, los datos disponibles parecen situar al Molar en la órbita de los intereses comerciales fenicios (Rafel et al. 2003).
Desde los primeros estudios acerca de las puntas orientalizantes quedó clara su comparecencia en contextos ebusitanos y ampuritanos (Elayi y Planas 1995; Guerrero et al. 2002: 241-42).
Dos piezas de Ampurias son de tres filos y arpón (García Guinea 1967: 74; Ferrer 1996: 47); el triple filo supone una mejora en la capacidad de penetración, pero no parece tener implicaciones cronológicas (15).
Es interesante constatar la presencia de estos modelos de triple filo en la costa catalana, ya que por ejemplo el tipo 43 posee hoja piramidal y cubo de engarce cilíndrico muy desarrollado, en la misma línea que la pieza del Molar.
Por lo demás, faltan datos básicos sobre los aspectos tecnológicos y los centros de producción de estas puntas.
Se habló hace años de la existencia de otro molde en Barcelona, tal vez procedente de Ampurias (Sánchez Meseguer 1974: 101), pero no hemos podido confirmar este dato.
Los análisis realizados (Quesada 1997: 447) muestran una variedad de composiciones, desde bronces ternarios hasta algún cobre con impurezas.
El ejemplar del Molar es un bronce binario con porcentaje algo superior al 8 % de estaño, difiriendo de la otra punta de flecha ya comentada, que era un bronce plomado.
Las tres puntas orientalizantes de Peña Negra (Crevillente, Alicante) son también bronces binarios con una composición similar a otras piezas del yacimiento pertenecientes al mismo horizonte (fíbulas de doble resorte o pinzas depilatorias), lo que indica su posible incardinamiento en la metalurgia local (González Prats 1983: 287-89; Ferrer 1994: 38; Quesada 1997: 446-47).
Un ejemplar de Llanete de los Moros (Montoro, Córdoba) presenta una aleación ternaria con una tasa alta de plomo (23'4 %) y residuos de plata, lo que se ha relacionado con un origen del metal a partir de minerales de Sierra Morena; su acabado poco cuidado y su solución metalográfica hacen pensar en una producción local (Ferrer 1994: 38; Quesada 1997: 446).
En la punta del Molar, desde el punto de vista analítico no podemos decantarnos por ninguna opción ya que, si bien es verdad que el modelo de impurezas (presencia de arsénico y ausencia de plata) difiere del resto de piezas analizadas, el conjunto es muy escaso y heterogéneo entre sí, sin que se pueda señalar una tendencia predominante (16); es la propia singularidad tipológica antes argumentada la que señala hacia una posible manufactura local.
En general, podría decirse que el éxito del tipo en ámbitos interiores apunta a su fabricación local, aunque se haya planteado también la difusión peninsular de los modelos a partir de un punto concreto, por ejemplo Cádiz, que pudo haber recibido las primeras importaciones (Ferrer 1994: 38-39).
La interpretación de los hallazgos del NE peninsular ha transcurrido por dos vías diferentes.
Por un lado, algunos autores (Quesada 1989: 169) han apuntado al comercio griego como difusor de las puntas de flecha en Ampurias, Ullastret y Golfo de León; a fin de apuntalar esta idea, Quesada (1997: 443-44) ha señalado la asociación de puntas orientalizantes con tipos griegos en Ullastret (punta de pedúnculo arcaica del tipo Va de Snodgrass) o en yacimientos franceses.
Otra corriente de opinión (Ferrer 1994: 41-42, 48) ha sugerido su conexión con Ibiza, que a su vez recibe influjos del Círculo del Estrecho bien atestiguados por las ánforas arcaicas R-1 y PE-11.
En este sentido, cobra un cierto protagonismo el hallazgo del Molar, un yacimiento que redunda en la integración de la Cataluña meridional, el valle del Ebro y concretamente de la zona minera Molar-Bellmunt-Falset (Rafel et al. 2003) en los intereses comerciales fenicios entre finales del s. VIII y el primer tercio del s. VI, tal como viene atestiguando desde hace años el repertorio de materiales cerámicos (Aubet 1993; Ramón 2003) (17).
Otro elemento de controversia ha sido la cronología de los materiales, polemizando quienes consideran las puntas de flecha un fenómeno típica-( 15) Ferrer (1996: 48) opina que los estudios tipológicos no han proporcionado criterios evolutivos ni cronológicos, constatando únicamente una gran variedad de tipos que indican la elevada cantidad de moldes que debieron emplearse, la reutilización de éstos y la intensa labor post-fabricación.
(16) Por ejemplo es significativa la variabilidad en los contenidos de antimonio, desde el 1'2 % de la punta de aletas a su ausencia en el brazalete decorado, o la presencia de níquel únicamente en la fíbula.
En realidad cada pieza es diferente por algún rasgo particular en la composición de sus elementos mayoritarios o minoritarios.
(17) Resulta también significativo que la imitación o fabricación local de puntas orientalizantes que parece darse en el Molar conviva con el uso de puntas de pedúnculo y aletas, que como ya vimos se registran tanto en el poblado como en la necrópolis.
En otro orden de cosas, nos parece acertada la llamada de atención de Ramón (2003: 137) acerca de los paralelismos que registra el influjo fenicio en Ibiza y el NE peninsular, concretado también en producciones cerámicas de talleres todavía sin definir adecuadamente pero que, en todo caso, se distancian con claridad del repertorio de los yacimientos andaluces.
Se trata de una prometedora línea de trabajo en la que estamos tratando de avanzar de manera colectiva. mente orientalizante concentrado en la segunda mitad del s. VII y sobre todo en el s. VI ane y aquellos que, por el contrario, sostienen una larga perduración posterior para estos objetos.
La pieza del Molar, teniendo en cuenta la cronología que barajamos para el poblado (18), concuerda plenamente con el momento de apogeo de las puntas orientalizantes.
De gran interés a este respecto nos parecen las consideraciones de Ferrer (1994) acerca del hallazgo de estos materiales en yacimientos de primer orden que son abandonados o incendiados hacia mediados del s. VI; Peña Negra constituye un paradigma en este sentido.
Resultados satisfactorios, en lo que concierne al proceso de producción metalúrgica, los ha proporcionado el análisis de microrresiduos de uno de los molinos del poblado (Fig. 7).
Se trata de la pieza pasiva de un molino de vaivén, completa, que, ob-servada al microscopio de rastreo ( 19), parece estar labrada en piedra arenisca metamorfizada (metarenisca) (20); es de pequeño tamaño (20'8 cm de longitud máxima) y su examen de microrresiduos ha proporcionado únicamente restos metálicos (21).
Se tomó una muestra de la superficie de molienda, así como una muestra de control de la superficie de apoyo.
El protocolo y las técnicas de análisis utilizadas han consistido en la caracterización arqueométrica de los residuos a partir de la observación correlativa con lupa binocular, microscopía óptica (MO) ( 22), microscopia electrónica de barrido (MEB) (23) y análisis de difracción de rayos X (DRX), así como con la técnica combinada de cromatografía de gases-espectometría de masas (CG-EM) (24) para la identificación de grasas a partir del análisis de los derivados metilados, aplicado al estudio de material de molienda (Asensio et al. 2002; Belarte et al. 2002; Checa et al. 1999; Juan Tresserras 2000; Juan Tresserras y Matamala 2003ay 2003b; Juan Tresseras y Moret 2002; Procopiu et al. 2002).
La arqueología experimental y el estudio de materiales etnográficos han sido decisivos para obtener muestras-patrón que han permitido caracterizar determinados productos en contextos arqueológicos (25).
Los restos identificados en la muestra de la superficie de trabajo de la pieza han sido plomo (Pb), sulfuros (S) y plata (Ag); la muestra de control no ha dado indicadores.
Los restos parecen corresponder al procesado de galena (PbS) argentífera (26).
Modelo JEOL JSM-6400, con un equipo de microanálisis por sonda de electrones (MASE) EXL II System Link Analytical (Oxford).
Servicio de Recursos Científicos de la Universitat Rovira i Virgili de Tarragona.
(20) Los análisis para determinar el carácter de la pieza han sido realizados por M. Fontanals (que lleva a cabo el estudio de todo el material lítico del poblado), J. M. Vergés y A. Ollé, todos ellos del área de Prehistoria de la Universitat Rovira i Virgili de Tarragona, unidad asociada al CSIC.
(25) J. Juan Tresserras: Procesado y preparación de alimentos vegetales para el consumo humano.
Aportaciones del estudio de fitolitos, almidones y lípidos en yacimientos arqueológicos prehistóricos y protohistóricos.
Departamento de Prehistoria, Historia Antigua y Arqueología.
(26) En el vecino yacimiento del Puig Roig (Masroig, Priorat) la presencia de escorias de plomo y fragmentos de galena en un horizonte con la misma cronología que los niveles del Calvari del Molar donde se ha efectuado el hallazgo del molino ponen de manifiesto sin lugar a dudas el trabajo del plomo (Genera 1986).
Como ya se ha explicado detalladamente en otro lugar (Rafel et al. 2003), en la zona minera Molar-Bellmunt-Falset el mineral mayoritario, que no único, es la galena; no obstante, creemos por nuestra parte que la plata se obtenía en su mayor parte de plata nativa y minerales de plata (acantita, clorargirita) en los cuales la zona era rica al menos hasta época medieval, hecho que no excluye que pudiera también explotarse la galena.
Los análisis realizados sobre la galena de la zona en época moderna dan proporciones de plata muy bajas que no justifican su explotación como fuente de dicho metal (27).
Sin embargo, la hipótesis de una posible explotación en la antigüedad debe quedar abierta puesto que los criterios de rentabilidad son variables y porque la riqueza en plata de la mena puede variar significativamente en un mismo yacimiento en función de diversos parámetros (28).
La tobera recuperada en el sector suroccidental del corte Vilaseca 1930 es una pieza de material cerámico, cocida, en forma de paralelepípedo (15'3 × 5'3 × 3'5 cm), que presenta un orificio central aproximadamente circular, más estrecho en uno de sus extremos (sin duda el destinado a encajar en el horno) y más ancho en el otro, el destinado a recibir la boquilla del fuelle (Fig. 8 y Lám.
La superficie externa de la pieza no recibió tratamiento de acabado y tiene una coloración negruzca, mientras que la interna es de color marrón rojizo.
La sección es negra en las partes más delgadas y bicolor en las más gruesas.
La pasta, bastante compacta, presenta desgrasante muy abundante y de tamaño medio de color blanco (cuarcítico) y mica dorada o biotita, ésta última muy visible en superficie y de mayor tamaño que las partículas cuarcíticas.
Muy próximo al extremo destinado a encajar en el horno se sitúa un saliente que podría constituir un elemento de prensión o, como nos inclinamos a creer, destinado a hacer de tope, a la manera de lo documentado en el taller metalúrgico de Byrsa en Cartago (Lancel 1982: 225, Fig. 291), aunque con una morfología algo distinta.
No presenta vitrificación ni marcas de su encaje en el orificio del horno.
Las toberas conocidas hasta la fecha en Cataluña son escasas, excepto en el caso de Ampurias, donde se han ido documentando a lo largo de las excavaciones en la ciudad griega, en contextos de los siglos VI ane a IV ane y con tipología tubular acodada (Ruiz de Arbulo 1989), muy distinta de la que nos ocupa, y en l 'Illa d' en Reixach (Ullastret, Girona), con la misma tipología (Rovira i Hortalà 1993: 92-99).
Recientemente, se ha documentado una tobera recta de sección en D en un silo (CR 126) de la 1a Edad del Hierro del yacimiento de Can Roqueta (Sabadell, Barcelona).
Se trata de una pieza de 25 cm de longitud con un orificio en el lado destinado a encajar en el horno y dos en la parte contraria, de modo que el conducto se bifurca en dos, adoptando la forma de una Y (González Marcén et al. 1999: 175, 201-202, Fig. 102, Lám.
Hay que ir ya a contextos tardíos para encontrar otras toberas: tres fragmentos de tobera cilíndrica en la Torre dels Encantats (Arenys de Mar, Barcelona) y una tobera de dos entradas separadas y una salida, que adopta una forma de V, en el Castellet de Banyoles (Tivissa, Tarragona) (Gómez Ramos 1999: 143-44).
El tipo de tobera cuadrangular y con un solo orificio encontrado en el Calvari no ha sido descrito hasta la fecha.
Durante toda la Edad del Bronce las (27) El análisis por EDXRF de una muestra de galena de la mina Linda Mariquita (PA10482) presenta un valor de 100 ppm de Ag.
(28) Por otra parte, los estudios que A. Martínez Elcacho (Universitat de Lleida) está llevando a cabo sobre documentación del siglo XIV del Condado de la Sierra de Prades parecen poner de manifiesto que la explotación de plata del condado procedía de plata nativa y minerales de plata.
En concreto, el análisis de los ensayos realizados por el gerente de las minas entre el 24-12-1348 y el 9-7-1350 («Primus liber administracionis minerariarum arg[enti] Joh[an] de la Seda» ACDMC, sección Entença, leg.
I, doc. núm 45, microfilm: rollo 48, fotogramas 348-68) ponen de manifiesto que el 70'25% de la producción proviene de menas con más de un 13'89% de plata y que sólo una ínfima parte de la producción procede de la explotación de la galena, probablemente como un subproducto ocasional de la producción de plomo (Martínez Elcacho e.p.). toberas presentan secciones circulares, siendo a partir de la colonización fenicia cuando empiezan a documentarse secciones rectangulares.
Los ejemplos aparecen en abundancia en contextos coloniales fenicios o a ellos vinculados, generalmente relacionados con la metalurgia del hierro.
Las más antiguas son las del Morro de Mezquitilla, que proceden del taller de forja del hierro documentado en la fase más antigua del yacimiento (B1a).
Son del tipo con boquilla doble para embocar un fuelle doble o dos fuelles y presentan vitrificación en los orificios que encajaban en el horno (Schubart 1983: 109, Taf.
En la habitación 3 de Cerro Salomón se encontró un fragmento de tobera cúbica con dos orificios; otra tobera de este tipo pero con orificios en forma de Y se loca-lizó en Toscanos asociada a producción de hierro y otro fragmento en Puerto 9 (Huelva) (Hunt 2003: 362).
Las excavaciones en curso en el Cerro del Villar han dado como resultado la aparición de restos de toberas de sección cuadrangular (29).
Ejemplares de sección cuadrada y un solo orificio aparecen también en el yacimiento de La Fonteta (30).
Este tipo de tobera no ha sido descrito en la bibliografía arqueometalúrgica y tan sólo recientemente han empezado a documentarse ejemplares en yacimientos de la primera mitad del I milenio ane, en Jordania, vinculados a la metalurgia del hierro.
Así, en el yacimiento de Tell Hammeh, con cronología del siglo IX-VIII ane, presentan una sección cuadrada (5 × 5 cm) (Veldhuijzen y van der Steen 1999; Veldhuijzen e.p.) y se interpretan como un rasgo local por su ausencia en otras regiones vecinas.
Una muestra de residuos de la superficie interna del orificio de la tobera de El Calvari ha sido analizada (31) con la misma metodología y protocolo utilizados para el molino de vaivén.
Los únicos restos detectados corresponden a carbono amorfo (identificado con la técnica RAMAN) que podría pertenecer a carbón de leña o negro de humo (32).
El análisis por EDXRF tampoco ha identificado ningún elemento metálico que permita deducir su utilización y el tipo de metalurgia al que se vincula.
RECAPITULACIÓN Y ACTUACIONES DE FUTURO
El conjunto de datos que presentamos apunta a la existencia de actividades metalúrgicas en el poblado relacionadas con la explotación del cobre y/o la galena.
En el área geográfica en que éste se halla emplazado, el Priorato, la metalurgia del cobre no es nueva.
Son bien conocidas las explotaciones, situadas en el reborde montañoso septentrional de la comarca, de la Coveta de l'Heura Lám.
Fotografías de la tobera.
(29) El taller siderúrgico del Cerro del Villar, de mediados del siglo VIII ane, ha proporcionado diversos ejemplos de toberas cuadrangulares de doble orificio (Rovira i Hortalà 2001: 154, fig.
2), así como molinos para el triturado del mineral, información ésta última aún inédita que agradecemos a M. E. Aubet.
(30) Agradecemos a Martina Renzi la información sobre este material que se encuentra bajo su estudio.
(31) J. Juan Tresserras y J. C. Matamala: El poblat del Calvari (El Molar, Priorat).
La riqueza geominera ha sido, históricamente, uno de los motores socioeconómicos de estas comarcas.
Las mineralizaciones de la zona Bellmunt-Falset han sido explotadas hasta fechas recientes (minas de galena de Lagarto, Barranco Hondo, Eugènia y Regia en Bellmunt, y Ventura, Mangrané, Berta, Francisca, Raimunda, Jalapa, Mineralogia y Linda Mariquita en Molar) (Abella 2001).
Se trata de mineralizaciones filonianas principalmente en Pb-Zn, siendo los minerales más abundantes la galena y la esfalerita; son también dignas de mención en el Molar las explotaciones de arcillas, principalmente caolínicas, y las mineralizaciones de cobre (calcopirita), situadas al oeste del Masroig (IGME 1974; Rafel 2000: 261).
Esta área minera forma parte de una zona más amplia dentro de la cual se encuentran también las explotaciones de cobre de Arbolí, Cornulleda y Ulldemolins, así como las explotaciones de galena y plata nativa de Falset (Rafel et al. 2003).
El yacimiento de la Coveta de l'Heura (Vilaseca 1952) consiste en una pequeña cavidad empleada como lugar de habitación, taller de sílex y zona de enterramiento colectivo.
Entre el material arqueológico recuperado por Vilaseca, que efectuó excavaciones en 1948 y 1949, cabe mencionar numerosas puntas de flecha, algunas en proceso de elaboración, y materiales metálicos entre los que se cuentan deshechos de fundición; destaca, además, el hallazgo de un recipiente cerámico de paredes bajas que recientemente ha sido identificado como una vasija-horno (Martín et al. 1999: 160-61; Rovira y Ambert 2002).
La fuente de obtención de materia prima puede situarse en el cercano yacimiento de la Solana del Bepo, identificable como una explotación al aire libre de filones de carbonato de cobre, en la cual se recuperan unas 70 herramientas líticas de minero (Vilaseca y Vilaseca 1957).
Las analíticas llevadas a cabo en la Coveta de l'Heura y la Solana del Bepo indican la compatibilidad de filones y piezas (Martín et al. 1999: 161).
Los testimonios de producción metalúrgica en el área minera son diversos (Rafel et al. 2003).
Entre otros, tres fragmentos cerámicos interpretables como vasijas-horno encontrados en la cueva Josefina d'Escornalbou (Martín et al. 1999: 160); un molde para la fundición de hachas de cubo en Capçanes (Rauret 1976: 91; Monteagudo 1977Monteagudo: 256, no 1752)); abundantes materiales de plomo, lingotes bien de intercambio externo aportado en contrapartida consiste, casi de forma exclusiva, en productos alimentarios transportados en contenedores cerámicos (plausiblemente vino como producto más relevante).
La presencia fenicia se muestra mucho más numerosa y mejor vertebrada en determinadas zonas (Ramón 2003: 134), por lo que se hace necesario profundizar en las razones socioeconómicas de estos comportamientos desiguales o diferenciales.
Es aquí donde entra en liza la importancia de los recursos metalúrgicos.
La vocación minera de los poblados de Calvari del Molar y Puig Roig había sido señalada en algunos trabajos recientes (Belarte et al. 2000: 142, 145; Noguera 1998: 26-27), pero hasta la fecha carecía de una adecuada contrastación.
El hallazgo de una tobera y una punta de flecha de bronce asimilables a este influjo foráneo, así como el registro de galena argentífera en el análisis de microrresiduos de la superficie pasiva de un molino, sitúa en un primer plano la hipótesis del interés fenicio en los recursos mineros de la zona.
Este artículo ha tenido como finalidad principal presentar algunos resultados relevantes de nuestra investigación, todavía en un estado incipiente.
El avance de los trabajos (34) presta una especial atención al registro de evidencias de producción metalúrgica, pero en absoluto subestima otros aspectos: afinar la cronología del poblado, analizar la relación poblado/necrópolis, caracterizar el asentamiento desde el punto de vista de sus particularidades formales y su definición socioeconómica o contextualizar los datos obtenidos en el marco de las investigaciones sobre la protohistoria del sur de Cataluña (Rafel y Armada e.p.).
No en vano, como ha planteado Aubet (1993: 23), el estudio del desarrollo de los mecanismos y el significado del comercio fenicio arcaico requiere un conocimiento riguroso de las economías indígenas del Hierro, de su organización social, de los recursos potenciales del medio y de la correlación jerárquica entre sus asentamientos y territorios.
De cara a una valoración de las relaciones de intercambio, es necesario proseguir el estudio de las producciones a torno fenicias o de influencia fenicia, parte de las cuales proceden de talleres todavía no identificados.
Desde el punto de vista de la explotación minera y la actividad metalúrgica, las líneas de actuación que estamos intentando encauzar, paralelas a la excavación del poblado, pueden sintetizarse en varios puntos.
En primer lugar, localizar mediante prospección vestigios de actividades mineras antiguas y obtener un inventario actualizado del poblamiento protohistórico de la zona (Genera 1982a; Mascort et al. 1990).
Las intensas labores extractivas de época reciente para la obtención de plomo han modificado profundamente la topografía del territorio, lo que limita de manera notable el primero de estos objetivos; en cuanto al análisis del poblamiento protohistórico, es interesante valorar las posibles relaciones jerárquicas y de dependencia entre poblados, el control visual del territorio y de las explotaciones, la orientación de los yacimientos hacia vías naturales de comunicación por las cuales se producen los contactos y la distribución del mineral (35), la posible presencia en superficie de materiales importados o la también eventual documentación de indicios de actividades metalúrgicas a través de hallazgos en superficie.
Paralelamente, consideramos indispensable la necesidad de recurrir al análisis de isótopos de plomo (Montero 2002; Hunt 2003) sobre minerales de plata y objetos de plata de la zona, concentrados estos últimos en dos franjas cronológicas: materiales preibéricos e ibéricos antiguos fechados sobre todo en el siglo VI y materiales de baja época ibérica datables entre el siglo III y el s. I ane (Rafel et al. 2003: 164).
Al mismo tiempo, estamos pendientes de los resultados del estudio de la documentación medieval y de las acuñaciones de la ceca de Barcelona en la segunda mitad del siglo XIV, que se encuentra en curso y que ha empezado a ofrecer información de gran interés (ver nota 28 y Martínez Elcacho e.p.). |
RESUMEN Las cerámicas con decoración «a peine» han sido consideradas como un elemento característico de Cogotas ll, y más concretamente, de su fase inicial.
En el trabajo que presentamos se intenta establecer una diferenciación entre las cerámicas de Cogotas II y aquellas otras, anteríores en el tiempo, que caracterizan la Primera Edad del Hierro en el borde meridional de la Meseta.
Hierro Antiguo, Meseta, cerámica, decoración a peine.
Desde hace algunos años hemos venido planteando las contradicciones observadas al estudiar la evolución del Bronce Final y la Edad del Hierro en el borde meridional de la Meseta, tanto a través del análisis de los materiales como por los datos aportados por nuestras excavaciones en Los Castillejos de Sanchorreja.
En este pequeño trabajo queremos abordar desde una nueva perspectiva el análisis de la secuencia cultural de Los Castillejos, y a partir de aquí adentrarnos brevemente en algunas reflexiones en torno a lo que es y significa la Primera Edad del Hierro en la Meseta y los aspectos fundamentales a abordar en el futuro referidos a esta época.
LA SECUENCIA ESTRATIGRAFICA DE LOS CASTILLEJOS
La secuencia estratigráfica de Los Castillejos se compone de cinco niveles que, ordenados de arriba a abajo, son los siguientes: n Opto. de Prehistoria, Historia Antigua y Arqueología.
Facúltad de Geografía e Historia.
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es f.
De tierra marrón pocu compactada y una potencia media de t 5 cm_ Es un nivel de revueltu en el que aparecen materiales de muy distintas épocas_ Hay que tener presente que la superficie que ocupa el yacimientu estuvu dedicada al cultivu hasta hace algunas décadas_ Nivel JlI.
De tierra gris muy compactada y una potencia media de 25 cm_ Es el primer nivel intactu del yacimientu_ El cunjuntu de materiales se asocia invariablemente a cerámicas a peine_ Nivel IV.
De tierra gris-marrón menus cumpactada que el anteriur y una potencia bastante variable, que uscila entre 25 y 50 cm. El material, al igual que en el casu anterior, se asucia a cerámicas cun decoración a peine_ Nivel V. De tien-a gris-marrón, ligeramente más c1aru que el anteriur, menos cumpactado aún y cun una potencia que oscila entre los 25 y 50 cm. El material aparee asuciado a cerámicas con decoración excisa y de boquique_ Nivel VI.
De tierra marrón clara, con abundante arena de descomposición del granito.
Aparecen manchones negruzcos allí donde la materia orgánica es más abundante.
La potencia es muy variable al adaptarse el nivel a las irregularidades del terreno.
El material contrastado por el momento aparece asociado a cerámicas sin decoración.
Este nivel se circunscribe únicamente a la parte alta del poblado, no apareciendu en las zonas media y baja.
Tradicionalmente. se ha mantenidu que los niveles VI y V constituían el llamado «nivel inferioD) del yacimiento y se adscribían aCogotas 1.
A la espera de los resultados de la excavación del yacimiento, nos permitimos poner en cuarentena la adscripción del nivel VI al Bronce Final o Cogotas 1, no así el nivel V que sí responde a los parámetros establecidos en la definición de esta cultura.
Los niveles IV y 111, por su parte, se han considerado como correspondientes a la primera fase de Cogotas 11 y, por tanto, adscritos a la Segunda Edad del Hierro de la Meseta.
Esta inclusión dentro de Cogotas 11 se fundamentaba en un único resto arqueológico: la cerámica a peine; y en una cronología que se apoyaba en un objeto de carácter exótico; la hebilla con grifo; sin cuestionar en ningún momento la disparidad de los restantes elementos arqueológicos de Sanchorreja con relación a los caracteristicos de Cogotas ll.
Es a estos dos niveles, IV y m, a los que dedicaremos nuestra atención en las líneas que siguen tratando de enfocar el análisis de los mismos desde una perspectiva de conjunto, a partir de los materiales conocidos a través de la monografía del yacimiento (Maluquer, 1958) y de otros materiales no publicados de las excavaciones de 1932 y 1933, pero sin entrar en aspectos descriptivos de los mismos.
CONSIDERACIONES SOBRE LOS NIVELES SUPERIORES DE SANCHORREJA
Como hemos mencionado anteriormente, el principal problema que plantean estos niveles superiores es el de su adscripción cultural y temporal.
No se puede escapar a cualquier observador las profundas contradicciones materiales que sugen de una comparación entre el conjunto de los niveles superiores de Sanchorreja y el instrumental de Cogotas ll; contradicciones reiteradamente expuestas por nosotros mismos (González-Tablas, 1981, 1983), y que por ello no vamos a repetir aquí.
Es cierto que existe un elemento que es común en ambos casos: la técnica de decoración de peine de varias púas, coincidencia que ha servido para su equiparación, y es por ello que vamos a dedicar a este apartado algunas consideraciones.
La técnica dei• peine es conocida en la decoración cerámica de la Meseta desde tiempos muy antiguos.
La importancia de esta técnica decorativa se pone de manifiesto por el volumen de las cerámicas sobre las que ha sido empleada y por la amplitud cronológica de su utilización.
Sin cmbargo, en la aplicación de esta técnica decorativa existell tlifen.'ncia~ morfológicas importantes, tanto en lo que se refiere a los sopo''tes -formas dc,'ccipientes sobrl' los que se aplica-como en la misma técnica -sobre barro blando, duro, engobé, etc.-diferelll: ias estas que permiten la adscripción temporal y cultural de los recipientes con este tipo de decoración.
No vamos a detenernos en analizar las diferencias existentes entre la tl'cnica tld peine en el Ca\colítico y la de los niveles superiores de Sanchorreja, pero sí lo haremos,'deriuo a las uif crencias entre el último y las cerámicas a peine de Cogotas 11, en las dos vertientes manifestadas, morfológica y de aplicación, III a.
Diferencias morfológicas La base fundamental de diferenciación entre los niveles superiores de Sanchorreja y Cogotas 11 en lo que se refiere a la cerámica con decoración de peine, radica en las formas sobre las que se aplica esta técnica en un caso y en otro (Hernández, 1981).
En los niveles superiores de Sanchorreja la tabla de formas sobre las que se aplica la técnica del peine es sumamente variada, debiendo de sumarse a las ya conocidas (Maluquer, 1958) otros tipos no publicados.
Forma J, Cuencos hemisféricos.
Publicados por Maluquer en su día, desarrollan motivos geométricos en bandas horizontales ocupando aproximadamente la mitad superior del cuenco.
La base suele ser un pequeño umbo.
Forma 2, Casquetes esféricos.
Encontramos dos modelos diferentes encuadrables en esta forma, 2a.
Casquete esférico con labio esvasado, casi horizontal.
La decoración a peine se realiza en el interior siguiendo unas pautas organizativas fijas: en el borde y primera zona interna, bandas paralelas con motivos geométricos entre ellas; en la zona más interna, decoración radial, combinando a veces peine y puntillado a peine, partiendo del umbo; este último puede tener también decoración.
La suspensión se realiza por dos pequeños orificios practicados en el labio con el barro blando.
En este tipo el labio es el final de la línea del galbo, sin otro elemento diferenciados que un ligero engrosamiento.
La decoración es siempre interior, desarrollándose radialmente a partir del umbo pero sin motivos prefijados y sin bandas horizontales próximas al borde que lo delimiten.
La suspensión se realiza, como en el caso anterior, mediante orificios pareados realizados con el barro blando.
Vasos de perfil en S. Dentro de esta forma englobamos distintos tipos de vasos cuya caracteristica común es el perfil en S, pero que varian tanto en tamaño como en la relaciÓn diámetro-altura o en la abertura de la boca, etc, (Fig. 2).
La decoración es siempre exterior, desarrollándose en bandas a partir del cuello del vaso o bien en el arranque del galbo.
Casi nunca sobrepasa esta decoración la mitad del vaso; con motivos geométricos simples y complejos en bandas lineales o metopadas.
Puede aparecer asociación de peine con puntillado a peine.
La base suele ser plana o bien un pequeño umbo.
Vasos de cuello cilíndrico.
Bajo esta denominación englobamos también distintos tipos cuyo elemento en común es el cuello pero que pueden variar en cuanto a la relación diámetroaltura, la presencia o ausencia del labio, etc. (Fig. 3.
La decoración es siempre exterior en bandas lineales o metopadas, con motivos geométricos y combinación de peine y puntillado a peine.
En muchas ocasiones el cuello se reserva quedando la decoración en el primer tercio del galbo y en la base del labio.
En algunos ejemplares muy ---------------.
-J) Vaso de perfil en S con decoración melopada.
2) Vaso de perfil en S.
GONZALEZ-TABLAS SASTRE concretos, aparecen costillas en el galbo ~. una decoración radiada desde la base hasta el cuello en las lUnas entre costillas.
Vasos de cuello troncocónico.
Es similar en todas sus caracteristicas a la forma anterior en lo que se refiere a la decoración; tan sólo no está presente la combinación de costillas y peine.
Estas cinco son las formas básicas sobre las que se aplica la decoración a peine en Los Castillejos de Sanchorreja sin entrar en la diferenciación de utilización de formas en cada uno de los dos niveles, sino viéndolo en conjunto.
Como podemos observar, tan solo podemos equiparar dos de las formas mencionadas a las formas clásicas de Cogotas II y éstas son los cuencos hemisféricos y los perfiles en S.
Así pues, la primera diferencia que hemos de anotar es la de los soportes de la decoración a peine, con unas formas más arcaicas en los niveles superiores de Sanchorreja, vinculadas, como después veremos, a los C. U. del Valle del Ebro.
La técnica decorativa del peine se pensaba que era de uso exclusivo en las superficies externas de vasos y cuencos; pero en Sanchorreja la importancia de la decoración interna en los caquetes esféricos, por su elevado número, ha de marcar una notable diferencia, tanto por la ausencia en Cogotas D, como por su vinculación a otros ambientes culturales y tradiciones decorativas; pero de ello nos ocuparemos más adelante.
Una segunda diferencia técnica, aunque en este caso hemos de reconocer que es una diferencia más sutil, es la derivada de la aplicación del peine sobre la superficie de la vasija y las condiciones del barro en el momento de hacer la decoración.
En efecto, hemos observado que en los vasos y cuencos de los niveles superiores de Sanchorreja la decoración se realiza sobre la superficie en un estado del proceso de secado bastante avanzado, lo que provoca que el surco del peine sea muy leve y la decoración en muchos casos apenas perceptible.
A ello hemos de añadir que en muchas ocasiones el acabado final de las superficies se realiza con posterioridad a la decoración, con lo que ésta prácticamente desaparece.
En los vasos de Cogotas D hemos podido observar que la aplicación del peine se realiza en un gran porcentaje de ocasiones con la superficie de la vasija más blanda, o menos seca; con lo que el surco que queda es más profundo que en el caso anterior; pese a ello sigue estando presente la aplicación siguiendo el mismo proceso que en Sanchorreja, pero con menor abundancia.
Somos conscientes de que las diferencias morfotécnicas referidas a la cerámica a peine tendrian escaso valor de forma aislada, pero creemos que adquieren una mayor trascendencia encuadradas dentro de un análisis de conjunto que trataremos de sintetizar en los párrafos que siguen.
El conjunto de materiales de los niveles superiores de Sanchorreja ofrece como elementos más representativos, aparte de la cerámica con decoración de peine ya referida, gran abundancia de restos cerámicos con decoración pintada bicroma en rojo y blanco o rojo y amarillo.
Junto a ellas aparecen también fragmentos de cerámica, en número mucho más reducido, de clara procedencia exterior a esta zona por ser vasijas fabricadas a tomo y en ocasiones presentan decoración pintada en bandas paralelas el borde.
Dentro del conjunto metálico, el elemento más caracteristico lo constituyen las fíbulas de doble resorte y los pequeños cuchillos de hierro, sin que falten algunas puntas de lanza y las hachas planas.
Es evidente que si recogiéramos este material, aislando las cerámicas a peine y las fabricadas a tomo, nuestro pIimer pensamiento sería ponerlo en relación inmediata con el Valle del Ebro y más (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es
>1: ¡ \1 e t..'",'". <'" e e'" e t <O " r dl -1) Vaso de cuello cilíndrico y decoración' metopada.
2) Vaso de perfil en S. 3) Vaso de cuello cilíndrico.
<.:on<.:retamente con el poblado Pllb de COI"tcS de Navarra.
Sin embargo, la presen<ja de la cerámica a peine nos indudria a vincularlo a Cogotas U. Ya hemos expresado las diferencias morfotécnicas de la cerámica a peine de los niveles superiores de Sanchorreja y las de Cogotas n, y es aquí donde esas diferencias adquieren todo su valor.
En efecto, el paralelismo que se puede establecer entre algunas formas de la cerámica a peine de Sanchorreja, en concreto los vasos de cuello cilíndrico, con PUb es evidente, pero también lo es el paralelismo entre la forma de cuello troncocónico con formas de los C. U. del Valle del Ebro, forma que presumiblemente podria derivar de los vasos bitroncocónicos con bordes convexos presentes en PIII v PIla.
A este paralelismo en cuanto a las formas cabría sumar la similitud en el desarrollo, que no en la técnica, de los motivos decorativos_ En efecto, en PUb las franjas metopadas, alternando las libres con otras rellenas de trazos que se cruzan formando un motivo de celosía, es un desarrollo decorativo característico; pues bien, en la cerámica a peine de Sanchorreja encontramos este mismo desarrollo en formas de perfiles en S y cuellos cilíndrícos, con lo que podemos establecer, sin temor a equivocarnos, el nexo entre ambos mundos.
Pese a todo, esto no seria suficiente, más que para el convencimiento íntimo, pero resulta evidente que existen más elementos claramente relaciona bies con PUb.
Como hemos mencionado, uno de los elementos que aparece con frecuencia en los niveles superiores de Sanchorreja son pequeños fragmentos de cerámica que conservan restos de pintura en dos tonos -blanco y rojo o amarillo y rojo-.
Maluquer, en su monografía sobre el yacimiento, vinculaba estas cerámicas a los niveles inferiores; nosotros hemos podido constatar fehacientemente que la cerámica pintada bicroma se encuentra en los niveles superiores junto con la cerámica a peine.
Por desgracia, los fragmentos hasta ahora exhumados no permiten en ningún caso reconstruir ni la forma del vaso ni los motivos decorativos.
También es cierto que las características técnicas de estos fragmentos pintados coinciden claramente con la de los vasos con decoración a peine tanto en el tratamiento de la pasta como en el de las superficies; por ello, cabría suponer que las formas sobre las que se aplicaba este tipo de decoración no diferirían de las que ostentan decoración a peine.
Si esto fuera así, es evidente que la relación con PUb no ofrecería ninguna duda.
A las formas y a la pintura bicroma habria que añadir un tercer elemento que podría vincularse a esta relación, aunque no cabe duda de que se podría relacionar con otras zonas peninsulares, y este elemento es la fíbula de doble resorte.
Independientemente de que procedan de los C. U. del Valle del Ebro, en cuanto a su presencia en Sanchorreja, o que procedan del Sur peninsular, lo cierto es que este tipo de fíbulas tiene una cronología que no concuerda con su ubicación cultural en Sanchorreja.
En efecto, al igual que la cerámica pintada bicroma, este modelo de fíbula se ponía en relación con los materiales de los niveles inferiores de Sanchorreja.
Ello, y dada la revisión que se ha hecho de Cogotas 1, nos llevaría a sostener que las fíbulas de doble resorte de Sanchorreja son las más antiguas de la Península Ibérica, o bien nos llevaría a plantear que el final de Edad del Bronce, al menos en Sanchorreja, se situaría en torno a finales del siglo VI.
Tanto lo uno como lo otro es inadmisible según el estado actual de las inveitigaciones del Bronce Final en la Meseta; por ello, nos planteamos el que, al igual que las cerámicas pintadas bicromas, este modelo de fíbulas estuviera vinculado a los niveles superiores de Sanchorreja, y no los inferiores.
En nuestras excavaciones no hemos podido constatarlo fehacientemente como en el caso de la cerámica, ya que tan sólo localizamos un par de ejemplares incompletos; pero eso sí, en niveles con cerámica a peine.
Sin embargo, dado su escaso número no podemos mantener esta relación con la misma firmeza que en el caso de la pintadas bicromas.
De cualquier modo, los indicios apuntan a que las fíbulas de doble resorte son privativas de los niveles superiores de Sanchorreja y no de los inferiores.
Si esto fuera así, su encuadramiento cronológico y cultural no ofrecería las dificultades que planteábamos en párrafos anteriores, pues su vinculación a formas de cuello cilíndrico o perfiles en S es perfectamentre admisible.
Otro elemento di(erenciador al que ya hemos hecho referencia es la utilización de las superficies internas de los casquetes esféricos para decorar.
La decoración interna es una moda que en contra-(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es mos en cuencos de Cogotas 1, pero resulta clara la diferencia que existe entre los modelos del Bronce Final y los de Sanchorreja sólo deteniéndonos en la técnica.
Sin olvidar estos elementos de distinción, creemos que los casquetes de Sanchorreja responden a los mismos criterios y tradiciones que los del Bronce Final. con las modificaciones inherentes a su distinta ubicación cronológica.
Resulta extremadamente difícil encontrar paralelos válidos para estos modelos cerámicos de Sanchorreja, salvo esa tradición del Bronce Final, pero tambián es cierto que ha~' algunos a los que nos referiremos con la debida prudencia.
En efecto, a partir del segundo cuarto del siglo VI a.
C. comienzan a aparecer en las costas mediterráneas occidentales cerámicas importadas de origen griego que presentan una decoración sencilla realizada con peine.
Dentro de estas cerámicas clasificadas como comunes, aparece una forma de casquete esférico de labio esvasado idéntida a la forma de Sanchorreja.
La coincidencia en la forma es aplicable a la decoración tanto en la técnica como en la distribución del motivo sobre el interior del labio (M. Py 1971, pp. 168-170 Y figs. 8 y 9).
Somos conscientes de que para establecer el nexo entre las cerámicas de Sanchorreja y los ejemplares de origen griego de la costa mediterránea, necesitaríamos la presencia de estos elementos en zonas intermedias, pero no resistimos la tentación de referirnos a este paralelismo evidente y sobre el que habremos de profundizar en un futuro.
A todo ello, y como soporte de la cronología que proponemos para los niveles superiores de Sanchorreja, podríamos añadir la presencia en este yacimiento de elementos de clara procedencia oriental. como los fragmentos de recipiente ritual (Braserillo) fechados en los siglos Vll-VI o la fíbula de pie levantado tipo «Bencarrón», fechada sobre el siglo VI (Cuadrado, 1966), u otros elementos vinculados al Valle del Ebro, como el botón cónico de círculos concéntricos, característico de P ID, o la aguja de cabeza vasiforme que tiene sus paralelos en la necrópolis de la Atalaya, con una cronología de mediados del siglo VI a mediados del V (Ruiz Zapatero, 1985).
Por último, queremos hacer referencia a los vasos de Sanchorreja fabricados a torno, con decoración pintada.
Como hemos mencionado estas cerámicas son absolutamente exóticas en el yacimiento por el tipo de arcilla empleada en su fabricación.
Las características técnicas y decorativas indican que no se trata en modo alguno de cerámicas de origen celtibérico, ni tan siquiera se pueden paralelizar con las cerámicas torneadas de Cogotas ll.
Los paralelos más próximos que hemos podido establecer ponen en relación a estas cerámicas con modelos protoibéricos o ibéricos antiguos, con cronología de finales del siglo VI y siglo V. Sin embargo, es preciso profundizar más en el estudio de estos fragmentos de Sanchorreja, por lo que de momento tan sólo apuntamos la posibilidad de que el origen de estas cerámicas haya que buscarlo en los inicios del mundo ibérico del Levante peninsular.
Así pues, nos encontramos que los restos arqueológicos de los niveles superiores de Sanchorreja parecen apuntar hacia una cronología que abarcaría desde inicios del siglo Vll -botón cónico-a comienzos del siglo V -cerámicas torneadas-, que de ser así situarían a estos niveles automáticamente en la Primera Edad del Hierro, como elemento de enlace entre el Bronce Final y la Segunda Edad del Hierro, pero netamente diferenciado del grupo Soto como a continuación trataremos de exponer.
LA PRIMERA EDAD DEL HIERRO EN LA MESETA
Hasta hace algunos años, la secuencia evolutiva de la Meseta, a partir del Bronce Final, contemplaba la sucesión del Soto I y Soto 11 que darían paso aCogotas II y el mundo celtibérico.
En esta sucesión cultural existían, sin embargo, lagunas importantes, algunas de las cuales nos movieron a plantearnos nuestra actual línea'de investigación (González-Tablas, 1981-1983) y otras del no y a escasos yacimientos de su margen izquierda que siempre se localizan en sus proximidades.
Ello nos llevó a plantear en el Coloquio Internación de la Edad dd Hierro. celebrado en Salamanca, la necesidad de admitir que los niveles superiores de SanchorTL'ja. junto con el Cerro de San Vicente y El Picón de la Mora, configuraban un mundo pa ralelo al del Soll>. argumentándolo en los datos que entonces poseíamos; de no ser así. no nos quedarian más qUl' t,'es opciones a cual más inaceptable, dado el estado actual de la investigación: bien admitir que Cogotas I se prolonga en el borde meridional de la Meseta hala el siglo V, o bien remontar Cogotas 11 al siglo VII; la tercera posibilidad seria la despoblación de esta zona al final de la Edad del Bronce.
Hoy parece claro que aquello que apuntábamos es una realidad y que Sanchorreja II es una etapa encuadrable en la Primera Edad del Hierro, con vínculos claros con el Valle del Ebro y otras regiones peninsulares, y por tanto, la laguna a la que hacíamos referencia anteriormente quedana plenamente colmatada.
Otra de las lagunas o. si se quiere, problemas que planteaba y aún plantea la secuencia Cogotas I-Soto I-Soto 11 es de orden cronológico, con algunas superposiciones que otorgan una mayor antigüedad a los receptores de influencias que a las zonas originarias.
Es poco lo que sabemos de la facies Soto 1, tan sólo que los materiales incluyen cerámicas pintadas bicromas y las viviendas presentan zócalos decorados y bancos corridos.
Ello ha servido para conectar esta facies con el valle del Ebro y marcar las primeras influencias de esta zona sobre la Meseta.
Pero la cronología que se atribuye al Soto I -siglo Vill-lo sitúa paralelo al desarrollo de Pill en Cortes de Navarra, yacimiento en el que la cerámica pintada bicroma no tendrá su aparición hasta un siglo después.
Algunos autores apuntan la posibilidad de relacionar las cerámicas pintadas bicromas del Soto I con el denominado círculo Andaluz (Almagro, 1977; Romero, 1980, p.
144) poniéndolas en relación con el posible origen meridional de las viviendas de planta circular apuntado por Palol (Palol y Wattemberg, 1974) y defendido por Martín Valls y Delibes (Martín Valls y Delibes de Castro, 1978), pero no creemos que sean argumentos suficientes para defender la cronología propuesta; menos aún si tenemos en cuenta que esa línea de conexión habria de pasar necesariamente por el borde meridional de la Meseta a partir del vaso carenado de los Areneros del Manzanares (Valiente, 1971) o del conjunto de Riosalido, que Fernández-Galiano fecha en el siglo VI (Femández-Galiano, 1979, p.
46), pese a todo, esta posible procedencia de las cerámicas pintadas bicromas no hace renunciar a los investigadores a los vínculos entre el Solo I y el Valle del Ebro (Martín Valls y Delibes, 1978; Romero, 1980).
Por tanto, seria conveniente profundizar en el conocimiento del Soto I para apuntalar la cronología propuesta o modificarla en el sentido que apuntamos para hacerla coherente con la cronología del Valle del Ebro.
Aún habria una tercera cuestión a tratar cual es la presencia de cerámicas a peine en yacimientos tipo Soto.
Tradicionalmente, se ha mantenido que estas cerámicas se superponen a los niveles Soto 11 respondiendo al empuje del grupo Cogotas 11 en sus primeros momentos.
En el Soto de Medinilla (Palol y Wattwemberg, 1974) se detectó la presencia de un nivel cQn cerámicas a peine superpuesto al poblado Soto 11.
Desgraciadamente, este nivel es la única referencia estratigráfica con que contamos para toda la región, ya que del resto de yacimientos sólo conocemos materiales de superficie, como es el caso del Pago de Gorrita.
Por otro lado, en el Cerro de San Vicente en Salamanca, junto a las cerámicas con decoración a peine han aparecido algunos restos cerámicos como los pies anulares que son característicos del grupo Soto n, ello plantea la posibilidad de que, infrapuesto a las cerámicas a peine, exista un nivel del Soto 11, hecho que no aparece reflejado en la publicación de Maluquer (Maluquer, 1951).
De cualquier modo, y a la vista de nuestra propuesta, cabría pensar en la posibilidad de que tal superposición no existiera en el Cerro de San Vicente, sino que la presencia de restos cerámicos atribuidos a la facies Soto n respondiera a factores de relación entre dos facies culturales coetáneas en el tiempo y próximas geográficamente.
En apoyo a esta posibilidad, tendríamos que apuntar la parquedad de la presencia del Soto n en el yacimiento salmantino.
Esta misma explicación podría ser aplicada a la presencia de cerámicas a peine en yaclmlt::ntos vallisoletanos como el Pago de Gorrita (Abasolo y Pérez, 1980; fig. 2), donde no necesariamente, al menos no existe prueba estratigráfica que así lo demuestre, las cerámicas a peine han de ser posteriores a la facies Soto 11 del yacimiento_ Con ocasión del Coloquio Internacional sobre la Edad del Hierro, nosotros defendimos la posibilidad de que la presencia de las cerámicas a peine en yacimientos del tipo Soto respondiera al momento expansivu de esta facies cultural en conexión con la construcción de la muralla de Sanchorreja, situando esta expansión desde mediado el siglo VI hasta el siglo V. Esta podría ser una explicación satisfactoria para yacimientos en los que la estratigrafía demuestra la superposición de ambas facies, pero que evidentemente no explicaria los casos de convivencia en un mismo nivel de los dos modelos, caso que quedaría mejor explicado con nuestra nueva propuesta, que no pretende suprimir la anterior, puesto que ambas se complementan.
En definitiva, queremos exponer que la Prímera Edad del Hierro en la Meseta es un mundo extremadamente complejo, receptor de influencias de muy varíado origen en cuyo conocimiento es necesario profundizar siguiendo dos líneas fundamentales: una mejor definición del grupo Soto a través de la publicación del yacimiento en su conjunto y de nuevas excavaciones en otros atribuidos a estas facies y una mejor clarificación de la facies representada por Sanchorreja.
Ambas líneas se imbrican necesariamente, y por ello es preciso que ambas se lleven a cabo al unísono; de esta manera habrán de reportarnos, sin lugar a dudas, un mejor conocimiento de esta fase histórica de la Meseta. |
RESUMEN A partir del siglo VI a.
C. la iberización en el Sureste peninsular se entiende como un modelo de transición social. en el que los últimos vestigios de la sociedad gentilicia dan paso paulatinamente a la configuración de la ciudad-estado.
necesarios para mantener la hipótesis histórica que se barajaba: la formación social ibérica como tránsito a una sociedad estatal y de clases.
La región elegida fue la constituida por las comarcas interiores murcianas orientales y occidentales, cuenca de Jumilla y Depresión prclitoral murciana, grosso modo la cuenca media del Segura.
Las comarcas que se extienden a ambos márgenes de ese río, que se constituye en el eje natural, con dirección Noroeste-Sureste, entre las confluencias de los rios Mundo y Guadalentín.
Con objeto de sustentar la hipótesis de forma más sólida, parecía conveniente, y ya que las circunstancias lo favorecían, integrar en un cuerpo único tres parcelas distintas de la investigación, que se complementalÍan y ofrecelÍan una visión de conjunto de la estructura social de aquella época.
Se parte de la base teórica de una concepción global de la Historia, en la que sus distintas parcelas adquieren su sentido completo cuando todos los elementos de la estructura de una sociedad aparecen integrados en una escala superior, que socialmente les proporcíona significado.
La diferente funcionalidad y rango de los poblados.
Su tratamiento es inexcusable a la hora de un estudio social.
Esta región cuenta con la única necrópolis ibérica excavada en extensión y publicada (El Cigarralejo) y abundantes restos de monumentos funerarios.
El comercio de cerámicas griegas, como exponente del tráfico antiguo y su incídencia en los procesos de jerarquización, urbanización yaculturación.
La imposibilidad de una prospecclon sistemática por la falta del permiso pertinente de la Dirección de Bellas Artes de la Comunidad de Murcia, impide profundizar y obtener un panorama íntegro del poblamiento y su jerarquizacíón.
Por esta razón los resultados sobre los rangos y la definición de los Grandes oppida pueden variar en el futuro, a medida que avance la investigación.
Los resultados se han obtenido después de recoger datos de campo tras la visita de alrededor de cincuenta yacimientos ya inventariados, que sirven de muestreo de base, suficiente para mantener unos presupuestos mínimos que ha continuacíón se exponen.
No se justifican algunas de las ideas ya tradicionales sobre el hábitat ibérico murciano.
El asentamiento en torno a una hectárea, si bien está extendido, no es el característico de esta zona (Lillo, 1981) pues existe una enorme cantidad de variantes en los tamaños, en función de su localización y rango.
Tampoco se puede mantener que la cultura ibérica de esta región se repliega hacia el interior a causa de la presión política y económica púnica, ejercida desde la costa, lo que justificalÍa el denominado Limes del Guadalentín/Bajo Segura, poblados de Totana, Lorca, Monteagudo, Verdolay, que garantizan la seguridad del poblamiento interno (Lillo, 1981: 436).
Este supuesto no se sostiene por varias razones: a) El poblamiento en regiones interiores es muy importante en la época que tratamos, no sólo en esta zona sino en todo su ámbito cultural, en poblados como La Bastida de Les Alcuses, La Covalta, Liria, Saitabi y un largo etcétera.
No es por lo tanto un fenómeno peculiar o extraño.
b) Los grandes y medianos oppida se encuentran dispersos por todas y cada una de las comarcas interiores, siguiendo un esquema locacional con un sentido propio de ocupación completa del territorio y no de aglomeración en zonas de potencial peligro externo, como sería el limes. c) Existe un poblamiento costero de relieve, basta recordar Los Nietos o los yacimientos de la desembocadura del Segura. d) Se carece de• estudios sobre el Campo de Cartagena y las comarcas costeras hasta el límite con Almena, que por otro lado son las de más intensa aride/. lu que pudo ser un condicionante para la localización de los asentamientos. e) Nos hallamos, un poco más al oeste, en el límite meridional del iherismo, donde enseguida encontramos los asentamientos costeros fenicio-púnicos andaluces.
El muestreo de yacimientos sólo permite establecer tres categorías genéricas que, con seguridad, podrán completarse con otros rangos intermedios más adelante, cuando se cuente con una adecuada prospección de las comarcas naturales murcianas.
A) Hábitat en llano o en cerros menores de una ha. B) Poblados entre 2,5 y 5 has.
A) Pequeños asentamientos en llano sobre las tierras susceptibles de explotación o en pequeños cerretes de una extensión inferior a una ha., de fácil acceso y sin defensas artificiales.
Se cuenta además con multitud de referencias de cerámicas ibéricas en lugares de vega, que pudieran inducir a pensar en una relativa importancia del hábitat pequeño, en llano, del tipo de granjas o caserios.
Su localización inmediata sobre tierras explotables para la agricultura redunda en su valor primordial como poblados de carácter económico agropecuario.
B) Los poblados de este rango intermedio no están amurallados en su mayoría, pero sí situados en crestas altas, que salvan desniveles de alrededor de 100 m., respecto a las tierras circundantes, con laderas escarpadas que sirven de defensa natural en más de la mitad de sus perimetros.
Su sentido no seria tan sólo económico (explotación del entorno próximo), sino también estratégico, hecho que se percibe por su localización eminentemente defensiva y por su ubicación en el contexto comarcal.
El Castillo de Ulea, p. e., se halla dominado el paso natural entre la Vega Baja del Segura y la Cuenca de Cieza.
Otros como Coimbra de la Buitrera o el Morrón de Bolbax, distan pocos kilómetros (menos de cinco) del Gran oppida que centraliza el poblamiento comarcal, Coimbra del Barranco Ancho y Los Albares respectivamente, por lo que pudieron cumplir un papel relacionado con determinados aspectos de control y defensa de los oppida principales.
C) Los Grandes oppida que se sitúan en sierras altas y escarpadas.
Están siempre amurallados, en su totalidad (La Encarnación) o en parte de su perímetro (Coimbra del B. A.).
Tendrían una función rectora primordial, económica a gran escala, como centros de redistribución de bienes y recursos y, como veremos más adelante, asiento de las élites y centros religiosos.
A continuación se constató que algunos de estos lugares documentaban un santuario y restos monumentales funerarios en sus necrópolis, cuando estas se conocían (Coimbra del B. A. y El Cigarralejo).
O bien estos elementos se combinaban de dos en dos como en Verdolay (santuario y monumentos funerarios), La Encarnación de Caravaca (santuario y Gran oppida).
Por ello se consideró la combinación completa, bien los elementos de dos en dos, bien cada uno asilado (que puede explicarse por lagunas en la investigación), como los rasgos definitorios de los Centros Rectores del poblamiento de esta zona del Segura.
Gran poblado. -Coimbra del Barranco Ancho (Jumilla).
Conjunto de Gran oppida, necrópolis con monumentos funerarios y santuario.
El Cigarralejo (Mula), conjunto de Gran oppida, necrópolis con monumentos y santuario.
Verdolay, santuario y necrópolis con restos monumentales.
Santuario ~ Gran hábitat.
Doña Inés / Coy, santuario v restos monumentales funerarios.
Al aplicar sobre ellos los Polígonos Thiessen que suponen áreas de influencia calculadas sobre las distancias medias de los poblados de igual rango, se observa que el reparto regional obedece grosso modo a las comarcas naturales.
Esta afirmación queda relativizada por algunas cuestiones que es necesario advertir: a) No se basa en una prospección sistemática, lo que en el futuro puede hacer variar el actual mapa.
b) Los límites geométricos se adaptan a grandes rasgos a los naturales próximos.
c) Todos los oppida son coetáneos entre los siglos V-U a. c., pero de Los Albares carecemos de documentación. d) Por los resultados de las excavaciones sabemos que la importancia de algunos de estos centros ha variado con el tiempo.
El Cigarralejo tiene su máxima ocupación en la primera mitad del siglo IV a. c., mientras Coimbra del B. A. la tiene en la segunda mitad de ese siglo e inicios del siguiente.
C. Esto puede indicarnos que la relevancia política de cada centro ha sufrido también variaciones y no sabemos a que han sido debidas, ni la trascendencia que tuvieron sobre los demás poblados.
Como ya indicaba, cada Centro ocupa una comarca natural.
Coimbra del B. A. en la cuenca de Jumilla, en el límite con los altos de Jumilla-Yecla, paso natural a la submeseta sur.
Los Albares se localiza en el centro del Segura medio, comarca de Cieza, limitando al norte y este con las sierras de La Pita y Larga y al sur y suroeste con las de Ricote y Oro.
El Cigarralejo ocupa el centro de la comarca de Mula y por tanto la vega bañada por el río homónimo.
La sierra de Ricote la separa de Cieza por el norte y las sierras de Lavia, Cambrón y Espuña lo hacen de Cara vaca y Coy por el oeste y suroeste respectivamente.
La zona más oriental, de enorme riqueza potencial por ser mayoritaria la posibilidad de huerta, está ocupada a la izquierda del Segura por Monteagudo, con la vega a ese lado del río y la cuenca de Fortuna, y a la derecha Verdolay con la vega de la margen derecha del Segura y zona oriental del valle del Guadalentín.
El Recuesto de Cehegín se centra en la zona norte de las cuencas de Caravaca y Moratalla, queda limitado al oeste y sur por las sierras del Gavilán, Las Cabras, Burete, Lavia y Cambrón, que le separan de La Encamación y Coy/Doña Inés respectivamente.
La Encarnación (Caravaca) aparece limitada entre las sierras de Gavilán, Las Cabras por el norte y este, que le separan de Cehegín, por las de Villafuerte, Moratalla y Aspera al oeste, que lo hace de Andalucía, y por la de Burete que le separa por el sur del último Gran centro, Doña Inés/Coy (Fig. 1).
En un reciente trabajo (Muñoz Amilibia, 1987: 172) se hace referencia a la existencia de una representación de équido en Alcantarilla.
No se ha tenido en cuenta en este reparto regional al no hacerse ninguna concreción sobre su tamaño, contexto (funerario, hábitat, santuario), posible interpretación u otras circunstancias que ayudaran a comprender esa pieza.
Tampoco se ha incorporado una nota sobre ((elementos esculpidos» de la necrópolis de Archena (San Valero, y Fletcher, 1947) de los que no consta documentación gráfica, ni descripción, ni ulteriores referencias en la bibliografía.
En cualquier caso a medida que avance la investigación obtendremos más datos.
Es muy probable que las necrópolis de centros intermedios proporcionen restos monumentales pertenecientes a élites secundarias vinculadas a las de los Grandes oppida.
Además estos restos se datan mayoritariamente entre los siglos VI-Va.
C. (Fase Antigua), y la importancia de los Grandes oppida parece estar sujeta a u.na variabilidad de cierto relieve durante todo el período de desarrollo cultural ibérico, o lo que es lo mismo, la presencia de vestigios del siglo VI a.
C. no demuestra necesariamente que ese lugar contim-!ara vigente como centro principal en el siglo IV a.
C. Por ello no sería extraño que otras necrópolis documentaran estatuaria funeraria.
Lo que sí <.kmul•stra esa relación entre Gran oppidum / estatuaria monumental es una cierta continuidad en la importancia de estos oppida señalados. que perdura entre los siglos VI-I1 a.
C. La respuesta no la tendremos hasta conocer la evolución del poblamiento en esas fechas. pero por desgracia ahora mismo es imposible plantear un estudio diacrónico del mismo.
Sabemos que algunos poblados se ocupan en los siglos VI-Va.
C: Cabezo del Tío Pío.
Los Molinicos de Moratalla, Los Royos.
No obstante. es imprescindible conocer bien las secuencias de estos y más asentamientos para calibrar las variaciones que se producen en su ocupación v en su papel regional jerárquico.
Un estudio de estas caracteristicas requiere elementos suficientes para caracterizar una serie de grupos de tumbas, mínimamente firmes, en las necrópolis.
Es evidente que el único caso susceptible de ser analizado es el de El Cigarralejo, donde tenemos un elevado número de sepulturas excavadas, mientras que las demás de la zona sólo están publicadas parcialmente (2).
Las conclusiones que se obtienen no pueden extrapolarse en todos sus términos a toda la región, no dejan de constituir evidencias de un lugar concreto y no contamos con datos de otros para contrastarlos.
La cercana del Cabecico del Tesoro por lo que de ella se conoce, tiene unas caracteristicas que difieren en algún aspecto, seguramente porque su máxima ocupación es posterior a la de la que ahora nos ocupa.
Sí nos servirá, no obstante, para lo que tenga un valor general, la constatación de una sociedad compleja y su articulación en El Cigarralejo y su entorno dependiente.
Esto lo podemos suponer para el mismo periodo, con características análogas o como modelo de referencia a toda la región (3).
Cuadrado había definido dos tipos de ajuar: uno masculino, con armas, y otro femenino con fusayolas, agujones y placas de hueso y vidrio.
Esta dicotomía basada en el sexo se ha puesto en duda a raíz del análisis de los restos de huesos calcinados de la Dama de Baza, que son de mujer a pesar de haberse acompañado de armas.
Aunque la afirmación de Cuadrado sea necesario matizarla, lo que sí está claro es que existe en El Cigarralejo una tipología básica de contenidos de los depósitos funerarios, que se confirma con una minuciosa revisión de los objetos que aparecen en ellos, como indicara su excavador (1987).
La asociación de armas es la más clara, lanza (punta y regatón), falcata y escudo.
El tema de la fusayola, objetos de hueso y vidrio es más complejo, dado que la práctica totalidad de los artefactos que se documentan en la necrópolis se asocian indistintamente en cualquier tumba.
Sin embargo, se percibe una TENDENCIA entre esos tipos señalados a asociarse mayoritariamente entre ellos, tanto por su presencia o ausencia en los ajuares como, sobre todo, porque en las sepulturas con armas aparecen poco representados, mientras que se hallan en número más elevado en los ajuares sin armas, donde son los elementos numéricamente más importantes.
De esto se desprende que no estamos ante una sociedad que detente elementos excluyentes por sexos, pero sin querer volver a la vieja dicotomía Masculino/Femenino, a la espera de análisis de restos humanos a gran escala y en varias necrópolis, sí podemos hablar de uno~ ajuares cuyos elementos esenciales son la falcata, escudo y lanza y otros peor definidos en que lo son fusa yola, vidrio y placas de hueso y, en menor medida la cerámica ordinaria y los anillos de bronce.
Las diferencias de riqueza son bien patentes.
Del análisis se sustrajeron, para su estudio aparte, las «tumbas principescas» 200 y 277, que hablan por sí solas, situándose en la cúspide de la pirámide social de la primera mitad del siglo IV a.
Del resto es difícil establecer rangos categóricos, dada la imposibilidad de computar los valores de los que podemos considerar objetos de lujo y además porque la variabilidad de estos y de sus asociaciones en las tumbas es tal, que sería imposible hacer distinciones claras entre ajuares.
Me refiero a que no hay forma de definir que una tumba con do~ pieza!'. de harniz! legro sea más rica que otra con una sóla de figuras rojas, u otra con brono:!'. \' vidrio, L 'l cl' t na.
Por esta razón he elegido dos tipos de objeto, la cerámica de harniz Ilegru \' las cuentas de vidrio, por dos razones, son inequívocamente signos externos de lujo \ se p "l'~entall en un número relativamente alto, como para establecer porcentajes entre ellos, referidos al Illlmero de piezas que se documentan en cada tumba.
Se elaboraron con ellos sendos diagramas acumulativos, donde las inflexiones de las curvas sirven de pretexto para establecer cuatro grupos o rangos (Fig. 2).
Barniz negro: 1) Tumbas sin barniz negro.
3) dos o tres piezas.
4) cuatro o cinco piezas.
Vidrio: 1) Tumbas sin cuentas.
4) con más de diez cuentas.
No hay la pretenslon de definir cuatro grupos básicos, al que se añade un quinto (las tumbas principescas, cada una con más de diez vasos de importación) que sean adaptables a todos los ajuares de las necrópolis, sino proponer unos términos genéricos comparativos y mensurables de riqueza, que nos mostraria un cuadro muy similar al descrito por Pereira (1987, 269) en las necrópolis andaluzas, donde reconoce cuatro rangos: tumbas más pobres, con ajuares destacables, de la aristocracia guerrera y tumbas del grupo familiar dominante (4).
EL COMERCIO A LARGA DISTANCIA
crearía una situación interior favorable para el desenvolvimiento de los acontecimientos que se desencadenan con el auge del comercio colonial a gran escala, desde las postrimerías del siglo VI a.
C. Además hemos de entender ese comercio exteríor, al menos a pal1ir de fines del siglo V a. c., no como un fenómeno de ~superficie)), de circulación de pocos y muy costosos bienes, que van a parar a miembros elegidos de las élites, sino como un profundo sistema de activaciún que hace necesarío un esfuerzo suplementario para el incremento de la producción, con objeto de nutr'ir los mercados foráneos de excedentes, con los que a su vez adquirir gran número de bienes importados.
El comercio afecta en profundidad a los procesos productivos y directa o indirectamente repercute sobre todos los miembros de la sociedad, la cual necesitaría mantener un cierto nivel de producción, sobre todo durante el siglo IV a. c., que hiciera posible sostener un alto grado de intercambios, lo que a su vez sólo se comprende sobre la base de una compleja organización social.
UNA SOCIEDAD COMPLEJA ASENTADA SOBRE UNA ECONOMIA EXCEDENTARIA
Un somero repaso a los datos manejados, el reparto diferenciado de los objetos de lujo, los monumentos funerarios y la jerarquización y especialización del hábitat, son reflejo de una sociedad jerarquizada.
Las necrópolis junto a otros argumentos nos ofrecen el panorama más esclarecedor.
En lugar preeminente aparecen un personaje o varios, un Jefe o Príncipe, que destacan sobre el conjunto.
Se entierran bajo torres, pilares-estela o grandes túmulos, en este caso, junto a un gran acopio de riquezas (cerámicas griegas, vasos de bronce, orfebreria).
Señalan el punto más alto de la pirámide social desde fines del siglo VI a.
El estamento más compacto y mejor definido es el de los guerreros, perceptible en los depósitos funerarios de las necrópolis, por la destacada importancia de los ajuares con armas (entre las 250 sepulturas seleccionadas de El Cigarralejo más de 90 documentan armamento).
Pero no nos hallamos ante una clase homogénea, al contrario las disparidades de riqueza entre sus miembros son bien notorias, sobresaliendo un reducido grupo aristocrático, un séquito o equites, a juzgar por la relación que se ha encontrado entre los escasos elementos de monta (bocados y espuelas) con tumbas de ricos ajuares con armas.
Lo que respalda también el valor del caballo como animal de prestigio y status.
Principes y equites configurarian el grupo dominante, junto a aquellos personajes más ricos, del grupo 4, definido a través de los gráficos acumulativos de barniz negro y vidrio, en el apartado de necrópolis.
Los segmentos intermedios de la población, muy diversificados, estarían formados por el conjunto de los guerreros, artesanos, comerciantes y otros.
Determinadas circunstancias apuntan hacia la idea de una clase de comerciantes de cierto desarrollo: la relevancia del comercio a larga distancia desde fines del siglo V a. c., por la presencia masiva de cerámicas áticas; la situación estratégica de los Grandes oppida en vías naturales de penetración (El Cigarralejo en el cauce del rio Mula; La Encarnación paso hacia la Andalucía oriental: Coimbra del B. A. hacia la submeseta sur); así como Los Nietos centro costero de cierta entidad a partir del siglo V a. c., por cuya ubicación y hallazgos hay que ver como un lugar cuya vida gira en torno al comercio extrapeninsular.
Su importante necrópolis, donde se hallan restos de un monumento funerario (Cruz Pérez, 1987) nos sirve para mantener la hipótesis sobre la posible existencia de agentes comerciales indígenas, como se ha planteado en otros contextos occidentales (La Monediere, J. J. Jully, 1976: 49).
Se trata de una probabilidad que ha de sopesarse en centros costeros como éste, si bien esa situación pudiera cambiar hacia el interior, donde la clase dirigente pudo jugar un papel director en la redistribución de bienes, al menos en los siglos V y IV a.
C., como se viene sugiriendo en trabajos teóricos y puede desprenderse del juego de pesas de la «tumba principesca» 200 de El Cigarralejo.
Ha aparecidu en esas mismas fechas un artesanadu, a tiempo parcial o completo, muy específico y se cuenta en ocasiunes con especialistas foráneos para trabajos suntuarios, caso de Porcuna en un contexto similar al nuestro (Blázquez, y Gunzález Navarrete, 1986).
Arqueológicamente quedan documentadas actividades como la esparteria, tejido, curtidu de pieles y otras que pudieran encuadrarse en el ámbito doméstico.
Otras traspasan ese marco: herreria, carpinteria (usu del torno de carpintero), alfarería (el torno de alfarero, la variedad tipológica y calidad abogan por ello), trabajos sobre hueso (agujones y placas decoradas), broncistas, cuya labor se dirige al adorno personal (broches, fíbulas) u la fabricación de exvotos (santuariu de Verdolay) para lo que se requiere el conocimiento de la técnica de la cera perdida, y otros cuyo destino es más restringido, escultura, orfebrería o nielados.
Esa especialización artesanal implica una organización compleja de la sociedad.
No hay, sin embargo, que sobreestimar un papel extraordinarío del artesanado en la aparición de sociedades complejas o de clases, ya que siguen siendo mundos donde el mayor valor final de la producción es predominantemente agrarío.
Por tanto el hecho que concurre en la aristocracia emergente, no es sólo su papel de receptora de un mercado de objetos de lujo o redistribuidora de bienes y organizadora del comercio regional y suprarregional. sino también el control que ejerce sobre los excedentes de la producción agropecuaria (ver Tasi: 1984: 49)., En la base de la pirámide social encontraríamos a los más pobres y tal vez a los esclavos, de cuya existencia sabemos por las fuentes escritas, aunque no podamos detectarlos arqueológicamente.
El estamento guerrero juega el papel preponderante, que se confirma por la importancia del armamento en las necrópolis o el carácter defensivo de los emplazamientos de la mayoría de los poblados, expresión de un mundo inestable.
No por ello se pretende recrear una sociedad intrínsecamente conflictiva, pero al igual que en otras de su entorno se hace patente una adecuación de los medios sociales a la posibilidad de confrontaciones.
Asimismo ese grupo social muestra su relevancia en el terreno de la superestructura ideológica, una vez más, en la presencia determinante de las armas en los ajuares funerarios, entre el conjunto de objetos de hierro conocidos, que contrasta con su escasez en contextos de hábitat donde, por el contrario, son más abundantes útiles relacionados con otras actividades económicas, hachas, hoces, rejas de arado (6).
Lo que proporciona una carga simbólica al armamento, que se incrementa si pensamos que en algún caso extraño en que una persona se entierra con elementos que denoten un tipo de actividad laboral. aperos de labranza u otros, siempre se acompañan de armas y que sólo se conocen cuatro tumbas de esta clase, entre las del siglo IV a.
C. en El Cigarralejo.
Al mismo tiempo se ha encontrado una triple relación entre los grandes oppida, los santuarios y los restos de escultura monumental funeraria.
Ese vínculo oppidum/santuario inclina a pensar que esos poblados no existen en función del lugar de culto, sino precisamente al contrario.
Es el oppidum el que funda un santuario, dedicado a alguna divinidad de dominio comarcal a la que se consagra la ciudad.
Ese gran hábitat donde sabemos que vive la aristocracia porque es allí donde se entierra (recordemos la relación oppidum/ escultura monumental), resulta ser un lugar que concentra actividades de orden religioso, con su correspondiente valor simbólico e ideológico, ligado espacialmente a la clase dirigente.
Función ideológica que cumpliria un papel de control social del mismo modo que otras figuras políticas y económicas, desplazando la necesidad de la fuerza o la coacción en el mantenimiento de la clase dominante.
El atesoramiento en proporciones considerables que muestran algunos ajuares y los monumentos funerarios son testimonio de una base económica excedentaria, en sus dos vertientes agraria e i(industrial».
El cultivo de especies vegetales que suponen grandes inversiones de trabajo y no son rentables hasta pasada una generación, caso del olivo y la vid (Barker: 1984: 50).
La introducción del arado de tracción animal y la consiguiente intensificación de la producción.
La metalurgia del hierro tan (6) El caso más claro C$ el de La Bastida de Las Alcuses hábitat prototipo del s. IV a. e., en un ámbito muy similar al nuestro.
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es diversificada en todas sus vertientes que demuestra, ya a fines del siglo V a. c., una gama de tipos especializados en todas las labores agrarias o de otra índole, con un grado tan alto de especificidad, que muchos objetos no conocen prácticamente variaciones hasta la actualidad.
La convergencia de todos estos componentes a largo, medio y corto plazo permite suponer una economía de base agropecuaria que ha traspasado la mera subsistencia.
Ese mayor potencial económico se da en otros campos como la cerámica, merced al torno de alfarero y la composición decorativa a base de pincel múltiple y compás.
Según Ruiz en este momento se introducen también la prensa de aceite y el tornillo de Arquímedes (1978: 260).
Uno de los factores que van a intervenir decisivamente en este proceso esbozado es la presencia grecopúnica en las costas surorientales de la Península Ibérica y la intensificación de las relaciones comerciales con los pueblos históricos, desde fines del siglo V a. c., que traslucen un alto nivel de intercambios, por la abundante presencia de cerámicas y otros objetos importados.
En la formación del mundo ibérico del Sureste hay un acontecimiento de singular importancia.
Con el declive del mundo tartésico, a mediados del siglo VI a. c., el peso fundamental del eje económico del Guadalquivir va a apoyarse en la minería de su cuenca alta, en la Andatucia oriental, por lo que los pasillos de acceso al Mediterráneo en una zona de orografía compleja, cobrarán especial relieve, precisamente a través del río Segura.
En este sentido el papel del Sureste como zona de paso hacia puntos costeros (Los Nietos, Villaricos, etc.) es vital y debe situarse en la base de los acontecimientos que ponen en marcha una dinamización de la economía de la región, desde fines del siglo VI a. c., en conexión con el desenvolvimiento del comercio a larga distancia (Arteaga, 1976-78).
Estos sucesos constituyen, sin lugar a dudas, un componente económico nuevo que obliga a mantener una cantidad de recursos, tanto agrarios como de materias primas o semielaboradas, destinados al comercio exterior.
De algunos sabemos que se exportaban en época romana-republicana y por datos arqueológicos y de las fuentes podemos suponer que responden a un comercio anterior, caso del esparto y la sal, que cuentan con importantes centros productores en la zona, y desde luego productos agrarios (cereales, lino) y metales procedentes de la ruta de Sierra Morena hacia los enclaves costeros, que les darian salida a los mercados orientales.
Al apoyarse los intercambios sobre la base de una economía excedentaria, que ahora necesita generar más recursos, cuyo destino es la exportación, el comercio exterior se convierte en motor de la economía ibérica y contribuye a agilizar los procesos autóctonos de evolución social y económica.
La situación descrita en la que se advierte la presencia dominante de una clase guerrera y una aristocracia emergente, en la que destaca un individuo o princeps, es reflejo de un reparto desigual de la riqueza, que significa un acceso diferenciado a los recursos económicos y un desequilibrio en la disponibilidad de los excedentes, que se desviarian, todos o en parte, hacia las clases dirigentes.
Ello hace necesaria la existencia de unos resortes sociales, económicos y políticos, en definitiva instituciones del tipo de la Jefatura o del Estado, que articulen mecanismos tributarios y presupuestos políticos e ideológicos adecuados que justifiquen esa situación.
TRANSICION HACIA UNA FORMA PRIMITIVA DE ESTADO DE CARACTER PROTOURBANO
La sociedad ibérica es un mundo cambiante entre los siglos VI-IV a.
C. Cambios que se advierten en la cultura material que ha permitido definir dos horizontes diferenciados: A) Fase Antigua (siglos VI-Va.
La hipótesis que aqui se plantea es que esa situación es reflejo de la transición de una Jefatura compleja a una organización incipiente del estado con la paulatina disolución de los componentes comunitarios, en la evolución hacia una sociedad de clases.
Los modelos de Jefatura y estado varian según las escuelas e incluso, en cada una, según los autores (7).
En líneas generales la Jefatura se define como un estadio intermedio entre la sociedad igualitaria y la de clases, con un grado de jerarquización social más o menos desarrollada, que permite hablar de Jefaturas simples o complejas, pero sin haber llegado a una diferenciación de clases.
Perviven las relaciones de parentesco y los elementos comunitarios.
Existe un elemento centralizador de los recursos y de redistribución de los bienes sociales en el marco de una economía excedentaria, de la que se detraen parte de los excedentes para la acumulación de bienes de prestigio.
El comercio exterior es escaso y se realiza sobre todo con bienes símbolo de status.
En las sociedades estatales han perdido importancia las relaciones de parentesco, que han dejado de ser las relaciones sociales dominantes.
El desarrollo jerárquico es mucho más complejo.
Aparecen centros urbanos o protourbanos y una sociedad de clases, definidas por su posición frente a los medios de producción.
El tránsito de una a otro se advierte en los contextos funerarios y de las importaciones.
A) Durante el siglo VI a.
C. y mayor parte del siguiente son escasísimas las importaciones (copa Droop de Archena, centauro de bronce de los Royos y poco más).
A este periodo corresponden la totalidad de los monumentos funerarios de la región, excepto el cipo de Coimbra del Barranco Ancho (siglo IV a.
C.): B) Desde fines del siglo V a.
C. y durante toda la primera mitad del siguiente el comercio de cerámicas áticas se generaliza, alcanzando cotas que no se volverán a conocer hasta la llegada de la Campaniense A en el siglo II a.
C. A su vez desde las mismas fechas las torres y pilares-estela tienden a desaparecer (Almagro Gorbea, 1983) y contamos con casos aislados, como El Cigarralejo, donde se marcan nítidamente esos dos momentos al aparecer los restos de monumentos funerarios, fragmentados, formando parte de encachados tumulares de la primera mitad del siglo IV a.
C. En ese momento, Fase Plena, los representantes del más alto nivel social se entierran bajo túmulos de grandes proporciones, acompañados de un gran atesoramiento de objetos de lujo.
Hay un momento inicial, la Fase Antigua, en que los escasos y singulares vasos importados se interpretan como «presentes» a miembros destacados de las comunidades indígenas (Olmos, 1983), que no dejan de suponer una mera «circulación superficiah~ de bienes, que crean situaciones de reconocimiento, favorecedoras de las relaciones de intercambio con los pueblos del Mediterráneo oriental.
La posterior generalización del comercio ático a partir de los últimos años del siglo V a.
C. en primer lugar se debe a la pujanza de las producciones atenienses, que buscan nuevos mercados tras las guerras del Peloponeso, pero también viene marcado por'los contextos españoles, ya que durante los siglos VII-VI a.
C. no existe en el Segura algo similar a lo que ocurría paralelamente en el Suroeste (Huelva), donde se da una presencia importante de cerámicas griegas y productos orientales en el conocido horizonte tartésico (Femández Jurado:' 1986).
Detectamos entonces un enorme contraste entre los mercados del Sureste y Suroeste, en la Península Ibérica, que no se justifica únicamente por la situación de Grecia, sino por coyunturas económicas y sociales peninsulares muy diversas.
La presencia masiva de vasos griegos en el siglo IV a.
C. refleja un concepto diferente de la demanda, respecto a la Fase Antigua, que hay que entender en ese contexto de intensificación de la (7) Recordemos que autores como Lull y Nocete plantean el tema de la aparición del estado y de la sociedad de clases en el Calcolítico y El Argar, en la España meridional.
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es producción y creación de excedentes, cuya meta son los mercados de exportación y de la consiguiente agilización de la dinámica social.
Los bienes exóticos han dejado de ser productos de uso exclusivo de una reducida élite, pues su reparto en las necrópolis es relativamente amplio, aunque siempre en proporciones no mayoritarias (el barniz negro p. e. está presente en el 37 96 de las sepulturas de El Cigarralejo).
En cuanto al mundo funerario hacía mención a la paulatina rarificación de los monumentos arquitectónicos, la aparición de los grandes túmulos principescos y la extensa gama de variantes de elementos de riqueza y de sus acumulaciones en los ajuares, que denotan una sociedad muy compleja en la primera mitad del siglo IV a.
C. Además, algunos autores son de la opinión de que el espacio de las necrópolis es exclusivo de la aristocracia en la Fase Antigua, generalizándose su uso en el período siguiente.
Sería el caso de Pozo Moro (Almagro Gorbea, 1983), con un monumento datado en torno a 500 a. c., germen de la necrópolis clásica de finales del V a.
C. en adelante, y el de El Prado de J umilla, donde se ha encontrado el monumento pero no la necrópolis.
Con independencia de que pudieramos pensar que nos hallamos ante costumbres o modas funeraria distintas en cada época, debemos poner estas circunstancias en conexión con lo referido de las importaciones y se interpretaría como un contraste muy fuerte entre el personaje de élite de la Fase Antigua, respecto del resto de la población, que queda matizado a partir de fines V a.
C. por'la progresiva desaparición de torres y pilares-estela; la «democratizacióm de los espacios funerarios y de las importaciones; y la enorme variación en el atesoramiento de objetos de lujo que encontramos entre las tumbas del IV a.
C. en adelante, muestra de una gran variabilidad en las posibilidades de acceso a la riqueza y una profunda jerarquización social.
Por estas razones me inclino a considerar que es en este momento en el se asiste al tránsito de la Jefatura a una sociedad estatal (Fase Plena).
Una Jefatura compleja que debía encontrarse muy avanzada en su desarrollo, tanto por el hecho de no encontrar en las necrópolis ciertos elementos que definan el rango (espadas y en general las armas, nielados) como ocurre en otros contextos peninsulares (Las Cogotas, Castro Martínez: 1986), aunque sin haber desaparecido por completo, puesto que contamos con los bocados de caballo, broches de cinturón y la cresta de casco de plata, pero sobre todo porque ya a fines del siglo VI a.
C. aparecen otros elementos de status de mayor peso, desde el punto de vista cultural y laboral, tal es el caso de las torres y pilares-estela.
Una mirada atenta a los ajuares de El Cigarralejo permite hacer otras observaciones.
Los objetos de lujo (cerámicas áticas, vidrio, bronces) no suelen ser de uso exclusivo de la aristocracia, pues se documentan en buen número de sepulcros, en mayor o menor proporción.
La diferencia más sustancial no la encontramos en el uso restringido de objetos simbólicos por determinados miembros de la élite, sino en que algunos personajes los atesoran en mayores cantidades.
Si aceptamos que las tumbas con armas son mayoritariamente de guerreros se constata, a través de los ajuares, que la pertenencia a ese grupo no implica un mayor acceso a bienes de lujo, porque existe una gran desigualdad en la riqueza de los ajuares con armamento, porque distinguíamos un estamento genérico de guerreros del que destaca una aristocracia armada, y porque hay un buen número de tumbas ricas pero sin armas, lo que al mismo tiempo excluiría el sexo como elemento diferenciador.
A lo que se añade que no existen objetos excluyentes por sexos, ni entre las armas, que se presentan en ajuares de mujer; ni entre tipos tradicionalmente vinculados al mundo femenino (agujones de hueso, fusayolas, cuentas de vidrio) que se documentan en tumbas de guerrero.
C. no están tanto en los objetos singulares, de marcado valor simbólico o de prestigio, que en el seno de algunas comunidades marcan las distinciones de status, como en la capacidad de atesoramiento, es decir la posibilidad intrínseca de acumular riquezas; no se entablan distinciones exclusivas por sexos o por la pertenencia a la casta guerrera.
Lo que pudiera interpretarse volviendo al tema del final de la Jefatura en que se han afianzado un nuevo tipo de relaciones sociales que han desplazado a las antiguas dominantes parentales, propias de comunidades preclasistas.
De lo que también serían exponente figuras, conocidas en las fuentes, como la devotio y la fides, que crean situaciones de dependencia de carácter militar, al margen del parentesco (Prieto Arciniega, 1977).
A este respecto conviene recordar que ni la orfebrería ni los nielados se hallan necesariamente asociados en El Cigarralejo a las tumbas más rícas, pudieron cambiar de manos mediante regalos o dones a miembros allegados a la élite, sin descartar la posibilidad de adquisiciones directas con fines suntuarios o botines de acciones bélicas, que tuvieran lugar en la península o fuera de ella.
Los mercenarios ibéricos aparecen citados con asiduidad en las fuentes clásicas, tomando parte por algún contendiente del Mediterráneo central.
Ocupación que debió suponer, en alguna medida, una manera de enriquecimiento y ascensión en la escala social, amén de estar ligada a la relativa helenización de la sociedad ibérica.
Estamos asistiendo al surgimiento de unas relaciones sociales más complejas en las que la aristocracia gentilicia se ha afirmado progresivamente como clase dominante y se hacen necesarios nuevos mecanismos de integración social más allá del parentesco.
Representa la desintegración de la estructura comunitaria dominante al aparecer una contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción (Ruiz, 1978). época romana-republicana que, en otras ocasiones, han servido de criterio para reconocer las grandes urbes.
Si exceptuamos la de Cartagena, fuera del ámbito estricto del estudio.
Contamos con más argumentos negativos que matizan la propensión a suponer que en el siglo IV a.
C. la ciudad-estado está plenamente configurada, a pesar de que a la lista de argumentos positivos hay que añadir que desde finales del siglo V a.
C. queda constancia arqueológica del uso de la escritura y de juegos de pesas y medidas, que avalan un alto grado de desarrollo de ciertas necesidades sociales de las que estas manifestaciones son exponente, como rasgos de alta cultura, así como de un relativo grado de helenización, que percibimos también en otras cuestiones como cierta iconografía o la tipología cerámica.
A) El grado de desarrollo urbano es incipiente.
Al margen de las murallas se desconocen otro tipo de obras o edificios y servicios públicos, o barrios de artesanos o de la élite.
Si bien es cierto que todavía hoy se tiene un desconocimiento casi absoluto de la organización espacial de un gran hábitat.
B) Las importaciones áticas ofrecen más datos en este sentido.
Las lucernas faltan en contextos de hábitat y de necrópolis (8), cuando se ha argumentado que su constatación arqueológica evidencia la superación de la vida de acuerdo con el ritmo impuesto por el sol, propio de una comunidad campesina, para adecuarse a formas de vida urbana (Bruneau, 1986: 26).
Está clara la representatividad de los tipos relacionados con la bebida, el vino y el banquete (cráteras, copas), que denotan una aculturación de corte helénico.
Pero en necrópolis como El Cigarralejo no se advierte ninguna relación especial entre determinadas formas con determinadas tumbas, como sugiere Olmos (1986), en puntos del Mediterráneo central (p. e. kantharoi/tumbas de guerrero).
La tipología comparada de las cerámicas griegas de poblados y necrópolis no experimenta grandes variantes.
Sí alguna que permite suponer una relativa demanda de vasos con fines exclusivamente funerarios.
El grueso de las piezas debió utilizarse en la vida diaria, para después formar parte de los ajuares (Fig. 3).
Por último, no aparecen tipos que declaren una helenización mayor de las costumbres como son las formas relacionadas con el mundo femenino o para perfumes (Olmos, 1986).
Todo sugiere una aculturación un tanto superficial, más profunda entre los miembros de la clase dominante (Olmos, R: 1986), como se infiere a partir de la relación de algunas tumbas ricas con ciertas imitaciones indígenas de cráteras y oenochoes, que plasman una demanda selectiva de la élite de vasos, en origen foráneos, relacionados con lo específico de su función: la bebida.
Sin contar con que es precisamente la clase dominante la que, a través de la iconografía de los monumentos funerarios, se pone en una relación más directa con los mecanismos de aculturación.
C) El armamento ibérico clásico (falcata, lanza) permite suponer que las formas de guerra indígenas no tengan correspondencia en las sociedades clásicas, más avanzadas técnicamente (VV.
En este ambiente de transición de una estructura político-social a otra, en definitiva de un Modo de producción a otro, y volviendo a aquello a lo que hacía mención sobre un mundo inestable, dominado por una aristocracia guerrera y la adecuación de ciertos recursos sociales a la posibilidad de conflictos, hallaríamos la explicación a esa supuesta dinámica destructiva de poblados y necrópolis antiguas.
Planteamiento hecho en términos semejantes por Domínguez Monedero.
Aquel autor interpreta la destrucción de monumentos en ese tránsito convulso hacia la sociedad estatal, que destruye las manifestaciones externas del poder de las antiguas élites.
Intento estatalizador que fracasa, prueba de ello sería que en el siglo IV a.
C. continúa sin reconocerse un estado, y (8) V. Page ha planteado la posibilidad de que pequeños cuencos sean los tipos con destino a la iluminación en el mundo ibérico.
En cualquier caso no aparece ni la lucerna, ni su imitación, ni los cuencos se definen por lo específico de su forma para el alumbrado.
Si bien existirian modos de iluminación artificial se prescinde deliberadamente de la tipología propia para ello, a pesar de conocerse sus formas, dado que se importan muy escasamente. además la generalización de objetos de lujo (cerámicas áticas... ) demuestra una atomización del poder mayor que durante los siglos VI-Va. c., cuando se encuentra relativamente concentrado en aquellos lugares con escultura funeraria y cerámicas griegas de calidad (ver Domínguez Monedero en T. Chapa.
Otro investigador, esta vez el francés Rouillard, plantea que las destrucciones son una reacción de los elementos comunitarios a los intentos de sobresalir de ciertos personajes (1987).
Ambas interpretaciones son diferentes pero se complementan y, en cierto sentido, tienen un punto común, que podria resumirse en que las Jefaturas, más o menos definidas en la Fase Antigua, fracasan en su evolución a una sociedad más desarrollada, al quebrar la tentativa de la creación del aparato estatal. incorporándose componentes regresivos de carácter comunitario, desde fin es del siglo V a.
C; tras las destrucciones.
Aquí se defiende la hipótesis inversa:
La sociedad ibérica del siglo IV a.
C. no significa una vuelta a esquemas comunitarios.
Por el contrario, continúan existiendo personajes de élite que ahora se entierran bajo túmulos, sin olvidar que hay monumentos que se datan en fechas tardías (Almagro Gorbea, 1980).
La sociedad de la Fase Plena muestra, a través de los ajuares funerarios, una gran complejidad.
De igual modo que la superabundancia y dispersión de las cerámicas áticas no tienen el sentido de una disgregación del poder político, sino que testimonian una diversidad mayor de acceso a la riqueza, en un marco de acusada jerarquización y complejidad social, que veíamos, junto a otras cuestiones, como la paulatina afirmación de un nuevo tipo de relaciones sociales más avanzadas, de clase.
2) La transición de la Jefatura a el estado no se plantea, como se desprende de los esquemas de Domínguez Monedero y Rouillard, en uno o varios conflictos violentos, localizados en el tiempo y en el espacio, sino que hay que entenderlo en un proceso a largo plazo, donde no están ausentes tensiones internas, que explican las destrucciones.
Pero conviene recordar que hay monumentos que se respetan y que no todas las destrucciones son coetáneas.
No estamos presenciando un conflicto de corta duración, sino un proceso a medio o largo plazo en el se asiste a la afirmación o a la eliminación de unos grupos o linajes dominantes por otros, con la progresiva desintegración de las últimas manifestaciones de la sociedad gentilicia, en la que algunos clanes y linajes aristocráticos se confirman como clase dominante.
C. no se reconoce aún una plena estructuración de la ciudad-estado no es porque se haya producido una regresión a lo comunal o porque haya fracasado el intento de lo estatal, sino porque el estado no surge espontáneamente de un conflicto parcial.
Hemos de entender una serie sucesiva de confrontaciones, resultado de las situaciones de tensión o contradicciones entre la estructura comunitaria dominante y las nuevas relaciones que están emergiendo y tienden a imponerse, en una evolución lenta, cuyo punto de partida se halla en el proceso de iberización y con anterioridad.
Por todo lo expuesto parece más lógico hablar de la transición de una Jefatura compleja a una' organización incipiente del estado en el Sureste español, en un estadio protourbano, paso a la sociedad de clases, con sus nuevos componentes (estado, ciudad, clases sociales, propiedad privada de los medios de producción) aún sin haber alcanzado su plena definición en la primera mitad del siglo IV a.
Con posterioridad se lograría una mayor concreción que hoy estamos lejos de precisar, puesto que los contextos arqueológicos entre fines del siglo IV a.
C. son mal conocidos.
La explicación de esto se encuentra entre las circunstancias confusas que giran en torno a la segunda mitad del siglo IV a. c., que algunos autores ven originadas en el colapso del comercio a gran escala con el Mediterráneo (Muñoz Amilibia, 1969; Almagro Gorbea, 1984).
El hecho es que cuando acaba ese período y volvemos a tener abundante documentación arqueológica y literaria, la sociedad ibérica aparece configurada de un modo distinto.
El rito funerario ha cambiado es el denominado «conservado n (Cuadrado, E: 1987); aparece una cultura material diferente, la de la Baja Epoca; la drástica disminución de los ajuares con armas en las necrópolis hace suponer una pérdida de vigencia de aquella sociedad aristocrática belicista del siglo IV a. c.; y se advierten cambios significativos en el hábitat, que en buena parte se asienta en el llano (Lillo Carpio, 1981: 58).
Ahora las referencias literarias son más explícitas sobre las formas de dependencia u organizaciones políticas complejas (Sagunto o el decreto de Emilio Paulo).
Posiblemente el cuadro, en esencia estatal, que reflejan los romanos sea una descripción de la situación de la Baja Epoca, que habria que retrotraer con cierta cautela a los siglos V-IV a.
C. en el Sureste, y siempre bajo la óptica de ese lento tránsito hacia la afirmación del estado.
Evolución que se vería truncada por la irrupción militar y la consiguiente aculturación romana. |
analiza el desarrollo del Mundo Ibérico Andaluz.
Este Complejo Cultural, presenta en la Cuenca del Guadalquivir dos áreas bie n diferenciadas por aspectos tipológicos e institucionales.
La presentación de los grupos formales que integran la propuesta de clasificación de la cerámica ibérica de la cuenca del Gudalquivir (Pereira, J.;1988a, 1988b) que se publicó en el último número de Trabajos de Prehistoria, se puede enmarcar en dos amplias áreas de dicha cuenca que, con un criterio globalizador, podemos denominar Sector Oriental y Sector OccidentaL El primero de ellos estaría integrado por las Altiplanicies Granadinas. el Alto Guadalquivir, el inicio de la Campiña Alta,. el conjunto de valles y sierras del Subbético y el curso Alto del Genil con la Vega granadina.
El sector Occidental, comprendería el Curso Medio y Bajo del Guadalquivir, el sector correspondiente de Sierra Morena, las Campiñas Cordobesa y Sevillana, así como el conjunto de Los Aleores y la Vega del Río Corbones.
Estas dos zonas presentan en la distribución de las cerámicas ibéricas pintadas, significativas presencias o ausencias que justifican el considerarlas como dos áreas distintas.
Sin embargo esta circunstancia precisa de una matización importante, que señalaría un volumen mayor de hallazgos procedentes de necrópolis para el Sector Oriental de la Cuenca del Guadalquivir, mientras que el Sector Occidental presenta un número de hallazgos muy bajo (Fig. 1).
Debido a que las necrópolis suelen proporcionar un importante volumen de recipientes cerámicos en condiciones de conservación satisfactorías para la ordenación tipológica, el bajo número de necrópolis aparecidas en el Sector Occidental justificaría la ausencia de distintos Grupos Formales, FIG.
1.-Di.spersió/1 de necrópolis v materiales fllnerarius en la Cuenca del Guadalquivir.
Puente del Obispo/ 8.
Miradur de Rolando (Granada)/ 9.
Casillas de Martos / 14. &badilla/ I 5.
Almedinilla Tipos O Variantes que se documentan en el Sector Oriental, lo que supone un cierto carácter {{sesgado» en la propuesta de clasificación elaborada.
Sin embargo, cabria preguntarse a qué se debe este bajo número de yacimientos tipo necrópolis, este {{vacío de información».
Una primera explicación seria que esta circunstancia se debe al azar; sin embargo, dado que un elevado porcentaje de hallazgos de necrópolis, o materiales funerarios, en el Sector Oriental son casuales, durante faenas agricolas u obras de infraestructura, como las que propiciaron los hallazgos de Galera, Toya, Baza, Ceal, Martos, Mirador de Rolando, Almedinilla, etc., y teniendo en cuenta que estas mismas actividades se han dado con igualo mayor intensidad en el Sector Occidental de la Cuenca, pensamos con otros investigadores, que la justificación de esta situación por el azar, es por lo menos cuestionable (Escacena, 1987: 296).
Otra explicación sería la de achacar esta situación a un defecto o falta de investigación, que se ha señalado en otras comarcas, como por ejemplo la Vega Granadina, donde el vacío de información sobre el mundo ibérico se atribuye a que permanecen inéditos interesantes yacimientos descubiertos en prospecciones.
Esta situación es paralelizable en cierto modo al Bajo Guadalquivir, donde la mayoria de las cartas arqueológicas efectuadas dedican poca extensión a la valoración del Horizonte Ibérico, polarizándose la investigación hacía secuencias más {(sugerentes»: Calcolitico, Bronce, Orientalizante, etc. (Amores, Temiño, 1984).
Otra posibilidad manejada por algunos investigadores, sugiere que esta signil icativo falta de necrópolis de plena época ibérica estaria en conexión con la ausencia de enterramientos del Bronce Final precolonial. interpretando que la ausencia de estos enterramientos se debe a ritos funerarios que no dejaron huellas materiales; de modo que la población indígena del Bajo Guadalquivir, tras la etapa Orientalizante recuperó costumbres funerarias que escapan al registro arqueológico (Escacena, 1.
Estas diferencias entre el Sector Occidental v t:I Oriental eJe la Cuenca del Gudalquivir, que afectan a una institución de tanta importancia como es el mundo tum: rario, se pueden intcrpn.'tar como un reflejo de las diferencias entre dos complejos culturales, que tambi0n se pueden constatar a partir de la evolución de sus repertorios cerámicos.
Durante el siglo VI a. d.
C. los dos Sectores de la Cuenca del Guadalquivir presentan un número de Tipos o Variantes dentro de los Grupos Formales, en los que se detecta una cierta homogeneidad, al aparecer en los dos Sectores ejemplares de los Grupos Formales 1, 16 Y 17, que en el Sector Occidental representan el declive del Horizonte Orientalizante, mientras que en el Sector Oriental son la evidencia de la aceptación y primeras imitaciones de los prototipos a torno que desde el Bajo Guadalquivir se difunden hacia la Alta Andalucía (Belén, M., Pereira, J., 1985) (Belen, M., 1986) Y al mismo tiempo documentan la fabricación a torno de ejemplares que en el mundo indígena se venían fabricando a mano (Fig. 2).
Los sistemas decorativos, van a ser bicromos y monocromos, a base de grupos de bandas horizontales y paralelas, complementadas en algún caso por frisos de círculos concéntricos o motivos de raíz orientalizante como el caso de los ejemplares de Cástulo del Tipo 4-B.
El eje económico durante esta época está centrado en el Bajo Guadalquivir, fundamentalmente en la zona de Huelva, donde el volumen de importaciones griegas, sólo superado por Ampurias, presenta una gran diversidad de fOl"mas correspondientes a piezas de lujo que satisfacen la demanda de las élites indígenas, que todavía controlan el potencial económico de la zona (Olmos, R., 1982: 401) (Fernández Jurado, 1.,1984) (Cabrera, P., 1985).
También en el Sector Oriental de la Cuenca del Guadalquivir comienza a documentarse la lenta y progresiva llegada de productos griegos (Olmos, R., Gil.
R., 1983) cuya función como pequeños objetos exóticos -athyrmata-seria la de ir abriendo nuevos mercados entre las poblaciones indígenas (Olmos, R., 1985).
Parece pues evidente que asistimos, durante el siglo VI a. d. c., al menos en lo que respecta a los productos cerámicos a torno, a una misma base de partida influenciada por los recipientes de filiación fenicia, que van evolucionando siguiendo pautas distintas, reflejo de las distintas situaciones que van a afrontar los complejos culturales de la Cuenca del Guadalquivir (Arteaga, O., 1987: 207).
Es a finales del siglo VI a. d.
C. cuando asistimos a la decadencia del mundo colonial de la costa y de los asentamientos de Andalucía Occidental. como un empobrecimiento progresivo, que procuran mantener su pasado esplendor, constatándose el cese brusco de las importaciones griegas en Huelva (Cabrera, P., 1985) (Olmos, R., Garrido, 1.
Distintos argumentos se manejan para explicar este hecho: la repercusión de la caída de Tiro y la consiguiente crisis del comercio fenicio en el Mediterráneo Occidental (Arteaga, Padró, Sanmartí, 1978), y la falta de rentabilidad a gran escala de las minas onubenses, de las que algunas se siguieron explotando, va a obligar a trasladar la explotación minera masiva al área jienense y al S. E. peninsular (Fernández Jurado, J., 1987: 316), apareciendo en el Sector Oriental de la Cuenca del Guadalquivir, y más concretamente en el Alto Guadalquivir los inicios de una pujante cultura autóctona.
Este complejo cultural que se desarrolla desde fines del siglo VI a. d.
C. por lo que respecta a los productos cerámicos se caracteriza por independizarse tanto en formas como en decoraciones de las caracteristicas del Sector Occidental. como se constata en la Variante l-D-m, denominada Variante Toya (Pereira, J. 1979: 326) posiblemente producción de un solo alfar, que abastece distintos puntos del Alto Guadalquivir, y que muestra una reelaboración de los elementos morfológicos, junto con el mantenimiento y desarrollo de un sistema decorativo bicromo, mientras sus prototipos del área de Carmona, en el Bajo Guadalquivir, han evolucionado hacia sistemas decorativos de bandas paralelas monocromas (Pereira, J., 1979: 300) (Belén, M., 1986: 268).
Estos recipientes también han modificado su función, pues mientras sus prototipos fueron utilizados como urnas cinerarias, algunos ejemplares de la Variante Toya aparecen en contextos funerarios donde su función debió ser la de recipientes de ofrendas (Blanco, A., 1959) (Hornos, F., 1984a) (Hornos et alii, 1984b).
Juntos con estos ejemplares también constatamos la aparición de formas propias del sector Oriental de la cuenca; como el «vaso chardoll» Grupo Formal 2, evidencia del impacto de formas de filiación fenicia en las comunidades indígenas.
Otros recipientes como las «urnas de orejetas Tipo 3-A», podrían ser consideradas como una creación autóctona que reelabora ideas y/o elementos morfológicos de clara raíz mediterránea.
Durante el siglo V a. d. c., constatamos la diferencia entre los dos Sectores de la Cuenca del Guadalquivir.
El Sector Occidental continúa en la importante recesión que se documentó a finales del siglo anterior, que supone el final del mundo tartéssico.
Esta recesión se plasma sobre todo en la crisis de las estructuras agrícolas, pues como se documenta en Setefilla o Montemolín el descenso demográfico que supuso la desaparición o sensible reducción de su superficie, afectó a asentamientos situados en áreas de economía agropecuaria; mientras que los localizados en las orillas del Guadalquivir se van a mantener sin interrupciones notables debido quizás a que diversifican sus actividades económicas con aportes comerciales y pesqueros (Escacena, J. L., 1987) cumo ocurre también en Huc\va que diversificará sus actividades econúmicas \' productÍ\4.ls lo que le permitirá una ligera recuperación económica (Fernández Jurado, J., 1987: 325).
Reflejo de la recesión económica en el Sector Occidental, es que d volumen de importaciones griegas es muy bajo, indicando claramente que el flujo de productus griegos SL' orienta hacia el Sector Oriental (Olmos, R., 1982: 404-405) donde la regresión política \. ecunómica del mundo tartéssico, va a permitir la consolidación de las estructuras indígenas, dándose un proceso de identidad cultural, auge económico y consolidación política basada en el surgimiento de dites que comienzan a configurarse durante esta época (Ruiz, A., 1982: 78-79).
Pur lo que hace referencia a los productos cerámicos pintados, asistimus a una progresiva diferenciación entre los dos Sectores de la Cuenca del Guadalquivir, matizando que la procedencia de los distintos conjuntos cerámicos es un dato a tener siempre en cuenta: mayor volúmen de recipientes funerarios en el Sector Oriental, frente a la procedencia casi absoluta de unidades de habitación o almacenaje de los ejemplares del Sector Occidental (Fig. 3).
En este sector el número de Grupos Formales, o mejor de sus Tipos y Variantes, se mantiene en proporciones semejantes a los del siglo VI a. d. c., manteniéndose unas categorías y motivos decorativos muy semejantes, destacando la aparición de ejemplares del Tipo l-A y l-B, como muestra de la aceptación de una serie de recipientes de larga tradición en la zona.
En el St'ctor Oriental constatamos un significativo aumento de Tipos y Variantes, que casi duplican los del Sector Occidental, con el que se mantienen semejanzas en algunos de ellos, así como significativas diferencias en otros que Ilevarian a considerar estos ejemplares como peculiares o propios del Sector Oriental, entre las que destacaría la difusión de la Variante l-D-I1I «Varíante Toya,., que como hemos reseñado, se inicia desde finales del siglo VI y la prímera mitad del V; los ejemplares de «vaso chardon» encuadrados en la Variante 2-A-I que se concentra en el Alto Guadalquivir: los ejemplares de «orejetas perforadasll, y la aparición de las primeras ((imitaciones» de vasos áticos como la crátera de columnas de la variante 9-A-I.
Las calt'gorias decorativas que aparecen, presentan un predominio de la monocromía; si bien los sistemas bicromos todavía se mantienen, siendo característicos de algunos ejemplares como la Variante Toya.
Los motivos decorativos básicos documentados en los dos Sectores son los grupos de bandas horizontes y paralelas que, en ocasiones, están complementadas con otros motivos como: estelifonnes, puntos, trazos verticales y triángulos en el Sector Occidental; mientras que en el Sector Oriental aparecen también estelifonnes, puntos, trazos, triángulos con círculos concéntricos, apareciendo a fines del siglo V a. d.
C. en esta zona, los primeros ejemplares decorados con motivos de tipo geométrico como los semicírculos concéntricos y grupos de ondulados verticales y paralelos.
Un caso aparte estaria representado por los motivos decorativos de tipo geométrico y figurativos, que presentan las urnas de la variante l-A-JI de la tumba n 2 34 de Galera emparentados con motivos decorativos del momento Orientalizante (Cabré, J., 1920-21) (Remesal, J., 1975).
Es durante el siglo V y posiblemente en el último tercio del mismo cuando, se constata la llegada cada vez más intensa, de productos cerámicos griegos a la Andalucía Oriental, desde el Sudeste peninsular, consolidando vías de acceso al comercio del metal, abiertas a principios del V a. d. c., cuando el cambio de eje económico en Andalucía, puso en explotación los enclaves mineros de Sierra Morena.
Estos productos cerámicos llegan al Sector Oriental de la Cuenca del Guadalquivir por dos vías: desde el área alicantina, por el Sudeste de la Mancha, alcanzando la Cuenca del Guadalimar cuyo principal asentamiento conocido es Cástulo (Trías, G., 1968: 108-110) (Arteaga, O., 1978: 51); o bien por la que desde la Cuenca del Almanzora llega a la Hoya de Baza, tomando antes la Cuenca del Guadiana Menor que enlaza el Alto Guadalquivir y conectaria también con Cástulo, donde por el momento aparece el conjunto de cráteras áticas de columnas más numeroso de Andalucía (Olmos, R. 1979: 396) que será el modelo de una de las formas cerámicas típicas de la época de expansión de la cultura ibérica andaluza.
En contraposición a esta situación en el Sector Occidental de la Cuenca el volumen de importaciones griegas que aparecen es muy escaso, destacando los ejemplares que aparecen en el Cerro Macareno.
Vemos pues como desde el siglo V, se constata una divergencia en la evolución de los dos Sectores de la Cuenca del Guadalquivir (Arteaga, O., 1978) Y mientras el Occidental intenta adaptarse a un momento de crisis y recesión, en el Oriental asistimos al desarrollo y expansión de un complejo cultural que conocerá su apogeo durante el siglo IV a. d.
Será en esta fase de apogeo cuando las diferencias que se vienen constatando se vayan haciendo más significativas, ya que sin olvidar los problemas de contexto y procedencia de los ejemplares de cada uno de los Sectores comprobamos que si bien en el Sector Occidental el número de Tipos y Variantes aumenta con respecto a los dos siglos anteriores, en el Sector Oriental el volumen de Tipos y Variantes supera no sólo el de Siglos anteriores en el mismo Sector, sino que practicamente triplica el de Tipos y Variantes del Sector Occidental (Fig. 4).
Destacan en este volumen de ejemplares el número de Grupos Fonnales, Tipos y Variantes, que aparecen exclusivamente en el Sector Oriental, donde todavía podemos documentar la evolución bajo criterios autóctonos de algunos Tipos y variantes de influjo oriental, la aparición de Grupos Formales nuevos como.el nI! 8, la influencia del volumen de recipientes áticos que se plasma en la aparición del Grupo Formal 9 que agrupa las llamadas «imitacionesll y en la aparición en Tipos y Variantes de otros grupos formales de elementos morfológicos nuevos como el pie alto de base molduradas.
Por lo que se refiere a la decoración todavía se documentan algunos ejemplares con decoración bicroma o polícroma -Tipos 5-B y 5-C del Sector Oriental-, si bien el predominio de la mónocromía parece ser la tónica en la Cuenca del Guadalquivir.
Las diferencias se manifiestan más claramente en los sistemas decorativos empleados.
En el Sector Occidental se da un absoluto predominio de los grupos de bandas horizontales y paralelas que, en ocasiones se complementan con otros motivos como puntos, trazos, aspas y en menor número, con motivos de tipo geométrico como los semicírculos concéntricos, •sectores de círculos concéntricos, ondulados verticales y paralelos, reticulados, etc.
En el Sector Oriental, los grupos de bandas horizontales y paralelas se constituyen en el sistema decorativo principal de algunos ejemplares, pero en la mayoria de los casos son el entramado que delimita una serie de zonas en la superficie de los recipientes, donde aparece una gran diversidad de motivos decorativos de tipo geométrico (semicírculos concéntricos, sectores de círculos concéntricos, triángulos, trazos verticales, trazos ondulados y paralelos, aspas, serie de puntos, trazos oblicuos, etc.) que pueden aparecer combinándose y formando otros motivos decorativos más complejos, tales como semicírculos concéntricos encadenados, que pueden aparecer rematados por grupos de ondulados verticales y paralelos, o el formado por un grupo de ondulados verticales y paralelos asociados a sectores de círculos concéntricos.
Un caso aparte estaria representado por la compleja decoración de las urnas de la tumba n 2 () de Galera, encuadradas en la Variante l-A-I1.
Este significativo aumento de recipientes cerámicos corresponde al apogeo del mundo ibérico en el Sector Oriental de la Cuenca del Guadalquivir donde al surgimiento de unas élites dominantes que van a sustituir las relaciones de parentesco por las de clientela, configurándose una sociedad jerarquizada en la que adquiere un importante papel la organización militar (Ruiz, A. 1977: 145).
Estas élites van a controlar dos áreas diferentes dentro del Sector Oriental de la Cuenca del Guadalquivir: el Alto Guadalquivir con sus feraces campiñas y los distritos mineros de Sierra Morena, donde los diferentes régulos controlan la producción y acceso a los excedentes.
Esta jerarquización social tiene su reflejo en el complejo de asentamiento que se detecta y articula y en oppida de distinta entidad y recintos fortificados (Ruiz, Molinos, 1984a, 1984b) configurando quizás para el Alto Guadalquivir un modelo urbano, con tres centros principales Obulco, Cástulo y Toya (Ruiz el alii, 1987: 249).
La otra zona de este Sector estaria configurada por las altiplanicies y depresiones granadinas, territorio escasamente articulado sin la planificación que hasta el momento se viene investigando en el Alto Guadalquivir, siendo el control de rutas la única posible articulación; comercio que contribuye a la jerarquización local. pero no al centralismo, a la estabilidad organizativa de otros sectores (Aguayo; Salvatierra;1987: 236).
Estas dos zonas van a recibir un auténtico ~comercio de masalt de productos áticos, cuyos hallazgos se encuentran tanto en los centros de mayor rango del Alto Guadalquivir, como en los enclaves que controlan el acceso a los mismos y los distritos mineros de Sierra Morena (Rouillard, P.;1975: 44).
Este comercio responde a una demanda importante, quizás poco exigente en los detalles iconográficos (Olmos, R., 1984a: 240), a la que se destina cargamentos como el del barco del Pecio del Sec (Arribas, A., 1987) cuyo destino seria la Andalucía Oriental, y cuyos potenciales clientes serian los miembros de las élites autóctonas que controlan la distribución de los materiales importados en un conjunto demográfico en crecimiento, para cuyas necesidades los alfares producen un mayor volumen de ejemplares, y en ocasiones, Grupos Fonnales, Tipos y Variantes nuevos.
La difusión y aceptación de los productos cerámicos áticos durante este momento entre las poblaciones del Sector Oriental de la Cuenca del Guadalquivir, plantearia el interrogante de una posible «helenizaciónlt, a partir de la aparición de las denominadas imitaciones.
Sin embargo, aunque se constata una asimilación de elementos formales y decorativos, asistimos a una reinterpretación de los mismos por parte del mundo indígena, que produce una distorsión de los elementos y funcionalidad del modelo como ocurre en los Tipos 9-A y 9-B (Olmos, R., 1984) (Pereira, Sánchez;1985).
En resumen, durante el siglo IV a. d. c., asistimos a una recuperación de las producciones alfareras en el Sector Occidental mientras que en el Sector Oriental hay un apogeo de los productos cerámicos, cuyo volumen y dispersión, incluso hacia otras áreas son el reflejo de la expansión de un complejo cultural, con una entidad y personalidad consolidadas.
Frente a esta situación aparece durante el siglo m a. d.
C. una modificación sustancial del panorama de los productos cerámicos, mientras se mantiene el número de Tipos y Variantes del Sector Occidental, en el Sector Oriental el número es sensiblemente menor (Figura 5), apareciendo además productos caracteristicos del Sudeste y Levante, como los vasos de borde dentado, o los «kalathoslt, en fonna de «sombrero de copa», junto con motivos decorativos de tipo vegetal como los documentados en Galera en ejemplares del Grupo Fonnal 12.
Este apreciable descenso del número de Tipos y Variantes en el Sector Oriental de la Cuenca del Guadalquivir, se puede justificar por la situación de inestabilidad generada por la presión militar y «diplomáticall de los Bárquidas desde mediados del siglo m a. d.
C., que será sustituida a finales del mismo siglo por la que se convertiria en definitiva ocupación romana.
Otra posible explicación tendria en cuenta que el registro arqueológico correspondiente a este momento no es muy completo, tanto en lo que se refiere a las necrópolis como a los asentamientos, apareciendo sus niveles correspondientes muy alterados.
Así pues y a modo de resumen, la propuesta de ordenación de los materiales cerámicos decorados de la Cuenca del Guadalquivir, que presentamos (Pereira, J., 1988) permite, a un determinado nivel, una interpretación del desarrollo del complejo cultural ibérico, si bien somos conscientes del carácter abierto de esta propuesta, que será más operativa en la comprensión del Horizonte Ibérico Andaluz, a partir de la articulación de las siguientes líneas de investigación:
-Estudios de tecnología y composición de los productos cerámicos, imprescindibles para obtener conclusiones fiables sobre centros productores, energía y mano de obra empleada, «imitaciones» y distribución comercial.
-Trabajos destinados a paliar carencias de información significativas, algunos de los cuales ya han sido reseñados: el problema de las necrópolis, la falta de excavaciones en hábitats, que permitan conocer la utilización, localización y variedad formal y decorativa de los productos cerámicos y su contraste diacrónico y sincrónico, con sus áreas funerarias.
-Por último, superar algunas deficiencias que afectan a un volumen importante de la información que se maneja, ya que la revisión y estudio de los materiales procedentes de excavaciones antiguas, así como la publicación de materiales que han permanecido hasta hace poco inéditas, están proporcionando datos de gran interés para el futuro de la Investigación del Mundo Ibérico. |
RESUMEN En este trabajo estudiamos los hallazgos de puntas de flecha, de representaciones iconográficas del arco y de referencias literarias a la utilización de este arma en el periodo comprendido entre las primeras colonias fenicias y la conquista romana de la Península Ibérica.
Se busca, con el apoyo en paralelos explícitos en otras culturas mediterráneas, una explicación a la casi total ausencia del arco y las flechas en época ibérica.
Nuestra hipótesis es que hay entre los iberos un menosprecio del arco como arma innoble e indigna de guerreros aristocráticos, lo que explica su ausencia en ajuares funerarios y representaciones iconográficas.
de la Península Ibérica, no se han conservado.
Por ello debemos contentamos con estudiar las puntas de flecha que hayan sobrevivido al paso del tiempo, hayan sido exhumadas y estén accesibles al investigador.
Estos problemas wtafonómicoslt son comunes a toda la investigación arqueológica, y se acepta que no impiden una aproximación substancialmente correcta a la realidad.
Podria pensarse sin embargo que, dado el reducido tamaño de unas puntas pertenecientes a un artefacto frágil, la distorsión de la muestra llegada hasta nosotros puede ser más alta que en otro tipo de objetos.
Los materiales utilizables para las puntas son, siguiendo básicamente el orden de su evolución histórica, la madera endurecida al fuego, el hueso o asta, el sílex, y metales como cobre, bronce o hierro.
El metal proporciona a la punta una mayor resistencia, es menos quebradizo al impacto, permite crear tipos adaptados a diferentes necesidades y puede ser reutilizado mediante fundición.
En general puede afirmarse que puntas anchas y de filo amplio son especialmente adecuadas para la caza, especialmente de persecución, al producir heridas amplias que favorecen la hemorragia, mientras que puntas macizas y aguzadas son útiles para la guerra, especialmente si el blanco cuenta con algún tipo de protección corporal (Coulston, 1985: 268).
Podria suponerse que parte de las puntas ibéricas se hicieran en hueso o madera, o incluso en sílex.
Aunque esta posibilidad no puede ser negada radicalmente (especialmente en casos aislados o en zonas más retardatarias), nos parece improbable por varias razones: estos expedientes primitivos no' van de acuerdo con el alto grado de desarrollo alcanzado en otros campos de la tecnología militar ibérica; hay numerosas puntas de flecha en bronce bastante sofisticadas pertenecientes a periodos anteriores (ver in/ra), por lo que supondria una regresión volver a tipos más primitivos, especialmente en el caso del armamento, donde por razones evidentes un pueblo procura siempre, en la medida de sus posibilidades, disponer de los medios más avanzados.
Por último, y aunque escasas, hay puntas de metal ibéricas, incluso en hierro, y no parece probable que tipos tan dispares coexistan mucho tiempo.
Si atendemos a las condiciones de deposición, podriamos suponer que las puntas sean especialmente proclives a desaparecer.
Si nos fijamos en las necrópolis, puede suponerse que el rito de cremación y posterior transporte del ajuar a la sepultura suponga la destrucción o pérdida de las puntas.
Sin embargo, parece raro que se conserven objetos pequeños y frágiles como plaquitas o agujas de hueso, fíbulas o cuentas de pasta vítrea y sin embargo desaparezcan sistemáticamente las puntas de flecha.
En cuanto a los poblados, también seria extraño que las flechas aparezcan menos representadas que otros objetos de reducido tamaño; antes bien, pareceria más probable que se abandonen flechas antes que otros objetos de mayor tamaño y valor.
Con todo esto queremos decir que consideramos que las puntas de flecha conservadas, sean pocas o muchas, de metal u otros materiales, son una muestra representativa del conjunto total existente en época antigua, sin que su distorsión sea significativamente mayor que en otro tipo de objetos.
B) Las puntas de flecha antes del 8.
IV Antes de estudiar las puntas de flecha en época ibérica plena debemos considerar con cierto detalle los antecedentes.
Desde periodos muy antiguos hay evidencia del uso del arco en la Península, tanto en la guerra como en la caza.
Aparte de numerosas puntas de sílex, contamos con numerosas escenas pintadas desde época postpaleolítica que así lo prueban (Molinos Jaurras, 1986).
A lo largo del Bronce Medio es un arma muy utilizada (~el arco ha sido, sin duda, el arma favorita de las poblaciones prehistóricas de la Península durante la Edad del Bronce», d.
Maluquer, 1958: 74), conservándose puntas de sílex hasta fechas muy tardías, asociadas ya a otras de metal, tipos de hoja lanceolada plana, con pedicelo o pedúnculo, tipos que perviven hasta el Bronce Final, apareciendo en lugares como el depósito de la Ría de Huelva (Almagro Basch, 1940y 1958) o el del Cabezo de Araya en Cáceres (Almagro Gorbea, 1977: 63-65).
Al lado de las puntas de Palmela, que en ocasiones llegan a. fechas muy avanzadas, como en el depósito de Padilla de Abajo (Femández Manzano, 1986: 93-94 y Fig. 27.3), se desatTolla otro tipo de punta. dI.' hoja plana v triangular, con pedúnculo y aletas más o menos desarrolladas, tipo que serú común desde el s. VIII, apareciendo en lugares como el Cerro del Berrueco en Salamanca (Maluquer.
Fig. 19); Cardeñosa, Avila (Naranjo González, 1984, Fig. 7); la Ría de Huelva (Almagro Basch, IY40 \ 1958) y. casi siempre ya con nervio central como refuerzo de la hoja, en el Peñón de la Reina de Albolodu. v, Almería (Martínez y Botella, 1980, Fig. 10 1); fondo de cabaña ~. poblado bajo de El Carambolo (Mata Carriazo, 1973, Figs.
Otros ejemplares tardíos se asocian a puntas de arpón lateral (como en Baena ~' Zambra, en Córdoba).
B.l) Las puntas en el Nordeste de la P. Ibérica
Sin embargo, estos tipos de punta de pedicelo, con hoja triangular o lanceolada, a menudo con aletas y nervio central, típicos del Bronce Final y Primera Edad del Hierro de Europa Occidental, son especialmente frecuentes en el Sur de Francia (Courtois, 1976: 42; Mohen, 1980: 79-108), de ¡¡. ~.
1.-Puntas de flecha de pedúnculo (a par/ir de Ruiz Zapa/ero /983).
El cuadro de dispersión sólo es sistemático para el Nordeste de la Península.
Para el resto (rombos) es meramente indicativo de la aparición de distintas variantes de pedúnculo en áreas diversas.
a menudo, pero no siempre, aparece en la base de la hoja o en el cubo un pequeño apt:'ndice lateral que se proyecta hacia abajo en forma de arpón, cuy'a funci(' JI1 e~ impedir que la flecha pueda ser extraída limpiamente una vez que ha penetrado en el blanco (Súnchez Mesegut 'l', 1974: 73; Ramón, 1983: 312).
Esta característica es la que ha hecho muy conocido este tipu dentro de la Península, y a veces ha hecho olvídar lo que ya J. Ramón señaló en 1983: este tipo debe incluirse dentro de un conjunto mayor y más complejo de tipos de punta de flecha de origen inmediatu fenicio-púnico (Fig. 3), puesto que a veces en la Península, y a menudo fuera de ella, aparece a~ociado con ellos.
En opinión de Ramón, las variantes de doble y triple filo pueden tener valor crunológico, siendo las segundas más tardías, de típo púnico.
En realidad no podemos estar tan segurus de dlu.
Aunque efectivamente en su remoto origen las puntas de dos filos anteceden a las de tres (que sun un modelo posterior con capacidad perforante mejorada, al ser más macizas y menos propensas a doblarse por impacto, como a menudo ocurre con las de sólo dos filos), ya en Grecia aparecen asociadas las puntas de dos y tres filos en el s. VII (Snodgrass.
Además, casi ninguna de las puntas conocidas en la Península o Ibiza aparecieron en un contexto datable con alguna precisión.
La hipótesis de que las puntas de triple filo de Villaricos e Ibiza puedan ser muy tardías, incluso del s. 111, no deja de ser una suposición.
C. No es un tema que nos afecte directamente y no entraremos apenas en él.
Sin embargo, parece efectivamente que la mayor concentración de puntas de este tipo en épocas más antiguas se da en la zona caucásica y póntica (La Fig. 4 recoge -sin pretender ser exhaustivauna dispersión de los tipos de dos y tres filos en torno al Mediterráneo).
Las puntas de estos tipos aparecen en Anatolia y Asia Menor hacia fines del s. VID, e incluso hay un solitario ejemplar del s. VID en Grecia, en una casa de Asine, en pleno período Geométrico (Snodgrass, 1964: 149), 1953), aunque en Occidente llegan a su máxima dif usión en el s. VI.
15) sobre una serie de puntas en bronce de doble filo' 1/ arponcillo lateral procedentes de Europa Central pero de fechas m uv anteriores a las que estamos manejando, puesto que son datadas entre los siglos XIIl-X a.
C. Algunos ejemplos son los señalados en al Fig. 5.
El paralelo es notable, especialmente en lo que se refiere a la presencia de cubo en vez de pedúnculo.
Sin embargo, el arponcillo se sitúa en el extremo inferior del cubo (como el tipo 5 de Sánchez Meseguer, inexistente en la Península).
Además, las hojas son más anchas y planas e incluso tienen aletas, lo que aleja estas variantes de los tipos que ahora nos interesan, incluso desde una perspectiva funcional. puesto que su morfología les confiere una menor capacidad de penetración, independientemente del tipo y potencia del arco propulsor.
Cabe dentro de lo posible que el prototipo lejano de las puntas escitas esté en las culturas de Campos de Urnas del Bronce Final Centroeuropeo, pero no parece que pueda buscarse una relación directa entre estos modelos -que no aparecen en el Nordeste peninsular-' 1/ las puntas que estudiamos.
En cualquier caso, si hubiera relación, debiera ser a través de los escitas' 1/ de los fenicios.
En relación con esta posibilidad, debemos notar que la tradición tipológica de las puntas de flecha en la zona nord-póntica y cimmeria no anuncia una evolución clara hacia el tipo de puntas de cubo, arpón y doble, triple e incluso cuádruple filo.
Así, en la fase Usatovo-Babino (c.
C.) las puntas se realizan en silex y con forma triangular y base cóncava, como muestran las piezas halladas en Babino (Bajo Dnieper) (Gimbutas, 1965: 499, Fig. 332).
5.-Puntas de flecluJ con arpón datadas en fechas anteriores al s. X a.
C.) aparecen puntas todavía de sílex v con formas similares en el cementario de Verkhnajaj Rutkha, cerca de Kumbulta, en la zona central del Norte del Cáucaso (Gimbutas, 1965: 504, Fig. 337).
En la posterior fase Borgunstanskaja (c.
1100-850/ 800), cuando ya aparecen las primitivas puntas de anzuelo en Europa Central v cuando la zona caucásica ya conoce el hierro, aparecen en el cementerio de Samtaro (Cólquidc Transcaucúsica) puntas de flecha en bronce, de hoja triangular plana, base cóncava y perforación circular en la hoja, al estilo del tipo Bourget de Mohen (1980: 107), y de las que aparece un ejemplar en el NE peninsular (Ruiz Zapatero, 1983: 930), pero con base convexa.
Estas puntas caucásicas aparecen asociadas a una fíbula de violín de origen egeo fechable en torno al s. X a.
Es posible que algunas de dichas puntas tengan carácter votivo más que práctico.
Volviendo a la P. Ibérica, parece claro y así lo manifiestan los autores que venimos citando, que estos tipos llegan a través de los fenicios, tanto por la aparición de piezas en colonias o poblados de fuerte influencia fenicia, casos de Toscanos (Schubart y Niemeyer, 1968; Schubart y Maas-Lindemann, 1984), Peña Negra de Crevillente (González Prats, 1979, 1982, 1982b, 1983: 245-247, 1986), como por su distribución general en áreas de influencia fenicio-púnica (Fig. 6).
En cambio, las piezas más norteñas (Ampurias) deben quizá ponerse en relación con las piezas aparecidas en Francia, con un máximo en torno al s. VI.
En éste caso parece claro que la vía de transmisión son los colonizadores griegos, tanto en las piezas costeras (Pech Maho, Marsella, Fontvieille) como en las del interior.
Este origen viene demostrado por la asociación de éstos tipos con otros de filiación claramente griegacretense, como en Gensac, Bois du Rouret o Refranche -datable en este caso en los ss. vn-VI- (KIeemann, 1953), del tipo general I de Snodgrass (1964: 144, Fig. 9), tipos griegos éstos que no aparecen, que sepamos, en la Península Ibérica.
Parece pues que en el s. vn, y como ha anotado González Prats (1983: 246), estas piezas tienen ya un carácter internacional, y una difusión que alcanza el Mediterráneo, Europa y todo el inmenso espacio hasta Siberia cubierto por los pueblos nómadas a caballo (Fig. 4).
Como hemos venido anotando, las puntas de doble filo y cañón, con o sin anzuelo, aparecen en la P. Ibérica desde el s. vn -ejemplares de Toscanos, ya citados, o los de Macalón, corte c.2-capa IX (García Guinea, 1964: 41;1967: 87).
El conjunto mejor datado, formado por las piezas halladas en la Peña Negra de Crevillente pertenece, cuando aparecen en contexto, al nivel n, fechado entre 700/675 y 550/535 a.
En general dicho autor acepta una cronología de ss. vn-VI con perduraciones hasta el IV a.
C. J. Ramón (1983) sostiene la misma cronología en torno a los ss. vn-VI para las puntas de doble filo mientras que, como hemos visto, las de triple filo más macizas y pequeñas podrían ser posteriores.
El principal problema para datar estas puntas radica en que la inmensa mayoria de los ejemplares conocidos aparecieron fuera de contexto o en contextos confusos, de tal forma que los ejemplares datados por este sistema son muy escasos.
De todos modos, parece claro que la inmensa mayoría deben pertenecer a los ss. vn-VI y quizá V. En realidad, sólo hay un ejemplar asociado a un contexto inequívocamente datado en el s. IV, procedente de la sepultura 282 de El Cigarralejo (Cuadrado, 1987: 492), y en.base a este paralelo se han querído datar otras, por ejemplo las procedentes de la muralla de Cástulo (Blázquez el al, 1979: 277), sin demasiada seguridad.
Hay algunas otras piezas -como enseguida veremos-que podrían datarse entre la segunda mitad del s. V. y el IV, pero siempre en absoluta minoría en comparación con las anteriores.
Opinión contraría a la que hasta ahora mantenemos es la expuesta por López Palomo (1987: 184).
Este autor, que propone para estas puntas de flecha la denominación «tipo Benamejí» en atención a los millares (sic) de piezas que han aparecido en esta localidad cordobesa, opina que estas puntas se dan en plena epoca ibérica e incluso en baja época.
Dicha opinión no está todavía sustentada en publicaciones detalladas con asociaciones precisas a materiales tardíos, por lo que, en tanto no se publiquen datos firmes, mantendremos la opinión de una perduración escasa de este tipo a partir del s. V. a.
C. De todos modos, deberemos estar prevenidos ante una posible alteración de este esquema cronológico al menos para esta zona del Valle del Genil, en relación quizá con presencia cartagínesa.
5.-Coimbra del &rranco Ancho (Murcia).
8.-Cueva del Calor (Murcia).
10.-Hoya de Santa Ana (Albacete).
11.-Murali1I de Cástulo (Jaén); &ños de i1I Muei1I (Cást u lo).
12.-La Carolina (Jaén) Murillo (e. p.) 13.-Peal de Becerro (Jaen).
Moreno (com pers.) 17. -Montoro (Córdoba).
Martín de la Cruz. com pers.
Aguayo et. al 1986.;Aguayo (com pers) En realidad, y volviendo a los origenes peninsulares del tipo, cabe dentro de lo posible que aparezcan puntas datables incluso en fecha tan antigua como el s. VIII en los lugares más directamente relacionados con la colonización fenicia, como pueden ser Cádiz o la zona de Málaga, toda vez que ya se fechan en el s. VIl en yacimientos que cubren la penetración de la zona malagueña al interior, como puede ser Acinipo, cerca de Ronda (ver los ejemplares que presentamos en la Fig. 8.
De la propia Acinipo, y dentro de contexto, son las piezas que halló P. Agua~o (Aguayo el alii, 1986, p.52).
De entre todos los tipos estudiados por Ramón (1983), sólo uno, el 11 a, esto es, el doble filo y anzuelo, quizá el más arcaico, es con mucho el más frecuente en la P. Ibérica.
De los 179 ejemplares 1.-Puig des Molins, Sal Rosa, Acrópolis de Ibiza (Ibiza).
4.-Peña Negra de Crevillente (Alicante).
6.-Muralla de Cástulo (Jaen).
7.-Palma del Río (Córdoba).
12.-Ronda la Vieja (Málaga).
Los tipos más alejados de éste modelo, además, se concentran fundamentalmente en Ibiza y Villaricos, yacimientos esencialmente fenicio-púnicos, mientras que otros, como el 12 o el \3, son variantes del anterior.
Es notable que el tipo más arcaizante, más simple de fabricar, y el de menor capacidad de penetración, sea el que más se difunde en la P. Ibérica.
Ello puede tener que ver, por un lado, con la falta de necesidad de puntas especialmente penetrantes contra blancos muy grandes o acorazados, y por otro, con la mayor complejidad de fabricación.
Pese a ello, bastantes puntas aparecen dobladas por impacto -lo que debe implicar aleaciones broncíneas con porcentaje de estaño bajo-, como ocurre con algunos ejemplares ya publicados de Ibiza (Ramón, 1983, Fig. 2.
7), y otros que publicamos aquí (Fig. 7).
En cambio, las puntas de tipos más evolucionados aparecen en lugares de claro ambiente colonial.
Creemos muy probable que las puntas de doble filo y anzuelo llegaran a fabricarse en la Península, como ya apuntara Sánchez Meseguer, (1974: 101), tanto por la cada vez mayor difusión documentada como por otros detalles.
Por ejemplo, las metalografías hechas públicas hasta ahora podrían apuntar en éste sentido: mientras que las 3 piezas de la Peña Negra de Crevillente son buenos ejemplos de bronces binarios (González Prats, 1983, 287-289) la realizada sobre una pieza de Montoro, en Córdoba (Consuegra, 1987) en el interior del valle del Guadalquivir, muestra un bronce temario claro con muy alta proporción de plomo, además de residuos de plata.
Esto puede deberse a la utilización de materias primas procedentes de la zona de Sierra Morena.
Además, la pieza de Cástulo es más tosca en su acabado (arpón tosco y romo, cañón) que las de Peña Negra, algunas de las cuales han sido cuidadosamente limadas y facetadas (González Prats, 1982b: 365).
Podría suponerse, como lo hace Consuegra (1987: 295) que la razón de añadir plomo a la punta de Montoro sea aumentar su peso para supuestamente hacerla más eficaz (menor alcance pero quizá mayor capacidad de penetración).
Pero puesto que hay otros muchos bronces con más del 20 96 de plomo, que no requieren de una aleación especialmente pesada, propone la solución que creemos más correcta: por un lado, la adición de plomo no supone ninguna mejora mecánica a la aleación, pero sin embargo es muy útil para bajar la temperatura de fusión de la colada (el cobre funde a 1.083 C. el estaño a 231,9 C. y el plomo tiene un punto de fusión de 327,4).
Por ello, resulta claro que esta aleación puede resultar más cómoda de manejo si se trabaja con útiles hechos a molde, como es el caso de las puntas de flecha, aunque debe cuidarse no añadir demasiado plomo, porque este dejará de ser soluble y fonnará granos en la solución de cobre con estaño (Consuegra, 1987: 275)..
1:.. -Puntas de doble filo.
Agradecemos su amabilidad a D. Fernando Fernández y a D. Juan José Ventura.
Agradecemos a D. Antonio Moreno Rosa habernos dado a conocer estas piezas (Quesada, 1988).
La más tosca solución metalográfica del yacimiento de Montoro en comparación con el de Peña Negra podria hacer pensar en un fabricación local de imitación.
Esto no deja de ser sin embargo una especulación, y haría falta realizar muchos más análisis metalográficos sobre piezas de diferentes zonas para determinar diferencias de fabricación.
Además, el bronce temario no es intrinsecamente «peor» que el binario, y en el caso de las piezas a molde hemos visto que puede ser un expediente técnico relativamente refinado para facilitar la colada.
Por tanto debemos tomar lo expuesto como una sugerencia más que como una afirmación.
Un último aspecto que hemos de comentar sobre estas puntas de flecha anteriores a la Cultura Ibérica es su área de difusión, tema sobre el que ya hemos expuesto algunas ideas (Ouesada, 1988).
Cuando se realizaron los primeros estudios sobre ellas, el mayor número de ejemplares se concentraba en la zona Sudoriental de la Península (Macalón, Coimbra del Barranco Ancho, Cigarralejo, Villaricos), además de ejemplares ibicencos y ampuritanos (García Guinea, 1967, Fig. 5; Sánchez Meseguer, 1974, Fig. 3).
Incluso en 1983 el mapa de difusión que mostraba González Prats (1983, Fig. 52) tenía un centro de gravedad centrado en Murcia.
Sólo algunas puntas de Ronda y Osuna, aparte de las dos de Toscanos, aparecían al oeste de Cástulo; ello suponía un cierto desplazamiento hacia el Oeste de la dispersión de estas puntas, pero de manera marginal.
En el estado actual de nues~ros conocimientos, sin embargo (Fig. 6) se observa cómo, con nuevos descubrimientos, la mayor parte de las puntas se concentra, aparte del ámbito insular de Ibiza, en las cuencas del Genit y media del Guadalquivir, lo que apunta por un lado a la producción local, por otro lado a una mucha mayor difusión y por último a vías de penetración distintas de la Ibicenca-alicantina, como podrian ser la de Toscanos-Acinipo-Valle del Genil o incluso una posible desde Cádiz.
Por tanto, el mapa de dispersión que presentamos supone un paso más y quizá más decisivo, hacia la comprensión del fenómeno de estas puntas de flecha como algo mucho más extendido y menos costero de lo que se viene aceptando.
Parece haber en la Península Ibérica al menos dos focos de irradiación: a) Desde Ibiza hacia Valencia (La Bastida, Corral de Saus) y hacia el Sudeste, con expansión hacia el interior, bien sea por importación bien por imitación: Peña Negra, Bolbax, Coimbra del Barranco Ancho, Macalón, Hoya de Santa Ana, quizá llegando hasta Cástulo.
Las piezas de Villaricos pueden proceder de Ibiza, de la propia costa meridional de la Península e incluso ser mucho más recientes.
b) Desde la costa malagueña y quizá desde la gaditana hacia los valles del Guadalquivir y Genil, serranías malagueña y cordobesa, quizá llegando hasta Cástulo hacia el Nordeste y hasta Llerena (Badajoz) hacia el Noroeste, hacia la Vía de la Plata.
Las piezas de Ampurias, UUastret, Pech Maho, Fontvieille etc. pueden proceder, bien del comercio ibicenco con Ampurias, como propone Ramón (1983: 321) o, como creemos más bien nosotros, directamente por via helénica (vid. supra).
Por otro lado, sabemos ciencia cierta que nuestro catálogo no es completo, puesto que conocemos la existencia de numerosos ejemplares en colecciones particulares y otros que se encuentran en estudio, pero parece que se confirman las áreas de dispersión que hemos esbozado, aunque debemos reconocer que nuestro mapa de dispersión puede estar sesgado por una investigación centrada sobre todo en el área cordobesa.
Como en tantos otros aspectos de la Arqueología, la publicación de nuevos materiales podrá confirmar o alterar sustancialmente las hipótesis que venímos proponiendo.
Es importante anotar que la mayoría de los ejemplares que conocemos proceden de poblados y no de necrópolis, aspecto cuya importancia se verá más adelante.
Así, frente las solitarias piezas del Corral de Saus, Cigarralejo, Baños de la Muela en Cástulo y quizá la de Hoya de Santa Ana, junto a las de Villaricos y Puig des Molins, tenemos los lotes y ejemplares de la Acrópolis de Ibiza, Es Soto, Sal Rosa, Macalón, Bolbax, Coimbra del Barranco Ancho, Bastida de Mogente, Ampurias, Peña Negra, Muralla de Cástldo, Palma de Río, Alhonoz, Benamejí, Zambra, Osuna, Acinipo, Almanzora y muchas otras.
B.3) El arco en las estelas del Suroeste
Desde momentos anteriores a la aparición de las puntas que hemos venido tratando aparecen en gran parte de la Península, con una máxima concentración en Extremadura y Andalucía Occidental, una serie de estelas grabadas con representaciones entre las que destacan las armas.
Según los distintos estudios, en especial. los de Almagro Basch (1969), Almagro Gorbea (t 977), Varela y Pinho (1977) y Bendala Galán (1977), estas estelas llegarían con seguridad al s. VIII y quizá, según Almagro Gorbea, hasta mediados del s. VII a. c., con lo que se solaparían con las puntas de flecha de anzuelo.
Entre la muestra de 51 estelas con representaCiones de armas que hemos estudiado (Tabla 2), aparecen diez o quizá once ejemplos de arco.
Es el arma de menor frecuencia, menor incluso que la del casco o la del carro.
Se observa rápidamente que la mayor concentración de estelas con arco se da en la zona andaluza occidental (estelas de Carmona, Ecija II y m, Burguillos, Montemolín, valle del Zújar y El Viso 1).
Fuera de éste área sólo aparece en:
El arco esquemáticamente representado, parece de tipo simple y la flecha parece del tipo de aletas.
El arco, asociado a un conjunto bastante completo, entre el que hay un escudo con escotadura en <N», parece del tipo «doble convexo» de Yadin (1963: 1, 6), esto es, una variante del arco simple o «self bow».
Los extremos no están claramente incurvados hacia el exterior, por lo que no parece probable que se trate de un modelo compuesto.
Ambos tipos, en distintas variantes, son conocidos desde al menos el s. XIV en el Mediterráneo Oriental.
La punta de flecha también parece de aletas como en el caso anterior.
-El arco de la estela de Capilla m (Vaquerizo Gil, 1985: 468 ss.) es similar al de Torrejon del Rubio 1, aunque la doble convexidad no es muy acusada.
No se detallan tampoco aletas en la punta.
-Los posibles arcos de San Martinho 11 (Almagro Basch, 1966: 32-35; Almagro Gorbea, 1977, Fig. 71.5) podrían quizá responder a un variante de arco compuesto sin tensar, pero ni la forma ni la longitud desmedida con respecto a las figuras nos hacen creer demasiado en esta posibilidad, aunque la cuestión del tamaño no sea en modo alguno un argumento sólido, en vista del tamaño que llegan a adquirir por ejemplo los escudos, y que refleja aspectos distintos a la mera representación de la realidad en sus diversos aspectos.
El conjunto andaluz parece compartir varias características: en todos los casos (cuatro de siete) en que se asocia a escudo, éste aparece sin escotadura, argumento que lleva a Almagro Gorbea a considerar esas estelas como • tardías, entrando en el s. VII.
En las estelas de Burguillos (Rodríguez Hidalgo, 1983) y Ecija 11 (Rodriguez y Núñez, 1983-84) el arco aparece representado sin cuerda, y es simple de curva sencilla.
En Burguillos aparece una flecha junto al arco y la lanza, que hace pensar a Rodríguez Hidalgo, quizá acertadamente, que sea del apéndice lateral, puesto que sólo aparece una aleta, en lugar de las dos claramente marcadas que aparecen en Montemolín, Ecija ID o Zújar.
Como hemos visto, no sería extraño puesto que cronología y difusión coinciden.
Lo más notable sería que un tipo de flecha diseñada para ser usada en un arco compuesto corto aparezca aquí junto a un más que probable arco simple.
En las estelas de El Viso I y Carmona el arco aparece con cuerda y flecha, en la que no se detalla la punta.
En ambos casos se trata de arcos simples.
Los arcos representados en las estelas de Montemolín (Chaves y de la Bandera, 1982) y Ecija m (Rodríguez y Pariente, 1983) son de tipo doble convexo, parecido al de Torrejón del Rubio 1, y con punta de aletas.
Podría existir alguna relación significativa entre la forma del arco y otros elementos, como el casco de cuernos (que aparece asociado al arco en cuatro de los siete casos andaluces, además de en San Martinho 1).
No así con el carro (que aparece en Carmona, El Viso I y Torrejón del Rubio 1, pero no en el resto).
Quizá otra asociación más definida en el grupo andaluz sea con el escudo sin escotdura, que como hemos dicho se da en Carmona, el Viso 1, Ecija 11 y Burguillos, mientras que no aparece en Montemolín, más parecida a Torrejón del Rubio 1, ni en Ecija ID y Valle del Zújar.
Hemos visto hasta ahora que entre los ss.
VIII-V hay cierta abundancia de casos que documentan, tanto en material como en iconografía, la utilización del arco.
En el siguiente apartado trataremos de demostrar que, desde la segunda mitad del s. V a. c., las puntas de pedúnculo y aletas y las de doble filo y anzuelo tienden a desaparecer, y cuando comienza lo que se ha dado en llamar el -Horizonte Ibérico Pleno,.
Creemos haber introducido casi todos los más importantes y medianos, y un~ muestra suficiente de otros menores, tal y como se recoge en la Fig. 9.
Los resultados han sido muy escasos, como vamos a ver: ANDALUCIA a) Cástulo: Blázquez et al. (1979: 277) consideran que el conjunto de 12 flechas de arpón hallado en la cara exterior de la muralla de Cástulo puede datarse entre fines del V y mediados del IV, basándose en la ausencia de otros materiales preibéricos y sobre todo en el solitario paralelo del Cigarralejo.
Nosotros creemos que esta cronología es excesivamente tardía, a la vista de la cronología general de estas flechas cuando pueden datarse y de que Cástulo ofrece en muchos lugares materiales anteriores.
b) Sepultura XID de Baños de la Muela (Blázquez, 1975: 186-187); la sepultura, embutida en un perfil, no fue excavada en su totalidad, pero la cronología general de la necrópolis parece estar entre fines del s. V principios del IV a.
C. e) Necrópolis de Almedinilla (Schule, 1969, Lám.
Conocemos dos puntas de hierro, una de ellas con nervio y aletas.
No tenemos contexto, y como se citan asociadas a materiales muy diversos entre ellos monedas romanas e islámicas, no tenemos garantías sobre su cronología.
De todos modos debe aceptarse la posibilidad de que pertenezcan al periodo que nos interesa. d) En el Hipogeo 5 de Baria (Villaricos) (M. J. Almagro Gorbea, 1984: 91 y Fig. 47.5) apareció una posible punta de bronce, muy deteriorada, con hoja plana y espiga.
Los materiales del hipogeo se fechan entre los siglos IV-m, aunque hay incluso materiales del I d.
C. e) Es un posible ustrinum de la necrópolis de Baza se cita (Presedo Velo, 1982: 264) una punta de flecha en bronce con aletas, que por el contexto general de la necrópolis pudiera datarse en el s. IV.
a) De las nueve puntas de anzuelo procedentes de la Peña Negra que se han publicado, sólo una, procedente de una casa ibérica en «El Castellan, estrato la (González Prats, 1983: 234 y Fig. 59) pudiera pertenecer a fines del V, principios del s. IV a.
C. Pero c:l estrato está en parte mezclado, con materiales más antiguos, y puesto que las otras ocho puntas dc:l yacimiento son de los ss.
VII-VI, cabe pensar que dicha punta sea uno de esos materiales intrusivos. b) En la Bastida de Mogente (Fletcher, 1975: 135 y Fletcher y PI a, 1977: p.
84) aparecieron dos puntas de anzuelo, una de ellas en hierro, indicio quizá de modernidad, que deben fecharse entre fines del s. V y mediados del IV fecha de abandono del poblado. c) En la cercana necrópolis de El Corral de Saus (Aparicio, 1977: 25 y Fig. 8; Aparicio, 1984: 195) apareció otra punta de anzuelo en bronce, que podria ir desde el s. VI hasta plena época ibérica. d) Las puntas de Bolbax (Lillo Carpio, 1981: 278) pertenecen a un poblado que perdura al menos hasta el s. IV, pero por otros materiales a los que se asocian (por ejemplo, una fíbula de doble resorte), deben ser según Lillo anteriores al s. V. e) Lo mismo puede aplicarse a la punta de la cueva-santuario de El Calor (Lillo Carpio, 1981:42).
f) Es posible que las dos piezas publicadas de Coimbra del Barranco Ancho (Molina et al. 1976: 68 y VV.AA. 1987: 68, así como otras dos o tres de las que tenemos noticia (J. M. García Cano, como pers.) deban datarse en la primera mitad del s. IV. g) El caso de las tres puntas procedentes del Cigarralejo es notable (Cuadrado, 1987: 87 y 491-492).
Una de ellas, una flecha de anzuelo en bronce, apareció en la Sep. 282, fechada con precisión en el primer cuarto del s. IV.
Según su excavador «dado que todo el ajuar era femenino, esta flecha podria significar que fue la causa de la muerte de la mujer incinerada».
Otra posibilidad a nuestro juicio más probable es que esta punta, de un tipo en desuso desde medio siglo antes del enterramiento, sirviera de amuleto o colgante (tiene una ranura en el cubo, mayor que el frecuente agujerito para pasador).
Esta reutilización de objetos antiguos en sepulturas ibéricas no es, por demás rara: en la propia necrópolis de El Cigarralejo aparece una posible punta de palmela doblada y quizá reutilizada; y hachas neolíticas pulimentadas en el Cabecico del Tesoro.
Otra punta, aparecida en la Sep. 87-88, es de hoja plana y pedúnculo, de tipología muy antigua, y apareció envuelta en tejido, en opinión de su excavador para ser utilizada como arma incendiaria.
También existe una tercera punta de pedúnculo y aletas, similar a las citadas en Almedinilla o en el Nordeste.
Por último, estamos convencidos de que las posibles puntas de la Sep. 161, espigas macizas de hierro, no son tales puntas de flecha.
Incluso su descubridor manifiesta sus dudas y clasifica piezas similares como punzones (Sep. 204) o venablos (Seps.
283.5, 333.9 y 333.10). h) Procedente de la Hoya °de Santa Ana (Albacete), necrópolis fechada desde el s. VI hasta época romana, se con:;erva en el Museo Arqueológico de Albacete otra punta de anzuelo, inédita.
Corresponde al tipo II a de Ramón.
OTRAS ZONAS a) Las tres puntas en bronce, de pedúnculo y aletas, encontradas en el ajuar de la sepultura de Granja Soley, en Barcelona (Sanmartí et al., 1982: 71-103), se fechan en el s. VI y son, en nuestra opinión, un ejemplo de una situación transicional entre una cultura material y una sociedad del Hierro I-protoibérica y el iberismo pleno. b) La punta de Lara de los Infantes (Burgos) es probablemente de un periodo antiguo, aunque no debe desecharse su pertenencia al s. IV (Schule, 1969: Lám.
69.10), con pedúnculo v en hierro detable entre mediadus del IV Y 11, tiene una tipología poco definida en lu que se refiere a sus posibilidades de datación.
e) En el Ct>/TU de las Cabezas (Valdepeñas, Ciudad Real) han aparecido dos puntas de flecha en bronce, una de ellas de largo pedúnculo de sección rectangular y cortas aletas (una perdida y la otra dublada hacia la hoja), con nervio marcado.
La otra es de pedúnculo, sin aletas y hoja larga, estrecha \ plana, sin nervio.
Según sus excavadores, J. Vélez Rivas y J. J. Pérez Avilés a quienes agradecemos nos hayan dado a conocer este material, las puntas deben fecharse dentro del s. IV.
En resumen, de entre los 74 yacimientos estudiados y recogidos en la Fig. 9, que contienen muchos centenares de armas, sólo podriamos considerar, y con dudas, como de plena época ibérica hasta un máximo de ocho puntas de anzuelo y doble filo (frente a más de 170 anteriores) y ocho de pedúnculo (frente a por los menos 75 de los ss.
Puede por tanto afirmarse que entre fines del s. V y principios del Il a.
C. lns puntas de flecha son cas i inexistentes entre los pueblos ibéricos y celtibéricos.
O) Las puntas de flecha en los ss.
C. Ya avanzado el s. II y en el 1 parece que se invierte la situación.
A título de ejemplo citaremos los amplios lotes de puntas de flecha en hierro, con pedúnculo y a menudo aletas, a menudo de tosca factura y con un acabado muy inferior al de las antiguas puntas de origen oriental. que aparecen en Numancia procedentes del asedio de 133 a.
Estas puntas deben indudablemente ponerse en relación, y así lo han hecho sus excavadores, con la presencia de fuerzas auxiliares romanas, y no con los indígenas.
Con ello se cierra un ciclo en que por las razones que sea las flechas no se utilizan.
También podemos citar las aparecidas en Coca, en bronce, de pedúnculo y aletas sin nervio central (Blanco, 1986: p.
13 y Fig. 12), que podriamos considerar de tradición antigua.
Sin embargo, cuando implícitamente Blanco pone en relación las flechas con las armas arrojadizas al citar el texto de Apiano (lb.
51) según el cual los cauceneses tuvieron en un combate ventaja sobre los romanos hasta que se les agotaron las armas arrojadizas, debemos recordar que el término usado por Apiano es'aKOVtlOV, y no TO~OV, esto es, que se refiere específicamente a jabalinas, y por tanto no debemos pensar que el combate se llevara a cabo con arcos, sino a la manera de \jItAOt, como indica el propio Apiano.
Otra fuente de evidencia distinta de las puntas propiamente dichas la constituye la escultura, como ya vimos al hablar de las estelas del Suroeste.
Las armas, tanto ofensivas como defensivas, son elemento frecuente en la escultura ibérica.
Puesto que ésta escultura tiene un alto valor simólico, religioso y cultural (Chapa, 1986: 43-60, especialmente 54 ss.), nada que en ella aparezca será ocioso y a la inversa, si un objeto pertenece a un grupo importante (por ejemplo, el arco entre las armas) será lógico que aparezca representado.
Podría objetarse que la representación de un arco (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es en una escultura de bulto redondo es técnicamente compleja, auque ello no asustó a otros artistas mediterráneos (piensese en el templo de Afaia en Egina).
En cualquier caso, dicha objeción no se aplicaria a los relieves.
Es pues notable que, tras reunir un catálogo (Chapa Brunl'l, 1986; González Navarrete, 1987; León Alonso, 1981; Muñoz Amilibia, 1987; Paris y Engel, 1906; Ruano Ruiz, 1987; Tarradell, 1968; etc.) lo más completo posible de escultura ibérica en la que aparezcan armas de algún tipo (incluyendo caballos, entre cuyos arreos podrían aparecer carcajs), en el que recogemos más de 70 fragmentos o esculturas, incluyendo bulto redondo y relieve (muchos de estos fragmentos pertenecen a un sólo conjunto, como los 26 de Porcuna los 8 de Osuna, pertenecientes pusíblemente a dos conjuntos) no aparece el arco, flechas o carcajs ni una sola vez, al contrario que cascos, curazas, grebas, escudos de distintos tipos, lanzas, espadas ~' falcatas, puñales, etc. Esta escultura cubre además un margen que va desde el s. V a. de C. (Purcuna) hasta el 1 a.
C. (Osuna), lo que permite una aproximación global al periodo.
Puede por ello concluirse que el arco no juega papel alguno en las distintas funciones que pueda ejercer la representación escultórica en el mundo ibérico.
Solo en tres casos se ha hablado de que aparezcan elementos de arco.
En dos esculturas de Porcuna proponía González Navarrete (1987: 76 y 84) que una protuberancia rota en la espalda de las mismas correspondiera a un carcaj (Lámina I).
A nuestro modo de ver esta postura es insostenible: el supuesto carcaj no se sujeta al torso con correa alguna, cuando todos los demás elementos de sujección de las armas está cuidadosamente descritos.
Además, este objeto está roto en ambos casos, pero se observa claramente que sólo se unía a la espalda del guerrero en su parte inferior, mientras que si fuera un carcaj llegaría hasta el hombro.
En nuestra opinión, estas protuberancias rotas no son sino el extremo de un gran penacho que caería desde el casco hasta la espalda exactamente igual que en la famosa esculturilla de bronce del jinete de Mogente (Lámina 11.
En esta escena de caza, posiblemente de carácter funerario por el carro que aparece a la derecha, aparece un jinete que empuña una caetra en su mano derecha (sic) y guía su caballo con la izquierda.
Sobre la grupa del caballo aparece lo que T. Chapa denominó un «resalte serpentiforme».
Por su forma (Lámina 111), si fuera un arco sólo podría ser el cuerpo de un arco compuesto de un FIG.
10.-Tipo sasánida de arco compuesto (según Coulston, 1985). tipo mu~' evolucionado, " normalmente considerado tardío, de los primeros siglos de la Era, llamado ~Sasánida,.
(Coulston, 1985, Fig. 7.1), sin tender la cuerda" por tanto con el cuerpo en posición invertida a la normal (Fig. 10).
Sin embargo esta explicación no nos parece satisfactoria por tres razones: en primel' lugar porque ni la cronología ni la difusión geográfica de ese tipo de arco coinciden en absoluto con la del relieve cordobés.
Hasta el Imperio Romano no se extiende el arco compuesto en Europa, " sólo dentro del contexto militar.
Con su caída, desaparecerá de nuevo hasta el s. X d.
En segundo lugar, porque si fuera un arco sin tender, seria absurdo en un contexto de caza, en que debiera aparecer con la cuerda puesta y en las manos del cazador.
En tercer lugar, porque el ciervo de la izquierda aparece herido por una jabalina, como la que lleva el segundo jinete, y no pur una saeta.
En cuarto lugar, porque un arco compuesto no se llevaria nunca colgado a la espalda, sino dentro de una alijaba, pur razones imperativas de conservación de sus delicados materiales, y dicha caja o «gorytos», colgada del caballo, seria tan importante como el propio arco (sobre la importancia de proteger el arco compuesto ver Coulston, 1985: 270-271).
Por último, porque el guerrero lleva una caetra, arma incompatible con el uso de un arco si se utiliza el sistema mediterráneo de disparo y no el mongol. que si permite usar el arco con un pequeño escudo, pero que no se introdujo en Europa Oriental como mínimo hasta el s. IV d.
Por todas estas razones estamos convencidos de que el resalte en cuestión no puede ser un arco.
Aunque no hemos realizado un estudio exahustivo de los exvolos ibéricos, un recorrido de los diferentes catálogos y el examen del capítulo correspondiente a las armas de la monografía de Nicolini (1969, cap. IV «cordons, ceinturons, armes») permite determinar que, aunque lanzas, espadas, puñales, escudos... aparecen a menudo, no se dan ni arcos (aunque sea posiciones de arqueros) ni carcaj s, elemento que se coloca pegado al cuerpo y por tanto seria de más fácil modelado y mejor conservación.
Tampoco en la Tesis Doctoral de L. Prados Torreira, quien recoge un extensísimo catálogo de exvotos, puede encontrarse ningún arco o elemento parecido a un carcaj (Prados Torreira, como pers.).
Que la representación de aljabas y arcos seria técnicamente posible queda demostrado por las estatuillas sardas en bronce que representan arqueros en todas las posturas (Lilliu, 1966).
Tampoco tenemos noticias de la aparición del arco en escenas reflejadas en la orfebrería (A. Perea, como pers.).
En escenas de caza como las de la pátera de Tivissa (Marin Ceballos, 1983; critica a la interpretación cinegética por R. Olmos en T. Chapa, 1986, p.
35), en las que el jinete va armado, sea cual sea la interpretación última de la escena, lo hace con escudo y lanza, como en el relieve de Almodóvar del Río ya comentado, y como en resumen comenta Jenofonte que se debe cazar: con lanzas y venablos (Cinegético, 10,2-4).
Otro ejemplo de caza con escudo y sin arco es el de la fíbula de Bujalance (Córdoba), y veremos más aún en las escenas de caza pintadas sobre cerámica, por ejemplo en Azaila.
En cuanto a la numismática, tenemos una monografía útil para nuestro propósito (Guadán, 1979) en la que se recoge un completo catálogo de armas ibéricas representadas en la moneda, sin que aparezca el arco y la flecha ni siquiera en monedas de época ya romana.
Recordaremos aquí que en culturas donde el arco tiene un notable valor militar e incluso de prestigio, llega a aparecer en las monedas, como ocurre en el «dárico» de oro persa.
Sin embargo, Sandars (1913) cita una moneda procedente de Cartago Nova en cuyo reverso que aparece un trofeo con coraza, casco, escudos redondos y aljaba y arco a los pies.
La lámina correspondiente (1.10) es no obstante muy borrosa y no permite apreciar este detalle.
Por la parte de la leyenda que puede leerse (PRAEFEC) y por la tipología y procedencia de la pieza, creemos que esta emisión es romana de época augustea, y relacionada con las emisiones citadas por Villaronga (1979: 264, grupo 8), quizás en relación con las guerras cántabras,. y por Gil Farrés (1966Farrés (: nums.
1630Farrés (, 1631Farrés (, 1633)), procedentes de Cartagonova, con alusión a prefectos en la leyenda y trofeos en el reverso, aunque sin arcos.
En cualquier caso, las emisiones son muy tardías y, ni pueden considerarse ibéricas, ni en nuestra opinión el posible arco de una de las series debe considerarse como una alusión precisa de carácter etnográfico.
Conocemos además otras dos emisiones iberorromanas en las que aparece el arco, si bien como un objeto entre otros y no como un arma en manos de un guerrero armado al modo del lancero.
Se trata de: a) Un as de Salpesa (Sevilla), con un reverso en el que aparecen un tripode, una lira, una aljaba y un arco de tipo claramente compuesto.
Sin embargo, estos objetos son los atributos del Febo que aparece en el anverso.
La moneda se fecha en el 67 a. de C.
b) Semis de Carteia con cabeza femenina en el anverso y maza, arco y aljaba en el reverso.
En este caso las armas no son sino atributos de Heracles.
La moneda se fecha en la primera mitad del s. l. d.
Un último material arqueológico que nos proporciona información, y además abundante, sobre armas ibéricas, es la pintura vascular.
Sea a pie o a caballo el arma empleada es la lanza o jabalina. b) Combates singulares, «hoplomaquias», danzas y desfiles de carácter quizá «ritual»: los guerreros danzan o combaten armados con espadas, lanzas y soliferrea, escudos, corazas y cascos, etc., pero no aparece el arco (Cuadrado, 1982 en el Cigarralejo; Tarradell, 1968: Fig. 60 y 62 en Oliva, Valencia; García y Bellido, 1980, Fig. 144 en Benidorm; Ballester et alii, 1954, Figs.
Por otro lado hemos tenido noticia, gracias a la mabilidad de J. Vélez Rivas y 1.
J. Pérez Avilés, directores de las excavaciones en el Cerro de las Cabezas (Valdepeñas), de la existencia de una notable estampilla realizada sobre un kalathos de cuello estrangulado, fechable según sus excavadores en el s. IV, aunque quizá de fecha algo más tardía.
Dicha estampilla es cuadrada, de unos dos cm. de lado y representa dos figuras humanas afrontadas, con las piernas ligeramente flexionadas.
En su mano izquierda sostienen un objeto, representado por una línea vertical, que cubre aproximadamente desde el cuello hasta los muslos.
En un primer momento podría identificarse con un arco, pero un examen detenido permite rechazar tal opción por ser la línea recta y no tener las figuras actitud alguna de arquero.
Si interpretamos dicha escena como bélica, lo que es probable, creemos que dichas líneas representan sendos escudos vistos en sección, como se da en otros casos de pintura vascular yen representaciones sobre metal.
Las figuras son sin embargo demasiado pequeñas y esquemáticas y no pueden desecharse otras opciones, como que los objetos sean bastones o varas en un contexto distinto, por ejemplo de danza.
c) F_ 'icenas que deben interprL' larse como dl' comball' o batalla, en todos los centros productores de cerámÍl'a pintada, En algún l: aso Sl' crevó (Figs,11 \' 12) que se representaba el arco, pero se trata claramente de representaciones de escudos "en sección", donde se aprecia la empuñadura y la curvatura, e im: luso a vel'es se muestran atravesados por jabalinas, Vemos pues que prácticamente todas las armas de la variada panoplia ibérica se representan en estos vasos, pero de nuevo brilla por su ausencia el arco, inclusu en una época tardía, incluso ya de presl'ncia romana, a la que parecen pertenecer la mavulia de estas producciones cerámicas (Fletcher, 1956; L1obregat, 1973; Aranegui \ Pla, 1983; Cuadrado, 1984, entre otros), Nos queda una última y esencial fuente de información, quizá la más explícita pero a la vez más engañosa de todas: la documentación literaria.
Las fuentes son bastante detalladas en la descripción de! armamento de los pueblos ibéricos que se vieron envueltos en las GuclTas Púnicas y en la posterior conquista romana.
Aunque en realidad estas fuentes se refieren a los pueblos del interior, lusitanos y celtibéricos, los investigadores modernos las aplican por extensión a iberos v turdetanos, aspecto éste debatible pero en el que no entraremos ahora en detalle sino para señalar que, en nuestra opinión, e! tipo de guerra y de armamento utilizado por los pueblos ibéricos del Sureste bien pudo ser distinto al de los pueblos celtibéricos y lusitanos, y en tal caso deberemos aquilatar con cuidado a quien se refieren en cada caso las fuentes, o si éstas son precisas en este sentido.
Para e! problema que ahora discutimos este aspecto no es importante porque los resultados son generales, como vamos a ver.
Estas fuentes muestran una panoplia muy completa.
Entre las armas defensivas se citan y a menudo se describen cascos, corazas, grebas y escudos circulares y ovales (Para estas armas ver Diod.
Entre las armas ofensivas se citan las espadas (Diod.
V, 33-34 (recogiendo información de Posidonio); Ennio, Ann.
9, 13, 14 (posible cita falsa por la antigüedad de la referencia, cf.
Hay referencias concretas a la falcata, como en Séneca, De Benef, V, 24; Su idas, Fr.
96 (polibianico) o Estr.
III, 3, 6); armas que son muy alabadas por su calidad metalúrgica (Diod.
Se cita la honda en una ocasión (Estr.
III, 4, 5), e incluso se mencionan signa militaria (Liv.
Este último texto es importante en tanto que Livio afirma que «quorum (de los Suesetanos) ubi arma signaque Lacetani cognovere... » esto es, que una tribu era reconocible por su equipo y armamento.
Sin embargo, entre todas estas fuentes no se menciona ni una vez, que sepamos, el uso o la existencia del arco, ni siquiera como arma de caza.
Puesto que como hemos visto hay pruebas de la existencia del arco antes del siglo IV y después del II, podemos tener la seguridad de que se trata de un útil conocido.
¿Por qué razón, entonces, no se cita el arco dentro del detallado inventorio de armamento?
Puede que los autores lo den por supuesto y no les llame la atención.
Esta explicación no es plausible por varias razones: a) La propia naturaleza detallada de la descripción del armamento. b) En las numerosísimas descripciones de combates que nos dan las fuentes, desde las Guerras Púnicas hasta época sertoriana, no se menciona el arco salvo en muy raras excepciones, y en el bando romano, como parte de sus fuerzas auxiliares, nunca explícitamente ibéricas, sino más bien númidas o de otro origen (ver Apiano, Iber., 92 para arqueros romanos (quizá auxiliares númidas) en Numancia.
También una noticia en Ps.
Frontino, IV, 7, 27, según la que Escipión distribuyó en Numancia arqueros y honderos entre las centurias.
En fechas muy posteriores, Plutarco, Sert.
También Claudio Quadrigario, fr.
85. c) Es un tipo de arma que las mismas fuerzas romanas e itálicas no utilizaban por lo que hubiera sin duda llamado la atención de los escritores (por lo menos a Polibio) como ocurre por ejemplo con los honderos baleares (Sobre ellos, ver Diod.
Ver Liv., XXI, 55, 6 para una rara referencia a baleares con iacula en vez de hondas.
C. Sobre la estructura de un ejército romano en los ss.
20 ss. como fuent e básica.
¿Que se deduce de lo que hasta ahora hemos visto?
Creemos que puede considerarse probado que, con la documentación actualmente disponible, los pueblos ibéricos no utilizaban apenas el arco, ni en la guerra ni en la caza, y que éste arma tampoco juega un papel apreciable en aspectos simbólicos y religiosos de esa cultura.
Ninguno de los autores que apuI1taron el problema de la falta de arcos, salvo Fletcher, anotaron la contradicción entre este hecho y su gran utilidad teórica, y ninguno propuso una hipótesis para explicarlo.
A continuación enunciaremos esa contradicción para pasar enseguida a plantearnos una hipótesis explicativa de la evidencia.
LA CONTRADICCION ENTRE LA UTILIDAD TEORICA DEL ARCO Y SU AUSENCIA
Es importante recordar que las mismas fuentes literarias que no mencionan el arco se extienden sobre las tácticas de los pueblos iberos, centradas en la emboscada, el hostigamiento y en general la guerra de guerrillas irregular, que los romanos denominaron concursare y consideraron, lógicamente, bandidaje.
Hay referencias a emboscadas masivas, como la batalla del 23 de agosto del 153 (Ap.
Iber, 45) que son habituales (Ps.
Frontino, IV, 7, 42), Y a menudo en pequeña escala contra rezagados y forrajeadores (Ap.
Igualmente se describen acciones de hostigamiento al enemigo en retirada (Ap.
Iber, 55, 62) o referencias a tácticas concretas de caballeria por ejemplo (Estr. m, 4, 18).
En general, se alaba la capacidad de los pueblos peninsulares para moverse en terreno abrupto (Lív.
Sert., 12; Estr. m, 4, 15) Y se compara ventajosamente a los guerreros hispanos con otros pueblos, como los númidas (Lív.
Hay también referencias a la dificultad de acabar con los iberos por este tipo irregular de guerra (Estr.
Pero los iberos no desdeñan el combate cerrado en el momento decisivo, incluso con fonnaciones (Lív.
V, 33 Y V, 34), a veces fonnando el centro de una línea de batalla en el lado cartaginés (Lív. xxm, 29), realizando ataques en cuña (Lív.
XXXIX, 31), pero son tácticas que empleadas contra los romanos suelen ser desastrosas (Polib.
Llegan incluso a fortificar sus campamentos al modo romano (o al menos eso dicen las fuentes), como dicen Lív.
Para este tipo de tácticas en que la sorpresa es esencial, y evitar el combate cuerpo a cuerpo con infanteria pesada y disciplinada muy deseable, el arco sería sin duda un arma muy útil (Ferrill, 1985: 19-20; Yadin, 1963: 6-9).
La historia militar antigua está plagada de ejemplos de esto.
Baste recordar, como unos ejemplos entre decenas, el hostigamiento de los arqueros etolios a los hoplitas griegos (Tuc. m, 97-98), el episodio de Esfacteria durante la guerra del peloponeso (Tuc.
IV, 33 ss.), el hostigamiento de los. persas a los Diez Mil (Jenofonte, Anab. m, 3, 6 ss.); el desastre de Craso frente a los arqueros a caballo partos (Plut.
Crassus), etc. Lo mismo ocunia en el ámbito de la caza, donde Coulston (1985: 239) considera que el arco es ideal en zonas montañosas, aunque Harmatta 1951: 108-109) pone muchos ejemplos de países llanos y esteparios donde el arco se convierte también en un fundamental arma de caza.
El arco tiene un alcance al menos doble y quizá triple que el máximo de una jabalina o pilum (el alcance de un arco depende de muchos factores, entre ellos el tipo de arco y su tamaño, el tipo de flecha y de tiro, etc. En principio seguimos la hipótesis de Mc.
Para arcos simples calcula un alcance máximo eficaz de unos 175 m.
Una visión bastante más negativa de la utilidad del arco es la de Adcock (1967: 15).
El arco puede además disparar desde posiciones escondidas, protegidas y en alto; es especialmente útil en asedios, tanto en defensa como en ataque, y por último, usado desde un caballo, puede ser un arma demoledora contra un ejército basado en infantería pesada y débil en caballería como el romano.
Incluso si aceptamos con Coulston (1985: 252 y 259) que el arco compuesto encuentra, para extenderse en Occidente, dificultades de tipo climático -humedad, peligrosa enemiga de sus elementos constitutivos-y de materías primas -falta de cuerno adecuado para las enormes compresiones a las que se ve sometido en el vientre del arco al ser éste tendido-siempre queda el arco simple, ya utilizado antes y suficientemente potente, como demostraron en Azincourt, muchos siglos después, los ((longbowmem. ingleses.
Por tanto y a priori sería el arco un tipo de arma ideal tanto para la caza (sobre todo la de persecución) como para la guerra, tanto entre pueblos ibéricos como contra los sucesivos y sofisticados ejércitos invasores.
Sin embargo, toda la evidencia tiende a hacernos pensar que no se utiliza.
NOTAS SOBRE EL ARCO Y LA FLECHA EN OTRAS CULTURAS
Si acudimos a los paralelos con otros pueblos del contexto cultural Mediterráneo, observaremos una amplia variedad de reacciones.
Oriente fue casi siempre proclive al uso del arco, frecuentemente representado como arma real y por tanto de fuerte prestigio entre los acadios (estela de Naram-Sin), asirios (relieves palaciegos), pueblos sirios en general (Ishtar va armada con el arco compuesto).
Es el arma utilizada durante el 11 y I milenio desde los carros de guerra, el arma noble por excelencia, y se utiliza como regalo diplomático (pinturas de la sepultura de Rekhmire, visir de Tutmes 111).
Curiosamente nos encontramos con que las ciudades-estado sumerias, en cambio, conocen el arco y parecen utilizarlo para la caza (estela de Warka), pero no para la guerra, basada en el combate de infantería en orden cerrado (Quesada, 1985: 83-85).
En Egipto es también una de las armas más utilizadas, gozando de alto prestigio.
Aparece en manos de Faraón tanto en la caza como en la guerra; es representada como el arma que Horus o incluso Seth enseñan a manejar el príncipe heredero (Michailidis, 1947: 52), y aparece en el festival jubilar del Heb-Sed cuando el faraón dispara su arco a los cuatro puntos del horizonte como símbolo de poder y dominio.
Entre los pueblos nómadas transcaucásicos, cirnmerios y escitas, y luego otros pueblos como tártaros y hunos, el arco es un arma fundamental v knida en alta estima (Harmatta, 1951).
Posteriormente, Oriente seguirá teniendo en el arco un arma básica a través de persas aqueménidas, partos y sasánidas.
Todo esto nos sirve para comprobar que en otras culturas el arco, además de ser utilizado, llega a tener un valor enorme de carácter religioso y como símbolo de status, pero no nos permite comprender el papel del arco en una cultura tan alejada geográfica y temporalmente.
B) El Mediterráneo Occidental
Entre los pueblos célticos, tanto al Norte como al Sur de los Alpes, el arco no parece haber sido un arma frecuentemente utilizada, aunque las puntas aparecen más a menudo que en la Península Ibérica.
V. Kruta (1987: 74 ss.) no cita siquiera el arco al estudiar la panoplia de los guerreros celtas cisalpinos y el arma no aparece citada por Polibio (II, 28-30) al describir la batalla de Telamon contra los romanos.
En época más tardía, ya romana, y en un fenómeno al parecer similar al que se da en la Península Ibérica, parece que aumentan las noticias referentes al arco.
Deyber (1986: 335-36) habla de la utilización por César de arqueros rutenos, y cita referencias al uso de puntas emponzoñadas.
Sin embargo, las puntas de flecha no aparecen, al contrario que otras armas, en el santuario galo de Ribemont-sur-Ancre (Cadoux, 1986: 203-209).
Ya hemos visto, por otro lado, que puntas de origen griego por un lado y escita por otro llegan a Francia quizá por vía maritima y terrestre (ver Kleemann, 1955).
Hay en cambio bastantes referencias al uso del arco en Cerdeña durante la cultura nurágica avanzada en la Fase IV (900-500 a.
Las principales son figuras en bronce de arqueros en distintas posiciones (oferentes, en descanso, disparando).
El arco, que a veces parece de tipo compuesto, y el carcaj, colocado verticalmente en la espalda, se señalan con toda claridad.
Es importante observar dos cosas: que el tipo de tiro es mediterráneo (la flecha se agarra con la mano derecha pero pasa por la izquierda del cuerpo del arco) y sobre todo que los arqueros a menudo llevan casco, coraza, grebas y espada (a veces colocada verticalmente a la espalda, junto al carcaj, y no al cinto, lo que pudiera ser la explicación de la forma de llevar las largas espadas del tipo Ronda-Sa Idda típicas del Bronce Final).
Esta completa panoplia nos indica que no se trata de guerreros pobres ni de cazadores.
El caso sardo es aislado y podría considerarse retardatorio, con un ambiente militar propio del Bronce Final incluso a principios del Hierro.
En Córcega, en cambio, tenemos bastante menos información: entre las 105 sepulturas de la necrópolis de Aleria, cuya cronología cubre casi todo el período que venimos estudiando para la P. Ibérica, sólo aparece un ejemplar de punta de sílex, procedente de la sepultura 92, un hipogeo pillado desde antiguo, quizá anterior al s. V (Jehasse, 1973: 491, Lám.
Pasando a comentar brevemente la situación en la Penísnula Itálica observamos una cierta discrepancia respecto al papel del arco en la cultura Vilanoviana.
Mientras que Talocchini citaba, en su detallado análisis sobre las armas de Vetulonia y Populonia (1942: 23-26) cinco puntas de bronce, una de ellas de doble filo y anzuelo y otra sin anzuelo, y una tercera de lámina recortada, -quizá simbólico-votiva, lo que tendría considerable importancia-; Saulnier, (1980: 39) llega a decir un su reciente síntesis que la utilización de armas arrojadizas no está probada, quizá por considerar que esas puntas sean Posteriores, aunque no las cita.
La obra ya algo antigua de Couissin (1926: 29-31) cita, sin precisar fechas, la existencia de puntas entre este período y el siguiente, tanto en Etruria como en el Lacio y Roma, recogíendo ejemplos de Montelius, con puntas en hierro, bronce e incluso (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es en sílex, estas últimas a veces con un hilo de bronce en espiral alrededor del pedúnculo para facilitar el enmangue.
A partir del impacto orientalizante y con el auge de la cultura etrusca la situación parece cambiar algo cuantitativamente.
En Populonia y Vetulonia cita Talocchinni, frente a las cinco del periodo anterior, dieciocho puntas de flecha, trece de ellas en bronce, de cañón largo prolongado en la hoja, aletas estrechas y perforación en el cubo para un pasador de sujeción.
Las otras cinco, de cubo y tres filos en forma piramidal. se realizan ya en hierro (un ejemplar en Vetulonia y cuatro en Populonia).
Saulnier (1980: 44 ss.) no recoge ninguna punta procedente de Marsiliana d'Albenga, Populonia y Vetulonia (sorprendentemente), Tarquinia, tumbas Bernadini y Barberini de Praeneste, Lavinium, Castel di Decima y Castellina in Chinati.
Unicamente señala la aparición de restos de un posible arco y al menos diez puntas de flecha, entre otras armas, en la tumba Regolini-Galassi de Caere.
Sin embargo, ya en el s. VII recoge elementos iconográficos que representan el arco, concretamente una copa de plata de Caere de origen fenicio-chipriota, que representa una escena de caza del león y las placas de bronce de Marsiliana, en las que aparece un arco (Saulnier, 1980: 59).
Entrando ya en los ss.
V y IV, cuando la táctica de combate hoplita está plenamente introducida, parece que el arco sigue utilizándose aunque en pequeña escala.
Saulnier recoge ejemplos más abundantes de representación de arcos, aunque las puntas siguen escaseando.
Cita así objetos como los tripodes Loeb, en uno de los cuales aparece Apolo armado con arco, (en este caso un elemento helénico no propiamente etrusco aunque quizá asimilado).
Arcos aparecen tambien como armas exóticas en amazonomaquias pintadas en vasos griegos.
En manos de etruscos aparecen en algunas placas de terracota, siendo claros ejemplos de arcos dobleconvexos compuestos, de tipo escita.
En cambio, en un detallado análisis de las sítulas de Bolonia (que quizá sea conveniente fechar en torno al 600 a.
C. sin llegar al s. IV, d.
Sin embargo la autora no parece haber observado que en el extremo del registro inferior de la sÍtula Arnoaldi (Lucke y Frey, 1962, Lám.
3) que ella considera contiene diez animalt:s (1980: 80) hay en realidad nueve, uno de ellos herido por flechas, y el busto de un arquero disparando su arco (agradecemos esta observación a la Dra.
Lucas Pellicer), lo que pudiera indicar que el arco es usado para la caza, quizá por grupos socialmente inferiores (el cazador se representa sólo parcialmente en zona poco noble, no lleva casco), mientras que para la guerra se usaría un equipo de infante pesado (registro central).
En las demás sítulas que hemos estudiado (Providence, Certosa, Benvenuti, Moritzing, Sanzeno, Magdalenenberg, Watsch, Valicna, Kuffarn y Welzelach) el arco no se representa.
Parece pues que en general en la P. Itálica el arco a menudo se encuentra como un arma más o menos ajena o exótica.
Reinach, sin embargo (en Darenberg y Saglio, 1911: 999) considera que Virgilio está justificado en Eneida X, 168 al poner el arco en manos de los etruscos.
Cita puntas de flecha conservadas en los santuarios laciales de Junon en Norba y de Diana en Nemi, opina que Roma pudo deber a los etruscos incluso el propio sustantivo «sagitta».
En cuanto a los pueblos samnitas, la segunda monografía de Saulnier (1983: 81, n.
43) llega a. decir que «se omitirán aquí los arcos y las flechas, que no aparecen sino en el armamento de las amazonas, y de los que la arqueología no da traza alguna».
Por último, ya hemos comentado que los romanos no utilizan el arco en este período y que sólo la introducirán en unidades auxiliares a partir de la Segunda Guerra Púnica.
IV, [16][17] no utiliza apenas las armas a distancia.
Se citan si acaso los honderos, pero no los arqueros.
En lo que se refiere al ejército manipular de las guerras latinas, a mediados del s. IV (Liv.
A lo sumo, los «leves>~ dispondrán de jabalinas.
Vemos pues que toda la zona del Mediterráneo Occidental no es especialmente proclive al uso del arco, aunque éste se documenta mucho mejor que en el mundo ibérico, y tenemos documentación precisa del período orientalizante.
Sin embargo y aunque resulta útil como elemento de comparación, tampoco nos proporciona elementos explícitos para formular una posible explicación.
En resumen, da la impresión de que el arco es bastante utilizado en época micénica (pru Snodgrass, cuntra Lorimer), sufre un retrocesu en la Edad Oscura, se recupera algo en el periodo Geométrico para decaer de nuevo con la aparición de la falange manteniéndose infrautilizado (y, como veremos, infravalorado, salvo en Creta) durante las épocas arcaica y clásica y hasta época helenística en que los ejércitos macedonios y sucesores volverán a usar frecuentemente cuerpos de arqueros con un papel táctico importante.
En cualquier caso el arco no fue nunca un arma nacional de los griegos, que recurrieron a auxiliares cretenses y escitas para nutrir sus cuerpos de arqueros.
Los vasos áticos presentan a menudo escenas de arqueros escitas, vestidos de manera exótica, a menudo tendiendo sus potentes arcos compuestos.,Lo más importante para nosotros es que disponemos de una amplia serie de documentos literarios que nos permiten seguir la evolución comentada y, lo más importante, discernir sus razones.
PLANTEAMIENTO DE UNA HIPOTESIS
A) Las fuentes griegas Expresándolo de forma concisa, las fuentes griegas muestran, a menudo de forma expresa, un desprecio del arco, considerado un arma afeminada y traidora, puesto que permite evitar el combate heroico cuerpo a cuerpo y herir a distancia, y, a la inversa, su utilización implica que un hombre valeroso puede caer sin ni siquiera haber visto a su enemigo.
Si comenzamos con Homero, observamos como la lliada muestra una mezcla de elementos, posiblemente mezcla de tradiciones, en lo que se refiere a la valoración del arco.
Hay detalladas -y erróneas-descripciones del tipo compuesto (TI.
IV, 105 ss): existen referencias al uso del arco disparado en masa (TI, m, 79; XV, 313; XVI, 359) e incluso a pueblos que tienen en el arco su arma nacional, como los Locrios (TI, XI, 385 ss.).
Incluso aparecen héroes arqueros, como Pandaro o Paris.
Sin embargo, como ha señalado Lorimer (1950: 290), estos héroes arqueros son figuras secundarias o incluso decididamente antipáticas y poco heroicas, como Paris.
Llegamos así a textos como el muy explícito en que Diomedes insulta a Paris gravemente, llamándole, entre otras cosas, ((arquero», asegurando que de nada le valdrían las flechas en un combate cuerpo a cuerpo (implícitamente, «como es debido»), y considerando que sus saetas no le afectan más que si las arrojara un niño o una mujer (TI.
El arco juega, sin embargo, un papel mucho más decoroso en la Odisea, lo que parece lógico teniendo en cuenta el carácter mucho más oriental del poema, y es el arma del héroe, que sus enemigos ni siquera pueden utilizar (Od.
Da la impresión de que el poeta, en la mezcla de tradiciones micénicas y de realidades de época Oscura, ha mezclado dos tradiciones distintas, una de las cuales, al parecer al contemporánea al escritor, desprecia el arco.
Algo parecido podría decirse de algunos dioses griegos que aparecen a veces como arqueros, como el Apolo delfinio.
En época arcaica, Tirteo (XII, 10 ss.) canta e! combate del hoplita que mantiene su puesto en la formación de ciudadanos libres, resistiendo a pie firme y muriendo si es preciso dentro de ella, impávido ante las puntas de lanza de! enemigo.
En un combate cuerpo a cuerpo como éste, altamente codificado, poco o ningún papel tienen, al menos en teoría, las armas arrojadizas.
9 ed. Belles Lettres, equivalente al 3 de las eds. de Bergk y Diehl) hace referencia a los eubeos, «guerreros ilustres», excelentes en el combate cuerpo a cuerpo, entre quienes no tienen lugar los arcos y las hondas.
Se ha querido ver en este fragmento una referencia a la Guerra Lelantina, que enfrentó a Calcis y Eretria por el dominio de la fértil llanura de Lelanto.
Sea como fuere (Bonnard, 1958: 4 sostiene que la cita no tiene por qué referirse a la Guerra Lelantina, teniendo en cuenta que en ésta época soldados eubeos combatieron también en Tracia), parece fuera de duda que en esta guerra se llegó a un acuerdo previo por el que, entre otras cosas, se prohibía el empleo de armas arrojadizas a distancia.
Estrabón (X, 1, 12-13) afirma haber visto en el Amarinthion un pilar grabado con el texto de este acuerdo.
Polibio (XIll, 3, 4) también parece recogerlo antes, al comentar, de manera más general y en tono aprobatorio, que «los antiguos... estaban convencidos de que no había victoria espléndida ni segura, si no se atacaba abiertamente al adversario y se le derrotaba con coraje.
Tanto es así que convinieron en no usar, en las peleas de unos contra otros, ni armas secretas ni arrojadizas a distancia; consideraban que únicamente la lucha cuerpo a cuerpo, en formación cerrada, podía dirimir verdaderamente las diferencias».
Es cierto que, como señala Femández Nieto (1975, n, 75 ss.), las razones estriban en el tipo de combate practicado por ambas partes.
Se llega a un acuerdo que favorece a ambas ciudades, cuyos sistemas tácticos son irreconciliables.
Pero un sistema táctico está definido entre otras cosas, a nuestro modo de ver, por los prejuicios y costumbres del grupo dominante en la sociedad concreta, que puede oponerse al empleo de armas arrojadizas por dos razones: a) Bien porque este grupo se forma con un pequeño grupo de aristócratas bien armados y protegidos, quizá transportados en carro al campo de batalla, aristócratas que encuentran honor (y botín) en combatir con sus iguales, pero que no tienen nada que ganar si son heridos a distancia por un plebeyo armado con un arco barato. b) Bien porque un grupo de ciudadanos ricos que combaten en falange no desea en principio que participen en la lucha los pobres, no sea que exijan derechos ciudadanos.
Estos motivos, en los que se mezcla el orgullo de grupo y razones económicas y políticas, pueden explicar el desprecio de este. tipo de armamento barato pero peligroso.
Cuanto más peligroso se haga, más despreciado puede llegar a ser, y si otros pueblos lo utilizan, tampoco serán tenidos en gran estima (caso de cretenses o escitas).
En época clásica, además, el arco será despreciado por otras razones, entrelazadas de alguna manera con las que proponemos: es el arma de los persas, los archienemigos (así, Esquilo verá en las Guerras Médicas el triunfo de la lanza sobre el arco), y además es el arma utilizada por la policía de Atenas, que como hemos dicho estaba compuesta por arqueros de origen escita (Kamerbeek,.
Tucídides (IV, 126, 5) pondrá en boca del general espartano Brasidas un discurso a sus tropas en que denigra el sistema de lucha de sus oponentes etolios: «Ellos creen también que es un juego menos arriesgado tratar de atemorizarnos desde una distancia segura para ellos que enfrentarnos cuerpo a cuerpo... ».
El desprecio del arco, significativamente, parece haber sido especialmente fuerte entre los espartanos, precisamente los que sufrieron la estrepitosa derrota de Esfacteria a manos de infantería ligera.
Es notable en ese contexto la respuesta de un prisionero espartiata a un burlón ateniense que le acusaba veladamente de cobardía por seguir vivo entre tantos compañeros muertos.
La respuesta del espartano es clara: una flecha valdría algo si fuera capaz de distinguir a los valientes, en lugar de herir de manera errática a bravos y cobardes (Tuc.
La expresión más explícita de este desprecio vendrá dada por la referencia arcaizante de Plutarco (Máx. de Espartanos, 234E) «Otro (espartano), al ser herido por un arco y escapársele la vida, decía que no le preocupaha estar a punto de morir, sino el morir a manos de un arquero afeminado y antes de haber hecho nadall.
La critica a los arqueros aparecerá también en Aristúfanes, que recoge de manera implícita el sentir de los ciudadanos en Acamienses, 707 SS., cuando habla despreciativamente de unos policías -«arquerosll-a tres mil de los cuales un anciano, ahora maltratado, en sus buenos tiempos habría ahuyentado con simples grítos.
La palabra «arquero,. utilizada como insulto aparece por ejemplo en Sófocles (Ayax, 1120(Ayax, -1123)), cuando Menelao provoca a Teucro: «El arquero parece que tiene sus infulas».
Otro ejemplo nos lo proporcionará Licias (Disc. contr Ale., XV, 6), cuando habla de un personaje perseguido « •.. y en el campamento toleraron con desdén que todos le injuriasen y que quedara relegado entre los arqueros a caballo (hippolOxotaip..
Muy explícito es un fragmento de Eurípides (Hércules, 158-164), quien pone en boca de Líco una severa crítica del valor de Hércules, y una alabanza de los valores tradicionales: «Cobró este fama de valiente -no siendo nadie-en lucha con animales, pero en lo demás no fue guerrero insigne; jamás embrazó escudo con su mano izquierda ni se arrimó a las lanzas; sosteniendo su arco -e! arma de cobardes-siempre estuvo presto a huir.
La prueba del valor de un hombre no es el arco, sino e! mantenerse a pie firme y sostener la mirada frente a una puntiaguda mies de lanzas, firme en su puesto,..
Sin embargo el mismo Eurípides criticará poco más adelante esta visión tradicional. poniendo en boca de Anfitríón una demoledora respuesta basada en e! sentido práctico de la guerra: lo mejor es herír y vencer exponiéndose lo menos posible (Hércules 188 ss).
Esta reacción contra la tradicción arcaizante se dará también en los primeros militares profesionales.
Teniendo en cuenta las duras lecciones de la Guerra de!
Peloponeso sobre el valor de la infantena ligera, e! práctico lenofonte podrá llegar a escribir simplemente: «por supuesto, Escitas y Tracios no se atreverían a tomar escudo de bronce y lanza, y enfrentarse a los Lacedemonios; y por supuestos los Lacedemonios no estarían deseosos de enfrentarse a los Tracios con escudo de cuero y jabalinas, ni a los escitas con arcos como armas,.
Como observamos, e! sentido práctico se va imponiendo.
De! mismo modo, Platón se pronunciará a menudo en favor del entrenamiento de los jóvenes como arqueros: (Leyes 794c, 813 D, 814 A, etc.).
B) Un paralelo en la Edad Media
La Historia Militar presenta a veces paralelos interesantes.
No podemos resistirnos a recordar e!
Decreto 29 de! n Concilio de Letrán, de 8 de abríl de 1139, que indicaba: «Prohibimos en lo sucesivo se recurra a la destreza mortífera de los ballesteros y de los arqueros en contra de los cristianos y católicos,.
Esta misma condena ya la había hecho en 1097 Urbano n, y sería ratificada (señal de que no debía cumplirse la prohibición) por un breve de Inocencio m (Contamine, 1984: 91).
De nuevo una caballería pesada de nobles armados para e! combate cuerpo a cuerpo se veía amenazada por un arma barata y plebeya como el arco, según se demostró en Azincourt (Keegan, 1978: 98), y postenormente, de forma mucho más grave, por la ballesta.
La reacción natural es, por un lado, tratar de impedir el uso de tal arma y por otro, despreciarla como indigna de caballeros.
Cuando más tarde Cervantes pone en boca de D. Quijote una feroz diatriba contra las armas de fuego, los argumentos que utiliza son los mismos de los espartanos y de los caballeros medievales (D. Quijote, t.a parte, cap. 28, «Discurso de las armas y las letrasll).
C) Una hipótesis para el Mundo Ibérico
Hemos analizado con cierto detalle a lo largo de los apartados anteriores una serie de hechos, entre otros los siguientes:
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es a) A lo largo del Bronce Final y Período Orientalizante aparecen en la Península Ibérica numerosas puntas de flecha de tipo distintos, formando tres grandes gmpos en lo que se refiere a su origen: puntas de pedúnculo y hoja plana de tradición del Bronce Medio, puntas de pedúnculo y nervio central de tipo ((mailhaciense» que entran desde el Mediodía francés a través del Nordeste Peninsular, probablemente con los Campos de Urnas, y puntas de cubo o cañón, con doble o triple filo y con anzuelo o sin él, que llegan a la Península por mediación de los fenicios y quizá de los griegos.
Todos estos tipos aparecen a menudo, contándose los ejemplares por centenares, entre los siglos VIII-V.
C. El uso del arco se documenta también en otros campos, como la escultura de las Estelas del Suroeste. b) Sin embargo, a partir de finales del s. V, y hasta el s. 11, en el período de mayor esplendor de la Cultura Ibérica y Turdetana, las puntas de flecha llegan prácticamente a desaparecer.
Sólo en el s. n, en época de conquista romana, volvemos a encontrar lotes significativos de puntas de flecha.
Además, las pocas puntas que aparecen en el período «Ibérico Pleno» suelen darse en poblados, y nunca o casi nunca en contextos funerarios, donde el arma tiene indudables connotaciones de status y prestigio. c) El arco y las flechas no aparecen, que sepamos, representados ni una sola vez en la escultura, toreutica o pintura vascular ibérica, elementos que, de forma general, reflejan las ideas y aspiraciones de los grupos social y económicamente poderosos y dominantes.
Las contadísimas representaciones monetales son de plena época romana (siglo I a.
Y asociadas a la iconografía de dioses o héroes romanos. d) Las fuentes, muy detallistas a la hora de describir las armas, no mencionan el arco ni una sola vez. e) En el mundo griego hay textos explícitos que, desde el s. VIII hasta al menos el s. IV a.
C. nos hablan de un menosprecio aristocrático del arco como arma plebeya y propia de cobardes.
Dicho menosprecio ideológico es resultado de un problema táctico y social real.
Estos aspectos son detectables en el registro arqueológico aunque sin textos no serían suficientemente expresivos como para permitir hallar explicaciones.
Un fenómeno similar se da, también expresado explícitamente, en la Edad Media.
Esta aristocracia se refleja, entre otras cosas, en la composición de los ajuares de las sepulturas, en los que el armamento juega un importantísimo papel, o en la construcción de monumentos funerarios (Domínguez Monedero, 1984: 153-158; Chapa, 1986: 328-330).
Teniendo en cuenta todo lo que hemos expuesto en páginas anteriores nos parece defendible la hipótesis de que la escasa o nula utilización del arco en la guerra con seguridad, y en la caza posiblemente, la ausencia de puntas de flecha en los ajuares funerarios y de representaciones del arco en todas las manifestaciones del «arte» ibérico, elementos todos cuyo valor simbólico y de prestigio es evidente, puede ser similar a la expuesta en el caso de Grecia.
Creemos probable que hubiera un menosprecio o desprecio consciente del arco como arma poco noble traidora y afeminada.
No olvidemos que la guerra en el mundo ibérico conserva rasgos arcaicos hasta época avanzada.
Recordemos por ejemplo que el combate singular cuerpo a cuerpo, institución arcaica de carácter aristocrático, fue encontrado por los romanos en la conquista de la Península, por ejemplo, el combate singular de Escipion contra un guerrero de Intercatia (Apiano, Iber, 53-54) o los combates singulares en los funerales de Viriato (Diodoro,33,21).
Este combate singular puede estar también documentado en la pintura vascular (Olmos, 1986: 218).
Para el combate singular en Grecia son interesantes los estudios de Fernández Nieto (1975) y Pritchett (1985).
Esta hipótesis explicaría satisfactoriamente, en nuestra opinión, la ausencia del arma en representaciones iconográficas y en yacimientos.
Igualmente resolvería, en razón a una consideración ideológica de rango superior, la contradicción entre la evidente utilidad de este arma en las condiciones de la Península y la ausencia de la misma. |
Palabras clave Relieves ibéricos en piedra.
Mesa de Luque (Córdoba).
Las dieciocho losas de arenisca que aquí se presentan están inéditas y pertenecen a la colección
En el relieve hay tres caballos. uno completo situado a la izquierda y que camina a la derecha; otro facturado por la mitad que caminando a la izquierda se afronta al anterior; y un tercer animal del que solo se conserva la cabeza que de perfil mira a la derecha.
La escena refleja cierto carácter emblemático.
Los caballos tienen las patas delanteras ligeramente curvadas y las traseras acusan cierto geometrismo de ejecución.
Los cascos están definidos.
El cuerpo tiene representadas las ancas con volumen y la cola es bastante larga, muy recta y más ancha en su comienzo.
El cuello muy alto y curvado da paso a la cabeza muy esquemática donde sólo están representadas las orejas triangUlares.
El sexo está ausente.
Los belfos de los caballos se aproximan formando una composición muy estética.
Cara B En esta cara se, ha representado una composición parecida a la de la cara A. En este caso o se hizo con menos cuidado o fue otro el autor.
La escena está compuesta por tres caballos, dos completos afrontados y. la cabeza de otro que aparece debajo de las patas del situado a la derecha.
Del cuerpo de este último no se conserva nada.
Pieza de arenisca ligeramente trapezoidal, todas las caras están perfectamente escuadradas lo que indica que responde al tamaño original.
Tiene el mismo grosor en todos los lados.
Aproximadamente en el centro de la pieza se ha realizado el grabado de un équido cuyo cuerpo denota la escasa calidad del escultor.
El cuerpo presenta los cuartos traseros muy voluminosos y las patas apoyadas en el suelo carecen del naturalismo de otras piezas del conjunto.
El animal camina a la derecha.
El estado de conservación es lamentable y parece haber sufrido una erosión de antiguo que ha afectado a toda la zona derecha, quedando sólo la huella de la cabeza y los cuartos delanteros.
Grabado de un équido ML-6 (Fig. 4-1) Bloque de piedra arenisca que fue más grande del que se conserva una parte.
La pieza está bien escuadrada en el lateral izquierdo y en la base inferior.
El grosor de la piedra es variable.
En el centro se ha grabado mediante un fino punzón la figura de un équido que marcha hacia la izquierda.
La cabeza del animal es muy pequeña con relación al resto del cuerpo y parece que ha Relieve de un équido ML-7 (Fig. 3-1)
Piedra arenisca cuyas dimensiones senan más grandes de lo que se conserva. no se aprecia ningún lado escuadrado.
El grosor no es el mismo para todos los lados.
En el centro de la pieza se ha realizado la figura de un caballo caminando hacia la derecha.
La figura está representada con cierto esquematismo tanto en el cuerpo. como en la ejecución de las patas que están realizadas sin acusar las formas propias de un caballo. ya que son rectas y tubulares.
La cabeza está algo separada del cuerpo ya que el cuello ha sido erosionado en una pequeña parte.
La cabeza parece mejor ejecutada que el resto del cuerpo y tiene bien definidas las orejas, la cola y los órganos sexuales.
S~ aprecia también un elemento que tapa el ojo de forma rectangular.
Toda la pieza conserva huellas de la herramienta usada en su desbaste.
Bloque de piedra arenisca fragmentado, la cara inferior está muy bien escuadrada.
En el centro de la pieza ha sido realizado un relieve de caballo, el animal camina hacia la izquierda.
El cuerpo es muy largo y estrecho.
La cola fina en sus comienzos larga y baja.
En la cabeza se aprecia una erosión, quizás intencional, realizada mediante una serie de picoteados, parecen posteriores a su ejecución.
Han desaparecido también las patas delanteras.
El relieve es de muy poco espesor sólo tiene 1 mm. Relieve de un équido ML-9 (Lám.
1) Piedra arenisca escuadrada en todos sus lados de forma casi cuadrangular, sólo presenta una ligera fractura en la parte superior derecha.
Se puede decir que está completa.
El relieve del animal ocupa el centro de la pieza y galopa hacia la derecha.
El cuerpo es alargado y las patas denotan movimiento, más largas las delanteras, las ancas no están señaladas.
La cabeza es pequeña y tiene señaladas las dos orejas triangulares.
La cola ancha da la sensación de movimiento, ya que está muy separada de los cuartos traseros.
La pieza tiene por toda la superficie señales de haber sido repicada intencionadamente, sobre todo la cabeza del caballo que ha desaparecido, casi totalmente.
El relieve tiene un grosor de 1 mm.
Piedra arenisca fragmentada, escuadrada en el lateral izquierdo y parte inferior.
De un grosor uniforme.
El relieve presenta una escena de gran belleza y no conocida hasta ahora en el arte ibérico.
Dos équidos posible representación de ambos sexos, afrontados cobijan un tercero, que por su tamaño puede ser la cria.
La cabeza de caballo y yegua ha sido quizá intencionadamente erosionada por los belfos.
El cuerpo de los animales adultos presenta algunas variantes tanto de tamaño como de detalles en ambos.
No hay indicios de los órganos genitales.
El animal situado a la izquierda de patas bien definidas, señalados los cascos, tiene la cola muy pequeña y el cuerpo es de menores dimensiones que su oponente.
Las orejas están dirigidas hacia el frente.
El animal situado a la derecha tiene un cuerpo de mayores dimensiones, el cuerpo es muy alargado, lleva señaladas las crines, y la cola es muy larga.
En el centro de los dos animales (pareja) se aprecia el prótomo de una cabeza que se prolonga hacia abajo a manera de columnilla representando las patas de un animal más pequeño.
El relieve tiene 5 mm.
Relieve de tres équidos fragmentados caminando a la Izquierda ML-ll (Lám. l.
Piedra arenisca en la que se aprecia el acabado de la pieza en la totalidad de la parte inferior y en el lado derecho, lados que aparecen bien escuadrados.
Los animales tienen un cuerpo con ancas bien definidas.
Las patas son largas, llevan los cascos señalados y las colas son muy largas y estrechas.
La pieza muy fragmentada no permite ver la totalidad de la escena representada, sólo se aprecian los cuartos traseros de dos équidos y la figura acéfala de un tercero.
El detalle común a las tres figuras es el no haber representado los órganos genitales.
El relieve es de 2 mm.
1) Fragmento de piedra arenisca, cuya forma primitiva desconocemos.
Los lados inferior y lateral derecho están bien escuadrados.
El grosor es variable en 1 cm.
El animal está fragmentado, no conserva la cabeza.
El cuerpo está presentado de forma naturalista camina al galope hacia la derecha.
La cola que está tallada en otro plano que el resto del caballo, da cierto carácter de escorzo a la representación, la posición de las patas, ligeramente encogidas las' traseras y curvadas las delanteras, denotan movimiento.
Los cascos están muy marcados.
La pieza es de arenisca.
Está fracturada en tres de sus lados.
Sólo conserva bien escuadrados el lado superior y lateral derecho.
• El grosor es el mismo para toda la piedra.
Podtia tener forma rectangular.
El relieve presenta un animal que camina a la derecha.
La representación es bastante esquemática.
El cuerpo y el cuello son muy alargados, la cabeza pequeña y la cola muy larga.
A la altura de la cola parece que podria estar representado otro animal (?).
Pieza realizada en piedra arenisca, fracturada en dos de los lados, el lateral izquierdo y el superior.
La pieza tiene bastante grosor por alguno de sus lados, no es uniforme.
El animal ha sido representado marchando hacia la derecha y tiene roturas en el cuello, cuerpo y patas al parecer intencionadas.
El conjunto está tratado de una manera esquemática.
Las patas alargadas con los cascos definidos, la cola muy larga también y las orejas triangulares.
El relieve es de 3 mm.
Relieve con dos équidos ML-15 (Fig. 2-1) Pieza de arenisca, completa, ligeramente trapezoidal, bien escuadrada por todos los lados, de forma rectangular.
En la parte de la izquierda y ocupando el centro existe un saliente de 4 cm. de ancho por 6 de alto, con un carácter funcional.
El grosor del bloque es casi el mismo para todos los lados, sólo tiene una pequeña oscilación de 1 cm. y medio.
Las cabezas de los caballos parece que han sido fracturadas intencionalmente.
La escena representa dos caballos caminando lentamente a la izquierda.
Los cuerpos alargados, pero bien proporcionados.
Las patas representadas con naturalismo.
Las colas más gruesas en su comienzo, airosas y proporcionadas.
Las orejas triangulares y dirigidas un poquito hacia delante.
No están representados los órganos genitales.
Debajo de los caballos, existe una línea incisa que limita un espacio decorado mediante líneas verticales, cruzadas sin una simetria establecida por otras líneas, unas veces horizontales y otras oblicuas.
No está clara la intencionalidad de esta representación, pudiera ser una cerca o sólo un adorno que rematara el relieve.
Relieve con dos équidos ML-16 (Fig. 5-2) Pieza de piedra arenisca de forma rectangular y de grosor uniforme.
Fracturada únicamente en el lado izquierdo, sólo le falta parte de la esquina de ese lado.
Se han representado dos caballos en relieve en dos distintos tamaños, los dos avanzan hacia la izquierda..
Los cuerpos de los animales son estrechos con los lomos desarrollados, la cabeza pequeña y el cuello muy largo como si se tratara de jirafas.
No se han representado los órganos genitales, y las colas, estrechas muy largas llegan al suelo.
Las patas delanteras están representadas curvadas, y denotan movimiento.
Se han señalado los cascos.
Las cabezas parece que han sido erosionadas intencionalmente.
El relieve tiene una altura de 6 mm. por la zona más alta y 2 mm. en las patas.
Relieve de un équido ML-17 (Fig. 3-3) Piedra arenisca fracturada. lo conservado nos permite ver que está bien escuadrada en la parte inferior.
Se ha representado un caballo de cuerpo muy alargado caminando a la derecha, se han tratado con cuidado los cuartos traseros definiendo las ancas.
Las patas bien proporcionadas tienen señalados los cascos.
Cuello y cabeza se han realizado con cierto naturalismo.
En la cabeza se ha representado las orejas. el ojo y las mandíbulas, la boca se muestra entreabierta.
La cola es pequeña y gruesa.
Da la sensadón de que pecho y manos están representados de frente, mientras que las patas también parecen vistas desde atrás.
El relieve tiene 1 mm.
La pieza está fracturada por tres de sus lados, presentando bien escuadrados dos de ellos, con un rebaje plano, que forma una especie de marco al conjunto.
El relieve representa un équido en ambas caras que camina en distinta dirección.
En la cara A, el animal camina a la derecha mientras que en la cara B el caballo camina a la izquierda.
Fragmento del cuerpo de un caballo muy bien esculpido y realizado con bastante relieve, sólo se conserva la grupa, cola y parte de los órganos genitales.
El animal representado conserva sólo los cuartos traseros con las ancas bien esculpidas, parte de las patas, la cola y los órganos genitales.
Ambos relieves son de 5 mm.
Las dimensiones de las losas son variables, si bien es verdad que el estado de conservaclon permite sólo en cinco casos saber las medidas exactas: ML-l; ML-5; ML-9; ML-15; ML-16.
En general la altura de la pieza va de los 20 a los 30 cms. variando sólo la longitud de algunas losas que llegan a medir hasta 60 cms., tienen un grosor medio de 8 cms.
A veces los restos de los bordes bien escuadrados nos dan idea de las dimensiones originales bien la altura o la l. ongitud (cuadro n ll 1).
Dos técnicas se han empleado para realizar los équidos: grabado y relieve.
Del total de l¡:¡s dieciocho piezas, dos ML-4 y ML-6 se han conseguido mediante líneas incisas con un objeto punzante, las restantes se han efectuado «dibujando~ la silueta de los caballos y procediendo a rebajar más o menos el grosor del soporte de arenisca para desput:•s moldear la figura de los caballos, redondeándola o dejándola plana.
En dos ocasiones ML-3 y CC-I se deja en relieve un marco, siguiendo el borde del ladrillo.
Los relieves oscilan entre los 2 y 4 mm. siendo raro el de I mm.
Dentro del grupo realizado con técnica en relieve se pueden distinguir tres estilos: l.
Caballos al galope con colas y cuellos largos.
Naturalistas: a) Con representación de cascos y crines; b) Con cuerpos alargados rectangulares; c) En alto-relieve, con atalajes; d) En alto-relieve sin atalaje.
Tienen en común la mala calidad de la obra, que en la pieza ML-7 parece de mano infantil por la desproporción de cuerpo muy largo y extremidades casi rectas, con orejas agudas en el mismo plano.
La segunda pieza es la ML-5.
Es un sólo caballo con patas redondeadas, también desproporcionado.
El cuerpo robusto, la cola recta y larga, la grupa está realizada en el mismo plano superficial del bloque de arenisca, así como la parte inferior de las patas traseras, éstas se curvan contrariamente a la realidad, le faltan los corvejones.
Por último, el caballo ML-17, también de cuerpo largo con perfil redondeado, tiene las cuatro patas en el mismo plano del cuerpo, cuello y cabeza.
La sensación de perspectiva de ambos costados del caballo, ha resultado negativa.
La cola está erosionada, las articulaciones muy bajas y mal representadas.
Caballos al galope con colas y cuellos largos
Caracteristico de este estilo es la representación de caballos al galope, con cuellos muy delgados y largos; cabezas muy pequeñas desproporcionadas para estos animales, y una cola delgada y muy larga, casi a 45° con el tronco llegando cerca del suelo.
Los bordes de la talla de los animales están redondeados.
Las cuatro patas son rectas, en' postura de correr al galope hacia la derecha.
El más escuadrado es el ML-9, de modo que la loseta inicial debió estar entre las dimensiones citadas.
Del mismo estilo son las piezas ML-ll y ML-16, pero en este caso representan tres y dos caballos.
Son losetas incompletas de tamaño grande, 52,5 y 60 cms. con alturas de unos 30 cms. como vimos anteriormente.
La primera conserva el lado inferior y parte del derecho; la segunda los lados superior, inferior y derecho.
La ML-l1 presenta los caballos corriendo hacia la izquierda; los dos caballos de delante tienen una fractura con pérdida de las cabezas y parte anterior del cuerpo.
Esta pieza pudo ser parte de una lápida o friso, si sólo contenía tres caballos, sus dimensiones podrían ser de 65 cms. de longitud por unos 40 cms. de altura.
El grosor de la loseta sería de 10 cms. en toda su extensión.
El caballo de atrás es mucho mayor que los dos de delante, como si estos fueran potros.
En la pieza ML-16 St' ha repn.'sentado una "egua que lleva delante un potro.
Ambos suben por una pendiente del terreno representada en el relieve.
El potro tiene la misma estructura que los animales de la pieza anterior, mientras que la ~' egua tiene las patas traseras rectas':1 las delanteras curvadas, comu querit'ndo representarles corriendo.
Los caballos de este estilo se realizan con intención de señalar fuertemente los cascos y en algunas ocasiones las crines.
Son caballos al galope, que destacan en su representación los corvejones de Jas patas de atrás, las patas de delante están dobladas por las rodillas, las orejas son muy puntiagudas colocadas en el plano frontal.
La pieza ML-2 es bifaz presenta tres caballos en una loseta fracturada por todos los bordes que llamamos cara A. Se conserva en la parte alta un caballo completo en marcha hacia la derecha y la mitad delantera de otro enfrentado con el anterior.
Entre las patas delanteras de ambos, queda la cabeza y el cuello de otro.
Las tres cabezas son pequeñas y no mal proporcionadas.
Sin duda se trata de macho, yegua y potro.
Es difícil diferenciarlos, parece ser que el potro es el de la derecha, la yegua la que se enfrenta con él y el macho la cabeza inferior que parece pertenecer al équido mayor.
Las patas son análogas a las de toda la serie de este estilo.
La cara B tiene un conjunto análogo, pero muy deteriorado.
Sin duda ambas caras son del mismo autor.
Del mismo estilo sería la pieza ML-12 con la representación de un caballo trotando hacia la derecha.
La fractura de los bordes, no permite observar la cabeza ni el cuello del animal.
En cambio los cascos de las patas están bien señalados por una profunda incisión.
Una pieza de gran interés dentro de este estilo es la ML-lO, fracturada en los rebordes y representando como decíamos en su descripción, dos caballos enfrentados en plena marcha con, ((algo» difícil en principio de definir, pero que con un examen detenido parece ser un prótomo de caballo que presenta zonas orbitales, orejas y morro bajo el mismo relieve vertical que parece ser la interpretación estilizada del cuerpo de un pequeño caballo visto de frente.
Se ven bien las crines y cascos.
Las proporciones son acertadas y lo que resulta difícil es la interpretación esquemática del potro entre ambos.
El autor ha diferenciado la anatomía de los équidos mayores, que presentan rasgos distintos tanto en el volumen del cuerpo, cola y crines.
b) De cuerpos alargados y rectangulares
Forman este sub-grupo las piezas ML-ls y ML-8 (Fig. 2.1; Fig. 4.2).
En la pieza ML-ls, con apéndice lateral izquierdo, se han representado, dos caballos en relieve marchando tal vez a un trote corto hacia la izquierda.
La representación puede ser interpretada como si subieran despacio por una pendiente o si andaran dentro de un recinto cercado, o simplemente que la losa estuviera rematada por un adorno.
El estilo de los caballos es muy peculiar y distinto al de las otras losetas.
Tienen crines poco definidas y la cabeza es muy pequeña con respecto al cuerpo, las patas son más bien finas, la cola es larga.
Sólo un caballo se ha realizado en la loseta marchando a la izquierda ML-8 cuyas C; lI-acterísticas difieren poco de la representación anterior destacando principalmente el acusado cuerpo rectángular. c) En alto-relieve, con atalaje (Lám IV.
J) La pieza ML-l, es la única en que se representa el atalaje de montar.
Se trata de un caballo macho en el que siendo bien proporcionado se ha cometido el error de poner corvejones salientes a las patas delanteras.
El animal parece ir despacio o a un trote corto.
Se han rebajado algo las patas del lado derecho para dar la sensación de estar en un plano paralelo al de las patas de la izquierda.
El atalaje es netamente ibérico, «ephippium» sujeto con cincha y provisto de un levantamiento delantero para que se apoye en el cuello al resbalar la montura hacia delante, collarín con campanilla y falta total de baticola.
El cuello y cabeza del caballo se asemeja a los del estilo 2, pero el resto del caballo no. La otra pieza naturalista con el sexo señalado ML-3 se representa un caballo macho.
Sólo se conserva el lado izquierdo del ladrillo, con marco en relieve.
Sin duda sería la pieza mejor del conjunto.
El cuerpo del caballo (grupa) es plano, pero los bordes están redondeados, y se ha conseguido que la pata trasera izquierda parezca más lejana que la compañera, rebajando su relieve para que parezca posterior a la grupa.
Curioso es el detalle de la cola, que corta el marco.
El tratamiento total es muy bueno y el artista que lo hizo, un buen observador.
La pieza CC-l procedente de la Camorra de las Cabezuelas (Santaella, Córdoba), ya descrita en el inventario, aunque denota una mano más hábil que las anteriores podría incluirse en este cuarto grupo.
Se trata de la esquina superior izquierda de un ladrillo con marco en que las fracturas han hecho desaparecer medio cuerpo del caballo (parte delantera) y las patas.
La escultura es de más categoría que las anteriores, pues se ha dado relieve a las distintas partes del caballo, modelando la grupa, la cola y el vientre del animal.
Desgraciadamente este exvoto no tiene compañeros, pero denuncia un taller mejor que el de Luque.
La cara posterior es de las mismas características y aunque el caballo marcha a la izquierda, en el conjunto los dos caballos van en la misma dirección.
Puede tratarse de dos caballos o de macho y yegua.
Si nos fijamos en la técnica empleada, en la ejecuclOn de las piezas grabadas, los paralelos peninsulares son escasos.
La decoración mediante incisión se utiliza muy poco en las representaciones equinas que actualmente conocemos sobre soporte de piedra.
Valga como ejemplo el observar como de las 64 losas con caballos encontradas en Pinos Puente (Rodríguez Oliva et alii, 1983) sólo 6 (núms.
Por otro lado, de las representaciones animalistas procedentes del santuario del Cerro de los Santos (Montealegre del Castillo, Albacete) sólo existe un ejemplar de caballo realizado mediante incisión (núm. 7677, MAN) (Jiménez Navarro, lám. IV, fig. 8, pág. 99).
El relieve se utiliza más frecuentemente por los escultores, tanto en el depósito que estudiamos como en otros conjuntos peninsulares. ---....
La fragmentación de la mayoría de las piezas, no permite conocer el acabado de sus bordes (Cuadro 1), aunque podemos afirmar por los pocos que se conservan, que sólo tenían marco las piezas ML-3 y CC-l, en este caso, el relieve ocupa la parte central.
El aspecto formal de las losas mencionadas es semejante a la pieza procedente de Asquerosa (Valderrubio, Granada) y a las núms.
11 y VI) de Pinos Puente (Granada).
El resto del conjunto procedente de la Mesa de Luque, alcanza un tamaño medio de 60 cms. de longitud, medidas hasta el momento muy singulares para esta clase de representaciones.
Si pasamos a establecer algunos paralelos para los estilos, el que hemos denominado de torpe ejecución es frecuente en casi todos los depósitos de esculturas ibéricas de caballos en relieve si exceptuamos las del Santuario del Cigarralejo que se caracteriza por la maestría de las representaciones (Cuadrado, 1950).
El équido de Ilurco (Granada), de una fase más tardía y los ejemplares de Pinos Puente (núms.
4, 5, 45, 58, 64) (Rodríguez Oliva et alii, 1983) demuestran que los autores no se. preocupan demasiado por la estética del animal, sólo hacen una interpretación esquemática resaltando las características del equino.
Este sería el caso de los cuatro animales representados en la loseta procedente del Llano de la Consolación (Montealegre del Castillo, Albacete).
Los caballos al galope con colas y cuellos largos carecen de paralelos formales y nos permiten establecer la hipótesis de la existencia de un taller local, cercano al posible lugar sagrado donde se hicieron estas figuras tan peculiares.
Dentro del estilo naturalista el grupo «a.., tiene la peculiaridad de representarse tres équidos, iconografía desconocida en la Península.
Hasta el momento sólo se habían representado cuatro en el relieve procedente del Llano de la Consolación, antes citado.
La disposición heráldica con simetría axial de la loseta ML-17, tiene antecedentes muy antiguos fuera de la Península, tanto en el mundo oríental como en Grecia.
De todos es conocido como los l'~cultores utilizaron este sistl 'ma decorativu l' n muchas representaciones dl' la España prerromana, aunque hasta ahora nunca Sl' habían reprl'sentado tres caballos.
El espacio central está ocupado frecuentemente por el «Dumador» iconografía muy difundida (Blázqul'z, 1983, fig. 112).
A las piezas rl'cugidas por este autur, habria qUl' añadir la aparecida rl'cientcmcnte en La Encarnación (Caravaca, Murcia), (San Nicolás del Turo, 1983-1984: 277).
En algunos casos, los caballos se situan a ambos lados de una palmera (Palol, 1967, lám. LX).
La aparición de la cría en la parte central de la pieza, enriquecl' la icunografría existente sobrl' los équidos, que puedl' aludir a la f l, rtilidad, señalando un aspecto económico y reproductor de caballos en esta zona andaluza.
Los animales realizados con lus cuerpos alargados rectangulares, reflejan el estilo de un artesano local, sin aparentes paralelos en otros lugares peninsulares.
Por último, el estilo naturalista en altorrclieve es frecuente en los depósitos, aunque si exceptuamos El Cigarralejo es difícil encontrar estos animales con arreos.
Del lote de Pinos Puente, sólo el núm. 232 lleva una silla muy esquemática.
FIG, 6.-Mapa de dispersión con representaciones de caballos: J. Cerro de los Santos, (Montealegre del Castillo, Albacete); 2.
Recuesto, (Cehegín, Murcia); 3.
Cigarralejo, (Mula, Murcia); 4.
Mesa de Luque, (Córdoba); 5.
Torre del Campo, (Jaén); 6.
Pinos Puente, (Granada); 7.
Lltlnos de Silva, (Granada); 9.
Las dieciocho piezas que se han descrito al1ística ~. formalmente, proceden como hemos mencionado de lugares al sur de Córdoba, siendo la maYOI-ía de la Mesa de Luque (Las Retamas) y sólo una de la Camorra de las Cabezuelas (Santaella).
La primera concentración atestigua la posible localización de un santuario, uno más de los que ~• a empiezan a ser nunlL'rosos en nuestro Sur y Sureste peninsulares.
El primer santuario ibérico descubierto fue el del Cigarrakjo en 1945.\ en su emplazamiento una «favisse» que contenía 191 exvotos o partes de ellos, de los que 160 eran équidos ~. el resto figuras humanas o partes de ellas.
También en el santuario del Cerro de los Santos, aparecieron unos pocos exvotos representando équidos de piedra.
Posteriormente nuevos descubrimientos de caballos junto con otras piezas votivas en la provincia de Murcia plantean la hipótesis de otro santuario, el del Recuesto, en Cehegín (Lillo, 1981) Y cercano a éste aparece un «domador de caballos» en la Encarnación (Caravaca).
A éstos depósitos había que añadir el numeroso grupo de équidos en piedra aparecidos en Pinos Puente, Cerro de los Infantes, donde Gómez Moreno estimó la ubicación de la antigua Ilurco (Gómez Moreno, 1907).
Respecto a características de los yacimientos con depósito de caballos y hasta el momento, el que proporciona más datos es el del Cigarralejo, (Cuadrado, 1950) está situado en la cumbre de un montículo que domina el poblado y la necrópolis.
Sobre el santuario se edificó una villa romana con varias estancias donde fue abundante la cerámica romana ordinaria y campaniense.
El empedrado de un pequeño patio, cubría los restos de un muro y la favisse que contenía los exvotos.
El lateral N. de la villa era parte de una muralla defensiva que cerraba el poblado N. N.O. Algún exvoto se encontró bajo las habitaciones antiguas de la villa, y un relieve que se había utilizado <::urna mampuesto del muro defensivo mencionado.
En resumen, del santuario sólo queda el resto de muro del suelo de la H. 11, cuya planta debió ser la del santuario, que sin duda era construcción de fábrica.
El depósito de exvotos se situaba sobre el muro antiguo del santuario, lo que indica que se enterraron después de destruir el edificio al culto y también antes de construir la villa.
Los datos del santuario del Recuesto, si los hubo, se perdieron bajo un edificio industrial construido sobre él y que denunció la existencia del yacimiento.
Del santuario de Pinos Puente no tenemos noticias, sólo la masa de exvotos extendidos en una gran superficie, principalmente cerca de la llamada «Cuesta de Velillos» entre los arroyos «Enmedio» y «Cerrajones», entre los Kms.
No existe ningún resto de construcción y los objetos aparecen con los cultivos y han sido adquiridos a los agricultores.
También aparecen ejemplares en Asquerosa (Valderrubio-Granada) y Llanos de Silva (Granada), cercanos.
Coincidentemente debe existir una relación entre estos yacimientos granadinos.
En cuanto a Mesa de Luque, lugar del hallazgo de las diecisiete placas estudiadas, plantea la hipótesis de santuario de estructuras hasta ahora desconocidas, ya que no se han realizado excava-. ciones en este lugar.
Algunos de estos exvotos se esculpieron con técnicas parecidas a los de Pinos Puente: altos y bajos relieves, la mayoría en actitud de marcha.
Son peculiares los cuellos de «jirafa» y las colas largas, delgadas y rectas.
Si bien las piezas pequeñas pueden considerarse exvotos llevados por los fieles, otras tienen dimensiones muy grandes, que hacen pensar en placas componentes de un friso perteneciente a un pequeño edificio o altar dedicado a una divinidad, sobre todo, los que llevan tres caballos marchando en la misma dirección, o dos enfrentados y otro por debajo de ellos -comparable en esta funcionalidad a las placas de pizarra decoradas con caballos del santuario protohistórico de Zalamea de la Serena (Maluquer de Motes, et aHi, 1983: 219 y ss.).
Pieza interesantísima por su originalidad, ausente en los demás santuarios, es la de los dos caballos enfrentados entre cuyos pechos se observa un caballo pequeño (¿potro?) representado por su prótomo y un cuerpo reducido o una especie de columna vertical.
Nada podemos decir sobre representaciones de yegua y potro, que sólo podrían considerarse cuando hay diferencia de tamaño entre dos figuras avanzando en la misma dirección.
En general. el tipo de est~s relieves está más cerca de los exvotos de Pinos Puente que de los del S.E., aunque con las caracteristicas peculiares que los individualizan.
De tratarse de un friso en las grandes piezas, la pareja enfrentada con d prótomo intermedio, pensamos que seria la parte central del mismo del que no tenemos otros fragmentos.
Resulta difícil determinar su significado.
Hemos pensado en una pareja de macho (derecha) y hembra, con el potro en el centro.
Es decir una representación de paternidad con consagración del hijo, y en resumen una exaltación de la fecundidad.
Todo ello nos lleva al tantas veces mencionado culto a la «Pothnia Hippon» mediterránea.
En este santuario no hay relación con el "Despotes» que acompaña a esta divinidad, pero cada día son más numerosas las representaciones del «Domador» entre dos caballos tipo lapidario de La Encarnación (Caravaca, Murcia).
Tenemos noticias de otras dos estelas con esta iconografía procedentes de la provincia de Murcia aún inéditas.
Tal vez pudiéramos diferenciar las misiones encargadas a estos dos personajes divinos: la «Pothnia>l, protectora de los caballos y de su procreación; el «Despotes>l, algo relacionado con la muerte, pues siempre aparece en estelas y utilizaria los caballos de su paredro como psicopompos.
Se conoce la existencia de más ejemplares de la Mesa de Luque en poder de un anticuario.
Se hace indispensable una excavación científica.
El caballo de la colección de Alhonoz procedente de Camorra de las Cabezuelas pudo pertenecer a otro santuario de la zona, realmente un sólo ejemplar no puede tomarse como denuncia de un santuario es preciso encontrar un gran número de exvotos en el mismo lugar, pero sin duda son síntomas que hay que tener en cuenta.
Son ya muchos los exvotos de équidos en piedra de las campiñas en Córdoba y Granada, siguiendo la cuenca del Genil, y no olvidemos que la Camorra de las Cabezuelas (Santaella) ha producido un buen número de leones y otras esculturas ibéricas que denuncian talleres importantes de escultura (López Palomo, 1980: 115).
De la comparación de los santuarios presentados podemos observar dos regiones diferenciadas: la de S.E., con El Cigarralejo como prototipo, y la Andaluza, con la cuenca del Genil, con prototipo Pinos Puente, y el Sur de Córdoba, al Sur del Guadalquivir, con prototipo de Mesa de Luque.
No hemos podido visitar todavía estos dos santuarios pero confiamos en los informes recogidos por otros investigadores, y esperamos excavaciones futuras que confirmen o rectifiquen nuestras opiniones.
Los exvotos de bronce faltan en estos santuarios, tampoco aquí hay exvotos de caballeros, pero la presencia de figuras y de miembros del cuerpo humano (Cigarralejo, Cerro de los Santos, Recuesto) nos llevan a la conclusión de que la Pothnia también protegió a los hombres.
¿O pudo compartir sus santuarios con otras divinidades?
El acercamiento a la cronología es difícil dada la falta de datos concretos sobre el yacimiento.
Tenemos como fechas más seguras la datación de los ejemplares del Cigarralejo, en el s. IV y el límite para Pinos Puente, que proporcionó un ejemplar con restos de epigrafía romana.
Entre este período tan dilatado se situarian los ejemplares de la Mesa de Luque y la Camorra de las Cabezuelas, hasta que excavaciones sistemáticas en estos lugares puedan proporcionarnos datos más concretos. |
RESUMEN En el presente trabajo se describen las caracteristicas del método de datación por tennoluminiscencia, su fundamento y una aplicación a un yacimiento español, en concreto el denominado «Fábrica de Ladrillos», situado en el ténnino municipal de Getafe (Madrid), y correspondiente a la facies Cogotas 1.
Se presentan las fechas obtenidas, así como su interpretación dentro del entorno cultural.
El presente trabajo tiene por objeto describir las caracteristicas generales del método de datación absoluta por TL, su fundamento v aplicación.
Dicha técnica, en su variante de «grado fino~, ha sido aplicada para fechar un yacimiento arqueológico español. conocido como «Fabrica de Ladrillos», situado en el término municipal de Getafe (Madrid).
A nuestro entender, para la correcta comprensión de la técnica, se hace necesario una breve descripción del proceso físico que sirve de fundamento a la misma, que puede ampliarse consultando la bibliografía específica sobre el tema (McKeweer, 1982; Aitken, 1974).
La TL puede ser definida como el fenómeno que se produce cuando ciertos materiales al ser calentados emiten luz, siendo esta emisión diferente de la incandescencia y a menor temperatura.
El proceso físico que da lugar a la misma es fácilmente comprensible si tenemos en cuenta como están distribuidas las energías asociadas a los electrones en un sólido cristalino.
Los electrones presentes en un cristal poseen una determinada energía, cuyo valor está determinado por la mecánica cuántica, de forma que, como vemos en la Fig. 1. los electrones se distribuyen en «bandas» de valores de energía posibles, entre las cuales las dos más externas, es decir, de mayor energía son la banda de valencia y la de conducción, existiendo entre ellas un vacío o «gap» en el cual no es posible, en un cristal ideal, que se sitúe un electrón. -Esquema del proceso de ionización por irradiación (a) y de la liberación del electrón de la trampa (b).
Be: banda de conducción; T' trampa; B\/.' banda de valencÚl,' E profundidad de la trampa.
Sin embargo, las impurezas y defectos del cristal real provocan la aparición de valores energéticos posibles dentro de este gap, que, a diferencia de las bandas, no están presentes en todo el cristal. sino localizados en los defectos mismos.
Un electrón viajando a través del cristal por la banda de conducción puede, en su camino, encontrar uno de estos centros y quedar atrapado en él, en lo que se llama una «trampa».
El número de electrones que ocupan las trampas aumenta conforme aumenta el nivel de irradiación del cristal, pues las radiaciones alfa. beta o gamma crean electrones deslocalizados en la banda de conducción. aumentándose las posibilidades de atrapar a los mismos al aumentar el número de electrones libres.
El tiempo de permanencia en la trampa no es indefinido, sino que depende de varios factores. entre los cuales se encu~ntra la temperatura.
Al aumentar ésta, aumenta la agitación térmica y por tanto la energía del electrón, que se libera de la trampa cuando posee una energía lo suficientemente alta como para superar la barrera energel1ca que lo retiene.
Una vez libre, el electrón puede recombinarse con un centro luminiscente, y este proceso es el que genera la emisión luminosa de TL.
La intensidad de esta emisión va a ser directamente proporcional al número de electrones atrapados, dependiendo éstos, a su vez, de la magnitud de la dosis radiactiva que ha recibido el material, es decir, del tiempo que ha estado irradiado si el nivel de irradiación es constante en el tiempo.
La cocción de una cerámica libera todos los electrones de las trampas, y a partir de ese momento el llenado está condicionado a la dosis radiactiva que incide sobre ella durante su enterramiento arqueológico (Fig. 2 Esta dosis podemos considerarla constante en el tiempo, pues procede en su mayoría de los isótopos radiactivos del uranio, thorio, rubidio, cesio y potasio presentes en la cerámica y en el terreno circundante, cuya vida media, del orden del 10 9 millones de años, es muy superior a los intervalos de tiempo con que trabajamos en arqueología.
Si medimos la sensitividad de la muestra a la adquisición de TL, mediante la irradiación con fuentes radiactivas calibradas, y el contenido en elementos radiactivos de la cerámica y el terreno adyacente, es posible calcular la edad por la relación:
Es decir, la edad en años es el cociente entre la radiación recibida por la cerámica durante el enterramiento (dosis total) y la radiación media que recibe durante un año en ese punto (dosis anual).
Esta fórmula, en principio sencilla, se complica en la práctica al tener en cuenta todos los factores que influyen en la misma, como son la diferente contribución de los tres tipos de radiación en el proceso de ionización, la separaclon entre radiactividad procedente de la cerámica y del terreno circundante, la inOuencia del contenido en agua, etc.
En función de lo anteriormente expuesto, y en una primera aproximación podemos expresar la fórmula [1] de forma más completa como:
D~ Y Dy son las distintas contribuciones de cada tipo de radiación considerado, y k es un factor de corrección de la dosis a, necesario dado que la afectividad de producción de TL de esta radiación es menor que la de las radiaciones ~ y y, oscilando su valor entre 0.1 y 0.2.
Todo ello conforma una metodología de trabajo compleja, descrita ampliamente por Aitken (1985), que podemos separar en dos partes: la medida de la dosis total recibida por la muestra y el cálculo de la dosis anual.
Medida de la dosis total
La dosis total recibida por la cerámica está relacionada directamente con la intensidad de la emisión de TL de la misma, existiendo diversos métodos para su cálculo: técnica del grano fino (Zimmerman, 1971).
fototransferencia electrónica (Bowman, 1979).
De todos ellos los más comunes son la técnica del grano fino y la de inclusión de cuarzo, siendo la primera de ellas la que desarrollaremos a continuación, al ser la utilizada en el ejemplo de datación expuesto en este trabajo.
Una cerámica, en general, puede considerarse como un conjunto heterogéneo de granos minerales de cuarzo, feldespato, calcita y una matriz de minerales arcillosos.
Las partículas alfa, al incidir sobre un material de este tipo antes de perder su efectividad, recorren una distancia a través del mismo del orden del I-Lm; las partículas beta, en cambio, tienen un rango de actuación del orden del mm, y la radiación gamma es capaz de atravesar varios cm de la cerámica.
Dependiendo del tamaño de grano de los minerales que tomemos, la contribución a la intensidad luminiscente que midamos va a ser diferente para las distintas radiaciones.
Por la técnica del grano fino se seleccionan los granos minerales de una dimensión lo suficientemente pequeña para haber sido afectados por los tres tipos de radiación (de 4 a 10 I-Lm), por lo que su emisión TL será el resultado de la contribución ionizante de todos ellos.
Al no hacer separación entre distintos tipos de minerales, la curva TL representa la emisión «total» de la cerámica, que se resuelve en un solo pico (Fig. 3).
La cantidad de material necesario para la técnica de grano fino es de aproximadamente 0,1 g.
Antes de entrar en el proceso de preparación de la muestra en el laboratorio, es necesario señalar que no todos los restos de cerámicas que aparezcan en un yacimiento son aptos para la datación.
En el anexo A se contemplan una serie de advertencias sobre la toma de muestras.
Una vez extraída de la cerámica una cierta cantidad de muestra, se procede a la selección de los tamaños de interés mediante su suspensión en un vaso de acetona (Zirnmerman, 1971).
La deposición en el fondo del mismo se realizará de forma progresiva en el tiempo, dependiendo del tamaño de grano, según la ley de Stokes, por lo que, extrayendo la parte de muestra aún en suspensión en un determinado momento, o conservando la parte ya depositada, podemos realizar una selección de los granos con el rango de tamaño que nos interese.
La fracción de interés se deja depositar sobre unos discos de aluminio y se deja evaporar la acetona residual.
Estos discos de aluminio son los que se depositan en el porta muestras del horno de calentamiento para obtener la curva de TL.
Para el cálculo de la dosis total absorbida, es necesario medir las intensidades de la emisión TL sobre estas muestras (Fig. 3, curva TL-N).
A un grupo de ellas se las irradia con diversas dosis mediante una fuente radiactiva beta calibrada, obteniéndose así la variación de la intensidad con la dosis de irradiación (Fig. 3, curvas TL + 13, TL + 213).
Dichos resultados se representan en un gráfico (Fig. 4), en el cual, mediante la extrapolación de la recta obtenida hasta el eje de abcisas, hallamos el valor de la dosis beta equivalente (ED), es decir, la dosis artificial beta necesaria para producir en la muestra una intensidad de emisión TL igual a la arqueológica.
Este valor podcrnos considerarlo con'ccto si la respuesta a la irradiación es lineal, es decir, los puntos dd gráfico se distribu~' en realmente en una recta.
La falta de Iinearidad puede ser importante a dosis altas, cuando Se produce la saturación de la muestra, por lo que es necesario antes de realizar los cálculos oportunos comprobar si los datos obtenidos se sitúan en la parte de respuesta lineal.
A bajas dosis la respuesta a veces tampoco es linear, sino supralinear, es decir, el crecimiento inicial se produce de forma lenta, para ir progresivamente aumentando la pendiente hasta estabilizarse (\'er.
Debemos comprobar siempre si una muestra presenta o no un comportamiento supralincar, calculándose el valor dc corrección oportuno (Fleming, 1975), por el mismo procedimiento que se calcula la dosis beta equivalente, pero sobre muestras a las que previamente se les ha rcalizado ~' a su curva dt' TL natural (second glow).
De esta forma, la dosis total se desglosa en dos partes, la dosis beta equivalente (ED) y la corrección de supralinearidad (1), de modo que la fórmula [2] queda:
Como puede verse en la fig. 3, una diferencia importante entre la curva de TL natural y la de una muestra irradiada es la presencia en esta última de picos de TL a baja temperatura, de los cuales el más importante es el pico a 110 oC del cuarzo.
Estos picos de baja temperatura tienen una vida media de unos pocos años (McKeever, 1985), por lo que no son estables durante el tiempo arqueológico, ni podrán ser utilizados para la datación en la fórmula [3].
Para establecer el intervalo de temperatura correcto de medida de intensidad de TL, es necesario realizar el «test plateau>l (Aitken, 1985), en el cual se representa la relación entre las intensidades de TL natural e irradiada en función de la temperatura.
Estos puntos se sitúan en una curva que tiende a estabilizarse a partir de los 250-300 oC, temperatura que nos indica el comienzo de la zona estable para datación (ver fig. 3b).
Problemas en el cálculo de la dosis total
En la práctica, el cálculo de la dosis total (ED) puede verse complicado por diversos factores, pues la respuesta de las muestras a la irradiación es un proceso complejo del cual apenas si empezamos a conocer sus primeras consecuencias.
Los problemas más usuales que se pueden presentar en la obtención de la ED, son el decaimiento de la emisión o «fading» (Wintle, 1977(Wintle,, 1978)), Y la TL espúrea.
El primero consiste en una reducción importante con el tiempo de la intensidad de la TL inducida por la irradiación.
Este problema puede conducir a observar una TL menor de aquella debida efectivamente a la dosis arqueológica.
Mediante la lectura de la curva TL un tiempo después de una irradiación conocida, por ejemplo unos meses, se comprueba la existencia o no de decaimiento.
Se puede, en caso de que las muestras lo presenten, realizar la datación mediante la eliminación de la componente inestable de la emisión, según el procedimiento descrito por Templer (1985Templer ( -1988)).
El otro problema es la presencia de la TL espúrea, o TL inducida por radiación, que enmascara la verdadera emisión de TL, constituyendo su origen una cuestión de difícil explicación en la actualidad (Martini et al., 1988).
Medida de la dosis anual
La dosis de radiación que recibe un resto cerámico durante su enterramiento es debida, en distinta proporción, a los isótopos radioactivos del uranio (U-235 y U-238), torio (Th-232), potasio (K-40) Y a la radiación cósmica.
Los isótopos de rubidio y cesio no se consideran normalmente, al ser su abundancia muy escasa.
Cada uno de ellos va a contribuir de forma distinta a la dosis anual. por lo que es necesario separar la aportación individual de cada tipo de radiación.
En la Tabla 1 (Aitken, 1985) puede observarse la importancia relativa y el total de radiación anual recibido por una cerámica ideal tipo.
Las dosis alfa y beta proceden principalmente de los elementos radiactivos presentes en el interior de la cerámica, dado el bajo poder de penetración de las mismas.
La dosis gamma, en cambio, procede en su mayoría del ambiente y el terreno circundante. muestras o bien calculando d contenido en dementos radioactivos del terreno circundante de la misma forma que se ha calculado para la cerámica.
La dosis anual vemos pues que corresponde a la suma de las dosis parciales, que son:
Dosis alfa procedente del uranio ~' torio, curregida por el factor k.
Dosis beta y gamma del uranio y torio.
Dusis beta del potasio.
Dusis gamma externa del amhiente y de la radiación cósmica.
La tórmula para el cálculu de la edad queda, por tantu:
Un aspecto interesante a considerar es el contenido en agua de la cerámica y del terreno circundante.
El agua presente en el terreno tiene una baja radioactividad comparada con la de la propia cerámica y el terreno que la cuntiene, absorbiendo además parte de la radiación que deberia alcanzar a la cerámica.
Los valores de las dosis alfa, beta y gamma anuales de la cerámica y el terreno deben ser corregidos por las siguientes fórmulas (Zimmerman, 1971): ---------------1 + «Wh / Ws) -1)"1.25 [6] D a seca D ---------y -1 + «Wh / Ws) -1)"1.14 [7] Donde Wh es el peso de la cerámica húmeda y Ws el peso seca.
Para el terreno se utiliza solo la fórmula de la dosis gamma, al ser la única radiación en la que contribuye.
La reducción en la dosis alfa asume que el agua penetra en los poros de la cerámica con un diámetro menor que el rango de efectividad de dicha radiación, lo cual puede considerarse cierto, pues nonnalmente las cerámicas tienen poros del orden de 10 J.Lm o menor.
Para evaluar las ecuaciones anteriores necesitamos estimar el incremento de peso de la cerámica y el terreno con el agua, determinándose el valor máximo mediante la medida del agua de saturación.
Los valores del contenido de agua in situ son interesantes a la hora de establecer el porcentaje medio de agua durante el enterramiento, considerando las posibles fluctuaciones anuales a largo plazo.
Error asociado a la datación.
Los factores que influyen en la exactitud del fechado, y el margen de incertidumbre del mismo, podemos separarlos en dos grupos.
Por un lado tenemos los errores que se pueden producir al realizar una determinada medida.
Estos valores anómalos se eliminan al realizar varias mediciones en cada muestra y datarse varias muestras en cada nivel.
Son lo que denominamos errores aleatorios.
Por otra parte tenemos los errores sistemáticos, que son los propios del sistema de medida (por ejemplo exactitud en el calibrado de la fuente radiactiva, error en la medida de la curva TL, etc.).
Este segundo tipo de error no puede ser eliminado salvo con continuas comprobaciones y calibrado del instrumental utilizado.
En general. el error asociado a cada muestra viene dado por (Aitken y Aldred, 1972): Donde (a r )¡ es la raíz cuadrada de la suma de las varianzas de error aleatorio en cada muestra, y (as). lo mismo pero con los errores sistemáticos.
A la hora de expresar el resultado de una datación, además de las fechas individuales, si son más de tres se da la edad media obtenida a partir de las fechas de cada muestra de un determinado nivel, junto con dos márgenes de error, q y e (Aitken, 1985), es decir Edad ± q ±e.
El valor de q representa el mínimo límite de error, y se obtiene considerando que las causas de error son todas aleatorias.
Este valor es útil para comparaciones con dataciones por el mismo sistema en niveles distintos o yacimientos de la zona.
El valor de e considera tanto el error sistemático como el aleatorio, por lo que es el parámetro de error útil en comparaciones con fechas obtenidas por medio de otras técnicas, o con yacimientos de otras localidades.
EJEMPLO DE APLICACION: eeYACIMIENTO FABRICA DE LADRILLOS»
Cogotas I sólo ha proporcionado un caso dl: inhumación: d yacimil: ntu vallisoletano de San Román de la Hornija (Ddibes de Castro, 1978).
A juzgar por los eScasos datos publicados hasta el momento, el yacimiento de La Fábrica debe identificarsl: con uno de los clásicos conjuntos de «fondo de cabaña,., tan frecuentes en la Protohistoria madrileña, ya que está constituido por un importante número de fosas o agujeros excavados en la arena y rellenos con materia orgánica, cerámica, útiles de piedra y huesos.
Estas fosas se disponen en grupos arracimados dejando entre ellas espacios estériles (Priego y Ouero, 1983: 301).
Las pocas muestras cerámicas dadas a conocer permiten incluir el yacimiento dentro del Horizonte Cogotas I y, más concretamente, a un momento de plenitud de esta facies ya que se encuentran bien representadas técnicas ornamentales como el boquique y la excisión y algunos recipientes conservan restos de incrustación de colorante rojo, dato que, en principio parece ser un indicio de cierta modernidad.
Otro aspecto que proporciona interés al yacimiento de la Fábrica es el haber proporcionado materia orgánica válida para la datación de carbono-14, hecho que, como antes apuntábamos, es inusual en conjuntos de sus características.
Las muestras fueron procesadas en el laboratorio de Teledyne Isotopes, Westwood, New Jersey, y la primera de las publicadas ha arrojado el siguiente resl, lltado:
La muestra procede de las cenizas existentes en el interior de una vasija hallada en el fondo 12, aparecida a 0.50 metros de profundidad y, según sus excavadores, esta fecha permite datar cerámicas con decoraciones excisas y de boquique (Priego y Ouero, 1983: 303).
Este resultado es, a todas luces, divergente de los datos que teníamos para yacimientos del mismo horizonte, tanto de Madrid y otros puntos de la Meseta, como de Andalucía, ya que la fecha de carbono-14 más moderna de las obtenidas hasta ahora para fechar un yacimiento de Cogotas 1 es de 870 a.
La Fig. 5 representa el esquema de una cadena para datación por TL.
Aunque pueden producirse diversos cambios dependiendo de las características y el aparataje adoptado por los distintos laboratorios, el esquema-general es siempre similar.
La muestra es calentada en un horno provisto de sistema de vacío y atmósfera de nitrógeno o argón, a una velocidad de calentamiento linear de unos 20 oC por segundo, obtenida mediante un programador-controlador de temperat ura.
La emisión es recogida por un tubo fotomultiplicador, en nuestro caso un EMI 9635 OB con filtros Corning 7-59 y Chance-Pilkington blue HA-3, para eliminar la emisión en el rojo debida a la incandescencia.
Tanto la señal luminosa como la indicación de la temperatura son recogidas en un ordenador, que representa una gráfica intensidad-temperatura con los datos obtenidos, es decir, la curva de TL.
La medida de la actividad alfa se realiza mediante el centelleo producido por la muestra en un disco de ZnS, que es recogido por un fotomultiplicador EMI 60975.
Esta señal pasa por un preamplificador ORTEC 113 y un amplificador discriminador ORTEC 490B.
Los impulsos de salida son medidos por un ORTEC 715 Dual Counter Timer, en forma de contajes por minuto (c.p.m.), proporcionales a la presencia de isótopos radiactivos del U y Th en la muestra.
La concentración de potasio se midió por un fotómetro de llama De Vita, modelo Triflam.
Las fuentes radioactivas usadas para la irradiación de las muestras fueron de Po-210 para la radiación alfa y 5r-90 para la irradiación beta.
Datación del yacimiento ((Fábrica de ladrillos» Los datos obtenidos en la. datación aparecen en la Tabla Il.
Los valores de la dosis total arqueológica corresponden a la dosis beta equivalente más la corrección de supralinearidad (ED + 1).
Los valores de la dosis anual se han calculado tomando una relación Th/U = 3.16.
En función de los result"dos obtenidos (Tabla 11) se han establecido las siguientes edades absolutas: Muestra F2A: 1078 ± 257 a.
C. A lo largo del proceso de datación, se pusieron de manifiesto una serie de características en las muestras que han complicado el desarrollo del trabajo.
En primer lugar, y como puede verse en la tabla n, los valores de K20 son elevados, oscilando alrededor del 4.5 9ó.
Este contenido en potasio, muy superior a lo normal en cerámicas, es producido probablemente por dos factores: i) Las características propias del yacimiento (fondos de desecho ocupacionales) implica que junto con las cerámicas se acumularon abundantes residuos orgánicos, principal fuente del potasio.
ii) La contaminación actual, provocada por la proximidad a centros de fuerte actividad industrial y a zonas de vertido de residuos urbanos.
En la tabla III aparecen los valores típicos en contenido de K, Th, U Y el factor k medio en cerámicas (Aitken, 1985) junto con los obtenidos para las muestras fechadas.
En esta tabla se puede ver que además del alto contenido en potasio hay también valores anormalmente altos de U y Th. lo que colabora a aumentar la dosis anual y por tanto la dosis total recibida por las muestras, que se traduce en intensidades altas en la curva de TL.
Los valores de ED son por lo tanto muy altos, dándose el caso de que aparecen también muy dispersos, con un margen de error asociado al cálculo de la dosis total elevado.
Esta dispersión estaría también causada posiblemente por la presencia de elementos contaminantes extraños (por ejemplo detergentes) y materia orgánica.
Estas complicaciones han provocado que de las 5 muestras analizadas, dos hayan sido desechadas, pues en ellas los valores anómalos impedían una datación fiable.
El contenido en agua que aparece en la tabla II corresponde al 50 % del agua de saturación.
Se ha tomado este valor atendiendo a las características climatológicas y a la humedad en el terreno a lo largo del año, que varía desde la saturación casi completa en la estación lluviosa (con formación incluso de acumulaciones de agua estancada en las proximidades del yacimiento) hasta la sequedad casi total en la época estival.
El terreno, por los mismos motivos, se ha considerado con el 20 % de agua de imbibición.
Los valores tan altos de potasio a la profundidad a que se tomaron las muestras, aproximadamente a 1.5 m bajo el suelo actual, implican también una fuerte circulación de agua, que habría favorecido a su vez la contaminación del área.
C. encajan perfectamente dentro de los parámetros en los que se mueven las fechas de carbono-14 de los yacimientos del Horizonte Cogotas 1.
Unicamente resulta chocante la distancia de 300 años existente entre la fecha más antigua y la más reciente, caso que también se produce en San Román de la Hornija, pero no puede olvidarse que la mayoría de los yacimientos de ((fondos», entre los que se encuentra este de La Fábrica, han sufrido múltiples reocupaciones con abandonos intermedios sin que, hasta el momento, hayamos podido saber la duración total de las• sucesivas ocupaciones hasta el abandono final del lugar, y este indicio de La Fábrica podría ser un primer dato orientativo de la larga pervivencia de estos yacimientos, ya que el caso de San Román de la Hornija debe de ser analizado en otro sentido, pues las fechas proceden de hueso y carbón cuya muerte pudo ocurrir en momentos diferentes..
En cuanto a los valores absolutos obtenidos por TL, ya hemos apuntado que estos se ajustan a la cronología del Horizonte Cogotas I conocida por carbono-14.
En concreto, la fecha más reciente de las ahora conocidas: 894, coincide con la segunda de las obtenidas por carbono-14 en el propio yacimiento de La Fábrica, mientras que las dos más antiguas son similares a las del vecino yacimiento de Ecce Horno (Alcalá de Henares), el cual ha proporcionado tres fechas para el Horizonte Cogotas 1, estas son: 1150, 1070, y 1070 a.
C. respectivamente (Almagro Gorbea y Fernández Galiano, 1980: 125) las cuales coinciden, casi exactamente con las dos fechaciones obtenidas ahora en La Fábrica por TL.
Esta misma coincidencia se produce con el yacimiento de San Román de la Hornija, donde los valores de carbono-14 son 10 10 y 870 a. c.
(Delibes de Castro, 1978: 236) aunque ahora el paralelo hay que establecerlo con los más recientes de La Fábrica.
En Andalucía contamos con dataciones de carbono-14 en dos yacimientos, con materiales de Cogotas 1: Purullena, en Granada y Llanete de Los Moros en Córdoba.
Ello significa que es precisamente en los momentos de vida de La Fábrica, cuando el Horizonte Cogotas I se encuentra más extendido, produciéndose una de las etapas de la'Prehistoria de contactos más fluidos y estrechos, entre la Meseta y las tierras meridionales de la Península.
Otro es el caso de algunos yacimientos de la región oriental de la Meseta Norte, como La Vaquera (Segovia) (Zamora, 1976: 63).
C., hecho que Fernández-Posse ha interpretado por ser ésta la zona de origen y configuración de los rasgos típicos de Cogotas I (Fernández-Posse, 1982: 156).
En suma, creemos que las nuevas aportaciones cronológicas obtenidas por TL en el yacimiento de La Fábrica de Ladrillos de Getafe (Madrid) son una valiosa aportación que ayuda a fijar más sólidamente el marco temporal del Horizonte Cogotas 1, una de las facies culturales que más número de yacimientos ha proporcionado en las tierras del interior peninsular.
Instrucciones para la toma de muestras
Se tomarán las muestras en zonas del yacimiento alejadas de muros o discontinuidades en el terreno al menos 30 cm. (ver Fig. 6).
No son válidos tampoco los restos recogidos en superficie. ni aquellos enterrados a una profundidad inferior a 30-40 cm.
Las acumulaciones de piedras o bloques de gran tamaño son. a su vez. nocivas. por lo que se tomarán las muestras en puntos libres de ellas.
Una cierta presencia de fragmentos de rocas o piedras no es importante. siempre que no se tomen aquellas muestra.. en contacto directo o muv próximas a los cantos mayores.
Una vez extraída la cerámica y 100-200 g del terreno adyacente a cada una de ellas. se guardarán en bolsas de plástico independientes y bien cerradas. que se guardarán de nuevo en otra bolsa. cerrando ambas lo más herméticamente posible.
Es conveniente evitar al máximo la incidencia de la luz del sol en las muestras. así como todo tipo de exposición a irradiaciones (ultravioleta. infrarroja. rayos-X. etc.).
No es necesario lavar las muestras. pero en caso de necesitar una limpieza al objeto de ser convenientemente identificadas. debe hacerse en seco con ayuda de pinceles o espátulas. evitando al máximo el humedecerlas y sin usar detergentes en ningún caso.
Dependiendo de las características del yacimiento. se procurará tomar entre 5 y 10 muestras de cada nivel. evitando aquellas cuya adscripción a un grupo o nivel determinado sea dudosa.
La decoración superficial no influye en la datación.. |
que pueden servir como modelos etnográficos para interpretar algunos restos arqueológicos.
Palabras clave CereaJes-Paleodietas-Alimentación-Modelos etnográficos.
Aunque los restos carbonizados de semillas de cereales aparecen frecuentemente en las excavaciones de yacimientos prehistóricos, resulta difícil pasar del simple listado de especies y su caracterización morfológica a una interpretación del posible uso de las mismas.
Esta última información es la que más suele h, teresar al arqueólogo, pero rara vez puede obtenerla del paleoetnobotánico.
El estudio de la distribución espacial de los restos procesados de semillas que aparecen en los yacimientos ha permitido conocer algunos aspectos de la organización social, los sistemas de almacenamiento y las malas hierbas asociadas a los cultivos (Jones, 1987).
Algunos autores han recurrido a modelos etnográficos para interpretar los materiales vegetales encontrados y su distribución espacial.
Gordon Hillman (1984) ha localizado pueblecitos en las áreas montañosas de Turquía donde todavía se cultivan formas arcaicas de cereales indígenas con tecnologías muy primitivas.
Glynis Jones (1984) ha llevado a cabo un estudio similar en la isla de Amorgos, situada en el Egeo, en cultivos tradicionales de cereales.
El interés de estos modelos etnográficos ha sido claramente subrayado por Hillman (1984) frente a los modelos experimentales de laboratorio desarrollados por Dennell (1974Dennell (, 1976) ) que parecen ser altamente especulativos.
El consumo de estos productos, la forma de prepararlos y las proporciones en que aparecían en la dieta puede ser estudiado en algunos casos excepcionales, a través del análisis de los restos
alojados en estómagos e intestinos de cadáveres que permanecieron en turberas o hielos.
Los hombres de Tollund y Grauballe (Dinamarca, Edad del Hierro) conservaron en sus tractos digestivos restos de sus últimas comidas (Helbaek, 1950(Helbaek,, 1958)).
El hombre de Tollund había comido una mezcla de dieciocho especies vegetales silvestres y cultivadas, entre las que destacaban la cebada (Hordeum vulgare), el lino (Linum usitatissimum) y varias especies del género Polygonum siendo más abundante la hierba pejiguera (Po~vgonum lapathifolium agro (1)).
El hombre de Grauballe había comido una mezcla de sesenta y una a setenta y seis especies de plantas diferentes, aunque predominaban la cebada (Hordeum vulgare), los trigos (Triticum dicoccum y T. spelta) y la hierba pejiguera (Polygonum lapathifolium agr.).
El hombre de Lindow (Gran Bretaña, Edad del Hierro), estudiado por Hillman (1986), ha conservado una matriz amilácea de textura fina, fragmentos grandes de salvado pertenecientes a dos tipos de cereal, restos escasos de glumelas de cebada (Hordeum vulgare), abundantes restos de raquis de espiga de cebada, restos de bases de glumas rotas de espelta (Triticum spelta) y escaña (Triticum diccocum), también aparecieron algunas semillas de hierba pejiguera (Polygonum lapathifolium (1»), cenizo (Chenopodium album), romaza (Rumex conglomeratus) y otros.
El estudio de los coprolitos humanos o paleoheces ha revelado una sustanciosa información sobre las dietas prehistóricas, campo muy trabajado en el Continente Americano (Bryant, 1974(Bryant,, 1979;;Hillman, 1986; Shackley, 1981).
Las paleoheces pueden aportar mucha información sobre la manera de preparar los cereales (Hillman, 1986).
Si se consumieron granos cocidos sin descascarillar, el salvado puede aparecer en las heces como cápsulas, que apenas son destruidas por la masticación.
Si las semillas fueron tostadas y comidas sin descascarillar, el salvado seria más frágil y puede aparecer en forma de amplios fragmentos, que podrian confundirse con los procedentes de una trituración grosera.
Cuando se preparan las semillas eliminando el salvado antes de cocinarlas, como sucede en el bulgur turco, en las heces no aparecen restos de pericarpo.
Finalmente, los granos integrales reducidos a harina para gachas, dejan restos de salvado finamente triturado en las heces.
Se ha propuesto la utilización de ESR (Espectroscopia por Resonancia de Spin Electrónico) como técnica analítica para determinar la temperatura máxima a que fuera expuesto un determinado tejido, e incluso el tiempo que duró el calentamiento (Hillman, 1986).
Respecto a las eventuales mezclas de alimentos, parece que las posibilidades de mezcla en el tracto digestivo dificultan el averiguar si dos alimentos que aparecen en las heces juntos fueron también ingeridos al mismo tiempo.
Mezclas de granos localizadas en pequeños contextos de almacenamiento como pueden ser cestillos, podrian estar relacionadas con la inmediata preparación de un alimento.
Ante la escasez de información sobre las posibles formas de preparar y consumir los cereales en la Prehistoria emprendimos hace tiempo una búsqueda de recetas tradicionales que incluyen cereales, en los diversos países de la Cuenca Mediterránea.
En el presente artículo estos datos etnográficos son sistematizados, comparados con la evidencia arqueológica disponible y brevemente evaluados desde el punto de vista de sus posibilidades nutritivas.
Hemos restringido la investigación al consumo de cereales poco transformados, a lo sumo ligeramente triturados, pero no reducidos a harina, ya que parece ser la forma más primitiva de ingerirlos.
Las recetas tradicionales se obtuvieron directamente o bien a través de fuentes bibliográficas, recogiéndose tanto la composición como la forma de preparar el plato.
El área del estudio comprende Castilla-La Mancha, Murcia, Comunidad Valenciana, Marruecos, Argelia, Siria, Libano y Turquía.
Adicionalmente se investigaron recetarios medievales hispano-magrebíes y catalanes.
Finalmente se obtuvieron datos de las comunidades judeo-españolas de Estambul.
También se estudiaron los datos disponibles de Francia, Portugal y Grecia, aunque sin resultados positivos.
Nuestra intención es buscar los posibles rasgos comunes a las distintas recetas que puedan revelar una forma primitiva de preparar y consumir los cereales sin transformarlos en harina.
El cereal más frecuentemente utilizado son las diversas especies de trigo, fundamentalmente
Triticum durum (el cual interviene en el bulgur de los judeo-españoles y turcos que es el burghul de los Iraquíes, cfr.
Aunque no ha sido recogido en las recetas también se utiliza para sopas en Iraq Triticum monococcum (Bar, 1968).
En los países del Magreb se utiliza también la cebada (Hordeum vulgare).
La forma general de preparar los platos de trigo consiste en poner el grano a remojo durante un tiempo variable, desde un cuarto de hora hasta toda una noche, aunque es más frecuente esto último.
A continuación se procede a su limpieza, o descascarillado; realmente se trata de eliminar el pericarpo y el embrión, es decir el salvado.
El procedimiento más frecuente es restregar con una mano los granos unos contra otros, aunque también se recurre a morteros preferentemente de madera e incluso se utilizan fragmentos de teja o molinos de mano.
Excepcionalmente se utilizan granos de trigo sin descascarillar como sucede en Siria, Libano, los judea-españoles de Estambul y alguna receta argelina.
Posteriormente los granos se dejan secar al aire en un recipiente abierto como puede ser un plato o una fuente.
Una vez seco el salvado se elimina aventando.
En Turquía estos granos ya descascarillados se almacenan para su ulterior consumo (por tanto podrían aparecer más fácilmente en el registro arqueológico).
Antes de ser comido el cereal se cuece en agua con sal; según los casos pueden ser añadidas especias, verduras diversas, grasas de origen vegetal o animal, o distintos tipos de carnes (Tabla 1).
Dependiendo de las recetas la presentación final del plato puede ser en forma de sopa, guiso o ensalada.
En las recetas tradicionales se puede observar que, junto a los ingredientes indígenas, aparecen frecuentemente otros productos de introducción más reciente.
La canela, el limón, la cúrcuma, el clavo y la pimienta negra parecen responder a influencias asiáticas, las cuales fueron más acusadas durante el máximo de expansión de la cultura islámica.
Las calabazas, el tomate, los pimientos rojos y verdes, las patatas y las judías, se extendieron rápidamente tras el descubrimiento de América, transformando profundamente las pautas alimentarias de los pueblos mediterráneos; incluso de aquellos considerados profundamente tradicionalistas, como los judea-españoles, qu~ incorporaron en su alimentación elementos americanos como el tomate o el aceite de girasol.
Una vez descartados los elementos recientes, los listados proporcionan una información interesante que puede ser confrontada con la evidencia arqueológica.
En la Grecia clásica junto a los hervidos de cereales (maza) se consumían granos de cebada tostados (Baumann, 1984) pero no hemos encontrado que su uso se conserve en las recetas investigadas.
El antropólogo León Abrams (1978), menciona el trigo como uno de los primeros ejemplos de procesado sencillo de los alimentos, ya que no puede ser comido crudo de forma satisfactoria.
El procesado más primitivo consistiría en tostar los granos o bien mezclarlos con agua y calentarlos o hervirlos.
Al citar Abrams (1978), como ejemplo de aprovechamiento de todas las propiedades nutritivas del cereal el bulgur turco, parte del supuesto de la utilización de granos sin descascarillar, integrales, algo que no siempre sucede.
Al eliminar el pericarpo y el embrión, se pierde sólo un 17 96 del peso total del grano de trigo; sin embargo, las proteínas perdidas son más del 25 96.
Este procesado lleva también consigo una pérdida superior al 50 96 de vitaminas del grupo B (B, o tiamina, B o riboflavina, Bl o niacina, B! o ácido pantoténico y B. o piridoxina) (Tabla 2), que probablemente se compensa con la adición de diversas especies de legumbres o de carne.
La mezcla de cereales y legumbres en una misma preparación parece ser un descubrimiento bromatológico importante que, en la vertiente occidental de la Cuenca Mediterránea, se extiende hacia el Calcolítico.
Las proteínas de ambos tipos de alimentos tienen una composición de aminoácidos esenciales complementaria desde el punto de vista nutricional: el trigo es relativamente pobre en lisina y presenta un exceso relativo en metionina y otros 1, Chorba frik, Argelia (Bouayed, 1983); 2, Chorba b'cherchem, Argelia (Bouayed, 1983); 3, Bulgur, Judeo españoles de EstaDlI <8adi, 1985)j 4, Harira, Harruecos (Heyers y Heyers, 1984)¡ 5, Kibbeh Hish' MeY I Siria•L1bam (Harch, 1988);6, Blat picat, Valencia (Harch, 1983); 7, 8, 9, Guisos de trigo de Murcia (1.
Granos enteros de varias especies de'cereales
Avena sati\'a (avena) aminoácidos sulfurados, mientras que las legumbres por el contrario, pobres en metionina, tienen un contenido elevado en lisina.
Esta complementariedad en algunos aminoácidos esenciales eleva enormemente el valor biológico de las proteínas vegetales, es decir, aumenta la proporción de proteína asimilada sobre el total de proteína consumida, pasando de un 50 % a un 70 % (OMS, 1987), Si tenemos en cuenta que el valor biológico de las proteínas animales de la carne es de un 75 %, podemos apreciar la eficacia nutricional de las mezclas de cereales y legumbres.
La incorporación de verduras a los platos supone un aporte considerable de vitamina A, vitamina C y sales minerales.
Aunque no hemos localizado recetas tradicionales que inclu: van mezclas de varias especies de cereales, fenómeno que por el contrario es frecuente en los hallazgos arqueológicos, resulta normal encontrar actualmente trigo, avena, centeno v cebada, mezclados junto con otros cereales en las harinas destinadas a la alimentación infantil.
Con estas mezclas se pretende obtener también una complementariedad de nutrientes la cual juega exclusivamente con cereales, dado que hasta cierta edad los niños no pueden comer legumbres por problemas de alergias o toxicidad.
La identificación de preparados similares entre los restos arqueológicos resulta difícil, ya que las posibilidades de conservación una vez cocinados son muy escasas.
Lo normal es que inmediatamente fueran consumidos, por lo que una posible fuente de información son las paleoheces.
Los contenidos de los tractos digestivos de los hombres de Tollund y Grauballe, anteriormente citados, fueron identificados en lo concerniente a las semillas, pero no a los restos de parénquima foliar.
La composición de estas comidas han sido interpretada por Hillman (1986: 103) como a) residuos de un tamizado fino de cereales a los que se adicionó algo de grano limpio o b) o granos dispersos procedentes de una mala cosecha que no habían sido tamizados para eliminar las semillas de malas hierbas.
En ambos casos Hillman descarta la intencionalidad de la mezcla, aunque es conocido que las semillas' de varias de las especies ~(silvestres» eran recogidas y almacenadas en cantidades importantes, habiéndose encontrado en Dinamarca depósitos de volumen superior al litro de Chenopodium album, Po/ygonum lapathifolium agro o Spergula vulgaris.
Hasta el momento no se dispone de la base histológica comparativa para averiguar, a través del estudio de paleoheces, si las verduras que aparecen en la Tabla 1, u otras similares fueron consumidas junto a los cereales en la Prehistoria.
La mezcla de trigo y cebada que se da en' el yacimiento de Almizaraque (Tellez y Ciferri, 1954), hemos podido comprobar que presenta una proporción del 20 al 25 96 de cebada y el resto de trigo (muestras 8-11/87, procedentes de las casas 33 y 41).
La mezcla puede interpretarse como material de base para una harina de gachas o incluso de panificación, o también como elemento de un antecesor prehistórico de la harina y el guiso de trigo.
En Lugarico Viejo (Almeria, Edad del Bronce) se encontraron vasijas con trigo a medio moler (Siret y Siret, 1890), o con granos enteros mezclados con otros más triturados.
Estos granos pueden corresponder a materiales previamente elaborados que se almacenan para su próximo uso como sucede con el bulgur de Turquía.
El estudio de los contenidos de tractos digestivos de algunos hombres cuyos cadáveres se conservaron en turberas de la Europa Atlántica y de algunos depósitos muy localizados de granos carbonizados en el Sudeste de España, ha mostrado que ambos presentan en común la mezcla de varias especies de cereales.
El estudio de las recetas tradicionales de cereales de la Cuenca Mediterránea no ha permitido descubrir estas mezclas, que parecen haber sido sustituidas por la adición de una o varias legumbres al cereal que sirve de alimento base.
Es posible que la adición de las legumbres a las comidas de cereales se iniciara en la Península Ibérica durante la gran expansión del cultivo de leguminosas que se produce entre el Calcolítico y la Edad del Bronce.
Las mezclas presentan evidentes ventajas nutricionales qu~ posiblemente, fueron apreciadas de forma empírica |
LOCALIZACION y CARACTERISTICAS DEL HALLAZGO (2)
En el año 1976 M. Santonja realizó excavaciones en los yacimientos de Aridos I y 11 en las proximidades de Arganda (Madrid). muy cerca de la confluencia del Manzanares con el Jarama.
En el transcurso de las mismas recibió de D. Francisco Fernández Correas (Empresa Aridos, S. A.) materiales recuperados mientras se extraían arenas un kilúmt'tro al norte, aproximadamente, del lugar en el que se excavaba (Fig. 1).
Hemos podido averiguar muy poco del contexto de los hallazgos.
Sabemos que apárecieron todos en un mismo punto y en los «niveles superiores» l de la terraza.
Ignoramos si estaban o no asociados a estructuras y si éstos sufrieron selección.
Además de los fragmentos cerámicos dibujados (Fig. 2 Y 3), en el lote conservado existen piezas de difícil asignación pero que fueron recogidas junto con las demás.
Nos referimos a dos «manos de molino» con «pulimento» y a una veintena, aproximadamente, de fragmentos cerámicos atípicos.
Las cerámicas fueron realizadas a mano.
El grosor medio de la pared oscila entre 0,6 y 0,8 cm. Los colores de las pastas son sombras, sienas, negros y grises.
Los desgrasan tes utilizados son cuarzo, mica y cal, de tamaño fino (1-2 mm.), medio (2-3 mm.) y grueso (3-4 mm.).
Las cocciones son reductoras o alternantes y la estructura de la pasta variable (compacta, foliar y disgregada).
El color de las superficies es siena, salvo en un caso con superficies interiores oscuras.
Los tratamientos superficiales son alisados al interior y al exterior, ofreciendo la vasija de la Fig. 3 la peculiaridad de tener gran cantidad de surcos en direcciones variables sobre la cara interior (¿alisado con entramado vegetal?).
Alguna superficie está erosionada y casi todas ellas tienen concrecciones.
Aunque tipológicamente los materiales ofrecen semejanza con los de grupos de otras regiones, encuadrables en un momento relativamente avanzado del Neolítico Peninsular, no somos partidarios de proporcionarles una' asignación cronológico-cultural concreta, basándonos solamente en los paralelos formales.
Además, los estudios de recogidas superficiales y de fondos antiguos depositados en la Sección Arqueológica del Museo Municipal de Madrid (3), nos han permitido observar la dificultad que conlleva la aceptación a priori de modelos explicativos constatados en otras áreas, pero no en la Región Centro.
Así, pues, las estrategias manejadas hasta el momento pueden ponerse en duda (Mercader et alii, en prensa), y muy especialmente en lo concerniente a la cuestión del asentamiento y sus implicaciones culturales, cronológicas y económicas.
Fue Pérez de Barradas el primero en proponer la existencia del «Neolítico» en la Región Central (Pérez de Barradas, 1926), defendiendo la existencia de numerosas ocupaciones al aire libre con estructuras de hábitat llamadas «fondos de cabaña» (Pérez de Barradas, 1929: 302-308).
La caracterización efectuada por este autor fue aceptada hasta la década de los 70, en la que la
(2) Agradecemos desde aquí a M. Santonja y A. Méndez los datos facilitados acerca de las condiciones en las que se produjo el descubrimiento de los materiales.
( revisión de parte de los materiales clasificados como ~neolíticos.. por el investigador clásico demostró que no había bases suficientes para defender tal filiación (López, 1977: 372; también en Martínez Navarrete, 1979: 108).
En 1980, M.a D. Fernández-Posse publicaba un lote de materiales de la Cueva del Aire, planteando de nuevo la presencia de gentes neolíticas en el territorio madrileño, volviendo ~pendularmente~ con ello al postulado ~clásico...
Ahora bien, en esta ocasión el antecedente no era Pérez de Barradas, sino Bosch Gimpera, obviando completamente los presupuestos del primero y delimitando como principales características la procedencia meridional de los grupos, su carácter tardío y el hábitat en cuevas de los sistemas montañosos marginales (Fernández-Posse, 1980).
Sin embargo, hoy por hoy, la mayoría de asentamientos conocidos son al «aire libre» y se sitúan en la Fosa del Tajo.
Con ello no afirmamos tanto el carácter mayoritario de este patrón (en la medida en que no se han llevado a cabo investigaciones en la totalidad del territorio), como la no conveniencia de manejar apriorismos.
Por otro lado, tampoco se olvide que las formaciones kársticas en la provincia se circunscriben a pequeños terrenos del NE Y SE.
Se dijo también que los enclaves al aire libre eran más modernos que los de cueva, utilizando argumentos evolutivos -bien de cariz socio-económico (Delibes, 1985: 26), bien tipológicos (Antona, 1987: 53)-constatados en otras áreas (Arribas y Molina, 1979: 124) pero no en el interior.
Si bien estas explicaciones podrían parecer inevitables, no son convenientes, pues según el estado actual de la cuestión ignoramos cuál es la relación real con las áreas periféricas y la reacción del sustrato -que obviamente tuvo que existir-ante el proceso de neolitización, ya que la similitud observada entre los materiales de unas y otras zonas no aclara, por el momento, más que la pertenencia a una misma dinámica general y no un avance o colonización.
Desconocemos también el comportamiento socio-económico de los grupos y no observamos en los materiales sin estratigrafías hasta ahora conocidos ningún desarrollo tipológico-contextual que abogue por fechas más tardías para los yacimientos al aire libre (d.
Igualmente, sigue siendo problemático el averiguar como eran las estructuras a las que estaban asociados los materiales clásicos y de superficie y si éstos pueden describirse o no como «fondos de cabaña», pues esto es evidente sólo en ciertos casos.
Serían posibles fórmulas alternativas que habrá que constatar o desechar.
Parece clara, además, la posibilidad de poner en entredicho la tan defendida escasa entidad de la ocupación neolítica de estos territorios, pues cada día son más los yacimientos descubiertos y es seguro que los trabajos futuros de investigación podrán localizar nuevos lugares y aproximarse más a esta etapa tan importante de la Prehistoria regional. |
ALONSO ZAMORA CANELLADA rO) RESUMEN Recientes descubrimientos de grabados y pinturas en la Cueva de La Vaquera permiten hacer varias reflexiones sobre el carácter y significado de estas manifestaciones artísticas, vinculadas a los enterramientos colectivos del inicio de
En los esquemas, en ocasiones excesivamente rigidos, del estudio del arte rupestre de nuestra Península, raras veces ha encontrado cabida el análisis de unas manifestaciones artísticas -si es que puede aplicárseles en rigor tal calificativo-, como son los grabados y pinturas realizados en cuevas, de cronología postpaleolitica y más concretamente, vinculados al inicio de la metalurgia.
Tales representaciones parecen encontrar una concreción particular en la red de cuevas de la orla montañosa oriental y sudoriental de la Cuenca del Duero, desde los conjuntos de la Galeria del Sílex de Atapuerca hasta las cuevas sepulcrales del piedemonte del Sistema Central, en tierras segovianas.
Aunque innegablemente vinculados al fenómeno del arte esquemático postpaleolítico, quizás constituyan la muestra menos atrayente, en lo que a espectacularidad se refiere, dentro de este campo, y quizás del repertorio de nuestro arte prehistórico.
Probablemente este hecho, unido a la proximidad geográfica de los grandes conjuntos de arte esquemático, sea la causa por la que con frecuencia han sido relegados a un segundo plano por los investigadores, aunque no por esos motivos disminuya un ápice el interés en cuanto al estudio de sus representaciones y de su significación intrinseca.
n Arqueólogo Tenitorial de Segovia.
("0) Director del Museo Provincial de Segovia.
Son varios los motivos que ahora nos impulsan a escrihir estas líneas, pero el principal de ellos es, sin duda, haber sabido que el presente número de Trabajos de Prehistoria se dedicaria a la memoria de Fernando Piñón.
Ello nos animó a dar a <.:onocer los preliminares de un trabajo que se encuentra aún en plena elaboración, pero en cuya génesis Fernando tuvo un destacado papel, desde que a comienzos de J 985 conoció el conjunto de grabados y pinturas de Prádena, cuyo estudiu acometió de inmediatu cun unu de lus firmantes (L. M. G.), cun la entrega absoluta y la visión precisa v crítica que siempre le caracterizaron.
Cuando ese primer estudio se encuentra en fase avanzada de su desarrollo, el descuhrimiento -u, mejor dicho, el re-descubrimiento-del impresiunante cunjunto de grabados de la cueva de La Vaquera, en el cursu de una reciente campaña de excavaciones (1), nos proporciona, aún en los comienzos de su análisis, la mejor ocasión de rendir nuestro particular homenaje al amigo que en todu momento supo orientarnos en el difícil terreno del estudio del arte prehistórico.
Poco es lo que la bibliografía arqueológica dice a propósito de estos conjuntos.
En un rápido repaso, y limitándonos al sector sudoriental de la Cuenca del Duero, área a la que voluntariamente nos limitamos, hay que citar en primer lugar las noticias concretas sobre los conjuntos grabados de la cueva de Los Enebralejos (Prádena, Segovia) (Cabellos, Gómez, Llobet, 1967) Y de la también segoviana cueva de La Vaquera (Turreiglesias) (Lemus, Alvarez, 1967).
Más recientemente, la información sobre la cueva de San Bartalomé de Ucero (García-Soto, Moure, 1984) y, fuera de la zona a la que pretendemos ceñirnos, el estudio de Apellániz y Uribarri sobre las representaciones del denominado «Santuario» de la Galería del Sílex de Atapuerca (Apellániz, Uribarri, 1976), punto al que necesariamente hay que volver la vista al abordar el análisis de estas manifestaciones, componen el exiguo repertorio de datos recientes sobre este tema.
Quizás, y fuera también de nuestra zona de referencia, deberíamos incluir las representaciones de la cueva de Kaite, en el complejo de Ojo Guareña, aunque sus características se alejan, en cierto modo, de las que encontramos en el sector sudoriental de la Cuenca del Duero.
Aun cuando el estudio que dio a conocer el conjunto de Los Enebralejos presenta determinados elementos extraños, sobre todo en lo que se refiere a interpretación global de las representaciones o a comentarios poco acertados en cuanto a explicación y significado de diversos motivos, lo cierto es que es posible encontrar algunas ideas muy cercanas a las hipótesis que personalmente defendemos.
Así, los autores se plantean dudas sobre el significado de los grabados, entendidos como «... representaciones de entes definidos materialmente», o bien como una «... manifestación [... ] relacionada con el carácter funeran 'o de la cueva» (Cabellos, Gómez, Llobet, 1967: 167), situación esta última que, como veremos más adelante, presenta bastante visos de verosimilitud.
No es aceptable, sin embargo, la cronología propuesta de Bronce Final, puesto que todo el repertorio de cultura material de Enebralejos se sitúa entre el Calcolítico y, en el mejor de los casos, los inicios del Bronce Antiguo (Municio, Piñón, e. p.).
Como en el caso anterior, la nota de Lemus y Alvarez sobre los grabados de La Vaquera adolece de una serie de inexactitudes y argumentaciones poco afortunadas a la hora de buscar interpretaciones y significado de los motivos, situación en la que en ocasiones se aprecia, al igual que en el estudio de Enebralejos, una imaginación un tanto desbordada.
En cambio, no debe perderse de vista la adscripción 4<eneolítica» del conjunto, «... entre los años 3000 al 1500 a. c.»
(Lemus, Alvarez, 1967: 163), bastante aproximada, desde nuestro punto de vista, aun con la amplitud de fechas señalada.
Más interesantes resultan algunas opiniones sobre el carácter de los grabados.
En opinión de estos autores, «... se trata de símbolos, más que de imágene.s>l (Ibid.: 163), a los que encuentran una motivación especial, puesto que consideran que «... es precisamente el culto a los muertos 'el que' ha grabado estos garabatoS'll (lbid.: 164).
Después incidiremos en estas cuestiones.
En el caso de la Galeria del Sílex, la interpretación de Apellániz y Uribarri dota de un carácter religioso a los motivos en ella documentados, punto dt.' vista que queda reflejado ya en la calificación del yacimiento y el conjunto de representaciones plásticas como "Santuario )), donde el carácter artístico o estético de los motivos queda disminuido por «lOza expresicJll de cuncepciunes simbólicas y religiosas por medios plásticos» (Apellániz, Uribarri, 1976: 179).
Es discutible la ubicación cronológica y cultural del yacimiento artístico, que se orienta hacia fases avanzadas del Bronce.
El carácter de los materiales recuperados en la Galería del Sílex, mejor perfilado desde la publicación del conjunto de cerámicas de superficie (Apellániz, Domingo, 1987), nos lleva a contemplar fechas anteriores, que englobarian -siempre a partir de comparaciones de elementos materiales-una teórica secuencia del Neolítico a los inicios del Bronce, con pocas posibilidades de justificar la datación precisa de los grabados.
El único caso en que ello es posible se refiere al vaso con decoración de cordones que reproduce una de las figuras antropomorfas del Gran Panel (Delibes, 1985: 27; Apellániz, Domingo, 1987).
Aun siendo conscientes de los riesgos que afirmaciones de este tipo entrañan, parece conveniente apuntar que los caracteres formales y decorativos de dicho vaso -excepción hecha de la figura antropomorfa-se encuentran perfectamente documentados entre los característicos de la cueva de Los Enebralejos, donde las particulares condiciones del yacimiento arqueológico nos permiten hablar de un conjunto cerrado atribuible, como más arriba deciamos, a los primeros momentos de la metalurgia, por lo que quizás, en este caso, dispongamos de un indicador cultural fiable (Municio, 1988: 314).
La información más reciente que hemos podido manejar sobre el tema que nos ocupa, elaborada por García-Soto y Moure a partir de los grabados de la cueva de San Bartolomé de Ucero, establece una zona definida por los rebordes montañosos de la cuenca del Duero como área de dispersión de estos grabados.
Las referencias cronológicas que se aportan llevan, una vez más, a los finales de la Edad del Bronce, argumentadas a partir de los datos de los yacimientos burgaleses de Ojo Guareña (Galería de la Fuente) y Atapuerca (García-Soto, Maure, 1984: Jordá, 1968: Apellániz, Uribarri, 1976).
Más adelante entraremos en estas cuestiones, a la vista de los nuevos datos de que disponemos procedentes de los yacimientos segovianos.
A partir de este momento no pretendemos, en absoluto, dar ni siquiera una visión de conjunto de las representaciones de las cuevas segovianas citadas.
El estudio de Los Enebralejos, unido al recientemente iniciado de La Vaquera -en estos momentos, en fase de topografía de detalle y documentación fotográfica y fotogramétrica-, serán publicados conjuntamente con la mayor rapidez posible, dentro de las limitaciones que impone la complejidad del análisis de estos grupos plásticos.
Tan sólo queremos dejar constancia de una serie de reflexiones surgidas a propósito de ambos conjuntos, a partir de las cuales hemos orientado nuestro trabajo sobre los mismos.
Las representaciones de La Vaquera y su vinculación con el yacimiento arqueológico han servido, incluso a partir de una visión superficial, para confirmar algunas de las hipótesis que el conjunto de Prádena nos sugirió en su momento.
En este sentido se orientan las presentes líneas, que -insistimos en ell~ no deben entenderse sino como producto de unas primeras reflexione~ sobre el tema.
Prescindiremos intencionadamente de toda descripción pormenorizada de motivos, agrupaciones, etc. -quede ello para el estudio definitivo de ambos yacimientos-, señalando tan sólo la proliferación de parrillas, zig-zags (sencillos o múltiples), tectiformes y «marañas» de trazos lineales simples, a modo de • macarroni', junto con una menor representación de arborescentes, pectiniformes y contados ejemplos de motivos antropomorfos y zoomorfos (Municio, Piñón, 1988).
Las representaciones de las cuevas segovianas no se alejan de las contrastadas en Atapuerca o San Bartolomé de Ucero y su temática, como recientemente se ha dicho, aun siendo próxima a los repertorios, digamos, «clásicos» del arte rupestre esquemático, presenta ciertas «... peculiaridades que las confieren un carácter especial» (García-Soto, Moure, 1984: 159).
En lo referente a técnicas, ambos yacimientos presentan dos resoluciones distintas en sus grabados, ejecutados bien con un instrumento. cortante, que se manifiesta en un grabado fino y profundo con sección en V, bien con la ayuda de elementos de origen vegetal, cuyo empleo se manifiesta en surcos anchos v de escasa profundidad en cuyo interior se identifican con total nitidez las improntas de las fibras vegetales.
Esta diversidad en cuanto a técnicas queda patente en otros estudios y yacimientos, donde parece una constante.
En Ucero se identifican ~... dos grupos de acuerdo con la profundidad de la incisión» (García-Soto, Maure, 1984: 156), mientras que en Prádena las diferentes técnicas se intuían ya en el escrito de Cabellos et al, aunque se manifestaba de forma bastante imprecisa (Cabellos, Gómez, Llobet, 1967: 166).
Podemos ver una situación parecida en Atapuerca, donde se identifican grabados de diferente anchura y profundidad y, en especial, una «... punta seca ancha y astillada que ha dejado un rastro de múltiples estrÍfLS¡, (Apellániz, Uribarri, 1976: 72 y fig. 30) que podria identificarse con el último tipo de grabado al que hacemos alusión.
Las primeras impresiones sobre el conjunto de La Vaquera pueden confirmar lo que en su día apuntábamos a partir de los paneles de Enebralejos, en el sentido de que los motivos pintados en negro en este último yacimiento se infraponían a todo tipo de grabados en los lugares donde coexistían ambas técnicas, lo que proporciona de entrada un buen indicador en cuanto a cronología relativa para los dos yacimientos, si bien no ha sido posible, por el momento, inferir ninguna connotación cultural ni de otro tipo a partir de esta comprobación..
En el caso de Prádena (el pésimo estado de conservación de las pinturas descubiertas en La Vaquera no ha permitido aún la comprobación en este yacimiento), los motivos pintados encuentran replicas similares entre los grabados.
La temática, en el caso de las pinturas, parece reducirse a algunos zig-zags simples y dobles, unidos en este último caso por uno de los extremos -exceptuando el plafón con motivos antropomorfos y zoomorfos, por su excepcionalidad dentro del conjunto, y que ha sido dado a conocer en otro lugar (Municio, Piñón, e. p.).
Este tipo de figura puede identificarse como uno de los temas más característicos de ambos yacimientos, hallándose presente en buena parte de los paneles decorados en asociación con el resto de los motivos y con una particular incidencia de los zig-zags simples en el caso de La Vaquera_ El principal problema que plantea este tipo de manifestaciones plásticas, al margen de su significado, se refiere a su correcta localización cronológica y cultural.
Prádena, en este sentido, puede despejar algunos interrogantes, puesto que el yacimiento arqueológico que encierra la cueva de Los Enebralejos debe considerarse como un conjunto cerrado.
Tras las diversas fases de realización de enterramientos, la cueva queda sin utilización humana aparente, hasta su redescubrimiento en 1932, dada la ausencia total de elementos que nos permitan intuir una ocupación posterior al mundo de los enterramientos colectivos calcolíticos y -en el supuesto más favorable para el establecimiento de una cronología amplia-de los primeros compases del Bronce Antiguo.
Disponemos ya de dos fechas C 14 obtenidas en este yacimiento, una de las cuales se relaciona con la primera fase de utilización de una de sus salas, y que arroja una fecha de 4070 ± 60 = 2120 a.
C. (C5IC-723), faltándonos por el momento una referencia de las capas más superficiales del yacimiento, donde una intensa alteración de los niveles por causas humanas y por la propia dinámica interna de la gruta han impedido, hasta el momento, la obtención de muestras con una mínima garantía de fiabilidad.
Los datos que nos permiten relacionar las manifestaciones ~artísticas), con el yacimiento arqueológico son menos precisos, aunque el carácter de conjunto cerrado que antes atribuíamos al yacimiento nos hace suponer una vinculación del «arte» a la utilización de la cueva como espacio sepulcral.
En este sentido, nos ha parecido siempre significativa la distribución paralela de motivos grabados y zonas de enterramiento, que alcanza su grado máximo en el enterramiento aislado en una de las galerías secundarias de Enebralejos (Municio, Piñón, 1988), donde la relación enterramiento-grabados/pinturas se ve potenciada por el aislamiento y la precisa delimitación espacial que proporciona la misma galería.
Es conveniente recordar, una vez más, las impresiones eJe los primeros investigadores de estos yacimientos, relacionando el «arte» con el carácter funerario de los yacimientos y un posible culto a los muertos (Cabellos, Gómez, Llobet, 1967: 167; Lemus, Alvarez, 1967: 164).
La cueva de la Vaquera facilita ahora nuevos argumentos para apoyar esta hipótesis.
Aunque el uso continuado del lugar a lo largo de cuatro milenios de utilización humana y la más reciente labor destructiva de los numerosos excavadores clandestinos que han visitado el yacimiento nos hacen partir de una situación poco grata, aún es posible determinar el espacio utilizado como necrópolis de inhumación colectiva durante el Calcolítico, puesto que el «trabajo» de los furtivos se ha limitado en todos los casos al espolio de ajuares de estas tumbas, cuyos restos óseos quedaron depositados in situ a lo largo de la galería principal con los escasos restos de ajuares despreciados por los saqueadores.
De esta forma, y ya desde los primeros momentos, nos ha sido posible establecer la correlación precisa de espacio sepulcral y aparición de paneles decorados, ya intuida en el yacimiento de Prádena.
Parece, pues, que el estudio de estas particulares manifestaciones «artísticas» debe emprenderse desde la perspectiva de un «arte,. relacionado con el mundo funerario, situación que puede explicar, además, el carácter de los paneles, algunos de los cuales constituyen verdaderos palimsestos en los que una y otra vez se plasman similares motivos, llegando a producir una sensación de auténtica mezcolanza, por la reiteración y superposición de figuras.
Esta circunstancia queda reflejada de forma bastante expresiva por Cabellos et al, hablando del aspecto de los grabados, al anotar que el «artistw. «... no tiene ningún impedimento en grabar sobre lo que ya antes había grabado, produciendo una desagradable sensación de lío y confusiÓn» (Cabellos, Gómez, Uobet, 1967: 167).
Cuando publicábamos la primera nota sobre los grabados de Prádena (Municio, Piñón, 1988), nos referíamos a esta situación como producto de una intención deliberada que, incluso, llegábamos a entender como desprovista de cualquier motivación de tipo estético -y, así, poníamos en cierta manera en tela de juicio el carácter estrictamente artístico de estas representaciones-, aunque en modo alguno pueden desprenderse los grabados de una motivación expresiva clara (Apellániz, Uribarri, 1976: 179).
El mismo carácter acumulativo de las necrópolis colectivas de la zona se traspasaría, pues, a las representaciones parietales, como consecuencia lógica del vínculo existente entre ambas manifestaciones.
No hay duda de que los motivos rupestres que ahora nos ocupan se inscriben en el mundo de las representaciones artísticas de nuestra Prehistoria.
Ahora bien, valorar el peso específico de su componente puramente artística, y de la que podria calificarse como simbólica, etc., es ya algo que se prestaría a una interminable discusión.
Desde nuestro punto de vista, y como ya expusimos una vez, nos inclinamos por ver en ellos elementos definidores de espacios concretos y con una función particular o, como entonces escribíamos, testimonios de «... una demarcación topográfica de ámbitos simbólicos" (Municio, Piñón, 1988).
Creemos, a partir de los ejemplos proporcionados por las cuevas segovianas, que es bastante acertado aceptar el carácter de estos grabados y pinturas como señalizadores de un espacio sepulcral.
Al menos, desde una óptica actual, sin discutir por ello que pueda tratarse de testigos de algún tipo de manife~tación espiritual relacionada con la práctica de enterramientos.
El hecho es que, hoy por hoy, y en el sector geográfico al que al principio aludíamos, se convierten en claros indicadores de espacios funerarios.
Entrar en consideraciones sobre su significado último o los motivos que impulsaron a su realización es algo para lo que se cuenta con poca o ninguna base, situándonos a la vez en un terreno muy resbaladizo, al referirse a cuestiones que, si nuestras suposiciones son correctas, tocarían de lleno el mundo de las creencias, pocas veces accesible con claridad a partir de los datos puramente arqueológicos. |
Tradicionalmente consideradas por la Arqueología Europea como relojes de agua, las clepsidras tienen también una funcionalidad que está directamente relacionada con su etimología: "ladrones de agua".
En el presente trabajo se realiza un estudio y sistematización de las distintas clepsidras documentadas en la Península Ibérica, con la funcionalidad de captar y distribuir líquidos, tanto en el ámbito doméstico para almacenaje o cocina, como en el ceremonial en santuarios y enterramientos.
cumentar in situ un volumen importante de restos arqueológicos en una compleja estructura funeraria que había sido recientemente expoliada, así como rescatar una serie de materiales arqueológicos descontextualizados procedentes de la misma tumba que inicialmente fue interpretada como un enterramiento de rango principesco (Pereira y de Álvaro 1986;1988) (Pereira 1989).
El conjunto de información recuperada y los estudios efectuados hasta el momento, han permitido reconstruir una tumba de planta rectangular y sección escalonada en tres niveles en los que se documentaron los restos de los personajes enterrados y las evidencias materiales de su ajuar y de las ceremonias funerarias efectuadas durante el sepelio.
La primera fase del ritual funerario en el enterramiento de Casa del Carpio consistió en el depósito del ajuar personal de los difuntos, que según la documentación gráfica y los testimonios recogidos se efectuó en el nivel más profundo de la tumba.
El ajuar consistente en una serie de objetos metálicos, recipientes de perfumes y cuencos pintados fue depositado en el interior de un recipiente cerámico que a su vez se encontró en el interior de una imitación a mano de un pithos del repertorio cerámico colonial fenicio, (Fernández-Miranda y Pereira 1992).
La segunda fase del enterramiento consistió en la inhumación de dos individuos (una mujer y un recién nacido) en el nivel intermedio de la tumba.
Este ritual de amplia pervivencia en el Valle del Tajo se complementó con el depósito de restos de fauna, también de larga tradición en las prácticas funerarias de la Meseta, que fueron interpretados como ofrendas alimenticias.
En este caso se identificaron restos pertenecientes a una oveja adulta y a un cordero de pocos días.
La tercera fase del enterramiento se refiere a la ceremonia que se desarrolló una vez depositados los cadáveres en el nivel intermedio de la fosa (Fig. 2).
Los materiales documentados in situ en el tercer nivel del enterramiento, el más superficial, comprendía seis grandes recipientes de almacenaje a mano, un curioso recipiente cerrado que presentaba sus extremos perforados y un numeroso conjunto de cuencos a mano de delicada factura decorados con motivos decorativos geométricos con pintura bícroma, postcocción.
Terminada la ceremonia, la tumba se cerró posiblemente con un túmulo, del que quedan pocas evidencias por la acción de las aguas del pantano de Azután que desde el año 1966 cubren habitualmente la zona donde se localizó el enterramiento.
Entre los recipientes cerámicos documentados en este nivel de la tumba destacaba uno por lo novedoso de su morfología (Lám.
Hecho a mano, presenta un perfil piriforme/troncocónico con la anchura máxima localizada en el tercio inferior de la pieza.
La parte superior de la misma se desplaza ligeramente hacia la derecha y remata en un disco a modo de asidero que presenta una perforación circular efectuada antes de la cocción.
La base, de la que falta un pequeño sector, es plana y toda su superficie aparece con una serie de perforaciones, distribuidas de modo más o menos regular, realizadas antes de la cocción de la pieza.
La pasta, de color gris oscuro está cuidada, con un degrasante muy fino de mica y ocasionalmente algún grano de cuarzo.
Las dos superficies de cierre están alisadas, mientras que el resto de la pieza pre-Fig.
Planta de la tumba de Casa del Carpio (Toledo).
(Dibujo de Victorino Mayoral).
Juan Pereira Sieso senta huellas de un bruñido-espatulado vertical en el sector superior y horizontal en el sector medio e inferior.
Mide 11,4 cm de altura, 3,8 cm de diámetro del disco-asidero, 7,3 cm de diámetro de base y 8,8 cm de anchura máxima.
La morfología de la pieza permite que pueda ser cogida por el disco-asidero con los dedos índice y medio, mientras que los dedos medio, corazón y meñique se apoyan en la pared del recipiente y el dedo pulgar queda libre para cubrir o no la perforación del disco asidero.
A la novedad de su morfología habría que añadir las distintas interpretaciones sobre su funcionalidad y su papel en el enterramiento en que apareció.
La primera que se barajó fue la de su utilización como filtro o colador, ya que su morfología no permite que pueda almacenar líquidos, pero sí el flujo de los mismos a través de sus perforaciones.
Sin embargo su perfil cerrado impide el acceso a su interior para limpiar los restos que fuera reteniendo durante su uso, por lo que sería un filtro o colador de uso reducido a unas pocas veces antes de quedar inutilizado.¿Sería una pieza hecha ex profeso, para la ceremonia de enterramiento?
Si esto era cierto ¿Cómo se usaba?
Una amable indicación del Dr. Víctor Fernández, que había documentado ejemplares parecidos en su proyecto de investigación sobre las necrópolis meroíticas de Sudán (De Vries 1973) (Fernández 1984: fig. 8;1985), nos orientó hacia la interpretación correcta.
El recipiente documentado en la tumba orientalizante del Sector Occidental del Valle del Tajo es una clepsidra, no en la acepción más generalizada de un "reloj de agua" sino en el de su más estricta etimología (klepto=robar / idra= agua, líquido) un "ladrón de agua", que permite captar y retener cualquier tipo de líquido a voluntad de quien lo maneja, sin necesidad de bascularlo.
El funcionamiento es el siguiente: cuando se destapa el orificio superior y se introduce la clepsidra en un líquido, éste penetra en su interior a través de los orificios de la base (Lám.
I, no 1).Cuando se tapa el orificio superior con el pulgar, se puede sacar la clepsidra sin que caiga el líquido atrapado en el interior de la misma, ya que la presión exterior contrarresta el peso del líquido captado, lo que permite el trasvase de líquidos de un recipiente a otro con gran eficacia, pues no se producen derrames (Lám.
Al destapar el orificio superior se equilibran la presión interna de la clepsidra y la externa cayendo el líquido por efecto de la gravedad (Lám.
La identificación como una clepsidra del recipiente de novedosa tipología, que apareció deposi-tado entre dos de los seis grandes recipientes de almacenaje nos permite reconstruir el tipo de ceremonia o ritual que se llevo a cabo a partir de la funcionalidad de los elementos cerámicos contextualizados en el nivel superficial del enterramiento de Casa del Carpio.
Los cuencos depositados formando pequeños grupos, presentan una cuidada factura, una decoración bícroma postcocción de complejos motivos geométricos, junto con perforaciones también postcocción en el estrangulamiento del borde, que permitían la suspensión del cuenco y la exhibición de su decoración con un cierto carácter heráldico.
Estas características hacen suponer que la funcionalidad de dichos cuencos era meramente ceremonial.
Su utilización cotidiana como recipiente eliminaría su rica decoración pintada.
Su hallazgo en el nivel superficial de la tumba es coherente con esta funcionalidad ceremonial.
La asociación de los cuencos con grandes vasijas de almacenaje tanto de áridos como líquidos y una clepsidra, permite suponer que los cuencos antes de su depósito se utilizaron como recipientes de algunos de los líquidos contenidos en las vasijas de almacenaje que fueron distribuidos con la clepsidra y que presumiblemente utilizaron algunos de los asistentes a la ceremonia fúnebre.
El ritual o ceremonia desarrollada se puede interpretar bien como la participación de los asistentes en una libación funeraria o bien como la última ofrenda de los asistentes a la inhumación de los dos integrantes de su comunidad.
El análisis tipológico de los materiales (Pereira 2002) ha llevado a fechar el enterramiento de Casa del Carpio en el siglo VII a.d.C. Esta cronología se puede subir a finales del siglo VIII a.d.C., con base en los resultados de termoluminiscencia (1) efectuados sobre dos de los grandes recipientes del nivel donde apareció la clepsidra, y la imitación a mano del pithos de tipología fenicia cuyos prototipos a torno peninsulares se fechan en los inicios del siglo VIII a.d C. a partir de los hallazgos en los enclaves fenicios del sur peninsular como Chorreras (Aubet 1974) y Lagos (Delgado et alii 1991).
La novedad que suponía incluir este utensilio en el repertorio cerámico protohistórico peninsular del que apenas había referencias en la bibliografía al uso nos ha llevado a un especial seguimiento para intentar responder algunas de las cuestiones que inmediatamente se plantearon una vez identificada su funcionalidad y sus contextos de utilización: ori-(1) Análisis efectuados por la Dra Asunción Millán del Laboratorio de Datación y Geoquímica de la UAM.
gen, paralelos y expansión de los mismos y posibles desarrollos posteriores.
Los resultados que se presentan a continuación, se organizan en una secuencia diacrónica y se circunscriben exclusivamente a la Península Ibérica, durante el I milenio a.
Tras una serie de campañas por parte del GRAP de la Universidad de Barcelona, este yacimiento figura como una de los más interesantes para conocer aspectos inéditos del desarrollo de las comunidades indígenas de la desembocadura del Ebro y sus contactos con el mundo colonial fenicio durante la Primera Edad del Hierro (García i Rubert y Gracia 2002).
El asentamiento con un estado de conservación excelente y un alto grado en la calidad de la secuencia estratigráfica que en algunos puntos llega a los 2 metros de potencia, ha proporcionado una estructura urbanística caracterizada por una calle en cuyo eje se articulan una serie de habitaciones interpretadas inicialmente como espacios de almacenaje.
De estos almacenes los del llamado barrio norte han sido excavados 4 del total de 6 que lo conforman, destacando la integración de la pared trasera de los mismos en el muro de cierre del asentamiento completado con una torre de planta ovalada que debió contar con unos 6 metros de altura (García i Rubert y Moreno 2003: fig. 2).
En el almacén A4, en una de las esquinas de la planta baja, se documentó una estructura con planta de cuarto de círculo con paredes formadas por piedras en hiladas bastante uniformes, y enfoscada en su superficie con el mismo tipo de arcilla utilizada en el revoco del suelo y paredes.
En el relleno de esta estructura procedente del incendio y colapso de estructuras del piso superior del almacén, se documentó "un vaso muy peculiar, de dimensiones relativamente pequeñas, cuerpo de forma hemiesférica, cuello cilíndrico y boca estrecha, que se puede obturar con el pulgar de la mano que utiliza la pequeña asa que va desde el borde al cuerpo del vaso.
La base plana atravesada por una gran cantidad de orificios" (2) completa la morfología de la pieza.
Este recipiente por sus características presenta las mismas posibilidades de funcionalidad como una clepsidra que hemos señalado para el ejemplar procedente de Toledo si bien su tipología nos adelanta una característica de los ejemplares que vamos a reseñar, como es la de su variedad tipológica dentro del mismo tipo de funcionalidad.
El ejemplar de Sant Jaume, documentado en un contexto de hábitat, podría estar relacionado con procesos de elaboración de alimentos en los que se necesita la aportación y distribución de líquidos o en el de servicio de la vajilla de cierta calidad procedente del primer piso del almacén.
La cronología de este yacimiento que en la actualidad es interpretado como una residencia aristocrática fortificada, se sitúa en la segunda mitad del siglo VII a.C. a partir del volumen de productos cerámicos a torno, que suponen un 25% del total documentado en el yacimiento, que se integran en el amplio repertorio documentado de las producciones de las colonias fenicias en la Península Ibérica (García i Rubert 2003).
Los siguientes ejemplares del catálogo tienen en común no sólo proceder de la Andalucía Oriental y la cronología que se les adjudica, sino también su tipología caracterizada por una sustancial modificación del perfil de las piezas, manteniendo la funcionalidad característica de una clepsidra.
En este caso no presentan ningún tipo de asidero como los anteriores, con perfiles esféricos y presentan en sus dos "polos" sendos remates cilíndricos abiertos (Lám.
El modo de manejo es algo menos cómodo que en los ejemplares anteriormente descritos como se puede comprobar en la lámina II (n os 1 y 2) su utilización como recipiente para captar y trasvasar líquidos es perfectamente factible si bien en su primera fase de utilización de captador de líquidos su morfología limita su uso a recipientes cuya boca tenga una cierta anchura.
Siguiendo el orden cronológico de su publicación proceden de los siguientes yacimientos Cerro de la Mora (Granada).
Se trata de un asentamiento localizado en el límite occidental de la Vega de Granada sobre un cerro que cae sobre la orilla izquierda del río Genil, y que ha proporcionado en distintas campañas una secuencia bastante completa desde el Bronce Final al Hierro II (Pachón et alii 1979) (Pastor et alii 1981).
En el corte Lámina II.
No 1 Clepsidra de Cazalilla (Jaén).
No 2 Clepsidra del Cerro de la Mora (Granada).
N os 3 y 4, funcionamiento de la copia de la clepsidra tipo Cazalilla/Cerro de la Mora.
(Foto José Latova, copia Lola Ortín). estratigráfico no 3 (Carrasco et alii 1982: 94, fig 75 no 398) se localizó en el estrato correspondiente a la Fase V este tipo de clepsidra de perfil esférico (Lám.
II no 2) realizada a torno e incluida por los excavadores en la categoría de cerámica compacta caracterizada por su "pasta grosera, con gruesas inclusiones, que puede tener que ver con actividades domésticas".
Según sus excavadores la cerámica compacta es distinta a la cerámica de cocina a la que se atribuye una manufactura indígena, mientras que la compacta se considera fenicio-púnica.
El estrato en el que apareció la clepsidra, asociado a una fase de incendio, proporcionó también otros materiales a torno que podrían corresponder a recipientes de almacenaje, si bien los fragmentos conservados no permiten identificar si corresponden a ánforas o pithoi que aparecen en otros niveles y zonas excavadas en el yacimiento.
En la reconstrucción diacrónica del yacimiento el estrato donde apareció la clepsidra corresponde a la Fase V-a, a la que se adjudica una cronología entre la mitad del siglo VI y el primer cuarto del siglo V (Pachón et alii 1979: 311) (Carrasco et alii 1982: 157), fase que se identifica con el Ibérico Pleno.
La interpretación inicial de este recipiente fue que se trataba de un aryballos cerámico (Pachón et alii 1979: 306) cu-yos paralelos más cercanos podían ser los aryballos en forma de granada de la tumba principal de la Bobadilla (Maluquer et alii 1973).
Se trata de un pequeño asentamiento caracterizado por una poderosa fortificación, con un alto control visual del territorio cincundante y un corto período de utilización, que formaba parte de un cinturón de pequeños asentamientos estratégicos asociados a grandes oppida de la campiña jienense como el de Cerro Maquiz (Ruiz et alii 1983: 295-7).
En el estudio de los materiales cerámicos se resalta la aparición en la fase Cazalilla IV b de una clepsidra (Lam.
II no 1) que se describe como un recipiente de difícil catalogación (Ruiz et alii 1983: 292) para el que sin embargo se propone una funcionalidad relacionada con la medida o la distribución de líquidos, según deducen de la comparación con recipientes parecidos de épocas más recientes, si bien no se precisa ni se cita ninguna referencia que apoye esta observación.
Complemento de su funcionalidad sería el gran recipiente de boca muy ancha (Ruiz et alii 1983: fig 7 no 2) documentado en la misma fase, probable desarrollo local de los pithoi con asas desde el borde, recipientes de almacenaje que se documentan en este período en Andalucía Oriental.
Se considera como paralelo más cercano para la pieza de la Coronilla, tanto cronológica como tipológicamente, la procedente del Cerro de la Mora, aunque se valora como errónea su comparación con los aryballoi de cerámica de la tumba de la Bobadilla (Ruiz et alii 1983: 293).
Este yacimiento actualmente en proceso de investigación ha sido valorado como un enclave cuya estratégica posición le permitía formar parte de la red de intercambios que desde el Ibérico Antiguo se consolida en el Alto Guadalquivir, si bien se han documentado fases de una ocupación previa de cierta importancia durante la Edad del Cobre y el Bronce Final (González et alii, 1997).
Durante la fase del Ibérico Antiguo se consolida como un asentamiento fortificado cuya extensión correspondería a la de un oppidum de pequeño tamaño, que contaba con dos accesos empedrados que llegaban hasta dos puertas de cierta complejidad constructiva y que permitían atravesar la muralla.
En el repertorio cerámico documentado en prospección superficial cabe destacar una clepsidra fragmentada, de perfil globular con cuello estrecho que termina en una boca de si-milar diámetro.
No se documentó el fondo pero se supone que sería de factura similar a los anteriormente reseñados.
Se cita su utilización como filtro para líquidos, para medirlos o repartirlos, así como sus paralelos con los ejemplares de Cerro de la Mora y Cazalilla, con los que coincide también en la cronología de la segunda mitad del siglo VI a.C. (González et alii, 1997: 163).
En lo que se refiere a su posible funcionalidad cabe destacar como característica de la cerámica del yacimiento la ausencia de pithoi a torno con decoración polícroma y asas geminadas, frente a la relativa abundancia de ánforas características de los centros de intercambio y comercio de la época en el Alto Guadalquivir, aunque no hay evidencias concluyentes sobre el tipo de contenidos que habrían transportado (González et alii, 1997: 165).
Durante la Segunda Edad del Hierro, que podemos considerar desde los inicios del siglo V a.C., el catálogo de piezas presenta un aumento significativo no sólo en el número de ejemplares sino también en la variedad tipológica con formas y decoraciones no documentadas hasta el momento.
Los trabajos de excavación en este yacimiento localizado en la Plaza del Castillo de dicha localidad, han permitido documentar un poblado vacceo, con un marco cronológico de actividad comprendido entre finales del siglo VII a.C. y los inicios del siglo I a.
En la fase de II de ocupación del hábitat, se encontró una estructura de habitación, en la que destacaban un hogar de plataforma de planta rectangular y dos poyetes interpretados como banco corrido y vasar respectivamente por la mayor anchura del primero y el hallazgo de recipientes cerámicos sobre el segundo.
Completaban las características del espacio descubierto dos huecos de pie para postes y los restos de enlucidos de color rojo que decoraban los zócalos y probablemente según el excavador las paredes mientras que el banco y el vasar aparecen encalados (Barrio 2002: 85).
Los materiales arqueológicos recogidos corresponden a un hocino de hierro, dos cantos de cuarcita con huellas de exposición al fuego, fragmentos de molinos de tipo barquiforme en granito, fragmentos de soportes de barro, una fusayola troncocónica, cuatro pesas de telar y dos grandes conjuntos de recipientes cerámicos a torno y a mano.
En el conjunto de piezas a torno destacan vasos anforoides pintados, un cuenco pintado junto con platos y cuencos grises.
El inventario de las piezas a mano recoge grandes re-cipientes de almacenaje, vasos de cocina, cuencos con decoración a peine, cuencos lisos y una pieza calificada de excepcional, que si bien se identifica como una clepsidra, también se la presenta como un hisopo o aspergilus (Barrio 2002: 94-5).
Se trata de un objeto de pequeño tamaño, de perfil bitroncocónico, con un cuello largo rematado en un asidero en forma de pequeño lingote chipriota y la base lleva ocho perforaciones (Fig. 3 no 1).
Su acabado es bruñido sin llegar a la calidad de los vasos decorados a peine con los que apareció (Barrio 2002: Fig. 11).
El análisis de la pieza tras la comparación con diferentes paralelos mediterráneos (Pereira 1997) (Peruzzi 1998) lleva a proponer a su excavador dos posibles funciones: o la de trasvasar líquidos de un recipiente a otro, o la de esparcir un líquido sobre personas, animales, cosas o lugares (Barrio 2002: 96).
Lo que no ofrece ninguna duda es que en este "espacio doméstico carente de singularidad arquitectónica", en palabras de su excavador, el hallazgo de la clepsidra fue la pieza clave para orientar su interpretación como un espacio de culto en la casa del poblado protovacceo de Cuéllar, que se puede identificar como un santuario de los denominados "gentilicios domésticos"(Almagro Gorbea y Berrocal 1997) (Almagro Gorbea y Moneo 2000).
La presencia del hogar plataforma, el banco corrido y el vasar, el repertorio de vasos cerámicos, la evidencia de la preparación de un líquido de color rojo, la decoración de zócalos y paredes, no sólo presentan numerosos paralelos peninsulares adscritos a funciones de culto, sino que este carácter cultual queda reforzado con la contextualización de una pieza de función tan especializada, cuyos paralelos la asocian a prácticas funerarias o religiosas.
Un carácter cultual reforzado por algunos de sus elementos formales como el asidero en forma de pequeño lingote chipriota, con abundantes paralelos peninsulares, y vinculado a diferentes contextos de culto y ceremoniales, que hacen que valoremos este recipiente como el principal elemento ritual de las ceremonias que se desarrollaron durante el siglo VI y el V a.C. en el espacio de culto doméstico de alguna vivienda principal de la fase II del hábitat de Cuéllar (Barrio 2002: 117).
Cerro de los Encaños (Villar del Horno, Cuenca).
Este hábitat ocupa la parte superior de un pequeño cerro amesetado, en el centro del valle del río Cigüela, que domina visualmente.
En este yacimiento se han realizado cuatro campañas de exca-vación, que han documentado dos fases de ocupación, Villar I y II separadas por una fase de incendio.
Para el propósito de este trabajo nos interesa la Fase II en la que se han documentado 10 habitaciones o recintos y una calle longitudinal.
En el recinto 1 con una superficie de 25 metros cuadrados, sobre un suelo de tierra compacta de color rojizo se documentaron cuatro recipientes a torno con decoración pintada, de la que destaca la no 112 (Gómez Ruiz 1986: Fig. 29).
Se trata de una pieza cerámica de perfil bitroncocónico, con un ligero estrechamiento en la mitad inferior (Fig. 3 no 3).
Pie ligeramente indicado, con el fondo plano y perforado por 23 agujeros realizados antes de la cocción, como se deduce de la presencia de rebabas en los bordes de los mismos, en el interior de la pieza.
El dibujo publicado de la pieza, lleva a error en la posible interpretación, pues parece que la pieza termina en un labio entrante.
En realidad una atenta observación de la misma, permite comprobar que la pared está fracturada y lo que parece un borde es la zona fracturada que por un posible uso posterior o reutilización se ha limado.
La tendencia de la pared es estrecharse más hacia el interior, lo que llevaría a un orificio de tipología desconocida, fácilmente controlable para taparlo y destaparlo con el dedo pulgar.
Presenta una pasta cuidada compacta, tipo sándwich, con degrasante de pequeño tamaño y la superficie presenta un engobe de color marrón claro.
Lleva una decoración de bandas horizontales y paralelas de color marrón, localizadas en la mitad superior del cuerpo.
La pieza publicada está constituida por 7 fragmentos.
Los 3 más grandes que corresponden al sector inferior de la pieza se publicaron en la primera noticia que se conoce sobre este yacimiento (Almagro Gorbea 1978: Fig. 28).
Estos restos estuvieron incluidos en un nivel de cenizas, y sobre un objeto de hierro, a tenor de las huellas que presentan la superficie interior y exterior de estos fragmentos.
Los restantes fragmentos se han incluido en la segunda publicación, lo que permitió una reconstrucción más completa de la pieza, pero también una cierta confusión al citar como paralelo de la pieza más completa la primera reconstrucción (Gómez Ruiz, 1986).
Los restos documentados en el recinto 1 no permiten reconstruir la funcionalidad o actividades que se practicaron en su interior, durante la fase II del yacimiento correspondiente al Horizonte Ibérico Antiguo (Gómez Ruiz 1986: 336) que se fecha en los inicios del siglo V a.C., y finales del mismo, sin llegar al siglo IV a.C. Pajares (Villanueva de la Vera, Cáceres).
Se trata de un conjunto de yacimientos localizados en una amplia finca en las cercanías de Villanueva de la Vera, entre los que destacan una serie de ajuares procedentes de conjuntos funerarios y un tesoro áureo, que se fechan en la Segunda Edad del Hierro (Celestino y Martín 1999).
Para el objeto de este trabajo nos interesa en particular la denominada Necrópolis III, descubierta de manera casual por las labores agrícolas a escasa distancia de la necrópolis II cuyas estructuras, ritual y ajuares, especialmente los grandes recipientes metálicos han sido objeto de un estudio sistemático coordinado por Sebastián Celestino.
En el caso de la necrópolis III sólo se pudo documentar un enterramiento con una urna de incineración con los huesos calcinados y otra urna cerámica junto con una fíbula anular y un fragmento informe de hierro.
Programada para un futuro la excavación de esta nueva área de enterramientos, la prospección superficial de los alrededores del hallazgo proporcionaran la evidencia arqueológica de distintos tipos de materiales de los que se han publicado 7 piezas cerámicas entre las que destaca una vasija que por sus semejanzas con la de Casa del Carpio ha sido identificado por los autores del estudio como clepsidra (Celestino y Martín 1999: 95-7).
Como se puede comprobar (Fig. 3, no 2) las semejanzas con el ejemplar de Casa del Carpio son evidentes, con un perfil troncocónico y un fondo plano completamente perforado, cuyos orificios se realizaran estando la pasta fresca, pues se aprecian perfectamente las rebabas en su interior.
De cocción oxidante y pasta clara, su acabado es poco cuidado y su superficie de color castaño.
Falta la parte superior de la vasija, pero la tendencia de su pared indica que la boca tendría un diámetro reducido, si bien resulta difícil comprobar si presentaría el mismo tipo de asidero con disco perforado que el ejemplar de Casa del Carpio.
La falta de contexto de la pieza y del resto de materiales documentados en la prospección superficial nos impide saber si su aparición en el área funeraria del yacimiento se debe a su integración en el ajuar de alguna estructura funeraria bien como elemento de un ritual de libación, como hemos referido para el caso de Casa del Carpio, o se trata de un elemento singular del ajuar funerario relacionado con actividades específicas del difunto o quizás ambas posibilidades a la vez La Hoya (Álava).-Este interesante asentamiento del Alto Ebro, presenta un amplio desarrollo cro-nológico desde su primeras manifestaciones de ocupación en el Bronce Medio hasta el siglo III a.d.C..
Su ubicación en una zona llana tuvo que ver con la abundancia de recursos naturales y el control de las vías de comunicación, por lo que desde fecha muy temprana se construye un recinto fortificado que fue desarrollándose en paralelo a las distintas reorganizaciones del poblado que se convirtió en un destacado centro comercial llegando a tener una extensión de unas 4 Ha.
Su excavador distingue dos fases (Llanos,1988) una primera que corresponde al Bronce Final-Hierro I que concluye en torno al siglo V a.C. y una segunda que llega hasta finales del III a.C.que se valora como celtibérica y en la que destaca la máxima ocupación del poblado dentro de su recinto defensivo y la existencia de una necrópolis de incineración que se fecha en el siglo IV a.d.C. y que por el momento dadas las características de sus ajuares se relaciona con un estrato social concreto: los guerreros (Llanos 1990); (Alonso et alii 1999: 27-28).
En este yacimiento han aparecido clepsidras tanto en el área del poblado como en la necrópolis, que corresponden a un mismo tipo cuyo ejemplar mejor conservado (Fig. 3 no 4) se caracteriza por un cuerpo ovoide que remata en una estructura tubular con una perforación en el plano superior.
Este diseño permite un fácil manejo de la pieza, sujetándola con toda la mano y permite controlar el orificio superior con el pulgar.
Como característica especial cabe señalar que es el único tipo que presenta en la base sólo cuatro perforaciones que a tenor de los experimentos efectuados no impide su funcionamiento para captar y verter líquidos.
Las referencias sobre su contexto arqueológico, indican la aparición de un ejemplar en el poblado vinculado a una casa de características especiales, y la de un segundo ejemplar en una tumba con un ajuar del tipo Monte Bernorio/Miraveche.
Este asentamiento se localiza dominando un importante nudo de comunicaciones, en el que se cruzan las vías naturales que conectan la cuenca del Segura con las altiplanicies de Jumilla-Yecla, donde con el hábitat correspondiente del Cerro de los Santos, constituyen los dos grandes centros habitados en época ibérica.
El hábitat se localiza a partir de las excavaciones de Jerónimo Molina (Molina et alii 1976) en la falda norte del cerro El Maestre, con dos accesos uno al oeste y otro al este donde se localizó la puerta y la muralla, con zócalo de grandes piedras, sobre el que iría un alzado de adobe o tapial.
Las casas se localizan en terrazas y manzanas rectangulares, con una distribución que permite que las calles sirvan de desagüe.
Entre las distintas estructuras documentadas en el interior del hábitat como casas, patios, pocetas o canales etc., destacan los llamados hogares, que presentan zonas quemadas, circundadas en ocasiones por piedras (Page et alii 1987).
La casa no 5 fue excavada en 1956, hasta el piso natural de roca, caracterizada por un fuerte escalón, y un acceso en la pared SW a otro departamento que no se excavó.
En este recinto se encontraron numerosos fragmentos, con o sin decoración, de grandes vasijas que junto con la presencia de granos de cereal carbonizados llevó a la interpretación de que se trataba de un almacén.
Un hallazgo especial es un pequeño oinochoe con decoración estampillada que apareció completo y fue interpretado como un filtro (Molina et alii 1976: 27, 49, fig.30).
Esta pieza como se puede comprobar (Fig. 4, no 1) es junto con el ejemplar de Sant Jaume uno de los pocos ejemplares de clepsidras que presenta una morfología de jarra, cuya boca es perfectamente obturable con el pulgar de la mano que la manipule (Molina et alii 1976: Lám.
El contexto arqueológico documentado no permite ir más allá en la propuesta de posibilidades de uso y funcionalidad del espacio en que se documentó en este hábitat ibérico que se fecha entre el siglo IV y el II a.C. (Molina et alii 1976: 97).
).-Este gran oppidum oretano, con una extensión de 14 hectáreas se localiza en el cerro que le da nombre, a orillas del río Jabalón, en una posición de control estratégico de las llanuras del Campo de Montiel y Calatrava (Velez y Pérez Avilés 1987).
Las campañas de excavaciones arqueológicas se han desarrollado en dos fases, la primera entre 1985 y 1990 mediatizada por la necesidad de salvar el yacimiento del impacto de la construcción de la autovía Madrid-Cádiz, permitió localizar y descubrir un interesante sector de la trama urbana del yacimiento.
En la segunda fase, entre 1995 y 2002 (Vélez y Pérez Avilés 2004) el objetivo principal fue la delimitación, excavación y estudio de los distintos elementos arquitectónicos integrados en el sistema defensivo del oppidum.
Las dos clepsidras procedentes de este yacimiento han sido documentadas en cada una de las dos fases de los trabajos arqueológicos, y son muy similares en factura y decoración, con una cronología entre el siglo IV y el III a.C. (Vélez y Pérez Aviles 1999: 46).
Ambos ejemplares son morfológicamente muy parecidos con un cuerpo cilíndrico o ligeramente troncocónico, base plana perforada y sector superior separado del cuerpo por un hombro ligeramente marcado, y rematado por un asidero de disco perforado en el plano superior (Fig. 4 nos 5 y 6).
Presentan tanto decoración pintada como plástica; en el primer caso sobre amplias zonas de engobe anaranjado se distribuyen estrechas bandas horizontales y paralelas, mientras que en el segundo caso se trata de estrechos cordones horizontales decorados con pequeñas incisiones imbricadas.
El ejemplar más pequeño (Fig. 4, no 5), de perfil ligeramente troncocónico, fue documentado en las campañas de la primera fase, en un área identificada como una calle que en determinado momento del siglo III a.d.C. quedó cegada con materiales y derrumbes de construcciones cercanas.
El segundo de los ejemplares (Fig. 4 no 6) procede de una estructura de habitación localizada en el sector S.E. del perímetro de la muralla.
La habitación valorada, como un pequeño almacén, conservaba restos de la techumbre y del revoco de arcilla de las paredes.
Junto con la clepsidra aparecieron también todo tipo de cerámicas ibéricas, polícromas, grises, estampilladas, ánforas, soportes de carrete, platos, pesas de telar y una figurilla de terracota junto con un fragmento ático de barniz negro, que llevaría a fechar este pequeño almacén entre los siglos IV y III a.C. La Bastida de Les Alcusses (Valencia).-Este importante asentamiento fechado en el siglo IV a.d.C., junto con el San Miguel de Liria, constituyen dos de los principales ejemplos de oppida del área contestana, así como uno de los elementos principales del registro arqueológico en el desarrollo de la investigación sobre dicha cultura ibérica (Ballester y Pericot 1929).
Las clepsidras procedentes de la Bastida de Les Alcusses se encuentran depositadas en el Museo del S.I.P. de Valencia donde han sido estudiadas y valoradas como "queseras" (Fletcher 1974) (Aranegui 1987: 129-30) y en algún caso también las han definido como coladores (Mata y Bonet 1992: 138).
La primera de las clepsidras de este yacimiento inventariada con el número 725 procede del departamento no 131, un recinto cerrado largo y estrecho de 8 ́5 por 2 metros.
En esta estructura se documentó una pieza cerámica que fue definida como "quesera" Se trata de una pieza de cerámica amarilla clara hecha a torno de perfil semiesférico con un asidero en forma de disco que presenta la superficie superior hundida y con una perforación en el centro (Fig. 4, no 2).
Presenta una rotura en el disco de sujección, y la base ligeramente cóncava con numerosas perforaciones.
Junto con esta pieza cerámica se encontraron también: un oinochoe de boca trilobulada, cinco fusayolas, placas de hierro, dos conteras de hierro, una hoja de cuchillo, tres láminas con gancho, un molino completo y medio molino y una fíbula anular; lo que ha llevado a interpretarlo como un posible zona de almacenaje.
La segunda pieza, con número de inventario 664, procede del departamento 235, una pequeña habitación de 3 por 2 ́5 metros comunicada mediante una puerta con el departamento 234 e integradas ambas estancias en la casa no 7 del conjunto 3 de la reciente rehabilitación que se ha realizado en el yacimiento (Díes et alii 1997: Figs.
Su excavación además de la clepsidra proporcionó 2 fusayolas, anillas de hierro, placas de hierro de un posible mango de escudo y un ponderal de plomo.
La clepsidra encontrada en este departamento está hecha a torno, presenta un perfil cilíndrico del cuerpo, y le falta la totalidad del asidero que probablemente sería en forma de disco con perforación central (Fig. 4, no 4).
El fondo, fragmentado y restaurado, presenta perforaciones romboidales o circulares, distribuidas circularmente a partir de una central que coincide con el umbo.
La pasta, de calidad semicuidada, es de color rojizo-marrón oscuro con un acabado de la superficie grosero y degrasante de tamaño medio cuarzo y arena.
Por las características reseñadas se podría calificar como "cerámica de cocina".
La tercera procede del departamento 242, un recinto de planta trapezoidal casi rectangular, de 5 por 2 ́5 metros, comunicado con el departamento 243.
La clepsidra hallada en este departamento esta hecha a torno, presenta un perfil cilíndrico ligeramente cóncavo del cuerpo, con un asidero en forma de disco con perforación central del que faltan las 3⁄4 partes del mismo pero que permiten su total reconstrucción (Fig. 4, no 3).
El fondo con un ligero umbo en la base presenta una distribución de las perforaciones de la base en líneas paralelas.
La pasta es semicuidada, de color anaranjado, con degrasante medio-grueso a base de caliza y cuarzo.
Presenta la superficie ligeramente alisada, destacando un sector de la base y el cuerpo con huellas de la acción directa del fuego, o quizás resultado de una elevada temperatura de cocción.
El resto de los materiales documentados en este departamento corresponden a un conjunto de vajilla correspondiente a un servicio de mesa de una de cierta calidad integrado por un vaso caliciforme, tres vasos bitroncocónicos, una orza pequeña, tres platos decorados, una pátera con palmetas forma 21 de Lamboglia, una copa de pie bajo de barniz negro mal cocido forma 21-25 Lamboglia, dos copas pequeñas barniz negro forma 24 de Lamboglia, un kylix de barniz negro forma 42 de Lamboglia.
A este conjunto cerámico habría que añadir dos fusayolas, un pondus, fragmentos de varillas y clavos, una fíbula anular de charnela y dos piedras colgantes de piedra.
).-En la ladera este del Cerro del Castillo de Garvão muy cerca de Ourique en el Bajo Alemtejo portugués, se localizó un depósito votivo probablemente vinculado a un espacio de culto o santuario (Beirão et alii 1985).
El depósito está constituido por una fosa artificial de planta oval de 5 x 10 metros, cuyo fondo estaba revestido por pequeñas lajas de pizarra, en la que se encontró una cista de piedra conteniendo un cráneo humano con huellas de trepanación.
El conjunto principal estaba formado por grandes vasos, cubiertos por otros recipientes de menores dimensiones, que se introdujeron también en los huecos entre los recipientes de mayor tamaño, también aparecieron recipientes apilados, que contenían pequeños objetos de oro, plata, vidrio, cornalina o bronce (Beirão et alii 1985-6).
Sobre este depósito se encontró un segundo formado por piezas de menores dimensiones, con una cubierta de protección, como una costra, a base de fragmentos de cerámica mezclados con tierra y piedras.
Para sus excavadores, se trata de una favissa con una única fase de deposición que por las características de los materiales documentados se fecha en el último cuarto del siglo III a.C., vinculada a un posible complejo religioso que estaría ubicado en la cima del Cerro del Castillo de Garvão (Beirão et alii 1985) (Beirão et alii 1985-6: 209).
Entre los distintos objetos que se valoran como directamente relacionados con ritos o ceremonias religiosas apareció una pieza cerámica caracterizada por su cuerpo tubular que en la extremidad distal presenta un cuerpo de tendencia esférica ligeramente achatado, con la zona central de la base convexa perforada con pequeños orificios.
La extremidad proximal abierta presenta un elemento de suspensión en forma de gancho que se podría colocar en el borde de un gran recipiente (Lám.
Esta pieza fue identificada por sus excavadores como un aspergilus o hisopo (Beirão et alii 1985: 81-82) relacionado con los rituales de bendición, renacimiento y purificación ritual a través del agua.
Sin embargo en la interpretación del mismo se hace más hincapié en la utilización como elemento para esparcir agua o cualquier otro tipo de líquido, siempre que se deje libre el orificio superior, que en la capacidad del diseño de esta pieza para funcionar como una clepsidra, pudiendo captar líquido de cualquier recipiente y trasvasarlo o esparcirlo sin ningún tipo de pérdida durante su uso (Lám.
Esta orientación en la explicación de su funcionalidad se advierte también en el paralelo propuesto, una pieza de morfología parecida, un tubo cilíndrico rematado por un cuerpo esférico, procedente del depósito de fundación del "tophet" de Cartago (Fantar 1982: 32-33) que sin embargo no presenta ningún tipo de perforación en la base del cuerpo esférico.
Según lo reseñado hasta el momento la función de clepsidra parece la más ajustada al diseño de esta pieza, lo que ni impediría su utilización como un instrumento especializado para las ceremonias del culto en el santuario.
Junto con las piezas reseñadas, completas en su gran mayoría, se han podido localizar otra serie de ejemplares de probable procedencia peninsular, que se encuadran en tipologías ya descritas, pero de los que carecemos de cualquier referencia del contexto en el que fueron encontrados.
En primer lugar estarían los ejemplares procedentes de la colección Duran/Vall-Llosera (Conde 1992) cuya morfología se aproxima a los ejemplares de Cerro de la Mora, Cazalilla y Canto Tortoso, de tipología esférica y extremos cilíndricos abiertos, que en este caso se acerca más a un perfil fusiforme (Fig. 5, n os 1 y 2).
Sin contexto claro, solo se conoce su probable procedencia del Sureste Peninsular (Conde 1992: 148) por lo que cabría encuadrarlos dentro del repertorio cerámico ibérico, del que se conocen otros tipos de clepsidras de diferente morfología.
Un caso distinto es el de la clepsidra que se encuentra en los almacenes de la Sección de Cultura Clásica del Museo Arqueológico Nacional.
Se trata de una pieza de excelente factura y conservación con un cuerpo de perfil bitroncocónico carenado de ligera tendencia esférica, rematado en su parte superior por un cuello corto cilíndrico rematado por un asidero en forma de disco con una perforación Lám.
Clepsidra de Garvão (según Coelho et alii).
Funcionamiento de la copia de la clepsidra de Garvão.
en el plano superior.
La mitad inferior del cuerpo de perfil convexo ligeramente apuntado presenta una serie de pequeñas perforaciones distribuidas de manera regular en un diseño circular (Fig. 5, no 3).
Sin número de inventario que permita buscar su expediente de adquisición o de entrada en el Museo, no se puede conocer por tanto ni su contexto ni su procedencia.
El único argumento para valorarla como peninsular, sería el de su semejanza tipológica con algunas de las ya reseñadas y la ausencia de paralelos en el área mediterránea.
Como se puede comprobar en el catálogo de hallazgos reseñados, la mayoría de los ejemplares están completos o casi completos, lo que ha permitido la identificación de este peculiar tipo de vaso cerámico y su especial funcionalidad.
Una serie de circunstancias específicas ligadas al contexto, la formación del registro o a la metodología de documentación, han permitido un nivel de conservación muy positivo para poder plantear las hipótesis de trabajo sobre su funcionalidad y desarrollar una serie de prácticas experimentales para verificar dichas hipótesis.
La gran variedad de formas documentadas, su amplio marco cronológico y la amplia distribución territorial, nos lleva a plantear la existencia de un significativo número de clepsidras documentadas en distintos yacimientos peninsulares pero no identificadas como tales, debido a que su estado fragmentario no permiten una reconstrucción ni siquiera aproximada de su morfología y son identificados como coladores por la presencia de paredes o fondos con perforaciones.
Como ejemplo de esta situación pasamos a reseñar brevemente una serie de yacimientos a modo de ejemplo en modo alguno exhaustivo, en los que se podría plantear la hipótesis de la utilización o depósito de este tipo de vaso cerámico, por la presencia de fragmentos cerámicos con perforaciones u otros elementos del diseño de una clepsidra.
Los Cuestos de la Estación (Benavente, Zamora).
Se trata de un poblado en alto, sobre una terraza fluvial escarpada que domina la vega del río Órbigo, en el que se documentó una ocupación continua encuadrada en el desarrollo de las culturas Soto I y II (Celis 1993).
En la fase 8 correspondiente al final de Soto I, se documentó una cabaña circular de adobe con banco corrido, y un hogar central formado por una plancha de barro decorada mediante impresiones con motivos en espiga.
En el interior aparecieron recipientes de cerámica basta con bordes engrosados y decoración bruñida/espatulada o con incisiones en zig-zag.
En el conjunto de cerámica cuidada se documentaron platos o fuentes de pie realzado, y fragmentos con decoración post-cocción en rojo y blanco, junto con una fusayola decorada, una espátula ósea, un molino barquiforme y un colgante de bronce con un remate zoomorfo.
Entre los materiales cerámicos cabe destacar la presencia de fragmentos cerámicos a mano que presentan numerosas perforaciones, que son interpretados como coladores (Celis 1993: Fig. 17, no 2), sin embargo debido a las características de los fragmentos no es posible determinar a que sector del recipiente corresponde, por lo que no se puede descartar que procedan de una base perforada de un recipiente con función de clepsidra.
).-Considerado como uno de los yacimientos claves del área tartéssica, no sólo por lo espectacular de sus estructuras tumulares funerarias que han permitido el estudio de dos interesantes áreas de enterramiento colectivo, sino también por su hábitat cuya excavación proporcionó una estratigrafía que ha servido de referencia en el estudio del poblamiento del Bajo Guadalquivir desde el Bronce Medio hasta finales del siglo V a.d.C. (Aubet et alii, 1983: 137-140).
Del estrato VIII de la estratigrafía del asentamiento procede un fragmento cerámico de perfil curvo, que presenta una serie de perforaciones efectuadas desde la superficie convexa hacia el interior y antes de la cocción de la pieza según se deduce por la existencia de rebabas (Aubet et alii, 1983: fig 38).
El pequeño tamaño del fragmento imposibilita la reconstrucción de la pieza, pero su tendencia a un perfil cerrado plantea dudas sobre su uso como colador atribuido por los excavadores, por lo que no sería descabellado identificarla con una clepsidra.
El estrato VIII corresponde a la fase orientalizante del yacimiento y se relaciona con las estructuras funerarias tumulares, fechándose este momento en torno al siglo VII, cronología similar a la propuesta para Sant Jaume y Casa del Carpio.
Con el entorno territorial de este último yacimiento, durante la transición Bronce Final Hierro, presenta Setefilla una serie de semejanzas significativas (Pereira 2002).
En el caso de las necrópolis de este yacimien-to, contamos con tres fragmentos de distinto tamaño que tienen en común el presentar numerosas perforaciones, pero su pequeño tamaño impide hacerse una idea del tipo de recipiente al que podrían pertenecer (García Cano, 1997: 157).
Debido a esta circunstancia se les ha atribuido la función de filtrar líquidos como coladores, a pesar de que los escasos ejemplares conocidos para el mundo ibérico, suelen presentar como característica formal el que la zona de las perforaciones suele estar rehundida con respecto a la tendencia de las paredes.
También contamos con cuatro fragmentos procedentes del poblado que también han sido identificados como pertenecientes a una misma pieza con función de colador (Molina et alii, 1976 Lam.
Tanto los fragmentos de la necrópolis que carecen de contexto arqueológico claro, como los del poblado deberían revisarse ya que comprobada la presencia de un tipo de clepsidra en el poblado (Fig. no 8) es posible la existencia de otros ejemplares de clepsidras, ya que a tenor de los reseñados hasta el momento es factible la presencia en un mismo yacimiento de diferentes tipos, así como su aparición tanto en el ámbito doméstico como en el funerario.
).-Considerado como uno de los oppida más importantes del territorio ibérico valenciano y uno de los grandes proyectos del S. I. P. que mantuvo las excavaciones desde 1933 hasta 1953, los recientes trabajos de Bonet (1995) no sólo han permitido comprender desde una perspectiva global e integradora el desarrollo de este asentamiento desde el siglo V hasta el II a.d.C. en el que se inicia su decadencia, sino también su identificación como la ciudad ibérica de Edeta junto con la explicación del modelo de ocupación y organización económica y política de su territorio.
En el departamento 116 de este asentamiento, hay que destacar una pieza de cerámica de aspecto tubular (Bonet, 1995: Fig. 130).
Aparece rota y e incompleta, y lo conservado corresponde a un tubo de sección circular de 8 ́5 cm de longitud.
El extremo superior está roto y se desconoce su terminación.
El extremo inferior también roto, presenta un ensanchamiento como si continuara en un perfil esférico u ovoide.
En la mitad inferior del tubo presenta el arranque de una posible asa de sección circular.
Se podría proponer una tipología con cierto parecido a la pieza de Garvão, con lo que tendríamos este tipo de clepsidra en el territorio ibérico, pero la falta de elementos significativos por el momento como el fondo plano o convexo multiperforado, el remate superior de la pieza y su sistema de agarre no permiten in más allá de la mera suposición sobre este fragmento, que incluso en el estado en que está podría funcionar como una pipeta.
De este yacimiento del que ya se han reseñado tres clepsidras, dos de perfil cilíndrico y una de perfil semiesférico, procede un fragmento cerámico que con toda probabilidad pertenece a una cuarta clepsidra por lo que sería uno de los casos que plantearía menos dudas para su reinterpretación como clepsidra.
Se trata de un fondo circular de perfil convexo y umbo central que presenta numerosas perforaciones distribuidas de manera más o menos regular (Fletcher et alii 1965: 157 no 13).
Procede del departamento no 30 que proporcionó fusayolas, abundantes elementos metálicos de hierro y bronce, dos páteras de barniz negro formas Lamboglia 24 y 21 a, y cerámica a torno en la que cabe destacar la presencia de un tonel.
Las características del fragmento conservado con un umbo marcado permiten especular con una variante tipológica en cuanto al fondo del ejemplar procedente del departamento no 242 del mismo yacimiento anteriormente reseñado (Fig. 10 no 1)
El catálogo de las clepsidras documentadas hasta el momento en la Península Ibérica presenta una gran variedad, de manera que pocas veces encontramos en un recipiente cerámico dotado de una misma funcionalidad con tanta variedad de morfologías, facturas y decoraciones.
Desde el punto de vista morfológico (Fig. 6) podemos distinguir dos grandes grupos, el primero estaría integrado por aquellos ejemplares que presentan una morfología conocida por la funcionalidad atribuida como son las jarras, a las que mediante una modificación se les ha conferido la funcionalidad de clepsidra como vemos en los casos de Sant Jaume y Coimbra del Barranco.
En el segundo grupo de un gran variedad formal podemos a su vez subdividirlos según la manera de manejarlo.
Uno de estos grupos comprende las de perfil ovoide o esférico y para las que se precisa de ambas manos para manejarlas (Lámina II) al que corresponden los ejemplares de Cazalilla, Cerro de la Mora, Canto Tortoso y los ejemplares de la colección Duran/Vall-Llosera que podríamos comparar sus funcionamiento con una pipeta.
El otro grupo estaría formado por los ejemplares que se pueden manejar con una sola mano, dotados de asideros y elementos de manejo ergonómicos, con una gran variedad morfológica.
En lo que se refiere a la decoración, la gran mayoría de los ejemplares no presentan ningún tipo de decoración.
Solo tres ejemplares presentan motivos decorativos, el ejemplar del Cerro de los Encaños (Fig. 3 no 3) con grupos de bandas paralelas de color vinoso, el ejemplar de Coimbra del Barranco Ancho (Fig. 4 no 1) con una decoración estampillada, y los dos ejemplares del Cerro de las Cabezas (Fig. 4 nos 5 y 6) con una decoración pintada a base de bandas paralelas y zonas horizontales bícromas junto con una decoración plástica a base de cordones con incisiones.
En cuanto a la técnica de fabricación, los ejemplares de Casa del Carpio, Sant Jaume y Cuéllar, han sido realizados a mano, presentando superficies bruñidas o alisadas, mientras que el resto de los ejemplares lo fueron a torno.
La fase más antigua (Fig. 6) de utilización de las clepsidras en la Península Ibérica estaría representada por los ejemplares de Casa del Carpio y de Sant Jaume, con una cronología en torno al siglo VII a.C, y con significativas diferencias tipológicas, contextuales y de localización (Fig. 7).
A partir del siglo VI a.C.se documenta en la Península un nuevo tipo de clepsidra cuya distribución se circunscribe a la Alta Andalucía en los yacimientos de Cerro de la Mora, Cazalilla y Canto Tortoso.
Será durante la 2a Edad del Hierro a partir del siglo V a.C., cuando asistimos a la generalización del uso de este tipo cerámico que adopta una gran variedad tipológica y amplía de manera notable su área de distribución peninsular, cuya manifestación más tardía estaría representada por la pieza de Garvão (Fig. 7).
Desde el punto de vista de la funcionalidad ¿Qué ventajas ofrece utilizar una clepsidra, sobre cualquier otro tipo de utensilio para trasvasar líquidos como un cazo, un cucharón o un pequeño recipiente abierto como una copa o un cuenco?
En primer lugar en el caso que el líquido que se quiere trasvasar contenga partículas sólidas, la clepsidra permite extraerlo sin posos con mayor facilidad.
Si los posos están en superficie se pueden evitar gracias a la capacidad de la clepsidra, mientras este tapado el orificio del asidero, de impedir la entrada de líqui- do y empezar a captarlo a la profundidad deseada en la que no hay cuerpos extraños.
Si los posos estuvieran mezclados con el líquido, la base perforada de la clepsidra actuaría como un filtro reteniendo las impurezas en el exterior de la misma.
Una vez extraída la clepsidra, se puede limpiar de los posos retenidos en la superficie exterior, para posteriormente verter el líquido en el recipiente o recipientes seleccionados.
Utilizar una clepsidra es más seguro que utilizar un cazo o cualquier recipiente abierto.
La clepsidra una vez llena en su totalidad mientras se mantenga tapado el orificio del asidero, puede trasladarse en cualquier circunstancia y a cualquier distancia sin perder el líquido contenido.
Los recipientes abiertos no ofrecen esa seguridad en el transporte.
No pueden llenarse en su totalidad, pues se vertería parte del líquido, y el volumen de esta pérdida aumentaría según las circunstancias del manejo y la distancia que se pretende recorrer.
Otra de las características de la utilización de la clepsidra está relacionada con su sistema de control del líquido que guarda en su interior mediante el tapado y destapado del orificio localizado en el asidero.
Esta capacidad le permite incluso en los ejemplares que presentan pocas perforaciones en la base como los ejemplares de la Hoya o incluso con un solo agujero como los de morfología de "pipeta" controlar de manera muy precisa el volumen del líquido que se pretende utilizar, la altura desde la cual verterlo para conseguir un efecto especial de aireación, la zona o superficie sobre la que se quiere que el líquido actúe y el número de veces que se realiza el vertido.
Un matiz a tener en cuenta en su capacidad de controlar la captación y vertido del líquido que se desea manipular es el aspecto casi "mágico" que se le puede conferir al acto de vertido del liquido captado y conservado en su interior a voluntad de quien la maneja, por lo que dependiendo del contexto su uso contribuye a realzar los aspectos simbólicos o sagrados de la ceremonia o ritual en el que se utiliza.
Así pues tres aspectos caracterizan el uso de la clepsidra, la capacidad de captar, seleccionar y filtrar el líquido que se pretende manipular, la seguridad en el transporte y la capacidad de control en cuanto a volumen, altura, superficie y densidad del líquido empleado.
Estas características hacen de la clepsidra un instrumento especializado en su diseño y funciones, enmarcadas en actividades relacionadas con el trasvase, utilización, o consumo de líquidos, en las que se precisa que dichos líquidos puedan ser manipulados de un modo especial.
La posibilidad de precisar la funcionalidad concreta de los ejemplares peninsulares se puede intentar a partir de su contexto arqueológico que se puede clasificar en los siguientes ámbitos.
En primer lugar hay que señalar su aparición en contextos funerarios, como en los casos de Casa del Carpio, Pajares, La Hoya y las necrópolis de Coimbra del Barranco Ancho.
En estos casos la presencia de clepsidras se puede asociar a rituales funerarios de los que el más conocido sería el de la libación, en el que la clepsidra sería una pieza importante en el desarrollo del mismo a la hora de mezclar, distribuir o derramar los líquidos utilizados en la misma.
El caso más claro como ya se ha reseñado parece ser el de Casa del Carpio, en el que se ha podido documentar los elementos utilizados en dicho ritual junto con la clepsidra.
Sin embargo a pesar de lo completo del depósito atribuido al ritual funerario se mantienen los interrogantes sobre la procedencia o propiedad de dichos elementos incluyendo la clepsidra.
¿Se trata de una vajilla especial propiedad del difunto?
¿Se trata de una vajilla de lujo propiedad de los asistentes a la ceremonia fúnebre?
¿Era privativa la clepsidra del oficiante de la ceremonia?
Sobre esta última cuestión cabe destacar que la clepsidra fue encontrada en un sector de la tumba distinto de donde se encontraban los cuencos con pintura postcoccion.
Apareció encajada entre dos de las grandes urnas de almacenaje que pudieron contener líquidos utilizados en la ceremonia fúnebre.
Parece posible considerar que en este caso la clepsidra si bien era un instrumento especializado en la distribución de líquidos, no era valorada como un elemento de especial significado simbólico al igual que las urnas de almacenaje que fueron depositadas en la tumba.
En los demás conjuntos funerarios citados la falta de contexto de los ejemplares de Coimbra del Barranco Ancho y Pajares, no permite conocer la funcionalidad de las clepsidras en estos yacimientos salvo en el caso de La Hoya que a pesar de lo conciso de las noticias sobre su contexto parece corresponder a un elemento integrante del ajuar posiblemente relacionado con uno de los aspectos de la actividad social del personaje enterrado que pertenecía al estamento guerrero.
Sólo en dos casos contamos con referencias de la aparición de clepsidras en el ámbito funerario y doméstico de una misma comunidad, si bien presentan una serie de circunstancias que los individualizan.
En el primer caso que corresponde a Coimbra del Barranco Ancho, los restos de clepsidras documentados por desgracia no presentan un contexto arqueológico claro que permita proponer su posible funcionalidad, si bien cabe señalar la diferente tipología que parecen presentar los restos procedentes de las necrópolis y la clepsidra documentada en el poblado.
En el caso de La Hoya los ejemplares conocidos tanto en la necrópolis como en el hábitat pertenecen a la misma tipología.
Las referencias sobre este yacimiento permiten proponer la utilización de la clepsidra en el ámbito de las relaciones sociales del estamento guerrero que se refuerzan mediante la participación en distintos tipos de celebraciones caracterizadas por el consumo de comida y bebida.
La posesión de una clepsidra se valoraría como un elemento que marcaba el estatus de su propietario, que lo incluyó entre los elementos integrantes de su ajuar funerario.
Los ejemplares documentados exclusivamente en poblados se integran en dos grupos: en el primero se incluirían los que proceden de Cerro de la Mora, Cazalilla, Canto Tortoso, Cerro de los Encaños y Cerro de las Cabezas, asentamientos en los que el contexto arqueológico de las clepsidras no permite precisar su funcionalidad pero cuya presencia podría indicar una actividad doméstica relacionada con líquidos en cocina y bodega.
En el segundo se integran los ejemplares que proceden de estructuras especiales, dentro del asentamiento, generalmente identificadas como almacenes especiales, en los que suelen ir acompañados de otros recipientes de variada tipología y cerámicas o vajilla de una cierta calidad.
Este es el caso de los ejemplares procedentes de Sant Jaume, Cerro de las Cabezas y Bastida de Les Alcusses, destacando en este asentamiento ibérico la aparición de hasta cuatro ejemplares de clepsidras que se clasifican en tres tipos distintos.
Por último quedaría el grupo de las clepsidras cuya funcionalidad parece claramente vinculada a actividades relacionadas con áreas y espacios de culto.
En los dos casos reseñados, Cuéllar y Garvão, el tipo de yacimiento, el conjunto de materiales asociados y las estructuras a las que aparecen vinculadas sobre todo en el caso de Cuellar, permiten proponer por las distintas posibilidades de funcionamiento de las clepsidras su identificación como un elemento activo y fundamental de los rituales y ceremonias que se desarrollaron en dichos yacimientos.
La primera propuesta de funcionalidad relacionaba este tipo de clepsidras con su uso en el baño como duchas manuales (Pottier 1899) (Clermont-Ganneau 1899), mientras que otros autores proponían su uso para trasvasar líquidos, en contextos de almacén o cocina (Zhan 1899) (Boardman 2001: 266).
A este contexto doméstico pertenece la referencia más completa que nos proporcionan las fuentes sobre el funcionamiento de la clepsidra.
Se la debemos a Empédocles de Agrigento (Sicilia) filósofo presocrático del siglo V a.C. que para explicar su teoría sobre la respiración escribe: "Tal como cuando una muchacha juega con una clepsidra de brillante bronce; cuando coloca su mano sobre la boca del tubo y la sumerge en la masa de agua plateada que retrocede, nada de lluvia penetra en el vaso, sino que es apartada por el volumen de aire que presiona desde dentro sobre los abundantes orificios...Entonces por el contrario al retroceder el soplo aéreo penetra una cantidad equivalente de agua.
Del mismo modo cuando el agua se halla en la profundidad del bronce estando cubierta la boca o poro por la carne mortal al éter exterior que presiona por entrar retiene la lluvia controlando su superficie...hasta que ella suelte su mano" (La Croce 1979: 137).
Como se advierte en el texto de Empedocles, en el siglo V a.C. se conocen clepsidras metálicas relacionadas con el trasvase de líquidos, que también se conocen en Grecia relacionados con el trasvase de vino como el ejemplar procedente de Galaxidi (Zahn 1899: Fig. 4).
Entre los ejemplares cerámicos decorados con figuras negras que aparecen tanto la Grecia continental como en Sicilia, también se han documentado los que presentan la tipología del mastos (Fig. 8 no 4) que reproduce un seno femenino.
La funcionalidad atribuida a este tipo es doble tanto la de hisopo/regadera para ceremonias rituales, como la de elemento para extraer el vino de un recipiente grande, sin recoger posos o cuerpos extraños (Shapiro 1981: 138).
Esta segunda opción parece la más valorada por los investigadores que hacen referencia al uso de este tipo de clepsidras bien como un elemento que refuerza simbólicamente los aspectos relacionados con el erotismo y la fertilidad del simposio o banquete (Lissanague 1987: 52.
Fig 32), como con aspectos prácticos tales como airear el vino al escanciarlo en el kylix, que es aproximadamente la capacidad de este tipo de clepsidras.
A la vista de los paralelos reseñados llama la atención en el caso de los ejemplares peninsulares su escasa relación tipológica con los ejemplares documentados en distintos lugares del Mediterráneo.
Sólo parece darse una cierta semejanza en uno de los grupos formales, el constituido por las jarritas de boca estrecha y la base multiperforada, con ejemplares de cronología antigua, en Turquía, Siria, Italia y que en la Península cuenta con el ejemplar de Sant Jaume.
A tenor de la tendencia que considera que una parte importante de las novedades tecnológicas que se documentan en la Península durante los siglos VIII y VII a.C. fruto de la influencia de los contactos con el complejo colonial orientalizante se podría proponer una cierta conexión entre el ejemplar de Sant Jaume y los de Ugarit.
Faltan sin embargo hallazgos intermedios que muestren la dispersión de este tipo por el Mediterráneo para una diferencia cronológica de 5 siglos y el ejemplar italiano de Veii es prácticamente contemporáneo del de Sant Jaume.
Por otro lado hay que considerar que Sant Jaume no es un enclave colonial, sino un asentamiento, de cierta importancia en la organización política y económica de su entorno, que establece relaciones de intercambio con factorías o enclaves del mundo colonial.
La posibilidad de imitación de un prototipo del repertorio cerámico colonial queda por el momento en el terreno de las hipótesis por confirmar, ya que hasta el momento en este repertorio no se ha documentado ningún ejemplar de clepsidra.
Parece como si el mundo colonial fenicio que se asienta en la Península Ibérica desconociera este tipo de instrumento tanto en cerámica como en otro material, lo que no deja de llamar la atención debido a las ventajas que ofrece por sus especiales características de control en la captación y control en el trasvase del líquidos.
Tanto para su uso cotidiano en las naves comerciales y de pesca, como en los espacios de mercado e intercambio, en el ámbito doméstico, como en el de los rituales y ceremonias sería un instrumento de indudable eficacia.
La ausencia de datos podría estar relacionada con las dificultades de identificación de este tipo de piezas cuando en los procesos de formación del registro arqueológico se fragmentan, lo que propicia que no puedan ser identificadas o se les atribuye otra funcionalidad como la de coladores o filtros como ya se ha reseñado.
A expensas de lo que los proyectos de nuevas excavaciones nos puedan proporcionar en un futuro, no debería obviarse la posibilidad de revisar los materiales procedentes de los enclaves coloniales ya excavados, en los que se podría reconocer la presencia de clepsidras.
En el segundo de los casos de mayor cronología, el procedente de la tumba Casa del Carpio, no sólo presenta una morfología novedosa que la aleja sustancialmente del ejemplar de Sant Jaume, sino también una serie de características que permiten su manejo ergonómico.
La ausencia de prototipos de carácter extrapeninsular para este ejemplar de clepsidra y la posterior eclosión desde el siglo VI a.C. (Fig. 6) de este tipo de piezas en la Península Ibérica con una gran variedad de formas y decoraciones, junto con la aparición en otras áreas del Mediterráneo como la de influencia griega de morfologías y decoraciones totalmente diferentes, llevarían en principio a proponer un origen autóctono para este tipo de instrumento relacionado con el manejo de líquidos.
Esta propuesta supone en primer lugar el conocimiento práctico del principio físico en que se basa el funcionamiento de la clepsidra, lo que a nivel práctico no presenta especiales dificultades a partir de la utilización de distintos tipos de estructuras tubulares-naturales o artificiales-para acceder a cualquier tipo de líquido utilizándolos como una "pipeta".
El siguiente paso para conseguir un mayor volumen de líquido retenido va a llevar al engrosamiento de la estructura tubular a partir de perfiles ovoides o esféricos como los ejemplares de Cazalilla, o Cerro de la Mora, al diseño de morfologías específicas y a la modificación de formas con funcionalidad conocida como es el caso de las jarras.
Los ejemplares conocidos hasta el momento tanto en la Península Ibérica como en el resto del Mediterráneo, su contexto y cronología avalan por el momento la propuesta de un origen múltiple y autóctono de este tipo de piezas lo que nos lleva a revalorizar la capacidad de los alfares locales para producir este tipo de modificaciones o invenciones.
Documentadas en todo el Mediterráneo a partir del primer milenio a.C. existen una serie de clepsidras con una funcionalidad diferente a la de la tradicional valoración de relojes de agua y más ajustada a la interpretación de su etimología como "ladrones de líquidos".
Estas clepsidras configuran un conjunto de ejemplares que por su volumen y distribución geográfica plantean la disyuntiva de a qué tipo de funcionalidad y morfología habría que adjudicar la denominación de clepsidra en futuros trabajos y estudios: la tradicional como medida del tiempo o la que se ha reseñado para la captación, transporte y vertido de líquidos.
En el presente trabajo los ejemplares documentados en la Península Ibérica muestran la aceptación y uso del tipo de clepsidra cuya funcionalidad es la captación de líquidos durante más de cuatro siglos.
En estos ejemplares salvo los relacionados con la modificación de la funcionalidad de los recipientes tipo jarra, con paralelos en distintos puntos del Mediterráneo, destaca la gran variedad en morfología, tecnología y decoración, con un marco cronológico de preferencia por su utilización durante la II Edad del Hierro.
Esta variedad que configura un nuevo tipo del repertorio cerámico protohistórico peninsular, se unifica en su mayoría (Fig. 6) a partir de la presencia de cuerpos de perfil cerrado, con bases planas o convexas multiperforadas y elementos de sujeción o manejo más o menos ergonómicos que permiten un sencillo control del orificio superior, elemento básico de su funcionamiento.
La ausencia de documentación, que puede corresponder a distintas causas, sobre este tipo de clepsidras en los enclaves del horizonte colonial peninsular, así como de paralelos para la mayoría de los ejemplares peninsulares avalan por el momento la hipótesis de un origen y desarrollo autóctono en la Península Ibérica, similar a los documentados en otros puntos del Mediterráneo como el área de influencia griega.
La variedad tipológica de las clepsidras peninsulares, se ve matizada con la de los contextos en los que aparecen, lo que nos permite aproximarnos dentro del marco de su funcionalidad general como captador y distribuidor de líquidos a una mayor precisión de la funcionalidad concreta y el ámbito social en el que fueron utilizadas, sin descartar la posibilidad de un uso polivalente.
Esta utilización abarcaría desde tareas en el ámbito doméstico más básico relacionadas con el almacenaje del agua y el procesado y elaboración de alimentos, a su utilización en comidas caracterizadas por un comensalismo ritual reservado a personajes de status superior en la estructura familiar y social.
Junto con este uso cotidiano, se ha podido documentar su funcionalidad en ceremonias de especial significado simbólico, como los banquetes o libaciones funerarias réplicas de las que caracterizan la interacción social de la comunidad y los rituales de los espacios de culto tanto grupales como supragrupales en los que las especiales características de funcionamiento de las clepsidras las convertirían en instrumentos de cierto protagonismo. |
El seguimiento arqueo-paleontológico realizado en un solar sito en el Cerro de San Isidro, con motivo de un proyecto constructivo en dicho lugar, ha llevado a la documentación de un pequeño resto de la antigua terraza a +30 m, probablemente muy mal conservada por su explotación como arenero en el pasado y por las actuaciones urbanísticas en la zona.
El estudio de la secuencia estratigráfica, la recuperación de varias piezas de industria lítica, así como la realización de análisis polínicos, ha permitido aportar nuevos datos a los ya conocidos de la denominada "Terraza de San Isidro" que se remontan a mediados del siglo XIX.
Entre los meses de septiembre de 2002 y febrero de 2003 se llevaron a cabo obras de vaciado en el solar sito en la C/Comuneros de Castilla, junto a la Sacramental de Santa María, en Madrid (Lám.
El proyecto de construcción de un tanatorio junto a dicha sacramental enclavada dentro de la zona de protección arqueológica de las "Terrazas del Manzanares" (1), hizo necesaria una intervención arqueológica y paleontológica previa al comienzo de las labores de movimiento de tierra.
En 1850, el ingeniero de minas Casiano del Prado tiene noticias de la presencia de huesos de gran tamaño en el Tejar de las Ánimas junto a la Ermita de San Isidro (Fig. 1).
Acompañado por el naturalista, Mariano de la Paz Graells, que en 1847 ya había extraído restos de elefante en las cercanías, en lo que se considera la primera excavación sistemática de restos cuaternarios en la Península Ibérica, reconoce en los huesos del Tejar, como en el caso anterior, restos de Elephas.
Concretamente, se localizan restos de dos elefantes en un nivel de arcillas verdosas.
Recogieron además industria lítica que se encontraba bajo el nivel que contenía los elefantes, en "la división del guijo" (Prado 1864(Prado, 1866)).
Sus visitas a posteriori están motivadas más por un interés geológico que arqueológico o paleontológico (Maier y Martínez 2001).
Fue realmente en 1862 que Casiano del Prado, con Verneuil y Lartet, toma conciencia de la verdadera entidad de los restos líticos de San Isidro.
Es entonces cuando por primera vez se piensa que dichos objetos pueden ser fruto de una talla intencional por humanos.
En 1863 publicaron una pieza de industria recogida en el yacimiento, un hendedor de sílex (Verneuil y Lartet 1863) y en 1864 Casiano del Prado publica su obra recopilatoria de lo observado y recuperado por él en la Terraza de San Isidro.
Posteriormente, Vilanova i Piera, cuyos trabajos no pueden clasificarse precisamente como sistemáticos, publica el corte de San Isidro en 1872 junto con alguno de los hallazgos del sitio (Fig. 2).
Pérez de Barradas y Wernert, en las primeras décadas del siglo XX, retoman el trabajo de los anteriores y, con la ayuda de una metodología que pretende ser rigurosa describen y siguen extrayendo materiales de los cortes que aún se continuaban explotando en esta terraza.
Sus trabajos prestan una importante atención a la estratigrafía y a la situación exacta de cada hallazgo.
Además se proponen realizar una revisión crítica de la hasta entonces caótica información existente acerca de los restos de este enclave (Wernert y Pérez de Barradas 1925).
Son así numerosos los autores que con mayor o menor acierto se han acercado al estudio del yacimiento a lo largo del tiempo, hasta que el mismo se considera agotado tras su explotación como arenero y en años sucesivos se rellena por vertidos posteriores y es absorbido por el crecimiento de la ciudad.
Sin embargo, es la propia actividad constructiva actual en la zona de Terrazas del Manzanares la que ha permitido que se descubrieran posibles retazos aún conservados de la terraza de San Isidro, gracias a algunas excavaciones de urgencia, entre las que cabe destacar la realizada en los Altos de San Isidro por Gamazo et al. (2001).
DESCRIPCIÓN DE LOS TRABAJOS ACTUALES
Los trabajos de prospección arqueológica que presentamos aquí se iniciaron en Enero de 2001 en el solar del por entonces futuro tanatorio.
Se llevaron a cabo 21 sondeos que alcanzaron una profundidad máxima de 2,2 m y en los mismos tan solo se documenta la presencia de vertidos contemporáneos.
No obstante, en una segunda fase, se procede al control del vaciado que se realiza muy por debajo de la cota alcanzada por los sondeos mecánicos iniciales.
En la zona que linda con la Sacramental de Santa María, lo que llamaremos en adelante Corte Sur, la profundidad máxima del vaciado es de 4,20 m.
Los aportes contemporáneos, que en ocasiones superan los 7 m de espesor, se apoyan en los terrenos terciarios constituidos por arcillas verdosas con óxidos de Mn y carbonatos.
Sólo en la esquina Noreste del solar (Lám.
II) aparecen, en cambio, niveles de gravas y arenas pleistocenas pertenecientes a los niveles basales de la terraza de +30 m del río Manzanares. go, aguas arriba del arroyo de los Meaques las facies conservadas son de gravas, con escasa matriz arenosa.
Los perfiles estratigráficos del Tanatorio (Fig. 3 y 4) presentan en una ocasión un espesor de hasta 4 m y están compuestos por facies mayoritarias de arenas medias a gruesas con estratificación cruzada y color pardo, pardo-amarillento o blancas, a veces manchadas con óxidos gris oscuros de Mn y de Fe de color pardo-rojizo.
Las gravas pueden estar dispersas en las litofacies arenosas o forman barras con matriz arenosa, con tamaños medios, en el eje mayor, comprendido entre 2-4 cm y centilo de 10 cm. Términos limo-areno-arcillosos de color gris-verdoso pueden encontrarse a techo de las barras arenosas del muro de la secuencia.
Todos los términos descritos tienen un origen fluvial: son facies de canal tractivas con algún horizonte de menor energía de facies de "overbank", pero de muy escaso desarrollo vertical y lateral.
Durante los años que se utilizó la zona como arenero los niveles de arenas y gravas se explotaron hasta las arcillas terciarias, quedando sólo testigos de la antigua terraza en la zona lindante con el muro perimetral de la Sacramental de Santa María (Sur teórico del solar), así como en el extremo NE del solar intervenido.
Estos testigos apenas conservaban una anchura en planta de 2 m en las zonas más amplias.
Sin embargo, la limpieza de dichos cortes ha permitido la recuperación en el nivel de gravas inferiores de 5 piezas de industria lítica (Fig. 5 y 6), todas ellas talladas con percutor duro y con un grado de rodamiento medio.
Una de ellas estaba realizada en sílex, dos en cuarcita y otras dos en cuarzo.
La primera de ellas (Fig. 5.1, Lám.
III y IV) es un triedro de sílex melado muy patinado y rodado, con abundantes "pseudo-retoques", realizado sobre lasca espesa.
A continuación, una lasca simple fracturada de cuarcita, parcialmente cortical (Fig. 6.3) y el fragmento distal de un elemento retocado indeterminado (Fig. 6.4), también de cuarcita y con un alto grado de rodamiento.
Un núcleo de talla unipolar sobre lasca procedente de un pequeño canto de cuarzo (Fig. 6.5) y un canto trabajado bifacial de cuarzo (Fig. 5.2), completan el conjunto.
En nuestro caso, a partir del pequeño conjunto de piezas recuperado no podemos hacer precisiones en cuanto a su adscripción cultural o temporal, si bien es evidente la existencia de rasgos arcaicos.
Habremos de referirnos a estudios previos sobre conjuntos más completos, con todas las precauciones posibles dada su antigüedad.
Los materiales líticos de este nivel son adscritos tentativamente por Pérez de Barradas al Mindel-Riss, perteneciendo según él a un Achelense inferior (Pérez de Barradas 1941).
Se basa para ello en la recuperación de varias piezas "chelenses" muy rodadas en las gravas inferiores.
Gamazo et al. (2001) han revisado la colección conservada en el Instituto Arqueológico Municipal recogida entre 1927 y 1929 y estudiada por Pérez de Barradas, y coinciden con él en la existencia en San Isidro de un Achelense inferior, aunque en general poco rodado, en las gravas basales de la terraza.
Santonja, estudia los bifaces depositados en el Museo Arqueológico Nacional atribuidos a San Isidro.
Teniendo en cuenta su prevención hacia el origen de la colección que bien puede proceder de diversas localidades, adelanta, siempre de forma tentativa, que debió existir en la base de la secuencia un Achelense medio no evolucionado al encontrar bifaces lanceolados en esos niveles.
Considera así que no puede mantenerse una cronología Mindel para la terraza (Santonja 1977).
No se han recuperado restos de macrofauna junto con los restos de industria lítica.
La fauna de la terraza +30, cuando ha aparecido en momentos Lám.
Triedro de sílex recuperado en la terraza de San Isidro en la presente intervención. anteriores (p.e.
Hernández Pacheco 1927), se caracteriza por la presencia de Elephas antiquus en los niveles superiores (Ezquerra 1857), mientras que los inferiores ofrecen una fauna del Pleistoceno medio con Cervus sp., Bos cf. primigenius, Equus caballus sp., y Palaeoloxodon antiquus platyrhinchus.
Precisamente en San Isidro, este último taxón, descrito por primera vez por Graells (1897), es en realidad una subespecie de Elephas antiquus (Aguirre 1969).
Se trata de un endemismo de la Península Ibérica, aunque carece de valor bioestratigráfico (Sesé y Soto 2002).
A diferencia de otros yacimientos como Arriaga o Aridos 1, aquí, y desde el punto de vista de la microfauna, no se han documentado restos en los niveles muestreados.
Por último, se han realizado análisis polínicos (2) junto al Corte 1 señalado más arriba.
Aunque las muestras no son particularmente ricas y no permiten la reconstrucción del paleo-paisaje, sí se puede decir que los taxones observados perviven en el entorno actual y dan cuenta de las variaciones en la diversidad taxonómica a lo largo de la secuencia, así como del cambio en la estructura del paisaje.
En este sentido se aprecia como el paisaje abierto, dominado por herbáceas tipo Asteraceas y Quenopodiaceas, con algún elemento arbustivo, detectado en la base de corte (N-I a 300-305 cm), es sustituido progresivamente, por el estrato arbóreo, con pinos y encinas, cuya instalación culmina en el Nivel III (155-125 cm), junto al desarrollo de elementos de ribera tipo alisos y olmos.
Hay que tener en cuenta que existen muy pocos datos palinológicos del Cuaternario madrileño, y la mayoría de ellos datan de los años 50 (Menéndez Amor y Florschutz 1959).
Por entonces, estos autores, en su intención de comparar los yacimientos con elefante de Torralba y Transfesa (Villaverde, Madrid) toman muestras de ambos yacimientos.
En Transfesa muestrean concretamente en los sedimentos incluidos entre los huesos de los elefantes, así como en el muro de un sondeo practicado bajo el nivel de aparición de los restos.
Los análisis de los datos señalan la existencia de bosques de pinos coexistiendo con gramíneas.
Sin embargo, en los niveles de arcillas grises a aproximadamente 4 m por debajo del nivel de los elefantes se observa un mayor peso de polen de arbustos y herbáceas.
Los estudios que actualmente se están realizando sobre diversos cortes en terrazas de las cuencas fluviales madrileñas, sin duda permitirán en breve completar el mapa polínico del pleistoceno de Madrid.
La presente intervención arqueológica ha permitido por primera vez en años documentar y recuperar en posición estratigráfica industria lítica achelense de la Terraza de San Isidro, elaborada en sílex, cuarzo y cuarcita.
Además, se abre la posibilidad de que aún queden restos de esta terraza del Pleistoceno medio en el entorno de la Sacramental de Santa María o en otros lugares del Alto o Cerro de San Isidro, lo que permitiría intervenciones arqueológicas muy controladas para recuperar fauna e industria en contextos estratigráficos de este lugar que está unido a la historia de la arqueología de Madrid desde mediados del siglo XIX.
Queremos agradecer a la empresa adjudicataria de las obras Interfunerarias, S.L., y en especial a D. Alberto Álvarez, la colaboración prestada en todo momento por su empresa para que nuestro trabajo se desarrollara de la forma más satisfactoria posible.
Nuestros colegas Manuel Santonja, Juan Rodríguez Tembleque, Enrique Baquedano y Joaquín Panera visitaron el yacimiento y aportaron valiosos comentarios.
La presente intervención ha sido desarrollada con la autorización de la Dirección General de Patrimonio Histórico de la Comunidad de Madrid, Consejería de Cultura y Deportes. |
RESUMEN Este estudio trata de un modelo de joyas áureas peninsulares decoradas con motivos englobados dentro de las temáticas del Arte de la Edad del Hierro Continental pero realizadas con técnicas plenamente orientales que permiten considerarlas como producciones postreras de la orfebreria orientalizante del Occidente Peninsular.
Entre los hallazgos áureos de los últimos años en las tierras occidentales de la Península, destacan unas pequeñas placas procedentes del castro de La Martela (Badajoz) (Fig. 1) que presentan una identidad formal y técnica con las de otro tesoro hallado cerca de la localidad de Serradilla (Cáceres) (Figs.
2 y 3), ejemplares de un modelo de joyas no documentado, hasta el momento en la Península Ibérica.
El estudio unificado de ambos conjuntos permite ahondar considerablemente en el aspecto y función singular de estas placas.
Las piezas de La Martela, tres pequeñas placas trapezoidales y un colgante en forma de bellota, fueron halladas en 1984, al parecer casualmente, por D. Florentino Girol, en la serranía homónima (Segura de León, Badajoz).
El lugar, destacado cerro de 812 m. s.n.m., se reveló, tras las oportunas excavaciones, como una estancia periférica de un pequeño poblado, fechada por sus excavadores en los siglos anteriores a la presencia de Roma (Enriquez y Rodríguez, 1985: 10-16 y 1988: 113-128).
En el yacimiento, que habíamos prospectado desde 1979, pudimos constatar socavaciones clandestinas, en los días siguientes a la noticia del hallazgo, dada en el periódico regional «Hoy».
Junto a una larga franja, de una treintena de centímetros de profundidad, recogimos grandes fragmentos de dos o tres urnas grises globulares estampilladas y puntilladas, parte de un gran vaso, hecho a mano y toscamente alisado y varios cuchillos de hierro.
Posteriormente, este lugar sería indicado por D. Florentino Girol, a los arqueólogos encargados de las excavaciones, como el del hallazgo del tesoro y en él se abrió el corte n.
En 1987, el Sr. Girol nos permitió dibujar y fotografiar una serie de bronces, hallados por él junto a las placas.
Consistían en fragmentos de, al menos, tres fíbulas de apéndice caudal (La Téne 1), un disco de atalaje de caballo del tipo de los de Cancho Roano y un alfiler.
(') Opto. de Prehistoria y Arqueología.
El halÚlzgo de Serradilla fue también producto de una actividad marginal a la Arqueología, las labores de un campo, sin que esta vez fuera posible relacionarlo con un contexto arqueológico (Sayans, 1966y Almagro Gorbea, 1977: 221 y ss.).
Lo componen más de una veintena de piezas, en deficiente estado de conservación, que incluyen seis arracadas, un par de cadenetas y seis placas, junto a fragmentos de otras, de tipo similar a las de La Martela (Fig. 2 Y 3 -Lám.
Son grupos de placas trapezoidales de oro, cada una con el lado mayor en la base y el menor soldado a un canalillo de suspensión.
Técnicamente cada placa se compone de dos láminas, la del reverso, lisa y ligeramente mayor y la del anverso, profusamente decorada.
La unión de ambas se logra mediante el acabado abarquillado de los bordes de la posterior, que permite el acople de la otra, camuflado por un ribete de cordoncillos trenzados dobles y una hilera de gránulos.
Además, en algunos ejemplares se observa la existencia de «grapasll o solapas, prolongaciones de la chapa de reverso, con uno o dos milímetros de anchura, que pasando sobre el cordoncillo se sujetan bajo los gránulos.
Se han empleado las siguientes técnicas ornamentales: a) Repujado, en la ejecución de motivos realizados en la misma lámina base o bien por separado y posteriormente soldados a ella: la placa n.
3 del conjunto de Serradilla, actualmente rota, permite ver que el motivo central fue repujado y acoplado a la placa por una pestaña de 1 mm. de anchura.
Igualmente, parte de un motivo de ave de la n.
6, actualmente desprendido, encaja perfectamente en el hueco dejado sobre la lámina de su anverso.
Por lo general se aplica esta última solución a los motivos «principalesll.
La regularidad de ciertas figuras aboga por la utilización de matrices para el estampado. b) Granulado, se emplea para la sujeción exterior y el silueteado de los motivos repujados y sus rasgos internos (ojos, nariz, alas, etc.), así como para formar motivos ornamentales de trasfondo y complementarios.
c) Filigrana, con corcloncillos sencillos o trenzados dobles, de sección circular.
Se utiliza en los bordes de las placas y para contornear determinadas figuras (rosetas de los ejemplares de La Martela o prótomos contrapuestos de la placa n.
En contados casos se usa en adornos complementarios: en la citada placa n.
2, con bandas de entrelazados en torno a gránulos, hechas con hilo sencillo de sección circular, soldado a la lámina en los cruces; en el motivo circular inferior de la misma placa o en los glóbulos de las piezas de La Martela.
d) Apliques de esmaltes (placas de La Martela) en huecos o alveolos foliformes y pareados, delimitados por una pequeña pestaña soldada sobre la placa y la consiguiente fila de gránulos.
Los sistemas de suspensión son estructuras cilíndricas soldadas a los lados menores de las placas, bien formadas por bandas longitudinales independientes, decoradas con estrías cinceladas y agrupadas con arandelas, logrando un continuado abombamiento (como se documenta en La Martela y en tres placas de Serradilla, con la sujeción anular, triple o doble, sólo en los extremos) o bien decoradas con una ancha cenefa de cordoncillos, que forman motivo en espiga y continúa en el borde superior de la placa, entre terminaciones anulares dobles (sólo documentado en Serradilla).
Una banda tubular, formada por una filigrana de arillos y flanqueada por cordoncillos dobles trenzados, se observa sobre la pieza n.
Sin embargo, el hecho de estar la placa recortada hasta el punto de haber perdido su forma original, impide ratificar que el citado canutillo sea el medio principal de suspensión o bien complemente a uno de los sistemas descritos o diferente (pieza n.
7, adornada con meandros de filigrana).
TEMATICA y COMPOSICIONES DECORATIVAS
En este apartado hemos considerado oportuno distinguir los motivos principales en la interpretación de las composiciones, de aquellos complementarios de un significado en especial y de los accesorios, que contribuyen al recargamiento decorativo de las placas.
Entre los primeros se repiten las cabezas humanas y de animales mamíferos, las representaciones de aves acuáticas afrontadas, un doble prótomo de anátidas o équidos y motivos cónicos «bellotiformes».
Todo ello complementa y refuerza sus valores simbólicos y decorativos con la presencia de numerosos discos concéntricos, glóbulos y rosetas, así como, acompañando a las cabezas de La Martela, con motivos foliformes apuntados hacia abajo.
Los elementos accesorios forman bandas o cenefas de filigrana, con cordones diseñando espigas y, en granulado, líneas de triángulos, a veces dobles y contrapuestos.
Además, en Serradilla, se documentan pequeños triángulos, rombos y rosetas formados por tres o más gránulos que se colocan en el campo o sobre las figuras principales.
En todas las composiciones abundan glóbulos y círculos que, aún camuflados como ornamentación complementaria, parecen reforzar la simbología del conjunto.
Su interpretación como símbolos solares es aceptada por los especialistas en general (Almagro Garbea, 1977: 229), especialmente cuando se ponen en relación con los motivos a los que aquí acompañan.
Esta supuesta simbología común, se evidencia aún más con la disposición figurativa, establecida por la asociación de motivos principales, creando grupos de placas homólogas:
Conjunto de La Martela a) Roseta y discos «solares» delimitan un par de cabezas humanas frontales, flanqueadas por dos grandes hojas apuntadas hacia abajo (Fig. l. a).
El mismo esquema, con la introducción de un rostro, también frontal, posiblemente de felino, caracteriza la placa e y sirve de nexo con el siguiente modelo. b) Roseta y discos «solares» delimitan tres prótomos frontales de mamíferos, separados por un par de hojas apuntadas hacia abajo (Fig. l. d).
El suave y gradual estrechamiento de las caras, sus remates superiores ralos y la representación de las posibles orejas, apuntadas hacia delante sobre los grandes ojos, permiten considerarlas, ambiguamente, como representaciones de équidos o cánidos.
c) Disco «solar» bajo una figura compuesta de un doble prótomo de ave o équido, con cabezas contrapuestas, cuello, tórax y patas (Fig. 2.2).
Este motivo está delimitado con un doble cordoncillo trenzado que certifica que la figura está completa, no reconociéndose arranque de alas u otro elemento que ayude en un interpretación.
Sobre ella y entre ambos prótomos, una cabeza humana de perfil mira a la derecha, con el cabello indicado, como en La Martela, por hileras de granos y con una posible gargantilla o arranque de vestido, al cuello. d) Cabeza humana frontal, circundada de glóbulos «solares» (Figs.
2.1 y 3, incluyendo un fragmento de esquina que podría pertenecer a esta placa).
La dudosa identificación (Almagro Gorbea, 1977: 229) se debe al mal estado de conservación que impide una observación segura.
Sin embargo, su comparación con las piezas de La Martela nos permite interpretarlo como una cabeza humana, vista de frente.
Placas y colgante áureos procedentes del castro de La
Martela (Segura de León, &dajoz).
2.-Placas áureas halladas de las cercanías de la localidad de Serradi/la (Cáceres). de anátidas postulado por Sayans (1966: 20), especialmente en los ejemplos n.
4 y 1 1, que responden a una misma matriz.
f) Pareja de figuras alargadas, circundadas por glóbulos perlados (Fig. 2.5).
Este motivo central, más controvertido en su identificación, lleva a soluciones diferentes: representación antropomórfica de dos sarcófagos, pese a su falta de realismo (Sayans 1986: 16-17); variantes del ~~ídolo-botella» conocido en la orfebrería púnica (Almagro Garbea 1977: 229), aunque difieren notablemente de las recogidas por Quillard (1979: 59-64).
El estudio en conjunto nos lleva a bascular con la consideración de alargados colgantes cónicos, quizás bellotas, semejantes al ejemplar de La Martela, aunque con todas las reservas expresadas.
Estas piezas muestran una ejecución y técnica típicamente oriental y mediterránea.
Paralelos técnicos específicos en la orfebrería de este ámbito geográfico fueron recogidos por Almagro Garbea (1977), aunque las joyas, en cuanto a su concepción general son raras en este amplio mundo.
En la orfebrería orientalizante de la isla de Rodas (s. VII a.
C.) encontramos seríes o conjuntos de placas colgantes con figuras y rosetas (Fig. 4) (Laffineur, 1978(Laffineur,: 166-184 y 1980: 13-29): 13-29), que llaman la atención, no ya por la personalidad de los modelos sino por la completa concordancia técnica y de ejecución con las extremeñas, rasgo que, por su complejidad y peculiaridad, permite considerarlas como antecedentes, al menos técnicos, de las hispánicas.
También muestran una lejana relación en el transfondo oriental representado: figuras de la «potnia theron» dedálica, con leones o pájaros y cabezas ~hathóricas,. frontales, felinos y rosetas, etc. (Laffineur, 1979: 11-66).
Sin embargo, y sin negar este antecedente, la iconografía de las piezas extremeñas presenta soluciones formales que parecen responder a gustos y creencias propios de culturas occidentales.
Las cabezas representadas en las placas de La Martela y posiblemente las de Serradilla responden a cánones (la forma general de la cara, la unión de ojos y nariz en una sola línea, la falta de orejas o la ejecución sencilla del pelo, que podría reproducir su remate en moño, con el círculo que corona las cabezas -Fig.
1. e-), propios de modelos celtas con influencias mediterráneas (Fig. 5. a) (Jacobsthal, 1969: 12-16 y 21), identificación que se refuerza con las representaciones de hojas apuntadas hacia abajo que las flanquean, rasgo específico de las cabezas célticas que para Jacobsthal (1969: 22-24) y Megaw (1970: 27) denotan cierto grado de sacralidad o relevancia unido a una función profiláctica.
La presencia de rostros y cabezas humanas, en posición frontal, en importantes joyas «orientales» del SO. como las oe la Aliseda y Evora, no sirven más que para reafirmar la gran diferencia morfológica y de ejecución que tienen con los modelos aquí tratados.
En el primer caso, un anillo y. en el segundo, la famosa diadema y unos colgantes muestran parejas de rostros afrontados cuyos contornos y rasgos estrechos y alargados recuerdan al concepto oriental de la doble cara contrapuesta, según apuntó Blanco de Torrecillas (1959: 52-54) y Almagro Garbea (1977: 209 y XXXll).
Todo lo contrario ocurre con los paralelos, en general posteriores, conocidos en la Hispania tradicíonalmente denominada ~céltica», como veremos después (López Monteagudo, 1987: 245-252).
Sin embargo, dentro de la constante simbiosis entre lo oriental y lo occidental que caracteriza la orfebrería y teoréutica del Occidente europeo, es importante apuntar la existencia de estos precedentes en la iconografía orientalizante del SO. peninsular.
2 de Serradilla (Fig. 2.2), en la que, como en el «bronce» de Carnazo, la figura humana sustituye al disco solar entre anátidas de la composición centroeuropea.
El problema de esta identificación estriba en la falta de atributos orientales y femeninos en la placa de Serradilla, que carece incluso del tradicional peinado «hathórico» de la pieza de Carriazo.
Por el contrario, la cabeza es de aspecto varonil, semejante al «dcspótes híppom) de Cancho Roano (Fig. 5. b); el prótomo doble posee una parte inferior llana con representación de patas, que lo aleja de la convencional forma de barco, vista en los ejemplos apuntados, ~' sus cabezas no permiten con certeza catalogarlas como cisnes (Sayans, 1966: 20 y Almagro Gorbea, 1977: 223 y 229) Y bien podrían ser caballos, tal como parecen sugerir las patas y la «panza» plana.
De todas formas parece poco discutible la relación solar y de tránsito, reforzada por la presencia de aves y discos en las otras placas del conjunto cacereño, trasfondo que en regiones de Europa septentrional es aplicado también al carro (Kossack, 1954: I y IV, 7-9) Y en ámbitos similares, a toda la serie de «placas colgantes)t trapezoidales y triangulares que se localizan por la Región Alpina, decoradas con un rostro humano frontal sobre prótomos de caballos, rodeados de glóbulos y discos perlados, así como pájaros, colgantes cónicos y bellotas (Egg, 1986: figs. 1-4; XIV.
Aunque estas placas-colgantes no sean las mismas que las peninsulares, no nos caben dudas sobre la gran relación existente entre ambos modelos.
Más aún observamos las mismas temáticas iconográficas en algunas representaciones de la Meseta Norte, en épocas más tardías, como las pintadas sobre cerámicas de Numancia y Uxama o las del «tesoro» de plata de Dríeves (Guadalajara) (San Valero, 1945: fig: 3 y López Monteagudo, 1987: 250).
Las demás placas extremeñas reflejan significados análogos: las cabezas, figuraciones del posible culto galo a la dete coupée» (Chassaing, 1976: 69 y ss.), común a las poblaciones del Oeste peninsular, como pudiera testimoniar el interesante cráneo del vecino depósito de Garv~lO (López Monteagudo, 1987 y Beir~lO et alii, 1985: 60) y la conjunción de ánades con discos «solares», son los adornos de grandes calderos de la necrópolis de Hallstatt (Megaw, 1970: 51, XXI-XXll), de sítulas, ánforas, armaduras y demás teoréutica alpina (Van Mehart, 1969: XLIV-L; Jacobsthal, 1969: 297, 365 Y 393. a-d) y con la misma disposición que en Serradilla, de un grupo de seis torques del Mame y de una fíbula suiza (Fig. 5 d,e) (Kossack, 1954: Jacobstha1.
Esta integración permite considerar el motivo central de la pieza n.
2 de Serradilla como símbolo de creencias de «tránsito y resurreción» muy unido al tema del «hombre desnudo entre aves y monstruos» de los broches calados de cinturón del Valle del Mame y de Ticino (s. V. a.
C) o al de «la señora de los caballos» de las placas alpinas, versiones de «la señora o señor de las aves, caballos o felinos» oriental con los que tienen un nexo en pendientes calados de tumbas de Chiusi y Vetulonia (ss: VID y VII a.
En un contexto simbólico semejante deben encuadrarse los dos motivos centrales de la placa n.
S de Serradilla y el colgante «bellotiforme» de la Martela (Fig. 1. b), reflejos de una temática muy repetida en la orfebrería alpina, danubiana y griega del siglo V y su hinterland (Egg.
El uso y destino de estas joyas nos es desc; onocido por la falta de un contexto arqueológico especifico.
Por sus semejanzas rodias seria plausible considerarlas elementos de collares pectorales, supuesta función de estas joyas orientales.
Como las placas extremeñas, forman conjuntos en serie y quedan suspendidas por el lado superior mediante un cordoncillo que pasa a través de un sistema tubular.
La colocación de estas piezas para Laffineur (1978Laffineur (: 79 y 1980: 26): 26), Higgins y otros debía ser sobre el pecho, estando prendidos los extremos al vestido en los hombros, por medio de fíbulas o alfileres, disimuladas con una roseta.
Ciertamente las placas rodias son rectangulares y no plantean los inconvenientes funcionales de nuestros ejemplares, trapezoidales, que se taparian parcialmente entre sí.
Esta razón aporta Laffineur, para no considerarlas como piezas suspendidas del cuello, y es definitiva para descartar el uso de las placas extremeñas en diademas o coronas de placas rectangulares portadas por las imágenes de «Astarté» y sugerido para las placas del Carambolo (Blázquez 1983, 40).
Solución a este problema se encuentra intercalando en el hilo sustentante cuentas longitudinales semejantes a los canutillos de suspensión de las placas de La Martela o sencillamente colocando las placas en collares de cuentas, como un ejemplar de la tumba Benvenuti (Este) (Fig. 6. e) (Randall-McIver, 1927).
Con todo, la consideración de colgantes únicos en collares, como los trapezoidales de ciertas terracotas etrusco-campanas (BedelIo, 1974: 96-98) no se descarta ni siquiera para las piezas rodias (Laffineur, 1978: 80).
Un collar pectoral, del segundo tesoro de Boukyovtsi (Bulgaria), siglo IV a.
C. muestra conjuntos de colgantes con cabezas, rosetas, granadas y bellotas, que penden de varias fíbulas unidas por cadenitas (Fig. 6. b) (Venedikov, 1976: 61).
Su iconografía recuerda tanto la de las placas extremeñas como las de Rodas, hasta el punto que para Laffineur (1978: 168), collarespectorales como éste, muy extendidos por el norte de Grecia y el cauce del Danubio, son derivados de la orfebreria rodia del siglo vn a.
C. En este sentido hay que recordar las fíbulas de La Tene, halladas junto al tesoro de La Martela e incluso las arracadas y cadenitas que acompañan a las placas de Serradilla.
Respecto a la función de estas piezas, se puede barajar un valor profiláctico junto a la consideración de bienes de prestigio entre los pueblos de la Meseta, comparable a las piezas denominadas «céltico-orientalizantes» de Francia, Suiza e Italia (Sandars, 1976: 41-55; Megaw, 1975: 15-33 y Jacobsthal, 1969: 22), reflejos de las relaciones entre los pueblos costeros mediterráneos y los jefes guerreros celtoparlantes del interior para los que se fabricaban, siguiendo viejas técnicas y tipologias orientales, joyas de iconografía y simbología al gusto occidental (Nash, 1985: 55-63).
Las características técnicas de las piezas de Serradilla, a caballo entre tesoros orientalizantes y la orfebrería castreña del Noroeste, indujeron a datarlas en el siglo V a.
Las placas de La Martela se fecharon en el siglo IV a.
C. en razón del contexto arqueológico supuesto y sus analogías técnicas con los tesoros de Evora y Arrabalde (Enriquez y Rodriguez, 1985: 11).
Aunque la gran calidad de las piezas las aproximan y equiparan a ejemplares «orientales» peninsulares c9mo los de Evora y Aliseda, los paralelos iconográficos antes apuntados y la presencia de abundantes productos griegos del siglo V a. e en enclaves (el Castañuelo y el castro de Azougada) de la misma comarca del Ardlla (Del Amo, 1978: Rouillard.
1974), abogan por la ampliación hacia Occidente de rutas comerciales griegas y etruscas, y por una fecha y contexto semejante para las placas aquí estudiadas. |
prima de las industrias en sílex del yacImIento y, por otra, el análisis de las fuentes de sílex existentes en la región de ese mismo yacimiento.
De esta forma se extraen interesantes conclusiones en tomo a los criterios de selección y sistemas de aprovisionamiento del sílex del Hombre paleolítico, así como la evolución de éstos en el tiempo y pueden documentarse movimientos de personas o relaciones sociales en áreas, incluso, donde no se habían localizado yacimientos.
Además de esto, el análisis de la materia prima complementado con talla experimental parece estar aportando interesantes conclusiones que estan modificando los estudios sobre tipología litica al demostrar cómo aspectos de los conjuntos líticos que antes se creían ser atributos estilísticos o funcionales responden, sencillamente, a cuestiones técnicas impuestas por la materia prima (por su calidad, por ejemplo, o por algo tan sencillo como el tamaño del módulo).
Un estudio de este tipo es el que está intentando llevarse a cabo en la Cova del Tossal de la Roca (Vall D'Alcalá, Alicante), pero no está sin embargo exento de problemas y en la comunicación se expusieron buena parte de ellos.
En definitiva, la principal dificultad reside en la enorme heterogeneidad del sílex, tanto a nivel de aspecto como de composición.
Ambos pueden variar incluso dentro de un mismo nódulo y esto lógicamente dificulta la clasificación de los sílex y por tanto su adscripción a una fuente concreta.
La autora repasó los diversos métodos macro y microscópicos mediante los que, hasta ahora, se ha intentado solventar el problema sin que hasta el momento se haya dado con uno definitivo, si no es mediante la contrastación de varios de estos métodos de diferenciación del sílex, lo que dificulta tremendamente la investigación y explica, en parte, su casi total ausencia en España.
La última de las comunicaciones en tomo al Paleolitico fue la de M. Giménez de La Rosa repasando algunas de las nuevas vías de estudio del arte parietal como las de M. Conkey y A. de Sieveking o J. M. Apellániz.
Todos ellos proponen nuevos métodos para extraer datos, a partir del arte parietal, sobre la socio-economía del Hombre que realizó este arte.
Sin embargo en la comunicación la investigadora se limitó a exponer las conclusiones obtenidas, pero nada en tomo al método seguido para obtenerlas a partir de la plaqueta o el asta decoradas lo que, en nuestra opinión, habria resultado mucho más interesante.
J. M. García Campillo por su parte propuso una posible interpretación astronómica de 2 diseños encontrados en los abrigos de Msana Wa N'Agombe (Dedza, Malawi) y Kiantapo (Katanga, Zaire) emulando interpretaciones similares realizadas sobre petrogrifos y pinturas norteamericanas y todos los cuales representarian el proceso de aparición de una supernova, hecho ocurrido y constatado por la astronomía hacia el 1054 d.
C. El investigador lo justificó, aparte de por los diseños en sí mismos, por una datación de radiocarbono coincidente con la fecha del suceso astronómico.
A excepción de la presentada por J. F. Ramos sobre los cepillos para deforestar del Calcolitico de Alcolea (Periana, Málaga), las restantes comunicaciones fueron contribuciones a cartas arqueológicas.
Durante los pasados 12 al 16 de diciembre de 1988 y bajo la presidencia de honor de S.A.R. el Principe de Asturias tuvo lugar en el Salón de Grados de la Universidad Complutense de Madrid el «Congreso de Jóvenes Historiadores y Geógrafos» organizado por la Asociación de Estudios Históricogeográficos de la Universidad Complutense de Madrid (A.D.E.S.) con la colaboración del Colegio Oficial de Doctores y Licenciados de esta misma ciudad.
En la mente de sus creadores, el objetivo del Congreso era seguir el pulso, sondear la actividad investigadora de la universidad española en la actualidad, así como difundir los resultados de esta actividad entre los especialistas.
Por ello se estructuró como un congreso de temática libre, al que podían presentar comunicaciones los estudiantes universitarios o licenciados no mayores de 29 años y conforme a las siguientes áreas: Prehistoria, H. a Antigua, H. a Medieval, H. a Moderna, H. a Contemporánea, H. a del Arte, H. a de América e H. a del pensamiento geográfico y del urbanismo.
La respuesta a la convocatoria fue altamente positiva: 517 participantes inscritos y unas 200 comunicaciones.
De ellas, la mitad aproximadamente fueron presentadas por investigadores de las universidades madrileñas.
El resto provenían de las demás universidades españolas, generalmente licenciados de los cursos de doctorado, algunos alumnos sobre todo de los últimos años de carrera y también algunos doctores.
Este elevado número de comunicaciones superaba ampliamente las expectativas de la organización, pero sin embargo ésta finalmente optó por no realizar una selección.
Si de sondear el nivel de. la joven investigación universitaria se trataba, había que escucharlo todo: lo interesante y lo menos interesante y, de cualquier forma, la condición (expuesta en las bases del Congreso) de avalar los textos mediante carta de presentación de una autoridad académica garantizaba al menos la seriedad de las comunicaciones presentadas.
Cabria sin embargo decir que la calidad de éstas fue, en líneas generales, bastante elevada.
Ello, pensamos, pueda deberse en parte al hecho de que al ser un congreso de tema libre, cada investigador pudo disertar sobre aquello que más ha trabajado y por tanto que mejor conoce.
Una vez realizada la apertura del Congreso, la primera de las jornadas fue la dedicada al área de Prehistoria.
A ella concurrieron 14 comunicaciones que, según criterio de la organización, fueron leídas por orden de similitud temática para facilitar así una cierta contrastación entre los diferentes trabajos realizados sobre temas similares.
El primer grupo de comunicaciones lo constituyeron aquellas de carácter digamos teórico, bien fuera historiográfico o metodológico.
J. Rodriguez Lópcz inició la sesión con su comunicación ~EI concepto de Historia en la arqueología posprocesualll.
En ella, y frente a la llamada ~nueva arqueologíall defendió y presentó los dementos que han dado lugar a la génesis de la arqueología posprocesual o contextual.
Esta es aquella que trata de reconstruir la acción humana, no el evento particular, y que lejos de considerar la cultura como algo reducible a leyes intemporales, reivindica la especifidad de la acción humana.
Como fiel reflejo del panorama de la ciencia arqueológica actual en España, también hubo algunas comunicaciones en tomo a la estadística aplicada a la arqueología: J. A. Barceló explicó sus fundamentos y posibilidades, mientras que M. Medrano presentó un repertorio bibliográfico para la aplicación de los métodos estadístico-matemáticos a la arqueología de cuya exhaustividad no emitiremos juicio por el propio desconocimiento del tema en cuestión.
Cronológícamente hablando, el mayor número de comunicaciones fue aquel que giró en tomo al Paleolítico.
Todas eUas además tuvieron algo en común: intentaban mostrar nuevos planteamientos para el estudio del tema que se tratara en cada caso.
Así, J. J. Baena y M. A. Garda Valero en su comunicación sobre el Cuaternario del Valle de Manzanares plantearon el estudio en base a las necesidades del Hombre.
Estas le Uevan a seleccionar lugares o materiales sobre los que actuará y que le condicionan un tipo de actividad concreta y una interacción con el medio.
De esta forma se generaría el medio histórico.
Ellos diferenciaron entre ~necesidades básicas" (las fisiológicas: autodefensa, alimentación, reproducción, reposo y eliminación de residuos orgánicos) y mecesidades secundarias,., las cuales definen como dodas aquellas no incluidas en las anteriores)!.
Particulannente interesante nos pareció el ~Aporte para una metodología sobre técnicas de talla» presentada por J. Ibáñez Estévez y J. González Urquijo en que se hada referencia a un proyecto dirigido por J. M. Apellániz en el Museo Arqueológico, Etnográfico e Históríco vasco de Bilbao.
En la comunicación se analizaban, en primer lugar, los elementos que intervienen en el proceso de talla del útil lítico: los de comportamiento (una compleja secuencia de elección es encadenadas) y los físicos (la fuerza aplicada, mediante un instrumento intennediario, que provocan que el sílex se fracture).
Ambos elementos se interrelacionan en la cadena técnica.
Partiendo de esto y de la premisa de que cada gesto técnico y cada elección genera unas «huellas" en el útil que le son características, se trata entonces de, a la inversa, o sea a partir de los atríbutos de los productos de talla, conocer las actividades del artesano.
Los elementos de comportamiento son analizados, en los materíales arqueológicos, por dos vías complementarías: analizando las características fonnales de las piezas y mediante el remontado de los núcleos, útiles y productos de desecho.
En cuanto a los elementos físicos, estudian sobre todo el tipo de percutor y la fonna de aplicación de la fuerza y las huellas de ambos en la pieza, tanto a nivel macro como microscópico.
Por supuesto y como los propios investigadores expusieron, el problema estriba, por un lado, en la imposibilidad de preveer todos los posibles comportamientos de un tallador prehistórico.
Por otro y en cuanto a los elementos físicos, son múltiples las variables que pueden incidir en los atributos físicos analizados (que son el tipo de bulbo, de talón, morfología, etc.), como por ejemplo la materia prima, el tipo de percutor, el ángulo de lascado, etc.
Por todo ello advierten que esta metodología, que ellos proponen para las técnicas de talla, se trata de un sistema abierto en el que habrá que ir, poco a poco, encontrando atributos con mayor poder discriminador.
Un sistema en el que, al menos, se establece una dialéctica con los materiales objeto de estudio sin la cual -y esta es también nuestra opinión-corremos el peligro de volver a las largas listas tipológicas meramente descriptivas.
Dentro de esta misma línea, o más bien complementándola, encontramos la comunicación presentada por M. Garda-Carrillo sobre el estudio de las fuentes de abastecimiento del sílex paleolítico.
ExpuSo en primer lugar (ejemplificándolo en cada caso con estudios ya realizados en varías yacimientos sobre todo franceses) las posibilidades que ofrece este tipo de investigaciones, las cuales se basan, simplificándolo, en el análisis doble e interrelacionado, por una parte, de la materia desde la Prehistoria hasta época medieval, en relación en ocasiones con la localización de yacimientos arqueológicos en la zona.
Debe reseñarse que muchos de los artículos han sido realizados por geógrafos (K. Cabtree, M. Bell, L. Heathwaite, D. Maguire... ) o paleontólogos (J. Coy, B. Noddle), por lo que muchas veces no se trata de estudios arqueológicos propiamente dichos.
La suma de los trabajos ofrece, sin duda, una valiosa aportación informativa a cuantos investigadores se interesen por la zona de referencia -moluscos, turberas, especies de animales salvajes y domesticadas halladas en los conjuntos arqueológicos, etc.-, pero su carácter regionalista y exhaustivamente descriptivo impide que los resultados pueden ser de utilidad para. otros fines.
Los datos que integran algunas de las aportaciones están, además, basados en recopilaciones bibliográficas, dada la escasez de excavaciones en la zona, lo que obliga a los autores a reconocer la provisionalidad de sus conclusiones en dichos casos.
En cambio, datos experimentales casi en su totalidad integran el último artículo, en el cual se dan a conocer los resultados de los trabajos arqueológicos y paleoambientales realizados en 1983 y 1984 por la Central Excavations Unit (CEU) en los yacimientos prehistóricos y romano-británicos de Westward Ho!, en Devon.
Coincide, no obstante, con los anteriores en el tono exclusivamente descriptivo, lo que evita que el interés pueda alcanzar algo más que a los procedimientos de análisis empleados o a los resultados concretos en la zona.
Debe decirse, para concluir el comentario de esta obra, que parte de su objetivo y, en consecuencia, de su mérito, reside precisamente en realizar una llamada de atención sobre la riqueza bioarqueológica e interés de la zona sudoccidental inglesa, tradicionalmente desatendida por los organismos oficiales, centrados en Londres.
Desde este punto de vista, la obra cumple sobradamente su objetivo, ya que por un lado muestra la riqueza y por otro demuestra, como decía, algunas deficiencias documentales en buena prueba de la falta de atención administrativa y de concesión de presupuestos de investigación de la que se quejan sus autores.
La obra de S. R. Simms presenta, a diferencia de la anterior, un interés que trasciende con mucho al de sus resultados concretos.
Constituye un trabajo de casi obligada lectura para quien pretenda conocer en profundidad la alternativa que para la investigación prehistórica supone el modelo materialista de la ecología conductista.
Simms tiene el acierto de no limitarse a desarrollar una aplicación concreta de tal concepción teórica -cosa que por otro lado realiza exhaustivamente-, sino que dedica los dos primeros capítulos (de los siete y un apéndice de que consta la obra) a analizar en profundidad las bases teóricas fundamentales sobre las que se asienta el modelo concreto de forrajeo óptimo a utilizar (cap. 2) y las características concretas de éste (cap. 3).
Sólo una vez establecido el marco teórico desde el que se va a actuar presenta las cuestiones específicas que deben atenderse, las condiciones ambientales y la secuencia prehistórica tradicional de la Gran Cuenca, así como una discusión sobre el nivel (generalizador/particularista) al que debe desarrollarse la discusión (cap. 4).
De este modo pasa a introducir todos los datos empíricos necesarios para la aplicación del modelo (cap. 5) y a comentar las posibles aplicaciones a que tales datos conducen (cap. 6).
Reserva el último capítulo (cap. 7) para una síntesis general del trabajo en la que se destacan las posibilidades de investigación que, a juicio del autor, presenta la ecología conductista.
Una vez establecido el orden del trabajo, guiado como se ve por escalas crecientes de concreción y, en consecuencia, con enorme coherencia y solidez interna, me gustaría resaltar una serie de cuestiones.
En primer lugar, los fundamentos teóricos del trabajo se retrotraen hasta el punto de discutir el concepto de evolución y la idoneidad de su aplicación en los modelos materialistas.
La conclusión a la que llega Simms es que las explicaciones materialistas culturales del cambio cultural -las más productivas hasta el momento a su juicio-han hecho una mala utilización del concepto evolución, lo que las ha incapacitado para explicar la causación última y, por consiguiente, para comprender la configuración particular de cada cultura.
El problema reside en que en Antropología se ha aplicado mayoritariamente el concepto de evolución de Spencer y no el de Darwin, siendo ambos radicalmente diferentes: la -evolución es progresiva y gradual para el primero, mientras que el segundo la contempla como la preservación diferencial de formas variables.
En consecuencia, el primero pretendió organizat las sociedades en estadios tipológicos, mientras que el segundo intentó explicar la diversidad y la variabilidad, jugando para él un papel esencial el concepto de selección.
No basta, por tanto, describir qué contribución hace una fonna particular -organismo, comunidad ecológica o «cultura»-a un sistema, sino que es necesario explicar cuáles son las condiciones de selección que detenninan la prevalencia diferencial de las fonnas.
En ello residen las diferencias entre el materialismo cultural o ecología cultural, descriptiva en su opinión, y la ecología evolucionista o conductista, explicativa.
El autor afinna que «la evolución darwiniana no es sólo una declaración de cómo funciona el mundo orgánico, centrándose en la variación y el proceso, sino que es, además, una estrategia de investigación» (pág. 1 (0).
Y en ella se basa el modelo de la dieta óptima, una de las fonnas de explicar la variabilidad del comportamiento humano dentro de la ecología conductista.
Se fundamenta en la asunción de que una toma de decisión animal se orientará hacia la eficiencia en la adquisición de alimento como resultado de presiones selectivas evolutivas.
Ello permite predecir el comportamiento del animal bajo ciertas condiciones en la medida en que éstas afecten a la eficiencia relativa de varias alternativas de comportamiento.
La eficiencia se mide como una función rendimiento/coste para cada recurso, en cada circunstancia.
La refutación de alguna de las predicciones conducirá a la búsqueda de otros factores causales -por ejemplo, las semillas tienen un rango muy bajo de eficiencia, pero son almacenables, lo que explica parte del comportamiento de los grupos que las recolectan y, en consecuencia, otros muchos aspectos de su cultura.
Esto es: «estos modelos no se usan para probar directamente la selección natural o el forrajeo óptimo sino que, a la vista del éxito o fracaso de las asunciones previas, filtran progresivamente lo que es importante en la toma de decisiones de un forrajeado~ (pág. 84).
Se han conseguido importantes predicciones, especialmente acerca del comportamiento de animales no-humanos y últimamente se están realizando, según el autor, entre los grupos humanos cazadores-recolectores (en el último capítulo se discute brevemente su aplicabilidad a poblaciones productoras de alimentos).
Esto le lleva a insistir en otra de sus principales preocupaciones: contribuir a derribar las fronteras tradicionalmente establecidas entre los humanos y el resto del mundo orgánico, como muestra de fidelidad y coherencia con la teoría evolucionista.
El trabajo empírico que le sirve de ejemplo está perfectamente estructurado, justificándose la necesidad y contribución al resultado final de cada uno de los pasos del proceso.
Cuenta además con buenas bases documentales y con participación experimental del autor en la investigación de los factores que constituyen el coste y el rendimiento de cada uno de los recursos -tit1l11pos de busqueda, de obtención, de manipulación, etc. del producto animal o vegetal, energía que proporciona, etc.-.
En suma, el trabajo de S. R. Sirnrns representa, a mi juicio, una importante aportación al panorama de las opciones con que actualmente contamos para la investigación prehistórica.
Independientemente del acuerdo o desacuerdo que sus presupuestos teóricos puedan suscitar -aunque se separe del materialismo cultural no deja de reflejar un fortísimo detenninismo materialistaconstituye una obra sólida, de gran coherencia interna y, lo que es además de agradecer, tremendamente didáctica.
ALMUDENA HERNANDO GONZALO Dpto. de Prehistoria Facultad de Geografía e Historia.
Madrid El capítulo VIl, el más extenso, dado su contenido, está destinado a revisar los datos publicados en la región mediterránea, siendo estructurado, como la autora indica, siguiendo un criterio cronológico y de áreas geográficas.
Está claro que recoger todos estos datos es una labor de muchas horas de revisión bibliográfica, y es una buena síntesis que sirve de referencia.
Quizá podrian haberse separado los datos procedentes de turberas de los de yacimientos arqueológicos puesto que la deposición y el modo de transporte polínicos en unos y otros es fundamental a la hora de hacer consideraciones en tomo al medio próximo a ambos depósitos.
Hubiera sido igualmente interesante en este capítuJo, puesto que la tarca más pesada ya estaba hecha, comparar los datos de España con los de áreas próximas, ya que a primera vista parece que los taxones arbóreos españoles son más escasos que en el resto de la región mediterránea.
Una buena lista bibliográfica, tanto española como europea, junto a diversas fotografías de yacimientos, paisajes y pólenes, completan un magnífico trabajo, útil para los que creemos en la Palinología como medio de comprensión de algunos aspectos del pasado del hombre.
Opto. de Prehistoria del Centro de Estudios Históricos [URL].).
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es Cuando los trabajos de L. H. Keeley comenzaron a divulgarse entre los paleolitistas europeos a mediados de la década pasada, muchos de ellos pensaron que por fin se había descubierto la clave para desvelar el gran enigma de la funcionalidad de los útiles líticos, herramienta esencial para ir más allá de las conjeturas tipologistas en la reconstrucción de los asentamientos prehistóricos.
Aunque la falta de medios impidió a numerosos centros de investigación dedicarse a este tema, el panorama resultó lo suficientemente atractivo como para que se formasen varios grupos de investigadores que continuaron la tarea de Keeley.
Un país en el que esta iniciativa arraigó profundamente fue Francia, donde jóvenes especialistas como P. Anderson, E. Mansur o H. Plisson han incorporado los análisis traceológicos a los estudios sobre tecnologia lítica.
Este nuevo número de los BAR presenta ahora la Tesis de tercer ciclo de otra de las representantes de este núcleo francés, S. Beyries, cuyas publicaciones en el campo de la traceologia son ya conocidas desde hace años.
En esta ocasión, sin embargo, se trata de presentar una contribución de más envergadura, explícitamente centrada en el problema del significado de la variabilidad industrial del Musteriense.
El trabajo en cuestión está dividido en tres partes, bastante breves, seguidas por un voluminoso apéndice.
En la primera, dedicada al planteamiento metodológico, se expone de modo somero el debate sobre las facies musterienses, restringido enseguida al enfrentamiento de las opciones clásicas defendidas respectivamente por L. Binford y por F. Bordes.
Esta introducción permite a • Beyries formular el objetivo concreto de su proyecto: contrastar la hipótesis funcional del investigador americano comprobando si en el Musteriense existe alguna correlación entre tipologia y función, entre función y facies industrial o entre disponibilidad de materia prima y variabilidad lítica.
En última instancia, Beyries pretende examinar las posibilidades que ofreceria la creación de una verdadera tipología funcional aplicable al caso del Musteriense.
Para llevar a cabo este proyecto se decanta, tras un breve repaso historiográfico acerca de las técnicas existentes para el estudio de las huellas de uso en el material lítico, por el método de Keeley, basado en el examen de los micropulidos presentes en los bordes de los instrumentos y estudiables solo con microscopio de muchos aumentos (mayor de lOOx).
Esto no implica un rechazo absoluto del otro método común en traceologia, que como se sabe fue el utilizado por S. A. Semenov en sus trabajos pioneros y que se centra en el examen de las estrías y los pequeños desperfectos que presentan los filos de los útiles -visibles con lentes de bajo aument~, ya que es utilizado en una primera fase del análisis y su principal utilidad es dl'lerminar la dirección en la que ha trabajado el instrumento \' pur tanto el gesto ligado a su función.
La segunda pal1e del estudio expone los yacimientos seleccionados para la aplicación experimental. las caracteristicas de cada colección ~. los resultados obtenidos en cada una de ellas.
El material analizado procede de Corbchem (Pas de Calais), del nivel 8 de la Grotte Vaufrey (Dordoña) y de la GroUe du Renne (An:v-sur-Cure), pertenecientes al Musteriense Típico de la clasificación de Bordes, así como del nivel 13 de Combe Grenal (Dordoña), que es Musteriense de Denticulados, del nivel 10 de Marillac (Charente), perteneciente al tipo Quina, y dd conjunto 1 de la Grotte de Pié-Lombard (Alpes-Maritimes), clasificado a su vez como Musteriense Típico rico en raederas.
Esta selección es considerada por Bevries como suficiente para controlar tanto las variaciones existentes entre vacimientos de contt'xtos arqueológicos distintos como entre facies industriales diferentes; la presencia de un grupo notable de niveles atribuidos al Musteriense Típico permite, por último, controlar estas mismas variables funcionales dentro de una misma facies.
La discusión de los resultados se plantea en la tercera parte del estudio.
Sintéticamente estos son los siguientes:
No existe una estricta vinculación entre la presencia de huellas de uso y los tipos reconocidos como utensilios típicos: de hecho hasta un 40 % de los útiles retocados no tienen huellas de uso, ~ientras que un porcentaje variable de las piezas consideradas como desechos de talla sí las presentan.
Las materias manipuladas en cada uno de los conjuntos observados son muy homogéneas.
En todos ellos predominan las huellas atribuidas al trabajo de la madera, mientras que la piel, la cuerna de los cérvidos, el hueso y la carne son siempre escasos o inexistentes.
Esta conclusión es muy relevante porque muestra una incidencia realmente baja de los trabajos relacionados con el despiece de animales dentro de las ocupaciones musterienses muestreadas.
Por lo que respecta a la vinculación entre tipología y función, todos los repartos estadísticos muestran comportamientos anárquicos, salvo tal vez las muescas y el trabajo de madera que parecen tener una leve correlación.
Eso significa que los útiles musterienses más característicos (raederas, denticulados... ) son funcionalmente similares y polivalentes.
Como resultado de estas consideraciones se puede rechazar la tesis de Binford, ya que las facies no responden a especializaciones de carácter funcional.
Indirectamente esta conclusión apoya la hipótesis bordesiana de que la variabilidad industrial detectada en el Musteriense es debida a tradiciones culturales distintas.
Finalmente, Beyries examina la falta de relación que existe entre tecnología-forma-función, lo que permite afirmar que la elaboración de una tipología funcional carece todavía de sentido.
Como ya se ha dicho-más arriba, el libro se completa con un grupo de anexos que ocupan la mitad del volumen y cuya función es bastante superflua, puesto que el primero consiste en la lista tipológica de Bordes, ya sobradamente conocida, y el tercero es una relación de los varios centenares de piezas analizadas en el estudio, acompañadas de unas someras descripciones que tienen poca utilidad para otros investigadores.
En principio resulta difícil enjuiciar esta publicación porque está planteada como un verdadero informe de laboratorio, claro y bien estructurado pero con un estilo tan conciso que cae en ocasiones en el laconismo.
Esto evoca estrechamente la literatura técnica de otras disciplinas en las que conceptos y procedimientos, en un determinado momento, están tan estandarizados que no necesitan ser discutidos y analizados en cada publicación puesto que toda la comunidad de especialistas los conoce sobradamente y no los pone en duda.
En el campo de la traceología creo sin embargo que, una vez pasado el triunfalismo eufórico de hace unos años, esto es ir demasiado lejos y en este sentido el trabajo de Beyries adolece de importantes omisiones que permiten poner en duda toda la verosimilitud del ensayo.
No se trata ya de que no haya ni una sola referencia al problema esencial de la Traceología, que es determinar cual es el proceso fisicoquímico de formación de las huellas de uso y si dichas huellas pueden ser borradas, alteradas o reproducidas por procesos (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es naturales, sino que ni siquiera se describen cuales son los crite¡-ios descriptivos que Beyrics ha encontrado en la colección comparativa, que con seguridad habrá fabricado experimentalmente, y que en definitiva le permiten discernir entre aquellos filos que han cortado carne y aquellos que han raspado madera.
Si se tiene en cuenta la amplia discusión que merecen ambos aspectos en otros trabajos similares, como por ejemplo el de E. H. Moss, publicado también en los BAR (1), se comprende que no se trata de problemas superados, sino de temas de investigación que suscitan animadas controversias, ya que además su estructuración detennina la credibilidad de los resultados.
Esto hace más incomprensible su ausencia en la publicación de Beyries.
Dejando a un lado los aspectos metodológicos, pese a ser decisivos en este caso, y entrando ya en las aportaciones reales del trabajo, lo que más llama la atenciún del mismo es la estrecha semejanza que presenta con otros anteriores (2), tanto en el planteamiento de objetivos como en los resultados obtenidos.
No es por tanto una novedad que la hipótesis funcional pueda ser rechazada como causa de la variabilidad industrial del Musteriense en base a los análisis de huellas de uso, sino que se trata de una idea aceptada con bastante anterioridad al trabajo de Beyries.
Su mayor mérito, por tanto, reside en haber corroborado experiencias anteriores con nuevos análisis sobre un material relativamente numeroso.
(2) Esta similitud es notable en el caso de las primeras investigaciones emprendidas por P. Anderson, tal y como fueron interpretadas por F. Bordes en Vingt-cinq ans apres: le complexe moustérien revisité,.Bull de la SOCo Préhist.
Michael Barton, alumno de Arthur J. Jelinek en la Universidad de Arizona, presenta en este volumen los resultados de un trabajo emprendido entre 1984 y 1987 sobre algunos aspectos del Paleolítico Medio Peninsular.
Pese al subtítulo de la publicación no se trata realmente de dar a conocer nuevas evidencias del mismo, sino más bien de realizar nuevos análisis sobre viejos materiales, tal y como se verá a continuación.
El trabajo consta de cinco capítulos y tres breves apéndices.
En el primer capítulo se expone una introducción a nivel muy general sobre el Pleistoceno Superior del noroeste mediterráneo, sus ámbitos bioclimáticos actuales y los estudios sobre Paleolítico Medio que han tenido lugar hasta la fecha.
El final del mismo es una presentación del proyecto de Barton, quien, mediante el análisis de la variabilidad morfológica de los bordes de los instrumentos líticos a varios niveles, pretende realizar una especie de tipología «estadística» (sic) que le permita interpretar dicha variabilidad en términos de conducta humana.
El segundo capítulo está dedicado al contexto arqueológico de los conjuntos en los que se ha aplicado este ensayo.
El material analizado procede de los dos yacimientos principales de Gibraltar (Gorham 's Cave y Devil' s Tower), excavados respectivamente por J. d'A. Waechter en los años cincuenta y por D. A. E. Garrod en los años veinte, y de dos abrigos situados en los alrededores de Alcoy (la Cova del Salt y la del Pastor), excavados también hace años por grupos locales.
En ambos casos se examinan los datos conocidos acerca de cada yacimiento y se los sitúa cronológicamente dentro de los estadios isotópicos correspondientes al Pleistoceno Superior (fases Se-2 de Emiliani).
En el capítulo siguiente se exponen los detalles del tipo de análisis efectuado.
Este se restringe a las piezas retocadas de cada conjunto y consiste en la descripción de varios tipos de atributos.
Un. grupo de ellos (procedencia, dimensiones generales, materia prima, n.
Q de la lista de Bordes... ) puede considerarse convencional en los estudios sobre Palelítico Medio, mientras que otro, referido al estudio de los bordes de las piezas, retocados o no, suponen la principal aportación de Barton.
Dentro de este segundo grupo de atributos se describen la extensión y la profundidad de los retoques, los ángulos de cada borde, la morfología resultante (en términos cuantitativos) y los reavivados.
El objetivo de este tipo de análisis reposa en la esperanza de encontrar correlaciones estadísticas entre algunos de los parámetros examinados.
Los datos numéricos obtenidos en las colecciones estudiadas se exponen, mediante tablas y gráficos, en la primera parte del capítulo cuarto.
A continuación se propone un ajuste metodológíco que permite controlar algunas de las variables más significativas para el autor (longitud de los útiles, profundidad, ángulo y recurrencia del retoque, porcentaje de piezas retocadas... ) en aquellas colecciones que se han publicado mediante sistemas convencionales (esencialmente el método Bordes), para de este modo proceder a hacer algunas observaciones sobre otros yacimientos de la fachada mediterránea española nu estudiadus directamente por él (Cuva Negra, Cochino, Pechina, Zájara 1, Carihuela... ).
Los resultadus obtenidos en este capítulo pueden resumirse en los siguientes puntos: l.
La mayor parte de lus parámetros controlados por Barton presentan variaciones continuas con distribucionc" muestrales próximas a la normal.
Esto quiere decir que toda la variabilidad obsel\'ada es prácticamente aleatoria.v no demuestra ningún sesgo o tendencia explicable por causas culturales.
La distribución de algunas combinaciones de parámetros en los bordes de los instrumentos sugiere que la morfología final de los mismos es más el resultado de reutilizaciones, avivados y reaprovechamientos que su adecuación a una idea previa estricta.
El autor afirma que existen componentes de variación regional y temporal en algunas variables morfológicas.
El último capítulo del trabajo se dedica a hacer un repaso bibliográfico acerca de la variabilidad lítica como síntoma de la conducta humana, basada en tres causas tradicionales: estilo, función y tiempo.
Posterionnente Barton pasa a sugerir, en base a la evidencia examinada en los capítulos anteriores, otras potenciales fuentes de variabilidad: disponibilidad de materia prima, intensidad de utilización de los instrumentos, variabilidad en las actividades desarrolladas en cada asentamiento, intensidad de las ocupaciones o adaptación a diferentes ambientes.
Como se sabe, todas estas alternativas han sido ya propuestas y argumentadas por otros autores como N. Rolland, H. Dibble o C. Gamble, por lo que Barton se limita a examinar la viabilidad de cada uno de estos modelos en el caso de los yacimientos españoles, sin llegar a rechazar ninguno de ellos.
El volumen se completa con tres breves apéndices en los que el autor expone de modo sintético las caracteristicas técnicas de la ficha utilizada en sus análisis.
Es de alabar que todos los datos obtenidos se pongan a disposición de otros investigadores en diskettes de 5 1/4, formato MS-DOS, grabados en ficheros ASCII convencionales.
La valoración de este trabajo en el contexto del Paleolítico Medio peninsular está fuertemente condicionada por su fecha de publicación, ya que se trata de una obra que de haber aparecido hace diez años hubiese tenido un notable peso específico, pero que en el actualidad presenta serias limitaciones.
Las más importantes proceden si duda del notable avance que han experimentado en la presente década los trabajos sobre el Pleistoceno Superior Ibérico, considerado en todos sus aspectos, y que Barton pasa por alto cuando, por ejemplo, solo utiliza los discutibles trabajos de K. Butzer para fijar la cronología de los yacimientos gibraltareños, sin tener en cuenta las últimas síntesis sobre el Tirreniense peninsular que prácticamente invalidan sus conjeturas.
Lo mismo podría decirse respecto a la omisión de los trabajos de M. P. • Fumanal y M. Dupré sobre el Pleistoceno valenciano o de las nuevas investigaciones desarrolladas en Andalucía, algunos de cuyos yacimientos más importantes como Cueva Horá o el Boquete de Zafarraya ni siquiera son citados en el texto.
Teniendo en cuenta este factor, el dar a aconocer algunos materiales inéditos (1) no es especialmente relevante para el Paleolítico Medio mediterráneo.
El aspecto en el que hay que buscar la principal utilidad de este trabajo es si duda en el de las sugerencias a nivel teórico, punto en el que todos los investigadores norteamericanos muestran una gran fertilidad que generalmente se echa de menos en los proyectos que se realizan en nuestro país.
En este sentido la aportación de Barton, claramente derivada de los análisis efectuados por A. Jelinek sobre Tabun, supone un interesante elemento de reflexión acerca del verdadero significado de las tipologías en el material lítico, cuya discusión participará posiblemente en la creación de las técnicas descriptivas del futuro.
(1) Muy pobres por cierto.
De Gorham's Cave solo se estudian en este trabajo 9S piezas (procedentes sobre todo de los niveles G, K y M), de Oevil's Tower un total de 4S -a repartir entre 6 niveles principales-, 908 de la Cova del Salt y 4S de la del Pastor.
Hay que señalar que.V. Villaverde ya había publicado materiales de estos dos últimos yacimientos con lo que no pueden considerarse precisamente inéditos.
Este libro merecena una reseña sólo por la excelente calidad de las fotografías, debidas en su mayona a la indudable y reconocida maestna de lean Vertut, uno de los autores a título póstumo de la obra.
Sin embargo, y a pesar del título, esta obra es algo más que una bella colección de «Imágenes de la Edad del Hielo».
El tema del arte paleolítico ha sido objeto durante estos últimos años de numerosos estudios dentro y fuera de nuestras fronteras hasta tal punto que resulta difícil pensar que se pueda decir algo nuevo sobre el tema.
En este sentido, el texto de Paul Bahn resulta novedoso posiblemente por su estilo en absoluto convencional, así como por la claridad y espíritu cntico con que se plantean los distintos apartados de esta obra y en particular determinadas cuestiones, como la objetividad de las reproducciones o los sistemas de interpretación de las representaciones.
Este trabajo de síntesis es a su vez una excelente puesta al día sobre el arte paleolítico a la que se incorporan los nuevos métodos de registro, últimos sistemas de clasificación cronológica, así como las más recientes teonas interpretativas entre otros.
Tras un breve prefacio del conde R. Begoüen y un prólogo del propio autor se introduce al lector en lo que debía de ser la vida del hombre paleolítico en las cuevas durante el Pleistoceno Superior.
Esta rápida «ojeada» al mundo de las cavernas, basada en datos de algunos de los complejos kársticos mejor documentados -Lascaux, Tuc d'Audoubert, o Fontanet-permite conocer algunos aspectos paleoetnográficos de gran interés.
Así, por ejemplo, se sabe que acondicionaban la zona de habitación mediante la instalación de cantos o plaquetas para evitar la humedad, o la utilización de andamios y escaleras para facilitar la realización de determinadas figuras.
La historia de los distintos descubrimientos y su valoración es siempre un tema que no puede faltar en una obra de esta categoría y que en este caso se aborda con el detalle y precisión que merece este tipo de revisión historiográfica.
Un acierto de este estudio es, sin duda, contemplar el arte paleolítico en su contexto mundial y considerarlo como algo más que un fenómeno europeo, ya que si bien Europa es el continente donde existe una mejor representación -tanto en número como en calidad-de manifestaciones artísticas, también es cierto que el arte paleolítico se conoce desde América hasta el Lejano Oriente, y en él se incluyen hallazgos como los de arte mueble de varios yacimientos africanos -por ejemplo los fragmentos de piedras pintadas de la cueva Apollo 11 en Namibia-y sobre todo los importantes conjuntos rupestres australianos, que tan bien conoce el autor.
Un tercer capítulo plantea la problemática de las copias o calcos de las obras de arte, y revisa los numerosos métodos empleados a lo largo de la Historia.
El más frecuente es la copia directa, ampliamente desarrollado por el abate Breuil, pionero en la reproducción e inventario del arte paleolítico.
Este método tiene, sin embargo, un grave inconveniente, el daño irreparable que sufren las figuras. sobre todo en el caso de la pintura rupestre y también de muchas obras de arte mueble, donde la fragilidad e incluso mal estado de conservación del soporte desaconsejan cualquier tipo de contacto con estas superficies.
Actualmente este método está prácticamente desechado, precisamente por los riesgos a los que se exponen las obras de arte y se utiliza el calco a distancia con acetatos o diferentes soportes plásticos.
Recientemente, y como consecuencia del gran desarrollo tecnológico de estos últimos años, la metodología de reproducción del arte paleolítico ha sufrido un importante avance.
En este sentido hay que destacar el inapreciable papel que ha jugado la fotografía, y sobre la que se hace especial hincapié en esta obra.
Pero el aspecto más relevante es, sin duda, la cuestión de la objetividad de estas copias, en las que se ha comprobado la necesidad de incluir todos los trazos o accidentes naturales (los «traits parasites» de Breuil), es decir el contexto, tenga o no sentido, aparentemente, dentro de la representación.
Con este procedimiento se pretende ofrecer una imagen más fidedigna de la realidad y subsanar en la medida de lo posible la subjetividad que comporta todo calco o copia de una obra de arte paleolítico., Se plantean a continuación algunos problemas relativos a la cronología y a los distintos sistemas de clasificación, en los que se peca con demasiada frecuencia de excesiva rigidez, de ahí que el autor abogue por la adopción de un esquema más flexible.
No obstante, creemos que este es uno de los puntos más difíciles de solventar en la investigación del arte paleolítico, y prehistórico en general.
El quinto capítulo de este libro aborda las distintas fonnas y técnicas del arte que han llegado hasta nuestros días, a partir no sólo del soporte y técnicas empleadas sino teniendo en cuenta además la mayor o menor complejidad de la obra.
Este tipo de ordenación o estructuración resulta de una gran utilidad por la coherencia y sentido lógico de su planteamiento, así como por la claridad con que se expone.
En este mismo apartado se incluyen una serie de conjuntos, que se revelan cada día más numerosos, y que contradicen en cierta manera la idea que se tenía hasta el momento del arte paleolítico como el arte de las cuevas.
Se trata de los conjuntos rupestres al aire libre, de los que se han realizado importantes hallazgos estos últimos años en la Península Ibérica y en otros puntos de Europa Occidental.
Tras el análisis de la temática del arte paleolítico (cap. 6) se plantea una de las cuestiones más sugestivas y problemáticas de la Prehistoria: la lectura e interpretación de estas manifestaciones artísticas (cap. 7).
Se examinan las diferentes teorías, desde las primeras propuestas del «arte por el arte», la «magia de la caza,. o «de la fertilidad,. hasta las interpretaciones de Laming Emperaire y Leroi-Gourhan; por supuesto se hace referencia también a algunas hipótesis e ideas más recientes: vinculación de algunas cuevas decoradas con fuentes tennales y un posible «culto al agua», escasez de auténticos artistas durante el Paleolítico, y la lectura de algunos signos como anotaciones de fases lunares o simples medidas del paso del tiempo y como marcadores étnicos o diferenciadores de grupos.
En algunos casos se ha considerado también este fenómeno asociado a ciertos actos conmemorativos como serian los «ritos de iniciacióm, o bien las grandes reuniones o concentraciones de varios grupos o clanes que tenían lugar con cierta periodicidad en detenninados asentamientos, y que explicaría la mayor abundancia de obras (parietales y/o muebles) en ciertos yacimientos que posiblemente tendrían un carácter preponderante.
Por último, sólo nos queda recomendar la lectura de esta obra que por su planteamiento general y agilidad de estilo está dirigida a un amplio público, desde el aficionado o estudioso hasta al amante del arte y por qué no al especialista deseoso de una visión crítica y actualizada del arte paleolítico.
Bajo este título se reunen los textos más significativos de Piette sobre el Arte prehistórico, como ~Hiatus & lacune» y ~Notes pour servir él I 'Histoire de l' art primitif», alguno de ellos en colaboración con J. de la Porterie. como ~Les fouilles de Brassempouy en 1894».
Se añaden a éstos, otros textos sobre yacimientos excavados por PieUe, como el de J. Virmont y G. Pin~on ~Le gissement de la grotte de I 'Elephant él Gourdan Polignan» y un texto, incluido por vía de citación, original de J-P.
El objetivo de la obra es el de revisar con todo cuidado los principales aspectos de la labor de Piette y en particular el de su aportación al arte prehistórico, ilustrándolo con una biografía, que ayude a situar la tarea en un contexto realista.
H. Delporte es el autor de una biografía cuidadosa y limpia, cuyos datos en buena parte están tomados de la correspondencia y papeles de Piette, que guarda el Museo de Antiguedades Nacionales de Saint Germain-en-Laye.
Como es natural, la biografía toma partido por el personaje, cuyas cualidades de todo género han atraído al biógrafo a la comprensión siempre y muchas veces a la alabanza.
Es el esfuerzo de un hombre, ajeno al terreno de la filosofía y las letras, que construye para Francia y para todo el mundo una buena parte de los fundamentos de la Prehistoria, lo que ha emocionado a Delporte.
El biografiado se presenta ante su biógrafo como un hombre sincero, valeroso, muchas veces rigido e incluso vanidoso.
En el campo de lo estrictamente científico, Delporte valora la capacidad de observación, el juicio razonado, la rapidez de la publicación y este acervo de virtudes le permite disculpar lo que de apresurado unas veces, de desconcertante otras e incluso contradictorio alguna, presentan sus escritos.
El biógrafo comprende que un pionero de la Prehistoria necesite revisar sus clasificaciones constantemente y a la vista de los yacimientos que excava.
También comprende que la nomenclatura deba cambiar al hilo de nuevas formulaciones, pero entiende que más que un defecto resulta una necesidad y un apoyo básico para completar y, si hiciera falta, rectificar lo que nuevos descubrimientos demuestran equivocado.
Pero la labor está hecha, el edificio construido.
La comprensión de su personaje lleva a Delporte a discrepar, con un punto de ira, de la posición de H. Breuil, sobre todo la que proyecta en su trabajo «L 'evolution de l' Art quaternaire et les travaux d 'Edouard Piette» (1909) y que parece el origen de una lamentable tradición de crítica implacable al pionero.
Quizá el hecho de que la critica de H. Breuil a Piette resulte en parte de no haber sabido situar al personaje en su verdadero contexto a pesar de haberle tratado y heredado, haya conmovido a Delporte profundamente hasta recordar que la clasificación binaria del Magdaleniense de Piette resulte a muchos prehislOriadores actuales más ajustada a la realidad que la de las conocidas seis fases de H. Breuil.
La sistemática dedicación de Delporte al estudio del arte prehistórico no puede ser ajena al hecho de que se haya valorado tanto el trabajo de Piette sobre este arte como para incluir sus escritos en una colección de clásicos franceses de la Historia del Arte.
Un respaso por la Historiografía del Arte ayuda a comprender que Piette no ocupa en ella un puesto tan importante como el de su contemporáneo H. Taine o sus ilustres predecesores como Baudelaire o Diderot.
Si ha sido colocado entre dios es porque Delporte aprecia en su biografiado un esfuerzo por arrancar el arte prehistórico de un terreno de sospecha e inseguridad y situarlo con pleno derecho en los orígenes del arte de todos los tiempos.
En efecto, a Piette se debe la utilización de conceptos y términos propios de la Historia del Arte (La «escuela,. ya está presente en sus escritos) para describir al arte prehistórico.
También se le debe el caracter originario de la ornamentación de los instrumentos prehistóricos como fuente de toda decoración histórica.
Y, quizá en primer término, se le debe el reconocimiento de que aquellos pequeños objetos, bien distintos de las grandes figuras parietales de Altamira, tenían por derecho propio un lugar en la Historia del Arte..
A nosotros nos satisface esa hermosa defensa que Delporte hace de Piette, a la vez que critica sus evidentes defectos.
Nos parece que ella testimonia no sólo la importancia de la obra del pionero sino también la nobleza de espíritu de quien sabe reconocerla y rompe una lanza porque sea reconocida por los demás.
No nos gustaría añadir ningún comentario, que pudiera pasar por crítico.
Solamente quisiéramos expresar un sentimiento de nostalgia.
Cuando leemos los textos de Piette echamos en falta solamente una descripción más detallada de aquellas obras, que ayudó a comprender.
Quizá sea un lamento fuera de contexto, que parezca el mismo reproche que el que Delporte ha críticado en otros sucesores de Piette, pero se nos antoja que la fonnación jurídica de aquel hombre le colocaba cerca de esta función históríca Otra cosa habría sido echar de menos en sus trabajos el espíritu de los críticos de arte de su tiempo.
Piette coincide con la creación de la tendencia formalista en la Historia del Arte.
Es rigurosamente contemporáneo de hombre como Fiedler y como Riegl y en buena parte de W6lflin.
Sin duda, la lengua, la distancia, la dedicación fundamental de sus vidas no fueron propicias a que Piette aprovechara en beneficio de sus grandes intuiciones aquel espírítu objetivizador, última base de toda crítica de arte.
Para terminar, nos parecen admirables tanto la obra de Piette como su reconocimiento por Delporte.
La obra constituye el Catálogo de una exposición sobre el tema, organizada por la Dirección General de Bellas Artes y el Museo Arqueológico Nacional con la colaboración del Instituto Arqueológico Alemán en Madrid celebrada en marzo/abril de 1989, exposición que repetía con algunos cambios otra celebrada en Tübingen en 1987.
La obra está traducida al español por los cuidados del Instituto Arqueológico Alemán de Madrid, cuyo castellano es digno de alabanza por su claridad, tecnicismo y fluidez.
Está compuesta de dos partes, de las que la primera constituye una introducción y la segunda el Catálogo de las piezas expuestas.
La introducción consta de seis artículos, obra de reconocidos especialistas centroeuropeos, que exponen la situación de los estudios sobre el tema en la actualidad.
Son los siguientes: Müller-Beck, H.-J.
«Los comienzos del arte en Centroeuropa»; Hahn, 1. ~Las primeras figuras: Las representaciones auriñacienses»; Klima, B.
«El arte del Gravetiense»; Albrecht, G.
«Objetos de arte magdaleniense»; Bosinski, G.
«El arte magdaleniense en Renania»; Feustel, R. ((El arte glacial en Turingia».
Los artículos coinciden en dedicar una primera parte a la descripción de las circunstancias geoclimáticas del período o región a que se refieren, la cronología correspondiente y las formas de la economía.
También' coinciden en dedicar buena parte del espacio, dentro de la brevedad de una introducción, al análisis de la función, simbología y significado del arte, que deducen de la situación y características representativas de las piezas.
Se presta, sin embargo, una menor atención al estudio del estilo y de sus formas, aunque se cita repetidas veces el difícil argumento de la autoría, el amplio concepto del esquematismo.
También coinciden los artículos en considerar el ~realismo» de las representaciones como una fuente de información sobre las intenciones simbólicas de los paleolíticos.
Dos de los trabajos estan acompañados de fotografías en color, realizadas con excelente técnica.
Algunas de ellas, como la que representa el caballo de Vogelherd ha sido ampliada de tal manera que me parece que desfigura las proporciones de la pequeña pieza con una cierta pérdida de su valor estético.
El trabajo de H.-J. Müller-Beck sirve de introducción general al tema de la exposición y de marco de referencia para los de los restantes autores.
El autor repasa la serie completa de sentimientos e ideas que, de acuerdo con la experiencia histórica de la Humanidad, han sido vehiculados por el arte, entendido en un sentido amplio.
Recurre varias veces al paralelo de los esquimales de Banks lsland (Canadá) para explicar el simbolismo cinegético a través de sus grabados o para establecer comparación entre el arte de los paleolíticos, reflejo de un mundo cerrado en sí mismo y el de los esquimales en contacto con el arte europeo.
De esta comparación sale en desventaja el arte paleolítico, porque no tiene aquella fascinadora capacidad de comunicar directamente sus contenidos, que es propia del arte esquimal.
Hahn concede mayor espacio al análisis de la significación del arte auriñaciense, que deduce del análisis de las formas y actitudes de los animales representados.
El autor supone que al elegir la figura del león, se ha querido con ello representar lo más caracteristicos de éste, que es la agresividad.
Lo mismo valdria para la figura del caballo, elegido para representar la rapidez, porque es su más notable caracteristica.
El mamut, cazado con frecuencia y dotado de una enorme masa alimenticia, lo habria sido precisamente por esta cualidad.
Lo mismo cabria deducir de las actitudes.
Así, la actitud del pequeño caballo de Vogelherd con su cuello estirado le parece la misma que presentan los sementales y en la que ve el retrato del desafío.
Deduce igualmente del sexo de los animales representados que sólo se ha querido representar al mundo del macho.
La prueba.argumental es que no consta que se representen las hembras.
Se deduce también del hecho de que se haya representado una amplia serie de animales fieros (los grandes depredadores, cuya organización fuertemente jerarquizada es conocida), que se ha representado el mundo del macho jerarquizado.
Algunos aspectos básicos de la argumentación podrian discutirse, como el de la relación entre los animales objeto de caza y fuente de alimento y sus representaciones parietales o muebles, que resulta ambivalente.
Habria también que recordar la imposibilidad de comprender qué se ha querido representar cuando se ha figurado un león, el cual, si bien posee una conocida agresividad, posee otras muchas cualidades susceptibles de ser elegidas para este fin.
Recordariamos la dificultad que experimentarla una persona que desconoce el complicado entramado de la teología católica de la Edad Media si pretendiera descifrar el significado del Tetramorfos, que aparece en tantas catedrales.
Por último, record aria también la dificultad de deducir el sexo de las figuras paleoliticas si se le hace depender exclusivamente de la indicación de los genitales, en particular en los ciervos cuya cornamenta siendo un caracter sexual secundario, resulta el único criterio de atribución sexual en la mayoria o casi totalidad de las representaciones.
El artículo de B. Klima está dedicado casi exclusivamente al análisis del significado y función de arte grevetiense.
La interpretación de la relación entre la pequeña cabeza de Dolni Vestonice, la que él llama «máscar3ll y el cráneo de una mujer enterrada en una tienda aparte en este yacimiento resulta interesante y atractiva.
Klima sugiere que se considere la cabeza como un retrato de una mujer de rostro un poco deformado, que seria repetido en una «máscara» y que reflejaria a una mujer que ejerció una función de sacerdotisa (<<sabia» para los esquimales, según Müller-Beck) en el grupo.
La argumentación que sirve de fundamento a la hipótesis me parece digna de ser discutida.
La parte izquierda de la cara de la estatuilla parece más corta que la derecha, pero el ojo y sobre todo la parte más importante de la boca están tratados con una notable imprecisión y además se han deteriorado seriamente a lo largo del tiempo, lo que impide dar mucho crédito a su capacidad de reflejar la realidad.
Es cierto que existen retratos altamente deformados (recordemos muchos de Picasso y otros autores contemporáneos), pero estan incluidos en contextos deformantes, expresionistas y abstractizantes, lo que seria muy difícil de paralelizar con el caso de Dolni Vestonice en sentido estricto.
Lo mismo, pero en sentido más estricto cabria decir de la «máscara», que está reducida a cuatro incisiones (ojos, nariz, y boca), aunque también en ella se aprecia el desequilibrio de la parte izquierda respecto a la derecha de la cara.
La boca de la cabeza no me parece comparable, por su imprecisión, con la incisión que la representa en la «máscara».
Los caracteres formales de ambas piezas son tan similares a los de la estatuarla paleolitica que habria que extender el carácter de retrato más de lo que parece razonable.
Y conste que tampoco puede excluirse que haya sído, como sugiere Klima, el primer retrato de la Humanidad.
El artículo de G. Bosinski sigue en buena parte la trayectoria metodológica del de J. Hahn y convierte al realismo de las representaciones en una fuente segura de infor"mación acerca del sexo, la especie y la variedad zoológica de los animales.
Gracias a esta información se podria saber cómo era la línea dorso-lumbar de los animales, incluso que existía en el Bolling renano una especie de mamuts de colmillos atrofiados.
El último intento que conozco de distinguir entre el bisonte C(bonasus» y C(priscus» en las representaciones paleolíticas, que se debe A. Clot, no ha tenido éxito.
La introducción se cierra con un artículo de R. Feustel. en el que se retoma el tema de la significación del arte, su reflejo cinegético y la fertilidad.
Continuando con la línea de trabajo que iniciara en su Tesis Doctoral.
M. Soledad Corchón retoma en esta obra el estudio de las piezas de Arte mueble paleolítico cantábrico, sometiéndolas a un análisis descriptivo en el que atiende tanto al contexto industrial que las contiene como a las características tipológicas de su decoración.
Así, nos presenta un trabajo estructurado en tres partes.
En la primera, «Contexto y evolución del Arte mueble», nos acerca al conocimiento del sujeto mediante un criterio cronológico, comenzando por un repaso de los antecedentes técnicos y manifestaciones anteriores al Paleolítico superior, para analizar seguidamente los distintos momentos culturales en la zona cantábrica, todo ello con el fin de establecer las características de cada complejo industrial así como apuntar aquellos rasgos técnicos y estilísticos que los caracterizan.
En la segunda parte, «Tipología y sistematización del Arte mueble cantábrico», la autora realiza un análisis de la decoración que permita llegar a conocer los motivos artísticos y sus asociaciones temáticas.
Esta parte central del trabajo se divide en tres capítulos en los que se abordan, en primer lugar, las formas del Arte mobiliar, atendiendo por un lado a la tipología y sistematización de los motivos artísticos, y por otro a los sistemas de representación.
El segundo capítulo tiene como objeto de estudio las asociaciones en el Arte mueble, su sistemática y cronología, distinguiendo por un lado las asociaciones de signos, de las que se plantea su identificación, características, asociaciones típicas, atípicas..., y por otro lado, las asociaciones de animales, contemplando tanto a los sujetos naturalistas como a los esquemáticos.
En el último capítulo M. Soledad Corchón aborda la estructuración del Arte mueble paleolítico cantábrico, presentándo una selección de los sujetos en las decoraciones mobiliares y de los signos utilizados, para concluir con la evolución de los sujetos y del soporte, no sin antes atender a las relaciones con el arte mobiliar francés.
Toda la documentación de Arte mueble de la zona cantábrica, en forma de catálogo, es lo que se nos ofrece en la tercera parte de esta obra.
Ordenadas mediante claves de fácil manejo, las piezas se clasifican tanto arqueológica como artística y tecnológicamente, terminando su descripción con una referencia a la publicación original en que se presentaba el objeto, así como aquellas posteriores en que se modificaba algún aspecto del mismo.
Sería de agradecer que esta bibliografía se repitiera La importancia de la publicación de una necrópolis megalítica gallega es evidente para todos los que nos interesamos por este mundo.
Galicia es una de las zonas con mayor cantidad de megalitos de la Península y sólo en los últimos años empezamos a conocer revisiones actualizadas y nuevas excavaciones (Bello, Criado y Vázquez Varela, 1987; Criado, Aira y Díaz-Fierros, 1986; Fábregas y de la Fuente, 1988).
En este contexto hay que incluir el trabajo de A. Rodriguez Casal que ahora comentamos.
Un análisis de la situación elegida por los constructores de la necrópolis de Parxubeira, permite al autor incidir sobre la preponderancia -general a la comarca de Xallas-de superficies amesetadas sobre relieves llanos, ubicación que entiende motivada por constituir el relieve suave de las sierras el lugar más adecuado como vía de comunicación.
De este modo, las mámoas actuarían como mojón indicador de dicho camino, aunque ciertamente ésta no debería ser la única causa pues habrían de contemplarse otros factores de carácter económico, social, ritual... etc. Entre éstos, A. Rodríguez Casal destaca el de la naturaleza del subsuelo; concretamente en el caso de Parxubeira, la materia prima del lugar coincide con la empleada en los monumentos.
La excavación de los tres túmulos mejor conservados de la necrópolis traduce un conjunto de sepulturas entre las que se significa la Mina de Parxubeira, una cámara con corredor poco diferenciado.
La mámoa 3 contenía los restos de una cámara sin corredor, al igual que la mámoa 4.
En todas las arquitecturas, el autor ha investigado los sistemas de construcción y propone una. interpretación de los mismos.
Quizá uno de los aspectos más interesantes del estudio de esta necrópolis sea el de los ajuares.
Tradicionalmente, el megalitismo gallego se ha venido definiendo como «pobre», por lo que se refiere a la cantidad y calidad de los mismos.
El trabajo de R. Fábregas y F. de la Fuente, arriba citado y el que ahora comentamos, permiten revisar esta idea.
Efectivamente Fábregas y de la Fuente nos. describen unos materiales hasta ahora desconocidos en el megalitismo gallego y que muestran una gran cantidad de relaciones con el Norte de Portugal e incluso con el mundo millarense.
La necrópolis de Parxubeira aporta un conjunto ergológico abundante, en relación a lo documentado en otros contextos megalíticos gallegos, y con el estimable interés de poseer incluso una pequeña zona de la cámara de la mámoa 3, sin tocar.
Los materiales procedentes de las excavaciones se describen como un único conjunto, lo cual hace difícil al que consulta el trabajo asociar cadá una de las arquitecturas con su ajuar, aunque es posible que el autur hava preferidu esta exposición para incidir en esta idea de unidad cun la que entiende la necrópolis.
Cumu (X'urre casi siempre, los monumentos habían sido violados haciendo difícil reconocer una estratigrafía que permíta diferenciar los momentos de uso del lugar.
No obstante, Rodriguez Casal señala que pudo localizar parte del f<horizonte primario)! en M2 -la Mina de Parxubeiray, más claramente en M3, en cuya cámara aún quedaba un pequeñu sector intactu.
Este nivel originariu ofrece la asociación de microlitos geométricos, cerámica impresa, cuentas de collar, láminas.. y una punta de flecha.
Este conjunto, a excepción de la punta, se viene reiterando como el más antiguu dentro de los cuntextos megalíticos peninsulares.
Precisamente la punta de flecha lleva al autor a plantearse la adscripción cultural de dichos elementus en el Megalitismo gallego, en el que se asocian a un momento de apogeo, junto con las cámaras con corredor.
En Parxubeira aparece en una cámara sin corredor y con una industria de carácter más antiguo, carácter que se encuentra ratificado, además de por los mencionados geométricos, por la presencia de un vaso con decoración impresa no cardial, especialmente interesante por sus paralelos con yacimientos en cueva o al aire libre del Neolítico.
El total de la industria pulimentada de la necrópolis de Parxubeira se encontraba en zonas marginales de la estructura megalítica y es interpretada por el autor como posterior a este horizonte primario.
Un horizonte campaniforme se reconoce en la Mina de Parxubeira, horizonte que Rodriguez Casal se inclina por considerar una intrusión.
Es de destacar en éste la presencia de un estilo regional de clara inspiración en el campaniforme clásico, junto con fragmentos de estilo internacional.
Una última ocupación parecen indicar el vasito de fondo plano y las dos puntas Palmela procedentes de M2 y M4.
El autor sitúa ésta en el Bronce Antiguo, a partir de los paralelos en Galicia del mencionado vaso, entendiéndolo como un momento sin ruptura con el campaniforme y, más bien, como un epígono de éste.
En el conjunto de Parxubeira hay otro elemento a tener en cuenta.
Se trata de la presencia de estelas antropomorfas en el túmulo de la Mina de Parxubeira.
Hasta el momento, en la Península Ibérica, estas expresiones antropomorfas ligadas al mundo megalítico no disponían de una asociación clara y definitiva.
Parxubeira lo es, y con ello disponemos de un argumento indiscutible para la conexión cultural de la estatuaria antropomorfa ibérica conocida como estatuas-menhir y estelas antropomorfas.
Como en tantas otras ocasiones, no disponemos de fechas C 14, pero únicamente con trabajos como éste alcanzaremos a mejorar nuestro conocimiento sobre el desarrollo regional de nuestras arquitecturas megalíticas.
Primitiva BUENO RAMIREZ Area de Prehistoria.
BELLO DIÉGUEZ, J. M.a, CRIAOO BoAOO, Felipe y V ÁZQUEZ V ARELA, J. Desde los inicios de esta década, la excelente y febril actividad de los colegas de las Universidades de Porto y Miño, ha permitido comenzar a rellenar en el Norte de Portugal, los huecos, carencias y vacíos, que la falta de excavaciones, y las propias deficiencias de quienes con anterioridad nos habíamos asomado a la fachada atlántica, habían hecho imposible cubrir.
Desde 1982 hasta la fecha, han venido de modo sucesivo viendo la luz, trabajos tan importantes, como la Tesis Doctoral de Victor Oliveira Jorge (1982/88) sobre el megalitismo en el distrito de Porto, la de su esposa Susana, objeto de esta recensión, y más recientemente, las de Armando Coelho Ferreira da Silva (1986) sobre la cultura castreña del Noroeste, y Manuela Martins (1987) sobre la Edad del Hierro y la romanización en la cuenca media del Cávado, o los trabajos de M.a Jesús Sanchez, que espero ver pronto plasmados en una Tesis, que aún a falta de algunos períodos por cubrir, como gran parte de la Edad del Bronce, no obstante los intentos en esta dirección por parte de la propia Susana Oliveira Jorge (1989) se puede considerar, sin pecar de exageración, como la secuencia cultural más completa que hoy por hoy poseemos, publicada al menos, de cualquiera de las regiones de la fachada atlántica si exceptuamos la Baja Andalucía, desde el Calcolítico a la romanización.
Quien además conoce personalmente a la autora de esta obra, sabe de su apasionada vocación por su trabajo.
Y de ello es fiel reflejo esta Tesis Doctoral, densa y exhaustiva, donde no ha quedado aspecto sin tocar, de tal manera que, en realidad, nos hallamos no ante uno, sino ante varios posibles libros: cuatro completísimas memorias de excavación (las de Vinha de Soutilha, S~o Louren«;o, Pastoria y Castelo de Aguiar); un estudio comparado de los mismos, incidiendo en la ocupación del terntorio entre el tercer y comienzos del segundo milenio a.
C. con un intento de aproximación al estudio de la acción humana sobre el terntorio y dos magníficos catálogos, de cerámicas incisas e impresas no campanifonnes, y del arte rupestre, estatuas-menhir y estelas antropomorfas de la región... etc.
Es evidentemente distinta la fonna de redactar una Tesis Doctoral, de la de un libro.
Eh aquélla, realizamos un trabajo de análísis sobre el que fundar nuestra hipótesis de partida, que por el masivo aporte de datos y la argumentación de los mismos, pretendemos demostrar y elevar al rango de Tesis.
Un libro, por lo general, pretende una visión mucho más sintética y globalizadora, que analítica.
Tal vez hubiera sido más conveniente, en aras de la mejor apreciación de la obra, no haberla publicado tal y como fue concebida como trabajo doctoral. sino haberla readaptado para su publicación, separando las memorias de excavaciones y el catálogo de cerámicas, y prescindiendo de aspectos, sobre los que tal vez haya que insistir en la redacción de la Tesis, de cara a la justificación de la misma ante el tribunal. pero quizá no tanto ya, a la hora de su publicación.
Como por ejemplo, la larguísima explicación de la metodología aplicada al estudio de los materiales líticos, óseos, cerámicos y metálicos (pp. 52-62) que podria haberse aquí aligerado, o las pormenorizadas explicaciones de las teorias de Chapman, Mathers, Gilman, Scarre y otros (926-32), que igualmente, podrian haberse expuesto mucho más sintéticamente, remitiendo a quien las desconociera o quisiera ulteriores explicaciones, a la correspondiente bibliografía.
Asimismo, la numeración empleada para las figuras en el primer volumen, independiente para cada capítulo en lugar de ser correlativa, dificulta su localización en el índice general. y hace larga y penosa su cita en el texto.
La obra encara el estudio del proceso de sedentarización de las poblaciones del Norte de Portugal, a lo largo de m. er Milenio a.
C. y la aparente colonización de áreas anteriormente vírgenes, o poco pobladas.
Tal estudio ha sido posible, gracias a un excelente trabajo de campo, cuya práctica la autora domina sobradamente, realizado en los yacimientos de Soutilha, SAo Loren~o, Pastoria y Aguiar.
El primero de ellos es el que parece tener una ocupación más antigua y prolongada, para la que las fechas de C.14, todas correspondientes a la segunda ocupación, sitúan entre inicios y primera mitad del 3. er milenio, en fechas sin contrastar n, con cerámicas esféricas y semiesféricas, decoradas con triángulos incisos rellenos de impresiones verticales y oblicuas de tradición neolitica, hasta las típicas cerámicas Penha, que gracias a los trabajos de Susana Oliveira Jorge, somos finalmente capaces de situar en un contexto cronológico y cultural preciso, si bien creo que es necesario mantener ciertas reservas, sobre la perduración de esta tradición cerámica hasta inicios de 2 2 milenio como quiere la autora (véase p.
C. del yacimiento pontevedrés de Lavapés (Peña, 1984c) que además de presentar un margen de error estadístico alto, procede del laboratorio japonés Gakushin, cuyas dataciones sabemos ahora, presentan grandes problemas de fiabilidad.
Hay evidencias incluso de ocupaciones anteriores, aunque sólo bien definidas en la capa 4 del Sector A de Vinha de Soutilha.
Es también, de los cuatro yacimientos excavados, el que presenta.evidencias más claras de estructuras de habitación, especialmente en su Sector A, con dos posibles cabañas, la inferior de unos 24 m 2 correspondiente a la primera ocupación, en parte destruida durante la segunda, por la construcción y ampliación sucesivas de una cabaña, que llega a alcanzar los 120 m 2.
Otras estructuras, en este y otros sectores, resultan mucho menos claras, no obstante los laudables intentos de atribución funcional de los mismos por parte de la autora (ver pp. 652 Y ss.).
El siguiente yacimiento es SAo Louren~o, con dos fases aunque representando una sóla ocupación, con estructuras pétreas de funcionalidad no muy clara, y cerámicas Penha y otras incisas e impresas similares a las de Soutilha, amén de algunas incisas del tipo llamado «simbólico» (Martín Socas y Camalich Massieu, 1982).
Por criterios cerámicos, la autora considera la ocupación de SAo Louren~o coetánea en parte al menos, de la fase final de Soutilha, situándola entre fines del 3. er y comienzos del 2 11 milenio en fechas sin contrastar (véase fig. 4 de cap. 3.5.2).
Pastoria representaría el siguiente eslabón de la secuencia, con cerámicas tipo Penha, pero también formas carenadas y además campaniformes puntillados, en su variedades marítimo y geométrico, que indican asimismo una vida para el yacimiento, entre fines del 3 11 y primera parte del 2 11 milenio a.
C. Castelo de Aguiar por último, presenta dos momentos distintos de ocupación, separados por un largo hiatus cronológico.
El más antiguo parece corresponder a inicios del 3. er milenio a.
C. y de acuerdo con las evidencias de la excavación, no parece haber sido muy intenso.
El yacimiento se abandona al menos, desde mediados de ese milenio, para reocuparse de nuevo y ahora ya más n Puesto que el v' erbo «10 calibrate» admite la traducción como contrastar o comprobar, y aquí tal vez, corregir, prefiero hacer uso de cualquiera de eUas, en lugar del anglicismo calibrar, cuyo auténtico significado en español es muy diferente, pues de acuerdo con la 19. a edición de 1970, del Diccionario de la Lengua Española quiere decir:.Medir o reconocer el calibre de las apnas de fuego o el de otros tubos; de los alambres o chapas de metal; dar al ánima del arma el calibre que se desea.. etc.».
intensamente, a inicios del 2 Q milenio a. c., de acuerdo con las dataciones radiocarbónicas sin contrastar y con los materiales arqueológicos, entre los que destacan las formas carenadas.
La autora aborda la interpretación de los datos que el estudio de los cuatro asentamientos proporciona, partiendo de la delimitación del área de captación económica de cada uno de ellos, y de la discusión del posible aprovechamiento de los suelos comprendidos en sus respectivos territorios.
Una ojeada a la fig. La del capítulo 3.5.1., pone de relieve la estrecha vecindad entre Vinha de Soutila, Sdo Lourenc;o y Pastoria, hasta el punto de que el territorio de las 2 horas de estos últimos se superponen.
Habida cuenta que, de acuerdo con la autora (p.
664), los niveles finales de Soutilha podrian ser coetáneos de los iniciales de Sdo Louren(,:o y Pastoria, la densidad de ooupación del territorio habria sido a fines del 3."r milenio, muy alta, lo que me parece difícilmente explicable.
Teniendo en cuenta que esa posible coetaneidad se basa en la presencia en los tres de materiales similares cuya vida es larga, a veces varios siglos, otra solución seria pensar, que los tres yacimientos representaran sucesivos desplazamientos de la población primitivamente habitante en Soutilha a Sdo Lourenc;o, cuya explotación de acuerdo con la propia autora (p.
644, último párrafo), supondria una fuerte inversión, rentable tal vez sólo a medio plazo, lo que en mi opinión justificaría sobradamente su abandono y explicaria su corta vida, y de ahí a Pastoira, cuyo asentamiento duraría hasta el agotamiento de los suelos o de la capacidad de sustentación de la población.
Ciertamente, ello alteraría algo la hipótesis de trabajo que mantiene la autora.
Esto es, que estos cuatro asentamientos representan por primera vez, una ocupación estable del territorio por parte de una población campesina del Noroeste peninsular, fenómeno que pone en relación con el modelo de Andrew Sherrat (1981 y 1983) de la revolución de los productos secundarios, aunque reconoce que carece de datos de fauna, flora o de otra naturaleza, que permitan respaldar la hipótesis de una posible introducción del arado y de la tracción animal (véanse pp. 790 y ss. y p.
Ahora bien, es en este punto donde echo dos cosas de menos.
Sé muy bien las dificultades para recoger fauna o macrorrestos en suelos de la naturaleza de los del Noroeste, pero ¿no podria haberse intentado también un análisis polínico y edafológico de la región como se está haciendo en Galicia, y que podria habemos ayudado a reconstruir el paisaje y la acción del hombre sobre el mismo?
Y en segundo lugar, echo de menos una discusión de su hipótesis, en relación con los datos aportados por los análisis polínicos y edafológicos de yacimientos coetáneos de Galicia, región inseparable y más en la Prehistoria, de la que la autora estudia.
Esta ausencia resulta aún más sorprendente, cuando la autora conoce y maneja dicha bibliografía, como lo demuestra su presencia en el apéndice bibliográfico anejo, y las diversas citas que de ella hace, en distintos capítulos.
Y lo echo de menos, porque tanto en los yacimientos pontevedreses de O Regueiriño, A Fontenla, O Fixón y Lavapés, como en el conjunto coruñés de la Sierra de Barbanza, los datos parecen apuntar hacia una hipótesis radicalmente contraria a la que mantiene la autora, esto es, a la existencia de comunidades itinerantes y practicantes de una primitiva agricultura de tala y roza (Bello et al. 1983; Criado et al. 1986; Peña 1984 a, b, c; García Lastra, 1984; Aira y Guitián, 1984; López, 1984 a, b).
Realmente hubiera sido interesante saber que opina la Dra.
Oliveira Jorge al respecto, si acepta la hipótesis de los colegas gallegos, y de ser así, cómo justifica esa diversidad en el uso del suelo, entre• grupos humanos geogtáficamente no muy distantes y cuya organización e infraestructura tecnológica, no parece ser muy diferente, y desde luego, no tan compleja socialmente en mi opinión, como la Dra.
Oliveira Jorge gusta ver a sus grupos del Norte portugués.
Me llama asimismo la atención, las dimensiones que la Dra.
Oliveira Jorge atribuye a sus yacimientos, de los que afirma que Pastoira posee cerca de 6 Ha; Sdo Lourenc;o podría abarcar un área aproximada de 7 Ha; Aguiar 2,5 Ha, y Soutilha se expandiria por varias plataformas, ocupando una extensión que sobrepasaría las ¡20 Ha! (ver p.
Supongo que el área habitada habrá sido detectada combinando excavación y prospección, pues los restos de estructuras documentados arqueológicamente son escasos y a veces, muy poco claros, pero, sin irnos a los grandes asentamientos calcolíticos, Morais Amaud (1982) calcula unas dimensiones entre 0,10 y 0,05 Ha para poblados pequeños como Santa Justa o Monte da Tumba, y de 1 a S Ha, para otros medianos como Ferreira do Alentejo, mientras que para La Pijotilla o Valencina de la Concepción se suponen, pues no está documentado por excavaClon, mayores dimensiones, si bien casi todos ellos conservan muchos más restos de estructuras que cualquiera de los cuatro poblados del Támega, y mucho más claras.
Queda por resolver el problema de la disociación poblado/necrópolis.
La hipótesis generalmente admitida para justificar la ausencia de poblados asociables a los grandes enterramientos megalíticos es que se trata de gente de economía itinerante, que se mueve en torno a un territorio cuya referencia fija es el panteón común.
Más difícil es comprender entonces por qué, si estas gentes son supuestamente sedentarias y estables, y no han cambiado sus costumbres funerarias colectivas, no encontramos las tumbas.
Las posibles explicaciones que la autora propone: 1. a, que las necrópolis megalíticas coetáneas del N. de Portugal, correspondan a estos poblados, pero que usen ajuares diferentes; lisos en aquéllas, y decorados en éstos; 2. a que las necrópolis existan, pero las desconoz• camos por falta de investigación sistemática; 3 2 o que los poblados permanentes, asuman el valor de marcador territorial antes representado por los grandes monumentos funerarios, y que por ello los enterramientos sean ahora más simples, menos espectaculares y ricos, no dejan de tener, en especial la primera y la última su atractivo, pero hoy por hoy carecen de evidencias que las apoyen.
No puedo sustraerme a la tentación de referirme a la tendencia existente entre algunos jóvenes y renovadores arqueólogos de ambos paises ibéricos, a usar neologismos especialmente cacofónicos tanto en portugués como en español, y cuya necesidad no acabo de entender, dado que en el caso de la palabra inglesa item, existe en una y otra lengua su equivalente.
Y en cuanto al adjetivo sociotécnico, terriblemente cacofónico y criptico, con todo mi respecto por el Pro Binford, creo que se entenderla mejor si habláramos de objetos de valor o significado eminentemente social.
Yo creo, que se puede estar al día en arqueología de habla anglosajona, sin que por ello sea preciso agredir a dos bellas, antiguas y musicales lenguas romances, como son el portugués y la de quien esto escribe. y por último, recordarle a la autora, que al abreviar los apellidos españoles, debe hacerlo a la inversa que en portugués en el que el apellido materno figura primero, pues en español es al contrario.
Ciertamente es más fácil criticar un libro que escribirlo, y en mi caso, soy plenamente consciente de mi incapacidad para realizar la titánica tarea, que con medios además precarios, tan brillantemente está llevando a cabo Susana Oliveira Jorge.
El que no esté plenamente convencida del carácter estable y evolucionado desde el punto de vista agrario, de estos poblados, solamente indica que un buen trabajo, es susceptible de originar distintas lecturas e interpretaciones del mismo, que el tiempo y, confío, la continuada labor del magnífico equipo de Porto, se encargarán de refutar o confirmar.
Aproximación a los problemas constructivos de los megalítos en el NW peninsular».
La prehistoria corsa conoce en estos últimos años sensibles innovaciones tanto para su periodización global como en cuestiones concretas que atañen a la valoración de las distintas fases cronológicas y de los factores regionales de la isla y su incidencia a la hora de ofrecer una visión de síntesis para todo el territorio.
Parcamente atendida durante mucho tiempo la investigación de campo -excepción hecha de unos cuantos yacimientos tradicionales, tanto por su prolongado estudio como por las maneras utilizadas a la hora de interpretarlos-, Córcega, a diferencia de su vecina Cerdeña, ha generado poca polémica entre los estudiosos, cuestión que ciertamente ha contribuido también a la pervivencia de unos niveles de conocimiento escasamente criticos, apriorísticos y notablemente influidos por las interpretaciones difusionistas generales que hasta hace poco tiempo fueron comunes para las islas del Mediterráneo occidental.
Pese a tal panorama, algunos trabajos han conseguido poco a poco modificar, al menos parcialmente, la imagen de la prehistoria corsa en determinados aspectos metodológicos o, sobre todo, en la línea de plantear nuevas hipótesis y buscar soluciones a preguntas sin contestar desde tiempo inmemorial.
Así por ejemplo, se identificó un horizonte preneolítico de cazadores y recolectores fechado hacia el séptimo milenio en los abrigos de Araguina-Sennola, Strette o Curacchiagu, este último con ciertos problemas de interpretación, como señalara en su día Lewthwaite, que sin duda obliga a replantear la cuestión del poblamiento inicial de la isla.
Tras él aparece el neolítico cardial, asociado a otros grupos de cerámica exclusivamente lisa, a los que suceden luego diferentes núcleos culturales singularizables durante el cuarto milenio, lo que permite vislumbrar ya la complejidad del neolítico corso.
La distinción de una etapa calcolítica, la cuestión de la ausencia de cerámicas campaniformes, o la posición cronológica de los enterramientos megalíticos mantenían, por el contrario, el carácter de cuestiones pendientes de resolver.
La excavación del yacimiento de Terrina contribuye a dar cierta luz sobre ese momento; ahora aparece su publícación, largamente esperada tras algunas noticias sueltas e interpretaciones previas en trabajos más generales, que es fruto de las varias campañas de excavación llevadas a cabo en el sitio a lo largo de la década de los setenta e inicios de la actual.
Terrina, en las inmediaciones de la ciudad de AJeria, es un asentamiento al aire libre en la zona central de la costa oriental de Córcega.
Sus materiales arqueológicos permiten clasificarlo como sitio calcolítico y fecharlo hacia mediados del tercer milenio por cronología absoluta C-14 no calibrada.
Entre otros ha proporcionado los testimonios de la más antigua fabricación de cobre, un descubrimiento qu~ con seguridad, contribuirá decisivamente a acabar con la opinión tradicional de la importación de la metalurgia en tiempos tardíos, coincidiendo con la aparición de los «torrea-nos", confonne Grosjean proponía en sus hipótesis al respecto.
Terrina es prueba de la existencia de una metalurgia antigua, muy antigua si se consideran las fechas C-14 calibradas como sugiere Camps, a mi juicio probablemente en sincronía con otras muchas áreas del Mediterráneo occidental, es decir, a lo largo de la primera mitad del tercer milenio a.
C. La situación del yacimiento, cerca de minas de cobre pero a cierta distancia de ellas, parece demostrar que su emplazamiento no fue elegido atendiendo con prioridad al aprovechamiento de esa clase de recursos minerales.
Por el contrario, resulta del mayor interés constatar en el lugar el cultivo de viña y tal vez olivo, dos plantaciones que quizá sí condicionaron sustancialmente la elección del terreno, lo mismo que debió influir la necesidad de sustentar a las piaras de cerdos que constituían la alimentación cárnica básica.
Un grupo humano, en síntesis, de economía agricola y ganadera que, como tantos otros mediterráneos de ese momento, comienza a fundir minerales de cobre que transporta hasta la aldea desde poco más de quince kms. de distancia.
El tipo de yacimiento localizado hace suponer a Camps que se trataria de gentes sedentarias, posibilidad que encaja bien con los cultivos arbóreos, que exigen una relativa larga permanencia en el sitio y una inversión prolongada de trabajo para su cuidado hasta obtener beneficios satisfactorios, y que tampoco se contradice con la observación hecha sobre anomalías en el crecimiento de algunos animales domésticos, provocadas por el empobrecimiento de los pastos a consecuencia de una estancia prolongada sobre un mismo lugar.
El yacimiento de Terrina abre una vía de investigación en Córcega, al identificar con precisión una ocupación claramente calcolitica, época de la que prácticamente no existían con anterioridad a estas excavaciones datos seguros de ningún tipo, pues algunos hallazgos aislados considerados de ese momento carecen de contexto arqueológico y tampoco resultan inequívocos desde el punto de vista tipológico.
Junto a Terrina hay ya descubiertos otros sitios donde también se han encontrado las características cerámicas de bordes con decoración bajo ellos de círculos perforados dispuestos en linea, lo que ha incitado a los prehistoriadores corsos a hablar de una «cultura» terriniense extendida por toda la isla, e incluso conectada con el grupo sardo de Ozierí y quizá con alguno otro de la Italia peninsular.
Tal vez sea excesivo hablar de cultura como tal, pe.fO no cabe duda que, al menos desde un punto de vista estrictamente arqueológico, se cubre una fase intermedia vacía entre el neolitico y la aparición de los primeros elementos pretorreanos, lo que puede que, en su momento, contribuya a explicar mejor la eclosión de tan singular cultura y sus paralelismos por el Mediterráneo insular occidental.
Otra cuestión del máximo interés es constatar, una vez más, la generalización del comienzo de la fundición de cobre en el Mediterráneo occidental hacia los años centrales del tercer milenio, siempre en cronologías no calibradas.
A lo largo de estos últimos tiempos, excavaciones llevadas a cabo tanto en el sur de Francia como en la península Italiana, en la ibérica o en las islas de la cuenca correspondiente, aportan datos para confirmar tal suceso con una cierta sincronía -cierta no sólo porque no es absoluta sino también porque la documentación disponible es aun reducidapero, a la vez, probablemente como consecuencia de procesos locales independientes, para los que resulta muy difícil, a lo mejor imposible, rastrear pruebas de contactos no ya con áreas del Mediterráneo oriental, como tradicionalmente se pretendiera, sino incluso entre los propios lugares occidentales en que tal innovación tiene lugar.
El estudio de los cambios culturales en el Mediterráneo occidental a lo largo del tercer milenio constituye, sin duda en estos momentos, uno de los asuntos más apasionantes entre los que tiene planteados la prehistoria reciente europea.
Volvamos, para acabar, al libro del Prof. Camps.
A un lado la novedad y éxito indiscutibles de los resultados obtenidos, es esperanzador y estimulante ver como un maestro consagrado ha sabido ponerse al frente de un equípo de investigadores, muchos también eméritos como él y notables entre los colegas franceses, y coordinar un trabajo de investigación por tantas razones modélico, entre las que, sin duda, sobresale su avanzado carácter pluridisciplinar.
Es la primera vez que la arqueologia prehistórica corsa apuesta por esta clase de investigaciones; los logros conseguidos demuestran cual debe ser a partir de ahora el camino adecuado a seguir.
La tesis central de estos dos libros es que el desarrollo de las comunidades ((bárbaras» de la Europa Templada durante la Edad del Hierro sólo se puede comprender interaccionado con el mundo mediterráneo, adoptando para ello peculiares versiones del modelo «centro-periferia» elaborado por 1.
Wallerstein (1974Wallerstein ( Y 1979) ) en su estudio sobre los origenes del capitalismo y la formación de una economía-mundo.
La apropiación, critica y re-elaboración del modelo por parte de prehistoriadores y arqueólogos es un fenómeno reciente, que ha producido ya resultados sugestivos y alentadores (Rowlands et al. 1987 y Wells 1987) y tiene. un claro valor heuristico.
La oposición centro-periferia ha sido ampliamente utilizada para referirse a la estructura de sistemas económicos regionales integrados.
La definición de «centros» requiere que grupos de comunidades y en particular sus élites dirigentes lleguen a ser consumidores de recursos de otras comunidades a través de diversas formas de explotación y las «periferias» son comunidades y élites que están constreñidas a encontrar demandas para producir surplus (Rowlands 1987).
En este caso, como veremos más adelante, aunque el comercio/intercambio es el eje central de los estudios sobre Centroeuropa y el Mediterráneo en la Edad del Hierro, las perspectivas adoptadas difieren notablemente entre sí.
Un adecuado comentario de estas publicaciones merece una evaluación, siquiera general, del estado de los estudios sobre la Edad del Hierro europea, que muestre sus puntos fuertes y sus debilidades para ver en que medida los libros de P. Brun, centrado sobre la Primera Edad del Hierro, y B. Cunliffe, más centrado sobre la Segunda Edad del Hierro, representan avances cualitativos.
Un aspecto que apenas ha sido debatido es la reflexión técnico-conceptual sobre el estudio de la
(1) Dpto. de Prehistoria.
Facultad de Geografía e Historia Univérsidad Complutense.
Edad del Hierru. \ nu cabe duda que es crucial si se quiere avanzar sustancialmente en este fascinante y cuntruvertido periodo de la prehistoria europea.
Han sido los especialistas británicos quienes han iniciado esta tarea (Collis 1977.
¿Cuáles son las causas de este estado de cosas?
Siguiendo los criterios de la tradición protohistórica británica se podrian establecer al menos dos grupos de causas: por un lado, las derivadas de la propia naturaleza del material de estudio, y por otro lado las derivadas de los paradigmas interpretativos empleados.
La documentación material de la Edad del Hierro es impresionantemente voluminosa y parece más que probable que este hecho sea el primer factor negativo.
Como se ha sugerido, las numerosas evidencias impiden o dificultan aproximaciones globales: los árboles no nos dejan ver el bosque.
La alternativa inmediata a esa abundantísima documentación, que además ofrece variaciones regionales, es abordarla por ámbitos nacionales, cuando no más reducidos, es decir la investigación se iniciaría con una severa limitación: la autoimposición de barreras geográficas.
De hecho la mayor parte de la investigación se traduce en estudios regionales y apenas existen síntesis o visiones de conjunto, que verdaderamente merezcan ese nombre.
Esa configuración inicial de la investigación, por ámbitos nacionales, hace que se utilicen diferentes estrategias y métodos según la tradición arqueológica de cada país.
La principal consecuencia de esto ha sido la separación del mundo clásico del resto de Europa, la fuerte disociación Prehistoria!
Arqueologia Clásica, aunque no obstante en algunas áreas -como la mediterránea-la Edad del Hierro se encuentra en una difícil posición entre ambas.
Las raíces de los estudios anglosajones de la Edad del Hierro en las nuevas orientaciones que se inician con la 4<New Archaeology,. y la ignorancia de estas nuevas aproximaciones por los arqueólogos clásicos explican esa falta de diálogo, para el que aparentemente no parece existir ninguna razón insalvable (Snodgrass 1985) y del que indudablemente se obtendrían beneficios mutuos (Renfrew 1980(Renfrew y V.V.A.A. 1988)).
Por otro lado esas barreras geográficas implican barreras lingüísticas.
Son muchas las lenguas en las que aparece la documentación de primera mano y esto representa una dificultad añadida a las visiones de síntesis.
De hecho hay una evidente simplificación en la presentación del marco geográfico-cultural de los estudios sobre la Edad del Hierro europea que se limita a Centroeuropea con el desarroUo clásico del Hallstatt y La Tcne antiguo y una imprecisa área más amplia. incluyendo buena parte de Europa Occidental para la expansión lateniense y el surgimiento de los oppida.
Esa es la versión más generalizada de la Edad del Hierro europea, más allá de las síntesis de cada país.
En las pocas síntesis recientes (Collis 1984 a y Wells 1984) se ignoran prácticamente Escandinavia, Iberia y buena parte de la Europa Este.
El núcleo central es el Hallstatt y La Tene centroeuropeo, sin duda explicable en gran medida por el interés tradicional -que viene ya del s. XIX-por los Celtas.
Si pasamos a considerar los paradigmas interpretativos, el paradigma más importante de los estudios sobre la Edad del Hierro ha sido el concepto de 4<cultura», tanto en el sentido childeano de conjunto recurrente de artefactos asociados o en el sentido más antropológico de transmisión de ideas de una generación a otra.
Collis (1984 b: 283) ha Uamado la atención sobre los tres peligros -más bien diría yo realidades-que se derivan de esos conceptos: (a) ecuación cultura materíaletnia-lengua (La Tene = Celtas), por más que apenas se haya explorado seriamente la relación entre etnicidad, lingüística y cultura material, (b) interés príoritario y casi exclusivo en describir materiales y estructuras como un objeto en sí mismo -el enfoque 4<cronotipologista,. muy evidente en la escuela alemana y otras tradiciones europeas-sin referirlos al estudio de las otras entidades superiores como p. e. las realidades sociales y económicas de las comunidades implicadas y (c) la adopción de una línea interpretativa 4<pseudohistórica" según la cual los datos históricos proporcionarían el armazón conceptual que se puede sobreimponer a los datos arqueológicos, p. e. la expansión celta, las migraciones de grupos tribales y la conquista romana.
Los textos escritos se han utilizado, con estrechez de miras, para conocer aspectos concretos de la Edad del Hierro pero apenas se han utilizado las fuentes clásicas para sugerir líneas de contrastación con los datos arqueológicos y abrir nuevas hipótesis de trabajo (Champion 1985).
Sin embargo ese paradigma de cultura no ha implicado la adopción de marcos regionales en el sentido anglosajón (Crumley 1980), ya que es obvio que la escuela alemana lo que ha hecho es «arqueografía» de regiones.
El trabajo con marcos regionales implica dos cuestiones fundamentales, por un lado que los objetivos son el estudio de las comunidades del Hierro en sus dimensiones de patrones de asentamiento, organización social, económica, procesos de contacto y cambio, etc... y por otro lado contestar a esas preguntas exige realizar prospecciones de superficie sistemáticas que ofrezcan las evidencias necesarias (Knight 1984: 322), cosa que no se ha hecho en Centroeuropa, aunque sí en Gran Bretaña (Hingley y Miles 1984) Francia (Demoulc e Ilet 1985 y Milis 1985) y los Países Escandinavos (Stjernquist 1985).
La aproximación ((particularista-regional» se ha mantenido con tal fuerza que apenas se han hecho intentos de lograr visiones unitarias, a nivel europeo de los grandes fenómenos centrales de este periodo: expansión de la nueva tecnologia del hierro, del urbanismo, del tomo de alfarero, o de la escritura (Champion 1987: 98).
Ha sido tal la fragmentación de los estudios que ni siquiera bajo los presupuestos clásicos del viejo difusionismo se han abordado estos temas.
La proximidad de la época histórica y las referencias clásicas a las poblaciones bárbaras de la Edad del Hierro han impuesto modelos históricos para acercarse a los tipos de sociedad, p. e. las referencias de la literatura heróica irlandesa (J akson 1964) o las informaciones contenidas en las fuentes clásicas (Crumley 1974y Nash 1976).
Y cuando se ha recurrido a modelos etnográficos extra-europeos se ha desatado una fuerte polémica sobre la pertinencia de los mismos y la prioridad de los modelos europeos (Rowlands, Godsen y Bradley 1986 y 1987), aunque como ha indicado Champion, este hecho no está demostrado del todo.
Por otra parte se están realizando inferencias sociales a partir de una gran diversidad de lineas de investigación que van desde la arqueología funeraria (Hodson 1979, Frankenstein y Rowlands 1979 y Bujna 1982) y la arqueología espacial (Randsborg 1986 y Hingley 1984) hasta la identificación de la esclavitud (Randsborg 1986 y Arnold 1988) y las modernas técnicas de análisis os teológico para recostruir niveles de dieta y por tanto de estatus (Murray y Schoeninger 1988).
Por último, uno de los temas más recientes es el estudio de las formaciones estatales de fines de la Edad del Hierro (Hedeager 1978, Nash 1978y van der Valde 1985).
A modo de balance personal creo que los objetivos prioritarios de la investigación de la Edad del Hierro europea deberían ser los siguientes: (a) recoger nuevos datos, dentro de nuevos planteamientos, para construir periodizaciones (Collis 1986 a) y resolver problemas de concordancias cronológicas (Godsen 1984, Mansfeld 1984 y Vickers 1984); (b) reorientar los estudios tipológicos y de distribuciones regionales de tipos sobre bases más antropológicas (Hawkes 1982 y Lorenz 1985); (c) generar más modelos sobre los tipos de comunidades de la Edad del Hierro europea y sus procesos de desarrollo y cambio, y (d) buscar aproximaciones de síntesis y a través de ellas elaborar generalizaciones sobre los distintos tipos de sociedades.
Sobre este panorama de fondo de estudios de la Edad del Hierro europea los libros de P. Brun y B. Cunliffe coinciden, de forma independiente, en adoptar el esquema de centro-periferia o «economía-mundo mediterránea», empleando, como hace P. Brun, la noción de F. Braudel.
Para el prehistoriador francés la economía mundo mediterránea tiene tres círculos y en el interior del primero se encuentran los grandes centros-motores urbanos de Grecia y Etruria que estructuran el espacio europeo en un sistema de círculos jerarquizados.
El «mundo céltico» centroeuropeo o complejo noralpino ocupa una buena parte del segundo con importantes interacciones con los centros mediterráneos y más allá empieza la periferia del sistema, el tercer círculo, donde los cambios se operan más lentamente.
Para el prehistoriador británico se pueden descubrir también tres zonas concéntricas.
El centro con las economías de mercado mediterráneas, la zona de inter-cambio con las jdaturas n: ntroeuropeas y la periferia externa o zona de obtención de recursos y materias primas.
Existen además «comunidades de paso,. que aprovechan situaciones privilegiadas en el contacto entre las economías de mercado,'! la Europa bárbara centroeuropea, que a su vez actúa de intermediaria entre el centro y la periferia externa.
Frente al particularismo exacerbado de los estudios tradicionales sobre la Edad del Hierro europea las aproximaciones de P. Brun y B. Cunliffe suponen claramente un esfuerzo integrador que, aunque indudablemente pueden llevar ciertas dósis de simplificación y esquematización de los fenómenos culturales del período, representan un cambio de enfoque importante y la definición y acotación de nuevos problemas junto a nuevas maneras de acercarse al conocimiento de las comunidades de la Edad del Hierro.
La obra de P. Brun ofrece una perspectiva fundamentalmente antropológica, cosa que, de entrada, ya hay que recibir con entusiasmo teniendo en cuenta el predominio del enfoque «tipocronológico,. en la protohistoria francesa; orientación antropológica que de alguna manera ya había iniciado el autor en su excelente monografía sobre la civilización de Campos de Urnas de la Cuenca, de Paris (Brun 1986).
Este enfoque antropológico hunde sus raÍCes en la tradición paletnológica y antropológica francesa pero incorpora planteamientos de la tradición anglosajona, aspecto bastante inusual entre los prehistoriadores franceses.
El estudio se inicia con una caracterización de las comunidades europeas del Bronce Final, que sigue, en grandes líneas, ideas esbozadas por varios autores entre ellos P. S. Wells, del que por cierto no se recogen sus últimos libros (Wells 1983(Wells y 1984)).
Se trataria de comunidades pequeñas que articuladas en torno a granjas, aldeas y poblados con unos pocos centenares de habitantes están integradas por campesinos, especialistas artesanos y 4Cjefes)t con estatus adquirido aunque dentro de sociedades básicamente igualitarias; la lectura del registro funerario confirma esas características sociales y demográficas.
C. con la emergencia de la cultura de Campos de Urnas estas comunidades subsisten gracias a un sistema «expansionistall, ocupación de nuevas tierras, que se articula en torno al eje R-O.
Alrededor del s. IX a.
C. ese modelo «expansionista» llega a su limite por el sostenido crecimiento demográfico y la posesión sobre la tierra.
C. conduce a una organización de los recursos sobre nuevas bases y consecuentemente nuevas relaciones sociales: se inicia un nuevo orden europeo que se estructura en torno a la cuenca mediterránea y producirá una redistribución de roles y una jerarquización de las comunidades de la Europa Bárbara de Sur a Norte, eje básico a partir de este momento (Fig. 2).
Los indicadores del cambio que se produce entre los s. IX y VID a.
C. son, básicamente, tres: (a) crecimiento del número y tamaño de los habitats, (b) tendencia a la jerarquización social, visible en tumbas tumulares y diferencias de ajuar, con la emergencia de una aristocracia guerrera en la que muy posiblemente el estatus es hereditario y (c) desarrollo de la tecnología metalúrgica del hierro que potenciará la autarquía de las comunidades.
Los efectos del cambio son claros en la jerarquización social con la aparición de élites que controlan pequeños territorios.
El aumento notable de depósitos de bronce en los s. IX-VID a.
C. refleja básicamente las dificultades crecientes de la circulación de cobre, estaño y bronce y, como han sugerido muchos autores, la adopción del hierro estana muy directamente relacionada con este hecho.
Por otro lado, el hundimiento de las redes comerciales del bronce abocaria a la fragmentación socio-cultural a inicios de la Edad del Hierro.
Ante la imposibilidad de prolongación del modelo «expansionistall del período anterior la tensión se resolverá, en parte, a través de la competencia entre las élites, que se puede leer en el registro arqueológico a través del aumento de fortificaciones, la aparición de pequeñas necrópolis tumulares, tal vez de dinastías locales y el reforzamiento de las actividades artesanales especializadas.
El área alpina oriental, con ejemplos tan significativos como Hallstatt, muestra un especial dinamismo que tiene su expresión más evidente en la circulación de «productos de lujo»: ámbar, oro, recipientes broncíneos, vidrio y sal.
Y en este contexto se sitúa el inicio de los contactos comerciales mediterráneos: los jefes centroeuropeos del sector oriental aprovechan su posición ventajosa beneficiándose de su posición de intermediarios en las transacciones entre los centros Ipediterráneos y la Europa hiperbórea.
De esta manera en menos de tres siglos se produjeron --~--/----e e-frontera-e-- con tres círculos concéntricos jerarquizados a partir de los «centros-motores» urbanos de Grecia y Etruria (Según Brun 1987).
cambios notables en las sociedades europt:'as: de comunidades "expansionistas» se pasa a comunidades enraizadas en territorios delimitados v este proceso debió ir acompañado de una acentuación y probable institucionalización de la jerarquía social.
C. el eje alpino oriental atraviesa un cierto declive y el foco dinámico se traslada al sector occidental con la emergencia de los "principados" del Hallstatt final.
Las residencias y tumbas "principescas» se extienden de la Borgoña a Wurtemberg como consecuencia de su papel de inter'mediarios entre los focos mediterráneos, Etruria y Massalia, y las tribus del interior, a través de los pasos alpinos y el corredor del Ródano.
Se configuran ~principados centralizados» con territorios políticos más o menos amplios en cuyo interior funciona una jerarquización con jefes de distintos rangos, bien analizada por Frankenstein y Rowlands (1979).
En todo caso, falta profundizar en cómo los elementos e ideas mediterráneas eran incorporados y usados por las comunidades centroeuropeas (Champion y Champion 1986).
Es significativo destacar que en la periferia inmediata a los focos mediterráneos, caso de las comunidades indígenas del S. de Francia o del NE. de Iberia, no hay indicios claros del ~fenómeno principesco» o de economías de bienes de prestigio.
Puede que la razón pueda ser el acceso directo de esas comunidades a los agentes mediterráneos y la ausencia de redes de intercambio con las tierras interiores.
Pero en todo caso se producen unas transformaciones importantes tanto en el mediodía francés (Dietler 1988y Py 1982) como en el NE. de la Península Ibérica (Ruiz Zapatero 1983-84) con procesos hacia una jerarquización en la cual las élites locales tienden a controlar los intercambios comerciales.
Aunque el espacio dedicado a la Península Ibérica es muy breve -dos páginas-puede considerarse bastante aceptable la síntesis propuesta por P. Brun.
Los tres círculos incluyen la costa mediterránea, el interior y extremo NO., pero el primer y segundo círculo en el área del SE. se ven deformados hacia el O. por el influjo de otro foco mediterráneo: el fenicio-púnico.
La consideración de Tartessos como una versión local de los 4<principados» célticos es muy verosímil y, de hecho, ha sido defendida recientemente por Aubet (1984) basándose en las evidencias funerarias.
Por último, dentro del tercer círculo estudia el autor los casos de las Islas Británicas, el complejo nórdico y el círculo lusaciano, que, aunque muy esquemáticamente, completan la caracterización de su modelo general.
La obra de Cunliffe, estimulante y bien escrita, tiene a mi juicio por encima de otros méritos el demostrar que es posible tender puentes entre la prehistoria, la arqueología clásica y las fuentes.
En cierto modo podría decirse que es una aproximación arqueológica desde la vertiente prehistórica -entendida teórica y metodológicamente-al fenómeno histórico de la interacción entre las poblaciones bárbaras europeas y el mundo romano.
La empresa es ciertamente ambiciosa y exige una formación polifacética y el manejo de una amplísima bibliografía sobre temas cada vez más especializados.
Ahí, tal vez, puedan encontrarse algunas debilidades del libro: la dependencia de unas pocas obras para tratar algunos temas, como los de la economía romana republicana, y el empleo de titulos clásicos, pero ya con bastantes años, que difícilmente justifican sean la base única para, por ejemplo, mapas de distribución que obviamente han quedado obsoletos (p. e. fig. 68, pág. 180 y ss.).
El libro está construido sobre el modelo de tres áreas concéntricas: centro, zona de intercambio y zona de obtención de recursos y materias primas, que se analizan en una secuencia diacrónica desde los primeros estímulos coloniales medíterráneos alrededor del 600 a.
C. hasta la efectiva romanización y en un plano espacial que afecta sobre todo a la Galia, y dos casos periféricos, las Islas Británicas y el mundo germánico más allá del Rhin (Fig. 1).
Los primeros contactos, al menos detectables arqueológicamente, se inician con la fundación de Massalia.
Esta colonia griega pronto comenzó a actuar como auténtico centro de intercambio que ~xtendíó sus productos, remontando el valle del Ródano -todavía no bien conocido arqueológicamente (Dietler 1988}-hasta el corazón de Centroeuropa, donde los jefes de las pequeñas comunidades hallstátticas reforzaron su estatus controlando el acceso a los productos exóticos medíterráneos y redistribuyéndolos en su territorio.
Cunliffe sigue la opinión de autores como Wells que defienden las transfonnaciones de las sociedades centroeuropeas como resultado del comercio mediterráneu, aunque a mi juicio es todavía difícil saber si, en el momento de entrar en contacto con el mundo mediterráneo, esas comunidades hallstátticas eran más o menos igualitarias o se había iniciado, con anterioridad al impacto colonial. un proceso de jerarquización interna que simplemente se acentuó con la entrada en juego del nuevo factor (Champion 1982).
Por otro lado, y precisamente por el relativo desconocimiento del área del medio y bajo Ródano, no queda claro cómo pudieron efectuarse los intercambios entre los enclaves costeros y los poblados centroeuropeos distantes en ocasiones cerca de 400 kms.
La propuesta de Wells defendiendo la existencia de simples «entrepreneurs», individuos decididos y con capacidad de aburdar la empresa comercial, como alguien ha señalado una especie de «yuppies» protohistóricos, no me resulta muy creíble y menos que realizaran las transacciones directamente.
Como bien ha indicado Dietler (1988: 15), para desvelar la naturaleza de esos intercambios hay que estudiar detalladamente las relaciones de todos los sistemas socioeconómicos regionales implicados y los mecanismos que los articulan.
En todo caso, la tesis de Frankenstein y Rowlands (1978) reconociendo la existencia de jefes con dominio socio-político territorial me parece un punto de partida para esa empresa más sólido que los «entrepreneurs» de Wells.
C. representan un relativo aislamiento de las comunidades europeas respecto a los activos intercambios de las centurias anteriores, el «descenso de la marea» en término metafórico de Collis (1984) y sólo ya en el s. II a.
C. la presencia romana va cobrando influencia sobre la zona costera de la Galia, que quedará consolidada con la organización efectiva de la provincia Transalpina en el 109 a.
C. En la expansión de los intereses romanos el comercio de vino jugó un papel muy importante, reconocible arqueológicamente en los innumerables fragmentos de ánforas, en las que se transportaba el vino.
Los entrepreneurs romanos conducían el vino remontando los ríos hasta centros interiores, dónde se han hallado miles de fragmentos anfóricos, y desde allí parte de los cargamentos se distribuirían a lomos de caballerías.
Uno de los centros fue Chalon-sur-SAone, en la cabecera del valle del Ródano, desde donde la mercancía podría alcanzar el Rhin y otro Toulouse desde donde el vino podría ser transferido a Burdeos y desde allí a lo largo de la costa atlántica hasta Bretaña e incluso el sur de Inglaterra.
Tomando como base el número y capacidad de los pecios de la época, Tchernia ha sugerido que pudieron haber llegado a la Galia a lo largo del s. I a.
C. unos 40 millones de ánforas con el preciado líquido para los «sedientos» bárbaros.
La conquista de las Galias por Julio César es uno de los capítulos más brillantes del libro, y donde la conjugación de datos arqueológicos y textos está pennitiendo mantener un debate en continua progresión (véase por ejemplo Ralston 1988).
El trabajo sobre la interacción galo-romana se cierra con el estudio de la organización provincial de las Galias bajo el genio administrativo de Augusto.
Moviéndose en un terreno muy familiar, Cunliffe traza en otro capítulo un espléndido panorama del caso británico, donde siguiendo el modelo de zonación tripartita, se considera un caso con las peculiaridades que implica la lejanía del «centro».
La caracterización socio-política de los «hill-forts» británicos actuando como residencias de jefes, el modelp de Danebury propuesto por el propio autor (Cunliffe 1984), ha recibido no obstante varías críticas bastante fundamentadas (Haselgrove 1986y Stopford 1987).
Otro ejemplo periférico es el del mundo germánico más allá del Rhin con un ritmo de procesos más lento y gradual que se estudia hasta el s. m d. c., cuando empieza la Administración Romana a tomar conciencia del peligro de las poblaciones germánicas presionando sobre las fronteras; proceso que culminará dos siglos más tarde con la caída del Imperio.
La síntesis final es un buen ejemplo de cómo con un análisis detallado y crítico del cúmulo de datos es posible extraer modelos de verdad -en esa búsqueda de generalizaciones de los fenómenos humanos que ha caracterizado a la Arqueología anglosajona-que sirvan, por un lado, para resumir situaciones concretas y particulares y, por otro, como instrumento de trabajo y de construcción de nuevas hipótesis..
Como de costumbre en una síntesis que hace referencia a la Península Ibérica hay que lamentar (,ONZALO RlJ IZ ZAPATERO el desconocimiento de nuestra protohistoria más allá de nuestras fronteras.
Resulta lamentable que las referencias a las que se remite sobre Tartessos (nota 12, p.
Ese desconocimiento se extiende a algunas de las figuras, por lo demás bien elegidas y confeccionadas aunque casi se limitan a mapas.
Así la fig. 4 sitúa las colonias fenicias más antiguas del mediodia peninsular sobre el s. VI a. c.; la fig. 6 que recoge las «ciudades,. en el círculo del estrecho de Gibraltar ignora por completo la investigación actual sobre colonias y factorías fenicias en la costa andaluza, publicada no sólo en castellano sino también en alemán, y comete la ingenuidad de situar a Mainake como ciudad griega y, por último, la fig. 15, reflejando la situación entre fines del s. V y mediados del IV a.
C. incluye toda la costa francesa y catalana como territorio romano.
A la lista bibliográfica, corta pero bien seleccionada aunque aligerada por la imprenta ya que faltan algunos títulos citados en el texto, se le podría reprochar la ignorancia o quizá omisión intencionada de los trabajos de J. CoUis, del que sólo se recoge un título, a pesar de sus notables contribuciones al estudio de la Edad del Hierro europea.
Es posible que a algunos estas obras les parezcan simplificaciones y esquematizaciones carentes de verdadero valor pero, a mi juicio, hacen algo muy importante: delimitar problemas y establecer nuevos marcos de indagación para resolverlos, nuevos marcos y nuevas preguntas para enfrentarse a la impresionante masa de datos sobre la Edad del Hierro europea.
Con ello se reconoce la necesidad de desarrollar teona para interpretar los datos ya que, querámoslo o no, todas las interpretaciones tienen unos fundamentos teóricos y conceptuales, ya sean implícitos o explícitos.
Ya nos hemos dado cuenta de que las tumbas y cementerios no hablan por sí mismos, pero todavía habrá que seguir perdiendo «inocencia» en otros muchos temas como los habitats, las tipologías, las periodizaciones, etc...
Es posible, desde luego, que se cometan errores y excesos, pero lo importante es ganar seguridad en nuestras preguntas, como muy bien ha dicho C. Renfrew, tal vez no estemos encontrando las respuestas correctas pero al menos sabemos ya que estamos haciendo las preguntas correctas y los libros de P. Brun y B. Cuntiffe ayudan decididamente a esa tarea.
Este trabajo ha sido realizado durante una estancia de investigación en el Instituto de Arqueología de la Universidad de Oxford en el otoño de 1988, subvencionada con una Ayuda para estancias breves en centros extranjeros de la Consejería de Educación de la Comunidad Autónoma de Madrid.
Quiero agradecer al Prof. B. Cunliffe, director del Instituto de Arqueología de Oxford, la ayuda y orientación prestada, y a la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid la ayuda financiera para realizar la estancia de investigación.
La prestigiosa editorial Thames and Hudson, en sus diversas series, es una de las que más monografías ha dedicado a la Arqueologia, buscando siempre temas amplios, que sirvan de apoyo tanto al especialista como el estudiante o al aficionado.
Hace ya veinticinco años que, en su intento de abarcar las distintas vertientes de la Arqueologia mundial. publicó una de las síntesis más conocidas y divulgadas de la Protohistoria española: el libro «Los Iberos», redactado por A. Arribas.
En él se daba un fiel panorama de lo que el tema daba de sí en esos momentos, fundamentalmente un listado de hallazgos espectaculares sin cohesión, interpretados a la luz de los textos antiguos.
Ahora los editores han decidido publicar una nueva versión del libro que contenga los avances que se han hecho, no sólo desde el punto de vista de las excavaciones y su repercusión en el registro de la cultura material. sino -y lo que es más importante-en la manera de enfocar el estudio de la Cultura Ibérica, una de las más atractivas de la historia prerromana de nuestra Península.
Puesto que el libro parece concebido para servir de texto fuera de nuestras fronteras, el encargado de su redacción ha sido ahora un arqueólogo británico, R. Harrison, quien lleva tiempo trabajando en España, si bien, como él mismo reconoce al comienzo, siempre en fases anteriores a las que aquí aborda.
Esta formación como prehistoriador resulta ventajosa, en cierta medida, a la hora de tratar un tema tradicionalmente cubierto por historiadores del arte o del mundo clásico, ya que le permite incidir en los mecanismos locales de cambio cultural frente a la típica sobrevaloración del fenómeno colonial' como modelo a imitar por las poblaciones indígenas.
El libro, por tanto, aún siguiendo las directrices clásicas de estas series -carácter general, descripción pormenorizada de casos concretos, ilustrativos de situaciones más complejas, buenas y numerosas ilustraciones-nos presenta una nueva manera de tratar el problema del contacto entre sociedades diferentes, colonos e indigenas, y del papel que cada cual desempeñó en las transformaciones ocurridas en el primer milenio antes de nuestra era.
La obra está precedida por una presentación ambiental de nuestra Península, y globalmente se divide en dos partes, a las que se concede igual importancia.
La primera, dedicada a la que denomina «experiencia colonial» y la segunda a la caracterización de la cultura ibérica propiamente dicha.
La primera parte es de gran interés, y en ella se intenta imbricar la llegada de los colonos con la realidad social y económica de la Península, ofreciéndose una panorámica de la Edad del Bronce de carácter fundamentalmente económico, rel~cionando los recursos disponibles con los asenta-mientos, los instrumentos y las formas sociales.
Esto sirve para presentar la situaclOn que los colonos fenicios encontraron al llegar a las costas andaluzas, transformádose desde ese momento la dinámica indígena.
Uno de los aspectos más interesantes del libro es precisamente el tratamiento que se da al hecho colonial. en un modelo de relaciones centru-periferia al que aún estamos poco acostumbrados.
Para Hamson, y en ésto reconoce seguir la propuesta de S. Frankenstein, los fenicios debían proveer a los asirios de buena cantidad de materias primas, y debido a ello buscaron nuevos mercados en los que abastecerse.
La «colonización» fenicia, por tanto fue en su base un hecho comercial. v las repercusiones que tuvo en el mundo local estuvieron en función de favorecer la explutación mercantil de ciertos productos proporcionados por los iberos.
Estos, que ya en el Brunce final habían mostrado en ciertas áreas una complejidad social que en ocasiones llegaba a la existencia de monarquías, sufrieron una transformación distorsionada por la presencia fenicia que, dirigida a sacar el máximo provecho de la nueva situación económica, provocó un rápido aumento de las diferencias sociales.
Es importante señalar aquí, tras las excavaciones sistemáticas de los años 60 y 70, el papel fundamental otorgado a los fenicios en este proceso en detrimento de los griegos, para los que únicamente se reconoce una influencia efectiva y directa en el NE -Emporion, Rhode-, mientras que en el resto su presencia seria esporádica o indirecta, mediante intermediarios púnicos.
Si bien croo que el influjo griegu fue más profundo de lo que indica el autor, me parece que este enfoque es positivo para nuestra arqueología, ya que, por una parte, se evita caer en la absurda y repetida catalogación de lo ibérico como una copia defectuosa del modelo griego y, por otra parte, como ya señalaron hace tiempo algunos autores (Aubet, 1984), al dar un papel primordial a los fenicios y limitar la presencia de éstos a la línea costera, sin la pretensión de crear más que centros de intercambio, producción y coordinación de comercio, deja el peso del cambio a la sociedad indígena, estimulada y preparada para aprovechar las nuevas posibilidades económicas que se le ofrecen.
El contacto con los fenicios hace que sociedad y economía cambien, «orientalizándose» en un principio y denominándose «ibéricas» cuando el proceso se ha consolidado, ya a fines del s. VI a. lC.
La arqueología cartaginesa, tratada por Harrison al final de esta primera mitad, adolece aún de una escasa evidencia material provocada seguramente por falta de planes de investigación centrados en ella.
Su realidad, por tanto, es difícil de evaluar en la Península, aunque es más clara en Ibiza, donde nuevos asentamientos excavados van aclarando poco a poco el panorama.
La segunda mitad del libro abarca la cultura ibérica desde cinco puntos de vista: la progresiva urbanización, el arte funerario como mensaje ideológico, los cambios religiosos, las características de la escritura y, finalmente, las bases económicas.
Es importante su advertencia de que bajo el término «iberos» subyace una marcada diversidad regional, y que las transformaciones no son ni mucho menos generales ni coetáneas.
En esta parte, sin embargo, el modelo propuesto al comienzo de la obra sufre algunas debilidades no achacables a la falta de información arqueológica.
En el capítulo de urbanismo, por ejemplo, se deja de lado el complejo fenómeno andaluz, con su marcada jerarquización del hábitat, bien estudiada, por ejemplo, en la campiña de Jaén.
A pesar de que recoge las ideas de Sjoberg, afirma que Cástulo o Tejada la Vieja debieron su fortuna a su posición estratégica respecto a las rutas comerciales, y propone que la ciudad como unidad social es algo imitado de Grecia o Italia a través de los mercenarios iberos, renunciándose a la posibilidad de una evolución autóctona.
Probablemente la redacción del texto fue anterior a la publicación de las comunicaciones al congreso sobre los Iberos celebrado en Jaén en 1985 (Ruiz, Molinos, 1987), que clarifica muchos de estos puntos.
El aspecto del arte funerario está bien enfocado, y desgraciadamente en el capítulo de religión aflora la falta de estudios en profundidad dedicados a este importante aunque difícil aspecto, por lo que se deja sentir aquí más que en otros lugares un relato descriptivo.
El capítulo dedicado a la escritura revela sus distintas variedades, y el restringido -y probablemente comercial-uso que se hizo de ella, no generalizándose ni empleándose para fines institucionales hasta época romana.
Por fin, el resumen de la. economía ibérica revela que la explotación minera corrió a cargo de los indigenas, que poseían su propia tecnología, y que el influjo fenicio causó mayor incidencia en el ámbito rural, introduciendo e intensificando cultivos mediante el nuevo instrumental de hierro, ahora generalizado.
Con ello acaba el libro, y ciertamente se echa de menos un capítulo de gran importancia y que apenas queda esbozado en los apartados anteriores: la estructuración social vinculada al cambio económico e ideológico.
La diversificación de los asentamientos, las características comerciales y económicas, la importantísima documentación aportada por las necrópolis y los propios textos antiguos permiten constatar la presencia de élites y de grupos escalonadamente menos poderosos hasta llegar a la presencia de esclavos o de poblaciones dependientes, como lo atestigua el tantas veces citado bronce de Lascuta.
Sinceramente, creo que éste podría haber sido un tema relevante en esta obra.
Hay muchos otros detalles que podrían ser objeto de discusión, pero precisamente por su carácter puntual no merecen ser incluidos en este comentario, que pretende resumir y comentar el conjunto de la obra más que sus aspectos más concretos.
En esta valoración global del libro de R. Hanison supone un considerable avance frente a trabajos anteriores, y por tanto resulta altamente recomendable, sobre todo si tenemos en cuenta la asombrosa escasez de obras de conjunto «para todos los públicos» editadas sobre este tema.
El trabajo arqueológico, sin embargo, continua a un ritmo rápido y el panorama actual de la cultura ibérica aguarda importantes reajustes provocados por los nuevos planteamientos que a ella se aplican.
En cualquier caso, éstos estarán probablemente más cerca de lo expresado por el autor británico que de lo publicado con anterioridad.
Los British Archaeological Reports (BAR), en su doble vertiente de estudios a nivel nacional (BAR British Series o Serie Azul) e Internacional (BAR International Series o Serie Roja), vienen publicando desde 1976 monografías y obras colectivas que abarcan todo el campo de la arqueología.
Su intención es presentar de modo rápido estudios arqueológícos utilizando el sistema offset de impresión, sistema que hace unos años pennitía trabajar rápidamente y a bajo costo pero que hoy queda un tanto obsoleto ante los nuevos métodos de impresión como el sistema laser, por ejemplo.
Aún así, los resultados de los BAR (que por cierto, nada tienen que ver con la Universidad de Oxford sino que se trata de una editorial independiente) no son nada desdeñables: en noviembre de 1988 la Serie Roja estaba próxima a los 460 volúmenes y la Azul a los 200, cifras que pueden darnos idea de la importancia de esta colección y baste añadir que el mismo año en que apareció el libro de Kurtz (1987) publicaron 67 títulos más.
Por desgracia, en el panorama español no existe ninguna publicación de este tipo que de salida al creciente número de estudios sobre Prehistoria y Arqueología..
El primer trabajo publicado en español en esta colección apareció en 1984.
Desde entonces se han sucedido algunos máS y lo hacen de un modo claro para nuestro propio mercado.
Otros tratan temas de la Prehistoria española pero están escritos por autores extranjeros en su idioma.
Respecto a esto hay que decir que tendría que existir entre nosotros la preocupación de elaborar obras de síntesis sobre la Península escritas en ínglés y dirigidas, en consecuencia, a la comunidad internacional de arqueólogos e interesados, único modo en el momento actual de dar a conocer el estado de la Arqueología española a nivel internacional desde la óptica de nuestros propios especialistas.
El trabajo de Kurtz, que ya había realizado algunos estudios sobre Las Cogotas (Kurtz 1980(Kurtz, 1982(Kurtz Y 1984)), aborda ahora el tema de la revisión de una de las necrópolis más importantes de la Edad del Hierro en.la Meseta Norte: la necrópolis de Las Cogotas, excavada por 1.
Cabré en los años treinta.
La publicación de Cabré (1932), basada en el diario de excavación, fue modélica para su tiempo y estaba -'¡ue duda cabe-a la altura de las más importantes publicaciones arqueológicas del momento.
Evidentemente,. más de cincuenta años después, la revisión de una necrópolis de este tipo está bien justificada.
Ahora contamos con una metodología y unas técnicas más avanzadas que las utilizadas en España en el segundo cuarto de siglo en este caso concreto.
Otras necrópolis de la Meseta no menos importantes, como La Osera, por ejemplo, excavada también en esta época, están siendo objeto de reestudio actualmente.
Kurt hace una nueva división de las zonas de esta necrópolis de incineración atendiendo a los espacios vacíos entre ellas a partir del plano de la publicación de 1932.
De este modo divide la zona 1 de Cabré en la y lb.
Da, además, 144 tumbas de diferencia con respecto al total de las ofrecidas por Cabré porque su estudio se centra exclusivamente en las tumbas sobre las que se dispone de datos publicados aparte de que hay que pensar que, en algunas ocasiones, las tumbas no tendrian ni urna ni ajuar, como ciertamente ocurre en esta necrópolis.
Hay que añadir que las tumbas con ajuar son minoritarias con respecto al total, sólo 247 lo contienen.
Kurtz limita su estudio a los ajuares, a los que define como «objetos depositados en las tumbas como ofrendas,., con lo que deja fuera del mismo las urnas cinerarias por ser objetos funcionales (contienen las cenizas).
Para él, los ajuares permiten una visión si no completa sí exacta de la necrópolis.
Este es uno de los aspectos más criticable: las urnas deben estudiarse conjuntamente con el resto de materiales de ajuar.
Su exclusión puede provocar carencias parciales, como de hecho ocurre en este trabajo, a la hora de intentar sacar conclusiones en torno a la organización social, y carencias totales, que también se dan, a la hora de hacer, por ejemplo, una estratigrafía horizontal de la necrópolis.
Considero que la inclusión de las urnas en un estudio de este tipo es imprescindible y es necesario realizar una tipología para el mundo ceramico del mismo modo que se hace para el resto de los materiales de un ajuar.
No en vano la cerámica es, en la mayoria de los casos, el material más abundante, tal como aquí ocurre.
Un caso contrario al estudio de Kurtz lo encontramos en un reciente trabajo de Barrio Martín (1988) que revisa también los materiales de las excavaciones antiguas de otra necrópolis de la Segunda Edad del Hierro, ésta en Cuéllar, Segovia, donde atiende exclusivamente al material cerámico, que supone más del 95 96 del total, dejando de lado el material metálico pero sin negarle importancia. y aunque el estudio cerámico es bueno no se entiende por qué no incluye los ajuares metálicos, que además suponen una mínima parte -menos del 5 96 del total-lo que daria una visión unitaria y, por supuesto, más completa de la necrópolis.
El estudio de los objetos de ajuar constituye la primera sección del libro de Kurtz (analítica) alcanzando conclusiones referidas a cuestiones taxonómicas.
La segunda sección es la sintética en la que las conclusiones hacen referencia a cuestiones generales sobre la sociedad y la cultura, aspectos, estos últimos, más interesantes ya que la primera parte del libro es primordialmente expositiva.
No quisiera dejar de mencionar la falta de láminas a lo largo de ella -salvo dos-lo que dificulta el seguimiento de la lectura máxime cuando Kurtz hace constante referencia a las láminas de Cabré.
Pienso, sin duda, que a las explicaciones debería acompañar toda la documentación gráfica, pues si no la información queda sesgada por faltar uno de los componentes esenciales, aunque podria sospecharse que el volumen 11 pueda tratar sobre las urnas e incluir todas las láminas; en cualquier caso, Kurtz debería haber concretado este aspecto explícitamente.
Las conclusiones más interesantes a las que Kurtz llega, partiendo del análisis de los ajuares funerarios sin el estudio de las urnas, son las referidas a la organización social y los aspectos religíosos.
Cada zona sería el área de enterramiento de un grupo unido por lazos de naturaleza familiar.
Se trataria de grupos suprafamiliares y cada uno de ellos tendría su propia capa dirigente, como pone de manifiesto la presencia de armas en algunas tumbas de casi todas las zonas.
Kurtz califica la cultura y organización de Las Cogotas de protourbana, pues se ha formado ya un asentamiento con intereses comunes pero todavía no se ha producido la disolución de los vínculos y sistemas de filiación de naturaleza familiar, que es una de las características de las culturas urbanas.
Se estarla asistiendo a una fase de transición desde una sociedad vertebrada en grupos familiares a una sociedad organizada en clases.
Pero tendria que existir una instancia superior que coordinara las actividades de los grupos suprafamiliares y Kurtz propone la existencia de un senado común como manifestación política de la comunidad, más que una monarquía, que armonizara los distintos grupos familiarés y organizara los aspectos comunitarios del poblado.
Pero, en lo referente a todas estas conclusiones, no puede dejar de decirse que, para este estudio y otros muchos sobre estos mismos temas, tendriamos que consultar la bibliografía existente sobre la ((Arqueología de la Muerte» de cuya lectura podriamos sacar bastante provecho a la hora de inferir datos sociales a través de los elementos funerarios, y de ejemplo sirvan los trabajos reunidos en los libros de Gnoli y Vernant (1981), Chapman, Kinnes y Randsborg (1981) Y Humphreys y King (1981).
En lengua española podemos encontrar una buena síntesis metodológica para el mundo funerario en el trabajo de Lull y Estévez (1986) sobre las necrópolis argáricas.
Y en el caso concreto de Las Cogotas es interesante el trabajo de Castro Martínez (1986) en el que se hace un intento de reconstrucción sociológica de la comunidad de esta necrópolis.
González-Tablas (1985) hace otro estudio sobre la sociedad de esta necrópolis.
En cuanto a los aspectos religiosos destacar que Kurtz cree que la religión no tenía una organización específica sino que se encontraba en manos de individuos socialmente distinguidos y que radicaba en la transcendentalización de la vida cotidiana.
Esta conclusión, que puede resultar muy sugerente en mi opinión, parece un tanto arriesgada pues la deduce de la ausencia de objetos específicamente religiosos y suponiendo que los objetos relacionados con el uso del fuego formaran parte de un culto de naturaleza doméstica vinculada al hogar y ejecutado por un miembro de la familia.
Para la cronología, el trabajo de Kurtz no arroja mucha luz, pues piensa que la necrópolis abarca desde algún momento del siglo VI al m a. de c., que es la fecha dada por Cabré al Castro.
Aquí Kurtz podria haber intentado ordenar la secuencia cronológica de la necrópolis haciendo fases internas a través del uso de matrices de co-ocurrencia y asociación de objetos, aunque ciertamente no se puedan establecer límites de cronología absoluta con cierta facilidad ya que los datos no lo permiten, pero podía haberse intentado para comprobar su alcance.
Y esto no es nada nuevo pues pertenece a la tradición protohistórica clásica europea y ya Müller-Karpe, en su trabajo sobre el Hallstatt, utiliza matrices de este tipo en 1959.
Para concluir, decir que el libro de Kurtz se inserta en la corriente de estudios revisionistas de yacimientos ya excavados de antiguo, revisiones que, por otro lado, son necesarias siempre que realmente aporten soluciones nuevas desde la óptica de unas técnicas y una metodología de estudio en constante desarrollo y evolución.
En consecuencia, las conclusiones deben ir modificándose y mejorando según el nivel de análisis empleado en estas revisiones, que han de ser, forzosamente, innovadoras con respecto a las publicaciones originales de los yacimientos en cuestión.
Y aquéllas a las que Kurtz llega tras la revisión de los materiales de esta necrópolis son, inequívocamente, parciales, pues no hace uso de todos los medios que nuestro nivel y método de estudio actual permiten para la extracción de conclusiones generales y baste recordar que no utiliza la información que las urnas cinerarias nos ofrecen, con lo que se está juzgando la totalidad, en este caso la necrópolis, en base a unos datos de referencia parciales, los ajuares.
El volumen que reseñamos nos presenta una nueva memoria que enlaza con las anteriores excavaciones realizadas en Cástula desde fines de los años sesenta, bajo la dirección global del Dr. J. M.a Blázquez.
Este ha sido auxiliado por numerosos arqueólogos, que se han sucedido en el encargo inmediato de los trabajos de campo.
En este caso la responsable principal es M. P. García Gelabert, cuya vinculación con Cástula es notable desde los inicios de esta dácada, hasta el punto de que el tema de este libro ha constituido la base de su Tesis Doctoral.
Por ello, aunque la obra se firma conjuntamente, no deja de apreciarse un mayor peso en la contribución de esta autora, a quien debemos agradecer una información ordenada y detallista, enfocada a la aclaración de los tipos de estructuras y materiales funerarios, así como del ritual de la necrópolis.
Las excavaciones fueron realizadas en 1982/3, aún bajo los auspicios del Ministerio de Cultura, habiéndose paralizado después los trabajos, al menos los que atañen a la época ibérica, ya que la Junta de Andalucía pretende retomarlos bajo perspectivas diferentes a las que motivaron las campañas anteriores.
El estudio tiene como objetivo principal conocer la articulación interna de la necrópolis de Robarinas, ya que su análisis quedó muy incompleto en las campañas previas, a pesar de la importancia del lugar.
Para ello se abrió una amplia zona de excavación que continuara los antiguos trabajos, y de forma aislada se planteó una segunda cata «<El Cerrillo») en otro lugar, debido a la aparición ocasional de bloques de piedra trabajados que habían sido exhumados por el arado.
Nuestro comentario será global, puesto que el tratamiento detallado sobrepasaría los limites de esta recensión.
La excavación reconoció una serie de enterramientos con agrupaciones y acumulaciones que los autores consideran de tipo familiar, desarrolladas en dos momentos estratigráficamente diferentes, aunque prácticamente inmediatos en el tiempo, que abarcan desde finales del s. V a mediados del s. IV a.
C. Las estructuras, muchas veces deterioradas por la plantación de olivos y el paso del arado, son los clásicos empedrados rectangulares, acompañados por cistas, urnas en hoyo y fosas, construcciones todas ellas frecuentes en las necrópolis de esta zona, aunque aquí se detalla especialmente su realización.
Más originales son los mosaicos o empedrados de guijarros que, aún no siendo exclusivos de Cástulo, han sido bien caracterizados allí, debiéndose a los autores la bibliografía TERESA CHAPA BRl' NET más relevante sohre el tema.
La presencia de sepulturas vacías, interpretadas como cenotafios, y las construcciones de 01 rendas, completan el panorama de la necrópolis.
El trabajo se concentra especialmente en aspectos descriptivos, analizando primero las estructuras rituales v de enterramiento -los continentesy luego los materiales -los contenidos-o Se incluye el inventario completo de materiales ~' un dibujo de los mismos con alusión a su número de registro.
En este inventario se alude sintéticamente a las tipologías ya existentes para las descripciones, ~' a la lista de colores Munsell para especificar el tono de las superficies cerámicas.
Las medidas deben extraerse de los dibujos.
A este listado le sigue un estudio breve de los materiales, principalmente cerámicos y metálicos, aunque también se abordan los restos escultóricos, el vidrio, las piezas de juego en hueso, etc. Por último, los autores aluden en la parte final a las cuestiones de ritual, iluminadas por las fuentes antiguas.
Tras la bibliografía se sitúan, a modo de apéndices, los informes que distintos especialistas han realizado sobre los materiales, especialmente cerámica ática (c.
Sánchez y R. Olmos), petrología (F. Mingarro), metalurgia (A. Madroñero y M. N. l.
Herráez) y fauna (G. Molero).
El último anexo lo constituye la localización y descripción de ciertos yacimientos en el área de influencia de Cástulo, llevado a cabo por la propia M. P. García Gelabert, y que centra su interés en contextualizar esta zona de poblamiento ibérico y en esclarecer sus raíces en el Bronce Final.
La valoración global del trabajo es buena en cuanto a descripción y tratamiento de los materiales, agradeciéndose la pulcritud y el rigor en la obtención de la información, que ahora puede ser utilizada por la comunidad científica con toda garantía.
Debemos advertir, sin embargo, que este volumen no aspira a ser más que una simple memoria de excavación, y que no deja de ser chocante que su lugar de publicación sea una serie de difusión internacional, como los BAR.
Esto demuestra dos cosas: primero que los organismos oficiales españoles no funcionan correctamente en cuanto a la difusión de los trabajos que financian, y segundo, que la línea preferente de la editorial de Oxford no es la publicación de un determinado tipo de trabajo científico, sino la consideración del volumen de ventas al margen de los contenidos.
Pensamos que las memorias de excavación deberían ser publicadas -de hecho, y no en teoría-, por los organismos que las han autorizado y subvencionado, mientras que estas series debían dedicarse a sacar trabajos de síntesis, aunque fueran de carácter local.
En cualquier caso, de esta memoria podría esperarse algo más.
Las excavaciones previas de Blázquez y Remesal, y los hallazgos casuales de conjuntos excepcionales como el publicado por Blanco en 1965 permitían enfocar el estudio de este cementerio de forma más global, integrándolo en su propio entorno de Cástulo y en el de las otras necrópolis de la Alta Andalucía.
En Robarinas hay elementos originales, como los mosaicos de guijarro, pero también otros que pueden aportar mucha luz al resto de los yacimientos de la zona.
Los fragmentos escultóricos, de excelente calidad, están reutilizados en las estructuras excavadas, pero los hallados con anterioridad pudieran estar in situ.
Se echa de menos, con todo ésto, un plano general con la situación precisa del conjunto total de tumbas, incluyendo las de 1973 y 1976, que sin duda podría esclarecer éste y otros aspectos, como el pretendido análisis de la articulación interna de la necrópolis.
Aunque los apéndices son muy completos e ilustrativos, no se explica la ausencia de análisis antropológicos, una especialidad ciertamente debatida, pero que sólo conseguirá definir su viabilidad tras la obtención de muestras amplias de comparación.
Asimismo, en el estudio de la fauna, sería interesante saber, por ejemplo, si los individuos representados son jóvenes, adultos o viejos, lo que podría ayudar a la interpretación de ritual de ofrendas.
Los materiales son estudiados yuxtaponiendo paralelos de cronologías diversas, pero en ningún caso se pretende valorarlos históricamente.
De los 9S títulos incluidos en la bibliografía -sin contar la de los anexos-hay sólo 10 referidos a trabajos de fuera de nuestro país, y casi todos ellos se emplean como ayuda en la clasificación de los materiales, o en la búsqueda de coincidencias y cronologías.
Ni siquiera se recogen los libros y artículos desarrollados por el equipo del Colegio Universitario de Jaén, que a través de prospecciones y excavaciones va proporcionando un marco de desarrollo histórico muy sugerente en el que Cástulo -sus materiales, su economía y sociedad, |
RESUMEN En este trabajo se analiza la creciente importancia de la «Arqueología Contextual~, y se realiza una critica de sus presupuestos teóricos y de sus aplicaciones prácticas, señalándose el efecto que puede desencadenar en la Arqueología española.
de la teoria antropológica, la falta de una explicitación de definiciones de conceptos y, en definitiva, la carencia de un verdadero cuerpo teórico-metodológico fueron rápidamente criticados (Yengoyan, 1985).
Paralelamente, algunos discípulos de Hodder estaban planteando sus trabajos dentro de un «marxismo estructuralistall, en una versión bastante peculiar (MiUer y Tilley, 1984).
Los estudios más recientes de esta tendencia corresponden a los libros aquí reseñados de Hodder, Reading the Past (1986), Archaeology 01 Contextual Meanings (1987a), y Archaeology as Long-Term History (1987b), y de Shanks y TiIley, Reconstructing Archaeology (1987a) o Sociai Theory and Archaeology (1 987b ).
A éstos habria que añadir la obra de Miller, Artefacts as Categories (1985) Y el artículo publicado por el propio Hodder en el pasado número de esta revista resumiendo sus planteamientos, y que nos sirve de punto de partida para nuestro comentario (Hodder, 1987c).
COMO ALTERNATIVA A LA NUEVA ARQUEOLOGIA (N. A.)
La Arqueologia Contextual, al surgir en buena medida como rechazo de la N. A., intenta rebatir algunos de los principios y aplicaciones de esta última.
Como señalan Earle y Preucel (1987), sus ataques se han desarrollado en torno a tres puntos básicos de disidencia.
En primer lugar, Hodder señala que la búsqueda de leyes generales del comportamiento humano, objetivo primordial de la N. A. es, sin embargo, un aspecto trivial, puesto que lo realmente importante es la comprensión de contextos que pueden ser únicos.
Señala como ejemplo la inoperancia de los principios generales que postulaban relaciones necesarias entre proximidad geográfica/similitud en la cultura material, o riqueza del ajuar funerario/ estatus del individuo en vida.
Así pues, la N. A. sólo habría dado un barniz erróneamente cientifista a una disciplina que en ningún caso, siempre según Hodder, puede ser valorada como Ciencia.
En segundo lugar, rechaza que las relaciones entre el hombre y su entorno (demografía-medio ambiente-recursos) permitan explicar la variabilidad cultural, que sólo puede comprenderse si, frente a ese aparente determinismo, se valoran tres nuevos aspectos: el individuo, la cultura y la Historia.
El individuo podría revalorizarse intentando penetrar y asumir su mentalidad, en el estilo de los esquemas idealistas de Collingwood.
La cultura, lejos de ser entendida como medios extrasomáticos de adaptación, se considera como «significativamente» constituida y, por lo tanto, sus aspectos simbólicos se convierten en factores clave de su valoración.
Lo subjetivo se imbrica con lo objetivo, constituyendo dos principios inseparables, y la N. A. incurre en un grave error al cercenar el primero y analizar la evidencia desde un «empobrecedoD) y «rutinario» materialismo.
Inclusive en uno de los artículos incluidos en el libro Archaeology as Long-Term History se llega a reivindicar a algunos estudiosos alemanes para los que materiales arqueológicos como los vasos cerámicos, se hacen más inteligibles si su simple presencia no se mediatiza con información sobre su contexto socio-económico (WhitIey, 1987: 14).
Por último, la Historia seria un factor minusvalorado por los especialistas americanos, más ligados a disciplinas antropológicas, que sólo analizan horizontes cronológicos sincrónicos o comparan culturas sin tener en cuenta el factor tiempo.
Para Hodder, la Historia permite comprender el presente, y se convierte en una explicación del mismo, como demuestra en su conocido estudio sobre las calabazas de los llchamus, en Kenia (Hodder, 1986), o en su estudio del yacimiento neolítico de Chatal Hüyük (Hodder, 1987d).
En tercer lugar, a consecuencia del afán generalizador de la N. A., ésta ha dedicado muy poca atención a los grupos minoritarios, únicos o marginados, favoreciendo así los intereses imperialistas de las grandes potencias, especialmente en el caso norteamericano, y constituyendo así una tendencia retrógrada dentro del panorama arqueológico mundial (Trigger, 1984).
Todas estas criticas, sin embargo, se constituyen sin ofertar una alternativa clara y organizada en la que poder insertarse.
Como se señala más adelante, la postura de Hodder y su escuela es siempre ambigua, y presenta numerosas contradicciones.
A pesar de que considera triviales los principios generales, él mismo puede afirmar ocasionalmente estar interesado en ellos (Earle y Preucel, 1987: 526), pero de nuevo su trabajo y su escuela nos exponen lo contrario.
Por otro lado, la valoración del individuo y la simbología, la cultura como contextualmente significativa, es algo imposible de objetivar, y que cae en un inevitable actualismo de carácter mentalista difícil de compartir por diferentes personas (Binford, 1987: 393).
Por último, tanto su reivindicación de la Historia, como su acusación a la N. A. de silenciadora de identidades locales puede contemplarse en España desde perspectivas muy distintas a las que expresa el investigador británico, como veremos al final de este comentario.
En cualquier caso, puede decirse que la A. C. ha combatido con más éxito los errores de aplicación de la N. A. que sus principios teóricos.
LAS INCONSISTENCIAS TEORICAS DE LA ARQUEOLOGIA CONTEXTUAL
El círculo de Cambridge ha tomado como plataforma de debate precisamente el horizonte teórico preparado por sus odiados oponentes hempelianos de la N. A., y es a partir de aquí donde deberia realizarse la critica que proponemos.
La primera superación propuesta por la A. C. es el problema de la relación teoría/práctica, siguiendo una tendencia holística retomada de Kuhn, y asumiendo que la práctica es un todo.
Con ello han abierto una doble perspectiva de difícil valoración al situarse en el límite de la incoherencia epistemológíca.
Primero, porque han abierto una vía hacia el instrumentalismo, lo que supone la aceptación de que el instrumento teórico se mide por su utilidad (Gandara, 1982), y ello les ha llevado a un relativismo particularista en el que la verdad nunca puede verificarse.
Segundo, porque en línea con esta posición pragmática, han dado entrada al marco de las condiciones sociales del presente y su indudable actuación, no sólo en la posición del investigador, sino en el conjunto de la Arqueología.
Por ello, la A. C. se ha encontrado con su primera contradicción, con su primera proposición de inconsistencia epistemológica: evaluar en un mismo campo teórico una posición relativista de rechazo a la verdad y una aceptación de las condiciones históricas del presente -que curiosamente no se cuestionan-sobre el devenir de la Ciencia.
Detengámonos en esta última cuestión porque abre el segundo nivel de análisis o, para ellos, la segunda contradicción a superar: el binomio objeto-sujeto.
Si se produce la imposibilidad de separación del condicionante histórico del presente sobre el sujeto, éste arrastrará su proyecto en la lectura del pasado, pero lo que debiera ser motivo de análisis, motivo de crisis, se convierte en la A. C. en base de su propuesta.
La superación de la alternativa subjetividad-objetividad impide al sujeto no sólo construir la verdad, sino incluso resolver los posibles caminos que le aproximarian a ésta.
El arqueólogo -y la propuesta es de Shanks y Tilley-no podrá ya arrogarse la capacidad de resolver, y deberá permanecer vulnerable y abierto, como un ser contemporáneo inscrito en un mundo ideológico del que no se puede desembarazar.
Se descubre así que lo que subyace en su segunda superación no es sino el reconocimiento del idealismo como posición ontológica y base epistemológica de la teoria (Kent, 1987: 518).
Se ha superado la contradicción decantándose por uno de sus lados: el triunfo del sujeto.
Se explica así el encuentro de Hodder con Collingwood (1986) para quien las actividades que estudia el historiador no son observables, sino experiencias que debe revivir en su espíritu.
Tras ambos se esconde la figura del padre del presentismo, B. Croce, y un Hegel inesperadamente retomado para el idealismo, generando la idea de que no se puede hablar de una Historia, puesto que hay multiplicidad de historias, de tal forma que cada historiador, cada individuo, es creador de su propia historia, y concluimos con Schaff (1976: 133): «Tiene razón quien se pronuncie el último».
Ahora bien, la propuesta a este idealismo decimonónico, o lo que es lo mismo, su aporte post• se abre paso de nuevo en la obra del círculo de Cambridge, y como en c:l caso anterior, genera la segunda inconsistencia teórica.
El individuo, al ser creador de ((SU» historia. debe tomar una actitud militante que le lleva a valorar la Arqueología como crítica v comprometida. tema muy reiterado en los textos de Hodder y su escuela.
En esencia, la A. C. articula un difícil modelo que le descubre. a través del individuo. los grupos sociales. y con este difícil y preocupante paso para el subjetivismo individualista comienza a fijar lo que Hodder define como las ((arqueologías margínales» (feminista. indígena. etc.). pero no como forma de conocimiento de la realidad. sino como visiones del mundo que hay que incorporar a la nueva tipología de Arqueologías.
Como dice Thompson (1981: 72). y el tema vale para la Arqueología feminista. un libro de Historia no es erróneo para el feminismo porque lo escriba un hombre o porque no se hable de la mujer, sino por los planteamientos conceptuales inadecuados que se plantean o porque se apele a una elección de valores y no a la lógica histórica.
Este salto en el vacío en el que no se ha artkulado el papel del individuo y su grupo (clase social. etnia, género). unido a la posición comprometida que se especifica en la arqueología ((flO como una forma de trabajar sino de vivin.
1987a: 67) abre en un paso más el acceso al marxismo. pero no sólamente tomado del historicismo de la Teoría Crítica tipo Marcuse (1968: 15) sino incluso del propio Althusser. a quien se le llega a aceptar en última instancia (Shanks y Tilley.
La tercera superación dialéctica se especifica en la dicotomía del presente y pasado.
Sin entrar en detalle de lo que ello representa. puesto que ya ha sido tratado. estamos ante la superación del tiempo.
Recuérdense las propuestas de Shanks y Tilley sobre la exposición de los objetos en los museos, y los pretendidos ejemplos seleccionados y atemporales de los trabajos de todo el grupo.
Sin embargo. este rechazo de lo temporal por un presente que todo lo impregna se enfrenta a la imperiosa defensa de la tradición histórica defendida por Hodder.
El problema se traslada claramente al concepto de Ciencia que la A. C. expresa.
Su rechazo de la verificación, del probabilismo -rechazo de la matemática en Arqueología-. incluso del falsacionismo popperíano. por el anar• quismo metodológico del tipo Fereyembach: «todo vale..
Por ello. no existe manera de determinar qué es lo científico e ideológico salvo en la práctica. y en muchos casos se renuncia a tal necesidad porque es ilusorio intentar encontrar leyes. lo que supone. de hecho. un rechazo del conocimiento objetivo.
Así. es inconsistente la propuesta de Shanks y Tilley de fijar la Arqueología como una Ciencia del pasado y del presente. dialéctica e informada hermenéuticamente.
La respuesta a esa incongruencia podría justificarse en la vinculación de estos autores a un separatismo relativista del tipo: puede definirse una Ciencia Natural, pero ésta sería siempre diferente a la Social (Gandara.
Sin embargo, conviene valorar que la inconsistencia que citamos no está tanto en la vinculación al relativismo. sino en el hecho de la fijación de una Ciencia posible cuyo acceso al conocimiento es negado. y todavía más. la posición de un Hodder que no niega la existencia de leyes generales.
En definitiva. las tres inconsistencias denotan la falta de un cuerpo teórico donde sean demarcadas las cuestiones epistemológicas. las estrategias metodológicas. los objetivos y hasta el propio planteamiento de veracidad, de un modo no ya criticable desde otro paradigma. sino desde el propio de la A. C. Para tratar de evidenciar cómo estas inconsistencias se reflejan en los trabajos concretos del grupo, destacaremos algunas de sus características generales y sus limitaciones.
1) La A. e es una Arqueología de ejemplos.
Una Arqueología de ejemplos convenientemente buscados y seleccionados para probar que la cultura está significativamente constituida. y que los símbolos son lo más importante.
Como ha dicho explícitamente Hodder (1987d: 43) la A. C. depende de buenos datos y por ello lo mejor es re-estudiar casos bien documentados, con lo cual difícilmente se pueden desarrollar proyectos de investigación más allá del ensayo-ejemplo.
El lector que a priori no comparte las ideas de Hodder puede llegar a encontrar irritante la lectura de Reading the Past porque el autor sistemáticamente utiliza ejemplos escogidos para resaltar las limitaciones de la N. A. o sugerir que las cosas pueden ser de otra manera.
Pero su aproximación -aparte de las vagas reivindicaciones del individuo, el contexto y la historia-no ofrece un cuerpo teórico-metodológico explícito':1 riguroso.
Como consecuencia de las múltiples cntlcas recibidas estos últimos años (Yengoyan, 1985; Kohl.
Meanings (1987a) Hodder ofrece definiciones de los términos empleados por los contextuales en poco más de tres páginas, que mucho nos tememus serán ampliamente citadas en el futuro como prueba de que sí existe un cuerpo teórico-metodológico.
Al pasar a definir el análisis contextual parece que el esfuerzo anterior fue excesivu, y comienza iuna vez más! con un ejemplo, para terminar asegurando que el camino a seguir es continuar buscando similitudes v diferencias, descubriendu las redes cumpletas de asociaciunes y contrastes, y al mismo tiempo emplear la intuición, la imaginación ~. la analugía para dar sentidu a la información contextual (Hodder, 1987e).
2) La noción de Arqueología de los contextuales es muy amplia, y desde luego en muchas ucasiones un prehistoriador afirmaría contundentemente que muchos estudios no son estrictamente arqueológicos.
La razón es sencilla, el descubrimiento de las asociaciones contextuales y de los significados de los símbolos es más fácil en casos históricos donde la iconografía y los textos escritos ayudan mucho a esa tarea (Small, 1987).
Por ello no es casualidad que la mayoría de los ensayos con textuales se refieran a etnoarqueología o arqueología históríca, llegando a casos extremos, pues a muchos les podria parecer muy poco arqueológíco el estudio de Crawford (1987) sobre la relación entre la iconografía religiosa y los retratos familiares en un pueblo actual de Chipre.
Incluso los que se clasifican como Arqueología prehistórica también resultan excesivos, y es el caso de Merriman (1987) quien afirma haber escogidu un caso específicamente arqueológico, y lo que hace es una revisión estrictamente histul"Íográfica del supuesto concepto de un «espíritu céltico», para acabar asegurando que con argumentos lógicus y ajustamientu a lus datus se pueden inferir valores y motivaciones en Prehistol"Ía (!!).
El estudiu de Gibbs (1987) subre un tema favoritu de los contextuales, la identificación de género en los datos arqueulógicos es absulutamente típico, al buscar elementos adscribibles a hombres y mujeres a partir de los datos funeral"Íos, y falla estrepitosamente cuando pretende infel"Ír asociaciones de género en otros contextos cumo el doméstico, donde todo deviene ya en meras posibilidades o especulaciones.
Así, el desarrollo de una decoración cerámica más elaborada podría ser una forma de discurso silencioso entre mujeres y un medio de llamar la atención sobre su rol en la preparación de la comida y la producción de cerámica, y además es posible que la decoración fuera también empleada para señalar tipos específicos de vasos asociados a hombres o mujeres (Gibbs, 1987: 88).
En fin, en uno de los trabajos más recientes de Hodder (1987d) sobre Chatal Hüyük y los orígenes de la agricultura, el autor confiesa al final que no ha sido capaz de captar las dimensiones psicológicas y emotivas del material de ese asentamiento, lo que debiera ser el objetivo último de la Arqueología (¿de una «arqueología psicológico-afectiva»?).
Algunos preferimos no llegar tan lejos y emplear otras aproximaciones menos «profundas».
LA ((NOVEDAD» DE LA ARQUEOLOGA CONTEXTUAL EN EL AMBITO DE LA INVESTIGACION ESPAÑOLA
En el mundo anglosajón la A. C. ha supuesto una nueva opción frente al materialismo propugnado por la N. A., y ha dado cauce a todos aquellos estudios que se centraban en aspectos simbólicos, relegados por la Arqueología sistémica o procesual.
Junto a la disidencia teórica se acumulaban también importantes cargas de rechazo a unos procedimientos que no siempre se ajustaban a los principios que les sustentaban, y es cierto que los grupos indígenas o marginales han podido identificar a la N. A. con el imperialismo occidental. y que los propios arqueólogos europeos han considerado que la complicación en los sistemas instrumentales desarrollados por la N. A. no compensaba la balanza de los resultados obtenidos en sus estudios.
Sin embargo, pensamos que si bien la N. A. es, como todo, criticable, el ataque que de ella se ha hecho es superficial. y que está fundamentalmente al servicio de la continuidad en una visión tradicional de la Arqueología.
Concretamente en el caso español. este segundo aspecto es especialmente apreciable.
La tradición normativista mantenida, salvo excepciones, hasta el momento actual. ha primado siempre un empirismo -supuestamente independiente de la teoria-en el que el mundo «material,. y el «simbólicoll eran accesibles en igual medida (Martínez Navarrete, 1988), y en el que los procedimientos de ~rabajo eran más intuitivos que explícitos.
La N. A. ha influido basicamente en un refinamiento de los sistemas de obtención y tratamiento de los datos, disociados de sus fundamentos primeros.
Sin embargo, su uso continuado y el desarrollo ocasional de proyectos con una base explícitamente materialista han hecho a muchos ser conscientes de que su método de trabajo era vulnerable.
En este marco, en el que empieza a apreciarse un sentimiento creciente de que son los presupuestos teóricos los que deben regir toda investigación empírica, el impacto de la A. c., con su rechazo del materialismo, su carácter particularista, su pretendido acceso al simbolismo y su defensa de la Historia como factor explicativo, no hace sino permitir a la investigación una vuelta a sus hábitos -defectos-tradicionales, con la justificación de estar a la última moda llegada del mundo anglosajón.
La diferencia mayor está en que la escuela con textual se ha esforzado en exponer repetidamente sus creencias y formas de trabajo, mientras que la investigación peninsular sigue siendo hermética en cuanto a los principios que la rigen.
Por ello, nunca se insistirá bastante en la necesidad de que toda investigación busque un marco teórico coherente, sea el que sea, puesto que sólo así podrá constituirse un debate en el que se clarifiquen las posturas, y con ellas, los procedimientos de trabajo. |
RESUMEN El trabajo coincide parcialmente con la comunicación presentada al ~Colloque International d 'Art Parietal Paléolithique» celebrado en Perigueux-Le Thot, en diciembre de 1984.
Se analizan las respuestas tecnológicas contenidas en un área de decoración de la cueva de Tito Bustillo (Asturias), así como las actividades en áreas de estancia relacionadas con la preparación y ejecución del arte parietal.
El arte rupestre es un aspecto del comportamiento cultural de las poblaciones paleolíticas, relacionado con la práctica totalidad de las actividades realizadas en los espacios subterráneos, y consecuentemente, con los vestigios conservados de las mismas.
Una imaginaria estación que haya sido utilizada como asentamiento de manera ocasional o relativamente prolongada puede permitir. conocer una importante cantidad de actuaciones relacionadas de forma directa o indirecta con la ejecución del arte parietal: los desplazamientos por su interior, la preparación y ejecución de las obras de arte, su iluminación, el acceso a los paneles, la propia utilización de la cueva como asentamiento y las actividades ejecutadas en el mismo.
Sin embargo, pocas veces ha sido posible establecer una conexión inmediata entre vestigios mobiliares y figuras parietales en áreas de decoración.
Muchas veces la ausencia de datos se debe a procesos de degradación natural o a su propia inexistencia, mientras que en otras han pasado desapercibidos, o han sido destruidos o no valorados científicamente como consecuencia de actuaciones incontroladas o falta de una auténtica planificación científica.
El caso de la cueva de Tito n Museo Arqueológico Nacional.
Madrid. rO) Universidad de Cantabria.
Bustillo (Asturias) puede considerarse ciertamente excepcional, al menos en lo que concierne a la conservación de un pequeño nivel arqueológico al pie del panel principal de las pinturas polícromas.
Esta comunicación pretende dar a conocer algunos resultados obtenidos en el área de decoración de la cueva de Tito Bustillo, dentro del proyecto de investigación actualmente en curso.
Para ello se parte de un esquema global de la distribución y repartición del espacio subterráneo, que posteriormente intentaremos ejemplificar con esa cueva cantábrica, • 0 _ _ _ _ _ _ --.;.5.
Cuando se habla de cuevas paleolíticas tiende a pensarse en dos tipos de manifestaciones en otras tantas zonas o áreas: las áreas de estancia y los paneles o sectores decorados, que pueden coincidir topográficamente o no. En este último caso, entre ambas se pueden encontrar una serie de vestigios de tránsito o acceso que representan el desplazamiento humano de una zona a otra o, simplemente, eventuales exploraciones de finalidad desconocida, por el ambiente subterráneo.
Utilizando un lenguaje ya consagrado, entre otras en la obra de Rouzaud (1978), podemos diferenciar tres grandes ámbitos: áreas o espacios de estancia, de tránsito y de decoración.
Las áreas de estancia
Normalmente, la idea de área de estancia se asocia a un asentamiento más que ocasional. relativamente prolongado (quizá estacional o, raramente, semipermanente) y situado por lo general en zonas exteriores o inmediatas a la entrada de la cueva.
La duración del asentamiento y, en su caso, su funcionalidad específica dependen, fundamentalmente, de las condiciones naturales del yacimiento y del territorio, pero, en todo caso, se salen ampliamente del tema objeto de esta ~omunicación.
En la obra ya citada de F. Rouzaud (1978: 10) se distinguen tres posibles ubicaciones de acuerdo con el carácter exterior o más o menos profundo de la posición exacta de estas áreas de estancia: zonas de luz de día, de penumbra o de oscuridad total.
En cualquiera de estas situaciones, puede coincidir o no con las áreas decoradas, lo que implicaría aludir a paneles o «santuarios» exteriores o, en mayor o menor grado, profundos.
Los materiales arqueológicos y paleontológicos presentes en las áreas de estancia en la mayor parte de las casos, son representativos de actividades muy diversificadas, cuya importancia relativa está en función del tipo de asentamiento, época del año (estacionalidad) o de la propia variabilidad interna del yacimiento.
Simplificando enormemente la cuestión, podría hablarse de cuatro grandes grupos de actividades representadas en los restos de ocupación: actividades de subsistencia (restos de cocina, hogares, etc.), actividades relacionadas con la tecnología de la piedra o del hueso, fabricación de objetos de arte mueble, y preparación de materíales o instrumentos relacionados con la ejecución del arte parietal.
A todas ellas habría que añadir no sólo las representadas por una larga serie de objetos o restos cuya función resulta imposible por ahora de establecer, sino también todas las relacionadas con materiales perecederos, que no se conservan o sólo pueden ser estudiadas a través de evidencias latentes.
Ocasionalmente, algunas estructuras difíciles de interpretar han sido relacionadas con actividades de tipo ritual, como se ha apuntado que puede ser el caso de El luyo (González Echagaray y Freeman, 1981) o ErraBa (Altuna, Baldeón y Mariezkurrena, 1984), aunque al menos en el primero de estos yacimientos tal vez algunos de los elementos no explicados pueden relacionarse con la tecnología del asta.
Las actividades de subsistencia parece que de alguna manera son las que mejor definen un área de asentamiento, aunque su análisis se aleja del objeto de este texto.
Por el contrario, no siempre en estos asentamientos se realizan todas las actividades relacionadas con la tecnología de la piedra y del hueso.
La extracción y talla de material litico parece más bien propia de los yacimientos clasificables en la categoría de taller, mientras que no siempre es posible detectar la transformación «in situ» de productos de talla en útiles.
En varios yacimientos cantábricos se ha podido documentar el almacenamiento de material óseo, y específicamente de asta de ciervo, para la fabricación de utensilios.
Parece claro que para estas actividades fueron recolectadas astas provenientes de la muda estacional, pero, obviamente, también fueron utilizadas las procedentes de animales capturados.
Los ejemplos'de ambas situaciones son relativamente numerosos.
En yacimientos como El luyo o Rascaño (Cantabria) (González Echegaray y Barandiarán Maestu, 1981) aparecen astas que conservan la roseta por la que se produce la caída anual.
En otros casos, los restos de cráneos de cérvido con el arranque de sus defensas intacto demuestran que fueron abatidos por o para su aprovechamiento. total.
Objetos de arte mueble bastante conocidos, como el «bastón de mando» de la cueva de Tito Bustillo, está claro que fueron realizados a partir de una cuerna de animal capturado, pues la superficie trabajada y decorada implica tanto la rama principal como el tramo situado entre la roseta y el cráneo (Moure-Romanillo, 1974: 848).
También se encuentran frecuentemente documentados restos de extracción de varillas corticales de asta por el procedimiento de las estrías o ranuras paralelas (Mons, 1972; Newcomer, 1977: 294-295) en varios yacimientos cantábricos, como Rascaño (González Echegaray y Barandiarán Maestu, 1981: 152), La Paloma o la propia cueva de Tito Bustillo.
No faltan puntualmente ejemplos de utensilios de hueso o asta en proceso de fabricación, como una espátula de Tito Bustillo (Moure Romanillo, 1982 a), restos tecnológicos de extracción de agujas, caninos de ciervo grabados con la preparación previa al taladro del orificio de suspensión, o incluso azagayas y varillas con la punta o el bisel apenas iniciados.
La casi totalidad de los objetos dI.' arte mueble aparecen también en las áreas de asentamiento.
Dado que un elevado porcentaje procede de excavaciones antiguas, resulta sumamente difícil hacer apreciaciones acerca de su localización exacta dentro de la superficie excavada.
No obstante, determinados tipos de soportes y/o de objetos, aparecen ell emplazamientos, concentraciones o estructuras intencionales y no siempre fáciles de interpretar.
Destaca el caso de las plaquetas de piedra -decoradas o no-que se localizan en zonas muy delimitadas de los yacimientos o incluso formando auténticos pavimentos o empedrados, como es el caso de Enlene (Bégouen y CloUes, 1983), Tito Bustillo (Moure Romanillo, 1982 b: 5-6) o Urtiaga (González Sainz, 1984) en yacimientos en cuevas, aunque el fenómeno también está representado en lugares al aire libre como G6nnersdorf (Bosinski y Fischer, 1973).
Con independencia de su posición dentro de la estruct ura de habitat, o de los procesos de ejecución, utilización del espacio, relación temas-soportes, etc., en el contexto del arte páleolítico, uno de los aspectos más tratados y controvertidos ha sido el de las relaciones estilístkas entre arte rupestre y arte mueble.
Posiblemente este último aspecto deba ser analizado entre la<; actividades de área de asentamiento relacionadas, aunque sea de manera indirecta, con el arte parietal.
Además de los paralelos, ciertamente evidentes, en técnicas, temas y convencionalismos entre figuraciones mobiliares y figuraciones rupestres, algunos autores han interpretado que las representaciones mobiliares, especialmente las situadas sobre soportes planos, han servido como «modelos» o esquemas previos a su ejecución sobre las paredes de las cuevas (Obermaier, 1925: 267; Almagro Basch, 1976: 71-74).
Las coincidencias en estilo y convencionalismos entre ambos tipos de manifestaciones artísticas en un mismo yacimiento ya han sido observadas en Ahamira (Breuil y Obermaier, 1935: 93-113), El Castillo (Almagro Basch, 1976) Y González Sainz (1984) evoca claramente el empleo del campo manual en los paneles decorados.
Por otra parte, la dispersión geográfica de objetos muebles muy similares o casi idénticos en un área Dentro de estas actividades relacionadas con d arte rupestre, sin duda los testimonius más significativos proceden de los propios materiales de preparación. de lus colorantes ya elaborados y dd material lítico eventualmente empleado para el grabadu.
En un buen número de áreas de ocupación son frecuentes los hallazgus dL' materiales culorantes en estado bruto.
Los colores rojos proceden de hematites. variedad terrosa de uligistu. comúnmente conocida como «ocre rojw> que se presenta en ma\or o menor grado asociada a arcillas.
El amarillo es variedad terrosa y amarillenta de limonita (sesquióxido hidratadu dL' hieITo) llamada también. simplemente. ocre.
La «pirolusita» es una furma natural de bióxido de manganeso con gran capacidad de pigmentación negra, y la coloración blanca proviene del caolín o arcilla.
Algunos fragmentus comportan estrías procedentes de su tratamiento y preparación. presentando varias caras facetadas que le dan un aspecto poliédrico, por lo que a veces han recibido el nombre de «lápices» o «tizas» (Lám. n, 2).
Resultan especialmente ilustrativos, en cuanto a tipo de colorantes brutos o con huellas de utilización y a los procesos de alteración que pueden intervenir en los mismos, los estudios realizados sobre materiales de Lascaux, por Glory (1958) y Couraud y Laming-Emperaire (1970), y los de San Juan (1985) sobre varios yacimientos de Cantabria.
Los instrumentos más frecuentemente relacionados con la preparación de los colorantes reciben el nombre de «morteros», «machacadores» y «yunques», unas veces por simple reflejo de la terminología al uso en tecnología de la piedra y, otras por estudios de tipo funcional. pero siempre con una acentuada dosis de subjetivismo.
En todo caso suelen identificarse con relativa frecuencia bloques o cantos rodados con huellas de raspado o percusión y con restos de los materiales colorantes antes mencionados (Laming-Emperaire, 1964: 110).
En el Magdaleniense Superior de la cueva de Tito Bustillo han sido clasificados como machacadores de ocre algunos cantos aplanados con huellas de raspado en ambas caras y de percusión en los bordes (Maure Romanillo, 1975: 27, lám. 22.1.)
C. Perles señala también la utilización del fuego para la preparación y transformación del ocre.
Determinadas tonalidades proceden de someter este material a temperaturas elevadas.
Por ejemplo, el ocre rojo puede derivar de la combustión del ocre amarillo a temperaturas en torno a 250 grados centígrados (Perlés, 1977: 117).
Hay también evidencias ciertas de la existencia en las áreas de asentamiento de auténtica pintura, es decir, el polvo de color ya mezclado con algún tipo de aglutinante.
Con frecuencia se presenta en forma de manchas intercaladas en los estratos, lo que no siempre permite discernir si pueden proceder o no de procesos tecnológicos o son consecuencia del azar.
En otros casos puntuales su disposición intencional es evidente: sobre bloques, yunques, «paletas» o recipientes naturales.
Entre los primeros son especialmente relevantes dos ejemplos cantábricos, el de la Galería A de la cueva de La Pasiega (Puente Viesgo, Cantabria), posiblemente dejado «in situ» sobre una cornisa natural en un galería intensamente decorada, o el de la capa 1 a de la cueva de Tito Bustillo (Ribadesella, Asturias), descubierto en el curso de la excavación sistemática y asociado a materiales del Magdaleniense con arpones (Moure Romanillo, 1975: 27).
Las llamadas «paletas» son obviamente objetos de menor tamaño y superficie generalmente aplanada, como las piezas de caliza y esquisto de Lascaux (DeHuc, 1979), o una plaqueta con colorante y huellas de utilización (oligisto con arenisca) de Tito Bustillo.
Entre los recipientes con colorante más mencionados en la literatura científica, ya desde los tiempos del descubrimiento de Altamira (Sanz de Sautuola, 1980) destacan las conchas de algunos moluscos, especialmente del género Patella.
Estudios recientes sobre los materiales procedentes de las excavaciones antiguas de Altamira indican la presencia en esas conchas de pintura roja consistente en hematites blanca, en cuya composición interviene arcilla micácea y cuarzo, posiblemente ambas más como colorante que como aglutinante (Cabrera Garrido, 1978).
En el caso de Tito Bustillo, yacimiento al que volveremos más adelante, el análisis de pigmentos en alguna Patella indica la presencia de hematites micácea.
Finalmente, y siempre sobre la base de materiales no perecederos, las áreas de asentamiento proporcionan una ingente masa de industria de piedra tallada, parte de la cual se supone que eventualmente ha podido ser utilizada para el grabado, ya sea sobre objetos mobiliares o sobn.: paredes de la cueva.
La ausencia de procesos de talla en las proximidades de los paneles decorados, parece indicar que esta manipulación se efectuaba en otros sectores de la cueva, o en talleres ajenos a ésta.
Tampoco es sencillo establecer una relación funcional entre determinadas categorias de útiles y la decoración de las paredes.
Tradicionalmente el grabado parietal se relaciona con los buriles, pero las experiencias de Lascaux parecen indicar que esto no siempre tenía que ser necesariamente así (Allain, 1979: 117-119), mientras que en Tito Bustillo, como describiremos más adelante, se detectan procesos de reavivado (golpes de buril) con huellas de haber sido empleados sobre superficies pintadas.
En todo caso, el estudio funcional de material lítico de un yacimiento presenta de por sí las suficientes dificultades como para poder reconocer una utilización relacionada con el arte parietal.
Estas eventuales relaciones resultarian aún más difíciles de estimar en el caso de una coincidencia topográfica entre el área de ocupación y el área de decoración, como sucede en los llamados ((santuarios exteriores».
Este acercamiento a las actividades realizadas en áreas de asentamiento, debe lógicamente terminar reconociendo la imposibilidad de delimitar exactamente la mayor parte y de acercarse, siquiera remotamente, a otras muchas.
En primer lugar, existen numerosos ejemplos de estructuras artificiales, no sólo de hogar, sino también de habitación (cabañas, muretes, cerramientos) o de función desconocida.
Entre estas últimas cabria introducir las consideradas como «rituales» como puede ser el caso de las recientemente descubiertas en la cueva de El luyo (Cantabria) (Freeman y González Echegary, 1981), Erralla (País Vasco) (Altuna, Baldeón y Mariezkurrena, 1984) o la fosa con una escultura femenina de Tito Bustillo (Moure Romanillo, 1982b: 5-7 y 1984).
A todo ello habria que añadir un larga lista de actividades o construcciones en materiales perecederos, que pueden detectarse de forma latente o, simplemente, pasar desapercibidas.
Los espacios y áreas de tránsito
Como su propio nombre indica, los espacios de tránsito se caracterizan por su carácter intermedio, de circulación ocasional por el interior de las cuevas.
En el esquema más frecuente de una cueva decorada representa el espacio a recorrer entre el área de asentamiento (normalmente en la entrada, en zonas de luz exterior o de penumbra) y las zonas de arte parietal, que salvo en el caso de los llamados ((santuarios exteriores)) (abrigos y zonas de entrada a las cuevas, como La Haza y Pasiega B) o de penumbra, como Altamira, se encuentran en zonas de absoluta oscuridad.
Los vestigios de actividad humana más frecuentes pueden agruparse en cuatro grandes apartados que integran las trazas físicas de desplazamientos, las indicaciones o referencias de itinerario, los hallazgos aislados -casuales o intencionales-y los testimonios de detención o aprovisionamiento.
El desplazamiento por las áreas de tránsito se testimonia a través de huellas o improntas humanas, pero también de los restos de iluminación y de eventuales roturas intencionadas de. formaciones naturales para permitir el paso.
Las huellas se presentan bajo la forma de improntas de pies, manos o de resbalones y deslizamientos.
Hay ejemplos muy conocidos en numerosas cuevas decoradas o no, Tuc d'Audoubert, Montespan, L'Aldene, Fontanet, Niaux (Reseau Clastres) y Pech Merle, en Francia, o Cueva Palomera, del complejo de Ojo Guareña (Burgos, España); ésta última en el contexto de unos restos de posibles antorchas datados por C-14 de los que se hablará más adelante.
Recientemente ha sido localizado otro grupo de improntas de pies y manos en una cueva sin yacimiento arqueológico de la provincia de Palencia (España), y cuya localización exacta no ha sido dada a conocer por ahora, para evitar un posible riesgo de deterioro (Lám.
Salvo en un caso de Fontanet, siempre se trata de pies desnudos.
Por lo que puede suponer en relación con el significado del arte parietal, conviene señalar la presencia de huellas infantiles, lo que parece excluir la reserva de estas zonas para individuos de alguna manera iniciados.
Los vestigios relacionados, directa o indirectamente, con la iluminación de las áreas de tránsito son tan escasos como variados: restos de antorchas o de «tizonazos»», diferentes tipos de lámparas, hogares de iluminación, etc. Como sistema más simple, el empleo de antorchas es también el más probable.
No obstante, el carácter perecedero del material utilizahle hace que la información sea escasa.
Los testimonios indirectos más antiguos, fechados en el Paleolítico Medio, proceden de la cueva italiana de Toirano, y se encuentran en relación con una serie de improntas de pies atribuidas a la misma época.
En la práctica totalidad de los casos los vestigios se reducen a «tizonazos»» o manchas en suelos y paredes cuya relación con antorchas no siempre es evidente.
En la cueva de Aldene algunos fragmentos de madera quemada han sido identificados como pertenecientes a enebro (Juniperlls cmmmi<;), al que los estudios experimentales atribuyen una mayor eficacia como fuente de iluminación (Perles, 1977: 66-67).
En España, la madera quemada procedente de antorchas y descubierta en la «galería de las huellas» de Cueva Palomera, antes citada, proporcionó una datación absoluta de 15.600 BP (Almagro Gorbea, 1974: 281; Bernaldo de Quirós y Moure Romanillo, 1978: 22-23).
Menos problemática parece la cuestión de las «lámparas» paleolíticas, aunque la variedad y subjetividad de los criterios de clasificación, basados en la presencia de una concavidad y/o restos de combustión implica que exista un buen porcentaje de atribuciones más que discutibles.
Los ejemplos de su presencia son relativamente puntuales, y un elevado número de ejemplares, seguros o dudosos, tiende a concentrarse en yacimientos como Lascaux o La Gerenne de Saint Marcel (AHain, 1965;B. y G. DeHuc, 1979).
Una amplia documentación crítica sobre el tema puede encontrarse, además de en las obras citadas, en los trabajos de A. Roussot y S. de Beaume (1982Beaume ( -1984) ) Y en especial en la tesis doctoral de esta última (Beaume, 1987).
Intentando simplificar al máximo el problema, puede admitirse la posibilidad de lámparas fijas o estables en el caso de ejemplares de gran tamaño, como los de Saint Germain la Riviere, Flageolet 11, La Ferrassie, Lascaux, etc. (Beaume-Romera y Roussot, 1983), aunque en la práctica totalidad de los casos se trata de objetos móviles.
A su vez, estos materiales portátiles pueden clasificarse en dos grandes grupos según se trate de ejemplares trabajados o esculpidos hasta obtener una especie más o menos cóncava, o de objetos naturales, que por lo general consisten en plaquetas de piedra, geodas, o cantos con alguna depresión.
Los estudios cromatográficos y espectrográficos realizados por A. Bourgeois en el marco del trabajo de S. Beaume-Romera indican la presencia de vestigios de carbón de madera, preferentemente resinosa, así como de grasa animal y de líquenes de musgo, utilizados verosímilmente estos últimos como mecha (Beaume-Romera 1984).
El análisis de un ejemplar de Les Fees señala la presencia de restos carbonosos identificables como grasa de suido o similar (Roussot y Beaume-Romera, 1982: 377).
Resulta especialmente relevante la procedencia o ubicación de estas piezas, que -como señala tambien S. de Beaume-Romera-en un setenta por ciento de los casos proceden de lugares al aire libre o de zonas poco profundas de las cuevas.
Un papel similar al de las lámparas fijas -aunque obviamente no el único-sería desempeñado por hogares destinados en exclusiva o parcialmente a la iluminación.
Su importancia también ha sido discutida y en muchas ocasiones no resultan fáciles de discriminar de los hogares de combustión relacionados a otras actividades (cocina, fuente de calor, preparación de colorantes o tecnología de la piedra).
La funcionalidad y viabilidad de los hogares como elemento de iluminación parece fuera de duda incluso en los empleados también en otras actividades domésticas o tecnológicas.
Aquellos que estaban exclusivamente destinados a proporcionar luz pueden ser identificados por su estructura (tamaño, ausencia de piedras, muretes u otros elementos que pudieran ocultar el fuego), por la falta de vestigios de otras actividades (huesos, ocre, sílex) o por su posición en zonas profundas previsiblemente no habitadas.
En el interior de Le Portel y Marsoulas hay numerosos hogares dispersos que tal vez hayan sido utilizados como fuente de luz y/o para «repostan las lámparas o las antorchas (Beaume, 1987: 52).
De manera más esporádica aparecen en otras cuevas pirenáicas, como Labastide, Mas d' Azil, Montespan y Tuc d'Audoubert.
Algunos de ellos conservan restos de cocina, testimonio sin duda de un ocasional consumo «in sitw>, y a veces han sido localizados en las proximidades de zonas decoradas de las que se hablará más adelante.
A todos estos vestigios de desplazamiento habría que añadir la rotura de formaciones naturales (estalactitas. estalagmitas, suelos, etc.) con el fin de facilitar el paso a lo largo de la cavidad.
Hay además un buen número de señales de itinerario que pudieron actuar como indicaciones.
Podrían definirse como un conjunto de modificaciones de origen humano destinadas a establecer referencias de orientación y/o circulación, barreras artificiales, o medios para superar accidentes naturales.
Sin duda los más espectaculares son los balizamientos, de los que se han conservado escasos ejemplares, pero que muy probablemente se verían aumentados por un número considerablemente mayor en materiales perecederos.
Destacan los de la sala de los macarroni de Tuc d'Audoubert y otros diez ejemplos claros referenciados por Clottes y Bégouen (1981: 175).
Algunas figuras tradicionales interpretadas como signos podrían también serlo como referencias topográficas.
En varios lugares del sector oriental de la cueva de Tito Bustillo (Asturias) aparecen trazos pareados o puntuaciones en el arranque de pequeñas galerías decoradas.
Trazos y signos más complicados, siempre en color rojo, indican por ambos lados el acceso al ~~camarín de' las vulvas» (Balbín y Moure.
Tal vez tengan un significado semejante un grupo de puntuaciones. trazos pareados y digitaciones de la cueva de La Cullalvera (Cantabria) que contiene figuraciones situadas a más de 1.200 metros de la entrada.
Un papel similar pueden jugar algunas roturas no fortuitas y no relacionadas con el acceso. de estalactitas, que eventualmente llevan trazos o restos de pinturas, como en el caso de La LIoseta y de la ya mencionada cueva de Tito Bustillo (Balbín y Maure, 1981: lám. VI), o las roturas intencionales señaladas por Camps (1972: 145).
En ocasiones los fragmentos pueden aparecer formando pequeñas acumulaciones o incluso columnitas, como en el Salle Nuptialle de Tuc d'Audoubert.
También pueden considerarse como una parte del itinerario las barreras artificiales que aísla n determinados sectores de una cueva.
Puede ser el caso del murete que separa Trois-Freres y Aven (Clottes y Bégouen, 1981: 160), o quizá el cierre de una de las galerías de la cueva de La Pasiega (Galería C) (Breuil, Obermaier y Alcalde del Río, 1913; González Morales y Maure Romanillo, 1984: 35).
Aunque en este caso no pueda afirmarse su cronología paleolítica, existe una barrera, al parecer artificial, entre Kaite 1 y Kaite n, del complejo de Ojo Guareña (Uribarri y Liz, 1973: 175-184).
A lo largo de las áreas de tránsito no son infrecuentes los hallazgos de fósiles físicos o culturales, cuya presencia resulta imposible de explicar por causas naturales.
Aunque es dificil establecer barreras dentro de estructuras naturales como las cuevas, cuya utilización ha estado bastante diversificada, se entiende que en este caso se hace referencia a los descubrimientos ubicados en áreas de itinerario (progresión, detención), y no en lugares de aprovisionamiento o de ejecución de obras de arte parietal.
Cuando se trata de material arqueológico, suelen ser clasificados como ocultaciones o «escondrijos» pero tampoco es sencillo diferenciar esos ~(atesoramientos» de las pérdidas accidentales.
El criterio tradicional de incluir entre los primeros los objetos menos comunes. o de mayor valor artístico es excesivamente simplista, y aunque esa pueda ser una de las explicaciones, no hay que dejar de lado el carácter casual de muchas situaciones, o la posibilidad de que fuesen -simplemente-depositados en un lugar determinado con intención de una posterior recogida y reutilización, sin que esa, por cualquier motivo, fuese posible (Clottes y Bégouen, 1981: 181-182).
Por otro lado, ninguna de las posibles posibilidades contempladas: ocuItamientos o escondrijos, pérdidas y restos paleontológicos sin explicación natural, puede ser excluida en áreas de. estancia, o en las propias zonas decoradas.
Por desgracia, la mayor parte de las cuevas con arte rupestre no han sido objeto de una detenida prospección que, eventualmente pudiera indicar la presencia de vestigios de este tipo.
En unos casos ello puede atribuirse a la antigüedad de los descubrimientos, en épocas en que la documentación del arte parietal estaba comenzando y en las que, obviamente, existía otro tipo de prioridades en la investigación.
En descubrimientos más recientes hay sin duda que achacarlo a una ausencia de planificación científica, a un trasiego excesivo y no dirigido de exploradores, o a la excesiva precipitación por facilitar el acceso masivo a las cavidades subterráneas.
No obstante, hay ejemplos en yacimientos franceses y españoles que presentan asociaciones más o menos cerradas de material arqueológico, paleontológico e incluso paleoantropológico, que pueden considerarse como ocultaciones o escondrijos.
En el primer grupo destacan los depósitos de Labastide, con cinco hojas de sílex (Glory y Simonnet, 1947); Bébeilhac, tres hojas y dos azagayas de asta (Martel, 1955); Mas d'Azil, cuatro hojas y un arpón magdaleniense (Meroc, 1949); Trois-Freres, tres hojas (Degouen, 1933); Montespan, una decena de piezas líticas y una punta ósea (Trombe y Dubuc, 1947), una plaqueta decorada de Troís Freres, azagaya, hojas y hojitas de Enlene (Clottes y Bégouen, 1981: 156), una azagaya sobre una comisa o grieta, aún inédita, de la cueva cantábrica de La Clotilde y toda una serie de situaciones difícil de separar de las pérdidas puramente accidentales.
La mayor dificultad reside en su datación excepto en casos como Mas d'Azil en que se cuenta con un fósil característico del Magdaleniense.
Entre los escondrijos formados por material paleontológico habría que incluir aquellos que -además de no poder explicarse sin la intervención humana-se ubiquen en una posición o contexto que haga suponer una respuesta intencional a un esquema determinado.
En este grupo destaca el esqueleto de un salmón situado sobre una comisa natural de la cueva de Fontanet, los restos de diversas especies en Enlene y el cráneo de zorro de Trois-Freres (Clottes y Bégouen, 1981: varios dientes de Tuc d'Audoubert (Bégouen y Breuil, 1958) o de numerosos hallazgos líticos u óseos descubiertos fuera de contexto en cuevas francesas o españolas.
Este comentario acerca de los espacios de tránsito puede terminar como una referencia a los testimonios o trazas de detención y aprovisionamiento.
Se entienden como una parada ocasional no relacionada con la estancia prolongada ni con la decoración.
A veces comporta alteraciones en el terreno con la construcción de estructuras, como hogares -a veces asociados a restos de cocina-G la excavación de refugios y cubetas.
La detención a veces tan sólo se refleja en huellas (huellas de pies o manos, de resbalones o de crudas) o auténticas improntas corporales, los hogares en zonas de oscuridad son especialmente frecuentes en contextos del Magdaleniense IV, como en Labastide, Montespán, Mas d'Azil, Le Portel, Tuc d'Audoubert, Enlene, Labouiche, etc. (Rouzaud, 1983: 131-132).
Las cubetas o refugios en arcilla no siempre son fáciles de diferenciar de las excavadas por los osos.
Además de las de Fontanet y Labastide (Rouzaud, 1983: 129) puede citarse el ejemplo español de la cueva de La Griega (Segovia), aunque en este caso aparezca en un yacimiento con arte parietal paleolítico y postpaleolítico.
Tal vez sea posible introducir una última categoría de «restos paleontológicos sin explicación natural» diferente a la comentada al hablar de los escondrijos, para los hallazgos que estarían diferenciados de aquellos por su localización en lugares de tránsito y su relación con un consumo o utilización inmediata, como puede ser, respectivamente, la explicación de los restos de reno y bisonte, o los cráneos de oso para extracción de colmillos de Tuc d'Audoubert.
Las áreas de decoración
De un modo genérico, se pueden entender como tales los paneles o conjuntos de paneles decorados con pintura, escultura o grabado.
En su distribución topográfica pueden coincidir con áreas de asentamiento, pero una buena parte de esos conjuntos -al menos de los conservadostiende a situarse en zonas oscuras, no habitadas regularmente.
Esto es válido sobre todo para algunas fases concretas del Paleolítico Superior, donde parece evidente la intención de ocultar los santuarios, marcando su separación de las áreas de asentamiento habitual: este tema ha sido tratado de modo especifico por A. Laming-Emperaire (1962) y A. Leroi-Gourhan (1971) siendo uno de los argumentos de cronología e interpretación empleados por este último autor.
Por todo ello, la presencia de ajuares mobiliares o de estructuras artificiales que se asocian a los paneles decorados se debe, en la mayoña de los casos, bien a actividades relacionadas con la ejecución de las representaciones artísticas, con su «uso» -sea éste el que fuera-o bien a ocultaciones o pérdídas, como los ejemplos descritos al hablar de las áreas de paso.
El acceso a los paneles para su preparación o para la ejecución de las tareas de grabado y pintura suele ser directo, desde el suelo contemporáneo a las representaciones.
En este sentido, es preciso tener en cuenta cómo a veces la limitación del espacio utilizable puede tener efecto sobre el campo manual correspondiente, reduciendo proporcionalmente su radio.
Es necesario destacar también el hecho de que, en ocasiones, la irregularidad de la superficie de las paredes o techos exige un punto de obervación preciso para ver las figuras en sus correctas proporciones, y no deformadas.
Este punto, en buena lógica, coincide con el adoptado por el artista durante la realización de su obra.
Un buen ejemplo de esta clase de anamorfismo aparece en una gran figura de caballo situada junto al gran panel de la cueva de Tito Bustillo (n.!l 63, según la catalogación de Balbín y Moure, 1982: 72-73), que requiere estar tumbado de espaldas en el suelo actual y frente a la pared para restituir las proporciones adecuadas de la figura, fuertemente deformada cuando se observa desde un ángulo diferente.
En otras ocasiones, las zonas pintadas quedaban fuera del alcance directo de los artistas, por lo que se hacía necesario el uso de elementos artificiales de aproximación a aquellas.
En los casos en que las características de las galerías lo permitían, el uso de andamios situados entre las paredes y apoyados en las mismas pudo ser común, y de hecho parece atestiguado en Lascaux (B. y G. Delluc, 1979).
En cambio, hay casos en que las zonas decoradas requirieron estructuras exentas -posiblemente de grandes dimensiones-para acceder a ellas.
Un buen ejemplo lo ofrece nuevámente la cueva de Tito Bustillo, donde toda la zona superior del gran panel se desarrolla a algo más de tres metros sobre el suelo arqueológico presuntamente contemporáneo de las pinturas.
A esto hay que añadir que esa parte superior incluye dos figuras asociadas de caballos (n.!l 56 y 58 del catálogo de Balbín y Moure, 1982), de más de dos metros de largo cada una, que por su tratamiento hacen suponer que fueron pintadas desde algún soporte de dimensiones suficientes como para permitir al artista moverse y abarcar la totalidad de las mismas.
El ejemplo nos señala la relación existente entre el tamaño de las figuras o composiciones y las dimensiones del soporte, en función de las. limitaciones del campo manual.
Por lo que se refiere a la iluminación artificial, ésta hubo de ser estrictamente necesaria en las áreas decoradas situadas fuera de las bocas de cuevas o zonas iniciales de penumbra de las mismas.
Exísten algunos restos de madera quemada en galeria con decoración parietal que pueden interpretarse como testimonio de iluminación mediante antorchas para pintar o grabar (B. y G. Delluc, 1979: 121).
Las lámparas, como instrumento destinado expresamente a la iluminación., ya han sido tratadas en el apartado correspondiente a las áreas de tránsito.
Solamente cabría añadir que, a pesar de todo, no son precisamente frecuentes los hallazgos de este tipo de objetos en las áreas de decoración.
En algunas ocasiones se han citado «lámparas» fijas, realizadas aprovechando oquedades naturales de las rocas o coladas estalagmíticas, si bien sobre algunas de ellas pueden caber dudas razonables.
Un último elemento de iluminación a tener eq cuenta son nuevamente los hogares, presentes en algunas zonas de decuración y que debieron cuntribuir a dar una iluminación ambiental que seria reforzada puntualmente mediante lámparas móviles.
En su día fueron localizados hogares. por desgracia hoy desaparecidos. en el -Salon Noir>l de la cueva de Niaux y en el suelo de Lascaux.
En Fontanet. otros hogares de grandes dimensiones se extienden entre el panel de los signos y el bisonte policromo.
También el nivel arqueológico situado bajo el panel principal (conjunto X) de la cueva de Tito Bustillo incluye un hogar de dimensiones mucho más reducidas que se ubica en la periferia de la ocupación. en una posición privilegiada frente a la zona decorada. y que sugiere un uso como el descrito.
Dentro del análisis arqueológico de los vestigios presentes a áreas de decoración uno de los elementos fundamentales son los testimonios de las tareas de preparación de materiales necesarios para ejecutar las representaciones pintadas, grabadas o esculpidas.
Al menos una parte importante de este trabajo se puede considerar complementario o continuación del realizado con la misma finalidad en las zonas de asentamiento.
En este sentido, un capítulo importante lo constituyen la preparación y/o utilización de los colorantes: los testimonios más directos están representados por fragmentos de colorante hallados al pie de los paneles o en relación con los mismos, como sucede en las cuevas de Tito Bustillo, Altamira, y Lascaux (Couraud y Laming-Emperaire, 1979) entre otras.
En ocasiones se han encontrado instrumentos posiblemente utilizados en el proceso de preparación in silu (machacadores de ocre, restos diversos con trazas de colorante, etc).
Algunos de estos hallazgos han permitido definir con relativo detalle la composición de colorantes o su procedencia, como en los casos de Lascaux (Ballet el al, 1979), AItamira (Martí, 1977; Cabrera Garrido, 1978), o de otros yacimientos cantábricos (San Juan, 1985).
En el caso de Altamira los análisis por difracción de Rayos X de muestras de colorante rojo permitieron identificarlo como limonita con algo de goethita, en tanto que la pintura negra de la misma cueva se obtenía a partir de óxidos de manganeso (MnlO J o MnO) o de carbón vegetal.
Otro ejemplo particularmente interesante de área de decoración es el de la Grotte de la Tete-du-Lion (L'Ardeche).
Al parecer la cavidad fue utilizada en una sola ocasión o en un espacio de tiempo muy corto a partir de una antigua entrada hoy desconocida.
Identificado el suelo desde el que se realizaron las pinturas (un bóvido, dos cabezas de cabra, un ciervo y grupos de puntuaciones) se han localizado sobre el mismo restos de carbón de madera (Pynus sylvestris) proveniente de un hogar de iluminación, y colorante.
Huellas de ocre aparecen formando manchas de goteo de 2-3 cm. de diámetro sobre el suelo arenoso, y su distancia del panel decorado indica que su origen está en la preparación o mezcla de color y no en la propia aplicación sobre la pared (Combier, 1984: 83).
Los colorantes minerales utilizados se presentan a veces bajo la forma de lo que han sido llamados celápiceslt, con un patrón característico que presenta una o varias facetas de huellas de abrasión (Lám. n, 2).
En el caso del ocre no son el resultado de aplicar directamente el material sobre la pared a decorar, sino del proceso de reducción a polvo, que luego sería mezclado con un aglutinante, en la mayor parte de los casos agua, aunque también se ha detectado la presencia de otros elementos.
En ese estado semifluido la pintura resultante requiere de algún tipo de elemento contenedor para poder ser transportada y utilizada.
Entre otros han sido mencionadas placas de piedra como «paletas» para colorante, recipientes naturales (por lo general conchas de moluscos) o facetados (los llamados morteros), bloques que hoy conservan alguna de sus caras cubiertas de pintura, o incluso accidentes naturales en los que ésta fue depositada.
Entre los bloques conviene mencionar el que aún puede verse en el pasillo o galería ceA» de la cueva de La Pasiega (Breuil y Obermaier, 1913) y entre los accidentes naturales una concavidad llena de pintura negra de la pared próxima al «SaIltuario de los triángulos» de Cueva Palomera, del complejo de Ojo Guareña (Moure Romanillo, 1985: 102-105).
Por su parte, E. Pietsch, a partir de datos experimentales de K Herberts, sugiere la aplicación del colorante en polv~ seco o húmedo, directamente sobre la roca.
A partir de la humedad propia de las paredes o techos °de las cuevas se incorporaría directamente a la roca a tenor de un proceso químico que él llama.fresco natural» (Pietsch, 1964: 73).
Los restos óseos descubiertos al pie de algunos paneles decorados pueden tal vez indicar otras prácticas no determinadas (ofrendas, elementos rituales), pero en la mayor parte de los casos se trata de restos de alimentación correspondientes al periodo de trabajo en el lugar, y puede resultar de gran interés establecer comparaciones entre los tipos de restos y las especies presentes en áreas de decoración y los encontrados en las zonas de habitat de la misma caverna.
En el caso de Tito Bustillo, del que hablaremos más adelante, los restos paleontológicos indican unas pautas de selección y de uso diferentes a las detectadas en el área de asentamiento.
EL CONTEXTO DE ARTE RUPESTRE EN LA CUEVA DE TITO BUSTILLO (ASTURIAS, ESPAÑA)
La cueva de Tito Bustillo forma parte de un importante conjunto cárstico situado en el concejo de Ribadesella, sector oriental de Asturias.
En sus proximidades existen numerosos yacimientos del Paleolítico Superior, algunos de ellos con arte parietal.
Los estudios de arte rupestre se han efectuado en el marco de un proyecto global que comprende también el de los propios depósitos arqueológicos.
Las pinturas y grabados han sido publicados por sectores hasta la redacción de una monografía de conjunto (Balbín Behrmann y Moure Romanillo, 1980 a y b, 1981 y 1982 a y b).
La estructura subterránea accesible hoy en día se corresponde realmente con dos bocas con yacimientos arqueológicos: La Cuevona y una entrada hundida en que se realizaban las actuales excavaciones.
A ambos lados de una barrera natural, actualmente superada por las obras de acondicionamiento a las visitas turísticas, existen considerables diferencias en técnicas, estilos y motivos en las obras de arte parietal, lo que permite diferenciar dentro del actual trazado de la cueva dos sectores -oriental y occidental-correspondientes respectivamente a las áreas de asentamiento de la Cuevona y Tito Bustillo (Fig. 1).
Han sido aislados once conjuntos decorados, algunos de ellos con varios paneles, siete en el sector oriental y cuatro en el occidental.
En el primero conviene destacar la desigual distribución de temas en las dos paredes de la galería principal: mientras que en una se alinean los signos pintados en rojo, en la otra aparecen exclusivamente grabados animales con ciertos sistemas de modelado o sombreado interior.
Por el contrario, en el sector occidental, y con acceso a través de la antigua entrada y el área de asentamiento en que se han realizado las excavaciones, encontramos las pinturas policromas y los grabados ejecutados con técnicas más pormenorizadas.
Centrándose exclusivamente en el sector occidental, y en el tipo de problemas objeto de esta comunicación, conviene señalar la existencia de la ya mencionada área de asentamiento en una zona de luz de día -hoy sepultada por el derrumbe-y en un tramo de penumbra, así como de' varias áreas de decoración coincidentes con los conjuntos vm (Galería de los Caballos) y X (panel principal).
En este último se conservan materiales y estructuras que son el objetivo principal de esta parte del trabajo.
A lo largo de las galerías de la cueva no se han observado restos o vestigios de desplazamiento o detención, a no ser algunos signos y puntuaciones rojas que pueden ser interpretadas como indicaciones o referencias topográficas.
La superficie excavada corresponde a una zona de penumbra de la primitiva entrada de la cueva, una boca de más de 15 m. de luz cegada por un derrumbre producido inmediatamente después de su última ocupación magdaleniense, o incluso durante la misma Los trabajos se han centrado en un tramo situado tras un ángulo de la pared ubicado en tomo a unos 20 m. de la vertical de la boca.
Junto a la lona excavada encontramos la primera de las pinturas rojas del conjunto XI, que se consideran técnicamente similares a las de las primeras fases del panel principal.
La excavación ha seguido una orientación fundamentalmente extensiva, y por ello no se ha intentado profundizar hasta la base de la estratigrafía arqueológica Hasta el momento se han localizado dos niveles, el más reciente de los cuales incluye al menos un suelo de ocupación y puede ser subdividido en varias capas (la, lb, 1 be, lc.l, Ic.2, lc.3 y leA), todas ellas pertenecientes a un estadio inicial del Magdaleniense Superior con arpones de una fila de dientes.
Tanto los estudios faunísticos como los polínicos parecen indicar su utilización durante etapas de clima riguroso.
Las dataciones de Carbono 14 han dado resultados no consecuentes con la ordenación estratigráfica a partir de muestras realizadas con diferentes tipos de material (carbón vegetal, conchas de moluscos y esquirlas óseas).
Los resultados son los siguientes: Además de la no consecuencia de las fechas, el conjunto de las cronologías es anterior a la casi totalidad de las obtenidas en Magdaleniense con arpones, y por el contrario, bastante próximo al de otros niveles cantábricos clasificados como Magdaleniense Inferior o Medio (Rascaño, Altamira, El Juyo, Entrefoces, La Viña, Las Caldas).
En el caso de que las fechas de Tito Bustillo o el intervalo que representan se consideren admisibles, tal vez la explicación haya que buscarla en cuestiones de variabilidad o en el carácter no lineal de este complejo magdaleniense.
En todo caso, las soluciones pasan por contrastar los resultados arqueológicos con nuevas dataciones, estudios paleoecológicos y en especial con los análisis de sedimentos.
En la secuencia indicada pueden seguirse pequeñas diferencias en la composición global del utillaje que permiten diferenciar dentro del nivel 1 dos complejos, el superior, formado por las capas la a lc.1, y el inferior, con las capas lc.2, Ic.3, y leA.
Las diferencias tecnológicas entre ambos son ciertamente sutiles y se reflejan cuantitativamente en el material lítico.
A lo largo de todo la serie se repiten constantes como el predominio de los buriles -especialmente de los diedros-sobre los raspadores, la presencia entre estos últimos de numerosos raspadores simples en extremo de hoja no retocada y el elevado porcentaje de hojitas.
En el llamado complejo inferior el predominio de buriles sobre raspadores es más acentuado que en el superior, y dentro de él los tipos sobre truncatura tienden a cercarse a los diedros, al mismo tiempo que el indice micro laminar alcanza el 59,9%.
Faltan los elementos anunciadores del Aziliense (disquitos, raspadores unguiformes) y los geométricos (sólo un trapecio en el tramo antiguo).
Algunos tipos considerados fósiles caracteristicos, como el bUril de pico de loro, aparece puntualmente en varias capas de ambos complejos: uno en la, dos en lb y dos en le.
En industria ósea el recuento de cinco grupos de útiles «tipológicos» (azagayas, varillas semicilíndricas espátulas, agujas y arpones) que suman un total de 380 objetos, no muestra diferencias apreciables a lo largo de la secuencia, en que todos ellos -excepto los arpones-aparecen en proporciones casi idénticas.
El único arpón del complejo inferior presenta dientes curvos poco marcados -aunque no puede considerarse un protoarpón-y un tipo de base o enmangue bastante atípico.
En lo que concierte a las azagayas, sobre un total de 214 piezas completas o fragmentadas, 78 conservan bases identificables (47 de complejo superior y 31 del inferior).
En todos los casos predominan las bases biseladas y dentro de ellas los biseles simples, que no obstante descienden desde el 7096 en el complejo inferior al 51 en el superior.
Este retroceso viene compensado por el aumento de los tipos de doble bisel y de las apuntadas.
Los tres únicos ejemplares típicos de azagayas de base ahorquillada pertenecen a las capas superiores.
Tampoco las secciones ofrecen cambios apreciables, excepto el ligero aumento de circulares y la reducción de las triangulares.
Entre las actividades detectadas en relación con las respuestas tecnológicas conviene señalar la evidencia de algunos restos de extracción de varillas y agujas de asta en varias zonas de la capa 1 b, en especial en cuadrículas próximas al afloramiento de uno de los bloques, que pudo favorecer un área de trabajo de este tipo.
Entre estos vestigios de tecnología ósea, destaca una espátula con temas animales (dos caballos) en proceso de fabricación, cuyo estudio resulta especialmente ilustrativo para conocer los procesos de manufactura y decoración de este tipo (Moure Romanillo, 1982 a: 669-672).
Tito Bustillo ha proporcionado también una importante serie de piezas de arte mueble.
Los objetos con motivos figurados se concentran en el complejo superior y en especial en la capa 1 b, como consecuencia sobre todo de la concentración de plaquetas grabadas (Moure Romanillo, 1982 b), aunque que hay otras piezas espectaculares, como una escultura-colgante en bulto redondo que representa una cabeza de cabra y dos estilizaciones femeninas (Moure Romanillo, 1983y 1984).
Los motivos decorativos están presentes en toda la secuencia, y tan solo se señalan diferencias cuantitativas entre los colgantes.
No obstante considerando la mayoría absoluta de soportes naturales (conchas, dientes) y el elevado número de piezas necesarias para construir un collar, un casquete o un brazalete, se entiende que esas diferencias son irrelevantes.
La actividad económica representada por los restos de vertebrados tampoco indica diferencias significativas dentro de la secuencia de capas del nivel 1.
El ciervo fue, con diferencia, la especie más consumida en todos los momentos de esta parte de la ocupación.
Se aprecia tan sólo un ligero descenso hacia las capas más recientes, que se compensa con un incremento también muy reducido, del gran bóvido, el caballo y sobre todo de la cabra (Altuna, 1976: 155).
El material arqueológico, tanto lítico como óseo, en especial determinados útiles tipológicos de asta (varillas semicilíndricas, azagayas ahorquilladas), los objetos de arte mueble y algunos temas decorativos sobre soportes diversos nos muestran un mundo bastante próximo al representado en algunos niveles clasificados en el Magdaleniense Inferior o Medio.
La presencia de arpones sugirió desde un principio, y desde la perspectiva de un modelo clásico de periodización, su pertenencia al Magdaleniense Superior, aunque el resto del instrumental y las propias dataciones absolutas apuntan hacia un estadio arcaico o inicial de esa fase.
Desde luego, desde un punto de vista menos unilineal, encaja perfectamente en un contexto cántabro-pirenaico caracterizado entre otras cosas por determinados elementos del arte mueble (contornos recotados, esculturas en bulto redondo, plaquetas decoradas, etc.), que puede relacionarse con el Magdaleniense Medio y Superior inicial de la secuencia clásica (Moure Romanillo, 1988).
Dentro de esta área de estancia existen varios elementos que pueden ser correlacionados con el arte parietal.
Además de los objetos de arte mueble, susceptibles de comparación estilística, y de los datos paleoecológicos, que proporcionarían en todo caso una referencia circunstancial, indirecta e incompleta, hay algunOs elementos relacionados con la preparación del colorante y con el acceso hasta las zonas decoradas.
Los fragmentos de colorantes minerales aparecen tanto en estado bruto como con rp.stos de abrasión o facetado, bajo la. forma de lo que común e impropiamente se conocen como «lápices» (Lám. n, 2).
El análisis de una serie de muestras procedentes de esta zona de excavación ha sido realizado por C. San Juan en el Departamento de Prehistoria de la Universidad de Cantabria y los resultados pueden resumirse de la siguiente forma: Además de estos fragmentos de colorante y de numerosas manchas localizadas sobre diversos materiales y en diferentes puntos del área excavada pueden mencionarse otros elementos mobiliares relacionados con la pintura: yunques, machacadores y paletas.
Entre los primeros destaca el ya mencionado bloque de la capa la que aparece totalmente cubierto de colorante rojo, y cuya morfología recuerda el también citado de la galena A de la Cueva de la Pasiega.
Hemos interpretado como machacadores al menos dos cantos que presentan numerosas huellas de raspado y percusión e impregnaciones de colorante (Fig. 2, números 1 y 4).
Otros cantos y fragmentos de piedra conservan manchas rojas o negras de procedencia intencional menos clara.
Las llamadas «paletas» o recipientes para la pintura son en este caso siempre naturales, ya se trate de conchas de moluscos (en especial del género Patella) o de placas de pizarra o arenisca.
Entre las segundas destaca una totalmente cubierta de colorante rojo tipo oligisto micáceo.
Por supuesto, y con independencia a su empleo como colorante, la presencia de numerosos vestigios de ocre en un zona en que está documentada una intensa actividad en tecnología ósea puede también explicarse por su empleo como abrasivo en el trabajo del asta
No han sido descubiertas lámparas facetadas, pero hay al menos tres objetos que pueden relacionarse funcionalmente con las mismas.
El primero es una plaqueta con una cara ligeramente rebajada mediante piqueteado, y que conserva una intensa coloración negruzca.
Las otras dos son cantos de cuarcita fracturados y con una depresión posiblemente natural, en la superficie de rotura (Fig. 2, números 2 y 3).
Area de decoración de la cueva de Tito BustIDo
Aunque faltan vestigios de tránsito o detención, la cueva de Tito Bustillo puede ejemplificar una de las pocas áreas de decoración descubierta y relativamente bien conservada en la costa cantábrica espailola Como en otros casos, el hallazgo se produjo de una forma casual, siendo observada en corte la presencia de un pequeño nivel de color morado durante la limpieza de arenas en la llamada «sala de las pinturas,..
Este conjunto decorado se corresponde con el número X de las publicaciones sobre arte parietal de Balbín Behrmann y Moure Romanillo (1982 a), y en él coinciden la casi totalidad de los polícromos de la cueva y la única serie reconstruida de superposiciones (Balbín y Moure, 1983)
El área fue excavada en 1970 por M. A. Garda Guinea, y los materiales dejados sobre el terreno hasta su recogida definitiva en octubre de 1984.
Entre otras observaciones del primer excavador de la cueva destacan las de contemporaneidad con el panel decorado, la presencia de materiales colorantes y buriles relaciona bies con l~ ejecución de pinturas y grabados y el carácter parcial del depósito estudiado, tanto por el supuesto hundimiento de parte del suelo como por no haberse excavado la totalidad de la sala (García Guinea, 1975: 20-21; Almagro Basch, Garda Guinea y Berenguer, 1973).
No obstante, en una publicación posterior en la revista «Science» se da la fecha 11.200 BP. como resultado, al parecer, de la misma datación paleomagnética (Kopper y Creer, 1974: 348-350).
Por diversas razones, los primeros sondeos estratigráficos y esta excavación en el área de pinturas de la cueva de Tito Bustillo, quedaron interrumpidos al poco tiempo.
En lo concerniente al depósito situado debajo del panel principal no cabe duda de que, cuando menos, se desperdició una oportunidad sumamente infrecuente de realizar un estudio de material arqueológico, paleontológico y de estructura relacionado de manera directa con zonas decoradas.
El propósito del trabajo iniciado por nosotros en octubre de 1984, y del que ofrecemos un avance, consiste fundamentalmente en el estudio del área de decoración de la cueva de Tito Bustillo mediante el análisis pormenorizado de las actividades efectuadas en el mismo a través del estudio tipológico y funcional de la industria lítica, la clasificación de los restos faunísticos, la identificación de materiales colorantes y, en su caso, la interpretación de las estructuras.
Al mismo tiempo, se intentó la obtención de una nueva fecha absoluta a partir de fragmentos óseos inidentificables.
Hasta el presente se ha defendido que esta zona de actividades especializadas es contemporánea del Magdaleniense Superior del área de asentamiento en proceso de excavación.
Teniendo en cuenta el carácter arqueológicamente indeterminable del escaso material situado bajo el panel, esta correlación se apoyaria en la coincidencia de fechas absolutas y motivos decorativos en algunos objetos de arte mobiliar, y en la presencia de idénticos tipos áe plaquetas grabadas.
A su vez, el nivel 1 del yacimiento de habitat presenta ciertas relaciones indirectas con el panel decorado, como el clima riguroso al que corresponde, que puede ir muy bien con la presencia de reno en el gran panel (Moure Romanillo, 1980), y la coincidencia en técnica, estilos y convencionalismos entre objetos de arte mueble y grabados parietales (Balbín y Moure, 1982 a: 88-89).
En el suelo del área de decoración fueron localizados tres colgantes naturales consistentes en otras tantas conchas de Trivía europea con dos perforaciones.
Estas cuentas son también las más frecuentes en el yacimiento de entrada, en que aparece en todas sus capas (Deibe Balbás, 1985: 204-207) (Fig. 4, 8).
Como cuestión previa al trabajo y a la futura excavación del suelo intacto de la sala, se procedió a una planimetria detallada de la misma y a su subdivisión en áreas o cuadriculas de un metro cuadrado.
Para evitar confusiones con la excavación en el área de asentamiento de la entrada, éstas han sido denominadas a partir del punto cero utilizando números arábigos y no romanos como en aquella (Fig. 1).
Estas cuadriculas se superponen a las áreas diferenciadas, de manera al parecer arbitraria, en las primeras excavaciones.
Area de hogar (Fig. 3) La única estructura interpretada hasta el momento es un hogar situado en las cuadriculas 9B, lOA y 10B de la actual subdivisión en áreas de la, sala del panel, y que corresponde a su vez a la zona A de las excavaciones de 1970.
A partir de la limpieza efectuada en octubre de 1984, la identificación no parece dejar lugar a dudas: se trata de un hogar plano, de planta circular de 60/65 cm. de diámetro, parcialmente destruido en su sector NE, aunque perfectamente reconocible su forma circular.
En su interior no se conservan bloques ni cantos y sólo se localizan cuatro pequeños fragmentos de caliza en dos grupos situados en la periferia.
La mayor concentración de material arqueológico y paleontológico se encuentra en la parte SW del hogar, aunque dadas las condiciones de excavación no puede descartarse su prolongación por un rona desaparecida o incluso -aunque menos probable-por la rona intacta situada bajo el testigo desde el que actualmente se explica el panel a los visitantes.
FJ registro y recogida de materiales permitió ante todo una planimetrla detallada del hogar y la clasificación de los mismos.
FJ inventario de industria de piedra tallada presenta, sin embargo, ciertas diferencias con el publicado en la primera memoria (García Guinea, 1975), diferencias que implican especialmente a la clasificación de los útiles (el número real de verdaderos buriles es mucho menor) y la ausencia de algunos fragmentos de talla.
Del total de piezas recuperadas en el área del hogar, doce son productos de talla -ocho lascas (cuatro de sílex y cuatro de cuarcita), dos hojas y dos hojitas-y seis útiles.
De estos últimos, aunque el número absoluto es inferior al identificado por García Guinea (1975: 22-23) la mayor parte son buriles y todos ellos diedros: dos ladeados, uno múltiple y otro de ángulo sobre rotura, a los que hay que sumar un bec, un borde de núcleo y un golpe de buril.
FJ estudio preliminar de huellas de uso indicó la presencia de microestrias en todos los ángulos del buril, y de vestigios de material colorante rojo en el bec, uno de los buriles diedro, el golpe de buril y el borde de núcleo (Láms. n, 1 y Ill), lo que parece indicar su empleo sobre la pared pintada y la existencia de un proceso de reavivado sobre el terreno.
Entre los objetos registrados en el plano de la campaña de 1975 se indican varias plaquetas decoradas, una de las cuales (Fig. 4 n.
2 12), presenta además grabados semejantes a los descubiertos en el nivel lb (Magdaleniense Superior inicial) del área de asentamiento de la antigua entrada de la cueva (Moure Romanillo, 1982 b: Balbín Behrman y Moure Romanillo, 1982 a: 92, fig. 27, 4), lo que constituye un elemento más de la relación entre ambas zonas.
La industria ósea de este sector se limita a un punzón.
En el contexto del hogar se conserva un único fragmento de material colorante, correspondiente al sector 2 de cuadro lOB.
Se trata de una muestra de ocre sin huellas de uso formada por hematites asociado a arenisca de grano fino de buena capacidad de pigmentación y color-raya P15-P17 de la tabla de Cailleux (San Juan, 1985).
La situación del hogar, que ocupa un posición central en la sala bajo la bóveda en que se concentran los policromos y la mayor densidad de grabados, y la ausencia en el mismo de bloques o estructuras que dificulten la difusión de la luz, demuestra su papel, cuando menos prioritario, como fuente de iluminación.
Los escasos restos óseos descubiertos sobre el hogar sólo indican un empleo ocasional relacionado con la preparación de alimentos durante la utilización del área y, por tanto, de la ejecución del panel.
Asimismo, la presencia de un fragmento de ocre y de numerosos vestigios de color, además de demostrar la elaboración de pintura sobre el terreno, puede apuntar el empleo del fuego para la preparación del material utilizado para las mismas (Perlés, 1977: 62).
En todo caso, parece claro que la duración del hogar fue bastante breve, sin punto de comparación con las grandes estructuras de combustión del área de asentamiento.
FJ resto del área excavada está separado de la zona del hogar por una depresión producida por los primeros trabajos de excavación bajo las pinturas para rebajar el suelo, según se explicaba antes; de ahí que las zonas de concentración de material aparezcan en el plano como separadas por áreas vacías de contenido arqueológico.
En todo caso la densidad de materiales parece ser muy variada, y dado que desconocemos con seguridad hasta qué punto lo conservado en superficie al inicio de la campaña de 1984 se corresponde con la distribución original, se debe tomar con cautela cualquier conclusión sobre las caractensticas de esa dispersión de materiales.
Por otra parte, también hemos podido verificar en esta zona que el recuento de los materiales recuperados durante la breve campaña de 1984 tampoco se corresponde directamente con los señalados por García Guinea en su publicación (García Guinea, 1975) que, según dicho autor, quedaron depositados in situ tras ser debidamente recogidos y dibujados.
Dado qUe en los planos de la mencionada publicación no se señalaban coordenadas de ningún tipo, resultó difícil identificar con detalle las piezas indicadas en ellos con las presentes en el suelo del yacimiento.
Si a ello se une el tiempo transcurrido entre ambas excavaciones y el deterioro sufrido por esa zona como resultado del paso de personas y la realización de algunas obras de acondicionamiento, resulta explicable un cierto grado de diferencia entre ambos recuentos.
Cuestión aparte es la de la clasificación del material.
Si se comparan las listas de útiles líticos recogidos en 1984 y los ya publicados en 1975 se l}acen evidentes algunas diferencias importantes: la más llamativa es, sin duda, la menor cantidad de útiles retocados en nuestra colección.
Está claro que varias de las piezas clasificadas como buriles en 1975 eran en realidad restos de talla sin retocar, perfectamente identificables a través de las ilustraciones.
Por otro lado, no ha sido posible localizar algunas de las piezas que aparecen en dichas ilustraciones o en los dibujos de los planos de la campaña de Garcia Guinea (Fig. 4).
Dado lo reducido del recuento total de materiales líticos de la zona, es evidente que no se pueden generalizar las conclusiones derivadas de su análisis cuantitativo.
Por contraste con el área de ocupación de la entrada, sin embargo, destacan algunos hechos.
En primer lugar, hay un manifiesto predominio de sílex como materia prima (64 piezas de sílex frente a 9 de cuarcita), en tanto que los porcentajes de ambas materias, considerados en número de restos de talla, en los niveles del yacimiento de la entrada, tendian a estar casi equilibrados (Maure Romanillo, 1975: 20-21; Moure Romanillo, 1976: 114).
Dá la impresión de que este fenómeno puede estar relacionado directamente con el hecho de que la totalidad del utillaje retocado presente en la zona del panel se realizó en sílex, recalcando el carácter de conjunto «cerrado» que se relaciona directamente con la gama concreta de actividades realizadas en esa zona.
En ese mismo sentido, la relación entre restos de talla y útiles es netamente distinta entre el área de ocupación y la zona bajo las pinturas,. siendo mucho mayor el porcentaje de útiles en esta última (entre 10.1:1 en la primera y 3.8:1 en la segunda).
La composición de los restos de talla también es, como cabía esperar, muy distinta de la registrada en el yacimiento de ocupación: por lo que respecta al material de sílex, hay una proporción relativamente elevada de hojas, hojitas y golpes de buril, que casi se equilibra con las lascas; en cuarcita, sin embargo, éstas representan la práctica totalidad del material.
Entre la industria ósea, el único útil tipológicamente definible es una varilla semicilíndrica con inicio de base redondeada y extremo apuntado, que encajaría en el tipo 26.1 de la clasificación de 1.
En la superficie convexa lleva varios motivos en aspa y la plana está cubierta de líneas oblicuas.
El tema de las aspas aparece en diferentes episodios del Magdaleniense Cantábrico: sobre un objeto del Solutrense o Magdaleniense, cuatro del Magdaleniense m, tres del Magdaleniense IV, uno del Magdaleniense V y tres del Magdaleniense VI (Barandiarán Maestu, 1973: 287).
A ellos se sumarían los descubiertos posteriormente en Tito Bustillo, en que el mismo motivo aparece en la cara dorsal de una varilla de la capa 1 c.2, y sobre azagayas de la capa lb y del nivel 2.
Los trazos oblicuos sobre la cara plana de otras varillas aparecen en las capas lb, 1c.2 Y lc.1 de Tito Bustillo, en esta última sobre dos ejemplares.
En cuanto a la dispersión horizontal de las piezas, parece evidente en un primera observación de las zonas de mayor concentración de material lítico no se corresponden exactamente con aquellas de mayor abundancia de restos óseos.
También en la zona del hogar los restos de talla y los útiles se situaban preferentemente en la periferia del mismo, así como la mayor concentración de huesos.
En relación con las materias primas empleadas, y proporcionalmente al número de restos de talla existentes hay mayor presencia de restos de cuarcita en la zona del hogar (5 sobre un total de 16) que en la zona bajo las pinturas (3 sobre 52).
La distribución de tipos de útiles no ofrece ninguna sorpresa: de aquellos que han sido recogidos con datos precisos de coordenadas bajo las pinturas, 9 son buriles, 2 son raspadores, y hay un dudoso perforador y una hoja de truncatura recta.
A ellos habria que añadir una pieza de retoque continuo sobre dos bordes del cuadro 140, sin más precisiones.
Todos los útiles han sido realizados en sílex, tal y como ya se ha señalado antes.
Resulta interesante comprobar que, a diferencia de los restos de talla, los útiles tienden a coincidir en su dispersión con las zonas de mayor abundancia de hu~o.
El suelo de la zona, por otra parte, se hallaba impregnado de colorantes: en algunos puntos la arcilla presentaba un tono rojo intenso, o bien negro, superponiéndose en algunas ocasiones y sin que fuera posible delimitar con precisión la extensión de estas manchas, dado que la superficie estaba, como ya se ha dicho, bastante alterada.
La muestra recogida en la cuadricula 13C/7 corresponde a arcilla coloreada con óxidos de hierro, con poco poder de pigmentación.
El color corresponde al M/45 de Cailleux.
Este colorante pudiera ser un resto de tareas de preparación in situ, pero si se tiene en cuenta que parte de la zona que tratamos queda bajo las pinturas, parece más probable atribuir su presencia a la ejecución de las mismas.
La fuerte impregnación del suelo supone que la pintura estaba en estado líquido, como puede corresponder al goteo directamente desde el techo o desde los recipientes manipulados sobre ese suelo.
Los restos de fauna existentes en toda la zona bajo las pinturas estaban extremadamente fragmentados, por lo cual buena parte de eUos resultaron de imposible determinación.
Las piezas identificables sumaban un total de 90, de las cuales más de la mitad correspondian al género Capra (50 restos) seguido en orden decreciente por el Cervus elaphus (15 fragmentos).
Completan el recuento seis restos de Ursus, tres de bóvido y uno solo de lobo, liebre y ave sin identificar.
Las determinaciones de la fauna, aún provisionales, han sido realizadas por el Dr. Morales Muñiz, del Departamento de Zoología de la Universidad Autónoma de Madrid.
Esta composición de fauna contrasta con la recogida en los niveles del área de ocupación.
Significativamente hay más restos de cabra bajo el panel de las pinturas que en la totalidad de los recuentos publicados del área de ocupación (Altuna, 1975), correspondientes a las campañas de 1972-1975, en que predominan ampliamente los ciervos.
El tipo de parte anatómica representado por los restos de cabra parece indicar que no se limitaban a transportar hacia el interior de la cueva las extremidades sino animales completos, de los que se conservan un cierto número de vértebras, dientes y un fragmento de mandíbula Por el contrario, todas las determinaciones de caballo corresponden a extremidades y las de gran bóvido a un húmero y dos dientes, en tanto que las piezas de ciervo son algo más variadas.
Entre los restos de este último hay mayoría de extremidades pero también varias vértebras y un fragmento de mandIbula (Fig. 5).
Salvando la fragmentación y el carácter limitado de la muestra, tal vez sea significativo el hecho de que los animales de mayor talla (caballo, gran bóvido) estén solo representados por restos de extremidades, los de talla mediana (ciervo) por algunas vértebras, y los de talla pequeña (concretamente las cabras) por todo tipo de restos (Figs.
Estas diferencias podrían estar en relación con las mayor dificultad de trasladar grandes masas de carne procedentes de piezas de mayor tamaño a lo largo de más de un centenar de metros por el interior de la cueva
Ya sea a causa del carácter esporádico y especializado de la actividad llevada a cabo en el área, o por cuestión de conservación diferencial, los materiales disponibles no son lo suficientemente diagnósticos para su clasificación atendiendo a criterios arqueológicos.
En principio, el conjunto de las piezas no desentonaria en ninguna de las capas de la estratigrafía del área de asentamiento.
Algunos elementos más singulares, como los fragmentos de plaquetas -obviamente de origen alóctono-o determinados elementos decorativos (varilla semicilíndri~a, colgantes sobre Trivia) también tienen su paralelo en los dos complejos señalados en el yacimiento de la antigua entrada.
Las dataciones absolutas también aquí producen cierto desconcierto.
Mientras que la datación CSIC 80 obtenida a partir de carbón vegetal proporcionó una fecha similar a las obtenidas en la entrada con el mismo tipo de material (14.350±300 BP) la referenciada como Ly 3476, conseguida durante nuestros trabajos de 1984 sobre una muestra de fragmentos óseos con escaso contenido de material orgánico, dió como resultado 12.890±530 BP.
Las pruebas paleomagnéticas efectuadas por Kopper han sido dadas a conocer con dos resultados distintos en otras tantas publicaciones científicas, lo que desde luego no ayuda a inspirar demasiada confíanza.
Puede ser significativa la coincidencia de las dataciones sobre carbón vegetal en ambas zonas de la cueva, que tal vez permitiría apoyar la idea de contemporaneidad, por otra parte bastante razonable si valoramos el resto de los datos mencionados y admitimos la idea de que los autores de las pinturas y grabados son los mismos ocupantes de la cueva.
En nuestra opinión, tanto los vestigios del área de decoración como la serie del nivel 1 de la entrada encajan perfectamente en un episodio inicial del Magdaleniense Superior.
Como en otros yacimientos cantábricos, sus respuestas tecnológicas y, sobre todo, su arte mobiliar, parecen formar un contexto único con el llamado Magdaleniense Medio tipo La Viña, Las Caldas, etc. Este complejo Medio-Superior Inicial coincide en la zona cantábrica con el apogeo del arte mueble y parietal, con una serie de caracteres y convenciones propios y la presencia del reno de forma más que esporádica entre los temas representados (Moure Romanillo, 1988).
Durante los últimos años varios autores han señalado la importancia dentro de los espacios subterráneos con arte parietal, de vestigios de presencia y actividades humanas diferentes a los de los lugares de ocupación tradicionalmente valorados.
Los espacios de tránsito o de decoración implican, además, cuestiones de conservación no muy diferentes a las estrictamente relacionadas con el arte paleotitico, y que, en último extremo, se refieren a la necesidad de preservar el espacio subterráneo, y conservar las condiciones que han permitido que sus manifestaciones artísticas hayan llegado hasta nosotros.
No obstante, los vestigios de desplazamiento, acceso, referencias topográficas, etc., son más fácilmente destruibles, incluso de manera no intencional, como consecuencia de exploraciones espeleológicas no controladas o poco rigurosas, y -sobre todo-de obras de acondicionamiento destinadas a facilitar la explotación tunstica de las cuevas.
El trabajo presentado intenta una aproximación al empleo del medio subterráneo y a las técnicas utilizadas por parte de los artistas paleolíticos, ejemplificado con las experiencias recientemente realizadas por nosotros en la cueva de Tito Bustillo (Asturias, España), en que ha sido posible estudiar y relacionar un área de asentamiento situada en una zona de luz de dia y penumbra con un área de decoración ubicada en un tramo profundo de la cueva.
El estudio de los vestigios situados en las áreas de decoración comporta el análisis de restos o estructuras representativas de los procedimientos de acceso a los paneles, ejecución de las pinturas, grabados o esculturas, iluminación y subsistencia.
Los ejemplos de Lascaux, Téte-du-Lion y Tito Bustillo pueden ser especialmente ilustrativos e incluso complementarios, dada la ausencia de área de asentamiento en las cuevas francesas.
El estudio preliminar del área de decoración de la cueva de Tito Bustillo se ha orientado en primer lugar a rescatar y revisar el material y las estructuras dejados in situ en los trabajos de 1970.
Ello ha permitido identificar, al menos, una estructura de tipo hogar, documentar la distribución actual de los restos, iniciar el estudio funcional del material titico, llevar a cabo análisis de colorantes, obtener una nueva datación absoluta por C14, y clasificar los restos paleontológicos.
No obstante, no hay que pasar por alto que posiblemente nos encontremos ante una muestra parcial de una superficie más amplia hoy destruida.
La industria lítica del área de decoración de Tito Bustillo constituye una muestra ciertamente escasa, pero de la que pueden extraerse algunos datos significativos.
En primer lugar, sorprende la repartición por materias primas: la cuarcita se encuentra en torno al hogar, mientras que el sílex es predominante en el resto de la superficie explorada.
Entre los restos de talla destacan los golpes de reavivado de buril, que a su vez se agrupan debajo del área decorada, mientras que tan sólo hay un ejemplar junto al hogar.
El número de útiles es reducido, pero 15 de 19 son buriles, clasificación que contrasta ampliamente con la realizada durante los primeros sondeos.
El estudio de microhuellas de uso en los restos de talla clasificados como golpes de buril indica la presencia de vestigios de material colorante (Láms. n.
En lo que concierne a los restos faunísticos, y siempre a partir de la muestra conservada y, dentro de ella, de los restos determinables, parece deducirse una selección de animales y de restos diferente a la del área de asentamiento.
Predomina la cabra, especie cuya presencia es importante en el yacimiento de la entrada, pero que se encuentra lejos de ser la primera tanto en número de restos como de individuos.
Junto a los cápridos aparece el ciervo, el gran bóvido, caballo, oso y lobo, si bien -sobre todo los dos últimos-en proporciones mínimas.
En cuanto a selección de partes del cuerpo, los restos de animales de gran talla consisten en extremidades pertenecientes a varios individuos.
En el caso de las cabras aparecen huesos de patas, vértebras correspondientes a varios tramos de la columna y maxilares.
La selección de partes del cuerpo y la fragmentación de los huesos largos indica, sin lugar a dudas, su empleo como alimento.
La presencia de algunos objetos de arte mueble o de adorno sólo hemos podido interpretarla como indicativa de pérdida: tres colgantes, una varilla decorada y un fragmento de placa grabada.
En los tres casos los colgantes son conchas de Trivia europea con sendas perforaciones, obtenidas por percusión, en cada extremo.
Este tipo de adorno se encuentra bastante representado en las distintas capas del Magdaleniense Superior del yacimiento de la entrada: 28 ejemplares en el complejo superior (capas la a lc.l) y 15 en el inferior (capas lc.2 a Ic.4).
La varilla es una pieza semicilíndrica de base en doble bisel oblicuo.
La cara dorsal presenta decoración con motivos de aspas y reverso cubierto de incisiones oblicuas.
El tipo de soporte está representado en los dos complejos, superior e inferior del yacimiento de la entrada en cantidades absolutas y relativas muy semejantes.
En el primero hay incluso cuatro piezas con la misma decoración ventral.
El motivo de aspas es menos frecuente; se produce literalmente en una varilla de la capa 1 c.2, dos azagayas de bisel simple, una de 1 b y otra del nivel 2, y existen formas próximas (lineas en zig-zag, trazos convergentes, etc.), en toda la estratigrafía.
La placa arenisca también citada presenta líneas indeterminables como las que aparecen, asociadas a otros fragmentos, con o sin figuraciones, en el complejo superior del área de estancia.
Las dataciones absolutas presentan contradicciones internas, aunque encajan en el también problemático marco que nos presentan las fechas del área de asentamiento.
Aunque arqueológicamente sea indeterminable por los elementos que contiene, en nuestra opinión su correspondencia con el nivel 1 del yacimiento de la entrada y, desde luego, con las pinturas y grabados del conjunto X, es perfectamente defendible.
Finalmente, insistir en el carácter parcial de los vestigios del área de decoración, que posiblemente se hayan visto disminuidos como consecuencia tanto de procesos naturales como por la intervención humana.
Nuestro propósito para el futuro es continuar los trabajos tanto en el área de estancia como en el de decoración.
En esta última se intentará la ampliación del área excavada para la eventual localización de zonas intactas coincidentes con otros paneles de la sala.
En caso de que las excavaciones diesen un resultado positivo, el trabajo continuaría en las líneas antes iniciadas: estudio funcional del material lítico, análisis de colorantes, interpretación de los restos faunísticos, dataciones absolutas, etc. En todo caso, y a pesar de las circunstancias que dieron lugar a la localización de este pequeño depósito al pie del panel principal, no cabe duda del extraordinario interés de la cueva de Tito Bustillo y de la cantidad de información que aún puede proporcionar, tanto respecto a su arte parietal como a otros testimonios de la presencia y actividad humana. |
Este artículo trata acerca del Razonamiento Estadístico como forma de Inferencia Lógica El estudio de caso es el fenómeno de las Estelas Antropomorfas y Estatuas-Menhir durante el Calcolítico y Edad del Bronce en la Península Ibérica.
Por medio del Análisis de Conglomerados (jerárquico y no jerárquico), el Análisis de la Regresión Múltiple, el Análisis de las series espacio-temporales y el Análisis de Componentes Principales, he obtenido un conjunto de hipótesis significativas que explican las razones de la heterogeneidad cultural del mundo de las Estelas.
Se e~aminan: las formas de extraer hipótesis a partir de resultados estadísticos, la forma de contrastarlas y, finalmente, la subjetividad del Análisis.
ejemplares morfológica e iconográficamente; en definitiva, no son otra cosa que un subgrupo o tipo nuevo dentro del conjunto general de Estelas Antropomorfas.
Numerosos autores han intentado, sin embargo, separar las Estatuas-Menhir de las Estelas Antropomorfas.
En este sentido hay que destacar a Vázquez Varela (1980) que afirma que la Estatua-Menhir de Troitosende perteneceria a un grupo particular del conjunto gallego de estelas funerarias romanas, casi todas ellas de los siglos II y ID a.C. La semejanza que existe entre esta pieza y las otras Estatuas-Menhir se debe, según este autor, a una mera convergencia formal y no a influencias culturales.
Otros investigadores sitúan las Estatuas-Menhir en una cronología intermedia: TI-! milenio a.e.
Los elementos que permitirían esta datación son:
-la espada de empuñadura subrectangular de Faioes (Almeida y Jorge, 1983), -el broche de cinturón (?) de Villar del Ala, semejante al de la tumba de R~a do Casal do Meio (Romero Carnicero.
-la espada de Preixana, de morfología «argáricalt (Maluquer, 1971), -la representación de una espada y una alabarda, también de morfología «argáricalt, en Valdefuentes de Sangusín (Santonja y Santonja.
-la representación del motivo espada-ancoriforme, idéntico al de las losas alentejanas, en Tapado da Moita~Oliveira, 1986) (2).
Frente a esta opinión, J. Amal (1976) y A. M. Baptista (1985) creen que, al menos algunas Estatuas-Menhir (Serra Boulhosa y Ermida), curiosamente las únicas sin representación de armas, datarían en un momento indeterminado del Calcolítico.
En definitiva, parece ser posible, siguiendo el esquema cronológico general de 1.
Landau (1977), considerar la existencia de los siguientes grupos:
-Estelas Antropomorfas clásicas: Calcolítico Final-Bronce Antiguo.
-Estatuas-Menhir II: Bronce Medio.
Estas últimas configurarían un grupo -Estatuas-Menhir del Noroeste (3}-que seria contemporáneo, probablemente, de las Estelas Decoradas del Sudoeste, tal y como se infiere de la semejanza entre las armas representadas en las Estatuas-Menhir de Chaves y Povoa de Varzim (Jorge y Almeida, 1980; Jorge y Jorge, 1983) y las figuradas en las Estelas Decoradas de Tres Arroyos y Capilla m (Almagro Basch, 1966; Vaquerizo, 1985).
Las interpretaciones de la dispersión geográfica de estos monumentos son muy escasas para las Estelas Antropomorfas y prácticamente inexistentes en lo que se refiere a las Estatuas-Menhir.
Las primeras se concentran sobre todo en la región extremeña, concretamente en las comarcas de las Hurdes y de Sierra de Gata (Sevillano.
M. C. Sevillano precisa aún más. considerando que su dispersión geográfica se produce a ambos lados de la Ruta de la Plata (Sevillano.
1974: 150~. lo cual pone en relación esas Estelas Antropomorfas con yacimientos mineros: de oro, en.
Robledillo de Gata y Hemán Pérez; de estaño. en Hemán Pérez y Ríomalo; de cobre y plata. en Jerez de los Caballeros (Toniñuelo) •... (cf. Almagro Gorbea, 1977; Sevillano, 1982).
Conviene señalar que la dispersión de las Estelas Antropomorfas con armas es muy distinta: son pocos ejemplares y se limitan al Norte de la Península.
En el Sur, las Estelas de la Lantejuela y Asquerosa aparecen totalmente aisladas. y sin relación alguna con los contextos locales.
Estas (2) Aparentemente es una Estatua-Menhir ligeramente antropomorfizada ~erenciación escultórica de la cabeza-que ha sufrido la influencia de las Estelas Alentejanas: espada cargáriCIl» del Bronce Medio y ancorifonne.
De hecho es una pieza a caballo de dos tradiciones: las Estatuas-Menhir (fonnahnente) y las Estelas alentejanas (conceptualmente).
Ha sido la última pieza en ser publicada, desgraciadamente no pude documentarla a tiempo para incluirla en el estudio estadistico.
Agradezco a Mario Varela Gómes el habenne dado noticia de su existencia y a Jorge Oliveira por habenne enviado un ejemplar de su publicación.
(3) Debo esta hipótesis de trabajo a Mario Varela Gómes.
consideraciones geográficas servirán a la hora de plantear una explicación alternativa a las hasta aquí expuestas.
Volveré, por tanto, sobre estas cuestiones (4).
ANALISIS DE LA SIMILARIDAD
La finalidad de todo Análisis Estadístico es obtener una descripción matemática de la variabilidad observada en el registro empírico inicial, pues se parte de la premisa según la cual esa variabilidad es significativa La primera cuestión que hay que plantear es: ¿existe un único modelo de Estela Antropomorfa que evoluciona a lo largo del tiempo y que adquiere morfologías distintas según el entorno geográfico?
A partir de aquí, son factibles las siguientes hipótesis:
-un único modelo de Estela.
Consecuencias: las Estelas Antropomorfas son creadas por una «Culturalt determinada, y son el adecuado testimonio de su evolución cronológica, desarrollo cultural y expansión geográfica.
-Varios modelos de Estela.
Consecuencia: a) diferentes grupos humanos (<<Culturas») adoptan realizaciones diferentes de una misma idea común. b) modelos iconográficos no relacionados entre sí que implican la existencia de grupos culturales diferentes.
Para definir la existencia de uno o varios modelos iconográficos he partido del concepto de similaridad.
Como escribe M. Foucault: «Conocer las cosas es revelar el sistema de semejanzas que las hace ser próximas y solidarias unas con otras; pero no es posible descartar las similitudes sino en la medida en que en conjunto de signos forma, en su superficie, el texto de una indicación perentoria.»
Foucault afirma, pues, que la semejanza o similaridad depende de un conjunto de indicadores, a los que llamaré rasgos descriptivos o atributos.
Dos objetos serán, entonces, tanto más semejantes cuanto sus descripciones sean las mismas a niveles de análisis tanto más finos (Jaulin, 1970: 346).
La similaridad será aquella función matemática que se establece entre dos objetos -Estelas Antropomorfas o Estatuas-Menhir-en virtud de los atributos que comparten.
En otras palabras, la similaridad es una relación binaria que une dos indíviduos basándose en su diferencia simétrica (Restle, 1959, Mosterín, 1980):
que se calcula de forma práctica con ayuda del siguiente algoritmo o algún otro basado en él: Número de Coincidencias Número de Caracteres comparables Tal y como se desprende de la discusión, todo Análisis de la Similaridad de un conjunto está en función de la descripción otorgada a ese conjunto.
Describir es, para J. L. Jolley «unir términos transversalmente en su justa relación lógica para posibilitar la investigación» (Jolley, 1968: 92): una serie de atributos conectados de algún modo entre sí; un Lenguaje Documental, analítico, cuyos elementos se combinan según reglas de morfología y sintaxis propias.
En otras palabras, es preciso construir un código o lenguaje normalizado cuyo empleo asegure la uniformidad: los mismos rasgos morfológicos, estructurales, iconográficos, serán siempre designados por los mismos símbolos, cada (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es uno de los cuales designa un rasgo distintivo del objeto; la agrupación de todos ellos bastará para delimitar el conjunto sometido a estudio (Lagrange, 1977(Lagrange,, 1980)).
De esta forma, por medio del código, del Sistema Descriptivo, un objeto será descompuesto en unidades siguiendo reglas fijas que permitan establecer entre ellas relaciones de similaridad.
En el conjunto indiferenciado de Estelas Antropomorfas y Estatuas-Menhir he planteado tres grande ejes de variabilidad:
-tratamiento del soporte (anatomización del mismo o no), -morfología del cuerpo del antropomorfo, -objetos representados junto a la figura, los atributos que describen la variabilidad en esos ejes son: 1. presencia de una cabeza antropomorfa 2. representación completa del cuerpo del antropomorfo 3. forma rectangular del cuerpo del antropomorfo 4. representación lineal del cuerpo del antropomorfo 5. forma anatómica del soporte 6. diferenciación escultórica de parte del soporte en forma de cabeza 7. presencia de un antropomorfo con brazos 8. presencia de un antropomorfo con piernas 9. presencia de un rostro antropomorfizado con ojos 10. presencia de un rostro antropomorfizado con nariz 11. presencia de un rostro antropomorfizado con boca 12. presencia de pechos femeninos en el cuerpo del antropomorfo 13. presencia de genitales masculinos en el cuerpo del antropomorfo 14. presencia de collares 15. presencia de diadema 16. presencia de cinturón 17. presencia de espada o puñal 18. presencia de otros adornos 19. presencia de alabarda A continuación se confecciona la Matriz Inicial de datos, en la que se consigna la presencia o ausencia de esos elementos, simbolizando con 1 la presencia y con O la ausencia.
A esa matriz se le aplica la definición anterior de similaridad como relación binaria y se obtiene la Matriz de Similaridades, en la que se consideran los índices de similaridad entre todos los objetos tomados de dos en dos.
Esos valores se obtienen mediante distintas fórmulas, derivadas del algoritmo fundamental de la Similaridad.
Además de otras he utilizado la distancia euclidea: Distancia =.J I(x-y)2 gracias a esta sencilla ecuaClon se puede transformar geométricamente el concepto inicial de similaridad como proporción de atributos compartidos y no compartidos.
La similaridad es interpretable, entonces, como una relación de proximidad, lo cual sugiere que entre los objetos debe haber una estructura espacial.
Por tanto, es posible, hasta cierto punto, convertir esa distancia entre objetos «implícita» en una distancia explícita: cuanto mayor es el grado de proximidad (esto es, la similaridad implícita), menor es la distancia que los separa (Shepard, 1962).
La configuración métrica de los datos viene marcada por la construcción de una serie de vectores, es decir, un conjunto de 1 y O asociados a cada Estela Antropomorfa o Estatua-Menhir.
Esta trasformación geométrica de los datos implica, a su vez, el establecimiento de una relación de orden (una jerarquía) entre los objetos.
Matemáticamente, la dependencia entre la distancia y la jerarquía se manifiesta a través de una de las propiedades de la distancia que aún no he explicado: el axioma u ltra métrico.
Los taxónomos suelen definir sobre una clasificación una distancia ultramétrica: dados tres puntos 1, j, k la distancia entre I y J es inferior o igual a la mayor de las distancias entre 1 y k o J y k.
En otras palabras, todo conjunto de tres puntos de una clasificación ultramétrica adquiere la forma de un triángulo isósceles (Lerman, 1970; Benzecri et al., 1976; Cuadras, 1981).
Esta propiedad es una consecuencia de la transformación geométrica que se ha definido con ayuda de la ecuación de la distancia euclidea.
Se crea un algoritmo que convierte en u1tramétrica la estructura geométrica inicial, de forma que saca a la luz la jerarquización de objetos que pudiere haber (Everitt, 1983).
La propia naturaleza del Axioma U1tramétrico, implícito en la propia definición matemática de distancia permite su representación gráfica El resultado es el esquema que se conoce bajo el nombre de dendograma (Fig. 1).
Se somete el conjunto de datos a diversas particiones a niveles sucesivamente mayores, de la forma siguiente: en la matriz de distancias euclídeas entre objetos, los siguientes pares tienen una distancia igual ~ O:
-Moncorvo y Asquerosa -Couquinho y Crato -El Cerezal y Hemán Pérez IV (6) -Toniñuelo y Hemán Pérez m -Hemán Pérez 1 y Robledillo -Ríomalo y Ciudad Rodrigo 1 Cada uno de estos pares se considera como una unidad, buscándose a continuación la distancia de los otros objetos:
-Hemán Pérez n y (Hernán Pérez I-Robledillo) -Sejos n y (Moncorvo y Asquerosa) etc. El resultado es el que se observa en la Fig. 1.
Es lo que se denomina Análisis de Conglomerados (Cluster Analysis).
En esencia, éste no es más que un método para estudiar la matriz de distancias o similaridades con el fin de encontrar regularidades interpretables; dicho de otro modo, describiendo la estructura (5) La numerac, ión de las Estelas del Collado de Sejos no coincide con la publicada (Bueno el al, 1985).
Para el Análisis Estadistico sólo he seleccionado aquellas que ofrecian menos problemas de descripción.
(6) No coincide la numeración de las Estelas de Hemán Pérez con la publicada (Almagro Basch, 1972).
He seleccionado sólo aquellas piezas que no mostraban un estado fragmentario.
r "IO(S geométrica subyacente que pueda explicar los datos (Cunningham, 1978; Shepard, 1974).
Pero también puede servir para el caso inverso, es decir, no.buscar» una estructura sino contrastar la existencia de una construcción hipotética (Leese, 1979).
En la práctica, el objetivo del Análisis de Conglomerados es detenninar si los objetos pueden dividirse en distintas agrupaciones (conglomerados o clusters) y, si esto es posible, detenninar el número de grupos y criterios de pertenencia a ellos: la asociación de los conglomerados y las relaciones entre los mismos definen la estructura global de los datos (Everitt, 1983: 226-252; Martínez Ramos, 1984: 165 ss.).
El espacio matemático en el cual cobra significado la variabilidad del registro empírico inicial no muestra modelos de distribución ni regulares ni aleatorios (Sneath y Sokal, 1973: 194), por lo que las relaciones de orden que refleja el dendograma son más significativas que las nociones cuantitativas: los valores absolutos del coeficiente de similaridad o distancia tienen poco sentido: da más información el hallazgo de discontinuidades que no la matriz de transformaciones (Hodson, 1970(Hodson,, 1980;;Hodson y Newcommer, 1973).
Un dendograma es un conjunto de nudos y de uniones (links) entre nudos, de forma que hay una única secuencia de uniones conectando cualquier par de nudos (Cunningham, 1978).
Dado que, por definición, las distancias entre nudos coinciden con la similaridad entre las unidades respectivas (Sattah y Tversky, 1977), cada agrupamiento de objetos se fonnará en torno a niveles de similaridad específicos, lo que condiciona la definición de unidad taxonómica o tipo que no será otra cosa que un conglomerado de objetos similares.
Se han propuesto distintos algoritmos para obtener un dendograma a partir de la matriz de distancias-similaridades.
Se diferencian en la forma de rehacer la matriz de similaridades tras la fonnación de los primeros conglomerados, no en la manera de agrupar individuos.
Si lo que se toma en consideración es la menor distancia posible entre individuos o conglomerados, estaremos usando el método de las distancias mínimas; se usa el método de las distancias máximas cuando se elige el par de objetos más distantes en dos conglomerados para calcular la distancia entre unidades taxonómicas.
Si se toman los promedios de las distancias, se sigue el método de los Promedios.
Otros algoritmos: el cálculo de la distancia entre conglomerados a partir del cálculo del centroide (punto medio teórico) de cada grupo (método del centroide): el método de la mediana, si se ha obtenido la mediana de las distancias entre conglomerados,...
En este trabajo he utilizado el método de las medianas, el método del centroide, el de los promedios y el de las distancias mínimas (7).
Los dendogramas que se obtienen con estos algoritmos son distintos.
El método de las distancias mínimas tiende a producir dendogramas largos y con excesivo número de uniones y nudos.
El método de las distancias máximas, por su parte, suele producir conglomerados compactos.
El método de los promedios tiende, a su vez, a crear jerarquías encadenadas, ya que el resultado final está afectado por los puntos intermedios de los datos entre grupos (Aldenderfer, 1982).
Esta es una cuestión muy importante e insoslayable para todo investigador.
Si de una misma matriz de datos podemos obtener distintas matrices de Similaridad, según el coeficiente que empleemos (Lukesh, 1981; Bietti, 1982), y de una matriz de similaridades se extraen distintos dendogramas aplicando diferentes algoritmos, ¿cuál es la «auténtica» estructura geométrica de los datos?
Se han propuesto tantas técnicas distintas de análisis que en ocasiones se llega a obtener soluciones distintas para un mismo conjunto de datos (Morey, Blashfield y Skinner, 1983: 309).
Se ha llegado a un punto en que no es difícil pensar que el análisis de conglomerados puede vulnerar los principios previos a toda clasificación: no facilita la comunicación dentro de la comunidad cientifica; cada método parece justificarse a sí mismo: los investigadores se limitan a justificar su método antes que a interpretar sus resultados.
Otro de los problemas que plantea este método estadístico es el de la falta de interpretabilidad.
Reproduce una estructura subyacente, cierto, pero no se puede afirmar con seguridad que la estructura reproducida sea la originaria, a no ser que en la matriz de distancias-similaridades pudieran coexistir diferentes estructuras y que cada algoritmo reprodujese una de ellas.
Los matemáticos ofrecen algunas soluciones a este problema: realizar un test estadístico entre los individuos asociados por el análisis y los que aparecen asociados en la realidad (Milligan y Schilling, 1985).
Esto supone hacer inferencias externas a la matriz de datos; en Arqueología habría que correlacionar, entonces, las asociaciones del conglomerado con consideraciones cronológicas (fechas absolutas), estratigráficas o espaciales.
-hay que hacer una descripción no ambigüa del método empleado, -la selección de la medida de similaridad ha de especificarse claramente, ha de explicarse el procedimiento usado para delimitar el número de grupos, -hay que dar evidencias que conduzcan a la validación de la solución obtenida.
He seguido estas indícaciones para interpretar los dendogramas de la Fig. El siguiente agrupamiento, también constante en los cuatro dendogramas, está formado por Sejos n MoncorVo, Asquerosa, Peñatú, Paredes, Se jos I y Tabuyo.
El resto, es decir: Villar del Ala, Chaves, Troitosende, Faioes, Preixana, Longroiva, Ermida, Boulhosa, Segura, Valfuentes y Varzim no configuran un tipo en el sentido correcto de la palabra.
La heterogeneidad de este conjunto contrasta con la homogeneidad de los anteriores.
Por lo tanto, se constata que en la matriz de distancias euclídeas subyace una estructura caracterizada por la existencia de tres clases de similaridad diferenciadas.
Dentro de cada una de estas clases, la organización jerárquica de los individuos es distinta.
El Conglomerado I se caracteriza por presentar un núcleo de elevada densidad formado por las Estelas de Cerezal, Hernán Pérez IV, Toniftuelo, Hernán Pérez m, Ciudad Rodrigo n, Hernán Pérez n.
Hernán Pérez 1 y Robledillo.
Las diferencias entre los distintos espacios métricos analizados y los algoritmos de clasificación no son significantes.
A este subgrupo de alta densidad interior se le asocian dos pequeños conglomerados (Couquinho, EsPeranf;a, Crato/Riomalo y Ciudad Rodrigo 1).
El primero de ellos se caracteriza por su baja densidad interna y el segundo por su relativa lejanía del núcleo fundamental del conglomerado.
Esta última caracteristica sólo se aprecia en las Figs. la y le, mientras que los dendogramas lb Y Id su distancia con respecto al núcleo es idéntica para las dos subagrupaciones, conformando un conglomerado de estructura tripartita.
Dado que los dendogramas lb Y Ic están calculados a partir del mismo espacio métrico (Porcentaje diferencial normalizado), pero con un algoritmo de clasificación distinto, es posible achacar esas diferencias a la forma de cálculo del dendograma.
Por lo demás, esos matices no son significativos; no alteran en lo esencial la estructura tripartita de ese conglomerado, variando sólo en la estimación de la distancia entre los tres componentes.
El conglomerado II muestra también una estructura tripartita, si bien menos significativa que la anterior, pues las subagrupaciones que las componen están formadas por pares de objetos Sejos 1-Tabuyo/Sejos ll-Moncorvo-Asquerosa/Peñatu-Paredes.
No hay tampoco diferencias apreciables entre los distintos espacios métricos y los algoritmos.
No existe, propiamente hablando, un Conglomerado m, sino una serie de objetos poco relacionados entre sí, asociados a una distancia entre 0.35-0.5 1.
En cualquier caso, quizás sean significativas las asociaciones entre Segura, Valdefuentes y Varzim; Ermida y Boulhosa; Faioes, Preixana y Longroiva En cuanto a las relaciones jerárquicas entre Conglomerados, es preciso destacar la relación entre los Conglomerados 1 y II Y su falta de asociación con los grupos que forman el pseudo-Conglomerado m.
A este respecto es interesante señalar que las Estelas de Lantejuela y Salvatierra, que han sido incluidas siempre entre las Estelas Antropomorfas clásicas (Oliva, 1983 Kronenfeld, 1985).
En este modelo jerárquico se producen dos tipos de relaciones:
-la disjunción o no superposición entre categorias del mismo nivel, -la superposición estrictamente jerárquica entre categorias en diferentes niveles del árbol jerárquico (Wiener-Ehrlich.
En definitiva, el sistema jerárquico no puede representar las correspondencias paralelas o analógicas entre estructuras dentro de dos subconjuntos no superpuestos.
La representación de esos paralelismos requiere la especificación de conectores entre las subpartes de los conglomerados disjuntos (Shepard, 1974).
El algoritmo conocido como K-medias (K-means) es uno de los métodos de análisis de conglomerados no jerárquicos más utilizados.
Consiste en obtener una partición de los datos en K grupos, optimizando una medida numérica predefinida (distancia al centroide) indicativa del conjunto de agrupaciones que se quiere obtener.
Cada agrupación está caracterizada por el promedio (average) de valor de sus miembros en todos los atributos relevantes.
En cada paso se crea una distribución de casos con el mismo número de grupos, de forma que se va reduciendo la distancia media al cuadrado desde todos los componentes de cada grupo a su centroide (Doran y Hodson, 1975; Everitt, 1983; Martínez Ramos, 1984).
La estructura resultante se caracteriza por mostrar K conglomerados homogéneos excluyentes con la máxima divergencia entre clases.
En el caso de las Estelas Antropomorfas he buscado la. existencia de K = 4 clases.
Los resultados son los siguientes: Los resultados son algo distintos a los proporcionados por el Análisis jerárquico.
En primer lugar, se confirma la poca homogeneidad interna entre lo que tradicionalmente se denomina Estatuas-Menhir (Conglomerado jerárquico ID); este hecho puede interpretarse como inexistencia de un modelo iconográfico.
Por el contrario, ese modelo sí que se confirma para las Estelas Antropomorfas «clásicas" (Conglomerado no jerárquico 1), si bien Estatuas-Menhir como Preixana y Faioes aparecen incluidas en ella.
Este rasgo se debe probablemente al algoritmo de cálculo, ya que si aumentamos el número de clases (K = 5), se obtiene una nueva clase no jerárquica formada por Longroiva, Preixana y Faioes, limitándose el conglomerado no jerárquico I a las Estelas Antropomorfas «clásicas»: representación plana del antropomorfo, con o sin armas u otros objetos.
Por otro lado, la inclusión del conglomerado jerárquico n en el conglomerado no jerárquico I muestra que esas dos agrupaciones comparten ciertos rasgos; su similaridad está muy próxima a la homogeneidad interna (densidad) de la clase no jerárquica 1.
De ahí que, a la luz del análisis estadístico, sea dífícil establecer con seguridad los límites de los dístintos grupos configurados.
Definiendo un tipo como conglomerado jerárquico, y una clase como conglomerado no jerárquico, se llega a la conclusión: la clasificación no define un Tipo IlJ, sino una pseudoagrupación constituida por las piezas (Estatuas-Menhir) no incluidas en el Tipo I (Estelas Antropomorfas clásicas) o el Tipo II (Estelas Antropomorfas septentrionales).
Esa falta de formulación de un t<pseudoTipo 11M está reflejada también en la clasificación no jerárquica: se necesitan cuatro grupos (Clases 2-4) para describir adecuadamente la matriz de datos, todo lo contrario de lo que sucede con los Tipo I y Tipo ll, asociados no jerárquicamente.
Como se verá, esta estructura es altamente significativa.
LA DEFINICION DE UN MODELO MATEMATICO
La estructura descrita en el capítulo anterior no sirve de mucho, a no ser que se tenga por suficiente con el conocimiento de las constantes de similaridad a nivel estadístico.
Todo análisis matemático de la Similaridad depende de la lista de atributos empleada.
Dos objetos pueden ser tan semejantes o distintos como se quiere, basta manipular adecuadamente la descripción de los mismos.
Al seleccionar los rasgos descriptivos utilizados en este estudio me fijé, sobre todo, en las Estelas Antropomorfas clásicas, como las de Toniñuelo, Ríomalo, Hemán Pérez o El Cerezal.
Lo que. pretendía era averiguar si una serie de atributos que describiera adecuadamente a las Estelas Antropomorfas podía describir igualmente a las Estatuas-Menhir y concluir así, que ambos conjuntos estaban relacionados.
Tal y como se desprende del Análisis de la Similaridad, ésta es la Hipótesis Nula rechazada: las Estatuas-Menhir no tienen nada que ver con las Estelas Antropomorfas.
Es necesario plantearse la siguiente cuestión: ¿son los tipos jerárquicos y clases no jerárquicas agrupaciones empíricas?
Según Wittgestein: «lo que define un tipo en un sentido son propiedades; en otro los diferentes tipos son diferentes estructuras gramaticales» (Wittgestein, 1968: 47).
Es decir, lo que define una agrupación no es la serie de objetos similares, sino una estructura particular (gramatical, esto es, jerárquica) de las propiedades o rasgos descriptivos manifestados por los miembros de la clase.
Por lo tanto, habrá que ampliar el modelo matemático anterior estudiando las formas de asociación de los atributos dentro de la estructura de tipos jerárquicos y clases no jerárquicas antes descrita.
Una primera descripción de esa «estructura gramatical,. se consigue invirtiendo el análisis de conglomerados: prescindiendo de la asociación jerárquica-no jerárquica de los individuos se calcula la asociación entre variables.
Los resultados son los que aparecen en el Fig. 2.
Su interpretación es del mayor interés.
Los cuatro dendogramas reflejan la existencia de tres grandes conglomerados de atributos -el dendograma 2a (distancia euclidea y algoritmo de las medianas) es el que peor la pone de manifiesto-: l.
Presencia de una cabeza antropomorfa, representación de la nariz, ojos, boca y brazos de esa figura; presencia de la diadema y collares en el antropomorfo.
Forma anatómica del soporte, con la cabeza escultóricamente diferenciada; forma rectangular del cuerpo del antropomorfo; presencia de alabarda, espada y adornos.
Representación completa del cuerpo del antropomorfo, representación lineal del cuerpo del antropomorfo, representación de pechos femeninos y de genitales masculinos.
La variable cinturón tiene un comportamiento extraño, asociándose tanto al Conglomerado n como al Conglomerado III.
Esta estructura jerárquica no está implícita en la lista de atributos original, sino que se deriva de la similaridad entre individuos.
Comparándola con la obtenida en el capítulo anterior:. -se confirma la existencia de un grupo homogéneo de Estelas Antropomorfas clásicas, caracterizado por la representación detallista de un rostro antropomorfo y con la presencia de una diadema y collares, -la representación de armas (espadas y alabardas) aparece tanto en las Estatuas-Menhir cuyo soporte ha sido escultóricamente trabajado, como en aquellas Estelas Antropomorfas con representación plana de un antropomorfo de forma rectangular, -rasgos como la presencia de pechos femeninos y de genitales masculinos se asocian a la representación de un cuerpo antropomorfo completo, si bien su aparición constituye una excepción en la serie.'
El último grupo de atributos (m) es el peor caracterizado de todos: sólo dos piezas -Lantejuela y Salvatierra-tienen pechos femeninos, y sólo una -Chaves-cuenta con genitales masculinos, de ahí que cualquier inferencia que se haga a partir de un grupo cuantitativamente irrelevante estará poco fundada y será, por tanto, rechazable.
En lo que se refiere a los otros dos conglomerados se plantea un problema: ¿cómo interpretar las Estelas Antropomorfas con cuerpo «rectangulan>, sin diadema y con armas (Tabuyo, Sejos, Peñatu)?
Parecen estar relacionadas con las Estelas Antropomorfas y al mismo tiempo con las Estatuas-Menhir armadas.
Dado que el análisis jerárquico no resuelve esta incógnita pasaré a examinarla mediante una clasificación no jerárquica de los atributos.
Dentro de cada conglomerado (jerárquico o no jerárquico) la variación de los atributos está descrita por una ley de probabilidad (Everitt, 1983: 247), entonces la estructura cuya definición se pretende tendrá una naturaleza probabilística.
En otras palabras, cada uno de los rasgos descriptivos actúa como variable aleatoria en un sistema determinístico; conocer la ley de probabilidad de esa variable aleatoria significa poder asociar a cualquiera de sus valores eventuales -en este caso los 1 y Ola probabilidad de aparición de este valor (Aivazian et al., 1983: 54).
Por otro lado, si el conjunto de individuos -Estelas-constituye un sistema regido por una ley de probabilidad muItidimensional (tantas dimensiones como variables), los atributos relevantes de cada tipo actuarán como factores causales.
Es decir, si el atributo x es relevante para el tipo k, entonces la presencia de ese atributo sobre el individuo 1 constituirá un factor causal de la similaridad de ese grupo (Giere, 1978: 264).
Ahora bien, la similaridad entre individuos es el resultado de una peculiar estructura de los atributos, algunos de los cuales están correlacionados, otros son independientes...
Recuérdese que los objetos se describen como vectores en el espacio, y que las clases son nubes de puntos en un espacio multidimensional, cuyo hiperplano de regresión es una función de todas las distancias entre clases.
Partiendo de la orientación de ese hiperplano en el espacio multidimensional es posible averiguar no sus coordenadas con respecto a cada dimensión, sino la forma precisa en que cada dimensión contribuye a esa orientación.
La forma de realizar el cálculo de un modelo de Regresión Múltiple es bastante compleja, y no lo voy a desarrollar aquí.
Hay suficientes trabajos publicados que explican los algoritmos necesarios (Domenech y Riba, 1985).
Sí que será interesante, por el contrario, que comente los resultados del caso aquí estudiado (Cuadro n.!! 1).
Las variables relevantes a un tipo o a una clase deben mostrar entre sí una estructura de similaridad; igualmente deben mostrar un cierto grado de distancia con los atributos de otros grupos.
Este comportamiento distintivo está expresado en la similaridad intra grupos y diferencias entre grupos (Tryon y Bailey, 1970: 47).
La matriz muestra los valores de la varianza entre grupos (Between SS), que indica la varianza de cada atributo entre los k grupos; y la varianza intragrupo (within SS) o residual que indica la variabilidad de los individuos dentro de un grupo.
El modelo opta entre dos hipótesis:
-Hipotesis Nula: la varianza de las medias de los k grupos debe ser estadísticamente igual al cociente entre la varianza de la población y el número de individuos de cada grupo.
Esto es, una medida de la no relevancia de las diferencias.
-Hipotesis Alternativa: la varianza de las k medias es superior al cociente entre la varianza de la. población y el número de individuos de cada grupo.
Revela las diferencias entre grupos.
La prueba de estas hipótesis se realiza mediante el estadístico F de Snedecor.
La última columna de la matriz de resultados indica la probabilidad del suceso de la Hipótesis Nula.
Lectura de la matriz: destaca la capacidad discriminatoria de las variables siguientes: representación de una cabeza, forma anatómica del soporte, diferenciación escultórica de la cabeza, representación de un cuerpo antropomorfo completo, presencia de la nariz, presencia de brazos, diadema, cinturón y espada.
Esto significa que la varianza de estos atributos varía en las cinco clases no jerárquicas consideradas, que pueden ser descritas como modelos iconográficos diferenciados:
Estelas con soporte no anatómico, figuración de la cabeza de un antropomorfo, representación de los detalles faciales (nariz, ojos, boca) y los brazos: presencia mayoritaria de diadema y collar.
Estela con representación lineal del cuerpo del antropomorfo y pechos femeninos.
Estatuas-Menhir cuyo soporte reproduce la forma del cuerpo humano, diferenciación escultórica de la cabeza, figuración de los ojos, nariz y boca en los rostros, ausencia de collar o diadema.
Estatuas-Menhir cuyo soporte no reproduce la forma anatómica, si bien se ha intentado diferenciar escultóricamente la cabeza; ausencia de otros rasgos anatómicos; presencia de collar y cinturón; ausencia de diadema; en algunos casos, presencia de armas.
Estatuas-Menhir cuyo soporte no siempre reproduce la forma anatómica; la cabeza nunca está diferenciada si bien siempre se representa el cuerpo del antropomorfo completo, grabándolo; ausencia de algunos rasgos anatómicos (nariz y boca); presencia de collar y espada-puñal; ausencia de diadema y cinturón.
¿Cuál puede ser la interpretación histórico-cultural que mejor explique esta estructura matemática?
En el primer capítulo de este artículo ya hacía mención de las hipótesis cuya contrastación buscaba: se demuestra que la serie de Estelas Antropomorfas y Estatuas-Menhir no es homogénea, sino que coinciden en ella distintos modelos iconográficos.
Falta estudiar, entonces, la relación que hay entre ellos.
Está claro que no se trata de una idea-símbolo con ciertas diferencias según el entorno cultural, sino de objetos distintos.
Planteo ahora las siguientes hipótesis:
-la existencia de cinco modelos iconográficos se debe a la existencia de funcionalidades diferenciadas para cada ellos.
Se preserva la homogeneidad cultural del fenómeno, -la existencia de cinco modelos iconográficos se debe a la existencia de, como mínimo, cinco horizontes culturales diferenciados.
El fenómeno de las Estelas Antropomorfas y Estatuas-Menhir no es culturalmente homogéneo, no han sido realizadas por un único pueblo, -la existencia de cinco modelos iconográficos se debe a la existencia de cinco momentos cronológicos:
-Se preserva la homogeneidad cultural de! fenómeno. sólo que éste adquiere una forma distinta a medida que pasa e! tiempo.
-No hay por qué aceptar la homogeneidad cultural.
La distancia temporal entre modelos iconográficos puede hacer imposible la perduración del fenómeno.
En este capítulo intentaré contrastar la primera de estas hipótesis.
Dado que a excepción del conjunto de Collado de Sejos ni las Estelas Antropomorfas ni las Estatuas-Menhir han aparecido en su contexto arqueológico originario. no hay testimonios acerca de su posible función en el pasado.
Por ese motivo me limitaré a extraer inferencias de la descripción de los materiales.
Es un lugar común en los estudios de Estelas Antropomorfas e! diferenciar entre Masculinas y Femeninas.
Se considera que aquellas con representación de armas son figuraciones masculinas. mientras que en caso contrario se las interpreta como femeninas.
Siguiendo la hipótesis, parto de la suposición que los distintos modelos iconográficos están en función de esa distribución.
Será por tanto fundamental estudiar la forma en que las variables Espada y Diadema se distribuyen en la serie.
El modelo iconográfico n.
Q 1 incluye las Estelas Antropomorfas con y sin armas.
Consecuentemente, las tres piezas con esos atributos (Tabuyo, Peñatu, Sejos) son las más distantes al centroide de la clase no jerárquica (dist. euclidea = 0,52/0,40/0,47 respectivamente).
Sólo en el modelo iconográfico n.
Q 3, la representación de armas tiene una cierta relevancia (media = 0,60/0,20 st. dev. = 0,49/0,49) si bien lo elevado de su desviación estandard muestra la poca trascendencia de estas variables a la hora de configurar el modelo iconográfico: no son caracteres discriminantes.
Se han construido dos Modelos de Regresión Múltiple, para elegir el más preciso en la descripción de la variabilidad de la serie:
variable dependiente Espada. variable independiente Cabeza Diferenciada, Forma Anatómica del soporte, variable dependiente Diadema, variable independiente Cabeza, ojos, nariz, con la idea que estos rasgos descriptivos permitirían demostrar, en el caso de confirmarse los modelos estadísticos, que las Estatuas-Menhir armadas con soporte escultórico eran masculinas y los rostros antropomorfos diademados eran femeninos.
El primer modelo explica muy poca varianza (R2 múltiple = 0,139) lo que significa que el nivel de dependencia entre la variable Espada y aquellas que definen morfológicamente a las Estatuas-Menhir es bastante reducido: las espadas no son más caracteristicas de las Estatuas-Menhir que de las Estelas Antropomorfas.
El segundo modelo es algo más preciso (R multiple = 0,383) si bien continúa siendo mayor la varianza no explicada por el modelo que la que realmente explica.
Esto sugiere que ni la diadema es una característica presente en todas las Estelas Antropomorfas, ni que los caracteres faciales son exclusivos de esa clase.
El hecho de que las anteriores hipótesis no tengan una contrastación positiva, no es indicativo de su inoperancia.
Del Análisis de Regresión se desprende, simplemente. la nula operatividad de los modelos selccionados como indicativos, resultado que no invalida, por sí mismo, la hipótesis de la homogeneidad cultural del fenómeno, pero sí que permite dudar acerca del mismo: los modelos iconográficos no están definidos monotéticamente, no responden a una asociación fija y constante de determinados caracteres discriminantes.
La espada puede aparecer en modelos iconográficos distintos, la diadema es simplemente el rasgo más abundante en la clase de las Estelas Antropomorfas, pero no aparece en todas.
¿Acaso estos modelos iconográficos son tan distintos entre sí que no permiten la comparación?
UN ENSAYO DE ANALISIS SERIAL
En este capítulo se asumirá como supuesto previo la heterogeneidad de la serie, es decir, la no comparabilidad entre los cinco modelos iconográficos.
El problema se reduce, entonces, a la clase no jerárquica n.
Para resolver esta cuestión he intentado una comparación estadística entre la seriación empírica de las Estelas Antropomorfas y la distancia euclidea que las separa.
He considerado una ordenación geográfica Norte-Sur de las Estelas, estudiando la relación existente entre esa forma de dispersión espacial y la similaridad matemática entre cada Estela y la encontrada inmediatamente al sur de ella.
La serie en cuestión toma la siguiente forma: Peñatu, Sejos I-II, Paredes de Abajo, Tabuyo, Couquinho, Moncorvo, Ciudad Rodrigo I-II, Ríomalo, Cerezal, Robledillo, Hernán Pérez I-IV, Salvatierra, Crato, Esperan.;a, Toniñuelo, Lantejuela, Asquerosa.
La ordenación de las Estelas Antropomorfas de la clase no jerárquica n.
2 1 en una dimensión que coincida con la orientación de las mismas según un eje Norte-Sur pretende contrastar la hipótesis que hace referencia a la existencia de distintos grupos culturales como explicación a la heterogeneidad de esos monumentos.
Como las Estelas Antropomorfas con armas (Peñatu, Tabuyo, Sejos) están limitadas al Norte (León, Santander), se supone que forman un grupo diferenciado del extremeño, limitado este último a la comarca entre el Tajo y el Sistema Central.
Las Estelas (Couquinho, Crato, Toniñuelo, etc.) que aparecen fuera de estos dos núcleos han de estar relacionadas con alguno de ellos.
Esta ordenación Norte-Sur ofrece una caracteristica ausente en la ordenación Este-Oeste: la contigüidad.
En efecto, la orientación Norte-Sur coincide siempre con la menor distancia posible entre dos Estelas, lo cual no sucede en el caso contrario.
Por ejemplo, ordenando de Oeste a Este los materiales, se está obligado asociar a Esperan.;a (valle del Tajo) con Couquinho (valle del Miño) o Paredes (Galicia) con Toniñuelo (Badajoz); este tipo de seriación no tiene ningún sentido geográficocultural.
En el eje Norte-Sur, por el contrario, se respeta la contigüidad geográfica.
Regionalmente se esquematizaría: Asturias, Santader, Galicia, León, Tras-os-Montes, Salamanca, Cáceres, Beira Baixa, Badajoz, Huelva, Granada.
Se identifican dos grandes cesuras: Galicia-León (Paredes, Tabuyo) y Huelva-Granada (Lantejuela, Asquerosa) que coinciden con la seriación matemática y pueden resultar, por tanto, significativas.
Prescindiendo momentáneamente de la ordenación geográfica y considerando los distintos valores de la distancia euclidea como una función en sí misma (llamémosla Función de Contigüidad Geográfico-Cultural) es posible obtener una información muy útil para el posterior Análisis serial.
Sea el siguiente diagrama ~de tallo y hoja» (stem-and-Ieaf) (Clark, 1982; Emerson y Hoalin, 1983; Hole, 1984) los valores de la columna izquierda corresponden al primer decimal de las distancias euclideas; las filas consignan los siguientes decimales.
Así, según el diagrama, en la función hay dos valores igual a 0,00; dos a 0,22; cuatro a 0,32; siete a 0,39 etc. Se trata de una manera de agrupar los resultados para obtener una idea clara de la forma en que se organizan los valores de la función: la media es igual a 0,397 y el mayor número de valores se concentra entre 0,324 y 0,459.
¿Para qué sirve conocer estos datos?
La distancia media entre las Estelas es de 0,397, lo cual obliga a considerar esta cifra como límite máximo para identificar núcleos geográficos: las piezas cuyo índice de similaridad sea superior (su distancia sea menor) a la de la media de la serie, formarán parte del núcleo cultural hipotetizado.
3a y 3d se representa el grafo de la función original (geográficamente ordenada) así como el de los valores estandartizados (media = O; s1. dev. = 1).
La segunda es una transformación directa de la primera y de interpretación más sencilla pues la estandartización asegura la linealidad de la serie: el trazo central coincide con la media igual a O; todos los puntos a la izquierda de esa línea equivalen a Estelas cuya distancia euclidea es menor a la media.
Claramente se muestran dos grupos: Peñatu, Sejos vs. Cerezal, Robledillo, Hemán Pérez I-ID.
Las Estelas cuya distancia a la siguiente es superior a la media, por una razón u otra, no se ajustan al sistema.
Un primer grupo está formado por Paredes, Tabuyo y Couquinho.
Geográficamente coincide con el triángulo entre Galicia, León y Tras-os-Montes; lo interesante es que no están asociadas entre SÍ.
Lo mismo sucede con Esperanc;a, Toniñuelo y Lantejuela: sorprende, sin embargo, la escasa asociación entre las dos primeras, que contrasta con su relativa contigüidad geográfica.
Para contrastar esta hipótesis se ha obtenido el gráfico de probabilidad de la función (Fig. 4) que representa los valores de la ordenación Norte-Sur correlacionados con los valores que les corresponderían una vez normalizados.
Ese valor ajustado a la Ley Normal de probabilidad se calcula a partir de la fórmula (r -1/3)/(N + 1/3) en donde r es el número de orden que corresponde al valor en la función dispuesta en orden creciente: la Función de Contigüidad Geográfico-Cultural muestra un apreciable ajuste a la ley Normal.
Se postula, entonces, que esos valores dependen de un gran número de factores aleatorios independientes, cuya acción es irrelevante, no estableciéndose predominio entre ellos, sino que el carácter de su acción es aditivo (Aivazian et al., 1983: 134).
De ahí que los valores alrededor de la media sean los que experimentan menos la acción de esos factores.
En el presente caso, el factor que no influye en la media de la serie es la dispersión geográfica; por consiguiente, aquellas Estelas cuya distancia es igual a la media de la serie, serán las menos influidas por esa dispersión.
En la Fig. 5 aparece la misma función geográficamente ordenada «atenuada» (smoothed), es decir, se han transformado sus valores para reducir las oscilaciones rápidas, disminuyendo la contribución de los componentes de alta frecuencia a la varianza de la serie transformada (Gottman, 1981; Wilkinson, 1986): lo que en el grafo de la función de valores originales estandártizados aparecía sobre la media, ahora se desplaza geométricamente, ganando en interpretabilidad.
En efecto, se observa que llegado a un punto concreto (Sejos 11), la similaridad entre Estelas disminuye (aumenta la distancia euclidea) cuanto más al Sur.
Este comportamiento diferenciador tiene su mayor expresión en la primera cesura antes identificada (Paredes, Tabuyo, Couquinho).
A partir de este punto y cuanto más al Sur, es decir, cuanto más cerca de Extremadura, aumenta la similaridad, configurándose un modelo iconográfico espacialmente definido hasta llegar a la siguiente cesura (Esperanc;a, Toniñuelo), punto desde el que la desimilaridad vuelve a ir en aumento.
En otras palabras, nuevamente un modelo geográfico caracterizado por la existencia de dos núcleos culturales y las transiciones intermedias.
Para contrastar este modelo he definido la Función de Autocorrelación de la serie.
Los datos están autocorrelacionados si hay una cierta predictabilidad desde el pasado de una serie hasta sus valores actuales (Gottman, 1981;U riel, 1985).
En el caso de las Estelas se trabaja con una serie espacial, por lo que la autocorrelación se definirá como la relación existente entre el valor de la serie en un punto y su valor en otro anterior (en este caso. septentrional) (Hodder y Orton.
donde x es la media de la serie y x, la observación en un punto dado; (x,.,) es la observación en un punto k veces posterior.
La secuencia de valores r, para k = 1.2.3.... n constituye la Función de Autocorrelación Estimada o correlograma.
Si cada punto está relacionado con el anterior. entonces la correlación será alta.
El correlograma (Fig. 6) muestra cuatro grupos. dos con autocorrelación positiva y que coinciden con los hipotéticos núcleos culturales y dos con elevada autocorrelación negativa.
Las cesuras son ahora más claras (cambio de signo de la autocorrelación): entre Sejos II y Paredes.. entre Salvatierra y Crato.
Hay. sin embargo. varios problemas implícitos en el análisis: 1) Algunos de los errores de estimación pueden ser debidos a deficiencias de la muestra.
La Estela de Salvatierra. distinta de casi todas las demás. interrumpe una seriación que sin ella seria lógica (escasa distancia euclidea entre Hernán Pérez m y Toniñuelo) entre las piezas del Norte y del Sur del Tajo.
2) El núcleo central de Estelas Extremeñas fuertemente similares entre sí revelado por el Análisis no coincide totalmente con el tipo jerárquico n.
Según el correlograma. ese grupo está formado por: Robledillo.
Hernán Pérez I-IV. mientras que del Análisis de Conglomerados se infería que Couquinho.
Esperan~a y Toniñuelo formarían parte también del él.
3) Toniñuelo tiene más semejanzas con las Estelas septentrionales (Hernán Pérez) que con las situadas más cerca (Crato, Esperan~a).
La cesura recogida por el Análisis afecta por tanto más a las dos Estelas portuguesas que a la encontrada en la Cuenca del Guadiana.
Recuérdese que las Estelas de Crato y Esperan~ formaban un pequeño subtipo dentro del Tipo jerárquico 1, asociándose a la de Couquinho (Tras-os-Montes) y no al núcleo principal.
El análisis Serial no pretende estudiar la homogeneidad interna del conjunto, sino su relación según un eje unidimensional.
Se observa que, en líneas generales, la ordenación de distancias euclideas respeta la ordenación geográfica Norte-Sur: las piezas menos contiguas son las que muestran una mayor autocorrelación negativa (Paredes, por ejemplo).
Por otro lado, es interesante advertir la discontigüidad estadística entre piezas halladas en la misma población (Ciudad Rodrigo I-lI), señal de que la heterogeneidad de la serie, aunque explicada en parte por la seriación espacial, puede tener otros factores causales.
Este Análisis es, pues, típicamente exploratorio.
A diferencia de lo que sucede en los estudios clásicos de series temporales, no he buscado ni la identificación del modelo ni la estimación de sus parámetros, cuestiones interesantes que exigirán otro artículo para exponerlas, trabajo que está actualmente en curso.
LA HETEROGENEIDAD DE LA SERIE COMPLETA
En el capítulo anterior he intentado estudiar el conjunto, relativamente homogéneo, de Estelas Antropomorfas clásicas y no clásicas buscando las razones de la disparidad de algunos de los elementos.
Se definían dos núcleos fundamentales, sin una relación muy clara entre ellos.
Ciertamente, el análisis de la lista de atributos es limitado.
Es preciso disponer de información empírica adicional que permita contrastar el modelo obtenido.
Desgraciadamente, un registro arqueológico que se refiera al Mundo de las Estelas no ha sido todavía identificado.
Es posible, sin embargo, hacer algunas inferencias con los datos disponibles.
Si la diferencia entre los dos núcleos diferenciados de Estelas Antropomorfas puede ser descrita geográficamente, entonces, esa disparidad regional se repetirá a otros niveles del contexto arqueológico: para datar correctamente las Estelas habrá que definir un momento histórico en el que esas regiones (León, Santander vs. Extremadura) eran culturalmente distintas.
Durante el Megalitismo la homogeneidad debió de ser bastante marcada en todo el Occidente de la Meseta (Bueno, 1984; Delibes y Santonja, 1986), por lo tanto, difícilmente se considerará como la época de esplendor de las Estelas.
Por otro lado, es posible que haya que ver en esta época el origen del fenómeno: las semejanzas formales de las placas decoradas, con una iconografía muy parecida a la de las Estelas Antropomorfas (Bueno, 1984; Enríquez y Hurtado, 1986).
Además, estas placas decoradas dolménicas no son nada frecuentes en la parte septentrional de la Meseta, por lo que no sería de extrañar que sea durante el Megalitismo cuando se empieza a gestar el origen de unas diferencias culturales que alCanzarán sus cotas máximas en la fase siguiente.
Las armas representadas en Peñatu, Tabuyo y Sejos se refieren a un horizonte postcampaniforme-Bronce Antiguo.
Esta región es cuIturalmente distinta de la Meseta: no hay campaniforme típico y sí notables influencias del Círculo Atlántico (la probable alabarda tipo Carrapatas de Tabuyo); en definitiva, se trata de una región que culturalmente está vinculada más al Noroeste que a la Meseta (Delibes y Fdez.
Las Estelas Antropomorfas clásicas se concentran en Ciudad Rodrigo (en las estribaciones de la Sierra de Gata) y el río Tajo: Hernán Pérez, Robledillo, Ríomalo, Cerezal.
Aparte de ellas cabe citar los ejemplares de Crato y Nossa Sra. da Esperan~a, inmediatemente al sur del Tajo, en la Sierra de San Mamed, que es la última estribación de los sistemas montañosos que dividen la penillanura cacereño-trujillana de la cuenca media del Guadiana, en la que aparece aislada, la Estela de Tonmuelo (Jerez de los Caballeros).
Al norte, las piezas de Quinta do Couquinho y Moncorvo (Braganza), aparentemente sin relación geográfica con el núcleo principal del Sistema Central.
El contexto arqueológico de esta región es totalmente desconocido.
Se han publicado tan sólo algunos dólmenes, entre los que destaca el de Guadalperal (Navalmoral de la Mata), por lo que se supone la existencia de ciertas diferencias, fundamentalmente, la perduración del entelTamiento colectivo y la ausencia de elementos del horizonte de Ciempozuelos (Harrison, 1977).
Aparentemente, pues, las sierras de Gata, de Béjar y Gredos operan como una barrera que limita los contactos entre el Duero y el Tajo, contactos que son mucho más frecuentes a través de las sierras de Malagón y Guadarrama con la cuenca alta de ese último río.
A lo largo del valle del Tajo las relaciones debieron ser escasas: a Guadalperalllegan elementos campaniformes, pero descontextualizados.
¿Por qué no hay Estelas Antropomorfas en la Meseta propiamente dicha?
La única explicación posible es que esas piezas son la manifestación de una cultura particular: allí donde se han encontrado más Estelas y éstas son más semejantes entre sí, ese es el núcleo fundamental.
Ciertos elementos se expanden hacia el sur y el oeste, nunca hacia el este.
En definitiva, los dos grupos de Estelas Antropomorfas son propios de regiones con personalidad propia que se distinguen netamente del desarrollo cultural que por entonces tenía lugar en la Meseta.
Esto no quiere decir, evidentemente que fueran áreas aisladas.
Por un lado, aparecen elementos del Círculo Atlántico en la Meseta: alabardas tipo Carrapatas en el Manzanares y en Pantoja (Toledo); la espada de Arenero de la perla (Madrid), etc. (Ruiz-Gálvez, 1984); por otro lado, algunas Estelas Antropomorfas muy semejantes a las del núcleo fundamental (Couquinho, Toniñuelo) aparecen fuera del área original del Tajo.
Ciertamente, no es lo mismo el intercambio de objetos metálicos que la aparición de Estelas fuera de su lugar originario.
Este último hecho requiere movimiento de gentes, ya que al ser cuantitativamente escasas las Estelas del Sur y el Oeste, no pueden interpretarse como testimonio de la expansión de una ~idea religiosa>l.
De algún modo las gentes del Sistema Central salen de su zona y entablan contacto (¿guerras, conflictos?) con otras poblaciones.
Los tres grupos de Estatuas-Menhir distinguidos en el Análisis de Conglomerados no parecen ser susceptibles de interpretación histórico-cultural, ya que los dos únicos criterios empíricos contrastables -cronológico y geográfico-no están correlacionados.
La lista de atributos original no discriminaba entre morfologías de espada (8), por lo cual resultan asociadas Estatuas-Menhir con espada «argárica>l (Valdefuentes de Sangusín), con puñal de antenas (Segura de Toro) (9); espada de remaches (Preixana); con puñal campaniforme (Longroiva).
Como la morfología de la espada-puñal es el único criterio cronológico fiable, la tipología procedente del estudio estadístico previo no puede ser interpretada como prueba de la evolución y desarrollo morfológico-cultural.
Otro tanto sucede cuando se intenta una explicación geográfica de las clases de semejanza.
Pueden identificarse tres áreas de distribución:
-el área del Tajo (Segura de Toro, Valdefuentes, Longroiva, Tapado do Moita), el Noroeste (Chaves, Varzim, Troitosende, Faioes), -hallazgos dispersos en el Este (Villar del Ala, Preixana), ninguno de los cuales coincide con los modelos iconográficos estadísticamente definidos.
¿Cómo se puede interpretar, entonces, el análisis estadístico?
En primer lugar hay que señalar la gran heterogeneidad de la serie, lo cual es ya indicativo de la escasez de relaciones entre los elementos individualizados.
Los rasgos morfológicos que definen cada una de las clases no pueden interpretarse ~culturalmente», es decir, que los distintos grupos humanos que se pueden definir arqueológicamente en esas áreas no tienen, cada uno de ellos, una forma propia de hacer Estatuas-Menhir.
Esto no quiere decir, tampoco, que compartan una idea general: las diferencias a nivel cronológico y geográfico son excesivas.
Una clasificación no estadística alternativa de las Estatuas-Menhir sería: l.
Valdefuentes, Preixana, Tapado do Moita, Faioes (?) (8) El escaso número de ejemplares no aconsejaba la inclusión de este atributo.
(9) Esta atribución (Sayans, 1966) ha sido puesta en duda por algunos autores.
El estado actual del grabado impide ulteriores discusiones, tal y como pude comprobar personalmente en el Museo Arqueológico de Cáceres donde está depositada la pieza. )
Segura de Toro La presencia de una alabarda tipo Carrapatas en la Estela (formalmente no es una Estatua-Menhir) de Longroiva obliga a datarla en el Bronce Antiguo.
La estructura iconográfica es semejante a la de Tabuyo del Monte: alabarda y puñal flanqueando el idoliforme, sólo que éste es muy distinto en las dos piezas; el de Tabuyo es idéntico a los de Sejos y Peñatu, y con ellas forma un grupo (Estelas Antropomorfas septentrionales con armas) diferenciado cultural, cronológica y geográficamente de los demás.
¿Es Longroiva testimonio de contactos entre la región del Sistema Central y la comarca montañosa de León-Santander?
La Estela de Longroiva es propia de un área que quizás pudiera llamarse «Area de los creadores de la Alabarda de Carrapatas», es decir, el sector portugués del valle del Duero.
Más concretamente apareció en el distrito de Guarda, junto al núcleo dolménico tardío (Bronce Medio) del Alto Mondego (Orca dos Juncais).
Es una pieza aislada y de la cual difícilmente podemos decir que se trata de la primera de una serie.
Hasta la aparición de las propiamente llamadas Estatuas-Menhir pasarán aún doscientos o trescientos años.
Longroiva puede ser contemporánea de las Estatuas Antropomorfas clásicas (Hernán Pérez, Ciudad Rodrigo, etc.); con ellas mantiene relaciones geográficas y cronológicas ya que no ideológicas.
Este carácter único de Longroiva se repetirá en las otras Estatuas-Menhir.
Esa es la razón de la heterogeneidad que revela el Análisis Estadístico.
Frente a la homogeneidad, a la estrecha similaridad que une a las Estelas Antropomorfas que forman un grupo cerrado tanto geográfica como cuIturalmente, las Estatuas-Menhir aparecen como casos únicos, aislados.
Finalmente, me he decantado por la hipótesis de la Heterogeneidad del Fenómeno de las Estelas Antropomorfas y Estatuas-Menhir.
Esta hipótesis, que se desprende de mi lectura personal de los resultados del Análisis estadístico ha de ser contrastada.
Utilizaré para ello el método conocido como Análisis Factorial (o de Componentes Principales) Confirmatorio.
Este potente método estadístico consigue una visualización geométrica del conjunto de variables estudiadas, reduciendo la dimensionalidad -en este caso hay 19 dimensiones, una por atributodel conjunto.
Para realizar esto, el Análisis proporciona un cierto número de proyecciones sobre una serie de planos.
Los ejes perpendiculares de esos planos son seleccionados como una combinación, en grados diversos, del conjunto de medidas iniciales.
El Análisis Factorial sustituye las medidas originales por nuevas variables, los factores (combinación lineal de las variables primitivas) con ayuda de las cuales es posible obtener la representación geométrica en un espacio reducido.
En otras palabras, el Análisis extrae una matriz A de una matriz R de correlaciones.
La matriz A relaciona las variables con los factores comunes.
La representación variables-factores permite, entonces, definir dimensiones influyentes y establecer relaciones entre las variables, basadas en la correlación (Leredde y Djind jian, 1980; Cuadras, 1981).
A continuación se representa la matriz de pesos factoriales (la matriz A) para el conjunto de variables en la Lista de Atributos (Cuadro 2):
Los cinco factores explican el 72,5% de la varianza de la serie.
Según el peso diferenciado de los atributos en cada Factor, éstos pueden ser descritos:
Factor l.-Morfologia del Cuerpo del Antropomorfo.
Opone la tipología del de las Estelas Antropomorfas clásicas (un rostro más o menos humano, a veces figurándose todo el cuerpo) al de las Estelas Antropomorfas con armas (relevancia de la variable Espada), de forma paralelográmica y sin rasgos faciales.
Es decir, que el conjunto de Estatuas-Menhir repite, en líneas generales, la doble iconografía presente en las Estelas Antropomorfas: una serie manifiesta rasgos antropomorfos más detallistas que la otra.
Ahora bien, esa bi-clasificación que es significativa, culturalmente, para las Estelas Antropomorfas, es muy confusa en las Estatuas-Menhir: en las clases 1lI y IV hay piezas de cronología «antigua» (Preixana vs. Valdefuentes) y 4<modema» (Chaves vs. Varzim).
La conjunción de los Factores 1 y 3, 2 y 3 añade la componente Complejidad a este esquema.
Las clases nítidamente definidas se parten y superponen, lo cual revela la heterogeneidad del fenómeno, así que se utiliza como variable explicativa el grado de complejidad con que ha sido representada la figuración antropomorfa.
Dado que los criterios iconográficos están mezclados (el Factor 3 opone las estelas de Peñatu y Longroiva, ambas con una datación aproximada en el Bronce Antiguo), quizás fuera mejor considerar este Factor 3 como el definidor de la «Individualidad», ordenando a las piezas según su nivel de detallismo.
Es decir, mientras que los Factores 1 y 2 explican la variabilidad general de los modelos iconográficos, el Factor 3 explica la diversidad dentro de cada uno de los modelos.
La estructura geométrica producida mediante el Análisis Factorial no coincide con la revelada por el Análisis de Conglomerados.
En primer lugar se observa que la problemática Estela Antropomorfa de Lantejuela está dentro de la «clase Factorial>, que agrupa a las Estelas Antropomorfas, si bien el Factor 3 la diferencia convenientemente.
En segundo lugar, el Análisis Factorial se muestra más preciso al diferenciar las que he llamado Estelas Antropomorfas septentrionales (Peñatu, Paredes, Sejos, Moncorvo, Tabuyo).
Recuérdese que el Análisis de Conglomerados jerárquico también discriminaba entre ellas.
El modelo iconográfico 3 coincide plenamente con la clase factorial 4, mientras que la clase factorial 3 asocia los modelos iconográficos 4 y 5.
En definitiva, es necesario considerar la existencia de varias formas de «hacen, las estelas (modelos iconográficos), las cuales explican la variabilidad general de Estelas Antropomorfas y Estatuas-Menhir.
Sin embargo, estos ejes de variabilidad no son interpretables histórica ni cuIturalmente: a excepción de lo que sucede con las Estelas Antropomorfas clásicas, durante el CaIcolítico y la Edad del Bronce los distintos grupos culturales del Occidente de la Península Ibérica construyen Estatuas-Menhir de forma independiente unos de otros.
Los rasgos comunes que a pesar de todo unen algunas piezas deben ser explicados a partir de la convergencia de ciertos criterios iconográfico.s, los cuales están en función de consideraciones técnicas (grabado y esculpido) y funcionales: si la figura simbólica que se expresa en piedra tiene atributos semejantes en varias culturas, sus representaciones tendrán semejanzas aunque esos grupos humanos nunca se hayan relacionado.
A título de ejemplo, la figuración de una divinidad guerrera siempre mostrará la presencia de armas.
El Análisis Estadístico ha permitido mostrar la gran homogeneidad del conjunto de las Estelas Antropomorfas opuesto a la heterogeneidad de las Estatuas-Menhir.
Como se ha partido del supuesto que la muestra estudiada es aleatoria -las Estelas Antropomorfas y Estatuas-Menhir han sido siempre hallazgos casuales-, se considera que ese comportamiento es significativo.
Además, se ha podido demostrar que la variabilidad estadística de las Estatuas-Menhir no está en función de criterios cronológicos ni geográficos, al revés de lo que sucede con las Estelas Antropomorfas.
Todo ello permite diferenciar ambos conjuntos y conseguir algunas informaciones de interés acerca de los pobladores prehistóricos de esa región.
( c ): DIAGRAMA DE TALLO Y HOJA DE LA VARIABLE NORTE-SUR, N = 21 |
restos arqueológicos que aparecían en el lugar cada vez que se procedía a realizar trabajos de roturación en los bancales del olivar.
En vista de ello, se procedió a un inmediato reconocimiento y prospección de la zona que deparó indicios suficientes como para suponer la existencia de un asentamiento prehistórico de cierta importancia.
Dada la escasez de datos existentes sobre la Edad del Cobre en Extremadura, y al amparo del programa de investigaciones que sobre este periodo se desarrolla por el Museo Provincial de Cáceres, se solicitó el preceptivo permiso de excavación a la Dirección del Patrimonio de la Consejeria de Cultura de la Junta de Extremadura, cuya concesión permitió llevar a cabo varias actuaciones arqueológicas sistemáticas (1984)(1985)(1986)(1987), a las que haremos referencia en conjunto.
PLANTEAMIENTO DE LOS TRABAJOS
La gran cantidad de materiales que se encontraban dispersos por toda la superficie del Cerro, como consecuencia de las constantes remociones de tierra realizadas por los arados, motivó que, como primer objetivo, se planeara una sistemática recogida de materiales de superficie (área delimitada por un círculo en el esquema topográfico de la Figura 1), con el fin de obtener datos suficientes que pudieran ayudar a conseguir una valoración más completa del yacimiento, ilustrando la posible secuencia de su ocupación.
Se pretendía con esta actuación, igualmente, determinar las posibles zonas de mayor interés para el posterior trabajo de excavación.
En definitiva, se perseguía la obtención de una referencia capaz de articular la información arqueológica -un tanto dispersaregistrada en este territorio, para así, en lo posible, cotejarla con la brindada por las zonas aledañas.
Para el desarrollo de la excavación propiamente dicha, se escogieron tres zonas a diferentes alturas, con el objeto de localizar posibles áreas de ocupación y establecer sus respectivas comparaciones estratigráficas (Fig. 2).
Así se han planteado distintos cortes sobre la meseta de este domo (<<M»), en su ladera (<<L») y al pie de esta, o base «((B»), totalizando 18 cuadriculas de 4 m/2 y 16 m/2.
En la primera de ellas, o superior, los 9 cortes abiertos han atestiguado una ocupación perteneciente a la Edad del Cobre.
A lo largo de su desarrollo estratigráfico, pueden distinguirse, al menos dos periodos, según la presencial ausencia de ciertos elementos como, en particular, la cerámica campaniforme, constatada tan sólo en las capas superiores.
Por lo demás, el conjunto del equipamiento doméstico de esta comunidad permanece aparentemente estable, manteniendose los mismos elementos industriales, en conjunto, correspondientes a un desarrollo ya pleno del Calcolítico.
En la ladera, el único corte excavado, atestiguó la total alteración del relleno arqueológico por la actividad antrópica reciente, si bien, el grueso de los materiales hallados presentan notables afinidades con el lote recuperado en la meseta, con aparición igualmente de tipos campaniformes.
Por último, en la base del Cerro, los 8 cortes excavados arrojan quizá la evidencia más interesante, pues se registran dos grandes fases de ocupación.
Una de ellas, la más reciente, análoga a la advertida tanto en la meseta como -revuelta-en la ladera; la otra, caracterizada por la aparición. de diversos tipos de cerámicas decoradas, correspondiente a época tardoneolítica.
Entre ambas media un nivel de granito descompuesto, arqueológicamente estéril, que garantiza esta diferenciación preliminar.
La estratigrafía de este sector del Cerro es un tanto homogénea y reiterativa.
Solamente cabe destacar que, la potencia de esta capa estéril decrece conforme nos alejamos del batolito, como consecuencia de su erosión.
Sobre esta base puede avanzarse la ocupación del sitio desde época tardoneolítica hasta los (prro de la Horca -PlClsenzuelCl-( CACERES.) ~~::5iiii~$i;;e!!!!!"'" uldialanl"la.nl,. curva.
2.-Localización de los cortes abiertos en el ce"o, hasta septiembre de 1986. epígonos de la Edad del Cobre, significados por el hallazgo de especies campaniformes cuyas decoraciones se incluyen en la órbita de Ciempozuelos y grupos afines.
Por desgracia, esta secuencia, de una potencia estratigráfica media de 1,20 m., no muestra una continuidad cultural, sin que, por el momento, en ninguno de los cortes excavados haya sido posible advertir ningún tipo de vinculación entre las utilizaciones neolítica y calcolítica del Cerro.
La atribución neolítica de la primera ocupación del Cerro de La Horca, proviene de la caracteri- zación tipológica del conjunto de materiales recuperados.
En los perfiles estratigráficos esta fase se desarrolla en una potencia media de 20-30 cms., localizándose el techo de la capa a una profundidad de 1,00 m.
Se asienta directamente sobre el lecho granítico, cuya disgregación le confiere una coloración amarillenta y textura granulosa y compactada.
En ella se registran diversos materiales fracturados, entre los que adquiere un marcado protagonismo como elemento definidor el lote de cerámicas (Fig. 3).
El primer dato a considerar es la mayoritaria presencia de cerámicas decoradas frente a las especies lisas.
La representación más numerosa y, a la vez, que mejor caracteriza este horizonte está constituida por los tipos decorados con técnica de boquique, entre los cuales y prescindiendo de cuestiones relacionadas con factura o perfección de diseño, se observa una tendencia a agrupar las decoraciones en motivos lineales -rectilíneos o curvilíneos-y paralelos, ordenados en algún caso a partir de elementos en relieve (mamelones).
En ocasiones, las bandas de boquique se hallan festoneadas por líneas de pequeñas impresiones triangulares.
Se observa también la existencia de motivos incisos o impresos sobre los bordes y algunos elementos en relieve -mamelones, cordones impresos-como motivos decorativos.
Igualmente, se recoge la presencia de algunas asas de cinta y como elementos aislados, de dos fragmentos incisos, uno con un triángulo invertido relleno de líneas más o menos verticales de muy tosca ejecución, y otro con líneas verticales que parten del borde.
En cuanto al conjunto de cerámicas lisas, de morfología similar a las de los tipos precedentes, merece destacarse la presencia de una cazuela de carena baja con paredes rectas, una fuente de perfil bajo con labio ensanchado y aplanado y un fragmento de borde engrosado, perteneciente a una olla globular.
Junto con ellos, los cuencos de perfil semiesférico y los de paredes rectas constituyen el lote más abundante de este conjunto cerámico.
Por su parte, la industria litica es bastante pobre, faltando evidencias relativas a útiles pulimentados al igual que sobre los elementos de trituración y molienda.
El utillaje tallado, se reduce a algunas pequeñas hojas y lascas de sílex, un discoide de pizarra desbastado -presumiblemente usado como tapadera de una orza-y un segmento de círculo microlítico de sílex de sección triangular y dorso tallado con retoque abrupto.
Las unidades de habitación correspondientes a esta primera ocupación son prácticamente desconocidas.
Sólo en el Corte «B. IV» pudo documentarse la presencia de una estructura delimitada por una alineación paracircular de bloques de granito hincados que dejan en su trazado una zona libre en la que se registró lo que bien pudiera haber constituido un agujero para la inserción de un poste y, frente a el, y al exterior, una pequeña placa circular de barro cocido.
Podría sugerirse su condición de hogar anexo a la cabaña, pero la falta de indicios de combustión impide asegurar esta posible identificación funcional (Fig. 4).
La práctica totalidad de los materiales brindados por este Corte, proceden del interior de esta estructura, delimitada, como se adelantó, por una alineación de piedras que, más que un zócalo o basamento, parece constituir una especie de refuerzo de base o contención de otra posible construcción erigida con materiales perecederos.
La presencia de abundantes pellas de barro con improntas vegetales -de cañas y retama-induce a considerar la construcción de un frágil. chamizo vegetal probablemente enlucido -y aislado-con barro.
Al igual que esta habitación, según se indicó, la ocupación neolítica del Cerro -por el momento, sólo documentada en su base-se halló fosilizada por una capa de árido completamente estéril.
El Calcolítlco (Fig. 5) La ocupación de este sitio, particularmente en la parte superior o meseta, permite -según la presencial ausencia de algunos elementos (p.e. campaniforme, cobre... etc.)-delimitar provisionalmente al menos dos fases, si bien entre ambas se advierte una notable afinidad ergo lógica, expresión de una continuidad cultural y de poblamiento.
En relación con esta se hallan numerosos sitios localizados en las inmediaciones del yacimiento, sólo reconocidos de forma superficial.
La diferenciación sugerida a nivel ergológico no resulta tan clara desde el punto de vista estratigráfico; únicamente es perceptible un cambio gradual de la coloración del paquete, más ceniciento y compactado cuanto mayor es su profundidad.
Ello, probablemente explicita la cohesión cultural de una misma comunidad afincada en esta localidad durante la Edad del Cobre.
De ahí que procedamos al examen conjunto de sus vestigios para, posteriormente, discutir su posible evolución desde la óptica de sus aspectos más significativos.
Entre unas cotas medias de 0,4-0,9 m. de profundidad se advierte una capa cenicienta y compactada con abundantes restos.
La cerámica muestra un claro predominio de recipientes semiesféricos, en su mayoría cuencos, de mediano y pequeño tamaño; de platos, fuentes y cazuelas, preferentemente los provistos de bordes engrosados-reforzados, y en menor medida, de bordes engrosados-almendrados y de «pestaña>l (Ruiz Mata, 1975) entrante, junto a ejemplares simples y escudillas plano-cóncavas de bordes redondeados.
Además de ello, se constatan algunas ollas correspondientes a tipos globulares, ocasionalmente con bordes engrosados-reforzados.
Junto a algunos fragmentos de vasos, se cuenta un interesante conjunto de pequeñas tazas de superficies oscuras, bien alisadas (casi bruñidas) asimilables a los ejemplares denominados «de paredes finas» (Hurtado, 1986;1987).
La cerámica decorada es relativamente abundante, asociándose en su mayoría a vasijas abiertas, ya que el grupo de ollas sólo presenta algunas acanaladuras someras alrededor de la boca o, caso de poseer cuello, con decoración de cordones impresos como elemento diferenciador.
Precisamente es el conjunto de decoraciones impresas el que, asociado a la incisión como técnica de delimitación de los campos (triangulares o rectangulares), resulta más característico, contándose matrices realizadas con punzón de punta roma circular y triangular, rellenas con pasta blanca.
Aparte de ello, se registran estas mismas técnicas distribuidas sobre el cuerpo de los vasos -en su mayoría cuencosasí como impresiones de caña, también organizadas en bandas.
De entre este lote cerámico, aparte de un esteliforme inciso, relativamente frecuente en sitios calcoliticos -mas cuyos precedentes se remontan hasta el Neolítico «medio»-, otros elementos definidores de esta capa son las cerámicas incisas y un fragmento pintado.
Las primeras, con triángulos, series de líneas perpendiculares al borde, trazos someros oblícuos y entrecruzados alrededor del borde, así como diseños en forma de espina de pescado; el segundo, con series de trazos rojos incurvados superpuestos constituyendo motivos arracimados a partir de la boca.
Los mamelones -perforados o no-como elementos de prehensión, y los crecientes, pesas y fusayolas, además de un probable morillo, entre la ((cerámica industrial», completan el registro cerámico hallado en esta capa.
La industria lítica es abundante, siendo relativamente variada la representación de útiles tallados y pulidos, así como de instrumentos de trituración y molienda.
Entre la primera destaca el elevado índice de foliáceos y hojas de sección triangular y trapezoidal.
Aparte de algunas lascas, por lo general grandes y de secciones espesas, este instrumental resulta definido por la relativa diversidad de armaduras, contándose foliáceos de base recta o plana, de base convexa -cordiformes y alargadas-,. triangulares de bordes rectos y, finalmente, puntas de flecha de base cóncava.
Aparte de estas, se cuenta una armadura romboidal con pequeños apéndices laterales y varios ejemplares con aletas.
La ultima fase de ocupación del yacimiento se desarrolla desde superficie hasta los 0,4 m. de profundidad media.
La capa superficial, de unos 15-20 cms. de potencia, se encuentra muy removida por las labores agrícolas, observándose un brusco cambio de textura y coloración de la tierra en la zona de contacto con el primer nivel no alterado de este yacimiento.
Es esta una capa muy rica en hallazgos, cuyas características ergológicas son muy similares a las ya descritas en la anterior unidad estratigráfica.
Sin embargo, como ya se adelantó, determinados materiales permiten dotar a los niveles superiores del Cerro de la Horca de personalidad propia.
Lo más destacable, por su significación intrínseca, es la presencia de cerámicas campaniformes y de algunos elementos metálicos.
Entre las primeras, la nota de mayor interés la pone, sin duda, la documentación de ejemplares de los cuatro tipos principales de los campaniformes peninsulares: especies incisas, puntilladas geométricas, marítimas y cardadas -un solo fragmento-están representadas en el Cerro de la Horca, sin que, por desgracia, sea posible por el momento nada má~ que constatar su presencia, ya que su aparición se produce generalmente en las capas más altas del yacimiento, donde se ha perdido cualquier posible relación estratigráfica debido a la acción continuada de los arados.
Junto con las cerámicas campaniformes, la aparición de algunos punzones de cobre biapuntados y láminas enrolladas del mismo metal confirman la localización de este paquete estratigráfico en un momento pleno del desarrollo calcolítico de esta región.
Pese a la incertidumbre que supone la alteración de estos niveles, quizás haya que relacionar con campaniformes y cobre la aparición de algunos ejemplares de cerámica decorada con pastillas repujadas o aplicadas.
Su vinculación con campanifonnes cordados ha quedado de manifiesto en los resultados obtenidos en otros yacimientos de la zona (Hurtado y Amores, 1982), aunque continúa abierta la polémica sobre el origen y difusión de tales elementos.
Las condiciones de su hallazgo en el Cerro de la Horca no permiten, de ningún modo, aportar nuevos datos sobre el particular.
En todo caso, parece clara una desaparición gradual de campaniformes y pastillas repujadas confonne se avanza en profundidad, en favor de los diseños en espina de pez, triangulos incisos, etc., que ya se describían en la unidad estratigráfica anterior.
En la zona alta del Cerro se documentaron, en este nivel, los restos de dos estructuras de habitación, prácticamente superpuestas.
La primera de ellas conservaba dos hiladas de bloques de granito de pequeño tamaño calzados con guijarros.
Bajo ella se desarrollaba otra estructura muy similar, que mantenía aún tres hiladas de bloques de granito de mayor tamaño y de disposición más irregular que en el primer caso.
Ninguna de las dos estructuras conserva su planta íntegra, aunque las trayectorias de los muros conservados permite el reconocimiento de plantas aproximadamente ovales.
Sobre estas bases de mampostería se desarrollarían paramentos construidos con elementos vegetales trabados con barro, a juzgar por las numerosas pellas de arcilla con impresiones de ramas y cañas que pudieron recogerse.
Estas construcciones fueron, además, reforzadas con postes de madera, clavados en la tierra y calzados en su cimentación con pequeñas lajas de pizarra.
El interés del asentamiento del Cerro de la Horca estriba no sólo en su localización geográfica, sino, sobre todo, en la posibilidad que ofrece de apuntar -siquiera de forma preliminar-una caracterización del desarrollo de la Edad del Cobre en este territorio.
En el primero de los sentidos, su ubicación en la cabecera del río Tamuja, afluente del Tajo, permite relacionarlo con la dinámica cultural por el momento registrada en diversos tramos de esta última cuenca fluvial.
Así, independientemente de mayores precisiones, es clara su vinculación con el yacimiento de Los Castillos de Las Herencias en Toledo (Alvaro et alü, 1986) y, por extensión, con una serie ya relativamente amplia de habitats calcoliticos de la orla occidental de la Meseta Norte.
Por otra parte, participa igualmente de bastantes de los rasgos advertidos en el poblamiento de la Cuenca Media del Guadiana, principal referencia de tipo secuencial, por el momento constatada, sobre el poblamiento calcolítico en Extremadura.
Por otra parte, su registro estratigráfico constituye la primera referencia explícita acerca del proceso evolutivo de la Edad del Cobre en esta zona de Extremadura.
Desafortunadamente, este desarrollo parece corresponderse en líneas generales con una fase ya plena y tardía del Calcolítico, faltando toda evidencia relativa a un horizonte previo de formación.
En relación con ello, cabe valorar la discontinuidad de la estratigrafía, en cuya base se sitúa un interesante nivel definido por sus cerámicas decoradas e industria con algún geométrico, de clara filiación neolítica.
El interés que este descubrimiento reviste para el estudio del Neolítico de las tierras del interior de la Península se ve, no obstante, mermado, ante la imposibilidad de determinar cualquier nexo entre el mismo y los inicios de las primeras culturas metalúrgicas de la región.
Los datos recientemente brindados por la excavación de la cueva de La Charneca, con especies cerámicas lisas y, sobre todo, decoradas (Enriquez, 1986), muy semejantes a las aquí tratadas, en lo que se refiere a la fase neolítica del yacimiento, obliga a discutir la asignación cultural de este horizonte tardoneolitico en el contexto de la prehistoria reciente del Suroeste peninsular, En relación con ello, se halla no sólo la identificación de este horizonte, sino la propia periodización de la Edad del Cobre en estos territorios.
Evidentemente, la ocupación neolítica del Cerro de la Horca aparece caracterizada por la asociación de al menos dos elementos que no van a perdurar en las etapas calcolíticas subsiguientes: la cerámica decorada con técnica de boquique -tradicionalmente polémica-y una industria microlítica, aquí al menos singularizada por un segmento de círculo (1).
La cerámica de boquique, aparte de la cueva homónima (Almagro, 1977; Rivero, 1972-73), se localiza en numerosas estaciones, habiéndose registrado recientemente en las inéditas de Atambores (Zarza de Montánchez), Peña Aguilera (Montánchez), Los Barruecos (Malpartida de Cáceres), Cueva de Conejar (Cáceres), Alardos (Madrigal de la Vera) y La Oliva (Plasencia).
La Meseta Central presenta un número más reducido de yacimientos en los que esta técnica hace acto de presencia, documentándose con certeza hasta el momento en Verdelpino (Cuenca) (Moure y Femández-Miranda, 1977), Cuevas de La Nogalera (Municio y Ruiz-Gálvez, 1986) y de La Vaquera (Zamora, 1976), en Segovia, y en la Galería del Sílex (Ata puerca, Burgos) (ApeHániz y Domingo, 1987).
Pese a lo precario de estos datos, referidos a zonas actualmente en estudio, parece evidente una cierta rarificación de estas especies conforme nos alejamos de tierras extremeñas.
En cuanto al segundo elemento, la industria microlitica, pese a su ínfima representación en Plasenzuela, es interesante señalar por una parte, su inexistencia durante la ocupación calcolítica del sitio -en sintonía con lo advertido en el poblamiento de la Cuenca Media del Guadiana-y, por otra, su generalizada presencia en los sepulcros megalíticos adintelados que pueblan este territorio (Bueno, 1987: 82).
Sin embargo, el problema de los geométricos en Extremadura suele interpretarse como una pervivencia neolitizante durante la Edad del Cobre, incluso en una fase ya plena (Enríquez y Hurtado, 1986: 40; Hurtado, 1987: 40).
En esta región, el grueso de la información procede de una serie de yacimientos localizados sobre la Cuenca Media del Guadiana.
Así, por ejemplo, los de Araya (Enríquez, 1982), El Lobo (Molina, 1980) y, sobre todo, La Pijotilla (Hurtado, 1987), entre otras localizaciones próximas a Badajoz (Enríquez y Domínguez, 1984), o las registradas en la comarca de Llerena (Enríquez e Iniesta, 1985).
Sobre esta base se plantea una secuencia cultural trifásica (Hurtado, 1986(Hurtado,, 1987;;Enríquez y Hurtado, 1986) afín a las líneas maestras de la dictada para el Bajo Alentejo y Algarve (Tavares y Soares, 1977 y 1981) que, asimismo, parece proyectarse sobre Huelva (Martín de la Cruz, 1986) y el Bajo Guadalquivir (Femández y Oliva, 1986).
Desde esta perspectiva, la secuencia cultural de la Edad del Cobre en Extremadura contemplaría un desarrollo trifásico.
La fase más antigua, definida por el «horizonte de la cazuela carenada» -aún sin platos de «borde almendrado»-, con presencia de algunas cerámicas decoradas, de armaduras de base cóncava e inexistencia de vestigios de cobre, tipificada por localidades abiertas como la de Araya, se ha venido asimilando, -un tanto ambiguamente-,.a un Neolítico Final contemporáneo al Calcolítico Inicial o, más bien, a un Calcolítico Inicial, por consiguiente, neolitizante.
(1) El hallazgo de este tipo de elementos en contextos habitacionales, es tan infrecuente como numéricamente escaso, circunstancia que induce a ponderar su posible correlación con contextos funerarios contemporáneos, caso de las estructuras megalíticas arquitrabadas, tan abundantes en este territorio.
A título orientativo, pueden reseñarse los, ciertamente escasos, ejemplares de geométricos hallados en estaciones como La Peña de Los Gitanos, durante la fase Montefrio 1, estrato VI NI A, en Granada, (Arribas-Molina 1978: 118) El Calcolítico Pleno cuenta con dos horizontes: uno más antiguo, o arcaizante, protagonizado por localidades como El Lobo o la Granja Céspedes -ambos de filiación «dolménicall-, al que sucede sin solución de continuidad otro atestiguado por La Pijotilla.
Esta fase, considerada en su conjunto, se correspondería con una diversificación tipológica de los asentamientos, acorde probablemente con una estrategia de control geoeconómico del territorio.
En este sentido, El Lobo (Calcolítico Pleno «arcaizante») revelarla la existencia de poblados abiertos sujetos a una triple influencia: por una parte, la del horizonte del Calcolítico Inicial. patente a través de la presencia de cazuelas carenadas y decoraciones impresas y bruñidas; por otra, la tipificada por La Pijotilla, expresada por el hallazgo de platos de borde almendrado y utensilios de cobre; finalmente, la aparición de ídolosplaca y báculos decorados -como en la Granja de Céspedes-inducen a considerar no sólo el carácter megalítico de estas poblaciones, sino también la asimilación a este momento del Calcolítico Pleno del grueso de los sepulcros de cámara poligonal y corredor de Extremadura.
Por último, La Pijotilla (Calcolítico Pleno y Final) se desarrollaría paralelamente a la utilización de El Lobo, deduciéndose al menos tres fases para su ocupación (Hurtado, 1986;1987).
La primera de ellas (ma), estarla caracterizada por la abundancia de platos y de ollas, contándose sólo algunas cazuelas carenadas.
La segunda (mb) -posiblemente contemporánea del campaniforme en el Estuario del Tajo-mostrarla la presencia de elementos como las pastillas repujadas, las decoraciones esteliformes -presentes en Araya-, las peinadas onduladas, -situables en un ambiente precampaniforme, en los primeros compases de la Edad del Cobre peninsular, como mostrarían los hallazgos de Vila Nova de San Pedro y Penedo, en Portugal. y de Las Pozas, en Zamora (Del Val.
Por último, la tercera (mc), ya muy desvirtuada, se correspondería con especies campaniformes y, posiblemente, con la edificación de casas rectangulares de piedra.
Al hilo de ello, el seguimiento estratigráfico de los «vasos de paredes finas», es sumamente sugestivo, ya que, tras la evidencia del enterramiento circular cistoide de La Guadajira (Hurtado, 1985), constituye una sólida aportación acerca de las bases autóctonas de la Edad del Bronce de la zona, día a día más antiguo (Ruiz-Gálvez, 1984).
Desde esta óptica, El Cerro de la Horca podría asimilarse sin dificultad al desarrollo ocupacional de La Pijotilla, del mismo modo que su etapa tardoneolítica es asimilable a los vestigios recuperados en la Cueva de la Charneca.
Sin embargo, cabría discutir este esquema y, con ello, precisar la adscripción cultural y cronológica del yacimiento de Plasenzuela.
Distintas evidencias lo aconsejan.
El examen del conjunto de materiales entregados por esta localidad muestra de forma ostensible las diferencias existentes entre el equipamiento doméstico de la frecuentación inicial (CH.
1) y el usado durante la Edad del Cobre (CH.
Desafortunadamente, se produce, como se adelantó, un hiatus.
Esta inferencia, a su vez resulta constrastada por el propio registro de área superior, o meseta.
Además, la diferente distribución espacial de ambas ocupaciones es un aspecto que no conviene obviar: mientras los vestigios de CH.
1 se registran en la base de este cerro, los pertenecientes a la Edad del Cobre (CH.
2) se agrupan preferentemente en la cúspide amesetada del mismo.
Inferir de ello la posible transformación de los patrones de ocupación, a través del reacondicionamiento del habitat y su adecuación a condiciones defensivas, ante la falta de evidencias correspondientes a momentos intermedios, es sólo una hipótesis.
Con todo, estas diferencias -trasunto de un uso bien distinto del Cerro y, acaso también, de la diferente dedicación económica de sus ocupantes-parecen obedecer a la distancia cronológica existente entre ambas utilizaciones del yacimiento.
Como se ha razonado, CH.
1 y las restantes localidades anteriormente reseñadas en las que se han registrado fragmentos con decoración de técnica de boquique, presentan una estrecha afinidad con la ocupación inicial de La Charneca, cavidad situada en las inmediaciones de Oliva de Mérida, atribuida preliminarmente «al Neolítico Final o, en su defecto, a un Calcolítico muy arcaizante» (Enriquez, 1986: 21) y, por consiguiente, dentro de un ámbito relativo a los orígenes de La Edad del Cobre, por el momento tipificado por asentamientos neolitizantes como el de Araya.
Así pues, junto a la posible obsolescencia de este tipo de localidades, asimilables sin dificultad al «horizonte da ta~a carenadélll del S.O., se encontraría este complejo caracterizado por las decoraciones de punto-y-raya, presuntamente contemporáneo del desarrollo de las primeras comunidades propiamente calcolíticas en la Baja Extremadura.
Por ello entre otros aspectos, creemos acertada la atribución del conjunto de materiales de La Charneca -siquiera genéricamente-al Neolítico, en particular a una fase avanzada (Enriquez, 1986: 23), no al Neolítico Final caracterizado por las cerámicas lisas -«horizonte de la ta<;a carenada»-y, desde luego, tampoco a los inicios de La Edad del Cobre, mudándolas «arcaizantes».
Desde esta óptica, esta ocupación inicial del Cerro de La Horca -al igual que la de La Cueva de La Charneca-parece corresponderse con el epígono de la tradición neolítica definida por las cerámicas decoradas, siendo factible asimilarla al denominado Neolítico «Tardío» de la Alta Andalucía (Arribas y Molina, 1980: 12) o al «Superior» del Occidente portugués (Guilaine y Veiga Ferreira, 1970).
Los materiales con decoración de boquique de La Cueva de la Charneca, al igual que los de esta primera ocupación del Cerro de La Horca y los de las restantes localidades señaladas (cuevas, abrigos y estaciones abiertas), pueden asimilarse sin dificultad a esta fase tardeoneolítica y, con ello, a un fondo cultural neolítico, previo a Neolítico Final de Cerámicas lisas, en el S.O. caracterizado por la da<;a» o cazuela carenada, base, a su vez, del desarrollo de La Edad del Cobre en estos territorios (Piñón, 1987b).
A lo largo de la secuencia cultural del Neolítico a La Edad del Bronce, al menos en el ángulo sudoccidental de la Península, resultan claramente definidos dos segmentos, ambos parcialmente representados en este yacimiento.
Uno, propiamente neolítico, que, independientemente de la filiación de su génesis (cardial o "acardial") se desenvuelve hasta alcanzar una fase Tardía, y otro, a partir del Neolítico Final, que, sin solución de continuidad, actúa como sustrato del ulterior desarrollo del calcolítico, base que, a su vez, generará las transformaciones de la denominada Edad del Bronce.
A caballo del desarrollo de ambos segmentos, se sitúa el correspondiente al megalitismo, fenómeno ciertamente polimórfico en el que, si bien se reconocen una serie de fases (Leisner, 1966; Cunha Serrao, 1979), continua siendo arriesgado advertir una evolución (Kalb, 1981).
A lo largo de su desarrollo, empero, se advierten algunas de sus líneas de fuerza (Oliveira Jorge, 1983), y dos tradiciones constructivas -la adintelada y el sistema abovedado-propios también de sendas «áreas focales» entre las que, presumiblemente, debieron mediar ciertos contactos, primero (Leiner, 1951; Ferrer Palma, 1982) de Oeste a Este y, después, en dirección opuesta.
De los contacto~ de los constructores de sepulcros adintelados con las poblaciones de la «ta<;a carenada», con antelación a las primeras aportaciones milláricas en Occidente, son prueba evidente (Piñón, 1987a) los hallazgos de ídolos -y, acaso también, de foliáceos-en localidades como El Lobo, La Granja de Céspedes o Papa Uvas.
De las relaciones -posiblemente expansión-de estas comunidades dolménicas hacia el Este, Occidente posee la evidencia suministrada por los «ídolos almerienses» ofrendados en diversas tumbas del IV milenio B.C., las estelas antropomorfas recientemente descubiertas en dos de los monumentos «compuestos» de la necrópolis de El Pozuelo, en Huelva, y finalmente, aparte de algunos testimonios rupestres, el sincretismo iconográfico -y presumiblemente iconológico-de placas como las de Genemigo (Viana-Dias de Deus, 1955: 54) o Lapa do Bugio, sepultura 11 (Monteiro et alü, 1971: 117).
En apoyo tanto de aquellos contactos como de estas relaciones y, en definitiva, de la contemporaneidad del Neolítico Final definido por el «horizonte de la tac;a carenada» y los constructores de dólmenes (cámara poligonal alentejana, fase compuesta del megalitismo en Huelva) cabe advertir una serie de datos recientes.
Por una parte, la «fundación» del propio yacimiento de Los Millares en una fase plena de la Edad del Cobre del S.E. o, más explícitamente, en un momento avanzado de la misma (Arribas-Molina, 1988: 5).
Por consiguiente, el complejo de Los Millares -como los de Valencina de la Concepción (Fernández y Oliva, 1985) o La Pijotilla (Hurtado y Amores, 1982) en el S.O. no es la causa de un proceso, sino su consecuencia.
De ahí que, lógicamente, el conjunto de elementos catalogados como «coloniales» o «milláricos» (fortificaciones, sepulcros abovedados, incluso objetos de cobre... etc.) en Occidente se detecten preferentemente a partir del Calcolítico Pleno, sin campaniforme.
La segunda evidencia és la brindada conjuntamente por la reinterpretación estratigráfica del asentamiento de Paredes (Cunha Serrao, 1983) y la utilización funeraria de la Gruta de Feteira (Zilhao, 1984).
Ambas localidades muestran nítidamente la diferenciación del Neolítico Final de cerámicas lisas respecto al fondo cultural tardoneulítico previo (Neolítico Tardío) y la Edad del Cobre.
Según ello, el horizonte de los «copos canelados>! del calcolítico inicial extremeño (Marques-Cunha Serrao, 1979), dejaría de prescribir la atribución transicional preliminarmente otorgada al «horizonte>!
Vale Pincel ll-Cahec;o da Mina en el Bajo Alentejo y Algarve, y, por extensión, la del conjunto de asentamientos atribuidos a un Calcolítico Inicial «neolitizantell o «arcaizantell de las restantes regiones del S.O. Tanto la datación radiocarbónica de Lapa do Fumo, B. (3.090"'= 160 b.C.; Cunha Serrao-Marques, 1987) como la de Papa Uvas, II (2.890 "' = 120; Martín de la Cruz, 1985), entre otras, una vez calibradas -como corresponde-resultan notablemente más antiguas que las pose idas para el Calcolítico Inicial del Estuario del Tajo (Whittle-Arnaud, 1975), y ajustadas, en cambio, a las brindadas por distintas cámaras poligonales correspondientes a la fase de apogeo del megalitismo occidental (Leisner.
Una última sugerencia de esta reflexión subrayaría la presencia de cazuelas carenadas en distintos sitios como Vale Pincel ll, Papa Uvas ll-m o Araya y, por el contrario, de platos de borde engrosado en Alcalar, Valencina de la Concepción (Corte «C») o La Pijotilla.
Como recientemente se ha planteado (Hurtado, 1987) este desarrollo en el S.O. se caracterizaría por presentar dos elementos definidores: la «ta~a» o cazuela carenada, inicialmente atribuida a la transición del Neolítico Final a la.Edad del Cobre (Tavares-Soares, 1977) no, como se ha indicado, a un Calcolítico neolitizante, y el plato de borde almendrado, habitualmente considerado exponente de un momento Pleno de esta última (Ruiz Mata, 1975).
Sin embargo, según el diseño secuencial aquí sugerido, entre Araya (Neolítico Final) y La Pijotilla (Calcolítico Pleno y Final) ciertamente se hace evidente la falta de una auténtica «transición,. u horizonte de formación de esta plenitud de la Edad del Cobre.
Esta, caracterizada por la asociación estratigráfica de sendos elementos definidores del Neolítico Final -«tac;a» carenada-y del Calcolítico Pleno del S.O. -plato de borde engrosado-, es la atestiguada por Papa Uvas IV, (Martín de la Cruz, 1986b), y las instalaciones previas a la fortificación de Los Vientos I (Piñón, 1988) y Monte da Tumba 1 (Tavares da Silva-Soares, 1985), correspondientes al Calcolítico Inicial, fase en la Cuenca Media del Guadiana probablemente atestiguada por sitios como El Lobo (Malina, 1980) y algunas otras localidades de su entorno (Enríquez e Iniesta, 1984).
Desde esta óptica, la ocupación del Cerro de La Horca, mostraría -al menos según los materiales recuperados-su correspondencia con el Neolítico Tardío (CH.
1) así como con las fases ya Plenas y Finales del desarrollo de La Edad del Cobre (CH.
2) en estos territorios.
Debido a ello, acaso se verificó la utilización de la parte superior de este batolito, defendida de forma natural y desde la que se veía asegurado el control de los pasos y de los campos inmediatos.
Como se ha razonado, faltan por el momento las evidencias relativas precisamente a los horizontes de formación de este desarrollo calcolítico (Neolítico Final y Calcolítico Inicial o Antiguo-, por lo que resultaría aventurado arriesgar mayor número de hipótesis sobre las características del proceso bosquejado en estas páginas, cuyo objeto no es otro que razonar el interés de esta región y, en particular, de este asentamiento para la definición del poblamiento de la Alta Extremadura durante la Edad del Cobre.
La caracterización pormenorizada de su uso así como la explicación de este proceso, pretenden efectuarse en otra ocasión. |
RESUMEN En este trabajo se pretende aportar nuevas bases para la interpretación del Bronce Antiguo de la Meseta Superior.
Se analiza la incorporación de nuevos elementos y su generalización. no sólo como consecuencia de factores exógenos, sino sobre todo de cambios endógenos.
La existencia de nuevos yacimientos de base tradicional plantea la coexistencia de contextos culturales diversificados, frente a la uniformidad campaniforme mantenida anteriormente.
Desde los trabajos de Tarradell (1947de Tarradell (, 1950de Tarradell (, 1965)), que vinieron a desmontar la idea de una Edad del Bronce peninsular unificada por la Cultura del Argar, poniendo de relieve las diferencias regionales y la fuerza de sus contextos tradicionales, la investigación realizada en la Meseta ha ido llenando lagunas de conocimiento y clarificando algunos de sus aspectos oscuros.
En este sentido hay que destacar al ajuste de la fase Cogotas 1 en el Bronce Final. como cultura que hunde sus raíces en la tradición anterior, la diferenciación clara de los materiales de esta fase y del horizonte Campaniforme, así como el puente de conexión que establecen los yacimientos del Bronce Medio o contextos Protocogotas entre aquel horizonte y los más antiguos de la Edad del Bronce y Eneolítico final_ Pero es el horizonte convencional correspondiente al Bronce Antiguo el que plantea mayores problemas de definición y delimitación.
En este sentido hay que apuntar que serán el megalitismo y el vaso campaniforme -fenómenos culturales de referencia europea-los que llenen, en gran (') Departamento de Prehistoria.
Madrid. medida. el Eneolítico peninsular y el de la Meseta en particular. impidiendo la valoración de diferencias culturales dentro de este marco regional.
Así, desde que Maluquer, en sus trabajos sobre la inhumación de Villabuena del Puente (Zamora) (Maluquer, 1960), valorara además los materiales asociados al campaniforme y planteara que megalitismo y campaniforme eran fenómenos independientes en el occidente de la Meseta, se van a deslindar dos campos, como también indicó Delibes: «uno eneolítico / calcolítico en el que tiene cabida el desarrollo megalítico. y otro Bronce 1 propiamente tal para el mundo campaniforme tardío, que coincide con la difusión -no aparición-del cobre>l (Delibes, 1976: 141); por tanto será lo campaniforme lo que orientará el Bronce Antiguo en esta zona, aceptando para el campaniforme Ciempozuelos un marco cronológico, apoyado por el mayor número de fechas de e.14 en la Península, en la primera mitad del segundo milenio a.e.
Así pues, cubierta con el campaniforme la primera mitad del segundo milenio, se quiso llenar también con su prolongación el espacio que quedaba hasta el Bronce Final o Cogotas 1, admitiendo la existencia de un epicampaniforme, también denominado «estilo Silos», por ser las especies de este lugar las consideradas más significativas (Molina y Arteaga, 1976: 176-178), planteamiento que encontraba algún apoyo en los datos proporcionados por la cueva de Arevalillo (Fernández Pos se, 19B 1) Y La Vaquera (Zamora, 1976) en Segovia.
Trabajos posteriores han mostrado la identificación del «estilo Silos» con el campaniforme Ciempozuelos, manteniendo la sincronía de ambos (Delibes y Municio, 1982: 75-77).
Por otro lado, fechas de e.14 como las proporcionadas por Fuente Olmedo de 1670 a.e. han llevado a situar en torno a esta fecha el momento de plenitud del campaniforme (Delibes y Municio, 1982: 75), todo ello influido sin duda alguna por la identificación de contextos con cerámicas incisas tipo Cogotas en momentos cada vez más antiguos, llegando hasta el s. XVI (Apellániz y Domingo, 1987: 263); por tanto para dar cabida y poder explicar su desarrollo se opta por retrotraer el campaniforme.
Esto, unido todavía a la relativa oscuridad o vacío, cada vez menor, desde ese momento considerado de plenitud del campaniforme hasta el desarrollo de Cogotas 1, ha hecho que algunos autores planteen o cuestionen la aplicación de Bronce Antiguo y Medio para la cuenca del Duero, alegando que esta sistematización de corte europeo presenta en esta zona un carácter meramente cronológico, pero queda desprovisto de contenido cultural (Delibes y Esparza, 1985: 148-149), ya que -refiriéndose al Bronce Antiguo-no se vislumbran «acontecimientos de importancia similar a la que en otras latitudes sirve para delimitar este período»; además se argumenta que «ello llevaría a cortar o dividir el campaniforme Ciempozuelos, fenómeno de gran entidad entre campaniforme y Bronce Antiguo,.
En base a todo ello se propone agrupar el período que va entre dos culturas bien conocidas en la Meseta Superior, el campaniforme y el cenit de Cogotas 1, «grosso modo)) entre 1700 y 1200 a.C. y denominarlo e<Etapa Oscur~ o e<Etapa AnterioD), argumentando que no es posible deslindar en la Meseta dos etapas con verdadera personalidad anteriores al Bronce Final (Delibes y Esparza, 1985: 149; Fernández, 1985: 57).
Es decir, toda estructuración o periodización de la Meseta tiene como único punto de referencia la ubicación y referencias cronológicas que se barajan en cada momento para el campaniforme.
Pensamos que el tema de la Edad del Bronce en la Meseta no se resuelve prestando atención exclusivamente a aquellos elementos tipológicos más relevantes o significativos desde el punto de vista de la Prehistoria Europea, prestando escasa atención a aquellos yacimientos no atribuibles o que no encajan en esos parámetros generales.
Por ello, abogamos por el análisis de los contextos de forma general, sin dejarse llevar por e<fósiles directores,. clásicos ni imponiendo éstos sobre todo el contexto; asimismo es necesario prestar atención a los aspectos económicos y paleoecológicos que sirven de base y explicación al desarrollo cultural (Harrison, 1984: 290-291).
En este sentido es necesaria una visión integrada de las estructuras y orgaI)ización del habitat, material cerámico, lítico, óseo y metálico, datos faunísticos, palinológicos y sedimentulógicos, así como los sistemas de enterramiento con ellos asociados (Martínez, 1979: 101).
Hay que tener en cuenta, cada vez más, que todos los contextos culturales diferenciados o que se vayan diferenciando en la Edad del Bronce no tienen por qué estar ordenados linealmente, sino que pueden tener un desarrollo sincrónico.
Factores previos de diferenciación cultural
Para el estudio del Bronce Antiguo en la Meseta Superior hay que partir del conocimiento del sustrato eneolítico y de la incidencia campaniforme, para poder luego valorar la personalidad de cada uno, su evolución e interconexiones.
Esto es todavía más necesario si tenemos en cuenta que lo campaniforme, desde el final del Calcolítico, con su consideración de intrusivo, anulaba la tradición anterior y era el único punto de referencia para el Bronce Antiguo.
Pero si observamos la Meseta Superior al final del Calcolítico, nos damos cuenta de que es difícil mantener una uniformidad cultural, que no existe por otro lado tampoco en lo geográfico y económico, ya que en un recorrido rápido acusamos enseguida las diferencias entre los rebordes montañosos, más aptos para una economía ganadera, y el centro de la cuenca o zonas de campiña.
Esta diferenciación geográfica y ambiental debió verse resaltada por la ocupación humana que con mayor intensidad se acusa en esta zona desde el Neolítico, centrándose sobre todo en los rebordes montañosos y las penillanuras zamorano-salmantinas; por el contrario, el centro de la cuenca va a verse escasamente ocupada.
Pero al aspecto cuantitativo de la intensidad de ocupación de las distintas zonas hay que añadir posiblemente otro cualitativo como es la procedencia o relación de estos grupos.
Valoración de los elementos del horizonte campaniforme
Por otro lado, hay que reconocer que la consideración de lo campaniforme Ciempozuelos va acompañada de poca concreción, puesto que se da el mismo valor o etiqueta campaniforme tanto a un conjunto funerario típico como a un fragmento cerámico u objeto metálico, asociado a esta cerámica, que aparezca aislado en un contexto tradicional, lo que ha contribuido a ofrecer un todo cultural uniforme.
En este sentido, no hay que olvidar que la impropiamente llamada «cultura Ciempozuelos» fue definida en función de enterramientos individuales en fosa con un ajuar característico -las tres cerámicas, punta Palmela, puñal de lengüeta, brazal de arquero, etc.-, que por primera vez se detectaron en esa localidad madrileña; es decir, una manifestación cultural que aglutina en su ritual funerario un conjunto de objetos de distinta procedencia.
Pero estos objetos no son exclusivos de estos conjuntos, ni aparecen siempre asociados a la cerámica campaniforme, sino que se encuentran también en otros contextos no campaniformes, bien diferenciados, del Bronce Antiguo peninsular.
En la zona o foco dolménico del Suroeste no se conocen fosas individuales con ajuar campaniforme y continúan siendo los dólmenes los que reciben las cerámicas campaniformes y otros elementos metálicos y líticos, que encontramos en las fosas individuales campaniformes.
Pero hay que dejar claro que los ajuares campaniformes o elementos del ajuar campaniforme son los menos frecuentes ya que siguen dominando los conjuntos tradicionales de material lítico y cerámicas lisas y decoradas con pezones.
El tipo de cerámica campaniforme más frecuente es de Ciempozuelos -Aldeavieja, Coto Alto, Galisancho, Guejuelo, La Veguilla, Prado de la Nava de Salvatierra-; solamente se conocen algunos fragmentos de vasos marítimos (Teriñuelo y Prado de la Nava en Salvatierra de Tormes) y mixtos (La Veguilla y Aldeavieja de Tormes) (Delibes y Santonja, 1986: 175).
La presencia de campaniforme es notable en Galisancho, en donde se ha recogido un conjunto numeroso: 20 vasijas, 8 vasos, 7 cazuelas y 5 cuencos.
Pero las inhumaciones que van acompañadas de estos ajuares se realizan en una zona periférica del túmulo y en otra del corredor, pero muy superficial. es decir, utilizan el lugar para enterrar sin más (Delibes y Santonja, 1986: 177).
Las diferencias del ritual dolménico se unen también a cierto distanciamiento del ajuar funerario más típicamente campaniforme; en este sentido, aunque están presentes las tres formas campaniformes típicas, no se mantiene la relación vaso, cuenco, cazuela (Delibes y Santonja, 1986: 177-178).
En los dólmenes se han recogido diferentes objetos metálicos atribuidos al Bronce Antiguo europeo; destacan varias chapitas de oro, algunas interpretadas como diademas o como cuentas por estar enrolladas, como las aparecidas en Aldeavieja; también varias han aparecido en Galisancho y La Veguilla.
También algunos elementos líticos frecuentes en los contextos campanifores, como puntas de pedúnculo y aletas, se conocen en La Veguilla y Las Eras del Sierro en Retortillo -similares a Fuente Olmedo y San Martín-, así como brazales de arquero en Galisancho y Las Torres (Delibes y Santonja, 1986: 180).
La presencia de este conjunto de elementos nos habla de la vinculación de esta zona con el resto de la Meseta, más todavía cuando el campaniforme Ciempozuelos no se conoce en la zona portuguesa.
Esta influencia oriental quizá esté también indicada por la presencia de campaniformes mixtos en la Veguilla y Aldeavieja de Tormes (Delibes y Santonja, 1986: 176), cuyo origen se sitúa al otro lado del Pirineo, y aunque se mantiene una mayor antigüedad para ellas no hay que olvidar su asociación a los tipos incisos y puntillados en Agoncillo a principios del II milenio (Barandiarán, 1978: 422; Delibes y Santonja, 1986: 176).
Pero las relaciones con la zona portuguesa de esta zona como en la etapa anterior están documentadas por la presencia de vasos puntillados en Teriñuelo y Prado de la Nava de Salvatierra de Tormes, así como en el Castro de la Mariselva (Maluquer, 1958: 23; Delibes, 1977: 38) y en un torques de extremidades aplastadas de la Veguilla (Pérez Martín, 1983; Delibes y Santonja, 1986: 180), relacionado con los de tipo paletas, frecuentes en la fachada atlántica, fechados habitualmente en el s. xvm al igual que los dos conocidos en la Penínsult,l Ibérica, en El Viso (Córdoba) y Caldas de Reyes (Pontevedra), fechados a comienzos de la Edad del Bronce (Ruiz Gálvez, 1979: 164; Hernando, 1983: 88-90).
Los poblados de esta zona relacionados con los dólmenes también indican una continuidad al principio de Bronce Antiguo; así, los castros de Mariselva (Maluquer, 1958: 17-28), Picón del Rey en Cerralbo (Salamanca), Peña del Aguila en Muñogalindo (López, 1974), Aldeagordillo (Eiroa, 1973), Sonsoles (Avila) (Eiroa, 1969(Eiroa, -1970)), ofrecen todo un conjunto de materiales como cerámica Ciempozuelas (Peña del Aguila, Sonsoles), leznas, puñalitos de cobre planos de forma triangular con perforaciones en la base, puntas de flecha de cobre (Sonsoles).
En el Noroeste, que desconoce lo dolménico, el Bronce Antiguo solamente se conoce por elementos metálicos, como puntas Palmela, puñales de lengüeta, quizás algunas hachas planas de dimensiones reducidas y filo algo abierto, como las de Villaceid, Renedo de Valderaduey y Cea y otras sin procedencia conocida (Delibes y Fernández, 1983: 32), realizadas a molde monovalvo, y el ídolo de Tabuyo del Monte donde, junto a un ídolo oculado, aparecen una espada-puñal que, según parece, hay que relacionar más que con puñales de lengüeta, con los de tipo Carnoet de lengüetilla y clavos en los dos extremos, y una alabarda que aunque de dífícil identificación se ha querido relacionar con las de tipo Carrapatas, lo que indicaría una conexión de esta zona con el Noroeste peninsular atlántico (Delibes y Fernández, 1983: 30-31;F ernández, 1985: 56; Delibes et alii, 1982: 153-160).
Algunos de estos hallazgos metálicos hay que relacionarlos con noticias de enterramientos individuales de los que existen escasas noticias, como el de Grajal de Campos con palmelas, La Peredilla con brazales de arquero y un puñal de lengüeta, en León (Delibes y F ernández, 1983: 28), o El Vado de Celada de Roblecedo (Palencia) (Delibes y Fernández Miranda, 1981) con puñal de lengüeta y puntas Palmela.
Todas estas inhumaciones tienen un denominador común, y es la ausencia de cerámica campaniforme, lo que les aleja de la Meseta y lleva a mirar a la zona galáico-portugesa (Delibes y Fernández, 1983: 32), en donde el Bronce Antiguo está caracterizado por la «Cultura de Montelavar» con enterramientos individuales en cistas, sin cerámica campaniforme y con elementos metálicos, como éstos del Noroeste meseteño, similares a los que acompañan al campaniforme Ciempozuelos (Ruiz Gálvez, 1979), y con otros que muestran las conexiones atlánticas ya comentadas.
El reborde montañoso que rodea el centro de cuenca del Duero aparece bien diferenciado desde el punto de vista cultural.
Aunque en todo el reborde se observa una gran similitud en cuanto a la cultura material, no obstante se acusan diferencias entre el reborde del Sistema Ibérico y el Central.
Así, en el Sistema Ibérico está bien documentado, como ya indicamos, el enterramiento en dólmenes -que probablemente alterne con el enterramiento en cuevas documentado desde el Neolítico-.
En esta zona no se conocen enterramientos campaniformes en fosa ~ este tipo de cerámicas y los metales asociados con ellas los hallamos, al igual que sucede en el foco zamoranosalmantino, en los dólmenes; así, cerámica y un brazal de arquero se recogió en Cubillejo de Lara (Osaba et alii, 1971), cerámica en Ciella (Delibes et alii, 1982: 163-165), las cerámicas y botón de perforación en V en Las Arnillas (Delibes et alii, 1986: 26-27), y cerámica también en Tablada de Rudrón (Campanillo, 1984: 161).'
También los habitats en lugares altos y bien defendidos como El Castillo de Castrojeriz, Alto de Amaya, Penal de Burgos y El Picacho de Silos, o en cueva como El Peñal de Valdegeña (Jimeno, 1986), La Mina de Casarejos (Beltrán y Lucas, 1957; Delibes, 1977: 5t), -juntd con sus contextos tradicionales presentan algunos de estos materiales, lo que nos asegura una continuidad de los contextos tradicionales anteriores y una tendencia al asentamiento, a prinCipios del Bronce Antiguo, en yacimientos al aire libre en lugares elevados y estratégicos.
En este sentido, la cerámica campaniforme no alcanza apenas el 596 del total de la cerámica (Delibes y Esparza, 1985: 144), que está caracterizada por una serie tipológica exigua con mayor representación de recipientes cuenquiformes con predominio de los hemisféricos, y de mediano y gran tamaño, con decuraciones plásticas de curdones y mamelones, acompañadas de impresiones digitales y ungulares, así como paredes rugosas conseguidas con anchas incisiones o paso de dedus.
También se conocen vasos y vasijas de fondo plano y algunos vasos carenados (Campíllo, 1984: 160).
Por el contrario, el Sistema Central de la Meseta Superior no conoce los dólmenes -aunque hay que tener en cuenta que existe en su proximidad el grupo segontino en la vertiente hacia el Tajo de este reborde (Osuna, 1975)-; los habitats y los enterramientos se practican en las cuevas, e incluso ambos en la misma cueva, desde el Neolítico -La Vaquera (Zamora, 1976), La Nogaleda (Municio y Ruiz-Gálvez, 1986), etc.-.
Pero hay que decir que existe falta de datos para poder ofrecer o presentar una correcta interpretación, ya que la mala conservación de las cuevas, las sucesivas remociones y falta de estratigrafía impiden poder relacionar en la mayoria de los casos enterramientos y ajuares, así como la coincidencia cronológica de los enterramientos con los momentos de ocupación; a esto hay que añadir que estas cuevas han tenido una larga utilización..
No obstante el número de muertos, en algunas numerosos (como en Las Grajas de Prádena, unos 32 individuos (Moreno, 1966: 345), y 23 en Tisuco, Segovia; en las demás, como Solana de la Angostura, Pedraza, Torrevicente, etc., en torno a 10 individuos, y en las restantes (Delibes, 1976: 146; Fernández y Galán, 1986: 14 y 20-21, bastante menos), lo difícil es saber si todos corresponden a un mismo contexto cultural.
La falta de otros tipos de enterramientos, como los dólmenes, ha llevado a pensar que estas cuevas naturales sirvieron de enterramientos colectivos en sustitución de aquéllos, es decir, se vieron las cuevas naturales como «paramegalitosll, pero todo ello va condicionado o señala una diferencia que creemos que hay que valorar, determinada posiblemente por distinta procedencia de estos grupos y distinto tipo de aprovechamiento económico en relación con los dolménicos, sobre todo si llegamos a admitir el habitat y enterramiento en la misma cueva; porque algo que sí aparece diferenciado en el fenómeno megalítico es el enterramiento colectivo, concebido aisladamente y exclusivamente para este fin (Lucas, 1986: 13).
Es posible que estos grupos mantuvieran otro ritual, conocido en el Neolítico, de enterramiento individual en las zonas de habitación y que se practicaran éstos de forma individualizada en el interior de la cueva en las diferentes grietas y fisuras (Fernández y Galán, 1986: 17).
(Eiroa, 1980: 59), lo que vendria a apuntalar la utilización de estas cuevas en el Bronce Antiguo, que podrian tener su origen en una tradición anterior diferente de la dolménica; en este sentido Tarradell ya planteó que el uso de una u otra estructura funeraria podria responder a diferencias culturales existentes entre poblaciones básicamente agricultoras para los grupos dolménicos, y ganaderas las de las cuevas, o bien a diferentes corrientes de origen o a distintos sistemas religiosos (Tarradell, 1965: 17).
Esto explicaria que en estas cuevas se continuara enterrando, de esto no hay duda, al igual que en los dólmenes y en ellas nos encontramos enterramientos en fosa con cerámica campaniforme, en La Vaquera (Zamora, 1976), La Tarascona (Delibes y Municio, 1982: 66-70) -por lo general no se han hallado materiales tan antiguos en estas cuevas como los que presentan los monumentos megalíticos-y otros enterramientos, así como otras en las que se han recogido fragmentos campaniformes, como en la Cueva de la Fábrica de Harinas, o en la del Valle del Tabladillo con Palmela, la Ermita de la Virgen de los Remedios (Delibes, 1977: 125; Fernández y Galán, 1986: 14, 20-21). así como son frecuentes las puntas líticas de pedúnculo y aletas -asociadas al campaniforme en algunos enterramientos-y brazales de arquero en Los Enebralejos (Ruiz.
FRANJA CENTRAL DE LA CUENCA DEL DUERO Los contextos que ofrecen una mayor presencia campaniforme se localizan a lo largo de las zonas campiñenses de los ríos, tanto del Duero como de sus afluentes, con mayor concentración en la zona centro y meridional de la cuenca del Duero.
Es en esta última zona donde se localiza el conjunto más numeroso y típico de fosas de inhumación con ajuar campaniforme, como Villabuena del Puente y Los Pasos, en Zamora, Pajares de Adaja (Avila), Fuente Olmedo (Valladolid), etc., prologándose hacia oriente con Samboal y Villaverde de Iscar (Segovia) y Villar del Campo (Sona) (Delibes, 1977).
Por otro lado, desde la parte oriental hacia el centro de la cuenca, centrados básicamente en el valle del Duero, se han localizado una serie de yacimientos, como el Molino de Garrejo, El Guijar de Almazán (Revilla y Jimeno, 1985), posiblemente también Pinar Grande y Amblau (Delibes, 1977; Fernández y Jimeno, 1985: 341-348), en la provincia de Son a, y Arrabal de Portillo en Valladolid (Fernández y Rojo, 1986), que guardan relación en el Jalón con Somaén (Barandiarán, 1975) y el Perchel de Arcos de Jalón (Lucas y Blasco, 1979).
Todos estos yacimientos y enterramientos contrastan con los que se observan en los rebordes montañosos de la Meseta Superior durante el Bronce Antiguo, con los que se desarrollan en gran medida de forma sincrónica, como más adelante comentaremos.
Continuidad de los grupos tradicionales y configuración de un nuevo marco cultural en la franja central de la cuenca del Duero carácter particular para estos monumentos pero a lo que no se puede dar un valor general (Delibes y Santonja, 1987).
Analizando la distribución de la cerámica campaniforme Ciempozuelos en la Meseta Superior, se observa una dispersión de noreste a suroeste, como ya apuntó Delibes (Delibes, 1977: 139-140).
Esto, junto a la presencia, en lugares orientales del reborde, de especies campaniformes como las mixtas y las puntilladas geométricas, consideradas más antiguas, permite pensar en una mayor antigüedad para la cerámica campaniforme del reborde, en relación con la de los conjuntos centrales de la cuenca.
En este sentido hay que señalar que tanto Castillo -diferencia entre el grupo toledano o Ciempozuelos y el sistema Ibélico- (Castillo, 1928: 57-59) como posteriormente Delibes han observado diferencias entre las especies del Campaniforme puro de las campiñas meridionales del Duero y del reborde, en donde establece los subgrupos del Sistema Central e Ibérico, en los que observa escasas diferencias formales y decorativas con el de las campiñas, centradas en la presencia de decoraciones {(extranjeras», así como en la reducción del número de cazuelas y carenadas y pared abierta, y un empeoramiento de la cerámica y textura grosera de los engobes, y además en el Sistema Ibérico la presencia de lugares de habitación que proporcionan nuevas formas cerámicas «tipo Molino» consideradas de carácter doméstico y una mayor variedad de enterramientos -fosa campaniforme típica en Villar del Campo, dólmenes, fosas tumulares (Agoncillo), cistas en Alcubilla de las Peñas y Villamanzo- (Delibes, 1977: 138).
Estas diferencias pueden deberse a la interpretación de la moda campaniforme por los diferentes grupos culturales de la Meseta, pero también es posible que además exista diferencia cronológica entre la cerámica campaniforme del reborde oriental y la de las campiña meridionales del Duero.
Por último, hay que destacar cómo ahora la franja central de la cuenca del Duero y campiñas meridionales aparecen ocupadas por enterramientos y asentamientos que presentan los más claros conjuntos funerarios campaniformes.
LOS INICIOS DEL BRONCE ANTIGUO Y LOS PROBLEMAS DE DELIMITACION
Pero en el panorama expuesto anteriormente, sobre la incidencia campaniforme, hay que resaltar la presencia en la Meseta de un serie de objetos, entre los que destacan los metálicos, que representan la generalización de la metalurgia -no inicio-, que no se puede explicar sólo como consecuencia de factores exógenos, sino que son sobre todo factores endógenos lo que explican esta demanda, que se manifestará de forma diferente en los distintos grupos culturales.
Sin duda alguna, la generalización de esta serie de objetos hay que situarla en el primer cuarto del segundo milenio, diferenciándose elementos de distintas procedencias, destacando no obstante un conjunto considerado de origen transpirenáico: puñal de lengüeta, botón cónico de perforación en V, brazal de arquero, etc., que se vinculan en Centroeuropa con el inicio del Bronce Antiguo, periodo Reinecke 1, fechándose en el s. xvm (Sangmeister, 1963; Delibes, 1983).
Sangmeister vinculó la presencia de estos campaniformes en la Península Ibérica a estos elementos centroeuropeos, propugnando su conocida teoria del «reflujo» que ha gozado de gran predicamento (Sangmeister, 1963).
Pero no sólo hay que centrar la atención en un conjunto de materiales, sino destacar cómo el «horizonte campaniforme» de la Meseta no está constituido solamente con estos objetos transpirenáicos, aunque sean los que han atraído más la atención, sino con otros de distinta procedencia entre los que destacan las puntas Palmela, consideradas peninsulares, y otros elementos, en menor medida, de origen atlántico, junto a otros que pudieran estar ya en la Meseta, como la propia cerámica campaniforme.
Por lo tanto, hay que explicar la presencia de estos objetos por factores endógenos que a partir de un momento determinado provocan en la Meseta la demanda y la relación de estos productos.
El conjunto de datos que posee sobre la cronología de estos objetos lleva a pensar que va a ser a partir del s. XIX cuando se produce la presencia de los mismos en la Meseta.
Así, para la punta Palmela los datos más antiguos los aporta el nivel Dc de La Virgen de Orce, ligeramente anterior al argárico que se le superpone, fechado en 1785 a.e.
(Apellániz, 1974: 126), y están documentadas en el Bronce Antiguo por la asociación en Pantoja (Toledo) con una alabarda tipo Carrapatas (Harrison, 1974), y también por la fecha de e.14 aportada por Fuente Olmedo (Delibes y Municio, 1982), perdurando hasta el Bronce Medio como lo indica Arevalillo (Fernández-Posse, 1979: 70-71).
También el puñal de lengüeta ofrece una cronología similar, aunque su asociación con puntillado ~geométrico,. en el Arenero de Miguel Ruiz (Madrid) (Almagro, 1960), su presencia en el estrato Vlb de Montefrio (Arribas y Molina, 1978), e incluso se ha llegado a admitir su asociación con campaniforme maritimo, plateando su separación del «horizonte del reflujo,., supondria aceptar para algunos ejemplares una antigüedad solamente algo mayor.
La misma cronología en el Bronce Antiguo ofrecen las tiras y chapitas de oro, los torques de paletas y alabardas Carrapatas, espada de Sabero y puñales de hoja triangular con agujeros para la unión de la empuñadura ya comentados.
Por otro lado, para el elemento considerado definidor de todo este horizonte, la cerámica campaniforme incisa, se conocen una serie de datos que permiten situar su momento inicial en la Meseta con anterioridad a la de los elementos analizados anteriormente.
El yacimiento de Los Husos indica una mayor antigüedad para la cerámica campaniforme incisa fechada en 1970 a.e., mientras que la metalurgia -una punta Palmela-aparece en el nivel superior (Apellániz, 1974: 106-107).
Hay que indicar también cómo la independencia de la cerámica campaniforme Ciempozuelos del resto de los materiales metálicos, óseos, etc., queda asimismo patente en la presencia de estos objetos formando parte de otros contextos peninsulares del Bronce Antiguo no campaniformes.
LOS CONTEXTOS CULTURALES DEL BRONCE ANTIGUO
Los contextos del centro de la cuenca del Duero
Pero hay que reconocer cómo el atractivo de estos productos es más manifiesto en las inhumaciones del centro de la cuenca que en los rebordes en donde se presentan aislados.
La presencia y relación de la mayor parte de los elementos comentados se manifiesta sobre todo en los ajuares funerarios de los enterramientos individuales que, frente a los colectivos de la etapa anterior, se van a generalizar ahora en la Meseta y fundamentalmente en las campiñas meridionales de la zona central de la cuenca del Duero, entre el Cega y el Tormes.
A lo largo de la cuenca, de oriente a occidente, hay que destacar Villar del Campo (Soria), Samboal y Villaverde de Iscar (Segovia), Pajares de Adaja (Avila), Fuente Olmedo (Valladolid), Los Pasos (Zamora) - (Delibes, 1977: 123), que venían a repetir el ritual de enterramiento campaniforme ya identificado por Maluquer inicialmente en Villabuena del Puente (Maluquer, 1960), es decir, enterramientos individuales flexionados y con las manos recogidas sobre la cabeza, acompañado de un ajuar consistente en los tres vasos típicos: cuenco, vaso y cazuela, puñal de lengüeta y puntas palmelas, además de brazales de arquero, botones de perforación en V e incluso en algunos objetos de oro, pero también existen algunas diferencias; así solamente se ha recogido oro en Villabuena del Puente, Fuente Olmedo (Martín y Delibes, 1974) Y Villar del Campo (Delibes, 1978), pero además en Fuente Olmedo se recogieron once puntas palmela, junto a una punta lítica de pedúnculo y aletas; por el contrario, en Los Pasos las cerámicas eran lisas.
Por tanto, admitiendo la diferencia cronológica y de origen de los diferentes elementos que aparecen en estos ajuares, lo que explica la presencia conjunta de todos ellos en una fosa de inhumación, son factores endógenos.
Por otro lado, la constitución de estos conjuntos se producirá a partir del conocimiento de los diferentes elementos comentados en la Meseta, es decir, a partir de un momento no muy anterior al s. XVill; en este sentido es significativa la fecha proporcionada por Fuente Olmedo de 1670 a.c., ya comentada.
Paralelamente a la proliferación de enterramientos individuales en fosa en las campiñas meridionales del Duero se observa un enrarecimiento de los enterramientos dolménicos de las penillanuras zamorano-salmantinas, al mismo tiempo que un distanciamiento en la utilización ritual primigenia del dolmen, ya que los restos de ajuar comentados -como las plaquitas de oro, el conjunto de Aldeavieja, con cerámica, puñal de lengüeta, puntas Palmela y punzón, similar al de cualquier fosa individual y por tanto con una cronología en el Bronce Antiguo-aparecen en el túmulo superficialmente y fuera de la cámara y corredor, como si se utilizase el lugar ocupado por el dolmen para realizar los enterramientos de forma individual (Delibes y Santonja, 1986: 209).
Ello se explicaría como fórmulas de tránsito o un intento de conciliar la tradición con las nuevas formas, e incluso es muy probable que los enterramientos en los dólmenes pudieran servir o quedar reservados, al gozar de la consideración de lugares sagrados, para personas de destacado prestigio social (Criado y V ázquez, 1982: 87-88; Daniel, 1972).
Todo ello estaría señalando la liquidación de la organización o estatus económico y social colectivo anterior y la génesis de una nueva organización caracterizada por la jerarquización social (GUman, 1981; Gilman y Thomes, 1985: 25-26; Criado y V ázquez, 1982: 91), que se muestra en las tumbas individuales y los elementos de prestigio que constituyen su ajuar, basada en una explotación agrícola de las campiñas del Duero.
Pero además de los conjuntos funerarios concentrados más en la zona media-sur del Duero, se diferencia un conjunto de asentamientos, alguno, como La Mora de Somaén, en cueva (Barandiarán, 1975), pero el resto al aire libre en llano o en cerros poco elevados, que nos indican una alineación desde la cuenca del Ebro, sobre todo el paso del Jalón, en donde se sitúan La Mora de Somaén y El Perchel de Arcos de Jalón (Lucas y Blasco, 1979); ya en la Meseta, junto al Duero, el Molino de Garray (Schulten, 1927; Martínez, 1930; Delibes, 1977) y El Guijar de Almazán (Gamer y Ortego, 1970; Revilla y Jimeno, 1985), para llegar hasta el Duero Medio con el yacimiento de Arrabal de Portillo (Femández y Rojo, 1986).
Los hay en cueva, como Somaén, pero el resto están asentados en promontorios o mesetas de escasa altitud o en zona llana, junto a los ríos: El Perchel, El Guijar de Almazán, El Molino de Garrejo, y Arrabal de Portillo..
Escasa es la información sobre los elementos de habitación y la estructura de los mismos; solamente El Molino nos proporciona algunos datos, sobre cabañas de forma circular y construidas con materiales deleznables como barro y entramado vegetal (Schulten, 1927: 74 y lám. 33), lo que unido al carácter aislado de los enterramientos ha llevado a apuntar a asentamientos de tipo estacional y a un régimen de vida itinerante.
Hay que apelar al escaso conocimiento que se tiene de estos yacimientos para poder afirmar algo en este sentido, ya que yacimientos de la Meseta Inferior que pueden relacionarse con éstos, como El Ventorro (Quero y Priego, 1976), Las Carolinas (Pérez de Barradas, 1926) o Fábrica Euskalduna en Villaverde (Almagro, 1960), parecen ofrecer una ocupación con cierta continuidad.
Estos yacimientos presentan conjuntos materiales claramente diferenciados de los contextos situados en el reborde montañoso.
Sus cerámicas son exclusivamente lisas y decoradas campaniformes; solamente algunos fragmentos, muy escasos, llevan digitaciones en la parte superior del borde (como en Somaén), estando ausentes los cordones.
Las formas lisas están constituidas por cuencos, vasos u ollas globulares de borde simple o destacado; en las formas decoradas, además de cuencos, vasos y cazuelas, son abundantes las grandes vasijas «tipo Molino...
El material lítico es muy escaso, solamente algunas láminas y hojas de hoz.
Tampoco abunda el metal, ya que las únicas piezas conocidas son el puñal de lengüeta de Arrabal de Portillo y una punta de pedúnculo y aletas de El Molino.
Se podria citar con estas caractensticas en la Meseta Inferior El Ventorro (Madrid), en el que se ha documentado la actividad metalúrgica, con moldes decorados al estilo campaniforme (Quero y Priego, 1976: 325-327).
Los grupos del reborde montañOlO y IU movUldad Junto al mantenimiento de la ocupación en cuevas en el reborde, tanto del Sistema Central-La Requijada, Pedraza, Cueva del Roto de Ligos (Jimeno y Femández, 1985)-como del sistema Ibérico -VaUejera de Ameyugo, Ibeas de Juarros, zona de Silos y La Aceña (Martínez Santa-Olalla, 1926; Delibes y Esparza, 1985), cueva del Asno en Los Rábanos, Soria, para la que existen fechas de C.14 que muestran una ocupación desde 1910 a 1430 a.C. (Eiroa, 1980: 69), y cueva de Atapuerca, cerámicas de la Galeria del Silex y estratigrafía del Portalón con fecha de 1690 (Apellániz y Domingo, 1987: 263)-, en la zona oriental del reborde montañoso asistimos, en el Bronce Antiguo, con cierto retraso en relación con el sudoeste, al surgimiento de nuevos asentamientos en lugares elevados y aislados de carácter estratégico y que dominan las amplias campiñas.
Estos asentamientos se sitúan en las estribaciones montañosas más próximas al Duero y otros ríos como el Jalón o el Nágima -es posible que este fenómeno se detecte a lo largo de todos los rebordes montañosos no sólo de la Meseta Superior, sino también Inferior e incluso del noreste, la zona que Bosch identificó con la Cultura de las Cuevas (Bosch, 1932: 73-78), con una gran identidad económica y cultural-o Estos cerros ofrecen exiguas superficies que permiten el asentamiento de un reducido número de cabañas, de planta rectangular de unos 7 u 8 m. de largo por unos 4 m. de ancho, que se encuentran alineadas en el contorno del cerro.
Están realizadas con postes y ramas con manteado de barro y presentan dos zonas diferenciadas, una con hogar y otra para estancia y realización de actividades domésticas como la molienda (con molinos y grano).
En el exterior están provistas de silos excavados en el suelo y recubiertos con una gruesa capa de barro endurecido con fuego, que contienen grano de cereal.
La potencia de ocupación no avala una permanencia larga de tiempo.
La cultura material está compuesta por cerámica lisa y decorada con digitaciones, ungulaciones y cordones, y más escasamente algunos fragmentos con incisiones simples, en zig-zag, alineaciones de puntas de punzón, pequeños círculos impresos y estampación de puntas de espátula sobre el borde, similares a los que aparecen posteriormente en Los Tolmos y otros yacimientos del Bronce Medio.
Las formas que predominan son claramente los cuencos y las grandes vasijas de borde saliente, con cuellos poco o nada desarrollados, vasos en S suave u ollas, vasos globulares; están ya representadas las formas de carenas bajas-medias; hay también coladores o encellas.
No aparecen útiles de metal, y en sílex únicamente piezas denticuladas de hoz, realizadas sobre láminas o lascas, con lustre de cereal.
Los escasos restos óseos indican la presencia de ovejas y cabras.
Todos estos asentamientos se desarrollan de forma sincrónica, al menos en parte, a los campaniformes del centro de la cuenca, como lo prueban no sólo las fechas de C.14 de la Cueva del Asno (1910 y 1430 aC.), de El Parpantique, en BaUuncar (1770-1780 aC.), y Los Torojones de Morcuera (1670 aC.), sino también la presencia en algunos de escasísimos fragmentos campaniformes.
Yaci-conocen hallazgos en abrigos o covachos en laderas próximas (Taracena, 1941: 116-117), que pudieran relacionarse con ellos.
FINAL DEL BRONCE ANTIGUO Y TRANSITO AL BRONCE MEDIO
Al parecer, en torno al S. XV a.C., observamos una serie de poblados, la mayor parte en zona llana, próximos a los rios, pero también algunos en cueva y en cerros estratégicos, tanto en la cuenca del Duero como en el reborde montañoso.
En éstos, junto a las cerámicas lisas de buena factura y decoradas con cordones y digitaciones, se observa una presencia mayor y más rica de la decoración incisa -como habíamos comentado, ésta se conoce ya en escasa proporción y con decoraciones muy simples, alineaciones de finas incisiones, fino reticulado y simples zig-zags, en los yacimientos estratégicos comentados anteriormente-con motivos reticulados, en zig-zags y sobre todo en espiga simple o de espina de pescado, así como algún fragmento campaniforme, bien tipo Molino o Ciempozuelos.
Así, hay que citar los yacimientos de Las Piqueras, de Piña de Esgueva, Las Pinzas de Curiel (Palol, 1969;298-307), Arroyo de la Encomienda, Encinas de Esgueva y Castronuevo de Esgueva (Delibes y Femandez, 1981: 67-68), en Valladolid: los Verdiales de Bamba, en Zamora; la cueva de Covarrubias de Ciria, en Soria (Ortego, 1969).
Todos ellos con fragmentos campaniformes.
A ellos se podrían unir otros con contextos similares, aunque en ellos no se haya recogido campaniforme, como La Perrona de Gema (Zamora) (Martín y Delibes, 1976: 421-426).
Por otro lado, un contexto similar y todavía con fragmentos campaniformes es el de la Cueva de Arevalillo de Cega (Segovia), con fechas, al parecer, del s. XV (Fernández-Posse, 1981: 51), fecha, por otro lado, significativa, ya que es similar a la que proporcionan otros contextos como la Cueva del Asno (Eiroa, 1980: 69) y otros más desarrollados como el de Los Tolmos de Caracena (Jimeno, 1984), sin campaniforme, que caracteriza el Bronce Medio.
En este sentido se ha venido utilizando como dato para el final del campaniforme el aportado por el yacimiento de la fábrica de Euskalduna en Villaverde (Madrid), en donde un nivel con campaniforme -una gran vasija tipo Molino-aparece debajo de un nivel argárico, con enterramiento en vasija o pithoi (Almagro, 1960); ello permite situar el desarrollo del campaniforme paralelo al Argar A y su momento final a partir del 1500 a.C. con el inicio del Argar B (Delibes, 1977: 156).
La presencia de este contexto cultural estaría atestiguada también en la necrópolis de Villalmanzo (Burgos) con enterramientos en cistas y vasijas (Delibes, 1971).
Por tanto, todo parece indicar que va a ser a partir del s. XV cuando se ha difuminado lo campaniforme y se van a desarrollar contextos caracterizados por el desarrollo de la cerámica incisa, con predominio de los motivos en espiga, e incluso con boquique e incisa que anuncia el mundo Cogotas L Se aprecia la herencia de elementos todavía frescos que aparecen asociados al campaniforme en los enterramientos, como botones cónicos de perforación en V, puntas de hueso, colgantes de hueso, etc., así como la influencia en la decoración incisa de la cerámica campaniforme, y amalgamados plenamente con formas cerámicas y decoraciones plásticas y digito-unguladas de base tradicional, así como con la metalurgia: hacha plana, puntas de pedúnculo y aletas, con cabañas de entramado vegetal y barro, y enterramientos individuales o, como mucho, dobles o triples, que se fechan en 1430 a.C. (Jimeno, 1984).
Todo ello nos lleva a pensar que va a ser este siglo XV, que nos indican estos yacimientos, el final de un equilibrio en la zona, es decir, la asimilación de los contextos anteriormente diversificados, y que va a aportar la base del inicio del desarrollo de algo nuevo.
CONCLUSIONES Y CONSIDERACIONES GENERALES
El Bronce Antiguo en la Meseta Superior puede enmarcarse desde una fecha en torno al s. xvrn hasta el s. XV.
La primera fecha viene señalada por la generalización de los útiles de metal -no inicio, ya que se conoce la práctica de la metalurgia con anterioridad en diversos talleres locales del occidente meseteño como Las Pozas y La Alameda (Martín y Delibes, 1981)-, la aparición de tipo metálicos nuevos: puñales de lengüeta, puntas Palmela, alabardas tipo Carrapatas (en Portugal, próximo a Zamora), nuevas aleaciones dirigidas a una mejora y resistencia de los productos, generalmente arsenicados, pero también ya con estaño en Fuente Olmedo (Delibes, 1985: 51).
Muestra de esta actividad metalúrgica en centros de la Meseta son los crisoles decorados con motivos campaniformes de El Ventorro (Madrid) (Quero y Priego, 1976) y los moldes de arenisca para punzones de El Castillo de Cardeñosa (Cabré, 1931: 300; Naranjo, 1984: 157) -en donde no se conoce la cerámica campaniforme, pero sí punta Palmela, buena representación de las de pedúnculo y aletas, así como brazales de arquero-.
En este sentido, análisis realizados a objetos metálicos indican que el mineral se obtiene en los filones cupríferos autóctonos; así, las puntas Palmela y los puñales de lengüeta del Alto Pisuerga fueron elaborados a partir de mineral procedente de los focos del norte de Palencia (Delibes y Fernández-Miranda, 1981: 179-180 y 185).
No obstante, el metal en los asentamientos es escaso, lo que indica quizá su amortización en los enterramientos y posiblemente su carácter no tanto utilitario como de prestigio, lo que explicaría la presencia de algunos objetos de oro utilizados como adornos.
A los objetos metálicos hay que añadir los de hueso y piedra comentados, lo que indica una evolución y cambio en los contextos culturales meseteños, que son los causantes de esa demanda de productos foráneos, que hay que relacionar, sobre todo en el suroeste de la Meseta, con el abandono de los enterramientos colectivos y la generalización de los enterramientos individuales en las campiñas meridionales del Duero, acompañados de ajuares prestigiosos que parecen indicar una jerarquización social.
Esta demanda va acompañada de un conjunto de innovaciones que parecen enfocadas a una mayor intensidad de la producción, y que parecen constatarse en este momento en la Meseta; así, se acusa una mayor actividad agrícola,' centrada en el cultivo de cereal, del que existen referencias más por elemento indirectos, como los molinos de mano y las hojas de hoz, y en menor medida por análisis polínicos que no existen en la Meseta Superior; solamente los del Ventorro, en la Meseta Inferior, podrían ser indicativos también para esta zona.
Está bien atestiguada esta actividad en El Parpantique de Balluncar por la presencia de abundantes granos de trigo hallados en silos e interior de las cabañas.
Paralelamente parece observarse cómo en el conjunto de los animales domesticados tradicionales -oveja, cabra, bóvidos, cerdo-se aprecia un aumento de los bóvidos y la presencia del caballo, por los restos proporcionados por algunos yacimientos del Calcolítico avanzado como Las Pozas y Cuelgamures.
Esto queda evidenciado también en yacimientos de la Meseta Sur atribuidos a la fase. campaniforme, como Villa verde, Las Carolinas, Cantarranas, Ventorro, Loma de Chic1ana, a los que hay que añadir el hallazgo en el sector rn de Getafe de metapodios de un bóvido, cuyas deformaciones permiten pensar en su utilización para la tracción (Martinez, 1987).
El aprovechamiento de la leche y sus derivados, de forma generalizada, es evidente por la presencia de encellas o queseras, que son frecuentes y fijas en estos yacimientos desde el Calcolítico final.
Estas innovaciones van acompañadas de cambios de los patrones de asentamiento en el conjunto de la Meseta Superior, aunque con características diferentes en cada zona.
En este sentido, asistimos a un desplazamiento del poblamiento desde el reborde montañoso y zonas periféricas hacia emplazamientos del centro de la cuenca o próximos a ella, distinguiéndose varias zonas:
-El centro de la cuenca, con:
• una zona occidental y central mejor conocida por los enterramientos individuales en fosa con elementos de prestigio -que indica un contexto social jerarquizado-.
• una oriental y central, en donde se conocen yacimientos campanifonnes junto al río Duero, que pueden originarse con anterioridad pero que se mantendrán en ~l Bronce Antiguo, como parece indicarlo el Molino de Garrejo con punta de pedúnculo y aletas, y el Arrabal del Portillo con puñal de lengüeta -El reborde montañoso Los grupos de estas zonas, continuadores de la tradición anterior, están cultural y económicamente distanciados de los contextos del centro de la cuenca; con una base económica pastoril van a evolucionar hacia nuevas fonnas de producción poniendo en explotación agricola aquellas tierras posiblemente situadas ya en una zona conflictiva de su control económico y dominio territorial tradicional, lo que explicarla la situación elevada de sus emplazamientos, que les proporcionaba amplia visión y vigilancia del entorno.
Por otro lado, la escasa potencia de ocupación que presentan lleva a pensar en un período corto de tiempo en cada cerro, con carácter estacional.
Todo ello lleva a pensar que durante el Bronce Antiguo asistimos en el valle del Duero y sus rebordes a la puesta en explotación de aquellas zonas más aptas para la producción agricola, lo que provocará tensiones o enfrentamientos entre los diferentes grupos, que se harán más patentes en aquellas zonas limite o de contacto entre los territorios económicos diferenciados, el agricola y el pastoril.
Quizás estas tensiones sean mayores en la zona centro-oriental de la cuenca, en donde el terreno a cultivar es más exiguo, sobre todo según se avanza hacia el Alto Duero.
Las mayores posibilidades agricolas de la zona central y occidental quedan reflejadas por la presencia generalizada de los nuevos enterramientos individuales en fosa y la unifonnidad y estandarización de sus ajuares, que indican un claro cambio en relación con la organización colectiva anterior.
En este sentido hay que resaltar cómo esta zona, desde el final del Calcolitico, a diferencia de la oriental, da muestras de una mayor movilidad reflejada en la presencia de poblados como Casaseca de las Chanas o Cuelgamures, que indican una mayor estabilidad, consecuencia posiblemente ya de un aprovechamiento agrícola, junto al ganadero, así como la existencia de actividades más diversificadas como la metalurgia.
Por otro lado, en la zona centro-oriental los grupos ganaderos, más numerosos y con menos posibilidades de expansión agricola, parecen verse forzados desde su base ganadera -quizá desequilibrio recursos/población por razones climáticas y demográficas-a poner en explotación u obtener mayores recursos a través de un complemento agricola, lo que generará competencias y enfrentamientos entre estos grupos, condicionando así sus asentamientos elevados y defensivos -frente a aquéllos de base agricola que se extienden por las campiñas-.
Todo ello llevará a lo largo del Bronce Antiguo a intensos y complicados fenómenos de contacto y aculturación (progresiva abundancia de la cerámica incisa), que desembocarán, a partir del s. XV, en una mayor o más intensiva explotación agrícola de las zonas aprovechables en la cuenca del Duero, como indican los asentamientos, y en una mayor estandarización de los elementos culturales en la Meseta Superior.
Por tanto, entendemos que el Bronce Antiguo puede encontrar en este panorama que hemos expuesto bases para su definición; mayor dificultad presenta de momento en esta zona la separación de Bronce Medio y Final, basada posiblemente en la implantación de una explotación económica mixta, que, a través de la fase intermedia representada por yacimientos como Los Tolmos, Arevalillo y Cogeces, ofrecerá la base al mundo Cogotas 1 |
RESUMEN Se estudian en este articulo un grupo de cerámicas inéditas de los yacimientos del cerro del Otero en Caracenilla y del Castillo en Huete, junto a otras dos piezas de Buendía, Villarrubio, yacimientos todos ellos de la provincia de Cuenca.
Lo significativo de este conjunto material es su posición intermedia, tanto cronológica como cultural, entre las variedades más típicas del campaniforme y las del regional «Grupo Dornajos)!, con lo que esto supone de ligazón para el establecimiento de la secuencia campaniforme de la zona.
Hasta fechas recientes, el único elemento cerámico adscrito al fenómeno campaniforme en la provincia de Cuenca era un fragmento de cuenco encontrado en las proximidades de la localidad de Buendía (Valiente, 1974).
Este, unido a las piezas metálicas del ~Cerro de la Muelall en Carrascos a del Campo, ~Valeriall y «Pico de la Muela» en Valera de Abajo (Osuna, 1974) constituían los restos materiales que documentaban la presencia de este horizonte cultural en la zona.
Posteriormente, en las excavaciones realizadas en los poblados de «Los Dornajos» en La Hinojosa (Galán y Poyato, 1978-79 y Galán Y Fernández Vega, 1982-83) y ~Pico de la Muela» en Valera de Abajo (Valiente, 1981) se obtuvieron nuevos materiales que, junto a otros recogidos en rellenos medievales y prospecciones de superficie como los de las morrotas de «Los CotoS~) y «El Gurugú» en Cervera del Llano (Chapa. et alii., 1979), el «Cerro Pelao» de Alcohujate, Villaescusa de Haro, el «Castillo» de Huete (Martínez Navarrete, 1985), «Villas Viejas» en Saelices (Poyato y Galán, 1985) o «El Castillo» de la Puebla de Almenara (Coll et alii., 1986) ponían de manifiesto la existencia en esta parte de la Submeseta Sur de unas variedades cerámicas muy originales cuyas peculiaridades y personalidad propia dentro de las cerámicas incisas de la Edad del Bronce de la Meseta eran señaladas por la mayor parte de los autores referenciados.
Estas variedades, denominadas.grupo Dornajos,.
(Poyato y Galán, 1985) (1) están caracterizadas por unos recipientes ampliamente decorados, tanto en su interior como en el exterior, con unos repertorios que si bien presentan grandes afinidades temáticas con los más clásicos registros campaniforme incisos del tipo Ciempozuelos, muestran, sin embargo, unas acusadas diferencias con los mismos en cuanto a su tratamiento, disposición espacial y desarrollos.
Con todo, su definición cultural y cronológica se veía dificultada por la falta de elementos intermedios que permitieran observar el tipo y el grado de las relaciones existentes entre estas cerámicas y las campaniformes, y por la ausencia de una caracterización suficiente del propio fenómeno campaniforme en el área.
Las actuales excavaciones emprendidas en.El Castillo,. de Huete y las prospecciones de superficie realizadas por D. Santiago Serrano en el.Cerro del Otero,. en Caracenilla, yacimiento situado a unos 12 Kms. del primero, proporcionaron nuevos datos para abordar estas cuestiones, ya que en todas las cerámicas con decoración recuperadas se definían claramente algunos elementos distintivos que las diferenciaban tanto de las del «grupo Dornajos,. como de las típicas campaniformes incisas.
En este trabajo, se analizan estos materiales inéditos y dos fragmentos más existentes en el Museo Provincial de Cuenca; el referido cuenco de Buendía y el borde de un vaso de Villarrubio.
Lo reducido de su número y la carencia de un contexto arqueológico más concreto, imponen unas severas limitaciones a su interpretación cultural y cronológica, aspectos sobre los que, no obstante, creemos que es posible hacer algunas sugerencias que se verán confirmadas y ampliadas con la obtención de futuros materiales en otras excavaciones y yacimientos de la región.
Los cuatro yacimientos cuyas cerámicas se estudian, Buendía, Huete, Caracenilla y Villarrubio, se sitúan dentro del paisaje caractenstico de una comarca interior de la Meseta bien diferenciada geográficamente: La Alcarria (Fig. 1).
Esta región, que ocupa en la provincia de Cuenca un amplio espacio de su zona Noroeste y Oeste, está constituida geológicamente, por formaciones sedimentarias terciarias (arcillas, calizas, yesos, margas, etc.).
Materiales fácilmente erosionables que han propiciado la formación de un relieve marcadamente irregular jalonado de cerros testigos u oteros, de los cuales el Castillo de Huete y el de Otero de Caracenilla pueden ser unos buenos ejemplos.
Los parajes de los que proceden estos materiales cuentan con buenos recursos hídricos.
Así, el pueblo de Buendía se encuentra en las inmediaciones del Guadiela, afluente del Tajo, de cuyo curso alto tampoco se halla muy alejado.
Huete y Caracenilla dominan el valle del Mayor, afluente del Guadiela y están muy próximos a las cabeceras de dos importantes afluentes del Guadiana, el Záncara y el Cigüela, especialmente del segundo, en cuya cuenca se sitúa Villarrubio.
Sin olvidar la cercanía de todos ellos a un significativo no de la vertiente mediterránea como el Júcar y su relativa proximidad a otro importante afluente del Ebro, el Jalón.
El actual paisaje vegetal está compuesto por pequeñas manchas de bosque residual y, principalmente, por matorral de tipo xerófilo (tomillo, esparto, aliagas, etc.), buen reflejo de la degradación constante de las especies forestales que, como el encinar o carrascal, pudieron constituir junto a otras formaciones de soto próximas a los nos (chopos, olmos, sauces, etc.) la principal vegetación de la zona en el momento subboreal al que corresponden estos asentamientos.
(1) Para estas au.toras, la denominación «Grupo Dornajos., dada a tales variedades cerámicas, se establece no sólo en función de que es en el yacimiento de este mismo nombre donde se da un porcentaje más alto de estas especies, sino también porque sus características «tanto formales como los contextos en que se encuentran, parecen indicar que se trata de algo muy característico de esta región y, tal vez, con un significado particular» (Poyato y Galán, 1985).
1.-Situación de los yacimientos.
J) Buendía; 2)Caracenilla; 3) Huete, y 4) Villa rru biu.
Por lo que a los recursos economlCOS se refiere, esta comarca, muy pobre en minerales, prácticamente inexistentes, debió permitir únicamente unas actividades poco intensivas de tipo primario como la ganaderia, la agricultura y, quizá, en algunos casos, la horticultura (Poyato y Galán, 1985).
A este respecto, parece significativo señalar la presencia en las inmediaciones de los' yacimientos de varias cañadas y veredas con topónimos como «vereda de Soria» en Huete.
En cuanto a la exacta ubicación de los yacimientos a los.quepertenecen las piezas estudiadas debemos advertir que, a diferencia, de las de Huete y Caracenilla. para las que se posee una localización muy precisa y completa, de Villarrubio y Buendía únicamente se conoce a grandes rasgos su situación (2).
(2) FJ fragmento de Buendia se recogió en las cercanías de este pueblo, cen las proximidades a la orilla del pantano» (Valiente, 1974: 133).
FJ correspondiente a Villarrubio, fonnaba parte del depósito de materiales entregados al Museo Provincial de Cuenca por la Dra.
L Martinez Navarrete y D. Juan Martinez, procedentes, según comunicación escrita de la primera, de cuna prospección de superficie llevada a cabo en una zona llana, ligeramente ascendente, de un amplio valle situado en paralelo con la carretera antes de llegar al pueblo de Villarrubio». lESUS M.a MARTINEZ GONZALEZ Nacional a escala 1:50.000.
Como su nombre indica, se trata de un cerro testigo desde el que se posee un amplio dominio visual y estratégico tanto de una gran parte del valle del río Mayor como de sus afluentes.
La cima es ligeramente amesetada, aunque de reducidas dimensiones.
Sus laderas Sur, Este y Oeste están fuertemente erosionadas, presentando una acusada pendiente.
La Norte, por el contrario, muestra un perfil más suave, escalonado, quizá producto de una continuada actividad humana (construcciones, cultivos, etc.).
En la actualidad, esta ladera se encuentra aterrazada para la plantación de pinos con lo que se ha destruido una buena parte de las estratigrafías arqueológicas existentes.
En esta ladera se recogieron la práctica totalidad de las cerámicas estudiadas aquí, así como otras de etapas más avanzadas de la Edad del Bronce (Cogotas 1), Primera Edad del Hierro (cerámica pintada) y celtibéricos.
Estos últimos, constituyen los materiales más modernos encontrados, lo que permite suponer que la ocupación, más o menos intensiva del cerro debió concluir en momentos cercanos a la romanización.
En este mismo sentido, apuntarían los despoblados existentes en la parte noroeste del cerro, ya en la zona más próxima al fondo del valle.
Como el Otero de Caracenilla, posee unas laderas muy escarpadas, especialmente las Norte, Este y Oeste, siendo, en este caso, la Sur, la que tiene una menor pendiente y por donde actualmente se accede a él.
Geológicamente, está constituido por areniscas, margas y tobas calizas principalmente.
Al Este discurre el río Cauda o Borbotón.
La ciudad de Huete se establece en sus laderas Este y Sureste.
Los restos arqueológicos encontrados hasta ahora, tanto en superficie como en las excavaciones realizadas, ponen de manifiesto unos asentamientos humanos que arrancando de momentos cercanos al segundo milenio antes de Cristo alcanzan fechas situadas a finales del siglo XIV o principios del XV (Santos García et alii., 1985y Jiménez Pérez, 1985).
Entre los correspondientes a épocas prehistóricas, destacan los del Bronce Final y Primer Hierro (Martínez González y Martínez Navarrete, 1985).
ANALISIS DE LOS MATERIALES
El conjunto cerámico estudiado está compuesto por 47 fragmentos, de los cuales, 38 son de Caracenilla,7 de Huete y 1, en cada caso, de Buendía y Villarrubio.
Predominan los correspondientes a paredes (23 en Caracenilla y 4 en Huete) y a bordes (14 en Caracenilla, 3 en Huete y el 1 en Buendía y Villarrubio), perteneciendo únicamente uno a un fondo (Caracenilla).
No se registran asas, mamelones ni cualquier otro tipo de elemento de presión.
Esta muestra, fuertemente selectiva, tiene como principal elemento distintivo las decoraciones.
El tamaño de los fragmentos oscila entre los 125 mm. y los 16 mm. de longitud máxima, siendo, no obstante, los valores situados entre los 20 mm. y los 50 mm. los más frecuentes en los cuatro yacimientos.
Sus grosores máximos se encuentran comprendidos entre los 13 mm. de la pieza número 1 de Caracenilla y los 5 mm. de la número 60, igualmente de Caracenilla, aunque son los comprendidos entre 5 y 10 mm. los más representados en estas cerámicas (Fig. 2).
El tipo de cocción más empleado en este conjunto ha sido la reducción, estando también presente, aunque en mucho menor grado, la oxidación (tres casos en Caracenilla y uno en Huete y Villarrubio) y la alternante, observada en cinco fragmentos de Caracenilla y uno de Huete.
El nervio de cocción se registra en tres fragmentos de Caracenilla.
(3) Para este análisis, se ha empleado, simplificado, el procedimiento de M. a D. Asquerino para materiales sin estratigrafía (Asquerlno, 1978)..
-Características técnicas de l4s cerámicas de Caracenilla y Huete.
Consecuentemente con estos tipos de cocción, las cerámicas presentan, en general, unas tonali• dades oscuras cuya gradación oscila entre los parduzcos, muy frecuentes en Caracenilla, hasta los plenamente negros de algunas piezas de Huete y Buendía.
El desgrasante más usado ha sido la caliza, prácticamente presente en la totalidad de los fragmentos de Caracenilla, en cuatro de Huete y en Villarrubio.
Junto a la caliza, se observa también el cuarzo, únicamente constatado en tres piezas de Caracenilla y en dos de Huete y la mica, en un fragmento de Huete y Buendía.
Su tamaño es muy fino y fino.
El acabado que presentan sus superficies es, principalmente, alisado fino, bruñido en trece fragmentos de Caracenilla y cinco de Huete y simplemente alisado en un caso en Huete y seis en Caracenilla Los bordes son de labios redondeados (ocho en Caracenilla y uno en Huete), aplanados (cuatro en Caracenilla y uno en Huete y Buendía) y apuntados (dos en Caracenilla y uno en Huete).
Su dirección es saliente.
El diámetro no ha podido determinarse en cuatro casos de Caracenilla, se sitúa entre 5 y 10 cms. en una pieza de Caracenilla y Buendía; entre los 10 Y los 15 cms. en siete de Caracenilla y una de Huete y entre los 15 y los 20 cms. en una de Caracenilla, dos de Huete y una de Villarrubio.
El fragmento de fondo plano (n.o 19 de Caracenilla), único de estas características del conjunto, posee un diámetro de 6,5 cms.
La forma cerámica más frecuente es el cuenco, bien conformando un cuarto de esfera, como en Buendía o en algunas piezas de Huete y Caracenilla, o hemisférícos.
Esta importante presencia de cuencos está constatada igualmente en los yacimientos referenciados asignados al «grupo Domajos~, destacando el propio yacimiento epónimo (Galán y Poyato, 1978-79: 76), o los de Ocaña (Toledo), Garnátula de Calatrava (Ciudad Real), Villas Viejas (Cuenca) (Poyato y Galán, 1985) y en otros yacimientos conquenses como los de Cervera del Llano (Chapa et alii., 1979: 6), Acohujate y Villaescusa de Haro (Martínez- Navarrete, 1985).
Una gran presencia de cuencos se documentan también en otros yacimientos campaniformes paralelizables con los estudiados como los de Hornos del Segura en Jaén (Maluquer de Motes, 1975: 298) y el Cerro de la Virgen en Ocre (Granada) (Schü1e y Pellicer, 1966).
La ausencia de fondos planos, salvo el fragmento de Caracenilla, podría estar señalando unas bases redondeadas para estos cuencos.
Otra fonna registrada es el vaso de borde saliente y suave perfil en «S~, como el que se observa en las piezas números 1 y 6 de Caracenilla (Lám.
El tamaño de las vasijas, según se desprende de sus diámetros, arcos y grosores máximos, es mediano/pequeño, siendo únicamente un fragmento de pared de Caracenilla el que podría pertenecer, tanto por la amplitud de su arco como por su grosor máximo (13 mm.) a un gran recipiente.
Las decoraciones de las cerámicas conquenses estudiadas presentan claros elementos de contraste con las campanifonnes incisas e impresas clásicas.
Estas, a diferencia de los desarrollos decorativos incisos campaniformes más característicos, preferentemente localizados en las superficies externas de los recipientes y en los que la decoración interior, cuando existe, queda relegada, generalmente, a un ligero adorno que apenas suele sobrepasar una franja junto al borde, reflejan una tendencia a la equiparación decorativa entre sus paredes, no tanto por el uso de motivos similares, cuanto por la amplitud que alcanzan en los desarrollos interiores, cubriendo, en un buen número de casos, una superficie cercana al cincuenta por ciento del total, reduciéndose ésta cuando se trata de desarrollos monotemáticos o, excepcionalmente, de más de un tema corno ocurre en la pieza n.o 37 de Caracenilla (Fig. 3).
Respecto a la ejecución de las decoraciones se observan dos grupos.
El primero, está compuesto por las piezas de-Buendía, Villarruhio y algunas de Huete (núms.
En él, se aprecia un gran cuidado y regularidad, encontrándose en la línea de las más «clásicas» decoraciones campaniformes incisas.
El segundo grupo, más amplio que el anterior, está conformado por el resto de las piezas de Huete y Caracenilla.
Estas, aún manteniendo unos motivos similares, muestran un menor cuidado en sus ejecuciones, asemejándose, en su aspecto general, a los conjuntos campaniformes del reborde oriental de la Meseta como los de Somaén (Barandiarán, 1975y Cajal, 1981) o Almazán en Soria (Revilla Andia y Jimeno Martinez, 1986); los del área de Silos (Delibes y Municio, 1981) en Burgos o Arevalillo (Fernández Posse, 1981) y la Vaquera (Zamora, 1975) en Segovia.
Las decoraciones son, fundamentalmente, incisas.
Están bien marcadas, en algunos casos, profundamente.
Salvo en la pieza número 37 de Caracenilla, donde se observan restos de una pasta blanca rellenando algunos de los motivos y en Buendía, donde se señala la presencia de la misma (Valiente, 1974: 135), el resto no muestran huellas de un relleno como parte de la decoración.
A falta, en los dos casos, de un análisis preciso que determine si se trata de auténtica pasta de incrustación o de concreciones calcáreas.
Entre las decoraciones impresas, hay que destacar los dos fragmentos de bordes con puntillado, sólo al exterior, encontrados en el cerro del Otero en Caracenilla.
El primero (Fig. 4, n.o 8) presenta únicamente una banda horizontal puntillada rellena de líneas oblicuas, enmarcada arriba y abajo por sendas líneas puntilladas.
Bajo ellas, se sitúa otra banda lisa, ligeramente menos ancha, en cuyo extremo inferior se establece una línea puntillada horizontal que, dadas las dimensiones del fragmento y la forma de su fractura, es imposible determinar si se trata de una única linea o si, por el contrario, delimita una nueva banda de puntillado.
En el segundo (Fig. 4, n.o 60), la decoración puntillada conforma, al menos, dos bandas horizontales rellenas de reticulado romboidal que alternan con otras más estrechas lisas entre las que se dispone una línea horizontal puntillada.
Estas cerámicas, las primeras con este tipo de decoración que se documentan en la provincia de Cuenca, tienen, no obstante, unos precisos paralelos en otros yacimientos del interior como los madrileños del dolmen de Entretérminos (Losada, 1976) y el Arenero de Miguel Ruiz (Loriana, 1942), especialmente este último por la presencia en uno de sus vasos de bandas horizontales de reticulado oblicuo puntillado y entre las que se establecen líneas horizontales igualmente puntilladas.
Bandas con reticulado romboidal puntilladas alternando con otras lisas u otro tipo de decoración se registran en algunos materiales de yacimientos portugueses (Harrison, 1977: 143-149), en un buen número de yacimientos andaluces, entre los que habría que citar el Cerro de la Virgen, en Orce (Granada) (Schüle y Pellicer, 1966: 29); Almizaraque y Loma de Belmonte, en Almena (Harrison, 1977: 195); Carmona, en Sevilla o Mojácar, en Granada (Castillo, 1928: Lám.
LIX), y, ya en el interior, el segoviano de La Tarascona (Delibes y Municio, 1981: 78).
Entre las cerámicas incisas, el motivo más usado en los repertorios decorativos exteriores es la línea horizontal (Fig. 7), generalmente en agrupaciones que oscilan entre las dos (A 1) Y las, al menos, once (A7) de la pieza número 12 de Caracenilla, predominando los paquetes intermedios de cinco a ocho líneas.
Este tema, ampliamente representado en los conjuntos campaniformes peninsulares, se registra en 27 piezas, constituyendo un porcentaje cercano al 70 por ciento del total, amplio margen porcentual que da al conjunto un marcado carácter 4<rayadolt muy cercano a los documentados en yacimientos como los catalanes del área de Salamó (Escornabou, Arboli, Cartanyá, Cova Fonda de Salamó, etc.)
La línea horizontal, sólo aparece como tema único en algunos fragmentos de pequeñas dimensiones.
En ningun caso, se usa aislado en los desarrollos más amplios, constituyendo, por el contrario, el motivo con el que se registran más asociaciones decorativas.
La frecuencia en el empleo de este tema queda más resaltada todavía si se tiene en cuenta que otros como B1, B2 Y F2 (Figs.
4 y 6) tienen como base las lineas incisas horizontales paralelas cuyo desarrollo interrumpen.
Estas series comienzan la decoración o se sitúan inmediatamente debajo de otro tema inicial o entre otros intennedios.
En algunos casos, estas agrupaciones se encuentran delimitadas arriba y abajo por «líneas cosidas» (tema Hl) (Lám.
1, n.!! 7), desarrollo para el que se posee un buen paralelo en los materiales de Granátula de Calatrava, en Ciudad Real (Poyato y Galán, 1978-79: 62).
Contrariamente al frecuente uso de este motivo en los exteriores, en los interiores únicamente lo registramos en un fragmento con, al menos, cinco líneas (Al) sobre las que se dispone una serie horizontal de zig-zag (Fig. 4, n.o 27).
Los referentes para este desarrolo interior son escasos, recogiendo únicamente los del yacimiento tarraconense de BenifaUet (Harrison, 1977: 207).
Por su parte, el motivo interior más usado es la serie horizonal de zig-zags (Fig. 7) incisos.
Estos están conformados bien por pequeñas incisiones/impresiones apuntadas, bien por cortas líneas incisas oblicuas.
Este motivo se observa de fonna indivídual o asociado a otros en 18 fragmentos, lo que supone un porcentaje cercano al cuarenta por ciento del total estudiado, encontrándose presente en tres de los cuatro yacimientos recogidos: Villarrubio, Huete y Caracenilla Este motivo es, sin duda, el tema decorativo más caracteristico del horizonte de los campanifonnes incisos.
Generalmente usado en fonna monotemática, variando la amplitud de su desarrollo entre una y las, al menos, veinte que se documentan en el interior de una de las piezas del estrato A3-B2 de Hornos de Segura (Jaén) (Maluquer de Motes, 1975: 297).
Siendo, no obstante, lo más común, los desarrollos de menos de cinco.
Este último yacimiento, es el referente más preciso para la amplitud del tema en algunas de las cerámicas de Caracenilla y Huete (Figs.
Por el contrario, este tema se encuentra poco presente en los exteriores, donde además, su desarrollo es muy reducido, entre una (Cl) y tres (C3).
Junto a las líneas incisas paralelas horizontales, el motivo más repetido en los exteriores son las retículas que conforman bandas horizontales o rellenan otros temas.
En el primer caso (Fig. 7) diferenciamos cuatro tipos.
El primero (Bl y B2) consiste en el entrecruzamiento de líneas incisas oblicuas con otras horizontales paralelas ya existentes.
La amplitud de esta retícula oscila entre las tres líneas horizontales y las ocho.
Este motivo está presente en las piezas números 1, 2 y 3 de Huete (Fig. 6.
El segundo (B3) tipo está constituido por el entrecruzamiento de líneas incisas paralelas oblicuas con otras igualmente oblicuas pero de sentido contrario, formando una banda horizontal delimitada arriba y abajo por sendas líneas incisas horizontales.
Este tipo está presente en las piezas números 1 y 4 de Huete (Fig. 6.
Lám. n n.!! 2) y en la número 37 de Caracenilla (Fig. 3).
El tercer tipo (B4) podria considerarse como una variante del anterior del que se diferencia por la ausencia de líneas que lo enmarcan y por la amplitud de la propia retícula.
Este tema únicamente lo registramos en la pieza número 1 de Caracenilla.
Finalmente el B5, se define por el entrecruzamiento de líneas incisas paralelas verticales con otras horizontales que conforman un ajedrezado.
Este tema se emplea en las piezas números 32,37 y 43 de Caracenilla (Figs.
El reticulado se emplea también para rellenar triángulos invertidos (tipo D2) o amplias bandas zigzagueantes (D3).
En ambos, se trata de retículas obtenidas por el entrecruzamiento de líneas oblicuas incisas paralelas con otras de sentido contrario o verticales, como ocurre en las números 34-36 de Caracenilla (Fig. 5).
En el primer caso están asociadas a DI Y C3 respectivamente y en el segundo, a C2...-:.>:;::.~~>~~:=':':'.,:,::~~'~";':'-:"'::' "'.. ",""",, ~:,,:::':" "..'".'.:.:/~/~?-\:.::: \II!U"'N~J. Cerámicas incisas e impresas del Otero (Caracenilla).
J) Buendía y 2) Huete.
Estas disposiciones reticuladas son un tema muy empleado en los desarrollos decorativos campaniformes incisos.
Pero dentro de ellos son mucho menos frecuente las denominads por nosotros Bl y B2 para los exteriores y Bl para los interiores.
Así, no se registran en los repertorios clásicos del interior peninsular (Ciempozuelos, Ventorro, Fábrica de Euskalduna, etc.) ni aún en los de los grupos catalanes o andaluces.
Sin embargo, sí se encuentran muy presentes, tanto en los exteriores como en los interiores, en el yacimiento soriano de Somaén (Barandiarán, 1975: 29-43 y Cajal, 1981: 196-203), fundamentalmente en cuencos, constituyendo la mayor parte del denominado por Barandiarán tipo la, aunque también lo está en otros como lb, le, Ik, etc. Este tipo lo encontramos igualmente, en la cueva segoviana de Arevalillo (Fernández Posse, 1979: 59 y 1981: 60) y en el exterior de algunas cerámicas del yacimiento soriano de «El Guijafll (Revilla Andia y Jimeno Martínez, 1986: 171), así como en los Casares (Guadalajara) (Barandiarán, 1973: 46), igualmente en exteriores en Tudela (Navarra) (Bienes Calvo, 1985: 256), en algunas cerámicas del área de Silos (Burgos) (Delibes y Munido, 1981: 81) y en el yacimiento vallisoletano de Arrabal del Portillo (Fernández Manzano y Rojo Guerra, 1986: 56-63), siendo este último, al parecer, el único referente, hasta el momento, para este tipo en el interior de la cuenca del Duero, tanto para los exteriores como para los interiores.
Las retículas de los tipos Bl y B2 (exteriores) y Bl (interiores) se encuentran ausentes de los repertorios del «grupo Dornajos» (Galán y Poyata, 1978-79: 80; Galán y Fernández Vega, 1982-83: 43-47 Y Poyato Y Galán, 1985), donde sí se registran, y muy ampliamente, las de los tipos B3, B4 y B5 para exteriores y B2 para los interiores..
Otro motivo que se utiliza en la decoración de ambas superficies son los triángulos invertidos rellenos, bien con rayado oblicuo (DI para los exteriores y D2 para los interiores) o con retícula oblicua (D2 para los exteriores y DI para los interiores).
En el caso de los interiores registramos una variante (D3) consistente en la ampliación o adosado a las lineas que los enmarcan de pequeñas impresiones a modo de «flecos» (Fig. 4, n.o 11).
En los exteriores, este tema aparece con frecuencia en un buen número de yacimientos con campaniforme inciso, siendo, no obstante, inexistente en el interior de las piezas de estos mismos contextos.
En los interiores, se disponen, generalmente, asociados a otros (series de zig-zags horizontales, los más frecuentes, cinta quebrada rellena con rayado vertical inciso y retícula horizontal), aunque también se registran de forma monotemática (Fig. 3, n.!l 59).
En aquellos fragmentos en los que por sus dimensiones es posible contemplar en su totalidad los desarrollos decorativos interiores, este tema completa, en todos los casos, las series decorativas constituyendo el último motivo empleado, aspecto éste que también se observa en el único paralelo que poseemos para este tema como es el fragmento de cuenco del Alto de Mazacota en Ocaña (Toledo) (González Simancas, 1934, Harrison, 1977: 185 y Poyato y Galán, 1985), incluido, en algunas publicaciones, entre los materiales de la cueva segoviana de La Tarascona (Delibes y Municio, 1981: 80) (4).
La ausencia de este tema en los interiores de los materiales campaniformes incisos y su presencia en los considerados como pertenecientes al «grupo Dornajos" hace que tales disposiciones se acerquen más a las de este último grupo.
Sin embargo, hay que señalar que en él no se registran de forma monotemática o completando las series decorativas, como sucede en estas piezas, ya que o bien encabezan los desarrollos junto a otros motivos (Cervera del Uano) o bien, se sitúan en la parte central de los mismos (Dornajos, Cervera de Uano, Villaescusa de Haro, etc.).
En idéntico contexto, muy próximo a «Dornajos,. habría que encuadrar la variante interior D3.
El motivo Fl (estrecha banda quebrada rellena con pequeñas incisiones paralelas verticales) (Fig. 4, n.o 11) destaca del resto de los temas interiores (El, GI y H1).
Este, siendo un motivo muy característico en los repertorios campaniformes incisos «no es frecuente,. \(Lucas.
Pellicer y Blasco Bosqued, 1980:.19) en los interiores registrándolo, por ejemplo, en el dolmen burgalés de «Las Arnillas" (Delibes et alli., 1986: 27) y en los yacimientos sorianos de «El Perchel» en Arcos del Jalón (Lucas Pellicer y Blasco Bosqued, 1980: 16) y «El Guijafll en Almazán (Revilla Andia y Jimeno Martínez, 1986: 189).
Tampoco es frecuente en el «grupo Dornajos,. donde, no obstante, está presente en el exterior de un fragmento de Cervera del Llano (morrota de los Cotos) (Chapa et alii., 1979: 6) y en el interior de otro de Villaescusa de Haro (Martínez Navarrete, 1985) ambos en la provincia de Cuenca.
Por su parte, los demás motivos exteriores, salvo El, D5 y el exciso 11, así como sus disposiciones y asociaciones se encuentran ampliamente representados en los registros más típicos campaniformes por lo que no vamos a insistir en ellos ni en sus paralelos.
Señalar solamente que este hecho constituye un importante elemento diferenciador con respecto a la tipología decorativa del «grupo Dornajos,. donde no obstante, también se reflejan algunos de estos temas como el D4.
Finalmente, concluimos este apartado con el fragmento de cuenco de Buendía en el que registramos una auténtica «excisión,., entendida como el resultado de la extracción de arcilla y no de la impresión profunda o «pseudoexcisión,..
Esta excisión, que conforma una banda de ajedrezado horizontal, se ha producido tras el marcado de una retícula cuadrada en la correspondiente banda, procediendo después a su extracción, obteniendo espacios cuadrados, más o menos regulares, según las zonas (Lám.
Esta cerámica se encontraría en la línea de las excisiones documentadas en Tudela (Navarra) (Bienes Calvo, 1985: 257) y en el Castillo de Burgos (Uribarri et alii., 1987: 80) especialmente en este último yacimiento cuyos ajedrezados rectangulares constituyen su más preciso paralelo.
Estas cerámicas y sus correspondientes desarrollos decorativos como principal elemento identificativo, se situarian, según los datos hoy disponibles, a medio camino entre los registros típicos campaniformes incisos y los del cegrupo Dornajos •.
De los primeros, poseen, fundamentalmente, sus motivos y seriaciones exteriores y de los segundos, las interiores, cuyas disposiciones bien pueden calificarse, en algunos casos, como ceextrañas. a los repertorios campaniformes.
Los puntos de contacto con ambos conjuntos cerámicos y las correspondientes diferencias observadas entre ellos, estarían señalando, más que un cúmulo de influencias (que indudablemente existen), diversos momentos de un proceso transformativo cuya línea principal sería más de tipo superficial (entendida ésta como modificaciones espaciales de los motivos) que estructural.
Esto supondría, que los temas decorativos permanecerían constantes a lo largo de la práctica totalidad del proceso, con algunas variaciones de tipo interpretativo en los momentos finales (Dornajos), mientras que sí cambiarían, y sustancialmente, sus disposiciones espaciales, la amplitud de los mismos y, principalmente, sus asociaciones con otros en los repertorios decorativos exteriores y" fundamentalmente, interiores.
Este mismo proceso transformativo, o muy similar, es el que pueden estar reflejando los materiales de dos yacimientos campaniformes andaluces, el Cerro de la Virgen, en Orce (Granada) (Schüle y Pellicer, 1966) y Hornos de Segura, en Jaén (Maluquer de Motes, 1975); constituyendo ambos, uno de los paralelos más claros para nuestras cerámicas.
En el primero, junto a series decorativas plenamente identificables como campaniformes incisas, tanto por sus motivos como-por sus disposiciones y desarrollos, se registran, en algunos de sus interiores, unas decoraciones que contrastan claramente con estos repertorios exteriores.
Tanto es así, que son consideradas en la actualidad como pertenecientes al «grupo Dornajos.
Las cerámicas de Hornos de Segura, cuyos desarrollos decorativos son perfectamente paralelizables con los de Caracenilla, comienzan a presentar ya ciertas diferencias respecto a los registros campaniformes incisos más caracteristicos tanto en los exteriores -motivos menos variados y más amplios-, como en los interiores -mayores desarrollos decorativos-, aunque manteniendo motivos únicos típicos como las series horizontales de zig-zags.
Tomando como referencia las fechas radiocarbónicas del Cerro de la Virgen de Orce (Delibes, 1978: 89) y la correlación entre la secuencia de este yacimiento y la de Hornos de Segura, también con una ocupación argárica, habria que considerar que tales procesos transformativos habrian tenido lugar a lo largo de los primeros siglos del n milenio antes de Cristo.
Hacia momentos cercanos al 2000 a.e. estarian apuntando, igualmente, las cerámicas puntilladas geométricas de Caracenilla y los materiales más semejantes a los nuestros (Huete) de Somaén (Delibes y Municio, 1981: 75 y Cajal, 1981: 217).
En este planteamiento, la fecha de 1600 a.C obtenida en «Los Dornajos» (Galán y Fernández Vega, 1982-83: 42) estaria marcando, quizá, los momentos de pleno desarrollo de estos grupos y cuyo proceso de formación coincidiria, a grandes rasgos, con el propuesto para Huete con los materiales más antiguos y Caracenilla, cuyas cerámicas constituirian, a su vez, los más directos y precisos antecedentes de las de este grupo y cuya data habria que situarla sobre el 1700 a.e.
Esta fecha quedaria confirmada, de alguna manera, por la punta Palmella encontrada en «Los Dornajos», dado que para este tipo metálico se proponen unos márgenes cronológicos situados entre el 1800 aCryel 1650 aC (Delibes y Fernández Miranda, 1981: 160) y por la presencia en los yacimientos de Huete, Caracenilla y Villarrubio de típicas cerámicas Cogotas 1 (Martínez González y Martínez Navarrete, 1985), materiales que como se documenta en la cueva segoviana de Arevalillo, pueden llegar a conectar con determinadas especies campaniformes en pleno siglo XIV a.e.
Estas cronologías, en algunos, casos, correrian muy próximas a las registradas en otros yacimientos de la Edad del Bronce conquense como «El Castillejo» en Parra de las Vegas, para el que se le Valiente, 1983: 154) y «El Colmenar» en Landete, con 1600 aC.
Yacimientos con los que, en principio y a falta de unos indicadores más completos (cronologías, materiales, etc.) no parecen tener una relación muy directa.
A D. Santiago Serrano, por su amabilidad al proporcionarnos los materiales del «Otero» (Caracenilla) recogidos en este estudio; así como a su esposa Dña.
Maria Carballido por las muchas atenciones recibidas en su casa durante el tiempo que allí duró nuestro trabajo.
A la Dra M.a Isabel Martínez Navarrete (C.S.I.C. Madrid), por los datos, puntualizaciones y correcciones aportadas, así como las facilidades prestadas para la consulta de su Tesis Doctoral.
Catalina Galán Saulnier y Carmen Poyato Holgado (Universidad Autónoma de Madrid) que posibilitaron la observación de las cerámicas inéditas de «Los Dornajos» y nos facilitaron su comunicación (en prensa) al 1 Congreso de Historia de Castilla-La Mancha.
A D. Manuel Osuna Ruiz (Delegación de Cultura de la Junta de Castilla-La Mancha), quien nos alentó en nuestro trabajo.
Al personal del Museo Provincial de Cuenca: D. Juan Manuel Millán Martínez, Dña.
Juana M. a Huélamo Gabaldón, D. Jesús López Requena y D. Aurelio Lorente, a quien, junto a D. Carlos Calvo, debemos la realización de las fotografías que ilustran nuestro texto.
Isabel Leis Muñoz, colaboradora con el autor en la elaboración de una buena parte de los dibujos y 00 la recogída, documentación y estudio de los materiales. |
RESUMEN Presentamos una propuesta de clasificación tipológica para las cerámicas a torno, pintadas de época ibérica en la Cuenca del Guadalquivir.
Esta propuesta abarca 17 Formas o Grupos Formales, que se subdividen en Tipos y Variantes, según las diferencias morfológicas y decorativas de los ejemplares documentados.
Se señalan los prototipos, la evolución cronológica así como la dispersión de los Grupos Formales propuestos en el área seleccionada.
http://tp.revistas.csic.es (López Palomo, 1980), en el Sector Occidental de la Cuenca, donde Lambién aparecen los ejemplares más tardíos, en Alhonoz fechados en el siglo m a.d.C. (López Palomo, 1981).
La Variante l-B-Il presenta un cuerpo de perfil esférico, con decoración monócroma a base de bandas paralelas (Fig. 3, núms.
Se localiza en el Bajo Guadalquivir fechándose en el siglo IV ad.C. en los habitats del Cerro Macareno (Pellicer et alli, 1983) Y Pajar de Artillo (Luzón, 1973).
El tercer Tipo l-C está estrechamente emparentado con el anterior, del que se distingue por no presentar ningún tipo de asas y en el que distinguimos dos Variantes: la primera, l-C-I, presenta un cuerpo de perfil ovoide con motivos decorativos policromos y/o monocromos de bandas paralelas y círculos concéntricos (Fig. 3, núms.
Es a partir del siglo IV cuando aparece la Variante l-C-II de cuerpo esférico (Fig. 3, n.
Q 6), que aparece exclusivamente en el Sector Occidental de la Cuenca en el Cerro Macareno (Fernández et alii, 1979) Y Pajar de Artillo (Luzón, 1973).
El siguiente Tipo, J -D, agrupa ejemplares que presentan un borde exvasado, boca estrecha y cuello cilíndrico o troncocónico que suele presentar un resalte o baquetón de donde arrancan dos asas verticales que terminan en el sector superior del cuerpo que presenta un perfil globular.
Este Tipo ha sido objeto de varios trabajos, siendo el más completo el ya citado de Belén no sólo para los paralelos y prototipos del Mediterráneo, sino también en lo que se refiere a su dispersión peninsular durante los siglos VID al VI a.d.C.
Las Variantes que dístinguimos son las siguientes: J-D-l (Fig. 4, núms 1 y 2), cuyos prototipos serian las «urnas tipo Cruz del Negro» (Belén, 1978) (Belén, Pereira, 1985) y que a partir del siglo VI aparecen en Ategua (Blanco, 1983), Cerro de la Mora (Carrasco et alli, 1982), Cazalilla (López Rozas, 1984) y Toya (Pereira, 1979).
También de Toya proceden los ejemplares que encuadramos en la Variante J-D-II de cuello troncocónico y cuerpo esférico (Fig. 4, n.
1I 3), de similar cronología Es a partir del siglo VI cuando aparece la Variante J-D-III denominada en ocasiones «Variante TOya», que presenta en el lomo del borde una acanaladura, así como un esquema decorativo fijo a base de bandas bicromas complementadas con otros motivos en el cuello (Fig. 4, núms.
El mayor número de ejemplares proceden de la necrópolis de Toya, lo que unido a la gran semejanza con los ejemplares documentados en Puente del Obispo (Hornos, 1984), Cástulo (Blázquez et alli, 1979) Y La Guardía (Blanco, 1959(Blanco, /1960) sostendria la opinión de que se trata de productos de un alfar radicado en Toya.
La evolución de los perfiles del cuerpo en esta Variante iria desde los esféricos a piriformes pasando por los bicónicos.
La última Variante, J-D-N, presenta un cuello acampanado en el que va desapareciendo el resalte o baquetón y el arranque de las asas se va desplazando hacia la base del cuello, mientras que los perfiles del cuerpo son globulares y bitroncocónicos (Fig. 4, núms.
El siguiente Tipo, J -E, está estrechamente relacionado con el Tipo J -D Y presenta como caracteristica la ausencia de asas, distinguiéndose dos Variantes: La J-E-/, de cuello troncocónico con resalte y cuerpo globular, con decoración bicroma o monocroma (Fig. 4, n.
1I 10) que, con una cronología del siglo VI, se documenta en los dos extremos de la Cuenca del Guadalquivir como son Carmona (Pellicer, Amores, 1985) y Cástulo (Blázquez, Valiente, 1981).
A partir del siglo V se concentran los ejemplares en el Sector Oriental de la Cuenca que agrupamos en la Variante J-E-II (Fig. 4, núms.
11 y 12) de La Guardia (Blanco, 1960) y Toya (Pereira, 1979), donde aparecen los ejemplares más tardíos fechados entre finales del siglo V y mediados del IV ád.C. Por último, dentro del Grupo Formal 1 se puede distinguir un Tipo J -F, de borde exvasado, cuello corto y cuerpo" esférico, que presenta dos asas verticales cuyo arranque se ha desplazado
hacia el sector central del cuerpo.
Su decoración es monocroma a base de bandas horizontales y enrejados oblicuos (Pereira, 1987: 876).
El Grupo Formal 2 presenta formas compuestas de tendencia cerrada, de cuerpo globular de menor tamaño que el cuello de perfil acampanado.
Se denomina frecuentemente como «vaso a chardon» cuyos prototipos orientales y ejemplares peninsulares fechados entre los siglos VIII al VI también han sido estudiados por Belén.
A partir del siglo VI se difunde en el Sector Oriental de la Cuenca el Tipo 2-A, cuyos ejemplares más tardíos se fechan en el siglo IV a.d.C., y en el que distinguimos dos Variantes: 2-A-1 con el cuerpo de pequeño tamaño y perfiles ovoides, esféricos o ligeramente bitroncocónicos, presenta un cuello acampanado de gran desarrollo (Fig. 5, núms.
La Variante 2-A-1I presenta dos resaltes carenados en la base del cuello y en el sector inferior del cuerpo que da paso a un pie alto (Fig. 5, n.
La decoración de estos ejemplares es monócroma a base de grupos de bandas paralelas, destacando la bicromía del ejemplar procedente de Cabra, así como los motivos geométricos pintados sobre engobe blanco de La Guardia.
A partir del siglo IV el cuerpo mantiene los perfiles señalados pero aumenta de tamaño, y el cuello proporcionalmente es más ancho o corto.
Los ejemplares que agrupamos en este Tipo que designamos 2-B, aparecen en el Higuerón (Fortea, Bernier, 1970), Ubeda la Vieja (Pereira, 1987), Toya (pereira, 1979), Baza (Presedo, 1982), apareciendo hasta el momento un solo ejemplar en el Bajo Guadalquivir en Alcalá del Río (Pereira, 1987).
La decoración es monocroma a base de bandas horizontales complementadas con motivos geométricos como semicírculos y sectores de círculos concéntricos.
El último Tipo, 2-C, presenta un cuello acampanado y estrecho de perfil cóncavo separado del cuerpo por una marcada carena, que aparece en los dos extremos de la Cuenca, Baza (Presedo, 1982) y Carmona (Pellicer, Amores, 1985) y se fecha entre mediados del siglo V y finales del IV a.d.C., siendo coetáneo de sus paralelos más cercanos procedentes de Los Saladares (Arteaga, Serna, 1975).
El Grupo Formal 3 comprende formas compuestas de tendencia cerrada con tapadera y cuerpo de perfil globular con el borde cortado en bisel, en el que distinguimos dos Tipos: Tipo3-A, presenta el borde del cuerpo y la tapadera cortados en bisel para que encajen, así como mamelones prismáticos perforados tanto en el borde del cuerpo y la tapadera para reforzar el cierre hennético de la urna Los ejemplares de este tipo se denominan «urnas de orejetas perforadas» y constituyen una de las piezas más caracteIÍsticas de los repertorios cerámicos ibéricos cuyo origen está todavía en discusión, si bien se reconoce la indudable influencia de los productos cerámicos de Grecia y el Mediterráneo Oriental (Pereira, Rodero, 1983).
De las dos variantes que distinguimos en este tipo, la 3-A-1, que presenta las «orejetas» cerca del borde y que aparece en Cástulo (Fig. S, n.O 11) (Blázquez, 1975), es la menos abundante mientras que la 3-A-IIpresenta sobre el borde dos ore jetas y dos asas enfrentadas dos a dos (Fig. S, n.O 10) en la que los ejemplares de Toya (Pereira, 1979), Ceal (Blanco, 1963) y Ubeda la Vieja de cuerpo globular o bitroncocónico y decoración de bandas bícromas o monócromas se fecharlan entre el siglo V y mediados del IV a.d.C. (ibidem: 90).
El Tipo 3-B se caracteriza por presen~ar el borde del cuerpo y de la tapadera recortado en fonna dentada, pennitiendo el encaje de la misma Sólo conocemos ejemplares de este tipo en la necrópolis de Galera (Fig. S, n.O 12), con una decoración monocroma a base de bandas y motivos geométricos.
Su función debió ser funeraria y se le asigna una cronología de fines del siglo IV a mediados del ID a.d.C. similar a la propuesta para sus paralelos del Sudeste y Valencia (Pereira, 1987: 894).
El Grupo Formal 4 se caracteriza por ser una forma compuesta de tendencia cerrada, cuello acampanado y cuerpo de perfil globular o bitroncocónico.
Dentro de esta forma distinguimos dos Tipos.
El primero de ellos 4-A, se caracteriza por su cuello de amplio desarrollo que presenta dos Variantes: 4-A-1 de cuello acampanado, que delimita su contacto con el cuerpo que presenta perfiles globulares o bitroncocónicos con el pie indicado y cuyos prototipos podrían derívar de ejemplares metálicos (Fig. 6, núms.
Los ejemplares más antiguos aparecen en Cazalilla (López Rozas, 1984) a principios del siglo V ad.C., desarrollándose entre mediados del V a.d.C. y finales del IV ad.C. en Almedinilla (Pereira, 1987), Martos (Crespo, 1984), La Guardia, Toya (Pereira, 1979) y Ceal.
La segunda variante, 4-A-II presenta un pie alto ligeramente moldurado en la base (Fig, 6 n.!! 3), que durante el siglo IV adC, aparece en Mirador de Rolando (Arribas, 1967), La Guardia (Blanco, 1959) y Toya (Pereira, 1979).
La decoración es monocroma a base de bandas horizontales y pa¡-alelas, complementadas con otros motivos como triángulos rellenos de puntos y sectores de círculos concéntricos.
El segundo tipo, 4-B, presenta un cuello acampanado de mediano y/o corto desarrollo.
El cuerpo presenta una evolución morfológica desde perfiles globulares cuya anchura máxima se localiza en el sector superior, pasando por los perfiles ovoides a los ligeramente bitroncocónicos.
Su decoración puede ser bícroma o monocroma, si bien es más numerosa la segunda a base de grupos de bandas complementadas con motivos geométricos (Fig. 6, núms.
Los ejemplares fechados entre el siglo IV y ID a.d.C., aparecen concentrados en el sector occidental de la Cuenca en Pajar de Artillo (Luzón, 1973), Cerro Macareno (Pellicer et alii, 1983) y Alhonoz (López Palomo, 1981).
El Grupo Formal 8 presenta formas compuestas de tendencia cerrada, borde exvasado, cuello estrangulado y cuerpo de tendencia esférica, en el que distinguimos los siguientes Tipos:
S-A se caracteriza por el cuerpo de perfil esférico y semiesférico de boca ancha algo más estrecha que el diámetro máximo del cuerpo.
En él se pueden delimitar las siguientes Variantes.
S-A-I de borde ligeramente vuelto, cuello corto ligeramente acampanado y cuerpo de tendencia esférica (Fig. 7, nÚffis.
Su área de dispersión se concreta en el área Oriental de la Cuenca y aparecen entre finales del siglo V y el término del siglo IV adC. en Almedinilla, Martos (Maluquer, 1984), Puente Tablas, Toya (pereira, 1979), Baza (Presedo, 1982) y Galera (Cabré, Motos, 1920).
Su decoración es mayoritariamente monócroma a base de bandas anchas horizontales y paralelas que delimitan zonas decoradas con otros motivos de tipo geométrico.
La segunda Variante S-A-/I presenta un borde exvasado que tras un estrangulamiento, da paso a un cuerpo de perfil semiesférico (Fig. 7, núms.
Se encuentra distribuida por toda la Cuenca, apareciendo los primeros ejemplares entre el siglo VI y el V ad.C. en Cerro Macareno (Pellicer et alli, 1983), Carmona (Pellicer, Amores, 1985) y Cazadilla (López Rozas, 1984).
Concentrándose los ejemplares más tardíos en el Medio y Bajo Guadalquivir en Itálica (Luzón, 1973), Alhonoz (López Palomo, 1981) Y Andújar (Sotomayor et alii, 1981).
La decoración que presenta es monócroma a base de bandas paralelas que delimitan zonas decoradas con motivos geométricos.
La tercera Variante S-A-I//, que sólo documentamos por el momento en Ceal, presenta un hombro marcado que separa el cuello del cuerpo semiesférico (Fig. 7, n.
El segundo tipo, S-B, presenta proporciones más esbeltas con el cuerpo de perfil ovoide en el que distinguimos dos variantes.
La primera S-B-/, presenta el borde exvasado, ligeramente vuelto que, tras un leve estrangulamiento, da paso a un cuerpo ovoide, alargado de pie indicado (Fig. 7, núms.
Su dispersión se circunscribe al sector oriental de la Cuenca del Guadalquivir, en las necrópolis de Fuente Tojar, Almedinilla, Martos (Recio, Fernández-Chicarro, 1959), Villargordo (Pereira, 1987), Cástulo (Blázquez, 1975), Puente del Obispo (Hornos, 1984), Toya (Pereira, 1979) y Baza (Presedo, 1982), que se fechan a lo largo del siglo IV a.d.C., mientras que los ejemplares más tardíos aparecen por el momento en Alhonoz (López Palomo, 1981).
Su decoración es monocroma con bandas horizontales y paralelas y motivos de tipo geómetrico como sectores de círculos concéntricos, ondulados verticales y paralelos y esteliformes.
La segunda Variante, S-B-//, documentada por el momento en la necrópolis de Baza (Presedo, 1982), presenta el borde exvasado estrangulado, con un hombro suave o carenado que da paso a un cuerpo de perfil ovoide, cuya anchura máxima se localiza en el sector superior del cuerpo (Fig. 7, núms.
El tercer tipo, S-C, se caracteriza por presentar una tendencia más cerrada que los tipos anteriores en el que distinguimos las siguientes variantes: S-C-I de borde exvasado, ligeramente vuelto que tras un estrangulamiento, termina en un resalte carenado, da paso a un cuerpo de perfil globular cuya anchura máxima se localiza en el sector superior (Fig. 8, n.
Su decoración es monócroma a base de bandas y motivos geométricos salvo los ejemplares de La Bobadilla y Baza, con sistemas bícromos y motivos decorativos semejantes.
La Variante S-C-II desplaza la anchura máxima hacia el sector central del cuerpo (Fig. 8, núms.
Su decoración puede ser monócroma a base de bandas paralelas, o bícroma con líneas onduladas verticales y ramiformes.
La última variante, S-C-II/, desplaza su anchura máxima hacia el sector inferior del cuerpo al que confiere un pefil piriforme (Fig. 8, núms.
Los ejemplares de esta variante se fechan entre mediados del siglo IV y principios del m a.d.C. en Fuente Tojar (Vicent, Marcos, 1983), Mirador de Rolando (Arribas, 1967) y Galera (Cabré, Motos, 1920).
Presentan una decoración monócroma a base de bandas anchas que delimitan zonas decoradas con otros motivos, como escaleriformes,' semicírculos, sectores de círculos y círculos concéntricos.
El Grupo Formal 6 presenta formas compuestas de tendencia cerrada, cuello• corto y cuerpo de perfil glo~ular o bitroncocónico que suelen denomínarse como «vaso bitroncocónico» (Jully, Nordstrom, 1972) y en el que distinguimos los siguientes tipos: 6-A que agruparía aquellos ejemplares que presentan un cuerpo de perfil globular en el que señalamos tres variantes: 6-A-1 se caracteriza por presentar un cuello corto que da paso a un cuerpo de perfil ovoide o globular, localizándose su anchura máxima en el sector central del cuerpo (Fig. 8, núms.
Los ejemplares más tardíos aparecen en el sector Occidental de la Cuenca en Pajar de Artillo (Luzón, 1973) y Alhonoz (López Palomo, 1981).
Su sistema decorativo es monócromo a base de bandas paralelas, salvo un ejemplar de Setefilla que presenta bandas bícromas.
La Variante 6-A•I1 se caracteriza por situar su anchura máxima en el sector inferior del cuerpo, lo que le confiere un perfil piriforme (Fig. 8, núms.
Aparece en Osuna (Corzo, 1977), Granada (Pereira, 1987), La Guardia (Blanco, 1960), Toya (Pereira, 1979), Ceal y Castellar de Santiesteban, con una decoración monócroma a base de bandas y motivos geométricos, fechándose estos ejemplares en el siglo IV a.d.C.
La tercera variante, 6-A-III, presenta un cuerpo globular u ovoide, de pequeño tamaño que lleva en su sector central dos asas verticales (Fig. 9, núms.
Su decoración es monócroma a base de bandas, reticulados, esteliformes, sectores de círculos concéntricos, fechándose entre finales del siglo IV y mediados del siglo ID a.d.C., siendo utilizados como vasitos de ofrendas funerarias o exvotos.
El segundo tipo, 6-B, presenta un cuello corto estrangulado y cuerpo de perfil bitroncocónico en el que distinguimos dos variantes: 6-B-I caracterizado por su borde exvasado, cuello estrangulado y perfil bitroncocónico marcado (Fig. 9, núms.
Su decoración es monocroma a base de bandas paralelas y motivos geométricos.
La segunda variante, 6-B-II, presenta el cuerpo de perfil claramente bitroncocónico marcado por una carena, con la mitad superior del cuerpo de perfil convexo y de mayor longitud que la mitad inferior de perfil ligeramente cóncavo (Fig. 9, núms.
Fechada en el siglo IV a.d.C., su dispersión se centra en la Alta Andalucía en los yacimientos de Almedinilla, Toya (Pereira, 1979), Ceal (Femández-Chicarro, 1956) y Castellar de Santiesteban (Bosch, 1915), con un sistema decorativo similar a la de la variante anterior.
El tercer tipo, 6-C, presenta como característica principal el presentar uno o varios resaltes en la unión del cuello y el cuerpo, y para el que proponemos tres variantes: la primera de ellas, 6-C-I presenta un resalte en el hombro y cuerpo de perfil globular (Fig. 9, núms.
Los ejemplares más antiguos aparecen en el Bajo Guadalquivir, en Cerro Macareno (Pellicer et alii, 1983), Carmona (Mata Carriazo, Raddatz, 1960) durante el siglo V a.d.C., para aparecer entre el siglo IV en el Sector Oriental en La Guardia (Blanco, 1959) y Ceal, mientras que los ejemplares más tardíos se localizan en el Sector Occidental en Itálica (Luzón, 1973) y Alhonoz (López Palomo, 1981).
La segunda variante, 6-C-II, lleva un resalte en el hombro, mientras en el cuerpo presenta un perfil claramente bitroncocónico (Fig. 9, nÚIns.
Su dispersión se centra en la Alta Andalucía, en Puente del Obispo (Hornos, 1984), Villargordo (Pereira, 1987), Cástulo (Blázquez, 1975) y La Guardia (Blanco, 1959) con una cronología del siglo IV a.d.C.'
La tercera variante, 6-C-I1l, presenta caracteristicas similares a la 6-A-I1, presentando un pie alto, que se documenta en Castellar de Santiesteban y Baza (Presedo, 1982), con unas fechas del siglo IV a.d.C. La decoración para las tres variantes es básicamente monócroma a base de bandas paralelas y motivos geométricos, salvo el ejemplar de Ceal de la Variante 6-C-I y el de Castellar de Santiesteban de la Variante 6-C-ID, que presentan decoración bícroma.
El Grupo Formal 7 comprende formas compuestas, de tendencia cerrada, borde vuelto y cuerpo de perfil esférico, en el que distinguimos dos Tipos: l-A que presenta un borde exvasado, vuelto, el cuello corto estrangulado que da paso al cuerpo de perfil esférico (Fig. lO, núms.
Los ejemplares encuadrados en este Tipo aparecen ~esde el siglo IV en Galera (Cabré, Motos, 1920), procedentes de Pinos Puente (Molina et alii, 1981), Andújar (Sotomayor et alii, 1979) y Osuna (Corzo, 1977), presentan sin embargo mayores semejanzas con ejemplares levantinos.
El Grupo Formal 9 acoge ejemplares que reproducen más o menos fielmente formas cerámicas de procedencia ática, por tanto el criterio de clasificación va a ser el de distinguir tipos según el prototipo imitado y dentro de cada tipo de variantes se definirian según la «fidelidad en la imitación» del modelo ático que identifica su tipo.
El tipo 9-A, corresponde a las imitaciones de la crátera de columnas en el que distinguimos las siguientes variantes: 9-A-1, que reproduce fielmente los elementos y proporciones del prototipo ático (Ritcher, Milne, 1935), que aparece por el momento en Toya (Pereira, 1979), donde se fecha a finales del siglo V ad.C., con restos de pintura rojiza (Fig. 12, n.
La variante 9-A-ll mantiene los elementos morfológicos del modelo ático si bien su sistema de proporciones es más esbelto (Fig. 12, nÚffis.
6, 7 Y 8), presentando una decoración monocroma a base de bandas paralelas y motivos geométricos.
Se documenta su aparición en Almedinilla (Monteagudo, 1953), Toya (Pereira, 1979), Gor (Pereira, Sánchez, 1985), Baza (Presedo, 1982) y Galera (Cal]ré, Motos, 1920) en el Sector Oriental de la Cuenca, con una cronología del siglo IV a.d.C.
La variante 9-A-lll se caracteriza por la ausencia de columnas, recibiendo la denominación de «crateriformes», apareciendo en Toya (Pereira, 1979) y La Bobadilla (Maluquer et alii, 1973), con una decoración monocroma de bandas paralelas (Fig. 12, n.
El tipo 9-B corresponde a las imitaciones de crátera campanas áticas que durante el siglo IV a.d.C., será uno de los recipientes más apreciados por las comunidades indígenas de la Península Ibérica Dentro de este Tipo distinguimos las siguientes Variantes: 9-B-1 que reproduce los elementos y proporciones del modelo ático (Ritcher, Milne, 1935) (Fig. 12, n.
1I 1) y que aparece en Toya (Pereira, 1979), con restos de pintura rojiza y una fecha del siglo IV a.d.C. La variante 9-B-1I presenta una transformación de las proporciones así como la ausencia de asas, y que aparece en Almedinilla (Monteagudo, 1953), Ceal (Femández-Chicarro, 1956), Gor (Pereira, Sánchez, 1985) y Baza (presedo, 1982), que se fecha en tomo al siglo IV ad.C. y con una fecha más tardía en Toya (Pereira, 1979) y Ceal (Fig. 12, nÚIDs.
Presenta una decoración monocroma a base de bandas y motivos geométricos.
El tipo 9-C está representado por los ejemplares de Toya (Pereira, Sánchez 1985) y Giribayle que reproducen la morfología de un pyxis, que se fecharla en la segunda mitad del siglo IV a.d.C. (Fig. 13, n.o 6).
El tipo 9-D esta representado por el ejemplar de Mirador de Rolando (Arribas, 1967) que imita una lekythos ática, que se fecha en el siglo IV a.d.C. (Fig. 13, n.
Por último, el tipo 9-E que presenta corno elemento distintivo un «asa de cestéllt.
Se le considera una imitación de las «sítulas» suritálicas (Fig. 13, n.O 7), si bien los ejemplares de Cazalilla (López Rozas, 1984), Cástulo (Blázquez et alii, 1979) Y Colina de Los Quemados (Luzón, Ruiz, 1973) se fechan entre el siglo VI y el V a.d.C., con lo que la relación con los ejemplares suritálicos no parece muy clara El Grupo Formal 10 comprende una serie de ejemplares que presentan un borde de tendencia exvasada, con el cuello corto, separado por un hombro carenado del cuerpo, de perfil cilíndrico y paredes ligeramente convexas con el pie indicado y el fondo hundido.
Sobre el hombro aparecen, o dos mamelones prismáticos perforados, o dos asas verticales u horizontales.
Su decoración es monócroma a base de bandas horizontales y paralelas que delimitan una serie de zonas decoradas con motivos de tipo geométrico (Fig. 13, n.
La dispersión de estos ejemplares se circunscribe a los yacimientos de Almedinilla, Fuente Tojar (Vicent, Marcos Pous, 1983) y Toya (Pereira, 1979) a los que habría que añaélir el ejemplar sin procedencia que se conserva en el museo de Jaén.
El Grupo Formal 11 presenta formas compuestas de tendencia cerrada, borde entrante o vuelto que, tras un estrangulamiento, da paso a un cuerpo de perfil cilíndrico, que suelen recibir la denominación de «toneles» o «tinajas» y en las que distinguimos dos tipos: el primero de ellos, 11-A, agrupa ejemplares de gran tamaño, con asas verticales en el sector superior del cuerpo, con el pie sin indicar y base plana (Fig. 13, núms.
Su decoración es monócroma a base de bandas horizontales que delimitan anchas zonas decoradas exclusivamente con semicírculos concéntricos y ondulados verticales y paralelos, o motivos combinados de ambos.
La cronología de este tipo se centra entre el siglo IV y principios del ID a.d.C., similar a la de sus paralelos en el Sudeste.
El tipo 11-B corresponde a un ejemplar de pequeño tamaño, borde entrante, hombro redondeado de donde arrancan dos asas verticales.
El cuerpo es cilíndrico con la base convexa (Fig. 13, n.!! 2).
Su decoración es monocroma a base de bandas que delimitan zonas decoradas con semicírculos concétricos.
Sólo conocemos un ejemplar procedente de Villargordo (Pereira, 1987), fechado en el siglo IV ad.C. y cuyo único paralelo procede de la Serreta (Visedo, 1923).
Iil Grupo Formal 12 comprende ejemplares de pequeño tamaño, con el cuello acampanado y cuerpo de perfil globular con el pie indicado y ligeramente moldurado (Fig. 14, núms.
Su dispersión se concentra en los dos sectores de la Cuenca, en el Oriental donde con una fecha entre el siglo IV y el ID a.d.C., aparecen en las Casillas de Martos (Maluquer, 1984), Cástula (Blázquez, 1975), Ceal (Femández-Chicarro, 1956) Y Galera (Cabré, Motos, 1920).
Su decoración es monócroma a base de grupos de bandas paralelas, complementadas con motivos de tipo vegetal en el caso de los ejemplares de Galera.
Los ejemplares documentados en el sector occidental, se fecha en el siglo ID a.d.C., y aparecen en Itálica (Luzón, 1973) y Alhonoz (López Palomo, 1981), donde destacan los ejemplares que presentan un par de asas en el sector central del cuerpo, con decoración de bandas bícromas.
El Grupo Formal 13 presenta ejemplares de pequeño tamaño, de forma compuesta, tendencia cerrada, y cuerpo de perfil globular o bitroncocónico, en el que distinguimos dos tipos: el primero de ellos, J3-A, se caracteriza por su borde redondeado de tendencia exvasada, que tras un estrangulamiento, da paso a un cuerpo globular o de perfil bitroncocónico, por lo general carenado que suele recibir la denominación de «tintero~ o «vasito tintero~, y en el que distinguimos las siguientes variantes: J3-A-1, de borde exvasado y redondeado y cuerpo de perfil bitroncocónico carenado (Fig. 14, nÚJns, 6 y 7) que se fecha entre el siglo IV y el ID a.d.C., concentrándose los hallazgos en el sector oriental de la Cuenca en Fuente Tojar, Almedinilla, Martas (Maluquer, 1984), La Bobadilla (Maluquer et alli, 1973), Puente del Obispo (Hornos, 1984), Ubeda (Bosch, 1919), Toya (Pereira, 1979), Cazorla (Bosch, 1915) Ceal, Baza (Presedo, 1982) y Galera (Cabré, Motos, 1920), mientras que en el Bajo Guadalquivir son más escasos, apareciendo en Carmona (Pellicer, Amores, 1985) e Itálica (Luzón, 1973).
Su decoración es monócroma a base de anchas bandas paralelas.
La segunda variante, J3-A-II, presenta la boca más ancha que la variante anterior y asas de estribo en el sector superior del cuerpo.
Sólo conocemos por el momento, un ejemplar de Ceal (Blanco, 1963), que se fecha en el siglo IV ad.C. con decoración monócroma a base de bandas. paralelas y puntos (Fig. 14, n.!! 10).
La tercera variante, J3-A-lH, se caracteriza por el cuerpo de perfil ovoide, que aparece en el Mirador de Rolando (Arribas, 1961), con un pie alto macizo y en Cástulo (Blázquez, 1975), fechándose en el siglo IV ad.C., y con una decoración monócroma de bandas paralelas (Fig. 14, nÚIns.
Una última variante, J3-A-IY, para un ejemplar procedente de Baza (Presedo, 1982), que se caracteriza por el perfil del cuerpo bitroncocónico, cuya mitad inferior presenta un perfil marcadamente convexo, con una decoración monócroma de bandas paralelas.
El tipo 13-8 corresponde a ejemplares que presentan un cuerpo globular de perfil esférico con un cuello corto en el que distinguimos dos variantes: La 13-8-1 de cuerpo esférico y cuello corto estrecho.
Presenta una decoración monócroma a base de bandas horizontales en los ejemplares de Martos (Maluquer, 1984), Almedinilla y Fuente Tojar, que se fecha entre finales del siglo V y finales del IV ad.C.
La segunda variante, 13-8-11, presenta un cuerpo de perfil esférico y el cuello más corto y ancho que la variante anterior.
Aparece en el Cerro Macareno (Pellicer et alli, 1983) y en Santaella (López Palomo, 1979), presentando una decoración monócroma o bícroma, a base de bandas paralelas.
El Grupo Formal 14 presenta ejemplares de forma compuesta y tendencia abierta, con un asidero que son denominados «tapaderas» y que agrupamos en dos tipos: el 14-A de borde apuntado, cuerpo semiesférico, rematado por un asa en forma de disco (Fig. 14, n.o 3).
Por el momento sólo conocemos un ejemplar procedente de Baza (Presedo, 1982), donde se fecha en el siglo IV a.d.C.
El tipo 14-B presenta un borde redondeado de tendencia recta, el cuerpo tras una inflexión presenta un perfil semiesférico rematado por un asidero de perfil cilíndrico (Fig. 14, núms.
Aparece este tipo en el sector oriental de la Cuenca en las necrópolis de Galera (Cabré, Motos, 1920) y Ceal (Fernández-Chicarro, 1956), con una fecha del siglo IV a.d.C., mientras que con una fecha algo más tardía aparece en el sector occidental de la Cuenca en Itálica (Luzón, 1973).
La decoración es monócroma a base de bandas horizontales complementadas con sectores de círculos concéntricos y serie de puntos.
El Grupo Formal 15 está constituido por ejemplares de forma compuesta, tendencia abierta y con pie alto que suelen recibir la denominación de «copas» y que encuadramos en dos tipos: FJ primer tipo.
15-A. presenta un borde exvasado. redondeado-apuntado.
El cuerpo de perfil carenado termina en un pie alto de perfil cilíndrico o ligeramente acampanado con el fondo hundido.
Los hallazgos de este tipo se concentran en el sector oriental de la Cuenca en Castellar de Santiesteban (Bosch.
Su decoración en monocroma a base de grupos de bandas paralelas. pudiendo fecharse estos ejemplares en el siglo IV a.d.C.
Al segundo tipo, 15-8, corresponden ejemplares de borde exvasado y cuerpo de perfil semiesférico, terminado en un pie alto de perfil acampanado (Fig. 14, n.o 12), que aparecen en Galera (Cabré, Motos, 1920), Almedinilla, Fuente Tojar y Alhonoz (López Palomo, 1981).
La decoración de estos ejemplares es monocroma a base de bandas paralelas y franjas anchas. destacando el ejemplar procedente del Alhonoz con una decoración plástica de aves en el pie del mismo.
Su cronología para este tipo oscilaria entre medíados del siglo IV y principios del siglo ID a.d.C. El Grupo Formal 16 está constituido por ejemplares de forma simple o en ocasiones compuesta de tendencia abierta. que reciben la denominación de «cuencos» en el que distinguimos los siguientes tipos:
El tipo 16-A, que presenta el borde de tendencia exvasada, el cuerpo de perfil carenado con el pie indicado y el fondo hundido (Fig. 15. nÚffis.
Los prototipos de este tipo se pueden rastrear en el horizonte del Bronce Final. apareciendo los ejemplares más antiguos en Setefilla (Pereira, 1987) y Cazalilla (López Rozas.
1984). fechándose en el siglo VI ad.C., y algo más tarde en el Cerro Macareno (Pellicer et alü, 1983) Y Cástulo (Arribas et alli, 1968) documentándose los ejemplares más tardíos en Alhonoz (López Palomo.
La decoración es monócroma a base de bandas. siendo bícroma en los ejemplares más antiguos de Setefilla.
Su sistema decorativo es semejante al del tipo anterior, salvo el ejemplar de La Guardia que presenta bicromía.
El tipo 16-C se caracteriza por su cuerpo de perfil parabólico en el que distinguimos las siguientes variantes: 16-C-J esta variante presenta el borde exvasado y cuerpo de perfil parabólico con el pie indicado (Fig. 15, núms.
La variante 16-C-Il presenta ejemplares con el borde de tendencia recta que, tras una inflexión, da paso al cuerpo de perfil parabólico con el pie indicado (Fig. 15, núms.
Los ejemplares más antiguos aparecen en Ategua (Blanco, 1983) en la transición del siglo VI al V a.d.C., concentrándose a partir del siglo IV a.d.C. en el sector oriental de la Cuenca, en Montoro (Martín de la Cruz, 1979), Ceal y Baza (Presedo, 1982).
La variante 16-C-JlJ corresponde a un ejemplar de borde exvasado y cuerpo de perfil parabólico de mayor altura que los ejemplares de las otras variantes (Fig. 15, n. a 11), que se ha documentado en Baza (Presedo, 1982).
El sistema decorativo mayoritario de estas tres variantes es monócromo, a base de bandas paralelas destacando el uso de motivos geométricos en la variante 16-C-m y en el ejemplar de Ceal de la variante 16-C-ll.
El tipo 16-D presenta ejemplares de borde ligeramente exvasado, cuerpo semiesférico y pie marcado sobre elevado de fondo hundido o plano (Fig. 15, núms.
Su desarrollo se centra entre los siglos IV y m a.d.C., apareciendo en Baza (Presedo, 1982), Ceal, Castellar de Santiesteban (Bosch, 191 S), Higuerón (Fortea, Bernier, 1970) y Osuna (Corzo, 1977), apareciendo los ejemplares más tardíos en Itálica (Luzón, 1973) y Alhonoz (López Palomo, 1981).
Su sistema decorativo es monócromo a base de bandas paralelas.
El Grupo Formal 17 comprende ejemplares de forma simple o compuesta de tendencia abierta, lomo del borde más o menos ancho y perfil simple o compuesto que suelen recibir la denominación de «platos,., y en el que distiguimos los siguientes tipos: l7-A, que presenta el lomo del borde más o menos desarrollado, cuerpo de perfil semiesférico y pie sin indicar que se fecha en el siglo VI a.d.C., y puede presentar decoración monócroma o bícroma, documentándose su aparición en Alhonoz (López Palomo, 1981) y Cerro de la Mora (Carrasco et aJii, 1981).
El tipo l7-B presenta además del lomo del borde ancho, el perfil compuesto pudiendo distinguirse tres variantes: l7-B•/, que presenta el perfil del cuerpo ligeramente carenado (Fig. 16, núms.
2, 3 y 4), se documenta a mediados del siglo V a.d.C. en el Cerro Macareno (Pellicer et alli, 1983) Y durante el siglo IV, apareciendo también en La Bobadilla (Maluquer et alli, 1973).
La segunda variante, 17-B•l/, presenta un cuerpo de perfil en «ese» con el pie indicado (Fig. 16, núms.
Su decoración es mayoritariamente monócroma a base de bandas paralelas.
La tercera variante, 17-B-IJ/, se caracteriza por el perfil del cuerpo con una inflexión o carena muy marcada, presentando algún ejemplar el borde vuelto (Fig. 16, núms.
Se fecha durante el siglo IV ad.C., apareciendo en Martos (Maluquer, 1984), con un caso más tardío en Alhonoz (López Palomo 1981).
El tipo 17-C presenta ejemplares con el lomo del borde más o menos ancho, cuerpo de perfil semiesférico y pie indicado (Fig. 16, núms. |
establece su ordenación tipológica, y se indican los posibles procesos de fabricación seguidos en su elaboración.
Apoyado todo ello, en la realización de un número representativo de análisis arqueometalúrgicos, tanto cualitativos como cuantitativos.
Se rechaza la posibilidad de seguir fechando estas piezas en función exclusiva de sus rasgos «estilisticosll.
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es opiniones subjetivas que en los últimos años han conducido a la investigación a un cierto inmovilismo.
Este trabajo sugiere un enfoque alejado de los meros aspectos artísticos o iconográficos.
No aspiro a proponer cronologías precisas, por citar un ejemplo, pero sí a exponer que las existentes no encuentran una base científica sólida en que apoyarse, por lo que se hace necesario intentar emprender nuevas vías de investigación.
De este modo he estudiado los bronces figurados ibéricos bajo dos perspectivas: sus aspectos «tipológicos» y «tecnológicos».
Con este fin examiné directamente más de 2.000 figuras conservadas en el Museo Arqueológico Nacional y en el Museo Arqueológico de Barcelona, ya que entre ambas colecciones abarcan la práctica totalidad de las piezas de procedencia cierta que existen en el mundo, y que corresponden a los conocidos santuarios de Collado de los Jardines,!
Castellar de Santisteban, en la provincia de Jaén, y Ntra.
Sra. de la Luz, en Murcia.
La Investigación durante los últimos veinte años
Desde la aparición de los importantes trabajos de Nicolini, hace ahora aproximadamente veinte años, las nuevas publicaciones se han limitado, en general, a mantener los criterios de este investigador y a adaptar cada nuevo hallazgo a sus postulados sin plantearse nuevas dudas en torno a su cronología, «estilos», o períodos... que casi siempre han sido aceptados como dogmas de fé.
Otros investigadores han defendido diversas posturas frente a estas piezas.
Así Almagro (1979Almagro (, 1980) ) consideraba la existencia de unos fuertes influjos orientales sobre las más antiguas producciones ibéricas.
Este autor mantenía, además, la posibilidad de identificar alguna de estas figuras con divinidades orientales concretas.
NicoLini (1969NicoLini (, 1976NicoLini ( -78, 1977aNicoLini (, 1977bNicoLini (, 1978)), por su parte, asume la influencia «orientalizantell de las más antiguas figuritas (ya que también el arte griego en esas fechas era un arte orientalizante) rechazando, sin embargo, la identificación de estos bronces con divinidades extranjeras determinadas.
Podemos citar, como ejemplo, el caso del Guerrero de Medina de las Torres, en el que Almagro veía la representación de Resef, y Nicolini y otros estudiosos, una divinidad guerrera indígena.
Por otra parte, este autor, defiende las influencias directas del arcaísmo griego sobre estas figuras, reflejadas en aspectos concretos de las mismas.
Blanco (1981), a su vez, en los últimos años discrepa de estas posturas al considerar que los paralelos e influencias deben buscarse, sobre todo, dentro de la propia Península.
Respecto a la cronología, casi todos los investigadores aceptan, en general, unas etapas iniciales durante los siglos vm al VI para las figuras de carácter foráneo y el inicio, a partir del siglo VI, de la producción típicamente indígena que continuará sin interrupción hasta época romana.
La mayoría de los autores coinciden, además, al afirmar que dado que estos bronces carecen de un contexto arqueológico claro, sólo es posible emprender su estudio a partir de un método estilístico-comparativo.
PROPUESTA TIPOLOGICA He dividido las figuras de cada santuario o colección en los siguientes grupos:
-desnudas -tipo intermedio -túnica larga -mantos momias -túnicas cortas -jinetes -esquemáticas -Figuras femeninas: -desnudas -tocado bajo de perfil curvo -sin cubrir -tocado bajo de perfil curvo -cubierto por velo o manto tocado alto -esquemáticas -Figuras sin indicación de sexo.
Dentro de cada uno de estos grupos he atendido, además, a la posición de los brazos y al tipo de vestimenta.
Asimismo diferencio entre las figuras orantes, las oferentes y los guerreros.
Con esta clasificación creo que se destacan los aspectos que pueden ser más significativos: su sexo, desnudez o vestimenta, gesto o actitud, así como las similitudes y diferencias entre unas y otras.
Quiero resaltar como hecho básico la inclusión en este estudio de un material completo y no seleccionado previamente, como había sucedido hasta la fecha, hecho que me parece fundamental a la hora de poder valorar un conjunto de estas características.
La ordenación de las piezas que componen las dos colecciones más completas de bronces figurados ibéricos (1), me ha permitido comprobar una serie de semejanzas y diferencias existentes entre los objetos procedentes de los principales santuarios, así como sus rasgos más característicos.
Del total de piezas estudiadas 875 proceden del mayor de los santuarios, 186 de Castellar, y sólo 26 de La Luz.
A pesar de las vicisitudes sufridas por estas figuritas desde su aparición, lo que además de la pérdida de un gran número de ellas dieron lugar a la formación de numerosas colecciones particulares, tanto en España como fuera de nuestras fronteras, estas proporciones numéricas tan diferentes de objetos según los santuarios, reflejan un hecho ya conocido y que, en este caso, viene a corroborarlo: la mayor abundancia de exvotos en Despeñaperros con respecto a Castellar y éste, a su vez, con relación al Santuario de La Luz.
Por otra parte se comprueba, con datos reales y no aproximativos, el mayor número de figuras masculinas en Collado de los Jardines, donde éstas constituyen el 58 por 100 del total, mientras sólo un 33 por 100 son femeninas (el resto corresponden a las figuras de sexo indeterminado).
En Castellar nos encontramos con el caso contrario: un 49 por 100 de figuras femeninas frente a un 38 por 100 de masculinas.
Debido al escaso número de piezas estudiadas, procedentes del santuario de La Luz, no parece válido establecer comparaciones porcentuales con respecto a los santuarios andaluces.
Desnudas (Fig. 1, 1-4) Tanto en Collado como en Castellar son mucho más frecuentes los desnudos masculinos que los femeninos.
En Collado el 3296 de las figuras masculinas se hallan desnudas con una proporción muy similar, el 35 en Castellar.
En cambio, las figuras femeninas desnudas suponen sólo un 996 del total en Collado y un 696 en Castellar.
En el mayor de los santuarios dominan claramente las representaciones de orantes frente a los oferentes y los guerreros.
Por su parte, en Castellar llama la atención el hecho de que ninguno de los personajes desnudos se represente con ofrenda.
Un gran número de (1)'Museo Arqueológico Nacional de Madrid y Museo Arqueológico de Barcelona. las piezas de los dos santuarios destaca por su carácter itifálico menos abundante, en cambio, entre los oferentes.
Los orantes se hallan en posiciones muy diversas entre las que destacan las siguientes: brazos a lo largo del cuerpo, brazos en I(jarra~ con las manos en la cintura, y brazos adelantados con las palmas hacia aniba.
He denominado así a un tipo exclusivo de Collado, en el que resulta difícil apreciar si se trata de figuras desnudas o vestidas.
Se caracterizan por tener el cuerpo plano, el cabello en forma de melena recogido por una cinta, o bien con tonsura y patillas, ojos grandes y oblicuos, brazos a lo largo del cuerpo, y pies de gran tamaño.
Esta clase de figuras, junto con otras de elaboración más cuidada vestidas con túnica, son las que Nicolini (1969) considera I(sacerdotes».
Representan sólo un 2,5% del total de piezas.
Entre ellas no existen oferentes ni guerreros.
Por otra parte todas ellas se hallan, como acabamos de señalar, en la misma posición con los brazos pegados al cuerpo.
En Collado suponen el 7% Y en Castellar el 12% del total de figuras de este sexo.
He distinguido tres.tipos diferentes de prendas:
Túnica muy ajustada al cuerpo (Fig. 2, 2)
Lo integran las piezas que se representan con una túnica muy ajustada que permite marcar con claridad las distintas partes del cuerpo.
A la altura de las piernas se indican una serie de pliegues en «v.,..
Todas corresponden a un modelado cuidado con indicación de diversos detalles.
Tienen los ojos contorneados con cejas y pestañas señaladas mediante líneas muy finas.
Los pies son grandes y se representan siempre juntos y, en algunos ejemplares, se indican los tobillos con pequeños círculos.
En Collado todas estas figuras conservan las caracteristicas espigas de sujeción.
Túnicas rectas y lisas
Este tipo de prendas puede ser larga o por media pierna.
En ellas no se señala el escote ni las mangas.
Túnica. con escote en pico
Esta variante es exclusiva de Collado.
En este grupo no se representan guerreros ni oferentes.
La posición más frecuente en estas figuras es la de los brazos a lo largo del cuerpo, si bien aparecen también en otras actitudes (salutación, etc).
En el Santuario de La Luz no contamos con ninguna figura vestida con túnica larga.
Pueden representarse con el manto largo sujeto sobre el hombro derecho o totalmente abierto por delante.
Asimismo, se sañalan con doblez de diferentes anchuras de manera que, en algunos casos, da la sensación de que las figuras visten túnicas largas con mantos cortos.
En Collado las figuras cubiertas por manto representan el 12%, mientras que en Castellar suponen sólo el 796.
De ellas sólo una figura de Collado es oferente.
En este mismo santuario contamos también con algunas representaciones de guerreros.
Entre los orante s las posturas más frecuentes son: los brazos a lo largo del cuerpo; insinuados por debajo del manto; hacia el frente con las manos abiertas; y brazo izquierdo a lo largo del cuerpo y el derecho en actitud de saludo.
En Castellar sólo existen dos variedades: los brazos sobre el cuerpo y cubiertos por el manto.
V. Momias o cadáveres amortajados (Fig. 2, 1) Incluimos en este grupo, exclusivo de Collado, a unas piezas con el aspecto de cadáveres amortajados. figurados mediante líneas en zig-zag que ((envuelven» a la figura.
La existencia de estos bronces resulta muy sugerente, tanto si se depositaban en los santuarios, como si lo hacían en los enterramientos.
Se trata de la vestimenta masculina más representada en los tres santuarios.
Las túnicas suelen ser muy cortas con el bajo recto o en pico ajustado a las piernas.
A su vez. pueden ser lisas -la mayolÍa-o con «cordones».
En general. se representan con escote en pico y mangas cortas.
Es muy frecuente el uso de cinturones tanto con hebillas -grandes y en muchas ocasiones decoradas-como sin ellas.
He dividido estas piezas en tres subgrupos: los bronces que no portan ningún objeto, los que muestran alguna ofrenda y los guerreros.
Es el grupo más numeroso.
Se encuentran en posiciones muy diversas: -brazos a lo largo del cuerpo -brazos ligeramente separados del cuerpo -brazos adelantados en ángulo recto con el cuerpo y las palmas abiertas una mano sobre el pecho y la otra sobre el sexo ambas manos sobre el pecho -las dos manos sobre el vientre -brazo derecho en actitud de saludo, etc. Como es habitual, Castellar presenta una variedad de tipos mucho más reducida.
En Castellar sólo contamos con un oferente que porta un objeto redondo.
En Collado varias figuras muestran un objeto en cada mano variando la posición de las mismas: ambas palmas abiertas, una mano abierta y otra cerrada, la ofrenda cogida entre los dedos índice y pulgar, o ambas manos entrecerradas.
Otras llevan sólo un objeto en la mano derecha.
Incluímos en este grupo a las figuras que muestran sus armas y a aquéllas que a pesar de no conservarlas, existen sobradas razones para pensar que en su día las tuvieron, dada la posición característica de sus brazos.
Se trata del conjunto de guerreros más numeroso de Collado, aunque con un porcentaje muy similar al de los guerreros desnudos.
En Castellar la proporción de guerreros está más repartida entre las figuras desnudas, las que visten túnica corta y las que se cubren con manto.
En La Luz, por su parte, el único guerrero a pie va vestido con este tipo de ropa.
Jinetes (Fig. 4, 1-3) Lo primero que debe destacarse es la ausencia de representaciones de jinetes en Castellar, hecho sobre el que hasta el momento, no se ha llamado la atención y que pensamos puede tener connotaciones sociales y sobre todo religiosas.
Este grupo de figuras formado por los jinetes y sus caballos, es muy minoritario y no llega al 296 del total en Collado.
En La Luz, sin embargo, parecen representar un porcentaje bastante superior y se hallan siempre armados.
En Collado los encontramos también sin armas, si bien la proporción de guerreros es superior.
Distinguimos la caetra, empuñada con la mano izquierda o colgada de la espalda como es frecuente, sobre todo, entre los jinetes.
A veces se representa de un tamaño minimo, casi de las dimensiones de la mano.
En algún caso contamos con un escudo de gran tamaño y sólo, en una ocasión, con un arma curva en forma de hoz apoyada sobre el hombro y cuello de la figura.
En mi opinión puede identificarse con el arma que estudió Sandars (1913: 71), a partir de su representación en una moneda ibérica.
La fa/cata puede estar empuñada o colgada de la cintura, a veces semioculta por el manto.
En algunos casos parecen representarse pwlales.
Las lanzas se han perdido en la mayoría de los ejemplares, ya que se fabricaban por separado, pero puede deducirse su existencia gracias a los oríficios característicos de las manos.
Los cascos suelen confundirse con el cabello.
Pueden ser muy cortos y ajustados a la cabeza, de manera que sobresale el cabello por debajo del mismo (2), con guarda nuca (3) y orejeras (4).
En muy contados casos se representan con penacho (5).
En general estos guerreros, muchos de los cuales llevan la caetra en la mano izquierda, la falcata en la derecha o en la cintura, y la lanza en la derecha, adoptan la actitud de atacar, o la de simple presentación de las armas.
Los oferentes y sus ofrendas
Los oferentes suponen una proporción mínima.
En Collado no llegan al 5 por 100 del total de piezas masculinas, y en Castellar sólo contamos con dos figuras que porten un objeto.
Los oferentes más abundantes son los que se representan vestidos con túnica corta seguidos por los que están desnudos.
Sin embargo, ni los personajes vestidos con túnica larga, ni los jinetes, parecen ofrecer objeto alguno.
Las ofrendas suelen ser frutos, panecillos o tortas, objetos en forma de huevo y de piña, y cilíndricos.
Asimismo hay figuras que portan una ofrenda en cada mano, mientras otras, la mayoría, presentan sólo una ofrenda en la mano derecha, y en ocasiones, sujetan el objeto entre los dedos índice y pulgar (6).
Por su parte en el santuarío murciano no parece que contemos con oferentes.
Sólo una figura pudo sujetar un báculo en la mano derecha, pero no consideramos que pueda identificarse con una ofrenda.
Los desnudos femeninos, como ya he señalado, son mucho menos frecuentes que los masculinos.
Existe una diferencia fundamental entre las piezas procedentes de los dos santuarios andaluces.
En Collado el número de oferentes desnudos triplica al de orantes, mientras que en Castellar, al igual que ocurria en las figuras masculinas, no existe ninguna oferente.
En cuanto a las ofrendas portadas por estas figuras destaca el alto porcentaje de bronces con un objeto en cada mano, frente a las figuras masculinas donde sólo una mostraba una doble ofrenda.
También son más variadas las ofrendas ofrecidas por las figuras femeninas: frutos, panes, aves, vasos, etc. En cambio, el repertorio de gestos es más reducido que en las masculinas.
En el santuario mayor destacan los brazos en «jarra», en ángulo recto hacia el frente mostrando las palmas (en actitud de «paran)...
En Castellar existen algunas variedades que no encontramos en el santuario mayor, como las manos apoyadas en los pechos.
Por su parte, en La Luz, sólo contamos con un figura desnuda (7).
( Suponen el 10% en Collado y sólo el 4% en Castellar.
Este grupo se caracteriza por vestir una túnica larga y llevar un tocado bajo de perfil curvo descubierto.
Las túnicas, a su vez, pueden representarse con cordones en relieve, sin cordones, con mangas en pico y cubiertas por un manto que se sujeta en uno de los hombros.
En Castellar todas estas figuras van vestidas con túnica larga más o menos ajustada al cuerpo.
En cuanto a las ofrendas sólo las encontramos en Collado.
Las más frecuentes son los panes o frutos sobre las palmas, dos objetos redondos apoyados contra el pecho y un cuenco.
Respecto a la posición de los brazos sobresalen las manos sobre los pechos, los brazos a lo largo del cuerpo, las manos en la cintura y los brazos adelantados con las manos abiertas.
Tocado de perfil curvo cubierto (Fig. 3, 2,3 y 6) Se diferencian de las anteriores en que el tocado está siempre cubierto por un velo o manto, en general, largos.
Distinguimos a su vez algunos subgrupos:
7" Figuras cubiertas por un velo fino ajustado al cuerpo (Fig. 3, 6) Todas tienen los brazos caídos a lo largo del cuerpo.
Entre ellas se diferencia un grupo de elaboración más cuidada.
No hay ninguna oferente.
-Manto largo sobre los hombros y espalda, la mano izquierda sujeta su extremo (Fig. 3, 2) Figuras que se caracterizan por cogerse el vestido con la mano izquierda mientras el brazo contrario se halla en actitud de saludo o caído a lo largo del cuerpo.
-Manto abierto y recto Se trata de un grupo menos homogéneo que los anteriores.
Sólo contamos con una figura oferente que porta un vaso, mientras el resto se halla en actitudes diversas:
-brazos a lo largo del cuerpo -brazos en jarra -mano derecha en actitud de saludo, etc.
-Figuras envueltas en manto largo (Fig. 3,3)
En general llevan el manto completamente cerrado.
De nuevo nos encontramos con una sola figura oferente que también porta un vaso, como en el caso anterior.
Las posturas de los brazos son muy diversas:
ambas manos sujetan los extremos del manto -manos sobre el pecho -brazos adelantados -manos sobresalen del manto, etc.
Tocados altos (Fig. 3,4,(7)(8)(9) Todas estas figuras llevan tocados altos apuntados o curvos.
A su vez, pueden cubrirse con un manto o velo, o estar descubiertos.
Estos últimos, tanto en Collado como en Castellar, visten túnica larga y recta, algunas de ellas con mangas en pico.
En cuanto a las prendas que cubren estos tocados pueden ser: mantos abiertos, semicerrados, largos y rectos o en forma de punta de flecha.
Uama la atención el hecho de que todas las figuras de este grupo, con una excepción en Castellar, son orantes.
En el santuario de La Luz, como es sabido desde hace tiempo, no se encuentra ninguna figura esquemática.
Estas piezas resultan difíciles de clasificar, debido precisamente a su esquematismo, por lo que su ordenación se ha realizado atendiendo a los rasgos de su vestimenta, tocado, y posición de los brazos, entre las que sobresalen las siguientes posturas:
-sin indicación de los brazos -brazos a lo largo del cuerpo -brazos insinuados -unidos sobre el cuerpo -hacia el frente.
MODOS DE FABRICACION DE LOS BRONCES
Según el modo en que han sido elaboradas estas piezas podemos hablar de bronces colados y bronces trabajados.
La mayoría se encuentran en el primer caso, mientras que los bronces trabajados suelen corresponder, a las piezas esquemáticas.
Método directo (Fig. S, 1) En general casi todos nuestros bronces, debido a su pequeño tamaño, fueron hechos del modo más sencillo, es decir, según el método conocido como «la fusión plena».
El modelo se realizaba en cera trabajada como si fuese arcilla, la cual posiblemente se iría calentando con el mismo calor de la mano, lo que facilitaria su modelado.
Al igual que ocurre al modelar con arcilla, alguna parte del cuerpo o ciertos detalles, podían ser realizados por separado y unidos posteriormente.
Una vez terminada la figura se retocaría para marcar las peculiaridades, como los ojos, ciertas decoraciones, etc. Para ello se ayudarian de distintos instrumentos de metal o incluso de madera.
Es evidente que la realización de estas figuritas era una labor sencilla, para lo cual, salvo ciertas excepciones, no se necesitaría un alto grado de especialización.
Terminado el modelo en cera, se recubria de tierra, con el fin de que quedaran bien marcados los detalles de la figura.
Una vez seco el molde era calentado hasta que se derretía la cera, de manera que pudiera verterse en su lugar el metal fundido.
Para ello se prolongaba una zona, que en general, correspondía a los pies, que actuaba como canal y embudo (<<el alimentadon), por el que se introduciría el metal fundido.
También era frecuente la utilización de un canal que se bifurcaba a cada uno de los pies.
Una vez fundido el bronce se podían conservar estas «espigas de fundiciófi», como elementos de sujeción de las figuras.
De hecho, entre las piezas ibéricas contamos con una gran número de casos en los que se conservan estos apéndices (n, 2).
Algunas partes difíciles de fundir en su conjunto se realizarían por separado, y una vez acabada la pieza, se unirían a la misma.
Este es el caso de los «báculos» o lanzas que se conservan en algunas figuras, mientras en otras sólo se aprecia el orificio para introducir la pieza, lo que nos confirma la idea de que se fundirían por separado, facilitando así su posible pérdida (ll, 5).
•., Otras figuritas fueron elaboradas con molde reutilizable.
El sistema era también muy sencillo.
En primer lugar se realizaba el modelo de cera, al igual que en el tipo anterior, y de éste se obtenía una matriz o molde en negativo, de arcilla o yeso, que podía ser de una sola pieza o «bivalvo».
Una vez obtenido este molde se colaba en su interior la cera líquida.
Cuando la cera se enfriaba se separaba el molde y se obtenía el modelo deseado que, a su vez, seguiría el proceso ya descrito.
Formigli (1985) comenta, refiriéndose a la realización de los bronces etruscos, que resulta sumamente complejo tratar de identificar las piezas obtenidas por un mismo molde.
Esto es evidente también en los hronces ibéricos.
En primer lugar, la cera al ser introducida en el molde sufre una serie de variaciones y defectos, a causa de las burbujas de aire, de los «picos» formados por la infiltración de la cera en los distintos resquicios formados por el molde, así como los problemas surgidos de la extracción del mismo.
Por otra parte, la mayoria de los detalles se realizaban a mano, tanto sobre el modelo en cera, como los retocados una vez obtenida la figura en bronce.
No obstante, en algunos casos en que tanto el tamaño, como los detalles coinciden, podría aventurarse la hipótesis de que fueron realizados a partir de un mismo molde.
La mayoría de las piezas elaboradas a partir de un molde bivalvo conservan unas rebabas características en los laterales.
En los ejemplares más cuidados éstas han sido eliminadas casi por completo, mediante el retoque final con lima, mientras qué en las piezas más burdas, se pueden apreciar con claridad.
Los moldes se hacían de material refractario, fácilmente moldeable, y que no se contraía durante el secado.
Uno de los problemas principales con los que debía enfrentarse el artesano consistía en extraer el modelo final del molde.
Debido a la alta temperatura a la que se realizaban las fundiciones que oscilaban, según la proporción de los diferentes componentes de la aleación, entre los 1.000 y 1.200 grados C. aproximadamente, podían aparecer muchos problemas.
El molde al entrar en contacto con el bronce fundido producía mucho gas, al cual, si no se permitía transpirar a través de los «respiraderos", podía provocar burbujas en la fundición.
Más aún, el molde podía fracturarse si se cocía con demasiada rapidez, antes de la fundición, o al entrar en contacto con el metal fundido.
Los defectos podían deberse a las junturas del molde, o a una inadecuada contracción del metal al pasar del estado sólido al líquido (Formigli, 1985).
Podemos suponer que en los casos en que las piezas salieran muy defectuosas volvería a fundirse el metal, tal y como ocurre hoy en día con los bronces realizados a la cera perdida.
Entre las piezas ibéricas contamos con varías que demuestran que han sufrido una cocción defectuosa, ya sea por problemas de gases que han originado la formación de burbujas, o debido a una mala separación de la pieza y el molde.
Por último, Madroñero de la Cal (1983 -84) en un estudio sobre una figura de bronce procedente del Cabecico del Tesoro, llega a la conclusión de que dicha pieza fue fabricada mediante el método conocido como moldeo a la cáscara.
Por bronces trabajados entendemos aquéllos que mediante técnicas, como el martillado u otras, han cambiado la forma y estructura de la aleación.
Trabajo en frío seguido de recocción
El bronce pierde sus propiedades de maleabilidad, y se hace más frágil cuando se le golpea mucho.
Esta tendencia se acentúa con la presencia de un alto contenido de estaño.
Sin embargo, si se calienta el metal al rojo vivo, éste readopta su estructura cristalina, lo que le devuelve sus cualidades primitivas, pudiendo ser golpeado de nuevo.
De este modo a partir de un lingote de metal, el bronce puede convertirse en figurítas, u otros objetos, a base de golpear con habilidad el trozo de metal contra un yunque, troquelo taso De esta manera fueron realizadas la mayor parte de nuestras figuritas esquemáticas.
En el trabajo en frio (forja en frio), la pieza se deforma por las diversas presiones que sufre bajo el. martillo, por lo que es obvio que sólo los metales más maleables pueden ser trabajados de esta manera con aprovechamiento.
Pero incluso en éstos, la «deformación» de la pieza es limitada.
Así, el cobre puede ser trabajado en frio hasta que llega a un punto en que existe el peligro de que se fracture.
En ese momento si se recuece puede seguir siendo trabajado, de manera que dependerá de la habilidad y «profesionalidad» del artesano, el saber en qué momento tiene que volver a ser recocido para continuar el proceso.
En los bronces con alto contenido en estaño este proceso se hace más complicado, y depende de varios factores como la composición química de la aleación y la estructura del metal.
En principio no tienen por qué existir dificultades en el trabajo en frio o caliente de los bronces con una proporción de estaño en torno al 6 ó 7% (Coghlan, 1975).
Si el contenido de estaño en la aleación es muy elevado, resulta muy complicado poder trabajar la pieza.
No obstante, algunos exámenes metalúrgicos han demostrado que el artesano fue capaz, en ocasiones, de realizar este trabajo.
Coghlan justifica este hecho al considerar que en el momento en que las aleaciones y el trabajo del bronce se fueron desarrollando y haciendo más complicados, se hallarian al mismo tiempo ya muy familiarizados con el trabajo en frio seguido de recocido, por lo que posiblemente fueran capaces, en ciertos casos, de homogeneizar estas aleaciones (Coghlan, 1975: 91).
Los altos porcentajes de plomo en los bronces impiden que éstos resulten aptos para el trabajo en frio, ya que en las aleaciones el plomo tiende a separarse bajo la presión del martillo, y este hecho suele reflejarse en la composición de las piezas.
Contamos también con un número reducido de piezas que son simples láminas «recortadas» con la silueta de una figura, en general, de perfil.
Estas láminas se realizaron a base de golpear el metal reduciéndolo a su mínimo espesor.
Existe además alguna pieza, que parece haber sido concebida como una laminita muy fina, que debía recubrir un núcleo, posiblemente de madera o arcilla, ya que todavía hoy en día se conserva su forma «ahuecada» caracteristica (fig. 4, 12) (8).
Acabado y decoración de los bronces
El acabado de las piezas era fundamental para su resultado final.
La superficie del bronce recién salido de la colada mostraba una textura rugosa, por lo que debía ser alisada.
Los defectos más visibles de la fundición, como las junturas laterales de las piezas fabricadas con molde, las rebabas, etc., podían ser eliminados mediante algún tipo de limas o raspadores.
Una vez realizados estos procesos, procederian a pulir de nuevo la superficie de la pieza mediante diversos abrasivos, como arena, polvos de piedras duras, mezcladas con aceite yagua, etc., como paso inicial (Destree, 1983), y por último, utilizarian algún tipo de cuero o tela para lustrar su superficie.
La gran mayoría de nuestros bronces presentan una gran profusión decorativa.
Ciertos detalles como los ojos, o algunas decoraciones de los vestidos, etc., podían haber sido realizadas sobre el modelo de cera, otras en cambio, parecen hechas sobre la pieza de bronce, como parte del proceso de acabado de la misma.
En general, se trata de decoraciones simples realizadas a base utilizar el cincel o el buril.
El cincel se coloca sobre el metal y se va golpeando a su vez con un martillo, lo (8) Museo de Barcelona.
Pieza de procedencia desconocida, sin número de inventario.
LOURDESPRADOSTORRflRA que suele producir, si se obsen'a con ciertos aumentos, un trazo discontinuo y de sección semicircular (Fig. 6, A Y C).
El buri~ por su parte, se utiliza directamente con la mano y su hueUa suele ser de sección angular (Fig. 6, B Y O).
El proceso seguido por ambos instrumentos es también diferente.
El cincelado produce unas líneas regulares y lisas con los bordes (laterales) suaves.
Este procedimiento no implica «la remoción» del metal.
El grabado mediante el buril, en general de punta muy afilada corta, en cambio, el metal, por lo que produce una fina viruta a lo largo de su trazo.
EUo implica que en el grabado el instrumento utilizado, el buril, tiene que ser, por lógica, más duro que el metal que va a ser cortado.
Steinberg (1968) considera, sin embargo, que un bronce con un 20% de estaño en su aleación, puede cortar a otro que contenga sólo un 10% de ese metal en su composición.
Asimismo, en muchas ocasiones se utilizarian instrumentos de piedra.
Los métodos que implican un «arranque,. o «extracción,. del metal se ven favorecidos en las aleaciones con un alto contenido en plomo, como suele suceder en gran número de nuestros bronces.
Otras decoraciones han sido hechas con la impronta dejada por la punta de un instrumento a modo de troquel.
Esta técnica implica la existencia de un objeto cuya base podía ser cónica, cuadrangular, circular, etc. Este instrumento, al igual que el cincel, se colocaba sobre el metal y se golpeaba contra el mismo, de manera que quedase marcada su impronta o dibujo.
A esta técnica corresponden la mayoria de las decoraciones hechas a base de «circulitos» que encontramos en nuestras piezas.
COI1)O sucede todavía en la actualidad, cada artesano se fabricaria sus propios instrumentos de acuerdo con sus necesidades y gustos.
Así este último tipo de decoración, semejante al conocido hoy en día con el nombre de perla hueca, podría ser de diversos tamaños según lo requiriera el tipo de objeto a decorar.
Lo mismo sucederia con los cinceles cuyas puntas serían asimismo ovales, rectangulares, triangulares, etc. En cuanto a los martillos tendrian un lateral ancho y plano, mientras el extremo contrario sería redondeado (9).
A través del examen metalúrgico de estas piezas podemos Uegar a conocer aspectos diversos de la tecnología implicada en la fabricación de las mismas de la que, a su vez, se puede deducir su (9) Con el fin de conocer los instrumentos artesanales actuales visité el taller de fundición de bronce de Colmenar, asf como el taller de orfebreria de la familia Durin, ambos en la provincia de Madrid Alli me confirmaron que no existen instrumentos fabricados en serie, y que cada artesano se elabora los suyos de formas y tamaños diferentes, según sus necesidades.
Hoy en dia utilizan sólo dos tipos de instrumentos manuales, según sea necesario el empleo del martillo o de la mano directamente.
En el primer caso usan los «cinceles» con diferentes puntas (como la «perla hueca»).
En cuanto al instrumento utilizado con la mano se denomina «rascador».
Quiero expresar desde estas lineas mi agradecimiento a los directores y trabajadores de ambos centros, por la información y ayuda recibidas. organizaclon social. grado de desarrollo industrial, etc. A través de su estudio podemos intentar responder a preguntas sobre, cómo, dónde y cuándo fue hecha determinada pieza.
Asimismo puede ayudar a desenmascarar falsificaciones al detectar ciertos componentes no utilizados en la antigüedad, o en proporción muy diferente, etc. Y en fin, puede servir de apoyo, asimismo, a las labores de restauración y conservación.
Los datos proporcionados por una pieza guardan relación directa con el número de objetos analizados de una clase determinada.
Por ello, cuanto mayor sea el número de análisis realizados, dispondremos también de mayor banco de datos para poder formular nuestras hipótesis, relacionadas con el desarrollo tecnológico, posible procedencia, modo de realización, etc. En España contamos todavía con muy pocos estudios sobre arqueometalurgia, si bien en los últimos años se ha dado un gran avance a estos trabajos, y empieza a ser habitual que en las memorias de excavación se incluya un apéndice con los análisis metalúrgicos correspondientes.
En el caso concreto de los bronces, la opinión internacional. expresada en distintos congresos (10), recomienda que las publicaciones de estas aleaciones vayan acompañadas siempre de sus respectivos análisis metalúrgicos, como parte fundamental y necesaria del estudio global de los mismos.
En nuestro caso hemos realizado dos tipos de análisis.
El primero químico nos permite conocer los distintos componentes de la aleación, tanto de los básicos, como de sus impurezas, lo que resulta esencial al permitir conocer las proporciones de los componentes en los distintos objetos, plantear si su variación responde a un mayor o menor conocimiento de estas técnicas, o quizá a cuestiones meramente económicas (11), si se alea en función del tipo de objeto que se vaya a realizar, y cómo vaya a ser elaborado, etc.
La otra clase de análisis que hemos efectuado, en menor número, es de tipo metalográfico.
A través de las metalografías podemos deducir los procesos metalúrgicos que ha sufrido la pieza durante su fabricación, debido a la estrecha relación existente entre la microestructura del metal o aleación, y la tecnología aplicada a los mismos.
La totalidad de los bronces estudiados pertenecen a los fondos del Museo Arqueológico Nacional. y proceden de los tres santuarios caracteristicos: Collado de los Jardines y Castellar de Santiesteban, en la provincia de Jaén, y Ntra.
Sra. de La Luz, en Murcia.
Todos ellos han sido analizados en las dependencias del Museo de América, por S. Rovira, con la colaboración de S. Consuegra y de l.
En total se llevaron a cabo 101 análisis espectrográficos, y 17 metalografías.
Las piezas se escogieron atendiendo a su procedencia, de manera que estuvieran representados los distintos santuarios, y también ciertos bronces de procedencia desconocida.
En la aleacción se tuvo en cuenta, también su aspecto externo, de manera que se incluyera un abanico de bronces, lo más amplio posible (12).
Métodos analíticos: espectrometría y metalografías
Espectrometría por fluorescencia de rayos X Existen distintos métodos analíticos aplicables a la determinación de los elementos químicos que constituyen las aleaciones metálicas.
En nuestro caso hemos utilizado la espectrometría por fluorescencia de rayos-X (XRF), que es un método no destructivo.
La pieza a estudiar se somete a una fuente de radiación y se analiza el espectro resultante.
La posición de los distintos picos del gráfico sirve para identificar los objetos (análisis cualificativos), mientras que las diferentes alturas de los (10) Ver en particular Art and Technology.
(11) La escasez de un determinado metal, como el estaño, puede provocar su sustitución por otro más corriente y, por tanto, de menor coste, como es el plomo.
Esto se observa de un modo claro en las oscilaciones sufridas por las aleaciones monetarias.
(12) Ver una ampliación sobre el estudio de los aspectos arqueometalúrgicos de estos bronces en Prados Torreira (1988).
mismos nos indicarán el porcentaje de determinado elemento presente en la aleación (análisis cuantitativo).
Para efectuar el cálculo de las concentraciones se suministran al ordenador las constantes de calibración de un patrón desconocido.
Este patrón debe aproximarse al máximo a la composición que se desee estudiar, con el fin de que el efecto matriz sea semejante.
Para obtener la metalografía del objeto es necesario realizar un pequeño pulido, en nuestro caso simpre manual, de unos milímetros cuadrados.
En general. se escogen zonas que no vayan a dañar el valor ((estético» de la pieza y que sean, asimismo, representativas de la estructura de la aleación.
La muestra se observa en un microscopio metalográfico, primero sin atacar, y después se ataca con cloruro de cobre amoniacal en solución con agua e hidróxido amónico, reactivo que revela con nitidez las estructuras metalográficas (Rovira y Sanz, 1985).
Los análisis metalúrgicos y sus resultados
Los análisis tanto cualitativos, como cuantitativos, nos han proporcionado una información bastante precisa acerca de las características técnicas de estos bronces (13).
En primer lugar se comprueba la clara relación existente entre las técnicas de trabajo y la composición de la aleación.
De este modo, vemos cómo existen dos grandes conjuntos: los bronces trabajados y los bronces colados.
Coincide este grupo con las figuras esquemáticas.
La mayoría de estos bronces se caracteriza por tratarse de piezas de un espesor mínimo, en las que el plomo apenas se halla presente, siempre por debajo del 2,5096, y cuyas cantidades de estaño suelen oscilar entre el 596 y el 1496.
Estas figuras han sido elaboradas a partir de una barrita, mediante golpes en frío seguidas, en algunos casos que coinciden con las piezas que tienen algo más de espesor, de trabajo en caliente.
Existen, sin embargo, algunos bronces de este tipo con un alto índice de plomo, entre 21 y 2996, Y relativamente bajo de estaño, entre 6 y 896.
Su espesor oscila entre los 0,4 y 0,6 cm. y denotan una colada burda de enfriamiento lento, con numerosos segregados de plomo que no presentan huellas de haber sido trabajados mecánicamente.
Los bajos porcentajes de plomo, en la mayoría de las piezas esquemáticas, responden con claridad a razones de tipo técnico, debido a su maleabilidad para ser trabajadas.
En cambio, las tasas altas de este metal presente en una minoría, pueden explicarse por motivos económicos: la escasez de estaño en un momento dado, el empleo de material de refundición, por lo que el añadir grandes cantidades de plomo facilitaba el punto de fusión de la colada.
Por otra parte, aunque ésta no fuera óptima, dado su esquematismo se requería también una mayor simplicidad en su ejecución.
Las metalografías nos han permitido confirmar el modo de fabricación de estos bronces.
Entre las piezas trabajadas contamos con ejemplares en los que se aprecia una deformación de las dendritas debido a un trabajo en frío.
Otros reflejan una recocción posterior que implica que se había llegado a un punto en que se requería un calentamiento, para devolver al metal sus propiedades mecánicas.
Es decir, en este tipo de bronces se observa un trabajo de forja en frío, seguido, en ocasiones, de forja en caliente. -- ----------------------
Coinciden con los bronces f(naturalistas>;.
Suelen presentar porcentajes de plomo muy diversos.
Así existe algún caso ( 14) en que este metal se encuentra ausente o en proporciones mínimas y, sin embargo, las superficies de la pieza denotan una profusa labor de lima y buril hecho que, como ya hemos comentado, se ve favorecido por la presencia de plomo.
Este es uno de los ejemplos en que la pericia del artesano podía suplir, en gran medida, las deficiencias de la aleación.
La presencia de plomo favorecería también la baja fusión de la colada que decrecía al aumentar este metal.
Es muy posible que el uso de refundiciones sucesivas motivase, por esta razón, el incremento de plomo.
No obstante, los altos porcentajes del mismo favorecían también la segregación de este metal que se aislaba del resto de la colada, como se puede comprobar en varias metalografías.
Los altísimos porcentajes de plomo en algunas piezas (15), pueden deberse a causas muy diversas, desde la escasez de estaño, en un momento dado, a un deseo de abaratamiento de la pieza y de facilidad de su colada, como acabamos de señalar para algunos ejemplares esquemáticos.
Entre los bronces colados encontramos aleaciones muy diversas que incluyen bronces binarios, compuestos por cobre y estaño o por cobre y plomo.
No obstante, éstos suponen la excepción ya que la mayoría son bronces ternarios en los que las proporciones de sus elementos oscilan entre amplios márgenes que difieren, cuantitativamente, de unos santuarios a otros.
No obstante, podemos afirmar que la relación plomo y estaño no obedece a unas leyes más o menos fijas.
Es cierto, sin embargo, que a medida que aumenta el plomo en las aleaciones, disminuye la cantidad de estaño.
La f( tipologÍi:b> y la composición de las piezas Los datos ofrecidos por estos análisis han demostrado que no existe una relación entre la «tipologÍi:b> de los bronces colados y su composición, ni siquiera en fíguras casi iguales y procedentes del mismo santuario.
Esto puede deberse a múltiples factores, como la realización de las piezas a partir de idénticos modelos en talleres diferentes, la elaboración de los bronces en coladas distintas, lo cual demostrarla que no existía una homogeneidad en las mismas y que éstas dependían de factores aleatorios, o bien la pertenencia a momentos cronológicos diferentes, de modo que hubieran evolucionado con más rapidez las características tenológicas que las morfológicas permaneciendo, en cambio, los modelos casi inalterables durante años, o quizá, siglos.
Diferenciación de las composiciones según los santuarios
Se observa una clara diferenciación de las composiciones de estos bronces según los santuarios con un incremento de las tasas de plomo en Castellar y La Luz (1396), con respecto a Collado (1096).
Del mismo modo, las figuras con altos porcentajes de estaño son mucho más numerosas en el mayor de los santuarios, y las medias globales de los porcentajes denotan unas claras diferencias (Collado, 1096; Castellar, 796, y La Luz, 696).
Este hecho puede indicar una mayor antigüedad o quizá, responda a una tradición metalúrgica más arcaica sin que, necesariamente, la elaboración de las figuras corresponda a una situación cronológica anterior.
En cualquier caso, lo que sí reflejan estos datos es una concepción tecnológica global, menos evolucionada.
Los análisis de los bronces ibéricos en relación con otros bronces mediterráneos
(15) Me refiero, entre otros al conocido bronce de Astarté del Museo de Sevilla; al «sacerdote. de Cádiz; la representación de «Imhotep. de Menorca; las figuras aparecidas en la bahía de Cádiz, etc. 1967Cádiz, etc., 1968)).
Así, se constata una misma tendencia a aumentar los porcentajes de plomo y a disminuir los de estaño en las piezas coladas.
De igual modo, coincide al reflejar que las aleaciones de los bronces trabajados apenas contienen plomo, lo que indica un conocimiento tecnológico relativamente desarrollado.
Así pues, tras el estudio de los análisis metalúrgicos de estos bronces ibéricos, podemos destacar la existencia de dos grandes métodos de fabricación de estas figuras: bronces colados y trabajados.
Se constata, además, la diversidad de las aleaciones según se trate de piezas trabajadas o coladas.
Este hecho implica un conocimiento técnico por parte del artesano de las ventajas y dificultades que podía aportar cada una de estas aleaciones a la hora de elaborar sus piezas.
Confirman, asimismo, que nuestros bronces siguen la pauta general de la metalurgia mediterránea en cuanto a la composición de las aleaciones, con un incremento paulatino de plomo y una disminución de estaño, sin que ello suponga, al igual que en el resto del Mediterráneo, la existencia de aleaciones homogéneas.
ARTESANADO Los escasos datos arqueológicos de que disponemos nos hablan, al menos en el mayor de los santuarios, de un número abundante de artesanos que fundían a muy pequeña escala.
No sabemos, sin embargo, si estas «evidencias arqueológiéas» que nos transmiten los excavadores, al referirse a que numerosas casas tenían su pequeño crisol (Calvo y Cabre, 1979), nos indican que sus exploraciones se localizaron. en el «barrio» de artesanos, o si se trataba de una actividad muy generalizada que reflejaba, en definitiva, una industria «casera».
Es evidente que unos santuarios de estas características, dependerian de grandes centros de población.
Ello favorecería la presencia de una serie de artesanos especializados, dedicados por completo a este tipo de tareas.
Este hecho, sin embargo, no impediría que, a su vez, otra serie de
La representación de estos exvotos permite señalar la existencia de orantes cuyos gestos ha estudiado en parte Nicolini (l968b), y oferentes con distintos tipos de ofrendas: frutos, panes, aves, etc., que varían según los sexos y los santuarios, como ya he señalado.
Entre los exvotos masculinos destaca el carácter itifálico de un gran número de ellos, y en todos los santuarios es mucho mayor el porcentaje de desnudos masculinos que femeninos.
En cambio, son más frecuentes las mujeres con ofrendas.
Por otra parte existe también una diversidad de tipos entre unos santuarios y otros.
Así, en Collado, son los masculinos los más numerosos, mientras que en Castellar abundan los femeninos.
Del mismo modo, los oferentes son relativamente corrientes en Collado, y en Castellar constituyen una auténtica excepción.
Lo mismo sucede con los jinetes, ausentes en este último santuario.
Por último, el porcentaje de figuritas esquemáticas es elevadísimo en Castellar, más reducido en Collado y nulo en el santuario murciano.
Todo ello nos hace pensar en la existencia de unas creencias religiosas con una base común muy profunda, y al mismo tiempo con una serie de matices y peculiaridades inherentes a cada uno de los santuarios.
Es cierto, sin embargo, que podemos esbozar una serie de características propias de la ICdivinidad».
En primer lugar, su posible vinculación a ciertos aspectos de la fecundidad, especialmente claros en relación con el sexo masculino.
Otra faceta sería su carácter curativo, que permite explicar la presencia de los santuarios de exvotos que reproducen partes del cuerpo, como brazos, piernas, dentaduras, etc., cuyo significado se hallaría muy próximo a los exvotos en cera que pueden encontrarse todavía en nuestras iglesias.
La existencia, por otra parte, de exvotos que representan «cadáveres amortajados» resulta también de enorme interés, lo mismo que la presencia tanto de animales domésticos como salvajes.
Tampoco debemos olvidar el emplazamiento característico de los santuarios, siempre en relación con grutas, fuentes, etc. (Chapa y Prados, en prensa).
En ningún caso podemos identificar estos bronces con representaciones concretas de dioses.
Es posible, además, que la deidad no fuera la misma en los tres santuarios, dadas las diferencias existentes entre unos y otros, o quizá variase el tipo de culto.
En definitiva, nos hallamos ante una serie de exvotos depositados por los peregrinos que acudían a estos santuarios, bien como acción de gracias, o bien para invocar la intercesión de una divinidad, cuyas características exactas no resultan, por el momento, fáciles de precisar.
Es posible aproximamos también a algún aspecto de la sociedad que produjo estas esculturas.
Así, entre las figuras femeninas, encontramos una serie de personajes ricamente ataviados, con diferentes tipos de ropajes, joyas, etc., junto a otras que carecen del menor signo de ostentación.
Estas diferencias, algo más matizadas, se pueden apreciar también entre los personajes masculinos.
Las desigualdades son patentes entre «los guerreros», algunos de los cuales poseen un «armamento» muy completo, y más aún entre los jinetes, con sus caballos ricamente enjaezados, etc. A la vista de estos datos cabe preguntarse, no obstante, si los exvotos eran un fiel reflejo de los peregrinos que acudían a estos santuarios, aun sin necesidad de pensar en «retratos», o simplemente se fabricaban en serie, sin que guardasen una relación directa «exvoto-comprador».
Del mismo modo, hay que suponer que existirían diferencias de «precio» entre las figuritas, según fuese su tamaño, calidad, etc., y de esta manera, quedaría reflejado el distinto poder adquisitivo de los fieles que frecuentaban los santuarios.
CRONOLOGIA y CONSIDERACIONES FINALES
En mi opinión, resulta verdaderamente difícil, en el actual estado de nuestros conocimientos, poder adscribir una serie de «tipos» a períodos cronológicos determinados, ya que carecemos de datos arqueológicos que apoyen esas cronologías basadas, casi exclusivamente, en el estudio de los rasgos estilísticos de estas figuras.
Por otra parte el método mediante el cual se han establecido los paralelos estilísticos de estos bronces, con otros griegos u orientales, no parece adecuado, debido a la peculiar «tosquedad» de estas piezas.
Además los paralelos formales más próximos a estas figuras los hemos encontrado en bronces etruscos inéditos, la mayoría de los cuales no se hallan expuestos, debido a su «escaso valor artístico)), y forman parte de los fondos de distintos museos italianos.
En cualquier caso, sería más lógico poder comparar «estilísticamente» las figuras procedentes de estos santuarios, con otras de cronología más cierta halladas en la Península.
Por ello, no parece razonable seguir fechando los nuevos hallazgos de este tipo de bronces, en función de su semejanza con unas figuras determinadas, adscribibles a los períodos que, en su momento, estableció Nicolini.
En líneas generales, es posible suponer tres etapas en el nacimiento de estos bronces figurados.
La primera correspondería a los bronces que se han señalado como posibles antecedentes, la mayoría de los cuales proceden de hallazgos aislados (16).
Se trataría de obras importadas directamente, o realizadas en las colonias por artesanos venidos de fuera.
Algunos de estos bronces serán imitados seguidamente ya por artesanos autóctonos.
Al segundo período pertenecerían las obras de talleres indígenas en contacto directo con las corrientes coloniales.
Po último, los bronces ibéricos, herederos de las etapas anteriores en los que los influjos ccorientalizantes» están muy matizados e interpretados de un modo mucho más libre y personal que en el período anterior, y en los que se repiten ciertos esquemas heredados durante siglos.
Estos bronces en su formación y desarrollo estarán abiertos a otras corrientes culturales, pero en ellos primará el peso específico de la cultura indígena.
Asimismo hay figuras cuyo aspecto externo nos confirma con claridad, que estamos moviéndonos ya en el ámbito del mundo romano.
Los análisis metalúrgicos han venido a demostrar que no existe una relación entre la composición de las piezas y sus «tipoS)), lo que contribuye a aumentar las dudas sobre la validez de considerar su aspecto externo como prueba suficiente para su datación.
Por otra parte, la comparación compositiva general de los santuarios, demuestra una tradición metalúrgica global más antigua en Collado de los Jardines, lo que confirma que el santuario de Despeñaperros fue el primero en inicar la producción de este tipo de figuritas.
Quiero insistir, una vez más, en que el conocimiento de la composición metalúrgica de una sola pieza no permite su datación, ya que sabemos que, al igual que ocurre en el resto del Mediterráneo, las aleaciones no son homogéneas, por lo que para obtener conclusiones válidas en este terreno, debe realizarse un muestreo lo más amplio posible.
Por todo ello, debe quedar claro que para poder conocer a fondo estas piezas y establecer el ambiente social, económico, tecnológico y cronológico en que se desarrollaron, debemos basarnos en los datos aportados por la excavación global de los yacimientos, no sólo de los santuarios sino, en particular, de los poblados y necrópolis, y todo ello apoyado en la realización sistemática de. análisis arqueometalúrgicos, como paso imprescindible para conocer su evolución tecnológica. |
desarrollo de nuevas investigaciones arqueológicas cuya primera fase se ha desarrollado entre Noviembre de 2003 y Mayo de 2004.
Los trabajos han consistido en la excavación sistemática de un área de poblado de grandes dimensiones parcialmente conocida por las investigaciones realizadas a principios de los años 80.
Los resultados han sido del máximo interés documentándose un primer momento de ocupación perteneciente a la Cultura de El Argar en el que destaca su espectacular registro funerario integrado dentro de las áreas de habitación.
Tras un periodo de abandono del yacimiento se produce una nueva ocupación correspondiente a una comunidad del Bronce Final del Sureste.
El yacimiento arqueológico del Cerro de la Encina debido a su dilatada trayectoria de investigación así como por los importantes resultados ofrecidos se ha convertido en una referencia clásica en el estudio de las sociedades de la Edad del Bronce del Sureste peninsular.
Precisamente la entidad y monumentalidad de los conjuntos estructurales y materiales documentados ha propiciado el desarrollo de un proyecto de puesta en valor y musealización del yacimiento actualmente en curso y al que corresponden los trabajos arqueológicos realizados entre los meses de noviembre de 2003 y mayo de 2004 y que, en realidad, son el objeto del presente trabajo (1).
Antes de presentar los resultados de esta (*) Dpto. de Prehistoria y Arqueología.
(1) El proyecto de puesta en valor está siendo financiado por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía y coordinado por la Delegación provincial de Granada.
intervención arqueológica es necesario contextualizar brevemente el yacimiento introduciendo para ello diversos comentarios sobre la historia de las investigaciones con especial incidencia en su organización secuencial y espacial.
El Cerro de la Encina se sitúa a unos 7 Km. de la ciudad de Granada sobre la margen derecha del río Monachil, que es uno de los valles de acceso a Sierra Nevada (Lám.
El asentamiento se extiende por una amplia cumbre fuertemente escarpada y perfectamente individualizada de su entorno más inmediato (Fig. 1).
Posee, por tanto, una importante situación estratégica tanto en relación con el control del acceso a Sierra Nevada y a sus importantes recursos, especialmente mineros y pastizales, como por sus defensas naturales que dificultan y limitan fuertemente el acceso al interior del asentamiento.
Además tanto por sus grandes dimensiones, características urbanísticas como por los importantes ajuares que acompañan a los enterramientos el Cerro de la Encina puede considerarse como el asentamiento central de la Vega de Granada durante el Bronce Pleno.
Los trabajos de investigación del yacimiento se remontan a principios del siglo XX.
Concretamente va a ser J. Cabré quien en 1922 publique diferentes hallazgos correspondientes a varias sepulturas aparecidas en la ladera suroeste del cerro.
Tanto por el ritual funerario como por los ajuares el yacimiento quedaba encuadrado cultural y cronológicamente en la Cultura de El Argar (Cabré 1922).
Con posterioridad son destacables los trabajos de excavación realizados por M. Tarradell en 1946.
Los escasas evidencias arqueológicas documentadas y la poca potencia de los rellenos arqueológicos en donde efectuó los sondeos le condujeron a la conclusión de que las labores de cultivo habían destruido el poblado siendo por tanto mínimas sus posibilidades arqueológicas (Tarradell 1947-48).
Pocos años después, en 1953 se celebra en Granada el Primer Curso Internacional de Arqueología de Campo organizado por la Comisaría General de Excavacio- nes Arqueológicas.
Con este motivo se eligió entre otros yacimientos el Cerro de la Encina para realizar un sondeo que ilustrase las nuevas metodologías de excavación (Presedo 1955).
Aunque los resultados nunca fueron publicados y la documentación tampoco ha sido localizada, estas excavaciones van a tener graves consecuencias sobre la conservación de importantes complejos estructurales como posteriormente analizaremos.
Las investigaciones sistemáticas y planificadas del yacimiento se inician en 1968 desarrollándose diversas campañas de excavación hasta un total de 12 que abarcan el periodo comprendido entre 1968 y 1983.
Estos trabajos han sido realizados por el Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Granada y dirigidos por A. Arribas y F. Molina.
Durante las cinco primeras campañas (I-V), desde 1968 a 1972, las excavaciones se centraron en la meseta central del yacimiento (Zona A) (2), en donde se documentó una amplia secuencia de ocupación en la que se identificaron dos horizontes culturales separados por una fase de abandono: el primer horizonte correspondiente a la Cultura de El Argar y el segundo al Bronce Final del Sureste (Arribas et al. 1974).
Especialmente destacable es la importancia que el Cerro de la Encina tuvo en la definición y sistematización de las etapas recientes de la Edad del Bronce del Sureste peninsular.
A partir de estos momentos queda definido por una parte el Bronce Tardío como fase final de la Cultura de El Argar, y por otra, la Cultura del Bronce Final del Sureste como un nuevo desarrollo con entidad propia (Molina 1978).
Concretamente la secuencia quedó organizada en tres periodos: la fase I correspondiente a un momento antiguo de El Argar B; la fase IIa asignada a un Argar B pleno; la fase IIb definida como Bronce Tardío y la fase III correspondiente al Bronce Final del Sureste (Arribas et al. 1974; Molina 1978).
Durante esta década de investigaciones se abordaron igualmente toda una serie de trabajos específicos sobre diversos tipos de materiales entre los que destacan, por una parte, los análisis sedimentológicos y los estudios por Difracción de Rayos X de determinados conjuntos cerámicos (Capel 1977), y por otra parte, las investigaciones de las muestras faunísticas realizadas por el Instituto de Paleoanatomía Animal e Historia de la Investigación de la Domesticación de la Universidad de Munich.
En este sentido el primer análisis faunístico fue realizado por A. von den Driesch (1974) sobre las muestras del corte estratigráfico 3.
La posterior ampliación de los conjuntos faunísticos conforme avanzaban las campañas de excavación dio origen a dos nuevos trabajos que fueron completando las características de la estructura ganadera del yacimiento (Lauk 1976; Friesch 1987).
Entre las conclusiones obtenidas es especialmente reseñable el proceso de especialización en la ganadería caballar que durante los momentos tardíos de la secuencia argárica supone más del 50% del número de restos identificados entre las especies domésticas.
A finales de los años 70, concretamente a partir de 1977, se reanuda la excavación del poblado con siete nuevas campañas que se prolongan hasta 1983.
Durante esta fase las investigaciones van a tener cuatro líneas básicas de actuación: a) delimitación del perímetro del yacimiento mediante la realización de sondeos en diferentes zonas del yacimiento; b) continuación de las excavaciones en la meseta central del poblado (Zona A); c) excavación sistemática de una de las terrazas que bordea el asentamiento en su lado suroeste (Zona B); y d) desarrollo de diversos trabajos de consolidación y restauración.
Los resultados de estas intervenciones completaron la visión sobre la organización espacial de las diferentes fases identificadas en el yacimiento.
En (2) El yacimiento ha sido dividido en cuatro zonas de intervención arqueológica (zonas A, B, C y D) siguiendo como criterio las características de las diferentes unidades geomorfológicas identificadas.
(3) Molina, F. 1976: Las culturas del Bronce Final del Sureste de la Península Ibérica.
Departamento de Prehistoria y Arqueología.
Universidad de Granada. líneas generales la ocupación argárica se organiza a partir de la secuencia de hasta tres grandes recintos defensivos que se suceden en el tiempo y que se sitúan en la meseta central del poblado, zona caracterizada por su inaccesibilidad y por el perfecto control visual de su entorno más inmediato.
Las zonas de hábitat se localizan en las laderas y mesetas contiguas de tal forma que la fortificación se convierte en el elemento central entorno a la que se articula el hábitat.
Este modelo claramente diferenciado de lo que sucede en otras regiones argáricas y que se repite en poblados como la Cuesta del Negro ha sido definido como característico del Grupo Granadino de la Cultura de El Argar (Molina 1983).
En relación con el poblado del Cerro de la Encina la excavación de la terraza que bordea el yacimiento por su lado suroeste (Zona B) nos ha permitido definir sus características urbanísticas que responden al esquema clásico de la cultura argárica: aterrazamientos artificiales realizados mediante la construcción de muros que van escalonando las pendientes y creando de esta forma plataformas sobre las que se sitúan viviendas de varias habitaciones que presentan plantas rectangulares o pseudorectangulares.
En cuanto a la necrópolis, siguiendo igualmente la norma argárica, las sepulturas se sitúan en el interior del poblado debajo de los suelos de habitación.
El sistema de enterramiento más habitual en el caso específico del Cerro de la Encina consiste en una inhumación individual, doble o de forma más excepcional triple, realizada en pozo con cuevecilla lateral excavada en la roca y cerrada con un murete de mampostería o una laja de piedra.
No obstante también se han documentado sepulturas en fosa simple o en cistas construidas con lajas de piedra.
Los cadáveres aparecen siempre en forma flexionada y acompañados de ajuares funerarios cuya variabilidad en su distribución tanto cuantitativa como cualitativa marcan la posición social de los individuos (Molina 1983).
El estudio realizado sobre las paleopatologías y desarrollo muscular de las inhumaciones (Jiménez y García 1989-90) apoyaría igualmente una organización social claramente estratificada con un acceso diferencial a los bienes de producción.
En relación con el periodo de ocupación correspondiente a la Cultura del Bronce Final del Sureste las características urbanísticas de estas nuevas poblaciones difieren sustancialmente de las utilizadas en época argárica.
Durante estos momentos se abandona el sistema de aterrazamiento y la utiliza-ción masiva de la piedra siendo los sistemas de construcción netamente diferentes.
El urbanismo se caracteriza por cabañas de planta ovalada que aparecen situadas de forma dispersa adaptándose a las características topográficas del yacimiento.
No obstante en los momentos recientes también se han documentado estructuras de habitación de planta rectangular.
Estas cabañas poseen grandes dimensiones, no aparecen compartimentadas y en algunas ocasiones presentan un revestimiento interior de sus paredes o estructuras internas realizado con placas de estuco amarillento de forma rectangular y decoradas con motivos geométricos (Arribas et al. 1974; Molina 1976Molina, 1978) (4).
Los trabajos de investigación más recientes se han centrado en el estudio de la secuencia de ocupación incluyendo todas las campañas de excavación realizadas en la meseta central del yacimiento (Zona A).
El análisis de las relaciones diacrónicas y sincrónicas entre las diferentes unidades estratigráficas nos ha permitido construir una matriz organizada en dos periodos culturales y ocho fases constructivas.
El primer periodo de ocupación perteneciente a época argárica queda estructurado como sigue: las tres primeras fases corresponderían a fines del Bronce Antiguo y fundamentalmente al Bronce Medio, y las dos siguientes al Bronce Tardío (5).
Para esta secuencia contamos con diversas fechas de C14 que marcarían un periodo de ocupación ininterrumpida entre el 2000 y el 1450 cal.
El segundo de los periodos culturales perteneciente al Bronce Final del Sureste quedaría estructurado en tres fases, la primera correspondiente a un momento avanzado del Bronce Final Antiguo y las dos siguientes al Bronce Final Pleno.
Así mismo se ha realizado un exhaustivo estudio morfológico y tecnológico de los conjuntos cerámicos asociados a (4) Ver nota 3.
(5) Aunque el primer momento de ocupación de la Zona A se corresponde con grupos sociales plenamente argarizados, sin embargo la ocupación más antigua documentada en el yacimiento se situaría en un Bronce Antiguo previo al proceso de argarización.
En este sentido habría que destacar la aparición de conjuntos cerámicos con decoración campaniforme en diferentes áreas del asentamiento.
Además, en contextos de ocupación argárica de la Zona A se han documentado materiales típicos de este momento como las fuentes y platos de borde biselado que han sido interpretados como el resultado del proceso de amortización muy posiblemente por las mismas poblaciones ya argarizadas (Aranda 2001). esta secuencia.
Como resultado se ha presentado una propuesta basada en cuatro unidades de descripción vinculadas de forma jerárquica y que implican el análisis de la información en varios niveles de agregación.
La discusión secuencial de las diferentes unidades de descripción definidas ha permitido igualmente caracterizar el cambio y transformación de los conjuntos cerámicos a lo largo de la secuencia (Aranda 2001).
LA PUESTA EN VALOR DEL YACIMIENTO
El desarrollo de los trabajos arqueológicos, como se ha analizado anteriormente, tuvo como resultado la documentación de importantes construcciones defensivas que se caracterizan por su monumentalidad.
Estas construcciones se vieron fuertemente dañadas como consecuencia del sondeo realizado con motivo del Primer Curso Internacional de Arqueología de Campo que fue situado de tal forma que se excavó el interior de diferentes muros de gran entidad correspondientes a la secuencia de estructuras defensivas.
El evidente deterioro causado por esta intervención junto a los procesos erosivos que, una vez concluidas las excavaciones, se incrementaron sustancialmente motivó a principios de los años 80 el desarrolló un programa de consolidación y restauración pionero en la arqueología peninsular (6).
Gracias a estas intervenciones y transcurridos 20 años desde su realización los diferentes complejos arquitectónicos se mantienen en buenas condiciones de conservación siendo el deterioro sufrido de escasa importancia.
De forma muy sintética los trabajos de consolidación y restauración consistieron en la construcción en el frente del último de los recintos defensivos de un muro de hormigón de hasta 7 m. de altura y una zapata de cimentación de 4 m. de anchura para de esta forma compensar los empujes de estas construcciones y evitar su derrumbe.
El muro de hormigón se construyó manteniendo los paramentos originales y restituyendo aquellos tramos afectados por la destrucción causada con motivo del Curso de Arqueología de Campo.
Se procedió igualmente a la restauración de diferentes muros y de aquellos paramentos afectados por la erosión.
En todo este proceso se utilizó un testigo de mármol lizar tanto las viviendas adosadas a estas construcciones como una sepultura infantil de época argárica que presentaba un ajuar de gran riqueza.
b) En la zona B las excavaciones se desarrollaron fundamentalmente en una de las terrazas que bordea el cerro por su parte suroeste y que se sitúa a unos 80 mts. de distancia del río y junto a su llanura aluvial, por tanto, en la parte más baja de la ladera.
La excavación fue organizada en tres sectores de intervención de los que el occidental y central han sido elegidos como las otras dos grandes áreas objeto de musealización debido a la importante documentación arqueológica ofrecida.
En el sector occidental el objetivo es presentar los restos arqueológicos documentados en dos grandes ambientes claramente diferenciados: el primero corresponde a los sistemas urbanísticos y formas de vida de las sociedades del Bronce Final del Sureste y el segundo, perteneciente a la cultura argárica, pretende mostrar una de las terrazas típicas en las que se organizan estos poblados (planificación y compartimentación del espacio, sistemas constructivos, áreas de actividad, ritual de enterramiento...).
Por su parte, en el sector central de esta zona B los objetivos se centrarían en la comprensión del urbanismo argárico, con la musealización de un área perpendicular a la ladera suroeste del cerro que en las campañas de excavación realizados a principios de los 80 permitió documentar el sistema de terrazas escalonadas que caracterizan a estos poblados.
EL SECTOR OCCIDENTAL DE LA ZONA B. LOS TRABAJOS DE EXCAVACIÓN
El desarrollo del proyecto de puesta en valor implicaba en primer lugar la realización de diversos trabajos de excavación en cada una de las zonas objeto de musealización con la finalidad de completar la documentación arqueológica, eliminando elementos artificiales como testigos que dificultaran la comprensión de los conjuntos estructurales y creando amplias superficies excavadas en extensión.
Con estos objetivos se ha realizado la excavación completa del sector occidental de la Zona B durante el periodo comprendido entre Noviembre de 2003 y Mayo de 2004.
A principios de los años 80 se desarrollaron las primeras excavaciones en este sector obteniéndose importantes resultados.
El diseño de la excavación consistió en plantear toda una serie de cortes de forma transversal a la dirección de la terraza y adaptados a las peculiaridades topográficas del área.
En concreto se abrieron un total de 11 cortes de dimensiones variables que mantenían testigos intermedios para la documentación de secciones verticales.
Cada una de las 11 unidades de intervención fue excavada en diferente grado, en algunos casos de forma completa y en otras de forma muy superficial.
Tras la paralización de los trabajos de excavación en 1983 se inició un periodo de progresivo deterioro agravado por la falta de un mantenimiento mínimo.
Pasados 20 años este área había sufrido daños de relativa importancia, fundamentalmente desprendimientos de perfiles y destrucción parcial de algunas estructuras.
Los objetivos a cubrir de cara a la musealización de este sector evidentemente han condicionado los planteamientos metodológicos desarrollados en las nuevas intervenciones.
En este sentido era necesario proceder a la excavación en extensión de toda el área, con una superficie aproximada de 250 m 2 (Lám.
Este sector ha quedado completamente excavado a excepción de aquellos depósitos arqueológicos que implicaban desmontar estructuras de fases o periodos anteriores.
La documentación arqueológica ofrecida por este área ha sido del máximo interés llegando a ser, fundamentalmente en su registro funerario, de gran espectacularidad.
Al igual que en el resto del yacimiento la secuencia de ocupación aparece representada por una primera fase de ocupación correspondiente a la Cultura de El Argar, un momento de abandono y un segundo periodo perteneciente a las sociedades del Bronce Final del Sureste.
La fase de ocupación argárica
En relación con la organización urbanística el modelo documentado corresponde al clásico sistema de aterrazamiento común a los diferentes poblados adscritos a este desarrollo cultural.
La excavación en extensión ha permitido documentar los restos de dos terrazas escalonadas, con reestructuraciones parciales, aunque no existen cambios en la organización espacial que nos permitan diferenciar más de una fase de ocupación (Fig. 2).
No obstante, si ha sido posible, a partir del estudio de los aparejos, documentar episodios constructivos que debieron estar relacionados con las labores de mantenimiento.
Por su parte el final de la ocupación argárica viene definido por un gran incendio que afectó a toda el área y que antecede al abandono y derrumbe de las estructuras.
Este incendio ha permitido un buen nivel de conservación de los depósitos arqueológicos muchos de ellos en posición primaria, por tanto con un alto potencial informativo de cara al estudio de los contextos sistémicos.
Entrando en un análisis más detallado, la terraza superior aparece definida por un muro de aterrazamiento de más de 18 mts. de longitud que se adosa al corte artificial realizado en la roca para crear el escalonamiento.
Este muro presenta un buen estado de conservación.
En algunos de sus tramos supera el metro de altura y llega hasta las doce hiladas.
El aparejo viene definido por una mampostería simple de piedras de medianas dimensiones que se disponen en hiladas superpuestas alternan-do junturas.
El abastecimiento de esta materia prima debió realizarse en el cercano cauce del río Monachil ya que la inmensa mayoría del material empleado presenta evidencias claras de arrastre.
El mortero utilizado es un barro de color grisáceo.
Este muro de aterrazamiento presenta en un primer tramo una dirección suroeste-noreste para posteriormente girar ligeramente en dirección oeste-este y tras un tramo de unos escasos dos metros volver de nuevo a la dirección suroeste-noreste.
Estos cambios en la dirección evidencian la adaptabilidad de estas estructuras a las características topográficas específicas de cada área.
El espacio definido por este muro de aterrazamiento fue compartimentado en varias habitaciones cuyas tabicaciones aparecen mal conservadas.
De igual forma el límite sur de la terraza se ha visto afectado por los procesos erosivos.
Fundamentalmente han desaparecido las zonas de paso que habitualmente se sitúan delante de las viviendas.
En relación con los alzados de las diferentes habitaciones es frecuente la aparición de hoyos de poste asociados a los muros de aterrazamiento cuya finalidad debió ser la de sostener las techumbres y actuar como refuerzo de las construcciones.
Así mismo en depósitos de derrumbes aparecen restos de barro con las improntas de los cañizos y fragmentos igualmente de barro perfectamente careados y en algunos casos con restos de encalado.
En ambos casos son evidencias claras de las características constructivas tanto de los alzados como de las techumbres.
En el interior de las diferentes unidades de habitación y sobre suelos de tierra apisonada se han documentado toda una serie de estructuras tí-Lám.
Vista de la excavación del sector occidental de la Zona B del Cerro de la Encina (Foto: M.A. Blanco).
Planimetría correspondiente a la fase de ocupación argárica del sector occidental de la Zona B del Cerro de la Encina.
T. P., 62, n. o 1, 2005 picas de estos espacios: una área de molienda definida por un molino de grandes dimensiones situado sobre un banco de piedra, una zona de telar y varios espacios de almacenamiento donde se sitúan vasijas cerámicas de medianas dimensiones perfectamente calzadas.
En uno de los casos documentados la vasija aparece empotrada en el extremo de un pequeño banco de piedra.
La segunda de las terrazas documentadas que supone el escalón inmediatamente inferior aparece definida por un muro de aterrazamiento de 3.40 m de longitud.
La erosión ha afectado de forma importante a los depósitos arqueológicos de estas construcciones.
La altura máxima conservada no supera los 40 cm y las tres hiladas de piedra.
En cuanto al aparejo y tipo de mortero presenta unas características similares al muro de aterrazamiento anteriormente descrito.
De igual forma se han documentado los típicos hoyos para la sujeción de las techumbres.
El espacio definido por esta terraza y que no ha sido afectado por la erosión aparece compartimentado por una tabicación de mampostería creando dos unidades de habitación independientes.
En una de ella se ha documentado un banco realizado en piedras de pequeñas dimensiones y asociado al muro de aterrazamiento.
En el extremo este de la terraza se adosa, posiblemente en un momento avanzado de la ocupación de este sector, un nuevo muro igualmente de aterrazamiento que presenta varias reestructuraciones y que con una dirección sureste-noreste corta casi perpendicularmente al muro de aterrazamiento en el que se apoya y al que anularía al menos parcialmente.
Como se ha indicado anteriormente el ritual funerario es el característico de las sociedades argáricas consistente en la inhumación individual, doble y triple.
Las sepulturas aparecen situadas debajo de los pisos de habitación siendo el sistema más usado, en el caso específico del Cerro de la Encina, el de pozo con covacha lateral excavada en la roca, aunque también aparecen sepulturas en fosa simple, en algunos casos revestidas de mampostería, y cistas.
Incluyendo los diferentes trabajos de investigación realizados en el yacimiento se han documentado 22 sepulturas en total de las que han sido excavadas de forma sistemática 17.
No obstante, si atendemos a las indicaciones de M. Tarradell (1947-48) el volumen de sepulturas expoliadas fundamen-talmente en la primera mitad del siglo XX debió ser relativamente elevado lo que indicaría que una parte importante del registro funerario habría desaparecido.
En el caso específico del sector occidental de la Zona B el número de sepulturas documentadas asciende a 9 de las que 4 fueron excavadas en las campañas realizadas a finales de los años 70 y principios de los años 80 y las 5 siguientes se corresponden a los nuevos trabajos de excavación.
Las diversas sepulturas de este sector se organizan en concentraciones específicas (Fig. 2).
En este sentido el primer grupo se localiza en el extremo suroeste de la terraza superior en donde se han localizado dos sepulturas: la tumba 9 consistente en una cista que se localiza al interior de una fosa ovalada y aparece formada por cuatro lajas de piedra de grandes dimensiones (Lám.
La inhumación se corresponde con un individuo adulto masculino documentado en posición encogida y colocado sobre un enlosado.
Su ajuar aparece formado por dos vasos cerámicos carenados, una copa de peana estrecha, un cuenco parabólico, un puñal de bronce Lám.
Sepultura 9 del Cerro de la Encina.
estrecho y alargado con dos remaches para el enmangue, dos aretes de oro documentados a la altura de los temporales y un fémur de bóvido colocado en el interior de una de las vasijas carenadas.
Junto a esta sepultura se ha documentado la tumba 13, construida en pozo con cuevecilla lateral cerrada por varias lajas hincadas verticalmente.
El enterramiento corresponde a la inhumación de un individuo senil femenino en posición flexionada.
El ajuar está compuesto por un carenado, un cuenco parabólico, un puñal de cobre, un alfiler de cobre, un fémur de bóvido y un colgante realizado en hueso trabajado.
La segunda concentración de sepulturas se localiza en el extremo nororiental del área excavada, alineadas todas ellas a lo largo de un banco de roca.
En concreto se han documentado 6 enterramientos con las siguientes características.
La sepultura 11 está construida en pozo con covacha lateral cerrada por una gran laja y un murete de mampostería.
Contiene una inhumación doble de dos individuos adultos uno masculino y otro femenino completamente desarticulados lo que indicaría que el enterramiento ha sido violado.
A pesar de ello se ha sijas cerámicas (tres ollas de diferentes tamaños y una fuente), un hacha de cobre, un puñal estrecho y alargado con tres remaches para el enmangue realizado en cobre, un punzón de cobre, una pulsera de plata, un collar de cuentas realizado en piedra pulida y un fémur de bóvido.
La sepultura 19 es la única que no aparece excavada en la roca.
El sistema utilizado ha consistido en una fosa simple que contenía la inhumación de un solo individuo.
En este caso la erosión ha afectado de forma muy importante al enterramiento del que tan sólo se han conservado escasos restos óseos aunque en conexión anatómica.
En concreto se ha documentado la cabeza, y parte de los huesos correspondientes al brazo y pierna derecha, en todos los casos fragmentados.
No se ha documentado ningún elemento de ajuar.
La tumba 20 consiste de nuevo en un pozo con cuevecilla lateral excavada en la roca y cerrada por grandes lajas hincadas verticalmente.
La sepultura está formada por la inhumación posiblemente de tres individuos, dos de ellos completamente des-articulados y un tercero semiarticulado.
Estas evidencias indicarían que ha sido violada muy probablemente en un momento antiguo ya que los depósitos correspondientes a la secuencia de Bronce Final sellan la secuencia argárica previa estableciendo un límite temporal máximo para la violación.
No obstante, y al igual que ocurría con la sepultura 11, se ha conservado un ajuar de gran riqueza compuesto por un cuenco de carena alta, borde entrante y fondo plano, dos vasos carenados, un cuenco de tendencia parabólica, un cuenco semiesférico de fondo plano, una pulsera de plata, un punzón de cobre, tres aretes de plata y diversas cuentas de collar.
El último de los enterramientos de esta agrupación corresponde a la sepultura 21, con unas características excepcionales que le confieren una notable monumentalidad en comparación con el típico ritual argárico (Lám.
En primer lugar el sistema de enterramiento no es nada habitual, consiste en una gran caja de forma rectangular de 2 mts. de longitud por 1,20 mts. de anchura abierta en la roca.
En uno de sus laterales se han conservado incluso las marcas de las posibles cuñas utilizadas en el proceso de construcción.
Asimismo se han documentado los restos de dos tablones de madera que, situados en los laterales de la sepultura, debieron sostener la techumbre formada por un armazón de materia orgánica sobre el que descansaban grandes lajas de piedra que cuando se han desprendido han afectado a la conservación de los restos óseos.
Contenía una inhumación de dos individuos perfectamente articulados en posición flexionada, lo que sugiere que ambos han sido enterrados en un mismo momento (Lám.
Esta situación no es habitual en las necrópolis argáricas ya que cuando se Lám.
V. Detalle de una de las inhumaciones de la sepultura 21 del Cerro de la Encina (Foto: M.A. Blanco).
Detalle del ajuar cerámico de la sepultura 21 del Cerro de la Encina (Foto: M.A. Blanco).
T. P., 62, n. o 1, 2005 localiza más de un individuo sólo permanece en conexión anatómica el último en ser enterrado siendo arrinconada la inhumación preexistente o situada sobre el último enterramiento.
El ajuar documentado también es de gran excepcionalidad por su riqueza ya que posee un total de 29 elementos entre los dos individuos.
El ajuar cerámico aparece compuesto por dos ollas de pequeñas dimensiones, una copa, dos botellas, una fuente y un cuenco de tendencia parabólica (Lám.
Por su parte el ajuar metálico aparece formado por un puñal alargado y con seis remaches de plata, seis pulseras cuatro de cobre una de ellas de doble espiral y 2 pulseras de plata una de ellas de triple espiral, dos aretes de plata de triple espiral ambos, dos anillos uno en cobre y otro en plata, un punzón de cobre, un coletero de plata, un cuchillo de cobre y dos fragmentos de cuentas o colgantes en forma de muelle realizados en cobre.
El ajuar aparece completado con dos collares de cuentas de piedra pulida, un brazalete de arquero y tres ofrendas de bóvido.
Finalmente asociada a la terraza inferior se ha documento la sepultura 22 consistente en una cista con una gran losa en la base sobre la que se apoyan las inhumaciones (Lám.
El alzado de la cista se ha construido con lajas hincadas verticalmente y mampostería.
La cubierta de la sepultura también consistía en una gran laja.
Todo el conjunto ha sido cerrado por una doble hilada de lajas hincadas verticalmente y un murete de mampostería lo que indicaría que el acceso se ha realizado por un pozo desde el que se ha construido la cista.
La sepultura aparece compuesta por una inhumación doble infantil con un individuo desarticulado y arrinconado en el fon-do de la cista y un segundo individuo en conexión anatómica y posición flexionada.
El ajuar aparece formado por un vasito cerámico, un cuenco parabólico, una ollita y un collar perfectamente articulado formado por cuentas de piedra.
La cantidad de 9 sepulturas es relativamente importante en relación con el área excavada de forma que a partir de las características específicas del ritual empleado, y fundamentalmente de sus ajuares, se pueden establecer diversas consideraciones generales del máximo interés.
En primer lugar destaca la espectacular acumulación de riqueza en los ajuares de todas la sepulturas documentadas si exceptuamos la número 19 que debido a los procesos erosivos se ha conservado de una manera muy parcial.
Si tenemos en cuenta las importantes diferencias sociales establecidas para la Cultura de El Argar fundamentalmente a partir de los estudios de sus ajuares (Contreras et al. 1987-88; Lull y Estévez 1986; Molina 1983) podemos concluir que nos encontramos ante sepulturas de un estatus social elevado.
Por tanto ante individuos que en la organización social del poblado ocuparon un lugar preeminente con un acceso a los bienes de producción claramente diferenciado.
Sin duda llama la atención la uniformidad en el hecho de que todos los ajuares son de gran riqueza.
En este sentido las diferencias existentes entre los ajuares de las sepulturas descritas parecen estar mucho más relacionadas con diferencias de género o edad que con diferencias acusadas de clase; no obstante este planteamiento deberá ser confirmado con el análisis exhaustivo de la necrópolis en su conjunto.
Sea como fuere parece evidente que en cualquier clasificación las sepulturas descritas entrarían a formar parte de los grupos sociales más elevados.
En este sentido la conclusión que se deriva parece evidente, el sector occidental de la Zona B se correspondería con una de las áreas de residencia de las elites sociales del Cerro de la Encina.
Esta organización espacial del poblado en función de la identidad social de las diferentes familias quedaría confirmada por las excavaciones realizadas en el sector central de la Zona B. En este área aunque cuantitativamente no son muchas las sepulturas excavadas la tendencia es clara hacia un área de hábitat de un nivel social bajo o muy bajo.
De los tres enterramientos dos dobles y uno individual, dos de ellos no presentan ningún elemento de ajuar y el tercero posee tan sólo un vaso carenado y una ofrenda cárnica de ovicáprido.
El contraste parece evidente entre estas dos áreas del poblado cercanas entre sí y que han sido excavadas sistemáticamente.
A esta organización en dos áreas socialmente diferenciadas se uniría el hallazgo junto a las fortificaciones de la Zona A de una sepultura infantil de gran riqueza, en concreto la tumba 8, consistente en un enterramiento en fosa simple de un individuo infantil en posición flexionada con un ajuar compuesto por un puñal largo y estrecho con dos escotaduras para el enmangue, varios remaches de cobre, cuatro clavos de plata con la cabeza semiesférica, un brazalete de oro formado por una espiral de dos vueltas y un vaso carenado.
La aparición junto a la fortificación de esta sepultura, con un ajuar que sin duda marca una posición social muy elevada, podría estar indicándonos otra de las zonas de residencia de las elites, posiblemente de las aristocracias dominantes, tal y como ocurre en otros poblados argáricos en donde las acrópolis son ocupadas por los sectores sociales más elevados.
Aunque futuros trabajos deberán confirmar la ocupación del entorno de las fortificaciones del Cerro de la Encina por la clase dirigente del asentamiento, el conocimiento que actualmente poseemos es suficiente para afirmar que en este yacimiento existen espacios urbanos con un claro sesgo social en donde el diferente acceso a los bienes de producción queda reflejado no sólo en los ajuares, enfermedades sufridas o patrones de actividad sino también en la organización interna del asentamiento.
Las recientes excavaciones de apoyo a la musealización han elevado el número de sepulturas excavadas sistemáticamente a 17 y a 22 el total (7).
Aunque el número aún no es elevado sí parece suficiente para definir otra tendencia clara que consiste en el importante número de sepulturas con inhumaciones dobles y triples.
Tanto en el sector occidental de la zona B, analizado anteriormente con más detalle, como en la necrópolis en su conjunto el número de sepulturas dobles supera al de individuales.
Si consideramos sólo las excavadas sistemáticamente 8 son dobles, 6 individuales y 3 triples, a las que habría que añadir las sepulturas con varios enterramientos dadas a conocer por Cabré (1922).
De esta forma parece evidente el contraste entre el ritual de inhumación individual absolutamente mayoritario en las necrópolis argáricas conocidas frente a lo que sucede en el Cerro de la Encina donde dominan las sepulturas que contienen más de un individuo.
El importante número de sepulturas dobles y triples podría señalar una singularidad específica del Cerro de la Encina en donde las relaciones familiares de consanguinidad parecen mucho más marcadas que en otros yacimientos.
La asunción de la norma argárica y en concreto del ritual funerario parece ofrecer ciertas particularidades por parte de las poblaciones locales de la vega granadina.
La transición entre un (7) Las 5 sepulturas de diferencia se corresponden a los enterramientos publicados por Cabré (1922) y Tarradell (1947-48).
ritual funerario colectivo típico de las sociedades de la Edad del Cobre a un ritual individual característico de la cultura argárica tendría unas singularidades cuya explicación debe tener una relación directa con el específico proceso histórico protagonizado por estas comunidades.
Sin duda esta es una sugerente línea de investigación, actualmente en proceso de análisis y discusión.
La fase del Bronce Final del Sureste
Al igual que hemos realizado con la secuencia de ocupación argárica a continuación presentamos las principales características del diseño urbanístico documentado en el sector occidental de la Zona B perteneciente a la ocupación del Bronce Final del Sureste.
En esta área, al igual que ocurre en otras zonas del poblado, tras un hiatus en la ocupación del yacimiento un nuevo grupo social con unas características radicalmente diferentes a las de las precedentes sociedades argáricas ocupa el asentamiento.
En concreto en el área objeto de análisis se ha documentado, a falta de un estudio exhaustivo de las relaciones estratigráficas, una fase de ocupación perteneciente a un momento pleno de este periodo (Fig. 3).
En relación con la organización urbanística, en campañas antiguas se había documentado un zócalo de una cabaña al que se suma los restos de otro zócalo aparecido en la nuevas excavaciones; en ambos casos se trata de cabañas de planta ovalada que se han conservado sólo parcialmente debido a que los procesos erosivos han destruido una parte importan-te de estas construcciones (Lám.
Estos zócalos definen estructuras de grandes dimensiones que se sitúan adaptándose a las características topográficas específicas de la zona.
Su construcción suele ir precedida del acondicionamiento del espacio consistente básicamente en el aplanado de las superficies sobre la que se sitúan las cabañas.
De todas formas en ningún caso estos trabajos tienen la envergadura de los aterrazamientos argáricos.
Las dos cabañas documentadas aparecen separadas la una de la otra siguiendo el típico patrón urbanístico de estos poblados de cabañas dispersas sin una organización interna fácilmente reconocible.
En el espacio intermedio existente entre ambas cabañas y de forma equidistante entre ellas se ha documentado un conjunto de al menos 8 recintos estrechos y alargados de los que 4 han sido excavados de forma sistemática (Lám.
Estos recintos consisten en tabicaciones de lajas de piedra hincadas verticalmente sobre las que en algunas ocasiones han aparecido otras piedras de mediano tamaño dispuestas horizontalmente y cuya funcionalidad parece haber sido la de calzar grandes lajas que forman la cubierta de estas estructuras.
En concreto tres de estos recintos han conservado parcialmente su cubierta.
La longitud de las tabicaciones es de 2 m, definiendo unos espacios que poseen una anchura entre 20 y 30 cm. y una profundidad entre 40 y 50 cm. aproximadamente.
Todo el conjunto se apoya directamente sobre la roca presentando un buzamiento norte-sur similar a la orientación de los recintos.
En su parte norte los recintos se adosan a un corte artificial realizado en la roca completando la altura máxima de las estructuras con mampostería de mediano tamaño.
Al sur un muro de mampostería cierra igualmente los recintos.
Un poco más al sur y posiblemente relacionado funcionalmente con estas estructuras se ha documentado un área de combustión caracterizada por una capa de barro de color rojizo de forma aproximadamente circular y con unos 80-90 cm. de diámetro.
En su parte superior la capa de barro posee varias lajas de pequeñas dimensiones dispuestas horizontalmente.
Aunque ha sido relacionada con el almacenamiento la posible funcionalidad de estos conjuntos de recintos sigue estando abierta.
En el caso específico que nos ocupa la documentación de recintos que conservaban su cubierta y que por tanto sellaban su contenido prometía resultados que arrojaran luz sobre su funcionalidad.
Sin embargo la excavación del interior sólo nos ha proporcionado un sedimento muy fino de carácter limoso y sin inclusiones de ningún tipo lo que indicaría que el relleno se corresponde con filtraciones posteriores al abandono.
Estas características implicarían que los recintos o bien estaban vacíos cuando se abandona el poblado o bien su contenido era orgánico y ha desaparecido, en cuyo caso los análisis químicos nos orientarán sobre la posible funcionalidad.
Independientemente del uso, estos conjuntos de recintos están perfectamente normalizados y aparecen en poblados típicos de este momento como el Cerro de Cabezuelos (Contreras 1982), el Peñón de la Reina (Martínez y Botella 1980) o el mismo Cerro de la Encina en su zona A, donde en las primeras campañas de excavaciones se documentaron unos recintos de características similares (8).
Otro elemento igualmente característico de estos poblados y que ha aparecido asociado al exterior de una de las cabañas se corresponde con un área de basurero.
Concretamente entre el conjunto de recintos y uno de los zócalos de cabaña se han documentado varios metros cuadrados en donde se concentraba una importante acumulación de restos de fauna, materiales de construcción y fragmentos cerámicos entre los que destacan formas clásicas de estas sociedades como los vasos y fuentes carenadas de hombro marcado, grandes vasijas con el borde engrosado en T y soportes de carrete.
Como hemos indicado anteriormente los trabajos de investigación presentados responden a una primera fase de un proyecto de musealización a medio-largo plazo.
Sin duda este es un largo camino que en los próximos años es previsible que tenga continuidad.
Nuestras expectativas implican la finalización de los trabajos de excavación y consolidación de las diferentes áreas objeto de puesta en valor de forma que la investigación tanto de campo como de laboratorio aporte el máximo de información.
En este sentido, el proyecto actualmente en curso está suponiendo un nuevo impulso a las investigaciones de la Edad del Bronce del sector oriental de la Vega granadina paralizadas prácticamente desde principios de los años 80.
Queremos mostrar nuestro agradecimiento al equipo de personas e instituciones que han colaborado en el desarrollo de las excavaciones.
A Miguel A. Blanco por la realización del reportaje fotográfico, al equipo de antropólogos dirigido por M. Botella que colaboraron en el levantamiento de las sepulturas, a Salvador Algarra arquitecto del proyecto de musealización, a la Delegación provincial de Cultura que ha financiado y coordinado las intervenciones y muy especialmente a los arqueólogos Sergio Fernández y Pilar García que han desarrollado un trabajo excepcional en el proceso de excavación y documentación. |
forman el subgrupo de las Pitiusas dentro del archipiélago balear, se inició hace pocos años a raíz del descubrimiento y excavación del sepulcro megalítico de Ca Na Costa en Formentera, ya que hasta entonces se dudaba todavía de la presencia humana en esas islas antes de la colonización fenicia.
En poco más de una década se han conocido numerosos yacimientos que permiten intentar por primera vez un acercamiento global al tema.
Sin embargo son todavía muchos los problemas que subsisten y sólo nuevas excavaciones conducirán al establecimiento de una secuencia cultural aparentemente compleja que por lo que hoy sabemos se inicia en la primera mitad del 11 milenio.
La ocupación humana pre-fenicia de Ibiza y Formentera ha sido uno de los problemas arqueológicos que no se han podido resolver -al menos en parte-hasta hace pocos años.
En su siempre citada e imprescindible obra, Tarradell y Font dedicaban en 1975 un capítulo a repasar el estado de la cuestión, titulado significativamente «L 'enigma del poblament d' Eivissa i de Formentera abans deis cartaginesos».
Dichos autores eran relativamente pesimistas en cuanto a la posibilidad de conocer la prehistoria de las islas, dada la parquedad de los hallazgos realizados hasta entonces, (') (Profesor de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Valencia).
(") (Departamento de Arqueología del Consejo Superior de Investigaciones Científicas).
Es, sin lugar a dudas, el monumento más interesante de la prehistoria pitiusa, no sólo por su buena conservación sino también por su originalidad.
Se encuentra al norte de la isla, a poco más de 1 km. de Es Pujols, sobre una pequeña lengua de tierra que se adentra en S'Estany Pudent, una de las dos albuferas formenterenses.
Se trata de un sepulero de planta circular (Fig. 2), sin ningún tipo de elaboración compleja o añadidos como cámaras laterales, nichos, etc...
Hecho de piedra calcárea, se compone de un pequeño espacio enlosado, un corredor corto y una cámara circular a la que se accede por una losa perforada mal conservada.
El atrio mide 2,05 por 1,30 m., y está ligeramente en alto respecto al corredor.
Este, que está a nivel de la roca, se abre exactamente hacia el O. Mide 2,5 m. y está formado por cuatro ortostatos emparejados, dispuestos de manera que el pasadizo resulta más ancho y alto a medida que se acerca a la cámara.
Esta está compuesta por siete ortostatos fijados en una hendidura circular poco profunda hecha en la roca madre, faleados por piedras más pequeñas.
Tiene un diámetro medio de 3,60 m. y los grandes bloques alcanzan los 2 m., con un espesor de 0,35 m.
Posiblemente la cubierta fuese de material perecedero, vigas, ramas y tierra apisonada.
Rodeando los elementos descritos hay tres muros de retención, interrumpidos por el corredor y el patio, hechos para afianzar los bloques de la cámara.
El muro interno conserva tres hiladas de piedras de tamaño medio, y el espacio entre éstas y la cámara había sido rellenado de o U
5.~ piedra menuda y tierra.
Este muro estaba reforzado por 24 grandes bloques a manera de contrafuertes, colocados en sendas hendiduras hechas en la roca y dispuestos radialmente, de los que se conservan 14 in situ, siendo evidentes las marcas de otros cuatro.
Estos refuerzos simétricamente distribuidos constituyen, hoy por hoy, un caso poco frecuente entre las tumbas megalíticas, y el único paralelo que se ha podido encontrar es el del sepulcro de Mas Plá, en Querol (Tarragona).
La cámara fue excavada en los años 60 (Maluquer et alli, 1963), pero trabajos más recientes han permitido sacar a la luz la cuarta parte del túmulo, comprobándose la existencia de unos contrafuertes radiales, con espacios intermedios rellenos de piedras medianas y grandes (Mestres, 1982).
El espacio entre los contrafuertes fue rellenado en Ca Na Costa con piedra menuda y tierra.
En cuanto al tercer muro, es muy semejante al primero.
Los hallazgos no fueron muy abundantes: fragmentos cerámicos muy pequeños de formas abiertas, globulares, troncocónicas y bitroncocónicas, dos de ellos incisos (Fig. 3), un brazalete de arquero
I incompleto (Fig. 4), dos pequeñas cuentas de coUar circulares y sobre todo 13 botones de perforación en V completos y dos fragmentarios de hueso (Fig. 5).
Todo ello unido al hallazgo de tres fragmentos de sílex (los primeros de las Pitiusas), dos de ellos trabajados, y la total ausencia de metal llevó a los excavadores"B proponer en una primera publicación una fecha de 2000-1600 a.
Dicha datación se ha visto confirmada gracias al análisis de e 14 de los restos humanos encontrados en la cámara.
Como consecuencia del hallazgo y excavación de Ca Na Costa, la investigación se desplazó hacia el sur de Formentera, en la zona denominada Es Cap de Berbería y más concretamente Es Pla del Reí.
Había algunas indicaciones antiguas, como las de Jose M. a Mañá, director del M.A.1. de 1944 a 1964, que hacían referencia a la existencia allí de c< ••• hitos o piedras verticales dispuestas en círculos que... presentan características que recuerdan las citanias del noroeste peninsular, la de Briteiros más concretamente» (Mañá, 1952: 14).
Por desgracia, Mañá no llegó a ver esos círculos, y a principios de los años sesenta fueron arrasados para usar la piedra en la construcción de la carretera que lleva al faro del Cap.
A pesar del pésimo estado de conservación, se han realizado varias excavaciones en diversos puntos, con la esperanza de atestiguar la existencia de lugares de hábitat relacionables cronológicamente con Ca Na Costa.
La mayor parte de los resultados permanecen inéditos, habiéndose publicado únicamente algunas breves notas (Topp et alii, 1979; Fernández, 1984).
De los numerosos círculos de piedras existentes (Gordillo, 1981: 54), se han excavado dos en extensión.
El primero, en 1976, tiene 13 m. de diámetro y se conserva, en alguna zona muy reducida, hasta 1,10 m. de altura.
Dentro de él, separado por 0,50 m., hay otro círculo (puede tratarse de los dos parámetros de un mismo muro) que se subdivide en varias habitaciones circulares u ovales, dejando un área central despejada.
La posible entrada estaría en el lado sur, pero todo el tercio norte está totalmente arrasado, lo que impide el conocimiento completo de la estructura (Fig. 6).
La escasez de los hallazgos, apenas unos fragmentos amorfos y de un fragmento con asa horizontal, dificulta una posible adscripción cronológica, aunque el claro paralelismo de las estructuras con el poblado que veremos más adelante permite suponer que son contemporáneos.
La misma ausencia de cerámicas u otros objetos induce a pensar que difícilmente puede tratarse de un lugar de hábitat, sino más bien de alguna sencilla estructura destinada a guardar ganado.
El círculo B del Cap de Berbería se encuentra junto a la carretera del Cap, a la altura del km. 4.
Fue excavado en 1982 y se presenta como una estructura circular de 6 m. de diámetro; muy arrasada, por desgracia, sólo conserva alguna piedra con 0,70 m. de altura.
No proporcionó material alguno (1).
Resultados mucho más interesantes está proporcionando el llamado Poblado del Cap, situado a unos 500 m. del círculo A y a unos 200 m. del círculo B. En él se han realizado ya tres campañas de excavaciones.
Se trata de una gran área de unos 1.500 m. l cubierta de estructuras ovales y circulares que se cruzan, permitiendo distinguir claramente algunas habitaciones.
Los principales hallazgos son una gran cantidad de cerámica, fina, decorada y con asas de botón perforado, así como un «brazalete de arquero" incompleto, todo ello muy semejante a lo encontrado en Ca Na Costa.
Si el C 14 que se está realizando 10 confirma, no cabe duda de que estaríamos ante las estructuras de hábitat contemporáneas a las gentes que erigieron el citado sepulcro (Femández-Topp, 1984: 767).
Situadas las dos prímeras en Formentera y la otra en Ibiza, estas tres cuevas naturales han proporcionado -siempre a nivel de prospección-algunos interesantísimos materiales cerámicos
(1) Agradecemos a don Jorge H. Fernández ya doña Celia ~opp los datos facilitados sobre esta excavación, todavía inédita.
2, que han permitido suponer su utilización como lugar de hábitat, en un época situable en tomo a la mitad del segundo milenio a.
J.C. Desgraciadamente ninguna de ellas ha podido ser excavada científicamente todavía, y las dataciones que se han propuesto, salvo en el primer caso, lo han sido por comparación con las cerámicas bien fechadas de Ca Na Costa.
La Cova d'Es Fum es una de las muchas que se abren en los acantilados del norte de la Mola, en el este de la isla.
No es de fácil acceso actualmente y tiene un emplazamiento estratégico: se abre a 50 m. sobre el nivel del mar en un acantilado de algo más de 90 m. de altura, y no es vísible ni desde arriba, ni desde el mar, camuflada además su boca de entrada por un muro de piedras de cierto tamaño.
Sus múltiples galerías interiores, a diversos niveles, suponen no menos de 8.000 m.
2 que fueron utilizados en diferentes épocas.
De las diversas prospecciones realizadas por J. L. Gordillo Courcieres a lo largo de los últimos años (tuvimos oportunidad de acompañarle en memorable ocasión en 1980) proceden centenares de fragmentos cerámicos de época prehistórica y, sobre todo, musulmana, materiales aún por estudiar.
También al parecer proceden de esta cueva un pequeño cuenco.casi completo y tres fragmentos de cerámica con decoración incisa de gran calidad, entregados al MAl. en 1983 por un particular.
Recientemente estudiadas por C. Topp, su próxima publicación pellllitirá ampliar al ámbito' de las Pitiusas el problema planteado por las cerámicas incisas mallorquinas y la supuesta existencia de la cultura campaniforme en las islas (Cantarellas, 1972: 78-79; Waldren, 1985).
La Cova des Riuets se encuentra a poca distancia de la d'Es Fum, algo más al este, y forma junto con otras dos (Cova de Sa Fresca y Mamelles) e! denominado complejo Ses Mamelles.
Speleo Club de Mallorca, cuyos miembros hallaron cerca de la entrada gran cantidad de cerámica de dos tipos principalmente: vasos de cuerpo globular sin cuello y asas verticales junto al borde, y otros también globulares pero de cuello alto y marcado, en ocasiones con labio exvasado y también asas.
Estas pueden ser macizas o perforadas (Fig. 7).
La presencia de restos de fauna, mamíferos (capra, bos,...) y moluscos diversos, hizo pensar a sus descubridores que se trataba de un lugar de hábitat muy provisional. debido a lo estrecho e incómodo de la cueva.
La cronología que le asignaron es de! final del pretalayótico (Trias-Roca, 1975).
Cova Xives se encuentra en Ibiza, concretamente en el Puig Guixa (229 m.), a menos de 2 km. al noroeste del pueblo de Nta.
Explorada también en los años setenta por e!
Speleo Club de Mallorca, esta pequeña cueva (20 por 10 m.) proporcionó en prospección superficial gran cantidad de cerámicas, la mayoria a mano pero también algunas púnico-ebusitanas tardías (Trias, 1977).
Se trata de formas globulares y troncocónicas, con asas de botón, pastas oscuras (sobre todo grises y negras) que permiten al descubridor sugerir una fecha en tomo al 1500 a.
J.e. para las más antiguas (troncocónicas) y de transición pretalayótico-talayótico para las otras, al igual que en la Cova des Riuets.
Hay que destacar que sus descubridores insisten en general, a través de sus publicaciones, en la semejanza que se da con paralelos mallorquines y menorquines, pensando que las Pitiusas tienen en esa época una secuencia cultural semejante a la de las islas mayores.
Como vemos, estas tres cuevas sugieren todavía más interrogantes que soluciones y sólo el estudio en profundidad de sus materiales así como su excavación (en especial Cova Xives, la más accesible) permitirán fecharlas correctamente y darles un mayor peso en el marco de la prehistoria pitiusa.
LOS MEGALITOS DE CAN SARGENT (IBIZA) (Lám. n, a)
Estos dos importantes restos se encuentran en el Plá de S. Jorge, cerca del aeropuerto, y fueron explorados parcialmente en 1978; se excavó la mitad aproximadamente de Can Sargent I y se levantó la planimetría de los restos visibles de Can Sargent n.
Una de las excavadoras, e.
Topp, nos comentó recientemente Uunio 1986) sus serias dudas sobre la exacta adscripción cronológica de Can Sargent n.
A la espera de nuevas excavaciones, seguimos aquí lo expuesto en las publicaciones citadas (Topp et alii, 1979; Femández-Topp, 1984).
Se trata de dos sepulcros de corredor separados entre sí por unos quince metros, construidos con grandes bloques de piedras de 1 m. por 0,50 m., aproximadamente.
De Can Sargent I se pudo despejar el corredor (de más de 2 m.) y buena parte de la cámara (Fig. 8), mientras que de Can Sargent n sólo son visibles los ortostatos que parecen formar el corredor.
Por lo que a hallazgos se refiere (Fig. 9), la cerámica recuerda de lejos la de Ca Na Costa, pero su textura es mucho más dura y en general es más basta.
Esto, unido al hecho de que algún fragmento con asa tiene claros paralelos en el Talayótico Inicial de Mallorca y Menorca, sugirió a los excavadores una cronología algo más tardía que la del sepulcro de Formentera.
Esta suposición podría verse confirmada por el hallazgo en el sector suroeste de la cámara de un pequeño puñal triangular de bronce con dos remaches, de un tipo bien conocido en Levante y en Mallorca.
Se trata de un elemento metálico típico de la cultura argárica (Lull, 1983: 155-178), pero que se encuentra además con frecuencia en Mallorca, tanto en yacimientos funerarios como de hábitat: Sa Canova, Sa Mata, Son Maiol, Naveta Alemany, etc...
Si estos puñalitos deben considerarse o no de producción local es un problerpa que ha interesado a diversos autores.
Para Veny su fabricación en Mallorca seria incluso anterior a la argárica, apoyando esta idea especialmente en las diferencias técnicas y también en la inexistencia de ejemplares en Ibiza, que deberia haber sido lógicamente alcanzada por la difusión del tipo si este procediese del Sureste (Veny, 1968: 400).,Por el contrario, Fernández-Miranda, que no cree en una procedencia argárica estricta de los puñalitos, disiente en cuanto a la mayor antigüedad de las piezas mallorquinas y opina que se trata de objetos que tienen, en efecto, sus prototipos en El Argar, de donde se difundirian por otras áreas, incluidas las Baleares.
Las diferencias técnicas deben achacarse a un peor conocimiento de la metalúrgica por parte de los isleños (Fernández-Miranda, 1978: 152-153).
Por eso, las piezas baleáricas, incluidrus la ibicenca, son de bastante peor calidad que las peninsulares.
En cualquier caso, de lo que no cabe duda es de que estos puñalitos, en Mallorca, se sitúan en el periodo pretalayótico, con una amplia cronología comprendida entre 1700 y 1300 a.
Desgraciadamente dos fechas de C 14 obtenidas para Can Sargent no vienen a confirmar la datación que sugieren las cerámicas, el puñal y las mismas estructuras.
Ambas muestras proceden de restos humanos, los primeros hallados cerca del puñal (pero no asociados a él), y los segundos fuera de la cámara.
Este problema, a nuestro entender importante para valorar la presencia indígena en los siglos inmediatamente anteriores a la llegada de los fenicios, sólo puede solventarse si pensamos: a) que las muestras estaban contaminadas y la fecha es equivocada; los restos humanos podrian corresponder, efectivamente, al sepulcro; b) que las fechas de C14 son correctas, pero como difícilmente se podría rebajar la cronología del monumento y el ajuar del s. xm a.
J.C., hay que pensar que hubo una reutilización funeraria en el s. vm a. lC.
Como no hay ningún resto material de esta fecha, aparte de los propios huesos humanos, resulta imposible fijar una adscripción cultural para estos enterramientos.
Hasta que no se complete la excavación del yacimiento resulta de todos modos aventurado intentar extraer más conclusiones.
Pero queremos subrayar que si Can Sargent es una prueba segura del poblamiento de Ibiza en el segundo milenio a. lC., su utilización durante la primera mitad del primer milenio plantea todavía demasiadas dudas.
Las dos fechas de C 14 nos parecen un argumento claramente insuficiente si no van acompañadas por elementos materiales.
Presentamos en este apartado diversos yacimientos de importancia muy diferente, que para el tema aquí planteado, la prehistoria de las Pitiusas, no aportan aún demasiados datos bien por lo antiguo de su exploración, bien al contrario porque están por excavar, pero que indudablemente han de ser tenidos en cuenta.
A) Recinto fortificado de Sa Cala (Formentera) Se encuentra en la parte más alta y oriental de la isla, La Mola, en su costa norte.
Del posible recinto no queda más que un gran muro rectilíneo hecho de grandes ortostatos en doble alineación paralela dejando un espacio intermedio de aproximadamente 1,5 m. que se debió rellenar con piedra menuda y tierra (Fig. 10).
El tramo conservado mide cerca de 38 metros y los ortostatos son de buen tamaño.
Destacan los que flanquean dos puertas de acceso al recinto, que alcanzan 2 m. de largo por 1,10 m. de alto (conservado) y 0,55 m. de grosor.
Las puertas están separadas entre sí por unos 18 m.
El material arqueológico es muy reducido, ya que la construcción se encuentra sobre la roca madre, sin prácticamente nivel alguno de tierra.
Los pocos fragmentos cerámicos recogidos (Fig. 11), han sido puestos en relación con Ca Na Costa, a excepción de dos de ellos con asas perforadas verticales (Topp et alii, 1979: 224-225).
Esta pobreza de datos y el hecho de que el yacimiento no esté excavado impiden hacer mayores consideraciones.
Se trata de un recinto defensivo, no cabe duda, a 15 m. del borde de un acantilado de un centenar de metros de altura.
Posee, pues, una magnífica posición y una excelente vista sobre Formentera, las costas sur y sureste de Ibiza y el estratégico estrecho de Els Freus, que separa ambas islas.
Decir cuándo y contra quién se defendían los constructores del recinto es algo que nos resulta hoy por hoy casi imposible.
10.-Planta del muro conservado de la fortificación de Sa Cala, en Formentera (según Ramón, 1985).
Este yacimiento ha sido dado a conocer muy recientemente y son pocos los datos que se tienen, ya que no se ha excavado.
Corresponderla a un hábitat en la punta Jondal. al sur de la isla, del que el elemento mejor conservado y de mayor interés es un muro defensivo de cerca de 300 m. de perimetro conservado, que sigue la costa recortada a unos 30 m. de altura.
La técnica constructiva difiere bastante de lo que hemos visto hasta ahora.
Consiste en un apilamiento de losas más o menos planas no trabajadas, de hastfl I m. de ancho y 0,40 m. de grosor, formando hiladas horizontales que alcanzan en algunos tramos hasta 1,5 m.
El material recogido en superficie, al parecer escaso pero significativo, consiste en cerámica a mano que su descubridor atribuye al Bronce Antiguo, a una época no muy avanzada dentro del segundo milenio (Ramón, 1985: 65-66).
La presencia esporádica de fragmentos de ánfora fenicia de los s. VII-VI a. le. debe relacionarse con el cercano asentamiento de Sa Caleta (2) y no indica la coexistencia de indígenas y colonizadores, ya que como se ha dicho, la cerámica a mano parece ser del segundo milenio.
En cualquier caso, el yacimiento está pendiente de excavación para poder concretar tanto la cronología como su función exacta.
C) La cueva de Es Cuieram (Ibiza) Se trata, sin duda, de uno de los yacimientos más conocidos de la isla, y desde su descubrimiento en 1907 la riqueza e importancia de los hallazgos sucesivos allí realizados ha suscitado el interés de numerosos investigadores.
Los centenares de terracotas que representan la diosa Tanit han permitido valorar la cueva como un santuario dedicado a dicha divinidad, con un periodo de utilización comprendido entre los inicios del s. IV y mediados del s. Il a.
J.c., con una prolongación de uso como posible hábitat hasta el cambio de era.
El interés de la cueva para la fase que estamos estudiando aquí reside en la existencia de cerámicas a mano que han sido recogidas en varias ocasiones y que han planteado la posible utilización de Es Cuieram en la Edad del Bronce.
En la primera obra de conjunto sobre el yacimiento, C. Román, uno de los excavadores de la primera campaña de 1907, no menciona nigún tipo de cerámica prehistórica (Román, 1913).
Sin embargo, muy pocos años después, A. Vives y Escudero -que también participó en la primera campaña-en su obra clásica sobre Ibiza dio a conocer tres fragmentos de cerámica que él consideró neolitica, encontrados durante sus propias excavaciones en 1909.
Son de «barro basto y mal cocido», dos con asas de botón (uno perforado) y otra de borde decorado «con una orla de adornos de forma ondulada» (posiblemente una decoración de cordón aplicado).
Desconocemos el paradero actual de estas piezas.
Pero el dato más interesante aportado por Vives tal vez sea el de su procedencia: al fondo de la cueva, en un nivel más profundo que el de las terracotas púnicas, bajo una ligera capa de sedimento calcáreo (Vives, 1917: 2-4).
A lo largo de las décadas siguientes estos fragmentos cerámicos fueron uno de los puntos de apoyo para diversos autores que aseguraban una ocupación pre-púnica de la isla (Sorá Boned, 1944; Macabich, 1966: 4-5).
Cuando aparece el primer estudio moderno sobre la cueva, su autora hace referencia a las cerámicas de Vives, pero cree que es difícil adscribirlas culturalmente, tanto más cuando «no se conocen aún restos arqueológicos anteriores a la llegada de los cartagineses» (Aubet,'1968: 38-39).
Cuando por fin se realizan nuevas excavaciones en los años sesenta, aparecen tres fragmentos más de cerámica a mano.
Pertenecen a cuencos semiesféricos, son de pasta fina de color parduzco, bien cocida.
Dos de ellos tienen asas de botón perforado, el otro una pequeña asa vertical de
(2) Las excavaciones del yacimiento fenicio de Sa Caleta, al sur de la isla de Ibiza, están proporcionando estructuras y materiales que tal vez haya que fechar en la 1.& mitad del siglo vn a.
J.C. Agradecemos estos datos al director de los trabajos (aún en curso) J. Ramón.. sección circular.
Sus publicadores creen que tienen una tradición en el Bronce del Sureste y, por lo tanto, que podrian ser de cronología antigua.
Pero no se definen claramente, pues añaden que cerámicas semejantes se siguen fabricando durante siglos, como sucede en la cultura talayótica (Almagro-Fortuny, 1971: 24-25).
Finalmente, a raíz de una campaña de limpieza realizada en 1981 para facilitar el levantamiento topográfico de la cueva, aparecieron algunos fragmentos más hallados en superficie o entre los escombros de las viejas excavaciones.
Se trata de un cuenco con botón vertical perforado, otro borde de cuenco hemisférico, una base plana y algunos fragmentos más.
La pasta es de calidad, bien cocida, con diversas tonalidades y con las superficies externas espatuladas, de color gris oscuro (Ramón, 1985b: 240-241).
Un detalle significativo es que algunos fragmentos presentan adherencias calcáreas que parecen confirmar lo dicho por Vives en cuanto a la estratigrafía.
Este hecho y la tipologia reconstruible hacen pensar a 1.
Ramón que se trata realmente de cerámicas del Bronce, y que Es Cuieram seria entonces un lugar de hábitat, muchos siglos antes de convertirse en un santuario rupestre púnico.
Como vemos, los datos de que disponemos para opinar son muy escasos, una docena escasa de fragmentos recogidos a lo largo de casi ochenta años, que deberian ser reestudiados detenidamente.
Si nos inclinamos a aceptar, sin embargo, su antigüedad, en especial por la referencia estratigráfica de Vives, nos parece totalmente imposible asignarles una cronologia exacta: cualquier fecha entre 1500 a.
J.e. y el siglo VID podria ser correcta.
D) El abrigo De Ses Fontanelles (Ibiza)
Este pequeño abrigo rocoso se encuentra al norte de San Antonio, muy cerca del Puig Nonó.
Orientado hacia el sur, en sus paredes se encuentran algunas pinturas que fueron estudiadas por H. Breuil durante un viaje a Ibiza en 1917 y publicadas poco después (Breuil, 1920).
Están trazadas en negro, ocupando un espaciQ de tan sólo 0,70 m. de largo, y representan un «entrelacem~nt de traits courbes et rectilignes» de difícil interpretación.
Para Breuil, que hizo un croquis lo más exacto posible pero que no pudo sacar un calco, parecen representar una nave de popa cuadrada y proa apuntada.
Con mucha prevención se aventuró a fecharlas en la Edad del Bronce, como límite postquem debido a la existencia de algunas hachas de bronce en Formentera.
Cuarenta años después, en la correspondencia que mantuvo con el erudito ibicenco, 1.
Macabich, Breuil sólo expresó que no le parecieron recientes, y aconsejó a Macabich que subrayara las dudas sobre la edad de las pinturas (Macabich, 1966: 9-10).
De las cartas intercambiadas entre ambos estudiosos se desprende que pensaban que no existían representaciones rupestres cartaginesas, lo que hacía probable una fecha antigua para las pinturas.
Hoy conocemos, sin embargo, diversas representaciones rupestres fecha bIes en época púnica, destacando las de Gotta Regina en Sicilia, donde precisamente son frecuentes las representaciones de naves de diferentes tipos (Bisi et alli, 1969; Coacci Polselli et alii, 1979), y en Jimena de la Frontera (Cádiz), donde se ha estudiado un importante conjunto de pinturas en el Abrigo de Laja Alta que incluyen un puerto o fondeadero y también diversas naves, en un ambiente claramente influenciado por la cercana metrópolis fenicia de Gadir (Barroso, 1980: 34-42).
Creemos que la cercanía de Ses Fontanelles al mar (desde donde es muy fácil acceder) y la existencia de pequeños manantiales de agua en el mismo abrigo -hoy desaparecidos-y en otras pequeñas cuevas cercanas, que justifican sobradamente el topónimo, inducen a pensar que una cronología más baja que la propuesta hasta ahora es cuando menos plausible y que el lugar pudo ser frecuentado por marinos y pescadores en época púnica.
En cualquier caso habrá que esperar que se realice un estudio actualizado del conjunto, si es que sobrevive al vandalismo y a las pintadas modernas que amenazan el abrigo.
No podemos dejar de citar, para terminar este epígrafe dedicado a los yacimientos que pueden aportar datos sobre la prehistoria pitiusa, una cueva hallada a principios de siglo en la zona de Portusalé (Portossaler en los documentos antiguos), al oeste de Formentera.
Pérez Cabrero recogió de unos campesinos la noticia de que se había encontrado una cueva en cuyo interior había siete u ocho esqueletos humanos enteros, en posición sentada, y junto a ellos varias cerámicas, algunas rotas (Pérez Cabrero, 1909: 109;1911: 34).
Tanto por tratarse de una cueva como por lo extraño de la disposición de los muertos, se ha querido ver en ello un enterramiento prehistórico, sin que se disponga de más datos que los mencionados, ya que la cueva fue destruida por los mismos campesinos que la descubrieron.
Sin embargo, su emplazamiento exacto es conocido y no puede descartarse que una futura excavación pueda aportar datos de interés, a pesar del mal estado de conservación.
LA METALURGIA DE BRONCE
Un buen número de objetos de bronce_ hallados a lo largo de varias décadas de manera casual han supuesto, durante muchos años, el único elemento con que se contaba para plantear la existencia de una prehistoria pitiusa Un puñal, un lingote y sobre todo hachas de diversos tipos eran claros indicios,. antes de la excavación del megalito de Ca Na Costa, de que si no tuvieron población estable, ambas islas habrían sido al menos frecuentadas antes del s. VII a.
J.C. Sin embargo, hasta hace escasas fechas, la mayoría de estas piezas habían sido correctamente publicadas, pero no habían sido estudiadas en profundidad (Femández, 1973;1974).
Un detallado trabajo recientemente publicado nos permite perfilar mejor cronologías y paralelos, al menos para los ejemplares más tardíos (Delibes-Femández-Miranda, 1984).
El total de objetos conocidos para la investigación es (véase cuadro ll):
-1 puñal subtriangular hallado en Ibiza, procedencia desconocida. -5 hachas planas procedentes de Cala Xarraca, Ses Salines y Sa Bassa Rotja, en Ibiza.
-2 hachas de cubo de Ses Salines (Ibiza) y La Sabina (Formentera).
-4 hachas de talón y anillas de Can Mariano Gallet (Formentera) (Fig. 12).
-5 hachas de apéndices laterales de Can Mariano Gallet (Fig. 13) Y La Sabina (Formentera).
-1 lingote plano convexo de La Sabina (Formentera) (Lám.
II, b) No incluimos el puñalito de Can Sargent, el único procedente de una excavación científica y que hemos estudiado en el lugar correspondiente (véase supra, apartado 4).
Como hemos señalado, las piezas más antiguas no han sido valoradas suficientemente.
De las cinco hachas planas de las que se tiene noticia, sólo una se conserva para la investigación, la de Sa Bassa Rotja; las demás han desaparecido, y sólo se conoce un deficiente dibujo de uno de los ejemplares de Xarraca (Sorá Boned, 1944: 18; Marí Tur, 1973; Femández, 1974: láms.
Los ejemplares conocidos son de un tipo muy extendido cuyo origen está probablemente en el SE peninsular, a finales del tercer milenio.
Adaptación al metal de los antiguos modelos en piedra pulida, las hachas planas gozarán de una gran aceptación y por ello las encontramos a lo largo de toda la Edad del Bronce.
Existen, sin embargo, elementos que permiten matizar su cronología.
El ejemplar hallado cerca de Cala Xarraca era estrecho, casi trapezoidal, con los bordes lisos y levemente curvados en ambos extremos; se supone que el otro ejemplar perdido del que no se conserva dibujo era semejante.
Esta forma alargada y con el arco del filo poco marcado podría ser antigua, pues se encuentra en. época de Los Millares, c.
Piezas de este tipo antiguo no se conocen en otros lugares de Baleares, y son escasas en las áreas geográficas más cercanas a las islas: País Valenciano, etc...
Podríamos fechar con reservas el ejemplar ebusitano en tomo a mediados del segundo milenio.
El hacha de Sa Bassa Rotja es más fácil de encuadrar tipológica y cronológicamente.
De casi 17 cm., tiene forma trapezoidal con un filo muy marcado en arco de círculo, con salientes laterales y el talón plano.
Estos rasgos definen un tipo de hacha que conoce una gran expasión por gran parte de la Península Ibérica, en especial en Andalucía y Portugal (Blance, 1971: láms.
También aparecen en Mallorca, especialmente en una serie de depósitos de bronces bien conocidos.
Merecen destacarse los de Es Mitja Gran (Sea Salines) y Cas Corraler (Felanitx), con cinco y dos hachas, respectivamente.
En ambos casos se les asignó una cronología bastante baja: s. VII-Va.
12.-Hachas de talón del depósito de Can Mariano Callet, en Formentera (según Delibes- Fernández-Miranda, 1984).
embargo, en fechas más recientes se han reconsiderado ¡as dataciones.
Así RoseUó Bordoy sitúa Cas Corraler en torno al 1000 a.
Por su parte, Fernández-Miranda tampoco cree que esos conjuntos puedan ser de fechas tardías.
Incluso subraya que el tipo plano corresponde en general, en otras áreas, al Bronce 11 mediterráneo, con fechas dentro del segundo milenio.
Pero su asociación en depósitos con espadas de pomo y escoplos le sugiere una datación intennedia entre la de los paralelos externos y la tardía propuesta por Almagro: en torno a los s. IX-VID a J.c., dentro de su Talayótico 1 o Antiguo (Fernández-Miranda, 1978: 93-99, 210).
El lote más numeroso de objetos de bronce lo constituyen las hachas de cubo, de talón y de apéndices laterales, que han merecido recientemente un exhaustivo estudio en el ámbito de todas las Baleares, que resumimos muy brevemente (Delibes- Fernández-Miranda, 1984).
De las quince hachas de cubo conocidas en Baleares, sólo dos proceden de las Pitiusas: una de Ibiza y otra de Formentera.
Los autores más aniba citados las incluyen en uno de sus tipos que denominan «baleao (ya que está representado en las cuatro islas mayores), al que consideran local, pero producto de la adaptación de prototipos foráneos.
La búsqueda de estos prototipos es ciertamente difícil, pues si el tipo «baleao tiene ciertos paralelos en modelos británicos, no cabe ponerlo en relación con el grupo más importante de hachas de cubo peninsular, el llamado galaicoportugués (Hardaker, 1976: 162-163) debido a las claras diferencias morfológicas existentes.
Habría, por el contrario, algunas semejanzas con la zona del Noreste peninsular pero sobre todo con el Midi francés, donde el tipo llamado launaciense parece ser un prototipo claro (Chardenoux-Courtois, 1979: 122-127)..:.;::,:", ~:.,::'-.':-:
13.-Hachas de apéndices de Can Mariano Callet, en Formentera (según Delibes -Fernández MirantÜl, 1984).
Los otros tipos de hachas revisten un especial interés por cuanto sólo están representados en las Pitiusas, no conociéndose en la actualidad ni en Mallorca ni en Menorca.
De las cinco hachas de apéndices laterales la de La Sabina, maciza y con dos apéndices, corresponde más al tipo clásico originario de Oriente que conoce una gran expansión hasta llegar a la Península Ibérica, donde es relativamente abundante.
El hecho de que se trate de un unicum (veremos que las otras cuatro son muy diferentes) obliga a buscar su procedencia fuera de las islas, y al no existir en el norte de Africa ni en el Midi, parece que su origen debe ser sardo o peninsular.
En efecto, el modelo es frecuente en Cerdeña, en el famoso depósito de Sa Idda y también en el de Flumenulongu, en fechas tardías del Bronce Final, destacando el hecho de que el ejemplar de La Sabina apareció junto con un lingote circular plano-convexo del tipo frecuente en los depósitos sardos (3).
La posible procedencia peninsular la basan Delibes y Fernández-Miranda en un claro paralelo procedente del Camp de Tarragona (Martí, 1970: 134, fig. 14,4).
Sin embargo, el mismo autor que publicó esta pieza subraya dos hechos importantes: que dicha pieza procede del comercio de antigüedades y que el tipo es «desusado» en la región.
Personalmente opinamos que esto hace al paralelo poco digno de ser tomado en consideración.
Las otras cuatro hachas de apéndices resultan problemáticas, por cuanto son extremadamente endebles, al tener sólo algunos milímetros de espesor, conservar el cono de fundición en el extremo distal y tener diferente número de apéndices, resultado de una fundición poco cuidada con moldes bivalvos en los cuales las improntas de esos apéndices no coincidían.
Estos «simulacros de hachas», como los denominó Siret, sólo se encuentran en el depósito de Elche (Almagro, 1967: E.13/2) y en el poblado de la Peña Negra de Crevillente, también en Alicante.
Aquí el excavador rechazó la clasificación de hachas y creyó que eran un «positivo de bebedero de molde».
Su aparición exclusivamente en Elche, Crevillente y Formentera le indujo a relacionar estas piezas con una labor de recogida de chatarra por parte de comerciantes semitas.
Más recientemente ha propuesto que se consideren estas piezas (ya numerosas en Peña Negra) como auténticos lingotes relacionables con el comercio semita, dado que de los análisis se desprende su gran pureza: 99% de cobre o de plomo, según los ejemplares, que hacen de ellas un excelente elemento de intercambio económico (González Prats, 1986).
Los análisis realizados sobre las piezas pitiusas parece que apoyan esta hipótesis, ya que también tienen un alto grado de pureza (veáse Cuadro ID).
Incluidas en la fase TI de Peña Negra, fecha estos ejemplares en el 600/550 a.
(González Prats, 1982: 373, fig. 28), datación que Delibes y Fernández-Miranda consideran tal vez correcta para dicho yacimiento, pero demasiado baja para los ejemplares de Can Mariano Gallet, ya que aquí se encuentran asociados con hachas de talón.
Estas hachas con talón y anillas son características del Bronce Final de la Península Ibérica y tienen diversas variantes.
El máximo número de hallazgos se da en el Noroeste, siento esporádicos al sur del Tajo y contados los ejemplares de Andalucía y el Sureste.
No se han encontrado en el País
De este largo repaso de los conocimientos actuales sobre la prehistoria de Ibiza y Formentera se desprende, en primer lugar, la comprobación de que son muy pocos los hechos establecídos y muchas las hipótesis.
Ca Na Costa, excavada científicamente y con una fecha de C14 fiable, aparece como el yacimiento-clave a partir del cual se articula buena parte del período.
No deja de ser extraño de todas formas que las Pitiusas sean prácticamente las únicas islas del Mediterráneo que no conocen un poblamiento hasta la primera mitad del segundo milenio, cuando las demás se pueblan mucho antes, incluso en el sexto milenio (Córcega) y la misma Mallorca podría haber sido frecuentada en el cuarto milenio (Camps, 1974).
No podemos olvidar el dato de que Ibiza es visible numerosos días al año, tanto desde Mallorca como desde la costa alicantina, de las que dista un centenar de kilómetros (Schüle, 1970: fig. 1).
En cualquier caso existe claramente un Bronce Antiguo. con un sistema de enterramiento megalítico (Ca Na Costa.
Ca Sargent) y unos hábitats en zonas llanas y sin aparentes sistemas defensivos (Cap de Berbería).
Este período difícilmente podria compararse con el pretalayótico balear, como parecen hacer algunos autores, dadas sus evidentes peculiaridades.
Recordemos simplemente que los escasos sepulcros megalíticos conocidos en las islas mayores (Montplé.
Son Bauló de Dah.... ) son difícilmente equiparables a Ca Na Costa, a pesar de algunos rasgos comunes que encontramos en numerosas construcciones megalíticas de las más diversas áreas geográficas (Plantalamor.
Si fechamos en la primera mitad del segundo milenio las cuevas conocidas (Riuets. d'Es Fum.
Xives) v las fortificaciones de Sa Cala y Punta Jondal, el claro panorama del Bronce Antiguo se complica un poco.
Parecen en efecto poco compatibles grandes hábitats en llano con pequeños grupos humanos viviendo en cuevas, a los que además no podemos suponer desconectados entre sí. al menos en Formentera donde la distancia máxima es de unos 20 km. y donde no existen dificultades orográficas.
La imprecisión en nuestro conocimiento de estos últimos yacimientos citados nos impide llegar a una clara conclusión, pero al menos podemos plantear dos hipótesis: a) existe una sola cultura con diferentes manifestaciones que aún no podemos relacionar, en un mismo periodo; de hecho, las cuevas podrian ser utilizadas ocasionalmente, no como hábitat permanente.
b) el grupo de las cuevas y lugares defensivos es cronológicamente diferenciable del «horizonte Ca Na Costa».
Esta segunda posibilidad, que nos parece más lógica pero que no podemos comprobar aún por falta de estudios aceptables, implicaria la existencia de una ocupación de las islas bien en el periodo 2000-1600 a. lC.. para la cual sólo tenemos de momento los dos fragmentos incisos de la Cova d'Es Fum, bien en el Bronce Medio, en los últimos siglos del segundo milenio, pero sin llegar al Bronce Final (s. IX-VII), ya que no se conocen elementos de contacto con los colonizadores.
Si dejamos de lado la cueva de Es Cuieram, por la escasez de materiales conocidos y su amplia cronología posible, así como el abrigo de Ses Fontanelles, sobre cuya datación ya expresamos serias dudas, sólo nos quedan por valorar los diversos hallazgos d~ bronces, en especial los depósitos de La Sabina y Can Mariano Gallet.
Su cronologia, de los siglos VID-VII y, en especial, los paralelos de las «hachas» de apéndice de Can Mariano Gallet en Alicante, han sugerido que los responsables de la formación y aparición en Formentera de ambos conjuntos pudieron ser los «grupos semitas que según parece fundaron Ebussus a mediados del s. VII a. lC.»
Tal hipótesis nos parece plenamente aceptable. y se veria reforzada además por el lugar de origen probable de la mayoria de los elementos de bronce, incluidos los ejemplares de Ses Salines y Sa Bassa Rotja: Sureste peninsular.
Midi francés y tal vez Cerdeña (al menos el lingote).
Estas coordenadas geográficas corresponden bien con la idea de un origen meridional para los primeros fenicios que frecuentaron y luego se instalaron en Ibiza, dentro de un movimiento de expansión comercial que se desarrolla a lo largo de la costa mediterránea peninsular hasta llegar al sur de Francia.
Todo ello no nos debe hacer descartar la posibilidad de la existencia de algunos grupos humanos en las Pitiusas en los s. VID-VII a. lC.
Ya hemos visto cómo en los últimos años la idea de un despoblamiento de las islas antes de los fenicios se ha desmoronado gracias a la investigación y a las excavaciones, y no se puede ser tajante en estos problemas en los que un trabajo de campo más intenso puede dar grandes sorpresas.
Sin embargo, creemos que la situación actual de la investigación permite hacer una serie de reflexiones.
No existe en ninguna de las dos islas yacimiento indígena alguno fechable en el s. VII a.
J.c., que, como veremos, es el de la instalación de los fenicios en Ibiza.
No sólo no tenemos tumbas, santuarios, hábitats, etc...: es que simplemente no existe hoy por hoy ningún elemento material que nos hable de esa teórica cultura isleña, no hay cerámicas, objetos de metal...
Incluso los escasos objetos de bronce, las hachas especialmente, que hemos revisado apuntan más a las relaciones comerciales de los fenicios en la zona mediterránea occidental que a las actividades de isleños en la Edad del Bronce.
Precisando más hay que decir que las escasas cerámicas a mano recogidas en las excavaciones metódicas del Puig des Molins corresponden claramente bien a modelos fenicios bien a cerámicas talayóticas mallorquinas y menorquinas.
Estas últimas nos hablan de contactos fenicios con las Baleares mayores, atestiguados ya sin ningún género de dudas en el s. VI a.
(Guerrero, 1984: 9-17), pero difícilmente pueden servir para plantear la existencia de un talayótico ibicenco.
En resumen, el panorama de la prehistoria es, para nosotros, de momento el siguiente: un Bronce Antiguo claramente atestiguado, un posible pero dudoso Bronce Medio y un vacio de varios siglos, al menos desde finales del segundo milenio hasta el s. VII a.
A este respecto queremos subrayar que ese vacio no debe parecer un fenómeno totalmente anómalo.
Estudiando el poblamiento inicial de las islas mediterráneas en su conjunto, 1.
Cherry ha mostrado en efecto que no son excepcionales los casos en que un vacio cronológico corresponde realmente a una ausencia de población: así puede comprobarse la recolonización de Chipre en el cuarto milenio, tras una fase neolítica notable en el sexto milenio y un hiato de casi mil años.
Semejante situación se produce en varias islas de las Cícladas (Astipalea, etc.,... ) e incluso Creta conoce la casi extinción de su población en el neolítico inicial y medio.
Como expone el mencionado autor refiriéndose a aquellos lugares poblados por grupos demográficos muy restringidos y relativamente aislados, como podemos pensar que eran los de Ibiza y Formentera en el segundo milenio, e<the material consequences of such small-group demographic processes in strictly bounded, impredictable environments are likely to be very slow growth in population numbers and local extinctions, producing breaks in the archaelogical sequence» (Cherry, 1981: 60-61).
Creemos, pues, que cabe pensar que en el área que nos afecta se produjo una ruptura en la secuencia cultural, y otros investigadores están empezando a tomar también en cuenta las ideas de Cherry sobre extinciones puntuales de población en las Baleares (Chapman, 1985: 146-147).
Evidentemente los ejemplos que hemos mencionado se refieren a períodos muy anteriores al que aquí tratamos, y podría parecer extraño que a fines de la Edad del Bronce las Pitiusas estuvieran despobladas.
¿Pero acaso la misma Formentera no estuvo totalmente deshabitada durante trescientos años en época bien reciente, entre los s. XIV y XVII (Macabich, 1952, 574 y ss.;Marí Cardona, 1983: 9 y ss.)?
Para nosotros esta ausencia de población (o, dejando la puerta abierta al futuro, la escasa entidad numérica y cultural de los pobladores) en los s. VID y VII a.
J.e. fue uno de los factores que favorecieron la instalación de una factoría fenicia en Ibiza.
A su vez, esta falta de sustrato indigena condicionará muy peculiarmente el desarrollo colonial de la isla; es el único lugar del Mediterráneo en el que los fenicios se asientan con entera libertad de acción y en el que su posterior evolución social y cultural no depende de sus relaciones con la población autóctona, como en Chipre, Malta, Sicilia, Cerdeña o cualquier otro lugar. |
RESUMEN Esta nota incluye algunas observaciones generales sobre las aplicaciones de Bases de Datos para computador en Arqueología, asi como una bibliografía seleccionada sobre el tema.
Se explica brevemente el sistema aplicado al regístro de excavación de un yacimiento ibérico y el programa y datos ofrecidos a los arqueólogos interesados.
Aunque se han escogido sobre todo los que tratan de bases de datos, también se citan textos significativos sobre otras áreas de trabajo como estadística, gráficos, inteligencia artificial y modelos de simulación (véase Richards, 1986, para una lista mucho más completa).
A los interesados en alguna aplicación específica recomendamos la búsqueda y lectura en las diferentes publicaciones periódicas dedicadas al tema en el ámbito anglosajón: Computer and the Humanities, Advances in Computer Archaeology (antes llamada Newsleller of Computer Archaeology), Archaeological Computing Newsleller, o Computer Applications in Archaeology (serie recientemente incorporada a los BAR británicos: Ruggles, Rahtz, 1988).
En el momento en que este informe se entrega a la imprenta Uunio de 1988), y por medio de la Asociación Profesional de Arqueólogos de España (APAE), se ha enviado a sus miembros y a los centros arqueológicos más importantes, una encuesta sobre los medios informáticos (ordenadores, programas y aplicaciones arqueológicas concretas) que utilizan, con el fin de conocer la extensión actual de los mismos en la Arqueología española.
El resultado se enviará a los informantes y centros, en forma de lista que esperamos sea de utilidad para poner en contacto a los usuarios con idénticas necesidades, evitando la repetición innecesaria de esfuerzos, y se publicará un resumen del mismo en el próximo número de esta revista.
El objeto de estas líneas es asimismo ofrecer a los lectores interesados el sistema de Bases de Datos aplicado al inventario de excavación del yacimiento ibérico del «Cerro de las Nieves» en Pedro Muñoz (Ciudad Real).
Para ello se utilizó el programa dBASE-ill en un ordenador Personal mM pe XT286, y se mantuvo la codificación anteriormente utilizada en la hoja-formulario de fragmentos cerámicos.
El sistema consiste en códigos alfanuméricos, uno por cada estado del atributo (elemento de la vasija, fuego, desgrasante, tamaño del mismo, decoración, tipo de forma, etc.), que en la mayoria de los casos son abreviaturas lo más sencillas posible de la palabra completa (B para borde, M para mica, etc.) y dimensiones numéricas para las variables de tamaño.
En los casos en que un atributo presenta más de un estado (por ejemplo, varios motivos decorativos en el mismo fragmento), los distintos códigos se yuxtaponen.
Esto no representa problema en el tratamiento posterior gracias a la potencia que el programa tiene para la recuperación parcial de cadenas de caracteres.
Este procedimiento ocupa mucho menos espacio de publicación y memoria de ordenador que los que recurren a tablas disyuntivas de presencial ausencia de cada estado, actualmente los más utilizados en las memorias de excavación, y no necesita ningún proceso especial de codificación (paso de claves numéricas a alfabéticas) durante el tratamiento informático.
Con el lenguaje generador de aplicaciones del dBASE-ill se diseñó el programa TIESTO, que presenta en pantalla una serie, progresivamente aumentada, de menús en los que el usuario escoge las diferentes opciones de recuperación de datos.
Las posibilidades se refieren a la introducción y corrección de registros (fragmentos), impresión de informes (lista general, por contexto o tipo), búsqueda de información (lista de campos seleccionados, de todos los tipos y contextos existentes, y de regístros que cumplan determinadas condiciones de interés), cálculo de estadígrafos (medias y desviaciones para las variables numéricas por tipo o contexto, área de pared que ocupa cada tipo decorativo, total o por contextos), tablas de contingencia (recuento de tipos, en número de fragmentos o suma de los equivalentes de borde o fondo, en los diferentes contextos), y lista de contextos relacionados entre sí por la aparición en ellos de fragmentos de la misma vasija.
El objetivo final de este proceso no es únicamente aumentar la rapidez en el manejo de los datos, sino combinar éstos de diversas maneras con el fin de obtener información cronológica y funcional sobre las diferentes partes del yacimiento.
Otros análisis posibles son el control del carácter primario de los depósitos en cada contexto (comparación del tamaño medio en unos y otros, o entre las diferentes capas de cada uno), de la uniformidad en tamaño o fun, cional de cada tipo (distribución de frecuencias para las variables de dimensión), del distinto grado de rotura para las clases y tipos (contrastando datos de peso, equivalente y número de fragmentos), la reconstrucción de formas completas de vasija (asociación más frecuente de tipos de borde y fondo en los contextos) y la búsqueda de modelos de co-variación entre las variables cerámicas citadas y los datos arquitectónicos, faunísticos y funcionales (morteros, fusayolas, etc.).
A los arqueólogos interesados en probar el sistema, y mejorarlo con sus aportaciones e ideas sobre nuevos análisis, se les ofrece una copia del programa y del inventario, que pueden obtener enviando dos disquettes de 360 o uno de 720 KB o el importe de los mismos al Departamento de Prehistoria de la Universidad Complutense.
En el soporte magnético se incluirá también una explicación de los códigos y el programa, junto con una introducción general a las Bases de Datos en Arqueología, en forma de archivos de texto (formato Wordstar, Wordperfect o ASCII).
Esperamos que esta nota sirva para iniciar el intercambio de datos con los nuevos medios y la comunicación de experiencias al respecto. |
DESCRIPCION DE LA PLACA
Es una pizarra paleozoica negra que presenta una rotura en uno de sus extremos, cuyo lascado afecta también a una amplia zona de una de las caras.
Las características de los grabados, así como la pátina y concreciones que presenta esta placa, tanto en una observación directa, como a través de una lupa binocular -modelo Olympus SZ-Tr-de veinte aumentos, no permiten cuestionar su autenticidad.
Presenta un borde superíor enrasado y con tratamiento uniforme.
Por el contrario, el inferior ofrece ambos extremos diferenciados por una mayor anchura y convexidad, que coincide con rehundidos en las caras, lo que hace suponer restos de posibles huellas para su suspensión.
Está grabada por las dos caras que hemos denominado A y B, Y en ocasiones los trazos de parte de los animales representados se prolongan también por los bordes.
En el conjunto de ambas superficies se han podido distinguir un total de veintiséis animales, trece en cada una, todos équidos y cápridos que ofrecen una ordenación y disposición pensada.
Los animales aparecen simplemente perfilados, completados con algunos detalles.
De los veintiséis animales sólamente siete están completos: dos caballos, cuatro machos cabríos y una cabra, a los que hay que añadir otro caballo sin línea del vientre y tres más que carecen de patas traseras; en nueve, el perfil se reduce a los prótomos y los cuartos delanteros: dos caballos, un macho cabrío y seis cabras; tres más sólamente son prótomos y a tres de los machos cabríos les falt 9 la cabeza.
Las patas aparecen inacabadas a diferente altura y sólamente se representa una por par, a excepción de uno de los machos cabríos que refleja las dos.
Los detalles que completan el perfilado de los animales son las orejas, que en los machos cabríos se representa una sola, de frente, junto al cuerno posteríor, mientras que en los caballos son dos finos trazos dispuestos paralelos; también la boca y el orificio nasal aparecen reflejados con dos pequeños grabados paralelos más señalados, no obstante dos caballos ofrecen un despiece más complejo de estos detalles; los ojos estan indicados por un pequeño óvalo o punto, aunque algunos de los animales mayores y de grabado grueso y profundo carecen de ellos (Barandiarán, 1972b).
En dos caballos y otros dos machos cabríos aparecen reflejadas las crines y el penacho de la testuz, respectivamente; también la cola, como prolongación de la línea dorsal de la que después salen varíos trazos, se observa en tres caballos y los rabos, en los machos cabríos, son cortos y bífidos en dos de ellos y en un tercero es único, pero remata en un pequeño penacho.
En los cápridos se reflejan también los cuernos que pueden ser simples y más cortos, característicos de las hembras, y largos con doble curva, en los machos; en los machos de mayor tamaño y trazo grueso se indica el sexo.
Sólamente en un caballo y un macho cabrío se señala la línea de despiece del vientre.
Algunos animales presentan delante de la boca líneas o finos trazos que parecen corresponder a la lengua de un caballo, al «aliento» en una cabra y al «aliento» o pilosidades de la barba en otro caballo (Barandiarán, 1984b: 19-24).
También en un caballo y un macho cabrío aparecen clavados en su vientre posibles elementos flechados.
ORGANlZACION y COMPOSICION ESPACIAL
Este soporte aplanado, como los que se conocen de este tipo, bien en piedra o en hueso, presenta decoradas ambas caras, con los grabados dispuestos en hilera, reiterando y completando los temas en una y otra (Barandiarán, 1984a: 132).
En ambas caras y en el conjunto de la pieza observamos una ordenación y disposición de los motivos, así se utiliza el trazo ancho y profundo, mayor tamaño y la disposición en el espacio para resaltar algunos animales en una y otra cara, en torno a los cuales se organizan los demás grabados finos.
En el conjunto de los animales representados existe un predominio de los cápridos, con catorce representaciones, sobre los équidos, con ocho, que aparecen repartidos de la siguiente manera: ocho cápridos y cinco équidos en la cara A, y diez cápridos y tres équidos en la cara B.
El número de cabras es inferior al de machos cabrios, hay siete hembras y once machos; esta proporción varía de una a otra; cinco hembras y tres machos en la cara A, y ocho machos, uno dudoso, y dos hembras en la cara B.
Se observa un papel destacado y un codominio del espacio de caballos y machos cabríos, mayor dominio de éstos en la cara B y de aquéllos en la cara A, ocupando el espacio central y el lateral derecho, quedando la representación de las cabras circunscrita a los núcleos más intensos de asociaciones y superposiciones de animales en ambas caras, es decir, las hembras nunca aparecen aisladas.
PROCESO Y EJECUCION DE LAS FIGURAS
Se aprecian en algunos animales, sobre todo en los de mayor tamaño y trazo más grueso, la existencia de líneas muy finas que corresponden a ligeros esbozos y los trazos de encuadre previos al grabado definitivo.
Estos trazos se distinguen sobre todo en los remates angulares delante de la cabeza o se advierte, en algunas zonas, la finísima linea con la que se realizó la silueta previa, luego en parte rectificada por el grabado definitivo, y también encuadres y esbozos abandonados.
La naturaleza de esta pizarra, con alto componente bituminoso, permite reconocer y apreciar con detalle los surcos y direcciones, es decir, el «ductus», en que se han realizado los diferentes grabados, utilizando diferentes buriles.
Los grabados debieron realizarse en un lapso de tiempo no muy amplio, ya que muestran un mismo proceso conceptual y realizador, como ya se ha apuntado por otras obras de este tipo artístico (Barandiarán, 1984a: 140).
En general, los grabados más anchos y profundos, utilizados para animales destacados, son los que se han realizado en primer lugar.
Los últimos son los grabados finísimos y en medio quedan los grabados finos, pero más profundos.
Por lo general son grabados profundos y claros que representan escasas correcciones, no obstante, se acusan diferentes técnicas en la ejecución de los animales que obliga a admitir más de una mano, aunque dentro de un mismo sentido de la representación y estructura compositiva de la placa (Apellaniz, 1980; Altuna y ApeUaniz, 1978).
CRONOLOGIA y CONSIDERACIONES GENERALES
El análisis estilístico de los grabados proporciona, junto a una serie de detalles arcaicos, otros que indican un grado de evolución y desarrollo del Arte Paleolítico que permiten relacionar estos grabados con un m.omento avanzado del estilo m de Leroi'Gourhan (1971: 150-156).
Esta placa presenta una concepclOn del arte y distribución del espacio que guarda mayor relación con los objetos mobiliares cantábricos (Barandiarán.
1972a). pero sin que falten detalles que permitan conectarla con el ambiente mediterráneo (Pericot.
1978) y por tanto constituir un elemento más para apoyar la idea de que esta zona del interior sirve de relación entre la avanzada meridional del arte cantábrico y el de la zona mediterránea (Fortea.
1983: 10-15). sobre todo cuando la pizarra que sirve de soporte parece proceder del Sistema Central.
En general los hallazgos de Arte Paleolítico del interior son de carácter rupestre. caso de Los Casares y La Hoz (Guadalajara).
Reguerillo (Madrid) en la Meseta Sur. conectados con el foco andaluz y mediterráneo; a su vez La Griega y Domingo García (Segovia). en la Meseta Norte. son puente con los hallazgos del Norte de Burgos. como Atapuerca.
Penches y Ojo Guareña. en relación ya con el foco cantábrico.
En este sentido este hallazgo ofrece un nuevo punto de referencia sobre la ocupación de grupos cazadores en la Meseta Superior y concretamente en su zona Este durante el Pal~olítico Superior. hasta ahora desconocida.
Por otro lado viene a ampliar las escasas manifestaciones artísticas del interior peninsular y sobre todo las mobiliares. que ofrecen mayor rareza. ya que únicamente están documentadas. en la Cueva del Caballón en Oña (Burgos) (Rodríguez, 1916: 189-190; Barandiarán, 1972a: 10 1-102), en la que se halló «un bastón de mando,. con una cabeza de cabra grabada y la escultura de bulto redondo de mustélido del yacimiento de Jarama 11 de Guadalajara (Jorda Pardo, 1986: 20).
Por otro lado, los animales representados en la placa permiten hacer una aproximación al marco ambiental que presentaba esta zona de Villalba en un momento avanzado del Solutrense e inicios del Magdaleniense clásico que se corresponde con el último interestadial de la última glaciación, que dadas sus condiciones climáticas más favorables permitiría y haría más atractiva esta zona del interior a los cazadores del Paleolitico Superior (Sauvet, 1983: 15). |
y marfil -clasificados como peines-hallados con relativa frecuencia, en fases del Neolítico, Calcolítico o Bronce en yacimientos ubicados en el actual territorio de España y Portugal, pretendemos analizar las distintas hipótesis emitidas sobre su empleo prehistórico.
Aunque éste, en algunos casos, ha resultado problemático, la documentación bibliográfica acumulada puede facilitar el futuro estudio y reconocimiento de estos singulares elementos culturales.
n Museo Arqueológico de Barcelona.
(1) Aunque raros existen peines moldeados en bronce.
Un ejemplar peninsular, con forma de peineta, seria el de los _campos de hoyos» de Landaxto (Lista 1).
De un yacimiento del Bronce medio (Jura) es un peine rectangular con una perforación cerca del borde superior, este se proyecta hacia los lados en forma de cabeza de ánade (Museo de Berna).
Colgando en la parte central de una cadena, también de bronce, se encontró un peine en la rica sepultura de inhumación Mia del Bronce final (Tauvel, 1973: 231, Fig. 4).
En un contexto romano de Egipto apareció un peine con doble hilera de dientes cortos y un calado en el cuerpo (Flinders Petrie, 1901: PI.
Son tres ejemplares diminutos, posiblemente votivos.
Diversas piedras (obsidiana, serpentina, mármol) se han utilizado para elaborar imitaciones de peines (Flinders Petrie, 1920: Lám: XXX).
Del megalito de Prais das Maltas es un objeto de alabastro parecido a un peine (Leisner, Zbyszewski y Veiga, 1969: Lám.
Su contorno antropomorlo permite interpretarlo como un ídolo-placa (cronologia app.: 2900-2600).
Presenta por debajo de una redondeada protuberancia superior con perloración central, surcos horizontales grabados; en el cuerpo los surcos son longitudinales simulando dientes o pliegues de un vestido (?).
Se trata de hallazgos cuyo amplio marco temporal-cultural se extiende desde el rudimentario peine (Fig. 4, 1) del horizonte de transición Epipaleolítico-cerámica impresa de la cueva de Les Mallaetes (Fortea, 1973: 169), abarca diversas fases de ocupación de cuevas de habitación o inhumación, dólmenes, tholos, algunos poblados, llegando hasta los ejemplares de yacimientos argáricos.
No incluimos en esta revisión los peines provenientes de contextos protohistóricos (Lista 1) y la peineta de oro del tesoro de Caldas de Reyes, fechado hacia mediados del II milenio a.e.
La descripción de materiales asociados -en ocasiones de confuso registro o de antiguas prospecciones-así como las relaciones cronológicas (CI4) entre yacimientos, desde el Neolítico hasta el Bronce (ver Schubart e Sangmeister, 1983-84: Fig. 2) desbordarían el propósito concreto de este estudio.
Bonet y Mata (inédito).
Un hecho a destacar es la aparente mayor densidad de peines -en relación con el área territorial-en la Península Ibérica que en yacimientos occidentales y centroeuropeos donde la tipología de materiales (líticos, cerámicos, metálicos), estructuras de habitación y inhumación reflejan evoluciones culturales comparables (2).
También cabe señalar la notable coincidencia de hallazgos de peines en yacimientos peninsulares localizados en zonas costeras mediterráneas y principalmente en las sud-atlánticas (Fig. 1).
Lo cual hace pensar nuevamente en posibles contactbs marítimos con culturas de más temprana neolitiza-
(2) De la revisión bibliográfica contamos con los llamados cpeignes a carden de contextos neolíticos (cuevas Resplandy, Sargel 1) franceses; campanifonnes (Achenheirn) y de varios yacimientos coetáneos suizos.
Son láminas delgadas, curvas, largas (15-20 X 2-3 cm.) con un extremo bifido, obtenidas por el corte longitudinal de costillas.
Su fragilidad sugiere que no servirian para cardar lana (actualmente se ha puesto en duda tal uso, considerando impropia su denominación).
De la fase Lagozza-Cortaillod (yacimientos fenil y Bienner-see) son los peines de ornamento fonnados con palillos sujetos con fibras de junco (cesteria) (Bailloud et Boofzheim, 1976: PL XL, 21).
En los yacimientos sernisumergidos (cultura Ródano-Saona) de Chalain, Charavines, Auvemier, se documentan algunos peines de madera con una hilera de dientes largos y numerosos.
Un conjunto de diez peines procedentes de varios contextos suizos se exhiben en el Museo de lurich (Wyss, 1973: 78).
FJ peine de mayor tamaño (8 X 6 cm.) es de madera, cultura Lagozza-Cortaillod, (Bailloud et Boofzheim cit.: PL Xl.ll).
Diferentes de los peninsulares, mediterráneos y centroeuropeos son los peines realizados en hueso, cornamenta de ciervo, costillas de ballena, hallados exclusivamente en regiones nórdicas, en contextos Bronce final y posteriores, registrándose más de 700 en Gran Bretai\a (Hodges and Hedges, 1977: Flg.
Se trata de peines largos (10-20 cm.), fuertes, con variable número de dientes separados de diversa longitud; su utilización en telares ha sido muy debatida.
En los túmulos del Bronce de Dinamarca dentro de sarcófagos de madera con restos femeninos o masculinos, entre annas, ornamentos y textiles han aparecido peines pequeños de cuerno (Glob, 1983: Fig. 14 ción (3).
Las caracteristicas esenciales significativas (funcionales) de los peines peninsulares coinciden con las de ejemplares foráneos (4).
No obstante sus formas y dimensiones no son susceptibles de atribuirse a un determinado prototipo (s) siendo comunes y de larga pervivencia en otros contextos prehistóricos europeos.
Por ello se obse, rva un desfase cronológico entre ejemplares de hueso similares, como serían los trapezoidales con una protuberancia superior.
Por ejemplo citaremos a
(3) Desde el IX milenio (Natufiense•Epinatufiense) se registran objetos dentados en el Próximo Oriente.
Del vn milenio es un peine elaborado sobre costilla de bóvido cortada transversalmente.
En la cueva de Kitsos (Atica), asociado con cerámicas lisas del Neolítico inicial. apareció un peine con cuatro dientes largos (ver Fig. 8).
(4) Es interesante mencionar la forma semejante de algunos peines peninsulares a la de ejemplares del Bronce final egipcio que tienen paralelos con los de Ay en Palestina (Hennesy.
6). los de la cultura Ausonia II (app.
2500 a.e.) y los tres de la cueva Alta de Montefrio (app.
En todo caso los peines peninsulares serian producciones autóctonas, individuales y heterogéneas, de algún modo inspiradas por un modelo (s) o ideas transmitidas.
Es decir, no representan creaciones espontáneas, originales y aisladas del avance cultural desarrollado en distintos focos europeos desde el quinto milenio.
1: Cueva de Los Murciélagos de AlbuñoL Colección Góngora en MA.N. (Lóp~l.
(5) Agradecemos la ~olaboración de Auxilio Moreno Onorato por facilitarnos los dibujos con escala de los tres peines de Montefrio.
INTERPRETACIONES SOBRE EL POSIBLE USO DE PEINES PREHISTORICOS
En primer lugar es razonable interpretar como objetos de tocador a los objetos de hueso, marfil o madera que presentan dientes de un cierto largo.
El corte, peinado y adorno de la cabeza se documenta en el arte rupestre del Neolítico africano (Lhote, 1982: 88); en las melenas cortas de figuras humanas del arte parietal peninsular; en los elaborados peinados (trenzas, bucles) de bajorelieves y pequeños objetos (sellos, plaquetas, ídolos) mesopotámicos (Furlong, 1987); en las variaciones estilísticas del peinado griego en diversos períodos (Koester, 1908); en la hábil representación esquemática de largas cabelleras -con posible simbolismo-mediante motivos en zig-zag, en estatuillas votivas calcolíticas de El Malagón, Marroquíes Altos (Arribas, 1977: 74-76, Fig. 79, Lám.
Los peines con perforaciones en el extremo proximal pudieron llevarse colgados para no perder objetos de higiene personal o como emblema profesional.
Existen referencias, en textos mesopotá-micos y egipcios, sobre el oficio de barberos-peluqueros al servicIo de personajes importantes, también de itinerantes y de otros especializados en la producción de pelucas y barbas postizas usadas en ceremonias.
Comparando el número de dientes por centímetro de peines prehistóricos con el de peines actuales comprobamos, en algunos casos, su coincidencia.
Las pequeñas dimensiones de los peines reseñados, así como las de ejemplares del Próximo Oriente (Egipto,.
Palestina, Siria), del Mediterráneo: chipriotas, minoicos, micénicos (Buckholz, 1984/85) y centroeuropeos (Wyss, 1973: 78) parecen no ser las apropiadas para peinar la cabeza (6).
Pero, considerando la persistente continuidad de ejemplares con esas dimensiones cabe suponer eran efectivamente usados para el paciente peinado del cabello (con posible ayuda de otra persona).
Seguramente su tamaño estaría condicionado a la propia naturaleza del material utilizado y al proceso de abrasión y pulimento, resultando formas de pequeñas dimensiones (7).
Peines de marfil, hueso y madera con doble hilera de dientes (generalmente más finos en una de ellas), sin duda usados para el peinado, se documentan en el Egeo desde el n milenio (Buckholz, 1984/85: Figs.
Este tipo de peine doble (también de pequeño tamaño) no parece haber sido asimilado hasta época romana en Iberia (8).
Todos los peines peninsulares del primer milenio (Lista 1) tienen una sola hilera de dientes, frecuentemente decorados y algunos son de mayores dimensiones (producciones en marfil andaluzas).
Son también denominados peines ciertas láminas de hueso de contorno elipsoidal o rectangular alargado en cuyo estrecho extremo distal presentan estrías. pequeñas muescas o incipientes dientes.
Su empleo se identifica con simétricas decoraciones impresas efectuadas en pastas cerámicas (6) Peines largos con empuñaduras de pájaros (relacionados con ciertas divinidades) y escasos dientes, hallados en tumbas egipcias, fueron interpretados como de ornamento (Flinders Petrie, 1920: Lám.
XXIX), para el cabello serian otros de menor tamafto.
(7) El repetido hallazgo de peines en estructuras sepulcrales -individuales o colectivas-en áreas donde los restos de hábitats son escasos, puede inducir a pensar si estaban depositados como objetos de prestigio efectivamente relacionados con el peinado de los difuntOs o si eran sustituidos por pequeilas reproducciones simbólicas.
(8) Los peines de algunos yacimientos romanos suelen ser de tamafto mayor, a veces con doble hilera de dientes y éstos en número comparable con el.de pemes prehistóricos (Riba, 1986: Figs.
en crudo: surcos paralelos continuos, verticales formando metopas, bandas en zig-zag, pequeñas impresiones rectangulares o cuadradas distribuidas en bandas paralelas.
Esta temática decorativa «a peine» convive con las impresiones efectuadas con punzones y conchas, de las cuales se distinguen por el relieve y profundidad (Roudil, 1972).
No pueden confundirse las decoraciones «a peine» con las llamadas cerámicas «peinadas» que presentan en toda la superficie un irregular y fino estriado (posiblemente realizado con fibras).
Los objetos dentados empleados para la decoración son en definitiva útiles de alfarero (Fig. 4), (Fortea, 1973: Figs.
6, 1,2).5: Cueva de Los Murciélagos de Zuheros (Vicent y Muñoz.
Experirnt: ntalmente se han usado para la exacta reproducción de temas impresos existentes en cerámicas del V milenio (Cova de 1'Or, Beniarrés).
En el E. IV (app.: 4200) de la cueva de Los Murciélagos de Zuheros (Muñoz, 1974: 41) apareció un peine que pudo ser el útil artesanal empleado para efectuar los surcos paralelos, rellenos de pasta blanca, de algunas cerámicas «a la almagra-del yacimiento (Vicent y Muñoz, 1973: 91) (9).
Otro útil de alfarero seria el tosco peine de la cueva del Sáhara (Benalmádena) con cuyos dos extremos se efectuarian las escasas impresiones que llevan las cerámicas neoüticas de esa cueva (Braun, 1963: 448).
El peine de Zambujal, el fragmento distal con 5 dientes de la sepultura del Llano de Jautón y el del abrigo de Carrasca ofrecen algunas semejanzas con los útiles para decorar cerámicas.
Existen otros ejemplares de yacimientos portugueses que reúnen algunas de las caracteristicas de estos útiles (Hamson, 1977: Figs.
Ciertos ejemplares con rasgos funcionales apropiados para la impresión decorativa -estrecho extremo distal ligeramente curvo, escasas estrias o cortos dientes-presentan perforaciones en el extremo proximal (Cova de 1'0r, Zuheros, Carrasca) significando se usarian también como colgantes (10).
Un peine problemático es el de la cueva Toralla (Figs.
5, 1), donde materiales de confusa estratificación denotan una utilización del recinto desde un Neolítico final-Calcolítico hasta el Bronce final.
Este peine presenta dos entalladuras laterales limitando el extremo distal con 8 dientes (9) Por gentilexa de la Ora.
Mui\oz contamos con el dibujo original.
(10) Objetos dentados, interpretados como útiles de alfarero cuando tienen perforaciones crean un dilema a la hora de dibujarlos.
Por convención tratandose de útiles óseos el extremo distal debe dibujarse hacia arriba.
Sin embargo la existencia de una o dos perforaciones en el extremo proximal los identifica como colgantes y en tal caso el dibujo seria a la inversa.
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¿Fue un peine para el cabello o para decorar cerámicas?
Otro caso dudoso es el curvilíneo peine de Serra das Aguas (Figs.
S, 2) con un borde recto (30-33 mm.) donde presenta restos de una hilera de dientes (5-6 por cm.) conservando algunos de sección triangular.
¿Pudo ser un peine de cabello aprovechado como útil de alfarero?
La concomitancia de cerámicas con decoración impresa «a peine» y el propio útil ocurre en contados yacimientos, aunque se evidencie su empleo en la pervivencia de esa técnica decorativa hasta el Bronce final (11).
Objetos dentados con un estrecho extremo distal serían precisamente los idóneos para efectuar, en proporcionadas combinaciones, impresiones decorativas sobre las paredes de vasos de pequeño y mediano tamaño (siendo infrecuente tal decoración en los de gran volumen).
Sin embargo se ha supuesto que ciertos ejemplares con numerosas muescas o pequeños dientes en un ancho extremo distal rectilíneo pudieron utilizarse para tal fin.
Un caso sería el peine de la cueva de La Barcella (Figs.
Es este un peine de contorno trapezoidal (cuyo extremo proximal desaparecido pudo terminar en una protuberancia) con un extremo distal rectilíneo (30-33 mm.) donde presenta una hilera de uniformes muescas marcando el inicio de dientes posiblemente recortados (Figs.
Otro ejemplar de hueso de contorno trapezoidal (Figs.
S, 4) con una pequeña protuberancia superior es el de la cueva Marcella; presenta en el borde recto (40-45 mm.) deliberados dientes cortos.
Es un pseudo-peine, también asociado con cerámicas lisas, con un peculiar reticulado en toda la superficie (decoración frecuente en objetos de hueso y cerámicas calcolíticas).
De yacimientos ubicados en la cuenca del Ter (Catalunya) son tres peines de contorno rectangular (Fig. 6) que tienen bordes distales rectos (Griuteres: 85 mm.; Pont del Gurri: 82 mm.; Rialb: 70 mm.) con numerosas muescas señalando el inicio de dientes.
Estos nunca podían ser prominentes debido a la dimensión de las costillas de bóvido, cortadas transversalmente, utilizadas en su elaboración (¿intencional?) (13).
La presencia de una (Rialb) y dos perforaciones (Griuteres, Pont del Gurri) conduce a interpretarlos como colgantes (Guitart, 1986: 9).
Según el criterio antes enunciado no servirían, debido a la longitud del extremo distal, para efectuar impresiones «a peine».
Estos tres ejemplares se hallaron entre materiales revueltos de varios periodos culturales, desde un Neolítico final-Calcolítico (Daura y Puigví, 1982: 92-93; Castany, 1979) (14).
Es reiteradamente mencionada la subjetiva hipótesis que relaciona los hallazgos de peines con tareas textiles.
Hipótesis posiblemente derivada del léxico y del empleo de peines, en épocas históricas, para cardar y en telares (con procedimientos diferentes de los prehistóricos).
Debe tenerse en cuenta que las fibras, fueran de qrigen animal o vegetal, antes de ser hiladas debían someterse a tratamientos recios para disgregarlas y obtener delgados filamentos.
Cuanto más cortos y finos mejores resultados y tenacidad se obtenían (por la natural imbricación de las escamas existentes en la superficie de los filamentos) durante el movimiento giratorio del huso (Castro Curel, 1982: 128).
Los hilados identificados en restos textiles prehistóricos peninsulares son mayoritariamente (11) En yacimientos europeos geográfica y temporalmente alejados aparecieron peines semejantes a los empleados para la decoración impresa (ver Fig. 8).
Uno sería el de Plaidt (Bailloud, 1964: 30) donde las cerámicas neolíticas (Michelsberg) con influencias danubianas tienen impresiones coincidentes con el peine hallado en ese yacimiento.
En los poblados Bronce final de Eldon's Seat y de Shearsplace Hill los peines publicados son similares a los útiles de alfarero; sin embargo fueron considerados como peines para la industria textil.
(12) Agradecemos al Dr. Llobregat e! detallado dibujo de! peine.
(13) De tumbas egipcias son unos peines o pseudo-peines rectangulares de hueso y de piedra, con una o dos perforaciones y muescas simulando dientes en e! borde longitudinal (Flinders Petrie, 1920: Lám.
XXX). ( 14) En la vecindad de estos yacimientos se encuentra la cueva de Les Pixerelles donde, excavaciones en curso (Rauret.
1987), han alcanzado hasta el E. XVII con fragmentos tipo Veraza, también presentes en los yacimientos con peines.
El estrato más fértil de esta cueva (E. Xm) corresponde al Bronce medio (CI4: 1680 y 1 \30) dataciones que bien pudieran asignarse a los tres peines análogos y al peine argárico de Fuente Alamo. de 0,1-1,0 mm. de diámetro, lo cual da idea de la pericia en su obtención (15).
El pelo de las ovejas era arrancado manualmente de la capa cercana a la epidermis, donde crecían los más suaves y cortos.
Los hilados de lana identificados en tejidos del Bronce (Dinamarca) están formados por filamentos de 14 miérones no encrontrándose entre ellos los más gruesos de las capas superiores del vellón (Ryder, 1986: Fig. 2) (16).
Los peines de cardar lana conocidos proceden de contextos (15) Plinio (N.H. XIX) explica como los tallos del lino se maceraban durante días de calor para facilitar mediante su putrefacción la liberación de fibras y como después de~arIas se golpeaban con piedras hasta conseguir filamentos adecuados para el hilado.
(16) Ryder, investigador de razas ovinas prehistóricas, ha sugerido el posible uso de los peines largos -hallados en Gran Bretailapara arrancar los pelos de la capa inferior del vellón. romanos ~' posteriores, son fuertes instrumentos de hierro con dientes largos (Hoffman, 1964: 284), de épocas en que todo el vellón era aprovechado y se esquilaba con tijeras.
Por otro lado los peines prehistóricos no servirian para ajustar horizontalmente los hilos de trama en telares primitivos (Castro Curel, 1983/84).
El uso de peines es inoperante, distorsiona el paralelismo de los hilos verticales (urdimbre) y los debilita por continua fricción.
El ajuste de la trama en telares nórdicos con pesas se hacía con un instrumento plano, alargado, de madera, hueso y hasta de hierrro (sword beater).
Experimentalmente se ha comprobado su eficacia y cómo con la ayuda de los dedos o de punzones se corrige alguna eventual irregularidad del paso del hilo de trama.
En este sentido falta una documentación especial sobre espátulas de hueso (de frecuente hallazgo y de varios tamaños) que bien pudieron servir para ajustar la trama en telares horizontales o verticales.
El uso de peines de dientes cortos quizá fuera para la extracción de cuerpos extraños y suavizado (cardado) de las telas una vez terminadas; pero, estas operaciones finales, según mencionan las fuentes latinas, se realizaba con los receptáculos florales de plantas del gen.
Cardus o bien golpeándolas con palas de madera como muestran las representaciones romanas de fullonicae (Wild, 1970: 82-85).
Otros autores (Childe, Stordeur) han sugerido el uso de peines para la limpieza de pieles, como era practicada por esquimales con unos peines cilíndricos (vaciado de huesos largos) con dientes de 2 cm. de largo.
En ajuares sepulcrales han sido más frecuentes los hallazgos de peines, al parecer integrando un ritual arraigado durante milenios, en diversas culturas.
¿Fueron los peines depositados en tumbas objetos utilitarios o simbólicos?
¿Serian un modo de identificar a los difuntos por sus actividades en vida?
En cualquier caso las sepulturas han sufrido menos expoliaciones y destrucción que los poblados (ver Nota 7).
El peine, en estrecha relación con el cabello, tendría un legendario simbolismo representando la fuerza física o el poder (Buckholz, 1984/85: 96-97) (17).
La calvicie era un castigo divino y el rapado de la cabeza, como señal de infamia, un castigo infligido a los culpables (practicado hasta en épocas contemporáneas ).
La presencia concreta de peines o su representación esquemática no parece fortuita y puesto que sólo se encuentran en algunas tumbas, tal vez señalarian alguna condición particular de los difuntos.
Con antecedentes en el peine representado encima de una figura humana en el ortostato frontal del dolmen pintado de Antelas (Albuquerque y Veiga, 1977: Lám.
VII) aparecen peines, con una hilera de dientes y algunos con protuberancias superiores, asociados con panoplias de guerreros, en una serie de estelas del Bronce final (Almagro Garbea, 1977: Figs.
La existencia de perforaciones en algunos peines suponen la intención de usarlos como colgantes, posiblemente como amuletos profilácticos (18).
Los peines de marfil de Casainhos, Los Millares, Samarra (Fig. 7), ejecutados sobre un material (17) De acuerdo a la leyenda Sansón perdió su fuerza cuando Dalila le traicionó cortándole el pelo mientras dormía.
(18) La tradición del uso del peine, fuera como colgante o como amuleto, se refleja en la sepultura de Mia (ver Nota 2).
Colgando de la misma cadena, pero lateralmente, se encontraba otro objeto de bronce.
exótico, de carácter suntuario, cabe suponer eran ofrendas póstumas o pertenencias de individuos destacados (19).
El pseudo-peine del dolmen de Casainhos, de contorno trapezoidal invertido con dos prolongaciones laterales del borde superior, lleva surcos paralelos longitudinales simulando dientes en la cara anterior y de menor largo en la posterior.
Otro peine singular por sus dimensiones, forma y decoración, es el de la tumba 12 de Los Millares que presenta bandas de incisiones en zigzag, motivo frecuente, de raíz neolítica, en placas y cerámicas del yacimiento (también empleado para la representación de cabelleras en ídolos votivos y betilos).
Lo peculiar de este peine es la parte superior que se prolonga en dos dobles arcos divergentes como empuñadura (ver Nota 7).
El objeto dentado de la cueva sepulcral de Samarra, elaborado sobre una delgada lámina de contorno elipsoidal, presenta cinco profundos surcos iniciados en el festoneado extremo proximal que se bifurcan formando seis dientes aguzados de sección cilíndrica.
Dos perforaciones superpuestas aparecen en el centro de la pieza.
¿Pudo servir como horquilla para el cabello, como sujetador de un manto o como colgante? (20) El pequeño peine de marfil de Huerta de Dios (Figs.
7, 4) ofrece (19) Sobre la presencia de marfil proveniente del Magreb, cuyo testimonio son los numerosos objetos realizados en ese material, desde d Calcolítico, quedan aún por aclarar cuáles fueron las motivaciones del intercambio (Ambas, 1977: 73-74; Harrison and Gilman, 1977).
(20) Un extremo proximal festoneado y dos perforaciones superpuestas en la linea media aparecen en un objeto fracturado, interpretado como espátula, de la cueva de los Murciélagos de A1buñol (López Garcia, 1980: 171.
8.-Peines de hueso procedentes de contextos europeos y del Próximo Oriente, cronológicamente dispares, con dimensiones y caracteristicas comunes en ejemplares peninsulares.
4: Plaidt, Neolítico centro europeo (Bailloud el &ofzheim, 1976: Lám.
una factura más rudimentaria; los bordes son curvilineos, en el superior se insinúa una protuberancia (Enriquez Navascués, 1983: 297), los dientes y muescas aparecen tallados irregularmente en el borde inferior recto.
Un peine, supuestamente de marfil, seria el de Fuente Alamo, de contorno rectangular con incipientes dientes en el borde longitudinal y dos perforaciones.
En el dibujo de este peine (Album Siret, 1890) puede observarse, en las fracturas laterales, el tejido esponjoso de una costilla de bóvido.
Se encuentra agrupado con ejemplares semejantes (Figs.
Recapitulando, hemos visto que en poblaciones precerámicas del Próximo Oriente ya eran elaborados objetos dentados de hueso.
En la Península Ibérica aparecen en niveles del Neolítico inicial. detectándose su utilización, de larga pervivencia, en la decoración impresa de cerámicas.
En contextos Calcolíticos y Bronce, paralelamente al aumento demográfico, se multiplican los hallazgos, diversificándose el material empleado (hueso, madera, marfil), y las formas.
Estas presentan dimensiones y características comparables con las de peines mediterráneos y continentales coetáneos.
Evidentemente, a pesar de su pequeño tamaño, algunos debieron ser usados para el necesario arreglo del cabello, tal como documentan las representaciones, en varios medios, de figuras humanas con diversos estilos de peinado de cabelleras y barbas.
Otros adquirieron algún significado esotérico, llevándose colgados como ornamentos o participando como objetos votivos en el ritual funerario, tal vez como símbolos de diferenciación jerárquica o profesional.
Por los argumentos citados en el texto, tanto los peines descritos como los del primer milenio a.e.
(Lista 1) no fueron idóneos en tareas de carda o tejido. |
EL IDOLO DE ~(EL LOMO» (COGOLLUDO, GUADALAJARA) POR JESUS VAUENTE MALLA n RESUMEN Se estudia un bloque de piedra esculpido, procedente del poblado de «El Lomo,.
Es un fragmento de estalagmita que, en su estado natural. podía sugerir una semejanza con los «ídolos ovoides», sobre guijarros, que se caracterizan por llevar una ancha acanaladura longitudinal.
Esta sugerencia se completó por el procedimiento de tallar en la parte superior del bloque otra hendidura profunda que le confiere la apariencia de un «ídolo de cuernos».
Estas piezas de intencionalidad simbólica son propias de ambientes eneolíticos.
El ídolo de Cogolludo apareció en una hoya que corresponde precisamente a la primera fase, eneolitica, del poblado, a juzgar por las cerámicas que la acompañaban.
Para esta fase (El Lomo 1) contamos con dos fechas radiocarbónicas en torno al año 2100 a.e.
1.-Mapa de situación de «El Lomo» (Cogolludo, GuatÚllajara).
han aparecido más de veinte enterramientos individuales, a propósito de los cuales cabe hablar de una extensión del rito «argárico. hacia el interior de la Península, dicho sea con todas las salvedades y a falta de las necesarias matizaciones (Valiente Malla, 1987).
El análisis de los resultados obtenidos durante las tres primeras campañas arqueológicas (1982)(1983)(1984) ha pennitido establecer, además de la división del poblado en zonas, un desarrollo del mismo a lo largo de un doble momento cultural y cronológico.
La etapa más antigua corresponde al Eneolítico; sus rasgos definitorios más sobresalientes son las cerámicas lisas, con perfiles continuos o levemente sinuosos y superficies alisadas con un pulidor ancho que deja huellas en distintas direcciones.
Estas cerámicas aparecen generalmente en hoyas de escasa profundidad y relativamente anchas, distintas de las que han aportado materiales caracteristicos de un Bronce pleno, que son más profundas que anchas, si bien aparecen cortadas por pavimentos de material calcáreo que delimitan, en la parte superior de las hoyas, espacios útiles de proporciones semejantes a los que presentan los fondos más antiguos.
La cronología que insinúa la comparación de estos dos conjuntos de hoyas con otros asentamientos de la misma área cultural queda confirmada por cuatro fechas radiocarb6nicas. que sitúan el poblado de El Lomo entre 2100 y 1400 aC.
Para el objeto de esta noticia, que es presentar una pieza lítica singular, interesa advertir que las hoyas más antiguas aparecen ahora irregularmente repartidas por las dos zonas que hemos señalado.
En la zona A se sitúan sin ningún orden aparente entre las más recientes, mientras que en la zona B se alinean al margen norte del ámbito que hemos caracterizado como área de habitación.
El dato es susceptible de una doble interpretación; podría ser indicativo de una estratigrafía horizontal, lo que significaría que el poblado se desarroUó a partir de una ligera elevación que marca el borde norte de la meseta en dirección al centro de la misma, o que a lo largo de la existencia del poblado se vaciaron y reexcavaron en profundidad las hoyas más antiguas para acondicionarlas a nuevas exigencias.
Entre las hoyas situadas en la zona marginal de la zona B, la que denominamos 14E-l se singul3.riza por algunas de las piezas que proporcionó (Fig. 2).
Es una cubeta ancha y poco profunda, de 1,40 m. de ancho por algo menos de 0,50 m. de profundidad, excavada en un estrato de caliza blanda y compacta.
Contenía un reUeno homogéneo consistente en tierra de color ocre ceniciento.
Al igual que ocurre en casi todas las hoyas de la zona B, lo mismo antiguas que recientes, los materiales recuperados en ésta son ante todo de carácter doméstico: restos de un pavimento, algunas molederas de buen tamaño, de esquisto o arenisca, huesos de animales y, sobre todo, cerámicas, que presentan los rasgos habituales de las correspondientes a la fase más antigua del asentamiento: superficies bien alisadas con un pulidor que deja trazos anchos, o muy finamente bruñidas, aunque no faltan las piezas de factura y acabados más toscos.
Destacan en este conjunto varios fragmentos de un mismo recipiente que ostenta, al exterior del borde, una de las escasísimas decoraciones halladas en el yacimiento, concretamente un sencillo tema de medias lunas enlazadas por los picos, a modo de guirnalda, de trazo seguro y regular apenas marcado, al estilo de las decoraciones bruñidas (Fig. 3, núms.
Es otra pieza singular recogida en esta hoya (Fig. 3, n.o 1).
Se trata de un bloque natural de calcita muy pura (1), probablemente una estalagmita.
Presenta forma troncocónica de base elíptica convexa; mide 166 mm. de alto, 150 mm. de ancho menor y 178 mm. de ancho mayor en la base.
El bloque original tiene en el lado que podemos considerar frontal una hendidura rellena de una formación esponjosa de la misma composición que el resto de la pieza.
La labor escultórica (que afecta únicamente a las zonas marcadas con trazo grueso en la Fig. 3, n.o 1, a) consistió en tallar la base con golpes someros y en practicar un rehundimiento en la zona superior a modo de surco profundo.
En el reborde derecho de la hendidura frontal hay unas mellas que parecen debidas a roturas accidentales.
Para la interpretación cultural de esta pieza ha de tenerse en cuenta ante todo que nada indica que se trate de un ~~útil».
No es un morillo, porque no presenta señal alguna de la acción del fuego, que, por otra parte, habria calcinado el bloque y provocado consecuentemente su desintegración.
La forma de la hendidura tampoco se prestaría a utilizar el bloque como soporte de recipientes, ni muestra el pulimento que cabría esperar en un alisador.
Se trataría, en definitiva, de una verdadera escultura de carácter simbólico, pero de un tipo peculiar, como indica el hecho mismo de que es una pieza realizada a partir de un material que, por sí mismo y en estado natural, remitía a cierto tipo de representaciones simbólicas.
La intervención del escultor se limitaría a subrayar y completar la sugerencia que de por sí implicaban la forma, el volumen y las proporciones del bloque original, junto con la hendidura que mostraba en la zona frontal.
EL IDOLO DE COGOLLUDO y LOS IDOLOS CON ACANALADURAS
Es precisamente este rasgo -la acanaladura que recorre verticalmente el frente del bloque-el elemento básico que permite comparar la escultura de Cogolludo con los llamados «ídolos ovoidales», cuyo rasgo diferenciador es precisamente un surco practicado generalmente sobre guijarros ovoides.
64-65); hay autores que les atribuyen funcionalidades diversas (mazas, afiladores, etc.), incluso en los casos en que la presencia de una profusa decoración les confiere un cierto aire suntuario (Piñón Valera, Bueno Ramírez.
Para aclarar esta cuestión es ilustrativo el ídolo de Puig Pelegrí (Almagro Basch, 1970: 169-73), con una representación decididamente antropomórfica, que probablemente ostenta también el ídolo de Noceda, en este caso con la dualidad masculino-femenino repartida en ambas caras (Almagro Basch, 1971: 305-312).
El ídolo de Puig Pelegrí ostenta una ancha acanaladura latitudinal; el de Noceda muestra en cada cara una estría longitudinal que no presenta mayor desgaste que los demás surcos que configuran el tema representado.
No parece que en estos casos quepa hablar de utilitarismo, sino que se trata de piezas de clara intencionalidad simbólica y, más concretamente, por vía de sugerencia antropomórfica.
Así lo confirma el tema representado en el ídolo de Ciudad Rodrigo, de tamaño mayor que el habitual en estas piezas, pero situado claramente en su misma línea significativa.
En este caso, la representación antropomórfica se acerca más a lo naturalista y su identificación no ofrece duda alguna (Almagro Basch, 1969: 321-32.2; Lám.
El ídolo de Ciudad Rodrigo puede considerarse excepcional por su tono naturalista, a
(1) Su análisis ha sido realizado por la Dra.
Ana M. a de Andrés, del Instituto de Química Inorgánica.ELHUYAR», del e.S.le. diferencia del grado extremo de abstracción que se da, por ejemplo, en ejemplares de San Bartulumé de la Torre, Huelva (Garrido Roiz, 1971: 113-15; Fig. 12), entre los que hay un fragmento de cuarcita correspondiente a la cara superior de un guijarru ovoide muy abultado con ancha acanaladura que genera dos protuberancias que recuerdan la parte superior de los «ídulos de cuernos»; la superficie muestra círculos y óvalos que se comparan con símbolos de la divinidad representada sobre un vaso de la sepultura 1 de Los Millares y con representaciones esquemáticas extremeñas.
Otra pieza de San Bartolomé de la Torre. completa, de mármol. tiene forma ovoide y ostenta una ancha y profunda acanaladura longitudinal, con líneas perpendiculares a ambos lados.
Se interpreta comu una representación del sexo femenino. tema frecuente en círculos agrarios. «en los que la fecundidad de seres y plantas es parte mtegrante del complejo de ideas mágico-religiosas».
Responderia a la misma idea que las figuraciones de los «ídolos-placa».
Una tercera pieza de la misma procedencia (Almagro Garbea.
2 3) es también de forma ovoide, con ancha acanaladura longitudinal y lineas convergentes a la misma, que aparecen también al dorso.
La misma idea se materializaría en un ídolo de La Pijotilla (Badajoz), sobre guijarro ovoide. con ancha acanaladura hacia la que convergen por ambos lados líneas incisas. que se interpreta como representación de la vulva femenina.
Quizá entren también en este mismo orden de representaciones las pequeñas hachas votivas con escotadura o surcos como las procedentes de las terreras del río Henares (Valiente Malla.
2 1) y Palenzuela (Palencia), en ambientes de raíz eneolítica cuanto menos, a los que se asigna una cronologia entre 2000-1800 a.e.
Resumiendo las anteriores consideraciones, parece incuestionable que en el conjunto de los «Ídolos ovoidales» ha de afirmarse una intencionalidad simbólica, al menos para una buena parte de estos objetos.
La pieza de Cogolludo que estudiamos, por sus mismas características naturales, remitía a este tipo de plástica simbólica.
EL IDOLO DE COGOLLUDO y LOS dDOLOS DE CUERNOS»
Pero la intervención del escultor no se limitó a un mero acondicionamiento del bloque natural.
Por el contrario, lo que de por sí sugería la hendidura frontal se subrayó tallando la parte superior, de forma que se acusaran las dos protuberancias laterales que confieren a la pieza una capacidad de sugerencia más intensa, que la aproxima a un grupo distinto de creaciones simbólicas.
Nos referirnos concretamente a los llamados «ídolos de cuernos», cuyo estudio se inicia con la publicación de los hallazgos de Vila Nova de S. Pedro, correspondientes al Período 1 de aquel yacimiento según la periodización de H. N. Savory, es decir a la fase anterior a la construcción del gran bastión (Savory, 1972: 27-28; Fig. 4, núms.
Se describen en principio como utensilios (pes de fogareiro); están modelados en barro y tienen la base plana o ligeramente cóncava; llevan la parte superior hendida y perforaciones horizontales que atraviesan todo el bloque; Savory los relaciona con ídolos anatólicos, egeos y balkánicos, y los interpreta, junto con los copos canelados (Do Pac;o, 1959: 252-260), como exponentes de un «horizonte de importaciones» que certificarían la conexión efectiva
(2) Subraya V. Hurtado la dificultad que se plantea a la hora de atribuir una significación precisa y la condición misma de objetos religiosos a algunas de estas piezas. y ello por varias razones. como el desconocimiento del contexto arqueológico en muchos casos y nu~tra irremediable ignorancia acerca de la religiosidad megalitica.
En este caso estarian especialmente los citados ídolos de San Bartolomé de la Torre y La Pijotilla. que podrían responder a una finalidad práctica. pero sin descartar la posibilidad de que se util~an «en ocasiones especiales. como ceremonias de mimesis ritual. pero muy difícilmente cabe considerarlas como símbolos de fertilidad o ídolos-vulva.. con el Próximo Oriente, problemática en la que ahora no entramos (Ramos Millán, 1981: 203-56).
La interpretación de Savory fluctúa entre la caracterización como ~~soportes para espetones» o como «ídolos espetones» (Savory, 1968: 137; Fig. 43, a-d).
K Spindler halló fragmentos de piezas semejantes en Pico Agudo (Torres Yedras, Lisboa)'y propone una reconstrucción de las mismas a partir de la revisión de una pieza de Vila Nova de S. Pedro anteriormente publicada por Savory (Spindler, 1971: 64; Fig. 6, núms.
Las piezas de Pico Agudo serian realmente ídolos, a juzgar por el esquema de ~<ojOS» que ostenta la de Vila Nova de S. Pedro y los antecedentes egeo-anatólicos que se les suponen, En tal sentido se cita un trabajo de Diamant y Rutter, si bien es cierto que estos autores reconocen carácter simbólico tan sólo a los «cuernos de consagración» cretenses, que incluso serian originalmente objetos domésticos posteriormente sacralizados (Diamant y Rutter, 1969: 175-76).
Es de notar que los fragmentos de Pico Agudo presentan las protuberancias superiores no propiamente en forma de cuernos, sino a modo de muñones redondeados que acentúan la semejanza con otros elementos de indudable intención simbólica, los llamados ~ídolos-falange», sobre tarsos habitualmente de grandes rumiantes, que se interpretan razonadamente como evocaciones de la feminidad en virtud de las decoraciones que a veces ostentan: triángulo sexual. tatuaje facial, ojos, líneas quebradas de los cabellos... en técnica de pintura, grabado o mixta (Almagro Garbea, 1973: 153-168; Figs.
Esta semejanza entre los ~ídolos de cuernos» y los «ídolos falange» ha sido subrayada a propósito de las piezas aparecidas en Valencina de la Concepción (Sevilla), donde se han recuperado únicamente fragmentos, pero en cantidad suficiente para asegurar su identidad con las de otros yacimientos.
Se rechaza en este caso la funcionalidad de «morillos», pues no presentan ni señales de fuego ni el desgaste que cabría esperar en la hendidura superior, de haber servido como soportes de espetones.
Estas piezas aparecen en Valencina de la Concepción formando parte del relleno que colmataba los silos del poblado; son contemporáneas de otros elementos de carácter decididamente simbólico (ídolos antropomorfos, ídolos cilíndricos, ídolos placa, ídolos ovoides... ) y juntos forman un riquísimo repertorio de alusiones a unas fuerzas que no controla el hombre, pero de las que depende absolutamente su existencia.
Se enmarcan exclusivamente en los comienzos de la Edad de los Metales, en torno a la fecha del 2100 a.c., cuando los pozos y silo del poblado estaban ya en proceso de colmatación, antes de la fase campaniforme del yacimiento (Fernández Gómez, Oliva Alonso, 1980: 20-44; Figs.
Es de notar la coincidencia entre la fecha radiocarbónica de Valencina de la Concepción y las dos obtenidas para la fase más antigua de El Lomo de Cogolludo..
También para la ya citada pieza de Vila Nova de S. Pedro se admite, al menos, «una vaga alusión a los ídolos antropomórficos contemporáneos» (Savory, 1968: 137); esta alusión no sería realmente tan vaga, pues se trata de esquemas de «ojOS» o «soles» (Spindler, 1971: 64) que aparecen plenamente desarrollados en los ídolos falange, en los realizados sobre metatarsos e incluso en las llamadas «cerámicas simbólicas» (Martín Socas y Camalich Massieu, 1982) a partir de la fase caracterizada por las grandes fortificaciones en Los Millares, Vila Nova de S. Pedro, Zambujal y establecimientos paralelos.
De esta fase más avanzada hay en Vila Nova de S. Pedro una placa de barro que presenta' el lado superior ligeramente rehundido en el centro y con la representación incisa del pubis femenino en la zona inferior (Savory, 1968: 160-62; Fig. 53, e); podría tratarse de un tipo intermedio, desde el punto de vista formal, entre los <<Ídolos de cuernos» y los «Ídolos placa», con lo que se confirmaría el carácter simbólico de los primeros.
Por otra parte, esta pieza nos aporta un nuevo elemento para interpretar la escultura de Cogolludo, en el sentido de que la hendidura frontal que presentaba el bloque de piedra en estado natural habría sido vista por el escultor como una sugerencia del sexo femenino, que le remitía a otros objetos simbólicos ya conocidos.
Los ídolos de cuernos aparecen asociados a la fase calcolítica precampaniforme de ordinario, a veces con campaniforme, de un conjunto de asentamientos situados preferentemente en los tramos bajos de los ríos Tajo, Guadiana y Guadalquivir (Kalb y H6ck, 1980: 99; Fig, 6; Lám.
Presentan todos ellos una notable uniformidad~n cuanto al material utilizado (barro), formas y dimensiones, lo que contribuye a dar la impresión de que responden a una cierta «canonicidad».
Hay excepciones, como una pieza de Santa Bárbara de Casa, que reproduce la forma cónica, con base elíptica, acanaladura en la parte superior y decoración de es trias que parten de la acanaladura, recorren los laterales y se cruzan en la base, todo lo cual sugiere una síntesis entre los ídolos de cuernos y los ídolos ovoidales (Piñón Yarela, Bueno Ramírez, 1985: 295; Fig. 2).
Otra pieza semejante procede de Aroche; es un prisma con diedros fuertemente suavizados, base elíptica y acanaladura en la parte superior, que le confiere el perfil de un ídolo de cuernos (Piñón Yarela, Bueno Ramírez, 1985: 294; Fig. 3, c).
También procede de Aroche otra pieza semejante a la anterior, pero de menor altura, que podria clasificarse asimismo como un tipo intermedio entre los guijarros ovoides con acanaladura y los ídolos de cuernos (Piñón Yarela, Bueno Ramírez, 1985: Fig. 3, a).
Las piezas onubenses citadas tienen, en comparación con éstos, la peculiaridad de estar realizadas en piedras duras en vez de barro.
Aparte de los ámbitos antes citados, el que podriamos llamar I<tipo canónico» se documenta en conjuntos de la costa levantina (López Plaza, 1975: 503 y nn.
I1) y en el estrato inferior del Morro de Mezquitilla; uno de los ejemplares hallados en este yacimiento es de forma cónica, remata en dos protuberancias verticales y bajo éstas aparecen dos rehundimientos que se interpretan como una reproducción de los «OjOSll, lo que subraya nuevamente su carácter de ídolos, al igual que en tantos otros casos paralelos (Schubart, 1985: 146; Fig. 2, b).
Para los estratos calcolíticos del Morro de Mezquitilla se propone una datación entre la segunda mitad del m milenio y los comienzos del n milenio a.C.
A propósito de estos ídolos de cuernos se ha hablado de una conexión con los altares de cuernos de El Oficio y el Cerro de la Encantada (Schubart, 1976: 188-90; Fig. 8, a; Lám. yn, a).
Sin embargo, no parece que el nexo vaya más allá de una mera e incluso remota semejanza formal o tan sólo semántica, en virtud de la designación, puramente convencional, que se ha dado a los dos tipos de objetos.
De admitirse que las estancias en que han aparecido los «altares» son realmente «santuarios» (Sáchez Meseguer y otros, 1985), aquéllos entrarian en la categoria de «ajuar litúrgico», sin especial significación simbólica, como ocurre con otros elementos materiales asociados al culto (soportes de grandes recipientes, hornillos, altares de ofrendas y sedes o banquetas rituales).
En cualquier caso, los «altares de cuernos» hispánicos se enmarcan en un horizonte cultural -el Bronce pleno-cuyas coordenadas rituales se nos muestran, hasta donde nos es posible rastrear unas realidades ideológicas, profundamente distintas de cuanto podemos entrever para la fase eneolítica.
presentan estas piezas extremeñas la característica perforación en la zona baja.
El poblado de Los Castillejos 1 se remonta a un horizonte calcolítico y carece de elementos asignable~ a una etapa anterior o posterior.
Los yacimientos extremeños marcarían los jalones de la transmisión del complejo de cultura material y espiritual al que se vinculan los ídolos de cuernos y los cuernecillos de consagración (elemento que también aparece en Cagolludo); su foco originario estaría en los asentamientos fortificados del Calcolítico portugués (Delibes de Castro, 1977: 141-148).
En tierras de la Meseta, tanto al norte como al sur de la Cordillera Central, aparecen también piezas de este mismo tipo.
En la submeseta Norte, a su vez, se documentan en dos zonas: la vertiente septentrional de la cordillera y la cuenca media del Duero, concretamente en la provincia de Zamora.
En el primero de estos ámbitos se sitúan los yacimientos abulenses de la Peña del Aguila (Muñogalindo) y Diego Alvaro.
En Muñogalindo hay piezas que corresponden a la funcionalidad de morillos, pero otra serie se ajusta a los rasgos característicos de los ídolos de cuernos, incluida la perforación parcial o completa en la zona inferior (López Plaza, 1975: 499-506; Figs.
La semejanza con los prototipos portugueses resulta más notoria en otra pieza de Diego Alvaro (López Plaza, 1975: Fig. 2, n.o 3), también con perforación completa y una acanaladura que recorre a lo ancho la cara frontal.
Los yacimientos zamoranos se sitúan culturalmente en un Eneolítico en trance de evolución hacia el Bronce pleno, es decir en el paso de una ganadería de ovicáprídos como base económica a una agricultura progresivamente más desarrollada y especializada, que supone una paralela sedentarización.
Los ídolos de cuernos hallados en los yacimientos zamoranos del Teso del Moral, en Cuelgamures (López Plaza, 1979: 99; Fig. 16, n.o 2), y Las Pozas (Delibes de Castro, 1985: Hg. en p.
41) serían un testimonio valioso del proceso de aculturación que experimentan las poblaciones del interior, de raíz neolítica, en el paso hacia una etapa caracterizada además por un urbanismo incipiente y el desarrollo de la metalurgia (Martínez Navarrete, 1984: 17-128).
La cronología de este momento viene dada por las fechas radiocarbónicas obtenidas para Las Pozas, entre los años 2475 y 2125 a.e.
También al sur de la Cordillera Central han aparecido estas piezas, concretamente en yacimientos cercanos a Madríd.
En el Castillo de Barajas (Martínez Navarrete.
68) se dan los mismos tipos que en Muñogalindo, es decir piezas troncocónicas y otras con el característico rehundimiento en la parte superíor; de las dos publicadas en fotografía, una muestra, además del rehundimiento, la característica perforación en la zona baja.
También en el poblado de «fondos de cabaña» de El Caprícho, correspondiente a la fase precampaniforme, se documentan piezas semejantes; una de ellas se describe como «morillo troncopiramidal con ligero rehundimiento».
Para la datación de estos hallazgos se toman como referencia las fechas radiocarbónicas obtenidas para la fase precampaniforme de El Ventorro, que la sitúan entre 2240 y 1930 a.C. (Martínez Navarrete, 1987: 69-70, 72).
De las anteriores consideraciones se desprende que la pieza escultórica de Cogolludo, por la materia en que está confeccionada, así como por los rasgos que se plasmaron en ella, no responde a una finalidad utilitaria, sino que se enmarca en un conjunto de obras plásticas de intencionalidad simbólica.
En su estado natural, el bloque calcáreo sugería ya la acanaladura característica de los ídolos ovoides, pero esta sugerencia se completó asimilándolo, en la medida en que la forma original lo permitía, a los ídolos ae cuernos, que generalmente se toman como expresión de las mismas ideas que materializan otras series, como la de los ídolos falange.
El ídolo de Cogolludo, como los restantes a que se asemeja, se enmarca en un horizonte cultural eneolítico, representado en El Lomo por varios fondos de cabaña o, mejor dicho, elementos de habitación que han aportado otros materiales, principalmente cerámicas y utillaje de hueso y sílex, paralelos de los conjuntos más antiguos descubiertos en las terrazas de los ríos que afluyen al Tajo por su margen derecha.
La peculiar situación. de Cagolludo, muy al norte del Tajo, aunque con acceso inmediato al Henares, y a la vez próximo a las estribaciones meridionales de la Cordillera Central, precisamente en el tramo de la misma que ofrece pasos más fáciles hacia la cuenca del Duero, deja pendiente la cuestión de los caminos por los que llegan a esta zona los influjos originados en la densa concentracción de asentamientos calcolíticos del Estuario del Tajo.
Hay, sin embargo, indicios suficientes para que resulte más aceptable la hipótesis de que Cogolludo enlaza más bien con los complejos de lá Meseta Norte para esta etapa (El Lomo 1), si bien en un desarrollo ulterior (El Lomo 11) se acusa más decididamente el influjo mediterráneo, ya en la fase del Bronce pleno. |
RESUMEN Presentamos un nuevo depósito de armas pertenecientes al Bronce Final hallado en el
Río Guadalquivir en los trabajos de dragado del mismo a principios de los años ochenta.
Consta de una espada de lengua de carpa y de una punta y un regatón de lanza, todas de bronce.
Según los datos documentados hasta ahora para los demás depósitos andaluces de estas características, su vinculación con zonas acuáticas parece confirmarse casi en la totalidad de los casos, constituyendo un dato importante más, favorable a un nuevo planteamiento de las costumbres, probablemente funerarias, de este momento cultural de Andalucía.
contexto arqueológico definido o con contextos poco fiables. o conocidos. y. frecuentemente. sin una ubicación geográfica clara. al proceder muchos de eUos de colecciones privadas.
En los últimos tiempos y en el campo concreto de las espadas. se ha podido documentar un interesantísimo ejemplar de lengua de carpa con cronología y contexto claros aparecido en estratigrafía bn el yacimiento granadino del Cerro de la Miel (Moraleda de Zafayona). recientemente publicado en un interesante y documentado estudio (Carrasco et alü.
Constituye hasta ahora uno de los escasísimos ejemplares. si no el único, hallado en estas circunstancias. por lo que hemos de referirnos a él a la hora de estudiar cualquier ejemplar aparecido en nuestra región.
Dentro de este contexto inscribimos este nuevo depósito aparecido en el Guadalquivir. recogiendo en este estudio preliminar los primeros datos sobre las distintas piezas aparecidas hasta ahora, cuyo estudio en profundidad abordaremos proximamente.
Por noticias orales sabemos que las tres piezas conocidas hasta ahora de este depósito aparecieron en los trabajos de dragado del fondo del río, a principios de los años ochenta. en una zona equidistante de las actuales poblaciones de la Rinconada y Alcalá del Río en la provincia de Sevilla.
Tenemos noticias también de otros objetos, hoy en paradero desconocido, pertenecientes al mismo depósito, que debió contar, probablemente, con un número, al parecer elevado, de piezas, entre espadas de lengua de carpa, puntas y regatones de lanza, flbulas, etc.
Muy posiblemente las espadas que publica M. L. Ruiz-Gálvez (1984: 669 y ss) procedentes de Alcalá del Río (Sevilla) provienen de este mismo depósito, ya que tienen un mismo origen fluvial.
Todos los objetos a los que se hace alusión en esta breve reseña fueron localizados en un mismo lugar, situado cerca de la orilla derecha del río.
Los objetos que hemos podido documentar del conjunto de piezas de bronce aparecidas hasta el momento consisten en una espada de «lengua de carpa», una punta y un regatón de lanza. l.
La espada de «lengua de carpa» o «gota de sebo» se halló en excepcional estado de conservación.
Sólo está fragmentada muy levemente en uno de los apéndices o «gavilanes» que conforman el extremo de «lengüeta» de la empuñadura.
Está realizada en una sola pieza de fundición.
La empuñadura es de lengüeta plana y sección rectangular decreciente hacia la base.
Presenta en la parte central y en sentido longitudinal tres horadaciones de tendencia cuadrangular y rectangular.
La primera y más cercana a la base es irregular con tendencia rectangular, la central es cuadrangular y la más cercana a la guarda es también de tendencia cuadrangular y de menor tamaño que la anterior.
La lengüeta tiene, como ya es clásico en este tipo de espadas, una terminación bífida, formada por un tope con dos apéndices laterales o «gavilanes» perpendiculares a la empuñadura.
En la parte su~rior aparece ésta afilada En su parte inás próxima a la hoja, la empuñadura se ensancha fuertemente, adquiriendo una forma triangular invertida que da lugar a las denominadas «aletas» de la empuñadura o guarda.
Estas aletas contienén, de forma simétricamente dispuestas, cuatro horadaciones (dos de cada lado) de apariencia ligeramente cuadrangular las más próximas a la hoja, y de apariencia triangular las más próximas a la lengüeta de la empuñadura.
Los remaches que posiblemente poseía se han perdido.
Debajo de las aletas se sitúan dos escotaduras espesas que separan la guarda de la hoja propiamente dicha de la espada.
Estas escotaduras o «ricassos. describen un cuarto círculo desde los vertices de las aletas hasta el comienzo de la hoja, que es recto y perpendicular al eje longitudinal de la espada.
La hoja no tiene los lados geométricamente rectos, sino que tiene una forma ligeramente pistiliforme, siendo algunos milímetros más ancha justamente donde comienza el tercer tercio de la hoja, si contamos a partir de la zona de la empuñadura.
Esta característica parece ser general en este tipo de espadas, ya que se observa en la casi totalidad de los ejemplares documentados hasta ahora.
En el punto antes indicado comienza justamente el estrechamiento de la hoja, para acabar formando la punta característica que le da nombre al tipo.
Un fuerte nervio central recorre longitudinalmente la espada desde la base de la última horadación de la lengüeta de la empuñadura, dividiendo en dos las aletas de la guarda, hasta el extremo de la hoja.
Todo el nervio está delimitado por dos finas acanaladuras laterales que, partiendo de la parte interior de los vértices de las aletas llegan al inicio del tercer tercio de la hoja, desde donde acaban cerrándose en un ángulo puntiagudo abandonando la delimitación del nervio central que continúa hasta el extremo de la hoja.
Dimensiones: Longitud máxima, 765 mm. Longitud de la empuñadura, 110 mm. Longitud de la hoja 663 mm. Anchura máxima de la lengüeta, 43 mm. Anchura máxima de la hoja, 41 mm. Anchura máxima del nervio central, 15 mm. Anchura máxima de las escotaduras, 10 mm. Sección media de la hoja, 10 mm. (Fig. lA).
Punta de lanza con enmangue tubular corto y gruesa nervadura central.
El enmangue conserva dos pequeñas horadaciones perpendiculares para sujetar con clavos el asta de madera que iría engarzada en aquella.
La calidad del bronce es idéntica al de la espada precedente.
Su estado de conservación es excelente.
Sus dimensiones, como veremos seguidamente, le dan a la punta una esbeltez poco común en piezas de este tipo documentadas hasta ahora en nuestra zona.
Dimensiones: Longitud máxima, 345 mm. Anchura máxima, 39 mm. Anchura de la base, 31 mm. Anchura máxima de aletas, 10 mm. Las horadaciones se sitúan a 13 mm. de la base del enmangue.
Regatón de lanza de forma tubular en buen estado de conservaclOn.
Su diámetro va disminuyendo conforme se acerca a la base de la pieza, que presenta un ensanchamiento bulboso.
Al igual que en el caso de la punta de lanza, esta pieza presenta también dos pequeñas horadaciones perpendiculares a unos 4 cm. de la parte superior de la misma con el mismo fin que aquélla.
Dimensiones: Longitud máxima, 245 mm. Anchura máxima, 19 mm. Anchura mínima, 11 mm. Anchura de la base, 16 mm. (Fig. 1 C).
La presencia' de este depósito en el río Guadalquivir resulta enormemente interesante, dada su situación geográfica y el carácter y composición del mismo.
Muy posiblemente estas piezas, como ya apuntamos anterlonnente, no constituyen sino una reducida parte de lo que sería el primitivo.-12 /Jaeza (Granada).
Si sumamos a las tres piezas documentadas últimamente las dos espadas publicadas por M. L Ruiz-Gálvez (1984: 669 y ss) como procedentes de Alcalá del Río (Sevilla), una de lengua de carpa y otra del tipo de Sa Idela, tenemos ya cinco piezas (tres espadas, una punta y un regatón de lanza) todas de bronce.
Esperemos que en el futuro podamos documentar alguna pieza más, hoy en manos de colecciones privadas.
La presencia de este depósito en el fondo del rio viene a confirmar, una vez más, la estrecha vinculación que este tipo de objetos del Bronce Final meridional entre otros parece tener con zonas acuáticas tanto fluviales como maritimas.
La gran mayorla de estas piezas, sobre todo armas, pertenecientes a este periodo, guardan, curiosamente, alguna relación con este tipo de lugares, salvo en algunos casos de hallazgos aislados sin contexto cuyo origen es oscuro, al proceder de colecciones privadas.
No obstante, en algunos de estos casos, hemos podido documentar igualmente su procedencia acuática, como ocurre, por ejemplo, con los objetos que tratamos.
Hasta ahora el número de hallazgos y depósitos localizados en lOnas acuáticas de la Península Ibérica pertenecientes al Bronce Final asciende a unos 32 aproximadamente, de los cuales 12 son andaluces.
A pesar de que el número de localizaciones es menor en Andalucía debido a que, en gran parte, estos hallazgos no han sido declarados o se han perdido los datos referentes a su origen, el número global de objetos es mayor, contando además con el depósito más importante de los hallados hasta ahora en la Península Ibérica, como es el producido en la Ría de Huelva en el primer tercio del presente siglo.
Entre ~stos, las espada de lengüeta calada, aletas con horadaciones y hoja de lengua de carpa, aparece en todos los casos citados, excepto un ejemplar de Alcalá del Río y los de Mengíbar, La Cartuja y el Guadalete.
En los depósitos andaluces, al contrario de lo que suele ocurrir en el caso de los producidos en gran parte de la fachada atlántica, no aparecen hachas (Ruiz-Gálvez, 1984: 669 y ss.), pero sí otras armas, como puntas de lanza, regatones y otros objetos como fíbulas, etc.
En lo referente a la posible cronología de este depósito tenemos como únicos elementos válidos las espadas.
Hasta ahora la falta de contextos arqueológicos en los hallazgos realizados, ha impulsado a los investigadores a recurrir a moldes tipológicos preestablecidos, basados en paralelos con otros ejemplares europeos o mediterráneos, como ha venido ocurnendo a partir del ya clásico estudio de M. Almagro Basch sobre las piezas de la Ría de Huelva (Almagro Basch, 1975b).
Nuevos hallazgos en contexto, como el del Cerro de la Miel (Carrasco et alii, 1987) permitirán afinar y controlar más en el futuro los aspectos culturales y cronológicos de estos objetos.
Nuestra pieza difiere en algunos puntos del ejemplar granadino como, por ejemplo, en el número y forma de las horadaciones de la lengüeta y aletas, la distinta disposición de los gavilanes, la disposición del nervio central de la hoja, etc. Pero creemos que estas diferencias no son especialmente relevantes para una diferenciación cronológica clara, ya que son enormemente mayores los caracteres que las asemejan, que aquellos que las separan.
En la situación actual de la investigación sobre este tema, creemos que podemos llevar la cronología de esta espada y con ella la del depósito que comentamos, hasta mediados del siglo IX, sin que ello obvie la posibilidad de su existencia en momentos anteriores (Carrasco et alii, 1987). |
interpretativo más amplio para esta época y un uso más critico del término «Cultura de los cantos tallados».
Se presentan unas breves reflexiones preliminares sobre el yacimiento de Portecelo, O Rosal, Pontevedra (Cano, 1988) perteneciente al Bronce Final, que ayudan a comprender la Edad del Bronce desde una perspectiva diferente.
El principal aspecto que retiene nuestra atención sobre este hábitat de un momento temprano del Bronce Final, de acuerdo con la tipología de la cerámica y una datación de C 14 es la ausencia de toda huella de uso del metal y la abundancia de la industria lítica obtenida a partir de cantos rodados recogidos en el litoral inmediato.
La presencia de diferentes tipos de cantos tallados unifaciales y bifaciales, protodiscos, reaederas, denticulados, raspadores, escotaduras y (becs» en un yacimiento de cronología tan avanzada, nos lleva a reflexionar sobre la causa de la presencia de estas piezas, consideradas tradicionalmente como propias de periodos muy anteriores, en un momento tan avanzado de la Prehistoria Igualmente atrae nuestra atención las posibles implicaciones que este hecho pueda tener para la visión tradicional de la Edad del Bronce y del «Complejo técnico de los cantos tallados •.
Centrándonos en este último punto y para comprobar qué grado de validez puede tener este concepto hoy en día, se decidió comparar las colecciones líticas procedentes del yacimiento de 1.
M. VAZQUEZ VARELA y 1.
A. CANO PAN Portecelo, de los castros de A Forca y Santa Trega (Cano, 1988b) con las que se recuperaron en yacimientos del Paleolítico Inferior tales como el Aculadero, Budiño y Pinedo.
La comparación de estas colecciones se realizó con el fin de conocer las similitudes y diferencias existentes entre estos conjuntos que, estando tan separados en el tiempo y en el espacio, en los casos de el Aculadero y Pinedo y con bases económicas y sociales tan distintas, presentan una gama de artefactos líticos tallados que a priori resultan bastante semejantes.
Las piezas que sirven de base a este estudio proceden de los siguientes yacimientos: El Aculadero (Cádiz): Se atribuye al Paleolítico Inferior dentro de la «Cultura de los cantos tallados.
Pinedo (Toledo): Se sitúa cronológicamente en el Paleolítico Inferior, en el Achelense antiguo (Querol y Santonja, 1979).
Budiño (Pontevedra): Este yacimiento, a pesar de la polémica suscitada sobre su cronología, se encuadra en el Paleolítico Inferior en el Achelense medio (Vidal, 1983).
Portecelo (Pontevedra): Pertenece a un momento temprano dentro del Bronce Final del Noroeste penínsular (Cano, 1988a).
Castro da Forca (Pontevedra): Es un castro dentro de la plena Edad del Hierro (Cano, 1987).
Castro de Santa Trega (Pontevedra~' Cronológicamente se escapa de la Prehistoria ya que pertenece almundo castreño romanizado en tomo al cambio de Era (Peña, 1987; Cano, 1988c).
La realización del análisis comparativo encierra una serie de dificultades derivadas del empleo de distintas tipologías y metodologías en el estudio de estos conjuntos.
La tipología que se utiliza en los tres yacimientos del Paleolítico Inferior es la desarrollada por Querol y Santonja (1978) para la clasificación de los cantos tallados basándose en criterios morfológicos y técnicos.
Para los otros yacimientos se empleó un sistema tipológico confeccionado a partir de la tecnología y de la dinámica evolutiva de transformación de las piezas (Cano, 1988b).
Para comparar los materiales de un modo homogéneo se aplicó el sistema de clasificación usado para los antiguos a los procedentes de los yacimientos modernos.
Otra dificultad es de índole estadística.
El análisis comparativo se efectúa en el caso de las colecciones antiguas a partir de la bibliografía con el consiguiente riesgo que esto entraña ya que en algunos casos, básicamente para Pínedo, algunos de los porcentajes que se presentan son aproximativos.
De todos modos, pese a esta dificultad, los datos son válidos para el fin que aquí se persigue aunque somos conscientes de que se deberian revisar los materiales de todas las colecciones siguiendo la misma metodologia para dejar sentenciado el problema de un modo defínitivo.
La comparación en el caso de Budiño sólo se hace con los cantos tallados.
En Pinedo no se tienen en cuenta los porcentajes de bifaces, hendedores y triedros ya que estos tipos, que aquí no superan el 4% del total de los objetos recogidos no aparecen en los otros yacimientos, salvo en Budiño, y lo que interesa es el estudio comparativo de los cantos tallados y los útiles sobre lasca dejando aparte los elementos caracteristicos del grupo achelense. ausencia de Núcleos en Portecelo, Trega y su poca importancia en el caso de Forca, se podría deber a que en ellos los cantos tallados cumplieron una doble función de artefactos y de núcleos, mientras que en los yacimientos antiguos habría una diferenciación mayor entre unos y otros.
Pero después de revisar la interpretación gráfica de muchos de los núcleos del Aculadero y Pinedo, nos inclinamos a precisar que las diferencias se deben principalmente al método de estudio, ya que para nosotros una parte de los cantos dibujados serían artefactos y no núcleos.
COMPOSICION DE LOS CONJUNTOS LmCOS (%)
No ocurre así con los útiles sobre lasca que están ausentes en A Forca y con el bajo porcentaje de lasca, que, si bien en el Aculadero está justificado, en los Castros hay que achacarlo a los métodos de excavación que se siguen para las etapas más avanzadas de La Prehistoria.
En este cuadro, en el que aparecen los útiles sobre lasca, vemos que entre los seis tipos y las lascas retocadas suman más del 7096 del conjunto..
El apartado de otros lo engloban, en el caso del Aculadero y Pinedo, las lascas seudolevallois y otros tipos y en Portecelo y Santa Trega lo que nosotros denominamos útiles sobre lasca, con morfología de artefactos nucleares (Cano, 1988b).
Las más abundantes son, con la excepción de Pinedo en el que las raederas son el 38,6196, las lascas retocadas, que en Portecelo, Aculadero y Trega tienen porcentajes parecidos.
A éstos le siguen las raederas, muescas y denticulados con cierta importancia, al igual que los «bec» y perforadores que sobre todo destacan en el Aculadero.
En el Castro de Santa Trega se aprecia un descenso cuantitativo importante de estas piezas y en Porte celo no se recogíó ninguna, aunque algunas de las lascas podnan pasar por raederas, si no fuera que sus desprendimientos se deben al empleo del filo de esas lascas.
La mayor parte de las lascas de todos los yacimientos tienen superficies corticales como corresponden a las que se extraen de cantos rodados.
El retoque predominante es, en todas las colecciones, el Simple.
Lo que se desprende a «groso modo» de los cuadros y datos que se presentan, que son provisionales, es que las industrias üticas y fundamentalmente los cantos tallados que proceden de estos yacimientos, tienen más semejanzas que diferencias.
De hecho las colecciones de los tres yacimientos recientes son más próximas al Aculadero que las del propio Pinedo o Budiño ya que las industrias de Portecelo, A Forca y Santa Trega tienen un conjunto de caractensticas (alto porcentaje de cantos tallados, ausencia de bifaces, hendedores, triedros y técnica levallois y la presencia de ciertos útiles sobre lasca) que son las que individualizan al Aculadero y constituyen el contenido esencial de la llamada «Cultura de los cantos tallados».
De hecho, si se prescindiera del contexto en que aparecen las colecciones de los yacimientos castreños y del Bronce y se estudiaran aisladamente es muy posible que se considerasen pertenecientes a una industria arcaica encuadrable en momentos muy antiguos de la etapa Paleoütica.
Por todo lo expuesto, y dado que las caractensticas tipológicas y técnicas que se consideran especificas del complejo técnico de los cantos tallados aparecen en contextos tan diversos como las comunidades de cazadores-recolectores del Pleistoceno Inferior, Metalúrgicos del final de la Edad del Bronce o comerciantes de la cultura castreña en época romana, no tiene sentido el empleo del concepto ni en sentido estricto, tal como se ha venido usando por la mayona de los investigadores para referirse a las industrias más antiguas ni en sentido lato, para designar cualquier conjunto de cantos tallados de épocas más recientes.
La aparición de una industria ütica de este tipo en un yacimiento del Bronce Final no deja de llamar poderosamente la atención sobre todo cuando advertimos la ausencia total en Portecelo de cualquier producto metálico, cosa que no ocurre en los castros citados de cronología más avanzada En aquél no sólo no está presente ningún resto indicativo de la actividad metalúrgica sino que no se ha encontrado ningún desperdicio de metal.
La ausencia de éste contrasta con la abundancia de la industria ütica, cuya perfecta caracterización nos indica que no es un producto de fortuna debido a un empleo esporádico de la piedra con una finalidad episódica sino que, por el contrario, es la firme señal de una constante talla realizada por expertos que utilizan la piedra de un modo habitual con un gran conocimiento de las propiedades de los diferentes materiales y un buen dominio de la técnica adecuada.
Las caractensticas citadas ayudan a comprender la ausencia del metal.
Si la piedra ha sido usada de un modo reiterado y magistral esto se debe probablemente a que la falta de metal en el yacimiento era crónica.
Ya que en arqueología la ausencia de una prueba no es prueba de su ausencia, cabe considerar que el metal podría haber sido usado en Portecelo, pero dado su gran valor todo resto del mismo, en el momento de su ocupa~ión o con posterioridad, habria sido aprovechado para reciclarlo.
Esta posibilidad no se ve avalada por el uso cotidiano y experto de la piedra tallada que por el contrario sugiere que aquél fue escaso o prácticamente inexistente en el yacimiento, pues de lo contrario no hubiese sido necesaria una actividad explotadora de las posibilidades de la piedra tan elevada como se realizó.en Portecelo que es mayor que en los castros citados, A Forca y Santa Trega, donde el metal está presente.
Si aceptamos las razones expuestas que indican una gran explotación de la piedra frente a la ausencia de metal, se plantea un fenómeno muy curioso tal cual es el de la existencia de un hábitat del Bronce Final en el noroeste de la Península Ibérica, donde el metal brilla por su ausencia.
Es chocante que precisamente en esta zona de la Península, punto clave dentro del mundo del Bronce Atlántico y de las relaciones atlánticas que para esta época alcanzan un apogeo notable, halla un hábitat donde no sólo no aparece el metal, sino que como sustituto del mismo se emplea la talla de la piedra con gran destreza continuando con un tipo de artefactos y una cadena de gestos técnicos que tiene una larga tradición, tanto en ésta como en otras áreas del planeta.
El contraste señalado, un equipo técnico de piedra tallada que sigue una larga tradición, constituye un «arcaísmo,., a reservas del tratamiento que este término requiere, en el Bronce Final de una de las zonas paradigmáticas de esta época en el Atlántico europeo.
Este contraste se presta a múltiples lecturas independientemente de cuáles sean sus causas.
Una de las reflexiones que se desprende a primera vista, es la contradicción entre las enseñanzas de Portecelo y las normas canónicas que definen al Bronce Final en la fachada atlántica europea en general y al noroeste de la Península Ibérica en particular.
En la visión tradicional canónica la dorada o la bella edad del Bronce, como gusta de definirla J. Briard (1985) se viene caracterizando por una sociedad dinámica, en la que sobre un sector agrícola, ganadero y explotador de los recursos marinos se desarrolla una intensa actividad de mineros, metalúrgicos, comerciantes y navegantes vinculados con la producción y difusión del metal, fundamentalmente el bronce, con una aleación muy equilibrada, señal de la gran habilidad de los técnicos de los talleres de fundición.
Sobre este mundo de técnicos y comerciantes habria el desarrollo de jefes guerreros, parte de cuya riqueza derivaria del control de la circulación del metal.
Este circularia de un modo abundante no sólo dentro de los territorios de cada comunidad, sino entre comunidades próximas e incluso lejanas.
Uno de los paradigmas de este «(tráfico,. entre países distantes seria el de las relaciones atlánticas en las que precisamente Galicia, y de un modo especial la costa gallega, jugaria un papel de pivote importante entre la fachada occidental de la Península Ibérica y los otros finisterres atlánticos.
En modo alguno vamos a rechazar aquí esta construcción ampliamente aceptada, sino que tan sólo señalaremos algunas cuestiones de concepto y de método que pueden ayudar a comprender mejor la realidad de la Edad del Bronce en general y del Bronce Final en particular.
En Portecelo nada de la visión canónica anteriormente sintetizada de la Edad del Bronce aparece reflejado, sino todo lo contrario.
En principio en este esquema no parecen tener lugar unos «arcaicos» o «bárbaros,. talladores de las piedras de la costa que no tienen huellas de haber disfrutado de las delicias del metal.
Estos «bárbaros» que tallaban la piedra siguiendo modos millonarios o al menos multimilenarios en años y recolectaban bellotas son, en realidad, contrarios a los principios generalmente admitidos de la sociedad de la Protohistoria de Europa, y constituyen «la otra cara de la Edad del Bronc~.
Si la datación de Porte celo es correcta y la interpretación de sus materiales y estructuras válidas, entonces caben dos posibilidades: la primera, que el yacimiento sea una excepción que no haria sino confirmar la regla que en este caso seria el paradigma descrito anteriormente sobre la Edad del Bronce, con lo cual el único problema que plantearia el yacimiento seria el de explicar las causas de su anomalía.
La segunda posibilidad es considerar que hay problemas en la visión canónica del Bronce Final.
Dado que Portecelo no es un «unicum», ya que existe no muy lejos de él al menos otro yacimiento similar y que en otros puntos de las Rías Bajas Gallegas se han localizado asentamientos arqueológicos con caracteristicas parecidas, tenemos que optar por la última posibilidad indicada que señala que algo no funciona bien en el modelo general descriptivo e interpretativo de la Edad del Bronce.
Sobre esta opción se prosigue el análisis, pues no cabe duda de que existen fallos en la. visión global de esta época que a nuestro entender derivan de una aplicación no demasiado feliz de la metodología de estudio.
La escasez de necrópolis y de hábitats de este momento, muy grande para la fachada atlántica peninsular y mucho más notoria para el noroeste de la misma, ha reducido de un modo notable las posibilidades de estudio, que se han centrado de un modo fundamental en los productos metálicos procedentes en su mayoria de depósitos o de hallazgos aíslados.
Estos han constituido la base fundamental cuando no la única para documentar las culturas de la Edad del Bronce.
Otras manifestaciones ergológicas contemporáneas permanecen todavía en un estadio preliminar de la investigación, como por ejemplo la cerámica y la piedra tallada y otras se estudian de un modo descontextualizado consideradas como un dominio autónomo, tal como sucede en el caso de los petroglifos.
Esta desigualdad de las fuentes han hecho que dominen los estudios tipológicos y en menor medida arqueometalúrgicos sobre los productos metálicos del momento.
Es sobre estos estudios en los que se ha basado la periodización, la cronología y las teorías sobre la sociedad en el Bronce.
Esta visión, basada en el metal como guía del periodo, en el mejor de los casos es parcial y por tanto sesgada e insuficiente.
Para obtener una panorámica global más rigurosa de este mundo es necesario completarla con otras fuentes y utilizar éstas como contraste de los modelos derivados del análisis exclusivo del metal.
Una investigación más comprensiva de todos los aspectos de la Edad del Bronce debiera haberse hecho antes de lanzarse a aventuradas construcciones basadas en elementos parciales.
Este defecto de hacer un montaje teórico sobre una época basándose en un único aspecto del material arqueológico no es exclusivo de la Edad del Bronce, sino que es una peculiaridad de los estudios de Prehistoria y Protohistoria en los que para cada época se enfocan sólo sobre aspectos muy concretos de los materiales arqueológicos, en ocasiones, como ocurre en el Paleolítico Inferior y Medio, el predominio de la piedra es tal que no queda otro remedio, aunque esto no justifica el estado de abandono en que han permanecido los restos de huesos trabajados de estas dilatadas épocas.
Para el Paleolítico Superior ya existe un equilibrio entre los estudios sobre la industria lítica y la ósea, en el período siguiente vuelve a predominar el estudio de la piedra.
En el Neolítico va a ser la cerámica la que lleve la voz cantante en cuanto al mayor número de estudios y a un empleo para establecer culturas, periodizaciones, cronologías, etc. Con el advenimiento y generalización del uso del metal será éste el que reemplace a la cerámica como base de las investigaciones del período.
Está claro que cuando no hay más que un tipo de material o de los varios conservados sólo uno de ellos es significativo, como es el caso de la piedra en el Paleolítico más antiguo, no hay más remedio que emplearla como base pero sin olvidar que se maneja una parte de la realidad y que, por tanto, el resultado final va a ser incompleto.
Lo que tiene menos sentido es el seguir con el mismo criterio en épocas en las que disponemos de diferentes tipos de fuentes como es en el caso que nos ocupa donde aliado de la metalurgia hay industria cerámica, ósea, lítica y lígnica de gran interés que ha sido olvidada más allá de lo científicamente deseable.
Esta actitud de enfoque sectorial de los estudios sobre una parcela de la realidad ha de ser corregida porque metodológicamente es incorrecta y ha llevado a reconstrucciones incompletas del pasado motivadas quizá en última instancia porque aquellos que hacen arqueología prehistórica o protohistórica son en realidad arqueólogos a los que sólo interesa el estudio del objeto como un fin y no historiadores que más allá de la arqueología quieren hacer una reconstrucción del pasado humano y tratar de entender su dinámica Desde esta perspectiva, Portecelo o mejor la visión de la Edad del Bronce que obtenemos a partir de los datos del yacimiento y que aparentemente contradice el modelo teórico tradicional, es una seria llamada a la atención hacia la necesidad de estudios que abarquen a todos los materiales para obtener modelos de validez general.
La visión de la época derivada del estudio de este yacimiento no contradice realmente el modelo general sino que descubre sus fallos en la reconstrucción histórica y lo complementa y corrige.
Por todo ello se puede considerar que el hábitat de Portecelo es la otra cara hasta ahora olvidada o minusvalorada de la Edad del Bronce y al igual que en una moneda existen cara y cruz, las dos visiones que hemos manejado, la general canónica y la particular del yacimiento, son inseparables, complementarias y en modo alguno excluyentes, sino que, por el contrario, el contraste de las dos dará una visión más completa y rigurosa del Bronce Final del noroeste de la Península Ibérica Los estudios actualmente en curso, datación absoluta por C14, reconstrucción de la paleoecología del entorno, la integración de Portecelo en el ámbito regional y otros, pennitirán precisar mucho más la función y significado del yacimiento en el contexto geográfico y aquilatar más la reconstrucción histórica de la Edad del Bronce en la zona en particular y en la fachada atlántica de la Península Ibérica en general.
El término «complejo técnico de cantos tallados», un tipo particular, del concepto 4<complejo técnico», ha sido un instrumento útil para describir realidades arqueológicas poco encuadrables con rigor dentro de los más tradicionales y equívocos de cultura o civilización.
Este instrumento conceptual ha sido usado con eficacia para evitar generalizaciones tan peligrosas como «cultura achelense,. o «cultura de los cantos tallados,. pero poco a poco ha ido adquiriendo tal polisemia que su valor actual en algunos autores es demasiado genérico y por ello escasamente operativo ya que llega a alcanzar, de hecho, el significado tan amplio de conjunto de productos líticos obtenidos a partir de cantos.
Pero como muestra la comparación de la industria de Portecelo con los materiales de yacimientos próximos, de época Paleolítica o de la Edad del Hierro, hay una serie de rasgos comunes claros entre ellos, aliado de unas diferencias que se derivan básicamente de su naturaleza cultural.
Por ello el empleo del término «complejo técnico de los cantos tallados» se presenta como demasiado vago y confuso y en tanto en cuanto contribuye más a mermar la significación de los conjuntos líticos singulares de los diferentes yacimientos que a ser un concepto operativo que ayude a clarificar la naturaleza de las industrias líticas y por ende de la actividad humana, debe ser cuidadosamente manejado o, en su caso, su empleo ha de ser muy restringido.
Trabajos en curso sobre el tema permitirán mayores precisiones sobre el concepto de «complejo técnico de cantos tallados» y su problemática actual. |
con el nombre «pintaderru..
De acuerdo con la hipótesis general pertenecían a esquemas o marcas de propietarios e implicarian una aristocracia ganadera y un campesinado diferenciado.
Es altamente reminiscente de las distinciones de clase tan agudamente dibujadas entre los antiguos habitantes de la ciudad de Gáldar.
Estos nobles trataron de preservar la linea pura por medio de la práctica de la endogamia.
En cualquier caso, lo más importante de este estudio es quizá la posibilidad de contrastes entre el análisis arqueológico y el método etnoarqueológico.
asociados, con cámaras artificiales adornadas con frisos polícromos, cerámica pintada con motivos geométricos, además de figuritas antropomorfas y zoomorfas que acompañan a estos sellos de arcilla.
Sin embargo, la difícil situación cronológica de este horizonte cultural, de evidentes y bien dibujadas resonancias mediterráneas, y que hemos denominado Cultura de la Cueva Pintada, no encuentra una explicación satisfactoria en el momento de establecer las correlaciones, no sólo con las restantes culturas insulares, sino con sus vecinas más próximas del litoral atlántico marroquí o del Africa mediterránea.
La «cuestión diacrónicall de la arqueologia canaria, carente de periodizaciones pertinentes y de sus correspondientes secuencias culturales, sigue siendo la gran asignatura pendiente de la investigación arqueológica.
Sin embargo, no cabe duda del vigor y éxito que logra este grupo cultural de Gáldar, esplendorosamente vigente hasta el mismo momento del contacto con los europeos medievales.
Estos dan cuenta de una sociedad compleja que ha desarrollado, con más o menos estabilidad, una organización institucional de carácter proto-estatal bajo el modelo de una jefatura monárquica y una clara diferencia de clanes y demarcaciones étnicas.
Extremos éstos de la adscripción territorial y al linaje que no deben olvidarse en el momento en que se quiera comprender el código de señales de estos sellos patrimoniales, capaces de indicar relaciones de pertenencia o de vinculación.
Sin necesidad de volver sobre los primeros intentos de interpretación y valoración (Martín de Guzmán, 1984Y Onrubia, 1986), entre los antecedentes bibliográficos que hacen mención a estos cuños de madera, habría que indicar a Pérez de Barradas quien, de modo sucinto, los incorporó a su catálogo de materiales; estudiados por él mismo en el Museo Canario con motivo de su estancia en el Archipiélago (Pérez de Barradas, 1944).
Con posterioridad, Alcina vuelve a tocar el tema de las «pintaderasll sin descender a un tratamiento específico de estos sellos de Gáldar (Alcina Franch, 1956).
En nuestra opinión, tanto por el hecho objetivo de su materia prima como por su procedencia y contextualización cultural, estas piezas demandan un análisis más detallado que nos permita plantear algunas cuestiones de interés de la arqueología canaria más allá de la simple clasificación tipológica.
El exacto contexto de estos enigmáticos objetos no siempre ha podido ser rigurosamente determinado, al igual que muchas cuestiones de lá arqueología canaria debido a la imperfección de los planteamientos y procedimiento empleados en los trabajos de campo con anterioridad al año 70.
Pero si lamentable es este «hiatus» en la información de las excavaciones no menos desalentador, y sintomático, es el hecho mismo de que en las Crónicas (Morales Padrón, 1978) no se haga alusión alguna a estos sellos o marcas, de arcilla o madera, máxime si se considera la indicación de otros detalles de menor entidad como las tausas, pequeños cortadores obtenidos de la talla de la obsidiana.
Es verdad que tampoco se hace referencia expresa a las figuritas y representaciones zoomorfas y antropomorfas de las que la arqueología ha recuperado un nutrido e interesante repertorio.
Esta falta de noticias y la «novedad,. que supuso su aparición en la arqueología insular del XIX, llevó al mismo Verneau a dudar de su autenticidad indigena y a lanzar la hipótesis de su probable importación.
Sobre su misma denominación, por evidente analogía con los sellos de panadero, el nombre de «pintadera» fue otorgado por los campesinos cuando se les enseñaban estos objetos, nombre consagrado por la literatura arqueológica.
Otra información habla de «sellos de los reyes,., extremo éste que ha contado con valoraciones diversas.
De cualquier modo, es a partir de 1880 cuando ya se einpieza a polemizar sobre estas «pintaderas», nombre que, según Vemeau, le fue dado por los labriegos de Santa Lucía de Tirajana (Vemeau, 1983: 1).
Aun cuando se hAn podido documentar ejemplares aislados en otras islas (La Palma, Fuerteven-, tura y Lanzarote), éstos se distancian. tipológicamente, de las series y los códigos decorativos grancanarios, muy bien reglamentados, y no se han ofrecido en una asociación arqueológica similar a la de la Cultura de la Cueva Pintada.
Lo cierto es que si no únicas las piezas de Gran Canaria. parecen excepcionales y conforman uno de los atributos más relevantes y sofisticados del repertorio material de las distintas aportaciones u «horizontes» culturales que parecen imbricarse en un proceso de sincretismo, dentro de un universo de formas que opera en Gran Canaria a lo largo de más de 1.500 años.
Pero las piezas encontradas fuera de Gran Canaria, en contextos arqueológicos más o menos fiables, nada tienen que ver por su formulación decorativa, técnica y ambiente cultural, con las clásicas «pintaderas» grancanarias.
Para ilustrar un poco el origen de este confusionismo, del que fue víctima el propio Verneau llevado de la autoridad de su paisano Sabino Berthelot, vale la pena recordar cómo las pintaderas de la Colección Lebrun que Berthelot hacía proceder de la localidad tinerfeña de Güimar y, por lo tanto, pertenecientes a la «cultura guanche», en realidad, tal y como se preocupó en aclarar Diego Ripoche, procedían de la villa de Gáldar, en la isla de Gran Canaria.
Recientes excavaciones han certificado en contexto estos sellos en asociación con la Cultura de las Cuevas (complejo de Acusa), y con la Cultura de los Túmulos (La Aldea y Valle de Guayedra han aportado series largas de sellos de arcilla asociados a estructuras arquitecturales de paredes rectas).
Parece mucho más significativo, el contexto cerrado, dentro del recinto ceremonial, de la Cueva Pintada.
En efecto, el vaciado llevado a cabo, en 1970, con motivo de la restauración y ampliación del acceso a la cámara principal de las pinturas, puso de manifiesto la contextualización de estos sellos en un rico complejo artificialmente excavado, con cerámicas profusamente pintadas con temas geométricos, motivos correspondientes al mismo discurso decorativo de los emblemas de los paramentos; a su vez con fuertes analogías con el registro rectilíneo de las improntas de los sellos.
La ausencia de estas piezas en otro registro tan bien definido como lo es la Cultura de Te ne rife, además de su alto índice denotativo, refuerza la hipótesis de un origen diferenciado para ambos contextos, además de la lógica diferenciación impuesta por el aislamiento, las distintas estrategias de adaptación, y la deriva propia de toda cultura o grupo cultural sometido al hermetismo.
Sin apurar trasnochados difusionismos lo cierto es que la fuerte asociación que para Gran Canaria significa la cadena de configuración cultural cuevas artificiales decoradas + cerámica pintada con temas geométricos + figurillas de arcilla, esquemáticas y figurativas + sellos de arcilla con improntas geométricas, contiene todos los elementos asociativos y característicos, más que suficientes para definir un horizonte cultural con personalidad propia.
Horizonte bien distinto y diferenciado al de la Cultura de Tenerife, y donde otros rasgos sobresalientes como los collares de cuentas segmentadas, los procedimientos rituales o las técnicas funerarias de sus envolturas y mirlados le sitúan en otro diámetro; aun cuando el tratamiento de los difuntos y la presencia de fardos sea una de las dos o tres formas utilizadas en las artes de la funeraria grancanaria.
Esta argumentación arqueológica, expresada anteriormente, se justifica para llamar igualmente la atención sobre otra evidencia negativa de gran interés en el momento de las interpretaciones.
Hasta el momento no se ha podido documentar ninguna «pintadera» en los ajuares funerarios de los habitantes prehistóricos de Gran Canaria como elemento equivalente a los segmented.bead que acompañan a los cadáveres y momias guanches de Tenerife.
La mayor parte de los sellos pintaderas proceden de áreas de ocupación activa como son los poblados, o agrupaciones de estructuras artificiales, tanto en el interior como fuera de las viviendas.
Tal es el caso de Majada de Altabaca, en Guayedra, con seis ejemplares; el poblado de la Costa de Gáldar, Ag1limes o Telde, con el «record,. de más de 25 ejemplares para el yacimiento de Los Caserones, en La Aldea, en el sector oeste de la isla, donde, en un principio, se creyó que no se encontrarían estas piezas.
Una de las primeras noticias sobre circunstancias de los hallazgos se debe a Grau-Bassas. quien. al referirse a los hallazgos de Agüimes. no extrae ninguna valoración arqueológica de interés: «Nada noté en el sitio del hallazgo que pudiera revelar que en aquel punto hubiese existido habitación ni albergue de los antiguos. ni el terreno parece a propósito para construcciones, ni en las inmediaciones se descubre vestigio alguno de cuevasJl (Grau-Bassas.
Paralela a la documentación arqueológica surge la cuestión de la cronología de estas piezas (y del complejo cultural que ellas expresan).
Para la isla de Gran Canaria hemos propuesto un doble esquema de articulación temporal/cultural para los. al menos, tres horizontes culturales que se detectan en el nivel estructural de su registro arqueológico pseudo-sincrónico.
Los al menos 2000 ó 2500 últimos años de la prehistoria reciente de la isla en un segmento cronológico que iría desde la primera mitad del 1 Milenio hasta el 1500 d.C.. necesitan. en buena lógica. de una sucesión en el tiempo, en el mismo sentido en que se habla de Bronce Antiguo, Final, Primera Edad del Hierro o Campos de Urnas.
Esta periodización. siguiendo el modelo clásico tripartito y sucesivo. se estructuraría en, al menos. tres grandes periodos, por parte, lógicos e inevitables desde una óptica estrictamente secuencial y de «duración histórica.; de tiempo real. de esos 2000 años. ahora planos. sin relieves, y entendidos como una agobiante y amalgamada sincronía.
La propuesta, una vez más explicitada, sería siguiendo el modelo evolucionista-cultural, así:
Período Inicial' Para los primeros asentamientos hasta su adaptación.
Período Medio: Para el momento ((formativo~. y donde después de superada la adaptación y ensayadas las distintas estrategias productivas se asiste a una progresiva insularización de los modelos iniciales. implantados en el período inicial.
Periodo Final' Que tiene su conclusión con la presencia histórica europea, en concreto bajo medieval y que, en cifras redondas, podría situarse cerca de 1500 d.C. Aquí se detectarían los sincretismos y las supervivencias, y se cuenta con la posibilidad de un registro etnohistórico, de más de 200 años de información y que habrá que valorar en sus justos términos.
Junto a esta periodización elemental, o lectura organizada del problema desde su perspectiva diacrónica, no se puede obviar la presencia de «ambientes», «horizontes» o grupos culturales» diferenciados, y que en el Perido Final se nos ofrecen amalgamados bajo mimetismos originales y supervivencias anacrónicas, en el marco de una estructura claramente proto-estatal, que conforma lo que hemos denominado guanartemato.
Por ello mismo seria ingenuo obviar el proceso interno acontecido en los dos últimos milenios de prehistoria insular reciente; los cambios operados en su sociedad. las oscilaciones derivadas de sus perceptibles ciclos cortos climáticos, con la constante y recurrente incidencia de los «años secos»; las diversas estrategias de ocupación y colonización del territorio, la carga demográfica y sus correctivos institucionalizados.
Todo este planteamiento de investigación que apenas. tímidamente. se ha iniciado y que da a la arqueología insular una posibilidad paradigmática La arqueología que se practica en Canarias adolece de estas rémoras y no se ha decidido. plenamente. por un modelo más rendidor. prefiriendo el camino más corto (y más fácil) de considerar el universo cultural insular sin perspectivas ni relieves. como algo liso y atemporal. heteróclito y abigarrado. y donde todo pareciera corresponder a un solo y único periodo, y a una sola cultura.
Frente a esta desolada planicie hemos propuesto (1978). a partir del registro de cultura material. al menos. tres horizontes:
Horizonte de las Cuevas: Entendido en equivalencia relativa con la «Cultura de Tenerife», y donde quedarían integrados los elementos neolíticos de sustrato. también denominados «pancanariosJl.
Se trata de cuevas naturales. directamente aprovechadas y que conforman el hábitat o residencia domin~te.
La gran dicotomía, que impide una homologación total, deriva de los distintos repertorios cerámicos; pero, en líneas generales, se trata de cerámicas lisas, con decoraciones parciales, incisas e impresas y en ningún caso, almagradas o pintadas con motivos geométricos.
Horizonte de los Túmulos:
Entendido como una configuración cultural mucho más compleja, en asociación, al menos en gran parte de la secuencia, con las casas de paredes rectas, hechas en piedra seca, con algunos sillares intervenidos o semilabrados.
Su expresión más espléndida se visualiza en Gran Canaria, particularmente en los asentamientos próximos a la costa.
Este «horizonte», con amplias asimilaciones de origen noroccidental africano y mediterráneo, está prácticamente ausente en el grupo occidental de las islas.
En este sentido Gran Canaria se aleja de Tenerife y se aproxima a los modelos residenciales de Fuerteventura, donde estos poblados al aire libre, con construcciones artificiales de piedra, están magníficamente representados.
Horizonte o 4<Cultura de Úl Cueva Pintatia:1l: Entendido como complejo en clara asociación arqueológica, fuertemente denotativo, caractelÍstico de Gran Canaria y sin evidentes o manifiestas equivalencias en ninguna de las otras islas del Archipiélago.
Sus rasgos, de marcados acentos mediterráneos, traen ecos de las culturas neolíticas tempranas del círculo del Egeo y mundo danubiano, y conecta con sus símiles morfológicos de Liguria y Mediterráneo Central.
Se trata de un grupo que podriamos llamar de raigambre orienta~' en este sentido el menos africano, aun cuando en determinados elementos conecta con los bereberes del Africa mediterránea (Argelia Oriental y Tunicia), postulándose más que una relación derivada la de un origen común para ambos círculos culturales.
En nuestra opinión, aquí está el nudo gordiano de la arqueología canaria pues aún no se ha determinado el momento de entrada de estos portadores culturales y su grado de implicación e influencia en los horizontes descritos anteriormente.
Se indica, igualmente, que los sellos pintaderas se corresponden, sin lugar a dudas, a esta cultura u horizonte.
El orden con que se han determinado los horizontes no prejuzga su real posición diacrónica en la secuencia general, donde pueden intervenir o incorporarse cada uno de ellos a partir de dos posibilidades: a) Que el sincretismo venga ya dado desde los primeros fundadores, en una primera y única arribada a Gran Canaria (<<los protocanarioslt).
Hipótesis difícil de sustentar puesto que en ninguna otra isla hay nada semejante ni siquiera en todo el noroccidente de Africa, que nosotros conozcamos. b) Que el sincretismo sea el resultado lógico de un proceso de maduración y adaptación de la sociedad prehistórica canaria, al que no hay que descontar estímulos externos (aunque esporádicos, estimulantes) que se evidencian en la complejidad de la Cultura Cueva Pintada, cuya posición cronológica también pudo ser la inicial en esta secuencia general pero que por su mejor equipo de bienes perdura y, en cierta medida, tiñe y se impone sobre los otros grupos.
Sobre el uso o funcionalidad de los sellos tampoco ha habido unanimidad entre los autores que han tratado el tema Chil y Naranjo, en el Congreso de Nantes de 1875, fue uno de los primeros que atribuyó a éstos un valor mágico, entendiendo así su carácter de amuletos.
Esta misma interpretación fue aceptada por Millares (Millares Torres, 1893), reparando en el detalle de los mangos perforados que, en su opinión, tendrian por objeto que estos talismanes fuesen prendidos del cuello.
La denominación popular de 4<pintaderaslt por su similitud con los sellos para «pintar» el pan, «pan pintado», (práctica usual en los hornos colectivos para poder identificar, por sus marcas, la pertenencia de cada uno o familia), llevó a estos eruditos a relacionar, directamente, la funcionalidad de la pieza con su homóloga castellana (Verneau~ 1883: 12-13).
Verneau fue uno de los primeros en considerar estos sellos como improntas tegumentarias con las que los antiguos canarios adornarian su rostro o destacadas partes de su cuerpo (Verneau, 1883: 13).
Venía en apoyo de esta hipótesis un dato confuso de Le Canarien (1402), donde se hacía referencia a escarificaciones, tatuajes o labrados de la piel con caprichos geométricos.
Pero, claro está, seria muy exagerado confundir ambas técnicas de intervención somática.
También se señalaba en favor de esta hipótesis de pintarse la referencia de Cadamosto: «tanto los hombres como las mujeres tenían la costumbre de pintarse el cuerpo con jugo de hierba de diversos colores, verde, rojo y amarillo)!
Procedimiento más próximo al de embadurnarse la piel que sellársela delicadamente con improntas de sellos realizados ad hoc.
El dato empírico de que algunos de estos sellos, procedentes de hallazgos no siempre bien certificados, conservaban residuos de ocre (como era el caso de algunas piezas de la Colección Maffiotte), decidió a Verneau a aplicar la prueba experimental con impregnaciones estampadas directamente sobre la piel humana.
Según da cuenta el mismo Verneau: «... los dibujos más delicados aparecieron con toda precisión.
Habiéndolos dejado secar algún tiempo sobre la piel fue necesario frotarla luego repetidas veces al querer borrarlas de ella, pues el agua corriente no bastaba para conseguirlo» (Vemeau, 1883: 17).
Diego Ripoche, animado por las ideas de su tiempo, va a ser el pionero del peligroso camino del 4ifusionismo cultural a ultranza (hiperdifusionismo), para explicar fenómenos aislados y descontextualizados, recurriendo a la ley de la analogía (criterio de forma).
A partir del análisis comparativo no tiene reparos en establecer origenes y funciones a la vista de piezas semejantes documentadas en yacimientos tan alejados de Canarias (Océano por medio), como Assinia, México, Colombia, Yucatán y Venezuela.
Argumentaba Ripoche, entre otras razones, que Diego de Landa en su Relación de cosas del Yucatan, recoge el dato de cómo los nativos pintaban el cuerpo con pintura roja mezclada con goma No quedaba bien explícito el uso de los sellos, pues una cosa es impregnarse el cuerpo y otra muy distinta adornarlo con marcas controladas (Ripoche, 1902: 1 y ss.).
Al margen de su teoría difusionista, en líneas generales, tampoco Ripoche se apartaba de las interpretaciones de Vemeau, y a grandes rasgos venía a sustentar lo que sigue:
-Que las pintaderas habían sido encontradas en lugares donde los canarios tenían por costumbre pintarse la piel, como era el caso de Gran Canaria. -Que en algunos de sus ejemplares se podían observar residuos de colorantes.. -Que algunos autores coetáneos hablan de su uso entre los naturales isleños para pintarse la piel. -Que piezas similares han perdurado hasta la misma Edad Media en ciertas culturas, que también las han utilizado para pintarse.
En este registro acudía al símil americano.
Cuando en 1925 Hooton se ocupa de la interpretación de estos sellos, intenta retrotraerse a los orígenes neolíticos y calcolíticos de tales piezas, documentadas en contextos culturales del Mediterráneo oriental y central.
Por su parte, los estudios de Pérez de Barradas (1939Barradas ( y 1944)), llaman la atención sobre la similitud decorativa de determinados vasos pintados y las pintaderas, con insistencia en las líneas quebradas, los círculos, los dameros y los triángulos elegantemente dispuestos, con un ritmo y órden estético.
Pérez de Barradas no dudó en establecer paralelismos con las culturas neolíticas de Liguria (Arene Candide); con los fondos de cabaña de Reggío, y con toda la gran tradición de la cultura danubiana.
En este sentido, como en otros de su misma cerámica (idolillos y figuritas (1) «... pintábanse de muchos colores para la guerra y para bailar las fiestas».
1984: 159. zoomorfas) la arqueología grancanaria parece orientarse hacia el Mediterráneo y alejarse de sus vecinos más próximos norteafricanos.
Si bien estas fórmulas geometrizantes son comunes entre los bereberes actuales, no han podido documentarse en un contexto arqueológico como la Cultura de la Cueva Pintada, a no ser que se quiera ver en 10s sellos auresianos un trasunto de los canarios, extremo éste magníficamente precisado en el interesantísimo artículo de Onrubia Pintado, donde quedan sancionadas muchas valoraciones sobre la funcionalidad y analogía de estas piezas (Onrubia Pintado, 1986).
En esta interpretación etnoarqueológica, ya en la década de los 40, Marcy había introducido novedades de fondo, a partir de sus propias observaciones, y es quien primero llama la atención sobre la funcionalidad de los sellos usados por los montañeses de Aurés, alejándose tanto de las interpretaciones ritualistas como de las decorativistas que, hasta entonces, se disputaban la supuesta utilización de estos objetos lignarios o cerámicos.
Para Marcy estos sellos de madera (siguiendo el modelo auresiano) eran utilizados para precintar los cierres de las celdas de los graneros o agadires.
Fue así como se vió, de inmediato, un paralelismo con el conjunto de Cuevas de Valerón, en el norte de Gran Canaria, no lejos de Gáldar, máxime si se reparaba que, aquí, se había encontrado, al menos, un sello de arcilla.
Esta correlación abrió una nueva discusión que alcanzó ya no sólo a los sellos, sino a las propias cuevas canarias.
Quizá sea revelador para comprender la magnitud institucional de este recinto de la Cuesta de Silva, conocido desde antiguo como «Cuevas de los Canarios" o «Cuevas de Valerón,. (nombre este último tomado de uno de los primeros propietarios de después de la Conquista), reflexionar sobre el carácter dual (práctico-mágico) de los graneros entre los tuaba del Aurés.
En efecto, la mejor manera de ritualizar un sitio es depositar en él los cadáveres o restos de algún antepasado preponderante, figura principal y común en los linajes y sistemas de parentesco (Faublée-Urbain, 1951: 141).
No nos debe, pues, extrañar que en estos recintos aparezcan restos de cadáveres sin ser, necesariamente, una necrópolis específica.
Esto puede también explicar las noticias sobre restos de cadáveres en la Cueva Pintada, en las Cuevas de la Huerta de Rey y en el propio complejo de Cuevas de V alerón, yacimientos todos de la misma demarcación prehistórica del guanartemato de Gáldar.
Así el valor sagrado y ceremonial de la Cueva Pintada, que servía de «audienci3>l de los antiguos canarios, podria sustentarse a partir de su carácter de «relicario", o «altaD donde se conserva una suerte de «ara de los fundadores», o héroes primigenios.
Las cazoletas que se excavaron, intencionalmente, en su suelo (y a las que los arqueólogos no han encontrado una satisfactoria explicación), cumplirían el doble papel de pozos de ofrendas y de urna para conservar, previamente desarticulada la osamenta de los notables.
Hay, sin lugar, a dudas, una sobrecarga semántica del espacio.
Una lectura similar podria hacerse extensiva a Cuevas de Valerón, también como lugar de culto (santuario ocasional) habida cuenta de los restos de los antepasados allí conservados; no sólo servirían como guardianes para atemorizar a los furtivos ladrones que se acercaran a este silo comunal, sino que quedaban metafóricamente relacionados con los cultos de la fertilidad-resurrección, inherentes a los rituales agrícolas.
En este granero colectivo, o pósito estatal, se guardarían no los excedentes de producción para los años faltos, sino los granos necesarios para la siembra, sin los cuales sería imposible garantizar el ciclo agrícola y, en consecuencia, la paz social del guanartemato.
Estos preciosos granos deberían estar a' salvo de cualquier eventualidad, agresión o revuelta, invasión o calamidad.
Y una de las obligaciones principales del estado guanartémico sería, precisamente, garantizar por todos los medios (tanto mágicos como coercitivos) esta continuidad de las cosechas, que es lo mismo que la continuidad del orden social.
No vemos, entonces, ninguna contradicción en esta ampliación del significado ritual de las Cuevas de Valerón, como granero y lugar sagrado, relacionado con los ceremoniales del grano, las sementeras, la fertilidad-fecundidad.
Lo que sí resulta disparatada es la tardía interpretación dada a estas cuevas como convento o cenobio de vírgenes (harimaguadas o maguadas) máxime cuando el gineceo estaba emplazado en las proximidades del Palacio de Gáldar (Martín de Guzmán, 1984: 164)..
Para Marcy los sellos estarían destinados a marcar los cierres de arcilla, aun cuando, en nuestra opinión, y como se verá más adelante por otros. testimonios etnoarqueológicos, por el principio de magia contaminante, pueden devenir en instrumentos de manipulación curativa.
Según pudo certificar Marcy, el procedimiento es bien sencillo: leUn agujero de pequeñas dimensiones, abierto en el batiente de la puerta, en el puesto usual de la cerradura, permite introducir una cuerda de esparto trenzada por medio de la cual puede sujetarse la puerta a una barra vertical de madera, sólidamente unida al dintel.
Una vez anudada la cuerda por el propietario coloca éste sobre el nudo un grueso tampón de arcilla en el que imprime al punto su sello personal» (Marcy, 1942: 120).
Pero no todos los prehistoriadores han encuadrado el problema en esta valoración etnoarqueológica sino que, por el contrario, han preferido hacerlo ajustado a estrictos criterios de periodización morfológica o a velocidades difusionistas.
Para Pericot no se pueden interpretar estos sellos sin hacer una referencia a las fases iniciales del neolítico de Siria y Palestina donde ya se documentan, en época temprana, estas extrañas piezas realizadas en piedra.
En la tase danubiana JI, abundan ya los sellos de arcilla que siguen y repiten su tradición oriental.
En una interpretación y valoración del sustrato mediterráneo que, evidentemente, se detecta en Gran Canaria, Pericot consideró que las pintaderas canarias no eran otra cosa que un elemento más de esa gran corriente cultural de origen oriental que a través del Norte de Africa alcanza Canarias en el ID milenio (Pericot, 1955: 28).
Este mismo criterio difusionista fue utilizado en el trabajo de Alcina quien dice que «... debemos considerar a las "pintaderas" como parte de un fenómeno general de difusión que, partiendo del Próximo Oriente llegaría a morir a América.
Nuevamente, pues, Canarias es el lugar de paso que une a Europa con América aún en tiempos prehistóricos» (Alcina Franch, 1956: 102-103).
La ponderación crítica de Serra Ráfols intentó reconciliar posiciones y buscar una salida más razonada a los falsos planteamientos sobre el origen, uso y aplicación de estos tampones decorados.
Serra creía que podía haber pintaderas para varios fines; unas para sellar, otras para pintar, otras como amuletos.
Ya en este mismo sentido se había expedido Monod a partir de los registros etnoarqueológicos por él conocidos del Africa noroccidental, donde estas piezas, o mejor, sus símiles, no sólo cubrían una función práctica de identificación de propiedad, sino que intervenían en procedimientos de carácter mágico o ritual (Monod, 1944: 267-268).
Un similar carácter de poliuso fue explicado por Balout que habla de las múltiples aplicaciones de estas piezas no sólo para impresiones de color sobre la piel humana sino en cueros, tejidos, barros e incluso tortas o galletas que precisasen ser identificadas.
Pellicer al referirse a las pintaderas canarias las correlacionó con los «cigard» de la cultura de Ntereso (Alto Volta), y con sus similares del neolitico de Kintapo (Volta Negro), elementos que quedarían explicados a partir de los influjos del neolítico reciente de tradición sudanesa donde, a nivel formal, se pueden establecer (aunque no siempre justificar) analogías y cadenas taxonómicas (Pellicer, 1974: 156).
En el cuadro de estas relaciones con el Africa Occidental, en Costa de Marfil, ya en plena Africa Negra, entre Comoé y Agueby, el mismo Monod pudo revisar una interesante colección de sellos pintaderas propiedad de M. Bédiat quien a su vez le sirvió de informante trasmitiéndole una interesante información sacada de sus experiencias con los indígenas.
Los nativos de esta región emplean estos tampones para imprimir sobre el cuerpo de las mujeres, cuando éstas están de parto, con el fin de propiciar efectos benéficos en contacto con los caracteres y dibujos de influjo mágíco, y protector contra hemorragías y otras complicaciones que entraña la crisis somática de la parturienta.
Estas prácticas, en los últimos años, han decaído y tan sólo las mujeres ancianas conservan algunos de estos objetos como reliquias.
Su decoración, en general, es de tipo geométrico y se ajusta a un código cerrado y tradicional.
Cada uno de los signos, o marcas, tiene su nombre y su significado además de su específica propiedad curativa (Monod, 1944: 268-269).
Estos mismos sellos también pueden utilizarse para estampar sobre tejidos, quizá con el mismo fin apotropaico, de proteger contra el mal y la muerte.
Con esta significación puede entenderse su valor como «sello protector de la muerte», con lo que se podría postular una lectura complementaria de segundo orden.
Volviendo a los sellos grancanarios y a su posible carácter emblemático, como una proto-heráldica insular, este argumento cuenta con una serie de elementos institucionales que entran en concomitancia en el momento de las interpretaciones.
El prolo-eslado guanartémico, estaba sostenido por un estamento aristocrático que actuaba como «brazo armado», formado por un cuerpo nobiliario de 200 caballeros, con prerrogativas y atributos muy bien indicados; como el hecho de llevar el pelo largo y teñido de rubio, frente a los «trasquilados. o villanos (2).
Las marcas heráldicas, los blasones de los linajes, podrian, igualmente, concentrar y monopolizar en esta clase señorial la expresión de unas prácticas rituales propias de su estatuto guerrero (como lo era el ceremonial de la investidura o ascenso al estamento privilegiado).
Los sellos, entonces, además de propiciar el triunfo del héroe sobre la muerte y frente a ella, protegía con sus marcas al guerrero y le identificaba frente a los otros (amigos o enemigos).
Hay datos sobre este carácter emblemático de las marcas geométricas en las refriegas entre los principes canarios Doramas y Bentaguaire en la demarcación de Arguineguin, en el sur de la Isla (3).
Las rodelas o escudos pintados (con motivos ajedrezados y lineales), que refieren las Crónicas, conectarian con este mismo discurso y otorgarla a los sellos (igual que a los escudos) un carácter de insignia heráldica, identificadora del clan o linaje (no más de 200 caballeros, agrupados en sus correspondientes sistemas de parentesco).
Las fuentes etnohistóricas de Gran Canaria van en este sentido sin lugar a dudas., En la valoración etnoarqueológica, y en busca de una explicación estructural, la documentación de sellos corporales en la región de Assinia (también en Costa de Marfil), refieren cómo las ancianas guardan en unas talegas una serie de sellos de madera acompañados de dos o tres pequeños vasos y recipientes y de ocho o diez bolsitas con tierras colorantes de distinta procedencia y valoración.
Estas arcillas seleccionadas (amarillas, blanquecinas, rojas) se aglutinan con líquidos y hierbas a las que se les conceden propiedades curativas, formando con todo una mezcla pigmentaria.
Cuando algún miembro del clan enferma se le aplica el sello impregnado de esta masa ungüenta y colorante, exactamente sobre la zona del cuerpo donde irradia el dolor.
Previamente se le ha practicado la oportuna e intensa frotación manual que, en realidad, es la que aminora la dolencia.
Lógicamente, si el dolor desaparece o se calma, los personajes que realizan estas prácticas curativas ya se preocuparán de explicar que ha sido la aplicación del sello y los pigmentos sobre el cuerpo quien ha realizado la cura milagrosa.
Entre las intervenciones más frecuentes no es raro ver a las jóvenes madres, víctimas de los abscesos mamarios, recurrir a estas prácticas y ofrecer sus pechos adornados de estas marcas producidas por las improntas y los pigmentos curativos.
El ceremonial y el preparado, al igual que la custodia de estos sellos, están en manos de ancianas o mujeres mayores, prestigiadas dentro de la comunidad (Monod, 1944).
Una observación paralela y pertinente, realizada con el ajuar que se utiliza en estas intervenciones mágico-curativas puede establecerse con los pequeños recipientes, donde se prepara la masa colorante y se impregnan los cuños para luego aplicarlos sobre el tejido humano.
El registro arqueográfico grancanario tiene igualmente documentados estos minivasos o microcerámicas, cuya significación y funcionalidad todavía no ha quedado resuelta satisfactoriamente.
Unos han insinuado su uso como simples juguetes infantiles, piezas de entretenimiento (Martín de Guzmán, 1984: 357).
Otros han recurrido a la ambigüedad de «elementos votivos,..
En valle de Guayedra y en Cueva Pintada de Gáldar se han documentado en asociación con sellos de arcilla y el interior de los módulos (2).Tienen dos príncipes a los que dan titulo de rey y de duque; pero todo el gobierno de la isla se halla entre las manos de ciertos caballeros, cuyo número no puede ser menos de ciento ni pasar de doscientos.
Cuando cinco o seis de estos caballeros negan a morir, los demás se reúnen para proceder a la elección de aquenos que deben acupar las plazas vacantes y éstas deben recaer en los hijos de los caballeros, de modo que el número de ciento se halla siempre completo.
Estos caballeros son considerados como pertenecientes a la primera nobleza (la más pura) no habiendo jamás contraído alianza alguna con clases inferiores».
(3).... deste árbol hacian rodelas para su defensa y eran grandes y pintadas de divisas.• Escudero, redacción Cardona, 1639, Cap.
«Las otras annas son chuzos gruesos con punta del mismo palo, muy lisa y aguda, y arrojada a pulso, que pasaban a un hombre por medio; ténlan espadas de palo a modo de montantes, y unas adargas cuadradas y otras redondas y pintadas de almagra y carbón cuarteados y alxedreses; y otras con lanzas largas y puntiagudas.• Escudero, redacción Cardona, 1639.
Tampoco ha podido establecerse su adscripción al mundo funerario.
No parece por lo tanto desacertada la hipótesis de entender su uso como piezas asociadas a los sellos (como lo es hoy el sello y la almohadilla entintada).
Quedarían entonces las microcerámicas en relación directa con los sellos pintaderas habida cuenta de que, sin una mezcla preparada, y conservada convenientemente, no podrían obtenerse en seco, las marcas pigmentarias sobre las superficies a las que se aplicaran estos tampones de arcilla cocida, o de madera.
Queda por determinar y precisar la o las especies arbóreas concretas de la madera utilizada, como materia prima, para la elaboración de estos sellos de madera.
Nada se opone a considerarlos como objetos autóctonos máxime si se acepta la disponibilidad de maderas adecuadas para estos fines; maderas semiduras, duraderas y consistentes, previamente endurecidas por procedimientos artificiales de frotación, pulimento y calentamiento de los fustes, seleccionados para realizar las posteriores tareas de labrado y excisión.
Especies como el Pinus canariensis (pino canario), Ocotea loetens (til azorica), Persea índica (viñátigo), Apollonia barbu; ana (barbusano) o Ilex canariensis (acebiño) se registran entre las más frecuentes y consideradas por los antiguos canarios para la fabricación de sus instrumentos, armamentos, entablamentos y objetos lignarios.
Gran parte de estas maderas proceden del monte bajo (influenciado por el alisio), el escalón botánico intermedio, conocido como «piso de la laurisilva», y donde además crece la Myrica laya (faya) y la Erica arbórea (brezo).
De esta zona, y de estas especies, proceden, tradicionalmente, las varas, estacas, postes y horcones que se siguen utilizando en la precaria tecnología agrícola de las medianías de la isla.
La relación y vecindad de esta cobertura vegetal con la comarca de Gáldar (de donde procede la serie de sellos lignarios documentados en este artículo), facilita esta interdependencia.
Relictos florales como Los Tiles o El Brezal, actuales reliquias del otrora famoso Bosque de Doramas (y que persistió en su estado selvático hasta que se procedió a su roturación en el siglo XVllI), testimonian esta posibilidad.
No tiene nada extraño que una cultura que reviste sus palacios con tablones de tea (Palacio de Gáldar), excava sus sarcófagos en troncos de pino (cajón funerario de Agaete), fabrica cierres y puertas de madera (Cuevas de Valerón), y dispone sus entablamentos con vigas de tea (Valle de Guayedra, Altabaca) utilice la madera para la fabricación de este mobiliario y, en consecuencia, para grabar sus marcas de propiedad o de identificación.
Bien en sus escudos o rodelas, bien en sus sellos pintaderas., El esmero con que están realizados los motivos -rehundidos con técnica excisa similar a la de la cerámica-advierten la necesidad de un instrumental cortante bien activo.
No hace falta, necesariamente, recurrir a hojas o estiletes de metal para obtener estos bellos resultados; aunque nada se opone a su conocimiento y uso por parte de los antiguos canarios.
Estos, a partir de sus contactos europeos, incorporan a sus repertorios ergológicos nuevos útiles de importación, extremos estos documentados también en cerámica a torno o esporádicos cortadores de vidrio (ambos elementos certificados en Valle de Guayedra).
Las mismas láminas de obsidiana, pasta vítrea volcánica, facilita y tolera unos filos activos muy cortantes y que pueden intervenir superficies lignarias semiduras sin ninguna dificultad.
Estas obsidianas laminadas, o lascadas, eran conocidas por los antiguos canarios con el nombre de tausas e, igualmente, se documentan en asociación arqueológica con la Cultura de la Cueva Pintada.
Nada hay, pues, en la materia prima ni en los procedimientos técnicos que se oponga a la realización de estos sellos de madera por los canarios prehistóricos. |
RESUMEN: Nuestro conocimiento sobre las vías de comunicación prerromanas es muy escaso, a diferencia de los múltiples estudios sobre la red viaria romana.
La distribución sobre un mapa de los yacimientos y hallazgos pertenecientes al primer milenio a.e. muestra, con un error mínimo, las vías de comunicación fundamentales de este periodo.
que demuestre tal aserto y donde sólo podemos afirmar la relación Sur-Norte, y viceversa, en líneas generales.
Naturalmente, la dificultad estriba en la no conservación de los caminos prerromanos, a diferencia de la magnífica red viaria romana.
Una posible solución nos viene dada por la utilización de otras Ciencias auxiliares de la Prehistoria como la Geología, la Cartografía y la Geografía física y humana.
Es evidente que en numerosas ocasiones un camino une dos colectivos humanos que se relacionan entre sí, fundamentalmente porque de este modo extraen un beneficio común, del tipo que sea.
Esto implica que estos dos colectivos establecen entre sí unas relaciones que, al menos, no son hostiles.
Cuando hay hostilidad, la intercomunicación se corta o se atenúa.
Otro caso se puede dar cuando entre dos colectivos con relaciones comerciales se interpone geográficamente un pueblo hostil, por lo que el camino recto no es posible y la relación se establece con un rodeo cuya magnitud depende de la fuerza y extensión del enemigo común.
Por fin, una vía de comunicación se crea cuando un pueblo domina a otro y lo. explota económicamente, por lo que la relación presenta un componente de estrategia militar y de utilización económica que se plasma en la red viaria, como es el caso de Roma Por otra parte, desde el punto de vista de la Geografía Física, el sentido común nos hace cumplir la Ley del mínimo esfuerzo, por lo que las calzadas y caminos buscarán siempre las vías naturales, los vados, las mínimas pendientes, collados, puertos de montaña, etc. Así, las cadenas montañosas y, en menor medida, los ríos de amplio caudal suelen ser elementos aisladores de las distintas poblaciones.
Además, en las sierras y cordilleras suele imperar un régimen de vida ganadero, pastoril y poco sedentario que puede, en ocasiones, ser hostil a las poblaciones agrícolas de valles y llanuras, ricas y sedentarizadas, por lo que al condicionante físico se une el sociológico.
Por tanto, para orientar una vía de comunicación hay que plantearse en primer lugar un motivo, generalmente económico, por ejemplo el comercio de metales preciosos.
En segundo lugar unas vías naturales que permitan una velocidad de comunicación lo más alta posible y con el menor esfuerzo posible y, por fin, unas relaciones sociales no hostiles y, preferentemente entre colectivos humanos de parecido nivel cultural y sociológico, lo cual evidentemente se acelera con el intercambio.
En última instancia, la cartografía arqueológica y la geología pueden ser de gran utilidad para el esclarecimiento de las vías de comunicación prerromanas, como, creemos, es el caso que nos ocupa.
NOTAS GENERALES DE LA GEOLOGIA, OROGRAFIA E HIDROGRAFIA DE LA REGION EXTREMEÑA
La región extremeña se sitúa en la parte occidental de la submeseta sur, presentando unos límites naturales que si en algunos casos representan una auténtica barrera, en otros el tránsito es fácil, permitiendo una mejor relación con otras regiones (Fig. 1).
Así, al Norte, el Sistema Central forma una clara barrera con la Meseta Norte por su elevación y continuidad.
La relación se establece por pasos de montaña, los fundamentales, el puerto de Béjar y el de Tornavacas.
El sur presenta un complicado plegamiento hercínico que origina elevaciones menos pronunciadas que en el caso anterior, lo que produce un límite natural menos acentuado, pero que separa claramente a Extremadura de las tierras andaluzas a través de Sierra Morena.
Al este, el abombamiento de los Montes de Toledo-Villuercas produce un relieve casi continuo desde el Tajo a Sierra Morena lo que, unido a otros condicionantes geográficos humanos, provocan una fuerte barrera natural con la Mancha.
Solamente entre el Tajo y el Sistema Central, el valle del río Tietar permite un importantísimo paso a la penetración de influencias hacia la Meseta Sur y viceversa.
De esta manera, la región extremeña queda caracterizada e individualizada al norte, sur y este por una serie de sistemas orográficos.
Sin embargo, hacia el oeste, la frontera con Portugal es exclusivamente política pues al hundimiento hacia el suroeste de la Meseta se une la ausencia de sistemas montañosos, la paulatina y pausada caída de las cotas de nivel y la penetración hacia el oeste de los lÍos Tajo, Guadiana y sus afluentes, lo que produce una identidad geográfica de Extremadura con la Beira Baja y el Alto Alentejo portugués.
En nuestra opinión, no se puede entender la Prehistoria y la Historia Antigua extremeña si no tenemos en cuenta este fundamental condicionante geográfico que permite unas relaciones fáciles y directas con la fachada atlántica del sur y del oeste de Portugal.
A estos condicionantes de relieve se une la presencia de dos grandes lÍos, el Tajo y el Guadiana, que atraviesan Extremadura de Este a Oeste, con la importante inflexión hacia el Sur del Guadiana tras su paso por la ciudad de Badajoz.
El Guadiana, al ser fácilmente vadeable fundamentalmente a la altura de Medellio, Mérida y Badajoz, es un agente aislador de menor importancia desde el punto de vista de las relaciones Norte-Sur.
Pero el foso del Tajo es un condicionante muy importante.
El encajamiento del Tajo en la penillanura cacereña no permite un paso fácil, excepto en el vado de Alconetar que es un punto fundamental de comunicación desde la Prehistoria hasta nuestros días.
En Alconetar coinciden vestigios de todas las épocas y culturas: yacimientos del bronce del Cerro Garrote, dólmenes del Guadancil.
EsPada de Alconetar, Poblado y necrópolis ibérica, la mansio Turmulos, puente romano, necrópolis visigoda, castillo medieval, ferrocarril y carretera actuales.
VIAS NATURALES DE COMUNICACION EN EXTREMADURA
En este artículo nos vamos a centrar en las vías de comunicación Norte-Sur extremeñas, dado nuestro objetivo de intentar contribuir al esclarecimiento de las relaciones entre el Sur y la Meseta Norte peninsular en el primer milenio antes de Cristo.
Un aspecto parece claro y evídente: La penetración a la Meseta Norte nos víene dada por el Puerto de Béjar, en la provincia de• Salamanca. y por el Puerto de Tomavacas en el límite de las provincias de A vila y Cáceres.
Los otros puertos de montaña, como el de Perales y el de las Batuecas deben tener una importancia muy secundaria.
Por otra parte, podemos asegurar, sin ningún género de dudas, el uso del vado de Alconetar, en la confluencia de los lÍos Tajo y Almonte, como una constante a través de toda la Historia, al ser el único punto vadeable del lÍo en 100 kms. en épocas de crecidas.
La dificultad del paso del lÍo por otro lugar queda suficientemente demostrada con la ingente obra que supuso el Puente de Alcántara.
Sólo en Alconetar el lÍo se ensancha y la corriente lleva menos ímpetu.
Estos dos puertos, Béjar y Tomavacas, y el vado de Alconetar trazan dos lineas de comunicación con la Meseta Norte.
La primera es el trayecto Alconetar-Puerto de Béjar, sobre el que se asentó una parte de la calzada «Vía de la Plata» y en el que encontramos numerosos yacimientos como veremos después.
La segunda linea queda constituida desde Alconetar hacia el Puerto de Tomavacas a través del valle del Jerte.
Ambas líneas van unidas hasta las proximidades de la actual Plasencia, donde divergen.
El problema es situar las comunicaciones desde Alconetar hacia el Sur.
Por un lado tenemos una vía prerromana y después calzada romana que unía Alconetar con Medellin y de aquí, a través de Sierra Morena con la capital de la Bética, Corduba.
Por otra parte. desde Alconetar hasta Mérida encontramos. a partir de la fundación de la Colonia Emerita Augusta, la famosísima calzada romana denominada «Vía de la Plata>l y que continuaba hacia el Sur atravesando Sierra Morena hasta Hispalís.
Siempre se ha supuesto que la Vía de la Plata se asentó sobre un camino prerromano.
Nuestra opinión, sin embargo, es que, si bien esto sea muy probablemente cierto, es decir, esta vía entre Mérida e Hispalis, fue utilizada en tiempo anterromanos, la vía fundamental de comunicación en la primera mitad del primer milenio a.e. con la Meseta Norte se encuentra desplazada hacia el oeste, uniendo la desembocadura del Guadiana con los puertos de Béjar y Tornavacas a través del valle del Guadiana y la depresión producida por la falla de Plasencia, de dirección NE-SW y causante de numerosos puertos y también del vado de Alconetar, trazando una comunicación recta, rapidísima, sin atravesar elevados sistemas orográficos y con unas cotas topográficas que en las proximidades de Badajoz no sobrepasan los 200 metros y hasta la misma subida al Puerto de Béjar no alcanzan los 400.
Para este trazado nos apoyamos en la Geología y en la Cartografía Arqueológica, además de que daria la respuesta a muchos problemas que tenemos planteados en el Bronce Final y el Periodo Orientalizante de Extremadura y de la Meseta.
LA FALLA DE PLASENCIA
Recientemente, uno de nosotros (Gil Montes, 1983), fue el primero en plantear la posible utilización del desgarre originado por esta falla como vía de comunicación natural en la Prehistoria, dada la sorprendente relación entre los hallazgos del bronce final y el periodo orientalizante en Extremadura con el recorrido de esta falla tectónica, que ya era bien conocida en el campo de la Geología (García Quesada, 1960 y G. de Figuerola, 1974).
Mediante fotografías aéreas realizadas por satélite se puede apreciar, tanto por su recorrido como por el hundimiento producido en los terrenos que afecta, una larga falla de dirección SW-NE que atraviesa toda la provincia de Cáceres desde la sierra de San Pedro, prolongación de los Montes de Toledo, hasta el Puerto de Tomavacas.
Esta falla, de más de 500 kms. de longitud, alcanza por el suroeste el Alentejo portugués y por el noreste penetra en la provincia de Avila quedando cubierta por los sedimentos terciarios del valle del Duero.
Esta larga fractura ha configurado buena parte de la geología de Cáceres.
Provoca una rotura en la Sierra de San Pedro, el «Puertollano», muy cerca de Aliseda.
Asimismo el Puerto de los Castaños en Cañaveral y el de Tornavacas como punto inicial del valle del Jerte.
Por otra parte, provoca el vado del rio Salor y el fundamental de Alconetar a través del valle del rio Araya.
Todo ello produce una vía natural que une el valle del Guadiana con los Puertos del Sistema Central en un línea recta que franquea sierras y vadea ríos con ninguna dificultad en su paso y con muy suaves pendientes, a bajas cotas topográficas (Fig. 1).
Por otra parte, unido a esto, a lo largo de la falla de Plasencia se localizan numerosos yacimientos de oro y casiterita lo que aumenta la importancia de este accidente geológico desde el punto de vista arqueológico-minero (Fig. 2).
LOS YACIMIENTOS Y HALLAZGOS DEL BRONCE FINAL Y DEL PERIODO ORIENT~IZANTE EN EXTREMADURA
Es bien conocida la riqueza arqueológica de Extremadura en el periodo que abarca aproximadamente desde el 1200 hasta el 500 a.C. Ha sido sistemáticamente estudiado por Martín Almagro-Gorbea (1977).
Nuestra intención ha sido situar sobre un plano. de Extremadura todos los yacimientos, poblados, necrópolis, tesoros, hallazgos casuales, etc., correspondientes al Bronce Final y al Periodo Orientalizante y que mostraran en sus materiales una influencia foránea, ya porque sean claramente objetos de importación o bien porque, a pesar de su fábrica autóctona, representen la recreación indígena de una influencia exterior.
Para su estudio individualizado nos remitimos al anteriormente citado trabajo de Almagro-Gorbea donde se detalla ampliamente la bibliografía existente de cada pieza o yacimiento, excepto los de aparición reciente que sí especificamos.
La dispersión en un plano de estos yacimientos muestra un resultado, creemos, espectacular, como se aprecia en la figura 3.
Orfebrería del Bronce FInal: Hemos desechado los materiales que tienen una procedencia no claramente específica o bien, simplemente, de origen extremeño, como sucede con algunos objetos depositados en el Museo Arqueológico Nacional.
En cuanto a las estelas decoradas, tan numerosas en la región, su dispersión en el plano no muestra significación especial en cuanto a las comunicaciones.
Se presentan generalmente en zonas de sierras y la influencia que evidentemente indican no se identifica con un vía de intercambio, al menos directamente.
Todos los demás yacimientos y materiales que corresponden a la primera mitad del primer milenio a.e. se distribuyen por la geografía extremeña de una manera clara y precisa, indicando, sin ningún género de dudas, las vías de comunicación fundamentales en este período.
Por un lado, tenemos los yacimientos portugueses del valle del Guadiana, Estremoz, Moure, Azougada, Cortes, etc. Ya en la porción española del valle encontramos un buen número de yacimientos y hallazgos que se distribuyen a lo largo del río y de sus afluentes, como Mérida, Sagrajas, Montijo, Medellin, Valdegamas, Magacela, etc., indicando una vía de penetración desde el Bajo Guadiana.
También localizamos algunos yacimientos como Azuaga, Bodonal o Almorchón en los que es posible buscar una relación directa con la Bética a través de Sierra Morena, caminos sin duda utilizados y que se apartan de la vía natural del valle del Guadiana.
Esta vía de comunicación enlazaría las llanuras del Guadiana, a través de los yacimientos portugueses situados en la inflexión hacia el sur del río, hasta su desembocadura, poniéndolas en relación con los pueblos del suroeste de Portugal, donde encontramos múltiples paralelos (Schubart, 1975) y con la costa de Huelva, donde la relación con el mundo tartésico es aún más evidente.
Es preciso resaltar aquí que hablamos de «vía» en sentido amplio, aprovechando las cotas del nivel del valle del Guadiana y no de la navegabilidad por el río, que no parece posible.
En la provincia de Cáceres, la dispersión cartográfica es aún más significativa (Fig. 3).
Excepto la punta de lanza de Maltravieso y el brazalete de Monroy, todos los materiales y yacimientos se sitúan a lo largo de la depresión originada por la falla de Plasencia.
Así tenemos los materiales de Alburquerque y la Codosera que enlazan con el valle del Guadiana (cerro de San Cristóbal), a través de su afluente el río Gévora y el Zapatón.
La falla rompe la Sierra de San Pedro por «Puerto Llano», donde se sitúa Aliseda.
Continúa hacia el NE donde asimismo rompe el batolito granítico de Las Navas-Garrovillas por la ribera de Araya, con el Castro de Cabezo Araya en posición altamente estratégica (Martín Almagro, 1961).
La falla sigue en la misma dirección provocando el vado del río Tajo en Alconetar y continúa la vía hacia el Puerto de Los CaStaños-Plasencia-Puerto de Béjar con otra serie de yacimientos.
De Alconetar se separa una rama de la vía, por la margen derecha del Tajo (Tesoro de Serradilla) y del río Tiétar (Materiales de Villanueva) penetrando en la meseta sur bordeando las laderas meridionales del Sistema Central.
En resumen, creemos que podemos hablar de una gran vía natural NE-SW (Fig. 4) que une las regiones del suroeste de Portugal y la zona de Huelva con la Meseta Norte, utilizando dos elementos geográficos fundamentales: El río Guadiana y la falla de Plasencia, con un alto grado de rapidez en la comunicación y con mínimo esfuerzo dada su gran rectitud y pequeñas altitudes..
Extremadura se configura, de este modo, como una zona de transición desde la Prehistoria, como región intermedia entre el sur peninsular y la Meseta Norte.
Ya Almagro Gorbea (1977: 489) observó la particularidad estratégica de los habitats localizados.
Textualmente afirma: «La importante situación estratégica de los habitats hace pensar en una valoración de los lugares de paso y cruce de CQmunicaciones seguramente en relación con vías ya establecidas.
El interés por las comunicaciones parece incluso predominar sobre las caracteristicas meramente defensivas de los lugares de asentamiento, de todas formas también tenidos en cuenta».
La locaUzación de los yacimientos del Bronce Final y del Periodo Orientalizante en Extremadura parecen indicar la existencia de unas vías de comunicación fuertemente establecidas y con denso tráfico comercial mediante la utilización de recursos geológicos que las permiten y que pueden explicar las relaciories directas que ya se habían observado tipológicamente entre el centro y el sur peninsular.
Esta vía natural parece que a partir del 600 deja de ser utilizada de manera preferente.
Actualmente estamos analizando las vías de comunicación extremeñas en la segunda mitad del primer milenio.
Por el momento, todo parece indicar la existencia de una vía de comunicación que enlazarla Córdoba con Medellin a través de Sierra Morena, por lo que Cancho Roano dejarla de ser un punto aparentemente aislado en plena sierra para ser un jalón fundamental en las comunicaciones de este periodo (Fig. S).
Esto se compagina bien con el cambio en las corrientes comerciales en el Mediterráneo Occidental que se desplazan hacia el Alto Guadalquivir, con el inicio de la cultura ibérica (Aubet, 1977-78: 105).
A través de esta vía llegarian a Extremadura los cada vez más frecuentes rasgos ibéricos e incluso griegos que se vienen localizando en el Este de la región.
En este sentido es significativo consignar los hallazgos de numismática iberoturdetana, cerámica ibérica pintada y armas ibéricas de los castros de Medellin, Villasviejas del Tamuja (Botija), Cáceres el Viejo y en los castros del rio Almonte: Santiago, Aguijón, La Burra, la Coraja, etc.
En nuestra opinión, y pese a la inercia que existe en la literatura sobre este punto, únicamente con la fundación de Mérida podemos hablar de una vía preferente Sur-Norte que unirla Hispalis con Emerita Augusta atravesando Sierra Morena y de esta Colonia con la Meseta Norte por medio de la calzada «Vía de la Plata».
ANTONIO AL V AREl ROJAS Y JUAN GIL MONTES F'lG.2.-Yacimientos de oro en la provinCÜl de Cdceres. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es |
ARQUEOBOTANICA y PALEOETNOBOTANICA EN EL SURESTE DE ESPAÑA, DATOS PRELIMINARES POR DIEGO RIVERA NUÑEZ n CONCEPCION OBON DE CASTRO ANTONIA ASENCIO MAR TINEZ RESUMEN Se revisan los datos disponibles sobre semillas. frutos y fibras vegetales de 87 yacimientos arqueológicos de Andalucía.
Castilla-La Mancha, Murcia y Comunidad Valenciana.
Los materiales pertenecen a \02 taxones diferentes, incluidos en 10 grandes categorias etnobotánicas: cereales, legumbres, frutos comestibles, órganos subterráneos comestibles, oleaginosas, textiles, cestena y cordelen a, encañizadas, sinantrópicas y silvestres (medicinales, tintoriales, etc... ).
de la Península Ibérica.
Se incluyen once provincias pertenecientes a cuatro comunidades autónomas diferentes (Tabla 1).
Los datos proceden tanto de fuentes bibliográficas como de material visto en diferentes museos o bien de muestras estudiadas en nuestro laboratorio, esto se detalla en el apartado «fuentes,. de la Tabla 1.
Dentro de los macrorestos se estudiaron semillas, frutos, fibras, tejidos, hojas y flores y las improntas de éstos en cerámicas y arcillas de construcción.
Respecto a las posibilidades de comparación las limitaciones son muy importantes.
La mayor parte de los materiales citados por la bibliografía proceden de recolecciones puntuales «((handpicked» en el término anglosajón).
Escaso es el número de yacimientos en los que se procedió a una flotación sistemática de materiales, El Acequión (Albacete), Cabezo del Plomo, Cueva del Milano, Cueva de los Carboneros, El Prado (Murcia) y sólo en dos de ellos, Acequión y Cueva de los Carboneros, la recogida de muestras se llevó a cabo siguiendo un plan de muestreo establecido por arqueólogos y botánicos.
En Cueva de los Carboneros se utilizaron de acuerdo con los estractos, técnicas de cribado o de flotación.
Las dificultades de comparación se incrementan cuando se incluye el estudio de las improntas vegetales en cerámicas y arcillas de construcción ya que el único yacimiento estudiado sistemáticamente en ese aspecto ha sido el de El Rincón de Almendricos (Murcia) (Ayala, Rivera y Obón, 1987 a y b).
Los tejidos vegetales han sido objeto de un magnífico estudio sistemático por Alfaro (1984).
Los autores han tenido ocasión de estudiar fibras vegetales procedentes de la Cueva de la Salud (o Sagrada) y Cueva de los Carboneros (Murcia).
LA IDENTIFlCACION BOTANlCA DE LOS MATERIALES
Uno de los apartados más delicados del trabajo es la identificación.
Poner una etiqueta a un resto vegetal es lo que muchas veces se espera del arqueobotánico.
Las posibilidades de error se incrementan con la precisión en la identificación, es decir, una semilla se atribuye fácilmente a la familia Poaceae (Gramíneas), concretar el género resulta más complicado, llegar a la especie se consigue sólo en ocasiones especialmente favorables.
Los arqueobotánicos utilizan en ocasiones etiquetas globalizadoras, bajo un nombre incluyen un grupo de especies: Triticum dicoccon en muchos autores alemanes engloba a la totalidad de trigos tetraploides (incluso los desnudos).
Los límites no siempre están bien definidos y son susceptibles de interpretaciones contradictorias como la presencia de T. dicoccon en Almizaraque (Netolitzky, 1935; Tellez y Ciferri, 1954).
POSICION CRONOLOGICA DE LOS MATERIALES
Particularmente dificil resulta el atribuir una fecha a los materiales almacenados en museos, aunque en ocasiones esto resulte de particular importancia, como la presencia de huesos de dátil en la Cueva de los Tiestos (Murcia).
Rara vez el arqueólogo se interesa por la totalidad de la columna excavada, centrándose en el período de su especialización.
Esto supone que los materiales procedentes de niveles superiores en una excavación de un poblado eneolítico o argárico, por ejemplo, quedan etiquetados'como «recientes» sín mayor precisión.
Entre los niveles datados culturalmente o por técnicas de radiocarbono la contemporaneidad de todos los materiales en un estrato «110 removido» se asume pero no siempre es cierta, como muestra el polémico caso de Vadi Kuaniya. en Egipto (cfr.
Actualmente existen técnicas precisas de datación que requieren muy poca cantidad de material vegetal pero su costo las hace inabordables como método generalizado de datación de los restos.
La interpretación debe realizarse yacimiento por yacimiento.
La comparación seria posible en el supuesto de que todo el material se recuperase utilizando las mismas técnicas y en la identificación no se descartaran restos por. falta de tiempo o por dificultades de la propia identificación.
Los autores tienen prevista la publicación separada de los distintos yacimientos en estudio incluyendo un análisis paleoetnobotánico donde fuera posible.
De todos modos se puede ordenar el material vegetal conocido en una serie de categorias etnobotánicas de acuerdo con su posible aprovechamiento. basado en los usos actuales de la especie. en sociedades con tecnologías comparables a las supuestas sociedades prehistóricas.
La utilización de las gramíneas anuales de grano parece ser un punto clave en los orígenes de la Agricultura.
Aunque existen especies silvestres de este grupo en la Península Ibérica. que pudieron aprovecharse. su presencia entre los restos es muy escasa y sólo aparecen como malas hierbas ocasionales en los cultivos de otros cereales.
Este es el caso de las distintas especies del género Aegilops.
En el Sureste de España se encuentra la localidad clásica de Avena hirtu/.a Lag., una especie silvestre antecesora del grupo cultivado de Avena strigosa. pero sus restos son muy escasos por lo que carecemos de evidencias respecto a su posible domesticación (Qe Wet, 1981).
Los cereales más abundantes son los trigos y cebadas presentando particulares dificultades de identificación e interpretación.
En general los depósitos contienen materiales procedentes de la trilla por lo que faltan los raquis y otras partes de las espigas.
En algunos casos se ha podido comprobar la existencia de mezclas intencionadas de cebadas y trigos (como en Almizaraque), en otros la mezcla puede deberse a accidentes durante el depósito o a las técnicas de recuperación.
Cabe resaltar la presencia en la Cueva de Nerja de trigos desnudos tetraploides en el cuarto milenio ac' (Kislev, 1981), evidencia de una temprana evolución de este grupo en la Península Ibérica Fl centeno (Secale cereale) es raro en la prehistoria del Sureste y las dos citas existentes requieren verificación.
Panicum militlceum) aparecé en Murcia y Almena pero también sus restos son muy escasos., Resultaría de particular interés el estudio de las harinas de Lugarico Viejo, mencionadas por Siret y Siret, 1890.
Plant.. oleapnosaa, textiles, de cestería y para encañJucIu (Tabla 3)
La abundancia de semillas de olivo (Olea europaea) no implica su uso para la producción de aceite ya que también pudieron ser consumidos los frutos en salmuera o de otro modo.
Las pocas semillas encontradas son de pequeño tamaño y no permiten pensar en su consumo como alimento.
Toda la evidencia converge en el aprovechamiento mayoritario de sus tallos como fuente de fibras textiles para vestidos (Alfaro, 1984).
El esparto (Stipa tenacissima) vive de forma espontánea en la Península Ibérica y Norte de Africa.
En los materiales arqueológicos aparecen sus hojas más o menos transformadas, carbonizadas o no. Se han utilizado en cordelería, cestería y para esteras.
Hemos encontrado diminutos trenzados de esparto en Cueva Sagrada (o de la Salud) pero no se encontraron fibras de esparto en ninguno de los tejidos analizados.
El palmito (Charnaerops humilis) es también espontáneo en las regiones más cálidas, próximas al litoral, sus hojas se emplearon en cestería, en fas comarcas mineras del litoral de Murcia.
Restos de un fruto aparecieron en un contexto del Paleolítico Superior.
Juncos, espadañas y sauces son hallazgos ocasionales en el registro arqueológico.
Carrizos y cañas se emplearon como material de construcción y sus improntas pueden estudiarse en los restos de arcillas de muros y tejados (Ayala, Rivera y OOOn, 1987b).
Resta por comprobar si las «cañas,. encontradas por algunos arqueólogos pertenecen al género Arundo o a Phragmites.
Las leguminosas poseen semillas ricas en proteínas que constituyen un excelente alimento para el hombre y los ganados.
Sin embargo, también contienen sustancias tóxicas que pueden provocar el latirismo, una enfermedad que afecta al hombre y a los animales.
Las habas (Vicia faba) son, con gran diferencia, la especie mejor representada en el registro arqueológico.
La Península Ibérica ha jugado un papel clave en su domesticación (cfr.
Renfrew, 1973; Ayala y Rivera, 1987) aunque como muy bien observa Hopf (1986), los restos aparecen en los yacimientos más modernos (Eneolítico a Bronce).
Su cultivo es, pues, posterior en nuestra zona al de los cereales aunque sea bastante anterior a los testimonios de Vicia faba de Centroeuropa.
Cabe distinguir si Vicia faba fue introducida por los buscadores de metales como sugiere Hopf (1986) o bien seleccionada a partir de las poblaciones autóctonas de Vicia narbonensis.
Resulta también interesante la aparición de una forma diminuta de lentejas (Lens culinaris) en el Cabezo del Plomo, con lo cual su presencia en el Sureste es más antigua de lo que afirma Hopf (1986).
Hasta el presente no se conoce un solo testimonio arqueológico de garbanzos (Cicer arietinum) (cfr.
Frutos comestibles (Tabla 5)
El género Quercus aparece representado en numerosos yacimientos por los cotiledones carbonizados o momificados. el episperma o las improntas en cerámica de éstos.
Los frutos de Q. rotundifolia (la carrasca) son los más palatables dentro de las diferentes especies que crecen en el Sureste de España.
Q. coccifera (la coscoja) es muy abundante pero sus frutos son muy asperos y amargos.
Q. faginea (el quejigo) crece en los valles umbrosos y produce frutos no muy amargos.
Q. ilex (la encina) con frutos muy astringentes. se da en las zonas de mayores precipitaciones del levante español.
Q. suber (el alcornoque) se desarrolla sobre sustratos ácidos. pobres en bases y sus bellotas son un buen alimento para el ganado.
Q. pyrenaica (el melojo) sólo crece en lugares privilegiados de las montañas.
La identificación a nivel de especie resulta muy complicada en ausencia de cúpulas.
La vid (Vitis vinifera) aparece representada en diversos yacimientos, y como señala Hopf (1983) las dimensiones de la semilla no permiten discernir claramente entre las formas silvestres y cultivadas (Rivera y Walker, 1988).
El castaño (Castanea sativa) es frecuente actualmente en algunas zonas de Sierra Nevada pero resta por confirmar la antigüedad que supone la cita de Siret y Siret (1890) en Campos.
Granados (Punica granatum) y nogales (Juglans regia) son bastante recientes en el registro arqueológico, al igual que las distintas especies del género Pnmus, hallados en niveles de la Edad del Hierro o posteriores.
El almez (Cellis auslralis) es un árbol espontáneo en distintas zonas del Sureste, en los fondos de valle.
En el Sur de Francia su madera se aprovechaba para fabricar aperos de labranza y fue extendida su área por el cultivo.
Sus frutos son comestibles y las semillas se encontraron en las Cuevas del Calor y en El Argar.
La palmera datilera (Phoenix dactylifera) aparece en la Cueva de los Tiestos junto a materiales del segundo milenio a.e. pero tal vez se trate de niveles revueltos.
Su centro primario de origen se halla en el Norte de Africa según Zeven y Zhukovsky (1975) Y se encontraron sus restos en el Bronce medio de Jericó (Renfrew, 1973).
Las semillas de higuera (Ficus carica) y fragmentos de fruto se han estudiado en diversos yacimientos del Calcolíticu y de la Edad del Bronce.
Las semillas son muy pequeñas (0< I mm.) y pueden perderse durante el cribado si no se utilizan tamices muy finus.
Posiblemente a esto se deba que escaseen las citas de esta especie en los yacimiento estudiados.
Los azufaifos (Ziziphus lotus) son autóctonos en las zonas más cálidas del Sureste de España, ocasionalmente cultivados para setos defensivos.
Sus frutos azucarados son comestibles.
Aparecieron improntas de semillas y hojas de esta especie en cerámicas y adobes del yacimiento argárico de Almendricos.
Organos subterráneos comestibles (Tabla 5)
Los restos escasean, y los pocos recuperados están carbonizados.
De Asphodelus fistulosus se han encontrado semillas en varios yacimientos pero sus tubérculos sólo aparecieron en la Sepultura 70 de Coimbra del Barranco junto a otros de Cyperus (Rivera y Obón, 1987).
En el Museo de Villena se exhibe un bulbo de Allium procedente del Cabezo Redondo.
Plantas sinantrópicas, no cultivadas (Tabla 6)
Este grupo ofrece posibilidades de interpretación de gran interés como ha mostrado Wasylikowa (1981) comparando las especies encontradas en muestras de granos medievales y actuales.
Algunos autores consideran que las malas hierbas de los cultivos de cereales se introdujeron en éstos y se adaptaron a ellos debido. al uso de abonos orgánicos (estiércol) (Groenman.
1979) y al cultivo repetido de cereales en los mismos campos (Wasylikowa.
Dentro del concepto de plantas sinantrópicas se incluyen especies con muy diverso grado de adaptación a la actividad humana (cfr.
Hasta el momento la muestra disponible es muy escasa para poder realizar en el Sureste estudios de detalle.
Plantas silvestres (Tabla 7)
Las plantas silvestres encontradas pueden haber sido utilizadas como alimento. es el caso de las tápenas (Capparis spinosa).
Pero otras muchas pudieron aprovecharse por sus propiedades medicinales aunque no existe evidencia directa de ello.
Otro tanto sucede con las plantas con propiedades tintoriales.
Se han encontrado cuentas de collar fabricadas con semillas de Lithospermum en Cueva de la Salud y de olivo Olea europaea en la Cueva Carboneros.
El significado de las semillas. hojas y flores encontradas queda de todos modos oscuro para la mayor parte de las especies. que pudieron ser contaminantes ocasionales.
DISCUSION y PESPECTIV AS DE INVESTIGACION
Los restos vegetales revisados proceden de 87 yaCimientos cuya distribución por periodos y provincias aparece en el Tabla 8 (cuatro de ellos son de datación dudosa) y pertenecen a 102 taxones diferentes.
Las posibilidades de comparación se ven limitadas dada la amplitud del período considerado y la heterogeneidad de las muestras y fuentes.
Como se ve en el Gráfico 1 los grupos de especies mejor representadas son, en cuanto al número de taxones, las plantas sinantrópicas, no cultivadas (malas hierbas) y las silvestres que pudieron aparecer como contaminantes ocasionales en algunos yacimientos.
Si tenemos en cuenta el número de ellos en los que se presentan, entonces adquieren relevancia los frutos comestibles y cereales, las plantas textiles y de cestería, las legumbres y las oleaginosas.
En el Gráfico 2 se observa un retraso entre la aparición de los cereales y las leguminosas.
Parece tratarse de dos tipos de agrícultura marcadamente diferentes o bien de dos fases en un proceso de incremento en la complejidad del agroecosistema.
Existe un efecto de enmascaramiento debido al desigual reparto de los yacimientos estudiados en una mayoría pertenecientes a la Edad del Bronce.
Habría pues que incrementar los estudios en yacimientos más antiguos.
Los métodos de recogida de muestras deben responder a una planificación previa, adecuada a las características del yacimiento e incorporar las técnicas que permitan recuperar el máximo de macrorestos vegetales: flotación, lavado, tamizado fino, etc. (cfr.
Los volúmenes iniciales de las muestras y las técnicas de recuperación empleadas deberían incluirse en el texto de los estudios paleoetnobotánicos que se publiquen.
Convendría que los arqueólogos que estudian los períodos más recientes: Romano, Medieval, Moderno, etc. aplicaran también estas técnicas de recuperación de restos vegetales.
Cada año se pierde mucha información al excavar de forma inadecuada y confiar que «todo está en las fuentes escrítas,..
En este aspecto nos queda mucho que aprender de los paleoetnobotánicos centroeuropeos.
Otro aspecto que requiere urgente estudio son los materíales vegetales depositados en los diferentes museos.
Alfaro (1984) es un ejemplo de las magníficas posibilidades que ofrece esta revisión, en su caso centrada en tejidos y cestería.
Restan semillas, frutos, improntas en cerámica y adobes, etc.
Pese a lo andado es largo el camino que le queda por recorrer a la Paleoetnobotánica en el Sureste de la Península Ibérica.
Los autores desean expresar su reconocimiento a todos los arqueólogos que nos han facilitado el estudio de materiales recuperados de sus excavaciones y cuya lista seria demasiado larga de enumerar.. |
Su descripción constituye, junto con los resultados del análisis por Fluorescencia de rayos X, el motivo central de este trabajo pero, además, la realización de una corta campaña de excavación en el yacimiento ha permitido contextualizar el hallazgo y ponerlo en relación con una posible área de actividad metalúrgica.
La situación del poblado de L'Arbocer, en el límite de las actuales provincias de Valencia, Alicante y Albacete, es de gran interés a la hora de valorar la presencia de este posible taller metalúrgico y su cronología.
En abril de 2002, con motivo de un trabajo sobre el poblamiento del III y II milenios a.C. en la comarca de La Costera, realizamos una visita de prospección al lugar conocido como "El Mosso" o "Palau", en el término municipal de la Font de la Figuera, acompañados por Elena Revert cuya familia es propietaria de los terrenos.
Se trataba de comprobar las noticias acerca de la existencia de un yacimiento arqueológico en dicho lugar y, de esta forma, incluirlo en el trabajo anteriormente citado que fue presentado finalmente en las Jornadas de la Edad del Bronce celebradas en Villena ese mismo año (García Borja 2004).
Efectivamente nos encontramos ante un yacimiento arqueológico cuya cronología podemos si-tuar a lo largo de la Edad del Bronce, a juzgar por la presencia de fragmentos de cerámica hecha a mano de calidad media.
La inspección visual nos mostró junto a estas cerámicas un objeto de metal que se encontraba a nivel superficial, concretamente una hacha plana que, al ser levantada, dejó a la vista el resto del conjunto de piezas metálicas.
Dado el estado en que se encontraba el terreno tras las lluvias, así como la posibilidad de que el material pudiera ser localizado por buscadores clandestinos, consideramos oportuno recoger dichos materiales y depositarlos de inmediato en el Museo de Prehistoria de Valencia.
El conjunto, que en un primer momento consideramos podía corresponder a una ocultación antigua de objetos metálicos, consta de dos hachas, un cincel, un puñal de remaches, tres pulseras, seis punzones, cinco aretes enteros y fragmentos de otros, y nueve fragmentos informes, de cobre o bronce; además de fragmentos correspondientes a dos vasijas cerámicas que contenían dicha ocultación.
Todo ello apareció al pie de un montículo, junto al poblado de L'Altet del Palau, y constituye una importante evidencia en relación con el poblamiento del II milenio a.C. en la comarca de La Costera, y en especial con la cultura material y la actividad metalúrgica de este periodo.
Con posterioridad el yacimiento fue visitado en dos ocasiones más con el fin de comprobar el estado de conservación del lugar.
La posibilidad de documentar el contexto del hallazgo y las estructuras de habitación correspondientes aconsejó la realización de una actuación arqueológica puntual, que podría determinar en un futuro próximo la elaboración de un proyecto más extenso.
Así, casi dos años después de producirse el hallazgo solicitamos a la Dirección General de Patrimonio Cultural Valenciano el permiso para la realización de una excavación arqueológica.
Por último, a finales de 2004, se ha procedido al análisis por Fluorescencia de Rayos X en dispersión de energias (XRF-ED) de la mayor parte de los objetos metálicos hallados.
Análisis realizados por I. Montero y S. Rovira en el Instituto de Historia del CSIC (1) y cuyos resultados, junto con la descripción de las piezas, han motivado esta noticia.
El lugar del hallazgo se encuentra junto a un yacimiento conocido con anterioridad, L'Altet del Barranc del Mosso, o de Palau (Ribera 1996), recogido igualmente en los Archivos del Servicio de Investigación Prehistórica.
Con el nombre de El Madroñal fue inscrito en el Inventario de yacimientos arqueológicos realizado por la Generalitat Valenciana (Aznar et al. 1996) y documentado por las prospecciones realizadas por la Universidad de Valencia, dirigidas por J. Pérez Ballester (Pérez Ballester y Borredá 1998), siendo adscrito a la Edad del Bronce.
El nombre se debe a la presencia de madroños en el lugar, de ahí el topónimo L'Arbocer.
L'Altet de Palau es un poblado en alto con un tamaño aproximado de 1200 m2, plataforma amesetada limitada por escarpes en casi todo su perímetro, a excepción de la zona que comunica con un pequeño montículo, L'Arbocer, cuyo aspecto recuerda a una torre y que está separado del resto del asentamiento por una pequeña vaguada abancalada y cultivada (Lám.
Se encuentra en buen estado de conservación sin que se aprecien agujeros o remociones de tierra.
A nivel superficial se delimitan muros de aparejo irregular de piedras trabadas en seco y amontonamientos de piedra configurados por el abancalamiento existente.
Se han recogido en superficie escasos fragmentos de cerámica a mano, huesos, lascas y nódulos de sílex, además del conjunto de objetos metálicos.
La vegetación del entorno es de bosque abierto con presencia de pinos y olivos y presenta muy buena visibilidad desde el sur, este y oeste, divisándose al norte el yacimiento ibérico de El Frare.
La distancia al río Canyoles es de 2000 m y el curso de agua más próximo es el Barranc del Moro o Mosso.
Situado en el corredor que une las tierras de Almansa y la llanura del Xúquer, zona en la que se conocen numerosos poblados de la Edad del Bronce, algunos grandes como el cercano de El Fossino, también en la Font de la Figuera, de 3000 m 2, y otros de apenas 60-80 m 2, considerados como enclaves para el control de las vías de comunicación (Ribera 1996).
La ubicación de los poblados varía entre notables elevaciones y pequeños cerros, primando la explotación agropecuaria del entorno sobre la preocupación defensiva (Pérez Ballester y Borredà 1998; García Borja 2004). histórico, como lascas de sílex, fragmentos de molinos, barro cocido y numerosos fragmentos cerámicos; además de un molde o afiladora de piedra arenisca y una hacha de piedra pulida (UUEE 1002, 1003 y 1006).
-Finalmente, un nivel estéril, de color amarillento y textura arenosa (UE 1005) presente en gran parte de la cata, parece responder a una primera preparación de la superficie natural.
Bajo éste aparece ya la roca.
Los restos constructivos corresponden al segundo nivel y comprenden una estructura de piedras de planta circular que se apoya sobre la roca (UE 1004), con tierra rubefacta en el interior y escaso material arqueológico, y otra estructura (UE 1008) que presenta un estado de conservación deficiente.
Se trata de una alineación de piedras que se encuentra justo en el límite de la zona en que la pendiente de la roca se hace más pronunciada y en un principio se ha interpretado como un muro (Fig. 2; Lám.
Como ya se ha explicado, el conjunto de objetos metálicos ha sido recuperado en diferentes momentos.
En primer lugar, la visita al yacimiento en la que se produce el hallazgo casual; con posterioridad se recogieron algunos fragmentos de metal en una segunda visita, y finalmente la excavación arqueológica ha aportado un pequeño número de restos.
La descripción de las piezas se hace siguiendo los criterios tipométricos y tipológicos de Lull (1983) y Simón (1998).
Acompaña la descripción de las mismas su número de Inventario de Almacén o su número de Catálogo, según se trate de restos informes o de piezas completas, del Museo de Prehistoria de Valencia, y la referencia correspondiente a su análisis de composición (Tab.
Restos recuperados en la primera visita
-Fragmento de hacha plana, de sección elíptica, con filo y bordes sin regularizar, cuya fractura muestra irregularidades o deficiencias del proceso de fundición.
Probablemente pertenece al Tipo I de Lull.
-Hacha plana de sección rectangular que se encuadraría dentro del Tipo I, subtipo P de Lull.
-Cincel de sección rectangular con uno de sus lados más estrechos, de perfil cóncavo.
El ancho del filo es superior al ancho de la pieza.
Pertenece al Tipo III de Simón (1998: 285), relacio-nado con trabajos sobre materiales duros que necesitan un gran impacto.
-Puñal de remaches de hoja triangular, base redondeada y dos remaches en línea recta.
No presenta señales de enmangue.
-Punzón biapuntado de sección cuadrangular en el centro y en un extremo, en el opuesto la sección es circular.
-Punzón probablemente biapuntado de sección cuadrangular conservado casi en su totalidad, a excepción de los extremos.
-Punzón probablemente biapuntado, una de sus puntas parece fracturada, de sección cuadrangular en el centro y en un extremo y romboidal en el opuesto.
-Punzón biapuntado de sección cuadrangular en el centro, romboidal en un extremo y circular en el opuesto.
Análisis por Fluorescencia de rayos X en dispersión de energias (XRF-ED).
Valores expresados en % en peso (nd = no detectado).
Pablo García Borja, María Jesús de Pedro Michó y Ángel Sánchez Molina Fig. 3.
Objetos metálicos de L'Arbocer.
Fragmento de hacha plana.
-Punzón biapuntado de sección cuadrangular en el centro y circular en uno de sus extremos.
El extremo opuesto se encuentra muy deteriorado.
-Punzón biapuntado de sección cuadrangular en el centro y en uno de sus extremos y circular en el opuesto.
Presenta una ligera concavidad hacia el centro de la pieza, por una de sus caras.
-Pulsera de morfología circular, aunque no completamente regular, y sección elíptica con los extremos superpuestos.
-Pulsera de morfología circular y sección elíptica con los extremos superpuestos.
-Pulsera de morfología ligeramente elíptica, sección igualmente elíptica y extremos superpuestos.
Las tres pulseras se encuentran unidas y entrelazadas, su peso total conjunto es de 34,2 gr (Fig. 3, 6).
-Arete de una vuelta, morfología circular y sección elíptica con extremos separados y superpuestos parcialmente.
-Arete de una vuelta, morfología circular aunque con tendencia triangular, sección circular y extremos separados y superpuestos parcialmente.
-Arete de una vuelta, morfología circular con extremos separados y superpuestos parcialmente.
-Arete de una vuelta, morfología y sección circulares aunque algo irregulares; los extremos están separados y superpuestos parcialmente.
-Arete de una vuelta, morfología y sección circular, con extremos separados y ligeramente superpuestos.
-Fragmento de hoja probablemente de un puñal.
Restos recuperados en la segunda visita
-Fragmento de punzón de sección cuadrangular.
-Fragmento de punta de un punzón de sección cuadrangular.
-Fragmento de arete de morfología circular.
-Resto de fundición de morfología circular.
Largo: 1 cm; ancho: 1 cm; grosor: 0,6 cm; peso: 1,7 gr. Pablo García Borja, María Jesús de Pedro Michó y Ángel Sánchez Molina
Restos recuperados en la excavación
-Seis pequeños fragmentos, restos de fundición procedentes de la UE 1000.
-Once pequeños fragmentos, restos de fundición procedentes de la UE 1001.
-Dos fragmentos probablemente del mismo arete, procedentes de la UE 1001.
-Fragmento de punzón de sección circular, procedente de la UE 1001.
-Fragmento de punzón de sección cuadrangular, procedente de la UE 1001.
-Fragmento de punta de punzón de sección cuadrangular, procedente de la UE 1001.
-Arete de una vuelta de morfología circular con extremos separados y superpuestos parcialmente en el momento de su hallazgo.
Constituyen el conjunto dos hachas planas, un cincel, un puñal de remaches y un fragmento de hoja de puñal, siete punzones, tres pulseras, ocho aretes y quince restos de fundición de diferente morfología, que suman en total 482,87 gr (Lám.
Sobre los aspectos tipológicos y empezando por las hachas, nos encontramos con un ejemplar completo y otro fragmentado.
El primero de ellos se incluye en el Tipo IP de Lull, es de bronce con un alto porcentaje de estaño y presenta gran similitud tipométrica con los procedentes de diferentes yacimientos valencianos y manchegos, generalmente de cobre, entre otros los de Cova Santa de Font de la Figuera y Cueva de los Muertos de Enguera, o los de El Cuchillo de Almansa (Hernández et al. 1994), por citar los más próximos.
El segundo es una pieza fragmentada de cobre, la única de todo el conjunto.
Las deficiencias observadas en su fractura parecen indicar una fundición defectuosa, y la ausencia de los signos evidentes del acabado, como el martilleo del filo o la eliminación de rebabas en los bordes, sugiere que tal vez no llegó a ser utilizada y que se trataba de material preparado para refundir, o sea, de una especie de lingote.
El cincel se encuadra en el Tipo III de Simón (1998: 285), dentro del grupo formado por piezas de bronce, si bien el ejemplar de L'Arbocer no supera el 6,83% de estaño, cantidad inferior a la de piezas procedentes del Tabaià de Aspe, y Cabezo Redondo de Villena.
En la Edad del Bronce, tanto el cincel como el escoplo, desaparecen del ajuar funerario para limitarse al ámbito artesanal, en tareas como la cantería, carpintería y orfebrería.
A partir del Bronce Tardío se utilizan aleaciones binarias para su ejecución, y algunos pudieron ser usados como lingotes.
El puñal de remaches se encuentra dentro de las dinámicas tipológicas y métricas de estas piezas en numerosos yacimientos valencianos y alicantinos.
Puñales de pequeño tamaño, sin aparente funcionalidad bélica o social.
El punzón biapuntado de sección cuadrada es un útil metálico común en los yacimientos valencianos tanto eneolíticos como de la Edad del Bronce, momento éste en que se diversifica la tipología con un mayor grosor, secciones circulares, enmangues y el empleo generalizado de bronces estanníferos a partir del último cuarto del II milenio a.C. Los punzones del Bronce Tardío se caracterizan por ser apuntados, de sección circular, con cuerpo de escaso grosor y punta o extremo de forma cónica y de escasa longitud, como los del Tabaià y la Horna de Aspe, Cap Prim de Xàbia (Simón 1998: 277), Muntanya Assolada de Alzira y Lloma de Betxí de Paterna, donde los ejemplares de bronce corresponden a los momentos finales de la ocupación.
Los de L'Arbocer son de sección cuadrangular, pero cuatro de ellos presentan sección circular en uno de sus extremos, y son todos de bronce.
Las pulseras se han definido como tales, y no como brazaletes, por el diámetro máximo interno que se ajusta mejor a su uso colocadas en la muñeca y no en la parte superior del brazo.
Brazaletes, pulseras y espirales, generalmente de oro y plata, son de origen argárico y aparecen asociados a ajuares funerarios femeninos.
En cobre y bronce su dispersión es mayor como prueban, entre otros, dos pulseras de bronce de Mas de Felip en Ibi, y un brazalete también de bronce de Benissit en la Vall d'Ebo.
En cuanto a los aretes, la diferencia con respecto a los anillos se establece por el diámetro interno.
Así, todos los ejemplares de L 'Arbocer tienen un diámetro interno igual o menor a 1' 5 cm y los fragmentos similares se describen también como aretes.
Son elementos de adorno presentes desde el Eneolítico hasta el Bronce Final, más numerosos que los anillos, y aparecen en contextos habitacionales y funerarios.
El análisis de composición de las piezas da como resultado la presencia casi exclusiva de bronces, a excepción de una pieza.
Los estudios arqueometalúrgicos revelan que a partir de la segunda mitad del segundo milenio se empieza a generalizar la aleación intencional de cobre y estaño en el SE de la península Ibérica (Montero 1999; Fernández Miranda et al. 1995).
Igualmente, el bronce se implanta en el País Valenciano a partir de la mitad del II milenio a.C. (Simón 1999), si bien su generalización no parece producirse hasta el último cuarto del segundo milenio, vinculado a lo que en las comarcas meridionales se denomina Bronce Tardío, similar al SE, y que en las comarcas centrales y septentrionales posee un carácter paralelo pero propio (Martí y de Pedro 1997;1999).
Nos encontramos, pues, ante un conjunto que podemos situar a partir de la segunda mitad del segundo milenio a.C., a falta de que otros elementos, como la cerámica, puedan precisar la cronología propuesta.
La presencia de restos de fundición, así como de piezas fragmentadas, podría interpretarse como chatarra, y las hachas y el cincel como posibles lingotes.
Todo ello, asociado a la estructura circular de piedra descrita en la UE 1004 cuyo interior se encuentra rubefacto (Lám.
IV), y a la presencia de otros materiales como una hacha de piedra pulida con el filo amortizado y posiblemente utilizada como martillo, o la piedra arenisca con una hendidura longitudinal utilizada como afiladora o como molde ocasional para fundir varillas, nos lleva a interpretar el hallazgo como parte de un área de fundición metalúrgica vinculada al poblado pero situada en sus inmediaciones.
Sería, pues, un lugar periférico o marginal del poblado, situación que se constata también en yacimientos como la Peña de Sax, donde se localizó un horno de fundición y restos de dos crisoles, además de piezas con proporciones altas de estaño, y en la Mola Alta de Serelles de Alcoi, donde el conjunto de moldes y tapadera de arenisca (Simón 1995a) se ha localizado en un departamento exterior (Simón 1998: 358).
Situación, por otra parte, no generalizada de acuerdo con la información de yacimientos como la Horna, donde se localizó una zona de fundición con gotas de metal en una habitación, y en otros departamentos se documentaron moldes de fundición de varillas y morteros.
Y el Cabezo Redondo donde la vasijahorno, los moldes, crisoles y tapaderas, y los restos de escorias se distribuyen en varios departamentos.
La presencia de chatarra como materia prima para su transformación se constata igualmente en yacimientos del Vinalopó y de l'Alcoià durante el Bronce Tardío.
Así, a los casos ya citados, podemos añadir Ull del Moro de Alcoi, con elementos como moldes y un crisol, algunas piezas de aleación binaria e incluso ternaria y cinceles de cobre que pudieron utilizarse como lingotes en relación con una actividad metalúrgica local, que parece generalizarse a partir del Bronce Tardío con la introducción de la aleación cobre-estaño.
En el caso de L'Arbocer, las evidencias metalúrgicas se vinculan posiblemente al surgimiento del Cabezo Redondo en el Alto Vinalopó, yacimiento estrechamente ligado a la vía de tránsito que une Almansa, el Valle de Montesa, el Altiplano de Yecla y la cuenca media del Vinalopó.
Faltaría precisar si participa también del posterior desarrollo de la metalurgia durante el Bronce Final, en relación con otras evidencias de la zona, restos de pequeños hornos de fundición y hallazgos superficiales como el molde de piedra arenisca para fundir puntas de lanza de vástago hueco y hoja nervada de El Fossino, y la punta de flecha de hoja foliácea y sección ovalada del mismo yacimiento (Ribera 1996; Simón 1996).
Incorporación de nuevos tipos en Cabezo Redondo, como las puntas de lanza de vástago hueco y hoja nervada realizadas en moldes de piedra.
Y presencia en la Mola d'Agres de moldes de piedra para la fundición de hachas de talón con una anilla, y de piezas metálicas como la fibula ad occhio (Simón 1995a, b).
El conjunto metálico que ahora nos ocupa constituye una aportación al conocimiento de la metalurgia del Bronce Tardío en las tierras valencianas, que se suma a anteriores trabajos sobre la incorporación a la producción metalúrgica de los valles del Palancia y el Millares, hacia la mitad del segundo milenio a.C., territorio en el que confluyen influencias meridionales, septentrionales, de la serranía ibérica y del mediterráneo occidental (Simón 2001); y que se muestra acorde con las evidencias de áreas limítrofes como la Mancha (Fernández-Posse et al. 1999) |
Cunsideramus que la mejur furma de aproximarnus a su estudlu es seguir un orden cronológicu, por este motivo empezaremos por el currespondientes al Sulutrense.
Se sitúa en una zona montañosa al Norte de la provincia de Almería, próxima a los llanus que unen Caravaca de la Cruz con la Puebla de Don Fadrique.
El yacimiento se abre en un cantil de 100 metros de altura, formado por calizas del Burdigaliense superiur-Langhiense inferior, muy ricas en biomicritas de algas con fósiles (Ripoll López, 1986).
Se trata de la típica vegetación mediterránea de árboles esclerófilos de tipo mediterráneo, propia de suelos calizos: Chamaerops humilis, Pinus halepensis, Quercus ruber, Mirtus cammunis y Pistacia lentiscus.
En la zona de Vélez, la vegetación se compone de extensos pinares y encinares.
Como sotobosque están presentes Juniperus thuri/era, Lavandula officinalis, Lanicera periclymeum, Juni- perus communis, Pistacia lentiscus, Rosmarinus o/ficinalis, etc.
Presenta un total de siete niveles, localizados durante el sondeo efectuado en 1983.
Nivel VII: Arcilla de descalcificación compacta, en forma de cono, buzando hacia el SW.
Arqueológicamente estéril, sin evidencia de ocupación humana.
Nivel VI: Matriz arcillosa, menos compacta que el anterior.
Aparecen gran cantidad de restos, tanto líticos como de fauna.
Nivel V: Se corresponde con la parte superior del VII.
Arcilla suelta, sin industria lítica, pero con restos de fauna.
Nivel IV: Nivel con hogares.
Matriz arcillosa con abundante industria lítica.
Nivel ID: Matriz de arcilla suelta, estéril arqueológicamente, pero con abundante fauna, principalmente lagomorfos y microfauna.
Nivel II: Ultimo de ocupación humana.
Arcilla suelta con abundante industria lítica: raspadores, puntas de muesca y hojitas de dorso, así como algunos ejemplos de industria ósea.
Nivel 1: Arqueológicamente estéril.
Matriz arcillosa con fauna de lagomorfos.
Todos los datos expuestos hasta ahora, tanto los de geomorfología como los de vegetación y arqueológicos, proceden de la Tesis doctoral de S. Ripoll (1987) a quien agradecemos su ayuda.
Muestreo y tratamiento de las muestras:
Al finalizar la campaña de 1986 tomamos un total de 65 muestras, cada 5 cm., sobre un corte de 6 metros.
Se escogió el corte Este por incluir todos los niveles excavados.
Este se dividió a su vez en dos zonas, pues el nivel VI se acuñaba en el límite de dos cuadriculas y no podía muestrearse en una sola columna.
La denominada Sur comprende los niveles VITb, VITa, VI y V, siendo el VI atribuible al Solutrense medio.
La columna Norte incluye los VITb, VIIa, V, IV, ID, II Y 1, de los cuales el IV corresponde al Solutrense superior y el II al Solutrense superior evolucionado.
El tratamiento químico de las muestras ha sido doble.
Las inferiores (297-177 cm.) se trataron de la forma que tradicionalmente hacemos en sedimentos arqueológicos: CIH en frío, NaOH al 2096 en caliente, y posterior concentración en líquido denso, Thoulet, con una densidad de 2.
Como los resultados obtenidos no eran muy satisfactorios, optamos por cambiar de sistema, teniendo en cuenta el tipo de sedimento con el que nos encontrábamos.
El nuevo proceso es el propuesto por A. I. Woosley (1978) para la extracción de pólen en sedimentos áridos, denominado, método Chevron.
La frecuencia polínica es muy baja, ya que ha habido que leer seis láminas por muestra para obtener un número de palinomorfos suficientes para poder realizar los porcentajes con una cierta fiabilidad.
Tenemos que señalar que a partir de la muestra en la que aplicamos el método Chevron, hemos encontrado elementos nuevos.
Se trata de microorganismos pertenecientes al grupo de Dinoflagellata.
Los de cueva Ambrosio pertenecen a los denominados Spiniferites ramosus (Ehrenberg) Sarjeant, de estratigrafía cuartenaria y a Cleistosphaeridium ancoriferum (Cookson and Eisenack) Davey, Downie Sarjeant Williams, del Cretácico superior (Caratini, comunicación escrita).
Aunque presentes en todas las muestras, su porcentaje aumenta en aquellas estériles arqueológicameo te, y casi estériles polínicamente.
Su presencia puede explicarse en el hecho de tratarse de un sedimento procedente de arcillas de descalcificación del Cretácico.
Las muestras que ofrecieron datos válidos palinológicamente son las correspondientes a los niveles IV y VIIa de la columna norte, y VI y VIIa de la sur.
En todas las de la primera domina el Pinus s ilves tris.
Junto a éste aparece Quercus t. ilex-cocdfera, oleáceas y Ulmus.
A partir de los 97 cm. aumenta el Quercus, apareciendo Corylus, disminuyendo considerablemente los valores de los pinos.
Entre las herbáceas destaca la presencia de Asteráceas ligulifloras, seguidas de las Poáceas, Fabáceas y Borragináceas.
Nos encontramos en una fase templada, poco húmeda.
Entre los 47 y los 27 cm. descienden los valores de Pinus t. silvestris, aumentando los de Quercus t. ilex-cocdfera y Corylus, apareciendo por vez primera los tilos (Tilia) que llegan a alcanzar valores de 696.
Desaparecen las Asteráceas, aumentando las Poáceas, Borragináceas, Labiadas y Cyperáceas.
Los Dinoflagelados han desaparecido.
Se trata de una fase más templada y húmeda.
La columna sur presenta, al igual que la norte, una alternancia de niveles estériles con otros que, aunque no son ricos, sí son válidos para poder establecer porcentajes.
Se trata de la parte superior del nivel VIIa y el VI, que por estar acuñado no aparece en la columna anterior, si bien puede considerarse continuación de aquél.
Habíamos visto que en el nivel VIIa disminuían los pinos, aumentando las encinas y los avellanos, hecho que se ve bien reflejado ahora.
El resto de los árboles son similares, pudiéndose contabilizar algunos pólenes de Buxus.
Entre las herbáceas dominan Asteráceas y Quenopodiáceas, habiendo algún pólen de Ephedra.
Se trata de un momento seco.
El nivel V presenta como árbol dominante el pino, seguido del olmo.
Entre las herbáceas destacan Asteráceas, Poáceas, Cyperáceas, Nympháceas, Iridáceas y Juncáceas.
Extrapolando ambas columnas, y situando los niveles correlativamente, podemos situar el nivel VIIa en el interestadial Laugerie, fase templada, poco húmeda, con alto porcentaje arbóreo (7596).
Este disminuye a la mitad en el nivel VI.
El nivel IV presenta una nueva subida arbórea, alcanzando el 7096, con esencias termófilas y húmedas como son el avellano y el tilo.
Podría situarse en el interestadio Lascaux.
Se sitúa en la Sierra de Peña Rubia, en el límite entre las cuencas de los ríos Argos y Quipar, formada por materiales del Jurásico y Cretácico inferior en perfecta continuidad.
Dentro de este contexto estructural y estratigráfico, la Cueva del Calor se desarrolla a favor de una de las fracturas perpendicular al contacto mecánico principal que limita la Sierra en su borde oriental.
La cueva se halla encajada en unos potentes estratos de calizas micriticas de gran pureza del Jurásico medio en las que no se advierten superficies de estratificación.
El ecoclima actual está en el límite de las posibilidades de albergar un bosque mediterráneo esclerófilo.
Está presente el Quercus t. cocci/era y Pinus halepensis.
Pistacia lentiscus indica la filiación termófila del encinar.
J unto a éste está presente Crataegus monogyma, Rosa arvensis, Prunus spinosa, Paeonia teroi, Acer granatenses y Quercus /aginea.
En una zona próxima a Peña Rubia hay algunos grupos de Buxus sen/pervivens, Aretostaphilos uvaursi y otras formaciones de robledales subhúmedos (Montiel s.a.).
Nivel V: Corresponde al prim~r momento de la ocupación de la cueva, en el que ésta se utiliza como hábitat, aunque no puede descartarse aún la presencia de enterramientos.
Se trata de un solo momento cultural sin que pueda hablarse de secuencia evolutiva.
Puede incluirse en el Neolítico medio-final.
Nivel IV: Se trata de un nivel en el que la cueva se ocupa como lugar de enterramientos múltiples.
El rito puede ser el de cremación parcial.
Se clasifica en el Eneolítico.
Nivel m: Poco documentado.
Se define su asignación, momento argárico, por la presencia de un fragmento de la forma 5 procedente del nivel removido de la cueva (nivel 1) y de dos pequeñas tulipas completas halladas in situ.
Nivel D: Iberromano: La cueva debió usarse como santuario.
(M. San Nicolás: comunicación personal.)
Las muestras para el análisis polínico corresponden a dos series independientes por su desplazamiento lateral (l m.), pero con una sucesión estratigráfica que abarca toda la secuencia inalterada.
Se ha tomado en el único lugar donde esto es posible, ya que el resto de la cueva presenta el relleno removido o está sin excavar.
El lugar corresponde a los perfiles suroeste de los cuadros 180, para la primera serie (425-100 cm.), y 170 para la segunda, superando la cota O, dando valores positivos.
La toma de muestras se inició en los estratos prehistóricos, desechándose el 1, siendo éste el resultado de una sucesiva remoción del relleno por parte de clandestinos.
Igualmente se abandonó el D, correspondiente a un santuario fechado en época romana, situándose entre finales del siglo I y D-I1I de la Era.
La primera serie corresponde a todo el nivel m, fechado como argárico.
La segunda corresponde a los niveles IV, V, VI, fechados en un momento del Neolítico final-Calcolítico.
Se han tratado un total de 26 muestras tomadas cada 5 cm., en unos casos y cada 10 cm., en otros.
El tratamiento utilizado ha sido el normalmente aplicado por nosotros, y que ya hemos expuesto anteriormente.
Se han leído cuatro láminas por muestra, obteniéndose resultados muy variados que oscilan entre 4 y 1.910 palinoformos.
En general, el pólen está bien conservado y el número de taxones encontrados ha sido sufiente (60).
En el diagrama pueden verse tres fases: a) Situada entre los -240 y -190 cm., correspondiendo a los niveles inferiores del yacimiento.
En ella puede verse que el porcentaje arbóreo no alcanza nunca el 5096.
Es notoria la presencia de especies mediterráneas junto a Quercus t. ilex, seguidas por Pinus ha lepe ns is, Ulmus, Populus, y en menor grado Juglans.
Nos encontramos ante un bosque abierto de tipo mediterráneo.
Entre las herbáceas dominan la Asteráceas ligulifloras, alcanzando en esta primera etapa valores hasta de un 3096.
Están seguidas en sus valores por las Poáceas, siendo interesante señalar que es en este momento donde mayor número de pólenes de cereal hemos localizado.
Es importante también el porcentaje de plantas amantes de humedad como pueden ser las Cyperáceas, Juncáceas o Nympháceas.
Los helechos no son muy significativos en este momento, aunque su presencia queda constatada.
Es importante apuntar la presencia de Ranunculáceas, Polygonáceas, Cru<.:Íferas o Fabáceas, indicando que los cultivos tenían una cierta importancia en estos momentos.
Es ahora también cuando mayor importancia tiene el porcentaje de Vilis (9<i(»).
Es posible, pues, que nos encontremos en un momento de fuerte acción antrópica dentro de un clima templado y no excesivamente seco. b) La etapa siguiente podemos enmarcarla entre los -180 y -90 cm., teniendo en cuenta que, como hemos señalado anteriormente, el intervalo entre los t 50 Y tOO cm., no es observable a nivel sedimentológico, sino que es continuación entre uno y otro cortes.
Aquí los pinos superan ligeramente los valores de las encinas y las especies mediterráneas.
Siguen en los mismos valores los olmos, disminuyendo los álamos (Populus) y los nogales (Juglans), haciendo una tímida aparición los tilos (Tilia).
Entre las herbáceas, disminuyen las Poáceas, teniendo una importante subida las Asteráceas ligulifloras que de alguna manera cubren los valores que antes tenían otras herbáceas.
Están presentes asimismo las Carduáceas y Arlemisia.
Disminuye el porcentaje de cereales, así como el de las plantas ruderales, cortejo de los anteriores en los campos cultivados.
Han disminuido igualmente las «plantas húmedas». c) Tras el lapsus producido entre -80 y -45 cm., por la pobreza del número de palinoformos, encontramos la parte superior, entre -45 y -25 cm., donde el porcentaje arbóreo sube considerablemente debido al aumento de Pinus ha lepe ns is.
Es difícil considerar si este aumento se debe a la presencia de un mayor masa boscosa o al alto grado de polinización y desplazamiento de los pólenes de esta familia.
Las especies mediterráneas siguen presentes, así como los valores de Quercus ilex.
El resto de los árboles están representados por valores muy bajos.
Entre las herbáceas siguen predominando las Asteráceas ligulifloras, aumentando la presencia de Ephedra.
Las Poáceas están prácticamente ausentes.
En definitiva, podemos señalar que la vegetación está formada por el Quercetum mixtum, dada la presencia de elementos característicos de éste, como son los olmos y los tilos, y de taxones termófilos presentes en la actualidad.
Se sitúa en un escarpe localizado en un afloramiento subbético de calizas del Eoceno medio.
Se trata de una pequeña concavidad de la roca de planta semicircular, cuya pared aumenta en altura hacia el centro, en la que se encuentra el sepulcro.
La mayor parte de la comarca del Noroeste murciano se encuentra encuadrada en cinco dominios climáticos, muy mermados por la acción del hombre.
La localidad de Mula, a la que pertenece el yacimiento se encuadra en el dominio de Quercion Rotundifoliae.
En éste son frecuentes las comunidades de matorrales y tomillares.
Dentro de este dominio se distinguen dos alianzas: la Quercion Rotundifoliae y la Rosmarino-Ericion (González Ortiz, 1984).
Las pocas reliquias que quedan están reducidas a especies arbustivas, siendo frecuente la mezcla de encinas con Pinus halepensis, especialmente en las zonas más térmicas.
Se encuentra aislado el Juniperus thurífera y el oxicedrus.
El matorral de romero y brezo está muy extendido en la comarca, estando formado por arbustos y plantas leñosas, habiendo algunos ejemplares de pinos carrascos dispersos entre ellos.
Son frecuentes las formaciones de Stipa tenacissima.
La muestra está recogida en el interíor de la zona más antigua del sepulcro, estando en contacto con los enterramientos, fechados en el 5320 B.P. El estudio sedimentológico ha señalado que el sedimento es de origen antrópico, resultand() del relleno de la cámara sepulcral.
El tratamiento químico ha sido el habitual. y el número de palinofurmus ha sidu de 764, resultadu de la lectura de cuatro láminas.
Entre el pólen arbóreo destaca la presencia de pino carrasco con un 2096, habiendo escasos ejemplares de fresnos (Fraxinus) y de encinas (Qercus t. ilex).
Entre las herbáceas destacan las plantas próximas a lus cursos de agua, cumo son el caso de las Alismatáceas, Juncáceas o los distintos tipos de esporas que se han localizado.
Parece que en el momento de producirse el enterramiento el mediu estaba bastante deforestado, puesto que a excepción de los pinos el medio arbóreo era escasísimo.
La no existencia de pólenes de cereales o de plantas ruderales parece indicar que en la zona próxima no existían campos de cultivo.
Yacimiento de A1rnlzaraque.Se trata de un cabezo o tell de 100m. de largo por 50 de ancho, situado sobre aluviones cuaternarios pertenecientes a la última terraza del río Almanzora, de matriz arcillosa.
El sudeste ibérico comprende algunos de los territorios de aridez más acusada de la Península.
Pese a esta aridez generalizada hay suficientes variaciones litológicas, edáficas y bioclimáticas como para permitir la existencia de distintos ecosistemas, agrupados en 11 series, que se engloban en tres grandes conjuntos: series de lentiscares y espinales termomediterráneos; series de coscojares termo y mesomediterráneos y series de carrascales termo-mesomediterráneos (Alcaraz y Peinado, 1987).
La vegetación del área donde se sitúa el yacimiento de Almizaraque corresponde a una de las series no determinadas por el clima general. sino por factores que se superponen al climático, como son los edáficos, halófilos, etc. Así podemos hablar de la geoserie de ramblas con adelfas (Nerium oleander), constituyendo la asociación Rubio longifoliae, Nerietum oleandri.
Cuando los suelos son algo limosos, entran comunidades dominadas por tárays (Tamarix canariensis) pertenecientes a la asociación Glycirrhizo glabrae-Tamaricetum canariensis.
Donde el agua se acumula durante cierto tiempo llegan a instalarse fragmentos de series ripícolas, con cañas, Arundo donax, álamos, olmos y juncos Juncos litoralis, etc. En las depresiones margosas y esquistosas es frecuente la entrada del freatófito Ziziphus lotus.
En estas depresiones hay que considerar a las comunidades de este arbusto espinoso como la vegetación terminal.
Se observan dos o tres niveles de habitación superpuestos: Fase 1, formada por un relleno de una potencia de 50 cm., con débiles construcciones, silos excavados y hoyos de postes.
Fase n, frecuente en construcciones.
El final de esta fase está fechado en el 2170 ± 100 a.C. Fase m, formada por acumulación de tierras limosas compactas de textura uniforme, con bolsadas de cenizas, restos de adobes.
Presenta una gran actividad constructiva con restos de zócalos de cabañas.
Fase V, conservada desigualmente, está afectada por construcciones posteriores y por la erosión de la ladera.
Culturalmente el yacimiento se enmarca en el Calcolitico del SE, con materiales propios de este período y con una actividad económica centrada en la agricultura y ganadería (Delibes et al., 1986).
El estudio polínico se efectuó sobre un total de 15 muestras recogidas cada 10 cm., pudiéndose observar dos partes:
-la inferior (90-180 cm.) queda marcada por el dominio de Pinus halepensis, acompañado por taxones mediterráneos, como Buxus sempervivens o Vilis vinífera, quedando atestiguados cultivos agricolas, Cerealia, junto a Fabáceas Planlago y Polygonáceas.
-la superior, en la que los pinos disminuyen, y los espacios abiertos se ven ocupados por Asteráceas ligulifloras y Quenopodiáceas.
Parece corresponder con la fase de abandono del yacimiento, con una vegetación próxima a la de la actualidad del tipo xerófilo propia de un clima extremadamente seco.
La presencia de Hystrichosferos concentricistes puede deberse al hecho de que en la base del teU se acumulara agua en determinados momentos.
Yacimiento de El Prado
Se encuentra situado en la localidad de Jumilla (Murcia).
Se trata de una cubeta endorreica rellenada por glacis de acumulación con tres grupos de estratos cuya formación está relacionada con los cambios climáticos del Cuaternario.
El yacimiento se sitúa en la denominada Rambla del Judío, donde su cauce desaparece bajo la acción del hombre.
Las condiciones climáticas de la zona son resultado de la dinámica atmosférica general de la zona levantina, modificadas por una serie de factores como son la altitud y la continentalidad.
Tiene una pluviosidad media anual entre 292 y 333 mm., quedando en el límite entre la España seca y la subdesértica.
La vegetación actual está formada por la alianza Quercion rotundifoliae con Quercus l. ilex rotundifolia y Pinus ha lepe nsis.
En altitudes superiores a 1.000 m., se les une Pinus laricio junto a matorral de alta montaña: Bella spinosa, Bupteurum rigidum, Quercus coccifera, Pistacia lentiscus, Rosmarinus officinalis, Rhamnus lycoides, Lavandula latifolia, Arbustus unedo, y Cistus albidus (Morales, 1972).
El depósito arqueológico tiene una potencia de 2,5 m., situándose bajo una potente capa de arcilla estéril.
Presenta cinco niveles arqueológicos.
La humedad del nivel 5 parece haberse debido al ascenso del nivel freático con inundación de la capa impermeable de arcilla.
El 4 sugiere condiciones más secas.
Como el 3, contiene áreas con cenizas, siendo los más ricos en materiales.
Los materiales, muy uniformes en los tres últimos niveles se incluyen en el Calcolítico del SE peninsular (Walker, 1985).
Se han analizado un total de 20 muestras correspondientes a los niveles 2 a 5d de la cuadricula Z 1 del perfil sur, con una profundidad entre 40 y 240 cm. Los resultados entre una y otras. respecto al número de palinomorfos. han sido muy desiguales, siendo muy escaso el número de taxones. incluso en aquellas en las que el número de palinomorfos ha sido mayor.
Por esta razón los resultados a los que hemos llegado son. de momento. parciales.
El tratamiento químico ha sido el clásico. sin que haya que haber utilizado ningún procedimiento complementario.
No hemos realizado un diagrama clásico debido a que el número de muestras en las que se ha podido obtener un porcentaje válido es desigual.
Dentro de lo poco que de momento podernos decir sobre las variaciones floristicas, señalaremos que, en líneas generales, destaca la presencia de Pinus halepensís, seguido por taxones mediterráneos entre los que hay que destacar las Oleáceas, Pistacia lentíscus, Buxus sempervivens y Cupresáceas.
En alguna de las muestras se han localizado pólenes de olmos y álamos, sin que con ello podamos dar ninguna consideración especial.
Entre las herbáceas, dominan las Quenopodiáceas y las Asteráceas ligulifloras, pudiendo indicar condiciones áridas.
Esto mismo puede deducirse de la presencia de las üliáceas, Malváceas o los escasos pólenes de Ephedra fragilís.
Entre los 40 y los 130 cm., aparecen algunos pólenes de Vitís vinifera, habiendo sido registrada su presencia entre los macrorrestos recuperados.
Restos de otros cultivos pueden deducirse por la presencia de pólenes de cereal, aunque su porcentaje es muy bajo (0,2%).
La pobreza en palinomorlos puede ser atribuida al tipo de sedimento, procedente en parte de arroyadas y con un alto contenido en yeso.
La presencia de quistes de Hystrichosferos y algunas esporas monoletes nos lleva a pensar que en algunos momentos el yacimiento estuvo encharcado.
Finalmente tenemos los resultados procedentes de otro yacImIento murciano cuya cronología parece situarse en un momento del Cakolítico, aunque se desconoce de momento su datación absoluta.
Abrigo de los Carboneros
Se sitúa en la localidad de Totana.
Se trata de un abrigo sepulcral con las paredes recubiertas de yeso.
El yacimiento corresponde a un enterramiento individual femenino.
El valle del Guadalentm, donde se encuentra la vega de Totana corresponde a una zona eminentemente agrícola, ocupada por cultivos de diversa índole, por lo que ofrece poco interés en cuanto a la vegetación espontánea.
Los restos de unidades fitoclimáticas resultan reducidos y espaciados.
El mayor dominio corresponde a las comunidades nitrófilas del orden Salsolo-Peganetalia de facies estepoide.
El tomillar serial y formaciones de Salsolas y Artemisias cubren las áreas no cultivadas.
La cota de máxima altitud es la Sierra de Espuña, cumbre llamada Morrón de Totana.
En dicha sierra se acumula la masa vegetal más densa.
En sus niveles más altos se conservan las unidades clímax del orden Quercetalia ilicis, con Quercus rotundifoliae y Quercion eu-ilicis.
Los cantiles superiores conservan una vegetación rupestre con afinidades béticas, mientras que en sus niveles inferiores las áreas deforestadas muestran comunidades de los órdenes Rosmarinetalia o y Anthyllidetalia terniflorae con matorral serial. sufrutices de Cistáceas y Labiadas y céspedes de Aphyllation (Esteve, 1972).
El hecho de que el yacimiento esté en período de estudio hace que no dispongamos d, toda la información.
Adelantaremos que se trata de un enterramiento femenino, descubierto por un grupo de clandestinos, lo que no ha permitido la localización del ajuar completo.
El cadáver presentaba la cabeza vendada, correspondiendo la venda °a Cannabis sindicus.
El cuerpo estaba colocado sobre unos tablones de madera de nogal, cubierto todo ello por una estera de cáñamo.
La columna poünica se tomó en el perfil longitudinal que corta estratigráficamente el sepulcro por la mitad.
El nivel 1 está limitado por las cotas -40, -85 cm., comprendiendo los estratos lb y le, siendo resultado de la acumulación del sedimiento posterior al enterramiento.
El nivel II corresponde a la inhumación, y en él se han tomado una serie de seis muestras.
El tratamiento químico no ha presentado ningún problema por lo que se ha utilizado el sistema tradicional.
El porcentaje arbóreo supera con mucho al de herbáceas, debido al alto porcentaje de Pinus ha lepe ns is, acompañados por algunos taxones típicamente mediterráneos como son Quercus ilex, Pistacia, Olea, Ephedra o Vitis, aunque su porcentaje es bajo.
La diferencia entre el nivel inferior a la deposición del cadáver y el posterior a ésta es poco visible, a no ser por los porcentajes de algunas plantas, como el caso de Ephedra o Artemisia, pasando en el primer caso de un 14,696 en la muestra inmediatamente superior al cadáver a un 2,1!l(¡ en la inmediatamente inferior.
Estos datos nos llevan a suponer que se debió depositar algún ramillete de flores, hecho constatado en otras sepulturas pertenecientes a diversos periodos culturales (Leroi-Gourhan, 1968; Bui-Thi-Mai, Girard y Renault-Miskovsky, 1983; Girard, 1986).
La composición floristica de éste puede indicar que el enterramiento se efectuó en primavera.
La presencia de algún pólen de cereal y de Planlago indica la existencia de cultivos en zonas próximas al lugar del enterramiento.
Hemos revisado seis yacimientos de una región homogénea desde el punto de vista climático y de vegetación.
No vamos a hablar de conclusiones de carácter general puesto que los datos son todavía insuficientes, pero sí es una primera aproximación a una región en la que no se tenía ningún tipo de referencia paleoclimática.
Es interesante señalar que los cambios ocurridos en la vegetación no han sido significativos, apareciendo los taxones, considerados típicos, de carácter estrictamente mediterráneo, y que están presentes en la actualidad.
Tanto en la cueva de Ambrosio como en la del Calor, los resultados parecen indicar que el valor de las precipitaciones podía ser superior a lo que es en la actualidad.
El resto de los yacimientos muestran que la antropización de las áreas donde se localizan era muy fuerte en el momento de su existencia, por lo que la vegetación muestra las alteraciones propias de la acción del hombre.
Esta alteración se ve particularmente incrementada en los dos abrigos dedicados a sepulcros como son el del Milano y el de los Carboneros. |
Esta obra rinde un magnífico servicio a la investigación del arte rupestre en general, tan falto de este tipo de trabajos y en concreto a esa parcela tan poco conocida como es el arte parietal extracantábrico de la Península Ibérica.
Con todo hay que destacar la falta de coordinación y comunicación entre los investigadores ya que en el «breve plazo editorial» de dos años, se han publicado dos extensos trabajos sobre esta misma estación.
La autora, a lo largo de esta monografía profusamente ilustrada, aunque en algunas ocasiones tanto las planimetrías como las fotografías adolecen de una falta de definición tan importante en este tipo de obras, hace un recorrido por las diferentes salas inventariando exhaustivamente las representaciones.
La labor realizada es importante a la vez que dificultosa ya que muchas de estas representaciones, sobre todo las del nivel inferior o Nerja 1, están muy perdidas y su lectura debe realizarse con mucho detenimiento.
Si tenemos en cuenta que esta cueva recibe unos 350.000 visitantes anuales, sobre todo en la zona antes citada, podemos comprender su deterioro.
Sin embargo, en el nivel superior o Nerja II, estas figuraciones están mucho mejor conservadas al ser los accesos bastante difíciles y no existir una visita organizada.
El siguiente apartado se dedica a establecer una relación entre la decoración y la topografía de la cueva para después estudiar analíticamente las representaciones; en primer lugar las figuraciones humanas, a continuación las animalísticas y, por último, las representacione~ no figurativas, que en esta estación son muy abundantes y que además, éstas, aparecen de una forma repetitiva y rítmica a lo largo del desarrollo de la cavidad.
En otro capítulo se realiza un revisión de las excavaciones llevadas a cabo en la cueva (Pellicer, Jordá, etc.), revisando la estratigrafía y haciendo comparaciones con otros yacimientos.
Esta revisión adolece, en algunos casos, de carecer de bibliografía actualizada y datos de primera mano, como en el caso de «la existencia de un nivel de ocupación auriñaciense en La Cueva de Ambrosio (Almería)>>, cuando éste no se ha constatado hasta el momento.
Asimismo en este capítulo se plantea una hipótesis cronológica para la datación del arte parietal.
La atribución cultural debe realizarse (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es 350 SERGIO RIPOLL LOPEZ
mediante la cronología relativa al no existir un depósito arqueológko que cubriera las pinturas.
La autora busca paralelos con la ingente colección de plaquetas grabadas de la Cueva del Parpalló, con la Cueva de la Pileta y con otras estaciones andaluzas.
L. Dams establece una cronología en la que las pinturas rojas son atribuidas al Solutrense Medio / Final con una cronología entre 19.000 y 16.000 Re., mientras que el conjunto de pinturas negras que otros autores (Sanchidrián) han situado en momentos post paleolíticos, esta investigadora los sitúa en un Magdaleniense Medio / Superior con una datación entre 12.000 y 10.000 B.e.
Para completar esta monografía se ha intentado, a modo de apéndice un tanto inconexo, reconstruir el medio ambiente y el modo de vida paleolíticos de la Cueva de Nerja basándose en datos aportados por yacimientos tan distantes y distintos como puede ser Goonersdorf (Alemania) u otras estaciones de la costa vasco-cantábrica.
Por último, en un intento de interpretar el arte parietal, se vuelven a retomar las teorias «de siemprell, sin llegar a una conclusión clara.
Unicamente la gran configuración de la cueva y la presencia del llamado litofono, pudieron haber sido la base de reuniones periódicas con «un complejo conjunto de relaciones)!.
Con todo, y a pesar de las deficiencias ya descritas, creemos que esta monografía presenta un estudio objetivo que ofrece una visión completa y una valoración clara de las representaciones de la Cueva de Nerja.
Cuatro son las áreas temáticas principalmente tratadas POI las comunicaciones del primer volumen:
Estratigrafía del Cretácico y su relación con la distribución del sílex (trabajos presentados, por ejemplo, por Hart, Bailey et aL, Mortimore, Clayton y Williams).
El medio ambiente cuaternario en los terrenos calcáreos y sus residuos en el sílex es estudiado por P. L. Gibbad, M. B. Hart, Bayley et al. y otros.
La geoquímica y formación del sílex (trabajos de J. A. Catt, P. R. Bush y G. de G. Sieveking entre otros).
Finalmente, P. A. Bull, K Lindé, W. B. Whalley y J. R. Marshall y algunos otros especialistas nos muestran los resultados obtenidos mediante S.E.M. (scanning e1ectron microscopy), utili• zado desde hace ya varias décadas en biología y otras ciencias, aplicado en este caso en el estudio de sílex y cuarzos.
En cuanto al TI volumen, el mayor número de trabajos es quizá el dedicado al estudio de la distribución espacial y circulación del sílex.
Aparte del trabajo antes mencionado de R. R. Larick, cabría destacar los de Sherrat, Barfield, y Griffith y Woodman.
Todo ellos estudian, desde una u otra óptica, el problema de la identificación de las fuentes originarias del sílex, sus cualidades físicas e implicaciones tecnológicas de éstas, y su circulación y posibles intercambios.
La otra línea de investigación más frecuentemente tratada es la de huellas y pátinas de uso.
Bradley, Clayton y Holmes, por ejemplo, presentan las variaciones posibles en la microestructura de los diferentes sílex cretácicos y sus efectos en la formación de las pátinas, incluyendo así otra variable más a tener en cuenta en el ya complicado mundo de las huellas de uso.
Cook y Dumont hacen un completo análisis de la situación y problemática de los estudios de huellas de uso desde 1964.
El mismo Grace en otra intervención juntamente con Graham et al. propone un nuevo método para abordar otro de los grandes problemas que presenta este tipo de estudios: el de la cuantificación de las huellas y pátinas, lo que hasta ahora venía siendo algo subjetivo, dependiente en cada caso del investigador, con la consiguiente dificultad que esto entraña a la hora de la comunicación de los resultados.
El método que ellos aquí proponen es el proceso de imagen.
De cualquier forma, parece quedar claro que el estudio de las huellas de uso está atravesando un momento de cierto estancamiento, una vez salidos a la luz los problemas y sin haber sido encontradas todavía las soluciones.
El hecho de que en el último simposio sobre el sílex celebrado en Burdeos (Burdeos, 27 septiembre-2 octubre 1987)' disminuyera el número de trabajos sobre huellas de uso parece también apuntar en esta dirección.
El resto de los trabajos presentados en este II vol. de las actas de Brighton gira en tomo a la tecnología de la mineria del sílex: minas neolíticas utilizadas hasta la Edad del Bronce de Kvarnby-S, en el sur de Suecia, y de Wadi-el-Sheikh en el Valle del Nilo.
Finalmente, la cuarta gran temática es la tecnología experimental.
Cabría destacar las comunicaciones sobre reconstrucción de los nódulos originarios de los que se extrayeron los útiles líticos y de las secuencias y técnicas con que éstos fueron trabajados.
En concreto, D. Cahen presenta un trabajo muy sugerente sobre los datos que pueden extraerse de estas reconstrucciones.
Marks y Volkman utilizan también la técnica de la reconstrucción para demostrar la debilidad de nuestras actuales teorías sobre los modelos de desarrollo de las industrias en sílex de Paleolítico Medio y Superior.
En otro orden de cosas, las actas de este IV Congreso reflejan otra de las problemáticas del estudio del sílex: su definición, que viene variando ampliamente entre geólogos y arqueólogos e, incluso, entre geólogos de diferentes países.
Así, mientras en el título de la publicación que ahora nos ocupa se ha diferenciado expresamente entre {(flinb y {(cherb, para muchos autores ambos términos son sinónimos, mientras que para otros el ~flinb es un tipo de {(chert» con estructuras muy similares pero no idénticas, como mencionan en su trabajo Bush y Sieveking (p.
En España «cherb es sinónimo de {(sílex», mientras en Francia se distingue entre {(sílex» y «silexita», caracterizándose el primero por la homogeneidad de su estructura y por separarse fácilmente de la roca caja al no existir continuidad con ella.
En América, en cambio, (Iflint» equivale al término francés «sílex)), y «silexitall se traduce por «chert», todo lo cual es fuente continua de confusión en este tipo de publicaciones.
Cabria también destacar el marcado aire anglo-sajón de estas actas: el 69% de los especialistas que a ellas han contribuido son de origen británico o americano.
Tras ellos, pero en mucha menor medida, se sitúan las comunicaciones de especialistas franceses (sólo trece).
En la publicación no aparece contribución alguna de especialistas españoles, contrastando esto con lo acaecido en el último Congreso de Burdeos, en cuyo programa constaban 17 comunicaciones de arqueólogos y geólogos hispanos.
Finalmente, felicitar a los editores por la generalmente buena calidad de la parte gráfica de la obra así como por la ordenación en que se han presentado los trabajos en cada uno de los volúmenes: por similitud temática, facilitando así una lectura crítica y controvertida, lo cual es, como decíamos al principio, uno de los objetivos fundamentales tanto de éste como de cualquier coloquio internacional.
MARIA GARCIA-CARRILLO ARA (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es TRABAJOS DE PREHISTORIA 45.
Son estas Actas uno de los libros más esperados en los últimos tiempos por los interesados en el tema sobre las primeras comunidades agricolas.
Celebrado el Congreso en 1983. sus resultados han salido a la luz en 1987 con un retraso de cuatro años respecto a su celebración. lo que ha implicado que, al menos en el caso español. algunos de los artículos presentados. hayan visto la luz en otras publicaciones.
Al margen de esta precisión, que creo importante señalar, debemos decir que esta obra supone una amplia revisión de diversas cuestiones, tanto a nivel geográfico como temático.
En la presentación del coloquio se señala cuál es la problemática abordada por éste.
En este sentido se apuntan las cuestiones cronológicas, las de paleoecología y cambios del medio, los indicios de la economía de producción y la cultura material.
De este modo, el libro queda dividido en tres partes.
La primera de ellas, la titulada Cronologíá, paleo ecología y mutaciones en el medio ambiente es dividida a su vez en otros apartados.
El primero, con dos artículos, es el dedicado a Cronología, y en el que Evin vuelve a insistir, como ha hecho en otras ocasiones, en la falta de fiabilidad de alguno de los materiales sometidos a análisis, y donde apunta que es difícil hacer revisión de los resultados conocidos en el Mediterráneo, debido a que el número de laboratorios existentes fuera de Francia es muy reducido, con lo que el volumen de información no es comparable con el que disponen los laboratorios franceses.
El segundo de estos apartados aparece con el nombre de Geología y líneas de costa donde el artículo sobre la morfogénesis postglaciar en las regiones intra-alpinas francesas del Sur de M. Jordá presenta un interesante ensayo de interpretación morfodinámica, con análisis de la evolución bioclimática, y los fenómenos morfológicos derivados de ella a lo largo del Holoceno.
Un tercer, apartado dentro de este amplio epígrafe es el dedicado a las mutaciones ambientales en el Mediterráneo occidental entre el octavo y el cuarto milenios, siendo de destacar en él. la mayoritaria, por no decir total presencia francesa.
Estudios regionales sobre carbones son llevados a cabo por Bazile-Robert o Vernet para Francia, o por éste último y alumnas españolas para el NE de Cataluña y el SE español. incluyendo en él las provincias de Alicante y Valencia.
En estudios polínicos es interesante destacar el artículo de Jalut sobre la transición tardipostglaciar en los Pirineos mediterráneos y atlánticos, señalando el «decalage» existente entre uno y otro lado en la instalación del mismo tipo de vegetación, sohre todo en lo rderente a Pinu5, Quercus y Corylus, marcando este último el comienzo del Postgladar.
El último apartado es el dedicado a los estudios de malacología, micro y avifauna donde encontramos el trabajo que un grupo de investigadores españoles (Jordá Cerdá, González-Tablas y Jordá Pardo) han realizado en la cueva de Nerja, investigando a través de un análisis malacológico los cambios medioambientales, alimentarios y culturales producidos en la cueva desde el Magdaleniense final al Neolítico.
Igualmente interesante resulta el artículo de VilIete sobre la avifauna del Sureste francés, como magnífica y precisa indicadora de cambios palcuclimáticos, que quizá pudieran ser transferibles al Mediterráneo español.
La segunda parte del lihro es la que engloba los trabajos dedicados a la economía de producción frente a la de caza-recolección.
Esta queda dividida en dos grandes apartados: Comienzos de la domesticación y la agricultura.
Dentro del primero podemos señalar el trabajo de Uerpmann sobre los origenes de las cabras y ovejas neolíticas en el oeste Mediterráneo, apuntando que la presencia de éstas puede indicar, más certeramente que la cerámica, la pertenencia o no de un nivel a una fase neolítica, aunque esto es difícilmente aplicable en aquellas zonas donde existieron antecesores salvajes de las mismas.
Es éste el único trabajo de conjunto, ya que el resto están dirigidos a problemas de áreas geográficas más restringidas, como el Sur de Ité, llia, los Alpes del Norte, Córcega, etc. En esta línea, es interesante el trabajo de Geddes sobre la cuenca del Aude.
Se plantea el desarrollo de la economía agricola dentro de su medio ambiente natural, analizando las mutaciones socio-económicas y ecológicas que habrían acompañado tal transformación desde el Mesolítico final hasta el Neolítico medio, concluyendo que los animales domésticos aparecerían en el seno de una sociedad sin producir cambios bruscos, ocupando distintos medios naturales y sin modificación de éstos.
Este hecho es independiente de la cerámica, las plantas cultivadas o la instalación de hábitats permanentes.
El apartado dedicado a la agricultura presenta varios trabajos de carácter local o regional en los que se ofrecen los datos obtenidos del estudio de macrorestos.
De carácter general destacamos el de Marinval sobre problemas de representatividad e interpretación en paleosemillas, y el de Phillips sobre el desarrollo de las sociedades agrícolas del oeste Mediterráneo.
El primero apunta los principios que deben tenerse en cuenta a la hora de hacer una recogida de semillas y el significado y valor que hay que dar a la información que ellas nos proporcionan, no pudiendo aplicar las estadísticas más que en conjuntos coherentes tales como silos, graneros, etc., teniendo el resto de la información un valor meramente indicativo.
P. Phillips, por su par.te, afirma que no puede hablarse de cultivo agrícola antes del quinto, cuarto milenios, asegurando que el aumento demográfico debió ser un factor importante en el movimiento de la economía agrícola del Este al Oeste del Mediterráneo.
Ello, unido a la localización de suelos aptos para la agricultura en áreas próximas al hábitat, representa el inexorable desarrollo de aquélla, siendo su introducción posterior al uso de la cerámica o la domesticación animal.
Concluye esta segunda parte con una serie de artículos englobados bajo los epígrafes de Fuentes complementarias y circulación de materiales.
No hay en él una uniformidad temática, pero se tocan algunos aspectos que, aunque poco estudiados en la bibliografía habitual, resultan de interés.
Este es el caso del trabajo de Desse sobre el papel de la pesca en las primeras sociedades neolíticas del Mediterráneo.
La presencia de restos óseos parece indicar una actividad pesquera en la costa que sería complementada con la caza y domesticación de la oveja.
Finalmente hay dos artículos sobre análisis petrográficos.
Uno sobre sílex en la isla de Correge, de A. Masson, en el que se muestra cómo la población estaba adaptada a su medio inmediato, aportando informaciones precisas sobre el método de fosilización del sílex en medio lagunar, y otro, el de M. Ricq de Bouard con un análisis de 62 piezas pulimentadas (27 útiles y 35 fragmentos) sobre los que ha realizado lámina delgada, pudiendo abordar el estudio tipológico de otro modo al que habitualmente estamos acostumbrados.
Determina asimismo las grandes zonas de aprovisionamiento de materia prima y las corrientes de circulación de la misma o de objetos acabados siguiendo una dirección Este-Oeste.
Este trabajo presenta una novedad en el conjunto de los artículos de este apartado.
La tercera parte del libro, la dedicada a la Cultura material es por sí sola la parte más gruesa de este grueso volumen, mostrando como son muchos más los dedicados a este aspecto que a los tratados hasta ahora.
Está dividida en áreas geográficas, comenzando por el Mediterráneo adriático.
El trabajo de Evans a este respecto sobre las comunidades neolíticas en el Mediterráneo central apunta la existencia de navegación entre los islotes de la región, lo que explicaría la semejanza del material, aunque sorprende la diversidad existente en los modelos de hábitats y de economías de subsistencia: mientras unas comunidades mantienen una continuidad en la economía de caza, otras en la misma fase, muestran evidencias de recolectar conchas marinas a gran escala, y de utilizar pájaros y pequeños animales en su alimentación.
De este modo el desarrollo de las comunidades neolíticas de este área tiene una fuerte diversificación no sólo a nivel económico, sino cultural.
En esta misma línea están el trabajo de Batovic sobre el Neolítico adriático, analizando los procesos que han intervenido en la neolitización: geomorfológicos, climáticos, económicos, etc.; y el de Tiné, reafirmando sus tesis difusionistas sobre el origen del Neolítico en el Mediterráneo central.
En el segundo apartado de esta tercera parte se incluyen Sicilia, la Península Itálica y la zona del Tirreno.
El primer trabajo, de Constantini, Piperno y Tusa, se refiere al yacimiento de la cueva de I'Uzzo, como representativo de la neolitización en Sicilia, teniendo un buen estudio de paleoambiente y una interesante secuencia desde el Mesolítico.
Es un ejemplo de un magnífico trabajo interdisciplinar.
Resulta igualmente interesante, por la novedad del tema, el trabajo de R. Grifoni sobre los testimonios culturales en el Neolítico antiguo de los Abruzzos donde puede atestiguarse la existencia de testimonios homogéneos en diversos yacimientos asociados a «cerámica impresa».
Hay que señalar que, en general, casi todos los trabajos de este área geográfica presentan una conexión interdisciplinar que no es habitual en otras zonas.
La tercera área geográfica es Italia del Norte y las regiones alpinas.
Como en los trabajos sobre el Adriático, los presentados aquí muestran un buen estudio ambiental y económico, tanto a nivel de conjunto como en yacimientos individuales.
Podemos citar a modo de ejemplo el artÍCulo de Acorsi sobre las comunidades campesinas del valle de Panaro, donde se incluye un estudio geomorfológico del mismo, un análisis de las estructuras del hábitat así como un estudio polínico que atestigua la existencia de actividades agrarias, análisis de materias primas, etc.
El Mediterráneo francés, tercera área geográfica, se abre con un interesante análisis de N. MilIs sobre cuestiones metodológicas en el estudio de las primeras comunidades campesinas en el Languedoc, planteando tres objetivos: 1.
Señalar que los datos de que disponemos derivan de orientaciones tradicionales, estando inadaptados a las cuestiones concernientes al estudio del desarrollo de las sociedades agrícolas.
Señalar la necesidad de tener muestras representativas de la variedad y repartición de los datos arqueológicos a escala regional a fin de establecer bases sólidas para el estudio de este proceso.
Presentar dos modelos posibles de desarrollo de las sociedades agrícolas.
Con los datos existentes puede abordarse la interpretación cronológica, pero no los aspectos socio-económicos que deben ser los esenciales.
La cerámica no es un índice directo de la economía de una sociedad, pero varía en función de aquélla.
Hay que establecer pues un proceso a fin de encontrar una relación entre la cultura material y las actividades del hombre.
Es éste, a nuestro juicio, el trabajo más interesante.
El resto se enmarca en el sistema tradicional de análisis de la cultura material y del establecimiento de fases culturales y cronológicas.
España es el penúltimo apartado geográfico.
Como se ha indicado al principio, el hecho de que la publicación haya tardado tanto tiempo en ver la luz ha hecho que parte de los estudios presentados hayan sido ya presentados en otras publicaciones.
Con una presentación geográfica de Norte a Sur, los trabajos de Fortea, MartÍ Oliver y otros son quizá los que presentan una mayor interdisciplinaridad.
El primero de ellos hablando del proceso de neolitización a partir de un sustrato mesolítico, y el segundo con datos correspondientes al neolítico antiguo.
Tanto en uno como en otro, los datos de la cultura material son enmarcados en el conjunto de análisis paleoambientales, faunísticos y cronológicos.
Es interesante el artículo de Baldellou en torno al origen de la agricultura altoaragonesa, si bien creemos que su lugar deberia haber estado entre los artículos del segundo tema, donde echábamos en falta algún nombre no francés.
Señala Baldellou la dicotomía existente en tierras altoaragonesas que ha llevado a diversas conductas económicas en las poblaciones que las habitaron, determinando el modo de asentamiento.
Es quizá éste el trabajo más novedoso del grupo de investigadores españoles.
El. epígrafe de influencias mediterráneas en dominio atlántico cierra los estudios sobre cultura material.
En él se incluyen los trabajos portugueses y los de la fachada atlántica francesa.
Tavares hace una buena revisión del Neolítico antiguo en el Sur de Portugal con los yacimientos más conocidos desde sus sustratos mesolíticos y su evolución posterior al Neolítico antiguo no cardial, poniéndolo en relación con los yacimientos españoles en los que este tipo cerámico aparece en fechas muy altas, siendo diferente de lo que parece ser habitual en el área circummediterránea.
Las conclusiones generales del coloquio corren a cargo de Vernet para la ecología, y de Guilaine para las expresiones culturales.
El primero hace un resumen de lo que las Ciencias naturales y físicas han aportado a la Arqueología tradicional, siendo en la actualidad imprescindible su uso si se quieren extraer conclusiones globales.
Dentro de las nuevas aportaciones señala la Cronología, Geología, Palinología, Antracología, Arqueozoología y Carpología como las que tienen mejor futuro.
Guilaine apunta una serie de reflexiones criticas sobre los temas tocados:
-La' cronología absoluta presenta dos problemas: la fiabilidad de algunas fechas y la valoración de los propios resultados.
Este libro, básicamente la tésis doctoral del autor, supone una importante contribudónal estudio de la Edad del Hierro de la Meseta.
Res1: llta significativo destacar los avatares de la investigación sobre este tema para calibrar justamente el trabajo de A. Esparza.
Los trabajos de J. Cabré, B. Taracena, F. Wattemberg, J. Maluquer y otros más colocaron -desde los años 30 a los 60-el conocimiento de la Edad del Hierro de la Meseta en una posición ventajosa; de manera un tanto simbólica se puede considerar la síntesis de Schüle (1969) como el cierre de aquella ~etapa dorada».
Los años 70, a pesar de importantes contribuciones como las de R. Martín Valls, representan un cierto estancamiento en la investigación y es claramente en esta última década cuando se produce un importante despegue.
Buen exponente de ello son las revisiones de yacimientos-clave como: Sanchorreja (González-Tablas 1983 y trabajos en curso), Las Cogotas (Kurtz 1987 para la necrópolis y los trabajos en curso de este recensionista en el poblado), La Osera, El Soto de Medinilla y varias necrópolis celtibéricas del Alto Duero-Alto Jalón; o las nuevas aproximaciones a materiales especialmente significativos como las cerámicas a peine y las pintadas celtibéricas, las fíbulas (Argente 1988) o los puñales de tipo Monte.
Pero sobre todo hay que destacar tres buenas monografías recientes: la de F. Romero Carnicero (1984) sobre los castros de la serranía soriana, la de D. Sacristán (1986) sobre Roa con implicaciones para todo el Duero Medio y la de F. Fernández (1986) sobre el castro del Raso de Candeleda (Avila).
Estos tres estudios desbordan los marcos estrictos de sus temas con conclusiones, hipótesis y nuevas perspectivas para el Hierro de la Meseta.
Por último, la celebración del Coloquio Internacional sobre la Edad del Hierro en la Meseta Norte (Salamanca, 1984) puso de relieve la necesidad de actualizar planteamientos y buscar nuevas vías de aproximación al tema y sus actas serán de enorme valor para la investigación futura.
Dentro del panorama anteriormente descrito una de las áreas peor conocidas era el sector noroccidental de la cuenca del Duero, en cierto modo a caballo entre el mundo castreño del NO. y la cultura del Soto del Duero Medio.
El punto de partida de un estudio del Hierro en esta región era desolador: algunos referencias antiguas y unos pocos yacimientos con materiales de superficie dados a conocer por R. Martín Valls y G. Delibes; si a ello añadimos los problemas y carencias que tiene la cultura castreña del NO., uno de los puntos de referencia inmediata y por otro lado el superficial y limitado conocimiento del grupo meseteño del Soto, la otra referencia obligada, puede compn: nder!:>e el riesgo y valor de acoml'ler tal empresa, por lo delllás muy necesaria para avanzar en el conocimiento regional del Hierro dl" la Mesl"ta.
Los trabajos de A. Esparza se han centrado: a) en prospecciones de superficie que le han permitido obtener 37 yacimientos nuevos que sumados a los ya conocidos totalizan 117 estaciones, aunque como acertadamente se indica en el inventario no todas son seguras por los problemas de identificación de los yacimientos como castros -poblados fortificadosy de adscripción cronológica; y b) en excavaciones en cinco castros, en las que, a pesar de la pobreza material de los mismos y las limitaciones impuestas en la propia elección de los yacimientus y en los recursos económicos, el autur ha sabido explotar los datos exhaustivamente y ufrece un panorama muy prometedor de estos «oscuros castros zamoranos».
La aproximación paleoeconómica parte de una evidencia escasa y precisamente por ello sí hubiera valido la pena aplicar el ~Site Catchment Analysis» (SCA), al menos en una muestra de yacimientos.
228) que no se ha realizado el análisis de recursos actualmente disponibles en torno a los castros porque podría dar una imagen algo distorsionada y sin embargo se señala (p.
22 Y 24) que el clima de Edad del Hierro debió ser muy parecido al actual y que los suelos son prácticamente los mismos que los de los últimos siglos prerromanos.
Obviamente el SCA tiene sus limitaciones pero con la situación descrita un análisis de conjunto permitiría comparaciones relativas, al menos con un claro interés heurístico.
Por otra parte se echa de menos un mapa general con la distribución de yacimientos y además hubiera sido interesante superponer los mapas metalogenéticos con la dispersión de castros -únicamente se ha hecho con los afloramientos de variscita para medir distancias; en algunas áreas centroeuropeas se ha podido probar la estrecha relación entre habitats con los enterramientos más ricos y zonas con abundantes minerales de hierro.
Muy interesante puede ser la observación de A. Esparza sobre los molinos de mano que, estando realizados principalmente en granito, aparecen a veces fuera de ámbitos graníticos, ya que análisis de procedencia de la materia prima podrian esbozar vectores de intercambio entre las comunidades castreñas.
Un estudio de estas características sobre piezas de la Edad del Hierro y romanas del Sur de Inglaterra ha demostrado las potencialidades que tienen estos elementos que generalmente han recibido escasa atención (Peacock 1987).
El estudio del habitat no aborda cuestiones de análisis espacial porque no se puede controlar la cronología de los castros dentro del desarrollo de la Edad del Hierro, a pesar de ello creo que un intento -consciente de problema señalado-de análisis espacial sobre una muestra amplia, como es el caso, permitiría reconocer rasgos estructurales básicos del poblamiento y sugerir hipótesis de trabajo.
En todo caso dejaría abiertas dos preguntas: ¿Hasta qué nivel de precisión hay que llegar en la datación de los habitats para intentar análisis espaciales? y ¿Por qué esa imprecisión cronológica no es en cambio obstáculo para análisis comparativos de las cerámicas?
A pesar de no contar con cartografía detallada se ha intentado, meritoriamente, dar valores de superficie de los poblados, estableciéndose tres tipos: pequeños «1 Ha.), medianos (1-6 Ha. y grandes (> 6 Ha).
También se hacen razonables consideraciones sobre figuras de población tomando como referencia estudios británicos que han debatido ampliamente esta cuestión.
Pienso que es importante que se aborden temas como éste porque sólo con el conocimiento de las posibilidades teóricas se podrá encarar después el trabajo de campo.
La propuesta del autor de realizar en el futuro un vuelo fotográfico sobre los castros para documentar adecuadamente plantas y trazar vías de actuación en defensa del patrimonio arqueológico es una consecuencia de lo anterior y debería hacerse lo antes posible; la arqueología hoy día no es sólo excavación.
Otro aspecto que demuestra el interés de A. Esparza por ir más allá de la mera tipología y cronología es el apartado sobre la metalurgia de hierro con algunos análisis que lamentablemente son todavía muy escasos en nuestro país y por ahora no permiten caracterizaciones de fases tecnológicas como se esta haciendo en otros ámbitos europeos (Ehrenreich 1986) pero que indudablemente debe ser en un futuro inmediato otra línea de investigación en nuestra Edad del Hierro.
Así como la iniciaciótl de análisis de pastas. cerámicas que pueden llegar a descubrir centros productores y «áreas de mercado» como ha demostrado Gosden (1987) con producciones de La Tene A en Bohemia, por señalar un ejemplo reciente.
El capítulo más extenso es el dedicado al estudio crono-tipológico de los distintos elementos y es con mucho la cerámica la que recibe un tratamiento más amplio.
Las cerámicas pertenecen a la tradición del Soto y confirman la proyección del mundo del Soto de Medinilla hacía el NO.
El estudio de conjunto de las fusayolas es una necesidad cierta como apunta el autor, aunque habria que recordar los intentos de Castro Curel (1980) Y el de Naveiro y Senen (1987).
Realmente son admirables las conclusiones de este apartado, teniendo en cuenta los datos tan parcos y pobres que han entregado estos castros del occidente del Duero, lo que evidentemente ha estimulado las dosis de criticismo y detallismo del autor.
Por cierto, un pequeño detalle: las fechas de carbono-14 deben expresarse siempre con la desviación típica.
Hablar de la penetración de la cultura de «Campos de Urnas» del Hierro en la Meseta no deja de ser un convencionalismo obligado por el desconocimiento de la gestación de los grupos del Hierro inicial meseteño.
Precisamente la relectura que A. Esparza hace del grupo del Soto -conocido por el yacimiento epónimo prácticamente inédito en su caracterización material y por cerca de un centenar de yacimientos con datos de superficie-es de un gran valor y descubre los problemas de mantener el inicio del Soto en torno al 800 a.
C. según la propuesta de Palol, ya que los elementos constructivos y cerámicos que permiten conectar este grupo del Duero Medio con Cortes de Navarra corresponden a la fase P llb (650-550 a.
C.), faltando en el Soto las típicas cerámicas acanaladas que definen los niveles del P m, aspecto bien comprobado en las nuevas excavaciones de Cortes (Maluquer et al. 1985(Maluquer et al. y 1987)).
Por otro lado la presencia de hierro y la muralla de adobes del Soto de Medinilla no son fáciles de admitir en ese contexto del s. vm a.
C. y no hay que olvidar que ciertos elementos como los vasitos carenados, cuencos y tapaderas de bordes almendrados, las cerámicas pintadas y tal vez la propia planta redonda de las casas, remiten a influjos meridionales, no bien conocidos, pero que hacen pensar en una prioridad de estos elementos sobre los de tradición de Campos de Urnas del Ebro, que dificilmente pueden fecharse por encima del 700 a.
C. o quizá como sugiere A. Esparza haya que retrasar al menos un siglo la cronología de Palol.
En cualquiera de los dos casos la ruptura con Cogotas 1 y la oscuridad de la etapa formativa del Soto a partir de tres componentes: autóctono, meridional y de tradición de Campos de Urnas, constituyen el centro del problema sobre la cultura del Soto y por tanto en gran medida de toda la Edad del Hierro en la Meseta.
En conclusión, estos castros zamoranos se nos presentan como una facies particular aunque derivada del grupo del Soto y datable al menos desde el 500 a.
C. o algo antes que perdura durante varios siglos con escasa evolución cultural, constituyendo en cierto modo un foco residual en este sector del NO. de la cuenca del Duero hasta la romanización, habida cuenta de que no se documenta la presencia de Cagotas II y que la celtiberización tiene un impacto débil y episódico.
Este estudio ha aportado con inteligencia y rigor una base de partida coherente -alli donde prácticamente no había nada-que bien merecería la continuidad de la investigación, con las perspectivas y aproximaciones indicadas por el autor y desde luego con los recursos económicos necesarios.
Ahora, veinticinco años después de que Elman Service publicara Primirive social organizarían y veinte años después de que Morton Fried publicara The evolution 01 polítical society, Allen Johnson y Timothy Earle nos piden que volvamos al evangelio evolucionista de antaño.
Naturalmente, no es probable que los apóstatas (como el mismo Sahlins) vuelvan al rebaño.
Este libro se dirige a los.fieles (que en estos tiempos son predominantemente prehistoria dores) y a los estudiantes (que aún pueden convertirse).
El estudio de Johnson y Earle se distingue del de sus predecesores por su énfasis en la dinámica del cambio evolucionista.
Los autores evitan en lo posible clasificar las sociedades en categorías fijas (banda/tribu/jefatura/estado).
Aunque hay, como era de esperar, ciertas correspondencias entre las tipologías clásicas y las rúbricas que Johnson y Earle utilizan para organizar sus materiales (grupo a nivel familiar, grupo local, unidad política regional), subrayan con finneza no la clasificación sino la gradación el1 la gama de las sociedades humanas.
Se sirven para su análisis del exámen deteJÚdo de las estrategias de producción y el caudal de los ingresos en diecinueve casos etnográficos concretos, casos que se ordenan atendiendo al crecimiento progresivo de sus densidades demográfi-. cos y sus escalas políticas.
Los autores resumen en los términos siguientes las fuerzas que impulsan la evolución social:
En los análisis de los casos individuales, los autores utilizan modelos micro-económicos (de costos menores) para demostrar cómo los elementos fundamentales de todas las sociedades (entidades domésticas que toman decisiones racionales con respecto a su mantenimiento) llegan a quedar encajadas en estructuras políticas más jerarquizadas a medida que aumentan la densidad demográfica y la intensificación productiva.
Con claridad y elegancia Johnson y Earle exponen las bases (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es ANTONIO GILMAN GUILLEN formalistas de las verdades evolucionistas clásicas.
En el éxamen magistral de los casos particulares los autort.'S demuestran que la única base segura para una etnología comparada es un estudio consistente de la organización social como expresión de los intereses domésticos.
Cualquier evaluación del éxito global de esta obra debe tener en cuenta cómo los autores se enfrentan con las criticas legítimas al evolucionismo clásico que han surgido durante los últimos quince años.
Esto es debido en parte al actual movimiento del péndulo hacia enfoques más interpretativos y literarios en la antropología cultural.
No cabe duda que nada pueden hacer los autores para satisfacer las objeciones idealistas a un enfoque inherentemente materialista.
Sin embargo, gran parte del desencanto con el evolucionismo sencillo de los años 1960 es el resultado de una preocupación creciente por las limitaciones que las circunstancias históricas y los conflictos internos imponen a las trayectorias evolutivas de las sociedades individuales (1).
Aunque sea legítima una cierta impaciencia por la falta de interés que los marxistas estructuralistas muestran por los rasgos más destacados de la evolución social, el rechazo de Johnson y Earle al materialismo «superfino» (2) es quizás algo apresurado.
El demografismo abrazado por Johnson y Earle queda dentro de la corriente principal del pensamiento evolucionista reciente (por ejemplo, Spooner 1972, Cohen 1977).
De todos modos, es sorprendente que los autores no contesten (ni siquiera citen) las criticas tajantes a este punto de vista que han aparecido en los últimos años (por ejemplo, Cowgíll 1975, Hassan 1981).
Uno no tiene que ser un idealista para oponerse al recurso de los autores a un supuesto aumento inexorable del tamaño de las poblaciones humanas como el «Motor Primario» que propulsa la evolución social.
No cabe duda que toda familia tiene la posibilidad de reproducirse más allá de su capacidad de sustentarse.
Es un supuesto fundamental del darwinismo que esta potencialidad es universal a todas las entidades reproductivas (3).
Pero precisamente por su universalidad, esta potencialidad no puede explicar cualquier cambio evolutivo en particular.
Tanto los recolectores que emprendieron la agricultura como los que no la emprendieron estaban sometidos a una presión demográfica en este sentido.
El ajuste adaptativo a un aumento de población podria ser tanto una intensificación de la producción de las subsistencias, como un cambio en las prácticas reproductivas (un aspecto de la conducta humana que también depende de decisiones racionales).
Además, está claro que las intensificaciones de la subsistencia pueden ser ventajosas aún cuando no haya un crecimiento demográfico.
Desde el punto de vista de una familia (que potencialmente siempre está en peligro), cualquier práctica que estabilizase sus ingresos (que redujese riesgos) siempre seria beneficiosa.
Por ejemplo, para unos agricultores en una zona semi-árida con lluvias estacionales inestables, el desarrollo de sistemas sencillos de regadío seria igualmente ventajoso bajo condiciones demográficas tanto de contracción como de expansión.
Que los desarrollasen o no, dependeria de varias circunstancias particulares (el tipo de recursos hidraúlicos presentes en el medio ambiente, el tamaño de la fuerza de trabajo disponible, el repertorio tecnológico previo, la suficiente independencia social por parte de las familias para beneficiarse de sus inversiones, entre otras).
Descartar tales particularidades en favor de amplias causas universales es empobrecer las explicaciones evolucionistas.
Los autores creen, sin duda, que tal simplificación es el precio necesario de un enfoque explicativo que abarque toda la gama de la diversidad social humana.
En ciertos contextos Johnson y Earle están dispuestos a admitir que la historia influye sobre la organización social: « ••• At each evolutionary stage existing organizational units are embedded within new, higher-order unifying structures...
No obstante, su viraje hacia el estructuralismo representa no tanto un rechazo global del materialismo como un intento de abordar los factores históricos e ideológicos necesarios para construir un materialismo realista.
(2) _Effete materialism» es la réplica aguda de los autores a la caracterización estructuralista de la ecología cultural como «vulgar» materialismo (yéase Friedman 1974).
(3) También es una observación central de la teoria de la selección natural que, a pesar de su posibilidad de aumentar exponencialmente, las colonias de organismos tienden a ser estables en sus cifras.
Johnson y Earle no se fijan en la consecuencia evidente de este hecho, a saber, qu~.el aumento demográfico es el resultado y no la causa de adaptaciones mejores.
Pero, en general, las sociedades se analizan como casos aislados cuyas características responden a limitaciones inmediatas y locales.
Otra vez mas, sin embargo, uno no tiene por qué ser un idealista por creer que el análisis de la organización de una sociedad particular exige que se preste atención, no sólo a su ecología, sino también a su historia.
Los Machiguenga del Perú amazónico (pp. 65-83) y los Yanomamo de las cabeceras del Orinoco (pp. 103-130) difieren mucho más en sus respectivos ordenamientos sociales de lo que las pequeñas diferencias en sus «infraestructuras» puedan explicar.
Igualmente, los contrastes entre los Kirghiz de la región de Pamir de Af ganistán (pp. 186-191) Y los Basseri del sur de Irán (pp. 238-243) parecen deberse mucho mas a sus historias que a sus ecologías pastoriles.
Una de las virtudes de este libro es precisamente que contiene una diversidad suficiente de estudios de sociedades individuales y que el análisis microeconómico de cada una llega a poner en duda algunas de las lecciones que los autores quisieran impartir.
Al tratar las sociedades complejas los etnólogos evolucionistas han solido subrayar los servicios positivos, integradores que los miembros de las élites prestan a la masa de sus súbditos.
Johnson y Earle escriben pasajes en que se dejan tentar por el funcionamiento panglosiano de las corrientes principales de la ecología cultural:
Igualmente, resulta inquietante leer que el paso, que encuentra una resistencia rencorosa por parte de los campesinos, de una dependencia tributaria de sus señores a otra mercantil (Wolf 1969, Scott 1976) es «an evolutionary expansion of the polítical economy» (p.
De todos modos, el estudio detenido de las relaciones sociales desde el punto de vista de los intereses propios de las familias conduce a una valoración clara de cómo los sistemas de producción intensificados dan a los jefes la oportunidad de fortalecer su mando sobre el pueblo.
Al final, Johnson y Earle reconocen que la mayor «eficacia» de las economías a gran escala de los estados beneficia sobre todo a las clases dirigentes.
Tanto el aristócrata como el plebeyo persiguen su propio interés, pero para el último «economic opportunities... have narrowed to situations in which (his) autonomy is relinquished» (p.
Es precisamente su enfoque formalista del análisis económico el que da a los autores una mayor conciencia de la explotación de la que han demostrado sus predecesores evolucionistas.
Aunque quizá Johnson y Earle no satisfagan todas las críticas legítimas al evolucionismo cultural clásico, han escrito un estudio notablemente útil e interesante.
Este es un libro que tendrá una importancia particular para los que somos prehistoríadores.
La naturaleza misma del registro arqueológico nos impide conocer directamente las intenciones humanas que influyeron en su formación.
Por lo tanto, al tratar de explicar la variabilidad de ese registro, no tenemos más remedio que recurrir a modelos formalistas microeconómicos del comportamiento humano.
Aunque estos modelos sin duda no explican todo ese comportamiento, lo que no explican nos resulta difícil de abordar a base de los datos que tenemos.
Todos sacaremos provecho de una lectura cuidadosa del libro de Johnson y Earle porque han llevado a cabo un análisis económico formalista, el más explícito y sistemático hasta ahora, de la gama completa de estructuras sociales que los prehistoriadores tratamos de comprender.
Hasta en los puntos donde uno puede estar en desacuerdo con ellos, Johnson y Earle nos dan una visión lúcida de la dinámica del cambio evolutivo.
Ha habido en la República Federal Alemana dos Universidades cuyos respectivos departamentos de Pre y Protohistoria han estado tradicionalmente orientados hacia la Península Ibérica, los de Marburg y, sobre todo, Freiburg, lugar este último donde se formó el autor de la obra objeto de la presente recensión, uno de los últimos discípulos directos del Pro Edward Sangmeister, jubilado al comienzo de los 80.
Ello explica en gran manera la orientación de este tomo, continuación por otra parte del aparecido en la misma serie de los Madrider Beitdige bajo la firma de los Dres.
El volumen ahora aparecido constituye, como se nos explica en las páginas introductorias, la Tesis Doctoral del autor, defendida en febrero de 1982 y en ella se ha pretendido la búsqueda de nuevos sistemas de análisis para grandes complejos cerámicos, partiendo del ejemplo de Zambujal y haciendo para ello uso de métodos estadísticos y de la informática dentro del espíritu de la ((New Archaeology», de dotar a la Arqueología de una base científica, con cuyos postulados el autor afirma comulgar (p.
Estos sistemas de análisis se aplican al estudio de las cerámicas campaniforme y ((de hoja de Acacia» de Zambujal, término este último cuyo empleo critica quizá acertadamente el autor, pero que yo prefiero seguir empleando por estar ya consagrado y resultar más familiar a quien pueda leer estas líneas, que el ((cerámica decorada con hojas entalladas o en forma de muesca» (Keramik mit Kerbblattverzierungen) que propone como alternativa.
Especialmente se acude al análisis de las características, que permite ordenar cada una de las observadas en un objeto cerámico, de modo que cada unidad, bien sea un vaso entero o un fragmento, puede por tal esquema, ser comparada con cada una de las demás.
A tal efecto, el autor ha llevado a cabo un análisis exhaustivo de todas y cada una de las características formales, técnicas y compositivas de la cerámica estudiada, con una minuciosidad y paciencia que más que alemana, cabría calificar de china, en la que se han tenido en cuenta y se han reflejado estadísticamente, variables tales como el grosor de paredes y bordes de los fragmentos de ambas especies cerámicas (pp. 85 y 141) media de las púas presentes en los peines empleados para decorar por impresión (pp. 97-98) forma y proporciones de las entalladuras decorativas de la cerámica ((en hoja de acacia» (pp. 154 y ss.)... etc., sin que en algunos casos ello se traduzca en resultados cultural, cronológica o funcionalmente significativos, pues si bien se insinúa (p.
85) que el engrusamientu de burdes y paredes pur encima de lus 9 mm. puede ser indicio cronológicu, tal afirmación no parece verse confirmada en las cunclusiones, y en cuantu a la forma y dimensiones de las hujas de acacia, el propio autor indica que no es posible saber si ellu responde a cam bios de estilo decorativo o más bien a variaciones locales del alfarero (p.
A veces, incluso, se produce un exceso en la aplicación de los métodos de cuantificación para cosas que son observables a simple vista.
No creo necesario acudir al empleo de técnicas estadísticas y del ordenador para comprobar la irregularidad del diámetro de los cacharros hechos a mano y, pur tanto, la imposibilidad de usar tal atributo como significativo, a no ser que se quiera otorgar rangu de observación científica a lo que es visualmente evidente (pp. 45-6).
Partiendo de las propuestas de la "Nueva Arqueología», el autor formula una serie de preguntas tanto de ámbito general como específicas del caso Zambujal, cuya respuesta debería obtenerse a través del análisis del material.
Entre las de categoría general figuran I. a ) la posible influencia de la metalurgia en la transformación de la estructura social.
2. a ) la existencia de un único o de varios posibles esquemas evolutivos, o 3. a ) si el conocimiento de la metalurgia en el seno de una comunidad neolítica es fruto de un fenómeno de convergencia o de difusión.
Entre las específicas figuran I. a ) el momento de aparición del campaniforme en Zambujal.
2. a ) la relación de esta especie cerámica con los restantes hallazgos, cerámicos y metálicos, 3. a ) funcionalidad de la cerámica campaniforme, 4. a ) a qué apartado del complejo campaniforme pertenece Zambujal.
5. a ) el papel, tanto cualitativo como cuantitativo del campaniforme en el conjunto de hallazgos, y 6. a ) con qué materiales se asocia cultural y cronológicamente.
Preguntas todas ellas plenas de interés, en especial quizá aquellas que plantean la importancia de la metalurgia en la transformación de la sociedad o la existencia o no de fenómenos de difusión, modelos que tradicionalmente han venido siendo defendidos por la escuela alemana para explicar los orígenes de la metalurgia en la Península Ibérica y que aún están presentes en publicaciones recientes.
(Sangmeister y Schubart, 1981; Schubart y Sangmeister, 1984) Por ello mismo resulta del mayor interés inquirir el enfoque que de este problema podía proponer la nueva generación de arqueólogos iberistas de Freiburg.
De ahí la desilusión de quien esto firma, al leer más adelante (p.
191) el reconocimiento, ciertamente sincero por parte del autor, de que no puede a partir de su estudio, dar contestación a algunas de las preguntas tan ambiciosamente formuladas.
Seguir el detalladísimo análisis del material cerámico, resulta a veces complicado para el lector, no sólo o principalmente por el manejo de métodos cuantitativos complejos, que son en la mayoría de los casos aclarados por el autor, sino principalmente por la imposibilidad de situar tanto cronológicamente, en la sucesión temporal de la ocupación del yacimiento, como espacialmente, en cada uno de los distintos recintos que conforman el mismo, los materiales que se relacionan y discuten.
Es posible que el estudiante de Freiburg esté tan familiarizado con Zambujal, que cuando se le menciona la fase 4c del yacimiento, automáticamente la sitúe hacia el 1675 a. c., en fechas sin corregir, pero para la mayoría de los lectores, saber que gran número de materiales campaniformes aparecen fragmentados en un momento de posible destrucción fechade en BP4d, no significa gran cosa cronológicamente hablando, a no ser que acuda al primer tomo de 1981, y consulte el cuadro cronológico, por lo que seria conveniente incluir un cuadro que resumiera todas las fases constructivas del yacimiento.
Lo mismo puede decirse de las reiteradas referencias a concentración de determinados materiales en las áreas EG, VX, WW, RW, en los cortes 71 ó 46... etc, que sin plantas y secciones del yacimiento, resultan para la mayor parte de los lectores, ininteligibles, y que se podía solucionar sin necesidad de acudir a la inclusión de toda la planimetría del yacimiento, ya publicada, adjuntando un par de croquis indicativos de las distintas áreas y cortes del yacimiento mencionados en el texto.
Es a través del análisis de los materiales como algunas de las preguntas, las específicamente referidas al yacimiento, encuentran una respuesta.
Así, a la pregunta sobre la aparición del campaniforme en el yacimiento, los datos parecen indicar su existencia desde al menos la fase 3 del mismo, (ca.
C. sin corregir, júnica fecha citada!) o quizá ya en la fase 2, para tener su auge durante la fase 4.
Los' especímenes más antiguos representados son los campaniformes marítimos, en tanto que el tipo ADO haría su aparición ya a fines Oe la fase 4.
Hacia el final oc la misma. fase 40. aparece el campaniforme manifiestamente fragmentaoo. lo que el autor atribuye a una catástrofe, bien temblor oe tierra. bien incenoio. acaecido l'n el yacimiento. aunque no inoica las raZOIles que avalan una y otra hipótesis.
El tipo «en hoja de acacia» está presente oesde la fase antigua de Zambujal. conviviendo posteriormente con el campaniforme, si bien mientras en la fase 3 aquél supera en proporción \:3 al campaniforme. éste dobla al tipo «en hoja de acacia» en la fase 4.
Exisll'n también notorias diferencias de distribución espacial entre ambas especies. que el autor atribu~' e a motivos funcionales. aunque a la espera del estudio oe los restantes materiales. cerámicos y oe otro tipo del yacimiento. no especifica. si bien se indica su concentración en la fortaleza central, asociada a las casas que evioencian prácticas de transformación del mineral de cobre.
Ha\ que recordar sin embargo. a la hora de especular sobre dispersión y concentración espacial oc materiales y actividades. que el poblado asociado a la fortificación ha quedado destruido por la edificación del vecino cortijo de Zambujal y que por ello, la información que poseemos sobre la zona de habitación es muy parcial.
Especula el autor con la posible funcionalidad de la cerámica campaniforme procedente de Zambujal, planteando la posibilidad de que en su gran mayoría hubiera estado destinada a la bebida, argumentando la preponderancia de vasos sobre cuencos o cazuelas y alegando que en muchos grupos familiares actuales del Norte de Africa, todos los miembros del grupo se sirven de una cazuela común pero beben cada uno en su propio vaso, lo cual puede ser aceptable como hipótesis pero no como demostración.
Lo mismo puede decirse del hipotético papel simbólico que esta cerámica pudiera representar y que el autor deduce de la presencia de decoración y falta de huellas de uso en la misma, lo que indicaría que no sirvió para la cocina, lo cual unido a su aparición en las tumbas le hace pensar en su pape! ritual o ceremonial, como vajilla propia de individuos de categoría social elevada, tal vez el jefe político o religioso de la comunidad, habida cuenta su asociación a viviendas donde se llevaron a cabo procesos de fundición, y que en algunos lugares, como en el N. del Camerún, el herrero ocupa un elevado papel social y religioso.
Los paralelos etnográficos muestran sin embargo, que e! status social del metalúrgico es bastante variable de acuerdo con el grado de desarrollo de la propia sociedad y de sus necesidades tecnológicas (Tylecote, 1987: \2; Alexander, 1981) por lo que sería preciso contrastar el modelo con otros ejemplos y asegurarse de que nos hallamos en ambientes y condiciones similares, antes de otorgarle validez como algo más que una mera hipótesis.
Abordando ya el plano estrictamente estilístico y literario de la obra, las excesivas citas textuales que encabezan la mayoría de los capítulos, distraen al lector de una lectura ya de por sí densa y a veces fatigosa, por la cantidad de datos aportados.
Lo mismo cabría decir de los excesos definitorios del autor, más propios de un diccionario de términos arqueológicos que de un estudio monográfico y que no parecen justificarse en la oscuridad y por tanto, en la necesidad de aclaración, de términos como conjunto, característica, parecido, semejante, fase constructiva... etc, cuyo significado no puede ser demasiado críptico para quien puede acceder a la lectura de textos tan específicos y especializados como este, y que además carece de sentido definir cuando, como en el caso de la página 71, es preciso aclarar e! sentido de la definición, Por otro lado, no deja de llamar la atención encontrar entre los términos definidos por el autor, el de «colonia», aunque sea en e! sentido «descafeinado» de emplazamiento fortificado ajeno o sorprendente en su medio, con que aún se emplea, y cuya actual validez así como la del modelo difusionista, también mencionado por el autor (p.
19) y sobre el que el concepto de colonia se asienta, no llega siquiera a ser planteada, no obstante el interés del autor hacia los nuevos enfoques metodológicos.
De igual manera, podría haberse aligerado el texto, resumiendo el proceso de dibujo de las piezas y los problemas de orientación de los pequeños fragmentos, de sobra ya conocidos por quién dibuja material arqueológico y que nada aportan al mejor conocimiento del de Zambujal.
Así mismo podría haberse aligerado la descripción del sistema de lavado del material, la frecuencia con que era preciso renovar los cepillos de uñas a dicho fin empleados,-y el material en que estaban fabricados (p.
40) que sólo contribuyen a cargar un texto ya de por sí denso y que exige total atención y concentración, al menos para el lector que no posee la misma lengua materna que el autor.
Por lo demás, se trata de una obra sólida y bien construida, en la tradición de rigor y exhaustividad que caracterizan a la escuela alemana.
¡Ojalá nuestras excavaciones se vieran acompañadas de un estudio y publicación de materiales y datos tan extenso, fidedigno y serio como el que representa el trabajo que he comentado!
MARISA RUIZ-GALVEZ PRIEGO BIBLlOGRAFIA ALEXANDER.J. A. Tal Y como oportunamente señala A. Muzzolini en la presentación de su obra, el trabajo que nos ocupa constituye, en lo esencial, una renovada y parcial versión de su tesis doctoral, defendida en 1983 en la Universidad de Provenza (Aix-Marseille 1), bajo la dirección del profesor Camps, y editada, en su momento, por el propio autor.
Sin embargo, las diferencias respecto a esta memoria de doctorado son, en no pocos casos, evidentes.
El tema de estudio es significativamente más preciso, la estructura del texto parece menos ecléctica, la sucesión de capítulos gana en coherencia argumental, las referencias bibliográficas son objeto de una encomiable actualización y la presentación se nos antoja bastante más aseada.
Los once capítulos en los que A. Muzzolini ha compartimentado, tal vez de forma tan arbitraria como didáctica, su estudio, pueden vertebrarse en torno a dos polos temáticos bien diferenciados.
Por un lado, una primera parte, que abarca los capítulos uno a cuatro, esencialemente metodológica (inventario y técnicas de reproducción, problemas de datación, criterios de clasificación... ).
Por otro, el núcleo central del trabajo, que comprende los seis últimos capítulos y que se cierra con un reducido apartado de síntesis en el que el autor aborda ciertas cuestiones ligadas a la cronología absoluta, la redefinición de las ~escuelas rupestreslt y las denominadas «provincias periféricas,..
Es en esta segunda parte donde se sitúan, sustentadas en un sólido aparato crítico acaso machaconamente sistemático, las aportaciones más sugestivas y originales de esta obra.
En este sentido, los apartados consagrados al pretendido período ~bubalino», a las pinturas tipo T~tes rondes y a las representaciones de la fase ~bovidienselt, se hacen acreedores a una especial atención.
Para A. Muzzolini el «período bubalino,. de H. Lhote, y a fortiori la etapa prepastoril paleolítica que F. Mari identifica en el Akakus libio, responden a una cronología virtualmente neolítica.
En su opinión algunas de las especies animales figuradas en estos grabados, como los carneros con esferoides • o ciertos bóvidos, son, con absoluta seguridad, domésticas.
En este punto, el autor hace causa común con G. Camps, quien desde hace varios años sostiene con firmeza, frente a la intuitiva y obcecada convicción de H. Lhote, la atribución postpaleolítica de estas representaciones rupestres.
Las páginas referidas a las t~tes rondes representan una contribución de singular interés.
A. Muzzolini realiza un completo análisis de las diferentes escuelas individualizadas, al tiempo que intenta articular un acabado armazón secuencial y cronológico.
Las figuraciones más antiguas, las calificadas como ~marcianos,. en una poco afortunada expresión que el autor no duda en perpetuar, grosso modo contemporáneas del «periodo bubalino,., se ven suplantadas por representaciones evolucionadas, generalmente designadas como.oo-marcianos,., que coexisten con las pinturas del «bovidiense».
En uno y otro caso estariamos, siempre desde la óptica de Muzzolini, ante un soporte antropológico de tipo europoide.
Por lo que respecta al periodo «bovidiense», cuyas manifestaciones artísticas ponen de relieve un minucioso naturalismo, A. Muzzolini identifica tres grupos en función de criterios técnicos, tipológicos, antropológicos y, eventualmente, cronológicos: Sefar-Ozanearé, Abaniora e Iheren-Tahilahi.
En su espíritu, el horizonte de Abaniora supone un jalón intermedio entre las tempranas figuraciones de Sefar-Ozanearé, que plasman un tipo humano francamente negroide, y los autores de las representaciones del grupo de Iheren-Tahilahi, de filiación netamente mediterránea.
Es un hecho que el hipercriticismo metodológico, la uniformidad conceptual y la claridad expositiva de que hace gala A. Muzzolini, confieren a esta nueva versión de su tesis un innegable aspecto monolítico.
Aun así, la obra no está exenta de elementos susceptibles de brindarse, en una primera aproximación, a una desapasionada controversia que en nada desdice de la reconocida calidad de este trabajo.
Sin entrar en valoraciones derivadas de la pertinencia misma de los criterios tradicionalmente aplicados en la clasificación y datación del arte rupestre, que el autor esboza con claridad al principio de la memoria, en una suerte de declaración de intenciones, pero que obvia con elegante astucia llegado el momento de su explicitación, quizá los extremos más discutibles de esta nueva contribución de Muzzolini deban situarse al margen de las aspectos puramente artísticos.
Nos referimos, fundamentalmente, a problemas relacionados con los tipos antropológicos que individualizan las diversas figuraciones rupestres y al marco paleoambiental en el que éstos se insertan.
Durante varias décadas la identificación de tipo antropológico, o más genéricamente grupo racial, y cultura material ha sido un axioma en arqueologia prehistórica.
La estructurada sucesión de ciclos artísticos y componentes raciales, culturales y cronológicos que apunta A. Muzzolini a partir del análisis de las figuraciones rupestres, participa de este implícito e intuitivo principio que, en su formulación norteafricana, consagra la hipótesis de la sustitución, en los últimos compases del neolítico, de los individuos negroides por poblaciones mediterráneas.
La presión creciente de estos elementos septentrionales estaIÍa en el origen, según buen número de especialistas, de una generalizada antropodinamia que, en última instancia, condUCIDa al acantonamiento, en los oasis más meridionales, de los postreros grupos negroides saharianos, ancestros de los actuales haratin.
No obstante, recientes aportaciones parecen militar en favor de una aséptica revisión, o cuando menos de una cautelosa valoración, de este unánimente aceptado esquema.
En efecto, las investigaciones desarrolladas en la actualidad por el equipo de N. Petit-Maire en la cuenca de Taoudenni (Mah), han puesto de manifiesto la existencia en este área, desde el más temprano neolítico, de grupos humanos de afinidades mechtoides, cromagnoides emparentados con el tipo norteafricano de Mechta-Afalou.
En lo que concierne a los marcos paleoambientales, A. Muzzolini hace coincidir, de un modo tan razonable en medio árido como probablemente arbitrario y simplista, cada uno de sus periodos artísticos con un episodio climático favorable.
Así tenemos que los más antiguos pastores de ganado bovino serian coetáneos del «húmedo neolítico»; en tanto que el «tercer húmedo» o «húmedo postneolítico» se correspondería estrechamente con la arribada al Sahara central de las primeras oleadas de poblaciones mediterráneas tipo fueren-Tahilahi, tras un hiatus marcado por una pulsación de extrema sequía.
Aunque el autor no establezca un nexo causal explícito entre fh,J, ctuaciones climáticas y ocupaciones humanas, sí parece obvio que, en su mente, los condicionamientos ambientales juegan un papel crucial en la prehistoria sahariana.
Sin embargo, y aun admitiendo el carácter altamente significativo de estos factores geo-ecológicos, es preciso indicar que esta hipótesis no carece, por sugestiva que parezca, de dificultades de validación.
En primer lugar, los territorios saharianos siempre se han constituido, al menos desde el Pleistoceno final, como un medio particularmente árido que ha puesto a prueba la capacidad adaptativa de los grupos humanos allí asentados.
La idea de un Sahara neolítico verde y húmedo, transmitida por alguna literatura científica, no es, por lo tanto, más que un equívoco espejismo que conviene desterrar.
Por otra parte, las reconstituciones paleoclimáticas globales a escala macro-regional obvian la existencia de múltiples nichos micro-ambientales, indispensables a la hora de precisar la incidencia real y la auténtica dimensión de los fenómenos de interacción hombre/medio físico.
Este extremo no es en modo alguno irrelevante, ya que tanto los macizos centrales saharianos, área a la que se circunscribe este estudio, como las comarcas litorales se comportan, durante los episodios de extrema aridez, como auténticas zonas-refugio.
Pero seria una imperdonable candidez extrapolar, como ha ocurrido frecuentemente, estos datos al conjunto de los espacios del desierto del Sahara.
Por último se hace necesario insistir, frente a la omnipresente primacía de las limitaciones ambientales, en el papel jugado por los grupos de economía productora en el deterioro de la cobertura vegetal y, en consecuencia, en el proceso de desertización.
El estudio de las poblaciones ganaderas actuales asentadas en las márgenes áridas e inestables de las zonas predesérticas y esteparias, muestra bien a las claras un modo de gestión del tapiz vegetal tendente a asegurar su constante renovación.
Este precario y sutil equilibrio entra en crisis en el momento en que se produce una modificación de los patrones culturales y/o de las estructuras socio-económicas tradicionales que acarrea, necesariamente, la instalación de una mayor o menor anarquía en el sistema de control y salvaguarda de los pastos.
La obra que comentamos ha de considerarse, en resumen, como un punto de referencia virtualmente irreemplazable, de ahora en adelante, para el análisis del arte rupestre prehistórico del Sahara.
Entre sus muchos méritos, acaso sean el profundo y sistemático sentido critico, en no pocas ocasiones despiadado, la brillantez y oportunidad de sus aportaciones metodológicas, y la coherencia y originalidad de las clasificaciones propuestas, los logros que destaquen con mayor notoriedad.
Por el contrario, la poco cuidada presentación y la escasa calidad tanto de las ilustraciones a linea como de las reproducciones fotográficas, que se sitúa lejos del mínimo recomendable y exigible en una publicación de estas características, han de contarse en el catálogo de los aspectos formales manifiestamente mejorables.
Durante los pasados 27 de septiembre a 2 de octubre de 1987 tuvo en lugar de Burdeos la quinta edición del Coloquio Internacional sobre el sílex.
Este Coloquio tiene lugar cada cuatro años desde su primera celebración en 1969 en Maestrich (Holanda), gracias al apoyo de la Asociación Geológica Alemana.
Desde sus inicios intenta ser una vía de colaboración para arqueólogos, geólogos y otras ramas de la Ciencia interesadas en esta materia común: el sílex.
En esta ocasión, entre las comunicaciones presentadas fueron escasas las relativas a geología pura, dominando claramente las de geología aplicada a la arqueología del sílex.
Y esto debido, no sólo al carácter peculiar de este coloquio, sino sobre todo a las líneas de investigación -y esto ha quedado bien patente en Burdeos-que priman en el momento actual en la arqueología internacional prehistórica De las 73 ponencias presentadas, 36 giraron de una u otra forma en torno al estudio de las fuentes de materia prima lítica, su selección y circulación, así como sus implicaciones socioculturales y económicas.
Desde que a mediados de los años 70 un grupo de investigadores abriera esta nueva vía de estudío, este tipo de trabajos parece estar proporcionando datos de sumo interés en cuanto a la paleoeconomía se refiere.
En este sentido cabrían destacar las comunicaciones de J. Affolter, M. J. Cattin y H. Plisson (Suiza), J. R. Beuker (Holanda), P. C. Woodman y D. Griffiths (Irlanda), y J. P. Chadelle, P. Y. Demars y A. Moralá (Francia), entre otros.
Todas ellas presentaron datos interesantes en cuanto a los criterios de selección de la materia prima y muestran la existencia de intensos desplazamientos humanos en las diferentes regiones estudíadas (de 45 kms. en el caso del yacimiento de Le Rabier en la Dordoña, Francia, o incluso de 100 kms. en el sitio magdaleniense de Hauterive-Champreveyres en Suiza).
En el yacimiento de Laugerie-Haute de la Dordoña, P. Y. Demars también mostró cómo el sílex exógeno, de un radio en torno a 50 kms., fue utilizado principalmente para la industria laminar.
Esto lo explican sus particularidades físicas, que lo hacen especialmente apto para la talla laminar, además del ahorro en materia prima que supone el empleo de esta técnica Especialmente brillante nos pareció la intervención de J. M. Geneste (Francia), fruto de un intenso estudio y prospección de la región clásica realizado a lo largo de diez años por díferentes equipos de investigadores.
Geneste presentó en esta ocasión una interesante organización espacial de los sistemas de explotación de las fuentes de materia prima del yacimiento de Fontseigner.
Esto le ha permitido, asimismo, indagar en la función desempeñada por cada uno de los asentamientos dentro de su contexto ambiental.
Otro amplio número de comunicaciones giró en torno al gran prublema que presenta el sílex para su estudio: el de su clasificación.
Se trata el sílex de una roca criptocristalina tremendamente heterogénea, tanto en su composición como en su aspecto.
Este último puede variar desde un punto de vista macroscópico incluso. dentro de un mismo módulo, lo que dificulta enormemente su clasificación y adscripción a una fuente determinada.
Para solventar esta dificultad son varios los métodos que se propusieron durante el coloquio.
Thierry Aubrey presentó los primeros resultados obtenidos para varios yacimientos solutrenses de la región central francesa por medio de la medición de la masa volumétrica aparente y la absorción de radiaciones lumínicas.
Patrik Fouere parte de medidas físicas simples, como por ejemplo la densidad, para intentar encontrar alguna constante específica.
Los holandeses H. Kars y J. B. Jansen se basaron en espectrometrías (método ICPAES) y en el estudio de los elementos traza mediante activación de neutrones (método INAA).
En este mismo aspecto incidia el trabajo de la geóloga española M. A. Bustillo.
La dificultad en la clasificación del sílex influye lógicamente en la comunicabilidad de los resultados obtenidos en cada estudio.
De ahí que no exista actualmente una uniformidad terminológica entre geólogos y prehistoriadores, ni tan siquiera entre geólogos de diferentes países.
Por este motivo resultó especialmente interesante la iniciativa presentada por K. Takacs-Biro: la creación de una litoteca en el Museo Nacional de Hungria por el Servicio Geológico húngaro.
También se presentaron algunas comunicaciones independientes de cualquier aspecto arqueológico y dedicadas estrictame}1te a la geología del sílex, como son unos estudios sobre su diágenesis (W. U. Ehrmann, de Noruega y J. P. Zijlstra, de Holanda).
Se trató, además, de la alteración de la estructura de las rocas siliceas por calentamiento (H. Bertouille), así como de su resistencia a la gelifracción (J. P. Lautridou).
Si el estudio de las fuentes de materia prima se ha mostrado como una disciplina en ascenso a tenor del número de comunicaciones presentadas, el número de éstas en torno a las huellas de uso fue claramente inferior al de otros Coloquios sobre el sílex.
H. K.nutsson y K. Linde (Suecia) presentaron un estudio experimental sobre alteraciones post-deposicionales de las huellas de uso en útiles de cuarzo.
Las minas de sílex, su organización, distribución, tecnología y metodología de excavación fue el tema tratado en varias comunicaciones sobre todo de arqueólogos y geólogos de los países del Este (W. Borkowski,1.
Budziszewski y W. Migal, entre otros, de Polonia).
Se expusieron también algunos trabajos sobre nuevas minas de sílex neolíticas en el sur de Italia y Bélgica, además de una revisión sobre las excavaciones de minas en distintas áreas de Francia.
En cuanto a la participación española, ésta fue bastante numerosa: se presentaron 17 trabajos, aunque no todos ellos fueron finalmente leídos, 10 que supone un 2396 del total de las comunicaciones presentadas.
Siguiendo la tónica general, la mayor parte de ellas versaron sobre la economía del sílex y la localización de las fuentes de materia prima Así, P. Arias analizó el origen del sílex de distintos yacimientos postpaleolíticos del sector oriental de Asturias, su selección en función del tipo de útil y sus implicaciones.
En esta línea se presentan los trabajos de M. J. Enamorado sobre Aridos 01 (Madrid), S. Ripoll López sobre Cueva Ambrosio (Almería) y N. Soler y otros sobre Ermitons y L'Arbreda (Gerona).
Existieron también algunas intervenciones españolas en la sección de huellas de uso.
En general, se trataron de breves análisis preliminares, como los realizados por C. Gutiérrez y otros colaboradores del Museo de Altamira (Santander) o el de M. Adserias aplicado a las industrias de los niveles neolíticos del Fílador (Tarragona), ya que éste es un campo de la investigación prácticamente inexplorado en nuestro país y que requiere, sin embargo, un largo y no siempre fácil proceso de aprendizaje.
Los departamentos de Mineralogía y Cristalografía de la Universidad de Bilbao (M. 1.
J. Elorza) presentaron algunos trabajos en tomo a las diversas cuestiones petrográficas del sílex y del cuarzo del País Vasco.
La minería del sílex fue tratada por M. 1.
Villalba y otros investigadores centrándose para ello en el análisis detallado de las minas neolíticas de Can Tintorer (Barcelona), las únicas que se conocen por el momento de este periodo en la Península, y que parecen reflejar la existencia de una sociedad y una economía bastante complejas.
Zumalabe presentó varios análisis tecnológicos realizados a partir de las industrias líticas de Ekain y Urtiaga (Guipúzcoa), y más concretamente de los golpes del buril y sus respectivos buriles, lo que ha permitido establecer una estrecha relación entre ambos yacimientos y su fuente de materia prima.
En resumen, éste ha sido un Coloquio con un claro predominio de los estudios sobre fuentes de materia prima y su aprovechamiento, un ligero estancamiento en las investigaciones sobre huellas de uso, y una casi total ausencia de nuevas aportaciones en el terreno metodológico.
En cuanto a los asistentes, participaron un total de 16 países, destacando la presencia española, además por supuesto, de la francesa.
Mucho más reducida que en anteriores ocasiones fue, sin embargo, la aportación inglesa y la gran ausente fue, sin duda, la Geología y Prehistoria alemana.
La organización del Coloquio estuvo a cargo de M. y M. R. Seronie-Vivien, quienes con la eficiente ayuda de algunos miembros del Instituto de Cuaternario de Talence como P. Y. Demars y M. Lenoir, así como de la Dirección de Antigüedades de Aquitania en Burdeos, tuvieron una espléndida coordinación, estando en todo momento pendientes del buen desarrollo de las diferentes sesiones.
Fue muy loable también el esfuerzo de los organizadores en la programación de la excursión pre-congreso, en la que pudimos visitar diversos afloramientos de materia prima (sílex), así como algunos yacimientos paleolíticos; actualmente en excavación -La Quina, Barbas y Champ Parel-Corbiac-que presentan problemas o aspectos interesantes relacionados con el objeto del Coloquio.
Por último, y dado el éxito de los organizadores, sólo nos queda felicitarles por esa espléndida cena que nos ofrecieron en un marco tan monumental como es el castillo de Cadillac.
Para finalizar, queremos dar noticia de la posibilidad barajada en Burdeos de que el próximo Coloquio del Sílex se celebre en España.
Seria ésta una buena noticia para la Geología y Prehistoria española, pero también una prueba por los múltiples problemas que, sin duda, hay que solventar (entre ellos lograr la estrecha colaboración de geólogos y prehistoriadores) prueba que es la esperanza de las que suscriben, y esperamos sea resuelta felizmente.
MARIA GARCIA-CARRILLO ARA CARMEN CACHO QUESADA |
El pasado día 13 de marzo de 2012 falleció el Prof. Beno Rothenberg, pionero y destacado investigador en el campo de la arqueometalurgia.
Uno de los fundadores del IAMS, en su labor en España destaca el trabajo realizado en la provincia de Huelva y, más concretamente, en las minas de Río Tinto.
Su influencia ha sido fundamental para la implantación y desarrollo de la investigación de la producción minera y metalúrgica del pasado en España, un legado que se extiende hasta hoy día a través de la materialización de sus proyectos y de la actividad de numerosos investigadores que colaboraron y se formaron con él.
El Profesor Beno Rothenberg, nacido en Frankfurt (Alemania) el 23 octubre de 1914, falleció el 13 de marzo 2012 en Ramat Gan (distrito de Tel Aviv, Israel) (Fig. 1).
Reconocido fotógrafo del naciente estado de Israel, a donde su familia emigró cuando contaba 19 años, se incorporó al poco tiempo de su llegada a la unidad de Jerusalem del Hagana, la fuerza de defensa de la Comunidad Judía y del movimiento Sionista antes del establecimiento del estado de Israel.
Durante la II Guerra Mundial sirvió en las fuerzas británicas en Egipto y en 1948, inmediatamente después de la proclamación del Estado de Israel, participó en la Primera Guerra Árabe-Israelí.
(*) Grupo de investigación ATLAS, Departamento de Prehistoria y Arqueología, Universidad de Sevilla.
C/ María de Padilla s/n.
Beno Rothenberg es sobre todo, a nivel internacional, considerado como uno de los padres de la arqueometalurgia, término universalmente usado y que se le atribuye (Rehren 2012), y campo en el que ha dejado su más fructífero legado.
Fue pionero en la introducción en la investigación arqueológica tradicional de los métodos analíticos científicos.
Interesado en las matemáticas, que pretendía seguir como carrera académica, fue determinante para su futura proyección su colaboración en la década de 1950 con el Dr. Nelson Glueck, arqueólogo y rabino estadounidense, una de las figuras más destacadas en la Arqueología Bíblica.
Esto le llevó al primer contacto con "las minas del rey Salomón", en el Negev, descubriendo el vasto paisaje minero-metalúrgico de Timna, a cuya excavación y estudio permanecería vinculado a lo largo de toda su vida.
Paralelamente a las investigaciones en Timna, Beno Rothenberg diseñó y dirigió la ambiciosa Arabah Expedition, un programa de prospección arqueológica y arqueometalúrgica en el centro y norte de la península de Sinaí, que se desarrolló entre 1967 y 1979, mientras Israel controlaba esa región.
La transcendencia de su trabajo y la importancia de los resultados de sus investigaciones, críticas y controvertidas, le otorgaron proyección internacional, participando junto con Ronald Tylecote y Radomir Pleiner, entre otros, en la Pyrometallurgical Expedition de 1968 por Oriente Medio, dirigida por Theodore Wertime.
Sus trabajos atrajeron también el interés, y la posterior asociación especialmente del Institute of Archaeology de Londres (actualmente parte del University College) y del Museo Minero de Bochum (hoy Deutsches Bergbau-Museum).
Una de las materializaciones de esa proyección internacional fue la exposición Timna; Valley of the Biblical Copper Mines (Rothenberg 1972) Este proyecto, co-dirigido finalmente por los Drs.
Rothenberg y Blanco con la dirección administrativa del Sr. John P. Hunt, inicia un trabajo sistemático, enfocado hacia la investigación arqueometalúrgica y con plena incorporación de nuevos métodos científicos analíticos.
En el participará un numeroso grupo de profesores, especialistas y estudiantes de las Universidades de Sevilla, Madrid y foráneas.
Los resultados generales son publicados en 1981 en español (Blanco Freijeiro y Rothenberg 1981) e inglés (Rothenberg y Blanco-Freijeiro 1981).
Los complementan numerosos artículos sobre aspectos más concretos relacionados con el Proyecto, que ahora sería excesivo enumerar.
Además de la identificación mediante prospecciones de yacimientos clave en la provincia de Huelva y en las minas de Río Tinto, base de pos-teriores investigaciones, se realizaron por el Proyecto excavaciones en Los Gabrieles (Dr. M. Bendala), Tejada la Vieja (Drs.
A. Blanco y R. Corzo), Mina de Chinflón (P. Andrews) y zona de habitación asociada (Drs.
También el equipo con formación espeleológica de The Peak District Mines Historical Society, dirigido por el Dr. L. Willies (1997) estudió y documentó las labores mineras romanas.
Entre los muchos especialistas a los que los directores del Proyecto tuvieron la lucidez de solicitar colaboración se encuentran, además de los citados, los Drs.
Tylecote y Evans (Institute of Archaeology), el Dr. Conrand (Museo de Bochum), el equipo del Scientific Research Department del Museo Británico encabezados por el Dr. P. T. Craddock, el Dr. Bachmann (Universidad de Mainz), el Dr. Maluquer de Motes (Universidad de Barcelona), los Drs.
Felix García Palomero y Fernando Rambaud (geólogos de las compañías mineras de Río Tinto) (Rothenberg et al. 1989), Brenda Craddock, Craig Merideth (unos de los más cercanos colaboradores de Beno, fallecido prematuramente en el año 2005), Jaimie Thorburn...
Un gran número de, entonces, jóvenes españoles, estudiantes o que iniciaban sus carreras como arqueólogos, ahora muchos de ellos destacados profesores e investigadores, estuvieron involucrados en el Proyecto: Drs.
Fernando Amores, Alicia María Canto, José Luis Escacena, María Dolores Fernández-Posse ("Pachula", q.e.p.d.), Purificación Florido, Esther Núñez, F. Javier Sánchez-Palencia, Antonio Tejera, Encarnación Rivero...y yo mismo, siendo aún estudiante preuniversitario.
Tras la publicación de los resultados del Huelva Project, en 1982 y años posteriores, entonces como Rio Tinto Project y con respaldo financiero también de la Volkswagen Stiftung, el Dr. Rothenberg prosiguió las actuaciones arqueológicas en Corta Lago y en el Cerro del Moro (Fig. 3), incorporándose los especialistas Drs.
N. Gale (Universidad de Oxford) (Craddock et al. 1985), I. Keesmann (Universidad de Mainz) (Keesmann 1993) y R. J. Harrison (Universidad de Bristol).
A raíz de los trabajos realizados, en 1985 se crea el Departamento de Patrimonio Histórico de Río Tinto Minera S.A., al que se incorpora el arqueólogo Dr. Juan A. Pérez Macías (hoy profesor en la Universidad de Huelva), con sede en el antiguo Hospital Minero, iniciándose la conversión del edificio en Museo Minero.
Paralelamente, el Dr. Rothenberg contacta con el estudio de James Gardner, reputado diseñador de espacios expositivos, que lleva a cabo los primeros diseños del Parque Minero de Río Tinto.
Con graves problemas laborales en la mina, en 1986 el Dr. Rothenberg dirige su última excavación en el área, la del yacimiento de Monte Romero (Rothenberg et al. 1986).
En 1987 la compañía Río Tinto Minera, S.A. crea la "Fundación Río Tinto para la Historia de la Minería y la Metalurgia" que, en plena crisis minera, se hace cargo del patrimonio histórico de la cuenca, lo que supone un cambio en las relaciones y enfoque, asumiendo la herencia investigadora del Dr. Rothenberg.
Por esos años, como epílogo de sus actuaciones de campo en España, el Dr. Rothenberg se involucra en un nuevo proyecto.
Crea el Iberian Research Group, centrado en la investigación prehistórica metalúrgica en el Sureste de la Península Ibérica mediante, como había ocurrido en Huelva, la aplicación de las técnicas arqueométricas más avanzadas del momento.
Se formaliza a través de un convenio de colaboración entre el IAMS y el Museo Británico con las Universidades de Palma (Dr. A. Arribas) y Granada (Dr. F. Molina), en el que participan los Drs.
I. Keesmann, N. Gale, Z. Stos-Gale, P. Craddock, D. Hook y, por parte de la Universidad de Granada, los Drs.
F. Contreras, F. Carrión, A. Moreno y V. Mérida (Rothenberg et al. 1988).
La labor del Prof. Beno Rothenberg en España ha supuesto la introducción sistemática de la arqueometalurgia y una de las mayores realizaciones en ese campo, que desde entonces ha sufrido una auténtica revolución.
En gran medida sus colaboradores y discípulos, junto con otros equipos (v.g.
Rovira et al. 1997), la han desarrollado y consolidado como una disciplina independiente.
Su iniciativa y capacidad se pueden ver en las realizaciones físicas que son consecuencia de su sentido visionario, como el Museo y Parque Minero de Río Tinto, así como en su proyección que continúa hasta la actualidad a través de trabajos de investigación y tesis doctorales (Kassianidou et al. 1995; Hunt Ortiz, 2003; Anguilano et al. 2010). |
La reciente constatación de ADN neandertal en determinadas poblaciones humanas modernas sugiere un cruce limitado entre ambas especies.
Esta transferencia genética pudo haber afectado a las capacidades cognitivas de los neandertales y justificar, en particular, que hubiesen tenido lenguaje moderno.
Tal posibilidad se examina a la luz de las propias evidencias genéticas, pero también de las de tipo paleoantropológico y arqueológico utilizadas habitualmente para tratar de inferir la presencia de lenguaje en otras especies de homínidos.
En conjunto, dichas evidencias parecen sugerir que el lenguaje complejo habría sido una adquisición exclusiva de los humanos modernos.
Ello es compatible, no obstante, con una continuidad evolutiva de los diversos mecanismos biológicos y cognitivos implicados en el procesamiento lingüístico y en último término, con la presencia de algún tipo de lenguaje, computacionalmente más simple, en los neandertales.
Empleamos las expresiones 'lenguaje moderno' o 'lenguaje complejo' para referirnos a un sistema de representación (y en último término, de comunicación) capaz de llevar a cabo representaciones desplazadas en el tiempo y el espacio, pero también otras que carecen de correlato real (Jerison 1985; Bickerton 1990; Dennett 1996).
La particularidad de dicho sistema es el uso de secuencias de símbolos organizados según una estructura jerárquica y recursiva, las cuales incluyen además determinados tipos de dependencias entre elementos distantes (relaciones anafóricas, de control, etc.)
Green et al. (2010) han demostrado que el genoma de las poblaciones humanas no africanas contiene entre un 1-4% de ADN neandertal.
Ello sugiere un reducido intercambio genético entre neandertales y humanos anatómicamente modernos (en adelante, HAM), acaecido probablemente hace entre 100 y 50 Ka (1 Ka = 1.000 años).
La posibilidad de que los neandertales hubiesen te-'Errico 2003; Trinkaus 2007;d 'Errico 2008d' Errico, 2009;;d'Errico y Vanhaeren 2009; Roebroeks y Verpoorte 2009) han defendido esta hipótesis que, en lo fundamental, resulta de inferencias a partir del examen de evidencias del registro fósil y arqueológico.
Entre las más relevantes están las que sugerirían que estos homínidos habrían contado con una capacidad de conceptualización de carácter simbólico.
En general, se reconoce que es factible pensar en ausencia de lenguaje (moderno) (Carruthers 2002).
Sin embargo se considera imposible desarrollar prácticas simbólicas complejas sin su concurso.
Por ejemplo, McBrearty y Brooks (2000: 486) afirman con rotundidad que abstract and symbolic behaviors imply language (una discusión complementaria en apartado 3.2).
Como indicadores de esa capacidad de simbolización suelen citarse algunas prácticas funerarias (Grün y Stringer 2000;d'Errico et al. 2003; Frayer et al. 2006), el uso de pigmentos (d'Errico y Soressi 2002; Zilhão et al. 2010), la creación de objetos decorados con diseños geométricos (Bednarik 2006) o la confección de ornamentos corporales en forma de piezas perforadas (Trinkaus 2007; Zilhão et al. 2010).
Una importancia no menor suele adjudicarse a los restos relacionados con el aparato fonador, las estructuras del habla y el aparato auditivo.
En particular, las reconstrucciones realizadas por Boë et al. (1999; Boë et al. 2002) sugerirían que, en los neandertales, la posición de la laringe y su longitud en relación con el tracto supralaríngeo no diferirían de las observadas en determinados grupos humanos (fundamentalmente, en mujeres y niños).
Asimismo, y según los palatogramas reconstruidos al efecto, el espacio de vocalización tampoco sería sustancialmente distinto del característico de los HAM.
Por otro lado, la reconstrucción del oído externo y medio a partir de restos fósiles (y en último término, la recreación de los correspondientes audiogramas) ha llevado a concluir que las capacidades auditivas modernas estarían ya presentes, cuando menos, desde el Homo heidelbergensis (Martínez et al. 2004; Martínez et al. 2008; Martínez Mendizábal y Arsuaga 2009).
Como evidencias adicionales de la existencia de lenguaje complejo en los neandertales estarían las indicativas de la denominada 'modernidad conductual': la presencia de ciertos productos marinos en la dieta (Stringer et al. 2008), los desplazamientos por mar abierto (van der Geer et al. 2006), el uso habitual de restos vegetales (Lev et al. 2005) o la utilización compleja de lugares de asentamiento (Henry et al. 2004).
Un último aspecto especialmente relevante concerniría a la propia naturaleza de la cultura neandertal, y no tanto a su eventual complejidad, per se (Mithen 2006), sino a la posibilidad de que hubiese tenido una naturaleza innovadora y hubiese atravesado, por consiguiente, etapas de complejidad creciente.
La controversia fundamental a este respecto concierne al Chatelperroniense y a otras culturas equivalentes en diversas regiones europeas, como el Uluzziense, el Szeletiense o el Bohuniciense (d'Errico et al. 1998;d'Errico 2003;d'Errico et al. 2003).
Si por cultura (moderna) entendemos un modelo de cambio continuado y retroalimentado, parece razonable adjudicar al lenguaje (moderno) el papel de motor fundamental de dichos cambios, al permitir explorar virtualmente nuevas opciones y transmitir el resultado de dichas exploraciones de modo eficaz, rápido e inmediato (Dennett 1995(Dennett, 1996)).
Sin embargo, otros muchos autores defienden que el lenguaje complejo sería una adquisición exclusiva de nuestra especie.
Aducen que las evidencias indicativas del llamado comportamiento moderno, tal como se caracterizaron antes, solo pueden adjudicarse legítimamente a los HAM, en especial si se tiene en cuenta su abundancia relativa y la sistematicidad de su aparición en el registro arqueológico.
Así, en particular, las reconstrucciones alternativas a las de Boë et al. de la estructura del aparato fonador parecen sugerir que en los neandertales la posición de la laringe, las proporciones relativas de las cavidades oral (horizontal) y supralaríngea (vertical) y la propia conformación del tracto supralaríngeo habrían limitado su capacidad articulatoria, impidiendo, en concreto, la generación de sonidos fundamentales en el habla humana (Lieberman et al. 1972; Lieberman 2003; Martínez y Arsuaga 2009).
Asimismo, numerosos investigadores sostienen que objetos simbólicos abundantes y de naturaleza variada solo aparecen asociados regularmente a los HAM, en Europa y África (McBrearty y Brooks 2000; Mellars 2002).
Por otro lado, en los enterramientos de los neandertales se advierte una ausencia casi generalizada de ofrendas mor-tuorias (Mellars 1996a;d'Errico 2003).
Ello parecería cuestionar su valor simbólico, al menos en el sentido de remitir a la creencia en una vida de ultratumba.
Consecuentemente, se ha sugerido que su función podría ser solo higiénica o constituir un reflejo de vínculos sociales o emocionales (Mithen 1996; Mellars 1996a; Tattersall 1998; Rivera 2010).
Además, los propios defensores de que los neandertales utilizaron pigmentos reconocen que su uso era mucho menos selectivo que entre los HAM (d'Errico 2003).
Incluso han llegado a cuestionar que la presencia de restos de manganeso en los yacimientos musterienses europeos implique per se un comportamiento simbólico (d'Errico et al. 2003), puesto que los pigmentos podrían haberse dedicado a otras funciones, como el tratamiento de pieles animales (Cârciumaru et al. 2002).
A su vez, la confección y empleo de ornamentos perforados son muy recientes en el tiempo: en general, su aparición coincide con el final del Musteriense (d'Errico 2003).
Por fin, el posible dinamismo que implicaría la aparición del Chatelperroniense se ha rebajado sustancialmente, al sugerirse que podría resultar de un proceso de aculturación de los neandertales, que imitaron o emularon la tecnología de los HAM con los que entraron en contacto en la última etapa de su existencia como especie (Klein 2003; Coolidge y Wynn 2004; Mellars 2005) (1).
Tampoco se descarta que los objetos asociados a este nivel no hubieran pertenecido realmente a los primeros (Bar-Yosef y Bordes 2010; Higham et al. 2010; Mellars 2010).
Se prefiere, por consiguiente, la posibilidad de que esta especie hubiese tenido un lenguaje más simple, de carácter protosintáctico, en esencia, carente de propiedades formales básicas del lenguaje moderno, como la jerarquía o la recursividad, y cuya supuesta 'sintaxis' habría (1) Las importantes implicaciones neurobiológicas del carácter estático o dinámico de las culturas asociadas a neandertales y HAM se discuten en los apartados 2.2. y 3.2. respondido a criterios eminentemente semánticos (Mellars 1996b(Mellars, 1998;;Mithen 1996Mithen, 2006Mithen, 2007)).
En realidad, y por las razones que se argüirán en el apartado 3.2, es posible que este tipo de evidencias (simbolismo, estructura del aparato fonador, etc.) tenga un valor relativo a la hora de inferir la existencia de lenguaje moderno.
Como cabría imaginar, las evidencias de carácter genético han estimulado todavía más el debate acerca de las capacidades lingüísticas de los neandertales, una vez que parece plausible la existencia de genes implicados en la regulación del desarrollo y el funcionamiento de los centros neuronales encargados del procesamiento lingüístico (revisado en Benítez-Burraco 2009).
Esta posibilidad viene corroborada por dos conjuntos de evidencias diferentes pero necesariamente complementarias.
En primer lugar, toda una línea de análisis e interpretación del proceso de adquisición del lenguaje (fundamentalmente de tradición psico-lingüística) sugiere que el conocimiento que el individuo adulto posee acerca de su lengua no puede explicarse únicamente como el resultado de un proceso de aprendizaje inductivo a partir de los estímulos lingüísticos a los que se ve expuesto durante el desarrollo.
Ello ha llevado a defender el carácter (parcialmente) innato de la facultad del lenguaje (en adelante, FL) (Chomsky 1980; Fodor y Crowther 2002), entendida como la capacidad de la mente/cerebro para adquirir una lengua y usarla (Chomsky 1980; Lust 2006) (apartado 3.2).
En último término, se ha postulado un 'genotipo lingüístico', caracterizado como that part of our genetic endowment that is relevant for our linguistic development (Anderson y Lightfoot 1999: 702).
La hipótesis del innatismo lingüístico ha llevado incluso a plantearse si la aparición del lenguaje en términos evolutivos podría ser consecuencia de la mutación de uno o más genes específicos relacionados con el desarrollo del cerebro.
Un segundo conjunto de evidencias que corrobora la hipótesis de que los genes ejercen un papel relevante en el desarrollo de la FL lo cons-tituyen los numerosos trastornos cognitivos que, en principio, solo afectan a la capacidad lingüística del individuo y que poseen un carácter hereditario (Bishop y Leonard 2001; Benítez-Burraco 2009: 83-227).
En los últimos años ha sido posible clonar y caracterizar varios de los genes que aparecen mutados en los individuos afectados por dichos trastornos.
Estudios de carácter estructural y funcional han corroborado el importante papel que los productos que codifican desempeñan en el sistema nervioso central, al regular, entre otros aspectos, el desarrollo y el funcionamiento de las áreas cerebrales implicadas en el procesamiento del lenguaje (Benítez-Burraco 2009: 98-177).
Como cabría esperar, los genes cuya mutación afecta simultáneamente al lenguaje y a otros aspectos de la cognición son mucho más numerosos (Benítez-Burraco 2009: 88-94, 177-234) (2).
Lo realmente significativo desde el punto de vista que nos ocupa es que varios de estos genes han sido objeto de una selección positiva en nuestro linaje evolutivo.
En particular, las secuencias de las proteínas que codifican presentan diferencias con las proteínas homólogas existentes en las restantes especies de primates superiores.
Es lo que sucede, p. ej., con dos de los genes candidato para la dislexia, un trastorno plausiblemente causado por un déficit en la capacidad de procesamiento fonológico (sus aspectos etiológicos, neurobiológicos y genéticos se revisan en Ramus et al. 2003; Shaywitz y Shaywitz 2005; Benítez-Burraco 2010).
En particular, la secuencia codificadora del gen DYX1C1, que parece intervenir en la regulación de la migración radial de determinadas poblaciones neuronales (Wang et al. 2006; Rosen et al. 2007), tiene 7 diferencias con la correspondiente al gen homólogo del chimpancé, y 3 de ellas constituyen cambios no sinónimos, es decir, dan lugar a un cambio en la secuencia aminoacídica (Taipale et al. 2003).
Por su parte, la variante humana de la proteína ROBO1 tiene 7 aminoácidos diferentes cuando se compara con la del chimpancé (Hannula-Jouppi
(2) Por las razones que se discutirán en el apartado 3.1, no parece adecuado descartar estos genes si realmente se pretende caracterizar ese supuesto 'genotipo lingüístico'.
Dichas razones vuelven también poco plausible que haya 'genes del lenguaje', stricto sensu, es decir, genes encargados de regular solo el desarrollo y el funcionamiento de áreas cerebrales responsables en exclusividad del procesamiento de estímulos lingüísticos ('áreas del lenguaje') y cuya mutación, afectando a la integridad estructural y/o funcional de tales áreas, daría lugar a síntomas únicamente lingüísticos.
et al. 2005) y es la que parece estar implicada en la regulación del crecimiento de los axones, tanto de los interhemisféricos (Hannula-Jouppi et al. 2005; McGrath et al. 2006) como posiblemente, de los que proyectan fuera del córtex cerebral, en especial hacia el tálamo (Bagri et al. 2002).
La tasa de selección de este gen, si bien no es muy elevada, casa con la advertida en otros genes que se expresan en el cerebro y que han sufrido una selección positiva durante nuestra reciente historia evolutiva (Dorus et al. 2004).
Es significativo que el patrón de maduración de su ARNm se ha visto también modificado en la línea evolutiva que conduce a la especie humana, una vez producida la separación de la que dio lugar a los primates superiores (Calarco et al. 2007).
En este contexto, los datos obtenidos por Krause et al. (2007), que confirmaban la presencia en los neandertales de la variante moderna de la secuencia codificadora del gen FOXP2 (el 'gen del lenguaje' por antonomasia), se han interpretado como una prueba adicional (y para muchos definitiva) que corroboraría la hipótesis de que los neandertales habrían tenido lenguaje moderno (Trinkaus 2007;d'Errico y Vanhaeren 2009: 38; Martínez Mendizábal y Arsuaga 2009: 13; Bermúdez de Castro 2010: 110; Frayer et al. 2010: 113; Rosas 2010: 85).
En su trabajo, los propios Krause et al. sopesaban si la presencia de la secuencia moderna del gen en las dos especies podría ser consecuencia de una transferencia genética entre ambas.
Descartaban esta hipótesis (Krause et al. 2007: 977) precisamente ante la falta de evidencias genéticas de un cruce entre neandertales y HAM, prefiriendo un escenario donde los cambios acaecidos en la secuencia del gen y el subsiguiente barrido selectivo habrían tenido lugar en el antecesor común a estas dos especies, hace entre 300 y 400 ka.
La hipótesis principal defendida por Krause et al. obviaba, asimismo, otros escenarios evolutivos alternativos, verosímiles pero quizás más improbables (se discuten en Benítez-Burraco et al. 2008; Ptak et al. 2009), en particular que las mutaciones 'modernas' se hubiesen fijado en los neandertales en respuesta a presiones selectivas diferentes a las que habrían contribuido a fijarlas en los HAM, aunque seguramente relacionadas con la función que el gen desempeña en el control de la vocalización (Bolhuis et al. 2010; Kelley y Bass 2010; White 2011) y acaso vincula-das al desarrollo y/o el funcionamiento de alguna de índole cuasi-musical (Mithen 2006).
Como se discutirá en los apartados 2.2 y 3.1, la mera presencia de la variante moderna del gen en los neandertales no es suficiente para inferir la existencia de lenguaje complejo en ellos.
A la luz de cómo suceden realmente los procesos de desarrollo, no hay una relación directa entre el genotipo y el fenotipo (tampoco en términos evolutivos).
Además, si bien FOXP2 es un gen relevante para el desarrollo de algunas estructuras neuronales implicadas en el procesamiento del lenguaje, no es, a todas luces,'el gen del lenguaje' desde el punto de vista ontogenético (Benítez-Burraco 2005, 2008a, 2008b; Vargha-Khadem et al. 2005; Longa 2006; Fisher y Scharff 2009), ni tampoco puede serlo desde el punto de vista filogenético (Benítez-Burraco y Longa 2011).
Ni siquiera están claras las ventajas que las mutaciones 'modernas' del gen habrían proporcionado a nuestra propia especie en términos evolutivos.
Se ha sugerido que podrían haber contribuido indistintamente a: (i) amplificar las funciones asociadas inicialmente al área de Broca (facilitando la emergencia de la sintaxis y/u optimizando el procesamiento fonológico y/o la memoria de trabajo verbal) y/o (ii) reclutar el área de Broca para el control del lenguaje hablado y/o (iii) optimizar el control de las tareas secuenciales por parte de los ganglios basales (Enard et al. 2002a; Corballis 2004; Krause et al. 2007).
Una de las razones que cuestionan la validez de la ecuación'FOXP2 = lenguaje' (y en general, la ecuación'un gen = un carácter') es el presumible carácter poligénico del lenguaje.
Precisamente, Green et al. (2010) han detectado un flujo de ADN entre neandertales y HAM que ha involucrado a numerosos genes y a todo tipo de secuencias reguladoras de la expresión génica.
Esta importante constatación casa con algunas evidencias anteriores (fundamentalmente de índole morfológica) que parecían sugerir la plausibilidad de una hibridación entre ambas especies (Smith y Trinkaus 1991; Duarte et al. 1999; Trinkaus 2005).
Y es de especial rele-vancia respecto a algunas hipótesis que sugieren que dicho cruce podría haber contribuido específicamente a modificar sus respectivas capacidades cognitivas.
Hawks et al. (2007), p. ej., han defendido explícitamente que la cognición de los HAM podría haberse visto influida por material genético procedente de homínidos arcaicos, en particular, de los propios neandertales.
El lenguaje parece un candidato lógico, máxime si tenemos en cuenta las evidencias (eminentemente arqueológicas, pero también paleoantropológicas) ya discutidas.
Cabe plantearse, por consiguiente, si la transferencia genética entre HAM y neandertales documentada por Green et al. habría permitido soslayar el problema que planteaba el carácter poligénico del lenguaje, justificando la existencia de lenguaje moderno en estos últimos.
Creemos, sin embargo, que no tendría por qué ser así.
En el apartado 2 se discuten algunas razones para ello derivadas de los propios datos genéticos obtenidos por Green et al. (2010).
En el apartado 3 presentamos otras más generales por las que dicha hipótesis podría no resultar plausible.
Las de índole biológica (apartado 3.1) cuestionan, en lo fundamental, que los genes deban considerarse agentes causales primarios de los procesos de desarrollo y, por consiguiente, que su modificación sea la única causa de la aparición de los fenotipos innovadores en términos evolutivos.
La revisión (apartado 3.2) del genuino valor de las evidencias paleoantropológicas y arqueológicas utilizadas habitualmente para inferir la presencia de lenguaje moderno (en nuestra especie, pero también en otras especies extintas emparentadas con la nuestra) aconseja buscar otras evidencias alternativas que pueden resultar más informativas y analizar las ya consideradas desde otro punto de vista, más relevante en términos lingüísticos.
Ello nos llevará (apartado 4) a defender el lenguaje moderno como una adquisición de nuestra especie y a esbozar un posible modelo de evolución del lenguaje (Balari et al. 2011; Balari et al. e.p. para un tratamiento más detallado) que nos parece compatible con el conjunto de evidencias discutidas y que, en particular, no entraría en contradicción con las posibles consecuencias de las transferencias genéticas acaecidas entre nuestra especie y otras especies de homínidos extintas (3).
POSIBLES IMPLICACIONES DEL CRUCE ENTRE NEANDERTALES Y HAM PARA LA APARICIÓN DEL LENGUAJE MODERNO
Sobre la introgresión de ADN neandertal en los HAM no africanos
El análisis de Green et al. detecta específicamente una introgresión de un 1-4% de material genético neandertal en determinadas poblaciones humanas.
Si el escenario hubiese sido estrictamente unidireccional, la hipótesis de partida solo podría ser que habrían sido los neandertales los que habrían poseído un lenguaje complejo y que nuestra especie lo habría adquirido como resultado de la introgresión del ADN neandertal.
La evolución de la cognición de los HAM ha podido verse influida por la entrada de material genético procedente de homínidos arcaicos, y en concreto, de los propios neandertales (Hawks et al. 2007).
Ahora bien, teniendo en cuenta la naturaleza de las evidencias arqueológicas, y paleoantropológicas, relacionadas con el lenguaje asociadas a ambas especies (apartado 1), la hipótesis anterior no puede sostenerse (también Mellars 2005; Klein 2009).
Además resulta incompatible con la propia naturaleza de la FL tal como se manifiesta en las poblaciones africanas de HAM.
Una hipótesis aceptada por (casi) todos los lingüistas, derivada del análisis (3) Tales transferencias no estarían limitadas a las consecuencias del cruce con los neandertales.
Reich et al. (2010), p. ej., han encontrado en los HAM de origen melanesio entre un 4-6% de ADN procedente de los 'denisovanos', un grupo de homínidos que compartiría con los neandertales un antecesor común.
de la estructura de las lenguas humanas, es que todas poseen una complejidad semejante y responden a un diseño en gran medida común (Chomsky 1980; Baker 2001, entre otros muchos).
En ausencia de procesos patológicos (adquiridos o ligados al desarrollo), se acepta también (casi) unánimemente que el proceso de adquisición del lenguaje es semejante en todos los individuos (cuando menos, en términos de la capacidad alcanzada y de los hitos superados) (Lust 2006).
De ahí que cualquier ser humano sea capaz de adquirir cualquier lengua si se ve expuesto a ella en las condiciones apropiadas.
En consecuencia, todas las poblaciones humanas modernas, africanas o no, deben estar dotadas de una FL (casi) idéntica.
Incluso en el improbable supuesto de que los neandertales hubiesen poseído lenguaje moderno, las hipotéticas mutaciones responsables de la presencia del lenguaje complejo en nuestro linaje no podrían encontrarse en la porción del genoma que los HAM no africanos habrían recibido de los neandertales, puesto que la FL moderna es también propia de las poblaciones no africanas, que no han recibido dicho material.
En definitiva, el cruce entre ambas especies resultaría irrelevante a este respecto.
Sobre la posible introgresión de ADN de los HAM no africanos en los neandertales
El escenario alternativo resulta mucho más atractivo: la transferencia de material genético desde una especie con lenguaje moderno (la nuestra) habría permitido adquirirlo a otra carente de él (los neandertales).
Aunque faltan evidencias directas al respecto, es esperable que, en las condiciones en que se encontraron los neandertales y los antecesores de los HAM no africanos, se hubiese producido asimismo un flujo de mate-rial genético desde estos últimos a los primeros.
En principio, las evidencias arqueológicas utilizadas tradicionalmente para atestiguar la presencia de lenguaje complejo en los neandertales (apartado 1) podrían corroborar esta posibilidad: ausentes durante buena parte de su historia, aparecen (con las salvedades discutidas en dicho apartado) durante las postrimerías de su presencia en el continente eurasiático, en un momento que podría ser compatible con el del evento de transferencia de ADN entre las dos especies.
Cabe hacer varias objeciones a la hipótesis anterior.
La atribución de estas evidencias arqueológicas modernas tardías a los neandertales no es aceptada de modo unánime (Bar-Yosef y Bordes 2010; Higham et al. 2010; Mellars 2010).
En segundo lugar, tampoco está claro si representan una genuina innovación neandertal o resultan de un proceso de aculturación derivado de la imitación o la emulación (Coolidge y Wynn 2004) de modos de comportamiento de los HAM (Mellars 2005).
Se ha sugerido que las culturas es táticas (como la neandertal) dependerían de ca pacidades cognitivas vinculadas a esquemas mentales almacenados en memorias a largo plazo, mientras que las dinámicas (como las asociadas a los HAM) demandarían una memoria de trabajo potenciada (Coolidge y Wynn 2005).
Como discutiremos en el apartado 3.2, esta memoria de trabajo potenciada podría constituir un requisito imprescindible para la existencia de una FL moderna.
Por consiguiente, si no cupiera hablar legítimamente de una dinamización de la cultura neandertal en este período, podría descartarse asimismo que se hubiesen producido en los neandertales modificaciones neurobiológicas (y en nética antes mencionada parece sugerir que pudo no haber sido así.
Según Green et al. (2010: 713) these estimates [acerca de la divergencia media entre las secuencias de ADN de neandertales y HAM] are relatively uncertain due to the limited amount of DNA sequence data.
No obstante, existiría un segundo grupo de razones, de carácter específicamente genético, que impedirían que una (limitada) transferencia de ADN desde los antecesores de los HAM no africanos a los neandertales implicase necesariamente la presencia en estos últimos de lenguaje moderno.
En el apartado 1 apuntábamos que el lenguaje debe considerarse un fenotipo poligénico.
Actualmente se sabe que determinadas mutaciones acaecidas en la secuencia de algunos de los genes implicados en la regulación del desarrollo de su sustrato neuronal han sido objeto de una selección positiva en el linaje humano, por lo que han debido contribuir a la aparición de una FL moderna.
Sin embargo, es más que probable que algunas de ellas se hayan producido, y hayan sido seleccionadas, tras nuestra separación de la línea evolutiva que dio lugar a los neandertales.
Los datos obtenidos por Green et al. resultan, una vez más, especialmente ilustrativos a este respecto.
Por ejemplo, ASPM y MCPH1 son dos de los genes que han experimentado cambios no sinónimos segregantes en nuestra especie, de manera que los neandertales presentan la variante ancestral (esto es, la existente en el chimpancé) (Green et al. 2010: 77 material suplementario).
Ambos genes están implicados en la regulación del volumen cerebral.
Su mutación se ha propuesto como una de las causas que explicarían el aumento del índice de encefalización observado en nuestro clado (Benítez-Burraco 2007).
Es probable que este proceso haya desempeñado un papel más relevante de lo inicialmente creído en la evolución del sustrato neuronal del lenguaje y, en último término, en la aparición de una FL moderna.
La razón fundamental es que una de las consecuencias de la ganancia de tamaño por parte de un cerebro es precisamente el aumento de la memoria de trabajo.
Ello habría resultado crucial para la aparición de un sistema computacional como el que caracteriza al lenguaje moderno (apartado 3.2; más detalles en Balari y Lorenzo 2009; Balari et al. 2011; Balari et al. e.p.), además de explicar el dinamismo de la cultura asociada a los HAM (supra y apartado 3.2).
Bajo la hipótesis que estamos cuestionando, los fragmentos de ADN transferidos a los neandertales por los antecesores de los HAM no africanos tendrían que haber contenido la totalidad de las innovaciones específicamente humanas relevantes para el lenguaje.
Incluimos, en particular, todas las que hubiesen afectado a los mecanismos pre-y postranscripcionales de regulación de la expresión de los genes relacionados con el desarrollo de su sustrato neuronal.
Ello implicaría también a la totalidad de los genes que codifican sus dianas fisiológicas, así como a sus correspondientes mecanismos reguladores, que deberían presentar la variante moderna.
Pues bien, ni siquiera en el caso de FOXP2 se tiene la certeza de que los neandertales hubiesen contado con la variante derivada de tales mecanismos y dianas, bien por estar ya en el antecesor común a neandertales y HAM, bien por formar parte del material genético supuestamente recibido de estos últimos.
La importancia de este hecho no puede subestimarse.
Los análisis de la red reguladora en la que se integra el gen (Spiteri et al. 2007; Vernes et al. 2007; Konopka et al. 2009) señalan que algunas de sus dianas han sido objeto de selección positiva en nuestro linaje.
Asimismo la mutación de varias dianas del gen da lugar en nuestra especie a trastornos cognitivos que afectan al lenguaje, como ocurre con el gen CNT-NAP2 en relación con el trastorno específico del lenguaje (TEL) (Vernes et al. 2008) o el autismo (Alarcón et al. 2008; Bakkaloglu et al. 2008; Benítez-Burraco 2011).
Y en los denisovanos, cuando menos, se observa un cambio no sinónimo en la secuencia de la proteína CNTNAP2 con relación a la variante humana (Meyer et al. 2012).
Consecuentemente, la relevancia del análisis del estatus (ancestral o derivado) de tales dianas es equiparable al del propio gen FOXP2 a la hora de dilucidar la trayectoria evolutiva del lenguaje (y por inclusión, la cuestión específica que aquí nos ocupa).
Sin tener, por el momento, evidencia alguna acerca de la naturaleza precisa del material genético transferido (y solo indicios indirectos de la plausibilidad de dicha transferencia), no estamos en condiciones de determinar las consecuencias que esta introgresión habría tenido para la cognición ¿y el lenguaje? neandertales.
Por otro lado, con independencia de cuál hubiese sido finalmente la naturaleza del material genético recibido por los neandertales, seguiría habiendo importantes diferencias a este nivel en-tre dicha especie y los HAM (africanos o no).
Este es otro de los resultados de especial relevancia del trabajo de Green et al. (2010: 713): the divergence of the Neandertal genome to the human reference genome is greater than for any of the present-day human genomes.
En todos los ejemplares neandertales analizados son casi un centenar los genes que presentan la variante ancestral en una (o incluso en dos) posiciones de su secuencia codificadora y que, en cambio, exhiben la variante derivada en todas las poblaciones humanas, africanas o no. Según Green et al. (2010: 77-78 material suplementario) este número no hará sino incrementarse en el futuro: once the Neandertal genome is sequenced to higher coverage, we expect to approximately triple the number of amino acid sequence changes that rose to fixation in the modern human lineage after divergence from Neandertals.
Cuando se consideran los cambios no sinónimos segregantes, el número de genes potencialmente relevantes, que presentan la secuencia ancestral en los neandertales, es mucho mayor (Green et al. 2010: 77 material suplementario).
La importancia que posee en términos evolutivos la modificación de las secuencias reguladoras de la expresión génica es bien conocida desde hace tiempo (p. ej. Britten y Davidson 1971).
También lo es que los cambios más significativos experimentados en nuestro linaje evolutivo por los mecanismos reguladores del desarrollo cerebral parecen haber afectado fundamentalmente al transcriptoma y no tanto al genoma (y consecuentemente, al proteoma) (Enard et al. 2002b; Khaitovich et al. 2006; Sikela 2006; Vallender et al. 2008; Varki et al. 2008).
En concreto, se ha detectado un elevado número de señales de selección positiva en secuencias no codificadoras relacionadas con el desarrollo y la función del cerebro (Prabhakar et al. 2006; Haygood et al. 2007).
Los análisis de ontología génica de Green et al. ponen de manifiesto, en particular, que algunos de los genes que han experimentado cambios en sus regiones 3' no traducidas tras nuestra separación de los neandertales están implicados en la morfogénesis de las dendritas (Green et al. 2010: 75 material suplementario y tab.
Finalmente, son también llamativas las diferencias que se advierten entre HAM y neandertales en relación con las regiones que han experimentado una evolución acelerada en nuestra especie (HARs, de human accelerated regions): Changes in the HARs tend to predate the split between Neandertals and modern humans [si bien] we also identified 51 positions in 45 HARs where Neandertals carry the ancestral version whereas all known present-day humans carry the derived version.
Por ejemplo, de un total de 212 regiones con evidencias de un barrido selectivo en nuestra especie, the region with the strongest statistical signal contained a stretch of 293 consecutive SNP positions in the first half of the gene AUTS2 where only ancestral alleles are observed in the Neandertals (Green et al. 2010: 717, el énfasis es nuestro).
Este gen está mutado en algunos individuos aquejados de autismo (Bedogni et al. 2010; Huang et al. 2010) y en ciertas formas de retraso mental (Kalscheuer et al. 2007), y se expresa fundamentalmente en el cerebro, tanto durante el desarrollo fetal como en el individuo adulto.
En el cerebro fetal su expresión se localiza sobre todo en los lóbulos frontal, parietal y temporal, pero parece que no en el occipital (Sultana et al. 2002).
Como también indican Green et al. (2010: 717), algunos de los genes afectados por este tipo de barridos selectivos have been associated with diseases affecting cognitive capacities y es posible que el lenguaje sea una de ellas.
En resumen, por el momento es imposible determinar las repercusiones que estos cambios (y las diferencias genéticas que a pesar de todo siguen existendo entre neandertales y HAM) han podido tener en la modificación del patrón de desarrollo de las estructuras neuronales implicadas en el procesamiento del lenguaje.
Pero sea como fuere, no siendo completamente iguales el conjunto de factores reguladores implicados en la ontogenia de ambas especies, los itinerarios de desarrollo de neandertales y HAM podrían haber resultado diferentes en última instancia, también a nivel cerebral (apartado 3.1).
Según Green et al. (2010: 722), el flujo génico desde los neandertales a los antecesores de las poblaciones no africanas de HAM (y viceversa seguramente) no es el único escenario que explicaría sus resultados: We cannot currently rule out a scenario in which the ancestral population of present-day non-Africans was more closely related to Neandertals than the ancestral population of present-day Africans due to ancient substructure within Africa (...).
Si este escenario fuese realmente el correcto, la mayor semejanza genética entre neandertales y HAM no africanos volvería a ser sustancialmente irrelevante en lo concerniente a las capacidades lingüísticas de los primeros.
Ello se debería a que, por las razones aducidas en el apartado 2.1, el patrimonio genético que africanos y no africanos comparten explicaría necesariamente la semejanza (y la homogeneidad) que ambos grupos manifiestan en lo relativo a la FL.
PROBLEMAS GENERALES PARA LA INFERENCIA DE LENGUAJE MODERNO A PARTIR DE LAS EVIDENCIAS DEL CRUCE ENTRE NEANDERTALES Y HAM
La asunción implícita a la hipótesis general que estamos discutiendo en este trabajo es que los genes constituyen la causa primera de los procesos de desarrollo.
De acuerdo con ella, si se lograse demostrar que el 'genotipo lingüístico' de los neandertales era idéntico al de los HAM como resultado bien del intercambio de material genético entre ambas especies (Green et al. 2010), bien de su proximidad en términos filogenéticos, estaríamos en condiciones de asegurar la presencia en los primeros de una FL equivalente a la nuestra y por consiguiente, de lenguaje moderno.
Sin embargo, esta inferencia, que en esencia supone asumir una relación causal directa entre el genotipo y el fenotipo, no resulta legítima a la luz de la genuina naturaleza de los genes y del modo como se regulan los procesos ontogenéticos.
El desarrollo de cualquier organismo depende también de multitud de factores de naturaleza no genética, igualmente necesarios para la consecución del fenotipo final (Oyama 1985; Oyama et al. 2001; Griffiths y Gray 2004), y es siempre el producto de la interacción sinérgica (y no simplemente aditiva) del conjunto de elementos involucrados (Robert 2008).
La inferencia tampoco sería correcta desde el punto de filogenético, ya que implicaría considerar el genotipo como el locus de la selección natural, cuando dicho locus es el conjunto de fenotipos que constituyen los organismos (Sholtis y Weiss 2005: 501).
De los genes al lenguaje
La relación entre genes y caracteres es siempre de carácter indirecto.
Un mismo gen puede dar lugar a diferentes productos funcionales en distintos lugares y momentos del desarrollo, gracias a que hay múltiples niveles de regulación pre-y postranscripcional de su expresión, y diversos mecanismos encargados de modificar postraduccionalmente los productos sintetizados (Sholtis y Weiss 2005).
Además, dichos productos, en su mayoría, deben integrarse en complejos multiproteínicos y/o transportarse y translocarse hacia determinados destinos intra-o extracelulares para ser realmente funcionales.
En general, los productos génicos actúan además formando parte de complejas redes reguladoras (Geschwind y Konopka 2009), lo que explica en buena medida el carácter poligénico de los caracteres complejos como el lenguaje.
El efecto homeostático ejercido por cada uno de los componentes de este tipo de redes sobre los demás hace que la presencia de una determinada proteína en el lugar y el momento correctos durante el desarrollo no baste para garantizar que el fenotipo a cuya aparición contribuye en un individuo o población concretos sea idéntico en otros individuos o poblaciones diferentes.
La expresión de los genes se ve afectada por multitud de factores adicionales, endógenos y exógenos.
Los primeros derivan de los restantes niveles de complejidad que es posible distinguir en el sustrato neuronal del lenguaje en términos neurobiológicos (tejidos, circuitos, áreas cerebrales, etc.), mientras que los segundos provienen del medio en que transcurre el desarrollo.
Estos factores modifican la expresión génica a través de rutas transductoras de información que activan cascadas reguladoras integradas por factores transcripcionales y traduccionales.
Pero pueden dar lugar además a modificaciones epigenéticas, que son heredables.
En general, parece que el estado transcripcional del organismo (es decir, el tipo y el número de ARNs presentes), y no tanto su genotipo, condiciona en lo fundamental los procesos de desarrollo y, por consiguiente, la aparición de un determinado fenotipo al término del mismo (Mattick et al. 2009) (4).
Otros procesos que desempeñan un papel relevante en este sentido son la existencia de gradientes proteínicos heredados por vía materna (Davidson 1986) y la variación somática.
Esta última puede hacer que surjan poblaciones celulares genotípicamente diferentes a partir de un único genotipo y parece tener una especial relevancia durante (y para) el desarrollo del sistema nervioso (Singer et al. 2010).
Finalmente, distintos parámetros y propiedades de carácter físicoquímico (viscoelasticidad, difusión y la oscilación bioquímicas diferenciales, excitabilidad mecanoquímica, etc.), al condicionar la actuación de los restantes elementos reguladores implicados (proteínas, ARNs, hormonas, etc.), pueden ser responsables per se de dimensiones básicas de los procesos de desarrollo, como la regionalización o la aparición de regularidades morfológicas (Newman y Comper 1990; Newman et al. 2006).
En último término, todo proceso de desarrollo resulta de una interacción azarosa entre el conjunto de moléculas implicadas, por lo que dos sistemas de desarrollo idénticos (y por inclusión dos genotipos idénticos), situados en ambientes también idénticos, pueden dar lugar, sin embargo, a fenotipos diferentes (Balaban 2006).
Lo anterior posee una importancia crucial en relación con la cuestión que nos ocupa: como del conjunto de factores implicados en la regulación del desarrollo de los neandertales solo tenemos acceso (limitado) a la información de carácter genético, no estamos en condiciones de predecir (4) Esta circunstancia también tiene especial relevancia en términos filogenéticos.
Como se señaló en el apartado 2.2, diversos estudios sugieren que los cambios más importantes acontecidos en nuestro linaje evolutivo en la regulación del desarrollo del cerebro conciernen fundamentalmente al transcriptoma y no al genoma. con exactitud la norma de reacción de su genotipo, ni, por consiguiente, de inferir la presencia de una FL idéntica a la nuestra (y en definitiva, de lenguaje moderno) (5).
Del mismo modo, lo anterior sugiere que la evolución de los organismos no puede explicarse únicamente como efecto de la modificación de las frecuencias génicas de una determinada población (Müller 2007: 945).
Toda innovación fenotípica (y el lenguaje lo es a todas luces) resulta siempre de la evolución de los sistemas de desarrollo en su conjunto, debida a la variación de cualquiera de los parámetros que, en términos de paridad, los integran.
Esta circunstancia introduce la necesaria distancia entre el genotipo y el fenotipo también desde el punto de vista filogenético.
En último término, permitiría considerar el lenguaje moderno como una innovación exclusiva de los HAM (Chomsky 1968; Bickerton 1990) incluso aunque el supuesto 'genotipo lingüístico' neandertal fuese finalmente idéntico al nuestro.
La razón es que tales innovaciones evolutivas pueden surgir en condiciones de neutralidad (esto es, en ausencia de mutaciones genéticas), debido, en esencia, a la dinámica y las propiedades generativas de los sistemas de desarrollo (Müller y Newman 2005) (en este caso, de los implicados en la organización estructural y funcional del cerebro), y sobre todo, a la arquitectura modular de dicho desarrollo (Walsh, 2007).
Nuestra hipótesis es que el lenguaje moderno podría constituir una innovación de este tipo.
Tal como discutimos a continuación, creemos que esta posibilidad queda suficientemente corroborada por la propia naturaleza de las evidencias paleoantropológicas y arqueológicas disponibles actualmente, en especial cuando se examinan desde un punto de vista algo diferente al tradicional.
(5) La norma de reacción es el fenotipo o conjunto de fenotipos a los que un determinado genotipo es capaz de dar lugar en diferentes condiciones ambientales (Pigliucci et al. 1996) y constituye la expresión de la plasticidad fenotípica que poseen todas las poblaciones naturales (West-Eberhard 2003).
Neandertales y HAM evolucionaron (y en buena medida, vivieron) en ambientes distintos.
Por ello es plausible que la norma de reacción de sus 'genotipos lingüísticos' hubiese sido diferente, incluso en el improbable caso de que dichos genotipos hubieran sido idénticos.
Un nuevo examen de las evidencias fósiles y arqueológicas
Nuestra tesis (Balari et al. 2011; Balari et al. e.p., p. ej.) es que la nómina de las evidencias indicativas de la posesión de lenguaje moderno no debería limitarse a las relacionadas con la presencia de simbolismo o de estructuras auditivas y del habla modernas (apartado 1).
Debería darse entrada a otras nuevas, que además fuesen interpretadas en términos de los procedimientos empleados para su generación y no solo, como suele ser habitual, atendiendo a su valor funcional (representación, transmisión de señales, etc.).
La razón fundamental es que creemos inapropiado considerar la propia FL como una forma de comportamiento, simbólico o comunicativo, manifiesto.
Sería más exacto caracterizarla como un dispositivo de computación de carácter mental con la propiedad accidental de interactuar con un sistema conceptual-intencional (en esencia, un diccionario de símbolos) y con un sistema vocal-auditivo (lo que en el apartado 1 denominábamos 'estructuras auditivas y del habla'), dando lugar a lo que Hauser et al. (2002) designan como FL en sentido Amplio o FLA.
En consecuencia, las 'funciones' que cabe adjudicar al lenguaje (en particular, la comunicación) serían ortólogas a la Facultad en sí (Balari y Lorenzo 2009; Balari et al. e. p.).
En realidad, las funciones, entendidas como el uso dado a las estructuras biológicas como consecuencia de las conexiones que establecen con otras estructuras y de las relaciones que el organismo mantiene con su ambiente (Love 2007), no evolucionan.
Lo hacen solo las propias estructuras (junto con las actividades que llevan a cabo) y sobre todo, y tal como discutíamos en el apartado anterior, los sistemas de desarrollo que determinan su aparición al término de la ontogenia.
Creemos que los estudios de homología (y por consiguiente, el análisis evolutivo del lenguaje) tienen sentido solo en relación con las estructuras orgánicas (incluyendo los genes que contribuyen a regular su desarrollo), pero no con las funciones que tales estructuras puedan desempeñar.
Por ello, dichos sistemas de computación son el único locus evolutivo realmente legítimo en el caso del lenguaje.
Las es tructuras que soportan lo que hemos denominado sistema conceptual-intencional y sistema vo cal-audi tivo también constituirían loci evolutivos legítimos y potencialmente informativos para explicar la evolución del lenguaje.
Lo que sucede es que, como discutimos a continuación, en uno y otro caso se advierte una continuidad evolutiva que paradójicamente ha impedido alcanzar conclusiones significativas acerca de cuándo pudo surgir el lenguaje moderno y la especie o especies que pudieron poseerlo.
Acotándolo aún más, el problema de la evolución del lenguaje debería replantearse, en lo fundamental, como el de la evolución de los sistemas computacionales (más detalles en Balari y Lorenzo 2009).
Si la hipótesis anterior es correcta, las evidencias paleoantropológicas y arqueológicas utilizadas hasta el momento para justificar la presencia de lenguaje moderno en los neandertales podrían resultar, en último término, irrelevantes.
Corroborarían únicamente una similitud (o mejor dicho, una continuidad evolutiva) entre los sistemas vocal-auditivo y conceptual-intencional, pero no nos dirían nada acerca del sistema computacional que es la FL.
Las propuestas de la existencia de (cierto tipo de) simbolismo en los neandertales son bastante plausibles (apartado 1).
Sin embargo la verdadera piedra de toque serían las denominadas prácticas simbólicas complejas, que no parecen posibles en ausencia de lenguaje moderno.
La razón es que, en último término, el rasgo distintivo del lenguaje humano no es el uso de símbolos per se, sino el carácter composicional y productivo del significado lingüístico.
Otras especies de primates son capaces también de adquirir y emplear sistemas de símbolos, al menos en condiciones experimentales (Premack 1971; Savage-Rumbaugh 1986), pero carecen de aquella capacidad de combinación (y representación semántica) ilimitada.
En consecuencia, si al final las evidencias arqueológicas demostrasen inequívocamente la posesión por parte de los neandertales de algún tipo de sistema (cultural) de símbolos, esta circunstancia, sin evidencias complementarias, no implicaría necesariamente que hubiesen poseído asimismo un lenguaje complejo.
Tales símbolos podrían haberse usado en el contexto de un lenguaje 'protosintáctico', carente de las propiedades formales básicas que definen el lenguaje moderno (Mellars 1996b(Mellars, 1998;;Mithen 1996Mithen, 2006Mithen, 2007)).
En lo que concierne al aparato fonador, las estructuras del habla y las relacionadas con el aparato auditivo, la situación es sustancialmente la misma.
Como discutíamos en el apartado 1, tales evidencias admiten interpretaciones contrapuestas, cuyo valor ha sido rebajado por el método com-parativo.
Además, cuando este tipo de evidencias se ha empleado para tratar de inferir un lenguaje moderno en los neandertales, se ha asumido (acaso erróneamente) que también rigen en esa especie los parámetros que resultan relevantes en la nuestra.
Pero los problemas (y al mismo tiempo las genuinas limitaciones) que plantea este tipo de evidencias son de otra naturaleza.
En lo referido al tracto vocal, al inferir de la aparición de estructuras del habla modernas la existencia de lenguaje moderno, se está asumiendo implícitamente una relación obligada entre habla y lenguaje.
En realidad, el que los seres humanos exterioricen el resultado de las computaciones de índole lingüística mediante un canal oral-auditivo es un hecho contingente.
Lo atestiguan las lenguas de señas, que emplean para tal fin un canal visualgestual, pero cuya naturaleza (en términos de complejidad formal y desde luego, de su carácter simbólico) es la misma que la de las lenguas naturales (Brentari 2010).
Las reconstrucciones del aparato auditivo permiten inferir una sensibilidad 'moderna', si se quiere, a determinadas frecuencias de sonidos, e incluso, una capacidad de percepción categorial que, por lo demás, se constata en los restantes primates (Hauser y Fitch 2003).
Ahora bien, la naturaleza de las entidades lingüísticas (y en este caso particular, de los fonemas) es cognitiva y no física: que una determinada especie de homínido fuese capaz de distinguir categorialmente el conjunto de sonidos que denominamos [u] del que denominamos [a], indudablemente con propiedades acústicas diferentes, no implica necesariamente que supieran reconocer los fonemas /u/ y /a/ (6).
Cuando consideramos, en cambio, las (cruciales, a nuestro modo de ver) evidencias de tareas que de mandan un sistema computacional de régimen semejante al implicado en el procesamiento lingüístico (7), (6) De forma muy simplificada, un fonema puede definirse como un grupo de sonidos con propiedades fonéticas/acústicas/ perceptivas semejantes y cuya sustitución por otro conjunto diferente, definido en los mismos términos, da lugar a un cambio de significado en una determinada lengua.
Necesariamente, las propiedades articulatorias/acústicas/perceptivas que identifican tales conjuntos de sonidos varían de un sistema lingüístico a otro, de manera que dos grupos de sonidos parecidos (pero siempre distinguibles desde el punto de vista perceptivo) pueden constituir variantes de un mismo fonema (alófonos) en una lengua y fonemas diferentes en otra.
De ahí el carácter no concluyente de las evidencias discutidas.
(7) En esencia, un dispositivo de procesamiento sensible al contexto o de nivel 1 en la Jerarquía de Chomsky (1956Chomsky (, 1959)).
Este tipo de dispositivos computacionales es el único que per-ocurre que solo están asociadas a los HAM.
Entre dichas evidencias se encontrarían los nudos (8) (Camps y Uriagereka 2006), pero también el dinamismo cultural, en forma, p. ej., de industrias líticas cuyos diferentes tecno-complejos se suceden en un breve lapso de tiempo.
Como se discutió en los apartados 1 y 2.2, las culturas dinámicas parecen exigir la posesión de una memoria de trabajo potenciada (Coolidge y Wynn 2005).
Un sistema computacional es, en esencia, el resultado del acoplamiento funcional entre un secuenciador (o generador de patrones) y un dispositivo de memoria, del que depende su régimen computacional: cuanto más potente es dicha memoria, más complejas son las operaciones que el dispositivo es capaz de realizar (Balari y Lorenzo 2009; Balari et al. 2011; Balari et al. e.p.).
En consecuencia, si la genuina esencia de la FL es la de un sistema computacional, el paso crucial para la emergencia del lenguaje moderno podría haber sido precisamente aquella ganancia de memoria de trabajo.
Dinamismo y lenguaje complejo se encontrarían, esta vez sí, necesaria e íntimamente relacionados.
Sin embargo, se acepta, en general, que solo la cultura de los HAM es dinámica (apartado 1).
La de los neandertales habría sido fundamentalmente estática.
Esta circunstancia podría interpretarse en el sentido de que la FL de estos últimos podría haber sido de un régimen computacional inferior a la existente en los HAM, excluyendo así la posibilidad de que hubieran contado con un lenguaje complejo. mite generar la clase de estructuras (y sobre todo, realizar el tipo de operaciones y relaciones entre los constituyentes que integran dichas estructuras) que encontramos en las lenguas naturales.
Los dispositivos computacionales de menor régimen en la Jerarquía (y por tanto, con menor capacidad de procesamiento) generan estructuras menos complejas, sin algunas de las propiedades básicas del lenguaje, como la jerarquización, la recursividad y/o la existencia de (determinadas clases de) dependencias entre elementos distantes.
(8) Hay nudos en adornos perforados (cuentas, dientes, conchas, etc.) destinados a ser colgados o atados al cuerpo, pero solo aparecen en el registro arqueológico hace, como mucho, 27 ka (Soffer 2000).
Podemos inferir su uso a partir de la presencia en dicho registro de, p. ej., pequeños proyectiles (puntas de flecha, arpones, etc.), para cuya confección resultan imprescindibles.
Pero este tipo de utillaje tampoco aparece antes de ~ 75-90 ka, y siempre asociado a los HAM y nunca a los neandertales (d'Errico et al. 2005; Henshilwood y Dubreuil 2009).
Los restos de la cultura Chatelperroniense y otras culturas tardías semejantes serían la única posible excepción (Zilhão et al. 2010), pero su estatus como genuina innovación neandertal es objeto de una importante controversia (apartado 1).
No minusvaloramos el alcance, aún por determinar, que la posible transferencia de ADN entre los antecesores de los HAM no africanos y los neandertales podría haber tenido en la aparición de la cognición moderna.
No obstante, creemos bastante plausible, a la luz de las evidencias disponibles actualmente (genéticas, desde luego, pero también paleoantropológicas y arqueológicas), un escenario evolutivo en el que el lenguaje complejo sería una adquisición exclusiva de los HAM y un rasgo ausente en los neandertales.
Ello sería así, incluso en el muy improbable y no demostrado caso de que dicha transferencia hubiese contribuido a dotar a esta última especie de la totalidad de las secuencias génicas necesarias para la regulación del desarrollo del sustrato neuronal del lenguaje.
Lo anterior no excluye que los neandertales hubieran poseído un sistema conceptual parecido al nuestro y sistemas sensorimotores equivalentes, aunque hay interpretaciones del registro fósil y arqueológico que sostienen lo contrario (apartado 1).
Cabe especular, incluso, con que la FL hubiese sido un rasgo sinapomórfico en los humanos.
Sin embargo, las evidencias del carácter eminentemente estático de la cultura neandertal (apartado 3.2) sugieren que, aun en ese improbable caso, la interfaz entre esa posible FL moderna y los sistemas de conceptualización y exteriorización/interiorización de señales podría no estar tan consolidada como en nuestra especie, limitando de este modo su creatividad (Balari y Lorenzo 2009).
Sea como fuere, nos encontraríamos ya bastante lejos del escenario evolutivo según el cual la ocurrencia de un reducido intercambio genético entre las dos especies legitimaría la inferencia de que ambas habrían poseído capacidades cognitivas idénticas y en particular, de que los neandertales habrían tenido lenguaje complejo.
Este trabajo ha sido realizado al amparo del proyecto de investigación Biolinguística: evolución, desarrollo y fósiles del lenguaje (FFI2010-14955/FILO), subvencionado por el Ministerio de Educación y Ciencia, con financiación parcial FEDER. |
El Paleolítico Superior del Suroeste de la Península Ibérica está marcado por la presencia de conjuntos de cantos tallados y lascas en cuarcita.
La caracterización detallada a nivel regional y cronológico de estos conjun-tos es de la mayor importancia, ya que, en las fases más recientes del Paleolítico, se pueden encontrar sin asociación a fósiles-guía o depósitos datables.
En este estudio, hemos utilizado 36 conjuntos de cuarcita de esa región para poner a prueba el carácter diagnóstico de esta materia prima a través de análisis de tributos y remontajes.
Los resultados indican que Gravetiense, Solutrense y Magdaleniense se pueden distinguir en sus conjuntos de cuarcita, lo que permite, por sí mismo, la diferenciación de la secuencia clave del Paleolítico Superior.
También indican que los conjuntos Gravetiense y Magdaleniense están tecnológicamente más próximos entre sí que respecto al Solutrense, un patrón posiblemente relacionado con la adaptación al Último Máximo Glaciar.
Ualg está en actualización.
El NAP podrá ser identificado en http://www.ualg.pt/index.php? option=com_content& |
Presentamos el yacimiento de Martinarri, recientemente descubierto en Treviño.
Los iniciales trabajos de excavación han evidenciado ocupaciones en el tránsito del Pleistoceno al Holoceno que llenan de contenido un episodio cultural muy desconocido en el Alto Ebro, en particular, y en el interior de la Península Ibérica, en general.
En el texto se ofrece una primera evaluación tanto de la secuencia estratigráfica como de los materiales recuperados, esbozando junto con los datos radiocronológicos (inéditos), una primera interpretación de la dinámica ocupacional del lugar.
Dada la propia naturaleza del período se revisa el conocimiento disponible en la actualidad sobre el mismo y se reflexiona sobre su caracterización.
Las dos últimas décadas han conocido un progresivo aumento del conocimiento de los grupos mesolíticos en la Alta Cuenca del Ebro, gracias al incremento del número de yacimientos con secuencias estratigráficas, de los registros materiales y de fauna y de las series polínicas que fijan los paisajes.
Así se ha reconocido la evolución crono-cultural del período y caracterizado sus vectores de poblamiento y de economía (Cava et al. 2009).
Pero el Tardiglaciar y los inicios del Holoceno siguen siendo aún épocas poco conocidas.
Ello refuerza el interés de los conjuntos arqueológicos que se vienen documentando en fechas recientes.
Este es el contexto del descubrimiento y primeras actuaciones realizadas en el abrigo de Martinarri (Obécuri, Treviño) que presentamos.
El descubrimiento de Martinarri se inserta en un proyecto de prospecciones iniciado en 1990, centrado en la identificación de ocupaciones me-solíticas y neolíticas en el Condado de Treviño (Fig. 1).
En este contexto se enmarcan los trabajos de excavación y posterior divulgación del túmulo de San Quílez (San Martín Zar) y del abrigo de Mendandia (Sáseta), así como los sondeos practicados en los abrigos de Ajarte.
Estas actividades han reunido información relevante para la localización de cavidades y abrigos, tanto geológica como toponímica y etnográfica.
Este fue el caso del abrigo de Martinarri, topónimo que identifica un área boscosa colindante al actual campo de golf de Izki (Urturi, Álava), y que nos interesó por su posible potencial arqueológico.
Nos hicieron falta tres salidas al campo, en varios años, para concretar la situación del término y del abrigo.
En las dos primeras se avistaron pequeños refugios que no nos parecieron aptos para su ocupación en épocas prehistóricas.
En la tercera, planificada el 12 de marzo del 2007, acompañados por la guarda forestal de la comarca, localizamos el abrigo, así como otro más, donde se recogieron algunos elementos líticos en superficie.
Su situación, en el interior de un denso robledal apartado de pistas forestales, impide su visualización hasta no hallarse en su proximidad.
Por ello ha pasado desapercibido y sin mención en la literatura arqueológica.
EL YACIMIENTO Y SU CONTEXTO
El abrigo está orientado al sur, con una techumbre que se eleva casi 3 m sobre el suelo actual.
Cobija una superficie de unos 15 m de longitud por 3-4 m de profundidad, amplia para lo habitual en la documentación arqueológica de la zona.
Probablemente su imagen actual no difiere de la prehistórica: no hay aparentemente derrumbes o alteraciones que hayan mermado su integridad.
Ofrece un adecuado cobijo a un grupo de pequeño-medio tamaño que puede ocupar también la amplísima terraza que antecede al abrigo (Fig. 2).
Martinarri comparte los caracteres geoecológicos del Parque Natural de Izki (Álava), del que está excluido por cuestiones administrativas.
La comarca es una amplia cubeta encajada entre diversos cordales calcáreos y cubierta por un denso manto forestal.
Durante el Campaniense se formó un vasto terreno ondulado de arenas y gravas, donde lo excepcional son los pequeños afloramientos de arenisca a manera de abrigos.
Entre los que conocemos, Martinarri reúne las mejores condiciones de habitabilidad.
Este hecho nos hace reflexionar sobre el buen conocimiento espacial que tenían las comunidades prehistóricas locales.
Su capacidad de orientación, en una topografía poco relevante, indica un experimentado control del territorio que, con seguridad, va más allá del mero asentamiento temporal en el abrigo.
La característica actual del entorno es su densidad forestal.
Domina el Quercus pirenaica (roble marojo, o roble basto o almez) junto a especies acidófilas como el acebo, el brezo y los helechos, que ceden su empuje a los hayedos en las áreas más húmedas.
La diversidad paisajística debió favorecer la convivencia de distintos mamíferos, cazados por los grupos prehistóricos, si bien nos falta todavía la lectura de los restos faunísticos recuperados durante las excava ciones.
El territorio de captación del yacimiento (límite a las 2 horas de marcha) abarca unos 125 km 2: aproximadamente un tercio del que recorreríamos si el terreno fuera llano: lo habitual en otros campamentos del entorno (Alday 2005).
Es un área caracterizada por las continuas lomas y barrancos (Arrugaza, Lucia, Luzarun, Escarrerana...), con el 60% del terreno entre los 700 y los 800 m de altitud, el 13% por debajo, el 22% entre 800 y 900 m de altitud y el 5% por encima.
Acotado al Norte por unas elevaciones que lo separan del Valle de Arraia; al Sur por la Sierra de Cantabria; al Este por las lomas que deslindan Álava y Navarra y al Oeste por el barranco Arlucea-Marquínez y el reborde oriental de la Cuenca del Ayuda (Fig. 1).
Casualidad o no, el área no comparte los rasgos más tipificados de los episodios mesolíticosneolíticos antiguos.
Los altos de caza de esas épocas se caracterizan por la convergencia de biotopos con acceso hacia tierras de montaña y de valle, y sus estratégicas posiciones (Alday 2005).
La cubeta donde se enclava Martinarri no encaja en esos rasgos.
¿Es acaso la razón de su abandono tras la primera fase mesolítica, cuando el modelo descrito se impone?
El terreno carece de un cauce fluvial de caudal regular (excepto en su límite sur donde discurre el Ega), pero cuenta con numerosos arroyos (el de Izki que nace en las inmediaciones de Martinarri y todos los que conforman los barrancos antes mencionados) y son habituales los trampales y las turberas.
El sílex, materia prima fundamental para las sociedades prehistóricas, encuentra sus aflora-mientos más cercanos a una veintena de kilómetros al oeste -variedades de Loza y de Treviño-o a una treintena al noroeste -variedad de Urbasa-.
Estas tres variantes silíceas, y otras de orígenes más alejados, se han reconocido como mayoritarias en Martinarri: esta circunstancia revela que la ocupación del abrigo se conjuga con otros elementos dentro de una estrategia global de explotación del medio.
En la retirada de las tierras seguimos los protocolos metodológicos habituales para este tipo de yacimientos sin demasiada extensión y secuencias estratigráficas divisibles en pequeños tramos.
El campamento se ha parcelado en unidades de 1 m 2, a su vez subdivididos en 9 sectores regulares.
El levantamiento de las capas es independiente por sector, en semitallas de un máximo de 5 cm de espesor que respetan la individualidad de los niveles.
Las tierras se criban en seco con cedazos de malla fina, reservando una parte para recuperar macrorrestos vegetales mediante flotación.
Las dos primeras buscaron reconocer la secuencia estratigráfica hasta las arenas de base de los cuadros A2 y Z2.
La tercera ha ampliado el trabajo a los cuadros A4, Z4, A1 y Z1, sin completar su excavación.
La subvención económica se limitó a alguna partida para kilometraje y carbono 14 sufragada por el Grupo de Investigación en Prehistoria del Departamento de Geografía, Prehistoria y Arqueología de la Universidad del País Vasco.
Ello ha reducido el equipo y el habitual ritmo de trabajo.
A las tres semanas de campo anuales se suman otras tres para la limpieza, primer tratamiento, sigla e inventario de la colección.
El primer proceso es especialmente delicado dada la costra arenosa que suele recubrir los hallazgos.
Según recomendación del Servicio de Restauración de la Diputación Foral de Álava, el material inorgánico se baña en una primera solución de agua con un 10% de ácido nítrico y en una segunda de agua con bicarbonato sódico.
Las estructuras sedimentarias se identifican con una numeración correlativa (100, 101, 102...) para los niveles estratigráficos, mientras que las unidades estratigráficas específicas (UE1, UE2...) son integradas en sus correspondientes horizontes.
LA SECUENCIA ESTRATIGRÁFICA Y EL MATERIAL ARQUEOLÓGICO
El suelo del abrigo mantiene desde sus inicios una superficie prácticamente horizontal cuyo componente natural básico son las arenas.
Por los caracteres del sitio, no intervienen sobre los sedimentos ni arroyadas, ni movimientos de ladera que pudieran desmantelar los estratos, ni aumentar la sedimentación.
Así las capas adoptan una posición tendida, superponiéndose sin buzamientos ni encabalgamientos.
En suma, la secuencia debe conservar bastante bien la historia sedimentaria del lugar.
Las variaciones de textura, color y compacidad de arenas, areniscas y gravas de la matriz sedimentaria fundamentan la discriminación de horizontes.
La superficie excavada queda protegida por la techumbre, salvo una pequeña área hacia el sur (de los cuadros A4 y Z4) expuesta a las precipitaciones.
Aquí las especificaciones advertidas en los caracteres de las tierras no niegan la entidad de cada capa (Fig. 3).
Describimos brevemente cada unidad y contenido arqueológico del depósito de techo a base: Nivel superficial: es una débil capa de humus y arenas sueltas que, en los cuadros protegidos por la visera, tiene 3 cm de potencia.
Incluye manchas carbonosas de apariencia reciente.
En muchos sectores, un barrido y débil raspado permite recoger algunos materiales arqueológicos.
En los cuadros exteriores, donde un manto herbáceo cubre la superficie, las tierras son marrones oscuras con muchas raíces y, ocasionalmente, carbones de hogueras recientes.
En un segundo rebaje, el sedimento abandona su componente vegetal y ad- quiere una textura arenosa, suelta y de color marrón oscuro, todavía con numerosas raíces.
Los materiales arqueológicos no son muy abundantes.
En general, se asemejan a los del nivel infrapuesto: unos pocos restos de fauna, residuos de talla, algún núcleo y sus avivados, diversos soportes laminares, un par de raspadores, láminas retocadas y una truncadura.
Aparecen junto con los esperables, pero escasos, materiales modernos (loza vidriada, fragmentos de vidrio...).
Las unidades estratigráficas integradas en el nivel difieren en su naturaleza:
UE.2: estructura negativa que afecta mínimamente a los cuadros A2 (sector 4) y Z2 (sectores 5 y 6).
De morfología subcircular profundiza 25 cm, hasta el inicio del nivel 102.
Se ha interpretado como una cata contemporánea (¿furtiva?) de la cual deben proceder los objetos prehistóricos que recogimos en nuestra primera visita.
El relleno UE.3: es de similar caracteres que el nivel superficial, si bien sus responsables colocaron un bloque en el fondo para facilitar su cierre.
Contenía material arqueológico de los niveles afectados.
UE.39: estructura negativa de morfología subcircular, identificada desde los inicios de la retirada del nivel superficial.
Su desarrollo afecta al gida permite su interpretación como resultado de una acción contemporánea: el clavado de estacas acuñadas para formalizar una estructura.
Su ubicación en el interior del abrigo, donde la techumbre desciende, excluye que sea un cierre.
Consideramos el nivel 100 de formación prehistórica: lo denuncian los hallazgos materiales, mezclados con algunos pocos modernos rescatados en sus primeros centímetros.
Como los agujeros de poste no cortan la interfacies y ocupan sus primeros centímetros se determinará su antigüedad datando una muestra de carbón, tras su identificación antracológica.
La UE.1 plantea dudas sobre su carácter prehistórico.
Es una mancha carbonosa, con núcleo rojizo y apelmazado, entre ceniza blanquecina.
Se detectó sobre mínimas partes de los cuadros A2 y A4, con un máximo de 7 cm del espesor y sin continuidad en el siguiente nivel.
A falta de contraste con analíticas más específicas, la interpretamos como rastro de alguna tabla quemada en la actualidad.
Recientemente hemos sabido que los pastores apoyaban maderas en el suelo y en el extremo del voladizo para mejorar la habitabilidad del abrigo.
En el nivel 100 los objetos líticos recuperados casi alcanzan el millar.
Dominan los restos de talla, con profusión de láminas y unos pocos núcleos y sus avivados.
Las piezas son dorsos (17, incluyendo algún triángulo), raspadores (10), muescas y denticulados junto con alguna raedera.
Los restos de fauna se acercan al medio millar.
En las áreas interiores es un sedimento arenoso de color marrón claro, más suelto que el que lo sella.
Se va enriqueciendo con elementos de fracción mayor (clastos, bloques y elementos de cuarzo) cuando se profundiza.
Al exterior es menos homogéneo, y su coloración varía del marrón oscuro y rojizo al marrón más claro: la variación es resultado de la mayor humedad del área y a la formación de pequeñas capas vegetales en los episodios de abandono.
En este horizonte, sin excavar por completo en los cuadros A1 y Z1, se ha identificado la UE.5: agujero de sección cuadrangular de 5 × 5 cm que profundiza 12 cm, identificado en la segunda semitalla del nivel.
Está relleno (UE.6) por un sedimento gris oscuro de textura arenosa y suelta, conteniendo 2 lasquitas de sílex.
Posiblemente sea el resultado del clavado de una estaca.
En el nivel 101 el material prehistórico, es muy abundante (Fig. 4).
La industria lítica consta de más de 3.600 elementos.
De ellos 3.530 son restos de talla: avivados, golpes de buril (10), más de dos centenares de láminas y numerosos núcleos.
Se han contado 158 piezas retocadas: casi la mitad son dorsos (más láminas -o sus fragmentos-que puntas), junto con pequeños triángulos y segmentos, añadiéndose raspadores (38), láminas retocadas ( 22), y escasas truncaduras, buriles, muescas y denticulados.
Nivel 102: con una potencia media de 20 cm, se ha excavado al completo en los cuadros centrales y parcialmente en los exteriores.
Del anterior se separa por una coloración algo más clara de los tonos marrones y por la compactación de las arenas que dificulta y ralentiza la excavación.
En bastantes ocasiones una costra de arena recubre los objetos, cuya materia prima es irrecono- cible hasta la limpieza.
En el exterior pierde esa compacidad, a la vez que su coloración adquiere tonos más amarillentos y el horizonte se enriquece con bastantes piedras y algunos bloques.
Entre los cuadros A2 y Z2 se aisló la UE.4, una mancha de tierra más oscura y disposición ovalada algo difuminada en sus límites y claramente asociada a bloques (diferentes en tamaño y redondez de los propios del nivel).
Al interior se identifica un sedimento caracterizado por su compacidad y coloración marrón oscura/negruzca, con manchones grisáceos.
Su espesor máximo es de 8 cm. Una vez vaciado no se reconoció ninguna interfaz de corte (Fig. 5).
Se ha interpretado como un hogar, ubicado en la parte central del abrigo, notando que en su material lítico son muy frecuentes las alteraciones térmicas.
Reconocemos, no obstante, que algunos de sus caracteres son compartidos también por el nivel 102.
La industria lítica recuperada en la estructura comprende cinco centenares de objetos donde dominan los restos de talla, incluyendo núcleos (3) y avivados (4).
Lo retocado se reduce a 2 raspadores, 1 truncadura y 1 denticulado.
Nos parece llamativa la diferencia en la composición de la industria de la unidad frente a la propia del nivel 102: ¿por la diferente función de cada área?
La fauna incluye dos centenares y medio de pequeños fragmentos.
Incluye placas de areniscas cuya naturaleza, en este y en los demás casos, antrópica o natural aún no está clara.
El nivel 102 tiene una llamativa riqueza arqueológica: 3.700 objetos líticos en la pequeña área excavada (Fig. 6).
Algo más de 3.500 son También en este nivel dominan los dorsos (más láminas que puntas).
De nuevo hay triángulos ultramicrolíticos.
Entre los 3.370 fragmentos de fauna se reconocen dientes y restos de microfauna.
Destacamos un colgante sobre canino atrófico de ciervo, un punzón de hueso, varios ocres y placas de arenisca.
Nivel 103: es la última unidad litoestratigráfica con interés arqueológico.
Sus 15 centímetros de potencia están rellenos de una matriz granulosa con gravas y areniscas, es de tonos amarillentos, grisáceos y rojizos según zonas y de menor compacidad que el superior.
Su registro material es bastante notable, pues suma 1.300 elementos líticos en dos metros cuadrados: en su mayoría son restos de talla con 42 láminas, 7 núcleos y bastantes avivados.
Los objetos retocados son dorsos (15, más láminas que puntas) y raspadores (4) que se complementan con truncaduras, raederas, denticulados y un buril (Fig. 7).
La fauna incluye 900 fragmentos, con unos pocos dientes y significativos restos de microfauna.
Aparecen de nuevo placas de areniscas y carbones.
La suma de las piezas arqueológicas rescatadas en Martinarri superan las 16.600 evidencias: la fauna representa el 38% del total, los sílex el 62%, contando también con percutores e industria ósea.
PARALELOS CRONOLÓGICOS Y EVALUACIÓN INDUSTRIAL
Para comprender la dinámica de ocupación del territorio durante las fases de vigencia de Martinarri, exponemos en la tabla 2 las fechas C14 que son contemporáneas a las del abrigo, así como las de períodos colindantes (niveles F2, G, H2 de Atxoste) o intermedios entre sus niveles (Portugain y nivel II de Urratxa III).
La más antigua sitúa el inicio de la ocupación del abrigo en los últimos momentos del Pleistoceno, en el intervalo temporal donde se ha establecido el tránsito entre el Magdaleniense final y el Aziliense en la cornisa cantábrica.
A partir del registro y dataciones de los yacimientos de Anton Koba, Berroberría, Cualventi, Cueto de la Mina, Cueva Oscura de Ania, La Garma A, Laminak II, Langatxo, El Mirón y Zatoya, se ubica dicho tránsito en torno al 12000/11500 BP, planteando ahí el fin del Magdaleniense (Álvarez 2008: 75) y los inicios del Aziliense en el Alleröd (González Sainz 1994: 57; Fernández-Tresguerres 2006: 165).
A estas referencias arqueológicas se sumarían otras del territorio más próximo que, o bien carecen de dataciones absolutas, o en el caso de poseerlas no resultan fiables por diferentes motivos.
El primer grupo reúne los yacimientos de Atabo, Coscobilo, Arrillor y Peña del Castillo.
El segundo incluye el nivel II de El Montico de Charratu cuya datación, 14470 ± 200 BP, a partir de conchas de Helix, pudiera no tener correspondencia con el contenido material (Barandiarán et al. 2006).
Se ha señalado la dificultad de encajar estos conjuntos de finales del Tardiglaciar en el Magdaleniense final o Aziliense (Cava 2004b; Berganza 2005; Barandiarán et al. 2006).
A pesar de la definición detallada de las principales transformaciones en los equipamientos líticos y óseos (González Sainz 1989Sainz -1995;;Fernández-Tresguerres 2006), la complejidad y sutil gradación de los cambios, así como sus diferentes ritmos en según qué espacios, dificultan la parcelación de las dinámicas de transición.
El nivel 103 de Martinarri muestra, en su composición lítica, escasa concordancia respecto a los conjuntos más típicos de finales del Paleolítico.
En el abrigo, el tipo retocado principal es el dorso, escaseando los raspadores y los buriles, categorías industriales muy habituales en los yacimientos cantábricos clásicos.
Su inventario óseo trabajado tampoco es acorde con el propio de esos sitios.
Sin embargo, su aparente singularidad se repite en los horizontes basales del yacimiento de Atxoste.
Además los no lejanos lugares de Anton Koba y Kukuma, así como los sitios de Portugain o Urratxa III, de cronología ligeramente más reciente, muestran que la versatilidad de las industrias es una de las características del momento: la diversidad es el verdadero patrón.
La fecha del nivel 102 de Martinarri coincide con el inicio del Mesolítico de muescas y denticulados en la Alta Cuenca del Ebro (Alday y Cava 2006: 291-294), cuyo desarrollo se sitúa entre el IX y la primera mitad del VIII milenio (Alday 2006: 314).
Las series industriales de esos conjuntos difieren notablemente de la del nivel 102 de Martinarri.
Aquí los dorsos siguen siendo el utillaje mayoritario, 42% de los efectivos, seguidos por los raspadores y las raederas.
Ello vincula el horizonte a un genérico Epipaleolítico/Mesolítico de tecnología microlaminar.
Además hay que valorar la presencia de piezas significativas como son los pequeños triángulos que, en el nivel 101, se acompañan de elementos segmentiformes.
Ambos tipos introducen unos más que interesantes matices sauveterrienses.
Las referencias a industrias así denominadas en las proximidades de Martinarri nos retrotraen al X milenio.
Corresponden a los niveles VIb, E y E2 de Atxoste, que presentan una industria predominantemente laminar con dorsos y elementos pigmeos, al yacimiento recientemente excavado de Socuevas, en Álava, con niveles inéditos del final del Paleolítico y del Mesolítico o, ya en la zona cantábrica, al nivel II de Ekain (Altuna y Merino 1984).
La situación plantea la interesante cuestión de qué relación debe establecerse entre las facies industriales (Cava 2004b: 28).
Cerca de Martinarri, con una cronología semejante y adscripción a un Epipaleolítico microlaminar, se han mencionado los casos del nivel denticulados.
Otras consideraciones particulares son significativas y complementan lo señalado.
Los buriles nunca son muy numerosos, pero su 4% en el nivel 103, sumado al porcentaje de las truncaduras, marca una clara diferencia respecto a las demás capas.
Es llamativa la alta participación de los dorsos en el nivel 103 y menor, pero igualmente importante, en los conjuntos superiores.
Aunque un análisis detallado es aún prematuro podemos Tab.
Distribución de frecuencias relativas de las piezas retocadas por niveles del abrigo de Martinarri (Obécuri, Condado de Treviño). trata de una básica aproximación, las colecciones pivotan sobre dos familias, dorsos y raspadores, cuya suma supera, en cada caso, los dos tercios de los efectivos (Tab.
Por tanto asistimos a una especialización en dichos componentes donde las raederas -entre las que hemos incluido bastantes láminas con retoques minimales-tienen una contribución que disminuye a techo.
La figura 8 (Fig. 8), que acumula los porcentajes de cada categoría por estratos, muestra la similaridad de los perfiles de los tres superiores, salvo por el descenso continuo de raederas y, en paralelo, el ascenso de muescas y anotar algunas diferencias en esta categoría industrial: a) evolución morfodimensional de las series por capas; b) presencia de dorsos dobles o con base redondeada en 101 y 102; c) ejemplares con finos retoques simples opuestos al dorso; d) pequeños dorsos arqueados (segmentiformes) en 101 y; d) pequeños triángulos en 101 y 102.
Para calibrar mejor la evolución de los dorsos se han analizado sus variaciones de tamaño a lo largo de la secuencia estratigráfica.
Se ha considerado la longitud de las piezas completas o de las que, estando fragmentadas, pueden reconstruirse por aproximación (Fig. 9).
Se observa como el tamaño medio se reduce según avanzamos en el tiempo.
Es un proceso de microlitización que nos remite a las dinámicas descritas para las industrias del Tardiglaciar y de los primeros momentos holocénicos, concordando así con lo indicado a partir de las dataciones.
El abrigo de Atxoste es una referencia necesaria para Martinarri, por su proximidad geográfica, cronológica e industrial.
En sus niveles inferiores, que se corresponden con el final del Paleolítico y los inicios del Mesolítico, los dorsos son, también, los objetos más numerosos.
En su evolución la longitud y el índice de alargamiento disminuyen cuanto más reciente es el estrato, hecho que, de nuevo, coincide con la presencia de pequeños triángulos y elementos segmentiformes (Barandiarán et al. 2006).
Para discutir el proceso de ocupación de esta región de la Cuenca Alta del Ebro hemos elaborado la figura 10 a partir de las fechas pertinentes comentadas en el texto (Tab.
La serie de C14 calibrada muestra cuatro agrupaciones discontinuas, que representan los primeros conatos de ocupación de este territorio interior, previos a la estabilización holocénica.
El agrupamiento más antiguo abarca entre circa 15000 al 13400, y corresponde a los niveles inferiores de Atxoste y al 103 de Martinarri (así como, en su límite más reciente, a los de Socuevas).
Las condiciones climáticas nos sitúan en un interestadial compatible con el episodio GI 1e a 1c en la nueva propuesta cronoclimática GICC05 (Lowe et al. 2008).
La curva climática corresponde al Younger Dryas (o episodio SG1 de GICC05).
Las condiciones frías están bien reflejadas en los sedimentos de Portugain, y nos resulta desconcertante que, en esos momen-tos de rigurosidad, los dos campamentos conocidos se ubiquen en parajes muy montañosos a casi, o rebasando, los 1.000 m.s.n.m.
El caso de Portugain se puede atribuir a la atracción que ejerce el abastecimiento de los sílex de Urbasa (Alday Cava y Tarriño 2007-2008).
Las fechas pertenecen al yacimiento de Atxoste (coincidente con el desarrollo del horizonte III de Socuevas), situándonos a las puertas del Holoceno.
El agrupamiento más reciente, del 10200 al 9400, reúne a un importante número de yacimientos agrupados geográficamente: Martinarri 102, Mendandia V, Atxoste VI y D y Las Orcillas 1.
La mejoría climática sigue su progreso, consolidándose en el Boreal el poblamiento de la región.
En los paisajes abiertos de la Llanada alavesa, en los valles que la encajan por el oeste y el sur e, incluso, en sus contrafuertes montañosos, se van reconociendo las huellas de los grupos que habitaron la Alta Cuenca del Ebro a finales del Pleistoceno y en las primeras fases del Holoceno.
El abrigo de Martinarri con su valioso registro arqueológico, junto a una decena de asentamientos más, es un punto de la red que permite la explotación de una biomasa en crecimiento y el aprovechamiento de los muy ricos afloramientos silíceos de la región.
En concreto el abrigo de Martinarri fue residencia de poblaciones asentadas en dos momentos, final del Pleistoceno e inicios del Holoceno, con un hiatus intermedio.
Por su ubicación, en una cubeta donde se entrecruzan barrancos, Martinarri se escapa del modelo habitual de los emplazamientos mesoneolíticos, los cuales, salvo excepciones, son ocupados poco después de abandonarse el que tratamos.
Dicho patrón, buscando emplazamientos donde convergen biotopos de valle y de montaña, está consolidado en Atxoste y Socuevas pero no en Martinarri, Portugain o Kukuma.
Las evidencias recuperadas (industriales, faunísticas, de estructuras...) permitirán una serie de observaciones sobre la vida en Martinarri, pero su correcta valoración en cuanto a ritmos de ocupación, actividades desarrolladas, territorios de capta-ción... requerirá la finalización de su excavación y el consiguiente estudio del registro.
No obstante, la evaluación general de la composición industrial y la información radiocronológica permiten definir, ya, dos problemáticas relevantes en el poblamiento de la Alta Cuenca del Ebro durante el Tardiglaciar y sus tiempos posteriores.
La primera concierne a la comparación tanto de los patrones de explotación del medio, como de los conjuntos industriales del territorio respecto a las clásicas secuencias de la cornisa cantábrica.
La segunda a la compleja evolución de las industrias postpaleolíticas.
La más antigua ocupación de Martinarri es contemporánea a Socuevas, Kukuma, Atxoste (algo anterior) y Anton Koba.
Cronológicamente ocupan el lugar destinado a las fases finales del Magdaleniense cantábrico, si bien Anton Koba se ha atribuido al Aziliense por la presencia de un arpón óseo característico del período.
Las industrias líticas de estos conjuntos ubicados en la vertiente mediterránea son, aparentemente, más homogéneas o, si se quiere, menos polimorfas, que las litorales cantábricas.
El dominio de los dorsos y la importante contribución de los raspadores (frente al escaso papel de los buriles) merecen un análisis futuro.
Otra nota discordante es la parquedad de objetos óseos en los campamentos de la vertiente meridional.
La complejidad de los procesos industriales tras su deslinde de la tradición paleolítica, queda clara en la segunda fase de ocupación de Martinarri que, según el carácter del inventario y la cronología, se ajusta a la primera de las unidades mesolíticas: microlaminar.
Este es un apodo versátil, genérico, para encajar diversas situaciones aún por definir con detalle: una pequeña colección en Mendandia, un conjunto descontextualizado en Las Orcillas 1 y unas colecciones por analizar en Atxoste, Socuevas y Martinarri.
La presencia en los tres últimos de pequeños triángulos y de dorsos curvados (segmentiformes) propone unos matices sauveterroides que es preciso valorar con cuidado en su contexto cronológico, en su relación con tradiciones aziloides y en su parentesco con producciones del Norte de los Pirineos.
Hay que precisar el sentido de la evolución interna de esos artefactos a lo largo de un milenio, según el C14, que nos deja a las puertas del Mesolítico de muescas y denticulados.
Con los encabalgamientos que imponen las desviaciones radiocronológicas, el final de estas industrias parece coincidir con el inicio de la de muescas y denticulados.
Estamos en las primeras fases de trabajo en el abrigo de Martinarri, pero los datos obtenidos ya lo señalan como un depósito arqueológico de gran interés, tanto por la riqueza de su contenido como por los momentos cronológicos y culturales implicados.
Deberá completarse su excavación, ampliando las superficies de actuación y, si las condiciones lo permiten, mejorando el ritmo de trabajo, siendo prioritaria la datación de los niveles superiores, y por supuesto, el estudio detallado de sus colecciones industriales, faunísticas, palinológicas y antracológicas.
El desarrollo de este trabajo no hubiera sido posible sin la colaboración de compañeros y estudiantes: nuestro más sincero agradecimiento a todos.
El yacimiento se ha beneficiado de su integración en la línea de investigación del Grupo de Investigación de Alto Rendimiento de Prehistoria de la Universidad del País Vasco, HAR2008-03976/HIS.
Asimismo su estudio es objeto del proyecto Las comunidades humanas de la alta cuenca del Ebro en la Transición Pleistoceno-Holoceno del Ministerio de Ciencia e Innovación HAR2011-26364. |
Se analizan los casos de esqueletos con tinciones documentados en el ámbito argárico del Sudeste de la Península Ibérica.
Se evalúan las diversas hipótesis planteadas hasta el momento en relación con el origen de estas coloraciones, tomando en consideración los análisis (SEM, XRD y espectroscopía RAMAN) realizados en cinco tumbas argáricas de Murcia y Alicante que han determinado la presencia de ocre y cinabrio.
Sin descartar su posible uso en el teñido de tejidos, se propone su empleo en el maquillaje facial y corporal, siendo mayor el número de casos registrados sobre esqueletos de mujeres que de hombres.
El empleo de colorantes en la prehistoria de la Península Ibérica parece remontarse considerablemente en el tiempo (Zilhão et al. 2010).
Pero en comparación con los casos conocidos en el registro arqueológico, escasean aún los estudios orientados a concretar la naturaleza y composición de estas sustancias.
Ello continúa suponiendo un gran obstáculo para corroborar o refutar las hipótesis hasta ahora planteadas en relación con su aprovisionamiento, procesado y utilización en época prehistórica.
El panorama parece que empieza a cambiar en este sentido, y en los últimos años se viene asistiendo a un incremento importante en este tipo de analíticas (Capel et al. 2006; Briceño et al. 2009; Hunt y Hurtado 2009; Ríos y Liesau 2011).
Su importancia se ha significado recientemente, al permitir retrotraer el uso del cinabrio como material colorante en el área del Levante de la Península Ibérica hasta los inicios del Neolítico, y documentar el procesado y almacenamiento de ocre en yacimientos de esta misma cronología (García Borja et al. 2004; García Borja et al. 2006).
Las aplicaciones a las que pudieron destinarse sustancias como los óxidos de hierro o el sulfuro de mercurio -el dibujo parietal, el maquillaje corporal, la decoración de la cerámica, la protección de cueros y el secado de pieles o la tinción de tejidos, entre otras (Briceño 2011)-explican el esporádico hallazgo en contextos domésticos de recipientes y utensilios implicados en su almacenamiento, procesado y aplicación.
En la Edad del Bronce del Sureste de la Península Ibérica y territorios colindantes -ámbitos cronológico y geográfico en los que se centra este trabajo-se han documentado en San Antón, en Orihuela (Alicante), donde en su día se hallaron "sustancias colorantes con el correspondiente morterito de piedra para triturarlas" (Furgús 1937: 24) o el Cerro de El Cuchillo, en Almansa (Albacete), donde se localizó un pequeño recipiente cerámico que contenía polvo de una sustancia de color rojo intenso, todavía no analizada, interpretada como ocre (Hernández y Simón 1994: 213, lám. IV.2).
Pero es ante todo en el registro funerario donde estos colorantes -fundamentalmente rojizosse encuentran más y mejor representados.
No haremos aquí un inventario exhaustivo de dicho registro, el cual sigue siendo en lo básico el ya publicado (Martínez Navarrete 1984; Delibes 2000).
Nuestra atención se centrará en los esqueletos, huesos y otros restos teñidos en algunas sepulturas de la Edad del Bronce del Sureste de la Península Ibérica pertenecientes al grupo arqueológico argárico.
ESQUELETOS Y HUESOS TEÑIDOS EN LAS SEPULTURAS ARGÁRICAS DEL SUDESTE PENINSULAR
La existencia de partes esqueléticas con coloraciones anómalas en algunos de los enterramientos de la cultura de El Argar es una particularidad ya observada por los hermanos E. y L. Siret (1890: 197).
Contemporáneamente a los Siret, Julio Furgús (1937: 24) mencionaba la existencia de esqueletos con los huesos de las manos, los pies, piernas y brazos "pintados" en el yacimiento oriolano de San Antón.
4 y 5) cuyo esqueleto mostraba los huesos de los brazos y antebrazos "groseramente pintados" de negro y rojo, y el cráneo completamente embadurnado de negro (Furgús 1937: 56).
A lo largo del siglo XX otros yacimientos argáricos del Sudeste de la Península Ibérica fueron proporcionando esporádicamente testimonios de esqueletos con parte de sus huesos teñidos, por lo general de color rojizo (Fig. 2).
En La Bastida se menciona el caso de varias tumbas en las que se identifican coloraciones sobre los huesos o sedimentos de color rojo en contacto directo con los esqueletos (Martínez Santa-Olalla et al. 1947: 106, 108, 110).
En la sepultura 9 del Cerro del Culantrillo, un enterramiento en fosa, al parecer individual, había varios restos óseos humanos coloreados de rojo (García Fig. 1.
Tumba 5 de El Argar (Antas, Almería), según E. y L. Siret (1890: lám. 29 En fechas más recientes se dio a conocer el hallazgo de sustancias colorantes en las sepulturas 65, 70 y 111 de Fuente Álamo a partir del análisis espectrográfico de muestras tomadas de
(1) Botella López, M. C. 1976: Antropología de las poblaciones argáricas.
Más tarde se detectaron en dos sepulturas de la Illeta dels Banyets, excavadas en las décadas de 1970 y 1980 pero que se revisaron a la luz de los datos proporcionados por excavaciones más recientes (Soler Díaz 2006).
Estos estudios advirtieron la presencia de huesos con pigmentaciones de color rojo en las tumbas I y V (López Padilla et al. 2006).
La tabla 1 detalla la información arqueológica recopilada de todas estas sepulturas argáricas.
HUESOS COLOREADOS: TEJIDOS TEÑIDOS O ESQUELETOS PINTADOS
En las primeras apreciaciones de los hermanos Siret y de J. Furgús quedaron ya esencialmente formuladas las dos principales hipótesis que han tratado de explicar la presencia de huesos coloreados en las sepulturas prehistóricas y que desde entonces se han venido planteando de forma recurrente en la bibliografía (Martínez Navarrete 1984: 33; Delibes 2000: 227).
Para los Siret estas pigmentaciones eran el resultado de la migración a los huesos de las sustancias colorantes empleadas en la tinción de las telas, sudarios o prendas de vestir con las que estaban ataviados los difuntos en el momento de producirse su enterramiento.
La tinción de partes del esqueleto no tendría un carácter intencional -o al menos no con un sentido particularmente simbólico, relacionado con el propio enterramiento-sino que se debería a las reacciones químicas ligadas al complejo proceso de putrefacción del cadáver y descomposición de su indumentaria en el interior de la sepultura.
La prueba decisiva de ello sería la peculiar impronta en forma de franja localizada sobre la frente del cráneo femenino de la tumba 356 de El Argar.
Esta únicamente podría deberse a la desaparición de una cinta impregnada de colorante que emularía las diademas de metal halladas en otras sepulturas (Siret y Siret 1890: 198).
A ello se sumarían otros indicios, en especial las improntas de tejido sobre pellas de arcilla endurecida encontradas en la tumba 797 del mismo yacimiento, en las que podían advertirse manchas de color rojizo (Siret y Siret, 1890: 201).
La segunda hipótesis defendía que la impregnación de los huesos sería resultado principalmente de un tratamiento post-mortem.
Colorear parcial o completamente el esqueleto sería un efecto buscado intencionalmente.
Furgús (1937: 55) se convirtió en un acérrimo defensor de esta hipótesis, asumiendo sin ambages que los cuerpos debían haber sido descarnados cuando no previamente incinerados para ser después coloreados antes de su depósito en la tumba.
Desde la nota redactada por E. Siret (1905) en la que rebatía con diversos argumentos las hipótesis de Furgús respecto al origen de la coloración de los esqueletos de San Antón (entre otras cuestiones de mayor calado, como el reconocimiento mismo de la existencia de un asentamiento y su contemporaneidad con las tumbas excavadas) la controversia ha continuado hasta la actualidad.
En los últimos años hipótesis alternativas han tratado de explicar de forma más completa este particular aspecto del registro funerario argárico.
Una de ellas propone que se trate de rudimentarias prácticas de embalsamamiento (Delibes 2000).
Pero el incremento y mejora sustancial de la documentación apenas se ha visto acompañado de análisis físico-químicos encaminados a determinar la naturaleza de la materia o materias que las provocaron.
Los primeros en acudir a medios técnicos para tratar de dilucidar esta cuestión fueron los propios hermanos Siret, quienes observaron mediante microscopio las improntas con pigmentaciones rojizas localizadas en la tumba 797 de El Argar, e identificaron con precisión la presencia de cinabrio en las tumbas 202 de El Argar y 12 de Fuente Álamo (Siret y Siret 1890: 200;226).
Sin embargo, hasta finales de la década de 1970 no se contó con los primeros análisis físico-químicos.
En esas fechas J. Carrasco Rus (1979: 272) daba a conocer parcialmente los resultados de un estudio de varias muestras -de cuya naturaleza no se dieron detalles-tomadas en sepulturas argáricas granadinas.
Al menos una de ellas provenía del Cerro de la Virgen, según la leyenda del gráfico publicado.
El análisis, realizado por el método de difracción de rayos X, mostraba la presencia de cinabrio o sulfuro de mercurio, junto con la jarosita y el cuarzo.
En opinión del autor, el cinabrio y la jarosita habrían sido empleados como colorantes textiles, y el cuarzo como desgrasante y elemento catalizador en el proceso de tinción del tejido.
La descomposición de la tela durante la putrefacción del cadáver habría terminado por fijar a la superficie de los huesos que estaban en contacto con ella las sustancias utilizadas en su teñido.
Así pues, a su juicio los datos vendrían a corroborar punto por punto las hipótesis de los Siret.
Con posterioridad se han venido conociendo otros estudios de muestras halladas en yacimientos calcolíticos de la península: la cueva del Cerro de Juan Barbero (Tielmes, Madrid) (Martínez Navarrete 1984: 31; Rovira y Sanz 1984: 99-102), el Dolmen de Alberite (Villamartín, Cádiz) (Domínguez-Bella y Morata-Céspedes 1995: 140), La Velilla (Osorno, Palencia) (Martín Gil et al. 1994; Delibes, 2000), La Pijotilla y el Dolmen de Montelirio (Hunt y Hurtado 2009), las cuevas sepulcrales 1, 3 y 5 del valle de las Higueras (Huecas, Toledo) (Bueno et al. 2005), La Salmedina (Madrid) (Berzosa y Flores 2005) o los recientemente publicados referidos a los contextos funerarios madrileños de Humanejos, Camino de las Yeseras, Cuesta de la Reina o La Magdalena (Ríos y Liesau 2011: 367, Tab.
3) en los que análisis más o menos detalladamente publicados han identificado ocres de diverso origen y también cinabrio como material colorante vinculado a huesos de esqueletos, piezas de ajuar o a espacios de carácter funerario.
Sin embargo, hasta los análisis llevados a cabo por J. Juan Tresserras (2004) en el marco del estudio de la necrópolis de Fuente Álamo (Schubart et al. 2004) no se ha contado con nuevos datos a este respecto referidos al grupo argárico.
Lamentablemente, no se publican los gráficos de las espectrografías, que es de suponer se detallarán en la monografía que se prepara desde hace tiempo sobre las sepulturas del yacimiento (Pingel et al. 2003: 196).
Los datos relevantes para nuestro estudio provienen de tres tumbas.
En la muestra 7, correspondiente a sedimento oscuro procedente del interior de la tumba 65, aparecieron restos de una sustancia colorante sobre uno de los elementos líticos contenido en la fracción de gravas, al parecer compuesta por cinabrio y óxidos de hierro.
En la muestra 12, tomada en la tumba 70, se reconocieron restos de sulfuro de mercurio (cinabrio) y también de óxidos de hierro (hematites).
Finalmente, en la muestra 13, tomada en la zona cercana al cráneo de la mujer enterrada en la tumba 111, se identificó también la presencia de sulfuro de mercurio y óxidos de hierro (Juan Tresserras 2004: 136).
Así las cosas, resultaba altamente interesante, a nuestro parecer, incrementar en la medida de lo posible la colección de datos disponible con vistas a confrontar de nuevo las dos principales hipótesis relacionadas con la presencia de tinciones rojizas en los esqueletos argáricos.
ANÁLISIS DE MUESTRAS DE LA ILLETA DELS BANYETS, TABAYÁ, CALLE DE LOS TINTES y CONVENTO DE LAS MADRES MERCEDARIAS
Solo en tres de los yacimientos conocidos en el área argárica más oriental se ha dado noticia de restos óseos humanos con tinciones o coloraciones rojizas: la Illeta dels Banyets, en El Campello (Alicante), el Tabayá, en Aspe (Alicante) y el asentamiento que se localiza bajo el casco urbano de Lorca (Murcia).
Las muestras de estos yacimientos se analizaron en el Servicio de Microscopía de los Servicios Generales de Apoyo a la Investigación de la Universidad de La Laguna, en Tenerife, mediante un Microscopio electrónico de barrido (SEM, Scanning electron microscope) JEOL JSM-6300 con microanálisis de energías dispersivas de rayos-X (EDS) D6699-ATW (Oxford Instruments, UK).
Las muestras destinadas al SEM fueron depositadas sobre portamuestras metálicos y recubiertas con una capa conductora de carbono, procediendo, a continuación, a registrar los espectros EDS correspondientes al microanálisis elemental de las muestras con restos de pigmentos.
A continuación se detalla el contexto arqueológico y la procedencia de cada una de las muestras analizadas, así como los resultados de los espectros realizados.
Es un enterramiento doble en cista de mampostería excavada en 1974, del que se conservan referencias fotográficas.
A partir de éstas y de los croquis de excavación sabemos que en la zona oriental del interior de la cista aparecieron los restos óseos, en perfecta conexión anatómica, de un varón adulto maduro de unos 50 años de edad, recostado sobre su lado izquierdo.
En el extremo suroccidental de la tumba se localizaba además un paquete óseo perteneciente al esqueleto de una mujer adulta de aproximadamente 30 años de edad (López Padilla et al. 2006: 126-130, Figs.
Estos últimos son los que aquí nos interesan.
El esqueleto de la mujer -individuo 1-sufrió una remoción dentro de la sepultura para que fuera depositado el cadáver del hombre -individuo 2-, lo que se evidencia por la pérdida de conexiones anatómicas de la mayoría de sus huesos.
La extracción del paquete óseo junto con la matriz terrosa que lo contenía, nos permitió comprobar posteriormente que la columna vertebral sí se hallaba en conexión anatómica, lo que nos induce a descartar la posibilidad de un depósito secundario -esto es, el traslado de los restos desde otra sepultura-.
Para la datación por radiocarbono del individuo 1 se empleó parte del extremo distal de la El estudio antropológico realizado ha revelado diversas patologías en el esqueleto de la mujer: varias afecciones bucales, artrosis cervical y la fractura de una costilla.
Algunos de los huesos presentaban coloraciones rojizas, muy difusas, localizadas al menos en el calcáneo derecho, en los metatarsianos, ambos fémures y tibias, en la escápula derecha, sacro, húmeros, cúbitos, en alguna de las costillas y ligeramente en la hemipelvis izquierda.
También se apreciaban escasos signos de contacto con el fuego en la cabeza de ambos fémures (López Padilla et al. 2006: 128).
Para el análisis espectrográfico se seleccionó una muestra (ILLETA-1974-439) del cúbito derecho, cercana a la epífisis distal, en la que podían apreciarse claramente varias zonas con pigmentación de color rojizo.
Estaba muy alterada por la cimentación de estructuras de época ibérica superpuestas estratigráficamente.
En varias fotografías se aprecia la existencia de una posible cista rectangular de mampostería que tal vez habría aprovechado parte de un muro como una de sus paredes (López Padilla et al. 2006: 144, Fig. 71).
Los huesos se hallaron desordenados y muy desplazados unos de otros.
El cráneo yacía en un extremo mientras que buena parte del esqueleto postcraneal -aparentemente los huesos de las piernas-conformaban una especie de paquete irregular justo en el opuesto.
Un cúbito aparecía igualmente desplazado.
El esqueleto pertenecía a una mujer adulta madura, de aproximadamente 1,62 m de talla, que entre otras patologías presentaba artrosis lumbar, así como también artrosis en la rótula derecha y en el primer metacarpiano y faceta de acuclillamiento en las tibias (López Padilla et al.
(2) La calibración de las fechas se ha realizado con la versión on-line del programa OxCal 4.1 (Bronk Ramsey 2009), empleando la curva IntCal09 (Reimer et al. 2009).
El estudio osteológico reveló la presencia de unas pigmentaciones de color rojo en la parte izquierda de la mandíbula, de la que se extrajeron algunas muestras para su análisis (ILLETA-82-1966).
Las espectrografías realizadas sobre las muestras enviadas tanto de la Tumba I como de la Tumba V indicaron la presencia de diversos elementos químicos: oxígeno, sodio, magnesio, aluminio, silicio, fósforo, cloro, potasio, calcio, hierro y carbono (este último proveniente del recubrimiento grafítico).
Al focalizar las zonas de la mancha rojiza se incrementó notablemente la señal del hierro, lo que demuestra que la sustancia rojo-anaranjada es un óxido férrico, descartándose la presencia de mercurio, plomo o cadmio, salvo que existan a nivel de trazas o ultratrazas que en cualquier caso nunca explicaría la presencia de manchas (Fig. 4).
Antes de que se realizaran excavaciones arqueológicas sistemáticas en este yacimiento ya se tenía noticia de la existencia de sepulturas que, a juzgar por sus ajuares, cabía adscribir al grupo argárico (Navarro Mederos 1982), algo que ha sido confirmado completamente con posterioridad (Hernández Pérez 1990; Hernández y López 2010).
Una de las sepulturas de las que se tenía noticia, y que actualmente se halla expuesta en el Museo Arqueológico Municipal de Novelda, era un enterramiento femenino en urna (Jover y López 1997: 56).
Del esqueleto sólo se conserva actualmente el cráneo, parcialmente reconstruido, que pudo ser analizado.
Consideramos que perteneció, muy probablemente, a una mujer: frente recta, órbitas oculares afiladas, apófisis mastoides gráciles, ausencia de realce nucal, además de la gracilidad mandibular, con la sínfisis mentoniana redondeada.
La edad aproximada se ha determinado a partir de la total eclosión de los terceros molares inferiores.
Todos los dientes conservados muestran desgaste oclusal.
Las suturas craneales no presentan evidencias de sinostosis.
A pesar de la escasa representación esquelética y de la deficiente conservación, se han identificado algunas patologías de escasa entidad, tales como presencia de sarro y signos de enfermedad periodontal.
Hay caries en la cara distal de 17, a nivel del cuello, y también en las caras oclusales de 37 y 48.
En el cóndilo mandibular izquierdo se identifica un ligero reborde osteofítico relacionado con una artrosis temporo-mandibular.
Dentro de las variaciones epigenéticas se documentan varios huesos wormianos en la sutura lambdoidea.
En diversas partes del cráneo se apreciaban claramente coloraciones rojizas, principalmente en pequeñas superficies del frontal, el cigomático izquierdo (también en la cara interna), en el temporal izquierdo, y en la rama ascendente izquierda de la mandíbula.
Se seleccionaron para el análisis mediante SEM-EDS dos muestras: la primera (TA-1) de la parte inferior del arco zigomático, en su zona de unión con la parte interna del maxilar izquierdo y la segunda (TA-2) de la mandíbula.
Ninguna ha ofrecido resultados positivos en cuanto a la presencia de óxidos férricos o sulfuros de mercurio que expliquen las coloraciones rojizas observadas.
Todos los espectros muestran una composición básicamente de fosfato cálcico con excepción del fragmento 1C de la muestra TA-1, en la que se advierten con nitidez silico-aluminatos.
Todo ello nos lleva a atribuir las coloraciones rojizas observadas en este cráneo a procesos de origen orgánico no determinados que también podrían explicarlas, como el crecimiento de hongos o la acción de raíces de plantas (Fig. 5).
En este enterramiento en fosa se depositaron dos individuos con las cabezas dispuestas al Suroeste y los pies al Nordeste.
Según la descripción de sus excavadores, una vez abierto un agujero de forma aproximadamente rectangular en el suelo, se introdujo el cadáver de una mujer de entre 35 y 40 años de edad, en posición encogida apoyado sobre su costado izquierdo y mirando al Noroeste.
Una segunda inhumación requirió el vaciado de la mayor parte de la fosa, moviendo los huesos del tercio superior del esqueleto de la mujer.
Encima de éste se depositó el cadáver de un hombre de entre 35 y 45 años de edad, tam-Fig.
Espectro SEM-EDS de la muestra TA-2: mandíbula de individuo adulto femenino procedente, posiblemente, de una sepultura en urna destruida del Tabayá (Aspe, Alicante).
Los resultados no explican las coloraciones rojizas observadas.
bién flexionado sobre su costado izquierdo y mirando al Noroeste.
Al momento de la exhumación, se advirtió en el cráneo del hombre un trazo rojo que, en opinión de sus excavadores, parecía pintado con pincel.
De cada uno de los esqueletos de esta tumba se obtuvo una datación radiocarbónica: el hombre Para el análisis mediante SEM-EDS se seleccionó la muestra LT-27/22, un fragmento del hueso occipital del cráneo masculino, con pigmentaciones de color rojizo.
Es una porción de aproximadamente 5 mm de espesor que conserva parte de la zona central de la sutura lambdoidea, abierta, con los dientes muy marcados, lo que resulta habitual en personas jóvenes.
Sobre el fragmento se apreciaba una banda de color rojizo de 25,5 mm de lado mayor por 10,1 mm del menor.
Los resultados denotaban la presencia de sulfatos (S), silico-aluminatos (Si, Al) y óxido de hierro (Fe) en contenido abundante, lo que permite establecer que la sustancia rojiza fijada a la superficie ósea es un óxido férrico (Fig. 6).
Convento de las Madres Mercedarias
Enterramiento en cista de mampostería, de planta aproximadamente rectangular, construida en el interior de una estructura de tendencia semicircular, interpretada como almacén.
La cista, parcialmente afectada por un pozo ciego de época medieval en su parte noroccidental, conservaba más de un metro de alzado en el lado Suroeste, con unas dimensiones de aproximadamente 1,40 m de largo y 0,96 m de anchura, y una orientación Noreste-Suroeste.
Algunos de los bloques pertenecientes a las paredes de la cista habían caído en el interior afectando al esqueleto, sobre cuyos huesos se apreció una capa muy fina
Espectro SEM-EDS de la muestra LT-27/22: porción de hueso occipital con pigmentaciones rojizas (un óxido férrico) del individuo masculino del enterramiento doble de la tumba 2 de la calle Los Tintes (Lorca, Murcia).
de una sustancia de color rojizo.
Al levantar los restos óseos se comprobó que ésta se extendía también por debajo de ellos.
Al levantar el cráneo se localizaron restos de madera que hacen pensar en la colocación de algún elemento de este material bajo la cabeza (Fig. 7).
El esqueleto, perteneciente a una mujer adulta, estaba depositado en decúbito supino con los brazos flexionados y las manos sobre la pelvis.
Las piernas, también flexionadas, aparecen en posición muy forzada, con las plantas de los pies enfrentadas próximas al sacro.
La cabeza está orientada al Noreste y mirando hacia arriba.
En el momento de ser analizado el esqueleto se encontraba muy parcialmente conservado, con restos muy fragmentados y alterados por tafonomía, en especial el cráneo.
El esqueleto postcraneal resulta relativamente grácil, aunque también está muy alterado.
La inspección de los restos permitió identificar huesos de dos individuos diferentes.
Un primer conjunto muestra una clara robustez que alcanza hasta los 9,4-10,6 mm de grosor en el parietal, y que también se observa en restos posiblemente de occipital y frontal.
A pesar de ello, y a juzgar por la presencia de órbitas afiladas y glabela poco marcada, debieron pertenecer a una mujer en la que se produjo un engrosamiento del cráneo.
La deficiente conservación de los huesos no permite hacer valoraciones sobre la extensión ni la causa de esta alteración.
En el segundo conjunto el espesor craneal es inferior a 5 mm (parietal: 4,8 mm) y las suturas están bien marcadas y abiertas.
Corresponde por tanto a un individuo juvenil o adulto joven.
Los restos conservados de este segundo individuo son tan escasos que no debemos descartar que llegaran a la sepultura de manera accidental, quizás procedentes de una sepultura previa destruida, o entre la tierra que cubrió el esqueleto.
Se comprobó la presencia de manchas rojizas en una falange de la mano, en un pequeño fragmento de hueso largo no determinado y sobre una porción de costilla del esqueleto de la mujer.
Este último fragmento fue seleccionado para su análisis químico elemental por la técnica SEM (muestra MM-12).
Los resultados del espectro realizado sobre las partículas de la mancha rojiza permitieron reconocer inmediatamente compuestos mercuriales muy abundantes, así como un bajo contenido en fosfatos y silicatos.
Ello confirma la presencia de bermellón o cinabrio y su identificación como la sustancia colorante que impregnaba los huesos de este esqueleto y también el sedimento que los rodeaba en el interior de la sepultura (Fig. 8).
Recapitulando, de las 6 muestras analizadas, en 3 -tumbas I y V de la Illeta dels Banyets y tumba 2 de la Calle de Los Tintes-se ha reconocido óxido de hierro como material colorante.
En otras 2 -inhumación en urna del Tabayá-no se ha podido detectar ningún elemento ni compuesto químico que explique las coloraciones rojizas.
Finalmente, solo en una -tumba 12 del Convento de Madres Mercedarias, en Lorca-el análisis ha confirmado la presencia de cinabrio.
El origen antrópico del sulfuro de mercurio detectado en esta última sepultura resulta incuestionable, tanto si fue aplicado o espolvoreado directamente sobre el cadáver o el esqueleto o si se transfirió a la superficie de los huesos desde una mortaja o desde vestidos teñidos de rojo.
Algo más difícil es precisar si el óxido de hierro detectado en las otras tres tumbas pudiera ser igualmente intencional, ya que a diferencia del cinabrio el contenido más o menos abundante de hierro en un amplio abanico de los sustratos geológicos del sur de la Península Ibérica impide descartar a priori que su depósito sobre los huesos respondiera a causas de origen meramente sedimentario.
La escasez de análisis sedimentológicos sobre muestras del interior de las tumbas es un obstáculo evidente para dilucidar esta cuestión.
No obstante ciertos indicios observados en la tumba I de la Illeta dels Banyets permitían sospechar fundadamente que el óxido férrico adherido a parte de los huesos del esqueleto femenino había sido aportado con carácter intencional al enterramiento.
Solo así podía explicarse que los huesos del hombre, contenidos en la misma matriz terrosa que la mujer, carecieran de coloraciones rojizas.
Para corroborar esta hipótesis se procedió a analizar en el Instituto de Ciencia de los Materiales de la Universidad de Valencia (ICMUV) una nueva muestra ósea extraída del cúbito izquierdo de la mujer y una muestra del sedimento de la tumba recogido durante la limpieza de los esqueletos.
Primero se analizó la muestra sedimentaria mediante difracción de Rayos-X (XRD) y posteriormente se realizó un análisis mediante microscopía electrónica de barrido (ESEM-EDX) y espectroscopía RAMAN tanto a la muestra sedimentaria como a porciones coloreadas y no coloreadas del hueso.
Para ello se utilizó, respectivamente, un microscopio electrónico de barrido ambiental Philips XL-30 ESEM con microanálisis, un difractómetro BRUKER AXS D5005 cubriendo un intervalo angular 2θ entre 2° y 70° y un espectrómetro Raman Horiba Jobin Yvon modelo iHR320 provisto de detector CCD con refrigeración peltier, fibra óptica y cabezal de enfoque.
El análisis XRD de la muestra sedimentaria concluyó que las fases minerales identificadas correspondían a calcita y cuarzo, como elementos integrantes básicos de la matriz terrosa que envolvía los huesos de la tumba I.
A continuación se analizó mediante microscopía electrónica de barrido ambiental ESEM-EDX las muestras proporcionadas sin metalizarlas.
Se seleccionaron puntos con coloración roja y zonas sin coloración para identificar y discriminar la composición de la materia colorante con respecto al material óseo.
De la comparación de ambos espectros (Fig. 9) se deduce una mayor intensidad de los picos de Mg, Al, Si, K y Fe en la materia colorante dispuesta sobre la superficie ósea, compatible con sustancias arcillosas ricas en óxidos de hierro y aluminosilicatos.
Por el contrario, el espectro del sedimento revela compuestos de calcio y alumino-silicatos con una baja intensidad de la señal de fluorescencia asociada a óxidos de hierro (Fig. 10).
Por último, se realizaron numerosas medidas de espectroscopia Raman en diferentes zonas del hueso, en particular donde la coloración roja era más intensa y donde no se observaban colora ciones.
La figura 11 muestra los espectros co rrespondientes a las zonas citadas que son representativas del pigmento, del soporte óseo y del sedimento.
Las condiciones de medida han sido las mismas en todos los casos: láser 785nm, apertura 100 μm, gratting 600, tiempo por espectro 120s, 25 espectros acumulados, objetivo de larga distancia ×100 y potencia láser sobre la muestra 13 mW.
Según estos espectros podemos concluir que mientras el hueso presenta una banda intensa a 955 cm -1 asignable a la vibración P-O-P de la hidroxiapatita, componente mayoritario de los huesos, en la zona del pigmento aparecen bandas asignables a vibraciones de los enlaces Fe-O, en particular, propias de la fase hematita, aunque también podría haber otras fases menos ordenadas, y a vibraciones de los enlaces Si-O y Si-O-Al correspondientes a alumino-silicatos amorfos.
En cambio, las numerosas bandas de la tierra circundante podrían ser asignadas a diferentes compuestos inorgánicos, aunque entre ellos no se encuentran óxidos de hierro ni los mismos aluminosilicatos que en la zona del pigmento, por lo que ambos tienen composición diferente.
En conclusión, los resultados de las analíticas inducen a considerar que las marcas rojas sobre el soporte óseo corresponden, tal y como ya habían mostrado los análisis anteriores realizados en la Universidad de La Laguna, a óxidos de hierro.
En cambio, los análisis XRD del sedimento indican únicamente la presencia de las fases cristalinas de la calcita (CO 3 Ca) y del cuarzo (SiO 2 ), lo que permite descartar que los óxidos ferrosos puedan proceder del entorno sedimentario en el que fue hallado el esqueleto.
Hace ya más de una década, G. Delibes (2000: 230) señalaba la posibilidad de que las coloraciones rojizas que mostraban algunos esqueletos argáricos constituyeran el residuo revelador de prácticas de embalsamamiento de algunos cadáveres.
El teñido con fines exclusivamente ornamentales de prendas de vestir resultaba desaconsejable, a su juicio, por razones de índole sanitario relativas a la toxicidad del sulfuro de mercurio.
En su momento manifestamos nuestros reparos a esta hipótesis.
Al margen de la posible significación ritual y del contenido simbólico que el color rojo hubiera podido tener en las prácticas funerarias argáricas, el embadurnamiento de cadáveres post mortem no explicaba convenientemente la presencia de tinciones en algunos botones de perforación en V y en otros elementos de marfil que se supone estaban cosidos a los ropajes de los inhumados.
En la mayoría de los casos estos concentran los residuos colorantes en su zona basal, la parte en contacto más estrecho con la tela desaparecida (López Padilla 2006).
Una década más tarde seguimos sin tener pruebas que corroboren de forma irrefutable la tinción de tejidos en época argárica, al menos empleando el cinabrio.
De hecho, las pruebas aducidas en este sentido por los Siret -la supuesta cinta o diadema del cráneo femenino de la tumba 356 o las manchas observadas sobre las improntas de barro de la tumba 797-continúan siendo las más relevantes.
La inmensa mayoría de los fragmentos de tejido de época argárica conservados se encuentran impregnados de sales de cobre y sulfuros que impiden comprobar si originalmente alguno de ellos estaba teñido.
En los contados casos en los que no se produjo su completa descomposición, como en la tumba 121 de Castellón Alto (Galera, Granada), de la información publicada no ha trascendido que ninguno presentara tinciones (Molina et al. 2003; Rodríguez-Ariza et al. 2004).
Lo mismo ocurre con otros casos de similar cronología hallados en áreas colindantes del espacio argárico, como en la cueva n.o 9 del Monte Bolón, en Elda (Alicante) (Soler et al. 2009).
El único tejido con tinciones analizado en la zona del que tengamos noticia es el lienzo de Cueva Sagrada, en Lorca (Murcia), asociado a un enterramiento excepcionalmente bien conservado datado en torno a 2300 cal ANE (Eiroa 2005: 170), en un horizonte cronológico inmediatamente anterior al desarrollo del grupo argárico.
Desde un primer momento se mencionó una tonalidad ocre-anaranjada en algunos trozos que hacía pensar en el posible teñido de la tela (Ayala 1987: 11).
Los análisis realizados a varias muestras de tejido ofrecieron indicios del empleo de Rubia tinctorum o rubia roja.
La raíz de esta planta, de un color rojo intenso, convenientemente molida una vez seca, fue ampliamente utilizada en la antigüedad para preparar un colorante que se empleó sobre todo en la tinción de lanas y cueros.
El mordiente usado en los lienzos de lino de Cueva Sagrada habría sido, siempre según el citado análisis, el alumbre o sulfato de aluminio (Alfaro 2005: 237).
Desafortunadamente, no se incluyen en la publicación datos esenciales, como las gráficas correspondientes a la espectrografía de la muestra, pero parece claro que ni el cinabrio ni el óxido de hierro fueron empleados como material colorante, sino un tinte de origen vegetal.
En consecuencia, aunque nada invalida la posibilidad de que el sulfuro de mercurio se utilizara como tinte en el coloreado de paños en época argárica, por el momento sigue siendo una hipótesis a corroborar.
Tampoco los contextos en los que se ha documentado cinabrio permiten precisar si éste procede realmente de la descomposición de ropajes o telas teñidas o si se aplicó al cadáver de algún otro modo.
Al respecto los Siret traían frecuentemente a colación la franja que ceñía el cráneo de la tumba 356, argumentando que de no proceder de la descomposición de una cinta de tela teñida solo habría podido fijarse al hueso afeitando la cabellera de un modo que se les antojaba completamente insólito (Siret y Siret 1890: 201).
Llaman la atención algunas similitudes entre dos ejemplos en los que se ha constatado el sulfuro de mercurio.
En la tumba 12 del Convento de Madres Mercedarias las coloraciones rojizas no solo se encontraban sobre los huesos, sino Trab.
Ello muestra evidentes afinidades con la tumba 202 de El Argar donde el colorante empleado, según los Siret, también era el cinabrio.
Ambas sepulturas guardan así mismo una gran semejanza con la tumba 62 de La Bastida, de la que sin embargo desconocemos la sustancia colorante empleada.
Nada más puede concluirse en este sentido con respecto a las tumbas con presencia demostrada de cinabrio, pues en el caso del Cerro de la Virgen reportado por J. Carrasco Rus (1979) no ha trascendido información alguna sobre el contexto del hallazgo, y se desconoce si el colorante aparecía solo adherido a los huesos o si también formaba una especie de película sobre ellos.
Esto último, al parecer, se dio en pocos casos, siendo mucho más numerosas las referencias a manchas de colorante localizadas en partes puntuales de los huesos.
Tanto en la tumba 2 de Los Tintes como en la tumba V de la Illeta dels Banyets y, especialmente, en el esqueleto femenino de la tumba I de este mismo yacimiento, puede fácilmente comprobarse que todas las zonas teñidas están cercanas a la epidermis: frente, pómulos, mandíbula, escápula, epífisis de tibias, fémures, radio-cúbitos y peronés.
En cambio faltan, por lo general, en las partes de los huesos cubiertas por una mayor masa muscular.
El concienzudo análisis de la localización de las manchas rojizas del esqueleto de la mujer de la tumba I de la Illeta (Fig. 12) ha mostrado que éstas siguen fielmente este mismo patrón, todavía más clarificador si atendemos a la reconstrucción ideal de la disposición que pudo tener originalmente el cadáver, antes de que fuera reducido y desplazado en el interior de la tumba: más o menos flexionado y apoyado sobre un costado, predominantemente el derecho, tal y como parece constituir la norma general para los enterramientos femeninos argáricos (Schubart 2004; López Padilla et al. 2006; Aranda et al. 2008).
Se puede observar que las manchas rojizas se concentran claramente en los hombros, codos, caderas, rodilla izquierda y tobillos y, lo que resulta a nuestro juicio bastante significativo, se han reconocido en la cara externa de las costillas izquierdas en una proporción de 4/1 con respecto a las aparecidas en la cara ventral o interna de las costillas derechas.
La localización de las tinciones reportadas en otros casos parece ajustarse a una disposición similar.
La muestra tomada en la tumba 111 de Fuente Álamo también procedía de las proximidades del cráneo.
La mujer de la tumba V de la Illeta presentaba manchas rojizas en la mandíbula.
Furgús señalaba manchas en los brazos y antebrazos de un enterramiento femenino de San Antón sin precisar en qué parte concreta de los huesos se concentraban, pero sí se referencia expresamente que el cráneo de la mujer aparecía completamente 'embadurnado de negro'.
Por último, sabemos que las manchas encarnadas halladas en la tumba 21 del Cerro de la Encina estaban sobre el borde exterior de la escápula izquierda del individuo femenino (Fig. 13).
En la tumba I de la Illeta dels Banyets, las pigmentaciones tienden a concentrarse en las zonas del esqueleto de la mujer más próximas a la epidermis y faltan por completo en las principales superficies de inserción muscular de los huesos.
Esto refuerza la hipótesis de que el ocre y el cinabrio hallados procedan de una transferencia a la superficie ósea de sustancias colorantes en contacto directo sobre la piel del cadáver.
Lo que no permite es resolver si el colorante fue aplicado directamente sobre el cuerpo o si fue transferido a partir de los ropajes u otros elementos del atuendo de los difuntos.
Dada la variedad de formas en las que pudieron emplearse tanto el ocre como el cinabrio, el escenario que nos parece más probable en este momento contempla su posible uso tanto en el teñido de ropa y de otros complementos de la indumentaria argárica como también en el maquillaje corporal o la decoración pictórica de otros objetos de adorno.
Todo ello al margen del sentido simbólico que la sociedad argárica pudiera haber atribuido al color rojo o a las propiedades de conservación o antisépticas que poseen ambas sustancias, especialmente el sulfuro de mer curio.
Tomando en consideración todos los datos reunidos hasta este momento, podría proponerse que el cinabrio detectado sobre los huesos -pero también en el sedimento que los rodea y sobre el que descansan-en sepulturas como la tumba 202 de El Argar o la tumba 12 del Convento de las Madres Mercedarias de Lorca, pudiera proceder realmente de la descomposición de los vestidos o sudarios teñidos de rojo con los que se vistió o cubrió originalmente al cadáver en el momento de su inhumación.
Ello explicaría también las tinciones que mostraban las improntas de tejido observadas por los Siret en la tumba 797 de El Argar.
Sin nuevos datos que permitan corroborar la hipótesis del teñido de paños de lino o de tejidos de lana con óxidos férricos o con cinabrio, cabría también plantearse que el ocre que embadurna los huesos del enterramiento femenino de la tumba I de la Illeta dels Banyets y el aparecido en otras tumbas argáricas procediera de un maquillaje facial y/o corporal que se transfirió a los huesos tras la putrefacción del cadáver.
Por el momento no parece posible determinar si tal maquillaje pudo o no estar relacionado con tradiciones funerarias argáricas que persiguieran expresamente la conservación o embalsamamiento de los cadáveres, como proponía G. Delibes (2000).
Comparado con el número total de sepulturas conocido para todo el territorio de El Argar, son muy pocas las que presentan esta particularidad, de manera que o contamos con un registro muy parcial a este respecto o bien no se trataría en ningún caso de una práctica generalizada.
El registro etnográfico permite suponer el empleo del hematite y otras materias colorantes para adornar el cuerpo con ocasión de ceremonias de carácter diverso, o incluso de forma cotidiana, habida cuenta de los beneficios del maquillaje corporal para la protección de la piel del ataque de parásitos o simplemente como desodorante o protector solar (Velo 1984).
Una propuesta recurrente en la bibliografía, apoyada en no pocas referencias etnográficas, ha incidido en la asociación simbólica del color rojo con la sangre.
Su reiterada presencia en contextos funerarios de Fig. 13.
Localización de coloraciones sobre huesos de esqueletos argáricos de hombres y mujeres, a partir de la documentación recopilada: El Argar (Antas, Almería), tumbas 5, 129, 356, 797; Fuente Álamo (Cuevas de Almanzora, Almería), tumba 111; Calle Los Tintes (Lorca, Murcia), tumba 2; Convento de las Madres Mercedarias (Lorca, Murcia), tumba 12; Cerro de la Encina (Monachil, Granada), tumba 21; Illeta dels Banyets (El Campello, Alicante), tumbas I, V; San Antón (Orihuela, Alicante).
diversas épocas y en muchas regiones del mundo se explica como un intento de recuperar para el cadáver un aspecto 'vital' mediante la aplicación o espolvoreado de sustancias colorantes que le confirieran un tono encarnado.
Abundando en esta idea, el color rojo se relaciona con la idea de 'resurrección', de transformación y de tránsito, de 'renacimiento' en suma (Fitzsimmons 2009: 82).
Cabría preguntarse si el posible embadurnamiento de rojo de ciertos cadáveres en El Argar pudo haberse realizado durante el intervalo de 36 horas que transcurren hasta que desaparece el rigor mortis, durante las cuales debieron permanecer fuera de la sepultura.
La posibilidad de que se expusiera el cadáver antes de su inhumación ya se había insinuado a partir de algunos indicios (Liesau 2001) y ha recibido un apoyo considerable a raíz del hallazgo de la tumba 121 de Castellón Alto (Molina et al. 2003).
Tampoco han faltado propuestas que enfatizan la vinculación del rojo con la feminidad, y en particular con las peculiaridades ligadas a las capacidades reproductoras de la mujer y su ciclo menstrual.
Así se ha explicado la presencia bien constatada de pigmentos rojizos sobre figurillas femeninas prehistóricas, como las denominadas 'venus' de Grimaldi, Willendorf o Laussel (Petru 2006: 206).
Conviene atender a un segundo aspecto que parece evidenciar el registro: en la mayoría de los casos conocidos en el ámbito argárico el ocre o cinabrio en una sepultura se asocia con los restos de una mujer.
No menos significativo es que en varios enterramientos dobles de un hombre y una mujer adultos sea el esqueleto de la mujer el que presenta las tinciones: tumba I de la Illeta, tumbas 356 y 797 de El Argar o la tumba 21 del Cerro de la Encina.
En comparación con el conjunto del registro funerario argárico las 20 tumbas constatadas son un número muy reducido, al igual que el número de individuos enterrados asociados a sustancias colorantes (23).
Además, no todos cuentan con una atribución de sexo probable o segura.
Si consideramos globalmente los datos contenidos en la tabla 1, vemos que 13 de las 14 mujeres presentan restos de colorantes, frente a solo 5 de los 9 hombres.
Esta asociación preferente de las primeras con las tinciones se aproxima a la significación estadística (Test exacto de Fisher p=0.056) si bien deberemos esperar todavía a incrementar el número de casos registrado (Fig. 14).
Por ahora, la tumba 5 de El Argar es el único enterramiento individual masculino fehacientemente asociado a tinciones en su esqueleto, ya que el hombre inhumado en la tumba 2 de la calle de Los Tintes, en Lorca, apareció junto a una mujer.
En ambos casos la materia roja se registró exclusivamente en el cráneo.
En las tumbas 202 de El Argar y 30 de El Oficio -ambas tumbas dobles, con esqueletos de un hombre y una mujer-las manchas de color rojizo aparecían sobre los dos, sin precisar su localización.
En las tumbas 128 y 143 de El Oficio, las tinciones rojizas también parecen asociarse con esqueletos pertenecientes a individuos de sexo masculino (Kunter 1990: 40, 41).
Posiblemente no sea casual que estas dos tumbas sean también, por ahora, las únicas del registro funerario argárico que aparentemente contradicen, desde la antropología física, la estrecha relación existente entre el punzón de metal y los enterramientos femeninos (Castro et al. 1993-94: 101).
Si bien los criterios utilizados para la adscripción sexual del individuo de la tumba 143 pudieran considerarse no del todo concluyentes (Castro et al. 1993-94: 100), la conservación de una pelvis entre los restos esqueléticos de la tumba 128 no permite albergar dudas sobre la presencia de un hombre en la sepultura.
Sin embargo, esta última tumba pudo haber sido reabierta o alterada con posterioridad a la inhumación del cadáver, pues Siret menciona expresamente que al esqueleto le faltaba el cráneo, y no se precisa qué partes esqueléticas tenían tinciones rojizas (Schubart y Ulreich 1991: 224).
Creemos que si efectivamente eran hombres, la presencia de ocre o cinabrio en la sepultura podría estar reforzando la 'feminidad' ritual con la que se procedió a su enterramiento, ya de por sí manifiesta en la inclusión de un punzón de metal en el ajuar.
En conclusión, por ahora parece que los residuos colorantes en las tumbas argáricas se asocian de forma bastante marcada con los enterramientos femeninos.
A nuestro juicio podría suponer otro dato revelador de la importancia de la mujer como elemento clave en las referencias parentales argáricas, ya propuesta en base a secuencia de inhumación sucesiva detectada en la mayoría de los enterramientos dobles argáricos (Castro et al. 1993-94; Lull 1997-98).
Aun teniendo bien presentes las ostensibles diferencias con respecto a la información disponible para cada caso, los datos recopilados en la tabla 1 muestran cómo la asociación del color rojo con los esqueletos de mujeres tiende claramente a vincularse con enterramientos individuales acompañados de ajuares de cierta relevancia -o incluso muy relevantes-o con inhumaciones dobles, en algún caso también con ajuares excepcionales, un aspecto sobre el que sin duda cabe continuar profundizando.
Restaría aún explicar el hecho de que algunos objetos -en su mayoría de marfil y teóricamente relacionados con la indumentaria-hallados en ciertas tumbas argáricas presenten tinciones y manchas rojizas cuando los esqueletos que los acompañan carecen aparentemente de ellas: caso de la tumba 247 de El Argar o de una de las cistas del yacimiento alicantino de Laderas del Castillo, en Callosa de Segura (López Padilla 2006).
Algo que vemos repetirse en alguna sepultura documentada en la orla periférica argárica, como en la Morra del Quintanar (Munera, Albacete) (Fernández-Miranda et al. 1994: 260).
Si tales pigmentaciones no proceden de la transferencia química de los colorantes empleados en el teñido de trajes o sudarios de los difuntos, cabría preguntarse si tal vez estamos ante los escasos residuos dejados por su ornamentación pictórica.
Conviene recordar que, a propósito de los botones de perforación en 'V' del Campaniforme cen-troeuropeo, R. J. Harrison (1980: 51) ya proponía que la pigmentación rojiza que mostraban muchos de ellos podía responder a un deseo de imitar el aspecto rúbeo del ámbar.
Creemos que este trabajo pone de relieve la extraordinaria importancia de la realización de este tipo de analíticas, siendo conscientes de que quedan sobre la mesa un buen número de cuestiones por resolver.
Entre ellas figura determinar las fuentes de aprovisionamiento del cinabrio detectado en la tumba del Convento de las Madres Mercedarias de Lorca, para lo que será necesario contar con amplios y ambiciosos programas de muestreo.
En nuestro caso nos han permitido corroborar el empleo del ocre y del cinabrio en varios contextos funerarios argáricos y también -y no menos importante-descartar su presencia en otros, como la tumba del yacimiento de Tabayá.
A Jorge A. Soler Díaz, conservador de Prehistoria del MARQ de Alicante, a Concepción Navarro Poveda, directora del Museo Arqueológico Municipal de Novelda, y a Andrés Martínez Rodríguez, director del Museo Arqueológico de Lorca, por la colaboración y las facilidades prestadas para la toma de muestras de los restos óseos analizados. |
Esto se ha explicado tradicionalmente por la dificultad de extraer plata de minerales complejos mediante la técnica de copelación y la relativa abundancia de plata nativa y cloruros de plata fácilmente accesibles en el sur de la Península Ibérica.
Sin embargo, hasta ahora, el uso de plata nativa en la Edad del Bronce ibérica se había deducido principalmente por la falta de evidencias de copelación.
Los resultados de los análisis de elementos traza de una serie de objetos de plata de varios yacimientos argáricos suministran por primera vez una evidencia positiva del uso de plata nativa.
Los análisis de isótopos de plomo demuestran que la mayoría de los objetos no procede de ninguno de los distritos mineros conocidos y caracterizados.
Formas de construcción históricas en la Antigüedad a partir de la producción, consumo y distribución de los metales.
Cronología de la consolidación del sedentarismo y la desigualdad social en el Alto Guadalquivir and HAR21105-C02-02 Relación entre materias primas locales y producción metalúrgica: Cataluña meridional como modelo de Contraste funded by the Spanish Ministry of Economy and Competitivity. |
Una nueva fíbula de codo "tipo Huelva" localizada en la región gallega será nuestro objeto de discusión en este trabajo.
Para su estudio, analizaremos otras piezas similares localizadas en el entorno del Cerro de los Infantes (Pinos Puente, Granada) que, junto a las ya conocidas, conforman uno de los grupos fibulares más importantes de la Península Ibérica.
Discutiremos su tipología y cronología, así como su relación con otros tipos similares del ámbito mediterráneo, comprobándose nuevamente su carácter autóctono.
Al inicio de la década de 1980, las excavaciones en los yacimientos protohistóricos de Cerro de la Mora y Cerro de la Miel (Moraleda de Zafayona, Granada) proporcionaron ciertos hallazgos metálicos (espada de lengua de carpa y fíbula de codo) que podían paralelizarse formalmente con los depósitos broncíneos de la Ría de Huelva.
Ambos lugares, pero básicamente el Cerro de la Mora, arrojaron un conjunto masivo de fíbulas de codo y evidencias de restos de fundición y de estructuras relacionadas con actividades productivas metalúrgicas, que muestran cómo el sitio tuvo un papel económico destacado a fines de la Edad del Bronce.
De todo ese conjunto metálico, la única fíbula asociable al característico "tipo Huelva" procedía de La Miel.
Su contextualización, junto con la espada y una fecha de C14, facilitó subir la cronología de estos elementos hasta momentos discrepantes respecto de la ortodoxia cronológica aceptada hasta entonces (Almagro Basch 1957Basch, 1957Basch -58, 1966;;Almagro-Gorbea 1977; Almagro y Fernández-Miranda 1978; Fernández-Miranda y Ruiz Gálvez 1980).
Desde un principio, nuestra interpretación arrancó encendidas manifestaciones críticas de otros estudiosos, defensores de presupuestos más tradicionales sobre la metalurgia de los epígonos prehistóricos peninsulares.
Opiniones contrarias que se referían a la interpretación estratigráfica del yacimiento, la adecuación de la datación absoluta obtenida, los paralelos foráneos, el valor de la metalurgia atlántica y la conceptualización tipológica de los hallazgos metálicos.
La amplia nómina de investigadores, disconformes con nuestra interpretación, puede seguirse en las citas de nuestras aportaciones incorporadas a este trabajo.
Las calibraciones cronológicas acercaron algunas de esas posiciones extremas hasta nuestros presupuestos científicos en el debate.
Al tiempo que las indagaciones tipológicas sobre la espada de la Miel, pese a muy concienzudos análisis morfológicos de trascendental valor (Brandherm 2007; Burgess y O'Connor 2008), podrían aproximarse (Mederos 2008) a las que venimos defendiendo (Carrasco y Pachón 2006a, b, c).
Nuestros presupuestos han ido encontrado sustento arqueológico en los últimos treinta años, gracias a la aparición de otras fíbulas en la Península Ibérica.
Entre, ellas tienen especial importancia dos de la provincia de Granada: Casa Nueva, junto al yacimiento de Los Infantes de Pinos Puente y Guadix.
La fíbula de Casa Nueva es única en su género, por ser la primera que presenta un exorno decorativo peculiar.
Consiste en dos botones de oro, dispuestos simétricamente en el centro de cada uno de los brazos del puente, a idéntica distancia a uno y otro lado del codo.
Este elemento ornamental no es un simple aditamento decorativo, sino resultado de una sencilla readaptación estética para personalizar un objeto de uso más o menos corriente, dotándolo de un evidente signo de distinción (Carrasco y Pachón 2001).
La segunda fíbula procede del taller metalúrgico de Guadix (Carrasco et al. 2002), donde se localizó un centro de producción artesanal de bronces, incluyendo fíbulas "tipo Huelva", propio de un período cronológico tardío, en una zona que no había podido demostrar su pertenencia a los lugares de mayor afección orientalizante.
Recientemente, hemos definido y sistematizado la fíbula de codo "tipo Huelva", contraponiendo su abundante aparición en la Península Ibérica y su muy escaso reparto en ámbitos del Mediterráneo Oriental.
Se ha descrito su distribución, tipología, origen y cronología (Carrasco y Pachón 2006a, b, c).
El fin era realzar y revalorizar un producto metálico de fines de la Prehistoria pe-ninsular interpretado a partir de modelos hipotéticos, sin excesiva contrastación, para justificar variadas influencias exógenas y cronologías improbables.
Nuestras investigaciones han analizado estas fíbulas desde parámetros arqueológicos: composición, tipología interna, asociación estratigráfica, cronología absoluta, dispersión geográfica, etc. De igual forma, se ha intentado definir el grupo denominado "Huelva" con caracteres y entidad propia (Carrasco y Pachón, 2006b), aislándolo del resto de las fíbulas de codo que, en cierto modo, entrarían en el grupo de las llamadas lisas o de "tipo sículo", renombradas por nosotros como "tipo Monachil" en reconocimiento al ejemplar estudiado por W. Schüle, procedente del Cerro de la Encina (Monachil, Granada) (Schüle, 1969: 144, Abb.
Un rasgo distintivo en estas producciones era la escasa presencia de estaño en las fíbulas "tipo Huelva", que parecía concentrarse en gran parte de los ejemplares procedentes de Granada y configuraba un grupo diferenciado de fíbulas, que podrían haber sido producidas allí (Carrasco et al. 1999).
La sucesión de hallazgos sirvió para apoyar estas argumentaciones con referencias morfológicas suficientes para establecer una secuencia tipológica que incluía todos los modelos propios del "tipo Huelva" (Carrasco y Pachón 2006b).
De la misma manera, se propuso una secuencia temporal de estos imperdibles con apoyo de dataciones absolutas y contextos asociados (Carrasco y Pachón 2006a).
En último término, también se reflexionó sobre el viejo debate del origen oriental de estas fíbulas, considerando su probable autoctonía peninsular (Carrasco y Pachón 2006c).
NUEVOS HALLAZGOS DE FÍBULAS DE CODO
De las novedades que completan el panorama de lo conocido hasta 2006, destacamos 7 fíbulas de codo: 4 de "tipo Huelva" y una de "tipo liso" o "sículo", localizadas en el entorno del Cerro de los Infantes de Pinos Puente, Granada (Mendoza et al. 1981); otra de "tipo Huelva" del Castro de Laias en Barbantes, Orense (Álvarez y López 2000); y una extraordinaria fíbula de puente asimétrico, tipo tradicionalmente relacionado con ambientes sículos, de Las Lunas en Yuncler, Toledo (Urbina y García Vuelta 2010).
Esta última formaba parte de un rico depósito broncíneo del Bronce Final.
Nuestro interés principal son las de "tipo Huelva", aunque la aparición ciertamente escasa de fíbulas de codo, no solo en el ámbito peninsular, sino mundial, obliga a referirse a las otras por haber sido estudiadas y relacionadas con las de "tipo Huelva", o porque nuestras investigaciones sobre ellas han sido mal interpretadas o confundidas.
El Castro de Laias (Barbantes, Orense)
También denominado O Castelo, el asentamiento de Laias se localiza a 14 km al Oeste de Orense.
Ocupa un promontorio de carácter granítico de unas 10 ha de extensión y una altura de 240 m s.n.m, proyectado abruptamente sobre la ribera derecha del río Miño.
Estratégicamente situado sobre él, domina visualmente un amplio espacio geográfico de su cuenca media, con amplios recursos agrícolas y mineros.
El asentamiento, conocido por López Cuevillas desde principios del siglo XX, fue excavado por Chamoso Lamas a partir de 1956, quien señaló una mina de oro explotada por Roma.
En 1997, con motivo de las obras para la construcción de la autovía Rías Baixas que afectaban parcialmente este yacimiento, se iniciaron trabajos arqueológicos de urgencia en su parte superior y ladera media, antes de ser destruidas por las citadas obras civiles.
Las excavaciones documentaron ocupaciones prehistóricas, protohistóricas y romanas (Álvarez y López 2000).
Para sus investigadores, la ocupación más antigua, según dataciones absolutas, correspondería a los siglos IX-VIII a.C., que ilustraría momentos finales del Bronce Final e inicios de la Edad del Hierro.
Un poblamiento que continuó, de forma discontinua y con ocupaciones diferenciadas, hasta posiblemente los siglos III-IV d.C.
La posición estratigráfica de la fíbula de codo "tipo Huelva" (Fig. 1:1) nos es desconocida, pero a partir de las descripciones de sus excavadores intuimos que debió aparecer en estratos de habitación de sus primeros niveles de ocupación (Bronce Final).
Este hallazgo amplía el espectro que teníamos sobre su dispersión peninsular, apoyados sobre todo por algunas de sus características tipológicas.
La fíbula está incompleta y es de bronce, con un alto grado de corrosión.
Conserva el brazo derecho del puente con el resorte de muelle, compuesto por espira y media y parte de la aguja de sección circular.
Aunque está partida, el codo es ligeramente abierto.
Al brazo izquierdo del puente le falta el pie o mortaja.
El puente, totalmente simétrico con el codo centrado, tiene una sección de media caña realzada.
El perfil de la fíbula es de triángulo semi-equilátero.
Las plantas de los brazos del puente son elipsoidales con fajas centrales realzadas y decoradas con ocho o nueve incisiones verticales paralelas, delimitadas a ambos lados por otras horizontales en fajas de tres o cuatro unidades.
Es posible que entre las fajas centrales y el codo, en un sentido, y las fajas y el resorte y mortaja, por otro, tuviese finos collarines perdidos o disimulados por las concreciones y alteraciones debidas a la oxidación del metal.
Dimensiones: longitud con la reconstrucción de la mortaja entre 8,5-9 cm; en la actualidad, sin mortaja, es de unos 7 cm; alt.
4 cm; anch. de las secciones máximas de los brazos 12 mm; esp. 4 mm. La sección circular de la aguja es de 3 mm. Tab.
Esta fíbula entraría en el tipo III de nuestra serie, denominada variante Meseta (Carrasco y Pachón 2006b), con tres subtipos a, b, c, caracterizados por las fíbulas de Alto de Yecla, Burgos (González-Salas 1936-40, 1945), Castro de la Cildad de Sabero, León (Celis 1998(Celis -1999) ) y Berrueco, Salamanca (Maluquer 1958).
En este tipo se desarrollan exclusivamente las fajas centrales, constituyendo su máximo exponente decorativo, constriñéndose las laterales hasta conformar simples alambres, a veces con collarines.
Posiblemente sea el conjunto menos conocido de todo el "tipo Huelva" por la escasez de su muestra, por desconocer los contextos arqueológicos en los que aparecieron y carecer de documentación gráfica, salvo la fíbula de Sabero.
La de Alto Yecla y la del Berrueco se han reconstruido a partir de antiguas fotografías.
En la fíbula de Laias, las fajas centrales no extralimitan sus contornos elipsoidales, pero sí realzan el perfil de los brazos del puente.
La decoración vertical de estas fajas difiere de las meseteñas: reticulados en la de Alto Yecla, reticulados e incisiones paralelas en las de Sabero, e incisiones paralelas en la de Berrueco.
En su momento, considerábamos que este tipo III representaba la forma más desarrollada del "tipo Huelva".
Lo fechamos en el siglo IX, e incluso principios del VIII a.C., basándonos en sus desarrollos Fig. 1.
Nuevas fíbulas de codo: 1.
Cerro de los Infantes, Pinos Puente, Granada; 4 y 5.
Ribera del río Velillos, Casa Nueva, Granada; 6 a 8.
Cerro de las Agujetas, Pinos Puente, Granada. morfo-tipológicos y en su análisis elemental.
La cronología de la de Laias no debería bajar de la primera mitad del siglo IX, dada su configuración tipológica y composición de bronce binario rico en estaño.
El complejo arqueológico de Cerro de los Infantes (Pinos Puente, Granada)
El Cerro de los Infantes es un asentamiento en el borde noroccidental de la Vega de Granada, a unos 15 km de la capital.
Ocupa una serie de colinas de calcarenitas de diferentes alturas en la orilla derecha del río Velillos o Frailes, un curso permanente de agua que conforma uno de los postreros afluentes del río Cubillas, poco antes de confluir en el Genil.
En tiempos prerromanos, aquellos dos importantes suministros hídricos desembocaban directamente en la Vega de Granada, entonces un fondo pantanoso más o menos practicable a lo largo del año.
El sitio arqueoló-gico de Los Infantes debió prosperar en relación directa con el progresivo desecamiento del fondo de la depresión, y el consiguiente aumento de sus posibilidades agropecuarias.
Una pequeña meseta en el área de mayor altura (cota 652 m.s.n.m.), con forma más o menos redondeada, se denomina Cerro Corona.
La secuencia crono-cultural pudo originarse en el III milenio a.C., aunque sin garantías de que hubiese pertenecido a un hábitat estable.
Un pequeño reducto en la parte noroeste ha podido fecharse en tiempos argáricos.
La continuidad desde estos momentos tampoco ha podido comprobarse, porque no se han reconocido vestigios de lo que en Andalucía Oriental denominamos Bronce Tardío.
A partir del Bronce Final sí habría una continuidad poblacional con la que fue factible alcanzar la época romana: Municipium Ilurconensis (Pastor 2002: 97-115).
En la Edad Media se abandonaría definitivamente, probablemente en favor de la actual población de Pinos Puente (Peinado 1998).
Composición elemental de las fíbulas de codo.
Todas se han analizado por Fluorescencia de Rayos X (FRX) dentro del Proyecto Arqueometalurgia de la Península Ibérica, salvo la de Casa Nueva (ICP-MS001) analizada por espectrometría de masas en los Servicios Técnicos de la Universidad de Granada.
En la serie PA10000 se ha empleado el espectrómetro Metorex X-MET 920MP con detector de Si (Li) y fuente de Am 241; valores expresados en % en peso (nd= no detectado; tr= trazas; los límites de detección son del 0,01% para todos los elementos, salvo Ag y Sb fijado en el 0,001%); los análisis PA20000 han empleado el equipo portátil INNOV-X serie Alpha con tubo de rayos X; valores expresados en % en peso (nd= no detectado; los límites de detección son de 0,04% para todos los elementos menos Ag y Sb que es el 0,2%).
Pinos Puente (Granada): C. Nueva = Casa Nueva, C. Agujetas = Cerro de Las Agujetas, C. Infantes = Cerro de Los Infantes; C. Laias = Castro de Laias (Barbantes, Orense); Las Lunas (Yuncler, Toledo). t. = tipo.
En la década de 1980 los cortes practicados en la parte suroriental, por el Museo Arqueológico Provincial y la Universidad de Granada, permitieron analizar una potente secuencia estratigráfica comprendida entre el Bronce Final y el horizonte Ibérico Antiguo (Mendoza et al. 1981).
Entre sus resultados destaca la aparición de una fíbula de codo "tipo Huelva" bien contextualizada, además de un horno de producción de ánforas de tipo fenicio y de cerámicas grises, probablemente activo a lo largo del siglo VI a.C. (Contreras et al. 1983).
Frente al Cerro de los Infantes, por su parte sureste, en la orilla izquierda del río Frailes se levanta el más humilde Cerro de las Agujetas (cota 609 m.s.n.m.), donde los restos funerarios se asocian a vestigios más variados que apuntarían hacia el uso prolongado con funciones diversas de este anejo del Cerro de los Infantes.
Más al oeste, aguas abajo, a unos 500 m de las últimas evidencias arqueológicas de Infantes, encontramos la denominada Casa Nueva, extendida por las terrazas aluviales, de donde procederían otros elementos fibulares que comentaremos.
Los tres sitios arqueológicos citados configuran una única agrupación de mayor entidad, constituida en torno al propio Cerro de los Infantes, con diferentes necrópolis que cubrieron las necesidades funerarias de sus habitantes y áreas productivas complementarias del asentamiento.
Cerro de los Infantes
En las excavaciones de 1980 se recuperó una fíbula de codo en el estrato 3 del corte 23, perteneciente al horizonte III del yacimiento, correspondiente a un pleno Bronce Final, que se fechó entre el 900 y el 750 a.C. (Mendoza et al. 1981).
Su lamentable estado de conservación hizo necesario un dibujo rápido y su entrega inmediata al restaurador del Museo Arqueológico de Granada.
Su configuración actual no la conocemos.
La documentación presentada responde al original publicado por sus autores (Fig. 1: 2).
Su mal estado impidió, según F. Molina, su análisis elemental.
La publicación no aclaró la distribución de los materiales en los estratos del horizonte III de Los Infantes, por lo que desconocemos si la fíbula procede de los rellenos más altos o de los inferiores.
En la actualidad, la datación del 750 a.C. debiera elevarse de acuerdo con los hallazgos de La Mora.
Aquí, las primeras importaciones fenicias se fecharon por C14 sin calibrar en el 790 a.C. Como la fíbula se asociaba con cerámicas con decoración incisa de tipo Camporchanes/Cabezo Colorado, los excavadores hablaron de un Bronce Final Pleno, que situaron en el siglo X a.C. La presencia en ese mismo horizonte de cerámica con decoración bruñida es de gran interés para la datación de las fíbulas.
El ejemplar de Los Infantes carece de resorte, aguja y pie.
El codo, algo abierto, aparece centrado en el puente, siendo su sección seudo-cuadrangular.
Los brazos del puente son de sección lenticular, presentando una decoración compuesta, al menos, por tres incisiones perpendiculares que hacen resaltar fajas lisas.
El mal estado de conservación impide mayores precisiones.
Dimensiones: alt. total 23 mm; long. total 64 mm; sección del codo 4 mm; sección media del puente 6 mm (Fig. 1: 2).
Hemos documentado una segunda fíbula descontextualizada, procedente de la ladera oriental del yacimiento, cuya mejor caracterización morfométrica complementaría los datos del ejemplar anterior.
Se trata del brazo izquierdo de una fíbula de codo "tipo Huelva" de sección de media caña, que conserva el pie o mortaja y parte del codo.
La decoración está compuesta por una faja central que no sobresale de la planta elipsoidal del brazo, enmarcada por dos incisiones desarrolladas que, a su vez, constriñen unos anillos o collarines por ambos lados.
De igual forma, resaltan y delimitan las zonas del codo y del pie.
3,5 cm; anch. máx. en el centro de la faja central 0,9 cm; esp. máx. 0,4 cm. Esta fíbula, según nuestra reconstrucción, debía tener una longitud en torno a los 7,5-8 cm. Muy posiblemente, por la disposición de la mortaja y la configuración del brazo, la aguja sería curva, lo que a priori no deja de ser un rasgo de modernidad (Tab.
En principio, entraría en nuestro tipo II (Carrasco y Pachón 2006b), subtipos Ib2-IIab1/IIab2.
Básicamente se caracterizan porque las incisiones, que enmarcan las fajas centrales, se abren dando paso a unas acanaladuras profundas y abiertas que convierten las estrechas fajas laterales en molduras.
Entre sus peculiaridades controvertidas y antagónicas están la ausencia de decoraciones incisas, una faja central sin sobresalir de la configuración elipsoide de la fíbula y moldu-raciones poco desarrolladas que centran la faja central; rasgos que indicarían antigüedad en el tipo.
En cambio, la posible curvatura de la aguja sugeriría cierta modernidad.
Su análisis elemental arroja un porcentaje de estaño que sobrepasa ligeramente el 10% e impurezas de plomo (0,71%).
Por las características controvertidas que hemos apuntado sobre esta fíbula, la fecharíamos entre la segunda mitad del siglo X y la primera mitad del IX a.C.
Casa Nueva (Pinos Puente, Granada)
La terraza, donde al parecer se encontró la primera fíbula (Carrasco y Pachón 2001) y posteriormente la segunda, carecía de material arqueológico parangonable con el que mostraremos después en el Cerro de las Agujetas, lo que dificulta una interpretación razonable de su origen.
No obstante, se han recuperado allí restos muy fragmentarios de cerámicas a mano horneadas en ambientes de reducción, sin demasiados indicios sobre su tipología, pero suficientes para adjudicarlos sin muchas dudas al Bronce Final.
Junto a ellos, se han recogido botones cónicos que algunos autores identifican como de atalajes de caballos, o complementos más imprecisos de carros.
La interpretación más plausible es que el sitio fue un lugar de acumulación de los vestigios arqueológicos que el río Frailes erosionó, aguas arriba, en los yacimientos de Infantes y Agujetas, que limitaban directamente con su cauce.
Cabe también la posibilidad de que los escasos restos existentes en el lugar procedieran de depósitos in situ, probablemente de naturaleza funeraria, considerando la importancia del exorno áureo ostentado en el puente de una de las fíbulas.
La primera fíbula (Carrasco y Pachón 2001) está casi completa.
En este tipo, la faja central sobresale del contorno del brazo y se diluyen las incisiones que la enmarcan como las pequeñas fajas laterales.
Esta fíbula puede fecharse entre finales del siglo X y principios del IX a.C.
Cerro de las Agujetas (Pinos Puente, Granada)
Recientemente se han realizado excavaciones de urgencia en este lugar, desconociéndose sus resultados.
El sitio, quizás de forma esporádica, pudo ser una de las necrópolis del poblado arcaico del otro lado del río.
Entre sus elementos metálicos destacan tres fíbulas de codo y otra tartésica de bronce tipo Alcores, recuperada en las inmediaciones del yacimiento, en la vaguada que -a oriente-lo separa de Cerro Granados.
En definitiva, el Cerro de las Agujetas conforma un pequeño enclave de clara función complementaria respecto de Los Infantes, probablemente frecuentado desde fines de la Edad del Bronce y que prolongaría su uso hasta tiempos romanos.
Aunque es probable que albergara algún reducto funcional de carácter económico e incluso militar, una parte importante de los hallazgos también aluden a la presencia de núcleos de utilidad funeraria, de los que podrían proceder las tres fíbulas de codo que presentamos.
A. Descripción (Fig. 1: 7): fragmento de brazo del puente con restos del codo de una fíbula "tipo Huelva".
Presenta faja central remarcada sin decoración, con tres amplias incisiones que enmarcan, a su vez, dos collarines que la separan del área del codo.
Su fragmentación no permite ir mucho más allá.
3 cm; anch. en la faja central 1,2 cm. No hemos intentado reconstruirla, pero pudo ser grande: unos 9 cm. Podría corresponder al subtipo IIab2 y fecharse entre fines del siglo X y primera mitad del IX a.C. (Tab.
1: PA20253). glo IX a.C., paralela en el tiempo y, en territorios andaluces, a las últimas producciones de las de "tipo Huelva".
El sitio ocupa un espacio en torno a las 10 ha. Las actuaciones arqueológicas se centraron en una superficie de 1 ha, documentándose un hábitat con dos momentos de ocupación: en época romana y Bronce Final/Hierro (Urbina y García Vuelta 2010).
Las noticias del registro cerámico son aún muy incompletas.
Las excavaciones localizaron, en el sector H-8, un depósito broncíneo próximo a una estructura circular, apoyada en un estrato arenoso, sobre una superficie ocre endurecida con restos de barro quemado.
Lo componían veinte objetos de bronce, entre herramientas, elementos de adorno y restos de fundición.
Interesa en particular una fíbula de codo descentrado (Urbina y García Vuelta 2010: 181, fig. 4: L-10), que conserva el brazo izquierdo del puente y parte del resorte (Fig. 2), faltando el codo, la aguja, la parte derecha del puente y el pie o mortaja.
El fragmento, de sección circular oblonga y 1cm de diám. medio, alcanza 10,7 cm de long., decorado con fajas rellenas de finos reticulados incisos que alternan con otras más lisas con rombos sin rellenar, separadas por estrechas fajas que conforman dos o tres líneas incisas paralelas.
Conociendo la tipología de estas fíbulas, el ejemplar se aproximaría a 12 ó 13 cm. de longitud, pie incluido y superaría los 50 g de peso.
Es poco funcional y más apropiada como objeto representativo o de prestigio.
Los autores, a partir de la bibliografía, relacionan sus extraordinarios y poco frecuentes caracteres morfométricos con modelos tipológicos que no nos parece que tengan que ver con ella.
Tampoco reconocemos las consideraciones tipológicas y culturales que los autores nos atribuyen.
Por su gran tamaño, la fíbula de Las Lunas se paraleliza con modelos de la fase IIB de la necrópolis siciliana de Cassibile (Urbina y García 2010: 189).
La comparación puede ser correcta, pero los paralelos peninsulares aducidos la debilitan.
Es evidente su relación tipológica con la fíbula publicada por Almagro Basch (1957Basch (, 1966)), procedente del Servicio de Investigaciones Prehistóricas (SIP) de Valencia.
También, aunque no se mencione, puede cotejarse con el considerado ejemplar antiguo del Berrueco (Delibes 1981), a partir de la documentación del Padre Morán.
Su puente asimétrico podría tener alguna relación con la fíbula del castro extremeño de "El Cerro de La Muralla" (Alcántara, Cáceres) (Fig. 3: 6), que presenta incisiones paralelas en los brazos del puente (Esteban 1988).
El ejemplar de tipo Enkomi documentado en "Pajares" (Villanueva de La Vera, Cáceres), mal definido como "fíbula de arco" (Celestino 2001: 205, fig. 51), también, con cierta imaginación, podría entrar en el grupo de puente asimétrico, en lugar de incluirse entre las de violín como propone Giesen (2001).
CUESTIONES FORMALES PARA EL ORIGEN Y EVOLUCIÓN TIPOLÓGICA DE LAS FÍBULAS
Simetría del puente en las fíbulas de codo lisas
M. Almagro Basch propuso dos reconstrucciones de la fíbula lisa de la Ría de Huelva.
En la primera, Almagro (1957: fig. 1: 10) dispuso el fragmento de forma más vertical, lo cual consideramos más correcto, añadiéndole el brazo derecho más inclinado y de mayores dimensiones, con una aguja relativamente plana (Fig. 4 inclinó el brazo conservado y, a su vez, aplanó la reconstrucción del derecho a partir de una mayor inflexión, con una aguja totalmente plana (Fig. 4: 2).
El propósito era reconstruir una fíbula de codo plenamente asimétrica, al estilo de las existentes en las necrópolis sicilianas de Cassibile.
A partir de estos trabajos, documentados exhaustivamente con ejemplares de muy diversa tipología: sicilianos, chipriotas e incluso micénicos, elaboró un modelo de fíbulas asimétricas que se ha mantenido largo tiempo.
Ese modelo, en cierta forma, condicionó la caracterización del "tipo Huelva", al forzar reconstrucciones con puentes de codo asimétrico.
La configuración del fragmento casi completo de brazo izquierdo del ejemplar, con restos de mortaja y de codo, de 0,34 mm de longitud, admitiría otra reconstrucción más adecuada.
Es posible otra propuesta con alzado seudotriangular y codo más o menos centrado, similar a otras fíbulas conocidas en la Península Ibérica y, en menor medida, en otros ámbitos mediterráneos, denominadas grosso modo de "tipo Monachil" (Carrasco et al. 1999).
La mayoría de las fíbulas peninsulares que pertenecen al "tipo Huelva", o "Monachil", tienen el codo centrado, aunque la falta de la mortaja en muchas de ellas deforma la visión original, creando una asimetría inexistente.
Como el brazo derecho sustenta el resorte, y suele ser mecánicamente más potente, puede distorsionar las medidas reales de ambos brazos del puente.
Las fíbulas peninsulares que denominamos "lisas" o "tipo Monachil", como el ejemplar comentado de la Ría y el de Agujetas, constituyen un cómputo no menor de veinte ejemplares, en gran parte inéditas, tienen un puente simétrico con el codo centrado.
Por el contrario, son concretos y minoritarios los ejemplares que ofrecen un puente asimétrico y codo abierto o sugerido, entre las que se puede incluir la de Las Lunas de Toledo (Urbina y García Vuelta 2010).
Aunque, si se suman con las representadas en las estelas extremeñas y portuguesas, serían mayoritarias.
La reconstrucción de la fíbula lisa de Agujetas se ha basado en las características físicas del brazo conservado, que no pudo tener puente asimétrico.
El codo, constituido por un estrechamiento extremo centrado, solo puede sustentar y equilibrar dos brazos similares.
El derecho debió mantener un mínimo resorte y una fina aguja, con una cierta curvatura para ser acogida en una mortaja poco desarrollada e inclinada en el izquierdo.
Con este tipo de configuración, se podrían relacionar sin excesivas complicaciones cuatro o cin- co fíbulas de las denominadas lisas con codo centrado, con una asimétrica, por su aspecto amorcillado y con otra del "tipo Huelva", también de sección oblonga, por su decoración en la parte inferior del puente.
En el grupo de las lisas mencionamos, en primer lugar, el ejemplar de El Coronil (Fig. 3: 1) (Carrasco y Pachón 2006b: tab.
Su descubridor (Ruiz Delgado 1989) la incluyó en su grupo I,1b, caracterizado por un puente masivo y sección ovalada, asimilándola con los ejemplares de la Ría de Huelva.
En alguna ocasión la hemos incluido con dudas en nuestro "tipo Huelva", especialmente por el poco o inexistente desarrollo de las fajas del puente y por un anómalo alto porcentaje de hierro en su composición (3,42%) (Ruiz Delgado et al. 1991).
Las pequeñas dimensiones, sección oblonga del puente y codo centrado de esta fíbula, la asemejan en cierta forma a la que estudiamos, aunque no tanto por las fajas decorativas del puente.
Las dos fíbulas portuguesas de Mondim da Beira (Fig. 3: 2-3) y Monte Airoso (Fig. 3: 4) son de sección oblonga, con diseños de fajas incisas encima del puente, similares a las de El Coronil.
Vilaça (2008) ha recogido algunos de nuestros comentarios sobre su historia (Carrasco y Pachón 2006c) que en su momento reinterpretamos, comprobando la mayor simetría de los brazos respecto de la posición más centrada del codo.
Estas cuatro fíbulas podrían ser derivaciones tardías colaterales del "tipo Huelva", basándonos "en los diseños incisos que parecen delimitar fajas, aunque no se trate de molduraciones, pero que en cierta forma recuerdan los mismos patrones decorativos que las onubenses" (Carrasco y Pachón 2006c: 280).
Ninguna de ellas, ni la de Agujetas, ni la del depósito de la Ría de Huelva, pudieron dar lugar a las del "tipo Huelva", ni por configuración, ni por tipología, ni por su composición, algunas ternarias y otras con gran cantidad de estaño.
Tampoco tienen nada que ver con las sicilianas de Cassibile, donde no se han documentado.
Un solo ejemplar puede entrar en este grupo: una pequeña fíbula sin mortaja, que tendría el codo centrado y el puente con decoración similar a la de El Coronil, procedente de la necrópolis siciliana de Castelluccio (Fig. 3: 5), Ragusa (Giumlia-Mair et al. 2010: fig. 11), clasificada en el tipo 290.2 (5279 B), sin más especificaciones.
Difiere del resto de las fíbulas de puente asimétrico, pero un solo caso no hace un tipo, existiendo más ejemplares en la Península Ibérica que en Sicilia para comprenderlo.
En consecuencia, en principio, el depósito de la Ría de Huelva no mostraría influencias sículas, al menos en lo relacionado con los elementos fibulares.
Por su aspecto, como diría Almagro Basch, amorcillado, y brazos de sección oblonga con diseños incisos en fajas, también podríamos incluir en este grupo una fíbula del asentamiento cacereño de Talavera la Vieja (Jiménez y González 1999: fig. 4: 3).
De perfil triangular alto, presenta fajas en las que alternan diferentes motivos incisos paralelos.
La de puente asimétrico proviene del Cerro de la Muralla de Alcántara, Garrovillas, Cáceres (Esteban 1988: fig. VII,7), con brazos amorcillados y decoración de fajas compuestas por incisiones paralelas dobles que separan estrechas subfajas lisas (Fig. 3: 6).
La mortaja es corta y el codo, aligerado en su sección, es consistente en relación con los brazos del puente.
Este aspecto falta en los ejemplares de Agujetas y Ría de Huelva.
Por último, la fíbula de "tipo Huelva" de San Román de Hornija, Valladolid (Delibes 1978), es de brazos con sección oblonga.
Las semejanzas, en este caso, se refieren al tipo de decoración desarrollada en la parte inferior de ambos brazos del puente (Fig. 3: 7) y está compuesta, como en Agujetas y posiblemente en la Ría de Huelva, por una amplia faja de finas incisiones paralelas, bien delimitadas en sus terminales.
Esta pieza es la única, entre las del "tipo Huelva", que presenta este tipo de decoración, al igual que ocurre con las de la Ría de Huelva y Agujetas, entre las que denominamos lisas o "tipo Monachil".
Discrepamos con la reconstrucción de Celestino (2001: fig. 52) de una fíbula procedente de Talavera la Vieja, Cáceres, en la que consideramos forzó un asimetrismo inexistente.
Su forma responde más al tipo que ya definimos como "Monachil", de codo sensiblemente centrado (Carrasco et al. 1999).
También puede entrar en el "tipo Monachil" otro ejemplar de La Muralla de Valdehuncar (Barroso y González 2007: fig. 5,11).
Solo conserva el brazo derecho del puente, sin codo, con resorte y parte de la aguja, pero se describe con "puente de brazos y codo asimétricos", sin considerar la similar configuración de otra fíbula completa aparecida en este yacimiento con codo centrado.
Fíbula de codo "tipo Huelva" y estelas del Suroeste de la Península Ibérica
Celestino (2001) realza el valor cronológico de las fíbulas, en relación con otros objetos grabados en las estelas, como los espejos, porque estos no son conocidos en registros arqueológicos del suroeste peninsular y las fíbulas sí.
La tipología de las representadas no se asemeja a las de "tipo Huelva", y menos aún a las ad occhio.
Sus paralelos estarían en la misma Extremadura, especialmente en los ejemplares de puente asimétrico de La Muralla de Alcántara y Villanueva de Pajares.
La taxonomía de Celestino (2001: 195) está, a nuestro entender, plagada de 'desviaciones' tipológicas.
En síntesis, pueden encontrarse fíbulas de pivote calificadas como de antenas (Celestino, 2001: 193, fig. 46), o la representada en Torrejón el Rubio II, incluida en el "tipo Huelva".
Esta última, la única de codo central con antenas, no es de "tipo Huelva", sino más tardía (Almagro Basch 1966: fig. 27).
Extrañamente, Celestino alude al trabajo coordinado por Ruiz-Gálvez (1995) sobre las fíbulas del depósito de Huelva, pero los análisis de Almagro Basch son más exhaustivamente arqueológicos y sugerentes.
Este cúmulo de errores condiciona la argumentación cronológica de las estelas del Suroeste.
Opinamos que un mayor conocimiento de las tipologías fibulares ayudaría a perfilar mejor el tema de la datación de las representaciones iconográficas de las estelas.
Así, en las estelas extremeñas solo existen fíbulas de codo claramente descentrado y otras de arco, además de tipos más avanzados, mientras que en las estelas andaluzas no están representadas las fíbulas de codo.
La que Celestino (2001: 438) adjudica al término malagueño de Almargen, y que hace años revisamos directamente en los fondos de su Ayuntamiento, no ofrece totales garantías de interpretación, aunque otros autores la documentasen (Villaseca 1993).
La de la estela de Écija III tampoco sería de codo y la grabada en la de Ategua resulta muy dudosa.
Estos datos deben valorarse porque, casi cien años después del descubrimiento del depósito de la Ría de Huelva, no ha aparecido en entornos andaluces del Suroeste, ni en toda la Baja Andalucía, una sola fíbula de codo.
La de Valverde del Camino, conservada en una colección particular, carece de procedencia precisa y fiable.
Todo ello incide en el tema de la formación del depósito onubense, su difícil adscripción a esos entornos, así como su escasa relación con los contextos de las estelas extremeñas.
Valoraciones cronológicas y origen del "tipo Huelva" según otros autores
Existe cierta confusión o sobreinterpretación de nuestras propuestas cronológicas, ya que nunca fechamos la fíbula "tipo Huelva" entre los siglos XIV-XII a.C. Al publicar la fíbula giennense de Cerro Alcalá (Carrasco et al. 1980), que no es del "tipo Huelva", solo pretendimos paralelizar sus motivos decorativos con la ornamentación de los brazaletes tipo Berzocana, que parecían inspirar la decoración de las fíbulas posteriores.
La referencia se tomó al pie de la letra, criticándosenos (Blasco 1987) que quisiéramos emparentar cronológicamente Cerro Alcalá y Berzocana, lo que nunca pretendimos.
Se obvió así la cuestión que queríamos plantear en realidad: la existencia de un modelo decorativo propio del Bronce Final en Andalucía oriental, que pudiera fecharse a partir del constatado en Berzocana.
El modelo se conocía en muchos hallazgos procedentes, al parecer, de ambientes funerarios, pero que eran antiguos o superficiales y estaban inéditos.
De cualquier modo, los tratamientos decorativos superficiales, similares en fíbula y brazaletes, apuntan a una larga tradición artesana perdurable en pleno Bronce Final.
Tres décadas después de la publicación de esta fíbula, Celestino tomó la referencia para modificar la supuesta cronología de F. Molina (1977) sobre las fíbulas de codo y puntualizarnos que entre los siglos XIV y XII "difícilmente podían existir estos tipos en Sicilia y menos aún en Huelva" (Celestino 2008: 114).
Desde luego, nadie se preguntó si las fíbulas sicilianas, las de "tipo Huelva" y la de Cerro Alcalá, tenían algo en común.
Fechamos la fíbula del Cerro de la Miel (Carrasco et al. 1985), en origen, en los siglos XI/X a.C., sin excluir el XII (Carrasco y Pachón 2006a).
Los ejemplares de la Ría de Huelva formarían parte de la evolución del tipo, pero no de sus orígenes, por lo que alguno de ellos puede datarse en el siglo X a.C. o en el IX, pero sin constituir prototipos.
Del taller de Guadix procede una sola fíbula, no "algunas" (Celestino 2008: 114), fechada en el primer tercio del siglo IX a.C., no en el X, propio de un momento evolutivo tardío del "tipo Huelva" (Carrasco et al. 2002).
La fíbula de la tumba 523 de Amathus no aporta nada a la comprensión del "tipo Huelva", menos aún a su datación en el siglo X a.C. En nuestra opinión, el modelo de Celestino, tomado de Blasco (1987) y ésta, a su vez, de los estudios pioneros de Almagro Basch sobre la aparición y mezcla de tipos sículos y sirio-chipriotas en la Ría de Huelva, carece de contrastación y trasluce un arcaico y periclitado trasfondo difusionista.
Tampoco compartimos que la diferenciación de tipos fibulares, y menos aún la de su distribución peninsular, tenga escaso significado por la supuesta convivencia de todos ellos en el siglo X a.C., "en concordancia con los espejos del depósito de Lloseta" (Celestino 2008: 114).
Desanima comprobar que el actual estado de la investigación siga desconociendo la tipología de las fíbulas de codo antiguas peninsulares.
Eso explica la adjudicación tipológica y cronológica que se da a la fíbula de Las Lunas.
Resulta chocante su asimilación con el famoso ejemplar liso de la Ría de Huelva (Urbina y García Vuelta 2010: 189), hipotéticamente reconstruida por Almagro Basch como fíbula de puente asimétrico, como ya hemos comentado.
También la asocian con la fíbula de San Román de Hornija, las de Mondim da Beira y Monte Airoso, la ad occhio de Mola d'Agrés, las fíbulas de codo "tipo Huelva" -con las que englobarían el ejemplar madrileño de Perales del Río-y, por último, con la granadina del Cerro de la Miel.
Indican que atribuimos "un origen peninsular para todas las fíbulas de codo que llamamos de tipo Huelva, en cuyo esquema evolutivo los ejemplares aquí reseñados constituirían los prototipos más antiguos" (Urbina y García 2010: 189-190), lo que no coincide con nuestra posición (Carrasco y Pachón 2006a, b, c).
Urbina y García Vuelta (2010: 189) aluden al trabajo de Torres (1999), como inspiración del argumentario ya descrito sobre Las Lunas, aunque deberían referirse a una aportación posterior (Torres 2002).
Hacemos responsable a este investigador de otra serie de equívocos y opiniones controvertidas.
Torres incluye, en el grupo que llama Cassibile II-III, la fíbula lisa documentada en el depósito de la Ría de Huelva que nosotros adjudicamos al "tipo Monachil", un modelo sículo de la nomenclatura tradicional.
Siguiendo a Almagro Basch, Ruiz Gálvez, etc., la "considera de clara procedencia siciliana y que, casi con seguridad fue importada de esta isla" (Torres 2002: 170).
Indicando a continuación, que "morfológicamente se corresponde con el tipo de la fíbula de codo, aunque en este caso no presenta en el puente las típicas molduras que caracterizan el tipo Huelva, mayoritario en el depósito".
La representa, siguiendo la documentación de M. Ruiz Gálvez (1995: lám. 11, n.o 27), en la figura VIII.5 (Torres 2002) junto con un ejemplar del "tipo Huelva" del mismo depósito.
El error es achacable al confusionismo tipológico del tratamiento fibular en la obra de Torres, al desequilibrio en su apoyo bibliográfico y, quizás, también a la equívoca representación gráfica por parte de Ruiz-Gálvez (1995) del conjunto broncíneo de la Ría de Huelva.
Para Torres (2002: 171) "la importancia de estas piezas radica en que, seguramente, son de las que derivarán las fíbulas de tipo Ría de Huelva, que tanta difusión tendrán en el Sudoeste peninsular y, en general, en toda la fachada atlántica".
El texto induce a confusión, al referirse a las fíbulas en plural, cuando solo hay una y problemática.
Más recientemente insiste en que "en este depósito se ha recuperado una docena de fíbulas de codo, entre piezas completas y fragmentos que reciben su nombre de tipo Huelva" y "una siciliana de tipo Cassibile" (Torres 2008: 64).
Este cómputo irreal sirve para comprobar la confusa información manejada sobre estos imperdibles antiguos y para comprender algunas aseveraciones del primer texto acotado de este autor, relativas a que del supuesto tipo Cassibile de la Ría de Huelva derivan el resto de los ejemplares de "tipo Huelva" del depósito.
La adscripción de esta fíbula lisa al tipo Cassibile, quizás se deba al supuesto asimetrismo de su puente, basado en la hipotética reconstrucción de Almagro Basch (1957: fig.1, 10), ya comentada (Fig. 4).
Algo incorrecto, como que esta fíbula pueda considerarse en el origen del resto del "tipo Huelva" del depósito.
En definitiva, ni por composición metálica, ni por tipología, ni cronología, esta fíbula puede estar en el origen de las de "tipo Huelva".
Tampoco estas últimas, como indica Torres (2002: 171), inspirado en trabajos previos, tienen una amplia dispersión en el Sudoeste, ni en la fachada atlántica.
La dispersión del registro fibular tipo Huelva coincide con el interior de la Península Ibérica (Carrasco y Pachón 2006a: fig. 1).
Desconocemos el origen preciso de las fíbulas del depósito onubense, y los Trab.
Los ejemplares portugueses, ni se localizan en asentamientos próximos a la costa, ni responden sensu stricto al "tipo Huelva".
La excepción es la forma tardía de Abrigo Grande das Bocas (Carreira 1994: estampa XXXIII, l), incluida en nuestras tablas tipológicas (Carrasco et al. 1999; Carrasco y Pachón 2006b), cuya morfometría responde en cierto modo a la de estas fíbulas españolas.
Extrañamente pasó desapercibida en las investigaciones, muy en boga en los últimos años, sobre las idas y venidas de viajeros, comerciantes y metalúrgicos entre ámbitos mediterráneos, citándose en una síntesis reciente (Vilaça 2008).
Torres, apoyado en citas mal interpretadas, recorre la historia de la investigación de la fíbula "tipo Huelva".
Concluye su origen en la Península Ibérica, a partir de los casos sicilianos de Pantalica II: "lo que no implica un origen oriental directo, sino la llegada de estas piezas desde el Mediterráneo central para evolucionar rápidamente de forma autónoma en la Península Ibérica" (Torres 2002: 171).
Planteamiento que se apoya en un mapa incompleto de dispersión de la fíbula "tipo Huelva" (Torres 2002: fig. VIII-7), en el que mezcla tres modelos fibulares diferentes, cuyas procedencias no siempre cita.
Refleja el auténtico tipo Huelva en los hallazgos de la ría onubense, Valverde del Camino, Cerro de los Infantes, Cerro de la Miel, Cerro de los Allozos, Guadix, Talavera la Vieja, San Román de Hornija, Castro de Yecla y Burgos.
El conjunto fibular es escaso para la época en que Torres publicó su trabajo.
Ya se conocían (Carrasco et al. 1999) las fíbulas del Castro de la Cildad de Sabero, Casa Nueva, Abrigo Grande das Bocas, etc. Esto podría obviarse, pero no el incluir en el grupo Huelva tipos que ni lo son, como la fíbula de puente asimétrico de La Muralla; ni existen, como las del Cerro de la Mora, Peña Negra de Crevillente y El Coronil, de las que tampoco cita las referencias usadas para incluirlas en este conjunto.
En especial la última, de la que Ruiz Delgado presentó en un trabajo póstumo los análisis metalográficos de la misma, pero nunca su dibujo (Ruiz Delgado et al. 1991), publicado por primera vez por nosotros (Fig. 3: 1) (Carrasco et al. 1999).
Por último, Torres, al referirse a la cronología de las fíbulas de codo, sin mayor especificación, indica que el C14 calibrado y las fechas dendrocronológicas de Europa Central apuntan a los siglos X-IX a.C., "pudiendo ya fechar algunas a finales del segundo milenio, aunque en ningún caso en una fecha tan alta, siglos XIV-XII a.C."
La cronología de la fíbula se remite de nuevo a la del Cerro Alcalá.
Esa fecha resulta muy alta para fíbulas como la de Cerro Alcalá, pero no tanto para el "tipo Huelva", especialmente en su tramo bajo del siglo XII a.C. De todos modos, recurrir para fechar fíbulas "tipo Huelva" a un trabajo de 1980 sobre un ejemplar muy diferenciado de estas parece forzado, máxime cuando, al menos desde 1985, en múltiples trabajos hemos intentado definir su cronología con parámetros más fidedignos.
La datación por parte de Urbina y García Vuelta (2010) del "tipo Huelva" y la fíbula de Las Lunas en el siglo IX a.C., siguiendo modelos y cronologías de la fase IIB de Cassibile, puede parecer más o menos correcta.
Sin embargo, la argumentación se complica, al avalar esta cronología con referencia a fíbulas tan apartadas tipológicamente como las de San Román de Hornija del siglo X a.C., Mola d'Agrés entre los si glos X-IX y "fíbulas granadinas como la del Cerro de la Miel".
Para este tema no incluyen la de Perales del Río, que consideran la más próxima geográficamente a la toledana.
De nuevo, confunden los tipos fibulares, extrayendo cronologías que no pueden relacionarse con la ofertada para la fíbula de Las Lunas.
De igual forma, Urbina y García Vuelta (2010: 193) indican que rechazamos "la procedencia siciliana de los modelos que hemos relacionado más estrechamente con la fíbula de Las Lunas liberándose de las cronologías sículas para centrarse en las peninsulares que abogan por el siglo XI a.C. como momento de comienzo del modelo, y fechan en el siglo X conjuntos tan conocidos como los de la Ría de Huelva o la Roça de Casal do Meio (Carrasco y Pachón 2006a: 283 ss.)".
Pero, a partir de la página en que nos citan, en ningún momento nos referimos a cronologías de la Ría de Huelva, ni menos aún a Casal do Meio.
Sería factible la cronología del siglo X a.C. para algunas fíbulas de "tipo Huelva" del depósito onubense, especialmente para las antiguas, y para la ad occhio portuguesa.
Pero, para esta última, seguimos considerando más adecuada la de inicios del siglo IX a.C. Es cierto que sí desligamos totalmente las fíbulas "tipo Huelva" de unos modelos sicilianos, que no se han localizado en Sicilia.
El origen de las fíbulas "tipo Huelva", de las peninsulares ad occhio y de las "tipo Monachil", o "sículas" en terminología tradicional, nada tiene que ver con la fíbula de Las Lunas.
Pero los investigadores de este depósito toledano sugieren "que las fechas que se manejan para ejemplares como el aparecido en Las Lunas, coinciden grosso modo con la fecha de C14 de finales del XI-inicios del X a.n.e."
Como no conocemos el origen de esta cronología, ni qué ejemplares similares al de Las Lunas han sido datados por C14, ni si han proporcionado fechas del siglo XI, da la impresión que esta datación ha sido tomada de la ofertada hace más de veinticinco años para el ejemplar del Cerro de la Miel (Carrasco et al. 1985); que también ha sido asimilada tipológicamente al ejemplar de Las Lunas, lo que está totalmente fuera de lugar.
En nuestra opinión, sin mayor detalle, una cronología del siglo X a.C. para la fíbula de Las Lunas, quizás sería más ajustada: la datación absoluta obtenida sobre un fragmento de madera quemada de una cabaña próxima al depósito metálico, del 2870 ± 50 (Cal.
BC 2 σ: 1210-910), es sugerente desde el momento en que ninguna de sus calibraciones baja del siglo X a.C. Pero ignoramos cuándo se conformó el depósito y si esta cronología corresponde con la fíbula.
ÚLTIMAS CONSIDERACIONES Y CONCLUSIONES
Los nuevos hallazgos de fíbulas de codo "tipo Huelva", en la Península Ibérica, constituyen una buena noticia.
Hasta no hace muchos años, estas fíbulas antiguas eran muy poco conocidas.
Se restringían, casi exclusivamente, a las documentadas en el depósito de la Ría de Huelva y en la Submeseta norte.
Muchas de las meseteñas eran apariciones esporádicas, en paradero desconocido, pero reproducidas en publicaciones antiguas.
A partir de los setenta estos antiguos imperdibles incrementan su número y dispersión regional en la Meseta, Extremadura, Portugal, en especial en Andalucía Oriental y, últimamente, en Galicia.
Destaca su ausencia en las áreas levantina, catalana y costera andaluza, es decir, de toda la costa mediterránea.
Podríamos considerar esa casuística, a priori y sin otras connotaciones, como algo "exclusivamente accidental" (Fig. 5), a la espera de que posteriores hallazgos amplíen la dispersión.
La investigación de ese mayor volumen conocido de fíbulas no ha avanzado como hubiese sido necesario o predecible, sino merced a saltos de supuestos imposibles, desconocimiento de los registros y valoraciones más o menos interesadas.
Aún nos quedamos, trascurridos más de cincuenta años, con las aportaciones de los trabajos de Almagro Basch.
Se puede estar o no de acuerdo con ellas, pero el alto horizonte de conocimiento y la precisa documentación que expusieron, hoy es cada vez más difícil de encontrar.
Las conclusiones que mostramos aquí a partir de las nuevas fíbulas, especialmente de las referidas al "tipo Huelva" y de la lisa de las Agujetas, no modifican lo que venimos exponiendo desde 1985.
Sí aportan, en cambio, un más detallado conocimiento de su tipología y una mejor comprensión de su distribución regional.
Un rápido y sintético recorrido sobre ellas apoyará algunas puntualizaciones, especialmente relacionadas con sus orígenes y cronología.
Almagro Basch (1940a), en sus estudios pioneros sobre las fíbulas de codo de la Península Ibérica, las consideraba los únicos objetos del depósito de la Ría de Huelva que reflejaban relaciones directas con el Mediterráneo Central, haciéndolas derivar, ya más evolucionadas por su decoración, de las formas sículas tardías de Cassibile, con una fecha no anterior al 750 a.C. Opinaba que "los tipos sicilianos han hecho nacer, desde luego, los modelos españoles, del que es el más antiguo ejemplar el de Huelva, pero no es el único, y de ninguna manera de la misma época que sus precedentes sicilianos" (Almagro Basch 1940b: 3).
En un posterior trabajo, insistía en datar la totalidad del depósito onubense en el 750 a.C. por la aparición de estas fíbulas (Almagro Basch 1957).
Pero, cada vez más, fue sustituyendo los paralelos del Mediterráneo Central por los de Chipre y Palestina, para justificar la presencia de las fíbulas "tipo Huelva" en la Península Ibérica, en relación con el comercio fenicio-chipriota.
Primero, consideró el tipo de fíbula de Kourion como precedente y origen directo de la de Huelva (Almagro Basch 1957).
Posteriormente, la interpretará como una variante provincial, derivada del tipo Kourion-Megiddo, incluyendo otros pa-ralelos cronológicos de más difícil filiación como las "de arco triangular con botón en el vértice del ángulo, tipo Tamasos, Lindos, Egina..."
Sus apreciaciones fueron coherentes con su época, especialmente las referidas -con matizaciones-a los paralelos orientales.
Sus paralelos sículos, en nuestra opinión, no fueron tan acertados, al referirse a su reconstrucción hipotética del ejemplar liso del depósito de la Ría de Huelva, al que, siempre desde nuestra experiencia, se le atribuyó un puente totalmente asimétrico, como a algunas del "tipo Huelva".
La investigación oficial aceptó su cronología de mediados del siglo VIII a.C. para ese depósito durante más de cuarenta años.
Solo en los últimos años ha sido elevada de forma paulatina y con argumentos, en ocasiones, poco más firmes que los suyos.
En resumen, estas fíbulas se fecharon a mediados del siglo VIII a.C., como productos exó-genos o derivados de ellos; en última instancia llegados, primero, desde el área insular italiana y, después, desde Chipre y Palestina.
A partir de los años 1970, la investigación sobre el tema fibular sufre un cambio brusco.
Entran en escena las dataciones radiocarbónicas, cuya interpretación ha dado lugar, como hemos indicado en alguna ocasión (Carrasco y Pachón, 2006a), a la etapa de calibraciones y re-calibraciones y, más recientemente, a una fase que de-Fig.
Mapa de dispersión de las fíbulas "tipo Huelva", más la lisa de Las Agujetas.
Actualización 2011. nominamos de las "maderas viejas y jóvenes".
La publicación de seis fechas C14, obtenidas a partir de madera extraída de los regatones de algunas lanzas del depósito onubense (Almagro-Gorbea 1978), sitúan la nueva cronología de las fíbulas entre 880 y 850 a.C.; es decir, en el siglo IX a.C. Como esta cronología parecía coincidir con los presupuestos de la investigación de la época, se asignó, sucesivamente, a los posteriores hallazgos broncíneos en la Península Ibérica, que guardaban alguna similitud con los metales recuperados en la Ría de Huelva.
Nunca llegó a plantearse, si todos se enmarcaban en esa cronología, si se correspondía con la fecha del "hundimiento del barco", o si encajaba mejor con los objetos más tardíos del depósito.
Poco después, y oportunamente, Fernández-Miranda y Ruiz-Gálvez (1980) intentaron reordenar el contexto cultural del depósito onubense con estas dataciones absolutas, pero su lectura del problema fue incorrecta.
Se basaron, especialmente, en paralelos de fíbulas francesas que poco, o nada, compartían con las de "tipo Huelva" y cuyas fechas absolutas provenían de la extrapolación de otros referentes y alejados lugares de hábitat.
En apoyo de los inicios del siglo IX, recurrieron a la fecha corta del 870 a.C., obtenida para una fíbula "tipo Huelva" en San Román de Hornija (Delibes 1981).
En 1985 tuvimos la oportunidad de contextualizar en el Cerro de la Miel una fíbula de codo "tipo Huelva", junto a una extraordinaria espada de lengua de carpa (Carrasco et al. 1985).
Posiblemente, constituye el mejor conjunto en su especie; pero, por desgracia, la datación por primera vez de estos elementos broncíneos, entre el siglo XI y principios del X a.C., rompía con los esquemas cronológicos de la época.
El mayor problema fue la desviación típica muy alta de la datación absoluta por C14 convencional, obtenida por el laboratorio de la Universidad de Granada.
Sin ella esa fecha habría sobrepasado el siglo XI como indicaba el conjunto cerámico acompañante, a medio camino entre el Bronce Tardío y el Bronce Final Antiguo.
Pese a las críticas de los primeros momentos, esta fecha antigua se ha venido asumiendo e imponiendo.
Sin embargo, Ruiz-Gálvez, especialmente en sus investigaciones relativas al depósito onubense (Ruiz-Gálvez 1995), -a nuestro entender-confundió nuestras disquisiciones tipológicas-cronológicas sobre la fíbula y espada del Cerro de la Miel.
Esta investigadora inicia la verdadera fase que denominamos de "calibraciones y re-calibraciones".
Justifica la cronología del siglo XI a.C. a partir de una visión, ya criticada en detalle (Carrasco y Pachón 2006c), que combina calibraciones realizadas sobre dataciones de la Ría de Huelva, San Román y Cerro de la Miel, y comparaciones entre una globalidad de fíbulas de tipología y ambientes muy diversos.
Resaltaremos aquí que Ruiz Gálvez ofreció una insuficiente versión del estudio de Almagro Basch, realizado hace más de cincuenta años.
Pero las investigaciones posteriores de Celestino y Torres muestran que Ruiz-Gálvez ha creado escuela en el mundo de las fíbulas antiguas peninsulares, aunque con resultados discutibles.
Otras investigaciones han ofrecido visiones bastante más coherentes.
Coincidimos en parte con las posibilidades que abre Mederos (1996), al fechar alguna de las fíbulas "tipo Huelva" en los siglos XII/XI a.C., así como que se extendieran durante los siglos X-IX a.C. con los contactos pre-coloniales desde la Península Ibérica hasta ciertos ambientes del Mediterráneo Oriental.
No estamos muy de acuerdo con el ejemplo particular de la fíbula de la tumba 523 de la necrópolis chipriota de Amathus, aducido por Mederos (Carrasco y Pachón 2006a y c), pero ello no quita relevancia a la opinión del autor.
Las décadas de 1990 y 2000 están marcadas por el conocimiento de nuevos hallazgos fibulares, los trabajos comentados de Celestino (2001) y Torres (2002) y nuestros propios análisis sobre aspectos concretos de las fíbulas "tipo Huelva" (Carrasco y Pachón 2006a, b, c), como el tipo fibular y su secuencia evolutiva, su cronología y la problemática sobre el origen oriental de estos imperdibles.
Tras estos estudios, importantes para la comprensión global de este tipo de fíbulas, entraríamos en lo que denominamos etapa de las "maderas viejas y jóvenes", por la valoración que se hace de las muestras empleadas para la datación por C14, iniciada con la reciente aportación de Torres (2008) y de la que hemos tratado aspectos puntuales.
De las reflexiones y puntualizaciones previas extraeríamos una serie de conclusiones generales: es evidente la ayuda de las nuevas fíbulas de codo "tipo Huelva" para definir mejor el tipo y su distribución espacial; cuantos más ejemplares se conozcan, más consistencia tendrá la forma y posterior evolución del tipo.
El registro actual de estas fíbulas sensu stricto en la Península Ibérica estaría compuesto por treinta y un ejemplares: diez se localizaron en la provincia de Huelva (nueve en el depósito de la Ría de Huelva y una de la colección particular de Valverde del Camino), doce en la provincia de Granada, cinco en la Meseta, dos en Extremadura, una en Galicia y otra en Portugal.
Fuera de la Península Ibérica, el único ejemplar fiel a los parámetros que hemos expuesto para el "tipo Huelva" se localiza en la necrópolis israelita de Achziv (Mazar 2004: fig. 28.1), aunque también incluimos en el mapa de dispersión (Fig. 5) la procedente de la sepultura 523 de Amathus, Chipre, con menos afinidades.
Es decir, que la fíbula "tipo Huelva" está representada por 33 ejemplares, ninguno salido de un mismo molde, lo que le proporciona suficiente entidad y personalidad propia.
Su amplia dispersión en la Península Ibérica, siendo prácticamente nula fuera de ella, permite considerarla una forma original peninsular sin claras deudas exógenas.
Y si las hubiese, no serían -precisamentepropias de ambientes sículos.
Su distribución, contextualización y características morfométricas dan prioridad cronológica a algunos ambientes interiores de la Alta Andalucía.
No se documenta en las áreas costeras, ya que desconocemos de dónde procede, en realidad, el conjunto del depósito de la Ría de Huelva.
Los resultados de procedencia del metal con isótopos de plomo, de algunas de sus espadas y lanzas (Montero et al. 2007), apuntan a otros posibles ámbitos andaluces e incluso meseteños o extremeños (1).
La fíbula "tipo Huelva" pudo aparecer en el siglo XII a.C., pero con unas pervivencias durante el IX, llegando, incluso, hasta principios del VIII a.C. Durante sus cuatro o cinco siglos de vigencia, el tipo pudo evolucionar, como hemos propuesto, dando lugar a formas similares pero no idénticas.
Los ejemplares de El Coronil, Mondim da Beira, etc. podrían derivar de la forma original, a tenor de sus decoraciones con fajas incisas en los brazos, que recuerdan las del "tipo (1) Recientemente se han analizado por isótopos cuatro botones y tres fíbulas de codo del depósito, dentro del proyecto bilateral CSIC (2010RU0086), Fundación Presidente de Rusia para la Investigación Fundamental (Proyecto RFBR n.o 11-06-93979): Provincias metalúrgicas Euroasiáticas y Europeas del II milenio a.n.e.: investigación de sus interacciones a partir de métodos científico-naturales.
Los resultados confirman, al igual que los análisis previos, una procedencia del metal fuera del área onubense.
Huelva", pero sin los resaltes y desarrollos de las fajas que estas tienen en origen, por lo que no pueden considerarse como tales, aunque hayamos tenido alguna opinión dudosa al respecto.
Fuera de la Península Ibérica, la serie chipriota, bien estudiada por Buchholz (1985) y mejor documentada por Giesen (2001), es la más parecida.
El ejemplar de Kourion podría haber inspirado el "tipo Huelva".
El resto de ejemplares son más evolucionados, a juzgar por su morfometría, tipología e incluso cronología.
Las fíbulas orientales, especialmente chipriotas, incluida la conocida de la tumba 523 de Amathus, al igual que las de las tumbas 229, 243 y 13, guardan evidentes similitudes con las occidentales, pero no proceden de talleres hispanos y no justificarían contactos "pre-coloniales".
En el área palestina israelí, la fíbula de Samaria-Sebarte y especialmente la de Megiddo VA, propuesta por Torres (2008: 83), para justificar intercambios con el Mediterráneo Oriental, en nuestra opinión tampoco procederían de la Península Ibérica.
La única fíbula, como hemos indicado, que puede encajar en las pautas de desarrollo y taxonomía tipológica de las fíbulas ibéricas es la israelita de Achziv, en un momento (siglo X a.C.) en que ya estaba conformado el "tipo Huelva" en la Península (Carrasco y Pachón 2006a).
Es factible justificar su presencia en territorio israelí por los intercambios comerciales e influencias mutuas que debieron existir precozmente entre ámbitos del Mediterráneo Oriental y la Península Ibérica, aunque todavía no seamos capaces de responder la cuestión de si se exportó la fíbula en sí o fue la idea del modelo.
La fíbula lisa del Cerro de las Agujetas, idéntica a la localizada por Almagro Basch en el depósito de la Ría de Huelva, poco o nada tiene que ver con ambientes sículos y bajo ningún supuesto constituye el origen paradigmático de las del tipo Huelva.
Almagro Basch, M. 1940a: "El hallazgo de la Ría de Huelva y el final de la Edad del Bronce en el Occidente de Europa".
Almagro Basch, M. 1940b: "La cronología de las fíbulas de codo".
Almagro Basch, M. 1957: "La fíbula de codo de la Ría de Huelva.
Su origen y cronología".
Cuadernos de la Escuela Española de Roma IX: 7-45. |
Los granos de almidón son cada vez más utilizados en los estudios arqueobotánicos como marcadores de la dieta, la domesticación de plantas, el uso de herramientas y la organización microespacial de los yacimientos arqueológicos, debido a que su morfología y características permiten identificar las plantas que los produjeron.
En el presente trabajo se caracterizan morfométricamente los granos de almidón de cinco especies del género Triticum y tres variedades de Hordeum vulgare.
Además se hace un balance de los estudios de almidones realizados en la Prehistoria de la Península Ibérica, señalando los logros, las debilidades y futuras directrices para potenciar este tipo de análisis bioarqueológico; especialmente la necesidad de contar con amplias colecciones de referencia, la aplicación de análisis estadísticos paralelos, y la realización de estudios experimentales para controlar los procesos de alteración de los almidones.
El análisis de restos de almidones ha adquirido un notable protagonismo en los estudios bioarqueológicos en las últimas décadas, gracias a que la variabilidad morfológica y la perdurabilidad de este registro fósil, en contextos arqueológicos, ha permitido abordar interesantes problemáticas.
Las terceras atañen a la documentación de la dieta de los grupos humanos del pasado (Piperno et al. 2000; Babot 2003; Piperno et al. 2004; Barton 2007), a la evaluación de la organización social y espacial de los yacimientos determinando las áreas de actividad (Balme y Beck 2002; Henry et al. 2004), a la reconstrucción de la vegetación del pasado y a la dinámica antrópica en un sentido diacrónico (Lenfter et al. 2002).
Los almidones constituyen la principal fuente de almacenamiento de energía en los vegetales, ya que se encuentran en grandes cantidades en semillas, raíces, tubérculos y algunas frutas.
Estructuralmente, el almidón consiste en dos polisacáridos de glucosa químicamente distinguibles, la amilosa y la amilopectina.
Los vegetales los sintetizan mediante la absorción de agua del suelo y de dióxido de carbono de la atmósfera durante la fotosíntesis (Loy 1994: 89), aunque en ocasiones contienen pequeñas cantidades de lípidos y minerales (Hoover 2001; Wilson et al. 2010).
La relación entre ambos polímeros varía de unas especies a otras.
Las plantas producen almidones en la mayoría de sus tejidos, pero son particularmente abundantes en frutos, semillas y órganos de reserva subterráneos donde el almacenamiento energético a largo plazo es necesario (Swinkels 1985).
La morfología de los granos de almidón está determinada genéticamente y varía a nivel de familia, género o entre especies.
La base es su tamaño, forma y la presencia o aparición de ciertas características ornamentales como el hilum o 'Cruz de Malta' (punto de nucleización a partir del cual se forman los granos de almidón), las lamellae (anillos internos entre las capas cristalinas y amorfas del grano de almidón), la visibilidad de las estrías, el grado de agregación, etc. (Reichert 1913; Esau 1953; Seidemann 1966; Torrence y Barton 2006).
Gran parte de su forma está determinada por la acción de las enzimas que, a su vez, establece la estructura de las moléculas de amilopectina (Wilson et al. 2010).
Otros factores que influyen son las condiciones ambientales, la ubicación espacial y la cantidad de gránulos de los plástidos (Hoover 2001; Tomlinson y Denyer 2003).
Las especies de pocos granos tienden a las formas regulares y las de cantidades muy altas a las irregulares, angulares y con facetas de presión (Tomlinson y Denyer 2003).
Los granos de almidón son observables al microscopio óptico gracias a sus propiedades cuasi-cristalinas, tales como anisotropía óptica y doble refracción (Loy 1994).
A finales de los 1990, los almidones incrementaron el tipo de evidencias arqueobotánicas susceptibles de ser analizadas en el registro arqueológico de la Península Ibérica.
Los resultados derivados de estas investigaciones, inicialmente muy promisorios para profundizar en la relación entre el ser humano y las plantas, no adquirieron la relevancia que deberían haber tenido.
Ello se explica por sus deficiencias metodológicas y argumentativas que provocaron numerosas reticencias entre los bioarqueólogos peninsulares.
Ninguna de las publicaciones describía, por ejemplo, el protocolo de extracción de las mues-
(1) Juan-Tresserras, J. 1997: Procesado y preparación de alimentos vegetales para consumo humano.
Aportaciones del estudio de fitolitos, almidones y lípidos en yacimientos arqueológicos prehistóricos y protohistóricos.
Facultad de Prehistoria, Historia Antigua y Arqueología, Universidad de Barcelona.
tras según el contexto arqueológico de procedencia, ni los detalles diagnósticos sobre los parámetros de identificación taxonómica seguidos.
Tampoco se indicaba si se había utilizado una colección comparativa de referencia, ni las variables consideradas.
En definitiva, la presentación de los datos se resumía en un listado de tipos morfológicos específicos sin material fotográfico de apoyo, ni información auxiliar morfométrica de contraste.
El objetivo de este trabajo es presentar las bases metodológicas para caracterizar morfológica y métricamente los granos de almidón en especies de los géneros Triticum y Hordeum y discutir algunos de los resultados de las investigaciones previas al respecto en yacimientos de la Península Ibérica.
El almidón de estos dos géneros de cereales, por su importancia económica e industrial, principalmente se ha estudiado desde una perspectiva agropecuaria, centrada en su composición y alteración química bajo determinadas condiciones agroecológicas, su morfología y sus usos industriales (Tomlinson y Denyer 2003; Zhong-Min et al. 2008; Vasanthan y Hoover 2009).
En cambio se han obviado rasgos, como los ornamentales, básicos a la hora de aplicar este tipo de análisis al registro arqueológico.
Se eligieron y procesaron 5 especies de trigo y 3 variedades de cebada (Tab.
La preparación de las muestras consistió en triturar las semillas seleccionadas en un mortero para disgregar los granos de almidón.
El residuo fue tamizado en una malla de 5 mm para limpiar la muestra de otros tejidos vegetales, montándolo con glicerina en placas portaobjetos, con el fin de rotar los granos de almidón para su visualización por microscopía óptica.
En la caracterización morfológica y el registro fotográfico de los gránulos se utilizó un estereomicroscopio Nikon L-50 de luz polarizada con contraste de fase y magnificación moderada (x100).
El método es el más apropiado para la identificación de almidones procedentes de contextos arqueológicos por no ser costoso y necesitar poco tiempo (Henry et al. 2009).
La caracterización de los almidones se reforzó mediante un microscopio electrónico de barrido (modelo Hitachi).
Esta técnica permitió su observación a mayores aumentos y en tres dimensiones corroborando algunos detalles de la composición y superficie de los mismos.
El número de granos de almidón muestreados, en los 8 taxa analizados, fue (Tab.
Estos valores son acordes con los estándares internacionales de significancia estadística, que recomiendan un número mínimo de 100 granos cuando se trata de una nueva especie y menos si se trata de especies conocidas como es el caso (Dickau com. pers.).
Las primeras miden la longitud de cada grano (eje más largo), anchura (eje perpendicular al anterior) y diámetro (solo en granos circulares).
Las cualitativas describen la morfología de los granos en un plano bidimensional o tridimensional (Fig. 1a), según una tipología consensuada (Piperno 2009): campana (forma semiesférica con extremo distal terminado en un plano o 'corona' simple o bifacetado), circular (diámetro igual en cualquiera de sus puntos), alargado (con forma irregular), irregular (sin morfología definida), ovalado (forma redondeada con ejes mayor y menor), poliédrico (angular con caras o 'facetas de presión' visibles), poligonal (angular sin fa cetas visibles) y reniforme (forma de riñón, si milar a la ovalada, pero sin ejes claramente definidos).
Hay más variables cualitativas.
Unas dependen de la apertura o cierre del hilum: cuando es abierto y, por lo tanto visible, se considera su posición (céntrica o excéntrica) y forma (arco, cruz, estrellado, puntiforme, lineal, cicatriz) (Fig. 1b).
Otras valoran si hay fisuras o pequeñas grietas en la superficie del grano debidas a su degradación.
Tienen en cuenta su posición y forma, describiéndose igual que el hilum, aunque las fisuras pueden ser radiales (Fig. 1c).
Las terceras señalan las facetas de presión (planos geométricos que permiten agrupar los granos en los plástidos de las células) y la cantidad de planos visibles (Fig. 1d).
Por último, se atiende a la ausencia/presencia de lamellae, cavidades o depresiones centrales (pequeñas, presentes en algunas caras) o cúpulas (Fig. 1c, e, f).
En la caracterización final de los granos excluimos la 'Cruz de Malta', únicamente observable bajo luz polarizada, dado que en un análisis exploratorio no resultó una variable discriminatoria.
El análisis del conjunto de datos disponible se efectuó mediante estadística multivariante según las directrices del International Code for Starch Nomenclature (ICSN 2011) y de otros estudios previos (Torrence y Conway 2006).
Primero, mediante análisis de conglomerados jerárquico (cluster analysis), una técnica multivariante exploratoria, se agruparon casos (taxa) y variables (parámetros morfológicos cuantitativos de granos ovalados y campaniformes por ser los más representativos en todas las muestras, Tabs.
2 y 5) por su similaridad.
Se utilizó el método de Ward (1963) de aglomeración y la correlación de Pearson como medida de distancia.
A continuación en los granos ovalados, cuyo número de variables ornamentales es mayor, se realizó un análisis de conglomerados de K-medias, como método de agrupación de casos (taxa), basado en la distancia euclídea entre ellos en un conjunto de variables binarias: presencia y/o ausencia de cúpulas, depresión, hilum, fisuras, lamellae y facetas.
Finalmente, se aplicó un segundo análisis de conglomerados jerárquico, parecido al primero, tomando como variables los parámetros cualitativos (Tabs.
3 y 6) y usando el coeficiente o índice de similitud de Bray-Curtis como medida de distancia (Fig. 2).
Al conceder mayor peso a los valores altos resulta una opción menos sesgada que la distancia euclídea (Bray y Curtis 1957).
La tabla 2 indica los valores de las variables métricas de cada morfotipo identificado en los Tab.
Variables métricas (rango en ¦m) y cualitativas en los granos de almidón identificados en variedades de Hordeum vulgare.
granos de almidón de las 5 especies de Triticum estudiadas.
Las medidas de los ovalados unifacetados y bifacetados están incluidas en los ovalados.
La tabla 3 recoge los porcentajes de cada tipo morfológico y la tabla 4 el del hilum abierto en las mismas especies y morfotipos.
Las tablas 5, 6 y 7 ofrecen los mismos datos señalados en las anteriores respecto a las 3 variedades estudiadas de cebada (Hordeum vulgare).
Las medidas de los ovalados unifacetados, bifacetados y trifacetados están incluidas en los ovalados (Tab.
Los valores porcentuales de otras variables cualitativas (depresión central, lamellae, cúpulas, fisuras, facetas de presión) se citarán directamente en el texto.
Los granos de almidón de Triticum son bimodales y polimorfos (Tab.
2): se dividen por su longitud en grandes (> 10 μm, tipos A) y peque- ños (< 10 μm, tipos B) (Wang et al. 1997) y agrupan hasta 7 morfotipos.
La relación entre tamaño y morfología es evidente: los granos tipo A son principalmente ovalados y en menor medida reniformes y en los de tipo B predominan las formas ovaladas pequeñas, poliédricas y campaniformes (Fig. 3a).
No obstante caben precisiones a nivel específico.
Los granos ovalados más grandes se producen en Triticum aestivum (Fig. 3b) y T. durum.
Triticum monococcum se diferencia del resto por el mayor tamaño de los campaniformes, campaniformes bifacetados y poliédricos (Fig. 3a, Tab.
Los granos circulares son tanto de tipo A como B, siendo más pequeños en Triticum dicoccum que en el resto.
Predominan claramente los morfotipos ovalados (tipo A y B) (Tab.
3): suman más del 50% en las 5 especies estudiadas.
La variación intraespecífica en la muestra de los granos campaniformes, campaniformes bifacetados, circulares, poliédricos (Fig. 3b) y reniformes es muy sutil.
Por especies, en Triticum dicoccum y T. turgidum los campaniformes ocupan el segundo y tercer lugar respectivamente.
En el resto, las formas circulares son las más abundantes tras las ovaladas.
Si se suman ambos tipos de campana, su porcentaje puede incluso superar a los granos ovalados (tipo A), como sucede en Triticum dicoccum y T. turgidum.
Los porcentajes de granos poliédricos y reniformes son muy pequeños.
Solo en Triticum aestivum su peso es mayor que el de los campaniformes y ovalados (tipo A).
Se concluye que Triticum dicoccum, T. monococcum y T. turgidum se comportan de forma similar, T. aestivum se diferencia por el mayor porcentaje de los poliédricos y T. durum por el de granos ovalados (80%).
Predomina claramente el tamaño del tipo B: tipo A < 30%.
En las variables cualitativas, hay tendencias y similitudes entre las especies analizadas en Triticum.
La primera característica común es el morfotipo redondeado, salvo los almidones poliédricos de contorno angular.
La depresión o cavidad central (Figs.
3d y 4a), las cúpulas (Figs.
3d y 4a) y las lamellae (Fig. 3c) se asocian únicamente a las formas ovaladas, reniformes y circulares.
En los granos ovalados (tipo A), la depresión central varía entre especies: del 50% en Triticum turgidum a su ausencia en T. durum; en las 3 restantes, el valor medio es del 30%.
Las cúpulas también presentan valores disímiles: en Triticum monococcum no se observaron; en T. aestivum 4,2%; en T. turgidum 22,3%; en T. durum 30% y en T. dicoccum 36,8%.
Los valores de lamellae en los granos ovalados oscilan entre 12,5% (Triticum aestivum, T. monococcum) y 50% (T. turgidum) con 31,6% para T. dicoccum y 40% para T. durum.
En resumen, las especies de Triticum con los valores más altos de las tres variables cualitativas citadas son Triticum turgidum, T. durum y T. dicoccum.
Las que los tienen más bajos son T. monococcum y T. aestivum.
Se observan varias facetas de presión en los granos poliédricos, incluyendo el morfotipo troncocónico, y en los ovalados (unifacetados y bifacetados).
Los campaniformes son simples o biface tados.
El porcentaje de hilum abierto en Triticum (Tab.
En las 5 especies analizadas, los mayores valores se dan en los granos ovalados (tipos A y B), campaniformes (simples y bifacetados), circulares y, a distancia, poliédricos.
La especie con mayor diferencia en el comportamiento del hilum es Triticum aestivum.
Las fisuras (Fig. 4b) están claramente asociadas a los granos ovalados (tipo A), los circulares y, en menor medida, a los de campana.
En el caso de las fisuras, se trata de una variable que depende de factores relacionados con la propia degradación de los granos de almidón y el procesamiento de los alimentos (Henry et al. 2009; Piperno 2009).
Los granos de almidón de Hordeum vulgare pertenecen igualmente al grupo de especies bimodales y mantienen la misma relación entre tama-ño y morfología que los de Triticum.
Se dividen también en granos de tipo A (<30%) y tipo B (Tab.
5, Fig. 5a), coincidiendo con estudios previos (Vasanthan y Hoover 2009).
Las formas ovaladas, reniformes y circulares representan a los tipos A y las restantes a los tipos B.
Las 3 variedades de Hordeum vulgare son de tamaño más homogéneo que las de Triticum (Tab.
5) y sus porcentajes también son más parecidos entre si.
El peso de cada morfotipo en el total de cada variedad es similar al de las especies de Triticum: los granos ovalados (tipos A y B) suman más del 50% (Tab.
6; Fig. 5b) seguidos de campaniformes (simples y bifacetados), circulares, poliédricos y reniformes, incluyendo el morfotipo troncocónico y ovalado (unifacetados y bifacetados) (Figs.
Las variables cualitativas en Hordeum vulgare se comportan de forma similar a Triticum con una relación entre granos redondeados y angulares muy semejante.
La depresión central, las cúpulas y las lamellae (Figs.
5d, 6b) también se asocian principalmente a los granos ovalados, incluyendo a los facetados y, en menor medida, a los circulares.
La depresión central en los ovalados (tipo A) es del orden del 20%: 13,3% en la subsp. distichum; 15,4% en la subsp. distichum var. nudum y 20% en la subsp. vulgare var. nudum.
Las cúpulas oscilan entre 10-25%: 10% en la subsp. distichum; 23,1% en la subsp. distichum var. nudum y 20% en la subsp. vulgare var. nudum.
En cambio hay más lamellae que en Triticum: con valores = al 66,7% en la subsp. distichum; 73,1% en la subsp. distichum var. nudum y 50% en la subsp. vulgare var. nudum.
Las facetas de presión se comportan como en Triticum salvo por aparecer en un porcentaje significativo de granos ovalados (tipo A): 16,7% en la subsp.
Distichum; 3,8% en la subsp. distichum var. nudum y 25% en la subsp. vulgare var. nudum.
En conjunto, el porcentaje de granos con hilum abierto (Fig. 6c) es algo menor que en Triticum: entre 7,7% y 31,6% (Tab.
En las variedades de cebada con menos granos de almidón con hilum abierto (subsp. distichum var. nudum y subsp. vulgare var. nudum) el rasgo se asocia a los granos ovalados (tipo A).
En la subsp. distichum corresponde a granos reniformes, seguidos de circulares, campaniformes y ovalados (tipo A).
La presencia de fisuras (Fig. 6d) es similar también a Triticum: 9,6% en la subsp.
Distichum; 2,8% en la subsp. distichum var. nudum y 20,4% en la subsp. vulgare var. nudum.
Variables métricas y cualitativas
Las características comunes de la morfología de los granos de almidón (Tabs.
2-4) de las 5 especies analizadas del género Triticum dificulta inicialmente su identificación en el registro arqueobotánico (Piperno et al. 2004; Zhong-Min et al. 2008; Piperno 2009).
Esta limitación taxonómica se agrava, porque las diferencias detectadas en la mayoría de las variables entre unas especies y otras son estadísticas (Lentfer et al. 2002; Wilson et al. 2010): no cabe una discriminación específica según una variable particular ya que los valores se solapan en sus rangos.
No obstante, la presencia o ausencia de alguna variable o rasgo puede ser determinante a ese respecto, por ejemplo, Triticum durum y T. diccoccum son las únicas especies de trigo estudiadas con granos reniformes; en los granos ovalados (tipo A) de T. durum no hay depresión central, ni cúpulas en los de T. monococcum; falta el hilum abierto en los granos poliédricos de T. durum y T. turgidum y en los campaniformes de T. aestivum y T. turgidum.
Además los granos de almidón de Triticum monococcum tienden a ser mayores que en el resto de las especies y es el único trigo con granos ovalados unifacetados y morfotipo troncocónico.
T. aestivum tiene los mayores granos ovalados de todos los morfotipos y especies y un alto peso porcentual de los granos poliédricos y circulares, muy distante del de las otras.
Destacamos la importancia del morfotipo campana en T. turgidum.
En otras variables cualitativas, aunque se sigue también un patrón común, se observa quizá mayor disparidad interespecífica con porcentajes muy altos o ausencias: depresión central en Triticum turgidum (50%) y T. durum (0%) o cúpulas en T. monococcum (0%) y T. aestivum (4,2%), cuando en las otras tres especies son del 22-36%.
Algo parecido ocurre con las lamellae: valores altos en Triticum turgidum y T. durum y bajos en T. monococcum y T. aestivum.
Resulta muy difícil la separación intraespecífica de las variedades de Hordeum vulgare y Triticum, dado que su comportamiento es muy homogéneo en las tres variedades estudiadas (Tabs.
Una primera aproximación a ese objetivo sería la separación de los géneros Triticum y Hordeum según la morfología de sus almidones.
Al pertenecer ambos a la familia Poaceae (tribu Triticeae) y estar genéticamente emparentados (Reichert 1913; Piperno 2009) sus similitudes son amplias.
Sin embargo sus diferencias permiten separar los granos de almidón de cada uno:
1) los granos ovalados >50 μm están asociados a Triticum aestivum; ninguna otra especie del mismo género o variedad de Hordeum vulgare alcanza tallas similares;
2) hay más lamellae en las variedades de cebada que en las especies de trigo;
3) un porcentaje considerable de granos ovalados (tipo A) en la cebada presenta una o dos facetas de presión, rasgo prácticamente ausente en las especies de trigo analizadas; 4) el porcentaje de hilum abierto es menor en los trigos que en la cebada; 5) el hilum abierto aparece en los granos poliédricos de Triticum aestivum, T. dicoccum, T. monococcum pero no en los de las variedades de cebada; 6) los granos reniformes de las especies de trigo no tienen hilum abierto.
Hordeum vulgare subsp. distichum es la única variedad de cebada con el hilum visible en los granos reniformes, campaniformes y circulares.
El cladograma resultante del análisis de conglomerados jerárquico que agrupaba las variables como parámetros morfológicos métricos (referidos a los granos ovalados y campaniformes por ser los más representativos) no separó géneros ni especies entre sí.
Como ya se comentó, los rangos de tamaño de los morfotipos escogidos se solapan entre sí (Tabs.
2 y 5), lo que impide una discriminación genérica o específica de los taxa.
El análisis de conglomerados de K-medias, tomando en consideración un conjunto de variables ornamentales en los granos ovalados, tampoco discriminó géneros y especies al aparecer tales variables en todos los taxa.
El segundo análisis de conglomerados jerárquico, que tomaba como variables los parámetros cualitativos (Tabs.
3 y 6), sí diferencia con nitidez dos clados de primer orden (Fig. 2).
El primero incluye Triticum aestivum y T. turgidum y el segundo el resto de taxa.
En el primero de los clados, el porcentaje de granos ovalados tipo A (< 20% Tab.
3) de ambas especies las diferencia claramente de las otras tres especies del género.
Las dos especies de Triticum comparten, también, ser las únicas sin granos ovalados facetados y reniformes y con granos campaniformes sin hilum abierto (Tab.
El segundo clado se subdivide en dos de segundo orden.
El primer subclado solo incluye a Hordeum vulgare subsp. distichum var. nudum y el segundo al resto de taxa: las 3 especies de trigo y 2 variedades más de cebada.
Hordeum vulgare subsp. distichum var. nudum es la variedad de cebada con más granos ovalados no facetados tipo A (>20% Tab.
6): las otras dos ni siquiera alcanzan el 10%.
A diferencia de ellas carece de granos reniformes y cuenta con porcentajes muy bajos de ovalados facetados y campanas bifacetadas.
El segundo subclado se subdivide en otros dos de tercer orden.
Uno engloba a Triticum dicoccum y T. durum y el otro a T. monococcum y las dos variedades de cebada restantes.
La escanda melliza y el trigo duro son las únicas especies de trigo con granos reniformes (Tab.
Probablemente esta sea la variable que las agrupa en el mismo clado.
También comparten carecer de troncocónicos y ovalados facetados.
El segundo subclado de tercer orden es más confuso: aisla a Hordeum vulgare subsp. vulgare var. nudum y aúna en un clado de cuarto orden a Triticum monococcum y Hordeum vulgare subsp. distichum.
La cebada de seis carreras desnuda tiene más granos ovalados (tipo A 10%) y los porcentajes de ovalados facetados (especialmente los unifacetados) son relativamente elevados (14,3% Tab.
La escaña es el único trigo con ovalados facetados (Tab.
Este parámetro, posiblemente el discriminante respecto a los otros trigos, la sitúa junto a la cebada de seis carreras desnuda citada y la de dos carreras vestida también con altos porcentajes de ovalados facetados en su conjunto (Tab.
El hilum abierto en los granos reniformes, campaniformes y circulares de la cebada de dos carreras vestida (Tab.
7) es un factor más de separación entre esta variedad y la de seis carreras desnuda.
En definitiva cabe la separación intragenérica e intraespecífica en Triticum y Hordeum según la morfología de los granos de almidón de sus respectivos taxa.
Parámetros muy significativos a este respecto son el porcentaje de granos ovalados (tipo A), la ausencia/presencia de granos reniformes y ovalados facetados y, en orden decreciente de importancia, el hilum abierto o no en algunos morfotipos de almidón.
Síntesis crítica de los estudios sobre almidones en la Península Ibérica
Las muchas posibilidades diagnósticas de los almidones en los taxa estudiados de los géneros Triticum y Hordeum no evitan tener que contar para la identificación de granos de almidón recuperados en contextos arqueológicos con datos arqueobotánicos de apoyo como macrorrestos (semillas), fitolitos, granos de polen o información de fuentes o crónicas escritas (Kealhofer et al. 1999; Alonso et al. 2003; Coil et al. 2003; Horrocks 2005; Piperno 2006Piperno, 2009;;Hardy et al. 2009).
Los estudios bioarqueológicos suelen basar la determinación taxonómica de los almidones recuperados en contextos arqueológicos en su caracterización morfológica y comparación con otros de plantas actuales.
De lo contrario, solo se logran descripciones morfológicas a nivel de tipología de los granos de almidón, sin identificar la especie o taxón productor.
Esto último ha sido la constante en las investigaciones pioneras sobre análisis de almidones en yacimientos arqueológicos peninsulares, las cuales no superaron la identificación taxonómica a nivel de la tribu Triticeae (Blasco et al. 1999; Juan-Tresserras 2000c; Yáñez et al. 2002) (2).
El interés de introducir este nuevo registro arqueobotánico en la bibliografía peninsular fue muy evidente y promisorio en su estado inicial pero, en la actualidad, resulta insuficiente.
Lo es, precisamente, porque hay una tendencia general a asumir una relación directa entre presencia de almidones (cálculo dental, contenido de recipientes, etc.) y especies cultivadas.
Solo una caracterización morfológica, como la aquí presentada, permite saber si este ha sido el caso.
Como los estudios sobre granos de almidón emprendidos hasta el momento en la Península Ibérica no aportan datos sobre las variables consideradas hemos de pensar que se identificaron almidones sin más, procedentes de especies cultivadas o no, pues hay (2) Véase n.
1. almidones en numerosas partes y estructuras de las plantas.
Hay que tener en cuenta que las operaciones de descascarillado y molienda de los cereales contribuyen a una mayor concentración de los granos de almidón y pueden provocar alteraciones microscópicas en los mismos (Mock y Dick 1991).
Residuos que contenían almidones con alteraciones derivadas de la molienda y el malteado de los granos de cereal (lamellae parcialmente digerida, fisuras, depresiones, etc.) se han interpretado como resultado de su fermentación en la elaboración de cervezas (Juan-Tresseras 1998, 2000c; Alonso et al. 2003) (3) sin evaluar suficientemente otras posibilidades.
Incluso en material fresco, como el nuestro, procedente de una colección de referencia las fisuras o depresiones son uno rasgos cualitativos distinguibles, relacionado con determinadas especies o variedades de trigos y cebadas.
De igual manera se afirma (Juan-Tresserras 2000c) (4) que la gelatinización del almidón indica que los cereales se calentaron húmedos, como otra prueba, al parecer irrefutable, de su uso en la elaboración de una bebida espirituosa como la cerveza.
Es cierto que los procesos de molienda, secado, prensado y cocinado pueden producir cambios pre y postdeposicionales en los almidones, debidos a su naturaleza bioquímica.
Esos procesos pueden alterar o destruir algunas características morfológicas de los almidones, habiéndose demostrado que su calentamiento en presencia de agua rompe los anillos cristalinos interiores de su estructura, produciendo su gelatinización, una forma de complejo viscoso con agua (McGee 1984).
Sin embargo, los estudios sobre el efecto del cocinado de los almidones en su forma, tamaño y otras variables cualitativas visibles al microscopio óptico son muy escasos y focalizados en unas pocas especies o en métodos especializados de cocina (Samuel 2000; Babot 2003; Lamb y Loy 2005).
Recientemente, Henry et al. (2009) experimentaron con la alteración de los granos de almidón en especies cultivadas del Viejo Mundo -incluyendo Hordeum vulgare y Triticum aestivum-frente a diferentes formas de preparación de la comida.
Sus investigaciones demostraron, claramente, cómo algunas de ellas produjeron alteraciones únicas e identificables en ciertos morfotipos de granos de almidón y que cada especie vegetal reacciona de forma diferente.
En el caso que nos concierne, ofrecen pruebas muy evidentes de que los almidones sometidos a agua a temperatura ambiente (maceración, fermentación) apenas se alteran, aumentando ligeramente su tamaño y expandiéndose el hilum.
En cambio, su calentamiento en agua (cocción, hervido, maceración, torrefacción) provoca su hinchazón y la desaparición de algunas variables cualitativas incluyendo el hilum.
Si el proceso continúa los granos de almidón se gelatinizan hasta el punto de ser irreconocibles.
A medida que estos almidones aumentan su tamaño, los que tienen facetas tienden a redondearse y perderlas.
Los almidones de Hordeum vulgare y Triticum aestivum se hinchan en la cocción y pierden el hilum, apareciendo y desapareciendo posteriormente las lamellae.
La única característica exclusiva de estas especies, a los diez minutos de cocción, es la aparición de una sombra leve o pliegue, en el centro del grano, previa a la gelatinización.
En definitiva, la gelatinización es un proceso que impide identificar los almidones como tales.
Al no poder saber la especie productora no hay datos empíricos demostrables para relacionarlo de modo casi unívoco con la producción de bebidas como la cerveza.
Más aún, Henry et al. (2009) demostraron que la fermentación en agua con levaduras (método tradicional de producción de cerveza) apenas modifica los granos de almidón.
La única alteración, muy peculiar y exclusiva de los granos de trigo y cebada, es la aparición de áreas como ahuecadas o desaparecidas en los granos, mientras que el borde exterior se conserva intacto.
Dichas áreas se interpretan como resultado del ataque de levaduras que se alimentarían del grano de almidón (Samuel 2000) y solo se dieron en un 1-2% de los granos estudiados (Henry et al. 2009).
Los análisis de almidones realizados en la Península Ibérica relacionan, por ejemplo, la elaboración de cerveza con el contenido de ánforas ibéricas en yacimientos del noreste o identifican la primera cerveza europea por los residuos del contenido de cerámicas campaniformes en el tú-mulo de La Sima del valle de Ambrona (Juan-Tresserras 1998, 2000a, 2000c, 2000d; Rojo et al. 2002Rojo et al. -2003) ) (5).
Sin embargo ninguno da cuenta de alteraciones similares a la comentada ni aporta pruebas sobre un aumento métrico de los granos.
La presencia de oxalato cálcico junto a almidones de cereales no prueba tal actividad, pues es el biomineral más abundante en todas las plantas superiores, no solo en los cereales, acumulándose en forma de cristales en las células vegetales como producto de los procesos intracelulares (Franceschi y Horner 1980).
Tampoco lo es que, en paralelo, se documenten levaduras, pues aunque muchas especies de estos hongos microscópicos estén relacionadas con la fermentación de bebidas alcohólicas, la mayoría vive en la superficie de las plantas o en la capa más superficial del suelo (Kurtzman y Fell 2005).
La Universidad de Antioquia apoyó la estancia de Francisco Javier Aceituno en el Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC por invitación del grupo de Arqueobiología.
Óscar García Vuelta (MicroLab, CCHS, CSIC) nos prestó una inestimable ayuda con el microscopio electrónico y Nicolás Loaiza en el diseño de las figuras.
( 3 ); Torrence y Bar- Taxón Tipo de semilla Nombre vernáculo |
Se presenta una pieza ósea grabada con líneas rectilíneas y paralelas recuperada en el nivel A de la Sala de las Chimeneas de la cueva de Maltravieso, datado en 17840 ± 90 BP y 17930 ± 100 BP.
El tema muestra paralelos temáticos con piezas peninsulares y pirenaicas, que abarcan una dilatada cronología a lo largo del Paleolítico superior.
La similitud iconográfica y compositiva, y la vinculación espacial del soporte decorado con una parte del arte rupestre de la cavidad, permiten relacionar cronológicamente ambos grafismos y considerarlos como parte integrada de una misma estructura simbólica.
Esta evidencia completa un vacío geográfico de arte mueble en el interior peninsular.
El interior de la Península Ibérica ha sido tradicionalmente caracterizado por una baja ocupación humana durante el Paleolítico Superior, en contraste con el área cantábrica.
En los últimos años esta consideración de vacíos geográficos ha cambiado para esta (Delibes y Díez 2006) y otras áreas peninsulares (Mangado 2010).
El arte rupestre se ha considerado un elemento representativo de la densidad habitacional.
Los lugares al aire libre y cavidades identificados, y el alto número de representaciones que contienen muchos de ellos (Alcolea y Balbín 2003; Balbín 2009; Baptista y Reis 2009; Collado 2009), reflejan que el interior de la Península Ibérica fue un lugar intensamente transitado y ocupado por poblaciones humanas con una movilidad elevada (Aubry et al. 2002).
(*) Departamento de Geografía, Prehistoria y Arqueología, Universidad del País Vasco (UPV/EHU).
C/ Tomás y Valiente s/n.
(****) EPPEX, Equipo Primeros Pobladores de Extremadura.
Casa Municipal de Cultura "Rodríguez Moñino".
La práctica ausencia de datos cronológicos precisos en yacimientos arqueológicos implicó que el arte rupestre haya sido utilizado para reconocer la amplitud cronológica de la frecuentación humana, diferenciándose dos posiciones: quienes defienden una ocupación equilibrada y dilatada en el tiempo (Balbín 2009), y quienes proponen conectarla preferentemente con fases más recientes (Corchón 2002).
En la actualidad, la progresiva identificación y excavación de nuevos sitios arqueológicos permite considerar, al menos, una significativa y dilatada ocupación hu mana en este territorio (por ejemplo en Foz Côa, Aubry 2009) desde el Gravetiense.
A pesar de ello, el interior peninsular se ha caracterizado por la práctica ausencia de piezas de arte mueble (Corchón 2002) que precisaran el momento concreto de la actividad gráfica, caracterizaran cada una de las fases y sirvieran para extrapolar las consideraciones hacia los conjuntos parietales.
En este contexto de parquedad documental, la pieza de la cueva de Maltravieso aquí presentada y los descubrimientos realizados recientemente en Portugal (García Díez y Aubry 2002; Aubry y Sampaio 2009; Simón et al. 2012) vienen a cubrir este vacío, permitiendo empezar a definir la evolución gráfica paleolítica y encuadrar a partir de bases sólidas la/s fases/s de ejecución de los conjuntos rupestres.
La cueva de Maltravieso está situada en la ciudad de Cáceres (Extremadura, España) (Fig. 1A).
Forma parte del carst de calizas paleozoicas conocido como Calerizo Cacereño (Ripoll López et al. 1999).
Su formación está relacionada con un proceso intenso de carstificación estructural originado fundamentalmente por la corrosión desarrollada en favor de los planos de debilidad (diaclasas y planos de estratificación) de la roca carbonatada.
En la actualidad la cueva es una forma fósil.
Su relleno sedimentario corresponde al aporte de materiales del exterior por varias bocas de entrada relacionadas con cúpulas de disolución distribuidas a lo largo de toda la cueva, y actualmente colmatadas por sedimentos detríticos autóctonos y alóctonos.
En la actualidad presenta un recorrido de 77 m distribuidos en salas más o menos amplias interconectadas por estrechos corredores (Fig. 1B).
Es conocida principalmente por sus motivos de arte rupestre paleolítico distribuidos a lo largo de toda la cavidad.
Destacan las representaciones de manos en negativo datadas en el Gravetienese (Almagro-Basch 1960; Breuil 1960; Jordá Cerdá 1971; Jordá Cerdá y Sanchidrián 1992; Ripoll López et al. 1999) que fueron realizadas con ocre mediante aerógrafo.
El catálogo actual incluye 71 manos asociadas a pinturas zoomorfas, trianguliformes y puntos, además de grabados de distintas temáticas.
La propuesta cronológica para el conjunto artístico es amplia, desde el Auriñaciense medio-final al Solutrense final/Magdaleniense inicial (Ripoll López et al. 1999).
Desde el año 2002 se realizan trabajos arqueológicos.
Se ha excavado en el exterior, sin la obtención de resultados arqueológicos contextualizados, en la Sala de los Huesos, donde se ha documentado el uso intenso de la cavidad por parte de carnívoros y un bajo impacto de la actividad humana durante momentos del Pleistoceno medio (Rodríguez-Hidalgo et al. 2010a), y en la Sala de las Chimeneas, donde se han recuperado materiales del Paleolítico superior, como el soporte óseo que se presenta.
El hueso grabado se recuperó en el nivel A de la Sala de las Chimeneas (Canals et al. 2010; Rodríguez-Hidalgo et al. 2011), la última cámara de la cueva, de planta sub-circular, sección oval y con una superficie de más de 150 m 2.
El nivel A, que no supera los 20 cm de potencia, se extiende por un área de más de 40 m 2.
La matriz gruesa (bloques de caliza y cuarzo) está relacionada con un cono de derrubios cuyos materiales proceden del exterior a través de una de las cúpulas de disolución; la fina (arcillas plásticas de descalcificación de color marrón-rojizo) rellena los intersticios entre los bloques.
Los materiales aparecen en la parte más superior del nivel, cubierto por arcillas (nivel superficial) filtradas por las diaclasas, lo que implica que las frecuentaciones humanas acontecieron tras la deposición del nivel A. El conjunto lítico (Canals et al. 2010) lo forman 93 efectivos tallados principalmente sobre cuarzo, aunque también sobre sílex y cuarcita.
Predominan las lascas simples (83%) seguidas de los fragmentos (10%).
Los útiles configurados son escasos: una raclette, un raspador carenado, dos muescas y un fragmento con retoque.
La talla laminar es escasa.
La poca representatividad de este conjunto impide su adscripción tecno-cultural.
Entre la fauna destacan los conejos (Oryctolagus cunniculus) con el 91% del NISP (Número de Especímenes Identificados).
Sus scrofa, Ursus arctos, Vulpes vulpes, Lynx pardinus y Felis silvestris.
El estudio zooarqueológico indica una variedad de agentes y procesos tafonómicos implicados en su acumulación: destaca la actividad de pequeños carnívoros (zorro y/o lince) y el uso de la cavidad como lugar de captación y procesamiento de conejos por parte de los humanos (Rodríguez-Hidalgo et al. 2011).
La malacofauna es escasa: dos conchas perforadas de origen marino (Littorina obtusata y Patella vulgata) utilizadas como elementos de adorno (Rodríguez-Hidalgo et al. 2010b) manifiestan la movilidad de los grupos (a la costa hay una distancia de 300 km.) y/o el intercambio de materiales entre ellos.
Los datos paleoambientales obtenidos del análisis antracológico y de microvertebrados muestran un clima húmedo y de temperatura suave (Bañuls y López-García 2010; Canals et al. 2010).
La valoración del conjunto arqueológico del nivel I evidencia la realización de actividades de subsistencia y merodeo de bajo impacto antrópico en el interior de la sala, centradas en la captura y procesamiento de conejos.
El soporte utilizado es un fragmento de diáfisis de costilla de un herbívoro de talla grande (probablemente un bovino) (Fig. 2A y 2B).
Presenta fracturas antiguas de tipo diagenético y conserva una de las caras principales de la costilla (medial/ lateral) y uno de los bordes (craneal/caudal).
La superficie muestra micro-desconchados provocados por procesos de desecación y corrosión química.
Son visibles a partir de 100 aumentos y, si bien han afectado de forma general a la superficie de la pieza y enmascaran algunas características técnicas de las incisiones, no han alterado significativamente el soporte a nivel macroscópico.
Las alteraciones post-deposicionales por cambios de humedad de la matriz sedimentaria y por la probable presencia de murcielaguina, afectan a todo el registro óseo del nivel A. Aunque las alteraciones son reconocibles no influyen en la identificación de marcas microscópicas sobre hueso.
El soporte se encuentra fracturado por tres lados, afectando al desarrollo de los surcos.
El motivo hoy reconocido debió extenderse por una superficie mayor y formar parte de un diseño más amplio y/o más complejo.
Las dimensiones máximas son: 3 cm de ancho, 1,5 cm de alto y 0,15 cm de grosor.
La cara superior presenta una serie de líneas (n=25) rectilíneas y suavemente sinuosas y curvilíneas, dispuestas oblicuas hacia la derecha y tendentes a paralelizarse entre sí.
En la mitad inferior se documentan dos líneas horizontales de diferente recorrido.
Para el estudio del proceso de ejecución de la decoración se utilizó una lupa binocular (Nikon SMZ 1500) y un Microscopio Electrónico de Barrido (ESEM FEI Quanta 600).
Las condiciones de trabajo en el MEB fueron a bajo vacío y a 20 kV.
La interpretación del proceso técnico (inicio y final de trazo, sentido y orden del trazado, etc.) se realizó considerando estigmas técnicos (estrías, morfologías, anchuras, superposiciones, etc.) obtenidos a partir de programas experimentales (1) (D'Errico 1994; Fritz 1999).
Considerando las limitaciones de los procesos tafonómicos, se apuntan las siguientes consideraciones de orden técnico (Fig. 2C y D): a) la sección en 'V' del surco permite considerar que las líneas fueron realizas con un instrumento de filo diedro; b) en las líneas de disposición oblicua, la mayor anchura de estas en su parte distal frente al desarrollo central y proximal que son más estrechos, la morfología roma en su parte distal y apuntada en la proximal, y los surcos parásitos en la parte proximal, indican que las líneas fueron realizadas de arriba hacia abajo; c) la línea de tendencia horizontal y de mayor recorrido fue trazada de derecha a izquierda; y d) muy probablemente, la línea horizontal se realizó con anterioridad a las verticales.
El soporte decorado en el contexto peninsular y pirenaico
Los soportes muebles con elementos gráficos en contextos superopaleolíticos peninsulares son poco frecuentes fuera del ámbito cantábrico.
En el ámbito geográfico de la cueva de Maltravieso, el interior peninsular (Fig. 3), su presencia es muy escasa: El Caballón (Ibero 1923), La Hoz (Balbín et al. 1995), Villalba (Jimeno et al. 1990), Estebanvela (Cacho et al. 2007) y Jarama (Jordá y García 1989).
En este contexto de baja densidad de arte mueble destaca la pieza de Maltravieso.
Todos estos conjuntos presentan un componente gráfico figurativo.
Pero en Estebanvela la decoración lineal es mayoritaria y diversa, y destacan los motivos de series de líneas paralelas ordenadas que se asocian a los bordes de los soportes pétreos y se distribuyen de manera afrontada.
Por el contrario, el fenómeno rupestre paleolítico está bien representado en estaciones al aire libre y en cavidades (Alcolea y Balbín 2003, 2006), correspondiendo a la zona extremeña (Collado 2009) el Molino Manzánez (Collado 2006), la Mina de Ibor (Ripoll y Collado 1997), el abrigo de Minerva (Collado 2003) y la propia cueva de Maltravieso.
En territorio portugués se localiza la cueva de Escoural (Leujene 1996), donde algunas composiciones lineales se vinculan al motivo objeto de estudio.
La contextualización estratigráfica y cronológica de la pieza de Maltravieso, junto al conjunto de Estebanvela datado entre 12440 ± 50 BP y 10640 ± 60 BP, permiten sentar las bases para una futura caracterización del ciclo gráfico de este sector, ya para el resto de las piezas muebles no ha sido posible definirla.
El hueso de Maltravieso también reproduce un tipo decorativo lineal frecuente en el corpus mueble cantábrico (Barandiarán 1973(Barandiarán, 1994;;Corchón 1986Corchón, 2004;;Fernández-Tresguerres 1994, 2004) desde el inicio del Paleolítico superior hasta momentos azilienses: en el Auriñaciense evolucionado de Rascaño; Gravetiense de El Pendo, Santimamiñe y Bolinkoba; Solutrense de Aitzbitarte, Altamira, El Pendo, Las Caldas y Cueto de la Mina; Magdaleniense inferior de Altamira, La Pasiega, El Castillo, El Juyo, Rascaño, Bolinkoba, Abauntz, El Cierro y Balmori; Magdaleniense medio de La Paloma y Cueto de la Mina; Magdaleniense superior de Tito Bustillo, La Riera, El Castillo, Cueva Morín, La Paloma, Cueva Oscura de Ania, La Lloseta, El Pendo, El Valle, Urtiaga y Aitzbitarte: y Aziliense de La Paloma, Candamo y Ekain.
En el ámbito mediterráneo la composición grabada de Maltravieso corresponde al tipo 'haz de líneas paralelas aisladas y normales' individualizado en el yacimiento de El Parpalló (Villaverde 1994(Villaverde, 2005)).
Es uno de los motivos más frecuentes de la secuencia y que aparece desde el Solutrense inferior hasta el Magdaleniense superior.
En territorio francés se encuentran paralelos (Chollot 1980) en toda la secuencia supero-paleolítica: Auriñaciense (p.e Blanchard, La Ferrasie, Aurignac y Castanet), Gravetiense (p.e.
Arudy, Le Placard, Laugerie-Haute, Mas d'Azil y Gourdan), reafirmando la amplia dispersión temporal del tema decorativo en el ámbito peninsular.
El carácter rectilíneo, seriado, regular, paralelo y organizado del soporte óseo de Maltravieso encuentra correspondencia en numerosos yacimientos, especialmente de la zona cantábrica y pirenaica, y con una menor dispersión en el área mediterránea e interior peninsular.
Representa un tema que se documenta a lo largo de toda la secuencia del Paleolítico superior, y que incluso aparece en fases posteriores (Alday y García 1998; Martínez-Moreno et al. 2011).
En esta cueva la correspondencia espacial entre los materiales datados del nivel A y la pieza ósea decorada certifican que esta se grabó entre hace 21758 y 20885 cal BP.
El soporte decorado en el contexto de la cueva
El arte rupestre de Maltravieso (Ripoll et al. 1999) presenta un pequeño conjunto de signos, entre los que se incluyen tres haces de líneas verticales que se asemejan al motivo mueble.
Dos conjuntos, compuestos por 7 y 8 líneas rectilíneas, trazados en color marrón rojizo y asociados a una cabeza de caballo y una forma semicircular (Fig. 4), se localizan en la misma sala en la que se recuperó el soporte óseo y en el mismo panel (XIV), cuya implantación permite que sean fácilmente visualizadas.
El otro, de estructura más simple al estar compuesto por dos líneas negras, se localiza al inicio de la Sala, en el Corredor de la Serpiente (panel VIII), un espacio lateral y reservado, por lo que la observación de la grafía exige una detenida búsqueda o el conocimiento previo de su implantación.
Estos espacios, que se sitúan cerca de la Sala de las Pinturas donde se encontraría la en-trada paleolítica (2), eran entornos de interior y oscuros.
Las composiciones rupestres han sido atribuidas a un momento de transición entre el Solutrense final y el Magdaleniense inicial.
Las similitudes formales y compositivas, y la estrecha vinculación espacial entre formas rupestres y muebles, implica considerar como probable la hipótesis de una sincronía en la ejecución de grafismos y de que ambos soportes decorativos formaran parte de una misma estructura iconográfica y simbólica, como se ha documentado en cuevas cantábricas (Arias y Ontañón 2004).
El fragmento de costilla con decoración lineal de la cueva de Maltravieso es un ejemplo de arte mueble del Paleolítico superior peninsular.
Su recuperación en contexto estratigráfico, datado en 21758-20885 cal BP, representa una aportación para el conocimiento de la dispersión del grafismo paleolítico, completando un área geográfica (el sector extremeño) hasta ahora ausente de este tipo de soportes, frente a la presencia de conjuntos rupestres.
La decoración corresponde a una serie de líneas rectilíneas, paralelas y regulares, realizadas a partir de trazos cortos y profundos ejecutados con un útil de filo diedro.
Por su temática y simplicidad compositiva muestra paralelos con yacimientos peninsulares y franceses, que abarcan una dilatada cronología a lo largo de todo el Paleolítico superior.
La relación espacial y tipología entre el soporte mueble y al menos una parte del arte parietal de la propia cueva, permite avanzar en la contextualización cronológica del arte rupestre y considerar que ambas expresiones gráficas fueron realizadas dentro de un mismo ámbito ideológico.
El trabajo ha sido realizado en el ámbito del proyecto 'Primeros Pobladores de Extremadura', dirigido por Eudald Carbonell Roura (Instituto Catalán de Paleoecología Humana y Evolución
(2) Mancha, E. 2011: Geología sedimentaria y lugares de ocupación prehistóricos de la Cueva de Maltravieso (Cáceres, España).
Universidad Rovira i Virgili. |
Desde el estudio clásico de Almagro (1962) esas piezas metálicas se han utilizado en los debates sobre las relaciones entre las culturas del Mediterráneo oriental y occidental a fines del III milenio a.C. A la defensa tradicional de su origen oriental a partir de su morfología (p. ej., Martín de la Cruz 1991: 113) se propusieron alternativas basadas en un análisis ampliado de la tipología, dispersión y contexto de los paralelos orientales y en el estudio tecnológico y de la composición metálica de las puntas de jabalinas de La Pastora, defendiéndose su producción local a partir, a lo sumo, de una inspiración oriental (Montero y Teneishvili 1996).
Las reacciones a esta interpretación de producción local se centraron, en parte, en los resultados arqueometalúrgicos.
Se puso en cuestión la representatividad de los datos analíticos elementales obtenidos, especialmente de los presentes a nivel minoritario/trazas (Mederos 2000: 103; Escacena 2008: 316), reivindicando los análisis de isótopos de plomo para orientar la asignación de procedencia (Mederos 2000: 107).
La referencia más reciente a las puntas de jabalina de La Pastora obvia esos datos (Schuhmacher 2011: 418).
Diversas circunstancias interconectadas han confluido en una nueva aproximación arqueométrica al conjunto metálico de La Pastora.
En primer lugar, se conocen nuevos datos, ampliándose su dispersión en el suroeste de la Península Ibérica (Hurtado 1995: 75, fig. 4; Hurtado y García Sanjuán 1996; Cardoso et al. 2002).
Por otra parte, se ha incrementado en los últimos años de modo considerable el conocimiento de las sociedades implicadas, su organización y cronología, especialmente en lo referido a la caracterización de los recursos minerales y la producción metalúrgica (Hunt 2003; Nocete 2004; Rodríguez Bayona 2008; Nocete et al. 2010; Nocete et al. 2011; Costa Caramé 2011), lo que permite la investigación sobre bases más contrastables.
Además, esto se produce en un contexto de resurgimiento internacional del difusionismo orientalista en aquellas comunidades académicas donde era tradicional (Schuhmacher 2011) o de reimplantación en algunas otras donde había desaparecido como tendencia dominante en la década de 1970 tras el impacto de las dataciones por medio de C14 (Roberts 2009; Roberts et al. 2009 discutido en Murillo-Barroso y Montero-Ruiz 2012).
Ahora se pretende contribuir al debate mediante la caracterización de las puntas de jabalina tipo La Pastora conocidas en la Península Ibérica y la revisión de los datos sobre su contexto de aparición, posible cronología y morfología.
Estos datos se complementan con nuevos resultados arqueométricos, considerando la representatividad, posibilidades y limitaciones de los procedimientos analíticos empleados (Fluorescencia de Rayos -FRX-e isótopos de plomo), dada su centralidad en las argumentaciones sobre el origen de los ejemplares.
Esta sistematización de la información peninsular servirá de base para el estudio comparativo con la disponible para el Próximo Oriente.
Los aspectos tipológicos se han tratado en detalle (Montero y Teneishvili 1996; Mederos 2000), sin nuevas aportaciones externas para datar los alegados prototipos del Mediterráneo oriental para las piezas de la Península Ibérica.
Por ello, la valoración de los contactos se centrará en los datos que aportan los metalotectos caracterizados analíticamente en el Mediterráneo oriental.
En resumen, se aportan nuevos datos al estudio de las relaciones externas de las primeras sociedades metalúrgicas de la Península Ibérica a partir de un armamento que para algunos autores se ha venido considerando la prueba más evidente de la existencia de tales relaciones.
PUNTAS DE JABALINA TIPO
LA PASTORA EN LA PENÍNSULA IBÉRICA: CONTEXTO Y MORFOLOGÍA
Como se ha mencionado, el desarrollo de la investigación sobre las sociedades que ocuparon el suroeste de la Península Ibérica en la Prehistoria reciente y, en especial, sobre sus actividades metalúrgicas ha promovido nuevos trabajos de campo, así como la revisión de anteriores intervenciones y del registro arqueológico asociado.
Esto ha permitido caracterizar los contextos de procedencia de las puntas de jabalina estudiadas de modo directo en este trabajo (Fig. 1) y la revisión posterior de las asignaciones a este tipo de proyectil aparecidas en la bibliografía en los últimos años.
Puntas de jabalina del tholos de La
Pastora (Valencina de la Concepción, Sevilla)
La fecha y pormenores del hallazgo son imprecisos e indirectos; el sepulcro apareció cuando unos obreros cavaban una viña propiedad de Fernando Rodríguez de Rivas, Conde de Castilleja de Guzmán, quien transmite la noticia a Francisco M.a Tubino (1868b) (1), que los publicó por primera vez.
(1) Fernando Rodríguez de Rivas escribe "nada tengo que añadir a lo que exactamente ha referido" Tubino en La Gaceta de 23 de marzo de 1868 (Archivo del Museo Arqueológico Nacional (MAN), Madrid, Donación del Conde de Castilleja de Guzmán, Expte.
F. M. Tubino (1868a) y M. Belen (1991: 7) vuelven a publicar ese texto, la segunda "incluyendo los dibujos y planos que no se publicaron entonces" y se custodian en el Archivo del MAN.
(2) Esta y no "las actas de entrega que se conservan en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid" son la fuente de la afirmación de M. Almagro Basch (1962: 7) de que las puntas de jabalina aparecieron "en una urna de cerámica".
Tubino (1868b: 1) narra que, a unos 2 m de profundidad los trabajadores dieron "con una ancha y gruesa piedra" que despertó su curiosidad por su ausencia en la comarca.
Al liberar la tierra encontraron otra piedra adyacente.
Por indicación del propietario ampliaron el intersticio entre estas losas ("de la cubierta", Mederos 2000: 86) y penetraron en el corredor hasta la cámara.
La entrada original, situada al occidente, estaba cegada (Tubino 1868b: 1).
Este autor señala dos lugares de procedencia de las puntas metálicas, sin que se cuente con elementos externos a su texto para pensar si, cuando se recogieron, las piezas estaban in situ o desplazadas de su deposición original.
Primero se encontraron 2 en "un terreno que cubría una gran piedra" (3) y posteriormente 30 puntas más "no lejos de la entrada artificial del subterráneo", debajo de otra gran piedra, muy cerca de la parte no explorada, debido a un derrumbe, de la galería (Tubino 1868b: 1).
Es verosímil que la gran piedra relacionada con el descubrimiento posterior fuera una de las dos losas de cubierta, in situ, por cuya juntura ensanchada se accedió al interior del monumento.
El "terreno" que cubría sería el del túmulo de donde procederían las dos primeras puntas.
La otra losa, desplazada, se encontraba también "en el exterior del túmulo" (Candau y Pizarro1894: 40), "encima del sitio por donde hoy á él se entra" (Cañal 1894: 207): parece que ambas localizaciones estarían muy próximas.
La mención del contenedor cerámico (con grosor de pared de 6 cm) cubierto (intencionalmente o no) por una losa indicaría que se trata de un depósito original, intacto, de 30 piezas (Montero y Teneishvili 1996: 74; García Sanjuán 2005: 91), cuya localización sugiere que "no se encontraban directamente relacionadas con la utilización inicial como espacio funerario del monumento" (Montero y Teneishvili 1996: 74).
L. García Sanjuán (2005: 91) interpreta el conjunto metálico como "una deliberada ofrenda (...) sobre su túmulo" conectada con la clausura de la entrada.
Su hipótesis relaciona la cronología de las cámaras megalíticas con falsa cúpula del suroeste de la Península Ibérica y la sugerida por la técnica y morfología de las puntas (Montero y Teneishvili 1996: 80) con la similitud entre la técnica constructiva y materiales de la clausura de la entrada y del corredor (Ruiz Moreno y Martín Espinosa 1993: 555).
Por otro lado, los recientes resultados de las excavaciones en "La Horca", la zona oriental del poblado prehistórico de Valencina de la Concepción próxima a La Pastora, han mostrado una ocupación desde inicios del III milenio a.C. y otra tardía, clasificada en algún caso como exclusivamente del Bronce Antiguo, de inicios del II milenio a.C. (Cruz-Auñón y Arteaga Matute 2001; Nocete et al. 2008; Vargas et al. 2010; Nocete et al. 2011).
Sobre el número de puntas recuperadas en La Pastora no hay unanimidad.
El Conde de Castilleja de Guzmán registra en el expediente de donación al MAN (4), en 1868, "doce flechas que con las dos llevadas ya por (...)
Tubino suman la mitad del número de las encontradas".
Entregó las otras 14 al Museo Arqueológico de Sevilla (MAS) (5).
Como Tubino (1868b: 1) alude a 32, hay que pensar que el donante retuvo 4 puntas, una vez satisfecho de modo equivalente el deber con sus convecinos y con la nación.
El MAN tiene actualmente 13 a resultas de un intercambio con la Cámara de Comptos de Navarra (Pamplona) (Montero y Teneishvili 1996: 76).
Las 13 puntas de jabalinas depositadas en el MAN y las 15 que se encuentran en los fondos del MAS conforman el conjunto de las 28 puntas de jabalina de La Pastora que se pudieron estudiar directamente (Montero y Teneishvili 1996), de las que 3, depositadas en el MAN, han sido analizadas mediante isótopos de plomo (Fig. 2).
(6) No hemos encontrado documentación archivística sobre la incorporación al Museo de la decimoquinta punta.
Morfológicamente (Montero y Teneishvili 1996: 81), las jabalinas de La Pastora se caracterizan por una estructura tripartita: hoja foliácea, pedúnculo y zona de enmangue diferenciada.
La hoja es de tendencia triangular con nervadura central, a veces apenas visible (MAS N.o 328-2) y otras combinada con bordes biselados.
El pedúnculo es de sección circular, pasando a cuadrada en el enmangue para asegurar la unión con el mango.
Las dimensiones, los valores medios en el diámetro del pedúnculo y en el ancho máximo Fig. 2.
Puntas de jabalina del tholos de La Pastora (Valencina de la Concepción, Sevilla) (según Almagro 1962 sin escala; la pieza 10203 aparece sin número en el inventario general y su longitud total es 178 mm).
Analizadas por isótopos de plomo, depositadas en el Museo Arqueológico Nacional (Madrid).
de la hoja, y lo que es más importante, las relaciones numéricas entre cada uno de los componentes estructurales de las piezas (Montero y Teneishvili 1996: 84, Fig. 5) mostraron el grado de homogeneidad existente en su concepción y fabricación y suministraron los parámetros para su comparación con el restos de modelos con similitudes tipológicas.
Puntas de jabalina de La Pijotilla (Badajoz)
Las jabalinas, una completa y dos fragmentos, fueron localizadas en superficie por la familia Domínguez.
Formaron parte de su colección hasta que el Museo Arqueológico Provincial de Badajoz la adquirió en 2006 (Figs.
La hoja tiene 6,5 cm de longitud y 2,2 cm de anchura.
Presenta una estructura tripartita: hoja, pedúnculo y espiga de enmangue con un engrosamiento entre estas dos últimas partes de secciones circular y cuadrada respectivamente.
De otro ejemplar se conserva la punta foliácea y el inicio de un pedúnculo de sección sub-cuadrangular (N.o Inv.
Su forma y tamaño es prácticamente igual al anterior, aunque con nervadura más pronunciada.
El peso del fragmento es de 20 g.
En la Colección Domínguez se guardaba un vástago con pedúnculo y enmangue diferenciados (Hurtado Pérez y Hunt Ortiz 1999: 259-260), quizás la parte que falta en la pieza anterior.
Las excavaciones realizadas en el yacimiento de La Pijotilla, tanto en estructuras domésticas como funerarias, indican una ocupación fundamentalmente durante el Calcolítico.
Las dataciones absolutas obtenidas en la secuencia definida en la Estructura 4 abarcan casi todo el III milenio a.C. salvo su último cuarto (Odriozola et al. 2008).
Otros indicios permiten pensar en una ocupación tardía, quizás a inicios de la Edad del Bronce.
Los contextos, no muy claros y sin dataciones absolutas, se refieren a una fosa en forma ochavada, abierta sobre la tumba circular T2, con campaniforme puntillado geométrico.
Una laja de pizarra vertical dividía el interior de la fosa en dos zonas, en una de las cuales se encontraron dos cráneos y un cuenco muy deteriorado.
Por otra parte, en el sector sur del yacimiento aparecieron varias tumbas individuales sin ajuar en estructuras a modo de silos o fosas pirifomes.
En un principio se podría pensar que correspondieran a la Edad del Bronce por el carácter individual de la inhumación, pero el aumento de hallazgos de este tipo que se está observando en asentamientos calcolíticos no permite asegurar su cronología.
Además, en superficie se recogieron objetos que tipológicamente apuntan hacia la Edad del Bronce, como un puñal/alabarda con un remache en la lengüeta y nervadura central (Hurtado Pérez y Hunt Ortiz 1999: 259).
Las otras puntas tipo La Pastora del suroeste de la Península Ibérica
La reciente investigación publicada por M. E. Costa Caramé (2011) incluye este tipo de pieza metálica en su revisión bibliográfica.
Se consignan como del tipo La Pastora las puntas de proyectil de la Cueva del Bramadero (Hornachuelos, Córdoba) (Martínez Boloix 1983, 2002) y las portuguesas de Outeiro de São Bernardo (Moura) (Ferreira 1970; Cardoso et al. 2002), Caldeirõa (São Sebastião, Lagos) (Viana et al. 1953; Schubart 1971) y Casal do Pardo, necrópolis de Palmella (Quinta do Anjo) (Berdichewsky Scher 1964).
Además, se ha mencionado una posible punta de jabalina (o punta de lanza) procedente de El Carambolo (Sevilla) (Carriazo 1973: 307) y otra punta hallada en el poblado amurallado del Cerro dos Castelos de São Brás (Serpa) (Cardoso et al. 2002: 78, 93).
Revisados los datos textuales y gráficos de todas esas referencias, solo parece corresponder al tipo La Pastora la punta de proyectil excavada en Outeiro de São Bernardo (Moura, Portugal) (Fig. 4: 3).
Las restantes o son variantes del tipo Palmela o las descripciones no permiten una adscripción clara o, caso de El Carambolo, pueden ser desechadas como puntas de jabalina.
Outeiro de São Bernardo (Moura) es un poblado en altura conocido por los sondeos que Manuel Heleno efectuó en 1946 en su parte superior y por prospecciones superficiales actuales conectadas con la construcción de la presa de Alqueva (Cardoso et al. 2002).
Tras una primera y breve descripción de las 16 piezas metálicas halladas por Heleno (Ferreira 1970), se han estudiado de modo completo las conservadas, incorporando los datos de los cuadernos de campo a su caracterización tipológica y analítica: los 13 elementos metálicos identificados en las notas de Heleno apareceram de uma só vez, entre os 20 cm e os 35 cm de profundidade, asociados a escasos objectos líticos ou cerámicos (Cardoso et al. 2002: 88).
En el sondeo, en el mismo día se recuperaron la punta de jabalina, una pequeña sierra con enmangue de lengüeta y filo cóncavo (a 35 cm de profundidad) y una gran sierra (a 30 cm) (Cardoso et al. 2002: 87).
La punta de jabalina tiene espiga larga, de sección sub-cuadrangular, extremo fusiforme para enmangue y 17 mm de anchura máxima (Cardoso et al. 2002: 85, 93).
La longitud, estimada a partir del dibujo original, es de 16,8 cm, sensiblemente inferior a la de los ejemplares completos de La Pastora, que sobrepasan los 23 cm -salvo uno del MAS que mide 21,9 cm-, y al ejemplar completo de La Pijotilla de 21 cm de longitud.
Según los resultados de un análisis directo sobre la superficie por FRX, sin tratamiento previo, la composición de la punta de jabalina de Outeiro de São Bernardo era de cobre con > 1% As, sin trazas de Sn, Ag, Sb, Pb y Fe (Cardoso et al. 2002: 88-89, Tab.
La tipología de las piezas de Outeiro de São Bernardo y su composición otorgan al conjunto un carácter homogéneo desde el punto de vista cronológico-cultural.
Ello unido al hallazgo en el poblado de cerámicas campaniformes del grupo inciso, generalmente asociadas a algunos de los tipos allí identificados, llevó a Cardoso y sus colaboradores (2002: 101) a situar o conjunto metálico no final do Calcolítico/início da Idade do Bronze, correspondente aos últimos séculos do III Milénio a.C. Lo valoran como el conjunto metálico doméstico más importante del occidente de la Península Ibérica correspondiente a una única ocupación campaniforme (Cardoso et al. 2002: 77).
Estos mismos autores (Cardoso et al. 2002: 97) también mencionan una punta de cobre arsenical del Cerro dos Castelos de São Brás (Serpa) con el pedúnculo fragmentado.
Según la información publicada (Parreira 1983: 153, 164, Fig. 12, n.o 8), en nuestra opinión se asemeja más a una de tipo Palmela que a la punta de jabalina de Outeiro de São Bernardo, aunque ambas tienen sección cuadrangular.
PUNTAS DE JABALINA TIPO LA PASTORA EN LA PENÍNSULA IBÉRICA: LOS ANÁLISIS ELEMENTALES
Los resultados de todos los análisis de composición de las puntas de jabalina, desde el pri-mero de Siret (1913: 400) a los que ahora se presentan de las piezas de La Pijotilla mediante FRX (Tab.
1), señalan que la composición es de cobre o cobre arsenicado.
Solamente los datos de los Studien zu den Anfängen der Metallurgie (SAM) publicados por el laboratorio de Stuttgart (Junghans et al. 1968) contradicen los previos de Almagro (1962: 14).
La pieza del Museo de Sevilla analizada en la primera serie del SAM (Junghans et al. 1960: n.o 830) ofrecía un contenido de estaño significativo (1,9% Sn), elemento no detectado en el análisis realizado en el Proyecto de Arqueometalurgia (Rovira Llorens et al. 1997: 345, PA6582).
Esta anomalía y otros análisis considerados erróneos (Hunt Ortiz 2003: 311), así como unas limitaciones exclusivas de los elementos trazas, pero ampliadas a los mayoritarios para el estudio de procedencia (Mederos 2000: 103), han llevado a autores posteriores (Escacena 2008: 316) a cuestionar la validez general de los análisis.
Parece entonces oportuno recalcar que los análisis elementales efectuados con distintas técnicas y en épocas diferentes pueden presentar discrepancias cuantitativas.
Sin embargo la contradicción entre la presencia/ausencia de ciertos elementos en proporciones significativas o incluso mayoritarias es difícil de explicar y debería ser considerada causa de errores procedimentales o incluso tipográficos.
Pero la identificación de un elemento excepcional, como el estaño, en un análisis antiguo de una muestra que, además, no fue analizada de forma inmediata a la extracción no puede servir para anticipar "otros resultados" que no sean cobre o cobre arsenicado.
Tales resultados y la ausencia de Sn, esperables antes de analizar las puntas de jabalina de La Pijotilla (Hunt Ortiz 2003: 313), fueron los obtenidos (Tab.
La validez de los elementos traza como argumento para apoyar la manufactura local requiere algunas matizaciones.
El margen de error en los elementos minoritarios es siempre más elevado que en los mayoritarios y puede aumentar con la proximidad a los límites de detección del elemento.
Este margen de error porcentual (hasta el 100% del valor obtenido) tiene en realidad una expresión cuantitativa limitada, es decir, para un valor del 0,05%, un error del 100% nunca podría superar un 0,1%.
Los resultados de un análisis repetido en distintas partes de un objeto pueden variar dentro de ese margen de error, aumentando las diferencias cuanto más reducida sea el área cubierta en la toma analítica concreta.
Cuando los análisis son en área grande, como los realizados con los equipos de FRX del Proyecto de Arqueometalurgia (Rovira et al. 1997), estos efectos quedan parcialmente minimizados.
Incluso con ese amplio margen de error es posible definir un modelo de impurezas a nivel general si se trabaja con series analizadas en las mismas condiciones.
La presencia en el metal de otros elementos con porcentajes que superan un orden de magnitud numérico señala una diferencia comparativa, ya sea de una pieza en relación a un conjunto o entre conjuntos.
Estadísticamente ya no resulta concluyente valorar diferencias menores en el contenido de las impurezas que se detecten.
Un riesgo añadido es intentar aplicar ese modelo de impurezas con datos analíticos no homogéneos.
Para las puntas de jabalina de La Pastora se señalaba (Montero y Teneishvili 1996: 79) que, al no haber contradicción entre los datos composicionales de las jabalinas y los de los objetos de metal geográfica y cronológicamente próximos, no había el menor indicio para sustentar una posible procedencia foránea.
Además minerales arsenicados con proporciones bajas de elementos, como plata o antimonio, capaces de producir composiciones similares a las puntas de jabalina y a los objetos de metal de los yacimientos del suroeste peninsular se han identificado tanto en los propios poblados calcolíticos (un buen ejemplo es Amarguillo II) como en minas de las provincias de Huelva, Sevilla, Córdoba o Badajoz (Hunt 2003).
EL ORIGEN DEL METAL: ANÁLISIS DE LAS PUNTAS DE JABALINA TIPO LA PASTORA MEDIANTE ISÓTOPOS DE PLOMO
En primer lugar se tratará de confirmar la compatibilidad isotópica del metal de las puntas de jabalina de La Pastora y La Pijotilla con las mineralizaciones y producciones locales (surpeninsulares).
Para ello los nuevos datos aquí presentados se compararan con los disponibles en publicaciones de minerales y yacimientos arqueológicos de la Península Ibérica.
Posteriormente se valorará también la posibilidad de una procedencia de las puntas de jabalina de las mineralizaciones del Mediterráneo oriental.
Se han analizado 5 muestras tomadas en las puntas de La Pastora N.o Inv.
Los análisis, efectuados en el Servicio de Geocronología y Geoquímica (SGIker) de la Universidad del País Vasco, utilizaron un espectrómetro de masas de alta resolución y multicolección con fuente de plasma acoplado inductivamente (MC-ICP-MS Neptune).
Esta técnica permite analizar muestras más pequeñas y corregir satisfactoriamente el fraccionamiento instrumental mediante la adición de Tl, proporcionando precisión, exactitud y reproducibilidad comparables a los méto- Mención aparte merece un trabajo reciente que informa de la realización de análisis de isótopos de plomo a otras dos puntas de jabalina de La Pastora, depositadas en el Museo Arqueológico de Sevilla (RE328-7 y RE328-4).
Los resultados analíticos isotópicos darían pie a considerarlas fabricadas con minerales de diversos metalotectos surpeninsulares (Nocete et al. 2010: 3841) pero, desgraciadamente, no se publican.
La misma falta de publicación de los datos nos impide incorporar en este estudio comparativo otros materiales metalúrgicos de Valencina y de metalotectos del entorno del Valle del Guadalquivir (Nocete et al. 2008; Nocete et al. 2011).
Comparación con las mineralizaciones locales
La primera cuestión planteada es confirmar la compatibilidad isotópica del metal de las puntas de jabalina de La Pastora y La Pijotilla con las mineralizaciones y producciones locales contemporáneas.
Las signaturas isotópicas de las mineralizaciones de Sierra Morena (Zona de Ossa-Morena y Los Pedroches) presentan una gran heterogeneidad, lo que genera un campo isotópico general amplio.
Esta amplitud viene definida por la inclusión en este área de numerosos yacimientos minerales que se agrupan en distintos distritos (Fig. 5).
Un mayor número de muestras de cada uno de ellos quizás permitiría delimitar de una forma más exacta las posibles áreas fuente de las materias primas utilizadas en la fabricación de artefactos metálicos.
La situación varía para la Zona Sudportuguesa (que incluye las mineralizaciones de la Faja Pirítica -FP-), cuyo campo isotópico general queda bien definido.
Para visualizar mejor esta situación y confrontar las ratios isotópicas de los objetos arqueológicos, se ha representado en las gráficas cada una de las muestras minerales de Ossa-Morena y Pedroches y se ha trazado el campo isotópico de la Zona Sudportuguesa, localizando las muestras de Aznalcóllar, el área mineralizada más próxima a Valencina de la Concepción (Fig. 6).
Los resultados isotópicos obtenidos en las 3 puntas de jabalina de La Pastora y las 2 de La Pijotilla, comparados directamente con los datos geológicos, muestran que la composición de la pieza N.o Inv.
219 de La Pijotilla es compatible con mineralizaciones de la Faja Pirítica (Fig. 6), en cuyo límite también se sitúa la muestra N.o Inv.
La composición isotópica de las otras 3 muestras analizadas no es consistente con la Zona Sud portuguesa, aunque sí con mineralizaciones de Ossa-Morena/Los Pedroches, como se ha indicado, con campo isotópico muy amplio.
Una zona a tener en cuenta como posible procedencia son Fig. 6.
Gráfico isotópico de las mineralizaciones del suroeste de la Península Ibérica confrontadas con las puntas de jabalina de La Pastora (Valencina de la Concepción) y La Pijotilla (Badajoz). los yacimientos peribatolíticos de Los Pedroches, ya que las otras dos jabalinas de La Pastora presentan bastante similitud con algunas de estas minas, especialmente con la muestra Norte Torrecampo.
En la zona del batolito de Los Pedroches predominan los minerales de galena y esfalerita, pero también se ha identificado calcopirita y exis-ten registros de minas de cobre desde el siglo XVII (González 1832: 424-425).
Clarifica notablemente la situación (Fig. 7) ampliar la comparación entre materiales arqueometalúrgicos de La Pijotilla, yacimiento de procedencia de las jabalinas, con otros como Roquetito I y El Algarrobillo para Valencina, Fig. 7.
Gráficos isotópicos de las mineralizaciones del suroeste de la Península Ibérica, las puntas de jabalina de La Pastora (Valencina de la Concepción) y La Pijotilla (Badajoz) y el registro arqueometalúrgico de los yacimientos de Valencina (Roquetito I/El Algarrobillo), Amarguillo, La Pijotilla y San Blas (identificaciones en Tab.
a los materiales de San Blas y Amarguillo (Tab.
Se confirma la consistencia de los resultados isotópicos con el aprovechamiento de los recursos de la Faja Pirítica en ese registro de Amarguillo y de El Algarrobillo en Valencina, así como el uso de minerales de Ossa Morena/Los Pedroches en San Blas y también en Roquetito, en Valencina.
En esta perspectiva hay que destacar que están representados algunos minerales (especialmente de Amarguillo) que no se relacionan directamente con los datos geológicos conocidos (Hunt Ortiz 2003: 241).
Esta situación pone en evidencia la actual limitación en la caracterización isotópica de zonas geológicas del suroeste peninsular y de su complejidad para poder precisar más detalladamente el origen del metal.
Los minerales y las piezas arqueológicas pueden cubrir vacíos de información geológica.
El punzón n.o 407 de San Blas y la jabalina n.o 10203 (PA3788) de La Pastora, cuya signatura isotópica es muy similar (Fig. 8), independientemente de la procedencia concreta que pueda determinarse, muy probablemente tengan el mismo origen.
Se puede concluir que, como se había indicado a partir de los datos proporcionados por el análisis elemental (Montero y Teneishvili 1996), la información disponible de los análisis de isótopos de plomo apunta a que el metal empleado en Tab.
Análisis de isótopos de plomo de los yacimientos del suroeste de la Península Ibérica utilizados en la figura 7 de este artículo: Amarguillo (Los Molares, Sevilla), El Algarrobillo y Roquetito I (Valencina de la Concepción, Sevilla), La Pijotilla (Badajoz), San Blas (Cheles, Badajoz).
las puntas de jabalina es compatible con las producciones locales (regionales) y con las mineralizaciones del suroeste de la Península Ibérica.
Nocete y sus colaboradores (2010) son de la misma opinión en su valoración de las dos puntas de jabalina que estudian y comparan con los datos inéditos de que disponen de materiales de Valencina de la Concepción y otros yacimientos del suroeste.
Comparación con las mineralizaciones del Próximo Oriente
Una vez constatada la consistencia de los datos isotópicos de las puntas de jabalinas con mineralizaciones locales quedaría por tratar una posible procedencia del Mediterráneo oriental.
Se han recopilado datos relativos a las mineralizaciones de Turquía, Grecia, Chipre, Egipto, Palestina, Siria, Omán e Irán y a los elementos metálicos arqueológicos analizados, así como las interpretaciones de los investigadores que los estudiaron.
Destacamos el trabajo sobre Hassek Höyük (Schmitt-Strecker et al. 1992) que incorpora datos de 2 puntas de jabalina de la denominada Tumba 12, aunque de tipología algo distinta y de cronología más antigua que las de la Península Ibérica, y los artículos de síntesis encabezados por F. Begemann (Begemann y Schmitt-Strecker 2009; Begemann et al. 2010) sobre la procedencia del metal durante el IV y III milenio a.C.
La signatura isotópica de las jabalinas peninsulares analizadas ocuparía un área cercana a las posiciones isotópicas de las áreas mineralizadas de Feinan y Timna y Omán (Fig. 8), próximas geográficamente al área de distribución de las jabalinas tipo Tell Duweir de Montero Ruiz y Teneishvili (1996) o variante C en el estudio de Mederos Martín (2000), en el sur de Israel-Palestina.
En Fainan tanto los minerales de la formación DLS, la más importante como materia prima en todas las épocas (Hauptmann 2007: 213), como de la formación MBS pueden ser descartados sobre la base de los isótopos (en general ratio 208Pb/206Pb > 2,11 para la formación DLS).
Sin embargo, algunas de las muestras minerales de Timna (wadi Arabah) presentan ratios isotópicos similares a las de las jabalinas de La Pastora.
Las puntas de jabalina N.o Inv.
201 (PA13713) de La Pijotilla, no son consistentes con las minas del wadi Arabah, pero sí las otras tres piezas, aunque siempre en posiciones periféricas (Fig. 8).
La duda que los análisis de isótopos de plomo pueden plantear sobre un origen de las jabalinas en el Mediterráneo oriental queda resuelta valorando la composición de los objetos.
4.2 y 201) y su uso no podría resultar en la producción de cobres arsenicados como los que se detectan en las puntas de jabalina de la Península Ibérica.
Finalmente Omán es la otra zona en el Mediterráneo oriental con signaturas isotópicas similares (Begemann et al. 2010).
Además de la posición externa de las jabalinas de la Península Ibérica a la distribución de los minerales (Fig. 8) y periférica en otras comparaciones, hay que valorar la incompatibilidad en la composición.
Mientras las impurezas elevadas de níquel son norma tanto en los minerales como en los objetos arqueológicos de Omán, faltan tanto en las jabalinas como en otras piezas metálicas del Calcolítico y de la Edad del Bronce del suroeste peninsular.
Tampoco se ha determinado relación isotópica entre las jabalinas de la Península Ibérica y los objetos de metal del Próximo Oriente.
Ni en Hassek Höyük (Schmitt-Strecker et al. 1992), ni en los materiales de cobre mesopotámicos de época Uruk o Acadia (Begemann et al. 2009) se regis- tran relaciones isotópicas compatibles (Fig. 9).
Estos materiales orientales se vinculan directamente a mineralizaciones de Anatolia e Irán, además de a las de Omán.
El estudio comparado de los resultados de isótopos de plomo y análisis elemental no permite considerar las puntas de jabalina de La Pastora como piezas importadas desde el Mediterráneo oriental.
Las mineralizaciones orientales que isotópicamente podrían ser compatibles presentan unas características de impurezas (arsénico o níquel) incompatibles con la composición de las piezas de la Península Ibérica.
A su vez, las mineralizaciones que por composición podrían producir metales con las impurezas detectadas en las jabalinas son incompatibles isotópicamente.
Por el contrario, sí hay compatibilidad tanto en la composición como en las signaturas isotópicas de las jabalinas tipo La Pastora analizadas con las mineralizaciones del suroeste peninsular (Faja Pirítica, Los Pedroches y zona de Ossa-Morena) para sustentar una producción local de estas puntas de proyectil.
La variabilidad isotópica detectada en este limitado muestreo visibiliza una procedencia diversa en el abastecimiento de recursos minerales (como mínimo 2 zonas geológicas distintas), coincidente con el panorama ya descrito en el suroeste de la Península Ibérica (Hunt 2003) para el metal del Calcolítico y Bronce Antiguo y que se va conociendo también en otras zonas peninsulares.
Esa diversidad de recursos minerales locales aprovechados se señala también en los análisis de isótopos sobre materiales del sureste (Montero-Ruiz y Murillo-Barroso 2010), de la Comunidad de Madrid (8) y de Cataluña meridional (9), lo que permite valorar la situación del aprovechamiento de recursos minerales metálicos en la Prehistoria Reciente con una perspectiva más global.
A su vez, estos mismos datos refuerzan la idea de que las piezas del conjunto de La Pastora se manufacturaron de manera independiente, tal y como las propias diferencias morfológicas entre ellas ya apuntaban (Montero y Teneishvili 1996).
Ahora también se conoce que existen variantes formales a escala regional, con la punta de jabalina de Outeiro de São Bernardo como elemento más expresivo de esa variabilidad por su sección cuadrangular y reducido tamaño (Cardoso et al. 2002: 101).
Esa punta y las de La Pijotilla muestran el grado de interrelación cultural existente en el cuadrante suroccidental que otros elementos metálicos contemporáneos como las hojas de puñal laminares (de espesor fino) empiezan a delimitar.
La inspiración formal de este tipo de objetos es una cuestión que inevitablemente permanecerá abierta.
La localización de puntas de jabalina tipo La Pastora en La Pijotilla (Badajoz) y Outeiro de São Bernardo (Moura) ha triplicado la distribución de estas producciones metálicas por el suroeste de la Península Ibérica sin incrementar en la misma proporción los elementos para su datación.
En el sitio epónimo, las últimas interpretaciones valoran la extraordinaria longitud del corredor del tholos y su orientación, poco frecuente, para proponer su construcción hacia 2300-2200 a.C. en función de la posición de Sirio en el firmamento (Belmonte y Pimenta 2001: S60).
Ese momento valdría también para el cierre del monumento mediante un ritual que incluiría el depó- (9) Investigaciones en curso dentro del proyecto de I+D+I del Plan Nacional Relación entre materias primas locales y producción metalúrgica: Cataluña meridional como modelo de contraste (HAR2010-21105-C02-02). sito de puntas de jabalina (García Sanjuán 2009: 234), aunque los citados autores ya previenen sobre la realimentación entre esa cronología y la opción por Sirio.
Las excavaciones efectuadas desde la década de 1990 en el entorno de Valencina de la Concepción más próximo al tholos han localizado uno o varios poblados prehistóricos.
De uno o varios de ellos es presumible que procedieran los constructores del monumento.
Las numerosas estructuras, bien fechadas por dataciones absolutas y materiales asociados, documentan una ocupación de duración milenaria sin elementos con una conexión tan clara con La Pastora como para facilitar su datación precisa y/o la de las puntas de pro yectil.
Algo similar ocurre con la Pijotilla.
Este asentamiento calcolítico está bien delimitado (80 ha) pero cuenta con estructuras de arquitectura y funcionalidad compleja y amplia cronología.
Su registro, que incluye cerámicas campaniformes de estilos internacional y regional o inciso, es demasiado rico y variado para la contextualización concreta de las puntas de jabalina halladas en superficie.
Por su parte, el ejemplar de Outeiro de São Bernardo formaba parte de un conjunto de piezas metálicas recuperado en el sondeo abierto en la zona superior del poblado, en una capa de 15 cm de potencia.
Ese contexto estratigráfico define las primeras asociaciones tipológicas directas de una punta de jabalina, entre la que se destaca la existente con una sierra con enmangue de lengüeta que incorpora una perforación para un posible remache.
Aunque es un tema aún no tratado en profundidad por la investigación, este rasgo apuntaría hacia un momento bastante avanzado del Calcolítico, ya en su transición con la Edad del Bronce.
Por desgracia, la caracterización del contexto es incompleta, faltando además dataciones absolutas.
Cardoso et al. (2002: 77, 101) sitúan el conjunto a fines del Calcolítico/inicios de la Edad del Bronce, en los últimos siglos del III milenio a.C., basándose en la tipología y composición de los objetos, en la presencia de cerámicas campaniformes incisas en el poblado y en que ese estilo cerámico se asocia con algunos de los tipos metálicos de Outeiro de São Bernardo en otros yacimientos.
Destaca la similitud tipológica de las piezas metálicas halladas en Outeiro de São Bernardo y La Pijotilla, en especial las sierras, los cuchillos dentados y los puñales con eje cen-tral reforzado, cuya comparación es ya advertida en el estudio de Cardoso y colaboradores (2002: 97-98).
Esta circunstancia redundaría en la idea ya apuntada sobre las estrechas interrelaciones que se produjeron en el suroeste y, en ese caso, en el entorno del Guadiana.
Aceptada la posibilidad del uso coetáneo, más o menos prolongado, de las cerámicas campaniformes de estilo regional y de las puntas de jabalina tipo La Pastora quedaría, por último, intentar concretar la cronología.
La discusión de los contextos campaniformes del suroeste de la Península Ibérica con fechas absolutas (Odriozola et al. 2008: 220-222) muestra las dificultades inherentes a la seriación de los estilos campaniforme y a la datación de recipientes individuales, incluso a escala regional.
Algunas derivan del carácter de "reliquia" familiar que se asigna a estos vasos, transmitidos de generación en generación, otras de las divergencias entre datos estratigráficos, secuencias aceptadas y/o dataciones.
Considerando las 21 dataciones radiocarbónicas de los contextos con campaniforme correspondientes a los 7 sitios que se manejan (Odriozola et al. 2008: 221, Fig. 6), el límite inferior y superior de los rangos de la más antigua (Leceia FM) y la más moderna (Palacio Quemado 2, Zambujal 3B/C) definen un período de utilización de estas cerámicas decoradas que cubre todo el III milenio, incluyendo las centurias de transición entre el III y el II milenio a.C.
Este estudio, con la incorporación de nuevos datos y la revisión de los conocidos, debería retraer la consideración inmediata de las puntas de jabalina tipo La Pastora como prueba clave de las relaciones externas de las primeras sociedades metalúrgicas de la Península Ibérica.
Como se ha expuesto, este tipo metálico adolece todavía de imprecisiones sobre la identidad de las mismas y sobre su período de uso.
En cambio, su producción local parece bien constatada por datos morfométricos y de composición de las puntas de proyectil y de los minerales fuente.
Los datos disponibles hasta la fecha sobre la distribución de las piezas, sus características y las de las mineralizaciones indican que fueron producidas en el suroeste peninsular.
El Museo Arqueológico Nacional (Madrid) (Patronato y dirección, Departamento de Prehis-toria: Carmen Cacho, conservadora-jefe y Eduardo Galán, conservador) apoyó la investigación arqueometalúrgica y archivística de las puntas de jabalina allí depositadas, en un momento de especial complejidad para el museo por la reforma en marcha.
El proyecto 2010RU0086_2012 (Provincias metalúrgicas Euroasiática y Europea del II milenio a.n.e.: investigación de sus interacciones a partir de métodos científico-naturales, Russian Foundation for Basic Research -CSIC, investigadora responsable M.I.M.N.) financió los análisis de isótopos de plomo de las puntas de La Pastora del museo madrileño y el proyecto de la Junta de Andalucía MAT2005-00790 (Tecnología de Materiales de Recursos Abióticos en la Prehistoria Reciente, III-II milenios cal ANE, en el Suroeste de España: Tierra de Barros y Sierra Morena Occidental (investigador responsable V.H.P.) los realizados a las puntas de jabalina de La Pijotilla.
El estudio se encuadra dentro de las actividades de investigación del subproyecto HAR2010-21105-C02-02 del Plan Nacional de I+D+I (investigador responsable I.M.R.). |
En el presente trabajo se dan a conocer los resultados de los análisis de espectroscopía infrarroja realizados a
El ámbar ha sido una de las materias primas más apreciadas durante toda la Prehistoria europea desde el Paleolítico.
Gracias a sus llamativos colores, su brillo y su facilidad para la talla ha sido ampliamente utilizado para la fabricación de variados objetos y símbolos de prestigio social.
También se le ha asociado a propiedades terapéuticas, apotropaicas o sacras.
Precisamente por ser una materia de fácil identificación, soporte de objetos de carácter especial y cuya procedencia se puede averiguar, su hallazgo en contextos arqueológicos la convierte en una evidencia interesante.
El reconocimiento de sus fuentes de aprovisionamiento es un dato fundamental para rastrear la movilidad de determinados grupos sociales y sus posibles caminos de intercambio y comunicación.
A partir de los años 1960 se iniciaron los análisis para lograr datos fiables sobre la procedencia del ámbar.
C. W. Beck (Beck et al. 1964) fue el primero en aplicar la espectrometría infrarroja para obtener series espectrográficas que mostraran los patrones característicos del mismo en cada zona.
Desde entonces se realizan habitual-(*) Dpto. de Prehistoria, Facultad de Geografía e Historia, Universidad Complutense de Madrid.
C/ Profesor Aranguren s/n.
Correo e.: mluisac.ucm.es (**) Museo Comarcal de Molina de Aragón.
Plaza de San Francisco s/n.
Correos e.: [EMAIL]; [EMAIL] (***) Laboratorio de Arqueometría de Materiales.
Centro de Ciencias Humanas y Sociales, CSIC.
Correo e.: fernando.agua.csic.es (****) Consejería de Educación, Cultura y Deportes, S.P. de Guadalajara.
mente estas analíticas, a las que se ha incorporado también España desde hace ya una década.
Durante la Prehistoria y Protohistoria europeas el ámbar se ha obtenido mayoritariamente en la región del Báltico, aunque cada vez se conocen más ejemplos de extracción local.
Recientes estudios en yacimientos de la Península Ibérica están demostrando que, en muchas ocasiones, esta materia prima es autóctona procediendo, por ejemplo, de las vetas de ámbar cretácico del norte y noreste.
Los restos de ámbar local más antiguos están documentados en los niveles auriñacienses de las cuevas cántabras de Morín y El Pendo (Álvarez et al. 2005a, 2005b), en monumentos megalíticos de toda la cornisa cantábrica e incluso en yacimientos de la Edad del Bronce, como el enterramiento megalítico del Bronce Inicial de Los Lagos I (Gutiérrez 2003).
Igualmente se conocen ámbares bálticos.
Posiblemente la evidencia más antigua es la del monumento megalítico de Larrarte (Guipúzcoa) de cronología calcolítica (Álvarez et al. 2005b: 175), similar a muchos enclaves portugueses desde megalitos a lugares domésticos, fechados entre el Neolítico-Calcolítico y el Bronce Final, que en general están acompañados de otras materias de prestigio como el oro, el cobre o el marfil (Vilaça et al. 2002: 76).
A partir del Bronce Antiguo y Medio la mayoría de los análisis remiten al contexto nórdico.
Serían ejemplo de ello yacimientos catalanes, algunos con cronologías similares a las de Herrería II, cuyos ámbares se revelaron de procedencia báltica (Rovira 1994: 79-80) o los mencionados yacimientos portugueses tardíos, como el depósito de Baiões (Vilaça et al. 2002: 65-66), fechado ya en el Bronce Tardío.
El estudio de los yacimientos del noreste mostró también gran similitud con otros del sur de Francia (Hassard, Prevel, etc.) donde la procedencia báltica se constató en el 87% de las muestras analizadas (Rovira 1994: 80).
Todo ello parece lógico, ya que en esta época se produjo un brillante desarrollo de las sociedades europeas y se intensificaron los contactos e intercambios entre las regiones del continente, que se prolongaron a lo largo de la Edad del Hierro.
La progresiva complejidad social y el desarrollo de grupos claramente jerarquizados dinamizó el intercambio de objetos personales, de prestigio y bienes comerciales, entre los que siempre figuraron los de ámbar, que hicieron pensar también en el desplazamiento de personas (Kristiansen y Larsson 2006: 53).
Otros autores al analizar los yacimientos del III milenio a.C. de Europa oriental sostienen también que, desde muy pronto, los movimientos de gentes facilitaron una gran distribución de diversos objetos, incluidos los de ámbar.
Por ejemplo las tumbas situadas en las regiones entre el Volga y el Oká han proporcionado abundantísimos adornos de este material, interpretados como intercambios de carácter comercial o ceremonial para reforzar vínculos entre diferentes grupos (Mazurkevich 2011: 61).
Al igual que ocurre con otras materias primas cuyo lugar de obtención es restringido, la concentración es mayor cerca de sus fuentes de aprovisionamiento (Polonia, Lituania, Rusia, etc.) que en sitios más alejados.
Pero esta hipótesis no siempre se cumple, ni responde a cuestiones de disponibilidad material sino a causas económicas, sociales o ideológicas.
Ello podría explicar la relativa escasez de ámbar báltico en los yacimientos protohistóricos de la Península Ibérica, dada la gran distancia que les separa de los mares nórdicos y, precisamente por esto, que su presencia resulte más significativa.
Las rutas centroeuropeas de intercambio durante la Edad del Bronce están bien estudiadas.
Por ellas se supone que también transitó el ámbar, aunque siempre han merecido mayor atención las que se dirigían hacia el Este de Europa, el Adriático o el Mediterráneo oriental, siendo Grecia un foco de obligada referencia (Bouzek 2007: 357).
Además, autores clásicos como Plinio o Tácito citaron estos caminos hacia el Norte y la existencia de un importante comercio de esta materia durante el Imperio gracias al cual los romanos llegaron hasta aquellas regiones lejanas (Delgado 1999: 261-262).
Si observamos la mayoría de los mapas al uso, la atención prestada a los territorios más occidentales es claramente menor.
La Península Ibérica suele quedar excluida, pues no se sobrepasa la línea del Ródano que, enlazando con el Rin y el Elba, formó un eje por el que se accedía fácilmente hasta las tierras occidentales más lejanas (Langenheim 2003: 265).
Algunos autores han señalado el marcado concepto difusionista que subyace bajo el trazado de todos estos caminos de intercambio, así como el notable actualismo de muchas de las propuestas manejadas (Palavestra 2007: 351-352).
En este contexto, consideramos de gran interés dar a conocer los resultados de los análisis de dos cuentas de ámbar recuperadas en la necrópolis de Herrería II (comarca de Molina de Aragón, Guadalajara), fechada a finales del Bronce Final y precedente inmediato de la primera fase celtibérica de dicho cementerio (Fig. 1).
La procedencia báltica de esta materia prima creemos que es un dato fundamental para mantener la hipótesis de la llegada de las influencias continentales de los Campos de Urnas no solo hasta el extremo noreste de la Península Ibérica, sino también hasta el reborde oriental de la Meseta.
Dicho substrato cultural desempeñó un papel importante en la gestación de los pueblos prerromanos allí identificados.
Todo parece indicar que estas zonas meseteñas no estuvieron muy pobladas durante las primeras Edades del Bronce, quizás por su alejamiento de los circuitos culturales más activos.
Eso mismo se observa en regiones cercanas, como el valle medio del Ebro que tuvo sus propios procesos culturales durante las primeras etapas metalúrgicas, no dinamizándose hasta el Bronce Final (Rodríguez de la Esperanza 2005: 181).
LA NECRÓPOLIS DE HERRERÍA II (HERRERÍA, GUADALAJARA)
La necrópolis de Herrería se excavó entre los años 1999-2005 y sus cuatro etapas de ocupación, sucesivas y superpuestas, han proporcionado abundancia de datos ambientales, materiales y cronológicos que amplían sólidamente el registro arqueológico de la transición entre el Bronce Final y la Edad del Hierro en la zona (Cerdeño et al. 2002; Cerdeño y Sagardoy 2007).
Este yacimiento se ha convertido en una de las claves para conocer el proceso cultural de la Meseta Oriental desde el final del II milenio a.C. hasta el momento de plenitud de la cultura celtibérica.
Ya no es un caso aislado: otros enclaves están mostrando un proceso semejante, como los cercanos Fuente Estaca (Martínez 1992) o San Pedro de Oncala en Soria (Tabernero et al. 2010).
Las cuentas recuperadas en dos de las tumbas de la necrópolis protohistórica se han analizado ahora, a raíz del descubrimiento de un yacimiento de ámbar en la misma comarca.
Nos parecía importante determinar si la materia prima empleada para la fabricación de estos adornos procedía de ese depósito local o de otras latitudes.
Además, hasta el momento, son los únicos datos fidedignos del uso de esta materia en territorio celtibérico.
La mención del marqués de Cerralbo a la existencia de fragmentos de cerámica tosca decorados con incrustaciones de círculos de "... ámbar amarillo del Báltico", procedentes de la necrópolis celtibérica de Luzaga (Aguilera y Gamboa 1916: 23) es hoy imposible de comprobar.
Como muestra la tabla 1, en la necrópolis de Herrería se identificaron claramente cuatro momentos sucesivos de ocupación protohistórica: Herrería I, II, III y IV, indicativos del uso selectivo y reiterado del lugar como enterramiento durante más de medio milenio (siglos XI-V a.C.).
Sobre ellas, en el nivel más superficial, se documentó también una última fase histórica, probablemente medieval, representada por tres enterramientos y abundante material cerámico revuelto.
Ello reitera la consideración funeraria y sagrada de este espacio, bastantes siglos después de las primeras utilizaciones.
En este trabajo incidimos en la fase Herrería II de la necrópolis, de donde proceden las cuentas.
Se ha datado entre los siglos IX-VIII a.C. (X-IX cal.
A.C.) a partir de las evidencias arqueológicas y dos fechas radiocarbónicas obtenidas sobre huesos inhumados (Cerdeño y Sagardoy 2007: 32):
Destacan más de 200 enterramientos de incineración y 5 de inhumación, señalizados por variadas estructuras tumulares y objetos de ajuar como cerámicas incisas, anillas de bronce y cuentas de collar, entre ellas las dos de ámbar (Fig. 2), los restos óseos humanos y de fauna, carbones, etc. Las tumbas de esta fase ocupan prácticamente toda el área excavada y se distribuyen manteniendo una tendencia este-oeste.
Se describen en detalle las que han proporcionado los adornos de ámbar, al parecer, sin relación especial entre sí:
Tumba 43/99: señalizada por un círculo de piedras calizas de 2 m de diámetro, que conservaba una hilada de altura.
En el centro de la estructura, sobre una mancha de tierra carbonosa, se depositaron los restos inhumados de un neonato, huesos incinerados de un adulto y algunos objetos de ajuar.
Sobre el esqueleto del neonato adherido a uno de los huesos largos, aparecieron una arandela de bronce de 3 cm de diámetro totalmente mineralizada y una gran cuenta de ámbar de forma tubular perforada de casi 4 cm de longitud y 1,7 cm de diámetro (Fig. 2.
Por debajo, había numerosos fragmentos de cerámica a mano y otros de fauna y sílex.
Se identificaron dos bordes planos y rectos, uno decorado con digitaciones y otro liso.
Acompañaban al primero de paredes gruesas y pasta color naranja 22 fragmentos pequeños bastante rodados, presumiblemente del mismo recipiente, y al segundo otros pequeños fragmentos de pared de cerámica gruesa, pasta color negro y superficie alisada.
Además se recuperó una lasca de sílex de color beige, de tercer orden, con talón fragmentado, fractura proximal-lateral y lateral por flexión y retoque plano, marginal en la parte distal.
También se recogió un incisivo y un premolar de Bos taurus y restos indeterminados de fauna.
Tumba 216/01: bajo un empedrado tumular, se conservaba una mancha de tierra carbonosa de 1,40 m × 0,50 m que contenía numerosos fragmentos de carbón y huesos humanos cremados.
El ajuar lo componían fragmentos dispersos de cerámica a mano: 2 de pared fina carenada, cocción oxidante y superficie alisada y 3 de cocción reductora y superficie erosionada; algunas esquirlas de bronce y una cuenta fragmentada de ámbar, cuya forma no se ha podido reconstruir.
Fases culturales identificadas en la necrópolis de Herrería (Herrería, Guadalajara).
La existencia de este yacimiento era conocida desde hace tiempo por los habitantes de la zona de Peralejos de las Truchas (Guadalajara), aunque nunca hasta ahora había suscitado mayor curiosidad.
El interés por las formaciones geológicas de la comarca molinesa al hilo de su posible inclusión en la 'Red Europea de Geoparques' ha motivado que el Museo Comarcal Molina de Aragón (J. A. M. y M. M.) le haya prestado más atención por la indudable novedad que supone.
Ello ha conducido a que las arqueólogas que excavaron la necrópolis de Herrería consideraran importante averiguar la procedencia de las cuentas conservadas.
El yacimiento de ámbar está en la ladera de un pequeño cañón excavado por el río Hoz Seca, afluente del río Tajo en su curso alto (Fig. 3A), que se hunde en la paramera.
El relieve negativo formado puso al descubierto una serie sedimentaria del período cretácico.
La serie comienza con sedimentos detríticos fluviales continentales y evoluciona hacia facies de mar abierto.
Refleja los profundos cambios ambientales que ocurrieron durante este período en que se completa la fragmentación del supercontinente Pangea con la apertura de la zona norte del océano Atlántico.
En la base de la estratigrafía del cañón y constituyendo el lecho sobre el que discurre el río Hoz Seca, aflora un nivel formado por limos, arenas y conglomerados calcáreos en facies Weald (Fig. 3A, nivel 1).
Corresponde a sedimentos de ambiente continental que reflejan la emersión sufrida por el terreno a causa del mínimo alcanzado por el nivel del mar de comienzos del Cretácico (Gabaldón 1989).
Sobre el nivel anterior y tras una discontinuidad estratigráfica, se dispone un nivel de arenas y limos en facies Utrillas (Aguilar et al. 1971), entre los que aparecen niveles enriquecidos en carbón con las inclusiones de ámbar, objeto de nuestro interés (Fig. 3A, nivel 2 y Fig. 3B).
Estos sedimentos revelan una elevación del nivel del mar con un tránsito del medio desde un ambiente fluvial, hacia facies de marisma.
A continuación y en contacto concordante aparece un nivel en el que predominan materiales margosos, correspondiente al registro generado por un medio resultan-te de la evolución hacia condiciones de plataforma marina somera a causa del continuo ascenso del nivel del mar (Fig. 3A, nivel 3).
Las características paleogeográficas del yacimiento de ámbar corresponden a un ambiente de marisma en el que se desarrollaron frondosos bosques de proto-coníferas, sobre un sustrato húmedo poco oxigenado que favoreció la preservación en forma de carbón de la materia orgánica generada por acumulación de ejemplares muertos.
El nivel se relaciona con los lignitos que se explotan económicamente en la cercana Teruel desde hace décadas.
El nombre "facies Utrillas" de esta formación, procede de la localidad turolense homónima.
Desde el punto de vista sedimentológico, el yacimiento está constituido por una alternancia de arcillas caolínicas, limos y arenas multicolores con niveles intercalados enriquecidos en carbón.
Su origen es fluvial (Pardo y Villena 1981) con influencia costera, también aparecen algunos niveles arenosos de grano fino y bien seleccionado, que revelan el desarrollo de sistemas de dunas eólicas litorales cuyos depósitos quedan incorporados a la serie (Rodríguez-López et al. 2009).
En su siguiente episodio sedimentario, la progresión en la elevación del nivel del mar inundó este paisaje y generó un nuevo nivel de sedimentos, ya de carácter marino, que enterró los materiales anteriores, preservándolos de la erosión hasta la instalación de la actual red fluvial.
La mayoría de los ámbares autóctonos de la Península Ibérica son del período cretácico, en general más quebradizos y por tanto más difíciles de tallar.
Solo los yacimientos de algunas zonas del norte con trozos de ámbar de un tamaño suficiente se han utilizado para elaborar objetos desde tiempos muy remotos (Álvarez et al. 2005b: 176).
En cambio, el ámbar báltico es de edad eocena (Cenozoico inferior) y se originó en las costas del Mar Báltico.
Procede de la erosión de un estrato actualmente cubierto por el mar conocido como facies Blue Earth, resultado de la deposición de los sedimentos acarreados por un río que en aquella época atravesaba un bosque, recogiendo porciones de resina generada por sus árboles (Poinar 1992).
El enterramiento de esta resina, junto con los demás materiales depositados en la desembocadura del río, desencadenaron los mecanismos de fosilización que condujeron a la generación del ámbar.
Las características sedimentológicas del estrato antes mencionado son escasamente conocidas dado su carácter subacuá-tico.
Estas resinas fósiles acceden flotando a la superficie, en especial tras episodios de tempestad, siendo obtenidas mediante técnicas 'pesqueras' y explotadas económicamente desde hace milenios.
Su aspecto acostumbra ser más limpio y transparente, su color más claro y su textura menos que bradiza que el ámbar peninsular, por lo que es más apreciado para la elaboración de objetos de valor.
Análisis de las muestras de Herrería II: metodología y resultados
El estudio del ámbar con técnicas analíticas es relativamente reciente: las últimas décadas del siglo XX.
Aunque su estructura es amorfa, puede considerarse un mineral orgánico y, como tal, estudiarse mediante los métodos empleados en Geoquímica y Química orgánica.
Las técnicas más utilizadas son: Espectroscopía Infrarroja (IR), Espectroscopía Infrarroja mediante Transformada de Fourier (IR-TF), Resonancia Magnética Nuclear de 13 C ( 13 C-RMN) y Cromatografía de Gases acoplada a Espectrometría de Masas (CG-EM) (Langheim 1969; Lambert y Frye 1982; Lambert y Poinar 2002; Beck 1997).
La Espectroscopía Infrarroja se ha utilizado ampliamente en muestras arqueológicas por su rapidez, disponibilidad y por la poca cantidad de material requerida para el análisis.
Como los espectros de transmisión infrarroja de los ámbares son complejos, el método de estudio más extendido es el comparativo.
Cada tipo de ámbar presenta una 'huella dactilar' característica que proporciona información geológica (antigüedad, procedencia geográfica), de su origen paleobotánico y de su estado de conservación.
Nuestro estudio se ha efectuado en un Espectrofotómetro de Infrarrojo con Transformada de Fourier (IR-TF), Perkin-Elmer modelo Spectrum 100, en el Servicio de Análisis del Instituto de Cerámica y Vidrio del CSIC.
Todos los espectros se han registrado en modo transmisión en la región desde 400 hasta 4000 cm -1 de número de onda y con una resolución de 4 cm -1.
Para la preparación de las muestras se ha molido en un mortero de ágata una pequeña cantidad de ámbar (1 mg aproximadamente) mezclada con 100 mg de bromuro potásico, que es transparente a la radiación infrarroja, hasta conseguir un polvo fino y homogéneo.
La mezcla se ha sometido a presión en una prensa hidráulica, con aplicación simultánea de vacío, hasta conseguir una pastilla en forma de disco.
Como blanco se ha usado una pastilla de bromuro potásico puro, con el fin de minimizar las intensas bandas de absorción del agua residual debido al carácter higroscópico del bromuro potásico.
En cambio, T-43/99 presenta signos de alteración superficial y se ha analizado tanto la capa exterior como el interior menos alterado, para comprobar si hay diferencias en sus espectros.
Para confirmar el origen autóctono o no del ámbar arqueológico, se ha analizado una muestra de ámbar procedente del yacimiento del río Hoz Seca.
Dista de la necrópolis unos 30 km y contiene trozos relativamente grandes, de tamaño centimétrico, en buen estado de conservación que podrían ser adecuados para la talla (Fig. 4).
En la figura 5.1 se representan los espectros de transmisión infrarroja de T-43/99, T-216/01 y su comparación con la muestra procedente del yacimiento del río Hoz Seca.
Los espectros de las muestras de la necrópolis son muy parecidos.
En ambos se observa el patrón típico de los ámbares del Báltico, una banda de absorción (disminución de la transmisión) intensa y bien definida a 1160 cm -1, junto al denominado 'hombro báltico' entre 1200 y 1250 cm -1, que corresponden a vibraciones de tensión de enlaces C-O, y una pequeña y estrecha banda situada a 885 cm -1, debida a grupos metileno (=CH 2 ) exocíclicos.
Como estas bandas son características exclusivas de los ám-bares de yacimientos terciarios bálticos y no hay depósitos geológicos de este tipo de ámbar al sur de los Alpes (Beck et al. 1965; Beck 1986; Savkevich 1981; Kosmowska-Ceranowicz 1999), podemos asegurar que las dos cuentas se fabricaron con ámbares de yacimientos situados en el norte de Europa.
El espectro de la muestra de ámbar del yacimiento del río Hoz Seca difiere de los anteriores por carecer del característico 'hombro báltico' y de la banda de absorción alrededor de 890 cm -1.
El espectro es similar a otros de ámbares cretácicos de la Península Ibérica, como los de Peñacerrada en Álava (Alonso et al. 2000) o Reocín en Cantabria (Matuszewska y Karwowski 1999; Matuszewska et al. 2001).
La ausencia de la banda de 890 cm -1, junto con una disminución de intensidad de la banda a 1700 cm -1, que corresponde a vibraciones de tensión de enlaces C=O, es indicativa de una mayor madurez del ámbar (Grimalt et al. 1998), lo que concordaría con su mayor antigüedad, ya que se formó durante el período cretácico, hace unos 100 millones de años.
El ámbar es un material que se degrada con facilidad con el aire por los procesos de oxidación que sufren sus componentes.
En la figura 5.2 se representan los espectros del interior de T-43/99 y de la capa externa alterada.
La transición entre el II-I milenio a.C. en el sector oriental de la Meseta creemos que fue un momento clave durante el que se desarrollaron cambios profundos en las sociedades que allí habitaron.
A través de las evidencias arqueológicas se detecta una creciente complejidad social y tecnológica manifestada en la ocupación de nuevas tierras, un evidente aumento demográfico, nuevos ritos, nuevas formas de organizar el espacio fune- rario y nuevos elementos materiales.
Esta época tiene el interés añadido de ser el precedente inmediato de la cultura celtibérica, a la que se reconoce perfectamente un siglo y medio después y que mantuvo a lo largo de toda la Edad del Hierro muchos de los rasgos culturales que entonces se perfilaron, especialmente en el ámbito funerario según se constata, por ejemplo, en la secuencia ininterrumpida de la necrópolis de Herrería.
La presencia de cuentas de ámbar en ajuares molineses de los siglos IX-VIII a.C. es en sí misma importante, al identificarse por primera vez el uso de este material en la región.
Su lejana procedencia aporta nuevos datos para la interpretación de sus fases culturales.
Su origen alóctono es muy elocuente.
Sugiere que, aunque había un yacimiento local perfectamente accesible a menos de una jornada de distancia a pie, o no se conocía esta resina fósil o los anteriores grupos asentados en la comarca no le dieron un significado relevante, al contrario de lo que ocurría en otros ámbitos peninsulares y en casi toda Europa continental, donde sí fue más frecuente la utilización de objetos de ámbar.
Los resultados de nuestros análisis, demostrando que el ámbar empleado en la fabricación de las cuentas de Herrería II procede del Báltico, hacen pensar en la llegada de gentes con nuevos presupuestos sociales, que sí conocían y valoraban este elemento y/o en el establecimiento de contactos o intercambios por los que llegó esta materia prima junto a otros materiales e ideas que se identifican en el cementerio.
Entre las novedades culturales subrayamos sobre todo el ritual incinerador y la ubicación y forma del cementerio.
Consideramos que se deben a influencias llegadas hasta estas tierras desde el medio Ebro y hasta allí, a su vez, del otro lado de los Pirineos y a las que otorgamos un papel importante en la gestación de los posteriores pueblos prerromanos.
Este trabajo es un ejemplo más de la necesidad que tiene la investigación arqueológica de elaborar un registro material sólido.
Ello se consigue en muchas ocasiones acudiendo a técnicas especializadas aplicadas por colegas de otras disciplinas, es decir, a la Arqueometría, un campo interdisciplinar entre las ciencias naturales y las ciencias humanas, capaz de proporcionar nuevas pruebas empíricas que permiten mantener hipótesis interpretativas como la esbozada en las líneas precedentes.
Laura Peláez del Servicio de Análisis del Instituto de Cerámica y Vidrio (CSIC) efectuó los espectros de transmisión infrarroja. |
En este artículo se presentan y estudian un cuenco y un plato de pescado de cerámica ática, hallados ambos en aguas del puerto de Ibiza.
El primero tiene dos grafitos, uno griego y el otro púnico, que resultan difíciles de clasificar como administrativos, comerciales o, simplemente como marcas personales de propiedad.
Los dos vasos, que se enmarcan claramente el ámbito del comercio de cerámicas de producción áticas desde el Mediterráneo central hacia el extremo Occidente, permiten sin embargo retomar el tema de sus modos de transmisión, actualmente vinculados más bien con el mundo púnico, que con un comercio griego de carácter directo y se discute al mismo tiempo el denominado doble circuito mercantil.
En cualquier caso, esta corriente comercial afectó Ibiza, como reflejan, no sólo los materiales áticos encontrados en la isla, sino también su imitación local, observándose, además, en ambos fenómenos, que se producen en paralelo, un carácter selectivo.
A nivel insular y hasta la fecha, las dos formas aquí estudiadas, apenas se hallaban representadas en el repertorio publicado, resultado evidente de una investigación enfocada de modo casi exclusivo al mundo funerario, a expensas del estudio de los contextos de la vida cotidiana, que en el sentido indicado introducen variables más que significativas.
El interés del cuenco y del plato de pescado áticos aquí presentados es doble.
Ambos se hallaron en aguas del puerto de Ibiza e incrementan el reducido repertorio formal de piezas áticas publicadas en el ámbito púnico-ebusitano.
El cuenco, según información directa de su recuperador, se encontró entre la illa Plana y la bocana del antiguo puerto.
El plato se halló en el interior de la dársena antigua y procede de un dragado en esta área (Fig. 1).
Ambos vasos pudieron ser elementos arrojados al mar y no necesariamente restos de naufragios.
El cuenco presenta un doble grafito griego y púnico.
Ambas piezas se enmarcan en un comercio hacia el extremo occidente del Mediterráneo de objetos de producción no púnica, en este caso áticos, que actualmente se vincula más con Cartago que con el propio comercio griego y que afectó también de modo directo la isla de Ibiza.
La bahía, desde época fenicia, era el puerto histórico de la ciudad.
Se conocen otros materiales de procedencia subacuática, también directamente relacionados con este importante puerto.
En 2000 se controló el dragado para la construcción del dique de abrigo des Botafoc, el islote más meridional de los tres, actualmente unidos a tierra, que cierran por levante la bahía de Ibiza.
Como resultado se recuperaron ánforas descontextualizadas, normalmente fragmentarias y materiales de épocas diversas que permanecen inéditas.
Las obras actuales de ampliación de las estructuras portuarias en el sitio cuentan con seguimiento arqueológico.
Los ma-teriales y contextos de diversa y amplia cronología están en estudio.
El cuenco conserva todo el perfil.
Es abierto de perfil convexo sin ruptura de curva, borde redondeado y destacado al exterior, (Fig. 2).
Le falta una parte del borde y de la pared superior.
La base anular es alta con la cara externa vertical, levemente convexa, separada del cuerpo inferior por una acanalación bien marcada.
En la toma de tierra tiene el típico escalón de estas producciones.
En ambas superficies el barniz es negro mate, sin reflejos metálicos, un tanto degradado por el desgaste provocado por el medio marino.
La pasta es de color marrón, un tanto rojizo.
Dimensiones: diámetro máximo del borde y de la base 11,7 cm y 6,5 cm respectivamente; altura total 4,0 cm. La decoración se concentra en el fondo interior (Fig. 2).
Comprende dos círculos continuos de ruedecilla dentada y seis palmetas estampilladas, unidas entre sí por líneas curvas.
La ejecución es poco cuidada.
Lamboglia (1952) clasificó esta producción ática de mesa como la forma 22 de las 'precampanienses'.
Sparkes y Talcott (1970: 128-130) la denominaron outturned rim bowl en su estudio del material cerámico del ágora de Atenas.
Es un tipo de cuenco documentado en multitud de yacimientos del Mediterráneo occidental, con una cronología del IV siglo a.C., preferentemente de su primera mitad (Sabattini 2000).
En este contexto el valor arqueológico de la pieza reside en presentar dos grafitos post coctionem en el fondo externo.
Son dos signos realizados cada uno por dos líneas de 1 a 1,5 cm de longitud respectivamente (Fig. 2).
El primero, un triángulo abierto en su base con asta horizontal a media altura, se puede identificar como un alfa griega.
El segundo forma una línea escalonada con un hasta vertical en la sección horizontal.
Se asemeja más bien a la letra mem del alfabeto púnico.
El principal problema de este doble grafito es saber si cada signo fue inscrito o no a la vez.
En caso afirmativo, y no siendo un grafito bilingüe por tener signos diferentes, dos personas (una griega y otra púnica) habrían sido las autoras del hecho sincrónico sobre un único vaso.
Pero parece bastante más probable que fueran distintas y las hicieran en momentos y circunstancias también diferentes.
Es difícil reconstruir el orden de líneas (ductus) del trazado caligráfico por el desgaste de la pieza.
El grafito púnico sobre el outturned rim del puerto de Ibiza se suma a las marcas, siempre post coctionem, de esta clase halladas en el Mediterráneo central y occidental.
Una explicación de que hubiera dos marcas en un mismo vaso es que este fuera una mercancía de segunda mano (Johnston 1979: 40).
Como propiedad inicial de un griego se marcaría con una alfa y después, al pasar en circunstancias imposibles de saber a Fig. 2.
Cuenco ático tipo outturned rim recuperado entre la illa Plana y la bocana del puerto de Ibiza: A. dibujo, vista superior, abajo detalles de la decoración al interior del fondo, consistente en 2 círculos continuos y 6 palmetas, unidas por líneas curvas.
B. doble grafito, griego (letra alfa) y púnico (letra mem), grabado post coctionem en el fondo externo.
manos púnicas, se señalaría con una mem.
Insistimos en que la sucesión cronológica de ambos grafitos no es discernible con exactitud.
Solo le falta parte del borde, que es rectilíneo.
La cara externa es un tanto oblicua y de poca altura, es decir, escasamente colgante.
Gracias a la concavidad circular en el centro de su fondo interno y a su marcado perfil es fácilmente identificable como del tipo plato de pescado.
La base anular tiene paredes gruesas, ligeramente oblicuas (Fig. 3), con toma de tierra biselada y una acanalación que separa el pie del cuerpo en ambas caras.
La pasta es de color marrón acastañado.
El barniz ha desaparecido casi completamente.
Dimensiones: diámetro máximo del borde y de la base 19,3 cm y 10,6 cm respectivamente; altura total 2,6 cm.
Los platos de pescado son una forma cerámica poco común en la Península Ibérica.
Nada menos que 53 provienen del pecio del Sec, naufragado entre el 375-350 a.C. en la bahía de Palma de Mallorca.
En él conviven los tres tipos de labio de los platos de pescado: colgantes, engrosados y con ligeros rebordes.
Los platos de pescados de barniz negro llegan a la Península Ibérica entre el 375 y el 325 a.C., salvo dos ejemplares de la Illeta dels Banyets, fechados alrededor del 400 a.C. (García 1999: 165).
ENCUADRE HISTÓRICO Y ARQUEOLÓGICO DE LOS DOS VASOS ÁTICOS DEL PUERTO DE IBIZA
Cerámica ática en Ibiza
Las cerámicas de fabricación ática han sido habitualmente documentadas en Ibiza, principalmente en la necrópolis del Puig des Molins, desde los orígenes de la arqueología ebusitana, en los inicios del siglo XX.
Si se dejan de lado las lékythoi, principalmente las de tipo panzudo, y las lucernas, se observa con claridad que el volumen absoluto de material es realmente bajo.
Es todavía menor en proporción a los complejos vasculares de fabricación púnico-ebusitana y si se reparte entre los períodos establecidos que abarcan desde el final del siglo VI hasta mediados del IV a.C. (Sánchez 1981: 307-309).
Al margen de los hallazgos en los ambientes ebusitanos funerarios, que representan casi el cien por cien del material ático publicado, apenas se han dado a conocer hasta la fecha contextos arqueológicos que reflejen el uso y la circulación cotidiana de elementos vasculares de esta procedencia en estos siglos.
Lo poquísimo disponible por aho-Fig.
Plato de pescado recuperado en el dragado de la dársena antigua del puerto de Ibiza: arriba perfil del plato, abajo cara externa. ra (Ramon 1984(Ramon: fig. 7, n.o 6, 1993: fig. 5, n.o I-32;: fig. 5, n.o I-32; Fernández et al. 1987: pl. 8, n.o 3), hace pensar en una integración baja, cuantitativamente hablando, de vajilla griega en la Ibiza púnica.
Piezas áticas de cualquiera de las dos formas estudiadas, a día de hoy, son prácticamente desconocidas en la bibliografía científica ebusitana.
Aún no se había publicado ningún vaso ático asimilable en sentido estricto a un outturned rim bowl y el único plato de pescado publicado es un fragmento que, precisamente (y excepcionalmente), además del barniz negro, tiene figuras rojas de temática marina (Arribas et al. 1987: 226-227, fig. 5 a).
El origen itálico que se proponía para el mismo ha sido rebatido a favor del ático por J. M. García (1999: 165).
Los dos vasos áticos del puerto de Ibiza entran perfectamente en el segundo período establecido por C. Sánchez (1981: 309) entre mediados del siglo V y mediados del IV a.C. con un auge de las importaciones en la primera mitad del siglo IV, de acuerdo con lo visto en otros yacimientos, principalmente andaluces, sobre todo en cuanto a vasos fabricados en serie.
Otras piezas áticas contemporáneas en Ibiza son una masa de lékythoi panzudas, lucernas, algunos kylix de tipo plain rim de barniz negro, unos escasos fragmentos de skyphoi y kylix de figuras rojas tardías del grupo B.I de Rouillard y Viena 116.
Otras morfologías de vasos, como saleros, pequeños cuencos, askoi, etc, se fechan a caballo de este siglo y del V a.C. o incluso más bien en este último, como sin duda sucede también con las copas stemless inset lip, que son más frecuentes en la isla.
Cerámicas áticas en contextos submarinos del Mediterráneo occidental
Las cerámicas áticas de barniz negro en contextos submarinos occidentales del siglo IV a.C. son documentos siempre importantes a la hora de reconstruir los mecanismos de comercio.
Contrastan con otros pocos yacimientos submarinos occidentales con cerámica de barniz negro de otros orígenes, como el pecio de Dattilo (Parker 1992: n.o 355) y el de la Secca di Capistello (Parker 1992: n.o 1065).
Un origen tanto ático como magnogreco tiene la cerámica a bordo del mercante de Grand Bassin A (Parker 1992: n.o 468) y un origen indeterminado la cerámica hallada en el pecio de Ustica B (Parker 1992: n.o 1196).
Tampoco es del todo clara la procedencia ática de la cerámica del pecio de Vulpiglia (Parker 1992(Parker: 1230)).
La forma de transporte de objetos cerámicos en el ámbito griego queda reflejada en los pecios Pointe Lequin IA (en el interior de pythoi) o Alonissos (en apilamientos, hasta el momento conocidos como sin grafitar).
Sólo en un número minoritario de casos están grafitados.
Vasos áticos con grafitos
Tampoco era inédita la presencia en Ibiza, al menos, de otro vaso ático con grafitos púnicos (Fuentes 1986: 07.16; Fernández et al. 1987: pl. 9, n.o 1), en este caso de finales del siglo V a.C. o inicios del siguiente.
Además del pecio del Sec, piezas áticas con grafitos púnicos post coctionem, se han documentado en Ampurias (Fuentes y Gasca 1991) y en enclaves ibéricos como Ullastret (Fuentes 1986), la necrópolis del Cigarralejo (Cuadrado 1968) y la illeta dels Banyets (el Campello) (Llobregat 1989; Fuentes 1986).
En la metrópolis norteafricana hay al menos otro cuenco ático del tipo incurving rim grafitado con una alfa (Chelbi 1992, n.o 631), existiendo también otros casos de grafitos dobles, aunque no bilingües (Johnston 1979: 39-42).
Se mencionan otros a partir de las memorias de excavación de R. P. Delattre en Cartago, sin que hasta el momento hayan sido estudiados a fondo (Morel 1992).
A. W. Johnston (1979: 5) propuso considerar grafitos comerciales todos los inscritos sobre contenedores grandes, tipo ánfora y marcas de propiedad los que afectan las piezas de vajilla, salvo los grabados en las bases (también Hoz 2002(también Hoz: 77, 2008: 155): 155).
El problema es más sencillo en el caso de los numerales, fácilmente atribuibles al ámbito mercantil.
Del pecio del Sec se conocen 55 grafitos.
Representan numerales, letras griegas y púnicas y signos no alfabéticos.
J. de Hoz (1988de Hoz (: 104, 1989de Hoz (: 122, 2002: 86): 86) considera los grafitos de este pecio reflejo de un sistema que denomina "doble circuito mercantil", suponiendo que primero mercaderes griegos, en la misma Grecia, habrían marcado piezas que comercializaban hacia Occidente.
En un segundo momento, comerciantes púnicos las habrían adquirido para redistribuirlas, señalando a su vez una parte de la mercancía.
El mismo autor considera, como ya habían dicho otros investigadores (Ramon 1981: 42-43), que las piezas áticas del barco del Sec fueron comercializadas por griegos y revendidas por púnicos.
La propuesta interpretativa de J. de Hoz (2002: n.
87) se basa en un sistema administrativo y mercantil griego, que habría servido de modelo a otros pueblos del Mediterráneo occidental.
Pero cabe recordar que piezas fenicias con grafitos post coctionem existen desde los inicios de la colonización, incluso en el Atlántico, casi cuatrocientos años antes de la época del Sec.
Marcas, a veces con una sola letra, interpretada como inicial de un nombre propio, sin duda un signo personal de propiedad, aparecen también sobre cerámicas de producción ebusitana.
Es posible, pues, que en los mercantes existiera la necesidad administrativa y jurídica de identificar la propiedad de cada uno de los lotes en base al ekbolé (equivalente al posterior ius iactum del derecho romano) o al sistema de préstamos marítimos (daneion nautikon), a juzgar por algunos parágrafos de Demóstenes que, sin embargo, se refieren a cargamentos de cereales y vino (Schuster 2005).
El impacto de los materiales áticos en la alfarería púnico-ebusitana
Uno de nosotros (Ramon 1990(Ramon -1991) llamó hace tiempo la atención sobre el giro experimentado por talleres ebusitanos como AE-20, AE-36, etc. que abandonaron algunas morfologías tradicionalmente fenicio-púnicas para substituirlas por imitaciones directas de modelos de vajilla ática, desde la primera mitad del siglo IV a.C. y de modo un tanto brusco.
En este marco, aunque la gama de versiones ibicencas de cerámicas áticas es más amplia, no parece casual que las formas cuyos originales griegos estudiamos en este trabajo fueran las más explotadas por los alfareros ebusitanos (Ramon 1990(Ramon -1991: 280-281): 280-281).
El hecho de que en el navío del Sec, aparte de las pequeñas páteras, el cargamento de vasos áticos de barniz negro estuviera dominado también, precisamente, por las incurving rim bowl, outturned rim bowl y los fish plate, sin duda es significativo.
Las dos piezas presentadas y estudiadas en este trabajo son producciones per se relativamente bien conocidas.
Sin embargo tienen un doble interés específico.
Además del interés específico de los dos grafitos, uno en alfabeto griego y el otro púnico, sobre el cuenco se aumenta el repertorio formal de piezas áticas publicadas en el ámbito púnico-ebusitano, que contaba hasta la fecha sólo con tres precedentes de horizontes no funerarios.
La explicación de este hecho, en apariencia insólito, está en la orientación general de la arqueología ebusitana hacia la obtención de piezas en buenas condiciones museológicas hasta los últimos decenios del siglo XX.
Las opiniones en torno a la presencia de cerámica ática en la isla, emitidas en base a los corpora publicados, han reposado sobre materiales de procedencia estrictamente funeraria.
Ello ha provocado una visión del tema distorsionada o como mínimo parcial.
Se ha trabajado sobre el material ático de procedencia sepulcral pero sin tomar conciencia de que fuera de las tumbas la realidad pudiera ser diferente.
Lo mismo sucede con los elencos, muchísimo más abundantes, de vasos de fabricación púnico-ebusitana, contemporáneos a los anteriores.
La arqueología reciente ha permitido superar en cierto modo este panorama de manera eficiente.
Otros contextos ibicencos relacionados con la vida cotidiana, o incluso con ambientes comerciales, dan una pauta bien distinta de la presencia de cerámica griega en el ámbito insular, muy especialmente en relación a los aspectos porcentuales.
En los ámbitos extrafunerarios predominan totalmente las copas y existen incluso oinocoes, que se relacionan de modo directo con el consumo de vino.
Por poner algunos ejemplos que no agotan el inventario de casos en Ibiza, a raíz de las excavaciones arqueológicas oficiales dirigidas por uno de nosotros (Ramon 2004), en el relleno del pozo de Sa Joveria (SJ-90), entre el material cerámico apareció una quincena de vasos áticos, predominando las copas tipo stemless-inset lip (8 ejemplares), y además un oinocoe, dos lucernas y el pie de un gran lékythos.
En el horizonte alfarero AE-7 (Fernández et al. 1987: pl. 8 núm. 3; Ramon 2011), aproximadamente contemporáneo, las tres únicas piezas áticas son kylix tipo stemless-inset lip.
Los pocos fragmentos áticos hallados en otros niveles, también alfareros, esta vez del siglo IV a.C., como AE-20/AR-33 y AE-36 (Ramon 2011) responden a un número reducido de piezas áticas de barniz negro tipo bolsal, outturned rim bowl e incurving rim bowl.
El porcentaje de lucernas y lékythoi áticos documentados en el mundo sepulcral púnico-ebusitano es abrumador con mucha diferencia.
En el Museo Arqueológico Nacional de Madrid hay 142 piezas áticas conservadas de dichas categorías, que acaparan nada menos que el 88% en relación a unos pocos kylix (Sánchez 1981).
Esa proporción (Sánchez 2003: 136-138) fuera del ámbito funerario se diluye totalmente puesto que estas categorías o son muy minoritarias o, con mucha mayor frecuencia, simplemente inexistentes.
Del mismo modo, las figuras rojas fueron mucho menos apreciadas en contextos no funerarios que en el ámbito sepulcral.
Cada sistema cultural tiene una panoplia de vajilla cerámica en relación con sus costumbres alimentarias y sus ritos funerarios que se traduce también en la selección de formas importadas.
El tema hasta el momento se ha estudiado sobre todo en relación a la cerámica ática figurada.
Su reflejo son los trabajos que contraponen ambos espectros y su utilización funcional entre el mundo ibérico y el mundo griego (Bats 1989; Fless 2001; Schmaltz y Söldner 2003).
La tendencia se refleja en los materiales de la Península Ibérica, el sur de Francia y el norte de África.
Py y Sabattini (2000: 184, fig. 15) estudian la distribución, relación y función de estos recipientes entre los yacimientos de Lattes, el Sec y el ágora de Atenas.
La sociedad púnico-ebusitana, si se exceptúan las lékythoi, relativamente frecuentes en las necrópolis, especialmente en el Puig des Molins, junto con un corto número de vasos para beber de figuras rojas y negras, por lo general, rechazó todo tipo de cerámica ática con decoración.
En especial los grandes vasos figurados, muchos de ellos con alusiones mitológicas, eran poco acordes con su ideología.
Un panorama bien distinto se observa, no ya en las ciudades griegas extremo-occidentales, como Ampurias, sino incluso en el mundo ibérico, donde las cerámicas con figuras rojas tienen una presencia más alta y más diversificada: en el ámbito catalán representan alrededor de un no desdeñable 25% del total de cerámica ática (Sanmartí 2000: 234).
Está fuera de toda duda que los materiales estudiados en el presente trabajo, como el resto del elenco ático del segundo cuarto del siglo IV a.C. encontrado en Ibiza, viajaron en barcos tipo Sec.
Es evidente que formaban parte de un comercio que, entre otros, tocaba el puerto de Ibiza (Ramon 2004: 280).
Ahora bien, la mercancía que quedaba en la isla era selectiva, cosa que explica la componenda específica del elenco registrado.
Insistimos en que, a pesar del cúmulo y variedad de materiales griegos transportados por dicho buque, el comercio era púnico según comunis opinio de la mayoría de investigadores, confirmando sin duda pasajes literarios antiguos.
Pseudo Escílax (Müller 1855(Müller -1882: párrafo 112): párrafo 112) afirma, p. ej., que los cartagineses comerciaban vasos áticos con los etíopes del Atlántico (cf. la problemática cronológica del texto en Domínguez 1994).
En cuanto a las fuentes y mecanismos de aprovisionamiento por parte púnica, cabe simplemente recordar la presencia estable de mercaderes y barcos de esta nacionalidad en ciudades griegas como Siracusa (Diodoro de Sicilia, Bib. hist.
Sicilia es por tanto una buena base teórica de aprovisionamiento de elementos griegos por parte cartaginesa.
Tampoco escapa el hecho que el cuenco del puerto de Ibiza con dos grafitos, ante todo, es un ejemplo más para el reducido corpus de elementos de esta clase, al margen del cargamento del Sec.
Su interés radica principalmente en la distinta lengua de los dos grafitos lo que, a pesar de no erigirlo tampoco en unicum, ciertamente aumenta su valor.
Estas marcas, más que indicativos comerciales, pudieron perfectamente ser iniciales de propietarios sucesivos, pero no es seguro que estos grafitos que, en proporción baja, aparecen directamente sobre los vasos, sean el registro directo de dichas identificaciones.
Otros podrían haber sido colocados sobre embalajes perecederos agrupando conjuntos más o menos amplios de tales objetos.
Lo que parece claro es que no hubo problema en pasar de mano en mano piezas áticas con marcas de este tipo, cuya utilidad, en detrimento de la estética, acabaría siendo perfectamente su perflua. |
Javier Fernandez Eraso y Jose Antonio Mujika Alustina (eds.).
Actas del Congreso Internacional sobre Megalitismo y otras manifestaciones funerarias contemporáneas en su contexto social, económico y cultural.
Suplemento 32, Sociedad de Ciencias Aranzadi.
No menos de 30 autores individuales intervinieron en la redacción de esta colección de 37 capítulos sobre los restos culturales campaniformes en Galicia.
Representan a variadas instituciones nacionales y regionales, agencias estatales, compañías privadas de arqueología y arqueólogos aficionados con talento.
Esto es, por si mismo, un logro notable, en una época en la que el control institucional ejerce un monopolio virtual sobre la arqueología, así que es bueno ver que la cooperación se amplía mas allá de los autores habituales.
Ahora, un consejo para el lector de este libro: no debería empezar por el principio sino que, en lugar de ello, debe ir directamente al final del Capítulo 37 que trata los cambios climáticos en el periodo 2800-1400 BC.
Este es, con mucho, el capítulo más importante y de mayor alcance, y el único que ofrece la posibilidad de crear un modelo general de cambio cultural y evolución en el III y II mileno BC en el Noroeste de la Península Ibérica.
Si la reunión y análisis de los restos arqueológicos debe justificarse, y el dinero gastado en su publicación recompensado, entonces un modelo que articule la geografía humana del uso cambiante del paisaje en la longue durée es esencial.
Aquí, en el breve espacio de solo seis páginas, seis paleoambientalistas hacen eso precisamente.
Sus conclusiones provisionales son solo resúmenes, por lo que es imposible en esta fase diseccionar los datos primarios que los sustentan.
Sin embargo, hay suficientes sitios y puntos de muestreo en el paisaje gallego para hacer una reconstrucción detallada del paleoclima durante los últimos 8000 años.
Además, muchos de esos sitios muestreados tienen claras indicaciones de impactos humanos, revelados a través de cambios en la vegetación, episodios de deforestación (algunos más locales que otros), tipos de suelo, erosión de la cubierta edafológica hasta la roca madre, acumulaciones en fondo de valle, etc. Hay un registro completo de series de datos indirectos a partir de los cuales pueden construirse secuencias locales y por ello integrables en es tudios mas amplios.
Entonces, ¿cuáles son estas conclusiones?
Lo primero de todo es que hubo oscilaciones climáticas bastante agudas con periodos más fríos y húmedos que los actuales.
Durante el periodo campaniforme, emparedado entre dos episodios fríos, hubo un intervalo más cálido que duró de 2000 a 1800 BC.
Dada la sensibilidad de los tipos de vegetación atlántica a la lluvia y la temperatura, es probable que el amplio clareado del bosque documentado para el mismo periodo tuviera efectos permanentes.
Estos episodios de deforestación y erosión no deben considerarse totalmente negativos;
Prehist., 69, N.o 2, julio-diciembre 2012, pp. 394-404, ISSN: 0082-5638 materiales fértiles son removidos por la erosión en sitios relativamente inaccesibles, concentrándose en los fondos de los valles, donde los sistemas agrícolas los pueden explotar con provecho.
Estos son elementos prometedores para construir un modelo de base ecológica del cambio del paisaje, en el cual la intervención humana (clareado y quema del bosque sobre todo) interactúa con agudos enfriamientos climáticos durante breves periodos.
Si uno está buscando la comprensión de los procesos que pudieron dirigir el cambio, o influir en el, seguramente están ahí.
Dado que las sociedades del III milenio están basadas en una agricultura y pastoreo de subsistencia, y que los excedentes alimentarios eran esenciales para el tipo de promoción social realmente reflejada en la longue durée, creo que estas son las claves de los cambios culturales más importantes.
No me queda claro, sin embargo, que la deforestación y la presión progresiva del pastoreo sobre los paisajes tras el 2800 BC lleven a una intensificación económica.
De momento no veo ninguna evidencia clara de los procesos que Andrew Sherratt identificó originalmente como "Revolución de los Productos Secundarios" en esas fechas.
Volviendo a las principales secciones del libro, abundan los detalles ricos y minuciosos, lo que deleitará a los positivistas culturales que haya entre nosotros.
Hay una satisfacción sin complejos al presentar la evidencia de las plantas domésticas, los monumentos funerarios, los conjuntos cerámicos, los grupos de sílex y sus (a veces) determinaciones radiocarbónicas asociadas.
Es bueno ver las plantas detalladas de las bien excavadas casas circulares y el hecho llamativo de su sustitución por otras sustancialmente rectangulares en la primera mitad del II milenio.
Esto queda claro en los asentamientos explorados en Setepías y en A Lagoa, donde pudo disponerse de una sorprendente cantidad de información contextual a partir de lo que parecían, al principio, áreas erosionadas con hallazgos mezclados en superficie.
Sin embargo, un muestreo de campo y un registro excelentes a partir de la arqueología de urgencia practicada durante los últimos 20 años está, por fin, produciendo algunos retornos intelectuales respetables.
A mayor escala, estos cambios en la planta y tamaño de la casa están documentados a través de la Europa atlántica y occidental; ¿seguramente hay aquí una agenda de investigación útil que vale la pena explorar a gran escala?
Entre los nuevos datos a partir de los monumentos funerarios, el mas notable es la presencia de un campaniforme cordado del dolmen del Monte dos Marxos, en el punto donde el corredor se une a la cámara.
Su deposición coincide con el cuidadoso cierre final de la tumba megalítica, y puede ser el resto de un enterramiento individual.
Los materiales campaniformes son, sobre todo, cerámicas.
Varios sitios tienen conjuntos que son estilís-ticamente coherentes (como A Lagoa con sus campaniformes marítimos), y parece que los asentamientos interiores tienen más cerámica decorada, y más variada, que los costeros.
Ha quedado demostrado ahora que fueron conchas marinas, y no cuerdas, las que se usaron para decorar alguna cerámica, y que técnicas similares se emplearon en la Extremadura portuguesa y Bretaña.
Varios autores discuten los diferentes estilos de decoración y técnica campaniforme y llegan a la conclusión general de que es muy probable que sean ampliamente contemporáneos.
Esta conclusión aparentemente contradice sus otras creencias respecto a que la decoración campaniforme concedía "poder" e "importancia".
Mi opinión particular es que lo que parecen ser variaciones contemporáneas pueden ser reflejo de una imprecisión cronológica, y de la incapacidad general para fechar materiales culturales con mucha precisión en este periodo.
En otras palabras, tenemos un "hecho" de nuestra propia creación y limitaciones técnicas.
Sin duda el tiempo nos dirá que es lo correcto.
No se presta mucha atención a los procesos de formación de la muestra a pesar de los comentarios frecuentes de que los tamaños de los fragmentos son muy pequeños, la cerámica estaba erosionada, las superficies corroídas, etc. El reconocimiento de la estratigrafía horizontal en sitios complejos de múltiples periodos, como A Devesa de Abaixo y Os Torradoiros, fue recompensado con una secuencia que cubre todo el II milenio BC.
Antes de que se hagan nuevas comparaciones entre sitios, parecería que habría que hacer algun trabajo serio sobre la tafonomía de esas muestras de campaniformes gallegos.
Sin ella es poco probable que tengan fuerza las comparaciones (y las conclusiones extraidas de ellas).
Como es inevitable, en un libro con varios autores, donde los materiales se han preparado para una futura publicación en diferentes formatos, hay marcadas diferencias en la forma en que las cerámicas se han dibujado y representado.
También hay mucha duplicidad cartográfica, espacios muertos y repeticiones que un corrector de estilo habría suprimido.
Pero a pesar de ello, este libro es una incorporación bienvenida a la base de datos de la Prehistoria de Europa occidental, a los estudios campaniformes en particular y una clara demostración del valor de la excavación en área y del registro de urgencias.
En el futuro muchos de estos datos estará disponibles digitalmente, pero ¿quién sabe cuando se conseguirá esto?
E-mail: [EMAIL] Victor M. Hurtado Pérez, Leonardo García Sanjuán y Mark A. Hunt Ortiz (eds.).
El asentamiento de El Trastejón (Huelva).
Investigaciones en el marco de los procesos sociales y culturales de la Edad del Bronce en el Suroeste de la Península Ibérica.
Monografías Arqueología, Junta de Andalucía, Consejería de Cultura, Dirección General de Bienes Culturales.
Esta publicación se esperaba hace mucho, puesto que El Trastejón se había considerado (Hurtado y García Sanjuán 1994) un caso paradigmático del poblamiento del Suroeste de la Península Ibérica en el II milenio a.C. Casi 20 años después de estas primeras noticias, el yacimiento vuelve a marcar la dinámica del conocimiento en este contexto donde, a pesar de las profundas transformaciones que la investigación ha conocido en los últimos años, la evidencia funeraria sigue mejor documentada.
La monografía es resultado de un típico programa de investigación de los años 80, coordinado por los autores y desarrollado entre 1988 y 1994.
Aunque en un principio más extenso, terminó centrándose en la Sierra de Huelva.
La opción editorial asume un doble formato, en papel y CD, constituyendo el primero una síntesis de 7 capítulos del texto presentado en la versión digital.
Consta de tapas duras, papel e impresión de calidad excelente, lo que desafortunadamente no ocurre con algunas fotografías de la versión digital.
Personalmente, prefiero una buena edición impresa, a pesar de reconocer la mayor agilidad de utilización y divulgación de la versión digital.
Aquí me centraré en la edición digital, que está completa.
El trabajo se estructura en 10 capítulos.
El primero introduce el proyecto y sus condicionantes arqueológicos y geográficos de partida.
Los tres siguientes presentan los resultados obtenidos en las intervenciones arqueológicas de los sitios de El Trastejón, Atalaya de Trastejón y La Papúa II.
El capítulo 5, uno de los más importantes, es una notable síntesis de las secuencias radiocarbónicas obtenidas.
El sexto documenta la producción metalúrgica del yacimiento, en el marco de la denominada economía metalúrgica de Sierra Morena Occidental, demostrando una producción de base familiar y local.
Los capítulos 7, 8 y 9 exponen los resultados analíticos de las cerámicas, Trab.
En el último capítulo se ofrece un balance de la ocupación de El Trastejón en el cuadro de las estrategias de poblamiento del II milenio a.C. en Sierra Morena Occidental.
Además, en un anexo, se presenta una importante relación de los sitios documentados en la prospección del área de estudio, que han dado origen a muchos de los estudios y análisis del territorio ofrecidos.
Las limitaciones de espacio me obligan a comentar solo algunos capítulos, sin perjuicio del valor e interés de los restantes.
El capítulo 2 presenta los resultados obtenidos en el poblado de El Trastejón.
Este se localiza en la Sierra de Huelva, en el meandro de un afluente de la cuenca del Guadalquivir, sobre un cerro de marcada pendiente, rodeado en tres de sus lados por dos grandes estructuras que, como se comprobó, correspondían a grandes muros de aterrazamiento, que debieron cumplir igualmente un papel defensivo.
Debe destacarse la cuidadosa presentación de los datos arqueológicos, bien ilustrados y explicados, con sus correspondientes matrices estratigráficas.
Se facilitan los resultados obtenidos en las plataformas superior e inferior y en los 3 cortes abiertos en cada una, analizando 4 fases estratigráficas en la superior y 5 en la inferior.
En ambas plataformas fueron documentadas estructuras de tipo habitacional, grandes cabañas de planta ovalada y más de 10 m de longitud, construidas en materiales perecederos y encuadradas en los citados muros de sustentación, que permitieron ampliar el área útil del cerro.
El espacio interior parece haber contenido diversas áreas funcionales como tejido, almacenaje y molienda.
La plataforma superior fue igualmente utilizada como zona funeraria de cistas, a la par que otras localizadas fuera del poblado; con todo, como reconocen los autores, no queda clara la coexistencia del uso habitacional y funerario.
El tratamiento del conjunto artefactual está bien presentado y valorado, constituyendo una base esencial para futuros trabajos sobre el II milenio a.C. en el Suroeste peninsular.
El material cerámico fue dividido en 9 tipos, considerando criterios morfológicos y volumétricos, que se analizan atendiendo a su presencia por fases y plataforma, permitiendo verificar la evolución de las presencias y de su distribución en el tiempo.
La mayoría de las formas aparece en toda la estratigrafía, variando sus porcentajes; con todo, las formas de carena alta, los grandes vasos de perfil en S y los soportes (formas 7 a 9) parecen ser exclusivos del Bronce Final.
Este trabajo resulta básico para una muy necesaria seriación crono-tipológica de las cerámicas del II milenio a.C. en todo el Suroeste.
Es llamativa la ausencia de formas y decoraciones propias del Bronce del Suroeste, identificadas en el Poblado de Alange (Pavón 1998), subrayando la diversidad cultu-ral existente en la región.
La casi ausencia de decoración es, sin embargo común en el Suroeste, aunque la presencia de esquemas decorativos incisos y excisos, afines a los meseteños, cada vez está mejor documentada.
El capítulo 4 se dedica al extenso sitio de La Papúa II.
Dada la escasez de los datos obtenidos, con una pobre estratigrafía y poca cerámica, y a pesar de sus impresionantes estructuras perimetrales, es difícil valorarlo en su contexto, incluso considerando la fecha obtenida en la base de la estratigrafía.
El capítulo 5 presenta el conjunto de 17 dataciones obtenidas en El Trastejón, comentando debidamente su posición estratigráfica.
Son todas sobre carbón de especies no identificadas y 9 de ellas han sido analizadas mediante AMS.
Diez de las muestras fueron recogidas en los sondeos de la plataforma superior y las restantes en la inferior.
Se descartaron 2 por aberrantes.
El conjunto es relativamente coherente entre sí y con las fases de ocupación propuestas, aunque, como señalan los autores, no siempre sean coherentes con la estratigrafía y las fases atribuidas.
Esto disminuye la confianza, ya de por sí compleja cuando datamos carbones de especies desconocidas, sin poder evaluar el old wood effect.
Los autores encuadran el primer gran momento de ocupación en la primera mitad del II milenio a.C. Le sucederá un abandono durante el tercer cuarto, para volver a ser ocupado a finales del milenio, probablemente hasta los inicios de la ocupación fenicia del litoral.
Aunque en general coincido con esta propuesta, creo que no queda clara a partir de las fechas obtenidas, en particular si atendemos a los intervalos a 2σ, siendo problemática la utilización de intervalos a 1σ.
La valoración de la secuencia cronológica de El Trastejón en el contexto del Sur peninsular pierde bastante por el desajuste entre la elaboración del texto (2006) y su publicación en un momento donde, en particular para el Sur de Portugal, la realidad ha sido profundamente alterada para el III milenio a.C. (Mataloto y Boaventura 2009) y para el mundo funerario del II milenio a.C. (Santos et al. 2008).
A pesar de las dificultades experimentadas, dado el evidente desequilibrio entre el Sureste y el Suroeste, coincidimos bastante con los autores en la verificación de que El Trastejón documenta una tendencia común a todo el Sur peninsular.
A la dinámica de poblamiento durante la primera mitad del II milenio a.C., sucede en su tercer cuarto una profunda transformación que afectará tanto al poblamiento como a las costumbres funerarias, tal como parece suceder en el mundo argárico, dando origen a una nueva organización que perdurará hasta la aparición de la presencia colonial fenicia.
El capítulo 10 se presenta como un gran y bien documentado ejercicio teórico sobre las estrategias de poblamiento del III-II milenio a.C. en el área de estu-Trab.
Las principales conclusiones, atendiendo a diversas variables, sustentan lecturas previas sobre las estrategias de ocupación de la Edad del Bronce, donde se observa la elección de lugares con buenas defensas naturales y amplia visibilidad, rodeados de buenas áreas agrícolas y muy próximos a vías naturales de paso.
El estudio propone también una jerarquización del poblamiento, dominada por el yacimiento de La Papúa II, el más extenso y sobresaliente de todos.
Sin embargo, como ya se ha dicho, este era también el poblado peor documentado de la región, lo que impone serias reservas sobre la valoración global.
La monografía de El Trastejón, por su coherencia, rigor y novedad, asume un papel fundamental en el estudio de las estrategias de ocupación del II milenio a.C. del Suroeste de la Península Ibérica, un lugar que ya era suyo desde que se realizaron sus primeros estudios.
Esta obra sintetiza los trabajos desarrollados en el poblado ibérico de La Bastida de Moixent a lo largo de más de 80 años.
Como señalan los editores, no es un libro esencialmente divulgativo ni se trata de una monografía especializada tradicional.
Es más bien un volumen que con claridad y rigor presenta a un público interesado y más o menos especializado, todo lo que el yacimiento ha aportado hasta el momento a la historia de la arqueología y al conocimiento de la vida del grupo ibérico que habitó en él.
Como veremos, no es poca cosa.
El formato y la calidad del libro resultan excepcionales, especialmente en estas fechas.
Se trata de una edición muy cuidada, de diseño individualizado para cada página y con un papel que permite resaltar al máximo los dibujos y las fotografías, siempre a color, salvo aquellas correspondientes a las primeras campañas.
Bonet y Vives-Ferrándiz llevan el peso de la coordinación y también han redactado una buena parte de la obra, aunque para muchos de los capítulos han contado con especialistas de reconocido prestigio que por su número no podemos citar aquí.
Muchos de ellos forman parte de los equipos que, con carácter estable, llevan trabajando en la arqueología ibérica del área valenciana desde hace largo tiempo.
El estudio comienza resaltando las claves de las intervenciones dirigidas por Ballester Tormo en este lugar entre 1928 y 1931, momento a partir del cual los recursos disponibles centraron al equipo, salvo alguna excepción puntual, en otros yacimientos más asequibles.
Pericot, Viñes, Gómez Nadal y Jornet realizaron una excavación en extensión (17.000 m2) que incluyó más de 200 "departamentos", de los que solo se llegaron a publicar 100.
Afortunadamente, además de los materiales, se conserva en el Museo de Prehistoria de Valencia la información completa de estas campañas, conformando un auténtico tesoro documental consistente en los diarios de campo, excelentes dibujos y numerosas fotografías con los que se está elaborando actualmente la parte de la memoria que quedó inédita.
El tratamiento de este capítulo revela que la orientación arqueológica definida por el Servicio de Investigación Prehistórica (SIP) desde sus inicios, centrada en un estudio de la base social y no exclusivamente de las élites del pasado, sigue marcando la pauta de sus actuales responsables.
El índice de la obra incluye 13 capítulos y, además de las referencias historiográficas ya citadas, revela una estructura en tres grandes apartados.
En el primero se realiza un 'zoom' desde el análisis espacial y geoarqueológico a las características del asentamiento y, dentro de él, a los componentes de las estructuras excavadas, dándoles sentido en el devenir cotidiano y Trab.
En segundo lugar se analizan de forma monográfica algunos aspectos concretos resultantes del estudio de ciertos materiales, como el comercio e intercambio, el armamento o la lengua y escritura.
Termina esta revisión con una perspectiva histórica del poblado, desde su fundación hasta su abandono, sólo tres generaciones después, ante un ataque que obligó a sus habitantes a dejar tras de sí una buena parte de sus enseres domésticos.
Los tres últimos capítulos forman la última unidad, en la que se desgrana detalladamente el plan y los resultados de la presentación al público del yacimiento, algo que distingue especialmente este lugar y le convierte en un destino muy atractivo para todo tipo de visitantes.
Los trabajos territoriales permiten entender al poblado de La Bastida como un enclave en altura con un potencial económico sobradamente autosuficiente, de tendencia agrícola al norte y forestal y de pastos al sur, con agua y otras materias primas en abundancia en un entorno inmediato.
Sin embargo, y quizás por encima de estas características, habría que reseñar la compleja red viaria con que puede vincularse este lugar.
Al norte de La Bastida se abre el amplio valle del Cányoles, que enlaza Albacete con el Corredor de Montesa y desde aquí con la costa de Valencia, siendo uno de los caminos más importantes de época ibérica.
Al sur del asentamiento, otra vía se dirige también a la costa a la altura de Gandía y Oliva.
Una tercera ruta, esta vez en dirección norte-sur, enlazaba las anteriores con el puerto de Elche a través del valle del Vinalopó.
No es de extrañar, por tanto, que en el libro se resalte el papel del comercio como un motor económico fundamental en la vida de esta comunidad, y se relacionen con él algunas estructuras y materiales encontrados en su zona central.
La comprensión funcional del poblado va revisando todos sus aspectos, desde las estructuras excavadas a los materiales que contenían (cerámicas, armas, herramientas, actividad metalúrgica, textos escritos, vestigios animales y vegetales), y desde los caminos exteriores a las murallas y los viales internos.
Esto permite ofrecer nuevas lecturas coherentes con esta visión global.
Es el caso de la consideración del Conjunto 7 como almacén de excedentes agrarios que sería gestionado de manera centralizada, o la propuesta de interpretar como residencia de las élites un conjunto meridional de estructuras de esmerada construcción, con habitaciones de gran tamaño, donde apenas aparecen instrumentos de labranza y en las que sin embargo se concentran lingotes de bronce, restos de carro o las conocidas figurillas de bronce del buey y el jinete con casco y falcata.
El libro aporta también novedades muy importantes, fruto de los últimos trabajos arqueológicos.
Una de ellas es la demostración de que existió una estructura anterior a la muralla conocida y al desarrollo del poblado en sí.
Bajo los paramentos de la puerta occi-dental se ha localizado una zona residencial muy arrasada, que indudablemente constituyó la primera edificación de La Bastida, o como dicen gráficamente los autores, "La Bastida antes de la Bastida".
Un segundo y extraordinario hallazgo bajo el pavimento interior de esta misma puerta descubrió al menos cinco conjuntos de armas acompañados de maderas con clavos, cerámicas, semillas y fauna.
Falcatas con la punta doblada, manillas de escudo, lanzas y soliferrea forman equipos que recuerdan los ajuares funerarios y quizás en su interpretación deban buscarse algunos elementos en común con ellos.
El final del poblado de La Bastida fue violento.
El lugar fue saqueado y probablemente se han perdido diversos elementos de valor, pero otras muchas cosas se dejaron en las casas o se tiraron por las calles.
Los editores proponen entender esta crisis en un contexto más amplio relacionado con el control del territorio y el comercio.
La existencia casi exclusiva en este asentamiento de plomos con escritura meridional, coincidente con las inscripciones en las tumbas contemporáneas del Corral de Saus, que también serán destruidas, permite proponer a grandes rasgos una relación entre el final en esta zona de ciertos circuitos y grupos sociales ligados a este tipo de escritura y el predominio creciente de otros vinculados a la oriental o levantina.
La última parte del libro, titulada "la ruina modificada", trata de los criterios, objetivos, métodos y acciones encaminadas a la divulgación y presentación directa al público de los restos arqueológicos.
El compromiso y la experiencia del equipo en este sentido no pueden ser discutidos, y así lo demuestran los asentamientos valencianos visitables de Castellet de Bernabé, Sant Miquel de Llíria, Puntal dels Llops o Kelin.
Iniciado el proyecto de puesta en valor ya en 1990, han sido muchos los aportes y mejoras realizados a lo largo del tiempo.
De ello da cuenta el interés evidente en la obra por hacer explícitas las reflexiones teóricas y metodológicas que fundamentan todas las acciones realizadas.
Esto permite a los lectores valorar cuánta información debe proporcionar la investigación para acometer estas tareas y cómo aquella debe incorporar los resultados para obtener una valoración realista del registro arqueológico.
La visita a las ruinas de La Bastida se complementa con la reconstrucción completa de una casa ibérica situada extramuros, que ha sido levantada reproduciendo las técnicas antiguas y ajustada en distintos años a través de las reparaciones que ha sido necesario realizar y que han revelado detalladamente los problemas a los que se enfrentaban los constructores ibéricos y las soluciones aplicadas.
A todo lo anterior se une un número creciente de actividades, que van desde las visitas guiadas, acompañadas en días específicos de ambientaciones de la época, a los talleres experimen-tales de tejido, pintura y dibujo cerámico, escritura o vestimenta ibérica.
La progresión de visitas recibidas entre 2000 y 2009 es evidente en los gráficos que se nos ofrecen del público, especialmente en el más difícil de captar: el visitante individual/familiar que debe escoger por sí mismo esta opción frente a otras que le ofrece este entorno.
El libro se acompaña de un DVD sobre el yacimiento titulado "La ciudad imaginada", en el que se ofrece una reconstrucción del asentamiento y su entorno.
La obra es totalmente accesible en formato pdf a través de la página web Museo de Prehistoria de Valencia, lo que subraya el compromiso divulgativo de la institución: http://www.museuprehistoriavalen-cia.es/ficha_publicacion.html? cnt_id=3347 (consulta 15-X-2012).
El vídeo incluido en el DVD antes citado puede verse también, aunque en otro enlace centrado en los yacimientos: http://www.museuprehistoriavalencia.es/ficha_excavacion.html? cnt_id=186.
Una referencia, por tanto, enormemente recomendable y sugestiva, que demuestra con claridad la fructífera interrelación entre investigación y divulgación en la que la gestión del SIP lleva tantos años trabajando.
Dpto. de Prehistoria, Facultad de Geografía e Historia, Universidad Complutense de Madrid. |
La prospección sistemática de las Sierras Marginales Catalanas (SMC) y el sector oriental de la Cuenca del Ebro ha permitido catalogar los recursos de sílex de esta región.
Su posterior estudio mediante métodos petrográficos (caracterización macro y microscópica) y mineralógicos (Difracción de Rayos X) ha determinado la procedencia de los artefactos de sílex hallados en la unidad arqueológica 497C de Cova Gran de Santa Linya.
La predilección por los materiales autóctonos (98,6% de sílex Garumniense) y el hallazgo de stocks de materia prima definen un interesante sistema de gestión de los recursos líticos para esta unidad del Paleolítico superior antiguo en el ámbito del Prepirineo oriental.
Catalanas (SMC) (La Noguera, noreste de la Península Ibérica) le ha convertido en un ámbito de elevado interés arqueológico (Giralt 2001; Oms et al. 2009; Martínez-Moreno et al. 2011).
La naturaleza kárstica de los macizos que lo conforman da lugar a un paisaje abrupto con abundantes cuevas y abrigos, óptimos para su uso por los grupos humanos del pasado.
Su orografía configurada a partir de valles longitudinales y transversales a los cursos fluviales ha facilitado los movimientos poblacionales a través de la región durante la Prehistoria.
Se configura así un interesante escenario para comprender la evolución de los modelos de poblamiento del Prepirineo Catalán durante el Pleistoceno superior y el Holoceno.
En el presente trabajo se localiza y estudia la petrología (Mangado 2005; Tarriño 2006) de los recursos de sílex existentes en las SMC y en el sector noroccidental de la Cuenca del Ebro.
Estos datos se utilizan para determinar la procedencia de los artefactos líticos que conforman la unidad arqueológica 497C de la Cova Gran de Santa Linya (La Noguera, noreste de la Península Ibérica), atribuida al Paleolítico superior antiguo (Martínez-Moreno et al. 2007; Martínez-Moreno et al. 2010; Mora et al. 2011).
En nuestra investigación hemos elegido tres ya clásicas: los estudios petrográficos a partir de descripciones tanto macroscópicas como microscópicas (láminas delgadas) y la Difracción de Rayos X (DRX) que han permitido caracterizar los recursos de la región e identificar el origen del 99,2 % de las piezas de la unidad arqueológica 497C.
Actualmente se dispone de datos sobre la captación de materias primas en esta zona (Mangado 1998(Mangado, 2006;;Parcerisas 1999), pero faltaba una prospección sistemática e intensiva (Renfrew y Bahn 1993) que diera a conocer la disponibilidad y variabilidad de sus recursos de sílex.
Universidad de Burdeos I. Burdeos.
La elección de la unidad 497C no es arbitraria.
La característica principal, y exclusiva de este nivel es la gran cantidad de materia prima aportada en bruto o con algunas extracciones (54% en peso) que denominamos bases naturales (o manuports).
Su estudio permitirá profundizar en el conocimiento de las estrategias de captación de materias primas durante el Paleolítico superior antiguo, aspecto actualmente poco conocido en el noreste de la Península Ibérica.
COnTeXTO GeOGRÁFICO, GeOLÓGICO Y ARQueOLÓGICO
La región investigada se localiza en el Prepirineo Oriental de Lleida (noreste de la Península Ibérica) delimitada al norte por la Serra del Montsec y al sur por la Serra Llarga, límite septentrional de la Cuenca del Ebro.
La Serra del Montsec, con una altura de 1700 msnm, tiene más de 35 km en dirección E-O.
Es el primer gran contrafuerte del Prepirineo, separando las depresiones de la Vall d'Ager y la Conca de Tremp.
La Serra Llarga, de poca entidad, se extiende más de 50 km en dirección E-O, bordeando el margen septentrional de la cuenca hidrográfica del Ebro entre las localidades de Alfarràs y Balaguer (Fig. 1).
Parte del estudio se ha focalizado en los afloramientos de la orilla occidental del río Cinca, entre las poblaciones de Ontiñena, Ballobar, Fraga o Mequinenza, a más de 50 km al SO de Balaguer (La Noguera).
La abundancia de sílex les convierten en un área potencial de captación de materia prima.
La unidad geológica de las Sierras Marginales Catalanas (Pocoví 1978; Teixell y Muñoz 2000) está comprendida entre la Serra del Montsec y la Serra Llarga (ambos dominios excluidos).
Esta unidad característica del Prepirineo catalano-aragonés (en Aragón se denominan Sierras exteriores) se configura a partir de un conjunto de mantos de cobertera que se propagan de Norte a Sur, dando lugar a un complejo conjunto de estructuras tectónicas.
En su interior aparecen materiales mesozoicos, cenozoicos y depósitos cuaternarios (las terrazas fluviales del Segre, Noguera Pallaresa y Noguera Ribagorçana) (Peña 1983) (Fig. 2).
Los afloramientos de la orilla occidental del río Cinca forman parte de las formaciones de relleno de la Cuenca del Ebro (Mioceno) y son potentes unidades de estratos tabulares de calizas, areniscas, arcillas y yesos con una gran extensión lateral (IGME 1991b).
Las primeras referencias a intervenciones arqueológicas en la región datan del siglo XIX (Mir et al. 1880).
Durante los últimos años, desde el Centre d'Estudis del Patrimoni Arqueològic de la Prehistòria (CEPAP-UAB) se están llevando a cabo intervenciones arqueológicas en Estret de Tragó, Roca dels Bous, Abric Vidal, Forat de la Conqueta y Abric Pizarro.
Estos yacimientos, la mayoría descubiertos en la última década (Fig. 1), indican que la región fue repetidamente frecuentada y permiten reconstruir el proceso de ocupación humana de estos valles desde el Paleolítico medio hasta la Edad de Bronce (González et al. 2011; Martínez-Moreno et al. 2011; Mora et al. 2011).
Está excavado en las calizas de la Fm.
Bona (Cretácico superior) (Fig. 2), a escasos metros del torrente de Sant Miquel, que desemboca al río Noguera Pallaresa (Figs.
Los trabajos arqueológicos, iniciados el año 2004, han identificado ocupaciones humanas durante el Pleistoceno final y el Holoceno.
La secuencia cultural comprende varias unidades arqueológicas que se adscriben al Paleolítico medio, Paleolítico superior antiguo, Paleolítico superior final, Mesolítico, Neolítico y Edad del Bronce.
Esta larga diacronía sugiere que Cova Gran es un asentamiento clave para reconstruir la historia del poblamiento del noreste de la Península Ibérica durante los últimos 50.000 años (Mora et al. 2011).
Los marcadores petrológicos obtenidos aplicando la descripción macroscópica, la lámina delgada y la Difracción de Rayos X (DRX), han servido para comparar los recursos primarios de sílex localizados en la región y las materias primas identificadas en la unidad 497C.
Se han prospectado de forma intensiva y sistemática aquellas formaciones geológicas que contienen sílex, y se han visitado y muestreado los afloramientos.
El objetivo es conocer las características de los tipos de sílex de cada formación geológica (forma y dimensiones de los nódulos, presencia de fracturas y roca encajante) y evaluar la variabilidad del sílex en cada una.
Los afloramientos secundarios deberán ser incluidos en futuros estudios, al ser recursos de materias primas abundantes y fáciles de explotar.
Se han analizado 32 muestras geológicas (15 de sílex y 17 encajantes) y 12 muestras arqueológicas (sílex).
El conjunto lítico arqueológico ha sido clasificado a partir de caracteres macroscópicos como el tamaño de grano, las estructuras internas (anillos de Liesengang), la presencia de impurezas (principalmente óxidos, fósiles, y carbonatos), el color (clasificado a partir de la geological rockcolor chart Munsell) y el grado de translucidez (definido como 'translúcido','semitranslúcido', y 'no translúcido').
Se ha seleccionado un ejemplar de cada grupo para su análisis posterior mediante las otras técnicas.
Paralelamente, las muestras geológicas han sido descritas macroscópicamente bajo los mismos criterios.
El estudio de las láminas delgadas permite describir la textura y las microestructuras del sílex y obtener datos petrológicos (mineralogía, signo de la elongación) con los que determinar su génesis.
Finalmente, el análisis de DRX determina la composición mineral a nivel cualitativo y semi-cuantitativo a partir de los valores de Reference Intensity Ratio (RIR).
Este estudio se ha realizado en el Laboratorio de Arqueometría del CENIEH mediante un Difractómetro Panalytical X ́Pert PRO, porta-muestras circulares de aluminio, radiación de Cu-Kα (1.541874 Å) y rendija de divergencia fija.
Las muestras geológicas y arqueológicas se han sometido a las mismas condiciones analíticas (Step de 0,02o, rango de 2Ѳ de 10o -75o, 45 Kw, y 40 mA).
Los análisis cualitativos y semicuantitativos se han realizado con el software X ́Pert High Score Plus de Panalytical.
DesCRIPCIÓn De LOs ReCuRsOs
Gracias a la prospección sistemática e intensiva de la zona de estudio, se han localizado y muestreado siete recursos que denominamos 'Sílex Garumniense de las Sierras Marginales','Sílex de Tartareu','Sílex negro de la Serra Llarga','Sílex estratiforme de la Serra Llarga','Sílex de Bellmunt d 'Urgell','Sílex marrón de los Monegros' y 'Sílex azul de los Monegros'.
Se han definido las secuencias estratigráficas de las formaciones que los contienen (Fig. 3) y se ha cartografiado su distribución a escala regional (Fig. 4).
A continuación cada recurso se caracteriza de modo general y en detalle (Tabs.
El 'Sílex Garumniense de las Sierras Marginales' se ubica en las formaciones continentales del límite K-T de las SMC que controvertidamente se han denominado facies Garumniense (Maastrichtiense-Tanatiense) (Pujalte y Schmitz 2005) (Fig. 2).
Inicialmente estudiado por Mangado (1998Mangado (, 2005) ) y Parcerisas (1999), se disemina en un único nivel estratigráfico de 2 m de potencia en el tramo basal de la Fm.
El conjunto sílex-caliza aparece siempre asociado e inmerso en una matriz margosa y blanca de composición dolomítica.
Es un sílex calcedonítico de calidad media, de color cambiante entre nódulos y dentro del mismo nódulo (incoloro, marrón, amarillo, verde, rojo y rosado) (Fig. 5A, Tabs.
Algunos afloramientos presentan una intensa deshidratación y alto grado de fracturación.
Se extiende por todas las SMC, aunque los afloramientos en los que el sílex es más abundante siguen la Serra de Montclús, Vilamajor y Blancafort (Fig. 6A, B).
En las cercanías de la población de Santa Linya se reconocen pequeños afloramientos restringidos por fallas (Fig. 3).
Destacamos la que hemos denominado 'variedad 2' (Tabs.
1 a 3), no translúcida y de tonalidades amarillentas intensas (Fig. 5B).
Se localiza en un número reducido de afloramientos entre 1 y 3 km al Este de Cova Gran (Fig. 3), conformando un marcador geográfico de alta precisión.
El 'Sílex de Tartareu' se restringe al pie de la Serra de Sant Miquel (flanco norte del sinclinal de Os de Balaguer), en una formación geológica que discurre en dirección E-O, al Sur de las poblaciones de Tartareu y Alberola (Fig. 3).
Los afloramientos se encuentran en tres niveles separados por 8 m a techo de una secuencia fluvio-lacustre del Oligoceno Inferior que rellena el valle (Fig. 4D), encajado en biomicritas de color claro dispuestas en estratos tabulares decimétricos (Fig. 5E, Tabs.
Como materia prima es de escasa aptitud para la talla por el elevado contenido en carbonatos entre los bioclastos y en la matriz (Fig. 5E).
El 'Sílex negro de la Serra Llarga' engloba variedades de buena calidad con unas características macroscópicas similares (Mangado 1998(Mangado, 2005;;Parcerisas 1999).
El sílex se encaja en varios niveles a lo largo de más de 15 m de secuencia estratigráfica, en una formación lacustre del Oligoceno Inferior (Fig. 4A) que aflora en la vertiente meri-dional de la Serra Llarga (IGME 1991a).
Aunque la formación geológica se extiende por toda ella, los tipos de sílex aquí definidos se limitan al sector comprendido entre las localidades de Castelló de Farfanya y Algerri.
Hacia el Oeste (Alfarrás) estos niveles se pierden, restando únicamente sílex de baja calidad por su elevada fracturación y deficiente grado de silicificación (Fig. 4).
Los nódulos están encajados en biomicritas grises con abundantes bioclastos (Fig. 6C, D), identificándose restos de algas carófitas y fragmentos de bivalvos.
A escala macroscópica definimos tres variedades: 1) sílex negro no translúcido, el de mayor calidad al no estar fracturado; 2) sílex de tonalidades grisáceas oscuras y semitranslúcido y 3) sílex de tonalidades pardas oscuras y semitranslúcido (Fig. 5D, E, F y Tabs.
1 a 3), cuya aptitud para la talla depende del grado de fracturación.
El 'Sílex de Bellmunt d' Urgell' se restringe al sector oriental de la vertiente meridional de la Tab.
Características macroscópicas y de afloramiento de los recursos de sílex estudiados en el área de estudio.
V: Variedad del recurso.
Serra Llarga cerca de la población de Bellmunt d'Urgell (Fig. 3).
Está emplazado en la misma formación de biomicritas del Oligoceno Inferior en la que aparece el sílex negro de la Serra Llarga aunque al ser calcedonítico y de color rojo lo hemos considerado un grupo distinto.
Se detectan tres niveles a lo largo de 12 m de sección, en estratos tabulares centimétricos y decimétricos de calizas (Figs.
El 'Sílex estratiforme de la Serra Llarga' se identifica en torno a Balaguer (Fig. 4F) y en la parte basal de la sección de Algerri (Fig. 4A).
Aparece en finas láminas milimétricas de color marrón claro, no translúcido, que unidas constituyen niveles nunca superiores a los 2 cm de espesor en una secuencia de calizas tableteadas de la misma formación del Oligoceno Inferior en la que se emplazan los dos tipos ya descritos (Fig. 6G).
Se ha descartado su estudio ya que el estar formado por múltiples láminas impide la elaboración de artefactos (Tabs.
El 'Sílex marrón de los Monegros' aflora en una vasta extensión siguiendo la orilla occidental del río Cinca (Los Monegros) cerca de las poblaciones de Fraga, Ballobar y Mequinenza (Huesca) (Fig. 3).
Está integrado en una formación geológica de biomicritas lacustres tabulares de gran extensión lateral (Mioceno Inferior) (Fig. 4F).
Se han distinguido 4 variedades (Tabs.1 y 2) que aparecen en diferentes niveles a lo largo de la sección descrita (Fig. 6H, I, J).
Aunque se han analizado dos, su amplia distribución requiere un estudio más detallado (Fig. 5H, I y Tabs.
El 'Sílex azul de los Monegros' aflora en un único nivel estratigráfico, en la parte baja de la sección descrita para el recurso anterior (Fig. 3), Tab.
Porcentajes de fases minerales de las muestras geológicas analizadas de cada recurso de sílex del área de estudio mediante Difracción de Rayos X.
en biomicritas lacustres (Fig. 4F) de grano fino con restos de moluscos y algas carófitas (Figs.
Esta caracterización permite analizar la variedad de materias primas que se han reconocido en la unidad arqueológica 497C de Cova Gran y atribuirles un origen geográfico.
A continuación se exponen los resultados obtenidos.
eL sÍLeX De LA unIDAD
ARQueOLÓGICA 497C De LA COVA GRAn De sAnTA LInYA
Las unidades arqueológicas 497C y 497A forman parte del cuerpo sedimentario 497, un depósito de forma cónica apoyado contra la pared del abrigo y compuesto por bloques y clastos subangulosos de caliza y abundante matriz de arenas lutíticas (Benito-Calvo et al. 2009; Mora et al. 2011).
Estratigráficamente las unidades arqueológicas 497A y 497D se diferencian por sedimentos estériles.
Este nivel se ha excavado en un área de 60 m 2 y tiene un espesor de 5-10 cm, que atribuimos a una serie indeterminada de ocupaciones (Fig. 7).
El estudio de las fábricas sedimentarias y de artefactos señala que el depósito no ha sufrido procesos post-deposicionales que impliquen una alteración significativa del registro arqueológico (Benito-Calvo et al. 2009; Benito-Calvo et al. 2011).
A nivel radiométrico estas fechas no son coincidentes aunque sitúan la unidad 497C dentro del MIS 2.
Remitimos a Mora et al. (2011) para la discusión de estos resultados.
Se han recuperado 1.984 artefactos líticos, el 99,45% elaborados en sílex, que equivalen a 40,36 kg de la materia prima aportada al asentamiento (Tab.
Además hay 11 objetos en cuarcitas procedentes de las terrazas fluviales (Peña 1983) y otras rocas de origen desconocido.
Señalamos la presencia de aerinita, un mineral de color azul que aflora en las proximidades del yacimiento y que puede ser empleado como pigmento (Crespi et al. 2009).
La fauna es escasa, 40 restos óseos atribuidos a Cervus elaphus y Equus caballus, aunque su El conjunto lítico del nivel 497C está en curso de estudio pero pueden señalarse algunos indicadores relevantes.
Las lascas representan el 10% del total del material que se compone esencialmente de soportes resultantes de talla laminar, con una amplia panoplia de tamaños desde láminas muy grandes hasta microláminas, generalmente rectilíneas que se obtienen a partir de un único método de talla.
Esta sistemática caracteriza el tecno-complejo Protoauriñaciense (Bon 2002), sin detectarse cadenas operativas específicas para generar laminitas a partir de piezas carenadas.
La composición tecno-tipológica de los retocados se configura por un 80% de piezas de fondo común (abruptos, raederas y denticulados) y un 20% de Fig. 7.
Contextualización de la unidad arqueológica 497C de Cova Gran (Santa Linya, Lleida).
A) Distribución del material arqueológico de la unidad con relación a todo el sondeo.
B) Ubicación del sondeo en el abrigo.
C) Fotografía de la entrada, orientada al S, de Cova Gran.
D) Estratigrafía de las unidades arqueológicas del sondeo (Sección E-O) (elaboración Miquel Roy Sunyer). instrumental de Paleolítico superior, entre los que mencionamos raspadores sobre lámina, buriles, truncaturas transversales, láminas con retoque abrupto, laminitas y puntas de dorso.
Esta caracterización permite incluirlo en un tecno-complejo del Paleolítico superior antiguo.
Una característica exclusiva del conjunto de 497C es la introducción de 42 bloques de sílex como preformas sin una talla sistemática.
Su morfología es muy variable con un peso medio en torno a 550 g, aunque se transportan hasta bloques de 2,6 kg. Una parte importante de este stock de materia prima se trasladó al asentamiento en vistas a un consumo que finalmente no se produjo, y varios fragmentos se depositaron intencionalmente en torno a un gran bloque, configurando una acumulación o catch (Binford 1982).
Hasta la fecha, no se han descrito comportamientos similares en otros yacimientos de esta región (Fig. 8).
La clasificación del conjunto lítico ha identificado al menos 25 grupos de sílex con características macroscópicas diferentes, que pueden adscribirse a los 7 grupos descritos en la tabla 4.
Se ha seleccionado una muestra de cada grupo para realizar las analíticas correspondientes, salvo en aquellos con volumen y dimensiones insuficientes o sin ejemplares destruibles.
Estos factores han limitado a 12 muestras el estudio por lámina delgada y DRX: 10 corresponden al grupo A y 2 a los grupos C y E (Fig. 9; Tab.
El 98,6% de los objetos líticos del nivel 497C se elaboran a partir de Sílex Garumniense (Tab.
El 0,4% restante corresponde a 5 objetos de cuarcita, 1 de aerinita y 5 rocas indeterminadas.
El 98,27% del peso de la materia prima corresponde a Sílex Garumniense, siendo el 54% bases naturales o soportes de materia prima no modificados.
Corresponde a 21 kg de peso (Tab.
Siguiendo la propuesta de Geneste (1991), se han proyectado circunferencias de 5, 20, 30 y 80 km de radio (Fig. 3) para calcular la distancia de transporte entre el asentamiento y las diferentes áreas fuente.
Al hacerlo localizamos gran cantidad de afloramientos de pequeñas dimensiones de Sílex Garumniense a menos de 5 km del abrigo.
Los recursos Sílex Garumniense, Sílex negro de la Serra Llarga, Sílex de Tartareu y Sílex de Bellmunt d'Urgell se encuentran entre 5 y 20 km. Los aflora-mientos de Sílex de los Monegros, entre 50 y 80 km del yacimiento, pueden ser considerados alóctonos.
Las prospecciones y caracterizaciones realizadas generan indicadores con los que analizar la disponibilidad, las características petrológicas y la variabilidad de los recursos en la región estudiada (Fig. 3, Tabs.
Los análisis petrográficos (observación macroscópica y láminas delgadas) generan criterios discriminantes entre la mayoría de ellos.
Las características macroscópicas y microscópicas del Sílex Garumniense, al ser calcedonítico, difieren claramente del resto por lo que la discriminación macroscópica es un método viable para clasificar este material.
También es una técnica útil para los recursos de Tartareu por la abundancia de carbonatos y bioclastos visibles entre la matriz silícea.
Entre el Sílex negro de la Serra Llarga y el Sílex marrón de los Monegros existe un problema de convergencia de facies.
El segundo se distingue de las variedades 1 y 2 de la Serra Llarga (Tab.
4), pero sus propiedades se solapan con las de la variedad 3.
Ni las láminas delgadas, Fig. 8.
Unidad arqueológica 497C de Cova Gran (Santa Linya, Lleida).
Acumulación intencional de materia prima (Sílex Garumniense) en torno a un bloque desprendido de la visera y detalle de algunos de estos soportes en distintas fases de gestión: a) nódulo testado (2,6 kg); b) preforma preparada para la extracción de láminas; c) núcleo abandonado en estado óptimo para obtener láminas de tamaño grande-medio (escala gráfica 5 cm) (fotografías CEPAP-UAB).
miquel Roy, Andoni Tarriño, Alfonso Benito-Calvo, Rafael mora y Jorge martínez-moreno Tab.
Características macroscópicas y microscópicas de los grupo de sílex hallados en la unidad arqueológica 497C de Cova Gran (Santa Linya, Lleida).
S.E.*: Signo de la elongación.
ni la DRX aportan soluciones a este problema.
Este motivo impide determinar la procedencia de este grupo de artefactos G (Tab.
Los relictos de algas carófitas presentes en la formación de la Serra Llarga pueden ser un elemento para diferenciarlas.
Igualmente, los anillos de Liesengang son característicos de una de las variedades de los Monegros, pero en ocasiones, el Sílex de la Serra Llarga también los tiene, por lo que no son un elemento diagnóstico definitivo.
Insistimos en un hecho evidente a raíz de las prospecciones sistemáticas aquí presentadas.
Las variedades bien diferenciadas de recursos tan abundantes en la región como el Sílex Garumniense y el Sílex de la Serra Llarga (Tabs.
1 a 3) los convierten en marcadores geográficos de alta precisión en la atribución de la procedencia de los artefactos arqueológicos.
Esta variabilidad define las áreas de distribución de materia prima en los asentamientos lo que, junto a otros atributos, permite profundizar en la gestión del espacio y el reconocimiento de actividades en el asentamiento.
El avance en esta dirección en el futuro puede dar lugar a estudios de interés.
Fotografías de láminas delgadas de algunas muestras arqueológicas del nivel 497C seleccionadas junto a objetos arqueológicos hechos con cada uno de los tipos de materia prima.
9A), 9B), 9C), y 9D): Muestras arqueológicas atribuibles al Sílex Garumniense de las Sierras Marginales Catalanas.
Notar la amplia variación de granulometría, presencia de microgeodas (9A), los esferulitos más desarrollados en algunos dominios de las láminas, con concentraciones de óxidos en el centro de estos (9D), y las estructuras lenticulares (pseudomorfos de yeso) siempre presentes en las zonas corticales de los nódulos.
9E) y 9F): Piezas procedentes de la Serra Llarga.
Variedades 1 (9E) y 2, 3 (9F) (fotografías: Miquel Roy Sunyer).
Según las analíticas de DRX todos los tipos de sílex analizados asocian tres fases minerales mayoritarias: cuarzo, moganita y calcita.
Además aparecen pequeñas cantidades de dolomita, óxidos de hierro y fases amorfas indeterminadas (Tabs.
A pesar de que dichos análisis caracterizan mineralógicamente las materias primas y las piezas arqueológicas, su similitud mineralógica a nivel cualitativo y semicuantitativo no permite establecer más puntos de comparación entre el material arqueológico y las áreas de procedencia (Fig. 10, Tab.
Según la asignación de las piezas de sílex del nivel 497C la práctica totalidad (98,6%) proviene de afloramientos próximos al abrigo (Sílex Garumniense).
Este nivel es el resultado de un aprovisionamiento esencialmente local, focalizado en los numerosos afloramientos primarios que existen a menos de 5 km del abrigo (Fig. 3) o en su captación en contextos secundarios adyacentes al mismo.
La preponderancia de sílex Garumniense en la unidad arqueológica es coherente con su amplia presencia en el entorno del yacimiento.
Este patrón es similar al referido en los estudios sobre materias primas de Cova del Parco (Epipaleolítico) (Mangado 1998) o en Estret de Tragó (Paleolítico medio) (Parcerisas 1999).
En el nivel arqueológico 497C no se detectan materiales alóctonos.
Este fenómeno es relevante ya que durante el Paleolítico superior se aprecia una explosión en el acceso a nuevas materias Tab.
Cuantificación del número de piezas de la unidad arqueológica 497C de Cova Gran (Santa Linya, Lleida) en función de su procedencia en el área de estudio.
Este comportamiento implica un amplio conocimiento del territorio y un fraccionamiento de la cadena operativa lítica en el espacio, que favorece el transporte a larga distancia de soportes que son cuidadosamente seleccionados en función de necesidades futuras (Geneste 1991).
El patrón de aportación de materias primas propuesto para el conjunto lítico del nivel Protoauriñaciense de la Cova de l'Arbreda es un ejemplo singular que parece confirmar este escenario: explicitar un transporte de preformas elaboradas sobre sílex de buena calidad para obtener soportes microlaminares y laminares a distancias superiores a los 100-120 km (Ortega Cobos et al. 2005).
Por otro lado, la selección de instrumentos específicos o núcleos preformateados sobre materiales de buena calidad, transportados a más de 100 km de distancia, está ampliamente documentada durante el Paleolítico superior antiguo (varias contribuciones en Le Brun-Ricalens 2005).
Esta no parece ser la estrategia desarrollada en el nivel 497C.
Hasta el momento, no se han detectado con seguridad artefactos de alta calidad y excelente aptitud para la talla que provengan de afloramientos de los Monegros o de otras regiones adyacentes del Valle del Ebro (Tarriño 2006) Tab.
Cantidad, por peso, de los distintos grupos de materia prima de la unidad arqueológica 497C de Cova Gran (Santa Linya, Lleida). cuyas distancias de transporte superen los 80-100 km. Esta conducta se complementa con la introducción de 21 kg de materia prima no tallada en bloques de origen estrictamente local.
A la vez, proponemos una escasa fragmentación de la cadena operativa, aunque seguramente parte de este conjunto es exportado fuera del asentamiento.
El avance en el estudio de los indicadores tecnomorfológicos de este conjunto lítico seguramente ayudará a evaluar esta noción.
Durante el Paleolítico superior antiguo los grupos humanos que ocuparon Cova Gran recogían las materias primas de las proximidades del sitio, al parecer sin dar demasiada importancia a su calidad para la talla.
En concreto el sílex de las formaciones garumnienses es muy tenaz y presenta frecuentes fracturas internas e impurezas y una limitada aptitud para la talla.
El 54% del material aportado se almacenó en el asentamiento en vista a un consumo posterior que finalmente no se produjo.
El hallazgo de gasterópodos marinos empleados como ornamentos que denotan desplazamientos superiores a los 150 km es un hecho reseñable que parece contradecir el carácter exclusivamente local que denotan las materias primas que diseñan unos patrones de movilidad centrados en torno a las primeras estribaciones del Prepirineo oriental.
Las implicaciones de estos rasgos trascienden los límites de este artículo.
En futuros estudios merecerán ser explorados los sistemas de captación y gestión de materias primas y su relación con los patrones de movilidad durante el Paleolítico superior antiguo, cuestión poco conocida en el noreste de la Península Ibérica.
Otras líneas de investigación que no hemos introducido en esta discusión y que merecen ulteriores desarrollos son la incidencia de la variable calidad o aptitud de la talla tanto en la selección de soportes para obtener series largas y su posible relación con el instrumental retocado o el uso preferencial de variedades específicas de sílex para confeccionar laminitas.
En otros estudios se ha señalado el uso preferencial del Sílex negro de la Serra Llarga para elaborar retocados, especialmente raederas en el Paleolítico medio de Estret de Tragó (Parcerisas 1999), o a la hora de configurar laminillas y otros artefactos en los niveles epipaleolíticos de la Cova del Parco (Mangado 1998(Mangado, 2006)).
En la unidad 497C, el Sílex negro de la Serra Llarga es insignificante (0,25 %) para considerar su uso preferen-cial en la elaboración de artefactos.
Sin embargo indicamos que 3 de los 5 instrumentos elaborados sobre este sílex están retocados, mientras sobre Sílex Garumniense lo están el 11% (Tab.
En este trabajo se han aportado indicadores clave para la identificación de las variedades de sílex halladas en contextos arqueológicos del Prepirineo oriental, a partir de la elaboración de una cartografía de los afloramientos, y de la descripción y caracterización de los tipos de sílex mediante criterios petrográficos y mineralógicos (cualitativos y semicuantitativos).
Mediante este conjunto de datos asignamos la procedencia de los materiales líticos de la unidad arqueológica 497C de la Cova Gran de Santa Linya.
Las prospecciones realizadas definen 7 recursos de sílex distribuidos por áreas geográficas discretas, de los que 6 son aptos para la talla (Fig. 3).
Se han establecido criterios para distinguirlos mediante la petrografía (caracterización macroscópica y microscópica) que identifica el origen de más del 99% de los artefactos líticos recuperados en la unidad 497C (Tabs.
Persisten problemas de diferenciación entre una de las variedades de la Serra Llarga y el Sílex marrón de los Monegros y de identificación de la procedencia de 5 restos.
La DRX no es una técnica útil por la similitud mineralógica de todas las variedades estudiadas.
El estudio de la procedencia de las materias primas combinado con otros indicadores de la misma unidad 497C es relevante para analizar las conductas de movilidad y explotación de recursos de los grupos humanos durante el Paleolítico superior antiguo en el noreste de la Península Ibérica.
La predominancia de Sílex Garumniense (98,6%) define un aprovisionamiento local de recursos líticos.
Una gran cantidad de materia prima de origen local (54% del peso total del conjunto lítico) no llegó a ser consumida, lo que hemos atribuido a su almacenamiento intencionado en el asentamiento.
Estos son rasgos por ahora exclusivos de este nivel.
Probablemente es una manera de entender el territorio y la explotación de sus recursos distinta de las desarrolladas en otras unidades arqueológicas de este yacimiento, cuya amplia diacronía temporal abarca los últimos 50.000 años (Mora et al. 2011).
Hasta el momento, tampoco se han identificado comportamientos similares en otros yacimientos de la región.
En resumen, las prospecciones sistemáticas y los estudios referidos a la caracterización de los recursos presentados en este trabajo, amplían los conocimientos actuales y ayudan a elaborar futuros trabajos.
Estos resultados, en combinación con otros, generan nueva información con la que analizar las estrategias de aprovisionamiento y gestión de materias primas en los yacimientos de este sector, lo que permite disponer de un conocimiento más preciso de los grupos humanos que habitaron las primeras estribaciones de los Pirineos durante el Pleistoceno superior y Holoceno.
El Servei d 'Arqueologia i Paleontologia del Departamento de Cultura de la Generalitat de Catalunya y el Institut d' Estudis Ilerdencs de la Diputació de Lleida apoyan las prospecciones y los trabajos de campo.
El Institut d'Estudis Ilerdencs-Diputació de Lleida y La Societat de Munts de Santa Linya nos han permitido llevar a cabo los trabajos de excavación en la Cova Gran de Santa Linya.
Esta actuación forma parte del proyecto "Poblamiento y formas de vida durante el Pleistoceno Final y el Holoceno en el Prepirineo Oriental" (HAR2010-15002E).
En el Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH) se han realizado las analíticas, cuyos resultados son expuestos en este artículo.
Rafael Mora agradece el soporte del programa ICREA-Academia. |
Se presentan los resultados del estudio del material arqueológico correspondiente al nivel 3 del abrigo de Peña Capón, cuyo depósito, conocido desde 1970, únicamente había sido objeto de una revisión preliminar a finales de la década de 1990.
El análisis de la colección ha incluido el estudio tecnológico y tipológico de la industria lítica y ósea, el análisis zooarqueológico y tafonómico de la fauna, la documentación de grabados sobre soportes óseos, así como la datación radiocarbónica de varias muestras óseas.
Los datos obtenidos nos han permitido relacionar el nivel estudiado con las industrias protosolutrenses con puntas de Vale Comprido definidas en la Extremadura portuguesa, lo cual constituye una novedad en la Meseta, donde apenas se conocen datos del Paleolítico Superior anteriores al Solutrense medio.
Los resultados son consistentes con la definición del Protosolutrense como una
industria transicional entre el Gravetiense y el Solutrense.
Asimismo, la verificación de una ocupación humana en el pie de monte del Sistema Central en las fases más frías del último ciclo glaciar (MIS 2) supone un argumento favorable al definitivo abandono de la hipótesis clásica sobre el despoblamiento del interior de la Península Ibérica durante los momentos más fríos del Paleolítico Superior.
Localización y marco geográfico del yacimiento de Peña Capón
El abrigo de Peña Capón se localiza en el valle del río Sorbe, en la provincia de Guadalajara, enmarcado en el sector suroriental del Sistema Central correspondiente a la Sierra de Ayllón y la cuenca alta del Tajo, a unos 3 km de la localidad de Muriel.
El abrigo se sitúa al sur de las sierras alcarreñas del Robledal y del Lobosillo, y al oeste de la Sierra Gorda, en la orla de calizas cretácicas que atraviesa los valles del Jarama y del Sorbe desde Alpedrete de la Sierra hasta Tamajón, abriéndose en un karst formado por los afloramientos carbonatados de los terrenos calcáreos que se extienden hasta el Sistema Ibérico.
De orientación NO, se localiza en la margen izquierda del río Sorbe, aprovechando un estrechamiento del valle fluvial (Fig. 1).
Historia de la investigación
La historia del yacimiento arqueológico de Peña Capón comienza en 1970, cuando un equipo dirigido por J. Martínez Santa-Olalla, por entonces director de un ya muy falto de medios Instituto Arqueológico Municipal de Madrid (Quero 2002), emprendió un sondeo arqueológico en el lugar.
El conocimiento de la intervención, que nunca fue publicada, proviene exclusivamente de los testimonios orales de algunos miembros del equipo de excavación (Alcolea et al. 1995; Alcolea et al. 1997c).
En esta circunstancia actuó como factor principal la muerte del mentor de la intervención dos años después de la misma.
Veinticinco años más tarde, la documentación arqueológica de Peña Capón, hasta entonces completamente inédita, pudo ser rescatada gracias a un proyecto de investigación emprendido por un equipo de la Universidad de Alcalá, en el que figuraban varios de los firmantes de este trabajo (Javier Alcolea González, Rodrigo Balbín Behrmann y Miguel Ángel García Valero).
Ayudados por miembros del Grupo de Actividades Espeológicas de Madrid, algunos de los cuales, como A. Alcaína Muñoz, también formaron parte del equipo excavador dirigido por Martínez Santa-Olalla, se lograron recuperar los materiales arqueológicos y la documentación gráfica de la intervención, hasta entonces dispersos en colecciones privadas (Alcolea et al. 1997c: 209).
Una vez se tomó conciencia de la importancia de la colección arqueológica se decidió emprender una excavación sistemática en el yacimiento, que se proyectó para finales del año 1995.
Sin embargo, dicha intervención no pudo llevarse a término debido a la inundación del abrigo por la crecida en el embalse de Beleña, que desde su construcción en 1982 venía afectando el entorno inmediato del yacimiento (Alcolea et al. 1997c: 209).
Esta desafortunada situación provocó que los materiales e informaciones gráficas y orales que se poseían sobre el depósito arqueológico y su excavación no pudieran ser contrastados con una intervención directa en el sitio, tal como se pretendía.
Así, y a pesar de las incertidumbres que provocaba la ordenación de la colección, se propuso una primera asignación, siempre preliminar, para los conjuntos arqueológicos que, según las informaciones del equipo excavador original, podían individualizarse en varios niveles sedimentarios.
Se identificaron, de techo a muro, 4 niveles de ocupación, de los que se habían excavado algo más de 6 m 2, excepto en el estrato basal donde apenas se había podido intervenir en 1 m 2 (Alcolea et al. 1997c: 211-216):
Nivel 1: revuelto superficial que se relacionó con una ocupación solutrense, probablemente superior, otra quizá magdaleniense y otra holocena.
Nivel 2: ocupación solutrense que, por las hojas de laurel y otros elementos foliáceos, se hacía corresponder con su fase media.
Nivel 3: Paleolítico Superior inicial, quizá relacionable con un momento de transición desde el Paleolítico Medio, como atestiguaría la notable aparición de útiles de sustrato y varias puntas cuya morfología se asemejaba a las de Chatelperrón.
Nivel 4: ocupación quizá musteriense, si bien lo exiguo de su material lítico, compuesto por apenas 30 piezas realizadas mayoritariamente en cuarzo y poco diagnósticas, exigía una provisionalidad en su asignación aún mayor que en el resto de niveles.
Esta primera adscripción crono-cultural contó siempre con un viso de provisionalidad, salvo en lo relativo a la innegable existencia al menos de una ocupación solutrense en el sitio.
Así lo entendió la comunidad científica, cuyas citas al depósito de Peña Capón hasta hoy siempre han sido lógicamente cautelosas, sobre todo en lo referido a la presencia de una ocupación de los primeros momentos del Paleolítico Superior, cuestión ciertamente excepcional en la Meseta (Baena y Carrión 2006: 47; Delibes y Díez 2006: 16; Mosquera et al. 2007: 151; Peña 2009: 46; Cacho et al. 2010: 117).
La situación del pantano que cubre el abrigo, cuyos estiajes nunca han sido suficientes para permitir una excavación sistemática en el lugar, nos ha impedido en todo este tiempo completar un estudio que en su momento se presentó como preliminar e incompleto (Alcolea et al. 1997c).
Nuestro principal objetivo desde 1995 ha sido excavar el depósito aún intacto que conserva el abrigo para así poder contrastar las apreciaciones iniciales.
Sin embargo, las expectativas de vislumbrar una pronta excavación del sitio (que parece solo posible de producirse una sequía prolongada, o una limpieza del pantano que por ahora no se encuentra proyectada por las instituciones responsables) son pocas.
Por eso nos hemos decidido a completar el estudio con los datos que poseemos, ante la importancia que creemos tiene la secuencia de Peña Capón para el conocimiento de la ocupación superopaleolítica del interior peninsular.
Como comprobaremos enseguida, a pesar de la problemática que envuelve la excavación, ordenación y clasificación original de sus materiales, los datos ofrecidos por dicha secuencia pueden aún contribuir notablemente al conocimiento de un período cultural tradicionalmente considerado marginal en nuestra área geográfica, como son las fases iniciales y medias del Paleolítico Superior.
El proyecto actual: objetivos y trabajos desarrollados
Ante la incertidumbre que presenta un depósito sedimentario al que no podemos acceder y cuyo proceso de excavación conocemos de forma parcial, nuestro primer propósito se ha centrado en corroborar con la mayor seguridad posible la integridad tafonómica de los niveles arqueológicos descritos por el equipo de excavación de Santa-Olalla.
Su homogeneidad, al menos en lo referido a los lotes líticos, ya quedó en parte apuntada en la primera revisión de la industria (Alcolea et al. 1997).
Resulta relevante una de las fotografías aportadas por el equipo excavador, en la que se documenta la secuencia estratigráfica del sitio y se identifican sin problemas los cuatro niveles fértiles a los que ya hemos aludido, separados por paquetes sedimentarios estériles que habrían impedido una hipotética mezcla de materiales (Fig. 1E).
La existencia de un mayor número de unidades sedimentarias o de episodios tafonómicos solo reconocibles mediante la inspección directa del depósito por ahora escapa a nuestro conocimiento.
Ello, sin embargo, no tiene por qué poner en cuestión las cuatro grandes unidades sedimentarias, correspondientes a los cuatro niveles arqueológicos descritos.
La integridad sedimentológica de esta secuencia se refuerza con lo observado en varias de las fotografías en nuestro poder, y en tomas aéreas anteriores a la construcción de la Presa de Beleña.
En ellas aparecen indicios de que la dinámica sedimentaria del abrigo incluyó un relleno final de abanico aluvial, quizá postglaciar, que habría sido en parte responsable de la conservación del depósito (Fig. 1C, D).
Por otro lado, nuestro objetivo fundamental ha sido la propia caracterización de las ocupaciones documentadas por las colecciones industriales y faunísticas presentes en la secuencia de Peña Capón.
Su importancia creemos reside en que suponen uno de los escasos testimonios de las fases medias del Paleolítico Superior en la Meseta y, en el caso del nivel 3, de momentos incluso anteriores dentro de la secuencia superopaleolítica, hasta ahora inéditos.
Para ello, hemos llevado a cabo un análisis tecnológico y tipológico de la industria lítica y ósea, un estudio zooarqueológico y tafonómico de la fauna, así como un programa preliminar de dataciones AMS.
Ante la imposibilidad de datar muestras recogidas en la actualidad con los protocolos ade-cuados, hemos recurrido a los restos faunísticos de la colección original, a pesar de los problemas de contaminación que pueden arrastrar.
Hemos fechado muestras de todos los niveles excepto del 1, ya que al albergar materiales correspondientes a distintas ocupaciones, resulta imposible asignar sus restos óseos a cada una de ellas.
Las dataciones obtenidas (Tab.
1), todas a partir de piezas dentarias, son coherentes con la secuencia estratigráfica y no presentan inversiones cronológicas.
Sin embargo, la escasa diferencia entre las fechas de los niveles 2 y 3 nos obliga a tomar estos resultados con precaución y valorar la posibilidad de que haya variaciones con respecto a la edad real de las muestras En todo caso, la existencia de paquetes sedimentarios estériles entre los niveles arqueológicos (vide supra), así como el distinto estado de conservación que muestran las superficies de los restos faunísticos de los distintos niveles, nos conduce a poner en duda la posibilidad de una mezcla de materiales, ya fuera resultado de procesos postdeposicionales o del trasiego del material desde su excavación hasta la actualidad.
El escaso número de muestras analizadas, sobre las que por ahora no hemos podido aplicar los más recientes protocolos de tratamiento previo del hueso, nos impiden contar con las mismas garantías sobre un hipotético rejuvenecimiento de alguna muestra como resultado de la contaminación.
Esperamos poder desarrollar en el futuro un segundo programa de datación que incluya ese pretratamiento mediante ultrafiltración (Higham 2011).
Asimismo, también esperamos poder datar mediante termoluminiscencia algunos elementos de industria lítica que muestran evidencias de haber sido sometidos a fuentes de calor, completando un corpus de datos cronométricos que en la actualidad, aunque operativo, resulta escaso y debe entenderse solo como una primera aproximación (Tab.
En lo que se refiere al ajuste de las dataciones obtenidas con la asignación crono-cultural propuesta en Alcolea et al. (1997), lo primero que debe considerarse, más allá de las precauciones señaladas más arriba, es que no contamos con una secuencia cronológica de referencia para el Paleolítico Superior de la Meseta, donde apenas existen fechas publicadas anteriores al Tardiglaciar (Delibes y Díez 2006; Cacho et al. 2010).
Nos vemos obligados a comparar las cronologías obtenidas con las secuencias propuestas en otras regiones de la Península Ibérica, si bien creemos que la acomodación de la secuencia meseteña a esas cronologías resultaría un ejercicio excesivamente apriorístico y forzado.
Parece innegable que la única datación que a priori es coherente con su atribución industrial es la obtenida en el nivel 2, pues una fecha en torno a 20 ka C14 BP es aceptable para un conjunto solutrense, si bien ciertamente antigua para una industria del Solutrense medio.
Por el contrario, la datación del nivel 4 se presenta como excesivamente reciente para un contexto del Paleolítico Medio.
Ello abunda en la incertidumbre que ya de por sí planteaba lo exiguo y poco informativo de la muestra lítica de este nivel, cuyo carácter musteriense ha de ser, tras esta datación, definitivamente cuestionado.
La fecha obtenida para el nivel 3, inicialmente atribuido a un genérico Paleolítico Superior inicial, resulta igualmente problemática, pues se sitúa, al igual que la referida al nivel 2, en un rango plenamente solutrense.
En las líneas siguientes incidiremos en la caracterización cronocultural de este último nivel.
La industria lítica del nivel 3
Las especiales características de la colección industrial estudiada, cuyo proceso de excavación e inmediata conservación conocemos de forma parcial, nos han hecho valorar una serie de cuestiones previas a su análisis pormenorizado.
Los datos estadísticos extraídos no deben entenderse como absolutos, sino valorarse en términos de tendencia, ya que es probable que la colección esté seleccionada, como indica el escaso número de desechos de talla y el gran porcentaje de material retocado, sobre todo en el caso de la producción en sílex (Tab.
En este sentido, si bien creemos que los datos cuantitativos obtenidos aportan información relevante para la caracterización del lote industrial, los datos cualitativos han sido más determinantes, permitiéndonos en definitiva plantear una asignación crono-cultural para la colección arqueológica del nivel.
Esta circunstancia, unida a lo escaso de la muestra estudiada, nos ha disuadido de realizar análisis tipométricos e índices tipológicos, si bien presentamos los números totales y porcentajes de las principales categorías tecnológicas y atributos técnicos, así como de los morfotipos identificados.
En todo caso, como comentaremos enseguida, aunque minoritarios, hay elementos líticos de pequeño tamaño y desechos de talla, unidos a un número considerable de productos corticales y de acondicionamiento (Tab.
Ello nos permite afirmar que la selección del material no debió ser tan exhaustiva como para limitarse a los soportes retocados y otros elementos susceptibles de ser identificados positivamente por los excavadores.
El lote industrial del nivel 3 de Peña Capón, proveniente de una extensión de algo más de 6 m 2, se compone de 353 efectivos (199 enteros y 154 fracturados).
La mayoría se presentan sobre sílex, seguidos de los realizados en cuarzo (habitualmente en su variedad hialina o cristal de roca), que alcanzan prácticamente el 20% de la colección.
Les acompaña una muestra insignificante de piezas en cuarcita (Tab.
Hemos distinguido al menos ocho variedades de sílex atendiendo a su coloración.
A la espera de un estudio petrológico exhaustivo previsto para un futuro cercano, no podemos precisar ni sus características litológicas ni sus posibles lugares de captación.
El simple análisis de visu apunta a la más que probable presencia de varios tipos de sílex del sector Norte de los páramos del Tajo (Parcerisas y Tarriño 2008), lo que indicaría una procedencia cercana de gran parte de la materia prima explotada (Tab.
El estado de conservación de la industria es óptimo, pues las alteraciones de las superficies se reducen a algunos elementos patinados (11,6%) y alterados térmicamente (4,24%), siendo muy marginales la deshidratación, el rodamiento y el pseudorretoque.
Estos datos apuntan a un escaso movimiento mecánico del conjunto industrial, no constatándose episodios de transporte natural o alteraciones postdeposicionales que hayan modificado significativamente las superficies de las piezas.
Por tanto, tampoco existen indicios en este ámbito para dudar de la integridad estratigráfica del depósito, o al menos que nos induzcan a proponer alteraciones tafonómicas significativas.
Si discriminamos los efectivos industriales según un esquema cronológico básico de la cadena operativa, los primeros momentos del proceso de captación y talla están escasamente representados en el yacimiento, mientras las fases de plena producción, consumo y abandono han conservado mayores elementos (Fig. 2A).
Esta tendencia, que además se comprueba en el alto número de soportes brutos y retocados recuperados (Tab.
2), debe valorarse, una vez más, con las pertinentes precauciones debido a las incertidumbres que plantean la excavación y conservación de la colección.
Esto resulta especialmente relevante para el material retocado, cuya cantidad (35,4% de la muestra total) se antoja ciertamente elevada en comparación con los soportes de plena producción no retocados (39,4%).
En todo caso, creemos que los datos nos informan de una tendencia que, a pesar de las incertidumbres comentadas, debe relacionarse con una actividad de talla en el sitio centrada en la explotación de núcleos ya preparados, que se introdujeron en el yacimiento mayoritariamente desprovistos de córtex, y sobre todo con el consumo, reutilización y abandono de material retocado.
Primeras fases de la cadena operativa.
1: inicio de la talla y 2: plena producción Los productos relacionados con la fase 1 del proceso de talla, en la que incluimos los productos de descortezado y preparación de los núcleos, apenas alcanzan un 6% del total (Tab.
En consonancia, la corticalidad del conjunto es escasa (Fig. 2B): la mayoría de las piezas, tanto en sílex (67,1%) como en cuarzo/cristal de roca (81,4%), carecen de córtex (categoría 0).
En las que existe presencia cortical se restringe a un escaso porcentaje de la superficie de la pieza (categorías IV-VI), pudiendo por tanto encuadrarse en fases más avanzadas de la producción.
Pueden conectarse con esta fase, por su alto índice de corticalidad (categorías I-III), fundamentalmente lascas, aunque también algunas láminas.
Unas y otras están relacionadas con las extracciones de inicio de la explotación, que habrían abierto los nódulos sin ninguna preparación específica.
Completan los elementos encuadrables en la fase 1 algunas lascas de preparación de planos de percusión, además de una lámina de cresta.
En la fase 2 de plena producción, la más representada en la colección, hemos incluido soportes brutos, productos de acondicionamiento y desechos de talla (Tab.
Destacan especialmente los soportes brutos y los acondicionamientos laminares correspondientes a la explotación del sílex.
Entre los primeros predominan las láminas y lascas en número casi idéntico, si bien existe un porcentaje no desdeñable de laminitas y, en menor medida, lascas laminares (Tab.
Sin embargo, si nos fijamos en las materias primas, en el sílex los soportes laminares (41,6%) cobran mayor relevancia que las lascas (29,7%), sin variar el número de laminitas (19,8%) y lascas laminares (8,9%).
Por el contrario, en la producción de cuarzo las lascas son más del doble (47,2%) que las láminas (22,2%), manteniéndose laminitas (19,4%) y lascas laminares (11,1%) en porcentajes muy similares a los del sílex.
Nuestro desconocimiento del proceso de excavación del yacimiento nos obliga a poner en cuarentena el porcentaje de laminitas, que puede que fuera aún mayor.
A. Fases de la cadena operativa según materias primas.
Inicio de la talla: productos de descortezado y preparación; Fase 2.
Plena producción: soportes brutos y productos de acondicionamiento; Fase 3.
Consumo y abandono: soportes retocados y núcleos agotados.
B. Porcentaje de categorías corticales según la cantidad de córtex en anverso y talón: I. 100% en anverso y talón (entame); II.
Considerando solo los soportes que conservan su sector proximal, el conjunto está fuertemente dominado por los talones lisos.
Sobre sílex, estos son mayoritarios entre los soportes brutos (79,65%) y los retocados (63,1%) (Fig. 3A).
En la explotación del cuarzo, los talones lisos son igualmente dominantes, alcanzando el 63,1% y el 42,8% de brutos y retocados respectivamente (Fig. 3B).
Mención especial merecen los talones suprimidos.
Suponen el 21,5% del material retocado en sílex y comentaremos más adelante su significación.
La mayoría de soportes brutos y acondicionamientos en los que se ha podido identificar con una seguridad aceptable la técnica de talla presentan los atributos típicos de la percusión directa mediante rocas duras (Pelegrin 1995: 67-68).
Sin embargo, se han advertido varias láminas con bulbos difusos, escamas bulbares de recorrido longitudinal a partir del punto de impacto, e incluso algunos talones labiados.
Estos estigmas en su conjunto proponen el uso de técnicas de percusión llevadas a cabo con materiales pétreos de mayor elasticidad (i.e. "piedra blanda"), quizá areniscas, tal como ha sido reconocido en varios contextos del Paleolítico Superior europeo (Pelegrin 1995(Pelegrin: 104, 2000: 80): 80) y la Middle Stone Age africana (Soriano et al. 2007: 691).
Como comentaremos posteriormente, esta última técnica ha sido identificada fundamentalmente en los soportes retocados o clasificados como morfotipos.
La percusión elástica a partir de percutores orgánicos no ha podido ser reconocida, si bien algunos soportes, de los que desgraciadamente no se ha conservado el sector proximal, poseen espesores reducidos que, aunque no de forma inequívoca, podrían indicar su presencia testimonial (Fig. 5: 1 y Fig. 6: 5).
También se ha constatado una cierta preparación de los planos de percusión a partir de los estigmas de abrasión y raspado observados en algunos talones y sectores proximales de los anversos.
Estas preparaciones afectan al 18,8% de los soportes brutos y al 21,2% de los acondicionamientos en sílex, mientras se reducen al 3% de los soportes brutos en la producción del cuarzo.
Los productos de acondicionamiento destinados a la reactivación morfoestructural de los núcleos suponen un 10,2% del total de la muestra (Tab.
La gran mayoría corresponden a la gestión laminar del sílex (11,8% de la producción en esta materia prima), habiéndose documentado tabletas (Fig. 4: 6) y semitabletas, así como flancos de núcleo longitudinales (Fig. 4: 7 y 8) y transversales (Fig. 4: 5).
Estos últimos están destinados bien a la limpieza de la tabla de accidentes de talla, bien a la reactivación del cintrado del núcleo, que en los transversales cambia el sentido de la talla.
También se han documentado dos lascas de avivado de raspador carenado.
El número de desechos de talla es muy reducido (4,2%), probablemente, como venimos apuntando, por las condiciones de excavación del depósito.
Fase 3 de la cadena operativa.
Está altamente representada e incluye tanto el material configurado como los núcleos agotados (Fig. 2A).
Las diferencias tecnológicas de los soportes retocados o clasificados como morfotipos respecto a los soportes brutos son escasas, aunque existen algunos matices significativos.
Ya comentamos que la relación entre soportes brutos y retocados en el total del conjunto se inclinaba solo ligeramente hacia el primer grupo (Tab.
La situación llega a invertirse en el caso del sílex, ya que el material retocado (38,3%) supera los soportes brutos (36,1%).
Con el cuarzo la tendencia general se acentúa, siendo mayoritarios los soportes no retocados (51,4%) frente a los retocados (24,3%).
La implicación lógica es que el material retocado de todo el conjunto está litológicamente dominado por el sílex (85,6%) frente al cuarzo (13,6%) y la cuarcita (0,8%).
Para la configuración de los morfotipos identificados se utilizan los soportes laminares, más de la mitad del total, seguidos de las lascas, los productos de acondicionamiento, las laminitas y las lascas laminares (Tab.
Si discriminamos estos soportes según materias primas, el dominio laminar se mantiene casi invariable, aumentando ligeramente en el sílex (56,1%) y apenas disminuyendo en el cuarzo (53%), que aparece exclusivamente como cristal de roca (Tab.
Es por tanto constatable una predilección por los soportes laminares en ambas producciones.
Ello sin embargo no impide una configuración relativamente abundante de lascas a partir de soportes brutos y de acondicionamiento, sobre la que realizaremos algunas consideraciones posteriormente.
Conviene destacar también que los soportes retocados presentan los mayores estigmas de preparación de los planos de percusión: el 25,4% del total del material retocado en sílex y el 11,8% en cuarzo/cristal de roca.
Entre ellos resultan especialmente significativos varios grupos tipológicos (Tab.
Raspadores (20,8% del material retocado): es el tipo mayoritario, doblando con creces al número de buriles (9,6%).
Salvo dos casos, se presenta sobre láminas, fundamentalmente de sección espesa pero también sobre morfologías esbeltas, muchas de ellas retocadas (Fig. 5: 1-5 y Fig. 6: 5 y 7).
Escotaduras y denticulados (17,6%): realizados sobre una mayor variedad de soportes, como láminas, lascas y productos de acondicionamiento (Fig. 6: 3).
Puntas de Vale Comprido (10,4%): es el morfotipo que consideramos aporta una mayor información para la caracterización industrial del conjunto estudiado, ya que es uno de los elementos Renard 2010).
Su notable presencia en el nivel 3 de Peña Capón es una primera referencia para la caracterización crono-cultural del mismo.
Se trata de una serie de 13 piezas, 10 de ellas en sílex y 3 en cristal de roca (Fig. 7), configuradas sobre soportes convergentes, fundamentalmente láminas anchas, que en dos casos entrarían dentro de la categoría de lascas laminares (Fig. 7: 3 y 5), y siempre con talones lisos.
La aparición de negativos unidireccionales en los anversos de todas ellas indica que provienen de esquemas de producción unipolares, probablemente organizados a partir de núcleos prismáticos de tabla ancha y tendencia piramidal.
Aunque la morfología de los soportes acusa cierta variabilidad, la mayoría presenta una desviación acusada con respecto al eje tecnológico, lo que en algunos casos desemboca en puntas marcadamente disimétricas (Fig. 7: 2 y 4).
Las puntas de Vale Comprido de Peña Capón han sido obtenidas mediante percusión dura, como indicaría el espesor de los talones.
Sin embargo, como ya adelantamos, en algunas encontramos estigmas como bulbos difusos, escamas bulbares longitudinales y talones ligeramente labiados, que anuncian el uso de percusión de piedra blanda.
Mención especial merecen los negativos de levantamientos cortos en el sector proximal del anverso, atributo propuesto como elemento definitorio de este tipo de puntas, y cuya posición cronológica en la cadena gestual de producción ha sido objeto de discusión en los diferentes sitios donde se ha identificado este morfotipo (Zilhão y Aubry 1995; Zilhão et al. 1999; Renard 2010).
Los autores citados llegan a la conclusión de que estos negativos corresponderían a levantamientos posteriores a la extracción del soporte, pudiendo por tanto considerarse retoques en sentido estricto.
Para ello se basan en que algunos negativos provienen del retoque lateral de los filos, así como en la existencia de soportes similares en un mismo nivel con talones más espesos (y que por tanto no habrían sido objeto de una reducción mediante retoque).
A estos argumentos recientemente se han sumado los resultados preliminares obtenidos por Almeida et al. (2010) en el taller al aire libre de Portela 2 (Leiria, Extremadura portuguesa), donde los remontajes identificados parecen indicar un retoque in situ de estos productos.
En Peña Capón la situación es más compleja, pues aunque en algunas piezas sí hemos identificado negativos que provienen de los filos de la pieza y no de la base (Fig. 7: 1 y 8), en otras los negativos son cortados por la propia extracción del soporte (Fig. 7: 3 y 5), lo que indica su anterioridad con respecto a este.
Se trataría pues, al menos en este último grupo, de negativos correspondientes a la preparación del plano de percusión, cuyo objetivo sería reducir la cornisa.
En cualquier caso, nuestra opinión es que la anterioridad o posterioridad de estas extracciones es una cuestión que solo altera la secuencia gestual de producción, pero no su finalidad, centrada en la fabricación de puntas con el sector proximal adelgazado.
Ello probablemente facilitaría el enmangue de las mismas y su uso como proyectiles, tal como han propuesto Zilhão y Aubry (1995) o Renard (2010).
En este sentido, es llamativo que haya negativos similares a los de la base de estas puntas en otras piezas de la colección, entre ellas dos raspadores, para los que sin embargo no es posible determinar la anterioridad o posterioridad de las extracciones (Fig. 5: 3 y 4 y Fig. 6: 7).
De estas puntas de Vale Comprido 7 fueron configuradas sin más modificación que la de la base (ya sea ésta anterior o posterior a la extracción del soporte).
Otros 6 ejemplares se encuadran en el subtipo C, pues en la zona distal de uno de sus filos presentan retoques simples (Fig. 7: 3) y en algunos casos semi-abruptos (Fig. 7: 1-2), que configuran el ápice de la pieza.
Piezas astilladas (10,4%): constituyen otro de los grupos industriales significativos del nivel estudiado.
Abundan en diversos contextos gravetienses peninsulares (Peña 2009) y aparecen también en algunos niveles protosolutrenses de la Extremadura portuguesa (Aubry et al. 1997).
La interpretación funcional del morfotipo presenta una problemática específica, que bascula entre su definición como "útil intermedio" tipo cuña o como núcleo bipolar para la obtención de laminitas (Peña 2011).
A falta de un programa experimental que nos permita contextualizar las piezas astilladas del nivel 3 de Peña Capón en esta discusión, podemos avanzar que no asumimos su caracterización unívoca.
Por un lado, hemos identificado 13 piezas que responden a criterios morfotécnicos válidos para considerarlas cuñas o elementos intermedios de percusión, tales como un tamaño y espesor considerable o la ausencia de negativos claros de extracciones posteriores a la obtención del soporte (Fig. 5: 8-9).
Por otro lado hemos reconocido 3 piezas astilladas con negativos bipolares en sus anversos, y en menor medida sus reversos, así como al menos uno de los extremos regularizado a modo de plano de percusión.
Estas características indican su probable papel como núcleos de laminitas (Fig. 4: 4 y Fig. 6: 1), tal como se ha propuesto en otros yacimientos gravetienses y protosolutrenses portugueses (Aubry et al. 1997).
Apoyaría además esa interpretación la presencia en la colección de varias laminitas de tipo astilla, con sección trapezoidal y talón astillado (Fig. 4: 10), cuya producción a partir de este tipo de piezas es más que probable.
Siguiendo esta interpretación, únicamente hemos contabilizado como morfotipos las piezas astilladas clasificadas como útiles intermedios.
Estas piezas son las responsables del alto índice de talones suprimidos ya comentado para los soportes retocados (Fig. 3A), ya que el astillamiento de los extremos del soporte suele provocar la supresión del talón.
Laminitas: su porcentaje es significativo entre el material retocado (6,4%) y los soportes brutos (19,4%).
Destaca una en cristal de roca con retoque inverso, que entraría en el morfotipo de laminita Dufour, y cuya curvatura y morfología podrían indicar su procedencia de un núcleo de tipo raspador carenado (Fig. 4: 9 y Fig. 6: 4).
Piezas con retoque plano: no se individualizan como grupo tipológico si no por su gran interés para profundizar en la caracterización cronocultural de la industria, al denotar la presencia incipiente de un recurso técnico básicamente solutrense, también latente en el Protosolutren- se portugués (Zilhão et al. 1999: 171).
Además, en su gran mayoría estos retoques se asocian a morfotipos específicos como 4 raspadores sobre lámina (Fig. 5: 1 y Fig. 6: 5) y 1 buril sobre lasca, todos de dirección inversa.
Completan el grupo 1 lámina con retoque lateral plano directo, 1 lasca con retoques planos y bifaciales y 1 lasca sobrepasada de avivado o reducción que arrastra una cara con retoques planos.
Finalizamos la fase de consumo y abandono con algunas consideraciones sobre los 17 núcleos presentes en el nivel (4,8% de la muestra) (Tab.
Los núcleos de laminitas son los mejor representados (64,8%) (Tab.
Esta circunstancia, que supone un contrapunto al dominio de los soportes laminares y lascares frente a las laminitas, dificulta caracterizar las producciones de láminas.
Agrava esta cuestión que los dos únicos núcleos laminares identificados correspondan a fragmentos poco informativos, de los que solo se puede inferir su organización unipolar.
Los núcleos de laminitas analizados caracterizan mejor las matrices de obtención de estos soportes.
Entre los de gestión unipolar, han sido documentadas las morfologías prismáticas (cristal de roca) y piramidales (sílex) (Fig. 4: 3 y Fig. 6: 2), así como los núcleos de tipo raspador carenado (1 en sílex, 1 en cuarzo) (Fig. 4: 1-2).
La entidad en la colección de estos últimos se ve reforzada por la presencia de 2 lascas de avivado de frente de raspador, que arrastran parte de la tabla microlaminar.
Como ya expusimos, 3 piezas astilladas han sido catalogadas como núcleos bipolares para la extracción de lasquitas y laminitas probablemente mediante la percusión posada sobre yunque (Fig. 4: 4 y Fig. 6: 1).
Esquemas operativos y atribución industrial
La colección estudiada, aunque reducida, permite una caracterización fundamental de las modalidades y objetivos de los esquemas de talla desarrollados por el grupo o grupos humanos responsables del conjunto industrial.
Producción de láminas: El predominio de soportes laminares entre los elementos sin retocar y, sobre todo, los retocados, permite identificar la producción de láminas como uno de los objetivos fundamentales de los procesos de talla desarrollados en la ocupación del nivel 3.
La variedad morfológica de las láminas indica una relativa diversidad tecnológica (Fig. 5), que incluye gestiones mayoritariamente unipolares, pero también bipolares.
Sin embargo, la ausencia de núcleos laminares significativos nos impide describir con mayor precisión los esquemas operativos implicados en esta producción.
Por la importancia que hemos otorgado a las 13 puntas de Vale Comprido en la caracterización del nivel estudiado, consideramos de especial relevancia valorar las características tecnológicas de su producción basándonos en los soportes sobre los que han sido configuradas.
El esquema de producción de este morfotipo ha sido convenientemente identificado en los yacimientos protosolutrenses de la Extremadura portuguesa (Zilhão y Aubry 1995; Zilhão 1997: 204; Zilhão et al. 1999), y más recientemente en el sitio francés de Marseillon (Landas), asignado al mismo episodio industrial (Renard 2010).
En ambos casos, los núcleos y soportes estudiados proponen esquemas de producción a partir de núcleos prismáticos de tabla ancha y tendencia piramidal, gestionados mediante percusión dura desde un único plano de percusión sin preparación.
Como hemos comentado, no disponemos en Peña Capón de núcleos que respondan a estas características.
Sí se adaptan sin problemas a las mismas los soportes de las puntas de Vale Comprido documentadas (Fig. 7) y, probablemente, los 3 flancos de núcleo identificados, dos longitudinales (Fig. 4: 7-8) y uno transversal (Fig. 4: 5), que presentan negativos de extracciones anchas, unipolares, y en algún caso convergentes.
Los soportes de las 3 puntas de Vale Comprido realizadas sobre cristal de roca son notablemente más pequeños (25,3 long. x 16,7 anch. x 5,8 esp. mm de media) (Fig. 7: 6) que los fabricados en sílex (48,7 long. x 27,7 anch. x 7,4 esp. mm de media), lo que implicaría una más que probable diferencia funcional.
La interpretación de unas y otras como puntas de armas arrojadizas, asumible en las de mayor tamaño y discutible en las más pequeñas, exige un programa experimental aún sin realizar.
Por lo tanto, nos limitamos aquí a señalar la adaptación de un esquema operativo que se utiliza de forma recurrente sobre sílex a las características morfométricas del cuarzo/cristal de roca.
La escasez de elementos correspondientes a las fases iniciales de la talla en una y otra materia prima nos impide ir más allá en la comparación entre ambas producciones.
Sin embargo, algunas superficies corticales en lascas de cuarzo y cristal de roca nos informan de que las matrices explotadas en esta materia prima debieron presentarse en forma de cantos, probablemente de tamaño medio y pequeño, similares a los documentados en el sitio extremeño portugués de Lapa do Anecrial (Zilhão et al. 1997: 300).
Con estos datos, resulta pertinente concluir que las puntas de Vale Comprido, y en general los elementos retocados sobre lámina, fueron mayoritariamente introducidos en el abrigo ya finalizados, o a lo sumo fueron configuradas en él a partir de soportes brutos obtenidos en otro lugar.
Sin embargo, los elementos de acondicionamiento relacionados con los esquemas de producción de puntas indicarían actividades de talla in situ, quizá esporádicas, destinadas a la obtención de soportes, cuyos núcleos sin embargo no habrían sido abandonados en el abrigo.
Producción de laminitas: en contraste con la talla laminar, la relativa abundancia de núcleos de laminitas, aun con escasos soportes documentados, nos permite certificar la producción microlaminar en el yacimiento.
Está realizada a partir de cuatro esquemas operativos: prismático unipolar, piramidal unipolar, raspador carenado y núcleo bipolar-pieza astillada (Tab.
Esta heterogeneidad tecnológica permite abundar en las similitudes con los conjuntos protosolutrenses, para los que se ha definido una variabilidad de esquemas operativos semejante.
Especialmente relevantes en este sentido son las producciones a partir de raspadores carenados y de piezas astilladas, identificadas en los sitios portugueses (Zilhão y Aubry 1995; Aubry et al. 1997; Zilhão et al. 1999) y del Suroeste francés (Aubry et al. 1995; Renard 2010).
La caracterización de las laminitas en los citados sitios protosolutrenses, donde se dejan fundamentalmente sin retocar o, en menor medida, se configuran mediante retoque simple (Zilhão et al. 1999: 175-176), encuentra un paralelo claro en el nivel 3 de Peña Capón, donde la mayoría se presentan en estado bruto (81,8%).
Entre las que tienen retoques simples (18,2%) destaca una Dufour en cristal de roca obtenida probablemente a partir de un raspador carenado (Fig. 4: 9 y Fig. 6:4).
La elevada presencia de núcleos y soportes en cuarzo y cristal de roca (Tabs.
3 y 6) es otra similitud importante con el Protosolutrense de la Extremadura portuguesa, donde la producción de laminitas en cuarzo alcanza porcentajes notables en varios yacimientos (Zilhão et al. 1997).
Producción de lascas: hemos documentado un importante número de lascas en el nivel (Tabs.
3 y 4), al que se suman dos núcleos que sin embargo son poco informativos sobre su método de gestión específico.
Solo 3 de los 71 soportes lascares entre brutos y retocados exhiben los atributos característicos de los esquemas operativos discoides (Terradas 2003), por lo que resulta aventurado proponer una producción específica de lascas.
Es más plausible que dichos soportes se enmarquen en las fases de preparación y acondicionamiento de la talla laminar.
Sin embargo, que haya un denticulado configurado sobre una lasca con negativos centrípetos y de un sílex poco frecuente en la colección (Fig. 6: 3), nos conduce a ser prudentes y no descartar la existencia de un esquema operativo de producción de lascas destinado a la configuración de este tipo de utillaje.
Los resultados obtenidos en el estudio tipológico y tecnológico de la colección lítica indican que el nivel 3 de Peña Capón, lejos de pertenecer a los momentos iniciales del Paleolítico Superior como se había conjeturado inicialmente (Alcolea et al. 1997), debe relacionarse con las industrias protosolutrenses definidas en la Extremadura portuguesa.
Las puntas de Vale Comprido, los incipientes retoques planos, la producción de laminitas a partir de raspadores carenados y núcleos bipolares, así como la explotación significativa del cuarzo, bastan para atribuir la colección industrial analizada al Protosolutrense.
En la sección de discusión incidiremos en la caracterización y problemática actual de este episodio industrial.
Zooarqueología y tafonomía de los restos faunísticos
La fauna conservada en el nivel 3 de Peña Capón comprende 564 restos.
Se han podido identificar 4 ciervos, 2 cabras, 1 caballo y 1 gran bóvido, del que no se puede precisar si es uro o bisonte.
Entre los micromamíferos se han documentado algunos restos de lagomorfo, 6 identificados como conejos.
Entre los indeterminados dominan los animales de talla media (ciervo, asno, etc.) sobre los de talla grande (uro, caballo, etc.) y pequeña (cabra, rebeco, corzo, etc.)
Por tanto, el perfil taxonómico del conjunto, aunque dominado por el ciervo, es heterogéneo, coexistiendo animales de distintos tamaños y ecosistemas diferentes.
La contextualización y comparación del conjunto faunístico resulta complicada.
La falta de yacimientos del Paleolítico Superior con fauna anteriores al Tardiglaciar en la Meseta (Yravedra 2007) impide realizar comparaciones en el ámbito regional, y la práctica ausencia de restos óseos en los yacimientos del Protosolutrense portugués, utilizados como marco de referencia en el terreno industrial, imposibilita su contextualización en un marco interpretativo más amplio.
Así las cosas, únicamente podemos constatar que la composición heterogénea del nivel 3 de Peña Capón encuentra similitudes en los patrones taxonómicos documentados en varios sitios del Gravetiense Terminal de la Extremadura portuguesa, como Lagar Velho TP06 (Moreno García y Pimenta 2002) y Unidad EE15 (Almeida et al. 2009).
En ellos, un registro faunístico variado denota una explotación cinegética indiferenciada, posiblemente ligada a la existencia de nichos ecológicos diversos.
La pauta se repite en numerosos niveles del Gravetiense peninsular, tanto en la vertiente cantábrica (Straus 1992; Yravedra 2001; Yravedra y Gómez-Castanedo 2010), como mediterránea (Davidson 1989; Villaverde et al. 2007Villaverde et al. -2008)), donde los yacimientos con conjuntos faunísticos heterogéneos son mayoritarios.
En los patrones de mortandad, aunque la muestra está dominada por los individuos adultos, destacamos una cabra y un ciervo infantiles, así como un ciervo juvenil.
Valoramos la hipótesis de que estos datos puedan apuntar a un tipo de explotación preferencial sobre manadas de hembras con crías, tal como se ha indicado en otros lugares (Altuna 1986), pero lo escaso de la muestra nos impide establecer conclusiones definitivas a este respecto.
Desde una perspectiva tafonómica, estamos ante un conjunto en buen estado de conservación, con gran fracturación y claras evidencias de una importante actividad antrópica.
Las elevadas frecuencias de huesos con marcas de corte y per- cusión nos indican que todos los taxones fueron procesados por el ser humano (Tab.
Caballos, ciervos y cabras muestran trazas relacionadas con episodios de desollado, eviscerado, desarticulado y descarnado, culminando la cadena alimenticia con la fracturación de los huesos para obtener su tuétano.
Algunas marcas de diente, cuyas medidas nunca exceden los 2 mm de longitud y anchura, así como la escasez de epífisis respecto a las diáfisis (Tab.
9), revelan que en determinados episodios, probablemente al abandonarse el yacimiento, carnívoros de pequeño tamaño, como por ejemplo el zorro, podrían haber manipulado parte de los restos óseos.
El cierto sesgo que produjeran en la muestra en ningún caso cuestiona el carácter antrópico de la gran mayoría de la acumulación ósea.
Además de estas evidencias, ya de por sí resolutivas, hemos calculado las frecuencias de marcas de corte en elementos apendiculares superiores, intermedios e inferiores.
Estas frecuencias, dominadas por las marcas en el primer grupo (húmero y fémur) en animales grandes y medianos (Tab.
10), se ajustan a las observaciones experimentales de Domínguez-Rodrigo (1997) y Domínguez-Rodrigo y Barba (2005) realizadas para accesos antrópicos primarios sobre carcasas.
Según ellas, estas porciones anatómicas, al ser las que conservan mayores paquetes musculares, son las primeras en consumirse en accesos tempranos.
Con estos datos, resulta plausible interpretar la acumulación ósea del nivel 3 de Peña Capón como el producto de la actividad cinegética de los grupos humanos responsables del conjunto industrial asociado.
Dicha actividad incluiría desde la caza de los animales en las proximidades del sitio, hasta el posterior procesado de las presas, Tab.
Frecuencias de marca de corte en elementos apendiculares del conjunto faunístico del nivel 3 de Peña Capón (valle del Sorbe, Guadalajara).
Superior: húmero y fémur.
Medial: tibia y radio.
La elevada presencia de puntas de Vale Comprido y la basculación del conjunto del material lítico hacia las fases de consumo de la cadena operativa apoyan esta interpretación.
Por otro lado, la colección faunística del nivel 3 ha proporcionado algunos elementos de industria ósea.
Destacan un punzón sobre diáfisis de pequeño tamaño configurado mediante el pulimento de uno de sus extremos (Fig. 8: 2), y una diáfisis de animal de talla media que, a tenor de lo inferido mediante experimentación (Patou-Mathis 2002; Mozota 2009), fue utilizada como retocador de elementos líticos.
Así lo indican los estigmas de percusión (impresiones lineales, cúpulas y raspado) en ambos extremos (Fig. 8: 1).
También se han documentado algunos restos de grabados incisos en diversos soportes óseos, en ningún caso figurativos.
Presentamos un ejemplo en el que se observan varios trazos lineales (Fig. 8: 3).
La aparición del Solutrense en el interior de la Península Ibérica en el contexto del Protosolutrense del Suroeste europeo
El Protosolutrense es una unidad de análisis historiográficamente con importantes problemas de definición y caracterización industrial.
Las primeras propuestas sobre su contenido, realizadas en la primera mitad del siglo XX por A. Parat, H. Breuil, D. Peyrony o A. Cheynier, eran contradictorias (Rasilla 1994(Rasilla: 12, 1999: 81-82: 81-82) y probablemente han de situarse en la base de posteriores adscripciones a este episodio industrial ciertamente débiles y problemáticas.
Desde finales de los 1980, la caracterización del Protosolutrense como un episodio industrial definido comenzó a adquirir una mayor entidad a partir del estudio de series líticas provenientes de yacimientos de la región extremeña portuguesa, como el sitio al aire libre de Vale Comprido-Encosta o las cuevas de Caldeirão, Buraca Grande o Buraca Escura, entre otros (Zilhão 1997; Zilhão y Aubry 1995; Zilhão et al. 1997Zilhão et al., 1999;;Almeida 2000).
Se definió así una industria, que se entendía inmersa en un proceso de transición entre el Gravetiense y el Solutrense, y que introducía un cambio en el armamento cinegético fundamentado en la sustitución de los proyectiles armados con las laminitas de dorso típicas del Gravetiense, por otros basados en las puntas líticas de Vale Comprido.
La producción de laminitas obtenidas a partir de núcleos de tipo raspador carenado y dejadas mayoritariamente sin retocar, así como una explotación significativa del cuarzo, completaron los elementos tecno-tipológicos principales del Protosolutrense portugués.
Su cronología, una vez individualizado el Gravetiense Terminal como una fase independiente (Almeida 2000), quedó situada en un corto lapso de tiempo entre c.
Junto a las colecciones líticas portuguesas, los mencionados autores incluyeron en el Protosolutrense las industrias de los niveles NA10 y NA9 del Abri Casserole, así como aquella del clásico Auriñaciense V de Laugerie-Haute (niveles D Oeste y 33 Este), ambos en la Dordoña francesa (Aubry et al. 1995; Bosselin y Djindjian 1997).
Con ello acabaron de configurar un modelo que, basado en una lectura evolutiva de la tecnología lítica, propone una transición in situ del Gravetiense al Solutrense en el Suroeste europeo, materializada en un Protosolutrense que tiene tanto pervivencias tecnológicas del primero como innovaciones que anuncian el segundo (Zilhão 1997: 201; Zilhão et al. 1999: tab.
La principal pervivencia gravetiense serán las minoritarias producciones laminares gestionadas mediante percusión blanda.
Las novedades serían la aparición testimonial del retoque plano y, sobre todo, la producción de puntas de Vale Comprido, interpretada como el germen del posterior desarrollo de las puntas de cara plana del Solutrense inferior y, en general, de la predilección por las puntas líticas durante el Solutrense (Zilhão 2007; Renard 2011).
El modelo propuesto presentaba una enorme laguna geográfica entre la Extremadura portuguesa y la Dordoña, para la que Zilhão et al. (1999: 182) predecían una secuencia similar.
En los últimos años, esta laguna se ha matizado, si bien los hallazgos de mayor relevancia se han producido en regiones cercanas a los núcleos extremeño y perigordino, cuando no en su propio seno.
Así, se han identificado de forma inequívoca industrias protosolutrenses con puntas de Vale Comprido en el yacimiento al aire libre de Marseillon (Landas) (Renard 2010(Renard, 2011)), en el abrigo de Vale Boi (Algarve) (Bicho et al. 2010; Cascalheira et al. 2010) y, de nuevo en la Extremadura portuguesa, en los sitos al aire libre de Portela 2 y Calvaria 2 (Almeida et al. 2010).
Otras referencias menos significativas provienen de la región mediterránea peninsular.
Aquí se ha apuntado un posible nivel protosolutrense en Balma de la Griera (Tarragona) (García Díez y Cebrià 2003) y se han señalado niveles con puntas de cara plana atípicas y laminitas obtenidas de núcleos carenados en niveles intermedios entre el Gravetiense y el Solutrense en Parpalló (Valencia) (Tiffagom et al. 2007) y Nerja (Málaga) (Aura et al. 2006; Tiffagom et al. 2007).
Sin embargo, el primer conjunto industrial es poco diagnóstico y carece de las principales características tecno-tipológicas de estas industrias (Fullola et al. 1994).
En los dos últimos, los materiales se encuentran aún a la espera de su publicación definitiva, aunque ya se ha señalado la posible concordancia de la secuencia mediterránea con lo ocurrido en Portugal, si bien desde una propuesta conceptual diferente (Aura et al. 2006: 84; Aura et al. 2010: 167).
Aún más problemática es una pieza asimilable a las puntas de Vale Comprido localizada en las colecciones antiguas del Arenero de Santiago, en el valle del Manzanares (Madrid), para la que en todo caso no es posible proponer un contexto industrial y crono-estratigráfico adecuado (Baena y Carrión 2002: 99).
Dejando a un lado este último dato, apenas considerado en la literatura científica, el interior Fig. 8.
Industria ósea y elemento decorado del nivel 3 de Peña Capón (valle del Sorbe, Guadalajara).
1: retocador sobre diáfisis con dos zonas activas y detalle de impresiones lineales, cúpulas y raspado en una de ellas; 2: punzón; 3: fragmento de diáfisis con varios trazos lineales grabados.
Fotografías Manuel Alcaraz-Castaño y Elizabeth Díaz.
de la Península Ibérica no ha aportado hasta la fecha ninguna evidencia que permita valorar el modelo transicional propuesto por Zilhão y colegas.
Sólo se conocían en sus territorios datos encuadrables en las fases medias y superiores del Solutrense (Alcolea et al. 1997; Baena y Carrión 2006; Cacho et al. 2010), entre los que destacaban los del propio nivel 2 de Peña Capón.
Por ello, la atribución al Protosolutrense de la industria del nivel 3 supone una novedad de primer orden en la discusión sobre la aparición del Solutrense en el Suroeste europeo, pues viene a rellenar un extenso vacío, precisamente en un área intermedia entre las regiones con evidencias protosolutrenses conocidas (Fig. 9).
Sin embargo, a pesar de que en el terreno industrial la caracterización como Protosolutrense del nivel 3 de Peña Capón ofrece pocas dudas, en el ámbito temporal la única fecha obtenida hasta ahora (Tab.
1) lo sitúa un milenio después de la cronología mínima aceptada para los yacimientos portugueses (vide supra), e incluso de la Dordoña, para los que se supone una cronología anterior a 20.8 ka C14 BP a partir de la datación del Solutrense inferior de Laugerie-Haute (Renard 2011: 737).
La interpretación correcta de esta situación debe, en nuestra opinión, tener en cuenta dos posibilidades principales: 1) que la aparición del Protosolutrense en la Meseta se produjera de forma tardía con respecto al Suroeste francés y la costa portuguesa, o 2) que una hipotética contaminación de los restos datados haya rejuvenecido la datación obtenida en Peña Capón, como podría indicar la escasa diferencia entre los resultados de los niveles 2 y 3 (Tab.
Un nuevo programa de dataciones a partir de muestras pre-tratadas con ultrafiltración, que esperamos poder llevar a cabo en fechas próximas, así como un más que deseado acceso al depósito que nos permita recoger muestras directamente de la estratigrafía, podrán arrojar luz sobre esta disyuntiva, cuyas alternativas son hipotéticamente factibles y no necesariamente excluyentes.
Sin embargo, no somos especialmente partidarios de plantear de nuevo la posición retardataria del interior peninsular en referencia a cualquier tipo de fenómeno o desarrollo cultural prehistórico, máxime cuando la fecha del propio nivel 2 de Peña Capón, ciertamente sometida a los mismos problemas que la del nivel 3, se sitúa en momentos más antiguos (Tab.
1) de lo que es común en un conjunto in-dustrial cercano a los modelos típicos de las fases medias del Solutrense (Alcolea et al. 1997: 213).
Además, valoramos que la secuencia solutrense del interior peninsular está aún por construir, ya que, hasta la fecha, las dataciones realizadas en Peña Capón son las únicas disponibles en la Meseta para niveles de este tecnocomplejo.
La contextualización de los datos aquí presentados en el marco general de las industrias protosolutrenses contribuye a relativizar la importancia de la búsqueda de un origen único para el Solutrense.
Su planteamiento en los términos difusionistas propios de la investigación histórico-cultural (Alcaraz-Castaño 2007) ha dejado de tener un sentido efectivo desde una perspectiva científica (Zilhão 2007).
Hay una fase industrial anterior al Solutrense inferior en buena parte del territorio de expansión del tecnocomplejo, que además exhibe una homogeneidad tecno-tipológica que se basa en el sustrato Gravetiense a la vez que anuncia el posterior desarrollo del Solutrense.
Esta evolución parece producirse de forma rápida, si no casi simultánea, en varias regiones, y puede encontrar una explicación verosímil en la existencia, al menos desde el Gravetiense, de unas redes de contacto eficientes y amplias entre los grupos humanos, probablemente determinadas y favorecidas por las condiciones rigurosas y el paisaje abierto de las fases más frías del Pleniglaciar Superior (Zilhão 2007; Renard 2011).
Tales condiciones implicaron también la necesidad de implementar mecanismos de refuerzo intergrupal para garantizar la supervivencia de dichos grupos.
Una de las hipótesis de trabajo que esperamos desarrollar en el futuro para confirmar el modelo propuesto se centrará en la investigación de los potenciales contactos entre la Extremadura portuguesa y la región central de la Meseta, pues tanto Peña Capón como los yacimientos lusos pertenecen a la cuenca hidrográfica del Tajo, la cual pudo haber servido como vía natural de comunicación.
Para ello valoraremos además la presencia de sílex de ambas regiones en las industrias de finales del Gravetiense en el cercano valle del Côa (Aubry 2001; Aubry y Mangado 2006) que podría indicar contactos frecuentes entre los grupos humanos del centro y Oeste de la Península Ibérica en momentos inmediatamente anteriores a la aparición de las industrias protosolutrenses.
El estudio en curso de las materias primas explotadas en Peña Capón aportará con seguridad datos interesantes en este sentido.
Las redes de contacto humano durante estos momentos del Pleniglaciar Superior pueden rastrearse asimismo en el registro gráfico.
El núcleo artístico pleistocénico del Alto Jarama (Fig. 1B), en el que destaca la cueva de El Reno, situada a unos 11 km. en línea recta de Peña Capón y para cuya primera fase de decoración algunos de nosotros ya propusimos una edad pleniglaciar (Alcolea et al. 1997a(Alcolea et al., 1997b(Alcolea et al., 2000)), posee motivos arcaicos claramente paralelizables con el horizonte artístico más antiguo de la Meseta (Alcolea y Balbín 2003b).
Dicho horizonte incorporaría tanto algunas fases de las cuevas castellanas más conocidas, como Los Casares, La Hoz o La Griega, como el grueso de la fase antigua de los conjuntos del Côa (Baptista 2008).
Zilhão (2003Zilhão (, 2007)), en su reciente análisis de estos últimos, señala sus fuertes analogías gráficas con algunos conjuntos cantábricos y del Suroeste francés.
Todos estos datos, que proponen similitudes estilísticas entre grafías portuguesas, meseteñas, cantábricas y del mediodía francés, apuntan por tanto a la vigencia de una relativa homogeneidad gráfica durante el Pleniglaciar en el área de la inmediata expansión solutrense.
Reivindican asimismo la idea de Villaverde (1994) sobre la generalización geográfica de los modelos artísticos premagdalenienses, y abundan en la posibilidad de que hubiera una tupida red de contactos en consonancia con los datos ofrecidos por las secuencias industriales de estas regiones.
La ocupación de la Meseta durante el Pleniglaciar Superior
Los datos aquí analizados proponen una ocupación humana relacionada con actividades cinegéticas en las estribaciones sur-orientales del Sistema Central durante el Pleniglaciar Superior (Estadio Isotópico Marino [MIS] 2), episodio que en la Europa mediterránea responde, en líneas generales, a un clima frío que condiciona un paisaje abierto dominado por una vegetación semi-desértica (Fletcher y Sánchez Goñi 2008: 456-457).
La datación obtenida para el nivel 3 de Peña Capón (19.9 ± 1 ka C14 BP ó 23.8 ka cal BP) se sitúa en un momento de gran inestabilidad climática y ambiental, dominado por la sucesión del Estadio ( 1) de Heinrich 2 (HS 2) y el Último Máximo Glaciar (LGM), entre los que se desarrolla uno de los cortos períodos interestadiales (GI 2) detectados en los núcleos de hielo de Groenlandia (Sánchez Goñi y Harrison 2010).
Consideramos excesivamente aventurado proponer una correlación 'de grano fino' entre la datación obtenida en el nivel 3 y los estadios climáticos señalados, básicamente por tres razones:
1) Los distintos proxies utilizados en la modelización del cambio climático pleistoceno proponen diferencias de cientos e incluso miles de años en la extensión y sucesión de los estadios y eventos del MIS 2 (Sánchez Goñi y Harrison 2010: tabs.
Ello dificulta su correlación con secuencias arqueológicas que exigen una resolución cronológica alta.
2) La aplicación generalizada en los depósitos arqueológicos de las largas secuencias paleoclimáticas obtenidas en las grandes masas de hielo y los registros polínicos de los sedimentos costeros resulta en ocasiones arriesgada, ya que algunos de los eventos reconocidos en las mismas no han podido ser identificados en las secuencias continentales, a menudo incompletas y de mucha menor resolución cronológica (González-Sampériz et al. 2010: 449).
Además, la variedad biogeográfica de los diferentes territorios impone peculiaridades no detectadas a escalas más amplias (Burroughs 2005: 88).
Ambas circunstancias adquieren una gran relevancia en la Meseta, donde aún contamos con escasos datos paleoclimáticos y paleoambientales correspondientes al MIS 2 (Ruiz Zapata et al. 2000; Valdeolmillos et al. 2003; Vegas et al. 2008; Tapias et al. 2012), que nos permitan valorar la adecuación de su secuencia a la detectada en los proxies de escala global.
3) Los datos cronométricos obtenidos en Peña Capón son aún demasiado escasos y problemáticos como para asegurar una fiabilidad estadística aceptable que permita establecer una correlación con el registro paleoclimático.
Tampoco contamos con datos paleoecológicos procedentes de su estratigrafía, y los obtenidos a partir de coprolitos de hiena en el cercano yacimiento de Los Torrejones (Tamajón) (Carrión et al. 2007), o aquellos recuperados en los depósitos fluviales del Tajo a su paso por Toledo (Ruiz Zapata et al. 2004), no incluyen cronologías correspondientes al MIS 2.
En todo caso, no resulta aventurado deducir que la ocupación del nivel 3, indudablemente desarrollada durante el Pleniglaciar Superior, debió producirse en un momento de condiciones climáticas y ambientales rigurosas, si no muy rigurosas.
De ser así, incluso si valoramos la posibilidad de un hipotético rejuvenecimiento de la muestra datada, sería lógico tomar como referencia teórica para la edad real del nivel la cronología asignada al núcleo protosolutrense de la Extremadura portuguesa (c.
25.5 -25.0 ka cal BP), el contexto paleoclimático seguiría siendo similar, incluso con una mayor probabilidad de enmarcarse en pleno HS 2 (Sánchez Goñi y Harrison 2010: tabla 2).
Estos datos son una relevante contribución a la cada vez más antigua discusión sobre el poblamiento superopaleolítico del interior peninsular (Delibes y Díez 2006).
La discusión hunde sus raíces en el estereotipo tradicional que presumía un vacío poblacional en la Meseta durante las oscilaciones más frías de la última glaciación como consecuencia del rigor climático propio de las zonas altas (Breuil y Obermaier 1913: 15).
Las últimas interpretaciones que han postulado la despoblación mesetaria durante el último Pleniglaciar llegan a conceder la posibilidad de ocupaciones esporádicas en algunas zonas coincidiendo con los momentos de mayor bonanza climática, y siempre como resultado de desplazamientos de carácter estacional desde las áreas clásicas de desarrollo del Paleolítico Superior peninsular (Ripoll et al. 1997: 83; Corchón 1997Corchón: 166, 2002: 130;: 130; Straus et al. 2000: 561).
Sin embargo, numerosos datos nos obligan a reconsiderar esta idea.
Desde hace tiempo se conocen evidencias sólidas sobre la ocupación pleniglaciar de otros territorios con condiciones climáticas similares a la Meseta, como el Prepirineo aragonés (Utrilla et al. 2010: 29), o aún más extremas, como las llanuras de la Europa central y oriental o la región siberiana (Hoffecker 2002: 196; Verpoorte 2009: 79).
Además en el interior peninsular se han venido revelando en los últimos años numerosos datos que indican que la ocupación de amplias zonas meseteñas no sería tan esporádica.
A la ya comentada atribución pleniglaciar según criterios estilísticos de una parte de las grafías paleolíticas conocidas en el interior peninsular, se une el hecho de que el grueso de la fauna representada en el arte paleolítico del interior, aunque encuadrable en el estereotipo euritermo, lejos de responder a nichos ecológicos templados, posee un marcado sesgo templado-frío, cuando no revela directamente la existencia de nichos ecológicos francamente fríos (Alcolea y Balbín 2003a: 488).
Por otro lado, a las referencias clásicas sobre industrias solutrenses en los areneros de la ciudad de Madrid, confirmadas por estudios recientes (Martínez de Merlo 1984; Baena y Carrión 2002, 2006), se han sumado nuevos datos sobre la ocupación solutrense del valle del Manzanares madrileño (Tapias et al. 2012).
Entre estos últimos resulta especialmente relevante la atribución al Solutrense del yacimiento clásico de Las Delicias (Obermaier y Wernert 1918; Santonja et al. 2000), cuestión ya apuntada por algunos investigadores (Baena y Carrión 2002), y que ha sido confirmada gracias a la excavación de parte de los depósitos aún conservados en el sitio (Alcaraz-Castaño et al. 2012).
Más al Oeste, las dataciones obtenidas recientemente para la Sala de las Chimeneas de la cueva de Maltravieso (Cáceres), que sitúan el nivel A en cronologías avanzadas del MIS 2 (Canals et al. 2010), son otro argumento a favor de la ocupación superopaleolítica del interior peninsular en momentos anteriores al Tardiglaciar.
De la misma forma, la comentada presencia de sílex del Sistema Central en los niveles gravetienses del valle del Côa puede interpretarse como un indicio de la presencia humana en el centro de la Meseta durante estos momentos.
La estratigrafía de Peña Capón, de la que se desprenden varios episodios de ocupación humana en el abrigo durante al menos tres momentos del Pleniglaciar Superior, supone, probablemente, el argumento de mayor peso a favor de una ocupación más que esporádica de la Meseta durante momentos de un fuerte rigor climático.
Ello refleja la adaptabilidad ecológica de los grupos humanos del Paleolítico Superior.
Que Peña Capón pueda haberse enmarcado en un territorio que actuara como refugio ecológico durante los momentos más fríos del Pleniglaciar, al situarse al amparo de las estribaciones del Sistema Central (Tzedakis et al. 2002), es algo que, aunque sugerido para regiones cercanas en diversos momentos del Pleistoceno Medio y Superior (Carrión et al. 2007), por ahora no estamos en condiciones de valorar, y desde luego choca frontalmente con las condiciones rigurosas que soporta actualmente la zona.
Más allá del estudio faunístico, poco informativo en este sentido, no disponemos de otras analíticas paleoambientales para pronunciarnos sobre esta problemática, lo cual esperamos paliar de posibilitarse un futuro acceso al yacimiento.
Si se aceptan los datos aquí presentados, la discusión clásica sobre la habitabilidad del interior peninsular durante el Pleniglaciar Superior debería abandonarse, o al menos replantearse en términos que desecharan finalmente el tópico de una Meseta desolada durante buena parte del Paleolítico Superior.
Si la insistencia en la interpretación clásica durante tanto tiempo se ha debido fundamentalmente a la falta de estudios científicos en la región, su superación definitiva pasa por un mayor esfuerzo investigador en los años venideros.
Álvaro Arrizabalaga, José Manuel Maíllo, Felipe Cuartero y Paloma de la Peña nos han brindado interesantes comentarios sobre la industria lítica del nivel 3 de Peña Capón.
José María Barco, Sandra Benítez, Nuria Fernández, Alba Santamaría e Irene Rivera han colaborado en los trabajos de laboratorio.
Elizabeth Díaz ha participado en la fotografía de buena parte de la industria lítica y ósea.
João Zilhão nos facilitó un trabajo suyo aún sin publicar.
Primitiva Bueno y Felipe Cuartero leyeron una primera versión de este trabajo y aportaron valiosas sugerencias sobre su forma y contenido.
En todo caso, las interpretaciones vertidas en el texto son responsabilidad exclusiva de los autores.
Parte de esta investigación ha sido realizada gracias a una ayuda FPU concedida por el Ministerio de Educación y Ciencia (referencia AP2006-1121) al primer firmante del artículo.
Sílex Cuarzo/ Cristal de roca Cuarcita TOTAL % |
Este trabajo presenta la estructura tecnológica observada en los niveles B y Bb (Boreal) de La Cativera, donde se observa una dualidad entre explotaciones laminares simplificadas y una producción de lascas cortas normalizadas.
Una nueva datación inédita refuerza la posición cronológica de estos niveles pese a que las estrategias de talla de los mismos difieren significativamente de las documentadas en yacimientos sincrónicos.
Los niveles B y Bb coinciden en el tiempo con los conjuntos del Mesolítico de Muescas y Denticulados, sin embargo el análisis tecnológico de la industria lítica lo pone en relación más directa con los conjuntos del Magdaleniense final y/o Epipaleolítico microlaminar propios del Tardiglaciar.
En los últimos años, la discusión sobre el final del Paleolítico y los tecnocomplejos denominados mesolíticos del ámbito mediterráneo de la Península Ibérica, especialmente de su noreste, está quedando constreñida a dos horquillas crono-culturales contrapuestas que responden a dos tradiciones técnicas tratadas en muchas ocasiones de forma independiente y excluyente.
En una están los conjuntos microlaminares de Fortea (1973), entendidos en toda su variabilidad regional, que tecnológicamente derivan de la tradición magdaleniense.
En este mismo filum evolutivo se incluirían también los complejos de tipo sauveterroide, con un microlitismo más acusado y presencia de un componente geométrico (Aura 2001; Casabó 2004; Aura et al. 2011).
La segunda tradición, correspondiente a los conjuntos de muescas y denticulados (síntesis regionales en Alday 2006), dibujaría una línea de ruptura técnica respecto a la tradición post-magdaleniense.
Estos tecno-complejos aparecen intercalados entre las fases clásicas del Epipaleolítico geométrico y suponen una desaparición casi total de la tecnología y tipología anterior.
En Cataluña, su aparición parece adelantarse a la de los territorios centromeridionales, situándose en torno al límite Pleistoceno-Holoceno, según las fechas proporcionadas por el Abric Agut (Vaquero et al. 2002).
Este límite se ha establecido grosso modo como línea divisoria entre las tradiciones microlaminar-sauveterriense y los conjuntos de muescas y denticulados.
En el noreste peninsular se trata de una tendencia reciente (Vaquero 2004; Vaquero et al. 2009) que determina una ruptura además de cultural cronológica entre el filum magdaleniense y el Mesolítico.
Sin embargo, cuestiones como la transición de los conjuntos microlaminares 'puros' a los conjuntos con geométricos, o la desaparición de estos con el surgimiento de las muescas y denticulados necesitan una lectura secuencial y evolutiva de la información arqueológica.
Las diferencias tecnológicas entre estos complejos son muchas pero la tendencia hacia la simplificación durante el Tardiglaciar e inicios del Holoceno es un hecho que podría estar indicando una direccionalidad evolutiva hacia los complejos menos tipificables.
Las últimas publicaciones sobre los complejos de tipo aziliense propuestos en los Pirineos orientales (Martínez-Moreno et al. 2006-2007; Martzluff et al. 2007; Martínez-Moreno y Mora 2009) desarrollan esta línea argumental.
Hoy en día es posible observar niveles con tecnologías de tipo microlaminar y/o sauveterriense con fechas sincrónicas a los conjuntos de muescas y denticulados, adentrándose claramente en el Holoceno.
Se trata de las dataciones AMS de las industrias geométricas de Filador 4 y Filador 5-6 (García-Argüelles et al. 2005), el nivel III microlaminar de la Cova de la Guineu (Fullola et al. 1996), la capa 21-IVd de Can Sadurní con elementos de dorso y algunos geométricos y microburiles (Fullola et al. 2011) o las capas VI y VII de la cueva del Marge del Moro.
En ellas, si bien se describe una industria de tipo expeditivo, son reseñables un conjunto de elementos geométricos, la producción laminar, así como armaduras sobre fragmentos de malacofauna marina (Fullola et al. 2011).
Los niveles B y Bb del abrigo de La Cativera (Fontanals et al. 2009 más una nueva fecha presentada en este trabajo) están en la misma situación.
Las 2 dataciones obtenidas hasta el momento para el nivel B sitúan una tecnología de tipo microlaminar a mediados del Boreal, lo que algunas síntesis recientes han puesto en duda (Vaquero 2006).
Aquí justificaremos la caracterización cultural y cronológica de las ocupaciones de las dos unidades del yacimiento de La Cativera.
De la misma forma se observará el peso de este tipo de evidencias culturales de tipo post-magdaleniense en cronologías holocenas respecto al desarrollo de los conjuntos de muescas y denticulados.
El yacimiento de La Cativera es un depósito arqueológico conservado bajo un pequeño abrigo rocoso situado en el término municipal de El Catllar (Tarragona), a unos 65 m.s.n.m. y aproximadamente a 6,5 km en línea recta de la línea de costa actual.
Este abrigo está en el margen derecho del barranco de La Cativera, torrente tributario del río Gaià.
El cauce fluvial recorre el límite más oriental de la fosa tectónica que conforma la depresión Valls-Reus con el pilar tectónico que supone el Macizo de Bonastre y el bloque del Gaià (Angelucci 2003).
Geológicamente, el abrigo se abre en bancos de calcarenitas de la Unidad Ardenya, datada en el Serravaliense superior-Tortoniense inferior (Mioceno) (Benzaquén et al. 1973), en torno a 11 Ma.
Esta unidad está formada principalmente por materiales clásticos con componente carbonatado variable (arenas, areniscas y calcarenitas).
Se originó en la sedimentación detrítica que tuvo lugar cerca de la costa mediterránea durante el Mioceno, con facies de agua poco profunda y alternancias entre sedimentos de playa y estuario (Benzaquen et al. 1973; Angelucci 2003).
El yacimiento cuenta con diferentes niveles en los que se recupera, casi exclusivamente, industria lítica y malacofauna.
El yacimiento presenta una potencia estratigráfica de cerca de 2 m, de muro a techo con un total de 8 conjuntos geoarqueológicos diferenciados (Fig. 2).
Los siete primeros corresponden al relleno cuaternario y el octavo a la alterita producida por la degradación del sustrato mioceno (Angelucci 2003).
Se pueden observar dos dinámicas sedimentarias muy diferenciadas que identifican dos procesos de formación independientes para los tramos superior e inferior de la secuencia.
En el tramo superior (niveles A, B y Bb) el aporte sedimentario está regido casi exclusivamente por procesos gravitacionales con presencia de clastos y bloques desprendidos de las paredes y techo del abrigo.
La sedimentación de la parte media y basal muestra unas características aluviales muy marcadas con lechos sucesivos que indican un carácter rítmico en la deposición.
Los análisis específicos realizados relacionan claramente estos aportes con la actividad del río Gaià al final del Pleistoceno.
En este tramo de la secuencia se documentan los horizontes pertenecientes al conjunto C. Entre estas dos dinámicas sedimentarias tan diferenciadas se ha identificado un conjunto intermedio donde se registran las últimas fases de la secuencia aluvial y los inicios de la acumulación por procesos gravitacionales.
A techo del conjunto Fig. 2.
Vista frontal del depósito arqueológico del Abrigo de la Cativera (El Catllar, Tarragona) y planta de la excavación.
A la derecha columna litoestratigráfica (Angelucci 2003 modificada).
La interrogación corresponde a las dataciones del nivel B. aluvial se observa una fase erosiva.
Su importancia parece muy limitada, pero sería necesario profundizar en su génesis y su significación paleo-climática, ya que este conjunto intermedio parece situarse muy cercano al límite Pleistoceno-Holoceno.
En total, se han identificado 8 horizontes con materiales arqueológicos derivados de la frecuentación humana del abrigo que se han agrupado en 3 grandes conjuntos arqueo-estratigráficos A, B y C (de techo a base).
En el conjunto C se han individualizado los episodios C1, C2, C3 y C4.
El horizonte C3 a su vez aparece segmentado por una superposición de hogares, visible en sección, que permitió subdividirlo en C3 y C3b.
Lateralmente los restos de las estructuras y el impacto térmico sobre el sedimento acaban desapareciendo, por lo que quizá esta diferenciación no pueda ser mantenida en toda la extensión de la excavación.
El conjunto B en un principio fue considerado una unidad de 30-40 cm de potencia con una posible perturbación de su techo por ocupaciones posteriores o alteraciones post-deposicionales.
Sin embargo durante el proceso de excavación se ha podido separar la parte superior del conjunto y su base en la mayoría de la superficie del yacimiento.
Una pequeña capa estéril y continua de entre 5 y 10 cm de espesor separa el conjunto de elementos arqueológicos del nivel B de una superficie continúa de material infrayacente que ha sido denominada nivel B base o Bb.
El conjunto A es el nivel arqueológico más reciente y permaneció parcialmente sellado por una caída de bloques que marcó el final de la sedimentación del abrigo.
En este nivel se habían realizado diversas intervenciones furtivas, localizándose en la parte central del yacimiento una cata antigua que removió buena parte de la superficie conservada.
Cronología de las ocupaciones
Hasta la fecha las dataciones para los niveles identificados durante la primera intervención (Tab.
1) ubican la secuencia cronocultural de La Cativera entre las últimas fases del Pleistoceno y las primeras del Holoceno.
Las fases más antiguas representadas por los niveles del conjunto C se ubican con bastante precisión a finales del Allerød, en las fases interes-tadiales GI-1b y GI-1a, y durante todo el GS-1 o Dryas reciente hasta prácticamente el tránsito al Holoceno.
El conjunto A se situaría ya en cronología plenamente holocena, en los momentos iniciales del Atlántico.
Las fechas del nivel B proceden de carbones recogidos manualmente durante la excavación y seleccionados mediante proyecciones.
Situarían estas ocupaciones a mediados / finales del Boreal.
El nivel Bb no ha sido datado directamente por el momento, sin embargo la lógica estratigráfica lo incluye también en el Holoceno, en la horquilla proporcionada por las fechas de C1 y de B y en una cronología bastante cercana a la del nivel B.
El conjunto arqueológico recuperado del nivel B se atribuyó al Epipaleolítico microlaminar (Fontanals 2001) desde el inicio de la investigación.
Este hecho ha provocado la puesta en duda de las fechas por considerarlas excesivamente recientes para un conjunto de esas características (Vaquero 2004(Vaquero, 2006)).
Sin embargo la rigurosidad en el trabajo arqueoestratigráfico realizado ha permitido diferenciar tanto las zonas donde la discontinuidad entre niveles es más evidente, como las acumulaciones claramente pertenecientes a una u otra entidad.
La datación inédita que aquí se presenta procede de una muestra seleccionada manualmente, coordenada en el campo y proyectada posteriormente para asegurar, con la mayor certidumbre posible, su relación con el contexto al cual se atribuye.
Desde un primer momento se tuvo en cuenta la posibilidad de que se hubieran fechado carbones percolados del horizonte superior.
Pero el análisis arqueo-estratigráfico de la distribución de los restos de ambos niveles muestra un patrón claramente diferenciado (Fig. 3).
La mayor parte de las ocupaciones del nivel A se documentaron en la zona oeste del yacimiento y las del nivel B al este, existiendo zonas donde prácticamente solo había restos de uno de los dos horizontes.
La selección de carbones para la serie de dataciones ya publicada se realizó durante la primera campaña de salvamento, sin que hubiera podido percibirse este fenómeno.
Afortunadamente las muestras seleccionadas para datar el nivel B proceden del cuadro N7, localizado en una zona con muy baja densidad de restos del nivel A y donde la separación vertical entre los dos episodios es mayor que en los cuadros más occidentales.
A día de hoy, por lo tanto, para el equipo de excavación del yacimiento la cronología atribuida al nivel B no ofrece ningún tipo de problema estratigráfico o metodológico, más allá de los inherentes a cualquier otra datación por C14 AMS o a la existencia de fenómenos postdeposicionales irreconocibles.
Tecnología lítica de los niveles B y Bb
La materia prima exclusiva es el sílex.
Los bloques tallados en el yacimiento son en general de una buena aptitud, especialmente en comparación con el análisis preliminar de las materias primas del nivel A, de peor calidad.
En los niveles infrayacentes, las primeras observaciones parecen indicar también una clara selección de los materiales de mejor calidad.
Sin embargo, hasta que no avance la excavación in extenso de estas capas, no se podrán describir con más detalle.
Para la caracterización de las materias primas, se han hecho varias aproximaciones a la morfometría de los bloques que han servido de matriz para los procesos de talla (Fontanals 2001) ( 1).
Según los rasgos del córtex documentado en el material arqueológico las fuentes principales de aprovisionamiento serían afloramientos de tipo secundario.
La presencia de pátinas de alteración de origen fluvial convierte a las terrazas del río Gaià en uno de los lugares más plausibles de captación de sílex.
En la prospección de estas posibles fuentes se ha constatado que, pese a la relativa abundancia de materia prima, su calidad mayoritaria no es la más idónea para la talla.
Encontrar bloques de sílex cuya fractura y calidad permitan ejercer un cierto control sobre los procesos de explotación requiere, al menos actualmente, una inversión de tiempo notable.
Más allá de este factor, el condicionante más importante es el formato y tamaño de los bloques.
Son bases naturales rodadas en un grado bastante bajo, sub-angulosas e irregulares.
Las longitudes de los bloques suelen ser inferiores a los 12-14 cm, resultando de mejor calidad los inferiores a 8-10 cm. Este hecho marca una posible limitación en la gestión económica de la materia prima destinada a la talla.
Volúmenes tan reducidos implican que, durante la fase (1) Morales, J. I. 2010: La Cativera (Tarragona): la tecnología lítica de los últimos cazadores-recolectores en el Noreste de la Península Ibérica.
Memoria inédita de Máster Avanzados (Tesis de Máster), Universitat Rovira i Virgili.
Tarragona. de preparación, generar morfologías complejas y elaboradas no sea el comportamiento más viable económicamente.
La composición estructural del conjunto industrial de los niveles B y Bb es muy similar (Tab.
Ambos se caracterizan por numerosos productos de talla de primera generación, como lascas enteras y fragmentadas, con un porcentaje de artefactos configurados del 10% en el nivel B y del 5% en el Bb.
Los núcleos son, en general, bastante escasos si bien permiten lecturas tecnológicas interesantes.
En La Cativera se han documentado principalmente dos cadenas operativas de explotación en los niveles B y Bb, claramente definidas y diferenciadas tanto por los caracteres observados en los núcleos como por la homogeneidad de los productos obtenidos.
Las características del primer sistema de explotación, de forma genérica, podrían definir esquemas operativos de tipo discoide encaminados a la producción de lascas, atendiendo a la morfología de ciertos núcleos y a la disposición de algunas de las series de levantamientos.
Sin embargo, un análisis más detallado de la secuencia de explotación identifica una estrategia que debe ser contemplada de otro modo.
La segunda cadena operativa es claramente de tipo laminar / microlaminar y se caracteriza por la utilización mayoritaria de lascas espesas como soporte.
Estas lascas proceden generalmente del desbastado inicial de los bloques, siendo en su mayoría corticales.
El volumen inicial de los formatos puede ser explotado longitudinalmente a partir de uno de los laterales con poca preparación, maximizando a su vez la producción de elementos relativamente regulares.
La base técnica observable en ambos sistemas es la misma, un estructuración de la talla de carácter unipolar longitudinal.
Lo que genera la diferencia tecnológica conceptual entre ambos es la aplicación de esta base técnica en superficie o en volumen (Boëda et al. 1990).
Sistemas de producción de lascas
Solo están representados en 8 de los 24 núcleos recuperados.
Las características básicas de los núcleos en su estado final de explotación son las definidas por Boëda (p. ej. Boëda et al. 1990; Boëda 1993Boëda, 1994) ) para describir el sistema de explotación de tipo discoide.
Sin embargo, la gestión del volumen total y el ritmo de la explotación muestran un proceso tecnológico diferente.
Su forma de desarrollo acaba generando morfologías discoides, donde se advierten algunas o todas las características básicas de la tipología de Boëda, pero en las que la talla y los tiempos de explotación no han seguido este tipo de esquema técnico (Fig. 4).
Esta estrategia se conceptualiza como la ejecución de series cortas de explotación unipolar longitudinal para obtener lascas más o menos normalizadas utilizadas generalmente como soporte de raspadores.
Cada una de estas series ocupa una superficie limitada del núcleo con una cierta tendencia centrípeta y una relación angular que generalmente evita un desarrollo longitudinal excesivo de las extracciones.
La talla requiere la preparación inicial de la plataforma y de la superficie a explotar mediante extracciones laterales (desbordantes en algunos casos).
Sin embargo, durante la explotación no se realizan acciones de mantenimiento.
Esto provoca la acumulación de terminaciones reflejadas en el núcleo que, al no poder ser superadas, acaban generando levantamientos más cortos y cóncavos.
De esta forma, la explotación se divide en una serie de pequeñas secuencias que se repiten en diferentes zonas de la/s cara/s de lascado conforme avanza la reduc-Fig.
Esquema técnico de la secuencia de producción de lascas en los niveles B y Bb de La Cativera, El Catllar, Tarragona.
Estas acciones están claramente condicionadas por la morfología y el formato de la matriz a la hora de iniciar la explotación (Fig. 5).
Explotación longitudinal / laminar / microlaminar
Hay elementos claramente laminares, pero los indicadores indudables de sistemas de explotación de tipo laminar se reducen a algunos elementos de reavivado.
A nuestro parecer, las láminas sensu stricto existentes en el conjunto proceden de los dos procesos que se describen a continuación.
El primero se incluye en la explotación de tipo unipolar longitudinal.
Su objetivo básico es conseguir productos alargados, generalmente con índices laminares positivos.
Sin embargo, la irregularidad de los elementos resultantes y la poca secuenciación del orden de talla, la aleja de los procesos laminares estandarizados (e.g.
No obstante, en ciertas fases de la explotación la configuración del volumen del núcleo puede ser la adecuada para hacer una serie corta de extracciones más controladas con productos resultantes más regulares y alargados.
Esta fase 'oportunista' de extracción de láminas se desarrolla hasta la aparición de algún accidente de talla, generalmente reflejados o pérdida de convexidad longitudinal.
Ello provoca una limpieza invasiva de la cara de lascado y la reanudación de la explotación unipolar longitudinal simple.
El segundo de los procesos, mucho más específico, da lugar a los elementos laminares más homogéneos: láminas estrechas destinadas a la configuración de elementos de dorso de formato relativamente grande (más de 30 mm de longitud).
Casi todos estos núcleos están ejecutados sobre lascas corticales y espesas procedentes de la primera fase de preparación de los bloques de sílex.
La explotación longitudinal se inicia aprovechando el filo de la lasca como arista guía del primer levantamiento (Fig. 6).
Estas primeras extracciones son muy características y fácilmente identificables por su sección acusadamente triangular y su perfil sinuoso.
Las siguientes también se pueden reconocer con claridad, mientras el frente de explotación no adquiere una mínima amplitud y convexidad transversal, por sus secciones muy pronunciadas triangulares o trapezoidales.
A veces uno de los laterales es cortical si se invade la cara dorsal de la lasca-soporte.
Posteriormente, durante la fase de plena explotación del núcleo, los soportes se homogeneizan más, dando lugar a secciones más suavizadas y delineaciones rectas o cóncavas.
La percusión no se controla mediante una preparación minuciosa del punto de impacto, sino por un aislamiento continuo de la plataforma de percusión (Fig. 7).
Esto se lleva a cabo con pequeños retoques inversos, que aíslan ligeramente la plataforma de percusión, destacándola.
Este hecho permite Fig. 5.
Sistema de producción de lascas de sílex mediante aprovechamiento sucesivo de las zonas del núcleo en 3 ejemplos procedentes del nivel B de La Cativera, El Catllar, Tarragona.
La última zona sobre la que se ha actuado ha sido claramente destacada mediante los levantamientos laterales.
En el 2 y 3 la superficie destacada ha sido explotada por completo. controlar el desarrollo lateral de las extracciones en el plano horizontal evitando errores de talla, especialmente el ensanchamiento excesivo de estas extracciones.
El aprovechamiento de estos núcleos no acostumbra ser muy intenso.
Suelen ser abandonados cuando, por errores de talla, la longitud de los productos extraíbles comienza a ser demasiado corta.
Los productos que se obtendrían de continuar con la explotación serían mas propios de una secuencia microlaminar típica (e.g.
Características de la configuración
Los raspadores son el objetivo principal de la producción de soportes: más de un 50% del total de retocados en ambos niveles (Tab.
Estos artefactos son tipológicamente muy homogéneos, siendo por lo general distales y simples y, a veces, con retoque lateral.
En cambio su variabilidad en formatos y soportes es notable (Fig. 7) sin que puedan considerarse como raspadores microlíticos.
Se utilizan tanto soportes predeterminados, lascas anchas y ligeramente espesas de plena producción, como productos propios del decorticado o acondicionamiento de los núcleos.
En ningún caso los soportes muestran índices de alargamiento elevados, o características laminares de láminas de plena producción.
Más bien se trata de productos alargados y espesos, procedentes del acondicionamiento de superficies de lascado laminares, o de productos semicorticales de las primeras fases de preparación unipolar longitudinal.
Las armaduras son el segundo conjunto tipológico más representado.
Todas, puntas o láminas, son piezas de dorso abatido y mayoritariamente tienen fracturas transversales que impiden definir la morfología original del producto.
En La Cativera no se ha documentado ningún elemento geométrico, segmentos o microburil de tipo sauveterriense.
Únicamente un pequeño grupo de puntas de dorso arqueado podría plantear un cierto vínculo tipológico con un Epipaleolítico de aire aziloide.
Diferencias y similitudes entre niveles.
Características de la ocupación
Del estudio de los niveles B y Bb se desprende que sus conjuntos tecnológicos son muy homogéneos en casi todos los campos analizados, lo que complica establecer distinciones técnicas significativas entre ambos.
Los dos horizontes diferenciados por su estratigrafía arqueológica pueden ser ubicados en la misma dinámica de ocupación del abrigo.
En la figura 8 se comparan los porcentajes parciales de diferentes atributos tecnológicos presentes en los elementos de cada uno de los conjuntos.
Se observa muy claramente la escasa variabilidad en cualquiera de los atributos comparados y la semejanza de las dos curvas resultantes.
Los productos recuperados en ambos niveles son muy similares y las estrategias de explotación idénticas.
La distribución de los grupos tipológicos es prácticamente equivalente y sus caracteres tecnológicos sugieren que se han fabricado siguiendo unos mismos criterios.
De esta forma, pese a que el tiempo transcurrido entre ambos episodios se desconoce, su componente industrial nos lleva a plantear que los grupos que generaron ambas acumulaciones líticas disponían de una misma noción tecnológica y, seguramente, utilizaron el lugar para desarrollar un mismo tipo de actividades.
Alguna de estas actividades puede deducirse de la fabricación y uso intensivo de los raspadores en La Cativera.
Un elevado porcentaje presenta fracturas transversales por flexión, generalmente en zonas muy cercanas a la parte activa (Fig. 9).
Algunos han sido abandonados tras su fractura y otros han sido reavivados.
A veces se advierten múltiples generaciones superpuestas de retoques.
Igualmente la pérdida del ángulo simple-semiabrupto a favor del semiabrupto-abrupto es muy evidente en estos últimos.
Incluso se puede indicar también la pérdida de las proporciones iniciales de los soportes en ciertos elementos donde el reavivado continuo provoca una notable disminución de la superficie (e.g.
También, los abundantes embotamientos y microfacturas en la zona activa, visibles macroscópicamente, actúan como indicadores apriorísticos de un posible uso intensivo de este tipo de elementos.
La mayoría de los estudios conocidos (e.g.
Distribución absoluta (F. Abs) y relativa (F. Rel) del material retocado de La Cativera (El Catllar, Tarragona) por Grupos Tipológicos: A=abrupto, Bc=perforador, LD=lámina de dorso; LDT=lámina de dorso truncada; PD=punta de dorso; PDT=punta de dorso truncada; T=truncadura; B=buril; D=denticulado; G=raspador; R=raedera.
bajo de las pieles y los elementos de dorso, el segundo grupo tipológico más representado, con la fabricación de proyectiles compuestos para la caza.
En esos elementos alguna de las fracturas de tipo similar a un buril en la punta y las melladuras en el filo no configurado pudieron haberse producido por impacto (Villa et al. 2009 describen fracturas similares), aunque esta cuestión debería tratarse en base a una experimentación sólida y controlada.
Una de las cuestiones más reseñables observadas en los niveles B y Bb de La Cativera son las peculiaridades mostradas por los métodos de explotación predominantes durante la sucesión de las ocupaciones.
Estos muestran un abanico limitado de estrategias de talla: dos cadenas operativas diferentes para obtener lascas cortas normalizadas y para la explotación de lascas como núcleos laminares.
Algunos de los aspectos de la producción de lascas son del mayor interés.
La concepción de la totalidad del núcleo es la diferencia más significativa entre este tipo de explotación y el discoide.
No se observan intervenciones predeterminantes previamente que afecten a la totalidad de una u otra de las caras.
Lo que mejor define este tipo de talla es el aprovechamiento sucesivo de las zonas del núcleo que permiten iniciar una serie de levantamientos sin necesidad de una gran preparación, ni de una pérdida elevada de materia.
La recurrencia de la explotación viene determinada por los caracteres adquiridos por el núcleo en cada momento de la secuencia.
Finalmente, la repetición de estas series de levantamientos en diferentes zonas del núcleo acaba generando la morfología discoide visible al abandonarse.
Sistemas de explotación similares se han descrito para otros momentos del Paleolítico superior (Cretin 1996; Cretin y Le Licon-Julien 1997), haciendo Bracco (Bracco et al. 2003) especial hincapié en las diferencias existentes entre el método discoide sensu stricto (Boëda 1993; Peresani 1998; Mourre 2003) y este tipo de explotación.
Aquí presentamos este sistema como un esquema operativo de producción de lascas cortas normalizadas que puede ser trasladado al tipo de explotación documentado en La Cativera (Fig. 10).
En algunos yacimientos publicados de este periodo hay núcleos definidos como discoides (e.g.
Teniendo en cuenta lo observado en La Cativera, resultaría de interés comprobar de forma sistemática si la explotación responde al método discoide sensu stricto.
A partir de las figuras de algunos ejemplares publicados no es descartable que en realidad respondan a un esquema similar al documentado en La Cativera.
Las características de la obtención de soportes alargados o laminares en La Cativera permiten definirla como simplificada.
El aprovechamiento de los flancos de una lasca espesa supone un 'atajo' técnico para la obtención de láminas, especialmente si esta estrategia se compara con los esquemas laminares más complejos y estandarizados.
Algunos paralelos para este tipo de explotación se encuentran en los niveles IX y XI del Magdaleniense superior de la Cova de les Cendres (Román 2004) y en el Epipaleolítico de Berniollo (González e Ibáñez 1991), aunque también han sido descritos para momentos posteriores, como en el estrato 2 de Filador, con muescas y denticulados (Domènech 1998).
El contraste de estas estrategias respecto al Magdaleniense regional se observa con claridad en la cueva del Parco (Mangado et al. 2005), donde los esquemas de producción laminar son de un grado de complejidad mayor.
Con el paso a los niveles microlaminares del mismo yacimiento estos sistemas se vuelven más sencillos, mostrando un contraste técnico bastante destacable.
Esa tenden-cia a la obtención de láminas mediante estrategias menos elaboradas parece estar generalizada en los conjuntos post-magdalenienses.
Algunos autores, incluso, han puesto en duda la posibilidad de definirlas como talla laminar o microlaminar (Martínez-Moreno et al. 2006-2007; Casanova et al. 2007), dadas sus diferencias conceptuales respecto a los esquemas laminares más estandarizados.
En líneas generales se trata de sistemas de explotación con tendencia prismática encarados a la producción de soportes para los elementos de dorso.
La reducción en la complejidad y en el número de cadenas operativas destinadas a la producción laminar en estos periodos es una cuestión documentada también en otros territorios.
En el tránsito del Epigravetiense al Mesolítico en el norte de Italia, por ejemplo, se han advertido procesos similares de simplificación técnica (Montoya y Peresani 2005; Montoya 2008).
el peso de la configuración
En La Cativera los artefactos configurados más representados son los raspadores y las armaduras.
La asociación de ambos morfotipos como grupos más importantes entre los retocados se documenta de forma general en los contextos atribuidos a las Fig. 10.
Comparación entre los esquemas propuestos para las estrategias de explotación mencionadas en el texto: Discoide (Boëda 1993), Lascas cortas normalizadas (Bracco et al. 2003), La Cativera, El Catllar (Tarragona).
Unas veces dominan los dorsos y otras los raspadores, pero sus porcentajes siempre superan los del resto de grupos representados, como los denticulados y los buriles.
La clara reducción en la variabilidad tipológica se ha considerado uno de los elementos distintivos de la norma técnica tardiglaciar (Martinez-Moreno et al. 2006-2007), marcando una ruptura tipológica con las fases precedentes.
Por ejemplo en las últimas fases del Magdaleniense en el Molí del Salt destacan las truncaduras, con porcentajes de raspadores y dorsos más modestos.
En los niveles microlaminares las truncaduras decaen a favor de los raspadores y los elementos de dorso.
En el nivel más reciente (Sup) los denticulados dominan el registro, los dorsos se reducen de forma muy acusada y los raspadores se mantienen (Vaquero 2004; García 2007).
Algo similar parece documentarse en el Filador, donde la asociación raspador-dorso se acerca al 75% de los configurados en los niveles microlaminares (García-Argüelles et al. 2007), si bien las piezas con el borde abatido ya son el 60% de los restos.
Estos porcentajes se vuelven bastante más discretos durante las fases de tipo sauveterriense.
La distribución en el nivel 2 es paralela a la observada en Molí del Salt (Sup).
En la Cova de la Guineu (III) existe una distribución por grupos muy similar.
Los dorsos y los raspadores dominan, intercambiando el papel principal en los dos subconjuntos identificados (Equip-Guineu 1995).
En el nivel E de la Balma Guilanyà el patrón resulta igualmente similar.
Aún habiendo más raederas y denticulados que en el resto de yacimientos, la asociación raspador-dorso también supera el 50% de los configurados.
Posición crono-cultural de los niveles B y Bb de La Cativera
En la actualidad una veintena de yacimientos del noreste de la Península Ibérica cuentan con ocupaciones del Tardiglaciar y el Holoceno.
Cerca de un centenar de fechas concentran el desarrollo final del Magdaleniense, el Aziliense, el Epipaleolítico y el Mesolítico en los casi 5 milenios que van desde el 13000 cal BP al 8400 cal BP (Tab.
A partir de esta última fecha hay un silencio arqueológico de prácticamente un milenio, coinci-dente con el desarrollo de las industrias del Mesolítico reciente en los territorios limítrofes (eg.
Roto el silencio, la economía de producción aparece ya plenamente implantada en el registro (Martínez-Moreno et al. 2006-07; Morales et al. 2010).
Siguiendo la ordenación cultural de estas evidencias por diferentes investigadores se dibujan 3 complejos tecnológicos.
En el primero, los conjuntos de tipo microlaminar, se situarían los tecno-complejos dominados por la talla laminarmicrolaminar simplificada y por la abundancia de raspadores y elementos de dorso.
Corresponde a las denominaciones utilizadas en el noreste de la Península Ibérica de Magdaleniense superior final, Epimagdaleniense, Epipaleolítico microlaminar.
Las manifestaciones más antiguas de esta tradición documentadas en la zona más septentrional se han definido como Aziliense.
Este hecho expresa a su vez la variabilidad genérica que hay en este conjunto y la posible existencia de una variabilidad regional.
El segundo complejo tecnológico, tipo sauveterriense, se define por un componente geométrico en un sustrato tecnológico de tipo microlaminar, equivalente a la facies Filador del Epipaleolítico geométrico de Fortea.
Como se ha referido en la introducción, su vinculación con el filum Magdaleniense-microlaminar parece clara por lo que tiende a ser entendido como una evolución del mismo.
El tercer complejo agrupa los conjuntos de muescas y denticulados caracterizados por el predominio tipológico de los elementos de sustrato, básicamente muescas y denticulados, con cadenas operativas simples no estandarizadas destinadas a la obtención de lascas.
Para observar su distribución en el tiempo se han filtrado aquellas dataciones de las mencionadas con desviaciones estándares superiores a ± 150 años.
Con esto se pretende observar la tendencia mostrada por las evidencias con una definición cronológica más nítida y a su vez una tendencia general no sesgada por una muestra excesivamente reducida.
Las fechas se han calibrado mediante el software CalPal (Weninger y Jöris 2004).
En la figura 11 se ve su distribución.
La sucesión Magdaleniense final-Aziliensetecno-complejo microlaminar / Sauveterriensetecno-complejo de muescas y denticulados tiene un componente cronológico.
Aún así el grado de solapamiento de los tecno-complejos es bastante evidente.
Especialmente parece haber una sincronía bastante marcada entre los conjuntos atribuidos al microlaminar y los atribuidos al Sauveterriense.
La tendencia indica una cierta solución de continuidad entre la cronología del Magdaleniense superior final en todo el noreste de la Península Ibérica y los inicios del Aziliense en la zona pirenaica, definidos por las fechas antiguas de Balma Margineda.
Su desarrollo más reciente, observado en Balma Guilanyà, se solaparía con los inicios tanto del tecno-complejo microlaminar como del Sauveterriense.
El conjunto de fechas más compacto se sitúa en torno al 13.000 cal BP, en los últimos momentos del Greenland Interstadial-1 (GI-1) y coincide con este inicio simultáneo de las industrias de tipo microlaminar y de tipo microlaminar con armaduras geométricas.
En cambio los conjuntos de muescas y denticulados se agrupan en dos conjuntos diferenciables.
Uno más antiguo identificado a finales del Greenland Stadial-I (GS-I) y que perdura durante el Preboreal y uno más reciente a finales del Boreal e inicios del Atlántico.
En el desarrollo de las industrias microlaminares aparece el componente geométrico durante la fase fría del GS-1 en la Cova del Parco (Ia2).
A partir de este momento se documenta una dualidad tipológica entre los niveles con geométricos y los que continúan con la norma microlaminar, sin geométricos, y que perduran hasta finales del Boreal.
Por un lado estarían Parco Ia2, Filador 4 y 5-6, Can Sadurní IVd, Balma del Gai talla-2 y talla-1 y Marge del Moro VI y VII y por el otro Can Sadurní IVe, Guineu III y La Cativera B y Bb.
El tecno-complejo con muescas y denticulados se desarrolla exclusivamente en el Holoceno, si bien las fechas del Abric Agut o Balma Guilanyà C1 son mas antiguas que la horquilla cronológica que este tecnocomplejo ocupa en los zonas cercanas.
En la Cuenca del Ebro su datación se concentra principalmente a finales del Boreal (Montes et al. 2006) coincidiendo con los conjuntos publicados de La Cativera A, Molí del Salt Sup., Serrat del Pont conjunto IV, Font del Ros SG1 o Filador 2.
Las dataciones obtenidas del nivel B de La Cativera contextualizan esta parte de la secuencia del yacimiento en el Holoceno inicial, incluyendo por lógica estratigráfica el nivel Bb (sin datación directa).
Estas fechas son comparables a las procedentes de los yacimientos atribuidos a tecnocomplejos de muescas y denticulados.
Sin embargo, como se ha observado, los conjuntos líticos se relacionan de modo más directo con los esquemas tecnológicos conocidos a finales del Magdaleniense y/o dentro del Epipaleolítico microlaminar.
Como dijimos, el grueso de los conjuntos microlaminares ocupa los momentos finales del Allerød-cronozona GI-1a, a inicios del XIII milenio cal.
Únicamente La Cativera, a falta del estudio en profundidad de los materiales de los niveles C1 y C2, puede indicar una perduración de este comportamiento técnico durante el Younger Dryas-GS-I.
Coincidiendo con estos momentos se registran las primeras evidencias de elementos geométricos.
La información procedente del nivel III de la Cova de la Guineu permite observar una penetración de la tradición microlaminar en el Holoceno, que podría abarcar incluso Picamoixons (García et al. 2009), si tenemos en cuenta las escasas diferencias entre los dos conjuntos de este yacimiento y la capa 21-IVd de Can Sadurní.
Existen, por lo tanto, claras evidencias de la perduración de los conjuntos de tipo microlaminar en las primeras fases del Holoceno.
La cuestión principal a plantearse en este momento es si los conjuntos industriales con este tipo de características de tradiciones técnicas representan realmente una perduración cultural.
Ello implicaría la convivencia en el territorio de dos tradiciones técnicas diferentes: los conjuntos de muescas y denticulados y la tradición post-magdaleniense incluyendo los conjuntos con geométricos.
Esta dinámica perduraría hasta finales del Boreal, momento a partir del cual únicamente se documentan ocupaciones con el tecno-complejo de muescas y denticulados.
Pese a la debilidad de algunas series de dataciones y la incerteza de otras, el paisaje social dibujado en los momentos anteriores y posteriores al tránsito Pleistoceno/Holoceno denota una variabilidad que empieza a documentarse en el registro cuando las últimas ocupaciones plenamente magdalenienses desaparecen.
Las estrategias de talla que tradicionalmente se vinculan con los grupos del Epipaleolítico Microlaminar clásico perduran en diferentes yacimientos durante todo el Holoceno inicial en el noreste de la Península Ibérica.
Esta variabilidad tecnológica no tiene por qué ser entendida en un sentido tipo-cultural, como la que Rozoy (1992) propone para el Mesolítico final francés.
Más bien puede ser entendida como un indicador de la elasticidad de las nociones técnicas de los grupos humanos en relación a las necesidades económicas.
El inicio del Holoceno plantea un escenario ecológico cambiante, con una clara tendencia a la atemperación, pero con una inestabilidad igualmente muy acusada (Björck et al. 1998; Steffensen et al. 2008).
En ambientes con variaciones en la distribución de los recursos, la capacidad de adaptación humana se manifiesta en términos de diversificación económica, tal y como nos demuestran algunos ejemplos del Levante de la Península Ibérica (Aura y Pérez 1992; Aura et al. 1998; Aura et al. 2002; Aura et al. 2009), la gestión diferencial de la malacofauna en La Cativera o la relevancia de la recolección en Guilanyà y otros yacimientos septentrionales (Casanova et al. 2007).
Estas diferencias en las opciones económicas entre territorios, junto con la variabilidad en las estrategias de explotación lítica podrían ser incluso indicadores de una cierta regionalización de los grupos, dentro siempre de un escenario de movilidad.
Procesos similares de diversificación económica y regionalización a finales del Tardiglaciar e inicios del Holoceno se han descrito para otros territorios (Bar-Yosef 1998).
Uno de los aspectos más interesantes observados en este trabajo es la perduración de las tecnologías microlaminares, con o sin geométricos, evidente en los niveles B y Bb de La Cativera.
Los esquemas de talla descritos conectan la noción tecnológica de estos grupos a finales del Boreal con las propias del Tardiglaciar.
Esta perduración inusual se ve reforzada claramente por el comportamiento simétrico de los conjuntos con geométricos.
Según la evidencia radiocarbónica la tradición microlaminar con geométricos evoluciona de forma paralela a la microlaminar sin geométricos, pudiendo representar una variabilidad funcional o estacional en asentamientos de los mismos grupos.
Las manifestaciones tardías de La Cativera o Cova del Vidre (Bosch 2008) tienen sus equivalentes con geométricos en los asentamientos septentrionales de Balma Margineda, por ejemplo.
Es reseñable, a modo de apunte preliminar, que en las curvas cronológicas esta reaparición del binomio tecno-complejo microlaminar-Sauveterriense coincida con la ausencia de niveles con denticulados en torno al 10.000 cal BP.
El panorama cronocultural Tardiglaciar-Holoceno en el noreste de la Península Ibérica es complejo con una aparente gran perduración de las normas técnicas existentes.
El caso referido del tecno-complejo microlaminar y Sauveterriense es muy visible con una presencia en el registro de cuatro milenios.
A su vez, el tecno-complejo de muescas y denticulados se inicia con el Holoceno y se mantiene hasta mediados del Atlántico.
De momento nos resulta difícil valorar la significación cultural de esta longevidad de los conjuntos y su convivencia en el tiempo.
Es necesario tener en cuenta la localización de los asentamientos en relación con las fases climáticas o incluso la estacionalidad, valorando la importancia de las estrategias económicas que se documentan.
De esta forma se podría intentar valorar la posible relación existente entre las diferentes manifestaciones técnicas, sus respectivas implicaciones económicas y su aparición y desaparición del registro.
Las excavaciones en La Cativera están cofinanciadas por el Ayuntamiento de El Catllar y el Dpto. y Medios de Comunicación de la Generalitat de Catalunya.
J. I. Morales es beneficiario de una beca Predoctoral FI-DGR 2012 del AGAUR (Generalitat de Catalunya). |
Suroeste en el valle del Guadalquivir y Sierra Morena: distribución espacial y nuevas perspectivas de investigación Late Bronze Age stelae in the Guadalquivir valley and Sierra Morena: spatial distribution and new perspectives of research manuel eleazar Costa Caramé (*)
En este artículo se analiza la distribución espacial de las estelas de la Edad del Bronce Final en dos zonas del Suroeste de la Península Ibérica con el fin de contrastar algunas de las hipótesis que se han defendido sobre su posible función como hitos o marcadores territoriales.
Se evalúa la posible relación entre la distribución de estos monumentos y determinadas variables geográficas y arqueológicas.
Los resultados obtenidos han sido de gran utilidad para valorar la validez de algunas de las hipótesis defendidas, así como las carencias y limitaciones de la información disponible y de los análisis espaciales llevados a cabo.
La investigación sobre las estelas de la Edad del Bronce Final del Suroeste de la Península Ibérica es un tema sobre el que a día de hoy existe una bibliografía extensa que incluye trabajos monográficos de gran difusión (Galán Domingo 1993; Celestino Pérez 2001; Harrison 2004; Díaz-Guardamino Uribe 2010).
Este interés podría deberse al hecho de que la información de las estelas, junto con los depósitos de armas y los hallazgos de tesoros, ha sido frecuentemente empleada para reconstruir la organización social del Bronce Final, dada la escasez de datos del registro funerario y habitacional de este período (Celestino Pérez et al. 2012).
Según las obras referidas, las estelas del Suroeste son monumentos en piedra en cuya superficie se grabaron imágenes de artefactos, generalmente armas y adornos, figuras antropomorfas y en algunos casos zoomorfas (Fig. 1).
La mayoría aparecieron en el transcurso de labores agrícolas entre los años 1955 y 1960 sin supervisión arqueológica, motivo por el cual se desconoce su lugar exacto de hallazgo y normalmente se ha considerado que podrían estar descontextualiza-das.
Tradicionalmente han sido datadas en la Edad del Bronce Final (c.
Sin embargo, enfoques recientes han puesto énfasis en una cronología de larga duración que comenzó en la Edad del Bronce Final y continuó hasta la Edad del Hierro e incluso períodos posteriores (Celestino Pérez et al. 2012; Díaz-Guardamino Uribe 2012).
En caso de que su uso y reutilización pudiese haber tenido tal diacronía es bastante posible que las estelas hubiesen adquirido una simbología diferente de acuerdo con los diferentes contextos socioeconómicos de cada período (Celestino Pérez et al. 2012; Díaz-Guardamino Uribe 2010, 2012).
Este hecho tiene importantes repercusiones ya que dificulta su estudio como un fenómeno cultural simple e unívoco.
La problemática referida no es tan solo exclusiva de las estelas consideradas en este artículo, sino que también afecta a otros monumentos de cronología similar hallados en otras áreas de la Península Ibérica, como las estelas-menhir del noroeste peninsular (Fábrega-Álvarez et al. 2011).
Desde el primer estudio de conjunto (Almagro Basch 1966) las monografías se han ido actuali-zando progresivamente a medida que han aparecido nuevos ejemplares (Celestino Pérez 2001; Harrison 2004; Domínguez de la Concha et al. 2005; Murillo Redondo et al. 2005; García Sanjuán et al. 2006).
La funcionalidad de las estelas ha sido en el pasado, y continúa siendo en la actualidad, objeto de una amplia controversia y de un intenso debate en el panorama epistemológico de la arqueología española, sin que por el momento exista ningún acuerdo entre los investigadores.
Su consideración inicial como monumentos funerarios (Almagro Basch 1966) sigue vigente a día de hoy (Celestino Pérez 2001: 279) y se ha argumentado en base a su iconografía, a la morfología y a la composición de los motivos representados.
No obstante algunos investigadores han señalado la ausencia de una asociación directa entre las estelas y estructuras funerarias o áreas de demostrada significación funeraria (Harrison 2004: 34; García Sanjuán 2010: 5).
Recientemente se han documentado varias en contextos funerarios posiblemente datados en la Edad del Hierro, período en el cual las estelas habrían sido reutilizadas dentro de un contexto social, económico y simbólico bastante diferente al existente durante la Edad del Bronce Final (Díaz-Guardamino Uribe 2012: 402).
El análisis basado en los precedentes arqueológicos parece haber demostrado que la asociación de las estelas a lugares funerarios podría ser consistente con la tradición funeraria documentada desde el Neolítico, basada en la realización de pinturas o grabados en monumentos funerarios (García Sanjuán 2010: 3).
Esta hipótesis ha sido también defendida para las iconografías grabadas (Díaz-Guardamino Uribe 2012).
Asimismo, se ha argumentado la correspondencia entre los objetos representados en estos soportes y los existentes en el pasado (Galán Domingo 2008: 8), aunque por el momento muchos de ellos no han sido encontrados en el registro arqueológico de la Edad del Bronce Final (García Sanjuán 2010: 2) ni tampoco en el registro funerario de este período, bastante mal conocido en todo el Suroeste peninsular salvo determinadas excepciones.
La composición de los grabados de las estelas ha servido para definir su agrupación y distribución geográfica según las coordenadas de su zona de hallazgo (Celestino Pérez y Salgado Carmona 2011; Celestino Pérez et al. 2012), su evolución cronológica, su origen y su posterior expansión a otras áreas peninsulares (Celestino Pérez 2001).
Otros investigadores han relacionado las diferencias en la composición de los elementos iconográficos con aspectos ideológicos o funcionales (García Sanjuán 2010: 3).
Asimismo varios trabajos han analizado los motivos grabados mediante técnicas estadísticas multivariantes y las diferentes agrupaciones de acuerdo con su distribución y composición (Barceló Álvarez 1991; Galán Domingo 1993).
Aunque se han obtenido resultados bastante limitados en cuanto a su interpretación, lo cierto es que estos han supuesto la aplicación de nuevas metodologías de análisis.
En las últimas décadas, algunos investigadores han priorizado el estudio contextual de las estelas dentro de su área de aparición (Galán Domingo 1993) en detrimento de los motivos representados (Celestino Pérez y Salgado Carmona 2011: 423).
Ello se debe a la hipótesis de su uso como posibles marcadores territoriales ubicados en lugares de paso o en relación con rutas ganaderas (Galán Domingo 1993: 28-30; García Sanjuán et al. 2006: 149).
Una función similar se ha defendido para los depósitos metálicos del Bronce Final hallados en contextos acuáticos (Ruiz-Gálvez Priego 1995).
Estas interpretaciones han dejado de considerar a las estelas como monumentos descontextualizados para valorar su función como elementos empleados en la construcción cultural del paisaje.
Desde el punto de vista de los precedentes arqueológicos parece que las estelas del Suroeste podrían ser contextualizadas dentro de la tradición de los monumentos megalíticos peninsulares, a los que también se les ha asignado una posible función como marcadores territoriales (García Sanjuán 2010: 6; Murrieta Flores et al. 2009).
Se ha demostrado, por ejemplo, que podría haber existido una relación consistente entre la ubicación de la estela hallada en Almadén de la Plata (Sevilla) y la ruta ganadera del Cordel del Pedroso, datada en época medieval y con posibles orígenes anteriores (Murrieta Flores et al. 2009; García Sanjuán 2010: 10).
Este resultado, que tendría importantes repercusiones en lo que se refiere a la posible funcionalidad territorial de las estelas, es bastante similar a los obtenidos en otros estudios espaciales efectuados por medio de sistemas de información geográfica, tanto para algunas de las estelas incluidas en este estudio (Celestino Pérez et al. 2012), como para monumentos de cronología similar de otras áreas peninsulares (Fábrega-Álvarez et al. 2011).
Recientemente Harrison (2004: 35) ha vuelto a resaltar la función simbólica e ideológica de estos monumentos y ha criticado la posibilidad de que fueran empleados como elementos de organización del territorio.
En este contexto epistemológico parece que el acuerdo entre los investigadores está lejos de alcanzarse, ya que a día de hoy faltan evidencias claras e inequívocas que permitan solventar la controversia existente.
Las referencias a la función de las estelas como marcadores territoriales son frecuentes en aquellas publicaciones que han estudiado este aspecto, aunque lo cierto es que a día de hoy son escasos los trabajos de investigación que han aplicado una metodología formalizada de estudio espacial a estos monumentos (Murrieta Flores et al. 2009; García Sanjuán 2010; Celestino Pérez et al. 2012).
Galán Domingo (1993), por ejemplo, evaluó variables geográficas como la distancia de las estelas a los principales ríos y a las rutas ganaderas o la relación entre las mismas y la calidad del suelo, aunque en este caso dichos análisis no se efectuaron por medio de un sistema de información geográfica.
Algunas de las interpretaciones sobre la dimensión territorial y paisajística de las estelas tienen un gran interés a nivel teórico, pero no pueden ser consideradas estadísticamente consistentes.
Actualmente una bibliografía amplia sobre este tipo de técnicas en arqueología (Hodder y Orton 1989; Wheatley y Gillings 2002; Conolly y Lake 2006) permite contrastar muchas de las interpretaciones defendidas en los últimos años sobre su distribución espacial.
En resumen se puede decir que, salvo excepciones, no hay estudios espaciales sólidos que permitan identificar posibles pautas espaciales en la distribución de las estelas en relación con las diferentes variables de la geografía natural o humana.
En este contexto este estudio pretende llevar a cabo un análisis espacial que siente las bases para futuros trabajos de investigación sobre estelas, así como fomentar el debate y enriquecerlo desde nuevos puntos de vista.
InFORmACIÓn esPACIAL De LAs esTeLAs Y meTODOLOGÍA emPLeADA
Si se tiene en cuenta la distribución de las estelas en la Península Ibérica se observa que existe una mayor concentración de monumentos en cuatro zonas (Celestino Pérez 2001): la sierra de Gata (zona 1), el valle del Tajo y la sierra de Montánchez (zona II), los valles del Guadiana y del Zújar (III) y el valle del Guadalquivir (IV) (Celestino Pérez 2001: 48-59).
A su vez, parece haberse demostrado que las estelas tienen unas características compositivas propias de acuerdo con los motivos representados y el área de hallazgo (véase Celestino Pérez et al. 2011: 91-96).
Dado que esta investigación se centra en el análisis espacial y no en el estudio de los motivos representados, se han omitido las diferencias compositivas a nivel figurativo señaladas, empleándose la zona geográfica de hallazgo como unidad de análisis.
A pesar de ello, sería conveniente que en el futuro se efectuase un análisis espacial de conjunto que tuviera en cuenta los motivos figurativos y que permitiera contrastar los resultados obtenidos.
Dada la complejidad de dichos datos y la necesidad de que se efectúe un análisis amplio, resulta imposible incluir esa información en este artículo.
La información arqueológica existente en el Suroeste no es homogénea y está fuertemente influída por la investigación llevada a cabo en cada área, hecho que dificulta la realización de un estudio comparativo.
Con el objetivo de solventar este problema se han seleccionando 44 estelas (Fig. 2) encontradas en el valle del Guadalquivir y en Sierra Morena (provincias de Sevilla, Córdoba y Badajoz) (Tab.
Los 10 monumentos procedentes del valle del Guadiana han sido excluidos de este estudio, debido a que solo se conoce la ubicación geográfica de 6 de ellos.
Este número reducido impide efecturar un análisis comparativo con las otras áreas seleccionadas.
Las estelas escogidas suponen el 38% de las 114 documentadas en la última compilación publicada (Harrison 2004) La falta de información precisa sobre el lugar de hallazgo de las estelas ha sido empleada como argumento para defender su descontextualización total.
A pesar de que estos monumentos fueron desplazados de su localización original por labores agrícolas sin control arqueológico, son demasiado pesados para ser transportados a más de un centenar de metros de la misma (Galán Domingo 1993: 31).
Por lo tanto, resulta imposible identificar las coordenadas exactas de su lugar de hallazgo pero se puede conocer su área aproximada de ubicación.
En este contexto es posible aplicar técnicas de análisis espacial, así como contrastar algunas de las hipótesis que se han defendido sobre su posible funcionalidad territorial.
Galán Domingo (1993) y Celestino Pérez (2001) georreferenciaron el lugar de hallazgo de las estelas con coordenadas geográficas.
Sin embargo, la reutilización posterior de estos monumentos podría haberlas desplazado de su ubicación original, siendo menor el traslado en las antiguas que en las modernas (Celestino Pérez et al. 2012: 139).
Varios trabajos han intentado evaluar la posible cronología de las estelas y su grado de reutilización (Díaz-Guardamino Uribe 2010, 2012) sin que por el momento sea posible estimar su grado de remoción, ni de desplazamiento en términos cuantitativos.
A su vez estos resultados parecen indicar un mayor desplazamiento de las estelas que podrían haber sido reutilizadas con fines simbólicos funerarios o constructivos en la antigüedad, como por ejemplo las de Cancho Roano, Capote (Zalamea de la Serena e Higuera la Real, Badajoz) o Setefilla (Lora del Río, Sevilla).
Algunos investigadores han hecho hincapié en que, si se emplease una escala de análisis superior a la del margen de error de las coordenadas geográficas del lugar de hallazgo, se podría minimizar el efecto de la distorsión producida por el mismo en el estudio espacial (Celestino Pérez et al. 2012: 141).
Esto permitiría aplicar análisis espaciales a escala macro espacial, aunque no a escala semi-micro o micro, donde todos los análisis basados en puntos resultan problemáticos por su margen de error (Celestino Pérez et al. 2012: 141).
A pesar de ello, hay que recordar que, al ser monumentos de gran peso, es muy probable que no fueran movidos de su lugar original más allá de unos centenares de metros o incluso menos (Galán Domingo 2003: 31), por lo que las coordenadas aproximadas podrían ser empleadas para un estudio espacial.
Esta situación ha sido confirmada donde se ha podido llevar a cabo una prospección intensiva en el área de hallazgo (Celestino Pérez et al. 2012: 147) y cuando esta información ha sido complementada con un estudio petrográfico para ver la procedencia de la materia prima (García Sanjuán et al. 2006).
La imprecisión en la localización de las estelas afecta a todos estos monumentos y debido a que no se pueden diferenciar grupos o poblaciones que tengan un margen de error similar, o al menos no tenemos datos para valorar esta variable.
Por ello parece posible aplicar un análisis espacial aproximativo, al menos a escala macro espacial, con el objetivo de refutar o confirmar algunas de las hipótesis existentes sobre su distribución espacial.
Una situación similar se ha documentado en otros estudios espaciales donde se partía del problema de cómo aplicar análisis a capas de puntos con datos con cierto margen de error, probabilidad o imprecisión, como por ejemplo sucede con la información de las dataciones radiocarbónicas (Crema et al. 2010).
A fin de crear una base de datos de coordenadas geográficas homogénea y coherente, fundamental para llevar a cabo un estudio sistemático, se han descartado los análisis de monumentos cuya procedencia se desconoce.
AnÁLIsIs esPACIAL De LA DIsTRIBuCIÓn De LAs esTeLAs
Como se ha indicado anteriormente, se ha empleado la zona geográfica de hallazgo para clasificar las estelas y efectuar los análisis espaciales, obviando las diferencias existentes en los motivos representados.
Primero se ha evaluado la distribución de las estelas en función de variables geográficas como altitud, calidad de los suelos, distancia a los ríos, etc. y, después, considerando variables relacionadas con la ocupación del territorio durante la Edad del Bronce Final como, por ejemplo, los asentamientos o las rutas óptimas entre ellos.
¿Existe alguna relación entre las estelas y la altitud de su área de hallazgo?
En la figura 4 se puede comprobar que tienen una distribución normal de acuerdo con esta variable y que la mayoría se ubican entre los 200 y 500 m de altitud.
Para evaluar estadísticamente si se distribuyen de manera normal se ha aplicado el test de Shapiro-Wilk al número total de estelas seleccionadas.
El resultado obtenido (0,93), menor que el valor crítico (0,98), indica que no hay una relación estadística entre su distribución y la altura.
La altitud media del total de estelas seleccionadas es de 338 m, frente a los 168 m de las halladas en el valle del Guadalquivir y a los 390 m de las de Sierra Morena.
Este hecho está claramente relacionado con las diferentes condiciones orogénicas de cada área.
Al comparar la distribución de ambos grupos de acuerdo con esta variable por medio de la prueba de Kolmogorov-Smirnov, se observa que la máxima diferencia encontrada (0,428) es menor que el valor crítico (0,474), lo que demostraría que ambas distribuciones son iguales.
Es decir, la distribución espacial de estos monumentos podría no haber estado relacionada con esta variable, aunque algunos investigadores han señalado que las estelas estarían localizadas en lugares de baja altitud (Celestino Pérez 2001: 76).
Para contrastar la hipótesis de que las estelas se distribuyen según la pendiente de la zona de hallazgo se ha calculado esta variable porcentualmente, clasificando los monumentos de acuerdo con esta información (Fig. 4).
La mayoría se ubi-can en áreas con menos de un 6% de pendiente, es decir, accesibles siempre y cuando no hubiera existido una vegetación densa.
Tras aplicar el test de Kolmogorov-Smirnov, para comprobar si podría existir alguna relación entre su distribución y esta variable, se ha observado que la diferencia máxima entre la distribución esperada y observada (0,08) es inferior al valor crítico para 44 grados de libertad (0,20).
Este dato parece indicar que la pendiente podría no haber influido en su distribución, aunque hay que tener en cuenta que el error estimado de 100 m de las coordenadas geográficas empleadas en este estudio es un efecto distorsionador a tener en cuenta.
Dado que las condiciones orogénicas varían en las dos zonas seleccionadas, se ha calculado la pendiente media de las estelas de cada una.
En Sierra Morena tienen una pendiente media (6,17%) ligeramente superior a la de las estelas del valle del Guadalquivir (4,72%).
Al comparar ambas distribuciones por medio del test de Kolmogorov-Smirnov, se demuestra que el valor máximo (0,06) es inferior al valor crítico (0,474), hecho que confirma que la distribución de estelas de acuerdo con esta variable parece similar en ambas zonas.
Posteriormente, se ha evaluado la relación entre dicha distribución y la calidad de los suelos en los que se ubican, variable que algunos investigadores han descartado para explicar su ubicación espacial (Galán Domingo 1993: 36).
Actualmente, las clasificaciones del suelo más conocidas son la USDA y la elaborada por la FAO.
Aún de gran utilidad desde el punto de vista de la agricultura moderna, no pueden ser empleadas para el estudio del pasado, ya que su productividad se ha estimado en base a la tecnología actualmente disponible.
Para solventar este problema, el mapa de suelos ha sido reclasificado en tres categorías básicas basadas en su fertilidad y calidad: suelos muy productivos (entisoles y vertisoles), productivos (alfisoles) y no productivos (inceptisoles y ultisoles), que solo podrían haber sido empleados para pasto.
Una clasificación similar ha dado resultados satisfactorios en otros estudios espaciales (García Sanjuán y Hurtado Pérez 1998; Nocete Calvo 1994).
Tras ordenar estos monumentos según estas categorías (Tab.
2), se ha observado que la de las estelas se localizan en suelos muy pobres.
Para contrastar esta hipótesis se ha empleado la prueba de χ 2, cuyo resultado (0,96) es menor que el valor crítico para 2 grados de libertad (5,99).
Esto indica que la calidad del suelo podría no haber sido determinante en la distribución espacial de las estelas y demuestra que la hipótesis de Galán Domingo sería estadísticamente consistente.
Sin embargo, un análisis global que minusvalorara las diferencias existentes entre áreas geográficas podría tener un efecto distorsionador importante.
Por ello los monumentos de cada zona seleccio-nada se han clasificado de nuevo para valorar si su distribución es diferente de acuerdo con esta variable.
Si se aplica el test de χ 2 se advierte que el resultado obtenido (7,16) es superior al del valor crítico (5,99), lo que significa que la distribución de las estelas de cada área difiere.
Hasta el momento en las pruebas estadísticas se han comparado las coordenadas geográficas de ubicación de cada estela, pero no el área cercana a estos monumentos.
Como estas coordenadas podrían tener desviaciones de 100 m para minimizar el posible error se han calculado las áreas isócronas a una hora de distancia respecto de cada estela y el suelo ubicado dentro de las áreas se ha clasificado de acuerdo con su calidad según el esquema anterior (Tab.
Al comparar los valores para Sierra Morena y para el valle del Guadalquivir por medio de la prueba de χ 2 se obtiene un resultado (174,45) superior al valor crítico para dos grados de libertad (5,99).
Esto quiere decir que hay una diferencia significativa entre los suelos cercanos a las estelas de ambas áreas.
Por lo tanto, puede que si las estelas hubieran tenido una posible relación territorial respecto a esta variable esta hubiese diferido entre las dos zonas geográficas seleccionadas.
A pesar de las diferencias anteriores, muchas estelas de ambas zonas están próximas a áreas de contacto entre suelos de distinta calidad y con potenciales agropecuarios distintos (Fig. 5).
El cálculo de la distancia a este límite según el mapa de suelos a escala 1:400.000 demuestra que estos monumentos están a una distancia media de 3,66 km y a una mediana de 1,68 km del límite más cercano.
En el análisis de su distribución en un diagrama de frecuencia (Fig. 6) se observa que la mayoría de las estelas distan menos de 2 km de dichos límites, aunque otro grupo supera los 6 km. Esto podría deberse a la reutilización y a la remoción posterior de algunas estelas (Díaz-Guardamino Uribe 2012).
Otras alternativas son que la escala del mapa de suelos empleada impidiera identificar las pequeñas variaciones locales y que la reclasificación del mapa del suelo en 3 clases básicas hubiera matizado diferencias existentes en determinadas zonas.
Las estelas del valle del Guadalquivir y de Sierra Morena distan una media de 0,885 km y 3,64 km respectivamente del límite entre suelos de diferente calidad.
Esto podría indicar diferencias en la elección del lugar de emplazamiento de dichos monumentos en ambas zonas.
Tampoco debería descartarse la influencia de las simbologías y creencias de cada comunidad en los motivos representados y en la localización de las estelas.
¿Existe alguna relación entre la distribución espacial de las estelas y la distancia a los principales ríos?
La figura 6 muestra como la mayor parte de estos monumentos distan menos de 1 km del río más cercano.
Las estelas de Zarza Capilla y Cabeza de Buey, ubicadas en el sur de Badajoz, están a 6-7 km debido a que en esta zona hay arroyos, como por ejemplo el Tamujoso o el de Dos Hermanas, pero no ríos de gran entidad.
Se ha aplicado el análisis de Kolmogorov-Smirnov para comprobar si existe una relación estadísticamente consistente entre las localizaciones de las estelas y los ríos de mayor entidad.
Se ha obtenido un resultado de 0,29, frente al valor crítico de 0,20 para 44 grados de libertad, por lo que la hipótesis nula debería ser rechazada.
Esto significa que las estelas pudieron distribuirse siguiendo los ríos, que en muchos casos son la mejor ruta de comunicación en áreas de orografía compleja, por lo que podrían haber sido empleados como rutas de intercambio y ganaderas.
A su vez, podría ser una evidencia de que las estelas se ubicaron como delimitadores territoriales en zonas de paso (Galán Domingo 1993: 28-30).
Si la pauta anterior fuera cierta sería conveniente plantearse si pudo haber alguna relación espacial entre su distribución y los asentamientos de la Edad del Bronce Final, asumiendo que estructuraron el territorio de su entorno.
Galán Domingo (1993: 60) ha defendido que no hubo tal relación aunque hasta el momento los estudios que han contrastado esta posibilidad por medio de un sistema de información geográfico son escasos, a excepción del trabajo ya referido (Celestino Pérez et al. 2012).
Con este objetivo se ha calculado la distancia lineal a los asentamientos más cercanos y se ha creado el correspondiente histograma (Fig. 6).
Se observa cómo las estelas no tienen una distribución normal de acuerdo con esta medida, posiblemente porque existen varios grupos de acuerdo con esta variable y debido a que la investigación es heterogénea en todo el área seleccionada.
Por ejemplo, en Sierra Morena se conocen pocos poblados a diferencia del valle del Guadalquivir, que ha sido objeto de numerosos trabajos de prospección y excavación desde finales del siglo XIX e inicios del siglo XX (Fig. 7).
Al calcular la distancia media de todas las estelas seleccionadas respecto de los poblados más cercanos (10,9 km), así como las de las halladas en Sierra Morena (12,9 km) y el valle del Guadal-quivir (4,8 km), se demuestra que en los tres casos la mayoría no se ubicaron en las inmediaciones de los asentamientos.
La lejanía entre estelas y poblados ha sido interpretada como una evidencia clara de que estas podrían haberse emplazado en los límites entre territorios de diferentes comunidades sin asentamientos permanentes (Galán Domingo 1993: 60), aunque por el momento esta hipótesis es incontrastable.
Para evaluar la relación entre la distribución de las estelas y la ubicación de los asentamientos del Bronce Final, algunos de los cuales siguieron ocupados en la Primera Edad del Hierro, se ha aplicado la prueba de Kolmogorov-Smirnov solo a los monumentos del valle del Guadalquivir, dado los pocos poblados conocidos del Bronce Final en Sierra Morena.
Esta prueba obtiene una diferencia máxima (0,33) entre la distribución observada y la esperada, que es inferior al valor crítico para 0,05 grados de confianza (0,39).
Por lo tanto, parece que la distribución de las estelas podría no haber estado relacionada con la localización de los asentamientos, aunque recordemos que la heterogeneidad de la información arqueológica disponible podría haber actuado como un elemento distorsionador.
Los resultados anteriores se han comparado calculando las áreas isócronas a una hora de distancia de las estelas situadas en el valle del Guadalquivir con el objetivo de evaluar su cercanía a los asentamientos en términos de coste expresado en unidades de tiempo.
El análisis se ha centrado en la zona entre los ríos Corbones y Genil, intensamente prospectada y donde se conocen un gran número de asentamientos de la Edad del Bronce Final y de la Primera Edad del Hierro (Durán Recio 1990; Ferrer Albelda et al. 2001; Ferrer Albelda 2007; Domínguez Berenjeno y Cerveza Pozo 2009).
Se observa (Fig. 8) que las estelas de Montemolín, Écija III, V y Carmona distan menos de una hora de distancia a pie de uno o dos poblados.
Esto sugiere que, efectivamente, la aparente falta de relación espacial entre estos monumentos y los asentamientos podría estar muy influida por la investigación llevada a cabo y sobre todo por el número de asentamientos identificados en las prospecciones arqueológicas.
En este contexto, parece demostrarse que mientras no aumente la información disponible sobre los poblados será muy difícil evaluar la posible funcionalidad territorial de las estelas.
Con el objetivo de complementar los resultados anteriores, se ha evaluado la posible relación entre las rutas óptimas y la distribución de las estelas.
Esta se ha calculado a partir de los principales asentamientos del Bronce Final, que podrían haber perdurado en la Edad del Hierro.
Un análisis similar ha documentado la posición de una alta proporción de estelas en rutas óptimas y zonas de paso, a excepción de dos que podrían haber sido reutilizadas en construcciones posteriores (Celestino Perez et al. 2012: 144).
Este análisis se ha aplicado solo al valle del río Corbones, intensamente prospectado.
Se ha excluido Sierra Morena, dada la escasez de asentamientos documentados y a pesar de que su orografía compleja es ideal para efectuar análisis de este tipo, y el valle del Genil, sin prospecciones intensivas, ni estudios territoriales para la Edad del Bronce Final.
Al desconocerse las dimensiones de los asentamientos es imposible identificar posibles rangos en base a su tamaño, lo que dificulta el cálculo de las rutas óptimas entre los más importantes.
En el valle del río Corbones se han escogido como asentamientos principales Carmona, Montemolín-Vico, La Torre, La Fábrica y Porcún, los de mayores dimensiones según el estudio territorial publicado para esta zona (García Fernández 2003).
Posteriormente, se han calculado las rutas óptimas entre el resto de asentamientos y estos poblados y se ha evaluado la ubicación de las estelas en relación con las mismas (Fig. 9).
Se observa que las estelas están próximas a dichas rutas, ya que por ejemplo la de Carmona dista menos de 200 m, la de Montemolín a 500 m y la de Écija III a 120 m, sin que se deba obviar que las coordenadas de las estelas podrían estar desplazadas unos 100 m por su remoción en las labores agrícolas.
En definitiva, parece que podría Fig. 8.
Áreas isócronas de una hora de distancia con centro en las estelas y asentamientos de la Edad del Bronce Final en los valles de los ríos Corbones, Genil y Guadalquivir. haber existido una relación entre estas rutas y la ubicación de las estelas, como ya se ha defendido (Celestino Pérez et al. 2012).
No obstante no se ha podido evaluar esta pauta mediante el test de Kolmogorov-Smirnov ya que los 3 monumentos documentados en la zona de estudio no bastan para aplicar esta prueba estadística.
Finalmente, se ha evaluado si la visibilidad pudo ser un factor importante en la distribución de las estelas.
Esta variable, obviada por los estudios espaciales de la Nueva Arqueología (Wheatley y Gillings 2002: 180), ha sido empleada frecuentemente en los trabajos de investigación postprocesuales como un elemento importante en la construcción cultural del paisaje.
Teóricamente si la función de las estelas hubiera estado relacionada con el paisaje tendrían que haber estado situadas en áreas de gran visibilidad.
Sin embargo, su altura media es de 140-150 cm y sus grabados solo son visibles a varios metros de distancia, ar-gumentos empleados para poner en cuestión su relación con esta variable (Harrison 2004: 34).
Tampoco ha evaluado este aspecto a día de hoy ningún estudio espacial con una metodología formalizada de análisis.
Para solventarlo se ha calculado la visibilidad dentro de buffers de 1 km en torno a las estelas, sumando posteriormente la superficie visible.
La mayoría de la superficie cercana a las estelas es visible, pero un alto porcentaje de la misma no lo es desde la coordenada geográfica en la que se sitúa el monumento (Tab.
Si se comparan estos resultados con el área geográfica de procedencia se demuestra que los valores son muy similares a pesar de las diferentes condiciones orográficas de cada una de ellas.
La prueba de χ 2 da un resultado (0,39) inferior al valor crítico para un grado de libertad (3,84).
Según estos datos, la hipótesis nula no podría ser rechazada por lo que no se documenta ninguna diferencia entre la superficie visible de las estelas de cada zona.
No obstante, es importante señalar que los resultados obtenidos están fuertemente distorsionados por la imprecisión de las coordenadas geográficas.
Un pequeño error de algunos metros de elevación podría incrementar o reducir la visibilidad del emplazamiento de manera significativa, argumento que ha sido empleado para rechazar este tipo de estudios dada la variabilidad de los resultados (Celestino Pérez 2012: 142).
Asimismo, advertimos que, en este estudio, no se ha considerado la vegetación, un factor que podría haber reducido la visibilidad notablemente.
A día de hoy existe un debate intenso sobre la funcionalidad de las estelas del Suroeste de la Península Ibérica que, lejos de estar resuelto, ha ido adquiriendo una mayor intensidad gracias a la publicación de nuevos estudios.
La mayoría de los investigadores que han considerado las estelas como monumentos funerarios han fundamentado su hipótesis en el análisis morfológico de los grabados y en su composición figurativa (Almagro Basch 1966; Celestino Pérez 2001; Harrison 2004).
Asimismo se han identificado diferentes concentraciones a partir de las coordenadas del área de hallazgo y la composición figurativa de las estelas (Celestino Pérez 2001; Celestino Pérez et al. 2011), que algunos investigadores han relacionado con motivos ideológicos o funcionales (García Sanjuán 2010: 3).
A pesar de estas hipótesis, desde mediados de los años 90 del siglo XX se ha producido un aumento de publicaciones que han puesto énfasis en la función territorial de estos monumentos como hitos o delimitadores territoriales (Galán Domingo 1993; García Sanjuán et al. 2006), aunque hasta el momento son escasos los estudios que han aplicado análisis espaciales a su distribución por medio de sistemas de información geográfica y de acuerdo con una metodología formalizada de análisis (Celestino Pérez et al. 2012).
Los resultados obtenidos en el estudio espacial llevado a cabo solo deberían ser considerados para las áreas geográficas analizadas, sin que sean extrapolables a otras con altas concentraciones de estelas y en donde podrían documentarse pautas diferentes relacionadas o no con las variables analizadas en este trabajo de investigación.
Tampoco se ha tenido en cuenta la información iconográfica de las propias estelas seleccionadas, ni su posible relación con las variables analizadas, ámbito de estudio que dada su complejidad necesitaría de un estudio monográfico específico que excede los objetivos de este artículo.
Otro aspecto que no debería ser minusvalorado es la cronología de las estelas y su posible reutilización en períodos posteriores (Díaz-Guardamino Uribe 2010Uribe, 2012;;Celestino Pérez et al. 2012), que podrían haber influido y distorsionado su distribución espacial.
En resumen podría decirse que los resultados obtenidos tienen un claro valor orientativo sin que, en ningún caso, dada la incertidumbre sobre la procedencia exacta de dichos monumentos, deban ser considerados como definitivos.
Según las pruebas estadísticas empleadas, determinadas variables geográficas evaluadas como la visibilidad, la pendiente o la altitud podrían no haber estado relacionadas con la distribución espacial de las estelas, en contra de lo que hasta el momento se pensaba (véase Celestino Pérez 2001: 76 respecto a la altitud).
De hecho, en muchos casos no existen diferencias estadísticamente significativas al comparar estas variables en los monumentos de las dos zonas geográficas seleccionadas.
En este contexto sería interesante reflexionar en qué medida se podría matizar su importancia en futuros estudios espaciales.
Sin embargo, sería conveniente volver a analizar estas variables si los análisis se aplicasen a otras zonas de estudio o con otras escalas de análisis o, si se produjera un aumento significativo del número de estelas conocidas en las zonas seleccionadas o una mejora sustancial en la calidad de la información georreferenciada.
Como ya han señalado otros investigadores, a día de hoy falta una evaluación de la calidad de las coordenadas de las estelas que mejore la precisión de los análisis espaciales efectuados (Celestino Perez et al. 2012: 149).
El análisis de la relación entre estelas y calidad del suelo a escala global parece probar que esta variable podría no haber influido en su distribución, como algunos investigadores han defendido (Galán Domingo 1993: 36).
Sin embargo, se ha demostrado que las estelas de las dos zonas seleccionadas se emplazan sobre suelos de diferente calidad.
Ello sugiere que el análisis a escala global podría haber distorsionado los resultados obtenidos al minusvalorar las diferencias geográficas existentes entre ambas, ya que de hecho en el valle del Guadalquivir estos monumentos se ubican en suelos de buena calidad y en Sierra Morena en zonas idóneas para pasto.
Por el contrario, cuando se calculan las áreas isócronas a una hora de distancia y se observa la composición porcentual de la superficie incluida en las mismas en relación con la calidad del suelo se documenta la tendencia inversa: las estelas del valle del Guadalquivir tienen en sus cercanías un alto porcentaje de has aptas para pasto pero no para la agricultura y las de Sierra Morena de superficie idónea para usos agrícolas.
Más allá de estas diferencias, destacamos que en ambas zonas las estelas están localizadas en áreas de contacto entre suelos con diferente calidad.
Esto tendría importantes repercusiones al interpretar posible funcionalidad territorial, ya que su significación como posibles hitos territoriales podría haber variado de acuerdo con las diferentes condiciones geográficas de cada zona.
En este sentido, sería aconsejable que en el futuro el análisis espacial de las estelas se efectuase de manera individualizada por zonas, evitando la escala geográfica global de estudio que se ha empleado en la mayoría de los trabajos publicados hasta ahora.
Gran parte de las estelas seleccionadas están a una distancia lineal superior a los 3 km de los asentamientos del Bronce Final más próximos.
Algunos investigadores han considerado esta lejanía como una prueba evidente de la desconexión entre la distribución de estos monumentos y los asentamientos (Galán Domingo 1993: 60).
Sin embargo, la investigación llevada a cabo en el Suroeste podría haber distorsionado el estudio espacial efectuado en las dos zonas seleccionadas que cuentan con una información arqueológica variable.
En el valle del Guadalquivir se conocen una gran cantidad de asentamientos del Bronce Final y pocas estelas, mientras que en Sierra Morena son muy pocos por la escasez de prospecciones efectuadas, pero hay gran cantidad de estelas.
A su vez, habría que plantearse que para mejorar el estudio de esta variable es imprescindible una mejora correlativa de la información sobre los asentamientos de este período.
Según este estudio, la distribución de las estelas podría haber estado relacionada con la localización de los principales ríos, en cuyas cercanías podrían haber existido rutas de comunicación idóneas sobre todo en áreas de orografía compleja.
El análisis de las rutas óptimas, como el de la vega del río Corbones, ha sido bastante ilustrativo en este sentido.
No obstante no se ha podido aplicar a otras áreas del Suroeste peninsular prospectadas pero sin estelas o en donde se documenta la situación inversa.
Tras el cálculo de las áreas isócronas en los valles de los ríos Corbones y Genil se observa que muchas de las estelas se encuentran a menos de una hora de camino a pie al menos de un asentamiento conocido con evidencias de ocupación del Bronce Final y que en muchos casos se localizan cerca de las rutas óptimas entre asentamientos.
Una situación similar se constata en la Sierra de Montánchez, donde algunos monumentos podrían haber estado en relación con las rutas óptimas de comunicación, mientras otros no lo estaban, posiblemente por su reutilización y remoción de su lugar original (Celestino Pérez et al. 2012: 144).
En resumen, se podría decir que las estelas de la vega del Corbones podrían haberse emplazado en las cercanías de las rutas óptimas entre poblados y en zonas de contacto entre suelos de diferente calidad.
Esos datos reforzarían la hipótesis que considera las estelas como hitos territoriales asociados a la movilidad y ubicados en terrenos de paso entre zonas con diferentes recursos agropecuarios.
La aparente falta de relación con los poblados previamente señalada también podría estar influida por la escasez de prospecciones arqueológicas en las cercanías de los lugares de aparición de las estelas: a día de hoy solo se ha aplicado esta metodología en dos estudios publicados (García Sanjuán et al. 2006; Celestino Perez et al. 2012).
Otro factor distorsionador podrían ser los estudios sobre estelas que no han tenido en cuenta la información disponible sobre los asentamientos ya conocidos y ubicados en sus cercanías.
Además hasta el presente apenas se han efectuado intervenciones arqueológicas extensivas en asentamientos del Bronce Final ubicados en el Suroeste, por lo que su conocimiento es parcial.
Esto supone una limitación de primera magnitud tanto para estudiar la organización de la región durante este período, incluyendo la localización de las estelas, como para valorar su posible función territorial.
En multitud de publicaciones se ha teorizado sobre la organización territorial del Suroeste durante el Bronce Final (Pérez Macías 1983; Gómez Toscano 1997, 2006; Pavón Soldevila 1998; Celestino Pérez 2001: 59-67; Ferrer Albelda y Bandera Romero 2007), pero son escasos los estudios espaciales que la han analizado por medio de técnicas estadísticas como, p. ej., el emprendido en Sierra Morena occidental (García Sanjuán y Hurtado Pérez 1998; García Sanjuán 1999).
Sería recomendable prestar mayor atención en el futuro a los asentamientos de este período y a la estructuración y organización del territorio en torno a los mismos, si se quiere comprender la posible función territorial de las estelas en un contexto socioeconómico y territorial de mayor amplitud.
En conclusión, se puede decir que los resultados de este estudio son consistentes con la hipótesis según la cual las estelas podrían haber servido como marcadores territoriales o paisajísticos y en relación con lugares de paso, límites y fronteras (Galán Domingo 1993; García Sanjuán et al. 1996).
Ello no excluye la posibilidad de que las estelas hubiesen adquirido también una funcionalidad funeraria, aunque a día de hoy las evidencias son escasas (Harrison 2004: 43) y apuntan a su reutilización durante la Edad del Hierro con esta finalidad (Díaz-Guardamino Uribe 2012).
De hecho, este uso diacrónico es una dificultad adicional para estudiar estos monumentos (Díaz-Guardamino Uribe 2010).
Este estudio en ningún caso soluciona la controversia en torno a la funcionalidad de las estelas, pero sin duda abre nuevas líneas de trabajo y de análisis que no deberían ser minusvaloradas en el futuro.
Tipos de suelo número de estelas superficie dentro de las áreas isócronas a una hora de distancia (km 2 ) |
El objetivo de este trabajo es ofrecer una síntesis de la investigación arqueológica y arqueominera realizada entre 1998 y 2000-2002 en el Cerro de San Cristóbal de Logrosán (Cáceres).
Esta permite proponer una probable 'cadena operativa' del beneficio de la casiterita en este lugar durante el tránsito Bronce Final-Periodo Orientalizante.
La gestión e imbricación del mineral en las relaciones Tajo-Guadiana y en los circuitos atlántico-mediterráneos confluyentes en el Suroeste de la Península Ibérica parecen justificar, entre otras razones, la temprana integración del actual territorio extremeño en Tartessos.
La investigación en Logrosán y la arqueología del estaño se vieron bruscamente interrumpidas por el inesperado fallecimiento de su principal impulsor, Craig Merideth.
Su continuidad pretende canalizarse a través de la reciente declaración del Cerro de San Cristóbal como "geositio" del Geoparque "Ibores-Villuercas-Jara" y del proyecto del Plan Nacional I+D+i El tiempo del tesoro de Aliseda, entre cuyas acciones se encuentra la prospección arqueominera del oeste de la penillanura cacereña realizada en 2011.
The objective of this work is to offer a synthesis of the archaeological and archaeo-mining investigation a la revisión de los pocos casos conocidos, se han unido otros, casi siempre fruto de prospecciones geo-mineras, que han completado algo más el panorama y enriquecido algunas síntesis publicadas en los últimos años (Montero Ruiz 2010: 59).
Pese a ello, no es posible reconocer, por el momento, la letra pequeña de buena parte de la actividad extractiva y de la explotación de los minerales de cobre, la plata y el oro.
Ello se agrava, si cabe, cuando se trata de dilucidar la minería del estaño, percibida por los especialistas como un verdadero 'problema' en el escenario europeo (Giumlia-Mair y Lo Schiavo 2003).
En la Península Ibérica, se ha planteado un primer aprovechamiento -al parecer más intensivo de lo que se venía pensando-de las menas de cobre-estaño naturalmente aleadas (Rovira Lloréns y Montero Ruiz 2003).
En cambio, siguen siendo muy poco conocidos los pormenores de la explotación del estaño que se ofrece de forma aislada, es decir, del que se emplearía mayoritariamente en las aleaciones 'culturales' de la Prehistoria Reciente y la Protohistoria.
Ingrediente este, dicho sea de paso, de una metalurgia con escasos subproductos documentados (Rovira Lloréns y Renzi 2010: 109).
La discusión sobre esas formas de explotación del estaño en la Prehistoria Reciente peninsular ha pivotado en gran medida sobre las alusiones de las fuentes clásicas a su aprovechamiento en el mundo antiguo.
Así, siguiendo las muy conocidas citas de Estrabón (Libro 3, 2, 9), dichas actividades debían ir desde su beneficio en depósitos superficiales a partir del lavado de arenas: "entre los ártabros que viven en la parte más alejada del septentrión y del occidente de Lusitania el suelo contiene, según aseguran, eflorescencias de plata, estaño y oro blanco mezclado con plata; esta tierra es arrastrada por los ríos, y las mujeres, una vez amasada la arena, la lavan en tamices tejidos en forma de cesta", -como se ha defendido desde la Arqueología en alguna ocasión (Luzón Nogué 1983)-hasta la propia excavación: "pero el estaño, dice Posidonio, no se encuentra en la superficie de la tierra, como aseguran en repetidas ocasiones los historiadores, sino excavando, y se produce tanto en la región de los bárbaros que habitan más allá de los lusitanos, como en las Cassitérides".
El objetivo de este artículo es, precisamente, dar a conocer las novedades que sobre esta segunda modalidad referida por Estrabón vienen aportando los trabajos arqueológicos desarrollados durante la última década en el poblado minero-metalúrgico del Cerro de San Cristóbal de Logrosán (Cáceres), fechado en la transición Bronce Final-Orientalizante y representativo de la minería tartésica del estaño (Sos Baynat 1977; Merideth 1998aMerideth, 1998b;;Rodríguez Díaz et al. 2001).
El eje que lo articula se inspira en Rodríguez Díaz et al. ( 1).
Como complemento y contexto de todo ello se aportan los resultados de la prospección geológica y arqueominera realizada en junio-julio de 2011 en el sector centrooccidental de la penillanura cacereña, un conocido ámbito de concentración estannífera de la región extremeña (Florido Laraña 1987; Locutura Rupérez y Alcalde Molero 2007).
eL ceRRO De sAn cRIstÓbAL: mARcO GeOGRÁFIcO e HIstORIOGRAFÍA
El Cerro de San Cristóbal, "geositio" del recientemente declarado Geoparque "Villuercas-Ibores-Jara" (Chicharro et al. 2011), es una imponente elevación granítica (684 m.s.n.m.) de orientación SO-NE, situada prácticamente en la divisoria de aguas Tajo-Guadiana.
Emerge en la planicie suavemente alomada que se abre al sursuroeste de las sierras de Villuercas y se prolonga sin dificultad hasta el valle del Guadiana (Florido Laraña 1987: 73) (Fig. 1).
El río Ruecas -que nace cerca de Logrosán y desemboca en el Guadiana no lejos de Medellín-es el principal curso fluvial que conecta ambas comarcas, discurriendo a lo largo de un recorrido desarbolado y muy transformado por la acción humana a lo largo del tiempo.
El cerro alberga abundantes filones mineralizados en casiterita, un potencial que se añade a su singularidad geomorfológica y biogeográfica y fundamenta su interés arqueominero.
(1) Alonso Rodríguez Díaz, Ignacio Pavón Soldevilla, David.
M. Duque Espino y Craig Merideth.
Póster "El factor minero-metalúrgico en la Protohistoria extremeña: la explotación de casiterita en Logrosán (Cáceres)", presentado en el Meeting Archaeometallurgy: technological, economic and social perspectives in late prehistoric Europe.
Geología y aproximación paleobiogeográfica
El Cerro de San Cristóbal es un relieve residual heredado de un paisaje modelado durante el Mesozoico.
Tiene este stock granítico poco más de 2 km 2, una forma groseramente elipsoidal en dirección N65E y mide 2,6 km por 1 km (Fig. 2A).
La facies principal es un granito adamellítico de grano grueso con tendencia porfídica de dos micas.
Las facies de variación son granitos adamellíticos de grano fino de dos micas con zonas en las que puede estar ausente la biotita.
Los contactos entre las diferentes facies son graduales y difusos (Moreno et al. 2004).
El cuerpo granítico se emplaza en los materiales metasedimentarios del Grupo Domo Extremeño, serie inferior del Complejo Esquisto Grauváquico, en las facies de grauvacas y lutitas con capas de conglomerados intraformacionales de edad Precámbrico superior.
En la periferia del macizo, 1 km de anchura, estos materiales han sufrido un metamorfismo de contacto, transformándose en corneanas con cordiertita (± andalucita) en las rocas más cercanas al cuerpo granítico.
Su intensidad disminuye progresivamente, pasando a pizarras mosqueadas a medida que nos alejamos del contacto.
Los mapas gravimétricos regionales sugieren que el cuerpo granítico se prolonga en profundidad bajo la cobertura metamórfica (Moreno et al. 2004).
El stock de Logrosán ocupa, pues, una posición apical con respecto a un macizo de mayores de dimensiones oculto bajo las series metasedimentarias.
El emplazamiento del stock granítico es sincinemático con las fases de plegamiento que han deformado el encajante metamórfico, adaptándose la esquistosidad principal de las rocas encajantes a la forma del macizo.
La mineralización estannífera se asocia a filones de cuarzo intragraníticos cuya anchura va de algunos milímetros a 70 cm que se agrupan en haces filonianos más o menos densos separados por zonas estériles.
Los haces filonianos de direcciones N30E o N50E tienen pendientes de 70° Oeste.
Su emplazamiento fue verosímilmente contemporáneo con el de la mineralización ligada a los procesos hidrotermales de la zona apical de una cúpula granítica, cicatrizando fracturas con desplazamiento horizontal y grietas de tensión asociadas.
Se han reconocido, en la mitad occidental del macizo, cuatro conjuntos de haces filonianos de 20 a 50 m de anchura separados por zonas estériles de entre 50 y 150 m.
Los filones van acompañados de una alteración hidrotermal del encajante en bandas de greisenificación, turmalinización y silicificación, paralelas a las salbandas de los filones y de anchura inferior a 10 cm. La mineralización en casiterita se encuentra sobre todo en el interior de los filones pero puede estar también diseminada en el greisen de la alteración hidrotermal (Rossi 1975).
Las asociaciones minerales que se encuentran en los filones son: casiterita ± arsenopirita ± estannina y como accesorios calcopirita ± molibdenita ± pirrotina ± bismutina ± bismuto nativo ± pirita ± esfalerita en una ganga de cuarzo con ± moscovita y turmalina (Rossi, 1975; Moreno et al. 2004; Locutura Rupérez y Alcalde Molero 2006).
Otros haces de filones o filones individuales de escasa importancia son visibles en la mitad oriental del stock y han sido objeto de labores muy superficiales de escasa entidad.
A 1 km al sur del stock granítico las formaciones coluvioaluvionares recientes, procedentes de la erosión del relieve residual del Cerro San Cristóbal, han dado lugar a la formación de placeres detríticos con concentraciones ricas en casiterita (y oro) que han sido también objeto de labores.
Los recubrimientos coluviales terciarios-cuaternarios, presentes en la vertiente suroriental del cerro, y los aluviales cuaternarios, ajustados al estrecho cauce del arroyo del Gingal o Grande, son discretos y conectan Logrosán con la algo más extensa y fértil vega del río Ruecas, unos 7 km al Sur (Fig. 2A).
La edafología dominante en estos entornos se caracteriza por suelos moderadamente ácidos, muy pobres en bases y con un contenido bajo en materia orgánica, lo que limita su uso a la alimentación del ganado en régimen de dehesa o mediante cultivos cerealistas para su consumo en verde (García Navarro 1995; García Navarro y López Piñeiro 2002).
Dicho potencial metalogenético y pecuario se puede correlacionar con el escaso registro arqueobotánico disponible de Logrosán (Hernández Carretero 2006).
Este permite plantear la presencia de formaciones vegetales diversas, correspondientes a encinares, alcornocales, melojares y bosques ribereños integrados en un ambiente de transición meso-supramediterráneo, muy afectadas por la acción antrópica.
Sus huellas parecen estar especialmente ligadas al propio asentamiento protohistórico y marcadas por el uso del fuego (microfósil no esporo-polínico Tipo 7A) (Fig. 2B).
Probablemente la quema del monte debió tener como fin abrir los espacios forestados del cerro en aras de una mejor prospección, movilidad y explotación de los filones de la casiterita y, con ello, dar paso a los consecuentes procesos erosivos a escala local, como cabría inferir de la presencia del microfósil no esporo-polínico Tipo 207, propio de suelos de ladera con escasa cubierta vegetal, que se corresponden con el predominio de herbáceas y matorrales en las analíticas.
Historia de la investigación
El conocimiento de la arqueología protohistórica del Cerro de San Cristóbal es relativamente reciente, si bien su vinculación con Tartessos se remonta a hace más de cuatro décadas.
Acaso por tener noticias del descubrimiento en 1950 de un importante yacimiento de estaño en esta localidad, o tal vez por saber de los hallazgos aislados que V. Sos Baynat (1977) publicaría posteriormente, J. M. Blázquez Martínez (1968: 49), en su célebre Tartessos y los orígenes de la colonización fenicia en Occidente, sugirió una relación que solo dos décadas después retomaría la investigación.
Apuntó también allí cómo "Tartessos obtenía el estaño del río de su nombre que arrastraba el mineral del Mons Cassius, citado por Avieno (Ora Maritima: 259-261) de zonas marginales a Tartessos, como posiblemente de la Extremadura española, de Logrosán y también de las proximidades de Cáceres, cuyas minas ya se aprovecharon a partir del Bronce I".
Más de dos décadas después, las prospecciones llevadas a cabo por Craig Merideth (1998a) en diversos yacimientos estanníferos del medio oeste peninsular (Salamanca, Beiras, Extremadura y Alentejo) volvieron a colocar la minería del Cerro de San Cristóbal en un horizonte investigador que, por la vía del estudio del poblamiento de final de la Edad del Bronce en Extremadura, también había llegado a Logrosán (Pavón Soldevila 1998).
Advirtiendo las posibilidades de este yacimiento cacereño, entre 1992 y 1996 C. Merideth realizó una intensiva prospección arqueominera, orientada a conocer con precisión la distribución de las evidencias antiguas en superficie, las enormes alteraciones producidas por la explotación caótica de la casiterita entre 1950-1962(Sos Baynat 1977: 261) y las zonas con mejores perspectivas para una ulterior excavación (Merideth 1998b).
Esta última habría de desarrollarse finalmente en 1998 -primera campaña de excavaciones, y única publicada en detalle hasta ahora (Rodríguez Díaz et al. 2001)-, y en una serie ininterrumpida de trabajos entre 2000-2002 sobre cuyos resultados -ralentizados por el repentino fallecimiento de C. Merideth-se sintetizará algo en las páginas que siguen ( 2).
Los primeros trabajos de excavación, desarrollados por un equipo anglo-español del Institute of Archaeology, University College (Londres) ( 3) y del Área de Prehistoria de la Universidad de
Informes depositados en la Consejería de Educación y Cultura.
Extremadura ( 4), se concentraron en el sector más occidental del cerro.
Allí, la extensión de los indicios arqueológicos permitió definir una superficie ocupada de unas 7,5 ha, parcelada para su estudio en 8 sectores identificados con letras mayúsculas (A-H).
Dicha extensión fue probablemente resultado de un crecimiento del poblado y/o de su relocalización en sentido NE-SO, que la estratigrafía horizontal tendió a corroborar.
Las tareas arqueológicas entonces proyectadas, con un carácter eminentemente exploratorio, pretendieron valorar la ocupación protohistórica del sitio con el doble propósito de acotar temporalmente la explotación de la casiterita y calibrar sus relaciones interculturales en el contexto del occidente y mediodía peninsulares.
Acorde con esos objetivos se primó un criterio estratigráfico.
Por una parte, se hizo la limpieza-excavación de un par de bocaminas o trincheras de antigüedad a priori indefinida, que resultaban prometedoras por ofrecer indicios de explotación antigua en superficie (martillos fundamentalmente).
Por otra parte, se sondearon distintos sectores del espacio parcelado.
Los trabajos centrados en las bocaminas (sobre todo las denominadas Minas A y B, en los sectores H y B, respectivamente) no ofrecieron, sin embargo, resultados totalmente satisfactorios.
En las catas efectuadas en ambas trincheras se constataron, efectivamente, fragmentos de vasijas cerámicas de fines de la Edad del Bronce y martillos de piedra prehistóricos, pero éstos aparecían casi siempre en contextos secundarios, posiblemente porque las actividades modernas, de quedar alguna traza de extracción antigua, la camuflaban e impedían su reconocimiento (Rodríguez Díaz et al. 2001: 85).
Casi todos los sondeos practicados fuera de dichas bocaminas mostraron una potencia arqueológica muy discreta y huellas, particularmente evidentes en el Corte 1, del fuerte proceso de arrasamiento sufrido a raíz de las labores mineras del siglo XX.
Un Corte sobre el que hablaremos específicamente más adelante, por haberse realizado varias ampliaciones en las campañas de 2000 a 2002 y por su interés para los objetivos de este artículo.
Las excavaciones de los Cortes 2 y 3 (sectores E y F), por su parte, ofrecieron en los niveles de (4) Alonso Rodríguez Díaz, Ignacio Pavón Soldevila y Jesús Mateos Donaire.
base las evidencias más antiguas de ocupación del cerro (horizonte 'Logrosán I').
En el del Corte 2 (nivel II), una cata de 2 por 2 m ubicada hacia el sector central del poblado, se exhumaron los restos de varias vasijas cerámicas a mano, alguna decorada con motivos impresos de "punto en raya", acaso asociados a una posible subestructura.
No muy distintas son las del mismo nivel II del Corte 3, una cata que finalmente alcanzaría los 4 por 4 m.
Unos y otros materiales son de difícil adscripción, por su escasez, y plantean unos imprecisos antecedentes prehistóricos, posiblemente del Neolítico Final, en 'Logrosán I' (Rodríguez Díaz et al. 2001: 121-122).
Las primeras muestras relacionables con estructuras del Bronce Final-Orientalizante (horizonte 'Logrosán II') y con la actividad minera se hallaron en el nivel I del Corte 3 (Rodríguez Díaz et al. 2001: 52).
Allí se documentó la ruina, muy mal conservada, de una zona de hábitat y trabajo.
Consistía en dos tramos de piedras hincadas atribuidas a los restos de sendas cabañas de planta oval, en cuyo exterior se localizó in situ una concentración de material cerámico, algún martillo, varias molederas y un gran molino barquiforme volcado sobre uno de sus costados.
Es ésta, sin duda, la pieza más interesante.
La analítica de los microrrestos residuales en su superficie permitió excluir su vinculación con la molturación del cereal y, dados los valores de Sn, Cu y Pb, relacionarla con la trituración de minerales y, por ello, a un área funcional imbricada en el proceso productivo de la casiterita de Logrosán (Rodríguez Díaz et al. 2001: 168-169).
evidencias minero-metalúrgicas:'rafa' y cabaña del corte 1
La tarea arqueológica mas destacable abordada en la segunda fase de los trabajos (2000)(2001)(2002) ha sido la ampliación del Corte 1, limitado a una cata inicial de 4,5 por 2 m y ubicado en una pequeña plataforma en el extremo suroccidental del subsector A de la cima.
Ya en 1998, la excavación documentó una muy seria afectación de su mitad occidental por un pozo minero de los años 50-60, pero la mitad oriental reportó las primeras huellas de la actividad minera prehistórica de Logrosán.
Allí, se constató una trinchera o 'rafa' con perfil en 'U' de 0,70 m de ancho por 0,40 m de profundidad, completamente colmatada de tierra y restos de cuarzo machacado (nivel II), en cuyo fondo se observaban vetas de cuarzo con casiterita.
Además, sus paredes laterales ofrecían marcas de las mazas de minero de piedra con que fue excavada.
Otro estrato más reciente (nivel I) sellaba la trinchera y el relleno.
Estaba constituido por una capa grisácea de tierra asociada a lo que se interpretó entonces como una porción de muro recto muy deteriorado.
En dicha capa se recuperaron casi dos centenares de fragmentos cerámicos modelados característicos del Bronce Final, aunque de tipología ya evolucionada, y un interesante fragmento de crisol con mango perforado, próximo al tipo H de la clasificación de Tylecote (1976), con adherencias metalúrgicas (Rodríguez Díaz et al. 2001: 17).
La expectativa despertada por estos últimos hallazgos motivó la ulterior ampliación del Corte 1 en varias direcciones, deparando las mayores novedades de las campañas 2000-2002.
Podemos avanzar el descubrimiento de los restos, muy deteriorados pero reconocibles, de una cabaña de planta oval y una posible zona exterior de actividad metalúrgica.
Dicha cabaña, orientada NE-SO, está delimitada por un perímetro de lastras o piedras hincadas, y mide 6,80 m en sentido longitudinal y 4,40 m de anchura máxima.
Ofrece una entrada por el SO, precedida de un pavimento exterior de piedras correspondiente a los vestigios considerados como restos de un muro en 1998.
En ello, se reconoce un paralelismo con el prototipo de vivienda característico del tránsito Bronce Final-Orientalizante en el sur peninsular, incluida la región extremeña (Izquierdo de Montes 1998; Enríquez Navascués et al. 2001; Rodríguez Díaz et al. 2001: 124-125; Delgado Hervás 2005).
En posición descentrada se localizaron un hogar y varios 'pies de poste', así como dos concentraciones de cuarzo machacado.
Estos últimos indicios son coherentes con los restos materiales allí recuperados (cerámicas, machacadores de piedra y algunos fragmentos de molinos barquiformes), con las prácticas de trituración y molturación referidas a propósito de la evidencia del Corte 3, y con el relleno, por desechos de trabajo similares, de la 'rafa' de base amortizada y excavada en el Corte 1 en 1998.
En la zona exterior de dicha cabaña se documentaron un hogar y un posible horno (así identificados por B. Craddock en su planimetría), estructuras en cuyas inmediaciones se recogieron un molino, un crisol hemisférico y un molde (Fig. 3A).
La intensa actividad minero-metalúrgica de este asentamiento está constatada empíricamente.
Cabe ahora sopesar las posibilidades ofrecidas por la cultura material, y la cerámica en particular, para afinar la cronología de la explotación, primer paso para esbozar en qué contexto sociocultural y económico situarla.
Las producciones cerámicas son mayoritariamente modeladas a mano, incluyendo desde las que ofrecen aspecto cuidado hasta las toscas que son estadísticamente dominantes (Rodríguez Díaz et al. 2001: 125-132).
Tal vez las más sugerentes, desde el punto de vista morfológico, sean las primeras, con aca- bados oscuros y bruñidos o espatulados de aspecto cuasi metálico.
Corresponden sobre todo a cuencos, copas o cazuelas de perfiles carenados.
Los primeros se suelen vincular a otros similares documentados en yacimientos del Bronce Final Atlántico que permiten situar el origen de este poblado minero hacia comienzos del siglo VIII a.C., si bien la tendencia creciente en la bibliografía (Vilaça 1995: 375; Berrocal Rangel y Silva 2010: 136-137) es a fecharlas en el siglo IX o incluso antes (sin calibrar).
Las copas y cazuelas responden a perfiles, tanto arcaizantes como evolucionados, muy frecuentes en el ámbito cultural tartésico (Ruiz Mata 1995).
Dichos materiales sitúan a Logrosán en la órbita de la primera gran cultura protohistórica del Suroeste, marcando una fase de eclosión del poblado durante los siglos VIII-VII a.C. Ollas y vasos de diverso perfil son, por otro lado, las formas dominantes entre las medianamente cuidadas.
Las toscas, de pastas muy poco depuradas, suelen pertenecer a ollas y vasos de paredes entrantes, con superficies principalmente alisadas, a veces escobilladas e incluso tratamiento diferencial (bruñido-rugoso).
Ambas familias resultan poco sensibles a la matización cronológica.
En las escasas cerámicas a torno de la muestra, destaca un eximio repertorio anfórico de inspiración fenicia o más propiamente meridional, suficiente para extender la cronología de la ocupación hasta finales del siglo VII-comienzos del siglo VI a.C. (Fig. 3B).
Menos precisos en su temporalidad, pero especialmente elocuentes por su funcionalidad (Hunt Ortiz 2003), son los restos de molinos barquiformes, martillos-mazas, percutores... recuperados en los cortes excavados y en superficie.
La cultura material, en su conjunto, refleja bien el contexto funcional y el ambiente atlántico-mediterráneo/tartésico en que se desenvolvió este enclave.
eL PROcesO mIneRO-metALÚRGIcO De LA cAsIteRItA en LOGROsÁn y eL eJe'LOGROsÁn-meDeLLÍn'
La información arqueológica y arqueominera disponible hasta ahora permitiría ofrecer una propuesta del proceso minero-metalúrgico de la casiterita en Logrosán en época tartésica (Fig. 4).
Dicho proceso es una verdadera 'cadena operativa' minero-metalúrgica, en parte avanzada por C. Merideth (Rodríguez Díaz et al. 2001: 33), que futuros trabajos deberán perfilar aún más tanto arqueológica como analíticamente.
Se iniciaría con la apertura de trincheras o 'rafas' con martillosmazas de piedra (Fig. 5: 1), siguiendo los filones de cuarzo (que albergan la mineralización de casiterita y encajan en la roca granítica) probablemente visibles en superficie.
Es una técnica minera de tradición prehistórica, que no exige otros trabajos de acondicionamiento, y que está en consonancia con las modalidades extractivas empleadas en la Baja Andalucía para el beneficio de los carbonatos de cobre superficiales, como el de la conocida durante el Bronce Final, por carecer de elementos de filiación fenicia, sugiriéndose una posible explotación hasta el siglo VII a.C., o incluso no más allá del siglo VIII a.C. (Ruiz Mata 1989: 218; Pérez Macías 1996).
La originalidad de Logrosán radica en que constatamos esta modalidad de trabajo asociada a la casiterita, y desde un momento también relativamente antiguo.
A esta exigente tarea extractiva seguiría, en un segundo paso, la trituración del cuarzo con machacadores de piedra (Fig. 5: 2) a fin de extraer la casiterita, tal y como sugieren los detritos documentados en el interior de dicha cabaña.
En un tercer momento, tendría lugar su separación, afinado y la molturación en los molinos barquiformes, documentados en la cabaña del Corte 1 (Fig. 5: 3) y en el espacio de trabajo al exterior de las cabañas del Corte 3.
Los subproductos o residuos generados se emplearían para la amortización o relleno de las 'rafas' ya agotadas o abandonadas.
Tras un último afinado, si fuera preciso y a tenor del registro exterior de la citada cabaña del Corte 1, la casiterita finamente molida se añadiría directamente al cobre 'prefundido o fundido' en pequeños crisoles de barro (Fig. 5: 4-5), según se desprende de las analíticas realizadas por C. Merideth del ejemplar descubierto en 1998 (Rodríguez Díaz et al. 2001: 29-42) (Fig. 5: 4).
Esta técnica, simple en extremo, de añadir casiterita molida fue detectada por el propio Merideth (1998a: 158-160) en crisoles aparecidos en el poblado del Bronce Final de Alegríos, Portugal, y en el edificio postorientalizante de La Mata de Campanario (Rodríguez Díaz y Ortiz Romero 1998: 214).
No obstante, parece que también se empleó en la producción de bronce detectada en lugares más alejados de las fuentes minerales, como en El Carambolo (Hunt Ortiz et al. 2010: 280).
El cobre indistintamente pudo provenir de vetas no lejanas a San Cristóbal (Locutura Rupérez y Alcalde Molero 2006) o de lingotes plano-convexos similares acaso a los fragmentos encontrados en el poblado sincrónico de El Risco de Sierra de Fuentes (Gómez Ramos y Rovira Lloréns 2001: 197).
Tampoco debe descartarse la reutilización de los abundantes objetos inservibles, verdadera chatarra, constatados en superficie y en excavación; un proceso que, tras dos o tres refundiciones, requiere nuevas cantidades de estaño.
Sin que podamos asegurarlo, el procesa-miento de estos elementos en general bien pudo realizarse en estructuras de combustión como las detectadas alrededor de la cabaña del Corte 1 ( 5).
Este aspecto exige un mayor volumen de información arqueológica y de contrastación analítica en el futuro, dadas las diversas formas de efectuar la llamada 'aleación reina' cobre-estaño (cementación de granalla de cobre con casiterita, aleación de metales y la co-reducción de minerales de cobre y casiterita) planteadas por la investigación arqueometalúrgica y experimental (Rovira Lloréns 2007: 21-22).
El paso siguiente, y final, de esta 'cadena operativa' admite la doble posibilidad de la elaboración de piezas en moldes de piedra y la salida del mineral.
La producción de objetos metálicos en Logrosán está atestiguada también en el Corte 1.
De allí procede un fragmento de molde de piedra para la fabricación de hachas y 'discos' (?)
El negativo del hacha se define en un lateral del molde, cuya rotura impide precisar la tipología concreta de la pieza más allá de su genérica adscripción a los ejemplares propios del Bronce Final.
Aunque afectada también por la fractura de uno de sus extremos, la cara interna del molde muestra el negativo de una pieza discoidal, de escaso grosor y con un canal distal o proximal, según sea orientada ( 6).
A partir de la fotografía conservada, el diámetro estimado del disco estaría entre 7-8 cm, su espesor alrededor de 2 mm y la anchura del canalillo en torno a 2 cm. Tipológicamente, dicha pieza se aproxima a las referidas por A. M. Rauret (1976: láms.
XIX y XXI) como "moldes para hebillas de cinturón y discos" y a otra estudiada por P. Moret et al. procedente de Tossal de Montañés (siglo VI a.C.) relacionada con la fabricación de espejos (Moret et al. 2006: 58, figs. 47 y 48).
Aunque en nuestro caso esta última valoración podría apoyarse en las representaciones de espejos de algunas estelas de guerrero (Celestino Pérez 2001: 165, fig. 33) o en el espejo de bronce del tesoro de Aliseda (Almagro Gorbea 1977: 215), resulta difícil asumirla sin incertidumbre a tenor del reducido diámetro del disco resultante y la probable función (5) No obstante, en el informe de la excavación de 2000, estas estructuras se describen como "hogar" y "horno para cereales" (Cortes 1E y 1G).
(6) Según consta en el informe de la campaña de 2000, esta pieza fue llevada a Londres para su análisis.
Lamentablemente aún no ha sido localizada y depositada en el Museo de Cáceres. del canalillo más como conducto de llenado del molde que como enmangue del espejo.
Sea como fuere, tales impresiones quedan supeditadas a un estudio directo de la pieza, hoy por hoy, imposible de realizar.
A todo ello cabría añadir un molde para barritas/escoplos de la 'colección Sos Baynat' (Fig. 5: 7), amén de numerosos fragmentos metálicos de cronología diversa (punzones, escoplos, hachas, puntas....), en su mayoría bronces binarios y algunos plomados (Sos Baynat 1977; Merideth 1998b: 87-96).
A partir de dicha información resulta difícil determinar la escala y finalidad de la producción de bronces en Logrosán.
Poco podemos aportar si se trata de piezas destinadas al consumo interno del poblado o si algunas estuvieron concebidas para el intercambio comarcal o interregional, como sugiere el molde para la fabricación de hachas y 'discos' (?).
Tampoco se puede descartar que ciertos metales llegaran como chatarra a Logrosán para ser refundidos (vide supra).
Al margen de los elementos elaborados en este enclave, intuimos que la mayor parte de la casiterita de Logrosán debió ser exportada en función de la ausencia, hasta el momento, de escorias y hornos de fundición claramente relacionados con la reducción del mineral a gran escala.
No obstante, como se ha reconocido antes, tal ausencia de escorias no debe cerrar del todo la puerta a otras posibles formas de obtención de estaño dada la escasa superficie excavada y la considerable extensión del asentamiento.
La salida del mineral (y quizá de algunos objetos metálicos) de Logrosán, por cuestiones estrictamente geográficas (Sos Baynat 1977: 277), sería hacia el valle medio del Guadiana siguiendo el curso del Ruecas.
El Cerro de San Cristóbal está en un verdadero 'fondo de saco' conformado por los montes de Villuercas, que hacen casi inviables las conexiones hacia el Norte.
El Ruecas, que nace cerca de Cañamero y desemboca en el Guadiana no lejos de Medellín, se perfila como la ruta preferente, por no decir la única, para el trasiego de la casiterita de San Cristóbal.
Ello posibilita relacionar la arqueología protohistórica de Logrosán con la de las Vegas Altas y, en última instancia, con la del Suroeste tartésico.
Pese a todo, esta vía de salida natural de la casiterita hacia el mediodía peninsular exige mayores niveles de información arqueológica y arqueográfica sobre cuestiones esenciales como la caracterización del poblamiento protohistórico de dicho eje'Logrosán-Medellín' o las relaciones de dependencia/interdependencia entre ambos núcleos (Fig. 6).
Los posibles ejes'Aliseda-badajoz' y'montánchez-Alange'
La distribución macroespacial del poblamiento conocido del Bronce Final-Orientalizante extremeño, y su relación con recursos potenciales y cursos fluviales, nos sugirió hace algún tiempo la posibilidad de proyectar esquemas similares a los del modelo'Logrosán-Medellín', a los ejes'Aliseda-Badajoz' y'Montánchez-Alange' a través de los cursos del Gévora-Zapatón y Aljucén, respectivamente.
Las ocupaciones protohistóricas de dichas zonas del Tajo y del Guadiana son conocidas desde hace años.
Están especialmente bien documentadas las de la Sierra del Aljibe de Aliseda, El Risco de Sierra de Fuentes y Montánchez, en la penillanura cacereña, y las del Cerro del Castillo de Alange y La Muela-Alcazaba en Badajoz, ambas controladoras de estratégicos pasos del Guadiana (Pavón Soldevila 1998; Enríquez Navascués et al. 1998; Rodríguez Díaz y Pavón Soldevila 1999; Enríquez Navascués et al. 2001) (Fig. 6).
Somos plenamente conscientes de las características y condicionantes de la información metalogenética disponible, producto en gran medida de estrategias recientes de búsquedas y beneficio industrial.
Sin embargo, dicha hipótesis de trabajo ha sido sopesada de forma preliminar a través de una selectiva prospección geológica y arqueominera del sector central de la penillanura cacereña, integrada en el proyecto El Tiempo del Tesoro de Aliseda y autorizada por la Consejería de Educación y Cultura del Gobierno de Extremadura.
La exploración se llevó a cabo entre junio-julio de 2011 y tuvo como objetivo general valorar la posible explotación protohistórica de los indicios mineros de estaño, plata y hierro (Sn, Ag y Fe) del triángulo'Aliseda-Sierra de Fuentes-Casas de Don Antonio' (Fig. 7).
Se pretendía, así mismo, calibrar la posible relación de dicho potencial minero-metalúrgico con el poblamiento protohistórico de la zona en vías de estudio con centro en Aliseda y, por ende, la contextualización de la explotación de casiterita del Cerro de San Cristóbal de Logrosán (Cáceres) ( 7).
La metodología de los trabajos realizados contempló, en términos generales, los protocolos y tareas habituales de este tipo de actuación (Hunt Ortiz 1996).
Los criterios que han dirigido esta intervención pueden resumirse en los siguientes: 1) recopilación de los indicios mineros incluidos en los mapas metalogenéticos y geológicos de Cáceres y Extremadura (Locutura Rupérez y Alcalde Molero 2006, 2007; Mapa Geológico Nacional, hojas 1:50.000, núm. 703, 704 y 729; 2) recogida de noticias y de trabajos arqueomineros previos (Domergue 1987; Merideth 1998aMerideth, 1998b)); y 3) rastreo de los topónimos que pudieran indicar otros indicios y, en particular, aquéllos no contemplados en los trabajos estrictamente geológicos o (7) Rodríguez Díaz, A.; Pavón, I.; Duque, D. M.; Ponce de León, M. y Hunt, M.: Informe sobre la prospección geológica y arqueominera en la penillanura cacereña (junio-julio de 2011).
Depositado en la Consejería de Educación y Cultura del Gobierno de Extremadura.
En todos los sitios prospectados se siguió el mismo procedimiento: a) identificación del indicio geológico portador de la mineralización y su caracterización geológico-minera así como su extensión y límites; y b) exploración sistemática de la zona del indicio y su entorno a fin de comprobar la existencia o no de utensilios de explotación o de enriquecimiento de menas, tales como mazas, martillos, fragmentos de cerámica...
Como se ha dicho, en los registros mineros seleccionados interesaban los metales de estaño, plomo, por su relación con el beneficio de plata, y hierro, por él mismo y como eventual portador de plata.
Los principales sitios prospectados relacionados con el laboreo aluvial y filoniano del estaño fueron Valcajadillo (Arroyo de la Luz), Los Arenales, La Maruta-1, El Trasquilón, La Unión, La Marisa y Valdeflórez (Cáceres); Casas de Don Antonio y Cerros de la Mina (Montánchez).
Los indicios de plata reconocidos fueron los de La Pulgosa, Fuente del Perro y El Ahijón (Cáceres).
El único registro de hierro visitado fue el de la mina de La Pastora (Aliseda), recientemente mu-Fig.
Indicios metalogenéticos prospectados en 2011, en la penillanura cacereña (occidente de la Península Ibérica). sealizada por el Gobierno de Extremadura y localizada justo en la vertiente opuesta del poblado protohistórico de la Sierra del Aljibe (Rebollada Casado et al. 2010) (Fig. 7).
Tras el análisis de cada uno de los indicios prospectados podemos señalar, en términos generales, su escaso potencial arqueominero.
Los registros estanníferos más importantes explorados, Los Arenales, El Trasquilón-La Unión y Valdeflórez, han sido objeto de explotación en tiempos recientes lo que dificulta la identificación de labores antiguas, si las hubiera habido.
En sus entornos sólo se encontraron esporádicos rastros arqueológicos de épocas diversas, como hachas talladas, algunos percutores en cuarcita armoricana, fragmentos de molinos barquiformes o de rotación en granito...
Sin embargo, no se documentaron trazas claras ni útiles (mazas, percutores...) que pudieran sugerir un trabajo antiguo de laboreo y concentración de menas de casiterita.
Los resultados obtenidos en los indicios de plata y hierro prospectados son similares.
Todos ellos parecen exploraciones y explotaciones recientes, salvo quizá la mina La Pastora de Aliseda, si se confirma la cronología antigua (romana/protohistórica) de las escorias de derretido de hierro documentadas de forma abundante junto a la galería de La Gitana ( 8).
En función de lo antedicho, y en particular respecto a la posible explotación protohistórica de la casiterita en el sector centro-occidental de la penillanura cacereña, muy poco puede aportarse por el momento a la hipotética existencia de los referidos ejes'Aliseda-Badajoz' y'Montánchez-Alange'.
No obstante, recordaremos que los trabajos son solo una primera aproximación a un potencial minero-metalúrgico incontestable, enmarcado en un paisaje profundamente alterado por las labores modernas, sobre el que la investigación futura deberá insistir con estrategias y formas de análisis quizá más afinadas.
(8) Las escorias, sin formar acumulaciones, se extienden por una amplia zona.
Presentan los típicos cordones de derretido, sin mucho grosor (ca.
El análisis de FRX de una de las muestras confirma que es escoria de hierro.
Un argumento de su probable antigüedad sería la falta de actividad metalúrgica en este lugar durante su explotación moderna.
Así mismo, podría aludirse a la presencia de algunas cerámicas a mano en esta misma zona que exigirían una mayor atención en el futuro.
Por último, la siderurgia fue documentada en los niveles postorientalizantes y romano-republicanos de la Sierra del Aljibe, situados justamente en la ladera opuesta de esta elevación (Rovira Lloréns y Gómez Ramos 1999).
De sAn cRIstÓbAL De LOGROsÁn y LA PeRIFeRIA tARtÉsIcA Actualmente barajamos dos posibles modelos teóricos, el 'de comunidades de paso' y el de los 'puntos de comercio', para explicar los mecanismos del traslado del mineral-metal desde los centros productivos del Tajo al Guadiana y Suroeste peninsular, en particular para el posible eje'Logrosán-Medellín' y con mayor incertidumbre para los de'Aliseda-Badajoz' y'Montánchez-Alange'.
Ni contamos con estudios arqueométricos específicos, ni olvidamos las limitaciones de los estudios isotópicos y de los elementos traza del estaño para rastrear procedencias y relaciones a media-larga distancia (Rovira Lloréns 2007: 24).
Pese a ello, nos parece que la más que probable salida de esta producción minera (y quizá metalúrgica) debió efectuarse, al menos en un primer momento, en un marco de articulación espacial asimilable al denominado 'de comunidades de paso', comparable, a grandes rasgos, al que ha trazado R. Vilaça (1995: 412) en la geografía también estannífera de la Beira Interior.
En él, la red tejida por una confederación de jefaturas individualistas, comunidades de igual rango, situadas entre puntos nodales de una estructura política descentralizada según la propuesta trasmitida por K. Kristiansen (2001: 96), controlarían estratégicamente las rutas de intercambio pero no los territorios fuera de ellas.
Una red que operativamente requiere un cierto grado de estabilidad poblacional, como el ya constatado en el Bronce Final extremeño, que haría posible la circulación de la casiterita y/o los objetos de bronce (Pavón Soldevila y Rodríguez Díaz 2007: 18).
No pocos investigadores han asumido el valor de algunos bienes, en particular joyas áureas y objetos de bronce, como elementos que aportan el prestigio necesario para cimentar las relaciones sociales entre las élites del final de la Edad del Bronce.
No solo han situado su nivel funcional más destacable en el intercambio de dones y la creación de alianzas por vía matrimonial, sino que también han encontrado en las estelas diademadas y de guerreros o extremeñas su ámbito de plasmación icónica más sugestivo (Ruiz-Gálvez Priego 1992: 238).
En Las Villuercas la estela de guerrero más afamada es la de Solana de Cabañas (Roso de Luna 1898).
Pero, además de ésta, justo es reconocer el gran interés de los dos ejemplares Se responsabiliza, directa o indirectamente, a la llegada de los colonizadores fenicios al mediodía y occidente hispano de una serie de innovaciones tecnológicas y transformaciones sociopolíticas de hondo calado, cuyo reflujo se adivina incluso en escenarios tan interiores como Extremadura.
De su mano, p. ej., se produce tanto la incorporación a la Edad del Hierro como la aceleración del proceso de complejidad social que se vislumbra tras la consolidación de las jefaturas previas.
Sin embargo, como muy acertadamente en nuestra opinión ha subrayado S. Rovira Lloréns (1993: 46), la llegada del hierro no representó la crisis del bronce como aleación metálica, sino una especie de relanzamiento, ahora al servicio de los nuevos requerimientos de una sociedad emergente.
En su opinión, los anteriores monopolios relacionados con el bronce, en especial los de materias primas tales como el estaño, periclitaron o perdieron su peso político entrando en una dinámica económica en la que la explotación de los recursos se orientaba más hacia el comercio y los mercados que hacia el control estratégico.
Hoy por hoy, no sabemos hasta qué punto dicha coyuntura tuvo su reflejo en Logrosán pero, teóricamente, esa clave mercantilista bien pudo haber acentuado las relaciones entre este poblado, ya en una fase avanzada de su secuencia (Rodríguez Díaz 2009: 55-57), y alguno de los estratégicos asentamientos del valle medio del Guadiana.
Como algunos autores han apuntado (Aubet Semmler 1990: 33, 2000: 32), la adecuada satisfacción de la demanda de materias primas por parte de los fenicios habría requerido la complicidad pactada de una sociedad autóctona ya en vías de complejidad y la adecuada infraestructura que brindaban los canales tradicionales de intercambio.
No obstante, la nueva escala de dichas transacciones, próxima ya a la de esquemas mercantiles, habría propiciado la conversión de algunas de las iniciales 'comunidades de paso' en verdaderos 'puntos de comercio'.
En el estado actual de conocimientos, insistimos, Medellín es el máximo candidato a mercado de las producciones logrosaniegas, como sugeriría la vinculación entre ambos enclaves, a través del curso del Ruecas.
También lo hacen la propia ubicación de Medellín, junto a uno de los vados históricos del Guadiana, y su propio crecimiento protourbano (Almagro Gorbea y Martín Bravo 1994; Almagro Gorbea et al. 2008).
Un crecimiento impulsado a partir de un momento dado por la riqueza de la vega, como se ha reflejado, ya en época orientalizante, en el espejo de la colonización agraria de su territorio (Rodríguez Díaz et al. 2009), pero que en origen seguramente estuvo insuflado por el mercadeo del mineral/metal.
Su crecimiento junto al Guadiana originaría, hacia el siglo VII a.C., atractivos y hasta ahora inéditos procesos de territorialización y jerarquización documentados arqueológicamente.
Precisamente, no pocos estudios sobre la Prehistoria Reciente y la Protohistoria han reconocido el teórico papel de los núcleos protourbanos, o las ciudades, como importadores y distribuidores de algunos productos en tránsito.
Resultaría posible conceder este rol, visto su desarrollo, a sitios que, como Aliseda, Medellín o Badajoz, cabe calificar de focos de primer orden en la periferia de Tartessos.
En lo que a la prehistoria del metal se refiere, la concepción de Extremadura como una realidad periférica y fronteriza que hemos sostenido en otras ocasiones (Rodríguez Díaz y Enríquez Navascués 2001) también es un modelo de interpretación viable.
Es sobradamente conocido el importante papel concedido a la minería, especialmente de la plata y del cobre (Fernández Jurado 1993; Pérez Macías 1996), como factor de desarrollo en la civilización tartésica pero no lo es menos la carencia de estaño, fundamental para alear bronce, en el subsuelo de la Andalucía occidental.
En perspectiva, cabe considerar a Extremadura, reserva económica de Tartessos, como su más cercano punto de abastecimiento de casiterita.
Así lo han venido sugiriendo tanto la geografía como el reflejo tardío de dicha interacción en los textos clásicos.
Hace ya tres décadas, en un estudio sobre el comercio atlántico del estaño en época orientalizante, J. Alvar Ezquerra (1980: 47-48), basándose esencialmente en las fuentes grecolatinas y algunos datos arqueológicos, apuntaba la necesidad de contemplar la existencia de rutas terrestres, y no solo marítimas como las tradicionalmente vinculadas a los mercaderes fenicios, para la captación y el traslado del estaño interior hacia el mediodía.
En su opinión, los gaditanos del Período Orientalizante no tenían necesidad de alargar sus viajes marítimos hasta la Bretaña francesa o Cornualles, pues en un tiempo mucho más breve podían encontrar tanto estaño como les era necesario.
No obstante, cabía conceder el máximo protagonismo a la iniciativa tartésica en la estructuración de dichas rutas terrestres, pese a acabar desembocando e imbricándose en el mercado fenicio.
Ese sentido se podría conferir, al menos, a sendos pasajes de la Ora Maritima de Avieno y de la Orbis Descriptio de Pseudo-Scimno (González de Canales 2004: 262), que vienen a expresar que el río Tartessos arrastraba el estaño desde la 'Céltica', es decir, desde los territorios interiores.
Como tantos otros textos, no han sido inmunes a la discusión historiográfica, respecto al uso inadecuado del término 'estaño' cuando realmente se quería aludir a la plata (González de Canales 2004: 295 y 298).
Hoy día la arqueología nos permite situar la discusión en otros términos.
La localización de una lámina de estaño en contextos precoloniales de Huelva (anteriores a c.
(González de Canales et al. 2004: 150-151) unida, por supuesto, a la propia evidencia del poblado minero-metalúrgico de San Cristóbal de Logrosán permiten hacernos dudar del matiz meramente simbólico atribuido a esos antiguos pasajes literarios.
El contundente hallazgo de más de 200 lingotes de estaño, de origen aún no definido, en el pecio fenicio del Bajo de la Campana (Cartagena, Murcia) (siglo VII a.C.) ( 9) (Mederos Martín y Ruiz Cabrero 2004: 269), se sumaría a estas evidencias para dar verosimilitud a una explotación, extensa en el tiempo y diversificada espacialmente en los distintos episodios (9) http://www.simplynetworking.es/news-3508-31-bajo_ de_la_campana_the_important_ phoenician_boat_excavation_ at_la_manga.html (consulta 30-VII-2011).
de su cadena productiva-comercial, que acabaría integrándose en los circuitos mercantes fenicios.
En nuestros días, se está construyendo una nueva visión de Tartessos.
La valoración de su civilización desde planteamientos más integradores permite liberar a los modelos'Centro-Periferia' de las connotaciones rígidamente difusionistas, cuyas primeras aplicaciones en ocasiones arrastraban, y facilitar en cierto modo la relectura de procesos de interacción que, como los orbitados en torno al estaño, ofrecen un gran atractivo.
Tampoco resultan ajenos a esta visión los nuevos planteamientos interpretativos, nacidos de la reflexión sobre la naturaleza de los espacios periféricos.
Sirva mencionar la progresiva definición de la 'zona simbiótica' extremeña desde la que, desde hace algún tiempo, venimos trabajando (Pavón Soldevila 1999: 207-208; Rodríguez y Enríquez 2001) y en particular la de la interacción entre las tierras del Guadiana y la penillanura cacereña.
Estas perspectivas reconocen una iniciativa cada vez mayor a los contingentes humanos del Suroeste interior.
Desde ellas sugerimos la plena integración de la actual Extremadura en Tartessos y su identificación como una periferia dinámica, creativa y original en sus desarrollos ulteriores.
Los procesos de fondo y los detalles materiales que subyacen tras ellos así lo demuestran.
Una simple muestra, en este sentido, es el reconocimiento de algo tan periférico como las mismas estelas extremeñas, en los últimos tiempos, como propiamente 'estelas de Tartessos' (Celestino Pérez y López Ruiz 2006).
Este trabajo se integra en el proyecto HAR2010-14917 "El tiempo del tesoro de Aliseda" del Plan Nacional I+D+i del MICINN, http://www.eltiempodeltesorodealiseda.com (consulta 9-XI-2012).
Almagro Gorbea, M. 1977: El Bronce Final y el Período Orientalizante en Extremadura. |
El estudio, el primero de este tipo que se realiza sobre una muestra de santuarios del Hierro Antiguo en esta área geográfica, se basa en la medida precisa de las orientaciones definidas por los edificios y el análisis del horizonte que les rodea y revela claros vínculos astronómicos.
En particular, los edificios de culto muestran unas características similares y una orientación hacia un acimut de 55°.
Las regularidades encontradas parecen sugerir la posible existencia de credos y rituales religiosos relacionados con posiciones singulares de los astros principales visibles a simple vista, como el Sol, la Luna o Venus.
El papel de la arqueoastronomía como ramificación de los estudios arqueológicos tiene cada vez una mayor aceptación a nivel académico.
M. Cerdeño y G. Rodríguez (2009) coordinaron un volumen especial sobre arqueoastronomía que incluye catorce artículos en una de las revistas más relevantes del área.
En la actualidad, los estudios de arqueoastronomía cuentan en España con una trayectoria aún breve, aunque con un grado de desarrollo y aceptación completamente equiparable a los de nuestro entorno europeo (Esteban 2003; Cerdeño et al. 2006; Belmonte 2009).
Los aspectos astronómicos del mundo religioso y funerario del Hierro Antiguo hispano han sido escasamente investigados.
M. L. Ramos Sainz (1986: 32) ya indicó que la mayoría de las tumbas del período fenicio arcaico en la Península Ibérica se disponen con sus ejes longitudinales cercanos a la línea este-oeste.
Esta misma autora señaló que las necrópolis de Trayamar y de Puente de Noy orientan siempre sus tumbas de cámara con la puerta hacia el este.
Accesos dispuestos hacia el oriente también se encuentran en los hipogeos de Villaricos (Belmonte 1999: 186) y de Málaga (González García et al. 2007), según una distribución que muestra dos picos bien diferenciados relacionables respectivamente con el orto solar en el solsticio de invierno y con los equinoccios.
Uno de nosotros (Esteban 2012) ha analizado el patrón de orientaciones de las sepulturas en fosa de las necrópolis de La Angorrilla (Alcalá del Río, Sevilla) y de Cerrillo Blanco (Porcuna, Jaén), ambas fechadas entre los siglos VII y VI a.
C., encontrando en los ejes mayores de las tumbas un patrón de orientaciones análogo, que cubre el rango de ángulos donde se producen los ortos u ocasos solares o lunares.
El otro autor (Escacena 2007(Escacena, 2009) ) ha tratado las relaciones astronómicas de la orientación de los santuarios de Coria del Río y del Carambolo, en el Bajo Guadalquivir, más que nada para ocuparse de los posibles ritos solares asociados a los templos y a sus altares entre los siglos IX y VI a.C.
En este trabajo presentamos un estudio arqueoastronómico de 6 santuarios y posibles lu-gares de culto, de los cuales 4 corresponden al Hierro Antiguo (siglos IX a VI a.C.) y 2 al Hierro Reciente (siglos V a IV a.C.).
Se sitúan en el valle del Guadalquivir, excepto uno, localizado en la desembocadura del río Segura, en la provincia de Alicante (Fig. 1).
Nuestro objetivo principal ha sido explorar las posibles relaciones astronómicas de la orientación de los edificios y del horizonte visible desde ellos.
Se consideran los dos yacimientos mas recientes como interesantes elementos de comparación, bien por su cercanía espacial (caso del 'edificio público' de Tejada la Vieja), bien por compartir elementos del primer grupo (el altar tipo de piel de toro del santuario ibérico de El Oral).
Somos conscientes de que los yacimientos estudiados son solo una muestra limitada de los posibles edificios de culto del Hierro Antiguo conocidos en el sur peninsular.
Nuestra intención es ampliar la muestra en el futuro para que las conclusiones alcancen el mayor peso estadístico posible.
LA ToMA dE dAToS: dESCRIPCIóN dE LA fASE dE CAMPo
La fase de campo se llevó a cabo entre el 22 y el 25 de abril de 2006 (excepto en el Oral, véase apar-Fig.
Mapa de situación de los edificios protohistóricos del sur de la Península Ibérica estudiados.
Provincia de Sevilla: 1 Caura (Coria del Río), 2 Carambolo (Sevilla), 3 Saltillo (Carmona), 4 Mesa de Setefilla (Lora del Río); provincia de Huelva: 5 Tejada la Vieja (Escacena del Campo); provincia de Alicante: 6 el Oral (San Fulgencio).
tado 4) y contó en la mayoría de los casos con la colaboración y el asesoramiento de los arqueólogos responsables de la excavación de los yacimientos o que formaron parte del equipo en su día.
Se utilizó una brújula de precisión, un clinómetro de mano, un teodolito portátil, un aparato de posicionamiento global (GPS) y una cámara fotográfica digital.
La metodología de la toma de datos se detalla en Esteban y Delgado (2005) y en Esteban y Moret (2006) por lo que solo la resumiremos.
El GPS sirvió para obtener las coordenadas geográficas de los yacimientos, así como para cronometrar las medidas de la posición del Sol necesarias para corregir el nivel cero de los ángulos horizontales proporcionados por el teodolito.
Este instrumento óptico determinó las coordenadas horizontales (acimut y altura) de los elementos topográficos del horizonte que rodea a los sitios analizados.
La precisión de este aparato es de 0,045° sexagesimales (unos 2,7 minutos de arco, 1/10 del diámetro solar aproximadamente) para ambos ejes.
Las medidas de altura cercanas al horizonte se corrigieron del efecto de la refracción atmosférica, la cual hace que la altura aparente de un astro tienda a ser mayor que la real (Esteban y Moret 2006: 170-171).
El teodolito mide ángulos horizontales respecto a un origen de coordenadas arbitrario cuya posición varía cada vez que cambiamos de lugar el instrumento.
Sin embargo, para el estudio necesitamos manejar ángulos horizontales referidos al norte geográfico, que denominamos acimutes.
Por ello debemos conocer la diferencia angular entre el norte geográfico y el origen de los ángulos horizontales del teodolito en la posición en que lo estemos utilizando.
Determinamos este ángulo de corrección centrando el disco solar en el retículo del visor en varias ocasiones (casi siempre tres) durante la visita al yacimiento.
Para cada observación, y cronometrando la acción con el GPS, calculamos el acimut real del Sol a partir de los datos de coordenadas ecuatoriales diarias, publicados en el Almanaque Náutico del Observatorio de San Fernando (Cádiz).
El promedio de las diferencias entre el ángulo horizontal medido con el teodolito y el acimut calculado para cada una de las medidas individuales del centro del disco solar nos proporcionará el ángulo de corrección.
El teodolito proporciona demasiada exactitud para calcular la orientación de las construcciones de los yacimientos por lo que estas se midieron con una brújula de precisión cuya incertidumbre es del orden de 1°.
Los ángulos horizontales que se obtienen con la brújula están referidos al norte magnético, por lo que también fue necesario obtener la declinación magnética, que corresponde al ángulo de corrección que hay que aplicar a las lecturas de la brújula para lograr el acimut.
Dicho valor se consiguió comparando el ángulo horizontal medido con la brújula para varias cotas topográficas (generalmente campanarios de poblaciones cercanas y cumbres de montañas) con los acimutes proporcionados por el teodolito (calibrado tal y como describimos) para esas mismas cotas o por líneas definidas entre la posición del yacimiento y dichas cotas trazadas sobre mapas del Servicio Geográfico del Ejército o del Instituto Geográfico Nacional a escala 1:50.000 ó 1:100.000.
A partir de las coordenadas horizontales -acimut (A) y altura (h)-obtenidas para un punto cualquiera del horizonte, y conocida la latitud del lugar, podemos calcular la declinación celeste ( 1) (d) del astro que tiene su orto u ocaso por dicho punto a través de una sencilla ecuación de transformación de coordenadas (Esteban y Moret 2006: 171, ecuación 5).
SANTUARIoS y PoSIBLES LUgARES dE CULTo EN EL gUAdALQUIVIR INfERIoR
El templo de Caura (Coria del Río, Sevilla)
Las intervenciones arqueológicas en el Cerro de San Juan de Coria del Río, cabezo en el que se ubicó la antigua Caura, han revelado que, tras una acumulación de niveles prehistóricos, el asentamiento del primer milenio a.C. incluyó una pequeña comunidad fenicia (Escacena 2001).
A esta fase corresponden las primeras construcciones con cimientos-zócalos de piedra y alzado de adobes, además de la expansión del hábitat mediante la fundación de un templo y de un barrio dispuesto en damero a su alrededor (Escacena e Izquierdo 2001).
(1) La declinación corresponde al ángulo sexagesimal entre un punto de la esfera celeste y el ecuador celeste medido a lo largo del círculo mayor que pasa por los polos celestes y dicho punto (Aparicio et al. 2000: 27, fig.1.2).
La superposición de cinco estructuras con similar diseño sugiere la identidad en su función, de manera que la identificación de una de ellas como santuario permite extender ese mismo papel a las demás.
Desde la más antigua (I) a la más reciente (V) se produjeron algunas modificaciones, pero nunca tan profundas como para pensar en su abandono como lugar de culto.
Sólo el edificio más reciente, cuya superficie se redujo, podría arrojar algunas dudas al respecto.
Aún habiéndose levantado como recinto sagrado, al final de sus días pudo desempeñar un papel no religioso.
La construcción que muestra más claramente su función cultual corresponde al Santuario III del siglo VII a.C. En ella se documentó una estancia con suelo rojo adosada al muro perimetral del templo, con un banco de barro paralelo a esta misma pared exterior y un altar en el centro en forma de piel de toro (Escacena e Izquierdo 2000).
Los altares taurodérmicos son ya bien conocidos en la Protohistoria hispana y caracterizan a centros de culto tanto de carácter rural como urbano.
Valga como ejemplo, por inaugurar la serie de hallazgos, el santuario de Cancho Roano, en Extremadura (Celestino 1994(Celestino, 1997(Celestino, 2008)).
El templo de Caura pertenece al modelo urbano y la topografía de su emplazamiento, cercano a la subida más fácil al cabezo, insinúa su proximidad a una posible puerta de la ciudad.
El santuario de Coria del Río fue un recinto abierto delimitado por un muro.
Se desconoce aún si pudo tener su acceso principal por la fachada oriental.
Es posible que dispusiera de otro en la cara opuesta, donde se constata un retranqueo de la pared exterior para alojar un posible pórtico.
Pero esta alternativa no es determinable porque estos vanos de entrada y salida no se reflejaron en la cimentación de piedra, que es la única parte conservada del perímetro del edificio.
Lo mismo ocurre en las casas vecinas.
Con ello se querían evitar zonas especialmente débiles en los fundamentos de la obra (Escacena e Izquierdo 2001: 146).
El templo pudo disponer por tanto de dos puertas, una al oriente y otra a poniente.
La estancia más sagrada corresponde a la capilla del Santuario III donde apareció el altar en taurodermis.
Es un pequeño recinto que debió estar cubierto, aunque sin paredes en sus cuatro costados.
La presencia de fuego sobre el ara haría imprescindible una buena ventilación, con lo que quizás solo un cobertizo lo protegiera de las in-clemencias meteorológicas.
La ausencia de muros en sus lados sur y oeste refuerza esta hipótesis.
Sobre su suelo de tierra apisonada y pintada de rojo se levantó un banco de unos 10 cm adosado a la tapia que contornea el santuario, en este caso, también de barro e igualmente pintado de rojo como el pavimento.
Desde su construcción, el altar no quedó paralelo a la pared del templo ni al eje longitudinal de la capilla.
Este rasgo sobre su orientación no está certificado.
De hecho, no se pudo localizar el muro externo del santuario en sus proximidades porque parece correr en la misma vertical que el cimiento del Santuario IV, sí localizado pero no levantado durante el proceso de excavación.
Sin embargo, la orientación del eje longitudinal del altar de barro del Santuario III sería la misma que la del primer edificio (Santuario I), aunque esta fase del templo se conoce solo por una esquina de la construcción.
La evolución topográfica y urbanística del complejo religioso, probablemente sujeta a la necesidad de ampliación constante de la anchura de la calle aledaña, podría explicar la falta de una superposición exacta de los edificios.
De ahí que los cuatro templos superiores exhiban una orientación ligeramente distinta de la que puede desprenderse del escaso tramo de cimentación conocido aún del templo que inauguró la serie en el siglo VIII a.C.
En su momento de uso más antiguo (fase A), el altar dispuso en su lado oriental de una protuberancia que imitaba la prolongación de la piel correspondiente al cuello del bóvido, y en este apéndice de una oquedad para colocar una muestra de la sangre de la víctima inmolada.
Por eso, este flanco oriental puede considerarse el sector más importante del altar desde el punto de vista ritual y simbólico.
Que se colocara hacia el este puede ser, pues, una clave a tener en cuenta en nuestro análisis.
De hecho, también en esta zona, aunque fuera del ara propiamente dicha, se documentó un círculo de tierra oscura interpretado como hueco para embutir la asherah o árbol sagrado (Escacena e Izquierdo 2001: 134).
La función religiosa de este edificio de Caura se sustenta en otros hallazgos propios de ambientes templarios: dos escarabeos de los siglos VII-VI a.C. y algunos fragmentos de cáscaras de huevos de avestruz (Conde et al. 2005).
Con estos datos, y con base en una sugerente hipótesis propuesta por M. Belén (1993) antes de descubrirse este santua-rio, hoy puede sostenerse su posible consagración a una divinidad protectora de los marineros (Baal Saphon).
Su ubicación en este enclave estaría basada en que el asentamiento controlaba entonces la desembocadura del Guadalquivir en el golfo tartésico (Arteaga et al. 1995: 109).
A fin de proteger las construcciones exhumadas, los restos del santuario de Coria del Río se volvieron a enterrar después de su hallazgo en 1997-98, mientras que el altar se extrajo para su restauración en el Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico.
Como las estructuras no se han podido medir directamente optamos por medir elementos arquitectónicos modernos que estuvieran al descubierto y que figurasen en la planimetría detallada disponible sobre el yacimiento.
Es el método usado generalmente para determinar después la orientación de los elementos arqueológicos de interés astronómico.
Los planos precisan la disposición relativa de los elementos arquitectónicos, pero no la posición absoluta de los conjuntos respecto al norte geográfico, ya que en general marcan el norte magnético.
Esto dificulta, y a veces imposibilita, utilizar la planimetría publicada para trabajos arqueoastronómicos precisos (Esteban 2009).
En el caso del santuario de Coria del Río, se midió con la brújula la orientación del muro perimetral del Instituto de Educación Secundaria (IES Caura), ubicado sobre el yacimiento, al noreste de la zona excavada.
El error estimado para la orientación de dicho muro es de 1°.
Posteriormente, se determinó el ángulo formado entre el eje del altar y el muro del IES Caura sobre la planimetría y se sumó al acimut obtenido con la brújula.
Se calculó además la declinación magnética apropiada comparando los ángulos de elementos topográficos del horizonte local obtenidos con la brújula y los acimutes definidos en planos detallados de la zona.
De esta manera, y considerando según hemos adelantado que la dirección relevante del altar sería la oriental, el acimut del eje mayor de este elemento sería de 55,5°, al que le podemos asignar una incertidumbre de unos 2° (Fig. 2).
La presencia de construcciones modernas sobre el cabezo impidió llevar a cabo una autopsia directa del horizonte oriental.
De todas formas, desde el talud del yacimiento que cae a plomo sobre el Guadalquivir se pudo comprobar que el horizonte lejano es muy plano y de una altura (h) muy baja.
Suponiendo h = 0°, el valor del acimut encontrado para el altar correspondería con el punto del horizonte donde se produce el orto de un astro con una declinación del orden de +26,4° ± 1,5°, ligeramente al norte del orto solar del solsticio de verano.
Según las evidencias arqueológicas, hubo construcciones al norte y al este del santuario coetáneas a este último, que obstruyeron la observación directa de la vista oriental desde el templo en los momentos de construcción del Santuario III.
Por el contrario, al estar situado el edificio en la pendiente occidental del promontorio, en la dirección del puerto de la antigua ciudad de Caura, el horizonte occidental tuvo una mayor probabilidad de estar despejado, como ocurre aún en la actualidad.
Como se ve en la figura 2, el banco de barro situado inmediatamente al norte del altar presenta la misma orientación que este, mientras que el tramo de muro (posiblemente un banco) que se localiza al sur es exactamente perpendicular.
Las otras paredes sincrónicas del altar no comparten su orientación ni tampoco son exactamente perpendiculares entre ellas.
Sin embargo, es importante indicar que la esquina del edificio de época fundacional (Santuario I) sí parece coincidir con la orientación del altar.
Ello indicaría que el acimut de 55,5° fue el que definió originalmente la disposición del recinto inaugural.
En cualquier caso, esta última conclusión se basa en un tramo muy pequeño, una esquina del cimiento, conocido hasta ahora del Santuario I.
El santuario del Carambolo (Camas, Sevilla)
La tradición historiográfica que cuenta con más partidarios ha visto en el Carambolo un poblado tartésico de fondos de cabaña circulares u ovales, es decir, un asentamiento indígena fundado antes de la colonización fenicia.
Las fechas sostenidas, no hace mucho para sus materiales más característicos, habrían venido a reforzar esta hipótesis (Castro et al. 1996: 198).
No obstante, tras las excavaciones iniciadas a raíz del hallazgo del tesoro que ha proporcionado fama al yacimiento, se intuyó la presencia de elementos de carácter sagrado que reflejarían una profunda singularidad del sitio (Carriazo 1973: 292-293).
Es decir, la hipótesis de que el Carambolo fuera un centro religioso, más que un asentamiento común, comenzó muy pronto, pero perduró mucho solo en estado potencial.
A pesar de las observaciones de Carriazo, fue A. Blanco Freijeiro (1979: 95-96), quien propuso de modo explícito que allí existió un templo, si bien lo consideró tartésico como el asentamiento.
Habiendo reconocido por doquier influencias orientales, no reparó en que el exvoto de Astarté del Museo Arqueológico Hispalense, cuyo posible hallazgo en el Carambolo él mismo resolvió (Blanco 1968: n.
5), sugería vínculos fenicios.
Pesaba tanto el axioma'fenicios en la costa/tartesios en el interior', que todo lo de sabor oriental localizado en las tierras andaluzas no litorales se interpretaba como reflejo de la orientalización del mundo indígena, nunca como la presencia directa de colonos semitas.
Quedaba lejos en el tiempo, además, la defensa de asentamientos orientales en la comarca de los Alcores por G. Bonsor (1899).
A pesar de la tendencia investigadora imperante, algunos autores vieron en el Carambolo un santuario con sus servicios anejos más que un asentamiento con su templo correspondiente.
Allanaron el camino para comprender los descubrimientos recientes, porque evidenciaron el carácter singular y religioso de algunos ajuares cerámicos o la existencia de estructuras de posible uso religioso entre lo excavado por Carriazo (Belén y Escacena 2002: 169).
Otras pesquisas ahondaron en el carácter cúltico de algunas piezas (Izquierdo y Escacena 1998) y en un cambio radical de la función del tesoro, que de joyas reales pasaron a tenerse por atalaje para engalanar toros destinados al sacrificio y ajuar litúrgico del sacerdote encargado del correspondiente rito (Amores y Escacena 2003).
Según ellas, el edificio comenzó como una humilde estructura rectangular subdividida en tres espacios: un patio de entrada y dos estancias cubiertas al fondo.
Desde el exterior una pequeña rampa permitía subir hasta el umbral de la puerta del conjunto, ubicada en la fachada oriental.
Aunque ambas capillas del fondo occidental estaban muy destruidas en el momento de su excavación, la meridional conservaba en su centro un altar circular.
Hecho con barro amarillento, presentaba hacia el este una estructura muy deteriorada elaborada con el mismo tipo de arcilla.
Pudo tener la misma forma que el localizado en la fase C del santuario extremeño de Cancho Roano (Celestino 2001: 28-30).
La datación radiocarbónica lleva esta fase inicial del complejo sacro al siglo IX a.C., algo que la presencia de cerámica fenicia confirma arqueológicamente.
Durante el siglo siguiente el solar ocupado por este pequeño templo se convierte en patio central trasero de un enorme complejo ceremonial de planta de tendencia cuadrada o rectangular.
A esta etapa corresponde la construcción de un gran espacio abierto de entrada y de un conjunto de estancias rectangulares al fondo articuladas en torno al patinillo central trasero que antes fuera primer santuario.
Al norte del pequeño patio del fondo y separado de el por un cuarto de servicio alargado, se levantó una capilla con bancos adosados a sus paredes longitudinales, que se pintaron de blanco y rojo.
Este último color se aplicó sucesivamente al suelo de la estancia mediante finas capas de pintura.
Hacia el fondo de la habitación, a la que se accedía desde el gran acerado de caparazones de moluscos y que se interpreta como capilla de Astarté, se encontró una estructura de adobes, en su mayor parte arrasada por construcciones mo-dernas, que se ha interpretado como base de un altar por simetría con la estancia similar situada al sur del patio interior.
Pero la cella mejor conservada es la meridional.
Se trata de nuevo de un espacio rectangular separado también del patio interior por un cuarto alargado.
De esta forma, el núcleo central del edificio adquiría una simetría casi perfecta.
Este espacio, interpretado como capilla para la divinidad masculina (Baal/Melqart), se rodeó asimismo de bancos de adobe.
En el centro de esta gran sala se dispuso un altar en forma de piel de toro que apenas levantaba unos centímetros del suelo.
Dicha altura solo la consiguió al final de su vida y a base de repintados y retoques, pues en origen era una simple impronta en el pavimento de barro apisonado de la estancia.
Recubierto por completo de tinte rojo, conservaba en su centro la espectacular huella del hogar, que en este caso trascendía los límites del ara.
En parte semejante al de Caura, el altar taurodérmico del Carambolo es, en cambio, de silueta más esquemática, mucho más plano y de mayor tamaño, en casi todo similar al diseño de los frontiles del tesoro que casi cincuenta años antes apareciera unos 35 m más al norte.
En atención al exvoto encontrado en este cabezo, hay fuertes razones para asumir la consagración del santuario del Carambolo a la diosa Astarté, lo que no niega en absoluto la celebración en él de cultos dedicados a su compañero divino (Baal/Melqart).
De ahí se deduciría su carácter semita, una vinculación étnica y cultural acrecentada por hallazgos como fragmentos de huevos de avestruz, algunos escarabeos y un barco votivo de cerámica con la forma de híppos fenicio (Escacena et al. 2007).
Emplazado al oeste de *Spal > Hispalis (Sevilla), en uno de los cerros más altos de la cornisa oriental de la meseta del Aljarafe, el santuario ocupaba una elevación singular de la orilla derecha del paleoestuario del Guadalquivir, muy cerca -apenas 10 km-de su antigua desembocadura en Caura.
En consecuencia, si este paisaje es el que la Ora Maritima describe en las bocas del gran río de Tartessos, y si es correcta la identificación de Caura con el Mons Cassius (Belén 1993), este sitio puede corresponder al que Avieno en los mismos versos de su poema denomina Fani Prominens, es decir, el 'promontorio del templo' (Or.
Los excavadores han numerado los distintos santuarios superpuestos del Carambolo al revés que en Caura: ahora la construcción más antigua es el edificio 'Carambolo V' y la más reciente el complejo 'Carambolo I'.
Estos santuarios han podido medirse de forma directa para nuestro trabajo.
La tarea de campo se centró en tomar la orientación de las estancias más relevantes del complejo: la habitación A-40 o capilla de Baal de las fases Carambolo IV y III, que contenía el altar taurodérmico (UE-2531), y los espacios A-29 y A-46 del momento inicial o Carambolo V. Estos dos últimos, junto con la pequeña sala A-45, formaban el recinto sagrado prístino, siendo A-29 el patio de entrada, A-45 la capilla meridional del fondo y A-46 la capilla septentrional.
La figura 3 muestra fotos aéreas de las estructuras indicando los elementos cuya orientación se evaluó.
Se usó la brújula de precisión en todos los casos.
Del patio de acceso (espacio A-29) se tomó en consideración básicamente la pared meridional, que conserva un banco corrido a todo lo largo de su cara interna.
Paralelo a este muro y a su poyo adosado se encuentra el banco del lado septentrional del patio, que sigue la misma orientación.
La estancia A-46, al fondo del patio A-29, se interpreta como capilla para la divinidad masculina Baal/Melqart de esta fase del santuario, mientras que la adosada por el norte, mal conservada pero supuestamente paralela a ella, estaría dedicada a Astarté.
Al medir las paredes septentrional y meridional de la cella A-46, constatamos que son paralelas.
En este edificio inicial consideraremos como orientación representativa del santuario más antiguo (Carambolo V) la definida por estas dos capillas (estancias A-46 y A-45).
Esta orientación parece más ajustada al eje de simetría del templo en su conjunto.
La declinación magnética se determinó a partir del valor medio de las diferencias entre los ángulos horizontales medidos con la brújula para varias cotas lejanas y sus acimutes, obtenidos estos últimos sobre planos topográficos detallados de la zona.
El análisis arqueoastronómico del Carambolo se basó en la determinación del acimut de los distintos elementos del edificio y en la declinación del astro que tiene su orto hacia el punto del horizonte al que miran las puertas del recinto.
El valor de la altura promedio del horizonte se tomó como h = 0°.
Como acabamos de señalar, elegimos la dirección oriental debido a que las entradas de todas las estancias están abiertas a este flanco.
A ello debe sumarse que el hueco para la asherah localizado en la capilla sur del Carambolo III, al pie del altar taurodérmico, también privilegia el este, como en Caura.
En el edificio inaugural (Carambolo V), las capillas situadas al fondo apuntan a un acimut de 59° (declinación +24°), mientras que el ámbito A-29, patio que precede a esas capillas, presenta una orientación ligeramente más al norte: 55,8°.
Todos los ángulos anteriores tienen una incertidumbre asociada en torno a 1°.
Las paredes y bancos corridos de la estancia A-40, la capilla sur del Carambolo IV y III, proporcionan una orientación promedio de unos 54,6° (declinación +27°), con una desviación estándar de 2° (del orden de 1,5° en declinación).
Desgraciadamente, la orientación del eje mayor del gran altar taurodérmico de esta sala, siglado en el proceso de excavación como unidad estratigráfica UE-2531, no pudo medirse por estar tapado cuando se llevó a cabo nuestro trabajo de campo.
Sí sabemos que su eje mayor es paralelo a los muros longitudinales de la sala que lo cobija, la A-40 (Fig. 3).
Otro ámbito importante que tampoco pudimos medir entonces fue el que se considera capilla de Astarté en las fases Carambolo IV y III (estancia A-1).
Este espacio disponía bajo el pavimento rojo de una plataforma de ladrillos crudos que los excavadores han interpretado como base de un posible altar.
De cualquier manera, en la fotografía aérea publicada (Fernández Flores y Rodríguez Azogue 2007: 116, fig. 23) se puede comprobar que la pared meridional (la mejor conservada) de la estancia A-1 es paralela a la pared septentrional de A-29, por lo tanto, el acimut de A-1 debe ser cercano a 63,5° (declinación +20,4°).
Es necesario considerar que el santuario Carambolo V no estaba en época protohistórica exactamente en la parte más alta del cerro, sino a unos 40 m de la cumbre en dirección oeste.
Según el informe geoarqueológico, la diferencia de altura entre la cima del cabezo y la base del templo sería de unos 3 m (Borja 2010: 197-200).
Por lo tanto, una persona situada de pie sobre el suelo de este edificio primitivo, a la entrada del complejo, no vería los ortos de los astros sobre el horizonte lejano, sino sobre la corona del promontorio, situada a una altura aproximada de h ≈ 2°.
Considerando este nuevo horizonte, las declinaciones de los astros hacia cuyos ortos apuntan las distintas estancias serían A-46 = +25,5° y A-40 = +28,5°.
Es decir, la variación en declinación en todos los casos sería de unos 1,5° al norte.
La incertidumbre asociada a dichos valores corregidos de la declinación se ha incrementado en 0,7° al propagar una incertidumbre adicional de ±1° en la altura.
Finalmente, también medimos algunos elementos topográficos relevantes del horizonte oriental, sobre todo para comprobar la existencia de marcadores astronómicos y/o topográficos como los encontrados en otros santuarios protohistóricos (Esteban 2002; Esteban y Moret 2006).
Pero no se encontraron tales relaciones con un interés relevante.
El complejo de Saltillo (Carmona, Sevilla)
Durante el seguimiento de unas obras, y sobre todo durante la posterior excavación de urgencia en un solar en la plaza Marqués de Saltillo, en el barrio de San Blas de Carmona, se hallaron en 1992 unas estructuras arquitectónicas pertenecientes a un complejo edilicio interpretado como lugar de culto.
Se localizaron en esos trabajos tres edifi- cios superpuestos, fechados por los materiales arqueológicos que contenían entre la segunda mitad del siglo VII a.C., como mucho, y mediados del V a.C. Según sus características arquitectónicas, todas las construcciones de este recinto muestran rasgos orientales, que en el mundo tartésico hay que atribuir básicamente a la colonización fenicia.
En la fase más arcaica del conjunto pudo documentarse una estancia rectangular de 4,4 x 1,8 m, paredes de adobe y cimientos-zócalos de mampostería pétrea, dispuesta mediante un eje orientado longitudinalmente en sentido este-oeste.
Los excavadores denominaron esta habitación 'Ámbito 6'.
Parece que se entraba por una puerta que, por los datos recabados durante la excavación, solo pudo estar situada en la esquina que más tarde ocupó un pozo de época romana.
La sala contaba con 3 rincones o ángulos internos en los que, encastrados en el suelo rojo, se ubicaban sendas vasijas del tipo conocido como píthos de motivos orientalizantes.
Sobre el pavimento se rescataron también otros contenedores cerámicos, entre los que destaca una gran orza fabricada a mano y las posibles tapaderas de los 3 recipientes decorados, así como un juego de cucharas de marfil que forma en conjunto las patas delanteras y traseras de un animal de doble pezuña (Belén et al. 1997; Belén 2001).
Tan singular estructura y, sobre todo, tan importantes y simbólicos ajuares han dado pie a interpretar el edificio como lugar de culto (Belén 2000) y a vincularlo a una posible comunidad de colonos orientales y/o sus descendientes, grupo que habría ocupado durante el Hierro Antiguo la pequeña meseta de Carmona donde se ubica el barrio de San Blas.
Nuestro interés por analizar las posibles implicaciones astronómicas de esta estructura radica en su identificación previa como centro ceremonial de tipo religioso.
No obstante, los trabajos arqueológicos no hallaron en ninguna fase del edificio los altares que habrían certificado esa función comúnmente aceptada.
Como el solar donde apareció el edificio de Saltillo, en el caso histórico de Carmona, se encuentra hoy ocupado por viviendas, nuestro trabajo de campo se tuvo que limitar a medir los acimutes de las paredes de la manzana moderna que se incluyen en la planimetría del yacimiento.
Con estos datos hemos estimado la orientación de los muros antiguos del 'Ámbito 6' del san-Fig.
A la izquierda, ubicación del edificio 'Ámbito 6' del yacimiento tartésico de Saltillo (círculos concéntricos), en el barrio fenicio de Carmona (Sevilla) y a la derecha detalle del mismo (Belén et al. 1997).
tuario, a partir de los ángulos definidos por estas estructuras y por las actuales (Fig. 4).
La declinación magnética utilizada para transformar ángulos horizontales medidos con la brújula a acimutes fue la misma que la obtenida horas antes en la Necrópolis Romana de Carmona a partir de observaciones solares con el teodolito ( 2).
Debido a las características geológicas del lugar, no esperamos variaciones locales del campo magnético, suponiendo la misma declinación magnética en ambos yacimientos.
De hecho, las declinaciones magnéticas que hemos determinado para los distintos sitios de época tartésica estudiados en el presente trabajo son casi coincidentes (la dispersión es solo del orden de 0,5°), lo que refrenda nuestra suposición.
En su momento el trazado de la sala del santuario de Saltillo descrita más arriba no coincidía con el de las construcciones protohistóricas superpuestas.
La orientación del eje mayor del habitáculo presenta un acimut de 53,5° ± 2,0°, similar al del altar de Coria del Río y al de la estancia A-40 del Carambolo (capilla del altar taurodérmico).
Si tomamos, también en este caso, la orientación hacia oriente como la significativa y un horizonte de h = 0° (es imposible medirlo debido a que se encuentra en el interior de la ciudad de Carmona), obtenemos una declinación de +27,8° ± 1,5°.
Este complejo yacimiento arqueológico está ubicado en la vertiente meridional de Sierra Morena, al pie del arroyo Guadalbacar, subsidiario del Guadalquivir por la derecha.
El asentamiento, prehistórico, protohistórico, romano y medieval, ocupa una plataforma rocosa que domina una significativa vía de comunicaciones que une el valle bético con la Meseta central española.
Al pie del asentamiento se ubica una importante necrópolis de tiempos tartésicos y romanos conocida en la literatura arqueológica al menos desde el primer tercio del siglo XX (Bonsor y Thouvenot 1928; (2) Aprovechando nuestra visita a Carmona, medimos también las orientaciones de algunas tumbas romanas de su necrópolis, aunque estos datos no forman parte del presente artículo.
El área más destacable en este trabajo es un potente tell ubicado al norte de la actual ermita de la Virgen de Setefilla y bajo el castillo de época islámica.
M. E. Aubet ha dirigido aquí diversos trabajos, de los cuales nos importa ahora solo el sondeo conocido como 'Corte 3' (Aubet et al. 1983).
Los dos edificios del Hierro Antiguo analizados por nosotros se emplazaron por tanto sobre una pequeña acrópolis, entonces amurallada, de unos 5000 m2 de extensión.
Sobre esa base y las importantes medidas de sus paredes, cabe pensar que formaran parte de estructuras de considerable envergadura e importancia dentro del asentamiento (Fig. 5).
Si se unen tales características a su fabricación, en un caso con grandes sillares calizos trabados en cremallera (Aubet et al. 1983: fig. 9 y láms.
III-IV), se percibe de inmediato la relevancia que estas construcciones debieron tener en su día.
Tales hechos han llevado a que, al menos el edificio de sillares, se considere parte de una singular construcción pública de tipo religioso o social (Aubet et al. 1983: 37-38).
Desconocemos su respectiva función, pero tal vez podrían aclarar los papeles concretos de cada conjunto algunos hallazgos producidos con posterioridad a las excavaciones de los años 1970, que incluyen algunos exvotos del Hierro Antiguo y que podrían por tanto señalar al mundo de las creencias (Ladrón de Guevara et al. 1992).
Pero como tales datos nuevos proceden de unas obras no controladas arqueológicamente y de un sector del yacimiento relativamente alejado de los complejos arquitectónicos que ahora nos interesan, su valor científico es siempre relativo.
Tras su descubrimiento en 1979, y para garantizar su protección como en los casos señalados de Coria del Río y del Carambolo, los muros aparecidos en el Corte 3 fueron sepultados de nuevo con la misma tierra extraída durante la excavación arqueológica.
Ello nos impidió medir de forma directa la orientación de estas estructuras en la visita que hicimos al yacimiento en abril de 2006.
Por ese motivo, nuestro estudio consistió en anotar la orientación de varios lienzos de muralla y de algunas paredes de la torre del homenaje de la fortaleza medieval.
A partir de estos datos hemos estimado la disposición astronómica de las estructuras arqueológicas que nos interesan sobre la planimetría disponible del yacimiento, espe-cialmente las plantas publicadas en la memoria de excavación (Aubet et al. 1983: 37-39, figs. 9 y 10).
La alineación de los dos muros estudiados, el de sillares y el de mampostería que corre inmediatamente debajo de este, es ligeramente distinta.
La estructura superior o edificio de sillares, que pertenece al estrato VI y que puede fecharse en los momentos finales del Hierro Antiguo, presenta un acimut de 100,5° (hacia el este), que correspondería al orto de un astro con declinación -8° (suponiendo un horizonte con h = 0°).
El muro del estrato VII, más antiguo y más ancho, y construido con mampostería irregular, muestra un acimut de 83° (declinación = +5,5°).
La excavación de 1979, la que exhumó estas construcciones, no proporcionó datos sobre la ubicación de las respectivas puertas de los edificios a los que pertenecieron en su día tales muros.
Por ello hemos supuesto, esta vez solo de forma hipotética, que la dirección relevante fue la oriental como en los demás casos analizados.
El 'edificio público' de Tejada la Vieja (Escacena del Campo, Huelva)
En Tejada la Vieja se ubican los restos de una gran ciudad fortificada de época tartésica que vi-vió básicamente de la minería y metalurgia de la plata (Fernández Jurado 1987; Fernández Jurado y García Sanz 2001) (Fig. 6).
El yacimiento con 6,4 ha de extensión está emplazado sobre una meseta compuesta por tres terrazas escalonadas.
La muralla se extiende a lo largo de 1474 m y solo conserva su base pétrea, un glacis característico de las defensas urbanas de las ciudades siropalestinas.
Este tipo de fortificación llegó precisamente a la Península Ibérica en esa época de manos de la diáspora fenicia (Escacena 2005: 198-205).
Los primeros estudios científicos hacen referencia a una ocupación de la Edad del Bronce (Blanco y Rothenberg 1981: 281).
Sin embargo las excavaciones llevadas a cabo por el Servicio de Arqueología de la Diputación de Huelva sugieren una fundación no anterior al siglo VIII a.C., correspondiente a las primeras construcciones de edificios públicos y de viviendas, así como a los momentos iniciales de la fortificación que rodea todo el asentamiento.
La ocupación humana permanente duró hasta el siglo IV a.C., si bien se perciben cambios sustanciales en el siglo VI a.C., cuando su economía pasa a ser fundamentalmente agraria y ganadera.
Por no pervivir hasta época romana, se desconoce su nombre antiguo.
Muchos investigadores interpretan el yacimiento de Tejada la Vieja como los restos de una fundación tartésica, dándole a este calificativo valor étnico además de cronológico.
De ser así, no se trataría Fig. 5.
A la izquierda, plano general del sector norte de la Mesa de Setefilla (Lora del Río, Sevilla).
Las estructuras estudiadas se ubican en el Corte 3.
Los planos corresponden a los estratos de época tartésica VI (centro) y VII (derecha) de las excavaciones realizadas por Aubet et al. (1983).
Se midió la orientación de la estructura de sillares del estrato VI y la del muro de mampostería irregular del estrato VII (marcada con trazo más oscuro).
Pero la ausencia de un hábitat anterior a los momentos de la colonización oriental sugiere la implicación de la población cananea en su nacimiento.
Se desconoce aún la ubicación de su(s) necrópolis.
Aquí el estudio arqueoastronómico de campo se centró en la medida de la orientación de las paredes de varias estancias de una estructura, al parecer de uso público, situada en la parte alta de la población (terraza superior) y que se distribuye entre los cuadros A-10 y A-6 excavados en la campaña de 1986 (Fernández Jurado 1987: 77-82 y figs. 22 y 23).
Es un edificio tenido en ocasiones por 'singular' y que corresponde a la fase III del hábitat, fechada desde mediados del siglo VI hasta mediados del IV a.C. En el plano de la superficie excavada de la ciudad publicado por Fernández Jurado (1987: 91), reproducido parcialmente en nuestra figura 6, vemos mayor grado de regularidad en este complejo arquitectónico (paralelismo entre las paredes enfrentadas y perpendicularidad de los muros en las esquinas) que en las demás construcciones exhumadas, que también se distribuyen de forma más aleatoria por este sector del hábitat.
Hacia el oeste linda con una calle de unos 7 m de anchura.
Cabe señalar que las paredes de este edificio medidas por nosotros y el resto de estancias que se encuentran en la actualidad en superficie en esta zona de la acrópolis corresponden a la época final de la ciudad, ya del siglo IV a.C. Debido a esta cronología se ha dado siempre este momento por turdetano (Hierro Reciente).
Se trata por tanto de una construcción más tardía que el resto de las que estudiamos.
Las medidas de la orientación de los distintos muros se obtuvieron con la brújula de precisión, mientras que la declinación magnética se determinó a partir de observaciones de la posición del Sol con el teodolito.
Del resultado de tales cómputos se puede deducir que el edificio público aludido se orienta de una forma muy precisa con relación a los ejes determinados por los puntos cardinales.
Esto contrasta ya con el resto de las estructuras aquí estudiadas, que pertenecen al Hierro Antiguo.
La única entrada aparente al complejo está en su fachada sur.
Desde aquí se accedería a un espacio subdividido en dos pequeñas estancias, y más adelante a un patio interior.
El fondo aparece de nuevo compartimentado, en este caso en dos habitaciones alargadas y paralelas entre sí, de similar diseño y extensión, con accesos independientes desde el patio.
Considerando la dirección meridional como la relevante, ya que hacia ella abren los vanos del edificio, encontramos que el eje mayor de la estructura apunta a un acimut de 179° ± 2°, justamente hacia el sur geográfico (definido por la dispersión de los acimutes medidos para las distintas paredes).
Esta estructura, que se ha considerado de posible uso público, es de gran regularidad y mayor calidad en relación con las del entorno inmediato.
Este rasgo, unido a su orientación, sugiere que su localización en el espacio fue un elemento determinante en su diseño y construcción, lo que refuerza su carácter de edificio singular.
EL oRAL (SAN fULgENCIo, ALICANTE): LA HABITACIóN IIIJ1
El Oral es uno de los asentamientos prerromanos más antiguos del sureste peninsular ibérico, pues se inicia en la primera mitad del siglo V a.C. (Abad y Sala 1993: 239).
Sin embargo ese comienzo del hábitat es más tardío que el de la mayoría de los analizados en el apartado 3.
Decidimos incluirlo por contar con un posible altar en forma de piel de toro similar al de Caura y, sobre todo, al del Carambolo.
Como este último, el altar de El Oral es mas bien una impronta elaborada sobre el suelo de la denominada habitación IIIJ1, ámbito que se interpreta como espacio sacro (Abad y Sala 1993: 80).
Numerosos aspectos arquitectónicos del yacimiento resultan también del mayor interés por sus vínculos estrechos con tradiciones edilicias mediterráneas, que pueden ponerse en relación directa con el mundo fenicio y púnico (Sala y Abad 2006: 25).
Son características presentes también en el mundo tartésico, donde las innovaciones del Hierro Antiguo, especialmente las referidas a la forma, disposición interna y orientación de las estructuras y del urbanismo, parecen romper con la herencia supuestamente indígena (Izquierdo 1998).
Como en el Carambolo, ese fuerte componente semita se observa en el uso frecuente de pavimentos de conchas como elementos mágicos protectores de determinados espacios (Escacena y Vázquez 2009: 46-47).
La visita al yacimiento se llevó a cabo en abril de 2010 con posterioridad a la de los enclaves andaluces.
Se tomaron medidas de la orientación de las paredes de la estancia IIIJ1 con la brújula de precisión, empleando el teodolito en el análisis astronómico del horizonte visible desde el poblado.
La declinación magnética para la corrección de las medidas obtenidas con la brújula se determinó a partir de observaciones de la posición del Sol y de cotas topográficas tomadas con ambos instrumentos.
La habitación IIIJ1 se abre a la calle III-IV por medio de un acceso situado en su ángulo sureste, pero dispone de otra entrada en el ángulo opuesto, el noroeste.
Aquí se conserva un umbral de piedras planas que denota claramente un vano que comunica con el espacio abierto III.I (Fig. 7).
Las paredes septentrional y meridional de este pequeño recinto son perfectamente paralelas dentro de la incertidumbre de 1° de las medidas, siendo el muro occidental perpendicular a los anteriores.
Considerando de nuevo la dirección oriental como la relevante, el eje mayor del edificio apunta hacia un acimut de 54,4° ± 1,0°.
Teniendo en cuenta la altura actual del horizonte en esa dirección, que no corresponde con el mar sino con una loma cercana de una altitud aproximada a la del poblado, la declinación del astro que tiene su orto por ese punto es de +27,2° ± 0,6°.
El hipotético altar taurodérmico, cuya función como tal ara podría suscitar dudas al carecer de focus, no era ya visible en el momento de la visita.
La definición del acimut se estimó por su eje mayor a partir del plano detallado publicado por Abad y Sala (1993: 152), reproducido en nuestra figura 7, y de las medidas de la orientación de las paredes de la habitación que lo albergaba, la IIIJ1.
Suponiendo de nuevo la dirección este como la significativa, puede definirse un acimut aproximado de 65,5°.
Es de destacar que el eje mayor del supuesto altar, definido primeramente como "emblema" por los excavadores (Abad y Sala 1993: 91-93), apunta, a través de la entrada de la habitación, hacia la línea del horizonte marino, a un punto concreto donde tiene su orto un astro con declinación de unos +18,7°.
El análisis del horizonte visible desde el Oral proporcionó resultados interesantes en la dirección occidental.
Los puntos del horizonte oriental hacia donde enfocan el eje mayor de la estancia IIIJ1 y el altar no presentan ninguna particularidad.
El primero se orienta hacia una pequeña elevación de perfil muy suave localizada entre la costa y el poblado, a unos escasos centenares de metros, y el segundo hacia el horizonte marino.
Sin embargo, hacia el oeste las paredes de la estancia IIIJ1 apuntan exactamente hacia un elemento topográfico bastante llamativo del horizonte lejano (Fig. 8): la cumbre de la Sierra de Pujálvarez, situada a unos 30 km entre las provincias de Alicante y Murcia.
Otro resultado sugerente es que el ocaso solar durante los equinoccios, visto desde el poblado, se produce sobre el perfil de la Sierra de Callosa, cerca de la cumbre.
Este conjunto montañoso, situado a unos 20 km de distancia, es el elemento topográfico de mayor altura de todo el horizonte lejano que rodea al yacimiento.
En esta dirección hay montículos de altura similar, pero mucho más cercanos.
Son producto de la remoción reciente de tierra con el fin de urbanizar los alrededores lo que, desgraciadamente, ha destruido parte del área occidental del poblado (Fig. 9).
ANáLISIS CRíTICo dE LoS RESULTAdoS
En la tabla 1 resumimos los resultados de las secciones 3 y 4.
Solo se han tenido en cuenta eventos astronómicos relacionados con el Sol, la Luna o Venus, los cuerpos celestes visibles a ojo desnudo más brillantes y que a priori podrían tener una mayor importancia simbólica.
No podemos distinguir de forma clara en el resto de planetas que describen órbitas poco inclinadas respecto a la de la Tierra si una orientación está dirigida realmente a cualquiera de ellos o de los tres astros ya citados.
Tampoco consideramos orientaciones hacia estrellas debido a que son multitud las que podemos ajustar a la orientación medida en el intervalo de tiempo en que se usó el edificio ( 3).
Como la altura sobre el horizonte a la que comienza a ser visible (o termina de verse) una estrella después de su orto (o antes de
(3) La posición de las estrellas sobre el fondo celeste cambia con el tiempo debido a la precesión de los equinoccios (movimiento relativo de los planos ecuatorial y orbital terrestres), lo que no afecta a las posiciones del Sol, la Luna o los planetas del Sistema Solar. su ocaso) depende fuertemente de su brillo y de las condiciones atmosféricas en el momento de la observación, por lo general, una orientación hacia la salida o puesta de una estrella no puede establecerse con precisión.
Una inspección rápida a los resultados de la tabla 1 parece mostrar una gran cantidad de relaciones astronómicas en los santuarios estudiados.
Ello se debe a que las orientaciones de muchos de los elementos medidos entran en la franja donde podemos encontrar ortos u ocasos solares, lunares y venusinos en posiciones extremas de su movimiento orbital sobre la esfera celeste.
El resultado más llamativo es que la orientación de elementos relevantes de cuatro de las estructuras arquitectónicas (el Santuario I y el altar del Santuario III de Caura, la estancia A-40 del Carambolo o capilla sur de las fases Carambolo IV y III, la habitación de Saltillo en Carmona y la casa IIIJ1 del Oral) es idéntica dentro de los errores aceptables de las Fig. 8.
Vista parcial del horizonte suroeste desde la casa IIIJ1 del poblado ibérico del Oral (San Fulgencio, Alicante).
La flecha blanca señala la dirección hacia la que apunta el muro meridional de la casa (de unos 7 m de longitud): la posición del pico de la Sierra de Pujálvarez, uno de los elementos más lejanos del horizonte visible desde el yacimiento.
Justo allí se produce la puesta de Venus en su momento de declinación máxima sur como estrella de la tarde o vespertina (DMSVV, correspondiente a una declinación de -26,5°).
Es el punto más al sur por dónde ver al planeta Venus ponerse a lo largo de su ciclo de 8 años.
La foto de la esquina superior derecha amplía la zona del pico.
La flecha negra indica la trayectoria que sigue Venus justo antes de su ocaso.
El triángulo negro sobre el horizonte a la derecha de la Sierra de Pujálvarez señala el punto donde se produce el ocaso del Sol en el solsticio de invierno (PSI, la posición solar más meridional, con declinación = -23,7°).
Vista parcial del horizonte occidental desde la casa IIIJ1 del poblado ibérico del Oral (San Fulgencio, Alicante).
Los muros en torno al teodolito corresponden a la casa y están separados unos cuatro metros.
El triángulo negro indica el punto del horizonte donde se produce el ocaso del Sol en los equinoccios, muy cerca de la cumbre de la Sierra de Callosa, el punto más alto del horizonte lejano visible desde el yacimiento.
Los amontonamientos de tierra amarilla situados delante son producto de las actividades de extracción de áridos que han alterado la topografía de Sierra del Molar en esa dirección.
Desgraciadamente, desconocemos el perfil original de la Sierra de Callosa en época ibérica, por lo que no podemos saber con seguridad si era visible desde el yacimiento.
La flecha negra indica la trayectoria que sigue el Sol justo antes de su ocaso.
El pequeño círculo reproduce el tamaño aparente del disco solar.
Orientaciones astronómicas en edificios protohistóricos del sur de la Península Ibérica (localizados en figura 1).
La dirección es la de orientación del elemento (hemisferio este u oeste del horizonte, es decir, ortos u ocasos de astros).
La altura es la del punto en que intersecta el acimut con el horizonte.
La declinación celeste corresponde al par acimut-altura y al evento astronómico relacionable con dicha orientación.
Un evento astronómico se asigna a una orientación dada cuando su declinación coincide con el margen de error de la medida. a Entre interrogantes los marginalmente consistentes con la declinación asociada con la orientación (incrementando el error en 0°,5).
SSV -salida del Sol en el solsticio de verano (declinación = +23°,7).
PSI -puesta del Sol en el solsticio de invierno (declinación = -23°,7).
SE -salida del Sol en equinoccios (declinación = 0°).
PE -puesta del Sol en equinoccios (declinación = 0°).
SLMN -salida de la Luna en el lunasticio mayor norte (declinación = +28°,2).
PLMS -puesta de la Luna en el lunasticio mayor sur (declinación = -29°,7).
DMNVM -declinación máxima norte de Venus como estrella matutina (visible al este antes del orto solar, declinación = +24°,6).
DMSVV -declinación máxima sur de Venus como estrella vespertina (visible al oeste tras el ocaso solar, declinación = -26°,5).
b Medidas tomadas sobre plano.
medidas tomadas con un acimut representativo de alrededor de 55°.
El hallazgo parece indicar la existencia de un patrón de orientación bien definido en todos estos complejos arquitectónicos.
Dicha regularidad reforzaría el carácter sagrado de esas construcciones, establecido en cualquier caso por otras vías.
En los momentos iniciales de nuestro estudio intentamos relacionar las orientaciones encontradas solo con posiciones solares o lunares.
La repetición en varios sitios de elementos con un acimut de alrededor de 55°, medida que no coincidía con puntos singulares de la órbita de los dos astros principales como solsticios y lunasticios, nos hizo contar con Venus en el análisis.
En atención al nombre usado para algunos otros grupos de orientaciones astronómicas ( 4), aludiremos a nuestro conjunto con el término de'familia de 55°'.
La inclusión de Venus abre el espectro de explicaciones posibles.
Indicaremos los argumentos a favor y en contra de todas ellas.
Pero, antes de analizar en profundidad la orientación de los santuarios de la'familia de 55°', resumiremos las posibles relaciones astronómicas identificadas en los yacimientos incluidos en este trabajo que no forman parte de dicho lote.
En primer lugar, la orientación de los dos muros de sendas estructuras que se midieron sobre plano en el yacimiento de Setefilla es algo diferente y en ningún caso relacionable con una posición singular de algún astro relevante.
Por el contrario, el edificio público de Tejada la Vieja, perteneciente al Hierro II y por tanto posterior a la serie tartésica, muestra una disposición bastante precisa a lo largo de los ejes cardinales, con su entrada apuntando hacia el sur geográfico.
Orientaciones en la dirección de los ejes cardinales, y en especial hacia el este, son muy comunes en los santuarios del mundo prerromano del sureste peninsular hispano, donde los equinoccios podrían jugar un importante papel en el ritual (Esteban 2002; Esteban y Moret 2006).
Analizaremos ahora en profundidad los resultados relativos a los santuarios de la'familia de 55°'.
No se conoce con seguridad dónde se ubicaba el acceso al templo de Coria del Río, pero ya (4) Se conoce como'familia de 17°' a un grupo numeroso de ciudades y templos prehispánicos mesoamericanos que comparten una orientación común con acimutes entre 15° y 20° (Aveni 1991: 269). hemos señalado la presencia de un apéndice con marcada significación ritual en el flanco oriental, uno de los lados menores del altar.
Este hecho sugirió en su día que esta parte del ara podría estar marcando la dirección relevante (Escacena 2009: 106).
Tal elemento alude formalmente al trozo del cuello de la piel de toro imitada por la silueta del altar y que en su receptáculo central se colocaría sangre del animal inmolado (Escacena e Izquierdo 2008: 437).
Si nos fijamos en la tabla 1, hacia el este tanto el acimut del altar como el del santuario más viejo apuntan, aunque con una ligera desviación debida a los márgenes de error de la medida, a un punto del horizonte ubicado al sur de la salida de la Luna en el lunasticio mayor norte (Salida Lunasticio Mayor Norte: SLMN), la posición más septentrional que pudo alcanzar la Luna (+28,2°) en la época de frecuentación del edificio ( 5).
También enfoca al norte del punto por donde tiene su orto el planeta Venus en el momento de alcanzar su declinación máxima norte (+24,6°) como estrella de la mañana (Declinación Máxima Norte Venus Matutino: DMNVM).
Por el contrario, si consideramos la dirección oeste como la relevante, la declinación deja de tener relación con la Luna para ajustar de forma más exacta con la posición del ocaso de Venus en su momento de declinación máxima sur como estrella de la tarde o vespertina (Declinación Máxima Sur Venus Vespertino: DMSVV, -26,5°).
Por otra parte, la orientación promedio de las paredes del edificio de la fase IV está desviada unos grados hacia el sur con respecto a la orientación longitudinal del altar y al eje supuestamente relevante del Santuario I. Hacia el este, el edificio IV apuntaría, solo con un pequeño error, hacia la salida del Sol en el solsticio de verano (Salida Solsticio Verano: SSV, su posición más septentrional, con una declinación de +23,7°), mientras que hacia el oeste la correspondencia sería con la puesta del Sol en el solsticio de invierno (Puesta Solsticio Invierno: PSI, la posición solar más meridional, declinación = -23,7°) de forma aún más precisa que en el caso anterior.
Como vemos, en el santuario de Caura la Trab.
Esto puede tener una primera explicación, aunque tal vez no la única, en el hecho de que el templo tuvo siempre más despejado el horizonte occidental que el oriental.
De hecho, el santuario lindaba por el este con otras muchas construcciones urbanas que obstaculizaban la observación despejada de la línea del horizonte.
Según estos datos, el Santuario I y el altar taurodérmico del Santuario III apuntarían hacia la puesta de Venus como lucero de la tarde justo en el momento que alcanza su posición más meridional sobre la esfera celeste (DMSVV), mientras que la fase IV del edificio lo haría hacia el PSI.
Es posible que el Santuario III, el que alberga el altar taurodérmico, enfoque hacia la misma posición astronómica que el IV.
Esto se cumpliría si su muro perimetral estuviese en idéntica posición que el del templo que se le superpone.
Es decir, si ambas paredes coincidiesen a plomo.
Este extremo es más que probable; de lo contrario, al menor desvío el muro del Santuario III habría sido localizado durante la excavación, lo que no ocurrió.
Como la pared externa del Santuario IV no se retiró, ahora solo es una suposición que la de la fase III discurre exactamente por debajo.
Por tanto, de cumplirse esta condición tendríamos que afirmar para el Santuario III lo ya admitido para el IV, además de explicar las razones por las que el eje longitudinal de su altar no es paralelo al muro del edificio que lo cobija.
Antes de continuar con el análisis de los resultados obtenidos para otros sitios aquí estudiados, es necesario detallar las particularidades del movimiento orbital de Venus en general y de sus puntos de declinación extrema en particular.
Ello permitirá comprender mejor algunas de las hipótesis que sometemos a verificación ( 6).
Este planeta describe una vuelta completa alrededor del Sol en algo menos de 225 días (lo que se denomina 'periodo sidéreo').
Lo relevante para un observador terrestre es el intervalo de tiempo en que Venus vuelve a estar en la misma posición (6) Resumimos a continuación la excelente descripción de S ̬ prajc (1996: 17-29 y 139-153) sobre el movimiento orbital de Venus.
Su trabajo trata sobre la relevancia de Venus en el simbolismo de las culturas prehispánicas mesoamericanas, pero muchas de sus explicaciones son enteramente aplicables a nuestro contexto. respecto al Sol sobre la esfera celeste.
Dicho intervalo se denomina 'periodo sinódico' y dura casi 584 días.
Por tanto, el 'periodo sinódico' de Venus es más largo que el 'sidéreo', debido a las diferencias entre los movimientos orbitales de Venus y la Tierra.
Así, aunque la Tierra gira alrededor del Sol en el mismo sentido que Venus, lo hace a una menor velocidad angular.
Como el periodo sinódico venusino no es un número entero de veces nuestro año terrestre de 365 días, ocurrirá que, después de un periodo sinódico, cualquier posición de Venus en relación con el Sol se volverá a repetir en distinta fecha del año.
Podemos comprobar que 5 periodos sinódicos de Venus (unos 2920 días) equivalen casi exactamente a 8 años terrestres, por lo que las mismas posiciones relativas entre el Sol y Venus sobre la esfera celeste se repetirán cada 8 años en las mismas fechas aproximadamente.
Además, como Venus orbita a una distancia respecto del Sol menor que la de la Tierra siempre veremos a este planeta relativamente cerca del Astro Rey, poniéndose poco después del ocaso solar (por lo que se le conoce como 'estrella de la tarde') o saliendo poco antes del amanecer (en calidad ahora de 'estrella de la mañana').
Al igual que ocurre con el Sol, los puntos de salida y de puesta de Venus se desplazan a lo largo de los horizontes oriental y occidental respectivamente, llegando en cada uno a alcanzar posiciones extremas hacia el norte y el sur.
El valor de las declinaciones máximas que alcanza Venus hacia ambos extremos norte-sur en cada periodo sinódico es variable por tanto en un ciclo de 8 años, aunque también estos patrones de 8 años cambian ligeramente con el tiempo con una oscilación que se repite cada 251 años.
Los valores de las declinaciones extremas de Venus son algo mayores que los alcanzados por el Sol en los solsticios debido a que la órbita de este planeta está inclinada algo más de 3° respecto al plano orbital de la Tierra (plano de la eclíptica).
En cualquier caso, las posiciones extremas solares y venusinas en sus respectivos puntos de orto y ocaso sobre la línea del horizonte nunca estarán alejadas más que unos pocos grados entre sí.
Las declinaciones máximas observables de Venus (tanto norte como sur) sobre los horizontes matutino y vespertino dependen de si estas se producen cuando el planeta es visible como lucero del alba o de la tarde respectivamente.
Su valor máximo septentrional como estrella del crepúscu-lo (Declinación Máxima Norte Venus Vespertino: DMNVV) solo se alcanza antes del solsticio de verano.
En cambio, como estrella matutina (DM-NVM, +24°,6) se produce poco después.
El otro extremo de la posición de Venus, la declinación máxima sur como estrella del amanecer (Declinación Máxima Sur Venus Matutino: DMSVM) se alcanza después del solsticio de invierno.
Finalmente, su declinación máxima sur como estrella vespertina (DMSVV, declinación de -26°,5) se alcanza antes del solsticio de invierno, entre el 29 de octubre y el 6 noviembre en un 81% de las ocasiones en los últimos 4.000 años (S ̬ prajc 2013).
Aclarados, pues, estos extremos referentes a los movimientos, ciclos y posiciones de Venus, podemos penetrar mejor en la hipótesis que relaciona con este planeta algunas de las orientaciones registradas en los santuarios hispanos de tiempos protohistóricos.
Conviene tener presente también que la relación estacional de las máximas declinaciones de Venus no ha cambiado en los últimos milenios, por lo que hoy estamos en la misma situación que en la época estudiada.
En el edificio de Caura, y si atendemos al horizonte oeste, el Santuario I y el altar del Santuario III parecen estar orientados hacia la puesta de Venus cuando alcanza su posición más meridional sobre la esfera celeste.
Esto suele acontecer, como hemos comentado anteriormente, entre finales de octubre y principios de noviembre, cuando el planeta se sitúa apenas unos grados al sur de donde se pondrá el Sol en dicho solsticio.
Por el contrario, la fase IV de este templo, y supuestamente también la III, apuntarían hacia el ocaso solar del solsticio de invierno.
Pero, si nos fijamos ahora en el horizonte este, la orientación astronómica del altar y del primer edificio -recordemos que es la misma-está peor definida y solo resulta marginalmente consistente con el orto lunar en el lunasticio mayor norte (SLMN) y con el nacimiento de Venus en la declinación máxima norte como estrella matutina (DMNVM).
Como hemos adelantado, esta última posición se produce poco después del solsticio de verano, entre el 30 de junio y el 19 de julio (Sprajc 2013).
Hacia el este, la orientación del Santuario IV, e hipotéticamente la del III -también la misma en ambos casos-, enfocaría hacia la salida del Sol en el solsticio de verano.
Considerando solo la dirección de los ocasos, los resultados de Caura podrían sugerir una posible evolución de la orientación astral (y quizás del ritual) en el santuario: centrado en Venus al inicio y en el Sol después.
A día de hoy, esta hipótesis podría confirmarse si se obtuvieran resultados análogos en otros yacimientos similares o por argumentos obtenidos por vías independientes.
Para el Carambolo disponemos de las medidas de tres edificios orientados de forma similar pero con diferencias significativas (Tab.
Para analizar las orientaciones en este yacimiento hemos considerado, como en el resto de sitios, las dos direcciones posibles: este y oeste y además, en el caso del horizonte oriental, dos valores para la altura.
Uno, h = 0°, se calculó suponiendo ortos sobre el horizonte lejano, que es básicamente plano.
El segundo corresponde a la cumbre del cerro que, situada un poco al este de la puerta de este primer santuario, presentaría una altura del orden de 2° para un observador colocado de pie sobre una superficie situada a la misma altura que la base del edificio y en su puerta.
Estudiaremos los resultados considerando ambas posibilidades.
Con h = 0°, la estancia A-46, es decir, la capilla sur del Carambolo V, que indica la orientación del santuario original, apunta en dirección este hacia el orto del Sol en el solsticio de verano (SSV), además de a la DMNVM.
De haberse perseguido este punto del horizonte, este dato resultaría de la mayor importancia, porque revelaría que los constructores del complejo sabían calcular la orientación con operaciones de cálculo que no requerían disponer de la observación del astro buscado.
Ello si no se utilizó el punto opuesto del eje que, libre de obstáculos, era observable de forma directa.
De hecho, en dirección oeste el edificio miraría en cambio hacia el PSI.
En cambio la relación con la SSV deja de ser precisa, si se asume la presencia de la corona geológica del cerro original del Carambolo por delante de la puerta de este primer santuario, dando así pie a que h = 2°.
Hacia el este, la estancia A-40, que albergaba el altar taurodérmico y que funciona como capilla sur de las fases Carambolo IV y III, muestra una orientación consistente con la salida de la Luna en el lunasticio mayor norte (SLMN).
Sin embargo, cuando giramos 180° y enfilamos el horizonte occidental, la relación con el lunasticio (Puesta Lunasticio Mayor Sur: PLMS) pasa a ser marginal (ligeramente fuera de los errores), precisándose mucho más los vínculos con la puesta de Venus en su declinación máxima sur como estrella vespertina (DMSVV).
Finalmente, en el caso de la estancia A-1, aunque su orientación es cercana a la línea de los solsticios, solo encontramos una relación precisa hacia la SSV cuando consideramos h = 2°.
Ello sugiere que, de contar con un encuadre astronómico intencionado, este podría haber sido meramente simbólico, pues la disposición del templo Carambolo V demuestra que la búsqueda efectiva y precisa del eje solsticial era posible y dominada por los constructores.
De lo contrario, solo cabe pensar que esta sala A-1, atribuida al culto de Astarté y que se mantiene prácticamente invariable en las fases IV, III, II y I del santuario, se levantó en tal posición por dotar de simetría al edificio que sustituye al templo original (Escacena 2010: 110-111).
De haberse perseguido cierta orientación simbólica, podría considerarse que los fenicios, autores de este recinto religioso, tuvieron tal vez en mente su creencia de que el Sol nacía en una montaña sagrada, Sapanu, de la que dejaron abundante iconografía.
La estructura carmonense de Saltillo, conocida como 'Ámbito 6', la que proporcionó los materiales arqueológicos más singulares y simbólicos (píthoi con decoración figurativa, cucharas de marfil, etc.), hacia el horizonte este, el eje mayor de la estancia se orienta en dirección a la salida lunar en el lunasticio mayor norte (SLMN), mientras que hacia el oeste apunta a la puesta en el lunasticio mayor sur (PLMS) y también, aunque ligeramente fuera de las incertidumbres de la medida, al ocaso de Venus en su máxima declinación sur (DMSVV).
Como vemos, se producen aquí unas condiciones similares a las observadas en algunas fases de los santuarios de Caura y del Carambolo.
Tales situaciones presentarían una relación lunar hacia el este y venusina hacia el oeste, aunque en Saltillo la precisión es menor y la relación hacia poniente podría ser también con la Luna.
Por último, la estancia IIIJ1 del poblado del Oral, relativamente alejado del área nuclear tartésica en sus aspectos geográficos y cronológicos, tiene la orientación característica de la'familia de 55°'.
Hacia el este, sobre un horizonte muy cercano (unos centenares de metros) y que posiblemente haya variado algo con el tiempo, el edificio solo tiene una relación marginal con el orto lunar en el lunasticio mayor norte (SLMN).
Sin embargo, hacia el oeste la relación con la puesta de Venus en su momento de máxima declinación sur como estrella de la tarde (DMSVV) es bastante más precisa.
En el apartado 4 recogimos la llamativa posición hacia el oeste, justo en la dirección a la que apunta el edificio, de una montaña lejana de perfil conspicuo sobre la que se produciría el ocaso de Venus en el DMSVV (Fig. 8).
Estos dos hechos, la presencia de la montaña y la relación astronómica con el DMSVV, son importantes argumentos para establecer la dirección oeste como la relevante en la orientación del edificio.
Consecuentemente, ello implica a Venus como astro de interés ritual.
LA 'fAMILIA dE 55o' y SUS IMPLICACIoNES SoBRE EL CULTo
Es posible que, en la precisión que estamos pidiendo a los edificios religiosos antiguos para establecer relaciones astronómicas claras, seamos más exigentes que en la requerida por sus propios constructores para los rituales de la época.
En tal caso, las orientaciones celestes que los arquitectos y sacerdotes buscaron para sus templos y altares serían solo 'aproximadas', al primar lo simbólico sobre la exactitud matemática.
De ser así, los lazos helíacos podrían quedar reforzados sobre los demás, principalmente porque el Sol, sin duda el astro más importante de nuestro sistema planetario, ocupó la posición jerárquica superior en los panteones cósmicos del Mediterráneo antiguo.
También hoy, cuando disponemos de sofisticados aparatos que pueden procurarnos una enorme precisión, los templos cristianos de cualquier ciudad se adaptan en ocasiones más al viario urbano preexistente que al dogma religioso estricto, aunque la primera condición impida respetar por completo la norma recogida en el segundo.
La fuerza del símbolo se impone sobre la pulcritud de la medida.
Aun así, la regularidad que muestra la'familia de 55°' en los lugares protohistóricos aquí analizados podría entenderse como producto de una cierta preocupación por la precisión en la orientación de los edificios de culto.
Antes hemos señalado que las relaciones astronómicas de los santuarios de la'familia de 55°' difieren si consideramos los ortos o los ocasos como fenómenos de referencia en el ritual.
Cuando se presta atención a los ortos, los resultados destacan los aspectos lunares.
Son coherentes con el punto de la salida lunar en el lunasticio mayor norte (SLMN), principalmente la estancia A-40 del Carambolo, el 'Ámbito 6' del edificio de Saltillo y, ligeramente fuera de la incertidumbre de las medidas, el altar de Caura y la estructura IIIJ1 del Oral.
El lunasticio mayor norte se alcanza cada 18,6 años (el denominado periodo de regresión de los nodos) en la luna llena más cercana al solsticio de invierno.
Abundando en este tema, no puede olvidarse que en el mundo cananeo existieron celebraciones religiosas vinculadas con la Luna (Olmo 1989), aunque los ciclos regulares de nuestro satélite se utilizaron más que nada para ordenar los meses y para inaugurar el año oficial (Olmo 1995a(Olmo: 115, 1995b: 282): 282), apertura que coincidía con la del año agrícola durante la luna de octubre (Stieglitz 2000: 695).
La larga duración del periodo lunar de regresión de los nodos, tan amplio si se compara con los cursos solsticiales por ejemplo, impediría relacionar esta posición de la Luna con fiestas del mundo fenicio que sabemos de periodicidad más corta como el calendario religioso anual.
Parece más prudente, entonces, buscar ataduras con astros que presenten periodos más breves, sobre todo si contamos con explicaciones distintas que entren en el margen de error aceptable de las medidas.
Primar por el contrario la orientación opuesta, la que involucra a los ocasos, convierte la declinación máxima sur de Venus como estrella vespertina (DMSVV) en el principal fenómeno astronómico de referencia para el altar de Coria del Río, para la capilla A-40 del Carambolo, para la construcción IIIJ1 del Oral y, ligeramente fuera de los márgenes de error extremos, también para Saltillo.
En el apartado 5 señalamos que la DMSVV se produce cada 8 años, generalmente entre finales de octubre y principios de noviembre y apenas unos grados al sur de donde se produce el ocaso del Sol en el solsticio de invierno.
Por lo tanto, ambos fenómenos son cercanos en el espacio y en el tiempo.
La posición extrema de Venus, por así decir, precedería o 'anunciaría' la llegada del solsticio invernal.
En tal caso contaríamos con ciclos festivos de más corta duración que los relacionables con la regresión de los nodos lunares, pero aún así difíciles de conectar con la liturgia fenicia conocida.
De hecho, tal 'anunciación' del solsticio de diciembre solo acontecería cada 8 años, mientras que el ocaso solar por ese punto es un acontecimiento de periodicidad anual.
Es más, si esa orientación supusiera la búsqueda de la DMSVV como 'buena nueva' reveladora del cercano nacimiento de un dios asimilable al Sol e hijo de la diosa, habría que concluir que esa divinidad masculina también nacía cada 8 años, algo no concordante con lo que sabemos de Baal como numen solar.
Si su muerte y resurrección era una fiesta anual vinculada al solsticio de verano (Escacena 2007(Escacena, 2009)), es fácil asumir, a pesar de la carencia de datos, que su nacimiento se conmemorara en el momento en que la luz solar, epifanía de Baal en tanto que astro rey, empieza a crecer en su duración cotidiana a partir del solsticio de invierno.
El Sol saldría beneficiado si las orientaciones tuvieran intenciones simbólicas más que exactas, primando lo 'aproximado' sobre lo 'preciso'.
A partir de ambas hipótesis se podrían buscar los argumentos adicionales para llegar a la mejor explicación.
Tres argumentos apoyarían la primera orientación, favorecedora del este y por tanto con vínculos lunares.
El primero es la existencia en el lado menor, oriental, del altar de Caura de un cubículo donde se colocaba una muestra de sangre de los animales sacrificados.
Los altares en forma de piel de toro hallados en Málaga muestran la misma preferencia por el flanco oriental donde también llevan el receptáculo para la sangre (Arancibia y Escalante 2006: 341).
El segundo es la posición 'privilegiada' del costado oriental de los altares junto a la asherah.
Esta posición del árbol sagrado respecto del altar, o de este en relación con aquel, está constatada en los santuarios españoles del Carambolo y de Caura (Escacena y Coto 2010: 171-172), así como en el templo portugués de Castro dos Ratinhos (Prados 2010: 268-269).
El tercero es que en la fachada oriental se colocan casi todas las entradas a los recintos de culto de la época.
En Coria del Río este rasgo no está confirmado, pero sí en santuarios excavados por completo como en el Carambolo (Fernández Flores y Rodríguez Azogue 2007: fig. 8 y 31) y en Cancho Roano (Celestino 2001: fig. 24).
En cambio, a favor de la hipótesis venusina, la que asumiría un papel preponderante de la orientación oeste, podrían argumentarse dos razones.
La primera es que en Caura solo el horizonte occidental estaba lo suficientemente despejado de construcciones como para permitir una comprobación empírica de los correspondientes alineamientos celestes.
La segunda es que el compartimento IIIJ1 del Oral muestra una orientación astronómica más precisa con Venus, cuyo ocaso se produce además sobre un elemento llamativo del horizonte lejano que podría haber sido utilizado como marcador astronómico.
Las hipótesis comentadas no deberían tomarse en principio como contradictorias y excluyentes.
Es más, siempre puede sumarse a ambas el papel primordial del Sol como una tercera vía explicativa.
Los edificios tienen las orientaciones adecuadas para sustentar todas estas posibilidades si las consideramos simplemente simbólicas y, por tanto, no muy precisas.
Tampoco sería extraño que en cada caso hubiese que acudir a una explicación particular de las tres barajadas: orientaciones solares, lunares o venusinas.
Aquí queda aún mucha tarea por realizar.
De hecho, aunque los citados altares taurodérmicos de Málaga parecen privilegiar también el este, sus ejes longitudinales buscan más bien una orientación sureste-noroeste, diferente por tanto de la disposición noreste-suroeste del ara de Coria del Río ( 7).
Volviendo a la hipótesis que, sin excluir el este, tiene en cuenta la orientación hacia el occidente, habría que señalar que a esta última dirección enfoca el extremo oeste del eje longitudinal del Carambolo V, el templo más antiguo de este complejo ceremonial.
Otro tanto sucede con la pared perimetral septentrional del Santuario IV de Coria del Río y el templo de su fase III, no excavado, si estuviese en la misma vertical que el muro del recinto IV inmediatamente posterior.
Se trataría ahora de una orientación consistente con el ocaso solar durante el solsticio de invierno.
Por ello, tal vez la conclusión más correcta sea proponer que el análisis arqueoastronómico apoya la tesis, ya asumida con anterioridad para estos templos (Escacena 2010: 111), de que rendían culto al dios Baal/Melqart y a la divinidad femenina Astarté, (7) Los altares de Málaga, localizados en un santuario fenicio de la C/ Císter y construidos con las mismas características cromáticas que el de Caura, no han sido medidos astronómicamente.
Las referencias de orientación que comentamos proceden solo de los planos publicados por sus excavadores.
Entre nuestras prioridades está el estudio arqueoastronómico de este yacimiento en el futuro. personificaciones fenicias de la pareja de astros formada por Sol y por Venus.
En la arquitectura del Carambolo, este culto dual habría dejado su más directo reflejo en las dos capillas que funcionaron a la vez en los distintos momentos de vida del santuario (Fernández Flores y Rodríguez Azogue 2007: 228-229).
Según dichos autores, el altar con forma de piel de toro sugiere la dedicación de la estancia A-40 a Baal (Fernández Flores y Rodríguez Azogue 2005a: 136-137).
En este contexto litúrgico, habrían sido especialmente importantes las fiestas relacionadas con el ciclo solar.
Este habría supuesto, de hecho, la base de la creencia en un dios que muere y que resucita al tercer día, cuyo trasfondo astronómico estaba inspirado en la parada solsticial y en la inmediata recuperación del desplazamiento solar sobre el horizonte en la tercera jornada de este evento helíaco (Escacena 2007(Escacena, 2009)).
Como hemos visto en el presente trabajo, la evidencia astronómica manifiesta una clara relación solsticial (solar) para el santuario inicial del Carambolo.
En cambio, las orientaciones de las fases posteriores del edificio (Carambolo IV y III) ofrecen más problemas para establecer una clara relación con un hecho astronómico concreto.
De certificarse que en otros lugares hay más edificios religiosos de la'familia de 55°', grupo relacionable posiblemente más con Venus que con el Sol, tendríamos el indicador de su dedicación a Astarté.
Como es bien sabido, las fuentes clásicas aluden a enclaves y templos costeros consagrados a Venus/Afrodita en la costa de la Península Ibérica, sitios que tradicionalmente se han relacionado con Astarté (Pérez López 1998; Marín 2010: 492).
Un lugar especialmente interesante en este sentido, con información publicada pero insuficiente para precisar su orientación astronómica, es el de la Algaida, en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz).
Este sitio, posterior a la mayor parte de los aquí estudiados, se inserta en realidad en la misma tradición religiosa.
Blanco y Corzo (1983: 123) lo han identificado con las referencias de Estrabón (III 1, 9) al templo de Phosphóros, que porta luz, y con el epíteto latino lux dubia, luz dudosa o incierta, crepúsculo.
Para Corzo (2000: 147-150), el culto que se llevaba a cabo en el santuario de la Algaida sería de tipo auroral, relacionado con una deidad, protectora de la navegación y de la fecundidad femenina, e identificada con Astarté como lucero de la mañana.
De hecho, son mu-chos los autores que han relacionado Phosphóros con Astarté, luego asimilada a la Venus romana y personificada en el planeta homónimo (Tovar 1962: 814; Salinas 1988).
Antes o durante el trabajo de campo contamos con la colaboración de los arqueólogos involucrados en la excavación de algunos de los santuarios estudiados, como Araceli Rodríguez Azogue, Álvaro Fernández Flores, Rocío Izquierdo de Montes, María Belén Deamos, Jesús Fernández Jurado y Feliciana Sala Sellés.
A todos ellos agradecemos sinceramente su ayuda.
Parte de este trabajo contó con la financiación del proyecto "Arqueoastronomía" (código 7/93) del Instituto de Astrofísica de Canarias. |
La existencia de fosas rellenas con tierra, cenizas, fragmentos cerámicos y fauna denominadas genéricamente como cenizales, basureros o vertederos, es un hecho bien conocido en la Meseta Norte durante la Segunda Edad del Hierro, vinculándose con los grupos Vacceos y Vettones.
Sin embargo, su distribución debe ampliarse al occidente de la Meseta Sur y oriente extremeño, como se evidencia tanto en el Cerro de la Mesa como a través de indicios documentados en otros yacimientos más occidentales.
Se presenta aquí un detallado estudio de un sector de la fosa que actuó como vertedero para la retirada de ciertos restos domésticos con ocasión de la reurbanización en profundidad del poblado vettón que tuvo lugar en la transición del siglo III al II a.C.
sa zona de afloramientos graníticos al sur y los conjuntos de terrazas y depósitos de arenas arcósicas y conglomerados del Paleógeno y Mioceno hacia el norte ( 1).
Esta localización estratégica, que permite disponer tanto de pastos como de tierras agrícolas, se refuerza con la existencia de un vado que tuvo un tránsito importante desde la Prehistoria hasta el siglo XIV d.C., cuando el Arzobispo Pedro Tenorio construyó el puente que dará nombre a la actual población de Puente del Arzobispo, situando aguas abajo el cruce obligado del río (Chapa y Pereira 2006).
La superficie del Cerro ha sufrido importantes transformaciones recientes (Fig. 2), por la construcción del Embalse de Azután (1969), perteneciente a la Confederación Hidrográfica del Tajo (CHT) y con el que se asocian dos centrales eléctricas gestionadas por la empresa Iberdrola.
El yacimiento se sitúa en terrenos de carácter público.
El área protegida, en torno a 1,5 ha, supone casi un tercio de la extensión original del área intramuros.
Aunque la construcción de la presa afectó directamente a la superficie del Cerro solo
(1) MAGNA 50, Hoja 654: Puente del Arzobispo. en 1991 J. L. Miranda Valdés, ingeniero de la CHT, informa sobre la detección de un tramo de muralla, durante los trabajos de explanación y zanjeo para el sistema de regadío en el término de Alcolea de Tajo.
A partir de este momento comienzan las primeras intervenciones arqueológicas que documentan y excavan parcialmente el sector de la muralla.
En 1999 se decide iniciar excavaciones sistemáticas, ante la propuesta del Ayuntamiento de asociar a ellas de manera permanente un Módulo de Formación y Empleo.
Los trabajos serán codirigidos en esta primera campaña por J. J. Cano Martín y J. Ortega Blanco, continuando este último como director en los trabajos que se prolongaron, con interrupciones, hasta 2003.
En esta etapa se excavaron diferentes sectores del yacimiento con interesantes resultados (Almagro et al. 1999; Ortega y Valle 2004), pero sin que llegara a redactarse una memoria de carácter general.
A partir de 2004 se encargó a dos de nosotros (Juan Pereira y Teresa Chapa) la reanudación de las excavaciones sistemáticas, siempre asociadas al citado Módulo, conforme a la planificación desarrollada por la Dirección General de Patrimonio de Castilla la Mancha.
Entre 1999 y 2010 se han localizado diversas estructuras arqueológicas, siempre dentro del área reservada (Chapa y Pereira 2006; Charro et al. 2009) (Fig. 3): a) Muralla: circunda la parte superior del cerro, y en ciertas zonas conserva una altura de hasta 3 m.
Las características de su muro en talud, reforzado con torreones semicirculares, han permitido proponer una fecha en torno al siglo VII a.C. para su construcción.
Su final se produciría a inicios del siglo VI a.C. cuando sitúan el posible santuario emplazado al sur del poblado.
Sus excavadores plantearon incluso la existencia de un muro de fecha anterior, del que apenas pudieron obtenerse datos.
En la Segunda Edad del Hierro se hicieron trabajos de reconstrucción y refuerzo mediante paramentos de perfil vertical y torreones de planta cuadrada (Ortega y Valle 2004: 177).
b) Zona de posible santuario.
En una de ellas se localizó un hogar rectangular de esquinas ligeramente extendidas, por lo que se ha incluido en la serie conocida como "altares de piel de toro" o de tipo "lingote chipriota".
En estos espacios se recuperó un vaso a mano de cuello acampanado y grandes dimensiones, semejante a los de Casa del Carpio (Pereira 2008: 198) y al menos dos anforoides con decoración pintada, asociados a cuencos de cerámica gris que les servirían de tapadera.
Su pavimento amortizaba la superficie arruinada de la muralla del siglo VII a.C. El vaso acampanado fue fechado en el siglo VII a.C., y el resto de las piezas a inicios del siglo VI a.C., aunque la cronología de estas, por paralelos en otros yacimientos, podría rebajarse hasta fines de la centuria o inicios de la siguiente (vide infra).
c) El poblado vettón.
En diversas campañas se excavó en toda la extensión del frente oriental intramuros del poblado, visualizando una serie de casas rectangulares, compartimentadas con algunas reorganizaciones puntuales (Almagro-Gorbea et al. 1999; Ortega y Valle 2004: 177-182).
En las campañas recientes se han excavado dos viviendas con acceso empedrado, situadas en el frente sur y fechables en el siglo II a.C. (Chapa et al. 2007).
d) La fosa-vertedero, subyacente a las viviendas vettonas, se extiende por el cuadrante sureste del yacimiento con una profundidad de más de 2 m.
Su estudio es el objetivo del presente trabajo.
Durante los trabajos de limpieza superficial asociados a las recientes campañas de excavación aparecían capas arcillosas y cenicientas con abundantes restos de fauna bajo los suelos de las casas vettonas.
Dos de los cortes de la campaña de 2003 abiertos al interior de la zona sur de la muralla, revelaban una sucesión de niveles con gran cantidad de fragmentos de cerámica, pizarras, carbones, huesos y conchas.
En un primer momento barajamos su interpretación como un depósito vinculado a las ceremonias desarrolladas en la zona del altar, pero conforme avanzó la excavación comprobamos que era una enorme zona excavada en época posterior, donde se acumularon progresivamente desechos de diverso tipo.
La extensión de la fosa solo puede determinarse de forma aproximada, puesto que subyace a estructuras del hábitat vettón que impiden delimitarla con seguridad.
El área que proponemos está confirmada por la aparición bajo el suelo o los muros de las viviendas de los típicos niveles cenicientos con los componentes antes citados, pero podría ser mayor.
Su profundidad en el área excavada alcanzaba 2,20 m, pero seguramente tuvo un fondo irregular, dependiendo de la altura y solidez de las estructuras que encontrara en su base.
Por tanto, solo podemos hacer un cálculo de mínimos muy prudente, tomando como media 1,5 m de profundidad y 134 m2 de superficie, lo que nos daría como resultado un volumen en torno a 200 m3.
El área excavada aprovecha uno de los cortes de 2003, correspondiente al lado norte de la cuadrícula vecina a aquella donde se encontró el altar.
Sabemos que la fosa comenzó a excavarse sobre los adobes que separaban las dos estancias, ya que esta acción quedó reflejada en el testigo correspondiente a esa campaña (Fig. 4).
Los trabajos arqueológicos extrajeron entonces una parte del relleno de la fosa, en este corte y en otro situado más al Este, pero desconocíamos los resultados obtenidos.
Por ello consideramos necesario realizar una ampliación durante los trabajos de campo desarrollados en 2010.
La excavación se llevó a cabo mediante niveles artificiales, ya que la sedimentación era muy uniforme, y aunque se apreciaban a veces pequeños lentejones o bolsadas, resultaba difícil aislarlos por su escasa diferenciación respecto al resto.
El contenido era invariablemente de fragmentos cerámicos, pizarras, carbones, fauna de diverso tipo y algunas otras piezas elaboradas, como dos mangos de hueso, pero sin apenas restos metálicos.
Todo ello se integraba en una matriz de tierra más o menos cenicienta, que muy ocasionalmente parecía incluir algunos vestigios constructivos, como piedras, restos de adobe o las propias pizarras.
Algunos orificios revelaban la incidencia de madrigueras o nidos de abejaruco, que intentamos minimizar en la limpieza inicial del frente de corte (Fig. 5).
Hemos dividido el depósito en 6 niveles de espesor más o menos similar, salvo los dos más profundos, que conforman una transición con las tierras arcillosas compactas del fondo de la fosa.
El nivel más superficial (Escalón I) se ha desechado para este estudio, ya que su grosor era muy irregular y estaba afectado por la construcción de una calle de época vettona, inmediatamente superpuesta a él.
En la base de la fosa se pudo documentar un nuevo nivel, este ya in situ, con estructuras domésticas que por sus materiales parecen corresponder a un asentamiento del siglo V a.C. (Fig. 6).
Los dos niveles superiores (Escalón II y III, UEs 604 y 606) constan de una mayor superficie excavada, al corresponderse con la anchura de la superpuesta calle vettona, mientras que los denominados como PN (Perfil Norte) 1 a 4 corresponden a la profundización de este corte en una extensión más reducida (Tab.
Al estudiar y analizar los restos arqueológicos y polínicos de los niveles artificiales de la fosa se seleccionaron muestras asociadas a la columna polínica y constituidas por macrorrestos de carbón.
Los resultados facilitaron una referencia cronológica para Escalón III, PN 1, PN 2 y PN 3.
Durante su discusión e interpretación se decidió una nueva selección de muestras, en este caso procedentes de la colección faunística de la especie Cervus para completar el desarrollo de Estrato III, así como Estrato II y PN 4.
Desafortunadamente la muestra de un astrágalo de Cervus procedente del Estrato II no contenía el suficiente colágeno para ser datado.
La tabla 2 muestra las dataciones de 14 C obtenidas en la secuencia de la fosa-vertedero, con sus correspondientes fechas calibradas cal BC a 2 sigma (95,4% probabilidad) utilizando el software CALIB 6.0 (Stuiver y Reimer 1993).
En su conjunto, salvo la datación de la muestra superior (100 cm), se solapan entre ellas a lo largo de sus respectivos intervalos de calibración, en un marco cronológico ca.
En su mayoría proceden de la datación de macrocarbones, pero incluso la realizada a 220 cm (PN3), sobre un material de vida corta (falange de ciervo), arroja un rango de calibración de casi cuatro siglos, entre los siglos VIII y V cal BC (762-416 cal BC).
Ello es debido a la "meseta" que hay esta parte de la curva de calibración, que no permite mayor precisión (López Sáez y Blanco González 2005; López Sáez et al. 2008).
La datación de la muestra a 100 cm, en el techo del Escalón III, sobre un metacarpo de ciervo, a diferencia de las anteriores (incluida la de la base de este mismo escalón a 120 cm), arroja una calibración de la segunda mitad del I milenio: ca.
El número de fragmentos cerámicos, sus características esenciales y su peso se muestran en la tabla 3 en cantidades absolutas, y porcentualmente en la tabla 4.
Si consideramos al Escalón II como referencia porcentual, dado que tiene un mayor volumen de sedimento excavado, puede apreciarse que sin ninguna duda el nivel más rico es PN 1, mientras que el Escalón III tiene una proporción comparativamente menor de la que le correspondería.
PN 2, 3 y 4 revelan unos porcentajes similares a los del Escalón II.
Por su parte, la relación que puede establecerse entre el número de fragmentos y el peso total del material de cada nivel muestra una uniformidad general salvo en PN 1 y PN 4, con índice de fragmentación algo más alto.
Los porcentajes de piezas decoradas son muy bajos en general, superando apenas el 10% en el mejor de los casos (Tab.
En esta escasísima población domina la pintura, aunque en PN 1 y PN 2 las líneas bruñidas son muy relevantes.
Los cuatro primeros niveles presentan fragmentos decorados a peine, que faltan en los dos últimos.
Las características por niveles son las siguientes:
La cerámica a torno supone algo más del 70% del total, aunque un 20% ha sido modelada a torno lento.
Solo un 10% presenta decoración, en general pintada a base de bandas horizontales y paralelas de distinta anchura, destacando un motivo de círculos concéntricos (Fig. 7: 5).
La mayoría son de pequeño tamaño, correspondientes a cuencos de borde apuntado redondeado algo entrante, alguno con perforaciones en el borde (Fig. 7: 3) y platos de labio exvasado, perfil ligeramente estrangulado y decoración de bandas horizontales y paralelas bícromas (Fig. 7: 4).
También aparecen recipientes de tamaño medio tipo olla, con bordes exvasados excepto alguno de borde entrante (Fig. 7: 2) y vasos de almacenaje de gran tamaño (Fig. 7: 1).
Los paralelos formales se integrarían en el repertorio documentado en el Guadiana y el Tajo Medio (Rodríguez Díaz y Ortiz Romero 2004).
En la cerámica a mano hay cuencos y recipientes de mediano tamaño con bordes de tendencia exvasada, así como bordes de posibles fuentes y galbos de grandes recipientes de almacenaje decorados con motivos estampillados simples (Fig. 7 Tab.
Número de fragmentos cerámicos, manufactura y cocción (ox oxidante; red reductora) y peso del conjunto por niveles del Cerro de la Mesa (Alcolea de Tajo, Toledo).
El porcentaje de la cerámica a torno aumenta a casi el 80% del total, y más del 30% corresponde a torno lento.
Los fragmentos decorados son solo el 7% de la producción siendo mayoritarias las bandas horizontales pintadas de distinta anchura, a veces completadas con grupos de trazos horizontales y paralelos (Fig. 7: 7).
Hay un solo caso de barniz rojo, alguna decoración bícroma en rojo y negro, así como líneas bruñidas que siguen la orientación del torno confiriendo a la superficie un efecto similar a la decoración de bandas horizontales.
Entre los vasos de pequeño tamaño destacan los cuencos de borde redondeado y platos de perfil ligeramente carenado (Fig. 7: 3), algunos decorados con bandas horizontales y paralelas de color rojizo.
Destaca una pieza (Fig. 7: 6) cuyo perfil carenado tiene paralelos en la necrópolis de Las Cogotas (Cabré 1932: Lám.
En cerámica gris se documentan cuencos de borde simple redondeado o ligeramente engrosado, con alguno de tamaño medio con perforaciones postcocción en la zona del borde (Fig. 7: 2 y 5), así como un recipiente de gran tamaño de borde inclinado y labio plano de tipología imprecisa (Fig. 7: 8).
Los cuencos son muy similares a los documentados en la próxima zona de "altar" asociados a un conjunto de ánforas, fechado inicialmente en el siglo VI a.C. (Ortega y Valle 2004: 178-179) se podría rebajar su cronología a fines del siglo VI y principios del V a.C. Sus paralelos se sitúan en Medellín y La Mata de Campanario (Rodríguez Díaz y Ortiz Romero 2004: 252; Lorrio 2008: 675).
En la cerámica a mano destacan las ollas de tamaño medio, borde exvasado, cuello poco desarrollado y cuerpo globular (Fig. 7: 1), elementos de suspensión como asas de sección plana (Fig. 7: 4) y orzas o vasos de almacenaje de gran tamaño.
En este estrato se invierte la relación de los porcentajes de cerámica, descendiendo la producción a torno a poco más de un 30%.
Los escasos fragmentos decorados mantienen las bandas, en algún caso con bicromía en rojo y negro.
También son característicos los cuencos de borde ligeramente engrosado, decorados en el borde con bandas bícromas (Fig. 7: 6).
Su cronología en el valle del Guadalquivir, Huelva y las cuencas medias del Guadiana y del Tajo (Rodríguez Díaz y Ortiz Romero 2004: 249) es de finales del siglo V a.C. En la cerámica gris, destacan los cuencos de mediano y pequeño tamaño de gran calidad en las pastas y acabados superficiales (Fig. 7: 5 y 7), con paralelos cercanos en el Guadiana Medio fechados entre el siglo VI y el IV a.C. (Lorrio, 2008: 678; Hernández Carretero 1993: 59; Rodríguez Díaz y Ortiz Romero 2004: 255).
En la cerámica a mano aparecen pequeños fragmentos con decoración a peine junto con decoraciones plásticas a base de digitaciones.
En estas producciones se advierte una mayor variedad tipológica con recipientes de tamaño medio, borde exvasado, cuello corto y perfil globular o de tendencia ovoide (Fig. 7: 1 y 4) junto con otros de tamaño medio y perfiles ligeramente acampanados, que presentan decoraciones de tipo plástico en el sector exterior del borde (Fig. 7: 3).
Cabe reseñar una fusayola de perfil troncocónico (Fig. 7: 8).
Este estrato documenta una mayor igualdad entre los porcentajes de cerámica a torno (dominante) y a mano.
La primera se caracteriza por galbos de recipientes de gran tamaño (Fig. 8: 4) y bordes exvasados, redondeados y ligeramente engrosados pertenecientes a platos de tamaño medio, con decoración pintada localizada en el borde (Fig. 8: 1-3).
Se mantiene la variedad de sistemas decorativos, destacando los motivos geométricos y bandas paralelas pintadas, junto con las líneas bruñidas.
En la cerámica a mano también se han documentado cuencos de borde redondeado, junto con bordes exvasados, fondos de orzas de tamaño medio y galbos de recipientes de almacenaje de gran tamaño.
Cabe destacar un recipiente de borde exvasado y tamaño medio decorado mediante ungulaciones y digitaciones localizadas en el borde y el cordón (Fig. 8: 8).
Las incisiones a peine aparecen en un formato de mayor tamaño que en el estrato anterior (Fig. 8: 5-7) y permiten identificar y comparar los motivos con los procedentes en la fase de plenitud de otros lugares clásicos del territorio vettón, como Las Cogotas o La Osera (Ruiz Zapatero y Álvarez-Sanchís 2002: 265), o el más próximo de El Raso (Fernández Gómez 1986: 268).
Este tipo de decoración, considerada como uno de los elementos del registro arqueológico que se identifica con el desarrollo y expansión de las comunidades vettonas (Ruiz Zapatero y Alvarez Sanchís 2002: 266), fue documentada en otros sectores del Cerro de la Mesa con una cronología del siglo IV a.C. (Ortega y Valle 2004: 181).
La cerámica a torno supone aquí un 55% y consiste mayoritariamente en cuencos con el borde engrosado y vuelto ligeramente al interior y cazuelas de tamaño medio y grande de borde exvasado y ligero estrangulamiento (Fig. 8: 4 y 7).
Las piezas decoradas no llegan al 7% del total, limitándose a bandas horizontales de color rojizo o marrón y a líneas bruñidas.
La cerámica gris, de cuidada factura, muestra bordes de cuencos ligeramente engrosados y tendencia recta, así como fondos planos de recipientes de tamaño medio (Fig. 8: 2-3).
A mano hay ollas de borde exvasado de tamaños medio y grande (Fig. 8: 1) y cuencos de borde apuntado y ligero perfil en S. Se documentan motivos incisos probablemente a peine (Fig. 8: 5-6).
Sin excluir que haya materiales a torno de una fecha posterior, los cuencos de borde engrosado y las cerámicas grises proporcionan para este conjunto cerámico, a tenor de los paralelos antes citados, una cronología en torno al siglo V a.C., con posible perduración en el IV a.C. para las cerámicas a peine.
La cerámica a torno representa el 57%, destacando los bordes y galbos de recipientes de gran tamaño, con pastas, acabados y decoraciones (Fig. 8: 7-9) semejantes a los ejemplares documentados en el sector del "lingote chipriota" (Ortega y Valle 2004: Lám.
Las piezas son evolución de formas anfóricas de cronología más antigua, como las derivadas del pithos, que se pueden integrar sin dificultades en las producciones del siglo VI-V a.C. del Suroeste peninsular (Ramón Torres 1995: 78-94; Rodero 1995; Belén Deamos 2006: 240).
Se documentan también cuencos de borde ligeramente engrosado y vuelto al interior, junto con ollas de bordes de tendencia recta y ligeramente estrangulados (Fig. 8: 2 y 4).
En la cerámica a mano destacan los cuencos de borde redondeado ligeramente vuelto al interior, ollas de cuerpo de tendencia esférica y cuello ligeramente exvasado (Fig. 8: 3), así como piezas de pasta más cuidada en factura y acabados superficiales, con perfiles carenados, una con decoración incisa de tipo geométrico (Fig. 8: 5-6).
Por último hay fragmentos de grandes recipientes de borde exvasado y cuello acampanado (Fig. 8: 1).
Uno se asocia a los anforoides del contexto del "lingote chipriota".
Su cronología de finales del siglo VI a.C. evidencia la pervivencia de estos recipientes, presentes en contextos funerarios del valle medio del Tajo desde principios del siglo VII a.C. (Pereira 2008: 198).
Tomamos Escalón II como referencia para analizar el comportamiento del resto de los niveles, siendo el porcentaje de material a torno respecto al de mano de 72/28.
Escalón III presenta menos materiales respecto al volumen de tierra extraído.
Su fragmentación es similar a otros y el volumen de torno es el más alto del conjunto.
PN 1 tiene el conjunto más numeroso de materiales y el mayor índice de fragmentación.
El porcentaje de piezas a mano es el más alto.
PN 2 y PN 3 tienen un comportamiento muy similar entre sí, correspondiéndose con los datos del Escalón II respecto al número de fragmentos recuperados en relación a la zona excavada y a su grado de fragmentación.
Muestran más piezas a mano que los Escalones II y III, si bien estas no llegan a superar a las hechas a torno.
PN 4 se comporta como los anteriores en todo excepto en que su grado de fragmentación, es similar al de PN 1.
Cabe destacar dos piezas tubulares sobre hueso de ovicáprido decoradas en los extremos a base de una retícula romboidal incisa.
La decoración está muy desvaída debido a un uso continuo que se infiere del aspecto pulido de su superficie.
La segunda se halló en el nivel PN 3 y conserva solo un extremo (7,4 cm) con un motivo decorativo en mejor estado (Fig. 9:2).
Durante la limpieza del interior el análisis de los restos detectó la presencia de partículas microscópicas de oro ( 2).
Estas piezas tienen su mejor
(2) La identificación fue realizada por Alicia Perea y Oscar García Vuelta en el Laboratorio de Microscopía Electrónica y Microanálisis MicroLab del CCHS, CSIC, Madrid. paralelo en las tumbas 9 y 104 de la zona VI de la necrópolis de La Osera con una cronología entre el siglo V y el III a.C. (Cabré et al. 1950: 82 fig. 9;98 fig. 10).
A estos materiales puede unirse una cabecita zoomorfa de barro gris procedente de PN 3.
Con unos 4 cm de altura, representa el morro y el arranque del cuello de un posible équido.
Los ojos y la boca están marcados con unas incisiones, y la parte correspondiente a las orejas se apunta con una protuberancia que está fragmentada.
Una figurita similar se ha localizado en una zona de basurero fechada en el siglo III a.C. en el yacimiento de las Cogotas (Alonso y Benito 1991-92: 366).
Los elementos metálicos conservados no son muy abundantes: dos pequeños punzones de bronce de sección cuadrangular (Fig. 9: 4), una laminita de bronce y un vástago torsionado a modo de gancho con dos pequeños apéndices en uno de sus extremos.
Todos proceden del nivel PN 1.
En el perfil estratigráfico (250 cm) de la fosa se tomaron 25 muestras para análisis polínico a intervalos regulares de 10 cm. El tratamiento químico fue el usual en los estudios arqueopalinológicos (Burjachs et al. 2003), siguiendo las directrices estadísticas y tafonómicas expuestas en López Sáez et al. (2003; López Sáez et al. 2006).
Las muestras resultaron fértiles, exceptuando las situadas en el intervalo 110-180 cm (base del Escalón III, PN 1, techo PN 2) y una más a 200 cm (base PN 2), cuyo alto contenido en cenizas impidió la conservación del contingente esporo-polínico por altas temperaturas (López Sáez et al. 2003).
Los palinomorfos, polínicos y no polínicos, fueron identificados en un microscopio óptico (60x, 40x), siguiendo la nomenclatura tipológica de Moore et al. (1991) y López Sáez et al. (1998; López Sáez et al. 2000), y mediante la comparación con la palinoteca del Laboratorio de Arqueobiología (CCHS, CSIC).
En la tabla 6 se muestra el histograma palinológico derivado de este estudio, incluyéndose las del Es-calón 1 para completar la información, a pesar de que, por las razones antes citadas, no se ha tenido en cuenta este nivel en el estudio de los materiales arqueológicos.
Las muestras del análisis antracológico corresponden al Escalón II (Tab.
7) y fueron recogidas a mano durante los procesos de excavación y flotación.
Se han identificado todos los fragmentos > 2 mm, empleando un microscopio de luz incidente (50x, 100x, 200x, 500x) y reconociendo sus secciones transversal, longitudinal radial y tangencial.
Para ello se ha establecido un marco comparativo de las características del material arqueológico estudiado con la colección de referencia (antracoteca) del Laboratorio de Arqueobiología (CCHS, CSIC), consultando también los atlas de anatomía de maderas de Schweingruber (1978de Schweingruber (, 1990) ) y Vernet et al. (2001).
En la base de PN 2, PN 3 y PN 4, el porcentaje de polen arbóreo (Tab.
6) decrece progresivamente desde el 54% de la muestra más profunda al 28-34% de las más superficiales.
En cualquier caso, el paisaje que se infiere de los espectros polínicos de estas muestras es un en-cinar muy aclarado, donde la encina (Quercus perennifolio) apenas representa el 4-8%.
Otros elementos arbóreos serían el alcornoque (Quercus suber, 0-3%), cuyos bajos porcentajes sugieren una presencia muy puntual en el entorno inmediato del yacimiento, fundamentalmente en aquellos suelos más profundos, y el pino resinero (Pinus pinaster, 1-5%), cuya naturalidad en estas cronologías ha sido demostrada en el piedemonte de la vertiente meridional de la Sierra de Gredos (López Sáez et al. 2010b).
Algunos palinomorfos arbustivos (11-22%) documentados son el acebuche (Olea europaea, 1-4%) y el labiérnago (Phillyrea, 0-2%).
Ambos son elementos típicos de la facies termófila del encinar luso-extremadurense, que sería la vegetación climática del área de estudio; mientras que las jaras (Cistus, 3-7%) y los brezos (Erica, 4-7%) representarían etapas de degradación de la cobertura forestal debido a la acción antrópica.
El palinomorfo arbóreo mayoritario es Pinus sylvestris (18-43%), cuyo alto porcentaje no implica necesariamente su presencia local, sino su sobrerrepresentación en los espectros polínicos gracias a la gran capacidad dispersiva de su polen y la baja cobertura arbórea del encinar que permitiría su llegada a estos sedimentos.
Estudios de lluvia polínica actual, en el ámbito de la Sierra de Gredos, de donde procederían estos pólenes de pinos altimontanos (Pinus sylvestris o P. nigra), han demostrado que porcentajes de este palinomorfo por debajo del 50% denotan el carácter regional, que no local, de su procedencia (Andrade et al. 1994).
La flora herbácea domina porcentualmente en esta fase (34-55%), siendo el palinomorfo mayoritario Poaceae (13-22%), reflejando la existencia de amplios pastizales de gramíneas en las zonas aclaradas del encinar.
Junto a estas, abundan toda una serie de palinomorfos de carácter antrópico y nitrófilo (Aster, Cardueae, Centaurea nigra, Cichorioideae, Convolvulus arvensis, Dipsacus fullonum), fruto de la elevada antropización del entorno inmediato del yacimiento (Behre 1981; López Sáez et al. 2003).
La identificación de algunos elementos pirófilos, como las citadas jaras y los brezos, así como de Asphodelus albus (0-2%), e incluso de ascosporas fúngicas de especies carbonícolas (Chaetomium, 0-3%), apunta al uso del fuego como elemento de aclarado del bosque (López Sáez et al. 1998).
No se ha identificado polen de cereales, lo que no excluye necesariamente las actividades agrícolas.
Las particulares características del polen de Cerealia, con escasa capacidad dispersiva, tanto por su gran tamaño como por la baja producción debido a su carácter autopolinizante, provocan que solo si los campos de cultivo están a menos de 100-200 m pueda documentarse este palinomorfo en los estudios arqueopalinológicos (López Sáez y López Merino 2005).
En cambio, la relativa abundancia de palinomorfos antropozoógenos (Chenopodiaceae, Plantago lanceolada, Plantago major/media, Urtica dioica) permite suponer cierto tipo de presión pastoral en las cercanías del sitio (López Sáez y López Merino 2007).
Diagrama polínico de los niveles de la fosa.
Esc. = Escalón; PN = Perfil Norte.
A diferencia de la anterior, en esta serie (Escalones I y II, techo del Escalón III) la cobertura arbórea va incrementándose progresivamente, desde el 28% en la muestra basal al 51% de la del techo.
Estos hechos se deben a la recuperación del encinar (Quercus perennifolio, ~11%) y de su cobertura arbustiva de acebuches (Olea, 2-10%) y labiérnagos (Phillyrea, 0-6%); mientras que elementos seriales degradativos como las jaras y los brezos se mantienen en porcentajes semejantes a la fase anterior.
El análisis antracológico demuestra la presencia local de brezos (Erica) -con valores porcentuales importantes (19-24,5%) en algunas muestras del Escalón 2-y acebuches (0,9-4,8%).
Alcornoque y pino resinero se mantienen en el diagrama palinológico.
En el estudio antracológico correspondiente al Escalón II (Tab.
7) se han identificado restos de Quercus subg.
Quercus e incluso 6 restos carbonizados muy bien conservados de corcho), todo lo cual permitiría admitir el carácter local del alcornoque (Quercus suber) en el área de estudio.
La razón de esta recuperación progresiva de la cobertura forestal de encinar sería una presión antrópica menos intensa, toda vez que la incidencia del fuego parece no ser recurrente (Asphodelus albus y Chaetomium son esporádicas y con menores valores que en la fase precedente).
La presión pastoral, no obstante, supera la de la fase anterior, puesto que los palinomorfos antropozoógenos descritos con anterioridad persisten en porcentajes más elevados, especialmente Plantago lanceolata (2-5%).
Incluso en esta serie superior podría suponerse que hay ganado in situ en el propio yacimiento, ya que se documentan ascosporas fúngicas de especies coprófilas del género Sordaria (0,5-3%) (López Sáez y López Merino 2007).
Cabría pensar, de acuerdo a ello, en una explotación sostenible del encinar ante una presencia local de la cabaña ganadera, que permitiera su recuperación progresiva.
Los datos antracológicos denotan una importancia porcentual de la encina (Quercus ilex/coccifera) semejante a la de brezos, pinos y quercíneas caducifolias para el Escalón II.
Hay pinos en todas las muestras antracológicas estudiadas, tanto en el Escalón II (9,5-20,8%) como en el Escalón I (52,2%), no habiendo sido posible su identificación a nivel específico.
De acuerdo con el diagrama polínico y el elevado porcentaje que los restos de carbón ofrecen en el Escalón I, podría pensarse que tales restos procederían del pino resinero (Pinus pinaster), que como ya se dijo es una especie cuya naturalidad ha sido plenamente demostrada en el sur de la Sierra de Gredos (López Sáez et al. 2010b).
De hecho, los valores porcentuales de este palinomorfo son inferiores a los de la serie inferior, e incluso en algunas muestras del Escalón II (40-50 y 80 cm) ni siquiera se documentan, lo que podría corroborar su importancia porcentual en el estudio antracológico.
Es posible, por tanto, que existieran algunos pinares de Pinus pinaster, probablemente en dominios aluviales arenosos, pues no en vano se ha documentado esta especie, tanto en el registro antracológico como palinológico, de la villa romana de El Saucedo, en esta misma comarca (Castelo Ruano et al. 2010-2011).
También es posible que tales restos antracológicos de pino procedan de pinares altimontanos como el pino albar (Pinus sylvestris) o el laricio (Pinus nigra), representados en el diagrama palinológico por el morfotipo Pinus sylvestris con valores elevados superiores al 20%.
En este caso habría que pensar en desplazamientos de larga distancia para el aprovisionamiento de estas maderas, pues ambas especies de pino solo crecen en zonas relativamente elevadas, y poco accesibles, de la Sierra de Gredos al norte del Cerro de la Mesa.
Sin embargo, a pesar de lo comentado, es cierto que en esta serie superior los palinomorfos antrópicos y nitrófilos se hacen incluso más abundantes, siendo especialmente reseñable el caso de Cichorioideae (~25%), o de Aster (30%) en la muestra 20 cm. Estos datos permitirían suponer una presión antrópica mucho mayor, con la consabida y esperada reducción de la cobertura forestal, pero no ha sido así.
No obstante, para explicar estos hechos, ha de citarse que entre los microfósiles no polínicos se documentan dos indicadores de procesos erosivos, de muy diversa índole, como Pseudoschizaea circula y Glomus cf. fasciculatum (López Sáez et al. 2000), presentes conjuntamente en estos niveles superiores.
Su identificación permitiría suponer que dichos procesos erosivos, en el depósito sedimentario de la fosa-vertedero, podrían tener algún tipo de relación con la construcción de las casas vettonas y la contaminación de las muestras de esta serie superior con sedimentos incorporados a posteriori, de ahí la diferencia-ción tan clara en dos fases descrita por el análisis palinológico.
Esto es perfectamente asumible si se considera la fecha 14 C obtenida a los 100 cm del registro (ca.
390-205 cal BC), que nos lleva a cronologías de la Segunda Edad del Hierro y que es completamente asincrónica con las dataciones más profundas, siempre anteriores al 400 cal BC.
Finalmente, a lo largo de esta serie superior, hay una disminución porcentual progresiva del pino (Pinus sylvestris) como taxón mayoritario, que ya comenzó a vislumbrarse a lo largo de la serie inferior.
Diversos registros paleopalinológicos en turberas de la Sierra de Gredos han demostrado que un incremento sustancial de la pluviosidad, a lo largo del I milenio cal BC, produjo el declive de los pinares situados en zonas de alta montaña, dado su carácter más continental (Franco Múgica 2009).
En el fondo del valle se reducirían sensiblemente los encinares a favor de los robledales, a la vez que decrecerían los porcentajes de elementos xerófilos y termófilos como Artemisia o el acebuche (Olea europaea) (López Sáez et al. 2010a).
Estos hechos se advierten perfectamente en el registro polínico del Cerro de la Mesa, toda vez que (i) Artemisia desaparece a lo largo de esta serie superior, siendo su presencia muy esporádica en la anterior, (ii) se incrementan los valores de elementos propios de pastizales húmedos (Apiaceae, Ranunculaceae), (iii) se documenta por primera vez polen de aliso (Alnus), elemento arbóreo característico de los bosques galería de la región, y, (iv), la ya comentada disminución porcentual gradual de Pinus sylvestris.
Que en el diagrama palinológico del Cerro de la Mesa no se advierta, en estos momentos, una reducción de los valores de acebuche, sino todo lo contrario, tiene más que ver con el hecho ya comentado de una gestión sostenible de la dehesa de encinas que con condiciones climáticas que le serían desfavorables.
Finalmente, en la serie superior tampoco se han identificado pólenes de cereales, pero sí valores relativamente elevados de leguminosas indiferenciadas (5-10%).
Aunque morfológicamente no sea posible la diferenciación específica de la mayoría de especies cultivadas de Fabaceae, porcentajes tan elevados, de un taxón de por sí zoófilo, podrían estar haciendo referencia a su cultivo (López Sáez et al. 2003).
En definitiva, el estudio palinológico y antracológico del Cerro de la Mesa demuestra la existencia, a lo largo del I milenio cal BC, de un paisaje de encinar sumamente aclarado en el entorno del yacimiento, con algunos alcornoques dispersos en suelos más profundos, pinares de pino resinero hacia los valles meridionales de la Sierra de Gredos, y bosques de pino albar y/o laricio a cotas más elevadas.
La flora herbácea dominaría fisionómicamente este paisaje inferido, sobre todo amplios prados de gramíneas de vocación pastoril, lo que daría lugar al desarrollo de un cortejo florístico de elementos antropozoógenos, y otros nitrófilos determinados por la presión antrópica.
En la base de la secuencia (ca.
800-415 cal BC según las dataciones obtenidas en PN 2, PN 3 y PN 4) la presión pastoral se produciría en los pastizales cercanos al sitio; mientras en los niveles superiores (ca.
390-205 cal BC de acuerdo a la datación del techo del Escalón II) incluiría el propio yacimiento, con una explotación sostenible del encinar.
Esta importancia sustancial de la ganadería, incluso en el interior de los poblados, ha sido demostrada en yacimientos de la Segunda Edad de Hierro, tanto en las estribaciones meridionales de la Sierra de Gredos como en la Meseta Sur (López Sáez et al. 2010a; López Sáez y Pérez Díaz 2012).
Aunque las muestras polínicas estudiadas en PN 1 y la base del Escalón III han resultado estériles, por las fechas radiocarbónicas disponibles (Tab.
2) podríamos asociarlas a la serie inferior de la secuencia, ca.
Aunque para los Escalones I y II no se dispone de fechas 14 C, la evidente similitud de sus espectros polínicos con los respectivos del techo del Escalón III, datado en ca.
Desde un punto de vista paleoclimático, el estudio paleoambiental demuestra la progresiva instalación de condiciones cada vez más húmedas, con el desarrollo de pastizales húmedos y la reducción del pinar altimontano continental.
El total de restos de vertebrados recuperados manualmente en la fosa-vertedero asciende a 4.189, excluyendo el nivel más superficial (Escalón I).
De este número, 24% (N=993) pudo ser identificado taxonómicamente ( 3) (Tab.
El 76% restante pertenece a fragmentos no determinados de mamíferos de medio y grande porte y pequeñas esquirlas no identificables ( 4).
Junto a los mamíferos se recuperaron dos restos de peces ( 5), uno de anfibio y cinco de aves.
En las tablas 8 y 9 se presentan la relación del número de restos analizados y la abundancia relativa (%) de los fragmentos determinados respecto a los indeterminados, así como la de cada una de las especies identificadas en los distintos niveles arqueológicos y el correspondiente número mínimo de individuos (NMI).
Para cada especie fueron registrados y cuantificados todos los fragmentos de huesos, dientes astas/cuernos.
Hacemos notar que los dientes se han añadido al NR y que aquellos fragmentos que se han identificado como pertenecientes a un mismo hueso se han contabilizado como un único resto.
Se constata que el NR aumenta de los niveles inferiores a los superiores, siendo el porcentaje de restos identificados progresivamente mayor del PN 4 al Escalón II (PN 4: 19%, PN 3: 21%, PN 2: 22%, PN 1: 23%, Escalón III: 24% y Escalón II: 25%; Tab.
En general, como es esperable, las superficies óseas de los restos determinados están mejor conservadas que las de los indeterminados, aunque el índice de fracturas recientes durante la extracción del material es más elevado en la fracción identificada.
Las adherencias calcáreas son más abundantes en los niveles superiores (Escalón II, III y PN 1) mientras que el mayor grado de erosión se aprecia entre los restos del PN 3, lo que podría indicar un periodo más prolongado
(3) Las identificaciones se han realizado con ayuda de las colecciones comparativas del Laboratorio de Arqueozoología del CCHS (CSIC-Madrid).
(4) No siempre fue posible llegar a identificaciones específicas, por lo que se crearon categorías artificiales de macroy meso-mamíferos, basadas en el tamaño, en las que se registran fragmentos de cráneo, esquirlas de huesos largos, costillas y vértebras pertenecientes a las especies identificadas.
Así, la categoría de macro-mamíferos puede incluir restos de équidos, vacuno y ciervo mientras que la de meso-mamíferos agrupa huesos de animales de medio porte, que en este yacimiento están representados por oveja, cabra, suidos y perro.
Los restos de oveja y cabra que no pudieron ser diagnosticados a nivel específico, siguiendo las características señaladas por Boessneck (1969), se agrupan en la categoría de ovicaprino (OC).
(5) Agradecemos la identificación de los restos ícticos a la Dra.
Eufrasia Roselló del Laboratorio de Arqueología, de la Universidad Autónoma de Madrid y del único resto de anfibio al Dr. Borja Sanchiz del Museo Nacional de Ciencias Naturales, Madrid.
de exposición de estos materiales durante o con anterioridad a su deposición en el foso-vertedero.
La frecuencia de huesos mordidos, roídos, con impactos de dientes, probablemente de perro, e incluso digeridos (como por ejemplo, falanges de ovicaprino) varía entre 5% (Escalón III) y 10% (PN 3).
Estas pequeñas divergencias en los procesos tafonómicos que afectaron a la muestra estudiada no permiten hablar de conservación diferencial entre los distintos estratos, cuya formación responde a la acumulación de materiales de procedencia diversa sobre los que previamente habrían actuado diferentes agentes abióticos y biológicos.
Entre los mamíferos se encuentran representadas al menos 6 especies de Ungulados ( 6), 3 especies de Carnívoros y 2 especies de Lagomorfos.
Ovicaprinos, ganado vacuno, ciervo y conejo son las especies dominantes según el NR y el NMI en el total de la muestra, seguido de los suidos (cerdo doméstico y jabalí).
La frecuencia de équidos es más reducida.
Completan el espectro faunístico 3 especies de aves: Cuervo (Corvus corax), Corneja negra (Corvus corone) y Perdiz (Alectoris rufa), un anfibio, el Sapo corredor (Epidalea calamita) y 2 especies de peces, Pagrus pagrus y Barbus cf. comizo.
El dominio de los Ungulados domésticos (bovino, oveja y cabra) y salvajes (ciervo y jabalí) unido a la baja contribución de los Carnívoros, apenas representados por perro (Canis familiaris), tejón (Meles meles) y oso (Ursus arctos) sugiere el origen doméstico de la asociación, derivada del aprovechamiento y consumo de los varios recursos proporcionados por estas especies.
La mayor diversidad se aprecia en el nivel superior, Escalón II, del que deriva casi la mitad del conjunto total determinado (46%, Tab.
También en este estrato la frecuencia de restos de ganado vacuno (28%) supera algo la del conjunto de los ovicaprinos (oveja + cabra+ O/C 27%) cuyos restos dominan a lo largo de toda la secuencia (Tab.
En la fracción indeterminada la frecuencia mayor de restos de meso-mamíferos frente a los macro-mamíferos, excepto en el PN 1 constituye un indicador más sobre la abundancia de esta cabaña.
Dado que la biomasa del vacuno es superior a la de los ovicaprinos se puede concluir (6) No siempre fue posible obtener la información osteométrica que permite la determinación de especies en el caso de los équidos y los suidos. que su aportación cárnica debió ser mayor que la de ovejas y cabras.
Además, los valores obtenidos para los Lagomorfos, en particular el conejo, los dos restos de perdiz en PN 4 y PN 2, así como los dos restos ícticos en PN 2 y PN 3 corroboran la explotación del entorno natural, quizás de forma estacional, y el papel destacado que la actividad cinegética, y en menor medida la pesca, habrían desempeñado en la alimentación de la población asentada en este espacio, cuyo modo de subsistencia se basaría en actividades agropastoriles y ganaderas.
En el total del conjunto se da un predominio de los animales domésticos con un 66% según el NR, sobre los salvajes con un 34%.
Esta tendencia se mantiene a lo largo de toda la secuencia arqueológica, evidenciándose la mayor contribución de animales cazados en el PN 1 (40%) y la menor en el estrato inferior PN 4 (25%), que por otro lado es también la asociación más pobre.
A pesar de las diferencias existentes en la cantidad de material recuperado tampoco se observan variaciones apreciables en las porciones anatómicas de los taxones principales que se encuentran representados desde el esqueleto craneal a la parte inferior del esqueleto apendicular.
El tamaño reducido de las muestras recuperadas, a excepción del nivel superior (Escalón II) y el carácter secundario del depósito imponen cautela a la hora de obtener información sobre la gestión de las diferentes cabañas domésticas que nos permita evaluar los modelos de producción desarrollados con anterioridad al establecimiento del poblado vettón.
La determinación de la edad de sacrificio ( 7) de la cabaña bovina indica la preferencia por animales adultos (mayores de 6 años de edad), aunque en los tres niveles superiores también se constataron al menos tres individuos inmaduros (de entre 18-30 meses de edad).
Este patrón refleja un doble aprovechamiento en el que el interés económico de las reses en las labores agrícolas, tanto por su fuerza de trabajo como por el estiércol que proporcionan (Moreno-García y Pimenta 2011), tendría prioridad sobre la cría orientada a la producción cárnica.
En los ovicaprinos se detecta un patrón de mortalidad en el que destacan la cohorte juvenil compuesta por animales menores de 2 años de edad y los animales maduros con más de 6 años, lo que sugiere la explotación cárnica de individuos que han alcanzado su peso óptimo y el mantenimiento hasta agotar su vida fértil, presumiblemente de hembras, de las cuales se obtienen también leche, lana y abono.
(7) La determinación de la edad de sacrificio se ha calculado a partir del estado de erupción dentaria y del desgaste de los molares inferiores (Payne 1973; Grant 1982 La distinción entre oveja y cabra solo fue posible en un pequeño número de restos.
La relación entre las dos especies se mantiene equilibrada a lo largo de la secuencia estratigráfica lo cual permite suponer que ambas cabañas se mantuvieron en las mismas proporciones, aunque si consideramos el NMI total el ganado caprino supera al ovino.
En este sentido, resulta interesante apuntar que 50% de las cabras identificadas corresponden a individuos menores de un año, mientras que en las ovejas este porcentaje es de 28%.
En términos económicos esta diferencia puede indicar la explotación preferencial del ganado caprino para carne y leche, en cuanto en el ovino pudo haber un aprovechamiento más generalizado de todos los recursos disponibles.
Entre la pequeña muestra de suidos hay un claro predominio de ejemplares jóvenes, aunque no se recuperaron restos de neonatos.
El aprovechamiento pecuario del ganado porcino es primario.
La existencia de restos de animales adultos confirma la reproducción local y el tamaño de un metatarso en PN 1 la caza ocasional de jabalí.
La baja contribución de los équidos evidencia el papel marginal que tuvieron dentro de la cabaña doméstica, al mismo tiempo que refuerza el carácter doméstico de desechos alimentarios de la muestra recuperada.
La ausencia de huellas de manipulación refrenda que contribuyeron en poco o nada a la dieta.
Apenas dos piezas (un calcáneo en Escalón II y una tibia en Escalón III) pertenecen a individuos subadultos.
Por el contrario, el ciervo sería el taxón más importante en la dieta, tras el vacuno y los ovicaprinos, y por delante de la cabaña porcina, ya que todos los restos con excepción de cuatro (recuperados en el nivel superior Escalón II) pertenecen a ejemplares adultos, cuyo valor a efectos de aporte cárnico sería elevado.
La alta frecuencia de restos craneales (31% del NR total) y huesos distales de las patas (tarsales, carpales, metápodios y falanges representan 50% del NR total) sugieren el transporte de carcasas completas desde el lugar de caza al de consumo.
Lamentablemente las alteraciones tafonómicas ya señaladas impidieron la observación de huellas en gran parte de la muestra.
Sí se reconocieron incisiones superficiales en las diáfisis y cortes profundos en las zonas de articulación de los huesos largos, escápulas y pelvis, como consecuencia del fileteado de carne y el despiece de las carcasas.
Además, algunos fragmentos de asta presentaban cortes paralelos relacionados con la utilización de este material como materia prima.
A este propósito, recordemos las dos piezas de industria ósea (en PN 2 y PN 3) manufacturadas sobre tibias de ovicaprino a las que se habían retirado las zonas de articulación proximal y distal y que presentaban bordes pulidos y decoración incisa a lo largo de sus diáfisis (Fig. 9: 2 y 3).
La actividad cinegética se complementa con los Lagomorfos, especialmente a partir del PN 1 cuando se observa una tendencia hacia su aumento.
La práctica ausencia de individuos inmaduros y piezas articuladas parecen excluir que sean elementos intrusivos.
En conclusión, y con la precaución que imponen las características de la asociación estudiada desde el punto de vista cuantitativo y cualitativo (material de relleno en contexto secundario), el análisis arqueozoológico ha permitido documentar cuáles fueron los recursos animales explotados durante la ocupación pre-vettona en el Cerro de la Mesa.
No se aprecian variaciones significativas en la composición faunística a lo largo de la secuencia estratigráfica identificada.
Junto a la explotación ganadera de bovinos y ovicaprinos a escala doméstica, combinando el consumo cárnico y el aprovechamiento de productos secundarios, destaca el aporte de la caza mayor, en especial de venados.
Además la presencia de otras especies silvestres como la liebre, el jabalí, la perdiz o incluso el oso evidencian la explotación de un entorno natural caracterizado por espacios mosaico en los que la cobertura arbórea alternaría con zonas más abiertas.
Cabría preguntarse si el importante componente cinegético registrado responde a un consumo estacional complementario de los recursos derivados de las actividades agropecuarias, que sin duda constituían la base económica de las comunidades aquí asentadas o si pudiera reflejar diferencias de orden socio-económico entre grupos de población.
La respuesta a estos interrogantes solo será posible a través del estudio de otras muestras procedentes de contextos similares de la Edad del Hierro.
Los restos recuperados son en su mayoría conchas de náyades, es decir, de bivalvos de agua dulce del Orden Unionoida, de los que aparecen representantes de dos familias: Margaritiferidae y Unionidae (Tab.
Sorprende la cantidad de restos de Margaritifera auricularia, especie hoy casi extinguida en la Península Ibérica a excepción del cauce principal del río Ebro en Aragón y Tarragona y Canales Imperial de Aragón y de Tauste (Aragón y Navarra) (Araujo y Ramos 2000; Gómez y Araujo 2008).
Está también extinguida en toda su área de distribución original (Paleártico oeste) salvo en los ríos Loire y Charente en Francia (Nienhuis 2003).
Actualmente, la población más numerosa del planeta parece ser la que vive en el Canal Imperial de Aragón, en la provincia de Zaragoza, con aproximadamente 3.500 ejemplares (Araujo et al. 2009).
Existe una cita de 1903 del río Tajo en Toledo (Azpeitia 1933) y se han encontrado valvas de ejemplares muertos en las últimas décadas en el Ebro en Burgos, Álava, La Rioja y Navarra (Araujo et al. 2007).
También se ha citado su presencia en yacimientos arqueológicos desde el año 5000 a.C. hasta el 400 d.C en cuatro cuencas hidrográficas ibéricas: Duero, Tajo, Ebro y Guadalquivir (Araujo y Moreno 1999).
Las causas fundamentales de su progresiva desaparición son el deterioro de sus hábitats (detracciones de agua, alteración de los caudales y flujos por las centrales hidroeléctricas y riegos, aumento exponencial de industrias contaminantes y cultivos), así como el aumento de especies de peces y bivalvos invasores.
Una de las características principales de las náyades es su ciclo vital, ya que presentan un estado larvario singular denominado gloquidio, que requiere la presencia de un pez hospedador en el que, tras una metamorfosis, se produce la fase juvenil.
En un ecosistema sin modificar, estos moluscos son el grupo de animales con mayor biomasa.
Intervienen además en la dinámica de los nutrientes de los sistemas acuáticos, removiendo fitoplancton, bacterias y materia orgánica del agua y sedimento y colaboran en la bioturbación de los fondos aumentando su contenido de oxígeno (Strayer et al. 1999; Vaughn et al. 2008).
Dado que una náyade filtra hasta 50 litros diarios de agua, y que pueden vivir en colonias de hasta 700 ejemplares por m 2, en ese tramo de río se filtrarían hasta 35.000 litros por día.
Son además especies con un alto poder bioindicador, lo que probablemente ha querido reflejar el nombre de náyade, ya utilizado por el Caballero Jean-Baptiste Lamarck (1744-1829) para referirse a estos bivalvos, alu-diendo a las hadas o ninfas que mantienen la pureza de las aguas dulces.
De este modo, la presencia (o la desaparición documentada) de poblaciones reproductoras (con ejemplares juveniles) de estos moluscos, puede ser de gran utilidad para conocer cambios en el estado de calidad y conservación de las aguas superficiales, lo que hace de las náyades excelentes especies centinelas.
Hay también restos de otra náyade, Potomida littoralis (Cuvier 1798), que aunque también en recesión, mantiene poblaciones vivas en prácticamente todas las cuencas ibéricas (Araujo et al. 2009).
Por último, aparecen gasterópodos terrestres de la especie Rumina decollata (Linnaeus, 1758).
La información obtenida durante la excavación del relleno de la fosa permite interpretarla como un vertedero de tierra, cenizas, materiales fragmentados y fauna, que se corresponde con la limpieza y posterior enrasado de la zona sureste del cerro para su posterior urbanización.
Dado que las viviendas inmediatamente superpuestas a la fosa han sido fechadas por sus materiales en el siglo II a.C. (Almagro-Gorbea et al. 1999: 163; Chapa et al. 2007) esta acción debió ocurrir a finales del siglo III o inicios del siglo II a.C.
Las fechas radiocarbónicas obtenidas en la secuencia no son precisas, como es habitual para la época en la que nos movemos (Rubinos Pérez et al. 1999: 149).
En cualquier caso, casi todas se concentran en las fases más antiguas de la ocupación del yacimiento (siglo VII a V a.C.), correspondientes a la construcción de la muralla, el Los muros y materiales correspondientes al asentamiento del siglo V a.C. marcaron el límite de profundización de la fosa, sin que se aprecien restos de estructuras de las etapas más recientes.
Esto permite plantear la hipótesis de que el vertedero se situara en un área no habitada a partir de esa fecha.
Tanto el tamaño de la fosa como el volumen de materiales vertidos en ella resultan significativos de una obra de envergadura.
Guiándonos por el número de restos encontrados en nuestra más que limitada excavación y proyectando estos datos al área total que consideramos ocupada por este vertedero, se habrían vertido en su interior en torno a 40.000 fragmentos cerámicos, lo que supondría más de 600 kg de peso.
En cuanto a la fauna, la previsión sería de cerca de 10.000 fragmentos óseos.
La deposición de los restos fue cuidadosa y sistemática.
No hay materiales constructivos a excepción de algunos fragmentos aislados de adobe, y tanto la fauna como la cerámica van envueltos en una matriz de tierra suelta, cenizas y carbones.
La fragmentación es el rasgo común con pequeñas excepciones, como uno de los mangos de hueso.
Los restos de fauna, a menudo partidos longitudinalmente, y muchos de los fragmentos cerámicos, se colocaron horizontalmente, como para regularizar el depósito.
Consideramos que la excavación de la fosa y su progresivo relleno se produjo con cierta rapidez, recuperándose los desechos de las estructuras, probablemente arruinadas, que ocupaban distintas zonas del asentamiento.
El hecho de que algunos restos de fauna presenten mordeduras podría indicar que los fragmentos pasaron un cier-to tiempo al aire libre, aunque es más probable que aquellas se produjeran en el momento original de su aprovechamiento.
A pesar de que los materiales se depositaran en la fosa en un momento tardío, su estudio no deja de informarnos sobre las características de la sociedad que habitó este asentamiento entre el siglo VII a.C. y el II a.C. El entorno, dominado por un encinar aclarado y alcornoques que permiten el aprovechamiento del corcho, va dando paso a un paisaje de herbáceas que revela la importancia de la ganadería, básicamente de bovinos y ovicaprinos si atendemos a los restos óseos.
Sin embargo, llama la atención la fuerte incidencia de la caza, especialmente de los venados, aunque también jabalíes, liebres, perdices e incluso oso.
Todo ello es coherente con la información sobre las especies de caza que podían obtenerse en este sitio en fechas históricas: el Libro de la Montería de Alfonso XI indica que era un lugar adecuado para la caza del oso y del jabalí todavía en el siglo XIV ( 8).
Por su parte, el empleo de peces y náyades no solo revela el aprovechamiento de los recursos fluviales, sino en el caso de las segundas, la buena calidad de sus aguas.
Las fosas rellenas de niveles arcillosos y/o cenicientos están documentadas hace tiempo en múltiples yacimientos de la Segunda Edad del Hierro de la Meseta Norte.
En un principio se las consideró características de la región vaccea y después, de la cuenca del Duero en general (San Miguel Maté 1993: 38;Álvarez Sanchís 2003: 151; García Sánchez 2012: 213-222), pero en la actualidad sabemos que se extendieron también por el área vettona vinculada a la cuenca del Tajo, incluyendo Toledo y Cáceres.
La excavación de los casos de Simancas (Wattenberg 1978) y Castrojeriz (Abásolo et al. 1983) estableció sus principales características, que se repiten rigurosamente en todos los ejemplos conocidos: estructuras negativas de gran magnitud, rellenas de depósitos marcadamente horizontales, que contienen sobre todo fragmentos cerámicos y restos faunísticos, así como escasos materiales constructivos.
Aunque pueda haber diferencias cronológicas entre los objetos recuperados, sus características revelan un proceso de formación rápido, probablemente como consecuencia de una remodelación en profundidad de los niveles previos de hábitat con vistas a un replanteamiento urbanístico.
Esta caracterización, realizada a raíz de las citadas excavaciones en Castrojeriz (Abásolo et al. 1983: 292), puede aplicarse sin apenas modificaciones al Cerro de la Mesa, que a su vez, y por los indicios disponibles, tiene sus paralelos más cercanos en yacimientos cacereños.
La escasa información que hasta el momento ha aportado el Castro de Villasviejas del Tamuja (Ongil 1991: 250) refleja la existencia de uno de estos vertederos colmatando una zona de muralla, con el fin de construir encima.
En el Castro de La Coraja, en Aldeacentenera, la relación con la muralla se repite y la configuración faunística, a pesar de no estar publicada con detalle, parece incluir sobre todo fauna de mamíferos, acompañada de peces y moluscos de río, al igual que en el Cerro de la Mesa (Redondo Rodríguez y Esteban Ortega 1992-1993: 171-172).
Las interpretaciones que se han dado a estos vertederos rellenos de sedimentos con cerámica, fauna y algunos otros elementos, han sido fundamentalmente dos.
Una de ellas las relaciona con posibles actividades de mercado, con la consiguiente afluencia de personas y aumento del consumo, lo que conduciría a la generación de importantes cúmulos de basura cerámica y explicaría el alto volumen de fauna que se suele recuperar en su interior.
Así se ha propuesto entender la enorme fosa localizada en Las Cogotas, cuyos sedimentos alcanzan hasta 3 m de altura (Álvarez Sanchís 2011: 169).
La segunda, ya citada, las conecta con una remodelación urbanística de los poblados.
El deseo de asentar un nuevo trazado urbano habría llevado a la excavación de las fosas para rellenarlas con elementos desechables, como pequeños restos constructivos, cerámica fragmentada y fauna en abundancia.
La construcción inmediata de una serie de viviendas y viales tras la colmatación de la fosa en el Cerro de la Mesa, nos hace preferir esta segunda opción (San Miguel Maté 1993: 39).
Para explicar la selección de componentes que conforman el relleno de estos depósitos puede ser interesante recurrir a las notas publicadas por Cabré a raíz de sus trabajos en Las Cogotas.
La excavación de las casas vettonas hasta la roca madre le reveló que el sistema para regularizar el suelo antes de su construcción, era introducir "piedras, tierras carbonizadas, gran cantidad de despojos de cocina y huesos en abundancia, algunos de ellos de mucho tamaño... con los que alternan numerosos fragmentos de cerámica" (Cabré 1930: 38).
Por tanto, podría proponerse que, en caso de una remodelación urbanística en profundidad, las fosas podrían haberse rellenado con este tipo de restos procedentes del desmantelamiento de las viviendas previas.
Los materiales constructivos de más envergadura, como las piedras de los zócalos, las maderas, los objetos valiosos o en buen estado, se habrían reutilizado, y otros elementos sobrantes se pudieron arrojar a vertederos extramuros.
La fosa-vertedero del Cerro de la Mesa parece indicar un patrón de comportamiento urbanístico ligado a la reocupación de estos poblados o a su replanteamiento urbanístico a comienzos del siglo II a.C., cuando se desarrollan las ciudades en el mundo vettón (Álvarez Sanchís 2011: 148).
La remodelación del Cerro de la Mesa conducirá a la construcción de un gran número de viviendas y viales de comunicación, en los que se desarrollará una activa vida social y económica planteada a largo plazo, aunque los acontecimientos provocarán el abandono final del asentamiento a finales del siglo I a.C. A la luz de los datos presentados, este proceso urbanizador adquiere una notable expansión, ya que lejos de limitarse a la cuenca del Duero, sobrepasa el Sistema Central y se extiende también al curso del Tajo, penetrando desde Toledo hacia Extremadura y revelando la notable personalidad y dinamismo de los grupos vettones.
Este trabajo se enmarca en el proyecto HAR2011/25191: "Identidad y territorio en el valle medio del Tajo durante el Bronce Final y la Edad del Hierro" del Ministerio de Economía y Competitividad.
Agradecemos a los revisores externos sus anotaciones, que han mejorado sensiblemente la primera versión de este trabajo.
BIBLIOGRAFÍA Abásolo, J. A.; Ruiz, I. y Pérez F. 1983: "Castrojeriz I: el vertedero de la Colegiata".
Laboratorio No Muestra /cm Material Fecha BP non cal Fecha cal BC Punto mayor probabilidad cal BC
OVA CAH OC SUS CEE LEP ORC Lag.
URA OTROS NTOTAL % ESCALÓN II |
El análisis mediante tratamiento digital de la imagen de una serie de restos pictóricos en el abrigo de Val del Charco nos permite identificar la figura de un gran arquero levantino.
Son excepcionales sus extraordinarias dimensiones (130 cm de altura estimada), así como su clasificación dentro del denominado Horizonte Centelles.
Su ubicación central y elevada en el abrigo subraya su posición dominante acentuando la visibilidad del motivo también desde el entorno inmediato.
El carácter singular de esta representación podría igualmente abundar en la consideración del abrigo como un centro de agregación.
La definición de este motivo aparece como un caso único en el panorama del arte levantino que complementa las caracterizaciones aportadas para el horizonte estilístico Centelles sin invalidarlas en modo alguno.
A raíz del descubrimiento y posterior estudio de la Cueva del Chopo (Obon, Teruel), donde se documentaron una serie de antropomorfos levantinos de más de un metro de altura, se ha venido especulando con la posibilidad de que algunas representaciones excedieran con mucho los cánones de tamaños medios del corpus iconográfico de los antropomorfos levantinos (Picazo et al. 2001(Picazo et al. -2002: 59 y n.
El presente trabajo da a conocer un arquero cuyas características, estilo y dimensiones permiten plantear, con ciertas garantías, la NOTICIARIO ¿También un arte'macro-levantino'?
El arquero de grandes dimensiones de Val del Charco del Agua Amarga (Alcañiz, Teruel) existencia de escasos pero cada vez más significativos antropomorfos que representan figuras con un marcado carácter singular.
Además se localiza en Val del Charco del Agua Amarga, no de los conjuntos parietales levantinos más importantes de Aragón, no solo por la calidad y número de sus representaciones, sino también por su especial significación dentro de la ordenación territorial de las estaciones rupestres del Bajo Aragón y de la cuenca del río Guadalope (Fig. 1).
El abrigo decorado se encuentra en una zona muy transitada en la que se extienden, desde antiguo, campos de cultivo.
Pese haber sido una vía de comunicación de primer orden, las pinturas de Val del Charco del Agua Amarga (Alcañiz, Teruel) no fueron descubiertas hasta 1913.
Su importancia fue reconocida desde el inicio de los trabajos sobre el conjunto pero Cabré (1915) no las publicará hasta dos años más tarde.
Su obra clásica, Arte Rupestre en España, será de referencia para el conjunto rupestre hasta la exhaustiva síntesis de Almagro (1956) que incluye los calcos de Ripoll, y supera la breve publicación de Tomás Maigí (1951) referida, esencialmente, a los materiales recuperados en un sondeo arqueológico realizado en el abrigo.
El siguiente estudio pormenorizado es la monografía de Beltrán (1970) que incorpora calcos y dibujos de Cabré y Almagro y se convertirá en el análisis más completo que se le dedica durante más de 30 años.
Trabajos posteriores introducirán pequeñas correcciones, sobre todo en los calcos (Beltrán 1968).
Abundan las citas al conjunto en numerosos artículos y estudios, entre los que destacamos una breve pero interesante síntesis del abrigo (Royo y Benavente 1999).
Con la pretensión de preservar el conjunto, entre 1999 y comienzos del 2000 se emprenden tareas de mantenimiento, conservación y docu- mentación.
Como parte culminante de las mismas, se encargó a E. Guillamet un completo proceso de restauración y limpieza de los paneles pintados.
Su conclusión dejó al descubierto la gran riqueza pictórica del abrigo que pasó de contar con 73 figuras a 109.
A la vista de las novedades, se planteó un cuidadoso proyecto de estudio, dirigido por Beltrán, cuyo fruto fue una monografía de obligada referencia para el conocimiento tanto del abrigo como del arte levantino aragonés (Beltrán 2002).
Una de las nuevas interpretaciones era un arquero de grandes dimensiones identificado por el propio E. Guillamet y J. I. Royo.
En 2011, los trabajos de revisión en Val del Charco documentaron profusamente restos de pigmento que ya se habían identificado como partes integrantes de la gran figura de arquero, si bien nunca se había completado el análisis en profundidad del motivo.
Los calcos se han obtenido mediante procedimiento digital, combinando esta metodología bien definida en trabajos previos (Domingo y López 2002; Martínez-Bea 2009) con el tratamiento digital de las imágenes mediante ImageJ.
Este programa apareció como una herramienta de mejora de las imágenes multiespectrales empleadas en teledetección.
A partir del mismo, se desarrolló DStretch, una aplicación para su uso con el citado software, especialmente diseñada para el análisis de conjuntos con arte rupestre (Harman 2005).
Esta aplicación permite la observación mejorada de las imágenes rupestres al aumentar la saturación de los colores, mediante la transformación Karhunen-Loève (KLT), y analizar la matriz de covarianza de los colores representados en la fotografía.
Gracias a la imagen de falso color resultante, con grandes variaciones en el contraste de los tonos, la visión del motivo o composición es más clara.
Cada imagen se transforma de modo independiente, debido a su particular distribución de colores, a partir de las tonalidades del soporte rocoso y de los pigmentos empleados en la elaboración de los motivos rupestres.
La aplicación de esta herramienta se ha ido generalizando con el tiempo, obteniéndose interesantes resultados en conjuntos levantinos (Bea 2012) y esquemáticos (Díaz-Andreu 2012), que han documentado nuevas representaciones o detalles de otras ya conocidas.
El arquero de Val del Charco del Agua Amarga (Alcañiz, Teruel) presenta un mal estado de conservación global debido, en gran medida, a su ubicación.
El espacio decorado del abrigo cuenta con dos cavidades bien diferenciadas por una superficie convexa central que sirve de transición entre ambas.
Esta zona debió estar profusamente decorada, ya que se documentaron representaciones pictóricas en todo su desarrollo vertical.
También es la parte que más ha sufrido la circulación del agua y la presencia de algas o cianobacterias sobre todo en los brazos, cuerpo y cabeza del arquero.
Estos elementos han determinado la desplacación de la superficie rocosa, así como el lavado de las pinturas con pérdida evidente de pigmento y de intensidad cromática.
Esta circunstancia y las grandes dimensiones de la representación habrían impedido interpretarla en los términos en que lo hacemos ahora.
El motivo 68 se describe como una línea gruesa angular con "una inflexión o quiebro en su parte media central y en la terminación de su extremo izquierdo", que podría ser "el esquema del techo con dos vertientes de una choza" (Beltrán 1970: 79), una interpretación que se pone en duda en el estudio más reciente del conjunto (Beltrán 2002: 138).
El motivo 69 se define como figura informe.
Para tratar de reflejar con mayor exactitud la realidad de los motivos los describimos de nuevo (Fig. 2).
Motivo 64: restos lineales mal conservados.
El mayor alcanza los 6,5 cm de longitud y 1 cm de grosor.
Los consideramos parte del desarrollo de la pierna izquierda.
Motivo 65: extremo de arco.
Trazo lineal curvo de desarrollo vertical en su primer tramo que adopta una disposición diagonal hacia la derecha en la zona superior.
Motivo 66: haz de flechas.
Tres trazos lineales, paralelos entre sí y con un desarrollo ligeramente diagonal que llegan a 24,6 cm de longitud máxima.
Motivo 67: brazo izquierdo.
Se aprecian dos trazos lineales diagonales y paralelos entre sí bastante desvaídos.
Con el tratamiento digital de la imagen hemos identificado un pigmento muy desvaído, prácticamente imperceptible, que aparece como parte del relleno de la extremidad.
Está formado por una línea de 1,5 cm de grosor que se inicia en la parte iz-quierda con una inflexión de unos 55o para seguir en diagonal ascendente hacia la derecha hasta los 23,3 cm. Tras una nueva inflexión el trazo continúa en diagonal descendente otros 14 cm. A 8 cm del trazo mencionado, en la zona derecha, y en paralelo, se advierte otro elemento lineal que delimitaría el contorno de la pierna derecha.
Entre estos dos trazos se observan unas manchas difusas que se corresponderían con un relleno interior.
Este mismo tipo de relleno se aprecia parcialmente en la zona izquierda del motivo.
Beltrán (2002: 138) se refiere a la inflexión del extremo izquierdo del trazo como el ángulo inferior de la rodilla que aparecería flexionada en el sentido de la carrera.
Sin embargo, consideramos que se trata en realidad de una marcada inflexión de la jarretera o musculatura del gemelo del arquero, exactamente igual a la observada en los motivos 3 y 21 del mismo abrigo.
Esta interpretación permite dar sentido al trazo 64, que aparecería como el desarrollo del gemelo.
Motivo 69: pierna derecha.
Restos de pigmento que marcan ligeramente el silueteado exterior de la misma naturaleza que el observado para el motivo anterior y el relleno interior algo más difuminado.
Se correspondería con la pantorrilla del arquero, apreciándose el volumen muscular del gemelo.
Interpretamos el resto informe a 11 cm por debajo como la zona del tobillo o parte del pie.
Solo con la aplicación DStretch hemos podido advertir una serie de restos pictóricos que, por su alto grado de degradación, apenas resultaban visibles a simple vista.
Tal es el caso de parte del relleno interior del brazo más adelantado y de una serie de manchas sin gran definición que formarían parte del cuerpo y quizá de la cabeza.
A tenor de lo expuesto, los motivos referidos conformarían un figura de arquero orientada a la izquierda con piernas abiertas en ángulo de 125o, dentro de los parámetros apuntados para los arqueros tipo Centelles (Villaverde et al. 2006: 184), y cuyas proporciones alcanzarían, al menos, los 130 cm de altura.
La interpretación conjunta de los motivos referidos como un arquero hace que sus dimensiones resulten extraordinarias.
Seguramente por este motivo Beltrán llega a referirse a esta figura como conjetural.
Describe las diferentes manchas y trazos de pigmento conservadas, identifica y caracteriza los principales elementos de dicho arquero pero, a continuación, niega su interpretación como tal (Beltrán 2002: 138).
Salvando las diferencias en cuanto a sus dimensiones, el motivo 21 del mismo abrigo parece guardar la mayor afinidad con él: arco y haz de flechas en disposición idéntica, grado de apertura de las piernas, volumen de los gemelos o las jarreteras bien marcadas.
La línea de rotura que destaca muy marcadamente la mitad inferior de la pierna es un patrón muy característico.
Observa-mos el mismo tratamiento en el motivo 3 de Val del Charco, así como en arqueros de Els Secans, La Vacada, Valleta del Serradó, El Garroso en Teruel o los de Mas del Ous, Centelles o algunas de las figuras desaparecidas dels Cavalls en Castellón (Fig. 3).
Atendiendo a las características apuntadas y, sobre todo, a la similitud estilística que guarda la figura que presentamos con el motivo 21 de Val del Charco, consideramos factible, a priori, clasificarlo en la categoría de arquetipo robusto u horizonte Centelles.
Las grandes proporciones del arquero hacen que nos planteemos algunas cuestiones relativas al horizonte donde lo englobamos.
Sin embargo las dimensiones del sujeto de nuestro análisis rebasan con mucho la media de los arqueros de tipo Centelles y el tamaño de figuras, ya grandes dentro del horizonte reseñado, como el arquero de Cova Remigia V con casi 50 cm; los restos de unas piernas de antropomorfo en Tolls Alts (Villaverde et al. 2006: 190, fig. 9) y otros ejemplos de la zona central del País Valenciano, como la mitad inferior de una "figura humana de cintura estrechísima y piernas gruesas" de la cavidad II de Cueva de la Araña (Hernández-Pacheco 1924: 99-100), para la que se ha estimado una altura de 80 cm, así como grandes representaciones humanas del Cinto de las Letras.
Pensamos, en especial, en los motivos 1a y 2c, interpretados como las pantorrillas y pies de dos figuras humanas no conservadas que podrían alcanzar los 45-55 cm de longitud (Martínez Rubio 2006: 82-84, fig. 10).
Dudoso -por incompleto-resulta el posible paralelo de Cantalar I (Bea y Domingo 2009: 41, fig. 7).
En este caso se documentan dos trazos lineales, uno horizontal y de 1-1,5 cm de grosor y otro vertical, más delgado, que se une en su zona medial con el anterior.
El trazo horizontal, en su zona derecha, se ve cortado por una espesa capa negra, muy posiblemente del ennegrecimiento por ahumado, que recubre la pared.
Los elementos aludidos se interpretaron como el brazo y el arco de un antropomorfo en actitud de disparo.
Hasta el momento, el arquero de Val del Charco es verdaderamente un unicum en el arte levantino, con toda la problemática que los casos singulares lleva aparejada.
Pero la variabilidad formal e incluso dimensional de las representaciones humanas levantinas de etapas antiguas (tipo Centelles y Civil) encuentra salvedades tan importantes como las de la Cueva del Chopo (Picazo et al. 2001(Picazo et al. -2002)).
Allí volvemos a encontrar representaciones humanas que superan el metro de longitud, clasificados como 'extralongilíneos' por la gran desproporción de unos cuerpos extremadamente alargados (Martínez-Bea 2005; Utrilla y Martínez-Bea 2007).
El arquero que estudiamos es la representación conocida de mayor tamaño de todo el arte levantino, superando ampliamente las dimensiones calculadas para las grandes representaciones humanas mencionadas.
Pero el valor simbólico de la figura transciende sus proporciones.
Por su localización en el panel decorado (Fig. 4) es el elemento de mayor importancia de todo el conjunto: ocupa la posición más relevante, el cen- tro físico del abrigo y la zona más alta.
Preside el espacio ornamental y sus dimensiones en el momento de su ejecución, debieron permitir su visibilidad a una distancia considerable, desde el otro lado del barranco, convirtiéndose así en el elemento identificador del abrigo.
En este sentido, destacamos que el motivo 43 de la cavidad II de Cueva de la Araña ocupa igualmente una posición central en el panel decorado, si bien en su zona baja.
Las características apuntadas deberían ponerse en relación con la interpretación del abrigo de Val del Charco como un centro de agregación o espacio recurrente, lo que evidenciaría una organización jerárquica del territorio articulada a partir de distintas tipologías de abrigos.
La incuestionable dificultad, ya apuntada (Bea 2011), que supone ensayar una jerarquización de las estaciones rupestres con el registro iconográfico conservado, sin duda incompleto, no excluye que consideremos factible una aproximación a la realidad diferenciadora de las estaciones decoradas, al menos para el territorio aragonés.
Para ello nos basamos en la hipótesis de que un mayor número de representaciones levantinas en un abrigo -sobre todo si se identifican motivos propios de diferentes momentos del mismo ciclo artístico-permitiría suponer una mayor importancia simbólica del mismo, aspecto contemplado en otros estudios desde una perspectiva complementaria, atendiendo a la relación entre el número de representaciones y la ubicación de los abrigos en el paisaje (Cruz Berrocal 2005: 376-377).
Con ello, adjudicamos una escala de valores a los espacios ocupados de manera recurrente a lo largo del tiempo.
El mapa de intensidades resultante apunta a la existencia de una verdadera planificación de los conjuntos decorados y de su distribución en el territorio.
Los 'grandes centros' o lugares de agregación, que aglutinan el mayor número de representaciones, aparecen como cabeceras de una red de estaciones rupestres satélite, desarrollada en un área más o menos amplia (Bea 2011: 288-289).
Val del Charco actuaría como centro de agregación de una zona extensa, el curso bajo del río Guadalope, de especial relevancia por sus evidentes contactos temáticos y estilísticos con territorios cercanos, como el curso medio del Guadalope (alrededores de Santolea) al Sur y cuenca del Matarraña al Este (Fig. 1), sin olvidar las conexiones manifiestas con algunos de los conjuntos de Castellón y de la zona central del territorio valenciano.
Destacamos igualmente las otras representaciones de grandes dimensiones que hay en el abrigo: la 21 (arquero) con 46,5 cm de longitud, la 30 (toro) con 60 cm, la 90 (ciervo) que alcanza los 80 cm de longitud en lo conservado y la 104 (mujer) con 50 cm de altura.
Todas ellas superan ampliamente la media de las dimensiones de las representaciones temáticamente afines, aunque sin llegar a las proporciones del arquero que preside el conjunto.
Las figuras citadas podrían guardar algún tipo de relación con el arquero central, ya que los motivos 21 y 30 se hallan a su izquierda y marchan en esa dirección, mientras que los motivos 90 y 104 se localizan a la derecha y se orientan en dicho sentido.
Tanto si los motivos referidos se ejecutaron en la misma fase, como si se fueron agregando, mantienen un equilibrio o simetría con el gran arquero como eje central.
La aplicación de DStretch para ImageJ al estudio del arte levantino da lugar a interesantes resultados, permitiéndonos advertir restos pictóricos o detalles inapreciables a simple vista.
Los beneficios de usar esta herramienta resultan meridianos, tanto si los motivos están muy degradados, como el analizado en este trabajo, como en un grado óptimo de conservación.
El nuevo estudio del antropomorfo de Val del Charco nos ha permitido consolidar su interpretación como un verdadero arquero levantino, asignable por sus características estilísticas al arquetipo robusto u Horizonte Centelles.
La circunstancia de que sea la figura humana de mayores dimensiones de todo el arte levantino determinó y complicó su propia definición con anterioridad.
Sin embargo, la consideración individualizada de cada una de las partes conservadas, el análisis integrador de las mismas, así como la caracterización estilística detallada que la aproxima a representaciones humanas del propio abrigo apuntan al acierto de su interpretación como un arquero.
Este motivo aparecería como el elemento dominante y, quizá, aglutinador de todo el conjunto, así como el referente visual del entorno inmediato e incluso del territorio a una escala regional como espacio de agregación.
En ningún momento, nuestro análisis sugiere que se deba reconsiderar la definición de todo el horizonte Centelles.
Como se ha apuntado, está bien expresado en estudios recientes y nunca un caso único puede ser determinante en la formulación de una generalidad.
En cambio, sí pensamos que, para el momento estilístico referido, se debería destacar el recurso a singularidades temáticas (amplios grupos humanos en movimiento, sujetos ajusticiados, uso de herramientas poco comunes como el bumerán...) y estilísticas (cuerpos extralongilíneos de la Cueva del Chopo, enormes medidas globales del arquero de Val del Charco).
Tales singularidades, temáticas, estilísticas o de tamaño, podrían ser un rasgo identitario e identificativo más en la definición general del horizonte Centelles y bien podrían explicarse en términos simbólicos y de significado o funcionales.
En todo caso, el horizonte Centelles merece ser observado desde distintas dimensiones.
Pilar Utrilla (Universidad de Zaragoza) y a los Drs.
Valentín Villaverde (Universidad de Valencia) y José Luis Sanchidrián (Universidad de Córdoba) por la lectura de la versión previa del estudio y los comentarios acerca del mismo.
Los comentarios y sugerencias de los evaluadores del trabajo han permitido mejorar la versión final del mismo.
La investigación ha sido financiada por el proyecto HAR2001-27197 del Ministerio de Ciencia e Innovación (MICINN). |
Desde 1975 el yacimiento de Las Pozas ha dado nombre al horizonte precampaniforme de la Submeseta Norte de la Península Ibérica.
En la última década se han localizado varios recintos de fosos adscritos a este periodo que han motivado una revisión del yacimiento fundacional utilizando técnicas de teledetección.
Las imágenes de infrarrojo han permitido distinguir en Las Pozas dos recintos de fosos superpuestos: el septentrional con tres líneas de foso y el meridional con dos.
En este artículo se describen las características de ambos empleando la información revelada por las excavaciones de 1979 y 1987.
Consideramos que el hallazgo certifica que este tipo de yacimientos no son una excepción en el Calcolítico del Valle del Duero.
INtRodUccIóN 'Las Pozas' ha sido el epíteto del horizonte precampaniforme de la Submeseta Norte desde que las primeras prospecciones en este yacimiento zamorano devolvieron materiales que presentaban claros paralelismos con los de Vilanova de São Pedro en Portugal.
Desde aquella definición el conocimiento que poseemos del Calcolítico del Valle del Duero se ha ampliado notablemente y, en los últimos 15 años, ha incorporado una novedad fundamental: los recintos de fosos.
Identificados por primera vez en esta región a través de las fotografías aéreas de Julio del Olmo (1999), han sumado nuevos ejemplos (Ariño y Rodríguez 1997) hasta llegar a casi medio centenar, la mayoría aún inéditos.
La prospección de algunos de estos recintos y, sobre todo, la excavación de El Casetón de la Era II (Villalba de los Alcores, Valladolid) iniciada en agosto de 2006 han permitido constatar que fueron construidos durante la Edad del Cobre, en ocasiones con otra ocupación en la Edad del Bronce, una vez que los fosos estaban amortizados (Delibes et al. 2009: 245).
Estos hallazgos suponen una auténtica revolución, pues se-rían las primeras estructuras de cierta envergadura en una zona que normalmente se supone ocupada por pastores seminómadas hasta la Primera Edad del Hierro (Delibes y Fernández 2000: 115).
En este marco de novedades se encuadra la noticia de la que nos ocupamos.
El 'horizonte Las Pozas' no solo ha sumado a su elenco los recintos de fosos hallados en la región, sino que el propio yacimiento epónimo estuvo también circundado por los característicos anillos concéntricos.
Un breve recordatorio de las aportaciones de este yacimiento a la arqueología regional dará cuenta de la importancia del descubrimiento.
HIStoRIA dE lAS INvEStIGAcIoNES EN lAS PozAS
El yacimiento de Las Pozas se sitúa en el punto kilométrico 11,3 de la carretera autonómica CL-605 que une Casaseca de las Chanas (2 km al NO) y Gema (1,1 km al SE), dos pueblos de la zamorana Tierra del Vino.
En este entorno de llanura, el enclave ocupa una de sus suaves lomas (707 m.s.n.m.), 500 m al noroeste del Ariballos, arroyo tributario del Duero, de cuyas avenidas torrenciales le resguardan 30 m de desnivel (Fig. 1).
Los suelos sobre los que tiene asiento Las Pozas son de calidad mediocre para el cultivo (calizas arenosas, areniscas calcáreas, margas y limonitas) por su elevado pH y pobreza en fósforo, si bien el vallejo del Ariballos ofrece tierras arenosas, más frescas y fértiles, a poca distancia del yacimiento.
Las primeras noticias del lugar proceden de la década de 1970, cuando R. Martín y G. Delibes (1972: 10-11) acompañaron al descubridor, N. Diego, en las primeras visitas al yacimiento.
En ellas pudieron constatarse unos manchones cenicientos en los que se concentraban materiales de filiación calcolítica, similares a los conocidos en la Estremadura portuguesa (Martín y Delibes 1975: 451).
La excavación de 1979 dirigida por Delibes, certificó que los manchones cenicientos correspondían a la destrucción por parte del arado de estructuras subterráneas, concretamente un 'silo' y parte de una zanja.
La superficie exhumada se ampliaría en una segunda campaña dirigida por Jesús del Val en 1987.
En ella se documentó 5 hoyos y dos partes de una zanja de longitud y disposición no precisadas, que tenía 4 m de anchura y entre 1,79 y 2,15 m de profundidad en el punto en que fue cortada por la excavación (Val 1992) ( 1).
Esta zanja, como los hoyos, fue colmatada con vertidos diversos (cenizas, barro, vestigios de fauna y abundantes restos de cultura material) que revelaban su utilización como muladar o basurero (Val 1992: 51).
(1) Este artículo resume la memoria de licenciatura de Jesús del Val 1983: El Calcolítico Precampaniforme en el Occidente de la Meseta.
El yacimiento de'Las Pozas (Zamora)', defendida en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Valladolid (Valladolid).
Dicha investigación se basa en la campaña dirigida por Delibes, a la que añade los datos de la que él mismo dirigió en 1987.
Los restos permitieron completar el listado de fósiles del horizonte precampaniforme meseteño.
Las cerámicas son de perfil esférico y carenado bicónico, rara vez decoradas (espigas, triángulos rellenos de puntos, meandros a peine, pastillas en relieve, oculados).
Hay morillos de barro y molinos de granito.
Dominan la industria lítica las hachas pulimentadas, las puntas de flecha y los elementos de hoz.
Los objetos sobre hueso comprendían varillas, agujas, punzones y, excepcionalmente, un botón de perforación en 'V'.
Los instrumentos de cobre, fabricados localmente a juzgar por la presencia de crisoles, representan el ejemplo más antiguo de metalurgia en el Valle del Duero (Val 1992: 52-56, figs. 4 y 5).
Las investigaciones devolvieron, además, dos fechas radiocarbónicas a partir de sendas muestras en el fondo de la zanja y en el nivel superior de colmatación.
La ocupación del yacimiento se produciría, entonces, en algún momento entre los últimos siglos del IV milenio y la mitad del III ANE.
Las Pozas no ha vuelto a ser inspeccionado con miras científicas desde entonces, pero sí había llamado la atención de ciertos investigadores la similitud de las estructuras exhumadas 20 años atrás con las que se estaban documentando en yacimientos con círculos concéntricos de otras partes de la Península Ibérica (Díazdel-Río 2001: 209).
Solo era cuestión de tiempo revisar si las zanjas halladas en Casaseca de las Chanas eran parte también de un entramado de fosos.
La falta de recursos económicos para una nueva excavación se vio compensada por una creciente curiosidad hacia los hitos fundacionales del Calcolítico meseteño conforme aumentaba la lista de recintos de fosos localizados con fotografía aérea.
La pregunta de si Las Pozas fue también uno de ellos no hallaría respuesta removiendo la tierra, sino observando desde el cielo.
La teledetección engloba las técnicas destinadas a informar sobre un objeto mediante un sensor a distancia.
En nuestro estudio se emplea la cámara digital ADS80 del Plan Nacional de Ortofotografía Aérea (PNOA), promovido por el Instituto Geográfico Nacional (IGN) en colaboración con las Comunidades Autónomas.
Gracias a este proyecto es posible trabajar con imágenes de toda la región, tomadas desde un ángulo de 90o al suelo ( 3).
Como todos los elementos poseen la misma escala es posible establecer su forma y dimensiones, ubicándolos correctamente en el espacio.
La base metodológica de nuestro trabajo radica en el crecimiento diferencial de los cultivos basado en la influencia de su coloración y altura sobre las estructuras subterráneas.
Si las raíces coinciden con estructuras negativas, como los fosos y hoyos que nos ocupan, zonas de acumulación de humedad, el vegetal tenderá a madurar antes y a alcanzar una talla mayor (Wilson 1982: 55).
Los cereales son especialmente sensibles a estas variaciones fácilmente visibles desde el aire entre la segunda mitad de mayo y finales de junio.
La fuente de información principal de este estudio ha sido una imagen de falso color del PNOA de 2007.
Se analizó mediante el programa ArcGis 9.3.1 de ESRI que permite ecualizar los histogramas según la extensión deseada.
Al combinar los zooms con los aumentos de contraste, se observa con mayor nitidez los segmentos de foso y los hoyos en las parcelas 5 y 6 (Fig. 2A-C y Fig. 3A).
En cambio, en las situadas al NE del camino que une Casaseca y Gema (50-52) es necesario recurrir a una imagen a color del PNOA de 2002.
En los terrenos adyacentes el estado de los cultivos o la alteración del suelo producida por las labores de arada impiden distinguir estructura alguna.
La mayor dificultad del procedimiento radica en la discriminación de las estructuras prehistóri-
(3) La Junta de Castilla y León ofrece gratuitamente ortofotos en color e infrarrojo con una resolución espacial de 25 y 50 cm, y una resolución temporal de dos años: http://ftp.itacyl. es/cartografia/01_Ortografia (consulta 07-IV-2013). cas respecto a intrusiones como caminos antiguos, arroyos hoy encauzados, etc. Tras ese proceso las zanjas identificadas en la fotografía son dibujadas en una capa vectorial que 'limpia' la imagen de los fosos (Fig. 2D-F).
Donde las estructuras no son visibles se ha prolongado el trazado del anillo para facilitar el cálculo de su perímetro, diámetro y extensión.
dEScRIPcIóN dE lAS EStRUctURAS
El resultado de la interpretación de las imágenes del PNOA indica que la zanja excavada en 1979 y 1987 forma parte de un conjunto compuesto por dos recintos de fosos: uno septentrional formado por tres anillos y otro más meridional de doble línea.
Ambos se cruzan en el centro del yacimiento (Fig. 3A).
Son dos recintos muy similares entre sí (Fig. 4).
Las dimensiones de los anillos menores son casi idénticas (0,3 ha) y comparten una forma más o menos circular.
Las demás líneas de foso tienden al óvalo como pue-de apreciarse en la diferencia entre sus ejes mayor y menor.
La extensión del anillo intermedio del Recinto Norte y la del exterior del Recinto Sur coinciden (0,8 ha).
Tampoco se aprecian grandes diferencias en la anchura superficial de los fosos (de 3,5 a 4,5 m) con la lógica precaución de que pueda estar afectada por otros factores.
Los estrangulamientos y ensanchamientos que reducen y aumentan medio metro sus dimensiones no contradicen las de la zanja excavada (Val 1992: 50).
Matiza lo dicho anteriormente la relación entre el área encerrada por cada anillo y la superficie de los segmentos de foso correspondientes (R af en Fig. 4).
Se atestigua de nuevo las similitudes entre el anillo interno del Recinto Norte (7 R af ) y el del Recinto Sur (7,5 R af ).
Observamos que la diferencia entre los círculos mediano y grande del Recinto Norte no es muy amplia, ya que el menor tamaño del intermedio se compensa con un menor espaciado entre segmentos.
El cálculo de la superficie del anillo externo del Recinto Sur no depende tanto de los segmentos identificados como de su necesaria prolongación para cubrir las zonas sin foso al Sur (carretera) y NE (superposición del anillo norte).
Las interrupciones en la línea de foso son comunes en lo que se ha denominado la "segunda generación de recintos" correspondiente a los recintos europeos del IV milenio ANE (Márquez y Jiménez 2010: 310-313), entre ellos los causewayed enclosures británicos (Oswald et al. 2001: 1, 49) y los ejemplos publicados de la Submeseta Norte (Ariño y Rodríguez 1997; Olmo 1999).
Ante esta imagen de fosos segmentados se tiene siempre la tentación de juzgar los espacios como entradas al interior del recinto.
El asunto, a nuestro juicio, debería tomarse con mucha precaución, ya que no contamos con la seguridad de que los fosos que observamos hoy fuesen la única estructura que circundaba los yacimientos.
En varios casos se han documentado taludes de tierra delante y/o detrás de los fosos con un desarrollo más continuo que el de estos (Oswald et al. 2001: figs. 3.1 y 3.20).
Lamentablemente, estas estructuras son muy susceptibles de desaparecer por procesos postdeposicionales como la acción del arado (Oswald et al. 2001: fig. 3.9).
En Las Pozas, la excavación no ha permitido verificar la existencia de estas estructuras por lo que debe recurrirse a la fotografía aérea.
En la imagen se aprecia una situación idéntica a la detectada en Perdigões por prospección geomagnética (Márquez et al. 2011: 183): un vacío a modo de corona entre el moteado de hoyos y los fosos que podría corresponder a alguna estructura circundante desaparecida (Fig. 3C).
Los escasos hoyos superpuestos no contradicen la hipótesis, puesto que la excavación certificó que eran anteriores a los fosos (Val 1992: 50-51 y fig. 2).
Con estas premisas y con todas las precauciones, consideramos que en Las Pozas no todos los espacios entre segmentos fueron entradas al recinto.
Coincidimos con las conclusiones del análisis morfológico de varios causewayed enclosures según el cual las líneas poseían una entrada o, en el caso más extremo, cinco (Oswald et al. 2001: 49).
Para localizar las posibles entradas debe buscarse algún elemento distintivo dimensional o formal.
En ambos recintos hay vanos de medidas muy llamativas: uno de 8 a 10 m en los tres anillos del Recinto Norte en su parte meridional, otro de 26 m al SO de su círculo exterior y un tercero de 63 m al NE del anillo exterior del Recinto Sur.
Ante estos datos, el argumento del tamaño no resulta muy convincente, puesto que los tres ejemplos coinciden con la superposición de ambos recintos.
Por ello nos inclinamos más bien a considerar que las entradas estuvieron marcadas por una forma acorde con los dos diseños establecidos en el estudio sobre los enclosures ingleses: curvando el segmento de foso (hacia el interior preferentemente) o alargándolo por encima del desarrollo anular (Oswald et al. 2001: fig. 3.18 y fig. 3.19).
En Las Pozas se detectan varios segmentos de foso curvados hacia el interior que pudieron marcar varias entradas: una al SO de cada uno de los anillos internos de ambos recintos, dos en el foso exterior del Recinto Norte (al Oeste y al Sur) y otra al NO del anillo mayor del Recinto Sur (Fig. 3A).
Aventuramos que la entrada al foso intermedio del Recinto Norte continuaba la del anillo interior, coincidiendo con una acumulación de hoyos de gran tamaño que distorsiona la forma del anillo.
El moteado que inunda la fotografía es el otro elemento conservado en cualquier recinto de fosos.
Su distribución no es homogénea.
Se presenta en coronas a cierta distancia del foso (Fig. 3C), formando cúmulos o, con menor frecuencia, sobre la misma línea de foso.
El tamaño de las estructuras es igualmente heterogéneo.
Lo agrupamos en dos tipos.
El primero respondería a la morfología de hoyos siliformes (circulares con un diámetro de 1,5 m).
Son idénticos a los cinco excavados con fondo plano y una profundidad que variaba entre los 2,1 m de los hoyos del interior del foso y los 1,2 m de los que estaban en las paredes del mismo.
Su función resulta como siempre controvertida.
Su relleno (cenizas, fragmentos cerámicos, de fauna y de barro de construcción) animó a considerarlos basureros o, a partir de los restos de bóvido en conexión anatómica localizados en dos hoyos, como lugares de almacenamiento de alimentos (Val 1992: 50).
Estos depósitos se han interpretado como parte de festines asociados a ritos de tránsito, demostraciones de riqueza al estilo potlatch o marcas de memoria grupal en visitas recurrentes ( 4).
Lo más probable es que la variedad de formas y depósitos que observamos hoy resulte de procesos diferentes, con estructuras que se excavaron con una función que dejó de tener sentido tiempo después.
El segundo tipo de estructura corresponde a círculos de entre 3 y 4 m de diámetro.
No están afectados por las excavaciones arqueológicas, pero son fácilmente reconocibles en la ortofoto: un grupo siguiendo el lado oriental del foso interno del Recinto Norte y otro en el sector central del yacimiento, donde se superponen los dos recintos (Fig. 3B).
Teniendo en cuenta el tamaño de estos círculos pensamos que pueden corresponder a pequeñas cabañas como las documentadas recientemente en El Casetón de la Era II (Delibes 2011: 15).
cronología de los recintos
La interpretación de los recintos debe considerar su temporalidad, esto es, entender que las estructuras que estudiamos son resultado de la acumulación de procesos de construcción, remodelación y destrucción que aún hoy continúan.
Discernir esta historia interna del recinto permitiría precisar el tamaño del yacimiento o la posible estabilidad de la ocupación (Márquez y Jiménez 2010: 372).
Dentro de esta problemática, surge la pregunta de si los dos recintos de Las Pozas fueron contemporáneos.
El solapamiento de dos segmentos de sus respectivos anillos en el sector central, las diferencias en el diseño y, sobre todo, el vacío existente en la zona central donde los recintos se superponen, ilustran la fosilización de uno por otro (Fig. 3A).
Es difícil asegurar cuál es el más antiguo ya que ha resultado imposible certificar a qué recinto corresponde la zanja excavada parcialmente en (4) La bibliografía específica de las diferentes propuestas puede consultarse en Márquez y Fernández (2002: 318-319).
1979 y 1987 ( 5), pero sí podemos afirmar que se trazó tras una primera ocupación del yacimiento representada por los cinco hoyos documentados.
Estaríamos en condiciones de fechar ese momento pues entre los valiosos datos que han devuelto las intervenciones arqueológicas, se cuenta una tercera datación procedente del fondo de un hoyo más antiguo que la zanja (GrN-12125).
dIScUSIóN: loS REcINtoS dE foSoS y lA INAUGURAcIóN dE lA vIdA SEdENtARIA
Los nuevos datos que aporta hoy Las Pozas son en realidad antiguos pues debe considerarse como el primer recinto de fosos del Valle del Duero objeto de una excavación.
Su revisión viene a coincidir con lo que empezamos a conocer en El Casetón de la Era II y nos anima a ver en estos recintos el inicio de un proceso de sedentarización en la Meseta.
Obviamente es aventurado extraer conclusiones sobre la funcionalidad de los recintos de fosos sin tener publicados los demás casos.
Ello no impide resaltar la paradoja que supone la investigación de Las Pozas: el yacimiento, aceptado desde 1979 como paradigma de los poblados del Valle Medio del Duero, podría ser objeto de polémica al constatarse en él la presencia de zanjas concéntricas.
Cabe preguntarse hasta qué punto la detección de estas estructuras desdice el registro documentado hace 30 años para las corrientes que atribuyen una función monumental a este tipo de yacimientos.
Más bien creemos que lo que se plantea en el recinto zamorano es un problema común al Calcolítico de la Meseta: la dificultad de establecer como definitivo cualquier argumento referido a las nociones 'hábitat' o, más aún,'estable' antes de la Edad del Hierro.
En cualquier caso, dicha problemática no debe desanimar el resumen de las evidencias de ocupación reunidas en Las Pozas.
Insistimos en nuestra intención de evitar de momento el debate'monumento-poblado', por más que los siguientes párrafos evidencien la existencia del mismo.
Las Pozas concentró desde las primeras excavaciones una serie de argumentos sobre su condición de poblado.
En primer lugar, existen evidencias de actividad agrícola estable, como los útiles de hoz con lustre de cereal o la cercanía a suelos apropiados para una agricultura intensiva que suponen un 17% del terreno incluido en un radio de 1 km en torno al yacimiento ( 7).
El segundo testimonio a favor de la sedentarización sería el peso del ganado en la alimentación: el 75% de los restos animales recuperados pertenecen a especies domésticas, siendo mayoritarios los ovicápridos (34%), los bóvidos (28%) y los suidos (7) La cifra proviene de un análisis locacional que recrea los usos potenciales del suelo en condiciones paleotécnicas y que es parte de nuestro libro Los recintos de fosos prehistóricos del Duero medio.
Arqueología Aérea y Espacial escrito con la colaboración de G. Delibes, J. de Santiago y J. del Olmo (e.p.).
Para ello se han utilizado factores como la pendiente del terreno, el drenaje, la permeabilidad, la distancia a fuentes de agua y el sustrato edafológico.
Los suelos de uso agrícola extensivo supondrían un 79%.
Las edades de sacrificio son elevadas en el caso de los dos primeros, lo que señala que su objetivo era conseguir "productos secundarios" como la leche (se han documentado queseras, Val 1992: fig. 4), el abono o la fuerza de tiro ( 8).
A esto debe sumarse que el ganado porcino, mucho menos móvil, se sacrificaba a edades más tempranas y, al parecer, siempre en la misma época del año (Morales 1992: 84).
Un tercer argumento lo constituye la complejidad de excavar los fosos que, aun no siendo contemporáneos, supusieron la remoción de unos 5000 m 3 de arenas compactas y greda ( 9).
Un cuarto elemento para apoyar esta hipótesis son los restos constructivos de barro con improntas vegetales.
Forman parte del relleno del foso y de algunos hoyos y podrían provenir de estructuras aéreas de ramaje, seguramente las posibles cabañas localizadas en la fotografía aérea.
Además abundan los objetos 'domésticos' (cerá-(8) Así lo demuestra el reciente descubrimiento de piedras de trillo en el Casetón de la Era II.
La forma de estas no difiere de los elementos de hoz hallados en Las Pozas, pero los análisis traceológicos han revelado que su función era diferente a la mantenida hasta hoy, lo que a su vez es una clara práctica de agricultura estable (Gibaja et al. 2012).
Dimensiones de los fosos de Las Pozas (Casaseca de las Chanas, Zamora).
La columna R af corresponde a la relación entre el área que encierra cada anillo y la extensión de los segmentos de foso. micas, molinos de mano, morillos).
El último argumento son las dataciones absolutas que, a pesar de la incertidumbre del método, indican eventos de ocupación separados casi 500 años (Fig. 5).
El lapso puede ser resultado de visitas intermitentes, pero nos inclinamos por interpretarlo como una larga ocupación del yacimiento a la luz de las demás evidencias comentadas.
Por su parte, las últimas investigaciones en El Casetón de la Era II dibujan un escenario similar (Delibes 2011: 15-26), siendo de esperar que próximas publicaciones incidan en el carácter habitacional de los dos recintos de fosos mejor conocidos de la Submeseta Norte.
El hallazgo de Las Pozas es un paso más en la generalización de un fenómeno que hasta hace unos años era una excepción en la cuenca del Duero.
El 'horizonte Las Pozas' tiene en los recintos de fosos el ejemplo más evidente del cambio social que se produjo en la Meseta a finales del IV milenio ANE en un contexto de colonización agrícola.
Pequeños grupos humanos fundaron estos poblados rodeados de fosos en las tierras sedimentarias de la Meseta, un medio con buenas condiciones para una vida campesina.
Aparecen así las primeras sociedades con signos evidentes de complejidad en esta región: especialización del trabajo (agricultores, ganaderos, metalúrgicos), intercambios a media distancia ( 10), cohesión grupal ritualizada (depósitos de animales) y un liderazgo organizativo que permitió la ejecución de obras cooperativas.
Es difícil concluir, a partir del registro disponible, si la ocupación fue continua o estacional, de un único grupo o de la agregación temporal de varios.
Pero a la inversa, carecemos de evidencias suficientes que nos hagan pensar en un carácter meramente ceremonial para los dos recintos citados, máxime cuando se desconoce otro tipo de yacimientos que contengan pruebas más claras de hábitat en la zona.
La construcción de recintos de fosos en la Península Ibérica se generaliza entre 3400 y 2300 ANE.
A pesar de este inconveniente resultan muy representativos en el caso del Valle del Duero: durante el primero se funda Las Pozas mientras que, entre las fechas del segundo, se clausura el recinto zamorano y se construye El Casetón de la Era II (Fig. 5).
La colmatación de sus fosos hacia 2300 ANE coincide con un languidecimiento del fenómeno de los recintos (Liesau et al. 2008; Márquez y Jiménez 2010: 313-315) pero sin sepultar unas formas de vida que florecerán durante el Campaniforme.
El trabajo aquí presentado está financiado por una beca de investigación de la Fundación del Patrimonio Histórico de Castilla y León (2011)(2012)(2013).
La idea de revisar el yacimiento zamorano me fue propuesta por Germán Delibes, al que agradezco que me guiase con la amabilidad y buen hacer que le caracterizan.
Finalmente, este estudio es deudor de la dedicación de arqueólogos como Jesús del Val, José I. Herrán y Ricardo Martín a los que extiendo el agradecimiento por su incansable labor. |
En el marco de un proyecto de investigación sobre objetos de marfil del Calcolítico al Bronce Antiguo en la Península Ibérica efectuamos análisis científicos.
En varios de los objetos de la Estremadura portuguesa, en especial en los botones con perforación en V, detectamos por primera vez la presencia de marfil de cachalote.
Así se demuestra claramente la ventaja y la necesidad de efectuar análisis científicos del marfil.
No todo el marfil utilizado provenía de los elefantes africanos y asiáticos.
Además encontramos marfil del desaparecido Elephas antiquus, de hipopótamo, y en este caso de cachalote.
Así ya en el Calcolítico el origen de la materia prima era muy diverso, lo que en ausencia de análisis científicos puede conducir a una errónea interpretación de las redes prehistóricas de intercambio.
Los métodos empleados fueron la microscopia óptica, la medición de la dureza y del peso específico, la espectroscopía Micro-Raman, el análisis elemental y la espectrometría isotópica de masas.
En este trabajo presentamos estos métodos y los resultados.
Además discutimos sus consecuencias para la reconstrucción de la economía y la vida de las sociedades prehistóricas de la región.
Teniendo en cuenta las condiciones naturales y los datos prehistóricos e históricos sobre la caza de ballenas y el aprovechamiento de animales varados consideramos que la explicación más plausible de la presencia de marfil de cachalote en el caso del Calcolítico portugués es el uso de dientes de cachalotes varados.
Cabe esta interpretación dado que las poblaciones que emplean este marfil son las que viven cerca del mar explotando, entre otros, los recursos marinos.
AR/ PO/64 (= PO 5---). ( 14) Museu Arqueológico do Carmo, Lisbon, Inv. |
En Arqueológicas no se encontrará un manual de consulta sobre corrientes teóricas en arqueología o sobre la historia de la disciplina.
Arqueológicas es una obra sobre teoría, y en menor medida sobre método, aplicables a la arqueología.
Es ambiciosa en sus objetivos y generosa en la amplitud de la perspectiva para abordarlos.
La ambición está en proponerse dejar atrás las fallas y limitaciones del pensamiento moderno en arqueología, cuyas diferentes versiones la habrían condicionado negativamente desde sus inicios.
Aquí también quedarían incluidas las arqueologías "posmodernas" (sin "t"), incapaces, según Criado, de zafarse del individualismo subjetivo típico del sistema de poder-saber moderno, pese a haberlo criticado.
Permanecería vigente el objetivo de alcanzar un auténtico horizonte "postmoderno" (con "t"), que inaugurase lógicas de racionalidad y de inteligencia arqueológica ajenas a las servidumbres a las que aún nos somete la modernidad tardía.
Además, la perspectiva amplia del libro nos conduce por temas y cuestiones planteadas desde la filosofía, la antropología, la sociología o la historiografía, en el convencimiento bien fundado de que la arqueología comparte sus trayectorias y problemas, y que, a menudo, ha mos trado su retraso y dependencia respecto a derivas y alternativas de producción ajena.
El hilo expositivo de Arqueológicas no es lineal, siempre se preocupa por desplegar un escenario global sin perder de vista el ámbito arqueológico.
La obra, tras una prolija introducción, presenta en el primer capítulo una periodización no estrictamente secuencial de las principales propuestas en la historia de la arqueología, bajo las etiquetas de "arqueología de la forma" (tradicional o histórico-cultural), "de la función" (procesual) y "del sentido" (posprocesual).
El pensamiento y la práctica vinculados con la gestión del patrimonio arqueológico definen la cuarta, actualmente en desarrollo.
Es problemático situar esta categoría en el mismo plano que las tres anteriores, porque no introduce un conjunto novedoso de actividades y problemas (siempre se ha gestionado el patrimonio, como Criado admite) y, además, se distancia de las restantes por preocuparse menos de investigar que de difundir lo ganado por la investigación.
Pese a ello, destacar la creciente relevancia de esta actividad en lo arqueológico, en términos de esfuerzo profesional y de justificación hacia la sociedad, a la vez que se advierte el vacío teórico en que puede llegar a desarrollarse, bien merecen las páginas que le dedica el libro.
El capítulo 2 se sitúa en la perspectiva más general posible, la que aborda el tema y los problemas de la interpretación y la hermenéutica, entendidas como actitudes y prácticas ineludibles en la producción de significado.
La arqueología quedaría afectada direc tamente, al centrar su quehacer en significar el pasado social.
Del repaso de distintas posiciones en la tradición hermenéutica se desprende que no cualquier tipo de interpretación convendría por igual.
Reducir la subjetividad individual vertida en las interpretaciones tradicionales y lidiar con el relativismo que se desprende de ver lo diferentes que pueden ser las interpretaciones de unos mismos objetos, serían obstáculos que una propuesta auténticamente "postmoderna" debería salvar.
Cualquier interpretación no vale (capítulo 3).
Contra las derivas solipsistas del subjetivismo centrado en el individuo, Criado pretende limitar la empresa interpretativa reconsiderando los contextos empíricos objeto de la mirada hermenéutica y, principalmente, des-centralizando el sujeto moderno para favorecer nuevos horizontes de racionalidad.
Esta búsqueda le coloca en la senda del estructuralismo de Lévi-Strauss (capítulo 4) al que postula como modelo metodológico aplicable en arqueología.
De hecho, la arqueología sería la encargada de prehistoriar un estructuralismo injustamente criticado, según Criado, de defender una concepción estática de lo humano que niega su historia, y de reducir la acción social al efecto de un juego de formalismos mentales.
Los últimos capítulos resultan clave.
En el 5 se esboza la metodología arqueológica de la propuesta y, en el 6, su plasmación empírica (su aplicación en las sociedades prehistóricas) y sintética (formulación de modelos generales para la interpretación de estas sociedades).
"Finale", un último guiño de complicidad con las Mythologiques de Lévi-Strauss, un breve apéndice y dos extensos apartados de notas y referencias bibliográficas finalizan la obra.
Prehist., 70, N.o 1, enero-junio 2013, pp 204-218, ISSN: 0082-5638 Sorprende en primer lugar que, admitida la necesidad de contemplar y analizar lo arqueológico con amplitud de miras, Arqueológicas renuncie a considerar los textos de Marx y de la tradición marxista.
Quien pensara que la incidencia del marxismo en arqueología ha sido menor habría de ingeniárselas para restar importancia a aportaciones capitales como las de V. Gordon Childe, entre otras de autoría más reciente.
Ese silencio sorprende tanto más cuanto que Criado mismo reconoce a cierto "marxismo crítico" el mérito de proponer "el modelo más adecuado para comprender el cambio social" (p.
Si se aborda el tema general de la producción de sentido en el pensamiento contemporáneo, soslayar a Marx supone renunciar a herramientas, problemas, soluciones, críticas y políticas contra, junto o pese a las cuales ha trabajado una parte destacada de la filosofía y la política desde hace siglo y medio.
La anterior objeción incide en lo que Arqueológicas deja aparte, pero la consistencia de esta obra exige que se la considere en lo que propone positivamente.
Son múltiples las cuestiones de interés que se plantean a lo largo del texto pero, para ello, tal vez sea conveniente situarse en el capítulo 5, cuando el discurso ha superado el posicionamiento teórico general y afronta la labor específicamente arqueológica.
Ya se dijo que Criado, en su propuesta de raíz estructuralista, pretende dejar atrás la modernidad arqueológica.
Opina que sus versiones más recientes, las arqueologías del sentido o "posmodernas", se apoyaron en pensamientos situados en la postmodernidad (como el de M. Foucault), pero derivaron en prácticas interpretativas prisioneras de las formas de subjetividad tradicionales.
Arqueológicas plantea sustituir la aproximación arqueológica posmoderna basada en la metáfora del texto, de la lectura, por otra visual, de la mirada, según la cual la materialización que va a originar el registro arqueológico responde a una estrategia para visibilizar algo previamente estructurado por el pensamiento y el lenguaje: "todo lo visible es simbólico" (p.
Este enunciado es de un orden equiparable al de "no hay nada fuera del texto", tomado de la filosofía derridiana por una posmodernidad arqueológica que defendía que lo social se sustenta y construye a imagen y semejanza de un continuo de escritura(s) y lectura(s) siempre interpretativas.
Ambos son equiparables en cuanto expresan una misma ontología y, por tanto, la misma voluntad de que nada quede fuera de ella: la realidad social es una realidad construida reflexivamente.
Ahora bien, ambas presunciones resultan problemáticas.
Afirmar ahora que todo lo visible significa equivale a decir que todos los objetos y cosas observables son símbolos y que, por tanto, forman parte de un código, red de significación o lógica socialmente compartida.
Sin embargo, a esta idea se opone la imposibilidad de que cualquier sociedad idee y use dicho código omnicomprensivo.
Semejante capacidad sólo podría ser ejercida por un ente comparable al que mucha gente denomina "Dios".
Proponer que el método semiológico pueda ser aplicable a ciertas manifestaciones de la vida social (en especial las expresamente significativas, como los relatos míticos, la literatura o el arte en general) no es como afirmar que todos los objetos materiales funcionan como símbolos, a modo de etiquetas visuales de una estructura conceptual.
El que no todos los objetos y cosas materiales signifiquen, no impide que nos influyan o que hayamos generado saberes que los incluyan.
Para desarrollar la función comunicativa, los grupos sociales seleccionan objetos ya disponibles (naturales o artificiales, por entero o sólo algún aspecto de los mismos), o bien fabrican otros.
Su fin es obrar como símbolos, esto es, establecer una referencia hacia otros objetos, acciones o realidades distintas de ellos mismos, ausentes del contexto de comunicación.
Así ponen en marcha relaciones de significación que más tarde reconoceremos como códigos.
Los símbolos pueden ser arbitrarios, pero no infinitos: conforman un subconjunto, limitado aunque históricamente cambiante, en el conjunto de la materialidad social.
Arqueológicas no avanza un método o criterio que distinga los objetos o subconjuntos de objetos que sig nifican, ya sea como cometido exclusivo o no, de los que no significan pese a ofrecerse sin obstáculos a la mirada.
Sin esa herramienta para diferenciar entre símbolos y objetos que no lo son, quedaremos de nuevo a merced de las decisiones del sujeto-arqueólogo, redactor y protagonista oculto de la narración, quien dirige y enfoca su mirada hacia ciertos objetos distinguidos (en apropiada apreciación de Lull 2007), entre los que se incluye su propia subjetividad.
Seguiremos bajo el dominio del sujeto moderno.
No obstante, el sujeto de la modernidad del que Criado trata de desprenderse también está sujetado, al responder a un abanico limitado de formas de expresión.
El autor añade variación al abanico, pero sigue formando parte de él.
Lo apreciamos al analizar estructuralmente su propuesta y hallar que respeta un proceder afín al de otras arqueológicas.
En síntesis, asume que (1) todos los objetos poseen una carga simbólica, que (2) su distribución en el teatro de lo visible y de lo invisible conforma y responde a una sintaxis o "estrategia de visibilización" (a cuya identificación aporta Criado una vía analítica elaborada y sugerente: pp. 274 y ss.) y que, (3) ante la imposibilidad epistemológica de acceder a su dimensión semántica original, no queda más remedio que acudir a la antropología en busca de un modelo de racionalidad o subjetividad alternativo más adecuado que el "nuestro".
Sustitúyase "carga simbólica" por "función" en (1); cámbiese "estrategia de visibilidad" por "regularidad" o "pauta"; asúmase "patrón de racionalidad" como conjunto de normas que guían el comportamiento material en (1) y (2), y manténgase el protagonismo de la significación antropológica en (3), y la vecindad estructural entre la "arqueología de Trab.
La única salvedad en (3) se debe a un cambio en el referente semántico de raíz antropológica: Lévi-Strauss, Clastres o Ingold ocupan el lugar de Service, Fried o el primer Sahlins para el procesualismo; de Meillassoux, Rey o Godelier para las interpretaciones funcionalistas en clave marxista; de Geertz, Turner o cualquiera de los anteriores para el polimorfo posmodernismo.
En Mythologiques, Lévi-Strauss trató de mostrar que los mitos "se pensaban entre ellos" y que variaban de unos a otros conforme reglas y esquemas independientes de la subjetividad de los individuos que los recitaban.
Arqueológicas muestra en su propio despliegue que las propuestas arqueológicas, como algunos mitos, pueden variar y, a la vez, mantener conexiones estructurales profundas.
Esta comprobación subraya la dificultad de la arqueología para generar un conocimiento sobre lo social independiente de una interpretación importada.
Se consigue que los objetos ilustren, pero no que respondan.
La voz que nos llega procede de quienes los manejan en el presente etnográfico, intérpretes inmersos en contextos de observación participante.
La adoptan arqueo-lógicas expertas en idear y aplicar procedimientos y protocolos formales que, a la postre, parecen no bastar para llegar a conocer el sentido y el significado de las relaciones sociales que la materialidad hizo posibles.
Sin afianzar este último paso, difícilmente pueden considerarse "superadas" las arqueologías posmodernas.
No basta con subsumirlas bajo la noción de "pospasado" (o de "postarqueología", como aventuramos Lull et al. 1990) y, como hace Criado, aplicarles juicios de valor negativos.
Reprochar a la posmodernidad arqueológica "excesos subjetivistas", "efectos negativos", o que algunas de sus propuestas "degeneraron" en "hiperhermenéutica" (en especial, pp. 198 y ss.), requeriría establecer "la justa medida" interpretativa, una tarea difícil si no imposible.
Valorar sólo desde una actitud crítica los textos de M. Shanks y C. Tilley (1987), por citar a los "arqueólogos del sentido" tal vez más formados y atrevidos, ni les hace justicia ni les haría callar.
A la pretensión del pospasado/postarqueología de que la ruptura de nuestro presente con el pasado es radical, de que el intento por reconstruirlo, recuperarlo o representarlo es vano, y sólo queda des-centralizar la arqueología de esas pretensiones y borrar las fronteras interesadas que hoy marcan los límites de su discurso, habría que oponer un método capaz de extraer información inequívoca de los objetos, de avanzar categorías relacionales que los consideren, aislados y en sus contextos de reunión, para fijar un sentido que puede ser distinto en cada caso pero no arbitrario.
Una tal descripción mediada por categorías relacionales habría de desvelar el sustento de los objetos en cualquier relación social y, en consecuencia, la relación misma.
Al ser material tanto el camino de los objetos como el de las relaciones que auspician, cabría preguntarse por el estatuto de lo que Criado llama "patrón de racionalidad".
Considerado en singular y entendiéndolo como instancia mental que rige y organiza la materia, la cuestión remite a la vieja polémica entre idealismo y materialismo, al parecer aún no zanjada a favor del segundo pese a la obvia precedencia de la materia respecto a la idea.
Sostener que los objetos son y están porque son "buenos para pensar", olvida que, sin ellos antes y durante, no hay pensamiento posible y que, sin ellos después, no hay pensamiento real.
Criado se esfuerza en hallar vías para limitar el sentido de las interpretaciones, para objetivar lo que puede ser dicho en arqueología y afinar así el saber sobre y para las sociedades.
A buen seguro que en este empeño no se hallará solo.
El autor plantea, critica e invita y, al hilo de sus envites, ofrece una oportunidad para reconocer y evaluar lo que nos falta por hacer.
Se han cumplido ya tres años de la desaparición de Encarna Sanahuja Yll y, sin que haga falta buscar excusas para hablar de ella, la publicación de este monográfico me parece un buen motivo para reivindicarla en tiempos en los que mujeres con el pensamiento y la claridad de ideas de Sana son tan necesarias.
No trataré de recorrer su biografía y obra, que tiene mejores precedentes (Vietri y Briz 2010-2011) o de repasar la trayectoria y situación de las arqueologías feministas, de mujeres y de género en nuestros país, también Trab.
Revisaré, en cambio, los temas que la preocuparon desde el principio de su trayectoria académica y política, en definitiva vital, todavía hoy parte de las preocupaciones de la mayoría de las mujeres y hombres que consideran el sexo y el género como categorías sociales de primer orden.
A finales de los 1970 y principios de los 80, en muchos de sus trabajos publicados en Poder y libertad.
Revista teórica del partido feminista de España (Barcelona) Encarna Sanahuja ya había expuesto por dónde irían nuestras inquietudes: el origen del patriarcado, la producción de cuerpos, objetos y mantenimiento, la importancia fundamental de sexuar el pasado, la invisibilidad de las mujeres y sus formas de representación o el uso social de la Arqueología.
Lo hacía desde el feminismo materialista, sin duda el pensamiento que más influencia ha tenido en la construcción de la arqueología feminista en nuestro país.
Nos recuerda su posición ante la vida y ante la Arqueología.
Sin duda, desde finales de los 1980, el impulso dado por un número creciente de investigadoras ha convertido los estudios feministas y de género en uno de los ámbitos más dinámicos de la Arqueología en España tanto en el contexto internacional, como en la realidad particular de la discusión teórico-metodológica peninsular (Montón e.p.).
La publicación dedicada a Encarna Sanahuja es una excelente exposición de las preocupaciones actuales del feminismo materialista en Arqueología.
De entre ellas he elegido cuatro para mi reflexión.
La primera, conceptual, se refiere al uso de ideas como Arqueologías feminista, de género y de las mujeres, género o sexo y el debate que comportan.
La segunda, teórica, considera las aportaciones desde el feminismo materialista ante la producción de cuerpos, objetos y mantenimiento.
La tercera, metodológica, defiende la necesidad de sexuar el pasado y, la última se relaciona con la representatividad y el valor social de esta perspectiva.
La primera cuestión es un debate antiguo.
Casi desde los inicios de las aportaciones feministas a las Ciencias Sociales, se ha discutido el uso de las categorías de sexo y género.
Para el feminismo materialista el concepto de género no sirve porque repite el esquema ideológico dominante de las categorías sociales que las políticas dominantes concretas generan y no atiende a una cuestión crucial para muchos feminismos: la diferencia sexual.
Por eso es más lógico hablar de la socialización de la condición sexual (Sanahuja 2007: 39).
El debate sobre la definición y empleo de estos conceptos aparece en los artículos de Manuela Pérez, Débora Zurro, Assumpció Vilá o Trinidad Escoriza y Pedro Castro en la monografía.
Para otras investigadoras, el género supone un complejo sistema de significado, una categoría social enraizada en los mecanismos por los cuales las personas de una determinada cultura se identifican.
En definitiva es un constructo social basado en las negociaciones de las relaciones entre dos sexos, un sistema de comportamientos en continua construcción y evolución (Conkey y Spector 1984).
El género, como categoría imprescindible para el análisis histórico, supuso romper con los esencialismos y naturalizaciones que implicaban históricamente las relaciones entre mujeres y hombres: al ser una categoría socialmente construida podía desmontarse y articularse bajo nuevas premisas (Scott 1986(Scott, 2010)).
La contradicción básica que se traslude, siguiendo a María Cruz Berrocal (2009), está en el tratamiento del género como una realidad biológica, universal, esencial o bien como una construcción social e histórica.
Pero desde una y otra perspectiva los conceptos sexo y género se articulan como categorías sociales de primer orden, que interactúan y atraviesan otras categorías sociales como la edad, la clase socio-económica o el grupo étnico (Sanahuja 2007: 41).
Hay una distinción importante en el uso de nociones como Arqueología feminista y Arqueología de género.
Las arqueologías feministas (y queer) están comprometidas políticamente con el final del patriarcado y, por lo tanto, promueven un cambio de cultura disciplinaria que acabe con sus sesgos sexistas y heterosexistas.
En cambio, la Arqueología de Género puede o no tener esa dimensión.
Cuando no la tiene, amplía los contenidos de otros marcos interpretativos.
Al considerar que la interpretación socio-cultural de la diferencia sexual constituye un principio estructural de las sociedades suma el género al estudio del pasado (Montón e.p.).
El segundo de los enunciados tiene que ver con las aportaciones más interesantes del feminismo materialista: el tratamiento a la producción de cuerpos, objetos y mantenimiento y las causas de la subordinación de las mujeres y cómo ésta se concreta en las relaciones de producción y reproducción en las que las mujeres están involucradas.
La tradicional categoría de producción ignora el trabajo de las mujeres y la reproducción biológica y tampoco tiene en cuenta que la sexualidad es una fuente orgánica de la sociedad donde las materias primas y medios de producción son los cuerpos humanos con sexo y mente (Sanahuja 2002: 30-31).
El análisis del trabajo de las mujeres en las sociedades del pasado ha sido uno de los temas más fecundos en la arqueología feminista en España como expone Débora Zurro (véanse también los artículos de Assumpció Vilá y Manuela Pérez).
Definiéndose las denominadas actividades de mantenimiento (Picazo 1997; González Marcén et al. 2007; Montón y Sánchez Romero 2008) y potenciándose otras tecnologías como el procesado de vegetales o el textil (Zurro 2006; Piqué et al. 2011).
El tercer aspecto que nos interesa, el metodológico, implica que hay que sexuar el pasado para poder hablar Trab.
Para reconocer en el registro arqueológico a los dos sexos, las autoras del volumen muestran dos vías fundamentales: el estudio de los restos antropológicos y de los referentes simbólicos (ajuares y representaciones figurativas de cuerpos sexuados).
Andrea González-Ramírez y Arturo Sáez Sepulveda profundizan en la bioarqueología para estudiar las condiciones materiales de los sujetos sociales, mujeres y hombres.
Trinidad Escoriza y Pedro Castro reivindican las representaciones figurativas, como única vía de acceso al conocimiento de las relaciones entre los sexos y a la división sexual del trabajo realmente existente en cualquier sociedad.
Pero Encarna Sanahuja (2002,2007) señala otra vía, más complicada pero factible, relacionada con los lugares de asentamiento.
Intenta plasmar las tareas efectuadas en los diversos lugares sociales a partir de la transitividad de los objetos materiales implicados en los procesos de trabajo y de los recursos instrumentales necesarios al efecto.
En esta línea Raquel Piqué y Trinidad Escoriza relacionan los contenidos expositivos de los paneles con representaciones figurativas del NE peninsular con las herramientas que aparecen en el registro arqueológico del yacimiento neolítico de La Draga para analizar la división sexual del trabajo y si existe o no un dominio, y explotación, sobre las mujeres desde una perspectiva diferente.
El último elemento que consideraré es la representatividad y el valor social de la arqueología feminista, de las mujeres o de género.
El primero se refiere a la visibilidad de las mujeres, bien a través del uso del lenguaje, como hace Andrea Franulic, bien a través de las representaciones populares, como denuncian Francisca Hornos y M.a Ángeles Querol en su análisis de los museos arqueológicos de Oviedo, Almería, Bilbao, Alicante y el Museo de la Evolución Humana de Burgos.
En ambos casos se desvela la imposible neutralidad del concepto "hombre", que revela la invisibilidad a la que las mujeres hemos estado sometidas en todas las esferas de la vida, el trabajo, o la acción social todo ello con un carácter inherentemente simbólico.
Esta no es más que otra de las estrategias de cancelación y negación tan reconocidas históricamente.
Como indican Trinidad Escoriza y Pedro Castro (p.
98) "acceder al conocimiento de las relaciones que acontecieron entre los sexos y a las condiciones de vida en general de las mujeres, no debería ser objeto de tanta suspicacia y desconfianza, generando respuestas sexistas e incluso misóginas".
Pero esta es la realidad.
La sociedad en la que vivimos ha demonizado todo lo relativo al conocimiento y presencia de las mujeres aprovechando el desconocimiento, utilizando la desinformación y generando estereotipos en los que ni siquiera las mujeres quieren reconocerse pero nuestro alumnado universitario ¿no debería rebelarse contra esa imposición?, en demasiados casos no es consciente de lo que significa el femenismo ¿No debería la academia afrontar sin miedos la pretensión de igualdad entre mujeres y hombres en vez de, a menudo, ridiculizar e ignorar lo que ha supuesto en la historia de la humanidad las relaciones y las identidades sexuales y de género?
Se teme el cambio de modelo y del status quo establecido, porque el feminismo reta el conocimiento tradicional, ancestral e impuesto y cuando ese conocimiento no es verdadero, lo desenmascara.
El feminismo en Arqueología pretende un cambio disciplinar.
La primera se centra en la dimensión científica de la arqueología y en el potencial de la Etnoarqueología como metodología calibradora para el acercamiento a las sociedades del pasado y especialmente a la reproducción como el principal marco estructurador y eje vertebrador de cualquier sociedad.
Manuela Pérez pone el acento en las relaciones de la Arqueología feminista materialista con la Arqueología Social y con el Materialismo histórico.
A partir de la crítica constructiva de sus postulados, de la revisión del concepto de reproducción y de la aplicación de la Teoría del Valor del Trabajo en Arqueología podemos obtener un conocimiento más real de las sociedades del pasado.
Ambas propuestas buscan trascender una Arqueología meramente descriptiva de las sociedades del pasado para responder preguntas cruciales sobre las relaciones entre mujeres y hombres en la actualidad.
El texto de Iraida Vargas es buen ejemplo.
Explica cómo la arqueología venezolana, al servirse de los postulados de la Revolución Bolivariana, ha logrado cambiar la práctica arqueológica al reconocer al pueblo venezolano como sujeto histórico revolucionario, rompiendo a la vez con la invisibilización femenina en los procesos históricos.
El cambio disciplinar no es fácil.
Para algunas investigadoras una remoción de tal calibre no puede hacerse desde dentro, mientras que para otras sólo se puede hacer tocando los cimientos.
La primera postura tiene el peligro de que las feministas queden excluidas, convertidas en guetos.
El riesgo de la segunda es dejarlas atrapadas por las propias dinámicas de la disciplina y conformes con menos de lo que se pretende.
Creo que ambas alternativas son válidas.
Sólo intentando no quedar relegadas, afrontando los riesgos se puede avanzar.
Cada investigadora e investigador deberá decidir su propio camino.
Lo que está claro es que esta ecuación sólo se resuelve terminando con el androcentrismo presente en la disciplina.
En definitiva el volumen supone un interesante marco de reflexión, independientemente de si se está de acuerdo en todos o parte de sus postulados.
Publicaciones con esta potencia teórica y metodológica son imprescindibles para seguir avanzando en la construcción de una Arqueología más real y más social.
El camino abierto por Encarna Sanahuja y otras investigadoras que la acompañaron ya no tiene vuelta atrás.
Este libro es el resultado de un proyecto alrededor de la figura de Juan Vilanova y Piera (1821-1893), iniciado hace más de dos décadas por Francisco Pelayo López (Investigador del Instituto de Historia del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC-Madrid) y Rodolfo Gozalo Gutiérrez (Profesor Titular del Departamento de Geología de la Universidad de Valencia) junto con el historiador de la ciencia Vicente Salabert Fabiani, lamentablemente fallecido antes de la finalización del trabajo.
En el libro que aquí se reseña, los autores se propusieron ofrecer una biografía actualizada de "uno de los naturalistas más importantes de la segunda mitad del siglo XIX, catedrático de Geología y Paleontología de la Universidad Central de Madrid" como una manera de "mejor comprender el panorama científico español de la época, así como conocer de primera mano algunas de las polémicas más importantes de aquel momento, como las relacionadas con la teoría de la evolución" (p.
La publicación está organizada en 8 capítulos, profusamente ilustrados: "Breve noticia biográfica", "Periplo europeo de Vilanova y la concesión de la cátedra de Geología y Paleontología", "Vilanova profesor de la Universidad Central y del Museo de Ciencias Naturales", "Vida académica y divulgación en Vilanova", "Vilanova y las ciencias geológicas", "Vilanova y la arqueología prehistórica" y "Creacionismo y antidarwi-Trab.
Prehist., 70, N.o 1, enero-junio 2013, pp 204-218, ISSN: 0082-5638 nismo en Vilanova", precedidos por una introducción y seguidos por la bibliografía y 8 apéndices documentales (ejercicios de oposición, informes, reclamos de pago, distinciones, manuscritos y un útil catálogo de las obras publicadas por Vilanova).
El capítulo octavo contiene el catálogo del fondo documental "Juan Vilanova" (donación Masiá Vilanova), depositado en el Museo de Prehistoria de Valencia.
Este repertorio ordena, sistematiza y pone en valor un legado procedente de una donación familiar entregada a una institución pública en 1985.
El legado consiste en una serie de publicaciones, manuscritos y fotografías y, según los autores, su importancia radica en las posibilidades que abre a la investigación para: a) reconstruir las relaciones científicas y personales de Vilanova, es decir, la red social en la que se movía y sus círculos de influencia; b) hacer visible los cambios y contramarchas en el proceso de escritura y publicación o, más aún, aquellos manuscritos de obras que no llegaron a la imprenta; c) estudiar a través de sus apuntes de clases y conferencias, el contenido de las mismas.
Los autores, muy acertadamente, remarcan que este legado debe complementarse con el estudio de otras publicaciones y otros fondos, en particular, el Archivo General de la Administración de Alcalá de Henares, el del Museo de Ciencias Naturales de Madrid y los de otras instituciones como la Real Sociedad de Historia Natural.
Sin embargo, subrayan también que, a partir de su catalogación, el Fondo Vilanova representa una fuente básica de información sobre la ciencia e instituciones científicas del siglo XIX español.
Sin dudas, este tipo de proyectos refuerza la necesidad de valorizar los archivos institucionales y privados y de pensar modelos que integren la investigación científica e histórica con la catalogación y puesta en valor de nuevas fuentes (Kelly y Podgorny 2012) ( 1).
Podría decirse que, en el libro, la biografía ilustra y explica el catálogo y viceversa.
Los sucesivos capítulos nos resumen los libros que Vilanova fue publicando a lo largo de su carrera, listan el nombre y características de las asociaciones de las que participó, de sus aliados y sus contendientes, de los trámites realizados, de sus lecturas y de sus notas de viaje.
En esta biografía se pueden destacar varios aspectos: por un lado, uno de los argumentos guía consiste en que la legitimidad de la carrera de Vilanova y la profesionalización de los naturalistas de las ciencias de la tierra y la arqueología
(1) Vale la pena destacar que existen diversos programas internacionales que fomentan la salvaguarda y puesta en valor de archivos.
Entre los más relevantes, menciono las convocatorias de la Universidad de Harvard para las bibliotecas y archivos latinoamericanos http://www.drclas.harvard.edu/plala; el "Programa de Archivos en Peligro" de la British Library http://eap. bl.uk; y las iniciativas ADAI destinada a Iberarchivos http:// www.mcu.es/archivos/MC/ADAI/index.html.
prehistórica deben leerse en conflicto con los intereses de los ingenieros de minas, quienes compartían con ellos un saber topográfico sobre el terreno y, por otro lado, contaban con la capacidad de encontrar durante el desarrollo de las obras públicas testimonios enterrados de la vida del pasado.
En segundo lugar, las tensiones entre los debates sobre la evolución, el origen del hombre y el papel de Vilanova como propagador del movimiento prehistórico a pesar (¿o quizás debido a ellas?) de sus creencias católicas.
Estas contradicciones aparentes nos recuerdan que la historia es mucho más sutil que las dicotomías a las que nos acostumbró cierta historiografía.
Vilanova aparece inserto en una red de sociabilidad científica y académica que traspasa esas barreras y que parece definirse por el tipo de material que pretende estudiar: mandíbulas, fragmentos de cráneos, instrumentos y utensilios de piedra, metal o hueso.
Por otro lado, el libro provee una visión de la historia de la Prehistoria, de la Geología y de la Paleontología que se aleja pero no esquiva los escenarios en los que suele situarse esta historia.
Solamente como ejemplo: los itinerarios biográficos de Vilanova nos recuerdan aquello que los historiadores anglosajones de la Geología por lo general desechan de sus relatos centrados en el actualismo de Lyell (Good 1998).
Me refiero a una Geología no gradualista encarnada en la obra de Élie de Beaumont.
Vilanova, con sus viajes y períodos de formación en París, nos muestra cómo las ideas y las prácticas de ingleses, daneses y franceses, incluso de grupos aparentemente antagónicos entre sí, terminan amalgamándose o recombinándose, dando forma a otras discusiones y armando otros contextos.
En este sentido, figuras como las de Vilanova -así como el trabajo de Peter Rowley-Conwy (2007) sobre la recepción del Sistema de las Tres Edades en Dinamarca, Irlanda y Gran Bretaña-ayudan a entender la complejidad de la circulación de palabras, ideas, libros y artefactos en la configuración de unas disciplinas que deben encontrar parámetros de referencia internacionales o, en otras palabras, anclarse en palabras, dibujos y cosas que puedan compararse más allá de las fronteras (Richard 2008; Hurel y Coye 2011).
No por nada Vilanova compra colecciones para llevar a su país y tener a mano los modelos para poder clasificar los hallazgos locales.
Por las mismas razones, Vilanova, como muchos otros, participa de comités y congresos en las que se discute la nomenclatura de esas ciencias que se expanden en Europa y más allá con pretensiones de universalidad pero en lenguas nacionales que no siempre se entienden entre sí (Podgorny 2001(Podgorny, 2009)).
Los lectores de Trabajos de Prehistoria encontrarán en el capítulo "Vilanova y la arqueología prehistórica" una presentación prolija y concienzuda de las discusiones y contexto que enmarcaron y dieron forma a la Trab.
Desde mi punto de vista se trata de los capítulos mejor articulados, donde el marco internacional-las discusiones francesas e inglesas-se combina magistralmente con el desarrollo y los conflictos de las instituciones españolas.
Pero lejos de presentar un mero marco socio-institucional, allí están los aportes y las prácticas de Juan Vilanova, su defensa de la autenticidad de las pinturas de las cuevas de Altamira y su papel fundamental como promotor de la Prehistoria en el mundo científico español.
Para finalizar, una pequeña reflexión acerca de las enseñanzas de este libro: ¿circulan las palabras y los objetos desprovistos de los significados que adquieren en determinados contextos?
Allí tenemos un caso, en la Argentina de la década de 1870, donde un coleccionista de objetos prehistóricos de las provincias del norte, católico convencido de la presencia de la cruz y de los apóstoles en América, le manda cráneos, urnas de cerámica y piedras talladas a los materialistas más furibundos de París y de Buenos Aires (Podgorny 2009).
Sin lugar a dudas no los unen las ideas.
Tampoco les importa mucho qué hará el otro con los resultados del intercambio.
Los une, en cambio, el correo y una sociabilidad coleccionista que trasciende esas diferencias y que una historia centrada en las ideas no consideraría menores.
Por eso, este libro es una invitación a pensar caminos que nos permitan entender el pasado de la ciencia en toda su complejidad, poniendo a disposición un riquísimo fondo documental para todos los que quieran emprender esa tarea.
Inicié la lectura de esta obra con una predisposición positiva: en la profesión ha cundido la idea de que el esfuerzo de redacción de memorias de excavación no se reconoce en los curricula:'carece de valor'.
Escalar en el ranking de 'prehistoriadores solventes' pasa por publicar artículos en 'revistas de impacto', avanzando novedades no siempre acompañadas de sus adecuados contextos y análisis primarios.
Si fuera práctico debería aceptar la situación: no lo hago porque estoy convencido de que nuestra disciplina avanza cuando se presentan con rigurosidad los datos empíricos, obtenidos en los trabajos de campo.
Esto es lo que nos ofrece el libro: la descripción pormenorizada del registro superior, holocénico, de la cavidad de El Mirón.
Una excavación arqueológica implica una gran responsabilidad: los documentos prehistóricos son finitos, frágiles y complejos.
La metodología importa (¡también las bases teóricas!) pero la dedicación, el detallismo, el savoir faire en la recuperación es fundamental.
La dirección de los trabajos de campo y laboratorio por los profesores L. G. Straus y M. R. González Morales y su coordinación de las analíticas a cargo, entre otros, de J. Altuna, M.a J. Iriarte, L. Peña-Chocarro, L. Zapata son una garantía a ese respecto.
Formalmente el libro es irreprochable: adecuada presentación, tablas y láminas claras y normalizadas (en la cartografía hay alguna pérdida de resolución -cap 19).
La estructura es clásica, en el buen sentido del término.
Los editores dan a conocer el sitio, el entorno, el trabajo y los resultados estratigráficos y radiocronológicos, junto con análisis de sedimentología y arqueomagnetismo.
Los siguientes capítulos se reservan para la arqueobotánica (polen, semillas, carbones y fitolitos) y la arqueozoología (micromamíferos, aves, herpetofauna, macromamíferos y cuestiones de tafonomía).
El capítulo relativo a los hoyos/fosos insertos en la estratigrafía tendría más sentido en el primer bloque para advertir al lector de las consecuencias de las acciones antrópicas en el registro.
El módulo final evalúa las industrias líticas y cerámicas y reflexiona sobre el papel clave de El Mirón en la reconstrucción del pasado de la región.
Frente al tradicional desinterés de los paleolitistas por los estratos postpaleolíticos habituales en las clásicas Trab.
Prehist., 70, N.o 1, enero-junio 2013, pp 204-218, ISSN: 0082-5638 cuevas del sudoeste de Europa (sea por intereses de la investigación, sea por sus problemas estructurales), es muy acertado que los responsables de El Mirón aprovechen la oportunidad que ofrece la cavidad para evaluar esos tiempos que, en la región, muestran carencias importantes.
Estamos ante "un yacimiento al aire libre en cueva".
Las dimensiones de la boca (16 m de anchura, 19 m de altura y 30 m de profundidad) y su posición en la montaña permiten verla desde el valle.
La dinámica de su ocupación postpaleolítica se conoce en otros ámbitos ibéricos: cantábrico (Arenaza), Alto Ebro (Los Husos, Cueva Lóbrega), meseteño (El Portalón de Atapuerca, La Vaquera), pirenaico (Chaves) o mediterráneo (Cendres).
Son registros orientados sobre todo a la gestión de la ganadería que, junto a otras manifestaciones, nos trasladan una estructura socioeconómica compleja.
Sitios de complicadas estratigrafías, interrumpidas o modificadas por tareas de limpieza, mantenimiento y excavación de estructuras, que requieren lecturas minuciosas, juicios medidos y analíticas perspicaces.
Estas son las coordenadas de la obra, donde no se ocultan problemas de pérdida de información, de flotación de las tierras o de inevitable ambigüedad descriptiva (capítulo 17, p. ej.).
Se reconoce que las alteraciones estratigráficas (naturales, antrópicas prehistóricas e históricas) "impiden estar absolutamente seguros de la integridad e individualidad de los niveles".
Se admite que no es sencilla la equivalencia entre las secuencias sedimentaras de las áreas de excavación.
Tampoco hay duda de los movimientos de materiales entre capas (véanse los capítulos dedicados al arqueomagnetismo, la microfauna o la tafonomía).
Como los autores, creo que la descripción arqueológica de la estratigrafía debe asentarse en las observaciones empíricas y diarias cotejadas en el campo, discutidas/mejoradas por análisis complementarios.
En El Mirón los niveles se han definido a partir de' juicios de sentido común' (color, textura o contenido arqueológico).
Esta última variable causará cierto recelo.
Me parece, en cambio, un criterio lícito siempre y cuando no sea una reconstrucción a posteriori, a partir de los resultados analíticos y radiométricos.
Varios de los elementos asépticos que aceptamos como válidos -color, textura...-derivan de la propia ocupación humana, es decir, son tan antrópicos como la presencia de tal o cual material arqueológico.
En la compleja estratigrafía se relacionan una treintena de niveles (en un metro de espesor), de superposiciones no siempre continuas, con lentejones y estructuras negativas, insistiendo que su lectura debe de hacerse a la manera de palimpsepto.
Exceptuando a Breuil en su estudio de las superposiciones gráficas, el concepto suele emplearse como erróneo sinónimo de revuelto.
Pero en paleografía hace referencia a documentos con relatos superpuestos, a una 'estratigrafía' de textos que con medios adecuados podrían leerse independientemente.
La estratigrafía de El Mirón reproduce variables comunes a yacimientos con ocupaciones postpaleolíticas avanzadas: sucesión de lentejones con carbón, ceniza, escasez de restos materiales y fauna, evidencias de estiércol y paja, fosos amortizados...
Depósitos donde "humanos y sus animales domésticos fueron los principales agentes de la acumulación y la alteración de los sedimentos".
El proyecto de El Mirón obtuvo 20 dataciones C14 posteriores al 10000 BP (sobre carbón, menos una sobre cereal) que correlacionan niveles y establecen comparaciones regionales.
Son valores con lógica secuencial, salvo alguna inversión atribuible al efecto "madera vieja" o al uso de diferentes técnicas de medición.
Hay un hiatus entre el 9500 y el 5700: es decir entre el final del Paleolítico y, salvo alguna visita fugaz, mediados del IX milenio, la cavidad se abandonó para reocuparse avanzada la economía de producción (lo que mucho dice sobre los intereses de su uso).
La ausencia de capas estériles entre las fases de abandono evidencia la importancia de la actividad humana en la formación de los niveles, mostrando la relevancia, razonada antes, de los elementos antropogénicos en la descripción de los estratos.
Los análisis paleobotánicos han sido minuciosos.
El polen define 4 momentos: mesolítico, neolítico, calcolítico y calcolítico-Edad del Bronce.
En los dos primeros el dominio de Corylus, seguido de Quercus, es absoluto.
En los otros hay un descenso discontinuo de un bosque en renovación.
La información carpológica es escasa pero significativa: el cultivo de 3 variedades de trigo desde el Neolítico sugiere una agricultura desarrollada, constatada en otros depósitos cantábricos (Herriko Barra, Kobaederra...).
Residuos de bellotas y avellanas ¿indicarían un consumo humano?
Los carbones identifican 17 especies arbóreas, con dominio de Quercus (¡el 97% en algún nivel!) y avellano, rosáceas y fresno bien representados.
La reconstrucción de los paisajes a partir del carbón y del polen difiere: El Mirón reabre el debate de cómo leer los resultados (el juego QuercusCorylus) y explicar la representación de las especies (tafonomía, elección cultural...).
Las 20 especies de micromamíferos identificadas, introducidas en su mayor parte por aves rapaces, dibujan un escenario de retroceso de bosques en favor de prados y pastizales.
La colección de mamíferos mayores es desigual: escasa en el Mesolítico por lo perentorio de la visita y de valor en el Neolítico y Calcolítico con una importante cabaña de ovicaprinos y vacunos.
Los rebaños se gestionaban en la cavidad todo el año, aprovechando, desde los inicios, los productos secundarios.
Ello nos obliga a repensar la "revolución de los productos secundarios" como se acaba de hacer en el Próximo Oriente ante las evidencias antiguas del uso de tracción animal o consumo de derivados lácteos.
También se reabre el debate sobre la posible domesticación local de la vaca a partir de algunas medidas de ejemplares de El Mirón y de Los Cascajos, La Renke Trab.
El análisis de los componentes industriales visualiza las perturbaciones sedimentarias: recipientes cerámicos cuyos fragmentos se distribuyen en varias unidades estratigráficas, "fósiles directores" líticos paleolíticos en niveles postpaleolíticos...
La producción alfarera, elaborada con barros locales, es pobre, de formas sencillas con escasas, y banales, decoraciones: desde el Calcolítico incluye elementos de almacenaje.
Personalmente creo que el capítulo debe reorientarse: tipológicamente porque la clasificación de los objetos a través de una lista creada ad hoc para conjuntos superopaleolíticos resulta incómoda (no es habitual el concepto de microgravette para estas épocas); en las materias primas porque las clasificaciones atienden a caracteres externos (limitados) sin analíticas físico-químicas que respalden las variedades y, en la composición, porque da la impresión de que no pocos de los objetos individualizados no son de estos momentos (es extraña la gravette calcolítica de la figura 18.7, o el conjunto de microdorsos y la punta FontIves asociados a la Edad del Bronce).
La obra tiene fecha del 2012 pero es evidente que su redacción es anterior: las citas bibliográficas posteriores al 2005 son raras y en algún capítulo no superan el 2000.
Sin duda esto explica la ausencia de trabajos sobre diversos temas que debieran haber servido de referencia, y tal vez contribuido a mejorar las consideraciones culturales que se ensayan.
No obstante, la obra es espléndida, encomiable, necesaria y de consulta obligada.
Desde luego estamos ante una labor que debemos aplaudir, cuyo valor supera con creces a tantos artículos de impacto.
Es una contribución científica de primer orden.
Área de Prehistoria, Universidad del País Vasco.
C/ Tomás y Valiente s/n.
Gathering Time es una obra de referencia para entender la transformación metodológica que ha supuesto la aplicación de la estadística bayesiana a la interpretación de la cronología radiocarbónica.
Su impacto en la Prehistoria mundial está comenzando a gestarse, pero quizás marque una cuarta -y mucho más interpretativarevolución del radiocarbono, tras el descubrimiento de la técnica, la curva de calibración y el AMS.
Se trata de dos volúmenes claros, bien escritos y estructurados que pueden ser muy útiles para lectores con intereses diversos.
Es una lección transparente de qué es y cómo usar la estadística bayesiana (y del programa OxCal v.3) en la interpretación de las series radiocarbónicas, una excelente recopilación de casos de estudio sobre la historia interna de muchos recintos de fosos neolíticos del sur de Gran Bretaña e Irlanda, una ambiciosa interpretación del Neolítico en las islas, un ejemplo metodológico de cómo abordar un proyecto sobre la cronología absoluta prehistórica a escala interregional y un buen ejemplo de las virtudes e inconvenientes de la arqueología interpretativa contemporánea en habla inglesa.
Aviso a navegantes: dadas sus dimensiones, peso y densidad de las materias tratadas, no es una obra apta para su disfrute en el transporte público.
El problema arqueológico que abordan es la definición del origen, uso y dispersión temporal de los recintos de fosos neolíticos en Gran Bretaña e Irlanda.
La obra marca un punto de inflexión desde el punto de vista metodológico e interpretativo de la información cronológica.
Metodológico, porque utiliza las series radiocarbónicas en su conjunto para reconstruir los procesos históricos mediante el empleo de la modelización bayesiana.
Interpretativo, porque dicha modelización permite conocer el grado de verosimilitud de las secuencias planteadas para explicar dónde se inició y cómo se expandió por las islas uno de los fenómenos más generalizados de la Prehistoria reciente europea.
El capítulo 1 -Gathering time: causewayed enclo sures and the early Neolithic of southern Britain and of Ireland-explica la estructura de cada volumen y los objetivos del proyecto.
Éste surge en los primeros años del siglo XXI como consecuencia de una feliz combinación de circunstancias: la publicación monográfica de un buen número de recintos neolíticos y los avances del radiocarbono, con el AMS y la aplicación de la estadística bayesiana.
En este escenario los autores se plantearon la posibilidad de utilizar las series radiocarbónicas de estos y otros recintos para conocer y reinterpretar sus trayectorias y tiempos de dispersión, además de para definir, dadas sus cronologías antiguas, las pautas espacio-temporales del proceso de neolitización en Gran Bretaña e Irlanda.
Para ello recopilan un total de 2350 dataciones radiocarbónicas procedentes de casi cuarenta recintos de fosos.
De todas ellas, 427 son fechas nuevas realizadas en el contexto del proyecto, ampliando casi en un 20% el número total disponible.
El objetivo de estas nuevas dataciones se ha orientado a resolver problemas específicos de los yacimientos caso por caso, lo que, además, queda reflejado en los capítulos correspondientes en un apartado específico (Objectives of the dating programme).
Por establecer un contrapunto, la Península Ibérica cuenta en la actualidad con 325 dataciones radiocarbónicas procedentes de 34 recintos de fosos, menos del 20% Trab.
Como descargo, la comparación se realiza con el Usain Bolt del radiocarbono.
El capítulo 2 -Toward generational timescales: the quantitative interpretation of archaeological chrono logies-explica las posibilidades del uso de modelos bayesianos aplicados a secuencias radiocarbónicas.
Independientemente del resto del libro, este capítulo es recomendable como manual para comprender y realizar modelos bayesianos.
Se definen con claridad todos los elementos que forman parte del proceso del modelado estadístico, desde qué es una aproximación bayesiana, cuál es la información que debe contener un modelo y los criterios de selección de la dicha información.
En Gathering Time se reinterpreta conjuntamente las dataciones de C-14 conocidas con el fin de valorar cuándo se comenzaron a construir los recintos de fosos, el tiempo empleado para ello, durante cuánto tiempo se mantuvieron en activo, cuáles fueron contemporáneos o cómo se fueron transformando.
Es decir, una interpretación verosímil de las trayectorias en conjunto a partir de múltiples enfoques biográficos de un buen número de yacimientos.
La aplicación de la estadística bayesiana permite aproximarse y discernir cuáles de estos modelos son más verosímiles y el orden de los acontecimientos más probables sobre la base de una información previa conocida que, en este caso, son las propias dataciones y los contextos estratigráficos y materiales a los que se asocian las muestras fechadas.
El grueso de la obra -capítulos 3 a 12-expone, caso a caso, la totalidad de la información cronológica y arqueológica que va a fundamentar la interpretación de la secuencia interregional.
Se abordan alrededor de cuarenta recintos de fosos neolíticos de Gran Bretaña e Irlanda.
Cada uno cuenta con una introducción geográfica y topográfica, una breve historia de la investigación, una contextualización de las dataciones existentes y una descripción detallada del objetivo del muestreo efectuado en el proyecto y su consecución.
Finalmente, se realizan distintos modelos en función de las casuísticas locales.
Los autores sugieren alternar su lectura en función de los intereses y el lector español encontrará sin duda algunos yacimientos de renombre entre los analizados, como Windmill Hill, Maiden Castle o Robin Hood's Ball.
El capítulo 13 -Carbon and nitrogen stable isotope values of animals and humans from causewayed enclo sures-ofrece los resultados de los análisis de isótopos estables de nitrógeno y carbono sobre una muestra algo desequilibrada de huesos animales y humanos procedentes de cuatro yacimientos.
Sugieren que no hay evidencias de un uso de recursos marinos y sí de un porcentaje elevado de consumo de proteínas animales, lo que -con la cautela de una muestra aún poco representativa-perfila una economía fundamentalmente ganadera para estos constructores de recintos.
Los dos últimos capítulos constituyen la parte más destacable por su contenido interpretativo y, quizás, la más aconsejable para aquellos interesados en los procesos de neolitización de Europa.
Su objetivo es, usando términos de los autores, tejer una narrativa a partir de los hilos cronológicos representados por cada una de las secuencias regionales.
De este modo, el capítulo 14 -Neolithic narratives: British and Irish enclosures in their timescapes-presenta y discute los inicios de la neolitización de las Islas Británicas.
Aunque aceptan que existió un "paquete" neolítico, proponen que realmente fue un paquete "acreciente" (p.
840), creado tras varias generaciones neolíticas.
Los primeros recintos de fosos se construirían a finales del siglo 38 cal BC en torno a las regiones meridionales de Inglaterra, probablemente en el estuario del Támesis por primera vez, y no constituyen las primeras evidencias neolíticas en las islas.
El capítulo continúa presentando distintos modelos para interpretar la temporalidad del Neolítico de las islas, partiendo del principio que si bien "todos los modelos son incorrectos, algunos son útiles" (p.
En conjunto, tanto este capítulo como el siguiente -Gathering time: the social dynamics of change-generan un cierto desasosiego al lector no especializado en la zona.
Al expandir el objeto del trabajo al primer neolítico en su conjunto, incorpora un elevado volumen de información arqueológica y de interpretación que hace que un lector no informado (no británico) difícilmente pueda valorar la verosimilitud de sus propuestas.
Además, abordan una interpretación a escala europea que provoca cierto vértigo dado que, inevitablemente, pasan por alto los detallados procedimientos que ellos mismos exponen en los diez capítulos dedicados a yacimientos de las islas.
Como sucede con los modelos bayesianos, uno debe decidir a priori dónde establecer el límite final.
Pero, no se equivoque el lector, la narración es extremadamente interesante y rica en matices, útil por sus obvias implicaciones para la Península Ibérica y, sin duda, muy persuasiva.
La mejora en la precisión de la cronología radiocarbónica no ha venido siempre de la mano de mejores diseños de investigación orientados a controlar la calidad contextual de las muestras datadas.
Gathering Time es un buen ejemplo de que es posible diseñar y llevar a buen puerto un proyecto ambicioso sobre la temporalidad de determinados fenómenos arqueológicos que sea explícito en sus objetivos, claro en su metodología e (inevitablemente) interpretativo en sus resultados.
Verónica Balsera y Pedro Díaz-del-Río.
G.I. Prehistoria Social y Económica.
Cámara Municipal de Sabugal, Centro de Estudos Arqueológicos das Universidades de Coimbra e Porto (CEAUCP), Instituto de Arqueología do Departamento de História, Arqueologia e Artes da Faculdade de Letras, Universidad de Coimbra (DHAA da FLUC).
En el multiforme complejo de las manifestaciones artísticas de función simbólica inscritas sobre rocas durante los milenios prehistóricos, constituye la Península Ibérica en variedad y número de tales manifestaciones un verdadero continente.
Es ésta una realidad constatada por el cuantioso conjunto de arte rupestre paleolítico, la amplitud de las estaciones del arte levantino, el vastísimo corpus del esquematismo pictórico en covachas y abrigos, el rico y bien delimitado fenómeno de los petroglifos gallegos, o la singularidad y número de los monolitos y estelas erigidos a lo largo de la Prehistoria reciente.
Sin embargo, hay considerable desigualdad en el tratamiento de cada uno de esos ámbitos.
Las manifestaciones de la plástica prehistórica en continentes bien precisos, a veces con el apoyo vital de estratigrafías que permiten firmes correlaciones cronoculturales, gozan, como ocurre con las de génesis paleolítica, de una mayor difusión y reconocimiento.
No es este el caso de muchas de las estelas grabadas y modalidades diversas de la protoestatuaria generadas desde un tiempo neolítico maduro hasta los episodios postreros de la Edad del Bronce.
Fue precisamente la necesidad la puesta al día de las investigaciones en marcha en torno a este complejo universo de piedras ilustres lo que impulsara la reunión celebrada en la localidad portuguesa de Sabugal, Beira Alta, en los días 23 y 24 de octubre de 2009, encuentro promovido por el Centro de Estudos Arqueológicos de las Universidades de Coimbra y Porto.
El resultado final de aquellas jornadas se sustancia en diecisiete estudios de diversa intención, según atiendan a ámbitos regionales o de cierta amplitud espacial, el tratamiento monográfico de nuevos documentos, o aproximaciones de síntesis a fenómenos bien caracte rizados en su materialidad y marco territorial.
Entre los primeros se cuentan las contribuciones de M. Varela Gomes a propósito de la estatuaria antropomórfica del Neolítico final-Calcolítico de la región de Évora, en algunos casos en contextos monumentales tan extraor dinarios como Almendres o Portela de Magos, y la ponencia de P. Bueno, R. Barroso y R. de Balbín relativa al copioso repertorio de las expresiones antropomórficas en las placas y estelas de la cuenca del Tajo.
En testimonios de ámbito territorial más concreto o contemplando aspectos muy determinados se centran las aportaciones de J. L. Cardoso sobre la estela femenina de Monte dos Zebros, de D. J. Cruz y A. Tomás con el estudio de las estatuas-menhir da Serra da Nave, de Ma.
J. Sánches sobre las lastras antropomórficas de Picote, en Miranda de Douro, de L. Bacelar y M. Reis presentando las estelas de Cervos, en Vila Real, de B. Comendador, V. Rodríguez y A. Mantenga sobre la estela orensana de Tameirón, de P. Fábrega-Álvarez, J. Fonte y F. J. González sobre las estatuas a caballo entre Galicia y Portugal, de R. Vilaça, A. Tomás y S. de Melo sobre las estelas de Pedra da Atalaia, en Guarda, de Vilaça, Tomás y J. Nuno sobre las estelas de Sabugal, de P. Sanabria sobre la estela cacereña de Puerto de Honduras, de M. Zarzalejos, G. Esteban y P. Hevia sobre las estelas de La Bienvenida-Sisapo, en Ciudad Real y, finalmente, de P. Sanabria sobre la estela del Puero de Honduras, en Cáceres.
Las aportaciones de M. Díaz-Guardamino, reflexiones sobre las estelas y estatuas-menhir de la Edad del Bronce peninsulares; Eduardo Galán, en torno a las estelas "atípicas" del Bronce Final del SO, y de S. Celestino y J. Á.
Salgado, una nueva forma de lectura de la distribución de las estelas del occidente peninsular y su desglose diacrónico, son exposiciones de síntesis y de nuevas propuestas interpretativas.
Del conjunto publicado no deja de resultar llamativa la reiterada atención al fenómeno de las estelas del Bronce final del SO, serie monumental cuyo corpus adquiere un visible incremento, en parte a expensas del hallazgo de estelas en territorios que desbordan el marco geográfico tradicional, circunstancia que genera nuevas perspectivas y asociaciones culturales y la necesaria reconsideración de la articulación regional de un fenómeno de tan acentuada singularidad.
Conviene aclarar, sin embargo, lo discutible de la escueta ordenación y enumeración hecha más arriba, puesto que si un rasgo común comparten mayoritariamente las distintas aportaciones es el del esfuerzo por la contextualización de los documentos presentados ex novo o ya conocidos; la aplicación del enfoque analítico no en exclusiva a cada estela como una creación cerrada y explicada en sí misma, en sus rasgos formales y contenido iconográfico, si no como parte de un todo complejo en el que se engranan peculiaridades territoriales, tendencia generales y rasgos locales, asociaciones arqueológicas firmes o probables, en muchas ocasiones inciertas, procesos temporales y, como no podía ser de otro modo, la causa originaria de la erección de esa clase de monumentos que de ningún modo hubo de ser unívoca.
En la aceptada raíz común de estelas y protoestatuas se integran vectores tan diferenciados como complementarios o compatibles: lastras brutas inscritas o de talla antropomórfica, ideadas para destacar erguidas, y por ello piedras indicativas de algo esencial o trascendente; hitos Trab.
Prehist., 70, N.o 1, enero-junio 2013, pp 204-218, ISSN: 0082-5638 de referencia, monumentos conmemorativos, señales de jurisdicción territorial, marcadores étnicos y, en consecuencia, actuantes como factores de integración social; alusiones a la muerte individual, biológica o social, por ello referentes del pasado, heroización de antepasados directos o míticos, panteón de divinidades desconocidas..., elementos entonces apotropaicos y, por ello, funciones orientadas al futuro.
Aceptado el carácter polisémico del sujeto considerado, en las actas de Sabugal se compendia además el mapa genérico que insiste en la ubicación occidental del fenómeno, como si las expresiones primeras de filiación megalítica sustanciaran una cierta longevidad que con discontinuidades y profundas mutaciones conceptuales, fruto de situaciones culturales y sociales muy distintas, emergiera a lo largo de la Edad del Bronce para cuajar al final de la misma con la exhibición del poder político renovado e identificado en la simbolización entre los siglos X y VIII a. de C. del guerrero, ya visible previamente bajo la pauta atlántica, marcado finalmente por el influjo de la colonización mediterránea.
Pero ese discurso desde las posibles divinidades representadas en el contexto de las sociedades ostenta torias, como calificara Testard a las autoras de los megalitos, hasta las piedras erigidas en un ambiente de jerarquías hereditarias y de exaltación de jefes y guerreros, tropieza en el centro-oeste ibérico con las limitaciones de un brumoso ambiente arqueológico.
Quizá nuevos hallazgos en circunstancias más definidas den paso a hipótesis interpretativas de alcance similar a las propuestas en las necrópolis megalíticas alpinas de Petit Chasseur y Aosta (Courboud 2010).
En aquellas, la secuencia reconstruida del uso, abandono y empleo repetido de los respectivos cementerios, bien matizada gracias a una precisa deposición sedimentaria, juegan un papel esencial las estelas de figuraciones antropomórficas.
Las representativas de un ser superior interpretadas como la alusión a la muerte natural, biológica, podrían en su posterior rotura o destrucción desvelar la muerte social del conmemorado, conducta entendida como compatible con una sociedad de poder político estable, mientras que las estelas o estatuas consagrando a un ser vivo o a un clan, una vez removidas y rotas hablarían tanto de la muerte social como de la física, alternativa acaso delatora de una acentuada competición social (Gallay 2006).
Lamentablemente, desplazamientos, desaparición del entorno monumental contemporáneo, marcados procesos erosivos en vez de la favorable envoltura estratigráfica y sus amplias posibilidades, presentan el ya extenso registro de estelas y protoestatuas del centro occidente peninsular en un hermético plano único.
Es en tal horizonte de arrasamiento unificador en el que adquieren mayor mérito los estudios que reseñamos, en los que precisamente se busca la recomposición de los varios planos, del tiempo diferenciado en que se produjeron las diversas intenciones ideológicas, políticas, sociales, convergentes, como recurso para la materialización de su mensaje, en la aparente simplicidad de las piedras hincadas. |
Este es un libro sorprendente sobre patrimonio cultural y la relación de la actual sociedad gallega con él.
Está escrito por un arqueólogo y un periodista, dos autores que, disponiendo de extensos y fundados currículos académicos en sus campos respectivos, comparten simultáneamente una misma preocupación por la socialización del conocimiento, las transformaciones culturales en una sociedad digital, posrural y posindustrial y, sobre todo, por el activismo cultural más genuino y comprometido.
Está compuesto por 46 ensayos cortos, en general de temática arqueológica, organizados en cuatro secciones principales e interrelacionadas: "Prehisteria"[sic], "Histeria", "Gentes y Piedras" y "La luz en los caminos".
Los autores lo definen como "libelo", pues han querido hacer un texto fresco, irreverente y de tono ensayístico, amenizado por un lenguaje fluido y directo que permite leer con facilidad y disfrutar con deleite temas en absoluto banales.
El título remite a la herencia molesta que se encuentran por sorpresa personas que no contaban con heredar nada; la herencia se lleva como una carga porque ni puedes deshacerte de ella por motivos sentimentales, ni puedes vivirla porque estás a otra cosa.
A partir de una identificación del patrimonio cultural con ese tipo de herencia, muestran la incomprensión y la forma irreflexiva con la que la mayoría de nuestra sociedad se relaciona con el patrimonio, y una parte concreta de ella (una élite tecnocrática) ha secuestrado su manejo y administración apartando a las comunidades de ese patrimonio.
No dejan tema sin tratar, desde la denuncia de las falsas autenticidades a los conservacionismos cínicos.
La intención expresa del libro es promover una reacción de reapropiación o empoderamiento del patrimonio por la gente.
De forma muy insistente reclaman recuperar y reconocer la función activa de los aficionados, amateurs y eruditos (habitualmente adjetivados como "locales") en la valoración del patrimonio y, a la postre, en su conservación y recuperación.
Los temas y argumentos que tocan definen la agenda de prioridades que una cada vez más reclamada arqueología pública, community archaeology, debe tratar y resolver.
Solo le falta a la obra mostrar que esa agenda de prioridades transciende la arqueología y el patrimonio para equipararse con los objetivos urgentes de una ciencia pública en construcción.
FC Alëkshin, V. A.; Bobrovskaia, E. V.; Dluzhnevskaia, G. V.; Kashuba, M. T.; Kircho, L. B.; Krasnienko, S. V.; Nikonorov, V. India, Asia nororiental y sur de China, Sahara, Suráfrica, Próximo Oriente, Australia, Polinesia, América del Norte, México, América central (Yucatán a Panamá) y el Caribe, Colombia, Venezuela, Brasil, Bolivia, Perú, Argentina y Chile.
La información sobre los descubrimientos, proyectos recientes y en curso, las publicaciones, los objetivos y métodos de investigación predominantes en cada región permiten al lector calibrar la situación de los estudios sobre arte rupestre a escala planetaria.
Se advierte un desarrollo científico y tecnológico en este campo científico cuyo enorme impacto potencial en el registro y difusión de los resultados está inevitablemente matizado por la accesibilidad de los territorios y los recursos generales de cada país.
La formación, tan diversa, de los investigadores multiplica las perspectivas teóricas y estrategias arbitradas pero hay una preocupación común por la contextualización temporal y espacial de los sitios grabados y pintados.
Varía la escala adoptada.
Se va desde el motivo o panel a la propia estación rupestre y de esta a su posición en una red local o regional, definida por su intervisibilidad, el trazado viario o, incluso, su posición astronómica.
Las grafías pintadas y grabadas se remiten a sistemas de información de todo tipo.
Se pretende la identificación de pigmentos y aglutinantes en los estudios de las primeras y de instrumentos y técnicas de grabado recurriendo a la traceología y la experimentación.
Todo esto puede entenderse en un trasfondo académico.
Pero la investigación sobre arte rupestre tiene implicaciones que van mucho más allá.
Es evidente la convicción de que, en la actualidad, nadie implicado en ella puede dejar de abordar la propia supervivencia del objeto de estudio.
Esta atañe al objeto mismo y a consideraciones nacionales y económicas relativas a la gestión de este patrimonio.
Las segundas son obvias.
Las primeras, en cambio, tienen que ver con el recurso al arte rupestre como parte de las estrategias de grupos no incorporados a la sociedad hegemónica para recuperar tierras, autonomía e identidad.
Las grafías se emplean en la industria turística, como iconografía en textiles, publicaciones, publicidad.
También son una fuente de conocimiento sobre los antepasados o incluso un canal de comunicación con ellos a través de rituales a veces arriesgados para su conservación (retoques, adiciones, vertidos...).
La cuestión de fondo que se plantea es quien puede decidir lo que se puede hacer o no con el arte rupestre.
Esta obra ofrece amplios elementos para la reflexión. |
labor no sólo ha supuesto la excavación e investigación de una serie de yacimientos destacados de las Edades del Cobre, el Bronce y el Hierro, sino también un importante impulso metodológico para la arqueología desde su convicción que solo el desarrollo de intervenciones extensivas en asentamientos y un enfoque pluridisciplinar pueden acercarnos a la organización de las sociedades prehistóricas.
En esta entrevista conversamos durante algo más de una hora sobre su experiencia profesional y sobre el Instituto Arqueológico Alemán de Madrid desde una perspectiva científica, pero también política.
RR: Buenos días, profesor Schubart.
2012), y los editores y colaboradores de la revista Trabajos de Prehistoria desearían hacerle ahora una entrevista básicamente sobre dos temas: el primero concierne a la historia del Instituto Arqueológico Alemán, al cual ha estado Vd. vinculado durante más de 35 años, y el segundo tiene que ver sobre todo con su profesión, con su papel en la arqueología no solo española, sino, en general, de Europa.
Dada nuestra larga relación profesional y personal, TP me ha solicitado que organice esta conversación.
La primera pregunta que se antoja es: ¿cómo llega un prehistoriador al Instituto Arqueológico Alemán, cuando la mayoría de sus sedes estaban dirigidas por arqueólogos clásicos?
Y, más concretamente, ¿por qué se crea una plaza de prehistoriador precisamente en el Instituto Arqueológico Alemán de Madrid HS: Esta plaza existía desde el primer momento dada la coincidencia de dos intereses: por un lado, la fuerte influencia de la Römisch-Germanische Kommission (Comisión Romano-Germánica) de Alemania y, concretamente, de su entonces direc-(1) Ambas publicaciones incluyen curriculum vitae del Dr. Schubart. tor, Gerhard Bersu, que era prehistoriador, sobre la dirección central del Instituto Arqueológico Alemán.
Por otro lado estaban los colegas españoles, sobre todo Luis Pericot, que desde el primer momento pidieron la presencia de un prehistoriador en el equipo.
Al principio, entre los años 1943-1945, Helmut Schlunk estaba solo, pero ya en el primer año de la reapertura, en 1954, se incorporó un prehistoriador a la sede de Madrid: Edward Sangmeister, un candidato idóneo al ser especialista en la cultura campaniforme.
Y, efectivamente, esta sigue teniendo una gran importancia en el ámbito peninsular.
Al volver Sangmeister a Alemania en 1956, y hacerse cargo de la Cátedra de Prehistoria de la Universidad de Friburgo, Klaus Raddatz ocupó la plaza de prehistoriador en el Instituto durante los siguientes dos años (1956)(1957)(1958).
En este caso no buscaron tanto a alguien especializado en la prehistoria peninsular, como, sobre todo, a un excavador experimentado, dado que en ese momento el Instituto ya había empezado a trabajar en Munigua, y Schlunk deseaba intervenir en Centelles.
El primero en ser seleccionado fue Klaus Raddatz para Munigua, y más tarde yo también fui elegido por el mismo criterio.
Pero la orientación de Raddatz hacia la Protohistoria se hizo patente también en diferentes trabajos sobre la plata ibérica y, después, con la excavación de un corte, pequeño pero muy importante en su momento, en Carmona.
Además cabe destacar su trabajo sobre los vasos de vidrio romanos de Munigua.
RR: ¿Cuándo llegó usted a Madrid?
Después de unos contratos temporales todo el resto de mi vida profesional hasta mi jubilación en 1994 estuvo vinculado al Instituto de Madrid y a la Península Ibérica.
RR: Ha mencionado que la delegación de Madrid del Instituto Alemán se creó en 1943, en plena Guerra Mundial.
RR: ¿Cómo fue posible una cosa así?
HS: El interés había surgido ya mucho antes entre los arqueólogos alemanes y, en este caso, también entre los arqueólogos clásicos.
El gran erudito Gerhart Rodenwaldt, presidente del Instituto y después catedrático de Arqueología clásica en Berlín, había pensado durante años en la idea de fundar una delegación del Instituto Arqueológico Alemán en España.
RR: ¿Por qué en España?
HS: Por su interés por la arqueología española y por la relación que tenía con Pedro Bosch Gimpera.
Bosch, en sus estancias en Alemania, tuvo contacto con Rodenwaldt y este también le influyó en su interés por los íberos.
Rodenwaldt mismo, en el gran Congreso Arqueológico Internacional de Berlín del año 29, prometió a los colegas españoles que haría todo lo posible por organizar un Instituto Alemán en España.
Bueno, la elección de Madrid como sede no estaba clara inicialmente, ya que se dudaba entre Barcelona y Madrid.
Finalmente se eligió Madrid como la solución definitiva.
Helmut Schlunk fue enviado a España en 1943 para preparar la fundación y para llevar adelante sus investigaciones en arqueología paleocristiana.
Schlunk ya era muy conocido en España por aquel entonces, y trabajaba en el Museo de Arqueología Paleocristiana de Berlín.
Allí se encontraba muy cerca de la dirección del Instituto Arqueológico, y de esta forma resultó elegido director fundador del departamento de Madrid.
Hay que tener en cuenta que en el año 1943, en medio de la Segunda Guerra Mundial, al Instituto Arqueológico Alemán le era imposible gastar su presupuesto en todos los lugares del mundo en los que antes trabajaba.
Y mientras que antes siempre había dificultades para encontrar financiación... en el año 1943 hubo dinero.
Por extraño que parezca, los presupuestos de las instituciones del Estado alemán se mantuvieron también durante la guerra, y así Schlunk pasó a disponer de una suma considerable, procedente tanto del Instituto como de la Deutsche Forschungsgemeinschaft (Sociedad Alemana de Investigación).
Compró un fondo bibliográfico muy importante y organizó su traslado en tren en dirección a España, atravesando toda Francia -algo bastante complicado en aquellas fechas-.
Naturalmente, tras la guerra pasó lo mismo que con todas las instituciones alemanas: en el año 1945 el Instituto de Madrid, con su biblioteca, quedó bajo la jurisdicción de las potencias vencedoras, pero estas, en este caso, fueron muy comprensivas.
La biblioteca se quedó en la Embajada británica y su agregado cultural pidió a Schlunk que se ocupase de los fondos y cuidase de ellos.
Esta biblioteca fue muy importante porque sin la devolución de este fondo, en el año 1954 nadie se hubiese atrevido a abrir un Instituto Arqueológico Alemán precisamente en la España franquista.
Pero con esta biblioteca, que en cierto modo ya era un capital y, además, gracias a la influencia de los colegas españoles, como Luis Pericot y Antonio García Bellido, se tomó la decisión.
También fue muy importante el entonces duque de Alba, que se pronunció en favor de la reapertura.
Wilhelm Grünhagen (1979) escribió esta historia en una publicación del Instituto Arqueológico Alemán.
Además, últimamente se ha organizado un ciclo de conferencias sobre la historia del Instituto en el Instituto Arqueológico Alemán de Madrid con diferentes aportaciones de los colegas españoles.
El primer volumen referido a la Prehistoria acaba de publicarse (Marzoli et al. 2013).
Yo no lo conozco todavía pero puede que allí aparezca algo que tuviera que mencionar.
Creo que será una fuente muy importante.
RR: ¿En la apertura de 1943 intervinieron motivos políticos, es decir, el hecho que Franco y la España franquista fueran aliados de la Alemania nazi?
¿Desempeñó Helmut Schlunk algún papel político en todo eso?
Tenía muchos amigos judíos debido a sus estudios de Historia del Arte en Alemania.
Eran muchos, como Adolph Goldschmidt y otros más.
Quiero decir que la elección de Schlunk fue responsabilidad exclusiva del Instituto; no hubo una motivación política.
Puede ser que las autoridades del Estado alemán pensasen que con esa iniciativa se colaboraba con la España de entonces, pero no se sabe.
Es posible que esta alianza facilitase que España aceptase a la institución alemana.
En todo caso, la prensa se hizo eco de la acogida muy positiva por parte de los colegas españoles tras la fundación, y, naturalmente, mas aún y con mucho más énfasis, en el momento de la reapertura del Instituto en el año 1954.
Pero con respecto a Helmut Schlunk: él vivió toda esa época en Madrid y sus diferencias con la Embajada le habían influido tanto que, en años posteriores, cuando la Embajada le ofreció como sede para el nuevo Instituto Arqueológico Alemán la mitad del edificio del actual Instituto Goethe que se encontraba junto a la embajada y que en una primera fase no se ocupó enteramente, Schlunk, desde el primer momento, dijo "no, no me voy al lado de la Embajada.
El Instituto no es la Embajada.
El Instituto siempre tiene que mantenerse independiente de los asuntos políticos".
Esa era su opinión, y con los años hemos constatado que fue una decisión muy positiva, a pesar de que el espacio que le ofrecían era enorme y que el Instituto tuvo que luchar mucho para aumentar la biblioteca y el espacio de su sede.
Pasemos ahora a la época de su llegada.
¿Cuáles eran las directrices y los objetivos del Instituto Arqueológico Alemán en Madrid de aquella época?
Por ejemplo, se promovió la formación de arqueólogos en España, se intentó llevar a cabo proyectos arqueológicos diferentes... ¿cuáles fueron, en definitiva, los objetivos científicos y también políticos del Instituto?
HS: El Instituto es una institución dedicada a la investigación, pero esta investigación no es la meta principal.
La meta principal es la colaboración con el país anfitrión.
Pero, y esto se ha visto también en las otras sedes del Instituto en otros países, el mejor interlocutor no es un político, sino otro científico especialista en la arqueología del país anfitrión.
Esto se percibe cuando uno investiga y excava en la Península Ibérica, aunque no hace falta excavar para investigar por ej., Raddatz, con su estudios sobre la plata o los vidrios, lógicamente era un colega para los investigadores españoles, y esto implica conversaciones, contactos y colaboración.
Esto es lo que buscaba el Instituto.
A la vez, el Instituto fomenta que colegas o estudiantes españoles puedan viajar a Alemania, sea para estudiar allí con becas, sea para conocer la arqueología alemana, para investigar y para establecer contactos allí; y, al revés, se buscan estudiantes alemanes que participen en excavaciones en la Península Ibérica, que estudien en universidades españolas, que hagan sus exámenes aquí.
En definitiva, usted lo sabe muy bien, en los años de más financiación hubo muchísimos contactos entre la arqueología alemana y española.
En años de menor disponibilidad económica esto puede ser a veces más difícil; pero, no obstante, hoy día todavía hay muchos viajes de ida y vuelta en este sentido.
Es muy importante, por ejemplo, que en los primeros años de la posguerra los colegas españoles viajaban más a Inglaterra o a Estados Unidos.
Pero después vino una época en la que muchos de los actuales catedráticos de allí o de aquí habían estudiado o habían pasado meses o hasta años en Alemania, y viceversa.
Esto ha sido en gran parte, aunque no solamente, el objetivo que junto a muchos otros colegas quise conseguir con mi actividad en el Instituto.
RR: ¿El Instituto se vio afectado de alguna manera por las rivalidades de los años 50 en Madrid entre Julio Martínez Santa-Olalla y el Seminario de Historia Primitiva y, por otro lado, con Martín Almagro y el Museo Arqueológico Nacional?
¿El Instituto se vio obligado a tomar partido o se mantuvo neutral en aquella situación?
HS: Cuando yo llegué a Madrid, Julio Martinez Santa-Olalla estaba ya algo marginado en "su" Fuente del Berro.
No obstante, Schlunk, que nunca se llevó bien con Martínez Santa-Olalla al mantener posturas bastante opuestas sobre diferentes puntos, me aconsejó visitarle.
Yo le hice una visita pero más bien de tipo formal.
Nunca llegamos a colaborar.
Por otro lado, con Almagro, que en aquel momento no solo era el "vencedor" de aquel enfrentamiento, sino que también tenía mucha influencia en la arqueología española, hubo un contacto muy estrecho.
Él me invitó, y en mis primeros años hicimos juntos varias excursiones a su querida Extremadura.
Allí colaboré con sus alumnos en varias excavaciones.
También Sangmeister -que en sus años en España nunca realizó una excavación por su cuenta, pero que participó en distintas intervenciones de colegas españoles -colaboró con Martín Almagro y Antonio Arribas en las excavaciones de Los Millares junto con Beatrice Blance.
En las primeras intervenciones en las tumbas levantó planos y aportó el equipo de medición para los trabajos de campo.
Después participaría en las excavaciones de Juan Maluquer en Cortes de Navarra, en las de Miguel Tarradell en el Norte de África y, hay que mencionarlo también, colaboró con Alfonso do Paço en Vilanova de São Pedro.
De allí mi interés por excavar en Zambujal.
RR: ¿Qué relación había entre Georg y Vera Leisner y el Instituto?
Ellos llevaban mucho más tiempo investigando en la Península, por ejemplo, sobre la Colección Siret.
¿Eran parte del Instituto?
¿Cómo se integraron ellos?
HS: Por aquellas fechas se encontraban ya en Portugal.
Habían perdido su casa de Múnich durante la guerra y se habían quedado en Portugal, igual que Schlunk se quedó en España.
En 1955 entregaron el primer tomo de su gran trabajo sobre el megalitismo de la Península Ibérica para ser publicado por el Instituto.
El primer tomo de Der Westen (El oeste) aparece en 1956 y, de hecho, inauguró la serie Madrider Forschungen.
RR: ¿Schlunk también se quedó en España al acabar la guerra?
HS: Sí, Schlunk se quedó en España, y durante bastante tiempo sin una compensación oficial del Estado alemán.
Pero le ayudaron mucho el Consejo Superior de Investigaciones Científicas y sus amigos García Bellido y Vázquez de Parga.
Estuvo traduciendo y ayudando, y pudo ocuparse siempre de la biblioteca del Instituto Arqueológico Alemán.
De esta manera, con su presencia en Madrid, fue un motor natural de la reapertura del Instituto.
Pero, a la situación de 1959, para mi Emeterio Cuadrado siempre fue un gran modelo y un amigo.
Como era ingeniero, era independiente, también económicamente.
Hizo sus investigaciones en El Cigarralejo.
Yo lo conocí cuando todavía era miembro del círculo académico de Martínez Santa-Olalla pero también estaba en estrecho contacto con Almagro y con Beltrán, con quien tenía una amistad personal.
Me impresionó como persona y en este sentido yo lo tomé como un modelo a seguir.
Nunca he hablado de esto.
A pesar de mantener una amistad muy estrecha, nunca hemos hablado de este aspecto político que para mi fue importante.
Él me enseñó cómo permanecer neutral en este sentido.
Eso me ha ayudado mucho, creo, y Schlunk también tenía esa línea y la impuso en el Instituto.
RR: Avancemos un poco en el tiempo.
Nosotros nos conocimos en el año 1975, cuando su hija Konstaze y yo coincidimos en la misma clase del Colegio Alemán de Madrid.
En aquel año, cuando murió Franco, era Subdirector del Instituto.
¿Cómo vivieron usted y el orgnismo el periodo de transición y los nuevos retos y las nuevas posibilidades que se abrieron a partir de aquel momento en España?
HS: El Instituto prácticamente no tuvo dificultades en ningún momento.
El trabajo y las excavaciones iniciadas siguieron.
Evidentemente, antes había una dirección central a donde dirigirse para pedir permisos de excavación.
Era Almagro en su función de Comisario General de Excavaciones Arqueológicas y después recuerdo todavía que el permiso de la excavación de Fuente Álamo de 1977 lo concedió, en esa misma función, Antonio Blanco Freijeiro.
Pero pronto cambió el sistema y comenzó la soberanía cultural de las diferentes autonomías de España.
Yo siempre he pensadoaunque en Alemania tampoco existe-que lo lógico sería que fuese una institución del Gobierno central la que ordenara las excavaciones extranjeras en un país para que no fuesen excesivas, para que entrasen investigadores de calidad, etc. Pero las autonomías en España, al igual que en Alemania, han defendido siempre su potestad cultural en ese sentido.
Teóricamente, a un instituto extranjero esto le daba una libertad considerable ya que le permitía multiplicar sus proyectos.
Pero, por otro lado, es una libertad que no se puede aprovechar por razones presupuestarias y por los límites de un instituto en cuanto a personal.
En definitiva, creo que el cambio administrativo no tuvo ninguna influencia sobre la cantidad de excavaciones o proyectos arqueológicos alemanes realizados.
RR: Una pregunta que hacen los redactores de TP es, ¿qué relación había entonces, entre el Instituto y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, por una parte, y entre el primero y las dos Universidades de Madrid -la Universidad Complutense y la Universidad Autónoma, fundada después-por otra?
¿Qué tipo de colaboraciones existían?
¿Qué tipo de intercambios se practicaban con estos centros de investigación y de docencia?
HS: Sí, sobre todo hubo contacto con la Complutense y con la Autónoma desde la primera época; es decir, entre García Bellido y Schlunk, entre Almagro y Schlunk, y después hubo una muy buena relación entre Nieto y Schlunk.
Nieto participó en un viaje organizado por el entonces Presidente del Instituto Arqueológico Alemán, Kurt Bittel, a Alemania que duró unos diez días.
Yo iba de "cicerone" de Nieto, y durante el recorrido se establecieron muchos contactos.
Por ejemplo, Sánchez Meseger, un alumno de Nieto, pasó después bastante tiempo en Alemania.
Por otro lado, los miembros del Instituto recibían muchas veces invitaciones para impartir conferencias en la Universidad Complutense, y lo mismo más tarde, con la Autónoma.
Esta última incluso organizó un ciclo regular de conferencias del Instituto Arqueológico Alemán que se llevaba a cabo en la propia Autónoma, del mismo modo que hoy existe un acuerdo similar con la Universidad Complutense.
Y, naturalmente, estoy muy agradecido por el gran honor que me hizo la Universidad Autónoma de Madrid al concederme el título de doctor honoris causa (Schubart 1989).
RR: Me gustaría hacerle también algunas preguntas sobre su carrera como arqueólogo.
Des-pués de la Segunda Guerra Mundial, vivió en la Alemania del Este, que se convirtió entonces en la República Democrática Alemana (RDA), Allí realizó sus estudios y trabajó como arqueólogo.
Una pregunta que se nos plantea desde la distancia histórica es, ¿tuvo alguna influencia el materialismo histórico en la arqueología que se hacía en aquel momento en la RDA?
Es decir, ¿en la RDA se desarrollaba una arqueología diferente a la que se hacía en Alemania occidental o, en realidad, estos aspectos políticos e ideológicos no tuvieron influencia científica?
Más concretamente, sería interesante conocer si en el ejercicio de la profesión, en el día a día, se vio limitado o se vio favorecido por ese sistema.
¿Cuáles eran sus perspectivas profesionales en ese contexto?
HS: Yo creo que esto hay que verlo también desde una perspectiva histórica.
En un principio prácticamente no había profesores o catedráticos que enseñasen desde la teoría marxista.
Sólo estaban los antiguos profesores como, por ejemplo, Friedrich Behn, el catedrático del Instituto de Leipzig donde estudié Prehistoria.
Behn era el subdirector del Römisch-Germanisches Zentralmuseum (Museo Central Romano-Germánico) y venía de Maguncia.
Se quedó dando sus clases en Leipzig pero siguió siendo ciudadano de Alemania occidental.
Durante sus primeros veinte años, más o menos, la Academia de Ciencias, el centro de la investigación oficial del estado de la RDA, estuvo bajo la dirección de Wilhelm Unverzagt, también ciudadano de Berlín occidental, antes director del Museo Arqueológico de Prehistoria de Berlín y que nunca siguió la línea del Sozialistische Einheitspartei Deutschlands (SED) (Partido Socialista Unificado de Alemania.)
No obstante, hay que decir que con los años, la influencia fue cada vez mayor.
Había más formación y más arqueólogos miembros del Partido que, naturalmente, tenían que seguir la línea oficial del Estado.
En consecuencia, su influencia fue cada vez más evidente.
Claro, durante mis estudios, ya desde el primer año, tuve la obligación de participar en clases no solo de ruso -una cosa que ya había hecho con mucho gusto durante cuatro años en el institutosino también en un curso de marxismo-leninismo.
Esto era algo obligatorio, pero no tenía que ver con la arqueología.
Eran dos cosas totalmente diferentes.
Había que hacer un examen en marxismo leninismo.
Puedo mencionarle una anécdota de mi examen oficial en esa materia: el examen para el diploma de Arqueología lo hicimos el 17 de junio de 1953, y directamente después de la prueba pasamos a las grandes manifestaciones...
HS: No, en Leipzig, que era más activa todavía.
Leipzig siempre fue un foco crítico.
El examen de marxismo-leninismo era una semana después de los de arqueología, y fue el más sencillo que se pueda imaginar.
En un principio fue así, pero luego la influencia política se hizo más fuerte.
En mis clases de Arqueología con Behn, Mildenberger o Jahn en Halle, donde también estudié, nunca se enseñó algo así como una Arqueología marxista.
No obstante, en Berlín, donde mas tarde se fundó un departamento de Prehistoria, el catedrático Karl-Heinz Otto era el maestro de una "escuela" de arqueología marxista cuyo alumno más importante fue el recién fallecido Hans Joachim Herrmann, un gran científico, aunque muy influido por la doctrina oficial.
RR: ¿Y Heinz Grünert?
HS: Grünert, sí pero no tenía tanta influencia ni una línea tan marcada.
Otro miembro del partido fue Hans Quitta, un gran amigo.
Aun así, sus investigaciones sobre la Cultura de las Cerámicas de Bandas eran totalmente independientes.
Esa era la tendencia generalizada.
La arqueología práctica, como por ejemplo las excavaciones, también las de Herrmann en Rügen y en sus puertos eslavos, o sus intervenciones en fortificaciones eslavas, fueron fantásticas desde el punto de vista científico y estuvieron muy bien organizadas.
Que mas tarde Herrmann escribiese textos para estudiantes y escuelas con una influencia más política es casi otra historia.
Quiero decir, y lo repito: ni mis estudios, ni mis trabajos científicos, se vieron nunca condicoinados por la línea ideológica del Estado socialista.
Nunca tuve que añadir una frase específica a mis publicaciones, ni tampoco las clases que impartía en la Universidad de Greifswald por aquellas fechas.
Solo al final de mi época en Greifswald hubo denuncias en el sentido de que "un burgués está impartiendo clases en la Universidad".
En ese momento es cuando Wilhelm Unverzagt, que registraba todo
(2) El 16 y el 17 de junio de 1953 una huelga en el sector de la construcción desembocó en manifestaciones y revueltas en muchas ciudades de la RDA.
Estas protestas fueron reprimidas por el Ejército Soviético el mismo día 17. lo que ocurría en los Institutos de Prehistoria de la RDA, me dijo, "me parece que su situación en Greifswald -yo era profesor ayudante -ya no es sostenible.
Venga a la Academia de Ciencias de la RDA a Berlín".
Me salvó de conflictos, y en su Instituto, aunque mas tarde también aceptó como colaborador a Herrmann, el clima estaba determinado por Unverzagt.
RR: Su familia, sus padres, ¿vivían con ustedes?
HS: Vivían en Alemania oriental, aunque mi madre ya había muerto en 1947.
Sobre todo estaban mi padre y mi hermano.
Mi situación ya se había complicado antes, y hasta cierto punto yo seguramente también fui responsable.
Era soltero, libre, viajaba mucho a Alemania occidental invitado por colegas, y hablaba con toda franqueza.
Por eso resultaba un pájaro no muy bien visto en el ambiente de la RDA.
Pero yo era consciente, y el mismo Otto, el "gran jefe", me indicó que con mi forma de trabajar, de hablar y de moverme no llegaría nunca a obtener la habilitación en Alemania Oriental sin un cargo político.
RR: Y la habilitación era fundamental para ser profesor de universidad, ¿no?
HS: Sí, aunque eso no tuvo tanto peso como otras dos circunstancias.
La primera fue el anuncio por parte de Jruschov (3) de que las relaciones entre las dos Alemanias iban a cambiar.
Nadie le creyó, aunque ya había advertido que se pondrían los medios para acabar con 4 la emigración del Este al Oeste.
La segunda, más decisiva aún para mí, fue la llegada -yo me enteré más tarde a través de los alumnos de un colegio en Neustrelitz-de un miembro de la Stasi, la policía secreta del Ministerium für Staatssicherheit (Ministerio de Seguridad del Estado) a la excavación con la excusa de que, en su momento, había estudiado Arqueología y quería informarse de cómo era la disciplina en ese momento.
Yo no lo sabía, pero los estudiantes lo habían visto en su colegio ejerciendo sus funciones y expulsando a los miembros de la Junge Gemeinde, las juventudes cristianas.
(3) Nikita Serguéyevich Jruschov Durante dos años se llevó a cabo una campaña en la que se expulsó de los colegios a todos los elementos vinculados a la Iglesia.
Existe una famosa novela de Uwe Johnson (1987) sobre ese tema.
Los estudiantes del colegio me descubrieron su artimaña y en aquel momento me di cuenta de que allí no duraría mucho tiempo, aunque sabía que ellos no actuarían de inmediato.
Entonces preparé mis maletas y, en marzo de 1959, me marché a Berlín occidental.
Allí me presenté en el Instituto Arqueológico Alemán, pensando y esperando que me mandasen a Irak, o a Irán; en definitiva, a algún lugar de Oriente.
Y, de golpe me dijeron... "en España hay una posibilidad".
RR: ¿Y usted no había tenido ninguna relación con España?
¿No se lo hubiese imaginado nunca?
HS: No, no. RR: En su investigación, cuando ya se encontraba en España, colaboró en varias excavaciones, y trabajó con Pellicer en Torre del Mar o con Oswaldo Arteaga en Fuente Álamo.
¿Cómo se iniciaron estas colaboraciones?
¿Se vió obligado a colaborar con los colegas españoles en las excavaciones?
¿Por qué eligió concretamente a esos arqueólogos?
HS: Son casos muy concretos y muy diferentes.
Normalmente los permisos a extranjeros para realizar excavaciones incluían el nombramiento de un inspector del Gobierno para ese proyecto.
Pero si en el equipo del proyecto había profesionales del país, esta figura no era necesaria.
Por ejemplo, nuestras primeras campañas en Torre del Mar las hicimos con Manuel Pellicer Catalán, que había excavado Almuñécar.
Para mi era la persona indicada ya que tenía experiencia en el mundo fenicio-púnico, y así empezamos juntos una colaboración exitosa y muy agradable que se ha prolongado hasta hoy gracias a nuestra estrecha amistad.
Pero él se marchó como catedrático a las Islas Canarias, lo cual le alejó durante un tiempo de los trabajos en la Península.
Entonces, campaña tras campaña, tuvimos compañeros y compañeras que, en general, también colaboraron directamente en los trabajos de excavación, como Manolo Fernández-Miranda en la campaña de 1971, en la que se descubrió la muralla, María Luisa Serna y Elena Losada.
Más tarde, en Fuente Álamo colaboramos con arqueólogos procedentes de las universidades de Almería o de Murcia, que también trabajaron en la excavación.
En aquel momento Oswaldo Arteaga aún no tenía la nacionalidad española.
Por eso este caso no se puede considerar una colaboración directa con un colega español.
El trabajo conjunto se debió a otro motivo.
Yo había visitado Fuente Álamo en el año 1960 y, desde el primer momento, pensé: "¡Hombre!
Este sería un sitio fantástico donde excavar".
La topografía hacía sospechar la existencia de una estratigrafía potente, y además estaba la observación de Siret de que había bajado hasta 4 m para encontrar las tumbas.
Esto fue para mí el indicio clave de que aquí merecía la pena volver a excavar algún día.
Cuando terminé los trabajos en Zambujal, también una excavación en una poblado prehistórico, en mis funciones de prehistoriador del Instituto no podía dedicarme exclusivamente al ámbito fenicio con las excavaciones de Torre del Mar que estábamos llevando a cabo.
Quise iniciar una excavación prehistórica en España dado que mientras tanto se había fundado en Lisboa el departamento de Portugal del Instituto Arqueológico Alemán.
Allí trabajaba Philine Kalb, y no parecía correcto que todos los recursos del Instituto destinados a prehistoria se invirtiesen en Portugal.
Al pensar en un yacimiento en España, inmediatamente volvió la idea de excavar en Fuente Álamo.
Pero aquella era una época, hay que saberlo y recordarlo, en la que muchos colegas tenían permisos para sitios sin excavar.
Por lo tanto, le planteé el tema a mi amigo y colaborador Oswaldo Arteaga, que trabajaba con nosotros en la investigación de la línea de costa.
Le dije: "Quiero excavar en Fuente Álamo, si es que nadie tiene ya el permiso".
"Pues sí", respondió Oswaldo.
"Alguien tiene ya el permiso: yo [risas].
Pero mi permiso es el suyo".
"Bueno", le contesté enseguida, "así no puede ser.
De esta forma comenzó un trabajo conjunto muy eficaz y una muy buena colaboración amistosa.
RR: ¿A qué se debe que tardara tantos años en iniciar las excavaciones en Fuente Álamo?
Su interés por la Edad del Bronce fue manifiesta desde el principio de su vida profesional, y obviamente El Argar es el fenómeno mas espectacular de este periodo en la Península Ibérica.
¿Cómo pudieron pasar tantos años entre su visita a Fuente Álamo y el inicio de las excavaciones en este poblado?
¿Por qué dio primero el "rodeo" por el mundo fenicio?
HS: En un principio yo tenía gran interés en investigar las culturas antecesoras (Edad del Co-bre) y sucesoras (el Primer Hierro) de la Edad del Bronce.
Además, cuando empecé en Torre del Mar en el año 1964, nunca pensé que aquella excavación duraría tanto tiempo, y lo mismo pasó en Zambujal.
Cuando Niemeyer y yo terminamos nuestra primera campaña en Torre del Mar, con la estratigrafía del Corte 1, que proporcionó la evidencia de que los fenicios estuvieron presentes en el siglo VIII, Schlunk vino a visitar la excavación.
Quedó entusiasmado al ver los resultados, pero tanto Niemeyer como yo le dijimos: Ha sido muy interesante, pero no es nuestra tarea".
Como Niemeyer quería hacer Arqueología clásica y yo quería dedicarme a la Prehistoria, sugerimos que para una segunda campaña se buscase a un arqueólogo especializado en el ámbito fenicio, púnico, clásico o lo que fuese.
Sin embargo, dado que no era tan fácil conseguir un arqueólogo fenicio-púnico, Schlunk nos pidió a los dos que realizásemos por lo menos una segunda campaña.
Esta se hizo en un momento en el que había una abundancia de recursos como nunca antes en el Instituto Arqueológico Alemán.
Eso nos permitió llevar a cabo una gran excavación en Toscanos, incluyendo El Jardín, el Morro de Mezquitilla y Trayamar, todo en una sola campaña.
De esta forma nos metimos de lleno en el mundo fenicio, una orientación que a Niemeyer le ha quedado de por vida, mientras que yo estuve excavando allí hasta 1984.
Otra cosa fue Zambujal, que se prolongó más años debido a su interesante y complicada historia de ocupación.
RR: Zambujal surge por un interés de Edward Sangmeister, ¿no es así?
HS: No, fue al revés.
Yo visité con Vera Leisner el sitio de Zambujal y descubrí durante mi primera visita que, debajo del muro inferior, había un metro de estratigrafía que no se había observado ni se había publicado.
Eso, naturalmente, ofrecía una posibilidad para conocer mejor la cultura de Vila Nova de São Pedro y la cronología de sus sistemas de fortificación, lo cual me animó, sin saber que el poblado tendrías tantas fases, incluida la construcción de la muralla.
Por aquel entonces Trindade, que había hecho las primeras excavaciones en Zambujal junto con Ricardo Belo, se quedó solo -Ricardo Belo había muerto-y nos invitó a mi y a doña Vera Leisner -aunque ella no quería excavar ya-a excavar junto con él en Zambujal.
Claro, con estas posibilidades y con las preguntas abiertas en Vilanova por do Paço y también por Sangmeister, pensaba que sería útil y necesario aprovechar aquella ocasión.
En mi siguiente viaje a Alemania hablé con Sangmeister.
Eso fue ya en el año 1962, pero en aquel momento él no podía y yo estaba trabajando todavía en la excavación de las necrópolis del Bronce en Atalaia, Portugal.
Así es como empezamos a trabajar en Zambujal en 1964.
De esta forma, la Edad del Bronce, aparte de Atalaia, quedó un poco al margen, a pesar de que desde mis primeros años, empecé a trabajar con materiales argáricos, una labor que se extendió a lo largo del tiempo.
Ciertamente, la excavación del mundo argárico llegó relativamente tarde pero todavía a tiempo.
En relación con la duración de las excavaciones de Zambujal y Torre del Mar surgió un dicho: "Una excavación es como una guerra.
Uno solo sabe cuando empieza" [risas].
Tengo una pregunta metodológica, ya para ir acabando.
Una cosa que cabe destacar en todos sus proyectos es la interdisciplinariedad: la colaboración con la Botánica, la Geología, la investigación de la línea de la costa, etc. Al principio, en la Península Ibérica no había tanto interés en esa apertura hacia otras disciplinas.
Pero también hay que destacar la importancia que da a la estratigrafía, a la documentación estratigráfica.
¿Cómo definiría, en la labor que ha realizado, los puntos fuertes de su metodología?
¿Qué es lo que siempre intentaba encontrar y fomentar en un proyecto de investigación?
HS: Me di cuenta de que en las tres épocas a las que me dediqué, tanto la Edad del Cobre como la del Bronce y el mundo fenicio, había trabajos interesantísimos pero faltaba una clara base cronológica; y yo siempre he entendido que la cronología es el fundamento para entender todo lo demás: las evoluciones urbanísticas, las evoluciones de las sociedades.
Ni el botánico ni el arqueozoólogo pueden decir nada sobre la evolución de los animales, o de las plantas, si previamente no se dispone de un marco cronológico.
Así, siempre he tenido como meta metodológica que lo primero que hay que lograr es una cronología segura basada en una buena estratigrafía.
Si, por ejemplo, la estadística de combinación de las tumbas no resulta suficiente, y esto parece algo evidente, entonces hay que acudir a la estratigrafía como una referencia más segura.
No obstante, desde un principio pensaba que tanto en Zambujal como en Torre del Mar o en Fuente Álamo, había que trabajar en extensión y no solo mediante cortes estratigráficos.
RR: ¿Esto es algo que se hacía en Alemania ya?¿Algo que se remonta a la Siedlungsarchäologie, la arqueología de asentamientos, de Kossinna?
¿Era un práctica habitual en la antigua arqueología alemana?
HS: No tanto, es cierto.
Pero se ve que es la consecuencia necesaria de una estratigrafía.
En Fuente Álamo, -usted lo conoce de primera mano-, excavamos la zanja central pero al mismo tiempo abrimos los amplios cortes laterales esperando conocer algo más del urbanismo.
Fuente Álamo no ha dado respuesta a esta cuestión en la medida que yo esperaba.
Ha dado importantes resultados, pero ahora veo, por ejemplo, cómo en La Bastida de Totana esto funciona mucho mejor.
Esta fue, de alguna forma, la idea que me llevó al yacimiento de El Argar, donde realizamos tres sondeos.
Con esta esperanza llevé a Helmut Becker, un gran geofísico conocido por sus logros en las investigaciones de Troya, a la depresión de Vera.
Primero le enseñé El Oficio, y su comentario fue: "Aquí todavía se ven los muros de Siret.
Para mi es un terreno malísimo".
Después fuimos juntos a El Argar y su reacción fue: "Aquí sí.
Si Siret ha dejado los muros como en El Oficio, entonces se puede hacer algo".
En realidad, a todos nosotros lo que nos falta es la planta de El Argar, ¿no?
Una planta de El Argar sería fundamental para conocer la idea urbanística de la gente argárica.
En este sentido, los cabezos siempre son limitados y hasta las plantas de las casas están determinadas, en gran medida, por el terreno.
Al contrario, en la gran planicie de El Argar se podía esperar, y todavía espero, encontrar esa planimetría, porque el trabajo geofísico que hizo Becker muestra los muros que se encuentran ahí y que en parte corresponden a la Edad del Bronce, aunque otros también pueden ser de la ocupación árabe.
El mismo Becker dice que puede separar los estratos profundos de los estratos superiores.
En todo caso, todavía no lo ha hecho.
Ahí queda El Argar para una futura excavación, pues tanto el estudio geofísico como la excavación de los sondeos han demostrado que quedan edificios conservados, e incluso, en cierta medida, que hay una estratigrafía no tocada por Siret.
No obstante, últimamente he revisado el material obtenido en los sondeos.
La pequeña estratigrafía de un metro de potencia que pudimos documentar no abarca, como es lógico, toda la época argárica, sino probablemente solo una fase, digamos, del Argar B antiguo.
Pero teóricamente no es necesario pensar estuviese ocupada de manera continua toda la superficie.
Pudo ser que hubiera diferentes núcleos.
Quiero decir que El Argar todavía es una gran esperanza.
RR: La última pregunta, ya yendo a algo más global.
Después de excavar poblados eslavos, Zambujal, de investigar el mundo argárico, la Edad del Bronce en general, el mundo fenicio, etc. ¿cuál es su visión sobre el desarrollo de las sociedades humanas?
Muchas veces se le encuadra o se le encuadraba, en el campo del difusionismo.
¿Cómo ve la evolución de las sociedades humanas con momentos de gran desarrollo como El Argar y después otros momentos en los que parecen surgir organizaciones mucho menos jerárquicas?¿Qué conclusión saca de tantos años de investigación, a nivel global, sobre la sociedad humana?
HS: Es muy difícil contestar porque he pasado por diferentes fases, también en mi vida.
De joven era muy optimista, muy progresista.
Pensaba que el hombre era capaz de arreglarlo todo.
Hoy día, y esto naturalmente, no solo es mi propia vida, sino también las épocas que he investigado -lo puedo decir con franqueza, sigo siendo ecologista en el sentido político, y si observo el mundo de hoy lo veo con gran pesimismo; con gran pesimismo también pensando ya no tanto en mis hijos, sino en mis nietos y los biznietos que vengan.
El ser humano, al parecer, no es capaz de arreglarlo todo.
Sería capaz, pero no aprovecha sus facultades en el mundo de hoy.
Me ha gustado mucho más mi fase de optimista; y sigo optimista en relación a la vida, personalmente.
Con respecto a la vida política actual, también sigo siendo optimista, pero si veo la evolución mundial entonces me invade un gran pesimismo.
Yo no creo que sea solo la vejez.
Es algo que comparto con muchos jóvenes que pueden luchar todavía y que pueden intentar que el mundo se organice mejor de lo que está en estos momentos.
Agradezco al Consejo de Redacción de Trabajos de Prehistoria la iniciativa de esta entrevista y el haberme propuesto su realización, así como la ayuda de Maribel Martínez Navarrete en la transcripción de la grabación original y la de Montserrat Menasanch en la edición final del texto.
José Antonio Soldevilla filmó la conversación para una futura edición de vídeo. |
David Santamaría Álvarez (*) Marco de la Rasilla Vives (*) RESUMEN 1
Este artículo examina, primero, algunos problemas metodológicos relacionados con la datación absoluta/numérica de los niveles arqueológicos (fiabilidad del radiocarbono, contaminación de las muestras...), con especial énfasis en la transición del Paleolítico medio al superior (ca.
40.000-30.000 años BP), y se evalúan los efectos potenciales de la contaminación con carbono moderno de las muestras arqueológicas.
Como corolario se exponen algunos requisitos'estratigráficos/químicos' que debe cumplir cualquier nivel'datado/datación', a fin de minimizar la incertidumbre que supone evaluar la fiabilidad de una fecha absoluta o numérica cuya edad real se desconoce.
En segundo lugar, se analizan desde un punto de vista estratigráfico, tecnotipológico y cronológico tres yacimientos puestos como aval de una pervivencia musteriense/neandertal en el norte y sur de la Península Ibérica (El Esquilleu y Gorham's Cave) y de un intercambio genético (hibridación) entre las poblaciones sapiens y neandertales (La Sima de las Palomas).
Para terminar, se discute la validez de estos modelos, basados en la cronología absoluta/numérica, y se propone un nuevo escenario asentado en la cronología relativa, y caracterizado por la no convivencia-coexistencia de las poblaciones musterienses y auriñacienses en la Península Ibérica.
La transición del Paleolítico medio al superior en la Península Ibérica (en adelante, transición
(1) Las fechas de radiocarbono se expresan sin calibrar, excepto cuando se comparan con las dataciones obtenidas con otros métodos de datación.
PM-PS, Fig. 1) constituye, en muchos sentidos (antropología, tecnologías lítica y ósea, simbolismo y, en menor medida, estrategias de subsistencia y explotación del territorio), un punto de inflexión en la historia de la humanidad y en la evolución cultural del Paleolítico.
Grosso modo entre ca.
40.000 y 30.000 años BP tiene lugar la eclosión de las primeras culturas o complejos industriales del PS, como el Chatelperroniense, el Protoauriñaciense o el Auriñaciense, la aparición de los primeros representantes de Homo sapiens en este territorio, las posibles interacciones culturales, antropológicas y/o genéticas (hibridación, intercambios, aculturación...) entre las poblaciones indígenas (los neandertales) y las africanas (los sapiens) y, finalmente, la desaparición del Homo neanderthalensis (cuándo, dónde, cómo y por qué).
Casi todos los modelos transicionales propuestos hasta la fecha, como la 'Frontera del Ebro' (Zilhão 1993(Zilhão, 2000(Zilhão, 2006)), la existencia de refugios neandertales en el norte y sur de la Penín-sula Ibérica (PI) (Baena et al. 2005; Baena et al. 2006; Finlayson et al. 2006; Baena et al. 2012) o el Auriñaciense de Transición (Cabrera et al. 1993; Cabrera et al. 2001), se asientan en mayor o menor medida en una evaluación parcial, y en ocasiones interesada, del conjunto de dataciones, en su mayoría de radiocarbono, disponibles para este periodo.
La interpretación y evaluación de estas fechas está condicionada al menos por tres factores: a) las técnicas de pretratamiento utilizadas en los laboratorios (Longin, Ultrafiltración, Ninhydrina, ABA, ABOx...) y el límite de aplicabilidad del radiocarbono (variable de un laboratorio a otro, aunque inferior a ~60/50.000 años BP); b) el tipo de muestra: hueso, concha o carbón, entre otras; c) el contexto estratigráfico y cultural de la muestra.
LOS EFECTOS DE LA CONTAMINACIÓN CON CARBONO MODERNO: UN MODELO TEÓRICO A PARTIR DE LA CURVA DE DECAIMIENTO DEL C14
La contaminación de una muestra arqueológica puede tener un origen natural y/o antrópico.
Los contaminantes naturales más citados son la intrusión de raíces en los niveles arqueológicos y la circulación de ácidos húmicos procedentes de la descomposición de los vegetales (Hedges y van Klinken 1992; van Klinken 1999).
La contaminación antrópica suele producirse durante la manipulación y el tratamiento de la muestra (desde su recogida en el yacimiento hasta su procesado en el laboratorio), teniendo efectos directos, aunque variables, en los resultados de la prueba.
Mapa de la Península Ibérica con indicación de los yacimientos citados en el texto (★ los principales).
El Conde (Santo Adriano, Asturias), 3.
La Viña (Oviedo, Asturias), 4.
El Sidrón (Piloña, Asturias), 5.
La Güelga (Cangas de Onís, Asturias), 6.
El Esquilleu (Cillorigo de Liébana, Cantabria), 7.
El Pendo (Camargo, Cantabria), 8.
Morín (Villaescusa, Cantabria), 9.
Ekain (Deba, Guipúzcoa), 12.
La Sima de las Palomas (Torre Pacheco, Murcia), 16.
Bajondillo (Torremolinos, Málaga), 18.
La desintegración nuclear de los isótopos radiactivos (como el radiocarbono) se manifiesta de forma exponencial, es decir, el ritmo de decaimiento de los isótopos es proporcional al número de átomos restante.
Transcurrido cada periodo, la cantidad de C14 presente en una muestra se reduce a la mitad; así, tras una semivida (5.730 años) el contenido de C14 es 1⁄2 (o el 50%) de la cantidad inicial, después de dos periodos (11.460 años) la cantidad de C14 remanente es 1⁄4 (o el 25%), y así sucesivamente (Tab.
En la actualidad, algunos laboratorios de datación proporcionan fechas próximas a ± 60.000 años BP, lo que equivale a ±11 periodos de semidesintegración.
Ritmo de decaimiento del radiocarbono y efectos potenciales de la contaminación con carbono moderno. n: periodos transcurridos, A 14: contenido de C14 remanente, % 14 C: porcentaje de C14 remanente, Niveles de contaminación: 0,5%, 1%, 1,5% y 2%.
Para calcular el porcentaje de carbono moderno necesario para que una fecha determinada (a) se date en otra (b) se ha utilizado el siguiente algoritmo C = (A 14 b -A 14 a )100: donde C es el % de carbono 14 moderno necesario para explicar una desviación cronológica de x años, A 14 b es el contenido de 14 C de la fecha b y A 14 a es el contenido de 14 C de la fecha a.
El contenido de carbono 14 (A 14 ) de una fecha es igual a: A 14 = 1 2 n donde n es igual al número de periodos transcurridos, n = a 5730 siendo a la fecha de radiocarbono.
A partir de ± 38.000 años BP la cantidad de C14 en una muestra arqueológica es inferior al 1% del contenido inicial.
Estas muestras son más sensibles a los efectos de la contaminación por el bajo contenido de C14 que conservan y por el ritmo de decaimiento del radiocarbono.
En la práctica, un 1% extra de contaminantes modernos, no eliminados durante el pretratamiento de la muestra, supone un rejuvenecimiento de la datación de ± 6.000 años.
Esta situación podría crear un efecto ilusorio de contemporaneidad entre niveles arqueológicos cuya edad verdadera difiriera en varios miles de años (Jöris et al. 2003; Fortea et al. 2008).
Para evaluar los efectos potenciales de la contaminación con carbono moderno se ha elaborado un modelo matemático a partir de la curva de decaimiento estándar del C14 (Fig. 2).
Las referencias son las edades y el contenido de C14 remanente (A 14 ) de los 11 primeros periodos de semidesintegración del radiocarbono (Tab.
Asimismo, se han establecido cuatro niveles de contaminación distribuidos entre 0,5% y 2% (a efectos de cálculo estos porcentajes se expresan como 0,005 y 0,02), espaciados en intervalos regulares de 0,5% (o 0,005).
A cada nivel se suma el contenido de C14 (A 14 ) del periodo en cuestión.
La edad contaminada de la muestra se calcula según la ecuación de decaimiento del radiocarbono (Stuiver y Polach 1977; Mook 2002):
donde t c es la edad contaminada que queremos conocer, 8267 es la vida media del C14 calculada para un periodo estándar de 5.730 años, A 14 c es el contenido de C14 remanente + el nivel de contaminación (es decir, la suma del C14 real + el nivel de contaminación estipulado a priori) y ln representa el logaritmo natural.
Los resultados obtenidos se resumen en la tabla 1 y en la Fig. 3.
En general, se observa un incremento significativo de los efectos contaminantes, o rejuvenecimiento de las fechas, a medida que disminuye la cantidad de C14.
Las muestras con más de 25% de C14 (es decir con < de dos semividas) son inmunes a los niveles de contaminación utilizados en este es- tudio (0,5%, 1%, 1,5% y 2%).
En estos casos, la contaminación de las muestras no provoca un rejuvenecimiento significativo de las dataciones (desviaciones cronológicas máximas de -600 años).
Sus efectos pueden considerarse nulos o muy bajos, en todo caso 'indetectables'.
Las muestras que tienen entre 25% y 3,125% de C14 (es decir con más de dos semividas y menos de seis) son sensibles a niveles altos de contaminación (1,5% -2%).
En cambio, los efectos producidos por la contaminación pueden considerarse 'asumibles' cuando sus niveles son inferiores a 1% (desviaciones cronológicas máximas de -1.200 años para las muestras más antiguas) y medios/medios-altos (es decir,'conflictivos-problemáticos') cuando esos niveles igualan o superan 1% (medios para las muestras con menos de 4 semividas y medios-altos para las muestras con más de 4 semividas).
Por último, las muestras con más de seis semividas (> 34.380 años BP) son muy sensibles a cualquier nivel de contaminación.
Los efectos producidos por la contaminación pueden considerarse sin lugar a dudas altos o muy altos,'aberrantes'.
Resumiendo, el rejuvenecimiento de una fecha de radiocarbono es inversamente proporcional al contenido de C14 remanente, o si se prefiere directamente proporcional a la edad verdadera de la muestra (Fig. 3).
En los yacimientos de la PI con series estratigráficas largas PM-PS (La Viña, Morín, Castillo, Bajondillo, Cova Gran, Romaní o L'Arbreda) el Musteriense se localiza siempre a muro del PS (ausencia de interestratificaciones), independientemente de la situación geográfica del yacimiento (región cantábrica, mediterránea, sur de la PI).
Debemos aceptar, por tanto, que los niveles musterienses, más antiguos desde un punto de vista cronoestratigráfico, son más proclives a estar contaminados que los niveles adscritos al PS (ya que han estado más tiempo expuestos) y mucho más sensibles a los efectos de la contaminación (ya que son más antiguos).
Como se observa en la figura 3, el ritmo de desintegración del radiocarbono provoca un efecto barrera en torno al 40.000 BP para todas las muestras contaminadas superiores a 45.000 años (nivel de contaminación igual a ~0,5%, Tab.
Por último, superar la barrera del 28.000 BP implica niveles de contaminación de tan solo un 3% para todas las muestras superiores a esa fecha (Tab.
Un escenario hipotético en el que las poblaciones musterienses hubiesen desaparecido antes del 45.000 BP (sin calibrar) y las primeras culturas auriñacienses se fechasen en el 35/38.000 BP (sin calibrar) quedaría totalmente desfigurado por los efectos de la contaminación, creando la ilusión de una coexistencia mustero-auriñaciense de varios miles años.
Los límites generalmente aceptados para el inicio y el fin de la transición (i.e.
40.000-30.000 años BP en cronología absoluta) actúan en la práctica como un muro de contención que atenúa los efectos de la contaminación (Fig. 3), creando posibles escenarios de coexistencia o convivencia musteroauriñaciense (Jöris et al. 2003; Jöris y Street 2008; Jöris et al. 2011) que, en términos cronoestratigráficos, resta por demostrar.
Conviene preguntarse, por tanto, si la perduración del Homo neanderthalensis/ Musteriense en la PI hasta ± 24.000 años BP (Finlayson et al. 2006; Finlayson et al. 2008; Baena et al. 2012) es un acontecimiento histórico/arqueológico suficientemente documentado (desde un punto de vista estratigráfico, tecno-tipológico...) o por el contrario es consecuencia de la contaminación con carbono moderno de las muestras arqueológicas.
¿Debemos concluir, por lo tanto, que la PI fue escenario de un repoblamiento musteriense posterior al 40.000 BP?
¿No es más sensato pensar que esas fechas son el resultado de la contaminación con carbono moderno de las muestras arqueológicas, o del límite de aplicabilidad específico de cada laboratorio?
¿Cómo interpretar sino el vacío de dataciones que hay antes del 45.000 BP? 3
Lo que es sumamente arriesgado para estos momentos es plantear escenarios multiculturales basa-dos en exclusiva en la cronología absoluta (Zilhão 1993(Zilhão, 2000(Zilhão, 2006;;Hublin et al. 1995; Baena et al. 2005; Maíllo 2005a; Finlayson et al. 2006; Bernaldo de Quirós et al. 2008; Jennings et al. 2009; Baena et al. 2012), a pesar de que estos autores reconocen en todo momento que sus interpretaciones están condicionadas por los límites de los métodos de datación radiométrica.
No obstante, los especialistas en cronología llevan mucho tiempo advirtiendo del peligro implícito de interpretar las fechas radiométricas en términos histórico-evolutivos (Hedge y van
CONSIDERACIONES A TENER EN CUENTA A LA HORA DE EVALUAR UNA FECHA DE RADIOCARBONO
Una fecha de radiocarbono correspondiente a la transición PM-PS (ca.
A lo sumo ha superado los protocolos anticontaminación del laboratorio donde se obtuvo.
¿Basta para incluirla en el debate?
Nosotros creemos que la aceptación de una fecha de radiocarbono exige un análisis riguroso de ciertos parámetros estratigráficos e isotópicos que minimice la incertidumbre que supone evaluar la fiabilidad de una fecha absoluta cuya edad real se desconoce.
La integridad estratigráfica de un nivel arqueológico debe evaluarse desde la estratigrafía, la sedimentología, la tafonomía, la edafología y la tecnología entre otras disciplinas.
La interpretación de una fecha de radiocarbono debe tener en cuenta siempre el estado de conservación del nivel, o niveles, datado/s. La proyección estratigráfica y en planta de la muestra datada es un requisito imprescindible en los yacimientos donde se hayan identificado procesos sin y/o postdeposicionales de cierta envergadura (discordancias erosivas, solifluxiones, madrigueras, pisoteo, basureros, contaminación inter-estratigráfica).
La caracterización cultural del nivel datado no es una cuestión baladí, especialmente en so-ciedades cazadoras-recolectoras con un sustrato tecno-tipológico (en ocasiones poco o nada diagnóstico) que, en muchos aspectos, se mantiene invariable durante gran parte del Paleolítico.
Muchos yacimientos transicionales (desde un punto de vista cronológico) de la PI carecen de estudios tecno-tipológicos rigurosos (clasificación tipológica, cadenas operativas, remontajes inter e intra-estratigráficos, localización estratigráfica y en planta de los restos arqueológicos) que permitan contrastar la entidad cultural del nivel estudiado, y comparar los resultados con otros yacimientos asignados al mismo complejo industrial.
Por ejemplo, el Chatelperroniense ha sido identificado en 9 niveles arqueológicos de 8 yacimientos de la PI: A Valiña, La Güelga, Pendo, Morín, Polvorín (2 niveles), Venta Laperra, Ekain y Labeko koba (Maíllo 2007; Andrés 2009).
El Chatelperroniense cantábrico se revela, pues, como un complejo industrial quimérico, pobremente representado y en general mal caracterizado.
Además Morín 10, el único yacimiento "chatelperroniense" con un repertorio instrumental "suficiente", tiene serios problemas estratigráficos (contactos discordantes, erosiones, crioturbación) que afectan a los niveles musterienses (11 y 12), chatelperroniense y protoauriñacienses (Laville y Hoyos 1994), por ahora, sin evaluar desde un punto de vista tecnotipológico (i.e. contaminaciones inter-estratigráficas).
A este respecto conviene recordar que las puntas de Chatelperrón aparecen tanto en el nivel 10 chatelperroniense (n = 13) como en los niveles 8 y 9 protoauriñacienses suprayacentes (n = 9) (Maíllo 2002(Maíllo, 2005b)).
El panorama es algo más favorable en relación con el Auriñaciense y el Musteriense, sin llegar a ser plenamente satisfactorio.
Muchos yacimientos auriñacienses y musterienses datados en la transición PM-PS carecen de estudios tecno-tipológicos rigurosos que permitan contrastar su adscripción cultural.
Algunos yacimientos en el meollo de ciertos modelos interpretativos (Pego do Diabo, Oliveira, Gorham's Cave, Zafarraya) tienen unas colecciones líticas y/u óseas paupérrimas o exiguas, a veces poco o nada diagnósticas.
Todo ello repercute en nuestra percepción del pasado, y por ende de la transición PM-PS, sobrevalorando algunos yacimientos y complejos tecnológicos que en otros contextos pasarían desapercibidos.
La asociación de la muestra datada y del evento que se quiere datar (e.g. carbón recogido en un hogar, industria ósea, huesos humanos, marcas de corte...) es crucial donde se haya documentado una ocupación alterna de humanos y carnívoros; en yacimientos con una baja densidad de artefactos líticos/óseos (ocupaciones humanas esporádicas) o con problemas estratigráficos (vide supra).
En niveles sin estas características la asociación muestra-evento es menos importante.
La coherencia estratigráfica de las fechas se basa en el principio de la superposición de los estratos de Steno: los estratos inferiores son siempre los más antiguos bajo condiciones normales de sedimentación, i.e sin erosiones, inversiones estratigráficas...
De forma paralela, las dataciones procedentes de los niveles inferiores deben ser más antiguas que las de los niveles superiores.
Las "inversiones cronológicas" pueden resultar de dos procesos: a) desplazamientos verticales de las muestras (o contaminaciones interestratigráficas), y b) contaminación de la muestra con carbono moderno (rejuvenecimiento de la muestra).
La coherencia intraestratigráfica de las dataciones permite contrastar la fiabilidad de una datación absoluta o numérica comparándola con otras fechas cuya edad real se estima, grosso modo, contemporánea.
Los indicadores elementales e isotópicos permiten evaluar la fiabilidad de una fecha de radiocarbono.
Varían según el tipo de muestra (hueso, quemado o no, diente, carbón, sedimento, concha...).
El hueso y el carbón constituyen más del 95% de las muestras datadas en la PI.
Sin embargo le afectan problemas que no pueden obviarse: a) en ocasiones no se puede justificar la asociación de la muestra datada y del evento que se quiere datar (Zilhão y d'Errico 1999), e.g. fragmentos de carbón recogidos en niveles con una baja densidad de utensilios líticos y óseos, y por lo tanto proclives a desplazamientos verticales; o b) el grado de contaminación de la muestra siempre es difícil de C/ 12 C) entre -26‰ y -22‰.
Varias razones explican la selección de muestras de hueso para datar: a) cantidad; b) es más fácil justificar la asociación de la muestra con el evento que se quiere datar (marcas de corte, hueso humano, industria ósea) (Zilhão y d'Errico 1999).
No obstante, problemas inherentes a su naturaleza comprometen la fiabilidad de las fechas (van Klinken 1999: 687): a) alteraciones diagenéticas que hayan degradado la estructura y la calidad del colágeno, b) la contaminación de la muestra con carbono exógeno (moderno o fósil) y c) el método de pretratamiento utilizado.
La calidad de una muestra ósea se evalúa mediante parámetros químicos como la concentración relativa de colágeno (% yield) y el contenido de colágeno puro (yield mg), el ratio C:N, el %C, y el 13 C. La concentración relativa de colágeno (expresado en % del peso original del hueso o % yield) en una muestra moderna es ca.
El ritmo de disminución de % yield durante el enterramiento de la muestra depende de su edad y de las condiciones climáticas tras su deposición (van Klinken 1999).
Según Ambrose (1990: 447), las muestras con menos de 3,5% de colágeno suelen tener valores anómalos en otros parámetros isotópicos y elementales (e.g. %C, C:N ratios, 13 C) que revelan un estado de conservación del colágeno defectivo y/o limitado (contaminación, alteraciones diagenéticas).
En el Oxford Radiocarbon Accelerator Unit (ORAU) el límite es 1% (van Klinken 1999).
El contenido de colágeno puro de la muestra (yield mg) es una medida absoluta (expresada en mg) de la concentración de colágeno.
Cuanto menor es la cantidad de colágeno puro gelatinizado extraído de una muestra, mayores son los efectos de la contaminación.
La concentración relativa de carbono en el colágeno gelatinizado es el %C. Según van Klinken (1999) cuando %C = ~35 ± 9 las muestras están bien conservadas.
Por encima de este rango hay incorporación de carbono orgánico (contaminación) y, por debajo, sustancias inorgánicas en la gelatina (alteración diagenética).
Según DeNiro y Weiner (1988: 2198; también Ambrose 1990) las muestras óseas con una relación carbono-nitrógeno (C:N ratio) comprendida entre 2,9 y 3,6 presentan un buen estado de conservación.
A pesar de estas diferencias, todos los autores señalan que un valor superior a 4 indica alteraciones diagenéticas, o una proporción alta de carbono exógeno (por ejemplo, ácidos húmicos), que comprometen la fiabilidad de los resultados obtenidos (Hedges y van Klinken 1992).
El ratio delta del carbono 13, 13 C del colágeno, varía en función de factores medioambientales: la concentración de CO 2 en la atmósfera, la posición en la cadena trófica de la especie datada (carnívoro, herbívoro...), su régimen alimenticio (es importante conocer el patrón fotosintético de las plantas que constituyen la dieta de los herbívoros), y el tipo de hábitat (bosque, estepa...).
La identificación de la especie es, pues, un requisito imprescindible para interpretar los resultados obtenidos.
Un valor inferior a este rango (e.g. -24‰) puede indicar que la muestra está contaminada con ácidos húmicos, procedentes de la descomposición de las plantas, sobre todo si presenta unos valores altos de C:N.
Estos parámetros químicos permiten, en teoría, identificar las muestras arqueológicas (óseas) contaminadas con carbono exógeno (moderno o fósil).
Sin embargo, en la práctica algunas dataciones incongruentes con la secuencia estratigráfica y con la adscripción cultural del nivel datado, ¿contaminadas?, tienen valores isotópicos y elementales coherentes con los rangos descritos más arriba.
En consecuencia estos parámetros químicos no son capaces de detectar todas las muestras contaminadas, aunque son útiles a la hora de identificar las más anómalas, i.e. las muestras óseas con un C:N ratio muy alto, una concentración relativa de carbono, %C, superior a ~44% y un valor muy negativo de 13 C. Estos parámetros no permiten determinar con absoluta seguridad si una muestra está contaminada o no, ni cuantificar el grado de contaminación de esa muestra (van Klinken 1999: 692).
En cambio, su evaluación permite, sin lugar a dudas, identificar y descartar algunas muestras potencialmente contaminadas.
Sin embargo, estos parámetros no suelen incluirse en la publicación de las dataciones, lo que imposibilita su evaluación, several thousand radiocarbon determinations are available on various databases.
LA PERVIVENCIA NEANDERTAL/ MUSTERIENSE EN EL SUR DE LA PENÍNSULA IBÉRICA: LOS CASOS DE GORHAM'S CAVE Y LA SIMA DE LAS PALOMAS DEL CABEZO GORDO
La cueva de Gorham (Gibraltar, Reino Unido) es, sin lugar a dudas, el yacimiento "transicional" más datado de la PI y el principal baluarte de una pervivencia Musteriense-neandertal en el sur de este territorio.
Estas últimas intervenciones se han centrado en el porche-entrada y en el interior (~40 m de la entrada).
Waechter dividió la secuencia estratigráfica (8 m de potencia) en 26 niveles arqueológicos adscritos al Paleolítico medio-Musteriense (G-H, K-U) y a un Paleolítico superior "indeterminado" (B, D-F) (Barton 1988).
92% de los niveles musterienses.
En la actualidad sólo se conservan 250 piezas de la colección original (Barton 1988).
En el porche de la cueva la secuencia estratigráfica es más compleja.
Barton et al. (1999: 16; Pettitt y Bailey 2000) han correlacionado los niveles B, D y E de Waechter con las unidades (denominadas context) 8, 9 y 11 de las excavaciones modernas.
A su vez, los autores han correlacionado la unidad 22, inscrita sin mayores problemas en un Musteriense sensu lato, con el nivel G de Waechter.
2) coinciden grosso modo con las del nivel G.
Por encima de la unidad 22 se han identificado dos unidades arqueológicas adscritas al Paleolítico medio-Musteriense (de techo a muro context 18 y 19).
La unidad 18 y la transición 18/19 han sido datadas por radiocarbono (Tab.
A simple vista se observa una discrepancia entre OxA-7979 y el resto.
Aún aceptando la hipótesis de los desplazamientos (OxA-7979), surge la cuestión de la procedencia de la muestra.
Una interpretación alternativa es la contaminación de la muestra OxA-7979 con carbono moderno.
42.500 años BP), se puede calcular el porcentaje de contaminación necesario para explicar una desviación cronológica de 18.700 años (Tab.
1), en este caso el porcentaje de carbono moderno es igual a ~5%.
Si se acepta la hipótesis de los desplazamientos el porcentaje de contaminación varía entre un ~1,5% y un ~2%, dependiendo del nivel que consideremos como el originario, i.e. context 24 o 9 respectivamente.
La unidad 19 también ha sido datada por radiocarbono (Tab.
De nuevo, se advierte una discordancia entre OxA-8541 y el resto.
De forma paralela al caso anterior, esta discrepancia puede interpretarse en términos de contaminación.
De ser así, el porcentaje de contaminación necesario para que una datación de ca.
En resumen, las excavaciones modernas en el porche de Gorham's Cave corroboran, en general, la secuencia crono-estratigráfica y cultural propuesta por Waechter.
Las últimas ocupaciones musterienses bien documentadas en este sector desde un punto de vista tecno-tipológico y cronológico (Pettitt y Bailey 2000) se corresponden con (2006: 850-851), esto permite afirmar that Neanderthals occupied the site until 28 kyr BP and possibly as recently as 24 kyr BP.
Esta interpretación, incoherente con los resultados obtenidos en el porche de la cueva, ha sido objeto de duras críticas (Zilhão y Pettitt 2006).
Sin embargo, hasta la fecha no se ha solventado la contradicción que representa una ocupación musteriense-neandertal en el fondo de la cueva, contemporánea (en términos absolutos/numéricos) de un asentamiento del Paleolítico superior indeterminado-¿sapiens? en el porche.
En general, aceptamos las críticas de Zilhão y Pettitt (2006) y consideramos que la interpretación de Finlayson et al. (2006Finlayson et al. (, 2008) ) no respeta los principios estratigráficos descritos más arriba.
La atribución cultural del nivel datado se basa en 222 artefactos líticos (Giles Pacheco et al. 2012): 43 bases naturales (i.e. manuports y percutores), 12 núcleos (dos clasificables como choppers), 154 productos de lascado (lascas sensu lato) y 12 útiles (denticulados, muescas y raederas, sin tipologías del PS).
Se trata, en cualquier caso, de un conjunto lítico "paupérrimo" (Barandiarán et al. 1996) con un potencial diagnóstico limitado.
La asociación de las muestras datadas y del evento que se quiere datar es dudosa.
Sin embargo, hasta el momento no se ha publicado ninguna prueba convincente (e.g. distribución espacial de las piezas líticas, remontajes líticos...) que corrobore la asociación espacial de las muestras datadas con la industria lítica y aclare si estamos ante uno o varios niveles de ocupación y ante artefactos en posición primaria o secundaria.
Además hay bastantes ejemplos en la bibliografía de transporte de materiales por solifluxiones y removilizaciones en el interior de las cavidades.
La distribución espacial de las muestras datadas revela varias "inversiones cronológicas" (en un paquete de ~50 cm de potencia), inconsistentes con la hipótesis de una perduración musterienseneandertal hasta ca.
28/24.000 años BP, permitiendo, a su vez, una interpretación del registro en términos de contaminación.
Ahora bien, si se toma como edad mínima verdadera la edad media del último nivel musteriense documentado en el porche de la cueva (context 18, ± 42.500 años BP), el porcentaje de contaminación necesario para explicar el rango de dataciones obtenido en el nivel IV (i.e. ~23.360-32.100 años BP) varía entre un ~1,5% y un ~5,3%, aceptando la hipótesis no demostrada de que todas la fechas obtenidas en este nivel datan la ocupación musteriense.
Estaríamos ante un caso insólito donde todas las fechas de radiocarbono estarían contaminadas con carbono moderno.
No obstante los porcentajes de contaminación necesarios para explicar estas desviaciones son asumibles en Gorham's Cave (por ejemplo OxA-7979 y OxA-8541) y en otros yacimientos de la PI datados en la transición (i.e. al límite de aplicabilidad del radiocarbono).
La comparación de las estimaciones C14 obtenidas en los laboratorios Beta Analytic y ORAU para el Musteriense de la Península Ibérica revela importantes discrepancias entre ambos laboratorios que difícilmente pueden explicarse a partir del contexto arqueológico.
Estas variaciones son estadísticamente significativas (X 2: 40,535 pvalor < 0,000, V de Cramer: 0,572) y pueden estar relacionadas con los métodos de pretratamiento utilizados en cada caso (Longin, Ultrafiltración/ ABA, ABOx) y/o con el instrumental background específico de cada laboratorio.
Las diferencias cronológicas entre estos laboratorios han sido constatadas en los yacimientos asturianos de El Sidrón o La Güelga.
En la cueva de El Sidrón las existentes entre Beta Analytic-Longin por una parte, y ORAU-Ultrafiltración y Gif-sur-Yvette-Ninhydrina por otra, se pueden estimar en ca.
Si se tiene en cuenta que la acumulación de los restos óseos (neandertales) y líticos (Musteriense de denticulados) en la Galería del Osario fue el resultado de un evento natural y cultural único (Santamaría et al. 2010; Santamaría et al. 2011), las implicaciones culturales de este yacimiento varían notablemente si lo situamos en ~35/40.000 años BP (estimaciones C14 de Beta Analytic; i.e. en plena transición PM-PS) o en ~48-50.000 años BP (estimaciones C14 de ORAU y Gif sur Yvette; i.e. antes de la llegada de H. sapiens a la PI).
En resumen, el nivel IV de Gorham's Cave carece de garantías crono-estratigráficas y tecnotipológicas (distribución espacial de los artefactos líticos) suficientes para sustentar la hipótesis de una pervivencia musteriense en el sur de la PI hasta 24-28.000 años BP.
A día de hoy, las únicas evidencias musterienses bien documentadas en la cueva están datadas en >42.000 años BP, y se corresponden con el nivel G de Waechter y con las unidades 18-19 y 22 de las excavaciones modernas (sector entrada).
El sector que nos interesa aquí de la Sima de las Palomas del Cabezo Gordo (Torre Pacheco, Murcia) se localiza en la parte superior de una sima brechoide de 18 m de profundidad, parcialmente vaciada durante el siglo XIX (minería) y excavada desde 1992 por M. J. Walker y J. Gibert.
Se llevan recuperados más de 100 restos óseos humanos, pertenecientes a la especie H. neanderthalensis, y algunas piezas líticas adscritas a un Musteriense sensu lato.
Según los autores, los resultados radiométricos obtenidos en este sector permiten concluir que the human remains from the Sima de la Palomas in southeastern Iberia therefore document the presence of Neandertals, relatively late in the Middle Paleolithic [i.e.
Esto unido a ciertas características anatómicas "modernas" que presentan los restos fósiles neandertales de Cabezo Gordo, les lleva a plantear que this pattern may be result of genetic drift in relative isolation, directional change or, perhaps more likely, population contact to the north [i.e. con H. sapiens-auriñaciense] (Walker et al. 2008: 20635).
La interpretación cronológica, cultural y antropológica propuesta por Walker y otros se puede resumir como sigue: (fechas ± 35.000 años BP) + (características anatómicas modernas de los restos fósiles neandertales) = hibridación.
Los argumentos cronoestratigráficos que sustentan esta hipótesis son, a nuestro entender, poco consistentes con los datos publicados hasta la fecha.
Hay imprecisiones-omisiones de orden estratigráfico.
Walker et al. (2008) dividen la unidad litoestratigráfica 2 en otras que denominan niveles (e interpretan como tales).
Según Walker et al. (2008: 20631), la pervivencia musterienseneandertal en Cabezo Gordo se documenta en los niveles (capas) superiores (por encima de 2 m), posteriores desde un punto de vista cronoes-tratigráfico a la entrada de una masa caótica de bloques en forma de cono (Walker et al. 2008: 20631) que rellena la mitad occidental del sector, por encima del "nivel" 2 m.
El cono de derrubios permite dividir la secuencia estratigráfica de este sector en dos grandes unidades: previa y posterior al colapso.
Lo que plantea dudas son los argumentos estratigráficos que justifican la división del conjunto superior (i.e. capas 2a-2l, posteriores al derrumbe y datadas entre ± 35.000 años BP y ± 54.000 años BP) en diferentes unidades estratigráficas-niveles (niveles 2a-2l).
Si las capas 2a-2l forman parte de la misma unidad litoestratigráfica, la interpretación cronológica de la unidad debería hacerse de forma conjunta.
Resumen estratigráfico, cronológico y arqueológico del Cabezo Gordo (Torre Pacheco, Murcia).
Restos humanos: número de restos óseos neandertales (Walker et al. 2008, supporting information); Artefactos líticos: número de restos líticos por capa (Walker et al. 2006); Dataciones (Walker et al. 2008), en negrita se localiza APSLP1 (Walker et al. 2008 y supporting information).
La parte inferior de la tabla reproduce los parámetros químicos de las dataciones de radiocarbono (Walker et al. 2008 supporting information).
Todas las capas citadas en la tabla pertenecen al Musteriense.
Las incertidumbres estratigráficas son dos.
Sorprendentemente los 9 metacarpos neandertales inventariados como Palomas 96 (Walker et al. 2008 supporting information) se asignan a los niveles 2d (5 ejemplares) y 2c (4 ejemplares), i.e. ambos por encima de OxA-10666.
En resumen, la misma publicación localiza la muestra APSLP1 en cuatro niveles-capas diferentes (2c, 2d, 2e y 2h).
La posición estratigráfica de esta muestra es crucial, ya que se trata del único resto humano datado directamente (54.000 ± 3.850).
La segunda incertidumbre surge ante la proyección estratigráfica de las muestras APSLP6 y X2509 (~30 cm de distancia en planta), que no se corresponde con la posición relativa de los niveles-capas asignados a cada una (Walker et al. 2008): X2509 (capa 2k) se localiza a una cota inferior (i.e. a muro) de APSLP6 (capa 2l), cuando según la sucesión lógica de capas-niveles X2509 (capa 2k) debería situarse a techo de APSLP6 (capa 2l).
La interpretación cronológica propuesta por Walker et al. (2008) se fundamenta, a nuestro juicio, en una evaluación interesada de las fechas radiométricas, cuyo objetivo es sustentar la hipótesis de la hibridación neandertal-sapiens.
Esto implica considerar a las fechas U/Th y OSL subsidiarias de las del radiocarbono, lo que no deja de ser paradójico en un yacimiento cuyo único resto óseo neandertal datado directamente (APSLP1, 54.000 ± 3.850) lo fue mediante U/ Th.
Se puede aceptar que la fecha OSL corrobore las dataciones U/Th, pero no que todas ellas confirmen a su vez las fechas de radiocar-bono.
3 sección inferior) que cuestionan su fiabilidad.
Además, aunque los autores no ubican estratigráficamente la muestra OxA-15423, su asignación al nivelcapa 2l la sitúa a la misma cota que APSLP6 (i.e. a muro de la secuencia estratigráfica, y por debajo del resto de dataciones, Tab.
Si se toma como edad mínima verdadera del nivel la media de las dataciones U/Th y OSL (i.e.
En este contexto, la explicación más razonable (desde un punto de vista cronoestratigráfico) es, a nuestro entender, la contaminación de las muestras óseas con carbono moderno.
Esto explicaría por otra parte los valores anómalos del ratio C:N. Así según los datos publicados hasta la fecha, y a pesar de las graves incoherenciascontradicciones estratigráficas que cuestionan su fiabilidad, la edad de los restos óseos neandertales de Cabezo Gordo no puede ser posterior a 50.000 años BP.
SOBRE EL MUSTERIENSE TARDÍO DE LA REGIÓN CANTÁBRICA
En los últimos años, la región cantábrica ha sido incluida en la lista de posibles refugios neandertales/musterienses (Baena et al. 2004; Baena et al. 2005; Baena et al. 2006; Baena y Carrión 2006; Baena et al. 2012), en ocasiones, como en la cueva de El Esquilleu (Cantabria), hasta ca.
Esta hipótesis se asienta una vez más en las dataciones absolutas/numéricas obtenidas en los yacimientos musterienses asturianos de la La Güelga, El Conde y El Sidrón y sobre todo en el citado de El Esquilleu (Baena et al. 2012: 200).
La Güelga, datado inicialmente en ca.
Teniendo en cuenta que en la PI las estimaciones C14 realizadas por Beta Analytic no suelen superar la franja del 40.000 BP (Fig. 4), es muy posible que estos niveles sean en realidad más antiguos.
La amplia secuencia musteriense de la cueva del Esquilleu (Cillorigo de Liébana, Cantabria) está datada entre > 60.000 y ca.
A nuestro juicio, son esas sombras las que cuestionan, o al menos relativizan, el modelo cronológico propuesto por Baena et al. (2005; Baena et al. 2012).
La secuencia estratigráfica del Esquilleu se divide de muro a techo en cuatro unidades litoestratigráficas: ESQ-D (niveles XXXI a XLI), ESQ-C (niveles XII a XXX), ESQ-B (niveles I a XI) y ESQ-A (Brecha y espeleotema culminante).
Las unidades ESQ-C y ESQ-B son las que nos interesan.
ESQ-C presenta "una sedimentación de abrigo rocoso con predominio de procesos de arroyada difusa".
ESQ-B está "caracterizada por niveles ricos en clastos autóctonos con escasa matriz arenoso lutítica..., tiene su origen en una sedimentación de abrigo producida por procesos crioclásticos con aportes de arroyada difusa y flujos densos a techo" (Jordá et al. 2008: 36-37).
Las fechas obtenidas en el tramo inferior, ESQ-C, son bastante coherentes entre sí, habida cuenta del rango cronológico en el que nos movemos, con algunas salvedades.
Todas se obtuvieron a partir de un mismo espécimen (tres pretratamientos diferentes ABA, PO y ABOX-SC, Tab.
El porcentaje de contaminación necesario para explicar estas desviaciones es igual a 0,7%.
Unidad litoestratigráfica (UL) (Jordá et al. 2008). * Dataciones obtenidas sobre un mismo espécimen.
A: sólo ácido (Maroto et al. 2012: 21, esta técnica solo se usa cuando la muestra es muy delicada para utilizar la secuencia completa ABA).
ABOX-SC: ácido-base-ácido seguido de una fase de oxidación y combustión.
PO: Plasma oxidación (técnica en fase experimental, Maroto et al. 2012: 21).
UF: Ultrafiltración. %C: Concentración relativa de carbono, 13 C: ratio delta del carbono 13, C:N: ratio carbono-nitrógeno, % yield: concentración relativa de colágeno.
con la secuencia crono-estratigráfica del yacimiento.
Según las estimaciones C14 del ORAU la edad del suprayacente nivel VI es de ca.
Además, esta fecha procede de Beta Analytic, lo que cuestiona o relativiza su fiabilidad (Fig. 4).
Según esto, la edad absoluta/numérica de ESQ-C (niveles XII a XXX) tiene que ser anterior a 45.000 años BP.
Es muy probable incluso que la edad absoluta de estos niveles sea muy superior a la estimada por el radiocarbono ya que son muchas las fechas infinitas obtenidas.
Comentamos ahora las dataciones disponibles para el tramo superior, ESQ-B (niveles I a XI).
La fecha obtenida en XIF (AA37882, 36.500 ± 830) también debe ser rechazada por entrar en contradicción con la secuencia crono-estratigráfica del yacimiento.
Sin embargo de las cuatro dataciones disponibles tres son superiores a 40.000 años y, además, el porcentaje de contaminación necesario para explicar las diferencias observadas en este nivel es tan solo del ~1%.
Creemos que las estimaciones más fiables son, sin lugar a dudas, las obtenidas en el ORAU, que sitúan su edad en torno a 43/44.000 años BP.
Los niveles V y IV han sido datados respectivamente en ca.
Las muestras solo han sido tratadas con ácido, porque eran muy delicadas para utilizar el tratamiento completo ABA (Maroto et al. 2012: 21), lo que cuestiona la fiabilidad de las dataciones.
Además, las muestras del nivel IV presentan un %C: 15,2 anómalo (Maroto et al. 2012: 21), muy inferior al rango (entre 50 y 70%) aceptado en la bibliografía (Braadbaart et al. 2009), acentuando la incertidumbre sobre esas dataciones.
Sin embargo son tan sorprendentemente recientes que Baena et al. (2012) no las contemplan en su modelo cronológico.
Hay que considerar que se fecharon huesos, cuya acumulación en este nivel se debe principalmente a aportes de carnívoros (Yravedra 2006) que, quizás, los enterraran.
Además las características estratigráficas de la unidad favorecen los desplazamientos verticales ("niveles ricos en clastos autóctonos con escasa matriz arenoso lutítica", Jordá et al. 2008: 36).
Puede que las dataciones obtenidas en el ORAU estén fechando las actividades de esos animales y no las últimas ocupaciones musterienses del yacimiento.
A nuestro juicio, el único nivel musteriense bien datado del tramo superior, ESQ-B, es el VI, cuya edad absoluta/numérica fijamos en ~43/44.000 años BP (estimaciones C14 del ORAU) antes que en 34.380 como defienden Baena et al. (2012).
Las otras dataciones de este tramo no deberían ser utilizadas para sustentar la hipótesis de una perduración musteriense/neandertal en la región cantábrica hasta ca.
23.000 años BP, ya que o han sido tratadas mediante una secuencia de ácido, o sus parámetros químicos son anómalos, o su asociación con el evento que se pretende datar es incierta.
En resumen, los yacimientos analizados en este artículo tienen serios problemas estratigráficos, tecno-tipológicos y/o cronológicos que cuestionan la interpretación crono-cultural (pervivencia del Musteriense en el norte y sur de la PI) y/o antropológica (hibridación) propuesta en cada caso.
Ninguno cuenta con evidencias cronoestratigráficas suficientes que justifiquen una pervivencia neandertal-musteriense en la PI posterior al 40/45.000 BP (sin calibrar).
Además, si los grupos musterienses, chatelperronienses y auriñacienses hubiesen'convivido-coexistido' durante tantos miles de años como se defiende (Baena et al. 2005; Baena et al. 2006; Finlayson et al. 2006; Finlayson et al. 2008; Baena et al. 2012), o si estos complejos no fueran más que facies económicas de un tecnocomplejo mayor (Cabrera et al. 2005; Bernaldo de Quirós et al. 2008), las interestratificaciones mustero-chatelperro-auriñacienses serían una realidad bien documentada estratigráficamente y bien acotada cronológicamente, al menos en algunas zonas de la PI como la región cantábrica.
Pero nada más lejos de la realidad.
Las únicas interestratificaciones constatadas hasta la fecha en la PI ocurren entre el Chatelperroniense y el Auriñaciense en El Pendo (Cantabria) (González Echegaray 1980) y La Güelga (Asturias) (Menéndez et al. 2005(Menéndez et al., 2006;;Menéndez et al. 2009).
La primera fue rebatida en los años 1980 por Hoyos y Laville (1982), demostrando la posición secundaria del registro arqueológico y la correlación estratigráfica de los niveles auriñacienses (corte 1) y musterienses (corte 2) (también Barandiarán et al. 1996: 274-275).
La segunda interestratificación (La Güelga, zona D interior) se ha identificado en una zona del yacimiento con serios problemas estratigráficos que afectan a los niveles "chatelperronienses" y "auriñacienses" (cono de deyección, discontinuidades erosivas, solifluxiones, derrumbes de visera, madrigueras) (Quesada y Menéndez 2009) y cronológicos (inversión cronológica de las fechas), y con una industria lítica y ósea que nunca supera los 20 artefactos (Menéndez et al. 2005; Menéndez et al. 2006).
En este contexto, cualquier tentativa de adscripción cultural resulta cuanto menos aventurada (3).
En resumen, las únicas evidencias estratigráficas que respaldan una convivencia-contemporaneidad chatelperro-auriñaciense en la PI carecen de garantías estratigráficas suficientes para sustentar esa hipótesis.
Las técnicas de pretratamiento desarrolladas en la última década en algunos laboratorios de datación como la Ultrafiltración, la Ninhydrina, o el ABOx (Bird et al. 1999; Tisnerat-Laborde et al. 2003; Bronk Ramsey et al. 2004a; Bronk Ramsey et al. 2004b; Higham et al. 2006; Brock et al. 2007; Higham et al. 2009) eliminan de un modo más eficiente los restos de contaminación de las muestras arqueológicas cuyos efectos en la edad absoluta/numérica de las muestras han
Las dataciones obtenidas con estas técnicas parecen estabilizar la edad del primer auriñaciense en torno a 36/37.000 años BP, a la par que envejecen en algunos miles de años el "Musteriense tardío".
Es posible que a medida que estas técnicas se depuren y se consigan controlar de un modo más eficaz los efectos de la contaminación, las diferencias entre el Musteriense y el Auriñaciense se incrementen, corroborando por otra parte su posición relativa en la secuencia estratigráfica (i.e. la cronología relativa).
Baste recordar a) que los límites aceptados para el inicio y fin de la transición (ca.
40/30.000 años BP) actúan en la práctica como un muro de contención que atenúa los efectos de la contaminación; b) que el porcentaje de contaminación necesario para que una muestra >45.000 años BP se date en ca.
25.000 años BP es inferior al 5%, y que ese porcentaje es perfectamente asumible en muchos yacimientos musterienses de la PI (L'Arbreda, Bajondillo, Gorham's Cave, El Sidrón, Els Ermitons, La Güelga...) y c) que, en general, se desconoce la integridad estratigráfica y cultural de los niveles datados y, sobre todo, que faltan ejemplos claros de interestratificaciones musterochatelperro-auriñacienses.
En este contexto, consideramos que el escenario más plausible, desde un punto de vista cronoestratigráfico, o relativo, es la desaparición del H. neanderthalensis/Musteriense antes de la llegada del H. sapiens a la PI.
Cabe preguntarse, por fin, si la contaminación de las muestras arqueológicas con carbono moderno es un fenómeno habitual en los yacimientos paleolíticos datados en la transición PM-PS, o por el contrario es un fenómeno accidental y suficientemente controlado.
No cabe duda que la contaminación tiene efectos directos en nuestra percepción del pasado, y que a día de hoy carecemos de instrumentos de datación absoluta/numérica lo bastante fiables y precisos para resolver los problemas planteados en el debate: poblamiento, desarrollo interno, sustitución, continuidad, convivencia o intercambios (Fortea 1995; Fortea et al. 2008).
Emilio Aura Tortosa (Universidad de Valencia) y Lourdes Montes Ramírez (Universidad de Zaragoza) la revisión y los comentarios del texto inicial. |
Hoy nuestra revista tiene que hacerse eco del gran pesar de la comunidad científica por la pérdida de una de las figuras más destacadas de la investigación prehistórica en el último cuarto del siglo XX: Victoria Cabrera Valdés ) (Lám.
En una vida relativamente breve, para lo que cabría esperar, consiguió ponerse en primera línea en el ranking internacional.
Vicky, nombre con el que la conocían todos sus colegas, era catedrática de Prehistoria en la Universidad Nacional a Distancia (UNED), y su presencia resultaba familiar en las más importantes reuniones profesionales de Europa y América, presentando siempre una aportación novedosa, bien fundada y a veces hasta un poco provocativa, lo que rompía la rutina y despertaba inquietud y controversia en los medios científicos.
Solía hacerlo en colaboración con su marido, el Dr. Federico Bernaldo de Quirós, con quien trabajaba conjuntamente en el campo de la investigación, siguiendo la tradición de algunos matrimonios de científicos bien conocidos, como Pierre y Marie Curie en el campo de la Física, o François y Denise Bordes en el de la Prehistoria.
Su brillante labor como profesora universitaria puede calibrarse por la promoción de discípulos que, una vez presentadas sus tesis doctorales, han pasado ya a formar parte del mundo de la investigación prehistórica.
Pero también por la iniciativa de promover coloquios científicos con proyección internacional, para estudiar en conjunto temas de especial relevancia.
Es, por ejemplo, el caso del simposio de Madrid (1993) y el de Santoña ( 2003) o, a una escala nacional, los cursos de verano de la UNED en Ávila.
Victoria Cabrera era una prehistoriadora que no se conformaba con estudios y análisis especulati-vos, sino que estaba volcada en el trabajo de campo y la experiencia directa, de donde sacaba sus propias conclusiones y teorías.
Ya desde muy joven tomó parte activa en excavaciones, como las cuevas de la Sarsa, Tito Bustillo y el abrigo de Tamajón.
Después asumió responsabilidades de dirección en Hornos de la Peña y especialmente en Cueva Chufín.
Pero el yacimiento que iba a quedar vinculado a su vida científica de forma definitiva era la famosa Cueva del Castillo (Puente Viesgo, Santander).
Victoria Cabrera, que había sido discípula predilecta del Dr. Almagro Basch, defendió su tesis doctoral en la Complutense en 1978 sobre las antiguas excavaciones de Obermaier en la Cueva del Castillo, de las que tanto se ha hablado, pero que hasta entonces permanecían aún prácticamente inéditas.
La tesis, que resultó un trabajo excelente y de interés extraordinario, sería publicada después en 1984 con el título El Yacimiento de la Cueva de «El Castillo» por el C.S.I.C. dentro de la colección Bibliotheca Praehistorica Hispana, tomo XXII.
A partir de aquí y con su exhaustivo conocimiento del yacimiento y sus problemas, se decidió valientemente a continuar las antiguas excavaciones que habían sido interrumpidas el año 1914.
En el ámbito de la Prehistoria, todo el mundo esperaba una reanudación de los trabajos en esta cueva, ahora ya con los métodos modernos.
Sin embargo, nadie se había atrevido a llevarla a cabo, dada la inmensidad y complejidad de la obra, las dificultades técnicas y económicas, y la audacia que suponía hacerse cargo de un yacimiento que en su día fue la empresa científica más importante dentro del mundo de los estudios prehistóricos, y en la que habían tomado parte personalidades tan destacadas como H. Obermaier, H. Breuil, P. Wernert, P. Teilhard de Chardin y otros.
Desde 1980 hasta el año de su muerte, y más acá puesto que Federico Bernaldo de Quirós continúa con la obra, las campañas de excavaciones vienen sucediéndose ya cada año con el lento ritmo que hoy requieren estas investigaciones, pero con unos resultados espectaculares, que han suscitado el interés y a veces la discusión por parte de toda la comunidad científica.
Por ejemplo, el hecho de que el famoso Auriñaciense antiguo del Castillo -nivel 18-haya podido ser datado por Cabrera con todas las garantías en una fecha tan temprana como el 38 500 y el 40 000 B.P. y de que en él aparecieran obras de arte, o que en el Musteriense -nivel 21-hayan podido registrarse ciertas técnicas en el trabajo del sílex, que hasta ahora se atribuían en exclusiva al Paleolítico Superior, han causado una verdadera explosión en los medios científicos y han contribuido a que el tema de la transición del Paleolítico Medio al Superior constituya uno de los asuntos clave en las publicaciones y simposios por parte de los prehistoriadores de todo el mundo.
Aunque las tesis de Cabrera hayan sido objeto de múltiples controversias, nadie ha puesto en duda la honestidad y competencia de Victoria Cabrera en sus trabajos, y hoy en día la mayor parte de los prehistoriadores da la razón a sus interpretaciones y reconoce que el yacimiento del Castillo constituye uno de los puntos clave en toda Europa para entender ciertos procesos fundamentales.
Se nos ha ido, pues, Victoria Cabrera quizá cuando más la necesitábamos.
Pero ahí nos queda el testimonio de su valentía en defensa de la objetividad científica.
A él permanecerá vinculado también el recuerdo de su gran personalidad, como una mujer sencilla, amable, preocupada por los demás y fiel a la amistad. |
La reflexión sobre la dinámica de las relaciones sociales en la Prehistoria reciente encuentra un apoyo clave en el análisis de las prácticas funerarias.
La presencia y significación de los enterramientos individuales y colectivos en las sociedades del Neolítico final/ Calcolítico en el sureste de la Península Ibérica proporciona una nueva evidencia al debate sobre la aparición de las desigualdades sociales en la región.
Nuestra contribución se basa en el reciente descubrimiento y excavación de varias tumbas individuales en fosa, localizadas en contextos domésticos, en el yacimiento de La Vital (Gandía, Valencia).
Las peculiaridades del continente (detección de episodios rituales particulares en las distintas tumbas) y del contenido (vasos campaniformes, objetos metálicos, ofrendas animales), unido a una ajustada cronometría, permiten plantear diversas alternativas relativas a la dinámica poblacional, las redes de circulación de información y las formas de reproducción social entre finales del IV y el desarrollo del III milenio cal BC en el área central del Mediterráneo en la Península Ibérica.
Guillem Pérez Jordà has worked until march 2013 in the L. Arqueobotánica, Instituto de Historia, Centro de Ciencias Humanas y Sociales, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (Madrid).
This work was supported by the research project of government of Spain HAR2009-14360-C03-01: "Análisis comparativo de las dinámicas socioeconómicas en la Prehistoria reciente peninsular (VI-II milenios AC): la fachada mediterránea". |
El poblado de Avenc del Primo (Bellmunt del Priorat, Tarragona), en el que hemos realizado dos breves campañas de excavación, constituye actualmente el ejemplo más antiguo de urbanismo planificado en el sur de Cataluña (siglos X-IX ane).
Entre el material arqueológico recuperado destaca un fragmento de mineral de cobre local, por lo que los habitantes del poblado podrían estar ya explotando los filones de la importante área minera de Molar-Bellmunt-Falset.
Las primeras evidencias de urbanismo en el sur de Cataluña se habían fechado en el siglo VII ane, a partir de los contactos con el ámbito fenicio, pero los resultados que aquí presentamos sugieren un origen anterior y relacionado con las dinámicas internas de las comunidades del Bronce Final.
de dos breves campañas de excavación efectuadas durante los años 2008-2009 en el yacimiento de Avenc del Primo (Bellmunt del Priorat, Tarragona), destacando la novedad que suponen en la protohistoria del Noreste (NE) de la Península Ibérica (Fig. 1).
Estos trabajos han permitido documentar las primeras evidencias de urbanismo con una cronología de los siglos X-IX en una zona, la Cataluña meridional o curso inferior del Ebro, donde el surgimiento de las estructuras de poblamiento 'protourbanas' se ha fechado tradicionalmente en el siglo VII y en relación con la presencia fenicia (Sanmartí y Belarte 2001: 162-164; Noguera 2006: 91; Belarte 2010: 111-112; Sanmartí 2010: 93, entre otros) (2).( 3)
(2) Aunque los hemos empleado en alguna ocasión anterior y están muy extendidos, conceptos como 'protourbano' o 'protourbanismo' son problemáticos y no están exentos de crítica; pueden verse, por ejemplo, los acertados comentarios de López Cachero (1999: 74-75).
Esta novedad no plantea únicamente un cambio de perspectiva acerca de los orígenes del urbanismo y las pautas de vida asociadas a este fenómeno.
Bien al contrario, la investigación arqueológica ha trabajado con cierta intensidad la relación entre formas de hábitat y modelos sociales, tema que, en la protohistoria del NE peninsular, ha generado una fructífera discusión en los últimos años [URL].
Por esta razón, un segundo objetivo de este texto será revisitar de manera sucinta el debate sobre las comunidades del Bronce Final del NE peninsular y su trayectoria hacia la complejidad social.
El yacimiento figura en el inventario arqueológico de la Generalitat de Catalunya bajo el nombre de Avenc del Primo y con una atribución cronológica de Bronce Antiguo y Neolítico (este último con interrogante) (3).
Nuestra primera visita tuvo lugar en 2005, durante una campaña de prospección enmarcada en un amplio programa de investigación orientado al estudio de la zona minera del Baix Priorat y la circulación de sus recursos minero-metalúrgicos (4).
Entonces pudimos comprobar que había sido objeto de remociones clandestinas recientes, que habían dejado al descubierto varias estructuras (ámbitos que denominaremos 1, 2 y 3).
En superficie recogimos algunos fragmentos cerámicos y piezas de sílex de difícil atribución cronológica.
Las primeras referencias al yacimiento, a partir de estos datos de prospección, aparecieron publicadas en dos artículos de síntesis sobre nuestros proyectos de investigación en la zona (Rafel et al. 2008; Rafel et al. 2010), si bien en su día Vilaseca (1936: 46) ya había mencionado la recogida superficial de materiales de sílex per tota la partida dels Avencs.
Nuestras dos breves intervenciones tuvieron como objetivos registrar y terminar de excavar las estructuras visibles (campaña 2008) y excavar un cuarto ámbito que no había sido alterado (3) La versión online del inventario de la Generalitat de Catalunya puede consultarse en http://cultura.gencat.net/invarque/index.asp.
A fecha de 16-II-2012 el yacimiento del Turó de l'Avenc del Primo figura todavía con dicha cronología, Bronce Antiguo y Neolítico, aunque se incluye una fotografía procedente de nuestro informe de intervención.
(4) En el apartado final de agradecimientos citamos los proyectos que han dado y dan cobertura a este programa de investigación.
en las actuaciones clandestinas (campaña 2009), así como obtener materiales que nos permitiesen una datación más precisa.
Los resultados han sido objeto de una presentación preliminar (Rafel y Armada 2009: 52-53, figs. 3-4) y de una breve nota divulgativa en una publicación local (Armada et al. 2009).
Aquí se ofrece por primera vez una síntesis general de los mismos (Fig. 2).
EL POBLADO DEL AVENC DEL PRIMO
El yacimiento está situado en la cima de un cerro de naturaleza calcárea popularmente conocido como El Avenc del Primo o Avenc Verd, en la partida dels Avencs, término municipal de Bellmunt del Priorat (Fig. 3).
En la misma cima del cerro se encuentra el límite entre los términos municipales de Bellmunt y Masroig.
Se integra en el conjunto conocido como Sarraí-Collroig, resultante del arco mesozoico del Priorat que separa el llano de Falset del Bajo Siurana y que está constituido por una serie de cerros poco elevados alineados en dirección norte-sur (Lo Sarraí, La Morlanda, Lo Collroig, L'Ereta de les Bruixes, La Tosseta).
Los diversos barrancos que atraviesan este sistema forman estrechos y hoyas entre estratos calcáreos muy inclinados, que son el resultado de la combinación de fenómenos cársticos y tectónicos (Anón.
Por lo general toda la partida dels Avencs es una zona abrupta y boscosa.
La denominación popular de este paraje viene dada por existir en él varias simas, grandes grietas formadas en la roca calcárea llamadas en catalán 'avencs'.
Entre todas las simas, la de mayores dimensiones es la que atraviesa el cerro del Avenc del Primo formando un imponente acantilado.
Al pie de este trascurren las aguas del barranco llamado dels Molins o dels Avencs, un curso de agua más bien irregular afluente del río Siurana que atraviesa el paraje encajonado entre las montañas, en cuyas laderas todavía se pueden apreciar antiguas terrazas de cultivos hoy abandonados.
El yacimiento se encuadra en el marco geográfico de la cuenca minera del Baix Priorat, explotada intensamente para la obtención de plomo, pero en la que también se documentan otros minerales de interés en la Protohistoria, como el cobre y la plata nativa y los minerales de plata.
A relativamente poca distancia del poblado hay dos zonas mineras, la mina Joaquima Primera (conocida también como del Rebaño o del Mas de Pallejà) y la del Barranc Fondo o Ramona.
El lugar conocido como mina del Rebaño es un grupo de labores situado en el lecho del barranco dels Molins anteriormente mencionado, aguas arriba de la partida dels Avencs.
Parece ser que los indicios de labores antiguas en este grupo de minas llevaron a la compañía Minas del Priorato, S.A. a realizar algunos trabajos de reconocimiento a finales de la década de 1910 para valorar las posibilidades de explotación de la galena.
La otra zona minera próxima al yacimiento, la del Barranc Fondo, que coincide aproximadamente con la antigua mina Ramona, está situada en el lugar conocido como Mas Vell y estuvo activa en diferentes momentos a finales del siglo XIX y principios del siglo XX.
Se caracteriza por las mineralizaciones en brechas entre pórfidos encajados en pizarras carboníferas siendo el mineral mayoritario la galena, si bien se ha documentado también clorargirita (Mata 1990: 129).
Su explotación durante los siglos VII-VI ane ha podido ser documentada a través de las analíticas de isótopos realizadas en los últimos años (Rafel et al. 2008; Rafel et al. 2010).
En líneas generales la cuenca minera presenta diversas anomalías de cobre, especialmente el llamado óxido de cobre negro, la tenorita, bien documentado en la vecina concesión de Linda Mariquita (El Molar) y en un filón de baritina que cruza la carretera Molar-Bellmunt.
Estratigrafía y estructuras: la excavación
A diferencia de lo que suele ser habitual en este tipo de yacimientos, la dinámica posdeposicional del Avenc del Primo no se caracteriza por la acumulación de sedimento, sino por un proceso erosivo que debió iniciarse en el mismo momento en que el poblado es abandonado y sus estructuras se arruinan.
Dicha erosión viene agravada por la disposición del sustrato natural, que presenta una morfología inclinada a ambos lados -pero sobre todo al norte-de una estrecha y alargada plataforma central; esas dos pendientes limitan con barrancos abruptos.
El resultado de todo ello es la desaparición paulatina de las estructuras murarias y de los niveles arqueológicos, el hallazgo abundante en términos relativos de restos cerámicos, lascas y fragmentos de sílex que muestran con claridad los efectos de su exposición a la intemperie y, finalmente, el afloramiento de la roca natural en buena parte de la superficie del cerro.
El sector excavado ha permitido documentar cuatro ámbitos o casas unicelulares que comparten paredes medianeras y se adosan a un gran muro de cierre, de una anchura media de 1,60 m, que funciona como pared trasera de los ámbitos (Fig. 4).
Es este potente muro, cuya base forra el desnivel septentrional de la roca y actúa como elemento de contención, el que ha posibilitado la conservación de parte de los ámbitos adosados y de restos del sedimento arqueológico (Fig. 5).
El acceso a estos ámbitos se realizaría a través de una calle o patio central situado al sur de los mismos y cuyas características no es posible documentar debido a la fuerte erosión.
Por las razones expuestas, es difícil determinar la extensión original de las estructuras arquitectónicas, que con seguridad no ocuparían todo el cerro.
Hemos comprobado que la muralla de cie-rre continúa en dirección Este varios metros más allá del sector excavado, pero no parece probable que se extendiese -al menos con el mismo tamaño y características-por los flancos sur y oeste del yacimiento.
Por la parte oeste, debido al desnivel del terreno, se encuentran cerámicas en superficie hasta el límite del cerro, que en esta parte está marcado por un abrupto acantilado.
La estratigrafía en la zona excavada es sencilla.
Los ámbitos 1 y 2, ambos semivaciados clandes- tinamente, presentan idéntica secuencia.
En ambos casos, el primer estrato que encontramos es un nivel de colmatación, por debajo del cual se detecta otro de la misma naturaleza, colmatación/ abandono.
La superficie del siguiente nivel (UEs 6 y 11) funciona ya como suelo de uso, pero, en ambos casos, se trata de estratos que al mismo tiempo cumplen una función de nivelación de la roca natural.
No obstante, los dos ámbitos presentan también, por debajo de las UEs citadas, sendos estratos de tierra rojiza y piedras de pequeño tamaño que regularizan la roca rellenando huecos o desniveles.
El interior del ámbito 3 se encontraba en muy mal estado de conservación, debido a la erosión y a la actuación clandestina.
Únicamente hemos podido excavar un estrato, que se sobrepone directamente a la roca natural.
El ámbito 4 es, pues, el único en el que hemos excavado la estratigrafía completa.
Esta comienza con dos estratos sucesivos de carácter superficial, con tierra vegetal y abundantes raíces, por debajo de los cuales aparece una mancha circular que podría corresponder a los restos de una pequeña hoguera, también de época reciente.
A continuación aparece un único estrato de colmatación seguido de los restos del nivel de uso, que se conserva solo en la parte noreste del ámbito.
El siguiente estrato es el suelo de uso, que se encuentra relativamente bien conservado y ocupa la totalidad del espacio.
Como sucede en los ámbitos 1 y 2, este nivel cuya superficie superior constituye el suelo de uso se dispone directamente sobre la roca en buena parte del ámbito, cumpliendo al mismo tiempo una función de regularización.
También a semejanza de los ámbitos citados, se registran por último sendos estratos superpuestos en la zona norte-noreste del ámbito destinados a rellenar el desnivel de la roca.
Los cuatro ámbitos se construyen directamente sobre la roca natural, que como ya hemos señalado presenta un acusado desnivel Norte-Sur.
El único muro que no apoya directamente sobre la roca en toda su longitud es el que divide los ámbitos 1 y 2 (UE 5), pues en su tramo norte apoya sobre uno de los niveles de regularización.
La erosión, favorecida por el hecho de que el sustrato geológico se encuentre a una cota superior, ha impedido detectar los muros que cerrarían por el sur los ámbitos 1, 2 y 3.
Únicamente en el ámbito 4 hemos documentado un tramo del muro que funcionaría como el cierre meridional, lo que permite establecer unas dimensiones aproximadas de 12 m 2 para su superficie interior (Fig. 4).
Aunque la organización urbanística del poblado lleva a proponer la existencia de viviendas unicelulares o de una sola habitación, no es posible determinar -ni los materiales recuperados ofrecen información concluyente-si los cuatro ámbitos excavados responden a esta misma función.
Llaman la atención las diferencias de tamaño, pues por ejemplo el ancho interior del ámbito 1 es prácticamente el doble que el de los ámbitos 2 y 3.
En cualquier caso, es relevante señalar que se trata de viviendas que comparten muros medianeros y un mismo muro de cierre -que lo es al tiempo del hábitat-y que, por tanto, se trata de un modelo que se aleja de las aldeas de casas aisladas unas de otras.
Materiales arqueológicos y cronología
El material recuperado es escaso, pero significativo desde el punto de vista cronológico.
El conjunto cerámico pertenece a dos categorías distintas: por un lado, cerámicas groseras, de pastas gruesas poco depuradas, sin tratamiento de acabado, con cocciones irregulares y desgrasantes cuarcíticos o calcáreos y micáceos de tamaño medio/grande visibles en sección y en superficie; por otro, cerámicas finas, de arcillas algo más depuradas, desgrasantes del mismo tipo que las anteriores, pero de tamaños inferiores, aunque también visibles, acabados alisados o pulimentados y cocciones algo más cuidadas que dan unas superficies externas de tonos marrón oscuro-rojizo y negruzcos.
Estas últimas pertenecen todas, tanto por sus aspectos tecnológicos, como, sobre todo, por los tipológicos, a piezas de tradición Campos de Urnas (en adelante CCUU).
El estrato de nivelación-circulación del ámbito 1 proporcionó material poco significativo en sí mismo: fragmentos de vasos groseros con cordones lisos (Fig. 6, n.o 1 y 6), un fragmento informe de un vaso también grosero con una oquedad para insertar una asa (Fig. 6, n.o 2), un pequeñísimo labio recto o ligeramente reentrante (Fig. 6, n.o 7), un borde exvasado de labio redondeado (Fig. 6, n.o 5) y, finalmente, un borde exvasado con labio apuntado perteneciente a un vaso grosero sin tratamiento de acabado que presenta incisiones en el labio y aplicaciones plásticas decoradas con incisiones sobre el cuerpo (Fig. 6, n.o 3).
Los niveles de uso y nivelación-circulación del ámbito 4 han proporcionado materiales cerámicos, entre los cuales algunos son significativos desde el punto de vista cronológico.
Así, destaca el borde de un vaso abierto (Fig. 6, n.o 8), con acabado pulimentado, que presenta un borde li-geramente exvasado, con labio en bisel, que se une al cuerpo convexo de la pieza mediante una pronunciada inflexión en ángulo; un fragmento de la unión cuello-cuerpo de un vaso de las mismas características que el anterior (Fig. 6, n.o 9); un fragmento de un borde recto con tendencia convexa y labio apuntado que presenta tres líneas incisas paralelas bajo el labio (Fig. 6, n.o 10); un pequeño fragmento sin forma de un vaso con cordón decorado (Fig. 6, n.o 11); y un fragmento de asa de sección aplanada (Fig. 6, n.o 12).
Los vasos más significativos entre los que acabamos de enumerar son los representados por los fragmentos que corresponden a boles o páteras (Fig. 6, n.o 8 y 9), una forma infrecuente en necrópolis.
Tienen sus paralelos más exactos en la fase antigua del vecino yacimiento del Barranc de Sant Antoni (Ginestar, Ribera d'Ebre) (Asensio et al. 1994-96: fig. 7, n.o 4 a 6), que ha sido fechado en el siglo IX y atribuido al período Vilaseca I. Efectivamente, en la conocida cueva del Marcó (Tivissa), uno de los yacimientos tipo del período Vilaseca I, aparecen ya formas de perfiles parecidos (Vilaseca 1939: lám. XVIII, 3), aunque cabe señalar que parece tener perduración más allá de esta fase.
En otro yacimiento tarraconense, el hábitat en cabaña de la Mussara (Vilaplana del Camp), que sus excavadores fechan entre 925 y 825, se documentan también formas parecidas, aunque con bordes más exvasados (Rovira y Santacana 1982: 79, fig. 48, n.o 7).
Galbos muy similares se encuentran igualmente en el poblado gerundense de la Fonollera (Torroella de Montgrí), encuadrado en el Bronce Final II-IIIA (1100-800) de la sistematización de Guilaine (1972); en su mayoría presentan decoración de acanalados en el labio interno (Pons 1977: lám. 10), pero no faltan los ejemplares lisos (Pons 1977: lám. 10, n.o 8 y 9).
Todos ellos se han situado en el Bronce Final II por Pons (1977: 100-102), relacionándolos con los ejemplares tipo de la misma época documentados en Francia, aunque las características del yacimiento hacen difícil identificar las dos fases propugnadas por la autora (Ruiz Zapatero 1985:
Materiales de los estratos de uso y nivelacióncirculación de los ámbitos 1 y 4 del Avenc del Primo (Bellmunt del Priorat, Tarragona).
Vasos groseros con cordones; 3.
Borde exvasado con decoración plástica e incisa.
Fragmento de cuerpo; 5.
Borde de vaso abierto con labio apuntado y biselado; 9.
Bol del mismo tipo que el anterior; 10.
Borde recto con decoración incisa; 11.
Fragmento con decoración plástica; 12.
Fragmento de asa (dibujos N. Rafel).
De los materiales del resto de los paquetes estratigráficos excavados destacan el bol-tapadera (Fig. 7, n.o 1), que corresponde a un tipo relacionado con el que acabamos de comentar; tres fragmentos informes con decoración acanalada (Fig. 7, n.o 2, 5 y 15); un fragmento de borde de un vaso de acabado grosero, borde ligeramente exvasado de labio recto y decoración en líneas de impresiones hechas a punzón (Fig. 7, n.o 16); y tres bordes convexos (Fig. 7, n.o 11, 8 y 9, este último con acabado pulimentado) que, con toda la prudencia que la fragmentación del material aconseja, pueden interpretarse como pertenecientes a urnas encuadrables en los CCUU Antiguos.
Aunque los bordes convexos pueden darse en contextos de CCUU Recientes, constituyen un rasgo propio de la fase antigua que concuerda con los boles más arriba comentados.
El escaso material mueble recuperado incluye varios elementos líticos: un fragmento de la parte pasiva de un molino de vaivén en granito que apareció superficialmente y varios de otro, en un pésimo estado de conservación, también de granito, que aparecieron en el horizonte de uso del ámbito 4 (UE 19).
En el estrato de nivelación (UE 12) subyacente al nivel de uso del ámbito 2 se recuperó parte de una pieza lítica, trabajada sobre calcárea local, que presenta dos de sus lados tallados ortogonalmente y pulidos (Fig. 7, n.o 20).
Tanto en superficie como en los distintos niveles excavados es relativamente frecuente el hallazgo de lascas y fragmentos de sílex; sin embargo, no se ha identificado ningún útil.
El material metálico se reduce a dos ítems, ambos recuperados en el ámbito 1: una anilla abierta procedente de la UE 4 (Figs.
8, n.o 1 y 7, n.o 19) y un pequeño fragmento de mineral de cobre (Fig. 8, n.o 2) hallado en el nivel de uso del ámbito.
Ambos fueron analizados por espectrometría de fluorescencia de rayos X (ED-XRF) para conocer su composición elemental (Tab.
1) (6). ( 7) (6) El estudio analítico de estos dos restos metálicos ha corrido a cargo de Ignacio Montero, a quien debemos la información sobre los resultados obtenidos.
Materiales de las unidades estratigráficas de colmatación del Avenc del Primo (Bellmunt del Priorat, Tarragona): 1.
Fragmentos informes con decoración acanalada; 3.
Fragmento de cuerpo; 6.
Fragmento de cuerpo con arranque de asa; 7.
Fragmento con decoración plástica incompleta; 16.
Borde exvasado con labio recto y decoración impresa; 17.
Borde de labio recto; 18.
Fragmento con cordón; 19.
Material de estrato de nivelación precedente al nivel de uso del ámbito 2: 20.
Fragmento de piedra labrada (dibujos N. Rafel).
La anilla es un bronce ligeramente plomado, con un porcentaje de estaño elevado (16,9%) e impurezas altas de plata y antimonio.
El mineral se ha identificado por difracción de rayos X en el CAI de la Facultad de Ciencias Químicas (UCM) como tenorita (CuO) con presencia de fases de Abswurmbachite (Cu +2 Mn6 +3 Si O12) y de óxidos de hierro (Fe2O3) sobre una ganga calcárea.
Este fragmento de mineral no presenta impurezas que permitan relacionarlo con la composición de la anilla y tampoco muestra una relación con las características de los minerales de cobre de la vecina mina de Linda Mariquita, en El Molar.
Sin embargo, al tratarse de un compuesto oxidado no es necesariamente representativo de los compuestos polimetálicos típicos de esa mineralización, en la que destacan tanto el arsénico como las impurezas elevadas de plata.
El análisis de isótopos de plomo del fragmento de mineral (Tab.
2), sin embargo, revela su clara pertenencia al campo isotópico definido para las minas del distrito Molar-Bellmunt-Falset (Fig. 9) y por tanto su extracción de estas minas próximas al yacimiento.
Al tratarse de un fragmento mineral sin procesar no podemos relacionarlo directamente con actividades metalúrgicas en el poblado, de Tab.
Análisis ED-XRF realizados con el espectrómetro METOREX X-MET 920MP con detector de Si (Li) y fuente de Americio 241, del Museo Arqueológico Nacional.
Valores cuantitativos calculados a partir de patrones certificados.
Los resultados van expresados como % en peso (nd= no detectado).
Los límites de detección en las condiciones de análisis señalan que cantidades inferiores al 0,1 % para níquel (Ni), cinc (Zn), arsénico (As) y antimonio (Sb) podrían existir. las cuales no hemos detectado ningún otro indicio.
En cualquier caso, sí muestra de manera inequívoca el aprovechamiento de estos recursos de su entorno geográfico, con la producción metalúrgica como destino probable.
La inexistencia en el sedimento arqueológico excavado de material orgánico susceptible de datación absoluta implica que, a nivel cronológico, los indicadores más fiables son los proporcionados por el material cerámico, encuadrable en los CCUU Antiguos y con una datación centrada en el siglo X o, como muy tarde, el IX.
Cabe destacar, con toda la prudencia que los pocos restos recuperados aconseja, que entre el material exhumado no figura ninguno de los ítems cerámicos característicos de los asentamientos de los siglos VII-VI de la zona, bien conocidos por los horizontes de este momento del Calvari del Molar y Puig Roig del Masroig.
DISCUSIÓN: LOS RESULTADOS EN PERSPECTIVA
El poblamiento del Bronce Final en el Baix Priorat
En el Baix Priorat, las primeras referencias a yacimientos potencialmente coetáneos con el Avenc del Primo se remontan a los trabajos de S. Vilaseca y consisten por lo general en hallazgos superficiales de cerámica acanalada.
En su monografía de 1936 este autor menciona el hallazgo de este tipo de cerámicas en tres yacimientos: Colls Roigs, Miloquera y Cova de la Moreva o del Xollat (Vilaseca 1936: 107).
Esta cifra se incrementa ligeramente en algunos de sus posteriores trabajos.
Sin embargo, es probable que el hecho de que mucha información de interés se recoja en dos libros sobre las industrias prehistóricas de sílex haya limitado su aprovechamiento en la investigación protohistórica.
Aquí intentaremos, pues, poner en valor los datos aportados por Vilaseca, que, acompañados de nuestro propio trabajo de campo y de la consulta de la Carta Arqueológica de la Generalitat de Catalunya, nos permiten establecer en 12 el número de yacimientos del Bronce Final en el Baix Priorat (7), modificando el panorama que antes habíamos expuesto (Rafel et al. 2008; Rafel et al. 2010).
Es difícil identificar las sincronías de todos estos yacimientos dentro del Bronce Final.
Los conocidos a través de hallazgos en superficie tienen en las cerámicas acanaladas su principal indicador cronológico.
En un estudio reciente sobre la (7) Aquí entendemos como tal los términos municipales del Molar, Bellmunt, Falset, Pradell de la Teixeta, Masroig, Marçà, Torre de Fontaubella, Guiamets y Capçanes.
Análisis de isótopos de plomo realizado por TIMS en el Servicio de Geocronología y Geoquímica Isotópica de la Universidad del País Vasco. cronología radiométrica de la prehistoria catalana, Barceló (2008: 79) señala la contemporaneidad de las tazas carenadas y de las cerámicas de asas con apéndice de botón con las primeras cerámicas acanaladas, en un arco cronológico que sitúa entre 1600/1400 y 900 cal ANE.
Este autor sugiere la posibilidad de que las acanaladas sean algo posteriores a los otros dos tipos cerámicos, aunque reconoce la escasez de información para alcanzar conclusiones más precisas.
Así pues, si bien el registro y las dataciones absolutas no muestran discontinuidades acusadas en torno al 1200 cal ANE (Barceló 2008: 77-78), parece evidente que los tipos acanalados más antiguos pueden adscribirse a yacimientos de esta etapa, aunque, como es bien conocido, este tipo de cerámica perdura durante la I Edad del Hierro.
Entre los 12 yacimientos aludidos, existen algunos cuya ocupación se limita al Bronce Final, mientras que otros, originándose en dicha etapa, continuan en la Edad del Hierro (Fig. 1).
No obstante, este autor menciona también el hallazgo de cerámicas acanaladas o de CCUU (Vilaseca 1936(Vilaseca: 70, 1970: 63) y publica la fotografía de un fragmento del cuello de un vaso bicónico con acanalados horizontales (Vilaseca 1936: 70, fig. 99).
El registro invita a pensar en un hiato entre la ocupación del Bronce Final y la ibérica, pues no aparecen cerámicas fenicias ni otros tipos fechables con seguridad en la I Edad del Hierro.
Las Coves de la Moreva o del Xollat, en la partida de Les Burgueres y también situadas en el término de Marçà, son dos cavidades sobre arenisca roja en cuyo entorno se recogen también útiles de sílex.
La excavación a cargo de Vilaseca en el interior de la cueva grande proporcionó algunos fragmentos cerámicos fechables en el Bronce Final, con incisiones anchas y poco profundas, acanalados curvos o en ángulo y bordes biselados (Vilaseca 1936(Vilaseca: 73, 1953: 165): 165); uno de los fragmentos con decoración punteada tiene paralelos en el registro cerámico del Avenc del Primo (Fig. 7, n.o 16).
Los Colls Roigs son unos cerros de conglomerados y areniscas rojas con algunos estratos calcáreos en la parte superior situados en la unión de los términos de Bellmunt, Masroig y Falset.
Vilaseca (1953: 171) describe el sitio como "un prototipo de hábitat prehistórico en covachas abiertas en areniscas", destacando la conocida como Cova del Favot, una cavidad de 30 m de anchura, de 2 a 6 m de altura y unos 3 m de profundidad con un suelo rocoso que sale hacia afuera, a modo de plataforma.
Los hallazgos se concentran en las faldas y pie del cerro, sobre todo al pie de la Cova del Favot (Vilaseca 1953: 173).
Consisten en numerosos útiles de sílex, así como cerámicas lisas y decoradas con tetones, cordones incisos o digitados en relieve y fragmentos acanalados, en algunos casos bruñidos o con decoración por la cara interna (Vilaseca 1953: 187-188; Genera 1993: 126).
El yacimiento más meridional de este grupo es la Cova del Bassot (Capçanes), excavada también por Vilaseca (1954: 23-29).
Los materiales, cuya cronología abarca desde el Calcolítico al Bronce Final, se concentran en el interior de las cavidades e incluyen útiles de sílex, cantos rodados, un fragmento de hacha de basalto, molinos de mano de granito, un punzón de hueso, un anillo de bronce o un depósito de huesos humanos y animales.
Destacan también los materiales cerámicos, con decoraciones incisas, de cordones tanto lisos como decorados y el vaso bicónico con un asa antes mencionado y que ya Vilaseca (1954: 28-29, fig. 15) sitúa en el Bronce Final.
El último de los yacimientos del Bronce Final que no parece tener continuidad en la etapa posterior está situado en el escarpado cerro de la Cova del Camat (El Molar), dominando el Barranc d'En Bas, que constituye una magnífica vía de comunicación entre El Molar y el Ebro.
Cuenta, además, con un completo dominio visual de la zona minera de Molar-Bellmunt-Falset, elevándose sobre su entorno a una altitud relativa de 46,98 m calculada para un radio de 1500 m (Rafel et al. 2008: 248).
El yacimiento se sitúa en la cima del cerro, que constituye una plataforma amesetada y pedregosa.
En superficie hemos documentado numerosos fragmentos de cerámica a mano, en algunos casos con cordones digitados.
Entre las formas recogidas se encuentra un vaso abierto carenado fechable en el Bronce Final o primeros momentos de la Edad del Hierro.
En momentos avanzados del Bronce Final surgen algunos yacimientos que, a diferencia de los anteriores, perviven durante la I Edad del Hierro.
El grado de información que poseemos sobre ellos es variable.
El situado en la altiplanicie de Pla del Curtet, entre los términos de Guiamets y Capçanes, figura actualmente como destruido en la Carta Arqueológica de la Generalitat, que lo fecha en el Bronce Final.
Vilaseca (1953: 242) refiere el hallazgo de restos cerámicos abundantes con decoración, que sitúa en la I Edad del Hierro.
Mayor información poseemos sobre otro de los yacimientos mencionados por Vilaseca y situado en el entorno de las partidas de Marmellar y Mas de Francisco, que denominamos Camp Redó a partir de información oral y cartográfica.
Se ubica en una suave elevación de escasa pendiente y el citado autor menciona la existencia de muros aflorando en superficie y de materiales cerámicos (Vilaseca 1936: 59).
Hemos prospectado el lugar confirmando ambas noticias.
Entre las cerámicas recogidas se encuentran fragmentos de ánfora fenicia; los hallazgos casuales en las parcelas incluyen dos moldes de arenisca, uno para hachas de cubo y el otro para varillas o punzones (Vilaseca 1953: 231, fig. 135).
La necrópolis de Tosseta es una de las dos conocidas en el Baix Priorat, junto a la del Molar.
La Tosseta es algo más tardía que esta última, pues faltan en ella los perfiles de tipo Molar 117, que corresponden a la fase de transición entre los tipos cerámicos propios de la fase Vilaseca II (necrópolis de Les Obagues, en el Priorat septentrional) y los de la fase Vilaseca III.
No obstante, el propio Vilaseca señala las estrechas similitudes entre ambos conjuntos funerarios, aunque el de Tosseta solo pudo estudiarlo a través de los materiales recuperados en 1952 durante la destrucción del yacimiento por sus halladores.
El número de urnas inventariado es de 37 y entre los materiales asociados abundan los brazaletes de diversos tipos, aunque también se cuentan fíbulas de doble resorte, torques, anillos, un puñal, botones cónicos, etc. (Vilaseca 1956).
La Carta Arqueológica de la Generalitat de Catalunya menciona también un lugar de habitación asociado, sin estructuras, si bien desconocemos el registro material que sostiene dicha afirmación.
Por último, el poblado de Puig Roig y el conjunto arqueológico de Calvari del Molar son los mejor conocidos y más ampliamente excavados de la comarca.
El Puig Roig (Masroig), excava-do sistemáticamente desde 1976, cuenta con una fase anterior al conocido poblado de calle central del siglo VII e inicios del VI.
La datación de esta fase inicial ha ido variando en las distintas publicaciones, hasta remontarse recientemente al siglo X (Noguera 2006: 84; Genera 2010: 244).
Inicialmente los materiales antiguos se identificaron en posición secundaria, pero las campañas de los años 90 permitieron definir los orígenes del asentamiento en los restos de algunos muros de las habitaciones, en algunos restos de estructuras de combustión y, sobre todo, en el muro que cierra la parte norte del poblado (Genera 2010: 244).
Aunque los resultados se han presentado hasta la fecha de forma muy preliminar, el dato más relevante es la identificación del citado muro en la zona septentrional, con funciones de contención y que permite nivelar el terreno para construir las habitaciones más antiguas, detectables únicamente a través de restos de pavimento y de hogar, así como de tramos de muros inconexos.
Sobre esta base se construye después la muralla propiamente dicha, con función defensiva y asociada a la estructura urbana visible en la actualidad (Genera y Brull 2007: 112-113).
Se han publicado recientemente una planta esquemática de esta primera fase constructiva (Genera 2009: 26) y dos fechas de C14 que a nuestro entender resultan problemáticas (8). ( 9)
En el poblado de Calvari del Molar venimos realizando campañas de excavación programadas desde el año 2001.
Los testimonios que permiten definir una fase anterior a la trama urbana de los siglos VII-VI han sido comentados en un reciente artículo (Rafel y Armada 2009: 53-55).
El ámbito número 8 ha proporcionado una estratigrafía amplia, con una sucesión de pavimentos y suelos de ocupación.
La fase más antigua presenta materiales que podemos fechar a partir de inicios del siglo VIII, siendo, pues, el poblado prácticamente (8) A esta primera fase del poblado se asocia la datación UBAR-112, a partir de hueso, que da 3040 ± 70 BP, cuya calibración a 2 ofrece el tramo de mayor probabilidad en la horquilla 1441-1110 cal ANE [0,973912].
En cambio, la fecha que se asocia al último momento de ocupación encaja bien con la cronología atribuida a este momento inicial; se trata de UBAR-111, obtenida sobre carbones de la habitación C, cuyo resultado es 2700 ± 60 BP y cuyo tramo de máxima probabilidad a 2 es 980-790 cal ANE [0,988803].
Fechas calibradas por los autores con el programa Calib 6.1.0 y la curva Intcal09 (publicadas sin calibrar en Genera 2009: 17). sincrónico a la necrópolis homónima.
Esta fase se documenta en toda la parte norte del poblado y está representada por material cerámico a mano que incluye tinajas de cordones de tradición del Bronce Final, vasos con bordes ligeramente convexos, pequeños vasos con cuello troncocónico, cuerpo ovoide y asas y decoraciones de acanalados y de impresiones de muelles o hilo metálico.
Estas últimas se encuentran también en la necrópolis y en tumbas que Ruiz Zapatero (1985: 164) fechó en su fase Molar Ib, en el siglo VIII.
Las reformas arquitectónicas que se aprecian al norte del gran muro longitudinal que, en el sector más ampliamente excavado, estructura la trama urbana del poblado apoyan la propuesta de un origen anterior al siglo VII y probablemente coetáneo a la necrópolis.
Por otro lado, y como ya hemos comentado (Rafel y Armada 2009: 54-55), en la fase más antigua del ámbito 8 se encuentran presentes ya algunos de los elementos urbanísticos que definen la etapa más reciente del poblado, como el gran muro longitudinal mencionado o el espacio de circulación al norte del ámbito.
El inicio de la necrópolis se sitúa en el siglo IX, probablemente en las décadas finales, como apuntan los materiales más antiguos y parece también sugerir, con carácter preliminar, la cronología radiocarbónica (Rafel y Armada 2008).
La posición de estos 12 sitios arqueológicos (Fig. 1) permite plantear una dinámica interesante.
Existen, por un lado, unos yacimientos a priori más antiguos, localizados principalmente en la parte meridional de nuestra zona de estudio, sin continuidad en la Edad del Hierro y emplazados en cuevas, en su entorno, o en lugares rocosos, cotas altas o de menor accesibilidad; incluso podrían, en algunos casos, corresponder a ocupaciones temporales o episódicas.
Por otro lado, se constatan yacimientos que, originándose en el Bronce Final, muestran continuidad en la Edad del Hierro, situándose en zonas más bajas, con mejor accesibilidad, más aptas para el cultivo y, en casos significativos, muy próximos a explotaciones mineras.
El Avenc del Primo pertenecería al primer grupo.
El segundo tiene en el poblado de Puig Roig, situado junto a la mina de Barranc Fondo, y en el conjunto de Calvari del Molar, próximo a la mina de Linda Mariquita, sus exponentes más relevantes.
La explotación de las mineralizaciones locales, que se intuye en el Avenc del Primo a partir del hallazgo del mineral de cobre, es el principal factor para explicar la ubicación de los poblados mineros de Puig Roig y Calvari junto a importantes filones de galena, cuya explotación protohistórica ha quedado demostrada a través de los análisis de isótopos de plomo (Rafel et al. 2008; Rafel et al. 2010).
No parece aventurado, pues, suponer que el interés por los recursos minero-metalúrgicos del Baix Priorat se despierta cuando menos en el Bronce Final, iniciándose, a finales de dicha etapa, un proceso de concentración y consolidación del poblamiento en torno a las mineralizaciones del Molar y Bellmunt, del cual son exponentes los dos poblados mencionados.
A nivel cronológico, no es descartable que los momentos finales del Avenc del Primo hayan llegado a solaparse con las primeras ocupaciones de Puig Roig y Calvari.
Orígenes del urbanismo y dinámicas sociales
La escasa superficie intervenida en el Avenc del Primo -apenas cuatro ámbitos-y el estado de conservación del yacimiento, afectado por la intensa erosión y por una actuación clandestina, no permiten conocer aspectos importantes de las características originales del poblado y de las formas de vida de sus habitantes.
Sin embargo, los resultados obtenidos aportan al menos dos novedades significativas, cuyas implicaciones discutiremos brevemente.
La primera es la constatación de un urbanismo de cronología anterior (siglos X-IX) a la que se había sospechado hasta la fecha; como ya señalamos, la investigación ha venido defendiendo que los primeros ejemplos de urbanismo planificado en el sur de Cataluña surgen en el siglo VII.
El segundo aspecto destacable es el hallazgo de mineral local de cobre en el poblado, sugiriendo que la explotación de los importantes recursos mineros del Baix Priorat, bien atestiguada desde los inicios de la Edad del Hierro, tenía ya lugar en el Bronce Final.
Aunque la presencia de mineral de cobre en los niveles excavados no implica necesariamente actividad metalúrgica, sí parece que la sugiera.
Debemos tener en cuenta, además, que la metalurgia del cobre a partir de la explotación de recursos locales está bien establecida, al menos desde el Bronce Inicial, en la misma comarca del Priorat, en su parte norte (Ulldemolins) y nororiental (Cornudella de Montsant y Arbolí).
No es posible verificar, a día de hoy, hasta qué punto el Avenc del Primo constituye un caso particular en el Bronce Final del Baix Priorat.
Como ya hemos visto, la mayoría de los yacimientos vecinos se conocen de manera muy parcial, a través de las prospecciones superficiales y sondeos de Vilaseca.
Es probable, además, que parte de ellos sean ligeramente anteriores.
Sea como fuere, las ocupaciones de cuevas (Cova de la Moreva, Cova del Bassot) reflejan un fenómeno propio de áreas de montaña y que en estos momentos tiene ya un carácter residual y episódico (Belarte 2010: 110).
A juzgar por la descripción de Vilaseca (1953: 171-173), no es descartable que en la Cova del Favot, el punto más relevante del yacimiento de Colls Roigs, nos encontremos ante el aprovechamiento de un abrigo natural complementado con cubierta artificial, al estilo del conocido ejemplo de la Mussara (Vilaplana del Camp, Tarragona); en esta dirección invitan a pensar las muescas y pocillos labrados en la roca que describe el citado autor.
La primera muestra de urbanismo en el NE peninsular la constituyen los poblados del área del Segre-Cinca (Maya 1993), siendo Genó (Aitona, Lleida), un poblado de espacio central, el caso mejor conocido por haber sido excavado en extensión y publicado en una completa monografía (Maya et al. 1998; López Cachero 1999).
Su cronología se sitúa en el siglo XI, aunque algunas de las fechas radiocarbónicas pueden sugerir un origen ligeramente anterior.
El Bajo Aragón y el Medio Ebro conocen el urbanismo desde el Bronce Medio, pero la existencia de un aparente hiatus poblacional en la zona (Burillo y Picazo 1994) ha llevado a diversos autores a sugerir que, para las fechas de que tratamos en este artículo, el modelo de poblado planificado se extiende a partir del siglo X por el Bajo Aragón desde un foco inicial en el Segre-Cinca y remonta el Ebro hasta la ribera navarro-riojana (Álvarez y Bachiller 2000; Burillo 2011: 281).
El fenómeno de los poblados de espacio central supone, en opinión de Burillo (2011: 281), el surgimiento de un nuevo modelo social, que define como expansivo en su crecimiento, en el cual el aumento demográfico se resuelve creando nuevos poblados.
Una característica esencial de este tipo de asentamiento es, en efecto, que sus límites quedan definidos -y su crecimiento constreñido-desde el momento de su construcción (López Cachero 1999).
No es posible asegurar que Avenc del Primo responda al modelo de poblado de espacio central, pues, como ya hemos señalado, la fuerte erosión ha motivado la desaparición de buena parte de su superficie y el afloramiento de la roca natural.
De hecho, como también hemos avanzado, tanto la topografía como la ausencia de vestigios de la potente muralla en buena parte del cerro hacen pensar en un tipo de planta diferente a la de Genó.
Pero, a nuestro juicio, esta limitación no impide plantear que buena parte de las condiciones sociales asociadas a este tipo de poblados pueden aplicarse al caso que nos ocupa.
Los restos excavados en Avenc del Primo revelan una planificación previa, la instauración de ámbitos con muros medianeros comunes, la planificación y ejecución colectiva de un muro de cierre y protección del asentamiento, y otros aspectos que, en suma, constituyen componentes clásicos de los primeros poblados protourbanos simples.
Los poblados de espacio central sugieren un modelo social con un marcado componente colectivo y cooperativo, probablemente basado en los lazos de parentesco.
La relativa uniformidad de los 18 ámbitos de Genó, con hornos y un registro material muy similar, permite interpretarlos como viviendas ocupadas por familias nucleares y quizá agrupadas en el poblado bajo la noción de descendencia de un antepasado común, real o imaginario.
Nos encontramos, en general, ante un escenario poco propicio para la división social y para la acumulación de excedentes al margen de las necesidades familiares.
No obstante, aun en el marco de esta ideología igualitaria, surgen personas en disposición de acaparar prestigio social, por sus capacidades de coordinación, liderazgo o defensa de la comunidad, sus habilidades técnicas o venatorias, etc. Se trata, en todo caso, de una desigualdad débil, revocable y camuflada en relaciones de reciprocidad -real o ficticia-típicas de la ideología del parentesco (Vicent 1998).
Esto explica la aparición puntual de espacios diferenciales o especializados en estos poblados, como las casas 2 y 5 de Genó.
La deficiente conservación de Avenc del Primo no permite aproximarse a la funcionalidad de los ámbitos, si bien, como igualmente hemos señalado, las diferencias en su tamaño son significativas; el ancho interior del 1 prácticamente duplica el de los ámbitos 2 y 3.
Por otro lado, los aproximadamente 12 m 2 de superficie interior del ámbito 4, el único que permite una reconstrucción de sus dimensiones originales, suponen un tamaño de casa considerablemente inferior a las de Genó.
Junto a los recursos agrícolas y ganaderos, el metal constituye otra de las principales fuentes de poder de estas élites débiles e inestables (Ruiz Zapatero 2004).
Por esta razón, es relevante el hallazgo de mineral de cobre local y de la anilla de bronce en Avenc del Primo, en la medida que contribuyen a situarlo en la dinámica de apropiación de los recursos mineros del Baix Priorat que se consolida en la etapa inmediatamente posterior con los poblados de Puig Roig y Calvari.
Es oportuno señalar que ambos poblados se orientan a la explotación de galena mientras que, sin embargo, la explotación del cobre local que entrevemos en Avenc del Primo no parece perdurar en el tiempo, pues los análisis de isótopos muestran que el cobre utilizado en Calvari procede de fuentes externas, principalmente del área de Linares (Jaén), incluso en los tempranos contextos del siglo VIII (Montero-Ruiz et al. 2012).
Aunque la secuencia del poblamiento del Bronce Final en el Baix Priorat presenta las lagunas ya señaladas, Avenc del Primo constituye el eslabón que conecta las comunidades de montaña, de economía mixta (pero en las que, presumiblemente, la ganadería tiene un peso significativo) y que utilizan las cuevas o su entorno como espacio de asentamiento, con los poblados que, en las postrimerías del Bronce Final, aparecen situados en zonas más bajas, con una economía más diversificada y, en el caso que nos ocupa, con indudable vocación minera.
Lo hace mediante un primer ensayo urbanístico de base comunitaria y corporativa, pero que, al mismo tiempo, con su carácter sedentario y la consiguiente fijación de la (9) Sobre los espacios diferenciales en el Bajo Aragón pueden verse también Álvarez y Bachiller (2000) y Graells y Sardà (2011). comunidad a la tierra, está sentando las bases para la afirmación de la desigualdad social durante la I Edad del Hierro.
La irrupción del comercio fenicio desempeñará un papel clave en este proceso, pero una de las principales lecciones de Avenc del Primo es el carácter endógeno de sus raíces.
Los intercambios con el ámbito fenicio no motivan, pues, la aparición del urbanismo o la explotación de los recursos mineros locales, sino que inciden sobre comunidades bien estructuradas, con una dinámica socioeconómica propia y, en el momento del contacto, con capacidad para superar la escala de producción doméstica y entablar relaciones económicas con partes externas.
Sin entrar a valorar aquí los pros y contras de las aproximaciones poscoloniales en nuestra disciplina, es justo reconocer que su reivindicación del papel activo y de la "agencia" de las comunidades locales cobra, una vez más, todo su sentido.
Los datos relativos al yacimiento del Turó del Avenc del Primo, un poblado protourbano fechable en los siglos X-IX, adquieren relevancia en el contexto de las novedades habidas en la investigación sobre el asentamiento protohistórico en la Cataluña meridional: las excavaciones de los años 90 en el Barranc de Sant Antoni, que muestran la aparición de hábitat al aire libre integrado por casas aisladas de planta rectangular y muros de zócalos de piedra fechable en la fase Vilaseca I (siglos XI-X); la documentación en el yacimiento del Puig Roig de una fase constructiva anterior al conocido poblado de calle central excavado en extensión y que está representada por restos escasos de muros de casas y por un muro de cierre del asentamiento; y, por último, los testimonios de un poblado de larga duración en el Calvari del Molar (excavado regularmente a partir del año 2001), en el que, a pesar de que, como en el Puig Roig, el último horizonte conservado pertenece a los siglos VII-VI, se han podido documentar niveles fechables en el siglo VIII.
Todo ello apunta a un origen del poblamiento protourbano anterior a las dataciones tardías que la investigación ha venido propugnando hasta la fecha -que corresponderían, en realidad, no al ori-gen, sino al flourit de dicho tipo de asentamiento-, con todas las implicaciones que ello supone para la interpretación de la evolución del poblamiento de la zona y que hemos intentado apuntar en las líneas que preceden.
Gemma Barceló (Museu de les Mines de Bellmunt del Priorat) nos facilitó nuestra primera visita al Avenc del Primo.
El estudio arqueométrico de los restos metálicos ha sido realizado por Ignacio Montero-Ruiz.
En la figura 1 hemos contado con la colaboración de César Parcero-Oubiña.
Esta investigación es resultado de tres proyectos coordinados sucesivos de I+D+I financiados por los ministerios competentes en cada momento (Educación y Ciencia, Ciencia e Innovación, y en la actualidad Economía y Competitividad) ("Plata Prerromana en Cataluña", HUM2004-04861-C03-00; "Aprovechamiento de recursos de plomo y plata en el primer milenio a.C.: interacción comercial y cultural en el Mediterráneo Occidental", HUM2007-65725-C03-00 y "El factor minero en el desarrollo histórico de la Cataluña meridional: de la Prehistoria a Época Medieval", HAR2010-21105-C02-00), así como del proyecto "El jaciment arqueològic del Calvari del Molar i l' àrea minerometal•lúrgica Molar-Bellmunt-Falset en la protohistòria", financiado por el Departament de Cultura de la Generalitat de Catalunya, el Ajuntament del Molar y la Diputació de Tarragona. |
Se presentan los resultados de las recientes intervenciones arqueológicas realizadas en la necrópolis del Hierro I de Sebes (Flix, Tarragona).
Se ha precisado la extensión de la necrópolis, su duración, los rituales funerarios y la estructura social de la población mediante técnicas y métodos de carácter interdisciplinar (antropología, carbono 14, prospecciones geofísicas...).
Se ha constatado la coexistencia de túmulos y urnas y la agrupación de las estructuras en dos áreas.
Sobre esta base se pretende mejorar el conocimiento de las necrópolis de cremación en un territorio de contacto entre diferentes tradiciones de enterramiento.
Se dan a conocer datos inéditos procedentes del estudio antropológico de los huesos cremados de Sebes y de las dataciones radiocarbónicas de algunos de ellos.
Estos datos, considerados en conjunto con los del resto de la necrópo-
PROBLEMÁTICA Y ESTADO DE LA CUESTIÓN
La investigación arqueológica realizada en la necrópolis protohistórica de Sebes desde el año 2005 nos ha permitido profundizar en el conocimiento del registro funerario protohistórico en una zona situada entre el Bajo Aragón y el Segre -Bajo Cinca, un territorio con unas características propias, situado entre dos grandes áreas culturales.
En Cataluña contamos con un número significativo de necrópolis protohistóricas excavadas.
En la actualidad el conocimiento del registro funerario de las sociedades protohistóricas ha avanzado de modo significativo, ya que por primera vez se han utilizado métodos de excavación y registro, de tratamiento de los resultados, así como de datación que sobrepasan el estudio crono-tipológico de los conjuntos materiales.
El cada vez más importante número de publicaciones monográficas de excavaciones de necrópolis, así como la celebración de reuniones específicas sobre arqueología funeraria, como las celebradas en Barcelona (2008, Rovira Hortalà et al. 2012) o Cádiz (2010), han ampliado notablemente la documentación y han sentado las bases para la aplicación de nuevas metodologías en la investigación.
Los análisis cada vez más exhaustivos paleoantropológicos y paleopatológicos de los restos incinerados, junto a los estudios de arqueozoología y arqueobotánica, han sido claves para el mejor conocimiento de las estructuras sociales y de las características de las poblaciones protohistóricas.
Estas investigaciones se han centrado en la revisión de restos procedentes de excavaciones antiguas (Toledo y Palol 2006; Agustí 2008) y en el estudio de los aportados por las nuevas (Fadrique y Malgosa 2007; Subirà y Ruiz 2008).
La datación de los enterramientos y las estructuras destacan entre las principales problemáticas que afectan al registro funerario en época protohistórica.
Tradicionalmente, la seriación tipológica de las urnas, el análisis comparativo de los ajuares metálicos (siempre escasos), la morfología de los enterramientos y la superposición de estructuras han establecido la cronología.
La datación radiocarbónica sobre huesos cremados aún muestra problemas de fiabilidad y proporciona una horquilla cronológica demasiado amplia (Rafel y Armada 2008), como hemos podido constatar en las dataciones realizadas en Sebes.
EL CONTEXTO CRONOCULTURAL: LAS COMUNIDADES DEL HIERRO I EN EL CURSO INFERIOR DEL EBRO
Desde mediados del siglo VII a.C. la zona mencionada se caracteriza por la aparición de las primeras aldeas sedentarias.
Son pequeños poblados formados por grupos de 10 a 20 casas separadas por paredes medianeras y adosadas a un muro perimetral, organizadas en torno a espacios centrales (Puig Roig, El Masroig; La Ferradura, Ulldecona), calles (Barranc de Gàfols, Ginestar) o en terrazas dispuestas a distintas alturas (Sebes, Flix).
Dichos poblados están ocupados por agrupaciones familiares, que colaboran para la obtención de recursos y cuya economía se fundamenta en una agricultura de roza complementada por la ganadería y la recolección (Sanmartí et al. 2006: 148-150).
En este contexto, las necrópolis de incineración son un elemento legitimador de la posesión y explotación de las tierras (López-Cachero 2007: 107), expresan la solidaridad del grupo (Ruiz Zapatero 2001: 284) y el carácter sedentario de estas sociedades.
En este momento se intensifican las relaciones comerciales con los establecimientos fenicios del sur de la Península Ibérica que posibilitan una acumulación de bienes de prestigio en manos de los jefes de linaje, evidenciada en la aparición de residencias como Aldovesta (Benifallet) (Mascort et al. 1991), en algunos casos fortificadas como Sant Jaume-Mas d'en Serrà (Alcanar) (Garcia y Moreno 2008).
Ello, unido a la competencia por los recursos ligada a un aumento demográfico y la falta de mejoras tecnológicas (Sanmartí 2005: 340
El yacimiento de Sebes se sitúa en el término municipal de Flix (Tarragona), a unos 2,5 km al noroeste de la población, a la derecha de la confluencia del barranco de Sant Joan, en la ribera izquierda del río Ebro, dentro de la Reserva Natural de Fauna Salvaje de Sebes y Meandro de Flix (Fig. 1).
Ocupa la segunda terraza fluvial situada al oeste del barranco, constituida por dos elementos topográficos bien diferenciados: un terreno llano, a 33 m sobre el río y con una longitud de 175 m, y una pequeña colina a 55 m de altura sobre el río y unos 40 m de ancho, que cierra la plataforma por el lado noroeste.
Desde el punto de vista geológico, la zona está constituida por formaciones oligocénicas, que incluyen depósitos de margas, conglomerados calcáreos, areniscas y arcillas.
El yacimiento está formado por restos de diferentes períodos, fundamentalmente de época protohistórica (Belarte y Noguera 2008).
La cima y la parte superior de las vertientes de la colina están ocupadas por un asentamiento del Hierro I. La vertiente suroeste, además, conserva restos de un hábitat del período Ibérico Antiguo.
Por la parte llana se extiende la necrópolis, en uso durante el Hierro I y, tal vez aún, en época ibérica (Fig. 2).
A este conjunto se añade, en el extremo meridional de la terraza y a unos 140 m al suroeste de la colina, un edificio de planta rectangular, probablemente de época medieval, cuya cronología precisa se desconoce.
En época contemporánea, el yacimiento de Sebes formó parte de los escenarios de la batalla del Ebro, como indican una línea de trincheras en el extremo suroeste de la terraza fluvial (Fig. 3A y C) y una posición defensiva sobre la colina.
El yacimiento protohistórico era conocido gracias a hallazgos de superficie previos al inicio de nuestro proyecto.
La primera noticia (Pita 1950) indicaba la presencia de cerámica ibérica a torno y de cerámica a mano, que M. Sanz (1973-74) fechó en el siglo IV a.C. M. Genera (1982) diferenció dos zonas del yacimiento por su cronología: una ocupación pre-ibérica sobre la colina y una de época ibérica en el llano adyacente.
Finalmente, la Carta Arqueològica ( 1) situaba el origen de la ocupación en Sebes como mínimo en el siglo VII a.C. Nuestra intervención en el yacimiento se inició en 2005 y continúa en curso en la actualidad.
Se ha excavado el asentamiento del Hierro I casi completo (Belarte y Noguera 2008), parte del hábitat del Ibérico Antiguo (Belarte et al. 2012a) y la totalidad de la necrópolis objeto de este artículo.
Las estructuras documentadas en la necrópolis
La investigación en el área de la necrópolis se inició con la prospección de la terraza fluvial que se extiende al sureste del hábitat.
Se iden-tificaron pequeños fragmentos de huesos calcinados y de cerámica a mano y algunas piedras que podrían delimitar estructuras tumulares.
La posterior prospección con detector de metales no recuperó ningún objeto metálico en superficie, ni identificó anomalías magnéticas.
Los objetos metálicos, hallados durante la excavación, habían perdido toda conductividad por haber sido sometidos a elevadas temperaturas, como veremos más adelante.
Las excavaciones se iniciaron en el extremo sureste de la terraza y paulatinamente se fueron extendiendo hacia el noroeste, en dirección a la colina ocupada por el hábitat.
Paralelamente, se prospectó mediante gradiómetro magnético (tipo fluxgate) una superficie de 3.000 m 2 para delimitar el área de enterramiento y la posible presencia de ustrina ( 2).
La interpretación de las anomalías sugería una importante extensión de la necrópolis y la presencia de estructuras con indicios de combustión.
Sin embargo los sondeos posteriores dieron resultados negativos, de modo que la superficie parece limitarse al área actualmente excavada, de unos 200 m 2.
Aquí se han documentado 42 estructuras de tipología y función diversa (Fig. 3A).
La mayoría están bien conservadas: 20 son estructuras tumulares, 15 urnas depositadas in situ sin relación directa con un túmulo, 2 son concentraciones de huesos agrupados pero sin restos de urna y 5 son estructuras de función indeterminada situadas entre los túmulos (Fig. 3A).
Además hay huesos dispersos por la necrópolis (Tab.
El tipo de estructura más característico por su abundancia es un túmulo de planta circular, construido mediante dos anillos concéntricos de piedras salvo cuatro que poseen solo uno.
En general, los túmulos presentan una altura de unos 0,20 m y un diámetro de unos 1,50 m, aunque algunos son más reducidos.
Su estratigrafía es simple: el nivel superior está formado por una acumulación de piedras que oculta una gran losa calcárea (Fig. 4).
(2) A cargo de la empresa SOT Prospecció. esta cubre el osario: una única urna de cerámica a mano tapada con una pequeña losa de piedra recortada.
Diez de los túmulos contienen restos óseos cremados, acompañados en ocasiones de ajuares compuestos fundamentalmente por objetos de bronce (que serán descritos más adelante) y, más raramente, restos de sílex retocado.
Normalmente, los huesos y el ajuar están contenidos en la urna, pero en ocasiones estos restos se recuperan fuera de ella.
Ha sido imposible identificar los loculi o fosas, abiertas en las arcillas naturales para encajar las urnas.
Los 5 restantes (SP02, SP04, SP06, SP15, SP32) no conservaban ningún resto de urna, ya sea porque habían desaparecido al estar parcialmente destruidos, ya porque habían sido reutilizados, o bien porque nunca la tuvieron.
Los túmulos se disponen en agrupaciones, en algunos casos muy densas, que incluso cortan estructuras anteriores.
Algunos de ellos podrían haber estado unidos mediante estructuras empedradas, como la construcción EC18, de planta cuadrangular, situada entre las sepulturas SP13 y SP16 (Fig. 3A).
El segundo tipo de estructura más documentado es la deposición de las urnas sobre el terreno natural, sin túmulo u otra estructura construida que las cubra.
Una losa de piedra cubría las urnas SP27, DP29 y DP36, elemento * La calibración de la temperatura y el tiempo de duración de la cremación de huesos humanos fue obtenida en estudios previos con difracción de rayos X (drx) (Piga et al. 2009), excepto la urna 1, donde se ha estimado por coloración.
Resumen de las sepulturas (SP) y otros depósitos (DP) documentados en la necrópolis del Hierro I de Sebes (Flix, Tarragona), con indicación de su contenido.
NMI= Número Mínimo de Individuos; T/o= Temperatura de la cremación en grados centígrados; UE= Unidad Estratigráfica; frag= fragmento; cer.= cerámico.
de cierre no identificado en el resto.
DP22 es excepcional: tenía un pequeño vaso cerámico, una fíbula y una anilla (Fig. 5).
El contenido de las urnas no parece relacionarse con la presencia o ausencia de tapadera.
No se han recuperado semillas u otros restos paleobotánicos tras el tamizado por flotación de la tierra procedente de las urnas.
Junto a las urnas, las acumulaciones de huesos SP33 y SP43 parecen haber sido depositados directamente sobre el terreno, tal vez envueltas en un contenedor de material perecedero.
Finalmente, las estructuras EC11 y EC12, construidas a base de piedras planas, son de forma poco definida y función desconocida (Fig. 3A).
En su interior no se recuperaron materiales arqueológicos.
Su cercanía y posición central en la necrópolis sugieren la posibilidad de que delimitaran dos sectores de la misma.
EC40, de configuración similar, se sitúa junto a una agrupación de túmulos en el sector sur de la necrópolis.
Por último, EC23, formada por dos losetas verticales fijadas con pequeñas piedras a modo de cuña, pudo haber sido un elemento señalizador.
La excavación de la necrópolis de Sebes ha proporcionado cerámica, metal y objetos líticos.
Todos proceden de contextos funerarios claros, ya sea de enterramientos o de depósitos rituales.
Los 30 contenedores cerámicos recuperados están intactos o ligeramente fragmentados por lo que son fácilmente reconstruibles.
Todos se confeccionaron a mano.
En cambio, en los dos núcleos de hábitat adyacentes, sí aparece cerámica a torno.
Así, en los niveles de abandono del asentamiento del Hierro I se hallaron fragmentos de ánfora fenicia procedentes del Círculo del Estrecho, mientras que en los niveles de uso del asentamiento contiguo de finales del siglo VI a.C. la cerámica ibérica a torno supera a la cerámica a mano.
Las urnas presentan tamaños y formas similares (Figs.
6 y 7): borde exvasado, cuello ligeramente estrangulado, perfil globular y fondo plano o algo umbilicado, sin carenas acentuadas.
Su acabado suele ser bueno.
Normalmente tienen perfiles uniformes y simétricos, a menudo con las paredes delgadas, por lo que son muy frágiles.
Esta característica sugiere que no son piezas domésticas reutilizadas, sino fabricadas expresamente para una función funeraria ( 3).
Únicamente 8 urnas están decoradas, casi siempre con motivos escasos y repetitivos, como líneas paralelas incisas poco marcadas, entre el cuello y el cuerpo (SP01, SP09, DP22, DP29, SP31 y SP35).
Las SP20 y SP27 muestran líneas paralelas y triángulos mediante pequeñas incisiones, mientras SP01, SP07 y SP31 tienen un par de pequeños apéndices o botones también situados en la mitad superior del cuerpo.
La forma y decoración de los vasos propiamente funerarios (osarios) suele ser idéntica a la de los vasos de acompañamiento rituales, por lo que ambos rasgos no son discriminantes.
En resumen, la homogeneidad formal de las urnas induce a pensar que estamos ante un ritual funerario bien establecido e uniforme y que la duración del cementerio fue relativamente breve.
Las características descritas de las urnas de Sebes son asimilables a las de las necrópolis cercanas de Santa Madrona (Belarte y Noguera 2007), el Calvari del Molar (Vilaseca 1943; Castro 1994), Coll del Moro (Rafel 1991) o la Tosseta de Guiamets (Vilaseca 1956).
Las fases de utilización más importantes de todas ellas se centran entre el 800 y el 600 a.C. Así, las urnas sin pie y con una forma caracterizada por un perfil bajo se datan en torno a la segunda mitad del siglo VIII a.C. en la necrópolis del Coll del Moro (Rafel 1991: 65-67).
Muchas de las urnas del Calvari con este perfil (Vilaseca 1943) se fechan en pleno siglo VIII a.C. (Ruiz Zapatero 1985: 164), mientras que las urnas con perfil globular, borde exvasado, cuello estrangulado y base umbilicada son omnipresentes en todas las necrópolis citadas durante el siglo VII a.C. Incluso los escasos contenedores cerámicos de Sebes que se escapan de la caracterización general se documentan en las necrópolis de la zona.
Este es el caso de la urna de la sepultura SP08, con un perfil marcadamente bitroncocónico acentuado por un gran borde exvasado y cuello estrangulado.
Un segundo ejemplo es el depósito DP22, constituido por una urna con asa que contenía, junto a objetos metálicos, un segundo envase de forma idéntica pero de menor tamaño (Fig. 5B).
Los contados objetos metálicos de la necrópolis de Sebes son siempre de bronce.
La mayoría están deformados por las altas temperaturas a las que fueron sometidos y, en ocasiones, su forma original casi no se puede identificar.
Entre los materiales procedentes de sepulturas o depósitos rituales destacamos una anilla y una fíbula de doble resorte (DP22), habitual en las necrópolis contemporáneas del curso inferior del río Ebro, como el Calvari y la Tosseta, y característica de los siglos VII y VI a.C. (Navarro 1970: 28-30; Rafel et al. 2008: 255).
Añadimos el conjunto de 45 fragmentos de la sepultura SP19 entre los que destaca un puente de fíbula de resorte bilateral del siglo VI a.C. (Navarro 1970: 55-56), tipo que está presente en la vecina necrópolis de Santa Madrona (Belarte y Noguera 2007: 54).
En la sepultura SP31 se hallaron 12 anillas y 3 eslabones de una pequeña cadena (Fig. 8 sup.), también elementos habituales en las necrópolis de la época, pero poco significativos a efectos cronológicos.
En la sepultura SP28 se recuperaron dos brazaletes, una anilla de sección ovalada, un botón hemisférico y un conjunto de eslabones de cadenitas (Fig. 8 inf.).
Ahora bien, la mayoría de los fragmentos corresponden a brazaletes de sección rectangular, algunos decorados con tres estrías paralelas incisas en su extremo distal, así como a piezas de sección plano-convexa (Fig. 9).
Estos brazaletes se fechan entre finales de siglo VIII e inicios de siglo VI a.C. (Ruiz Zapatero 1985: 965), y más concretamente en el Coll del Moro entre la segunda mitad de siglo VIII y finales de siglo VI a.C. (Rafel 1991: 125).
En definitiva, se trata de un conjunto de bronces muy homogéneo y con poca variedad tipológica.
Los objetos de ornamentación personal o vinculados a la vestimenta son casi exclusivos, Los materiales líticos recuperados en la necrópolis son las tapaderas de los túmulos y de las urnas y los restos de sílex.
Las tapaderas se realizaron con lajas de piedra calcárea local, de unos 5 cm de grosor.
A partir de su forma y función se diferencian claramente dos tipos.
El primero comprende lajas destinadas a cubrir el orificio destinado a la urna o loculus, habitualmente documentado en tumbas con túmulo.
Apenas están trabajadas por lo que su forma es muy irregular.
Sus dimensiones son siempre mayores que las del segundo tipo: las tapaderas destinadas a cerrar la boca de la urna.
Estas, mucho más trabajadas, tienden a ser aproximadamente circulares y con un diámetro ligeramente superior al de la boca de la urna.
Finalmente, en ocasiones se han recogido fragmentos de sílex, bronces y huesos en el relleno de pequeñas piedras que cubre la tumba.
Parece como si, una vez enterrada la urna, se hubiera realizado un ritual específico que resultó en la deposición de estos elementos.
Los fragmentos de sílex nunca están trabajados.
La cronología que se desprende del estudio tipológico de las urnas y de los metales apunta al siglo VIII a.C. como posible inicio de la necrópolis, pero creemos más probable que se centre en pleno siglo VII y la primera mitad del siglo VI a.C. Esta cronología es contemporánea al asentamiento del Hierro I de Sebes, donde en los niveles de derrumbe de las casas se recuperaron fragmentos de ánfora fenicia.
La ausencia en la necrópolis de esta cerámica de importación no debe sorprendernos, ya que a excepción del Coll del Moro, tampoco aparece en las necrópo-Fig.
Selección de objetos de bronce del Hierro I de Sebes (Flix, Tarragona) (dibujos Ramón Álvarez): eslabones y anillas de la sepultura SP31 (sup.); brazaletes, eslabones, botón y anilla de la sepultura SP28 (inf.).
Selección de brazaletes de bronce, procedentes de las sepulturas del Hierro I de Sebes (Flix, Tarragona), algunos decorados con tres estrías paralelas incisas en su extremo distal, y otros objetos.
1 a 4: Brazaletes de SP19; 5 a 7: objetos de bronce de DP22 (5: anilla, 5: fíbula, 7: brazalete); 8: anilla de la SP10; 9 y 10: brazaletes del nivel superficial. lis contemporáneas de Castellets de Mequinenza, Santa Madrona, la Tosseta, Castellons de Flix o el Calvari, mientras que en los asentamientos correspondientes a las dos últimas es una cerámica bien documentada.
Una muestra de 3 fragmentos de brazalete y una cuenta ha sido estudiada en colaboración con el proyecto coordinado "El factor minero en el desarrollo histórico de Cataluña meridional: de la Prehistoria a época medieval", HAR2010-21105-C02-00 ( 4).
Para el análisis elemental se ha utilizado el espectrómetro portátil de fluorescencia de rayos X INNOV-X Alpha (pFRX) del Museo Arqueológico Nacional (Madrid).
Los resultados de la tabla 2 señalan que las 4 piezas son bronces y dos de ellas entrarían en la categoría de bronces plomados (más de 2% de plomo).
No se han detectado impurezas de otros elementos.
Se seleccionaron un bronce plomado y otro binario para su análisis de isótopos de plomo mediante Espectrometría de Masas con fuente de Plasma de Acoplamiento Inductivo (MC-ICP-MS) en el Laboratorio de Geocronología de la Universidad del País Vasco.
(2012) informan sobre las condiciones de análisis y los datos geológicos de referencia.
Según los resultados (Tab.
3, Fig. 10) la procedencia del metal empleado es similar a la del usado en el poblado y necrópolis de El Calvari y en otros (4) Agradecemos a Nuria Rafel y a Ignacio Montero, investigadores responsables de cada subproyecto, las facilidades dadas para el estudio de estos materiales, así como la información de otros resultados que se manejan en este artículo. yacimientos del noreste de la Península Ibérica en este periodo.
Este metal pudo llegar a la región en forma de lingotes de cobre o cobre-plomo muy probablemente desde el área de Linares (Montero-Ruiz et al. 2012).
Los datos aportados por la necrópolis de Sebes parecen confirmar la importancia del metal en las redes comerciales entre el Bajo Ebro y el área de Linares para la obtención de cobre durante el siglo VII e inicios del VI a.C. Tab.
Análisis mediante Fluorescencia de rayos X. Los análisis se expresan como porcentaje en peso de cada uno de los elementos detectados (nd= no detectado).
El límite de detección de plata (Ag) y antimonio (Sb) es 0,20%; para el resto de elementos se sitúa en el 0,02%.
Resultados de los análisis de isótopos de plomo de dos brazaletes de bronce plomado y binario de la necrópolis del Hierro I de Sebes (Flix, Tarragona) (inventario en Tab.
Representación de los resultados de los análisis de isótopos de plomo de los brazaletes de Sebes (Flix, Tarragona) (véase Tab.
3) en relación a los materiales de otros yacimientos del I Hierro del noreste de la Península Ibérica y mineralizaciones de la misma.
Las urnas y las acumulaciones de huesos de la necrópolis de Sebes fueron extraídas en bloque y excavadas en el laboratorio del ICAC.
Previamente fueron radiografiadas en el Hospital Joan XXIII de Tarragona ( 5) (Fig. 5A).
Además a la sepultura SP27 se le realizó una tomografía en el Hospital Universitari del Sagrat Cor de Barcelona ( 6) (Fig. 11).
Con ello se pretendía identificar la disposición de los huesos y de los posibles objetos metálicos u otros elementos del ajuar funerario en el interior de las urnas.
Los restos óseos, una vez extraídos, fueron objeto de un análisis antropológico morfológico y fisicoquímico.
Se han identificado un mínimo de 21 individuos procedentes de 18 urnas o conjuntos óseos.
Según el análisis morfológico (Tab.
1), había 12 adultos, 8 subadultos (uno entre 2 y 3 años de edad, uno entre 5 y 7 años y el resto entre los 9 y (5) A cargo del Dr. Emili Provinciale, mediante un convenio de colaboración entre el ICAC y el Hospital Joan XXIII de Tarragona.
(6) A cargo del Dr. Albert Isidro, miembro del GROB (Universidad Autónoma de Barcelona). los 20 años) y uno indeterminado.
El sexo solo ha podido determinarse en 3 individuos masculinos.
Los huesos aparecen muy fragmentados y con coloración blanquecina (Fig. 12).
Según el análisis fisicoquímico (difracción de rayos X) la mayoría fueron expuestos a temperaturas homogéneas y prolongadas entre 825o y 1000o) (Piga et al. 2009).
Excepcionalmente, en dos casos los huesos habían sido sometidos a una combustión baja (entre 200o y 300o), por lo que aparecen ennegrecidos y sin fracturas transversales.
Esta combustión a baja temperatura parece relacionarse exclusivamente con individuos adultos.
Las sepulturas eran individuales, salvo SP13, SP16 y SP20, que eran dobles con ciertas peculiaridades.
SP13 es una estructura tumular sin urna en cuyo interior se depositaron los restos de, al menos, dos individuos.
SP16 es un túmulo que contenía una urna cerámica a modo de osario.
En cada una de las sepulturas se introdujeron un individuo adulto y uno joven que habría sufrido una combustión más intensa.
Es posible que la presencia de dos individuos indique una reutilización.
Ello parece evidente en la sepultura SP16, que no estaba intacta.
Faltaba la losa de cubierta de la urna y esta apareció fragmentada.
Una parte de los huesos fue recuperada en su interior, mientras el resto apareció disperso en el interior del túmulo.
El estudio antropológico de la SP13 sugiere que la presencia de dos individuos podría indicar bien una recogida poco cuidadosa en la pira funeraria o bien la reutilización de una estructura tumular no completamente limpia de los restos de las deposiciones anteriores.
En el exterior del túmulo (UE 10048) la concentración de huesos asignada a un individuo joven o adulto, quizás procedente de la limpieza de la SP13, podría confirmar la hipótesis de la reutilización.
En su contra está la hilera de pequeñas piedras existente en la parte superior del relleno del túmulo.
Esta posible compartimentación podría haber indicado en superficie los espacios correspondientes a los dos individuos depositados.
La sepultura SP20 (urna sin túmulo) contenía dos subadultos.
El número de individuos incorporados a la SP33 es dudoso.
Como en las anteriores se han detectado coloraciones diferentes en los restos óseos: mientras la mayoría son blancos, algunos tienen un color azul oscuro.
Esto podría indicar o bien que la cremación del cuerpo fue desigual o bien que en la misma urna se recogieron y depositaron restos procedentes de diferentes cremaciones, aunque, a nivel esquelético, solo se pudo identificar un individuo.
Hay cierta variedad en los huesos representados.
Ello indica que solo una minoría era recogida de la pira funeraria para ser enterrada en la necrópolis.
Faltaba, al parecer, un patrón que priorizara el tipo y número de huesos a enterrar.
La presencia de más de un individuo en una misma sepultura con desigual representación por peso y número de restos sugiere que la recogida pudo ser aleatoria, al menos en algunos casos.
En este mismo proceso se debían recuperar también algunos objetos metálicos (brazaletes, anillos, fíbulas,...) que habían sido quemados junto con el difunto, ya que presentan indicios de haber sufrido una combustión a altas temperaturas.
Paralelamente al estudio de los restos óseos, se seleccionaron 6 muestras de hueso quemado para datar por C14.
Procedían de diferentes contextos: urnas totalmente selladas (SP08 y SP27), acumulación de huesos calcinados en el interior de un túmulo con urna (SP16 y SP32) o sin ella (SP13) y huesos recuperados entre sepulturas (UE 10048) (Tab.
Las dataciones calibradas obtenidas oscilan entre los siglos VIII y III cal BC (Fig. 13) ( 7).
Desgraciadamente, la mayor o menor antigüedad de las fechas no ha podido relacionarse con las diferencias en los tipos de enterramiento o en su estado de conservación.
Como ya hemos descrito en el apartado anterior, en dichos túmulos se depositaron los restos de más de un individuo y, probablemente, hubo reutilización.
En cambio, la SP27 era una urna sellada, por lo que debemos preguntarnos si realmente este enterramiento es más tardío o si la fecha obtenida debe atribuirse a un problema del método C14 para este período.
Nos hallamos ante una necrópolis completamente excavada en extensión, relativamente bien conservada, y con una zona de hábitat conocida y (7) Las dataciones fueron calibradas mediante dos versiones del programa OxCal (Bronk Ramsey 2001, 2009). en curso de excavación por nuestro equipo.
Como viene siendo habitual en los recientes proyectos de investigación centrados en las necrópolis de cremación, el recurso a múltiples técnicas de análisis (prospección geofísica, estudio antropológico, radiografías, análisis físico-químicos, datación por C14, etc.) intenta dar un paso adelante y romper con el inmovilismo que parecía haberse instalado en el estudio del tema.
A pesar de ello, en el momento de su interpretación, en ocasiones los resultados generan más interrogantes o dudas que posibles respuestas.
El principal problema que se nos plantea es precisar la cronología de la necrópolis, no solo cuándo y durante cuánto tiempo fue utilizada, sino también la secuencia de construcción de los enterramientos o las diversas reutilizaciones de las sepulturas, si es que se produjeron.
Como se ha expuesto ya, carecemos de una estratigrafía horizontal.
En muy pocas ocasiones hemos documentado relaciones estratigráficas entre los enterramientos.
En general, los indicios de reutilización son ambiguos, poco seguros: podrían responder a nuevos enterramientos o a remociones posteriores o expolios.
Por este motivo, desde un inicio nos planteamos la realización de dataciones radiocarbónicas para complementar la información procedente del estudio de los materiales (sobre todo cuando las urnas no estaban asociadas a restos óseos), a pesar de ser conscientes de los problemas y limitaciones del método para el período estudiado (Rafel y Armada 2008: 154-157).
Como es habitual y ya hemos mencionado, las dataciones radiocarbónicas proporcionan unas horquillas demasiado amplias e incluso, en ocasiones, se adentran en el período ibérico.
Recordemos que recientemente hemos identificado en Sebes un hábitat de la segunda mitad del siglo VI a.C. (Belarte et al. 2012a), es decir, inmediatamente posterior al del Hierro I (e incluso de mayor superficie), sin que de momento se haya localizado una necrópolis de esta cronología.
Es lícito preguntarse si la población del siglo VI a.C. continuaba enterrándose en la necrópolis del Hierro I ( 8).
A pesar de los problemas planteados por los análisis de C14, (8) En la necrópolis inédita dels Castellons de Flix, situada a 3,7 km y excavada por un aficionado local, se documentan urnas a torno del Ibérico Antiguo.
no podemos dejar de resaltar que las dataciones realizadas sobre huesos recogidos en los espacios entre túmulos han resultado tardías, aunque tal vez en este caso demasiado, dentro del Ibérico Pleno.
En consecuencia, nos preguntamos si, aunque el C14 no sea válido en este período como método de datación absoluta, tal vez sí lo sea como método de datación relativa, y los análisis de radiocarbono realmente nos estén indicando la reutilización de la necrópolis durante el Ibérico Antiguo.
La cuestión queda abierta.
En definitiva, la datación del período de utilización de la necrópolis se ha vuelto a basar en el estudio tipológico de los materiales muebles y en su comparación con los de otras necrópolis.
Las piezas de Sebes guardan estrechas similitudes con las del siglo VII e inicios del siglo VI a.C. de las cercanas necrópolis de Santa Madrona, Llardecans, Castellons, el Calvari, Castellets, la Tosseta y Coll del Moro.
Proponemos también esa datación para la de Sebes, donde está en consonancia con la presencia de ánforas fenicias en el asentamiento del Hierro I.
El propio ritual funerario de cremación es otro de los aspectos que dificulta el análisis de las necrópolis.
Recordemos que, pese al uso de prospección geofísica, hasta el momento no hemos podido localizar la pira funeraria o ustrinum, por lo que el estudio se inicia cuando las cremaciones se han depositado ya, generalmente, en el interior de urnas.
Sin ninguna duda estas deposiciones secundarias fueron seleccionadas, ya que el número de huesos quemados es muy reducido y varía mucho entre los enterramientos.
Además, los huesos largos y fragmentos craneales que, en principio, deberían aparecer más por su tamaño y grosor, suelen estar poco representados.
Junto a ellos se depositaron objetos de bronce, integrantes de la indumentaria personal (botones, fíbulas, brazaletes...), lógicamente también quemados y deformados por el fuego.
Estos complementos metálicos normalmente se encuentran en el interior de las urnas, pero a veces se recuperan en el exterior.
Probablemente los huesos se guardaban en algún hatillo realizado con materiales de difícil conservación, ya que durante la micro excavación de las urnas en ocasiones se han detectado concentraciones óseas.
Casi la totalidad de los enterramientos se depositaron en el interior de urnas, ya sea bajo túmulo o aisladas, pero también hemos identificado huesos directamente en el suelo, seguramente en un loculus irreconocible por la composición geo-lógica del terreno, y tal vez contenidos igualmente en un hatillo o recipiente de material perecedero.
Una vez depositada la urna con los huesos en su interior, el conjunto solía cubrirse con una tapadera de piedra calcárea y con una segunda loseta cuando el enterramiento se introducía en un túmulo circular.
Finalmente el interior del túmulo se rellenaba con un encachado de piedras (Fig. 4).
A veces, durante su excavación se han recuperado fragmentos de talla de sílex, de cerámica e incluso huesos, sugiriendo la práctica de algún tipo de ofrenda relacionada con la comida o bebida en los momentos finales del ritual.
Dentro de la homogeneidad del ritual, se documentan comportamientos específicos de difícil comprensión.
Por ejemplo, los bordes de algunos envases cerámicos pueden presentar una fractura intencional y hay un caso de subdivisión del túmulo con una hilada de piedras.
Otro aspecto de interpretación compleja son las acumulaciones de huesos en el exterior de los túmulos.
Podría pensarse que proceden de enterramientos desplazados de su posición original, pero su posición estratigráfica y el que las deposiciones óseas sin urna sean habituales, tanto en esta como en otras necrópolis, nos induce a considerarlos enterramientos realizados con posterioridad a los de los túmulos, como ya hemos señalado.
Finalmente, nos referimos a la identificación de túmulos y urnas sin enterramientos.
En este caso excluimos cualquier posibilidad de remoción posterior, ya que en ocasiones se localizan bajo estratos arqueológicos inalterados.
Se podría plantear que las urnas aisladas sin depósito de huesos fueran vasos de ofrendas relacionados con enterramientos cercanos.
La interpretación de las construcciones tumulares sin enterramiento es más difícil.
Desde el punto (9) Desconocemos el valor específico de los objetos en las sociedades protohistóricas e, incluso, algunos investigadores advierten que los ajuares funerarios y la posición social en vida de los individuos pueden estar desconectados entre sí (Parker Pearson 1999: 7).
de vista del análisis social, la necrópolis de Sebes no muestra indicios de diferencias significativas, ya que los restos materiales son homogéneos.
Estamos más bien ante ajuares 'pobres', con urnas similares y pocos objetos de bronce.
No obstante, la reciente constatación del uso de cobre importado para la elaboración de objetos de bronce da una nueva significación a la presencia de metales, y sugiere que los individuos enterrados en las pocas tumbas que los tienen tal vez tenían un acceso preferente a las rutas comerciales del metal.
También se ha identificado un ritual de enterramiento homogéneo para todos los grupos de edad sin tumbas que destaquen por su mayor tamaño o esfuerzo constructivo.
Ahora bien, según el análisis espacial de la distribución de los enterramientos, hay estructuras de piedra que dividen claramente el espacio funerario en dos grandes agrupaciones.
No tenemos ningún indicio para suponer que las dos áreas de enterramiento respondan a criterios cronológicos sino más bien a factores sociales de difícil caracterización (familia, linaje, procedencia, etc.).
En cada área de enterramiento en torno a los túmulos circulares planos se sitúan las urnas aisladas, con o sin restos óseos.
En principio la distribución periférica de las urnas induce a pensar en una cierta posterioridad de las mismas y en que podamos estar ante enterramientos y ofrendas a cargo, quizás, de individuos con una relación de parentesco o dependencia.
Como el análisis espacial de las estructuras funerarias de una necrópolis solo puede realizarse sobre yacimientos totalmente excavados, llamamos la atención sobre las que cuentan con un modelo similar de distribución, por ejemplo, el bipartito de la cercana necrópolis de Santa Madrona (Belarte y Noguera 2007: 77) o la de Sant Joaquim de la Menarella del Forcall (Castellón), cuyas estructuras mantienen una evidente simetría espacial (Barrachina et al. 2010: 343).
En necrópolis de mayores dimensiones como Roques de Sant Formatge (Pita y Díez Coronel 1968), Castellets de Mequinenza (Royo 1994(Royo -1996) ) o Coll del Moro de Gandesa (Rafel 1989) existen diferentes sectores funerarios separados entre sí, que han sido relacionados con diferentes grupos familiares (Ruiz Zapatero 2004: 311).
Finalmente, al intentar extrapolar la información procedente de la necrópolis a la zona excavada del hábitat, tampoco vemos ni indicios de diferenciación social ( 10), ni la subdivisión en dos grandes grupos documentada en la necrópolis.
Ninguna de las casas excavadas hasta ahora (Belarte y Noguera 2008) evidencia los indicadores habituales para detectar diferencias sociales, como la mayor capacidad de almacenaje o la mayor cantidad y diversidad de equipamientos domésticos o de elementos decorativos, entre otros (Ruiz Zapatero 2004: 297).
Una posible excepción es un edificio situado en la parte superior de la colina, aún en curso de estudio.
Contenía la mayor concentración de molinos del asentamiento, lo que puede ser expresivo tanto del control de ciertas actividades económicas por un grupo familiar, como del carácter colectivo de algunas tareas.
Llegados a este punto, y a pesar de la dificultad inherente a calcular la población que vivió y se enterró en Sebes, pensamos que un estudio demográfico, aunque sea muy aproximado, nos puede aportar nuevas perspectivas de análisis.
En primer lugar, creemos que la necrópolis de Sebes no acoge diversas comunidades dispersas, sino únicamente a los individuos del hábitat contiguo.
De hecho, en el tramo de río de apenas 10 km entre Flix y Riba-roja d'Ebre, conocemos la situación de tres necrópolis y de sus respectivas zonas de hábitat, lo que sugiere que cada asentamiento disponía de su propio cementerio.
En segundo lugar, los análisis antropológicos sugieren que se entierran, si no todos, gran parte de los grupos de edad de la población, incluyendo a los infantiles.
En tercer lugar, creemos que tanto el asentamiento como la necrópolis perduran un centenar de años (aproximadamente 650-550 a.C.), es decir durante unas cuatro generaciones de individuos.
Probablemente la cifra real esté muy por debajo del centenar de personas, pero aún así en la necrópolis solo se ha recuperado una veintena de individuos.
Es evidente (10) Conviene mencionar que carecemos de evidencias arqueológicas significativas por el abandono paulatino del hábitat del Hierro I que nos ha privado de grandes conjuntos de materiales muebles y por la importante erosión que han sufrido las estructuras constructivas.
(11) Se ha excavado más del 75% de la superficie total, estimada en unos 1.200 m 2, pero la erosión ha destruido la práctica totalidad de la vertiente suroeste. que la tasa de mortalidad de una población de 80 individuos durante 100 años debería ser muy superior.
Además, si consideramos la creación de un nuevo asentamiento contiguo, de nueva planta y de mayores dimensiones, en la segunda mitad del siglo VI a.C., tendremos que concluir que la población de Sebes experimentó un rápido crecimiento demográfico.
Caben tres alternativas para resolver esta incongruencia: que el período de ocupación del asentamiento y de la necrópolis fuera muy reducido (apenas 25 o 50 años), que la necrópolis de Sebes no fuera la única zona de enterramiento del asentamiento o que no todos los individuos de la comunidad se enterraran en ella.
No podemos descartar ninguna de las tres o incluso su combinación.
La necrópolis de Sebes se enmarca en el contacto entre las necrópolis de la zona del Segre-Cinca, las del Bajo Aragón-Terra Alta y las del curso inferior del Ebro-Priorat, gracias al eje de comunicaciones Lérida -Flix-Gandesa y el del mismo río Ebro.
La combinación de túmulos planos y campos de urnas presente en Sebes, y ya constatada en Santa Madrona (Belarte y Noguera 2007), permite descartar la antigua división geográfica entre campos de urnas en la costa y túmulos en el interior.
Como se ha venido repitiendo en los últimos años, cada vez se documentan más casos donde coexisten distintos tipos de tumbas incluso en una misma necrópolis (López Cachero 2008: 147).
El estudio de las formas de enterramiento muestra que las necrópolis de la Ribera d'Ebre se sitúan en una zona de intenso contacto entre dos tradiciones funerarias: la del Segre-Cinca y la de la Terra Alta y el Bajo Aragón.
A nivel local, cada comunidad presenta ciertas peculiaridades propias, dentro de una cierta homogeneidad en las prácticas de enterramiento.
Así, la necrópolis de Santa Madrona contiene túmulos cuadrangulares o cistas en el interior de los túmulos planos circulares, mientras que en Sebes solo hay túmulos de este último tipo y urnas aisladas.
En cambio, nunca se han documentado los túmulos elevados y de grandes dimensiones característicos de las necrópolis del Bajo Aragón-Terra Alta (Rafel 2003).
Además de las estructuras de enterramiento, en Sebes se documentan construcciones anexas que interpretamos como posibles cenotafios.
En cambio son muy inferiores a los túmulos de cista excéntrica característicos del Bajo Aragón, con un diámetro medio entre 3 y 5 m (Rafel 2003: 72).
El predominio de túmulos planos sin cista con anillos concéntricos de Sebes acerca sus estructuras funerarias a los modelos del tipo Segre-Cinca (López Cachero 2008: 157), caracterizados por túmulos planos con enlosados interiores poco elevados (López Cachero 2008: 147).
Ello podría responder a un origen en esta última zona (Ruiz Zapatero 1985: 375-377), aunque por otra parte los túmulos neolíticos de la zona de Mequinenza (Royo 1984) insinúan una evolución a partir de prototipos locales, hasta el momento desconocidos en el entorno de la necrópolis de Sebes.
En resumen, los trabajos realizados hasta el momento en la necrópolis de incineración de Sebes sugieren que cubría unos 200 m 2.
Tipos diversos de estructuras se agrupan espacialmente en dos áreas, siempre con estructuras tumulares predominantes.
Los enterramientos (en túmulo o en urna) alternan con estructuras vacías y urnas con elementos de ajuar pero sin restos óseos.
La coexistencia de distintos tipos de estructuras y las agrupaciones espaciales de tumbas aparecen en otras necrópolis coetáneas de la zona, aunque la distribución de los enterramientos en Sebes presenta algunas particularidades.
La duración de la necrópolis, según los materiales cerámicos y metálicos, se sitúa entre el siglo VII y la primera mitad del VI a.C. Ello confirmaría su contemporaneidad con el hábitat del Hierro I identificado en el cerro contiguo.
Esa datación no coincide, en cambio, con las fechaciones de C14, que sugieren la perduración del cementerio en época ibérica.
Ello puede ser debido a los problemas inherentes al método para este periodo, pero también puede indicar la reutilización de algunas tumbas.
El estudio antropológico revela que las sepulturas contenían un solo individuo, salvo tres enterramientos dobles, dos de los cuales pueden ser reutilizaciones.
Las investigaciones del equipo en las necrópolis de Santa Madrona y Sebes contribuyen a llenar el vacío que hasta hace pocos años presentaba el área de la Ribera d'Ebre en el panorama del mundo funerario del Hierro I. El análisis de ambas necrópolis muestra que, tanto desde el punto de vista tipológico como ritual, se relacionan con el área cultural del Segre-Cinca.
El estudio de una muestra de materiales metálicos de Sebes se han realizado en el marco del proyecto coordinado "El factor minero en el desarrollo histórico de Cataluña meridional: de la Prehistoria a época medieval" (HAR2010-21105-C02-00).
Agradecemos a Núria Rafel y a Ignacio Montero, investigadores responsables, respectivamente, de los subproyectos "Procesos sociales, tecnológicos y económicos en la explotación de recursos minerales del Priorat (Cataluña): una visión diacrónica" (HAR2010-21105-C02-01) y "Relación entre materias primas locales y producción metalúrgica: Cataluña meridional como modelo de contraste" (HAR2010-21105-C02-02), el acceso a la información sobre los resultados así como los análisis mencionados. |
Cuando el vino impregnó la isla de Mallorca: el comercio púnico-ebusitano y las comunidades locales durante la segunda mitad del siglo V y el siglo IV a.C.
En este artículo se discuten los conceptos colonialismo y colonización en relación a las Islas Baleares para concluir que es del todo inapropiado seguir refiriéndose al último.
Se analizan datos procedentes de excavaciones y prospecciones arqueológicas, algunos inéditos hasta la fecha, desde un punto de vista cuantitativo y cualitativo.
Estos datos muestran que las dinámicas iniciadas en el siglo VI a.C. continuaron en los siglos siguientes sin apenas cambios, aunque en el siglo IV, se produjo un incremento en la llegada de productos foráneos, desde un punto de vista cuantitativo y, en cierta medida, cualitativo también.
La vajilla de lujo permaneció ligada a los asentamientos costeros, estableciéndose una diferencia diacrítica entre las comunidades ligadas a los comerciantes púnicos y las del interior.
Se exploran también los mecanismos de intercambio entre diferentes actores y las posibles rutas seguidas.
Las guerras cartaginesas y la necesidad de mercenarios fueron esencialmente responsables de este intercambio.
entre los arqueólogos que tratan la Protohistoria de las Islas Baleares ( 1) (Fig. 1): el concepto "colonización", referido a la incidencia púnico-ebusitana sobre la sociedad autóctona de Mallorca es inadecuado, no solo en base a los datos disponibles, sino también desde un punto de vista teórico ( 2).
El concepto fue usado por vez primera en los años 1980, en una de las muchas periodizaciones propuestas para la prehistoria balear (Mayoral 1984), así como en las publicaciones a partir de la excavación de la base ebusitana del islote de Na Guardis, ubicado en la costa sur de Mallorca (Guerrero 1984a(Guerrero, 1984b(Guerrero, 1997)).
En las últimas décadas se propuso un modelo de intercambio aristocrático, que operaría desde el siglo IX a.C. hasta el siglo V a.C. Alrededor del siglo IV a.C., este comercio se transformaría en un modelo empórico o maqom (Guerrero 2004).
En el actual estado de la investigación, hay que dar un paso atrás y plantearnos si es posible de-(1) El término "Islas Baleares" se usa en este trabajo en su sentido histórico y geográfico, no en el administrativo que tiene hoy en día.
Por ello, se refiere a las islas de Mallorca y Menorca, mientras que Ibiza/Eivissa y Formentera pertenecen al archipiélago pitiuso.
(2) García Rosselló, J. 2010: Análisis traceológico de la cerámica.
Modelado y espacio social durante el postalayótico (siglo V-I a.C.) en la península de Santa Ponça (Calvià, Mallorca).
tectar tal cambio de modelo en las Islas Baleares.
Además, se necesita redefinir las relaciones entre los elementos ebusitanos y el mundo autóctono balear.
En estas páginas nos basamos en el análisis de la cultura material mueble, con las limitaciones que se expondrán más adelante.
Elementos, como la arquitectura o las manifestaciones rituales, han quedado fuera del estudio, ya que son más inferencias de los investigadores que evidencias por sí mismas.
Los ítems arqueológicos tratados son las cerámicas de importación y, en concreto, las ánforas y la vajilla fina.
Excluimos los metales por su larga perdurabilidad y, a veces, origen incierto.
Por ejemplo, las figuras y la vajilla metálica podrían haberse desechado siglos después de su fabricación o haber sido introducidas en la isla mucho después de su manufactura ( 3).
La exclusión de la cerámica común se debe a que, al menos en el actual estado de conocimientos, sus producciones suelen tener una baja resolución cronológica que impide la adscripción inequívoca a un cierto período.
Lo mismo puede decirse de las cuentas de pasta vítrea.
Restricciones similares operan con respecto a las ánforas.
Los contenedores de origen ibérico deben dejarse de lado y considerar solo los ebusitanos (tipos 1.3.2.3. y 8.1.1.1.)
(Fig. 2) y los griegos (en concreto, masaliotas y corintios).
Ramon (1991: 134) concluyó que su contenido probable era el vino en base a las trazas de resina detectadas en algunos tipos ebusitanos.
Abunda en ello que Diodoro de Sicilia (V, 17) mencione que Eivissa, a pesar de su moderada fertilidad, posee una pequeña región de viña, junto con olivos injertados en acebuches.
En sentido contrario, Diodoro indica una ausencia total de producción de vino en las Islas Baleares, aunque sus habitantes estaban excesivamente inclinados a su consumo.
Intervenciones recientes en la isla de Eivissa han documentado zanjas excavadas en el subsuelo rocoso para la plantación de vides, reivindicando de paso este patrimonio arqueológico no bastante valorado (López Garí y Marlasca 2012).
La cerámica ática de barniz negro es prácticamente la única incluida en el estudio de la vajilla
(3) El trabajo del metal (en bronce) probablemente existió en este período, como en el anterior, a pequeña escala, dada la necesidad de importar el estaño. fina (Fig. 3).
Además consideramos dos fragmentos de cerámica de figuras rojas, recuperados en excavaciones en el santuario de Son Mas.
Pertenecen a sendas cráteras de campana procedentes de Apulia, datada en la segunda mitad del siglo IV a.C., y del Ática.
En resumen, el concepto de fósil director orienta esta investigación que excluye, en buena medida, una aproximación a las facies cerámicas, por ser muy escasos los contextos homogéneos que pueden ser datados en el período estudiado.
Los materiales proceden de la isla de Mallorca o de los islotes cercanos a ella.
Se omiten los objetos del cargamento del pecio de El Sec, a pesar de ser el único datado en el siglo IV a.C. y haberse hallado en aguas de Mallorca, porque algunos nunca han sido recuperados en tierra firme, lo que plantea dudas razonables sobre su destino.
Dispersión de los tipos 1.3.2.3. y 8.1.1.1., datados entre 450 y 400 a.C., y 400 y 300 a.C., respectivamente; tamaño del símbolo de acuerdo al recuento del Número Mínimo de Individuos (NMI); datos obtenidos mediante prospección arqueológica.
Puig de sa Morisca. destinos desde la costa del Languedoc al sudeste peninsular, excluyendo implícitamente Mallorca.
Los materiales arqueológicos tienen orígenes diversos por lo que se les han aplicado diferentes niveles de análisis.
Los datos sobre las ánforas proceden de tres fuentes principales: prospecciones arqueológicas no intensivas e intensivas y excavaciones arqueológicas.
La cerámica fina ha sido obtenida sobre todo de la última fuente y algunos individuos de la primera.
La información sobre las prospecciones no intensivas procede del Inventario de Yacimientos Arqueológicos de Mallorca (Aramburu-Zabala 2004), deudor de los trabajos enciclopédicos de Mascaró Pasarius (1961-67, 1967, 1968) y la Carta Arqueológica de Mallorca, básicamente un recurso de gestión de la administración local.
Otros datos se han recuperado en la bibliografía especializada, sobre todo en Joan Ramon (1991Ramon (, 1995)).
Unas pocas muestras han sido localizadas durante esta investigación.
Las prospecciones arqueológicas intensivas se han concentrado en el yacimiento del Puig de sa Morisca (Quintana 2000).
Los datos proporcionados por las excavaciones arqueológicas proceden de cuatro grandes asentamientos autóctonos: Puig de sa Morisca, Son Fornés, S'Hospitalet Vell y Ses Païsses.
Otros yacimientos indígenas excavados aportan un caudal menor de información, aunque no por ello cualitativamente menos importante: los santuarios de Son Mas y Sa Punta des Patró, la cueva junto a la necrópolis de La Punta, la necrópolis de S'Illa des Porros, el túmulo escalonado y necrópolis de Son Ferrer, los talayots de Son Fred y Cascanar, el pequeño asentamiento del Turó de ses Beies o el yacimiento indígena existente bajo la ciudad romana de Pollentia.
Los yacimientos ebusitanos de Es Trenc y Na Guardis también se consideran en este apartado.
Estos datos han sido analizados según criterios cualitativos (presencia/ausencia) y cuantitativos (número mínimo de individuos -NMI), utilizando, en su caso, mapas de dispersión (mapping).
La cronología de las ánforas ebusitanas (tipos 1.3.2.3. y 8.1.1.1.) oscila entre la segunda mitad del siglo V y el siglo IV a.C. (Figs.
2 y 4) y la de las cerámicas de barniz negro, entre la primera y la segunda mitad del siglo IV a.C. (Fig. 3).
Los resultados se han contrastado con la dispersión del ánfora ebusitana del siglo III a.C. (tipos 8.1.2.1. y 8.1.3.1.)
Aunque no se pretende estudiar la dinámica histórica, la comparación nos permite reconocer de manera más clara tendencias definidas en el siglo IV a.C. al existir más ejemplares y yacimientos del siglo III a.C. Como la cerámica fina es muy escasa en el siglo III a.C., no se presenta ningún mapa comparativo.
Para el análisis cualitativo de los datos obtenidos en excavaciones el NMI se ha recalculado en base a la superficie excavada en cada yacimiento, puesto que la cifra absoluta de ejemplares depende de la extensión de las zonas excavadas, de su funcionalidad en el pasado o de los fenómenos postdeposicionales que las afectan.
Lógicamente la cantidad de ánforas diferirá entre los lugares de almacén o basureros y los espacios rituales donde suele aparecer vajilla para el consumo de líquidos (presumiblemente vino), al menos en los contextos baleares.
El volumen de sedimento extraído sería un factor de corrección más adecuado que el área, pero los datos disponibles impiden calcularlo.
Los datos provenientes de los escasos pero fiables contextos arqueológicos del siglo IV a.C. han sido analizados cualitativa y cuantitativamente, cuando ha sido posible.
Este análisis puede usarse como factor de control y señala tendencias respecto a la llegada de otros materiales cerámicos coetáneos.
Este hecho deberá ser confirmado en el futuro ampliando el registro.
PRESENTACIÓN DE LOS DATOS Y RESULTADOS
Los hallazgos en prospección arqueológica de ánforas ebusitanas del siglo IV a.C. (T-8.1.1.1) están muy concentrados en el sur y oeste de la isla.
En el sur, el primer loci son los yacimientos del islote de Na Guardis y de la playa de Es Trenc (probablemente solo un muelle con unas pocas estructuras permanentes), cercanos a los supuestos campamentos de explotación de la sal en la Colònia de Sant Jordi y considerados lugares usados por los comerciantes ebusitanos (Guerrero 1987(Guerrero, 1997)).
Sin embargo, la explotación de la sal a una escala notable no ocurre hasta el Alto Imperio Romano, como prueban los más de 190 bordes de ánfora de este período, frente a los 5 adscribibles al siglo IV a.C. (Guerrero 1987: 102).
Los asentamientos indígenas de Sa Talaia Grossa y Rafal des Porcs-Punta des Baus, al este del cabo de Ses Salines constituyen el segundo foco.
La zona oeste incluye el importante asentamiento autóctono del Puig de sa Morisca, además de hallazgos procedentes del Pla de Mallorca, que definimos como "grupo central", y de lugares muy específicos, principalmente de áreas costeras del este y norte de la isla.
El aislamiento relativo del grupo central destaca excepto por el sur.
En este sentido, cabe mencionar la mayor extensión en épocas antiguas de la albufera de Muro (Morey 2009), en la bahía de Alcúdia, los pequeños macizos de la Sierra de Llevant (Artà, alrededor de 500 m.s.n.m.) y las montañas de Calicant y de Felanitx.
Estos accidentes geográficos parecen actuar como límite de concentraciones poco intensas de materiales en el litoral oriental.
Sin embargo, la naturaleza de las prospecciones impide asegurar si esa imagen se corresponde con deficiencias en las mismas o realmente refleja una realidad histórica.
La escasez de hallazgos en el territorio adyacente a la bahía de Palma se explica por la urbanización de un extenso territorio sin recuperación de materiales.
A ello se suma las dunas fosilizadas (S'Arenal) y el cambio significativo de la línea de costa desde los tiempos prehistóricos hasta la actualidad (Rosselló i Verger 2000: 120).
En cambio, en esa zona se han localizado hallazgos que aparentemente discurren desde la costa hacia el interior, hasta el pie de la Sierra de Tramuntana.
Las ánforas T-1.3.2.3. no son significativas ni cuantitativa, ni cualitativamente, salvo el ejemplar hallado en el núcleo del Puig des Moros de s'Almudaina (IJAM-30012).
Si la identificación es correcta ( 4), permitiría rastrear los mecanismos de distribución del vino hacia el centro de la isla desde la segunda mitad del siglo V a.C., hecho que no ha podido detectarse a finales del siglo VI, ni en la primera mitad del V a.C. (Hernández-Gasch 2009: 275 y fig. 279).
La comparación con el mapa de ánforas ebusitanas del siglo III a.C., en base a prospecciones arqueológicas, ofrece un panorama similar, subrayando algunos de los aspectos ya descritos (Fig. 5).
La densidad de hallazgos es mayor en el sur y el suroeste de la isla y la conexión entre (4) No estamos de acuerdo con la clasificación de Aramburu-Zabala ( 2004) como un ánfora T-1.3.1.2., ya que la inclinación de la pared no responde, en absoluto, a un contenedor de este tipo.
Dando por buena esa inclinación, estaríamos ante una T-1.3.2.3. y, aún así, aunque la pared externa del labio aparece poco exvasada, la curvatura interna es más parecida a la que suelen ofrecer las T-8.1.1.1. que al estándar de las T-1.3.2.3.
estos grupos y el central del Pla de Mallorca resulta más evidente.
Este muestra su aislamiento con respecto a otras zonas, a pesar de crecer algo hacia el Norte.
El grupo meridional se amplía también hasta las últimas vertientes sudoccidentales de la Sierra de Llevant.
A su vez, se observa de nuevo perfectamente el grupo occidental y se refuerza la vía de penetración al interior desde la bahía de Palma.
El resto de hallazgos está asociado con asentamientos costeros.
La distribución de la vajilla fina, mayoritariamente compuesta por cerámica ática de barniz negro, refleja un fenómeno costero en Mallorca y en algunos islotes cercanos (Sa Dragonera y S'Illot des Porros).
El NMI es reducido, excepto en el santuario de Son Mas y la cueva auxiliar o bothros de la cueva funeraria de La Punta, los dos yacimientos de carácter ritual.
A diferencia de las ánforas contemporáneas, no se concentran en ninguna zona y su número es igualmente escaso en todas.
El número de ejemplares datados entre 450/425 y 375/350 a.C. es similar al de los encuadrados entre el 350-300 a.C. Un tercer grupo, que cubre todo el siglo IV a.C., no permite distinguir si la distribución de la cerámica de lujo incide más en un momento temprano o más tardío.
El santuario de Son Mas es uno de los yacimientos con más vasos recuperados.
La ausencia del ánfora vinaria ebusitana T-1.3.2.3. podría indicar una cronología ya plenamente del siglo IV a.C. para los ejemplares de vajilla fina.
Esta baja incidencia de T-8.1.1.1. y la ausencia de T-1.3.2.3. pueden indicar una escasa penetración de los rituales del vino en Son Mas en este momento concreto.
En las excavaciones en el cercano yacimiento de Son Ferrandell se han hallado 9 ánforas del tipo 8.1.1.1.
(De Mulder, com. pers.), a las que se pueden añadir 2 bordes del tipo 1.3.2.3., prueba de que el comercio púnico ya estaba activo en este área en la segunda mitad del siglo V a.C. Así pues, los individuos más antiguos de cerámica fina de Son Mas bien pudieron haber llegado en dicho período y no solo como objetos ya antiguos en épocas más recientes.
(5) El inventario se debe a Conde, Hernández-Gasch y Principal.
Los datos procedentes de excavación constituyen otro elemento de contrastación de los fenómenos observados.
Para el momento más antiguo, representado por las T-1.3.2.3., hay 4 individuos en el Puig de sa Morisca y 3 en Ses Païsses.
Aún así, la proporción es 6,5 veces mayor en el Puig de sa Morisca.
La ausencia de datos obedece en las zonas sur y suroeste a la carencia de excavaciones, mientras que, en un poblado largamente excavado como Son Fornés (2700 m 2 hasta 2011 -Gili, com. pers.), se señala la escasez de vino en el Pla de Mallorca hasta el siglo IV a.C. Ello concuerda con lo sugerido por los datos proporcionados por las prospecciones arqueológicas.
Los individuos de T-1.3.2.3. en yacimientos excavados en el norte y nordeste se reducen a los de Son Ferrandell ya mencionados.
Ello sorprende en cierta medida, toda vez que, en la zona, Son Mas y La Punta han proporcionado vajilla fina que puede datarse en la segunda mitad del siglo V a.C. Incluso Punta des Patró tiene cerámicas más antiguas que pueden retrotraerse hasta finales del siglo VI a.C., en consonancia con las ánforas ebusitanas más antiguas, recuperadas en la zona, del tipo 1.3.1.2. (ca.
No obstante, el total de individuos de los tipos más antiguos, tanto de vajilla fina como de ánforas, es siempre bajo.
La ausencia de ánforas T-1.3.2.3. se debe probablemente a las limitadas excavaciones en algunos de los yacimientos citados y al carácter ritual de otros (Son Mas, La Punta y Punta des Patró).
El panorama cambia efectivamente en el siglo IV a.C. cuando la gradual penetración del ánfora T-8.1.1.1. hacia el interior de la isla, mostrada en el mapa de prospecciones (Fig. 2), se combina con su aumento cuantitativo en toda Mallorca, indicado por las excavaciones arqueológicas.
El factor de corrección que introduce considerar la duración de la fabricación de los distintos tipos de ánforas no afecta a este incremento neto.
El ajuste de las cifras brutas de ejemplares recuperados con las superficies excavadas proporciona una estimación más precisa de esta dinámica.
En el asentamiento occidental del Puig de sa Morisca, interpretado hasta ahora como un cen-tro de comercio autóctono, el índice arroja unos resultados de 0,08 (NMI de 21), mientras que en el asentamiento subsidiario del Turó de ses Beies (unos 385 m 2 publicados) el índice es de 0,005 (2 individuos), y en el asentamiento funerario del Túmul de Son Ferrer (unos 140 m 2 excavados), cercano al Puig de sa Morisca, el índice es de 0,16 (NMI de 23).
A su vez, en el asentamiento oriental de Ses Païsses, ubicado a una distancia relativamente alejada de la costa, el índice es de 0,04 (NMI de 63).
Los talayots excavados en esta área son Cascanar (unos 153 m 2 excavados) y Son Fred (unos 84 m 2 excavados).
Muestran índices de 0,01 (2 individuos) y 0,02 (2 individuos), respectivamente, aunque vale la pena señalar que estos lugares tuvieron un uso peculiar, probablemente no comparable al de los verdaderos asentamientos.
De modo parecido, los santuarios de Son Mas (unos 400 m 2 excavados), en el noroeste, y Punta des Patró, en el noreste, arrojan cifras muy distintas.
El cercano cementerio de Illa des Porros (unos 255 m 2 excavados) muestra un índice de 0,004 (un individuo).
Estas cifras alteran el panorama indicado por las cifras brutas (NMI) que se reflejan en el mapa (Fig. 4).
Puig de sa Morisca, sobre la costa oeste, duplica las ánforas por m 2 de Ses Païsses, en el área noreste (0,08 y 0,04, respectivamente).
El segundo coeficiente es similar al apreciado en Son Fornés, en el centro de la isla (0,03).
El último yacimiento investigado, S'Hospitalet Vell, un asentamiento relativamente interior ubicado en el este de Mallorca, tiene también un índice bajo (0,02), probablemente por las limitaciones en los datos publicados, aunque las excavaciones actuales han sacado a la luz nuevos individuos (Salas, com. per.).
A su vez, el Túmul de Son Ferrer destaca por su índice alto (0,15), dado que los coeficientes de los lugares rituales suelen presentar índices bajos, entre 0,02 y 0,01 o incluso inferiores.
Finalmente, mencionamos que los contextos que pueden ser datados en el período analizado son extremadamente escasos.
El nivel II2 de la casa denominada HPT1 de Son Fornés es el único contexto publicado hasta ahora fechable de manera inequívoca en el siglo IV a.C. Este nivel representa el último uso previo al primer abandono y contiene algunos fragmentos de ánfora ebusitana y una pátera con el mismo origen, del tipo 2.6.e (Palomar 2005: 121).
En el edificio HPT4 se identificaron algunos individuos contextualizados de T-8.1.1.1.
De la preparación de su pavimento se recuperaron el borde de una kylix, aparentemente de mediados del siglo V a.C., y el labio y asa de un cuenco con un asa, ambos de cerámica ática de barniz negro (Quintana y Guerrero 2004: 254-255).
Este último fragmento, tras su examen para el presente estudio, se ha incluido en el tipo 744-763 (Sparkes y Talcott 1970), fechable entre 500 y 300 a.C. Los niveles de ocupación interiores de la torre, datados en el siglo IV a.C., contienen diversos objetos que requieren un examen minucioso.
Otros tipos cerámicos son 2 boles de labio entrante ebusitanos, similares a algunos encontrados en Eivissa.
Se fechan entre finales del siglo V y la primera mitad del IV a.C. y en la segunda mitad del siglo IV a.C., respectivamente.
Además hay un plato y un mortero ebusitanos, más una parte del labio y asa de una cerámica de cocina, probablemente de origen cartaginés.
En el poblado de Ses Païsses, una de las habitaciones se abandonó a finales del siglo V a.C., a tenor de la aparición de una copa Cástulo completa y fragmentos de dos ánforas ebusitanas del tipo 1.3.2.3.
Entre los contextos cuantificados del siglo IV a.C. hallados en un área al aire libre, la cerámica de importación solo supone el 3% del NMI y el 6% del total de fragmentos, siendo el resto cerámica a mano de factura local.
Las ánforas constituyen el 67% y el 83%, respectivamente.
También se recuperaron un fragmento de ánfora ibérica y otro de greco-itálica.
Un 33% del NMI y un 17% de los fragmentos pertenecen a cerámicas finas o comunes.
De hecho, existen dos ejemplares producidos en'YBS M/Ebusus y otro, en la costa ibérica (Sanmartí et al. 2002: 116).
Las cifras calculadas para los bienes de importación en los contextos del siglo IV a.C. del santuario de Punta des Patró (Sanmartí et al. 2002: 116) oscilan entre 10,4% (NMI) y 21,6% (número de fragmentos).
Según el NMI la producción principal es el ánfora ebusitana (36,4%), seguida por la ibérica (18,2%).
También se recuperaron fragmentos de producciones anfóricas púnicas del Mediterráneo Central, masaliotas, greco-itálicas y corintias (tipo B).
Entre las cerámicas finas y comunes, se halló un fragmento de lucerna ática, otro fragmento de barniz negro de origen indeterminado y algunos de cerámica ebusitana (Sanmartí et al. 2002: 109).
El panorama resultante de los contextos excavados claramente muestra dos aspectos diferentes no detectados en la distribución de hallazgos en los mapas ya analizada.
Primero se distingue una mayor variabilidad de productos en los asentamientos costeros.
Entre las ánforas, aparte de las ebusitanas, encontramos algunas ibéricas, masaliotas, centro-mediterráneas, greco-itálicas e incluso corintias.
Entre las producciones cerámicas importadas, además del barniz negro ático y sus imitaciones ebusitanas, puede hallarse cerámica común ebusitana, cartaginesa e ibérica.
Por otro lado, en el centro de Mallorca se detecta una significativa restricción de productos con un claro predominio del material ebusitano y ausencia de bienes importados de Masalia o Corinto o de productos de lujo, como la vajilla ática de barniz negro.
Durante los siglos IX al VI a.C., los fenicios crearon una red de asentamientos en el Extremo Occidente ( 6).
Al menos en principio su presencia parecía obedecer al establecimiento de una red comercial a escala mediterránea (Delgado 2008).
En el Extremo Occidente esta red permitía el acceso de los fenicios a productos minerales, en especial cobre y plata, y también a productos agropecuarios, probablemente en un momento posterior (Alvar 1999; López Castro 2008).
Parece que los fenicios actuaron de manera diferente según el tipo de territorio.
Según Delgado (2008), en Andalucía occidental, los fenicios implantaron sus propias estructuras en los mismos núcleos indígenas tartésicos, estableciendo un comercio directo con ellos.
En cambio en Andalucía oriental, las primeras fundaciones escogen lugares deshabitados y parecen ser más puntos de escala que de comercio con la población autóctona.
Los tipos y las etapas de los contactos entre fenicios e indígenas se explicaron mediante modelos que definían las formas del comercio fenicio.
En el Extremo Occidente, y más específicamente en la Península Ibérica, los sistemas de comercio entre los fenicios, y por extensión púnicos, y las comunidades locales han sido estudiados desde los años 1990 según dos orientaciones historiográficas.
Una línea de investigación temprana puso el acento en el elemento fenicio, relegando al indígena.
Alvar (1999) y López Castro (2000) articularon estos modelos de comercio que, con el paso del tiempo, evolucionan hacia otros nuevos.
Alvar (1999) los denomina "Modo de contacto no hegemónico" y "Modo de contacto sistemático", mientras que López Castro (2000) los define como "Comercio aristocrático" y "Comercio maqom" o "empórico".
Sus proponentes están de acuerdo con los postulados postcoloniales que se han aplicado a la arqueología en otros escenarios geográficos (Van Dommelen 1998; Gosden 2004).
Sus modelos refuerzan la idea de que, en el intercambio entre fenicios y (6) Se ha argumentado una presencia oriental en Huelva en un momento tan antiguo como el siglo X a.C. (Mederos 2006), a partir de algunos hallazgos controvertidos (Moreno Arrastio 2008: n.
Los primeros buscarían establecer relaciones con sociedades cuya organización y capacidad tecnológica fueran suficientes para permitirles acceder al flujo comercial (Vives-Ferrándiz 2005).
En este caso los autores que tratan el fenómeno colonial suelen usar términos como "colonialismo" o "colonización" para referirse a los mismos hechos históricos.
Según Vives-Ferrándiz (2005), el primer término aparece especialmente en la bibliografía anglosajona y el segundo en la de los países del sur de Europa.
Los autores franceses, españoles e italianos tienden a evitar el término "colonialismo", al considerarlo una reminiscencia de las situaciones coloniales recientes.
Dietler (2010: 12) reconoce la omnipresencia del concepto en las ciencias sociales y un amplio consenso respecto a su importancia que, sin embargo, no alcanza a su precisa definición.
Se hace necesario, en este punto, aclarar la nomenclatura usada en este trabajo.
Siguiendo a Dietler (2009), cuando usamos "colonización", nos referiremos a una situación de dominación política impuesta por agentes externos sobre un territorio y una población específica.
Al usar "colonialismo" aludimos a un conjunto de proyectos y prácticas de control llevadas a cabo en las relaciones asimétricas de poder entre distintas sociedades, junto a los probables procesos culturales y sociales derivados de ellas.
En Mallorca, Guerrero (1981Guerrero (, 1984aGuerrero (, 1984bGuerrero (, 2004) ) fue el único investigador que se centró específicamente en las cuestiones coloniales, describiendo una sociedad autóctona de carácter tribal estructurada en torno a jefaturas o cacicazgos, chiefdoms (Guerrero 1997: 275-277).
No consideró dicha estructura social como una consecuencia directa del contacto con los comerciantes ebusitanos, pero sí que la relación intensificó rasgos ya existentes.
A la vez que las jefaturas habrían incrementado su poder coercitivo, habrían surgido o se habrían profundizado las diferencias sociales y las formas de jerarquización social y de dependencia (Guerrero 1997: 303).
Dicho planteamiento fue criticado desde una perspectiva teórica y en base a los datos disponibles en Mallorca (Lull et al. 1999: 68).
Guerrero (1997: 304) considera explícitamente la dialéctica centro-periferia como una herramienta básica para el análisis de los procesos coloniales.
Entiende, como antes algunos economistas (Amin 1975, 1976apud Guerrero 1997), que la colonización implica inevitablemente relaciones asimétri-cas entre dos culturas, lo que provoca un comercio desigual.
Guerrero también afirma, siguiendo a Wagner (1993), que las diferentes escalas de valor otorgadas a los bienes intercambiados provocan profundas relaciones de desigualdad.
Más recientemente, la arqueología postcolonial ha criticado los esquemas unilaterales procesualistas que asignan a los indígenas un papel pasivo en el proceso colonial.
También ha señalado las diferentes escalas de valor existentes entre los elementos colonizadores y las comunidades autóctonas (Krueger 2008).
La recepción de productos inaccesibles en el propio entorno social refuerza el poder de quien los posee.
Desde este punto de vista, el intercambio se vuelve totalmente justo y equilibrado.
En la última década, Guerrero (Guerrero et al. 2002; Guerrero 2004) aplicó a Mallorca los modelos de intercambio desarrollados por Alvar (1999) y López Castro (2000) para las dinámicas previamente vistas de la Península Ibérica.
Sobre esa base, la cronología y naturaleza de los contactos entre los fenicios y púnicos, asentados en la vecina isla de Eivissa, y las comunidades autóctonas de Mallorca habría presentado dos momentos diferenciados.
El primero habría tenido lugar entre el 850 y el 400 a.C. Está caracterizado por los denominados intercambios aristocráticos donde los regalos se presumen restringidos a las clases sociales superiores.
La fecha inicial es bastante problemática.
No casa con la cronología del asentamiento fenicio más antiguo en la isla de Eivissa, Sa Caleta, construido en torno al 700 a.C. y con un escaso recorrido cronológico.
Con todo no se descartan algunos posibles intercambios entre comerciantes y comunidades autóctonas en el siglo VIII a.C. (Ramon 2005(Ramon, 2007)).
Esta fecha tan elevada permanece sin explicar, ya que es totalmente discordante con la cronología arqueológica de la propia necrópolis.
Además precede en tres siglos las primeras importaciones halladas en Mallorca (Hernández-Gasch 2009).
La segunda fase se desarrollaría entre el siglo IV a.C. y la conquista romana de Mallorca en el 123 a.C. Ha sido denominada como "coloniza-ción plena" y se basa en el comercio empórico y en ciertas relaciones de poder (Guerrero 2004: 171).
En este momento, tres aspectos diferentes completan el marco colonial: el reclutamiento de mercenarios para el ejército cartaginés, la fundación de bases ebusitanas en la costa y, por último, el control y explotación de recursos estratégicos como las salinas del sur de Mallorca.
Esta visión fue compartida por investigadores que trataban el tema colonial en las Baleares (Quintana 2000; Quintana y Guerrero 2004; Calvo et al. 2009).
Cabe destacar el trabajo de Calvo et al. (2009) donde se aceptan las fases de comercio aristocrático y comercio empórico/ maqom, pero se subraya la posibilidad de un mayor protagonismo del elemento autóctono en el intercambio exterior, especialmente con 'YBS M'/ Ebusus.
En concreto el yacimiento autóctono, Turó de ses Beies, se interpreta como un centro receptor de bienes localizado en el oeste de la isla que ejercería una misión similar a la base ebusitana de Na Guardis, en el sur.
Otros autores discrepan de esta interpretación y consideran al yacimiento como una granja indígena (Salvà y Hernández-Gasch 2009).
Los modelos aristocrático y empórico/maqom para el caso de Mallorca han sido puestos en tela de juicio recientemente por algunos miembros de la Universidad de les Illes Balears ( 7).
Mayoral (1984) ( 8) trató el fenómeno colonial por los mismos años que Guerrero.
En sus trabajos, manifestó que los bienes importados (cerámicas, collares de pasta vítrea y figuras de bronce) estaban relacionados con un proceso de adaptación cultural establecido entre los púnicos y las poblaciones autóctonas.
Estas últimas estarían en una posición de desigualdad y su adaptación se llevaría a cabo mediante las relaciones de poder, encarnadas en las nuevas necesidades (Mayoral 1984(Mayoral: 1306)).
Tales relaciones, crecientemente desiguales, habrían constituido una manera de control de los colonizadores sobre los colonizados.
Hernández-Gasch (2009) ha expuesto un punto de vista distinto al analizar los contextos indígenas en relación con el cargamento del pecio de Cala Sant Vicenç en Mallorca.
Tras considerar (7) Véase n.
(8) Mayoral, F. 1983: Aproximación al estudio de la fase postalayótica mallorquina: la cerámica.
Tesis de licenciatura inédita.
Universidad Autónoma de Barcelona.
Barcelona. los materiales que pueden datarse entre c.
525 y 450 a.C. en las Baleares, argumenta que existió un comercio griego en el norte de Mallorca, junto con un igualmente incipiente intercambio fenicio en el sur de la isla.
Un elevado número de cambios en el plano social, ideológico y económico del mundo autóctono aparentemente se dieron en el mismo período (Hernández-Gasch 2009: 284).
El autor asume explícitamente un rol activo de las sociedades autóctonas para crear las condiciones adecuadas para la atracción de elementos exógenos.
Al mismo tiempo, interpreta que las citadas comunidades indígenas usaron los bienes de lujo foráneos para reforzar los cambios sociales, económicos y políticos.
No obstante, este análisis se centra en un período breve y no trata las relaciones entre las comunidades autóctonas y los foráneos en períodos posteriores.
Recientemente se ha sugerido que el comercio exterior en las Islas Baleares durante el período arcaico no fue exclusivamente fenicio y ebusitano (c.
Sin embargo, los investigadores coinciden en la relativa "inundación" de los mercados insulares con productos importados por los mercaderes de 'YBS M'/Ebusus (Ramon 1991(Ramon, 1995;;Guerrero 1998) desde el siglo IV a.C. en adelante.
Hasta la fecha, solamente las cerámicas provenientes de un pequeño número de yacimientos mallorquines han sido cuantificadas (Sanmartí et al. 2002; Quintana y Guerrero 2004; Quintana 2005) ( 9), habiéndose dado a conocer cómputos globales para el conjunto de la isla (Guerrero 1999).
A día de hoy es posible actualizar estos datos agregando nuevos individuos cerámicos tanto publicados como iné ditos.
Sin embargo, el enfoque es completamente nuevo, ya que se intenta comparar las cifras en una dimensión territorial y también cronológica con respecto a períodos previos y posteriores.
Ello es un medio para la interpretación de la dinámica de adquisición y transmisión de los diferentes bienes entre extranjeros y comunidades autóctonas y entre estas últimas.
La ausencia de una ocupación territorial de las Baleares por elementos púnicos es un hecho arqueológico e histórico.
Lo refuerza el que la base ebusitana de Na Guardis pueda ser considerada un asentamiento estacional (Guerrero 1997: 126), (9) Fayas, B. 2010: Las ánforas de Son Fornés.
Su estudio tipológico y contextualización histórica.
Tesis de licenciatura inédita, Universitat de les Illes Balears. ocupado durante los períodos del año en que el mar estaba abierto a la navegación.
Entre las instalaciones del islote figuran almacenes y una forja (Guerrero 1997: 76), de manera que Na Guardis se interpreta como punto de recepción/redistribución y reparación de embarcaciones, además de como lugar de control de las cercanas salinas (Guerrero 1997: 249).
En ausencia de ocupación territorial, las comunidades autóctonas debieron de tomar un rol activo en la redistribución de bienes importados si, según parece, el contacto directo entre ebusitanos y las poblaciones baleáricas se limitó a lugares relativamente cercanos a la costa.
Apoyan esta idea las grandes cantidades de ánforas halladas en los yacimientos más costeros y su decrecimiento hacia el interior, tendencia constatada en el curso de las excavaciones y prospecciones arqueológicas mencionadas.
La exclusiva presencia de vajilla fina en los yacimientos más cercanos a la costa también apunta en esa dirección.
No hay evidencias claras de si los comerciantes se desplazaban hasta los poblados situados en la franja costera, o si el presumible intercambio se llevaba a cabo en la propia línea de costa.
La alta concentración de ánforas en la playa d'Es Trenc apunta a un consumo de vino, del que quizá no solo fueran responsables los ebusitanos que mantenían las instalaciones allí localizadas.
En el Puig de sa Morisca, los intercambios debieron ocurrir en el poblado, que se sitúa en un promontorio a unos 800 m del mar.
Le distinguen de otros poblados indígenas características morfológicas tales como una acrópolis con elementos monumentales (murallas y torres) que le prestigiaban.
Por último, cabe mencionar el reclutamiento de mercenarios.
Como testifican las fuentes clásicas griegas y romanas, no se ajusta a un sistema de comercio basado solo en la línea de costa.
Por el contrario, apunta a unas estrechas relaciones entre los autóctonos y las poblaciones foráneas, que habrían requerido un profundo conocimiento y cierta confianza entre ambas partes.
En los últimos decenios algunos autores argumentaron que la mayoría de los productos importados por las comunidades baleáricas respondía a los salarios de los mercenarios enviados al extranjero (Guerrero 1989: 107; Gornés et al. 1992: 19; Lull et al. 2001: 74).
La primera intervención de los honderos baleares de la que hay constancia sucede durante las guerras entre púnicos y griegos en Sicilia, en las batallas de Selinus e Himera en el año 409 a.C. y en Akragas en el 406 a.C. (Diodoro Sículo, XIII, 80, 2).
A este respecto, recordamos que las ánforas T-1.3.2.3. y algunos barnices negros áticos (kylikes, copas Cástulo y bolsales) pudieron haber llegado durante este período, formando parte de las soldadas de estos primeros mercenarios.
Algunas piezas cerámicas pudieron hacerlo antes en calidad de regalos para establecer acuerdos y dejar el camino expedito a las levas de tropas.
Las siguientes batallas donde se menciona a los honderos son Eknomon, en el 311 a.C. y Gela, en el 311/310 a.C. Quizás las fuentes sean incompletas pero, en todo caso, lo más inverosímil sería poner en duda la llegada a Mallorca de las ánforas vinarias en el curso de la centuria.
La T-8.1.1.1. se data entre el 400 y el 300 a.C. y es poco probable que la mayoría hubiese llegado al final de la centuria, especialmente cuando disponemos de algunos barnices negros datados en su primera mitad.
Así pues, o bien los mercenarios intervinieron en otras batallas no registradas en las fuentes antiguas, llevándose a cabo levas durante todo el siglo, o bien existieron otros productos involucrados en las operaciones comerciales entre los distintos actores.
El transporte por tierra de dichos productos no es cuestión menor.
Fenicios y púnicos usaban el carro de caballos para la guerra (Blázquez 1999: 122) y el carro tirado por bueyes para el transporte de mercancías aparece en relieves asirios del siglo VIII a.C. (Gómez de Caso 2005: fig. 3).
Sin embargo faltan datos relativos a las poblaciones autóctonas de las Baleares.
La presencia de caballo en los contextos locales es siempre baja y los valores de los bóvidos oscilan entre el 11% y el 18% en la Segunda Edad del Hierro en Mallorca, lo que significa un ligero retroceso respecto al período talayótico (Hernández et al. 2011: 129).
El transporte en carro podía ser factible por pistas de tierra en llano como el existente entre la Marina de Llucmajor (tierras costeras del suroeste) y el Pla de Mallorca (tierras agrícolas del centro de la isla).
No obstante, el diseño de las asas de las ánforas ebusitanas, muy pequeñas y redondas, parece adaptado para enhebrar una cuerda y ser llevadas a lomos de algún animal o bien, usando una verga, ser transportadas a hombros de porteadores, tal y como se muestra en la iconografía romana para tipos anfóricos más tardíos (Thomas-Vallon y Vallon de Montgrand 2006).
En todo caso, está claro que las comunidades costeras recibieron antes los productos importados.
Vale la pena recordar que la cerámica fina de lujo solo se ha recuperado en yacimientos ubicados en lugares relativamente cercanos al mar.
Así pues, las comunidades más expuestas al contacto ebusitano retendrían ciertos elementos diacríticos frente a las clases inferiores y/o a los poblados sin contacto directo con la población semita.
Los mapas de distribución y cuantificación de los tipos cerámicos no ofrecen suficiente información respecto a qué asentamientos podrían actuar como distribuidores de los bienes.
Para ensayar esta aproximación, hemos categorizados los yacimientos que ofrecen materiales del período analizado, considerando además otros importantes sin estos productos, pero que muy probablemente estaban operativos entonces.
La ausencia de hallazgos responde a lagunas en las prospecciones y excavaciones, puesto que en visitas a estos núcleos hemos reconocido en superficie fragmentos de bordes de ánforas del tipo 8.1.1.1.
Las categorías se han establecido en función del carácter habitacional o ritual (o específicamente funerario) de los yacimientos y a su entidad monumental:
1) Asentamientos rodeados de murallas: como estas se datan en el tránsito entre la Primera y Segunda Edad del Hierro indican un núcleo importante de población en este momento.
2) Asentamientos sin muros: algunos denominados centros ceremoniales tienen talayots y túmulos datados en la Primera Edad del Hierro, que demuestran la continuidad en el uso de los yacimientos.
Sin embargo la población que hace uso de dichos lugares es probablemente reducida, como las actividades allí realizadas ya que no presentan murallas.
3) Talayots aislados: en algunos de los excavados hay estructuras adosadas, lo que señala cierta función habitacional, además de las de control del territorio y demarcación territorial de los poblados que ejercieron en época talayótica.
4) Estructuras aisladas con función indeterminada y yacimientos sin estructuras detectados por la presencia de cerámica.
La naturaleza de unas y otros es incierta, pero está claro su uso por pequeños grupos y/o en tiempos cortos.
Excluimos que sean verdaderos poblados.
5) Cuevas/ santuarios/ túmulos aislados: lugares comunales donde presuntamente se llevaban a cabo ciertos rituales.
Algunos tienen un uso específicamente funerario.
Se han utilizado los datos disponibles para cada yacimiento, aunque como la mayoría están poco o nada excavados, la información es insuficiente.
Además, esos yacimientos sufrieron diferentes formas de destrucción durante centurias, que podrían ocultar su clasificación.
Las prospecciones arqueológicas también presentan vacíos de información.
No había constancia de materiales del siglo IV a.C. en algunos poblados talayóticos (Primera Edad del Hierro), habitados hasta la época romana republicana o incluso el Alto Imperio.
En sendas visitas de los autores a los de Els Antigors y Es Pedregar se localizaron dos individuos de T-8.1.1.1. en cada yacimiento.
En la imagen que resulta puede apreciarse una concentración de yacimientos de primer orden en el sur y suroeste de la isla (Fig. 6).
La topografía de acantilados alrededor de la zona del cabo Blanc limita el abastecimiento directo del grupo suroeste a Cala Pi, pequeña cala localizada al final del torrente homónimo.
En el extremo oriental de esta área, la línea de costa es mucho más baja (entre S'Estanyol y Sa Ràpita) y la descarga sería factible en diferentes puntos que podrían haber sido usados ocasionalmente, a pesar de la falta de hallazgos arqueológicos.
No obstante, el grupo suroeste parece ser subsidiario del grupo sur.
Aquí hay más lugares donde la descarga de productos sería más fácil como las playas de Es Trenc, Es Dolç, Es Carbó y Es Caragol y, en la zona al Este del cabo Salinas, también Cala Mármols al extremo del torrente del mismo nombre y Cala s'Almonia.
De hecho, las zonas con mayor concentración de ánforas T-8.1.1.1. provenientes de prospección son las de Es Trenc y el triángulo formado por la Punta des Baus, Sa Talaia Grossa y Es Rafal des Porcs/Es Favassos, localizados a menos de 2 km. de Cala Màrmols y Cala s'Almonia.
Desde estas áreas receptoras, se organizaría la distribución hacia el centro de la isla.
La dispersión de las ánforas presenta una "lengua de vino" hacia el interior desde la costa (Fig. 2), que aún es más clara con respecto al vino ebusitano del siglo III a.C. (Fig. 5).
El mapa señala una debilidad numérica de asentamientos de primer orden entre el potente grupo del suroeste y el grupo del Pla de Mallorca.
No parece, pues, sostenible un modelo de poblado a poblado contiguo inmediato, sino una redistribución directa entre el grupo suroeste y el central.
La distancia entre los grupos sur y suroeste con respecto al central está en torno a los 35 y 25 km, respectivamente.
Esta distancia es perfectamente accesible por animales de tiro guiados por los intermediarios.
Un simple ejercicio permite calcular la densidad teórica del fenómeno.
Ello significa que, si la distribución fuese uniforme, en el yacimiento tendríamos un NMI de 260 ánforas.
Atendiendo a la fabricación de este tipo durante 100 años, la tasa de llegada al poblado sería de 2,6 recipientes por año.
Con estas cifras, aún siendo teóricas, no podría hablarse de un comercio cuantitativamente relevante, de manera que el transporte tampoco habría constituido un problema para los autóctonos o foráneos encargados de la redistribución de vino a los poblados del interior.
Incluso si no se hubiera producido en un episodio periódico, sino concentrado en momentos especiales (como las levas de mercenarios u otros), estas distancias tampoco habrían constituido un impedimento.
A modo de conclusión, y para responder a la pregunta que planteábamos al principio, podemos afirmar que no se produjo el cambio hacia un modelo de comercio maqom o empórico.
El uso de un concepto como colonización parece totalmente inapropiado para describir la actividad ebusitana en Mallorca.
Ningún lugar en el archipiélago balear puede ser considerado como una colonia, ni las dinámicas comerciales modificaron su naturaleza (únicamente en términos cuantitativos), al menos hasta el siglo II a.C., tras el drástico cambio del escenario internacional en el Mediterráneo Occidental.
Para el período analizado, se observa una transformación en la segunda mitad del siglo V a.C. con respecto a las dinámicas comerciales previas (Hernández-Gasch 2009).
El vino empieza a penetrar en el interior por primera vez (Fig. 2) ( 10), aunque las comunidades que vivían junto a la costa retuvieron mayores cantidades de vino y toda la vajilla fina importada (Fig. 3).
En el siglo IV a.C. se incrementa la cobertura territorial y cantidad de productos importados, aunque los asentamientos costeros mantienen una mayor proporción de ánforas (Fig. 4), como muestran las cifras corregidas de NMI por superficies excavadas.
La vajilla de lujo y las ánforas de orígenes Fig. 6.
Rutas de penetración y de recepción y redistribu-menos comunes permanecieron también en los núcleos cercanos a la costa.
A su vez, y según los contextos arqueológicos del siglo IV a.C., la cerámica común ebusitana llegó a los poblados del centro de Mallorca junto con las propias ánforas de 'YBS M'/Ebusus.
Por ello, cabe insistir en que, aún siendo el vino el producto de importación predominante en Mallorca durante todo el período estudiado, la cerámica fina parece ser un elemento diacrítico entre las comunidades de la costa y las del interior, junto con la cantidad de vino recibida.
Por otra parte, se hace evidente que hay más de una realidad política autóctona.
Las comunidades costeras, cuyo contacto directo con los ebusitanos es incuestionable, pudieron solicitar productos más distinguidos, como el vino y la vajilla de lujo, de otros lugares.
Estos productos podrían haber sido usados por ciertos individuos o grupos para competir en una sociedad cada vez más compleja y jerarquizada, que empezó a armar y a enviar a hombres jóvenes al extranjero como mercenarios.
Las comunidades del interior, por su parte, probablemente carentes de un contacto directo con gentes foráneas y menos expuestas a estímulos culturales externos, no demandaron de la misma manera productos de lujo.
Las importaciones redistribuidas hacia los asentamientos del interior estaban muy posiblemente en manos de los grupos de la costa, como sugieren la cantidad y variedad de los productos, junto con la categorización de yacimientos (Fig. 6).
Las comunidades que vivían en el suroeste de Mallorca y, en especial, en su extremo sur, donde la densidad de asentamientos, su tamaño y su apariencia monumental parece mayor, seguramente jugaron un papel notable en la redistribución de productos hacia el Pla de Mallorca.
El que la base ebusitana del islote de Na Guardis actuara como lugar de apoyo no parece una condición indispensable para explicar ese alto grado de concentración en el triángulo conformado entre el cabo Salinas, la Punta des Baus y la playa de Es Trenc, ya que desde Eivissa hasta ellos probablemente hay una jornada de navegación o poco más.
Los hallazgos en el Este de la isla, las bahías del norte o en la Sierra de Tramuntana no pueden relacionarse con las actividades llevadas a cabo en asentamientos como Na Guardis o Puig de sa Morisca, aunque sí con las de los comerciantes ebusitanos que podían servirles directamente.
Se ha sugerido en algunas ocasiones el intercambio de productos de lujo por ganado o carne salada.
Sin embargo, parece poco probable que una economía mixta sin signos de especialización hubiese podido producir tales excedentes (Hernández-Gasch et al. 2002; Hernández-Gasch et al. 2011).
Tampoco cabe pensar en excedentes agrarios, dado que los silos prehistóricos son infrecuente en Mallorca, en contraposición con su alta frecuencia en el área catalana durante el período ibérico e incluso previo (Asensio et al. 2002).
En el taller metalúrgico de Na Guardis se trabajaba el hierro, pero las evidencias de recogida de material en Mallorca por parte de los ebusitanos son más que escasas, incluso en períodos posteriores (Guerrero 1989).
También se ha atribuido a los ebusitanos un interés comercial por las salinas pero los campamentos de explotación de la sal funcionaron en su mayoría entre los siglos I y III d.C. Como diferentes autores han apuntado, parece que los mercenarios fueron el intercambio más importante con el mundo púnico.
La progresiva impregnación del vino en la isla, junto a otros productos menores, claramente aparece como un fenómeno conectado con agentes foráneos en las comunidades costeras, a las que siguen más tarde las del interior.
La dinámica pudo empezar en el siglo VI a.C., explorando de manera gradual los recursos disponibles.
Se vio fortalecida en el siglo IV a.C. con el considerable aumento de la cantidad de vino y del número de comunidades involucradas en la red de intercambio.
La necesidad de mercenarios combinada con la de vino de las élites locales fueron probablemente responsables de ello.
En la Península Ibérica, las grandes cantidades de ánforas han sido vinculadas con sociedades complejas en proceso de diferenciación jerárquica (Sanmartí 2005; Sanmartí et al. 2009).
Mientras que este proceso en el área catalana es apreciable por las notables cantidades de ánfora T-1.3.2.3. y por la exportación de cereales almacenados en silos en determinados puntos del territorio, en las islas Baleares el intercambio se llevó esencialmente a cabo en el siglo IV, cuando los cartagineses luchaban contra las polis griegas en Sicilia.
Se ha argumentado, en el caso ibérico, que las importaciones eran distribuidas por las élites emergentes en banquetes y fiestas comunales para conseguir prestigio y el apoyo de la población.
Un fenómeno similar pudo haberse dado en las islas Baleares durante la Segunda Edad del Hierro, a la vez que dicha élites han sido detectadas en algunas necró-polis (Hernández-Gasch 1998).
Estas élites serían las responsables en mayor grado de la construcción de las murallas de los poblados y los santuarios (Hernández-Gasch 2009), junto con la organización y fomento del reclutamiento de mercenarios.
Así pues, la difusión de la cultura del vino podría haberse diseñado como una estrategia para ganarse el favor de la población alrededor de empresas peligrosas, como fueron las guerras lejos de la isla.
El Dr. Víctor M. Guerrero y el Dr. Manel Calvo nos permitieron la publicación de cerámicas inéditas del Puig de sa Morisca y el Túmul de Son Ferrer.
Guy de Mulder y Magdalena Salas nos proporcionaron información sobre los materiales de Son Ferrandell y S'Hospitalet Vell, respectivamente. |
de la cronología relativa del final del Paleolítico (Breuil 1912).
En la costa cantábrica, la presencia y morfología de los arpones siguen constituyendo criterios clave para la delimitación y subdivisión del Magdaleniense reciente.
No se consideran ya elementos definitorios desde el punto de vista cultural, pero ayudan a delimitar y parcelar esa etapa del final del Paleolítico (González Sainz y González Urquijo 2007).
La adición de dientes a las puntas elaboradas sobre materias duras animales fue una innovación de gran calado de estas armas, que supuso un cambio importante en la concepción de la captura de las presas.
Ha podido comprobarse experimentalmente (Pokines y Krupa 1997) que, gracias al diseño de los dientes, las puntas no se desprenden fácilmente de las presas heridas.
El nuevo modus operandi no supuso la desaparición del armamento tradicional (azagayas).
Su introducción pudo ser una respuesta a nuevas necesidades o quizá simplemente un modo de incrementar la eficacia del armamento empleado para determinadas capturas.
La novedad parece documentarse por primera vez en el registro africano de la Middle Stone Age (Yellen et al. 1995), aunque la antigüedad de los materiales de Katanda (Zaire) no ha estado exenta de debate (cf. Klein 1999: 439; McBrearty y Brooks 2000).
Aquí estudiamos arpones mucho más recientes, en torno a 13000 BP (14000 cal BC), cuando, tras una fase caracterizada por la amplia variabilidad formal de los llamados "protoarpones", comienzan a manufacturarse en la región cantábrica armas con formas estandarizadas.
La distribución geográfica de los arpones magdalenienses abarca buena parte de Europa occidental, aunque la mayoría se concentra en el Norte de la Península Ibérica y el Sur de Francia (Julien 1995).
Los interrogantes acerca de su función concreta existen desde los albores de la investigación.
El tema se abordó directamente en los trabajos de referencia sobre este morfotipo (Julien 1982; Weniger 1995).
El debate continúa abierto, aunque no faltan algunos acuerdos.
Quizá el más importante sea asumir nuestro conocimiento parcial del utillaje estudiado, por otro lado, un lugar común cuando nos referimos a útiles compuestos prehistóricos de los que solo se han conservado las puntas.
El consenso comentado provocó otro: el recurso a la información etnográfica y etnohistórica para visualizar cómo pudo ser el arma completa y cómo y para qué pudo utilizarse -véase la información sobre Tierra del Fuego recientemente publicada (Estévez y Vila 2013)-.
Los desacuerdos son sin embargo notables, afectando incluso a la propia denominación de las piezas.
M. Julien (1982) o C. González Sainz (1989), p. ej., asumen sin dificultad el término "arpón", mientras que otros como G. C. Weniger (1995) y J. M. Pétillon (2008a) son partidarios del de barbed points, más neutro en relación con el posible uso de estos instrumentos.
En este trabajo empleamos el término clásico, pero asumiendo que una parte de los arpones magdalenienses pudo emplearse de un modo y con un fin distinto al que tradicionalmente se les atribuye.
Esencialmente se ha buscado una respuesta a la pregunta sobre el uso de los arpones en la evidencia arqueozoológica, la morfología de las piezas recuperadas y la información relativa a las sociedades subactuales de cazadores.
La combinación de datos producto de ese tipo de observaciones ha posibilitado las distintas propuestas que veremos.
Pretendemos aportar nuevos datos a la discusión apuntada e insistir en el desarrollo de nuevas líneas de trabajo que permitan formular hipótesis funcionales más sólidas sobre los arpones.
Para ello incorporamos el análisis microscópico, todavía con escasas aplicaciones en relación a este tipo de armas (Campana 1989; Buc y Loponte 2007).
Tras presentar los materiales estudiados de la cueva de El Horno (Fig. 1) y su contexto arqueológico, detallamos la metodología aplicada y las observaciones realizadas.
Antes de valorar los nuevos datos en el marco del debate acerca del uso de los arpones, actualizamos y discutimos la información sobre la relación fauna/arpones, dado que se trata de uno de los aspectos clave para enfrentar la cuestión que nos ocupa, en la región cantábrica en general y en El Horno en particular.
El análisis microscópico se ha llevado a cabo en tres fragmentos de arpón sobre asta, procedentes de la campaña de excavación de 2000 en la cueva de El Horno (Ramales, Cantabria).
Tras la campaña de 2001, se definió en el perfil Oeste del cuadro N32 la siguiente estratigrafía, de muro a techo: nivel 3, de escasa potencia (0,05 m) compuesto por un sedimento amarillento de textura arenosa, con escaso material; nivel 2, de 0,23 m de potencia, con sedimento de color marrón, muy rico en materia orgánica y con abundante material arqueológico; nivel 1, compuesto por un sedimento amarillento de textura compacta, con un espesor de 0,22 m; nivel 0, con un espesor que oscila entre 0,50 y 0,70 m, interpretado como un revuelto prehistórico, con una matriz variable y materiales arqueológicos de distintos períodos; nivel superficial de 0,10 m de espesor medio, con una mezcla de materiales modernos y prehistóricos.
Los arpones núm. 1 y 2 analizados proceden del nivel 2, atribuido al Magdaleniense Superior-Final (MSF) por incorporar utillaje óseo y lítico compatible con esa atribución.
El arpón núm. 3 procede del nivel 0, donde hay otras piezas especialmente diagnósticas del Magdaleniense Superior.
Como la tipología y decoración de los arpones ya fueron analizadas (Fano et al. 2005), aquí solo apuntamos las características esenciales de los objetos.
El núm. 1 es un fragmento meso-distal de un arpón unilateral decorado de sección subcircular.
Objetos análogos han sido hallados en otros yacimientos magdalenienses de la región cantábrica, como La Chora y El Valle (González Echegaray et al. 1963: 35; García-Gelabert y Talavera 2004), y del suroeste de Francia, como Isturitz o La Madeleine (Julien 1982: 222, 225 y 226).
El núm. 2 es un fragmento proximal de arpón de sección oval afectado por fuego.
Conserva un diente y una decoración similar a la del anterior.
La solución adoptada para el enmangue es poco frecuente entre los arpones magdalenienses: una entalladura producto de la reducción del diámetro del fuste.
Solo un ejemplar de Morín presenta una morfología similar (González Sainz 1989: 82).
El núm. 3 es una base perforada de arpón de sección cuadrangular.
La perforación se ha realizado sobre una protuberancia lateral alargada y rebajada en grosor con relación al fuste.
Este rasgo técnico y morfológico, distintivo de la región cantábrica (Julien 1982: 74), puede observarse en un buen número de ejemplares procedentes de niveles del Magdaleniense avanzado como los de La Pila o Llonín (Bernaldo de Quirós et al. 1992; Fortea et al. 1995), entre otros.
El análisis microscópico de los arpones intentó identificar rastros en las superficies que nos informaran acerca de su posible uso.
Las llamadas "fracturas de impacto", junto con abrasiones y estrías microscópicas, son las trazas que se han considerado más significativas para determinar el uso de las puntas de flecha líticas (Fischer et al. 1984; Dockall 1997; Palomo y Gibaja 2003, entre otros).
En proyectiles elaborados sobre materias duras animales, esencialmente hueso y asta, también se han identificado distintos tipos de fracturas a nivel arqueológico y experimental (Stodiek 2000; Pétillon 2006Pétillon, 2008b)).
Al emplearse como proyectiles de caza, su contacto con otras materias es muy breve y limitado a cuando penetran en la presa.
No da tiempo a que se formen rastros específicos en sus superficies.
En cambio, las de los instrumentos óseos utilizados para cortar o raspar piel, madera, corteza, etc. sí muestran rastros característicos de la materia trabajada (Semenov 1964; LeMoine 1997; Clemente et al. 2002; Clemente y Gyria 2003; Maigrot 2003, entre otros).
A los problemas mencionados hay que unir la falta de estudios experimentales relativos al uso de los arpones.
Por todo ello, nuestra lectura de las observaciones microscópicas tendrá, necesariamente, un carácter preliminar.
Hemos identificado y registrado los macro-rastros mediante una lupa estereoscópica, equipada con doble cámara digital, Leica MZ16A, y los micro-rastros mediante un microscopio metalográfico Leica DM2500M con cámara digital DFC420.
En ambos casos se ha empleado un software multifocal que agrupa varias imágenes en una sola, que resulta enfocada en toda la profundidad de campo.
El arpón núm. 1 tiene una conservación media con corticalidad en el 70% de la superficie.
Esta se encuentra en buen estado y brilla debido a un micropulido de trama cerrada-compacta, con estrías microscópicas orientadas en diversas direcciones (Fig. 3B).
El aspecto superficial es producto, probablemente, de la interacción combinada de variables tecnológicas -raspado con ligero pulido-y taxonómicas -contacto con los sedimentos y manipulación antrópica (pretérita y actual).
En especial en la zona opuesta a los dientes del arpón, se observan estrías tecnológicas longitudinales de raspado.
El ápice distal presenta una fractura funcional de impacto que se refleja hacia uno de los laterales.
Al desprenderse ha formado un surco ancho y profundo (Fig. 3A).
Las aristas y la superficie rugosa de la fractura sufrieron alteraciones con posterioridad (Fig. 3A'), orientadas hacia la propia punta.
Se trata de un redondeamiento acentuado, con una orientación paralela al eje longitudinal de la pieza y de estrías cortas y profundas superficiales en la fractura (Fig. 3A').
Estas observaciones son compatibles con un uso del arpón tras la fractura de impacto comentada.
Las fracturas planas en los ápices de los dientes también constituyen un dato relevante.
En dos de ellos hay una fractura corta y plana, con una orientación de extracción contraria a la acción de impacto y penetración (Fig. 3C, D).
A la espera de una experimentación que lo corrobore, lo indicado pudo ser consecuencia de la recuperación de la punta del cuerpo de la presa.
Al efectuar esta acción, la masa del cuerpo del animal ofrece resistencia a la extracción de los dientes, la parte más débil de la punta, y pudo provocar esos levantamientos orientados hacia ella.
La conservación de la superficie del arpón núm. 2 es peor, dado que ha sido claramente afectada por fuego.
Tiene un tipo de fractura que sin permitir considerarla de impacto, tampoco cabe descartarlo.
Durante el proceso de análisis se identificó en el extremo distal, hasta el espolón, solo un raspado longitudinal (Fig. 4C) que, como en el caso anterior, reconocemos como un efecto de la técnica de elaboración.
La parte central de la pieza, sinuosa por la concavidad y convexidad contiguas, muestra unos evidentes rastros tecnológicos del desbastado de la materia por raspado (Fig. 4B).
Sin embargo, al observar la superficie a más aumentos (Fig. 4A), comprobamos que el redondeamiento de todas las zonas elevadas inter-surcos, producto del raspado, es distinto al reconocido en la pieza anterior: ahora incluye pequeños surcos y estrías cuya orientación es contraria o perpendicular al estriado de manufactura.
Dichas alteraciones, que solo vemos en esa zona del arpón -compárense por ejemplo las imágenes 4A y 4C-, podrían ser consecuencia del contacto de su superficie con algún tipo de cuerda, de origen vegetal o animal, empleada para enmangarlo.
El arpón núm. 3 se conserva mal.
En buena parte de la superficie se percibe ya la parte esponjosa del asta sin rastros tecnológicos, ni del posible uso.
La observación macro y microscópica de la superficie revela que su técnica de elaboración fue el raspado.
Al tiempo, las incisiones reconocidas son compatibles con el empleo de un útil cortante para la perforación (Fig. 5).
Su superficie interna y externa muestra un fuerte redondeamiento que, a más aumentos, se comprueba producido por un pulimento con estrías orientadas.
Todo ello cabe relacionarlo con el contacto de esa superficie con una cuerda que formaría parte del enmangue del arpón.
En la parte opuesta a la perforación, rastros como una superficie con pulido brillante -con mi-croagujeros circulares-y estrías orientadas hacia el orificio quizá también estarían relacionadas con la atadura.
Como en el arpón núm. 2, la hipótesis de enmangue sugerida a partir de la observación microscópica queda pendiente de confirmación experimental.
En síntesis, la observación microscópica ha revelado la conservación de trazas relacionadas con el uso de los arpones.
El estudio no solo muestra el empleo del núm. 1 en algún tipo de actividad cinegética, sino que la observación de las aristas de la fractura y de su propia superficie sugiere un uso recurrente del mismo.
Las trazas advertidas, ahora a través del microscopio, en las bases de los arpones núm. 2 y 3 resultan en principio compatibles con el empleo de cuerdas para su enmangue.
A continuación, enmarcamos nuestros comentarios en el debate sobre el uso de los arpones, sin obviar, tal y como apuntamos en la introducción, la relación fauna/arpones, aspecto clave para avanzar en dicha discusión.
La morfología de los arpones, y ciertas observaciones a nivel macroscópico, han tenido un peso esencial en las propuestas relativas a su uso en detrimento de otros enfoques como el análisis microscópico o la experimentación.
El empleo de astiles se ha deducido de la morfología de las bases de los arpones, en ocasiones con huellas producidas por el contacto con el astil.
Ciertos rastros evidenciarían el empleo de cordajes, al tiempo que las perforaciones o los abultamientos laterales estarían vinculados a la fijación de dichos cordajes, o con otros aspectos relacionados con el óptimo funcionamiento del arma (Barandiarán 1973: 64; Julien 1982: 138; Múgica 1983 Las observaciones relativas a la morfología de las piezas y la analogía etnográfica, condujeron inicialmente a Julien (1982) a decantarse por un empleo preferente de los arpones en medios acuáticos, que incluía la captura de los animales terrestres que los transitaran.
La continuidad de las azagayas se adujo como prueba indirecta de esa tesis: se habría producido una complementariedad entre armas indicadas para la caza en diferentes medios.
Al tiempo, Julien vinculó la variabilidad morfológica de los arpones a diferencias de índole funcional.
Habría ejemplares destinados a la captura de peces de tamaño considerable, como el salmón, y otros de menor tamaño diseñados para la pesca de especies de menor talla y que frecuentan aguas poco profundas, como el lucio y la trucha, o destinados a otro sistema de lanzamiento, como el arco.
Otros autores recurrieron a esa idea para plantear el uso hipotético de los arpones, en áreas como la costa mediterránea peninsular (Cacho et al. 2001).
Con posterioridad, la presencia de ranuras en la zona mesial de ejemplares unilaterales de La Vache, quizá destinadas a alojar armaduras de sílex, modificó la perspectiva de Julien (1999): en el caso de que esas armas las portaran, como algunas azagayas de sitios como Pincevent o Saint Marcel, sí estarían específicamente indicadas para la captura de fauna terrestre.
Previamente, Weniger (1992Weniger (, 1995Weniger (, 2000) ) ya había cuestionado la identificación como arpones del conjunto de piezas magdalenienses.
Este autor comparó el material arqueológico con más de 300 armas conservadas en distintos museos y procedentes de varios contextos etnohistóricos de Norteamérica, distinguiendo categorías funcionales en las piezas magdalenienses a partir de sus atributos morfológicos.
Según Weniger, todas las categorías pudieron emplearse para capturar peces, pero dos de ellas además para la caza en el medio terrestre.
Pétillon (2008a) ha abogado por vincular la definición de los arpones con su modus operandi, es decir, instrumentos que incluyen una punta diseñada para permanecer alojada en la presa para lo que cuentan con un sistema de retención, y no tanto con sus características morfológicas o estructurales.
En su amplia revisión de la literatura etnográfica -correspondiente a 22 sociedades de cazadores-recolectores de Norteamérica y, donde, a diferencia de Julien, valoró todos los tipos de barbed points -comprobó cómo los instrumentos que responden a ese modus operandi no siempre incluyen una punta móvil o una cuerda (véase también al respecto Estévez y Vila 2013: 295).
Otras observaciones de este autor corroboran la imposibilidad de interpretar el material magdaleniense en base a criterios exclusivamente morfológicos, y pueden favorecer un análisis más crítico del empleo de esos objetos: por ejemplo, la presencia de una o dos protuberancias laterales en la base de un objeto no garantiza que se trate de un arpón.
En puntas empleadas para cazar alces que no responden al modus operandi apuntado, la función de la protuberancia lateral difiere de la registrada en los arpones.
Del mismo modo, que haya una perforación lateral -como en las "bases de tipo cantábrico"-tampoco nos asegura que la punta sea un arpón, dado que la literatura etnográfica documenta piezas con bases muy similares pero usadas para fines tan distintos como la pesca y la guerra.
En síntesis, nos movemos en un escenario de gran complejidad, en el que la lista de posibles usos de los arpones magdalenienses es mayor que la inicialmente imaginada (Pétillon 2008a).
Como apunta Pétillon, para avanzar en la asignación funcional será necesario insistir en aspectos como la relación fauna/arpones o la evidencia etnográfica -considerando contextos como los de las costas del Pacífico-y sin obviar las posibilidades que ofrece la experimentación, tal y como se ha comprobado con otro tipo de armas (Pétillon 2006).
En la costa cantábrica y mediterránea, el vínculo entre la introducción de los arpones y el incremento de los restos ictiológicos es un lugar común en la bibliografía (González Sainz 1989; ( 1); Cacho y de la Torre 2005).
En cambio, en el registro francés, hace un par de décadas J. J. Cleyet-Merle (1990: 81) mostró su escepticismo respecto a considerar los arpones como instrumentos de pesca.
Recientemente Pétillon (2008a) no ha constatado, en la vertiente norte de los Pirineos, una relación entre las armas estudiadas y un tipo concreto de fauna, pero la muestra tiene serias limitaciones.
Otros contextos, como el nivel 5 de Bois-Ragot (Vienne) (Chollet y Dujardin 2005), sí revelan un nexo significativo.
Incluye un alto porcentaje de arpones asociado a una fauna de pequeña talla: pájaros y liebre ártica, pero las pequeñas dimensiones de la ictiofauna recuperada se relacionan más con el empleo de instrumentos como trampas, nasas o redes (cf. Cravinho y Desse-Berset 2005: 370).
En cualquier caso, no faltan en la bibliografía francesa referencias explícitas a la relación pesca/arpones (Le Gall 2003).
Hemos compilado la información disponible en la región cantábrica durante el MSF tanto sobre los arpones como sobre los restos faunísticos (ictiofauna incluida) para contar con una base documental, análoga a la de J. M. Pétillon (2008a) para los Pirineos, que nos permitiera abordar su problemática funcional.
La primera dificultad reside en la calidad y la cantidad de los datos disponibles, muy desigual según los yacimientos.
Ello se debe, en gran medida, a la frágil naturaleza de los restos ictiológicos que hace compleja su recuperación, en particular en las excavaciones antiguas.
De este modo, la baja resolución de la información disponible no aporta argumentos sólidos a la discusión sobre el empleo de los arpones ni sobre el incremento de los restos ictiológicos durante el MSF.
Por añadidura, se hace necesaria una comparación con los niveles del Magdaleniense, Medio o Inferior, en aquellos sitios con continuidad estratigráfica a lo largo del Magdaleniense, destinada a considerar con mayor seguridad si la aparición de los arpones conlleva diferencias en el espectro faunístico recuperado.
(1) Fernández, R. 2001: La actividad pesquera en la región cantábrica durante el Paleolítico y el Epipaleolítico.
Estado de la cuestión.
Trabajo de investigación de tercer ciclo inédito.
Una valoración preliminar de los datos procedentes de 63 niveles del Magdaleniense cantábrico, cuya calidad informativa es suficiente, permite apuntar, con reservas, hechos que dejan entrever una situación más compleja de lo que podría pensarse en principio.
La incorporación de los arpones no parece conllevar la explotación de nuevas especies de ungulados, o un cambio significativo en la proporción de las tradicionalmente abatidas.
La variación consiste en la aparición marginal de Sus scrofa en el espectro, relacionada más bien con los cambios paleoclimáticos, o en el aumento de Equus con respecto a niveles de momentos anteriores (Tab.
1, pie en página siguiente).
Muestra de 63 niveles del Magdaleniense Cantábrico con y sin arpones, y estimación de la fauna.
Se indican, mediante punteado, los niveles en los que se hallaron arpones.
Ictiofauna (no porcentual): E escaso; F frecuente.
Atribución crono-cultural: M Magdaleniense; MI M Inferior; MM M Medio; MSF M Superior-Final; AZ Aziliense.
Nota: en el momento en el que se llevó a cabo la recogida de información, no se disponía aún de los datos relativos al MI y MM de El Mirón, así como de la información correspondiente a la reciente revisión del depósito arqueológico de Santimamiñe.
Los niveles del MSF, según los test efectuados sobre un total de 39 (Tab.
2), muestran que la matriz de correlación entre los arpones y la fauna presente (incluida la ictiofauna) es muy pobre, sin superar en ningún caso probabilidades superiores al 60% (Anexo I).
Estos resultados revelan que los arpones magdalenienses de la región cantábrica no se asocian a ningún tipo de fauna en concreto.
Los datos disponibles de fauna en El Horno están en sintonía con el panorama general descrito.
De momento los niveles del MSF con y sin arpones conocidos carecen de diferencias significativas en la fauna documentada.
El uso de los arpones como puntas ha quedado verificado por el análisis microscópico aquí presentado.
Los comentarios a nivel macroscópico, referidos a las llamadas "fracturas burinantes" producto del empleo de los instrumentos como puntas (Villaverde y Román 2005/06), han podido precisarse gracias a la observación microscópica de la pieza núm. 1.
Las fracturas planas identificadas en algunos de sus dientes sugieren la captura de presas con una piel algo más robusta o resistente que la los peces.
Ello estaría en sintonía con la posibilidad, planteada por distintos autores, del empleo de los arpones para la captura de fauna terrestre.
Sin embargo está pendiente todavía la verificación experimental de las alteraciones que la anatomía de los peces -y de otras presas potenciales, tanto terrestres como marinas-puede provocar sobre esas armas, máxime cuando nos referimos a capturas de buen tamaño como las de El Horno -truchas de más de 45 cm (dato O. Le Gall)-.
La referencia al empleo de algún tipo de cordaje para enmangar los arpones magdalenienses es un lugar común en la bibliografía (p. ej. González Sainz 1989), sin que falten alusiones a trazas superficiales vinculadas al empleo de cuerdas (Julien y Orliac 2003).
En los arpones 2 y 3 las alteraciones advertidas a nivel microscópico son compatibles con él y permiten una mejor comprensión del correspondiente modus operandi.
En el núm. 3 con base perforada de tipo cantábrico, los resultados apoyan el empleo de las perforaciones para alojar un cordaje que permitiese recuperar la punta y tomar la presa (Pétillon 2008a).
El extremo proximal, hasta el espolón, del núm. 2 pudo estar insertado en un astil o en una pieza intermedia.
Más difícil resulta pronunciarse, al menos de momento, acerca del tipo de presas capturadas.
En síntesis, los resultados obtenidos en el análisis microscópico corroboran el interés de incorporarlo al estudio de los arpones magdalenienses.
Aquí hemos trabajado con una muestra limitada, pero solo en la región cantábrica son más de doscientas las piezas conservadas, por lo que su aplicación resulta prometedora.
La diversidad de la evidencia etnográfica y la, de momento, poco concluyente información arqueozoológica aconsejan insistir en el estudio de los propios arpones y, al tiempo, desarrollar protocolos experimentales que nos permitan precisar el uso de los magdalenienses.
El interrogante planteado por las fracturas planas identificadas en el núm. 1 es un buen ejemplo del interés del estudio experimental.
Dicho análisis deberá atender a los rastros de uso producto del contacto entre armas y presas o de la interacción entre la base de las puntas y los materiales empleados para enmangarlas.
Pero, además, deberá considerar los contextos sedimentarios en los que pudieron emplearse los arpones, dada su importante influencia en la formación de rastros superficiales.
De hecho, la primera experimentación en este sentido, llevada a cabo por uno de nosotros (I. C.) en la orilla del río Dubna (Rusia), con una sedimentación de granulometría muy Tab.
Test de la desviación reducida o Z-score (Ley de Laplace-Gauss) aplicado a una muestra de 39 niveles del Magdaleniense Superior-Final de la región cantábrica, con arpones y fauna (ungulados e ictiofauna).
La columna derecha muestra, en orden decreciente, la probabilidad de que las co-ocurrencias de los 2 criterios (fauna y arpones) no sean debidas únicamente a las fluctuaciones de la muestra. fina y sin piedras, ha verificado el uso de varios arpones del yacimiento Zamostje 2 (Rusia), con niveles mesolíticos y neolíticos.
Las piezas estudiadas, de apariencia 'muy fresca' y sin fractura de impacto alguna, incluyen micro-rastros producto de su contacto, en sucesivos lanzamientos fallidos, con un medio sedimentario como el descrito (Fig. 6) (Clemente et al. e. p.).
En un corpus de efectivo global n1, llamamos p1 a la fracción representada por la clase I y llamamos p2 a la proporción de un atributo dado (del cual el número total de ocurrencias en n2) en la misma clase I. Calculamos la proporción común: y la desviación reducida: Podemos leer en una tabla de las desviaciones reducidas (Z-score)la probabilidad de que el valor se vea desbordado si el intervalo entre p1 y p2 se debe únicamente a las fluctuaciones de la muestra analizada (hipótesis de distribución normal).
Solamente pueden ser retenidos aquellos casos donde esta probabilidad es inferior a 0,10 (es, decir, una probabilidad de > 90% de que la diferencia entre p1 y p2 sea significativa) (Chenorkian 1996).
Imágenes 4 a 6: rastros en arpones arqueológicos de Zamostje 2 (Rusia).
Fano, M. A.; Clemente, I. y Rivero, O. 2013: "Apuntes en torno al uso de los arpones magdalenienses: primeras observaciones microscópicas a partir de los materiales de El Horno (Ramales de la Victoria, Cantabria)".
La tabla.1 que se muestra a continuación y su pie sustituyen a la tabla.
Rangifer Sus Ictiofauna fluvial |
Seis de ellas han sido localizadas en el Museo Arqueológico Provincial de Badajoz y tres cuentan con análisis elemental.
Otras seis, entre las que están las puntas, están desaparecidas.
La fotografía testimonia su existencia y una procedencia que refuerza la distribución suroccidental de este tipo de puntas de jabalina.
Aurelio Cabrera Gallardo (1870Gallardo ( -1936) ) fue un reconocido escultor que destacó también por sus contribuciones a la Arqueología de los inicios del siglo XX en las provincias de Badajoz y Toledo.
Fue Correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes de S. Fernando, de la Real Academia de la Historia, miembro de la Sociedad Española de Antropología, Etnografía y Prehistoria así como colaborador de la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas.
Era un erudito con muchas inquietudes pero sin formación específica, aunque se movió en los contornos de la Arqueología científica gracias a sus colaboraciones con importantes personajes de la época como J. R. Mélida y sobre todo E. Hernández Pacheco (Ortiz 2008: 413-416).
Entre la documentación que conservan sus herederos se encuentran diversos cuadernos con anotaciones, dibujos y fotografías, que pertenecen en su gran mayoría a los trabajos que llevó a cabo entre 1913 y 1916 en la provincia de Badajoz, dentro de los términos municipales de Alburquerque, de donde era natural, Villar del Rey y San Vicente de Alcántara.
No obstante, una de las fotografías nos llamó de manera especial la atención por la presencia en la imagen de dos puntas de jabalina tipo Pastora, que no correspondían a ninguna de las conocidas hasta ahora.
DE LA IDENTIFICACIÓN DE LAS PIEZAS
La fotografía presenta objetos cerámicos, óseos y metálicos casi todos claramente reconocibles (Fig. 1A).
En la franja superior hay 12 piezas metálicas, dos de ellas puntas de jabalina (Fig. 1B, n.o 5 y 6) y, algo mas arriba y a la derecha, 2 punzones óseos y una cabeza en forma de espátula probablemente de un tercero, así como un posible fragmento cerámico de "creciente" con orificio distal.
El resto de la fotografía muestra piezas cerámicas con cierta variedad de formas y tamaños.
La franja central reproduce pequeños cuencos, un fragmento de creciente, una aparente cazoleta de cuchara y una "pesa" rectangular con dos orificios en cada extremo.
La franja inferior presenta cuatro cuencos casi enteros de mayor tamaño.
La fotografía carece de anotaciones sobre el lugar, fecha o procedencia de la imagen, lo que llamó nuestra atención a la vista de la espectacularidad de los materiales.
Los objetos metálicos 1, 2, 4, 8 y 10 (Fig. 1B) presentaban un parecido más que sorprendente con otros tantos publicados por L. Molina Lemos (1979: Fig. 1) en su estudio del llamado ajuar del túmulo megalítico de Los Fresnos.
Ello nos llevó a consultar los materiales depositados en el Museo Arqueológico Provincial de Badajoz procedentes de La Dehesa de la Pestaña/Los Fresnos, así como el inventario de piezas que cita su excavador Luis Villanueva (1894), el que elaboró Tomás Romero de Castilla (1896), el primero de dicho museo, el de José Ramón Mélida (1925) y los libros de entrada y actas de entrega del museo.
Comprobamos entonces que, en sus fondos, se conservan 8 objetos de cobre que constan como procedentes de la Dehesa de la Pestaña (n.o inventario general 68, 5191-5193 y 5249-5252), unos donados por su excavador y otros por sus herederos.
Seis aparecen en la fotografía (Fig. 1B, n.o 1 a 4, 8 y 10) y dos son fragmentos de cobre correspondientes a sendos objetos de difícil identificación.
Las puntas de jabalina no se encuentran en el Museo Arqueológico pero Mélida (1925), en el apartado del Catálogo dedicado a los objetos de la Edad del Bronce consigna 6 piezas de cobre (n.o 560-565 de su inventario) como procedentes de la Dehesa de la Pestaña.
De la n.o 563, dice: "Dardo de cobre, con espiga larga.
Este curioso ejemplar es del mismo tipo que los existentes en el Museo Arqueológico Nacional, recogidos en el montículo del interesante dolmen o tumba de cúpula llamado cueva de la Pastora, de Castilleja de Guzmán (Sevilla)" (Mélida 1925: 55-56).
Como conocemos las medidas reales de seis de las piezas de la foto, entre ellas los 22 cm de longitud de la hoja de puñal con escotaduras (Fig. 1B, n.o 2), un cálculo aunque aproximativo nos permite suponer que la punta, siendo un poco mayor, podría llegar a esos 23 cm que Mélida consigna para el dardo de tipo la Pastora, pudiendo ser, entonces, la pieza desaparecida.
Además creemos que se trata del mismo "dardo de cobre con espiga y espigón" que Romero de Castilla (1896: 37) había incluido con el n.o 59 entre las piezas de la Pestaña y, por tanto, que procedería de las excavaciones allí realizadas a fines del siglo XIX.
También pudimos identificar en la fotografía (Fig. 1A) el fragmento de cuchara (n.o 9620 del inventario del museo), la pesa de barro con cuatro perforaciones (n.o 5208) y el punzón situado más a la izquierda (n.o 78).
La cerámica situada en la esquina inferior derecha con nueve orificios calados en la base tiene que ser el "colador de nueve agujeros" que inventaría Villanueva (1894: 381), proveniente de su intervención en el túmulo.
En cambio el resto de las cerámicas enteras y el hueso de cabeza en forma de espátula no se han identificado pues hay varias piezas de la Pestaña muy parecidas.
LAS EXCAVACIONES EN LA PESTAÑA
La combinación de los datos sobre los objetos fotografiados con el reconocimiento físico de los que se conservan actualmente en los fondos del Museo Arqueológico Provincial de Badajoz nos conduce a las excavaciones de fines del siglo XIX en la Pestaña, finca los Fresnos, término municipal de Badajoz, pero más cercana a la localidad de Valverde de Leganés de donde dista unos 7 km (Fig. 2).
Como las piezas identificadas físicamente comparten procedencia y la asociación de artefactos muestra una cierta homogeneidad, creemos que todo el conjunto, con las obvias reservas y cautelas, puede considerarse de una misma procedencia.
Sin embargo, no hemos podido averiguar cómo llegó la fotografía (Fig. 2) hasta la documentación de Aurelio Cabrera.
Queda abierta la posibilidad de que fuera a través de J. R. Mélida, tal vez como intercambio por las informaciones y fotografías que le proporcionó para su Catálogo de la provincia de Badajoz.
La Dehesa de la Pestaña o los Fresnos, como indistintamente la denominó Luis Villanueva, su antiguo propietario y excavador (Ortiz 2008: 287), tenía diversas estructuras tumulares o "turruñuelos" ya desaparecidas (Molina Lemos 1978Lemos, 1979)).
Según su propio testimonio (Villanueva 1894), al menos una fue objeto de desmontes e intervenciones a fines del siglo XIX.
Según el estudio crítico de las mismas debido a P. Ortiz Romero (2008: 288-292) la finalidad de Villanueva era coleccionar objetos interesantes.
Las cartas e inventarios del propio Villanueva y los de Romero de Castilla y Mélida, así como los trabajos de L. Molina Lemos informan de la dispersión de los objetos extraídos y del paradero desconocido, y hasta inadvertido, de algunos de ellos.
Es difícil determinar la estructura o estructuras de donde provenían, aunque L. Molina Lemos (1979: 639) se decantó por considerarla un gran tholos.
Hoy en día sólo constan las intervenciones en uno de aquellos "turruñuelos" de la Pestaña en la finca Los Fresnos, pero no podemos saber si Villanueva actuó o no en algún otro, como fue su intención declarada (Ortiz Romero 2008: 292).
ESTUDIO DE LAS PIEZAS METÁLICAS
Los objetos metálicos son los más interesantes (Fig. 1B) de la colección conservada de la Pestaña/los Fresnos: 1. puñal de lengüeta; 2. hoja plana y larga de otro de mayor tamaño que presenta dos escotaduras asimétricas laterales en el extremo proximal; 3. fragmento de hoja de cuchillo o puñal muy similar al anterior; 4. hacha trapezoidal de filo recto; 5. y 6. puntas de jabalina; 7. puñal de lengüeta; 8. puñal más incompleto con rotura Fig. 2.
A: Fotografía de objetos cerámicos, óseos y metálicos procedentes de la Dehesa de la Pestaña (Badajoz), perteneciente al archivo de Aurelio Cabrera Gallardo.
B: Piezas metálicas de la fotografía tras su tratamiento para eliminar sombras.
Las no 5 y 6 corresponden a las puntas de jabalina de tipo La Pastora, no localizadas. en la punta; 9. sierra o, tal vez, hoz afalcatada; 10. cincel; 11. objeto de mango estrecho con ensanchamiento en un extremo, que pudiera corresponder a un hacha escoplo y 12. hacha plana trapezoidal de filo curvo y ancho.
Destacamos por su carácter poco habitual las puntas (Fig. 1B), en especial la 5, más larga, que reúne los caracteres morfológicos de las llamadas puntas de jabalina tipo Pastora (Montero y Teneish vili 1996: 81).
A pesar de la antigüedad y estilo de la foto puede apreciarse la estructura tripartita, con hoja de forma triangular alargada con nervio central, pedúnculo bien desarrollado de sección circular y espiga más delgada de sección cuadrangular.
La hoja bien pudiera corresponder a la variante 4 señalada por Montero y Teneishvili y parece ocupar poco menos de un cuarto hasta la espiga y un quinto contando con la misma.
La punta 6, bastante más reducida, tiene una hoja foliácea con nervio central, pedúnculo de sección circular y muy posiblemente el arranque de la espiga, por donde parece estar rota, aunque ese importante detalle no puede apreciarse con total nitidez.
En la Cuenca media del Guadiana se conoce un ejemplar completo de punta de jabalina tipo Pastora, procedente del yacimiento de la Pijotilla, además de otra rota y el inicio de un pedúnculo (Hurtado y Hunt 1999: fig. 9; Hunt et al. 2012).
En conjunto, la morfología de la punta 5 de La Pestaña está más cercana a las de La Pastora por el tamaño y, claramente, por la modulación entre hoja, pedúnculo y espiga.
En el proyectil de la Pijotilla, como en el de Outeiro de S. Bernardo (Cardoso et al. 2002: Fig. 2), la hoja es prácticamente un tercio de la longitud, pero en el de La Pestaña es casi un quinto.
La hoja de la punta 6 de La Pestaña parece una variante sin delineación cóncava en la unión entre la punta y el pedúnculo, como algunas de la Pastora (Almagro 1962: Fig. 2), mientras el tamaño, aunque impreciso, la sitúa entre las menores como la de Outeiro de S. Bernardo.
Los autores de las últimas revisiones de las puntas de jabalina tipo Pastora en la Península Ibérica (Nocete et al. 2010; Hunt et al. 2012) insisten también en su consideración como piezas autóctonas.
Constatan la existencia de variantes formales y algunas asociaciones con otros ele-mentos metálicos en la Pijotilla y Outeiro de S. Bernardo, que parecen repetirse en el conjunto que presentamos.
La información reunida sobre esos otros objetos metálicos que se conservan no carece de interés.
El puñal de lengüeta (Fig. 1B: 1) tiene el n.o 5250 del inventario general del Museo Arqueológico Provincial de Badajoz.
Es una fina hoja triangular alargada con lengüeta, que presenta un discreto nervio central y doble filo.
El puñal con rotura distal (Fig. 1B: 8, Tab.
Mide 18 x 3,1 x 0,2 cm. En la ficha del museo constan trabajos de limpieza y un análisis metalográfico sin fecha y con las reseñas: Dr. S Junghans, Württembg, Landesmuseum, Stuttgart, AltesSchlob.
Como en todos los resultados de los Studien zu den Anfängen der Metallurgie no se especifica la proporción de Cu (Junghans et al. 1968(Junghans et al.: 2401)).
Recoge su proporción de As y lo agrupa entre los objetos calcolíticos del suroeste peninsular (provincia de Badajoz) sin mención a La Pestaña.
1), n.o 5252, está ligeramente curvado en la parte proximal.
La asociación de puntas de jabalina con puñales de lengüeta, hojas con escotaduras laterales, hachas planas, cinceles y sierras de cobre se produce también en La Pijotilla (Hurtado y Hunt 1999; Hurtado 2005) y de una manera más concreta en Outeiro de S. Bernardo, en un conjunto considerado homogéneo desde el punto de vista crono-cultural (Cardoso et al. 2002: 88).
Si a ello unimos la colección de La Pestaña tenemos que, en la actualidad, tres de los cuatro sitios conocidos con puntas de jabalina tipo Pastora se encuentran en la Cuenca media del Guadiana e inicios de la baja, si bien el total de ejemplares de este área geográfica está muy alejado del que ofrece el tholos de La Pastora (Valencina de la Concepción, Sevilla).
No es posible aportar novedad ni matiz alguno a las propuestas sobre el significado ritual de estas puntas de proyectil, en la propia estructura del monumento (Montero y Teneishvili 1996: 74), ni a la entrada como ofrendas o depósito durante la su clausura ritual (García Sanjuán 2005: 91).
A manera de conclusión, podemos decir que las deficiencias informativas que tenemos sobre este conjunto de metales y otras piezas procedentes del sitio de La Pestaña se compensa con el interés que despiertan sus puntas de jabalina, un testimonio más de la muy corta serie de puntas de jabalina semejantes a las de La Pastora.
Su asociación a otras piezas de cobre, armas y herramientas, incide en su carácter social dentro de los procesos de cambio de fines del Calcolítico, donde podemos situar la colección.
Pero la aparente coherencia de los metales, cerámicas y objetos de hueso reproducidos en la fotografía, solo puede contextualizarse de forma general por las dudas en torno a la estructura tumular de La Pestaña de donde proceden, a la estratigrafía de la misma y a los pormenores de los hallazgos que allí se produjeron. |
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