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|---|---|---|---|---|---|
Pavese, Cesare | Italia | 1908-1950 | Insomnio | Cuento | I
Ni uno solo de los tres detenidos podía sentir el chapoteo del mar, que ese día debía de estar como una balsa de aceite, pero los tres estaban tirados en los catres como si hicieran el muerto. Con los ojos entrecerrados, el estrépito y las voces de la calle llegaban impregnados de sol y arena y llenaban de mar tórrid... |
Pavese, Cesare | Italia | 1908-1950 | La aventura | Cuento | Por este camino pasaba mi padre. Pasaba de noche porque era largo y quería llegar con la fresca. Seguía a pie la colina, después todo el valle y luego las otras colinas, hasta que asomaban al tiempo el sol de cara y él por la última cresta. El camino subía hasta las nubes, que se rompían en el sol sobre el humo de la l... |
Pavese, Cesare | Italia | 1908-1950 | La chaqueta de cuero | Cuento | Cuando regresaba antes del alba por la era (volvía a casa de fiestas, de conversaciones, de aventuras) sabía que mi padre estaba allí, bajo la mancha negra del nogal, y permanecía inmóvil, quién sabe desde hacía cuánto tiempo, mirando entre los árboles, asaeteándolos con los ojos, siempre a punto de salir bajo las estr... |
Pavese, Cesare | Italia | 1908-1950 | La ciudad | Cuento | Sandra se pasó la mañana sin alejarse de la estación. Se había metido por una avenida con plantas que parecían ramos de flores y caminaba mirando los escaparates, deteniéndose, volviéndose a veces. Luego advirtió que las casas de la avenida disminuían de altura, que el cielo allá al fondo estaba vacío, que la avenida a... |
Pavese, Cesare | Italia | 1908-1950 | La familia | Cuento | Mi padre me deja pasar el santo día en el barracón del embarcadero, porque ahí me distraigo y aprendo un oficio sin darme cuenta. Ahora hay una dueña gorda que grita siempre, y si hago el mínimo ademán de tocar una barca, me ve, aunque sea desde el sótano, y grita que deje lo que no es mío. Detrás del barracón están l... |
Pavese, Cesare | Italia | 1908-1950 | La gitana | Cuento | Gallo no fue nunca, ni siquiera en el pueblo, de esos que gustan de ciertas conversaciones y se emborrachan en compañía para tenerlas con mayor libertad. Entre mozalbetes siempre hay alguno que se dedica a eso y se suelta la melena; pues bien, Gallo lo dejaba hablar y no hacía caso, y una vez miró a dos que susurraban,... |
Pavese, Cesare | Italia | 1908-1950 | La Langa | Cuento | Borrador sin terminar
Antes, cuando llegaba el verano, íbamos en barca. La cogíamos en el puente, nos poníamos en bañador y llegábamos hasta los bosques. Nos quedábamos toda la tarde. Entonces, que éramos jóvenes, con frecuencia llevábamos compañía, pero —como suele ocurrir— no estábamos a gusto, y necesitamos unos año... |
Pavese, Cesare | Italia | 1908-1950 | La libertad | Cuento | Como todas las mañanas me desperté antes de que fuera de día, pero esperé a que hubiese claridad antes de bajar de la cama. Eso ganaba sobre el largo día. La lluvia, como de costumbre, en vez de lavarme el cristal me lo había ensuciado. Atendí a las cosas sin atreverme a salir. A eso de las once, empujado por el hambre... |
Pavese, Cesare | Italia | 1908-1950 | La sangre | Cuento | Yo soy un hombre muy ambicioso y dejé de joven mi pueblo, con la idea fija de convertirme en alguien. Mi pueblo son cuatro barracas y mucho barro, pero lo cruza la carretera provincial donde jugaba de niño. Como —repito— soy ambicioso, quería recorrer el mundo y, llegado a los parajes más lejanos, volverme y decir en p... |
Pavese, Cesare | Italia | 1908-1950 | La viña | Cuento | Mi amigo Alessio me confiesa que no le gustan los niños. No porque sean molestos, me dice, sino porque con solo mirarlos se comprende que viven en un mundo que no es el nuestro y ven, sienten, escuchan, otras cosas que nosotros. Aquí en la playa hay muchos; hablamos, por supuesto, de los que tienen más de tres años, qu... |
Pavese, Cesare | Italia | 1908-1950 | Las casas | Cuento | Mi horror a la sangre comenzó el día que fui a parar junto a un corrillo de gente al cual acudían nuevos transeúntes y que rodeaba a un tranvía. Había algo en el suelo cerca del tranvía y yo me gritaba: “No vayas, no vayas”, pero sabía que a los muertos los tapan con una lona. Salió una mujer pálida, sostenida por un g... |
Pavese, Cesare | Italia | 1908-1950 | Las fiestas | Cuento | Una viña que sube por la ladera de un cerro hasta grabarse en el cielo es una visión familiar, y sin embargo las cortinas de las hileras simples y profundas parecen una puerta mágica. Bajo las vides hay tierra roja roturada, las hojas esconden tesoros, y al otro lado de las hojas está el cielo. Es un cielo siempre tier... |
Pavese, Cesare | Italia | 1908-1950 | Las tres muchachas | Cuento | Soy un hombre solo que trabaja, y todas las semanas espero el domingo. No digo que ese día me guste, pero lo celebro como todos, porque un descanso viene bien. Antes, cuando aún era un muchacho, pensaba que si trabajaba también el domingo me haría hombre más pronto que los demás, e hice que me dieran la llave del talle... |
Pavese, Cesare | Italia | 1908-1950 | Los mendigos | Cuento | Pino nunca se había quitado de la cabeza el caballo de Ganola y a veces me hablaba de eso. Una tarde que volvíamos de Pozzengo hizo ademán de coger el caminito y a mí, que lo miraba, me dijo:
—Vuelvo esta noche.
De hecho regresó al día siguiente con las primeras luces y pasó por el henil. Aquel día en el campo le dije:... |
Pavese, Cesare | Italia | 1908-1950 | Misoginia | Cuento | Me asombra que Clara, Lucetta y hasta doña Ugolina, que ya no es una niña, repitan de tan buena gana que todos los hombres son asquerosos y que ellas los desprecian y no les interesan para nada. No hablan de otra cosa. No creo haber dormido nunca en sábanas de seda, pero ni cuando era una boba decía para mí esas cosas.... |
Pavese, Cesare | Italia | 1908-1950 | Noche de fiesta | Cuento | Fragmentos sin título
Ni siquiera de niño a Geri le habían convencido nunca aquellos mendigos que se presentaban en la puerta decentemente vestidos —en invierno, con un abrigo— y saludaban pidiendo limosna muy serios, como quien atiende un negocio y no puede perder tiempo y lo da a entender. Geri había sentido siempre ... |
Pavese, Cesare | Italia | 1908-1950 | Nudismo | Cuento | I
Aquel hotelito estaba bajo las montañas, en un recodo oscuro de la carretera. Giusto odiaba los grupos de excursionistas y servía en esos casos solo por equidad con su hermana. Por eso, al empezar el verano, se volvía cada vez más huraño.
Una noche desierta de octubre, el joven se sirvió un vaso de una botella mediad... |
Pavese, Cesare | Italia | 1908-1950 | Piscina en día laborable | Cuento | I
Hasta la era lisa y dura como una mesa de mármol ascendía el fresco del atardecer. A los pies de una colina, cuando el sol apenas había caído por el otro lado, la tierra parecía aclararse con luz propia, una luz fresca y silenciosa, que salía de las piedras y de las cosas desnudas. En el aire inmóvil, detrás del esta... |
Pavese, Cesare | Italia | 1908-1950 | Primer amor | Cuento | He regresado al torrente adonde venía este invierno, y como suele suceder en estas horas cálidas se me ha ocurrido la idea de quedarme desnudo. Solo me veían los árboles y los pájaros. El torrente está encajonado en un corte de la campiña. Si se tiene un cuerpo, más vale exponerlo al cielo. Las raíces que sobresalen de... |
Pavese, Cesare | Italia | 1908-1950 | Sueños en el campo | Cuento | Es bonita nuestra piscina de color verdemar bajo el sol y rodeada de matas que tapan las casas y las avenidas, y más lejos colinas bajas, tan bonita que alguno de nosotros se levanta de vez en cuando, echa un vistazo al conjunto y da un paso, y después, suspirando, cierra los ojos y vuelve a tumbarse en silencio. Si un... |
Pavese, Cesare | Italia | 1908-1950 | Suicidios | Cuento | Antes de conocer a Nino nunca me había dado cuenta de que los muchachos con quienes gritaba y corría por las calles fueran sucios y llenos de remiendos. E incluso los envidiaba porque iban descalzos y alguno sabía apretar el talón contra los rastrojos sin hacerse daño. Mis pálidos pies de ciudad, en cambio, se contraía... |
Pavese, Cesare | Italia | 1908-1950 | Tierra de exilio | Cuento | Había mañanas en que nos despertábamos extrañamente descansados, tan descansados que nos parecía estar cansados. El cuerpo nos pesaba como pesa en sueños. En los riñones y en las pantorrillas nos espumeaba una sangre turbia aunque viva. Al mirarnos a la cara, cada uno de nosotros parecía llegar de lejos. Hablábamos del... |
Pavese, Cesare | Italia | 1908-1950 | Tormenta de verano | Cuento | I
Hay días en los cuales la ciudad donde vivo, y los transeúntes, el tráfico, los árboles, todo se despierta por la mañana con un aspecto extraño, usual y sin embargo irreconocible, como en esos instantes en que uno se mira al espejo y se pregunta: «¿Quién es ese tipo?». Para mí, son los únicos días amables del año.
Es... |
Pavese, Cesare | Italia | 1908-1950 | Trabajar es un placer | Cuento | I
Arrojado por extrañas peripecias de trabajo al mismísimo final de Italia, me sentía bastante solo y consideraba aquel asqueroso pueblecito en parte como un castigo —que nos aguarda, al menos una vez en la vida, a cada uno de nosotros—, en parte como un buen retiro donde recogerme y hacer extravagantes experimentos. Y... |
Pavese, Cesare | Italia | 1908-1950 | Una certeza | Cuento | A la caseta del “Embarque”, al pie de las colinas, no llegaba aún el sol. Le daban sombra grandes árboles. Al otro lado del río, que destellaba inmóvil iluminado por el alba, se alzaban casas luminosas, los suburbios aislados, y en ellos parecía ya avanzada la mañana. La barquera, una vieja terrosa, aún toda despeinada... |
Pavese, Cesare | Italia | 1908-1950 | Vespa | Cuento | Yo viví siempre en el campo durante el buen tiempo, de junio a octubre, y venía a él como a una fiesta. Era un muchacho, y los campesinos me llevaban con ellos a la cosecha, a las tareas más ligeras, amontonar heno, coger mazorcas, vendimiar. No a segar el trigo, por culpa del sol demasiado fuerte; y mirar la aradura d... |
Pavese, Cesare | Italia | 1908-1950 | Viaje de bodas | Cuento | Mi vida no es precisamente sedentaria; puedo incluso decir que he tenido aventuras insólitas, reveses, recuperaciones, borrascas, y que las pruebas aún no han acabado. Sin embargo, en medio de todo ello, si me detengo un momento a pensar, no me hallo en mi pasado y sus agitaciones no las entiendo. Es como si todo le hu... |
Pavese, Cesare | Italia | 1908-1950 | Viejo oficio | Cuento | Corradino conocía desde no hacía mucho a un tipo que, sin que tuvieran gran cosa que decirse, ocupaba alguna de sus tardes. Era Vespa, un mozo que habría regresado de África, herido y enfermo. Vivía en el quinto piso de un edificio sin ascensor, adonde había subido por primera vez con Fabio en junio. Una tarde que habí... |
Pavese, Cesare | Italia | 1908-1950 | Vocación | Cuento | I
Ahora que, a fuerza de cardenales y remordimientos, he comprendido cuán necio es rechazar la realidad a cambio de fantasías y pretender recibir cuando no se tiene nada que ofrecer, ahora Cilia está muerta. A veces pienso que, resignado al trabajo y a la humildad como vivo ahora, sabría adaptarme con gozo a aquel tiem... |
Pavese, Cesare | Italia | 1908-1950 | Wanda | Cuento | En aquellos tiempos estaba ocupadísimo y vivía con los carreteros. La cabeza me resuena aún con las gruesas voces de mando y el chirrido de los frenos. Nuestro punto de reunión estaba en el patio, bajo el zaguán de cierta ventana que, las noches de partida, era un antro de faroles y de voces iracundas como latigazos. C... |
Payno, Manuel | México | 1810-1894 | Amor secreto | Cuento | Recuerdo cuántas amapolas se veían por la ventana en el campo, y no las he soñado, desde luego. Colores tan vivos no se sueñan y, además, siempre he observado que de un sueño no se recuerdan los detalles inútiles. Pero aquellas amapolas no servían para nada y brotaban sobre el montículo, dentro de la ventana, como una ... |
Paz, Octavio | México | 1914-1998 | El ramo azul | Minicuento | Aquí estoy llamando a la puerta y, si en vez de Wanda vacilante y sorprendida me abriese una Wanda enojada preguntando qué quiero y si creo que basta con presentarme para ponerle las manos encima y pasar una noche respirando con ella, tendría que agachar la cabeza y quitarme el sombrero farfullando que me he equivocado... |
Paz, Octavio | México | 1914-1998 | Maravillas de la voluntad | Minicuento | Mucho tiempo hacía que Alfredo no me visitaba, hasta que el día menos pensado se presentó en mi cuarto. Su palidez, su largo cabello que caía en desorden sobre sus carrillos hundidos, sus ojos lánguidos y tristes y, por último, los marcados síntomas que le advertía de una grave enfermedad me alarmaron sobremanera, tant... |
Paz, Octavio | México | 1914-1998 | Prisa | Minicuento | Desperté, cubierto de sudor. Del piso de ladrillos rojos, recién regados, subía un vapor caliente. Una mariposa de alas grisáceas revoloteaba encandilada alrededor del foco amarillento. Salté de la hamaca y descalzo atravesé el cuarto, cuidando no pisar algún alacrán salido de su escondrijo a tomar el fresco. Me acerqu... |
Pemán, José María | España | 1897-1981 | El republicano y los reyes magos | Cuento | A las tres en punto don Pedro llegaba a nuestra mesa, saludaba a cada uno de los concurrentes, pronunciaba para sí unas frases indescifrables y silenciosamente tomaba asiento. Pedía una taza de café, encendía un cigarrillo, escuchaba la plática, bebía a sorbos su tacita, pagaba a la mesera, tomaba su sombrero, recogía ... |
Pérez Galdós, Benito | España | 1843-1920 | ¿Dónde está mi cabeza? | Cuento | A pesar de mi torpor, de mis ojos hinchados, de mi aire de recién salido de la cueva, no me detengo nunca. Tengo prisa. Siempre he tenido prisa. Día y noche zumba en mi cráneo la abeja. Salto de la mañana a la noche, del sueño al despertar, del tumulto a la soledad, del alba al crepúsculo. Inútil que cada una de las cu... |
Pérez Galdós, Benito | España | 1843-1920 | El don Juan | Cuento | Como su padre había sido también republicano y racionalista, le había puesto por nombre Sócrates. Él, a su vez, siguiendo la costumbre, le había puesto a su hijo Plutarco.
Su mujer, obesa y dulce, disculpaba todo esto, con la sumisa tolerancia de las mujeres españolas. Tenía un supersticioso respeto para ese mundo de f... |
Pérez Galdós, Benito | España | 1843-1920 | La novela en el tranvía | Cuento | – I –
Antes de despertar, ofrecióse a mi espíritu el horrible caso en forma de angustiosa sospecha, como una tristeza hondísima, farsa cruel de mis endiablados nervios que suelen desmandarse con trágico humorismo. Desperté; no osaba moverme; no tenía valor para reconocerme y pedir a los sentidos la certificación materi... |
Pérez Galdós, Benito | España | 1843-1920 | Rompecabezas | Cuento | «Esta no se me escapa: no se me escapa, aunque se opongan a mi triunfo todas las potencias infernales», dije yo siguiéndola a algunos pasos de distancia, sin apartar de ella los ojos, sin cuidarme de su acompañante, sin pensar en los peligros que aquella aventura ofrecía.
¡Cuánto me acuerdo de ella! Era alta, rubia, es... |
Perrault, Charles | Francia | 1628-1703 | Barba Azul | Cuento | – I –
El coche partía de la extremidad del barrio de Salamanca, para atravesar todo Madrid en dirección al de Poza. Impulsado por el egoísta deseo de tomar asiento antes que las demás personas movidas de iguales intenciones, eché mano a la barra que sustenta la escalera de la imperial, puse el pie en la plataforma y su... |
Perrault, Charles | Francia | 1628-1703 | Caperucita Roja | Cuento | – I –
Ayer, como quien dice, el año Tal de la Era Cristiana, correspondiente al Cuál, o si se quiere, al tres mil y pico de la cronología egipcia, sucedió lo que voy a referir, historia familiar que nos transmite un papirus redactado en lindísimos monigotes. Es la tal historia o sucedido de notoria insignificancia, si ... |
Perrault, Charles | Francia | 1628-1703 | El gato con botas | Cuento | Érase una vez un hombre que tenía hermosas casas en la ciudad y en el campo, vajilla de oro y plata, muebles forrados en finísimo brocado y carrozas todas doradas. Pero desgraciadamente, este hombre tenía la barba azul; esto le daba un aspecto tan feo y terrible que todas las mujeres y las jóvenes le arrancaban.
Una v... |
Perrault, Charles | Francia | 1628-1703 | La Bella Durmiente del bosque | Cuento | Había una vez una niñita en un pueblo, la más bonita que jamás se hubiera visto; su madre estaba enloquecida con ella y su abuela mucho más todavía. Esta buena mujer le había mandado hacer una caperucita roja y le sentaba tanto que todos la llamaban Caperucita Roja.
Un día su madre, habiendo cocinado unas tortas, le di... |
Perrault, Charles | Francia | 1628-1703 | La Cenicienta | Cuento | Un molinero dejó, como única herencia a sus tres hijos, su molino, su burro y su gato. El reparto fue bien simple: no se necesitó llamar ni al abogado ni al notario. Habrían consumido todo el pobre patrimonio.
El mayor recibió el molino, el segundo se quedó con el burro y al menor le tocó sólo el gato. Este se lamentab... |
Perrault, Charles | Francia | 1628-1703 | Las hadas | Cuento | Había una vez un rey y una reina que estaban tan afligidos por no tener hijos, tan afligidos que no hay palabras para expresarlo. Fueron a todas las aguas termales del mundo; votos, peregrinaciones, pequeñas devociones, todo se ensayó sin resultado.
Al fin, sin embargo, la reina quedó encinta y dio a luz una hija. Se h... |
Perrault, Charles | Francia | 1628-1703 | Los deseos ridículos | Cuento | Había una vez un gentilhombre que se casó en segundas nupcias con una mujer, la más altanera y orgullosa que jamás se haya visto. Tenía dos hijas por el estilo y que se le parecían en todo.
El marido, por su lado, tenía una hija, pero de una dulzura y bondad sin par; lo había heredado de su madre que era la mejor perso... |
Perrault, Charles | Francia | 1628-1703 | Piel de Asno | Cuento | Érase una viuda que tenía dos hijas; la mayor se le parecía tanto en el carácter y en el físico, que quien veía a la hija, le parecía ver a la madre. Ambas eran tan desagradables y orgullosas que no se podía vivir con ellas. La menor, verdadero retrato de su padre por su dulzura y suavidad, era además de una extrema be... |
Perrault, Charles | Francia | 1628-1703 | Pulgarcito | Cuento | A la Señorita de la C.
Si fuerais menos razonable me guardaría mucho de contaros esta fábula loca y poco galante que voy a relataros.
De una vara de morcilla es la materia.
-¡Una vara de morcilla! ¡Piedad, querida mía! ¡Qué horror! -gritaría una Preciosa, que, siempre tierna y seria, no quiere oír hablar más que de los... |
Perrault, Charles | Francia | 1628-1703 | Riquet el del Copete | Cuento | Érase una vez un rey tan famoso, tan amado por su pueblo, tan respetado por todos sus vecinos, que de él podía decirse que era el más feliz de los monarcas. Su dicha se confirmaba aún más por la elección que hiciera de una princesa tan bella como virtuosa; y estos felices esposos vivían en la más perfecta unión. De su ... |
Pessoa, Fernando | Portugal | 1888-1935 | Ante la puesta de sol | Minicuento | Érase una vez un leñador y una leñadora que tenían siete hijos, todos ellos varones. El mayor tenía diez años y el menor, sólo siete. Puede ser sorprendente que el leñador haya tenido tantos hijos en tan poco tiempo; pero es que a su esposa le cundía la tarea pues los hacía de dos en dos. Eran muy pobres y sus siete hi... |
Pessoa, Fernando | Portugal | 1888-1935 | Aventura amorosa | Minicuento | Había una vez una reina que dio a luz un hijo tan feo y tan contrahecho que mucho se dudó si tendría forma humana. Un hada, que asistió a su nacimiento, aseguró que el niño no dejaría de tener gracia pues sería muy inteligente, y agregó que en virtud del don que acababa de concederle él podría darle tanta inteligencia ... |
Pessoa, Fernando | Portugal | 1888-1935 | Certeza | Minicuento | Ayer por la tarde, un hombre de ciudad hablaba ante la puerta de la posada. También hablaba conmigo. Hablaba de la justicia y de la lucha por la justicia, y de los obreros que sufren, y del trabajo constante, y de los que pasan hambre, y de los ricos, que tienen anchas las espaldas por eso.
Y al mirarme vio lágrimas en... |
Pessoa, Fernando | Portugal | 1888-1935 | Cuento del hombre que esperaba el tranvía | Minicuento | Fue en Barrow in Furness, que es un puerto en la costa occidental de Inglaterra. Allí, cierto día, después de un trabajo de arqueo, estaba yo sentado sobre un barril, en un muelle abandonado. Acababa de escribir un soneto —eslabón de una cadena de varios— en el que el hecho de estar sentado en ese barril era un element... |
Pessoa, Fernando | Portugal | 1888-1935 | Desespereza | Minicuento | Cualquier individuo, por seguro que se sienta, no puede jurar con absoluta conciencia intelectual, no solo que tal individuo de sexo masculino sea su padre, sino que el otro de sexo femenino sea su madre. Para creer que quien es tenido por su padre lo sea realmente, lo más que tiene es, al no constarle que su madre hub... |
Pessoa, Fernando | Portugal | 1888-1935 | Destino | Minicuento | Era una vez un hombre que esperaba el tranvía.
Estaba esperando al tranvía que llevase el letrero exacto hacia su destino.
Esperó mucho tiempo, como si ya no hubiera tranvías.
Al fin, apareció un tranvía por el final lejano de la calle. Corrió hacia él y era el primero que aparecía. No llevaba el letrero de su destino,... |
Pessoa, Fernando | Portugal | 1888-1935 | El alma humana: un abismo | Minicuento | Es inútil prolongar la conversación de todo este silencio… Yaces sentado, fumando, en el rincón del gran sofá. Yazgo sentado, fumando, en el sofá de asiento hondo. Entre nosotros no hubo, va a hacer una hora, sino las miradas de una única voluntad de decir. Apenas renovábamos los cigarrillos —el nuevo en el ocaso del v... |
Pessoa, Fernando | Portugal | 1888-1935 | El niño de su mamá | Minicuento | Veo en la calle el cuerpo núbil de una muchacha. Por un momento, supongo lo que pasaría si fuese mío. Pero, a diez pasos, ella encuentra a un hombre que veo que es su marido o su amante.
Un romántico haría de esto una tragedia; un extraño sentiría esto como una comedia. Yo, sin embargo, mezclo las dos cosas, pues soy r... |
Pessoa, Fernando | Portugal | 1888-1935 | El secreto de los heterónimos | Minicuento | Se cruzó conmigo, vino a mi encuentro en una calle de la Baixa, aquel hombre mal vestido que tiene la profesión de mendigo retratada en la cara, que me es simpático y al que soy simpático; y en reciprocidad, con gesto de largueza, desbordante, le di cuanto tenía… excepto, naturalmente, cuanto tenía en el bolsillo donde... |
Pessoa, Fernando | Portugal | 1888-1935 | El secreto de Roma | Minicuento | En el llano abandonado que enciende tibia brisa, por balas traspasado —dos, de lado a lado— yace muerto, y se enfría. Le mancha la sangre el uniforme. Con los brazos extendidos, albo, rubio, exangüe, mira con mirada lánguida y ciega los cielos perdidos. ¡Tan joven!, ¡qué joven era! (ahora, ¿qué edad tiene?). Hijo único... |
Pessoa, Fernando | Portugal | 1888-1935 | Estanco | Minicuento | —Toda buena conversación debe ser un monólogo de dos… Debemos, al final, no poder tener la seguridad de si hemos conversado realmente con alguien o si hemos imaginado totalmente la conversación… Las mejores y más íntimas conversaciones, y sobre todo las menos moralmente instintivas, son aquellas que los novelistas mant... |
Pessoa, Fernando | Portugal | 1888-1935 | Fábula | Minicuento | Cuando César llegó con retraso al campo de […] raudos alzaron ante él la cabeza de Pompeyo. César derramó lágrimas y todos se sorprendieron. El que alzó la cabeza, la bajó un poco; estaba atónito y, por si fuera poco, le pesaba por mantenerla alzada con un brazo largo.
—¿Es lo que vale una victoria? —preguntó César.
—E... |
Pessoa, Fernando | Portugal | 1888-1935 | Fábula inmoral | Minicuento | El dueño del estanco asoma a la puerta y permanece en la puerta. Lo miro con la incomodidad de tener mal colocada la cabeza y con la incomodidad del alma que está malentendiendo. Él morirá y yo moriré. Él dejará el letrero y yo dejaré versos. Un día también morirá el letrero, y los versos también. Tras ese día, morirá ... |
Pessoa, Fernando | Portugal | 1888-1935 | Incomparecencia | Minicuento | A una bordadora de un país remoto, su reina le encomendó que bordara, sobre seda o satén, una rosa blanca rodeada de hojas. La bordadora, como era muy joven, empezó a buscar por todas partes una rosa blanca perfecta, para bordar la suya a imagen y semejanza de esta. Pero sucedía que unas rosas eran menos bellas de lo q... |
Pessoa, Fernando | Portugal | 1888-1935 | Intromisión | Minicuento | —Sí —dijo el rubio—, fue la mejor mujer que conocí.
Me callé, que era lo que convenía. Hay opiniones que son como los regalos que no damos: no pueden darse (como las mujeres guapas).
—¿Era morena? —pregunté al fin, agotados los efectos del silencio, y porque soy sicólogo.
—No, era mi mujer —respondió el hombre tan rubi... |
Pessoa, Fernando | Portugal | 1888-1935 | La inutilidad de dar consejos | Minicuento | Hacía una bonita tarde de abril, domingo.
Pero aún más bonito era el pensamiento de que vería a Raquel. Ella solía pasar por allí diariamente, pero solo los domingos podía verla, pues, en los días de semana, a esa hora estaba en el reparto… Pero iba a verla hoy y solo de pensar en eso me alegraba. Todo hombre que ama s... |
Pessoa, Fernando | Portugal | 1888-1935 | La verdadera caída | Minicuento | Me asomo, desde una de las ventanas de la oficina abandonada al mediodía, a la calle en la que mi distracción siente movimientos de gente en los ojos, y no los ve, desde la distancia de mi meditación. Los pormenores de la calle sin animación por la que muchos andan se me destacan en un alejamiento mental: los cajones a... |
Pessoa, Fernando | Portugal | 1888-1935 | Las cosas, enemistadas contra mí | Minicuento | Yo no aconsejo. Colecciono sellos. Para dar consejos, es necesario estar completamente seguro de que los consejos son buenos y, para eso, es necesario estar seguro (de lo que nadie en absoluto lo está) de estar en posesión de la verdad. Y luego es necesario saber si esos consejos se adaptan al individuo al que se le da... |
Pessoa, Fernando | Portugal | 1888-1935 | Los jugadores de ajedrez | Minicuento | Un día en que Dios estaba durmiendo y el Espíritu Santo andaba en uno de sus vuelos, Jesucristo fue a la caja de los milagros y robó tres. Con el primero hizo que nadie supiese de su huida. Con el segundo se creó eternamente humano y niño. Con el tercero creó un Cristo eternamente en la cruz y lo dejó clavado en esa cr... |
Pessoa, Fernando | Portugal | 1888-1935 | Otra lección | Minicuento | Arranco del cuello una mano que me ahoga. Veo que en la mano con que arranqué la otra me vino atado un lazo que me cayó en el cuello con el gesto de liberación. Aparto con cuidado el lazo, y casi me estrangulo con mis propias manos.
FIN |
Pessoa, Fernando | Portugal | 1888-1935 | Reloj | Minicuento | Oí contar que otrora, cuando Persia libraba no sé cuál guerra, cuando la invasión ardía en la ciudad y las mujeres gritaban, dos jugadores de ajedrez jugaban su juego continuo. A la sombra de amplio árbol miraban el tablero antiguo y, junto a cada uno, esperando sus momentos más holgados, cuando había movido la pieza, ... |
Pessoa, Fernando | Portugal | 1888-1935 | Rutina | Minicuento | El gladiador en la arena, donde lo puso el destino que de esclavo lo expuso condenado, saluda, sin que tiemble el César que está en el circo, rodeado de estrellas. Saluda de frente, sin orgullo, pues el esclavo no puede tenerlo; sin alegría, pues no puede fingirla el condenado. Saluda para que no falte a la ley aquel a... |
Pessoa, Fernando | Portugal | 1888-1935 | Sonrisa | Minicuento | Me despierto de noche de repente, y mi reloj ocupa toda la noche. No siento la Naturaleza afuera. Mi cuarto es una cosa oscura con paredes vagamente blancas. Afuera hay un sosiego como si nada existiese. Solo el reloj prosigue su ruido. Y esta pequeña cosa de engranajes que está encima de mi mesa sofoca toda la existen... |
Pessoa, Fernando | Portugal | 1888-1935 | Tercero incluido | Minicuento | Porque tenía que resolver un asunto lejos, salí de la oficina a las cuatro y a las cinco había terminado mi tarea distante. No suelo estar en la calle a esa hora, y por eso estaba en una ciudad diferente. El tono lento de la luz en las fachadas habituales era de una dulzura inútil, y los transeúntes de siempre pasaban ... |
Pessoa, Fernando | Portugal | 1888-1935 | Tonía | Minicuento | El hombre delgado sonrió indolentemente. Me miró con una desconfianza que no era malévola. Después sonrió de nuevo, pero con tristeza. Bajó, después, otra vez, los ojos al plato. Continuó cenando en silencio y absorción.
FIN |
Pessoa, Fernando | Portugal | 1888-1935 | Un cuento | Minicuento | Encontré hoy en la calle, por separado, a dos amigos que se habían peleado. Cada uno me contó la historia de por qué se habían peleado. Cada uno me dijo la verdad. Cada uno me expuso sus razones. Los dos tenían toda la razón. No era que uno viera una cosa y el otro otra, o que uno viera un lado de las cosas y el otro u... |
Pessoa, Fernando | Portugal | 1888-1935 | Una lección | Minicuento | Estoy almorzando en este restaurante vulgar, y miro, más allá del mostrador, la figura del cocinero. ¿Qué vida es la de este hombre? Desde hace cuarenta años vive casi todo el día en una cocina; tiene unas breves vacaciones; duerme relativamente pocas horas; va de vez en cuando al pueblo, del que vuelve sin duda y sin ... |
Pi y Margall, Francisco | España | 1824-1901 | El hurto | Cuento | Al niño, que nació y se crió a la sombra del ruido de las fábricas, se lo llevan al campo y allí sufre y muere en el exilio nostálgico del ruido de los grandes motores, del correr de las correas de transmisión, de los grandes palacios de hierros iluminados con grandes y blancas lámparas eléctricas.
—Pero, ¿es que no te... |
Piñera, Virgilio | Cuba | 1912-1979 | En el insomnio | Minicuento | Un día, estando lejos de casa, oí el estruendo de un fuego que me pareció que venía de la parroquia. Se me ocurrió que tal vez el fuego hubiera prendido en mi casa. Antiguamente, el pavor de que pudieran perderse mis manuscritos se habría apoderado de toda mi alma; pero noté con doble asombro que la posibilidad de que ... |
Piñera, Virgilio | Cuba | 1912-1979 | La carne | Cuento | —¿Qué ocurre?
—Acaban de robarme una boquilla de ámbar que tenía sobre la mesa.
—¿Conoces al ladrón?
—Debió de ser uno que me refirió hace poco la mar de desventuras y terminó por pedirme una limosna.
—¿Se la diste?
—No; no me inspiran lástima hombres que pordiosean pudiendo vivir de su trabajo.
—¿Sabes que lo tiene?
—... |
Piñera, Virgilio | Cuba | 1912-1979 | Natación | Minicuento | El hombre se acuesta temprano. No puede conciliar el sueño. Da vueltas, como es lógico, en la cama. Se enreda entre las sábanas. Enciende un cigarrillo. Lee un poco. Vuelve a apagar la luz. Pero no puede dormir. A las tres de la mañana se levanta. Despierta al amigo de al lado y le confía que no puede dormir. Le pide c... |
Pirandello, Luigi | Italia | 1867-1936 | Berecche y la guerra | Cuento largo | Sucedió con gran sencillez, sin afectación. Por motivos que no son del caso exponer, la población sufría de falta de carne. Todo el mundo se alarmó y se hicieron comentarios más o menos amargos y hasta se esbozaron ciertos propósitos de venganza. Pero, como siempre sucede, las protestas no pasaron de meras amenazas y p... |
Pirandello, Luigi | Italia | 1867-1936 | Con otros ojos | Cuento | He aprendido a nadar en seco. Resulta más ventajoso que hacerlo en el agua. No hay el temor a hundirse pues uno ya está en el fondo, y por la misma razón se está ahogado de antemano. También se evita que tengan que pescarnos a la luz de un farol o en la claridad deslumbrante de un hermoso día. Por último, la ausencia d... |
Pirandello, Luigi | Italia | 1867-1936 | Cuando se comprende | Cuento | I
La cervecería
Afuera, otro sol. Calles del sur, bajo el azul ardiente del cielo, cortadas por sombras violentas y amoratadas. Y la gente que pasa, cargada de vida y de colores, bronceada y ligera. Voces en el sol y caminos sonoros.
Dentro, el alemanote expatriado ha creado un poco de patria alrededor suyo, entre las ... |
Pirandello, Luigi | Italia | 1867-1936 | Cuando se ha entendido el juego | Cuento | Desde la amplia ventana, abierta hacia el jardín colgante de la casa, se veía, como posada sobre el azul vivo de la fresca mañana, una rama de almendro florecido, y se oía, mezclado con el ronco y modesto gorgoteo de la fuente en medio del jardín, el repiqueteo festivo de las iglesias lejanas y el chillido de las golon... |
Pirandello, Luigi | Italia | 1867-1936 | El otro hijo | Cuento | Los pasajeros que llegaron a Fabriano desde Roma en el tren nocturno tuvieron que esperar al amanecer para proseguir su viaje por la región de Le Marche en un tren viejo y lento.
Al amanecer, en un sucio vagón de segunda clase, donde estaban sentados cinco viajeros, fue trasladada en brazos una señora tan abandonada a ... |
Pirandello, Luigi | Italia | 1867-1936 | El tren ha silbado | Cuento | ¡Toda la suerte a Memmo Viola!
Y se la merecía realmente aquel buen Memmone, que espantaba a las moscas de la misma manera como miraba a su mujer, es decir, como diciendo: «¿Por qué os obstináis, Dios santo, en molestarme así? ¿Acaso no sabéis que no conseguiréis nunca que me irrite? Así que, fuera, queridas, fuera…».
... |
Pirandello, Luigi | Italia | 1867-1936 | Hilo de aire | Cuento | —¿Ninfarosa está en casa?
—Sí. Llame a la puerta.
La vieja Maragrazia llamó, y luego se sentó, muy despacio, sobre el sucio escalón de entrada.
Aquel escalón, como muchos otros de las casas de Farnia, era su silla natural. Allí sentada, dormía o lloraba, en silencio. Alguien, al pasar, le lanzaba al regazo una moneda o... |
Pirandello, Luigi | Italia | 1867-1936 | La casa de la agonía | Cuento | Desvariaba. Los médicos habían dicho que se trataba de un principio de fiebre cerebral; y todos los compañeros de trabajo, que volvían de dos en dos del manicomio donde habían ido a visitarlo, lo repetían.
Al decírselo a los compañeros que llegaban tarde y a los que se encontraban por la calle, parecían experimentar un... |
Pirandello, Luigi | Italia | 1867-1936 | La corona | Cuento | Brillo de ojos, de pelo rubio, de bracitos, de piernitas desnudas, arranque de risa que, refrenado en la garganta, se expresa en risitas breves y agudas: aquella pequeña furia de Tittì entró, se acercó al balcón de la habitación para abrirlo.
Apenas pudo girar la manija: un rebudio áspero, ronco, como de fiera sorprend... |
Pirandello, Luigi | Italia | 1867-1936 | La señora Frola y el señor Ponza, su yerno | Cuento | Sin duda el visitante, al entrar, había dicho su nombre, pero la vieja negra renqueante que había venido a abrirle como una mona con delantal, o no había entendido o lo había olvidado. Así que desde hacía tres cuartos de hora, para toda aquella casa silenciosa él era, ya sin nombre, “un señor que espera ahí”.
“Ahí” que... |
Pirandello, Luigi | Italia | 1867-1936 | La tinaja | Cuento | El doctor Cima se detuvo a la entrada del jardín público que surgía en la colina a la salida del pueblo; permaneció un rato mirando la rústica cancilla de un único batiente, sustentada por dos pilares no menos rústicos, detrás de los cuales se levantaban tristes dos cipreses (tristes, aunque a su alrededor reían, por a... |
Pirandello, Luigi | Italia | 1867-1936 | La tragedia de un personaje | Cuento | Pero, en fin, ¿se imaginan? Hay para volverse locos de verdad, sin saber quién está más loco de los dos, si esta señora Frola o este señor Ponza, su yerno. ¡Cosas que ocurren solamente en Valdana, ciudad desgraciada, imán de todos los forasteros extravagantes!
Loco él o loca ella; no hay otra alternativa, uno de los do... |
Pirandello, Luigi | Italia | 1867-1936 | La venganza del perro | Cuento | Aquella cosecha había sido abundante también en olivas. Ramas fructíferas, cargadas el año anterior, habían conseguido fortalecerse pese a la niebla que las había acechado mientras florecían.
Zirafa, que en su finca de las Quote, en Primosole, tenía muchos olivos, previendo que los cinco viejas tinajas de barro esmalta... |
Pirandello, Luigi | Italia | 1867-1936 | Limones de Sicilia | Cuento | Es una antigua costumbre mía dar audiencia, cada domingo por la mañana, a los personajes de mis futuros cuentos.
Cinco horas, de ocho a una.
Casi siempre ocurre que me encuentro en mala compañía.
No sé por qué suele llegar a mis audiencias la gente más descontenta del mundo, o bien afligida por males extraños o bien en... |
Pirandello, Luigi | Italia | 1867-1936 | Mundo de papel | Cuento | Sin saber cómo ni por qué, Jaco Naca se había encontrado un día dueño de toda la soleada colina que había bajo la ciudad, desde donde se disfrutaba de las magníficas vistas del campo abierto, variado de colinas y de valles y de llanos, con el mar al fondo, lejano, después de tanto verde, azul en la línea del horizonte.... |
Pirandello, Luigi | Italia | 1867-1936 | No es algo serio | Cuento | —¿Está aquí Teresina?
El camarero, todavía sin camisa, pero ya asfixiado por un altísimo cuello de pajarita, observó de los pies a la cabeza al joven, que permanecía en el rellano de la escalera: campesino por el aspecto, con el cuello del áspero abrigo levantado casi hasta las orejas, con las manos moradas y ateridas,... |
Pirandello, Luigi | Italia | 1867-1936 | ¡Piénsatelo, Giacomino! | Cuento | Gritos y gente que se apiña, al principio de Via Nazionale, alrededor de dos personas que se están peleando: un joven de unos quince años y un señor duro, con el rostro amarillento, como extraído de un melón, donde resplandecen las gafas de miope, con los lentes gruesos como el fondo de una botella.
Esforzando su vocec... |
Pirandello, Luigi | Italia | 1867-1936 | Sin malicia | Cuento | ¿Perazzetti? No. Estaba hecho de una pasta peculiar.
Las decía muy serio, ciertas frases, tanto que no parecía ni siquiera él mismo, mirándose las uñas arqueadas y larguísimas, que cuidaba meticulosamente.
Es verdad que luego, de pronto, sin ninguna razón aparente… como un pato, tal cual, estallaba en ciertas carcajada... |
Pirandello, Luigi | Italia | 1867-1936 | Un desafio | Cuento | Hace tres días que el profesor Agostino Toti no encuentra en su casa la paz y la sonrisa a las cuales cree tener derecho.
Tiene alrededor de setenta años, y no se podría decir que sea un viejo apuesto: pequeñito, con la cabeza grande y calva, sin cuello, el torso desproporcionado sobre dos piernitas de pajarito… Sí, sí... |
Pirandello, Luigi | Italia | 1867-1936 | Una voz | Cuento | I
Cuando Spiro Tempini, con las puntas de los bigotes engominadas como dos hilos de cáñamo listos para pasar por el agujero de una aguja para cuero, tirando continuamente de los puños almidonados para sacarlos fuera de las mangas de la chaqueta, tímido y esmirriado, miope y cortés, pidió —con el debido respeto— a la ma... |
Subsets and Splits
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