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Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | A la deriva | Cuento | Roger Bowen tenía unos treinta años, era ojizarco y blanco. Alto y risueño, hablaba inglés con acento harvardiano, bebía ocasionales cocteles, fumaba más cigarrillos de lo conveniente, sentía gran cariño por su único pariente (una anciana tía que vivía de sus rentas en San Francisco) y equilibraba sus lecturas entre S... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | El alambre de púa | Cuento | Si el año pasado le hubieran ustedes preguntado al padre Bowen de la parroquia de Todas las Almas, de Times Square, si aprobaba la doctrina deuteronómica de ojo por ojo diente por diente, les habría reprendido, y habría citado alguna máxima evangélica, probablemente la de volver la otra mejilla, Mateo 38-39. Pero si s... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | El almohadón de plumas | Cuento | El hombre pisó algo blancuzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yaracacusú que, arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque.
El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cin... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | El balde | Cuento | Durante quince días el alazán había buscado en vano la senda por donde su compañero se escapaba del potrero. El formidable cerco, de capuera -desmonte que ha rebrotado inextricable- no permitía paso ni aún a la cabeza del caballo. Evidentemente, no era por allí por donde el malacara pasaba.
Ahora recorría de nuevo la c... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | El conductor del rápido | Cuento | Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | El desierto | Cuento | -¡Señora! -gritó la sirvienta sofocada aún por la rápida ascensión-: son del depósito de abajo. Están enojadísimos con los niños… han querido quemar todo.
-¿Qué?, ¿quemar?, ¿qué?… Que suban. ¿Luisa? ¡Ah! ¡estos hijos! El dependiente estaba ya arriba.
-¡Sí, señora, sí, son sus hijos! ¡Sus niños que ya no saben qué hac... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | El espectro | Cuento | Desde 1905 hasta 1925 han ingresado en el Hospicio de las Mercedes 108 maquinistas atacados de alienación mental
Cierta mañana llegó al manicomio un hombre escuálido, de rostro macilento, que se tenía malamente en pie. Estaba cubierto de andrajos y articulaba tan mal sus palabras que era necesario descubrir lo que decí... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | El gerente | Cuento | La canoa se deslizaba costeando el bosque, o lo que podía parecer bosque en aquella oscuridad. Más por instinto que por indicio alguno Subercasaux sentía su proximidad, pues las tinieblas eran un solo bloque infranqueable, que comenzaban en las manos del remero y subían hasta el cenit. El hombre conocía bastante bien s... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | El globo de fuego | Cuento | Todas las noches, en el Grand Splendid de Santa Fe, Enid y yo asistimos a los estrenos cinematográficos. Ni borrascas ni noches de hielo nos han impedido introducirnos, a las diez en punto, en la tibia penumbra del teatro. Allí, desde uno u otro palco, seguimos las historias del film con un mutismo y un interés tales, ... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | El haschich | Cuento | ¡Preso y en vísperas de ser fusilado!… ¡Bah! Siento, sí, y me duele en el alma este estúpido desenlace; pero juro ante Dios que haría saltar de nuevo el coche si el gerente estuviese dentro. ¡Qué caída! Salió como de una honda de la plataforma y se estrelló contra la victoria1. ¡Qué le costaba, digo yo, haber sido un ... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | El hijo | Cuento | -Mi matrimonio no tiene historia -dijo Rodríguez Peña una vez que hubo cesado el fuerte trueno-. No hemos tenido drama alguno, ni antes ni después. Tal vez antes -agregó- pudo haberlo habitado… Y sin ello no estaría casado.
Otro gran trueno retumbó, más súbito y violento que los anteriores, y tras él se oyó arreciar, a... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | El hombre muerto | Cuento | En cierta ocasión de mi vida tomé una fuerte dosis de haschich que me puso a la muerte. Voy a contar lo que sentí: 1° para instrucción de los que no conocen prácticamente la droga; 2° para los apologistas de oídas del célebre narcótico.
La cuestión pasó en 1900. Diré de paso que para esa época yo había experimentado el... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | El infierno artificial | Cuento | Es un poderoso día de verano en Misiones, con todo el sol, el calor y la calma que puede deparar la estación. La naturaleza, plenamente abierta, se siente satisfecha de sí.
Como el sol, el calor y la calma ambiente, el padre abre también su corazón a la naturaleza.
-Ten cuidado, chiquito -dice a su hijo, abreviando en ... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | El loro pelado | Cuento | El hombre y su machete acababan de limpiar la quinta calle del bananal. Faltábanles aún dos calles; pero como en estas abundaban las chircas y malvas silvestres, la tarea que tenían por delante era muy poca cosa. El hombre echó, en consecuencia, una mirada satisfecha a los arbustos rozados y cruzó el alambrado para ten... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | El paso del Yabebirí | Cuento | Las noches en que hay luna, el sepulturero avanza por entre las tumbas con paso singularmente rígido. Va desnudo hasta la cintura y lleva un gran sombrero de paja. Su sonrisa, fija, da la sensación de estar pegada con cola a la cara. Si fuera descalzo, se notaría que camina con los pulgares del pie doblados hacia abajo... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | El perro rabioso | Cuento | Había una vez una banda de loros que vivía en el monte.
De mañana temprano iban a comer choclos a la chacra, y de tarde comían naranjas. Hacían gran barullo con sus gritos, y tenían siempre un loro de centinela en los árboles más altos, para ver si venía alguien.
Los loros son tan dañinos como la langosta, porque abren... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | El potro salvaje | Cuento | En el río Yabebirí, que está en Misiones, hay muchas rayas, porque «Yabebirí» quiere decir precisamente «Rio-de-las-rayas». Hay tantas, que a veces es peligroso meter un solo pie en el agua. Yo conocí un hombre a quien lo picó una raya en el talón y que tuvo que caminar renqueando media legua para llegar a su casa: el ... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | El síncope blanco | Cuento | El 20 de marzo de este año, los vecinos de un pueblo del Chaco santafecino persiguieron a un hombre rabioso que en pos de descargar su escopeta contra su mujer, mató de un tiro a un peón que cruzaba delante de él. Los vecinos, armados, lo rastrearon en el monte como a una fiera, hallándolo por fin trepado en un árbol, ... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | El solitario | Cuento | Era un caballo, un joven potro de corazón ardiente, que llegó del desierto a la ciudad, a vivir del espectáculo de su velocidad.
Ver correr aquel animal era, en efecto, un espectáculo considerable. Corría con la crin al viento y el viento en sus dilatadas narices. Corría, se estiraba; y se estiraba más aún, y el redobl... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | El vampiro | Cuento | Yo estaba dispuesto a cualquier cosa; pero no a que me dieran cloroformo.
Soy de una familia en la que las enfermedades del corazón se han sucedido de padres a hijos con lúgubre persistencia. Algunos han escapado -cuentan en mi familia- y según el cirujano que debía operarme, yo gozaba de ese privilegio. Lo cierto es q... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | Historia de dos cachorros de coatí y de dos cachorros de hombre | Cuento | Kassim era un hombre enfermizo, joyero de profesión, bien que no tuviera tienda establecida. Trabajaba para las grandes casas, siendo su especialidad el montaje de las piedras preciosas. Pocas manos como las suyas para los engarces delicados. Con más arranque y habilidad comercial, hubiera sido rico. Pero a los treinta... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | Juan Darién | Cuento | -Sí -dijo el abogado Rhode-. Yo tuve esa causa. Es un caso, bastante raro por aquí, de vampirismo. Rogelio Castelar, un hombre hasta entonces normal fuera de algunas fantasías, fue sorprendido una noche en el cementerio arrastrando el cadáver recién enterrado de una mujer. El individuo tenía las manos destrozadas porqu... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | La abeja haragana | Cuento | Había una vez un coatí que tenía tres hijos. Vivían en el monte comiendo frutas, raíces y huevos de pajaritos. Cuando estaban arriba de los árboles y sentían un gran ruido, se tiraban al suelo de cabeza y salían corriendo con la cola levantada.
Una vez que los coaticitos fueron un poco grandes, su madre los reunió un d... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | La gallina degollada | Cuento | Aquí se cuenta la historia de un tigre que se crió y educó entre los hombres, y que se llamaba Juan Darién. Asistió cuatro años a la escuela vestido de pantalón y camisa, y dio sus lecciones correctamente, aunque era un tigre de las selvas; pero esto se debe a que su figura era de hombre, conforme se narra en las sigui... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | La gama ciega | Cuento | Había una vez en una colmena una abeja que no quería trabajar, es decir, recorría los árboles uno por uno para tomar el jugo de las flores; pero en vez de conservarlo para convertirlo en miel, se lo tomaba del todo.
Era, pues, una abeja haragana. Todas las mañanas, apenas el sol calentaba el aire, la abejita se asomaba... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | La guerra de los yacarés | Cuento | Todo el día, sentados en el patio, en un banco estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos, y volvían la cabeza con la boca abierta.
El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metro... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | La insolación | Cuento | Había una vez un venado -una gama- que tuvo dos hijos mellizos, cosa rara entre los venados. Un gato montés se comió a uno de ellos, y quedó solo la hembra. Las otras gamas, que la querían mucho, le hacían siempre cosquillas en los costados. Su madre le hacía repetir todas las mañanas, al rayar el día, la oración de lo... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | La mancha hiptálmica | Cuento | En un río muy grande, en un país desierto donde nunca había estado el hombre, vivían muchos yacarés. Eran más de cien o más de mil. Comían pescados, bichos que iban a tomar agua al río, pero sobre todo pescados. Dormían la siesta en la arena de la orilla, y a veces jugaban sobre el agua cuando había noches de luna.
Tod... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | La meningitis y su sombra | Cuento | El cachorro Old salió por la puerta y atravesó el patio con paso recto y perezoso. Se detuvo en la linde del pasto, estiró al monte, entrecerrando los ojos, la nariz vibrátil, y se sentó tranquilo. Veía la monótona llanura del Chaco, con sus alternativas de campo y monte, monte y campo, sin más color que el crema del p... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | La miel silvestre | Cuento | -¿Qué tiene esa pared?
Levanté también la vista y miré. No había nada. La pared estaba lisa, fría y totalmente blanca. Sólo arriba, cerca del techo, estaba oscurecida por falta de luz.
Otro a su vez alzó los ojos y los mantuvo un momento inmóviles y bien abiertos, como cuando se desea decir algo que no se acierta a exp... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | La muerte de Isolda | Cuento | No vuelvo de mi sorpresa. ¿Qué diablos quieren decir la carta de Funes, y luego la charla del médico? Confieso no entender una palabra de todo esto.
He aquí las cosas. Hace cuatro horas, a las 7 de la mañana, recibo una tarjeta de Funes, que dice así:
Estimado amigo:
Si no tiene inconveniente, le ruego que pase esta no... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | La patria | Cuento | Tengo en el Salto Oriental dos primos, hoy hombres ya, que a sus doce años, y a consecuencia de profundas lecturas de Julio Verne, dieron en la rica empresa de abandonar su casa para ir a vivir al monte. Este queda a dos leguas de la ciudad. Allí vivirían primitivamente de la caza y la pesca. Cierto es que los dos much... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | La princesa bizantina | Cuento | Concluía el primer acto de Tristán e Isolda. Cansado de la agitación de ese día, me quedé en mi butaca, muy contento con la falta de vecinos. Volví la cabeza a la sala, y detuve en seguida los ojos en un palco balcón.
Evidentemente, un matrimonio. Él, un marido cualquiera, y tal vez por su mercantil vulgaridad y la dif... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | La señorita leona | Cuento | El discurso que el soldado herido dijo a los animales del monte que querían formar una patria puede ser transcripto en su totalidad, en razón de ser muy breve y de ayudar a la comprensión de este extraño relato.
La normalidad de la vida en la selva es bien conocida. Las generaciones de animales salvajes se suceden unas... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | La serpiente de cascabel | Cuento | Cábeme la honra de contar la historia del caballero franco Brandimarte de Normandía, flor de la nobleza cristiana y vástago de una gloriosa familia. Su larga vida sin mancha, rota al fin, es tema para un alto ejemplo. Llamábanle a menudo Brandel. Hagamos un silencio sobre el galante episodio de su juventud que motivó e... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | La tortuga gigante | Cuento | Una vez que el hombre, débil, desnudo y sin garras, hubo dominado a los demás animales por el esfuerzo de su inteligencia, llegó a temer por el destino de su especie.
Había alcanzado ya entonces las más altas cumbres del pensamiento y de la belleza. Pero por bajo de estos triunfos exclusivamente mentales, obtenidos a c... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | Las medias de los flamencos | Cuento | La serpiente de cascabel es un animal bastante tonto y ciego. Ve apenas, y a muy corta distancia. Es pesada, somnolienta, sin iniciativa alguna para el ataque; de modo que nada más fácil que evitar sus mordeduras, a pesar del terrible veneno que la asiste. Los peones correntinos, que bien la conocen, suelen divertirse ... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | Las moscas | Cuento | Había una vez un hombre que vivía en Buenos Aires, y estaba muy contento porque era un hombre sano y trabajador. Pero un día se enfermó, y los médicos le dijeron que solamente yéndose al campo podría curarse. Él no quería ir, porque tenía hermanos chicos a quienes daba de comer; y se enfermaba cada día más. Hasta que u... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | Las rayas | Cuento | Cierta vez las víboras dieron un gran baile. Invitaron a las ranas y a los sapos, a los flamencos, y a los yacarés y a los pescados. Los pescados, como no caminan, no pudieron bailar; pero siendo el baile a la orilla del río los pescados estaban asomados a la arena, y aplaudían con la cola.
Los yacarés, para adornarse ... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | Las voces queridas que se han callado | Cuento | Al rozar el monte, los hombres tumbaron el año anterior este árbol, cuyo tronco yace en toda su extensión aplastado contra el suelo. Mientras sus compañeros han perdido gran parte de la corteza en el incendio del rozado, aquél conserva la suya casi intacta. Apenas si a todo lo largo una franja carbonizada habla muy cla... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | Los bebedores de sangre | Cuento | …-“En resumen, yo creo que las palabras valen tanto, materialmente, como la propia cosa significada, y son capaces de crearla por simple razón de eufonía. Se precisará un estado especial; es posible. Pero algo que yo he visto me ha hecho pensar en el peligro de que dos cosas distintas tengan el mismo nombre.”
Como se ... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | Los buques suicidantes | Cuento | Hay personas cuya voz adquiere de repente una inflexión tal que nos trae súbitamente a la memoria otra voz que oímos mucho en otro tiempo. No sabemos dónde ni cuándo; todo ello fugitivo e instantáneo, pero no por esto menos hondo. La impresión, sobrado inconsistente, no deja huella alguna; y justamente lo contrario fue... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | Los cazadores de ratas | Cuento | Chiquitos:
¿Han puesto ustedes el oído contra el lomo de un gato cuando runrunea? Háganlo con Tutankamón, el gato del almacenero. Y después de haberlo hecho, tendrán una idea clara del ronquido de un tigre cuando anda al trote por el monte en son de caza.
Este ronquido que no tiene nada de agradable cuando uno está sol... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | Los guantes de goma | Cuento |
Resulta que hay pocas cosas más terribles que encontrar en el mar un buque abandonado. Si de día el peligro es menor, de noche no se ven ni hay advertencia posible: el choque se lleva a uno y otro.
Estos buques abandonados por a o por b, navegan obstinadamente a favor de las corrientes o del viento, si tienen las vela... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | Los mensú | Cuento | Una siesta de invierno, las víboras de cascabel, que dormían extendidas sobre la greda, se arrollaron bruscamente al oír insólito ruido. Como la vista no es su agudeza particular, las víboras mantuviéronse inmóviles, mientras prestaban oído.
-Es el ruido que hacían aquellos… -murmuró la hembra.
-Sí, son voces de hombre... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | Los ojos sombríos | Cuento | El individuo se enfermó. Llegó a la casa con atroz dolor de cabeza y náuseas. Acostose en seguida, y en la sombría quietud de su cuarto sintió sin duda alivio. Mas a las tres horas aquello recrudeció de tal modo que comenzó a quejarse a labio apretado. Vino el médico, ya de noche, y pronto el enfermo quedó a oscuras, c... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | Los pescadores de vigas | Cuento | Cayetano Maidana y Esteban Podeley, peones de obraje, volvían a Posadas en el Silex, con quince compañeros. Podeley, labrador de madera, tornaba a los nueve meses, la contrata concluida, y con pasaje gratis, por lo tanto. Cayé -mensualero- llegaba en iguales condiciones, mas al año y medio, tiempo necesario para chance... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | Más allá | Cuento | Después de las primeras semanas de romper con Elena, una noche no pude evitar asistir a un baile. Hallábame hacía largo rato sentado y aburrido en exceso, cuando Julio Zapiola, viéndome allí, vino a saludarme. Es un hombre joven, dotado de rara elegancia y virilidad de carácter. Lo había estimado muchos años atrás, y e... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | Nuestro primer cigarro | Cuento | El motivo fue cierto juego de comedor que míster Hall no tenía aún, y su fonógrafo fue quien le sirvió de anzuelo.
Candiyú lo vio en la oficina provisoria de la “Yerba Company”, donde míster Hall maniobraba su fonógrafo a puerta abierta.
Candiyú, como buen indígena, no manifestó sorpresa alguna, contentándose con dete... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | Rea Silvia | Cuento | Yo estaba desesperada -dijo la voz-. Mis padres se oponían rotundamente a que tuviera amores con él, y habían llegado a ser muy crueles conmigo. Los últimos días no me dejaban ni asomarme a la puerta. Antes, lo veía siquiera un instante parado en la esquina, aguardándome desde la mañana. ¡Después, ni siquiera eso!
Yo l... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | Un idilio | Cuento | Ninguna época de mayor alegría que la que nos proporcionó a María y a mí, nuestra tía con su muerte.
Inés volvía de Buenos Aires, donde había pasado tres meses. Esa noche, cuando nos acostábamos, oímos que Inés decía a mamá:
-¡Qué extraño!… Tengo las cejas hinchadas.
Mamá examinó seguramente las cejas de tía, pues desp... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | Un peón | Cuento | Hay en este mundo naturalezas tan francamente abiertas a la vida que la desgracia puede ser para ellas el pañal en que se envuelven al nacer. Permítaseme esta ligera filosofía en honor a la crítica infancia de una criatura que nació para los más tormentosos debates de la pasión humana, y cuya vida pudo ser desgraciada ... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | Una conquista | Cuento | I
“…En fin, como no podré volver allí hasta fines de junio y no querría de ningún modo perder aquello, necesito que te cases con ella. He escrito hoy mismo a la familia y te esperan. Por lo que respecta al encargo… etcétera.”
Nicholson concluyó la carta con fuerte sorpresa y la inquietud inherente al soltero que se ve ... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | Una estación de amor | Cuento | Una tarde, en Misiones, acababa de almorzar cuando sonó el cencerro del portoncito. Salí afuera, y vi detenido a un hombre joven, con el sombrero en una mano y una valija en la otra.
Hacía cuarenta grados fácilmente, que sobre la cabeza crespa de mi hombre obraba como sesenta. No parecía él, sin embargo, inquietarse en... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | Una noche de edén | Cuento | ÉL
Cada cuatro o cinco días, y desde hace dos meses, recibo cartas de una desconocida que, entre rasgos de ingenuidad y de esprit, me agitan más de lo que quisiera.
No son estas las primeras cartas de femenina admiración que recibo, puede creerse. Cualquier mediano escritor posee al respecto un cuantioso archivo. Las c... |
Quiroga, Horacio | Uruguay | 1878-1937 | Yaguaí | Cuento | Primavera
Era el martes de carnaval. Nébel acababa de entrar en el corso, ya al oscurecer, y mientras deshacía un paquete de serpentinas, miró al carruaje de delante. Extrañado de una cara que no había visto la tarde anterior, preguntó a sus compañeros:
-¿Quién es? No parece fea.
-¡Un demonio! Es lindísima. Creo que so... |
Renard, Jules | Francia | 1864-1910 | Blandine y Pointu | Cuento | No hay persona que escriba para el público que no haya tenido alguna vez una visión maravillosa. Yo he gozado por dos veces de este don. Yo vi una vez un dinosaurio, y recibí otra vez la visita de una mujer de seis mil años. Las palabras que me dirigió, después de pasar una noche entera conmigo, constituyen el tema de ... |
Renard, Jules | Francia | 1864-1910 | El agricultor modelo | Minicuento | Ahora bien, no podía ser sino allí. Yaguaí olfateó la piedra -un sólido bloque de mineral de hierro- y dio una cautelosa vuelta en torno. Bajo el sol a mediodía de Misiones, el aire vibraba sobre el negro peñasco, fenómeno este que no seducía al fox-terrier. Allí abajo, sin embargo, estaba la lagartija. Giró nuevamente... |
Renard, Jules | Francia | 1864-1910 | El barco a vapor | Cuento | -¿Qué edad tiene usted, Blandine?
-Treinta y siete años, señor. No soy de la última nidada de agosto.
-¿Dónde nació usted?
-En Lormes, en la Nièvre.
-¿Pasó allí la infancia?
-Sí, señor. Primero guardé ocas. Luego guardé ovejas. Más tarde guardé vacas. Después una prima mía me colocó como criada en París. Tuve más de ve... |
Renard, Jules | Francia | 1864-1910 | El canario | Minicuento | El combate parecía terminado cuando una última bala, una bala perdida, impactó en la pierna derecha de Fabricien. Se vio obligado a regresar a su tierra con una pierna de madera.
En un primer momento mostró cierto orgullo; las primeras veces que entró en la iglesia del pueblo golpeando con tanta fuerza las losas, se le... |
Renard, Jules | Francia | 1864-1910 | El Cristo amonestado | Minicuento | Retirados al pueblo, los Bornet son vecinos de los Navot y entre las dos parejas existe muy buena relación. Les gusta por igual la tranquilidad, el aire puro, la sombra y el agua. Simpatizan tanto que se imitan.
Por la mañana las señoras van juntas al mercado.
-Me dan ganas de preparar un pato, -dice la señora Navot.
-... |
Renard, Jules | Francia | 1864-1910 | El nido de jilgueros | Minicuento | ¿Por qué se me ocurriría comprar este pájaro? El pajarero me dijo: «Es un macho. Espere una semana para que se adapte, y cantará». Pero el pájaro se obstina en permanecer callado y lo hace todo al revés. Tan pronto como lleno su comedero, saca los granos con el pico y los lanza a los cuatro vientos. Ato con una cuerda ... |
Renard, Jules | Francia | 1864-1910 | El picapedrero | Minicuento | Al pasar junto a la cruz situada en las afueras del pueblo al que parece proteger de alguna sorpresa desagradable, Tiennette, la loca, vio que el Cristo se había caído.
Durante la noche el viento lo había desclavado y arrojado al suelo, sin duda.
Tiennette se santigua y levanta el Cristo con todas las precauciones, com... |
Renard, Jules | Francia | 1864-1910 | El ratón | Minicuento | En una rama ahorquillada de nuestro cerezo había un nido de jilgueros bonito de ver, redondo, perfecto, de crines por fuera y de plumón por dentro, donde cuatro polluelos acababan de nacer. Le dije a mi padre:
-Me gustaría cogerlos para domesticarlos.
Mi padre me había explicado con frecuencia que es un crimen meter a ... |
Renard, Jules | Francia | 1864-1910 | El sapo | Minicuento | -Perdone, amigo, ¿cuánto tiempo se tarda en ir de Corbigny a Saint-Révérien?
El picapedrero levanta la cabeza y apoyándose en su maza, me observa a través de la rejilla de sus gafas, sin responder.
Repito la pregunta. No responde.
-Debe ser sordomudo -pensé y continué mi camino.
Había recorrido apenas un centenar de me... |
Renard, Jules | Francia | 1864-1910 | La llave | Minicuento | Cuando a la luz de un quinqué escribo mi página cotidiana, oigo un ruidito. Si me detengo, para. Y vuelve a comenzar en cuanto rasco el papel.
Es un ratón que se despierta.
Puedo adivinar sus idas y venidas junto al agujero oscuro en el que nuestra criada guarda sus cepillos y sus trapos.
Brinca por el suelo y trota so... |
Renard, Jules | Francia | 1864-1910 | La petición | Cuento | Nacido de una piedra, vive debajo de una y en ella se cavará la tumba.
Lo visito frecuentemente, y cada vez que levanto su piedra tengo miedo de encontrarlo y miedo de que ya no esté allí.
Pero está.
Escondido en aquella guarida seca, limpia, estrecha y propia, la ocupa plenamente, hinchado como una bolsa de avaro.
Si ... |
Renard, Jules | Francia | 1864-1910 | La señorita Olympe | Cuento | La vieja es vieja y avara; el viejo es aún más viejo y más avaro. Pero ambos temen por igual a los ladrones. A cada instante del día se preguntan:
-¿Tienes tú la llave del armario?
-Sí.
Eso los tranquiliza un poco. Guardan la llave alternativamente y llegan a desconfiar el uno de la otra. La vieja la esconde principalm... |
Renard, Jules | Francia | 1864-1910 | Un modelo de agricultor | Minicuento | En el gran patio de la Gouille, la señora Repin lanzaba a sus aves puñados de grano. Éstos volaban regularmente de la cesta, siguiendo el ritmo del gesto, y se dispersaban granizando sobre el duro suelo. La fina música de un manojo de llaves, que se entrechocaban, ascendía de uno de los bolsillos del mandil. Haciendo c... |
Revueltas, José | México | 1914-1976 | Dios en la tierra | Cuento | Con la vida de la señorita Olympe Bardeau, podría escribirse una novela de costumbres provincianas, pero sería muy monótona. Lo que hace no es nada variado: pasa su tiempo sacrificándose.
Siempre la conocí como una vieja solterona. Hace diez años no lo era menos; dentro de diez años no lo será más; no cambia; es una so... |
Revueltas, José | México | 1914-1976 | Dormir en tierra | Cuento | El combate parecía terminado, cuando una última bala -una bala perdida- vino a dar en la pierna derecha de Fabricio. Éste hubo de regresar a su país con una pata de palo.
Al principio mostraba cierto orgullo. Entraba en la iglesia de la aldea golpeando tan fuertemente las baldosas, que se le podría haber tomado por un ... |
Revueltas, José | México | 1914-1976 | Hegel y yo | Cuento | La población estaba cerrada con odio y con piedras. Cerrada completamente como si sobre sus puertas y ventanas se hubieran colocado lápidas enormes, sin dimensión de tan profundas, de tan gruesas, de tan de Dios. Jamás un empecinamiento semejante, hecho de entidades incomprensibles, inabarcables, que venían… ¿de dónde?... |
Reyes, Alfonso | México | 1889-1959 | Algo peor | Minicuento | 1
Pesado, con su lento y reptante cansancio bajo el denso calor de la mañana tropical, el río se arrastraba lleno de paz y monotonía en medio de las dos riberas cargadas de vegetación. Era un deslizarse como de aceite tibio, la superficie tersa, pulida, en una atmósfera sin movimiento, que sobre la piel se sentía igual... |
Reyes, Alfonso | México | 1889-1959 | Campeona | Minicuento | Es curioso, pero aquí estamos, en la misma cárcel, Hegel y yo. Hegel, con toda su filosofía de la historia y su Espíritu Absoluto. Verdaderamente curioso. Debo precisar: en la misma celda, desde que me lo trajeron, de la calle, a vivir conmigo. Un auténtico regalo filosófico. Lo acepté con extrañeza y desconfianza: aqu... |
Reyes, Alfonso | México | 1889-1959 | Catástrofes | Minicuento | —¡Que tiempos, señores! Los niños se divierten en matar y en robar. Los crímenes son sus juguetes.
—¡Y algo peor! —dijo el otro.
—¿Cómo peor?
—Si, que ya no cantan canciones, sino que cantan anuncios comerciales de la radio.
FIN |
Reyes, Alfonso | México | 1889-1959 | De Kelserling | Minicuento | Cuando el presidente del Club de Natación y los Síndicos de París —chisteras, abultados abdómenes, bandas tricolores sobre el pecho— vieron acercarse a la triunfadora, prorrumpieron en aplausos y entusiastas exclamaciones:
—¡Si parece un delfín!
—Querrá usted decir una sirena.
—No, una náyade.
—¡Una oceánida, una “oceá... |
Reyes, Alfonso | México | 1889-1959 | Del bestiario mexicano | Minicuento | ¿Qué me pasa? Ya he hablado de cierta catástrofe cósmica que nos amenaza desde el fondo del universo (“La Catástrofe”, Ancorajes, fragmento de 1937). Pues sucede que alguna distante e ignorada catástrofe repercute en este cofrecito vibratorio del corazón. Muchas veces no sabemos qué rara inquietud nos traviesa de parte... |
Reyes, Alfonso | México | 1889-1959 | Del hilo, al ovillo | Cuento | —Conocí a un hombre que recibía noticias del cielo. Un día me comunicó las últimas novedades que se contaban en el cielo. ¿Saben ustedes cuales eran? Que puede ser que Lucifer se redima con un acto de arrepentimiento; que Lucifer puede redimirse, pero no sus criaturas.
FIN |
Reyes, Alfonso | México | 1889-1959 | Del perfecto gobernante | Minicuento | I
En el norte de México acostumbran poner a los gallos en lo alto de un templete, para que no se los coman los coyotes. Desde su mirador, el gallo va y viene, y mira de reojo al coyote que se va acercando con un airecillo bondadoso:
—Buenos días, hermano gallo.
—Buenos días, hermano coyote.
—¿Qué haces ahí trepado?
—Ya... |
Reyes, Alfonso | México | 1889-1959 | Diógenes | Minicuento | Tenía razones para dudar. Volvió a casa inesperadamente. La casa estaba desierta.
En el vestíbulo, una madeja de lana, abandonada, yacía en el suelo; era la lana con que su mujer estaba tejiendo no sé qué, por matar el tiempo… o por tener pretexto de andar siempre con los ojos bajos. Bien lo comprendía él.
—Todo está m... |
Reyes, Alfonso | México | 1889-1959 | Duelo | Minicuento | Ya se entiende que el perfecto gobernante no era perfecto; estaba lleno de pequeños errores para que sus enemigos tuvieran dónde morder. De este modo, todos vivían contentos.
El pueblo tampoco era perfecto: lleno estaba de extraños impulsos de rencor. Cada año, el gobernante entregaba a la cólera popular una víctima pr... |
Reyes, Alfonso | México | 1889-1959 | Educación | Minicuento | Diógenes, viejo, puso su casa y tuvo un hijo. Lo educaba para cazador. Primero lo hacía ensayarse con animales disecados, dentro de casa. Después comenzó a sacarlo al campo.
Y lo reprendía cuando no acertaba.
—Ya te he dicho que veas dónde pones los ojos, y no dónde pones las manos. El buen cazador hace presa con la mi... |
Reyes, Alfonso | México | 1889-1959 | El buen impresor | Minicuento | De uno a otro extremo de la Cámara, grita el diputado aristócrata:
—¡Dese usted por abofeteado!
Y el demócrata, encogiéndose de hombros, le contesta:
—¡Dese usted por muerto en duelo!
FIN |
Reyes, Alfonso | México | 1889-1959 | El chivo padre | Minicuento | Y en este punto, es fácil que piense de Inglaterra lo que de la educación de su hijo pensaba la viuda de Shelley:
—Lo llevaremos —le decía un amigo en cierta ocasión— a una escuela donde le enseñen a conducirse de acuerdo con sus propias ideas.
—No, gracias —repuso al instante la viuda—. Así fue educado su padre. Pero ... |
Reyes, Alfonso | México | 1889-1959 | El cocinero | Minicuento | El sino del impresor “amateur” es la desdicha.
Tenía que imprimir una Doctrina Cristiana que empezaba con la frase: “Dios hizo el mundo en siete días”; y quería a toda costa emplear en el libro sagrado la mejor capitular que tenía: una hermosa mayúscula de misal, vestida de rojos y oros vivos, con ángeles azules y fest... |
Reyes, Alfonso | México | 1889-1959 | El gallo y el coyote | Minicuento | El chivo padre va a beber y, al verse reflejado en el charco:
-¡Que presencia de animal! -exclama-. ¡Qué barbas venerables! ¡Qué cornamenta más ornamental! ¡Qué continente tan respetable y grave! ¡Y todavía pretenden que el león es el rey de los animales!…
Un gruñido a su espalda y una voz que dice:
-¿Qué estás ahí mur... |
Reyes, Alfonso | México | 1889-1959 | El mono y el tejón | Minicuento | Un gran letrero: —“Cocina”—, llamaba la atención del transeúnte. Junto a la puerta, los sabios hacían cola, como en los estancos la gente el día del tabaco. Cada uno llevaba una bandeja, con toda pulcritud y el mayor cuidado. Sobre la bandeja, un espejo de cristal. Y bajo el cristal, una palabra recién fabricada en el ... |
Reyes, Alfonso | México | 1889-1959 | El veredicto | Minicuento | En el norte de México acostumbran poner a los gallos en lo alto de un templete, para que no se los coman los coyotes. Desde su mirador, el gallo va y viene, y mira de reojo al coyote que se va acercando con un airecillo bondadoso:
—Buenos días, hermano gallo.
—Buenos días, hermano coyote.
—¿Qué haces ahí trepado?
—Ya l... |
Reyes, Alfonso | México | 1889-1959 | En el frente | Minicuento | -¿Adónde con tanta prisa, hermano chango? ¿Por qué corres así?
-Voy a esconderme, hermano tejón.
-¿Por qué?
-El rey de la selva acaba de ordenar que maten a todos los elefantes.
-Sí, ¡pero tú eres mono y no elefante!
-Cierto, pero mientras lo averiguan, me chingan.
(Y siguió corriendo)
FIN |
Reyes, Alfonso | México | 1889-1959 | Error | Minicuento | La mujer del fotógrafo era joven y muy bonita. Yo había ido en busca de mis fotos de pasaporte, pero ella no me lo quería creer.
—No, usted es el cobrador del alquiler, ¿verdad?
—No, señora, soy un cliente. Llame usted a su esposo y se convencerá.
—Mi esposo no está aquí. Estoy enteramente sola por toda la tarde. Usted... |
Reyes, Alfonso | México | 1889-1959 | Explorador | Minicuento | Volvía de Verdún. La tierra estaba llena de hoyos, suave y deleznable como la ceniza de mi cigarro. En Fleurus, los mismos vecinos —ya de vuelta— discutían si la iglesia había estado aquí o más allá.
Almorzamos en un café en ruinas. No teníamos cubiertos. De entre los escombros logramos sacar un cuchillo, una cuchara, ... |
Reyes, Alfonso | México | 1889-1959 | La asamblea de los animales | Cuento | Para que la creación se mantenga es fuerza que haya un error de vez en cuando. De ahí Luzbel. Que esto nos sirva de consuelo a la hora de la contrición.
FIN |
Reyes, Alfonso | México | 1889-1959 | La cena | Cuento | El pobre explorador Ericsson vino al mundo cuando ya toda la tierra estaba descubierta. Entonces se dedicó —dedo en ristre— a explorar sus narices.
FIN |
Reyes, Alfonso | México | 1889-1959 | La elefanta | Minicuento | Tenía que suceder al fin. Varias veces nos lo habían advertido y nunca quisimos hacer caso. Ello es que las fieras y animales silvestres, espantados por los desmanes del hombre, se reunieron secretamente en alguna ignorada región del África para tomar providencias ante una posible catástrofe del planeta.
Por supuesto, ... |
Reyes, Alfonso | México | 1889-1959 | La fiesta nacional | Minicuento | Tuve que correr a través de calles desconocidas. El término de mi marcha parecía correr delante de mis pasos, y la hora de la cita palpitaba ya en los relojes públicos. Las calles estaban solas. Serpientes de focos eléctricos bailaban delante de mis ojos. A cada instante surgían glorietas circulares, sembrados arriates... |
Reyes, Alfonso | México | 1889-1959 | La melancolía del viajero | Minicuento | Los elefantes de un circo que llegaban a la ciudad de México se escaparon en la estación y, espantados con los pitos de las locomotoras, se echaron a correr por las calles, enfurecidos, haciendo destrozos. Un pobre señor salía con su mujer y su niña de alguna comida con amigos y traía su par de copas. Al pasar junto a ... |
Reyes, Alfonso | México | 1889-1959 | La norma | Minicuento | Ventura de la Vega, en el tránsito, reúne a sus deudos e íntimos para revelarles el secreto de su vida. Todos esperan terribles cosas:
–¡Me carga el Dante! –les confiesa.
Luis Taboada, moribundo, llama a su hijo:
–Ve –le dice– a la Parroquia de San José, y di que me manden los Santos Óleos; pero que sean buenos, que so... |
Reyes, Alfonso | México | 1889-1959 | Las dos golondrinas | Minicuento | A veces, los que vuelven de un largo viaje conservan para toda la vida una melancolía secreta, como de querer juntar en un solo sitio los encantos de todas las tierras recorridas.
La Odisea no nos hace asistir a los últimos días de Ulises. Cuando Ulises hubo recobrado sus playas y arrojado de su palacio a los pretendie... |
Reyes, Alfonso | México | 1889-1959 | Ley profunda | Minicuento | Hay palabras que se deslizan y nos abren el corazón como una espada fría y sutil. A veces convidan a la locura y a veces a la prudencia. Se caen de la portezuela de un coche: ruedan desde una ventana a la calle, articuladas entre un suspiro y un bostezo. Y nadie las advierte. No hacen más ruido que el de un guante que ... |
Reyes, Alfonso | México | 1889-1959 | Los alivios | Minicuento | Benedictine y Poussecafé —las dos golondrinas del ventanillo— están, desde el amanecer, con casaca negra y peto blanco. A veces, se lanzan —diminutas anclas del aire— y reproducen sobre el cielo, con la punta del ala, el contorno quebrado, la cara angulosa de la ciudad.
Benedictine vuelve la primera, y se pone a llamar... |
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