author stringlengths 4 32 | country stringlengths 4 20 | years stringlengths 4 24 | title stringlengths 2 204 | category stringclasses 13
values | content stringlengths 9 369k |
|---|---|---|---|---|---|
Salarrué | El Salvador | 1899-1975 | Semos malos | Cuento | Pasaban tristes en la torre vieja, pero un día una banda de golondrinas invadió la torre para hacer de ella su retiro de verano; entonces se alegraron tanto las campanas que echaron al viento sus badajos y se pusieron a cantar.
Siguen tristes.
FIN |
Salinger, J. D. | Estados Unidos | 1919-2010 | El hombre que ríe | Cuento | El rostro de los dioses se asomaba al abismo y allí los hombres mínimos se destrozaban los unos a los otros llenos de pasión. Los dioses de faz serena sonrieron una vez más y dijeron:
-Todavía no.
FIN
Vilanos
|
Salinger, J. D. | Estados Unidos | 1919-2010 | El periodo azul de Daumier-Smith | Cuento | Loyo Cuestas y su «cipote» hicieron un «arresto», y se «jueron» para Honduras con el fonógrafo. El viejo cargaba la caja en la bandolera; el muchacho, la bolsa de los discos y la trompa achaflanada, que tenía la forma de una gran campánula; flor de «lata» monstruosa que «perjumaba» con música.
-Dicen quen Honduras abun... |
Salinger, J. D. | Estados Unidos | 1919-2010 | El tío Wiggily en Connecticut | Cuento | En 1928, a los nueve años, yo formaba parte, con todo el espíritu de cuerpo posible, de una organización conocida como el Club de los Comanches. Todos los días de clase, a las tres de la tarde, nuestro Jefe nos recogía, a los veinticinco comanches, a la salida de la escuela número 165, en la calle 109, cerca de Amsterd... |
Salinger, J. D. | Estados Unidos | 1919-2010 | En el bote | Cuento | Si tuviera algún sentido —no lo tiene ni por asomo—, creo que me sentiría inclinado a dedicar este cuento, si es que algo vale, especialmente si tiene algunas partes un tanto subidas de tono, a la memoria de mi desaparecido y también subido de tono padrastro, Robert Agadganian hijo. Bobby —como lo llamaban todos, inclu... |
Salinger, J. D. | Estados Unidos | 1919-2010 | Justo antes de la guerra con los esquimales | Cuento | Eran casi las tres cuando Mary Jane encontró por fin la casa de Eloise. Le contó a Eloise, quien había salido a la puerta a recibirla, que todo había resultado perfecto, que se había acordado exactamente del camino hasta que dejó la autopista de Merrick. Eloise dijo “Autopista Merritt, nena”, y le recordó que en dos op... |
Salinger, J. D. | Estados Unidos | 1919-2010 | Las dos partes implicadas | Cuento | Era un poco más de las cuatro de la tarde de un veranito de San Juan. Unas quince o veinte veces, desde el mediodía, Sandra, la criada, se había apartado de la ventana de la cocina que daba al lago, con la boca apretada en un gesto de disgusto. Esta última vez, al apartarse, ataba y desataba distraídamente las cintas d... |
Salinger, J. D. | Estados Unidos | 1919-2010 | Linda boquita y verdes mis ojos | Cuento | Durante cinco sábados seguidos, por las mañanas, Ginnie Maddox había jugado al tenis en las pistas del East Side con Selena Graff, compañera suya en la clase de la señorita Basehaar. Ginnie pensaba francamente que Selena era la más boba de toda la clase -en la que abundaban ostensiblemente las bobas de marca mayor-, pe... |
Salinger, J. D. | Estados Unidos | 1919-2010 | Para Esmé, con amor y sordidez | Cuento | En realidad no hay mucho que contar. Quiero decir que no fue grave ni nada, pero fue así como raro, en todo caso. Quiero decir porque por un momento pareció que todo el mundo de la fábrica y la madre de Ruthie y todos se iban a burlar de nosotros. Habían estado diciendo que yo y Ruthie éramos demasiado jóvenes para ca... |
Salinger, J. D. | Estados Unidos | 1919-2010 | Teddy | Cuento | Cuando sonó el teléfono el hombre de pelo entrecano le preguntó a la chica, con cierta deferencia, si por alguna razón prefería que no atendiera. La chica lo oyó como desde lejos, y dio vuelta la cara hacia él, con un ojo -el que estaba del lado de la luz- totalmente cerrado, y el ojo abierto, aunque capcioso, muy gran... |
Salinger, J. D. | Estados Unidos | 1919-2010 | Un día perfecto para el pez plátano | Cuento | Hace poco recibí por vía aérea una invitación para asistir a una boda que se celebrará en Inglaterra el dieciocho de abril. Me hubiera gustado mucho asistir y, al principio, cuando llegó la invitación, pensé que tal vez podría realizar el viaje, por avión, sin reparar en gastos. Pero desde entonces he tratado el asunto... |
Sánchez Ferlosio, Rafael | España | 1927-2019 | Dientes, pólvora, febrero | Cuento | —El día exquisito te lo voy a dar a ti, amiguito, si no te bajas enseguida de esa valija. Y no estoy bromeando —dijo el señor McArdle. Hablaba desde la cama gemela que estaba más lejos del ojo de buey. Furiosamente, con un suspiro que era casi un lamento, se quitó la sábana de los tobillos con un puntapié, como si su c... |
Sánchez Ferlosio, Rafael | España | 1927-2019 | El pensil sobre el Yang Tse o la hija del emperador | Minicuento | En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos. Como monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista femenina leyó un artículo titulado «El sexo es di... |
Sánchez Ferlosio, Rafael | España | 1927-2019 | El reincidente | Cuento | Dos tiros habían rajado el silencio de la mancha, y a las voces del hombre saltaron los otros de sus escondites, y acudían aprisa, restregando y haciendo sonar la maleza, de la que apenas asomaban las cabezas y los hombros por encima de las jaras, mientras él los veía venir, con las piernas abiertas, inmóvil, con la es... |
Sand, George | Francia | 1804-1876 | El orco | Cuento | No, ella querrá seguir guardando intacta su dignidad. Tampoco hoy saldrá a dejarse ver por un instante, ni siquiera velada por el atardecer, entre los tejos y los aligustres de la alta, inaccesible balaustrada, sin importarle cuánto pueda llegar a anhelarse un céntimo de cualquier cosa en este mundo, incluso un cén... |
Sand, George | Francia | 1804-1876 | La marquesa | Cuento | El lobo, viejo, desdentado, cano, despeluchado, desmedrado, enfermo, cansado un día de vivir y de hambrear, sintió llegada para él la hora de reclinar finalmente la cabeza en el regazo del Creador. Noche y día caminó por cada vez más extraviados andurriales, cada vez más arriscadas serranías, más empinadas y vertiginos... |
Sand, George | Francia | 1804-1876 | Las lavanderas nocturnas | Leyenda | Como de ordinario, estábamos reunidos bajo el emparrado. Era una tarde tormentosa, con un aire pesado y un cielo cargado de nubes negras surcadas por frecuentes relámpagos. Guardábamos un silencio melancólico. Hubiérase dicho que la tristeza de la atmósfera había ganado nuestros corazones y que, sin querer, nos hallába... |
Sand, George | Francia | 1804-1876 | Las señoritas | Leyenda | La marquesa de R… no poseía demasiado talento, aunque se dé por sentado en literatura que todas las mujeres mayores deben chispear de ingenio. Su ignorancia era absoluta respecto a los temas que las relaciones sociales no le habían enseñado. Tampoco poseía la excesiva delicadeza de expresión, la penetración exquisita o... |
Sand, George | Francia | 1804-1876 | Los fuegos fatuos | Leyenda | He aquí, en mi opinión, la más siniestra de las visiones del miedo. Es también la más difundida pues creo que se encuentra en todos los países.
En torno a las charcas estancadas y a los manantiales límpidos; en los brezales como a orillas de las fuentes umbrías; en los caminos hundidos bajo los viejos sauces como en la... |
Saramago, José | Portugal | 1922-2010 | Café en suspenso | Minicuento | Les demoiselles o señoritas del Berry nos parecen primas de las milloraines normandas que el autor de La Normandie merveilleuse describe como seres de estatura gigantesca. Se mantienen inmóviles y su forma, poco definida, no permite reconocer ni sus miembros ni su rostro. Cuando alguien se acerca a ellas, huyen dando u... |
Saramago, José | Portugal | 1922-2010 | Desquite | Cuento | Los flambeaux, flambettes o flamboires, también llamados fuegos fatuos, son esos meteoros azulados que todo el mundo ha encontrado por la noche o ha visto danzar sobre la superficie inmóvil de las aguas pantanosas. Se dice que esos meteoros son inertes por sí mismos, pero la menor brisa los agita y toman aspecto de mov... |
Saramago, José | Portugal | 1922-2010 | Divina fragilidad | Minicuento | En Nápoles existe la costumbre de mandar traer un café y pagar más de lo que se consumió. Por ejemplo, cuatro personas entran, se sientan, piden cuatro cafés y dicen: “Y tres más en suspenso”. Pasado un rato, aparece un pobre a la puerta y pregunta: “¿Hay algún café en suspenso?”. El empleado mira el registro de los ad... |
Saramago, José | Portugal | 1922-2010 | El cuento de la isla desconocida | Cuento | El muchacho venía del río. Descalzo, con los pantalones arremangados por encima de las rodillas, las piernas sucias de lodo. Vestía una camisa roja, abierta en el pecho, donde los primeros vellos de la pubertad empezaban a ennegrecer. Tenía el pelo oscuro, mojado por el sudor que le escurría por el cuello delgado. Se i... |
Saramago, José | Portugal | 1922-2010 | El otro lado de la tragedia | Minicuento | Dios creó el universo porque se sentía solo. Desde que la eternidad empezó, había estado solo, pero, como no se sentía solo, no necesitaba inventar una cosa tan complicada como es el universo. Con lo que Dios no había contado era que, incluso ante el espectáculo magnífico de las nebulosas y los agujeros negros, el tal ... |
Saramago, José | Portugal | 1922-2010 | Embargo | Cuento | Un hombre llamó a la puerta del rey y le dijo, Dame un barco. La casa del rey tenía muchas más puertas, pero aquélla era la de las peticiones. Como el rey se pasaba todo el tiempo sentado ante la puerta de los obsequios (entiéndase, los obsequios que le entregaban a él), cada vez que oía que alguien llamaba a la puerta... |
Saramago, José | Portugal | 1922-2010 | Escríbalo usted | Minicuento | Vi las imágenes del fusilamiento. Un poste clavado en el suelo, atado a él un hombre joven, vestido con unos pantalones oscuros y una camiseta, el pelo muy corto. Dos o tres oficiales norteamericanos están cerca, uno de ellos enciende un cigarrillo, después se aproxima un cura que dice no se sabe qué, mientras el conde... |
Saramago, José | Portugal | 1922-2010 | La falsa locura de Alonso Quijano | Minicuento | Se despertó con la sensación aguda de un sueño degollado y vio delante de sí la superficie cenicienta y helada del cristal, el ojo encuadrado de la madrugada que entraba, lívido, cortado en cruz y escurriendo una transpiración condensada. Pensó que su mujer se había olvidado de correr las cortinas al acostarse y se enf... |
Saramago, José | Portugal | 1922-2010 | La muerte | Minicuento | Me llega una carta. No es la primera vez que alguien me sugiere escribir una novela sobre historias que, por alguna razón, considera merecedoras de ser pasadas al papel. Cuando terminé de leerla, en este caso me sentí como si tuviera la irrecusable obligación de hacerlo, como si algún día hubiese asumido ese compromiso... |
Saramago, José | Portugal | 1922-2010 | Llega la coca cola a la aldea | Minicuento | Don Quijote no está loco: simplemente finge una locura. No tuvo otro remedio que obligarse a cometer las acciones más disparatadas que le pasasen por la mente para que los demás no alimentaran ninguna duda acerca de su estado de alienación mental. Solo fingiéndose loco podía haber atacado a los molinos, solo atacando a... |
Saramago, José | Portugal | 1922-2010 | Narciso | Minicuento | La muerte, cansada de esperar al viejo rabí, ya casi centenario, incansablemente entregado al estudio de los libros de la Ley, se disfrazó de rosa, y fue su nieta, inocente de lo que hacía, quien se la llevó al abuelo, que murió al aspirar el perfume de la flor.
FIN |
Saramago, José | Portugal | 1922-2010 | Riesgo o fatalidad | Minicuento | Cuando el camión se detuvo en la plaza para la distribución gratuita, de promoción, de la bebida, el cura nos estaba dando clase de catecismo a unos cuantos niños. Usando su autoridad de mentor de almas, nos impuso a los ansiosos niños la obligación de confesarnos antes de ceder al nuevo pecado de gula que invadía al p... |
Sartre, Jean-Paul | Francia | 1905-1980 | Confusión | Minicuento | Narciso, que hoy se contempla en el agua, deshará mañana con su propia mano la imagen que lo contempla.
FIN |
Sartre, Jean-Paul | Francia | 1905-1980 | El muro | Cuento | Que el espejo adquiera una perturbadora autonomía, volviéndose deformante, que devuelva una imagen al mismo tiempo familiar y extraña, es ese el riesgo o la fatalidad de toda procreación ilegítima.
FIN |
Sartre, Jean-Paul | Francia | 1905-1980 | Eróstrato | Cuento | Me siento, pido un café con leche, el mozo me hace repetir tres veces el pedido y lo repite él también para evitar todo riesgo de error. Se va, transmite mi pedido a un segundo mozo, quien lo anota en un cuaderno y lo transmite a un tercero. Por fin vuelve un cuarto y dice: “Aquí está”, mientras deja en mi mesa un tint... |
Sartre, Jean-Paul | Francia | 1905-1980 | Intimidad | Cuento | Nos arrojaron en una gran sala blanca y mis ojos parpadearon porque la luz les hacía mal. Luego vi una mesa y cuatro tipos detrás de ella, algunos civiles, que miraban papeles. Habían amontonado a los otros prisioneros en el fondo y nos fue necesario atravesar toda la habitación para reunimos con ellos. Había muchos a ... |
Sartre, Jean-Paul | Francia | 1905-1980 | La cámara | Cuento | A los hombres hay que mirarlos desde arriba. Yo apagaba la luz y me ponía a la ventana: ni siquiera sospechaban que se les pudiera observar por encima. Cuidan la fachada, algunas veces la espalda, pero todos sus efectos están calculados para espectadores de un metro setenta. ¿Quién ha reflexionado nunca en la forma de ... |
Sartre, Jean-Paul | Francia | 1905-1980 | La infancia de un jefe | Novela corta | Lulú se acostaba desnuda porque le gustaba acariciarse con las sábanas y porque el lavado cuesta caro. Enrique protestó al principio: no se mete uno desnudo en la cama, eso no se hace, es sucio. Sin embargo acabó por seguir el ejemplo de su mujer, pero en él aquello era descuido; cuando había gente era rígido como una ... |
Schulz, Bruno | Polonia | 1892-1942 | La calle de los cocodrilos | Cuento | La señora Darbedat tenía una “rahat-loukum”¹ entre los dedos. Lo aproximó a sus labios con precaución y retuvo la respiración por temor de que se volase con su aliento el fino polvo de azúcar con que estaba salpicado: “Es de rosa”, se dijo. Mordió bruscamente en esa carne vidriosa y un perfume corrompido le llenó la bo... |
Schulz, Bruno | Polonia | 1892-1942 | Las tiendas de color canela | Cuento | “Estoy adorable con mi vestidito de ángel.” La señora Portier había dicho a mamá: “Su chiquito es delicioso. Está adorable con su vestidito de ángel”. El señor Bouffardier atrajo a Luciano a sus rodillas y le acarició los brazos: “Es una verdadera niñita, dijo sonriendo. ¿Cómo te llamas? ¿Jacobita, Luciana, Margarita?”... |
Schulz, Bruno | Polonia | 1892-1942 | Los pájaros | Cuento | Mi padre conservaba en el cajón inferior de su amplio escritorio un hermoso plano antiguo de nuestra ciudad. Era en realidad todo un volumen en folio, de pergaminos que, unidos por medio de cintas, formaban un inmenso mapa mural que representaba un panorama a vuelo de pájaro.
Fijado a la pared, a la que cubría casi por... |
Schulz, Bruno | Polonia | 1892-1942 | Mi padre, capitán de bomberos | Cuento | En esa época del año en que los días son más cortos y somnolientos, apresados entre los ribetes abrigados del alba y del crepúsculo, cuando la ciudad se ramificaba en laberintos de noches invernales, de cuya torpeza apenas alcanzaban a rescatarla las demasiado cortas mañanas, mi padre estaba ya sometido, extraviado, en... |
Schwob, Marcel | Francia | 1867-1905 | Alain el Gentil: Soldado | Cuento | Llegaron los días de invierno, amarillos y sombríos. Un manto de nieve, raído, agujereado, tenue, cubría la tierra descolorida. La nieve no alcanzaba a ocultar del todo muchos tejados, y se podían ver, acá y allá, trozos negros o mohosos, chozas cubiertas de tablas, y las arcadas que ocultaban los espacios ahumados de ... |
Schwob, Marcel | Francia | 1867-1905 | Crates: Cínico | Cuento | A principios de octubre, habitualmente, volvíamos con mamá de nuestra residencia veraniega situada en un condado vecino, en el corazón del boscoso valle del Slotvinka, donde reina el murmullo de mil arroyuelos. Con el oído aún lleno del rumor de los alisos entretejidos con el parloteo de los pájaros, viajábamos en un a... |
Schwob, Marcel | Francia | 1867-1905 | El capitán Kidd: Pirata | Cuento | Sirvió al rey Carlos VII desde la edad de doce años, como arquero, después de que gente de guerra se lo llevara consigo del llano país de Normandía. Y se lo llevaron de esta manera. Mientras se incendiaba las granjas, se desollaba las piernas de los labradores a cuchillazos y se volteaba a las muchachas en catres de ti... |
Schwob, Marcel | Francia | 1867-1905 | El zueco | Cuento | Nació en Tebas, fue discípulo de Diógenes y además conoció a Alejandro. Su padre, Ascondas, era rico y le dejó doscientos talentos. Un día en que fue a ver una tragedia de Eurípides se sintió inspirado ante la aparición de Telefo, rey de Misia, vestido de harapos y con una cesta en la mano.
Se levantó en medio del teat... |
Schwob, Marcel | Francia | 1867-1905 | Empédocles: Supuesto dios | Cuento | No hay acuerdo acerca de por qué razón se le puso a este pirata el nombre del cabrito (Kidd). El acta por la cual Guillermo III, rey de Inglaterra, lo invistió del mando de la galera La Aventura, en 1695, comienza por estas palabras: “A nuestro leal y bienamado Capitán William Kidd, comandante, etc. Salve”. Pero es seg... |
Schwob, Marcel | Francia | 1867-1905 | Eróstrato: Incendiario | Cuento | El bosque del Gâvre está cruzado por doce grandes senderos. La víspera de Todos los Santos, el sol rayaba aún las hojas verdes con una barra sangre y oro, cuando una niña vagabunda apareció por la ruta principal del este. Llevaba un pañuelo rojo a la cabeza atado bajo el mentón, una camisa de paño gris con botones de c... |
Schwob, Marcel | Francia | 1867-1905 | La muerte de Odjigh | Cuento | Nadie sabe cuál fue su nacimiento, ni cómo vino a la tierra. Apareció junto a las riberas doradas del río Acragas, en la bella ciudad de Agrigento, poco tiempo después de que Jerjes ordenara azotar el mar con cadenas. La tradición cuenta sólo que su abuelo se llamaba Empédocles: nadie lo conoció. Indudablemente hay que... |
Schwob, Marcel | Francia | 1867-1905 | La salvaje | Cuento | La ciudad de Éfeso, donde nació Heróstratos, se extendía en la desembocadura del Caistro, con sus dos puertos fluviales, hasta los muelles de Panorme, desde donde se veía, sobre el mar de abundantes colores, la línea brumosa de Samos. Rebosaba de oro y tejidos, de lanas y rosas, desde que los magnesios, sus perros de g... |
Schwob, Marcel | Francia | 1867-1905 | Las tres carreras: Mimo XIII | Minicuento | En aquellos tiempos la raza humana parecía a punto de morir, el orbe solar tenía la frialdad de la luna, un invierno eternal agrietaba el suelo, las montañas que nacieran vomitando las llameantes entrañas de la tierra, estaban grises de lava congelada. Ranuras paralelas o en forma de estrellas cruzaban las comarcas; pr... |
Schwob, Marcel | Francia | 1867-1905 | Lilit | Cuento | El padre de Búchette solía llevarla al bosque al despuntar del alba, y la niña permanecía sentada muy cerca mientras él talaba los árboles. Búchette veía cómo se hundía el hacha haciendo volar delgados trozos de corteza; a menudo, los musgos grises venían a arrastrarse sobre su rostro. «¡Cuidado!», gritaba el padre cua... |
Schwob, Marcel | Francia | 1867-1905 | Los señores Burke y Hare: Asesinos | Cuento | Las higueras han dejado caer sus higos y los olivos sus aceitunas, porque algo extraño ha ocurrido en la isla de Scira. Una muchacha huía, perseguida por un muchacho. Se había levantado el bajo de la túnica y se veía el borde de sus pantalones de gasa. Mientras corría dejó caer un espejito de plata. El muchacho recogió... |
Schwob, Marcel | Francia | 1867-1905 | Lucrecio: Poeta | Cuento | Pienso que la amó tanto cuanto se puede amar a una mujer en este mundo; pero su historia fue más triste que ninguna. Él había estudiado durante mucho tiempo a Dante y a Petrarca; las formas de Beatriz y de Laura flotaban ante sus ojos y los divinos versos en los que resplandece el nombre de Francisca de Rímini cantaban... |
Schwob, Marcel | Francia | 1867-1905 | Paolo Uccello: Pintor | Cuento | El señor William Burke ascendió desde la más baja condición hasta una eterna celebridad. Nació en Irlanda y empezó como zapatero. Durante varios años ejerció este oficio en Edimburgo, donde trabó amistad con el señor Hare, sobre quien ejerció gran influencia. Dentro de la colaboración de los señores Burke y Hare, no ha... |
Schwob, Marcel | Francia | 1867-1905 | Pocahontas: Princesa | Cuento | Lucrecio apareció en una gran familia que se había retirado lejos de la vida civil. Sus primeros días pasaron a la sombra del pórtico oscuro de una alta casa empinada en la montaña. El atrio era severo y los esclavos mudos. Estuvo rodeado, desde la infancia, por el desprecio por la política y por los hombres. El noble ... |
Schwob, Marcel | Francia | 1867-1905 | Séptima: Encantadora | Cuento | Su verdadero nombre era Paolo di Dono; pero los florentinos lo llamaron Uccelli, es decir, Pablo Pájaros, debido a la gran cantidad de figuras de pájaros y animales pintados que llenaban su casa; porque era muy pobre para alimentar animales o para conseguir aquellos que no conocía. Hasta se dice que en Padua pintó un f... |
Schwob, Marcel | Francia | 1867-1905 | Un esqueleto | Cuento | Pocahontas era la hija del rey Powhatan, el que reinaba sentado en un trono hecho como para servir de cama y cubierto con un gran manto de pieles de mapache cosidas de las cuales pendían todas sus colas. Fue criada en una casa alfombrada con esteras, entre sacerdotes y mujeres que tenían la cabeza y los hombros pintado... |
Scott, Walter | Escocia | 1771-1832 | La Cámara de los Tapices | Cuento | Séptima fue esclava bajo el sol africano, en la ciudad de Hadrumeto. Y su madre Amoena fue esclava, y la madre de ésta fue esclava, y todas fueron bellas y obscuras, y los dioses infernales les revelaron filtros de amor y de muerte. La ciudad de Hadrumeto era blanca y las piedras de la casa donde vivía Séptima eran de ... |
Sender, Ramón J. | España | 1901-1982 | El guaje | Minicuento | Pernocté una vez en una casa encantada. No me atrevo demasiado a contar la historia porque estoy persuadido de que nadie la creerá. Sin duda alguna aquella casa estaba encantada, pero en ella nada sucedía como en otras casas encantadas. No se trataba de un castillo semiderruido encaramado sobre una colina boscosa, al b... |
Sender, Ramón J. | España | 1901-1982 | La lección | Cuento | Hacia finales de la guerra norteamericana, cuando los oficiales del ejército de lord Cornwallis que se rindieron en la ciudad de York, y otros, que habían sido hechos prisioneros durante la imprudente y desafortunada contienda, estaban regresando a su país a relatar sus aventuras y reponerse de las fatigas, había entre... |
Shelly, Mary | Inglaterra | 1797-1851 | El sueño | Cuento | En un viaje a Asturias hemos hecho acopio de anécdotas y de sucedidos. Se podrían llenar con ellos varios tomos. Cerca de Villafría -en las afueras de Oviedo- fueron fusilados en varios grupos muchos trabajadores, de quienes se sospechó que hicieron fuego contra la tropa. Al sacar de sus casas a uno de esos grupos, el ... |
Shelly, Mary | Inglaterra | 1797-1851 | La prueba de amor | Cuento | El capitán Hurtado era el único oficial profesional que teníamos en Peguerinos en 1936. No acababa de salir de su asombro ante las milicias. Veía que las virtudes civiles daban un excelente resultado en el campo de batalla, y eso debía de contradecir los principios de su ciencia militar. Tenía un gran respeto por la co... |
Sholojov, Mijail | Rusia | 1893-1985 | El destino de un hombre | Cuento largo | La época en la que aconteció esta pequeña leyenda que se va ahora a narrar, fue el comienzo del reinado de Enrique IV de Francia, cuyo ascenso e ilícita apropiación, mientras los demás traían la paz al reino cuyo cetro él había empuñado, fueron inadecuados para cicatrizar las profundas heridas mutuamente infligidas por... |
Sholojov, Mijail | Rusia | 1893-1985 | Sangre extraña | Cuento | Después de conseguir el permiso de la priora para salir unas horas, Angeline, interna en el convento de Santa Anna, en la pequeña ciudad lombarda de Este, se puso en camino para hacer una visita. La joven vestía con sencillez y buen gusto; su faziola le cubría la cabeza y los hombros, y bajo ella brillaban sus grandes ... |
Simenon, Georges | Bélgica | 1903-1989 | Bajo pena de muerte | Cuento | La primera primavera después de la guerra fue en el Alto Don excepcional: llegó impetuosa, y el deshielo se produjo rápido, a un tiempo. A fines de marzo, soplaron de las costas del mar Azov templados vientos y, dos días más tarde, ya estaban completamente desnudas las arenas de la margen izquierda del Don; se alzó, ab... |
Simenon, Georges | Bélgica | 1903-1989 | Calle Pigalle | Cuento | Para San Filipp, después de la vigilia, cayo la primera nieve. Por la noche sopló el viento del Don, hizo susurrar en la estepa la hierba salpicada de escarcha, festoneó los oblicuos caballones de nieve y lamió hasta desnudarlo el espinazo bacheado de los caminos.
La noche envolvía el pueblo en silencio de una oscurida... |
Simenon, Georges | Bélgica | 1903-1989 | El almirante ha desaparecido | Cuento | CAPÍTULO I
EL OJO DE UNO Y LA PIERNA DE OTRO
El primer mensaje era una tarjeta postal en colores que representaba el palacio del Negus, en Addis-Abeba. Llevaba un sello de Etiopía y decía lo siguiente:
«Acaba uno por encontrarse, crápula. Bajo pena de muerte, ¿recuerdas?
Tu viejo amigo, JULES».
La postal estaba fechada... |
Simenon, Georges | Bélgica | 1903-1989 | El anciano del lapicero | Cuento | Si alguien hubiese entrado por casualidad en casa de Marina, sin duda no habría visto más que el fuego. Lucien, el patrón, con un amplio chaleco beige que todavía lo hacía más pequeño y más ancho, movía las botellas detrás del mostrador, trasvasaba, volvía a tapar, cambiaba meticulosamente el cuero del grifo y, si esta... |
Simenon, Georges | Bélgica | 1903-1989 | El billete de metro | Cuento | I
Los hechos son los hechos, y todos los razonamientos del mundo no pueden nada contra ellos. En vano la gente de la pequeña población repetía, a propósito de la desaparición del almirante:
—¡Es imposible!
La verdad era que el almirante había desaparecido, en plena calle, en pleno día y, por así decirlo, a la vista de ... |
Simenon, Georges | Bélgica | 1903-1989 | El caso del bulevar Beaumarchais | Cuento | I
Eran exactamente las once de la mañana. Emilio podía ver, desde la terraza de los grandes bulevares en que estaba sentado, el reloj eléctrico del cruce de Montmartre. Era uno de los primeros días hermosos de la primavera. El aire era tibio, el sol radiante y las mujeres, en su mayoría, lucían colores vivos.
Por todas... |
Simenon, Georges | Bélgica | 1903-1989 | El castillo del arsénico | Cuento | I
Era una de esas mañanas como para encerrarse en las oficinas bien caldeadas y entregarse perezosamente a trabajos descansados. Fueron llegando, por turno, con la nariz encarnada y la punta de los dedos entumecida, y todos repitieron la misma canción:
—¡Qué niebla!
Las estufas roncaban cargadas hasta los topes. A caus... |
Simenon, Georges | Bélgica | 1903-1989 | El chantaje de la Agencia O | Cuento | A las ocho menos diez, cuando Martin, de la brigada de intervención inmediata, abandonó su despacho, se quedó sorprendido al ver el pasillo todavía lleno de periodistas y fotógrafos. Hacía mucho frío y algunos, con el cuello del abrigo subido, comían un bocadillo.
—¿Todavía no ha acabado Maigret? —preguntó al paso.
Al ... |
Simenon, Georges | Bélgica | 1903-1989 | El Club de las Damas Ancianas | Cuento | I
Vaciló solo un cuarto de segundo y luego se irguió sobre las puntas de los pies, porque no tenía mucha estatura y la campanilla estaba colocada exageradamente alta. En el acto, dos clases de ruidos distintos parecieron querer disputarse el dominio de los sonidos: en primer lugar, la campana, de cuyo cordón el Doctorc... |
Simenon, Georges | Bélgica | 1903-1989 | El doctor Tant-Pis | Cuento | I
Aquel asunto en el que resultó mezclado un hombre célebre en el mundo entero, fue uno de esos acerca de los cuales se guarda el más absoluto silencio; y no sé si, a estas horas, se encontrarán huellas de él en los archivos del «Quai des Orfèvres»¹.
No obstante, todos los detalles siguientes son, puedo garantizarlo, d... |
Simenon, Georges | Bélgica | 1903-1989 | El enamorado de la señora Maigret | Cuento | I
Una vez que Emilio se presentó, en el Lavandou, a un holandés que había llamado a la Agencia O, fue cogido con un desdeñoso:
—Le creía a usted más gordo…
Porque lo habían tomado por el bueno de Torrence. Sucedió casi lo mismo, pero con mucha más amabilidad, en casa de la señora Pitchard. Cuando Emilio entró en su ate... |
Simenon, Georges | Bélgica | 1903-1989 | El enamorado de las pantuflas | Cuento | I
El hombre del pelo gris cortado al rape, de rostro cuadrado, anchos hombros, párpados pesados, pero de pupilas movedizas, se reclinó con un suspiro en la banqueta de hule granate y dejó vagar su mirada por aquella sala de café, sita en el primer piso, que servía de sede social al Club de Ajedrez de París.
Solamente a... |
Simenon, Georges | Bélgica | 1903-1989 | El estrangulador de Moret | Cuento | I
En casa de los Maigret, como en la mayor parte de las familias, había un cierto número de tradiciones que acababan por tomar tanta importancia como, para otras, los ritos de una religión.
Así, tras vivir años y años en la plaza Vosges, el comisario tenía la costumbre, en verano, desde que empezaba a subir la escalera... |
Simenon, Georges | Bélgica | 1903-1989 | El fantasma del señor Marbe | Cuento | I
Solía llegar alrededor de las seis y cuarto, barrigudo, con la frente siempre sudorosa. Al tiempo que se secaba con un pañuelo de color, empezaba por dar una primera vuelta a la sección. Esto ocurría en uno de los grandes almacenes de los alrededores de la ópera. A aquella hora una marea humana fluía por las aceras, ... |
Simenon, Georges | Bélgica | 1903-1989 | El holandés afortunado | Cuento | I
Los hechos ocurrían el 7 de junio. Cuándo leyeron, como todo el mundo, el reportaje en los periódicos, Torrence y Emilio se contentaron con fruncir las cejas sin sospechar que tendrían que ocuparse de aquel caso.
Iban pasando los días y cada mañana los grandes titulares de la prensa decían poco más o menos: «El miste... |
Simenon, Georges | Bélgica | 1903-1989 | El hombre desnudo | Cuento | I
Era raro, pero, sin embargo, cierto: ni una sola llamada durante aquella noche, y ningún caso urgente entre su clientela. Tan cierto era, que a las ocho de la mañana el Doctorcito se hallaba sentado tranquilamente en su cama, con la bandeja del desayuno sobre las piernas, leyendo unas cuantas cartas que acababa de tr... |
Simenon, Georges | Bélgica | 1903-1989 | El hombre en la calle | Cuento | I
Cuando el comisario Lucas salió del «rapport», es decir, de la conferencia que se celebra por las mañanas en el «Quai des Orfèvres¹» entre el director de la Policía Judicial y sus jefes de servicio, llevaba una carpeta azul en la mano y la enseñó con un guiño al Doctorcito, que esperaba prudentemente.
Era el mes de a... |
Simenon, Georges | Bélgica | 1903-1989 | El luto de Fonsine | Cuento | I
Dicen que muchas mujeres están celosas de sus suegras. Se quejan de que sus maridos, cuando vuelven a su casa, aunque solo sea para pasar una hora, se alegran y dan muestra de un humor jovial que irrita a las esposas.
El corpulento Torrence nunca estaba tan radiante como cuando iba a darse una vuelta por la «casa». Y... |
Simenon, Georges | Bélgica | 1903-1989 | El muerto caído del cielo | Cuento | Los cuatro hombres iban apretujados dentro del taxi. En París helaba. A las siete y media de la mañana la ciudad estaba lívida, el viento hacía correr a ras de suelo un polvillo de hielo.
El más delgado de los cuatro, en un asiento abatible, tenía un cigarrillo pegado al labio inferior e iba esposado. El más importante... |
Simenon, Georges | Bélgica | 1903-1989 | El pasajero y su negro | Cuento | Eran incontables las veces que ellas habían ido ante el juez de paz, en Pouzauges, casi tan fácilmente como otros van a la feria los jueves. Lo mismo se querellaba la una como la otra. Todavía seis meses antes, habían hecho el viaje a Fontenay, en el autobús, para acudir a un juicio de faltas. Pero el nuevo presidente ... |
Simenon, Georges | Bélgica | 1903-1989 | El prisionero de Lagny | Cuento | I
—Diez gotas tres veces al día, ¿me oye usted? —le gritó el Doctorcito a su última paciente de aquel día.
Y esta, la tía Tatin, afirmó lentamente con la cabeza, sonriendo como los sordos. ¿Qué había entendido la mujer? Poco importaba, puesto que se trataba de un medicamento inocuo.
Como tenía por costumbre, Juan Dolle... |
Simenon, Georges | Bélgica | 1903-1989 | El rastro de la vela | Cuento | I
—¿Mucho hielo?
—Muy poco… Gracias.
Y a veces Dollent se veía obligado a hacer un violento esfuerzo para no exteriorizar una satisfacción infantil. ¿Era realmente él, el Doctorcito de Marsilly, con su traje de un color gris descolorido, su corbata siempre anudada con desaliño, su viejo sombrero, que tanta lluvia había... |
Simenon, Georges | Bélgica | 1903-1989 | El sastrecillo y el sombrerero | Cuento | I
El carro de la Agencia O se quedó en el último camino transitable para autos —¡si es posible llamarlo así!— a unos trescientos metros de la carretera. Torrence, Emilio y Barbet, es decir, el efectivo masculino de la Agencia O en pleno, chapoteó en una especie de campo, luego la tierra se hizo más pegajosa y Barbet, d... |
Simenon, Georges | Bélgica | 1903-1989 | El timbre de alarma | Cuento | Este fue uno de los raros casos que pudo ser resuelto sobre planos y documentos, por deducción y por los métodos científicos de la policía. Por otra parte, cuando Maigret abandonó el Quai des Orfèvres¹, lo sabía todo, «hasta lo de los toneles incluso».
Esperaba hacer un breve viaje por el espacio y acabó con un viaje a... |
Simenon, Georges | Bélgica | 1903-1989 | Emilio en Bruselas | Cuento | Capítulo I
Donde un sastrecillo tiene miedo y se aproxima a su vecino el sombrerero
Kachoudas, el sastrecillo de la calle de los Prémontrés, tenía miedo, era indiscutible. Mil personas, diez mil exactamente, puesto que la villa tenía diez mil habitantes, tenían también miedo, salvo los niños de corta edad; pero la mayo... |
Simenon, Georges | Bélgica | 1903-1989 | Ese hombre por las calles | Cuento | I
¿No fue en aquel caso del timbre de alarma cuando el Doctorcito estuvo más cerca del «crimen perfecto» tan apreciado por todos los criminólogos?
No obstante, aquel caso empezó como una burda comedia y, mientras Esteban Chaput estuvo hablando sin saber dónde meter sus manos cortas, fofas y grasientas de sudor, Juan Do... |
Simenon, Georges | Bélgica | 1903-1989 | ¡Jeumont, 51 minutos de parada! | Cuento | I
Torrence fue el primero que eructó. Y, en el momento en que Emilio le lanzaba de soslayo una leve mirada chispeante de ironía, su propio estómago manifestó de una manera incongruente la plenitud de su satisfacción.
Entonces, durante algunos instantes, los dos pontífices de la Agencia O se miraron en silencio, y luego... |
Simenon, Georges | Bélgica | 1903-1989 | La anciana de Bayeux | Cuento | Los cuatro hombres se apretaban en el taxi. Helaba sobre París. A las siete y media de la mañana, la ciudad se veía lívida y el viento alzaba a ras del suelo un polvillo gélido.
El más delgado de los cuatro sujetos estaba sentado en uno de los transportines; un pitillo se pegaba a su labio inferior y unas esposas rodea... |
Simenon, Georges | Bélgica | 1903-1989 | La astucia del Doctorcito | Cuento | Profundamente dormido, Maigret oyó vagamente un timbrazo, pero no se dio cuenta de que llamaban al teléfono ni de que su mujer se inclinaba por encima de él para responder:
—¡Es Popaul! —declaró ella tras sacudir a su marido—. Quiere hablarte…
—¿Eres tú, Popaul? —gruñó Maigret medio dormido.
—¿Eres tú, Tonton? —decían ... |
Simenon, Georges | Bélgica | 1903-1989 | La barca de los ahorcados | Cuento | I
—Siéntese, señorita —suspiró Maigret quitándose a disgusto la pipa de la boca.
Y pasó de nuevo los ojos por el papel del magistrado, que decía: «Asunto de familia. Oír a Cécile Ledru, pero obrar únicamente con la mayor circunspección».
Era en Caen, en la época en que Maigret había sido enviado allí para reorganizar u... |
Simenon, Georges | Bélgica | 1903-1989 | La choza de madera | Cuento | I
La consulta sin enfermo
—¡Oiga! ¿Hablo con el doctor?… ¡Oiga! No corte, por favor…
La voz, al otro extremo del hilo, era ansiosa. El Doctorcito, como todo el mundo lo llamaba, acababa de regresar de sus visitas y olfateaba el guisado de cordero que perfumaba su casa. Fuera hacia un calor tremendo; pero dentro, y con ... |
Simenon, Georges | Bélgica | 1903-1989 | La detención del músico | Cuento | El guarda de la esclusa de Coudray era un tipo delgado, de aspecto triste, con traje de pana, con bigotes caídos, ojo desconfiado, un tipo como se encuentran muchos entre los administradores de propiedades. No hacía diferencia alguna entre Maigret y las cincuenta personas, gendarmes, periodistas, policías de Corbeil y ... |
Simenon, Georges | Bélgica | 1903-1989 | La escala de Buenaventura | Cuento | I
–¡Maldito cacharro y maldito oficio! —gruñe Torrence al atravesar Longjumeau, mirando con concupiscencia la fachada de una taberna caliente.
Por la noche, el termómetro desciende hasta cerca de 20 grados bajo cero. Son las diez de la mañana. El cielo está lívido, las piedras blancas como el hielo, la nariz de Torrenc... |
Simenon, Georges | Bélgica | 1903-1989 | La estrella del Norte | Cuento | I
–¿Cómo es? —había preguntado Torrence por teléfono antes de decidirse.
—Pequeño, de aspecto gruñón, con un bigote a lo Charlot…
—¡Bueno! Es el comisario Lucas.
Un antiguo compañero de Torrence en la Policía Judicial. La cosa se ponía graciosa. Lucas vivía perpetuamente intranquilo. El espectro de la posible plancha l... |
Simenon, Georges | Bélgica | 1903-1989 | La florista de Deauville | Cuento | Cuando el Francés atravesó la cortina-mosquitero de tela metálica enmohecida, aún no eran las nueve de la mañana, y, sin embargo, su ropa de tejido amarillento tenía ya en las axilas dos medias lunas de sudor. Arrastraba un poco la pierna izquierda, como siempre. Como siempre también, parecía colérico, y, con un gesto ... |
Simenon, Georges | Bélgica | 1903-1989 | La jaula de Emilio | Cuento | I
Un gruñido indistinto, al teléfono, fue la causa de todo, en todo caso de la participación de Maigret en esta aventura desconcertante.
Ya casi no pertenecía a la Policía Judicial. Dos días más y cogía oficialmente el retiro. Estos dos días, como las jornadas precedentes, contaba pasarlos poniendo sus dossiers en orde... |
Subsets and Splits
No community queries yet
The top public SQL queries from the community will appear here once available.