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estrecho lugar de víctimas que les ha sido otorgado cede paso al de
sobrevivientes, resistentes y resilientes. Gracias a sus resistencias,
entre otras, el mundo rural no ha sido completamente “descampesinizado”, subsumido bajo los paisajes económicos, políticos y
culturales impuestos a través de la violencia.
La experiencia de El Castillo ha demostrado que desplazamiento, arrasamiento y resistencia no son conceptos antagónicos, sino
que son extremos dialécticos, cuya interdependencia es fundamental para entender que el potencial arrasador del desplazamiento
forzado depende en alta medida de la capacidad o incapacidad de
una comunidad y de la sociedad para desplegar mecanismos de
afrontamiento y resistencia.
Por esta razón, aun cuando este capítulo se concentra en el
enorme repertorio de mecanismos desplegados por individuos,
familias y comunidades para enfrentar los cambios impuestos de
manera violenta junto con el desplazamiento forzado, adaptarse a
nuevos entornos y resistir, se debe advertir que las familias, comunidades e individuos que sufrieron el desplazamiento, o quienes
tuvieron que sobrellevar la violencia en el municipio, todavía se
enfrentan a enormes dificultades y vincularse a escenarios para
la exigibilidad de sus derechos. Todos ellos, en suma, reflejan el
efecto arrasador del desplazamiento forzado.
Lugares como El Castillo donde decenas veredas quedaron
vacías, y algunas de sus comunidades fueron profundamente
desestructuradas, evidencian una expresión inequívoca de la resistencia para no desaparecer irremediablemente como comunidad.
De manera simultánea a la desestructuración violenta han surgido
mecanismos familiares, comunitarios, organizativos e individuales
para afrontar los daños y las rupturas que han dejado el conflicto
armado, la violencia sociopolítica y el desplazamiento forzado. En
la emergencia de estos mecanismos se han entrelazado de manera
permanente las personas expulsadas y quienes permanecen en el
territorio.
En este sentido, para entender cómo se construyen y funcionan los mecanismos de afrontamiento y las resistencias, es ineludible reconstruir la memoria de quienes han salido del territorio
y quienes han permanecido en él aun a pesar de la desolación, el
silencio y el conflicto armado. Sus voces y presencias son tanto la
constatación de los vínculos que fueron desestructurados como la
esperanza de articular, física y simbólicamente, a quienes no pueden habitar hoy el territorio. En más de tres décadas de violencia,
todos ellos han diseñado y movilizado recursos simbólicos, individuales y colectivos para recordar, reconstruir, resignificar, resistir,
exigir justicia, verdad y reparación y hacer frente al arrasamiento. El largo proceso de violencia ha hecho que las estrategias para
enfrentarla hagan parte de la lucha cotidiana. “Nos la hemos pasado corriendo de la guerra de un lado para otro”; “estoy en la lucha
hasta que mi Dios me tenga con vida”, exclaman con vehemencia
mujeres desplazadas de El Castillo que hoy viven en Villavicencio y
quienes rememoran cómo los mecanismos de afrontamiento han
variado según los recursos de poder con que cuentan las comunidades, la tradición organizativa y el grado de cohesión social.
Es así como en el caso de las víctimas de la zona rural, sobre
todo de las veredas que sufrieron vaciamiento, se evidencia un
amplio repertorio de mecanismos de afrontamiento ligados a la
organización política y comunitaria que intentan trasladarse a los
lugares de llegada, con rasgos heredados de la tradición organizativa del PCC (Partido Comunista Colombiano) y posteriormente
de la UP (Unión Patriótica).
Y tanto las víctimas de la zona rural como del casco urbano y
los centros poblados han desarrollado una enorme capacidad de
articular estratégicamente los recursos sociales, familiares e individuales para afrontar el duelo, perdonar, alcanzar la reconciliación, denunciar e impedir que el país olvide lo que pasó. Así se
refleja en la gran cantidad de monumentos, símbolos, ofrendas,
placas conmemorativas, bustos, acciones de movilización, homenajes, celebraciones, conmemoraciones, actos litúrgicos, pronunciamientos, peregrinaciones y recorridos de la memoria, algunos
de los cuales se explorarán en el presente capítulo. 5.1. El desplazamiento como mecanismo de afrontamiento ¿Cómo un hecho victimizante puede ser al mismo tiempo un
mecanismo de afrontamiento? En Colombia el desplazamiento no
solo se ha convertido en el arma del victimario para controlar el
territorio, la población, los bienes naturales o ganar posiciones estratégicas frente al adversario armado sino que, en determinados
contextos de violencia social, política y económica, la trashumancia se ha tenido que convertir en el recurso de miles de familias para sobrevivir (Pécaut, 2001). Una estrategia que, en el caso de
las personas de El Castillo, se remonta a la época de la colonización del territorio. Nosotros estábamos muy aburridos allá por la situación, entonces nos vinimos pa’ acá (sic). Acá la gente nos colaboró; tenían qué
comer, había, plátano, yuca y todo eso, en cambio allá no se conseguía nada, y nos vinimos pero hace harto ya (CNMH, entrevista
con abuela, Villavicencio, 2012). Tras estos primeros desplazamientos se fueron adaptando estrategias colectivas de afianzamiento para reducir los impactos
traumáticos del desarraigo. De esta manera a través de la organización, la solidaridad y los lazos de compadrazgo, se fueron consolidando redes comunitarias en todo el Alto Ariari, que hacían de
la llegada a los nuevos lugares una experiencia menos desoladora. [En el Ariari] eso era buena comida, la gente era muy unida,
eso llegaba uno y le colaboraban, le daban comida, plátano, así
pa’ (sic) que lleve uno y coma porque uno recién llegado ¿de dónde tiene? (CNMH, entrevista con abuela, Villavicencio, 2012). Mientras uno se fundaba, la gente ayudaba. La comidita no
faltó. Uno dejaba la familia en un lado, mientras se subía a tumbar
monte (CNMH, entrevista con abuelo, Villavicencio, 2012). De esta forma durante la colonización del Alto Ariari, junto a
las que podrían denominarse solidaridades originarias, se fueron
tejiendo densas redes de capital social, que posteriormente, en los
años del desplazamiento silencioso y del desplazamiento “duro”, se
convirtieron en un recurso de poder fundamental para afrontar el
conflicto armado, la violencia sociopolítica y el vaciamiento. 5.2. Escenarios de acción colectiva contra el
arrasamiento Tras el vaciamiento se puso en juego el potencial resiliente tanto de los sistemas organizativos construidos por las comunidades
como de otros escenarios de acción colectiva, que se convirtieron
en herramientas de protección y supervivencia.
En El Castillo, sobre todo en la zona rural, pero no de manera exclusiva ahí, su historia político-organizativa contribuyó en
la acumulación de recursos de poder colectivo que permitieron
contener los efectos del arrasamiento. La trama organizativa que
se creó a lo largo de varias décadas y que involucró a niños, niñas,
jóvenes, mujeres y hombres, explica en parte el gran repertorio de
mecanismos de afrontamiento con el que hoy cuentan las familias
y la comunidad.
Organizaciones sindicales, juntas de acción comunal, cooperativas, comunidades religiosas, organizaciones de derechos humanos, apoyados por otros actores nacionales e internacionales, han
creado múltiples espacios de participación comunitaria que configuran una compleja red organizativa, a la que han podido apelar
las familias e individuos.
Su contribución ha sido diversa. Desde el apoyo emocional basado en las relaciones de confianza, la emergencia y activación de
nuevas redes de solidaridad en los lugares de llegada, el apoyo en
la búsqueda de recursos materiales para la supervivencia, hasta
la realización de acciones colectivas orientada a la defensa de los
derechos y la protección del territorio.
Las mujeres hicieron especial referencia al legado organizativo
y lo que este ha significado en sus vidas a la hora de hacer frente a
las adversidades derivadas del desplazamiento forzado. Las redes
sociales, la solidaridad y los valores comunitarios se convirtieron
en factores protectores no solo frente a la violencia y al desplazamiento forzado, sino frente a otra serie de amenazas cotidianas no
ligadas necesariamente al conflicto armado. Cuando nosotros vivíamos en Medellín del Ariari, en Puerto
Esperanza específicamente, recuerdo que toda la gente de la región era organizada, el rol de las mujeres era muy importante (…)
En cada vereda se creaban comités femeninos (…) y cuando se
enfermaba alguna mujer de las que hacían parte del comité, delegaban a una o dos personas para que se hicieran visitas, entonces
eso era muy valioso (CNMH, mujer adulta, taller de construcción
de memoria, Villavicencio, 2012). Rescatando este legado, algunas de las mujeres que integraron
los comités femeninos siguen en la lucha por reactivar la Unión de