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|---|---|---|---|---|---|
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Dichos de Luder 82 | Cuento | —El peor de los lectores —dice Luder— es el intelectual zapatón que espera marxistamente sentado en el poyo de los libros la aparición de un mensaje.
FIN |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Dichos de Luder 83 | Cuento | —¡Cómo puedes aguantarlo! —critican a Luder porque visita a menudo en su buhardilla a un pintor viejo y paupérrimo.
—Es que me encanta su manera tan natural de invitarme a compartir su fracaso.
FIN |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Dichos de Luder 84 | Cuento | —Cuando Bonnard terminaba de pintar una tela —dice Luder— cortaba en sus cuatro costados todo lo que sobraba. Lo mismo deberían hacer los escritores con sus libros. Así no leeríamos sino la página del medio.
FIN |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Dichos de Luder 85 | Cuento | Luder pasa rápidamente delante de un mendigo que le extiende plañideramente la diestra.
–¡Puerco! –grita el pordiosero
Luder se detiene y regresa sonriente con una moneda en la mano:
–Solo esperaba que me llamaras por mi nombre.
FIN |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Dichos de Luder 86 | Cuento | —Nada me impresiona más que los hombres que lloran —dice Luder—. Nuestra cobardía nos ha hecho considerar el llanto como cosa de mujercitas, cuando solo lloran los valientes: por ejemplo, los héroes de Homero.
FIN |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Dichos de Luder 87 | Cuento | —Le falta una generación para ser realmente distinguida —dice Luder de una amiga de origen modesto que se ha pulido y encumbrado—. Si la observas bien, te das cuenta que debe estar extremadamente atenta pues, al menor descuido, le asoma el rabo de la vulgaridad.
FIN |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Dichos de Luder 88 | Cuento | —Hay tantas universidades ahora —dice Luder— que en ellas se distribuye más la ignorancia que el conocimiento. Los educadores olvidan que el saber es como la riqueza: mientras más se reparte, menos le toca a cada uno.
FIN |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Dichos de Luder 89 | Cuento | Luder lanza una mirada lenta, circular y fatigada a los miles de libros que contienen los estantes de su biblioteca.
—¡Cuánto ignoramos! —suspira.
FIN |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Dichos de Luder 90 | Cuento | —Lo que más me turba del universo —dice Luder—, suponiendo que sea infinito, no es que carezca de centro, sino que carezca de forma. Como la forma es un atributo esencial del ser, entonces el universo no sería.
FIN |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Dichos de Luder 91 | Cuento | —Ha publicado un nuevo libro de poemas— le dicen de un escritor premiado.
—Ya lo sé —responde Luder—. Ha añadido una pieza más a su prontuario.
FIN |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Dichos de Luder 92 | Cuento | —El verdadero amor, en la medida en que excluya toda reciprocidad y toda recompensa, solo se da en la vía consanguínea —dice Luder—. Todo el resto es desvarío, ilusión o accidente.
FIN |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Dichos de Luder 93 | Cuento | Lo encuentran paseándose abstraído en torno a la mesa de su biblioteca.
—Me he dado cuenta —dice Luder— que nuestra vida solo consiste en dar vueltas y vueltas alrededor de unos cuantos objetos.
FIN |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Dichos de Luder 94 | Cuento | —Es penoso irse del mundo sin haber adquirido una sola certeza —dice Luder—. Todo mi esfuerzo se ha reducido a elaborar un inventario de enigmas.
FIN |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Dichos de Luder 95 | Cuento | —No hay que buscar la palabra más justa, ni la palabra más bella, ni la más rara —dice Luder—. Busca solamente tu propia palabra.
FIN |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Dirección equivocada | Cuento | —Literatura es impostura —dice Luder—. Por algo riman.
FIN |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Doblaje | Cuento | —Solo verán en el aire —dice Luder—. He puesto tanto empeño en construir el pedestal que ya no me quedaron fuerzas para levantar la estatua.
FIN |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | El banquete | Cuento | Ramón abandonó la oficina con el expediente bajo el brazo y se dirigió a la avenida Abancay. Mientras esperaba el ómnibus que lo conduciría a Lince, se entretuvo contemplando la demolición de las viejas casas de Lima. No pasaba un día sin que cayera un solar de la colonia, un balcón de madera tallada o simplemente una ... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | El carrusel | Cuento | En aquella época vivía en un pequeño hotel cerca de Charing Cross y pasaba los días pintando y leyendo libros de ocultismo. En realidad, siempre he sido aficionado a las ciencias ocultas, quizás porque mi padre estuvo muchos años en la India y trajo de las orillas del Ganges, aparte de un paludismo feroz, una colección... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | El chaco | Cuento | Con dos meses de anticipación, don Fernando Pasamano había preparado los pormenores de este magno suceso. En primer término, su residencia hubo de sufrir una transformación general. Como se trataba de un caserón antiguo, fue necesario echar abajo algunos muros, agrandar las ventanas, cambiar la madera de los pisos y pi... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | El jefe | Cuento | El primer día que llegué a Fráncfort tomé un hotel cerca de la estación del ferrocarril, dejé mi equipaje y salí a dar una vuelta, sin plano ni plan preciso. Nada es más agradable que recorrer un poco a la aventura una ciudad que no conocemos, sin saber cuáles son sus calles céntricas, sus monumentos, sus costumbres. T... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | El libro en blanco | Cuento | Sixto llegó de las minas hace meses, junto con otros mineros huaripampinos. Venían a ver su pueblo, las retamas, las vacas que dejaron en el pastizal y a partir nuevamente hacia La Oroya, el caserío de las chimeneas, después de reposarse. Pero solo venían a morir, como dijo Pedro Limayta, pues tenían los pulmones quema... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | El marqués y los gavilanes | Cuento | El directorio de la casa Ferrolux, S. A. daba esa noche una fiesta a sus empleados, con motivo de inaugurarse su nuevo club social. En el cuarto piso de un edificio moderno, situado en el centro de Lima, la firma había alquilado cinco piezas que fueron convertidas en sala de baile, bar, biblioteca, billares y guardarro... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | El polvo del saber | Cuento | De pura casualidad me encontré con Francesca en el Boulevard Saint-Germain y como hacía dos o tres años que no la veía y como según me explicó se había mudado a un departamento a dos pasos de allí subimos a su piso a tomar una copa.
Era un departamento pequeño, con vista al bulevar, pero sin duda poca cosa comparado co... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | El profesor suplente | Cuento | La familia Santos de Molina había ido perdiendo en cada generación una hacienda, una casa, una dignidad, unas prerrogativas y al mediar el siglo veinte solo conservaba de la opulencia colonial, aparte del apellido, su fundo sureño, la residencia de Lima y un rancho en Miraflores.
Gentes venidas de otros horizontes —del... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | El próximo mes me nivelo | Cuento | Todos los días al salir de la universidad o entre dos cursos caminaba hasta la calle Washington y me detenía un momento a contemplar, por entre las verjas, los muros grises de la casona, que protegían celosa, secretamente, la clave de la sabiduría.
Desde niño sabía que en esa casa se conservaba la biblioteca de mi bisa... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | El sargento Canchuca | Cuento | Hacia el atardecer, cuando Matías y su mujer sorbían un triste té y se quejaban de la miseria de la clase media, de la necesidad de tener que andar siempre con la camisa limpia, del precio de los transportes, de los aumentos de la ley, en fin, de lo que hablan a la hora del crepúsculo los matrimonios pobres, se escucha... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | El tonel de aceite | Cuento | —Allí viene Cieza —dijo Gastón señalando el fondo de la alameda Pardo.
Alberto levantó la vista y distinguió en la penumbra de los ficus una mancha que avanzaba y que la cercanía dotó de largas extremidades, anteojos negros y un espinazo más bien encorvado.
—¡Al fin estás acá! —exclamó Cieza antes de llegar a la banca—... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | En el fondo | Minicuento | Desde muy niños papá nos había obligado a tomar cucharadas de emulsión Scott y de aceite de hígado de bacalao, dos celebrados y nauseabundos tónicos de la época. Pero cuando entramos a la adolescencia decidió reemplazar esos remedios bucales por fortificantes más eficaces. De allí le vino la idea que todos debíamos rec... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Espumante en el sótano | Cuento | En la semioscuridad de la cocina, iluminada tan solo por los carbones rojos que ardían bajo las parrillas, la vieja Dorotea y su sobrino Pascual se miraban silenciosamente. Ella permanecía en pie, las crenchas canosas dominadas por el pañolón negro y el semblante cobrizo torcido en una mueca inexpresiva y vegetal. Su s... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Estructura | Minicuento | —Es curioso —dice Luder—. En el fondo de los ojos de las personas extremadamente bellas hay siempre un remanente de imbecilidad.
FIN |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Explicaciones a un cabo de servicio | Cuento | Aníbal se detuvo un momento ante la fachada del Ministerio de Educación y contempló, conmovido, los veintidós pisos de ese edificio de concreto y vidrio. Los ómnibus que pasaban rugiendo por la avenida Abancay le impidieron hacer la menor invocación nostálgica y, limitándose a emitir un suspiro, penetró rápidamente por... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Fénix | Cuento | —Dile que no estoy —susurra Luder a su criada que le muestra una tarjeta de visita—. Es un semiólogo que anda en busca de una estructura.
FIN |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Interior “L” | Cuento | Yo tomaba un pisco donde el gordo mientras le daba vueltas en la cabeza a un proyecto. Le diré la verdad: tenía en el bolsillo cincuenta soles… Mi mujer no me los quiso dar, pero usted sabe, al fin los aflojó, la muy tonta… Yo le dije: “Virginia, esta noche no vuelvo sin haber encontrado trabajo”. Así fue como salí: pa... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | La botella de chicha | Cuento | Después de haber dado los golpes, soy yo ahora el que los recibe y duro, sin descanso, como la buena bestia que soy. Pero no son tanto los golpes lo que me fatiga, pues mi piel es un solo callo, sino el calor de la selva. Yo he vivido siempre a la orilla del mar, respirando el aire seco de Paramonga, en una costa sin l... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | La insignia | Cuento | El colchonero con su larga pértiga de membrillo sobre el hombro y el rostro recubierto de polvo y de pelusas atravesó el corredor de la casa de vecindad, limpiándose el sudor con el dorso de la mano.
—¡Paulina, el té! —exclamó al entrar a su habitación dirigiéndose a una muchacha que, inclinada sobre un cajón, escribía... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | La molicie | Cuento | En una ocasión tuve necesidad de una pequeña suma de dinero y como me era imposible procurármela por las vías ordinarias, decidí hacer una pesquisa por la despensa de mi casa, con la esperanza de encontrar algún objeto vendible o pignorable. Luego de remover una serie de trastos viejos, divisé, acostada en un almohadón... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | La piel de un indio no cuesta cara | Cuento | Hasta ahora recuerdo aquella tarde en que al pasar por el malecón divisé en un pequeño basural un objeto brillante. Con una curiosidad muy explicable en mi temperamento de coleccionista, me agaché y después de recogerlo lo froté contra la manga de mi saco. Así pude observar que se trataba de una menuda insignia de plat... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | La primera nevada | Cuento | Mi compañero y yo luchábamos sistemáticamente contra la molicie. Sabíamos muy bien que ella era poderosa y que se adueñaba fácilmente de los espíritus de la casa. Habíamos observado cómo, agazapada, en las comidas fuertes, en los muelles sillones y hasta en las melodías lánguidas de los boleros aprovechaba cualquier in... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | La relatividad de nuestras concepciones estéticas | Minicuento | —¿Piensas quedarte con él? —preguntó Dora a su marido. Miguel, en lugar de responder, se levantó de la perezosa donde tomaba el sol y haciendo bocina con las manos gritó hacia el jardín:
—¡Pancho!
Un muchacho que se entretenía sacando la yerba mala volteó la cabeza, se puso de pie y echó a correr. A los pocos segundos ... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | La señorita Fabiola | Cuento | Los objetos que me dejó Torroba se fueron incorporando fácilmente al panorama desordenado de mi habitación. Eran, en suma, un poco de ropa sucia envuelta en una camisa y una caja de cartón conteniendo algunos papeles. Al principio no quise recibirle estos trastos porque Torroba tenía bien ganada una reputación de ladro... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | La solución | Cuento | Luder regresa de su habitual paseo por el malecón.
—Estoy confundido —dice—. Cuando me aprestaba a gozar de una nueva puesta de sol, un vagabundo salta la baranda, camina hasta el borde del acantilado, se baja los pantalones y se caga mirando mi crepúsculo. Eso demuestra la relatividad de nuestras concepciones estética... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | La tela de araña | Cuento | Yo aprendí el abecedario en casa, con mamá, en una cartilla a cuadrados rojos y verdes, pero quien realmente me enseñó a leer y escribir fue la señorita Fabiola, la primera maestra que tuve cuando entré al colegio. Es por ello que la tengo tan presente y que me animo a contar algo de su vida, su triste, oscura y abnega... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | La vida gris | Cuento | —Bueno, Armando, vamos a ver, ¿qué estás escribiendo ahora?
La temida pregunta terminó por llegar. Ya habían acabado de cenar y estaban ahora en el salón de la residencia barranquina, tomando el café. Por la ventana entreabierta se veían los faroles del malecón y la niebla invernal que subía de los acantilados.
—No te ... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Las botellas y los hombres | Cuento | Cuando María quedó sola en el cuarto, una vez que hubo partido Justa, sintió un extraño sentimiento de libertad. Le pareció que el mundo se dilataba, que las cosas se volvían repentinamente bellas y que su mismo pasado, observado desde este ángulo nuevo, era tan solo un mal sueño pasajero. Ya a las diez de la noche, al... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Las cosas andan mal, Carmelo Rosa | Cuento | Nunca ocurrió vida más insípida y mediocre que la de Roberto. Se deslizó por el mundo inadvertidamente, como una gota de lluvia en medio de la tormenta, como una nube que navega entre las sombras. No tuvo una emoción fuerte, ni una aventura imprevista, ni una calamidad sonora, que coloreara la página blanca de su vida.... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Letrado de ayer | Minicuento | —Lo buscan —dijo el portero—. Un hombre lo espera en la puerta.
Luciano alcanzó a dar una recia volea que hizo encogerse a su adversario y dejando su raqueta sobre la banca tomó el caminillo de tierra. Primero vio una cabeza calva, luego un vientre mal fajado pero solo cuando la distancia le permitió distinguir la tosc... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Los cautivos | Cuento | Las cosas andan mal Rosa cuando hoy subiste a la oficina y te quitaste la boina con desgano y tu abrigo con muchísima pena y tu bufanda como si fuera tu propio sudario y entre el ruido de los teletipos miraste sin ánimo los papeles que te esperaban por traducir siempre los mismos la Bolsa de París las cotizaciones de W... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Los españoles | Cuento | Caminando con un amigo Luder se ve reflejado en la vitrina de una tienda.
—Ya me fregué —dice, sobrepasándose—. Acabo de darme cuenta que no soy un hombre de hoy sino un letrado de ayer. Hasta en mi manera de caminar arrastro los escombros de mi educación literaria.
FIN |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Los gallinazos sin plumas | Cuento | Era lo último que podía esperar: vivir en esa pensión burguesa de las afueras de Fráncfort, en ese barrio industrial rodeado de chimeneas, de tranvías y de gente atareada, madrugadora, eficiente, que ponía al descubierto con su ajetreo mi pereza y mi inutilidad. Una pensión de gente de paso, además, vendedores hanseáti... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Los merengues | Cuento | He vivido en cuartos grandes y pequeños, lujosos y miserables, pero si he buscado siempre algo en una habitación, algo más importante que una buena cama o que un sillón confortable, ha sido una ventana a la calle. El más sórdido reducto me pareció llevadero si tenía una ventana por donde mirar a la calle. La ventana, e... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Los moribundos | Cuento | A las seis de la mañana la ciudad se levanta de puntillas y comienza a dar sus primeros pasos. Una fina niebla disuelve el perfil de los objetos y crea como una atmósfera encantada. Las personas que recorren la ciudad a esta hora parece que están hechas de otra sustancia, que pertenecen a un orden de vida fantasmal. La... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Los otros | Cuento | Apenas su mamá cerró la puerta, Perico saltó del colchón y escuchó, con el oído pegado a la madera, los pasos que se iban alejando por el largo corredor. Cuando se hubieron definitivamente perdido, se abalanzó hacia la cocina de kerosene y hurgó en una de las hornillas malogradas. ¡Allí estaba! Extrayendo la bolsita de... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Luder pasa rápidamente | Minicuento | A los dos días que empezó la guerra comenzaron a llegar a Paita los primeros camiones con muertos. Mi hermano Javier me llevó a verlos a la entrada del hospital. Los camiones se detenían un momento frente al portón y los enfermeros salían para echarles una ojeada. A veces encontraban a un moribundo entre tanto cadáver,... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Mar afuera | Cuento | Ese hombre gordo y medio calvo que toma una cerveza en la terraza del café Haití mientras lee un periódico y se hace lustrar los zapatos fue el invencible atleta de la clase que nos dejó siempre botados en la carrera de cien metros planos y esa señora ajada y tristona que sale de una tienda cargada de paquetes la guapa... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Mariposas y cornetas | Cuento | Luder pasa rápidamente delante de un mendigo que le extiende plañideramente la diestra.
–¡Puerco! –grita el pordiosero.
Luder se detiene y regresa sonriente con una moneda en la mano:
–Solo esperaba que me llamaras por mi nombre.
FIN |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Nada que hacer, monsieur Baruch | Cuento | Desde que zarpara la barca, Janampa había pronunciado solo dos o tres palabras, siempre oscuras, cargadas de reserva, como si se hubiera obstinado en crear un clima de misterio. Sentado frente a Dionisio, hacía una hora que remaba infatigablemente. Ya las fogatas de la orilla habían desaparecido y las barcas de los otr... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Naturalidad | Minicuento | Hacía apenas una semana que era nuestra vecina y ya el barrio estaba alborotado. Venía de Chile, era hija única de padre alemán y madre araucana y de esta combinación había surgido un fruto raro y exquisito. El primer día que asomó a la calle hasta a los chicos se nos cayó la baba. Nunca habíamos visto cutis más rosado... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Nube de polillas | Minicuento | El cartero continuaba echando por debajo de la puerta una publicidad a la que monsieur Baruch permanecía completamente insensible. En los últimos tres días había deslizado un folleto de la Sociedad de Galvanoterapia en cuya primera página se veía la fotografía de un hombre con cara de cretino bajo el rótulo “Gracias al... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Perfección | Minicuento | —¡Cómo puedes aguantarlo! —critican a Luder porque visita a menudo en su buhardilla a un pintor viejo y paupérrimo.
—Es que me encanta su manera tan natural de invitarme a compartir su fracaso.
FIN |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Plagio | Minicuento | —Es un escritor tan anticuado —dice Luder— que cuando abres uno de sus libros todas sus letras salen volando, como una nube de polillas.
FIN |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Por el corredor | Minicuento | Encuentran a Luder abatido ante una revista abierta.
—¡Dicen aquí que mi estilo se acerca a la perfección!
—¿Y eso te molesta?
—¡Naturalmente! El gran arte consiste no el perfeccionamiento de un estilo, sino en la irrupción de un nuevo estilo.
FIN |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Por las azoteas | Cuento | —Lo mismo o algo parecido dice Montaigne en sus “Ensayos” —le reprocha alguien al escucharlo lanzar una sentencia moralizante.
—¿Y qué? —protesta Luder. Eso solo demuestra que los clásicos siguen plagiándonos desde la tumba.
FIN |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Que lo cante | Minicuento | —Cuando a Balzac le entra la manía de la descripción —observa un amigo— puede pasarse cuarenta páginas detallando cada sofá, cada cuadro, cada cortina, cada lámpara de un salón.
—Ya lo sé —dice Luder—. Por eso no entro al salón. Me voy por el corredor.
FIN |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Ridder y el pisapapeles | Cuento | A los diez años yo era el monarca de las azoteas y gobernaba pacíficamente mi reino de objetos destruidos.
Las azoteas eran los recintos aéreos donde las personas mayores enviaban las cosas que no servían para nada: se encontraban allí sillas cojas, colchones despanzurrados, maceteros rajados, cocinas de carbón, mucho... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Silvio en El Rosedal | Cuento | —¿Has leído su última novela? —le preguntan, refiriéndose a un autor famoso—. ¡Qué musicalidad,
qué ritmo, qué riqueza de voces! ¡Es un verdadero oratorio!
—Que lo cante —responde Luder.
FIN |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Solo lloran los valientes | Minicuento | Para ver a Charles Ridder tuve que atravesar toda Bélgica en tren. Teniendo en cuenta las dimensiones del país, fue como viajar del centro de una ciudad a un suburbio más o menos lejano. Madame Ana y yo tomamos el rápido de Amberes a las once de la mañana y poco antes de mediodía, después de haber hecho una conexión, e... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Solo para fumadores | Cuento | El Rosedal era la hacienda más codiciada del valle de Tarma, no por su extensión, pues apenas llegaba a las quinientas hectáreas, sino por su cercanía al pueblo, su feracidad y su hermosura. Los ricos ganaderos tarmeños, que poseían enormes pastizales y sembríos de papas en la alta cordillera, habían soñado siempre con... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Terra Incognita | Cuento | —Nada me impresiona más que los hombres que lloran —dice Luder—. Nuestra cobardía nos ha
hecho considerar el llanto como cosa de mujercitas. Cuando solo lloran los valientes: por ejemplo, los héroes de Homero.
FIN |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Tristes querellas en la vieja quinta | Cuento | Sin haber sido un fumador precoz, a partir de cierto momento mi historia se confunde con la historia de mis cigarrillos. De mi período de aprendizaje no guardo un recuerdo muy claro, salvo del primer cigarrillo que fumé, a los catorce o quince años. Era un pitillo rubio, marca Derby, que me invitó un condiscípulo a la ... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Un ligero retraso | Minicuento | El doctor Alvaro Peñaflor interrumpió la lectura del libro de Platón que tenía entre las manos y quedó contemplando por los ventanales de su biblioteca las luces de la ciudad de Lima que se extendían desde La Punta hasta el Morro Solar. Era un anochecer invernal inhabitualmente despejado. Podía distinguir avisos lumino... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Un miserable | Minicuento | Cuando Memo García se mudó la quinta era nueva, sus muros estaban impecablemente pintados de rosa, las enredaderas eran apenas pequeñas matas que buscaban ávidamente el espacio y las palmeras de la entrada sobrepasaban con las justas la talla de un hombre corpulento. Años más tarde el césped se amarilló, las palmeras, ... |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Una aventura nocturna | Cuento | Se tropiezan con Luder que camina velozmente por los malecones del Sena.
—¿Adónde vas?
—A la Plaza de la Concordia. A mediodía le cortan la cabeza de Luis XVI.
—¡Pero eso ocurrió hace dos siglos!
—¡Ah, caramba! —dice Luder mirando su reloj—. Veo que llevaba un ligero retraso.
FIN |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Universidades | Minicuento | Nunca he sido insultado, ni perseguido, ni agredido, ni encarcelado, ni desterrado —dice Luder—. Debo, en consecuencia, ser un miserable.
FIN |
Ribeyro, Julio Ramón | Perú | 1929-1994 | Vueltas y vueltas | Minicuento | A los cuarenta años, Arístides podía considerarse con toda razón como un hombre “excluido del festín de la vida”. No tenía esposa ni querida, trabajaba en los sótanos del municipio anotando partidas del Registro Civil y vivía en un departamento minúsculo de la avenida Larco, lleno de ropa sucia, de muebles averiados y ... |
Rivera, Andrés | Argentina | 1928-2016 | Bailé | Cuento | —Hay tantas universidades ahora —dice Luder— que en ellas se distribuye más la ignorancia que el conocimiento. Los educadores olvidan que el saber es como la riqueza: mientras más se reparte, menos le toca a cada uno.
FIN |
Rivera, Andrés | Argentina | 1928-2016 | El corrector | Cuento | Lo encuentran paseándose abstraído en torno a la mesa de su biblioteca.
—Me he dado cuenta —dice Luder— que nuestra vida solo consiste en dar vueltas y vueltas alrededor de unos cuantos objetos.
FIN |
Rivera, Andrés | Argentina | 1928-2016 | En la mecedora | Cuento | Salí de Bialé después que paró de llover. Tomé la ruta sin mayor apuro: soplaba el pampero y el cielo iba limpiándose de nubes. Era una de esas tardes frías de fines de diciembre; sobre los picos dentados de las sierras y en sus flancos, tapizados por un verde espeso y oscuro, se alzaba una luz pálida y brumosa, como d... |
Rivera, Andrés | Argentina | 1928-2016 | Lento | Cuento | Ella y yo trabajábamos en una editorial de capitales europeos, y que se preciaba de haber publicado la primera Biblia que usaron los jesuitas en tierras de México.
A la hora del almuerzo, ella y yo nos quedábamos solos. Los otros correctores, la cartógrafa (¿era una sola?), las tipeadoras, las mujeres de dedos velocísi... |
Rivera, Andrés | Argentina | 1928-2016 | Tres tazas de té | Cuento | El neurólogo dice esto: dos años atrás, me leyó las conclusiones del informe añadido a una polisomnografía nocturna a la que, le consta, me sometí desdeñoso y resignado.
El neurólogo que se parece, demasiado, a un caballero inglés -algo así como un jugador de polo vestido, de los hombros a los tobillos, con una bata bl... |
Rivera, Andrés | Argentina | 1928-2016 | Un asesino de Cristo | Cuento | Esperó ese nombramiento, meses y años. Movió recomendaciones, memorizó las palabras necesarias, vadeó puertas con paciencia y discreción. Por meses y años. También tuvo náuseas.
Dio clases particulares a chicos que jamás distinguirían la g de la j, la s de la z; a chicos que se aburrían en la escuela, a algún mocoso co... |
Roa Bastos, Augusto | Paraguay | 1917-2005 | Audiencia privada | Cuento | Mi abuelo alquilaba un pequeño departamento de dos piezas en la calle Parral, cuando Parral era ancha y de tierra. En una de las piezas dormían mis tíos Físhale y Meier; en la otra, el abuelo. Yo, los fines de semana, dormía en la pieza de mi abuelo. Me desvestía, y me acostaba en su cama. Mi abuelo apagaba la luz de l... |
Roa Bastos, Augusto | Paraguay | 1917-2005 | Bajo el puente | Cuento | Crecí entre rápidas mudanzas de un inquilinato a otro, y repentinas apariciones de un médico alto, probablemente encorvado, y de anteojos, que me palpaba el pecho con unos dedos largos y fríos, y me limpiaba, de la frente y el cuerpo, el sudor de la fiebre, y me miraba como si yo fuese algo que ponía a prueba su ilimit... |
Roa Bastos, Augusto | Paraguay | 1917-2005 | Carpincheros | Cuento | En la puerta de entrada tuvo que mostrar de nuevo la tarjeta. Un muchacho de nariz chata y ojos almendrados, entre esbirro y ordenanza, tomó el trozo de cartulina sin dejar de mirar al recién llegado. Después, en lugar de leerla pareció olerla. En el rostro cetrino, picado de viruelas, la desconfianza apenas se mitigó.... |
Roa Bastos, Augusto | Paraguay | 1917-2005 | Chepé Bolívar | Cuento | Por qué no come, le dijo taitá. Y el viejo: De noche no. Usted ya sabe, don Chiquito. Si no hay luz sobre mi comida, no puedo comer. Taitá se rió fuerte: Bajen el lampión y pónganle delante, dijo. El viejo miraba la oscuridad; casi sin mover los labios dijo: No. Tiene que ser luz del día, y si hay sol, mejor. De no, la... |
Roa Bastos, Augusto | Paraguay | 1917-2005 | Cigarrillos «Máuser» | Cuento | La primera noche que Margaret vio a los carpincheros fue la noche de San Juan.
Por el río bajaban flotando llameantes islotes. Los tres habitantes de la casa blanca corrieron hacia el talud para contemplar el extraordinario espectáculo.
Las fogatas brotaban del agua misma. A través de ella aparecieron “los carpincheros... |
Roa Bastos, Augusto | Paraguay | 1917-2005 | Contar un cuento | Cuento | -¡Ah Chepé Bolívar! ¡Cómo no me voy a acordar de él! -dijo la mujer sentada a mi lado en el camión de carga. Alto, flaco, patas de pájaro. Siempre emponchado, en invierno y verano, por esas llagas que no se le curaban nunca. De noche, cuando había luna, se encasquetaba un sombrerón y encima, para más seguridad, se cubr... |
Roa Bastos, Augusto | Paraguay | 1917-2005 | El aserradero | Cuento | 1
Ese paquete de cigarrillos, no de tabaco, más vale de crespa pólvora amarilla, tóxico trueno silencioso de nicotina en la boca de un chico de doce años, marcó el fin de la iniciación.
Pero aun sin ese paquete de etiqueta verde, con el máuser pintado a través, sin esos cigarrillos fumados a escondidas en el monte, sin... |
Roa Bastos, Augusto | Paraguay | 1917-2005 | El baldío | Cuento | —¿Quién me puede decir que eso no sea cierto? —farfulló pausadamente, con su habitual tono entre sarcástico y circunspecto, adelantándose a una improbable objeción sobre lo que acababa de decir y que resultaba increíble aun contado por él.
—Pero hay una realidad que no se puede falsear impunemente —apuntó alguien no co... |
Roa Bastos, Augusto | Paraguay | 1917-2005 | El crack | Cuento | Los días de viento norte parece que estuviera más cerca porque las ráfagas calientes lo arriman al villorrio en el ronquido de los tronzadores. Con todo no dista más de media legua. Está en el mismo lugar donde comenzaron a aserrar los primeros rollizos, poco después de la Guerra Grande, cuando se subastaron las tierra... |
Roa Bastos, Augusto | Paraguay | 1917-2005 | El ojo de la muerte | Cuento | No tenían cara, chorreados, comidos por la oscuridad. Nada más que sus dos siluetas vagamente humanas, los cuerpos reabsorbidos en sus sombras. Iguales y sin embargo tan distintos. Inerte el uno, viajando a ras del suelo con la pasividad de la inocencia o de la indiferencia más absoluta. Encorvado el otro, jadeante, po... |
Roa Bastos, Augusto | Paraguay | 1917-2005 | El prisionero | Cuento | Goyo Luna, puntero izquierdo del Sol de América, era, a los veinticinco años, un esmirriado depósito de perfecciones ocultas. De su aspecto físico, mejor no hablar; sobre todo ahora cuando ya no está entre nosotros. Hay que recordarlo vivo, sin aureola ni nada, pero con el respeto que se debe a los que dieron su vida p... |
Roa Bastos, Augusto | Paraguay | 1917-2005 | El trueno entre las hojas | Cuento | No aseguró al caballo en uno de los horcones del boliche donde ya había otros, sino en un chircal tupido que estaba enfrente. Las peripecias de la huida le obligaban a ser en todo momento cauteloso.
El malacara parecía barcino en la luna. Se internó entre las chircas hasta donde lo pudiera dejar bien oculto. La fatiga,... |
Roa Bastos, Augusto | Paraguay | 1917-2005 | El viejo señor obispo | Cuento | Los disparos se respondían intermitentemente en la fría noche invernal. Formaban una línea indecisa y fluctuante en torno al rancho; avanzaban y retrocedían, en medio de largas pausas ansiosas, como los hilos de una malla que se iba cerrando cautelosa, implacablemente, a lo largo de la selva y los esteros adyacentes a ... |
Roa Bastos, Augusto | Paraguay | 1917-2005 | Encuentro con el traidor | Cuento | El ingenio se hallaba cerrado por limpieza y reparaciones después de la zafra. Un tufo de horno henchía la pesada y eléctrica noche de diciembre. Todo estaba quieto y parado junto al río. No se oían las aguas ni el follaje. La amenaza de mal tiempo había puesto tensa la atmósfera como el hueco negro de una campana en l... |
Roa Bastos, Augusto | Paraguay | 1917-2005 | Esos rostros oscuros | Cuento | La señorita Teresa, hermana del Obispo, tardó un poco más que otras veces en disponer la cena. Pero los infalibles huéspedes también se estaban retrasando. La mesa pucú ya estaba puesta como siempre esperándolos: seis platos de loza desportillada, a cada lado, sobre la madera gastada, desnuda de mantel, y junto a ellos... |
Roa Bastos, Augusto | Paraguay | 1917-2005 | Galopa en dos tiempos | Cuento | El diarero le tendió inútilmente el vuelto. No lo recogió. Ya no se acordó de recogerlo. Toda su atención se concentró de pronto en el hombre que se iba alejando por la vereda moviendo su ligero bastón. Empezó a seguirlo. Es él —se dijo—. Tiene que ser él… Se notaba que un largo tiempo con su balumba de grandes y peque... |
Roa Bastos, Augusto | Paraguay | 1917-2005 | Juegos nocturnos | Cuento | 1
Hacía rato que había anochecido y el calor seguía crujiendo entre el follaje seco de los árboles que rodeaba las casas del puesto, en la loma. Parecía el chirrido de un horno que se fuera enfriando con imperceptibles rajaduras del adobe caldeado.
Las casuarinas estaban silenciosas y erguidas. A lo lejos, el campo se ... |
Roa Bastos, Augusto | Paraguay | 1917-2005 | Kurupí | Cuento | 1
El hombre apenas reconoció el lugar. Todo estaba cambiado. Parecía otro barrio con el mismo nombre de antaño. Se lo podía leer en todos los letreros. Fue leyendo algunos: «Gran cine de Dos Bocas», «El Chic de Dos Bocas», casimires finos, «Club Guaraní», «Kabuffeti y Espíndola — Frutos del País». Le guiñaban al pasar ... |
Roa Bastos, Augusto | Paraguay | 1917-2005 | La excavación | Cuento | No … —dijo el hombre sin sacar los ojos de las páginas del libro, ni el húmedo cigarro de la boca—. Tendría que levantarme, caminar un poco, probar algún bocado, antes de que lleguen ellos. Después debo apagar la luz y ya no puedo hacer ningún ruido. Los dos entran ahí y se están a los arrumacos y a las caricias, mient... |
Roa Bastos, Augusto | Paraguay | 1917-2005 | La flecha y la manzana | Cuento | 1
—¡Mirá, Melitón! —dijo la mujer de semblante enfermizo, tendiendo la mano hacia la ventanilla. Su voz se apagó entre el tantaneo de las ruedas. El hombre que venía dormitando a su lado, con las botas cruzadas sobre el asiento frontero y las manos sobre el vientre, no se movió. El aludo sombrero de fibra estaba volcad... |
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