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|---|---|---|---|---|---|
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | El estadio | Cuento | I
Aquí y allá, en rincones donde no daba el sol, aún se ocultaban restos de nieve bajo una capa de carbonilla, pero los hombres, que desmontaban los postigos contra la tormenta, trabajaban en mangas de camisa y la hierba empezaba a ser fuerte bajo sus pies.
En las calles los vestidos de color de fruta y flores nuevas ... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | El extraño caso de Benjamin Button | Cuento | I
John T. Unger descendía de una familia notable, desde hacía varias generaciones, en Hades, pequeña ciudad en la ribera del Misisipí. El padre de John había conservado el título de campeón de golf aficionado en numerosas y reñidas competiciones; la señora Unger era conocida en los antros del vicio y la corrupción, com... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | El gominola | Cuento | I
Había uno en mi curso, en Princeton, que nunca iba al fútbol. Pasaba las tardes de los sábados investigando minucias sobre los deportes en Grecia y los combates frecuentemente amañados entre cristianos y fieras salvajes bajo el imperio de los Antoninos. Recientemente —años después de la universidad— ha descubierto a... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | El joven rico | Cuento | I
Hasta 1860 lo correcto era nacer en tu propia casa. Hoy, según me dicen, los grandes dioses de la medicina han establecido que los primeros llantos del recién nacido deben ser emitidos en la atmósfera aséptica de un hospital, preferiblemente en un hospital elegante. Así que el señor y la señora Button se adelantaron ... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | El palacio de hielo | Cuento | I
Jim Powell era un gominola. Por mucho que yo quiera convertirlo en un personaje atractivo, creo que sería poco escrupuloso engañaros sobre este punto. Testarudo, gominola de pura cepa en un noventa y nueve y tres cuartos por ciento, había crecido perezosamente durante la estación de los gominolas, que es cada estaci... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | El pirata de la costa | Cuento | I
Empieza con un individuo y, antes de que te des cuenta, te encontrarás con que has creado un tipo; empieza con un tipo y te encontrarás con que has creado… nada, absolutamente nada. Y es que todos somos bichos raros, mucho más raros tras nuestras caras y nuestras voces que lo que dejamos que los otros adivinen, o de... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | Financiando a Finnegan | Cuento | I
La luz del sol se derramaba sobre la casa como pintura dorada sobre un jarrón artístico, y las manchas de sombra aquí y allá solo intensificaban el rigor del baño de luz. Las casas de los Butterworth y de los Larkin, colindantes, se atrincheraban tras árboles grandes y pesados; solo la casa de los Happer recibía el ... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | La boda | Cuento | I
Esta historia inverosímil empieza en un mar que era como un sueño azul, de un color tan vivo como el de unas medias de seda azul, y bajo un cielo tan azul como el iris de los ojos de los niños. Desde la mitad oeste del cielo el sol lanzaba pequeños discos dorados sobre el mar: si mirabas con suficiente atención, pod... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | La década perdida | Cuento | I
Finnegan y yo tenemos el mismo agente literario para que venda nuestros libros, pero, aunque he estado muchas veces en el despacho del señor Cannon inmediatamente antes e inmediatamente después de las visitas de Finnegan, nunca he coincidido con él. También teníamos el mismo editor y muchas veces, cuando yo llegaba ... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | La escala de Jacob | Cuento | I
Era la acostumbrada nota poco sincera: “Quería que fueras el primero en saberlo”. Fue un doble golpe para Michael, pues anunciaba a la vez el compromiso y la boda inminente, una boda que, además, se celebraría, no en Nueva York, lejos y como debe ser, sino allí mismo, en París, en sus mismas narices, si podía decirs... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | La niña del hotel | Cuento | Personas de todo tipo entraban en la redacción del semanario y Orrison Brown mantenía toda clase de relaciones con ellas. Cuando acababa el horario de oficina era “uno de los redactores—jefe”, pero durante el trabajo solo era un hombre de pelo rizado que hacía un año había sido director del Jack—O—Lantern de Dartmouth ... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | La primera herida | Cuento | I
Era un juicio por asesinato, un juicio sórdido y vil, y Jacob Booth, sentado entre el público, sufriendo en silencio, sentía que, como un niño, había devorado ávidamente algo sin tener hambre, solo porque estaba al alcance de la mano. Los periódicos habían humanizado el caso, convirtiendo en un barato e ingenioso dr... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | La sombra atrapada | Cuento | I
Es un lugar en el que instintivamente explicas por qué estás allí—“Ah, sí, estoy aquí porque…”— y, si no surte efecto, resultas ligeramente sospechoso, porque este rincón de Europa no atrae a nadie; suele aceptarte sin demasiadas preguntas inconvenientes: vive y deja vivir. Es un cruce de caminos: gente que busca cl... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | La tarde de un escritor | Cuento | I
—¡Me acuerdo de cómo venías a buscarme desesperada cuando Josephine tenía unos tres años! —exclamó la señora Bray—. George estaba de mal humor porque aún no había decidido a qué dedicarse, y solía darle unos azotes a la pequeña Josephine.
—Sí, me acuerdo —dijo la madre de Josephine.
—Y aquí esta Josephine.
En efecto... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | La última belleza | Cuento | I
Basil Duke Lee cerró la puerta de la calle a sus espaldas y encendió la luz del comedor. La voz de su madre le llegó soñolienta a través de las escaleras.
—Basil, ¿eres tú?
—No, mamá, es un ladrón.
—No creo que las doce sean horas de volver a casa para un chico de quince años.
—Hemos ido a Smith, a tomar un refresco... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | Lo más sensato | Cuento | I.
Cuando despertó se sentía mejor de lo que se había sentido en muchas semanas: simplemente no se sentía enfermo. Se apoyó un momento en el marco de la puerta que separaba su dormitorio y el baño hasta que estuvo seguro de que no se había mareado. Ni siquiera un poco, ni siquiera cuando se puso a buscar una zapatilla ... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | Los nadadores | Cuento | I
Después de la exquisita y teatral interpretación de los encantos del Sur que nos ofreció Atlanta, todos menospreciábamos Tarleton. Era un poco más caluroso que cualquiera de los sitios donde habíamos estado —una docena de reclutas se desmayó el primer día bajo el sol de Georgia—, y cuando veías manadas de vacas desf... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | Majestad | Cuento | I
A la hora de la comida, Hora Fundamental en Estados Unidos, el joven George O’Kelly ordenó su escritorio pausadamente y con fingido aire de interés. Nadie en la oficina debía notar que tenía prisa, porque el éxito es cuestión de atmósfera y no conviene airear que tienes la cabeza a mil kilómetros de tu trabajo.
Pero... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | Pongan agua a hervir, mucha, mucha | Cuento | I
En la Place Benoît se cocía lentamente al sol de junio la nube de gasolina de los tubos de escape. Era algo terrible, pues, a diferencia del calor puro, no prometía ninguna fuga al campo: solo sugería carreteras sofocadas por el mismo asma sucio. En la sucursal parisina de The Promissory Trust Company, frente a la p... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | Primero de mayo (S.O.S.) | Cuento | I
Lo extraordinario no es que la gente en el transcurso de su vida empeore o mejore tal como habíamos vaticinado; así es de esperar, sobre todo en América. Lo extraordinario es que la gente se mantenga siempre a un mismo nivel, se ajuste a lo que prometía y parezca mantenerse a flote gracias a un destino ineludible.
U... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | ¡Qué hermosa pareja! | Cuento | Pat Hobby estaba sentado en su despacho en el edificio de los escritores y repasaba el trabajo de la mañana, que acababa de devolverle el departamento de guiones. Se dedicaba a corregir el trabajo ajeno, prácticamente lo único que le confiaban por aquel entonces. Tenía que corregir a toda prisa secuencias mal resueltas... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | Rags Martin-Jones y el príncipe de Gales | Cuento | Había habido una guerra, librada y ganada, y arcos triunfales atravesaban la gran ciudad de los vencedores, impresionante, llena de flores blancas, rojas y rosas que arrojaba la multitud. Duranre aquellos largos días de primavera, los soldados que regresaban desfilaban por las calles principales precedidos por el retum... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | Seis a uno | Cuento | I
A las cuatro de una tarde de noviembre de 1902, Teddy van Beck se apeó de un cabriolé frente a una casa de piedra caliza en Murray Hill. Era un joven alto, ancho de hombros, con una cara delicada en la que sobresalían la nariz aguileña y los ojos dulces y castaños. En sus venas competían la sangre de gobernadores de... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | Sueños de invierno | Cuento | I
El Majestic entró suave y silenciosamente en el puerto de Nueva York una mañana de abril. Despreció a los remolcadores y a los transbordadores lentos como tortugas, hizo un guiño a una pequeña embarcación joven y llamativa, y apartó de su camino a un barco de ganado con el estridente silbido de un chorro de vapor. L... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | Tiernamente adorables | Cuento | Barnes miraba desde lo alto de las escaleras el amplio vestíbulo, el salón de la casa y aquel grupo de jóvenes. Su amigo Schofield les hacía algún comentario benévolo, y Barnes no quería interrumpirlo; en lo más alto de las escaleras, inmóvil, parecía dejarse llevar de repente por el ritmo de los ocupantes del salón: l... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | Último beso | Cuento | I
Algunos de los caddies del campo de golf eran más pobres que las ratas y vivían en casas de una sola habitación con una vaca neurasténica en el patio, pero el padre de Dexter Green era el dueño de la segunda droguería de Black Bear —la mejor era El Cubo, que contaba entre sus clientes a los más ricos de Sherry Islan... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | Un viaje al extranjero | Cuento | ¡Ah, mi Chico Lindo, tan divino lector de Platón! ¡Ah, oscuro, leal, campeón de golf de los negros de Chicago! Siguiendo la vía se adentra en la noche, camarero del vagón restaurante, para, más tarde, entre el humo que enturbian una única lámpara y el olor rancio de las escupideras, escribir a la Costa Oeste, a la Herm... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | Uno de mis más viejos amigos | Cuento | I
Era una sensación agradabilísima estar en la cima. Tenía la certeza de que todo era perfecto, de que las luces brillaban sobre bellas damas y hombres valientes, de que los pianos nunca desafinaban y de que los labios jóvenes cantaban para corazones felices. Todos aquellos rostros hermosos, por ejemplo, debían ser abs... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | Vida nueva | Cuento | I
Por la tarde las langostas ennegrecieron el cielo, y algunas mujeres chillaron, arrojándose al suelo del autobús y cubriéndose el pelo con mantas de viaje. Las langostas venían del norte, y devoraban todo a su paso, aunque no era mucho en aquella región del mundo; volaban en silencio, en línea recta, como copos de n... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | Volver a Babilonia | Cuento | Marion se había sentido feliz toda la tarde. Vagaba de una habitación a otra del pequeño apartamento, entrando en el cuarto de los niños para ayudar a la niñera a darles de comer con cucharas chorreantes o leyendo a ratos en su nuevo sofá, el objeto más extravagante que habían comprado en cinco años de matrimonio.
Cuan... |
Flaubert, Gustave | Francia | 1821-1880 | Herodías | Cuento | I
Fue el primer día en que hizo el calor necesario para comer al aire libre en el Bois de Boulogne, mientras las flores de los castaños llovían oblicuamente sobre las mesas y caían con insolencia en la mantequilla y el vino. Julia Ross se comió algunas con el pan mientras oía cómo los peces se movían en el estanque y ... |
Flaubert, Gustave | Francia | 1821-1880 | La leyenda de san Julián el Hospitalario | Cuento | -¿Y dónde está el señor Campbell? -preguntó Charlie.
-Se ha ido a Suiza. El señor Campbell está bastante enfermo, señor Wales.
-Lo lamento. ¿Y George Hardt? -preguntó Charlie.
-Ha vuelto a Estados Unidos, a trabajar.
-¿Y dónde está el Pájaro de las Nieves?
-Estuvo aquí la semana pasada. De todas maneras, su amigo, el s... |
Flaubert, Gustave | Francia | 1821-1880 | Un corazón sencillo | Cuento | La ciudadela de Machaerus se alzaba al oriente del Mar Muerto, en un picacho de basalto en forma de cono. Cuatro valles profundos la rodeaban, dos en los costados, otro enfrente y el cuarto detrás. Las casas se amontonaban en su base, dentro del cerco de un muro que ondulaba siguiendo las desigualdades del terreno; y p... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | Abril, en Río, en 1970 | Cuento | I
El padre y la madre de Julián vivían en un castillo, entre bosques, en la ladera de una colina.
Las cuatro torres de las esquinas tenían tejados puntiagudos cubiertos de escamas de plomo, y la base de los muros se apoyaba en los canteros de rocas, que descendían abruptamente hasta el fondo de los fosos.
Los adoquines... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | Amarguras de un joven escritor | Cuento | I
Durante medio siglo las vecinas acomodadas de Pontl’Évêque envidiaron a la señora de Aubain su criada Felicitas.
Por cien francos al año cocinaba, arreglaba la casa, cosía, lavaba y planchaba, sabía embridar un caballo, cebar las aves de corral, batir la manteca; y además se mantuvo fiel a su ama, la que, sin embargo... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | Artes y oficios | Cuento | Todo empezó cuando el tipo que se sentó cerca de mí en el pasto dijo, mirá lo que es la escupida de Gerson. En el momento no le di importancia, me había costado un huevo llegar hasta allá, pero mi cabeza estaba en el partido del domingo y yo no relacionaba las cosas unas con otras. Al partido del domingo iba a ir Jair ... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | Betsy | Cuento | El día empezó mal desde temprano, cuando fui a la playa. No podía ver el mar, me hacía mal, por eso atravesaba la avenida Atlántica con los ojos cerrados, después volvía el cuerpo, abría los ojos y caminaba de espaldas por la arena hasta encontrar mi sitio, donde me sentaba de espaldas al océano. Cuando estaba atravesa... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | Ciudad de Dios | Cuento | Te fastidias los dientes cuando eres un muchacho miserable, pero si después ganas bastante dinero encuentras un dentista que te arregla la dentadura. Eso me ocurrió a mí, me implanté todos los dientes, un prodigio de ingeniería odontológica. Estoy lleno de dientes que no se caen ni se llenan de caries, pero cuando doy ... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | Corazones solitarios | Cuento | Betsy esperó el regreso del hombre para morir.
Antes del viaje, él había notado que Betsy mostraba un apetito extraño. Después aparecieron otros síntomas, excesiva ingestión de agua, incontinencia urinaria. El único problema de Betsy era la catarata en uno de los ojos. A ella no le gustaba salir, pero antes del viaje h... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | Crónica de sucesos | Cuento | Su nombre es João Romeiro, pero es conocido como Zinho en la Ciudad de Dios, una favela en Jacarepaguá, donde controla el tráfico de drogas. Ella es Soraia Gonçalves, una mujer dócil y callada. Soraia supo que Zinho era traficante de drogas dos meses después de que empezaron a vivir juntos en un condominio de clase med... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | Echando a perder | Cuento | Yo trabajaba en un diario popular como reportero de casos policiacos. Hace mucho tiempo que no ocurría en la ciudad un crimen interesante que involucrara a una rica y linda joven de la sociedad, muertes, desapariciones, corrupción, mentiras, sexo, ambición, dinero, violencia, escándalo.
-Crimen así ni en Roma, París, N... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | El amor de Jesús en el corazón | Cuento | 1
El inspector Miro trajo a la mujer a mi presencia.
Fue el marido, dijo Miro despreocupadamente. En aquella comisaría de barrio eran comunes los pleitos de marido y mujer.
Tenía dos dientes de enfrente rotos, sangraba por los labios, el rostro hinchado. Moretones en los brazos y en el cuello.
¿Fue su marido quien la p... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | El ángel de la guarda | Cuento | Estaba medio jodido sin conseguir empleo y afligido por vivir a costas de Mariazinha, que era costurera y defendía una lana escasa que mal daba para ella y la hija. De noche ni tenía ya gracia en la cama, preguntándome, ¿conseguiste algo?, ¿tuviste más suerte hoy?, y yo lamentándome que nadie quería emplear a un tipo c... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | El arte de caminar por las calles de Rio de Janeiro | Cuento | Una niña de doce años de edad fue encontrada muerta por excursionistas en el bosque de Tijuca, en un lugar no muy alejado del Alto de Boa Vista. Había sido estrangulada, se encontraron vestigios de semen en su ropa, su braguita había desaparecido, pero no había ocurrido estupro. Los peritos de la policía calcularon que... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | El bordado | Cuento | La casa tenía varios cuartos. Pregunté en cuál de ellos iba a dormir. Me llevó a un cuarto que quedaba cerca del suyo.
Me senté en la cama. Probé el colchón.
No sirve, es muy blando, va a acabar a la primera con mi espalda.
Probé los colchones de todos los cuartos hasta que encontré uno duro.
Éste está bueno, ¿tiene al... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | El caso de F. A. | Cuento |
Augusto, el andarín, cuyo nombre verdadero es Epifanio, vive en un piso encima de una sombrerería femenina, en la calle Sete de Setembro, en el centro de la ciudad, y camina por las calles el día entero y parte de la noche. Cree que al caminar piensa mejor, encuentra soluciones a sus problemas; solvitur ambulante, dic... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | El cobrador | Cuento | Un hombre no puede vivir sin mujer. Sé que esto parece la letra de una samba vieja, creo que una hasta dice así, pero olvidé la rima. Todas las rimas son tontas, no me gustan las rimas. Voy a confesar una cosa: soy poeta. Escribo poemas todos los días, pero a escondidas; no muestro las cosas que hago, de momento. Todos... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | El enano | Cuento | “La ciudad no es lo que se ve desde el Pan de Azúcar. ¿En la casa de Gisele?”.
“Sí”, respondió F. A.
“Esa francesa es mezquina y ruin. Es también una arribista de mierda. Dicen.”
“Pago cualquier cantidad”, dijo F. A.
“Hum”, respondí.
“Dices que el dinero lo compra todo. Pago lo que sea necesario”, dijo F. A.
“Sí. Conti... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | El enemigo | Cuento | En la puerta de la calle una dentadura enorme, debajo escrito Dr. Carvalho, Dentista. En la sala de espera vacía un cartel, Espere, el doctor está atendiendo a un cliente. Esperé media hora, la muela rabiando, la puerta se abrió y apareció una mujer acompañada de un tipo grande, de unos cuarenta años, con bata blanca.
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Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | El globo fantasma | Cuento | Poco importa que diga cómo fue que un empleado bancario desempleado como yo conoció a una mujer como Paula, pero voy a contarlo. Me atropello con su carrazo y me llevó al Miguel Couto y me dijo en el camino, la culpa fue mía, estaba hablando en el teléfono celular y me distraje, mi marido odia que maneje. Al llegar al ... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | El hijo | Cuento | Primer tiempo
1
Estoy pensando mucho, lo que me ocurre siempre antes de acostarme, a la hora en que cierro las puertas de la casa. Esto me pone muy irritado pues, cuando vuelvo a la cama, a pesar de los procesos mnemónicos que usé para tener la certeza de que cerré puertas y ventanas, la duda me asalta y tengo que leva... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | El juego del muerto | Cuento | Un globo gigantesco, el más grande del mundo, dijo el informante.
¿Dónde?, pregunté.
Todo lo que sé es que ya compraron diez toneladas de papel de seda.
Así son los informantes: oyeron decir, solo saben la mitad, la mitad que es falsa.
Yo formaba parte de un Grupo especial creado para estudiar y proponer maneras de evi... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | El libro de panegíricos | Cuento | Jessica tenía dieciséis años cuando se embarazó.
—Es mejor sacarlo —dijo su madre—. ¿Sabes quién es el padre?
Jessica no lo sabía.
—No importa quién sea el padre —respondió—, son todos unos cabrones.
Acordaron que interrumpirían el embarazo en la casa de la santera, doña Gertrudes, quien realizaba todos los partos y ab... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | El otro | Cuento | Se reunían en el Bar de Anísio todas las noches. Marinho, dueño de la farmacia más importante de la ciudad, Fernando y Gonçalves, socios de un almacén, y Anísio. Ninguno de ellos había nacido en Baixada, ni siquiera en la ciudad. Anísio y Fernando eran de Minas, y Marinho de Ceará. Gonçalves había venido de Portugal. E... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | El peor de los venenos | Cuento | No encuentro en los periódicos la noticia que me interesa. Pero un anuncio solicitando un enfermero con buenas referencias, para hacerse cargo de un viejo enfermo, puede ser una solución, aunque provisional, para mi problema.
Una mujer abre la puerta del departamento en la avenida Delfim Moreira y le digo que vengo por... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | Encuentro en el Amazonas | Cuento | Llegaba todos los días a la oficina a las ocho treinta de la mañana. El carro paraba a la puerta del edificio y yo bajaba, andaba diez o quince metros y entraba.
Como todo ejecutivo, pasaba las mañanas llamando por teléfono, leyendo memorandos, dictando cartas a mi secretaria y exasperándome con problemas. Cuando llega... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | Entrevista | Cuento | A todos los hombres les gusta que los sienten a mi lado en las grandes cenas que frecuento. Soy inteligente, guapa, atractiva, irónica, tengo imaginación, cultura, soy capaz de mantener un diálogo expresivo con un banquero importante o con un profesor de filosofía, en el caso de que inviten a un profesor de filosofía a... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | Especular | Cuento | Supimos que había ido desde Corumbá a Belém, por Brasília, en autobús. De tanto andar tras él, ya lo conocía como si fuera de la familia. Andaba huyendo, pero eso no le impedía ver cuanto museo o iglesia encontraba en el camino.
El único museo que había en Belém era el Goeldi. Se había pasado dos días visitando el Goel... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | Febrero o marzo | Cuento | M —Doña Gisa me mandó para acá. ¿Puedo entrar?
H —Entra y cierra la puerta.
M —Está oscuro aquí adentro. ¿Dónde enciendo la luz?
H —Déjala así.
M —¿Cómo es que te llamas?
H —Después te digo.
M —Está bien.
H —Siéntate ahí.
M —¿Tiene algo de beber? Estoy con ganas de beber. ¡Ah, estoy tan cansada!
H —En ese armario allí ... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | Feliz año nuevo | Cuento | Como hacíamos todos los días, menos los domingos, estábamos lado a lado cada quien sobre su bicicleta en el gimnasio mientras hablábamos sin parar. La música estridente no nos molestaba.
—Es mejor ver que ser visto. Pero Updike dice: “Uno es, o el que ve o el que es visto”, como si fueran alternativas excluyentes. Pero... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | Idiotas que hablan otra lengua | Cuento | La condesa Bernstroff usaba una boina de la que colgaba una medalla del káiser. Era vieja, pero podía decir que era una mujer joven y lo decía. Decía: pon la mano aquí, en mi pecho, y ve cómo está duro. Y el pecho era duro, más duro que el de las muchachas que yo conocía. Ve mi pierna, decía, cómo está dura. Era una pi... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | Joana | Cuento | Vi en la televisión que los comercios buenos estaban vendiendo como locos ropas caras para que las madames vistan en el reveillon. Vi también que las casas de artículos finos para comer y beber habían vendido todas las existencias.
Pereba, voy a tener que esperar que amanezca y levantar aguardiente, gallina muerta y fa... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | La carne y los huesos | Cuento | Una recámara con un espejo en el techo. Al lado, con la puerta abierta, un baño. En el cuarto, una cama matrimonial, una silla, dos burós, varias botellas grandes de Coca-Cola, dos de ellas vacías, bolsas de papas fritas, paquetes de cigarros. SILVIA está desnuda, acostada en la cama, con una pierna levantada, doblada,... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | La ejecución | Cuento | Solamente me gustaban las mujeres bonitas, de cara y cuerpo. Podían ser ignorantes, idiotas, pero si eran bonitas me gustaban.
Mi novia, Íngrid, era así, linda, tonta, delgada, pesaba cuarenta y cinco kilos, perfecta como una de esas figurillas que giran sobre una caja de música. Yo la levantaba, sosteniéndola del tras... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | La fuerza humana | Cuento | Mi avión no partiría sino hasta el día siguiente. Por primera vez lamenté no tener un retrato de mi madre conmigo, pero siempre me pareció idiota andar con retratos de la familia en el bolsillo, más aun el de mi madre.
No me incomodaba quedarme dos días más vagando por las calles de aquel gran hormiguero sucio, contami... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | La materia del sueño | Cuento | Consigo agarrar a Rubao, acorralándolo contra las cuerdas. El hijo de puta tiene fuerza, se agarra a mí, apoya su rostro en mi rostro para impedir que le dé cabezazos en la cara; estamos abrazados, como dos enamorados, casi inmóviles fuerza contra fuerza, el público empieza a burlarse. Rubao me da un pisotón en el dedo... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | Libreta de nombres | Cuento | Quería seguir de frente pero no podía. Me quedaba parado en medio de aquel montón de negros: unos balanceando el pie o la cabeza, otros moviendo los brazos; pero algunos, como yo, duros como un palo, fingiendo que no estábamos allí, fingiendo que miraban un disco en la vitrina, avergonzados. Es gracioso, que un sujeto ... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | Llamaradas en la oscuridad | Cuento | Empezando por el principio: leí el anuncio en el periódico y quien me abrió la puerta fue doña Julieta. Don Alberto estaba en la cama y ella dijo: mire, tiene que bañarlo, cambiarle la ropa, darle de comer, ponerlo en la silla de ruedas y pasearlo. Desde la cama don Alberto me sonrió, un viejito muy flaco de ojos azule... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | Lúcia McCartney | Cuento | Después de separarme, compré una libreta en donde escribía los nombres de las mujeres que se acostaban conmigo.
Mientras estuve casado no llevé ningún cuaderno, mi mujer era muy posesiva y sus crisis de celos, además de prolongadas eran muy teatrales. Desgarraba mis trajes nuevos. No me importaba.
Le escondía a Nice la... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | Mandrake | Cuento | Fragmentos del diario secreto
de Teodor Konrad Nalecz Korzeniowski
5 de agosto (1900)
Supe hoy, con dos meses de atraso, de la muerte de Crane, en Badenweiler, Alemania. Cora estaba a su lado. La recuerdo, una mujer inteligente, bonita, de gran vitalidad. Creo que supuso, hasta el fin, que ella y la Selva Negra podría... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | Mirada | Cuento | I
Abro el ojo: Isa, bandeja, tostada, plátano, café, leche, mantequilla. Me desperezó. Isa quiere que coma. Quiere que me acueste temprano. Piensa que soy una niña.
Después de que el marido de Isa se fue ella empezó a vigilarme aún más. Isa dice que él volverá, pero lo dudo. Primero, no estaba casada con su marido. Seg... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | Nau Catrineta | Cuento | Yo jugaba con las blancas y avanzaba el alfil en fianqueto. Berta preparaba un fuerte centro de peones.
Aquí es el despacho del doctor Paulo Mendes, dijo mi voz en la grabadora del teléfono dando a quien llamaba treinta segundos para dejar su mensaje. El individuo aquel decía llamarse Cavalcante Méier, como si hubiera ... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | Once de Mayo | Cuento | ¿Una mirada puede cambiar la vida de un hombre? No hablo de la mirada del poeta que después de contemplar una urna griega pensó en cambiar de vida. Me refiero a transformaciones mucho más terribles.
No me gustaba comer, hasta que ocurrieron los episodios que relataré dentro de poco. Tenía dinero para alimentarme con lo... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | Orgullo | Cuento | Desperté oyendo a tía Olimpia declamar la Nau Catrineta con su voz grave y potente de contralto.
Reniego de ti demonio
que me ibas a tentar
mi alma es solo de Dios
el cuerpo lo doy al mar.
Lo tomó un ángel en brazos
y no nos dejó ahogar,
dio un reventón el demonio,
se calmaron viento y mar
y por la noche la Nau Catrin... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | Paseo nocturno | Cuento | El café de la mañana, la comida y la cena se sirven en la celda. Es un trabajo enorme llevar las marmitas y los vasos hasta la celda de cada uno. Debe haber alguna razón para eso.
La celda tiene cama, armario, un orinal y televisión. La televisión está encendida durante todo el día. Debe haber también alguna razón para... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | Pierrot de la caverna | Cuento | En varias ocasiones había oído decir que por la mente de quien está muriendo ahogado desfilan con vertiginosa rapidez los principales acontecimientos de su vida y siempre le había parecido absurda tal afirmación, hasta que un día ocurrió que estaba muriendo y mientras moría se acordó de cosas olvidadas, de la noticia d... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | Placebo | Cuento | Llegué a la casa cargando la carpeta llena de papeles, relatorios, estudios, investigaciones, propuestas, contratos. Mi mujer, jugando solitario en la cama, un vaso de whisky en el velador, dijo, sin sacar lo ojos de las cartas, estás con un aire de cansado. Los sonidos de la casa: mi hija en su dormitorio practicando ... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | Relato de acontecimiento | Cuento | Hay personas que no se entregan a la pasión, personas cuya apatía las lleva a elegir una vida de rutina en la que vegetan como “abacaxis en un invernadero de piñas tropicales”, como decía mi padre. En cuanto a mí, lo que me mantiene vivo es el riesgo inminente de pasión y sus coadyuvantes: amor, gozo, odio, misericordi... |
Fonseca, Rubem | Brasil | 1925-2020 | Romance negro | Cuento | Después de que se fue el negro me quedé sentado en la Cinelandia, una plaza del centro de la ciudad, pensando y mirando las palomas. Había palomas por todas partes y muchas andaban por el piso de piedras portuguesas blancas y negras comiendo el maíz que dos viejas les tiraban con sus horrendas manos caquécticas. En cua... |
France, Anatole | Francia | 1844-1924 | Adrienne Buquet | Cuento | En la madrugada del día 3 de mayo, una vaca marrón camina por el puente del río Coroado, en el kilómetro 53, en dirección a Río de Janeiro.
Un autobús de pasajeros de la empresa Única Auto Ómnibus, placas RF 80-07-83 y JR 81-12-27, circula por el puente del río Coroado en dirección a São Paulo.
Cuando ve a la vaca, el ... |
France, Anatole | Francia | 1844-1924 | Bonaparte en San Miniato | Cuento | ¿Puedo acariciar otra vez tu clavícula?
—Por supuesto que puedes.
Winner le quita la blusa a Clotilde. Después la agarra del cuello y la tumba en la cama. Le aprieta los huesos del omóplato y del tórax, donde se apoyan unos senos pequeños y empinados; palpa las costillas conspicuas. El cuerpo de Clotilde a veces recuer... |
France, Anatole | Francia | 1844-1924 | El alba | Cuento | Cuando estábamos terminando de cenar en el restaurante Laboullée me dijo:
-Lo admito, todos esos hechos relacionados con un estado aún mal definido del organismo como doble visión, sugestión a distancia o presentimientos verídicos, la mayor parte del tiempo no son constatados de una manera suficientemente rigurosa como... |
France, Anatole | Francia | 1844-1924 | El Cristo del océano | Cuento | Tras haber ocupado Livorno y haber cerrado su puerto a los navíos ingleses, el general Bonaparte se dirigió a Florencia para visitar a Fernando III, gran duque de Toscana que, entre todos los príncipes de Europa era el único que había mantenido de buena fe sus compromisos para con la República. Como prueba de estima y ... |
France, Anatole | Francia | 1844-1924 | El huevo rojo | Cuento | Cours-la-Reine estaba desierto. El gran silencio de verano reinaba sobre las verdes márgenes del Sena, sobre las viejas hayas taladas cuyas sombras empezaban a alargarse hacia Oriente y en el azul tranquilo de un cielo sin nubes, sin brisas, sin amenazas y sin sonrisas. Un paseante, procedente de las Tullerías se dirig... |
France, Anatole | Francia | 1844-1924 | El señor Thomas | Cuento | Aquel año, muchos de los habitantes de Saint-Valery que habían salido a pescar, murieron ahogados en el mar. Se hallaron sus cuerpos arrojados por las olas a la playa junto a los despojos de sus barcas y, durante nueve días, por la ruta empinada que conduce a la iglesia, se vieron pasar los ataúdes transportados por lo... |
France, Anatole | Francia | 1844-1924 | La dama de Verona | Cuento |
El doctor N. depositó su taza de café sobre la chimenea, arrojó su cigarro al fuego y me dijo: -Querido amigo, hace tiempo contó usted el extraño suicidio de una mujer atormentada por el terror y los remordimientos. Su naturaleza era fina y su cultura exquisita. Sospechosa de complicidad en un crimen del que había sid... |
France, Anatole | Francia | 1844-1924 | La hija de Lilit | Cuento | Conocí a un juez austero. Se llamaba Thomas de Maulan y pertenecía a la pequeña nobleza provinciana. Se había dedicado a la magistratura durante el septenio del mariscal Mac-Mahon, con la esperanza de impartir justicia un día en nombre del Rey. Tenía principios que él podía creer inamovibles, al no haberlos removido ja... |
France, Anatole | Francia | 1844-1924 | La misa de las sombras | Cuento | Puella autem moriens dixit : «Satanas, trado tibi corpus meum cum anima mea» (Quadragesimale opus declamatum Parisiis in ecclesia Sti Johannis in Gravia per venerabilem patrem Sacrae scripturae interpretem eximium Ol Maillardum, 1511)
Este relato fue hallado por el R.P. Adone Doni en los archivos del convento de Santa ... |
France, Anatole | Francia | 1844-1924 | La reseda del párroco | Cuento | Había salido de París la víspera por la noche y había pasado en un rincón de un vagón una larga y muda noche de nieve. Esperé seis horas mortales en X y hasta la tarde no encontré una tartana de campesino que me condujera a Artigues. La planicie, cuyos pliegues se levantan y se allanan alternativamente a ambos lados de... |
France, Anatole | Francia | 1844-1924 | Los panes de centeno | Cuento | He aquí lo que el sacristán de la iglesia de Santa Eulalia, en Neuville-d’Aumont, me contó bajo el emparrado del Cheval-Blanc, una hermosa velada veraniega, mientras nos bebíamos una botella de vino añejo a la salud de un muerto muy acomodado, que aquella misma mañana había llevado con honor al cementerio, bajo un paño... |
France, Anatole | Francia | 1844-1924 | Robo doméstico | Cuento | Dedicado a Jules Lemaître
En un pueblo del Bocage conocí hace años a un piadoso párroco que se negaba cualquier tipo de sensualidad, practicaba con gozo la renuncia y no conocía más alegría que la del sacrificio. Cultivaba en su jardín árboles frutales, hortalizas y plantas medicinales. Pero, temiendo la belleza inclu... |
France, Anatole | Francia | 1844-1924 | Un cuento de Año Nuevo | Cuento | En aquel tiempo, Nicolas Nerli era banquero en la noble ciudad de Florencia. A la hora de tercia se encontraba ya sentado ante su pupitre, y a la hora de nona aún estaba allí sentado, haciendo cuentas todo el día en sus tablillas. Nicolas Nerli prestaba dinero al Emperador y al Papa. Era audaz y desconfiado. Había adqu... |
Francés, José | España | 1883-1964 | Por qué Maruja no cree en los reyes magos | Cuento | Hace unos diez años, quizá más, quizá menos, visité una cárcel de mujeres. Era un antiguo palacio construido en tiempos de Enrique IV cuyos altos tejados de pizarra dominaban una sombría pequeña ciudad del Mediodía, a orillas de un río. El director de esta cárcel estaba próximo a la edad de la jubilación. Tenía ideas p... |
Francia, María de | Francia | Siglo XII | El hombre lobo | Cuento | Horteur, el fundador de la Etoile, el director político y literario de la Revue National y del Nouveau Siécle Ilustré, habiéndome recibido en su gabinete, repantigado en su silla dictatorial, me dijo:
—Mi buen Marteau, hazme un cuento para el número extraordinario del Nouveau Siécle. Trescientas líneas con ocasión del ... |
Francia, María de | Francia | Siglo XII | El pobrecillo | Cuento | Comprendió Maruja que había llegado el momento propicio.
Miss Ada se había dormido tranquilamente sobre el christmas number de The Tatler. Papá debía estar en el congreso, o en el sitio donde, según los criados, llamaba él, honestamente, el congreso. Mamá había ido al té de la vizcondesa. Un profundo silencio envolvía ... |
Francia, María de | Francia | Siglo XII | El ruiseñor | Cuento | Puesto que he decidido contar lais, no quiero olvidarme de El hombre-lobo. Bisclavret es el nombre en bretón; los normandos lo llaman Garwaf (Garou). Se podía oír hace tiempo e incluso con frecuencia ocurría, que ciertos hombres se convertían en lobos y habitaban en los bosques. El hombre-lobo es bestia salvaje. Mientr... |
Francia, María de | Francia | Siglo XII | Guigemar | Cuento | Me han entrado ganas de recordar un lai del que oí hablar. Os contaré lo ocurrido y os nombraré la ciudad en la que ocurrió y cómo se llamaba: Pobrecillo le decían, aunque hay muchos que lo llamaban Los cuatro dolores.
En Bretaña, en Nantes, habitaba una dama de gran valía, belleza y educación y con todo tipo de virtud... |
Francia, María de | Francia | Siglo XII | Los dos amantes | Cuento | Una aventura os voy a contar de la que los bretones hicieron un lai. Se llama El ruiseñor,según me parece, y así le llaman en su tierra; es decir russignol en francés y nihtegale en correcto inglés.
En la región de Saint-Malo había una famosa ciudad. Vivían allí dos caballeros que tenían sendas casas fortificadas.Por ... |
Francia, María de | Francia | Siglo XII | Madreselva | Cuento | A quien se ocupa de una buena materia mucho le pesa si no está bien tratada de antes. Escuchad, señores, lo que dice María, que no pierde su tiempo.
La gente debe alabar a quien hace que hablen bien de él mismo, pero cuando en algún sitio hay un hombre o una mujer de gran mérito, los que envidian su posición a menudo h... |
Francia, María de | Francia | Siglo XII | Milón | Cuento | Sucedió antaño en Normandía una aventura muy famosa de dos jóvenes que se amaron y murieron víctimas de su amor. Los bretones los recordaron en un lai que tuvo por título Los dos amantes. Fuera de toda duda está que en Neustria, que nosotros llamamos Normandía, hay una montaña maravillosamente alta. En su cumbre yacen ... |
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