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Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Ad Astra | Cuento | Se hallaban en continua guerra los ratones y las comadrejas. Los ratones, que siempre eran vencidos, se reunieron en asamblea, y pensando que era por falta de jefes que siempre perdían, nombraron a varios estrategas. Los nuevos jefes recién elegidos, queriendo deslumbrar y distinguirse de los soldados rasos, se hiciero... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Allén | Cuento | Un leñador cortaba madera en la ribera de un río que estaba consagrado a Mercurio, y se le cayó el hacha al agua, de lo cual sumamente afligido el leñador se puso a llorar en la orilla.
Movido el dios a la compasión, se le apareció y le preguntó la causa de su pesar. Una vez informado de todo, le presentó al leñador u... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Artista en casa | Cuento | No sé muy bien qué éramos. Con la excepción de Comyn, empezamos siendo estadounidenses, pero al cabo de tres años, con las guerreras del ejército británico y las insignias británicas y alguna que otra condecoración, no creo que en esos tres años nos hubiésemos tomado la molestia de averiguar qué éramos, ni tampoco el e... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Carcasona | Cuento | La oreja dura y redonda del fonendoscopio le resultó fría y desagradable al tacto sobre su pecho desnudo; el cuarto, grande, cuadrado, con toscos muebles de nogal —la cama en la que por primera vez durmió solo, que había sido su cama matrimonial, en la que fue concebido su hijo, en la que nació, en la que fue amortajad... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Carrera en la mañana | Cuento | Roger Howes era un hombre tirando a grueso, afable, anodino, de unos cuarenta años, que había llegado a Nueva York procedente de algún lugar de la Cuenca del Mississippi para ser redactor en una agencia de publicidad; allí se casó y se hizo novelista, y vendió bien un libro y compró una casa en el valle de Virginia par... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Centauro de latón | Cuento | Y yo en un caballito de piel de ante con los ojos como la electricidad azul y unas crines como el fuego enmarañado, galopando al subir la cuesta y disparado y veloz hacia lo más alto del cielo
Su esqueleto yacía inmóvil. Tal vez estuviera pensando en esto mismo. Sea como fuere, al cabo de un rato gimió. Pero no dijo na... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Divorcio en Nápoles | Cuento | Yo iba en la barca cuando lo vi.
Anochecía. Acababa de dar de comer a los caballos y de bajar hasta la orilla y de desatracar la barca para cruzar el río y volver al campamento, cuando lo vi, como a la mitad de un cuarto de milla río arriba, nadando; solo le sobresalía del agua la cabeza, y él mismo no era sino un punt... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Don Giovanni | Cuento | I
En el pueblo en que vivimos, Flem Snopes tiene ahora un monumento erigido en su honor, un monumento de latón, no menos resistente al paso del tiempo por el hecho de que, si bien se halla de continuo a la vista de todo el pueblo, si bien es visible desde tres o cuatro puntos situados a varias millas de distancia, en ... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Dos soldados | Cuento | I
Estábamos sentados en una mesa dentro: Monckton y el contramaestre y Carl y George y yo además de las mujeres, tres mujeres de esa clase abyecta y vistosa, con muchos oropeles, que los marinos conocen o conocen a los marinos. Nosotros hablábamos en inglés y ellas no hablaban nada. De esa manera conseguían hablarnos ... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Dr. Martino | Cuento | Se había casado muy joven con una chica de cara bastante vulgar a quien trataba a la sazón de seducir, y ahora, a los treinta y dos años, era viudo. El matrimonio le había arrastrado el trabajo como la sequía arrastra a los peces por los arroyos hacia las aguas caudalosas, y las cosas habían sido arduas a lo largo del ... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | El broche | Cuento | Pete y yo bajábamos a la casa del Viejo Killegrew a oír su radio. Esperábamos a después de la cena, a después de que anocheciera, y nos plantábamos ante la ventana del salón del Viejo Killegrew, y la escuchábamos porque la mujer del Viejo Killegrew estaba sorda como una tapia, así que el viejo ponía la radio a todo el ... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | El sacerdote | Cuento | Hubert Jarrod conoció a Louise King en Saint Louis, en una fiesta navideña celebrada en el domicilio de unos conocidos. Hizo un alto en el viaje de regreso a la casa familiar de Oklahoma solo por cumplir, adornado como iba por el aura de los pozos petrolíferos y de Yale, y corresponder a la invitación de la hermana de ... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | El tío Willy | Cuento | I
Le despertó el teléfono. Despertó ya con prisa, tanteando a oscuras en busca de la bata y las zapatillas, porque sin despertar aún del todo supo que la cama de al lado estaba sin ocupar, y el aparato estaba en la planta baja, frente a la puerta tras la cual su madre llevaba cinco años apoyada y encajada entre los al... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | El tirón de la muerte | Cuento | Había casi terminado sus estudios eclesiásticos. Mañana sería ordenado, mañana alcanzaría la unión completa y mística con el Señor que apasionadamente había deseado. Durante su estudiosa juventud había sido aleccionado para esperarla día tras día; él había tenido la esperanza de alcanzarla a través de la confesión, a t... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Elly | Cuento | I
Yo ya sé lo que decían. Decían que no me escapé de casa, sino que se me llevó con triquiñuelas un chalado que, si no lo hubiese matado yo, me habría matado en menos de una semana. Pero si hubieran dicho que las mujeres, las buenas mujeres de Jefferson, habían echado al tío Willy del pueblo y que yo me había ido tras... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Ese sol del atardecer | Cuento | I
La avioneta apareció sobre la ciudad casi tan repentina como una aparición. Volaba deprisa; casi antes de que nos diéramos cuenta de que estaba allí ya había trazado la mitad de un bucle aún sobre la plaza, violando las ordenanzas tanto municipales como del Estado. Tampoco fue un bucle de los buenos, pues lo trazó d... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Esquileo I | Minicuento | Bordeando la caída a pico del precipicio, la valla de madera parecía un juguete de un niño. Seguía el curvo contorno de la carretera como si la ciñese un hilo, y al pasar el coche era poco más que una mancha endeble. Luego titiló a medida que quedaba atrás como una cinta tensada y cortada a tijera.
Pasaron el rótulo, e... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Estación de Pensilvania | Cuento | I
Hoy en Jefferson los lunes no son muy distintos de cualquier otro día de la semana. Hoy las calles están pavimentadas, y las compañías del teléfono y de la luz talan cada vez más árboles de los que daban buena sombra —los robles de Virginia, los arces, las acacias, los olmos— haciendo sitio para los postes de hierro... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Falla | Cuento | El viejo Jackson era tenedor de libros o algo así, y ganaba un pequeño salario con el que debía mantener una numerosa familia; quería mejorarse con un mínimo esfuerzo, como buen descendiente de una vieja familia sureña, y entonces se le ocurrió la idea de arrendar una porción de estas tierras pantanosas de Luisiana y c... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Gambito de caballo | Cuento | I
Parecía que trajeran consigo el olor de la nieve que estaba cayendo en la Séptima Avenida. O tal vez hubieran sido los que llegaron antes que ellos, que lo trajeron consigo en los pulmones y, exhalándolo, inundaron el vestíbulo de un aire viciado, helado, como el que bien pudiera hallarse estancado e inerte en las f... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | ¡He ahí…! | Cuento | El grupo sigue su avance sorteando el límite que alcanza el fuego graneado de la artillería enemiga, bajando por cráteres viejos y nuevos hasta salir por el otro lado a gatas. Dos de los hombres a medias arrastran y a medias sostienen entre sí a un tercero, mientras otros dos portan los tres fusiles. El tercero lleva l... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Hojas rojas | Cuento | I
Uno de ellos golpeó. Pero la puerta se abrió en medio de los golpes, girando mientras los nudillos golpeaban, de modo que los dos visitantes estuvieron dentro de la habitación antes de que Charles y su tío levantasen los ojos del tablero de ajedrez. Y entonces su tío, a su vez, los reconoció.
Su nombre era Harriss. ... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Honor | Cuento | El Presidente se encontraba inmóvil en la puerta del vestidor presidencial, completamente vestido, pero sin haberse puesto aún las botas. Eran las seis y media de la mañana y nevaba; ya había pasado una hora entera ante la ventana, viendo nevar. Se encontraba ahora junto a la puerta de acceso al pasillo, completamente ... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Hubo una reina | Cuento | I
Los dos indios atravesaron la plantación hacia la parte en que vivían los esclavos. Limpias, enjalbegadas, de ladrillos de adobe blando, las dos hileras de cabañas en las que vivían los esclavos pertenecientes al clan se miraban una a la otra separadas por la sombra escasa de la senda marcada y hollada por los pies ... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Humo | Cuento | I
Crucé la antesala sin detenerme.
—Es que está reunido —dijo la señorita West, pero no me detuve. No llamé a la puerta. Estaban charlando. Calló y me miró desde la mesa.
—¿Con cuánta antelación necesita que le avise de que me marcho? —le dije.
—¿Cómo que se marcha? —dijo.
—Lo dejo. Me voy —dije—. ¿Bastará con un día ... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Incendiar establos | Cuento | I
Elnora se adentró por la parcela de atrás luego de salir por la puerta de su cabaña. En la tarde dilatada, la casa enorme, cuadrada, así como los terrenos circundantes, eran pura somnolencia, letargo apacible, tal como lo habían sido durante casi un siglo, desde el día en que John Sartoris llegó procedente de Caroli... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Justicia | Cuento | Anselm Holland llegó a Jefferson hace muchos años. De dónde, nadie lo sabía. Pero era joven entonces, y un hombre de variados recursos, o por lo menos, de presencia, porque antes de que hubieran transcurrido tres años estaba casado con la única hija de un hombre que poseía dos mil acres de las mejores tierras del distr... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | La cacería del oso | Cuento | El almacén en el que tuvo lugar la vista celebrada por el juez de paz apestaba bastante a queso. El chiquillo, acuclillado sobre el barril de los clavos, al fondo de un local atestado de gente, era sabedor de que olía a queso, y a unas cuantas cosas más: desde el asiento al que se había encaramado alcanzaba a ver las e... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | La caza del zorro | Cuento | I
Hasta que murió el Abuelo íbamos a la granja todos los sábados por la tarde. Salíamos de casa en el coche nada más terminar de comer, yo iba en el pescante con Roskus, y el Abuelo y Caddy y Jason iban detrás, en los asientos. El Abuelo y Roskus hablaban mientras los caballos corrían veloces, porque eran la mejor par... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | La melena | Cuento | Esto es Ratliff quien lo cuenta. Es un vendedor de máquinas de coser; hubo un tiempo en que viajaba por todo el condado en una carreta ligera, robusta, con un tiro de dos caballos recios, flacos, desparejados; ahora usa un Ford T, en el que también lleva la máquina de muestra en una caja de hojalata, en la trasera, den... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | La pierna | Cuento | Tres horas faltaban para que amaneciera cuando los mozos de cuadra, negros los tres, se acercaron al establo. Llevaban un farol. Mientras uno abría el cerrojo y descorría el portón, el que portaba el farol lo alzó y proyectó el haz en la negrura, donde la linde del pinar frisaba la cerca del prado. En esa negrura, tres... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Los altos | Cuento | I
Esa chica, la tal Susan Reed, era huérfana. Vivía acogida con una familia, los Burchett, que tenía más hijos, dos o tres más. Unos decían que Susan era sobrina o prima o lo que fuera; otros ponían en entredicho el carácter de Burchett, e incluso las intenciones de su señora: ya se sabe. Esto, sobre todo, era cosa de... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Mañana | Cuento | I
La embarcación —una yola con una vela remendada y ajada de tanto faenar a la intemperie— enfiló la entrada encajonada dos niveles más allá y por debajo de nosotros mientras esperaba yo con los remos en alto, mirando por encima del hombro, y George se sujetaba con fuerza al pilote, largándole sin descanso versos de M... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Mi abuela Millard | Cuento | Pasaron por delante del oscuro edificio de la desmotadora de algodón. Vieron al cabo la casa con las luces encendidas y el otro coche, el coupé del médico, detenerse entonces a la entrada, y oyeron los aullidos y ladridos del sabueso.
—Ya hemos llegado —dijo el viejo, el ayudante del fiscal del distrito.
—¿Y ese otro c... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Miss Zilphia Gant | Cuento | No siempre tío Gavin desempeñó su cargo desde que lo designaron fiscal del distrito. En una oportunidad, hacía ya más de veinte años, interrumpió sus funciones durante un lapso muy breve, tan breve que solo los viejos lo recordaban y, aun así, muchos de ellos lo habían olvidado. Porque en esa época le tocó actuar solam... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Mistral | Cuento | I
Era por lo general después de cenar, justo antes de que nos levantásemos de la mesa. Al principio, desde el día en que se recibió la noticia de que los yanquis habían tomado Memphis, lo hicimos durante tres noches seguidas. Pero después, a medida que lo fuimos haciendo mejor, a medida que lo fuimos haciendo más depr... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Monje | Cuento | I
Jim Gant era un tratante de ganado. Compraba caballos y mulas a tres condados vecinos, y, con la ayuda de un chico idiota y voluminoso, los conducía a través de setenta y cinco millas de campo abierto hasta los mercados de Memphis.
Llevaban con ellos en el carro un equipo de acampada, ya que pasaban tan solo bajo te... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Música negra | Cuento | I
Apenas quedaba ni gota del brandy milanés. Bebí un trago y le pasé la botella a Don, que elevó la petaca hasta que el licor cayó inclinado y amarillento por la ranura abierta en la funda de cuero, y así la tenía sujeta en alto cuando llegó el soldado por el camino, la guerrera abierta del todo, empujando la biciclet... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Ninfolepsia | Cuento | Trataré de contarles algo acerca de Monje. Repito que trataré de hacerlo, es decir, que intentaré salvar las inconsistencias de esta breve, sórdida y poco original historia, tornándola comprensible no solamente por medio de los nebulosos instrumentos de la hipótesis, la inferencia y la inventiva, sino también mediante ... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | No ha de perecer | Cuento | I
Esto que sigue es cosa de Wilfred Midgleston, favorito de la fortuna, elegido por los dioses. A lo largo de cincuenta y seis años, un mero espesamiento de las antiguas y bravuconas compulsiones y circunscripciones de los relojes y las campanas, tan sobradas de redaños, se encontró por la vida, cuando iba de paseo, c... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Peón porcino | Cuento | Pronto su sombra se vio descabezada por la cortante línea de la cima de la colina; empujada ante él como si fuera una serpiente, la vio gradualmente convertirse en nada. Al final se quedó sin sombra alguna. Sus pesados e informes zapatos, grises en el camino polvoriento; su mono de trabajo, gris por el polvo: el polvo ... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Sequía en septiembre | Cuento | Cuando llegó el recado con lo de Pete, el Padre y yo ya nos habíamos ido al campo. La Madre lo recogió del buzón después de que nos fuésemos a labrar, y de antemano sabía lo que era, porque ni siquiera se puso la capota para guarecerse del sol, así que seguramente estaba mirando desde la ventana de la cocina cuando lle... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Tierra del oro | Cuento | El viejo Otis Meadowfill era tan mezquino que hasta lograba ser solvente pese a lo exiguo de sus ingresos.
Tenía, sin necesidad de trabajar, la renta justa para mantenerse a sí mismo y a la esclava gris de su mujer y a su hija única, y ni un solo dólar más que alguien pudiera pedirle prestado u obtener de él como contr... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Todos los pilotos muertos | Cuento | I
A lo ancho del ensangrentado atardecer de septiembre, resultado de los sesenta y dos días pasados sin que lloviera, se propagó como el fuego en la sequedad de la hierba… el rumor, el cuento, lo que fuera. Algo acerca de la señorita Minnie Cooper y un negro. Agredida, insultada, aterrada: ninguno de ellos, reunidos e... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Un error de química | Cuento | I
De haber tenido treinta años no habría necesitado atizarse las dos aspirinas y el vaso mediado de ginebra a palo seco antes de sentirse en condiciones de aguantar los alfilerazos de la ducha en todo el cuerpo y de dominar el temblor de las manos para afeitarse. Bien es cierto que cuando tenía treinta años tampoco pu... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Un mulo en la parcela | Cuento | I
En las fotos, instantáneas hechas deprisa y corriendo, ahora descoloridas, con los cantos doblados al cabo de trece años, alardean y se jactan un poco. Flacos, endurecidos, con sus arreos marciales de latón y de cuero, posan de pie, al lado de las formas esotéricas, de alambre y madera y lona, o apoyados en ellas, e... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Un noviazgo | Cuento | Fue Joel Flint en persona quien telefoneó al sheriff para comunicarle que acababa de matar a su mujer. Y cuando el sheriff llegó al lugar del hecho, acompañado por un empleado, luego de recorrer en automóvil las veinte millas de distancia hasta el apartado paraje donde vivía el viejo Wesley Pritchel, Joel Flint en pers... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Un tejado para la casa del Señor | Cuento | Fue un día gris de finales de enero, aunque frío no hacía porque había bastante niebla. La vieja Het, que acababa de salir del asilo de los pobres, entró como una loca por la puerta, derecha hasta la cocina, dando voces en un tono chillón, como si estuviera encantada de la vida. Rondaría seguramente los setenta, aunque... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Una mano sobre las aguas | Cuento | Así es como eran las cosas en los viejos tiempos, cuando el viejo Issetibbeha aún era el Hombre e Ikkemotubbe, sobrino de Issetibbeha, y David Hogganbeck, el blanco que decía por qué trecho del agua tenía que ir paso a paso el vapor, cortejaron a la hermana de Herman Cesto.
Todos los de la Tribu vivían ya en la plantac... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Una rosa para Emilia | Cuento | Papá se levantó más de una hora antes de que fuese de día y agarró la mula y bajó hasta casa de Killegrew a pedirle prestado el escoplo y el mazo. Tendría que haber estado de vuelta, con todo, en tres cuartos de hora. Pero había salido el sol y ya había ordeñado yo a las vacas y les había echado el pienso y me estaba d... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Victoria en el monte | Cuento | I
Los dos hombres siguieron el sendero que corría entre el río y la espesa cortina de cipreses, cañaverales, gomeros y zarzas. Uno de ellos llevaba una bolsa de arpillera que había sido aparentemente lavada y planchada. El otro era un joven de menos de veinte años, a juzgar por su rostro. El río estaba bajo, con el niv... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Victoria | Cuento | I
Cuando murió la señorita Emilia Grierson, casi toda la ciudad asistió a su funeral; los hombres, con esa especie de respetuosa devoción ante un monumento que desaparece; las mujeres, en su mayoría, animadas de un sentimiento de curiosidad por ver por dentro la casa en la que nadie había entrado en los últimos diez añ... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Viraje | Cuento | I
Por la ventana de la cabaña los cinco vieron a la comitiva subir fatigosamente por la senda embarrada y hacer un alto en la cancela. Primero llegó un hombre a pie, con un caballo sujeto por las bridas. Llevaba un sombrero de ala ancha bien encasquetado, de modo que le cubría el rostro, y la forma del cuerpo la envol... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Wash Jones | Cuento | I
Quienes lo vieron bajar del expreso de Marsella en la Gare de Lyon aquella mañana lluviosa vieron a un hombre alto, un tanto envarado, de rostro broncíneo y bigote de guías puntiagudas, con el pelo casi blanco del todo. «Un milord», se dijeron, recalcando la sobriedad y la corrección de su traje, su correcto bastón,... |
Faulkner, William | Estados Unidos | 1897-1962 | Y eso bien ha de estar | Cuento | I
El americano, el de mayor edad, no llevaba los consabidos Bedford de pana, de tonalidad rosada, que llevaban todos los jóvenes oficiales del ejército del aire. Sus pantalones de montar eran de cordoncillo, como lo era la guerrera. Y la guerrera no era de las de faldón largo, el clásico corte londinense, de modo que ... |
Fénéon, Félix | Francia | 1861-1944 | Calabozo | Minicuento | Sutpen se quedó de pie junto al jergón de paja donde estaban tendidas la madre y el bebé. Por entre las alabeadas tablas de la pared caí el temprano sol mañanero en largas pinceladas, listando sus piernas abiertas y la fusta de cabalgar que llevaba en la mano, y cruzando la silueta inmóvil de la madre, que lo miraba co... |
Fénéon, Félix | Francia | 1861-1944 | Depresión | Minicuento | I
Oíamos correr el agua en la bañera. Miramos los regalos esparcidos por encima de la cama, donde los había envuelto mamá con un papel de colores, con nuestros nombres puestos, para que el abuelo supiera a la primera cuál era de cada cuál, nada más recogerlos del árbol. Había un regalo para cada uno, para todos nosotr... |
Fénéon, Félix | Francia | 1861-1944 | Divorcio inminente | Minicuento | Vestido de capitán colonial, el vizconde de Perruchon recaudó seis mil francos en seis meses. Calabozo: ni vizcondado ni uniforme.
FIN |
Fénéon, Félix | Francia | 1861-1944 | El pintor | Minicuento | Al descubrir ahorcado a su hijo de Hyacinthe, de sesenta y nueve años de edad, la señora Ranvier, de Bussy-Saint-Georges, quedó tan deprimida que no pudo cortar la soga.
FIN |
Fénéon, Félix | Francia | 1861-1944 | El tren | Minicuento | Ayer el señor Colombe, vecino de Ruán, se mató de un balazo. Su mujer ya le había disparado tres balazos en marzo. El divorcio era inminente.
FIN |
Fénéon, Félix | Francia | 1861-1944 | Escándalo | Minicuento | En el techo de la estación de Enghien, un pintor fue electrocutado. Se escuchó el entrechocar de sus mandíbulas y después cayó sobre el pabellón.
FIN |
Fénéon, Félix | Francia | 1861-1944 | Estafa | Minicuento | Catherine Rosello, vecina de Tolón y madre de cinco hijos, intentó esquivar un tren de mercancías, pero la atropelló el tren de pasajeros.
FIN |
Fénéon, Félix | Francia | 1861-1944 | La suegra | Minicuento | Abandonada por Delorce, Cécile Ward se negó a aceptarlo nuevamente a menos que se casara con ella. Él la acuchilló porque consideró que esa era una estipulación escandalosa.
FIN |
Fénéon, Félix | Francia | 1861-1944 | Maternidad | Minicuento | Para estafarla, el marsellés Philippe se hizo sorprender en galante delito con su amante por un guardia forestal falso. Detenido.
FIN |
Fénéon, Félix | Francia | 1861-1944 | Muy viejo | Minicuento | Scheid, vecino de Dunkerque, le disparó tres veces a su esposa. Como siempre fallaba, le apuntó a su suegra y el tiro dio en el blanco.
FIN |
Fénéon, Félix | Francia | 1861-1944 | Objetos de culto | Minicuento | Una muchacha ha quemado con ácido a su amante, un ciudadano de Tolón de buena posición, porque intentaba huir después de haberla convertido en madre.
FIN |
Fénéon, Félix | Francia | 1861-1944 | Olvidada | Minicuento | En Arcueil, el cadáver del sesentón Dorlay se mecía en un árbol con esta pancarta: “Muy viejo para trabajar”.
FIN |
Fénéon, Félix | Francia | 1861-1944 | Once más | Minicuento | El cura de Monceau tiene un grado de impedimento para decir misa. Unos pillos han robado sus objetos de culto.
FIN |
Fénéon, Félix | Francia | 1861-1944 | Perro Fiel | Minicuento | A los ochenta años de edad, la señora Saout, de Lambézellec, empezó a temer que la muerte se olvidara de ella. Al ausentarse su hija de la casa, se ahorcó.
FIN |
Fénéon, Félix | Francia | 1861-1944 | Petróleo | Minicuento | Por juzgar a su hija de diecinueve años muy poco prudente, el relojero Jallat, vecino de Saint-Étienne, la mató. La verdad es que le quedan once hijos.
FIN |
Fénéon, Félix | Francia | 1861-1944 | Por error | Minicuento | Cerca de Noisy-sous-École, el señor Louis Delillieau, de setenta años, cayó muerto por una insolación. Su perro Fiel, de inmediato, le comió la cabeza.
FIN |
Fénéon, Félix | Francia | 1861-1944 | Sin aviso | Minicuento | Louis Lamarre no tenía trabajo ni vivienda, pero sí un poco de dinero. En una tienda de Saint Denis compró un litro de petróleo y se lo bebió.
FIN |
Fénéon, Félix | Francia | 1861-1944 | Todavía intacta | Minicuento | Vital Frérotte, un lavaplatos de Nancy que regresó de Lourdes curado para siempre de la tuberculosis, el domingo murió por error.
FIN |
Fernández, Macedonio | Argentina | 1874-1952 | Artificios | Minicuento | Raoul G., residente de Ivry, fue poco refinado al regresar a su casa sin aviso previo. Apuñaló a su mujer, quien se divertía en brazos de un amigo.
FIN |
Fernández, Macedonio | Argentina | 1874-1952 | Boletería de la gratuidad | Minicuento | Una europea de Túnez fue raptada en Medjez por dos árabes desvergonzados. La dama pudo huir todavía intacta, pero ya medio desnuda.
FIN |
Fernández, Macedonio | Argentina | 1874-1952 | Tres cocineros y un huevo frito | Minicuento | -Mujer, ¿cuánto te ha costado esta espumadera?
-1,90.
-¿Cómo, tanto? ¡Pero es una barbaridad!
-Sí; es que los agujeros están carísimos. Con esto de la guerra se aprovechan de todo.
-¡Pues la hubieras comprado sin ellos!
-Pero entonces sería un cucharón y ya no serviría para espumar.
-No importa; no hay que pagar de más... |
Fernández, Macedonio | Argentina | 1874-1952 | Un paciente en disminución | Minicuento | No obstante lo muy concurrida que está siempre esta deliciosa boletería, he podido abrirme paso y he comprado, gratuitamente, la siguiente información, que os doy a precio de costo: en todas las ciudades, aunque nadie lo haya gestionado, hay un abogado más alto de estatura que los otros; pero en Buenos Aires, donde el ... |
Fernández Flórez, Wenceslao | España | 1885-1964 | La fraga de Cecebre | Cuento | Hay tres cocineros en un hotel; el primero llama al segundo y le dice: “Atiéndeme ese huevo frito; debe ser así: no muy pasado, regular sal, sin vinagre”; pero a este segundo viene su mujer a decir que le han robado la cartera, por lo que se dirige al tercero: “Por favor, atiéndeme este huevo frito que me encargó Nicol... |
Fernández Flórez, Wenceslao | España | 1885-1964 | La fría mano del misterio | Cuento | El señor Ga había sido tan asiduo, tan dócil y prolongado paciente del doctor Terapéutica que ahora ya era sólo un pie. Extirpados sucesivamente los dientes, las amígdalas, el estómago, un riñón, un pulmón, el bazo, el colon, ahora llegaba el valet del señor Ga a llamar al doctor Terapéutica para que atendiera el pie d... |
Fernández Flórez, Wenceslao | España | 1885-1964 | La vaca adúltera | Cuento | Un día llegaron unos hombres a la fraga de Cecebre, abrieron un agujero, clavaron un poste y lo aseguraron apisonando guijarros y tierra a su alrededor. Subieron luego por él, le prendieron varios hilos metálicos y se marcharon para continuar el tendido de la línea.
Las plantas que había en torno del reciente huésped d... |
Fernández Flórez, Wenceslao | España | 1885-1964 | Los viajes | Minicuento | (Historia de pesadilla)
Después del casamiento, mi mujer me arrastró rápidamente hasta el coche. A la puerta de la iglesia, de pie sobre las losas que cubrían las tumbas de los feligreses, los padres de Osvina lloraban. Mi suegro era alto, delgadísimo, de corva nariz; tenía los ojos redondos; su mujer era enjuta tambié... |
Fernández Flórez, Wenceslao | España | 1885-1964 | Por qué engañan los hombres a las mujeres. Por bonitas | Cuento | Más de una vez en mis viajes por Holanda, después de ver cómo avanzaban los dos brazos del dique que había de cerrar el Zuiderzée, condenado a desecación, o cómo crecían las ingentes paredes de una nueva esclusa, o cómo rodaban los quesos desde las orillas del canal de Alkamar, para amontonarse en las barcas panzudas y... |
Fernández Flórez, Wenceslao | España | 1885-1964 | Por qué engañan los hombres a las mujeres. Por feas | Cuento | Érase un señor de abundantes carnes que no podía permitirse una gran ligereza al atravesar las vías de la capital argentina, y que, por tanto, sufría el constante peligro de fallecer aplastado por los automóviles. El hombre estudió su caso, y a primera vista le pareció que no había para él más que dos soluciones ampara... |
Fernández Flórez, Wenceslao | España | 1885-1964 | Por qué engañan los hombres a las mujeres. Por variar | Cuento | Cuando el Sr. Poncet terminó de hablar, la anciana señora Míguez reiteró su tesis de que el género de vida moderna, esta vida moderna vuelta desdeñosamente de espaldas para los juegos de prendas, fomentaba la versatilidad de los hombres, que a ella le constaba ser, por otra parte, bien fácil. Pero la señora Míguez no p... |
Fernández Santos, Jesús | España | 1926-1988 | Cabeza rapada | Minicuento | —No diré que su historia no sea interesante ni que deje de estar justificada su conducta—gruñó el escuálido señor Guzmán cuando Ribera terminó su relato—pero yo bien sé de quien podría narrar otros sucedidos completamente opuestos a los que usted refirió y que, sin embargo, tuvieron un análogo fin. Puesto que cada cual... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | A tu edad | Cuento | Los recién casados habían desaparecido ya sin que, en el bullicio de la fiesta, nadie lo advirtiese; pero quedaban las suficientes muchachas guapas y los suficientes emparedados de jamón para que los invitados no pensasen en imitar la conducta de los novios abandonando la espléndida morada donde se había celebrado la b... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | Absolución | Cuento | Era un viento templado. Las hojas volaban llenando la calzada, remontándose hasta caer de nuevo desde las copas de los árboles. Su cabeza rapada al cero, aparecía oscura del sudor y el sol, como las piernas con sus largos pantalones de pana. No había cumplido los diez años; era un chico pequeño. Íbamos andando a través... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | Algo más que una casa | Cuento | I
Tom Squires entró en la tienda a comprar un cepillo de dientes, una lata de polvos de talco, un elixir bucal, jabón Castile, sales de Epsom y una caja de puros. Después de muchos años viviendo solo, era un hombre metódico, así que, mientras esperaba a que lo atendieran, tenía en la mano su lista de compras. Era la s... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | Amor en la noche | Cuento | I
Érase una vez un sacerdote de ojos fríos y húmedos que, en el silencio de la noche, derramaba frías lágrimas. Lloraba porque las tardes eran cálidas y largas y era incapaz de conseguir una absoluta unión mística con Nuestro Señor. A veces, hacia las cuatro, bajo su ventana, se oía un rumor de chicas suecas en el sen... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | Bancarrota emocional | Cuento | I
Era una de las costumbres de Lew… Y ya llevaba corrido lo suyo. Entrabas a un recibidor, a veces estrecho, estilo colonial de Nueva Inglaterra, a veces prudentemente espacioso. Una vez en el recibidor, el anfitrión decía: “Clare” —o “Virginia”, o “Querida”—, “te presento al señor Lowrie”. La mujer decía: “Cómo esta u... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | Basil y Cleopatra | Cuento | I
Aquellas palabras conmovieron a Val. Le habían venido a la cabeza de pronto, aquella tarde de abril fresca y dorada, y se las repetía una y otra vez: “Amor en la noche; amor en la noche”. Las pronunció en tres idiomas —ruso, francés e inglés—, y decidió que sonaban mejor en inglés. En cada idioma significaban un tip... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | Berenice se corta el pelo | Cuento | I
—Ahí está otra vez ese idiota con el catalejo —señaló Josephine. Lillian Hammel, en el sofá, se liberó del cojín de encaje que tenía en la cintura y se acercó a la ventana—. Se esconde para que no lo veamos. Está mirando hacia el cuarto de arriba.
El mirón operaba desde una casa de la acera opuesta de la estrecha ca... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | Cabeza y hombros | Cuento | I
Cualquier sitio donde ella estuviera, para Basil se convertía en un lugar precioso y encantado, aunque él no lo considerara así. Pensaba que la fascinación era inherente al lugar, y mucho tiempo después la calle más corriente o el simple nombre de una ciudad destilarían un brillo especial, ciertas resonancias que en... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | Corto viaje a casa | Cuento | I
Los sábados, cuando se hacía de noche, desde el primer tee del campo de golf veías las ventanas del club de campo como una línea amarilla sobre un océano negrísimo y ondulante. Las olas de ese océano, por así decirlo, eran las cabezas de una multitud de caddies curiosos, de algunos de los chóferes más ingeniosos y d... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | Dados, nudillos de hierro y guitarra | Cuento | I
En 1915 Horace Tarbox tenía trece años. Por aquellas fechas hizo el examen de ingreso en la Universidad de Princeton y consiguió las más altas calificaciones en materias como César, Cicerón, Virgilio, Jenofonte, Hornero, Algebra, Geometría Plana, Geometría del Espacio y Química.
Dos años después, mientras George M. ... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | Diamante Dick y el primer derecho de la mujer | Cuento | I
Yo estaba cerca de ella porque me había rezagado a propósito para acompañarla a dar un breve paseo: desde el cuarto de estar a la puerta de la calle. Ya era bastante, pues ella había florecido de repente y yo, a pesar de ser un hombre y un año mayor, no había florecido en absoluto, y apenas si me había atrevido a ac... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | Domingo loco | Cuento | Zonas enteras de Nueva Jersey, como todo el mundo sabe, se encuentran bajo el agua, y otras se encuentran bajo la vigilancia permanente de las autoridades. Pero aún sobreviven, desperdigadas aquí y allá, extensiones de huertos salpicadas de anticuadas casonas con amplias galerías sombrías y un columpio rojo en el jardí... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | Dos errores | Cuento | Cuando Diana Dickey regresó de Francia en la primavera de 1919, sus padres consideraron que su nefando pasado había sido expiado. Había prestado servicio durante un año en la Cruz Roja y al parecer estaba comprometida con un joven piloto norteamericano encantador y de buena posición. No pudieron preguntar más; de los a... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | El desprecio | Cuento | I
Era domingo, no un día, sino más bien un intervalo entre dos días. Y para todos quedaban atrás platos y secuencias, las largas esperas bajo la jirafa de la que pendía el micrófono, los ciento sesenta kilómetros al día en automóvil de acá para allá por carreteras comarcales, los comentarios envenenados e ingeniosos e... |
Fitzgerald, F. Scott | Estados Unidos | 1896-1940 | El diamante tan grande como el Ritz | Cuento largo | I
—Mírame los zapatos —dijo Bill—. Veintiocho dólares.
El señor Brancusi los miró.
—Chachi —dijo.
—Hechos a medida.
—Ya sabía que eras elegantísimo. No me habrás hecho venir solo para enseñarme los zapatos, ¿verdad?
—No soy elegantísimo. ¿Quién ha dicho que yo era elegantísimo? —preguntó Bill—. Solo porque tengo más e... |
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