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Torri, Julio | México | 1889-1970 | A Circe | Minicuento | Volvió a las seis de la mañana y, según costumbre, pasó al cuarto de aseo; pero, en lugar de desnudarse, se sentó o, mejor dicho, se dejó caer en una butaca… Poniendo las manos en las rodillas, permaneció en esa actitud cinco, diez minutos, quizás una hora. No hubiera podido decirlo.
“El siete de corazones”, se dijo, r... |
Torri, Julio | México | 1889-1970 | De funerales | Minicuento | Era otoño. Por la gran carretera rodaban a trote largo dos carruajes. En el primero viajaban dos mujeres. Una era el ama: pálida, enferma. La otra, su criada: gorda y de sanos colores. Con la mano rolliza enfundada en un guante agujereado trataba de arreglar los cabellos cortos y lacios que salían debajo de su sombrero... |
Torri, Julio | México | 1889-1970 | De fusilamientos | Cuento | ¡Circe, diosa venerable! He seguido puntualmente tus avisos. Mas no me hice amarrar al mástil cuando divisamos la isla de las sirenas, porque iba resuelto a perderme. En medio del mar silencioso estaba la pradera fatal. Parecía un cargamento de violetas errante por las aguas.
¡Circe, noble diosa de los hermosos cabello... |
Torri, Julio | México | 1889-1970 | De la vida maravillosa de Salva-Obstáculos | Cuento | Hoy asistí al entierro de un amigo mío. Me divertí poco, pues el panegirista estuvo muy torpe. Hasta parecía emocionado. Es inquietante el rumbo que lleva la oratoria fúnebre. En nuestros días se adereza un panegírico con lugares comunes sobre la muerte y ¡cosa increíble y absurda! con alabanzas para el difunto. El ora... |
Torri, Julio | México | 1889-1970 | El descubridor | Minicuento | El fusilamiento es una institución que adolece de algunos inconvenientes en la actualidad.
Desde luego, se practica a las primeras horas de la mañana. “Hasta para morir precisa madrugar”, me decía lúgubremente en el patíbulo un condiscípulo mío que llegó a destacarse como uno de los asesinos más notables de nuestro tie... |
Torri, Julio | México | 1889-1970 | El fin de México | Cuento | Descartes, Discurso del método. Parte I.
Salva-Obstáculos fue un hombre extraordinario; por confesión que hizo en artículo de muerte, nunca conoció lo que el mundo llama una dificultad, un impedimento, un imposible. Cuanto se propuso, ejecutó; todos los trabajos que empezó, todos, sin faltar uno, llevó a buen término. ... |
Torri, Julio | México | 1889-1970 | El héroe | Minicuento | A semejanza del minero es el escritor: explota cada intuición como una cantera. A menudo dejará la dura faena pronto, pues la veta no es profunda. Otras veces dará con rico yacimiento del mejor metal, del oro más esmerado. ¡Qué penoso espectáculo cuando seguimos ocupándonos en un manto que acabó ha mucho! En cambio, ¡q... |
Torri, Julio | México | 1889-1970 | El mal actor de sus emociones | Minicuento | Escribo este relato de la destrucción de mi ciudad para el Times de Londres. Pertenecí a la Sociedad de Geografía y Estadística de México, y no tengo otro título para implorar un poco de credulidad hacia esta narración.
Desde niños nos es familiar la literatura de terremotos, naufragios y demás calamidades, y así, omit... |
Torri, Julio | México | 1889-1970 | El vagabundo | Minicuento | Todo se adultera hoy. A mí me ha tocado personificar un heroísmo falso. Maté al pobre dragón de modo alevoso que no debe ni recordarse. El inofensivo monstruo vivía pacíficamente y no hizo mal a nadie. Hasta pagaba sus contribuciones, y llegó en inocente simplicidad a depositar su voto en las ánforas, durante las últim... |
Torri, Julio | México | 1889-1970 | Era un país pobre | Cuento | Y llegó a la montaña donde moraba el anciano. Sus pies estaban ensangrentados de los guijarros del camino, y empañado el fulgor de sus ojos por el desaliento y el cansancio.
—Señor, siete años ha que vine a pedirte consejo. Los varones de los más remotos países alababan tu santidad y tu sabiduría. Lleno de fe escuché t... |
Torri, Julio | México | 1889-1970 | Estampa | Minicuento | En pequeño circo de cortas pretensiones trabajaba, no ha mucho, un acróbata, modesto y tímido como muchas personas de mérito. Al final de una función dominguera en algún villorrio, llegó a nuestro hombre la hora de ejecutar su suerte favorita con la que contaba para propiciarse al público de lugareños y asegurar así el... |
Torri, Julio | México | 1889-1970 | Fantasías mexicanas | Minicuento | Era un país pobre, como tantos otros de que guarda siempre confuso recuerdo el viajero impenitente. La exportación se reducía a pieles de camello, utensilios de barro, estampas devotas y diccionarios de bolsillo. Ya adivinaréis que se vivía por completo de géneros y efectos traídos de otras naciones.
A pesar de la esca... |
Torri, Julio | México | 1889-1970 | La amada desconocida | Minicuento | El día fue caluroso. Se comienza a llenar de opalina sombra la hondonada, por cuyo fondo discurren ondas brillantes y tersas. Los árboles extienden espesas copas sobre la grama. En rústicos bancos están repartidas algunas parejas, las cabezas inclinadas, las caras graves y felices, perdidas las miradas en el tramonto. ... |
Torri, Julio | México | 1889-1970 | La balada de las hojas más altas | Minicuento | …al moro Búcar y a aquel noble marqués de Mantua, teníalos de su linaje. Por el angosto Callejón de la Condesa, dos carrozas se han encontrado. Ninguna retrocede para que pase la otra.
-¡Paso al noble señor don Juan de Padilla y Guzmán, marqués de Santa Fe de Guardiola, oidor de la Real Audiencia de México!
-¡Paso a do... |
Torri, Julio | México | 1889-1970 | La cocinera | Cuento | Don Juan… por quien olvidan las cortesanas parisienses de moda sus ahorros en el Banco de Francia. Rey norteamericano de una industria como la del acero y el petróleo, la trata de blancas. En México galopa camino de la Sierra con una mujer desmayada entre los brazos. Es en España, su país natal, un señorito a quien cas... |
Torri, Julio | México | 1889-1970 | La conquista de la luna | Minicuento | Nos mecemos suavemente en lo alto de los tilos de la carretera blanca. Nos mecemos levemente por sobre la caravana de los que parten y los que retornan. Unos van riendo y festejando, otros caminan en silencio. Peregrinos y mercaderes, juglares y leprosos, judíos y hombres de guerra: pasan con premura y hasta nosotros l... |
Torri, Julio | México | 1889-1970 | La feria | Cuento | Por inaudito que parezca hubo cierta vez una cocinera excelente. La familia a quien servía se transportaba, a la hora de comer, a una región superior de bienaventuranza. El señor manducaba sin medida, olvidado de su vieja dispepsia, a la que aun osó desconocer públicamente. La señora no soportaba tampoco que se le reco... |
Torri, Julio | México | 1889-1970 | La gloriosa | Minicuento | Después de establecer un servicio de viajes de ida y vuelta a la Luna, de aprovechar las excelencias de su clima para la curación de los sanguíneos, y de publicar bajo el patronato de la Smithsonian Institution la poesía popular de los lunáticos (Les Complaintes de Laforgue, tal vez) los habitantes de la Tierra emprend... |
Torri, Julio | México | 1889-1970 | La humildad premiada | Minicuento | Y estando a —
Y estando amarrando un gallo
Se me re —
Se me reventó el cordón.
Yo no sé
Si será mi muerte un rayo…
Los mecheros iluminan con su luz roja y vacilante rimeros de frutas, y a contraluz proyectan negras las siluetas de los vendedores y transeúntes.
—¡Pasen al ruido de uñas, son centavos de cacahuates!
... |
Torri, Julio | México | 1889-1970 | Le poète maudit | Cuento | Las cuestas y llanos se pueblan de los pobrecitos indios. Ya baja allá a lo lejos la imagen que traen en andas, con gran acompañamiento de gentes. Los cirios y candelas brillan amortiguadamente en la serena luz de la tarde. Este año ha sido de sequía. Las milpas están resecas y los gañanes tienen oprimido el corazón po... |
Torri, Julio | México | 1889-1970 | Literatura | Minicuento | En una universidad poco renombrada había un profesor pequeño de cuerpo, rubicundo, tartamudo, que como carecía por completo de ideas propias era muy estimado en sociedad y tenía ante sí un brillante provenir en la crítica literaria.
Lo que leía en los libros lo ofrecía trasnochado a sus discípulos a la mañana siguiente... |
Torri, Julio | México | 1889-1970 | Los unicornios | Minicuento | Muy poco grata era su compañía y evitada hábilmente por todos. Había perpetrado un latrocinio hacía mucho, y lo que es peor no conservaba nada del mal habido dinero. De las dos razas humanas, pertenecía a la que pide prestado. Era un fatuo sin igual que no hallaba en Darío sino un admirable virtuoso de las palabras, y ... |
Torri, Julio | México | 1889-1970 | Mujeres | Minicuento | El novelista, en mangas de camisa, metió en la máquina de escribir una hoja de papel, la numeró, y se dispuso a relatar un abordaje de piratas. No conocía el mar y sin embargo iba a pintar los mares del sur, turbulentos y misteriosos; no había tratado en su vida más que a empleados sin prestigio romántico y a vecinos p... |
Torri, Julio | México | 1889-1970 | Vieja estampa | Minicuento | Creer que todas las especies animales sobrevivieron al diluvio es una tesis que ningún naturalista serio sostiene ya. Muchas perecieron; la de los unicornios entre otras. Poseían un hermoso cuerno de marfil en la frente y se humillaban ante las doncellas.
Ahora bien, en el arca, triste es decirlo, no había una sola don... |
Trigo, Felipe | España | 1864-1916 | El oro inglés | Cuento | Siempre me descubro reverente al paso de las mujeres elefantas, maternales, castísimas, perfectas.
Sé del sortilegio de las mujeres reptiles -los labios fríos, los ojos zarcos- que nos miran sin curiosidad ni comprensión desde otra especie zoológica.
Convulso, no recuerdo si de espanto o atracción, he conocido un raro ... |
Trigo, Felipe | España | 1864-1916 | El recuerdo | Cuento | Dos criados abren presurosos, a la curiosidad de los desocupados, las pesadas hojas de la puerta, cuyos tableros de cedro ostentan -en rica obra de talla- las armas de los Castillas, de los Mendozas, de los Altamiranos, de los Velasco.
Tirada por piafantes brutos, sale la carroza, con muelles sacudimientos, de la penum... |
Trigo, Felipe | España | 1864-1916 | El suceso del día | Cuento | Leía yo, acostado, tratando de dormirme, El Imparcial. De pronto, sobre el cielo raso sonoro como el parche de un tambor —¡oh estas casas nuevas de ladrillo y de hierro!— sentí los pasos menuditos. Aquella noche me intrigaron más. Por la tarde había sostenido este diálogo con la camarera de la fonda:
—¿Quién duerme arr... |
Trigo, Felipe | España | 1864-1916 | Genio y figura | Cuento | No había andado Juana la mitad del camino hacia la viña, con un cesto de mimbres al cuadril, cuando entre las encinas de la sierra se presentó Chuco de sopetón, diciendo:
—Mia tú, Reina, vengo escapao porque te vide llegar desde las pizarreras donde tengo la cabrá. Te quió decir una cosa. Mañana ya sabes que me voy a l... |
Trigo, Felipe | España | 1864-1916 | Jugar con el fuego | Cuento | Celso Ruiz, la prudencia misma, ¿cómo ha podido provocar al caballero Alberti, duelista célebre, tirador maravilloso que parte las balas en el filo de un cuchillo?
Acabo de encontrar a mi amigo en su despacho, tumbado en el diván, el cigarro en los labios.
—¿Te bates? —le he preguntado.
—Me suicido.
—Verdad. Tanto vale... |
Trigo, Felipe | España | 1864-1916 | La niña mimosa | Cuento | El triunfo del autor iba siendo evidente. Pero un triunfo de sumisión, que tenía algo de espantoso, como el del domador en la jaula de las fieras. El teatro parecía contener una sola alma anhelosa y vencida, que quitaba a los cuerpos la sensación de ahogo en aquel aire de polvillo de luz, impregnado de sudor y esencias... |
Trigo, Felipe | España | 1864-1916 | La primera conquista | Cuento | Pasaba por Madrid, donde veinticuatro horas debía detenerse, con dirección a Tánger, León Demarsay, un diplomático con quien yo había intimado en Manila, hombre de gran corazón y excelente tirador de armas. Por mí advertidos de esas prendas del joven, quisieron algunos amigos míos conocerle, y le invitamos a un almuerz... |
Trigo, Felipe | España | 1864-1916 | La receta | Cuento | —¿Estás?
—Sí, corriendo.
Y corriendo, corriendo, azotando las puertas con sus vuelos de seda, desde el tocador al gabinete y desde el armario al espejo, siempre en el retoque de última hora; buscando el alfiler o el abanico que perdían su cabecilla de loca, volviéndose desde la calle para ceñir a su garganta el collar,... |
Trigo, Felipe | España | 1864-1916 | La toga | Cuento | Me había dado mi tía dos reales y compré con ellos todo lo siguiente:
Cinco céntimos de pitillos.
Dos céntimos de fósforos de cartón.
Ocho céntimos de americanas.
Diez céntimos de peladillas de Elvas.
Y un mi buen real de confetti, porque era Carnaval.
Con todas estas cosas, convenientemente repartidas por los bolsillo... |
Trigo, Felipe | España | 1864-1916 | Luzbel | Cuento | Terminada la consulta, pude entrar en el despacho, donde mi buen amigo el doctor se ponía el abrigo y el sombrero, para nuestro habitual paseo; pero el criado entreabrió la puerta.
—¿Más enfermos? ¡Estoy harto! Que vuelvan mañana.
—Traen esta tarjeta —contestó el criado, entregándola.
Y debía ser decisiva, porque Leand... |
Trigo, Felipe | España | 1864-1916 | Mi prima me odia | Cuento | Para muchos niños hay en muchas capitales, Madrid entre ellas, una escuela más pública que las escuelas públicas: la calle.
Su rector es la miseria, sus aulas el descuido y la ocasión, sus bedeles los guardias. Está abierta siempre.
A media noche, cuando cruzáis las anchas calles desiertas, un poco encantados de oír vu... |
Trigo, Felipe | España | 1864-1916 | Mujeres prácticas | Cuento | Entre los invitados al estudio de Rangel con motivo de su última obra, estaban Jacinta Júver, una arrogante dama de ojos garzos, muy aficionada a la pintura, casi una artista, y su esposo, el señor La Riva, hombre que, según decía, desde hortera¹ con sabañones, supo caer en marqués con gabán de pieles, sin más que salt... |
Trigo, Felipe | España | 1864-1916 | Paga anticipada | Cuento | Habremos de almorzar en casa de los primos de mi mujer. Pero yo he llegado antes; mi mujer no está todavía, y no está más que la mujer de mi primo. Y la mujer de mi primo, es decir, del primo de mi mujer (mi prima si os place, mi bella prima, arrogantísima) ha huido del salón, al sentirme, refugiándose en el gabinete.
... |
Trigo, Felipe | España | 1864-1916 | Paraíso perdido | Cuento | Plegó Alfredo La Correspondencia que a la luz del tranvía vino leyendo desde Pozas, y miró dónde se encontraba: calle Mayor. ¡Oh! Y a fe que le había ensimismado el periódico. El coche iba bien de mujeres. Lo que se dice, cuando el día está de bonitas, se ve cada cara como una gloria.
Junto a él, mamá respetable, cincu... |
Trigo, Felipe | España | 1864-1916 | Por ahí | Cuento | Pasaba una corta temporada en un pueblo donde me aburría espantosamente. No conocía a nadie, y solía dedicarme a pasear solo y de noche. Una, vagando por las calles al azar, y sintiendo ya nostalgias de mi Madrid de mi alma, llegué a una plazoleta que ofrecía un bonito efecto de luz. Frente a mí, una casa más alta que ... |
Trigo, Felipe | España | 1864-1916 | Pruebas de amor | Cuento | [Cuento - Texto completo.]
—Esto es un paraíso —me dijeren cuando llegué al campamento; y para certificar la comparación, no tuvieron mis ojos más que tenderse en derredor.
Una vivienda de nipa, junto a una huerta, en mitad de una explanada circular donde grupos de soldados troceaban ébanos a hachazos; cerca, los fusi... |
Trigo, Felipe | España | 1864-1916 | Tempestad | Cuento | ¿Domingo?
Caramba, día de divertirse.
¡Cuánta gente! Todos suben, se alejan del centro. Yo me acerco, al revés.
Encontrarme desde mi casa en el Retiro, a los quince metros, no tiene lance de paseo.
Sol hermoso; coches y tranvías atestados; Espartero dominando la calle desde su caballo de bronce.
—¡Adiós, general!
Es mu... |
Trigo, Felipe | España | 1864-1916 | Tu llanto y mi risa | Cuento | Mi amigo César es un analista insoportable. Pudiera ser feliz, porque tiene talento y buena fortuna, y es el más desdichado de los hombres.
Todo lo mide, lo pesa y lo descompone, el placer y el dolor, el llanto y la alegría, el amor y la amistad. Su corazón, sensible hasta lo infinito, se deja tocar por las más pequeña... |
Trigo, Felipe | España | 1864-1916 | Villaporrilla | Cuento | «Voy con María. Espéranos.
—Octavio».
María era mi amante.
Octavio, el escritor neurótico de palabra helada, estaba medio loco. Por su modo extraño de sentir y por su modo extraño de adorar la belleza pagana de su esposa.
Un escéptico que creía en todo.
Cuando llegó el exprés y vi a María en un reservado, corrí a salud... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | Agua de frambuesas | Cuento | ¿Te acuerdas?
Era como hoy. Un capricho, un enojo de tus celos de vanidosa.
Era cualquier mañana, quizá hermosa y sonriente, en que yo, mirando un rayo de sol y contemplando el cielo, esperaba, tras los ensueños dulces de la noche, a que las vidrieras de tu cuarto se entreabriesen mostrándome en la gloria de tu faz la ... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | Asia | Novela corta | ¿Aldeas? En buena hora. Pero en el lienzo para adornar mi gabinete o en el libro para decorar mi estantería. Ni más ni menos.
Así las conocía yo. Y sabía de ellas que contempladas desde el último cerro de su horizonte al caer el sol, cuando los senderos de la montaña eran recorridos por los pacíficos campesinos que de ... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | Birouk | Cuento | A principios de agosto, las olas de calor suelen ser intolerables. En esa época del año, desde las doce hasta las tres, el hombre más determinado y cabezota no se halla en condiciones de cazar, y el perro más devoto comienza a “lamer las espuelas del cazador”, es decir, que se queda pegado a sus tacones, apretando los ... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | Cantantes | Cuento | I
Tenía yo entonces veinticinco años —empezó N. N.—, así que, como ven, se trata de una historia muy antigua. Acababa de alcanzar una posición independiente y había partido para el extranjero, no con intención de “completar mi educación”, como se decía en aquella época, sino simplemente porque tenía ganas de recorrer e... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | Chertapkanof y Tredopuskin | Cuento | Regresaba de cazar, solo, en drochka. Para llegar a mi casa faltaban aún ocho verstas. Mi buena yegua recorría con paso igual y rápido el camino polvoriento, aguzaba las orejas y de vez en cuando soltaba un relincho en seguida sofocado.
Mi perro nos seguía a medio paso de las ruedas traseras. En el aire se olía la torm... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | Diario de un hombre superfluo | Novela corta | La pequeña aldea de Kolotovka, que perteneció en el pasado a una hacendada localmente conocida como la Cacareadora por su temperamento animoso y parlanchín (su auténtico nombre continúa siendo un misterio), pero que ahora pertenece a algún alemán petersburgués, se encuentra en la falda de una colina sin apenas vegetaci... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | Dos amigos | Cuento largo | En una cálida mañana de estío, volvía de caza acompañado de Jermolai.
Mecido por el movimiento de la “telega” estaba él adormecido y sacudía la cabeza sin poderse despertar.
Los perros roncaban tranquilamente junto a nosotros y escapaban a los tábanos que atormentaban al pobre caballo.
Nos rodeaba una nube de polvo. El... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | El bosque y la estepa | Cuento | Aldea de Ovéchaia Vodá,
20 de marzo de 18…
El médico acaba de marcharse. ¡Por fin he conseguido sacar algo en limpio! Por más que ha intentado echar mano de sus triquiñuelas, a lo último ha tenido que confesarme la verdad. Sí, moriré pronto, muy pronto. Los ríos se deshelarán, y yo me iré probablemente con las últimas... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | El enano Kaciano | Cuento | En la primavera de 184… Borís Andreich Viazovnín, un joven de unos veintiséis años, llegó a su casa natal, en una de las provincias de la parte central de Rusia. Acababa de solicitar la excedencia, “por razones de índole personal”, y tenía intención de ocuparse de la administración de la hacienda. Una decisión acertada... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | El ermitaño | Cuento | Tal vez haya fatigado al lector con mis relatos de cacería. Que se tranquilice ahora; he señalado el término de estas páginas. Solamente le pido autorización para añadir algunas observaciones cinegéticas.
La caza con escopeta está llena de atractivos por sí misma, für sich, como solía decirse cuando estaba de moda la f... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | El intendente | Cuento | Volvía de una cacería en una mala “telega1” y me agobiaba el calor de un día nebuloso. Dormitaba sometido con resignación a las sacudidas del vehículo, cuyas ruedas levantaban una polvareda fina, que nos envolvía.
Llamó de pronto mi atención la inquietud del cochero, que hasta ese momento iba más tranquilamente adormec... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | El médico del distrito | Cuento | Una tarde, después de ir de caza, me encontraba solo en mi droshki. Todavía me quedaban unas ocho verstas antes de llegar a casa; mi yegua de paseo marchaba alegre por el camino polvoriento, de vez en cuando resoplaba y estiraba las orejas; mi perro, agotado, nunca se rezagaba, como si corriera atado a las ruedas trase... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | El miedo | Cuento | A unas quince verstas de mi hacienda vive un cierto conocido mío, un joven terrateniente retirado de la guardia de oficiales, Arkadi Pávlich Pénochkin. Sus tierras poseen abundante caza, su casa está diseñada por un arquitecto francés, sus sirvientes van vestidos a la manera inglesa, da cenas estupendas y una cordial b... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | El monje | Minicuento | Una vez, en otoño, de regreso de un lugar lejano, cogí un resfriado y tuve que guardar cama. Por suerte la fiebre me dio en una ciudad de provincias, en un hotel; mandé buscar a un médico. El médico del distrito apareció en media hora, un hombre no muy alto, delgaducho y de cabello oscuro.
Escribió la receta habitual p... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | El prado de Bezhin | Cuento | —Debo advertirle, señor, que se nos acabó el plomo —dijo Jermolai entrando en la “isba”.
—¿Cómo? —exclamé saltando de la cama—. Habíamos traído más de treinta libras, más de una bolsa.
—Es verdad, señor. La bolsa es grande, pero no sé si se habrá agujereado. Lo cierto es que apenas queda para diez tiros.
—¿Qué hacer? N... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | El Turón y Kalínich | Cuento | Conocí a un monje anacoreta, santo. Vivía con la sola dulzura de la plegaria y, embebido de esta, estuvo parado tanto tiempo sobre el suelo frío de la iglesia, que sus piernas, por debajo de las rodillas, se le hincharon y pusieron parecidas a columnas. Él no las sentía, se paraba y rezaba.
Yo lo entendía; yo, acaso, l... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | Fausto | Cuento largo | Era un glorioso día de julio, uno de esos días que solo llegan después de muchas jornadas de buen tiempo. Desde el amanecer, el cielo está claro; la aurora no se inflama en fuegos, sino que se tiñe de suaves arreboles. El sol, ni abrasador como en la época de la canícula, ni turbiamente rojo como en vísperas de torment... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | Jermolai y la molinera | Cuento | Quien haya viajado desde el distrito de Boljov hasta la región de Zhizdra sin duda se habrá asombrado por las marcadas diferencias de carácter entre las gentes de la provincia de Oriol y las de Kaluga. El campesino de Oriol es un hombre de corta estatura, encorvado, cabizbajo, acostumbrado a mirarte por debajo de las c... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | Kasián de Krasívaia Mech | Cuento |
CARTA PRIMERA
DE PÁVEL ALEKSÁNDROVICH B. A SEMION NIKOLAICH V.
Aldea de M.,
6 de junio de 1850
Llevo aquí tres días, mi querido amigo, y, como había prometido, cojo la pluma para escribirte. Cae una lluvia fina desde por la mañana: imposible salir; además, tenía ganas de charlar un rato contigo. De nuevo me encuentr... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | La cita | Cuento | Una tarde salimos, Jermolai y yo, para cazar en “tiaga”. Ignora el lector, probablemente, la significación de este término, que le voy a explicar en pocas palabras.
Un cuarto de hora antes de ponerse el sol, durante la primavera, se penetra en el bosque, sin el perro, el fusil a la espalda. Después de andar algún t... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | La muerte | Cuento | Regresaba de una cacería en un carro pequeño y destartalado y, bajo los efectos del calor asfixiante de un día nublado de verano (es sabido que en días así el calor puede ser más insufrible que en días despejados, especialmente cuando no hay viento), iba adormilado por el traqueteo, con malhumorada paciencia, dejando q... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | La oficina | Cuento | Un día, en otoño, una lluvia fina como polvo caía desde por la mañana. A intervalos, débiles rayos de sol atravesaban las nubes, que se deshacían o saltaban las unas sobre las otras, descubriendo entonces: la bóveda azul, tranquila y límpida, formando como un hermoso lago de azur.
Sentado en un cómodo lecho de musgo es... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | Lebedián | Cuento | Vecino de campaña tengo a un propietario joven, cazador infatigable, pero de una destreza algo novicia.
Fui a verlo, en una hermosa mañana de julio, y le propuse salir a cazar gallos silvestres.
—Es lo mejor que se me podría proponer —dijo—. Acepto, sin embargo, con la condición de que iremos a Zucha después de pasar p... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | Lgov | Cuento | Fue en otoño. Llevaba varias horas vagando por los campos con mi escopeta y probablemente no habría regresado hasta el crepúsculo a la posada de la carretera de Kursk donde me esperaba mi troika, si una lluvia extraordinariamente fina y helada, que me había acechado desde principios de la mañana, fraccionada y sin pied... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | Los cantores rusos | Cuento | Una de las principales ventajas de cazar, mis queridos lectores, es que obliga a desplazarse de un lado a otro sin cesar, lo cual para alguien sin ninguna ocupación es de lo más agradable. Es cierto que en ocasiones (sobre todo con tiempo lluvioso) no es muy divertido vagabundear por los caminos que cruzan el distrito,... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | Los dos terratenientes | Cuento | —Vayamos a Lgov —me dijo un día Yermolái, a quien ya conocen nuestros lectores—, cazaremos patos hasta hartarnos.
Aunque los patos salvajes no son particularmente atractivos para los cazadores de verdad, a falta de otras aves (era principios de septiembre, las becadas no habían aparecido todavía y estaba aburrido de cr... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | Mi vecino Radílov | Cuento | La aldehuela de Kolotova era, en otro tiempo, propiedad de una anciana, a quien le habían puesto el sobrenombre de “la Esquiladora”, debido a su carácter ávido y de empresa. Ahora pertenecía a un alemán de Petersburgo. Construida sobre un montículo, la atraviesa un horrible barranco que forma el medio de la calle. Las ... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | Mumú | Cuento | Ya he tenido el honor, amables lectores, de familiarizarlos con algunos de mis vecinos. Les ruego me permitan ahora, ya que tengo la ocasión (para nosotros, los escritores, toda ocasión es buena), familiarizarlos con dos terratenientes más, en cuyas tierras he cazado a menudo, hombres muy respetados y honorables que go... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | Ovsiánikov el “odnodvorets” | Cuento | En el otoño suele encontrarse chochaperdices en los bosquecillos de ancianos tilos. Existen muchos de esos bosquecillos en la provincia de Oriol. Nuestros antepasados, cuando tenían que elegir un lugar donde asentarse, siempre se decantaban por un par de desiatinas de buena tierra para un huerto de frutas bordeado por ... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | Piotr Petróvich Karatáiev | Cuento | En una de las calles periféricas de Moscú había en otro tiempo una casa gris con columnas blancas, entresuelo y balcón algo torcido, en la que vivía una viuda atendida por numerosa servidumbre. Sus hijos habían entrado en la administración de Petersburgo y sus hijas se habían casado; la señora apenas salía de casa y pa... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | Primer amor | Novela corta | Imaginen, queridos lectores, un hombre orondo, alto, de unos setenta años, con una cara que recuerda un tanto a la de Krílov, con una mirada sabia y honesta bajo unas cejas saltonas, de comportamiento digno, discurso medido y andares lentos: ahí tienen a Ovsiánikov. Vestía una levita azul de mangas largas, abotonada ha... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | Remanso de paz | Cuento largo | Un otoño de hará unos cinco años, me vi obligado, por falta de caballos, a pasar casi todo un día en una casa de postas en la carretera de Moscú a Tula. Regresaba de cazar, y cometí la imprudencia de enviar mi troika antes que yo. El encargado de la casa de postas, un anciano de carácter sombrío, con el pelo que le caí... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | Tatiana Borísovna y su sobrino | Cuento | Los invitados se habían marchado hacía rato. El reloj dio las doce y media. En la habitación solo quedaban el dueño de la casa, Serguéi Nikoláievich y Vladímir Petróvich.
El dueño de la casa llamó y dio órdenes de que retiraran los restos de la cena.
—Entonces, está decidido —dijo, acomodándose mejor en el sillón y enc... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | Tres encuentros | Cuento | I
En una habitación bastante espaciosa, recién encalada, de la casa señorial de la aldea de Sasovo, en el distrito provincia de T., delante de una vieja mesita alabeada, un hombre joven, con el abrigo puesto, estaba sentado en una estrecha silla de madera y examinaba unas cuentas. Dos velas de estearina ardían en plate... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | ¡U-á… U-á! | Cuento | Deme su mano, querido lector; y venga conmigo de paseo. El tiempo es hermoso; el cielo de mayo reluce con un suave azul; las hojas jóvenes y suaves del sauce refulgen como si acabaran de lavarse; el camino ancho y bien cuidado está enteramente cubierto por esa hierba corta de tallos rojos que las ovejas adoran mascar; ... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | Un Hamlet del distrito de Schigrovski | Cuento | I
A ningún lugar he ido tan a menudo de caza, en el transcurso del verano, como a la aldea de Glínnoie, a unas veinte verstas de mis tierras. Cerca de esa aldea se encuentran quizá los mejores parajes para la práctica de la caza de todo nuestro distrito. Después de haber batido los jarales y los campos de los alrededor... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | Un incendio en el mar | Cuento | Yo vivía entonces en Suiza… Era muy joven, tenía mucho amor propio y estaba muy solo. Yo vivía de modo penoso, sin júbilo. Sin haber visto nada aún, ya me aburría, agotaba y enojaba. Todo en la tierra me parecía ínfimo y trivial, y, como sucede a menudo con los hombres muy jóvenes, acariciaba con malicia secreta la ide... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | Un sueño | Cuento | Durante uno de mis viajes recibí una invitación para cenar con un terrateniente acomodado y cazador, Aleksandr Mijáilich G. Su aldea se encontraba a unas cinco verstas de un pequeño grupo de casas donde me encontraba en aquel momento. Me puse mi levita de gala, sin la cual no aconsejo a nadie que abandone su casa, aunq... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | Una cacería de patos silvestres | Cuento | Era el mes de mayo de 1838.
Viajaba con muchos otros pasajeros, a bordo del Nicolás I, que cubría la ruta entre San Petersburgo y Lübeck. En aquella época la situación de los ferrocarriles era aún poco floreciente, por lo que todos los que viajaban lo hacían por mar. Por esa misma razón, muchos de ellos llevaban una si... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | Una desdichada | Novela corta | I
Yo vivía entonces con mi madre en una pequeña ciudad del litoral. Había cumplido diecisiete años y mi madre no llegaba a los treinta y cinco: se había casado muy joven. Cuando falleció mi padre yo tenía solamente seis, pero lo recordaba muy bien. Mi madre era una mujer más bien bajita, rubia, de rostro encantador aun... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | Yákov Páskinov | Cuento largo | —¿Quiere que vayamos a Lyove, señor? —me propuso un día Jermolai—. Allí vamos a encontrar muchos patos.
Accedí, a pesar de que no me atraía mucho tal clase de caza.
Lyove es una importante aldea de la estepa, dominada por la cúpula de su vieja iglesia, y tiene dos molinos a la orilla del Rossola, riachuelo que corre no... |
Turgueniev, Iván | Rusia | 1818-1883 | Yermolái y la molinera | Cuento | —Sí, sí —empezó Piotr Gavrflovich—, fueron unos tiempos difíciles… y la verdad es que no me apetece rememorarlos… Pero, ya que se lo he prometido, les contaré toda la historia. Escuchen.
I
Vivía yo por entonces (corría el invierno de 1835) en Moscú, en casa de una tía, hermana de mi difunta madre. Tenía dieciocho años... |
Twain, Mark | Estados Unidos | 1835-1910 | Canibalismo en los vagones del tren | Cuento | I
Los hechos sucedieron en San Petersburgo, en invierno, el primer día del carnaval. Un compañero de pensión, que en su juventud tenía fama de ser tan apocado como una pudorosa muchacha y que más adelante dio muestras de haber perdido cualquier rastro de timidez, me había invitado a comer. Ahora ya ha muerto, como la m... |
Twain, Mark | Estados Unidos | 1835-1910 | Cielo e infierno | Minicuento | Al crepúsculo, el cazador Yermolái y yo salimos en busca de “vuelo bajo”… Pero tal vez sea el caso de que no todos mis lectores sepan lo que “vuelo bajo” significa. Les ruego que escuchen, caballeros.
Un cuarto de hora antes de que anochezca, durante la primavera, entras en un bosquejuelo, pertrechado con tu escopeta p... |
Twain, Mark | Estados Unidos | 1835-1910 | Cómo dirigí un diario de agricultura (una vez) | Cuento | Recientemente estuve en Saint Louis, y al regresar hacia el oeste, después de cambiar de tren en Terre Haute, Indiana, subió en una de las estaciones del trayecto un caballero de aspecto benévolo y agradable, de unos cuarenta y cinco o cincuenta años, y se sentó junto a mí. Estuvimos hablando animadamente durante más o... |
Twain, Mark | Estados Unidos | 1835-1910 | Crucifixión | Minicuento | El moribundo no podía decidirse a qué lugar ir… los dos tenían sus ventajas: el cielo por el clima, el infierno por la compañía.
FIN |
Twain, Mark | Estados Unidos | 1835-1910 | Cuento del azulejo de Jim Baker | Cuento | No sin algún temor me encargué, temporalmente, de la dirección de aquel periódico de agricultura. Casi lo mismo que le hubiera ocurrido a un labrador a quien encomendaran de improviso el mando de un navío. Pero, en fin, yo me encontraba en una de esas situaciones en que la cuestión económica se sobrepone a todas las de... |
Twain, Mark | Estados Unidos | 1835-1910 | Economía política | Cuento | Que un Dios se pase tres días en una cruz a cambio de toda una vida de felicidad eterna y de dominio del universo es un servicio que cualquiera estaría encantado de realizar en los mismos términos.
FIN |
Twain, Mark | Estados Unidos | 1835-1910 | El asistente negro del general Washington | Cuento | Los animales hablan entre sí, de eso no cabe duda. Nadie podrá negarlo, pero creo que son muy pocos los que saben entenderlos. Yo no he conocido más que a un hombre capaz de ello. Pero conste que si lo sé, es porque me lo dijo él mismo. Era un hombre de edad mediana, minero sencillo y llano que había vivido muchos años... |
Twain, Mark | Estados Unidos | 1835-1910 | El cuento del niño malo | Cuento | La economía política es la base de todo buen gobierno. Los hombres más doctos de todas las épocas se han dedicado a enriquecer esta materia con…
Al llegar a este punto, fui interrumpido por el anuncio de que un desconocido deseaba verme en la puerta de entrada. Bajé y me enfrenté con él, le pregunté qué lo traía por aq... |
Twain, Mark | Estados Unidos | 1835-1910 | El desventurado prometido de Aurelia | Cuento | Boceto biográfico
La parte realmente emocionante de la vida de este célebre hombre de color comenzó con su muerte, mejor dicho, las peculiaridades notables de su biografía se iniciaron con su primera muerte. Hasta entonces se había oído hablar muy poco de él, pero a partir de ese momento, oímos hablar de él incesanteme... |
Twain, Mark | Estados Unidos | 1835-1910 | El hombre que corrompió Hadleyburg | Cuento | Había una vez un niño malo cuyo nombre era Jim. Si uno es observador advertirá que en los libros de cuentos ejemplares que se leen en clase de religión los niños malos casi siempre se llaman James. Era extraño que este se llamara Jim, pero qué le vamos a hacer si así era.
Otra cosa peculiar era que su madre no estuvies... |
Twain, Mark | Estados Unidos | 1835-1910 | El hombre que riñe con los gatos | Cuento | Los hechos que voy a relatar se hallan consignados en una carta que me dirige cierta señora residente en la hermosa ciudad de San José. No conozco a la autora de la misiva. Fírmase Aurelia María, lo que bien pudiera ser un seudónimo. Como este es un detalle que en nada afecta el interés del relato, debo no parar miente... |
Twain, Mark | Estados Unidos | 1835-1910 | El lamento de la viuda | Minicuento | I
Ocurrió hace muchísimos años. Hadleyburg era la población más honrada e íntegra de toda la región. Había conservado sin mácula esa fama durante tres generaciones, y se mostraba más orgullosa de ella que de todas sus demás riquezas. Tan orgullosa estaba, y tal anhelo sentía de asegurar su perpetuidad, que empezó a ens... |
Twain, Mark | Estados Unidos | 1835-1910 | El robo del elefante blanco | Cuento | A falta de otra cosa, contamos una vez en nuestro periódico la aventura de un desgraciado que, según nuestro relato, para poner término al infernal estrépito de unos gatos enamorados, se había encaramado en camisa en el tejado la noche del 31 de diciembre, provisto de zapatos viejos a guisa de proyectiles. Después de h... |
Twain, Mark | Estados Unidos | 1835-1910 | Gemelos | Minicuento | Dan Murphy se alistó como voluntario y peleó con gran coraje. Los muchachos lo querían y, cuando alguna herida lo debilitaba tanto que le costaba cargar su arma, ellos se encargaban de hacerlo. El dinero que iba ganando, Dan se lo enviaba a su esposa para que lo guardara en el banco. Ella era lavandera y planchadora y ... |
Twain, Mark | Estados Unidos | 1835-1910 | Heroína | Minicuento | I
La siguiente curiosa historia me fue relatada por alguien a quien conocí por casualidad en un vagón de tren. Era un caballero de más de setenta años, con un rostro francamente benévolo y gentil y un porte serio y sincero que imprimían el sello inconfundible de la verdad a cada una de las afirmaciones que salían de su... |
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