author stringlengths 4 32 | country stringlengths 4 20 | years stringlengths 4 24 | title stringlengths 2 204 | category stringclasses 13
values | content stringlengths 9 369k |
|---|---|---|---|---|---|
Twain, Mark | Estados Unidos | 1835-1910 | Historia del inválido | Cuento | Éramos gemelos mi hermano Billy y yo, hasta que un día, en la tina, se ahogó uno de los dos. Y desde entonces no he sabido nunca si el muerto era Billy o era yo.
FIN |
Twain, Mark | Estados Unidos | 1835-1910 | Información I | Minicuento | Chica del libro que es salvada de ahogarse por un héroe y se casa con él la semana siguiente, pero que si hubiera que repetirlo todo de nuevo diez años más tarde es probable que ella prefiriera tener un salvavidas y que a él le gustara más que lo tuviera.
FIN |
Twain, Mark | Estados Unidos | 1835-1910 | La célebre rana saltadora del condado de Calaveras | Cuento | Aunque mi aspecto es el de un hombre de sesenta años, y casado, no es verdad; ello se debe a mi condición y sufrimientos, pues soy soltero y solo tengo cuarenta y uno. Con dificultad creerán que yo, que ahora soy una sombra de lo que fui, hace apenas dos años era un hombre fuerte y rebosante de salud (un hombre de hier... |
Twain, Mark | Estados Unidos | 1835-1910 | La manera | Minicuento | Hubo una información anoche por la ciudad; decían que el señor Charles Strong, director de Gould & Curry, había sido disparado y muerto de la manera más efectiva. Le pregunté sobre ello esta mañana en la Iglesia. Dijo que el rumor no era cierto.
FIN |
Twain, Mark | Estados Unidos | 1835-1910 | Los diarios de Adán y Eva | Minicuento | Para complacer la petición de un amigo que me escribía desde el este, fui a visitar al viejo Simon Wheeler, hombre amable y charlatán, a fin de pedirle noticias de un amigo de mi amigo, Leonidas W. Smiley. Tal había sido su petición, y he aquí el resultado. Tengo la vaga sospecha de que el tal Leonidas W. Smiley es un ... |
Twain, Mark | Estados Unidos | 1835-1910 | Los McWilliams y el timbre de alarma | Cuento | Vivió de tal manera que, cuando le llegó la muerte, hasta el de las pompas fúnebres lo lamentó.
FIN
|
Twain, Mark | Estados Unidos | 1835-1910 | Pobreza II | Minicuento | Adán
Esta nueva criatura de pelo largo se entromete bastante. Siempre está merodeando y me sigue a todas partes. Eso no me gusta; no estoy habituado a la compañía. Preferiría que se quedara con los otros animales. Hoy está nublado, hay viento del este; creo que tendremos lluvia… ¿Tendremos? ¿Nosotros? ¿De dónde saqué e... |
Twain, Mark | Estados Unidos | 1835-1910 | Prioridades | Minicuento | La conversación fue pasando lenta, imperceptiblemente, del tiempo a las cosechas, de las cosechas a la literatura, de la literatura al chismorreo, del chismorreo a la religión, y por último hizo un quiebro insólito para aterrizar en el tema de los aparatos de alarma contra los ladrones. Fue entonces cuando por vez prim... |
Twain, Mark | Estados Unidos | 1835-1910 | Ruido | Minicuento | Considero al pobre, en su condición actual, como materia prima muy desperdiciada. Bien cortada y enlatada, podría resultar útil para engordar a los nativos de las islas caníbales y mejorar nuestras exportaciones.
FIN |
Twain, Mark | Estados Unidos | 1835-1910 | Suerte | Cuento | No rehúyas nunca hacer algo amable, a menos que el acto importe algún gran perjuicio para ti; y no rehúyas nunca tomar un trago… en cualquier circunstancia.
FIN |
Twain, Mark | Estados Unidos | 1835-1910 | Tautología | Minicuento | El ruido no prueba nada. A menudo una gallina que no ha puesto más que un huevo cacarea como si hubiera puesto un asteroide.
FIN |
Twain, Mark | Estados Unidos | 1835-1910 | Todo por la compañía | Minicuento | Este relato no es una ficción. Me lo contó un clérigo que fue instructor en Woolwich hace cuarenta años y que atestigua su veracidad. M. T.
En cierta ocasión asistí en Londres a un banquete celebrado en honor de uno de los dos o tres militares ingleses más destacados e ilustres de esta generación. Por razones que se en... |
Twain, Mark | Estados Unidos | 1835-1910 | Un reportaje sensacional | Cuento | Crear al hombre fue una idea hermosa y original, pero añadir la oveja fue tautología.
FIN |
Twain, Mark | Estados Unidos | 1835-1910 | Una historia de fantasmas | Cuento | En el jardín del Edén había una soledad insoportable. La llegada de la serpiente fue un cambio agradable.
FIN |
Twain, Mark | Estados Unidos | 1835-1910 | Una historia sin final | Cuento | El joven, nervioso, apuesto y jovial, aceptó la silla que le ofrecí, dijo pertenecer al cuerpo de redacción de La Tempestad, y agregó:
—Supongo que no molesto… He venido a hacerle un reportaje.
—¿A qué?
—A hacerle un reportaje.
—¡Ah! Comprendo… comprendo. ¡Hum! Sí… Está bien.
Yo no me sentía muy alegre aquella mañana. ... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | Abuelo y nieto | Cuento | Alquilé una gran habitación lejos de Broadway, en un edificio grande y viejo cuyos pisos superiores habían estado vacíos por años… hasta que yo llegué. El lugar había sido ganado hacía tiempo por el polvo y las telarañas, por la soledad y el silencio. La primera noche que subí a mis aposentos me pareció estar a tientas... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | Al correr los años | Cuento | Teníamos un juego en el barco que era un buen pasatiempo; por lo general sucedía en la noche, en la sala de fumadores, cuando los hombres se desprendían de la monotonía y el aburrimiento de la jornada. Se trataba de completar historias incompletas. Es decir, alguno contaba una historia completa a excepción del final, y... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | Al pie de una encina | Cuento | Volvían al pueblo desde la labor, silenciosos los dos, padre e hijo, como de costumbre, cuando de pronto dijo aquél a éste:
-Oye, Pedro.
-¿Qué quiere, padre?
-Tiempo hace que me anda una idea dando vueltas y más vueltas en la cabeza, y mucho será que no te haya también a ti ocurrido alguna vez…
-Si no lo dice…
-¿En qué... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | Artemio, heautontimoroumenos | Cuento | El lugar común de la filosofía moral y de la lírica que con más insistencia aparece es el de cómo se va el tiempo, de cómo se hunden los años en la eternidad de lo pasado.
Todos los hombres descubren a cierta edad que se van haciendo viejos, así como descubrimos todos cada año -¡oh portento de observación!- que empieza... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | Batracófilos y batracófobos | Cuento | Era en un día de bochorno veraniego. Mi hombre se salió al campo, pero con un libro, y fue a tumbarse a la sombre de un árbol, de una encina, a descabezar una siesta, alternando con la lectura. Para hacer el papel de que se hace un libro hay que abatir un árbol y que no dé sombra. ¿Qué vale más, el libro, su lectura, o... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | Bonifacio | Cuento | El veneno de la víbora, ¿lo es para ella misma? Es decir, si una víbora se picase a sí misma, ¿se envenenaría? Es indudable que hay secreciones externas que si se vierten en el organismo mismo que las segrega, le dañan y hasta le envenenan. Y basta sólo para que le emponzoñen el que no puedan ser vertidas afuera. Hay h... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | Caridad bien ordenada | Cuento | Lo más hermoso de la ciudad de Ciamaña -nombre que los eruditos locales interpretaban como contracción de Ciudad magna-, lo primero que de ella se mostraba al visitante forastero era el Casino; y lo más hermoso del Casino, el jardín; y lo más hermoso del jardín, aquel estanque de su centro, rodeado de árboles tranquilo... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | Chimbos y chimberos | Cuento | Bonifacio vivió buscándose y murió sin haberse hallado; como el barón del cuento, creía que tirándose de las orejas se sacaría del pozo.
Era un muchacho, por su desgracia, listo, empeñadísimo en ser original y parecer extravagante, hasta tal punto que dejaba de hacer lo que hacían otros por la misma razón que éstos lo ... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | ¡Cosas de franceses! | Cuento | Uníase en don Elenterio a una honda filantropía trascendental un clarísimo concepto de la función de la beneficencia en la sociedad; y así, encauzados sus sentimientos altruistas por una severa disciplina racional, ganaban en intensidad lo que en extensión parecían perder. Cuanto más ahondaba don Eleuterio, menos veía ... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | Cruce de caminos | Cuento | – I –
Dejaron el escritorio el sábado, al anochecer; como llovía un poco, se refugiaron en la Plaza Nueva, donde dieron la mar de vueltas, comentando el estado del tiempo próximo futuro. Al separarse, dijo Michel a Pachi:
-Mañana a las seis, en el simontorio, ¿eh?
-¿En el sementerio? ¡Bueno!
-¡Sin falta!
El otro dio un... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | De águila a pato | Cuento | (Un cuento disparatado)
Es cosa sabida que nuestros vecinos los franceses son incorregibles cuando en nosotros se ocupan, pues lo mismo es en ellos meterse a hablar de España que meter la pata.
A las innumerables pruebas de este aserto añada el lector el siguiente cuento que da un francés por muy característico de las... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | Del odio a la piedad | Cuento | Entre dos filas de árboles, la carretera piérdese en el cielo, sestea un pueblecillo junto a un charco, en que el sol cabrillea, y una alondra, señera, trepidando en el azul sereno, dice la vida mientras todo calla. El caminante va por donde dicen las sombras de los álamos; a trechos para y mira, y sigue luego.
Deja qu... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | Don Bernardino y doña Etelvina | Cuento | Apólogo
Hubo allá en remotos tiempos una soberbia águila, reina de las alturas. Tenía su trono sobre un inaccesible peñón, y al pie de éste su nido. Cuando al salir el sol alzaba el vuelo, desafiando con su mirada al padre de la luz, cantaban sobre ella su himno matutino las alondras, y las aves todas le rendían vasal... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | Don Catalino, hombre sabio | Cuento | El viaje aquel de Toribio a Madrid fue un viaje terrible: no podía quitar de la cabeza la innoble figura de aquel Campomanes que tanta guerra le había dado en su pueblo. ¡Campomanes! Cifra de todo lo que estorba. Toribio le atribuía todas las cualidades vulgares que más odiaba, y se complacía en no suponerle mala inten... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | Don Martín, o de la gloria | Cuento | Era don Bernardino, aunque soltero, un eminente sociólogo, ya con lo cual queda dicho todo cuanto esencial respecto a él se puede decir. Mas dentro de la sociología la especialidad de nuestro soltero era el feminismo, y es claro, merced a ello, no tenía partido alguno entre las muchachas casaderas. Huían todas de aquel... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | Don Silvestre Carrasco, hombre efectivo | Cuento | Fui a ver a don Catalino. Recordarán ustedes que don Catalino es todo un sabio; esto es, un tonto, tan sabio que no ha sabido nunca divertirse y no más que por incapacidad de ello. Lo que no quiere decir que don Catalino no se ría: don Catalino se ríe a mandíbula batiente, pero hay que ver de qué cosas se ríe don Catal... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | El abejorro | Cuento | ¡Pobre D. Martín! Jamás olvidaré la última conversación que con él tuve. ¡Pobre D. Martín, el antiguo y glorioso escritor, clásico ya en vida! Y este es su testamento: asistir a su propia inmortalización. Se mira en su fantasma y tiembla; su nombre inmortalizado le sume en desaliento.
¡Pobre D. Martín! ¡Qué triste caso... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | El alcalde de Orbajosa | Cuento | (Semblanza en arabesco)
Don Silvestre Carrasco, natural de Carvajal del Monte, es un hombre efectivo. Quiero decir que no es causativo. O más claro -si es que no más oscuro-: que no se preocupa de las causas, sino de los efectos. Ante todo fenómeno natural o histórico, material o espiritual, no busca sus causas, sino ... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | El amor que asalta | Cuento | -La verdad, no le creía a usted hombre de azares -le dije.
-¿Por qué? ¿Por lo del abejorro? -me preguntó.
Y a un signo afirmativo mío, añadió:
-No hay tales azares, si bien debo decirle a usted que creo que si investigáramos las últimas raíces de las supersticiones mismas que nos parecen más absurdas, aprenderíamos a n... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | El canto de las aguas eternas | Cuento | (Etopeya)
Nos llevó a Orbajosa el ansia de conocer a su famoso alcalde que se decía ser el primer tocador de ocarina, el primer criador de gansos y el primer jugador de tángano de la muy esforzada, muy hazañosa y muy rendida ciudad real. Pretendía ser, desde luego, el primer orbajosano, y era profesional del optimismo... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | El contertulio | Cuento | ¿Qué es eso del amor, de que están siempre hablando tantos hombres y que es el tema casi único de los cantos de los poetas? Es lo que se preguntaba Anastasio. Porque él nunca sintió nada que se pareciese a lo que llaman amor los enamorados. ¿Sería una mera ficción, o acaso un embuste convencional con que las almas débi... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | El desquite | Cuento | El angosto camino, tallado a pico en la desnuda roca, va serpenteando sobre el abismo. A un lado empinados tormos y peñascales, y al otro lado óyese en el fondo oscuro de la sima el rumor incesante de las aguas, a las que no se alcanza a ver con los ojos. A trechos forma el camino unos pequeños ensanches, lo preciso pa... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | El diamante de Villasola | Cuento | A mis compatriotas de tertulia
Más de veinte años hacía que faltaba Redondo de su patria, es decir, de la tertulia en que transcurrieron las mejores horas, las únicas que de veras vivió, de su juventud larga. Porque para Redondo, la patria no era ni la nación, ni la región, ni la provincia, ni aun la ciudad en que hab... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | El dios Pavor | Cuento | Después de cavilar muy poco he rechazado el uso que emplea la voz galicana revancha, y me atengo al abuso, quiero decir, al purismo que nos manda decir desquite. Que nadie me lo tenga en cuenta.
Esto del desquite es de una actualidad feroz, ahora que todos estamos picados de internacionalismo belicoso.
* * *
Luis era... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | El espejo de la muerte | Cuento | El maestro de Villasola era perspicacísimo y entusiasta como pocos por su arte; así es que tan luego como entrevió en el muchacho una inteligencia compacta y clara, sintió el gozo de un lapidario a quien se le viene a las manos hermoso diamante en bruto.
¡Aquel sí que era ejemplar para sus ensayos y para poner a prueba... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | El gran Duque-Pastor | Cuento | Los mendrugos y el pucherito de limosna que Justina arrancaba a la piedad pública, los comían sus padres mascando con ellos el aire nauseabundo del covacho en que vivían. La cama estaba siempre rota y sucia, el hogar siempre apagado y sobre él la botella de aguardiente.
Madre e hija se dormían abrazadas de brazos y pie... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | El lego Juan | Cuento | Historia muy vulgar
¡La pobre! Era una languidez traidora que iba ganándole el cuerpo todo de día en día. Ni le quedaban ganas para cosa alguna: vivía sin apetito de vivir y casi por deber. Por las mañanas costábale levantarse de la cama, ¡a ella, que se había levantado siempre para poder ver salir el sol! Las faenas d... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | El maestro de Carrasqueda | Cuento | Narraciones siderianas
Era gran día en «El Arca», de Sideria. Se celebraba la gran fiesta apocalíptica, el cumplimiento de abracadabrantes profecías.
Se trataba nada menos que de coronar al gran duque de Monchinia, al ínclito don Tiberio.
Conviene que sepa el lector que la ciudad ducal de Sideria pertenecía al antiquí... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | El misterio de iniquidad | Cuento | Eran tan extrañas las penitencias que se contaban de aquel pobre lego, y tan penetrantes las palabras de mansedumbre que dirigía al pueblo cuando iba mendigando de puerta en puerta, que ardíamos en deseos de conocer algo de su vida pasada, sobre la que corrían mil consejas entre las comadres.
«No hay que irritar al col... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | El misterio inicial de mi vida | Cuento | -Discurrid con el corazón, hijos míos, que ve muy claro, aunque no muy lejos. Te llaman a atajar una riña de un pueblo, a evitarle un montón de sangre, y oyes en el camino las voces de angustia de un niño caído en un pozo: ¿le dejarás que se ahogue? ¿Le dirás: «No puedo pararme, pobre niño; me espera todo un pueblo al ... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | El padrino Antonio | Cuento | (o sea, los Pérez y los López)
Juan pertenecía a la familia Pérez, rica y liberal desde los tiempos de Álvarez Mendizábal. Desde muy niño había oído hablar de los carlistas con encono mal contenido. Se los imaginaba bichos raros, y tenía de ellos una idea del mismo género a que pertenece la vulgar del judío. Gente tac... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | El poema vivo del amor | Cuento | Nunca lograré olvidar, ni aunque lo quisiera, lo que podría llamar con toda propiedad el horizonte terrestre de mi historia íntima, de la biografía de mi alma. Todo lo anterior a este recuerdo, todo lo de más allá de él, es para mí como un remoto velaje que allende ese horizonte forma el fondo insondable, infinito, de ... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | El que se enterró | Cuento | ¿Qué drama íntimo de amor había vivido Antonio en su mocedad? No aludía a ello nunca aquel cincuentón casamentero que, mientras aconsejaba a los muchachos y muchachas que se casaran, repetía que él, por su parte, no había sido hecho por Dios para casado. «Nací demasiado tarde», era su explicación a su estado. Sólo un p... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | El secreto de un sino | Cuento | Un atardecer de primavera vi en el campo a un ciego conducido por una doncella que difundía en torno de sí nimbo de reposo. Era la frente de la moza trasunto del cielo limpio de nubes; de sus ojos fluía, como de manantial, una mirada sedante, que al diluirse en las formas del contorno las bañaba en preñado sosiego; su ... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | El semejante | Cuento | Era extraordinario el cambio de carácter que sufrió mi amigo. El joven oficial, dicharachero y descuidado habíase convertido en un hombre tristón, taciturno y escrupuloso. Sus momentos de abstracción eran frecuentes y durante ellos parecía como si su espíritu viajase por caminos de otro mundo. Uno de nuestros amigos, l... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | El sencillo don Rafael | Cuento | (Apólogo)
Difícil es que haya nacido hombre más bueno que nació Noguera. Pero, desde muy joven, una al parecer misteriosa fatalidad empezó a envenenarle el corazón. De nada servía que él se mostrase confiado, abierto, cariñoso; todos le rechazaban, todos huían de su lado. Observó que, con uno u otro pretexto, evitaban ... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | En manos de la cocinera | Cuento | Como todos huían de Celestino el tonto, tomándolo, cuando más, de dominguillo con que divertirse, el pobrecito evitaba a la gente paseándose solo por el campo solitario, sumido en lo que le rodeaba, asistiendo sin conciencia de sí al desfile de cuanto se le ponía por delante. Celestino el tonto sí que vivía dentro del ... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | Historia de V. Goti | Cuento | Cazador y tresillista
Sentía resbalar las horas, hueras, aéreas, deslizándose sobre el recuerdo muerto de aquel amor de antaño. Muy lejos, detrás de él, dos ojos ya sin brillo entre nieblas. Y un eco vago, como el del mar que se rompe tras la montaña, de palabras olvidadas. Y allá, por debajo del corazón, susurro de ag... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | Juan Manso | Cuento | ¡Gracias a Dios que iba, por fin, a concluírsele aquella vacua existencia de soltero y a entrar en una nueva vida, o más bien entrar en vida de veras! Porque el pobre Vicente no podía ya tolerar más tiempo su soledad. Desde que se le murió la madre vivía solo, con su criada. Esta, la criada, le cuidaba bien; era lista,... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | La beca | Cuento | -Y bien, ¿qué? -le preguntaba Augusto a Víctor-, ¿cómo habéis recibido al intruso?
-¡Ah, nunca lo hubiese creído, nunca! Todavía la víspera de nacer, nuestra irritación era grandísima. Y mientras estaba pugnando por venir al mundo, no sabes bien los insultos que me lanzaba mi Elena. «¡Tú, tú tienes la culpa!», me decía... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | La bienaventuranza de don Quijote | Cuento | Cuento de muertos
Y va de cuento.
Era Juan Manso en esta pícara tierra un bendito de Dios, una mosquita muerta que en su vida rompió un plato. De niño cuando jugaban al burro sus compañeros, de burro hacia él; más tarde fue el confidente de los amoríos de sus camaradas, y cuando llegó a hombre hecho y derecho le saluda... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | La locura del doctor Montarco | Cuento | «Vuelva usted otro día…». «¡Veremos!». «Lo tendré en cuenta». «Anda tan mal esto…». «Son ustedes tantos…». «¡Ha llegado usted tarde y es lástima!». Con frases así se veía siempre despedido don Agustín, cesante perpetuo. Y no sabía imponerse ni importunar, aunque hubiese oído mil veces aquello de: «Pobre porfiado saca m... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | La manchita de la uña | Cuento | «Hallose el escribano presente, y dijo que nunca había leído en ningún libro de caballerías que algún caballero andante hubiese muerto en su lecho tan sosegadamente y tan cristiano como don Quijote; el cual, entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu; quiero decir que murió». Así nos lo c... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | La revolución de la Biblioteca de Ciudámuerta | Cuento | Conocí al Dr. Montarco no bien hubo llegado a la ciudad; un secreto tiro me llevó a él. Atraían, desde luego, su facha y su cara, por lo abiertas y sencillas que eran. Era un hombre alto, rubio, fornido, de movimientos rápidos. A la hora de tratar a uno hacíale su amigo, porque si no habría de hacérselo no dejaba que e... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | La sangre de Aitor | Cuento | Procopio abrigaba lo que se podría llamar la superstición de las supersticiones, o sea la de no tenerlas. El mundo le parecía un misterio, aunque de insignificancia. Es decir, que nada quiere decir nada. El sentido de las cosas es una invención del hombre, supersticioso por naturaleza. Toda la filosofía -y para Procopi... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | La sombra sin cuerpo | Cuento | Había en la biblioteca pública de Ciudámuerta dos bibliotecarios que, como apenas tenían nada qué hacer, se pasaban el tiempo discutiendo si los libros debían estar ordenados por materias de que tratasen o por las lenguas en que estuviesen escritos. Y al cabo de mucho bregar vinieron a ponerse de acuerdo en ordenarlos ... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | La venda | Cuento | De la más pura sangre de Aitor había nacido Lope de Zabalarestista, Goicoerrotaeche, Arana y Aguirre, sin gota de sangre de moros, ni de judíos, ni de godos, ni de maquetos. Apoyaba su orgullo en esta nobleza tan casual y tan barata.
Lope, aunque lo ocultó y hasta negó durante mucho tiempo, nació, creció, y vivió en Bi... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | Las peregrinaciones de Turismundo | Cuento | Fragmento de una novela en preparación
El misterio fiel suicidio de mi padre me atormentaba, como os he dicho, de continuo. En él se encerraba para mí el misterio de mi propia vida y hasta de mi existencia. «¿Por qué y para qué había venido yo al mundo?». Tal era la pregunta que me dirigía a mí mismo de continuo. Y si ... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | «Las tijeras» | Cuento | Y vio de pronto nuestro hombre venir una mujer despavorida, como un pájaro herido, tropezando a cada paso, con los grandes ojos preñados de espanto que parecían mirar al vacío y con los brazos extendidos. Se detenía, miraba a todas partes aterrada, como un náufrago en medio del océano, daba unos pasos y se volvía, torn... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | Las tribulaciones de Susín | Cuento | La ciudad de Espeja
Cuando ya el pobre Turismundo se creía en el páramo inacabable, a morir de hambre, de sed y de sueño al pie de un berrueco, al tropezar en un tocón vio a lo lejos, derretidas en el horizonte, las torres de una ciudad. Brotó sobre ellas, como una inmensa peonía que revienta, el Sol, y la ciudad cent... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | Los hijos espirituales | Cuento | Todas las noches, de nueve a once, se reunían en un rinconcito del café de Occidente dos viejos a quienes los parroquianos llamaban «Las tijeras». Allí mismo se habían conocido, y lo poco que sabían uno del otro era esto:
Don Francisco era soltero, jubilado; vivía solo con una criada vieja y un perrito de lanas muy gol... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | Mecanópolis | Cuento | La fresca hermosura del cielo que envolvía árboles verdes y pájaros cantores alegraba a Susín, entretenido en construir fortificaciones con arcilla, mientras la niñera, haciendo muchos gestos, reía las bromas de un asistente.
Susín se levantó del suelo en que estaba sentado, se limpió en el trajecito nuevo las manos em... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | Nerón tiple o el calvario de un inglés | Cuento | ¡Con qué mezcla de amargor y de dulzura recordaba Federico los comienzos de su vida de escritor, cuando vivía con su madre, los dos solos! ¡Pobre madre! ¡Con qué emoción, con qué fe seguía la carrera literaria de su hijo! Tenía en el triunfo de éste mucha más confianza que él mismo. «Llegarás, hijo, llegarás», le decía... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | ¿Por qué ser así? | Cuento | Leyendo en Erewhon, de Samuel Butler, lo que nos dice de aquel erewhoniano que escribió el «Libro de las máquinas», consiguiendo con él que se desterrasen casi todas de su país, hame venido a la memoria el relato del viaje que hizo un amigo mío a Mecanópolis, la ciudad de las máquinas. Cuando me lo contó temblaba todav... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | Ramón Nonnato, suicida | Cuento | El pobre primo había pasado una noche horrorosa; se encontraba mal, muy mal, no tenía con qué responder a ciertas cuentecillas; es decir, como tener, sí, tenía; pero repartido entre deudores.
El pobre cordero se armó de valor, se encasquetó el sombrero, soltó un terno y salió a por lo suyo.
Iba componiendo la tremenda ... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | Redondo, el contertulio | Cuento | Era terrible, verdaderamente terrible. Si aquello se prolongaba no respondería de sí mismo. «Pero ¡Dios mío! -se decía-, ¿por qué soy así? ¿Por qué soy como soy? Todo se me vuelven propósitos de energía que se me disipan en nieblas así que afronto la realidad».
Desde niño había guardado el pobre José sus indomables res... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | Robleda, el actor | Cuento | Cuando harto de llamar a la puerta de su cuarto, entró, forzándola, el criado, encontrose a su amo lívido y frío en la cama, con un hilo de sangre que le destilaba de la sien derecha, y junto a él, aquel retrato de mujer que traía constantemente consigo, casi como un amuleto, y en cuya contemplación se pasaba tantas ho... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | San Manuel Bueno, mártir | Novela corta | Más de veinte años hacía que faltaba Redondo de su patria, es decir, de la tertulia en que transcurrieron las mejores horas, las únicas que de veras vivió, de su juventud larga. Porque para Redondo la patria no era ni la nación, ni la región, ni la provincia, ni aun la ciudad en que había nacido, criádose y vivido; la ... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | San Miguel de Basauri en el arenal de Bilbao | Cuento | Aquel actor, Octavio Robleda, desconcertaba al público. No había podido aprendérselo. En cada nuevo papel se esperaba una sorpresa de su parte. «Llena la escena -había escrito un crítico-. Y, sin embargo, parece que está ausente de ella, que está fuera del teatro». Veíasele -en efecto- profundamente absorto en los pers... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | Soledad | Cuento | Si solo en esta vida esperamos en Cristo,
somos los más miserables de los hombres todos.
-San Pablo, I Corintios XV, 19
Ahora que el obispo de la diócesis de Renada, a la que pertenece esta mi querida aldea de Valverde de Lucerna, anda, a lo que se dice, promoviendo el proceso para la beatificación de nuestro Don Manu... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | «Solitaña» | Cuento | Nada más grato que recordar las bulliciosas fiestas de los tiempos ingratos para nuestra villa; nada más saludable que evocar la memoria de los raudales de alegría que desbordaban entonces del vigor del alma bilbaína. Los hombres y los pueblos valerosos son los hombres y los pueblos verdaderamente alegres: la tristeza ... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | Sueño | Cuento | Soledad nació de la muerte de su madre: ya Leopardi cantó que es riesgo de muerte el nacimiento,
nasce l’uomo a fatica,
ed è rischio di morte il nascimento,
riesgo de muerte para el que nace, riesgo de muerte para quien le da el ser.
La pobre Amparo, la madre de Soledad, había llevado en sus cinco años de casada una vi... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | Un caso de longevidad | Cuento | Canto infantil bilbaíno
Érase en Artecalle, en Tendería o en otra cualquiera de las siete calles, una tiendecita para aldeanos, a cuya puerta paraban muchas veces las zamudianas con sus burros. El cuchitril daba a la angosta portada y costreñía el acceso a la casa un banquillo lleno de piezas de tela, paños rojos, azul... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | Una rectificación de honor | Cuento | Cuando conocí a don Hilario no era ya nadie ni hacía nada, resultando un sujeto de los más borrosos y comunes a pesar de su fama de raro. Mas aun así y todo tuve la fortuna de presenciar una de sus explosiones, una erupción de sus honduras espirituales, y oírle contar sus desventuras con aquella voz gangosa y lenta y a... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | Una visita al viejo poeta | Cuento | Amigo lector: Habrás oído alguna vez decir, y sí no lo oyes ahora, aquello de: «Es como Gómez Cid, que ganaba su suelo después de muerto». Pues bien, voy a contarte el origen de dicho decidero.
Don Anastasio Gómez Cid fue durante muchos años catedrático de Psicología, Lógica y Ética en el Instituto de Renada. Había sid... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | Ver con los ojos | Cuento | Narraciones siderianas
-¡Un caballero no debe, no puede tolerar tal ultraje!
Al oír lo de caballero, Anastasio inclinó la cabeza sobre el pecho para olfatear la rosa que llevaba en el ojal de la solapa y dijo sonriendo:
-Yo aplastaré a ese reptil… ¡Mozo!
Para pagar a éste sacó del bolsillo un duro y con él dos piezas ... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | ¡Viva la introyección! | Cuento | En el nutrido sosiego que venía a posarse plácido desde el cielo radiante, iba a fundirse la resignada calma que de su seno exhalaba la vieja ciudad, dormida en perezosa siesta. Me sumí en las desiertas callejuelas que a la Colegiata ciñen, y en una de ellas, donde me habían dicho que habitaba el viejo poeta, de tan la... |
Unamuno, Miguel de | España | 1864-1936 | Y va de cuento | Cuento | Era un domingo de verano; domingo tras una semana laboriosa, verano como corona de un invierno duro.
El campo estaba sobre fondo verde vestido de florecicas rojas, y el día convidando a tenderse en mangas de camisa a la sombra de alguna encina y besar al cielo cerrando los ojos. Los muchachos reían y cuchicheaban bajo ... |
Updike, John | Estados Unidos | 1932-2009 | A&P | Cuento | «Lo que nos hace falta, españoles, es la introyección, el más preciado, el más fecundo, el más santo de los derechos humanos. ¿Cómo podemos vivir sin él? Sin la libertad de introyección, todas las demás libertades nos resultarán baldías y hasta dañosas. Dañosas, sí, porque hay libertades que, faltando otras que las com... |
Updike, John | Estados Unidos | 1932-2009 | Confía en mí | Cuento | A Miguel, el héroe de mi cuento, habíanle pedido uno. ¿Héroe? ¡Héroe, sí! ¿Y por qué? -preguntará el lector-. Pues primero, porque casi todos los protagonistas de los cuentos y de los poemas deber ser héroes, y ello por definición. ¿Por definición? ¡Sí! Y si no, veámoslo.
P.- ¿Qué es un héroe?
R.- Uno que da ocasión a ... |
Updike, John | Estados Unidos | 1932-2009 | El mañana y el mañana y el etcétera | Cuento | Entran esas tres chicas con nada más que el traje de baño puesto. Yo estoy en la tercera caja, de espaldas a la puerta, de modo que no las veo hasta que están junto al pan. La que primero me llamó la atención fue la del bikini verde a cuadros. Era una chica llenita, muy morena y con nalgas grandes y encantadoras, de as... |
Updike, John | Estados Unidos | 1932-2009 | Hojas | Cuento | Cuando Harold tenía tres o cuatro años, su padre y su madre lo llevaron a una piscina. Algo extraño, pues su familia raras veces iba a alguna parte, salvo al cine situado a dos manzanas de su casa. Después de aquel día desdichado, Harold no recordaba haber vuelto a ver a sus padres en traje de baño. Esto era lo que rec... |
Updike, John | Estados Unidos | 1932-2009 | La piscina huérfana | Cuento | Amontonándose, empujándose, platicando, el grupo 11D empezó a entrar en el Aula 109. Por el tipo de excitación de sus alumnos, Mark Prosser supuso que iba a llover. Llevaba tres años de dar clases en secundaria, y sus alumnos todavía seguían impresionándolo: eran unos animales tan sensibles, reaccionaban de una manera ... |
Updike, John | Estados Unidos | 1932-2009 | Los caimanes | Cuento | Desde mi ventana, las hojas de la vid poseen una extraña belleza. “Extraña” porque me parece raro que las cosas sean bellas —después de la prolongada oscuridad de introspección, miedo y vergüenza en que he estado viviendo—, que al margen de nuestras catástrofes conserven la precisión casual, la fácil abundancia de “efe... |
Updike, John | Estados Unidos | 1932-2009 | Pigmalión | Cuento | Los matrimonios, lo mismo que los compuestos químicos, sueltan, al disolverse, cantidades de energías encerradas en su unión. Hay el piano que nadie quiere, el cocker spaniel del que nadie desea cuidar. De repente, estanterías repletas de libros resulta que contienen obras de fechas muy pasadas y que difícilmente serán... |
Uslar Pietri, Arturo | Venezuela | 1906-2001 | Barrabás | Cuento | Joan Edison llegó de Maryland en marzo, a mitad del quinto grado. Su rostro era delgado y su expresión correspondía a la de una persona mayor. Tenía pestañas negras y largas como las de una muñeca. Todos la odiaban. Aquel mes la profesora Fritz estaba dando como tema la historia de Emmy, una niña muy mimada que siempre... |
Uslar Pietri, Arturo | Venezuela | 1906-2001 | Cuando yo sea grande | Cuento | Lo que más le gustaba de su primera esposa eran sus dotes de imitadora; después de una fiesta, dada por ellos o por otra pareja, ella imitaba para él lo que habían visto, las caras, las voces, torciendo su linda boca en pequeñas contorsiones que evocaban, durante un sorprendente instante, la presencia de un amigo ausen... |
Uslar Pietri, Arturo | Venezuela | 1906-2001 | El baile del conde de Orgaz | Cuento | Su linaje venía de Bethábara, en el país de los Gadarenos.
Tenía las barbas negras y pobladas como una lluvia, bajo unos ojos ingenuos de animal, y entre los nombres innumerables el suyo era Barrabás.
Conocía los libros sagrados, era caritativo y respetuoso, guardaba el sábado y sabía que Jehová era terrible y poseía u... |
Uslar Pietri, Arturo | Venezuela | 1906-2001 | El baile del tambor | Cuento | —Tú no eres papá mío, se lo dije, tú no eres papá mío para que me pegues. ¿Tú sabes lo que tú eres?
Hablaba entre dientes, con voz pareja, comiéndose las palabras, con la cabeza metida en el pecho, mirando hacia el suelo, hacia los torcidos zapatos grises llenos de mapas y paisajes de polvo y barro.
—Se lo dije.
El ven... |
Uslar Pietri, Arturo | Venezuela | 1906-2001 | El camino desandado | Cuento | Me imagino que fue un sabio malvado, conspirador de sótano, de barba y santo y seña, quien inventó esa máquina infernal, que llaman daguerrotipo. Más adelante veréis por qué. La casa toda estaba como descrita en un folletón de misterio. Tenía la poesía de que había de llegar un fiacre que dejaría huellas en la arcilla.... |
Uslar Pietri, Arturo | Venezuela | 1906-2001 | El enemigo | Cuento | Lo tiraron sobre los ladrillos del calabozo y cerraron la puerta. Todo estaba oscuro. Los ladrillos estaban frescos y sentía como un alivio de estar tendido sobre ellos. De estar tranquilo y quieto. De dejarse resbalar al sueño sin sobresalto.
Los pesados pasos del comisario se alejaban. Eran los pasos de Ño Gaspar, aq... |
Uslar Pietri, Arturo | Venezuela | 1906-2001 | El fuego fatuo | Cuento | Me habían aconsejado no ir solo y de tarde por esos campos. Partidas de soldados del Gobierno recorrían los caminos, entraban en los caseríos y en las casas aisladas, en busca del Comandante. En una de sus frecuentes invasiones el Comandante había llegado por allí. Había tomado el pueblo cabecera del Distrito, había en... |
Uslar Pietri, Arturo | Venezuela | 1906-2001 | El gallo | Cuento | El sargento avanzaba por el camino de ronda, sobre la muralla que caía a pico en el mar. Cada vez que estallaba la ola en los estribos del muro, subía hasta él, con el sordo rumor de aquel golpear profundo, el penetrante vaho salitroso que parecía empañar el cristal puro de la mañana.
La inmensidad del mar se extendía ... |
Uslar Pietri, Arturo | Venezuela | 1906-2001 | El milagro | Cuento | Viva de grillos, la noche hace delirar el campo. Late el agua. Dos o tres estrellas parpadean. Los ladridos huyen de los perros. La vereda viene como vena, culebreando, pasa junto al rancho y continúa desovillándose en la noche. Por la puerta, humo y luz de cocina salen a hacer fantasmas.
La más vieja, removiendo la ol... |
Uslar Pietri, Arturo | Venezuela | 1906-2001 | El novillo amarrado al botalón | Cuento | —¡Guá! Ese como que es José Gabino —dijeron las gentes al mirarlo en el recodo.
—Sí, es. Mírenle el sombrero. Mírenle el modo de andar.
José Gabino, con su sombrero negro, polvoriento y deshecho, con su nariz roja, con el lío de trapos atado al palo sobre el hombro, oyó las voces que lo alcanzaban. No volvió la cabeza.... |
Subsets and Splits
No community queries yet
The top public SQL queries from the community will appear here once available.