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épocas romana y medieval, pero son escasas las experiencias relativas a paisajes agrarios anteriores (afortunadamente, cada vez menos escasas, un buen ejemplo es Orejas (coord.) 2006). Para el caso de la Edad del Hierro del noroeste, hace unos años el desarrollo de actuaciones de seguimiento y control de obras públicas en Galicia posibilitó documentar de forma directa una serie de ejemplos puntuales de posibles estructuras agrarias en la periferia o proximidad de algunos castros. La lectura arqueológica de este conjunto de evidencias permitió una publicación de las mismas a partir de su interpretación estratigráfica (Parcero-Oubiña 1999) y de la combinación de ésta con un análisis contextual de su localización (Parcero-Oubiña 2006). En este trabajo aportamos un nuevo nivel de significación, que viene dado por la disponibilidad de resultados de analíticas realizadas sobre muestras tomadas en algunas de estas estructuras, y que permiten ofrecer una caracterización más detallada de las mismas desde una perspectiva paleoambiental hasta ahora no explorada. CASO DE TRABAJO: CASTRO DE FOLLENTE (CALDAS DE REIS, PONTEVEDRA) El castro de Follente se localiza cerca del núcleo de Caldas de Reis, en las estribaciones finales de Monte Xiabre, en un pequeño outeiro que destaca sobre las tierras bajas del valle del Umia (Fig. 1). Es un castro relativamente extenso para lo habitual en este área, aunque dentro de valores medios: tomando la totalidad de sus estructuras visibles e incluyendo las identificadas en su periferia, ocupa aproximadamente unas 3,2 Has (Parcero-Oubiña 2006). Su estructura es relativamente compleja (Fig. 2). Para lo que nos ocupa ahora, lo más destacable es la sucesión de una serie de niveles aterrazados hacia el sur, ya fuera del perímetro de lo que pueden considerarse las estructuras defensivas visibles del poblado; algunos de ellos podrían ser naturales, con afloramientos visibles, pero otros son claramente artificiales. Resulta difícil identificar con precisión la fisonomía completa de este espacio, ya que la zona ha sido sometida a importantes cambios recientes, como la apertura de pistas forestales, la construcción de la autopista A-9 al oeste o, especialmente, los cambios en los usos del suelo y la intensa repoblación forestal. Esto ha generado un paisaje "disfrazado" en el que, sin embargo, ha sido posible documentar trazas evi-José Antonio López Sáez et al. dentes de un espacio agrario complejo, fuertemente artificializado y que, sin duda, debió destinarse a un laboreo intensivo. La construcción de la zanja del gasoducto Valga-Tui por las inmediaciones de este castro se remonta a 1997, fruto de la secuencia de decisiones derivadas de la necesidad de desviar el proyecto inicial, que lo atravesaba por su parte central (más detalles en Parcero-Oubiña 1999). Como resultado de este cambio, se evitó la afección sobre las estructuras visibles del sitio, pero se puso al descubierto una gran cantidad de elementos enterrados, casi todos ellos curiosamente en el área del trazado más alejada del castro, al sur y sureste: estructuras lineales, fosas, fosos y dos elementos posiblemente relacionados con prácticas agrarias. El conjunto de estructuras documentadas permite dibujar una imagen del poblado más extensa y compleja que la sugerida por sus estructuras defensivas, pues se han podido reconstruir una serie de espacios periféricos a lo que habría sido el área de habitación del poblado (aquella delimitada por las murallas y fosos visibles en superficie). Estos espacios incluyen al menos varios fosos y zanjas de delimitación adicionales y un espacio probablemente agrario al sur, compuesto por al menos un par de terrazas de cultivo y restos de un camino encajado que daría servicio a este sector (el registro detallado de estas estructuras y una propuesta de reconstrucción se encuentran en Parcero-Oubiña 1999, 2006). Una de las estructuras de ese espacio al sur es la que nos interesa ahora (1). Se localiza en la zona en la que el trazado atraviesa una pequeña vaguada ocupada por una sucesión de terrazas de cultivo hoy abandonadas y replantadas con eucaliptos. La estructura se define como una amplia zona de colmatación que se extiende por los perfiles de la zanja del gasoducto a lo largo de unos 50 m lineales. La profundidad media supera los 2 m, contando la totalidad del perfil. Mediante un trabajo de limpieza manual de estos perfiles se pudo identificar y documentar gráficamente una secuencia estratigráfica uniforme a lo largo de esos 50 m (Fig. 3). Esta secuencia está integrada por tres episodios esenciales. En la parte superior del perfil se localiza una profunda acumulación de, al menos, dos sedimentos, muy semejantes, ambos de tierra de grano grueso, con gravas, sin agregación ni estructura de suelo, que agrupamos como parte de un mismo proceso de colmatación. En ellos no se documentó material arqueológico alguno. Su origen parece relativamente reciente, y podría relacionarse con la deposición de amplias capas de tierra fruto de la intensificación del laboreo en una zona que debió estar dedicada al cultivo intensivo. Contribución a la caracterización de los espacios agrarios castreños: documentación y análisis palinológico... Esta acumulación cubre un segundo episodio compuesto por una estrecha banda de tierra más agregada, de menos de 50 cm de grosor, compuesta por material de grano fino pero sin estructura de suelo. Contiene pequeños fragmentos de cerámica castreña, todos ellos rodados y que no nos permiten ser más concretos en su adscripción. Hacia la parte superior aparecen algunas piedras. En el extremo Este de la estructura, este nivel se prolonga en una estrecha y homogénea línea de escombro que se compone sobre todo de piedras, tierra arcillosa y abundantes fragmentos de cerámica, esta vez sin rodar y muchos de los cuales unen entre sí. Parece claro que se trata de un derrumbe de algún tipo de construcción. Este episodio intermedio es el más interesante. En primer lugar porque contiene gran cantidad de material castreño, lo cual indica que se trata de un depósito antiguo, coetáneo con la ocupación del poblado. Su posible lectura, a partir del escaso grosor y poca agregación del material edáfico que lo compone, es que se trate de un antiguo suelo de cultivo al que el material cerámico ha llegado como parte de un proceso de abonado (la cerámica aparece muy fragmentada y rodada). La ausencia de estructuras claras, la fragmentación y rodamiento del material y los rasgos edafológicos del sedimento, que no es un suelo natural, apuntan a su posible origen como parte de un proceso de cultivo. Este suelo de cultivo se habría desarrollado sobre un episodio inferior que sí constituye un paleosuelo natural, preexistente a toda la secuencia que se desarrolla por encima. Este paleosuelo está compuesto por dos horizontes superiores (A1 y A2), no demasiado profundos, que dan paso directamente a la roca base descompuesta (saprolita). Contienen muy poco material arqueológico, siempre situado en la parte superior del horizonte más elevado (A1), justo en contacto con el horizonte central de la secuencia. Como forma de discernir el paleopaisaje y los rasgos paleoeconómicos que pueden inferirse del posible paleosuelo castreño, así como de la información paleoambiental del resto de niveles estudiados, se procedió a realizar un análisis polínico sobre una columna de muestras tomada en el perfil que acabamos de describir. La columna consta Las muestras 1 y 3 dan cuenta de un paisaje relativamente abierto, donde el porcentaje de árboles no supera el 40 %, siendo los carballos (Quercus robur tipo) el palinomorfo arbóreo mejor representado con un 10-20 %, y otros elementos arbóreos menores el aliso (Alnus), arce (Acer), avellano (Corylus), fresno (Fraxinus), chopo (Populus), sauce (Salix) y pino (Pinus sylvestris tipo). La flora arbustiva tampoco es muy importante, reflejando posiblemente esa situación de bosque abierto, ya que alcanza porcentajes de ca. Entre sus elementos más importantes se encuentran jaras (Cistus ladanifer), tojos (Ulex tipo) y brezos (Erica tipo). La flora herbácea en los espectros polínicos de las dos muestras del episodio inferior tiene porcentajes no lejanos de los árboles, siendo sus palinomorfos más representativos las gramíneas (Poaceae), así como otros elementos característicos de ambientes ruderalizados o, en general, antropizados (Behre 1981) caso de Aster tipo, Ci- tante desarrollo forestal, con porcentajes de árboles que alcanzan casi el 80 %. No obstante, estos datos tenemos que tomarlos con mucha cautela, pues en realidad tal desarrollo arbóreo obedece exclusivamente al progreso de los pinos que aquí superan el 40 %, mientras que el resto de palinomorfos arbóreos permanecen más o menos estables salvo el carballo que ve disminuir ligeramente sus porcentajes. Estos datos nos permitirían suponer cierta degradación del bosque climácico local, el carballal, y el desarrollo de pinares en zonas alejadas de la nuestra aunque en cualquier caso de una manera relativamente importante, pues el porcentaje de polen de pino es elevado, lo cual se explica fácilmente teniendo en cuenta el carácter anemófilo y la gran producción polínica de este taxón. No obstante, dado que sólo tenemos una muestra para este episodio, mayor precisión no es posible a tal respecto. La flora arbustiva se reduce igualmente, según denotan los porcentajes de brezos, jaras y tojos (que desaparecen), demostrando que la citada deforestación del carballal habría incluso alcanzado a las formaciones seriales propias de las etapas degradativas de éste, es decir a los brezales, jarales y tojales. Entre la flora herbácea se siguen confirmando los mismos elementos antes citados indicativos de paisajes antrópicos, de ambientes ruderalizados, a los que podría añadirse ahora un máximo para Brassicaceae y Cardueae. A diferencia del episodio inferior, ahora no encontramos indicio alguno de presión pastoral. En resumen, durante el episodio central el bosque climácico de la zona, el carballal, se habría deforestado aún más, lo mismo que la cobertura arbustiva acompañante, como consecuencia de una antropización continuada, especialmente mediada por la incidencia del fuego, sin que ahora tengamos constancia de actividades pastoriles. Finalmente, del episodio superior han sido tres las muestras estériles (9, 11 y 13) y dos las fértiles (10 y 12). Aunque puedan seguir sosteniéndose las causas antes descritas de esterilidad, la existencia ahora de importantes niveles de sedimentos de grano grueso, asociados a grava, podría implicar una esterilidad polínica por fenómenos de abrasión (López Sáez et al. 2003). En este episodio superior el bosque caducifolio se recupera, especialmente el carballo que llega a superar en la muestra 10 el 20 % y tiene ca. De la misma manera el avellano y el sauce igualmente prosperan, al igual que el aliso y la primera aparición del abedul, mientras que los pinos se reducen drásticamente. El porcentaje de arbustivas es bajo, no superior al 20 %, siendo importante ahora el desarrollo del tojo que alcanza el 8 %, y teniendo en cuenta su carácter zoófilo estos porcentajes indicarían fuerte incidencia local. Entre las herbáceas, no obstante, se siguen confirmando procesos antrópicos y palinomorfos indicativos de antropización semejantes a los citados con anterioridad, incluyendo ahora la única documentación en el palinograma de polen de cereal, en todo caso con porcentaje inferior al 3 %, que no nos permitiría confirmar su cultivo local aunque sí probablemente en un área no muy lejana a la zona de estudio (López Sáez y López Merino 2005). La abundancia ahora de Cyperaceae podría obedecer a una humedad ambiental y edáfica más elevada, que explicaría el desarrollo de estos pastos húmedos así como del amplio elenco de elementos arbóreos antes descrito, especialmente reseñable en el caso de especies versadas hacia el agua como aliso, abedul o sauce. No hay indicios de pastoralismo. La fuerte presencia en este episodio de Pseudoschizaea circula podría estar vinculada a procesos erosivos relacionados bien con el aumento de humedad bien con las actividades antrópicas (López Sáez et al. 2000). El análisis de la columna polínica realizada sobre el perfil de la estructura ha permitido obtener evidencias complementarias no sólo para caracterizarla, sino especialmente para reconocer una serie de transformaciones en el paisaje vegetal del área de Follente. Las posibles lecturas derivadas de la combinación de estos resultados con los trabajos anteriores de caracterización formal y estratigráfica de esta estructura (y del conjunto de otras evidencias documentadas en la zona) (Parcero-Oubiña 1999, 2006), encuentran dos importantes limitaciones que conviene señalar. La primera es el elevado número de muestras cuyo contenido polínico ha sido estéril, lo que hace que la secuencia que podemos presentar se reduzca a sólo 5 muestras; esta cuestión es todavía más acusada en el caso del episodio estratigráfico más interesante de la secuencia, el cen-tral, en el que sólo una de las muestras analizadas ha aportado información polínica. La segunda limitación viene dada por la ausencia de dataciones absolutas que se puedan vincular con la secuencia estratigráfica de la estructura. A partir de la documentación de materiales cerámicos en el episodio central hemos podido proponer con mucha confianza su adscripción a una Edad del Hierro probablemente tardía, tal vez incluso ya en época romana. Esto es así no sólo por el material documentado en esta estructura concreta, que aparece, como apuntamos, bastante fragmentado y rodado, como por el conjunto de materiales localizados en todo el entorno del castro, y sobre el que volveremos más adelante. Sin embargo, para los episodios inferior y superior no disponemos de evidencias que nos permitan aproximar una datación. Por ello, la secuencia de cambios ambientales que se puede derivar del análisis polínico es ante todo una secuencia relativa, comparable en cualquier caso con otros registros polínicos regionales. Ésta señala dos rasgos especialmente destacados para el episodio de más interés, el central. El primero es el incremento general de la presencia de polen arbóreo, especialmente de pinos, que apunta a la sustitución de un paisaje contextual predominantemente abierto por otro en el que las áreas arboladas ocupan una porción sustancial del espacio. En cualquier caso, esta asunción únicamente puede suponerse en un ámbito regional que no local, ya que en el área inmediata del yacimiento el bosque climácico, el carballal, se reduce como consecuencia de una dinámica antrópica continuada en el tiempo; dinámica ésta que acompaña incluso la desaparición progresiva del matorral mediante el uso del fuego como elemento deforestador. En principio, esto parece contrastar con la mayor parte de las secuencias polínicas disponibles hasta la fecha para la Edad del Hierro en Galicia (p.e. Esta singularidad debe matizarse a partir de cuatro cuestiones: Primero, la posibilidad de que la única muestra fértil de este episodio introduzca una cierta distorsión en la representatividad real de los resultados. De hecho, tal muestra refleja fielmente lo que ocurre en otros yacimientos gallegos de la misma cronología: deforestación asociada a procesos antrópicos. El hecho de que la única muestra fértil de nuestro estudio arroje porcentajes elevados de cobertura arbórea debe interpretarse únicamente como resultado del progreso de formaciones forestales alejadas, de pinares, que en buena lógica no habrían sufrido los avatares de la antropización producida en el entorno inmediato del castro. Sin embargo, el carballal local, el bosque predominante en el entorno del área estudiada, sí habría continuado deforestándose como consecuencia de la recurrencia de procesos de incendio ya documentados en el episodio inferior. En este sentido, resulta apropiado señalar aquí la importancia que tiene en los análisis polínicos discernir aquellos palinomorfos que han de interpretarse como elementos de la flora local frente a los que representan la vegetación regional (Janssen 1981); pues en el caso de los pinos, dado su carácter anemófilo, es normal que suelan estar sobrerrepresentados en los espectros polínicos, más cuando la apertura del paisaje, como acontece en el episodio central de Follente, habría facilitado su incorporación a los sedimentos. En la mayor parte de las secuencias polínicas procedentes de zonas montañosas gallegas, en las mismas fechas que en Follente, se asiste a un aumento porcentual de los pinares altimontanos (Ramil Rego 1993). Con más detalle, en la secuencia polínica analizada en el yacimiento de Alto do Castro, fechada antes de finales del siglo V a.C. (Cobas Fernández y Parcero-Oubiña 2006), en su episodio superior se aprecia una relativa recuperación del polen arbóreo, de la mano especialmente del pino. Segundo, el hecho de que la mayor parte de los procesos deforestadores más intensos suelen documentarse en contextos cronológicos más tempranos, de inicios de la Edad del Hierro. En yacimientos castreños de la provincia de Pontevedra, como los castros de Penalba (Campolameiro), Torroso (Mós) y Troña (Ponteareas), su análisis polínico (Aira Rodríguez et al. 1989; Aira Rodríguez y Saá Otero 1989) demuestra que la antropización del bosque climácico, el carballal, se produce en los primeros siglos del I milenio a.C. (Penalba, Torroso) o a mediados de éste (Troña). Contribución a la caracterización de los espacios agrarios castreños: documentación y análisis palinológico... desarrollo de formaciones arbustivas propias de las etapas seriales degradativas del bosque (brezales, tojales, jarales). Aunque sea únicamente como una aproximación relativa, es probable que el episodio inferior de Follente esté representando un período contemporáneo del marco cronológico antes citado. El hecho de que la cronología del episodio inferior estudiado no pueda ser precisada impide (hecho frecuente en los yacimientos arqueológicos, que se comportan aquí como "ventanas cronológicas cerradas", López Sáez et al. 2003) determinar con precisión la génesis del paleopaisaje del episodio central. En cualquier caso, los espectros polínicos de las muestras del episodio inferior ya dan cuenta de un paisaje cultural abierto y sometido a los influjos de la antropización, por lo que, tal y como antes se dijo, estos datos concuerdan con esos procesos deforestadores documentados en cronologías anteriores a las del episodio central y de alguna manera permiten contextualizar cierta continuidad en la dinámica antrópica entre ambos episodios inferior y central. Tercero, el hecho de que el incremento del polen arbóreo se produzca esencialmente a costa del de especies arbustivas, mucho más que de las herbáceas, cuyos porcentajes decrecen de forma mucho menor, apunta a una transformación del paisaje menos dramática, y cuyo principal rasgo habría sido antes la degradación del bosque climácico local que la simple expansión de las zonas arboladas. En cuarto y último lugar resulta necesario reflexionar sobre la circunstancia de la ausencia de polen de cereal precisamente en el episodio central, en estos contextos atribuidos a espacios agrarios, e incluso en la muestra inferior del episodio superior. Los cereales son mayoritariamente especies autógamas, autopolinizantes, y por regla general sus pólenes son excepcionalmente grandes (> 45 mm), lo que implica baja producción polínica y escasa capacidad dispersiva (López Sáez y López Merino 2005). Ante tales circunstancias, lo más frecuente es que los cereales estén infrarrepresentados en los espectros polínicos, sin que su ausencia haya de implicar imperativamente la inexistencia de cultivos. En este sentido, en el marco de los estudios arqueopaleopalinológicos existe el consenso de confirmar la práctica de actividades agrícolas, en el entorno inmediato de un yacimiento arqueológico, siempre y cuando el Rodríguez et al. 1990) documenta abundantes granos de cereal (Triticum, Panicum), demostrando la existencia, a partir al menos del siglo VI a.C. (aunque probablemente antes, ya que la cronología de ocupación del sitio es algo más antigua), de una importante agricultura cerealista en el yacimiento complementada con la recolección de bellotas. Algo semejante puede suponerse para el castro de Torroso donde también han documentado carporrestos de Triticum y de Hordeum (Dopazo et al. 1996). En resumen, la presencia de pólenes de cereal en la mayoría de los yacimientos hasta ahora citados, incluyendo entre ellos Follente, hace pensar que en todos ellos se practicó la agricultura del cereal -como básicamente demuestran los estudios carpológicos citados-, aunque dadas las particularidades tanto morfológicas como dispersivas de dicho palinomorfo éste no siempre es documentado polínicamente sin que ello suponga, como se ha visto, la inexistencia de actividades agrícolas. Igualmente importante es señalar el papel que tuvieron que jugar los incendios de origen antrópico en la conformación de dichos espacios castreños. Hasta fechas relativamente recientes, la diagnosis paleoambiental del fuego se realizaba indirectamente, y siempre de manera subjetiva, a partir de un descenso porcentual de la cobertura arbórea en los espectros polínicos y quizá también por cierta expansión de elementos pirófilos afines a zonas incendiadas caso de Cistus ladanifer o Asphodelus (López Sáez et al. 2003). Sin embargo, muy pocos son los estudios versados en la cuantificación de partículas de microcarbón como elementos definidores de la acción del fuego en contextos arqueológicos, donde la imposibilidad de una reconstrucción diacrónica completa de alguna manera dificulta la interpretación paleoecológica de tal registro. En este sentido, nuestro trabajo aporta la singularidad del estudio de microfósiles no polínicos realmente diagnósticos de la ocurrencia de incendios de origen antrópico en el pasado, en concreto de ascosporas de hongos carbonícolas del género Chaetomium, las cuales podrían venir asociadas a otros palinomorfos relacionados con procesos erosivos (Glomus cf. fasciculatum, Pseudoschizaea circula) derivados tanto de dichos incendios como de la deforestación (López Sáez et al. 1998, 2000). La identificación de Chaetomium en los espectros polínicos de Follente inmediatamente sugiere un papel fun-damental del fuego en la génesis de su paisaje agrario, no sólo en el episodio central sino también antes y a posteriori. A partir de los resultados de estos análisis, y de su combinación con las evidencias arqueológicas documentadas en el conjunto del entorno del castro de Follente, es posible complementar la propuesta de reconstrucción anterior (Parcero-Oubiña 1999) planteando la secuencia que se observa en la figura 5. Como hemos avanzado, no disponemos de dataciones absolutas directas para estos tres episodios, pero al menos el central, el que más nos interesa, ha proporcionado materiales cerámicos que permiten aproximar con bastante certeza su ubicación. En concreto, destaca la abundancia de cerámica castreña tardía (entre los siglos II a.C. y I d.C., la fase III según la clasificación de Rey Castiñeira 1990-1991, más completo en González Ruibal 2006-2007), que es por otra parte el material más característico de todo el conjunto de estructuras documentadas en el entorno del castro. Adicionalmente, en algunas de ellas (no en la que nos ocupa) se recuperaron en menor medida algunos fragmentos de tegula y de otros elementos de origen romano, que son un porcentaje muy reducido del total de materiales procedentes del entorno del castro (68 fragmentos de ánfora, 5 de Terra Sigillata y fragmentos de 9 recipientes de cerámica común, frente a más de 1000 fragmentos de cerámica de tradición indígena, correspondientes a 129 recipientes, véase el estudio detallado de Isabel Cobas en Parcero-Oubiña 1999). Todo ello nos remite a un momento avanzado dentro del mundo castreño, en parte al menos en época romana, aunque considerando el fuerte peso porcentual de la cerámica de tradición indígena, y la indicación cronológica que aporta el poco material romano adscribible a tipos identificables (ánfora Haltern 70 y de Sigillata gálica Drag. 24/25 (2)), debemos de suponer que las últimas evidencias de ocupación del sitio se sitúan en un momento temprano de la época romana, probablemente no más tarde de la primera mitad del siglo I d.C. Además, conviene destacar que los materiales concretos hallados en la estructura que aquí nos ha ocupado indican, en todo caso, una cronología no más tardía, ya que a la ausencia de materiales romanos documentados aquí se une la presencia de varios fragmentos de borde de un recipiente aristado aparentemente algo más antiguo que el resto de materiales del conjunto (véase el estudio de Cobas Fernández en Parcero-Oubiña 1999: 33 y ss.). Pese a que las evidencias obtenidas adolecen de una relativa parquedad informativa, debido a la alta proporción de muestras estériles, lo cierto es que el análisis combinado de las evidencias estratigráficas y polínicas nos permite avanzar en la caracterización de las formas de construcción de los paisajes agrarios castreños del noroeste. El castro de Follente resulta un interesante ejemplo de cómo la evidente monumentalización de la acción social en el espacio en este momento no se reduce a la construcción de poblados en posiciones visibles y fuertemente artificializados, sino que se prolonga en la creación de espacios agrarios complejos. Esto se concreta en la convergencia de dos tipos de acciones; por un lado, la movilización activa de trabajo social en la cons-trucción de productos concretos (estructuras de cultivo estables); por otro lado, la alteración progresiva del paisaje a través de los efectos derivados de esas mismas prácticas, como la deforestación de los espacios circundantes, probablemente por medio de procesos amplios de quema que estarían representados por la abundante presencia de carbones en los suelos (una ocurrencia cada vez mejor documentada hacia finales del I milenio a.C. (3)) y que incidirían en caracterizar los importantes procesos de transformación del paisaje acontecidos a partir del surgimiento de la Edad del Hierro y hasta la disolución de las formas de poblamiento fortificado.
El objetivo de este trabajo es analizar el carácter de la industria lítica, y más concretamente del análisis de materias primas, como uno de los marcadores espaciales y culturales en el seno de los territorios de explotación de las comunidades prehistóricas de cazadores-recolectores. Proponemos una aproximación basada en la arqueopetrología como elemento que, junto con la contextualización geográfica y los análisis tecnológicos, ayuda a la definición de las pautas paleoculturales de aprovisionamiento directo e intercambios de dichos grupos en relación con la explotación de los recursos abióticos. Sólo los estudios centrados en determinadas producciones prehistóricas nos permiten acceder al conocimiento de las áreas de influencia e intercambios entre distintas comunidades en el marco de un espacio geográfico determinado. Ante todo, debemos considerar que los territorios son espacios de interacción social, y por dicho motivo, la comprensión de los mismos no puede reducirse exclusivamente al establecimiento de las dimensiones del medio físico explotado (Geneste 2004). En este sentido, los estudios de caracterización de los materiales líticos -arqueopetrología y tecnología-, pueden considerarse como uno, entre otros, de los campos de estudio privilegiado para la comprensión de los comportamientos económicos (patrones de movilidad y aprovisionamiento), como evidencias de conductas paleoculturales, dado que precisamente el utillaje lítico puede considerarse tanto un elemento de caracterización espacial como cultural. La cualidad inherente a los objetos líticos, cuyas fuentes son localizables, de esbozar sus desplazamientos en el seno de un medio físico ofrece -como objetos de fuerte valor cultural-un substrato de análisis importante para una aproximación dinámi-ca de carácter espacio temporal del funcionamiento de las sociedades de cazadores-recolectores y de sus territorios. De hecho, este carácter de marcador espacial se encuentra presente en pocas de las producciones de dichas sociedades. Junto con el utillaje lítico, sólo la arqueomalacología parece participar de esta doble naturaleza, pero sin embargo, a diferencia de la omnipresencia en el registro arqueológico del primero, la segunda presenta por lo general mayores dificultades de preservación, representatividad y resolución. El mismo problema puede atribuirse a las representaciones artísticas parietales o muebles. NATURALEZA DE LA CARACTERIZA-CIÓN DE LAS MATERIAS PRIMAS LÍTICAS Como acabamos de mencionar, consideramos que los útiles prehistóricos participan de una doble naturaleza, absolutamente indisociable, que debe ser tenida en cuenta al llevar a cabo cualquier estudio relacionado con el aprovisionamiento lítico. Por un lado, los útiles prehistóricos presentan una componente natural, inherente a todo cuerpo, es decir, se trata de elementos propios de la naturaleza, y que por lo tanto, deben ser definidos y caracterizados atendiendo a su "materialidad". En este sentido, el aspecto material de cualquier útil lítico debe ser descrito utilizando las técnicas propias de las disciplinas de la naturaleza en las que se inscribe su caracterización; de este modo, las definiciones precisas desde un punto de vista geológico (mineralogía, contenido micropaleontológico, análisis físicos y químicos) determinarán con exactitud los parámetros materiales de los elementos analizados (1). Además, hay que tener en cuenta que dichos elementos líticos proceden de un medio físico determinado, tanto por la naturaleza de su formación como por las modalidades de su aparición en el entorno, ante lo cual, podemos considerar, obviamente, que dichos materiales presentan de manera inherente un valor como marcadores espaciales, que debemos contextualizar desde un punto de vista geológico y muy especialmente geográfico (2). Por otro lado, los útiles prehistóricos por el simple hecho de haber sido transformados por la actividad antrópica, precisamente en útiles, han ido más allá de su materialidad física para convertirse, de este modo, en transmisores de información cultural; como nos resulta a todos evidente -por ejem-plo-, al reconocer a través de su tipología o tecnología el ámbito cronocultural en el que se situan. Este aspecto de transmisor de valores culturales debe ser analizado a través de los instrumentos propios de nuestra disciplina, como la caracterización tecnológica de las cadenas operativas líticas y los análisis funcionales o de trazas de uso. Como resultado de esta doble adscripción del utillaje lítico nos encontramos ante unos elementos a analizar que nos manifiestan, en si mismos, unos aspectos físicos y otros culturales que debemos tomar en su conjunto a la hora de definir los comportamientos económicos de los grupos humanos en estudio (Fig. 1). El reconocimiento de las litologías explotadas La caracterización precisa de las litologías El reconocimiento exacto de las litologías explotadas en la confección de las industrias líticas reposa necesariamente en la caracterización precisa de su materialidad. En este sentido se impone, como elemento primordial, el recurso a las técnicas de caracterización desarrolladas en el ámbito de la Geología (3) (Bressy 2003). Ello implica la adopción por parte de los prehistoriadores de una terminología precisa (Tarriño 1998) unos procedimientos técnicos y una escala de análisis, la microscópica, tradicionalmente ausentes en nuestro ámbito disciplinario (Terradas 1995; Mangado 1998). El recurso a las técnicas de caracterización geológicas se justifica plenamente por la necesidad de definir la materialidad según criterios precisos (mineralógicos, texturales, micropaleontológicos,...), cuantificables y sobretodo transmisibles de un investigador a otro. Es necesario superar definitivamente el estadio en el que sólo una primera aproximación macroscópica a los materiales, parecía suficiente para el establecimiento de sus características físicas, y del mismo (2) Mangado, J. 2002: La caracterización y el aprovisionamiento de los recursos abióticos en la Prehistoria de Cataluña: Las materias primas silíceas del Paleolítico Superior Final y el Epipaleolítico. modo, impulsar el desarrollo de litotecas regionales de referencia de los materiales líticos susceptibles de haber sido explotados por las comunidades prehistóricas (Terradas et al. 2004). La contextualización geológica y geográfica: espacio geográfico, territorios y paisajes El establecimiento de dichas colecciones de referencia nos conduce precisamente a tratar del otro elemento fundamental para el reconocimiento de las litologías explotadas, se trata de los trabajos de prospección sobre el medio físico para llevar a cabo la contextualización geológica y geográfica de los recursos líticos. Los dos pilares básicos sobre los que se asienta la arqueopetrología son: por un lado, las caracterizaciones precisas de los materiales, y por otro lado, su contextualización geológica y geográfica (Fig. 2). Ésta última, se encuentra en la base del prime-ro de los elementos que cualquier reconstrucción sobre los comportamientos económicos de las poblaciones prehistóricas debe abordar, nos referimos al controvertido concepto de "territorios". La definición precisa de este concepto sigue siendo, sin embargo, de difícil solución, ya que si bien los prehistoriadores solemos tener en cuenta la localización geográfica de los recursos como elemento tangible fundamental para nuestra definición de territorio, no debemos olvidar que en otras disciplinas (Geografía, Antropología...) el concepto de territorio presenta una significación distinta, ya que se tiene en cuenta otros parámetros en la definición como la percepción antrópica del mismo. Para los geógrafos, la definición de un territorio y el establecimiento de sus límites en el seno de un espacio geográfico resulta dificultoso, debido a las variaciones continuas de los factores que permiten su caracterización, de la escala de análisis, y sobretodo, porque posee una dimensión humana subjetiva en la que se integran las experiencias vividas y que no se corresponden necesariamente con una realidad física (Claval 2002). "Desde que un grupo humano se apropia y utiliza un espacio, éste toma cuerpo y adquiere un sentido antropólogico que deriva de las representaciones mentales de las sociedades que lo habitan y más especificamente del tejido de actividades de producción, creencias y deseos que en él se desarrollan" (Dumais et al. 1987). Para intentar aportar cierta luz a esta situación en nuestro campo de estudio, nosotros proponemos una escala de definiciones jerarquizada, cuyas implicaciones desde un punto de vista arqueológico son distintas. En primer lugar estableceremos la existencia de espacios geográficos. Éstos se definen al margen de cualquier implicación arqueológica, como los espacios definidos por sus características estrictamente naturales (relieve, litología, climatología, red hidrográfica, naturaleza de los suelos, vegetación, fauna). Estos marcos, que podemos comparar a los decorados de las obras de teatro, se transforman en territorios, a partir del momento en que entran en juego las variables de orden antrópico que intervienen sobre el mismo, es decir, las actividades humanas, que se apropian de dicho espacio, en lo que podríamos comparar con un escenario en el que se lleva a cabo las acciones de la pieza teatral. Así pues, el proceso principal de transformación de un espacio geográfico en territorios reside en el reco-nocimiento, por parte de las sociedades, de la existencia de unos recursos. Definimos estos últimos, como aquellos elementos del espacio geográfico reconocidos culturalmente por su valor en la reproducción económica, social y/o simbólica de la comunidad, obteniéndose de este modo una realidad tangible arqueológicamente, la de los territorios, a través de la apropiación de los recursos presentes en los mismos (Terradas 2001). Los territorios y sus recursos se perciben y explotan pues, según variables de orden cultural, nosotros consideramos que en dicho comportamiento, o patrón de asentamiento, intervienen dos parámetros principales: el espacio y el tiempo, en consecuencia, los territorios son elementos que evolucionan con la misma dinámica que lo hace la sociedad que los explota, es decir, en función de sus necesidades y capacidades culturales. Tanto la cultura como el entorno forman de este modo un sistema en el cual ésta juega un papel fundamental de regulación (Martínez Veiga 1985). Debemos tener en cuenta, además, que los yacimientos arqueológicos sólo constituyen un episodio de esta dinámica, y que por lo tanto, las coordenadas espaciales y temporales precisas que nos muestran corresponden sólo a un momento y periodo preciso de dicho funcionamiento de la sociedad. Finalmente, en nuestra escala de definiciones, reservamos el concepto de paisaje, para hacer referencia a la percepción, generalmente no tangible arqueológicamente, del espacio geográfico y de los territorios tal y como éstos se manifiestan, o bien individualmente, o bien en el seno de la sociedad. La materialización en el registro arqueológico de los paisajes resulta difícil de establecer, ya que en principio el paisaje se define por ser una construccion mental, ya sea esta individual (¿acaso presentarían la misma percepcion del territorio individuos de una misma comunidad centrados en actividades distintas? Territorios de caza, de pesca, o de recolección) o colectiva (espacios concretos reservados a hombres, mujeres, ancianos o niños, territorios prohibidos, etc). Sin embargo, contamos con algunos ejemplos que pueden ser un reflejo de dicha percepción. En la cueva de Abauntz (Navarra), Utrilla et al. (2004) han interpretado como una representación esquemática del paisaje -"una especie de mapa"-, los trazos recuperados sobre un bloque grabado (Fig. 3). Dichos trazos representarían el paisaje de los alrededores de la cueva durante el Magdaleniense final, así como las especies de animales cazadas. En otras ocasiones determinados elementos han sido atribuidos a figuraciones del territorio. Así sucede con algunas representaciones de Arte Levantino (Fig. 4), como en el Abrigo del Molino de las Fuentes de Nerpio (Albacete), en el que J. Guilaine observa la representación de una batalla en la que intervienen dos grupos opuestos, uno de los cuales parece velar por una línea de demarcación (frontera natural o artificial) representada por un relieve natural de la pared pintado en rojo (¿estamos ante la percepción del propio territorio?) Otro ejemplo de representación paisajística, es decir de percepcion del territorio, nos la aporta el precipicio representado en el Abric dels Rossegadors (La Pobla de Benifassà, Castellón) por el que se despeña una cabra (Vilaseca 1948). Movilidad, nomadismo y anticipación La definición de las territorialidades de una sociedad se relaciona pues, estrechamente, con la intervención de dicha entidad sobre los recursos explotados (tanto bióticos -vegetación y fauna-como abióticos -mundo mineral-). La predictibilidad y la abundancia de los recursos son, según Brown (1964), los factores que dan lugar a la territorialidad (Fig. 5). La explotación de los tres elementos de los sistemas ecológicos (materia, energía, información) se manifiesta puntualmente a través de los distintos yacimientos pertenecientes a una misma identidad cultural que podemos identificar en el seno de un espacio geográfico preciso. Uno de los principales problemas en el análisis de la explotación territorial de los recursos por parte de una entidad cultural sobre un territorio reside, precisamente, en el establecimiento de la contemporaneidad de las distintas ocupaciones y en la identificación de los patrones de movilidad (Lenoir 1992; Smith 2003). A pesar de ello, la capacidad de los restos materiales líticos de indicarnos su procedencia nos permite evaluar las conductas antrópicas en términos de movilidad, a condición de ponderar nuestras observaciones sobre un eje cronológico, es decir, a partir de las extrapolaciones temporales. La movilidad, tanto en el espacio (o distancia) como en el tiempo (duración de la explotación o frecuentación del espacio) constituye pues un elemento fundamental para establecer los niveles de definición de los territorios. Las estrategias de movilidad varían ampliamente y son complejas y multidimensionales (Fig. 6). Los tipos y niveles de movilidad ejercen una considerable influencia en la organización de los asentamientos y adaptaciones de los cazadoresrecolectores (Smith 2003). -Si tenemos en cuenta la distancia física implicada en su definición podemos establecer varios ámbitos de explotación. En principio, según este planteamiento, las frecuencias de aparición de los distintos tipos de materias primas sería función de tral" (en Martinez Veiga 1985) caracterizadas por el control de acceso al territorio y por el almacenamiento de los excedentes no consumidos, ésta no es la regla general. Por otro lado, la definición de los radios de aprovisionamiento debe tomar en consideración la naturaleza y finalidad de la ocupación analizada; y finalmente, debemos introducir la realidad orográfica del espacio geográfico como elemento corrector en las distancias que definen los radios y en las interpretaciones que hacemos de ello. -El otro nivel de definición de los territorios nos viene caracterizado por el parámetro temporal, es decir, se encuentra en función de la duración de la explotación de los territorios. Así determinados ecosistemas pueden explotarse de manera continua a lo largo del año, llegando incluso en casos muy especiales a permitir la permanencia del grupo en una situación de semi-sedentarismo, como durante el Natufiense del Levante Mediterráneo (Bar Yosef 1992). En otros casos, por el contrario -especialmente ante ciertos recursos bióticos-éstos sólo pueden explotarse de manera estacional, hecho que deberá evidenciarse por la naturaleza y características de los yacimientos arqueológicos (actividades puntuales y/o especializadas, análisis de la macrofauna y la ictiofauna). En este caso, la identificación de la finalidad de las ocupaciones (altos de caza, recolección o pesca, procesado de pieles, etc...) resulta fundamental para la interpretación de los territorios implicados (Aubry et al. 2003). Tomando en cuenta este aspecto temporal, los territorios pueden también definirse en función de su frecuentación por parte de las comunidades. De este modo podemos considerar que la frecuentación de un territorio es recurrente, cuando el registro material muestra una buena representación de los recursos tanto bióticos como abióticos disponibles en dicho entorno (Smith 2003), mientras que seguramente una frecuentación accidental reflejará un mal conocimiento de la zona. -Finalmente, las territorialidades pueden ser definidas a partir de otro tipo de parámetros, en este caso de orden social, inherentes a la propia comunidad. En lo que se ha denominado, por parte de algunos autores de la corriente de la ecología cultural, como territorialidad de defensa de la frontera social (Peterson 1975, en Martinez Veiga 1985). En estos casos el elemento fundamental de la práctica de la subsistencia no reside en el control del espacio físico en si mismo, sino en la cantidad y calidad de la información disponible sobre la geografía concreta y los recursos. Esta suele ser el tipo de territorialidad más común entre las sociedades de cazadores-recolectores actuales (como por ejemplo: los san del Kalahari, o los aborígenes australianos), con espacios geográficos muy grandes pero de recursos impredecibles. "En general, en este tipo de territorialidad el acceso a los recursos, en un lugar que en principio está adscrito a un grupo determinado, está abierto a otros grupos por razones de reciprocidad o por otros motivos. En este sentido, hay muchos autores que cuando observan el comportamiento de estas poblaciones, afirman que no hay ningún tipo de territorialidad" (Martinez Veiga 1985: 39). En tales casos, la territorialidad se expresaría a través de la "propiedad" de la información. Los recursos informativos tienen una importancia capital en cuanto que a través de ellos se codifica el conocimiento geográfico y de distribución de los recursos de subsistencia. Así pues, podemos suponer para las comunidades cazadoras-recolectoras definiciones de territorios basadas en la apropiación de los recursos (acceso libre o restringido a los mismos) ya sea mediante mecanismos de aprovisionamiento directo, o de intercambio, en virtud de su pertenencia a un grupo social más amplio -el territorio social de Clark (1975) en base a la transmisión de la información.Generalmente, se considera que la organización social de los grupos de cazadores recolectores se basa en la existencia de bandas, constituidas por un numero limitado de unidades familiares, o de parentesco inmediato, que se caracterizan por una apropiación de los recursos mediante aprovisionamiento directo no restringido socialmente, e intercambios por reciprocidad positiva, salvo excepciones determinadas por ciertos parámetros como pueden ser los grupos de edad y sexo. Sin embargo, a nuestro entender la consideración de las bandas de cazadores-recolectores como organizaciones estrictamente igualitarias debería matizarse. Una cierta organización jerárquica de los grupos parece imponerse para la toma de decisiones y el procesamiento de la información (Johnson 1978(Johnson, 1982)), ya que la posesión de la información implica tanto un acceso diferencial intergrupos a los recursos, como un acceso diferencial intragrupo, en tanto en cuanto determinados individuos pueden acumular más información que otros. Sin embargo, la transposición en el plano material de estas desigualdades resulta poco evidente, teniendo en cuenta que su materialización es difícilmente evaluable, aunque tal vez podríamos entrever en determinados comportamientos diferenciados hacia determinados individuos la prueba de este reconocimiento por parte de la comunidad (Vanhaeren y d'Errico 2005). La organización social de las comunidades de cazadores-recolectores, basada en unidades poblacionales poco numerosas y de gran movilidad, favorece también los procesos de intercambio o repicprocidad positiva (Renfrew y Bahn 1993). El intercambio de bienes y de informaciones resulta ser así una parte integrante de las estrategias de adaptación y supervivencia, como mecanismo de cohesión social, en la que se integran las bandas con motivo de determinadas actuaciones económicas o simbólicas cooperativas (Root 1983). Se crea de este modo un territorio definido desde un punto de vista social. La manifestación arqueológica principal de estos territorios definidos socialmente se encuentraría en los denominados yacimientos de agregación "aggregation sites" (Conkey 1980;1985;1992). De todos es sabido que el nomadismo constituye uno de los pilares de organización social, y en consecuencia de comportamiento económico, fundamental de las sociedades de cazadores-recolectores prehistóricas. Esta estrategia de organización, junto con el tamaño reducido de los grupos se ha relacionado estrechamente con un modelo de comportamiento "ecológico", fundamentado en la no sobreexplotación de los recursos bióticos. La producción y reproducción social parece asegurarse a través de los desplazamientos frecuentes en función de las capacidades productivas del espacio geográfico según la estacionalidad, hecho que evidencia un alto grado de conocimiento del medio y sus recursos. De un tal comportamiento se deriva la existencia de distintos tipos de ocupaciones (diferenciadas tanto en el tiempo, en el espacio, como en el número y condición de los actores implicados en las mismas) en función de las actividades llevadas a cabo. Asociado a este comportamiento nómada debemos considerar la existencia de conductas de constitución de "reservas", previsión, o anticipación de las necesidades, ya que el desplazamiento implica la evaluación de las necesidades materiales durante el trayecto, así como el aprovisionamiento durante el mismo y/o el transporte desde el punto de partida de los materiales fundamentales para asegurar la producción material antes de alcanzar la explotación de los nuevos recursos. Ello se explicaría tanto por las variabilidades en la presencia de recursos líticos en el seno de los territorios, como porque no todos los yacimientos arqueológicos presentan el mismo estatuto de ocupación o de actividades, y por ello, las implicaciones de su territorialidad pueden manifestarse ampliamente divergentes. En este sentido, determinados tipos de yacimientos, como aquellos que podemos definir como campamentos principales, en los que se desarrollan ampliamente varias actividades, pueden ser considerados como enclaves receptores que reflejan la territorialidad aportada por otras ocupaciones satélites de carácter más específico. De este modo, el estatuto de los yacimientos, en función de parámetros tales como su morfología o las actividades en ellos representadas, nos pueden servir para el establecimiento de los ejes de circulación principales en el seno de los territorios. Otro tipo de yacimientos interesantes también para el establecimiento de dichos ejes son aquellos que podemos considerar como el punto de partida de determinadas producciones, nos referimos a los talleres de producción lítica, en los que se manifiesta como actividad principal la explotación de las materias primas minerales como previsión o anticipación a un posterior uso. De hecho, los talleres líticos marcarían el punto de partida de las producciones llevadas a cabo en ellos, siendo en ocasiones, también, yacimientos que evidencian la procedencia de los grupos culturales que llevan a cabo la explotación de dichos recursos minerales (Aubry y Walter 2003). ¿La materialización de las vías de comunicación? La definición de los ejes de circulación principales en el seno de un espacio geográfico se ha relacionado ampliamente con las características propias del medio físico. Tradicionalmente, se atribuye a los ríos el papel principal como vías de comunicación naturales (David 1992; Lenoir 1992). Sin embargo, si bien la frecuentación de estos entornos es una evidencia irrefutable, dado que el agua constituye al mismo tiempo el elemento principal para la vida de plantas, fauna y seres humanos, no debemos obviar que en ocasiones los análisis de materias primas líticas han permitido evidenciar otras vías de desplazamiento al margen de la red hidrográfica, como sucede durante el Paleolítico superior en la cuenca del río Creuse (Aubry y Walter 2003), al igual que con el sílex Turoniense del Fumelois recuperado en la zona de Bergerac (Morala 1990), o durante el Paleolítico medio del Perigord (Geneste 1988). Del mismo modo, también la definición del aprovisionamiento en materias primas como ac-tividad secundaria asociada a los ejes de circulación y de desplazamientos de las grandes manadas de herbívoros debe relativizarse, en especial cuando los estudios arqueozoológicos no parecen sustentar dichas hipótesis migratorias (Delpech 1983). El análisis de la movilidad debe tomar en consideración la contextualización geográfica de los recursos a la hora de establecer los ejes de circulación, definiendo la naturaleza de los afloramientos disponibles, dado que el tipo y el modo de afloramiento deben percibirse como elementos fundamentales en la explotación de los mismos. Así, debemos establecer la definición de afloramiento primario para aquellos depósitos de materias primas en los que éstas se encuentran en su posición geológica y geográfica original, reservando el término de depósito secundario para aquellos en que los recursos líticos aparecen desplazados de su posición primaria. La definición de las características de los depósitos de materias primas no resulta una cuestión menor, pues en la mayoría de los casos, al menos cuando tratamos con comunidades de cazadores-recolectores, el aprovisionamiento directo suele realizarse sobre este segundo tipo de afloramientos, dado que en ellos se reúnen un conjunto de características que permiten una explotación de los recursos líticos ventajosas, como son una mayor facilidad de acceso, dado que por lo general se trata de depósitos de vertiente y terrazas fluviales o playas, y una mayor facilidad de extracción, pues la ausencia de los estratos encajantes originales facilita la obtención de dichos recursos. De este modo, los trabajos de prospección sobre el medio físico a la búsqueda y caracterización de las materias primas deben tener especial cuidado en el registro de dicho tipo de depósitos, que generalmente no suelen definirse litológicamente en las representaciones cartográficas geológicas. La cuestión de la representación gráfica de los afloramientos de las materias primas, constituye otra cuestión controvertida, especialmente por la dificultad que implica la representación cartográfica actual de unos recursos, en cuya definición participa gran cantidad de variables y cuya aparición en el territorio puede haberse ampliamente modificado a lo largo del tiempo (4). Mecanismos de aprovisionamiento y sistemas de explotación de los recursos abióticos Podemos definir la explotación de los recursos abióticos como un conjunto socialmente organizado de actividades de carácter recolector o extractivo, orientadas a la obtención directa de los recursos de unos territorios, a través de sistemas de explotación en superficie o subterráneos, llevados a cabo por las comunidades humanas prehistóricas, con la finalidad de procurarse unas materias primas, para su posterior manufactura, uso y/o intercambio (5). La minería subterránea, sensu stricto, debe situarse mayoritariamente en el contexto de las sociedades prehistóricas productoras, es decir, a partir del Neolítico en determinadas regiones. Esta actividad se centró principalmente en la explotación de las rocas sedimentarias silíceas. Sin embargo, los mecanismos de aprovisionamiento de recursos abióticos, y sus sistemas de explotación a lo largo de la Prehistoria, constituyen un marco de estudio muy amplio y variado, tanto cronológica como geográficamente. Los dos mecanismos de aprovisionamiento de recursos líticos durante la Prehistoria son: la explotación directa del territorio y el intercambio. Siguiendo la definición de Ramos Millán (1986), consideraremos la explotación del propio territorio como un mecanismo de aprovisionamiento directo de los recursos, a partir de la proyección cultural de la comunidad en cuestión sobre el espacio geográfico; mientras que reservaremos el concepto de intercambio para aquellos suministros obtenidos mediante procesos de interacción social entre comunidades. Tanto el aprovisionamiento directo, es decir, cuando la comunidad -o parte de ella-tiene acceso directo a los recursos, como el aprovisionamiento indirecto, cuando los bienes líticos se obtienen por intercambio con otros grupos, se generan a partir de unos mismos sistemas de explotación. Siguiendo la clasificación establecida por Carrión et al. (1998) diferenciaremos entre: Este es un sistema de explotación de carácter recolector, que se realiza sobre una más o menos amplia y diversificada variedad petrológica de cantos rodados, de diferen-tes formas y tamaños, que han sido distribuidos en las cuencas, bordes de las playas, o cualquier otro depósito sedimentario desde sus fuentes originales. Generalmente, estos recursos tienen una amplia distribución espacial sobre el medio geográfico, por lo tanto, la identificación de su área fuente dependerá, en gran medida, del nivel de contextualización de los diversos ámbitos geológicos. Estas áreas de aprovisionamiento son las que se han definido como afloramientos en posición secundaria. Por el contrario, la minería, ya sea en superficie o subterránea, supone la explotación de los afloramientos en posición primaria. -Entendemos por minería de superficie un sistema de explotación, o actividad de carácter extractivo especializado, que se realiza para la obtención de un recurso lítico específico. Nos encontramos mayoritariamente ante una explotación de carácter monolitológico. De manera general, estos recursos presentan a nivel espacial un carácter más restringido que los anteriores, ya que suelen localizarse en áreas de afloramientos masivos. Las características intrínsecas del afloramiento y su grado de alteración suelen determinar el sistema técnico de explotación; por lo general se trata de canteras abiertas al aire libre y condicionadas por la naturaleza exógena del afloramiento, como sucede en buena parte de las explotaciones neolíticas al aire libre de las cordilleras subbéticas andaluzas (Ramos Millán 1999). -Finalmente, debemos tener en cuenta como sistema de explotación de los recursos abióticos las actividades extractivas de carácter subterráneo, es decir, la minería subterránea. En este caso se trata de una actividad que podemos considerar altamente especializada y orientada a la obtención de un recurso específico. Desde un punto de vista arqueológico, dichas explotaciones presentan a nivel espacial una representación mucho más restringida que las dos anteriores. Los casos de minería subterránea entre comunidades de cazadores-recolectores son realmente escasos (Vermeesch et al. 1995; Weisberger 1999). Son varios los factores que parecen influenciar en los comportamientos relacionados con los sistemas de explotación y los mecanismos de aprovisionamiento. Por un lado, debemos tomar en consideración las variables de orden natural que ya hemos ido enumerando, es decir, los aspectos relacionados con la propia naturaleza de los recursos explotados y con las características geológicas y geográficas del área de estudio (facilidad de acceso, abundancia y características naturales del recurso, así como la disponibilidad del mismo). Por otro lado, debemos tener en cuenta otros factores, en este caso relacionados con el carácter como elementos de transmisión de valores culturales de la comunidad del utillaje lítico (Turq 1992: 307), sobre ello incidiremos a continuación. LA CARACTERIZACIÓN DE LAS MATERIAS PRIMAS EXPLOTADAS COMO ELEMENTO CULTURAL Hasta el momento hemos analizado el valor como elemento natural de las materias primas líticas, y a partir de éstas, como podemos aproximarnos a los comportamientos paleoculturales definidos por las implicaciones que desde un punto de vista material presentan, es decir, la aproximación a los territorios y a las movilidades reside en buena parte en nuestra capacidad para poder caracterizar precisamente la litología de los materiales explotados y sus mecanismos de aprovisionamiento. Sin embargo, como hemos indicado al principio de este trabajo, las industrias líticas presentan también un componente cultural indisociable de nuestros estudios de caracterización de los materiales. Los estudios de Cadenas Operativas Líticas La aprensión de los valores culturales de la industria lítica se basa en la caracterización de la misma a través de los análisis de Cadenas Operativas Líticas (en adelante, COL), que nos permitirán establecer tanto las necesidades de la comunidad como sus capacidades técnicas para apropiarse y explotar los distintos recursos, es decir, como se lleva a cabo la gestión técnica de estas materias primas y el fraccionamiento espacio/temporal de su producción (Geneste 1985). El binomio necesidad/capacidad nos conduce a la consideración del concepto definido por Luedtke (1984) de "demanda lítica": "La cantidad de material lítico tallado, por unidad concreta de población, durante un determinado periodo de tiempo". Según Luedtke, dicha demanda está en función de tres aspectos de la tecnología de la cultura: -El número y frecuencia de actividades que requieren útiles líticos. -Las técnicas de producción. -La eficacia de dichas técnicas. Resulta obvio que el análisis tecnoeconómico, a través del concepto de COL, se relaciona también íntimamente con los parámetros espacio-temporales en los que la producción se ejecuta, y nos conduce a abordar la cuestión de la fragmentación espacio-temporal de las distintas etapas de las actividades productivas relacionadas con la industria lítica (adquisición, producción, consumo, abandono) (Kuhn 2004). De este modo, el estudio de las COL ofrece un encuadre secuenciado en el tiempo y en el espacio de las operaciones técnicas de producción (Perlès 1987). El análisis según criterios tecnológicos, y por ende culturales, de la variabilidad en la composición y morfología de los conjuntos líticos, convierte a tiempo y espacio en parámetros explicativos de primer orden. De este modo, la fragmentación espacio-temporal de las distintas etapas en las que se lleva a cabo la producción de los bienes líticos nos reenvía a la cuestión de la secuenciación técnica y al concepto de territorios como espacios de apropiación y explotación de los recursos por parte de las comunidades, en lo que constituyen sus respuestas culturales para asegurar su producción y reproducción social. Desde un punto de vista sincrónico el estudio de las COL de un yacimiento, o conjunto de ellos, nos permitirá aproximarnos a los criterios de ordenación de las operaciones técnicas de la producción de las distintas variedades litológicas establecidas mediante los análisis arqueopetrológicos: comportamientos diferenciales de producción, uso y abandono de las distintas materias primas, gestión integral o en diferido de los recursos, etc. Por otro lado, el estudio diacrónico de las COL nos permite aproximarnos a los procesos de continuidad o de ruptura en la tradición tecnológica de los grupos prehistóricos: aparición o abandono de distintos materiales para la configuración de útiles, hecho que puede ser interpretado como cambios en la explotación de los recursos de los territorios, creación de nuevos paisajes, evolución en los procesos de adquisición directa o intercambio, etc. La caracterización paleocultural de los comportamientos económicos de las comunidades de cazadores recolectores encuentra en el análisis integrado de la caracterización y gestión de las materias primas uno de sus campos de estudio importante, teniendo en cuenta la doble naturaleza de los restos líticos como elementos portadores de informaciones espaciales y culturales. El conocimiento que se desprende de su análisis dinámico dentro de unas coordenadas espacio-temporales nos permite acceder a la definición de los conceptos de territorios, movilidades, criterios de ordenación técnica de la producción y procesos de continuidad y ruptura que constituyen las bases principales para el establecimiento de la caracterización paleocultural de las actividades paleoeconómicas de los grupos en estudio. El autor es miembro del SERP (Seminari d'Estudis i Recerques Prehistòriques) de la Universidad de Barcelona.
Si hubiera que resumir este libro en una sola frase, ésta podría ser: "hacer que nuestro trabajo tenga abiertamente una implicación política". Para ilustrar esta propuesta, el ejemplo que utiliza McGuire en la introducción (p. xi) resulta muy cercano a los lectores españoles, puesto que alude a la implicación de la Arqueología en la recuperación de la Memoria Histórica en nuestro país, una clara muestra de acción política (González Ruibal 2008). Cuando definimos arqueología nos encontramos con una cuestionada ciencia cuyo objetivo es el estudio de las sociedades del pasado a través de su cultura material. Tradicionalmente ha sido así y, además, entendiendo pasado como algo muy remoto. Sin embargo, desde muy pronto, Arqueología ha sido sinónimo de justificación política y en la actualidad el pasado se está remontando hasta el mañana. Nuestras interpretaciones ingenuamente objetivas del registro material tienen, queramos o no, una lectura pública y hoy la misma actividad que se genera de la gestión del patrimonio arqueológico está marcada por la política desde un inicio. La responsabilidad de nuestro trabajo no termina con el conocimiento generado, sino con la gestión comprometida de ese conocimiento. Por encima de colores o de marcos teóricos, el libro de Randall McGuire nos intenta abrir los ojos sobre algo que resulta esencial en la Arqueología de hoy. Trabajamos con gente, entre gente y para la gente. Y esto tiene consecuencias que van más allá del registro y que debemos afrontar. El libro ofrece una respuesta interesante al respecto. McGuire (pp. 1-2) apunta que este volumen es una continuación de su anterior trabajo, A Marxist Archaeology y de hecho para todo aquel que tenga la oportunidad de leer ambos, no le cabrá la menor duda de que es así. Aquel terminaba con un ligero apunte sobre la vertiente pública de la Arqueología, que ya comenzaba a tener un ámbito de preocupación dentro del entorno anglosajón (McGuire 1992: 257-261). Ahora, sin salir de una clara tendencia marxista, ofrece una "Teoría de la Acción" orientada precisamente a esa vertiente pública a través de una "politización a priori" que sirva para hacer un discurso colaborador con las comunidades locales. La estructura del libro es tal vez uno de los aspectos más desconcertantes que se puede reseñar. Sus cinco capítulos abordan una serie de conceptos y temas aparentemente aislados pero que cobran sentido al terminar la lectura. Los dos primeros capítulos (Politics y Praxis) conformarían el cuerpo teórico principal del texto; el tercero (Class) es un ensayo sobre el concepto de "Clase" en relación con la Arqueología como profesión y los dos últimos, dedicados a actuaciones desarrolladas en México y Estados Unidos, son ejemplos de acción política en contextos diferentes. El objetivo que McGuire persigue en sus dos primeros capítulos es una interpretación del registro arqueológico que tenga en cuenta su capacidad de acción sobre el presente, pues ignorar o negar la naturaleza política de la Arqueología no hace que aquella desaparezca. Conceptos como el secret writting que consciente o inconscientemente está fomentando una interpretación alienadora y justificativa del pasado; el fast-capitalism en Arqueología, que está convirtiendo la disciplina en otro engranaje más de la voraz máquina del capitalismo, integrándola en la competencia del mercado y oscureciendo su vertiente científica y social, así como las cuatro "C" (coherencia, correspondencia, contexto y consecuencias) o la opresión de clase en relación con otras teorías (Procesualismo, Postprocesualismo, Feminismo y Arqueología Social) compondrán el desarrollo del libro. McGuire retoma y desarrolla una serie de ideas que ya estaban presentes en la bibliografía desde hace más de veinte años. Tal vez sea aquí donde el libro adquiere su mayor fuerza, pues pese a la extensa bibliografía que se puede encontrar con respecto a muchos de los temas que aborda, el autor les ha dado una coherencia como conjunto y como teoría que hasta ahora no poseían. Ya no se trata sólo de apuntar una necesidad o de analizarla, sino que propone todo un programa de acción sustentado con el ejemplo de sus trabajos en Ludlow (Colorado, Estados Unidos) y Cerro Trincheras (Sonora, Méjico). Si hay que marcar el punto más débil del libro, habría seguramente que aludir al tercer capítulo en coautoría con Mark Walker, donde, a pesar de apuntarse algunas ideas interesantes sobre la capitalización de la Arqueología a través de la "arqueología comercial", no se alcanza a desarrollar una propuesta convincente sobre la existencia de una estructura de clase dentro del mundo profesional de la Arqueología. Tal vez de TRABAJOS DE PREHISTORIA 66, N.o 2, julio-diciembre 2009, pp. 183-200, ISSN: 0082-5638 cara al público estadounidense tenga cierto sentido, pero es imprudente atribuir diferencias de clase a, por ejemplo, arqueólogos (clase media) y saqueadores (clase trabajadora). Si atendemos a esa posible estructura en otros países, como por ejemplo España, cabría preguntarse: ¿los profesionales de la arqueología comercial son de verdad clase media? Tal vez en su mayoría por contar con estudios universitarios, una profesión especializada y su procedencia social pero no en cuanto a sus condiciones laborales dentro de la arqueología comercial (Díaz-del-Río 2000; AMTTA 2008). Una de las ideas que apunta McGuire en cuanto a los lastres de esta "arqueología comercial" debe ser resaltada sobre el resto: siguiendo una regla básica de la economía de mercado más pragmática que teórica, tal y como están las cosas o se sacrifica el dinero, o se sacrifica la calidad, pues el ajuste de precios provocado por una competencia cada vez más dura no ofrece ningún margen de confianza. Por ello una de las principales conclusiones del libro es defender una acción orientada a rechazar el fast capitalism en tanto en cuanto representa un desarrollo viciado de la disciplina. Esto se ve reflejado en los ejemplos de las dos experiencias, marcadamente distintas en sus objetivos y, tal vez, también en su forma. En primer lugar, su trabajo en Cerro Trincheras conserva un tono radical interesante, pero es un calco exacto de la Public Archaeology más "gringa" (McGimsey 1972; Jameson 2004), desarrollando una estrategia de trabajo de colaboración con la comunidad y otros agentes sociales. Dentro del marco teórico no aporta ninguna novedad especial, pero puede tener impacto en la concienciación del interés que tiene el trabajo con comunidades locales. De hecho, si tuviera que resaltar una única cita del libro sería precisamente de este capítulo: There is no cookbook for praxis. Y dentro de ese "libro de cocina", la receta que plantea, de un modo a mi entender muy acertado, se basa en los cuatro principios para acercarse a las comunidades: oposición, educación, consulta y colaboración, ninguno de ellos exclusivo y todos complementarios. Estos principios servirán en Méjico para desarrollar una arqueología alejada del Imperialismo y del Capitalismo que ha desplegado tradicionalmente la arqueología anglosajona fuera de sus fronteras. Por su parte, los objetivos del proyecto de Ludlow tendrán un carácter muy diferente y más cercano a la acción política, concebida como lucha de clase. Así, en el marco de una brutal represión minera, este ejemplo nos ofrece unos resultados excepcionales en lo que a memoria y trabajo comunitario se refiere, y un espejo en el que mirarse para los cientos de casos que tenemos alrededor del mundo y en nuestro propio país, como pueden ser las revueltas mineras de Asturias del siglo XX. En definitiva, nos encontramos ante un trabajo en la línea de otros publicados en nuestro país (Falquina et al. 2006; Rolland 2006) que, aunque no están recogidos en el texto de McGuire, son una buena forma de ir allanando el camino mientras éste llega a nuestras bibliotecas. ¿Es una utopía hablar de arqueología como acción política? Randall McGuire nos demuestra que no y que lejos de resultar peligroso, puede ser muy beneficioso en nuestra relación con la sociedad. Prehistoria i Arqueologia 68, Diputación de Castellón. A pesar de ello, es muy difícil encontrarlos en las interpretaciones que se realizan sobre las sociedades del pasado. En las pocas ocasiones que se mencionan, se consideran como miembros pasivos de estas sociedades, percibidos sólo en relación a los adultos y las actividades de los adultos. Para la investigación arqueológica, la infancia no ha sido considerada como relevante a la hora de contrastar hipótesis acerca de estrategias de subsistencia, cambio cultural u organización social. Sin embargo, la edad es una categoría construida culturalmente y un elemento de organización social de gran relevancia. La infancia es el período en el que se adquieren habilidades y conocimientos y se aprende el uso de la tecnología, se asumen sistemas de creencias, se forma la personalidad y se inculcan valores y actitudes hacia el mundo que nos rodea. Por tanto, aproximarnos a cómo estos niños y niñas han pasado por los procesos de crecimiento biológico y social, conocer con qué objetos y espacios se relacionaban o analizar los mecanismos de socialización y aprendizaje utilizados por las distintas sociedades, debe ser considerado como un instrumento muy válido de investigación. El volumen que es objeto de esta reseña representa una perspectiva cada vez más habitual en la literatura arqueológica en general y en la del estado español en particular referida a la Arqueología de la Infancia. Desde la primera publicación sobre el tema de Grete Lillehammer (1989), el mundo de la infancia en las sociedades del pasado ha ido incrementando su presencia en la literatura arqueológica que cuenta hoy día con varias publicaciones monográficas dedicadas a este tema (Sofaer 2000; Baxter 2006), además de la creación de la Society for the Study of Childhood in the Past [URL] y de una publicación periódica dedicada a esta temática, el Journal of Childhood in the past (Oxbow). En este sentido, la investigación ha ido preocupándose por temas diferentes, por ejemplo, el papel socioeconómico que los niños y niñas juegan en muchas sociedades o el entrenamiento específico que necesitan para prepararse para el mundo adulto ya sea a través del aprendizaje, en el plano productivo (Kamp 2001) o de la socialización, en el plano ideológico (Sánchez Romero 2008). La categoría de edad, como la de género, es una construcción cultural que implica prácticas sociales que tienen que ver directamente con el cuerpo, con su crecimiento, su tratamiento o su modificación. El registro funerario se nos ofrece, por tanto, como uno de los elementos más importantes a la hora de estudiar a los individuos infantiles y ha supuesto el grueso de la investigación sobre los mismos (Gusi 1989; Scott 1999). Es precisamente al contexto funerario al que se dedica el volumen Nasciturus, Infans, Puerulus. El contenido del monográfico está dividido en tres apartados, uno primero dedicado a la metodología, registro y análisis de los restos óseos infantiles; el segundo, referido a las prácticas funerarias a lo largo del tiempo reservadas a la infancia y un tercero que se ocupa de los conceptos simbólicos, religiosos y etnográficos. Tras la lectura del mismo, creemos que la división entre estos tres apartados no es necesaria, precisamente porque muchas de las aportaciones que se exponen en el volumen demuestran ya la ruptura de esas fronteras que existían entre la osteoarqueología, el estudio de las prácticas funerarias y las implicaciones sociales y simbólicas que estas representan. Así, algunos de los capítulos de la parte metodológica tendrían cabida en el de prácticas funerarias, ya que precisamente basan en ellas sus conclusiones, y la mayor parte de los dedicados a aquellas ofrecen explicaciones religiosas y simbólicas de su registro material. Los capítulos dedicados a la metodología antropológica tratan temáticas de plena actualidad en lo que se refiere a la Arqueología de la Infancia. A pesar de que gran parte del registro arqueológico que excavamos procede del contexto funerario, las relaciones entre antropología y arqueología no siempre han sido las más adecuadas. Ha sido hace muy pocos años (y no en todos los contextos) cuando la antropología ha saltado desde los anexos de las publicaciones para formar parte de las interpretaciones realizadas por nuestra disciplina. Este hecho ha permitido conocer los problemas metodológicos y avanzar en posibles soluciones que permiten discutir, desde las dos disciplinas, aspectos tales como los que se tratan en el volumen: la estimación de la edad biológica y su relación con la edad social (Buchet y Séguy; Rissech); la información referida a la paleodemografía (Durand; Tritsaroli y Valentin), las dificultades para asignar sexo a individuos infantiles o los problemas metodológicos a los que nos enfrentamos a la hora de excavar y recuperar restos óseos infantiles: conservación de la muestra, modo de extracción, número de restos, etc. (Gonzalez Martín). El segundo y tercer apartado contienen artículos que pueden ser categorizados como aquellos que, desde el registro funerario, pretenden resolver problemas concretos, los que tratan con formas de cultura material determinada y los que se dedican a recopilar la información existente sobre los enterramientos infantiles constituyendo una excelente base de datos de enorme utilidad. Entre los primeros cabe destacar, por lo estimulante de su problemática, el tema de las deposiciones de perinatales en espacios domésticos y productivos. Esa deposición diferencial ha sido explicada a partir de mecanismos como el infanticidio, la consideración o no de los perinatales como miembros de pleno derecho de la sociedad o su uso como parte de ritos de fundación; pero son posibles también otras interpretaciones que las consideran como ceremonias restringidas a la intimidad del ámbito familiar o como T. P., 66, N.o 2, julio-diciembre 2009, pp. 183-200, ISSN: 0082-5638 Recensiones parte de rituales asociados con ofrendas agrícolas (Agustí et al.; Dedet; Chapa). Sugestiva también resulta la documentación de perinatales en espacios de trabajo, como talleres metalúrgicos o tintorerías, relacionadas o con una actividad económica determinada: rituales de inicio, cambio o fin de la actividad realizada o responden a enterramientos de niños fallecidos de forma natural que no eran considerados parte integrante de la sociedad (Subirá y Molist). A esta última preocupación, la de entender cuándo niños y niñas son reconocidos como miembros del grupo familiar y por tanto de la comunidad, responden las aportaciones dedicadas en el monográfico a época medieval y moderna (Delattre; Séguy y Signoli) y, sobre todo, el análisis de la iconografía y del registro funerario infantil de la necrópolis y el santuario de Cástulo. Aquí además se introduce otro aspecto interesante que pone en relación las identidades de género y edad con la representación de símbolos maternales (Rueda et al.). Relevante también es el análisis de las causas de la mortalidad infantil en el pasado. El registro arqueológico nos permite decir que es probable que la mayoría de individuos infantiles fallecieran a causa de la malnutrición o de enfermedades infecciosas. Un estudio diferenciado merece, sin duda, el infanticidio. Esta práctica ha sido aceptada por las sociedades durante mucho tiempo como consecuencia de una gran variedad de factores culturales y económicos. Uno de esos factores ha sido precisamente el sexo del bebé, con una tendencia pronunciada al infanticidio femenino. Sin embargo, los resultados del análisis de ADN de Ashkelón (Israel) o de algunos yacimientos de la Bretaña romana (Faerman y Smith) nos proporcionan la posibilidad de otras conductas y otro tipo de explicaciones a este hecho. Como hemos mencionado, el volumen aporta una ingente cantidad de información sobre las evidencias que encontramos en el registro funerario, no sólo por las referencias bibliográficas de cada uno de los capítulos sino, sobre todo, por las distintas bases de datos que se presentan. En este monográfico encontramos datos pormenorizados de evidencias desde el Paleolítico superior europeo (Henry-Gambier); el Paleolítico en Próximo Oriente y África (Tillier y Majó); los enterramientos infantiles y juveniles en Europa desde el Musteriense hasta el Mesolítico (Olaria); las inhumaciones de infantiles en Mesopotamia durante la Edad del Bronce (Frank); la Protohistoria del sudoeste mediterráneo europeo (Gusi y Muriel); el Egipto de época antigua (Spieser) o los sarcófagos infantiles de época paleocristiana (Studer-Karlen). En conclusión, el libro trata algunos de los temas fundamentales del análisis de los individuos infantiles; el concepto de infancia (Chapa), la atribución de sexo, la deposición diferenciada, la consideración de los individuos infantiles como miembros de las sociedades, el infanticidio, la metodología de excavación y recuperación, la cultura material asociada a los niños y niñas (Muriel y Playá; Chapa), sus representaciones (Rueda et al.; Morel) o las implicaciones religiosas o mágicas del contexto funerario (Baills-Talbi y Dasen). Representa, por tanto, una publicación de plena actualidad y de enorme utilidad, no sólo para la investigación sobre infantiles, sino para el conocimiento de cómo se generan y reproducen los mecanismos sociales, culturales e ideológicos de las sociedades del pasado. Filosofía de la Universidad de Cádiz, el Museo de Tetuán y el Grupo de Investigación de Historia Antigua y Arqueología de la Mauritania Tingitana de la Universidad Abdelmale Esaadi de Tetuán. Este primer número de una serie destinada al inventario, la catalogación y la publicación de los fondos del Museo de Tetuán está dedicado a los materiales excavados en la cueva de Caf Taht el Gar (CTG) en el otoño de 1955 por el entonces director del Museo, Miguel Tarradell. La producción cuidadosa y lujosa de este libro, con sus múltiples láminas en color y sus resúmenes y pies traducidos al árabe, es un homenaje digno al que fue el miembro más distinguido de la Escuela de Barcelona de la post-guerra. En el primer capítulo, Salvador Domínguez-Bella y Ali Maate estudian los materiales líticos encontrados en Caf Taht el Gar en su contexto geológico y los comparan con los materiales hallados en la Cueva de Benzú en Ceuta (Ramos et al. 2003). Concluyen que se recogieron de contextos secundarios en las inmediaciones del yacimiento. El segundo capítulo, por Brahim Ouchaou y Saida Hossini, presenta algunos resultados del estudio de la fauna recuperada en las excavaciones de CTG por Jean-Pierre Daugas y Abdeslam Mikdad en 1989 y 1994. Sólo se enumera la presencia o ausencia de cada especie en las ocho fases bioestratigráficas identificadas en el yacimiento, pero los resúmenes porcentuales que aparecen dejan claro que en los estratos neolíticos predominan las especies domesticadas, con frecuencias más altas de cabra y oveja que de cerdo o vaca. Eduardo Vijande y José Ramos dedican el tercer capítulo (que quizás debería haber sido el primero) a una semblanza de Tarradell y una discusión de cómo planteó las excavaciones en CTG. La bioturbación extensiva del relleno y los recursos muy limitados disponibles para la excavación hicieron necesario proceder por niveles arbitrarios cuyos contenidos se reunieron en fases culturales caracterizadas por tipos fósiles cerámicos. En el cuarto capítulo, Daugas y Abdelaziz El Idrissi presentan una síntesis cronológico-cultural del Neolítico en Marruecos. Nuevas excavaciones en CTG y en varios otros yacimientos y la obtención de fechas C14 y TL en estos lugares y en otros yacimientos excavados en la primera mitad del siglo pasado permiten una revisión de la secuencia propuesta por el autor de esta reseña en su tesis doctoral (Gilman 1975). Es curioso, sin embargo, que los autores no discutan cómo los materiales recuperados por Tarradell (el tema del libro) encajan dentro del nuevo panorama. En todo caso, Daugas y El Idrissi mantienen un enfoque que se concentra en las normas relativas a la cerámica que pueden extraerse del registro artefactual y deja a un lado consideraciones funcionalistas sobre los modos de vida que este registro también refleja. Estas últimas sí están tenidas en cuenta por Ramos, Manuela Pérez, Vijande y Juan Jesús Castillo en el siguiente capítulo, "Nuevas perspectivas en el estudio de las sociedades tribales comunitarias neolíticas en el área del Estrecho de Gibraltar". Los autores resumen los trabajos efectuados por el equipo dirigido por el Profesor Ramos durante las últimas dos décadas en las provincias de Cádiz y de Málaga, así como otros más puntuales y recientes que han efectuado en Ceuta (en la ya mencionada Cueva de Benzú) y en esta colaboración con el Museo de Tetuán. Los autores demuestran cómo en los dos lados del Estrecho el Neolítico inicial está arraigado en el Epipaleolítico precedente. Este lector desearía que los autores prestaran igual atención a las divergencias que surgen en ambos lados del Estrecho a partir del IV milenio a.C., a pesar de las si-falta en este volumen una presentación más completa de los resultados de las excavaciones recientes de CTG, y en particular de los estudios de sus industrias líticas y cerámicas, pero José Ramos y sus colegas no han hecho que lo mejor actuara contra lo bueno, y el resultado es un volumen que sienta la base para una arqueología comparativa del desarrollo prehistórico en dos zonas vecinas con medios ambientes similares y trayectorias históricas divergentes. Gilman, A. 1975 Las novedades en los estudios sobre arte rupestre tienen un indudable atractivo para cualquier persona interesada en la arqueología. Se trata de uno de los pocos temas -junto a otros, como el origen de la humanidad o la arqueometría-que trasciende fronteras espaciales, culturales y cronológicas, conformando una especialidad concreta. Esto implica que existe un amplio grupo de personas y equipos que encuentran muchos puntos en común a la hora de analizar e interpretar sus hallazgos, por lo que resulta imprescindible facilitar las oportunidades para transmitir avances y noticias que puedan ser discutidas en reuniones e incorporadas a nuevos proyectos. Es la tercera vez que Oxbow Books sirve de soporte para la edición de lo que desde el principio nació con voluntad de convertirse en una serie. News of the World I y II tuvieron como editores a P. Bahn y A. Fossati, y surgieron en el contexto de los congresos sobre arte celebrados en Turín (Italia) y Alice Springs (Australia). El volumen III cambia en parte su equipo editorial y se publica por primera vez al margen de reuniones de este tipo. Como se indica crudamente en el prefacio, el libro ha tardado en publicarse por la tar-amenazas tanto naturales como antrópicas que se ciernen sobre los grabados rupestres. Se dan en algunas de estas zonas situaciones especiales, como la incorporación de nuevos grabados en la actualidad, o el empleo continuado de algunos como símbolos en los rituales que todavía hoy practican las poblaciones locales. La revisión del arte rupestre en Siberia y Asia Central realizada por E. Miklasevich completa esta extensa perspectiva territorial. La inmensa cantidad de representaciones incluidas en estos territorios requieren vastos programas de estudio, no sólo para localizar nuevos yacimientos, sino para controlar la información disponible sobre los ya conocidos, puesto que como señala la autora, se aprecian serias deficiencias tanto en su documentación como en su localización geográfica. Aunque muy breve, es importante la inclusión del artículo de Su Sheng sobre el arte rupestre en el Extremo Oriente, que incluye datos sobre China, Taiwán y Corea. Resultan impresionantes los yacimientos situados en Xizang del Norte, una región despoblada conocida como "Área de Vida Prohibida" debido a sus difíciles condiciones. Sin embargo, existen yacimientos decorados tanto con grabados como con pintura, a los que por el momento no se les puede atribuir una fecha concreta. Por lo demás, algunas de las fotografías se presentan para su comprensión con todos los motivos delineados con rotulador, lo que condiciona excesivamente la vista. Este trabajo ha sido traducido del chino, lo que sin duda ha supuesto un esfuerzo, pero el problema surge cuando se advierte que, excepto las referencias sobre Corea, toda la bibliografía recogida está en el mismo idioma, por lo que sería deseable el inicio de una política de traducciones o publicaciones bilingües. Una de las editoras, N. Franklin, presenta la información sobre Australia, focalizando su trabajo en un tema importante, como es el de la datación y las secuencias del arte rupestre en este amplio territorio. Ciertamente, esto se ha convertido en un problema desde que en ciertos casos, muestras extraídas de una misma figura han dado resultados muy distintos, incluso aplicando el mismo método analítico. La aplicación de técnicas como el análisis de las costras o la microerosión, utilizados especialmente en este entorno, son igualmente problemáticos, debido a la dificultad de su control y a la complejidad que supone el hecho de que muchos ejemplos han sido repintados varias veces. Es de resaltar la inclusión al final del artículo de un cuadro con todas las fechas radiométricas publicadas hasta 2004, así como una bibliografía muy completa. El complejo y diverso mundo de Polinesia es revisado por S. Millerstrom, quien resalta cómo la investigación se encuentra en un proceso de clara renovación, puesto que la mayor parte de los estudios recientes se enmarcan en los principios de la Arqueología del Paisaje. Probablemente es en este trabajo donde se adopta una perspectiva más "indigenista", incluyendo cualquier tipo de grabados rupestres hechos por las pobla-ciones locales hasta épocas recientes, y señalando que varias de las imágenes han sido tomadas con permiso de las comunidades que habitan estos territorios. El libro termina su recorrido con la revisión del continente americano. Los estudios sobre Estados Unidos (W.D. Hyder) y Canadá (J. Steinbring) son breves, pero mientras el primero es conciso y amplio en sus objetivos, el segundo es mucho más limitado. Llama la atención el alcance que la disputa entre las interpretaciones chamánicas y no chamánicas ha tenido en los EE.UU., aunque quizás la implicación de P. Bahn en este tema sea un sesgo que hay que tener en cuenta. La revisión del arte rupestre en Méjico (C. Viramontes, M.L. Gutiérrez, W.B. Murray y F. Mendiola) subraya el salto cuantitativo y cualitativo apreciable en la investigación de los últimos años. Rompiendo con la tradición anterior, que primaba los trabajos sobre las culturas sedentarias que erigieron los grandes monumentos, los jóvenes investigadores tienden a buscar nuevos objetivos, siendo el estudio del arte rupestre uno de los principales. El artículo nos presenta las distintas evidencias territoriales y predice un desarrollo exponencial de las publicaciones en un inmediato futuro. Los estudios de los complejos petroglifos y pinturas de Mesoamérica (M. Künne) y los llamativos monumentos megalíticos del sur de Ecuador (D. González Ojeda) dan paso a la revisión del arte rupestre de Perú, con manifestaciones pintadas curiosamente similares a las del post-paleolítico ibérico. M. Strecker analiza brevemente los nuevos hallazgos en Bolivia, y finalmente L. Ribeiro y A. Proas evalúan los datos de un área muy extensa y diversa, como es Brasil, mientras que D. Fiore cierra el volumen con una revisión de las novedades en Argentina. Son muchos los temas que subyacen a todas las contribuciones y que son en la actualidad el centro de las líneas investigadoras y de gestión de los diferentes territorios. La conservación de estas evidencias tan sutiles requiere una documentación completa y con estándares bien definidos, y precisa de una política de integración con las poblaciones locales y de cara al creciente turismo. Los últimos ejemplos de yacimientos titulados por UNESCO como Patrimonio de la Humanidad, que han sido vandalizados por los propios soldados de la ONU, deben poner en guardia a todos los estamentos sociales. Libros como éste son un gran apoyo en este esfuerzo, además de una referencia inexcusable para la investigación, no sólo por los datos aportados, sino por ofrecer reflexiones que faciliten el diseño de programas relevantes para el futuro. El libro nos sitúa ante el Neolítico de Francia como ante un vasto territorio en el que, sin borrar los perfiles de aquella diversidad cultural que se refleja en los mapas de los estilos cerámicos, se dibujan amplios horizontes y se desarrollan complejos procesos. Extensa, diversa, bien ilustrada, la impresión inicial es que esta obra contiene mucho de cuanto deseamos conocer sobre el Neolítico en Francia. Y, en gran parte, esa imagen positiva permanece al final de la lectura: la de que se trata de una buena guía para acercarnos al estado de la investigación sobre los agricultores neolíticos a lo largo de tres milenios. El plan de la obra, dividido en cinco partes, comprende la domesticación de la naturaleza por parte de los grupos neolíticos, el modo de vida y la organización social que se desprende de sus casas y aldeas, las enseñanzas de la cultura material, las prácticas y arquitecturas funerarias, y el mundo simbólico que inspiró las creaciones artísticas. Una propuesta ambiciosa que justifica la advertencia de sus coordinadores sobre la larga gestación del libro, por lo que las referencias bibliográficas no suelen pasar del 2004. El prefacio de J. Guilaine cumple perfectamente el papel de introducción. Asistimos aquí al impacto de sendas corrientes neolitizadoras cuyas raíces se hunden en el Próximo Oriente. La progresiva conquista del Oeste se hará a través de la vía mediterránea y de aquella otra que desde los Balcanes remonta el valle del Danubio. Un doble proceso calificado de arrítmico, con cesuras o fronteras culturales. El panorama resultante, dibujado sobre todo en las décadas de 1960 y 1970, era la proliferación de culturas neolíticas de alcance regional. Una imagen matizada en la presente obra, que muestra la permeabilidad de aquellas fronteras culturales. Punto importante, la reciente investigación se ha visto enriquecida por operaciones de gran envergadura relacionadas con la arqueología preventiva. Un hecho que asoma repetidas veces a lo largo del libro y que debe hacernos reflexionar a todos. Tras los mapas de los estilos cerámicos y de un cuadro cronológico, la primera parte se dedica a la relación entre los grupos neolíticos y el medio natural. J. Evin nos presenta los métodos de datación absoluta y J.-D. Vigne la metodología de la reconstrucción de los paisajes tardiglaciares y holocenos, cuyo proceso de modelado se estudia en el capítulo de J.-P. Bravard. Las consecuencias sobre el medio de la instalación de los primeros agricultores son analizadas por Ch. Los análisis polínicos y antracológicos, los sedimentos del fondo de los valles o de las cuevas-redil muestran que la presión antrópica no aumenta de manera lineal. Con excepción del Midi, donde la instalación de la vegetación mediterránea parece consecuencia de la explotación del medio por los neolíticos, su impronta no parece irreversible en las demás regiones. De la introducción de las plantas y animales domésticos se ocupa Ph. Marinval, mientras J.-D. Vigne y R.-M. Arbogast se refieren a las dos corrientes neolitizadoras que introducen los animales domésticos y constatan que desde el Boreal el Rubané, la talla de lascas que constituye una ruptura entre el Neolítico antiguo y medio, la confección de armaduras por retoque bifacial, la talla por presión y el tratamiento térmico del sílex son algunos de los muchos puntos de interés. En el amplio capítulo de la cerámica, A. D'Anna, F. Giligny y J.-Y. Tinevez recuerdan que las distinciones cronológicas y culturales del Neolítico están basadas en gran parte sobre los estilos cerámicos. Su distribución es heredera de las corrientes iniciales de la neolitización, que separan la zona este y cuenca de París, el Midi y la fachada atlántica, perdurando su impacto durante todo el Neolítico. Según los estilos cerámicos se enumeran hasta veintiocho grupos culturales, desde el Cardial, Rubané, Hoguette y Limbourg, Grossgartach... hasta el Campaniforme, ilustrados con veinticuatro figuras y los siete mapas ya mencionados. Los útiles y adornos en hueso y asta, por parte de I. Sidéra; el trabajo de los materiales perecederos documentado en las aldeas lacustres, por C. Louboutin; y la geografía de los minerales metálicos y primera metalurgia, por P. Ambert, completan los estudios de la cultura material. Las prácticas y arquitecturas funerarias constituyen el cuarto gran apartado. Chambon y J. Leclerc trazan una historia continua de todo el territorio. Antes del 4500, el tiempo de las tradiciones, representado por las necrópolis danubianas de Alsacia. En el milenio siguiente, el tiempo de las innovaciones, las sepulturas ocupan un espacio sepulcral confinado y explícito. Después, la diversificación y las nuevas prácticas hacia la tumba individual. R. Joussaume incide en el problema del origen del megalitismo atlántico en la región que va de la Gironda al Sena y de Poitou al Yonne, en la primera mitad del V milenio, y la posterior diversificación de los monumentos megalíticos. En el sur, tras las primeras sepulturas colectivas en cuevas naturales, el gran desarrollo del fenómeno megalítico corresponde al Neolítico final, como señala G. Sauzade, siendo el Midi la región de Europa con mayor número de dólmenes. La última parte se dedica al arte y los símbolos. J.-F. Pinigre valora la circulación de bienes según el origen de las materias primas, incluyendo la navegación así como la tracción animal al final del período. Los modelos etnográficos muestran el valor simbólico que pudieron tener determinados materiales. C. Loubotin describe la variedad de materias primas, clases de adornos y su distinta presencia en las sepulturas a lo largo del período, testimonio de cambios en la organización social. El arte mobiliar, como las pequeñas figuras o ídolos, es estudiado por J. Tarrête. Mientras que de la decoración de los monumentos megalíticos de la fachada atlántica y cuenca de París, con los grabados que muestran signos, objetos reales y animales como los dos bóvidos de la estela fracturada para cubrir las cámaras de Gavrinis y de la Table des Marchands, y de la sucesión de los es-tilos desde el V a los inicios del III milenio, se ocupa Ch.-T. Le Roux, así como de los menhires y otros monumentos no funerarios. El libro concluye con la aproximación de A. D'Anna a las manifestaciones artísticas del Midi entre los milenios IV y III, cuyas estatuasmenhir representan figuras humanas con distintos atributos y objetos enigmáticos. Este recorrido apresurado por las aportaciones de treinta autores y de una veintena de colaboradores quiere mostrar la ambición de una propuesta que articula con éxito aquellos procesos que atraviesan amplias regiones y largos períodos, con las informaciones detalladas que aportan los principales yacimientos. En el territorio de Francia se desarrollan dos procesos de neolitización independientes, de origen danubiano uno, de origen mediterráneo el otro. Este hecho subyace a la expansión y la evolución de los grupos neolíticos y tiñe las hipótesis con las que nos aproximamos a su estudio, el contraste de una Francia del norte opuesta a otra del sur, o aún una tercera perspectiva desde lo atlántico. Pero en el libro se impone la concurrencia de los procesos, lo que podemos aprender de uno para comprender al otro. Más allá del entramado de grupos culturales minuciosamente construido por la investigación, como nos recuerdan los estilos cerámicos, importa el diálogo entre las distintas regiones que se inicia con las corrientes de la neolitización y prosigue hasta el fin de los tiempos neolíticos. Como ya hemos indicado, es excesivo el tiempo transcurrido entre la redacción de algún capítulo y su publicación. Excelentes reflexiones metodológicas se acompañan en ocasiones de un reducido nivel de información, o parece escasa la profundidad de la mirada sobre problemas como las relaciones entre substrato y corrientes neolitizadoras, o sobre un espacio singular, en este caso la isla de Córcega, entre el silencio sobre muchos temas y el detalle de aquel cuadro que muestra los mamíferos introducidos en la isla por las poblaciones neolíticas. De los aciertos, aún destacaremos la bibliografía por capítulos, los cuadros de texto y parte gráfica que recogen colaboraciones sobre la obsidiana, la talla experimental de las grandes hojas del Neolítico final, el Campaniforme, o sobre los principales yacimientos. La parte gráfica, dibujos y fotografías, resulta apropiada y la cartografía justa. En resumen, se trata de una excelente aproximación al estado de la investigación. Un libro que bien puede ser ejemplo por lo que se refiere a la deseable publicación de un estado de los conocimientos sobre otro territorio complejo, como sería el caso de nuestro Neolítico peninsular. Correo electrónico: [EMAIL] Primitiva Bueno-Ramírez, Rosa Barroso-Bermejo y Rodrigo de Balbin-Behrmann (eds.). En los dos últimos decenios del siglo pasado tiene lugar la incorporación de una generación de investigadores que ha supuesto un vuelco en el conocimiento de este fascinante aspecto de la arqueología prehistórica, descubriendo nuevos yacimientos, revisando otros ya conocidos pero insuficientemente estudiados e incorporando nuevas pautas de documentación y una preocupación no sólo por el hecho artístico en sí mismo sino por el contexto en que éste tiene lugar, que lo dotó de significado y ¿me atreveré a decirlo? de función social. En este sentido, el libro que ahora comentaré supone ya en su propio título una declaración de principios, ya que se habla de "marcadores gráficos" al tiempo que se establece un nexo copulativo entre éstos y la erección de megalitos. Por otra parte, sin salirnos del propio título de la obra, el hecho de centrar su objeto de estudio en un área que se encuentra repartida entre Portugal y España constituye en sí (por desgracia) una notable excepción en una dinámica que, anclada en arcaicas rencillas históricas, ha convertido (para su mutua desgracia) a ambas naciones en vecinos muy unidos... por sus respectivas espaldas. Esta disposición se hace palpable sin ir más lejos en la cartografía 1:25.000, que todavía en la edición de 1987 marca con un monócromo res nullius las tierras lusas aledañas al sur de Galicia. Incluso en un territorio (pre) históricamente tan ligado al portugués como el gallego escasean los trabajos científicos que dirijan su atención a los fenómenos arqueológicos emplazados allende la frontera política actual. Los editores del presente volumen acumulan ya un largo historial de trabajos dedicados al arte postpaleolitico peninsular y al megalitismo del interior, cuestionando (con éxito) la vieja noción de la pintura y el grabado como fenómenos separados en el tiempo y el espacio, así como la idea del escaso dinamismo del interior peninsular. Igualmente, haciéndose eco y profundizando en ideas que impregnan los modernos análisis del arte postpaleolítico, sostienen que estas manifestaciones jugaron un papel más allá del vagamente religioso que habitualmente se les asignaba. Plantean además la audaz hipótesis (p. 14) de la existencia de un continuum gráfico entre el Paleolítico Superior y la Prehistoria Reciente en ciertas áreas, implicando el concepto de "territorio tradicional", espacios de uso recurrente que formaban parte de la visión del mundo de los habitantes a lo largo de amplios espacios de tiempo, una formulación que ofrece grandes posibilidades en cuanto a superar la completa estanquidad entre los distintos grupos artísticos que se extienden a lo largo de varios milenios, pero que también implica un cierto riesgo interpretativo, toda vez que la relación humano-naturaleza o las características del propio paisaje han experimentado grandes cambios durante los milenios implicados. De esto último tenemos un ejemplo en el trabajo de Almeida et al. (p. 25), donde se revela que el Tajo seguía en el Pleistoceno un curso algo diferente del actual en el Noreste alentejano. En uno de sus interesantes textos donde, por otra parte, hace una apasionada defensa de la "historicidad" y la contingencia en el desempeño de la ciencia paleontológica, arguye Gould (1989: 275) que uno de los argumentos más traicioneros que puede usar un científico es la falta de documentación (negative evidence). Este comentario es muy relevante para la arqueología de la zona del Tajo (Tejo) internacional y su hinterland que, durante la mayor parte del siglo XX, fue considerada en términos de vacío poblacional o, en el mejor de los casos, habitada por grupos pastoriles retardatarios y socialmente desorganizados, al margen de los desarrollos y fenómenos que tienen lugar en otras áreas peninsulares durante el III milenio. La investigación de los últimos años ha desvelado la inconsistencia de este lugar común y, ciertamente, las distintas aportaciones que configuran el presente texto nos muestran incontestables indicios de ocupación desde la Prehistoria más antigua (Almeida et al.) a la reciente (Bueno et al., Vilaça) pasando por las sociedades cazadoras-recolectoras del primer Holoceno (Cerrillo), si bien para éstas y el Neolítico Antiguo la información es todavía demasiado parca, como señala Raquel Vilaça. El megalitismo regional está, en cambio, bien representado tras los trabajos de los últimos años a un lado y otro de la frontera y sobre éste se aportan datos muy interesantes, referidos a la construcción o reutilización de sepulturas monumentales a lo largo del III milenio. Así en Lagunita III o Trincones I se detecta en la alfarería una pauta de divergencia morfológica interior/exterior del recinto ortostático, que los análisis de microrresiduos corroboran, apuntando la posibilidad de banquetes y ofrendas de alimentos efectuados en el perímetro de la sepultura (Bueno et al.,. En la etapa campaniforme el oro tiene una conspicua presencia en los ajuares funerarios, hasta el punto de que Bueno et al. (p. 149) consideran la disponibilidad de placeres auríferos un factor fundamental en el auge demográfico del área y del megalitismo tardío, lo que tal vez suponga privilegiar en exceso el papel de la economía política entre esas poblaciones. En este libro podemos observar dos posiciones dispares ante una de esas cuestiones favoritas en los estudios megalíticos, la de su secuencia interna: J.L. Cardoso (pp. 110-111) propone una ordenación que va de las pequeñas cámaras cerradas a los sepulcros de corredor y tholoi, hasta llegar a las cistas y túmulos de reducidas dimensiones del final del Calcolítico y Edad del Bronce, una serie evolutiva no muy disímil de la que se apunta -con matices-para el Noroeste peninsular (Fábregas y Vilaseco 2006). 43), enfatizan el polimorfismo arquitectónico y la variabilidad constructiva detectada a lo largo del fenómeno megalítico del Suroeste, rechazando explícitamente un modelo evolucionista unidireccional. Toda obra colectiva está inevitablemente expuesta al desequilibrio entre sus partes y ésta no es una excepción a la norma, pues encontramos aportaciones básicamente descriptivas junto a otras más ambiciosas e interpretativas, particularmente las de responsabilidad de los propios editores del volumen. En este sentido es de lamentar la ausencia de los textos de L. Raposo y A.M. Baptista, el segundo de los cuales abordaba una revisión del Arte del Tajo tras más de tres décadas de su descubrimiento (y subsiguiente inmersión de la mayoría de los grabados bajo las aguas del pantano de Fratel). Ciertamente, el destino trágico de este monumental conjunto artístico, al que afortunadamente se hurtó el arte del Côa, ha contribuido a que su papel en las síntesis se haya visto capitidisminuido, pero no es menos cierto que nuestro conocimiento es todavía muy limitado a pesar del gran esfuerzo de documentación realizado en su tiempo, que por desgracia no se ha visto coronado por la imprescindible publicación y sistematización de ese espléndido corpus rupestre. Se trata, en suma, de un libro que aporta información muy significativa para un área peninsular no demasiado conocida arqueológicamente hasta hace pocos años y la lectura de algunas aportaciones nos hace desear fervientemente que los datos, todavía parciales o preliminares que en ellas aparecen se vayan completando con la continuación de esta importante investigación transfronteriza. Los que estamos interesados en el estudio del megalitismo y en todo lo que le concierne esperábamos con cierta expectación esta obra de K.T. Lillios sobre las "placas decoradas" del Suroeste a partir de los artículos que esta autora había iniciado a principios de esta década, en los cuales venía exponiendo una sugerente interpretación acerca del significado heráldico de estas piezas. Se esperaba que aquí pudiera explicitar extensamente todo el proceso investigativo que permitiría demostrar su tesis. El reto resultaba difícil puesto que a nadie se le escapan los problemas que esta investigación conlleva y, de entrada, es conveniente felicitar la llegada de esta publicación que por primera vez aborda el tema de las placas decoradas de una manera tan amplia y novedosa. Llama la atención el hecho de que en los últimos años haya aumentado significativamente el número de publicaciones sobre las "placas" teniendo en cuenta que este tema había quedado "adormecido" durante bastante tiempo, a excepción de escasísimos ejemplos. Pero en realidad las publicaciones se deben mayoritariamente a sólo dos autores, Victor dos Santos Gonçalves y Katina T. Lillios. El primero dirige desde Lisboa el proyecto "Placa Nostra" un ambicioso Corpus que pretende la completa recopilación de estas piezas (Gonçalves 2004: 67). La segunda, dirige el proyecto denominado ESPRIT, un catálogo en formato web (Lillios 2004), con la gran ventaja para los interesados de conseguir una libre, completa, rápida y actualizada información, que merece ser elogiado (ver recensión en Bueno 2006). La interpretación que de las "placas" hacen V.S. Gonçalves y K.T. Lillios es, sin embargo, divergente y representa un compendio de las principales tendencias que han existido en el pasado siglo. La más extendida ha sido la de considerarlas como representaciones de una divinidad femenina, la Diosa Madre, que sigue manteniendo V.S. Gonçalves (1999: 114), por razones que le parecen indiscutibles. Por el contrario K.T. Lillios arguye que no existe ninguna evidencia para apoyar esta interpretación, especialmente cuando el número de representaciones consideradas antropomórficas es mínimo. La base de la crítica a la interpretación anterior y del posicionamiento que va a seguir esta autora en el libro hay que buscarla en un artículo que Isabel Gomes Lisboa (1985) publica sobre las "placas" en 1985. Su punto de vista rompe completamente con las interpretaciones tradicionales hasta entonces conocidas. Siguiendo modelos cognitivos y estructuralistas, I.G. Lisboa considera que las "placas" son parte de una estructura simbólica que cumple una función he-ráldica. A pesar de la originalidad de su tesis I.G. Lisboa no continuó desarrollando esta investigación, ni posteriormente se ha tenido nunca en cuenta, posiblemente por desconocimiento de su existencia. Ha sido precisamente la norteamericana K.T. Lillios (2002) quien ha recogido el testigo casi 20 años después, continuando con la idea heráldica de las placas y es por ello que este libro supone el primer trabajo que aborda este tema de la manera más amplia y con mayor profundidad hasta ahora. Sorprende que al principio del libro K.T. Lillios manifieste una posición ecléctica y considere este estudio como militant middles ground... in which structure and agency, materialism and idealism, and humanism and scientism occupy a shared intellectual space. Sin embargo en el capítulo 4, Agency and ambiguity, recurre a las posibilidades que le proporciona la teoría de la agencia ya que material culture itself has an agency, and the plaques are no exception. El libro se estructura en 6 capítulos. En el primero, Themes, además de hacer un recorrido por la historia de la investigación introduce al lector en el contexto crono-cultural en el que se manifiestan las "placas": Neolítico Final, con una cronología (corta) de 3500-2000 BC siguiendo a V.S. Gonçalves. Sobre la problemática cronológica y la división cultural entre Neolítico y Calcolítico procura no profundizar, en parte porque lo considera poco clarificador ya que existen pocas dataciones. Sin embargo para la tesis que pretende demostrar las dataciones de las placas resultan fundamentales. En el capítulo 2, Variations, expone la gran variabilidad de las "placas". Establece su clasificación tipológica en base al diseño formal y al estilo con 8 tipos a los que designa con nombres un tanto subjetivos según les sugiere su forma (azada, atirantada), composición (alfombra), tema (biomorfo) o frecuencia (clásico). Una de las principales aportaciones de este capítulo consiste en la distribución geográfica de los tipos y la cuantificación de ejemplares existentes en cada sitio, resultando un alto porcentaje del tipo clásico (70 %) sobre todos los demás, o un escaso número de ejemplares "biomórficos" (6 %). Esta baja frecuencia del tipo "biomorfo" es la que utiliza principalmente para desechar la interpretación de que las placas representen "Diosas Madres" como también observó I.G. Lisboa (1985). Interesante es el esfuerzo que dedica en el capítulo 3, Biographies, a reconstruir experimentalmente la vida de las "placas", un recorrido completo desde las fuentes de aprovisionamiento hasta su depósito final o reutilización. Ello le permite afirmar que las placas no requieren mucho tiempo para su fabricación, lo que podría indicar que se elaboraban en el momento que alguien moría, o que el número de registros y motivos en la composición responde a unas pautas de intencionalidad que son claves en su interpretación. Es en el capítulo 4, Agency and ambiguity, donde recurre más a la teoría de la agencia y a la psicología para apoyar sus glosas sobre las percepciones visuales que provocan las imágenes de las placas, algunas con mayor o menor fortuna. Entre otras retoma la vieja interpretación de M. Gimbutas de los ojos como evocación de la imagen de una lechuza, que K.T. Lillios cree identificar concretamente en la especie Tyto alba, frecuente en el Suroeste peninsular, aunque sus argumentos no resultan más convincentes que los propuestos anteriormente como ojos humanos. Más acertado es el planteamiento de que algunas podrían representar chamanes con máscaras. A este respecto hubiera sido interesante que la autora hubiera relacionado las "placas" con otras representaciones ideológicas tanto muebles como rupestres que podrían aportar otra información, como las pinturas rupestres del Abrigo de los Órganos en Jaén (González 1970) donde aparecen figuras femeninas con un motivo sorprendentemente idéntico a su tipo Biomorph whiskered en el lugar de la cabeza y que, en efecto, sí parecen máscaras, aunque no especialmente lechuzas. Otras variantes análogas son los "ídolos falanges" con motivos de ojos e incluso con brazos (¿o patas?), similares a los que aparecen en las "placas" y hallados en contexto campaniforme (Hurtado 1986), o los "ídolos oculados" de caliza presentes con diferencias estilísticas en el suroeste peninsular y ausentes del núcleo alentejano de las "placas" (Hurtado 2008). El grueso de su tesis, la consideración de las "placas" como un sistema de escritura sin palabras, lo expone principalmente en el capítulo 5, An Iberian writing system. Partiendo de esta premisa se concentra sobre todo en los motivos que aparecen en ellas y concretamente en las denominadas clásicas (las más numerosas y de mayor distribución), para intentar esclarecer qué pretendían transmitir. La hipótesis de que las "placas" tienen una función heráldica la sustenta en el número de bandas o registros que se representan en la parte inferior, los cuales indicarían el número de generaciones que separa al difunto de su ancestro fundador; es decir que funcionarían como identificadores y marcadores genealógicos de diferentes linajes. Dedica un considerable esfuerzo a analizar la distribución espacial de las "placas" y cree advertir una tendencia, especialmente en las clásicas, según la cual aquellas con un mayor número de registros se encontrarían alejadas del centro (la región de Evora). Sin embargo, aunque esta tendencia expansiva se puede vislumbrar grosso modo en el caso de los motivos de triángulos, no resulta tan evidente en la mayoría de las "placas". Lo que sí es cierto es que, en el cómputo total, el porcentaje de "placas" clásicas disminuye a medida que aumenta el número de registros y esta observación podría ser significativa. Es importante señalar que el estudio de K.T. Lillios trasciende la mera significación de las "placas" hacia aspectos sociales, económicos e ideológicos. En algunos casos observa en ellas representaciones de estatus social, existencia de especialistas y élites, movimientos de población, mecanismos de producción y reproducción, o incluso diferencias sociales heredadas. El libro cumple perfectamente las expectativas creadas en cuanto al modo de abordar la investigación; otra cuestión es si llega a demostrar su hipótesis, algo que por el momento resulta muy difícil con los datos disponibles. En definitiva se trata de un esfuerzo totalmente loable y de gran interés, con un enfoque novedoso que posiblemente marque pautas para continuar la línea de investigación y, a pesar de que la autora es consciente de que por ahora se ha tenido que mover en un nivel especulativo, mantiene la esperanza de que nuevos análisis y dataciones bien contextualizados puedan en un futuro cercano confirmar su tesis. ejemplar muestra dos diseños sucesivos con espadas de diferentes tipos, uno grabado sobre el otro, y Brandherm discute este particular en el texto; pero su dibujo es ininteligible. La representacion más antigua tiene una espada relacionada con el tipo Rosnoën, con una lanza y un escudo con escotadura en "V" del siglo XIII a.C.; mientras que la representación más reciente muestra un guerrero que sostiene un espejo y blande una espada que se aproxima a la familia de la "lengua de carpa"; este último motivo, que puede datarse en los siglos XI-X a.C. incide toscamente sobre los trazos de la primera composición y en el interior de la misma. El resultado final es una imagen confusa difícil de descifrar. Con todo, merece publicarse plenamente aquí, con su cronología relativa de los diversos tipos de espadas y de agrupaciones temáticas (véase Harrison 2004; 134-138 y 199-201 para las figuras). Lo mismo puede decirse de otras 36 estelas, cuyas espadas aparecen representadas como objetos separados y asociados a otros grabados. Se ha perdido la oportunidad de incorporar al catálogo un cuerpo de evidencia sustancial, que en el Apéndice D es una mera descripción escrita. Al parecer una decisión editorial intervino en este punto. No es fácil analizar un conjunto de materiales como las espadas, coleccionado al azar durante casi 140 años, con el "depósito" de Huelva como referente. Brandherm organiza el material con una cronología relativa para el Bronce Final de tradición atlántica, sobre la base de unos datos de C14 (pp. 12-15) que se relaciona con fases similares en Francia o las Islas Británicas. Las fases se denominan a partir de los depósitos epónimos: la Isla de Cheta, Huerta de Arriba, San Andrés de Hío, Ría de Huelva y, finalmente, Monte Sa Idda en Cerdeña. Esta secuencia quíntuple reemplaza al más viejo sistema de Bronce Final I, II y III, insatisfactorio y lleno de inconsistencias en su aplicación a la Península Ibérica. En discusión reciente, Alfredo Mederos (2008a) data los depósitos de Hío y Baiôes en el período 1150-1050 y amplía el material y los contextos estudiados por Brandherm. Permanece la incertidumbre sobre la fecha de las dos primeras fases, así como sobre el final de la fase Monte Sa Idda, que se superpone durante un período indeterminable sobre los primeros asentamientos fenicios en el extremo occidente. El núcleo del catálogo de las espadas es el "depósito" de Huelva, que tiene una historia de una confusa recuperación e incompleta publicación. Brandherm sugiere que el principal depósito comprendería sólo los objetos hallados durante las operaciones de drenaje en marzo y abril de 1923, y explica asimismo por qué es normal que tipos más viejos de espadas circulen junto a otros modelos más recientes (p. Sostiene que el depósito no está compuesto de objetos de chatarra, sino que por el contrario constituye una colección con objetos usados a un tiempo, entre los que todavía se valoraba las viejas armas. Desecha también la acumulación lenta de ofrendas en un punto determinado, lo que implica que se adhiere a la idea original de que dicho depósito onubense probablemente fuera la carga de un barco hundido antes que un depósito "ritual". Las páginas siguientes deparan una sorpresa al lector. Brandherm identifica unas características tipológicas únicas para las espadas onubenses de la familia de "lengua de carpa" y las separa de las espadas más comunes de Francia y el sureste de [74][75][76][77][78][79][80]. En su último tratamiento de la cuestión Brandherm indica que hay pocos depósitos del período inicial de la "lengua de carpa" temprana (950-875), y que sólo el material de 875-800 suministra cantidades suficientes para ser incorporado en el horizonte de los depósitos que lo culminan en Francia y Gran Bretaña (Brandherm y Burgess 2008: 151-153). Esto significa que las espadas de Huelva serían los antecedentes directos de las clásicas espadas de "lengua de carpa" del tipo Nantes y que su origen debe buscarse en la Península Ibérica. Es más, las espadas de tipo Huelva no aparecen en ninguno de los depósitos del complejo de "lengua de carpa". Puesto que existen importantes vacíos en los depósitos de espadas en la Península antes de la fase de Huelva, el desarrollo de los tipos tiene que seguirse a través de hallazgos aislados y algo de hipótesis. Ese es un trabajo a desarrollar en el futuro. Pero la conclusión importante del análisis de Brandherm y Burgess (2008: 153) es que "La participación de la Península en la Edad de Bronce atlántica terminó de manera efectiva con las espadas de la fase de Huelva y de Huelva/Saint-Philbert como consecuencia de la integración de la mayor parte de la Península en los intercambios comerciales entre el este y el oeste del Mediterráneo. Ello tuvo lugar en el siglo previo al florecimiento del complejo de 'lengua de carpa', lo que explica por qué la 'lengua de carpa' tiene una presencia mínima en la Península y por qué no se han hallado espadas Monte Sa Idda en los depósitos de 'lengua de carpa'". Mederos Martín (2008 b) asume también esta interpretación. Brandherm ha hecho de su volumen en PBF mucho más que un catálogo, puesto que lleva sus análisis bastante más allá de las descripciones tipológicas y los mapas de distribución, y muestra a sus lectores cómo una lectura de las evidencias sutil, insistente y rigurosa requiere un libro de este tamaño y complejidad. Debemos estudiar nuestras fuentes minuciosamente, y no hay substituto para la escritura de una Prehistoria precisa. El autor merece felicitación por un libro excelente que debe estar en toda biblioteca arqueológica. En F. Verse, B. Knoche, J. Graefe, Para muchos de los que habíamos leído sobre Qurénima, el Caldero de Mojácar o Parazuelos, casi siempre partir de fuentes indirectas y más o menos parciales, la presente obra es una muy valiosa síntesis sobre los patrones funerarios del sureste peninsular durante el Bronce Final. Sin duda, se trata de un avance muy significativo en la interpretación y contextualización del objeto de estudio, así como de un trabajo definitivo en cuanto a la recopilación de la totalidad de los datos generados a lo largo de más de un siglo de investigaciones. La monografía está estructurada en una introducción, ocho capítulos, unas conclusiones y cinco apéndices. El primero de los capítulos se centra en la historia de las investigaciones desde los hermanos Siret hasta nuestros días, incidiendo en el problema del origen de la incineración con la evolución y giros que ha sufrido su investigación desde las explicaciones centradas en el Mediterráneo, hasta la irrupción de los Campos de Urnas y los intentos de explicación autoctonistas. El cuerpo central de la monografía lo forma la minuciosa documentación que se recoge en el "Catálogo de las Sepulturas". Son un total de 60 yacimientos, en su mayoría tumbas aisladas, en muchos casos colectivas, también necrópolis de incineración y sepulcros reutilizados. En este capítulo se procede a la revisión de los ajuares funerarios a partir de las publicaciones de los hermanos Siret, de la documentación inédita de Luis Siret, de los diarios inéditos de Pedro Flores, de la Colección Siret depositada en el Museo Arqueológico Nacional (MAN) y de otros hallazgos posteriores y colecciones. El resultado es un exhaustivo catálogo de yacimientos, tumbas y ajuares, ordenado geográficamente desde el sur de Murcia hasta el occidente de Granada, así como la caracterización de las estructuras funerarias y su ritual. Los capítulos 3 y 4 están dedicados al análisis de los ajuares desde los vasos cerámicos y sus motivos decorativos, hasta los adornos, objetos relacionados con la vestimenta, útiles y armas realizados en materiales diversos. El quinto se centra en el problema de la cronología con un encomiable esfuerzo por correlacionar la información procedente de los asentamientos y de otras necrópolis del entorno con la documentación funeraria antes presentada. De esta forma, se fundamenta una secuencia de tres fases (la última con dos subfases) que se desarrollarán, aproximadamente, entre el 1100 y el siglo VII a.C., todo ello ilustrado con abundantes tablas y dibujos que resumen el esfuerzo del autor y que resultan de lo más ilustrativo para el lector. El capítulo 6 se dedica al análisis de la arquitectura funeraria y del ritual con especial acento en la importante diversidad observada. A continuación, los enterramientos del sureste se enmarcan en su contexto geográfico, se relacionan con sus posibles hábitats, se discute acerca de las inhumaciones, las cremaciones parciales y la incineración o del significado de las reutilizaciones de los sepulcros de corredor. Igualmente, se caracteriza la sociedad a través de los ajuares y se analizan las distintas influencias (continental, atlántica, mediterránea y tartésica) que confluyen en la zona durante el Bronce Final e inicios de la Edad del Hierro. En el capítulo 8 se comparan las prácticas funerarias del sureste con los territorios periféricos, con especial atención al problema de la incineración y de la reutilización de los sepulcros megalíticos. Por último, unas conclusiones en castellano e inglés recogen los puntos clave del estudio aquí tratado. Destaca un importante conjunto de cinco apéndices que aportan más detalles sobre el conjunto arqueológico analizado: el primero dedicado a los ajuares metálicos y a sus aspectos tecnológicos (firmado por Ignacio Montero), otro a las sepulturas reutilizadas de la colección Siret (Alberto J. Lorrio y M.a D. Sánchez), otros dos sobre las dataciones C14 obtenidas sobre sepulturas de la colección Siret (Alberto J. Desentramada la estructura de la monografía, no podemos concluir sin antes comentar algunos aspectos que nos sugieren un importante debate de cara al futuro. Así, nos llama la atención el uso reiterado del concepto de "Campos de Urnas" (CC.UU.) como referente cultural del noreste peninsular, situación que contrasta con las propuestas que se vienen formulando desde hace más de una década por parte de algunos autores (Castro 1994; Junyent 2002; López Cachero 2007). Estas posturas no niegan la existencia de movimientos poblacionales, pero sí rechazan que estas pequeñas migraciones puedan ser las responsables absolutas de la mayoría de los cambios sucedidos durante el Bronce Final, especialmente en lo que respecta a la generalización de las cerámicas acanaladas, del ritual de la incineración y del concepto de necrópolis. Creemos que cada una de estas novedades responde a problemáticas en origen diferentes aunque en su conjunto acaben coincidiendo en el tiempo y en un mismo espacio geográfico, situación que también parece intuirse en el sureste, si consideramos la temprana presencia de materiales acanalados en contextos del Bronce Final (Gatas VI, Cerro del Real o Cerro de los Infantes) y la tardía aparición de las incineraciones y de las primeras necrópolis de una cierta entidad. Todo esto con el trasfondo de una enorme diversidad en lo referente a las formas de ocupación del territorio, los tipos de asentamientos, las prácticas económicas o, incluso, la arquitectura y el ritual funerario, lo que nos obliga a plantearnos la idoneidad del concepto cultural de los CC.UU. como algo unitario, dada su evidente falta de homogeneidad interna y, sobre todo, por simplificar la complejidad de los procesos que durante el Bronce Final se produjeron. Esta actitud crítica contrasta con la buena salud de la que goza este concepto en otros territorios peninsulares como el área del medio y alto Ebro (Castiella y Tajadura 2001), la Meseta (Cerdeño et al. 2002), el suroeste (Torres 2002: 358 ss.) y también en el sureste. Como se hace patente en este último territorio, generalmente se recurre a un modelo basado en la penetración de pequeños grupos de Campos de Urnas del noreste (p. 414), en este caso matizados a través de las tierras del Levante (pp. 445-447 y 465), que serían los responsables de la introducción de la incineración (p. 426), probablemente desde Alicante (p. 432), y que se mezclarían con los grupos indígenas provocando un proceso de aculturación (p. De esta forma, intuimos que los Campos de Urnas se conciben como una entidad de fuerte contenido cultural y étnico. En nuestra opinión, el problema radica en la aceptación, sin crítica alguna, del concepto de Campos de Urnas y en sobredimensionar el radio de acción de los grupos incineradores del noreste, a veces estableciendo relaciones tan alejadas como por ejemplo, con la necrópolis de Agullana, que no alcanzamos a ver (p. 216), y en presuponer a veces, en su expansión hacia el interior y el levante peninsular, un componente ganadero que contradice la base económica cerealista aceptada para el territorio del Segre-Cinca y el litoral central catalán (Alonso 1999; Buxó 2007). Por tanto, la diversidad que se observa en los territorios que albergarán necrópolis de incineración (desde el noreste hasta Portugal) nos obliga a preguntarnos qué otras cosas, aparte de la incineración, comparten entre sí estos grupos. Y la sensación es que en muchos casos la respuesta no parece ir más allá de unos cuantos materiales cerámicos o metálicos susceptibles de haberse difundido mediante procesos muy diversos. En este contexto, y sin descartar puntuales contactos culturales por distintas vías, creemos que la importancia y el peso de las denominadas "influencias continentales" (pp. 425-427) que se perciben en el sureste reflejan, exactamente igual que las mediterráneas, las atlánticas o las tartésicas, el alcance de unos intercambios que aumentan considerablemente y de forma general durante el Bronce Final y la Primera Edad del Hierro. No queremos concluir sin volver a alabar la obra aquí tratada que consideramos un magnífico punto y aparte en el desarrollo de las investigaciones del sureste y en la cronología que nos ocupa. Su lectura no ha hecho más que reafirmarnos en la impresión inicial de que nos encontramos ante un indudable trabajo de referencia que tiene el mérito añadido de recopilar y poner al día toda una información dispersa que, como se ve en el texto, ha resultado ser de un enorme valor para el establecimiento de un marco interpretativo sobre el que habrá que fundamentar, mediante la crítica, la matización parcial de sus conclusiones o su validación, la investigación que se realice en el sureste de ahora en adelante. Esta obra es fruto de un proyecto iniciado en 2002 en la Escuela Española de Historia y Arqueología en Roma. En esa fecha el Dr. Xavier Duprè, vicedirector entonces de dicha institución, propuso a uno de los editores la preparación de un encuentro hispano-italiano que se centrara en un tema polémico y que se situara en el marco mediterráneo y europeo de la Protohistoria. El tema elegido fue el que da título a esta monografía, los contactos culturales en el período que va de los siglos XII al VIII a.C. entre el Mediterráneo y el Atlántico, lo que se ha venido denominando de forma bastante inadecuada como "precolonización". El volumen ha sido dedicado al impulsor de este proyecto, Xavier Duprè, desaparecido en 2006, y las primeras páginas se dedican a reseñar su figura y su importante obra. Aunque la reunión científica no se celebró, los editores no quisieron dejar pasar la oportunidad de invitar a un nutrido grupo de conspicuos especialistas a reflexionar sobre un asunto que sigue siendo controvertido y sobre el que se están produciendo en los últimos años hallazgos relevantes, lo que convierte a esta obra en referente de la revisión del tema y en el germen de un profundo debate que ha sido diferido a un momento posterior a su publicación. Esta extensa monografía ofrece relevantes aportaciones sobre el denominado "período precolonial" que podrán asumirse sin mayores problemas, a la vez que se reúne un cúmulo de información nada desdeñable, antes disperso en un sinfín de publicaciones. También encontramos la consabida discusión terminológica, sobre la cual casi todos los participantes hacen su particular contribución, se reafirman modelos y se apuntan otros nuevos, se proponen cronologías y fases, también rutas y circuitos de distribución de objetos y se reflexiona sobre la cultura material. Las distintas perspectivas, a veces muy contrapuestas, y las cronologías todavía muy fluctuantes ofrecen la apariencia de un edificio al comienzo de su construcción, aunque algunos autores nos ofrecen ya un bosquejo bastante coherente del mismo que necesitará aún del aporte de nuevos materiales. Si para el período al que se ciñe la monografía -en realidad del siglo XIV al VIII a.C.-contábamos para el ámbito más occidental con indicios muy puntuales relativos a sus contactos mediterráneos y al impacto que los mismos tuvieron en las sociedades indígenas, hallazgos como el de una colonia de tirios en el asentamiento de Huelva, de cuyos vestigios se hacen eco un buen número de las contribuciones de esta monografía, empiezan a llenar de contenidos el siglo que precede a la fundación de las colonias fenicias hasta ahora documentadas arqueológicamente y a explicar en buena medida la dispersión de objetos mediterráneos de esa época en el cuadrante suratlántico peninsular. Un descubrimiento que no será el último y que quizás se verá matizado por otros como el recientísimo de la Loma del Aeropuerto, cerca de la desembocadura del Guadalhorce en Málaga del que se ha presentado un primer avance en el VII ème Congrès international des études phéniciennes et puniques celebrado en Túnez en el mes de noviembre de 2009. Es imposible por razones de espacio hacer aquí un bosquejo aunque sea somero de las distintas contribuciones, pero el lector que se acerque a esta obra, además de disfrutar con la lectura de los distintos capítulos, podrá encontrar al final del volumen un resumen transversal de las propuestas de los autores, enormemente clarificador. Tres bloques han sido articulados por los editores. Uno se refiere a "Cuestiones generales, modelos y cronologías". Respecto a estas últimas, se hacen nuevas aportaciones y se discuten en muchos otros artículos del libro. El segundo y más nutrido recoge los enfoques regionales, con trabajos centrados T. P., 66, N.o 2, julio-diciembre 2009, pp. 183-200, ISSN: 0082-5638 Recensiones en la Italia peninsular, Sicilia, Cerdeña, las Baleares, la Galia, la costa mediterránea española, la Alta Andalucía, el Guadalquivir, el territorio portugués. Cerrándose el volumen con cinco contribuciones en las que se analizan algunos aspectos de la cultura material. En las más de 600 páginas de que consta, difícilmente el lector no encontrará lo que busca sobre la cuestión de los contactos en este período, al menos en lo que a materia arqueológica y a su análisis se refiere. No así en lo que atañe a las fuentes literarias, pues apenas encontramos una recopilación sobre los inicios de la colonización fenicia en las fuentes clásicas (Torres) y un análisis de los contactos "precoloniales" de griegos y fenicios en Sicilia que tiene muy en cuenta la información textual (Domínguez) y que resulta especialmente clarificador sobre la controversia terminológica que se pretende aclarar en esta obra. 155) alude a "lo impreciso de nuestra terminología y, sobre todo, la trampa que representa el término 'precolonización' que implica un proceso en dos fases que no siempre se produce" y al hecho de darse al tiempo fenómenos "precoloniales" mientras en zonas próximas ya hay colonias. También, como señala Ricardo Olmos en el prólogo, se echan en falta las menciones a la Odisea, y aunque el análisis de las fuentes bíblicas pueda parecer a algunos ya agotado todavía puede arrojar cierta luz sobre la cuestión de los tipos de empresa que a partir del siglo X a.C. hacen llegar productos orientales al Mediterráneo occidental. Varios autores, como Albanese, Ruiz-Gálvez, Guerrero o Torres, se refieren a la variedad étnica en el sistema de comercio llamado "precolonial", en el que participaron marineros y comerciantes de la mayor parte del Mediterráneo hasta el siglo X a.C., unos haciendo especial énfasis en los sardos, otros en los sículos y en los chipriotas. Sin embargo, Torres establece tres fases bien diferenciadas, una de tradición micénica, una segunda chipriota y una tercera de carácter fenicio, definidas por el autor como vectores comerciales. López Castro, a partir de su estudio de las importaciones en la Alta Andalucía y el Levante, considera que hubo contactos regulares aunque de poca intensidad, lo que se aparta de la propuesta reciente de una suma de contactos esporádicos. Dichas importaciones llegaron a reproducirse localmente según la tecnología disponible, lo que no implica la incorporación de avances tecnológicos. Tiene la impresión de que a comienzos del primer milenio a.C. se habría producido un desplazamiento del interés de los navegantes mediterráneos hacia el Suroeste peninsular, probablemente para acercarse al aprovisionamiento del estaño atlántico, lo que a nosotros nos parece registrado en la secuencia de epónimos del Estrecho de Gibraltar previa a Heracles. Ruiz Mata y Gómez Toscano aúnan sus esfuerzos para realizar una documentada síntesis del registro onubense y un análisis de la problemática del Bronce Final en el suroeste ibérico antes de la coloni-zación y en sus comienzos. También de interés por su enfoque rupturista es el trabajo de Escacena, que transforma en coloniales numerosos elementos que antes se habían tipificado como "precoloniales", convirtiendo la barrera entre una fase y otra en algo muy quebradizo. Novedosas respecto a las rutas y circuitos son las propuestas de Lo Schiavo, Albanese y Celestino. Ellos sugieren que a partir del siglo XI a.C. Cerdeña sería intermediaria de productos chipriotas y propios que harían llegar a la costa atlántica de la Península Ibérica a través de la zona meridional francesa y atravesando los Pirineos. Arruda también se lo plantea, dada la ausencia de materiales mediterráneos en el sur de Portugal. Esta propuesta no es ni mucho menos descartable, si tenemos en cuenta las enormes dificultades para la navegación con vela cuadra a partir del cabo de San Vicente. Las Baleares del Bronce Final, estudiadas por V. Guerrero, constituyen un "laboratorio" para analizar el papel de las marinas indígenas en los tráficos de este período, dado que todo el metal y materiales suntuarios como el marfil son de procedencia foránea, cuya arribada a las islas se produjo unas veces ya manufacturados, aunque la mayoría fueron transformados in situ. Quizás una aportación especialmente novedosa, fruto de un largo trabajo de prospección y excavaciones, sea el reconocimiento de un importante grupo de asentamientos en promontorios o morros costeros y en islotes, necesarios para la navegación de cabotaje entre las islas y alrededor de ellas, que nos informan indirectamente de la marina balear. En cuanto a las reflexiones puntuales sobre la cultura material, contamos con trabajos como el de Mederos, quien cree que carros y cerámica micénica llegaron a la Península de mano de los micénicos entre el 1300 y el 1150 a.C. gracias al análisis minucioso de las representaciones de los primeros en las estelas. Por su parte, Celestino relaciona el cambio suscitado en las representaciones de las estelas con la inclusión de algunos elementos que estarían relacionados con la presencia fenicia, como son los antropomorfos, los cascos de cuernos y las series de pequeños hoyos que representarían sistemas de pesos. La siempre sorprendente metalurgia sarda es objeto de análisis por Lo Schiavo y la orfebrería atlántica por Perea y Armbruster, que definen dos ámbitos tecnológicos bien diferenciados, uno de los cuales, el ámbito Villena-Estremoz, llega a entrar en contacto con la tecnología que traen los primeros "frecuentadores" fenicios. En suma, nos encontramos con una obra de un alto valor no sólo en cuanto a su contenido sino también por su capacidad para suscitar un fructífero debate, ahora sí muy bien encauzado. Dpto. de Historia Antigua. Facultad de Geografía e Historia.
Esta obra imprescindible, magníficamente editada, actualiza de manera crítica el tema en la Península Ibérica y el territorio francés próximo. Resulta del curso "Arte rupestre al aire libre, investigación y difusión", organizado por la Junta de Castilla y León en Salamanca (junio 2006), en el que participaron importantes especialistas españoles, portugueses, franceses. Incluye 15 capítulos de 19 autores, una bibliografía general y un Apéndice fotográfico. Tras un capítulo introductorio a cargo del editor, se intercalan otros que consideran tanto los aspectos cronológicos, iconográficos, interpretativos y de conservación de paisajes con estaciones rupestres clave como Siega Verde (Salamanca) (J.
Luis María Gutiérrez Soler (*) El interés por desarrollar métodos de prospección arqueológica cada vez más rigurosos y precisos constituye el objeto de interés de este protocolo de trabajo. Desde hace décadas se vienen desarrollando estudios experimentales en todo el mundo, especialmente en el Mediterráneo. La microprospección arqueológica está interesada en introducir estos buenos comportamientos metodológicos, como el análisis estadístico de las colecciones de superficie, en la práctica arqueológica española. La búsqueda de unas condiciones de observación lo más homogéneas posible, el control espacial de los sistemas de registro y la explicación de los métodos empleados constituyen la base de esta propuesta centrada en los estudios de sitio. La intervención arqueológica llevada a cabo en 2004-2005 en el oppidum ibérico de Giribaile ilustra los resultados obtenidos en este estudio de caso, permitiendo mejorar el conocimiento de la complejidad interna y la secuencia cronológica del sitio. La microprospección, basada en muestreos arqueológicos sistemáticos, trata de adaptar y mejorar la teoría clásica de la prospección de superficie, basada en registros intensivos, a las condiciones particulares de la investigación. Tal y como apunta T. Banning (2002) en el prólogo de su monografía, después de décadas de llevar a cabo prospecciones arqueológicas con diseños intuitivos, en los años 1960 algunos arqueólogos vinculados a la New Archaeology comenzaron a ser más explícitos a la hora de preparar y explicar sus diseños. Surgieron numerosas publicaciones en las dos décadas siguientes pero, a diferencia de lo que ocurrió con los métodos de excavación, la prospección no recibió un tratamiento similar que se concretara en la elaboración de guías útiles de trabajo. Centro Andaluz de Arqueología Ibérica. Paraje de Las Lagunillas, s/n. (1) El presente trabajo ha contado con la ayuda concedida por la Secretaría de Estado de Universidades e Investigación del Ministerio de Educación y Ciencia (referencia: PR2008-0173), a través de la concesión de una estancia en el Institute of Archaeology de Oxford desde el 1 de noviembre de 2008 hasta el 31 de enero de 2009, dentro del Programa Salvador de Madariaga. sajones (estadounidenses, primero, y británicos, más tarde, sobre todo a partir de los 1970) en todo el mundo, incluyendo el ámbito mediterráneo y ofreciendo nuevas oportunidades para tratar la reconstrucción de la historia del poblamiento y el uso de la tierra, especialmente en Grecia e Italia (Bintliff y Snodgrass 1985; Barker 1991: 1-2; Francovich y Patterson 2000). En este sentido, resulta muy significativo observar los resultados estadísticos obtenidos al comparar las primeras prospecciones llevadas a cabo en Grecia con las desarrolladas desde los años 1970 y, por extensión, con las prospecciones a gran escala en Italia o, más recientemente, con los proyectos vinculados al estudio del Levante mediterráneo e, incluso, Mesopotamia (Wilkinson 2004a: 57). El estado de la cuestión sobre la prospección arqueológica en España no parece alejarse mucho del panorama general diseñado por T. Banning. Muestra, además, un déficit importante de trabajos teóricos que aborden directamente los aspectos metodológicos, cuestión que no pasó desapercibida para los equipos británicos que comenzaron a desarrollar proyectos de investigación que incluían campañas de prospección en diferentes territorios a partir de los 1980 y los 1990 (Jones et al. 1985: 126; Keay y Millet 1991: 133). Recientemente, G. Ruiz Zapatero (2004), al realizar un balance sobre los últimos veinte años de Arqueología Espacial en España, pese a establecer los indicadores sobre la madurez alcanzada, subraya la falta de explicaciones acerca de los criterios empleados en el diseño y documentación en muchas de las publicaciones y, especialmente, sobre la escasez de controles de calidad como práctica habitual de la prospección arqueológica. Es, precisamente, este ámbito el que despierta nuestro interés y en el que venimos actuando como línea prioritaria desde el Centro Andaluz de Arqueología Ibérica interesándonos, especialmente, por el tratamiento de los muestreos arqueológicos, dentro de una tendencia generalizada de reducir las áreas de trabajo para aumentar la intensidad de la prospección. A principios de los 1990 Shennan (1985: 8) comienza a evaluar las prospecciones no en términos de cantidades de materiales recogidos o por el número de sitios descubiertos, sino a partir de la consideración de los métodos empleados para obtener dichos resultados. En esa línea surgió la preocupación en nuestro grupo de investigación por fijar criterios, lo más objetivos posi-ble, en la práctica de la prospección arqueológica. No se trataba tanto de seguir localizando un número creciente de sitios, ni de continuar recogiendo en ellos cada vez más materiales, sino de controlar los criterios con los que se llevaba a cabo esa recolección y los factores, de todo tipo, que podían influir en el desarrollo del trabajo, asumiendo que la definición de un sitio es, ante todo, un acto de interpretación (Alcock et al. 1994: 138). Debíamos abordar, en definitiva, el siguiente paso en el diseño de una estrategia seria de prospección: establecer protocolos de trabajo válidos para documentar colecciones de materiales y articular los mecanismos necesarios para la recogida de artefactos. Esta crisis de crecimiento o pérdida de la inocencia en la planificación y el diseño de los análisis del territorio vino de la mano de una reflexión madura, a partir de los nuevos cuerpos interpretativos y marcos teóricos que llegaban desde el mundo anglosajón, y también de consideraciones de orden práctico, como los problemas surgidos a la hora de revisar los sitios arqueológicos que se habían prospectado hacía años en zonas clásicas de trabajo como la Campiña de Jaén. Así, actualmente un arqueólogo encuentra dificultades a la hora de localizar un yacimiento catalogado tiempo atrás (problema hoy bien resuelto con la utilización de la tecnología GPS). Además, debe enfrentarse a graves deficiencias en las lecturas propuestas, ya que las descripciones literales, normalmente, no contienen valoraciones acerca de los criterios empleados, ni porcentajes sobre las clases de materiales presentes en la superficie del terreno o la manera en que estos se distribuían dentro de un asentamiento. Habitualmente, estas colecciones presentan altas proporciones de piezas inusuales y otras bajas de los ítems más frecuentes, además de una selección por tamaños y por períodos cronológicos (Drennan 1996: 88). Su análisis resulta de un gran interés para comprender el estado del conocimiento de la cultura material en un momento concreto de la historia de la investigación. Las colecciones incontroladas, entendiendo por tales aquellas en las que el registro espacial no ha sido suficientemente preciso, representan un grave problema. Obvian la información contextual inherente a la distribución de dichos materiales y la consecuente correlación entre los depósitos de superficie y del subsuelo y, sobre todo, condicionan y limitan, al mismo tiempo, futuras intervenciones en dichos sitios. Todo ello se une al problema de la recogida de cerámicas diagnósticas, es decir, aquellas consideradas tradicionalmente como fósiles-guía, y a los avances que se han producido en el conocimiento de la secuencia arqueológica, en la definición de horizontes de cultura material y en ciertas precisiones cronológicas establecidas sobre diversos conjuntos cerámicos. Así las cosas, tras unos primeros ensayos experimentales con transect en algunos de los asentamientos localizados en el vaso de la presa de Giribaile (Gutiérrez 2002; Fig. 1), llevamos a cabo un primer muestreo sistemático en el área arqueológica asociada al santuario heroico de El Pajarillo (Gutiérrez et al. 1998). Esa intervención permitió fijar las primeras pautas del método que comenzamos a denominar microprospección arqueológica y también el diseño de lo que en Jaén se viene conociendo como cuadrícula móvil. Una vez generalizado el método de prospección a grandes territorios y a unidades físicas y geomorfológicas completas, con casos ejempla-res de estudio como el valle del río Salado de los Villares (Ruiz Rodríguez et al. 1990), surgió la necesidad de análisis cada vez más detallados y pormenorizados, cambiando la escala de actuación desde el territorio al asentamiento. Paralelamente, animados por los trabajos anglosajones que surgieron a finales de los 1950, nos decidimos a aprovechar, en el ámbito de la prospección, el alto potencial de información que aportan los materiales presentes en la superficie de los sitios arqueológicos. Un argumento importante a la hora de reivindicar una nueva formulación para este tipo de estudios procedía de la formación de una conciencia general sobre la necesidad de avanzar en el conocimiento arqueológico sin destruir el registro. De esta forma se superaba la tradicional dependencia de la prospección respecto de la excavación, a imitación de los estudios anglosajones de los nuevos arqueólogos americanos que habían proliferado especialmente en los 1960 y 1970 en el ámbito de la CRM (Cultural Resource Management). Esa tendencia había comenzado a manifestarse en una primera generación de estudios de colecciones controladas de materiales de superficie que se habían desarrollado en España desde mediados de los 1980 (Fernández y Lorrio 1986). También resultó de un gran interés para nosotros la publicación, por aquellos años, de los pri-Fig. Localización de Giribaile y de algunos de los sitios de ocupación ibérica y romana mencionados en el texto. meros informes de los proyectos de investigación sistemáticos en Andalucía por parte de equipos procedentes de universidades británicas, como el planteado en la antigua ciudad de Celti (Keay et al. 1993) y también en el hinterland de Tarraco (Carreté et al. 1995). Este tipo de análisis de superficie, vinculados a una larga tradición de estudios de carácter experimental llevados a cabo en toda la cuenca del Mediterráneo (Snodgrass y Bintliff 1991), hubiera marcado una línea de actuación con un alto potencial de información, de haberse incorporado como una práctica habitual a los trabajos de campo, reservando la excavación arqueológica a actuaciones cada vez más puntuales. Este marco de referencia, que hemos intentado describir brevemente, nos servía de estímulo para el desarrollo de una metodología propia de trabajo. En El Pajarillo nuestra labor se centró en determinar la extensión real de los restos arqueológicos y la naturaleza del registro, profundizando en el conocimiento de aquellos factores que más influían en su representatividad y que, por tanto, debían ser tenidos en cuenta a la hora de interpretar correctamente los mapas de distribuciones que íbamos definiendo. Esta actividad también nos brindaba la oportunidad de continuar valorando la viabilidad de nuevos procedimientos analíticos. Un trabajo de estas características, llevado a cabo en el interior de un asentamiento, pone más de manifiesto la necesidad de primar ante todo la calidad de la documentación obtenida, potenciando estrategias intensivas de prospección. Entendemos como tales toda inspección y colección superficial de materiales basada en un muestreo que proporcione una localización exacta de referencia, permitiendo establecer un control espacial sobre el contexto y obtener muestras representativas (Lewarch y O'Brien 1981). En nuestro caso, la naturaleza de la población, los oppida ibéricos del alto Guadalquivir, no permitía cuantificar con los elementos de registro, mayoritariamente cerámicas, individualmente (dada la elevada cantidad de ítems), por lo cual debimos recurrir a estrategias de muestreo basadas en unidades de selección definidas espacialmente a partir de una rejilla de referencia. Esta técnica permite definir fronteras y localizar la posición de construcciones e, incluso, de áreas de actividad en sitios específicos (Fasham et al. 1980: 6). En esta primera caracterización de un sitio arqueológico, completo, a partir de sus restos de su-treadas, con ayuda de la cuadrícula móvil se recogieron todos los vestigios arqueológicos que fuimos capaces de observar en superficie, siguiendo un criterio fijado de antemano que consistía en incluir todos los materiales que formaran parte del registro móvil. La interpretación de los resultados obtenidos nos permitió establecer una nueva perspectiva sobre el monumento excavado. Muestreos en prospección arqueológica Actualmente, los trabajos de prospección arqueológica tienen un papel relevante en la interpretación de los paisajes culturales (Orejas 1996). Estos análisis globales han dado una nueva dimensión a los objetivos de investigación, superando enfoques tradicionales restrictivos que sólo permitían obtener lecturas parciales sobre los territorios o los asentamientos en estudio. Por otra parte, el desarrollo de los estudios de la Arqueología del Paisaje se ha visto favorecido por la implantación, cada vez más generalizada, de los Sistemas de Información Geográfica (SIG) (García Sanjuán 2005; Grau 2006), un nuevo escenario de reflexión sobre la capacidad potencial de información de los datos que plantea retos interesantes, y por una creciente mejora en el registro espacial gracias a los sistemas de localización GPS. Para completar estos estudios sería de un gran interés contar con muestreos arqueológicos rigurosos y generalizados dentro y fuera de los asentamientos. A menudo la aplicación de los sistemas de georreferenciación GPS no supera la barrera del análisis de dispersiones de artefactos de baja intensidad (Schiffer et al. 1978: 2) ni aborda el registro de grandes colecciones de materiales, especialmente cuando se salta de la escala del territorio a la definición de una ocupación estable y compleja. Es este, precisamente, nuestro interés principal a la hora de desarrollar un protocolo de trabajo en el ámbito de lo que hemos convenido en llamar microprospección arqueológica. La microprospección pretende proporcionar un modo de análisis común y generalizable dentro de los asentamientos que prime la calidad de la documentación del registro de superficie, redefina el concepto de sitio arqueológico sobre la base del estudio estadístico de las colecciones de materiales y planifique estrategias de trabajo intensivas, profundizando en los problemas planteados por los muestreos arqueológicos. Esta nue-va definición del asentamiento debe basarse en estudios topográficos precisos y en la incorporación de los últimos avances en sistemas de detección bajo la superficie del terreno (fotointerpretación, teledetección, prospección geofísica, prospección sub-superficial en zonas de baja visibilidad, etc.), permitiendo una amplia variedad de opciones que pueden ser empleadas según las necesidades, los objetivos de nuestros proyectos y la disponibilidad de medios. Pese a que este crecimiento técnico nos sitúa en una etapa del desarrollo de la prospección muy avanzada respecto a tiempos no demasiado lejanos, en ningún caso el diseño de las prospecciones en el ámbito mediterráneo (Gallant 1986: 418), a pesar de que no resulta sencillo transferir las metodologías desarrolladas para los regímenes agrícolas y las condiciones climáticas que prevalecen en las regiones templadas del norte de Europa o semiáridas del Sureste de los Estados Unidos (Gaffney et al. 1991: 63 y 76). Para conseguir este objetivo debería aplicarse una metodología básica en dos niveles de resolución, dentro y fuera del asentamiento, utilizando rejillas regulares (como en el caso de nuestras propuestas de microprospección) o transects adaptados a la disposición de las propiedades y campos de cultivo actuales (Gillings y Sbonias 1999). Pautas como las marcadas por el proyecto pionero de la expedición Cambridge/Bradford en Beocia (Bintliff y Snodgrass 1985: 127) afrontan las circunstancias particulares que presentan estos paisajes, con una historia, a menudo, bien documentada, una alta densidad de materiales en superficie y una presión creciente, derivada de la intensificación de los cultivos. La práctica de las prospecciones sistemáticas superficiales en el ámbito mediterráneo se ha considerado problemática, de forma explícita, con la aparente paradoja de que, a pesar de aplicar procedimientos técnicos sofisticados y un control sobre los procesos geológicos que afectan a la superficie, los problemas no desaparecen (Wandsnider 2004: 70-72). Esta clase de trabajo debería proporcionar información sistemática y cuantificable para resolver problemas a escala local y regional. Las comparaciones significativas entre asentamientos a partir de la detección de patrones recurrentes de materiales puede permitir en el futuro elaborar análisis de poblamiento precisos, estudios demográficos (Bintliff y Sbonias 1999) y generar modelos predictivos, etc., sin olvidar que la relación que puede establecerse entre las evidencias de superficie y enterradas es, indudablemente, compleja y varía de un sitio a otro (Renfrew y Bahn 1991). Como ha apuntado N. Terrenato (2004: 43-45), la integración de diferentes conjuntos de datos corresponde a un ejercicio global de interpretación basado en el contexto local más que en una observación objetiva. Sin embargo, las comparaciones entre sitios y medio ambiente son fiables y muy deseables, ya que casi siempre la única integración posible se producirá a nivel cualitativo, dado el alto grado de variabilidad medioambiental en las diversas regiones del Mediterráneo. pecciones extensivas, a gran escala, y las intensivas, centradas en la investigación de objetivos concretos, en el marco de una estrategia de muestreos en fases sucesivas y complementarias, aplicando un diseño en estadíos múltiples (Wilkinson 2004b). Finalmente, como recuerda M. Millet (2000b: 220), debe avanzarse en el tratamiento estadístico de variables como el índice estimado de equivalencia que representa un fragmento de cerámica sobre la pieza completa, frente a las que venimos utilizando habitualmente del número total de fragmentos o su peso total. Estas dependen de factores tales como el grosor de las paredes del recipiente, su forma o su tamaño, favoreciendo la variable del peso a los recipientes de paredes más gruesas y a los de paredes más delgadas la variable que tiene en cuenta el número total de fragmentos. Esta vía experimental, que en la arqueología española no ha llegado a definir una línea clara de actuación a pesar de algunos ensayos pioneros de los 1980, empieza a generalizarse en la práctica arqueológica de proyectos de investigación con intereses muy diferentes que incluyen la prospección intensiva, en diversos grados (Hurtado 2000; Barton et al. 2004; Burillo 2006). La cuadrícula móvil (Lám. I) es una estructura desmontable de aluminio, compuesta por 16 largueros de 1 m de longitud y cuatro esquinas que forman escuadras con 0,5 m de largo en cada lado. Con estas cuatro esquinas y un número variable de largueros se puede montar un cuadro con un tamaño mínimo de 2 ́2 m y máximo de 5 ́5 m. Este ingenio, de tamaño variable, puede subdividirse en unidades de 1 m 2, ya que los largueros presentan una perforación en el centro para facilitar el enganche de gomas elásticas a la estructura. El precedente de la cuadrícula móvil es un prototipo de madera utilizado en el proyecto Keban Reservoir. Allí se empleó como modo para centrar la atención de los prospectores en un espacio concreto y bien delimitado dentro de un transect (Whallon 1983: 75, 76 y 79). En nuestro caso fue diseñada para reducir los costes de localización de las unidades que debían ser muestreadas y conseguir el difícil equilibrio entre el tamaño, lo más reducido posible, de las unidades de muestra y la precisión de la información espacial, un problema considerado crítico en esta clase de prospección. La cuadrícula móvil ha mostrado su versatilidad y eficacia en los numerosos trabajos que hemos llevado a cabo en diferentes terrenos. Se trata de una estructura rígida, pero ligera, transportable por sólo dos personas. Su tamaño fue pensado para abordar la situación más frecuente en las prospecciones arqueológicas en la provincia de Jaén, donde el uso actual del suelo confiere una gran importancia al cultivo del olivar. La cuadrícula móvil se adapta a estas formaciones en hilera, en las que los olivos se plantan a distancias regulares que, tradicionalmente, oscilan entre 8 y 12 m. Como convención general, tomamos como unidad mínima de trabajo el espacio libre entre cuatro olivos, enfrentados dos a dos, asumiendo que cuatro olivos situados en dos hileras paralelas ocupan las esquinas de una supuesta cuadrícula teórica. Al repensar la geometría del olivar en términos de muestreo arqueológico cada calle se convierte en un transect y, a su vez, estos se subdividen en cuadrículas (Lám. Sólo faltaba adoptar un módulo de referencia para decidir el tamaño de la cuadrícula móvil. En el olivar tradicional se plantan los olivos, aproximadamente, cada 10 m, por lo que forman cuadros de 10 ́10, una superficie cercana a 100 m 2. La cuadrícula móvil podría abarcar, en su versión máxima de 5 ́5 m, 25 m 2, es decir, un divisor de 100. La ventaja es que, como cada esquina de la cuadrícula viene definida por un olivo, a partir del centro teórico de la cuadrícula este espacio se divide en cuatro unidades de 25 m 2. Es decir, si apoyamos la cuadrícula móvil en la pata de cada uno de los olivos-esquina de la cuadrícula es posible abordar todo el espacio muestreable. Somos conscientes de que se introducen errores. En primer lugar el propio espacio que ocupan los olivos varía en función de su edad y tamaño y del hecho de que tampoco los olivos están situados exactamente cada 10 m, si bien cualquiera que conozca la disposición de los olivares de Jaén se asombra de las alineaciones tan perfectas y regulares que en muchas ocasiones se pierden en el horizonte. Como ya hemos comentado estamos tratando de adaptarnos al olivar-tipo que predomina actualmente en el paisaje de Jaén, mayoritariamente con olivos de una o tres patas, en ocasiones centenario. Sin embargo, en el trabajo de campo podemos encontrar olivares de regadío y cultivo intensivo que reducen las distancias tradicionales. La forma del cuadro también se puede ver afectada por la topografía del terreno. Cuando se aprovechan las laderas de una montaña o las hileras de olivos giran y se adaptan a una curva de nivel, predominan las formaciones irregulares y en trebolillo que pueden llegar a romper completamente la disposición tradicional de los olivos enfrentados en hileras. Incluso, en esos casos, mantenemos la geometría que marca el olivar como la base de referencia de nuestro muestreo, aunque, a veces se trate de cuadrículas muy irregulares o de espacios que ni siquiera podemos denominar cuadrículas, ya que adoptan formas de rombos, triángulos, trapecios, etc. Esta manera de proceder permite planificar adecuadamente las unidades de muestreo en los trabajos preparatorios de la prospección en el laboratorio, donde las fotografías aéreas en color de las zonas de estudio con una resolución espacial de 1 m nos permiten identificar el número total y la disposición de las unidades que deben ser muestreadas, ya que los olivos son perfectamente reconocibles. la parte de la meseta correspondiente a la antigua ciudad ibérica y permite obviar uno de los grandes problemas a los que, habitualmente, debe enfrentarse la prospección arqueológica a la hora de estimar la superficie de un asentamiento: la valoración y consideración de la extensión de restos de superficie, en nuestro caso mayoritariamente cerámicas. A priori, sabemos que los restos presentan distintos grados de desplazamiento desde su contexto de origen, debiendo diferenciarse un núcleo de un halo o periferia, especialmente en terrenos cultivados (Alcock et al. 1994: 141-142) y atendiendo a factores como el clima o la vegetación, que pueden ser utilizados como controles geológicos y pedológicos para determinar el grado de erosión que afecta a las colecciones de superficie (Bintliff y Snodgrass 1988: 511). En nuestro esquema de trabajo resulta imprescindible una topografía de detalle, previa a los muestreos arqueológicos. Esto nos facilita un detenido análisis y documentación de las evidencias de superficie (cerámicas, cimientos de construcciones, líneas de rotura del terreno, etc.). El estudio topográfico, que incluye la meseta de Giribaile y su entorno más inmediato, cubre un área de 63 ha. La topografía partió de una ortoimagen a color a escala 1: 5.000 que, con el apoyo de los posteriores trabajos de campo, logró errores de precisión espacial inferiores a los 20 cm. El estudio topográfico nos ha permitido delimitar con exactitud la forma del oppidum. Se localiza en el extremo de una meseta alargada y se extiende a lo largo de un eje de algo más de 900 m con una orientación predominante suroeste-noreste, ocupando dos grandes espacios denominados, respectivamente, Plataforma Principal y Plataforma Norte (Fig. 2). La Plataforma Principal toma como origen el tramo de la fortificación ibérica conocido como dispositivo de tipo barrera. Este, con una longitud de 246 m y más de 10 m de altura conservados en algunos puntos, interrumpe el suave ascenso a la meseta, impidiendo la libertad de acceso al interior de la ciudad a través de su flanco más vulnerable. A partir de aquí se abre una superficie amplia de terreno, en torno a las 9 ha, de tendencia rectangular, con una longitud de 520 m que mantiene una línea recta, constante, en su flanco noroeste y un arco de círculo en su límite sureste, cerrando el espacio progresivamente hasta morir en el punto natural más elevado, un estrangulamiento que separa la Plataforma Principal de la Plataforma Norte. En este lugar aflora en superficie la roca de base geo-nismo presente en la Plataforma Principal para época ibérica. Como límite sureste del poblado intramuros actúa un talud con forma de U, con un desnivel de 1,5 m. Los trabajos de topografía muestran una depresión del terreno en la Plataforma Principal, al noroeste del afloramiento de roca que le sirve de separación respecto a la Plataforma Norte. En la Plataforma Norte es posible reconocer un gran cercado de piedra en las inmediaciones del castillo medieval. Este último se define como un espacio fortificado próximo a 1 ha, en el que resultan complicados los trabajos de microespacio a causa del nivel de colmatación que se observa en superficie y de las limitaciones de espacio disponible, por las construcciones interiores dentro del recinto, entre ellas una cisterna. Factores que influyen en el registro de superficie Son muchos los procesos de formación, culturales y no culturales, que influyen en la representatividad de los contextos arqueológicos (Reid et al. 1975: 212). De ahí que los factores a considerar sean muy variados y de muy diversa índole y que todos ellos deban tenerse en cuenta a la hora de interpretar los resultados obtenidos en una intervención de prospección arqueológica superficial. Una aproximación objetiva requiere la puesta en práctica de técnicas de prospección y muestreo correctas y la consideración de las variables que rigen los datos observables, sin olvidar la valoración de los factores postdeposicionales que tienen que ver con su distribución, conservación y visibilidad (Foley 1981: 166). Resulta necesario definir, por tanto, la coherencia del conjunto y de nuestro método de trabajo antes de intentar interpretarlo. Estos factores tienen que ver con las propias condiciones naturales del terreno, en nuestro caso marcado por un patrón de erosión y vegetación característico de un medio semiárido, y con el uso que de él se ha hecho a lo largo del tiempo. Es preciso estudiar los factores de alteración naturales y también asociados a la propia acción del ser humano, que influyen en la disposición del registro, en la manera de distribuirse las colecciones de ítems en superficie. Éstas han sido estudiadas en un momento concreto de la historia, en una determinada coyuntura cero, en nuestro caso el período que media entre el 22 de noviembre de 2004 y el 5 de abril de 2005. Los conjuntos de artefactos presentes sobre los terrenos actuales de la meseta de Giribaile se han agrupado en diversas categorías. Éstas permiten clarificar la complejidad de los procesos postdeposicionales que intervienen en la construcción de los registros superficiales actuales. Entre los factores naturales que afectan a los depósitos arqueológicos pueden citarse las propias características geológicas y geomorfológicas del terreno, el tipo de suelo, las pendientes, la erosión, la cubierta vegetal, la actividad de organismos, etc. A menudo no se dispone de mucha información al respecto, pero Giribaile cuenta con trabajos específicos de geología, por sus características peculiares. La meseta, fracturada por una falla, está formada por un antiguo relleno sedimentario marino de la cuenca del Guadalquivir, depositado en un sistema deltaico y de plataforma (García-García et al. 2003), sobreelevado sobre su entorno y posteriormente erosionado, de ahí que sea frecuente encontrar abundantes fósiles marinos al recorrer la meseta y, por el contrario, no se observan las fértiles tierras rojas, triásicas, que se extienden por todo el valle. La falta de suelo, con afloramientos de roca en superficie en la mayor parte de la meseta, reconocibles en varios puntos de la zona arqueológica, junto con los ricos acuíferos y manantiales, que se concentran a la altura de las cuevas excavadas en la base del farallón de roca sobre el que se alza la meseta, facilitaron la construcción de una ciudad y la convirtieron en un terreno apto para el desarrollo de una ganadería extensiva y de otros aprovechamientos agropecuarios, de gran importancia en la economía del mundo antiguo. Las características generales del medio físico han sido descritas, en parte, al tratar la definición del espacio de trabajo, si bien la topografía permite determinar con mayor precisión el índice de las pendientes que rodean la meseta en cada punto y las principales líneas de erosión que afectan a la circulación de los materiales. Algunos indicadores arqueológicos como la pérdida de parte de la fortificación perimetral del oppidum pueden resultar de gran importancia para comprender la entidad de este proceso. La Plataforma Principal, protegida por grandes farallones, presenta un declive natural en di-rección suroeste, de modo que las principales líneas de erosión tienden a mover los materiales hacia el precipicio que mira hacia el valle del río Guadalimar, como demuestra también la pérdida, casi completa, de la muralla en el reborde de la plataforma de este tramo, a pesar de la descripción de Manuel de Góngora (1860), cuando al respecto comenta que "... En el perfil de la peña apenas se interrumpen los restos de muro". Actualmente, sólo se reconocen las ruinas de murallas al descender por los aleros del acantilado. Por el contrario, en el flanco noroeste, aunque la fortificación no conserva su alzado, es posible seguir en planta una sucesión de alineaciones de muros con una anchura entre 1 y 2 m, que se unen en ángulo recto, adaptándose de este modo a la forma del reborde de la propia meseta. Estos muros, de los que sólo se conservan sus cimientos, continúan a la fortificación perteneciente al dispositivo de tipo barrera. El levantamiento topográfico muestra en la parte central de la Plataforma Norte un espacio fuertemente colmatado y de acceso dificultoso, por el crecimiento espontáneo de arbustos, en ocasiones de más de 1 m de altura, a partir del cual se organizan las principales líneas de erosión que, en este caso, siguen una orientación predominante hacia la vertiente sureste. La acción del ser humano Pueden citarse como principales factores de alteración de carácter antrópico los diferentes usos del suelo, las expoliaciones, la redeposición de sedimentos en tiempos recientes, etc. Para poder interpretar las distribuciones de materiales correctamente, en el marco teórico de la denominada ploughsoil archaeology o, más recientemente, artefact scatters, es necesario conocer la naturaleza y la intensidad del uso de la tierra (Stoddart y Whitehead 1991: 141). Las condiciones geológicas de la meseta de Giribaile no son favorables para la práctica de la agricultura. Tan sólo ha sido posible llevar a cabo una agricultura de subsistencia en la parte de la meseta correspondiente a los terrenos del antiguo oppidum. que estos últimos se habían limitado a recoger materiales de superficie puntualmente, la hacía un lugar perfecto para abordar la puesta a punto de la metodología de prospección para el registro de conjunto de colecciones de materiales de superficie en el ámbito de la microprospección arqueológica. La primera noticia de la recogida previa de colecciones de superficie procede de Manuel de Góngora, que en 1860 recorrió estos parajes describiendo de modo cuidadoso el sitio y fotografiando algunos materiales. Más tarde, serían coleccionadas algunas piezas, consideradas especialmente interesantes, por el equipo que excavó en la meseta de Giribaile durante las campañas de 1968 y 1969, sobre todo aquellas que se encontraban casualmente en el desplazamiento a los "pozos de prospección" durante las jornadas de trabajo. Finalmente, en 1986 se limpiaron algunos de los antiguos cortes excavados, actividad que llevó asociada una prospección centrada en los terrenos del entorno de la meseta. Estas actividades unidas a la recogida puntual de materiales por algunos arqueólogos que, a lo largo de este tiempo, recorrieron la meseta en solitario, no habían significado una actuación sistemática de recolección de cerámicas de superficie. En nuestra opinión, no han causado un serio perjuicio a la representatividad de las colecciones de superficie, dada su entidad y envergadura en Giribaile. Sí debe tenerse en cuenta que el tamaño de los objetos decrece a medida que se realizan nuevas recolecciones. Estas pueden haber afectado sobre todo a los grupos de materiales formados por piezas que, por su forma y tamaño, no resulta fácil fragmentar como un pondus o las fusayolas, al tratarse, especialmente las primeras, de piezas macizas de grosor considerable. Así, pues, el transect que llevamos a cabo en 1993, puede ser considerado la primera recogida controlada, ordenada y sistemática registrada en el área arqueológica de Giribaile. III la distribución del número de piezas/m 2 refleja bien las condiciones de registro y la propia topografía de Lám. Transect de Giribaile (Vilches, Jaén). A. Dirección del transect. B. Variabilidad en el número de piezas/m 2 recogidas sobre la superficie del terreno. la meseta de Giribaile, de modo que la variabilidad de densidades del transect responde a su paso a través del poblado intramuros, la Plataforma Principal, el afloramiento de roca y la Plataforma Norte, hasta alcanzar el castillo. Complejidad de la secuencia crono-cultural La densidad de las ocupaciones, su número y profundidad temporal, la complejidad interna del sitio o sus diferentes funciones diacrónicas en el territorio influyen de una forma directa en la lectura de los resultados obtenidos. La variabilidad en la entidad y la densidad de la ocupación en Giribaile, alternando con períodos de abandono, más o menos prolongados, convertían este asentamiento en un lugar idóneo para experimentar nuevos procedimientos técnicos y poner a punto el método de microprospección. Resultaba relativamente sencillo establecer diferencias en los conjuntos de materiales que se asociaban a los diversos horizontes arqueológicos: cerámicas toscas, fabricadas a mano pertenecientes a comunidades de la Prehistoria Reciente; cerámicas finas a torno de época ibérica de pastas compactas, duras y sonido metálico, acabadas, en muchas ocasiones, con engobes y, finalmente fragmentos de época altomedieval pertenecientes a recipientes de gran formato, fabricados con el torno lento, con desgrasantes visibles de tamaño elevado, habitualmente con decoraciones plásticas en forma de cordones. Todos estos factores permitían unir en un mismo proyecto objetivos de investigación sobre la secuencia y metodológicos, centrados en el desarrollo de modos rigurosos de colección de materiales de superficie. El primer asentamiento en la meseta de Giribaile se relaciona con un primitivo poblado de cabañas de la Edad del Bronce que, tal vez, alcanzara el período orientalizante. Más tarde, a principios del siglo IV a.C., sobre este antiguo solar se construyó el oppidum de Giribaile, una gran ciudad ibérica de la Oretania que formaba parte del pago de Cástulo. Finalmente, en época medieval se erigió un castillo sobre el espolón noreste, con una primera fase de construcción, posiblemente califal, y una segunda almohade. Estas ocupaciones, separadas por largos períodos de abandono, facilitan nuestro trabajo de reconocimiento de materiales y, en general, presentan límites espa-ciales precisos. El castillo ocupa un espolón de roca diferenciado y separado por una vaguada del resto de la meseta. El oppidum, que unifica toda la zona arqueológica y constituye el espacio principal de actuación de la microprospección, presenta, igualmente, claros límites topográficos. Una vez abandonados los valores estratégicos que determinaron la ocupación de la meseta, los criterios que determinan la localización de los cortijos instalados en la base de las cuevas son la protección que proporciona el farallón de roca, la proximidad a los nacimientos de agua que se concentran en la base de la meseta, los olivares cercanos, etc. Estos cortijos, la mayor parte de ellos hoy en ruinas y abandonados, utilizados por cazadores o como viviendas de fin de semana, son la versión más actual de la ocupación de las cuevas, descrita por J. Maluquer (1976: 20): "En el risco que sostiene la meseta del poblado, existen numerosas cuevas artificiales ocupadas como viviendas temporalmente por los aceituneros en época de recolección", relegando a un segundo plano a la meseta de Giribaile, en esta última etapa de la historia. Los factores físicos y culturales considerados proporcionan algunas de las claves para interpretar, correctamente, la naturaleza del registro arqueológico sobre la superficie del terreno de Giribaile. La ocupación del espolón más septentrional de la meseta durante varios momentos históricos, parece condicionada por su posición de dominio sobre los valles circundantes. La pérdida del interés por ejercer este control geoestratégico explica los sucesivos períodos de abandono. Por el contrario, las condiciones geológicas de la meseta la convierten en un terreno de bajo rendimiento agrícola y poco apto para la práctica de la agricultura. Esos recursos se obtienen de la puesta en explotación de las fértiles tierras del valle o de las huertas cercanas, en la base del farallón de roca, variable dependiente del tamaño de la comunidad y de sus necesidades de generar un excedente. De todo ello se deduce que la dinámica histórica de Giribaile está marcada por una sucesión de períodos de ocupación, intensos, pero de duración limitada, que alternan con momentos de abandono casi absoluto, debido a las restricciones productivas que impone la propia naturaleza del terreno. Hechas todas estas consideraciones, a diferencia de lo que suele suceder habitualmente, no parece ser el cultivo de estos terrenos o las actuacio-nes de transformación del espacio relacionadas con procesos de especulación los principales factores a considerar entre los procesos postdeposicionales que han afectado a las sucesivas superficies de exposición de los materiales, ni tampoco un régimen sedimentario, sino los procesos naturales asociados a la propia erosión del terreno. Resulta determinante en este sentido la utilización de la topografía para la interpretación de las distribuciones de materiales a partir de la lectura de las principales líneas de desplazamiento de estos a lo largo y ancho de la meseta de Giribaile. Un último factor relevante en la historia geológica reciente de esta área arqueológica tiene que ver con los cambios de magnitud de los procesos de alteración naturales, vinculado a la propia estructura geológica de la meseta que periódicamente sufre el desprendimiento de grandes masas de roca que se desgajan del farallón. Al terremoto de Lisboa de 1755 se asocia, posiblemente, el desprendimiento del frente del Complejo Rupestre 4 y, tal vez, también el hundimiento de parte de la bóveda de la cueva-santuario de época ibérica. Recientemente, un desprendimiento de menor envergadura ha afectado a una parte del frente exterior del Complejo Rupestre 3, inutilizando el acceso a través de uno de los cortijos. Estos procesos, sin embargo, tienen lugar a una escala superior a la considerada en este estudio, pero pudo tener que ver en el pasado con el desmoronamiento de parte de la fortificación perimetral que rodeaba el oppidum de Giribaile, especialmente si tomamos como referencia su flanco sureste. Factores relacionados con el método de trabajo Pensamos en el propio diseño de la prospección, con los objetivos y con los medios disponibles, tanto técnicos como de capital humano, los cuales definen aspectos de gran importancia para garantizar la calidad de los trabajos. Citamos entre estos la existencia o no de controles de densidad, el tamaño, la forma y la distribución de las unidades de muestra, la precisión en su localización sobre el terreno, la forma de recolección, las condiciones de observación relacionadas con las circunstancias superficiales del terreno y las variaciones en la exposición a la lluvia, la cualificación del personal y el tamaño del equipo, etc. Todos estos aspectos son los que conforman el protocolo de trabajo. La microprospección en la meseta de Giribaile ha proporcionado una oportunidad única para la puesta a punto del método de registro de superficie que comenzamos en la intervención arqueológica en el santuario ibérico de El Pajarillo y que también habíamos aplicado en otros oppida de la provincia de Jaén, entre ellos, Cerro Alcalá, antigua capital de la Osigitania, transformada, posteriormente, en la ciudad romana de Ossigi Latonium (Lozano y Gutiérrez 2006). La experiencia acumulada se unía a las características, ya comentadas, que ofrecía Giribaile y a las propias condiciones del estudio, para convertir este proyecto de investigación en un auténtico laboratorio, en el escenario ideal para experimentar, definir y estandarizar los detalles de un protocolo de trabajo (Fig. 3). El protocolo adaptado para la microprospección en la meseta de Giribaile incluye tres fases principales: la planificación previa, la fase de muestreo y registro, y el posterior trabajo con los materiales. Todas ellas incluyen trabajos de campo y de laboratorio organizados en paralelo y ejecutados, en ocasiones, al mismo tiempo. Aquí comentaremos los aspectos principales de los dos primeros momentos, abordando los aspectos metodológicos que fundamentan los posteriores análisis e interpretaciones históricas. Trabajos preparatorios y de planificación Los trabajos de topografía previos permitieron conocer la superficie exacta que ocupaba el oppidum, 14,56 ha, y organizar la distribución de los estratos sobre los que íbamos a realizar el muestreo. Contamos no sólo con un documento topográfico actualizado, sino también con una parcelación precisa del terreno, mediante la colocación de estacas de madera, clavadas a una equidistancia de 50 m. En esta ocasión, a diferencia de trabajos anteriores, como los llevados a cabo en El Pajarillo o en Cerro Alcalá, carecíamos de plantaciones de olivos que definieran artificialmente los estratos sobre los que poder organizar el mues-treo. Dada la escasez de suelo, su poca productividad y la abundancia de piedra sobre el terreno, se había destinado a pasto para los rebaños de ovejas que, habitualmente, tenían los establos en las cercanas cuevas de Giribaile. Este espacio había quedado inculto, como un erial, en el que crecía una vegetación arbustiva, de manera espontánea, mucho más desarrollada en la Plataforma Norte, ya que las retamas, en ocasiones, llegan a superar el metro de altura, frente a la Plataforma Principal, un espacio despejado y abierto, óptimo para el desarrollo de una actividad de microprospección al proporcionar en un régimen erosivo una alta visibilidad de cerámicas en la superficie del terreno expuesta, sólo obstaculizada por la importante acumulación de piedra que se concentra en el sector que ocupa el poblado intramuros. El primer paso consistió en la designación de un origen de coordenadas. Para facilitar el trabajo decidimos que éste se situara en el extremo sureste del dispositivo de tipo barrera, el tramo monumental de la fortificación ibérica que sirve de límite a la ciudad. Este punto favorecía que todas las unidades de muestra quedaran incluidas en valores positivos del eje de abcisas y ordenadas. La empresa de topografía contratada se encargó de los trabajos previos de organización del es-pacio. Estos consistieron en la colocación sobre el terreno de estacas de madera cada 50 m, formando una rejilla que cubría todo el asentamiento, ajustada al diseño teórico que se había proyectado, utilizando la cartografía analítica. Las estacas se rotularon en su parte superior con la distancia en metros respecto al origen de coordenadas en valores de X e Y. Es decir, se estableció un procedimiento de referencia basado en un sistema cartesiano de coordenadas relativas, complementado por la precisión centimétrica de las coordenadas absolutas UTM que proporciona un receptor GPS. La elección de estratos artificiales definidos por un módulo con un intervalo de 50 m de lado se decidió en función de la experiencia previa en esta clase de trabajos. Permitía distribuir el espacio total en unidades de superficie de un cuarto de hectárea que se adaptaban bien a los ritmos del trabajo de campo con el equipo disponible y podían ser subdividas a su vez, fácilmente, utilizando cintas métricas. Además, cumplía el principal requisito, ya que actuaba como un múltiplo de la modulación más frecuente empleada en los olivares de Jaén, el cuadro de 10 m de lado. El objetivo último era adaptar la cuadrícula del terreno al módulo utilizado habitualmente, de modo que los Luis María Gutiérrez Soler Fig. 3. Protocolo de trabajo. trabajos de microprospección arqueológica en Giribaile fueran comparables a los realizados en otros sitios. Los estratos sólo sirven como referencia topográfica sobre el terreno, mientras que las cuadrículas constituyen la unidad de base del registro, de modo que la superficie del oppidum debe entenderse como una rejilla continua de cuadrículas, cada una identificada con un número de serie comprendido entre el 1 y el 1.357. Un sistema de registro como este, basado en un muestreo intensivo, a partir de la utilización de unidades de registro pequeñas, asegura una buena estructura de la información sobre los patrones de artefactos y garantiza posteriores tratamientos estadísticos de las series de datos. Una vez establecida la forma y el tamaño de los estratos y su distribución sobre el terreno se realizó la selección de las unidades de muestreo. La selección de la muestra se llevó a cabo utilizando un método sistemático. Usamos una tabla de números aleatorios de dos cifras generada por ordenador con un intervalo comprendido entre el 00 y el 99, de modo que cada elemento individual en la población tuviera las mismas oportunidades de ser elegido y que la inferencia estadística fuera lo más fiable posible. A diferencia de la intervención realizada en El Pajarillo, se decidió recoger y procesar una fracción muestral del 1 %, es decir, seleccionar una cuadrícula de cada 100, como habíamos hecho en la mayor parte de los oppida muestreados en la provincia de Jaén hasta ese momento. El tamaño de la unidad de muestreo y de la fracción muestral depende de la extensión del sitio y de la densidad de artefactos. La fracción muestral deberá aumentar a medida que decrece el tamaño del sitio, asegurando la recogida de una colección de artefactos suficiente. En Giribaile la densidad de la ocupación y la gran superficie del área arqueológica que iba a ser muestreada favorecía la calidad de los resultados, ya que las poblaciones numerosas de artefactos, además de mejorar la calidad de la inferencia estadística, aumentan las posibilidades de que las colecciones de superficie proporcionen muestras representativas de las frecuencias de clases (Lewarch y O'Brien 1981). La fase de muestreo y el registro En total, en la meseta de Giribaile fueron muestreadas 1.357 cuadrículas, cuya extensión, 13,57 ha, resulta algo menor que la del asentamiento por dos motivos. La zona comprendida dentro del recinto amurallado del castillo impedía reproducir las condiciones de muestreo con cuadrícula móvil adoptadas en el resto de la meseta. En segundo lugar, la propia forma y el contorno irregular de la meseta debía compatibilizarse con la geometría (cuadrada) de las unidades de muestra. El trabajo concreto para una jornada se planificaba con suficiente anticipación, considerando variables como el número y cualificación de los prospectores o las condiciones de visibilidad y accesibilidad del terreno: densidad de la vegetación en esa zona, condiciones climatológicas previstas para ese día, grado de humedad de la tierra, presencia de obstáculos tales como acumulaciones de piedra, muros, zonas en depresión, etc. Se intentaba llevar a cabo un diseño realista de objetivos, organizando los recorridos en el campo de modo que se rentabilizaran esfuerzos (Fig. 4). Para aminorar, en lo posible, problemas relacionados con la variabilidad en las condiciones de luminosidad ambiental, la prospección daba inicio a la misma hora y tenía una duración, aproximadamente, equivalente (Shennan 1985: 39). Cada jornada comenzaba localizando la estaca que se tomaba como punto de referencia inicial y se unían con cintas métricas las estacas que daban forma al espacio de 50 ́50 m que debía ser muestreado (2). El equipo de trabajo se dividía en dos grupos. Uno montaba la cuadrícula móvil, mientras que el otro instalaba un pequeño laboratorio de registro de campo con un ordenador portátil y una balanza, a los que daba servicio un grupo electrógeno con una autonomía en torno a las seis horas (Lám. Estos dos equipos trabajaban distintos aspectos del registro, en paralelo y coordinados. La ubicación del espacio de registro, instalado en uno de los lados del estrato, tenía en cuenta la zona a prospectar prevista para minimizar los recorridos. La mayor dificultad del muestreo (Fig. 5) consistía en la localización espacial de las unidades que debían ser muestreadas a partir de los gran- (2) Este espacio ha sido denominado "estrato" y hace referencia a una unidad de superficie homogénea que da sentido al muestreo arqueológico. Estos "estratos" de muestreo tienen un carácter artificial, frente a los criterios de estratificación naturales, basados habitualmente en una interpretación geográfica, que suele emplearse en prospecciones arqueológicas de escala regional. Éstos se dividían con cintas métricas, en cinco transect de 10 m de ancho, subdividiéndose a su vez en cuadrículas de 10 ́10 m, equivalentes al módulo formado por los cuadros que forman los olivos y facilitando el uso de la cuadrícula móvil, en su versión de mayor tamaño. Como las cuadrículas de muestreo eran de 100 m 2 y la cuadrícula móvil abarcaba como máximo 25 m 2 cada una de ellas podía subdividirse teóricamente sobre el terreno en cuatro cuadrantes. Finalizados los trabajos de localización espacial, los prospectores recogían los materiales en la unidad de muestreo seleccionada, siguiendo los criterios fijados en la intervención de microprospección en El Pajarillo. Una vez concluido este primer reconocimiento de superficie, un prospector trasladaba los materiales al espacio de registro, concentrándose los demás en la cuadrícula de 10 ́10 m. Cada uno realizaba la inspección visual de un cuadrante y recogía sólo el material de selección (formas cerámicas reconocibles, fragmentos decorados, etc.) que fuera capaz de identificar sobre el terreno bajo la dirección de un experto para evitar problemas en el grado de reconocimiento de los materiales (Haselgrove 1985: 23). La figura 6 muestra la intensidad de la prospección en número de personas-día por unidad de área inspeccionada. En el laboratorio de campo los ítems que procedían de las unidades de muestra eran cuantificados en la base de datos, separando los que consideramos materiales de selección. Los fragmentos de cerámicas sin información espe-Luis María Gutiérrez Soler Fig. 4. Organización de las jornadas de trabajo en Giribaile (Vilches, Jaén). Ejemplo de distribución de estratos, cuadrículas y unidades de muestra. Meseta de Giribaile (Vilches, Jaén). Laboratorio de campo. cialmente relevante, una vez contados, pesados y clasificados, eran devueltos a su lugar de origen. Los primeros se introducían en bolsas etiquetadas para ser trasladados al Centro Andaluz de Arqueología Ibérica. El registro en la base de datos se organizó a partir del número de las cuadrículas y de sus unidades de muestra. De este modo los ítems no son considerados individualmente sino formando parte de pequeños agrupamientos o clusters de pie-zas que toman como referencia unidades espaciales, de tamaños diversos, dentro de la rejilla de muestreo, tratándose de una información que hace referencia al contexto del estrato. Así, las distribuciones de densidades de materiales en superficie que se presentan en las figuras 7 a 9, son el resultado de una sencilla representación que generaliza los valores obtenidos en el muestreo a toda la cuadrícula. Microprospección arqueológica en Giribaile (Vilches, Jaén). Esquema de muestreo, con inclusión de la forma y el tamaño de las unidades de reconocimiento del terreno en la meseta de Giribaile (Vilches, Jaén). El eje de abcisas indica la superficie de terreno inspeccionada (en m 2 ) por persona/día, el eje de ordenadas las jornadas de trabajo. sería posible el tratamiento y posterior procesamiento de los datos, utilizando las capacidades que ofrecen los SIG al uso. Por el momento, las representaciones incluidas en el presente artículo se limitan a conectar la información temática resultante de tratar estadísticamente las variables de modo independiente, generalizando esa información contextual obtenida en 1 m 2, como una mancha de color que ocupa la totalidad de la superficie de la cuadrícula. Con la intención de causar el mínimo impacto sobre el área arqueológica y trasladar la menor cantidad de material posible se gestionó durante la fase de campo de la prospección la mayor parte del trabajo que, habitualmente, se viene llevando a cabo en el laboratorio. Esta experiencia resultó altamente positiva ya que permitía procesar un gran volumen de información in situ y devolver una importante cantidad de fragmentos de cerámica a sus contextos de origen. La localización exacta de sus unidades de procedencia permite superar la clásica polémica acerca de si éstos se deben recoger o no durante los trabajos de campo y ajustarse al criterio de transportar sólo los imprescindibles, siguiendo procedimientos de recogida adecuados (Fasham et al. 1980: 3). Siempre las dos mismas personas se encargaban del registro, para reducir, en la medida de lo posible, la subjetividad en los criterios de clasificación. Entre éstos se incluye una escala relativa de tamaños para valorar los fragmentos de cerámica. Resulta de la aplicación de un procedimiento extremadamente sencillo y útil para cuantificar en un tiempo breve un número elevado de ítems. Se toma como medida significativa el eje máximo de cada pieza a partir de una escala de intervalos que comienza con un cuadrado de 2 cm de lado y crece en progresión aritmética. El fragmento cuyo eje máximo queda incluido en el primer cuadrado pertenece al tamaño 1 y así sucesivamente. INTERPRETACIÓN DE LA DISTRIBUCIÓN DE MATERIALES DE SUPERFICIE EN GIRIBAILE Los resultados obtenidos al finalizar los trabajos de microprospección confirmaron, en parte, el esquema general conocido a priori sobre la ocupación de la meseta de Giribaile. Además permitieron precisiones cronológicas de gran importancia, como que la destrucción del oppidum ibé-rico debería llevarse al final del siglo III a.C., en el marco de los conflictos que marcan la Segunda Guerra Púnica, frente a la hipótesis tradicional que identifica Giribaile con la ciudad ibérica destruida hacia el año 90 a.C. por el tribuno romano Quinto Sertorio, acción narrada por Plutarco (Sertorio, III, 5-10). El conjunto de materiales que podrían asociarse al horizonte de finales del siglo II a.C. -principios del siglo I a.C. es un grupo muy reducido de fragmentos compuesto por una posible imitación de cerámica campaniense y un ánfora barnizada exteriormente de negro, al que debe sumarse, posiblemente, un ungüentario depositado en el Museo Arqueológico de Granada y perteneciente a la colección Gómez Moreno. Más difícil resulta caracterizar y establecer la verdadera entidad del primitivo poblado de cabañas de la Edad del Bronce. Al ser los materiales más antiguos de la secuencia también son, teóricamente, los menos representados en las colecciones de superficie, aunque habría que tener cuidado con esta clase de afirmaciones. Como demuestran varios trabajos clásicos del microespacio en prospección de superficie, la recuperación de materiales procedentes de las ocupaciones más tempranas puede aumentar de existir reocupaciones posteriores localizadas directamente sobre ella, aflorando materiales a través de los propios procesos culturales postdeposicionales (Kirkby y Kirkby 1976). También habría que tener en consideración la potencia de la capa de derrumbe de las paredes de las casas de época ibérica que cubren los niveles correspondientes a la etapa de la ocupación del poblado de la Edad del Bronce. Según los resultados obtenidos en la excavación de los "pozos de prospección" de la Plataforma Principal, los suelos de ocupación más recientes se localizan relativamente próximos a la superficie, en ocasiones a menos de un metro. Si se compara con algunos estudios experimentales realizados en este sentido, como los citados de Kirkby y Kirkby (1976), no parece una profundidad suficiente para ocultar completamente los depósitos de materiales más antiguos. Es decir, la disimetría en la frecuencia de aparición de materiales pertenecientes al poblado de la Edad del Bronce entre la Plataforma Principal y la Plataforma Norte, claramente favorable a esta última, en principio y a falta de excavaciones que puedan confirmar esta hipótesis, debe entenderse como una imagen real sobre la entidad del primitivo poblado de cabañas (Fig. 7). Otra cuestión diferente sería valorar la representatividad porcentual, por frecuencia de clases, de los materiales pertenecientes a esta fase prehistórica en superficie respecto a los depósitos que aún permanecen enterrados, pero el mayor número de evidencias de este poblado se concentra en la Plataforma Norte, donde carecemos de referencia sobre la entidad de los depósitos arqueológicos, ya que nunca se ha excavado en esta área. Las apreciaciones a partir del análisis topográfico parecen indicar la presencia de depósitos sellados desde antiguo en el espacio comprendido entre el afloramiento de roca que separa la Plataforma Principal de la Plataforma Norte y la vaguada que antecede al castillo. Por último, resulta significativo observar cómo una gran parte de los materiales representados en superficie, pertenecientes a esta fase de ocupación inicial proceden de una expoliación localizada en el ángulo Noroeste de la Plataforma Norte y aparecen prácticamente en superficie, al nivel actual del terreno. Además, la campaña de microprospección ha permitido reconocer una etapa poco estudiada en la ocupación de la meseta, a partir de un conjunto de cerámicas que posiblemente haya que situar en los siglos VIII-IX d.C., repartidas por la mayor parte de la extensión de la zona arqueológica prospectada. Estas cerámicas, sin duda, deben asociarse a la ocupación de las cuevas. La reciente campaña de prospección ha vuelto a recordar- Finalmente, la campaña de microprospección arqueológica ha permitido una primera valoración de la ocupación islámica de la meseta de Giribaile, más allá de las consideraciones realizadas hasta el momento a partir de los restos monumentales conservados del castillo. La comparación para esta fase de los resultados obtenidos del muestreo y de la recogida general de materiales por cuadrícula refleja, en general, una imagen coincidente por lo que respecta a la consideración del área nuclear que se extiende por una buena parte de la Plataforma Norte. Sólo la presencia puntual de fragmentos de cerámica vidriada en la Plataforma Principal marca una diferencia relevante. Los momentos menos representados en la cultura material de la meseta se definen por la escasa presencia de cerámica romana Altoimperial, ya que tan sólo fue posible documentar dos únicos fragmentos de terra sigillata, hispánica. Estos habría que unirlos a algunos pequeños trozos recogidos en visitas anteriores también en el mismo sector, junto al dispositivo de tipo barrera, a otro fragmento localizado en 1986 durante la campaña de limpieza y a algunos fragmentos de cerámica común romana y de terra sigillata (García-Gelabert 1988: 418), sin concretar más datos. En total podría tratarse de menos de una decena de fragmentos de tamaño 1, siguiendo nuestra propia clasificación (Gutiérrez 2002: 91-92), concentrados todos ellos en la Plataforma Principal, más concretamente en la zona próxima al poblado intramuros y al dispositivo de tipo barrera. Estas dispersiones de baja intensidad (4) deben ponerse con relación a algunos asentamientos rurales que se reparten por la ladera sureste de la meseta de Giribaile y con actividades asociadas a dichos establecimientos, posiblemente vinculadas a la puesta en explotación del saltus, aunque resulta difícil concretar más por el momento. La cantidad total de fragmentos recogida, aunque no se puede cuantificar con exactitud, muestra que estos terrenos registran durante el período tratado una actividad productiva limitada. Seguimos la línea de ponderar la entidad de los hallazgos de cerámicas de vajilla de calidad dentro de su contexto, con relación a las producciones mayoritarias, y no sobreestimarla como indicado-res del estatus de un sitio determinado (McDonald 1995). Resulta muy diferente la lectura a partir de dos pequeños fragmentos de cerámica ática del siglo IV a.C. en la meseta de Giribaile. Numéricamente repiten la frecuencia de aparición de los fragmentos de terra sigillata y también presentan contextos de localización espacial parecidos, si bien su proximidad relativa implica diferencias muy importantes relacionadas con el estudio de la cultura material. Los fragmentos de terra sigillata constituyen hallazgos excepcionales interpretados con relación al conjunto de los materiales repartidos en superficie en la meseta de Giribaile, mientras que la mayor parte de las cerámicas claras documentadas en superficie son contemporáneas o inmediatamente posteriores a los fragmentos de cerámica griega importados. Al respecto resulta también importante apuntar el carácter singular de esta presencia en la ciudad ibérica, en contraste con lo que sucede con las necrópolis del oppidum, que se localizan rodeando la base sobre la que se levanta la meseta de Giribaile. También resulta complicado establecer la entidad de los procesos de reutilización y reocupación de las viviendas y el trazado urbano de época ibérica por parte de la comunidad que se instaló en las cuevas y en la meseta de Giribaile en un momento difícil de precisar a caballo entre el mundo tardoantiguo y la alta Edad Media. El oppidum fue destruido de una forma violenta, pero el largo período de tiempo transcurrido y la utilización de una arquitectura de tierra favorecía su ocultamiento, resultando aventurado definir el grado de visibilidad de la antigua ciudad ibérica. Por otra parte, esta clase de hisn a menudo proporciona un registro arqueológico marcado por la abundancia de materiales cerámicos acumulados en grandes fosas que actúan como silos, almacenes, basureros, etc. (Salvatierra et al. 2007), sin correspondencia en la entidad de su arquitectura, ya que, a menudo, el hábitat se organiza a partir de unidades de vivienda construidas con materiales orgánicos y sólo ocasionalmente se recurre al uso de la piedra. Esta nueva fase de reocupación del solar de la antigua ciudad ibérica ha podido afectar al registro de superficie, como una distorsión cultural de carácter postdeposicional, sobre todo a partir de la excavación de fosas, incorporando materiales enterrados a las colecciones de superficie. Las dos variables principales consideradas en el estudio de las distribuciones de materiales en superficie de las que derivan las interpretaciones sobre la secuencia son el número total de fragmentos (Fig. 8) y su peso por unidad de muestreo. Estas reflejan una distribución aparentemente homogénea y regular a lo largo de la mayor parte del desarrollo de las dos plataformas y concentraciones puntuales que responden a acumulaciones que en ocasiones se explican por las pendientes propias del terreno. Estas dos variables presentan un alto grado de correlación, confirmando las apreciaciones empíricas de M. Millet (2000a: 54) que la sitúa por encima del 90 %. De todos modos, tal y como indica el propio M. Millet, tener en cuenta ambas variables en los estudios de microespacio permite estimar el número total de recipientes de cerámica y el índice EVE (Estimated Vessel Equivalent), aunque estos sean más aconsejables para el tratamiento estadístico de conjuntos procedentes de excavación, además de poder evaluar posibles variaciones en los resultados derivadas de la utilización de ambos métodos. Para comprender, correctamente, la naturaleza del registro arqueológico en Giribaile deben tenerse en cuenta, en primer lugar, los factores culturales relacionados con la historia particular de la ocupación de esta meseta. Especialmente, interesan las características de la arquitectura utilizada en época ibérica, por el uso frecuente en las casas de paredes de tapial y adobes, levantadas sobre zócalos de piedra bajos. El desmoronamiento de las paredes en un incendio generalizado que pone fin a la etapa de la ciudad ibérica, según los informes de las antiguas campañas de excavación, inició el proceso de formación de este sitio arqueológico en toda su extensión. La fase anterior de ocupación, correspondiente al poblado de cabañas de la Edad del Bronce, parece mucho más limitada espacialmente. De igual modo, las ocupaciones que sucedieron a la ciudad ibérica no parecen haber dejado un nivel de arquitectura relevante, comparable con el de las construcciones del oppidum, a excepción del castillo que ocupa un espacio acotado en el espolón noreste. Al respecto, Hesse (1971) hace una primera llamada de atención sobre el hecho de que la erosión de las paredes incrementa las concentraciones de artefactos en superficie. Este aspecto fue desarrollado posteriormente en un estudio específico por Kirkby y Kirkby (1976), trabajando sobre los efectos causados por la descomposición de paredes de adobes en medios semiáridos. La cuestión no resulta baladí en nuestro caso. Los trabajos de excavación en el oppidum de la Plaza de Armas de Puente Tablas (Jaén) pusieron de manifiesto cómo la abundancia de pequeños frag-Fig. Número de piezas/m 2. mentos de cerámica incluidos en los tapiales dificultaba sobremanera la lectura de los registros microespaciales de estos niveles, cuyas distribuciones eran aparentemente caóticas o aleatorias. En cambio, al alcanzar los suelos de las viviendas era posible definir las áreas de actividad a partir de la distribución de los conjuntos cerámicos. La falta de estudios experimentales sobre el tamaño y la cantidad de fragmentos de cerámica que pudieron contener las paredes de tierra en Giribaile y el cálculo del volumen de dichos derrumbes en cada lugar concreto del yacimiento, no permite precisar cuántos de los distribuidos actualmente en la superficie del terreno formaron parte de los tapiales, pero sí que una gran parte de los más pequeños, especialmente los de tamaño 1 (Fig. 9), son resultado de la caída de las paredes. Estos fragmentos, pertenecientes a recipientes rotos o en desuso, fueron reutilizados como material de construcción, aumentando la resistencia de los tapiales. Por otra parte, según los estudios sobre el "efecto-tamaño" de Baker (1978) las cerámicas de mayor tamaño (en Giribaile a partir del tamaño igual o mayor que 3) estarían sobrerrepresentadas en las colecciones de superficie, como consecuencia de los procesos de cultivo del terreno, ya que el desplazamiento vertical de los fragmentos de cerámica aumenta en los procesos de cultivo iniciales, aunque éstos sean limitados como ocurre en el caso de la meseta de Giribaile, y continua de forma más atenuada con sucesivos arados (Ammerman y Feldman 1978). Al mismo tiempo, siguiendo a Baker (1978), los fragmentos de menor tamaño son menos interesantes para establecer estimaciones sobre el volumen de los que aún permanecen enterrados. Las características geológicas y geomorfológicas de Giribaile han de tenerse en cuenta para la correcta interpretación de las distribuciones de superficie que constituye el registro analizado a lo largo del otoño de 2004 y parte de la primavera de 2005. Los trabajos de topografía han resultado fundamentales, ya que han establecido con claridad las principales líneas de erosión a través de las cuales se desplazan los materiales. De todos modos, la conclusión última del análisis de Kirkby y Kirkby (1976) es que en un medio semiárido, con un régimen erosivo de vegetación bajo, características similares a las que presenta actualmente la meseta de Giribaile, el movimiento de las cerámicas a través de la superficie del terreno tiene un efecto limitado. La mayor parte de las distribuciones de superficie, comenzando por la densidad del número de piezas/m 2, presentan una importante concentración de cerámicas hacia el reborde sureste de la meseta, en la Plataforma Principal y en la Plataforma Norte. Aquí, el alto farallón de roca marca un límite claro e impide analizar el desplazamien-Luis María Gutiérrez Soler Fig. 9. Tamaño 1: número de piezas/m 2. to por gravedad de los materiales en ladera y su deposición según el grado de la pendiente, siguiendo los estudios clásicos del microespacio. Por el contrario, las empinadas laderas que se localizan por debajo de la cota en la que se ubican las cuevas, presentan importantes procesos de arrastre de materiales asociados a las fuertes pendientes y a procesos de escorrentía intensos, relacionados con las arcillas que forman la cobertura predominante en estos terrenos. Las especiales condiciones naturales de la meseta de Giribaile limitan el efecto de los procesos geomorfológicos, tan importantes a la hora de abordar los proyectos de prospección del paisaje. Más relevancia parece tener la detención de los materiales a causa de la vegetación. Existen diferencias claras entre la Plataforma Principal, donde la vegetación es escasa, y la Plataforma Norte. Aquí, la envergadura de los arbustos puede llegar, incluso, a dificultar el paso y, por tanto, también sus raíces constituyen un obstáculo al posible desplazamiento de los materiales. Este comportamiento diferencial de la vegetación parece consecuencia del uso actual del terreno como pasto para el ganado. También el relieve de la parte central de la Plataforma Norte, que marca una cota destacada, favorece la idea de que en este lugar los depósitos se encuentran sellados, provocando un movimiento escaso de materiales cerámicos. El efecto de obstrucción y ocultamiento de vestigios por parte de la vegetación no resulta demasiado relevante dado el tipo de cobertura vegetal en la meseta y el tamaño y la entidad del sitio arqueológico. En algunos trabajos experimentales, como el proyecto Beocia, para evitar este posible efecto negativo en la interpretación de patrones de densidad bajos o, incluso, medios se ha elaborado una escala de visibilidad entre 0 y 10, en la cual 1 sobre 10 representa 1 m con buena visibilidad sobre 10 y 9 m oscurecidos por una vegetación que obstaculiza un correcto reconocimiento del terreno. Finalmente, hemos de apuntar que, por el momento, nos hemos centrado en el análisis e interpretación de las distribuciones de cerámicas en superficie, pero existen otras categorías de materiales que contienen en sí mismos un potencial de análisis alto, cuyo estudio deberá ser abordado en futuros trabajos. Así, las escorias pueden ser un buen indicador para profundizar en aspectos complejos de la ocupación de la meseta, como la estructura interna de sitio y la utilización de determinados espacios para actividades de producción como hornos de reducción y forjas. Las escorias podrían pertenecer a época ibérica, tal y como muestra la presencia de exvotos, pero también podrían asociarse a la ocupación medieval temprana. Las escorias, junto con otros subproductos (fallos de horno, trozos de mineral tratado, litargirios, etc.) y medios de producción (molinos, fusayolas, pondera, crisoles, paredes de estructuras de combustión, etc.) documentados, puntualmente, en la meseta de Giribaile, presentan un enorme potencial de información sobre los procesos de trabajo artesanales domésticos y especializados que tuvieron cabida dentro la ciudad ibérica. El análisis cualitativo de esta clase de evidencias permite un tratamiento general de problemas culturales complejos relacionados con el modo de vida a partir del estudio de las colecciones de superficie, más allá de la determinación de áreas de actividad concretas en posteriores trabajos de excavación arqueológica. En la provincia de Jaén los protocolos de trabajo expuestos en el presente artículo se están convirtiendo en una rutina habitual tanto en arqueología de investigación, pudiendo citarse los casos de Ossigi Latonium, Giribaile o, más recientemente, el Castellón de Larva (Mayoral et al. 2004), como en la arqueología de gestión, por ejemplo en La Veguilla de Úbeda (Gutiérrez et al. 2007) ya que, aunque sus respectivos objetivos son distintos, el rigor del método debe ser siempre el mismo. En este sentido sería bueno recordar que, si bien el registro de atributos de un sitio es una decisión de carácter individual, la naturaleza del proceso de registro no debería serlo. Estandarizar la información a partir de un conjunto de datos paralelos y precisos, basados en la documentación de la cultura material presente en superficie en cada sitio, resulta crítico para establecer comparaciones estadísticas significativas y hacer comprensibles las interpretaciones a otros arqueólogos que no han tenido la oportunidad de visitar o conocer, de primera mano, dichos lugares (Plog et al. 1978). El conjunto de datos, procedente de las zonas superficiales expuestas en las áreas arqueológicas, puede ser útil para abordar una amplia gama de trabajos de investigación sobre los Paisajes Culturales, sin recurrir a la excavación extensiva o a modelos predictivos que traten el tópico del isomorfismo entre las colecciones de superficie y los depósitos que aún permanecen enterrados. Ello es especialmente así cuando se trata de estudios regionales y la escala de trabajo permite superar los problemas relacionados con las distorsiones generadas por los procesos postdeposicionales y las propias condiciones de recogida de las colecciones, estableciendo modelos recurrentes sobre el análisis de patrones de poblamiento.
El proceso de neolitización de la fachada mediterránea peninsular se ha asociado tradicionalmente al paradigma cardial del ámbito franco-ibérico. No obstante, el mejor conocimiento del registro material del arco noroccidental mediterráneo, la revisión de diversos conjuntos arqueológicos de las comarcas centromeridionales valencianas y la observación de los patrones de ocupación y explotación del territorio en el Mediterráneo occidental permiten proponer un proceso de implantación neolítica más complejo del considerado hasta ahora que se puede enlazar con el mundo de la ceramica impressa mediterránea. En las últimas décadas, el paradigma difusionista se ha ido consolidando como marco teórico para la explicación de la aparición de las primeras evidencias neolíticas en el Mediterráneo occidental (Zilhão 1993(Zilhão, 1997(Zilhão, 2001;;Bernabeu 1996Bernabeu, 2006)). Descartada la posibilidad de un proceso autóctono de transformación socio-económica ante la ausencia en esta región de los agriotipos y cultígenos silvestres de las especies domésticas protagonistas del proceso, en los últimos años la discusión ha girado en torno a cuestiones tales como las vías y mecanismos de la difusión, la interacción entre las comunidades neolíticas alóctonas y las poblaciones locales, el papel de estas últimas como receptoras o transmisoras de las innovaciones neolíticas o el ritmo de este proceso de colonización inicial. En este sentido, los trabajos de J. Zilhão (1993Zilhão (, 1997Zilhão (, 2001) ) sobre la difusión neolítica en la vertiente occidental mediterránea han planteado una velocidad mayor para este proceso de expansión demográfica que la esbozada tradicionalmente (Ammerman y Cavalli-Sforza 1973, 1984), apostando por una colonización marítima que tendría como resultado la neolitización de diferentes focos del Mediterráneo occidental en una horquilla cronológica de poco más de medio milenio. Este proceso, entendido como un desarrollo de corta duración según atestiguan las fechas radiocarbónicas concentradas en una horquilla entre 6200 y 5500 cal BC (Zilhão 2001: 14184), se determina por la presencia de diversos elementos que conforman el llamado paquete neolítico que ofrece características homogéneas desde las costas surorientales de la Península Itálica hasta la región central de Portugal, aunque cabe considerar también otras cuestiones como la posibilidad del papel de catalizador jugado por el norte de África en la neolitización del área meridional de Andalucía y Portugal (Manen et al. 2007). No obstante, y a pesar de la rapidez y la aparente homogeneidad de esta difusión, pueden observarse diferencias que afectan a elementos que van desde el registro arqueológico hasta los sistemas socioeconómicos, incluyendo también los patrones de asentamiento. Estas diferencias, visibles en el gradiente cronológico Este-Oeste que caracteriza la difusión del Neolítico, quedan particularmente plasmadas en el registro cerámico pudiéndose distinguir diversas facies asociadas a otros tantos neolíticos antiguos que se atestiguan en las costas del Mediterráneo centro-occidental (Manen 2000(Manen, 2002)). Asimismo, el análisis y descripción de los modelos de asentamiento durante el Neolítico antiguo en la cuenca noroccidental del Mediterráneo también pone de manifiesto una gran diversidad de situaciones reflejo de las múltiples variables que influyeron en la neolitización de estas tierras. El origen de estas divergencias puede rastrearse a partir del análisis de cuestiones tales como las imposiciones asociadas al contexto ambiental, la tradición socioeconómica del grupo que se asienta, el bagaje cultural, las relaciones establecidas con el sustrato mesolítico local, los elementos de índole social e ideológica o los diferentes lugares de origen. FACIES CERÁMICAS Y MODELOS DE GESTIÓN DEL TERRITORIO EN EL ÁMBITO NOROCCIDENTAL MEDITERRÁNEO En diversos trabajos, C. Manen (2000Manen (, 2002Manen (, 2007) ) ha propuesto la existencia de diversas fa-cies para el Neolítico antiguo de la región comprendida entre el Ródano y el Ebro atendiendo a las diferencias mostradas por los patrones decorativos de la cerámica en diversos yacimientos de la zona. Esta autora determina una fase inicial o pionera previa al desarrollo del horizonte cardial clásico compuesta por diversas facies que ofrecen un panorama caracterizado por un notable polimorfismo que se explicaría por la diversidad de procesos de neolitización y por la variedad de influencias culturales que convergen en la zona. Este complejo panorama encuentra su mejor reflejo en una serie de enclaves costeros localizados en el arco noroccidental del Mediterráneo, desde el Tirreno central hasta el Languedoc. La neolitización del Tirreno se produce entre el 5900 y el 5200 cal BC, aunque las dataciones muestran una mayor concentración en torno al 5600 cal BC (Grifoni 2001: 424), momento que se vincula con el predominio del llamado cardial tirrénico. Sin embargo, las dataciones más antiguas, no exentas de problemas de muestra (Fugazzola 2002), se corresponden con las ofrecidas por contextos arqueológicos vinculados al llamado estilo Guadone, característico del Neolítico antiguo evolucionado de Italia meridional (Fugazzola 2002; Manen y Sabatier 2003). En este momento de ocupación inicial, los asentamientos tienden a localizarse en torno a la línea de costa y las islas del archipiélago, aunque también se han documentado puntuales penetraciones hacia la Toscana o las áreas lacustres del Lacio septentrional (Fugazzola et al. 2003). Por otra parte, la escasez de datos referidos a las zonas costeras del Lacio se asocia a la existencia de amplias zonas palúdicas, aunque la presencia en esta región de asentamientos como Pyrgi o Palidoro podría estar apuntando hacia una pérdida de información a causa de cambios geomorfológicos (Manfredini 2002: 177), hecho que abre la posibilidad de un poblamiento más intenso del registrado actualmente. Son las pequeñas islas situadas frente a las costas peninsulares las que aportan las evidencias estratigráficas más sólidas, algunas de las cuales se han vinculado con el Neolitico impresso de Italia meridional, lo cual supone la existencia de una facies previa al desarrollo del cardial tirrénico. En este sentido, uno de los referentes para explicar esta presencia pionera en el Tirreno se localiza en el yacimiento de Le Secche (isla de Giglio) (Ducci 2000). Este asentamiento, ubicado bajo un abrigo rocoso, aportó gran cantidad de materiales entre los que destacan la abundancia de productos de talla, caracterizados por la tendencia al microlitismo (trapecios), y el empleo de cuarzo local y materias importadas como obsidiana y sílex. Las particularidades de la industria lítica pulimentada apuntan, de manera indirecta, a la existencia de prácticas agrícolas, aunque no se desestima la recolección de moluscos como principal base económica (Brandaglia 2000: 131). Sin embargo, es el registro cerámico el que mejor define esta ocupación a nivel cronológico al haberse documentado varios fragmentos con decoración impresa formando motivos simples y repetitivos y con una disposición geométrica que ocupa todo el vaso, sintaxis que encuentra sus mejores paralelos en Italia meridional (facies Guadone), pero también en la zona ligur (Arene Candide, Arma dell'Aquila, Arma di Nassino o Grotta Pollera) y Francia meridional (Pont de Roque-Haute) (Fig. 1). Pero esta presencia de elementos propios de la ceramica impressa de Italia meridional no es exclusiva de los contextos tirrénicos sino que también se advierte en el arco ligur-provenzal, aunque la variabilidad advertida en esta segunda región refleja un panorama extraordinariamente complejo. Una de las facies identificadas para el Neolítico antiguo de este ámbito es la caracterizada por el empleo de la técnica decorativa sillon d'impre-Fig. Cerámica impresa de la isla de Giglio (Brandaglia 1991). ssions (2), tipo que se documentó inicialmente en diversos yacimientos del arco ligur-provenzal entre los que cabe destacar varias cavidades de Finale Ligure (Savona): Arene Candide, Grotta dell'Edera, Arma dell'Aquila, Grotta Pollera, Arma di Nasino y otros yacimientos como Arma dello Stefanin (Val Pennavaira-Albenga), Caucade niv. 7-8 (Niza), Station du magazín de Giaume (Beaulieu-sur-Mer) o Station Sans-Peur (Grasse), asentamientos que sirvieron para dar origen al calificativo Ligurien (Roudil 1990). Posteriormente, esta facies fue identificada en varios sitios del Languedoc: Peiro Signado (Portiragnes, Hérault), Grotte de Bize (Bize, Aude), Grotte des Fées (Leucate, Aude), etc. (Binder 1989), considerándose en esta última región como una fase intrusiva vinculada al Neolítico antiguo de Liguria (Binder 1995; Manen 2000). Esta facies cultural supone una ruptura con los complejos cardiales franco-ibéricos no sólo a nivel de sintaxis y técnica en la decoración cerámica, sino también por lo que respecta a la industria lítica, caracterizada en estos contextos por la producción de láminas regulares con talón facetado, el empleo de la talla por presión y la presencia de obsidiana del ámbito tirrénico (Briois 2005: 271). Estas divergencias también se dejan notar en los patrones económicos, centrados aquí en la cría de la oveja y el cultivo del Triticum dicoccum, variedad esta última poco representada en la región franco-ibérica y más habitual en el ámbito de la Italia meridional. El yacimiento de Arene Candide (Finale Ligure, Savora) supone uno de los mejores referentes para explicar la implantación y posterior desarrollo de las primeras sociedades productoras en el arco ligur-provenzal. En los niveles 10 y 9b base se reconoce una facies antigua, impressa ligur o Ligurien, caracterizada por el predominio de decoración instrumental a sequenza (sillon d'impressions) (Maggi 2002: 94) que parece tener sus orígenes en la Península Itálica y que se separa del fenómeno cardial tirrénico (3) que se desplegará posteriormente en la región. La reinterpretación de los resultados obtenidos para estas capas, niveles sedimentológicos 27-25 de la excavación de L. Bernabó (Maggi 1997) y 14-15 de la de S. Tiné (1999), ofrecen una imagen caracterizada por la explotación intensiva de los recursos marinos, en especial de conchas de Patella y Monodonta, que parece estar relacionada con amplias zonas de cocción en el sector oriental de la cavidad. Junto a estos restos malacológicos, la fauna doméstica es el otro gran recurso alimenticio. Se trata de una cabaña dominada por ovicápridos (con un claro predominio de la oveja) cuya cría podría ir ligada a la obtención de productos secundarios y, en menor medida, carne como parece desprenderse de la edad de sacrificio que ronda los 24 / 30 meses (Sorrentino 1999). El resto de la cabaña doméstica está compuesta por bóvidos, suidos y perro, aunque sin alcanzar los niveles mostrados por los ovicápridos. Por otra parte, la caza no parece ser un recurso importante durante esta primera fase. A estas evidencias cabe unir la existencia de diversas estructuras excavadas en el sedimento del horizonte más antiguo, en concreto varios agujeros de planta circular, interpretados como huellas de poste que se asocian a una estructura elevada, y varios hogares que suponen el primer suelo de ocupación neolítica de la cavidad. Estos datos permiten considerar un uso mixto de la cavidad como lugar de hábitat y actividades relacionadas con la transformación de los alimentos y como lugar en el que guardar el rebaño según se desprende de la presencia de todos los restos esqueléticos y de dientes de leche en el yacimiento. Este tipo de ocupación concuerda con los datos arrojados por la micromorfología (Macphail et al. 1997) que abogan por una pre-sencia humana prolongada a lo largo del año aunque separada por intervalos. El yacimiento que ha permitido caracterizar la facies sillon d'impression en el Languedoc es el de Peiro Signado (Portiragnes, Hérault). Este asentamiento, definido por la presencia de varias fosas en forma de cubeta excavadas en el sustrato geológico, se extiende a lo largo de una pequeña colina dominando la desembocadura del río Orb a tan sólo 2 km de la costa (Roudil y Soulier 1983; Brois 2005). El registro cerámico se caracteriza por un número limitado de formas, básicamente globulares simples de diferente diámetro, documentándose también varios fondos planos. Los motivos decorativos aparecen estructurados formando varios tipos: zigzag simples horizontales, triángulos delimitados, bandas de zigzag entre zonas delimitadas, líneas irregulares obtenidas por digitación o ungulación y bandas, sobre todo verticales y oblicuas, no delimitadas, temas que se documentan aislados o combinados entre sí en un mismo vaso. La técnica decorativa más habitual es la de sillon d'impressions, aunque también están presentes otras como la impresión mediante instrumento de punta compuesta: peine, espátula, etc. o la decoración impresa cardial. Este registro decorativo encuentra su mejor acomodo en los niveles 27-27 / 14-15 de Arene Candide, donde también predomina la técnica de sillon d'impressions con motivos largos y profundos dispuestos en zigzag. La industria lítica se fundamenta, básicamente, en el empleo de materias primas locales, aunque con una pequeña proporción de obsidiana de origen tirrénico (Lípari). Se caracteriza, además, por el fuerte predominio de la talla laminar, el empleo de la presión y la abundancia de soportes laminares con retoques laterales y trapecios simétricos con retoque abrupto y truncaduras rectilíneas (Roudil y Soulier 1983; Briois 2005), características también determinadas en el Tirreno (La Marmotta), donde prevalecen los trapecios isósceles con retoque abrupto y cuyas producciones líticas emplean la obsidiana como una de las materias primas más habituales (Fugazzola y Pessina 1999). En lo económico, los restos faunísticos son extraordinariamente escasos debido a la acidez del sedimento, habiéndose documentado tan sólo un reducido conjunto de dientes de ovicápridos, restos de dorada y varias conchas marinas. Por otro lado, las prácticas agrícolas están determinadas de manera directa a través de varios restos de Triticum dicoccum, además de otros pertenecientes a Triticum sp. y Hordeum sp. La facies cerámica representada por el yacimiento de Pont de Roque-Haute (Portiragnes, Hérault) no concuerda estrictamente con los esquemas decorativos del horizonte sillon d'impressions, presentando mayores similitudes con el archipiélago toscano, principalmente con la isla de Giglio (Manen 2007). La decoración de los vasos cerámicos se realiza mediante líneas de impresiones equidistantes, horizontales o verticales, con concha de Cardium, líneas de impresiones a sequenza y líneas simples realizadas mediante impresiones varias, motivos en los que, además, no se observa geometrización. Esta autora plantea la hipótesis de posibles contactos entre la población del golfo de Génova y las poblaciones cardiales dando lugar a un estilo híbrido entre el cardial tirrénico y el Neolítico antiguo facies sillon d'impressions, pudiendo corresponderse con una facies particular del Neolítico antiguo de Italia no muy bien definida, pero que guarda similitud con la cerámica de la isla de Giglio y que cronológicamente habría que situar entre 5750-5500 cal BC (Manen 2002: 153). El resto del registro ar- queológico también denota fuertes relaciones con la región meridional italiana aunque, en este caso, el ambiente tirrénico parece jugar el papel más determinante, estableciéndose un claro vínculo con esta última región a partir de la presencia en ambas zonas de la talla por presión, la práctica de la fragmentación por microburil o la elaboración de trapecios con truncaduras rectas, características éstas que también habían sido determinadas para Peiro Signado. Otro elemento de unión sería la determinación de obsidiana procedente de la isla de Palmarola. Las evidencias paleoeconómicas de Pont de Roque-Haute permiten inferir una ocupación estable durante todo el año (Vigne y Carrère 2007: 205). La cría de ovicaprinos ofrece un predominio casi absoluto con porcentajes situados cerca del 70 % del total de restos de mamíferos, situación que enlaza este yacimiento con prácticas ganaderas propias de la región suroriental italiana y la Grecia adriática (Vigne 2007: 276). Dentro de este apartado, otro elemento que vincula este yacimiento con la región tirrénica son las características morfométricas del ganado ovino que acercan los restos de Pont de Roque-Haute a los patrones ob-servados en los yacimientos italo-tirrénicos y los separan de las características observadas en su contexto regional (Vigne 2007: 277). Esta cría especializada estaría complementada por la de suidos y bóvidos, aunque con un papel muy residual. Las prácticas cinegéticas son minoritarias, pero reflejan el aprovechamiento de diversos entornos medioambientales como el bosque (ciervo), espacios abiertos (liebre) e, incluso, ambientes lacustres interiores (tortuga terrestre), sistema que se ha relacionado con una actividad oportunista y diversificada como forma de paliar posibles malos resultados en la producción principal e, incluso, con motivaciones no exclusivamente alimenticias. La explotación del medio marino también juega un papel reseñable, aunque J.D. Vigne e I. Carrère (2007) recalcan la difícil estimación de su importancia. Con este tipo de entorno se relaciona la presencia de dorada, que permite hablar de una pesca costera, y de diversos moluscos marinos, principalmente de especies de entornos rocosos. A estas evidencias cabe unir la documentación de hasta 12 estructuras amortizadas como basureros, aunque no se pudo determinar si se trataban de estructuras asociadas a contextos de hábitat (Fig. 3). El abrigo de Pendimoun (Castellar, Alpes-Maritimes) ofrece en su nivel III-base (Pendimoun 1) una ocupación que también debe ser relacionada con una presencia pionera previa al horizonte cardial clásico y que cronológicamente se situaría entre 5800 y 5600 cal BC (Binder et al. 1993; Binder y Maggi 2001). El registro arqueológico de esta fase de ocupación se caracteriza por una fuerte proporción de cerámica bruñida no decorada, dominando los vasos con fondo plano y asas verticales o lengüetas no perforadas. Los fragmentos decorados presentan bandas impresas con la uña o instrumento (pinzas), bandas impresas en zigzag o chevrons con concha de Cardium e impresiones pivotantes por toda la superficie. Este tipo de sintaxis decorativa remite, según Binder y Maggi (2001: 416), a conjuntos cerámicos de la Puglia, la Marche y los Abruzzos, pudiendo asociarse algunos elementos con la región de Calabria (Favella della Corte) y la isla de Giglio. En cuanto al registro lítico tallado, este nivel se caracteriza por la presencia de varios geométricos triangulares, uno con retoque abrupto diseñando truncaduras cóncavas y tres con retoque bifacial prácticamente plano, y de varias láminas con pátina de siega. Las bases económicas reflejan una amplia diversidad: predominio de la ganadería, principalmente basada en la cría Fig. 4. presentan una economía plenamente neolítica con un claro predominio de animales domésticos, principalmente ovicápridos, recursos vegetales cultivados, con especial incidencia del Triticum diccocum, recolección de conchas marinas, etc. Por otro lado, la industria lítica de ambos yacimientos repite algunos convencionalismos como la presencia mayoritaria de soportes laminares regulares con talón facetado, algunos retocados y otros empleados en la elaboración de trapecios simétricos, o el empleo de obsidiana que remite a contactos con el Tirreno. Cabe remarcar que durante la facies sillon d'impressions, y también en el resto de facies analizadas, los asentamientos tienden a localizarse próximos a la costa, tanto los situados al aire libre como en el interior de cavidades. Esta distribución ha permitido plantear una colonización costera mediante cabotaje, hecho que explicaría la separación geográfica entre estos primeros asentamientos neolíticos (Binder y Maggi 2001: 421). Para J. Guilaine y C. Manen (2002), estas presencias puntuales en la zona costera mediterránea cabría relacionarlas con incursiones ocasionales por vía marítima que permiten inferir una serie de implantaciones pioneras en torno a 5750-5500 cal BC, momento de máximo desarrollo de la facies de ceramica impressa del sur de Italia (facies Guadone). Esta afirmación la sustentan en el hecho de que las estructuras documentadas y el registro arqueológico no permiten inferir una ocupación duradera, sino más bien períodos aislados de ocupación como ocurre en el yacimiento de Peiro Signado, que presenta un conjunto de fosas aisladas, o el horizonte inferior de Pendimoun, que se caracteriza por un episodio aislado de ocupación sin solución de continuidad con respecto al horizonte cardial posterior. Estos yacimientos costeros con elementos propios de Italia meridional han sido asociados por M.A. Fugazzola (2002: 98) a navegaciones exploratorias o a puntos de apoyo o breve parada en el recorrido de estos grupos hacia Cerdeña, las costas tirrénicas de Italia central y las costas del Mediterráneo noroccidental, posibilidad que podría quedar reflejada por la presencia de elementos cerámicos propios de Italia meridional en el archipiélago toscano: Giglio, Coltano, La Scola o Cala Giovanna Piano (Pessina y Tiné 2008: 53). El desplazamiento a nuevos territorios no implicaría, en un principio, modificaciones sustanciales en el sistema cultural propio del lugar o luga-res de origen, cuestión que permite rastrear conexiones entre los distintos ámbitos del Mediterráneo occidental. Las motivaciones de estos movimientos resultan complejas de establecer, aunque un elemento que destaca dentro de esta dispersión, y que ha sido recalcado para la expansión neolítica en la Europa central (Bogucki 2003), es el alto nivel de conservadurismo, que en el caso del Mediterráneo occidental queda reflejado en los patrones decorativos cerámicos y los modelos de ocupación y gestión económica del territorio. P. Bogucki (2003) y B. Martí (2008) se han cuestionado, para el ámbito centro-europeo y mediterráneo, respectivamente, sobre los estímulos de estos movimientos, apuntando la hipótesis de que estarían determinados por las decisiones de las unidades básicas de producción y organización social de los asentamientos de este momento, las familias, que tienen en los espacios de hábitat su mejor representación: las grandes casas alargadas del ámbito centroeuropeo, los compounds de Italia meridional, etc. De esta forma, las decisiones adoptadas en el seno de estos grupos familiares deberían estar también detrás de los desplazamientos de las áreas de residencia sin que estos deban estar explicados obligatoriamente por causas ecológicas o sociales. La importancia de las decisiones familiares en los desplazamientos explicaría el mantenimiento de las tradiciones de los lugares de origen como forma de reivindicar la pertenencia a un grupo social más amplio y la escasa entidad de los yacimientos pioneros cuyas características estratigráficas se relacionan más con ocupaciones plurifuncionales asociadas a pequeños grupos que con un uso dentro de estrategias de gestión del territorio totalmente consolidadas. "COLONOS NEOLÍTICOS": LAS EVIDENCIAS MÁS ANTIGUAS DE LA NEOLITIZACIÓN EN LAS COMARCAS CENTROMERIDIONALES VALENCIANAS El proceso de neolitización en las tierras valencianas se inicia, según las dataciones disponibles sobre muestras de vida corta, en torno al 5600 cal BC, momento en el que se asiste a la ocupación de cavidades, situadas tanto en la primera línea de costa (Cendres, Ampla, etc.) como en los valles interiores (Or, Sarsa, etc.), y de hábitats al aire libre (El Barranquet, Mas d'Is, etc.). Desde un principio se ocupan tanto la depresión prelitoral como las sierras y valles adyacentes, cubriéndose prácticamente todo el territorio de las actuales comarcas centromeridionales valencianas, proceso que podría equipararse a la fase pionera documentada en la región catalana (Mestres 1992: 74). Sin embargo, esta neolitización inicial no puede ni debe vincularse a un fenómeno de colonización estructurada asociada a movimientos de contingentes poblacionales amplios sino que, según trataremos de mostrar en las siguientes líneas, debió ser un fenómeno puntual, concreto y, posiblemente, esporádico similar al descrito en los epígrafes anteriores. A modo de hipótesis, los niveles iniciales de las secuencias neolíticas de asentamientos como Cendres o El Barranquet, y también otros yacimientos costeros sin estratigrafía o con unos registros escasos, bien podrían ser el reflejo de esta primera ocupación pionera de comunidades llegadas desde el Mediterráneo centro-occidental, suposición que queda insinuada a partir de las similitudes entre estas dos regiones por lo que respecta al registro material y económico. La ocupación inicial del asentamiento costero de El Barranquet de Oliva (La Safor, Valencia), determinada a partir de la UE 79, presenta un conjunto arqueológico caracterizado por la presencia de elementos que podrían compararse con la situación descrita anteriormente para el Languedoc y el arco ligur-provenzal. El registro cerámico de esta unidad se define por un reducido número de fragmentos entre los que la técnica cardial está poco representada frente a otros tipos como cerámicas acanaladas, impresas de instrumento y la técnica de secuencia de impresiones (Esquembre et al. 2008: Fig. 4), características que podrían relacionarse con las observadas en la facies sillon d'impressions. Aunque aún preliminares, los datos económicos de El Barranquet inciden en la importancia de la recolección de moluscos con finalidad bramatológica durante los primeros momentos de ocupación neolítica, aunque la presencia de domésticos presenta también una fuerte incidencia. La datación obtenida sobre una muestra de Ovis aries, Beta-221431: 6510 ± 50 BP (5560/5360 cal BC 2s) (Esquembre et al. 2008), unida a las características del registro cerámico, permite acercar la ocupación inicial del yacimiento de Oliva a la observada en contextos neolíticos antiguos del noroeste mediterráneo, aunque con las oportunas reservas impuestas por la provisionalidad de los datos publicados (Fig. 5). Los primeros horizontes neolíticos de la Cova de les Cendres (Teulada-Moraira, La Marina Alta, Alicante) (niveles XI, X y IX del sector A) muestran, al igual que Barranquet, una explotación intensiva de los recursos del mar: la pesca, que posiblemente se procesaría en el mismo yacimiento, y el marisqueo, representado por acumulaciones de restos de alimentación formados por lapas (Patella sp.) y peonzas (Monodonta turbinata) (Llobregat et al. 1981: 100). Esta ocupación queda definida estratigráficamente por la existencia de un grupo de fosas excavadas que pueden interpretarse como silos de almacenamiento, algunos de los cuales conservaban en su interior vasos aptos para tal fin (Bernabeu et al. 2001: 70). Estos indicios apuntan hacia una frecuentación de marcado carácter funcional que, sin descartar tampoco el uso habitacional, indicaría un uso en épocas del año prolongadas vinculado con una gestión amplia y diversificada de los recursos económicos del territorio circundante. En relación con esta posibilidad estarían los datos apuntados por los análisis paleoambientales que denotan para este momento una cierta degradación del entorno del yacimiento (Badal et al. 1991: 47; Bernabeu et al. 2001: 63) que puede asociarse con la práctica de abrir campos con fuego para desarrollar en las proximidades de la cavidad una economía de carácter agropastoril. Resulta imposible definir en qué momento del año se llevarían a cabo estas actividades o si éstas se realizaban de manera continuada. En este sentido, la ausencia de muchos de los elementos esqueléticos del pescado capturado impide cualquier aproximación, a lo que cabe añadir que las especies predominantes en los niveles iniciales del Neolítico (mero, pagro y dorada) son de carácter costero y en la actualidad se capturan durante todo el año. Además de ésta, quedan pendientes otras muchas cuestiones en torno a esta primera ocupación de la cavidad de la Punta de Moraira, aunque parece evidente que existió una organización interna en la que la zona interior se emplearía como lugar de almacenamiento y hábitat asociado a la explotación de los recursos marinos, principalmente los malacológicos. Con estas primeras evidencias neolíticas de Cendres cabe relacionar varios fragmentos con decoración pintada (Bernabeu 1995: 40), técnica escasamente documentada en los horizontes cardiales clásicos y más propia de contextos impresos del sur de Italia (Tiné 2002). Para la Cova Ampla del Montgó (Xàbia, La Marina Alta, Alicante), yacimiento sin estratigrafía definida y del cual procede un extraordinario conjunto material (Esquembre y Torregrosa 2007), se ha planteado (Soler 2007: 38) su relación con contextos impresos del centro de Italia a partir de algunos fragmentos cerámicos con modelos decorativos que recuerdan al cardial tirrénico (también llamado linee dentellate o estilo BPF -Basi-Pienza-Filiestru-), estilo característico de la banda costera italiana situada entre las cuencas del Arno y el Tíber y las islas del archipiélago toscano. En este sentido, la presencia de decoraciones a base de impresiones en sentido vertical mediante el empleo de una concha con borde dentado (principalmente Cardium) remitirían a la ceramica impressa evolucionada (Tiné, 2002), aunque su presencia se observa también en otros contextos impresos del Mediterráneo occidental (Fig. 6). El análisis del registro paleoeconómico de estos asentamientos costeros, tanto en el sector rocoso entre las desembocaduras de los ríos Girona y Algar como en torno a la llanura de Marxuquera y la desembocadura del Serpis, muestra un sistema basado en la explotación de una amplia variabilidad de recursos centrados, básicamente, en una cabaña ganadera compuesta principalmente por ovicaprinos y en el aprovechamiento de recursos malacológicos. Esta forma de gestión resulta similar al observado en los primeros niveles No obstante, el marco radiocarbónico actual no limita la presencia pionera al sector costero, sino que también se observa de manera temprana en los valles interiores, pudiendo tratarse de ocupaciones simultáneas o inmediatamente posteriores a las realizadas en el primer momento de ocupación neolítica de este punto de la costa mediterránea de la Península Ibérica. Se observa que la elección de los yacimientos en los valles interiores responde a una preocupación por controlar aquellos recursos que habían de ser explotados con mayor asiduidad por una comunidad con economía de producción básica, eligiendo siempre las mejores tierras para ubicar los asentamientos de hábitat estable, modelo de ocupación que encuentra su mejor reflejo en el paraje de Les Puntes (Benifallim-Benilloba-Penàguila, L'Alcoià-El Comtat, Alicante) (Bernabeu et al. 2002; Bernabeu et al. 2003). En este momento de ocupación pionera, en el centro de esta antigua cuenca semiendorreica se documentan una serie de cabañas diseminadas que no presentan una delimitación física palpable, localizaciones que podrían corresponderse con estructuras de habitación que albergarían a unidades familiares con cierto grado de autosuficiencia (granjas), afirmación que vendría apoyada por su asociación con pequeñas estructuras de carácter doméstico (fosas, hogares, molinos, etc.). Por otro lado, el yacimiento de Mas d 'Is también ha sido vinculado con contextos pioneros a través de la presencia de unos pocos fragmentos de cerámica decorada con la técnica sillon d' impressions (Bernabeu et al. 2009) que aparecen junto a cerámica propia del horizonte cardial en algunas de las estructuras más antiguas (Casa 1 y Foso 5). A estas evidencias se puede unir el nivel VIII inferior de la Cova d'En Pardo (Planes, El Com-tat, Alicante), nivel de ocupación cuya base se caracteriza por la existencia de un hogar en cubeta vinculado a restos derivados de actividades cinegéticas (Soler et al. e.p.). En este mismo contexto se determinó la presencia de un recipiente cerámico, Vaso 7, con una decoración a base de impresiones de instrumento de punta simple a modo de corchetes que puede relacionarse con distintos ámbitos mediterráneos, principalmente el ligur donde se han registrado motivos de idéntica técnica y sintaxis en yacimientos como Arene Candide (Tiné 1974; Traverso 2002) o Grotta Pollera (Odietti 1974(Odietti, 2002)). Las características de este conjunto arqueológico permiten inferir la existencia de un contexto momento vinculado a una presencia de carácter esporádica y puntual que cronológicamente hay que situar en los últimos momentos de la primera mitad del VI milenio cal BC. A esta ocupación le superpone otra -nivel VIII-, separadas por apenas 50 años del nivel infrayacente que, a partir de su registro cerámico, debe ser caracterizada como plenamente cardial (Soler et al. e.p.). Lo breve de estas ocupaciones y el hecho de que se hayan determinado cerámicas asimilables a conjuntos arqueológicos propios del Neolitico impresso del arco noroccidental mediterráneo obliga a retener la posibilidad de que estos horizontes arqueológicos estén unidos al proceso de colonización inicial de las comarcas valencianas. Este fenómeno bien podría rastrearse en otros yacimientos como la Cova de la Sarsa (Bocairent, la Vall d'Albaida, Valencia) donde se han evidenciado fragmentos cerámicos -sin contexto arqueológico-que podrían asociarse a la facies sillon d'impressions (Cortell y García 2007: 68) (Tab. La situación reflejada por los yacimientos mencionados anteriormente, además de otros asentamientos que requerirán de su correspondiente revisión, habla de comunidades neolíticas llegadas desde uno o varios puntos de la vertiente noroccidental mediterránea, muy posiblemente desde el arco ligur-provenzal o el Languedoc si nos atenemos a las características de sus conjuntos cerámicos, que se asientan en torno a las desembocaduras de los ríos Xaló, Girona y Serpis y que, durante los primeros momentos de ocupación pionera, desarrollan una serie de prácticas económicas tendentes a minimizar los riesgos propios de las economías agropastoriles primitivas mediante la recolección intensiva de moluscos o la caza. Este hecho y las característi-cas arqueológicas de los conjuntos asociados a esta primera implantación nos estarían indicando, además, un peso demográfico reducido articulado en torno a unidades productivas de carácter familiar. Tras unas pocas generaciones, estas comunidades pioneras se ampliarían demográfica y territorialmente según muestra la presencia de elementos típicamente cardiales en los distintos valles prelitorales de las comarcas centromeridionales valencianas. Buen reflejo de este proceso de estabilización del sistema socioeconómico sería la aparición del Foso 5 de Mas d'Is, cuya colmatación se inicia ca. La enorme movilización de mano de obra destinada a la construcción de los fosos monumentales de Mas d'Is, interpretada como un fenómeno puntual de jerarquización social (Bernabeu et al. 2006), permite inferir la estabilización de los patrones de ocupación y la aparición de rituales de agregación intratribales del grupo local asentado de manera dispersa en la cuenca del Riu Penàguila (Bernabeu et al. 2003; Bernabeu et al. 2006). Otro elemento que permite observar la consolidación social de los grupos neolíticos en el ámbito de las comarcas septentrionales alicantinas sería la aparición del arte rupestre macroesquemático, que tiene precisamente en la cerámica impresa cardial sus mejores paralelos muebles (Martí y Hernández 1988) Tab. Dataciones sobre muestras de vida corta de contextos asociados a la primera implantación neolítica en tierras valencianas. manifestación ha sido explicada como el reflejo de prácticas sociales de agregación intertribal (Hernández 2000), posiblemente relacionadas con los distintos grupos que en este momento ocupan el denominado territorio cardial. EL COMPLEJO CARDIAL ZONADO Y LA CONSOLIDACIÓN TERRITORIAL DEL MODO DE VIDA NEOLÍTICO A nivel estilístico, la facies cardial franco-ibérica o cardial zonado se caracteriza por la presencia de motivos repetidos de manera sistemática realizados mediante impresiones cortas con el borde de la concha de Cardium dispuestas en bandas horizontales delimitadas o zonadas y rellenas de impresiones verticales u horizontales, chevrons o zigzag. Las decoraciones plásticas es-tán representadas por cordones ortogonales lisos, cordones horizontales digitados, ungulados o con impresión cardial. Otro tipo de decoraciones son las impresiones irregulares dispuestas en filas horizontales, impresiones de uña, digitaciones o pinzamientos sobre la parte superior del vaso. A nivel formal encontramos una amplia variedad: vasos esféricos, vasos semiesféricos y troncocónicos, botellas, micro-vasos, tapaderas, cucharas y vasos con pipa. Se documentan también fondos convexos o con cordón formando base anular, siendo escasas las bases planas, más propias de la ceramica impressa de Italia meridional, o la decoración tipo rocker no dentado, propia del ámbito adriático y de las distintas facies itálicas de la región noroccidental mediterránea. No obstante, y a pesar de la aparente uniformidad, se observan algunas diferencias internas dentro del marco de expansión del horizonte cardial (Manen 2002; Willigen 2004) que podrían explicarse por los mecanismos de formación y expansión de cada uno de estos grupos tras el proceso de asentamiento pionero. El proceso de implantación cardial, que podría equipararse a la fase neopionera de A. Gallay (1989), es mucho más generalizado y complejo que el de las ocupaciones pioneras observadas anteriormente pues se observa una importante presencia en los valles interiores y una mayor estructuración en el sistema económico. Cabría plantearse si este desarrollo del horizonte cardial estaría relacionado con el proceso de difusión/consolidación y con los cambios socioculturales operados tras la plena implantación de los grupos colonizadores. Asociado a esta idea estaría el hecho de que el complejo cardial presenta un sistema socioeconómico mejor integrado a la diversidad ambiental, elemento que tiene su mejor reflejo en la amplia variedad de soluciones económicas. Esto se traduce en la existencia de un sistema de gestión del territorio que, a grandes rasgos, es similar dentro del ámbito cardial (Guilaine 1986; Binder 2000; García 2009). La aparición de asentamientos al aire libre junto a terrazas fluviales (Le Baratin, Escanin, Petites Batîes, Apt, Plansallosa, Mas d'Is, etc.) y zonas endorreicas (Leucate, La Draga, etc.) es otra de las tónicas que se repite sistemáticamente. El registro estructural y material de los yacimientos cardiales en llano denota una fuerte estabilización de las zonas de hábitat por lo que cabría considerar a estos enclaves como zonas de hábitat continuado. Por otro lado, en el área provenzal y, sobre todo, en la región franco-ibérica, algunas cavidades juegan un papel importante en la gestión del espacio, observándose ocupaciones especializadas en una o varias actividades (caza, pastoreo, etc.), aunque éstas tienden a situarse en la periferia de los territorios agrícolas. Así, la existencia de una compleja red de asentamientos a lo largo de las diferentes cuencas del área de implantación cardial refleja el éxito del modelo de ocupación y la consolidación socioeconómica de este horizonte. La repetición de este sistema a lo largo de las diferentes regiones, con cierta variabilidad impuesta por el entorno inmediato y la base social que lo desarrolla, originará una visión de conjunto similar en este territorio, aunque pronto se observará que cada zona evolucionará de manera independiente durante los llamados horizontes epicardiales. De esta manera, la cultura cardial podría interpretarse como el resultado de un proceso de expansión estructurada en el seno de los territorios de implantación pionera y su aparición podría corresponderse con el fenómeno arrítmico planteado por J. Guilaine (2000). Como ocurriera en Italia sudoriental 800-700 años atrás, aparece ahora un nuevo conjunto sociocultural que guarda ciertas semejanzas con el grupo de la ceramica impressa, pero que, como se mostraba en las líneas anteriores, presenta una personalidad propia a varios niveles. Este hecho obliga a plantear varias cuestiones: a) cuál fue el papel jugado por los asentamientos pioneros en el posterior desarrollo del conjunto cardial franco-ibérico. b) si la formación del horizonte cardial (zonado y tirrénico) es el resultado de la adaptación de los grupos pioneros a nuevas condiciones medioambientales y sociales diferentes a las existentes en el lugar de origen. c) si el desarrollo de la cerámica impresa cardial es producto de la trasformación de la ceramica impressa como superación de los cambios advertidos en el núcleo de origen que tienden hacia un mayor sinecismo poblacional en torno a grandes poblados delimitados por enormes fosos en espiral, cuestión que podría interpretarse como el reflejo de una incipiente jerarquización social. Con independencia de la casuística que explique la aparición del horizonte cardial, es evidente que éste se constata en el territorio litoral del Mediterráneo occidental, aunque pronto se produce una rápida expansión hacia el ámbito interior a través de ejes fluviales: Ródano, Ebro, Llobregat, Serpis, etc. Retomando la cuestión de su génesis, el cardial zonado presenta un fuerte parentesco con el cardial tirrénico por lo que respecta a la geometrización de los temas decorativos, la presencia de fondos planos en el horizonte cardial de las comarcas centreomeridionales valencianas y la proximidad morfológica y estilística entre los microvasos del cardial geométrico de Pendimoun y los de Sarsa y Or (Binder 1995: 60). No obstante, también existen puntos de separación a nivel de registro material, principalmente en los estilos cerámicos ya que, mientras en el ámbito franco-ibérico las decoraciones se disponen principalmente en bandas horizontales, delimitadas y rellenadas con impresiones cardiales, a las cuales se pueden añadir otros motivos (triángulos, guirnaldas, etc.) en perpendicular, en el ámbito tirrénico los motivos decorativos están constituidos por bandas, por lo general de tendencia oblícua, delimitadas con impresiones del borde de conchas dentadas y rellenadas de trazos igualmente dentados, oblicuos u horizontales, formando metopas, zigzags o triángulos (Binder 1995; Grifoni 2001). Por lo que respecta a la industria lítica tallada, advertíamos líneas atrás una cierta homogeneidad en las producciones de Peiro Signado y Pont de Roque-Haute (talones facetados, talla por presión, empleo de obsidiana), imagen que contrasta con los rasgos advertidos para el cardial zonado caracterizado por una preparación proximal de los soportes laminares basada en el tratamiento sistemático por abrasión de las cornisas, lo cual genera talones lisos, y por el empleo de la percusión indirecta como técnica de extracción (Binder 1987; Cava 2000; Briois 2005; García 2005). Además del registro material, los rasgos económicos también permiten advertir semejanzas y divergencias entre las distintas regiones del occidente mediterráneo. Así, en el horizonte cardial zonado se observa cierta preferencia por el trigo y la cebada desnuda (Manrival 1999) frente al farro o ammidonier (Triticum dicoccum), especie característica de los primeros horizontes neolíticos de Italia y de los enclaves pioneros del arco ligur-provenzal. Por otro lado, la explotación animal del ámbito del cardial zonado, caracterizada por el importante papel de las cabras y la fuerte presencia de caza, se aproxima a lo existente en el horizonte impreso tirrénico donde se determina también una importancia relativa de las prácticas cinegéticas y porcentajes equilibrados entre bovinos y caprinos. Esta imagen de un sistema económico menos especializado contrasta con la ofrecida por el ámbito griego y el sureste de Italia caracterizada por el pastoreo de bovinos y la cría de cerdos (Vigne 1999). Estas discrepancias regionales pueden ser explicadas a partir de las diferentes condiciones medioambientales y geográficas entre las diversas regiones, pero también desde criterios sociales como los distintos objetivos de la producción alimenticia, las formas de organización del trabajo o la presencia de tradiciones locales. Las diferencias observadas con respecto al cardial tirrénico dificultan considerar al cardial como un horizonte globalmente importado desde aquella región (Guilaine y Manen 2007: 42). La opción de un desarrollo fruto de la evolución local de las poblaciones mesolíticas tras el contacto con los grupos de origen itálico, al menos en las zonas de implantación pionera, tampoco se sustenta una vez advertidas las notables diferencias en los registros líticos de los últimos cazadores-recolectores y las primeras comunidades neolíticas (Binder 1987; Juan-Cabanilles 1992; García 2005; Juan-Cabanilles y Martí 2007/2008). De esta manera, las particularidades mostradas por el complejo cardial zonado obligan a considerar la posibilidad de una transición demográfica (Guilaine y Manen 2007: 42) en la que, tras la implantación de contingentes poblacionales de origen itálico en las costas del Mediterráneo noroccidental, su ampliación demográfica y la consolidación social de las mismas, se generaría una nueva realidad socio-cultural. Para explicar este fenómeno de reformulación cultural pueden considerarse diversas variables como la importancia jugada por el sustrato mesolítico en la recepción y posterior difusión hacia el Oeste de las innovaciones neolíticas, la existencia de varios focos de difusión cultural con diversos fenómenos de recomposición cultural, la relación con otras regiones mediterráneas como la tirrénica, con la cual comparte aspectos ya mencionados, o la presencia de desarrollos locales y autónomos en cada uno de los núcleos de asentamiento pionero. RECAPITULANDO: EL MODELO ARRÍTMICO DE LA NEOLITIZACIÓN Las evidencias mostradas anteriormente permiten recuperar y avalar la explicación ofrecida hace una década por J. Guilaine (2000) según la cual la propagación neolítica debió hacer frente a diferentes elementos en cada una de las regiones que se iban incorporando a este fenómeno. De esta manera, factores como el medio ambiente, la reacción de las poblaciones locales, el marco geográfico, etc. pudieron hacer variar el ritmo de la difusión. Para la neolitización del Mediterráneo, Guilaine (2000) propuso un modelo con frenazos y acelerones asociados a la superación de los límites impuestos por los condicionantes mencionados. Estos frenazos quedarían registrados arqueológicamente en aquellos lugares en los que se opera un cambio sustancial en el registro tec-nológico, económico e ideológico creándose zonas de frontera cultural (Fig. 8): A. Anatolia: frontera occidental del PPNB B. Norte de los Balcanes: génesis y desarrollo de la cerámica de bandas C. Grecia oriental: génesis de la cultura adriática de la cerámica impresa D. Portugal: frontera de la zona climática mediterránea y del cardial clásico Uno de los exponentes de estas situaciones de recomposición cultural sería la existencia de diversas facies cerámicas en el arco noroccidental mediterráneo. El nuevo estilo cerámico, el cardial zonado, podría entenderse como un rasgo de identificación cultural que iría asociado a la superación de estas fronteras culturales aunque, como hemos visto en líneas anteriores, no es lo único que cambia ya que también se deja notar en otros elementos del registro tecno-económico y en los patrones de asentamiento. De esta forma, habría que entender la presencia en las tierras valencianas de elementos propios del ámbito ligur-provenzal como el reflejo del avance de la neolitización hacia estas tierras, expansión que tuvo un carácter pionero y puntual en tanto afectó de for-ma desigual y desestructurada a diversas regiones del litoral mediterráneo peninsular. Este proceso de implantación pionera, reconocido ahora para las comarcas centromeridionales valencianas a partir de la UE 79 de El Barranquet y de elementos intrusivos dentro de conjuntos propiamente cardiales, también quedaría insinuado por cerámicas con decoración a base de secuencias de impresiones (definido también como boquique o punto y raya) en la Cueva del Moro de Olvena (Baldellou y Ramón 1995: 130) y en los niveles inferiores de la Cueva de Chaves (Ramón 2006). Pero estos elementos también se apuntan en el litoral catalán a partir del asentamiento de El Cavet (Cambrils, Tarragona) donde puede distinguirse, entre los materiales procedentes de las recogidas antiguas, algún fragmento decorado que podría haber sido realizado mediante la técnica sillon d'impressions (Oms y Morales 2008: 110, Lám. No obstante, y al igual que ocurre en algunos de los contextos valencianos, su presencia en este último yacimiento resulta ínfima si se compara con el número de fragmentos con decoración impresa cardial, impresa de instrumento e impresa de concha no cardial. El registro cerámico permite situar la utilización de algunas de las fosas documentadas en los momentos iniciales del Neolítico antiguo, caracterización cronológica acorde con la fecha obtenida sobre una muestra de carbón (4) de Quercus sp. En relación con la posible existencia de diversas facies en el Neolítico inicial, cabe recuperar la idea planteada por diversos autores referida a la escasa incidencia del doble bisel en el geometrismo de los yacimientos del Neolítico inicial al sur del Turia (Juan-Cabanilles 1984; García 2005) y la mayor presencia de esta técnica en las tierras del noreste peninsular (Cava 2000; Juan-Cabanilles y Martí 2007/2008), diferencia que pudiera deberse a un distinto origen neolítico y/o a la interacción con grupos epipaleolíticos en la zona del Bajo Aragón. En este sentido, los geométricos de doble bisel ofrecen una buena representación en los contextos del Neolítico antiguo peninsular nororientales. Destacamos: el nivel Ib de la Cueva de Chaves, donde los diferentes geométricos observados presentan un cierto equilibrio entre el retoque abrupto y el doble bisel, siendo el segundo predominante sobre los segmentos (Cava 2000: 104); la Cueva del Moro de Olvena, donde el conjunto de geométricos está compuesto por 9 segmentos, todos ellos con doble bisel, y un trapecio con retoque abrupto (Utrilla 1995: 62); los niveles V y VI del Abrigo de Forcas II donde el doble bisel aparece como el propio de estos horizontes asociados a la cerámica cardial (Utrilla y Mazo 1997: 353); la Caserna de Sant Pau (Barcelona), donde los trapecios se elaboran mayoritariamente con retoque abrupto y el doble bisel es el propio de los segmentos (5), además de suponer la forma de configuración definitiva en aproximadamente la mitad de los triángulos (Borrel 2008: 41-42); la Draga, asentamiento en el que el retoque abrupto es el mayoritario en los trapecios aunque el doble bisel se documenta también en este tipo de piezas y en los segmentos (Palomo 2000: 204); les Guixeres de Vilobí, donde la situación es similar al ser el retoque abrupto el mejor documentado sobre los trapecios, empleándo-se el doble bisel en algunos trapecios y en los triángulos (Mestres 1987: 36). El predominio del doble bisel o, cuanto menos, un equilibrio con el retoque abrupto en las armaduras geométricas parece ser también un rasgo característico en los yacimientos provenzales de Abri Fontbregoua, Le Baratin o Grotte Lombard (Binder 1987;1991) y del Languedoc (Gazel y Jean Cross) (Binder 1987; Briois 2005). Estas evidencias encajarían con el proceso de difusión neolítica arrítmica que Guilaine (2000) advirtió a través de los patrones cerámicos del Mediterráneo centro-occidental y, en última instancia, lo que vienen a mostrar son diversos fenómenos colonizadores con orígenes diferentes en momentos cronológicamente paralelos o muy próximos. En este sentido, V. Baldellou y P. Utrilla (1999: 227) han planteado una colonización interior independiente de la vía marítima y llevada a cabo por parte de un grupo neolítico pionero a través de los valles del Segre y del Cinca que conectan con el Midi francés, opción sustentada en las similitudes de los registros líticos de ambas regiones. De esta manera, los datos con los que se cuenta en la actualidad remiten a dos posibilidades para las comarcas centromeridionales valencianas y, por extensión, para el ámbito mediterráneo de la Península Ibérica. Por una parte, una colonización pionera relacionada con elementos propios de las costas tirrénicas y/o ligures tras la cual se desarrollaría de forma autónoma y autóctona el horizonte cardial en cada ámbito. Esta opción, que cuenta con el apoyo de los datos preliminares de El Barranquet, requerirá en un futuro de un mayor número de contextos arqueológicos y dataciones para consolidarse, aunque bien es cierto que este asentamiento podría representar un unicum dentro de un panorama mucho más amplio y complejo caracterizado por el polimorfismo del primer horizonte neolítico en el cual pudieron intervenir distintos grupos con raíces culturales no siempre homogéneas como se desprende de la dualidad territorial por lo que respecta a la incidencia del doble bisel. Por otro lado, cabe considerar la opción de una colonización vinculada al horizonte cardial de la región provenzal en la que se mantienen elementos culturales [URL]. sillon d'impressions) como reflejo de sus raíces centro-mediterráneas. El hecho de que en contextos estratificados la presencia de los elementos de aire ligur aparez-can más o menos englobados dentro de conjuntos típicamente cardiales sustentaría arqueológicamente esta posibilidad, relegando a estos elemen-tos intrusivos a reminiscencias culturales vinculadas a tradiciones previas al cardial zonado que participaron, de un modo u otro, en su configuración. En este mismo sentido, las producciones líticas de los contextos neolíticos iniciales del Levante peninsular presentan evidentes rasgos de similitud con los contextos cardiales clásicos del Languedoc y Provenza occidental y muestran claras divergencias con los contextos tirrénicos. Sea cual sea la opción válida, queda patente que la neolitización de la fachada oriental de la Península Ibérica está relacionada con un fenómeno de expansión arrítmica y, probablemente, con distintos focos de origen. Tras esta implantación pionera, caracterizada por ocupaciones plurifuncionales y vinculadas al medio natural tendentes a minimizar los riesgos propios de la economía agropastoral no consolidada ni territorial ni demográficamente, cada una de las agrupaciones neolíticas se desarrollará de manera autónoma según se desprende de las diferencias observadas en el registro arqueológico de los distintos núcleos cardiales: grupo valenciano (cuenca del Serpis), grupo catalán (llanuras del Penedés-Vallés con una probable extensión hacia el Gironés y Rosellón) y grupo oscense aragonés que presentan características propias, aunque siempre con elementos comunes que entroncan con el Neolítico cardial franco-ibérico. En consonancia con la independencia de estas zonas cardiales encontraríamos, además de las apuntadas para la tecnología lítica, otras divergencias notables como la presencia en el área valenciana de formas cerámicas exclusivas (asas-pitorro, toneles, vasos geminados y tazas cilíndricas de fondo plano) (Willigen 2004: 476), el extraordinario barroquismo de las decoraciones cerámicas cardiales del área del Serpis, que tiene en la representación de motivos figurados su mejor exponente (Martí y Hernández 1988) o el desarrollo en esta misma región del arte rupestre macroesquemático (Hernández 2003), horizonte artístico propio de las comarcas centromeridionales valencianas y que no encuentra su análogo directo en otras zonas de implantación cardial (Fig. 9).
Presentamos el conjunto de inhumaciones de Can Gambús-1, de cronología neolítica y asociadas a la denominada "Cultura de los Sepulcros de Fosa" (finales del V a inicios del IV milenio cal BC). El objetivo principal es informar de las novedades relativas a los procedimientos de construcción de las fosas y a los materiales empleados en la cobertura de las sepulturas, además del tratamiento dado a algunos de los cadáveres. Ello ha sido posible gracias al excepcional estado de conservación de dichas sepulturas, a su riguroso proceso de excavación arqueológica y a su estudio antropológico y taxonómico detallado a partir de todas las evidencias disponibles. Asimismo, se presentan los ajuares recuperados en las inhumaciones cuya riqueza es notable en comparación con la de otros contextos funerarios similares. Probablemente este dato esté relacionado con la presencia exclusiva de individuos adultos entre los inhumados. LA NECRÓPOLIS DEL CAN GAMBÚS-1 EN EL CONTEXTO DEL V-IV MILENIO CAL BC A finales del V milenio e inicios del IV milenio cal BC, las comunidades neolíticas del noreste de la Península Ibérica parecen asentarse preferentemente en los valles y las áreas de llanura próximas a la costa mediterránea, zonas en las que las condiciones ecológicas y paisajísticas permitían, sin duda, la implantación de la agricultura y la ganadería. Pero si hay algo que por antonomasia ha caracterizado a este período y a los grupos neolíticos de este momento son sus prácticas funerarias. Tanto es así que el término "Cultura de los Sepulcros de Fosa", acuñado por P. Bosch Gimpera en su obra Prehistoria catalana (1919), sigue manteniendo su vigencia. Hoy, gracias al desarrollo de la investigación, a los nuevos métodos de excavación, al cuidado del registro arqueológico, a la aplicación de más y novedosos análisis y a la cada vez más frecuente datación de los yacimientos, conocemos mucho mejor algunos aspectos concernientes a la organización económica, social e incluso simbólica de estas comunidades. Sabemos qué variedades de cereales cultivaban, qué especies de animales domésticos y salvajes explotaban, cómo eran sus instrumentos, de dónde procedían, para qué se usaron o qué papel tuvieron determinados ornamentos y materiales en la esfera simbólica por aparecer habitualmente en contextos funerarios. Sin embargo, prácticamente no sabemos nada acerca de sus viviendas, ni de cómo se estructuraba el espacio y las actividades en su interior. Supuestamente sus hábitats han quedado arrasados y destruidos por los continuos procesos erosivos naturales y antrópicos que se han producido durante todos estos siglos. Contrariamente, aquellas estructuras realizadas en el subsuelo, a una cierta profundidad, han llegado hasta nosotros más o menos en buen estado, de ahí que el registro arqueológico mejor conocido y referenciado del Neolítico medio del noreste peninsular provenga de las sepulturas, las fosas de almacenamiento o desecho y de las minas de Gavà. En lo referente a las prácticas funerarias, que es el tema que nos ocupa, durante el V milenio se documentan diversos enterramientos, habitualmente múltiples, en cuevas y abrigos y los prime-ros enterramientos, individualizados o formando necrópolis, en fosas, cistas o pequeños dólmenes (Gibaja 2004). Los casos más conocidos, algunos excavados afortunadamente en los últimos decenios, son los sepulcros de fosa de la necrópolis de Sant Pau del Camp (Barcelona; Molist et al. 2008), el grupo de sepulturas megalíticas de Tavertet (Osona, Barcelona; Molist et al. 1987), las sepulturas en fosa y cista de la desembocadura del Ebro (Tarragona; Esteve 1999), los enterramientos en fosa de Hort d'en Grimau (Castellví de la Marca, Barcelona; Mestres 1988) o algunas de las últimas sepulturas descubiertas en ciertas bocaminas de Gavà (Gavà, Barcelona; Borrell et al. 2005). A partir del IV milenio estas prácticas funerarias se generalizan (Martín 2009). Los casos más representativos son las más de 130 tumbas halladas en la Bòbila Madurell (Sant Quirze del Vallès, Barcelona; Gibaja 2003), las 25 descubiertas en el Camí de Can Grau [La Roca del Vallès, Barcelona; Martí et al. 1997, Pou y Martí 1995 (1)], las 16 del Puig d'en Roca (Girona; Riuró y Fusté 1980), las 8 del Pla del Riu de les Marcetes (Manresa, Barcelona; Guitart 1986) o las 7 del Llord (Castellar de la Ribera, Lleida; Muñoz 1965). Estos enterramientos en fosa o en cista corresponden mayoritariamente a inhumaciones individuales, acompañadas de un ajuar compuesto por vasos cerámicos, núcleos, láminas, puntas o geométricos de sílex, molinos, hachas y azuelas pulimentadas, punzones y espátulas de hueso, colmillos perforados de jabalí, cuentas de piedra con las que se han confeccionado collares y pulseras, etc. En este contexto, Can Gambús-1 es la última de las grandes necrópolis excavadas en Cataluña perteneciente a inicios del IV milenio cal BC. El objetivo principal de este trabajo es dar a conocer este conjunto funerario y las novedades que está aportando, en especial todas aquellas relativas a los procesos de excavación de las fosas y a los materiales empleados en la cobertura de las sepulturas, además del tratamiento dado a algunos de los cadáveres y de los ajuares vinculados a los mismos. CAN GAMBÚS-1: SITUACIÓN GEOGRÁFICA E INTERVENCIONES ARQUEOLÓGICAS La necrópolis neolítica de Can Gambús-1 se localiza en el término municipal de Sabadell (Barcelona), próximo al límite administrativo de la vecina población de Sant Quirze del Vallès, en el Vallès Occidental (Fig. 1). Esta comarca se sitúa en la llamada fosa tectónica del Vallès-Penedès, encajada entre las sierras litorales y prelitorales catalanas, y constituye un corredor natural paralelo a la costa, con una orientación NE-SO. Gran parte de esta fosa está compuesta por arcillas cuaternarias procedentes de las sierras circundantes que cubren de manera desigual una secuencia de conglomerados, costras carbonatadas y arcillas del Mioceno superior. Debió ser una zona excelente para las actividades agropecuarias practicadas por las comunidades neolíticas, ya que es un paraje regado por numerosas fuentes de agua, compuesto por sedimentos arcillosos y caracterizado por un clima mediterráneo. Se trata de una zona conocida ampliamente por su riqueza arqueológica, ya que durante más de un siglo se han llevado a cabo múltiples excavaciones en el cercano yacimiento de la Bòbila Madurell-Can Feu. Las intervenciones arqueológicas en Can Gambús se sitúan en el tramo central de la Sierra de Can Feu, que desciende en una suave pendiente desde los 226 m de altitud en su parte más alta, hasta los 195 m en su cota inferior. En total estamos hablando de un área excavada de 75 ha a cargo de dos empresas de arqueología distintas: Can Gambús-1 en la mitad sur y Can Gambús-2 en la mitad norte. En Can Gambús-1 las primeras excavaciones se llevaron a cabo durante los años 2003-2006 sobre una superficie aproximada de unas 30 ha por el equipo de arqueólogos de la empresa ARRAGO S.L. Arqueologia i Patrimoni, bajo la dirección de Jordi Roig Buxó y Joan-Manuel Coll Riera, con la coordinación del Museu d'Història de Sabadell (2). Durante estos años fueron excavadas 625 estructuras arqueológicas negativas localizadas en los niveles de arcillas con carbonataciones y en los niveles de limos y gravas. Su profundidad oscila entre los 20 y 270 cm, dependiendo del tipo de estructura, el sector donde se excavó y su grado de preservación: hay zonas que han sufrido mucho más los efectos de la erosión natural y de las actividades agrícolas practicadas durante décadas. Las estructuras configuran un importante complejo arqueológico, con un abanico cronológico muy amplio. Definen diversos yacimientos con su propia homogeneidad y especificidad. Se han registrado estructuras y materiales pertenecientes al Neolítico antiguo Cardial, Neolítico medio, Neolítico final, Bronce inicial, Bronce final, Primera Edad del Hierro, Época Ibérica, Época Romana, Antigüedad Tardía, Época Altomedieval, Época Bajomedieval, Época Moderna y Época Contemporánea [Roig y Coll 2007, 2008 (3), e.p.]. Precisamente, por su interés histórico y su riqueza arqueológica sobresalen especialmente la necrópolis del Neolítico medio y el poblado de la Antigüedad Tardía en el que se han documentado hasta 232 estructuras, de las cuales 35 también son funerarias (4). LAS ESTRUCTURAS FUNERARIAS NEOLÍTICAS DE CAN GAMBÚS-1 En la necrópolis neolítica de Can Gambús-1 hemos documentado 47 estructuras funerarias, de las cuales 43 son enterramientos individuales y 4 dobles (Fig. 2 (2) Algunas de las analíticas se financiaron gracias a la ayuda económica de la Junta de Compensación, la propia empresa Arrago S.L., y en menor medida, el Museu d 'Història de Sabadell y el Servei d' Arqueologia de la Generalitat de Catalunya. Además de esta significativa concentración de sepulturas, en los alrededores de la necrópolis no se han descubierto estructuras domésticas, sean silos, fosas de desecho o hábitats. Todo ello, nos permite hablar de un área exclusivamente de uso funerario durante el inicio del IV milenio cal BC. El excelente estado de conservación de buena parte de las estructuras funerarias y el cuidadoso Lám. I. Foto general de la necrópolis del Neolítico medio de Can Gambús-1 (Sabadell, Barcelona) (J. Roig y J.M. Coll). (5) Véase nota 3. registro estratigráfico y deposicional nos ha permitido elaborar una nueva y completa tipología de estos sepulcros. Los conocimientos que esta necrópolis nos ha aportado en relación a los procesos de construcción, los períodos de uso y amortización y los materiales empleados en su elaboración han sido fundamentales para conocer mejor las características de algunos tipos de enterramientos, desconocidos hasta el momento para este período cronológico. Nos referimos, por ejemplo, a la utilización de materiales perecederos en piel o madera para el cubrimiento de las sepulturas, así como a la identificación de grandes losas dispuesta horizontal y verticalmente sellando el acceso a las cámaras funerarias. En general, se trata de sepulturas con formas y dimensiones heterogéneas producto del tipo de sepulcro construido y de su estado de conservación. Sobresalen por su espectacularidad los grandes sepulcros de planta rectangular con recorte superior y cámara funeraria central, así como las de planta rectangular con cueva frontal de dimensiones y profundidad considerables. En líneas generales presentan de media entre 1-2 m de profundidad, por 2-3 m de planta, en los casos más completos. También existen algunos sepulcros de dimensiones más reducidas, así como otros muy arrasados de los que únicamente se han preservado sus 20 y 50 cm basales. Estas sepulturas suelen localizarse en la parte más alta del paraje, más expuesta a los efectos de la erosión y de las actividades agrícolas. En general cabe decir que todas las estructuras han debido sufrir procesos erosivos que han provocado la pérdida de las partes superiores de los enterramientos, posiblemente entre 80 y 150 cm. El elevado número de estructuras complejas y el ingente volumen de material arqueológico que ha ofrecido Can Gambús-1 hacen de esta necrópolis una de las más completas que tenemos en el noreste de la Península Ibérica. En este trabajo presentamos un primer avance de la documentación obtenida y de los trabajos realizados. Queda mucho por hacer, en un conjunto funerario extremadamente complejo que requiere de la participación de numerosos especialistas y de un cuidadoso tratamiento estadístico de los datos (6). UNA NUEVA TIPOLOGÍA La identificación de sepulturas bastante intactas y la presencia de nuevos tipos de enterramientos con singulares sistemas de cobertura, nos ha permitido redefinir y completar la tipología que hasta el momento se había establecido para los sepulcros de fosa del Neolítico medio en el noreste peninsular [Pou y Martí 1995 (7); Martí et al. 1997]. Hemos establecido 5 tipos básicos en la necrópolis de Can Gambús-1 (Figs. Tipo A: estructuras funerarias de carácter monumental, formadas por un gran recorte superior de planta rectangular, configurando una repisa perimetral y una cámara funeraria central también de planta rectangular. Las dimensiones del recorte oscilan entre los 4 -2,5 m de longitud y los 3 -2,4 m de anchura. Se han documentado 11 inhumaciones individuales (23 %) (8), 7 masculinas, 3 femeninas y 1 de gé- (Gibaja y Terradas 2008), material lítico pulimentado -hachas-(Pétrequin, P. y Vaquer, J.: Anàlisi i estudi de les destrals de pedra polida de Can Gambús 1 (Sabadell, Vallès Occ.). Todos los individuos estaban acompañados de un ajuar funerario numeroso y variado, destacando el de las sepulturas E130 y E110. Los enterramientos se concentran especialmente en la zona central de la necrópolis, a unos 197-198 m de altitud. En base a la morfología de las cámaras se han distinguido dos variantes: Tipo A1: sepulcros con cubierta horizontal realizada con grandes losas planas, apoyadas a ambos lados de la repisa del recorte superior cubriendo la cámara funeraria central (Fig. 5). Habitualmente tal cobertura está formada con dos o tres losas de conglomerado y caliza calzadas por algunas piedras de pequeño o mediano tamaño. Tipo A2: cubierta de troncos y ramaje colocados horizontalmente, apoyados en la repisa superior y calzados por hiladas de piedras de pequeño y mediano tamaño. Sellaría el espacio funerario dejándolo vacío. Probablemente sobre la cubierta se dispondría alguna estructura de tierra y piedras en forma de túmulo. Tipo B: Estructura funeraria monumental formada por un recorte superior con repisa de planta rectangular, que da acceso, mediante un pozo semicircular abierto en el lado noreste del recorte, a una cámara sepulcral subterránea frontal formando una pequeña cueva (Fig. 6). Su planta, irregularmente ovalada, mantiene la orientación del recorte superior. Una gran losa dispuesta horizontalmente y apoyada directamente sobre el perímetro de la boca del pozo cubre el acceso. En algunos casos el perímetro está delimitado y reforzado por una hilada de piedras y la losa está cubierta por una acumulación de piedras a modo de túmulo. Las dimensiones son parecidas a las del tipo A. La longitud total, entre el recorte superior y la cavidad funeraria, oscila entre los 3,7 -2,6 m y la anchura entre 2,3 -1,5 m. Se conservan 4 estructuras de este tipo (9 %) (9), una de las cuales sólo con parte del recorte superior con repisa. Están dispuestas en el extremo noroeste de la necrópolis, con una orientación regular hacia el noreste (35°-50°NE y 215°-230°SO). Cada una contiene un individuo (1 masculino, 1 femenino y 2 alofisos) en decúbito supino con las piernas flexionadas y basculadas hacia uno de los lados. Están en el centro de Fig. 3. Tipología de los sepulcros de fosa de la necrópolis del Neolítico medio de Can Gambús-1 (Sabadell, Barcelona). Gráfico cuantitativo de los tipos de sepulcros de fosa de la necrópolis del Neolítico medio de Can Gambús-1 (Sabadell, Barcelona). la cámara funeraria, acompañados de un ajuar variado y numeroso. Tipo C: Estructura funeraria compleja y monumental formada por un recorte superior de planta rectangular con una repisa perimetral que genera otro recorte central rectangular a manera de acceso de grandes dimensiones. En su interior se abre frontalmente una pequeña cámara funera- Fig. 6. Planta y sección del sepulcro E122 de Can Gambús-1 (Sabadell, Barcelona). Corresponde al Tipo B de cueva frontal y pozo de acceso con cubierta horizontal con una gran losa (J. Roig y J.M. Coll). La cubierta sólo podría estar realizada con troncos de madera dispuestos horizontalmente sobre el gran espacio de acceso y apoyados sobre la repisa del recorte superior. Estos troncos estarían calzados por piedras de mediano tamaño y quizás recubiertos por alguna materia perecedera de naturaleza vegetal o animal (pieles) (Lám. A este respecto, hemos identificado un sedimento rojizo, con un alto contenido de materia orgánica entre y sobre las piedras empleadas para calzarlos. Finalmente, al ceder la estructura de troncos en un espacio vacío, el sedimento del túmulo se habría precipitado al interior del sepulcro. Los 3 sepulcros documentados (6 %) (10) se encuentran en el extremo sudoeste de la necrópolis. Un individuo masculino, uno femenino y otro alofiso fueron enterrados en posición de decúbito supino, con las piernas estiradas (en dos casos) o flexionadas (1 caso), y situados en el extremo del ábside de la cámara funeraria. Todos ellos están asociados a ajuares compuestos por numerosos y variados materiales. Tipo D: Estructura funeraria compleja de tipo monumental, formada por un recorte superior de planta rectangular en cuyo lateral se abre un pequeño pozo vertical que va a dar a una cavidad sepulcral. La pequeña abertura frontal del pozo de acceso aparece sellada por losas de conglomerado colocadas verticalmente y estabilizadas por piedras más pequeñas. La cámara de planta ovalada está orientada perpendicularmente al eje del recorte superior (Fig. 7). Las 6 estructuras (13 %) (11) atribuibles a este tipo D se sitúan en la periferia de la necrópolis, tres en el lado oeste y otras tres en el norte, siguiendo un eje de orientación noreste-suroeste. Sus dimensiones son bastante regulares, pero únicamente dos, localizadas en la parte más baja de la necrópolis, conservan la estructura entera con el recorte superior. Este tipo de inhumación se diferencia del de los otros tipos en la presencia de sepulcros dobles: 3 estructuras contienen inhumaciones dobles y 3 inhumaciones individuales. De los 9 individuos identificados 6 son masculinos, 1 femenino y 2 indeterminados. Se disponen con la misma orientación que la cámara sepulcral, es decir, perpendiculares al recorte superior de acceso. Todos están acompañados de un ajuar bastante escaso, destacando especialmente la ausencia de ornamentos de variscita. Tipo E: Reúne los sepulcros que, por su grado de erosión, presentan una estructura funeraria simple con una cámara única de planta rectangular o elíptica, y mayoritariamente con la cubierta desaparecida. Al habernos sido imposible atribuirlos a ninguno de los tipos anteriormente descritos, se ha optado por englobarlos en una categoría tipológica particular. Debemos tener presente que varias de estas sepulturas podían corresponder a algunos de los tipos más monumentales, pero tampoco desechamos la posibilidad de que otras tuvieran, efectivamente, esta estructura más simple de planta rectangular. De hecho, en ciertas zonas de la necrópolis aparecen juntos ambos tipos de enterramientos, en ocasiones tan solo a unos escasos 50 cm de distancia. Si hubiera existido algún tipo de erosión o arrasamiento habría afectado por igual a ambos sepulcros, a no ser que entre ellos existiera una diferencia cronológica y que el arrasamiento hubiera Lám. Foto del sepulcro E532 de Can Gambús-1 (Sabadell, Barcelona). Corresponde al Tipo C de cavidad frontal y gran cámara de acceso con cubierta horizontal de troncos calzados con piedras (J. Roig y J.M. Coll). Las sepulturas son fosas simples de planta rectangular de entre 90 -130 cm de longitud, 60 -80 cm de anchura y una profundidad conservada entre 15 -60 cm. Las 23 estructuras (49 %) (12) se extienden por la parte central de la necrópolis, en la zona más alta de la loma, con una orientación noreste-suroeste. Hemos registrado un conjunto de 24 individuos ya que una de las sepulturas es doble (E247): 7 son masculinos, 8 femeninos y en 9 casos no ha sido posible determinar el sexo. Existen diferencias notables entre los ajuares, que refuerzan la hipótesis de que algunos podrían ser sepulcros complejos arrasados y otros enterramientos morfológicamente más sencillos. Algunos han ofrecido ajuares muy ricos (por ejemplo la E70) en cantidad, calidad y diversidad de piezas, en tanto que otros contenían algún fragmento de cerámica, un punzón o algún elemento de malacología aislado. A modo de resumen, estas sepulturas en fosa son estructuras funerarias complejas y monumentales que se vertebran a partir de un gran recorte superior de planta rectangular y un pozo de acceso a una cámara funeraria inferior donde se ha inhumado uno o dos individuos. Estarían selladas por una cubierta que mantendría el espacio inferior cerrado y vacío de tierra como lo indican los propios sistemas de cobertura, la dinámica estratigráfica, la disposición de los huesos de los individuos inhumados y los saqueos fechados en época neolítica. La dinámica estratigráfica y postdeposicional, así como las características tafonómicas de los esqueletos nos han permitido plantear diversas cuestiones: -Esta nueva tipología debe considerarse preliminar a la espera de la finalización de determinados estudios y analíticas, así como de la realización de un mayor número de dataciones radiocarbónicas. -En determinados sepulcros (sepulcros E112, E162 y E176) hemos detectado la intrusión puntual a las cámaras mortuorias después de haberse practicado la inhumación gracias a las remociones de ciertas partes esqueléticas, en especial de la zona torácica y el cuello, aún en estado de semidescomposición. Ello implica que se llevaron a cabo en un momento posterior y cercano al momento de la inhumación. Pensamos que dichas remociones pueden estar asociadas al saqueo intencionado de elementos de ajuar como los collares o pulseras elaboradas con cuentas de variscita ya que, en estas tumbas, sólo hemos encontrado cuentas esparcidas sin conexión. También hemos apreciado una alteración de la cubierta, reflejada en la caída de los troncos o de algunas de las losas que sellaban la cámara. -En las estructuras de cubrimiento hemos detectado túmulos formados por tierras y/o piedras dispuestas por encima del espacio superior de la sepultura que está cubierto con losas o troncos. -La reutilización de determinados sepulcros se observa en la inhumación simultánea de dos individuos en el sepulcro E515, y en la inhumación sucesiva de otros dos en los enterramientos E247, E497 y E580. -El uso de ciertos elementos constructivos perecederos desaparecidos se constata por las cubiertas de madera o el posible revestimiento de las paredes y las soleras. -El uso de estructuras internas de material también perecedero provoca, como veremos, los "efectos de parada" en los esqueletos como consecuencia de la presencia, en su día, de lechos, paredes o mobiliario funerario o, quizás, del uso de pieles o materias vegetales a modo de mortajas que explicaría la hipercontracción de algunos cuerpos. -Determinados elementos de ajuar y ciertas prendas que llevaban los inhumados, desafortunadamente, no han llegado hasta nosotros, aunque en algunas sepulturas (E184 o E110) haya sido sugerido su empleo por la presencia de unos finos estratos (de unos 2 -4 cm), inmediatamente por debajo del individuo inhumado y de su ajuar, con abundantes restos de ocre rojo y carbón. Tales restos podrían ser los residuos de materiales empleados para cubrir los cuerpos de los inhumados (pieles) o para evitar su contacto con el suelo, empleando algún tipo de mobiliario funerario similar a lechos o ataúdes de madera. CRONOLOGÍA DE LA NECRÓPOLIS DE CAN GAMBÚS-1 Hasta el momento se han realizado cuatro dataciones de C14 sobre restos óseos humanos procedentes de cuatro sepulcros de Can Gambús-1, efectuadas en el Laboratorio de Datación por Ra-diocarbono de la Universitat de Barcelona [Mestres 2007 (13)], que han proporcionado los siguientes resultados: Individuo masculino adulto joven. Individuo masculino adulto 2. Las tres primeras fechan enterramientos del Tipo A2 (E110, E167, E246), situados en la parte central de la necrópolis, con un ajuar típico de los sepulcros de fosa (variscita, sílex melado, vasos cerámicos, industria ósea, etc.). La última datación pertenece al sepulcro E515, del Tipo D, que contiene una inhumación doble, con escaso ajuar y sin variscita ni sílex melado. Su datación (3356 cal BC) rejuvenece aproximadamente 300 años este enterramiento respecto a los tres del Tipo A2. De esta manera, y aunque sea de manera provisional, observamos una cierta evolución cronológica de algunos tipos de sepulcros en la necrópolis de Can Gambús-1 donde las sepulturas de pozo central del Tipo A serían más antiguas que las del Tipo D. Estas dataciones se ajustan perfectamente a las ya ofrecidas por otros contextos funerarios del Neolítico medio en Cataluña como la Bòbila Madurell y el Camí de Can Grau (Gibaja 2003; Martí et al. 1997; Martín 2009). En estos momentos estamos a la espera de recibir los resultados de nuevas dataciones pertenecientes al resto de los tipos sepulcrales. Ello nos permitirá definir la cronología de funcionamiento de la necrópolis, completando la seriación tipológica de los diferentes sepulcros de fosa de Can Gambús-1. Los 51 individuos documentados en Can Gambús-1 presentan, en general, un buen índice de preservación (un 66,67 % del grupo muestra un índice superior al 75 %) aunque su estado de conservación deficitario ha dificultado un estudio más a fondo de los individuos. Esto se refleja en las escasas ocasiones en las que se ha podido realizar el estudio tipológico craneal. Un 80,40 % de los individuos se dispusieron en la tumba en decúbito supino, un 7,84 % (3 derecho y uno izquierdo) en decúbito lateral y en un 11,76 % no se ha podido establecer su posición por la escasa representación del individuo. En los enterramientos dobles, los individuos estaban dispuestos en decúbito supino, uno al lado del otro, salvo en una ocasión donde uno se disponía sobre el otro. En un 50 % de los enterramientos las extremidades inferiores del cadáver se flexionaban hacia arriba, cediendo hacia un lado u otro del eje central del tronco al iniciarse el proceso de descomposición. En algún caso esta posición llegó a mantenerse. En cambio las extremidades superiores fueron dispuestas sin modelo definido sobre la pelvis, estiradas paralelamente al cuerpo o situadas sobre el tórax. Cuando ha sido posible valorarlo, el cráneo estaba dispuesto ligeramente hacia un lado con la cara orientada hacia el resto del cuerpo. Parece que la cabeza se habría colocado sobre algún elemento a modo de cojín, de naturaleza perecedera, ya que éste no se ha conservado. Al proceder a la limpieza del material óseo se observaron restos de ocre en diversas regiones esqueléticas que, en el cráneo, ocupan tanto el neurocráneo como la mandíbula, las órbitas y el malar. Un mismo individuo puede presentar ocre en distintas zonas sin que se haya podido asociar a un sexo o grupo de edad concreto. Es probable que esta práctica se realizara sobre un número mayor de individuos y que el paso del tiempo y el mal estado de conservación de los restos dificultara su conservación. Determinación demográfica del grupo Se ha podido asignar la edad a todos los individuos menos a uno por su baja representatividad esquelética. Un 86,27 % de individuos corresponden a población adulta, y el 11,77 % a un grupo de edad mayor de 18 años, perteneciente o no a la etapa adulta. En estos últimos sólo se ha podido utilizar el método de desgaste del esmalte dental de Brothwell (1987) y todos ellos presentaban tercer molar (Tab. La franja de edad más representada (52 % de la población) corresponde a individuos entre 26 y 45 años (adulto joven y adulto). Incluso 4 individuos (8 % de la población) alcanzaron los 60 años de edad, demostrando que la población gozaba de buenas condiciones de vida. Cabe destacar la ausencia de individuos infantiles cuya representatividad en poblaciones antiguas oscila habitualmente entre un 30-60 % (Chimenos 1990). Parece que se está ante una necrópolis o un sector en el que únicamente se inhumó a una parte de la población. Ello refleja, probablemente, una sociedad que no consideraba por igual a todos sus integrantes, sin que sepamos con exactitud si este grupo pertenecía a una élite o trataba diferencialmente al conjunto de la población infantil y juvenil. No obstante los 15 individuos sin sexo diagnosticado podrían alterar esta relación. Los datos, por tanto, no permiten decidir la utilización mayoritaria o no de esta necrópolis por parte de un único sexo, a diferencia de lo que acontece con la edad. Por último, subrayamos que 3 de los 4 individuos seniles son de sexo masculino y el cuarto de sexo indeterminado, hecho que indica que las condiciones de vida para el sexo femenino fueron más duras, probablemente debido a su condición de madres, lo que reduce su esperanza de vida. Descripción tipológica de la población Clásicamente las poblaciones prehistóricas e históricas se han descrito a partir de la tipología de los cráneos. Los restos craneales de los individuos de Can Gambús-1 son incompletos y no permiten una descripción de este tipo. No obstante varias medidas sobre el esqueleto postcraneal permiten describir al grupo desde otro punto de vista, su robustez o gracilidad asociada a la actividad laboral. Respecto a la extremidad superior, el índice diafisario del húmero, tanto derecho como izquierdo, manifiesta euribraquia en la población masculina y femenina. La morfología es redondeada en la mayoría de los húmeros en relación con una baja actividad del brazo. En cuanto al antebrazo, los tres cúbitos indican platolenia. Los valores se corresponden con una morfología poco redondeada del cúbito. A pesar de la baja representatividad, y a falta de más información, se podría decir que el esfuerzo muscular del antebrazo en la población estudiada es superior al descrito en la parte superior del brazo, como resultado de un movimiento de aducción del antebrazo. Distribución de la población de Can Gambús-1 (Sabadell, Barcelona) según los distintos grupos de edad y sexo. actividad diaria del grupo, no intervendría la porción superior de la extremidad mientras que el antebrazo se movería hacia el plano medio del cuerpo. En relación a las extremidades inferiores, el índice de platimeria indica que los fémures son platiméricos o hiperplatiméricos en su mayoría, es decir, aplanados anteroposteriormente como consecuencia de una fuerte actividad de los músculos del tercio proximal. En el índice pilástrico, calculado también en el fémur, los valores son más variables. Los hombres presentan pilastra entre débil y fuerte, con valores superiores a los de los individuos femeninos. Este índice valora el grado de desarrollo de la línea áspera, lugar donde se insertan diversos músculos del muslo. Los valores obtenidos indican un esfuerzo débil como consecuencia de un movimiento no muy severo en el tercio medio del muslo. El índice cnémico indica un mayor porcentaje de tibias mesocnémicas poco aplanadas y platicnémicas con aplanamiento transversal. Contrariamente, en el sexo femenino dominan las tibias euricnémicas. G. Olivier (1960) relaciona las tibias platicnémicas con índices pilástricos elevados en poblaciones prehistóricas. Esta situación no se asemeja a la que encontramos en la población neolítica de Can Gambús-1, donde se aprecia un esfuerzo más notable de la musculatura insertada en el tercio proximal del fémur respecto a la musculatura de los tercios medio y distal. Estado de salud de la población En la población de Can Gambús-1 se han observado diversos traumatismos. El más frecuente, en cuatro individuos, en el antebrazo. Este tipo de traumatismos suele estar asociado a caídas y por tanto se puede relacionar con el estilo de vida y el tipo de actividad desarrollada por la población. El 43,14 % de la población superó los 35 años por lo que se pudiera pensar en la probabilidad de encontrar una frecuencia relativamente alta de patologías osteoarticulares. A pesar de ello sólo se ha observado en un 5 % de los individuos evidencias de lesiones osteofíticas y aplastamiento de algunas vértebras cervicales en la columna vertebral. En cuanto a los procesos infecciosos únicamente se ha evidenciado una ligera periostitis en un individuo senil, afectando al húmero y a la tibia. Los datos dentales también aportan información respecto al estado de salud de la población. Sin embargo, características dentales como el retroceso alveolar o la presencia de lesiones fistulosas no han podido valorarse por el mal estado de conservación del soporte óseo. Hay caries en el 6 % de las piezas dentales, valor cercano al ya descrito en la población neolítica catalana (10 %). Según E. Chimenos (1990) la caries afecta a un 43 % de los individuos al menos en una pieza. La pérdida dental ante mortem es de un 8 %. Normalmente se asocia a los molares inferiores y corresponde en su mayoría a los individuos de mayor edad. Asimismo, se ha contemplado la presencia de cálculo dental en aproximadamente un 6 % del grupo. La observación macroscópica de la dentición ha permitido valorar en cinco individuos un desgaste dental anómalo, con la formación ocasional de un canal orientado mesiodistalmente en los incisivos y caninos. Este desgaste iba acompañado de la presencia de manchas posiblemente taninos, cuyo origen es vegetal. Se trata pues de un desgaste no causado por la alimentación sino por un uso extraalimentario de la boca. Están en curso los análisis químicos del origen de las manchas y un estudio del tipo de desgaste mediante el microscopio electrónico. A modo de resumen, el estudio antropológico nos permite decir que: -El depósito primario del cadáver está sin colmatar de tierra y el individuo se encuentra en posición mayoritariamente de decúbito supino (80 %). -El grupo está formado por individuos de ambos sexos, mayores de 17 años y con una elevada esperanza de vida. -La actividad laboral relacionada con el movimiento de aducción del antebrazo es la posible causante de los traumatismos. Asimismo los signos musculares de la extremidad inferior se pueden vincular a una musculatura desarrollada como consecuencia de la marcha. -Algunas patologías óseas se corresponden con signos artrósicos en individuos de edad adulta y senil. -Las caries se constatan en pocas piezas, pero en prácticamente la mitad de los individuos. Su etiología probable es la alimentación. -La población disponía de un relativo buen estado de salud. -Cinco individuos presentaban desgaste dental extraalimentario asociado a la utilización de la boca para trabajar probablemente materias vegetales, como demuestra la presencia de taninos en los dientes. APROXIMACIÓN PALEOTAFONÓMICA A LAS SEPULTURAS DE CAN GAMBÚS-1 El nombre "Cultura de los Sepulcros de Fosa" sugiere sepulturas bastante minimalistas, contrariamente a la concepción que se tiene de las tumbas megalíticas. Sin embargo la elaboración de las fosas requiere una importante inversión de trabajo. Los estudios de V. Renom en la Bòbila Madurell revelaron, desde los años cuarenta, la existencia de enterramientos complejos realizados en el suelo, con cavidades en los laterales o incluso selladas con grandes bloques de conglomerado (Serra Ráfols 1947). No obstante, debemos esperar a la excavación de la primera tumba de Can Soldevila en los años 80 para contar con una descripción precisa de la arquitectura (Costa et al. 1982). R. Pou y M. Martí [1995 (14)] definieron la complejidad de las construcciones, al menos para una parte de la tipología sepulcral del Neolítico catalán. En la excavación de Can Gambús-1, un análisis tafonómico como el presentado en este artículo ha sido posible en el marco de unas condiciones excepcionales de conservación y registro. Este tipo de análisis, desarrollado desde los años 70 en la investigación francesa, tiene como objetivo reconstruir la sepultura inicial a partir de los vestigios documentados en la estructura arqueológica (Leroi-Gourhan 1975; Duday 1995). Para este trabajo nosotros nos hemos centrado en tres enterramientos que, no sólo nos permiten identificar y ejemplificar los procesos de descomposición de los inhumados en espacios vacíos, sino también poner las bases para una verdadera reconstrucción del dispositivo sepulcral. Tales enterramientos corresponden a los Tipos A, B y C de la tipología establecida para Can Gambús-1. Nosotros presentamos aquí una visión general de los resultados de los análisis tafonómicos obtenidos en dos de estas sepulturas, antes de plantear ciertas hipótesis sobre la tercera. La sepultura E137 pertenece probablemente al tipo D, si bien buena parte del pozo de acceso ha desaparecido por la erosión. El sujeto inhumado reposa sobre su espalda, con los miembros flexionados, según una orientación sureste-noroeste, y la cabeza erguida. Los codos doblados están separados del tronco, la mano izquierda se sitúa sobre el vientre y la derecha por debajo del tórax. Los miembros inferiores se han desplazado hacia el lado izquierdo y las rodillas están flexionadas. El pie izquierdo se encuentra sobre el eje general del cuerpo y el pie derecho está ligeramente desplazado lateralmente (Fig. 8). El esqueleto está íntegramente estirado. Las únicas piezas en desequilibrio son el conjunto cráneo-facial y la rótula derecha. Asimismo, se aprecian abundantes dislocaciones, muchas de ellas acompañadas de una transgresión del volumen inicial del cadáver. Es el caso por ejemplo de la clavícula izquierda, los codos y el antebrazo derecho, la parte derecha de la pelvis, la rodilla izquierda y la pierna derecha. La localización de estas dislocaciones en la mayoría de las partes del cuerpo, indica que el cadáver se descompuso en un espacio vacío. El mantenimiento de la rótula refleja su apoyo en su día contra la pared de la fosa. La posición desequilibrada del cráneo responde a un fenómeno puntual, como la existencia de una irregularidad en el fondo de la tumba o, más probablemente, de un soporte hoy desaparecido, confeccionado en alguna materia perecedera que debió disgregarse después de la colmatación de la sepultura. Estas dislocaciones no responden únicamente a que haya un espacio vacío. Si el desplazamiento de la clavícula izquierda ha sido provocado por el encogimiento del hombro, la separación de los dos huesos del antebrazo derecho debe explicarse por algún movimiento sobre uno de ellos. La migración del hueso coxal derecho no ha podido ocurrir sobre un suelo plano. La situación es idéntica para la rodilla izquierda y posiblemente para el peroné derecho. El desplazamiento del hueso coxal derecho, y con él el del fémur, se explica por la existencia de una pendiente o un espacio vacío por debajo de esta parte del cuerpo durante la descomposición. El resto de la pelvis se encuentra finalmente en el mismo nivel. Todo ello supone que hubo un espacio vacío durante la descomposición, debajo de una gran parte del cuer-po. La disyunción de las otras articulaciones, especialmente de la rodilla izquierda y la pierna derecha ¿es imputable a este mismo fenómeno? La de las rodillas testimonia un hundimiento, si bien las roturas corresponden ante todo a un descenso progresivo tras una posición sobreelevada. Pocos elementos quedan por reseñar en relación a la planificación de las inhumaciones. Vista la estructura sepulcral, es evidente que el cadáver no reposaba sobre el fondo de la fosa, si no sobre una banqueta o una especie de camilla o litera, una estructura fija sobre la que se depositó el cuerpo. Las rodillas estaban plegadas y sobreelevadas, la cabeza estaba erguida, mantenida por un soporte y el ajuar se encontraba claramente separado del cuerpo y no dentro o sobre tal banqueta. La sepultura E442 se inscribe en el tipo B. El sujeto reposa sobre la espalda, con los miembros flexionados y con una orientación este-oeste. La cabeza se sitúa sobre el lado derecho, mirando hacia el norte. Los miembros superiores presentan una tendencia simétrica. Los codos están separados del cuerpo, las manos juntas en el abdomen y los dedos están entrelazados. Los miembros inferiores estaban flexionados y las rodillas elevadas. Los pies están situados en el eje del cuerpo, el izquierdo a unos 15 cm de las nalgas y el derecho a unos 20 cm (Fig. 8). El esqueleto está situado claramente en posición plana. Los huesos en desequilibrio son raros o inexistentes. A excepción de los pies, las conexiones preservadas conciernen a las articulaciones, como a las de la cadera, o a los ligamentos intervertebrales. El volumen inicial del cadáver ha sido quebrantado a nivel del hombro derecho, por la clavícula, así como en la parte inferior del cuerpo alrededor del hueso coxal izquierdo y de las extremidades inferiores. El caso del cráneo es menos evidente. Estos desplazamientos fuera del volumen del cuerpo testimonian un espacio vacío durante la descomposición. Si esos espacios vacíos repercuten tanto en el hombro, como en la pelvis o en todos los miembros inferiores, su amplitud reflejada en la rotura de las rodillas, indica que se trata de un vacío global desde sus inicios. No obstante, la descomposición en un espacio vacío no es suficiente para explicar todas las dislocaciones identificadas. Si el desplazamiento de la clavícula derecha parece muy importante, los movimientos registrados en la parte inferior del esqueleto van más allá de su simple caída después de la disgregación de los ligamentos. El caso de los miembros inferiores no se resuelve únicamente por la caída de los huesos en elevación. Así mientras la rodilla derecha se ha fracturado, la tibia y el peroné han seguido unidos, el tobillo se ha mantenido y el pie ha rotado sin generar ninguna dislocación. De hecho la caída de los miembros inferiores da lugar, en el lado izquierdo, al basculamiento del pie en vista lateral (parcial). Los dos pies se encontraban inicialmente en plano, en el mismo eje que el cuerpo. En este sentido, a pesar de la diferencia entre el lado derecho y el izquierdo, los tobillos se habrían mantenido más tiempo que las rodillas. En un registro diferente la simple caída del hueso coxal izquierdo no justifica su separación de la pelvis. Si bien hay un deslizamiento hacia el sur del hueso coxal, se encuentra finalmente a la misma altitud que el resto de la pelvis, por lo que tal desplazamiento no ha podido producirse sobre un suelo plano. Ello implica que debió existir un soporte entre el cuerpo y el suelo cuya disgregación ha creado las condiciones que han provocado el desplazamiento del hueso coxal. La descomposición en espacio vacío deja sin explicación el mantenimiento de los pies en conexión, a no ser que imaginemos un relleno precoz de esta parte de la tumba o una inversión del orden clásico de la disgregación de las articulaciones. Estas conexiones testimonian la presencia de un dispositivo de protección de los pies, a modo de calzado. La hipótesis de un inhumado con calzado significa que probablemente estamos frente a una persona que estaba vestida. Identificar todo el acondicionamiento sepulcral es imposible, aunque hemos apreciado la posición desequilibrada del sujeto en la tumba y la preservación de abundantes residuos negros en el fondo y en las paredes de la cámara. Ello sugiere que existe una preparación específica alrededor del cadáver que nos habla de que fue transportado en un dispositivo móvil. Los residuos orgánicos indican, efectivamente, el empleo de materias perecederas en la preparación de la cámara sepulcral. Descifrar los acondicionamientos sepulcrales: interrogantes en torno a la tumba E167 En relación a la tipología, las tumbas consideradas como complejas se realizaron mediante un cuidadoso proceso de preparación cuyas características definiremos. Señalaremos cinco puntos principales en relación con la adecuación del difunto a la estructura funeraria de la sepultura E167, perteneciente al Tipo A (Fig. 9). El sujeto no se depositó directamente en el fondo de la tumba, sino en el seno de un continente. La posición variable de ese continente en el interior de la cámara indica que era móvil. Por lo tanto, parece evidente que sirvió para transportar al difunto hasta la tumba ¿De qué se trata exactamente? La forma debía ser rectangular y estrecha, lo que obligaba a mantenerle con las rodillas flexionadas. Los rebordes debían ser bajos, al menos sobre los laterales largos, ya que los codos estaban por encima de ellos y las rodillas habían finalmente salido hacia afuera. El ajuar es impresionante no sólo por su abundancia, sino también por la calidad y la rareza de los materiales. No obstante, estamos únicamente ante las reliquias que han llegado a conservarse, ya que faltan todos los objetos de o sobre materias orgánicas. Así podemos considerar que el hacha estaba enmangada o que los instrumentos de huesos estaban almacenados dentro de una especie de funda o saco (15). Una prueba aún más concluyente son los elementos geométricos agrupados, ensartados probablemente en flechas, que seguramente se depositaron junto al inhumado en un carcaj, quizás también con el arco. El conjunto del ajuar se encuentra detrás del sujeto, pero no se sitúa directamente en el fondo de la sepultura. El nivel tan regular en el que reposa el hacha, los núcleos y una parte de la industria ósea indica la presencia de un soporte por debajo, a modo de banqueta o tablilla. Puede tratarse de un elemento del ajuar -a modo de mueble-o de un acondicionamiento de la propia cámara. La construcción de la cámara testimonia un cuidado y una inversión de trabajo importante, pero no existe señal de su preparación. Sólo la cobertura de la tumba ha podido ser reconstruida, principalmente a partir de los elementos de calzado (piedras y troncos) caídos en el fondo del pozo de acceso. Aunque la descomposición del cadáver, que tuvo lugar en un espacio vacío, nos permite dilucidar acerca de la existencia de una cobertura, el conjunto de indicios tafonómicos no nos permite apreciar el grado de complejidad de la estructura funeraria. Si consideramos la regularidad de la estructura, con sus paredes ortogonales y perfectamente verticales, podemos sin dificultad suponer que la parte superior fue recubierta con tableros de madera, revestimientos, etc. En definitiva, las sepulturas de Can Gambús-1 representan un descubrimiento excepcional, también en la percepción de las tumbas que nos imponen. No podemos observarlas como simples construcciones donde los muertos han sido rápidamente enterrados. La tumba es uno de los actores principales de los funerales. En los sepulcros de fosa es evidente que los preparativos están re- (15) En la tumba E137 los pares de falanges animales situados alrededor del vaso son los últimos vestigios de una piel que cubría o se encontraba sobre dicho vaso. Al lado de estos objetos subsiste un residuo orgánico producto de una materia que ha desaparecido totalmente. Próximo a los núcleos de la tumba E167 también hay testimonio de un residuo negro alargado. lacionados con la posición social o el estatus privilegiado del difunto. De los 47 sepulcros de la necrópolis, hasta 44 ofrecen un rico y diversificado ajuar funerario. En los 3 restantes, adscritos al Tipo E, no hay restos de ajuar, probablemente como consecuencia de su estado de conservación y el alto grado de arrasamiento, especialmente en los sepulcros E168 y E534. La relevancia cualitativa de la gran mayoría de los ajuares permite un estudio muy completo de la cultura material del Neolítico medio en el noreste de la Península Ibérica y nos ofrece importantes datos sobre las comunidades humanas de este período, en especial en relación a sus costumbres funerarias. Gran parte de estos estudios sobrepasan los contenidos de este artículo, destinado a una presentación general del contenido de los ajuares salvo el material cerámico y lítico, estudiados ya en profundidad. En Can Gambús-1 hay un total de 617 elementos arqueológicos ( 16), entre material lítico tallado (núcleos, láminas, puntas y geométricos de sílex) y utillaje macrolítico (hachas y molinos), vasos cerámicos enteros y fragmentados, utillaje óseo (punzones, agujas, plaquetas, etc.), restos de macrofauna y malacofauna y elementos ornamentales (contabilizando de manera unitaria los collares y brazaletes de variscita). Los elementos del ajuar se encuentran generalmente en la mitad superior de la cámara funeraria, dispuestos alrededor y/o sobre el cuerpo de los individuos, especialmente próximos a su cabeza y a su mitad superior y, más raramente, cerca de los pies. Se han documentado restos cerámicos en 27 sepulcros, acompañando tanto a individuos masculinos como femeninos. Del total de 59 elementos, 51 son vasos enteros o de perfil conservado. Es decir, en algunos casos se dejaron junto a los inhumados partes de vasos fracturados que quizás se emplearon como soportes para calzar algún elemento perecedero. Hay instrumentos líticos tallados en 39 enterramientos. Entre los 203 restos, por su cantidad y calidad, sobresalen núcleos, láminas, geométricos y puntas elaboradas casi exclusivamente en sílex melado. Los núcleos aparecen habitualmente en pares o tríos, en la zona próxima al cráneo o en la mitad superior de la tumba, jamás en los pies. Las puntas y los geométricos se agrupan a uno de los lados del individuo indicando, como hemos dicho, su posible enmangue en los astiles dentro del carcaj. Este es el caso del sepulcro E176 con 3 puntas de flecha y 8 geométricos de sílex agrupados con el extremo apuntando hacia abajo en la zona de los pies, a la derecha del individuo (Lám. Los 18 instrumentos de piedra pulida se han documentado en 15 sepulcros. Mayoritariamente son hachas pulidas, muchas asociadas a núcleos de sílex. Según el análisis petrológico efectuado dos ejemplares son eclogitas de posible origen alpino [Petrequin y Vaquer 2008 (17)]. El utillaje macrolítico tan sólo se localiza en dos sepulcros del Tipo E (E45 -individuo alofiso-y E163 -individuo femenino-): 4 elementos de molino (dos bases fijas con su parte móvil). El análisis de los fitolitos de la base y de la mano del molino del sepulcro E45 ha permitido identificar restos de tejido epidérmico de almorta (Lathyrus cicera) y almidones de tipo Lathyrus y Triticeae (cereales tipo trigo/cebada) [Juan y Matamala 2008 (18)]. Los instrumentos óseos proceden de 31 sepulturas y, a la espera de los trabajos de su restauración, completan un conjunto de 244 útiles. La mayoría son punzones agrupados en paquetes (entre 4 y 20) al lado de los individuos. Los elementos de ornamento se han hallado en 16 sepulcros: 620 cuentas de variscita de diferente tipología (cilíndricas, cilíndricas tubulares, bitroncocónicas o de barril, etc.) que forman 10 collares, 4 brazaletes, 1 dispositivo/collar votivo y 15 cuentas sueltas. Asimismo, se ha registrado un collar con 1.644 cuentas de esquisto y 10 cuentas sueltas atribuidas a un segundo collar. El estudio de este material ornamental se encuentra en curso (Lám. Los 41 restos de fauna de vertebrados aparecieron en 11 enterramientos. Destacan especialmente las falanges de Ovis aries dispuestas en pequeños grupos o aisladas, halladas en 6 de estos sepulcros. También se asocian diferentes especies en un mismo contexto. Es el caso del sepulcro E130 con un fragmento vaciado de asta de Cervus elaphus y un canino de Sus sp., o bien del fragmento basal de asta tallada de Cervus elaphus junto a dos colmillos de Sus sp. de la sepultura E161. Los otros restos registrados en la necrópolis son extremidades inferiores (metacarpianos y metatarsianos) de un Sus sp., un incisivo de Bos taurus y un fragmento medial de costilla de un mamífero de talla mediana [Nadal 2008 (19)]. La malacofauna marina está presente en 5 sepulcros con 5 piezas que presentan diferentes tratamientos. Así se han documentado tres bivalvos, concretamente un Glycymeris glycymeris con restos de ocre (tumba E161), un Glycymeris sp. (enterramiento E174) y un Cerastoderma edule (sepulcro E228). Las otras dos piezas corresponden a dos gasterópodos de la especie Phalium saburon utilizados como elementos de ornamento, ya que presentan dos perforaciones ligeramente cónicas (sepulturas E221 y E442) [Estrada 2008 (20)]. Diversos sepulcros contienen restos de material mineral, por lo general, ocre de color rojo intenso, que podrían estar asociados a elementos perecederos (pieles, tejidos, madera,...) que acompañaban al difunto. También formaban parte del ajuar sedimentos de diferente consistencia y color de los que se han tomado muestras para determinar su naturaleza. Está muy bien representado en los ajuares de los inhumados. Hay vasos cerámicos en 27 de las 47 tumbas de Can Gambús-1, 51 de ellos completos o de perfil conservado. En general, la cocción fue reductora irregular, lo que confiere a las pastas una coloración muy diversa con tonalidades grises, negras, marrones, anaranjadas y rojizas. Incluyen un desgrasante de tamaño mediano o grande caracterizado de visu por la presencia de cuarzo y mica esencialmente. No obstante, sería necesario efectuar los análisis arqueométricos correspondientes. El modelado a mano es irregular, con un alisamiento simple, no siempre demasiado cuidadoso y, salvo un caso, sin decoración, ya sea incisa o aplicada. Esta ausencia de decoraciones es una característica distintiva de los recipientes de este período, que contrasta con las precedentes del Neolítico antiguo Cardial, con decoración impresa, o con las siguientes del Neolítico final, con decoraciones plásticas y aplicadas. La excepción es un vaso esférico de bordes rectos, ligeramente entrados hacia el interior, labios de sec-ción cuadrangular y fondo cóncavo redondeado (CG1-243-555-5), con restos de un asa de cinta y hasta 7 lengüetas cónicas conservadas, aplicadas en paralelo por debajo del borde. Este recipiente globular es, por tanto, un elemento muy singular dentro de la necrópolis. De entre los 51 vasos completos o de perfil conservado hemos determinado 36 vasos desde un punto de vista morfológico, siendo posible identificar 7 grupos formales o tipos básicos: -Tipo 1: vaso hemisférico (NMI: 9 = 25 %) con el cuerpo igual o inferior a 180°de abertura, de bordes rectos o salientes y labios de sección redondeada o rectangular. Los fondos siempre son redondeados y, en algunos casos, irregulares debido a su elaboración manual. -Tipo 2: vaso hemisférico carenado (NMI: 5 = 14 %) compuesto por una mitad superior troncocónica cóncava invertida y otra inferior hemisférica, unidas por una carena bien marcada. El borde, siempre saliente, presenta únicamente labios apuntados y el diámetro de la boca es siempre superior al diámetro máximo de la carena. Los fondos son cóncavos y ligeramente aplanados. Todos presentan un asa aplicada a la carena, tubular (3 casos) o de cinta (2) (Lám. -Tipo 3: vaso esférico cerrado (NMI: 8 = 22 %) con un grado de cierre del cuerpo superior a los 180°Los bordes son reentrantes y con el labio saliente en algunos casos. El fondo es cóncavo y puede aparecer ligeramente aplanado. -Tipo 4: vaso esférico carenado (NMI: 4 = 14 %) formado por un cono truncado superior y un cuerpo hemisférico inferior, unidos mediante una carena bien marcada. Los bordes son reentrantes y presentan, en los casos conservados, dos asas de cinta opuestas en la mitad superior del cuerpo. -Tipo 5: vaso esférico carenado con cuello diferenciado cóncavo (NMI: 4 = 11 %), compuesto por un cuerpo truncado de paredes cóncavas en la mitad superior y un cuerpo hemisférico en la mitad inferior, unidos por una carena bien marcada. El cuello, cóncavo, no se diferencia del borde, siempre recto o ligeramente convergente. Estos vasos llevan cuatro asas tubulares verticales, dispuestas radialmente bajo la línea de la carena. Este tipo se ha vinculado generalmente con la presencia de la cultura neolítica Chassey del Languedoc en el noreste peninsular (Llongueras et al. 1981). Sus paralelos más cercanos los encontramos en la necrópolis del Camí de Can Grau (Martí et al. 1997). -Tipo 6: vaso de boca rectangular (NMI: 5 = 11 %) con cuerpo de sección rectangular y fondo cóncavo aplanado, diferenciado mediante unas carenas suaves. Tienen una única asa aplicada entre la línea que marca la inflexión del fondo y la mitad superior del vaso. Son ampliamente conocidos en la literatura arqueológica como "vasos de boca cuadrada" (Ripoll y Llongueras 1963) y se han relacionado con la cultura neolítica de Lagozza del norte de Italia (Maluquer 1950; Muñoz 1965). -Tipo 7: vaso hemisférico con un pie macizo cónico (NMI: 1 = 3 %), identificado a partir de un único recipiente (E70-310-1). El cuerpo superior es hemisférico, de paredes curvadas, labio apuntado y el pie inferior troncocónico, de base circular plana (43 mm). Presenta dos singulares perforaciones cilíndricas paralelas formando un ángulo de 45°que atraviesan la base del pie. Su acabado es alisado simple y la cocción es oxidante. Estamos ante una forma singular e inédita en los registros cerámicos del Neolítico medio en el noreste de la Península Ibérica. Únicamente existe un posible fragmento paralelizable, documentado en las minas prehistóricas de Gavà, pero desconocemos la forma que tendría el vaso (Villalba et al. 1986: 93, Fig. 44, n.o 11). La pieza de Can Gambús-1 podría asimilarse formalmente a un candil o quemador o, quizás, a un vaso tipo copa. En este sentido, presenta parte de un lateral fuertemente descamado y con señales de haber sufrido un mayor desgaste por el uso. Reunimos bajo la categoría de "tipos no determinables" un último grupo o categoría cerámica que engloba 15 recipientes fragmentados cuya forma no es identificable con seguridad. El registro lítico tallado constituye por su número, variedad y calidad, uno de los elementos más representativos de los ajuares depositados en las sepulturas. Su estudio se ha centrado en la reconstrucción tecnológica de los procesos vinculados a la producción y al uso de estos instrumentos. Todos estos productos están tallados sobre rocas silíceas a excepción de un núcleo de cuarcita y una laminilla de obsidiana, de 31 mm de longitud, obtenida por presión. La presencia de esta materia prima en el Neolítico del noreste de la Península Ibérica es un hecho extraordinario por la lejanía de sus posibles zonas de aprovisionamiento, si bien existen precedentes como el pequeño núcleo de laminillas de Bòbila Padró (Ripoll y Llongueras 1963), dos láminas fragmentadas de la sepultura MS17 de Bòbila Madurell (Gibaja 2003) y la lámina de la Mina 83 de Gavà (Borrell et al. 2005, Bosch et al. e.p.). El resto de materias primas minerales empleadas para la producción del instrumental tallado en Can Gambús-1 corresponde mayoritariamente a rocas silíceas. Se tiende a considerar la mayor parte de las rocas silíceas recuperadas en los contextos de sepulcros de fosa del Neolítico medio catalán como sílex melado de origen provenzal. Sin embargo, un examen más detallado de esta muestra nos permite observar la presencia de rocas silíceas procedentes de otros contextos geológicos, a falta de los pertinentes análisis que permitan corroborarlo. Entre éstas, hemos detectado la presencia de rocas silíceas que podrían proceder de las secuencias deposicionales del relleno sedimentario bien del sector oriental de la cuenca del Ebro (Eoceno -Priaboniense terminal-y Oligoceno; Anadón et al. 1989), bien de la cuenca de Bages-Sigean (Oligoceno superior y Mioceno -Aquitaniense-; Grégoire et al. 2009), así como de formaciones calizas y yesíferas localizadas en las comarcas del sur de Cataluña (Eoceno -luteciense a priaboniense-; Doce y Alcobé 1997). Ya hemos manifestado en otras ocasiones (Gibaja 2003, Gibaja y Terradas 2005; Terradas y Gibaja 2001Gibaja, 2002) ) nuestra opinión favorable a una procedencia provenzal del denominado sílex melado como hipótesis más plausible en función de los datos disponibles, a falta de su contrastación analítica y de estudios más detallados que precisen su origen en función de una mejor caracterización de la variabilidad de este sílex (Binder 1998; Blet et al. 2000; Briois 2005; Léa 2005). El estudio de los núcleos y de los soportes generados a partir de su explotación denota un único tipo de transformación de la materia prima, basada en la producción de láminas y laminillas mediante la técnica de la presión. Los atributos de los núcleos permiten reconocer como soporte original lascas bastante espesas talladas mediante percusión directa con percutor duro. Estos núcleos han sido transformados mediante un único frente de explotación laminar, generando una sección característica de morfología cónica en cuyo vértice se ubica una única cresta, conformada uni o bifacialmente, centrada o lateralizada, que abarca la totalidad del dorso y del fondo del núcleo. Los soportes se obtuvieron desde una única plataforma de explotación creada, normalmente, a partir de una gran extracción obtenida mediante la percusión directa con percutor duro, cuyo contrabulbo es reconocible en algunos de los núcleos. La combinación en los mismos núcleos de sílex melado de facetas rojizas y apariencia mate, con otras sin tal rubefacción rojiza y con lustre térmico denota que fueron sometidos a un tratamiento térmico después de su configuración, una vez que ya se habían emplazado sus elementos estructurales, pues es habitual que la plataforma de presión y los flancos conserven restos de zonas enrojecidas. En Can Gambús-1 no disponemos de restos líticos atribuibles a la configuración de los núcleos, con lo que creemos que tanto su preparación como su tratamiento térmico fue-ron realizados fuera del lugar, probablemente en otros contextos más próximos a las áreas de aprovisionamiento de esta materia prima (Terradas y Gibaja 2001, 2002). Este hecho difiere de los datos de Bòbila Madurell, donde las lascas representan el 22,5 % del registro lítico de las sepulturas, o del Camí de Can Grau, donde alcanzan el 13,1 % del conjunto (Gibaja 2003). La obtención de las láminas y las pequeñas operaciones vinculadas al acondicionamiento de la plataforma de presión y al mantenimiento de los flancos del núcleo pudieron realizarse in situ (Terradas y Gibaja 2002), como muestra el remontaje realizado entre un núcleo y una lámina depositados como elementos de ajuar en la misma sepultura (E668) (Lám. Todo ello permite proponer una producción específica de esos soportes laminares como elementos de ajuar, sin que haya mediado un uso previo. En ocasiones, los mismos procedimientos técnicos han sido practicados sobre materias primas de origen local, como la cuarcita, sin motivo técnico alguno que lo justifique. Poca cosa podemos decir hasta el momento de los soportes laminares y de su modificación. Únicamente constatamos que algunos fueron reto-Lám. Núcleo de sílex al que remonta una lámina sin utilizar recuperados en la tumba E668 de Can Gambús-1 (Sabadell, Barcelona) (J.F.Gibaja y X. Terradas). cados en sus laterales o transformados en puntas y en elementos geométricos (trapecios y triángulos). Se ha realizado un estudio traceológico sobre 183 efectivos: 96 (52,4 %) han sido utilizados, 73 (39,9 %) no muestran modificación alguna por el uso y los 14 restantes (7,7 %) se han catalogado como no analizables. Sobresalen los útiles destinados a la siega de cereales y a servir como proyectiles. Menor porcentaje muestran los instrumentos empleados para procesar materias blandas animales como la carne o en el tratamiento de pieles, y sólo puntualmente hemos documentado alguna pieza usada para trabajar materias óseas. En cambio, faltan los útiles usados sobre materias duras o semiduras como la madera, el asta o la piedra. Diferenciamos dos tipos de útiles en el procesado de cereales: los empleados para segar y los usados para separar sobre el suelo la espiga de los tallos o cortar los propios tallos (Gibaja 2003). Como en otros muchos contextos neolíticos del noreste peninsular (La Draga, Bòbila Madurell, Camí de Can Grau, Plansallosa, Cova del Frare,...), la distribución de los micropulidos de uso nos indica que los filos líticos se disponían paralelamente al vástago de la hoz (Gibaja 2000(Gibaja, 2002(Gibaja, 2003)). Muchos de los elementos geométricos fueron usados como elementos de proyectil. En ellos se aprecian pequeñas fracturas como consecuencia de impactos violentos, que sin embargo no debieron inutilizarlos. Hemos podido identificar algunos posibles residuos de enmangue, situados en las aristas centrales o en el lateral sin retocar de menor longitud. Varias láminas se han empleado especialmente para cortar piel, en algunos casos seca. En otros casos el lustre térmico y el escaso grado de desarrollo de los rastros nos han impedido aproximarnos al estado en el que las pieles se encontraban cuando fueron tratadas. En otras láminas la presencia de melladuras bifaciales de reducido tamaño y la aparición en zonas elevadas de micropulidos muy compactos, similares a los que se originan por el contacto con una materia ósea, nos llevan a la conclusión que se destinaron a tareas de descarnado y despiece, y no al fileteado o corte de carne. Finalmente respecto a los restos que no han sido usados cabe apuntar que: -La mayor parte corresponden a soportes laminares enteros o con pequeñas fracturas distales, es decir, en perfecto estado. Algunas de estas láminas son de longitud considerable, ya que superan los 80 mm de longitud. -Los geométricos también se encuentran en perfecto estado. -Algunas láminas enteras o geométricos sin utilizar fueron seleccionados para formar parte del ajuar funerario. El hecho de que remonten varias láminas depositadas en un mismo enterramiento denota que fueron talladas ex profeso con ese fin. Hemos remontado láminas y núcleo/láminas de varias sepulturas, pero hasta el momento ningunas procedentes de distintas sepulturas que nos permitieran establecer vínculos de contemporaneidad. La información presentada en las páginas precedentes es un claro reflejo de la importancia de la recientemente excavada necrópolis de Can Gambús-1 para el conocimiento de las prácticas funerarias del Neolítico medio del noreste peninsular, así como de la organización social y económica del grupo que fue inhumado. El magnífico registro arqueológico obtenido, el análisis paleoantropológico y los primeros análisis paleotafonómicos llevados a cabo, nos han ofrecido un conjunto de datos hasta ahora desconocidos en la arqueología catalana de este período. Hoy sabemos mucho más sobre la construcción de las sepulturas y sus características morfológicas, sobre el continuo empleo de materiales perecederos (quizás maderas, vegetales no leñosos y pieles) en la conformación de tales tumbas, así como en la elaboración de estructuras a modo de ataúdes o de sacos a modo de mortajas. La complejidad de estos enterramientos nos han permitido configurar una nueva tipología funeraria, diferente a la establecida hasta ahora por la información que se barajaba. Estos resultados deben acabar de perfilarse cuando sigamos profundizando en los datos recogidos durante la excavación arqueológica y acabemos el análisis paleotafonómico. Pero no sólo el continente ha aportado novedades, también el contenido. Uno de los aspectos más significativos, ya apreciados durante el proceso de excavación de la necrópolis, es la riqueza de los ajuares, tanto en su cantidad como su calidad, que acompañan a ambos sexos. En todo caso, este es un primer trabajo que culminará en un futuro próximo en una monografía. La necrópolis de Can Gambús-1 (Sabadell, Barcelona). Nuevos conocimientos sobre las prácticas funerarias...
En este trabajo se presentan los resultados obtenidos en una revisión del registro arqueológico disponible del sitio prehistórico de Valencina de la Concepción (Sevilla, España), uno de los asentamientos más importantes del Suroeste de la Península Ibérica durante los milenios III y II ANE. A la luz de métodos estadísticos convencionales y espaciales (con particular énfasis en las pruebas de significación) se examinan dos variables principales, la demografía y la metalurgia, con el objeto de valorar la más amplia cuestión de la complejidad social. De las principales conclusiones obtenidas en este estudio destacan dos. En primer lugar, ni la correlación entre la extensión total del asentamiento y la complejidad de su organización interna, ni la delimitación espacial entre las prácticas doméstico-productivas y funerarias es tan simple como se ha propuesto anteriormente. En segundo lugar, no existen pautas estadísticas definidas o evidentes en la distribución de los depósitos de restos humanos y objetos metálicos. Estas conclusiones proporcionan la base para una crítica de interpretaciones recientemente propuestas que presentan a Valencina de la Concepción como el centro político de un estado temprano que se extendía por el valle del bajo Guadalquivir.
Ya que la identidad se construye en un contexto de interacción social, es de suponer que el comportamiento funerario formaría parte de la construcción social de la identidad en las comunidades prehistóricas. Por lo tanto, también debió actuar como componente activo en la representación y negociación de las identidades sociales argáricas, incluida la femenina, cuyo estudio se propone este artículo. En las siguientes páginas repasaré las prácticas funerarias argáricas, postularé nuevas hipótesis respecto a su realización y, destacaré, a través del estudio de la cultura material funeraria y de los cuerpos del pasado, de qué modo la identidad hegemónica de las mujeres argáricas se configuró a partir de mecanismos relacionales. En este artículo estudiaré la pauta funeraria de la cultura argárica en tanto que componente activo en la representación y construcción social de la identidad femenina en sus comunidades. Ya que la identidad se construye en un contexto de interacción social, se puede asumir que el comportamiento funerario formó parte de esa construcción en las comunidades prehistóricas y, por lo tanto, también en las argáricas (Fig. 1). Mediante su particular ritual funerario argáricos y argáricas expresaron y re-crearon a la vez distancias y proximidades sociales. Es de sobra conocida la importancia que el estudio del mundo de la muerte ha tenido desde sus orígenes para la arqueología. Las necrópolis y las costumbres funerarias han jugado un papel decisivo en la definición y caracterización de los grupos sociales del pasado. Los estudios sobre el mundo funerario se han desarrollado bajo la premisa de que los enterramientos y su contenido guardaron una relación estrecha con el papel social que tuvieron en vida las personas enterradas. Asumiendo la cautela apuntada por diferentes investigaciones, pienso que el contexto mortuorio no tiene por qué entenderse como reflejo mecánico de la vida en las sociedades prehistóricas (Parker Pearson 1999; Rautman y Talalay 2000; Sofaer 2006). Sin embargo, creo también que muerte y vida no son dos aspectos disociados y que, al menos en muchas sociedades etnográficas y del pasado, la muerte forma parte de ese continuum que representa el ciclo vital. De hecho, si a partir del análisis del registro funerario es posible entender aspectos de la vida de estas comunidades es porque el comportamiento funerario formó parte precisamente de sus interacciones vitales. Por ello, estudiar arqueológicamente el mundo de la muerte nos ayuda a entender la vida en las sociedades del pasado y nos aproxima a sus biografías. Además, el registro funerario se define por su carácter deliberado y planificado frente a las pautas de deposición de otros contextos arqueológicos. Este hecho implica que, en términos generales, los depósitos funerarios sean cuidadosamente seleccionados y organizados conforme a premisas sociales predeterminadas que, aunque no necesariamente ofrecen una imagen completa o general de la sociedad analizada, precisamente por ese carácter deliberado, contienen mensajes directos e intencionados de la sociedad que los creó. En los rituales funerarios se imbricaron aspectos de diferente índole, entre otros, normativas sociales, emociones personales, cultura material, percepciones sociales, posiciones y roles sociales de los difuntos, actividades que llevarían a cabo en vida o incluso el propio momento, esperado o no, de la muerte (Damm 1991; Chesson 2001; Joyce 2001). Esta combinación de ingredientes debió operar también en las sociedades argáricas y en la configuración del ritual funerario que se conoce hoy en día. Por ello confío en que, si se ahonda en el estudio de dicho ritual, se comprenderá mejor quiénes eran los argáricos y argáricas que poblaron el Sudeste de la Península Ibérica desde c. Como he anunciado, pretendo profundizar en la comprensión de los mecanismos mediante los cuales se configuró la identidad femenina en esas comunidades recurriendo básicamente a dos tipos de evidencia: el análisis de los ajuares funerarios (principalmente punzones) asociados a los cuerpos femeninos y la información paleoantropológica procedente de una muestra de esqueletos argáricos. Para asegurar la fiabilidad de los resultados cuantitativos he utilizado la evidencia procedente de necrópolis excavadas sistemáticamente con métodos modernos y de tumbas no expoliadas. Sólo en estos casos se puede contar con testimonios fiables sobre los diferentes aspectos que definen el comportamiento funerario. Soy consciente de que he excluido un buen número de las necrópolis argáricas clásicas, aunque he utilizado su información a nivel cualitativo. En este sentido, recientes trabajos demuestran los problemas e incertidumbres existentes a la hora de definir las adscripciones y asociaciones de elementos materiales con sepulturas concretas (Brandherm 2000; Andúgar 2006). Especialmente, la información procedente de la colección Siret, marcada por su disgregación y fuertemente condicionada por los avatares del siglo XX, ha provocado no pocas dudas sobre las asociaciones contextuales en necrópolis como El Argar, El Oficio, Fuente Álamo o Herrerías. Estas incertidumbres me han conducido a manejar sólo aquellos datos que poseen unas mínimas garantías: 19 necrópolis y 167 tumbas no expoliadas. Por último, las dataciones absolutas actualmente existentes, a pesar de los destacados es-fuerzos para contextualizar cronológicamente la materialidad funeraria argárica (Castro et al. 1993-94; Aranda et al. 2008), resultan insuficientes tanto por su escaso número como por su desigual distribución territorial. En un análisis general de las sociedades argáricas, como el que se pretende en este trabajo, no queda más remedio que arriesgarse a considerar sus pautas rituales como un todo. Por el momento, el desarrollo temporal de los elementos materiales asociados al ritual debe entenderse como tendencias generales que tendrán que ser convenientemente contrastadas con series radiométricas más amplias que afecten a las diferentes regiones de la geografía argárica. No obstante, la fuerte normalización del ritual observada en las sociedades argáricas asegura la suficiente unidad como para que trabajos de esta escala sean relevantes, independientemente de futuras matizaciones temporales. EL RITUAL FUNERARIO ARGÁRICO Desde que los hermanos Siret dieran nombre a la cultura de El Argar a finales del siglo XIX, la norma cultural argárica se definió conjugando tres aspectos considerados novedosos en relación al período anterior: el patrón de asentamiento, el ritual funerario y determinados elementos de cultura material. Los avances de la investigación de campo han exigido matizar esa pretendida novedad y unicidad. Tal vez el caso más evidente sea el referido al patrón de asentamiento, que ya no incluye únicamente la construcción de poblados en cerros o elevaciones estratégicamente situados, sino una variedad más amplia de asentamientos con características diferenciadas (Ayala 1991; Castro et al. 2001; Aranda et al. 2009b). Al haberse diversificado lo que antes se concebía como un patrón de asentamiento unitario, se ha agudizado la cualidad del ritual funerario (y de su característica cultura material) para servir como elemento clave en la definición de lo argárico, hecho que se acentúa, si cabe, en las áreas situadas en sus límites geográficos de distribución (Jover y López Padilla 1995, 1997; López Padilla et al. 2006). Hace aproximadamente 4200-4000 años, los grupos argáricos del Sudeste de la Península Ibérica comenzaron a enterrar de una manera bastante diferente a la que hasta entonces debía de haberse considerado como tradicional. En vez de utilizar cementerios fuera de los poblados y estructuras de inhumación colectiva, las tumbas argáricas, destinadas por lo general a una o dos personas (aunque también se conocen enterramientos triples y cuádruples), empezaron a situarse dentro de los poblados, generalmente debajo de las viviendas. El espacio concebido como poblado pasó a albergar a muertos y vivos, de manera que muerte y vida formarían parte del paisaje de la cotidianeidad (Montón-Subías 2007). Esta nueva costumbre, que se mantuvo durante toda la cronología argárica, se fue generalizando hasta ocupar un territorio que actualmente comprende las provincias de Almería y Murcia, gran parte de Granada y Jaén, y determinadas comarcas de Alicante. Desde sus inicios, buena parte de la investigación argárica ha pivotado sobre el estudio de estas prácticas funerarias y sobre todo de los contenedores y ajuares funerarios. Reconozco la aportación de los anteriores estudios para visualizar el comportamiento funerario de un modo más diáfano al que de otro modo sería posible, aunque pienso que el estado actual de la investigación permite emprender ya el tipo de análisis que se plantea en este trabajo. Los avances generados en el campo de los estudios sobre identidad en el pasado (Meskell 2001; Hernando 2002; Fowler 2004; Díaz-Andreu et al. 2005; Insoll 2007) posibilitan y exigen nuevas líneas que consideren que las decisiones que la gente del pasado adoptó en relación a dónde, cómo y con qué objetos enterrar a sus muertos guardaron una estrecha relación con las identidades sociales, y no sólo las de clase, que operaron en sus comunidades (Montón-Subías 2007; Sánchez-Romero 2008a; Aranda et al. 2009b). Aunque existieron diferencias en la manera efectiva de implementar los enterramientos, posiblemente debidas a la propia idiosincrasia de las comunidades o de las personas que fueron enterradas, sin embargo creo que el hecho en sí del enterramiento, los contenedores que se utilizaron, los ajuares que se depositaron (cuando los hubo) y algunos de los ritos asociados pueden definir lo que podría calificarse de coiné funeraria argárica. A diferencia de lo que se ha planteado en otros trabajos (Lull y Estévez 1986), pienso que una de las principales vinculaciones a la comunidad argárica probablemente vino marcada por el derecho al enterramiento. El número sorprendentemente bajo de tumbas halladas en relación a las diferentes estimaciones demográficas sobre el número de habitantes de los poblados argáricos apunta a que no todo el mundo debió enterrarse (Chapman 1990(Chapman, 2005)). Por ello parece factible pensar que el acceso al enterramiento funcionara como principio de inclusión, como instrumento conectivo que, en este caso a partir de la muerte, identificara la pertenencia a la comunidad argárica, independientemente de otras posibles circunstancias sociales. Uno de los aspectos esenciales del ritual sería la propia exposición del cadáver. Poco se conoce sobre las prácticas específicas al respecto, pero por la posición flexionada que adoptaron los cuerpos en el interior de las tumbas, se sabe que entre el momento de la muerte y su introducción en la tumba pasó el tiempo suficiente para que el rigor mortis, que normalmente dura unas 48 horas, no impidiese flexionar el cadáver. La aparición en Galera de dos cuerpos parcialmente momificados nos aproxima al aspecto que debieron tener durante este período (Molina et al. 2003). También se han documentado fragmentos de tejido en varias tumbas (Alfaro 1984) y restos de ocre en algunos huesos, sobre todo en cráneos, que, según creyeron ya los Siret (1890), corresponderían a trazas dejadas por telas pintadas con cinabrio (Delibes 2000). Transcurrido el tiempo necesario, los cuerpos se depositaban en el interior de las tumbas: urnas cerámicas, cistas, fosas o covachas. En el estudio estadístico de los tipos de sepulturas se advierte una clara tendencia a la elección del binomio fosa-cista en las tierras argáricas del interior, mientras que en las comarcas del Sudeste en sen-tido estricto dominaría la elección cista-urna (Lull y Estévez 1986). En la mayoría de los casos parece que existe una normalización fuerte en la construcción de las tumbas, pero se constatan también excepciones notorias que sin duda merecen una explicación. Pondré solo dos ejemplos: las cistas de tamaño excepcional del yacimiento de El Rincón de Almendricos (García del Toro y Ayala 1978) y las grandes fosas abiertas en la roca, como la sepultura 21 del Cerro de la Encina (Aranda et al. 2008). Generalmente se ha contrapuesto el enterramiento individual argárico al colectivo calcolítico, aunque no siempre en El Argar las inhumaciones fueron individuales. En el Cerro de la Encina, las sepulturas con más de una inhumación suponen el 68 % del total, lo que contrasta fuertemente con la situación en otras necrópolis argáricas donde la inhumación individual es absolutamente mayoritaria (Aranda y Molina 2006; Aranda et al. 2008). En cualquiera de las zonas argáricas pueden encontrarse ambos tipos de enterramiento, aunque, efectivamente, en comarcas como la vega de Granada el número de sepulturas dobles, triples e incluso cuádruples supone una particularidad. La mayoría de los enterramientos no individuales no fueron sincrónicos sino que las tumbas se reabrieron con posterioridad para albergar otros cuerpos desplazando y desarticulando los restos óseos de la/s inhumación/es previa/s. Según algunos autores, estos intervalos temporales podrían diferir incluso en tres generaciones respecto al primer inhumado (Castro et al. 1993-94). La tendencia al enterramiento femenino con anterioridad al masculino, la distancia temporal existente entre ambos y la mayor movilidad masculina son los argumentos utilizados por estos mismos investigadores para proponer un modelo de parentesco basado en la matrilocalidad y la matrilinealidad. No obstante, la escasez de dataciones en las que se sustenta esta propuesta junto a los datos procedentes de otras necrópolis, indican que todavía debe mostrarse cautela por lo que se refiere al margen exacto de la distancia temporal. Por ejemplo, en la sepultura 21 del Cerro de la Encina se documenta un enterramiento doble de hombre y mujer en perfecta conexión anatómica y una clara superposición entre ambos (Aranda et al. 2008). El primero en ser depositado fue el hombre. Sus pies y parte de sus tibias y peronés aparecen bajo el cuerpo de la mujer. Frente a la certidumbre de la superposición estratigráfica de ambas inhumaciones, las dataciones ofrecen una visión opuesta, pues la fecha del hombre es más reciente que la de la mujer. Esta aparente contradicción aconseja una mayor prudencia en la consideración de la distancia temporal en la deposición de inhumaciones dobles o triples, sobre todo cuando existe un solapamiento en el intervalo de 1s que, como se sabe, supone una probabilidad del 68 %. BC, momento en que muy probablemente se produjo el enterramiento de ambos individuos. La diferencia entre ambas dataciones solo se explica si se tiene en cuenta los intervalos de calibración: a 1s la coincidencia es del 47 % y a 2s, en donde la probabilidad aumenta al 95 %, el solapamiento entre ambas fechas es del 60 %. La superposición estratigráfica de ambos individuos en la sepultura 21 y su cronología demuestran que la valoración de la distancia temporal en sepulturas dobles de hombre-mujer requiere de amplias series de dataciones en donde los intervalos de calibración puedan ser valorados estadísticamente (Aranda et al. 2008). Algo parecido ocurre en la sepultura TI de la Illeta dels Banyets, donde la datación de la mujer, que es la que no presenta conexión anatómica, es más reciente que la del hombre (López et al. 2006). Por lo tanto, parece que el debate en torno al modelo de parentesco argárico continúa abierto y que las variables geográficas y temporales también pueden haber tenido un peso relevante. Como también he apuntado ya, durante el período argárico generalmente se enterraba bajo los pisos de las casas, de modo que estas acogían a un tiempo a muertos y a vivos en un mismo espacio. Probablemente esta práctica expresaba la voluntad de marcar simbólicamente la continuidad del ciclo de la vida en estas sociedades y denotar que los difuntos formaban parte de la vida cotidiana del poblado. Asimismo, también a este respecto existen excepciones, tanto en asentamientos limítrofes como de las zonas nucleares, al haberse constatado sepulturas fuera del área de los poblados. Tras depositar al cadáver junto con el ajuar elegido dentro de la tumba, aspecto que trataré en la siguiente sección, se procedería a su cierre. En algunos yacimientos se aduce la existencia de pequeñas agrupaciones de piedra encima de las tumbas a modo de señalización (Martínez Rodríguez et al. 1996). En cualquier caso, parece evidente que debía conocerse dónde se localizaba la tumba ya que muchas de ellas se reutilizaron. No incluyo en los análisis los llamados cenotafios, que aparecen principalmente en yacimientos de Murcia y Almería. Recientemente se han constatado en El Rincón, Cerro de las Viñas, Lorca -Calle Zapatería-, la Loma del Tío Ginés y Gatas, pero ya se sabía de su existencia por yacimientos como La Bastida (Martínez Santa-Olalla et al. 1947; García del Toro 1983; Buikstra et al. 1990; Ayala 1991; Martínez Rodríguez 1995; Martínez Rodríguez y Ponce 2000a, 2000b). Se trata de urnas cerámicas depositadas bajo los niveles de habitación a modo de enterramiento, incluso con ajuares en algunos casos. Sin embargo, ninguna contenía restos humanos y, por ello, se han interpretado como elementos de posibles rituales conmemorativos (Martínez Rodríguez et al. 1996). Llegamos así al punto clave valorado por la investigación: los ajuares funerarios. Ciertamente, en muchas tumbas argáricas, los vivos depositaron determinados objetos junto a sus muertos. No obstante, esta práctica afectó sólo a un número específico de enterramientos argáricos. "Ajuar funerario" es un término genérico que engloba aspectos y prácticas de diferente tipo. Por regla general, incluye todos aquellos elementos que acompañaban al difunto o a la difunta dentro de su propio espacio o en un pequeño receptáculo adyacente que forma parte de la propia tumba (como ocurre en algunas necrópolis, fundamentalmente murcianas y almerienses). Responde a diferentes realidades: desde elementos ligados a prácticas cotidianas a otros que podrían haber tenido una funcionalidad mucho más restringida, como por ejemplo, la ritual. Parece plausible que, en algunos casos, se depositaran objetos manufacturados en vida por los propios difuntos, como nos lo indica la aparición de pe-queños recipientes cerámicos de manufactura tosca en las tumbas de algunos niños (Sánchez Romero 2008a). Tradicionalmente, se ha considerado que los ajuares funerarios argáricos estaban integrados por ornamentos de piedra, hueso o metal -plata y oro inclusive-, recipientes cerámicos -manufacturados en muchos casos con una finalidad únicamente ritual-, instrumentos óseos o metálicos, como punzones y agujas, y las consideradas armas -básicamente espadas y alabardas metálicas-. Las hachas y los cuchillos/puñales, también metálicos, han cabalgado entre una u otra de las dos últimas denominaciones. Unas pocas categorías se han asociado con uno u otro sexo (los punzones y diademas con las mujeres y las espadas, alabardas y hachas con los hombres), pero la mayoría de los objetos se encuentran tanto en las tumbas de las mujeres como en las de los hombres. Sobre todo a partir de los años 80, se utilizó el estudio de estos ajuares funerarios para proponer claras diferencias sociales en el seno de las comunidades argáricas y un acceso desigual a los recursos económicos y al poder ideológico-político. Así, Lull y Estévez (1986), tras examinar 396 sepulturas individuales, concluyeron que en El Argar habrían convivido cinco categorías de enterramientos con una lectura claramente social. Junto a este análisis general para todo el grupo argárico otros estudios trataron de establecer diferencias sociales a partir de los ajuares de necrópolis específicas. Así en la Cuesta del Negro los resultados del análisis estadístico de los ajuares mostrarían la existencia de 4 categorías asimiladas a grupos sociales (Molina 1983; Contreras et al. 1987-88). Además, en otros poblados como el Cerro de la Encina (Aranda y Molina 2006) o Fuente Álamo (Schubart et al. 2000) se han podido establecer áreas espacialmente diferenciadas en función del tipo de ajuar encontrado en sus tumbas. Recientemente, además, han comenzado a plantearse novedosas interpretaciones basadas en los rituales de comensalidad asociados al ritual funerario argárico. Evidencias de estas prácticas serían la producción de un conjunto normalizado de vasijas cerámicas asociadas con la presentación y consumo de alimentos y bebidas. Sus destacadas propiedades visuales estarían relacionadas con prácticas sociales de exhibición y escenificación. De igual forma, la aparición de restos faunísticos en las sepulturas argáricas permite plantear el sacrificio de bóvidos y ovicápridos, principalmente, para su consumo compartido en rituales funerarios. Una porción de carne de una de las extremidades de estas especies animales formaría parte del ajuar funerario. La adscripción social de los difuntos/as determinaría el tipo de carne consumida. Así, los bóvidos serían sacrificados sólo en las ceremonias de los sectores sociales más elevados, mientras que en el ritual dedicado a los niños y niñas menores de 12 años y a las personas de un nivel social inferior se consumirían ovejas y/o cabras (Aranda y Esquivel 2006, 2007; Sánchez Romero et al. 2007; Aranda y Montón-Subías e.p.). MUERTE, CUERPOS E IDENTIDAD FEMENINA EN EL ARGAR 3a. El comportamiento funerario con las mujeres Por mi parte, estoy convencida de que el estudio del comportamiento funerario puede ilustrarnos sobre los diferentes mecanismos que se utilizaron para construir la identidad en las sociedades del pasado. Las comunidades argáricas trataron a sus difuntos muy posiblemente de acuerdo con la percepción social que tenían de ellos. Dicha percepción, a su vez, vendría condicionada por las actividades desempeñadas en vida y por el contexto de interacción en el que se llevaran a cabo, hecho que a su vez contribuiría a la formación de un tipo de identidad o identidades específicas. El carácter intencional de la cultura material depositada en las tumbas argáricas resulta evidente: se eligen unos elementos y no otros. Proceden de un amplio abanico de prácticas: desde las cotidianas, relacionadas en algunos casos con las actividades de mantenimiento y la gestión de la vida diaria, hasta las más excepcionales por su naturaleza específicamente ritual. Anteriormente, se ha señalado que, a partir del estudio de los ajuares funerarios, se han identificado diferentes clases sociales en el mundo argárico. Para ello, se ha privilegiado la discontinuidad material, es decir, lo que diferencia a unos grupos de otros. Además, estos grupos (y las personas que los integran) se han considerado como entidades monolíticas, unitarias e impermeables, definidas en oposición. Sin embargo, asumiendo que las personas no son entidades sociales aisladas sino que interactúan en contextos relacionales abiertos y dinámicos, es posible pensar en adscripciones sociales más complejas que las tradicionalmente supuestas (Montón-Subías 2007). Ya hace tiempo que el análisis constructivista de la identidad social viene enfatizando la pluralidad de la adscripción social (Jenkins 1997). Igualmente, la investigación feminista, tanto desde fuera de la arqueología (Rosaldo y Lamphere 1974; Lerner 1993; Phoenix y Pattynama 2006) como desde dentro (Gero y Scattolini 2002; Brumfiel 2006; Montón-Subías 2007), ha insistido en el hecho de que los grupos sociales no son unitarios si se considera la dimensión de género, que a su vez posee diferentes matices. Creo que eso ocurre también en las sociedades argáricas, donde los mecanismos relacionales con que se contruye la identidad femenina son transversales a los diferentes grupos sociales que pueden establecerse para estas poblaciones. Posteriormente lo analizaré a partir de los procesos de inclusión y exclusión que pueden deducirse del estudio de la cultura material con la que se entierran las mujeres. Disciplinas como la psicología, la antropología, la filosofía o las ciencias de la comunicación han enfatizado que, a pesar de que la identidad humana se forma a partir de una serie de mecanismos diversos, dos son los más importantes (Geertz 1973; Markus y Kitayama 1998). En el primer caso, el de la llamada identidad relacional, ésta se desarrolla a partir de las relaciones sociales con los otros siendo la vinculación con el resto del grupo el núcleo de la identidad; en el segundo caso, la identidad, denominada individualizada, se construye a medida que el individuo se desvincula de los demás y prima aquellas experiencias y características que le son propias (Min-Sun 2001). Desde la antropología se ha señalado que ambas identidades pueden coexistir (LiPuma 2001) y, desde la arqueología, Almudena Hernando (2002Hernando (, 2003) ) ha intentado desentrañar los mecanismos identitarios a través de los cuales puede explicarse dicha coexistencia. Para el caso concreto de la cultura de El Argar, cabe preguntarse sobre los elementos transversales que aparecen en todas las tumbas femeninas expresivos de la combinación entre la identidad relacional e individualizada. Se sabe, sin embargo, que salvo el enterramiento en sí no existe ningún otro aspecto común a todas las sepulturas argáricas. Desde mi punto de vista, uno de los aspectos más interesantes del ritual funerario argárico reside precisamente en que la coiné funeraria reconocible en las diferentes áreas de la geografía argárica se manifiesta de forma muy diferente. Por ello, como apuntaba previamente, el ritual funerario argárico vincula y desvincula, une y separa, iguala y diferencia a las distintas personas que vivieron en estas comunidades. La cultura material funeraria forma parte también de los mecanismos mediante los que se representan y construyen elementos relacionales e individualizadores en la creación social de las identidades argáricas. Desde esta perspectiva el estudio del ritual funerario argárico abre nuevas vías para la interpretación de estas sociedades. Como, al margen del enterramiento, nada iguala en el mundo funerario al conjunto de las mujeres argáricas, la diferencia más obvia es la que establece entre quienes se entierran con y sin ajuar. En la muestra analizada la presencia de ajuares en enterramientos femeninos es altamente significativa. Tan solo un enterramiento individual no contiene ajuar (la T56 de Fuente Álamo) y, respecto a los dobles, tan solo la T26 y T36 de Gatas y la T16 del Cerro de la Encina. Las tumbas triples y cuádruples con mujeres presentan siempre ajuar. Es decir, que de las 52 tumbas que son de o contienen mujeres, solo cuatro carecen de ajuar. Veamos pues qué elementos diferenciaron y conectaron a estas mujeres. Ya los Siret apuntaron que el uso de diademas aparecía sólo en las tumbas de mujeres y, el de punzones, principalmente en ellas (Siret y Siret 1890). Más tarde, Lull y Estévez (1986) demostraron la significación estadística de la anterior observación apuntando además que el punzón se asociaba en muchas ocasiones al puñal/cuchillo, que había una preferencia por la combinación del punzón con adornos y una tendencia a presentar plata. Por su parte, los hombres se caracterizarían por la presencia exclusiva de alabardas, hachas y espadas, por la aparición significativa de cerámicas de formas bicónicas y/o puñales y por la preferencia en la presencia de oro. Ofrendas exclusivas y ajuares femeninos Desafortunadamente, todas las diademas conocidas en el mundo argárico proceden de excavaciones antiguas. Ya los Siret indicaron que algunas de las tumbas que las contenían se hallaban muy deterioradas y que parte de los ajuares podían incluso haberse perdido (Siret y Siret 1890: 194-195). Sólo se conocen nueve diademas en todo el mundo argárico: ocho de plata (en El Argar, Gatas, El Oficio y Fuente Álamo) y una de oro (en Caravaca de la Cruz). No se trata, por lo tanto, de un fenómeno generalizado, sino de una peculiaridad básicamente restringida a muy pocas tumbas dentro de su zona nuclear (Lull 1983). La diadema marcaría una doble o triple exclusividad, si se confirma su restricción geográfica: de género, de posición social, al encontrarse en las tumbas femeninas con mayor amortización de elementos funerarios, y geográfica. Mediante la posesión de este elemento ornamental, un reducidísimo grupo de mujeres se diferenciaría del resto. Los enterramientos masculinos carecen de elementos exclusivos ornamentales. Las ofrendas paralelizables, por su carácter exclusivo, lo constituyen las espadas y las alabardas, que a veces proceden de tumbas dobles con mujeres con diadema. De todos modos, contamos con un mayor número de espadas y alabardas que, además, se distribuyen por toda la geografía argárica. Un caso extremadamente diferente es el del punzón, por razones diversas: se distribuye por toda la geografía argárica, puede hallarse en cualquier tumba que contenga ajuar, está vinculado a las prácticas cotidianas de la comunidad y aparece con más frecuencia que otros elementos metálicos funerarios en contextos no funerarios (Fig. 2). El hallazgo de punzones en unas pocas tumbas masculinas impide asociarlos exclusivamente a las mujeres, aunque sí se puede afirmar que la vinculación punzón-mujer es altamente significativa desde un punto de vista estadístico. Esa asociación se ha destacado en repetidas ocasiones (Siret y Siret 1890; Lull y Estévez 1986; Castro et al. 1993-4; Pingel et al. 2003), aunque sólo recientemente se ha empezado a discutir su papel en la representación y construcción de la identidad femenina (Montón-Subías 2007; Aranda et al. 2009b). Destaco cinco aspectos fundamentales en relación a este utensilio: Potencialmente, puede aparecer en cualquier tumba con ajuar, desde aquéllas con mayor número de objetos funerarios amortizados, como muchas de las tumbas con diademas (por ejemplo, la T454, T62 y T38 de El Argar; la T2 de Gatas y la T6 de El Oficio), hasta las que únicamente contienen un punzón (Fig. 3). Es el único elemento metálico asociado significativamente a un sexo durante toda la cultura argárica. Por el contrario, la aparición y perduración de los elementos metálicos exclusivos varía más en las tumbas masculinas. El amplio rango de edad de las muertas con quienes se entierran. Con tan solo una excepción para todo el mundo argárico (Lull et al. 2004), los elementos metálicos exclusivamente asociados a los hombres no se encuentran en tumbas infantiles. De todos modos, debo advertir que se desconoce el sexo de los esqueletos infantiles con punzones. En la muestra estudiada dos individuos infantiles poseen punzón: la posible niña de entre 9 y 10 años de la T101 de Fuente Álamo, y el individuo infantil de 6 años de la T5 de Peñalosa. Es posible que algunos de los otros individuos indeterminados hallados en Castellón Alto, el Cerro de San Cristóbal y El Rincón de Almendricos sean también infantiles, pero se carece de información respecto a su edad. Sí se puede atestiguar que el punzón se vincula a personas cuya edad oscila entre los 6 y los 50-70 años. Al haberse demostrado la tendencia estadísticamente significativa de su asociación con mujeres adultas, algunos investigadores han propuesto que las tumbas infantiles en que aparecen sean de niñas (Castro et al. 1993-4; Lull et al. 2004). Lo mismo se ha planteado para sexuar las tumbas infantiles en las que aparecen elementos exclusivos de mujeres en otros lugares arqueológicos, sean punzones (Weglian 2001) o agujas (Rega 2000). Sin embargo, no se puede descartar la posibilidad de que los punzones se hallen tanto en tumbas de niños como de niñas, ya que podría suceder que ambos participasen en las tareas que realizaran sus madres, como sugiere Hamlin (2001). Su aparición en contextos no funerarios. El punzón es el elemento metálico asociado significativamente a un sexo que aparece con mayor frecuencia en dichos contextos. Tal vez el caso mejor estudiado sea el de Peñalosa, donde, en las excavaciones modernas, se han contabilizado hasta 13 punzones (dos de ellos incompletos) en contextos no funerarios frente a cuatro en contextos funerarios (Moreno 2000). Normalmente, se les ha englobado en un grupo uniforme (Montero 1994: 61), aunque también se han sugerido diferencias morfológicas entre los punzones funerarios y no funerarios, pues Moreno (2000) señala que los primeros son de mayor tamaño. Sólo el punzón en plata de la tumba 7 de Fuente Álamo no podría servir como instrumento de trabajo (Siret y Siret, 1890), pero tampoco en este caso puede discernirse si se trata de un objeto personal o de un elemento manufacturado especialmente para ser enterrado con la muerta. Su probable vinculación con las denominadas actividades de mantenimiento, vinculadas a la gestión diaria de la cotidianeidad. Dichas actividades corresponden a prácticas cotidianas recurrentes, que regulan y estabilizan el ciclo de la vida diaria en una comunidad y posibilitan su continuidad en el tiempo. Relacionadas sobre todo con el cuidado y bienestar de los miembros del grupo, incluyen, además del propio cuidado, las actividades culinarias, textiles, higiénicas y sanitarias, la socialización de niños y niñas, y la organización y acondicionamiento de los espacios relacionados (Picazo 1997; Colomer Siguiendo a Hamlin (2001: 125), parece plausible que cuando existe un vínculo tan estrecho entre un instrumento y un sexo es porque ese sexo lo empleó en sus actividades. Desafortunadamente, no se han realizado aún análisis sobre el uso dado a los punzones argáricos, aunque paralelos etnográficos y textuales nos los conectan con una serie de labores cotidianas relacionadas con el trabajo de la piel y la madera, la manufactura textil, la cestería, el mantenimiento y reparación de ciertos objetos, etc. (Spector 1993). Ante lo dicho, llama la atención que la aparición de estos utensilios en el registro funerario cruce todas las circunstancias sociales menos el sexo, por lo que es posible que sea precisamente aquí donde radique el sentido de su recurrente vinculación con las mujeres. Partiendo de un trabajo anterior (Aranda et al. 2009b), he vuelto a evaluar estadísticamente la asociación punzón-mujer, incluyendo más utensilios que los recogidos entonces. Se cuenta ahora con un total de 167 tumbas y 231 esqueletos: 54 pertenecen a mujeres (si se incluyen tres que se presentan como probables); 53 a hombres y, en 124 casos, no se ha podido determinar el sexo, debido a un estado de conservación deficiente, a la ausencia de partes diagnósticas, a que este dato no se ha publicado y, principalmente, a que la mayoría corresponden a enterramientos infantiles (92). De las mujeres, 21 se enterraron solas (contando las 3 probables); 25 en tumbas dobles; 6 en tumbas triples y 2 en cuádruples. Entre los ajuares funerarios había 37 punzones (35 de cobre y 2 de hueso). Dos de ellos se encontraron en tumbas cuádruples y, afortunadamente, uno se pudo asociar al cuerpo de la mujer durante el proceso de excavación. Tres punzones más se encontraron en tumbas triples, pudiéndose relacionar uno con el cuerpo de una mujer. De los trece punzones encontrados en tumbas dobles, solo dos se pudieron vincular con mujeres. Diez se encontraron en tumbas individuales femeninas; tres en tumbas individuales masculinas y dos en tumbas infantiles. Para el resto, no se dispone de información sobre la edad y el sexo del esqueleto. En total, por lo tanto, 14 punzones pertenecen con seguridad a mujeres, 3 a hombres y dos a niños o niñas. Se realizaron dos pruebas de chi-cuadrado. En la primera se consideró que, además de los punzones asociados a tumbas individuales femeninas, todos los que se encontraban en tumbas dobles y tumbas infantiles pertenecían a mujeres y/o niñas. En la segunda prueba, tan sólo se incluyeron como punzones femeninos los que con seguridad pertenecían a mujeres y se excluyeron las tumbas infantiles. Ello indica que la diferencia observada en la presencia de punzones entre hombres y mujeres es estadísticamente muy significativa y que la explicación no se debe al azar. Además de los punzones y las diademas, no se ha identificado ningún otro ítem o elemento ritual que pueda asociarse significativamente a las tumbas de mujeres. Es factible preguntarse ahora sobre los mecanismos que generaron la construcción de la identidad femenina argárica. No obstante, resumiré primero la información que nos proporciona el análisis de los cuerpos argáricos. Los cuerpos del pasado Al estudiar los mecanismos mediante los cuales se construyó la identidad femenina en las sociedades argáricas, partiendo de la hipótesis de que la identidad humana se configura en un contexto de prácticas de interacción social, no podría ignorarse la información clave sobre esas prácticas que aporta el estudio de los cuerpos enterrados y las posibles diferencias existentes entre hombres y mujeres. El cuerpo no es un simple objeto que deba ser estudiado en relación a la cultura, sino que debe ser entendido como sujeto de cultura, o en otras palabras, como el ámbito existencial de la cultura. El concepto de embodiment ha sido adaptado a la antropología, la etnografía y a la arqueología como una forma de tratar el cuerpo como auténtico campo para la cultura, ya que la existencia de los seres humanos no es separable del cuerpo con que se experimenta la vida (Sánchez Romero 2008b: 8). Según Roberts (1995), el desarrollo de un cuerpo humano no está únicamente relacionado ni con los procesos biológicos que rigen su crecimiento y envejecimiento ni con la herencia genética. Dicha plasticidad hace que el cuerpo humano sea receptivo a diferentes influencias, entre las que se encuentran las actividades físicas, que también pueden dejar huellas sobre su esqueleto. Las colecciones de restos humanos argáricos han sido estudiadas por diferentes equipos de antropólogos a lo largo de más de un siglo. Debido a las múltiples causas que pueden dejar su rastro en los esqueletos y para obtener una imagen más precisa de las diferentes actividades que practicaron hombres y mujeres en las sociedades argáricas, el estudio que aquí se resumirá combinó los resultados proporcionados por dos indicadores fundamentales: la artrosis y el estrés músculo-esquelético (Jiménez-Brobeil y Ortega 1992; Jiménez-Brobeil et al. 1995, 2004). La artrosis es una enfermedad crónica y degenerativa que afecta al hueso cuando los cartílagos se desgastan y degeneran. El factor más determinante en su aparición parece ser la edad, siendo la menopausia un momento crítico para las mujeres, pero también inciden en su formación la genética, el metabolismo y las actividades físicas. Su incidencia en las poblaciones argáricas se ha evaluado a partir de una muestra de 110 individuos procedentes fundamentalmente de las necrópolis granadinas de Castellón Alto y Cuesta del Negro (69 %) y, en menor medida, de la necrópolis de Fuente Amarga, Cerro de la Encina, Cerro de la Virgen y Terrera del Reloj (Jiménez-Brobeil y Ortega 1992; Jiménez-Brobeil et al. 1995, 2004). Los restos humanos analizados pertenecen a 53 varones y 57 mujeres que se han distribuido en las categorías de adultos (21-40 años), maduros (41-60 años) y seniles (mas de 60 años). Hay más hombres que mujeres afectadas por esta patología: 38 % y 25,9 % respectivamente, auque las diferencias no son estadísticamente significativas (Jiménez-Brobeil et al. 1995). El estudio de las articulaciones y conjuntos articulares anatómicos sí permite establecerlas. Se han analizado de forma individualizada las articulaciones del hombro, codo, muñeca, cadera, rodilla y tobillo y los conjuntos articulares de la columna lumbar, dorsal y cervical (Fig. 4). En la columna vertebral las diferencias entre ambos sexos no son significativas a excepción del sector dorsal. En el miembro superior los varones muestran una afec- tación del hombro muy acusada ya desde la edad adulta, mientras que en las restantes articulaciones, sobre todo en el codo, las diferencias entre sexos no son muy destacadas. En el miembro inferior, los valores de los varones tampoco exceden de forma considerable a los de las mujeres, con la excepción del conjunto del pie, donde, de nuevo, la diferencia resulta estadísticamente significativa (Jiménez-Brobeil et al. 1995, 2004). El segundo marcador de actividad, el estrés músculo-esquelético, observa los cambios en las inserciones de ligamentos y tendones debidos a un incremento en el desarrollo muscular. De la muestra de 110 individuos se analizaron los marcadores de estrés, eliminando a los individuos de más de 60 años para evitar la influencia de la edad en el desarrollo muscular. Se seleccionaron 15 marcadores para reflejar las principales articulaciones del cuerpo y se indicó la incidencia del estrés músculo-esquelético en cada una de ellas (Fig. 5). Los resultados demostraron que los hombres experimentaban un estrés músculo-esquelético mayor y que este debía explicarse por razones diferentes al dimorfismo sexual (Al-oumaqui et al. 2004; Jiménez-Brobeil et al. 2004). Los hombres presentaban un fuerte desarrollo del miembro superior respecto a las mujeres, con una fuerte incidencia en los marcadores de los músculos pectoral mayor, supinador corto y redondo mayor. El primero rota el húmero hacia dentro y eleva el tronco aproximándolo al brazo; el segundo permite la rotación del antebrazo de adentro hacia fuera, y el tercero facilita la elevación del hombro y aductor del brazo. En los tres casos las diferencias son altamente significativas respecto a las mujeres, que presentan valores medianos en los marcadores del miembro superior, claramente inferiores a los de la serie masculina. Dentro del grupo de las mujeres, el mayor desarrollo se centra en los músculos que doblan el antebrazo sobre el brazo (Jiménez-Brobeil et al. 2004). Los hombres exhiben frecuencias medianas o altas en los marcadores del miembro inferior. El mayor estrés se produce en los músculos que extienden el tobillo y la rodilla o que extienden la pierna sobre el muslo, todos ellos relacionados con la acción de andar. Dentro de las frecuencias halladas destaca la cifra relativamente alta del marcador del espolón, cuyo desarrollo se ha relacionado con un sobreesfuerzo al caminar por terrenos abruptos. Las mujeres presentan frecuencias bajas o muy bajas de los marcadores del miembro inferior. Los músculos relacionados con la actividad de caminar también tienen los valores más altos. Ello sugiere que ambos sexos realizaron una actividad similar con intensidades muy diferentes (Jiménez-Brobeil et al. 2004). Estas importantes diferencias supondrían la práctica de actividades diferenciadas entre hombres y mujeres basadas en patrones de movilidad muy acusados en el caso de los hombres y mucho más limitados en las mujeres. La consideración conjunta de los resultados de ambos índices (artrosis y estrés músculo-esquelético) pareció apuntar hacia una diferencia clara en los patrones de actividad masculinos y femeninos. Se constató, además, que la artrosis también afectaba a aquellas zonas del cuerpo con mayor estrés músculo-esquelético: las articulaciones de las vértebras dorsales, de los hombros y de los pies. Por ello, la artrosis pudo estar relacionada, al menos en algunas articulaciones, con actividades físicas intensas. Los análisis paleoantropológicos sugieren un nivel de movilidad distinto, más reducido para las mujeres, hecho que concuerda con la realización de las actividades de mantenimiento, más ligadas a los espacios incluidos en el propio poblado. LA IDENTIDAD FEMENINA EN EL ARGAR: CONCLUSIONES Probablemente, en las comunidades argáricas se combinaron elementos individualizadores y relacionales en la construcción de la identidad personal. No obstante, pienso que los elementos relacionales tuvieron mucho mayor peso en la configuración de la identidad femenina. Como he afirmado previamente, la identidad se construye en un contexto de interacción social donde las prácticas y acciones cotidianas adquieren una importancia fundamental ya que confieren a quienes las realizan una manera determinada de relacionarse con los otros, estar en el mundo, entenderlo y experimentarlo. Tanto los resultados de los análisis paleoantropológicos como algunos elementos simbólicos depositados en las tumbas de mujeres, vinculan a éstas con la práctica de las actividades de mantenimiento. Quienes las desempeñan suelen construir su identidad personal a partir de la relación con el resto de la comunidad. Creo que este tipo de identidad relacional se expresa simbólicamente mediante la introducción del punzón en muchas tumbas femeninas argáricas. Afirmaba anteriormente que la aparición de estos utensilios en el registro funerario atraviesa todas las circunstancias sociales menos el sexo y que, por eso, su significado simbólico probablemente deba buscarse ahí. Ya en artículos anteriores avancé la hipótesis de que dicha identidad relacional presentaría también un carácter transversal (Montón-Subías, 2007) y destaqué el hecho de que la cultura material simbólica del mundo de la muerte recogiese también las actividades de mantenimiento (Montón-Subías 2007; Aranda et al. 2009b). Esto se constata en muchas otras sociedades prehistóricas, aunque su significado simbólico haya pasado desapercibido en muchas ocasiones. Precisamente, lo que deseo enfatizar es que este tipo de cultura material vinculada con las actividades de mantenimiento formó parte también de las estrategias complejas y el universo simbólico que se expresaron en los rituales funerarios y constituyó uno de los mecanismos mediante los que expresar y recrear una identidad relacional y transversal. La cultura material integrada en las prácticas de mantenimiento cotidianas operaría a modo de significante simbólico de la identidad femenina en el ritual funerario. Parece lógico, además, que los punzones sean los que con más frecuencia aparecen en contextos habitacionales no funerarios. La posibilidad de que algunos punzones funerarios pudiesen haberse manufacturado específicamente con fines rituales (como algunos de Peñalosa o el de la T7 de Fuente Álamo) podría enfatizar la interpretación de estos punzones como elementos o atributos de identidad. Los punzones se convertirían en un nexo de unión que denotaría continuidad en varios ámbitos: continuidad cronológica durante todo el período argárico, continuidad a lo largo y ancho de la escala social y continuidad entre el contexto cotidiano de la vida y de la muerte. Por descontado, ello no implica necesariamente que todas las mujeres argáricas, ni siquiera todas las que se enterraron con punzones, llevasen a cabo todas estas tareas. Tampoco estoy afirmando que las mujeres argáricas integrasen un conglomerado social monolítico. Debieron existir adscripciones sociales diversas, como se desprende de las diferencias en la cantidad y calidad de los ajuares funerarios femeninos o en el material sobre el que se manufacturan los punzones: hueso, cobre e incluso plata, que lo hace inservible para su uso práctico, lo que acentúa su carácter simbólico. Desconozco, además, si cada mujer podría marcar atributos individuales en elementos accesorios a los punzones, como, por ejemplo, los enmangues o sus fundas o en otras piezas ornamentales como los collares. Sí sé que unas pocas mujeres se diferenciaron del resto por el uso de elementos exclusivos (diademas) e incluso por su manera de enterrarse: mientras que la mayoría de las mujeres se entierran en decúbito lateral, la mujer adulta de la T12 del Convento de las Madres Mercedarias lo hace en decúbito supino, con las piernas enfrentadas. No obstante, muchas de estas mujeres presentan también punzones entre sus ajuares funerarios, incluida la enterrada en Madres Mercedarias, lo que refuerza el carácter transversal de los mismos. Propongo que el punzón, en tanto que elemento integrado en las prácticas relacionadas con el mantenimiento cotidiano de la comunidad, probablemente a cargo de muchas mujeres argáricas, pudiera haberse elegido para representar y enfatizar simbólicamente en el registro funerario la identidad femenina predominante, aunque en algunos casos este simbolismo solo se hubiese tomado prestado en el momento de la muerte. Este simbolismo identificaría y recrearía la percepción y concepción que en las comunidades argáricas se tuvo de las mujeres. Esto no implicaría, como afirman, entre otros, Markus y Kitayama (1991) o La Fontaine (1985), que todas aquellas personas caracterizadas por una concepción interdependiente del propio ser, incluidas las mujeres argáricas, careciesen de particularidades propias (en forma de rasgos internos, características o preferencias), sino que no serían el elemento decisivo que guiaba su comportamiento social en el seno de sus comunidades. Deseo expresar mi más sincero agradecimiento a Gonzalo Aranda Jiménez y Margarita Sánchez Romero, a quienes considero coautores de este artículo por su generosa colaboración en todos los procesos que condujeron a su presentación. Vaya también mi agradecimiento para los evaluadores/as anónimos/as, cuyos comentarios mejoraron sin duda el manuscrito final entregado.
La autora ensaya una nueva interpretación de los mecanismos de negociación del poder y de promoción de la identidad social a partir del análisis de unas prácticas funerarias, cuya existencia ha quedado demostrada en todos los períodos de la Edad del Bronce en el Noroeste de la Península Ibérica, y de la integración de las mismas en los diferentes contextos cronológico-culturales en los que se desenvuelven. En esta extensa área distingue dos grandes tendencias en el tipo y la distribución de las arquitecturas funerarias que asocia a los diferentes modos de interacción y percepción del mundo de las comunidades de este período. Defiende que las necrópolis de sepulturas "opacas" (cistas sin tumuli, sepulturas planas y fosas), localizadas en áreas de importante potencial agrícola y en las inmediaciones de los poblados, fueron construidas por comunidades sedentarias, muy implicadas en actividades agrícolas, con un marcado sentido de la territorialización y un dominio y conocimiento profundo del territorio. En cambio las comunidades conectadas con paisajes montañosos, eventualmente mas subordinadas a las prácticas pastoriles y con modos de vida que implicarían mayor movilidad, serían las responsables de la construcción de estructuras funerarias más visibles, como los monumentos bajo tumuli de tradición megalítica, alejados de los poblados. Defiende durante el Bronce Inicial una ocupación de nuevos territorios y la aparición tanto de una nueva forma de interacción de las comunidades con el medio como nuevos mecanismos de poder y de legitimación sobre el territorio que se materializan, parcialmente, en las prácticas funerarias. Atribuye un papel social a algunos cadáveres, aquellos que tienen ofrendas de cobre y de oro y que están presentes en lugares antiguos y nuevos. A partir del Bronce Medio asume que el cadáver pierde importancia en términos colectivos y que la muerte se vuelve más familiar, transfiriéndose los escenarios de negociación del poder y de la identidad social a otros contextos de acción más conectados con la esfera de los vivos. PRÁCTICAS FUNERARIAS EN LA EDAD DEL BRONCE DEL NOROESTE: HISTORIA Hasta finales de los años 1970, las publicaciones sobre contextos funerarios asignables a la Edad del Bronce del Noroeste portugués eran escasas y frecuentemente relativas a hallazgos dispersos y fortuitos (Delgado 1887; Fortes 1906; Coelho 1925; Cardoso 1936; Ataíde y Teixeira 1940; Viana 1955; Alves 1975; etc.) salvo los efectuados por P. Kalb y M. Hock (1979) que dieron a conocer los primeros monumentos de la Edad del Bronce excavados científicamente, en la Beira Alta. Sin embargo, el mayor protagonismo corresponde al "Campo Arqueológico da Serra da Aboboreira", liderado por Vítor y Susana Oliveira Jorge que, a partir de 1978, detectarán, excavarán y publicarán nuevos contextos tumulares fechados entre el Neolítico y la Edad del Bronce (V. Jorge 1980Jorge, 1982Jorge, 1992; V. Jorge et al. 1988;S. Jorge 1980aS. Este proyecto por la calidad de los resultados y por las problemáticas que suscitó fue, en gran parte, inspirador de otros trabajos de investigación sobre el mundo funerario de la Prehistoria Reciente, a partir de finales de los años 1980. Paralela y posteriormente, se desarrollarán proyectos sobre el poblamiento prehistórico y protohistórico del Noroeste Peninsular contribuyendo, igualmente, con nuevos descubrimientos a la cuestión en análisis. Entre estos destacamos el dirigido por Domingos Cruz y Raquel Vilaça, titulado Práticas funerárias e/ou cultuais dos Finais da Idade do Bronze na Beira Alta (1993 a 1998) (2007). Recientemente hay que citar el proyecto A Idade do Bronze no vale do Ave bajo la orientación de Hugo Aluai Sampaio (Sampaio et al. 2008). Paralelamente a esta actividad se han descubierto y excavado túmulos y necrópolis, en el ámbito de la arqueología empresarial o preventiva, en otros sitios de la Edad del Bronce (Cunha 1995; Carvalho y Gomes 2000; Santos y Marques 2007; Almeida y Fernandes 2008; Almeida et al. 2008aAlmeida et al., 2008b)), frecuentemente poco estudiados o todavía inéditos, además de nuevos hallazgos aislados (M.A. Silva 1994). Todavía en esa década tienen lugar proyectos sobre el megalitismo que, aunque parcialmente, contribuirán con nuevos datos al conocimiento de las prácticas funerarias de la Edad del Bronce (Rodríguez Casal 1989). En la década de los 1990 se descubren, excavan y publican importantes estructuras sepulcrales de este período o reutilizadas en esta época (Meijide 1994(Meijide, 1995(Meijide, 1996;;Vaquero Lastres 1995a, 1995b, Vaquero Lastres y Vázquez Collazo 1995) y se emprende el proyecto Las cistas en su entorno: estudio de una de las realidades del mundo funerario de la Edad del Bronce en Galicia-XU-GA38201A95, bajo la responsabilidad de Ramón Fábregas. Por motivos que desconocemos, la investigación en esta región no tuvo el desarrollo que los proyectos anteriores hacían adivinar, procediendo los nuevos hallazgos sobre el tema, o sobre la Edad del Bronce en general, de actuaciones en el ámbito de la arqueología empresarial, no siempre publicados, salvo raras excepciones (Chao y Álvarez 2000; Aboal Fernández et al. 2005; Vasquez Liz 2005; Prieto-Martínez et al. 2005; Prieto-Martínez 2007; Prieto-Martínez et al. 2009a, 2009b). En Asturias el conocimiento sobre la Edad del Bronce también es escaso, a pesar de que los nuevos proyectos centrados en los castros hayan revelado, a veces, ocupaciones de este período (Maya y Cuesta 2001; Mercadal 2001; Villa y Cabo 2003; Villa 2005). Hay, todavía, un número significativo de cuevas con enterramientos, sometidas a un notable trabajo de revisión y publicación (Arias y Armendáriz 1998; Arias y Ontañón 1999; Barroso et al. 2007a). Recientemente, a propósito de un importante enterramiento en cueva, se publicó una síntesis sobre la muerte en la Edad del Bronce de la fachada occidental de la Península Ibérica (Barroso et al. 2007b). OBJETIVOS Y PREMISAS METODOLÓGICAS A pesar del avance considerable que todos estos trabajos representan de cara al supuesto de que, a partir del Bronce Medio, la ausencia de enterramientos era la norma en la fachada atlántica de la Península Ibérica (Ruíz-Galvez 1998), fue nuestro objetivo ensayar una nueva síntesis sobre la Edad del Bronce del Noroeste. A partir de las prácticas funerarias procuramos interpretar el papel de las arquitecturas funerarias, de los contextos donde éstas se insertaron, de los adornos y de los depósitos que acompañaron a los muertos, así como del propio cadáver en la construcción, mantenimiento y transformación de la identidad social y cultural, durante la Edad del Bronce. Para ello partimos de los presupuestos que enunciaremos. El primero es que las materialidades, en sus más diversas y amplias manifestaciones, son metáforas, simultáneamente materiales y sociales, pues derivan de acciones determinadas socialmente, a la vez que son agentes socialmente activos (Barret 2001), o sea, resultan de las relaciones sociales y contribuyen a su construcción. El segundo supuesto es que la muerte (que incluye las transformaciones de los cuerpos) y el cadáver son materialidades manipuladas y recreadas al servicio de los vivos, funcionando como un agente sea para la construcción y mantenimiento de la identidad, de las relaciones sociales y del poder, sea para su alteración. Dicho de otro modo, la muerte y las acciones que le están asociadas facilitan la implicación práctica y social de las comunidades con el mundo que las rodea. Ello se efectúa a través de los que tienen acceso al tratamiento, transformación y manipulación ideológica de los cuerpos, naturalmente, los agentes de la creación, transmisión y alteración de las relaciones de poder. El tercero es que el cadáver, las estructuras, las prácticas y el lugar de enterramiento, a través de su manipulación, ocultación, exhibición, exaltación, etc., incorporan un universo de creencias y de cosmologías (Fahlander y Oestigaard 2008). Los contextos, las estructuras y las prácticas funerarias del Bronce Inicial y Medio del Noroeste de la Península Ibérica fueron descritos e interpretados en trabajos previos de síntesis (Bettencourt 2008(Bettencourt, 2010) ) por lo que aquí resumiremos esos textos, siendo más exhaustivos en relación con los datos existentes para el Bronce Final. Pensamos que es importante hacer explícitas las periodizaciones y taxonomías subyacentes a este trabajo dada la falta de consenso entre los arqueólogos de la región. A partir de ahí se entraría en el Bronce Final cuyo término andaría por el 600 AC. Estas periodizaciones se basan, esencialmente, en los datos del Noroeste portugués y se justifican por una serie de alteraciones y continuidades verificadas en las materialidades relacionadas con estrategias de poblamiento, prácticas funerarias, producción metalúrgica y cerámica, etc., ya explicitadas (Bettencourt 2005a(Bettencourt, 2009a(Bettencourt, 2010)). Reutilizaciones de las estructuras funerarias anteriores La reutilización de los monumentos megalíticos o de origen neolítico es un fenómeno frecuente en el Noroeste, durante todos los períodos de la Edad del Bronce. En relación con Antela da Bouça dos Córregos, Trofa y no en el Santo Tirso (en la nueva división administrativa efectuada en el Norte de Portugal), hemos observado recientemente los artefactos metálicos que, según Domingos Cruz, justificaban una reutilización en el Bronce Final. Se trata, en realidad, de piezas atribuibles a la Edad del Hierro, revelando la reocupación de este monumento con posterioridad a la Edad del Bronce (Tab. En favor de la hipótesis de que estas reutilizaciones se relacionaban con prácticas funerarias hay que señalar las inhumaciones del dolmen de Arquinha da Moura, en Tondela, datadas radiométricamente en los inicios de la Edad del Bronce (Cunha 1995) (Cruz 2000(Cruz, 2001)), entre otros. Las ofrendas funerarias más comunes en estos contextos son, casi siempre, recipientes cerámicos, excepto en el Bronce Inicial donde, a veces, se acompañaron los cuerpos con ofrendas y adornos metálicos en oro, plata y cobre. Dos de las formas cerámicas comunmente usadas en el ámbito de las prácticas funerarias del Bronce Inicial y Medio son los vasos troncocónicos y semicilíndricos presentes en numerosos dólmenes desde la Beira Alta y la Beira Litoral hasta el sur de Galicia, demostrando el elevado número de antiguos monumentos reutilizados durante estos períodos. Otro grupo de vasos comunes en estos contextos es el de los potinhos/ púcaros similares a los designados en Galicia como vasos de tipo Tarayo con o sin asas, a veces carenados, que se dis-tribuyen, también, desde la Beira Alta a Galicia. Por la asociación de algunos de estos vasos con artefactos metálicos en cobre, por las fechas de Madorra da Granxa y por paralelos con recipientes similares encontrados en pequeños tumuli, también datados radiométricamente, sabemos que este grupo formal data del Bronce Inicial y Medio, sin que podamos excluir su anterioridad y posterioridad (Bettencourt 1997). Durante el Bronce Medio y el Bronce Final, de 1600/1500 a 600 (Bettencourt 1997; Sampaio et al. 2008), se depositaron vasos de borde horizontal medio y ancho en antiguos monumentos megalíticos del Douro Litoral, el Minho y el sur de Galicia como en Guillar, Outeiro de Rey, Monte da Romea, Lalín (Prieto-Martínez 2007) y Lordelo de Cima/Chafé, Viana do Castelo (Silva y Marques 1986) (5). A estos períodos asociamos, igualmente, las diversas tazas carenadas halladas en dólmenes de la Beira Alta donde estas formas aparecen antes que en el Norte litoral como Sobreda, Oliveira do Hospital y Orca do Outeiro do Rato, Carregal do Sal (Senna-Martínez 1989). Como ya indicamos los artefactos metálicos son raros y exclusivos del Bronce Inicial. Destacamos las espirales de plata encontradas en los dólmenes de la Cerca, Esposende (Jorge 1982; Almeida 1986) y de Carvalho Mau 1, Castelo de Paiva (E.J. Silva 1995); el cilindro de oro de la Mamoa 1 do Marco de Camballón, Oirós, Vila de Cruces (Bóveda 1995), una lámina perforada del dolmen de Las Llaguas, Boal (Blas 1983), una posible cuenta de collar de oro da Mamoa 1 da Chã do Brinco, Cinfães (E.J. Silva 1995) y el anillo de tiras de oro del dolmen de Mata'l Casare I, La Cobertoria, Llena (Blas 1983). Entre las piezas de cobre citaremos las hachas planas y las puntas de tipo Palmela de Orca de Seixas, Moimenta da Beira (Leisner 1998), el hacha del dolmen de Lobán, Vilalba (Obermaier 1923), las puntas de tipo Palmela de Parxubeira 2, Xallas (Rodríguez Casal 1989) y, particularmente, los punzones o perforadores de las Mamoas de Chafé, Viana do Castelo (Silva y Marques 1986) y de Portela da Anta 1, Arouca (F.P. Silva 1992Silva, 1997)). Subrayamos, todavía, la espiral de oro y el punzón de la Orca do Outeiro do Rato (Senna-Martínez 1989: 74-75). Otro tipo de estructuras asociadas a las prácticas funerarias de la Edad del Bronce son los monumentos bajo pequeños tumuli construidos en piedra o tierra, de planta circular, oval o semirectangular, incluyendo cistas cuadrangulares, rectangulares o poligonales, fosas ovales o semirectangulares, tapadas o no con lajas de diferentes dimensiones o simples círculos delimitados por pequeñas piedras, como en Rochão 2 (Santos y Marques 2007). A pesar de ser bajos estos túmulos cuentan, frecuentemente, con numerosos bloques de cuarzo, granito y otras rocas locales (Cruz 1997), y se asocian con elementos naturales, como afloramientos o relieves impresionantes, características que les hacen más perceptibles en el paisaje (Cruz et al. 1998b; Vilaça y Cruz 1999). A veces no aparece ninguna cámara lo que hace suponer que éstas pudieran ser de materiales perecederos o que determinados ritos se efectuaran directamente sobre el suelo. Hay también monumentos atípicos como el de Gestosinho, S. Pedro do Sul (7) que aparenta tener una cámara descentrada y definida por un círculo pétreo. En otros casos, se aprovechan las cavidades naturales existentes en los afloramientos, como en la Serra da Muna 2, Viseu (Cruz et al. 1998a). Muchos de estos monumentos fueron construidos en la periferia o en el seno de las grandes necrópolis megalíticas, en territorios que habrían sido mitificados y sacralizados, por lo menos, desde el Neolítico Medio. Otros surgen en lugares nuevos sea en áreas de altitud dominante, sea en plataformas medias y bajas de las vertientes. En los últimos años, los trabajos de prospección, inventario y excavación de los monumentos funerarios en áreas amesetadas han aumentado los casos conocidos, sobre todo en la Beira Alta, en el Centro-Norte Litoral y también en el Minho, el Douro Litoral, Galicia y Asturias (Blas 1983(Blas, 1994(Blas, 2004;;Cruz 2001; Santos y Marques 2007). En el conjunto, carente de cámaras pétreas, los ritos de fuego fueron significativos, demostrando, más bien, acciones ceremoniales en el contexto de las prácticas funerarias, entre otras (Cruz y Vilaça 1999) (Fig. 2). Al Bronce Final se ha atribuido, igualmente, el monumento bajo tumuli de la Fonte da Malga 1, Viseu (Kalb y Hock 1979; Kalb 1994; Vilaça y Cruz 1999) aunque los fragmentos cerámicos que sirvieron para datarlo no sean, en nuestra opinión, determinantes, pudiendo este tumulus así como los restantes existentes en el área, integrarse en cualquier período de la Edad del Bronce (Tab. A pesar de que las ofrendas y los adornos nunca fueron muy abundantes en este tipo de estructuras, se conocen en algunos tumuli. Para el Bronce Inicial destacamos los artefactos de excepción del túmulo 240 de la Veiga dos Moros/Vilavella, As Pontes (recientemente reinterpretado como tal monumento) donde apareció una diadema de oro, un puñal de lengüeta y cuatro puntas de Palmela (Maciñeira 1941; Fábregas y Vilaseco 1998); la punta de tipo Palmela, el brazal de arquero y el vaso troncocónico de Chã de Arefe 1 y el brazal de arquero de Chã de Arefe 2, Barcelos (cistas atípicas rodeadas por bloques graníticos) (A.C.F. Silva et al. 1981) (8); las espirales de plata de Outeiro de Gregos 1 y de Meninas do Crasto 4, Baião (Jorge 1980(Jorge, 1983) y el hacha plana de Los Fitos, Llena-Quirós (Blas 1983(Blas, 1994)). A este período cronológico-cultural podemos todavía atribuir los vasos troncocónicos de Serra da Muna 2, Viseu y los fragmentos de molinos manuales depositados en el tumulus de Serra da Muna 1 (Cruz et al. 1998a). Bien al Bronce Inicial bien al Medio pudo pertenecer el vaso troncocónico de Rapadoro 2, Vila Nova de Paiva Lám. Pequeño tumulus da Casinha Derribada 3 (según Cruz et al. 1998b). Al Bronce Medio cabe asignar los vasos similares a los de tipo Taraio y las tazas carenadas con borde reentrante de la Casinha Derribada 3, Viseu (Cruz et al. 1998b) y a esta cronología o al Bronce Final la taza carenada de pasta fina del Monte Calvo 2, Arouca, referida por F.P. Silva (1997). Admitimos, igualmente, que el Rochão 2, Castro Daire, pueda ser del Bronce Final (Santos y Marques 2007), no sólo por las justificaciones presentadas por sus excavadores, sino también por la presencia de una pesa de telar sobre canto rodado -un artefacto tradicionalmente conectado con contextos residenciales e innovador en contextos tumulares, una característica que se evidenciará en este período, como veremos en el punto 4 de este texto. Las cistas rectangulares, trapezoidales o cuadrangulares y las estructuras cistoides, en esquisto o granito, cubiertas con lajas o piedras, sin tumuli, son otro tipo de construcciones asociadas a prácticas funerarias de larga duración, persistiendo desde el Calcolítico hasta el Bronce Final, pudiendo contener inhumaciones o incineraciones. Se distribuyen, normalmente, en áreas conectadas con valles fértiles, a veces, en el interior de los poblados coetáneos. Para el Bronce Inicial, entre 2109-1755 AC, destacamos la cista de la Quinta de Água Branca, en Vila Nova de Cerveira, donde un individuo adulto, posiblemente de sexo masculino (9) fue inhumado con una diadema de oro sobre el cráneo, un puñal de lengüeta a la altura de la cintura, un par de espirales y dos aros de oro en posición indeterminada (Fortes 1906). Otro ejemplo significativo es la necrópolis de Lagares, Macedo de Cavaleiros. Aquí habrían aparecido varias sepulturas de inhumación formadas por lajas de esquisto. Se conoce la descripción de una con 1,80 m de longitud, 1 m de anchura y 1 m de profundidad. En su interior se detectaron fragmentos cerámicos y una espiral de oro lo que permite datar este lugar en el Bronce Inicial (Alves 1975; Cruz 2000). Otra necrópolis importante es la de Atios/Budiño, Porriño, descubierta en la llanura aluvial del río Loro. La única cista intacta tenía forma rectangular y orientación Este-Oeste. En la esquina noreste estaban colocados una piedra de cuarzo, dos puñales de lengüeta de dimensiones distintas, dos cilindros de oro y dos espirales de plata, encontrándose una de ellas casi destruida. Una situación similar parece haber experimentado la necrópolis de Chedeiro, A Pedrosa, Cualedro, descubierta en terrenos agrícolas y en las cercanías de un poblado, una de cuyas sepulturas contenía una espiral de plata. En las inmediaciones aparecieron otras tres cistas una con tres vasos troncocónicos, otra con dos vasos similares a los de Taraio, uno de cuello alto tipo jarra y otro troncocónico (Taboada Chivite 1971; Delibes de Castro y Rodríguez Colmenero 1976; Vázquez Varela 1980a). Necrópolis paralela, según nuestras investigaciones en el sitio, es la de Agra da Ínsua, en los límites de Piedra Figueira con Piedra Marrada, Carnota, a pocos metros de la margen izquierda del río Durán. Aquí se hallaron tres cistas, orientadas de Norte a Sur y distantes entre sí de 6 a 7 m. La más intacta contenía un puñal de lengüeta, un brazal de arquero y restos de huesos (Luengo y Martínez 1965). Igualmente importante es la necrópolis de Gandón, Cangas de Morrazo, localizada en tierras de buen potencial agrícola. Constaba de dos cistas: la 1, de reducidas dimensiones es de planta trapezoidal, con restos de una cremación y la 2, mayor, con la laja de cubierta grabada con cazoletas. Entre las tierras sueltas del relleno de la segunda había pequeñísimos fragmentos de cerámica y el depósito de un brazal de arquero y de una punta de tipo Palmela, en el fondo. En el espacio circundante aparecieron dos molinos de mano lo que, junto con los fragmentos del relleno del túmulo 2, permitió a A. de la Peña (1985) plantear que hubiera un poblado en las inmediaciones. Aunque desconocemos si estaban integradas en una necrópolis, cabe citar, todavía, las cistas del Bronce Inicial de Taraio, Malpica, de cerca de 1,11 m de longitud, 94 cm de anchura y 72 cm de profundidad, cuyas ofrendas consistían en un artefacto lítico, un puñal de lengüeta y un vasito (Rodríguez Gras 1974; Vázquez Varela 1980a); la cista de Fariñas, Santa Comba, en cuyo interior estaba depositado un puñal de lengüeta (Vázquez Varela 1980a); la cista de As Antas, Rodeiro, con una de las losas grabadas con un reticulado incompleto y conteniendo un puñal de lengüeta y un vasito (Vázquez Varela 1980b; Monteagudo et al. 1981). S. Paio de Antas, Esposende), situada en una plataforma baja de una colina elevada sobre la plataforma litoral, no lejos de un poblado. Allí, habrían aparecido varias sepulturas en esquisto, en cuyo interior se depositaron vasos de ancho borde horizontal (Almeida 1986; Soeiro 1988) y de tipo Taraio, similares a los encontrados en Casinha Derribada 3 datados entre 1420-1132 AC (Bettencourt 1999). En la necrópolis de Agra de Antas (en la misma parroquia) localizada en un área elevada sobre tierras agrícolas ya con más de 14 sepulturas identificadas de dimensiones diversas, se recogieron huesos de varios individuos (Lám. Ya del Bronce Final es la necrópolis de cistas rectangulares de Monte da Ola, Vila Fria, Viana do Castelo, donde se detectaron, por lo menos, tres cistas datadas, entre 1251-938 AC (Dinis y Bettencourt 2004). Entre 1189-1008 AC se fecha el recinto de seis pequeñas cistas cuadrangulares de Paranho, Viseu, con cremaciones dentro de vasos o directamente en las estructuras pétreas (Cruz 1997(Cruz, 1999) ) (Fig. 4). La misma cronología genérica se atribuyó al monumento similar de Travessa da Al Bronce Final debería pertenecer la cista rectangular de Curvos, Esposende, donde se exhumó un vaso de carena alta, pulido, de fondo plano y pasta arenosa/micácea (Soeiro 1988), forma típica del Bronce Final en el Noroeste por-tugués (Bettencourt 2000b) y la pequeña cista semicuadrangular encontrada en el interior del poblado de la Sr.a de Lurdes, S. João da Pesqueira, datado en este período genérico (Carvalho y Gomes 2002/2003). Por la misma asociación de ideas es posible que cupiera relacionar con el mundo funerario-cultual la estructura cistoide del poblado de Santinha, Amares, cubierta de piedras y conteniendo un vasito con restos de hollín, datada entre 1016-810 AC. Esta construcción, localizada en la vertiente oriental del poblado, en las inmediaciones de un afloramento granítico en parte tallado, se insertaría en un área donde se depositaron otros vasitos con vestigios de hollín y una gran olla conteniendo fragmentos de pino quemado, especie que, además de muy rara en la época, al arder, dejaría un olor agradable e intenso. Este conjunto de particularidades hace excepcional este lugar en el interior del poblado (Bettencourt 1997(Bettencourt, 2001)). Seguramente de carácter funerario-religioso es la pequeña cista cuadrangular situada en la entrada del presumible recinto ceremonial de Chao Samartín, Grandas de Salime, donde se depositó una bóveda craneal femenina, datada entre 805-540 AC (Villa y Cabo 2003) (Lám. Pero, además de estas estructuras, hay otras cistas o necrópolis cuyos datos apenas permiten su integración genérica en la Edad del Bronce. Es el caso de O Cubillón, Xermade, Lugo, que contenía restos de huesos de adulto en un vasito (Ramil Soneira y Vázquez Varela 1979; Vázquez Varela 1980) Vila Pouca de Aguiar (Cruz 2001) y de la necrópolis de Bicos do Lago, Muros, recientemente excavada (Lám. Otras estructuras tumulares usadas durante la Edad del Bronce son las sepulturas simples, de forma oval o rectangular, excavadas en el substrato rocoso, a veces cubiertas por una potente capa de arcilla o con pequeñas concentraciones de piedra. Sin ofrendas o conteniendo sólo recipientes cerámicos estas sepulturas se distribuyen en territorios conectados con valles fértiles, frecuentemente cerca de poblados. Se conocen, por lo menos, a partir del Bronce Medio como se puede verificar en la necrópolis de Tapado da Caldeira, Baião (Lám. En este período deberían integrarse muchas de las sepulturas con vasos troncocónicos de la gran necrópolis de Cimalha, Felgueiras, contigua a un poblado que suponemos coetáneo (Almeida y Fernandes 2008; Almeida et al. 2008a) (Lám. Esta propuesta cronológica tiene en cuenta los niveles de ocupación del poblado con formas cerámicas afines a las de Sola II, en Braga (de la primera mitad del II milenio AC) y un molde doble, en piedra, para hachas del tipo Bujões/Barcelos (Bettencourt 2009a) (11). Son conocidas otras necrópolis de sepulturas simples en el Noroeste, cuyo conjunto artefactual apunta al Bronce Medio. A título de ejemplo referimos la de Alto da Vela/Gulpilhares, Vila Nova de Gaia de donde procederían, al menos, un vaso semicilíndrico, otro troncocónico y un tercero de ancho borde horizontal (Fortes 1909; Guimarães 1983;A.C.F. Silva 1993; Lobato 1995). Lo mismo se podría pensar de la necrópolis de Coto da Laborada, Calvos de Randín, localizada en una vertiente suave y definida por dos grupos de sepulturas donde coexistían los vasos troncocónicos con otros de ancho borde horizontal (López Cuevillas 1930, 1947; López Cuevillas y Lorenzo Fernández 1930). Al Bronce Final pertenece la necrópolis de inhumación de Pego, Braga, inserta en el poblado del mismo nombre y donde se excavaron más de 12 sepulturas, casi todas con vasos de ancho borde horizontal (Fig. 5). De destacar que una de ellas contenía una pesa de telar sobre canto rodado y una fusayola. La fecha de radiocarbono, obtenida a partir de un tronco de la empalizada que delimita todo el poblado y la necrópolis, sitúa esta estación entre 804-419 AC (Sampaio et al. 2008; Bettencourt 2009a). Se conocen otras necrópolis de sepulturas simples de cronología más indefinida, como la de Monte de Mesiego, O Carballiño (Lopez Cuevillas y Lamas 1958) que creemos organizada en núcleos, eventualmente cerca del hábitat, dada la inclusión de fragmentos cerámicos, muy pequeños, en el relleno de las sepulturas (Tab. Cronología radiocarbónica de las sepulturas simples en el Noroeste de la Península Ibérica (véase nota 3). Fosas abiertas en el sustrato rocoso Debido a la acidez de los suelos del Noroeste de la Península Ibérica es difícil comprender la función de las fosas abiertas en la arcilla. Sin embargo es probable que muchas pudiesen haberse usado como sepulcros, desde el Bronce Inicial. Algunas fosas estaban selladas por acumulaciones de piedras (Prieto Martínez et al. 2009b), sugiriendo su posible carácter de depósito cultual, aunque dudamos si considerar la totalidad del sitio como una necrópolis a tenor de las características de sus estructuras y de todo el conjunto cerámico. Este hallazgo ha permitido revaluar algunos contextos en fosa existentes en la región. Nos referimos, por ejemplo, a las dos fosas de las Boucinhas, Ponte de Lima, contiguas a un poblado y datadas entre 2294-1980 AC, que contenían recipientes cerámicos enteros (Almeida et al. 1994) (Fig. 6). Es de destacar que todos los vasos exhumados presentaban vestigios parciales de hollín en las caras externas e internas, situación recu-Fig. Dos vasos enteros de las fosas de Boucinhas, Ponte de Lima (según Almeida et al. 1994). Es más, las adherencias orgánicas de este último vaso permitieron datarlo entre 1736-1501 AC por lo que es probable que esta forma sea un indicador de contextos tumulares del Bronce Medio (Fig. 7). Del Bronce Medio o Final sería la necrópolis de fosas de Faísca, Guimarães, localizada en una colina del valle del Ave. Allí más de una decena de fosas de perfil semiovoide, aproximadamente de 1,10 m profundidad y 80 cm de diámetro, conservaban un vaso de largo borde horizontal, mal cocido y siempre requemado, dispuesto en vertical a 70-80 cm de profundidad. Se recogieron ocho vasos en ocho fosas distintas, refiriendo Mário Cardoso (1936: 76) que los trabajadores de la cantera partieron muchos otros, lo que le llevó a defender que estaba frente a "una necrópolis de cierta extensión". Además de este material, la aparición de un vaso con cuatro asas y decoración plástica, en forma de cordón "torcido" en el borde, una pequeña rueda de molino, una piedra discoide pulida en una de las caras y un molino durmiente, cóncavo, podría indicar bien la proximidad de un poblado, bien la existencia de otras estructuras y de los ritos en las que estos objetos se integraban. Seguramente del Bronce Final son las pequeñas fosas, a veces selladas con arcilla y señaladas con una piedra, existentes en el seno de la necrópolis de sepulturas simples de Pego, en Braga. Dadas sus dimensiones, características, relleno no detrítico y localización, difícilmente podrían ser fosas-silos, por lo que la hipótesis más plausible es que correspondieran a sepulturas o fosas destinadas a ofrendas de carácter funerario-religioso (Sampaio et al. 2008). Otra fosa de eventual carácter sepulcral sería la detectada en los niveles más superficiales de la necrópolis de Tapado da Caldeira, Baião, que contenía un recipiente cerámico similar a los recuperados en la necrópolis de Paranho, Viseu, datada en el Bronce Final (Vilaça y Cruz 1999). Este lugar parece presentar una larga diacronía en la ocupación, posiblemente de carácter funerario-religioso, en consonancia con la del poblado coetáneo de Bouça do Frade (Cruz y Gonçalves 1998/1999). Tal vez también sea de carácter sepulcral la fosa cubierta con piedras con un vaso de la forma 15 (urna), localizada al exterior y al Norte de la muralla de la plataforma superior del poblado de S. Julião, Vila Verde, en pleno contexto del Bronce Final (Martins 1988) (Tab. En la zona oriental, donde abundan las formaciones kársticas, principalmente en Asturias, Galicia oriental y Trás-os-Montes las cuevas y los abrigos sirvieron como lugares de enterramiento y de depósito durante toda la Edad del Bronce. En el territorio portugués destacamos Lorga de Dine, Vinhais, Bragança, con vistas al río Tuela, donde hay indicios de enterramientos (Harpsoe y Ramos 1985) desde, por lo menos, el Calcolítico regional hasta el Bronce Inicial o Medio, evidenciadas por la presencia de un vaso troncocónico y otros carenados. Destacamos, todavía, en el contexto del valle del Angueira y sus afluentes, las cuevas de Ferreiros, Grande y Geraldo, Miranda do Douro (Delgado 1887; Sanches 1992). En esta última habrían aparecido huesos humanos, un hacha plana y un puñal triangular en cobre, cerámica y hueso indicando enterramientos de los inicios de la Edad del Bronce. Todavía en el valle de Angueira en las Fendas do Monte Pedriço se hallaron huesos de dos esqueletos humanos incompletos, asociados a fragmentos de muelas. Es reseñable que no se conocen poblados coetáneos en las inmediaciones de estas cuevas (Delgado 1887; Sanches 1992). También en el abrigo granítico de Fragão da Pitorca, Chaves (Armbruster y Parreira 1993), conectado con un eventual poblado hubo enterramientos, probablemente desde el Calcolítico hasta el Bronce Inicial (Bettencourt 2009c). Aquí, junto a huesos humanos, se recuperaron cerámicas lisas y decoradas, así como una espiral de oro y un hacha plana todavía con rebabas de fundición. En el pequeñísimo Abrigo 2 de Fraga dos Corvos, Macedo de Cavaleiros, se descubrió, dentro de una fosa alargada, un pendiente decorado, un pequeño brazalete, una fíbula de doble resorte, una espátula y un fragmento de cinturón (Senna-Martínez et al. 2006; Senna-Martínez et al. 2007) (Lám. IX) que pueden corresponder a los adornos de un individuo enterrado en el Bronce Final en paralelo con el ajuar de la Roça de Casal do Meio, Sesimbra. Es igualmente probable que los huesos humanos de un juvenil o subadulto, encontrados en la unidad estratigráfica 1 de la Sala 20 del Buraco da Moura de S. Romão, Seia, asociados a materiales de la Edad del Bronce y en las inmediaciones del poblado del Bronce Final del Cabeço da Moura de S. Romão (Senna-Martínez 1989, 1993; Cardoso et al. 1998:261) indiquen enterramientos o deposiciones secundarias de cadáveres (Tab. En Galicia, por ahora, apenas se conocen enterramientos en la Cueva de Valdavara 2, Becerreá (Fábregas et al. 2009: 28; Vaseao Rodríguez et al. 2009). En Asturias son relativamente frecuentes durante toda la Edad del Bronce (Arias Cabal y Armendáriz Gutiérrez 1998). El caso mejor documentado es el de la Cueva de Fuentenegroso (Peñamellera Alta/Llanes), aparentemente lejos del poblado coetáneo, donde fue enterrada una joven en decúbito lateral con dos brazaletes de bronce, entre 793-543 AC (Barroso et al. 2007a; Barroso et al. 2007 Un fenómeno, hasta ahora exclusivo de Asturias durante el Bronce Inicial, son los enterramientos en minas de cobre, como los de El Milagro, Onís y El Aramo, Riosa, donde se recogieron restos de unos 5 y 20 individuos, respectivamente, a veces acompañados de utensilios de minero (Blas 1996(Blas, 1998(Blas, 2003(Blas, 2005)). Enterramientos o manipulación de los muertos en estructuras indeterminadas Una serie de datos parecen conectarse con prácticas funerarias de la Edad del Bronce, aunque se desconozcan o sean de difícil clasificación las estructuras donde se insertan por la antigüedad de las excavaciones o las vicisitudes de las mismas. Para el Bronce Medio destacamos la estructura funeraria de tipo tumuli, de Guidoiro Areoso, Vila Nueva de Arousa, reutilizada posteriormente a 2131-1886 AC (Alonso y Bello 1997), donde hay vasos de tipo ancho borde horizontal. Para el Bronce Final, recordamos la mitad de un maxilar de adulto, probablemente femenino, encontrada en el Castro de La Campa Torres, Gijón (Mercadal 2001: 889-894) y el depósito de una hoja de hoz en bronce, en la denominada Mamoa da Cova da Moura, Carreço, Viana do Castelo, un monumento de planta oval y gran complejidad constructiva, aparentemente adosado a abrigos naturales, con 48 m de longitud, 28 m de anchura y de 8 m a 11 m de altura, cuyo tumulus contendría depósitos de cenizas. En el área central existirían varias cavidades en el substrato, aparentemente cubiertas con lajas, algunas de ellas conteniendo cenizas y carbones (Viana 1955). También en el Bronce Final se podría integrar la estructura de los Granjinhos, Braga, localizada en las inmediaciones del poblado del Alto da Cividade, datable en este período. Consistía en un alineamiento de piedra menuda de contorno inde-finido ( 12) en cuyo interior se depositaron cuatro vasos enteros en los cuales había materia orgánica con gran contenido en fósforo (Bettencourt 2000c: 223) (Lám. Estas características en conjunto posibilitaron su interpretación como estructura funeraria (Bettencourt 1995(Bettencourt, 1999(Bettencourt, 2000c)). Uno de los vasos presentaba un labio en sierra, una característica común a las formas cerámicas del Bronce Final de las cuencas del Lima, Cávado y Ave. No lejos de aquí aparecieron vasos enteros de ancho borde horizontal, aún inéditos, lo que acentúa el eventual carácter funerario de este lugar. Otros lugares consagrados a los muertos Hay, todavía, otros sitios consagrados a las prácticas funerarias, creados en los inicios de la Edad del Bronce, si no antes. Se caracterizan por una gran diversidad arquitectónica y ritual y por una larga diacronía de utilización y reutilización, a pesar de ser relativamente pequeños y de contar con pocas estructuras de cada período cronológico-cultural, lo que dificulta considerarlos como Tab. Cronología radiocarbónica de enterramientos en cuevas en el Noroeste de la Península Ibérica (véase nota 3). X. Vasos sepulcrales de los Granjinhos, Braga (foto Museu D. Diogo de Sousa). (12) Dada la alteración del monumento en época romana. Generalmente ocupan territorios conectados, directa o indirectamente, con tierras agrícolas. Uno de estos escenarios asociados al culto a los muertos es la pequeña elevación de Vale Ferreiro, en Fafe, en el final de una espolón de la pendiente sur del río Ave, con amplia visibilidad sobre las áreas circundantes. Aquí, se construyeron dos monumentos de gran inversión pública que parecen materializar la importancia social de este lugar por primera vez. XI), datado entre 2188-1884 AC, está formado por una pequeña cámara cistoide de tradición megalítica, rodeada por un cairn, compuesto por bloques de cuarzo, totalmente subterrâneo. Fue construido en el interior de una gran fosa cortada en la arcilla, cubierta por una laja granítica y por arcilla lo que permitió preservar el esqueleto de un joven, de unos 15 años (Bettencourt et al. 2002(Bettencourt et al., 2003)). El túmulo 2, también subterráneo, con una cámara de mampostería presumiblemente cubierta con madera (Lám. XII), contenía 2 espirales de oro, entre otras ofrendas que podrían datarse en este período (Bettencourt et al. 2005). A pesar de que el sitio no está excavado en su totalidad descubrimos dos sepulturas más, simples y de contorno oval. Una contenía un vasito de tipo Taraio y la otra una ofrenda en material perecedero que yacía sobre un "soporte" compuesto por pequeñas piedras. Excavamos, también, varias fosas de contornos más o menos circulares, de fondo redondeado o aplanado y, a veces, cu-biertas con arcilla (Bettencourt et al. 2005). A menudo estas estructuras están asociadas con uno o dos agujeros de poste (¿postes de señalización?). En el Bronce Final, más precisamente entre 1207-925 AC, situamos una estructura compleja donde una fosa de contorno toscamente oval y rodeada por agujeros de poste terminaba, en la parte más profunda, en una depresión cuadrangular. Otro lugar que podría tener una significación similar es el de A Devesa de Abaixo, Pontevedra, localizado en una espolón de la vertiente oriental del Monte Faro de Domaio que se destaca topográficamente y que tiene un amplio dominio visual sobre el valle que le queda a la vista. Aquí, desde los inicios de la Edad del Bronce, se construyeron diversas estructuras de enterramiento en fosa y en estructuras líticas atípicas, selladas por arcilla y por una acumulación de piedras conteniendo fragmentos de molinos de unos 35,6 m de longitud y 13,3 m de anchura, además de una cista, de indicios de variadas acciones ceremoniales y depósitos relacionados con el espacio tumular (Vázquez Liz 2005, Prieto Martínez et al. 2005) (Tab. Agro de Nogueira, en Coruña, en pleno valle del río Furelos, es otro lugar que tendemos a interpretar genéricamente de este modo, si bien habrá que comprobarlo en el futuro. La primera acción de que tenemos conocimiento en este lugar es una cremación en estructura cistoide, datada entre 2566-2294 AC (Bettencourt y Meijide 2009). Posteriormente se habría construido una sepultura de cámara cistoide, parcialmente ente-Lám. rrada en una gran fosa circular y cubierta con un amontonamiento de piedras. En su interior yacía un vasito de tipo Taraio lo que indica una cronología del Bronce Inicial. En las inmediaciones de estas dos construcciones, se desenvolvieron toda una serie de estructuras como sepulturas simples de contorno oval o irregular (cubiertas con concentraciones de piedras), fosas de contorno circular y, tal vez, agujeros de poste. Una de las fosas, cuyo interior estaba rellenado con cenizas, fue interpretada como una hoguera relacionada con acciones de carácter funerario o con rituales de cremación (Meijide 1994(Meijide, 1995(Meijide, 1996;;Fábregas y Meijide 2000). Este conjunto de datos permite, desde ya, confirmar la existencia de una gran diversidad en las arquitecturas y contextos usados en el ámbito de las prácticas funerario-religiosas, desde el Bronce Inicial hasta el Bronce Final como ya se había admitido desde los años 90 (Bettencourt 1997; Vilaça y Cruz 1999). Se verifica en todos los períodos la reutilización de antiguos monumentos megalíticos, la construcción de pequeños tumuli, de cistas, de estructuras cistoides, de sepulturas simples y de fosas, así como la utilización de espacios naturales, como las cuevas y los abrigos. Sin embargo, gracias al análisis de la distribución geográfica de los diferentes tipos de túmulos y del contexto arqueológico en que se insertan, percibimos tendencias en la distribución espacial de determinadas estructuras y, probablemente, en el modo de vida de las sociedades directamente conectadas con ellas: -Primero, las necrópolis de cistas, de sepulturas simples y de fosas, o sea, de monumentos simples e invisibles en el paisaje, se establecen en las proximidades de valles con buen potencial para el desarrollo de las prácticas agrícolas, frecuentemente en las inmediaciones o en el interior de poblados. Como sitios en las cercanías de valles destacamos la cista de Quinta de Água Branca y de Lordelo; las necrópolis de cistas de Chedeiro, Atios/Budiño, Agra da Ínsua/Carnota, Cavaleira, Alto da Velha/Gulpilhares, lugar de Belinho, Agra das Antas, Monte da Ola; las necrópolis de sepulturas simples de Cimalha e Pego; las fosas de las Boucinhas, Cameixa, Campo de Postigo, Faísca, entre otras. Próximas a los poblados están bien patentes en Chedeiro y en las Boucinhas y, eventualmente, en Gandón, Cameixa o Fontela de Figueiredo, contextos que creemos del Bronce Inicial. A partir del Bronce Medio este fenómeno se materializa mejor, como se puede comprobar en la necrópolis de Tapado da Caldeira, cercana al poblado de Bouça do Frade, Baião, en la gran necrópolis de Cimalha, Felgueiras, localizada en la periferia del poblado del mismo nombre. Durante el Bronce Final aumentan estos casos. Pensamos en la necrópolis de Pego, en la vertiente sur del poblado y dentro de una empalizada que circunda esta estación; en la cista de Sr.a de Lurdes, en el interior de un recinto murado del poblado del mismo nombre; en la estructura cistoide de Santinha, en el interior de un área delimitada por un murete de contención de tierras, en la vertiente oriental de este poblado y en la fosa cubierta con piedras y conteniendo una urna, externa al talud que circunda la acrópolis de S. Julião; -Segundo, los monumentos bajo tumuli no megalíticos, con más probabilidad de ser vistos por sus constructores y realizados según una tradición ancestral, se sitúan en áreas amesetadas o montañosas con mayor predisposición para las actividades pastoriles, siempre en lugares alejados de los poblados del Bronce Inicial, Medio o Final; -Tercero, las reutilizaciones de los túmulos megalíticos son comunes a todos los espacios geográficos; -Cuarto, los enterramientos en cueva y en abrigo son un fenómeno oriental en el contexto del Noroeste Peninsular. Partimos de la premisa de que el lugar escogido para depositar los muertos, así como el tipo de soluciones arquitectónicas que se les asocian, no son arbitrarios, o condicionados por factores geográficos, sino metáforas de la estructuración social (Hodder 1990) o producciones simbólicas en el sentido de P. Bourdieu 1989 y, por tanto, íntimamente relacionados con los diferentes modos como las comunidades se habrían implicado en el paisaje y lo habrían percibido. Se entiende aquí 'paisaje' como un lugar de experiencias acerca del mundo, un sitio de significaciones en el cual lo sagrado y lo profano, lo simbólico y lo práctico se encuentran intrínsecamente relacionados (Hill 1993). A partir de ahí parece lícito plantear la hipótesis de que las necrópolis de cistas, de sepulturas simples y de fosas serían materialidades conectadas con comunidades muy implicadas con actividades agrícolas, sedentarias, con un fuerte sentido de la territorialización y con un dominio y conocimiento profundo del territorio. Sólo este tipo de sociedades podrían haber sepultado a sus muertos en estructuras discretas y en lugares difícilmente identificables por otros que no fueran los habitantes locales, en necrópolis, a veces, de dimensiones considerables, en una gran interacción entre la muerte y las restantes áreas de la vida diaria. Las comunidades más implicadas con paisajes de montaña, eventualmente más dependientes de prácticas pastoriles y con modos de vida que implicarían mayor movilidad, creemos que serían las responsables de la construcción de estructuras funerarias más visibles (monumentos bajo tumuli de tradición megalítica), en una concepción del mundo que parece privilegiar, todavía, la "acotación" de los lugares experimentados a través de la muerte. Tampoco podemos descartar la hipótesis de que, en algunos casos, este tipo de sepulturas resultase de muertes ocurridas en el marco de comunidades con economía mixta que, en época estival, efectuasen desplazamientos estacionales a las áreas montañosas con el ganado comunitario, una práctica típica del Noroeste de la Península Ibérica hasta los inicios del siglo XX. Ello podría explicar la ausencia de poblados, naturalmente situados en cotas más bajas. Una particularidad de estos tumuli es aparecer, a veces, relativamente aislados o el hecho de que, cuando se agrupan, exhiban una diacronía en la ocupación de varios siglos, quizá anunciando sitios tradicionalmente recorridos por muchas generaciones de pastores. El tipo de construcción usado podría estar relacionado con varios factores como, por ejemplo, la necesidad de marcar el lugar de los muertos en territorios donde las fronteras son fluidas, volviéndose memoriales, o con la necesidad de crear arquitectónicas mnemónicas en relación con los monumentos megalíticos, como forma de integrar mentalmente los espíritus de los antepasados. Tal vez por esta razón se habrían ubicado en lugares a veces impresionantes y con amplio dominio visual (Vilaça y Cruz 1999), factores que contribuyeron a que D. Cruz y R. Vilaça (1999) los considerasen como marcadores de espacios sagrados o de reunión de pueblos vecinos. En los casos en que las comunidades parecen haber tenido un tipo de vida muy dependiente de la explotación minera se verifica la existencia de enterramientos intencionales en el interior de las propias minas, como en El Aramo y El Milagro, en Asturias, tal vez indicando el papel del cuerpo como ofrenda en lugares impregnados de gran carga mítica, pero simultáneamente utilizados para extraer mineral de cobre como subrayó Miguel Ángel de Blas Cortina (2003, 2005). Tal fenómeno parece evidenciar, una vez más, la ausencia de separación entre los mundos dichos "domésticos", "profanos" y "sagrados". La reutilización de monumentos megalíticos, durante toda la Edad del Bronce, podría relacionarse con la importancia ideológica del control del pasado y de la historia de los personajes míticos, poniéndolos al servicio de los nuevos órdenes ideológicos y sociales en la perspectiva de P. Bourdieu (1989) y en la perspectiva de que the remaking of the past in the past was both a creative act and an interpretation (Bradley 2003: 226). No es exclusiva de estas regiones la utilización de cuevas y abrigos, naturalmente, ligada a la disponibilidad de este tipo de espacios subterráneos. A veces, aparecen con otros contextos funerarios, como en Macedo de Cavaleiros donde, además de numerosos abrigos, hay una ne-crópolis de cistas. Así el uso de estos espacios naturales tendrá que interpretarse por su propia importancia simbólica o por la del monte, sierra o valle donde se implanta el enterramiento. Tal podría ser la situación de los depósitos de huesos o de los enterramientos en las diferentes cavidades del valle do Angeira o del enterramiento aislado de la cueva de Fuentenegroso, ambos casos lejos de cualquier poblado coetáneo. Pensando el cuerpo como una materialidad (Sofaer 2006; Fahlander y Oestigaard 2008), otro aspecto que procuramos interpretar fue el del papel social que los vivos habrían conferido a los cadáveres, durante la Edad del Bronce. Para ello analizamos los variados tipos de ofrendas y de adornos que acompañaron a los muertos ya en términos micro-espaciales, ya de su frecuencia o ausencia en términos diacrónicos, teniendo en cuenta, igualmente, el tipo de tratamiento dado al cadáver. A partir de la base empírica aislamos las siguientes tendencias: -durante el Bronce Inicial se enterraron algunos cuerpos con ofrendas o adornos de excepción y de grande valor social (Lám. XIII), siempre en estructuras que exigían alguna inversión constructiva, como cistas, pequeños tumuli o monumentos megalíticos, proveyéndose a los restantes cadáveres de las necrópolis de dádivas más modestas; -durante el Bronce Medio desaparecen los adornos de gran valor social siendo la norma la escasez o ausencia de ajuar junto a los cadáveres (Bettencourt 2005c); -en los contextos del Bronce Final se mantiene lo que se ha descrito o los enterramientos no se acompañan de depósitos. Estos últimos pueden materializarse mediante recipientes cerámicos tradicionales, como los vasos de ancho borde horizontal (Lám. XIV) o mediante un nuevo repertorio artefactual, como las tazas carenadas, las urnas, algunas formas de ollas (13), las pesas de telar sobre cantos rodados, fusayolas, etc., también manipulado en los contextos residenciales. En este período todavía hay algunos enterramientos excepcionales con adornos en bronce. En Paranho (Vilaça y Cruz 1999) y, muy probablemente, en los Granjinhos (Bettencourt 1995(Bettencourt, 1999(Bettencourt, 2000c) ) se verificó que los vasos sólo parecen servir como receptáculo de las incineraciones en ciertos contextos. En el tratamiento dado al cuerpo destacamos: -la preponderancia de la práctica de la inhumación en diferentes contextos del Bronce Inicial y Medio. Se detectaron cadáveres en decúbito dorsal en las cistas de Quinta da Água Branca y en Agra de Antas; en decúbito lateral en las minas de El Milagro y El Aramo y de cócoras, en la tumba 1 de Vale Ferreiro. Las dimensiones considerables de muchas cistas y sepulturas simples, de estos períodos, indican igualmente esta práctica; -el mantenimiento del ritual de inhumación hasta finalizar el Bronce Final, tal como nos indican las dimensiones y características estratigráficas de las sepulturas simples de la necrópolis del Pego y del enterramiento de Fuentenegroso. Tal práctica se desprende, igualmente, de las dimensiones de las cistas de Curvos; -la práctica de la manipulación de partes del cuerpo físico, en lugares excepcionales, como en Chao Samartín (Villa y Cabo 2003; Villa 2005) y, probablemente, en el poblado de La Campa Torres (Mercadal 2001) en contextos del Bronce Final; -a pesar de que conocemos incineraciones desde el Calcolítico, como se puede comprobar por la datación de los restos incinerados de la estructura cistoide de Agro de Nogueira (Bettencourt y Meijide 2009), todavía ignoramos la amplitud y significado de esta práctica durante el Bronce Inicial y Medio del Noroeste, dado que las incineraciones de la estructura cistoide de Gandón, Cangas de Morrazo y de una de las cistas de la necrópolis de la Praia da Rola, Muiños (Bettencourt 2009c), no fueron datadas radiométricamente, y los indicios de cenizas y de carbones, en varios monumentos bajo tumuli de la Beira Alta apenas permiten admitir la importancia de los ritos de fuego en el contexto del mundo sepulcral de estos períodos (Cruz y Vilaça 1999). Pero, también sobre la cista de inhumación de la Quinta de Água Branca y en el área contigua existieron identidad grupal, en un lugar dado. Desde esta perspectiva sugerimos que los objetos extraordinarios que acompañaban estos cuerpos sólo fuesen formas de representación de un cierto poder simbólico, materializado en estos nuevos ancestros y en los agentes que los manipulaban y los mantenían activos en la memoria colectiva (Bettencourt 2008(Bettencourt, 2009a(Bettencourt, 2009c(Bettencourt, 2010)). Tal asunción nos aleja de las concepciones en las que, en el marco de la arqueología procesual, se han interpretado estas sepulturas como correspondientes a príncipes, jefes o altos dignatarios, en el ámbito de sociedades muy jerarquizadas. Nuestra hipótesis parece ganar consistencia cuando observamos que, durante el Bronce Medio, tales artefactos/ ofrendas de gran valor comunitario desaparecen de las sepulturas. Ello revelaría, al menos en el plano simbólico, poca distinción social o una aparente igualdad social entre los muertos en una forma de estar en el mundo en la que los cuerpos en cuanto cadáveres perderían su importancia como referentes de la memoria social (Bradley 2000). Es posible admitir una situación en que, legitimada la posesión de los nuevos territorios ocupados en el Bronce Inicial, a partir del Bronce Medio la filiación en las comunidades ya no se establecería con respecto a un determinado ancestro, jugando el cadáver un papel sólo en el caso de la descendencia de un linaje individual. Esta situación se habría potenciado durante el Bronce Final, cuando el sitio de enterramiento ya nunca traduciría un escenario público de negociación de la identidad social sino sólo lugares donde se afirmarían las relaciones de parentesco y los lazos familiares. Tal presupuesto podría justificar, por ejemplo, la mayor invisibilidad de las estructuras funerarias, su mayor aproximación a los poblados y la menor especialización de los recipientes cerámicos asociados a las prácticas funerarias. Tales características, bien patentes en el Bronce Final de las tierras bajas, parecen argumentar en favor de la hipótesis de que los actos relacionados con la muerte se interrelacionaban, cada vez más, con otras acciones de la vida diaria. Pero si, de una forma general, el cadáver parece perder importancia como materialidad usada para promover la identidad social y como legitimador de la ocupación de un territorio, el mantenimiento del cuerpo físico o de partes del mismo hasta terminar el Bronce Final, indica la persistencia, por lo menos en algunos lugares, de una visión cosmológica en la que este es todavía esencial y manipulable en acciones de carácter colectivo. Así se ha interpretado la manipulación de partes del cuerpo y su depósito posterior en otros contextos, como la bóveda craneana detectada en la entrada del recinto de Chao Samartín y la mandíbula de Campa Torres, consideradas reliquias fundacionales (Villa y Cabo 2003; Barroso et al. 2007b) o tal vez de personajes míticos, actuantes como elemento de interconexión, por lo menos en el plano simbólico, entre el mundo de los muertos y el de los vivos. Otras veces el cuerpo podría haber funcionado como "ofrenda" en lugares tradicionalmente "sagrados", como en el enterramiento aislado de Fuentenegroso, donde una joven fue enterrada en una galería recóndita de una cueva en la sierra de Cuera, en la que hay enterramientos desde el Mesolítico (Barroso et al. 2007a). mos anteriormente, pero también, a través de las primeras estelas grabadas con simbología metálica (Lám. XV) y de la reinterpretación de algunos espacios de "arte rupestre". Allí se graban ahora puñales y alabardas, explicados como una forma simultánea de individualización y de perpetuación de las imágenes tradicionales de los ancestros por parte de los nuevos actores del poder (Bueno Ramírez et al. 2005; Bueno y Balbín 2006). Tampoco se excluyen acciones que implicaran la reocupación de otros lugares naturales previamente utilizados, como la sierra de Cuera donde se realizaron diversas inhumaciones en cuevas o abrigos, desde el Mesolítico (Barroso Bermejo et al. 2007) o el valle de Angeiras donde hay varias cuevas sepulcrales desde, por lo menos el Calcolítico (Bettencourt 2009c). Todavía cabe señalar la frecuentación de antiguos recintos monumentales, como el de Castelo Velho de Freixo de Numão, Vila Nova de Foz Côa (Jorge 2006) o el de Forca, Barca, Maia (Bettencourt 2009b). La legitimación de la ocupación de las nuevas tierras parece efectuarse a través de algunos cadáveres acompañados de artefactos de gran valor simbólico y social, depositados en las necrópolis correspondientes a la nueva red de poblamiento; en el depósito de cadáveres en las minas de cobre de El Aramo y El Milagro; en la construcción ex-nihilo de nuevos sitios destinados al culto de algunos muertos que serán manipulados a través de procesos de transmisión de la memoria y se mantendrán activos en la larga duración, como parece ser el caso de Vale Ferreiro (Bettencourt et al. 2005; Bettencourt 2008Bettencourt, 2009a)); en el grabado o depósito de nuevos símbolos de poder -las "armas" metálicas en cobre -en nuevos lugares naturales, como en la fachada más litoral del Noroeste de la Península Ibérica y en la más oriental, respectivamente. A partir del Bronce Medio los escenarios de negociación del poder y de la identidad social parecen trasladarse a otros contextos de acción distintos de las prácticas funerarias. Se sabe que durante este período se intensifican las prácticas agro-silvo-pastoriles bien patentes en las alteraciones de la cubierta vegetal y en la aparición de poblados de grandes dimensiones y se introduce la metalurgia del bronce lo que implica la explotación y la circulación de estaño, uno de los recursos abundantes en el Noroeste, así como la fabricación de piezas y su manipulación. De este modo creemos que las acciones y los escenarios de poder se van transfiriendo a la esfera de los vivos, como por ejemplo a donde se explota el estaño, como podría indicar el depósito de un hacha de tipo Bujões/Barcelos en la mina de la Folgadoura, Viana do Castelo; a los lugares de fabricación, manipulación y deposición de artefactos en bronce, estos últimos bien patentes en diferentes espacios naturales relacionados con las aguas, con los afloramientos y con el propio subsuelo (Bettencourt 1999;2005c;2009a); a la edificación de una estatuaria de grandes dimensiones donde se graban nuevas armas y nuevos símbolos de poder y a los escenarios donde éstas se erigen y, por último, pero no menos importante, al interior de los mismos poblados, cada vez mayores y más impresionantes en el paisaje (Bettencourt 2009a). Esta variedad de escenarios y de acciones, algo distintas de las del período anterior, indican comunidades que viven y perciben, en tér-minos simbólicos, un nuevo modo de estar en el mundo más sedentario, más antropizado, más basado en las prácticas agrícolas de base cerealista y en la actividad pastoril a gran escala, así como en la explotación de nuevos terrenos relacionados con la extracción de estaño, materia prima ciertamente cargada de propiedades particulares (Bettencourt 1999;2000a;2003; Bettencourt et al. 2007;2009a; Bettencourt y Fonseca 2009). En el Bronce Final la eventual pérdida de importancia del cadáver físico, sobre todo en los lugares o períodos en que los indicios de incineración parecen ser más usuales, nos permite presumir que las materializaciones de las acciones de negociación del poder y de promoción de la identidad grupal deben continuar obteniéndose en una multiplicidad de lugares y de actos, en una lógica que se inicia en el período anterior. vez el poder se materialice, de forma más intensiva, en la extracción y en los actos que culminan en la deposición de metal en lugares naturales, que au-mentarán considerablemente en el Bronce Final; en los diversos tipos de poblados donde éste se fabrica y manipula a pequeña escala; pero también y cada vez más, en el interior de aquellos emplazamientos en altura verdaderamente excepcionales, a veces con murallas, y donde las acciones implican la manipulación de varios y diversificados artefactos metálicos, entre otros de materias primas excepcionales, y, algunas veces de gran cantidad de recipientes cerámicos extraordinarios (2009a). Nos referimos, por ejemplo, a los recintos de Chao Samartín, Grandas de Salime, en Asturias (Villa y Cabo 2003; Villa 2005) (Fig. 8), a S. Julião, Vila Verde (Lám. XVII) y quizás Vila Cova-à-Coelheira, Vila Nova de Paiva (Loureiro 2003), ambos en la Beira Alta, cuya localización y arquitecturas excepcionales, por sí solas, expresan "dominio y superioridad" en términos del entorno. En esta lógica, también es probable que se intensifiquen las estatuas-menhires del Noroeste, durante el Bronce Final ( 14), actuantes como agentes sociales Lám. Localización de S. Julião, Vila Verde. (14) A pesar de la tendencia reciente a fechar las estatuas-menhires del Noroeste de la Península Ibérica, provistas de un símbolo de forma trapezoidal, en cronologías antiguas, creemos que la mayoría de ellas deben asignarse al Bronce Medio y al Bronce Final, ya sea porque las historias o relatos relacionados con los seres humanos son transferidos principalmente a las esferas de la vida, durante estos períodos, ya sea porque existen paralelos en bronce para los colgantes de extremo distal en trompeta representados en la estatua-menhir de São João de Ver, Portugal. Estos aparecen en los niveles arqueológicos I y II del Castro de Torroso, Mós, Pontevedra, con tres fechas de radiocarbono entre 800 y 540 AC (Peña Santos 1992), es decir en la Edad del Bronce Final o a principios de la Edad del Hierro regional, según el autor. donde toma cuerpo la memoria del poder de algunos actores o de personajes míticos (Bettencourt 2008(Bettencourt, 2009a(Bettencourt, 2010) ) cuyas "historias" se recuerdan a través de los símbolos allí grabados (Fig. 9). Hipótesis similar fue defendida por R.J. Harrison (2004) para explicar las estelas del Bronce Final del suroeste de la Península Ibérica. En esta lógica de la ocupación e interacción con el territorio y de la pérdida de importancia de los muertos como agentes de agregación social no tiene sentido pensar que las estatuas del Noroeste tuvieran un carácter extrictamente funerario, como varios autores han sostenido. Habría que interpretarlas, más bien, como el elemento visible de los lugares públicos y de reunión. Esto podría explicar el hecho de que estén vinculadas a las rutas de tránsito, como se ha defendido hace tiempo (Bettencourt 1995, S. Jorge 1999a, etc.) y de que se iergan, a menudo en espacios abiertos. De cualquier modo es posible que, en algunas localidades del Noroeste, "todo vuelva al principio" y que, de nuevo, en el Bronce Final, algunos cadáveres ganen protagonismo como entidades sociales portando adornos en bronce, pero ello sólo podrá comprenderse en la lógica de las contingencias. En suma, si cabe admitir que la investigación de estos últimos años permitió un conocimiento considerable sobre la muerte durante la Edad del Bronce del Noroeste de la Península Ibérica, también es verdad que nuestras interpretaciones privilegian aún una amplia escala de análisis siendo, por tanto, reductoras en términos de los particularismos que parecen prefigurarse, debiendo, por eso, abordarse como punto de partida para estudios de carácter más local dentro de una perspectiva necesariamente holística. La Edad del Bronce en el Noroeste de la Península Ibérica: un análisis a partir de las prácticas funerarias 143 Reutilización de monumentos neolíticos Referencia Laboratorio Fecha BP 2 sigma cal. del Bronce en el Noroeste de la Península Ibérica: un análisis a partir de las prácticas funerarias 147 Monumentos bajo tumuli del Bronce en el Noroeste de la Península Ibérica: un análisis a partir de las prácticas funerarias 151 La Edad del Bronce en el Noroeste de la Península Ibérica: un análisis a partir de las prácticas funerarias 155
Dionisio Urbina Martínez (*) Óscar García Vuelta (**) Se exponen los resultados del primer estudio realizado sobre un nuevo conjunto de materiales metálicos del Bronce Final recuperado a finales de 2008 en las excavaciones arqueológicas del yacimiento de Las Lunas (Yuncler, Toledo, España). La localización geográfica del hallazgo, lejos de las principales zonas de dispersión conocidas para este tipo de conjuntos, la singularidad de los objetos que integra, y las relaciones atlánticas y mediterráneas que evidencian sus materiales, lo convierten en un ejemplo destacado para el estudio de este período en el centro de la Península Ibérica. En el mes de agosto de 2008, las excavaciones arqueológicas realizadas en el poblado de Las Lunas (Yuncler, Toledo) permitieron recuperar un nuevo depósito de materiales metálicos del Bronce Final. Este conjunto está formado por una veintena de objetos de bronce, entre los que se hallan herramientas, piezas de adorno y restos de fundición, pudiendo considerarse -tanto por los materiales que incluye como por su contexto arqueológico-un ejemplo destacado entre los aparecidos hasta el momento en la Meseta Sur. En ese sentido, es importante señalar que a diferencia de otros muchos depósitos de materiales metálicos del Bronce Final de la Península Ibérica, el de Las Lunas ha sido recuperado en el interior de un poblado y en el transcurso de una excavación arqueológica. Ambos datos son de una gran relevancia en una región que se consideraba alejada de las principales áreas de dispersión de este tipo de conjuntos, y en la que predominaban hasta la fecha los hallazgos de materiales aislados y descontextualizados. Por otro lado, a la poco frecuente posibilidad de estudiar e interpretar el conjunto en su contexto arqueológico, se suma el interés que ofrece el estudio de cada uno de los diferentes grupos de materiales documentados, que en muchos casos ofrecen cuestiones abiertas en su investigación. El objetivo de estas páginas es presentar estos materiales al colectivo científico, sin pretender agotar los sugerentes temas que se derivan tanto del análisis pormenorizado de las piezas como de la propia interpretación del conjunto y del yacimiento en el que fue recuperado, temas que serán abordados en detalle en próximos trabajos. EL POBLADO DE LAS LUNAS El yacimiento de Las Lunas está próximo a la localidad de Yuncler, en la comarca toledana de La Sagra (Fig. 1). Se asienta sobre terrenos de suaves lomas arenosas hoy desprovistas de cubierta vegetal, aunque en la toponimia y la vegetación de la zona quedan indicios de la antigua existencia de pequeñas lagunas alimentadas por los cauces de tres arroyos, de las cuales aún se conservan algunas manchas de terreno encharcadas. El yacimiento ha dejado una huella perfectamente reconocible en el paisaje, que se extiende por unas 10 ha. Este hecho es en sí mismo excepcional, pues hasta hace poco se consideraba que los asentamientos del Bronce Final/Hierro I en la región eran de pequeño tamaño, e incluso de carácter estacional (Blasco 2007), con excepciones como la de Ecce Homo, con una extensión próxima a las 5 ha (Almagro Gorbea y Fernández-Galiano 1980). La actuación arqueológica en la que se produjo el hallazgo afectó únicamente a 1 ha del yacimiento (1) y permitió documentar dos momentos de ocupación: uno correspondiente a época romana y otro al período del Bronce Final y Hierro I. Dentro de este último, fue posible diferenciar a su vez cuatro fases constructivas sucesivas. La más antigua se identifica arquitectónicamente con estructuras caracterizadas por pequeñas zanjas, de apenas 10 cm de ancho y una profundidad de 5 a 15 cm, pertenecientes a cabañas de tendencia circular u ovalada, con tamaños entre 20 y 40 m 2, aunque existe algún ejemplo de cabaña larga absidada que puede llegar a los 60 m 2. La siguiente fase se correspondería con estructuras definidas por agujeros de poste, identificándose hasta el momento 5 cabañas de este tipo, con plantas ovaladas y entradas orientadas al E cuyas superficies oscilan desde los 35 a 70 m 2. A la tercera fase de ocupación tan sólo se pueden asociar ciertas alineaciones de agujeros de poste, al haber sido fuertemente afectada por los restos de época romana. La última fase identificada se documenta únicamente en algunas zonas no arrasadas por los niveles romanos, en forma de elementos aislados aunque no carentes de interés. Este es el caso de una estructura rectangular con paredes de barro, que constituye uno de los escasos ejemplos del poblado en los que se constatan niveles afectados por el fuego y donde existen indicios de abandono precipitado. Entre las producciones cerámicas, y a la espera de un estudio detallado de las mismas, se observan escasas variaciones en los niveles del Bronce Final, donde destacan por su abundancia los fragmentos de grandes contenedores, usualmente con las superficies exteriores escobilladas. Por lo que respecta a la cerámica fina, aparecen numerosas cazuelitas bruñidas con carenas altas, así como vasos de perfiles bitroncocónicos con decoración sobre el hombro a base de frisos incisos, a veces combinados con la excisión, en los que son frecuentes los mamelones con perforación horizontal sobre la propia carena. Aunque los acabados suelen ser reductores, negros en su mayoría, no faltan ejemplos bruñidos con acabados rojos a la almagra. En los niveles superiores correspondientes al Dionisio Urbina Martínez y Óscar García Vuelta Fig. 1. Mapa de situación del depósito de piezas de Bronce de Las Lunas (Yuncler, Toledo). inicio de la Edad del Hierro, junto a los tipos descritos que perviven, aparecen también algunos cuencos pintados postcocción, destacando los que presentan motivos geométricos en amarillo sobre fondo rojo, así como los cuencos troncocónicos de base plana o umbilicada con mamelones de perforación horizontal junto al borde, que aparecen ya en las necrópolis del Primer Hierro de la zona (p. ej. Penedo et al. 2001). Entre los elementos metálicos hay largos pasadores con cabeza redondeada o trapezoidal característicos de momentos del Bronce Final, junto a otros como una pulsera recuperada en el sector C5, con paralelos en necrópolis del Primer Hierro como la cercana de Arroyo Culebro (Penedo et al. 2001) o la levantina de Les Moreres (González Prats 2002). Se han descubierto asimismo indicios de actividad metalúrgica, evidenciados por varios acúmulos de escorias localizados en los sectores A2-B2 y H8 del poblado, o por un fragmento de molde de fundición aparecido en el talud del borde meridional de la zona excavada. No obstante, estos datos deben manejarse con precaución, pues el yacimiento se encuentra todavía en una fase de análisis. Sin duda uno de los aspectos más destacables del poblado de Las Lunas es la abundancia y complejidad de las estructuras documentadas. A pesar de que distintos agentes alteraron los restos de los niveles arqueológicos del Bronce Final/Hierro I impidiendo una visión de conjunto de toda el área, las evidencias de estructuras de habitación conforman un denso y complejo entramado de huellas de agujeros de poste y pequeñas zanjas, de entre las cuales hemos podido diferenciar al menos una veintena de cabañas. Para dar una idea de esta complejidad, mencionaremos que se han cartografiado 1900 agujeros de poste y que se han exhumado más de 90 hogares o estructuras de combustión. Un entramado arquitectónico de tales dimensiones nos resulta hasta el momento desconocido en los yacimientos de este período en el centro peninsular (2). EL CONJUNTO DE MATERIALES METÁLICOS 3 a 5) está compuesto por un total de 20 objetos de bronce, incluyen-do piezas completas e incompletas junto a restos de fundición, con un peso conjunto de ca. Los materiales mejor representados son las herramientas, recuperándose 8 piezas en su mayor parte completas: dos hachas de talón y dos anillas; dos hachas planas con una anilla; un martillo y una punterola de cubo; un punzón cuadrangular completo y otro fragmentado. Se localizaron también tres piezas de adorno con decoración geométrica incisa: un fragmento muy deteriorado de brazalete, otro correspondiente probablemente al puente de una fíbula de codo de considerables dimensiones, y una aguja o punzón aparentemente completa, con decoración muy similar a la de la pieza anterior. El inventario del conjunto se completa con 8 restos de fundición, entre ellos el cono de llenado de un hacha de talón y otro cono que pudo corresponder a un hacha plana, junto a salpicaduras, goterones y restos de colada en molde. En el momento de su recuperación las piezas, actualmente restauradas, estaban muy mineralizadas y afectadas por la corrosión. La mayoría de los objetos, y en especial los de mayor tamaño, presentaban además profundas grietas y deformaciones, coincidiendo generalmente con las zonas de arista, así como diversas roturas superficiales. Estas características afectaban a todo el grupo de las herramientas (L-1 a L-8), destacando el mal estado de la punterola L-6, que hizo necesaria su reconstrucción, o las deformaciones observables en el martillo L-5. Las grietas y la corrosión perjudicaron igualmente a los objetos de menor tamaño (L-9, a L-12) y a los restos de fundición (L-13 a 20), impidiendo una adecuada reconstrucción de la secuencia ornamental de las piezas (L-11). Las piezas fueron descubiertas en el sector sureste -H8-del área excavada, en un estrato arenoso, sobre una superficie ocre endurecida, con restos de barro quemado (Lám. Se encontraban en su mayor parte apiladas, con las dos hachas de talón dispuestas en la parte superior, reposando sobre las hachas planas, a cuyos lados se distribuía a su vez la mayor parte de los elementos de menor tamaño (Lám. Tres de los objetos -el martillo, la manilla y la punterola-estaban desplazados de su ubicación original, sin duda por acción de efectos postdeposicionales de carácter natural (Fig. 2). Estos materiales evidenciaban una línea hacia el E indicada por el martillo, recuperado apenas a 5 cm del apilamiento, la manilla, a unos 40 cm y la punterola, a ca. No hay evidencias estratigráficas o materiales de que las piezas fueran depositadas en un hoyo u otro tipo de estructura, por lo que suponemos que debieron apilarse directamente sobre el suelo, o bien dentro de algún contenedor que no ha dejado huellas en el registro arqueológico, como un ces-to de mimbre, una caja de madera o un saquito de cuero. Los bronces se hallaron junto al borde de una estructura de tendencia circular. Por desgracia, no se ha conservado la huella completa, de modo que no podemos conocer su planta exacta ni su extensión. El conjunto se asociaría en principio a la primera fase constructiva del poblado. Dionisio Urbina Martínez y Óscar García Vuelta Detalle de la disposición de los materiales del conjunto de Las Lunas (Yuncler, Toledo), en el momento de su aparición. Detalle del área excavada en el poblado de Las Lunas (Yuncler, Toledo), con indicación del punto de aparición del conjunto de objetos metálicos. Planta de las estructuras asociadas al conjunto de bronces en el poblado de Las Lunas (Yuncler, Toledo). veles de los suelos de ocupación de estas estructuras más antiguas están cubiertos por un estrato de 30 cm de potencia, formado por arenas sueltas de color parduzco, entre las que se hallaron numerosos restos cerámicos muy fragmentados y en su mayoría pertenecientes a grandes recipientes de paredes gruesas sin alisar. Estas características nos hacen pensar en un nivel de explanación, que sepultó los estratos entre los que estaba el conjunto metálico, a fin de disponer una nueva superficie. En ella han aparecido varios hogares, destacando el situado a unos 7 m al sureste, formado por 4 capas de fragmentos de vasijas rematadas por una superficie de tierra endurecida por el fuego. Entre ellos, se hallaron los restos de un cuenco con pintura postcocción a base de motivos geométricos en amarillo sobre fondo rojo. Estas cerámicas fueron clasificadas por Almagro Gorbea (1977: 460) en el grupo 4/ tipo Meseta, situándolas entre los siglos VII y V a.C. aunque estudios recientes han establecido su cronología desde el siglo IX a finales del VIII a.n.e. 1, PA13502A y PA13502B: pieza de considerable grosor y cuerpo esbelto, que se ensancha desde la parte intermedia conformando un filo de desarrollo amplio, asimétrico y ligeramente ladeado. Los planos frontal y posterior incluyen acanaladuras de ca. 6,5 cm de longitud que parten de la garganta de tope, de 1,3 cm de altura. Las paredes laterales son prácticamente rectas y están bien repasadas. Las anillas ofrecen una notable anchura, situándose su arranque a la altura de la garganta. La base del hacha tiene sección rectangular. Dimensiones (cm) y peso: longitud: 24,7; anchura máx.: 7,5; anchura zona con anillas: 6,9; grosor máx.: 4,5 cm. Anillas: diámetro máx: 3,3 y 3,6; diám, mín: ca. La garganta de tope tiene una altura máxima de 1,15 cm. Dimensiones (cm) y peso: longitud: 24,9; anchura máx.: 7,7; anchura zona con anillas: 6,6; grosor máx.: 4,5. Destaca el pequeño tamaño del orificio de la anilla de suspensión, muy cerrada, y el desigual estado de conservación de los planos del ejemplar, observándose en uno de ellos un rehundimiento de la superficie en la zona central no apreciable en el opuesto, muy afectado por la corrosión. Entre la anilla y la base, de sección rectangular hay ca. de 4 cm. De tipología próxima a la anterior, aunque con significativas diferencias formales. Peso inferior, laterales más rectos y filo menos desarrollado. Su anilla, más abierta y de diámetro superior, está a una distancia de 6,1 cm del extremo posterior. Las características y estado de conservación de sus planos laterales son similares a los del ejemplar L-3. Anilla: diámetro máx.: 2,95; diám. mín.: 1,4; anchura máx.: ca. 1, PA13506): ejemplar de reducido tamaño con sección rectangular que se adelgaza desde la parte posterior a la frontal, ligeramente deformado. Presenta una zona distal moldurada de 1,5 cm de altura y motivos en relieve en V formados por 4 bandas paralelas en los planos laterales. La boca de enmangue es rectangular (1,4 ́1,6 cm) y tiene una profundidad de 5,1 cm. La parte activa, de ca. La pieza, fabricada en molde bivalvo, se encuentra bien repasada. En uno de los latera-Dionisio Urbina Martínez y Óscar García Vuelta Fig. 3. Materiales del conjunto de Las Lunas (Yuncler, Toledo). Hachas de talón y hachas planas (L-1 a L-4). Dibujo de C. Urquijo. les de la parte distal se aprecia un pequeño espigón de ca. Motivos en V: longitud: 3,1; anchura máx: ca. 1, PA13515): de considerables dimensiones, muy deteriorada faltando cerca de un tercio de su parte superior. Ofrece una zona distal moldurada de sección circular de 2,9 cm de altura, observándose restos de espigones en sus laterales. La boca de enmangue, incompleta, tiene ca. El cuerpo central presenta sección elipsoidal, con dos de sus lados aplanados, y está muy afectado por profundas grietas y fracturas. El grosor de las paredes pasa de 1 cm en la parte superior, a 0,5 cm hacia la zona central. Su extremo inferior es una punta redondeada, notablemente deformada. Dimensiones (cm) y peso: longitud: ca. 1, PA13509): aparentemente completo, de sección cuadrangular, adelgazada progresivamente hacia el extremo inferior, y de superficie redondeada en el extremo superior, cuya sección es prácticamente rectangular (4). Dimensiones (cm) y peso: longitud: 9,1; anchura máx.: 0,7; anchura mín.: 0,3. 1, PA14001): corresponde en apariencia al extremo superior ligeramente apuntado de un punzón de sección cuadrangular, similar por sus dimensiones a la pieza L-7. El cuerpo central tiene sección subcuadrangular y está decorado con series de motivos geométricos incisos, que se interrumpen cerca del extremo superior, de menor grosor y sección rectangular. El extremo inferior se adelgaza para formar una aguja de sección circular de unos 5,5 cm de longitud, que se conserva fracturada. La decoración, mal conservada, alterna 3 bandas de reticulado con 2 bandas más anchas de motivos en aspa con perfil en V. Todas las series quedan delimitadas por grupos de 2 ó 3 finas líneas horizontales. El patrón ornamental de esta pieza es muy similar al observable en el ejemplar L-10 del conjunto. Sin embargo no ha podido constatarse hasta el momento que ambos fragmentos, muy probablemente relacionados en origen, hayan podido formar parte de un mismo objeto (vide infra). 1, PA13508): pertenece probablemente al puente y parte del arranque de la aguja de una fíbula de codo decorada, de considerables dimensiones (vide infra). La zona identificable como la parte central del puente es de sección circular -elíptica y tiene un grosor medio de 1 cm. La superficie del metal se adelgaza hacia la zona de arranque de la aguja, con sección circular y grosor medio de 0,5 cm. La decoración geométrica incisa es muy similar en su composición y ejecución a la de la pieza L-9, comenzando en este caso las series de uno de los extremos con una banda de triángulos rayados. Dimensiones (cm) y peso: longitud: 10,7. Está decorado con series de motivos geométricos incisos, de las que conserva tan sólo algunos restos de líneas paralelas y zonas aisladas de reticulado, que no han permitido la reconstrucción de la secuencia ornamental. Dimensiones (cm) y peso: longitud: 5,5; anchura media, 1,3; grosor máx. aro: 1; grosor medio 0,75; desarrollo: ca. 1: PA13507): prácticamente completa, con cuerpo central en forma de C, integrado por dos barras lisas de sección circular separadas por una barra torsionada. Los extremos están formados por voluminosas argollas circulares perpendiculares al cuerpo central. (4) Sus claras similitudes con el fragmento L-8, podrían hacer pensar en su pertenencia a un mismo objeto. Sin embargo, la no coincidencia de las zonas de sección y las diferencias de composición observadas en el estudio analítico (Tab. Agradecemos al Dr. Ignacio Montero (CCHS, CSIC) sus precisiones en este sentido. parte superior. Posiblemente formaron parte de un sistema de sujeción o soporte. La pieza fue probablemente fabricada con la técnica del vaciado a la cera perdida, presentando algunas pequeñas fracturas y zonas de superficie irregular en el cuerpo central. Dimensiones (cm) y peso: diámetro (eje horizontal): 11,2; diámetro (eje vertical): 6,2. Anillas: diámetro máx. (eje horizontal): 3,9; diámetro máx. (eje vertical): 3,6; anchura máx.: 1,85; grosor medio 1,1. Conserva espigones laterales de sección rectangular y en la parte inferior una huella de corte, de ca. 2,1 cm de altura y 3,9 cm de anchura -correspondiendo ca. 3,2 cm al talón de la pieza-. Pudo pertenecer a una de las dos hachas de talón del conjunto (¿L-2?). Dimensiones (cm) y peso: altura: 3,5; diámetro máx. (eje vertical): 5,1; diámetro mín. (eje vertical): 3; anchura máx. (eje horizontal): 6,5. Su parte superior ofrece una superficie lisa, ligeramente inclinada, formando uno de los laterales un codo de superficie plana por la parte inferior e inclinada por la superior, de sección rectangular (3 cm ́1,15 cm). Pudo pertenecer a un hacha plana. Dimensiones (cm) y peso: altura: 2,2; anchura máx.: 4; grosor máx.: 2,35. 1: PA13513): o adherencia, de superficie irregular por uno de sus lados y plana por el opuesto. Ofrece un estado de conservación desigual en ambas caras, así como algunas grietas. Dimensiones (cm) y peso: longitud: 8,8; anchura máx.: 8,5; grosor medio: 0,8; grosor máx.: 1,2. 1: PA14000): de forma irregular en la parte superior; en la inferior, arranca una zona de sección rectangular (ca. Probablemente resto de una colada en molde que sirvió para elaborar un objeto con esta sección, quizá una barra o cincel. 1: PA13999): de forma irregular en la parte superior, fracturado en su parte inferior, con grietas en varios puntos de su superficie. 1: PA14002): de forma irregular, observándose profundas grietas en su superficie. Goterón de fundición (Fig. 5; Tab. 1: PA14003): de superficie ligeramente redondeada, fracturado en un extremo. Dimensiones (cm) y peso: longitud: 1,6; anchura máx.: 1; grosor máx.: 0,7. Goterón de fundición (Fig. 5): conserva una zona con sección circular de grosor irregular y un extremo redondeado de superficie aplanada. Está mineralizado y afectado por corrosión. Dimensiones (cm) y peso: longitud: 2,05; anchura máx. (extremo): 0,6; grosor aro: 0,5; grosor extremo: 0,4; longitud extremo: 0,7. El estudio arqueométrico realizado sobre los materiales ha consistido en la determinación de su composición elemental mediante Fluorescencia de Rayos X (XRF) (5). Para ello, se ha utilizado un espectrómetro Meteorex X-MET 920MP con detector de Si (Li) y fuente de americio 241, instalado en el Museo Arqueológico Nacional. Los tiempos de adquisición se fijaron en 300 seg y los valores cuantitativos fueron calculados a partir de patrones certificados. Los análisis se han expresado como porcentaje en peso de cada uno de los elementos detectados (nd= no detectado, tr= trazas). Hay que advertir sin embargo que debido a los límites de detección en las condiciones de análisis, cantidades inferiores al 0,1 % para ní-quel (Ni), cinc (Zn), arsénico (As) y bismuto (Bi) podrían existir. Se han realizado un total de 23 tomas analíticas (Tab. 1) sobre 19 de los 20 objetos inventariados en el conjunto, con la excepción del resto de fundición mineralizado L-20. En todos los casos se ha procedido a una limpieza mecánica previa de la zona a analizar mediante abrasivo para eliminar la pátina superficial. Para evitar posibles errores derivados de la poca homogeneidad de las coladas, se han realizado dos tomas (filo y parte posterior) sobre las hachas planas y de talón (L-1 a L-4). Los resultados obtenidos muestran unas aleaciones binarias Cu-Sn, con unos valores medios bastante característicos en la metalurgia del Bronce Final de la Península Ibérica. Tan solo en una de las tomas (PA14003), correspondiente al resto de fundición L-19 el valor de plomo es superior al 1 %. Los valores de estaño oscilan en la mayoría de los casos entre el 9 y el 14 %, superándose ligeramente este valor en los análisis PA13999 y PA14000, correspondientes a los restos de fundición L-17 y L-16 respectivamente. Estos valores se aproximan a los obtenidos para otros hallazgos de estas regiones, como el depósito de armas de Puertollano, en Ciudad Real (Montero et al. 2002: 19; Fernández y Rodríguez de la Esperanza 2002), y se alejan de las aleaciones ternarias Cu-Sn-Pb documentadas en hachas de talón del área Noroeste o la cornisa cantábrica, fechadas probablemente ya en momentos avanzados del Bronce Final (Sierra et al. 1984; Rovira 1995: 53 y ss;2004: 28, entre otros). El estudio analítico de los materiales metálicos de Las Lunas no ha concluido; queda pendiente la comparación de los resultados obtenidos con los análisis por FRX de otros objetos, así como de las evidencias de producción localizadas en el poblado, actualmente en curso (6). APROXIMACIÓN AL ESTUDIO DE LOS MATERIALES Los materiales de Las Lunas cuentan con una representación desigual en el registro arqueológico conocido para el Bronce Final de la Península Ibérica, documentándose la convivencia de tipos de origen atlántico, mayoritarios en el conjunto, con objetos de clara influencia mediterránea. Tanto en uno como en otro grupo, las piezas constituyen en algunos casos ejemplos singulares, y en otros, parte de tipos cuya investigación sigue abierta. Valores expresados en % en peso (nd = no detectado). Los elementos del conjunto mejor documentados son las hachas de talón con dos anillas, tipo de origen atlántico que cuenta con abundantes ejemplares en la Península Ibérica, en contraste con su menor presencia en otras regiones europeas. Actualmente se acepta que surgen en la Europa Atlántica a partir de las hachas de rebordes, extendiéndose por regiones como el Sur de Inglaterra o Bretaña en el Bronce Final II, desarrollándose sucesivamente modelos de hachas de talón sin anillas, con una, y con dos anillas. El tipo se adoptaría en la Península Ibérica probablemente a partir de la importacion de modelos sin anillas, desde los cuales se iría configurando una producción de piezas anilladas a lo largo del Bronce Final III (Fernández Manzano 1986: 116 y ss). Por el contrario, la presencia de este tipo de hachas disminuirá a partir de estos momentos en otras regiones atlánticas (Fernández Manzano 1986: 39; Delibes et al. 1999: 90-91) e igualmente en el ámbito mediterráneo, documentándose, por ejemplo en el conjunto sardo de Sa Idda (Taramelli 1921: 22-24). La dispersión de estas hachas muestra una clara concentración en el cuadrante Noroeste de la Península -especialmente en el Sur de Galicia y Norte de Portugal-. Buena parte de los estudios sobre estos materiales son de corte tipológico, destacando el extenso trabajo de L. Monteagudo (1977) (7). Posteriormente, diversos autores han estudiado nuevos hallazgos (p.e. Coffyn 1985) o matizado las clasificaciones previas (p.e. Contamos con recientes aportaciones a escala regional (p.e. Herrán 2008), pero seguimos careciendo de publicaciones generales actualizadas o de una información suficientemente detallada para el adecuado estudio comparativo de todos los ejemplares conocidos, haciéndose necesarias nuevas revisiones de este grupo en el ámbito peninsular. Los hallazgos de hachas de talón con anillas en la Submeseta Sur son escasos y se encuentran descontextualizados. Las dos piezas de Las Lunas se diferencian significativamente de las anteriores por su morfología, robustez y gran peso. En cambio, la semejanza entre ambas sugiere su procedencia de un mismo molde, correspondiendo quizá al hacha L-2 el cono de fundición L-13 del conjunto (Tab. A falta de un estudio exhaustivo de los posibles paralelos, y con las reservas expuestas anteriormente podríamos señalar también algunas similitudes con ejemplares procedentes principalmente de la Meseta y zona Norte, catalogados entre las variantes del grupo 32 de Monteagudo (1977: 189 y ss) (8). Las hachas planas con anillas constituyen un tipo menos frecuente en la metalurgia peninsular del Bronce Final, con una dispersión más reducida que se concentra en la Meseta Norte (Delibes et al. 1994 y 1999: 97 y ss; Herrán 2008). Se han planteado diferentes opiniones respecto a la funcionalidad, las relaciones y la génesis de este tipo, que ha llegado a considerarse propio de la Península Ibérica (Díaz-Andreu 1988: 39). Algunos autores las consideraron un modelo previo o prototipo de las hachas de talón, fechable en torno al Bronce Final I (Coffyn 1985: 199), otros en el Bronce Final III (Fernández Manzano 1986: 116-117). Los trabajos más recientes han apoyado esta datación, valorando su interpretación como tipo intermedio entre las hachas de talón y las de apéndices laterales, datable en torno al siglo VIII a.n.e. La mayoría de los ejemplares conocidos proceden de hallazgos aislados e incorporan dos ani-llas (9). En su día dos ejemplares, uno incompleto procedente de Quintana de Bureba, en Burgos (Monteverde 1969: 227) y otro de Dehesa de Romanos, en Palencia, fueron considerados como hachas con una anilla (Monteagudo 1977: 156, núms. 932 Formalmente, las hachas de las Lunas -sin evidencias de la incorporación de una segunda anilla-se aproximan al grupo A1 definido por Delibes et al. (1999: 96) (11). Este grupo integra ejemplares con cuerpo trapecial y lados rectos, cuya anchura aumenta progresivamente desde la base hasta el filo, diferenciándose de los característicos meseteños de cuerpo esbelto y filo expandido. En función de esta clasificación, y a falta de nuevos datos, el paralelo más cercano podría establecerse en una pieza del conjunto de Sotoscueva, que como el de Las Lunas, incorpora también hachas de talón con dos anillas (Delibes et al. 1994) ( 12). No obstante, podemos indicar también el reciente hallazgo de un molde de piedra para la fundición de hachas planas con una anilla en el yacimiento castellonense de Sant Joaquim, en la sierra de La Menarella (Pérez et al. 2007: 167, Fig. 122), que contribuye a confirmar la producción de este tipo, así como su aparición fuera del ámbito de dispersión observado hasta el momento (13). Los martillos de cubo constituyen otro tipo de origen atlántico documentado en la metalurgia europea desde la transición Bronce Medio-Final. En el contexto europeo, fueron estudiados por investigadores como A. Jockenhövel, que en función de su reducido tamaño medio planteó su posible uso en actividades artesanales metalúrgicas, como el repaso de piezas laminares de bronce (1982: 461; Barril et al. 1982: 381). Hasta el momento, su presencia es casi excepcional en el Bronce Final peninsular, aunque se conoce un ejemplar con procedencia incierta de Portugal (Coffyn 1985: 222), y un molde de fundición de Regal de Pídola, en Tamarite de Litera, Huesca (Barril et al. 1982: 375 y ss). El martillo portugués ofrece notables diferencias formales con el de Yuncler, incorporando dos anillas y una nervadura central (Coffyn 1985: 222, Lám. El molde de Tamarite representa un martillo de características formales más parecidas, con cuerpo esbelto, boca cuadrada y un motivo en forma de V invertida en los planos laterales (Barril et al. 1982: 375-78, Figs. Carece sin embargo de molduras en el cuerpo e incorpora un botón en resalte en el plano lateral, elemento ausente en el martillo de Las Lunas. El molde oscense se integra en un hallazgo casual formado por otros dos moldes de arenisca, uno para la fabricación de espadas y otro, múltiple, para fundir barras y agujas (Barril et al. 1982: 371 y 375). Originalmente se señaló su posible datación entre el Bronce Final III, por sus semejanzas con otras herramientas de enmangue tubular (vide infra) (14), y el Bronce Final II, en relación con el molde de espada de posible tipo Hemigkofen aparecido en el mismo conjunto (Barril et al. 1984: 377-378). (11) En una de las más recientes propuestas de clasificación, estos autores dividen las hachas planas con anillas en dos grandes grupos, a partir de la incorporación (Grupo B) o ausencia (Grupo A) de esbozos de talón, diferenciando 2 variantes por grupo, en función de la presencia de cuerpos de forma trapecial (1) o cuerpos esbeltos con filo expandido (2) (Delibes et al. 1999: 97). (12) Formado al parecer por 7 hachas, de las cuales 3 permanecen en paradero desconocido. (13) Agradecemos al Dr. X.L. Armada las primeras referencias sobre este molde y a D.a A. Barrachina habernos facilitado la mención a este hallazgo, aún en fase de publicación en el momento de redactarse estas páginas. (14) La presencia de decoraciones en V se ha documentado también recientemente en otros moldes oscenses, como los empleados para la elaboración de cinceles de cubo procedentes del poblado de Vincamet [ver Gallart i Fernández, J. "El poblado de Vincamet (Fraga, Huesca): nuevos datos de la actividad metalúrgica de un asentamiento del grupo Segre-Cinca II (1250-950 cal. a.n.e.)". V Simposio Internacional Sobre Minería y Metalurgia Históricas en el Suroeste Europeo. Otras referencias formales próximas para estos martillos están en el grupo de las hachas de cubo sin anillas, estudiado por Hardaker (1976), Monteagudo (1977) o Coffyn (1985). El reducido tamaño de los ejemplares conocidos de este grupo ha llevado a defender también su utilización en actividades artesanales (Hardaker 1976: 154). Finalmente, molduras y motivos en V se documentan también en otras piezas formalmente próximas, como los cinceles de cubo (vide infra). El grupo de herramientas se cierra con un ejemplar de enmangue tubular, que interpretamos en función de su morfología como una punterola, y dos fragmentos de punzones de sección cuadrangular. Hasta el momento, no hemos documentado paralelos directos para la primera de estas piezas. Por su zona distal moldurada, podrían apuntarse también semejanzas con ejemplares del grupo de los cinceles de cubo datables en el Bronce Final III (Fernández Manzano 1986: 118-120), si bien éstos presentan un tamaño medio menor. Entre los materiales conocidos, cabría mencionar un ejemplar del depósito gallego de Hío, en Pontevedra (Monteagudo 1977(Monteagudo: 249, n.o 1714)); los meseteños de Saldaña y Valderrábano (Palencia), o el de Otero de Sariegos, en Zamora (Herrán 2008: 107, Lám. Cabe mencionar también un molde para la elaboración de ejemplares con decoraciones en V y zona distal moldurada en el yacimiento de Castell Salvà (Belianes, Lleida), o los recuperados en las excavaciones del poblado de Vincamet (Fraga, Huesca), recientemente presentados (15). Los punzones de sección rectangular o cuadrangular y superficie lisa que cierran el inventario de herramientas constituyen un tipo bastante frecuente en la Edad del Bronce en diferentes regiones de la Península. Algunos autores se han ocupado de su estudio (Rovira y Gómez 1994), y contamos con algunas revisiones regionales [URL]. Herrán 2008), pero el tipo carece de un catálogo actualizado. Como se ha señalado, la composición de los restos recuperados en Las Lunas, muy semejantes entre sí, indicaría la presencia de, al menos, dos punzones (Tab. Objetos de adorno y piezas de funcionalidad dudosa Por su estado de conservación o morfología, estas piezas ofrecen una interpretación compleja. Entre los primeros destaca un pequeño fragmento de brazalete o pulsera muy deteriorado con restos de decoración incisa, identificándose tan solo algunos restos de líneas paralelas y triángulos reticulados que no permiten una reconstrucción de su patrón ornamental (Fig. 6). Por su sección, podría considerarse entre las variantes del amplio grupo de brazaletes con secciones ovales, bien representado en diversas zonas del territorio peninsular (Lorrio 2008: 267 y ss). Entre las piezas geográficamente más próximas, está un brazalete que apareció en superficie en el poblado de la Muela de Alarilla, en Guadalajara (Lucas et al. 2005(Lucas et al. -2006: 134-38): 134-38), con ocupación de Cogotas I y Hierro Antiguo. Este ejemplar, cuya sección y dimensiones -1,3 cm de anchura y 0,7 cm de espesor-tienen valores similares a las del fragmento de Las Lunas, conserva toda su decoración incisa (Lucas et al. 2005(Lucas et al. -2006:: Lám. 2) aproximándonos al acabado final que pudo tener el fragmento toledano. Otra de las piezas de mayor interés del conjunto de Las Lunas es el fragmento L-10, que por su morfología y decoración interpretamos como parte del puente de una fíbula de codo, un grupo que plantea todavía diversas cuestiones a debate. De confirmarse esta interpretación, se trataría de un ejemplar muy poco frecuente debido especialmente a su gran tamaño, que supera los 10 cm de longitud. Esta característica llevaría a relacionarlo con modelos de origen mediterráneo, concretamente con piezas sículas de los tipos Cassibile II y III, y en especial con los tipos 15D de la fase IIB de Cassibile (Turco 2000: 97). Estas fíbulas cuentan con escasos paralelos en la Península Ibérica, siendo el más cercano un ejemplar de procedencia incierta publicado por Almagro Basch (1957: 17 y 18) con 12,1 cm de anchura y 0,7 cm de grosor, y una decoración incisa próxima a la del fragmento de Las Lunas (Soriano 1991: 23 y 28) (Fig. 7) (17). Otro ejemplar cercano al que nos ocupa aparece en el depósito de la Ría de Huelva, que algún autor considera el precursor de las fíbulas de codo que toman el nombre de este conocido depósito (Torres 1999: 171, Fig. VIII.5). Dentro de la misma categoría podría incluirse el ejemplar vallisoletano de San Román de la Hornija (Delibes 1978) o dos piezas portuguesas denominadas con arco serpeggiante a gomito de Sanfis (Mondim do Beira) y otra de Monte Airoso (Granja, Penedono) (Vilaça 2008: Las fíbulas de codo tipo Huelva -dentro de las que habría que englobar el ejemplar del yacimiento madrileño de Perales del Río (Blasco 1987), el más próximo geográficamente a Las Lunas-, constituirían un grupo diferenciado para unos autores (Ruiz-Gálvez 1993: 49; Torres 1999: 171-2). Pero no todos aceptan la procedencia siciliana de los modelos que hemos relacionado más estrechamente con la fíbula de Las Lunas, esto es Cassibile II-III, así Carrasco y Pachón (2006a: 271 y ss) se inclinan por considerar un origen peninsular para todas las fíbulas de codo que llaman de tipo Huelva, en cuyo esquema evolutivo los ejemplares aquí reseñados constituirían los prototipos más antiguos. Otro de los objetos del conjunto de Las Lunas, interpretable a priori como un alfiler o punzón decorado (L-9) presenta también diversos problemas de interpretación. No contamos con paralelos para este ejemplar, cuya ornamentación coincide en su técnica y composición con la documentada en la posible fíbula de codo L-10. Esta coincidencia podría hacer pensar en una relación entre ambas piezas. De confirmarse esta hipótesis, L-9 sería bien parte de otra fíbula en un estadio primario de elaboración o tal vez parte del mismo objeto que el fragmento L-10. Sin embargo, a pesar de su morfología, parece improbable que este ejemplar pudiera identificarse con la aguja de la mencionada fíbula o de otra similar, sin descartar una posible relación de origen entre ambos objetos. El asa o manilla decorada L-12 constituye sin duda una de las piezas más singulares del conjunto. Por su morfología y técnicas de elaboración, encuentra sus paralelos más próximos en un reducido grupo de objetos estudiados en el marco de las relaciones o contactos entre la Península Ibérica y el Mediterráneo Central a finales del II milenio a.n.e. Se trata de piezas con forma de asa o manilla, fabricadas a la cera perdida, que incorporan un cuerpo central decorado con motivos en Y en composiciones de espina de pez o sogueados, y extremos rematados por voluminosas anillas en disposición perpendicular, que pueden incorporar travesaños interiores o pequeños espigones. Los ejemplares pueden incluir también apéndices ornamentales de notable desarrollo -vástagos y puentes de espirales-en la zona de contacto entre cuerpo y anillas. Hasta la fecha se han identificado 7 objetos conservándose tan sólo uno completo. Los cuatro primeros, procedentes del conjunto de Monte Sa Idda (Fig. 8, n.o 1 a 4), fueron inicialmente interpretados como piezas tensoras de arco -tendiarco-a la espera de hipótesis más fiables (Taramelli 1921: 59-60). En 1998, se publicó un ejemplar completo hallado casualmente en el poblado de Pé do Castelo (Trindade, Beja) (Fig. 8, n.o 5), junto a un pequeño fragmento rematado con espirales del Castro de Praganza, en Cadaval, Lisboa (Lopes y Vilaça 1998) (Fig. 8, n.o 6). El inventario se completó con otra pieza prácticamente completa, descubierta en el Monte de São Martinho, en Castelo Branco (Fig. 8, n.o 7) probablemente a principios de los años 80 (Vilaça 2004). La falta de contextos y de paralelos ha hecho que el estudio de estos materiales ofrezca aún diversas cuestiones abiertas, relativas fundamentalmente a su funcionalidad, origen y significado. Dejando de lado las primeras hipótesis, los últimos estudios han defendido su función de sujetar, fijar o suspender otros objetos, empleando para ello las anillas y/o los pequeños espigones que incorporan estas piezas. Sin embargo, a pesar de la uniformidad estilística observable en el grupo, las diferencias en la decoración y la presencia, morfología y disposición de los elementos funcionales y ornamentales de los objetos, podrían indicar variantes en su forma de uso o incluso distintas funcionalidades. En función de su ornamentación a base de motivos en Y o en espiga (18), y su técnica de fabricación a la cera perdida, estas piezas se han estudiado en el marco de las relaciones entre la Península Ibérica y el Mediterráneo entre finales del II milenio e inicios del I milenio (Lopes y Vilaça 1998: 78; Vilaça 2004: 3 y ss;o Arruda 2008: 364), valorándose su importancia para el estudio de los contactos entre Cerdeña y el Centro de Portugal (Vilaça 2008: 393). Sin embargo, es difícil precisar con los datos actuales el carácter local o foráneo de los objetos, su valoración dentro de las comunidades indígenas (Vilaça 2004: 11-13), o la datación exacta de los materiales, al proceder éstos de hallazgos descontextualizados o de conjuntos -Sa Idda-que incorporan materiales de cronología diversa (Lo Schiavo 1991: 214, 220; Armada et al. 2008: 494). Las características formales del ejemplar de Las Lunas justifican a nuestro juicio su relación con las piezas de este grupo (Fig. 8). Al menos con 6 de ellas comparte técnicas de fabricación y probablemente una misma funcionalidad. Elementos propios de estos objetos son también los pequeños espigones que observamos en la parte interior de una de las anillas de la pieza de Las Lunas. Sin embargo, no incluye características sobre las que se ha centrado su interpretación, como la decoración en Y (Lopes y Vilaça 1998: 74; Vilaça 2008: 392), los espigones ornamentales que, completos o incompletos, se observan en la mayoría de las piezas, o los travesaños que incorporan las anillas de los ejemplares mejor conservados (Sa Idda 1, Pé do Castelo, Sao Martinho). Sus dimensiones son también ligeramente superiores (Taramelli 1921: 60; Lopes y Vilaça 1998: 67; Vilaça 2004: 6), si bien no disponemos de estudios formales detallados para todos los ejemplares, una circunstancia que afecta igualmente a los estudios sobre la composición del metal (Vilaça 2004: 6) (19). Destacamos, en primer lugar, la abundancia y diversidad de las herramientas de trabajo y su mejor estado de conservación respecto al resto de los objetos representados, pudiendo tratarse en su mayor parte de piezas en uso, que, como sucede con el martillo L-5, pudieron estar relacionadas con el trabajo artesanal (Vide supra). Por otro lado, elementos de adorno como los fragmentos de fíbula L-10 y de brazalete L-11-serían materiales amortizados destinados a la refundición y quizá ya en desuso en el momento de su deposición. Los restos de procesos metalúrgicos en el conjunto, como el cono L-13 y probablemente el L-14, se relacionan también con los tipos y objetos representados en el lote. En principio, y aunque la interpretación de este tipo de hallazgos siempre constituye una cuestión compleja, pensamos que el conjunto puede interpretarse como un depósito de fundidor, configurado con materiales de origen diverso, de inspiración tanto atlántica como mediterránea, a los que se suman elementos derivados de una producción metalúrgica local señalada por los restos de fundición. Esta actividad local está confirmada también por la aparición en el poblado de moldes de fundición, y por concentraciones de escorias en diversas áreas del yacimiento. No debe extrañar la existencia de talleres metalúrgicos en poblados de la entidad del de Las Lunas, por más que hasta hace poco apenas contásemos con evidencias de los mismos. Los restos de hornos y fragmentos de toberas hallados recientemente en el poblado de cronología similar y relativamente cercano de Las Camas, en Villaverde Bajo (Urbina et al. 2007: 71 y ss) así parecen confirmarlo. Los restos de fundición y los objetos de adorno ya deteriorados y en desuso, nos obligan a considerar, al menos parcialmente, el concepto de "chatarra de refundición" que utilizara Ruiz-Gálvez (2005: 254) para caracterizar otros conjuntos, como el de Baiões en Portugal, o la vivienda metalúrgica de Peña Negra en el levante español (Ruiz-Gálvez 1998: 253 y ss; 2005: 245 y ss). La presencia de materiales de influencia mediterránea en este hallazgo, se encuadra en la interacción entre las comunidades atlánticas y mediterráneas. Se ha defendido que dicha interacción fue un proceso gradual, que parece consolidarse ya hacia el siglo XI a.n.e., jugando el Medite-rráneo central -Chipre y Cerdeña-un papel predominante. Estas relaciones se reflejan con más claridad en determinados puntos peninsulares, como Huelva, el centro de Portugal o el bajo Segura, presentando otras zonas, como la que nos ocupa, un mayor nivel de aislamiento (Armada et al. 2008: 504-505). En estos momentos, sin embargo, las comunidades locales ya contarían con un nivel de desarrollo económico y territorial suficiente como para el mantenimiento de unas relaciones de larga distancia, y probablemente también con redes de relación con otros puntos de la Península Ibérica. En el momento de redactar estas líneas contamos únicamente con una datación radiocarbónica para el contexto en el que aparece el conjunto de bronces del yacimiento de Las Lunas, Yuncler (Toledo) (Fig. 9). La muestra corresponde a fragmentos de madera quemada (que se están analizando actualmente) hallados a la entrada de una cabaña de planta absidada localizada unos 6 m al Sur del hallazgo metálico y perteneciente al mismo nivel estratigráfico. Teniendo en cuenta el material de la muestra, la fecha podría tal vez rebajarse un poco, situándonos en torno al cambio de milenio. Existe una clara tendencia a subir las fechas en los últimos años. Por ejemplo Ruiz-Gálvez (1998: 208) situó el inicio del Bronce Final III a mediados del siglo X a.n.e., tras revisar al alza la cronología de la Ría de Huelva (Ruiz-Gálvez 1995). En torno al cambio de milenio se halla también la media ponderada de las fechas del cercano yacimiento de Las Camas (Urbina et al. 2007: 67-59). Por otro lado, a la fase IIB de Cassibile, dentro de la que podría encuadrarse el posible fragmento de fíbula de codo de Las Lunas, se la asigna una cronología de la primera mitad del siglo IX a.n.e. Aun con varios problemas, la fíbula de San Román de la Hornija se fecha dentro del siglo X a.n.e. (Delibes et al. 1995:58-59), entre el siglo X y IX el ejemplar valenciano ad occhio de la Mola d'Agres (Gil-Mascarell y Peña 1989), y fíbulas granadinas como la del Cerro de la Miel (Carrasco y Pachón 2006b). Estos autores rechazan la procedencia siciliana de los modelos que hemos relacionado más estrechamente con la fíbula de Las Lunas, liberándose de las cronologías sículas para centrarse en las peninsulares que abogan por el siglo XI a.n.e. como momento de comienzo del modelo, y fechan en el siglo X conjuntos tan conocidos como los de la Ría de Huelva o la Roça de Casal do Meio (Carrasco y Pachón 2006a: 283ss). Vemos, por tanto, que las fechas que se manejan para ejemplares como el aparecido en Las Lunas, coinciden grosso modo con las fecha de C 14 de finales del XI -inicios del X a.n.e. A la espera de completar los estudios en curso, varios son a nuestro juicio los aspectos a destacar en el conjunto de Las Lunas. En primer lugar su propia composición: incluye herramientas y objetos de adorno con características formales heterogéneas que, en buena medida, apenas cuentan paralelos exactos entre los hallazgos peninsulares. No es de menor importancia el hecho de que junto a las hachas de talón con anillas, muy bien documentadas en este período, convivan otras piezas que confirman variantes de tipos ya conocidos fuera de sus ámbitos habituales de dispersión (hachas planas con una anilla) o materiales que reflejan el tránsito de influencias mediterráneas y atlánticas entre diferentes áreas geográficas (asa o manilla decorada y posible fíbula de codo). En segundo lugar subrayamos el contexto de aparición de los objetos. El conjunto de Las Lunas constituye uno de los escasos ejemplos de depósitos localizados en el interior de un poblado y en el transcurso de una excavación arqueológica, en un horizonte dominado por los hallazgos casuales y descontextualizados. Tan sólo sería parangonable, en la Meseta Sur, el también recientemente descubierto depósito de armas de Puertollano (Fernández y Rodríguez de la Esperanza 2002), si bien éste no pudo adscribirse a un yacimiento determinado. El hallazgo de Las Lunas adquiere un mayor interés si atendemos a la información que aportará la ingente cantidad de material arqueológico exhumado, en fase de estudio. Podemos adelantar que el núcleo de habitación posee una notable extensión que alcanza las 8-10 hectáreas, y una gran complejidad estructural. Este tipo de yacimientos abre un horizonte mucho más rico de lo que se había llegado a suponer apenas hace unos años, que obligará, sin duda, a drásticas reformulaciones sobre el papel del centro peninsular en los procesos históricos del cambio del II al I milenio a.n.e. Finalmente, la aparición de estos bronces en la Submeseta Sur añade, sin duda, nuevos argumentos de interés al debate actual sobre la etapa precolonial en la Península Ibérica, así como al estudio de las relaciones entre ésta y los ámbitos Atlántico y Mediterráneo (Celestino et al. 2008). En ese sentido, aspectos como la posible coexistencia de una fíbula de codo perteneciente a uno de los tipos más antiguos junto a materiales plenamente atlánticos como las hachas de talón, o como la integración en el conjunto de una manilla decorada que nos remite al centro de Portugal, reforzarían las tesis que defienden los contactos 184 Dionisio Urbina Martínez y Óscar García Vuelta
Su desarrollo paralelo a los yacimientos con grabados al aire libre del Tajo Internacional dibuja un complejo entramado de símbolos con un importante papel en la definición de los territorios megalíticos. La identificación de figuras paleolíticas coincide con recurrencias similares documentadas en los yacimientos al aire libre del occidente peninsular, apuntando al recurso al pasado como uno de los argumentos de reivindicación y uso de territorios tradicionales. La profundidad cronológica del poblamiento en la cuenca interior del Tajo ha sido uno de nuestros referentes (Bueno 2000: 72). Universidad de Alcalá de Henares. 28801 -Alcalá de Henares (Madrid) Correos electrónicos: p.bueno.es; [EMAIL]; [EMAIL]; (**) Escola Superior de Conservación e Restauración de Bens Culturais de Galicia. (***) Taller de Arqueología Mancomunidad Sierra de San Pedro. Ayuntamiento de Santiago de Alcántara. Correos electrónicos: [EMAIL]; [EMAIL]; [EMAIL]; [EMAIL]; [EMAIL]; [EMAIL] Recibido: 19-XI-2009; aceptado: 8-II-2010. intención de diluir los asertos relacionados con la ausencia de población hasta muy avanzada la prehistoria reciente, como explicación única a la llegada de colonizaciones constantes, ya fuese del Este o del Oeste de la Península Ibérica. Las grafías destacan como uno de los sistemas de verificación más visibles de esa huella de un pasado prehistórico antiguo. Se acumulan sobre soportes pétreos y permanecen sobre los mismos -siempre que se conserven-, generación tras generación, constituyéndose en la mejor biblioteca del pasado (Bueno et al. 2008b; Peña y Rey 2001). Son uno de los parámetros más notables para analizar la posición de sus realizadores en los territorios que nos ocupan (Bueno y Balbín 2000a, 2000b). Con esas premisas hemos venido desarrollando proyectos de investigación en esta zona, que argumentan la presencia de población neolítica, calcolítica y de la Edad del Bronce a partir del estudio de las costumbres funerarias que revelan los enterramientos colectivos, y de los marcadores gráficos que los acompañan (Bueno et al. 1998(Bueno et al., 1999)). Los avances en Santiago de Alcántara han tenido expresión impresa en tres volúmenes y varios artículos científicos, pero el incremento de localizaciones pictóricas en la campaña del 2008 merece una nota como la que nos ocupa, que permita a colegas interesados en estos aspectos conocer los excelentes resultados de las prospecciones dirigidas. La suma de las localizaciones del 2008 y las obtenidas por nuestro equipo con anterioridad y posterioridad a éstas, alcanza diecisiete sitios. A ellos hay que sumar una nueva estación con grabados. Hemos utilizado la prospección intensiva dirigida a las zonas de altas expectativas de localización de pinturas y de grabados, para demostrar la escasa validez de los esquemas tradicionales en la distribución admitida para estos yacimientos en la Península Ibérica (Bueno et al. 2008a). Los resultados que brevemente exponemos aquí constituyen una evidencia empírica que abrirá vías de investigación novedosas para éste y para otros sectores inmersos en la tradicional definición de "áreas marginales" (Bueno y Balbín 2003). GRAFÍAS Y POBLAMIENTO EN LA CUENCA INTERIOR DEL TAJO. Nuestra dedicación a las grafías como fórmula de acercamiento a la simbología de sus realizado-res ha fijado en la presencia abundante de éstas en la zona del Tajo uno de los parámetros más visibles de la presencia humana (Bueno y Balbín 2000a, 2000b; Bueno et al. 2004). Ha sido su análisis detallado el que ha apoyado contundentes argumentos arqueológicos, estilísticos, cronológicos, sociales e históricos para valorar la amplia secuencia prehistórica de una región de excelentes recursos naturales, y evidentes facilidades de interconexión con el resto de la Península Ibérica. Asumimos una perspectiva diacrónica entendiendo los asentamientos humanos más estables de los primeros productores como el lógico desarrollo de un continuum poblacional que incluyó grupos cazadores y cazadores-recolectores (Bueno 1988(Bueno, 1991(Bueno, 2000;;Bueno et al. 2007). Hemos aplicado en nuestras prospecciones modelos clásicos relacionados con la localización de asentamientos humanos, comprendiendo en ellos los marcadores gráficos al aire libre, con el fin de integrarlos como uno de los parámetros de identificación de los territorios de sus habitantes a lo largo de la Prehistoria (Bueno y Balbín 2000a, 2000b). Precisamente el Tajo Internacional se constituye en significativo caso de estudio por su magnífico conjunto de grafías al aire libre (Baptista et al. 1978; Serrâo et al. 1972). La propuesta de que los megalitos se insertan en un territorio asociados a marcadores gráficos pintados y grabados al aire libre, y acompañados de otras evidencias muy visibles, como menhires, se aplicó al Tajo Internacional como tentativa de modelo predictivo (Bueno et al. 2004(Bueno et al., 2008a)). Su desarrollo en el área española está dando resultados como los que aquí se exponen, y en el área portuguesa empieza a aportar indicios de gran interés, tanto por lo que se refiere a la presencia de pinturas en un sector hasta ahora ausente de las mismas, como por la extensión de los grabados conectados con el río en la cuenca interior del mismo (Fig. 1). Una técnica no puede erigirse en definidor cultural de un área geográfica tan amplia como el suroeste. Tampoco resultaba convincente que el grabado fuese la expresión única del "atlantismo", frente a la "mediterraneidad" que protagonizarían las pinturas al aire libre (Bueno et al. 2008a), sobre todo de tener en cuenta nuestro amplio recorrido en el análisis del arte megalítico ibérico, expresión funeraria que demuestra la asociación de ambas técnicas precisamente en los lugares más atlánticos -si queremos usar esa expresión-, de la Península Ibérica (Bueno y Balbín 1992, 2003). De ahí que nuestras prospecciones se hayan dirigido también a aquellos sectores, esencialmente sierras y presierras, característicos de las ubicaciones mayoritarias de la pintura esquemática peninsular en sus áreas clásicas (Martínez 2006), habiendo obtenido evidencias de su presencia que continúan acrecentándose (Bueno et al. 2006). De manera que podemos confirmar que el Tajo Internacional, uno de los conjuntos más representativos de los grabados al aire libre de la Península Ibérica, es también uno de los más señalados grupos de pintura esquemática del suroeste peninsular. En el caso de la Sierra de San Pedro estas expectativas se evaluaron con un mapa de probabilidades a tenor del modelo predictivo brevemente expuesto, prospectando intensivamente la sierra con el objetivo de localizar pinturas y las áreas de las riberas del Tajo y sus afluentes, para documentar grabados. Estos mapas se han realizado para Valencia de Alcántara (Bueno y Vázquez 2008) y para Santiago de Alcántara, aunque el mayor desarrollo de los trabajos de campo en esta última localidad explica las diferencias en la cuantificación de yacimientos decorados. La perspectiva de ocupaciones antiguas visibles a partir de huellas gráficas ya se materializó El trabajo desarrollado no se ciñó a la documentación clásica, sino que apostó por establecer diagnosis sobre el estado de los abrigos con el objeto de proponer acciones de conservación-restauración (Carrera 2008), en la convicción de que las acciones integrales de patrimonio han de incluir este tipo de aspectos (Bueno et al. 2000). Fruto de esta perspectiva es la publicación de las intervenciones en los abrigos de El Buraco y La Grajera 1, en la que se recogen los protocolos de actuación como una sistemática básica que ha de conocerse, al igual que estamos obligados a divulgar la metodología de las excavaciones arqueológicas (Carrera et al. 2007). Paralelamente las actuaciones en los megalitos verificaron un amplio panorama simbólico que al interior y al exterior de los recintos funerarios (Bueno et al. 2004(Bueno et al., 2006(Bueno et al., 2008c)), redimensiona la delimitación simbólica del territorio de sus constructores. La prospección intensiva de la Sierra de San Pedro no puede dejar de lado que las ocupaciones humanas en forma de necrópolis y jo de la cota de El Buraco, lo destacan como el sitio más importante de esta primera agrupación de pintura postpaleolítica (Lám. Estos últimos se distribuyen en la subida, a partir del camino junto al cual se emplaza el primero de ellos, y hacia arriba, donde están los otros dos puntos de menor entidad. Todos enlazan sin dificultad con El Buraco, definiendo la vía más fácil de conexión a pie entre éste y la necrópolis de Era de la Laguna, en la que se han desarrollado nuestras actuaciones arqueológicas (Bueno et al. 2008c). El primero tiene varios paneles con temas de barras, puntos y soles y los otros dos, un único panel. Muy próximo a la ubicación actual del pueblo localizamos en la campaña del 2007 el abrigo de El Batán. Se sitúa en los crestones cuarcíticos que se elevan sobre una de las pozas del arroyo del mismo nombre, en las que el agua permanece incluso durante el verano. La destacada representación de figuras de placas de El Batán, reproduce materiales muebles antropomorfos con referencia en los ajuares de los monumentos excavados en Santiago y en Valencia de Alcántara (Bueno 1988(Bueno, 1992;;Bueno et al. 2006) (Lám. Frente a éstos, el abrigo de Cancho González se sitúa al otro lado del arroyo del Batán en un afloramiento muy destacado, en la cota 506 m. Su posición en la encrucijada entre el Camino de El Boquerón 1, un único panel que, a la espera de su estudio detallado, presenta restos de figuras paleolíticas. El Boquerón 2 es el abrigo más destacado de este conjunto. Muy visible, tiene varios paneles con motivos esquemáticos especialmente bien conservados. Alguno reproduce temas idénticos a los que hemos estudiado en La Grajera 1, proponiendo argumentos para valorar estos abrigos como conjuntos genéricamente contemporáneos. Su disposición vertical en las láminas que sobresalen de la pared en el interior del abrigo, aporta una secuencia casi teatral para el mensaje de estas figuras esquemáticas, especialmente bien conservadas. En una cota algo inferior, pero en la misma cresta, El Boquerón 3 y 4 reproducen situaciones similares a El Canchito 2 y 3, paneles aislados de escasa entidad que marcan el acceso hacia el abrigo más destacado del conjunto, en este caso, Boquerón 2. En la misma cota que los abrigos 3 y 4 de El Boquerón, la pared vertical de Boquerón 5 alberga contornos zoomorfos en gruesa pintura roja, de estilo paleolítico. En el camino hacia el interior de la llanada trujillano-cacereña se localiza otro conjunto de abrigos, El Esparragal, al pie del Castillo del mismo nombre y sobre el rico valle del Aurela, en el que conocemos ocupaciones calcolíticas funerarias y habitacionales (Bueno 1994; Bueno et al. 2006Bueno et al., 2008)). Tres pequeñas oquedades con barras, puntos y antropomorfos y un abrigo más grande y visible en la parte más alta del cerro que, pese a su mala conservación, aúna diversas figuras. Arriba paneles verticales colgantes del techo de Boquerón, Santiago de Alcántara. Abajo: vista de la entrada del yacimiento. Abrigos del paso de la Grajera, Santiago de Alcántara y Valencia de Alcántara. Arriba: antropomorfo encuadrado en puntuaciones de Grajera 1. Detalle del caballo figura 4 del Conjunto 2 de la Grajera 2, con calco en figura 4. Medio: entrada a Grajera 1. Abajo: paso de la Grajera. El lugar en el que se localizan las figuras paleolíticas más visibles conecta con el sector más blanco de la caliza del soporte. Destaca una figura de caballo en la zona central con la pata delantera hacia atrás, la cabeza maciza y despiece de crinera. Sobre él, un bóvido en posición casi vertical asociado a un signo oval, y a su izquierda, la cabeza de un ciervo con cornamenta rígida. A su derecha, otra posible figura de caballo de la misma tipología que el anterior, y en la parte inferior izquierda, otro caballo más de menor tamaño, que conserva parte de un cuerpo globuloso y las patas en movimiento. El estilo de las figuras representadas y su asociación: toros y caballos, apunta a repertorios conocidos de estilo III y IV antiguo en el Sur de Europa, tanto en cueva (Delluc 1991), como al aire libre (Balbín y Alcolea 1994) (Fig. 4). Más allá del paso de la Grajera y presidiendo el amplio valle del Aurela en su apertura hacia las llanadas interiores, se localiza el gran abrigo de El Aprisco. En su pared sureste se aprecian restos de pintura roja aún sin estudiar. Los diecisiete yacimientos pictóricos inventariados se concentran en las crestas cuarcíticas de la sierra, aunque en diversas alturas de la misma. La confluencia de mayor altura, proximidad al agua, soportes en cueva y complejidad decorativa, apunta a una organización jerarquizada entre los distintos núcleos. De este modo creemos factible sostener que de cada uno de los conjuntos sobresale un abrigo-cueva en el que se desarrollaron los temas más complejos. Este se sitúa en una cota más alta que el resto de los abrigos acompañantes y se asocia a un acuífero evidente, ya sea una surgencia, caso de El Buraco, una poza, o un arroyo o línea fluvial. Pequeñas superficies decoradas se agrupan en su entorno, siempre en una cota más baja, más alejados del agua y con temas más sencillos. El Buraco y los tres abrigos de El Canchito constituyen una de estas agrupaciones; El Boquerón 2 y todos los abrigos de su entorno otra; El Esparragal 1 y los otros dos enclaves que se sitúan en el camino de su acceso, otra. Posiblemente La Grajera 1 y 2 apuntan a otro grupo que la continuación de las prospecciones acabará por engrosar. La interesante confluencia de pintura paleolítica y postpaleolítica en los mismos núcleos: Boquerón, Grajera, confirma usos largos de un mis-Fig. Calco de la zona central del Conjunto 2 de la Grajera 2, Valencia de Alcántara, Cáceres: 1. cabeza de ciervo con cornamenta; 2. bóvido en sentido vertical asociado a signo oblongo; 3. restos de caballo; 4. caballo fotografiado en lámina IV arriba a la derecha; 5. restos de cuadrúpedo; 6. Caballo. mo territorio, alejando las tradicionales hipótesis de la colonización como vía única de explicación para el poblamiento reciente del interior peninsular. PALEOLÍTICO Y POSTPALEOLÍTICO EN EL INTERIOR PENINSULAR: UNA PERSPECTIVA DE ANÁLISIS A TRAVÉS DE LAS SECUENCIAS GRÁFICAS No hace tantos años que hubiese sido imposible imaginar la potencia de las ocupaciones paleolíticas y postpaleolíticas del Tajo Internacional. El trabajo de distintos equipos de investigación ha ido configurando un notable cúmulo de datos que comienzan a romper con muchos de los establecimientos preconcebidos sobre el decurso prehistórico de estas regiones. Precisamente una de las líneas de investigación que más frutos ha producido ha sido la de las grafías prehistóricas. Entender que éstas responden a huellas de actividad humana y han de valorarse en un concepto integral que incluya otras evidencias, ha sido y continúa constituyendo uno de los motores que impulsa el conocimiento de estos sectores marginales de la Península Ibérica (Bueno y Balbín 2000a, 2000b, 2003). La proyección en el Tajo Internacional de las expectativas que han venido aportando los yacimientos del Duero (Bueno et al. 2007b; Bueno 2008), es una hipótesis latente en los trabajos dedicados a los grabados de la región. Ya M.V. Gomes (1990), aplicando el modelo de Valcamónica trasladado por Anati (1968) a los petroglifos gallegos, argumentó que algunas figuras del Tajo pertenecían al estilo "estilizado-dinámico", proponiendo un decurso largo de origen anterior al Calcolítico-Bronce que sería el momento de apogeo de estos "santuarios" (Gomes 1989). La posibilidad de decoraciones realizadas en los primeros momentos del Holoceno posee datos de interés en el Tajo, en los que ahora no vamos a entrar, pero es de lógica que corroborarla en el lado español sea una de nuestras expectativas. De hecho, en nuestros trabajos sobre El Buraco y La Grajera 1 (Bueno et al. 2006; Carrera et al. 2007), hemos valorado secuencias gráficas de figuras esquemáticas sobre figuras más naturalistas, destacando el papel de grandes antropomorfos similares a los documentados en el abrigo portugués de Todo el arte paleolítico al aire libre se ha venido definiendo como grabado, pese a que existía alguna referencia pictórica a la que los propios investigadores no se decidieron durante algún tiempo a categorizar como paleolítica. Nos referimos a los bóvidos de Faia que, como en el yacimiento Grajera 2, poseen grafías posteriores asociadas (Baptista 2008: 72). Ya el equipo de Balbín (Balbín y Alcolea 2001) había reparado en que la técnica no era un argumento sustancial para la adscripción paleolítica. La presencia de pintura pudo tener un papel no cuantificable por evidentes problemas de conservación. De hecho, las analíticas realizadas en el yacimiento de Siega Verde han verificado el uso de ocres y manganeso (Balbín y Alcolea 2009). Los hallazgos de la Sierra de San Pedro añaden a estas expectativas la confirmación de que las secuencias gráficas paleolítico-postpaleolítico al aire libre se desarrollaron tanto en grabado como en pintura, lo que aunque esperable (Bueno et al. 2004(Bueno et al., 2008a) ) no se había detectado hasta el momento. La existencia de paneles como el de La Grajera 2 constituye un contundente argumento a favor de la riqueza y variedad del mundo expresivo de los cazadores paleolíticos hasta en sus confines menos documentados por la cultura material. Su estilo encaja sin problemas con el documentado en localizaciones próximas como Maltravieso y Escoural (Lejeune 1996), además de con el arte más antiguo del interior peninsular documentado en cueva (Balbín y Alcolea 1994). No es nuestro objetivo discutir acerca de la problemática actual de los estilos de Leroi-Gourhan (1974), pero parece necesario recordar que su argumento era estrictamente arqueológico y que su sintonía con las fechas directas obtenidas para el arte paleolítico es lo suficientemente significativa como para continuar defendiendo su operatividad (Alcolea y Balbín 2007). La situación actual del Arte Paleolítico en la zona española debe comenzar por insistir en el destacado papel de las grafías al aire libre, en un área en la que las únicas prospecciones organizadas se han centrado en el trabajo de dos equipos, el del Jefe del Servicio de Arqueología de la Junta, H. Collado desarrollando inventarios con apoyo de empresas, y el nuestro. Por tanto con la absoluta certeza de que lo que hasta el momento tenemos es una pequeña muestra de una pano-rámica que en los próximos años será sensiblemente mayor. Aún así, es lo suficientemente reveladora de que los esquemas tradicionales acerca de la despoblación del sector se han resquebrajado contundentemente, y nunca más podrán volver a utilizarse como argumento de colonizaciones constantes de territorios despoblados (Bueno et al. 2008a). Extremadura tenía referencias paleolíticas en cueva desde la publicación de la de Maltravieso (Ripoll et al. 1997(Ripoll et al., 1999)). Su desgraciada historia al interior de uno de los basureros de la ciudad ha sido rescatada recientemente con un proyecto de limpieza de su entorno, y de ubicación de un Centro de Interpretación, que resarce parte de la incuria en la que tanto tiempo estuvo sumida (Canals et al. 2005). Con posterioridad se han publicado otros indicios de arte paleolítico en cueva o abrigo (Collado 2008). Hablar de zona española en la época que nos ocupa no deja de ser un recurso retórico, pues no es posible proponer reconstrucciones históricas con fronteras inexistentes en el paisaje real donde el Tajo y las sierras que lo rodean son la mejor de las evidencias para plantear fuertes conexiones, como aún hoy día demuestra la sistemática social y cultural a ambos lados de la frontera política. La corroboración de cazadores paleolíticos en el ámbito del Tajo en torno a 22.000 años antes del presente no es extraña en una dinámica ocupacional de largo recorrido, que va contando cada vez con más referencias. Pero situarlos como grupos plenamente integrados en las dinámicas culturales del Sur de Europa, arte paleolítico incluido, dimensiona las capacidades de interacción de los mismos y conduce a miradas más complejas sobre la más antigua historia del occidente peninsular (Balbín y Bueno 2009). Se ha abierto, pues, el abanico de ubicaciones paleolíticas en la región del Tajo, que tiene en la continuación de localizaciones al aire libre en la cuenca interior (Jordá et al. 1999), datos para ligar éstas con las documentadas por el equipo de la UAH en el curso alto del río (Balbín y Alcolea 1994). Así grafías al aire libre y grafías en cueva comparten territorios en los mismos sectores, apuntando a que su posición no depende de la destreza mayor o menor de sus autores, ni de su contacto más o menos directo con las "fuentes" cantábricas, sino muy probablemente, de un sistema complejo de marcación de los lugares de interés para el grupo que a lo largo del año puede in-cluir cuevas, abrigos, y zonas al aire libre (Bueno et al. 2007: 579). En ese marco de imbricación estrecha entre grafías al aire libre y grafías en cueva, proponemos integrar el panel pintado de La Grajera 2, una ubicación de cazadores del Paleolítico Superior en el marco de uno de las mayores áreas de yacimientos decorados al aire libre, el Tajo Internacional. El arte paleolítico se asocia muy directamente a los lugares de habitación (Balbín y Alcolea 1999) y de subsistencia, reiterando pautas locacionales del arte postpaleolítico (Bueno y Balbín 2001) y, por tanto, ampliando sensiblemente la reconstrucción de la situación de los grupos de cazadores en el Sur de Europa (Balbín 2008a y b). Paneles paleolíticos y paneles postpaleolíticos verifican una agregación de soportes en los mismos emplazamientos que aboga por la definición de auténticos territorios tradicionales (Bueno 2008): aquellos que son utilizados de modo recurrente generación tras generación por grupos que los marcan con sus símbolos. El respeto por las superficies más antiguas y su integración en los espacios concebidos para las decoraciones más recientes, sugiere una cierta empatía que si bien no puede tildarse de comprensión del significado de las viejas grafías de los cazadores europeos, cuando menos permite proponer que éstos se asimilan y reivindican como parte del pasado de los grupos humanos que protagonizaron la Prehistoria Reciente de la región. El proyecto "Marcadores gráficos y megalitos en Santiago de Alcántara" en el que se enmarcan estos trabajos es subvencionado por la Junta de Extremadura y el Ayuntamiento de Santiago de Alcántara. La Consejería de Empleo de la Junta de Extremadura ha apoyado la creación del Taller de Arqueología de la Mancomunidad Sierra de San Pedro, con el que se han desarrollado las prospecciones de la campaña del 2008. F. Pérez y F. Muñoz apoyaron los inicios de nuestro proyecto, además de impulsar la Primera Reunión Internacional sobre Prehistoria del Tajo Internacional, cuyos resultados han visto la luz recientemente en un volumen de la serie BAR (Bueno et al. 2008a(Bueno et al., 2008c)). La Consejera actual, L. Flores, ha sido muy receptiva al mantenimien-to de todas estas iniciativas, al igual que la Directora General E. Díaz y el Jefe de Servicio de Arqueología, H. Collado, que ha mostrado especial sensibilidad con nuestro proyecto. La novedad y potencialidad arqueológica que han revelado los trabajos arqueológicos en la zona son la base de la dotación de un Centro de Interpretación de Megalitismo y Arte Rupestre en Santiago de Alcántara con apoyos de fondos FEDER, que estará en funcionamiento en el primer trimestre del 2010. La constancia e interés del alcalde de la localidad y Presidente de la Mancomunidad de la Sierra de San Pedro, J. Garlito, es la base de nuestra continuidad en Santiago. A C. Flores, técnico del Ayuntamiento hemos de agradecerle sus continuas y diligentes gestiones. Hemos contado, además, con el apoyo del Ayuntamiento de Valencia de Alcántara, en la persona de su alcalde L.C. Moreno, de su concejala de Turismo, R. Vela y de su técnico, J.C. Corchero. Las prospecciones y nuevas localizaciones de abrigos pintados tienen en los santiagueños A. Batalla, A. Bravo y Anastasio "Catrán" Jiménez, los pioneros de un camino que, ahora podemos confirmar, tiene mucho aún por recorrer. Secuencias gráficas Paleolítico-Postpaleolítico en la Sierra de San Pedro.
Los botones de perforación en V han sido tradicionalmente considerados como un elemento en cierto modo "intrusivo" en el repertorio artefactual argárico. Desde el punto de vista cronológico, su estrecha vinculación con el "fenómeno campaniforme" provocó una clara tendencia a relacionarlos exclusivamente con las etapas más antiguas del desarrollo de la sociedad argárica. No obstante, los datos recientemente proporcionados por la revisión de las excavaciones y del material arqueológico de cronología prehistórica procedentes de la Illeta dels Banyets de El Campello, en Alicante, permiten reconsiderar la producción y el consumo de estos objetos en el seno de la sociedad argárica tanto desde el punto de vista espacial como cronológico. Desde la consideración de su más básico rasgo definidor, los botones de perforación en V constituyen, como es sabido, un tipo de producto de amplísima distribución geográfica, siendo especialmente frecuentes en contextos del III y II milenios a.C. de toda Europa Central y Occidental. Esta extensa distribución explica también, hasta cierto punto, la especial atención que recibieron en su momento por parte de investigadores como J. Arnal (1954;1973) o J. Guilaine (1963) a los que se deben los primeros intentos de seriación tipológica a escala europea. Al igual que en otras zonas de Europa, también en la Península Ibérica han recibido atención específica en diversos trabajos principalmente de alcance regional o local, como los de T. Andrés (1981) o G. Delibes (1983) para el País Vasco y Navarra, R. Fonseca (1985;1988) para Castilla-La Mancha, J. L. Pascual (1999) para el ámbito valenciano o J. M. Rodanés (1987) para Cataluña y Valle del Ebro. Finalmente, a inicios de la última década del pasado siglo se publicó el trabajo de A. Uscatescu (1992), quien desde una revisión y recopilación de materiales publicados que pretendía ser exhaustiva, elaboró un inventario de casi todos los botones de perforación en V conocidos hasta esas fechas tanto en la Península Ibérica como en las Islas Baleares. Sin embargo, creemos que tras más de una década de investigación pueden resultar convenientes algunas reflexiones acerca de varios de los aspectos involucrados en los procesos de producción y consumo de este tipo de artefactos. Para empezar, la gran importancia que la arqueografía tradicional otorgó a los "elementos campaniformes", como significantes de una "cultura" o "corriente cultural" extendida a todos los rincones de la Península, ha tenido, a nuestro juicio, dos consecuencias fundamentales con respecto a los botones de perforación en V. La primera, que sólo en fechas bastante recientes empezara a admitirse para muchas regiones la pervivencia de este tipo de productos en cronologías muy posteriores a los contextos "campaniformes" en los que por primera vez comparecen en el registro; y la segunda, que en virtud de su amplia dispersión geográfica se les haya conferido un cierto carácter "extra-cultural" que los ha disociado en cierta manera del resto del conjunto material que compone el registro arqueológico. Todo ello ha contribuído a que desde ciertas perspectivas de investigación se haya llegado a plantear un dilatado rango cronológico para su vigencia -aproximadamente entre la fecha atribuida por algunos autores a los ejemplares de la necrópolis de La Encantada I, junto al poblado de Almizaraque (Herrerías, Almería) (Almagro Gorbea 1965) y los documentados en contextos avanzados del II milenio a.C. de Moncín (Borja, Zaragoza) (Rodanés Vicente 1987; Harrison et al. 1994)-que sin embargo sólo cobra sentido considerando un marco de observación a escala peninsular (Uscatescu 1992). Lo cual resulta tan poco útil como enfocar el análisis a partir de entidades geográficas determinadas sólo por los límites administrativos actuales, pues ciertamente ni uno ni otro marco de observación tiene mucho que ver con las realidades territoriales en las que se desenvolvieron las sociedades concretas de nuestro pasado prehistórico. Atender a ellos como ámbitos referenciales puede servir a efectos de inventario patrimonial, pero no como unidades de evaluación si el objetivo es el análisis y explicación de procesos involucrados en el desarrollo de sociedades que nunca se vieron sujetas a tales límites. En tal caso, todo puede acabar redundando en un alto grado de distorsión informativa, problema que puede agravarse si se hace una selección de atributos incompleta o poco representativa para la discriminación y caracterización de los distintos tipos establecidos. En conclusión, la escasa integración de estos productos en unas secuencias regionales que resulten de aplicación a los territorios políticos de las sociedades del III y II milenio a.C. de la Península ha implicado, a nuestro juicio, la creación de un excesivo ruido de fondo que ha impedido valorar convenientemente el panorama que el registro arqueológico nos ofrece al respecto. Creemos que sólo reorientando en este sentido nuestras perspec-tivas de análisis, podremos evaluar convenientemente la dinámica de los procesos de producción y consumo de botones de perforación en V en el seno de las culturas de nuestra prehistoria reciente, en el marco establecido por las relaciones sociales e intersociales que determinaron a cada momento su devenir histórico. EL ÁMBITO ARGÁRICO Y LOS BOTONES DE PERFORACIÓN EN V Tras la etapa en que E. y L. Siret (1890) llevaron a cabo sus excavaciones en los yacimientos de la Edad del Bronce del Sureste peninsular, identificando y sistematizando por vez primera el contenido y las formas de expresión material del Grupo Argárico, en la investigación prehistórica española se impuso, a lo largo de la primera mitad del siglo XX, la visión defendida por P. Bosch (1932) que hacía extender la cultura de El Argar a prácticamente todos los rincones de la Península Ibérica. Sin embargo, la constatación de la existencia de crecientes contradicciones en el registro con respecto a este planteamiento incitó, a partir de finales de la década de 1940, a delimitar y acotar estas manifestaciones de forma más rigurosa en el tiempo y en el espacio. Debemos a M. Tarradell (1950) la superación de estos planteamientos "pan-argaristas", hasta entonces dominantes. Su profundo conocimiento del registro arqueológico, pero sobretodo su aguda perspicacia e intuición, le permitieron deslindar una serie de rasgos en los que se vieron reconocidos a partir de ese momento otros grupos culturales, como el denominado "Bronce Valenciano" (Tarradell Mateu 1963). Como bien ha señalado recientemente B. Martí (2004: 23), la solidez de los argumentos empleados en la identificación y segregación de estas áreas del conjunto cultural argárico bastaron para consolidar más o menos rápidamente un cierto consenso al respecto, pero otra cuestión bien distinta era dibujar con precisión la delimitación de dichas áreas. Así, en lo concerniente al límite oriental argárico, si para M. Tarradell (1965) la frontera entre el Bronce Valenciano y El Argar debía establecerse en el valle del río Vinalopó, para otros investigadores (Blance 1971; Lull 1983) ésta se ubicaba realmente en el cauce del río Segura. De igual modo, la delimitación de la frontera septentrional argárica con respecto a los grupos de la Edad del Bronce de La Mancha vino a embrollarse en un debate semejante (Romero et al. 1988). Y es que a lo largo de varias décadas, esta controversia en torno a la correcta identificación de los límites de El Argar se ha fundamentado en el paulatino incremento del registro empírico y su articulación en propuestas que de algún modo han tratado de resolver el problema creando "facies" o "áreas de contacto" -o de "dilución y simbiosis cultural"-como las que ha venido propugnando M. S. Hernández (1985;1997) para el valle del Vinalopó o como la que defendieran M. Fernández-Miranda et al. (1994) para el área sudoriental de La Mancha. Naturalmente, las diferencias de criterio con que se abordó la valoración del registro empírico afectaron de modo especial la consideración de aquellos yacimientos que por su situación geográfica aparecían ubicados justo en las áreas en las que se centraba el debate acerca de la delimitación de esas líneas fronterizas. Sin duda éste ha sido el caso de la Illeta dels Banyets, poblado que pasó primeramente de ser incluido entre los enclaves del Bronce Valenciano (Llobregat Conesa 1975) a proponerse posteriormente su adscripción al Bronce Valenciano pero con fuertes influencias argáricas (Llobregat Conesa 1986), hasta defenderse (Hernández Pérez 1985; Simón García 1988) y aceptarse completamente su pertenencia al ámbito cultural argárico (Simón García 1997). Este mismo escenario es el que se puede reconocer en el caso de otros enclaves de parecida situación geopolítica, como el Cerro de la Encantada (Nieto Gallo y Sánchez Meseguer 1980; Nieto et al. 1983; Romero et al. 1988), cuyo argarismo queda fuera de toda duda a partir tan sólo de un somero repaso a las características fundamentales del registro arqueológico que ha proporcionado (Castro et al. 1996: 117). Hoy la mayor parte de estos debates han quedado en nuestra opinión ya resueltos, y en la actualidad creemos que se han aportado datos concluyentes que permiten delimitar con bastante aproximación el ámbito geográfico en el que se desarrollaron las formas de expresión cultural que caracterizaron al Grupo Argárico, y que podemos apreciar claramente en el área territorial del Sureste -Camp d'Elx, cuencas del Segura y Guadalentín, campos de Lorca y Cartagena y cuencas del Antas y del Almanzora (Hernández Pérez 1997, 2002; Jover Maestre y López Padilla 1999, 2004; Ayala, Juan 1991; Eiroa García 1995; Arteaga 1992; Schubart et al. 2000; Castro et al. 1999,... etc.)-, apareciendo con diferencias regionales pero per-fectamente identificable en la Vega de Granada (Molina González 1983; Molina et al. 1986; Molina González y Cámara Serrano 2004) y en el Alto Guadalquivir (Ruiz et al. 1986; Cámara et al. 1996; Contreras Cortés 2004), hasta alcanzar, como hemos visto, las orillas del margen meridional de La Mancha (Fig. 1). Una vez, pues, establecido el marco físico en el que es posible reconocer las formas de expresión de la sociedad argárica, estaremos en condiciones de analizar las dinámicas vinculadas a la producción, distribución y consumo de los botones de perforación en V, dentro de un marco cronológico definido por una de las series de dataciones radiocarbónicas más importantes de la Edad del Bronce peninsular (González Marcén 1994; Castro et al. 1996), la cual ha venido a proponerse parcelada en cinco fases sucesivas que, a partir de un impreciso momento de gestación inicial, quizá remontable en algunas zonas hasta mediados del III milenio B.C., abarcan desde ca. Al contrario de lo establecido por H. Schubart (1979: 298), para quien el botón de perforación en V venía a constituir un objeto característico de la fase A de El Argar, para V. Lull (1983: 214) su consumo dentro del espacio argárico era poco menos que testimonial, llegándolos a considerar un elemento ajeno a la cultura. A su juicio, se trataba de un producto escasamente demandado cuya aparición en el registro se debía fundamentalmente al resultado de contactos con el exterior, con el ámbito periférico al Argar en donde la presencia de estos productos resultaba comparativamente mucho más importante y donde su consumo se presumía vigente durante más tiempo. Esta diferencia era tan acusada que, en su opinión, podía constituir de hecho un rasgo de gran valor a la hora de delimitar el propio ámbito argárico. Aproximadamente dos décadas más tarde, el incremento del registro empírico disponible nos permite realizar nuevas consideraciones al respecto, pues el número total de botones de perforación en V documentados ha aumentado considerablemente sus valores absolutos. En los contextos que hemos estudiado, los tipos de botones registrados son básicamente tres: a) piramidales -de bases con formas desde cuadradas y rectangulares a ovales-; b) cónicos -con bases desde circulares a ovales-; c) y prismáticos triangulares, entre los que cabe diferenciar dos variantes: los cortos, -de perforación simple-y largos -con doble perforación-. Esta división tripartita vendría en algún caso, de hecho, a reagrupar en uno sólo varios de los tipos reconocidos por otros investigadores, como por ejemplo los tipos piramidal de base cuadrada, troncopiramidal, piramidal de base rectangular y troncopiramidal de base rectangular de A. Uscatescu (1992: 38), o los tipos piramidal y pentaédrico de V. Lull et al. (1999: 253), todos los cuales caben, a los efectos del objetivo que perseguimos en este trabajo, en un único tipo básico de botón piramidal. La diversidad que en este sentido se contempla en otras propuestas tipológicas, más que a auténticas variantes de los tres tipos fundamentales se debe, en unos casos, a la consideración como principales de rasgos morfológicos que nosotros hemos considerado secundarios, tales como la forma más o menos rectangular o cuadrada de la base; o en determinados casos, a pasar por alto las diferentes condiciones de conservación que presentan algunos botones, a los que las fracturas y las exfoliaciones del marfil debidas a la actuación de agentes químicos y físicos han modelado de formas diversas -aunque al fin y al cabo fortuitas-pero que a pesar de todo se les ha llegado a considerar representativos de tipos diversos, cuando en su estado actual no reflejan la forma originalmente diseñada para ellos. La mayoría de las variables advertidas en el registro se reducen en todo caso, a nuestro juicio, a combinaciones formales entre estos tres tipos fundamentales, principalmente entre el tipo piramidal y los tipos prismático y cónico, como ocurre en algunos ejemplares de la Illeta dels Banyets en los que la forma piramidal se proyecta a partir de una base con forma oval o en ocasiones casi circular, lo que los aproxima a los botones de tipo cónico. Nuestro criterio ante este tipo de formas que podríamos llamar "mixtas" ha sido el considerar de tipo piramidal a todo botón en el que, aunque disminuidas, resulten claramente apreciables las cuatro aristas convergentes entre sí, típicas de una pirámide de cuatro lados, e independientemente de que éstas lleguen o no a unirse en una auténtica cúspide. Y del mismo modo, hemos considerado prismáticos a todos los que presenten formas en las que sólo dos de sus facetas se unen formando una arista longitudinal, de modo que las otras dos nunca llegarían a unirse por mucho que las prolongásemos imaginadamente. Una vez establecidos nuestros criterios para la discriminación efectiva de los tipos, hemos de señalar que no todos los botones conocidos se acompañan de información contextual de calidad semejante. Muy al contrario, de algunos carecemos completamente de referencias que nos indiquen si procedían del ajuar de sepulturas o del interior de espacios domésticos, mientras que de otros contamos con información exhaustiva tanto de su entorno artefactual como de referencias estratigráficas más o menos precisas e incluso de dataciones radiocarbónicas. A continuación detallaremos de forma sucinta la colección que hemos utilizado de referencia así como breves detalles, en su caso, de los datos arqueológicos que los acompañan. A lo largo de las campañas de excavación realizadas, entre 1987 y 1991, han aparecido cuatro botones, todos ellos elaborados en marfil e inéditos hasta ahora (1). De ellos, dos pertenecen claramente al tipo prismático corto o simple, caracterizado por poseer una sóla perforación en V (Fig. 2. Otro corresponde también con claridad al tipo cónico (Fig. 2. 4), mientras que del último, de pequeño tamaño y muy fragmentado, no puede establecerse con total seguridad la forma, aunque es probable que se trate también de un botón de tipo prismático (Fig. 2. Dado que las actuaciones permanecen aún inéditas, lo que resulta en estos momentos pertinente es señalar que todas las piezas proceden de contextos relacionados con la ocupación y con la sedimentación y amortización de unidades habitacionales o espacios de tránsito entre ellas, y que en ningún caso formaban parte del ajuar funerario de las sepulturas registradas (Hernández Pérez 1990;1997;2002). Se trata de un botón de tipo piramidal, manufacturado en piedra de color blanco, probablemente caliza marmórea. Fue hallado en prospecciones superficiales del yacimiento y referenciado por primera vez por J. L. Román Lajarín (1980) y posteriormente analizado por J. L. Pascual (1999: 168, Fig. III. De las excavaciones llevadas a cabo en el yacimiento en 1989 y 1993 procede un botón de marfil de forma prismática con doble perforación, del que se ha publicado referencia gráfica (González Prats y Ruiz Segura 1995, Fig. 2. Nada se sabe, por el contrario, del contexto preciso en el que fueron encontrados ni el botón ni tampoco el nutrido grupo de adornos de marfil -principalmente brazaletes-localizado en el asentamiento, ni si unos y otros se hallaron conjuntamente dentro del mismo espacio habitacional (González Prats y Ruiz Segura 1995: 97). De este yacimiento conocemos tres botones cónicos elaborados en marfil, todos ellos fragmentados (Fig. 2. Proceden de las excavaciones realizadas por J. Furgús en el yacimiento a principios del siglo XX y durante años estuvieron depositados en el Colegio de Santo Domingo de Orihue-la. Desde 1993 forman parte de los depósitos del MARQ de Alicante al igual que el resto de los materiales que integran la Colección Furgús. Sin duda, se trata de una parte de los mismos cuatro botones que el propio J. Furgús (1937: 40) menciona y de los que, por lo demás, no añade mayor referencia. Dado el número en que fueron hallados y lo parejo de sus dimensiones es posible, no obstante, que procedan del interior de una sepultura, pues tal vez correspondan también a los botones que en un trabajo anterior se asociaban a los elementos de ajuar de las sepulturas de fosa del yacimiento (Furgús 1937: 11). Lamentablemente, hoy día supone ya una incógnita imposible de resolver. Callosa de Segura, Alicante De las cerca de seis docenas de botones hallados en el interior de una de las sepulturas excavadas por J. Furgús (1937: 66) en este yacimiento, desgraciadamente no se ha conservado, que nosotros sepamos, ninguno. Lamentablemente, pues, estamos en manos de las descripciones del jesuita y del material gráfico aportado por éste en la publicación de sus trabajos. De acuerdo con las primeras, hemos de anotar su fabricación en marfil, como explícitamente se indica, así como formas cónicas o de peque- ña pirámide, extremo que por desgracia no es posible corroborar en función del segundo, pues la lámina que ilustra estos hallazgos (Furgús 1937, V. Lám. II, Fig. 4a) nos ofrece los botones de perfil, impidiendo realizar ningún tipo de observación al respecto, a lo que se añade el pequeño tamaño de la fotografía reproducida. Lo que sí se señala de forma clara es su pertenencia al ajuar de una tumba -una cista de lajas-del que, al menos, también formaba parte un hacha de metal, un vaso de cerámica y tres espirales y un anillo de plata. Al parecer, la tapa de la tumba fue destruída, por lo que es posible que otros objetos también relacionados por Furgús no pertenecieran al conjunto sepulcral, tales como el hacha de diorita que se incluye entre los elementos de ajuar. No se indicó, en cualquier caso, característica alguna del individuo o individuos allí depositados, aunque sí se hace énfasis en señalar que los botones se encontraban pintados de color rojo. Finalmente, en la colección del Museo Arqueológico Municipal de Orihuela se conserva un botón de forma piramidal probablemente elaborado también en marfil (Soriano Sánchez 1984: 127, Fig. 12. 1), hallado en las prospecciones superficiales realizadas en el yacimiento en décadas posteriores. A partir de las excavaciones que se han venido realizando en este yacimiento (Ayala Juan 1991) se ha podido documentar un amplio emplazamiento amurallado dotado de bastiones, en cuyo interior se localizaron varias sepulturas. En una de ellas -una fosa excavada en el suelo-se halló depositado un individuo acompañado de un ajuar compuestro por siete botones piramidales de marfil (Fig. 3) y, al parecer, también un puñal de forma peculiar y un afilador o brazalete de arquero de esquisto que fueron hallados fuera de la tumba debido a la remoción que de la misma provocaron las obras de construcción de la muralla del poblado, posteriores cronológicamente. Consideramos menos probable la asociación al conjunto del fragmento de punta de Palmela que, según Ma Manuela Ayala (1991: 198) completaría el ajuar de la sepultura, pues no constituye éste un producto que forme parte habitualmente de los ajuares argáricos (Lull y Estévez 1986: 448). Los siete botones son de un tamaño apreciable, en especial dos de ellos que casi alcanzan los 30 mm de longitud en la base. Como se verá, tanto en proporciones como en número, el conjunto presenta unas similitudes más que notorias con la serie de botones aparecida en el interior de la tumba 202 de El Argar, referenciada por E. y L. Siret, de la que a continuación nos ocuparemos. Muy cercano al lugar del hallazgo de esta sepultura, en el corte H, se localizó también, sin que se mencione un contexto preciso, un botón cónico de marfil (Ayala Juan 1991: 238) del que no conocemos reproducción gráfica. Todos los botones de este yacimiento conocidos hasta la fecha aparecieron durante los trabajos de los hermanos E. y L. Siret a finales del siglo XIX, provenientes tanto del interior de sepulturas como de espacios domésticos. De los localizados en los enterramientos sabemos de dos conjuntos distintos. En primer lugar, de la tumba 407 se referencia un botón cónico de marfil (Fig. 4. 4) de dimensiones muy próximas a las de las piezas de San Antón y exactamente iguales a las del botón hallado en Tabaià, todos ellos antes descritos. De acuerdo con las indicaciones de los Siret, se trataba de una inhumación individual practicada en una cista de losas, y junto al botón apareció también un puñal de remaches (Siret y Siret 1890, Lám. La sepultura 202, en cambio, se describe como un sepulcro de piedras -término que probablemente describe a una cista de mampostería-en cuyo interior se registró un ajuar formado por un vaso de la forma 3, un punzón de metal y un conjunto de botones de marfil. Si bien en el texto se nos dice que son seis los botones encontrados (Siret y Siret 1890: 170), en las láminas que lo acompañan apareceny se mencionan-siete ejemplares (Siret y Siret 1890, Lám. 202), si bien de uno de ellos apenas resta un fragmento de la base (Fig. 4. Lo que no resulta tan claro es la morfología precisa que presentan algunos de estos botones, pues si E. y L. Siret (1890: 170) nos los describen claramente como piramidales, de acuerdo con las ilustraciones proporcionadas se podría interpretar igualmente una acusada tendencia prismática en sus formas, como en efecto asume A. Uscatescu (1990: 136) al tratar de ellos. Para nosotros, en cambio, al menos en los tres casos en que los botones se muestran en perspectivas que permiten observarlo, las facetas aparecen claramente en orientaciones convergentes pese a que no llegan a unirse en una cúspide definida. Según nuestro criterio, la mitad, al menos, del conjunto correspondería a lo que consideramos tipo piramidal. Los hermanos Siret también describieron como piramidales los botones hallados sobre el suelo de una de las viviendas del poblado, acompañados de un arete y de una cinta de plata (Siret y Siret 1890: 152). Desconocemos su número exacto, pues en el texto no lo mencionan expresamente, aunque debemos suponer que el conjunto sería el formado por los tres botones representados en la lámina correspondiente (Siret y Siret 1890, Lám. Como los procedentes del ajuar de la tumba 202, también son de tamaño apreciable, aunque a diferencia de aquéllos, la ilustración nos imposibilita completamente en este caso corroborar parcial o totalmente la descripción formal de los mismos (Fig. 4. Es éste, obviamente, un obstáculo hoy por hoy insalvable, pues la clave radica en saber si cuando los Siret -como otros autores más tarde-utilizaron el adjetivo "piramidal", consideraban a éste aplicable a la descripción de formas que hoy nosotros reconoceríamos antes como "prismáticas triangulares". Desde luego, la decisión con que describen como "prismas triangulares" a otras tres piezas en la leyenda que acompaña a la misma lámina en que se reproducen los tres botones anteriores (Siret y Siret: 1890, Lám. Fig. 43 y 45), al menos obliga a plantearnos ciertas reflexiones pues resultaría chocante que, habiendo detallado correctamente la morfología de las barritas de marfil segmentadas y del pequeño botón prismático con doble perforación descentrada (fig. 4. 2), los Siret hicieran después análogas estas formas a las de una pirámide. No obstante, no podemos tampoco dejar de mencionar que en páginas posteriores llegan a referir como "semejantes" los botones de las tumbas 407 y 202 (Siret y Siret 1890: 200), los cuales ya hemos visto que corresponden a dos tipos -cónico y piramidalbien diferentes. Es probable que aquí los Siret se refiriesen más bien a la analogía funcional de unos y otros, más que a su imposible semejanza morfológica, pues se traen a colación de la controversia sobre la posible tinción de tejidos y no tenían en este párrafo, por tanto, más sentido que como apoyo a una argumentación centrada en una problemática distinta a la que a nosotros nos ocupa ahora. Pero en cualquier caso, este ejemplo sirve de recordatorio de que nos movemos en el resbaladizo campo de la interpretación de descripciones que, por constituir nuestro único instrumento de acercamiento a los datos necesarios para nuestra investigación, escrutamos escrupulosamente aun a riesgo de llegar en ocasiones demasiado lejos, pues comprensiblemente en su momento los Siret consideraron esta información básicamente irrelevante. Carecemos de información contextual para los botones localizados en este yacimiento ya que se hallaron en alguna de las pequeñas catas o sondeos que E. y L. Siret (1890: 100) realizaron por las laderas del cerro. Al margen de mencionar que estaban realizados en marfil, de ninguno de ellos se ofrece descripción formal ni en el texto ni en la leyenda de la lámina en la que vienen reproducidos (Siret y Siret 1890, Lám. Fig. 24 y 25), aunque por ésta última es posible advertir la forma claramente piramidal del más pequeño -pues se reproduce en perspectiva cenital-mientras que del otro, bastante deteriorado, nada se puede deducir en cuanto a su forma salvo sus apreciables dimensiones (Fig. 4. Menos información aún disponemos del botón que los Siret hallaron en Gatas, del que no se ofrece ilustración y sólo sabemos que fue localizado fuera de las sepulturas. Tan sólo se nos indica que era de marfil y de forma piramidal (Siret y Siret 1890: 222), extremos que lógicamente es imposible contrastar en ninguna medida según la información a nuestro alcance. Los trabajos desarrollados bajo la dirección de W. Schüle en el yacimiento (Schüle 1966;1980) sacaron a la luz una buena colección de botones de perforación en V, procedentes tanto de los niveles "campaniformes" como de los correspondientes a la ocupación argárica. De acuerdo con la secuencia estratigráfica que el autor propone, parece existir una transición entre los últimos niveles con cerámicas campaniformes y los primeros momentos argáricos, definidos e identificados siempre, unos y otros, principalmente a partir de la tipología de los restos materiales y de la presencia o no de inhumaciones en el interior de la zona de hábitat. Es en este nivel "transicional" definido por W. Schüle (1980) -nivel IIC-IIIA-y en el primer estrato de ocupación argárica -IIIA-en donde se concentra la mayor parte de los botones. De hecho, aquí se halla aproximadamente el 60% de ellos. Ninguno formó parte, al parecer, del ajuar de ninguna de las sepulturas localizadas. A partir de la información gráfica disponible se deduce que todos los botones publicados procedentes de estos niveles pertenecen al tipo piramidal o al prismático corto (Fig. 5). Del nivel II-III proce-de un pequeño botón fragmentado -V. 784-de forma piramidal, mientras que del nivel IIC-IIIA proceden cinco botones, dos de ellos -V. 974-prismático corto y los dos últimos -V. 943, V. 985para los que no resulta fácil determinar la forma debido a su estado de fragmentación pero que tal vez fueran también piramidales. Atribuido al nivel III, se registra un botón de forma prismática -V. En el nivel IIIA se documentaron siete botones, tres de los cuales son igualmente piramidales -V. 773, V. 625, V. 639 (a pesar del estado de fragmentación en que se encuentra éste último)-, dos prismáticos cortos -V. 638, V. 778-de los que tampoco es posible determinar con exactitud la forma, pues a partir de la ilustración tanto podrían corresponder al tipo prismático como al piramidal. Finalmente, del nivel IIIB procede un último botón -V. 596-que pertenece claramente al tipo piramidal. Por desgracia, resulta evidente la falta de información contextual para las piezas que acabamos de relacionar, pues en sí misma, la publicación de W. Schüle (1980) apenas constituye más que una extensa lista ilustrada de los materiales cerámicos, líticos, metálicos y óseos exhumados. Así mismo, la ordenación estratigráfica que el autor propone para los botones quizá debería tomarse con cierta cautela, pues es evidente que ésta trata de ajustarse al esquema bipartito elaborado por B. Blance (1971) y H. Schubart (1975) que determinaba la existencia de unos complejos muy precisamente definidos -Argar A y Argar B-para la ordenación y clasificación del material argárico. Es posible que la convicción con que W. Schüle parecía participar de este esquema "crono-cultural" tuviera algo que ver con el hecho de que la gran mayoría de los botones del Cerro de la Virgen aparezcan referenciados en la publicación en los estratos vinculados al "Argar A" y a un vagamente definido "momento de transición" entre éste y los niveles "campaniformes". Cerro de la Encantada. Excavado en la década de 1970 por la Universidad Autónoma de Madrid, bajo la dirección de G. Nieto, las actuaciones llevadas a cabo fueron publicadas básicamente a principios de la década siguiente (Nieto Gallo y Sánchez Meseguer 1980; Nieto et al. 1983). Si bien se ha defendido durante mucho tiempo su pertenencia a la esfera cultural del denominado "Bronce de La Mancha" (Romero et al. 1988; Sánchez Meseguer y Galán Saulnier 2004) su adscripción argárica creemos que se encuentra ya fuera de toda duda, al menos a partir del nivel III del yacimiento, tal y como se ha propuesto (Castro et al. 1996: 127). Procedentes de las excavaciones llevadas a cabo en el yacimiento se han publicado doce botones de marfil (Fonseca Ferrandis 1988), diez de los cuales corresponden, de acuerdo con los parámetros establecidos por nosotros, al tipo piramidal (fig. 6). 9) existe también un botón prismático largo, fragmentado en uno de sus extremos, que a su juicio se elaboró sobre asta de ciervo. Por lo que se puede apreciar a partir de la reproducción gráfica de las piezas, algunos de los botones piramidales presentan perforaciones sobrepasadas (Fig. 6, 1, 4) así como también perforaciones secundarias destinadas a mantenerlos en uso tras haber sufrido fracturas (Fonseca Ferrandis 1988, Figs. No se proporcionan referencias contextuales de las piezas más allá de vagos detalles sobre su posición estratigráfica. Según éstos uno de los botones, de tipo piramidal, procede del estrato más antiguo del yacimiento, en contacto con el nivel geológico y que al parecer sería resultado del arrasamiento de estructuras pertenecientes a un momento de ocupación previo (Fonseca Ferrandis 1988: 164). El mayor número de botones procede del nivel I-II del sector B del yacimiento, en donde aparecieron registrados ocho -siete de ellos piramidales y uno prismático largo-junto con una abundante muestra de elementos de adorno, tales como cuentas de collar de marfil y hueso. Finalmente, del estrato II proceden los tres botones restantes, dos de ellos claramente piramidales, mientras que el último, a pesar de identificarse como botón por parte de R. Fonseca (1988: 165), presenta una morfología que a partir de la figura que se reproduce en la lámina confesamos que nos resulta imposible reconocer con claridad (Fonseca Ferrandis 1988, Figs. La inclusión de este conjunto de piezas en nuestro inventario de botones procedentes de los yacimientos argáricos exige sin duda un comentario adicional, pues de acuerdo con lo publicado hasta la fecha, los botones de perforación en V del Cerro de la Encantada se registraron en niveles estratigráficos anteriores al nivel III, momento en que al parecer se produjo la inclusión del asentamiento en el dominio argárico, y para la que se ha propuesto una fecha en torno a 1700 cal BC, (Castro et al. 1996: 127). Todos los botones, por tanto, estarían relacionados con el asentamiento "pre-argárico", cuyos niveles aparecen asociados a la presencia de cerámicas del tipo "Dornajos" (Poyato Holgado y Galán Saulnier 1988: 303) y a la ausencia prácticamente total de inhumaciones, las cuales parecen concentrarse precisamente en el nivel III. Basándose en esa ausencia de enterramientos y en la documentación, también en los estratos I y II, de puntas metálicas del tipo "Palmela" -y por descontado, la de los propios botones de perforación en V-se propuso una cronología antigua para estos niveles (Fernández Vega et al. 1988: 117) que las fechas radiocarbónicas obtenidas han venido en principio a corroborar (Martín et al. 1993; Castro et al. 1996). A pesar de ello y como tendremos oportunidad de comprobar más adelante, creemos que existen motivos fundados para considerar el "argarismo" por lo menos de una parte de los botones registrados en el Cerro de la Encantada, toda vez que se ha corroborado la filiación argárica del momento de ocupación más importante del asentamiento. Hemos dejado para el final el amplio conjunto de botones localizado en el yacimiento alicantino de la Illeta dels Banyets, en El Campello, pues constituye nuestro punto de referencia fundamental en este trabajo. En las exploraciones que F. Figueras Pacheco realizó en la década de 1930 en el yacimiento ya se constató la presencia de restos prehistóricos, reconociéndose expresamente la existencia de cerámicas "argáricas" (Figueras Pacheco 1950: 21). Sin embargo, la aparición en estos niveles de objetos realizados en marfil no quedaría constatada hasta mediados de la década de 1970, cuando se reanudan las actuaciones arqueológicas en el yacimiento bajo la dirección de E. Llobregat. Estos trabajos pusieron al descubierto una serie de estructuras y de restos constructivos de la Edad del Bronce, entre ellos una cisterna parcialmente excavada en la roca y parte de lo que fue interpretado como una vivienda de planta aproximadamente circular (Llobregat Conesa 1986; Simón García 1988, 1997; Soler Díaz et al. 2004; Soler Díaz 2006). Sin una conexión clara con estos restos se documentó también un conjunto de ocho tumbas, en su mayoría consistentes en cistas de mampostería y alguna fosa simple excavada en el suelo (Simón García 1997; López et al. 2006). De cuatro de estas sepulturas proceden todos los botones de perforación en V conocidos hasta ahora en el yacimiento. La primera de ellas -tumba III-era una inhumación individual de la que contamos con información gráfica y con algunos detalles recogidos en los diarios de E. Llobregat. El cuerpo yacía en decúbito lateral izquierdo, en posición ligeramente flexionada, en el interior de una cista de mampostería para cuya cubrición se emplearon piedras así como alguna laja bastante gruesa (Lám. Dentro de la sepultura se localizó más de una cincuentena de botones de perforación en V de marfil, de formas básicamente piramidales y cónico-piramidales (Fig. 7. 4), junto con un gran puñal de remaches. Por desgracia no disponemos de información planimétrica que nos permita ubicar de manera precisa estos elementos del ajuar, aunque sí se ha conservado una corta serie de fotografías en alguna de las cuales es posible apreciar, si bien con alguna dificultad, que al menos una parte de los botones se encontraban depositados de forma irregular sobre, frente a, y a lo largo del torso del esqueleto. Por otra parte, la tinción parcial de algunos botones por el óxido cúprico que recubría la hoja del puñal hallado en la sepultura, colocado cuidadosamente a la altura del codo y de la cintura derechos, podría señalar que al menos unos cuantos de ellos habrían estado ubicados en contacto con éste o en sus proximidades, a la espalda, por tanto, del cadáver y junto a la pelvis (Fig. 8). Es imposible, sin embargo, precisar en qué medida este hecho responde a la disposición original de las piezas sobre la prenda que vestía el difunto, pues no se pueden descartar posibles alteraciones postdeposicionales una vez ya cerrada la cista. No obstante, resulta interesante comprobar cómo a pesar de tratarse de un número de botones considerablemente menor, la disposición de los hallados en la tumba del Cerro de las Viñas resultó muy similar, pues seis de ellos aparecían a lo largo del pecho mientras que el último se encontraba en su espalda, aproximadamente a la altura de la cintura (Ayala Juan 1991: 198). Si bien los datos apuntados por J. L. Simón (1997) señalaban la existencia de otra inhumación individual en la que habrían sido hallados otros cuatro botones, diferentes indicios han permitido en cambio conocer que dichas piezas aparecieron en una de las tumbas dobles localizadas en el yacimiento -tumba IV- (López et al. 2006), sin que fuera posible, en principio, señalar con cuál de los dos inhumados pudieran haber estado relacionados o si se hallaban repartidos entre los ajuares de cada uno de ellos. La revisión posterior de los restos antropológicos de la necrópolis (De Miguel Ibáñez 2001) ha permitido añadir dos tumbas más a la lista. La primera -tumba I-es una cista de mampostería hallada en 1974, parcialmente sepultada bajo estructuras murarias correspondientes a época ibérica que contenía los esqueletos de dos individuos (Simón García 1997: 60). Uno de ellos -el depositado en primer lugar-apareció reducido, formando un paquete, sin duda para despejar el espacio con vistas a la inhumación del segundo cadáver. 5) y M. P. de Miguel (2001: 10) vincularon con el primero de los cuerpos un conjunto de dos vasos cerámicos actualmente en paradero desconocido. En cambio, más clara resulta la relación entre el segundo de los esqueletos y un puñal de remaches con el que también se ha asociado una singular pieza dentada de marfil (López Padilla 1995) en cuya funcionalidad como adorno y parte de un mango (sin duda, del puñal antes mencionado) estamos completamente de acuerdo (Simón García 1988: 119;1997: 123) (Fig. 9). Durante la limpieza de la matriz terrosa en la que estaban todavía contenidos los huesos correspondientes a este segundo enterramiento fueron encontrados otros dos objetos de marfil que se interpretaron como botones de perforación en V (Simón García 1997: 60; De Miguel Ibáñez 2001: 10). Sin embargo, la reciente revisión que hemos llevado a cabo ha permitido confirmar que si bien uno de ellos se corresponde efectivamente con un botón de perforación en V del tipo piramidal (Fig. 7. 1), resulta en cambio altamente improbable que el fragmento restante constituya parte de un botón, sino que debe pertenecer a otro tipo de producto elaborado en marfil cuya morfología exacta resulta por ahora complicado reconstruir. La última sepultura que nos interesa -tumba IIfue localizada en la campaña siguiente, en 1975 (Simón García 1997: 60), y a juzgar por los datos que revelan los diarios de E. Llobregat, también era una tumba doble elaborada en obra de mampostería de cuyo ajuar sólo conocíamos la existencia de un puñal de remaches. Al igual que en el caso anterior, durante el estudio osteológico de los restos humanos aparecieron entremezclados con los huesos de uno de los esqueletos un botón de perforación en V de marfil de tipo cónico con la base oval, incompleto (Fig. 7. 2), y varios pequeños fragmentos de otro cuya forma resulta completamente irreconocible. En consecuencia, podemos resumir diciendo que al menos cuatro de las inhumaciones argáricas localizadas en la Illeta dels Banyets se acompañaron de botones de perforación en V, aunque en cantidades bien dispares: si en una de las sepulturas se hallaron apenas cuatro -tumba IV-de otra conocemos más de una cincuentena -tumba III-mientras que de las tumbas I y II no se puede descartar que originalmente pudiera haber existido alguno más formando parte de su ajuar funerario, dadas las circunstancias en que han sido hallados los botones que hoy conocemos. Pero independientemente del contexto particular de cada conjunto, lo que caracteriza a todos los botones registrados en la Illeta dels Banyets (Fig. 7) es el predominio de la forma piramidal, al margen de que varios de ellos presenten una base oval y unas aristas tan tenues que muy bien podrían considerarse cónicos. Creemos que ha sido esta "mixtura" morfológica y la imposibilidad de encajarla convenientemente en los morfotipos considerados en las clasificaciones del material arqueológico al uso -los cuales han partido siempre de unos referentes rígidamente basados en formas geométricas-la que explicaría las descripciones esencialmente incompletas que se habían hecho hasta ahora de ellos (Simón García 1988;1997; Pascual Benito 1995: 22). Representación porcentual de los tipos de botones de perforación en V documentados en el territorio argárico. DISTRIBUCIÓN TERRITORIAL Y CRONOLOGÍA DE LOS BOTONES DE PERFORACIÓN EN V EN EL ESPACIO ARGÁRICO Teniendo presentes los criterios de diferenciación morfológica de las piezas que hemos establecido, la observación atenta de la distribución de los tipos a lo largo y ancho del espacio argárico denuncia de inmediato el predominio del botón piramidal o de formas con tendencia piramidal frente a la relativa escasez de botones de tipo cónico pero, sobretodo, prismático triangular (Fig. 10). En efecto, mientras que los botones de tipo piramidal aparecen en yacimientos de todas las regiones argáricas, el tipo cónico sólo se constata por ahora en cinco de ellos: El Argar, Cerro de las Viñas, Tabaià, Illeta dels Banyets y San Antón, en general con pocos ejemplares, mientras que el tipo prismático corto, también en número escaso, se ha registrado únicamente en el Cerro de la Virgen y Tabaià, existiendo en el caso de los botones de la tumba 202 de El Argar dudas razonables acerca de la correcta adscripción de parte de las piezas al tipo piramidal o al prismático, como ya hemos visto. Pero a nuestro juicio, lo más significativo es la ausencia casi total del tipo prismático largo con dos perforaciones, el cual no se constata en el ámbito argárico a excepción de yacimientos ubicados en los límites mismos de su periferia, como el Cerro de la Encantada o Caramoro I, o en formas poco convencionales como el pequeño botón prismático de El Argar (Fig. 4. En cualquier caso, lo que se desprende del incremento de la muestra producido en las dos últimas décadas es que necesariamente obliga, en nuestra opinión, a matizar las consideraciones realizadas en su día por V. Lull en torno a la aparente escasez de botones de perforación en V en el ámbito argárico, y que a su juicio "...se debe fundamentalmente a unas claras fronteras sociales y culturales con los demás grupos del Bronce peninsular" (Lull 1983: 214). Como hemos visto, hoy existen numerosos datos que permiten dibujar cada vez con más precisión el trazado de esas fronteras a lo largo del proceso histórico articulado en torno a la génesis y desarrollo de la sociedad argárica, aunque en lo que concierne al tema que aquí nos ocupa, no creemos que estos límites puedan fijarse en base a argumentos tales como la existencia o grado de consumo de botones de perforación en V, sino más bien en cuan-to a los tipos de botones que fueron consumidos al interior de tales fronteras. Visto desde esta perspectiva, lo que podría establecerse como primera conclusión es que frente a su ámbito periférico, en donde el consumo de botones de tipo prismático triangular era el dominante, en el territorio argárico el tipo de botón consumido fue preferentemente el piramidal, y a bastante distancia, el tipo cónico. Al mismo tiempo, podría establecerse también una relación de exclusión con respecto al tipo prismático largo de dos perforaciones, variante que resulta una de las de más amplia distribución más allá de las fronteras reconocidas para el Grupo Argárico, pero prácticamente inexistente dentro de ellas. Es cierto que podría argumentarse que estas diferencias, en lugar de expresar disimilitudes culturales, sólo denotaran un transfondo de índole cronológico, pues el tipo piramidal es también frecuente en los niveles más antiguos de yacimientos excavados en zonas no argáricas, como ocurre en El Picarcho (Camporrobles, Valencia) (Lorrio et al. 2004), la Lloma de Betxí (Paterna, Valencia) (De Pedro Michó 1998) o El Acequión (Albacete) (Martín et al. 1993). De este modo, asumiendo implícitamente la premisa de otorgar una cierta precedencia cronológica al tipo piramidal con respecto al resto, sería factible plantear que su predominancia en el registro argárico fuese resultado de un consumo contemporáneo al constatado, hacia inicios del II milenio a.C., en las zonas periféricas de El Argar. Pero a diferencia de éstas, en donde los botones continuarían presentes en el registro a lo largo de todo el II milenio a.C. -aunque casi exclusivamente en la forma prismática triangular, que se anunciaría así como un tipo de mayor perduración cronológica (Pascual Benito 1999: 168)-en el territorio argárico su producción y su consumo habrían sido abandonados. Esta argumentación avalaría la tesis que ha defendido tradicionalmente la antigüedad de los botones de perforación en V argáricos. En efecto, a pesar de criticar las bases en las que se fundamentaba su asociación a los enterramientos en cistas, y por extensión, al denominado "Argar A", propuesta por H. Schubart (1979: 298), V. Lull (1983: 214) asumió igualmente una cronología antigua para los botones sin dejar de considerarlos, como hemos visto, poco menos que un elemento "intrusivo" que a su juicio probablemente dejó pronto de ser consumido. Tras esta proposición subyacía el innegable vínculo que ligaba la aparición de estos produc-tos a los contextos con cerámicas campaniformes y su cronología, pero también la notable parquedad de la información relacionada con los hallazgos argáricos y con los de la periferia argárica. En cualquier caso, durante toda la década de 1980 la presencia de este tipo de artefactos en contextos de la Edad del Bronce se adscribió sistemáticamente a momentos tempranos del II milenio a.C., no sólo en el caso de los yacimientos argáricos sino prácticamente en todo el ámbito peninsular, como queda bien claro al revisar someramente la bibliografía arqueológica del momento referida, por ejemplo, al área levantina (Gil-Mascarell 1981: 89; Martí Oliver 1983: 64; Hernández Pérez 1985: 113). Sin embargo, para refutar o corroborar esta hipótesis resulta palmaria la necesidad de romper la tendencia que ha hecho corresponder la temporalidad del contexto con la que tradicionalmente se ha atribuido a los botones de perforación en V, acudiendo a los pocos casos en que los datos que acompañan a los hallazgos permiten realizar alguna valoración en este sentido. No es tarea fácil, puesto que la gran mayoría de los indicios disponibles proceden, como hemos visto, de excavaciones antiguas insuficientemente documentadas para este menester o de intervenciones arqueológicas más recientes pero de las que no ha sido publicada la memoria completa de los trabajos. De los botones localizados por los hermanos Siret en El Argar, ni los elementos de ajuar que los acompañaban en las sepulturas 202 y 407, ni las imprecisas informaciones proporcionadas en referencia a los hallados en el interior de una de las habitaciones del poblado nos son de gran utilidad, y menos aún, como es lógico, en los casos de Gatas y Lugarico Viejo, hallados fuera de todo contexto. Por desgracia, de otros yacimientos excavados en fechas mucho más recientes, como el Cerro de la Encantada, el Cerro de la Virgen o Caramoro I, tampoco se han publicado, con respecto a los botones encontrados, más que unas cuantas referencias estratigráficas que es de esperar sean completadas en la publicación de las memorias definitivas. Algo de lo que también se hallan pendientes los trabajos realizados en Tabaià, sustancialmente inéditos a pesar de la publicación de algunas noticias puntuales y de parte de los materiales arqueológicos. En resumidas cuentas, la información útil disponible para realizar valoraciones de índole cronológica sobre el consumo de botones de perforación en V en El Argar se reduce actualmente a unas pocas asociaciones artefactuales significativas, a algunas relaciones estratigráficas y a un par de fechas radiocarbónicas. Respecto a las primeras, es evidente que nos movemos en un terreno comprometido, pues implica en algunos casos aventurar juicios a partir de datos muy defectuosamente registrados, muy capaces de desorientarnos y hacer inútil cualquier esfuerzo. Podría ser el caso, por ejemplo, del ajuar que relacionaba J. Furgús (1937: 66) acompañando al numeroso conjunto de botones localizado en la sepultura en cista de Laderas del Castillo, entre el cual se menciona expresamente un hacha de metal. De acuerdo con los datos reunidos hasta el momento, parece que este tipo de producto no se registra en las sepulturas argáricas antes de ca. Sin embargo, el propio J. Furgús nos indica en esas mismas páginas que la rotura de la tapa de la cista pudo implicar algún tipo de remoción en su interior, provocando a su juicio la pérdida de parte de los objetos que contenía. Por ese mismo motivo no es posible garantizar que el hacha no procediera del exterior del sepulcro, sumándose de forma fortuita al conjunto. Menos problemático -al menos a nivel de confianza en la calidad del registro-es el caso de la tumba doble de la Illeta dels Banyets excavada por E. Llobregat en 1974 en la que fue hallado un botón durante el análisis de los restos óseos humanos, y de la que existe información gráfica que permite asegurar el carácter cerrado del conjunto de objetos que conformaban el ajuar, pese a que no se hayan conservado todos (López et al. 2006). Asociado al mismo esqueleto del que procede el botón, se encuentra un gran puñal con tres remaches de casi 19 cm de longitud (Simón García 1997: 97) y un singular objeto dentado de marfil que seguramente actuaba como pieza decorativa del mango (Fig. 9). La relación formal de ésta última con los celebérrimos aros dentados que adornaban el supuesto "cetro" del famoso enterramiento de Bush Barrow son bastante evidentes (Simón García 1997: 123). Sin embargo, tal y como se encargó de poner de relieve A. F. Harding (1984;1990) a propósito de éste último, son todavía más numerosos los ejemplares similares documentados en el Mediterráneo Oriental, y en especial en el ámbito micénico (Poursat 1977). De entre ellos, sin duda el conjunto más destacable es el que hallara G. E. Mylonas en la tumba iota del Círculo B de Micenas, un conjunto de tumbas de pozo que se han venido a situar cronológicamente a partir de ca. Como podremos comprobar más adelante, hipotetizar acerca de una posible relación temporal entre esta sepultura micénica y la tumba de la Illeta dels Banyets no resulta en absoluto inapropiado, al menos en base a la sintonía cronológica que con respecto a aquélla han mostrado las fechas radiocarbónicas obtenidas. En cambio, otra asociación un tanto cuestionable es la establecida entre los botones de perforación en V hallados en la tumba del corte L del Cerro de las Viñas y el resto de las piezas que según su excavadora les acompañaban como parte del ajuar (Ayala Juan 1991: 198). Al parecer, la sepultura fue parcialmente removida durante la construcción de la muralla del asentamiento, lo que explicaría que el brazal de esquisto, el puñal romboidal con un remache y la punta de flecha de tipo "Palmela" que se han relacionado también con la sepultura se encontraran fuera de la misma. Pero aunque es probable que al menos una parte de estos objetos pertenecieran efectivamente al ajuar del difunto, a la vista de las alteraciones a las que la tumba se vio sometida no se puede obviar un margen de incertidumbre al respecto que es necesario tener en cuenta. En todo caso si, como parece, el puñal y el afilador acompañaban efectivamente a los botones de perforación en V, cabría pensar en una fecha relativamente temprana para todo el conjunto, pues es la que se suele asignar a este tipo de puñales de forma romboidal (Simón García 1998: 242), y que coincide con la que Ma M. Ayala (1991: 204) ya propuso a partir de la distribución geográfica y cronológica de otros ejemplares conocidos. Sea o no correcta esta estimación, la propia posición estratigráfica de la tumba indica su pertenencia a niveles de ocupación relativamente tempranos, en cualquier caso previos a la construcción de las importantes estructuras defensivas que se emplazaron en lo alto del cerro y con las que se relaciona la mayoría de las unidades habitacionales excavadas de las que se ha dado noticia (Ayala Juan 1991). Por desgracia son mucho más ambiguas las referencias estratigráficas de que disponemos para el resto de botones del ámbito argárico, como se aprecia por ejemplo en el caso del Cerro de la Virgen, en donde a pesar de la ordenación por niveles que de los mismos se proporciona (Schüle 1980: 34) no se añaden sus relaciones estratigráficas ni con las estructuras ni con las sepulturas de cada fase iden-tificada, a pesar de que la pertenencia de una parte de los botones a los niveles argáricos pareció estar clara desde el principio (Schüle 1966: 120). Por último, es éste el momento de retomar la problemática de la que nos ocupamos brevemente en el epígrafe anterior, con motivo de la inclusión de los botones del Cerro de la Encantada en nuestro inventario. Como ya indicábamos más arriba, a tenor de lo que se ha venido publicando hasta la fecha, la totalidad de los botones de perforación en V de este yacimiento se halló en los niveles I y II (Fonseca Ferrándiz 1988: 164), siendo especialmente numerosos en el estrato I-II que al parecer constituye un espacio sedimentario de transición entre uno y otro. En cualquier caso, se trata de los niveles anteriores a lo que se ha considerado la "ocupación" argárica del yacimiento, representada por el nivel III (Castro et al. 1996: 127). Por tanto, en rigor no sería posible considerar "argáricos" a ninguno de los botones del Cerro de la Encantada. Sin embargo, la pauta que hemos advertido a través del análisis de la distribución geográfica de los tipos de botones consumidos en el ámbito argárico nos ha indicado claramente una marcada preferencia en éste por los tipos cónico y, fundamentalmente, por el piramidal -o a formas más o menos "mixtas" entre uno y otro-, en oposición al amplio predominio de las formas prismáticas -sobre todo el tipo prismático largo, con doble perforación en V-apreciable en el territorio periférico de El Argar. Tomando en cuenta este dato -y considerando, además, la fuerte tendencia que ha existido hasta hace poco de "envejecer" sistemáticamente los contextos en los que los botones de perforación en V estaban presentes-resulta muy llamativo el elevado número de botones de tipo piramidal registrado en el Cerro de la Encantada, en especial cuando contrastamos este dato con otros yacimientos manchegos contemporáneos como la Morra del Quintanar (Munera, Albacete), la motilla de Santa María del Retamar (Argamasilla de Alba, Ciudad Real), el Cerro del Cuco (Quintanar del Rey, Cuenca) o el Cerro de El Cuchillo (Almansa, Albacete) (Uscatescu 1990; Hernández et al. 1994) en los que resulta notorio el predominio del tipo prismático triangular. Para nosotros constituye algo más que una simple coincidencia el hecho de que precisamente el enclave que muestra unos vínculos más acusados con los modelos sociales argáricos sea además aquél en el que resulta dominante el consumo de botones de tipo piramidal. Creemos por tanto que la presencia de ambos rasgos en el yacimiento del Cerro de la Encantada debe ponerse necesariamente en relación, a pesar de que a partir de los datos publicados hasta el momento no sea posible articular una propuesta que permita una explicación satisfactoria a este hecho. Si bien poco es lo que cabe inferir de los contextos, todavía resulta más de lamentar la evidente escasez de dataciones radiocarbónicas publicadas que resulten de aplicación a éstos o a las estratigrafías que acabamos de analizar. De hecho, hasta hace poco la única fecha con que contábamos para estratos claramente argáricos, en los que se hubieran registrado botones de perforación en V, era la del nivel IIIA del Cerro de la Virgen, obtenida a partir de una muestra de madera de un poste de sustentación de la tumba 14. La datación, bastante antigua, fija la cronología de este nivel ca. Sin duda, una de las aportaciones más importantes que han ofrecido los trabajos arqueológicos desempeñados en estos últimos años en el yacimiento de la Illeta dels Banyets ha sido la limpieza y excavación de los sedimentos que restaron intactos después de las intervenciones dirigidas por E. Llobregat (Olcina y García Martín 1997) y que posibilitaron la obtención, por vez primera, de fechas radiocarbónicas para la estratigrafía prehistórica del yacimiento (Soler 2006). Pero si éstas han permitido relacionar cronológica y estratigráficamente una buena parte de las estructuras del II milenio a.C. del yacimiento, no menos necesario era fechar la importante colección de restos óseos humanos conservados, lo que posibilitaría interrelacionar la necrópolis con la secuencia obtenida para los espacios de habitación. Una de las tumbas fechadas por radiocarbono es la tumba III, que contenía a un individuo acompañado de un ajuar compuesto por un puñal de remaches de grandes dimensiones y más de una cincuentena de botones de perforación en V. La fecha obtenida (Beta-188927) sitúa la inhumación en 3500 + 40 BP (con un 68% de probabilidad [1 sσ], entre 1890 y 1750 BC) y todavía más reciente es la fecha que ha proporcionado el individuo con el que se asociaban un botón y un puñal con un aplique de marfil en el mango, hallado en el interior de una inhumación doble -tumba I-, pues ésta (Beta-188926) se remonta a 3470 + 50 BP (con un 68% de probabilidad [1 sσ], entre 1880 y 1720 BC). Sin duda estas dataciones no dejan de tener gran relevancia pues, al menos para la zona más orien-tal del ámbito argárico, vendrían a señalar inequívocamente la vigencia del consumo de botones de perforación en V en el lapso temporal tradicionalmente asociado al "Bronce Pleno" o "Argar B" -entre ca. En conclusión, una vez analizados todos los datos arqueológicos que hemos sido capaces de recopilar en relación con los botones de perforación en V localizados en contextos argáricos, parece posible señalar: -en primer lugar, que se puede seguir manteniendo la cronología antigua del consumo de botones en el ámbito argárico, principalmente en base a la datación radiocarbónica del nivel IIIA del Cerro de la Virgen y de la posición estratigráfica de la tumba en fosa del corte L del Cerro de las Viñas y, en menor medida, del ajuar que acompañaba a los botones localizados en esta última sepultura; -en segundo lugar, que existen indicios suficientes como para considerar además la continuación en el consumo de este tipo de producto en etapas posteriores del desarrollo del Grupo Argárico, tal y como ponen de manifiesto la datación de las tumbas de la Illeta dels Banyets y posiblemente también los elementos de ajuar aparecidos en una de ellas, cuyas relaciones con el Mediterráneo Oriental y en particular con el mundo micénico resultan altamente significativas (López et al. 2006). -y finalmente, que la desaparición de los botones de perforación en V del registro artefactual argárico debe iniciarse probablemente a partir de ca. 1600 BC, sin duda reemplazados por el nuevo repertorio de objetos de adorno que acompañó a la transformación de la sociedad argárica a partir de estos momentos y que se refleja también en otros muchos aspectos de la producción y del consumo sociales. HACIA LA DETERMINACIÓN DE LAS PAUTAS DE CONSUMO DE LOS BOTONES DE PERFORACIÓN EN V EN EL GRUPO ARGÁRICO Si, como acabamos de ver, es posible establecer un marco cronológico aproximado para el consumo de botones en el ámbito argárico, el cual se extiende desde los orígenes mismos de El Argar hasta el final de su etapa de "plenitud" (ca. 2200 -1700-BC) y si, tal y como se ha señalado en diversas ocasiones, existe así mismo una acusada y perfectamente reconocible "normalización" tanto en la producción como en el consumo de los productos argáricos (Lull y Risch 1995; Castro et al. 1998), cabe suponer que también los botones debieron estar sujetos a unas determinadas pautas de consumo que es necesario conocer, de las cuales debemos asimismo averiguar si se mantuvieron o no vigentes a lo largo del tiempo en que permaneció activo su consumo. No cabe duda de que las características de algunas de las prácticas sociales argáricas, especialmente las relacionadas con el ámbito funerario, han facilitado la recogida de datos útiles referentes a las normas que regían el acceso al consumo de deter-minados productos según criterios de orden sexual y/o generacional. Ya los hermanos E. y L. Siret advirtieron algunas de estas asociaciones significativas, aunque básicamente fundamentadas en una correspondencia casi intuitiva entre hombres-armas y mujeres-adornos. No obstante, muchas de estas asociaciones, como la de las alabardas y hachas con individuos de sexo masculino, o la de los punzones y diademas con los de sexo femenino (Siret y Siret 1890: 181) han sido corroboradas posteriormente (Lull y Estévez 1986; Castro et al. 1993-94). Sin embargo, existe una parte sustancial de los ajuares argáricos para los que por distintas circunstancias no ha sido posible determinar una diferenciación sexual en los contextos de consumo funerario en los cuales comparecen: la que corresponde básicamente a los objetos de adorno. A este respecto, también los hermanos Siret señalaron ya que muchos de estos elementos, como collares, pendientes y anillos, se registraban tanto en tumbas masculinas como en tumbas femeninas, y lo mismo acompañando a adultos que a individuos infantiles (Siret y Siret 1890: 187). Esta potencial "ubicuidad" de los objetos de adorno constituye una característica que en general parecen compartir con alguno de los objetos más comunes en las sepulturas argáricas como los cuchillos o puñales (Lull y Estévez 1986: 449; Castro et al. 1993-94: 99). No obstante, nunca han dejado de señalarse indicios de que distintos tipos de adornos podían estar también sujetos a normas y pautas de consumo en los contextos funerarios, como en el caso de los brazaletes, preferentemente registrados en sepulturas de hombres (Lull y Estévez 1986: 449), o los grandes colmillos de jabalí perforados empleados como colgantes y que E. y L. Siret (1890, Lám. 30) también consideraban característicos de los ajuares masculinos. El progreso en la investigación y la paulatina incorporación de nuevos datos al registro ha posibilitado incrementar la información referida al consumo de determinados productos. Es el caso de los peines, para los que se ha propuesto una relación significativa con los inhumados de sexo femenino (Lull et al. 1999: 351) basada en la aparición de estas piezas junto a una diadema de plata en una inhumación doble de El Argar -tumba 245 (Siret y Siret 1890, Lám. 47)-y sobretodo, junto a un punzón en sepulturas individuales de El Oficio -tumba 200 (Siret y Siret 1890, Lám. Pero ¿qué podemos actualmente señalar en referencia a las pautas de consumo a que estaban suje-Lám. Botones de perforación en V de la tumba III de la Illeta dels Banyets (El Campillo, Alicante). tos los botones de perforación en V en la sociedad argárica? Aunque como hemos visto no son precisamente numerosas las tumbas que cuentan con botones en su ajuar -fue precisamente debido a su escasa representación en los contextos funerarios por lo que los botones fueron expresamente excluidos del análisis que V. Lull y J. Estévez (1986: 449) realizaron sobre la composición de las tumbas y los ajuares argáricos-la información que proporcionan sí es lo suficientemente significativa como para proponer algunas hipótesis interesantes en torno a su consumo. Algo en lo que ha tenido mucho que ver el auge que en los últimos años han venido tomando las investigaciones de antropología física en nuestro país y que ha posibilitado disponer de un registro de datos absolutamente fundamental para abordar esta cuestión. Los contextos funerarios en los que se han registrado botones son, como vimos, las tumbas 202 y 407 de El Argar, la tumba del corte L del Cerro de las Viñas, una tumba en cista de las Laderas del Castillo y cuatro tumbas de la Illeta dels Banyets. Los análisis antropológicos efectuados por M. Kunter (1990), M. P. de Miguel (2001) y A. Malgosa (1997), junto con algunos de los datos que ofreciera en su día V. Jacques (1890), nos han permitido disponer de la información correspondiente a la edad y sexo de los individuos inhumados en la mayor parte de dichas sepulturas, los cuales nos indican con claridad que los botones de perforación en V estaban muy probablemente asociados a los individuos de sexo masculino. Por su ajuar y su asociación a un objeto de adorno -un puñal y el botón cónico de perforación en V-podría pensarse que la inhumación individual que se practicó en la tumba 407 de El Argar pudiera corresponder a una mujer. Sin embargo, M. Kunter (1990: 20) pudo analizar restos del cráneo, de la mandíbula y de los dientes, entre otros, por los que determinó que probablemente se trataba de un hombre adulto, de entre 40 y 60 años de edad. Por otra parte, los restos humanos procedentes del enterramiento en fosa del corte L del Cerro de las Viñas fueron estudiados por A. Malgosa (1997: 91), quien a pesar del deficiente estado de conservación que al parecer presentaban, pudo determinar que probablemente pertenecían también a un hombre adulto, del que no se especifica la edad pero que a tenor de las patologías de origen artrítico que padecía podría ser también avanzada. Por lo que respecta a las tumbas de la Illeta dels Banyets, de acuerdo con las investigaciones de M. P. de Miguel (2001: 15) el individuo inhumado en la cista junto con un puñal y más de cincuenta botones de perforación en V corresponde con seguridad a un hombre adulto de aproximadamente 1,70 m de altura, y de acuerdo con las evidencias reunidas en el transcurso de la revisión de los materiales de las excavaciones de E. Llobregat (López et al. 2005) parece que los cuatro botones asignados en un primer momento a un enterramiento individual (Simón 1997: 60), aparecieron asociados realmente a un enterramiento doble de un hombre adulto maduro y una mujer también adulta. Pero sin duda lo más significativo es que en los casos de las dos tumbas dobles excavadas en 1974 y 1975, en las que se localizaron los botones restantes, los dos cuerpos entre los que se hallaron éstos también corresponden a hombres adultos de edad madura (De Miguel 2001). De momento, pues, parece que los datos proporcionados por la antropología física avalan una relación directa entre los botones de perforación en V argáricos registrados en tumbas y la presencia en ellas de individuos de sexo masculino. Para los dos casos en que no han podido analizarse los restos óseos de los inhumados, la norma que parece dictar el enterramiento de un hombre y de una mujer en las inhumaciones dobles -caso de la tumba 202 de El Argar-o la asociación de los restos con elementos de ajuar de indudable adscripción masculina -como ocurriría en la cista de lajas de Laderas del Castillo, si admitiéramos la pertenencia del hacha de metal al ajuar de la sepultura-permitiría dejar abierta esta misma posibilidad. A lo largo de las páginas precedentes creemos haber hecho evidente la necesidad de modificar algunos de los planteamientos mantenidos hasta ahora en relación con la cronología y con el consumo de los botones de perforación en V en el seno de la sociedad argárica. De una parte, a nuestro juicio se debe matizarsi no descartar completamente-la hipótesis que expusiera en su día V. Lull (1983: 214) acerca del carácter marcadamente "exótico" atribuido a su presencia en el ámbito argárico, pues aunque continúa siendo un producto escaso, el incremento del registro empírico de los últimos años pone de ma-Tab. Enterramientos argáricos con botones de perforación en "V" de los que se conocen datos acerca del sexo y edad de los inhumados. nifiesto su amplia distribución por toda la geografía de El Argar, denotando además una persistente preferencia por unos tipos determinados de botones -el cónico y sobretodo, el piramidal, así como las distintas "mixturas" y variantes formales entre uno y otro-que es la que verdaderamente marca en este aspecto la personalidad propia del ámbito argárico, como espacio social, frente a la de gran parte de las comunidades que componían su periferia territorial -llanuras manchegas y Levante peninsular, principalmente-en las que el consumo del botón de tipo prismático y en especial del tipo largo con doble perforación es el predominante. Pero sobre todo el genuino "argarismo" de estos botones de perforación en V deviene de su sujección a unas estrictas normas sociales que determinaron sus pautas de consumo a lo largo y ancho de todo el territorio argárico, rasgo que como es bien sabido constituye uno de los más característicos y definitorios de la sociedad argárica (Lull y Estévez 1986). De acuerdo con los datos proporcionados por la antropología física, la estrecha relación de los botones con las sepulturas individuales de hombres o con aquéllas dobles que contenían hombres ha resultado a nuestro juicio altamente significativa y aplicable por ahora tanto a la cuenca de Vera como al Campo de Lorca o a la costa del Camp d'Alacant. Lo que por el momento no es posible definir con claridad es la existencia de algún tipo de asociación exclusiva entre los botones y cualquier otro objeto de los que componen el ajuar masculino en las sepulturas argáricas. Sin embargo, resulta notable que la presencia del puñal esté constatada en seis de las ocho tumbas consideradas -la tumba 407 de El Argar, la fosa del Cerro de las Viñas (probablemente) y en las cuatro cistas de mampostería de la Illeta dels Banyets-aunque tampoco faltan, por el contrario, aquéllas en donde sólo aparecen asociados al esqueleto los botones -como en la tumba 202 de El Argar-u otros objetos metálicos como el hacha -esto último en el caso de admitir como válida la vinculación del hacha aparecida en la cista de lajas de las Laderas del Castillo con el ajuar de esta sepultura, tal y como lo describe Furgús. De todo ello parece deducirse que los botones podrían haber tenido principalmente un valor como complemento del ajuar -en este caso masculino-, rasgo que compartirían con el resto de los objetos de adorno documentados en las sepulturas argáricas, como ya se ha indicado (Castro et al. 1993-94: 101). En este caso concreto, la presencia de los botones en las tumbas constituiría el resultado de la aplicación de un valor añadido a un ajuar que se compone fundamentalmente de objetos como el puñal o el hacha, de acuerdo con la categoría social del individuo. Por el contrario, una característica que parece apartar a los botones de perforación en V del resto de objetos de adorno de las sepulturas argáricas es su relación por ahora exclusiva con individuos de edad adulta y, en ocasiones, verdaderamente madura, como sucede en los casos de la tumba 407 de El Argar y en el primero de los enterramientos dobles de la Illeta dels Banyets, y tal vez también, como vimos, en la fosa del Cerro de las Viñas. En este sentido, aparentemente rompen la tendencia a la "universalidad" genérica y generacional que parecen ostentar buena parte de los objetos de adorno argáricos, con frecuencia presentes en tumbas infantiles y en tumbas de adultos de ambos sexos, y especialmente marcada a partir de ca. Por último, con respecto al marco cronológico tradicionalmente atribuido a los botones de perforación en V argáricos, y para el que se consideraron en general fechas antiguas tanto por parte de H. Schubart (1979: 298) como de V. Lull (1983: 214), los datos proporcionados por las tumbas de la Illeta dels Banyets y especialmente las dataciones radiocarbónicas obtenidas permiten, como hemos visto, constatar su consumo también en los momentos que se han considerado de "plenitud" en el desarrollo de la sociedad argárica. Al menos en lo que respecta a la parte más oriental del territorio de El Argar.
Uno de los debates más extendidos en la historiografía sobre el Mesolítico y el Neolítico inicial en la región cantábrica es el de la escasez de tecnologías "tradicionales" en la mayor parte de los contextos existentes, especialmente en aquellos con grandes acumulaciones de conchas. Actualmente, varias de las hipótesis propuestas atribuyen este fenómeno a diferencias en la organización espacial de los asentamientos, al aumento en la utilización de materiales perecederos o a cambios en las estrategias de subsistencia. A partir del hallazgo de siete instrumentos de concha en el yacimiento de Santimamiñe (Kortezubi, Bizkaia), que a su vez constituyen la primera evidencia de su categoría en la región cantábrica, se propone como hipótesis el empleo de tecnologías de concha en algunas de las actividades productivas desarrolladas por los grupos de cazadores recolectores de los períodos indicados. Con el objetivo de confirmar/refutar los resultados obtenidos mediante el análisis funcional de estos instrumentos se ha llevado a cabo un programa experimental con diferentes especies de moluscos para procesar madera, piel fresca/seca y planta no leñosa. Los resultados del programa experimental confirman la utilización de estos instrumentos en diversas actividades productivas orientadas al procesado de algunas de estas materias. Uno de los debates historiográficos sobre el período Mesolítico en la región cantábrica se ha centrado en la escasez de tecnologías recuperadas en algunos de los contextos arqueológicos, especialmente de la zona occidental (Arias 1992a; Clark 1976; González Morales 1982; González Morales et al. 2004). Esta escasez de "utillaje tradicional", es decir lítico y óseo, ha fomentado continuos debates acerca de la funcionalidad y uso que dieron los grupos mesolíticos a estos espacios de acumulación de restos malacológicos. A su vez, allí raramente se documentan indicios claros que permitan definirlos como lugares de hábitat. Suscitan de esta forma un doble debate: cuál fue la tecnología empleada por estos cazadores recolectores para desarrollar sus actividades productivas, y dónde las llevaron a cabo. Como respuesta a la baja presencia cuantitativa de utillaje lítico y óseo en algunos de estos contextos, se ha apuntado la posible incidencia de tecnologías confeccionadas con materiales perecederos, como la madera, en la realización de las actividades productivas (Arias 1992b; Clark 1976; González Morales 1995). Desgraciadamente, este tipo de materiales son difíciles de documentar de manera directa en los registros cantábricos. La única posibilidad de rastreo se basa en las evidencias indirectas a partir de indicadores como el análisis de las huellas de uso sobre el utillaje conservado. Respecto a estos contextos asturienses de la zona occidental, en el Mesolítico de la zona oriental tecnología lítica y ósea están mejor documentadas. Esta divergencia paralelamente se ve acompañada por una menor acumulación de recursos malacológicos en los contextos litorales orientales, y una representación de actividades productivas que parece mostrar una ocupación más estable de estos asentamientos. Esta mayor presencia de "tecnologías tradicionales" y menor representación de actividades recolectoras de recursos malacológicos seguirá vigente también durante el Neolítico en este área respecto a la zona occidental de la región cantábrica. Con el objetivo de responder a la escasez de utillaje en algunos contextos, planteamos como hipótesis la utilización de las conchas de molusco, junto a otros soportes, como instrumentos para la realización de algunas actividades productivas de estos grupos. Esta hipótesis deriva tanto de estudios que confirman la utilización de tecno-logías confeccionadas sobre concha de molusco por parte de grupos de cazadores recolectores en otras áreas geográficas, como de la reiterada presencia de este recurso en los asentamientos litorales cantábricos. La combinación de ambos factores nos puso en alerta acerca del uso tecnológico que, una vez consumido el molusco, podría haber tenido su concha entre los grupos que llevaron a cabo la recolección. Esta hipótesis se ve apoyada además, por las diferentes experimentaciones exploratorias realizadas, en las cuales hemos comprobado la gran potencialidad de las conchas para trabajar sobre materias como la madera o la piel. En este artículo se presentan los resultados del análisis funcional de nueve fragmentos de concha procedentes de los niveles neolíticos de la cueva de Santimamiñe (Bizkaia, País Vasco) a partir de los cuales se ha puesto a prueba la hipótesis propuesta. Para confirmar la utilización de estos restos en actividades productivas mediante un programa experimental se han comparado e interpretado las huellas de uso. A partir de los resultados obtenidos, se discuten aspectos metodológicos, las investigaciones relativas a la utilización de conchas como instrumentos en diversos contextos internacionales, y el eventual papel de instrumentos análogos en las sociedades mesolíticas y neolíticas de la región cantábrica. El material arqueológico analizado fue seleccionado durante el estudio arqueomalacológico del yacimiento de Santimamiñe (Fig. 1), tras el hallazgo de una charnela de Ostrea edulis con morfología similar a la de algunos útiles líticos (Lám. Esto nos llevó a revisar todo el material y a seleccionar todos aquellos fragmentos susceptibles de haber servido como instrumento de trabajo. La revisión estratigráfica del yacimiento, emprendida entre los años 2004 y 2006 (López Quintana y Guenaga 2006-2007), ha puesto en evidencia nuevos niveles donde los moluscos aparecen de forma desigual: escasos restos en los niveles MSF (1) y Aziliense y considerables acumulaciones en los niveles mesolíticos y neolíticos. Los nueve fragmentos de conchas de molusco analizados proceden de los niveles neolíticos. Nivel Lsm (2): cuatro son de la especie Ostrea edulis (Linné 1758): dos de charnela de valvas derechas, uno de impresión de músculo aductor de valva derecha y otro de borde. Otros dos son un borde de Patella sp. y otro de Ruditapes decussatus (Linné 1758). Nivel Slm (3) se han analizado una charnela de valva derecha, una impresión de músculo aductor de valva derecha de Ostrea edulis, y otro fragmento de Mytilus galloprovincialis (Lamarck 1819). Siete de estos nueve fragmentos de concha, fueron definidos como instrumentos de trabajo (Lám. I) tras el análisis funcional (4). Para contrastar la hipótesis inicial planteada a partir del mismo se han caracterizado mediante un programa experimental las huellas de uso generadas sobre los instrumentos de concha al llevar a cabo algunas actividades productivas. Su objeto es la descripción del tipo de rastros de uso generados en los instrumentos, así como, el posterior análisis de los procesos que los conforman. Al mismo tiempo, se han controlado variables no modificables (como la materia trabajada) y modificables (la acción de trabajo, la duración del mismo y el ángulo de trabajo) que consideramos significativas. Esto garantiza una experimentación controlada o analítica (González e Ibáñez 1994: 17). Las actividades seleccionadas, el procesamiento de madera, piel, fibras vegetales y cuero, son coherentes con los contextos arqueológicos definidos por el marco geográfico y cronológico propuesto (Clemente 1997; Gibaja 1993). Su elección deriva directamente de las hipótesis planteadas a partir de los resultados del análisis funcional de los instrumentos de trabajo procedentes del yacimiento de Santimamiñe (Kortezubi, Bizkaia) (5). Las especies de moluscos seleccionadas se corresponden con las analizadas en el material arqueológico. Como, a su vez están presentes en diferentes proporciones en los inventarios arqueomalacológicos de los yacimientos del marco cantábrico durante el Mesolítico y Neolítico inicial (6), su selección para la experimentación también es coherente y oportuna. La observación macroscópica del material entre 5 y 72.5X se hizo con una lupa binocular Leica MZ16A. Su objetivo era analizar y fotografiar macro-rastros resultantes del uso: principalmente redondeamientos y melladuras. Posteriormente las piezas han sido observadas y fotografiadas de nuevo entre 100 y 200X con un microscopio Leica DM2500M con el fin de observar y analizar los micro-rastros. Las superficies de los micropulidos y el fondo de las estrías han sido registrados utilizando un duplicador de Leica insertado en el propio microscopio, lo que permitía la observación y fotografía de estas superficies hasta 400X. Además, se ha manejado una lupa binocular Leica S8APO y un microscopio Leica DMLM fotografíando mediante cámara digital Canon EOS 450D con adaptador DSLRCC (LM Digital SLR Adapter with Canon Bayonet with C-Mount). Por último, para el montaje multifoco hemos utilizado el programa Helicon Focus versión 4.62. Las conchas escogidas para la experimentación se han limpiado con agua para su posterior observación y fotografía, eliminando, en su caso, otras partículas o residuos adheridos repasando las zonas activas mediante un bastoncillo de algodón impregnado de alcohol o de nafta. RESULTADOS DEL ANÁLISIS DE HUELLAS DE USO SOBRE EL MATERIAL MALACOLÓGICO DE SANTIMAMIÑE El análisis puso de manifiesto el empleo de siete conchas como instrumento en el procesado de materias de dureza blanda-media de origen animal y en algún caso también vegetal (7). Concretamente, se identificaron en todos los instrumentos acciones transversales de raspado, en algunos casos intercalando cinemáticas longitudinales. Tres fragmentos de Ostrea edulis (Lám. I: 2, 3 y 4) presentaban rastros sobre uno de los bordes naturales (Lám. II: 1-4) y un cuarto huellas de uso en el vértice de la charnela de acusado redondeamiento (Lám. Esta charnela mostraba un pulido caracterizado por una trama cerrada, brillo mate y aspecto graso. Sendos fragmentos de Patella sp. y Mytilus galloprovincialis (Lám. I: 6 y 7) evidenciaban huellas de acción transversal en uno y dos de sus bordes respectivamente, provocadas al trabajar alguna materia animal de carácter abrasivo. Por último, un fragmento de Ruditapes decussatus con uno de sus bordes fuertemente redondeado, presentaba un pulido de trama cerrada-compacta, con estrías de fondo oscuro en oblicuo y en perpendicular al filo (Láms. Este fragmento se relacionó con el procesado de algún vegetal rico en sílice. Las conchas seleccionadas para el programa experimental corresponden a cuatro especies diferentes de moluscos. No se las ha sometido a ningún proceso de producción orientado a la formatización del instrumento, salvo a las conchas de Ruditapes decussatus, las cuales han sido percutidas, para obtener aristas más adecuadas para trabajo de corte que el propio filo natural. Los demás, por tanto, son "instrumentos expeditivos" o basados en la utilización directa de los restos del propio animal (en este caso su concha) sin ninguna modificación (Binford 1998: 42). Antes del programa experimental se han documentado los rastros tafonómicos y las alteraciones más genéricas que suele mostrar la concha de cada especie, a través de la observación y la fotografía de individuos recogidos en las mismas circunstancias pero no utilizados (Lám. Este aspecto está orientado a diferenciar en las conchas las alteraciones naturales de aquéllas producidas por su utilización como instrumento. En los bivalvos de morfología asimétrica como Ostrea edulis hemos experimentado con ambas valvas para intentar observar diferencias en la potencialidad del instrumento en cada caso, ya que sus diferencias de espesor, morfología y tamaño son evidentes. La especie de molusco empleada es una variable significativa ya que, si bien todas las conchas comparten la composición mineralógica, en cada caso varía la proporción entre los minerales y su conformación microestructural, es decir, cristalización y disposición. Estas divergencias pueden provocar cualidades específicas ante la formación de las huellas de uso. Esta formación diferencial de los rastros puede afectar las diversas capas que conforman una misma concha, ya que su respectiva composición y estructuración también varía. En este sentido, las diferencias de coloración existentes entre cada una (periostracum, ostracum e hipostracum) suponen una dificultad desigual para la documentación de los rastros. La materia trabajada con el instrumento es también una variable significativa y no modificable, a pesar de que el estado del material trabajado con el instrumento puede variar según se trate de materia humedecida, seca o de otros tipos (Clemente 1997: 29). Para emprender el programa experimental se han seleccionado recursos vegetales (plantas no leñosas y madera) y animales (piel seca y fresca): varas de avellano en estado fresco (Corylus avellana, Linné 1753), tallo de junco fresco (Juncus sp.), piel fresca de cordero (Ovis aries Linné 1758), piel seca de corzo (Capreolus capreolus Linné 1758) y tiras de cuero de ciervo (Cervus elaphus Linné 1758). Debido a la cinemática de las huellas registradas en los instrumentos de trabajo documentados en el yacimiento de Santimamiñe ( 8), así como a la escasa potencialidad funcional de las conchas en actividades de corte, al menos sin modificar sus características naturales, prácticamente todas las acciones realizadas en el programa experimental han sido transversales. Concretamente, consistieron en: acción transversal bidireccional de raspado con conchas de Ostrea edulis, Mytilus galloprovincialis y Patella sp. con el objetivo de limpiar materia grasa y restos cárnicos y adelgazar piel fresca de Ovis aries y seca de Capreolus capreolus; acción transversal bidireccional con charnela de Ostrea edulis para adelgazar y ablandar tiras de cuero de Cervus elaphus; acción transversal unidireccional de raspado con borde natural de Ruditapes decussatus para extraer fibras vegetales de Juncus sp., así como raspado en acción transversal unidireccional para extraer la piel y regularizar varas de Corylus avellana. Con acciones de cinemática longitudinal, solamente se ha experimentado para el corte de fibras vegetales de Juncus sp. utilizando la arista obtenida por la fractura mediante percusión de una concha de Ruditapes decussatus. La fuerza en todos los casos se ha aplicado por presión con el instrumento sobre la materia trabajada. El tiempo de utilización del instrumento es otra importante variable que influye decisivamente en la formación de los rastros de uso en los instrumentos de trabajo (Clemente 1997: 34; González e Ibáñez 1994: 31). En los instrumentos de concha, la formación de las huellas de uso es similar a la del utillaje lítico, pero éstas se producen más rápidamente debido a su composición, principalmente de aragonito (9). La utilización de este tipo de instrumentos respecto a los constituidos sobre soportes líticos se rentabiliza con la inmediatez de su uso expeditivo, y su abandono y sustitución por otro al decaer su efectividad, más aún en contextos donde las conchas son muy numerosas. Por ello, en esta primera aproximación experimental la duración de las actividades ha sido más breve que en los programas experimentales realizados con utillaje lítico. Todos los experimentos se han realizado en tres intervalos temporales de 5, 10 y 15 minutos. Para cada intervalo se ha utilizado una concha, con el fin de repetir la observación directa con el microscopio sobre el instrumento una vez finalizado el experimento. Buscamos así, comprender mejor la evolución de los rastros de uso en cada caso. El ángulo que conforma el instrumento con la materia trabajada es también significativo en la formación de los rastros de uso (Clemente 1997: 33). A pesar de la dificultad de controlar las variaciones leves durante la realización mecánica del experimento, a veces se ha intentado modificar la inclinación del útil para registrar la ubicación de las huellas de uso en la cara externa e interna de la concha en cada caso. Casi todos los ángulos de contacto han sido rectos (en torno a 90°), tanto en las acciones transversales, como longitudinales, pero, se ha variado en ocasiones entre los 75°y los 90°Los únicos experimentos en los que el ángulo no tiende a ser recto corresponden al tratamiento de cuero con la charnela de Ostrea edulis: la fricción de esta zona de la concha con la piel forma un ángulo prácticamente plano (180°), ya que la superficie de la charnela es plana. RESULTADOS DEL PROGRAMA EXPERIMENTAL Al tratarse de una cinemática de raspado unidireccional el pulido se ubica en la cara interna de la concha de Ruditapes decussatus. Este pulido presenta un aspecto brillante y plano, la trama es compacta y la microtopografía lisa (Lám. A su vez el filo muestra un redondeamiento de grado alto tras 15 minutos de trabajo con el instrumento. Los rastros microscópicos de los instrumentos son las estrías de fondo oscuro, finas y largas perpendiculares al filo, junto a otras más finas, casi como arañazos, orientadas en oblicuo al filo (Lám. El rasgo más destacable del proceso es la pérdida de la capa superficial de la concha o periostracum, cuyo aspecto, es similar al "descascarillado" de las zonas que han estado en mayor contacto con la materia trabajada (Lám. Se ha llevado a cabo una acción de raspado, que localiza el pulido principalmente en la cara interna del borde de la concha de Ruditapes decussatus, en la zona de la arista del filo y, en menor medida, en la cara externa al perder la capa rugosa del periostracum. El pulido presenta una trama cerrada y la microtopografía es lisa en la zona del filo. Hacia el interior de la concha la trama se abre convirtiéndose en semicerrada (Lám. Ésta es cerrada, brillante y de microtopografía rugosa en la propia arista del borde de la concha. En la cara externa el pulido es menos brillante casi mate, de trama cerrada y microtopografía rugosa. El redondeamiento del filo es más acusado en la cara interna de la concha pero, en todo caso, de grado bajo-medio. Los instrumentos que han procesado planta no leñosa presentan pequeñas melladuras, principal-mente en forma de media luna, o semicirculares que progresivamente tienden a alinearse. En las zonas redondeadas del filo se forman estrías compuestas, cortas y de fondo brillante (Lám. Hacia el interior de la concha Lám. V. Huellas de uso documentadas en los instrumentos experimentales de Ruditapes decussatus utilizados para procesar madera. 1) Pulido en la zona del borde en la cara interna tras 10 minutos de trabajo. 2) "Descascarillado" producido en la capa superficial de la cara interna. 3) Pulido en la cara interna tras 15 minutos de trabajo. 4) Huellas de uso sobre la zona del borde tras 15 minutos. Huellas de uso documentadas en los instrumentos experimentales de Ruditapes decussatus utilizados para procesar planta no leñosa. 1) Pulido en la zona del borde en la cara interna tras 5 minutos de trabajo. 2) Alteración en la zona del borde de la cara interna tras 10 minutos. 3) Detalle de la zona anterior. 4) Huellas de uso sobre la zona del borde de la cara interna tras 15 minutos. las estrías son más largas, finas y de fondo oscuro, distribuidas longitudinalmente y en los instrumentos utilizados en acciones longitudinales de corte también en oblicuo. Sobre la arista las estrías son menos numerosas también finas y muy largas dispuestas longitudinalmente (Lám. En la cara externa de la concha las estrías son de fondo oscuro, finas y largas, dispuestas en sentido longitudinal al filo. En las conchas empleadas para procesar piel en estado fresco a partir de los 10 minutos de trabajo comienza a desarrollarse un pulido en la cara interna, localizado marginalmente en el borde de la concha. En 15 minutos se desarrolla en la cara externa y sobre la arista redondeada. El pulido tiene una trama cerrada, es brillante y tiene un aspecto muy graso. La microtopografía es ligeramente rugosa, tendiendo a alisarse en las zonas más elevadas de la concha (Lám. En las conchas de Mytilus la trama del pulido llega a ser compacta en las zonas más elevadas de la topografía de la cara interna. En las conchas de Mytillus galloprovincialis se aprecia un desarrollo más rápido del pulido en la cara interna respecto a Ostrea edulis y a Patella sp. A partir de los 15 minutos se empieza a apreciar cierto desarrollo del pulido en el borde de la capa externa. Es de trama cerrada, brillante y de aspecto graso, con microtopografía rugosa. El redondeamiento del filo llega a un alto grado tras 15 minutos de trabajo. En las conchas de Ostrea edulis se aprecia la fractura de las capas rugosas de la cara externa. Tiende a regularizarse la superficie de círculos regulares continuos que conforma la cara externa en esta especie. Tanto en las conchas de Ostrea edulis como en las de Patella sp sobre el borde de la capa rugosa de la cara externa se desarrollan algunas melladuras de morfología semicircular aisladas. En 15 minutos aparecen estrías en la cara interna, más profundas y anchas en perpendicular al filo, y otras oblicuas más superficiales y finas Ambas son irregulares y de fondo oscuro (Lám. En los instrumentos de Mytilus galloprovincialis y Patella sp., pero no en los Ostrea edulis, aparecen de microagujeros irregulares y de fondo oscuro en la cara interna de la concha. Se aprecia la pérdida del periostracum en algunas zonas de la cara interna en los instrumentos de Ostrea edulis, conformando diferentes alteraciones. Sobre el ostracum el pulido tiene un brillo mate, la trama es cerrada y la microtopografía rugosa, mientras que sobre las zonas que han permanecido del periostracum o capa más superficial, el pulido está menos desarrollado, la trama es semicerrada y la microtopografía rugosa (Lám. En las conchas de Mytilus el pulido se concentra principalmente sobre las elevaciones de la topografía ondulada, mientras que en las de Patella sp. la trama llega a ser compacta en esas zonas. En todas las conchas experimentales que han procesado piel en estado seco, en la cara externa, el pulido tiene la trama cerrada y un aspecto graso. El redondeamiento del filo llega a grado alto tras 15 minutos de trabajo. En las conchas de Ostrea edulis y Patella sp. se fractura la capa superior de la concha (periostracum) formando dos filos superpuestos. Por el contrario solamente los instrumentos de Ostrea edulis muestran, tras 15 minutos de trabajo, las huellas provocadas por la prensión con la mano del instrumento. Son visibles en la zona de la charnela en la cara externa y en la zona de la impresión del músculo aductor en la cara interna. En los instrumentos de Mytilus, así como en los de Patella sp. se han registrado desconchados o mellamientos semicerrados con morfología semicircular o de media luna, localizados de forma aislada en el filo que tienden a alinearse progresivamente. En las conchas de Mytilus las melladuras abruptas del filo, en ocasiones, conforman un aspecto casi dentado. En la cara interna se han registrado estrías de fondo oscuro, anchas, cortas y profundas, localizadas en la zona de la arista y orientadas en perpendicular al filo (Lám. En la cara externa las estrías son muy numerosas, de fondo oscuro, muy finas y largas (Lám. En los instrumentos de Mytilus y Patella sp. se han documentado microagujeros de morfología circular. COMPARACIÓN ENTRE LOS RESULTADOS DEL ANÁLISIS SOBRE EL MATERIAL MALACOLÓGICO DE SANTIMAMIÑE Y EL PROGRAMA EXPERIMENTAL Los resultados del programa experimental confirman las hipótesis planteadas respecto a las materias procesadas con los instrumentos de concha documentados en Santimamiñe. Concretamente, en lo que respecta al fragmento de Ruditapes decussatus, la experimentación parece apuntar más al procesado de alguna planta no leñosa que de la madera. Sin embargo, a pesar de la similitud entre las características de los rastros descritos a nivel arqueológico y experimental, se evidencia un mayor desarrollo de éstos en el material arqueológico analizado. En este sentido, el fragmento de Ruditapes decussatus procedente del nivel Lsm de Santimamiñe probablemente fue utilizado para procesar alguna planta no leñosa de mayor dureza que Juncus sp., o durante más tiempo que el empleado en los experimentos. Este último factor es muy probable, teniendo en cuenta que su duración máxima fue de 15 minutos, tras los cuales el instrumento aún conservaba una correcta potencialidad que podría haber permitido continuar el procesado de más materia vegetal. En lo que se refiere a la charnela de Ostrea edulis con redondeamiento en el vértice, la experimentación realizada para ablandar tiras de cuero de pequeñas dimensiones, muestra rastros diagnósticos muy similares, quizás algo más desarrollados en las piezas experimentales. Entendemos que el estado más o menos seco de la piel puede ser un factor que debido al potencial de abrasión de esta materia provocara el desarrollo de rastros más marcados o de forma más rápida sobre la concha. Los restantes fragmentos de concha procedentes de Santimamiñe, interpretados como instrumentos para raspar materia animal de dureza blanda-media, según la experimentación estarían más cercanos al procesado de piel en estado seco o a la utilización de algún abrasivo para curtir la piel (como el ocre, por ejemplo). Este uso está documentado etnográficamente de forma bastante habitual y provoca rastros más desarrollados y superficies más estriadas sobre los instrumentos (Lám. Esta hipótesis se basa en los rastros diagnósticos de ambas colecciones: el desarrollo del pu- Lám. Huellas de uso documentadas en los instrumentos experimentales utilizados para procesar piel seca. 1) Fractura de la capa superficial en la zona del borde de Ostrea edulis y desigual desarrollo del pulido tras 10 minutos de trabajo. 2) Huellas de uso en la cara externa de Ostrea edulis tras 10 minutos de trabajo. 3) Detalle de la zona anterior, con regularización de la capa exterior de la concha y numerosas estrías de fondo oscuro. 4) Detalle de estrías de fondo oscuro en la zona del borde de Ostrea edulis tras 15 minutos. lido, así como la concentración de estrías que presenta mayor similitud entre el material arqueológico y la muestra experimental que ha sido utilizada para trabajar piel en estado seco. La piel seca es bastante más abrasiva que la piel en estado fresco, generando un mayor desarrollo de los rastros y mayor presencia de estrías. En cualquier caso, consideramos que los rastros diagnósticos observados y documentados en el programa experimental permiten diferenciar al menos el tipo de materia procesada, así como el movimiento ejercido durante el trabajo. Probablemente, al aumentar la duración de los experimentos podremos conseguir rastros aún más diagnósticos. De la misma forma, al introducir en el futuro más variables modificables en la experimentación podremos incrementar los criterios para acercarse al material arqueológico con mayor precisión de análisis. Por otra parte, observamos otra correlación significativa entre el material arqueológico analizado y los resultados obtenidos en el programa experimental. Los fragmentos de bivalvos procedentes de Santimamiñe analizados, se corresponden con diferentes partes anatómicas de valvas derechas. A través de la experimentación hemos comprobado cómo en el caso de las conchas de Ostrea edulis también cuentan con una mayor potencialidad funcional que las valvas izquierdas. Este aspecto deriva de la morfología más plana de las valvas derechas respecto a la forma más cóncava que presentan las izquierdas. Esta morfología plana parece dotar a su borde natural de una mayor resistencia ante la fractura al utilizar la concha como instrumento de trabajo. Aunque por el momento tenemos poca información para poder confirmar este aspecto, parece significativo que la mayor potencialidad observa-da de forma experimental para las acciones de raspado en las valvas derechas de Ostrea edulis, coincida con la utilización de valvas derechas en todos lo casos analizados en el material arqueológico. A este respecto será necesario analizar más material malacológico procedente de contextos arqueológicos para intentar verificar con mayor seguridad esta observación. La topografía irregular, conformada por la pérdida de alguna de las capas superficiales de la concha, podría haber influido en la formación de rastros diferentes en cada zona, con un mayor o menor desarrollo de las huellas de uso debido al diferente grado de contacto con la materia trabajada de cada zona. Sin embargo, también conocemos que varían en cada capa la composición mineralógica, el aspecto visual, así como la forma en que cristalizan los minerales constituyentes, lo cual también podría influir decisivamente en la formación de rastros. Del mismo modo, al comparar conchas de diversas especies usadas para trabajar una misma materia, hemos documentado en algunos casos alteraciones también diferentes. Esto podría deberse a la propia morfología de la concha, y por tanto al divergente contacto ejercido sobre la materia trabajada, en cierta medida también a la variación que existe en la composición entre cada especie y a la estructuración de los minerales que la conforman, o incluso a ambos aspectos. La pérdida de la capa superficial o periostracum de la concha durante la utilización provoca la pérdida de los rastros de uso que se forman en esa superficie. A no ser que se siga utilizando el instrumento y formándose los rastros en la capa inferior o nacarada de la concha este aspecto podría generar un proceso de "invisibilidad arqueológica" que impediría la correcta caracterización de este material malacológico como instrumento de producción (10). Como aspectos metodológicos relacionados con la observación y la documentación de rastros de uso en este tipo de instrumentos de concha, reseñamos la necesidad del uso de sistemas de observación macroscópicos (lupa binocular) y microscópicos (microscopio metalográfico). En los últimos años parece que el debate acerca de la conveniencia del uso de altos o bajos aumentos para la observación de las huellas de uso en instrumentos de producción líticos se ha ido cerrando, asumiéndose comúnmente entre la mayor parte de investigadores que ambos son compatibles, complementarios, e incluso necesarios. Sin embargo, este aspecto no se ha extendido de forma tan genérica al estudio de utillaje manufacturado con materias primas de origen animal, ya que existen numerosos trabajos basados tan sólo en la observación macroscópica (mayoritarios) o mi-croscópica de los rastros. En lo que se refiere a la observación de las huellas de uso en instrumentos de concha, consideramos necesario el empleo de ambos medios de observación, ya que en cada caso responden a la observación específica de rastros difícilmente documentables empleando sólo altos o bajos aumentos. En este sentido, mientras la localización de las melladuras, redondeamientos o la primera documentación de las zonas activas del instrumento se ven favorecidas por el empleo de la lupa binocular, la observación y descripción del pulido y su microtopografía, así como la morfología de los microagujeros o las estrías obligan necesariamente a la utilización de al menos 200X, viéndose incluso favorecida su caracterización con el empleo de hasta 400X. Otro aspecto muy importante relacionado con la observación específica de estos instrumentos es la importancia de la luz y la inclinación de la pieza. Un posicionamiento plano favorece la observación de los pulidos y las estrías, mientras que un posicionamiento vertical permite visualizar mejor las alteraciones de la arista y el filo, tales como el redondeamiento o las micro-melladuras. Este aspecto es especialmente característico en este tipo de utillaje, debido a la morfología más o menos cóncava, natural de las conchas. El tratamiento muy cuidado de la luz se hace imprescindible, sobre todo en las conchas de Ostrea edulis o Ruditapes decussatus, ya que su aspecto muy nacarado, de tonos blancos muy brillantes, obliga al empleo de baja intensidad de luz para la observación y documentación fotográfica de los rastros de uso. Este aspecto, se agrava al emplear cámaras digitales con adaptador al microscopio, ya que capturan mucha luz al abrir el objetivo, obligando paralelamente a bajar la intensidad y a disminuir el tiempo de exposición durante la apertura del diafragma para obtener una buena imagen. Esto ocurre también al fotografiar otras materias como el hueso. La vía de análisis abierta desde la aplicación de los estudios traceológicos a los instrumentos de concha requiere, sin duda, un esfuerzo orientado a mejorar y completar la metodología existente hasta ahora. Consideramos que el desa-rrollo metodológico orientado a buscar mejoras en el planteamiento de los programas experimentales, así como a la observación y descripción de las huellas de uso formadas sobre estos instrumentos de producción, puede contribuir a aumentar nuestro conocimiento acerca de las actividades económicas emprendidas por algunos grupos de cazadores recolectores. Paralelamente, el desarrollo metodológico de este tipo de analíticas debería llevar aparejada la modificación de la visión de los restos arqueomalacológicos exclusivamente como desperdicios del consumo bromatológico. Para ello se hace obligado un adecuado tratamiento de estas evidencias arqueológicas desde el propio trabajo de campo, así como su posterior procesado y almacenamiento, encaminado a permitir su ulterior estudio como instrumento. Las investigaciones sobre la utilización de conchas como instrumentos: una revisión crítica Hasta ahora son escasos los estudios arqueológicos que se han propuesto conocer las tecnologías confeccionadas con concha de molusco en las actividades productivas de los grupos humanos. En los últimos tiempos este campo de la Arqueología parece que ha visto aumentado de forma cuantitativa y cualitativa su alcance, gracias a estudios arqueomalacológicos y tecnológicos. El mayor auge de este tipo de análisis corresponde a áreas geográficas cuyos pobladores cuentan con una extensa herencia cultural del uso de las conchas, que incluso, en algunos casos, ha llegado hasta nuestros días. La zona del Pacífico (Choi y Driwantoro 2007; Jones y Keegan 2001; Szabó 2008; Szabó et al. 2007, entre otros) o Sudamérica (Bonomo 2007; Bonomo y Aguirre 2009; Dacal Moure 1978, entre otros) han sido las áreas donde algunos/as investigadores/ras vinculados a la arqueología han mostrado mayor interés por estudiar las conchas, como recurso alimenticio y adorno, y también como materia prima orientada a la manufactura de instrumentos de producción. Con mucha probabilidad, este desarrollo derive en gran medida de la existencia en estas latitudes de especies muy apropiadas de bivalvos y gasterópodos de gran tamaño, muy robustos, y susceptible de utilización cada una de sus partes anatómicas (columela, labio, espiras...) con fines diferenciados y específicos. gran aportación que pueden realizar este tipo de aproximaciones al conocimiento de las actividades productivas desarrolladas por los grupos humanos que han explotado el área litoral. Utilización de conchas como instrumentos en la región cantábrica Los siete fragmentos de material malacológico procedente de Santimamiñe, utilizados como instrumento de trabajo en diferentes actividades productivas son la primera evidencia de este tipo para contextos de la región cantábrica. Los resultados del análisis efectuado sobre el material arqueomalacológico y su comparación con el procedente del programa experimental refuerzan la hipótesis planteada inicialmente, es decir la utilización de conchas de molusco como instrumento en diversas actividades productivas por parte de los grupos del Mesolítico y Neolítico inicial en algunos contextos litorales. Sin embargo, el reducido numero de piezas analizadas, y sobre todo la imposibilidad de, hasta el momento, poner en relación estos datos junto con análisis similares del resto de utillaje (lítico y óseo) dificulta extraer conclusiones de carácter más amplio. Consideramos que ampliando este tipo de análisis a nuevos conjuntos malacológicos y poniendo estos datos en relación con estudios traceológicos aplicados sobre el utillaje lítico y óseo, pendientes aún en Santimamiñe, podríamos estar en disposición de valorar de forma más concluyente el papel de las conchas como instrumento dentro del abanico tecnológico de estos grupos. Mediante esta vía podremos valorar la utilización tecnológica de las conchas de molusco, frente al empleo de otros soportes. Igualmente podremos analizar si esta utilización guarda alguna relación directa con actividades productivas específicas o si, por el contrario, la inmediatez que supone el empleo de un recurso natural muy numeroso, y aportado previamente al yacimiento con una finalidad bromatológica, pudo suponer un aliciente para su uso tecnológico. A pesar de que la reducida extensión del análisis realizado dificulta extraer conclusiones de carácter socio-económico parece probable que los factores y circunstancias indicadas, pudieran hacer disminuir en cierta medida el esfuerzo orientado a la captación de otras materias primas, así como a su posterior proceso de producción o for-matización, si es que las conchas fueron usadas sin transformación. Sin duda, este aspecto podría modificar ciertas conductas de comportamiento de estos grupos en relación a los procesos de manufactura del utillaje. Y por extensión al resto de procesos de producción, del mismo modo en que probablemente éstos pudieron verse influidos también por aspectos como la disponibilidad dentro del área local de materias primas de calidad, la necesidad de llevar a cabo desplazamientos a grandes distancias o de desarrollar una estrecha red de relaciones sociales con el fin de disponer de los recursos minerales necesarios para manufacturar sus instrumentos de trabajo (12). Por otra parte, si se tiene en cuenta que las evidencias documentadas hasta el momento se corresponden con un área, la zona oriental de la región cantábrica, con una mayor disponibilidad de materias primas líticas de buena calidad para la talla respecto a los contextos de la parte occidental, se refuerza aún más el papel que los instrumentos en concha pudieron haber jugado en el desarrollo de las actividades productivas. En este sentido, cabe esperar que la posibilidad de éxito en el registro de nuevas evidencias de la utilización instrumental de las conchas sea aún mayor para contextos con un menor índice de "tecnologías tradicionales", como los concheros asturienses de la zona occidental de la región cantábrica. En el futuro la documentación de tecnología de concha en contextos asturienses podría contribuir a paliar la escasez de utillaje sobre la que tradicionalmente se han apoyado los debates acerca de la funcionalidad de estos asentamientos. Del mismo modo paralelamente quizás sea probable redefinir estos espacios más allá de su consideración actual como meras acumulaciones de desperdicios alimenticios. La existencia de estas evidencias debería servir, al menos, para plantear la necesidad de abordar desde otra perspectiva el análisis de las conchas halladas en los contextos arqueológicos. El empleo de metodologías adecuadas para el tratamiento de este tipo de materiales en la propia excavación, durante su almacenamiento y, lógicamente en su posterior análisis, debería posibilitar la incorporación de nuevos hallazgos instrumentales en otros contextos litorales. En este sentido, consideramos que el conocimiento global de las formaciones económico-sociales que han ex-plotado el litoral podría verse beneficiada por un conocimiento más completo de todos aquellos instrumentos empleados por estos grupos de cazadores recolectores para satisfacer sus necesidades productivas. La Universidad de Cantabria financió esta investigación a través de una beca y un contrato predoctorales concedidos a dos de los autores (D.C.S. e I.G.Z.). Manuel R. González Morales, Alejandro García Moreno y Juan Carlos López Quintana nos ayudaron en diversas cuestiones relacionadas con este trabajo.
Se da a conocer el hallazgo de cinco motivos, cuatro de ellos del más clásico estilo levantino y de color negro, en una zona inédita: el valle del río Mesa en la cuenca del río Jalón, camino natural de acceso a la Meseta Sur. La roca pintada se ubica además en territorio de aguas termales, muy próximo a los balnearios de Jaraba, destacándose como el yacimiento levantino más occidental conocido en Aragón. Su patrón estilístico encaja en los tipos de arqueros que se desplazan, con paralelos temáticos en el grupo Bajo Aragón/Maestrazgo/Bajo Ebro. Su ubicación en un cañón sinuoso reproduce el esquema de la zona de Valltorta (Castellón) y subraya su carácter de marcador territorial, situándose en un anfiteatro natural tras un meandro en la confluencia con un barranco perpendicular y en la zona más visible de todo el barranco. La zona del barranco de la Cañada del Campillo, a cuya entrada se localiza la Ermita de Nuestra Señora de Jaraba, presenta unas condiciones excelentes para contener vestigios de ocupación por parte de sociedades prehistóricas. Es un lugar protegido y soleado, ubicado a sólo 2 km de las cálidas aguas termales que manan de rocas del Cretácico Superior con una potencia de 10 a 15 MW y que son explotadas en los actuales balnearios. Pertenece a la misma red hidrogeológica que transcurre bajo el río Henar en su confluencia con el Jalón y que aflora en los manantiales de Alhama de Aragón, Embid de Ariza y Deza. Allí se establecieron durante los distintos períodos del gélido Dryas los habitantes Magdalenienses de los abrigos Vergara y Alexandre en Deza (Utrilla et al. 1999; Utrilla y Blasco 2000) o de la Peña del Diablo 1 y 2 en Cetina (Utrilla y Domingo 2003), o los posibles mesolíticos que dejaron un microburil en el abrigo de Artal-Domingo junto al congosto de Embid de Ariza. En julio de 1995 P. Utrilla obtuvo del Gobierno de Aragón y de la Junta de Castilla y León permiso de prospección para toda la zona "termal" comprendida entre Deza y Jaraba, revisando las cuevas y abrigos localizados en el curso del río Henar entre Deza y Cetina, así como del río Mesa y sus afluentes en Jaraba. Los resultados fueron muy positivos en la primera zona, la más intensamente prospectada, pero fallidos en la segunda ya que los espléndidos abrigos unas veces estaban ocupados por balnearios (los de Serón y la Virgen), otras por ermitas rupestres (Nuestra Señora de Jaraba) y, las más, por corrales cerrados y en uso. En suma, el cañón tenía un alto valor estratégico para pueblos cazadores que obtendrían allí fácilmente el éxito en la caza: sus altas paredes verticales (Lám. I.1), su trazado sinuoso tipo Valltorta (Lám. I.2), sus quiebros bruscos en el trazado, los abundantes apostaderos de ojeo, sus abrigos habitables, la posibilidad, en fin, de dar caza en sus 10 km de desarrollo a ungulados, o incluso de proceder a una especie de semiestabulación, tal como propuso Davidson (1989) para ciervos en el valenciano valle de la Marchuquera o para renos en la Gorge d'Enfer, todo lo cual lo convertían en un lugar con un significado especial para los grupos prehistóricos. El Santuario rupestre de Nuestra Señora de Jaraba, a 2 km de distancia del balneario termal de la Virgen, marcaría sin duda la entrada (o la salida) al cañón y "cristianizaría" el tortuoso y singu-lar barranco, constituyendo el abrigo de la ermita un punto ideal para establecer un lugar de hábitat o para contener pinturas prehistóricas que marcaran la "posesión" del cañón para los creadores, si se acepta a priori la conocida hipótesis de Llavori de Micheo (1988Micheo ( -1989)). En suma, la espectacularidad del paisaje, unida a la existencia de aguas termales en las cercanías, convierten a este territorio de la Cordillera Ibérica en una de las zonas con mayor potencialidad en cuanto a la ocupación prehistórica se refiere, tanto desde el punto de vista de yacimientos de habitación como de estaciones con arte rupestre. Pasaron catorce años desde nuestra primera prospección pero fue un vecino de la localidad de Jaraba, D. Serafín Benedí, muy preocupado por la actividad cultural de la zona, quien el 7 de septiembre de 2009 se puso en contacto con P. Utrilla para comunicarle el hallazgo de posibles pinturas rupestres en el barranco descrito. El 11 de septiembre, acompañados por M. Bea, confirmamos su pertenencia al arte rupestre levantino, informando de inmediato al Departamento de Cultura del Gobierno de Aragón para proceder a su protección. Con fecha 24 de septiembre se obtuvo el permiso de calco y estudio, así como de prospección de los 10 km lineales que constituyen toda la cañada del Campillo, con la intención de documentar si existían más pinturas en el resto del cañón. El resultado, por el momento, ha sido negativo (3), aunque resta por prospectar un tercio del recorrido. LOCALIZACIÓN Y ENTORNO GEOGRÁFICO El nombre local del cañón oscila entre barranco de L'Auceca (contracción de la Hoz Seca) o de la Ermita de la Virgen, en alusión al santuario rupestre. Sin embargo, en la cartografía del IGN (Hojas 436 Jaraba y 463 Milmarcos) es conocido como "Cañada de Campillo", en alusión a la localidad hacia la que parece dirigirse, siendo atravesado por la GR-24. El acceso al conjunto rupestre se realiza siguiendo la carretera que atraviesa la población de Jaraba en dirección a Calmarza (Lám. A mitad de camino, entre los puntos kilométricos 2 y 3 remontando el río Mesa, se abre a mano izquierda el citado cañón que lleva al Santuario de Nuestra Señora de Jaraba. Éste discurre de forma tortuosa a lo largo de unos 10 km, recordando el conocido barranco de la Valltorta (Castellón) en el que se localizan los famosos abrigos con arte levantino. El acceso se realiza en su mayor parte llaneando por el fondo del barranco, en un recorrido espectacular que transcurre entre altos paredones de caliza en los que se abren numerosos abrigos, algunos de grandes dimensiones. Sin embargo, las pinturas no se localizan en ninguno de los mu-chos que existen en el entorno sino en un pequeño y anodino entrante rocoso en la zona baja de un farallón que se extiende del Noreste al Suroeste. Por tanto, tenemos que pensar que el lugar fue elegido cuidadosamente por su posición ya que, de otro modo, no se explica que se desecharan todos los abrigos y hornacinas que jalonan el recorrido. Debemos tener siempre presente la posibilidad de que existieran más estaciones decoradas y que, por cuestiones de conservación, no se hayan preservado. En este sentido debemos destacar la altitud media del territorio en el que se localiza Roca Benedí, cercana a los 1.000 m s.n.m., con tempe-raturas medias muy bajas en invierno que determinan el alto grado de descamación de la roca. A unos 2 km de la salida, es decir, de la confluencia del cañón en el río Mesa, se debe iniciar el ascenso por la ladera Oeste del barranco, cerca de la cueva denominada "de la Tienda", ascenso que no resulta demasiado complicado si se sigue una estrecha senda abierta por el ganado. Bastará con ir ganando altura hasta alcanzar la cota de los 860 m aproximadamente. Allí se obtiene un dominio absoluto sobre el terreno circundante, divisando desde las pinturas el gran meandro, de casi 300°, que describe el barranco en este punto (Lám. Delante de las pinturas se extiende un espolón en el que se aprecia una posible construcción en piedra de morfología circular hoy totalmente derruida. Frente a ella, en la vertiente Este del barranco, se abre la cueva de las Grajas, una impresionante oquedad formada por el empuje de las aguas, lo que le confiere una especial sonoridad al funcionar como caja de resonancia que produ-ce un eco muy particular. En lo alto de la ladera derecha del barranco, frente al conjunto levantino, se documenta un asentamiento prehistórico donde la prospección de M. Bea y R. Domingo localizó cerámicas decoradas con cordones de uñadas. La ubicación de las pinturas en este punto no resulta baladí, y sin duda ha de ponerse en relación con la significación del arte rupestre como marcador territorial. La estación decorada se ubica en el imponente meandro en el que se estrangula el curso del barranco, como sucede en el Barranc de la Valltorta que registra una especial concentración de abrigos pintados en la cara sur de los dos meandros más cerrados de su recorrido. A ello se suma la excelente acústica del anfiteatro natural en el que se ubican las pinturas, tal como se documenta en El Barranco Hondo (Martínez Bea 2004: 98-99) o en la Vacada (Martínez Bea 2006, 2009), ambos en Castellote, o en diversos conjuntos del grupo de la Valltorta, como el de La Saltadora (Villaverde y Martínez Valle 2002: 200; Domingo et al. 2007). De igual modo debe comentarse que, al descender el barranco en dirección al Mesa, la roca donde se ubican las pinturas es visible desde varios kilómetros de distancia (Lám. I.5), algo similar a lo documentado por J.F. Ruiz (2005: 238) en la Peña del Escrito II de Villar del Humo, una roca visible desde más de 8 km de distancia. Por otra parte, hay que señalar que es intenso el poblamiento prehistórico en la cuenca del río Jalón aunque aquí nos interesa sólo la época a la que suele atribuirse el arte levantino, bien al Mesolítico Geométrico, bien al Neolítico Antiguo o al Neolítico Final/Eneolítico (4). Así, destaca el potente foco del Neolítico Antiguo del Valle del Ambrona, con los yacimientos de Revilla y La Lámpara (Kunst y Rojo 1999) o el Campaniforme del mismo valle (Rojo et al. 2004) o el de la clásica Cueva de la Mora de Somaén (Barandiarán 1975). En cuanto al Mesolítico se documentan sólo algunos hallazgos aislados que denotan la presencia de estas gentes en la zona: como el microburil del citado abrigo de Artal-Domingo en Embid de Ariza (Utrilla y Domingo 2003) o algunos trapecios abruptos o microburiles de Vardalgal, en Morata de Jalón o del Parrizal, en Santa Cruz de Grío (Utrilla y Gimeno 1981). Más próximos a las pinturas de Jaraba resultan algunos hallazgos de superficie de la cuenca media del río Mesa recogidos por J.L. Cebolla (5). DESCRIPCIÓN DE LOS MOTIVOS El conjunto pintado, compuesto por dos ciervos que miran hacia la izquierda, dos figuras humanas que lo hacen a la derecha y unos trazos lineales, se sitúa en una simple roca formada por dos lienzos en ángulo, aunque las pinturas sólo están ubicadas en el panel izquierdo. En el citado ángulo se abre una grieta hacia la que se dirigen las dos figuras humanas, tocándola las flechas del arquero que parecen estar introduciéndose ya en la misma. La repisa que sirvió de base a los pintores, un lugar que hoy resulta muy incómodo, mide 5 m de longitud ́1,03 m de anchura y se encuentra a 2,85 m del suelo y a 3,5 m de altura del techo o visera que protege las pinturas. El panel decorado ocupa una superficie de 1,08 m de longitud por 0,71 de anchura, comenzando las pinturas a sólo 58 cm del suelo de la repisa (Lám. Personaje masculino marchando a la derecha que porta arco sin cuerda y flechas en su mano izquierda (Lám. Éstas parecen de ápice simple y emplumadura lanceolada, la representación habitual del arte levantino. Presenta peinado piriforme, de media melena vuelta hacia adentro y un espectacular tocado de forma triangular con un penacho de seis plumas. La articulación de la cabeza y el torso enmascara el diseño del cuello en la parte derecha, el cual queda casi oculto por la melena. El cuerpo aparece bien proporcionado con un tórax de tendencia triangular en visión frontal, perspectiva que pasa a lateral en las piernas, en especial en las bien modeladas pantorrillas, con una muy cuidada representación de los pies. A la altura de la rodilla se observan cintas que parecen ajustar bien un posible pantalón bombacho, bien unas polainas, sin descartar que se trate de un mero elemento decorativo y que el arquero fuera desnudo, estando representado el sexo por un trazo central muy perdido. En este caso ofrecería unos muslos demasiado gruesos y mal modelados, lo que no concuerda con la buena representación de las pantorrillas. Hacia el Lejano Oeste. Arte levantino en el acceso a la Meseta: la Roca Benedí... (4) No hemos querido desarrollar, por no ser el objetivo principal de este trabajo, cuestiones relativas a la adscripción cronológica y cultural de las pinturas. Plantear esta problemática, que ya hemos abordado en trabajos anteriores (Utrilla y Calvo 1999; Utrilla 2005; Utrilla y Martínez Bea 2006 y 2007) habría alargado considerablemente el artículo para, al final, no poder llegar a ninguna conclusión cerrada ya que la situación actual del debate cuenta con posicionamientos abiertos muy dispares. (5) Así en la localidad de Labros, ubicada junto al inicio del barranco de la Ermita se halló un microburil (La Lastra), tres segmentos (Hornillos, La Lastra) y un triángulo de doble bisel (Fuente Mochel). Otro microburil apareció en Amayas (Laguna Seca) junto a un segmento abrupto, a lo que hay que añadir un taladro de larga punta de clara tipología neolítica procedente de Villel de Mesa (Cañamañas). En los mismos términos documenta Cebolla algunos asentamientos con cerámica campaniforme, en Hinojosa, Labros, Amayas, Milmarcos, Mochales, Villel de Mesa y Algar de Mesa. Estos yacimientos aparecen recogidos en Cebolla, J.L. 1986: El poblamiento prehistórico del sector medio del río Mesa (Guadalajara, Soria, Zaragoza). Tesis de Licenciatura inédita. Zaragoza. perceptible pero que consigue marcar la transición a los muslos. El brazo derecho, en visión lateral correcta, aparece doblado en una postura típica del arte levantino, mientras en su izquierdo, de nuevo en visión frontal, se atisba por encima del codo un engrosamiento que podría corresponder a un brazalete. Dimensiones del motivo 1: 30 cm de longitud máxima desde la cabeza al pie izquierdo y 18,7 cm de longitud máxima del arco. Su muslo derecho mide 2,8 cm de anchura máxima, mientras que el izquierdo alcanza los 2,3 cm. A 11 cm a la izquierda del motivo 1, aparece una figura femenina en negro mirando a la derecha e inclinada hacia delante (Lám. Muy mal conservada, parece llevar falda de picos hasta la pantorrilla o bien pantalones anchos que dan paso a unas pantorrillas gruesas y a unos pies anchos. Esta parte inferior del cuerpo ha sido representada en una perspectiva frontal, lo que contrasta con la lateral que se ha utilizado para el arquero. La parte correspondiente al tronco y cabeza apenas es vi-sible pero la zona conservada permite apreciar la inclinación de la espalda y la existencia, en perspectiva lateral, de un tronco grueso en tórax y abdomen, grosor que no es habitual en representaciones femeninas de este estilo. En la parte superior del motivo aparece la figura de un niño, quizás tocado con un gorrito, que cabalga a la espalda de la mujer, irreconocible como tal por la ausencia de pintura conservada en la zona de los pechos. La figura completa mide 22,7 cm de longitud máxima, desde la cabeza del supuesto niño hasta el pie izquierdo de la madre, alcanzando los 13,5 cm desde el glúteo hasta el pie izquierdo. La mujer del motivo n.o 2 podría estar vinculada a un largo trazo vertical, de 20,5 cm de longitud, precedido de uno horizontal más corto de 3 cm, que pudo estar unido a sus brazos. Un tercer trazo lineal de tendencia horizontal se localiza a la derecha del extremo final del trazo vertical, alcanzando los 5,4 cm (Lám. La unión de estos dos últimos trazos no es visible por los des-conchados del soporte pero la dirección en la que parece curvarse la barra vertical lleva a que propongamos que los dos fragmentos pertenezcan a una misma vara, curvada en su extremo. Su interpretación resulta difícil pues sólo conocemos el caso de una barra vertical de una longitud proporcionalmente semejante, sobre los cuartos traseros de un ciervo en la zona 3 de Solana de las Covachas (Alonso 1980). Se trata de un ciervo mirando a la izquierda que se halla ubicado a 14 cm a la izquierda de la mujer, dándose la espalda entre sí. Se halla muy mal conservado, lo que no permite identificar con total seguridad si se trata de una cabra o de un ciervo (Lám. A favor de esta última interpretación aludimos a la presencia de restos de candiles transversales a las astas principales, la existencia del papo característico en el cuello y la similitud global al ciervo que representa el motivo n.o 5. Sin embargo, la postura en ángulo agudo de su cabeza respecto al cuello, como preparándose para topar, resulta muy característica de las cabras levantinas, como es el caso de una del Frontón de los Cápridos (Almagro 1956), otra en la cueva de la Vieja de Alpera (Alonso y Grimal 1990), otra del Barranc de la Palla (Hernández et al. 1988) o dos de Villar del Humo (Ruiz 2005). De cualquier modo, dado que el trazo y el pigmento de los candiles es idéntico al del resto del animal, no parece que existiera un repintado del motivo, por lo que preferimos la primera interpretación, la de ciervo, para esta representación. Dimensiones: desde el extremo superior del cuerno derecho hasta el extremo inferior del pecho el cuadrúpedo mide 17,6 cm, teniendo 3,8 cm de anchura máxima en el cuello. Se trata de un ciervo de espléndida cornamenta y actitud estática mirando a la izquierda. Sus patas traseras parecen descansar sobre un reborde natural de la pared, limitando con sus cuernos otro situado en la parte superior, por lo que la figura queda bien enmarcada en el espacio disponible. Un trazo fino en negro perfila la silueta del animal rellenada a su vez en tinta plana. Presenta un desconchado en el arranque de sus patas de-lanteras y en la zona del cuello, pero su conservación y visibilidad puede calificarse de buena para lo que es habitual en el arte levantino (Lám. La figura completa alcanza los 24 cm de longitud máxima. LA MOVILIDAD DE LOS PINTORES LEVANTINOS: SU PROCEDENCIA A TRAVÉS DE LOS PARALELOS ESTILÍSTICOS La presencia de pinturas levantinas en la zona de Jaraba reviste un alto interés por cuanto indica patrones en la elección de los asentamientos como la preferencia por barrancos cerrados y con fuertes meandros, la selección de lugares con buena visibilidad y bien visibles, o la proximidad a afloramientos con aguas termales (6). Con todo, no es menos interesante el capítulo relativo a la movilidad de los pintores levantinos y su acceso a zonas hasta ahora desconocidas. Las novedades que aportan las pinturas de Jaraba son las siguientes: Se amplía hacia el Oeste la dispersión del arte levantino (ya no tan levantino) puesto que se trata del abrigo más occidental ubicado en Aragón sólo superado en el Sur de la Península por el núcleo del alto Guadalquivir en Jaén (7) y algún conjunto del núcleo del Taibilla. En el centro, el extraño abrigo de Rillo de Gallo está situado sólo 2' más al Oeste, ya en la provincia de Guadalajara, documentándose en él un bóvido muy deteriorado que resulta compatible con un estilo levantino, tipo Albarracín (Balbín et al. 1989). Aparece, al fin, arte levantino en el Sistema Ibérico de Zaragoza, provincia en la que sólo se (6) La elección de determinados lugares como soporte de pinturas levantinas y esquemáticas está siendo tratado como tema de su Tesis Doctoral por parte de la geógrafa María Sebastián, becaria FPI asignada a nuestro vigente proyecto de investigación. Allí se ampliarán, sobre un soporte SIG, en la línea de trabajos anteriores como los de Cruz Berrocal (2004) o Fairén (2004). (7) Los abrigos de la provincia de Cuenca, ubicados en términos como Henarejo, Minglanilla o Villar del Humo son también algo más occidentales que el de Jaraba. En cuanto a las pinturas halladas en el alto Guadalquivir, en la provincia de Jaén debe comentarse que su estilo no es demasiado ortodoxo dentro del arte levantino, siendo las más próximas las dos figuras humanas longilíneas de Arroyo de Hellín en el núcleo de Guadalmena (Soria et al. 2001) o el personaje de cabeza hipertrofiada asociado a una cabra del Engarbo I (Soria y López 1999). conocía el abrigo del Plano del Pulido de Caspe, ubicado en el límite con el término de Alcañiz (Teruel), dentro ya del Bajo Aragón. Se localiza en una zona clave de comunicación ya que el río Mesa (y en general la cuenca del Jalón) supone el acceso a la Meseta Sur, enlazando con la cuenca del Tajo y el Tajuña. En este sentido resulta interesante por cuanto supone una aproximación al aislado abrigo de Rillo de Gallo, único ubicado en la provincia de Guadalajara, en la comarca de Molina de Aragón (Fig. 1). No olvidemos que el río Gallo, afluente del Tajo en su cabecera, dista sólo unos 10 km respecto al nacimiento del río Mesa, accediendo en una sola jornada a las pinturas de Roca Benedí. Ahora bien, ¿de dónde procedían las gentes que pintaron las paredes de Jaraba? Es el momento de pararnos a pensar en los paralelos estilísticos de sus figuras, siendo los dos personajes humanos los que aportan mayor información, dada la poca variación que representan las figuras animales, siempre naturalistas en mayor o menor grado. Somos conscientes de la complejidad de la cultura material en los grupos prehistóricos y de su papel en la sociedad, fruto de la cual surge la hipótesis que apunta la posibilidad de que estilos artísticos tan diferentes como el levantino y el esquemático fueran indistintamente empleados por las mismas sociedades neolíticas (Molina et al. 2003: 62). A pesar de esto, consideramos que existe un vínculo evidente, y no sólo parecido formal, que acerca a los motivos humanos de Roca Benedí a los observados en conjuntos del Maestrazgo turolense y castellonense. En este punto debemos hacer hincapié en la, hasta el momento, singularidad geográfica del conjunto que presentamos y en la abundante presencia de abrigos decorados con motivos del mismo tipo en los Maestrazgos, para establecer una posible movilidad estilística desde la que consideramos el área genésica hacia otras de expansión. Consideramos mucho más probable que un núcleo genésico, en este caso de un tipo particular de antropomorfo levantino, cuente en sus cercanías con un mayor número de ejemplos, mientras que a medida que se dispersara iría decreciendo. Así, contamos con un número importante de conjuntos con motivos como el que nos ocupa en los Maestrazgos, mientras que a medida que se avanza hacia el Oeste (cuenca del río Martín) éste se ve reducido, para llegar a un único ejemplo en el extremo más occidental. No obstante, esta idea podría muy bien cambiar si en los próximos años el abrigo de Jaraba dejara de ser un unicum para conformar con otros conjuntos un basto núcleo de arte levantino a semejanza del existente en la zona oriental a la que aludimos. En un reciente estudio sobre la variación estilística de la figura humana en el arte levantino aragonés asignamos a cuatro tipos principales y varios subtipos todas las figuras levantinas conocidas en Aragón (Utrilla y Martínez Bea 2007). Esta clasificación concuerda en lo principal con la basada en ejemplos del País Valenciano (Domingo 2006; Villaverde et al. 2006) cuya tabla comparativa aportamos (Tab. Basándonos en estas dos clasificaciones vamos a intentar conocer la filiación estilística de Roca Benedí. Sin embargo, nos resulta difícil asignar a un tipo concreto el arquero, ya que presenta características tan atenuadas que nos llevan a clasificarlo en un tipo mixto entre los dos primeros estilos. Por un lado se situaría cerca de los arquetipos estilizados, ya que posee una cierta esbeltez del talle, pero se trata de una figura naturalista y proporcionada lejos de los largos talles del horizonte Civil (Martínez Valle y Villaverde 2002). Encajaría mejor en el horizonte Centelles (Villaverde et al. 2006) pero tampoco puede hablarse claramente de un paquípodo, ya que el grosor de sus pantorrillas es correcto, acercándose más a los motivos 3 ó 21 de Valdelcharco (Beltrán 2002) o al desaparecido dels Secans (Cabré y Pérez Temprado 1921; Vallespí 1952). En el caso de Jaraba el arquero no presenta además los típicos calzones o zaragüelles ni la postura "al vuelo" que caracteri- za a las figuras paquípodas típicas del Bajo Aragón/Maestrazgo. Otro elemento a resaltar es el espectacular tocado y la gran cabeza de forma triangular y peinado piriforme, morfología común entre los "marchadores" de la zona del Bajo Aragón/Maestrazgo (Garroso, Secans, Covacho Ahumado, Chaparros o La Vacada, por citar ejemplos aragoneses). En cuanto al penacho de plumas no encontramos paralelos idénticos, siendo los menos dispares los que portan los arqueros tripudos de los Chaparros, motivos 68 y 79 según Beltrán (2005) o la figura del padre con hijo de Remosillo, aunque éste se adscribe ya a un estilo subesquemático (Baldellou et al. 1996). En Levante citaremos los bien conocidos penachos de los arqueros de la cueva de la Vieja de Alpera (Alonso y Grimal 1990), poseedores además de gruesos muslos, aunque de distinta tipología al humano aquí estudiado. Pero, sin duda, son los marchadores de Centelles los que proporcionan el paralelo más próximo en el segundo arquero de la primera fila. Este personaje porta dos arcos (el suyo y el del compañero cargado con fardos) y lleva, sobre su cabeza de peinado piriforme, un tocado del que pende un penacho de plumas que caen, como en Jaraba, hacia su izquierda (Guillem y Martínez Valle 2004: 115, fig. 84, n.o 2) (Lám. Por último, la presencia de un brazalete sobre el codo izquierdo recordaría los que portan los arqueros yuxtapuestos al árbol de La Sarga, el del arquero del abrigo del Ciervo en Dos Aguas, en el Abric de Torrudanes (Villaverde et al. 2002), o el del abrigo del Sordo en Ayora (Barciela 2007). De nuevo podría encontrarse un paralelo en la figura que encabeza la marcha de los arqueros que se desplazan en Centelles, según parece desprenderse del calco de Guillem y Martínez Valle (2004: 115, fig. 84, n.o 3). También tenemos que mirar a este abrigo para encontrar paralelos al motivo n.o 2, la mujer que porta un niño a su espalda (8). Este tema y composición se documentó por vez primera en los motivos 4 y 5 de la unidad 9 de los marchadores de Centelles (Guillem y Martínez Valle 2004, fig. 84, n.o 4 y 5), pero existía ya en la figura 55 de Valdelcharco del Agua Amarga (Utrilla 2005: 358) donde Beltrán había descrito al personaje (8) No conocemos paralelos temáticos y formales más allá de los ya referidos, sin que inicialmente hayamos considerado oportunos otros ejemplos para posibles escenas de mujeres "mantenedoras de sujetos" (Escoriza 2002: 73-76). Y no se han contemplado bien por no reproducir exactamente la misma temática -caso del abrigo II de Racó de Sorellets, en el que la mu- como "cargado con una cría de animal" (9) añadiendo que "parece más de acuerdo con un rito pastoril que con uno de caza" (Beltrán et al. 2002: 128). De nuevo podría rastrearse el tema en el motivo 32-VII de La Saltadora (Domingo et al. 2007), dentro del núcleo de la Valltorta. En todas ellas el niño, siempre con cabeza muy erguida, se sujeta con sus manos al fardo que porta su madre, pareciendo responder a un mismo esquema compositivo (Lám. En los tres casos (Centelles, Saltadora y Valdelcharco) estamos ante una misma provincia estilística. Por otra parte, la presencia en sí de una figura femenina, con marcadores indirectos del sexo como las faldas y la inclinación del cuerpo soportando peso (Escoriza 2002(Escoriza: 72 y 2005: 730): 730) que permiten identificarla como tal, puede ser significativa a la hora de valorar la filiación de las pinturas de Roca Benedí. En efecto, la mujer está prácticamente ausente en el Alto Aragón (10), pero, en cambio, tiene una notable representación en el grupo formado por el Bajo Aragón/Maestrazgo-Valltorta/Bajo Ebro, a cuyos estilos antiguos parece vincularse el conjunto de Jaraba. En esta zona, llaman especialmente la atención las mujeres de Centelles donde en un primer recuento supondrían un 20 % del total de figuras (Guillem y Martínez Valle 2004; Martínez Valle y Guillem 2006; Villaverde et al. 2006). Se representan con pechos bien marcados y pantorrillas gruesas y suelen plasmarse vestidas con amplios calzones o faldas de picos hasta la pantorrilla, tal como aparece en el arquetipo de la supuesta "danza fálica" de Cogull (Breuil 1909). En el Bajo Aragón se computan ejemplos en Valdelcharco del Agua Amarga, el motivo femenino de grandes dimensiones y también inclinada hacia adelante (Beltrán 2002); en Los Chaparros (en este caso desnuda y en avanzado estado de gestación) (Beltrán y Royo 1997); o en el abrigo del Arquero de Ladruñán, haciendo pareja con la figura que da nombre al abrigo (Ripoll 1961). El mismo tipo longilíneo, con piernas y caderas bien marcadas, aparece en el Grupo de Bajo Aragón/Maestrazgo /Bajo Ebro: por ejemplo, en tres mujeres de Cova Remigia (Porcar et al. 1935), otras tantas en Polvorín/Rossegadors (Vilaseca 1947; Mesado 1989) y una más en el abrigo A de Palanques (Mesado 1995; Alonso y Grimal 2001). Junto a los tipos claramente longilíneos de Valdelcharco aparecen otras mujeres más proporcionadas, como la del Racó Gasparo (Porcar 1965; Viñas 1982), con falda hasta las rodillas, nalgas muy prominentes y piernas juntas y gruesas que recuerdan la figura femenina de Jaraba. (9) No obstante, señala Beltrán (2000: 74) que su "colaborador José Royo piensa que lo que carga sobre los hombros de este personaje son pieles y el peso, en su opinión, podría corresponder al de un hombrecillo". Esta sería la primera vez que en la literatura se deja entrever la posibilidad de que sea un niño (un hombrecillo) el que cabalga sobre las pieles. Sin embargo, en todos los casos citados las mujeres presentan un talle muy delgado, lo que no ocurre en la figura femenina de Roca Benedí que ofrece un tórax grueso. Por desgracia el grado de conservación del pigmento no permite establecer si se trata de un tórax simplemente naturalista, al estilo del de la figura yacente n.o 2 de los Arqueros Negros de Alacón (Herrero et al. 1995), o si se trata en realidad de un embarazo comparable al clarísimo de la mujer de Los Chaparros de Albalate (11) (Beltrán y Royo 1997; Beltrán 2005). De cualquier modo, todos los ejemplos femeninos de similar tipología nos encaminan de nuevo hacia la misma provincia: el que denominamos grupo II de Bajo Aragón/Maestrazgo /Bajo Ebro, un claro ejemplo de articulación territorial con características específicas que ya hemos señalado en otras publicaciones (Utrilla 2005: 356-360; Martínez Bea 2006; Utrilla y Martínez-Bea 2006: 30-34, mapas 3 y 5). En resumen, las dos figuras humanas presentan una mayoría de rasgos que llevan a acercarlos a priori al arquetipo robusto A 1 o grupo Centelles, a pesar de que no puedan ser denominados como paquípodos estrictos y, en menor medida, al arquetipo estilizado B 1, longilíneo o grupo Civil. Así, si nos fijamos en las pautas de modelado anatómico establecidas por Domingo (2005: 400, fig. 24) para la región castellonense de Maestrazgo/Valltorta, apreciamos que todos los rasgos observados en el motivo 1 de Roca Benedí se dan en el grupo Centelles: la cabeza piriforme, que aparece en 34 casos; la ausencia de cuello, detallado en 27; el torso triangular con cintura estrecha, en 35 ocasiones; y las piernas naturalistas bien modeladas (aunque gruesas), en 48. En el arquero de Jaraba no se cumple este último requisito, pero sí podría asignarse a la mujer que presenta pantorrillas algo más gruesas. Si nos atenemos a la tabla de los ornamentos (Domingo 2005: 401, fig. 25) el tocado de plu-mas es más propio del grupo Civil (8 casos frente a solo l en Centelles), siendo las antenas más específicas de Centelles (8). También pertenece a este último grupo la carga con niño (3 casos) y los brazaletes (12) exclusivos éstos de Centelles. Por último, las jarreteras de nuestro arquero aparecen en 19 casos en Centelles (no aparecen en Civil) y el pantalón ancho que quizá lleve la mujer, en 4. En el apartado de armamento no se aprecia distinción entre los grupos de Centelles y Civil por lo que a cualquiera de ellos convendría la representación de Roca Benedí, por otra parte muy mal conservada. El arco en Jaraba no presenta cuerda, suponiendo 13 casos (todos) en Centelles y 30 en Civil, mientras que las flechas son de ápice simple (6 casos en Centelles y 14 en Civil) y presentan una emplumadura lanceolada: 18 casos en Centelles (todos) y 15 en Civil (Domingo 2005: 403, fig. 26). En cuanto a la temática, la pareja que se desplaza, él con arco y flechas y ella con niño a la espalda, es característica del estilo Centelles, pero no la presencia de los dos ciervos que no encajan en el grupo, donde no aparecen motivos animales asociados. Sin embargo, tampoco puede asegurarse que los cérvidos formen escena en el conjunto zaragozano con los dos antropomorfos, ya que se dan mutuamente la espalda, a pesar de que el pigmento negro y el trazo utilizado en todas las figuras parece indicar que fueron realizadas en un mismo momento. Hay que llegar al tipo Civil para encontrar ciervos asociados a figuras humanas. Por otra parte, los ciervos de Roca Benedí presentan una similitud formal con el ciervo central del Plano del Pulido de Caspe (Eiroa 1984(Eiroa -1985) ) por su forma de la cabeza, postura del cuerpo y orientación, pero en este caso forma grupo con otro ciervo macho y dos ciervas sin que exista presencia humana en la hornacina. Sin embargo, no hay que descartar que exista también en Plano del Pulido una figura humana longilínea pintada en rojo a la derecha de la hornacina, la cual se encuentra parcialmente cubierta por precipitaciones negras y todavía pendientes de su limpieza por parte del restaurador. La similitud de los ciervos de Roca Benedí es bastante menor con respecto a otros cérvidos levantinos del Bajo Aragón/Maestrazgo: aparecen aislados sin figura humana asociada a ellos en la Roca dels Moros de Calapatá (Breuil y Cabré 1909; Cabré 1915), Cañada de Marco (Beltrán y Royo 1996), Valdelcharco, El Garroso y Frontón de los Cápridos (12) y con figuras humanas estilizadas quizá formando escena en Els Gascons (Cabré 1915), Los Chaparros (Beltrán y Royo 1997) y Barranco Hondo, en los 3 casos del tipo de nalgas pronunciadas (Utrilla y Villaverde 2004), en El Chopo, con tipos extralongilíneos (Picazo et al. 2001(Picazo et al. -2002)), y en Cantalar I (Bea y Domingo e.p.). En Albarracín aparece aislado en abrigo del Ciervo y Figuras Diversas, y junto a otros animales y figuras humanas de tipo longilíneo y linear en Olivanas (Piñón 1982). En la zona castellonense encontramos de nuevo dos ejemplos similares en el abrigo de la Saltadora, los motivos 11 y 12, cérvidos pintados ambos en negro aunque, en este último caso, presentan cuerpos listados (Domingo et al. 2007). Otras dos figuras de arqueros negros, muy estilizados, se documentan en Rossegadors/Polvorín (Vilaseca 1947). También se localiza el color negro en la falange de guerreros con arcos levantados del Cingle de la Mola Remigia (color pardo negruzco) y en diversos motivos de la Cova Remigia, como un bóvido (n.o 3) de la cuarta cavidad, un jabalí con flechas (n.o 85) de la quinta y una interesante escena de ejecución en la que la falange de arqueros (vivos) se pintan en rojo (n.o 91) mientras que el ejecutado (muerto) se pinta en negro (n.o 92) (Porcar et al. 1935). Todas ellas, junto a otras inéditas de Centelles, se ubican dentro del mismo grupo geográfico. Por otra parte el uso del pigmento negro en el arte levantino aragonés es desigual en los tres núcleos geográficos. En el núcleo oscense se documenta sólo un tono grisáceo en uno de los ciervos de Labarta (Baldellou et al. 1986), mientras que en el Bajo Aragón conocemos cuatro estaciones, tres de ellas en el término de Alacón. Así, en el abrigo de El Garroso, el más destacado, el color negro se documenta en un conjunto de motivos humanos lineales que portan discos ubicados en la zona izquierda del panel, los motivos 20 a 27 según Beltrán (2005). En este mismo abrigo se observa en un personaje longilíneo (el número 3) que se superpone a otro similar (el número 2), éste en color rojo, y que se infrapone a otro motivo humano "pseudopaquípodo" o Tipo Tolls (el número 4). Entre las representaciones animales encontramos cuatro motivos más en color negro distribuidos por todo el panel, los números 17, 30, 35 y 42 (Beltrán 2005). En el abrigo de los Arqueros Negros aparecen representados en negro hasta una veintena de pequeños arqueros filiformes (Herrero et al. 1995) que acechan a la gran figura humana yacente pintada en rojo. En el cercano abrigo del Frontón de los Cápridos aparece en negro un cérvido (motivo 26) y dos figuritas humanas filiformes (motivos 12 y 13), si bien este color fue empleado también para siluetear las cornamentas y pezuñas de algunos ejemplares de cabras. Por último, en el conjunto rupestre del Hocino de Chornas se reconocen un total de cuatro figuraciones humanas en color negro, entre ellas una de un arquero prognato. Esta figura, conocida como "el negroide" (Burillo y Picazo 1981: fig. 2), presenta rasgos comunes a los dos motivos humanos de Roca Benedí: respecto al arquero masculino unas proporciones correctas y una buena delineación de pies y pantorrillas y respecto a la mujer un torso grueso de tendencia rectangular, dado que éste podría vislumbrarse en la figura femenina a pesar de la mala conservación del pigmento. Existe también una importante presencia de figuras negras en el núcleo de Albarracín, quizá debido al condicionamiento del soporte rojo proporcionado por el rodeno que lleva a ensayar, además del rojo tradicional, otros colores no habituales como el blanco o el negro. Hemos computado 25 motivos pintados en este color pertenecientes a 8 abrigos, de los que 23 se ubican en el término de Albarracín y 2 en el de Tormón. En el primer grupo se documentan un arquero filiforme en el Prado del Navazo y cinco bóvidos negros: en Cocinilla del Obispo (1), Figuras Diversas (1) Medio Caballo (2) y Toro Negro (1); en término de Tormón se halla el famoso bóvido de la Ceja de Piezarrodilla que repinta en negro un anterior toro blanco y una cabra en la Paridera del Tormón donde existe una figura humana que recuerda la tipología del arquero de Jaraba. Se trata de un antropomorfo pintado en blanco con torso de tendencia triangular que presenta peinado piriforme tocado con dos o tres plumas y que porta en su mano un posible boomerang, bidente para Beltrán (1997: 47). Por último, en las Olivanas, también en término de Albarracín, aunque en la lejana zona del barranco del Pajarejo, se documentan 17 figuras negras: diez bóvidos, un cérvido, un équido, tres cuadrúpedos indeterminados y dos figuras humanas longilíneas (Piñón 1982). Sin embargo, la tipología de la figura humana en la zona de Albarracín se acerca más en su conjunto a los tipos tardíos, lineares y filiformes, con la excepción de algunas figuras de las Olivanas, entre ellas el arquero del "sombrero de copa" (en pardo rojizo) que presenta proporciones correctas, bien modeladas piernas, torso naturalista y espectacular tocado, el cual sería el que más se parece (y no mucho) a los tipos de Jaraba. La importancia del hallazgo que presentamos se fundamenta en distintos aspectos que conciernen a cuestiones estilísticas, cromáticas y territoriales. En síntesis, las pinturas de Roca Benedí se perfilan como una extensión del núcleo Bajo Aragón/Maestrazgo/Bajo Ebro caracterizado por el predominio de estilos antiguos (arquetipos robustos y estilizados), la presencia significativa de la mujer y temas exclusivos como son los arqueros "al vuelo" o los marchadores, cuyas mujeres portan niños a su espalda. Con todo, y a pesar de que es en los conjuntos rupestres del núcleo apuntado donde encontramos los principales paralelos estilísticos, las pinturas de Roca Benedí presentan algún rasgo singular que las individualizan dentro del arte levantino más clásico, como es el uso único en la confección de los motivos del pigmento negro. Asimismo, no conocemos paralelos para la convención del pantalón ceñido y atado a la pantorrilla que lleva el arquero. En cuanto a la ubicación de las pinturas se debe destacar que ocupan un lugar de especial significación en la articulación del territorio inmediato, tanto desde el punto de vista de su localización dentro del barranco -en el meandro de mayor desarrollo y en el farallón del que se tiene
Es muy difícil iniciar la reseña de un diccionario sin caer en la tentación de reflexionar sobre esta manera de ordenar el saber. Esta recensión no pudo escapar de ese lugar común y por ello, estas primeras líneas se dedican a una breve mención del significado de los diccionarios en nuestra cultura, sin dudas marcada y configurada por la imprenta y los libros impresos. Recopilar la información, clasificarla y garantizar el acceso son las tres operaciones fundamentales de toda empresa ligada a ordenar "todo el conocimiento del mundo". Los catálogos, las enciclopedias y los diccionarios hubieron de fijar maneras de internarse en esa masa de información y de poder circular por ella sin perderse. Así la creación de "entradas" y de los "reenvíos", marcan maneras de recorrer el saber a través de categorías y jerarquías fijadas históricamente. Las enciclopedias y diccionario optaron por ordenar ese saber de manera alfabética y a modo de inventario. Si el Siglo de las Luces fue la edad de oro de la enciclopedia, el siglo del progreso, con su fe en la ciencia, la proliferación de editoriales y el crecimiento exponencial del público lector, sería el momento de esplendor del diccionario. Como un objeto que permitía a la vez clasificar y vulgarizar el saber de una manera compacta, de fácil comercialización, el diccionario decimonónico consolidó un formato que permitía saciar la sed de saber a través de un "libro único que contenía todas las cosas" ordenadas según la secuencia de las letras del alfabeto. Dedicado a ese tipo de lector que se denominaba todo el mundo, el diccionario general o especializado proliferó como objeto propio de la cultura material y simbólica de la burguesía deseosa de acceder al saber de manera rápida y organizada. Los diccionarios en el siglo XX continuaron su carrera exitosa, vinculados al público escolar y a la especialización temática. No por ello este saber ordenado por el alfabeto estuvo a salvo de las críticas, sobre todo en un siglo donde el relativismo cultural cuestionó todo tipo de definiciones esenciales y colocó a las palabras en el universo de las relaciones dinámicas de su uso en contextos particulares (cf. Schaer 1996). Es por ello, que este diccionario histórico acerca del devenir de la arqueología en España, publicado sobre el fin de la primera década del siglo XXI, se presenta como un múltiple desafío. Por empezar, se enfrenta con el papel de los diccionarios en el contexto de la proliferación de los metacatálogos y las bases de datos virtuales. Luego, la redacción de un corpus de datos que, a pesar de estar ordenado alfabéticamente, respete o revele la dinámica de la historia de una disciplina científica, de la historicidad y del carácter colectivo de sus prácticas y de la transformación de las mismas en el tiempo y en el espacio. Es decir, ¿cómo mostrar la historia a través de un diccionario que, en su sentido más generalizado, define las cosas despreciando su pasado? Los coordinadores de esta obra lograron sortear este escollo a través de dos recursos: primero, apelando a la más vieja tradición de escritura de diccionarios, es decir, el diccionario como obra colectiva, reconociendo de por sí el lado colectivo del saber (si no he contado mal, se convocó a cerca de 120 colaboradores). Por otro, abrevando en la tradición de los diccionarios del siglo XIX donde cada entrada, cada cosa, podía aparecer en el presente gracias a la historia de esa palabra que servía de entrada. La obra aquí reseñada consta de una introducción escrita por los tres coordinadores donde, seguidamente a una resumida y precisa presentación de los distintos momentos de la arqueología en España, se explica el origen del proyecto: surgido en el contexto del Segundo Congreso de Historia de la Arqueología en España de 1995, como un intento de sistematizar y unificar la enorme cantidad datos que empezaban a surgir entonces en los escritorios de quienes serían dos de las coordinadoras de este trabajo. Así, habiéndose sumado el tercer y cuarto integrante del equipo (este último luego retirado por propia voluntad), se decidió que el diccionario incluiría "voces relacionadas con la Arqueología en España (España peninsular más Baleares y Canarias) desde el siglo XV hasta nuestros días, que hicieran referencia al ámbito institucional y organizativo (instituciones, congresos, revistas y artículos temáticos) y, sobre todo, que incluyeran información biográfica de arqueólogos, entendiendo por tales todos aquellos que hubieran destacado en la excavación, catalogación o estudio de los restos materiales del pasado" (pp. 46-47). El diccionario terminó planificándose con 703 voces o entradas, donde, como los mismos coordinadores destacan, se trató de dar peso a persona-TRABAJOS DE PREHISTORIA 67, N.o 1, enero-junio 2010, pp. 245-261, ISSN: 0082-5638 jes normalmente considerados "menores" pero, como decimos arriba, parte esencial de este tipo de disciplinas que se constituyen en base a tupidas redes de intercambio de información, sea en forma de datos, cartas, objetos o imágenes. Del resultado final se destacan, a nivel general, dos aspectos: primero, no se trata de un diccionario ilustrado, género extremadamente popular a partir de la primera edición del Larousse. Con esto no se señala una falta sino que se precisa el formato de la obra. Segundo, este diccionario, además de compendiar información dispersa en distintas fuentes tiene la gran virtud de presentar y compilar la bibliografía necesaria para seguir investigando. Un diccionario histórico, como un diccionario biográfico, no es más que eso, o mejor dicho, es sobre todo eso: una tarea colosal de condensación de datos que nos permite aventurarnos en los caminos que el diccionario abre y recorre. Las voces incluidas pueden clasificarse de la siguiente manera: autores (individuos que profesaron la anticuaria, la arqueología, que coleccionaron antigüedades, documentos, monedas, etc.), instituciones ligadas a las prácticas de la anticuaria y de la arqueología (museos, asociaciones, sociedades eruditas, gabinetes, congresos, comisiones, fundaciones, expediciones, exposiciones, institutos, universidades, etc.) y publicaciones. Cada una de estas categorías posee un utilísimo y detallado índice propio y de su revisión ya se obtiene una primera idea de las voces que se pueden encontrar: así al índice onomástico (pp. 733-758), le siguen otro de instituciones y congresos (pp. 759-775) y un tercero de publicaciones periódicas y otras (pp. 777-782). Estos índices, mostrando también el peso de cada una de las secciones, actúan precisamente como reenvío, mostrando dónde se cruzan las diversas entradas y ayudando al lector a encontrar relaciones entre las distintas voces. Es de destacar que entre los individuos no solo se cuentan los nacidos en España sino que se ha procurado incluir a los arqueólogos y anticuarios que tomaron el pasado español como parte de sus trabajos y sus días. Lo mismo se aplica a las instituciones y a las publicaciones. Esto, puede decirse, es un gran logro del diccionario: con ello quiero afirmar que a pesar de tratarse de un diccionario de la arqueología en España los coordinadores no sucumbieron frente al peligro de cerrar la arqueología en una frontera tan artificial como engañosa. Por el contrario, incluyeron una serie de actores, instituciones y redes internacionales que no solo dan sustento a la arqueología de ese país, sino que constituyen el meollo de la práctica de la arqueología de todos los países. No obstante, hay un aspecto que se destaca por su ausencia, por lo menos para alguien ajeno a la arqueología española: me refiero a América como espacio de reflexión de la anticuaria peninsular e indiana. Tangencialmente citado en la voz referida al "Gabinete de Historia Natural" (p. 286), donde se menciona a Pedro Franco Dávila y a su colección americana, el Nuevo Mundo, crucial en la historia del saber a partir del siglo XVI, casi no aparece. Es cierto que de alguna manera esto refleja la configuración particular de la arqueología en España, donde la arqueología de América forma parte del llamado "americanismo". También es cierto que los coordinadores definieron su objeto centrándolo en la Península Ibérica, Canarias y Baleares. Sin embargo, me atrevo a llamar la atención sobre esta ausencia porque sirve para reflexionar sobre cómo se conforman las disciplinas y para preguntarse si es posible pensar la historia de España y de sus ciencias sin la participación de la masa de datos que desde fines del siglo XV empezó a llegar de América. Para finalizar: un diccionario, a pesar de la gran atracción de los buscadores virtuales, siempre es bienvenido en una biblioteca. Este diccionario histórico de la arqueología en España no es la excepción y, sin dudas, constituirá un auxiliar indispensable para todos los interesados en asomarse a la historia de la arqueología y también para quienes decidan zambullirse definitivamente en ella. La etnicidad es un tema recurrente en arqueología: ocupó un papel fundamental en los inicios de la disci-plina, se convirtió -al menos explícitamente-en una problemática cuasi tabú tras los excesos totalitarios del nazismo, y resurge con fuerza desde finales de los 80 de la mano de la redefinición del concepto en antropología y sociología (Fernández Götz 2008). Dentro de este "renacer" del interés por la etnicidad, la investigación española se sitúa entre las más productivas de las últimas dos décadas, al menos en cuanto a cantidad de trabajos publicados. Si el punto de inflexión fue la celebración en 1989 del congreso Paleoetnología de la Península Ibérica, la nómina de trabajos de los últimos años es ciertamente considerable, principalmente en el ámbito de la Protohistoria. Es cierto que las perspectivas ofrecidas no siempre resultan todo lo renovadoras que podría desearse: en muchos casos el avance ha sido más cuantitativo (cantidad de datos disponibles) que cualitativo (escasa renovación del marco teórico-metodológico). Sin embargo, es de justicia reconocer que toda una serie de investigadores vienen incorporando las últimas novedades teóricas provenientes de ámbitos como el anglosajón a estudios que nada tienen que envidiar a los foráneos (por ejemplo, García Fernández 2007; Ruiz Zapatero y Álvarez-Sanchís 2002). Con la publicación de los volúmenes aquí reseñados, el año 2009 puede calificarse como especialmente fructífero. Nos encontramos ante dos obras llamadas a convertirse en referentes obligados para todo especialista interesado en la identidad durante la Protohistoria, algo en lo que no hace mella la inevitable disparidad cualitativa de las contribuciones que siempre está presente en este tipo de obras de conjunto. El amplio abanico de temáticas y la diversidad de ámbitos geográficos compendian buena parte de las preguntas candentes, en un recorrido en el que se entrecruzan -como no podía ser de otra forma-historia antigua y arqueología. Eso sí, hay que señalar que, aunque en los respectivos títulos aparezca la palabra "identidades", el predominio de la identidad étnica es abrumadora. Si bien las relaciones de estatus y poder son objeto de cierta atención, otras identidades sociales como el género apenas están presentes, algo por lo demás bastante común en los estudios sobre la materia. Aquí reside precisamente uno de los retos de cara al futuro: desarrollar una visión más holística que tenga en consideración la constante intersección e interacción entre las diversas categorías identitarias, así como entre las distintas escalas de afiliación étnica. El primer libro se enmarca dentro de la serie Arqueología Espacial y sirve de homenaje a la tristemente fallecida Dra. Resultado de una reunión celebrada en 2005 en el CSIC, se inicia con un editorial a cargo de la coordinadora, Inés Sastre y la ineludible dedicatoria a cargo de Domingo Plácido. Seguidamente, el trabajo general de Gonzalo Ruiz Zapatero sobre la etnicidad protohistórica aborda en pocas páginas una enorme cantidad de aspectos: desde las definiciones actuales de "etnicidad" y "grupo étnico" hasta las posibilidades y límites de su estudio en la Edad del Hierro, tarea para la cual ofrece una propuesta de análisis. De gran valor teórico-metodológico resulta también la contribución de M.a Cruz Cardete del Olmo, cuyo estudio sobre la Sicilia griega aporta importantes reflexiones sobre la diferencia entre identidad y etnicidad o sobre la validez de la arqueología para responder a estas cuestiones. ¿Hasta qué punto los grupos étnicos mencionados en las fuentes grecolatinas reflejaban realidades emic o eran simplemente constructos creados desde el exterior? Esta pregunta, clave en cualquier aproximación a la etnicidad protohistórica, es abordada por Domingo Plácido a través de un análisis a escala peninsular. En una línea similar Gonzalo Cruz Andreotti ejemplifica el problema a partir del Libro III de Estrabón y la Turdetania. También al sur peninsular está dedicado el artículo de Manuel Álvarez Martí-Aguilar, quien propone una revisión del concepto histórico-étnico de Tartesos que dé cuenta de su significado plural y cambiante. Las dos siguientes contribuciones, obra de Arturo Ruiz y Francisco Burillo, muestran la importancia de tomar en consideración la estructura social interna de los grupos étnicos, el primero en el caso de los iberos del Alto Guadalquivir y el segundo en el de los jinetes celtibéricos que participaron en la batalla de la Vulcanalia. El libro se cierra con un artículo de Jesús Álvarez-Sanchís sobre las expresiones de identidad étnica en la Meseta -tratando en particular los verracos y las esculturas de guerreros lusitano-galaicos-y un acercamiento de Inés Sastre al Noroeste prerromano y romano en el que se vuelve a poner el acento en los modelos de sociedad. Frente a la perspectiva peninsular adoptada en Arqueología Espacial: Identidades, el libro Identidades, culturas y territorios en la Andalucía prerromana se centra en la actual Andalucía. Sin embargo, tanto los temas tratados como la calidad de los enfoques hacen que la lectura de esta obra sea enriquecedora incluso para investigadores dedicados a otros ámbitos geográficos y cronológicos. El sur peninsular constituye precisamente uno de los foros más complejos y a la vez más apasionantes para debatir sobre identidades en la Antigüedad, al igual que sucede con otros contextos coloniales del Mediterráneo como Sicilia. El volumen se inaugura con una amplia reflexión de Fernando Wulff Alonso sobre la necesidad de un cambio de paradigma en la forma de concebir las identidades, en el marco del postcolonialismo y la deconstrucción de los nacionalismos. Los dos siguientes artículos, firmados conjuntamente por Juan Pedro Bellón Ruiz y Francisco José García Fernández, constituyen un excelente recorrido historiográfico sobre "pueblos, culturas e identidades" en la investigación protohistórica andaluza que abarca desde la Restaura-T. Los autores no limitan su análisis al sur peninsular, sino que encuadran la situación en esta región en el marco más general del desarrollo de la disciplina arqueológica o de la antropología. La evolución de las etnias en relación con las estructuras político-territoriales del Alto Guadalquivir es objeto de estudio en la contribución de Arturo Ruiz y Manuel Molinos. A continuación en los dos trabajos conjuntos de Manuel Álvarez Martí-Aguilar y Eduardo Ferrer Albelda sobre el mundo fenicio-púnico cabe resaltar el importante peso otorgado a la historia de la investigación. El primero de ellos analiza las formas de construcción y expresión de la identidad colectiva entre los fenicios del Extremo Occidente, destacando que frente a la supuesta homogeneidad tradicionalmente asumida, en el proceso colonial pudieron haber estado involucrados contingentes poblacionales diversos. Por su parte, el segundo artículo está dedicado a las comunidades cívicas de la Iberia púnica, que constituyen un excelente ejemplo de la frecuente interconexión y solapamiento entre identidad y política; y es que, como bien señalan los autores, la etnicidad constituye un elemento cohesionador de primer orden (véase Derks y Roymans 2009). Entre las fuentes privilegiadas para aproximarnos a la identidad del pasado se encuentran los testimonios iconográficos, estudiados para el área del Alto Guadalquivir por Carmen Rueda Galán a través de conjuntos tan excepcionales como los de Cerrillo Blanco o El Pajarillo. Otro campo de gran relevancia es la lingüística y sobre todo su manifestación escrita en epígrafes, pese a que la lengua hace tiempo que ha dejado de ser considerada un criterio inequívoco de etnicidad. La temática es abordada por José A. Correa, quien destaca especialmente la amplia difusión desde antiguo del turdetano. Una constante ya enunciada son los problemas que plantean las informaciones exógenas de las fuentes clásicas: Gonzalo Cruz Andreotti aporta interesantes comentarios, especialmente en lo relativo a los planteamientos geográficos. La obra concluye con un artículo en el que Francisca Chaves Tristán se aproxima a la identidad étnica desde la numismática, a partir del caso de las amonedaciones de Gadir y su posible valor como "marcadores étnicos". En ambos libros las fuentes escritas desempeñan un papel de primer orden, pero el primero tiene un enfoque más arqueológico mientras que en el segundo adquiere un mayor peso la historiografía. En los dos se echan en falta más ilustraciones, ya que aunque algunos artículos van acompañados de abundantes imágenes, un gran número carece de ellas. En este sentido, habría que recordar que también los aspectos teóricos, metodológicos o historiográficos pueden ser representados gráficamente, como atestiguan los trabajos de Gonzalo Ruiz Zapatero o Arturo Ruiz. Dado el elevado número de contribuciones y la gran variedad de áreas abarcadas, resulta imposible su análi-sis pormenorizado. Por supuesto, habrá quien considere excesiva la revalorización de los elementos orientales en la protohistoria meridional, quien esté en desacuerdo con el modelo social propuesto por Sastre para el Noroeste o quien discrepe del carácter de los verracos como "marcadores étnicos", por citar sólo algunos eventuales temas de debate. Por mi parte, en lo que resta me limitaré a hacer algunas puntualizaciones de carácter general. Todos los trabajos destacan el carácter fundamentalmente subjetivo, dinámico y cambiante de las construcciones identitarias. Sin embargo, en la investigación española no siempre se han derivado las conclusiones oportunas de esta renovada visión de la etnicidad. En este sentido, coincido con Sastre en que: "es necesario asumir que las construcciones identitarias o étnicas de los pueblos que aparecen en las fuentes tal vez no se remonten al Bronce Final, sino que respondan a procesos mucho más recientes" (p. Ello tampoco debe llevar al extremo contrario, es decir, a negar la posibilidad de que existieran casos en los que hubiera algún tipo de noción de continuidad de larga duración, como a veces se hace desde posiciones instrumentalistas mal entendidas. Un problema general al que aluden repetidamente los autores de ambos volúmenes es que la información sobre los grupos étnicos protohistóricos proviene de testimonios grecorromanos, con todos los sesgos, vacíos y distorsiones que ello conlleva. Aceptando este hecho obvio y sumándome a la demanda de análisis críticos y contextuales, me gustaría apuntar dos aspectos. Las fuentes escritas pese a sus problemas inherentes continúan siendo de un valor inestimable (Derks y Roymans 2009), al menos como punto de partida de los estudios y fundamentalmente de cara a poder discernir la etnicidad de otras formas de identidad de grupo no construidas sobre una base étnica (Mac Sweeney 2009). Por otro lado, tras años de hipercriticismo postcolonial está comenzando una reacción (abanderada por autores como Woolf 2009) que pretende revalorizar las informaciones etnográficas de los autores antiguos. En este sentido, es justo reconocer que muchas veces han sido los propios investigadores modernos los que han leído de forma incorrecta los textos, al obviar el dinamismo y los cambios que en ocasiones éstos reflejan. Sospecho que, en algunos casos, las aparentes discrepancias entre los testimonios de distintos escritores y épocas pueden deberse a que los etnónimos corresponden a niveles superpuestos de agregación sociopolítica y étnica. Es difícil imaginar, por ejemplo, que los treinta éthne a los que alude Estrabón (III, 3, 5) habitando el territorio ubicado entre el Tajo y los Ártabros hagan referencia a la misma escala que representan Vettones o Vacceos. Por ello, resulta básico reconocer y desgranar, en la medida de lo posible, la multiplicidad de niveles de adscripción étnica. En este sentido, comparto con Manuel Álvarez y Eduardo Ferrer la reivindicación de la importancia de las comunidades cívicas del mundo púnico como principales generadoras de identidad colectiva frente a categorizaciones más amplias como la de "fenicios occidentales". Del mismo modo, se hace necesario mover nuestra atención de macrocategorías como "Celtas", "Germanos" o "Iberos" a otros niveles de agrupación más reducidos cuyas características parecen corresponder mejor con lo que una perspectiva antropológica considera grupos étnicos en sentido estricto, y que frecuentemente se solapan con entidades políticas. El desarrollo de una renovada arqueología de la etnicidad constituye, en definitiva, una tarea aún "en construcción" (Fernández Götz 2008) Narcis y Joaquim Soler, creador el primero de la revista electrónica Sáhara, que atraviesa hoy malos momentos, y el segundo de una Tesis doctoral sobre las pinturas de Zemmur, de muy buena condición (Soler 2007). El equipo de la Universidad del País Vasco, con Andoni Saez de Buruaga a su cabeza, que ha trabajado sobre el Tiris sureño, y Agnés Louart, desde la Universidad de La Laguna, que ha vuelto, con abundantes dificultades, a la cuenca de la Saguia el Hamra de Smara. No son los únicos, pues también existen iniciativas por parte de F. Carrión, de la Universidad de Granada, y otros. Quizás tarde, quizás de manera heterogénea, quizás sin medios, pero casi siempre de forma desinteresada y comprometida con el pueblo Saharaui, hemos recuperado para la ciencia arqueológica un espacio que ha venido sufriendo todos los abandonos. Yo personalmente no he vuelto por allí, y lo lamento pues amo intensamente el territorio y su gente, pero me llena de alegría el que diversos colegas recuperen el terreno perdido y den a conocer la Prehistoria de un territorio magníficamente dotado de ella. Nunca es tarde si la dicha llega. El equipo de la Universidad del País Vasco es uno de los ejemplos actuales de ese trabajo difícil y desinteresado, apasionado y solidario, donde cuento con buenos amigos. Con una labor personal compleja, han conseguido los escasos dineros necesarios para permanecer en el sur sahariano y documentar un número importante de yacimientos prehistóricos, que finalmente forman parte del catálogo científico de esos espacios saharianos, tan abundantes y tan poco conocidos. Tenemos así un elenco muy importante de sitios que habrá que estudiar en profundidad -eso lo hará en parte el equipo vasco-y que ahora se dan a conocer, en esa primera parte de estudio ordenado, que supone conocer para documentar. Se trata de una publicación cuidada y multilingüe, que supone alguna dificultad para la lectura debido a su condición lingüística, pero que nos ofrece una amplia y adecuada documentación gráfica y unos textos descriptivos enormemente útiles para los interesados en la Prehistoria de la zona. Insisto en el valor de esta iniciativa privada, aunque luego apoyada por el Gobierno Vasco y por la República Saharaui, iniciativa trabajosa y ordenada que se ha propuesto y conseguido el primer paso de una catalogación científica del todo necesaria. Por otra parte, esta monografía documenta la vigencia de una iniciativa de la Junta de Castilla y León que, hasta la fecha, se ha demostrado científicamente útil: la edición de la serie Memorias, Arqueología en Castilla y León. La buena acogida que goza entre la comunidad científica esta colección de monografías se explica porque, desde 1994, viene publicando las investigaciones arqueológicas más relevantes de forma selectiva, en función de la importancia del propio yacimiento y con atención prioritaria a la calidad de los resultados obtenidos. Este trabajo no defrauda las expectativas iniciales. La monografía arranca de un estudio introductorio (S. Ripoll), recogiendo las actuaciones en el yacimiento. Interesante, pero se nos antoja corto en lo que atañe a la descripción de la metodología aplicada en la documentación de los restos, en sentido estrictamente arqueológico. Sin embargo este aspecto, fundamental a la hora de valorar la globalidad de la documentación, queda compensado en el detallado estudio geoarqueológico del yacimiento (J. Jordá Pardo). La minuciosa descripción del contexto geológico del mismo, geomorfológico del área donde se ubica el abrigo, y litoestratigráfico de los niveles de ocupación, así como de los métodos y técnicas aplicados, le permiten al lector obtener una imagen precisa de las ocupaciones del final del Pleistoceno estudiadas. Otro aspecto novedoso del estudio es el análisis e interpretación de la secuencia cronológica, que firma el grueso del equipo. Las dataciones radiocarbónicas presentadas son suficientes en sí mismas, y plenamente válidas para proporcionar una imagen cronológica fiel de las ocupaciones paleolíticas. Se trata de una serie de nueve dataciones 14 C (AMS) y otra 14 C convencional, de los niveles I a IV y VI, calibradas BP y posteriormente calibradas de nuevo de acuerdo con la versión CalPal 2004. La publicación completa de los resultados originales BP no calibrados, acompañadas de las referencias de los laboratorios, le permiten al especialista corregir los resultados a la última versión del programa (CalPal_HULÚ 2007) (1) que, en fechas calendáricas calBC, ajusta los resultados, aún más, a los datos que actualmente se poseen acerca del Magdaleniense inferior y superior de la Península Ibérica, ya que la versión CalPal 2004 adolecía, frecuentemente, de un notable envejecimiento de los resultados, corregido en versiones posteriores. Del mismo modo, la curva actual (CalPal_Hulú2007: Weninger et al. 2007), más precisa, sitúa en fechas calendáricas con mayor certidumbre que la versión utilizada en el texto (la única disponible en el momento de la redacción del libro), los niveles II y III en un contexto homogéneo del Magdaleniense superior (12404 ± 272 y 12606 ± 332 calBC para el nivel III; 12389 ± 268 calBC el nivel IV), con firmes referencias en los yacimientos peninsulares (mediterráneos y cantábricos), atinadamente comentados por los autores. En cambio, los datos del Tardiglacial portugués, actualmente conocidos (la mayoría TL), no ofrecerían la misma certidumbre. Finalmente, en fechas calendáricas, el nivel VI (con los datos actuales: 15475 ± 248 calBC) se ajusta plenamente a la horquilla temporal estimada para el Magdaleniense inferior, mientras que el Magdaleniense medio típico, es decir, el conocido en niveles con elementos de tipo pirenaico de la Cornisa Cantábrica, sería posterior. Sin embargo, la hipótesis apuntada por los autores de la monografía, más proclives a encuadrar esta ocupación en la secuencia media, puede encontrar nuevos apoyos en el futuro, ya que actualmente se están registrando resultados radiocarbónicos de esa antigüedad, aún inéditos, en los proyectos e investigaciones en curso en el sector oriental del Cantábrico. Finalmente, en otro orden de cuestiones, los autores han creído oportuno acompañar estas series de dataciones con amplios intentos de correlación con la antigua secuencia "crono-estratigráfica", en otro capítulo de la obra, y utilizar una dualidad terminológica al caracterizar el contexto paleoclimático que preside la sedimentación de los niveles estudiados. Esto es muy discutible, dado que los fundamentos científicos que sustentan uno u otro procedimiento no guardan ninguna relación (los registros actuales del cambio climático se basan en fenómenos medibles de carácter general, a nivel planetario; los antiguos, en observaciones regionales o locales y en secuencias polínicas, en ocasiones muy pobres). Los capítulos centrales del libro están dedicados a los estudios interdisciplinares habituales de los registros arqueológicos. Además del relativo a los escasos restos humanos aparecidos en el nivel II del yacimiento, se presentan los repertorios completos de malacofauna -con una rica muestra de especies marinas, además de las esperables continentales-, ictiofauna, herpetofauna, avifauna, micromamíferos y macromamíferos. Este último, en el marco de un análisis arqueozoológico y tafonómico de las series esqueléticas. El grueso del libro lo constituye la parte dedicada al estudio de la cultura material: las estructuras de combustión detectadas, las industrias líticas y óseas, y el arte mueble (C. Cacho, F.J. Muñoz y J.A. Martos). La muestra, integrada por más de 27.000 restos, la superficie (26 m 2 ) y el volumen (11 m 3 ) excavados son plenamente representativos. El estudio tecnológico realizado, acompañado de cuadros detallados y apéndices completos, le permite al lector conocer las particularidades tipométricas de cada serie, así como T. P., 67, N.o 1, enero-junio 2010, pp. 245-261, ISSN: 0082-5638 otros aspectos poco tratados habitualmente de forma sistemática. Así, cabe destacar la elección predeterminada de las dimensiones de los soportes, los sistemas de explotación de los núcleos y soportes, la descripción de la cadena operativa y, dentro de ella, la realización de parte del proceso de talla fuera del yacimiento, posiblemente en relación con la captación lejana de sílex. En cuanto a los análisis tipológicos, acompañados de numerosos dibujos de las piezas más representativas, muestran unas colecciones esencialmente laminares, con un componente microlaminar elevado, típicas del Magdaleniense final (niveles I y II), Magdaleniense superior (III y V), y Magdaleniense inferior o medio las unidades inferiores (V y VI), aunque éstas últimas cuentan con una muestra excesivamente reducida para una caracterización tipológica (42 y 21 útiles, respectivamente), que permita decantarse definitivamente por uno u otro horizonte. Mención aparte merece el intento de localización de las áreas-fuente de materia prima: además de la cuarcita, cuarzo y cristal de roca recogidos en las inmediaciones, destaca el componente mayoritario, sílex local, que puede proceder de formaciones situadas entre 20 y 50 km del abrigo. No obstante, se echan en falta los oportunos análisis, tanto a nivel macroscópico no destructivos (caracteres texturales, análisis mineralógico mediante espectrometría Raman y espectrometría infrarrojo para componentes orgánicos, análisis de componentes minerales raros mediante SEM, etc.), como destructivos (estudio petrográfico en lámina delgada, FRX y DRX para los componentes mineralógicos mayoritarios y análisis de elementos traza) (Tarriño 2006; Tarriño et al. 2007). Esperamos con impaciencia la publicación ulterior de los mismos, dada la actualidad de este tipo de estudios que están arrojando importantes novedades acerca de la movilidad a larga distancia, con rangos que alcanzan los centenares de kilómetros y la amplitud de las relaciones culturales de los grupos paleolíticos (Corchón et al. 2009), poco valorada hasta la fecha ante la ausencia de criterios firmes de sustentación. Cierra esta excelente monografía el estudio del arte mueble recuperado: una colección amplia, típica de los momentos finales del Magdaleniense, con grafías tanto figurativas como signos, y que en el caso de los niveles superiores sirve, además, de referencia para caracterizar el horizonte final del Magdaleniense o Magdaleno-Aziliense del arte parietal meseteño (Corchón 2007). Un último aspecto a destacar del libro es la calidad editorial, en particular del aparato gráfico que ilustra las investigaciones realizadas. Una cuidada cartografía -planos, mapas, esquemas-, así como la extensa documentación de fotografías, gráficos, tablas y figuras, de calidad uniforme en todos los capítulos, acompaña a los estudios interdisciplinares y constituye un valor añadido de esta obra, de imprescindible consulta. Bradley pertenece a la primera generación de arqueólogos anglosajones que ha considerado interesante la bibliografía escrita en español o en francés para reconstruir la prehistoria reciente del Sur de Europa, y que incluso publica en castellano (Bradley 2009). Tiene la facilidad en un estilo muy anglosajón, de exponer cuestiones de profundidad en pocas páginas, haciendo su lectura ligera. Su experiencia docente ha jugado un importante papel en la mecánica de exposición sencilla, concreta y eficaz que caracteriza toda su producción. Posee también la capacidad que otorgan años de dedicación, de situarse en el momento adecuado con el tema más oportuno, como prueba la gran repercusión de sus trabajos entre los investigadores peninsulares. En este volumen responde a algunas de las nuevas cuestiones que se están introduciendo con fuerza en el análisis de las grafías holocenas. La primera de ellas, la realidad de una ruptura entre las expresiones gráficas del Paleolítico superior y las más recientes. Bradley incluye una perspectiva del arte paleolítico, aunque sin pronunciarse específicamente sobre su incidencia territorial, técnica, ideológica o social en los modos de uso de los soportes en momentos posteriores. Su intención es la de definir el arte desde sus comienzos recogiendo muchas de las cuestiones semánticas, nominales y estéticas de amplio recorrido y desarrollo teórico en el arte paleolítico (p. Afrontar el contexto supone asumir que sólo la información cultural sustenta el significado de los símbolos para los grupos humanos que los realizaron. Son ellos la "audiencia" del arte prehistórico y en ese sencillo principio, el de la relación entre la imagen y su público, sitúa Bradley, el leitmotif de su discurso. Éste se nutre de propuestas sobre el valor de la tradición para el reconocimiento del territorio, dentro de la Geografía de la percepción y sus aplicaciones en el campo del arte prehistórico. Pero, como decíamos arriba, con la virtud de encontrar las palabras más apropiadas y directas para definir el nexo entre el reconocimiento de los símbolos y la tradición cultural. El grueso del volumen lo forman los capítulos dedicados al arte megalítico europeo, y al arte en Escandinavia. Y esta elección, que a un lector poco informado podría parecerle demasiado miscelánea, está enfocada de tal modo en el discurso que sirve para sugerir interesantes perspectivas de análisis. El peso que en la primera parte posee la Península Ibérica es de justicia pues nuevos enfoques, y las primeras dataciones directas para pintura megalítica (Carrera y Fábregas, 2002), han roto mucho de los asertos clásicos para el estudio del arte megalítico atlántico. Bradley hace un esfuerzo por recoger la abundante bibliografía ibérica, además de los trabajos de franceses e irlandeses que, por este orden, constituyen las contribuciones más relevantes al tema después del compendio de E. Shee (1981). Se deja sentir la diferencia entre los enfoques ibéricos y los del resto de Europa, pues los grabados al aire libre de las Islas Británicas se vienen considerando posteriores al desarrollo de su arte megalítico. El tema no es fácil ni de resolver, ni de generalizar. Bradley explica ordenadamente los datos que permiten conectar el arte megalítico irlandés con sus expresiones al aire libre, y las dificultades para asumir una generalizada contemporaneidad entre decoración de sepulcros y arte al aire libre en las Islas Británicas, especialmente en lo que se refiere a su fase más antigua. Se muestra optimista en la obtención de nuevos datos para la que reclama equipos de trabajo. Pese a que extrapolar conclusiones de uno al otro lado del continente tiene problemas evidentes, no debe olvidarse que -hasta el momento-, la sincronía de monumentos y arte megalítico valora interacciones organizadas entre los habitantes del Sur de Europa, que justifican el Bronce Atlántico como la expresión de un fenómeno plenamente consolidado a fines del III milenio cal BC (Bueno y Balbín 2002: 640). Otras novedades se centran en la "lectura" de las decoraciones de los monumentos, en la que se contempla la textura y color de sus superficies o la incidencia lumínica. La posibilidad de que la pintura ocupe posiciones en el arte megalítico europeo, no reconocidas por la falta de una investigación con metodologías apropiadas (Bueno y Balbín 2002: 611), supondría en unos años hacer muestreos directos sobre pintura de megalitos irlandeses, ingleses o franceses. Entre todas estas cuestiones de candente actualidad, Bradley se somete a la teoría de los fosfenos, adjuntando la estrechez de los corredores, la oscuridad y la acústica de los monumentos para colaborar en una experiencia fuera de lo común, más aún si es acompañada de drogas. Pero afortunadamente no se muestra partidario de esta hipótesis. Su admisión dejaría vacío de contenido el título del libro, pues cualquier práctica pictórica o de grabado a resultas de un estado de inconsciencia no puede responder a fórmulas tradicionales, ni de grupo, sino a impulsos casuales, sin lógica general, como sí tienen el Arte Paleolítico o el Arte Postpaleolítico. La imagen por antonomasia del arte megalítico es la humana y así lo manifiesta también Bradley dedicando un capítulo a la "vida de las estatuas". Las aportaciones de los arqueólogos bretones a la documentación del trasiego de grandes piedras de carácter antropomorfo de un sepulcro a otro (Cassen 2000), tiene en la Península Ibérica recientes documentaciones (Bueno et al. 2007). Imágenes que habían estado al aire libre se incorporan a monumentos de acceso privado, reduciendo su "audiencia" a lugares cerrados. El otro gran bloque se refiere a Escandinavia, tema en el que Bradley ha trabajado directamente, como en la Península Ibérica y en las Islas Británicas. La estrecha relación entre los productos gráficos de todo este territorio sólo se explica por sus relaciones marítimas, corroboradas por la abundancia de representaciones de barcos. La bibliografía es utilísima para conocer algunos de los elementos novedosos aportados al estudio de esta zona. Así la relación de los grabados con tierras más favorables para el cultivo, el papel de las superficies naturales en la lectura de los paneles o las piezas decoradas asociadas a cistas. La investigación escandinava ha insistido en interpretaciones culturales, asociando los grabados a lugares tradicionales en los que se enseñaba a los jóvenes en procesos iniciáticos, o valorando la exposición pública de los valores sociales. Todo el material recogido en el oeste de Europa y Escandinavia sustenta el capítulo final en el que se plantea "repensar el arte prehistórico". Parte de establecer una diferencia clara entre un artista del presente que pinta lo que quiere, y un artista del pasado que expresa con signos y símbolos un pensamiento colectivo. Las referencias cruzadas entre la decoración de las paredes, el estudio del depósito y los materiales muebles decorados, es el mejor de los métodos para argumentar cronologías. Y aunque Bradley no incluye aquí las cronologías directas obtenidas de las pinturas megalíticas gallegas, éstas añaden un parámetro de mucho peso, similar al que ha renovado la discusión acerca de la cronología del arte paleolítico. Contexto arqueológico y, desde luego, análisis de emplazamiento de las imágenes que, de nuevo en el sentido del análisis estructural de Leroi-Gourhan (1971), ha de incluir evidencias macroespaciales y microespaciales, para deducir normas de ubicación, como hemos propuesto para el arte megalítico ibérico. La historia de cada uno de los paneles, de cada una de las estatuas, incluye nuevas ejecuciones, añadidos y reutilizaciones que aseguran su largo recorrido ideológico. Pero la existencia de auténticas damnatio, alerta de la complejidad que pueden alcanzar algunas "biografías de artefactos" (p. El autor quiere transmitirnos esa imagen de alargado uso para establecer la necesidad de análisis cuidadosos. Por último, la perspectiva del investigador ha de valorarse como un elemento más en el juego de las deducciones. Este aserto, tan asumido en la investigación reciente de la Prehistoria Ibérica, nos incluye a nosotros, pues no es posible analizar un libro como el de Bradley en cuya temática estoy tan implicada sin inmiscuirme en sus deducciones, entablando muy posiblemente más un diálogo que un análisis riguroso. Espero que la asunción de mi escasa objetividad en este tema, no empañe la realidad de la aportación que, una vez más, Bradley trae a los lectores. Brillante estado de la cuestión y sugerente compendio que pasará a establecerse como cita clásica, gracias al cual muchos de nosotros tendremos visibilidad en el mundo anglosajón. Tradicionalmente, y no sabría aventurar porqué, los restos de peces han sido en España la cenicienta de los estudios arqueológicos sobre la pesca. Ello a pesar de que hace tiempo que se han superado las limitaciones referidas al cribado y flotación de muestras y a pesar de que, aunque pocas, existen colecciones de referencia que permiten abordar este tipo de análisis. De hecho, para algunas zonas disponemos de un número de estudios tal que no sería descabellado intentar ya algún trabajo de síntesis. El que tal abordaje no se haya realizado apunta a que son otras las cuestiones que condicionan la integración del registro "íctico" en el corpus arqueológico de la pesca ibérica. Mantener en este papel secundario la evidencia ictioarqueológica lastra cualquier síntesis que se realice sobre la pesca pre-y protohistórica y de ello es reflejo el interesante volumen que edita D. Bernal Casasola dando cuenta de las comunicaciones presentadas en un curso de extensión universitaria celebrado en San Roque (Cádiz) en julio de 2006. Creemos que el principal objetivo que se marca la obra "disponer de una síntesis... sobre la historia de la pesca y de las industrias relacionadas en el Estrecho... desde los orígenes de la Humanidad a finales del Mundo Antiguo..." (p. 14) obligaría cuando menos a conocer la relación de especies de peces documentados en tal registro; sin embargo, el limitado tratamiento que se hace de estos restos impide que se logre tal objetivo. El volumen se estructura en siete capítulos con distinto contenido. Así, los tres primeros dan cuenta de la actividad desde el Paleolítico Medio hasta la Edad del Bronce (capítulo 1), el mundo fenicio-púnico (capítulo 2) y el romano (capítulo 3) y ello mismo ocurre con el último capítulo (7) sobre la pesca en el Mar Negro durante los primeros milenios antes y después de Cris-to. El capítulo 4, de corte metodológico, plantea una serie de cuestiones referidas a los análisis de fauna mientras que el capítulo 5 se refiere a la excavación de un conchero en la Bahía de Algeciras (Villa Victoria, San Roque); por último, el capítulo 6 valora las evidencias referidas a la caza de ballenas en el mundo romano. Un primer aspecto que llama la atención, dado el título del libro, es el diferente marco geográfico que maneja cada contribución. En algunos casos, este marco es totalmente ajeno al tema (capítulo 4) o nada tiene que ver con el Estrecho de Gibraltar (capítulo 7); en otros casos, bien se reduce a una zona (Bahía de Cádiz) o un yacimiento, bien se amplía para superar incluso el ámbito peninsular ibérico. Demasiada heterogeneidad para una obra que se pretende monográfica. Por otra parte, salvo en el último capítulo centrado sobre peces, el término "pesca" no parece ser tomado de idéntico modo en todos los casos. Así, en el primer capítulo se mezcla pesca y marisqueo y la valoración de las evidencias se sustenta en una dicotomía de "recursos marinos" frente a "recursos terrestres". En el segundo capítulo "pesca" se antoja sinónimo de producción industrial, centrada aquí sobre una triple vertiente de talleres alfareros, factorías de salazón y ánforas. Como dijimos, en el capítulo 4 el tema no es la pesca pero ¿podríamos considerar pesca al marisqueo y la producción purpúrea (capítulo 5) o la caza de ballenas (capítulo 6)? Aquí, como en el caso del ámbito geográfico, la laxitud en la concepción de los términos impide disponer de unos parámetros unitarios con los que evaluar los datos. Esto último enlaza con la más profunda de las disparidades que detectamos entre artículos, a saber, el modo como éstos se encuentran planteados. Así, desde una descriptiva concreta de análisis (capítulo 4) hasta otra de fuerte contenido ideológico que plantea "... superar el empirismo y el subjetivismo..." (capítulo 1, p. 19), encontramos toda la gama de combinaciones posibles entre descripción e interpretación. En algunos casos (por ejemplo, capítulo 6) esta última se sustenta en tan pocas y pobres evidencias que el resultado se antoja especulativo en exceso. En general valoramos más positivamente los artículos de síntesis diacrónica que los centrados sobre un tema, ya sea este metodológico o descriptivo, por cuanto entendemos que es aquí donde hallará el lector los datos de mayor utilidad. En este sentido, las síntesis sobre producciones anfóricas (capítulo 2), talleres de púrpura (capítulo 5) y pesca en el Mar Negro (capítulo 7) nos parecen particularmente interesantes. ¿Y qué ocurre con los peces?, una vez más, a excepción de los capítulos 3 y 7, vuelven a ser la cenicienta de la investigación debido, sobre todo, a que se infravaloran ciertas cuestiones susceptibles de ser abordadas con su registro. Destacamos una serie de és-tas que hubiésemos deseado encontrar en las páginas de la monografía: Capítulo 1: ¿pescaba Neanderthal? ¿por qué no se valoran tafonómica y taxonómicamente los registros del Paleolítico superior de Cueva de Nerja con los túnidos del nivel IV de Gorham?, ¿cómo se pueden extraer patrones de aprovechamiento pesquero con registros singulares o de pobre calidad? Capítulo 2: ¿sólo existe pesca industrial en la Bahía de Cádiz en época fenicio-púnica? ¿cómo es posible que ni siquiera se mencionen las ictiofaunas del Castillo de Doña Blanca que evidencian la existencia de una pesca de tipo subsistencial? Capítulo 3: las especies que se mencionan para Camposoto (rape y merluza), además de resultar de imposible captura para una flota litoral, no se corresponden con las representadas en la figura 3 (p. Cuidado con mantener este grave error, que a buen seguro lastrará futuras interpretaciones. ¿Quién dice que una pesquería litoral es capaz de esquilmar especies de peces pelágicos? (p. Capítulo 4: el título, "¿Por qué tantos peces en el Estrecho de Gibraltar?", está mal planteado. La cuestión debería ser ¿por qué tan pocos peces en los yacimientos del Estrecho? Hay muchas más preguntas que podrían haber sustituido a la pobre y mal hilvanada exposición de metodologías: ¿por qué no se documentan peces cartilaginosos hasta el Neolítico?, ¿por qué coexisten ictiofaunas boreales y subtropicales en Cueva de Nerja?, ¿por qué "desaparecen" los peces en la Edad del Bronce?, ¿por qué empiezan a aparecer peces en contextos funerarios del Estrecho a partir de época púnica?, etc. Capítulo 5: ¿por qué se extraen conclusiones sobre el conchero sin analizar las muestras procedentes del tamizado más fino?, ¿acaso no es la cañaílla uno de los caracoles más robustos y los bivalvos más frágiles y susceptibles de fragmentación?, ¿podría ser el taller de púrpura un "sesgo" derivado de la recuperación parcial? Capítulo 6: los grandes cetáceos "no muerden el anzuelo" ¿se refiere Opiano a cetáceos cuando habla de anzuelos cebados? Los grandes cetáceos del Mediterráneo no flotan tras la muerte ¿cómo se mantienen a flote?, ¿dónde están los variados repertorios de las voluminosas herramientas asociadas con la caza, transporte, despiece y procesado de los grandes cetáceos?, ¿realmente existió una caza sistemática de cetáceos en el mundo romano? Capítulo 7: ¿cómo es que este estudio no se utilizó para establecer puntos de divergencia (por ejemplo, contenedores, peces dulceacuícolas) y convergencia (por ejemplo, factorías de salazón) entre el Mar Negro y el Estrecho de Gibraltar? Llegados a este punto, y siendo tantas las cuestiones adicionales susceptibles de comentario, cabe preguntarse sobre la valoración global de la obra. En este sentido, habremos de distinguir si hablamos como conjunto de individualidades o como un todo unitario. Como conjunto de individualidades, todos los artículos tienen puntos positivos pero difieren, a veces de forma notable, en cuanto a su calidad. El problema surge al valorar el conjunto ya que tales diferencias se hubiesen visto compensadas con un discurso dotado de hilos conductores bien definidos. No podemos decir, por tanto, que nos hallemos, como se pretende, ante una síntesis sobre la historia de la pesca en el Estrecho de Gibraltar. Esa obra, sin duda importante, está aún por llegar. Esperemos que no tarde demasiado. A finales de la década de los 90 aparece en el ámbito de las publicaciones sobre el patrimonio histórico una serie de guías orientadas a mostrar cómo llegar, y sobre todo qué conocer del rico y variado patrimonio arqueológico español. Entre la distinta tipología de estas guías, cabe destacar las que ofrecen una serie de rutas en las que visitar enclaves de diferente o similar tipología y adscripción cultural según las circunstancias, como la dedicada a los poblados ibéricos de Cataluña (Garrido 1998) que se puede considerar como el prototipo de este tipo de divulgación arqueológica. En el inicio de la presente centuria este formato y orientación se extiende a otros territorios autonómicos como, por ejemplo, las "Rutas de Arqueología" de la Comunidad Autónoma de Castilla y León (Val y Escribano 2001). Otras veces la estructura de la presentación de los distintos yacimientos cuya visita se propone, se corresponde con la estructura de gestión que del patrimonio arqueológico ha realizado la administración autonómica como es el caso de la Xunta de Galicia (Barciela y Rey 2000). Sin embargo las diferencias en la presentación, acceso, intervenciones de consolidación y programas de investigación y excavación arqueológica que se pueden observar en este tipo de guías permiten calibrar la tarea pendiente de concluir en los planes de gestión y difusión de cada uno de los yacimientos seleccionados (Fabián 2004). Esto no ocurre con la guía de la ruta de los iberos del Bajo Aragón editada por el Consorcio del Patrimonio Ibérico de Aragón con el patrocinio compartido del Gobierno autonómico y una serie de entidades locales y proyectos vinculados al desarrollo comarcal. Con un formato y extensión superior a las guías reseñadas, cabe destacar que al igual que éstas contiene un significativo volumen de información gráfica como fotografías, mapas de localización, croquis de los posibles recorridos por el interior de algunos de los yacimientos e ilustraciones o recreaciones de algunos de los yacimientos y de las actividades que en ellos se desarrollaron. La guía se estructura en una propuesta de tres rutas: la Oriental enmarcada en la comarca del Matarraña, la Central en el territorio del Bajo Aragón y Caspe y la Occidental en el territorio del Bajo Martín y Andorra, cuyas posibilidades de acceso y programación de las visitas se pueden organizar fácilmente y con gran exactitud a partir del Mapa general de la ruta que, con gran lujo de detalles, se nos ofrece en las páginas 118 y 119. Cada una de las rutas propuestas cuenta como complemento necesario de la visita a los yacimientos con una serie de centros de visitantes. Hasta ahora no hay ninguna novedad, incluida la calidad de la impresión y de las figuras. Incluso la extensa presentación sobre la cultura y los pueblos iberos del Bajo Aragón, no constituye una innovación en el diseño y maquetación pues han sido criterios y elementos utilizados en otras guías de temática parecida (Garrido 1998; Fabián 2006). Sin embargo la diferencia que le confiere un estilo especial, es que esta guía es el colofón de un vasto proyecto de gestión del patrimonio arqueológico del Bajo Aragón en el que se ha acometido desde una planificación previa un vasto programa de reformas, que de alguna manera pretenden unificar bajo unos criterios mínimos la señalización, acceso, información y por lo tanto disfrute del visitante del conjunto de yacimientos elegidos. La presentación se unifica a partir de una señalética en la que la cartelería, los soportes, el formato, los materiales, la tipografía, los colores y los símbolos elegidos son los mismos para todos los yacimientos y estructuras de información que se integran en este proyecto. Cabe destacar la elección del color rojo vinoso y algunos elementos decorativos característicos de las decoraciones pintadas de la cerámica ibérica como seña de identidad del proyecto, al igual que la flecha amarilla lo es del Camino de Santiago. El programa de actuaciones ha contemplado no sólo la localización y presentación de los yacimientos, sino también la protección, conservación, mejora de los accesos y movilidad de los potenciales visitantes de los yacimientos. Este tipo de actuaciones se han desarrollado desde el mes de diciembre del 2006 con la señalización de yacimientos, ubicación de paneles, vallado, limpieza, desbroce y consolidación de estructu-ras, para concluir con la respectiva edición en agosto del 2008 del folleto general de la Ruta y en abril del 2009 con la presentación de la página web de la Ruta y de la presente guía. Homogeneidad y variedad son las características de la oferta integrada por 1 museo, 9 centros de visitantes, 1 parque arqueológico y 19 yacimientos de los cuales 3 son necrópolis y 16 asentamientos. En el ámbito museológico a la solitaria oferta que representaba hasta hace pocos años el Museo Juan Cabré en Calaceite, se unen 9 centros de visitantes de los que sólo falta por inaugurar el de Caspe y en los se han programado sus contenidos en torno a los siguientes temas: Lengua y escritura ibéricas, Los orígenes del mundo ibérico, Aristocracia y arquitectura ibéricas, Historia de la cultura ibérica y la investigación, Cerámica ibérica alfares y hornos, Mundo religioso y funerario, Cerámica ibérica formas y decoraciones, Influencias itálicas en el mundo ibérico y Actividades económicas. Esta propuesta se completa con el parque arqueológico de El Cabo. El esquema de presentación es el mismo para todos los centros: cómo llegar, contenidos del centro y una detallada referencia de su dirección, teléfono, calendario y horario de apertura. Sobresale la información sobre las Jornadas Iberas de Sedeisken en el marco de los proyectos de recreación histórica que tanto éxito y difusión están teniendo en los últimos años en distintas iniciativas de revalorización arqueológica en nuestro país (Pérez-Juez 1997; Ruiz-Zapatero 2002). En el caso de los yacimientos arqueológicos a pesar de las diferencias intrínsecas y los resultados de las excavaciones practicadas, que proporcionan un panorama diferente en cada uno de ellos también el criterio de presentación elegido es el mismo para todos. Comprende cuatro apartados: cómo llegar, una breve historia de las investigaciones, descripción del yacimiento y los materiales arqueológicos y una breve referencia a la cronología del yacimiento. En todos los yacimientos se cuenta con un plano general de los mismos, completado con fotografías tanto de las estructuras y vistas más significativas como de algunos de los elementos utilizados para orientar, informar y facilitar la visita. Completa la información de cada una de las rutas, una detallada referencia de la oferta disponible en los apartados de hostelería, ocio, aventura y empresas especializadas en visitas guiadas, a la que cabe añadir una relación de restaurantes que, utilizando productos de la zona documentados en las excavaciones arqueológicas, ofrecen menús de "inspiración ibérica". Pocas salvedades se pueden hacer, si acaso se echa de menos alguna recomendación, dado el clima continental imperante en la zona, sobre el tipo de calzado y ropa a llevar. También alguna referencia al respeto que deben guardar los visitantes con los restos arqueológicos in situ o la posibilidad de acceso en los yacimientos a las personas discapacitadas, que la experiencia de visitas con distintos tipos de público nos indica que no son supérfluas. Otro aspecto en el que pueden existir opiniones divergentes tiene que ver con la extensión de la información condensada sobre la cultura ibérica en la que han participado destacados investigadores y que, a pesar del esfuerzo de síntesis, ocupa la mitad del volumen de la guía cuando posiblemente el potencial usuario de la misma no la vaya a utilizar, teniendo en cuenta el amplio programa de información que le ofrecen los centros de visitantes. Sin embargo puede ser una lectura muy recomendable a posteriori que permita reforzar la información recibida en las distintas visitas. También se puede replantear la maquetación hacia un formato ligeramente más pequeño que la haga más manejable y transportable, pero no dejan de ser pequeñas observaciones que la demanda y uso de la misma terminarán por despejar en un futuro cercano y que en nada desmerecen la excelente impresión causada por esta novedad editorial que acrecienta con gran calidad el corpus de guías destinado a facilitar el acceso, conocimiento y disfrute de nuestro patrimonio arqueológico. Esta monografía estudia el pecio griego arcaico excavado en los años 2002 y 2004 en la Cala Sant Vicenç (Mallorca); los autores han coordinado a un numeroso equipo de especialistas que ha sacado a la luz, en un tiempo inusualmente corto, un voluminoso libro que recoge los principales resultados de la excavación y del análisis de los materiales. X. Nieto y F. Tarongí describen la topografía del entorno en el que se produjo el hundimiento del barco, un lugar poco favorable para su uso como refugio debido a su carácter escarpado y a su orientación, abierta a los vientos del norte y del levante, y presentan la metodología de excavación. El estudio de la arquitectura del barco (X. Nieto) es, tal vez, el que aporta más novedades para la arquitectura naval antigua. Gracias a una excavación y documentación excelentes se ha elaborado una planimetría completa de la parte del pecio excavada. Es un barco cosido en el que destaca una remodelación completa, con la sustitución de la quilla y las tablas adyacentes. Un breve apéndice de P. Pomey lo sitúa en el contexto de los pecios más o menos contemporáneos, como uno de los mayores en su género. Al dar el autor todas sus medidas (tamaño de las tablas, cuadernas, espacio entre perforaciones para el cosido, etc.) nos planteamos si no hubiera sido útil intentar averiguar si obedecen a un "sistema métrico" concreto (o a varios), lo que, en algún yacimiento terrestre como, por ejemplo, La Picola, dió interesantes resultados (Moret y Badie 1998); eso es tanto más pertinente cuanto que, según las medidas (Fig. 41), se observan diferencias en las distancias entre perforaciones entre la quilla y sus tablas adyacentes y las existentes en el resto de las tablas, lo que confirmaría la intervención de dos carpinteros de ribera diferentes y, podríamos añadir, que utilizan sistemas metrológicos distintos. M. Santos analiza el contexto arqueológico, el cargamento comercial y los enseres de la tripulación. La cerámica fina y común, destinada tanto al uso como al comercio, incluye producciones diversas, aunque representadas en pequeñas cantidades: copas de figuras negras, áticas y calcídicas, un lécito de barniz negro, cerámicas de barniz negro de producción colonial, lucernas, olpes, enócoes y copas "jonias", que según T. Van Compernolle procederían de Locris Epicefiria. Otras cerámicas pintadas, algunas de ellas de procedencia masaliota, como una crátera de columnas, y otras piezas de cerámica gris monocroma de origen ampuritano, completarían el catálogo. A ello se añaden cuatro morteros y cerámicas de cocina. El limitado repertorio cerámico permite a la autora detenerse en su análisis y el de sus paralelos; estos objetos aportan también uno de los principales criterios cronológicos para datar el pecio en los últimos decenios del siglo VI a.C. Los fragmentos de ánforas griegas corresponden como mínimo a 21 individuos. Constituyen una parte importante las ánforas magnogrecas de los tipos A-MGR1 y A-MGR2 (DICOCER). Estas últimas son las más abundantes (15 piezas). Además, y junto con algunas de módulo menor, el cargamento se completa con una corintia A, dos quiotas y una del Egeo septentrional; la autora concluye que el contenido de la mayoría de esas ánforas debió de ser vino. Algunas observaciones sobre la presencia de estos tipos anfóricos en otros yacimientos occidentales, terrestres y marinos, finalizan el capítulo. J. de Hoz estudia los grafitos y marcas presentes en estas ánforas así como en la vajilla griega. La mayor parte del cargamento, según los restos excavados, corresponde a ánforas ibéricas, estudiadas por S. Manzano y M. Santos (unos 3.000 fragmentos). Su número mínimo rondaría los 29 ejemplares, agrupados en 6 formas principales y, al menos, 8 tipos de pastas. La cuestión de los contenidos de estas ánforas sigue sin resolverse, así como la de sus talleres de producción, aunque las variedades de formas y pastas sugieren una multiplicidad de los mismos. Un dato de gran interés es la confirmación de la comercialización de estos envases en barcos griegos. El estudio de los objetos metálicos incluye tanto la morfología del casco de bronce (R. Álvarez), como la protección interna del mismo (C. Alfaro). M. Egg y D. Marzoli buscan sus paralelos en el área adriática, mientras que R. Álvarez cataloga los restos de armamento arcaico procedentes de contextos subacuáticos. Un kyathos reparado es estudiado por R. Graells, atribuyéndole un origen en el área etrusco-campana. Es importante el conjunto de 134 picos de hierro agrupados en lotes de 11, individualizados por una cuerda. El cargamento se completaba con un lingote de estaño de 30,6 kg, así como restos de fusión del mismo metal (12,6 kg), y un pequeño lingote de plomo (1,87 kg), estudiados por M.C. Rovira. C. Alfaro estudia las cuerdas y materiales de cestería; el esparto es el elemento básico del cosido de la nave y de algunas cestas, aunque otras sean de avellano. El capítulo décimo se dedica a los objetos de piedra. A. Perea y B. Armbruster se ocupan de un molde de orfebre que estaba destinado a fabricar distintos tipos de joyería por vaciado, en principio en oro o plata; aunque no demasiado abundantes, el hallazgo de esta excepcional pieza abre nuevas vías para el estudio de la difusión de los motivos ornamentales de tradición greco-oriental en Occidente, tema ampliamente tratado en otros entornos, como los nor-pónticos (Treister 1998). Los molinos de vaivén son estudiados por G. Vivar y del resto de objetos se ocupa M. Santos. J. Hernández-Gasch estudia el barco en su contexto, apuntando que puede modificar la impresión de que los (escasos) objetos exógenos presentes en el norte de la isla procederían del comercio ebusitano, introduciéndose por vez primera la posibilidad de que hubiesen sido los griegos sus portadores. Lamentablemente, los hallazgos mallorquines no permiten, por el momento, resolver este problema. Por sí mismo, el poblamiento indígena en torno a la Cala Sant Vicenç y la bahía de Pollensa no implica que la región fuese visitada por barcos griegos sino, como mucho, que "pudo" serlo. Las cronologías de estas fases de la cultura talayótica son problemáticas cuando no aparecen acompañadas de materiales importados bien datados, y ello hace que el panorama expuesto pueda corresponder a períodos mucho más amplios que los pertinentes al momento del hundimiento del barco. Aunque no haya por qué cuestionar la reconstrucción social y económica del autor sobre la protohistoria baleárica, la principal consecuencia a la que llega (que las comunidades indígenas tenían capacidad de exportar carne) no parece tener corroboración ni arqueológica ni literaria. Me da la impresión de que el principal "excedente" que produjeron las Baleares (Mallorca y Menorca) fueron hombres, enrolados como mercenarios en los ejércitos cartagineses a partir del siglo V y, sobre todo, en el IV (Domínguez 2004). En el mismo capítulo se abordan las consideraciones náuticas que explicarían la presencia en la Cala Sant Vicenç de la nave estudiada, proponiendo el paralelo 38°50' N (que toca la Península Ibérica a la altura del Cabo de la Nao) como una especie de divisoria entre las rutas fenicio-púnicas (al sur del mismo) y las greco-foceas (al norte). Mallorca quedaría en esta última, mientras que Ibiza lo haría en la primera. Por último, M. Santos sitúa al barco en el contexto del comercio griego en el Mediterráneo occidental. Las conclusiones finales (M. Santos y X. Nieto) se presentan también en castellano, y el libro se completa con diversos apéndices analíticos de los materiales recuperados. Se trata, pues, de un libro que presenta de forma exhaustiva el continente y el contenido de este pecio; la información aportada complementa y matiza datos procedentes de otros barcos excavados en los últimos años y, naturalmente, de yacimientos terrestres. La constatación de que los griegos intervienen de forma muy notable en la distribución por buena parte del litoral mediterráneo de la Península Ibérica y de la Galia meridional de productos agropecuarios producidos y envasados en ámbitos de la emergente cultura ibérica es una aportación con importantes consecuencias desde el punto de vista de las interacciones culturales. Queda por aclarar la presencia del barco en la costa norte mallorquina, ya sea, como proponen los autores, como el resultado del intento foceo-masaliota de ampliar el radio de acción de su comercio hacia esas islas antes de su inserción en el ámbito púnico-ebusitano, ya como sugiere Guerrero (2004) como resultado de la pérdida de ruta del barco como consecuencia de algún mistral o tramontana que lo empujó hasta la isla. La realidad, por el momento, es que los materiales del cargamento apenas están representados en la isla por más que hubiese poblamiento en la zona; esa ausencia puede deberse a que el interés del comercio griego entre fines del siglo VI e inicios del V por el norte de Mallorca fue escaso (o nulo) o, como sugieren los autores, a que es una fase de tentativas de apertura de nuevos mercados. Si fue éste el caso, habría que concluir que la misma duró poco y que serían los ebusitanos quienes explotarían los recursos de la isla aunque, como apuntamos, parece que el principal recurso que les interesaría, como intermediarios de los cartagineses, fueron los mercenarios. Sea como fuere, la publicación que aquí reseñamos plantea los principales términos del debate en ésta y muchas otras cuestiones y hay que agradecer a los autores la prontitud y la competencia con la que han puesto los resultados de sus investigaciones a disposición de la comunidad científica. la etnicidad: nuevas aporta- ciones desde la Arqueología y la Historia anti- gua españolas / Reconsidering ethnicity: new contributions from Spanish Archaeology and Ancient History
Este libro bien presentado y con excelentes ilustraciones es un resumen bien informado, escrito y puesto al día de la Edad del Bronce en La Mancha. El cuerpo principal del libro está compuesto por tres capítulos: la historia de la investigación, otro acerca de las características principales del registro disponible para esa época y un tercero sobre sus monumentos más llamativos, las motillas con un inventario de esos yacimientos y resúmenes de las intervenciones arqueológicas emprendidas. Los tres están apoyados por una bibliografía completa y precisa. Un prólogo de Gonzalo Ruiz Zapatero resalta la protección deficiente que reciben estos monumentos, una falta que este libro tiene como objetivo subsanar. Dos anejos presentan materiales complementarios: uno sobre las prospecciones geofísicas realizado por Oscar López Jimé- La antigüedad y sus mitos. M.a Cruz Cardete ha llevado a buen puerto una idea sumamente estimulante: poner a prueba diversos topoi de la historia antigua mediante revisiones críticas no carentes de acidez. De esta manera, 10 autores han conseguido, a través de 9 capítulos, una introducción y una conclusión, poner patas arriba los tópicos más típicos: la egiptología (J.R. Pérez-Accino Picatoste), el cliché (M.C. Cardete del Olmo), la democracia ateniense (M.A. Valdés Guía), Tartesos (M. Álvarez Martí-Aguilar), los celtas (G. Ruiz Zapatero), los celtíberos (I. Grau Mira), la esclavitud (I. Sastre Prats), el arqueólogo (M. Ruiz del Árbol Moro), o el pasado como algo que se sabe y cuenta (V.M. Fernández Martínez). Estos capítulos van dirigidos a desmontar visiones tradicionales, sin por ello perder valor científico puesto que suponen revisiones plenamente actualizadas por parte de expertos en cada uno de los temas. En la conclusión, Domingo Plácido Suárez parte de los capítulos para dibujar un panorama general de lo que significa estudiar el mundo clásico actualmente. Finalmente, hay una bibliografía unificada y unas breves descripciones de los autores. Consell Insular de Menorca, Fundació Illes Balears, Fundación Municipal de Cultura, Educación y Universidad Popular, Ayuntamiento de Gijón. El pasado mes de abril se publicó esta obra que representa una etapa, desgraciadamente inconclusa, de la investigación llevada a cabo en el yacimiento de Torralba d'en Salort. Si es de agradecer el imprescindible apoyo del Consell Insular de Menorca, la Fundació Illes Balears y el Ayuntamiento de Gijón para la edición del libro, también es digna de encomio la tarea realizada por Simón Gornés para sacar a la luz una parte significativa de la memoria de esta excavación. Manuel Fernández-Miranda (1946-1994), los codirectores de las excavaciones, William Waldren (1924Waldren ( -2003) ) y quien esto escribe, junto a los demás intervinientes, participamos en unos trabajos que fueron pioneros en Menorca desde muchos puntos de vista: formación de un equipo y un trabajo analítico interdisciplinar, aplicación de una metodología moderna simultaneando campañas en un yacimiento terrestre -Torralba-y en otro submarino -Cales Coves-, búsqueda, análisis comparativo y topografía de las taulas conocidas de Menorca, etc., y todo ello con cierta escasez de medios, mucha imaginación, voluntad y oficio. Tras su investigación sobre la cultura talayótica en Mallorca, objeto de su tesis doctoral, era lógico extenderlas a Menorca y, aunque en broma Manolo Fernández-Miranda decía que la de Torralba "era la mejor taula de la isla", uno de sus principales objetivos fue tratar de ubicar cronológicamente este tipo de recintos, pues él pensaba que tenían una cronología más moderna de la que era admitida hasta ese momento. La excavación de Torralba confirmó sus apreciaciones como queda expuesto en esta monografía, y a ello contribuyó sobremanera la vinculación de Waldren a la Universidad de Oxford, en cuyo laboratorio de datación (RLAHA/ORAU) se obtuvieron varias fechas. A los exiguos fondos económicos con que se contaba en aquellos años setenta aportados por la Subdirección General de Arqueología y por Waldren, se añadieron poco después las becas que otorgaba el INAPE (Instituto de Ayuda y Promoción del Estudiante), un organismo ministerial co-inventado por Manolo y Javier Tusell -hoy perdido o desvirtuado-TRABAJOS DE PREHISTORIA 67, N.o 1, enero-junio 2010, pp. 263-264, ISSN: 0082-5638 para la realización de trabajos prácticos en verano. A ello se añadían los muchos inventos y sugestivas ideas que Manolo y Bill eran capaces de poner en práctica. Y al hilo de esa intención por extraer las máximas posibilidades al conocimiento del sitio, indudablemente conectado a la forma de ser de Bill Waldren fue el intento, finalmente conseguido, de hacer fotografías aéreas de las diferentes partes del yacimiento sin medios mecánicos aéreos; sólo con la plataforma superior de la taula y una desbordante imaginación se montaron unos artilugios, no siempre estables ni eficaces, con los que al final se consiguió un efecto bastante parecido a una foto de esas características. Esa oportuna perspectiva tridimensional que daba profundidad a la visión del área tuvo su correlato en el hallazgo de varias piezas de innegable valor interpretativo que dieron oxígeno a la carestía de medios económicos. Cabe decir, finalmente, que la loable pretensión inicial, esto es la publicación fiel de los textos que dejó Manuel Fernández-Miranda al fallecer, adolece desde mi punto de vista de unos apartados que completen la obra, apoyándose en el trabajo de los miembros del equipo que allí participaron activamente, aportando planos actualizados y más fotografías y dibujos de las estratigrafías o de materiales arqueológicos relevantes. Con todo, ha podido devolverse a la sociedad una parte singular de su patrimonio arqueológico, razonablemente bien interpretado, correctamente situado en el tiempo e incluso, como ha comentado el Profesor Delibes en la reciente presentación del libro, con una interesante lectura funcional del mismo: un lugar de ceremonias, de banquetes, de rituales. Es decir, un lugar con una profunda carga simbólica, psicológica y emocional. La indudable personalidad de la taula de Torralba d'en Salort, estará indisociablemente unida a dos personalidades desbordantes, ingeniosas y afables, Manuel Fernández-Miranda y William H. Waldren. ¡Nada más y nada menos! Las primeras comunidades campesinas en la fachada oriental de la península Ibérica (ca.
José Alcina Franch fue una de las figuras fundamentales de la Universidad española durante la segunda mitad del siglo XX por su proyección académica y social (Lám. Su formación fue posterior a la Guerra Civil -Licenciatura en Filosofía y Letras, Sección Historia-por la Universidad de Valencia en 1946 (1). Sin embargo sus principios pedagógicos inspirados en el Instituto-Escuela (Guinea 1994: 50) y sus convicciones políticas le llevaron a buscar el contacto con personalidades republicanas que, si ya no pudieron ser sus maestros, serían sus amigos "muy poco después, unidos por un exilio mutuo" (Alcina 1994: 265). Este trasfondo ayuda a entender la apertura y espíritu crítico de su práctica docente (Ciudad e Iglesias 2001: 97; Cerda 2002: 10), su orientación indigenista dentro del americanismo (Alcina 1994: 271) y su coherente dedicación a la arqueología americana de cuya institucionalización en España se le considera principal responsable. Buena prueba de ello son las publicaciones que se le han dedicado con ocasión de su jubilación (Anthropos 68 1987) y de su fallecimiento en las revistas con las que estuvo estrechamente relacionado -Revista Española de Antropología Americana y Revista de Indias-, así como su presencia en obras de referencia sobre la historia de la antropología española (Fauria 1993; Guinea 1994). Pero el Dr. Alcina también contribuyó a la arqueología del Viejo Mundo tanto de manera directa como a través de la influencia que ejerció sobre ella desde el americanismo. En el contexto académico de penuria y escasa especialización del periodo en que inició su actividad tales nexos quizá fueran inevitables pero, después, se entienden mejor como expresión de una apuesta personal (2). Tras unos titubeos iniciales entre la historia del arte y la arqueología se orienta hacia la segunda en buena medida por influencia del joven Dr. Manuel Ballesteros-Gaibrois, incorporado como catedráti- (2) Las autoras se beneficiaron de la misma. MIMN pudo aprovechar una breve apertura de los criterios de selección de asignaturas optativas en la especialidad de Historia Antigua de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense (Madrid) para cursar la 'Antropología General' (1974-1975) que impartía el Dr. Alcina en el Dpto. de Antropología de América de dicha Facultad. Era la figura mas influyente de la arqueología española de la época y una de las de mayor proyección exterior gracias a la relación que siempre mantuvo con el Dr. Bosch Gimpera, su maestro en la Universidad de Barcelona. Ambos, "aun dedicando lo mejor de su esfuerzo personal al estudio de la Prehistoria española y por razones diferentes, fueron americanistas" (Alcina 1979: 231) y, prácticamente, los únicos representantes del americanismo catalan (Alcina 1994: 269-270). José Alcina conoció al Dr. Pericot cuando todavía era alumno del Instituto-Escuela de Valencia pero su relación personal se desarrolló, ya como estudiante universitario, en el Servicio de Investigación Prehistórica (SIP) de la Diputación Provincial de Valencia y en el Laboratorio de Arqueología de la Universidad (Alcina 1979: 232), unas de las pocas instituciones activas del país. 1), cargos estos últimos en los que se inició cuando todavía era estudiante. En Saitabi aparece como responsable de 'La arqueología en las Revistas' donde entre 1943 (n° 6) y 1948 (n° 28) comenta 174 artículos que cubren todos los temas de la arqueología española prehistórica, protohistórica y clásica y, en menor medida, medieval. Una treintena se refieren a la arqueología de otros países, a diplomática e historia del arte español del Siglo de Oro e, incluso, a un film histórico (n° 14, 1944: 425-426). Su propia tesis doctoral (1948, ¡en Alcina 2000!) es otra muestra de la temprana amplitud e intensidad de su actividad investigadora. Esos Congresos fueron la única ocasión de contacto general entre los arqueólogos españoles y sus actas constituyen la crónica de la arqueología española de la época (Ruiz Zapatero 1993: 49-50). La significación de la participación del Dr. Alcina en ese contexto queda reforzada por su presencia en el IV Congreso Internacional de Ciencias Prehistóricas y Protohistóricas (Madrid 1954) (Lám. Presidido por el Dr. Pericot y con el Dr. Antonio Beltran como Secretario fue la prueba palpable en arqueología de la apertura internacional que iniciaba el país en esos años (ingreso en En los años 50, el Dr. Alcina estaba ya orientado hacia el americanismo. En 1950 obtuvo una beca para trabajar en el Musée de l'Homme de París. Allí el Dr. Pericot le presentó al Dr. Bosch Gimpera por entonces director de la División de Etnología de la UNESCO (Alcina 1979: 232). Actuaba así como puente entre su maestro exilado y jóvenes arqueólogos como el propio J. Alcina (1976:59) que veían en Bosch un 'ramillete de símbolos'. En esta etapa adopta una interpretación tradicional de historia cultural cuyo difusionismo queda muy bien expresado en la investigación de las relaciones culturales entre el Viejo Mundo y América a través de la distribución atlántica de ciertas vasijas y figuras cerámicas y de las 'pintaderas' (Guinea Bueno 1987: 38-39). Los paralelos que tanto el Dr. Alcina (1969, reuniendo la bibliografía anterior) como el Dr. Pericot las encontraban en Gran Canaria les unieron como secretario y presidente, res-pectivamente, del 'Primer Simposio Internacional sobre posibles relaciones transatlánticas precolombinas' (Las Palmas-Santa Cruz de Tenerife, diciembre de 1970) (Alcina 1979: 233-234) (3). Esa fue la última actividad significativa en relación con el registro arqueológico del Viejo Mundo. A partir de entonces el Dr. Alcina, incorporado a la cátedra de Arqueología Americana de la Universidad Complutense, inicia sus trabajos de campo en América caracterizados "por un enfoque decididamente antropológico a la hora de la interpretación" (García Guinea 1987: 39). Fue precisamente ese nuevo enfoque y su conocimiento desde dentro de la tradición disciplinar de la Prehistoria española lo que le permitió ser uno de los agentes de su renovación. Su llegada al Dpto. de Antropología y Etnología de América (Facultad de Filosofía y Letras) reforzó la reivindicación pionera y aislada de una arqueología antropológica por el Dr. Claudio Esteva (1959) y por las publicaciones vinculadas con dicho Departamento: Revista Española de Antropología Americana y los Cuadernos de Antropología Social y Etnología entre los que destacan los dos números monográficos sobre Arqueología teórica editados por el Dr. Miguel Rivera Dorado (1971, 1972). En ese contexto, la ponencia presentada por el Dr. Alcina en la I Reunión de Antropólogos españoles (Sevilla 1973) supuso una auténtica inflexión en la conexión del americanismo con la renovación teórica de la Prehistoria española. Esta vez la propuesta de introducción de la Arqueología antropológica fue acompañada de "un examen crítico de la Arqueología en España (...) con un especial énfasis en la producción de la última década" (Alcina 1975: 66). Su ejemplificación en los contenidos de cinco de las mas importantes revistas españolas sobre Prehistoria y Arqueología -recordemos su experiencia en Saitabi-dio lugar al primer ensayo bibliométrico con fines críticos publicado en España. Su eficacia residió en manejar la misma información empírica que los prehistoriadores españoles pero para señalar las insuficiencias del enfoque histórico-cultural todavía hegemónico. La rigidez de la estructura universitaria, los intereses corporativos y el escaso número de arqueólogos-antropólogos americanistas, entre otros factores, limitaron el alcance de estos conatos renovadores que, sin embargo, los prehistoriadores valoramos como tales (Lull 1991: 238; Martin de Guzman 1984: 35, n. La separación profunda, absurda y lamentable (Alcina 1991: 14), entre arqueología americana y arqueología del Viejo Mundo subsistió. Así el Dr. Alcina (1990) intervino junto con otros americanistas, geógrafos, prehistoriadores e historiadores del mundo antiguo y medieval en el Seminario 'Espacio y organización social' (Madrid 1988) promovido por el decano de la Facultad de Geografía e Historia, Dr. Estébanez, en favor del diálogo entre los distintos investigadores de la Facultad (Adanez Pavón et al [eds.] 1990). Sin embargo se trató de otra interesante iniciativa sin continuidad. Veinte años después del manifiesto sevillano, aquellos conatos, junto con la labor de traducción y publicación de Miguel Rivera (1991), eran las referencias que el Dr. Alcina (1991: 16-17) apuntaba como aportación del americanismo al desarrollo de la orientación antropológica en la arqueología española. El artículo, resultado de una invitación de Trabajos de Prehistoria, mostraba el compromiso activo y continuo del autor con la superación de dicha división disciplinar. La siguiente iniciativa fue su coordinación de un diccionario de contenido universal que, además de campos temáticos descriptivos y como una de sus principales novedades, recogía los planteamientos Concluimos con la esperanza de haber logrado transmitir nuestro respeto y admiración por el Dr. Alcina a cuya pasión por la vida y por la ciencia estas páginas quisieron servir de homenaje. A la familia del Dr. Alcina Franch y, muy en particular, a su viuda, la Dra. Josefina Palop, que nos atendió de modo inmejorable facilitándonos el acceso al archivo del que seleccionamos las fotografías incluidas en el texto. A Juan M. Vicent García que se ocupó del escaneado de las imágenes. A Félix Jimenez ViUalba, Bemat Martí Oliver, Lorena Mirambell, Rosario Naranjo Orovio (Directora de ReviÉta de Indias), Jorge Onrubia Pintado y Emma Sánchez Montañés (Directora de la Revista Española de Antropología Americana) por su colaboración. teóricos de la arqueología en España y en Europa (Alcina 1998: 11-12). Esta decisión era muy expresiva de la capacidad de renovación y sentido crítico del Dr. Alcina (1991: 14) que había reconocido años antes un alejamiento tal de la tradición europea que muchos de sus planteamientos le resultaban ya "en la práctica, incomprensibles". El abandono de la arqueología y el americanismo para dedicarse al estudio de la historia mas contemporánea fue la mejor evidencia de su valentía intelectual. Como nos comentó personalmente en diversas ocasiones, estando satisfecho con los resultados de su trayectoria en esos campos, llegaba el momento de ocuparse de temas que siempre le interesaron pero a los que no había podido dedicar suficiente tiempo. El traslado de su biblioteca personal al Museo Etnológico del Ayuntamiento de Barcelona (1997) (4) simbolizó la clausura de su etapa anterior. Entre las iniciativas que abrieron la nueva están, por ejemplo, la promoción de la AGE (5) de la que fue Presidente durante 1998 y la orga-
Los conceptos de producción y configuración son utilizados para caracterizar técnicamente los conjuntos Uticos del Pleistoceno inferior y medio europeo sin bifaces, mostrando que la mayor parte de estos yacimientos, datados con posterioridad a los 500 Ka., forman parte integrante del Modo 2. También se analizan y discuten los factores de variabilidad que pueden asociarse a los conjuntos con tecnología del Modo 1 que aún se observan en el registro. Correo electrónico: fdiezmar@ indiana.edu Recibido: 27-IX-Ol; aceptado: 2-IV-02. -Fuente Nueva 3 Se Barranco León (Spain).
Las paleocomunidades del Pleistoceno final desarrollaron unas respuestas de adaptación al entorno para paliar alguna de sus constricciones ambientales. Una de ellas, en lo que a técnicas de caza se refiere, era la selección diferencial de algunos individuos bien por edad o sexo. En este estudio se analizan las posibles edades de muerte estimadas a partir de las mandíbulas y el procesado antrópico de las mismas por parte de los grupos humanos que habitaron la Cueva de Las Caldas en el 13000 BP. Con ello se trata de caracterizar los patrones de mortalidad de los ungulados que formaron parte de su dieta, definir el carácter estacionario del yacimiento y comprobar si se puede hablar de una táctica de planificación temporal intencionada y diferencial como respuesta a una estrategia de subsistencia. Estos planteamientos forman parte del sistema paleoeconómico responsable del funcionamiento de estas sociedades del Paleolítico Superior Final ante las presiones ecológicas y limitaciones culturales que les eran impuestas. Este análisis quizá nos permita además aproximarnos a sus modos de ocupación y movilidad en un territorio como espacio estratégico de gestión de recursos. Antes de abordar la problemática inherente al estudio de los patrones de mortalidad que se pretende, vamos a intentar ver qué significa la estacionalidad, su concepto, significado y alcance, en definitiva, cual es su potencial interpretativo en Arqueología. Fue el investigador Monks quien reconoció para la investigación arqueológica los estudios de estacionalidad, definiendo el término como la coincidencia temporal de una actividad cultural o económica con eventos naturales (Monks 1981; Pike-Tay 1991b: 20). El estudio de las curvas de mortalidad ofrece uno de los mejores medios para aproximarse a los modos de adquisición de presas y las técnicas de caza e inferir probables periodos de T. P., 59, n." 2, 2002 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es ocupación, aunque su interpretación está sujeta actualmente a problemas metodológicos. Los cálculos de edad de los individuos son convenientes para establecer las pautas de cómo era la comunidad animal (biotopo) que existía, así como para aproximamos a la subsistencia de los grupos humanos que compartían ese nicho ecológico. El conocimiento del comportamiento de las presas potenciales es determinante para conocer los comportamientos de los grupos humanos del Paleolítico y la posibilidad de determinar la estación y edad de muerte contribuye a la reconstrucción del sistema de habitats y de la subsistencia. La extrapolación de estos datos nos aporta la posibilidad de considerar sus patrones ocupacionales, y por ende, la visión de sus espacios estratégicos de gestión del territorio y recursos (1). La estacionalídad, límites y procedimientos Los perfiles arqueológicos de muerte son el resultado de variables (además de la edad de muerte) que interactúan entre ellas: la dinámica de las poblaciones de presa, los métodos de caza, las decisiones de transporte, los agentes tafonómicos, etc., que no pueden ser previstos (Costamagno 2000; Lubinski 2001). Para estimar la estacionalidad de un yacimiento o de las actividades humanas que allí tuvieron lugar, existen varios métodos. Se han catalogado como procedimientos indirectos y directos. Los primeros infieren la estacionalidad a través de los datos arqueológicos además de los datos extraídos de la flora y la fauna, y añaden datos de la morfogénesis deposicional y la dinámica (1) Vid. C. Diez Fernández-Lomana y A. Mateos Cachorro, (en prep.): Estudio de los patrones de mortalidad y edades de muerte en dientes de herbívoros para una aproximación a las épocas de ocupación y estacionalidad de los grupos humanos del Pleistoceno Inferior y Medio en la Sierra de Atapuerca (Burgos). Université de Toulouse-le-Mirail, 300 pp. En páginas 5-40 para una revisión de los estudios de estacionalidad aplicados a la Prehistoria. sedimentaria del depósito, estimaciones del tamaño de la población, patrones y localización del asentamiento, patrones de enterramiento y factores postdeposicionales, así como análisis funcionales de los conjuntos líticos. Por contra, los sistemas de inferencia directa se concretan en varios métodos para el registro óseo: a) Presencia o ausencia de especies faunísticas Es el método más ampliamente utilizado aunque requiere unos conocimientos previos de la etología y biología de los grupos animales representados para establecer los perfiles de comportamiento estacional de las especies identificadas en los yacimientos (adaptaciones eco-etológicas: regimen alimentario, distribución de recursos, reproducción, movimientos migratorios y composición de grupos). Ha de usarse con cautela, porque en la presencia/ausencia de una especie en un yacimiento intervienen además de la acción y selección antrópica otros factores añadidos como son las alteraciones tafonómicas, la conservación y el transporte diferencial. b) Estructura de la población faunística Se basa en el hecho de que la composición por edades y sexos varía estacionalmente en muchas especies. Este método es bastante problemático a la hora de establecer el tamaño y perfiles de edad de esas poblaciones porque, como vimos anteriormente, en la acumulación de estos restos y su representación de frecuencias influyen factores tafonómicos como la preservación diferencial, acorde a las densidades óseas, y otros de índole cultural o paleoeconómica (David y Enloe 1992; Guillien y Martin 1968; Julien 1989). Con todo, el análisis de la determinación de edades mediante procesos fisiológicos como la fusión epifisaria, la abrasión dental y el crecimiento de las coronas exige muestras lo suficientemente amplias para establecer el ritmo temporal de estas variaciones. to en el género Rangifer, en el que ambos sexos poseen cornamenta. Esta se desarrolla a un ritmo anual: creciendo en primavera, y mudando después de la época de celo, en otoño, aunque en los más jóvenes y en los machos más viejos permanece hasta la primavera sin caerse. En el caso de las hembras Rangifer, sus astas mudan después del nacimiento de las crías. Este es un ejemplo que denota que el margen de crecimiento y caída del asta es bastante amplio y varía inter e intraespecíficamente como para establecer con certeza una interpretación estacional concreta a partir de la recogida, por ejemplo, de un montón de astas de muda y de astas soldadas al cráneo en un yacimiento (Billamboz 1979; Goss 1983). Los indicadores de estrés, como las líneas de Harris en los huesos largos de los mamíferos y las hipoplasias del esmalte dental, pueden ser de gran utilidad siempre que estemos hablando de sucesos que ocurren en muy corto espacio temporal. Existen otros sucesos como las variaciones en los huesos medulares de las aves (Rick 1975), que ocurren como estrategia reproductiva en las hembras para acumular minerales en la producción del cascarón de los huevos antes del anidamiento. Tiene la dificultad de que hay que establecer la duración de la época de apareamiento de cada especie. Por último, podemos considerar los ritmos y ocurrencias cíclicas de estrés biológico de movilización de grasa en los ungulados (3). La grasa de los huesos se localiza dentro de la estructura del propio hueso en la producción de ácidos grasos y, químicamente, difiere un poco de los depósitos de grasa o tuétano de las cavidades medulares, y como ellos, varía en respuesta a factores tales como la dieta, la salud, época del año, sexo, estado reproductivo y edad (Mateos 1999(Mateos, 2000(Mateos, 2002)). d) Análisis de estructuras crecientes o de incremento (esqueleto-cronología) En lo que respecta a moluscos y peces, son métodos válidos para determinar la explotación de estos recursos marinos (4). Existen otros elementos anatómicos de crecimiento estacional además de los pedicelos del asta en los cérvidos, como la presencia de depósitos anuales en los huesos y en los dientes de mamíferos (Pike-Tay 1991a: 32-42, 1991b, 1995; Pike-Tay y Knecht 1993). En estos últimos, los anillos dentales se observan microscópicamente en las deposiciones de cemento {cemento-cronología) en el exterior de las raíces y en la dentina. Así, la opacidad y la espesura de la última banda depositada nos confirmará la época de muerte. Muy recientemente, en Francia estos estudios sobre cemento dentario en materiales arqueológicos están cobrando auge (Griggo y Pubert 1999). En los yacimientos peninsulares hay alguna aplicación de esta técnica, aunque escasa y tímida, cuyos resultados son para tener en cuenta (Pérez Ripoll et al. 2001; Pike-Tay et al. 1999). No obstante, dado el carácter destructivo de la técnica, las dificultades en la preparación de muestras, la necesidad de disponer de una muestra de referencia actual amplia, unido al desconocimiento de los factores que regulan la formación de los depósitos, muchos arqueólogos se muestran reticentes a utilizar esta analítica. Otros investigadores emplean técnicas de radiografía sobre mandíbulas (Brown y Chapman 1990Chapman, 1991;;Carter 1998), analizando los estadios de de- A. Mateos Cachorro: Estudio de la fragmentación de falanges y mandíbulas en la secuencia temporal del 19000-13000 BP de la Cueva de Las Caldas (Priorio, Oviedo). Implicaciones paleoeconómicas: nutrición y subsistencia. Prehistoria, Historia Antigua y Arqueología. Le Gall y Martin 1996 para los criterios de estacionalidad por análisis de ictiofaunas. (5) En su magnífico estudio de las estrategias de caza en Solutré, Sandra L. Olsen estableció que los ciervos probablemente fuesen cazados en invierno y primavera, mientras que los caballos en la época que transcurre desde la primavera al otoño, con una gran concentración de batidas en los meses de verano. Examinó una muestra de 75 molares de Equus de los que 30 fueron seccionados según el método de análisis del cemento, resultando 21 de ellos con la banda final depositada en verano (Olsen 1989: 302-303). sarrollo en los subadultos pues consideran que este método ofrece mejor resolución de edad para establecer la época de muerte. Un último apunte sobre estimaciones de edad es la que ofrece la técnica de la medición de la dimensión dental. En esta analítica hay que asumir desde el inicio que la ratio de reducción de la altura de la corona es constante durante la vida del diente y que esta relación es aproximadamente lineal (Klein 1982; Klein et al. 1981Klein et al.,1983)). Este parámetro es un imperfecto estimador de edad individual, pero válido para producir un perfil de edad interpretable (Gifford 1991 a y b; Morrison y Whitridge 1997; Spinage 1976) y acaso sugerir estacionalidad cuando encontramos discontinuidades en dichos perfiles. Con todo lo expuesto anteriormente, es requisito indispensable en cualquier estudio zooarqueológico, examinar de cerca los parámetros de población de las especies cazadas, para ver algunas consideraciones estratégicas en los patrones de explotación de los taxones (selección por edad y sexo) (6), la estacionalidad y sus implicaciones en los momentos de ocupación de un yacimiento (Blasco Sancho 1995, 1997; Pailhaugue 1998b; Pike-Tay et al 1999) (7). En este estudio se ha intentado analizar las posibles edades de muerte estimadas a partir de las mandíbulas (8) y el procesado antrópico de las mis-(6) M.C. Stiner (1994: 332-351) trata las cuestiones de estacionalidad bajo tres perspectivas: una la focaliza en los patrones de muerte de ungulados juveniles, basándose en las secuencias de erupción-desgaste de los premolares deciduales; en segundo lugar, en el desarrollo de las astas: en ciclos de crecimiento y caída en ciervos, gamos y corzos modernos (también válido para ver la ratio macho/hembra); y en tercer lugar, en la determinación de la sex ratio de adultos mediante las frecuencias de pearl teeth (caninos superiores). (7) Para muchos investigadores, entre ellos James G. Enloe (1997), los mejores indicadores de estacionalidad son los rasgos de erupción y los de desgaste tanto en la dentición permanente como en la decidual. Por el contrario, otros como Davidson (1989: 223-225) opinan que el análisis del grado de desgaste de los dientes no proporciona datos suficientemente detallados sobre la estación en que murió el animal, porque existen variaciones importantes de desgaste entre machos y hembras, en función del tipo de alimentación y el estado de nutrición de estos animales. Sin embargo, este último investigador afirma que se puede obtener alguna información a partir de la presencia de animales jóvenes y extraer ciertos datos de la deposición de las capas de cemento, aunque se necesitan series muy amplias. (8) Aún continúan en curso los análisis para la construcción de perfiles de mortalidad combinando métodos cuantitativos de dimensión dental incluyendo las piezas dentarias aisladas que, sin mas por parte de los grupos humanos que habitaron la Cueva de Las Caldas en el 13000 BP. Estas paleocomunidades del Pleistoceno final desarrollaron unas respuestas de adaptación al entorno para paliar alguna de sus constricciones ambientales. Una de ellas en lo que a técnicas de caza se refiere era la selección diferencial de algunos individuos bien por edad o sexo, de ahí la caracterización de los patrones de mortalidad de los ungulados que formaron parte de su dieta. Intentamos con ello definir el carácter estacionario del yacimiento y comprobar si se puede hablar de una táctica de planificación temporal intencionada y diferencial como respuesta a una estrategia de subsistencia; aproximarnos a sus tácticas de selección específica (cohortes de edad y sexo preferentes, ecotipos y especies dominantes recuperadas), planificación temporal (estudio de los ritmos estacionales de explotación, de la distribución estacional de las temporadas de caza o por el contrario verificar un continuo de actividad en el transcurso del año), y, por último, a las técnicas de procesado y grado de intervención antrópica para establecer los posibles ritmos de tratamiento de las carcasas (Corchón y Mateos, e.p.). A pesar de la problemática esbozada en el empleo de cada uno de los métodos de estimación de edad y sus limitaciones evidentes ante muestras fósiles, nuestros intereses más inmediatos se han focalizado en establecer una probable estacionalidad a partir de los individuos inmaduros, una vez establecido un perfil de mortalidad mediante las secuencias de erupción dentaria y las tablas de desgaste y uso de la muestra estudiada. La elección de este procedimiento para la construcción de edades de muerte responde al carácter de ensayo preliminar de estos análisis, a la espera del estudio integral del material óseo recuperado y conservado en el nivel VIII, en el que se incluyen y combinan otros estimadores de edad no destructivos sobre dientes, como la dimensión dental de muchas piezas aisladas y el estudio de los desarrollos dentarios alveolares y radiculares mediante radiografías. No se contempla, por el momento, el empleo de técnicas destructivas de cementocronología a través de laminados y secciones de la dentición. duda, ampliaran numéricamente la muestra y enriquecerán las estimaciones de edades de muerte para los taxones representados en este nivel. De igual modo, se valora la posibilidad de abordar un estudio complementario de estacionalidad empleando además de dentición, otros restos esqueléticos conservados como indicadores: cuernas y la presencia de salmones. Situación y contexto arqueológico La cueva de Las Caldas se sitúa en el término municipal de San Juan de Priorio, a 1200 m. de la localidad de Las Caldas, y a unos 8 kms de Oviedo. Su entrada, orientada al O-SO se abre en la vertiente izquierda de un pequeño valle lateral por el que discurre el arroyo de Las Caldas, que vierte sus aguas al Nalón, a unos 2 kms de la cueva. Este yacimiento ha proporcionado una de las secuencias estratigráficas más extensas para estos momentos tardiglaciares, y cuenta con una serie amplia y coherente de dataciones (23), que podría precisar y matizar las cronologías paleoclimáticas y horizontes culturales propuestos para el Cantábrico (Corchón 1990(Corchón, 1992(Corchón, 1995a(Corchón, 1995b(Corchón, 1996(Corchón, 1999;;Corchón^ía/. 1990) Para este análisis hemos seleccionado, a modo de muestreo, uno de los niveles arqueológicos más ricos, el nivel VIII, bien definido en la secuencia cronoestratigráfica de la cueva, como perteneciente al horizonte cultural del Magdaleniense medio antiguo(13 640± 150BP) (Jordania/. Aunque la morfogénesis deposicional y la dinámica sedimentaria todavía se encuentran en curso de investigación, el análisis intraespacial y la representatividad anatómica específica cuentan con limitaciones añadidas por las condiciones del depósito (duración, ocupación y abandono), y sobre todo, por las alteraciones tafonómicas y factores postdeposicionales (conservación diferencial, erosión, removilización, etc.) que explican la dinámica de génesis de esta acumulación. En el análisis integral de los yacimientos ha de incluirse el informe faunístico correspondiente, aunque éste no está exento de limitaciones (Meltzer et al 1992). El no reconocerlas puede inducir a cometer errores interpretativos que lesionen la argumentación teórica. Las limitaciones de los datos (el carácter de la excavación, los procesos tafonómicos, el tamaño de la muestra y los propios límites del investigador) restringen la aplicación de ciertas metodologías y restan capacidad informativa a los restos. Conocer las limitaciones de los datos que se manejan, y su propia capacidad explicativa, incide en la fiabilidad interpretativa de los mismos. Además, el tamaño de la muestra, el n, es relevante a la hora de las estimaciones oportunas que se T. R, 59, n." 2, 2002 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es establezcan a partir de ellos. Por debajo de ciertos valores críticos, el tamaño de la muestra puede distorsionar la representatividad original de la misma o infravalorar ciertos parámetros. En el análisis cuantitativo de nuestros restos óseos hemos tomado algunas de las unidades de cuantificación más básicas en Zooarqueología, como son el NMI (Número Mínimo de Individuos), el NME (Número Mínimo de Elementos) y NISP (Número de Especímenes Identificados), así como los recuentos de NR (Número de Restos). Estos llamados estimadores de abundancia no son medidas perfectamente válidas, pero dan una imagen aproximada del conjunto óseo. Existen muchas contradicciones en la definición (9) y cálculo de estas variables, de ahí que con esa problemática, nos veamos indefectiblemente avocados a delimitar nuestros parámetros, recuentos y criterios de cálculo de estas variables cuantitativas. La primera y más básica unidad de recuento es el Número de Restos (NR), o más concretamente el Número Total de Restos (NRT): NRT = ND +NRDa+NRDt donde ND = restos indeterminados o no determinables (10) NRDa = restos identificados anatómicamente, sin indicación taxonómica, y NRDt = restos determinados anatómica y taxonómicamente. Le sigue en el orden lógico de cálculo, el Número de Especímenes Identificados (NISP), el Número Mínimo de Elementos (NME), es decir, el mínimo número de elementos o porciones anatómicas, sea cual sea la edad, sexo o lateralidad, para contabilizar todos los especímenes observados (la estimación del número mínimo para una categoría anatómica designada). Para establecer el NME, se ha considerado en las mandíbulas, el fragmento de la rama horizontal con serie dental conservada. La unidad cuantitativa más frecuente es el Número Mínimo de Individuos (NMI), es decir, el número de animales/individuos necesario pai'a englobar a todos los especímenes identificados. Es conveniente señalar la problemática generada y las críticas vertidas sobre esta unidad, ya que existe numerosa bibliografía al respecto sobre estas cuestiones (Castaños 1984; Casteel 1977; Horton 1984; Poplin 1976) (11). Para nuestros análisis de abundancia, tomaremos el NMI calculado como NMIf (Número Mínimo de Frecuencia), sobre el elemento anatómico mandíbula, siempre que estén presentes como mínimo dos piezas dentarias, ya sean deciduales o permanentes (12), y siempre lateralizadas, sin tener en cuenta ni la edad ni el sexo de los taxones. Estimación de la edad: perfiles de mortalidad Con ayuda de los cuadros de emergencia y desgaste dentario para las series dentales en mandíbulas se han establecido unas cohortes o grupos de edad básicos (edades relativas de desarrollo dental). Siendo un modelo cualitativo, está sometido a algunas variaciones en las tasas de remplazo, y sobre todo, en las desgaste y uso debido, en parte, a la estabilidad ecológica propia de las poblaciones animales; aun con esa limitación, estas variables han sido y son las más utilizadas para estimar edades en muestras zooarqueológicas, pero su uso queda restringido a los mamíferos (Tab. Hablamos en erupción de desarrollos dentales y para desgaste hablamos de edades funcionales (patrones de desgaste en dentina y cemento expuesto en la superficie oclusal). Cuando la serie dental para analizar contiene muchos permanentes, el método se basa en una evaluación más o menos subjetiva del uso, una vez determinados los momentos de erupción y reemplazo de dientes lacteales y definitivos. (10) Se ha de determinar el criterio de consideración, que en este caso son todas las esquirlas <2 cm. (11) Por citar a algunos de sus detractores, {vid. Ducos 1975Ducos, 1984)), que rechaza la validez de NMI; Gautier (1984) afirma que es desproporcionado respecto al número original de animales por tanatocenosis, y Grayson (1979) no toma el NMI como un valor absoluto y sí como una escala de observación ordinal de abundancias faunísticas. (12) Teniendo en cuenta que el valor de la representación de individuos está infravalorado, porque no se han tenido en cuenta los dientes aislados, que posiblemente aumentarían el número mínimo. Université de Provence-Aix-Marseille I. 1994, 257 pp. No olvidemos que intentamos aproximamos a la probable edad de muerte o abatimiento del individuo, aunque en ocasiones sea imposible precisar los meses o años del fósil, y haya que adscribirlo a los estadios de edad generales que se han establecido, tomando en consideración las llamadas edades críticas ( 14), aquellas en las que el animal está en proceso de cambio. Las fechas concretas se establecen basándose en infantiles sólo con dentición lacteal, juveniles, con mezcla de lacteales y definitivos y adultos con dientes definitivos. Así para estimaciones sobre dentición tendremos: -Infantil: los lactantes y primales, aproximadamente hasta 1-2 años. -Juvenil: incluye a los individuos entre 1-2 y 3 años, aproximadamente. -Adulto: a partir de 3-4 años. -Indeterminado: aquellos restos en los que ha sido imposible establecer cualquier valoración de edad. Estos grupos de edad considerados a priori, llevan implícito el conocimiento de la edad estimada para la erupción del primer diente definitivo, el MI: en Cervidae hacia los 6 meses (West 1997); en Caprinae, entre los 3-6 meses; en Equidae alrededor de los 12 meses, y en Canidae, en torno a los 3-5 meses. Para discriminar la cohorte de adultos, hemos de tener conocimiento de la edad a la que emerge el último diente, que suelen ser los premolares definitivos, P3-P4: en Cervus, la secuencia dp3-P3 hacia los 23-27 meses, para Capra, la secuencia dp4-P4 en torno a los 24 meses; en Equus, el dp3-P3 aproximadamente a los 36 meses, y por último, para Canidae, la serie dp-P2, P3 hacia los 5-6 meses (Stiner 1994). Para los especímenes adultos, se ha considerado la presencia del M3 (pieza dentaria de tardía emergencia), mientras que para los inmaduros, se tuvo en cuenta la dentición decidual todavía presente, con algún signo leve de desgaste. Espectro faunístico y datos de abundancia En datos globales, los taxones reconocidos son, en su mayoría ungulados, y una única representación de carnívoros. Entre las especies determinadas nos encontramos con: Cervidae: Cervus elaphus; Bovidae, Caprinae: Capra pyrenaica. Rupicapra rupicapra; Equidae: Equus; Canidae: Canis Lupus y una categoría IND (Indeterminado), para ungulados sin atribución determinable específicamente por el momento (Fig. 2). La matriz de datos de referencia del conjunto faunístico ofrece los recuentos del número de restos total (NRT), que incluye los no determinables (ND) y los determinables (NRD), el número de restos y fragmentos de mandíbulas (15) y su represen-( 14) Estas edades con frecuencia varían entre especies debido a sus diferentes ritmos y ciclos reproductivos de la dinámica de poblaciones. (15) Se han establecido unas categorías siguiendo el patrón más común de fracturación antrópica reconocido por varios autores (Altuna y Mariezkurrena 1985; Stiner 1994) Las unidades cuantitativas más básicas empleadas en este estudio han sido los estimadores de abundancia y otras unidades derivadas de estos. En este apartado presentamos los datos cuantitativos globales que caracterizan nuestra muestra (Tab. 2), y siempre que ha sido posible, se ha desglosado en taxones; los recuentos han resultado ser considerablemente bajos para muchos otros cálculos derivables. Carácter estacionario del yacimiento: perfiles de mortalidad A pesar de que contábamos con una muestra pequeña de series dentales, dentro de las 130 que conforman el total de fragmentos mandibulares seleccionados, se ha logrado establecer una edad aproximada en 42 restos. Conviene apuntar que los perfiles demográficos se han establecido a partir del Número de Restos, y no del Número Mínimo de Individuos o de Elementos, por ser significativamente muy bajos (Fig. 3). La tabla que proponemos seguidamente, recoge las series dentales con edad relativa calculada especificada por taxones y la cohorte preestablecida a la que se han adscrito, usando como referente las tablas de erupción y desgaste ya explicitadas. No obstante, y como se podrá observar, algunas de las que corresponde a la rama horizontal por encima del canal medular; se ha considerado la presencia de piezas dentarias o la existencia de los alveolos vacíos; 2-rama horizontal y gonion: la parte situada por debajo del canal medular; 3-parte anterior, corresponde a la zona de los incisivos y al diastema; 4-cóndilo mandibular, en la rama ascendente o zona articular; 5-apófisis o proceso coronoide, también en la rama ascendente y C-para hemimandíbulas completas (ninguna conservada). horquillas de edad calculadas, resultan demasiado amplias (Tab. Es de bastante relevancia extraer la frecuencia de inmaduros en cada nivel porque a partir de este porcentaje podemos aproximarnos a datos de estacionalidad probable. Para reconocer este porcentaje, hemos considerado conjuntamente a los infantiles y juveniles, frente a adultos y seniles. Para este conjunto óseo hemos obtenido un 40% a partir del elemento mandíbula (Tab. Espectro de mortalidad en el nivel VIII Intentaremos ahora extrapolar algún dato estacional a partir de lo expuesto hasta el momento. Disponemos para nuestro análisis de un 56% de * la edad de este espécimen {old) comprende las cohortes VIII-IX de desgaste en vista oclusal según Stiner (1994: 323). fragmentos de mandíbulas de individuos sin edad determinable (IND); ello es debido a que pertenecen a otros fragmentos de mandíbula, excluyendo la rama horizontal con dentición conservada. A la vista de estos datos, hemos intentado averiguar algunos rasgos de estacionalidad a partir de las series dentarias con edad relativa aproximada de los individuos inmaduros. Partimos del hecho de que la serie es bastante pequeña e incompleta, pero trataremos de ajustamos lo más posible a las características poblacionales y ecológicas de cada especie. Tenemos una muestra de 31 series de edad establecidas, respecto a un total de 130 fragmentos de mandíbulas muestreadas. Esto representa un 23%, respecto del NISP total, pero si dejamos a un lado los adultos (n=21+l senil), tenemos un total de 2 series de infantiles + 8 series de juveniles determinadas. Parece que nuestras posibles determinaciones no serán por el momento, y a falta de más datos, demasiado concluyentes. Además habría que tener muy en cuenta que la débil presencia de inmaduros, infantiles y juveniles, quiza responda a problemas de conservación diferencial. Con todo, trataremos de estimar de manera preliminar, el posible momento de muerte de alguno de los individuos representados en el conjunto, con edad calculada, recogidas en la tabla 5, ajustando y siguiendo los datos de los ciclos reproductivos de cada especie de ungulado. Asumimos inicialmente que para los cérvidos el nacimiento se produce entre mayo y junio, para los cápridos, en junio, y para los équidos, entre los meses de abril, mayo y junio, aproximadamente, siempre que se estime que los ritmos biológicos son similares, o bastante aproximados, en los ungulados del Pleistoceno superior y en las especies actuales. El individuo CL0158M probablemente muriera a finales del invierno o en primavera (entre enero y mayo); el CL0097M en el verano (agosto/septiembre); el CLOl 89M en octubre o noviembre (Lám. I); el CL0072M cuenta con unos márgenes demasiado amplios; el CL0086M, en el verano (abrilseptiembre); el CL0136M, a finales del invierno (febrero?); el CL0178M, tiene una horquilla temporal muy amplia, desde abril a febrero. Tanto el CL0147M como el CL0194M, habrían sido abatidos a finales del invierno o en primavera (noviembre a abril) (Lám. Especímenes de edad aproximada calculada con estacionalidad probable. Individuo juvenil abatido probablemente a fines de invierno y primavera. nal del invierno o en primavera (diciembre a junio) (Lam. Con todo, las apreciaciones son demasiado imprecisas y la horquilla temporal para precisar la época de muerte bastante prolongada en el tiempo. Las consideraciones oportunas sobre la condición de los animales en estas épocas habrán de hacerse con cautela, porque desconocemos el sexo de los taxones por el momento y estamos valorando inicialmente en este estudio sólo a los individuos más jóvenes de la población muestreada en este nivel. Modificaciones de origen antrópico Las mandíbulas son poco apreciadas como hueso medular por su carácter de hueso voluminoso en relación con la cantidad de médula que produce, y porque su contenido en ácido oleico es bajo (25%) frente a los altos valores de las extremidades (fémur distal= 51%; metatarso distal= 73%). Pero algunas características hacen de este elemento anatómico una parte muy útil como recurso de emergencia en las épocas más críticas: su proporción de contenido graso es más alto que la de las extremidades y es la última reserva de grasa en agotarse en el periodo de estrés biológico (Speth 1983(Speth: 168, 1987(Speth, 1989(Speth,1990(Speth,1991(Speth,1992;;Speth y Spielmann 1983). Existen muchas formas de procesar este elemento anatómico para extraer todos sus nutrientes. Además, sugiere que las mandíbulas, al igual que el esqueleto craneal, son transportadas al lugar de habitación más frecuentemente en la primavera, cuando la médula se ha agotado en los huesos largos. Las hemimandíbulas analizadas en el Abri Flageolet I son fracturadas según una técnica que todavía hoy practican los esquimales (Delpech y Rigaud 1974:48) consistente en realizar dos fracturas transversales, la primera en la parte anterior a la serie dental y la segunda en la zona posterior, quedando así aislada la parte mesial de la hemimandíbula, que a su vez se rompe longitudinalmente para abrir la cavidad medular. Algunos investigadores ya observaron los ritmos o, mejor dicho, los patrones de fracturación de mandíbulas en otros yacimientos como Erralla (Altuna y Mariezkurrena 1985) y La Riera (Altuna 1986). La alta fragmentación de los huesos de Las Caldas sugiere que casi todas las especies acumuladas han sido manipuladas antrópicamente para extraer la máxima cantidad de alimento, una evidencia más del procesado de la médula. La mayor parte de nuestras reflexiones se centraron en la fracturación, tanto en su desarrollo general cuantitativo como en el cualitativo (Mateos 2002). El análisis de restos intervenidos por acción humana (huellas de procesado), es decir, el estudio de las marcas de corte y otras del proceso de carnicería, junto a las evidencias de otras alteraciones óseas y trazas de carácter tafonómico, nos permiten establecer el porcentaje de fragmentados (23%), de percutidos (50%) y de corte (13%) y el conjunto de intervención antrópica (Grado I A, tabla 6). La valoración conjunta de lo hasta ahora expuesto nos permite comparar las variables explicitadas anteriormente como ejes de nuestro análisis (Tab. 7) para poder entrar a valorar las cuestiones relacionadas con la intervención antrópica y el con- sumo efectuado por los grupos humanos que habitaron en el 13000 BP la Cueva de Las Caldas. Lo que conocemos hasta el momento de la subsistencia de estos grupos es que estos cazadores se nos presentan como buenos conocedores del medio, que se adaptaron al entorno del valle y ocuparon la cueva al menos los 2/3 del año (Cazáis y Mateos, e.p). No encontramos ningún indicador de estacionalidad evidente, al menos en la muestra analizada; por contra, las temporadas de caza quizá no fueran marcadamente estacionales sino que se distribuirían de forma prolongada en el transcurso del año. El perfil de mortalidad obtenido es de manera general no selectivo y quizá refleje una caza oportunista entre los individuos representados en el conjunto, cazado en las manadas disponibles próximas al yacimiento. Los ritmos estacionales de actividad pueden también complementarse con otros datos y no sólo los dentarios (presencia de cuernas, sexo de los taxones por elementos determinantes de bimodalidad y dimorfismo sexual -cuernas, caninos, etc.-y variables osteométricas, DT max. húmero distal, DT max. metacarpo distal y DT max. calcáneo...), a la hora de establecer las tácticas de selección de individuos, tanto por edad como por sexo, y si estas preferencias se asocian a alguna captura intensiva. Como conclusión preliminar y a la espera de finalizar el estudio completo en curso, en principio parece una caza no selectiva a expensas de Cervus, Capra, Rupicapra y Equus, recursos animales de biotopos preferenciales cercanos al yacimiento: biotopos abiertos y de roquedo como espacios explotados. Restaría evaluar los datos de tecnología y tradiciones culturales dé estos grupos para intentar aproximarnos a los modos de vida paleolíticos ampliando así nuestra idea sobre las gentes "magdalenienses". Si valoramos los índices de consumo intensivo y la selección intencionada de estas piezas esqueléticas, no se puede asegurar completamente este tipo de estrategia dado que los elementos anatómicos mandibulares representan tan sólo un 2% en el NRT del conjunto conservado, aunque de hecho, ofrezcan unos altísimos porcentajes de antropización. Nuestras reflexiones finales, y aún provisionales, no pueden dar una visión precisa de las estaciones de ocupación y actividades de subsistencia de estos grupos humanos, así el yacimiento deja abierta una prometedora perspectiva para los estudios de paleoeconomía en el sector más occidental del Cantábrico al final del Pleistoceno. Estas sociedades contaban sin duda con toda una serie de actividades organizadas ante las variaciones y presiones del entorno. Estas respuestas adaptativas y estrategias de subsistencia de planificación temporal intencionada o diferencial rigen la dinámica del grupo y forman parte de su sistema paleoeconómico. La realización de este trabajo ha sido posible gracias a una Beca FPI en el Dpto. de Prehistoria, Historia Antigua y Arqueología de la Universidad de Salamanca, y actualmente a una Beca de Investigación. del Paleolítico Medio de la Cueva de Gabasa 1 (Huesca). CASTAÑOS UGARTE, P 1984: "Algunas observaciones acerca del Número de restos (NR), y del Número Mínimo de Individuos (NMI) en los estudios de Arqueozoología". CORCHÓN RODRÍGUEZ, M. S. 1990: "La Cueva de Las Caldas (Priorio, Oviedo). Oviedo. -1992: "La Cueva de Las Caldas (Priorio, Oviedo) II. En A. Moure Romanillo y C. González Sainz (eds.): El final del Paleolítico cantábrico. Transformaciones ambientales y culturales durante el Tardiglaciar y comienzos del Holoceno en la región Cantábrica. Las dataciones 14C de la Cueva de Las Caldas (Asturias. Oviedo. -2000: "Solutrense y Magdaleniense del oeste de la cornisa cantábrica: dataciones 14C (calibradas) y marco cronológico". CORCHÓN RODRÍGUEZ, M. S.; HOYOS, M.; SOTO, E. y MELÉNDEZ HEVIA, G. 1981: Cueva de Las Caldas, San Juan de Priorio (Oviedo). Excavaciones Arqueológicas en España 115. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es VIVIR EN LA PIEL DEL RENO El trabajo de las pieles es una actividad ampliamente compartida por todas las culturas, ya se trate de construir abrigos o elaborar vestidos o elementos de la vida cotidiana. Se transforma en una actividad vital en las regiones donde es necesario protegerse del frío y en donde casi ningún otro material se presta a las mismas transformaciones con las mismas cualidades. Este vídeo constituye un ejemplo de la cadena operatoria del tratamiento de las pieles observado en el norte de Kamtchatka (Siberia oriental) en un grupo con una fuerte influencia tchouktche. Todo el proceso es seguido etapa por etapa y ha sido realizado en nuestra presencia por las mujeres del pueblo de Atchaivaíam. Son, en efecto, las mujeres las que dominan todo el proceso de transformación, desde la fabricación de raspadores en piedra, todavía muy utilizados, el ablandamiento, el curtido, el teñido y hasta el cosido de las pieles. En la manufactura las mujeres utilizan los excrementos de sus renos, su propia orina y la corteza de aliso seleccionada de árboles que ellas consideran como de sexo "femenino". Un comentario en "off explica el sentido de cada etapa, de cada momento del proceso. Se trata de un documento muy valioso que, en el marco particularmente rico de una encuesta etnológica, puede ayudar a precisar las observaciones arqueológicas. Todos aquellos que se vean enfrentados a un posible trabajo sobre la manufactura de las pieles en un sitio arqueológico pueden encontrar en este vídeo de qué nutrir su reflexión.
cuenta con un yacimiento que abarca Magdaleniense y Aziliense. Excavado entre 1975 y 1980, el registro arqueológico de la Cueva ha permanecido prácticamente inédito hasta la fecha. El presente trabajo ofrece resultados del estudio tecnomorfológico del conjunto óseo magdaleniense, uno de los más numerosos para este tecnocomplejo en la Cornisa Cantábrica, con 309 piezas. El espectro tipológico y técnico muestra que representa dos horizontes industriales: Magdaleniense medio evolucionado y la transición Magdaleniense medio/Superior o Magdaleniense superior inicial. Desde un punto de vista cronoestratigráfico, se sitúa entre Boiling/ Cantábrico VI y Dry as Il/Cantábrico VIL El registro arqueológico procedente de la cuenca del Nalón ocupa un lugar destacado en el conocimiento de los tecnocomplejos magdalenienses de la Cornisa Cantábrica (Figs. La clásica secuencia de la Cueva de La Paloma (Soto de Las Regueras) y los profusos avances de la documentación exhumada en la Cueva de Las Caldas (San Juan de Priorio, Oviedo) han sido los puntales bá- Localización de algunos de los yacimientos cantábricos citados en el texto (modificado a partir de González Sainz 1989a: 16, Fig. 2). El área destacada corresponde a la representada con mayor detalle en la Figura 2. La Cuevona de Ribadesella; 9. Los Azules I; ll.LaGüelga; 12. Urtiaga. sicos para el estudio de estos contextos en la comarca. A ello cabe unir las informaciones disponibles sobre los abrigos de Entrefoces (La Foz de Morcín) y de La Viña (La Manzaneda, Oviedo). Este panorama se completa con los indicios, problemáticos y ambiguos en ocasiones, de ocupaciones que podrían ubicarse en diferentes fases del magdaleniense en las cuevas de Requexu (Perreros, Ribera de Arriba); El Ángel (Tuñón, Santo Adriano); La Lluera I (San Juan de Priorio, Oviedo); Los Murciélagos (Portazgo, Oviedo); La Ancenia (Balsera, Las Regueras); Mestas III (Taoces, Las Regueras); Sofoxó (Rañeces, Las Regueras); La Peña de Candamo (San Román, Candamo) y la desaparecida Oscura de Perán (Perlora, Carreño). A este listado de yacimientos debe sumarse el depósito Magdaleniense de Cueva Oscura de Ania (Las Regueras, Asturias), una cavidad de dimensiones modestas situada en la zona media de la cuenca del Nalón -en las proximidades de las cuevas de La Paloma; Sofoxó I y Mestas III -llamada a convertirse en punto de referencia para el conocimiento del Magdaleniense y el Aziliense en la comarca (Adán et al 1999: 229;2001). El yacimiento se excavó en el marco del proyec-to de investigación en la cuenca del Nalón planteado a mediados de la década de 1970por Gómez Tabanera (1975), por aquel entonces al frente del Seminario de Prehistoria de la Universidad de Oviedo. Los trabajos de campo, codirigidos por el propio Gómez Tabanera y Pérez Pérez entre 1975Pérez entre y 1980Pérez entre (1992: 625): 625), documentaron un depósito arqueológico de potencia considerable (1) en el que se diferenciaron varios niveles de filiación aziliense y magdaleniense (Fig. 3). Sin embargo, el registro de la cueva, depositado en el Museo Arqueológico de Asturias (Oviedo; MAA desde ahora en adelante), ha permanecido prácticamente inédito. Desde 1999 venimos revisando estos materiales y el presente trabajo expone parte de los resultados obtenidos hasta la fecha. (1) Durante una visita al yacimiento pudimos comprobar que el sector meridional de la excavación, aquel a donde se refieren las siglas de los materiales que hemos estudiado, superaba los 180 cm de potencia en algunas zonas. El reconocimiento en cuestión estuvo motivado por la toma de muestras en el perfil estratigráfico por parte del Dr. Brooks Elwood (Departamento de Geología y Geofísica; Louisiana State University). Las mismas se tomaron con vistas a obtener una curva climática de la secuencia por medio de cálculo de susceptibilidad magnética y cicloestratigrafía. Los resultados del análisis aún no estaban listos en el momento de redactarse este trabajo. Localización de los yacimientos de la cuenca del Nalón mencionados en el texto. Mestas III, también conocida como Cueva del Gitano; 11. EL MAGDALENIENSE DE CUEVA OSCURA DE ANIA: CONSIDERACIONES PRELIMINARES En el transcurso de los trabajos de excavación (2) aparecieron dos trabajos que presentaban la estratigrafía y alguna pieza significativa (Gómez Tabanera et al 1975; Pérez Pérez 1977). Sin embargo, poco más se publicó sobre el registro (3). (2) La excavación interesó 6 metros cuadrados en el sector meridional del vestíbulo (Fig. 4). En el sector septentrional, separado del anterior por grandes bloques de caliza caídos por colapso gravitacional, se realizó una limpieza de revuelto. Éste era obra tanto de un furtivo como del uso de la Cueva como escondrijo de armas y objetos de valor durante la Guerra Civil española (Gómez Tabanera et al. 1975: 61). Perfil estratigráfico (norte) del área de excavación sur de Cueva Oscura de Ania (modificado a partir de Gómez Tabanera et alii 1975:62, fig. 2). Se hace necesario señalar que una visita al yacimiento nos ha prevenido sobre la correspondencia real del dibujo publicado con la secuencia. La impresión que se desprende es que éste simplifica excesivamente la secuencia, especialmente su tramo inferior. A tenor de las fechas de publicación y las apreciadas en el etiquetado de los materiales, es muy posible que esta estratigrafía se dibujara cuando el sondeo aún no había alcanzado su base en toda la superficie del área de excavación. En ausencia de datos de primera mano que aclaren la situación, la correspondencia con los niveles definidos en las noticias del yacimiento publicadas hasta la fecha plantea serias dudas y nuestra propuesta debe entenderse como una reconstrucción hipotética a contrastar. ¿A=Nivel superficial; B=Nivel 1/Horizontes O y Oa; C=Nivel 2/Horizontes Ob y Oc; D=Nivel de arcillas blancas; E=Estrato 3/Niveles 3,3a y 3b? tigrafías publicadas (Gómez Tabanera et al 1975: 62, fig. 2; Pérez Pérez 1977: 182-183, figs. Ib y le) no ofrecen leyendas que identifiquen los diferentes niveles descritos y consignados en el etiquetado de los materiales (Fig. 3) (4). El depósito magdale-(4) Una visita al yacimiento nos induce a pensar que los dibujos publicados han simplificado en exceso la secuencia, en especial su tramo inferior. En las representaciones no se aprecia que los excavadores establecieron una subdivisión en tres subniveles: Nivel 3, Nivel 3a y Nivel 3b. Más aún, sospechamos que las representaciones de la estratigrafía del yacimiento se realizaron y publicaron antes de la exhumación del registro que aquí presentamos: la fecha de los trabajos en que se difundieron estas estratigrafías (Gómez Tabanera et al. 1975; Pérez Pérez 1977) es anterior a la consignada en los materiales magdalenienses de Oscura de Ania por nosotros estudiados. Aunque el trabajo de Manuel Pérez figura con fecha de 1977, se trata de una comunicación presentada al XIV Congreso Nacional de Arqueología, celebrado en Vitoria entre los días 7 y 11 de octubre de 1975, año en el que se iniciaron las excavaciones en el yacimiento. El texto mismo denota que su redacción data de fechas inmediatamente anteriores o posteriores al desarrollo del Congreso: "(...) en los últimos años, se han descubierto un buen número de estaciones de distintas épocas, entre las cuales sólo algunas se mencionan en publicaciones aisladas, mientras que otras permanecen totalmente inéditas. A este último grupo correspondió, hasta el pasado verano, Cueva Oscura de Ania (...)" (Pérez Pérez 1977: 180; el niense, denominado genéricamente como "Nivel 3", fue definido en primera instancia como "Magdaleniense Superior Cantábrico" (Gómez Tabanera et al 1975:65; Pérez Pérez 1977:191), especificando que el hallazgo descontextualizado de dos pequeños fragmentos de varillas semicilíndricas con decoración curvilínea en relieve "tipo Isturitz" pudiera corresponder bien a una dispersión más tardía de este tipo desde el foco pirenaico, bien a una ocupación anterior de la Cueva (Pérez Pérez 1982: 84). Sobre este Nivel 3 descansan un nivel de arcillas estériles y los niveles 1 y 2. La revisión del registro ha permitido definir estos últimos como Aziliense clásico temprano y Aziliense antiguo, respectivamente (Adán et al. 1999;2001;e. p. a). La sedimentología del yacimiento se encontraba en estudio en el momento en que vieron la luz los primeros trabajos sobre el mismo (Pérez Pérez 1977: 184) y los comentarios publicados sobre las características del Nivel 3 son muy someros. Se limitan a ubicarlo a finales de Dryas I y a definirlo como un depósito variable con una matriz de tierras amarillentas que envolvía numerosos "restos termoclásticos" y se transformaba progresivamente en tierras más obscuras y sueltas, con una granulometría más fina y menor presencia de crioclastos (Pérez Pérez 1992: 641-642, nota 15). Bien es cierto ción del Nivel 3 comenzó en la campaña de 1977, en el cuadro 2b. En 1979 todos los cuadros pertenecen al Nivel 3a (Ib; le y 2b) y en 1980 se prosiguió con el mismo y se detectaba un nuevo estrato, el Nivel 3b. Sospechamos que quedó casi sin configurar ante la premura del cierre, no ya de la campaña sino de la misma excavación en el yacimiento. que de forma tangencial se menciona la diferenciación de dos capas magdalenienses dentro del Nivel 3 (3a y 3b), sin mayores precisiones {ibidem: 642). En realidad, el etiquetado de los materiales indica claramente que durante el proceso de excavación se identificaron tres subniveles dentro del Nivel 3: Nivel 3; Nivel 3a y Nivel 3b. La caracterización de su industria lítica apenas señala el predominio de buriles sobre raspadores, con una proporción notable de diedros; un porcentaje "proporcionalmente alto" de utillaje microlaminar, con presencia notable de microgravettes y la abundancia de "raspadores nucleiformes", seguidos en número por atípleos (Pérez Pérez 1992: 640). En cuanto a la industria ósea, en primera instancia se comentó la existencia, entre "escasas muestras de azagayas, agujas y punzones", de un arpón de sección subtriangular con acanaladuras en dorso e incisiones en dientes y de dos tubos óseos con decoración lineal en paralelo (Pérez Pérez 1977: 191, 194-195: figs. 10.4, 10.2, 10.5). En un trabajo posterior (Pérez Pérez 1992: 641), dedicado al análisis de una excepcional pieza de arte mueble (Fig. 5), se destacó la presencia en el Nivel 3a de un segundo arpón y de un número indeterminado de varillas semicilíndricas con relieve tuberculado. Una pieza ósea singular del Magdaleniense de Oscura de Ania, conocida únicamente por fotografía y un lacónico comentario a pie de ilustración (Gómez Tabanera 1980: 69), es un arpón grabado con la figura de un bóvido y diversos signos, particularmente interesante porque las representaciones realistas sobre los denominados objetos de uso precario son raras (5) (Menéndez Fernández 1997: 141). Pero no hemos podido estudiar este objeto, pues no se encuentra depositada en el M A A (6). Si bien las primeras noticias sobre el yacimiento afirmaban una gran similitud entre los conjuntos lítico y óseo de ambas capas magdalenienses (Pérez Pérez 1992: 642), un primer trabajo de revisión destacó la ausencia de arpones en el Nivel 3b y la presencia de numerosas varillas plano convexas decoradas en el Nivel 3a (Adán Alvarez 1997: 85). Las descripciones de los arpones y la somera caracterización de la industria lítica llevaron a incluir la cueva en la nómina de yacimientos cantábricos donde se encuentran representadas las primeras manifestaciones del Magdaleniense superior (González Sainz 1989a: 31). No obstante, la ubicación cronoestratigráfica precisa del depósito se mantuvo pendiente de resolución. EL MAGDALENIENSE DE CUEVA OSCURA DE ANIA: ESTUDIO TECNOTIPOLÓGICO DE LA INDUSTRIA ÓSEA (7) Las descripciones y consideraciones expuestas en los párrafos anteriores no dan idea cabal ni de la (5) De confirmarse que este arpón realmente cuenta con la decoración descrita, uno de sus paralelos (en cuanto a combinación de soporte y figura naturalista) más cercano geográficamente sería una azagaya con grabado de cierva perteneciente al Magdaleniense final de La Paloma (Corchón 1986: 400, 403, fig. 144.1). Dejando a un lado dos serpentiformes de sendos arpones de La Pila (Cuchía, Miengo; Cantabria), motivos que se adaptan mejor al campo decorativo que ofrecen los arpones (Menéndez Fernández 1997: 141), se conoce el ejemplo de un oso o lobo sobre un arpón de El Castillo (Puente Viesgo); un caballo en otro de El Pendo (El Escobedo de Camargo) y una cabra en un ejemplar de El Rascaño (Mirones de Miera), en Cantabria (Moure 1985: 117). (6) Además de este objeto, hemos notado la ausencia en el MAA de otros representados en las publicaciones sobre el yacimiento: una azagaya con decoración lineal, el comentado arpón con una fila de siete dientes ganchudos; dos tubos óseos con decoración lineal (Pérez Pérez, 1977: 195, figs. 10.1, 10.4, 10.5 y 10.6) y los dos fragmentos de varillas clasificadas como "tipo Isturitz" halladas en el revuelto del sector septentrional (Pérez Pérez, 1982: 81-83, figs. 2 y 3). (7) Un avance a este estudio, en la práctica un mero recuento tipológico, fue presentado como comunicación al XXVI Congre-complejidad estratigráfica ni del volumen y calidad del conjunto arqueológico de este "Nivel 3". Ya hemos señalado que la revisión de los materiales correspondientes a este último ha permitido constatar que durante la excavación se diferenciaron tres niveles magdalenienses, denominados de techo a base por sus excavadores Nivel 3; Nivel 3a y Nivel 3b. Para evitar confusiones y respetar la nomenclatura de etiquetado, a partir de este momento designaremos el depósito magdaleniense de la Cueva como "Estrato III", dejando la denominación "Nivel 3" o "N-3" para la unidad superior del mismo. La industria ósea perteneciente al Estrato III depositada en el MAA comprende un total de 309 ejemplares entre piezas en proceso de elaboración, morfotipos y arte sobre soportes no elaborados (8) (Gráficos 1-2; tabla 1). Nos encontramos, pues, ante uno de los conjuntos más nutridos de aquellos conocidos para el Magdaleniense medio o superior cantábrico (9). so Nacional de Arqueología, celebrado en Zaragoza entre los días 18 y 21 de abril de 2001 (Adán et al. e. p. b). El estudio de las técnicas empleadas en la manufactura de los diferentes conjuntos óseos de Cueva Oscura se ha visto dificultado por el enmascaramiento y/o la desaparición en numerosas piezas de marcas antrópicas, fueran estas de trabajo o uso. Esta circunstancia estuvo motivada por los tratamientos de limpieza y consolidación a que fueron sometidos los efectivos de la colección antes de su entrega al MAA. A la hora de abordar el análisis tecnomorfológico del conjunto óseo hemos utilizado la metodología y la tipología desarrollada por una de nosotros en la realización de su tesis doctoral: Adán Alvarez, G. E. (1995): Industria ósea del Tardiglaciar en Asturias: Análisis arqueozoológico y estudio de los métodos de trabajo sobre el utillaje óseo. Universidad de Salamanca, Salamanca. Una exposición pormenorizada de los objetivos y la sistemática de este método, incluyendo los criterios seguidos para discriminar los diferentes formas de trabajo óseo identificadas en el registro, puede encontrarse en los dos primeros capítulos de la monografía que resume aquel trabajo de investigación (Adán Alvarez 1997: 15-47). (8) En el recuento del conjunto no hemos incluido aquellos materiales ausentes de los fondos del MAA y publicados por los excavadores del yacimiento, limitándonos a utilizar para nuestro estudio tecnomorfológico aquellos elementos que hemos podido analizar de primera mano. Entre la industria ósea tampoco hemos incluido 54 restos con marcas de carnicería que, a tenor de su etiquetado, fueron interpretados como piezas decoradas por los excavadores del yacimiento. Hemos de aclarar que no toda la fauna con marcas de carnicería del depósito se encuentra representada en la colección. En realidad, los restos de fauna que figuran entre el material de Cueva Oscura de Ania depositado en el MAA no constituyen la totalidad de los exhumados en el yacimiento. Tenemos constancia de que la mayor parte de la fauna diagnóstica, cuyo estudio se encargó al Dr. F. J. Villalta (Gómez Tabanera et ai, 1975):.:.....: g g....: ":......:.:.:.:.:.:.:.: g g.:.:.:.:......:..: _:.:.:.:.:.:.:.:.:.....: ^^.:.. La industria ósea de la unidad superior del Estrato III comprende 98 piezas, 91 de las cuales -un 92,85%-constituyen morfotipos (Gráficos 1-2; tabla 1). En contrapartida, contamos con un número reducido de matrices -2,04%-y elementos en proceso de elaboración -5,10%-. Junto a la industria ósea encontramos 25 fragmentos de fauna con evidentes marcas de descamado -14 costillas y 10 diáfisis-y de despellej amiento -1 mandíbula-. Fig. 6: Muestra de la industria ósea del Nivel 3a. 1-2,4-5: arpones; 3,8: varillas con decoración dorsal tuberculada; 6: aguja; 7: colgante sobre canino atronco de ciervo. Bien es cierto que, aún reconociendo la meticulosidad de los métodos de Hernández Pacheco en el contexto de su época, la colección ósea de La Paloma se intuye más seleccionada que la de Oscura de Ania (Corchón 1995a). La mayoría de las decoraciones, de tipo no figurativo, se documentan sobre piezas apuntadas, algo que no debería sorprender, pues es el grupo más nutrido. Concretamente, se concentran en los dos morfotipos más numerosos: azagayas (11) y varillas (3). Siguen, con un representante decorado cada uno, arpón, punta de cuerna y punzón. A ello hemos de sumar los cuatro soportes no conformados mencionados anteriormente: 1 costilla, 2 pitones y 1 tubo. En cuanto a las técnicas de manufactura ósea, hemos documentado apuntamientos por el desarrollo de planos; por refuerzo del apuntamiento natural obtenido de las astillas y aplicando recortes a partir de planos escalonados para, finalmente, regularizar las superficies mediante incisiones longitudinales. Casi todas estas formas de trabajo se gene-ralizan a partir del Magdaleniense medio y abundan a finales del Tardiglaciar (Adán Alvarez 1997: 329). La mayoría de las piezas se completaron con la combinación técnica aserramiento/pulimento (As/Pu a partir de este momento), propia de las primeras fases del Magdaleniense asturiano. Cuando menos, eso parece indicar el registro de las Cuevas de Las Caldas y Cueto de La Mina (Posada, Lianes). No obstante, también se documenta en yacimientos del Magdaleniense superior inicial. Esta diversidad de técnicas de fabricación contrasta con la notable homogeneidad en la selección de materia prima: la mayor parte del conjunto se fabricó en asta, existiendo pocos ejemplos de diáfisis utilizadas como matrices (p.e. un punzón sobre metacarpo de cabra o las agujas). Este morfotipo monopoliza 45 ejemplares, un 54,87% sobre el total de apuntados. La totaüdad de las secciones son circulares o de tendencia circular. Dentro de las azagayas de esta capa destacan 2 ejemplares -un 4,44% sobre el total de este morfotipo-con decoración en relieve tuberculado. Esta colección de azagayas es muy homogénea en cuanto a la técnica de fabricación y la materia prima utilizada (asta en todos los casos). Los ejemplares que conservan su extremo distal presentan superficies de apuntamiento amplias -próximas a los 26 mm de longitud-, rasgo tecnológico que comienza a generalizarse desde las fases iniciales del Magdaleniense asturiano (Adán Alvarez 1997: 330, 335). Además de As/Pu, para el acabado de las piezas se aplicaron técnicas como el cepillado (C) o la combinación aserramiento/abrasión (As/Ab). Bien es cierto que ésta se documenta de una forma que casi podría definirse como testimonial: Tan sólo se aprecia en 5 ejemplares -un 11,11% sobre el total de azagayas-. Entre las azagayas que conservan el extremo distal se ha constatado la reutilización de piezas con puntas romas, generalmente mediante el recorte escalonado de dicha extremidad. Este morfotipo cuenta con 12 ejemplares, un 14,63% sobre el total de apuntados. El conjunto es, por otra parte, muy homogéneo, pues todos los especímenes cuentan con proximales redondeados; fueron realizados sobre asta y se finalizaron por medio de la combinación As/Pu. Las superficies de apuntamiento alcanzan longitudes que rondan los 20 mm, aunque son abundantes los ápices distales casi romos. Destacan tres ejemplares con relieve tuberculado sobre la cara dorsal (Figs. En un caso, ha podido apreciarse que la decoración se realizó con anterioridad a finalizar la conformación de la pieza (Fig. 7.6). El conjunto cuenta con 5 microazagayas (6,09% de apuntados). Todas ellas realizadas sobre asta; 3 ejemplares se finalizaron por medio de la técnica As/Pu y 2 por medio de As/Ab. Algunas de las ellas son piezas reutilizadas, pues se trata de puntas, posiblemente rotas, de unos 25 nam de longitud, con una base recortada para su enmangue (Fig. 7.1) que alcanza los 9 mm (Adán Alvarez 1997: 340). Sólo en un caso se ha identificado una terminación apuntada. Este tipo de piezas recortadas se documentan desde el Solutrense {ibidem), pero parece ñ -Decoraciones/Incisiones técnicas «-Incisiones de trabajo/Ranurado Pulimentado -Concrección I Brillo de uso Fig. 7. Muestra de la industria ósea del Nivel 3a (dibujo técnico). 1: microazagaya; 2: aguja; 3: alisador sobre costilla; 4: matriz de asta; 5: mesial; 6: varilla sin finalizar con decoración lineal incisa dorsal. generalizarse a finales del Tardiglaciar, identificándose en Asturias en el Magdaleniense de las Cuevas de La Paloma; La Lloseta (Ardines, Ribadesella); Tito Bustillo; Cueto de la Mina y La Riera (Posada, Lianes). Esta capa cuenta con 4 arpones, el 4,87% de los apuntados. Dos de ellos son fragmentos distales que conservan la raíz del primer diente (Figs. Los dos restantes cuentan con protuberancia basal perforada (Figs. En general, los 4 ejemplares muestran técnicas de fabricación y morfología muy similares a las apreciadas en los horizontes industriales asturianos donde este morfotipo comienza a documentarse (Adán Alvarez 1997: 332): la combinación As/Pu; fuste de sección circular; dientes bien separados del vastago y protuberancia perforada dentro del tercio basal de la pieza. El capítulo de apuntados se completa con 6 puntas de cuerna; 4 mesiales de agujas/biapuntados/ anzuelos; 2 agujas y 2 punzones. Todas las puntas de cuerna fueron regularizadas mediante la combinación As/Pu, como es habitual desde las fases iniciales del Magdaleniense para este morfotipo. La totalidad de los mesiales fueron fabricados en diáfisis mediante As/Pu. Para la fabricación de las agujas se emplearon astillas de diáfisis, sobre las que también se aplicó la combinación As/Pu (Figs. Los orificios, de 1 x Imm, fueron obtenidos mediante incisión giratoria. Una de las dos piezas muestra claras evidencias de constituir una reutilización. Los 2 están fabricados con diáfisis, si bien uno de ellos se realizó sobre un metacarpo de cabra reutilizado tras haber servido de matriz. Este cómputo de apuntados se cierra con 2 piezas en proceso de conformación. Esta capa sólo cuenta con 9 piezas no apuntadas. Tres de las mismas son biselados, alisadores si atendemos a las huellas de uso. Dos fueron fabricados en costillas y otro en asta. Contamos con un representante del grupo de los romos, que hemos clasi-T. P., 59, n." 2, 2002 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es ficado como paleta. Fabricada sobre asta, fue conformada mediante As/Pu y en su superficie pueden apreciarse brillos de uso. La colección ósea de la capa se completa con un colgante (Figura 6.7) -un canino atrófico de ciervo perforado-y 4 muestras de arte mueble en soportes no elaborados: 1 costilla, 2 pitones y 1 tubo, todos ellos con decoración lineal incisa. La industria ósea de N-3a consta de 159 ejemplares, un 51,45% sobre el total del depósito magdaleniense del yacimiento (Gráficos 1-2; tabla 1). Sólo un 16,98% (27 ejemplares) son elementos en proceso de elaboración: 8 matrices; 7 candiles y 12 varillas de extracción. El resto, 132 piezas (un 83,01 %), lo constituyen morfotipos plenamente acondicionados. Junto a esta industria ósea se seleccionaron 29 restos de fauna con marcas de carnicería: 13 costillas, 13 diáfisis y 2 escápulas con trazas de descarnado y 4 fragmentos de fractura para la extracción de grasa. La distribución de morfotipos por grupos tipológicos es muy similar a la observada en la capa anterior. El más numeroso es el de apuntados, con 121 efectivos (un 91,66% del conjunto manufacturado), la mayoría acaparados por azagayas y varillas. El conjunto lo completan representantes de los grupos de biselados; romos y perforados, además de decorados no utilitarios. Parece tratarse, pues, de un conjunto relativamente especializado y de carácter eminentemente utilitario. El capítulo de arte mueble cuenta con 27 ejemplares (un 16,98% sobre el total) entre soportes transformados y no transformados: 11 azagayas; 13 varillas; 1 apuntado; 1 escápula y 1 hueso de ave. La mayoría de estas decoraciones son simples incisiones laterales cortas o semicirculares. No obstante, 12 varillas cuentan con relieve tuberculado en sus caras dorsales, en ocasiones combinados con acanaladuras centrales. Casi todos los apuntados fueron realizados en asta y documentan técnicas de apuntamiento diversas. Una de las mejor representadas es el apuntamiento a partir de varios planos. Este método de trabajo, aunque en Asturias comienza a apreciarse en yacimientos solutrenses, se prodiga durante el Magdaleniense inferior y, fundamentalmente, el -Decoraciones/Incisiones técnicas «Incisiones de trabajo/Ranurado Pulimentado Primera abrasión Fig. 8. 1: punzón; 2, 7-8: varilla con decoración lineal incisa dorsal; 3: varilla con decoración dorsal tuberculada; 4: matriz ósea para extracción de agujas; 5: matriz de asta para la extracción de varillas y azagayas; 6: varilla inacabada; 7-8 varillas con decoración lineal incisa dorsal. También hemos documentado algún apuntamiento obtenido por medio del trabajo sobre ambos laterales, procedimiento que comienza a ser utilizado durante el Magdaleniense medio y se generaliza en el transcurso del Magdaleniense superior y el Aziliense {ibidem). Entre la industria ósea de este nivel hemos constatado la presencia de piezas -una varilla y un arpón-donde podría apreciarse el aprendizaje de alguien inexperto en la fabricación de utillaje óseo, aspecto este que trataremos mas adelante. La materia prima utilizada con mayor profusión es el asta, siendo la técnica de extracción más utilizada el ranurado de varillas o esquirlas ). Algunas de estas cuentan con señales de abrasión previa (Fig. 8.6). También se han documentado matrices sobre tibias de cabra; sobre proximun de metacarpo de cabra, empleadas específicamente para la obtención de agujas (Fig. 8.4), y sobre hueso de ave. Contamos con un colmillo de jabalí con marca de golpeo que sugiere su empleo para extraer una varilla. Los paralelos más cercanos se ubican en el episodio Állerod/Cantábrico VIII (ibidem: 325). Uno de los representantes de este morfotipo cuenta con relieve tuberculado en su cara dorsal. En cuanto a los extremos proximales, 23 ejemplares (un 33,33% sobre el total de azagayas) lo conservan. En varios proximales se aprecia la existencia de incisiones de uso. Esta identidad también se manifiesta en las secciones (circulares o de tendencia circular, según casos); en la robustez de los fustes y en las técnicas de fabricación. El 97,10% de las azagayas (67 especímenes) fueron conformadas mediante As/ Pu. El resto de métodos de trabajo documentados tienen una presencia residual, con un 1,45% de piezas finalizadas por medio de As/Ab e idéntico porcentaje de Cepillado (un ejemplar, respectivamente). En cuanto a los apuntamientos, cuentan con longitudes que se sitúan en torno a los 20 mm, media que se documenta en Magdaleniense medio y superior (Adán Alvarez 1997: 335). El segundo morfotipo mejor representado en esta capa es la varilla, con 26 ejemplares, un 21,48% sobre el total de apuntados. Es llamativa la alta proporción de especímenes con dorsales con decoración en relieve tuberculado (Fig. 8.3): un 50% (13 piezas). Todas las varillas de esta capa fueron elaboradas sobre asta, extraída mediante ranurado ). La conformación definitiva de las piezas recurrió a As/Pu (Figs. En la cara ventral de 9 ejemplares se aprecian huellas de uso, acompañadas de incisiones oblicuas. En general, las bases son romas (9 casos), documentándose un solo caso de extremidad proximal apuntada. Esta capa ha proporcionado un único arpón, de características un tanto especiales. Se trata de un ejemplar en proceso de elaboración con un solo diente y sección cuadrangular, a cuya base aún no se le había dado forma cuando se desechó (Fig. 9). La singularidad de su morfología bien pudiera atribuirse a la amplia variabilidad de soluciones ensayadas en un momento previo a la estandarización de este morfotipo, como ha señalado González Sainz (1995:167). No obstante, el análisis técnico de esta pieza, como el de una varilla en fabricación de este mismo N-3a (Fig. 8.6), permite concluir que, de haberse finalizado, hubiera tenido escasa o nula utilidad práctica. Esta circunstancia sugiere que estos objetos constituyen el ensayo de técnicas de trabajo sobre asta por parte de alguien con poca pericia en la tarea (Adán et al. e. p. b: nota 39). Algunos autores han señalado la presencia en el registro de objetos de fabricación defectuosa o imitaciones de útiles no muy efectivas, como son estos casos y el de un arpón realizado en costilla de la Cueva de Los Azules I [Contranquil, Cangas de Onís] (Adán Alvarez 1997: 120, 332), que podrían ponerse en relación con tanteos de manufactura. Politis ( 1998) ha propuesto que este tipo de elementos constituiría una evidencia arqueológica del adiestramiento infantil. El grupo morfológico de apuntados cuenta con 4 microazagayas; 6 mesiales de aguja/anzuelo/biapuntado; 6 agujas; 2 punzones (Fig. 8.1); 2 puntas de cuerna y 5 apuntados en proceso de elaboración. Las primeras fueron fabricadas siguiendo un método similar al empleado en las microazagayas documentadas en la capa anterior, si bien algunas bases se conformaron de forma distinta: 2 casos cuentan con proximal en bisel doble, lo que les asemeja a ejemplos documentados en las Cuevas de La Riera y Balmori (Balmori, Lianes), y otro con un único bisel, como algunos ejemplares de Cueto de La Mina y de las Cuevas de La Paloma y la Riera (Adán Alvarez 1997: 340). Las 6 agujas del conjunto fueron fabricadas de idéntica forma que los ejemplares de la capa superior: en astillas de diáfisis, mediante As/Pu y empleando incisiones giratorias para obtener perforaciones (entre 1,5 y 1 mm de diámetro). Uno de los especímenes es un caso evidente de reutihzación por rotura del orificio. En cuanto a los mesiales, todos ellos se fabricaron siguiendo el método descrito para las agujas, exceptuando la secuencia relativa a la obtención de perforaciones. Por su parte, las 2 puntas sobre cuerna regularizada también fueron realizadas mediante As/Pu. Un caso cuenta con base de doble bisel y la otra de bisel simple. Los 2 punzones identificados fueron conformados en diáfisis, si bien uno de ellos constituye una reutilización de matriz (Fig. 8.1). El grupo de biselados únicamente está representado por un cincel en asta qüe presenta brillos y trazas de desgaste relacionados con su uso. En cuanto al de romos, hemos identificado 2 piezas. Una de ellas es una paleta sobre asta con un extremo apuntado; la otra es un tensor en metápodo con marcas de uso. El grupo de perforados cuenta con 4 colgantes: 2 sobre caninos atrofíeos de ciervo, con orificios obtenidos por aserramiento giratorio (media de 2 x 3 mm); 1 incisivo de cérvido con perforación lateral (2x3 mm) y 1 concha de Hinia reticulata, con orificio logrado mediante abrasión (plano de 6 x 6 mm y hueco de 3 x 3 mm). El conjunto del N-3a se completa con 3 muestras de arte mueble sobre soportes no elaborados: 1 escápula; 1 tubo óseo y 1 esquirla apuntada. La pieza más llamativa es un fragmento de escápula de cérvido (92 x 28 x 9 mm) con incisiones de limpieza y varios motivos decorativos. En su cara superior se ha descrito una cabeza de cierva mirando hacia la izquierda, figura sobre la que se ha afirmado que "tal y como se aprecia en la actualidad, es una rectificación o aprovechamiento de otra anterior, también difícil de identificar" (Pérez Pérez 1992: 626). En este campo decorativo también pueden apreciarse motivos lineales en paralelo (10), algunos "signos aflecados", un "claviforme" e incisiones oblicuas múltiples. La cara inferior o (10) En el presente trabajo utilizamos la caracterización de los motivos iconográficos publicada por Pérez Pérez (1992) en su estudio de la pieza. No obstante, nuestra revisión pormenorizada con lupa binocular de la pieza aún está por realizar y nuestra interpretación bien pudiera diferir de la propuesta por el autor citado. En cualquier caso, es destacable que el fragmento de escápula en cuestión cuenta con diversos trazos y combinaciones lineales que no responden ni a marcas de descarnado ni a huellas tafonómicas. cóncava, cuenta con una cierva de cuerpo entero orientada hacia la derecha y rodeada por diversos signos (Fig. 5). La industria ósea registrada en N-3b cuenta con un número sensiblemente menor de efectivos que los dos precedentes: 52 ejemplares, un 16,82% sobre el total del conjunto óseo magdaleniense (Gráficos 1-2; tabla 1). Los morfotipos completos reúnen 48 especímenes (92,3%), completando la colección 2 matrices (1 matriz ósea y 1 pitón con incisiones de trabajo) y 2 varillas en proceso de elaboración. Junto a este conjunto, los excavadores del yacimiento seleccionaron una diáfisis con marcas de carnicería. El grupo tipológico mejor representado es el de los apuntados: acumula 42 piezas, el 87,5% de los morfotipos. Azagaya (24) y varilla (11) son los tipos mejor representados, seguidos de aguja (5) y biapuntado (2). La colección se completa con 4 perforados y un solo representante del grupo de biselados. Se trata, pues, de un conjunto altamente especializado, a juzgar por estos datos. La materia prima más utilizada en N-3b es el asta, con el ranurado como técnica predominante de extracción. Buena parte de los apuntamientos se obtuvieron por medio de planos o recurriendo a las incisiones longitudinales. Ambas técnicas caracterizan el Magdaleniense medio, pero no dejan de documentarse a lo largo de finales del Tardiglaciar (Adán Alvarez 1997: 329). La azagaya es el morfotipo mejor representado en la muestra, con 24 ejemplares (el 57,14% de apuntados). Sólo uno de ellos cuenta con decoración. Por el contrario, la colección de azagayas de este subnivel es la que, en términos proporcionales, cuenta con más extremos distales conservados: un 58% (14 piezas). La base con bisel doble domina abrumadoramente, con 13 representantes (92,86%) frente a un único ejemplar monobiselado (7,14%). Todos los biseles conservados cuentan con huellas de uso. Esta homogeneidad tipológica se extiende también a las secciones, circulares o de tendencia circular, y a las técnicas de fabricación. Prácticamente la totalidad de las piezas fueron realizadas en asta y acabadas por medio de As/Pu. La excepción a esta tónica es un ejemplar conformado mediante Cepillado. Como en N-3a, los apuntamientos alcanzan una longitud media de 20 mm. Como en los dos subniveles superiores, en N-3b la varilla es el segundo morfotipo en número de ejemplares, con 11 piezas (un 26,19% sobre el total de apuntados). Todos ellos con bases romas (Fig. 8.8). Un 36,36% (4 especímenes) cuenta con decoración dorsal en forma de relieve tuberculado. Atendiendo a aspectos técnicos, todas las varillas fueron manufacturadas sobre asta. La conformación se. realizó utilizando la combinación As/Pu. Tres de las piezas fueron sometidas a la acción del fuego. Seis especímenes cuentan con incisiones ventrales de enmangue ). El grupo de apuntados se completa con 5 agujas y 2 fragmentos mesiales de agujas/anzuelos/biapuntados. Tanto unas como otras fueron manufacturadas en astillas de diáfisis por la combinación de As/Pu. En cuanto a las agujas, los ojos (1x1 mm de media) se realizaron por incisiones giratorias. Uno de los ejemplares de aguja fue reutilizado y otro muestra brillos de uso en el orificio. Sólo contamos con 6 ejemplares fuera del grupo de apuntados, un 12,5% sobre la colección. Uno de ellos es un biselado, un alisador/cincel fabricado en pitón de ciervo y otro una varilla de asta sin trabajar pero decorada. El resto pertenece al grupo de perforados. Se trata de 4 colgantes: 1 plaquita de arenisca de forma elíptica ( 11 ) y 3 caninos atrofíeos de ciervo. Estos últimos cuentan con orificios -media de 2x3 mm-obtenidos por aserramiento giratorio. La industria ósea magdaleniense de Cueva Oscura de Ania: caracterización general Una de las características del conjunto estudiado es que la práctica totalidad de las piezas que la (11) Aunque esta pieza se realizara sobre una materia prima lítica, su condición de colgante nos ha llevado a situarla entre la industria ósea para no descontextualizarla del resto de los ejemplares de este morfotipo que forman parte de la colección de Cueva Oscura de Ania. integran son morfotipos completamente elaborados, siendo discreta la representación de matrices y elementos en proceso de elaboración (Gráficos 1-2; tabla 1). Por otra parte, se trata de una colección muy homogénea desde un punto de vista tipológico (Adán et al. e. p. b). El grupo dominante es el de apuntados -con una notable concentración de elementos en las categorías "azagaya" y, en segundo lugar, "varilla"-y una presencia prácticamente residual de biselados y romos. Agujas, arpones y microazagayas cuentan con porcentajes relativamente consistentes, con notoria concentración de las primeras en N*3a y N-3b y de los segundos en N-3. La microazagaya, es un morfotipo que en el occidente de la Cornisa Cantábrica se documenta desde el Solutrense (Adán Alvarez 1997: 340), aunque parece generalizarse en momentos avanzados del Tardiglaciar. Entre las técnicas de fabricación documentadas, han podido apreciarse algunas propias del Magdaleniense medio asturiano. Una de ellas es el apuntamiento a partir de varios planos, cuyo uso empieza a documentarse en este mismo horizonte industrial. Lo mismo puede asegurarse del apuntamiento trabajado sobre ambos laterales. Bien es cierto que en N-3 se constatan técnicas de conformación generalizadas a partir del Magdaleniense medio que proliferan a finales del Tardiglaciax junto a algunas formas de acabado documentadas durante el Magdaleniense superior (Adán Alvarez 1997: 329). Quizá la diferencia principal entre los tres niveles sean los arpones, si bien su presencia es reducida en todo el paquete. El número total de especímenes es 5, aumentando su representación de base a techo: O en N-3b; 1 en N-3a (la capa arqueológica con una industria ósea más nutrida) y 4 en N-3, lo que constituye una presencia relativamente significativa (4,12%). Podría argumentarse que la ausencia de arpones en N-3b supusiera una desviación estadística, consecuencia del reducido número de elementos que integran este conjunto óseo. Sin embargo, también es plausible que su aparición en N-3a sea una intrusión desde la capa superior por procesos de bioturbación. Un dato a favor de esta interpretación es la abundancia de restos de conejo detectada en el T. R, 59, n." 2, 2002 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es N'3a (12), concentrada en uno de los cuadros más cercanos a la entrada de la Cueva. Más allá de otras consideraciones, la inexistencia de marcas de acción antrópica previene sobre la posibilidad de tanatocenosis en madriguera a la hora de interpretar su presencia en el espectro faunístico del Nivel. En cuanto a las azagayas, la morfología de todos los especímenes documentados es muy similar: secciones circulares y de porte generalmente esbelto. Las únicas diferencias apreciables entre los tres niveles es la configuración de los extremos proximales conservados. En N-3b domina el doble bisel frente a la tipología monobiselada; en N-3a se mantiene este predominio del bisel doble, pero también cuenta con la mayor variabilidad de sistemas de enmangue de toda la secuencia. En N-3 esta tendencia comienza a invertirse, con un porcentajes equilibrados de biseles simples y dobles (un 46,66% para ambas morfologías) y un incremento apreciable de piezas con bases romas o redondeadas (16,66%), así como una ligera disminución de la longitud media en los especímenes completos. El dominio de biseles dobles coincide con aquellos niveles donde los proximales conservados tienen mayor incidencia, los dos inferiores dentro del depósito magdaleniense de Cueva Oscura. • Varillas A su vez, la presencia de varillas es constante y consistente en toda la secuencia, con bastantes ejemplares decorados. Es llamativa la abundancia de especímenes con relieve tuberculado dorsal -con una mayor concentración en N-3b-pues Cue-( 12) El conjunto de huesos identificables apenas alcanza el 4% del total conservado en el MAA: Ciervo (21,7% en N-Ba y 75,6% en N-3b); cabra (21,7% en N-3a y 12,5% en N-3b); bóvido (12,9% en N-3a y 7,5% en N-3b); corzo (2% en N-3a). Destaca la abundancia de conejo en N-3a (41,4%) siendo casi inexistente en N-3b (1 resto). La mayor parte de este material óseo presenta una alto índice de fragmentación y rodamiento. El estudio de Diego J. Alvarez Láo ha documentado que el conjunto óseo del N-3 (N-3a y N-3b) conservado en el MAA cuenta mayoritariamente con restos que no superan los 30 mm (de 10.908 vestigios del cuadro le, 9.528 no alcanzan estas dimensiones). Esta circunstancia impidió una lectura clara de la mayor parte de las marcas de trabajo, sin olvidar que las actuaciones de limpieza y consolidación llevadas a cabo por los investigadores del yacimiento han afectado a la visualización de las huellas de carnicería y conformación técnica. va Oscura cuenta con la mayor colección de este tipo conocida hasta la fecha en la Comisa Cantábrica: 20 piezas. ADSCRIPCIÓN Y CONTEXTUALIZACIÓN DE LA INDUSTRIA ÓSEA MAGDALENIENSE DE CUEVA OSCURA DE ANIA El análisis de la industria ósea magdaleniense de Oscura de Ania invita a diferenciar dos tecnocomplejos (Adán etaL e. p. b). El primero de ellos (N-3 y quizás algunos elementos de N-3a) está caracterizado por la presencia de arpones, dato que podría interpretarse como representativo de un Magdaleniense superior muy inicial. Por otra parte, las técnicas de fabricación y el repertorio tipológico son muy similares a los documentados en el Magdalenieuse medio con arpones de Tito Bustillo (Adán Alvarez 1997: 165-184). El segundo complejo (buena parte de N'3a+N-3b) documenta formas de trabajo y numerosas varillas decoradas y azagayas de doble bisel, rasgos que no desentonarían en el contexto del Magdaleniense medio evolucionado y el cambio Magdaleniense medio/Magdaleniense superior. En cualquier caso, no podemos soslayar la posibilidad de que en el cuadro le algunos elementos arqueológicos de N-3, se mezclaran por bioturbacion con el N-3b. Tal parece ser el caso, por ejemplo, del atípico arpón etiquetado como correspondiente a este último subnivel (Fig. 9). Tradicionalmente se ha considerado que la aparición de arpones constituía un marcador arqueológico del Magdaleniense superior (Adán Alvarez 1997: 334), pero con los datos manejados actualmente resulta problemático delimitar los horizontes Magdaleniense medio y Magdaleniense superior sobre la base de un elemento tan concreto, dada la gran variabilidad formal, escasa pericia técnica y tradición en la preparación de arpones durante el Magdaleniense medio avanzado (González Sainz 1995:167). Así, la existencia de un arpón en Oscura de Ania N-3a no basta para definir este tramo como un primer horizonte con arpones. Máxime cuando puede representar una intrusión del subnivel inmediatamente superior, como ya señalamos. Las características un tanto singulares de esta pieza, comentadas en el apartado III.2, se alejan de las apreciadas en contextos del Magdaleniense superior inicial cantábrico como Tito Bustillo Ib-a, Lumentxa D (Lequeitio, Vizcaya) o La Pila 4.3. Todos ellos rasgos morfológicos que caracterizan los dos arpones mejor conservados de Oscura de Ania N-3 (Figs. Los otros dos especímenes documentados en ese mismo Nivel son fragmentosmesial uno; distal otro-que conservan arranques de dientes y cuya morfología concuerda con la descrita en cuanto a vastago y dentición (Figs. Por otra parte, no puede descartarse la posibilidad de que en contextos del Magdaleniense medio evolucionado o de transición Magdaleniense medio/superior se documenten arpones muy similares a los que se generalizan en el Magdaleniense superior inicial. El espectro tipológico y las técnicas de manufactura ósea documentados en el tramo N-3b-N-3a de Oscura de Ania tampoco favorecen su adscripción al Magdaleniense superior. En lo relativo al segundo punto, hemos apreciado formas de trabajar el hueso y el asta que se ajustan a las conocidas en los yacimientos asturianos donde se documenta el Magdaleniense medio y el tránsito Magdaleniense medio/Magdaleniense superior (Adán Alvarez 1997). En cuanto al espectro tipológico, el Magdaleniense medio evolucionado ha venido definiéndose (Corchón 1994: 256;1995a: 144) a partir de la presencia de protoarpones; numerosas azagayas alargadas de sección cilindrica u ovalada; abundancia relativa de agujas y proliferación de varillas con secciones plano convexas y decoraciones geométricas dorsales; en ocasiones, con relieves tuberculados. Aunque en algunos yacimientos los proximales de azagaya más comunes son aplastamientos y biseles dobles, se ha observado una gama amplia de soluciones para enmangue, entre ellas las bases ahorquilladas. También se ha destacado la frecuencia de las reutilizaciones de azagayas, representadas por bases pedunculadas por recortes. El registro de Oscura de Ania no cuenta con protoarpones ni azagayas de base ahorquillada, pero en líneas generales se ajusta al perfil esbozado: azagayas de sección circular con predominio del bisel doble y representación de otras soluciones de enmangue; presencia consistente de agujas y un número elevado de varillas con relieve tuberculado en su cara dorsal y estriación técnica ventral. También documenta una variabilidad amplia en las formas de trabajo, precisamente uno de los rasgos propuestos como característica del Magdaleniense medio (González Sáinz 1995: 167). Un elemento interesante a la hora de establecer la filiación industrial del depósito magdaleniense de Oscura de Ania es la abundancia de varillas plano convexas con decoración dorsal en relieve tuberculado (Adán et al. e. p. a). Este tipo de varillas, abundantes en el registro de la Cueva (N-3:3; N-3a: 13; N-3b: 4), se ha documentado poco en yacimientos cantábricos: 1 ejemplar en las cuevas cántabras de La Chora (San Pantaleón de Aras, Voto) y del Valle (Gibaja, Rasines) y Urtiaga (Etxazpe, Itziar; Guipúzcoa). En el nivel Magdaleniense inferior de la Cueva de Santimamiñe (Basondo, Vizcaya) apareció otra pieza (Utrilla 1981:204, lámina 83) que, dada la semejanza con las anteriores, puede tratarse de una intrusión desde el Nivel VI (González Sainz 1989a: 107). Por último, en La Viña III se ha informado de la presencia de otras dos (Portearía/. Los ejemplos de La Chora, El Valle, Urtiaga y Santimamiñe, este último con mayor motivo, están mal definidos desde el punto de vista cronoestratigráfico: corresponden a niveles que representan intervalos de tiempo muy dilatados (González Sainz 1989a: 241). Lo mismo podría decirse de La Viña III, correspondiente al Magdaleniense superior o al medio, según zonas (Portea 1996: 330). A propósito de Oscura de Ania N-3a, se ha comentado que la presencia de varillas tuberculadas es relativamente común en el Magdaleniense medio, prolongándose hacia los inicios del superior (González Sáinz 1989a: 240-241). Manuel Pérez (1992:641, nota 13) estableció paralelos con ejemplos de Gourgan y Mas d'Azil, correspondientes al Magdaleniense IV pirenaico. Por otra parte, su presencia en N-3b sugirió la adscripción de este Nivel al Magdaleniense medio pleno o superior inicial (Adán Alvarez 1997: 85). A juzgar por el contexto de Oscura de Ania, este tipo de varilla parece concentrarse en el Magdaleniense medio evolucionado sin ser extraño al Magdaleniense superior inicial o la transición Magdaleniense medio/superior. En Oscura de Ania se han citado dos fragmentos de varillas plano convexas con decoración dorsal de surcos en relieve "tipo Isturitz", localizados en un revuelto del sector septentrional del vestíbulo de la Cueva (Pérez Pérez 1982). Este tipo de elementos se atribuye Magdaleniense medio en transición al Superior (González Sainz 1989a: 240), si bien en un primer momento se propuso que corresponderían a un horizonte magdaleniense anterior al documentado en el Nivel 3 de las publicaciones (Pérez Pérez 1982: 83-84). Su ausencia entre los materiales depositados en el MAA y el hecho de que el hallazgo se produjera fuera de contexto exige prudencia. En primer lugar, no podemos asegurar que estos fragmentos realmente constituyan ejemplos de decoración "tipo Isturitz". Una alternativa es que se tratara de relieves tuberculados erosionados, tal como hemos podido apreciar en alguno de los fragmentos de varilla con tal motivo decorativo de este mismo yacimiento (Adán et al. e. p. a). En segun-do, desconocemos con detalle las circunstancias que rodearon su aparición y su correcta ubicación estratigráfica, que quizás podría solucionarse tras la revisión de los perfiles del yacimiento y el estudio de los diarios de excavación. No obstante, los yacimientos de la cuenca del Nalón con niveles del Magdalenienses medio típico, como Las Caldas y La Viña, cuentan con un arte mueble muy similar al del Magdaleniense IV pirenaico (Portea 1989;1990;1992; Portearía/. Tampoco puede soslayarse la posibilidad de que estas supuestas varillas "tipo Isturitz" pudieran ponerse en relación con ejemplares con decoraciones curvilíneas en distintas disposiciones documentados en depósitos del Magdaleniense medio y superior inicial como Hornos de la Peña (Tarriba, San Felices de Buelna; Cantabria); Cueto de la Mina C y Tito Bustillo le (González Sainz 1989a: 240). El arte mueble magdaleniense de Oscura de Ania merece ser detallado en un futuro trabajo. Su análisis preliminar parece avalar la adscripción cronocutural del depósito (Adán et al. e. p. a). La pieza más interesante es un fragmento recortado y raspado de escápula, decorado con motivos figurativos y no figurativos, aparecido en N-3a (Figura 5). Su figura más espectacular, una cierva completa con las patas poco detalladas y realizada combinando grabado de contorno de trazo múltiple con estriado (13), fue atribuida a un momento inicial del Estilo IV Reciente de Leroi-Gourhan (Pérez Pérez 1992: 639-640). Esto es, a comienzos de la segunda fase del ciclo final magdaleniense de Jordá (1964). El tema "cierva" es un motivo identificado en arte mueble cantábrico desde el Auriñaciense, alcanza su mayor protagonismo en el Magdaleniense inferior y el número de representaciones desciende en las fases avanzadas del Magdaleniense (Barandiarán 1989: 384). Por otra parte, parece que las figuras realistas no se asocian a signos de forma generalizada antes del Magdaleniense medio. En este mismo horizonte industrial comienza a utilizarse la combinación técnica en que se ejecutó la figura (Corchón 1986: 144, 154, 158) y tanto la realización de extremidades apenas esbozadas como la (13) En el trabajo de presentación de la pieza se cita como rasgo estilístico "un ojo extrañamente redondo y pequeño, aunque correctamente situado, desentona respecto al naturalismo de otros rasgos (...)" Tal ojo no forma parte de la figura, pues se trata del resultado de la acción de microorganismos sobre el hueso. Como otras marcas "puntiformes" que proliferan en la superficie de la pieza. T. R, 59, n.» 2, 2002 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es representación de perfiles absolutos se proponen como rasgos característicos del arte mueble dé las fases avanzadas del Magdaleniense medio. A estas consideraciones iconográficas o estilísticas se suma el tipo de soporte: huesos con superficies propicias a constituir campos decorativos -como escápulas, pelvis, costillas y diáfisis gruesas-o astas poco o nada modificados parecen sustituir durante el Magdaleniense medio evolucionado a las elaboradas plaquetas que caracterizan el Magdaleniense medio típico (Corchón 1994: 253-255;1995a, 146). Exceptuando esta escápula y el arpón con supuesta figura de bóvido al que no hemos tenido acceso {vid supra), no hemos documentado representaciones figurativas entre los materiales magdalenienses de Oscura de Ania: el grueso del arte mueble lo constituye la industria ósea incisa. Dejando a un lado los ejemplares con relieves tuberculados, ya comentados, contamos con un número apreciable de azagayas y varillas con decoraciones lineales y curvilíneas. Precisamente, en el Magdaleniense medio evolucionado de La Paloma (6.6-5.2), Las Caldas (V-IV) y La Viña (IV superior) ha podido detectarse un sensible descenso de manifestaciones artísticas de corte figurativo, en contraste con la eclosión que caracteriza el tramo inmediatamente inferior (Corchón 1994: 253-256;1995a: 152). En paralelo, aumenta la nómina de representaciones no figurativas sobre utillaje óseo, con un repertorio iconográfico que parece enlazar con las decoraciones desarrolladas durante el Magdaleniense superior inicial (que podría considerarse perfectamente como un Magdaleniense medio evolucionado muy avanzado, en transición hacia el superior) de, por ejemplo. Tito Bustillo le {ibidem). En principio, los tubos óseos decorados y alguna azagaya con incisiones longitudinales documentados en nuestra revisión del registro y citados en bibliografía (Pérez Pérez 1977: 194-195, fig. 10.1-2,10.5-6) a priori supondrían una anomalía en contextos del Magdaleniense medio evolucionado. Los huesos de ave decorados con trazos simples formando series longitudinales parecen circunscribirse a momentos iniciales del Magdaleniense (Menéndez Fernández y García Sánchez 1998: 174). No obstante, los motivos de ordenación axial, especialmente las series de incisiones en paralelo y las cruzadas en aspa o retículas de ejecución rápida se prodigan en el Magdaleniense medio y no resultan extraños en el Magdaleniense medio evolucionado (Corchón 1986:101-102;1994:254). En cuanto a Cueva Oscura N-3, la morfología de los arpones invita a situar el nivel en el Magdaleniense superior muy inicial, en la línea de los niveles de transición documentados en Las Caldas y, posiblemente, La Viña. En el primer yacimiento, el Nivel III de la Sala II ofrece una industria ósea que cuenta con prototipos del Magdaleniense medio evolucionado y del superior inicial, incluyendo un arpón típico. En cuanto a La Viña, el Estrato III proporcionó dos varillas con relieve tuberculado junto a azagayas a doble bisel y punzones decorados (Portea et al. 1990: 225). Precisamente, Oscura de Ania N-3 cuenta con tres representantes de varillas con relieves tuberculados. No parece aventurado, pues, plantear que este tipo particular continuara apareciendo en los niveles superpuestos directamente al Magdaleniense medio en los yacimientos del occidente cantábrico. Por otra parte, entre las piezas de industria ósea de Oscura de Ania citada en los primeros trabajos sobre la cueva que no hemos podido estudiar figura un supuesto arpón "con sección triangular y una sola hilera de dientes" (el fragmento representado cuenta con 7) y "acanaladuras longitudinales en el dorso del vastago y cortas incisiones sobre los dientes" (Gómez Tabanera et al. 1975: 65; Pérez Pérez 1977: 191, 195, fig. 10.4). A juzgar por la figura publicada, sus paralelos morfológicos podrían encontrarse en algunos arpones de La Pila 4.1 y El Pendo (González Sainz 1989a: 70, figs. 21.9 y 25.4) correspondientes a momentos avanzados del Magdaleniense superior. La publicación de estas descripciones precede en fecha al comienzo de la excavación de los materiales del Estrato III que conocemos, iniciada en la campaña de 1977 según el etiquetado de los mismos (14). La impresión que se desprende de estos artículos es que exponen los resultados de la primera campaña de trabajo de campo y que el depósito magdaleniense de Oscu- ra de Ania era conocido por los excavadores bien gracias a un sondeo en área menor a la luego excavada, bien porque comenzara a excavarse con anterioridad a las fechas que figuran en el etiquetado de los materiales. Sea como fuere, la totalidad o una parte de los materiales que llevaron a definir el Estrato III (o su tramo superficial) como "Magdaleniense superior cantábrico" en los dos primeros artículos sobre la Cueva se encuentran ausentes de los fondos del MAA y no han podido incluirse en nuestra revisión. APROXIMACIÓN A LA CRONOESTRATIGRAFÍA DEL DEPÓSITO MAGDALENIENSE DE CUEVA OSCURA La parquedad de los comentarios disponibles sobre la sedimentología del depósito magdaleniense de Cueva Oscura de Ania (Pérez Pérez 1992: 641 -642, nota 15) dificulta la tarea a la hora de ubicar correctamente el mismo desde un punto de vista cronoestratigrafico. Para N-3a contamos con otra de 11 670 ± 200 BP [GIF-5106] (16) (ibidem), correspondiente a un momento muy avanzado de Dryas II: prácticamente en transición hacia las primeras fases de Allerod/Cantrábico VIII. Esta última parece rejuvenecida, a juzgar por las características de su industria ósea. Si aceptamos como válidas las dos dataciones disponibles para el depósito magdaleniense de Oscura de Ania ( 17), su lapso cronológico es demasiado extenso. El Nivel 3b y, por extensión, el 3a fueron comparados a partir de la cronología absoluta del primero con Tito Bustillo le y el Magdaleniense medio de Las Caldas (ibidem: nota 17), extendiéndose hasta Allerod. Sin embargo, la transición y el primer tramo de esta fase paleoclimática parecen estar representadas por el Nivel estéril superpuesto a N-3 y el Horizonte Oc, capa aziliense inferior del yacimiento. (17) Tenemos noticias de que se enviaron para su análisis más muestras de toda la secuencia, aunque sus resultados nunca fueron publicados (Pérez Pérez, 1992: 642). El Nivel arqueológicamente estéril que separa los depósitos magdalenienses y azilienses de Oscura de Ania fue descrito por los excavadores del yacimiento con un lacónico "capa de arcilla blanquecina" (Gómez Tabanera et al. 1975:65; Pérez Pérez 1977: 191). Desconocemos, por tanto, su extensión y potencia. Sin embargo, su presencia parece concordar con capas estériles e hiatos sedimentarios que aislan niveles magdalenienses en yacimientos cantábricos como los excavados en las cuevas cántabras de Morfn (Villanueva de Villaescusa), El Pendo o El Rascaño (González Sainz 1989a: 159, cuadro IV. En esta última, tal discordancia ha sido asociada a una reactivación de la circulación interna de aguas kársticas que parece corresponder con Allerod/Cantábrico VIII (Hoyos Gómez 1995: 64). En la cuenca media del Nalón, estos procesos parecen estar documentados en la erosión superficial de la Cueva de Las Caldas, que interesó a techo el Nivel I y prácticamente eliminó el tramo -I/-III de la Sala II (ibidem), cuyos retazos han sido definidos desde un punto de vista industrial como correspondientes al Magdaleniense superior final (Corchón 1991/92;1999:43). En La Paloma, se ha propuesto que esta oscilación está representada por el Nivel 3, prácticamente estéril y con numerosos restos de egagrópilas (González Sáinz 1989a: 155). En el oriente asturiano, el episodio bien pudiera corresponder a los procesos erosivos previos al Nivel 5, definido como Aziliense antiguo, de Los Azules I (Adán et al. 2001). De acuerdo con estas consideraciones y atendiendo a la industria ósea por nosotros estudiada, el primer tramo magdaleniense de Oscura de Ania podría situarse entre finales de Dryas I superior/ Cantábrico V y Bolling/Cantábrico VI y el tramo superior, representado claramente en N-3, a caballo entre Bolling/Cantábrico VI y Dryas Il/Cantábrico VIL En este sentido, los escasos datos que conocemos sobre la sedimentología de los subniveles 3a y 3b (y posiblemente también para el 3) se ajustan, grosso modo, con el panorama esbozado para la progresión Cantábrico V-Cantábrico VIinicios de Cantábrico VII dentro de la paleocUma- tología del Tardiglaciar cantábrico establecida a partir del análisis sedimentológico. Los datos disponibles para yacimientos de la cuenca media del Nalón con representación de este episodio, como La Paloma, Las Caldas, La Viña o Entrefoces, coinciden en señalar un descenso paulatino de cantos de gelivación y el incremento de la fracción fina arcilloarenosa para, a continuación, mostrar nuevamente indicios de clima frío (Hoyos Gómez 1995). El primer horizonte magdaleniense identificado en Cueva Oscura de Ania parece corresponder con los rasgos que caracterizan el Magdaleniense medio evolucionado. Cuando menos, esta posibilidad señala tanto el análisis de la industria ósea como la datación disponible para N-3b, coherente con las conocidas para otros depósitos adscritos a este horizonte industrial (Corchón 1995b). Bien documentado en Las Caldas VI-V, el Magdaleniense medio evolucionado parece constituir parte de la adaptación de los grupos humanos de la Comisa Cantábrica a las condiciones climáticas que caracterizan el episodio conocido como Bolling/Cantábrico VI (Corchón 1995a: 150). Otros depósitos del área cantábrica que a buen seguro reflejan este mismo fenómeno son La Viña IV superior. La Paloma 6.6-5.2, Tito Bustillo 2, Cueto de La Mina C y Abauntz e (Arraiz, Navarra). La ubicación cronoestratigráfica precisa del segundo horizonte magdaleniense de Oscura de Ania plantea mayores problemas. En primer lugar, no contamos con dataciones radiocarbónicas que contribuyan a aclarar su situación. El análisis tecnomorfológico de la industria ósea señala que se trata de una fase avanzada del Magdaleniense medio evolucionado, en transición hacia el Magdaleniense superior, como la documentada en Las Caldas III o La Viña III y, muy posiblemente, techo de IV superior. Sin embargo, tampoco puede desecharse la posibilidad de que represente, cuando menos parcialmente, el Magdaleniense superior inicial: el tránsito Magdaleniense medio/superior constituye un proceso suave, sin rupturas, a juzgar por los datos disponibles de Las Caldas III-II o Tito Bustillo lc-2 (Corchón 2000: 496-497). De este modo, puede plantearse la posibilidad de que el tramo magdaleniense superior identificado en este último yacimiento pueda corresponder con los momentos iniciales de Dryas Il/Cantábrico VIL El horizonte industrial denominado Magdaleniense medio evolucionado o tardío de la Comisa Cantábrica se ha definido en los últimos años gracias al registro de Las Caldas y La Viña, dos ricos yacimientos del Nalón. Aunque los niveles cantábricos que parecen corresponder a este tecnocomplejo comparten algunos rasgos comunes en cuanto a los repertorios de industria ósea, la tónica dominante es cierta heterogeneidad. Ésta circunstancia no permite establecer un cuadro diacrónico y sincrónico claro (Esparza y Mújika 1999:65). En cualquier caso, la'diversidad de las asociaciones tipológicas y de las soluciones técnicas -manifestada de forma evidente en la coexistencia de diferentes soluciones de enmangue en azagayas y la convivencia en algunos casos de arpones toscos con protoarpones y azagayas ahorquilladas-bien pudiera interpretarse como indicio de una transformación acelerada y continua en las comunidades que habitaron la región durante este segmento cronológico. De ahí la dificultad de adscripción que aparentemente plantean niveles como Tito Bustillo le. A pesar de su datación' "^C, su registro invita a pensar que corresponde a la continuación inmediata del Magdaleniense medio evolucionado (Fortea 1989: 429). De la misma forma, el depósito magdaleniense de Oscura de Ania parece ser fiel representación de este panorama. Se hace necesario, no obstante, solucionar los problemas estratigráficos que plantea el yacimiento y el estudio pormenorizado de su fauna a la hora de interpretar el significado y el alcance real de los procesos de cambio suave y continuado que pueden apreciarse a partir del estudio de su industria ósea. Ya comentamos en aparatados anteriores la ausencia de los fondos del MAA de materiales arqueológicos exhumados en Oscura de Ania. Alguno de estas piezas, publicadas de forma imprecisa por los excavadores del yacimiento, invita a pensar que en el mismo estuvo representado un estadio Magdaleniense más avanzado. Esta circunstancia abre dos posibilidades. La primera, que el Nivel 3 de la bibliografía clásica (nuestro Estrato III) constituyera o comprendiera una capa superior a las que conoce-T.P.,59,n.°2,2002 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es mos, correspondiente a un Nivel Magdaleniense superior pleno y cuyo registro nunca fue entregado. La segunda, que el yacimiento contara (o cuente) con retazos de niveles correspondientes a momentos más tardíos de Dry as Il/Cantábrico VII erosionados por los procesos sedimentarios correspondientes ala transición Allerod/Cantábrico VIII, tal como se documenta en el tramo -I/-III de Las Caldas. Ante lo expuesto anteriormente, se hace necesario señalar que estas reflexiones en tomo al depósito arqueológico de Cueva Oscura de Ania constituyen conclusiones preliminares y planteamientos de trabajo que precisan una contrastación sobre el terreno. A buen seguro, el avance de nuestro estudio del registro del yacimiento; la revisión de los diarios de campo -a los cuales no hemos tenido acceso-y de su estratigrafía; la realización de análisis sedimentológicos y polínicos y la toma de nuevas muestras para dataciones contribuirá a aclarar aún más la cronoestratigrafía del yacimiento. Particularmente la de sus niveles magdalenienses, aquellos que actualmente plantean más incertidumbres y problemas de adscripción.
desde luego, sin presencia megalítica o con algún ejemplo esporádico y tardío (Osuna Ruiz 1975), comenzó a deshacerse con los trabajos del equipo de Delibes en la Meseta Norte y con los que nosotros, en una dimensión más modesta, emprendimos en la Meseta Sur. La investigación desde los años 80 hasta la actualidad ha ido diseñando un panorama complejo con multitud de megalitos y, lo que es más interesante, con túmulos sin estructura megalítica y otras formas paramegalíticas que demuestran un polimorfismo fehaciente en los enterramientos colectivos del interior peninsular. Las fechas sin calibrar de estas estructuras abarcan desde el VI al IV milenio BR A ello se suman las evidencias, cada vez mayores, de habitats asociados a estos enterramientos con lo que las áreas funerarias se están convirtiendo en nuestra mayor fuente de información sobre los asentamientos neolíticos en las zonas que nos ocupan. La Meseta Sur, pese a tener enormes posibilidades en este aspecto, no ha gozado de una labor sistemática de prospección y excavación como hubiera sido de desear, pues las autonomías que se ocupan del Patrimonio en estas áreas, hace algunos años que no conceden proyectos de investigación sino que centran sus esfuerzos en la arqueología de gestión. Nuestro equipo ha intentado adaptarse a este tipo de financiación que, desde luego tiene sus problemas de cara al desarrollo de una investigación cuyos resultados nos cuesta años conseguir, pero que a la larga puede ofrecer una perspectiva del poblamiento megalítico de la cuenca interior del Tajo (Bueno Ramírez et al 2000a: 446). En esa dinámica, nuestros trabajos en Toledo se han centrado en los monumentos de Azután, La Estrella (Bueno Ramírez 1990 y 1991; Bueno Ramírez y de Balbín Behrmann 1996 y 1998) y Navalcán (Bueno Ramírez et al. 1999), en relación a los distintos avisos emitidos por instituciones o personas de la zona. Este caso es el mismo para los yacimientos del término de Huecas (Bueno Ramírez et al. 1999, 2000a y b), a los que acudimos por el peligro que corrían en relación con la construcción de un pantano. La presencia de un túmulo sin estructura megalítica en término de Huecas, relativamente próximo al dolmen de Azután y con fechas C14 muy semejantes, nos lleva a proponer una reflexión en estas páginas acerca de las relaciones y diferencias entre los túmulos con y sin estructura interior en una primer fase del megalitismo, que nos parece interesan-te de cara a valorar situaciones semejantes en otros sectores de la Meseta con materiales muy parecidos, algunos tan característicos como las espátulas tipo el Miradero (Delibes et al. 1987), localizadas en el túmulo del Castillejo. Los indicios de habitat en el túmulo del dolmen de Azután, en el de Navalcán y, con más amplitud, en el túmulo del Castillejo, vienen a reiterar la contigüidad habitat/enterramiento tan común en las excavaciones de los últimos años, tanto en la Meseta Norte (Delibes y Zapatero 1996; Rojo et al. 2002), como en algunas zonas megalíticas del Oeste (Bueno Ramírez 1988y 2000; Gonçalves y Sousa2000; Senna-Martínez 1996). El yacimiento del Castillejo se ubica en un territorio de enorme riqueza arqueológica en el que también nos encontramos excavando una necrópolis con cuevas artificiales (Bueno Ramírez et al. 1999y 2000), lo que nos permitirá proponer hipótesis sobre la relación entre el poblamiento neolítico y caleolítico de la zona. Si a ello añadimos la presencia de materiales de Neolítico Final y Calcolítico en los dólmenes toledanos, estamos en condiciones de argumentar una secuencia larga para los megalitos de la zona. La consideración de un neolítico pre-megalítico en el interior ha ido tomando consistencia en los últimos años y trabajos recientes aportan interesantes novedades al respecto (Bueno Ramírez et al. 1995 y e. p.;Delibes y Zapatero 1996; Díaz del Río 2000; Rojo y Estremera 2000). Las supuestas ausencias eran sólo auténticos desconocimientos. Nos queda ahora mucho trabajo por desarrollar en este campo, pero los yacimientos que conocemos apuntan a la existencia de una base demográfica importante en las culturas del interior peninsular. El megalitismo se implanta en estos sectores en fechas semejantes a las sepulturas en piedra de la fachada atlántica peninsular (Bueno Ramírez 1991: 112), situándose en un Neolítico formado, Medio y Final en las terminologías al uso (Fig. 1). Nuestro objetivo, el de la comparación de dólmenes y túmulos sin estructura megalítica, se va a establecer a partir de la consideración de los yacimientos funerarios en su vertiente de yacimientos de habitación, utilizando para ello la metodología al uso con una propuesta sobre las posibilidades económicas de los yacimientos valorados, de la comparación de los materiales asociados a los enterramientos, de la selección de sexos y edades que podemos conocer tanto en el dolmen de Azután como en el túmulo del Castillejo y de la constatación de los usos largos de ambos tipos de panteón, además del análisis de las posibles secuencias habitat/enterramiento. Así procedemos a asentar una premisa para la valoración del megalitismo occidental que, hoy por hoy, resulta ineludible: la asociación inmediata de áreas de habitación y áreas funerarias, constituyéndose ambas en el espacio transitado. Con este punto de partida, el de la profunda imbricación entre el espacio de la vida y el de la muerte (Bueno Ramírez 2000), nuestras consideraciones sobre el territorio de los megalitos, son también reflexiones sobre la situación de las poblaciones neolíticas interiores y sus relaciones con elementos culturales, tanto del Oeste como del Sur y del Norte de la Península, diseñando una riqueza cultural y demográfica hasta ahora insospechada. LAS ULTIMAS CAMPANAS DE EXCAVACIÓN EN EL DOLMEN DE AZUTÁN Y EN EL TÚMULO DEL CASTILLEJO Como decíamos arriba, centraremos nuestra reflexión en los dos yacimientos toledanos por representar versiones aparentemente diferenciadas de los sistemas funerarios megalíticos, ambos con fechas antiguas, y con materiales, restos humanos, faunísticos y vegetales, que nos permiten proponer una hipótesis sobre los sistemas de aprovechamiento del territorio en esta región de la cuenca interior del Tajo. Nuestras excavaciones en el dolmen de Azután fueron objeto de publicación en los años 90 (Bueno Ramírez 1990 y 1991), pero el interés del monumento, la conflictiva diferencia de fechas del osario colectivo y la evidencia de un ajuar antiguo de enorme interés para las propuestas de secuencia del megalitismo en la Submeseta Sur, nos llevaron a realizar una nueva intervención en 1991 dirigida a levantar el resto de losa de cobertura que tapaba una nimia parte de depósitos y a realizar otro corte en profundidad en el túmulo, con objeto de valorar los indicios ya detectados en las campañas anteriores en los denominados sectores 1,2 y 3 (Bueno Ramírez 1991) (Lam. Los resultados de esta campaña serán estudiados pormenorizadamente en un trabajo próximo en el que además incluiremos los calcos completos de la decoración del monumento, pero en lo que ahora nos interesa, sirvieron para ratificar la antigüedad del depósito de la cámara y para documentar fehacientemente la existencia de un nivel de ocupación en el túmulo con restos cerámicos y faunísticos (Fig. 2). Ubicación de los materiales de habitación bajo el túmulo del dolmen de Azután: sectores 1,2 y 3 GTS campaña 91 y CT4, campaña 2000. En la cámara, el resto de depósito que quedaba se ubicaba bajo una parte de la losa de cobertura, indicio que además nos sirve para proponer la cobertura adintelada de este espacio, como hemos justificado en otro lugar (Bueno Ramírez et al. 1999: 88). En él volvimos a documentar una acumulación ósea importante muy afectada por la caída de la piedra y por el sistema de remoción de los restos (Bueno Ramírez 1991: 106). La fragmenta-ción de los mismos, muy evidente, sólo nos permitió obtener muestra de uno de los individuos enterrados en el último momento del depósito. A este momento se asocian los pocos fragmentos cerámicos lisos documentados (Fig. 3) y una espátula realizada sobre costilla de bóvido como En la base de la cámara, tanto los restos humanos como los ajuares son menos abundantes. Los únicos materiales son un pequeño fragmento de borde con perforaciones verticales, en la línea de algunas producciones del neolítico andaluz, que encaja con la cerámica decorada que documentamos en la primera campaña (Bueno Ramírez 1991: fig. 35) y de la que incluimos un nuevo dibujo, además de microlitos, laminitas y una cuenta de collar de caliza con restos de color rojo (Fig. 4). La primera utilización del dolmen de Azután incluía abundantes microlitos geométricos, algunos de ellos tipométricamente antiguos (Bueno Ramírez 1991: 100), laminitas, cerámicas con borde de surco, algunas impresas y cerámica a la almagra, además de un punzón de hueso y la mencionada cuenta de collar. Otras evidencias de ocupación son más recientes, como indican las fechas del V milenio BP, aunque en ningún caso documentamos puntas de retoque bifacial. La fecha obtenida para la ocupación final de la cámara en la primera campaña y la que ahora mencionamos, sitúan estas últimas deposiciones de la cámara en el Neolítico Final haciendo patente la continuidad del uso del monumento, al igual que tenemos constatado en otros dólmenes de la fachada occidental (Bueno Ramírez 1991: 112). La presencia de campaniforme marítimo en el sector extemo del corredor asociado a restos humanos, aboga por el uso del megalito hasta el IV milenio BP, del mismo modo que sucede en otros monumentos toledanos, incluyendo en ellos el túmulo del Castillejo (Bueno Ramírez et al 1999y 2000). Si la ratificación de la ocupación antigua del dolmen de Azután parecía necesaria, la documentación del posible nivel habitacional que tímidamente habíamos apuntado en la publicación anterior, se hacía imprescindible ante la acumulación de evidencias de ese tenor en otras áreas megalíticas, especialmente en la submeseta Norte. Para ello, en la campaña del 91 realizamos un corte radial en el túmulo, junto a los ortostatos del sector Sur del corredor. Tras el levantamiento de la masa pétrea compuesta por cantos de cuarcita y contenciones de granito, alcanzamos un nivel de tierra oscura con abundantes restos cerámicos, esquirlas líticas y restos faunísticos, que unidos a los ya descritos en los sectores 1, 2 y 3 de la primera campaña, conforman un nivel infratumular de ocupación. Las características tipológicas de los materiales no resultan muy alejadas de las constatadas en el primer momento de ocupación de la cámara. lo que abogaría por una cercanía relativa entre ambas circunstancias: habitación y enterramiento, corroborando propuestas similares en la meseta Norte (Delibes y Zapatero 1996: 340). La apertura de otros dos cortes en la campaña del 2001, con motivo de la realización de las bases para el proyecto de reconstrucción del monumento, nos permito verificar la situación del habitat bajo túmulo, en esta ocasión con la ventaja de una fecha C14, obtenida de uno de los postes de la cabana documentada en CT4. Los materiales: bordes con surco, cerámi-ca impresa e incisa y molinos apuntan de nuevo a la equiparación con los ajuares más antiguos del monumento. El túmulo del Castillejo ha sido objeto de dos campañas. La primera de ellas fué muy sucinta pero nos permitió dar a conocer la presencia de un yacimientos funerario sin estructura megalítica con dos agrupaciones mortuorias, al que se asociaban otro tipo de estructuras de posible carácter habitacional (Bueno Ramírez et al 1999;2000 a). La campaña realizada en 1999 verificó la presencia de cabanas en las proximidades del área funeraria, además de circunscribir las deposiciones a dos momentos, uno más antiguo y otro más reciente al que han de asociarse los vestigios de cobre y cerámica campaniforme. Aún estamos pendientes de realizar otra campaña en el monumento pues no hemos alcanzado la base en la totalidad del mismo. El primer grupo de enterramientos se sitúa en la parte más alta del cerrito calizo que se denomina en el lugar "El Castillejo". Los depósitos dibujan una agrupación de tendencia circular en torno a los 3 m de diámetro que alberga más de una docena de cadáveres. La sistemática asociación de cráneos a huesos largos de brazos, nos permite reconstruir la posición de los cadáveres como encogida y su asociación ocasional a piedras de tamaño medio, nos lleva a sugerir ciertas divisiones internas del depósito que quizá puedan conectarse con una mayor proximidad parental entre los individuos que dichas piedras delimitan. Los ajuares son muy reiterativos: microlitos, láminas de pequeño tamaño, punzones de hueso, cerámica de bordes con surco, alguna decorada y dos espátulas que encajan con las formas denominadas San Martin-el Miradero (Delibes et al. 1987) en la Meseta Norte. Con orientación E/SE se sitúa un círculo de en tomo a Im. de diámetro delimitado por piedras medianas que contiene una deposición de adulto joven sobre la que se ha hecho una muestra C14, y otra de un individuo infantil. La primera, un joven de 18 años según la identificación de Etxeberría y Herrasti, proporcionó la fecha: 3810 ± 70 BP (Beta-145274), muy similar a las obtenidas en la cercana necrópolis de cuevas artificiales de Valle de las Higueras (Bueno Ramírez et al. 2000 a y b). La excavación del 98 había proporcionado pocos elementos de ajuar: fragmentos de pulimentados, alguna lámina y fragmentos de cerámica incisa. La reconstrucción que hemos hecho de la dispersión del material en la zona superior del túmulo nos ha permitido verificar que algunos fragmentos de esta zona pegaban con los decorados del enterramiento que describimos, conformándose como evidencias campaniformes. Por ello consideramos lógico adscribir el punzón de cobre que apareció prácticamente en superficie (Bueno Ramírez et al 1999: fig. 4) a estos enterramientos. A ello se suma el uso de barro en la base de la estructura, sistema que tenemos constatado en las sepulturas caleolíticas y de la Edad del Bronce de la ya citada necrópolis de Valle de las Higueras, situada en un cerro próximo. El pequeño círculo que nos ocupa, que en la campaña del 98 describimos como nivel II para separarlo del anterior, con los datos de que hoy disponemos, puede relacionarse con estructuras semejantes detectadas en la provincia de Avila. El yacimiento de Aldeagordillo con una fecha C14 similar a la nuestra (Fabián 1992), constituye una referencia muy próxima. Las dos agrupaciones descritas sugieren un uso del espacio muy similar al de los megalitos, si bien hasta el momento no hemos documentado ninguna evidencia que permita plantear la existencia de estructura alguna. El círculo mayor, de unos tres metros de diámetro, alberga el depósito más antiguo, a modo de cámara funeraria, reproduciendo incluso medidas comunes en este tipo de espacios. El círculo que contiene los depósitos campaniformes se ubica al Sureste, una orientación corriente en los corredores dolménicos, en algunos de los cuales se documentan enterramientos adscribibles a esta cultura. Sin ir más lejos, en el mismo dolmen de Azután. Los materiales de éstas: cerámicas lisas, a la almagra, con bordes de surco, molinos y microlitos, abogan por una ocupación neolítica, a tenor de las fechas, posterior a las primeras deposiciones, reflejando un fenómeno similar al del túmulo de Rebolledo, en Sedaño (Delibes y Rojo 1997: 405-406). Sin olvidar que reiteran un tipo de material que parece tener un largo recorrido cronológico en la zona que nos ocupa. No obstante, aún tenemos que excavar debajo de los enterramientos pues sospechamos la presencia de un nivel de ocupación más antiguo (Lam. Los estudios de F. Etxeberría y L. Herrasti sobre los restos humanos del Castillejo y los de A. Gonzalez y M. Campo sobre las nuevas evidencias de Azután, sumadas a las ya analizadas por V. Galera, plantean interesantes reflexiones sobre los depósitos funerarios. La primera diferencia evidente es la amalgama ósea de Azután donde los restos debieron ser lite- raímente empujados, mientras que los restos del Castillejo, sea mejor o peor su conservación, están colocados de lado, encogidos y, en cierto sentido, ordenados. Esta diferencia en el tratamiento de los cadáveres se ha observado en yacimientos semejantes de la Meseta Norte (Etxeberría y Delibes 2002: 43) La representatividad de sexos y edades es relativa, pues nos movemos en una cifra estadística muy pequeña, pero cuando menos es interesante de cara a lo que sabemos de este tema en la Meseta Norte (Delibes 1995). Ya con nuestras excavaciones de los 80 llamaba la atención la presencia de individuos infantiles (Galera 1991: 56) en Azután que ahora estamos en condiciones de ratificar con las interesantes aportaciones de A. Gonzalez y M. Campo. Infantiles y juveniles, entendiendo éstos como individuos hasta 14 años, alcanzan una proporción significativa, lo que coincide con los datos que tenemos del Castillejo, tanto en el caso de su ocupación antigua, como en el de la más reciente. La presencia de este espectro de edades en los enterramientos megalíticos peninsulares no es un hecho aislado, pero sí poco documentado hasta el momento entre otras razones por la escasez de materia ósea conservada, pero es relativamente común en los megalitos de la fachada atlántica (Briard 1995: 44) o en otros cementerios europeos como es el caso de los utilizados por los neolíticos danubianos (Jeunesse 1997: 98), a los que curiosamente se asocian huesos largos pulidos con apariencia antropomorfa que recuerdan a nuestras espátulas San Martin-El Miradero. Por último hay que comentar la presencia de un tipo senil que V. Galera ( 1991: 55) calculó como de 60 años, espectro de edades muy poco representado en restos antiguos. Este tipo de individuos con dificultades para su subsistencia diaria son los que vienen planteando desde su descubrimiento entre restos paleolíticos, la existencia de una solidaridad en el grupo y un más que posible respeto a las personas de edad o con dificultades físicas que les permitieron sobrevivir. ECONOMÍA Y MEDIO AMBIENTE EN LOS YACIMIENTOS MEGALÍTICOS DE TOLEDO Los datos que podemos barajar en este sentido derivan de la propia situación de los yacimientos y de las evidencias, tanto paleofaunísticas como paleobotánicas. Todas ellas apuntan una serie de indicios de enorme interés para reconstruir las sociedades neolíticas de la región como grupos con asentamientos junto a sus megalitos y un enraizamiento en el lugar demostrado por los restos habitacionales sellados por sus sepulturas. El hecho de la situación de los monumentos junto a vías de paso tradicionales (Bueno Ramírez 1991: 13), ofrece un argumento más para hablar de pastores con una trashumancia corta, que utilizan como referente los mismos lugares: sus áreas funerarias que son además los lugares de vivienda. En otro lugar (Bueno Ramírez et al 1999: 127), hemos señalado que esta situación junto a vías de paso favorece también el control del intercambio de materias primas, cuestión que se revaloriza al observar la presencia de algunos objetos como las espátulas tipo El Miradero, que si no necesariamente importadas, sí dejan ver el conocimiento de estos objetos tan característicos de los megalitos de la Meseta Norte, la Rioja y el País Vasco, en la Meseta Sur. Así estos caminos, concretamente la Cañada Real Leonesa que atraviesa el país de Norte a Sur, fueron también el conducto utilizado para establecer intercambios que explican la presencia de estos "productos" tanto en el Norte como en el Sur de la Península. Probablemente en esa dinámica de inteiTclaciones Norte/Sur ocupan un papel los elementos procedentes del Sureste que alcanzan el interior de la Península (Martínez Navarrete 1984) y que tantas veces se han barajado para explicar las culturas neolíticas y calcolíticas del País Vasco (Apellániz 1973). Por tanto, una primera visión de los territorios de nuestras sociedades megalíticas propone una amplitud de relaciones dentro de la Península, que diseña culturas dinámicas y no conjuntos cerrados y marginales. Si los nexos con el Norte pueden establecerse como hemos dicho, no es menos cierto que tenemos evidencias de relaciones con el Oeste que se dejan ver en la disposición de las arquitecturas megalíticas (Bueno Ramírez 1991), en las características de las decoraciones (Bueno Ramírez y de Balbín Behrmann 1996), en algunos tipos cerámicos y, en las deposiciones colectivas sin estructura megalítica cuyo referente más claro son los enterramientos documentados en los concheros de la desembocadura del Tajo. A ello se suman determinadas características en las cerámicas decoradas que apuntan al neolítico andaluz (Fernández-Posse 1980), sin olvidar su presencia en áreas del Oeste (Diniz 1996). Este breve diseño de relaciones conecta mejor con la posición geográfica de la Meseta, pues la supuesta inexistencia de población en la zona central obligaba a una circulación perimetral de culturas y gentes que los datos iban haciendo aparecer cada vez más forzada. Los sectores interiores del Tajo y del Duero guardan una posición inmejorable para conectar las particularidades de cada uno de los grupos neolíticos y calcolíticos que se desarrollan en los cuatro puntos cardinales de la Península. Centrándonos en las posibilidades concretas del territorio próximo a los yacimientos megalíticos que ahora nos ocupan, integraremos éstas en el círculo de 5 Km. tomado como referencia mínima en los estudios al uso (Higgs y Vita Finzil972). La finalidad funeraria de nuestros yacimientos no obsta a la consideración de los mismos como yacimientos de habitación, ya sea antes de construir el megalito, ya contemporáneamente al depósito fu- nerario, por lo que éstos serán tratados bajo esa perspectiva (Fig. 6). En lo que hoy sabemos, los megalitos se concentran en el sector Oeste de la provincia en una agrupación que suponemos ficticia, dado que tenemos suficientes evidencias más al interior del Tajo, en Madrid y Guadalajara, para sospechar que una prospección intensiva propondría una situación más amplia de los megalitos toledanos. A ello ha de sumarse la posibilidad de otro tipo de estructuras con enterramientos colectivos, como demuestra el túmulo del Castillejo en un sector más interior de la provincia. Los territorios de dólmenes y túmulo, globalmente considerados, apuntan a una dedicación mixta, si bien las actuales explotaciones agrícolas de regadío junto al Castillejo, disfrazan un tanto la realidad pasada. La dedicación se concreta en cada uno de los monumentos que se explicitan, tanto por su posición altimétrica, como por su relación con sectores de sierra o pie de sierra, sus posibilidades de acceso a tierras de productividad agrícola, su asociación a cursos de agua y a vías de paso, sin dejar de lado otro tipo de materias primas como el cobre que también posee ejemplos de interés en la región (Montero et al. 1990). Disponemos de análisis de fauna en el dolmen de Azután y en el túmulo del Castillejo, así como de análisis polínicos en los mismos yacimientos. A ello podemos añadir la analítica realizada sobre molinos procedentes de los dos ejemplos mencionados. El resto de los monumentos no nos han dado opción a la realización de este tipo de analíticas, pero una visión sobre sus posibilidades de explotación del territorio próximo apunta a una serie de opciones comparables a las que propondremos para el Castillejo y Azután. La permanencia recurrente en un mismo territorio viene avalada por la presencia de materiales campaniformes en todos los megalitos toledanos, lo que nos sirve para argumentar un modelo continuado de explotación del territorio que tiene vigencia en un Calcolítico avanzado. Naturalmente, no podemos negar la existencia de otros modelos de asentamiento en el territorio pero los yacimientos que aquí valoramos plantean que el aprovechamiento mixto, con un peso específico de la dedicación ganadera, no varió sustantivamente en algunos núcleos de población que, en todo caso, demuestran una intensificación progresiva como propone la amplitud de la necrópolis de Valle de las Higueras (Bueno Ramírez et al. 2000a y b). Los dólmenes de La Cumbre (Carrobles et al. 1994) y La Estrella se sitúan en terrenos de pie de sierra en los que la dehesa mediterránea continúa poseyendo un importante papel en el entramado ganadero que sustenta el mayor peso de su economía. La evidencia de poblamiento al aire libre en la proximidad de los monumentos (Bueno Ramírez et al. 1999: 123) e, incluso de poblados con apariencia más estable como el que se sitúa junto al dolmen de la Estrella (Carrobles y Méndez 1991: 8), muy probablemente enraizado en el Neolítico Final, como sucede en próximos sectores de la zona del Tajo (Bueno Ramírez et al. 2000), plantea las áreas funerarias como parte de un territorio en el que los habitats ocupan una situación muy próxima, si no claramente inmediata. Podríamos, pues, establecer tres modelos preferentes en la ubicación de nuestros megalitos: fondo de valle, pie de sierra y un modelo mixto que incluye las dos opciones en un mismo territorio (Fig. 8). Azután, Navalean y el Castillejo muestran la misma tendencia a situarse en fondos de valle, sobre la primera terraza del río, situación muy similar a la de algunos monumentos salmantinos (Delibes y Santonja 1986) que indica la posibilidad de explotaciones de carácter agrícola. Los análisis polínicos de Azután y lo que puede deducirse de la flora acompañante en el caso del Castillejo reconstruyen el paisaje mayoritario en estos territorios como dehesas aclaradas para pastos y para obtener aprovechamientos agrícolas (Fig. 7). Los análisis realizados por J. A. López Sáez y R López García en el dolmen de Azután son muy explícitos. Las muestras tomadas bajo el túmulo del monumento indican que el paisaje predominante en el momento anterior a la construcción era una dehesa con mayor humedad ambiental que la actual y un importante progreso de la fresneda que se corresponde bien con un clima mediterráneo húmedo. La antropización del medio anterior a la implantación del dolmen, se hace evidente en el nivel inicial del relleno tumular, que si bien no presenta material arqueológico refleja un paisaje de encinares abiertos con zonas de pastizal y una importante presencia de Olea europea que interpretan como producto de una densa magma de acebnche en el lugar. El tema del cultivo del olivo ha adquirido en los últimos años carácter propio pues las evidencias de éste en gran cantidad de yacimientos apuntan a su uso doméstico, mientras que las pruebas fehacientes de dicho cultivo (aumento del tamaño de los frutos), se muestran realmente esquivas, por lo que la cuestión se ha resuelto a favor de un cierto consenso sobre su cultivo seguro durante la Edad del Bronce. Aún así, Buxó (1997: 12) plantea la posibilidad de una intervención antigua en el olivo silvestre a raíz de los datos del yacimiento de Can Tintorer. Los trabajos sobre muestras antracológicas de yacimientos neolíticos del Sureste francés Los escasos datos del nivel bajo túmulo de Azután no son nada definitivos, pero se unen a los ya expresados para generar una expectativa convincente acerca del control del acebnche en el contexto de los biotopos de dehesa del Sur de Europa. De este modo, la dehesa y todo su entorno georístico se dibujaría como un manejo antiguo en relación con los orígenes de los sistemas de producción. El nivel de habitación documentado en el túmulo refleja el predominio de encinares abiertos con algún enebro y zonas de pastizal ahora acompañadas de Cerealia, interesante dato que nos permite, por primera vez en el centro de la Península, constatar la existencia de una economía mixta con cultivo de cereal en un estilo muy semejante a la detectada en otros sectores megalíticos peninsulares (Aira et al. 1989). La presencia de harina de bellota en los molinos de Azután y el Castillejo, propone un aprovechamiento intensivo del medio natural en el que la dehesa, como sistema de cultivo, alcanza una dimensión estimable en el conjunto de los recursos económicos. Los interesantes resultados del estudio de paleodieta de Azután que habremos de contrastar con los que se realizen en el Castillejo, confirman los datos que acabamos de exponer. Las reflexiones que propone este estudio serán objeto de otro trabajo en colaboración con G. Trancho y su equipo. A las evidencias agrícolas se suma la detección de Ovis en las cabanas bajo túmulo del dolmen de Azután, además de bóvidos y algún équido que B. Sanchez ha identificado como asno. Ovis y Bos^ también aparecen asociados a los depósitos funerarios de la cámara. En el Castillejo, las espátulas tipo San Martín-El Miradero se han realizado sobre tibias de ovicápridos, reiterando la presencia de estos animales en fechas similares a las del depósito antiguo de Azután. El territorio que ocupa el Castillejo está plagado de asentamientos próximos, muchos de los cuales aún tenemos en estudio. Ya especificamos la situación de la necrópolis de Valle de las Higueras (Bueno Ramírez et al. 2000) y la del habitat anexo al enterramiento. A ello se suman evidencias en casi todos los cerretes de alrededor, algunas de ellas con cerámicas impresas que, como decíamos, aún tenemos en estudio. El Castillejo se ubica en fondo de valle, pero en una situación destacada en el entorno por la propia altura del túmulo y por levantarse a la orilla de una importante laguna, al otro lado de la cual se desarrolló un enorme poblado ocupado durante el Neolítico Final y el Calcolítico, a tenor de las evidencias de superficie. De ser así, los muertos y el habitat del Castillejo serían la implantación más antigua del conjunto humano que habitó el valle durante más de tres milenios de modo ininterrumpido. Los análisis polínicos realizados por J. A. López Sáez y P. López García indican la insignificante presencia de pólenes en las tierras asociadas a los enterramientos de VI milenio BR En las tierras procedentes del área de habitación, especialmente en la cabana de mayor tamaño detectada en el Corte 2 (Bueno Ramírez et al 1999: 153), se advierte un paisaje muy abierto con encinas que podría responder a actividades pastoriles por la presencia de Plantago lanceolata y Urtica dioica. La identificación de ovicápridos como materia prima de las espátulas del Castillejo ratifica la presencia antigua de Ovis en la zona interior, como ya hemos señalado. Entre los árboles destaca el nogal y el pino. Esta última especie no se corresponde con una presencia natural por lo que quizá podría explicarse como parte de la madera quemada, y por tanto, de aporte antrópico, en esta estructura de combustión. Así la explotación del medio ejercida por los pobladores neolíticos del Castillejo parece fundamentalmente la ganadería. El enterramiento anejo a las primeras deposiciones con fecha del IV milenio BP nos propone, además de la continuidad ideológica con los enterrados, la prosecución de los mismos sistemas de vida. Los análisis polínicos de este sector señalan la presencia de un paisaje abierto, muy deforestado, con pólenes de pino de carácter regional que probablemente procederían del Sistema Central. La presencia humana se adviertQ en el aporte orgánico de nutrientes y en la existencia de plantas Compuestas que denotan actividades varias, muy posiblemente relacionadas con el cultivo y la ganadería. HABITATS Y ENTERRAMIENTOS NEOLÍTICOS AL INTERIOR DE LA PENÍNSULA El trabajo desarrollado en los últimos años en la Meseta permite proponer una valoración de los primeros momentos del megalitismo interior en los que éste auna áreas de habitación con estructuras 1999), se enriquece con las que ahora aportamos de la Meseta Sur para dibujar un panorama sobre el Neolítico Medio y Final de las zonas interiores de las cuencas del Tajo y del Duero, en el que sus manifestaciones no quedan nada alejadas cronológicamente de las situadas en los sectores occidentales de ambos ríos. El estado de arrasamiento de las cabanas bajo túmulo del dolmen de Azután o del túmulo del Castillejo, coincide con la continuación del habitat junto al monumento funerario, al igual que está constatado en los túmulos de la Mina y de Rebolledo (Delibes y Rojo 1997: 398). Algunos de los yacimientos mencionados disponen de fechas C14 que sitúan las cabanas bajo túmulo en el VI milenio BP, conformando un buen argumento para valorar la importancia del habitat al aire libre en la zona que nos ocupa durante una fase consolidada del Neolítico (Fig. 8). La sospecha, cada vez más fundada, de que los monumentos funerarios son una evidencia a la que se asocian áreas de habitación, dibuja el megalitismo de las zonas interiores al que nos estamos refiriendo, como el dato más claro que hoy tenemos de asentamientos al aire libre en una región en la que los análisis de este tipo de yacimientos eran escasos. Así a los habitats en cueva, supuestamente definidores de los grupos neolíticos interiores, habríamos de sumar un importante cúmulo de yacimientos al aire libre presididos por monumentos funerarios que conforman una idea del territorio y de la población neolítica interior absolutamente inédita. La variedad de sus arquitecturas plantea un polimorfismo en el que deben concillarse influencias externas de rápida implantación, que sólo se explican en ágiles sistemas de interacción de raíces antiguas, junto con interpretaciones locales. Entre las primeras situaríamos arquitecturas como Azután con reminiscencias beiranas y alentejanas, al igual que una gran parte del megalitismo interior, o los túmulos sin estructura megalítica como el del Castillejo, tan similares a los depósitos funerarios de algunos concheros de la cuenca occidental del Tajo. Entre los segundos, los redondiles y las arquitecturas de adobe de la Meseta Norte, probablemente interpretaciones locales de las cámaras megalíticas. Si las fechas para el inicio de los asentamientos dolménicos bajo túmulo se sitúan sin mucha dificultad en el VI milenio BP, disponemos de datos más antiguos, del VII milenio BP, como los de la Velilla (Delibes y Zapatero 1996), los de los yacimientos Sorianos (Kunst y Rojo 1999) o los del yacimiento cacereño de los Barruecos (Cerrillo et al 2002) que nos permiten afirmar que los megalitos no constituyen la primera ocupación neolítica del territorio interior, sino que éstos se asientan en poblaciones anteriores que debieron poseer mayor calado demográfico del que los escasos datos de que ahora disponemos, señalan. Las fechas antiguas de la Velilla y de Ambrona, certifican la presencia de habitats al aire libre en momentos contemporáneos al desarrollo de yacimientos tan clásicos como Co va de l'Or. Lo que sabemos acerca de las fechas de los megalitos interiores, sitúa sus inicios en el VI milenio BP, en sus primeras centurias si tenemos en cuenta las de Valdemuriel (Delibes y Rojo 1987) y las antiguas de Azután y El Castillejo o en las centurias finales, si valoramos las arriba mencionadas de Velilla, Azután, o la Mina. Sea como fuere, lo que está claro es que las fechas a las que nos referimos coinciden con las de la Fase 2 de la Vaquera: 5800 ± 30 BP (GrN-22929) y 4850 ± 80 BP (GrN-23560) (Estremera 1999:249), tanto en sus momentos más antiguos, como en los más recientes, como corroboran las fechas del nivel T. P., 59, n." 2, 2002 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es I de la cámara de Azután y la de la cabana del Castillejo. De este modo, se define bien un Neolítico Medio y Final en el que aún aparecen especies cardiales junto con incisas y bordes con surco, asociadas a una industria lítica de sustrato en la que los geométricos continiían detentando un protagonismo manifiesto. Durante su desarrollo, se detectan en la Meseta dólmenes, túmulos sin estructura megalítica, redondiles, poblados al aire libre y cuevas. La presencia en los habitats de animales domésticos y de agricultura, junto con cerámica e instrumentos pulimentados, corrobora su adscripción a grupos de economía mixta que se desarrollan en un ambiente de dehesa, ambiente que podemos definir como un cultivo especializado de algunos sectores mediterráneos y atlánticos, en los que terrenos pobres para la agricultura sí resultan beneficiosos para el mantenimiento de una cabana conformada por ovicaprinos, bóvidos, y, probablemente suidos, aunque no los tenemos documentados en los yacimientos toledanos. Estos habitats al aire libre del Neolítico meseteño no son únicos de la zona interior y están comenzando a documentarse en la cuenca occidental del Tajo, caso de Pena d'Agua (Zilhao y Carvalho 1996), con una fecha próxima a la del nivel bajo túmulo de Azután: 5180 ± 240 BP (ICEN-1147) y con materiales muy similares como bordes con surco, cerámicas impresas, incisas y a la almagra y útiles líticos de sustrato. Lo mismo sucede en la cuenca del Guadiana con los núcleos de habitación que se están localizando junto a los monumentos megalíticos de Reguengos de Monsaraz (Gonçalves y Sonsa 2000). La reiteración en el uso de los mismos lugares se constata en Azután con la presencia de campaniforme marítimo y en el Castillejo, donde además de enterramientos campaniformes en el túmulo, disponemos de un enorme habitat, el del Fontarrón y de una espectacular necrópolis de cuevas artificiales bien datadas en el IV milenio BP. Las poblaciones de las que hablamos son, por tanto, grupos asentados en el mismo tenitorio desde fechas antiguas del neolítico y constituyen una sólida base demográfica que relativiza sobremanera las propuestas de marginalidad cultural, que se habían sostenido sobre la base de una escasa demografía en los sectores interiores de la Península Ibérica. AIRA RODRÍGUEZ, M. J.; SAA OTERO, R y TABOADA CASTRO, T. 1989: Estudios paleobotánicos en yaci-mientos arqueológicos de Galicia. APELLANIZ, J. M. 1973: Corpus de materiales de las culturas prehistóricas con cerámica del País Vasco meridional Munibe. BUENO RAMÍREZ, R 1988: Los dólmenes de Valencia de Alcántara. Excavaciones Arqueológicas-en España 159. Madrid. -1990: "Megalitos en la submeseta Sur: la provincia de Toledo". / Congreso de Arqueología de la Provincia de Toledo: 126-162. Toledo. -1991: Megalitos en la Meseta Sur: los dólmenes de Azután y La Estrella (Toledo). 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Se presenta un análisis arqueoastronómico de la orientación de las estructuras arquitectónicas así como del horizonte que rodea a 16 yacimientos ibéricos de carácter religioso y funerario. Siete de los lugares estudiados (un 44%) presentan relaciones astronómicas relevantes, principalmente con el orto u ocaso solar en los equinoccios. Por otra parte, se obtiene que la mayoría de los edificios de culto ibéricos no domésticos se encuentran orientados hacia la zona del horizonte donde se producen los ortos del sol (o la luna). Este patrón de orientaciones es similar al mostrado por los templos griegos, los africanos prerromanos y quizás también los púnicos y fenicios, pero diferente al romano y al etrusco. El estudio del movimiento y de los cambios de apariencia de los astros permite establecer secuencias temporales de distinta duración como el ciclo día-noche, el de las fases de la Luna (origen del mes), o el ciclo del movimiento del Sol (base del año solar). Está claro, y posiblemente así lo ha sido para el ser humano desde la más remota antigüedad, que el ciclo solar anual regula el ciclo vegetativo de la naturaleza, por lo que la ordenación y previsión de las tareas agrícolas y ganaderas pasa, necesariamente, por la familiarización con los movimientos periódicos del Sol sobre la bóveda celeste. La necesidad de un calendario no obedece sólo a razones fundamentales para la supervivencia de una sociedad, como la ordenación de la actividad económica y productiva, sino también a razones religiosas y rituales y como herramienta de demostración de poder y de "control" de la naturaleza por parte de las jerarquías políticas y religiosas. Por medio de la arqueología y las fuentes escritas sabemos que la cultura ibérica era una sociedad compleja, dominada por una élite principesca, cuyas actividades económicas principales eran la agricultura y la ganadería. Por otra parte, su génesis se produce debido al contacto directo con culturas orientales como la fenicia y la griega que disponían de calendarios y de un conocimiento astronómico elevado (mucho mejor conocidos en el caso del mundo griego). Por todo ello, no creemos aventurado suponer que la cultura ibérica adquirió unos ciertos conocimientos astronómicos bien por desarrollo propio o por influencia foránea. Es probable que si los aspectos astrales formaron parte del mundo religioso y ritual ibérico, éstos se incluyeran de alguna forma en el diseño de sus construcciones religiosas y funerarias, como de hecho se ha constatado en diferentes culturas de la antigüedad. Esta es la hipótesis que pretendemos comprobar. El presente artículo es el primer trabajo arqueastronómico extenso realizado hasta la fecha sobre la cultura ibérica. Nos hemos centrado principalmente en el estudio de santuarios y templos (en el futuro incidiremos en las necrópolis) por ser el tipo de yacimientos donde la astronomía podría jugar un papel en su localización y orientación, en razón directa al grado de importancia que tuviesen los aspectos celestes en el rito y en la religión de sus constructores, algo que todavía desconocemos. METODOLOGÍA Y OBTENCIÓN DE DATOS Los datos se obtuvieron directamente sobre los yacimientos y se refieren a dos aspectos: la orientación de los elementos arquitectónicos del yacimiento y la posición relativa de los distintos rasgos llamativos del horizonte local (picos de montañas, muescas, escalones naturales llamativos, otros yacimientos conectados visualmente). Cada dato de orientación, tanto para un elemento arquitectónico como del horizonte, viene determinado por dos coordenadas: el acimut geográfico (distancia angular horizontal respecto al norte geográfico) y la altura (distancia angular en direc-ción perpendicular a la línea del horizonte). Ambas coordenadas se obtuvieron con una brújula de precisión y un clinómetro portátil. Los acimutes geográficos se obtuvieron a partir de las medidas de la brújula (que proporciona acimutes respecto al norte magnético) corregidas por la declinación magnética (5^^J. En la mayor parte de los casos, la obtención de la declinación magnética se realizó midiendo el acimut de cotas bien identificadas del horizonte y comparando con el acimut obtenido para esos mismos elementos sobre mapas detallados del Servicio Geográfico del Ejército con escala 1:50.000. En algunos casos particulares, la declinación magnética también se obtuvo mediante la observación de la posición del sol en su orto u ocaso desde el mismo yacimiento, comparando el acimut medido por la brújula y el geográfico esperado según la posición del sol en ese momento (obtenida por interpolación del Almanaque Náutico publicado anualmente por el Real Instituto y Observatorio de la Armada en San Femando). La declinación magnética es diferente en distintas zonas geográficas, varía con el tiempo y además puede tener variaciones locales dependiendo de los materiales geológicos del suelo, por lo que siempre es aconsejable determinarla en cada yacimiento. Una vez determinada la declinación magnética, el paso de acimut magnético medido, A'^, a acimut geográfico, A^, es simplemente: La precisión de las medidas se estima en ±30" (0,5°) en acimut y ±10" en altura (h) para los elementos del horizonte. En el caso de orientación de edificios, la precisión viene determinada principalmente por su estado de conservación y la regularidad de sus paredes y puede llegar a ser de varios grados. Una vez tenemos los acimutes geográficos de todos los elementos medidos pasamos a su análisis astronómico. El primer paso es relacionar los pares A^ y h (llamadas coordenadas horizontales) de los elementos escogidos con la posición de ortos u ocasos de astros a través de una sencilla transformación de coordenadas que nos pasa de coordenadas horizontales a coordenadas celestes: ascensión recta (a) y declinación (6). La ascensión recta la podemos definir como la "longitud" de un astro respecto a un punto fijo del ecuador celeste, el denominado "punto aries" que corresponde a la intersección (nodo ascendente) entre el plano de la eclíptica con el Tab. Datos sobre las orientaciones encontradas. La segunda coordenada, la declinación, es la "latitud" de un punto en el cielo respecto al ecuador celeste. En nuestro análisis sólo nos interesa conocer la declinación, pues esta coordenada es la que nos define trayectorias diferentes sobre la bóveda celeste. En nuestros cálculos hemos considerado los efectos de la refracción atmosférica a alturas pequeñas sobre el horizonte, que afecta a la altura aparente de un astro y a la declinación asociada a éste (Aparicio et al. 2000; Schaefer 2001). En nuestro caso, hemos buscado relacionar los elementos del horizonte llamativos o adonde "apuntan" las construcciones con puntos singulares del movimiento periódico del Sol y la Luna, pues son éstos los astros que podrían tener a priori una mayor importancia simbólica. En el caso del Sol: los solsticios de invierno (cuando el Sol sale y se pone por su posición más meridional, en el caso de un observador en el hemisferio norte) y de verano (Sol en su posición más septentrional) y los equinoccios (Sol en la línea este-oeste). En el caso de la Luna podemos definir cuatro puntos que corresponden a los lunasticios mayores y menores norte y sur. Son especialmente relevantes los lunasticios mayores, pues corresponden a los puntos más al norte y sur donde podemos ver salir o ponerse a la Luna. No consideramos los planetas, pues al moverse en planos casi coincidentes con el del Sol o la Luna no podemos distinguir de forma clara si una orientación está dirigida realmente hacia un planeta o a uno de los otros dos astros. En el presente trabajo tampoco consideraremos orientaciones hacia estrellas debido a su ambigüedad. La posición de las estrellas sobre la bóveda celeste cambia con el tiempo debido a la precesión de los equinoccios (que no afecta a las posiciones solares y lunares antes mencionadas) por lo que necesariamente necesitamos la datación del yacimiento y además tenemos que elegir entre multitud de estrellas cuya posición ajusta a la orientación medida en el intervalo de tiempo de uso del edificio. Por otra parte la altura sobre el horizonte a la que comienza o termina a distinguirse una estrella después de su orto (u ocaso) depende fuertemente de su brillo y de las condiciones atmosféricas locales. En la presente sección describimos los resultados obtenidos para cada uno de los 15 santuarios ibéricos estudiados. Los yacimientos se han separado en tres grupos. El primer grupo comprende los yacimientos en que hemos encontrado relaciones astronómicas relevantes y donde consideramos una mayor probabilidad de intencionalidad. El segun-do grupo comprende los yacimientos en que hemos encontrado resultados astronómicos que no parecen relevantes, o bien que pudieran serlo bajo ciertas condiciones debido a la falta de datos precisos. A este grupo lo denominamos cgmo de relación astronómica "posible". Finalmente, el tercer grupo engloba a aquellos yacimientos donde no hemos encontrado ninguna relación solar o lunar de interés. Un resumen de los resultados más importantes para cada lugar arqueológico se muestra en la tabla 1. Santuarios con relación astronómica relevante El depósito votivo de El Amarejo Este asentamiento ibérico se encuentra situado sobre un cerro amesetado dentro del término municipal de Bonete (Albacete). El yacimiento ha sido excavado parcialmente en varias campañas por Broncano y Blánquez (1985), que encontraron evidencias de que el lugar ya se encontraba ocupado desde la Edad del Bronce. El hallazgo arqueológico más significativo ha sido el de un depósito votivo de unos cuatro metros de profundidad y situado justo en el borde oriental de la cima del cerro (Broncano 1989). El depósito ha suministrado multitud de hallazgos cuya tipología indica claramente su carácter ritual, posiblemente dedicado a una diosa protectora de las actividades femeninas. Inmediatamente al oeste del depósito se encuentran los restos de un edificio de varias estancias que ha sido interpretado por los excavadores como la vivienda del personal encargado del santuario, aunque Almagro-Gorbea y Moneo (2000: 51) comentan que el denominado departamento 1 del complejo pudiera corresponder incluso a la celia del santuario. El análisis de la cerámica encontrada en el yacimiento indica que el depósito se utilizó hasta finales del siglo III o principios del II a.C. (Broncano 1989:34). Resultados arqueoastronómicos preliminares han sido publicados en Esteban (1999Esteban (,2001)). El horizonte visible desde el emplazamiento del depósito votivo es muy amplio, abarcando toda la mitad oriental. Sin lugar a dudas el elemento topográfico más llamativo que se divisa es la cercana montaña Chinar, situada a 2,7 km de distancia y con unos 200 m de altura sobre la llanura circundante (ver Lám. El análisis de las coordenadas de la cumbre de la montaña nos indicó que la salida del sol en o muy cerca de los equinoccios debería pro- ducirse justo sobre este elemento. Debido al mal tiempo sólo fue posible observar la salida del Sol el día 19 de marzo. Dicha fecha correspondía con el día previo al equinoccio de primavera, por lo que el Sol, al amanecer, se encontraba ligeramente al sur (8 = -0°25', algo menos de un diámetro solar) de su posición en el equinoccio (5 = 0°). En este momento pudimos contemplar y fotografiar el disco solar emergiendo ligeramente al sur de la cúspide de Chinar (ver Lám. Estimamos que al amanecer del 20 de marzo (día del equinoccio) el Sol saldría aproximadamente un diámetro solar más al norte, por lo que coincidiría con la cumbre de la montaña. Otro fenómeno más llamativo si cabe se produciría al amanecer de los días 21 y 22 de marzo (los dos días inmediatamente posteriores al equinoccio de primavera). En estos momentos, el Sol se habría desplazado cerca de dos y tres diámetros solares respectivamente más al norte de su posición observada del 19 de marzo (5 = +0°22' y +0°46' para cada fecha), por lo que el orto se produciría cercano a la parte inferior de la ladera norte de Chinar y el disco solar iría "deslizándose" semiescondido de forma prácticamente tangente a dicha ladera (la trayectoria del sol sigue un ángulo de unos 39° respecto de una línea vertical imaginaria, mientras que la inclinación de la ladera es de unos 48°, ver Lám. Hay que tener en cuenta que el sol pasa dos veces al año por estos puntos del horizonte, por lo que en el equinoccio de otoño (alrededor del 22 de septiembre) tendríamos los mismos fenómenos aunque el desplazamiento de la posición del orto solar sobre el horizonte de un Lám. Representación de la trayectoria del borde septentrional del disco solar en tres días consecutivos alrededor del equinoccio, tal y como puede verse desde el depósito votivo de El Amarejo. El 19 de marzo (fecha en que se tomó la fotografía), día anterior al equinoccio de primavera, el sol sale ligeramente (algo menos de un diámetro solar) al sur de la cúspide de la montaña. El 20 de marzo, equinoccio de primavera, el sol sale justo por el borde norte de la montaña. El 21 de marzo, día posterior al equinoccio y punto medio temporal entre ambos solsticios (ver texto), el sol sale realizando un llamativo «deslizamiento» sobre la ladera norte de Chinar; la trayectoria es prácticamente tangente a la ladera. día para otro se realiza en sentido contrario: de norte a sur. En este segundo momento del año tendríamos la siguiente secuencia: los dos días inmediatamente anteriores al equinoccio el Sol saldría por la ladera norte realizando el llamativo "deslizamiento" sobre ella; el día del equinoccio el Sol aparecería por la cumbre y, finalmente, el día posterior, el amanecer se produciría de forma similar a la observada el 19 de marzo. Hay que hacer notar que estos fenómenos no serían visibles de igual forma y en las mismas fechas si uno se mueve varias decenas de metros al norte o al sur de la posición del depósito votivo, por lo que, dentro de la hipótesis astronómica, la observación del fenómeno pudo ser el motivo (o uno de los motivos) de la elección del emplazamiento del santuario. Hay que hacer notar que la posición de los equinoccios no ha variado desde la época ibérica hasta la actual, por lo que el fenómeno sigue siendo visible de forma prácticamente idéntica. Los hechos relatados nos sugieren que quizás el santuario de El Amarejo tuvo una utilidad astronómica para la determinación de los equinoccios o que en él se aprovechaba la hierofanía astronómica como un elemento del ritual que se llevaba a cabo en ese momento del año. Afortunadamente, los resultados de las excavaciones nos dan algunos argu-T. P.,59,n."2,2002 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es mentos que apoyan nuestra hipótesis. En primer lugar, los excavadores encontraron que las ofrendas incineradas del depósito estaban distribuidas en capas aparentemente periódicas, lo que sugiere que los rituales se realizaban en momentos determinados del año (Broncano 1989: 33). Uno de los objetos más comunes en las ofrendas eran las bellotas que, según Broncano (1989: 33), conservaban todavía su "caperuzón", lo que indica que estaban aún algo verdes o a medio madurar. Teniendo en cuenta el desarrollo de las bellotas en el área que nos ocupa, dicho autor sugiere que el ritual del santuario se llevaría a cabo anualmente en otoño, posiblemente a principios de octubre. Este resultado es consistente con nuestra propuesta en el caso de que el ritual se realizase en el equinoccio de otoño o una fecha muy cercana a éste. Finalmente, queremos comentar que Almagro-Gorbea y Moneo (2000:49) indican que el edificio anexo al depósito votivo está orientado hacia el orto solar en el solsticio de invierno. Este resultado se basa en el azimut magnético, lo que proporciona una gran incertidumbre. Nuestras medidas corregidas por declinación magnética indican que las paredes del edificio anexo al depósito apuntan, dentro de la incertidumbre, a la posición de la luna en el lunasticio menor sur, aunque esta relación puede ser casual dado lo difícil que resulta determinar esta posición lunar y su escaso interés práctico (Aparicio et al 2000: 32-36; Belmonte 1999: 268-270). El santuario de La Serreta Trayectoria del centro del disco solar el día del equinoccio de otoño de 1996 (23 de Septiembre) y la correspondiente al punto medio temporal entre ambos solsticios. En este último caso, el orto solar se produce justo en el centro de la zona visible de la Sierra de Aixorta (foto: Emilio Cortell). Llobregat y otros (1992) correspondiera realmente al santuario, proponiéndose que éste se encontraba en las cercanías del vértice geodésico situado en la cumbre de la montaña (situado a unos 70 m al oeste). El estudio de Esteban y Cortell (1997) asumía la propuesta de Llobregat y otros. En este punto es necesario comentar que los resultados sobre el marcador equinoccial sobre la Sierra de Aixorta, así como los demás resultados referidos a ortos solares o lunares sobre elementos del horizonte, son aplicables también desde cualquier punto de observación situado sobre la cresta de la montaña de La Serreta debido a su peculiar orientación casi paralela al eje este-oeste y a la lejanía del horizonte, tal y como como pudimos comprobar con medidas directas. Esteban y Cortell (1997) encontraron un posible marcador de los equinoccios en este yacimiento, pues el orto solar se produce sobre la Sierra de Aixorta (elemento distante del horizonte oriental) durante unos 6 días alrededor de los equinoccios. Las imágenes obtenidas indican que el orto se realiza sobre el centro del perfil visible de la citada sierra cuando el Sol se encuentra a 0==Í+0°45', posición que alcanza unas 45 horas después del momento exacto del equinoccio de la primavera o después del equinoccio de otoño (ver Lám. III), momento en el que también se produce el "deslizamiento" del disco helíaco sobre la ladera norte de la montaña Chinar para un observador situado en El Amarejo. En distintos trabajos recientes (Gusi 1997; Oleína Doménech et al 1998) se plantearon dudas de que el basamento atribuido al edificio sacro por El santuario de La Carraposa Este santuario ibérico al aire libre se encuentra en la ladera sureste del cerro de La Carraposa. El horizonte levante se encuentra completamente libre y domina visualmente toda la hoya de Xátiva, incluida la antigua Saitabi. Las prospecciones y excavaciones arqueológicas llevadas a cabo desde 1997 a 1999 por Pérez Ballester y Borredá Mejías han proporcionado más de un centenar de fragmentos de terracotas representando en su mayor parte a équidos. Los materiales indican que la cronología del yacimiento es bastante tardía, entre el siglo II y primera mitad del I a.C. (Pérez Ballester y Borredá Mejías, e.p.). El análisis completo de este yacimiento se presenta en Pérez Ballester y Borreda Mejías (e.p.). El resultado más llamativo es que el orto solar cerca de los equinoccios (ô~+0°35') se produce justo sobre el pico del Mondúber, la montaña más alta del horizonte oriental. Además, este pico se encuentra flanqueado por otros dos también cónicos, más cercanos y de altura angular similar: El Pico de Peñalba, al norte, y el Alto del Picayo, al sur; ambos picos se encuentran separados casi la misma distancia angular (alrededor de 2° y 1,7° respectivamente) del Mondúber, lo que hace que 4 días antes y después de cada uno de los equinoccios el sol tenga su orto por alguno de estos picos adyacentes, por lo que tendríamos unos excelentes indicadores de la proximidad de los equinoccios. Este marcador equinoccial es muy similar al encontrado en La Serreta, que se encuentra a unos escasos 36 km de distancia en línea recta. El santuario de El Cigarralejo El santuario de El Cigarralejo está situado sobre un cerro cercano a la importante necrópolis del mismo nombre dentro del término municipal de Muía (Murcia). El edificio, excavado por Cuadrado Díaz (1950), tiene planta rectangular alargada y consiste en varias estancias conectadas por un pasillo común. Su entrada, de pequeñas dimensiones, se encuentra en el extremo noreste del edificio. Durante las excavaciones se encontró un depósito subterráneo en el extremo suroeste del santuario que proporcionó numerosas esculturas de caballos y otros equinos, así como algunas figuras humanas. El santuario se ha datado entre los siglos IV y II a.C. La orientación del eje mayor del edificio muestra una doble relación astronómica (ver Lám. La dirección hacia la que "mira" la entrada del edificio sobre el horizonte local corresponde al orto de un cuerpo celeste con ô=+28±l° coincidente, dentro de la incertidumbre, con la posición de la Luna en el lunasticio mayor norte, el punto más septentrional que puede alcanzar el orto de la Luna (ô=+28,8° en el siglo III a.C). Por otra parte, en la dirección opuesta (suroeste) la altura del horizonte es mayor, pues el eje mayor del edificio apunta hacia la cumbre del cerro, por lo que el santuario se encuentra alineado también al ocaso de un cuerpo celeste con ô=-23± 1 °, que coincide con la posición del sol en el solsticio de invierno (6=-23,7°). Por razones de geometría orbital, la Luna llena más cercana al lunasticio mayor norte se alcanza también Lám. Vista parcial de los horizontes oriental y occidental que rodean al santuario extraurbano de El Cigarralejo. Las flechas rotuladas como EQ, SV y SI indican la posición del orto u ocaso solares en los equinoccios, el solsticio de verano y el solsticio de invierno respectivamente. Las flechas largas indican las posiciones adonde apunta el eje mayor del edificio en la dirección de ambos horizontes. Las flechas cortas indican el lugar donde se produce el orto lunar en el lunasticio mayor norte (horizonte este) y el ocaso lunar en el lunasticio mayor sur (horizonte oeste). en las cercanías del solsticio de invierno, por lo que, en dicho momento, tendríamos ambos cuerpos celestes alineados simultáneamente con el eje mayor del edificio. Este doble alineamiento se alcanzaría cada 18,6 años (ciclo de regresión de la línea de los nodos Aparicio et al. 2000: 32). El poblado ibérico de la Illeta des Banyets se encuentra situado en una pequeña península en El Campello (Alicante). Dentro del yacimiento se encontraron dos posibles templos que han sido excavados por Llobregat (1985). El edificio de mayor tamaño y complejidad, el denominado templo A, será discutido más adelante (sección 3.3.2). El más pequeño, el templo B, situado a escasos metros al oeste del anterior, es una estructura a cielo abierto con planta cuadrada y con su entrada orientada hacia el horizonte sureste. Según Llobregat, el templo estuvo dedicado a una diosa de los muertos y la fecundidad. La cronología del conjunto iría desde el último cuarto del siglo V hasta finales del siglo IV a.C. Nuestras medidas nos indican que la entrada del templo B apunta al orto de un cuerpo celeste con El templo de Ullastret Este edificio de culto se encuentra en la parte más alta del poblado ibérico de Ullastret situado en el Puig de Sant Andreu (Gerona). Es el único yacimiento ibérico fuera del área sureste del que tenemos medidas directas. Se trata de un templo rectangular in antis, con su entrada orientada al este y que fue destruido en el siglo III a.C. (Miró i Alaix 1990). En su interior se encontraron máscaras votivas relacionables con motivos y costumbres griegas. Miró i Alaix ( 1990) sugiere que el templo estaría dedicado a alguna divinidad relacionable con cultos a la fertilidad. Según nuestras medidas, la disposición y orientación de las distintas paredes del templo se realizó de forma muy cuidadosa. La entrada del edificio apunta al orto de un astro situado a ô=+23,5±0,7°, posición que coincide, dentro de las incertidumbres, con la posición del Sol en el solsticio de verano en la época de uso del templo (8 = +23,7°). Santuarios con relación astronómica posible El templo de La Alcudia En el actual yacimiento de La Alcudia de Elche tenemos uno de los templos ibéricos conocidos más antiguos del sureste, de clara tipología semítica (Ramos Fernández 1995: 13). El edificio se encontró debajo de las ruinas de una basílica paleocristiana, en el extremo sur del yacimiento. Según Ramos Fernández (1995), el santuario estaría dedicado al culto de una divinidad femenina de la fecundidad. En la lámina V mostramos una fotografía de la reconstrucción del templo que se levanta apenas unos metros al sur de su verdadero emplazamiento. El edificio presenta dos entradas, una orientada al sur, aparentemente la principal, y otra abierta en una estancia o torre adosada al extremo noreste del templo y que mira hacia el este. Debajo de este segundo acceso se encontró un depósito fundacional ifavissa) con diverso material cerámico ibérico arcaico, lo que le confiere una especial relevancia, quizás ritual. La torre o habitación adosada dispone de otra abertura que conecta con la estancia principal del templo (fase B, reciente) o a una tercera estancia intermedia en la fase A (arcaica). Todas estas aberturas (dos en la fase B y tres en la fase A) se encuentran orientadas hacia levante. Debido a que el edificio original se volvió a enterrar, fue imposible obtener medidas de la orientación del propio edificio. En su lugar disponemos de varios datos indirectos: la reconstrucción (de la que no podemos estar seguros si se respetó estrictamente la misma orientación que el original), los planos publicados (en donde no se indica si el norte es el magnético o el verdadero) y la indicación verbal por parte del excavador de que la orientación del templo es coindidente con la de la basflica paleocristiana que se construyó encima (Ramos Fernández 1995, comunicación personal). Tomando como referencia esta última indicación, asignamos el promedio de la orientación de las paredes norte y sur de la basflica (eje mayor del conjunto) como orientación de las paredes norte y sur del templo ibérico. Como resultado obtenemos que la entrada abierta en el anexo del templo está orientada a A^=96,5°. Aunque la dirección a la que apunta no es estrictamente equinoccial, no podemos eliminar la posibilidad de alguna relación con este evento astronómico (ver Lam. Por ejemplo, el desplazamiento anual de la proyección de la luz solar sobre elementos de la pared oeste (donde pudo existir un banco corrido con esculturas según Ramos Fernández) pudo haber sido utilizado para marcar fechas importantes del calendario. El santuario de Coimbra del Barranco Ancho La existencia de un santuario en el yacimiento ibérico de Coimbra del Barranco Ancho (Jumilla, Murcia) fue propuesta por García Cano y otros (1991 -92) debido al hallazgo de fragmentos de figuras de terracota repartidas por las laderas de un cabezo al este del Cerro del Maestre, donde se sitúan un poblado y tres necrópolis. Dichas figuras parecen corresponder a versiones locales de los pebeteros con representación de cabeza de Deméter tan exten- Lám. V. Vista parcial de la reconstrucción del templo ibérico de La Alcudia de Elche. La fotografía muestra la entrada oriental vista desde la pared interior oeste, sobre la que existía un banco corrido. En la esquina inferior derecha se ve parte del altar. Esta entrada está orientada cerca del orto solar de los equinoccios. La flecha muestra que el sol del amanecer pudo iluminar el interior del templo a través de la abertura en fechas cercanas a los equinoccios. El seguimiento anual de la posición de la zona iluminada sobre la pared oeste pudo haber sido utilizado como indicador calendárico. El cuadro superior muestra la fachada este del templo. VL Vista parcial de los horizontes oriental y occidental que rodean el lugar de localización que proponemos para el santuario al aire libre de Coimbra del Barranco Ancho (ver texto). Las flechas rotuladas como EQ y SV indican la posición del orto u ocaso solares en los equinoccios y el solsticio de verano respectivamente. El orto solar en los equinoccios y fechas cercanas a éste se produce sobre la montaña de El Carche, la más alta de toda la zona. El ocaso en los equinoccios (d~-i-0,3°) se produce sobre el lejano Pico de Tienda que se encuentra en segundo término (ver ampliación en el recuadro de la izquierda). didos por todo el área ibérica. La cronología que se asigna a las figuras va desde mediados del siglo IV a principios del siglo II a.C. Según las indicaciones de García Cano y otros (1991-92) lo más probable es que los restos provinieran de "unsifavissa o acaso vertedero" situado en el extremo sur del cabezo. Debido a la inexistencia de restos arquitectónicos sólo pudimos realizar el análisis de los elementos relevantes del horizonte. En primer lugar obtuvimos medidas desde el promontorio donde se encontraron las terracotas, aunque no encontramos ningún resultado de interés. Nos llamó la atención que a unos 200 m al norte del promontorio y sobre el punto más alto del mismo cabezo se encuentra una cruz. Teniendo en cuenta que en algunos casos estos elementos son testigos de antiguos actos de cristianización de lugares de culto antiguos, también realizamos medidas sobre dicho punto. El horizonte que se divisa desde la cruz es más amplio, sobre todo hacia el este, en donde se encuentra el Carche, la montaña más alta de toda la zona ( 1.372 m s.n.m.), y que no es visible desde el promontorio del sur. Las medidas tomadas indican que la zona superior y relativamente plana del perfil de El Carche ocupa una franja de declinación que va desde +3° a -1,5°, correspondiendo este último valor a la cumbre de la montaña (ver Lam. Es significa-tivo que el punto medio de estos dos valores corresponde a +0,75° (+0°450 justo la posición que indican también los marcadores de La Serreta y La Carraposa. Por otra parte, hacia el oeste podemos ver el pequeño Pico de Tienda sobresaliendo ligeramente por detrás del perfil suave y extenso de la Sierra del Molar, nuestras medidas indican que sobre este pico (que apenas ocupa 1/3°) se produce el ocaso de un astro con ô = +0,3°, por lo que el ocaso solar en los equinoccios también se produciría por un lugar relativamente llamativo del horizonte proporcionando un marcador adicional muy preciso. Como vemos, el lugar tiene un potencial astronómico significativo, siempre y cuando la localización exacta del santuario fuese cercana a la cumbre del cabezo donde actualmente se encuentra la cruz y no donde se encontraron las terracotas. Este hecho es obviamente un problema, pero la presencia de vertederos fuera de los edificios de culto es algo común en el mundo ibérico, como por ejemplo en La Serreta o en Castellar de Santisteban. El posible edificio cultual de La Escuera Este edificio, situado en el poblado ibérico de La Escuera (San Fulgencio, Alicante), fue excavado parcialmente por Nordstrom ( 1967). La cronología asignada al poblado va desde los siglos IV al II a.C. (Abad y Sala 1997). La estructura del presunto santuario es muy complicada con no menos de 8 departamentos y cámaras semisubterráneas. Aunque Abad y Sala (1997) comentan la carencia de un eje lineal característico en el edificio, creemos que los distintos departamentos se encuentran orientados siguiendo un entramado regular según dos ejes perpendiculares relativamente bien definidos. Medimos la orientación de aquellas paredes mejor conservadas y regulares, que coincidieron con las paredes norte, este y oeste del "departamento e" y el lienzo de muro perpendicular que sale de su pared oriental y se introduce en el denominado "departamento f'. No conocemos donde se encontraba la entrada del recinto pero si, como hipótesis, admitimos que se encontraba situada a levante, como ocurre en la mayor parte de los santuarios ibéricos (ver sección 4), encontramos que el eje suroeste-noreste apuntaría al orto de un cuerpo celeste con ô=+ 25 ±2°, orientación consistente con el orto solar en el solsticio de verano (Ô=+23,7°). Hay que hacer notar que esta misma orientación es la que presenta el templo de UUastret y similar a la que muestran el santuario de El Cigarralejo y el conjunto 5 de La Bastida. El santuario del Cerro de los Santos El santuario del Cerro de los Santos (Montealegre del Castillo, Albacete), conocido desde mediados del siglo XIX, es uno de los ejemplos más representativos de lugares de culto ibéricos, aunque nada nos queda del edificio original. En nuestras repetidas visitas al lugar no hemos encontrado ningún resultado de interés astronómico relacionado con el horizonte que rodea el yacimiento. El plano del antiguo templo publicado por Savirón (1875) y reproducido en múltiples trabajos posteriores muestra que el eje mayor del templo estaba orientado prácticamente en dirección oeste-este, con la entrada apuntando a levante, aunque desconocemos la precisión con el que se realizó el plano y si el norte que se representa es el geográfico o el magnético. ha sido interpretado como posible edificio cultual por Dies Cusi y Alvarez García (1997). Se halla situado en la parte más alta del yacimiento y se divide en dos áreas, una sin edificar, al sur y delimitada por un muro perimetral, y otra al norte donde se encuentran varios departamentos adosados, algunos de ellos con entradas orientadas al sureste. Los excavadores distinguen dos fases de construcción, ambas situadas en el siglo IV a.C. Una característica, del complejo que resaltan especialmente Dies y Alvarez es la ausencia de construcciones en extensas áreas adyacentes hacia el este y el oeste del edificio, lo que hace del edificio un punto apropiado de observación. Los departamentos que mejor se conservan del conjunto (y posiblemente los principales: número 63,64 y 65) presentan su entrada hacia el sur-sureste, demasiado al sur para apuntar hacia el orto del Sol o de la Luna, sin embargo la pared norte del conjunto y la perpendicular hacia el este de las paredes de los tres departamentos muestran una orientación hacia el orto de un astro con 6 = -i-28±4°, la misma orientación que el edificio del santuario de El Cigarralejo y englobando el punto del orto lunar en el lunasticio mayor norte. Es de hacer notar que, según la hipótesis de reconstrucción de Dies Cusi y Alvarez García (1997), el complejo tendría dos entradas en el recinto perimetral murado, una mirando hacia el este y otra al oeste, por lo que el acceso exterior oriental podría apuntar hacia el evento astronómico citado. Por otra parte, el acceso situado a poniente, por simetría, estaría apuntando al ocaso de un astro con ô = -27±4°, coincidente con el lunasticio mayor sur de la Luna. El análisis del horizonte fue parcial debido a que el poblado está cubierto por un bosque de pinos, lo que dificulta la observación de buena parte de éste. De cualquier forma el horizonte este no parece presentar elementos topográficos relevantes según los planos manejados. Hacia el oeste pudimos observar una franja de horizonte donde encontramos que la cumbre del Cerro Las Ganadetas, de 1.004 m de altura s.n.m., aunque no demasiado llamativo, coincide prácticamente con el ocaso solar en los equinoccios ( §=+0,2°). Posible edificio cultual de La Bastida de Les Alcuses El denominado conjunto 5 del poblado ibérico de La Bastida de Les Alcuses (Moixent, Valencia) Edificio singular de El Chorrillo Este yacimiento se encuentra situado en la confluencia de los términos municipales de Sax, Petrer y Elda (Alicante). Se trata en un edificio aislado de planta rectangular que ocupa la zona meridional y más alta de un pequeño cerro situado a escasos metros del río Vinalopó. Márquez Villora y otros (1999) encuentran que el lugar ya fue utilizado desde la segunda mitad del siglo VI a.C. y a lo largo del V a.C, aunque la mayoría de los restos corresponden al siglo IV a.C. El horizonte que se divisa desde el lugar es muy amplio y muy rico en elementos llamativos. De cualquier forma, sólo hemos encontrado que el orto del solsticio de invierno se produce en una depresión del horizonte formada por la intersección de dos montañas. La orientación de los restos del edificio, básicamente dos paredes perpendiculares, parece realizada con bastante cuidado. La orientación general sigue los ejes geográficos N-S E-0 con una desviación de 1,5°, del orden de la incertidumbre (±2°). Este dato nos indica que la orientación del edificio es similar al de La Alcudia y la distribución general de las tumbas de la necrópolis de Cabezo Lucero, resultado que refuerza el posible uso ritual del edificio. Más detalles sobre los resultados obtenidos para este yacimiento pueden encontrarse en Esteban y Poveda (e.p.). Santuarios sin relación astronómica aparente El santuario de La Luz El yacimiento ibérico de La Luz (Murcia) se encuentra sobre un cerro que ha proporcionado un complejo de estructuras, exvotos de bronce y un templo en la cumbre cristianizado con una cruz. A raíz de las excavaciones, Lillo Carpió (1993Carpió ( -1994) ) indica que el templo fue construido en el tránsito de los siglos III a II a.C. y posiblemente sobre alguna estructura ibérica de culto anterior. Según el excavador, la disposición de los accesos y del contexto inducen a pensar que la entrada del templo estaba orientada a poniente. El análisis del horizonte no proporcionó ninguna relación solar o lunar evidente. La dirección hacia donde apunta la supuesta entrada del templo corresponde con el ocaso de un astro con ô=-32±2°, demasiado al sur para estar relacionado con el Sol y la Luna. La interpretación de este edificio es problemática, mientras su excavador lo clasifica como edi-ficio de culto (Llobregat 1985), Almagro Gorbea y Domínguez (1988)(1989) lo interpretan como regia. La entrada del edificio se encuentra apuntando al ocaso de un astro con ô=-34,5±2°, similar a la orientación del templo de La Luz, sin relación posible con el Sol o la Luna. El santuario de La Encarnación El santuario ibérico de la Encamación se encuentra situado en el Cerro de La Ermita (Caravaca. Ha proporcionado diversas piezas escultóricas realizadas en arenisca (Ruano y San Nicolás del Toro 1990) cuya cronología es amplia, desde el siglo IV al I a.C. No se conocen restos constructivos ibéricos, pero sí las ruinas de dos templos de época romana tardo-republicana (Ramallo 1991). La orientación de estos dos templos es muy diferente, el mayor de ellos, el denominado templo A (que se encuentra debajo de una ermita construida en el siglo XVI), apunta al noroeste, hacia el ocaso de un astro con S=+42±l°, sin relación solar o lunar posible. Por otra parte, el templo B se encuentra orientado hacia el sureste, hacia el orto de un astro con ô=-7±l°, esta posición es alcanzada por el sol en fechas poco significativas astronómicamente, alrededor del 4 de marzo y del 10 octubre (en el año de referencia del 300 a.C. y según el Calendario Gregoriano actual). Lo curioso es que esta dirección coincide con el único rasgo llamativo del horizonte oriental, la cumbre del Pico Cabras, que aparece en segundo término ocupando unos 12° sobre el perfil cercano del Cerro de La Ermita. EL PATRON DE ORIENTACIÓN DE LOS EDIFICIOS DE CULTO IBÉRICOS En la figura 2a representamos datos sobre la orientación de las entradas de una fracción importante de los edificios de culto ibéricos conocidos. Incluimos tanto orientaciones obtenidas en el presente trabajo como otras recopiladas a partir de planos publicados en la literatura ( Alorda Park, santua- Diagramas de orientación de distintos conjuntos de edificios de culto ibéricos. El diagrama 2a muestra todos los estudiados en este trabajo (líneas continuas y discontinuas) y otros recopilados de planos e información publicados (líneas de puntos). Las líneas discontinuas representan la orientación de edificios que presentan dos entradas, por lo que cada santuario de este tipo viene definido por dos líneas. La identificación de cada uno de ellos se recoge en el resto de diagramas de esta figura. El diagrama 2b muestra la orientación de edificios de culto clasificados como «domésticos gentilicios» y «dinásticos gentilicios» por Almagro-Gorbea y Moneo (2000), insertos en el tejido urbano de los poblados (1-Moleta del Remei; 2-El Oral; 3-Llíria; 4-Molí d'Espígol; 5-Puntal deis Llops, estancia 1; 6-Burriac; 7-Castellet de Bernabé; 8-Puntal deis Llops, estancia 14; 9-Alorda Park). El diagrama 2c recoge la orientación de santuarios extraurbanos (1-El Cigarralejo; 2-Cerro de los Santos; 3-Cancho Roano; 4-La Luz). Finalmente, el diagrama 2d muestra la orientación de los santuarios urbanos no clasificados como «gentilicios» por Almagro-Gorbea y Moneo (2000), esta muestra incluye los «recintos sacros», de tipo «clásico», «dinástico clientelar» y «de entrada» (1-Bastida de Les Alcuses; 2-Ullastret; 3-La Serreta; 4-Azaila; 5-La Alcudia; 6-El Amarejo; 7-Illeta des Banyets, templo B; 8-Torreparedones; 9-Illeta des Banyets, templo A). En los casos donde se ha obtenido la orientación a partir de planos la incertidumbre puede ser importante, pues en ellos no se suele indicar si la orientación se refiere al norte geográfico o magnético. La orientación de los edificios de La Escuera y El Chorrillo no se han incluido al desconocerse donde se encontraba la entrada. Como puede verse en la figura 2a el patrón de orientación de todos los edificios de culto ibérico parece seguir una distribución aleatoria. En la figura 2b, c y d intentamos comprobar si la imbricación de un santuario dentro del tejido urbano puede determinar su orientación. La figura 2b muestra sólo aquellos edificios de culto insertos dentro de la trama urbana de un poblado, sin ocupar una situación singular aparente y clasificados como "domésticos gentilicios" o "dinásticos gentilicios" por Almagro Gorbea y Moneo (2000) situados principalmente en el área del Levante-Noreste peninsular, son los casos de: Alorda Park (santuario A), Burriac, Castellet de Bernabé (departamento 2), El Oral (edificio IIIJ), Moleta del Remei (recinto 7), Molí d'Espígol (estancia 65), Puntal deis Llops (estancias 1 y 14) y Sant Miquel de Llíria (estancia 14). Como vemos, este grupo de edificios muestra un patrón de orientación aparentemente aleatorio. En la figura 2c mostramos la orientación de templos extraurbanos: Cancho Roano, Cerro de los Santos, Cigarralejo y La Luz. En este caso podemos comprobar que tres de los cuatro edificios se encuentran orientados dentro o cercanos a la zona del horizonte donde se producen los ortos del Sol y la Luna. La situación de la entrada del santuario de La Luz, el único que apunta al suroeste, no se conoce con seguridad pues no existe evidencia arquitectónica de ella. Nótese que si la entrada estuviese realmente en la pared oriental (girada 180° en el diagrama) la orientación del edificio sería consistente con la del resto. En la figura 2d incluimos aquellos edificios cultuales que aun estando situados en núcleos de población se encuentran aislados y/o ocupan posiciones singulares dentro del poblado. Almagro Gorbea y Moneo (2000) clasifican estos edificios como "recintros sacros" (La Alcudia, Illeta des Banyets), de tipo "clásico" (Azaila A, Ullastret), de tipo "dinástico clientelar" (El Amarejo, La Alcudia), santuario "de entrada" (Torreparedones), o de tipo incierto (Bastida de les Alcuses). Como podemos ver en la figura, este grupo de edificios muestra un comportamiento similar al grupo de los santuarios extraurbanos. Existen varios casos en que no se sigue esta regla y que merecen comentarse. Dos datos de orientación corresponden a una de las entradas de santuarios que disponen de dos accesos (La Alcudia y Bastida de les Alcuses), siendo de destacar que la orientación de la otra entrada sí que es consistente con la tendencia mayoritaria de apuntar a levante. El resto corresponden al templo A de nieta des Banyets, que podría tratarse realmente de un regia y el edificio de Torreparedones que se trata de un santuario de entrada adosado a otras construcciones. En la figura 3 hemos introducido los santuarios extraurbanos y los urbanos no "gentilicios". Como podemos observar, la orientación mayoritaria es hacia donde se producen los ortos solares y lunares, diferente al patrón mostrado por los santuarios "gentilicios" (Fig. 2b). En nuestra opinión, los santuarios no "gentilicios" tenderían a estar orientados en una cierta dirección con significado astronómico, pero sólo y cuando no hubiese limitantes urbanos o de visibilidad, cosa que ocurre en los santuarios domésticos insertos en los poblados. Es posible que los elementos astronómicos sólo fuesen un elemento considerado por las élites religiosas y políticas de la sociedad, pero de escaso interés o importancia en las concepciones cultuales del pueblo en general. En un trabajo muy interesante, Almagro-Gorbea (1996:95) ya indica como característica de los templa, recintos sacros y santuarios "dinásticos" ibéricos su orientación astronómica, posiblemente heredera de tradiciones semitas. Este mismo autor sugiere que dicha orientación está "basada en concepciones cósmicas seguramente de tipo augural". En la figura 4 incluimos patrones de orientación típicos de templos pertenecientes a otras culturas mediterráneas contemporáneas a la ibérica, como la romana, griega, etrusca y las norteafricanas prerromanas. Los datos sobre templos romanos provienen de edificios de culto de la Península Itálica (Aveni y Romano 1994) y de ciudades romanas del norte de África (Esteban et al. 2001). Los datos sobre templos griegos provienen de Aveni y Romano (1994) 3. Orientación de los edificios de culto ibérico tanto extraurbanos como urbanos de culto no "gentilicio". Significado de los tipos de línea: ver pie de figura 2. La muestra de templos prerromanos norteafricanos proviene de Esteban y otros (2001) e incluye templos númidas, mauros, garamantes y el templo púnico de Kerkouane. Como vemos el patrón de orientación de los templos ibéricos es similar al griego y especialmente parecido al norteafricano prerromano, que está dominado por la orientación mayoritaria de los santuarios y templos dedicados a Baal Hamon y su interpretación romana como Saturno Africano. Los templos ibéricos, griegos y africanos comparten una orientación preferente dentro del intervalo de acimutes cubierto por los ortos del Sol y de la Luna. Por el contrario, los templos romanos son un claro ejemplo de conjunto con disposición aleatoria. Curiosamente, los edificios de culto etruscos apuntan de forma sistemática hacia la mitad meridional del horizonte. Desgraciadamente, no disponemos de estudios sobre la orientación de una muestra significativa de edificios de culto fenicios y púnicos, aunque a través de referencias escritas de la antigüedad sabemos que los templos de Salomón en Jerusalén y de Melkart en Gades estaban orientados hacia levante. La arqueología también nos indica que ésta era la orientación de los templos de Astarté de Kitión (Karageorghis 1976: 118) y de Sarepta (Pritchard 1978). En el mundo púnico también parece común esta costumbre en la orientación de los edifi-cios sacros. Por ejemplo, el santuario neopúnico de Thinissut (Bir Bou Rekba, Túnez) se encuentra orientado fielmente a lo largo de los ejes cardinales (Merlin 1910). En Sicilia y Cerdeña podemos encontrar como los restos de los tofet y de las áreas sacrificiales y sacras púnicas se encuentran orientadas siguiendo los ejes cardinales (Ribichini y Xella 1994). Por otra parte, nuestras propias mediciones en el templo púnico urbano de Kerkouane en el Cabo Bon nos proporcionan el mismo resultado (Esteban ^í a/. EL CASO DE CABEZO LUCERO Las tumbas de las necrópolis ibéricas del sureste suele,n disponerse a lo largo de unos ejes de simetría (García-Gelabert 1999). En Los Villares, Blánquez (1990: 123) encuentra que las tumbas tumulares se encuentran orientadas siguiendo los ejes cardinales; la misma disposición que se observa en Los Nietos (García Cano 1990). Uno de los casos más llamativos es el de la necrópolis de Cabezo Lucero donde la orientación general es este-oeste (Aranegui et al. 1984), disposición que también encontramos en la necrópolis cercana de La Albufereta (Rubio 1986:382). Por otro lado, es frecuente que las falcatas se encuentren depositadas a lo largo de la direción este-oeste dentro de los enterramientos (Aranegui et al. 1982). Finalmente, esta regularidad en el trazado y ordenación de las necrópolis también se ha observado en yacimientos del noreste de Andalucía como en Estacar de Robarinas (García-Gelabert y Blázquez, 1992) y en Castellones de Ceal (Chapa y Pereira 1992). La presencia de un patrón de orientación en las tumbas de las necrópolis, donde el eje este-oeste parece ser el dominante, y su similitud con el patrón mostrado por los edificios de culto discutida en la sección anterior sugiere que ambas características podrían obedecer a un mismo principio dentro de la cosmovision ibérica, apoyando la tantas veces señalada relación íntima entre el mundo religioso y funerario en esta cultura. Por otra parte, según indican Almagro Gorbea y Moneo (2000: 138), algunos santuarios ibéricos, especialmente aquellos clasificados como "recintos sacros": caso de lUeta deis Banyets (B) y La Alcudia, están relacionados con elementos funerarios, características propias de los heroon, ambos edificios muestran orientación astronómica y una tipología semítica. El patrón de orientación de las tumbas en las necrópolis ibéricas parece similar al que suelen mostrar las sepulturas fenicias del sur de la Península Ibérica del periodo u horizonte fenicio arcaico (siglos VIII a VII a.C). En particular, las cámaras funerarias de Trayamar y Puente de Noy presentan sus accesos orientados hacia el este (Ramos Sainz 1986: 32-33). Belmonte (1999: fig. 5.5) encuentra que la mayoría de las tumbas de la necrópolis fenopúnica de Baria se encuentran orientadas hacia el orto solar del solsticio de invierno. Por otra parte y ya en territorio africano, nuestras propias medidas en la necrópolis arcaica de Útica (siglo VII a.C.) en Túnez, también son consistentes con este esquema (Belmonte et al 1998). Sin embargo, más tarde en el periodo púnico (siglos VI a III a.C.) sólo Lám. VIL Horizontes oriental y occidental visibles desde la zona central de la Necrópolis de Cabezo Lucero (tumbas G, H y M). Las flechas indican los puntos donde se produce el orto y ocaso solares en el punto medio temporal entre ambos solsticios (muy cercano a los equinoccios). En dicha fecha el orto se produce sobre la actual ciudad de Guardamar, cerca de la montaña donde se encontraba el santuario ibérico del Castillo de Guardamar. Hacia el oeste, el ocaso en dicho momento del año se produce sobre el Cabezo Soler, el elemento dominante del horizonte poniente. Resulta llamativo que las hiladas de piedras de los túmulos (visibles en ambas fotografías) se encuentran alineadas visualmente con este eje de clara significación astronómica, geográfica y posiblemente ritual. la disposición de algunas tumbas de la Península Ibérica parece seguir este esquema. Como vemos, si suponemos que la costumbre en la orientación de las tumbas de los cementerios ibéricos fue una herencia semita, ésta debió adquirirse en épocas tempranas, quizás en época orientalizante. Cabezo Lucero (Guardamar del Segura, Alicante) es la única necrópolis ibérica estudiada dentro de nuestro proyecto hasta la fecha. El lugar ha sido excavado en varias ocasiones desde la década de los 80 (ver Aranegui 1992, y las referencias allí citadas). Se encuentra situado en una zona especialmente rica e interesante debido a la alta densidad de yacimientos ibéricos en sus cercanías y la presencia de un importante establecimiento fenicio a escasos kilómetros: La Fonteta-La Rábita, fechado al menos desde finales del siglo VIH a.C. (González Prats et al. 1997). El periodo de utilización de la necrópolis no fue muy extenso, abarcando desde el siglo V al IV a.C. El horizonte visible desde la necrópolis es muy amplio, siendo el elemento más llamativo el cercano Cabezo Soler, que se encuentra situado a una distancia de 1,5 km al oeste del yacimiento. Nuestras medidas nos indican que el ocaso del sol en los equinoccios se produce cerca de la cumbre de dicho cerro (ver Lám. Por otra parte, su orto en esas mismas fechas se produce cerca de la montaña en la que se asienta el Castillo de Guardamar, donde se han encontrado evidencias de un santuario ibérico (Abad Casal 1992). Es especialmente llamativo que las tumbas se encuentren alineadas con el eje imaginario Cabezo Soler-Castillo de Guardamar, que corresponde además con el del orto-ocaso equinoccial. Como vemos, existe una posible relación entre hechos astronómicos, elementos del paisaje y orientación de tumbas, un entramado que, de repetirse en otros lugares, podría proporcionarnos nuevas claves para entender la organización del espacio ritual ibérico y quizás aspectos de su cosmovisión. En el futuro pretendemos ampliar el estudio arqueoastronómico a otras necrópolis ibéricas. Nuestro estudio arqueoastronómico de 16 yacimientos ibéricos (15 santuarios y una necrópolis) ha proporcionado resultados que creemos muy significativos. En primer lugar, cuatro de ellos presentan marcadores o alineamientos precisos con el equinoccio (El Amarejo, La Serreta, La Carraposa, Cabezo Lucero) lo que supone un 25% del total. A este grupo se le podría añadir, bajo ciertas condiciones, hasta un máximo de cinco yacimientos más (La Alcudia, Cerro de los Santos, Bastida de les Alcuses, Coimbra del Barranco Ancho y El Chorrillo), con lo que alcanzaríamos un 56%. En segundo lugar, tenemos tres santuarios cuya planta se encuentra alineada con los solsticios, en algún caso con una precisión muy notable (El Cigarralejo, templo B de nieta des Banyets, Ullastret), a este grupo podría incluirse el posible edificio cultual de La Escuera. En tercer lugar, los alineamientos lunares son llamativos únicamente en el caso de El Cigarralejo y, quizás, en el conjunto 5 de La Bastida de les Alcuses, que comparten una misma orientación. Finalmente, tres de los yacimientos estudiados no parecen presentar relaciones astronómicas (La Luz, "templo" A de Illeta des Banyets y La Encarnación). La estadística total indica que siete de los 16 yacimientos estudiados, es decir un 44%, presentan relaciones astronómicas relevantes, bien por la existencia de marcadores sobre elementos llamati- VOS del horizonte o por la peculiar orientación de sus estructuras arquitectónicas. Este porcentaje podría aumentar hasta un máximo del 81 % si incluimos el resto de yacimientos con relación astronómica "posible". Creemos que este resultado general indica que los elementos astronómicos fueron importantes (en algunos casos posiblemente determinantes) en el diseño y localización de una parte de los lugares de culto y quizás funerarios de los antiguos íberos. Como todos sabemos, los equinoccios suponen el comienzo de la primavera y el otoño y, por lo tanto, el comienzo de las lluvias en el sureste español. La noción de equinoccio astronómico que usamos en la actualidad (Aparicio et al 2000:27; Belmonte 1999: 266) es un concepto abstracto que sólo tiene significado dentro de la astronomía geométrica que se desarrolló en Grecia entre los siglos IV y III a.C. En nuestra opinión, parece poco probable que este concepto fuese conocido por los antiguos íberos, incluso por sus élites culturales. Esta aparente paradoja tiene una sencilla solución si nos atenemos a conceptos sencillos y casi universales de ordenación del tiempo. Observacionalmente, los puntos de la trayectoria anual del Sol que pueden determinarse más fácilmente son los solsticios, que corresponden a los momentos en que el Sol tiene su orto u ocaso en los puntos más extremos norte y sur (Aparicio et al. 2000: 30). Uno de los conceptos de partición del año que parece haber sido utilizado en diferentes culturas prehistóricas del mundo es el del punto intermedio en tiempo entre ambos solsticios (de aquí en adelante usaremos la expresión "punto medio temporal" para abreviar); que permite una partición del año en cuatro periodos de igual duración (ver Ruggles 1997 para una discusión al respecto). Una cuestión importante es que el momento en que ocurre este "punto medio temporal" no coincide exactamente con el equinoccio astronómico sino que aquel se produce unas 45 horas antes del equinoccio de otoño y después del de primavera (la posición del Sol en dicho momento es de §z=+0°440. Debido a que la posición del Sol es muy similar en el equinoccio astronómico y en el "punto medio temporal", es técnicamente muy difícil discriminar si un marcador o un alineamiento obedece a uno u otro evento, sobre todo si no tenemos una precisión del orden de varios minutos de arco o una muestra estadísticamente significativa de yacimientos. ¿Es posible que los yacimientos ibéricos en que hemos encontrado una relación con el equinoccio realmente quisieran indicar el "punto medio temporal"? Si recordamos, es justamente entre uno y dos días antes del equinoccio de otoño (ó después del de primavera) cuando los marcadores de El Amarejo, La Serreta y La Carraposa (quizás también el de Coimbra del Barranco Ancho) parecen ser más apropiados. En definitiva, tanto desde el punto de vista de su mayor simpleza conceptual como por las evidencias que nos proporcionan los marcadores astronómicos más precisos, creemos que el "punto medio temporal" debió ser probablemente el elemento astronómico buscado en los yacimientos "equinocciales" encontrados. Otro problema es dilucidar cuál equinoccio o "punto medio temporal" era el importante: ¿el de primavera o el de otoño? En este sentido, resulta útil el dato obtenido en el caso de El Amarejo, en el que parecería que el ritual se llevaría a cabo a comienzos de otoño debido al grado de madurez de las bellotas contenidas en las ofrendas. Un hecho sugerente es el descubrimiento de un posible marcador del "punto medio temporal" en un templo dedicado originalmente a Baal Hamon en la ciudad de origen púnico-númida de Mactar, en la actual Túnez (Jiménez González et al. 1991\ Esteban et al. 2001). Este templo muestra una orientación casi perfecta hacia el este geográfico y, además, el orto solar en el "punto medio temporal" se produce exactamente sobre una muesca visible sobre una montaña lejana. La hipótesis astronómica parece tener un refrendo en el hecho de que el templo fue reutilizado y dedicado al dios solar Apolo en época romana. Resulta llamativo que los marcadores astronómicos de los santuarios ibéricos de El Amarejo, La Serreta, La Carraposa y el del citado templo de Mactar son análogos. ¿Estamos ante un elemento ritual producto de la común influencia púnica a ambas orillas del Mediterráneo? Recordemos que el comienzo del calendario fenopúnico coincidía muy probablemente con el principio del otoño (Stieglitz 2000) La existencia de los marcadores "equinocciales" encontrados, pudiera deberse a varios motivos. En primer lugar, su utilidad más directa pudo haber sido calendárica, como sistema práctico para la determinación de fiestas y para la ordenación del "tiempo social" de la colectividad. Distintas culturas de la antigüedad desarrollaron lo que denominamos "calendarios de horizonte" basados en el seguimiento, desde un lugar fijo generalmente con importancia religiosa, de la posición de los ortos u ocasos del Sol respecto a los distintos elementos to-T. P., 59, n." 2, 2002 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es pográficos del horizonte. Muy posiblemente, esta actividad sería una herramienta controlada directamente por las élites políticas y quizás esto explique que la orientación astronómica sea una característica de los santuarios dinásticos, templa y recintos sacros, directamente controlados por la élite, en contra de lo que observamos en los santuarios domésticos "gentilicios", donde la astronomía no parece ser un ingrediente importante. La utilización de "calendarios de horizonte" se ha evidenciado en multitud de culturas con distinto grado de desarrollo cultural y tecnológico, como la azteca y la maya (ver Aveni 1991) o las del suroeste de los EEUU (como la constatada etnográficamente entre los indios hopi, Forde 1931) y las megalíticas de las Islas Británicas. En segundo lugar, y de forma no necesariamente excluyente, el orto solar por un punto llamativo del horizonte bien pudo haber sido utilizado como elemento hierofánico en el ritual llevado a cabo en el santuario. Por otra parte, estos marcadores que utilizan elementos lejanos del horizonte permiten que el fenómeno sea visible en una área extensa alrededor del santuario, lo que sugiere quizás una dimensión pública al ritual asociado al fenómeno y a su fecha de ocurrencia, no dirigida a un grupo exclusivo, y quizá relacionado con romerías dirigidas al santuario en las fechas señaladas por el propio marcador. Es una gran suerte el haber contado con el apoyo y la colaboración de distintos profesionales de la arqueología como José Pérez Ballester, Emilio Cortell Pérez, Antonio Poveda Navarro y José Miguel García Cano, así como con los comentarios de Martín Almagro-Gorbea y Santiago Broncano. Tam-bién quisiera agradecer a Carmen Pinza y Santiago Esteban por su ayuda incondicional en tantas ocasiones y por hacer más agradable el trabajo de campo.
país durante las últimas dos décadas. Para ello se realiza un análisis bibliométrico de un ámbito específico de la aplicación de las técnicas arqueométricas, cual es el de la caracterización de materiales cerámicos dentro de la Arqueología andaluza. Las variables tenidas en cuenta incluyen aspectos tales como la cantidad de sitios arqueológicos muestreados y de muestras analizadas, su procedencia geográfica, los contextos cronológicos y funcionales de los que las muestras fueron tomadas y las técnicas analíticas empleadas. En los últimos 25 años, la aplicación de técnicas científicas a la caracterización de materiales ha llegado a convertirse en un elemento fundamental en la investigación arqueológica. El análisis de la cerámica, en particular, se ha beneficiado del desarrollo o aplicación de técnicas químicas, físicas y mineralógicas que han sobrepasado ampliamente los límites de la información que se obtenía tradicionalmente de los artefactos cerámicos mediante su descripción macroscópico-morfológica (la conocida tipología), proporcionando así una nueva reserva Tomás Cordero Ruiz et al. de datos de los que obtener una valiosa comprensión de las sociedades del Pasado. Una nutrida literatura, tanto de carácter genéricamente arqueométrico (Anderson 1988; Bowman 1991; Orna 1996; Pollard y Heron 1996; Jakes 2004; Henderson 2000; Andrews y Doonan 2003; etc.), como específica del estudio de materiales cerámicos (Middleton y Freestone 1991; Sinopoli 1991; Lindahl y Stilborg 1995; Tite 1999; Barclay 2001; Whitbread 2001; Kilikoglou et al. 2002), ha dado cuenta del enorme avance que en poco tiempo ha experimentado este campo a nivel internacional, contribuyendo al planteamiento de problemas y temas de investigación arqueológica previamente considerados muy difíciles de tratar (correlación entre clasificaciones morfológicas y tecnológicas, grupos y tradiciones tecnológicas, procesos de elaboración y manipulación) o simplemente intratables (intercambio, procedencia y aprovisionamiento de materias primas, residuos y contenidos, diagnóstico funcional, etc.). Dentro de la Arqueología española, la aplicación de métodos arqueométricos ha experimentado un notable avance en apenas quince años, como lo demuestra la realización de varias reuniones nacionales e internacionales (Vendrell-Saz et al. 1995; Capel Martínez 1999; Pérez Arantegui et al. 1999; Gómez Tubío et al. 2001; Roldán 2002; Feliú Ortega et al. 2004), los varios volúmenes generales publicados en los últimos años (Barrio Martín 1990; Vila i Mitjà 1991; De la Bandera Romero y Chaves Tristán 1994; Cañabate Guerrero 1998) y los numerosos informes, memorias y libros monográficos que vienen apareciendo como resultado de proyectos de investigación específicos. En el caso de la Arqueometría de materiales cerámicos (vestigios, recordemos, particularmente visibles y presentes en el registro arqueológico), la producción científica ha crecido de forma vigorosa, con la paulatina incorporación y fijación de lo que podríamos considerar un marco metodológico de estudio estandarizado (Capel Martínez y Delgado 1978; Peláez Colilla 1983; Capel Martínez et al. 1990-1995; García Heras y Olaetxea 1992; González Vilches 1994; Cañabate Guerrero y Sánchez Vizcaíno 1995; García Heras 1995; Pérez Arantegui et al. 1996; Aguilera Martín 1998; Bernal Casasola y García Jiménez 1999; Buxeda i Garrigós 1999; Polvorinos del Río 2001a;2001b) y con su aplicación a una extensa gama de situaciones empíricas de las que más adelante se examinan algunos ejemplos. Ahora bien ¿cómo valorar este progreso dentro del contexto general de la investigación europea? Hace apenas unos años, un estudio bibliométrico de la producción científica relativa a estudios arqueométricos de materiales cerámicos concluía que la introducción y desarrollo de la Arqueometría en España era insuficiente y lenta comparada con otros países de nuestro entorno (García Heras 1997:129). La evaluación de los primeros años de aplicación de las técnicas arqueométricas en nuestro país sugería la existencia de una serie de problemas, entre los cuales destacaba la escasa y pobre coordinación entre la interpretación arqueológica y el análisis arqueométrico, planteándose así una serie de cuestiones relativas al futuro desarrollo de esta disciplina (García Heras y Olaetxea 1992; García Heras 1997;2003), lo cual era básicamente coincidente con valoraciones anteriores (pero igualmente escépticas) acerca de la capacidad de la Arqueología española para renovarse mediante la incoporación de métodos científicos procedentes de múltiples disciplinas (Vila i Mitjà y Estévez Escalera 1989: 272). Contando con algunos años más de perspectiva (años en los que, indiscutiblemente se ha producido un crecimiento cuantitativo notable de este campo) y atendiendo al impacto que la Arqueometría está teniendo en la disciplina arqueológica (un impacto que resulta difícil no calificar de revolucionario), parece legítimo interrogarse acerca de la naturaleza de la relación actual entre Arqueología, Ciencias Arqueológicas y Ciencias Exactas, examinando los resultados que el proceso más o menos espontáneo de integración de complejos procedimientos y técnicas científicas de análisis procedentes de la física y de la química está teniendo en una disciplina que de por sí (y especialmente en el caso de España) tiene históricamente un importante componente de arraigo en las humanidades y la artes. En otras palabras, ¿está el desarrollo de la Arqueometría adquiriendo todo su potencial epistemológico como motor de renovación de la ciencia/ disciplina arqueológica? ¿Son, en la práctica, las técnicas científicas de análisis empleadas como una parte integral de la interpretación arqueológica del Pasado, o se está convirtiendo la arqueometría en un subcampo de la Arqueología, con sus propias agendas, discursos y objetivos, un tanto al margen de la interpretación sustantiva de las sociedades humanas? ¿Qué efectos está teniendo, en su caso, esta renovación en la percepción que los/as practicantes de la Arqueología tienen de la naturaleza y ob-jetivos de su práctica científica? ¿Está sirviendo la extensión de los procedimientos y técnicas de análisis arqueométrico al desarrollo (o, digamos, enriquecimiento) de agendas teóricas y epistemológicas bien meditadas e interesadas en la resolución de cuestiones de carácter social, tecnológico o económico? ¿Incluyen el diseño de los proyectos arqueológicos en nuestro país la formulación de preguntas innovadoras y adecuadas cuya respuesta exija inherentemente el empleo de la arqueometría? ¿O se impone una realidad distinta donde el empleo de las técnicas científicas depende de otros factores mucho más coyunturales como la disponibilidad o proximidad de especialistas y recursos materiales, técnicos y financieros? Nuestro interés o preocupación por estas cuestiones, que posiblemente sea compartido por la creciente comunidad de arqueólogos/as y científicos/ as españoles/as implicados/as en el estudio del Pasado a través de la Arqueometría, deriva del trabajo que venimos desarrollando en la Universidad de Sevilla, en colaboración con otras instituciones, desde hace en torno a una década, esencialmente en los campos de la Arqueometría de materiales metálicos y cerámicos de la Prehistoria peninsular (en relación con los últimos, ver por ejemplo Gómez Morón y Polvorinos del Río 1997; Polvorinos del Río 1998Río -1999;;Polvorinos del Río et al. 1999-2001-2005; Gómez Morón et al. 1995-1999; Estrada et al. 1999). Planteadas tales preguntas (en un sentido reflexivo y autocrítico), el procedimiento más obvio para intentar obtener las correspondientes respuestas es, posiblemente, el análisis bibliométrico. El objetivo de este estudio es, por tanto, revisar y aquilatar la naturaleza de la investigación en Arqueometría cerámica que se está llevando a cabo en nuestra comunidad autónoma mediante la selección de una muestra bibliométrica amplia que pueda resultar representativa de la investigación realizada en los últimos 25 años (1). Dado que ya existe el precedente de un trabajo que ha abordado la cuestión a nivel nacional (Gar-cía Heras 1997) y que el volumen de información es ya bastante amplio y diverso, se han establecido una serie de criterios de delimitación del ámbito y propósito del estudio de datos con el objeto de hacerlo manejable y darle sentido. Por una parte, hemos circunscrito el estudio a la producción bibliométrica relativa a la Arqueología andaluza (en cualquier periodo histórico), que es el contexto en el que, de forma no exclusiva pero sí preferente, se ha desarrollado nuestro trabajo. No creemos que ello, sin embargo, suponga necesariamente una limitación para los resultados del estudio, puesto que la diversidad de organismos, individuos, grupos y proyectos implicados (en ningún caso andaluces de forma exclusiva), así como la propia diversidad cronológica y funcional del registro arqueológico andaluz garantiza una suficiente generalidad y amplitud en los resultados, así como una razonable representatividad del estado de la cuestión a nivel nacional. El hecho de que tres de las cinco reuniones nacionales de Arqueometría hasta ahora celebradas en España hayan sido organizadas por universidades andaluzas (Granada en 1995, Sevilla en 1999 y Cádiz en 2003) sugiere el interés que este campo ha suscitado en los grupos y equipos de investigación de nuestra comunidad autónoma. Por otra parte, el periodo de producción bibliográfica considerado en este artículo se circunscribe a los años comprendidos entre 1979 y 2002, lo cual se explica en parte por que la compilación bibliográfica original se realizó en 2003 y en parte por que la bibliografía publicada en los dos años más recientes no está siempre disponible con facilidad dado el desfase de varios meses con que, frecuentemente, llegan los trabajos a las bibliotecas (en todo caso, el rápido ritmo de producción bibliográfica hace que un estudio bibliométrico de esta naturaleza tienda de cualquier manera a quedar obsoleto con respecto a la situación presente en el plazo de apenas una década). Por otra parte, se ha restringido la compilación bibliográfica a los trabajos relativos a caracterización de materiales, no incluyéndose otros estudios que, aún siendo de gran importancia, constituyen una fracción cuantitativamente más restringida de toda la producción bibliográfica de la arqueometría de materiales cerámicos, cual es el caso de la datación por Termoluminiscencia (por ejemplo Calderón et al. 1989; Benéitez et al. 1998Benéitez et al. -2004) ) o identificación de residuos orgánicos (Cañabate Guerrero y Sánchez Vizcaíno 1995;1999; Bernal Casasola y Petit Domínguez 1999). Las publicaciones estudiadas proceden de fuentes (1) Este trabajo resulta del Proyecto "Desarrollo e Incorporación en Internet de una Base de Datos Arqueométricos de Andalucía" llevado a cabo, entre los años 2002 y 2003 y financiado por la Consejería de Educación y Ciencia de la Junta de Andalucía dentro del PAI (Plan Andaluz de Investigación) como colaboración entre los grupos de investigación ATLAS. Territorios y Paisajes en la Prehistoria Reciente de Andalucía (Código HUM-694), del Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Sevilla [URL] y Teledetección y Geoquímica (Código RNM-185), del Departamento de Cristalografía, Mineralogía y Química Agrícola. Esta base de datos puede ser consultada en http://www.aloj.us.es/rnm185/ bastantes dispersas, incluyendo informes y monografías de yacimientos, revistas de Arqueología, revistas especializadas y actas de las conferencias. En conjunto, una vez tenidos en cuenta los criterios de delimitación del ámbito empírico a estudiar, se ha contabilizado una muestra total de 59 publicaciones aparecidas entre 1979 y 2002. Como quiera que, por razones de accesibilidad, solo los materiales de una de las tesis doctorales han sido incluidos en el estudio, ello supone un total de 1382 muestras cerámicas de aproximadamente 80 yacimientos arqueológicos, correspondientes exclusivamente a estudios que tratan de la presentación de resultados analíticos arqueométricos de materiales cerámicos de Andalucía. De esa muestra general se ha realizado una valoración más detallada de una muestra específica de 38 trabajos que representan un total de 976 muestras cerámicas procedentes de 60 yacimientos arqueológicos distintos. El subconjunto utilizado para el estudio detallado representa aproximadamente el 64% de los títulos individuales, el 71% de las muestras y el 75% del número total de yacimientos incluidos en la muestra general. El análisis bibliométrico y las valoraciones se han llevado a cabo, por tanto, en dos planos distintos: el primero pretende dar una perspectiva general del tema, basándose fundamentalmente en el año de publicación y en el número de muestras incluidas en los estudios, mientras que el segundo, basado en un número más pequeño de títulos individuales (la muestra más pequeña), explora sus contenidos con mayor profundidad, incluyendo la cronología de los materiales bajo estudio, el tipo de yacimiento arqueológico en que se han encontrado y las técnicas científicas a las que se habían sometido. Los detalles cuantitativos de ambos, la muestra preliminar y el grupo subsiguiente, se muestran en la tabla 1. En comparación, el estudio bibliométrico de las publicaciones arqueométricas de cerámicas llevado a cabo por García Heras (1997) a escala nacional listaba un total de 223 títulos individuales y 6716 muestras publicadas entre 1972 y 1995. Aunque estas cifras no son directamente comparables con las del presente estudio (diferentes periodos de tiempo y diferente ámbito geográfico), proporcionan una idea aproximada de la importancia relativa del volumen de estudios arqueométricos sobre las cerámicas procedentes del registro arqueológico andaluz. De hecho, el volumen de publicaciones y de muestras estudiados en el presente trabajo sería equivalente a un porcentaje aproximado del 20% de muestras y el 26% de publicaciones de la producción nacional de Arqueometría cerámica (Andalucía comprende aproximadamente el 17,2% del territorio nacional y el 18% de su población). En el trabajo aquí presentado, por otra parte, se examinan algunos parámetros que no fueron incluidos en el estudio de García Heras, como se describe a continuación. Partiendo de los datos de la muestra general, el año de publicación de los títulos incluidos en esta muestra nos permite ver las tendencias evolutivas del volumen de estudios arqueométricos publicados en los últimos 25 años, mientras que el número de muestras por estudio se puede tomar como una indicación general de la naturaleza cuantitativa de las colecciones estudiadas. Evolución y carácter de la literatura científica Mientras que el primer estudio arqueométrico español fue publicado en 1972 (García Heras y Olaetxea 1992: 266), el primer estudio publicado sobre materiales cerámicos andaluces es, al menos hasta donde conocemos, el artículo de J. Capel Martínez, J. Linares González y F. Huertas García (1979). La figura 1 muestra el número de publicaciones correspondiente a cada uno de los cuatro periodos de cinco años entre 1980 y 2000, mientras que la figura 2 desglosa el número de estudios pu-Tab. Resumen cuantitativo de las muestras bibliográficas en estudio. blicados en cada año. Los resultados de los dos resúmenes, tomados combinadamente, son una clara ilustración de la doble tendencia que está siguiendo el desarrollo de los estudios de Arqueometría cerámica en Andalucía. El número de publicaciones por lustro ilustra el sustancial incremento de estudios arqueométricos conforme estas técnicas se hacen más y más habituales en la investigación arqueológica. No obstante, aunque los estudios arqueométricos son generalmente más numerosos, el uso de estas técnicas analíticas aún no se ha convertido en una constante de la investigación arqueológica, como ilustra su irregularidad de un año a otro año. Esta aparente irregularidad puede ser mejor explicada por la existencia de publicaciones puntuales tales como las actas de conferencias o monografías que contienen un gran número de estudios arqueométricos. Así, por ejemplo, el gran número de publicaciones de 1985 corresponde a una serie de estudios de J. M. Rincón publicados en Cástu-lo V (Rincón 1981; Blázquez et al. 1985), mientras que el elevado número de trabajos aparecidos en 1999 refleja la publicación de las actas de los dos primeros congresos nacionales de Arqueometría celebrados en Granada en 1995 (Capel Martínez 1999) y Zaragoza en 1997 (Pérez Arantegui et al. 1999), mientras que el de 2001 corresponde a las actas del III Congreso Nacional de Arqueometría llevado a cabo en Sevilla en 1999 (Gómez Tubío et al. 2001). Estas publicaciones puntuales reflejan sin duda un interés genuino en la presentación de estudios arqueométricos, pero subraya la importancia de las publicaciones especializadas, lo que genera un cierto (y paradójico) confinamiento de estos estudios en medios de difusión muy específicos de su campo. La distribución de los trabajos por clases de publicaciones es bastante regular. Los artículos aparecidos en revistas del campo de ciencia de materiales, fundamentalmente el Boletín de la Sociedad Española de Cerámica y Vidrio, suponen el bloque más pequeño (14,5%), mientras que los trabajos publicados en revistas arqueológicas alcanzan el 25,5%. Las actas de congresos y conferencias constituyen asimismo un vehículo importante de publicación para los trabajos (22,5%), especialmente las de los congresos nacionales de Arqueometría. Pero el bloque más significativo de los títulos (37,5%) aparecen en monografías, básicamente informes relativos a un yacimiento único donde los estudios arqueométricos aparecen en capítulos separados, a menudo como "apéndices" técnicos. Este último grupo dejar traslucir una noción epistemológica del registro arqueológico donde la Arqueometría constituye una "ciencia auxiliar" separada de la "auténtica" Arqueología, más que una parte inherente de su cuerpo de procedimientos analíticos. El libro de Navarrete Enciso et al., Cerámicas Neolíticas de la Provincia de Granada (1991), constituye una categoría de publicación excepcional en la Arqueometría de materiales cerámicos de Andalucía (y en la arqueometría andaluza por extensión) en tanto que estudio en profundidad (mediante un muestreo amplio) de un tipo de materiales bien definidos cronológica y geográficamente. Mención aparte merece el tema de las tesis doctorales, con independencia de que hayan sido publicadas o permanezcan inéditas. En el periodo de 23 años considerado aquí, han sido seis las tesis doctorales realizadas con la Arqueometría cerámica andaluza como tema, concretamente las de M. C. González Vílchez (1982), F. Contreras Cortés (1985), V. Galván Martínez (1991), M. J. Feliú Ortega (1993), M. A. Ontalba Salamanca (2000) y E. Fernández Navarro (2002). J. Capel Martínez (1981), que ha contribuido posteriormente con numerosos trabajos a la investigación de Arqueometría cerámica andaluza, no estudiaba materiales de esta región. El número de tesis doctorales no es en sí mismo necesariamente muy bajo: resulta una media de casi una tesis doctoral por cada cuatro años, lo cual, tratándose de un campo de investigación relativamente novedoso, no es desdeñable. Se observa asimismo un equilibrio en la procedencia institucional de los/as investigadores/as: tres de las tesis han sido presentadas en departamentos de Prehistoria y Arqueología (Universidad de Granada y Universidad Autónoma de Madrid), mientras que las otras tres proceden de departamentos o centros de investigación en el campo de la física y la química (universidades de Cádiz y Sevilla). Visto desde el prisma de la investigación arqueológica, sin embargo, es difícil no concluir que tres tesis doctorales en 25 años en torno a un tema que ha experimentado en la Arqueología anglosajona una verdadera eclosión, es un tanto insatisfactorio. De hecho, resultan escasas las tesis doctorales realizadas a partir de la aplicación de métodos arqueométricos en general en todas las áreas de Prehistoria y Arqueología de las universidades andaluzas en los últimos 30 años. Por poner un ejemplo, en el Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Sevilla (la de mayor tamaño de Andalucía por número de alumnos/as y producción investigadora), tan solo una de las 41 tesis doctorales presentadas entre 1975 y 2004 (2) tiene un componente arqueométrico sustancial (en este caso arqueometalúrgico) en su metodología de investigación (M. Hunt Ortiz, Minería y Metalurgia Prehistórica en Andalucía Occidental, 1998), mientras que ni una sola del centenar de tesinas y trabajos de investigación doctorales presentados entre 1960 y 2003 ha sido de carácter estrictamente arqueométrico. Estos datos resultan desalentadores si se comprueba que numerosos de estos trabajos de investigación tienen como tema principal el análisis de conjuntos artefactuales, en cuyo diseño la Arqueometría parece no haber jugado papel alguno. Estas cifras sugieren en primer lugar que, dentro de la Arqueología andaluza, la consolidación de la Arqueometría en general, y de la Arqueometría cerámica en particular, dista de ser satisfactoria, a pesar del constatado incremento en el número de publicaciones y tesis doctorales. En segundo lugar, realza la cuestión del limitado lugar que la Arqueometría ocupa en la formación de los arqueólogos, un tema sobre el que ya ha llamado la atención ño de colección, está distribuido de modo irregular. El número medio de muestras por artículo publicado está en torno a 23, aunque en realidad en torno al 75% de los estudios están basados en menos de 23 muestras, ya que unas pocas colecciones grandes suben la media desproporcionadamente a su frecuencia. Véase como, tanto en los valores brutos como en los porcentajes (Figs. 4 y 5), los tamaños más frecuentes de colecciones oscilan entre 11 y 20 muestras mientras que las colecciones grandes (más de 30 muestras) son escasas. En contraste, las colecciones pequeñas son relativamente frecuentes: el 22% de los estudios están basados en 10 o menos muestras, cifras idénticas a las observadas por García Heras a nivel nacional (1997: 133). Ello sugiere que los estudios arqueométricos tienden a enfocarse en un número muy selecto de muestras. Aunque pocos artículos son explícitos acerca de los criterios de selección de muestras, el reducido número medio de las mismas puede obedecer a muy diversas razones, entre las cuales seguramente no juegan un papel menor las limitaciones de recursos, tiempo y dinero. La consecuencia más inmediata de la limitación cuantitativa de las colecciones de muestras es que los estudios arqueométricos de cerámicas de Andalucía raramente ofrecen resultados estadísticamente viables, ya que, para eso, se requeriría una colección de más de 30 muestras. Más aún, y parcialmente como consecuencia del pequeño tamaño de las colecciones consideradas, la comparación de los resultados, tanto en el plano de los yacimientos como más allá (territorios, áreas de captación e in- García Heras (1997:134;2003). De hecho, solo con mucha lentitud las técnicas arqueométricas se están integrando en la formación universitaria de los/as arqueólogos/as en Andalucía y en España. Aunque quizás sea poco razonable pretender que la formación especializada se imparta de forma extensiva, todos/as los/as arqueólogos/as deberían ser conscientes del potencial de la aplicación de técnicas científicas a los materiales arqueológicos, y estar informados de la existencia de centros de investigación o laboratorios especializados en este tipo de análisis (Barclay 2001). Tamaño de las series de muestras analizadas A partir del tamaño de las colecciones de muestras por estudio es posible observar asimismo algunas tendencias bien marcadas. Es digno de señalarse que las publicaciones aquí estudiadas ofrecen una variedad sorprendentemente amplia en cuanto al número de muestras estudiadas, desde tan solo 2 hasta 133, aunque el número de estudios, por tama-tercambio), se ve considerablemente dificultado. Esto ha creado a su vez una limitación a la integración de los resultados analíticos en la interpretación, ya que a menudo, la significación de los resultados más allá de la simple muestra manejada (por ejemplo a nivel social, ideológico o territorial) no se puede inferir. Naturalmente, estudios como los llevados a cabo por V. Galván Martínez (1991) y Navarrete et al. (1991), así como las otras tesis doctorales antes citadas, son excepcionales en cuanto al número de muestras manejadas. Ambos presentan los resultados del análisis de una gran muestra de materiales (133 y 122 muestras cerámicas respectivamente) procedentes de varios yacimientos, haciendo especial hincapié en la significación regional de los resultados analíticos. Al contrario que los diferentes estudios arqueométricos examinados en la presente valoración, estos dos estudios fueron llevados a cabo dentro de un marco metodológico y de un diseño de investigación que daba desde el principio particular importancia a los materiales bajo estudio dentro de una perspectiva más amplia, regional y cronológica. Lista de yacimientos por provincia y municipio. yacimiento concreto o por otros factores (limitación de recursos para realizar muestreos más amplios), la mayor parte de los estudios de Arqueometría cerámica en Andalucía se caracterizan por el análisis de los materiales de un único yacimiento. La cuestión de cuando y por qué se buscan las técnicas arqueométricas de análisis es probablemente crucial para entender esta observación. Como se indicó anteriormente, una gran proporción de estudios arqueométricos se publican como "apéndices" a los informes de excavación, cuyos resultados son a menudo base para artículos subsiguientes o comunicaciones y ponencias aparecidas en actas de conferencias. Por lo que se refiere a los informes de excavación, el punto hasta el que resulta acertada la aplicación de técnicas arqueométricas varía, tal como pasa con la integración de los resultados en la interpretación arqueológica final. En muchos casos, los resultados arqueométricos se usan meramente para confirmar las observaciones cronológicas, tipológicas o estratigráficas, y no dan lugar a la apertura de nuevas líneas innovadoras de investigación. La caracterización de la fábrica o textura de los restos es un tema central en los estudios de arqueometría cerámica en los que los análisis de una pequeña selección de fragmentos parecen reemplazar a la descripción visual detallada de colecciones completas posterior a la excavación. Puede decirse, por tanto, que, con contadas excepciones (por ejemplo Contreras Cortés et al. 1988), hay una cierta utilización de la Arqueometría como "alternativa" (cientifista) a la clasificación morfológica (normalmente no formalizada por medio de métodos estadísticos) más que como un complemento o vía de contrastación de ésta o de desarrollo de nuevos temas y estrategias de estudio. Caracterización crono-funcional de los yacimientos Un aspecto de gran importancia para entender el impacto que la aqueometría de materiales cerámicos ha tenido en la Arqueología andaluza es, evidentemente, la caracterización crono-funcional de los yacimientos de los que proceden las muestras. 3) tienen la potencialidad de informar no solo del diferencial impacto que las ciencias exactas están teniendo dentro de las diferentes tradiciones internas de la Arqueología, sino también de la naturaleza del conocimiento que este proceso está generando. En lo que se refiere a la cronología (Tab. 7 y 8), es significativo que cerca de tres cuartas partes de las muestras examinadas pertenecen a materiales de yacimientos prehistóricos (51%) o protohistóricos (20%), mientras que exactamente el 25% son de época romana y apenas un 5% de épocas medieval, moderna o contemporánea. La distribución porcentual de las localizaciones arqueológicas dentro del inventario andaluz de yacimientos arqueológicos (3), muestra que los yacimientos de la Prehistoria Reciente suponen un 18,15% del total, por lo que claramente la Arqueometría cerámica es aplicada al estudio de estos sitios bastante por encima de la representación numérica que les corresponde dentro del registro arqueológico andaluz. En cambio, los yacimientos romanos suponen casi la mitad (49,34%) de los yacimientos arqueológicos documentados (oficialmente) en la actualidad en Andalucía, por lo cual, el hecho de que tan solo el 25% de las muestras cerámicas analizadas mediante métodos arqueométricos sean de cronología romana supone una importante sub-representación de este segmento cronológico del registro. Más acusado es el caso de los sitios de cronología medieval, que representan actualmente el 20,16% del inventario andaluz de yacimientos arqueológicos, mientras que las muestras cerámicas analizadas arqueométricamente sólo alcanzan el 2% del total. Por otro lado, los datos registrados para la muestra andaluza no coinciden con los obtenidos por García Heras al evaluar la producción bibliográfica de Arqueometría cerámica a nivel nacional (Tab. 5), donde, al menos por número de estudios publicados, la época romana es la más representada. En (3) Información disponible en la base de datos en línea de Bienes Inmuebles del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía: www.juntadeandalucia.es/cultura/iaph/infopha/04bd/index.htm Tab. Caracterización crono-funcional de los yacimientos incluidos en el estudio. Número de muestras y yacimientos por período cronológico. conjunto, ello sugiere que en Andalucía se da una mayor apertura a la aplicación de los métodos físico-químicos por parte de la investigación prehistórica que por parte de la Arqueología clásica. Ello coincide bastante con los datos obtenidos en un análisis bibliométrico llevado a cabo hace una década que revelaba un perceptible desfase en la configuración epistemológica y teórico-metodológica de la Arqueología clásica andaluza, definida de forma predominante como estudio formal y estilístico de los productos artísticos de las élites antiguas (Fernández Cacho y García Sanjuán 1995). En el caso de la Arqueología medieval y postmedieval, el pequeño número de muestras cerámicas estudiadas podría encontrar una explicación si cabe más sencilla en el escaso impacto que la Arqueología todavía tiene en el estudio de estos periodos históricos. El número muy bajo de muestras medievales es particularmente sorprendente dada la riqueza de restos materiales de este periodo a lo largo de toda Andalucía (en particular del periodo islámico) y deja traslucir asimismo una falta de renovación y actualización metodológica en el campo del medievalismo andaluz. Dentro de las muestras prehistóricas, destaca especialmente el hecho de que el 75% están datadas en el Neolítico, mientras que apenas el 13% corresponden a la Edad del Cobre y la Edad del Bronce y el 20% son de la Edad del Hierro (Fig. 8). Este notorio predominio de los materiales cerámicos del Neolítico en comparación con los de Edad del Bronce, del Cobre y del Hierro no se corresponde con el interés suscitado por ese periodo a escala nacional (Tab. 5) y en el caso de Andalucía obedece al fuerte peso numérico que tiene el estudio de M. S. Navarrete Enciso et al. (1991) sobre materia-Tab. Tabla comparativa del interés suscitado por cada período cronológico en Andalucía y en España. les cerámicos neolíticos de la provincia de Granada. En lo que se refiere a la caracterización funcional de los yacimientos, la gran mayoría de muestras (en torno al 80% del total) proceden de sitios de carácter habitacional (cuevas con ocupación humana, poblados, ciudades, etc.) El segundo grupo más numeroso (con un 19%) per-Tab. Número de muestras por categoría crono-funcional del sitio de procedencia (entre paréntesis el número de yacimientos). tenece a materiales recogidos de espacios productivos, especialmente hornos de cerámica de época romana o moderna (es notable la ausencia en este grupo de muestras de cronología medieval). Finalmente, la categoría de sitios de carácter funerario aparece extraordinariamente sub-representada en el conjunto de la muestra, con apenas 3 sitios y un raquítico recuento de 18 muestras (2% del total), lo cual aparece subrayado por la completa ausencia de muestras procedentes de sitios de carácter ritual o cultual (por ejemplo vasijas o terracotas votivas). De hecho, en la muestra aquí estudiada no existe ni un solo caso de materiales cerámicos de contextos funerarios romanos. Esta destacada inferioridad cuantitativa de los materiales del registro funerario (de cualquier época) frente a los del registro habitacional no se corresponde con la gran importancia que han tenido en la Arqueología andaluza los estudios de necrópolis y monumentos funerarios. Una explicación de esta acentuada tendencia podría ser que los artefactos cerámicos procedentes de contextos funerarios presentan a menudo un buen grado de conservación, por lo que tradicionalmente se les ha atribuido un mayor valor museológico. Quizás por esta razón algunos/as arqueólogos/as hayan sido más renuentes a aplicarles métodos físico-químicos de estudio que con frecuencia (aunque desde luego no siempre) tienen un carácter destructivo. En términos de la media de muestras por categoría funcional y cronología del yacimiento de origen (Tab. 7), son, como ya se ha señalado antes, los sitios de tipo funerario (prehistóricos, antiguos o medievales) los que presentan las cifras más bajas, reflejando una cobertura de los materiales muy pobre. En este ámbito, la Arqueometría cerámica andaluza tiene evidentemente mucho espacio para mejorar. En contraste, los valores medios más elevados corresponden a lugares de ocupación y producción alfarera de época romana, lo cual no deja de suponer una cierta paradoja, ya que los materiales cerámicos romanos presentan un mayor grado de estandarización y menor variabilidad, por lo que, al menos en teoría, los estudios podrían basarse en un número menor de muestras. Los materiales cerámicos prehistóricos que, en cambio, presentan una mayor diversidad en términos de materias primas, fabricación y tecnología, requerirían muestras más numerosas para analizar tal variabilidad. En conjunto, a partir de los datos sobre caracterización cronológico-funcional de los yacimientos se pueden hacer tres constataciones relevantes. En primer lugar, parece existir una pauta de asociación entre el periodo estudiado y el carácter funcional de los sitios de los que proceden las muestras: a los/as especialistas en las sociedades hispanorromanas parecen interesarle los estudios de Arqueometría cerámica de muestras procedentes sobre todo de asentamientos o alfares, pero no los de cerámicas funerarias (ello quizás refleje el fuerte interés que suscita entre los/as especialistas en Arqueología romana andaluza el tema del comercio en envases anfóricos). Igualmente, a los especialistas en las edades del Cobre y del Bronce no les ha interesado apenas el ámbito de la cerámica funeraria. En segundo lugar, es significativo y quizás preocupante que ni una sola de las publicaciones trate de materiales procedentes de diferentes tipos de contextos funcionales (ni siquiera dentro de un yacimiento único), para, por ejemplo, comparar la naturaleza de las cerámicas utilizadas en actividades propias de la vida diaria (almacenamiento, cocinado, consumo, transporte) con las empleadas como ofrendas funerarias, o para explorar posibles asociaciones entre las cerámicas de alfares concretos con la alfarería del ámbito doméstico. De hecho, el único trabajo que, hasta donde sabemos, aborda este tipo de enfoque comparativo, acaba de salir publicado por nosotros mismos (Polvorinos del Río et al. 2005). En tercer lugar, se detecta una importante desconexión entre los análisis de materiales y los análisis tipológico-tipométricos. Debido a las condiciones de formación del registro de asentamientos (básicamente desechos y detritus), los materiales cerámicos procedentes de esos lugares de habitación, para los cuales abundan los estudios de caracterización físico-química, están muy fragmentados y por tanto constituyen un pobre indicador para el estudio de la morfología de los recipientes cerámicos. Por su parte, los recipientes cerámicos procedentes de contextos funerarios, que suelen constituir una mejor base para el estudio morfológico-morfométrico por su mejor estado de conservación (son depositados como ofrendas votivas), no están siendo objeto de estudios arqueométricos. Como resultado, se está dificultando (o imposibilitando) una verdadera perspectiva múltiple que aborde simultáneamente la función, forma y tecnología de los artefactos cerámicos. De hecho, tan solo un estudio en todo el Tab. Media de las muestras por tipo de sitio y por período. conjunto bibliográfico estudiado, concretamente el de F. Contreras Cortés et al. de los materiales de la Edad del Bronce del yacimiento de Cuesta del Negro (Purullena, Granada) aborda de una forma robusta la comparación de aspectos morfológicos y arqueométricos para un mismo conjunto cerámico. Técnicas y métodos de análisis Otro aspecto tenido en cuenta en esta evaluación de la Arqueometría cerámica andaluza es el de la aplicación de las distintas técnicas de análisis (composición, procedencia de materias primas, cuestiones tecnológicas, dataciones, etc.) al objeto de intentar identificar pautas en su utilización o en los principales temas a los que han sido aplicadas, buscando asimismo posibles tendencias en su evolución a lo largo del tiempo. De cara a simplificar el recuento y presentación de los datos, se han distinguido entre tres posibles categorías de técnicas, mineralógicas, de composición química y de propiedades físicas, cada una de las cuales proporciona información sobre un aspecto particular de las cerámicas arqueológicas (Barclay 2001). La frecuencia relativa de este amplio grupo de técnicas se ha registrado junto a los detalles de las técnicas individuales aplicadas (Tab. Las técnicas de caracterización mineralógica son, con mucho, las más aplicadas, representando aproximadamente el 56% de los análisis llevados a cabo. Las tres técnicas más frecuentemente aplicadas (observación visual y microscópica, difracción de rayos X y petrografía de láminas delgadas) pertenecen a este grupo. La difracción de rayos X sis de composición química y de propiedades físicas. Aproximadamente el 40% de los estudios combinan técnicas de caracterización mineralógica y compositiva, mientras que el 26% combinan las técnicas de los tres grupos. Finalmente, se ha intentado evaluar la evolución de la frecuencia de empleo de las principales técnicas mineralógicas y compositivas en el periodo entre 1983 y 2002. Al haberse registrado, por cada periodo de cinco años, un número de estudios diferentes, y por tanto un número variable de casos de empleo de las distintas técnicas (proporcional al número de estudios publicados), la frecuencia de empleo de las diferentes técnicas ha sido presentada como un índice (número de empleos/número de estudios) para reflejar la importancia relativa de los métodos individuales (Fig. 13). Este índice tiene, naturalmente, un valor máximo de 1 en aquellos casos en que, dentro de un periodo dado, una técnica concreta ha sido empleada en todos los estudios. De hecho, la difracción de rayos-X se confirma como la técnica más importante de la Arqueometría cerámica independientemente del año de publicación, siendo aplicada en prácticamente todos los artículos de nuestra muestra (excepto dos). Las técnicas como la petrografía de lámina delgada y microscopía de barrido electrónico despliegan una marcada progresión a lo largo del período del estudio, aunque entendemos que la potencialidad de la primera no ha sido lo suficientemente valorada. En el extremo contrario tenemos el análisis por activación neutrónica, que aparece utilizado de forma puntual en la segunda mitad de los 1980 para cerámicas prehistóricas de Valencina de la Concepción (Sevilla) (González Vilches et al. 1988) y para el estudio de las excepcionales cerámica micénicas de Llanete de los Moros (Montoro, Córdoba) (Mommsen et al. 1990; Martín de la Cruz, 1990), sin que haya teni- do luego presencia o continuidad en los estudios de Arqueometría cerámica andaluza. Otras técnicas como la fluorescencia de rayos X, la de la espectrometría de plasma acoplado inductivamente y la espectrometría de infrarrojos se introdujeron en la década de los noventa. A partir de la información referida en las secciones precedentes es posible plantear algunas valoraciones relativas a la relación entre la Arqueología y la Ciencia de Materiales en Andalucía y, por extensión, en España. 1) En el periodo estudiado se detecta un claro y sostenido aumento del número de publicaciones científicas en este campo, lo que revela la génesis y establecimiento de un campo de investigación que hace 20 años era casi inexistente en nuestro país. Algunos indicios, sin embargo, sugieren que este proceso es insuficiente e irregular. Por un lado, la distribución de publicaciones por año (de por sí bastante limitada), es bastante variable, dependiendo mucho de la ocasional publicación de actas de congresos, lo que sugiere que no hay una producción bibliográfica constante y fluida. Además, una buena parte de las publicaciones se dan como parte de memorias e informes de excavaciones arqueológicas donde la Arqueometría (como otros estudios de carácter multidisciplinar, por ejemplo arqueozoológicos o arqueobotánicos) ha sido a menudo relegada a una peculiar sección de "apendices" (supuestamente "técnicos" o "científicos") que parece llevar implícita la noción de que el estudio de materiales no es algo intrínsecamente arqueológico, lo cual, dentro del viejo debate relativo a la configuración epistemológica de la Arqueología (Vila i Mitjà y Estévez Escalera 1989:274) supone un enfoque que empobrece enormemente el futuro de la/s ciencia/s arqueológica/s. 2) La distribución geográfica (por provincias) de los yacimientos arqueológicos de los que proceden las muestras estudiadas es irregular, con presencia predominante (por número de muestras y yacimientos estudiados) de las provincias que albergan los dos centros universitarios principales de la comunidad autónoma (Sevilla y Granada), o que se han visto influidas por la investigación desarrollada desde uno de ellos (Almería). Otro hecho constatado, e interesante a nivel epistemológico en relación con el contexto geográfico y territorial de los estu-dios, es que la gran mayoría de las publicaciones abordan el estudio de muestras de un yacimiento único, sin incluir valoraciones comparativas (de carácter diacrónico o sincrónico) con otros yacimientos o (por ejemplo) con muestras procedentes de depósitos de arcilla. 3) La gran mayoría (tres cuartas partes) de los estudios de Arqueometría cerámica andaluza tratan de materiales prehistóricos o protohistóricos, mientras que los de época romana (una cuarta parte) se encuentran bastante por debajo, y los de época medieval o post-medieval son muy minoritarios. Dada la distribución relativa de los yacimientos de estos grandes bloques cronológicos en el registro arqueológico andaluz, ello supone una sobre-representación de los materiales prehistóricos y una subrepresentación de los de época clásica. Este desequilibrio podría explicarse como producto de ciertas diferencias en la configuración disciplinar entre la Arqueología prehistórica y la Arqueología clásica, donde la primera es más receptiva a las innovaciones de carácter científico por su mayor vinculación con las ciencias naturales y medioambientales. El bajo número de estudios de materiales cerámicos medievales se corresponde perfectamente con el escaso desarrollo que la propia Arqueología medieval tiene en la comunidad autónoma andaluza. 4) En lo que se refiere a la naturaleza funcional de los yacimientos de los que proceden las muestras estudiadas, se han detectado igualmente algunas tendencias significativas. Por una parte hay un masivo predominio de materiales cerámicos procedentes de contextos de asentamiento y una equivalente sub-representación de materiales hallados en contextos funerarios, con un porcentaje intermedio de muestras procedentes de lugares de producción (esencialmente alfares). Similarmente, son prácticamente inexistentes los trabajos que aportan una comparación sistemática de muestras procedentes de distintos contextos funcionales, buscando posibles diferencias tecnológicas entre las cerámicas utilizadas para distintas funciones (almacenamiento, cocinado, transporte, metalurgia, ajuares funerarios, etc.). En conjunto, la gran mayoría de las publicaciones incluidas en este estudio incluyen algunos datos básicos de contextualización arqueológica de las muestras, tales como nombre, situación geográfica y clasificación cronológica y funcional básica del yacimiento, número de muestras estudiadas, asociaciones de materiales arqueológicos, etc. Ejemplos como el trabajo de Mosquera Díaz et al. (2001), sobre aplicación de porosimetría de intrusión de mercurio a cerámicas de cronología tartésica, donde ni tan siquiera se cita el nombre del yacimiento del que proceden las muestras, son raros. Sin embargo, pocos estudios proporcionan una verdadera profundidad de detalle sobre los contextos de los que proceden las muestras (arquitectura, estratigrafía, asociaciones artefactuales), lo cual supone un cierto riesgo de desconexión entre la lectura arqueométrica de los materiales prehistóricos y antiguos y sus respectivos contextos arqueológicos. Igualmente, se detecta una cierta tendencia a limitar las publicaciones a una descripción empírica de los resultados analíticos, abordando solo superficialmente (o no abordándola en absoluto) la significación de los materiales dentro de su contexto cultural. 5) La presentación explícita de la estrategia de investigación y muestreo, así como el conjunto de problemas a que se pretende dar respuesta (es decir, los objetivos específicos de los análisis de arqueometría), es bastante infrecuente, lo cual constituye una de las principales debilidades del conjunto de publicaciones evaluadas. En contraste, los procedimientos técnicos de los análisis son generalmente bien detallados en las publicaciones, reflejando así más preocupación por las técnicas de análisis que por el armazón teórico y metodológico dentro del cual son aplicadas. Las técnicas de caracterización mineralógica son las más empleadas con diferencia (56% de los estudios), seguidas por el grupo de técnicas de análisis de composición química (30%) mientras que las que hemos denominado de caracterización de propiedades físicas son más minoritarias (14%). Naturalmente se observa una importante pauta de evolución temporal en las técnicas, según han ido siendo perfeccionadas: la difracción de rayos X constituye una técnica de aplicación casi universal, mientras que otras técnicas como la fluorescencia de rayos X, la espectrometría de plasma acoplado inductivamente y la espectrometría de infrarrojos aparecen más recientemente a partir de la década de los 90, en función del incremento de la disponibilidad de instalaciones científicas en los medios universitarios. La petrografía de lámina delgada, en cambio, constituye un ejemplo de infrautilización recurrente de una técnica de gran interés y potencial analítico. En general, la conclusión de este estudio es que la arqueometría de materiales cerámicos ha experimentado un notable crecimiento dentro de la Arqueología andaluza, aunque dista de estar consoli-dada dentro del cuerpo disciplinar, presentando problemas importantes. Posiblemente, el más insoslayable de estos problemas es la existencia de una coordinación bastante pobre entre el análisis arqueométrico de los materiales cerámicos y la interpretación resultante en cuanto a pautas de conducta humana (es decir, aprovechamiento de recursos, procesos y técnicas de trabajo y manufactura, variabilidad funcional, intercambio de artefactos acabados, significado social, ideológico y simbólico de los objetos, variabilidad espacial y temporal, etc.). Muestreos numéricamente insuficientes, descontextualización territorial, inexistencia de análisis comparativos de contextos funcionales múltiples y descriptivismo generalizado son algunas de las manifestaciones de este problema. Este desfase entre Arqueometría y Arqueología podría en parte justificarse o explicarse por la relativa "juventud" de la colaboración entre científicos/ as y arqueólogos/as dentro de la Arqueología andaluza (y posiblemente española por extensión). Pero creemos que ello supondría incurrir en un exceso de autocomplacencia. La realidad es que existe una incomunicación entre la (in)definición de los problemas a resolver arqueológicamente (en términos de comportamiento social), y el empleo de un sofisticado arsenal de técnicas físico-químicas con las cuales los/as arqueólogos/as no están demasiado familiarizados. Los problemas arqueológicos aparecen, con frecuencia, pobremente formalizados (o formulados) en términos teóricos y metodológicos, sin que se definan las implicaciones contrastadoras de las hipótesis planteadas y las subsiguientes posibilidades de corroboración de acuerdo con el alcance y limitaciones de datos y técnicas científicas. Por ello, como ya se ha dicho (Ramos Muñoz et al. 1997:225), existe un cierto riesgo de que la arqueometría se esté utilizando dentro de la Arqueología andaluza como ropaje con el que revestir (ocasionalmente) de un cientifismo más aparente que real una Arqueología tradicional más centrada en los objetos que en las vidas de los seres humanos y poco dispuesta a formalizar (y enriquecer) sus estrategias de investigación. Esperamos que las constataciones formuladas en las páginas precedentes contribuyan a una reflexión cualificada sobre uno de los procesos de renovación más profundos e irreversibles que ha experimentado la Arqueología en su breve historia, un proceso que probablemente nos conduzca en el futuro a un noción epistemológica amplia y enriquecedora de nuestra disciplina: el de ciencias arqueológicas. Flores Alés, V.; Guiraúm Pérez, A. y Barrios Sevilla, J. 1999: "Estudio de una selección de ladrillos y tégulas del yacimiento de Urso (Sevilla)". • Flores Alés, V.; Guiraúm Pérez, A. y Barrios Sevilla, J. 1999: "Caracterización de ladrillería tradicional producida en la Vega del Guadalquivir en zonas próximas a Sevilla". • Galván Martínez, V. 1986: "Análisis de pastas cerámicas". YACIMIENTOS Y MUESTRAS INCLUIDAS EN EL ESTUDIO composición
En el presente trabajo se plantea el desarrollo de rituales de comensalidad asociados al ritual funerario argárico. Las evidencias arqueológicas de estos rituales estarían relacionadas por una parte con la producción de un conjunto normalizado de vasijas cerámicas asociadas con la presentación y consumo de alimentos y bebidas, y en donde destacan sus propiedades visuales relacionadas con prácticas sociales de exhibición y escenificación. Por otra parte, la aparición de restos faunísticos en las sepulturas argáricas supone que, como parte de ritual, se procedió al sacrificio de bóvidos u ovicápridos, fundamentalmente en edades jóvenes de los que una parte, los extremos distales, fueron introducidos en las tumbas. El resto de la especie o especies sacrificadas, en un momento óptimo para su consumo, serían consumidas como parte de los rituales de comensalidad. El acceso socialmente diferenciado a estas prácticas comensales contribuiría a la creación de un sentido de comunidad al tiempo que se escenifican y naturalizan unas relaciones sociales claramente desiguales. Las investigaciones relacionadas con la Edad del Bronce que se han desarrollado desde finales del siglo XIX en el sureste de la Península Ibérica han permitido acumular una riquísima evidencia arqueológica sobre el ritual funerario de la denominada Cultura de El Argar. Posiblemente la inclusión de las sepulturas en el interior de los poblados habitualmente bajo los pisos de las habitaciones, junto a las propias características del ritual, han permitido un (*) Departamento de Prehistoria y Arqueología. buen nivel de conservación de las necrópolis argáricas, que en muchas ocasiones han sobrevivido en mejores condiciones que los propios poblados mucho más expuestos a procesos de desestructuración de los contextos arqueológicos. Afortunadamente en la actualidad disponemos de múltiples necrópolis que han permitido una caracterización minuciosa del ritual funerario empleado y de su ordenación espacio-temporal. Los diferentes estudios realizados fundamentalmente en las últimas décadas sobre estas necrópolis se han centrado básicamente en el análisis de la estructura social de estas poblaciones; características como el tipo de enterramiento, la variabilidad cuantitativa y cualitativa de los ajuares funerarios, las paleopatologías y patrones de actividad de los individuos inhumados y las relaciones espaciales entre diferentes sepulturas y de estas con las unidades de habitación a las que se asocian han sido utilizadas para proponer una sociedad fuertemente jerarquizada y organizada en clases sociales (Molina 1983; Lull 1983Lull, 2000;;Lull y Estévez 1986; Contreras et al. 1987-88; Lull y Risch 1996; Arteaga 1993Arteaga, 2000;;Cámara 2001; Aranda y Molina 2005, 2006). Sin embargo la riqueza de información que el propio ritual funerario ofrece nos permite avanzar en nuevas lecturas sobre las prácticas sociales de estas poblaciones. En este sentido nos proponemos analizar las evidencias arqueológicas que nos permiten plantear el desarrollo de rituales de comensalidad asociados a la muerte, y cómo estos rituales forman parte de los procesos mediante los cuales los grupos sociales negocian las relaciones entre ellos, persiguen objetivos económicos o políticos, compiten por el poder, y reproducen y/o subvierten las representaciones ideológicas establecidas. Antes de analizar en más detalle estos aspectos es necesario introducir algunos planteamientos teóricos previos sobre la naturaleza de la comensalidad (Wiessner y Schiefehövel 1996; Dietler y Hayden 2001a; Parker 2003a; Bray 2003a). Aunque existen diferentes matices en las aproximaciones a la definición de comensalidad realizadas por diversos autores, en términos generales podemos destacar una importante coincidencia en las características básicas de este fenómeno. En este sentido la comensalidad ha sido definida como una forma de actividad ritual pública centrada en el consumo comunal de comida y bebida para un propósito u ocasión especial (Dietler 1996(Dietler, 2001;;Wiessener 2001; Clark 2001; Bray 2003b). El criterio que define el ritual sería que son actividades simbólicamente diferenciadas de las actividades realizadas diariamente en términos de forma de acción y propósito. La comensalidad es una particular forma de ritual en la que la comida y bebida constituyen el medio de expresión y el consumo comensal constituye el lenguaje simbólico (Sorensen 2000; Dietler 2001). El elemento central en los rituales de comensalidad consiste por tanto en el consumo comunal de comida y bebida que se convierte de esta forma en un recurso simbólico de primera magnitud. Aunque la comida y la bebida se encuentran entre las necesidades esenciales del ser humano, su consumo no es simplemente un acto biológico. Muy al contrario está cargado de significados normativos. La comida es importante para estructurar el tiempo y las relaciones sociales, formando y reproduciendo identidades, forjando relaciones de poder, de género y edad así como para proveer a la sociedad de intricados símbolos y metáforas (Sherrat 1996; Parker 2000Parker, 2003b;;Bray 2003b). La unión de eventos sociales especiales, junto con el consumo de comida y bebida, supone el marco inmejorable para la escenificación y naturalización de las relaciones sociales. En ese contexto la comensalidad debe ser entendida como uno de los principales dominios de la acción política, y supone una importante escenario para la representación y manipulación de las relaciones sociales (Dietler 2001), a diferencia de las propuestas realizadas desde la ecología cultural en donde el ritual ha sido considerado como un mecanismo adaptativo que mantiene la solidaridad social mejorando las oportunidades de supervivencia y reproducción (Hayden 1998(Hayden, 2001)). Aunque no hay que ignorar que los rituales sirven comúnmente para crear y mantener un sentido de comunidad, recientemente se ha centrado la atención en el rol que juega el ritual en crear, definir y transformar las estructuras de poder. En la creación y mantenimiento de las diferentes formas de dominación, el desarrollo ritual es fundamental ya que es la forma mediante la cual la ideología dominante es naturalizada limitando la percepción de posibles alternativas o el reconocimiento de su arbitrariedad. Quien controla el ritual posee el medio para imponer su propia visión del orden social protegiéndola de otros modos de pensamiento. El ritual, por tanto, es entendido como un instrumento de dominación, como un lugar para la naturalización simbólica, para la mistificación pero también como un medio de contestación y transformación del poder (Bloch 1989; Dietler 1999Dietler, 2001)). La eficacia del ritual en su relación con las estructuras de poder se relaciona con varias características. Los más convincentes y efectivos, símbolos o rituales, son aquellos que no son abiertamente políticos sino más bien tienden a basarse en una cierta ambigüedad que mezcla intensas experiencias personales de identidad existencial con las estructuras de poder. Esta sería la razón por la que eventos traumáticos como la muerte son utilizados como medio para el desarrollo de estas prácticas sociales (Cohen 1979; Morris 1992; Dietler 1999). En este contexto el poder emocional del ritual también se deriva de la utilización de medios teatrales como la música, danza, trajes y maquillajes efectistas (Kock 2003), del uso de sustancias narcóticas para acentuar las experiencias sensoriales (Sherrat 1991(Sherrat, 1996) ) o de simbólicas referencias al pasado con la finalidad de crear la percepción de continuidad temporal y de naturalización del orden establecido (Bloch 1989; Blake 2005). La comensalidad es, por tanto, un medio para la representación simbólica de las relaciones sociales que, como otros rituales, expresa conceptos idealizados como la manera en que la gente cree que las relaciones existen o deberían existir antes de como estas relaciones realmente se manifiestan en la vida diaria. Tales representaciones pueden camuflar o naturalizar el poder, o ser el lugar de lucha sobre el control de las representaciones simbólicas y su interpretación. Junto a la idealizada representación del orden social, los rituales ofrecen un importante potencial de manipulación de individuos o grupos sociales que pueden competir los unos con los otros, bien sin alterar el orden social establecido que la comensalidad reproduce, o bien subvirtiendo dicho orden (Dietler 1999(Dietler, 2001)). La comensalidad es una formula particularmente poderosa de actividad ritual que además es potencialmente visible en el registro arqueológico. Estas prácticas, debido a su naturaleza, habitualmente generan importantes acumulaciones de residuos en los lugares en donde se celebran y/o aparecen asociadas a construcciones específicas para estos fines. Además el carácter culinario de la comensalidad necesita el uso de contenedores tanto para su preparación como consumo, lo que facilita, a partir de la introducción de la cerámica y del metal, su reconocimiento arqueológico (Dietler y Hayden 2001b; Hayden 2001; Blake 2005). Las posibilidades de identificación de prácticas comensales son muy variadas y dependen del contexto cultural específico y del tipo de comensalidad desarrollado. No obs-tante entre los elementos más recurrentes destaca el análisis de restos faunísticos y vegetales ya sea por sus propiedades específicas (Ej. Las características formales, decorativas y contextuales de los conjuntos cerámicos así como el análisis de sus contenidos han sido frecuentemente utilizadas como indicadores de comensalidad (Clark y Blake 1994; Hayden 1995; Welch y Scarry 1995; Junker 2001); igualmente se ha usado la aparición de construcciones y materiales especializados en estas prácticas rituales (Brown 2001; Dunbabin 1998). Finalmente los textos escritos y las representaciones pictóricas también suponen importantes evidencias (Haltead y Barret 2005). PRÁCTICAS DE COMENSALIDAD EN EL RITUAL FUNERARIO ARGÁRICO Los ajuares funerarios argáricos han sido tradicionalmente considerados como ofrendas que pertenecían a un universo de creencias difícilmente accesible desde la arqueología. Su análisis, como anteriormente ha sido indicado, se ha realizado básicamente desde una perspectiva social interpretando la variabilidad existente en los ajuares como el reflejo de una clara diferenciación de clases. Nuestro interés por avanzar en la prácticas sociales argáricas y en su significado nos lleva a plantear que al menos una parte de los ajuares, tradicionalmente considerados como ofrendas, pueden haber formado parte o son el reflejo de prácticas en las que participa al menos una parte de la comunidad más que de un acto ritual intimo del núcleo familiar. Las características de una parte de los ajuares especialmente cerámicos y ofrendas cárnicas, junto a otros datos arqueológicos nos introducen en la hipótesis de que el ritual funerario podría haber estado asociado a rituales de comensalidad. Los ajuares cerámicos argáricos Las investigaciones relacionadas con los conjuntos cerámicos argáricos en general y los ajuares cerámicos en particular han estado basadas en buena medida en preocupaciones taxonómicas y cronológicas. De esta forma, desde el inicio de las investigaciones a finales de siglo XIX y hasta los años 80, las cerámicas documentadas en contextos fune-rarios han sido utilizadas para el desarrollo de propuestas de clasificación tipológica (Siret y Siret 1890; Cuadrado 1950) u ordenación cronológica (Blance 1971; Schubart 1975; Ruiz-Gálvez 1977). A partir de 1980 se producen importantes cambios resultado de la introducción de nuevas perspectivas de investigación y metodologías de análisis. El desarrollo de técnicas estadísticas aplicadas a la clasificación de los conjuntos cerámicos ha permitido, por una parte, la sistematización de la información evitando valoraciones basadas en criterios intuitivos, y por otra, el análisis de la variabilidad en los atributos morfológicos y tecnológicos de la producción cerámica. Sin olvidar las preocupaciones taxonómicas o cronológicas, el diferente grado de normalización en las producciones cerámicas, y por tanto, la presencia o ausencia de estandarización se va a convertir a partir de estos momentos en uno de los principales objetivos de investigación. Desde esta perspectiva se han realizado diversos estudios de los conjuntos cerámicos bien para todo el ámbito argárico (Lull 1983; Aranda 2004) o bien para asentamientos específicos como La Cuesta del Negro (Contreras 1986), Cerro de la Encina (Aranda 2001), Peñalosa (Contreras y Cámara 2000), Fuente Álamo (Arteaga y Schubart 2000), Gatas (Castro et al. 1999) o la Bastida de Totana (García 1992). Como resultado, la producción cerámica argárica puede ser caracterizada por la variabilidad existente en formas y tipos aunque con un alto grado de estandarización formal y tecnológica dentro de cada grupo cerámico (Aranda 2004). Además la comparación entre los conjuntos cerámicos procedentes de ajuares funerarios y de otros contextos arqueológicos ha puesto de manifiesto la existencia de un mayor grado de estandarización en los conjuntos funerarios, documentándose determinadas formas cerámicas, patrones morfométricos y tecnológicos específicos de estos contextos (Lull 1983;2 Contreras et al. 1987-88; Contreras y Cámara 2000; Aranda 2001). La documentación de estos patrones supone una intencionalidad clara en la elección de las características de, al menos, una parte importante de las cerámicas que se utilizan en el ritual. Otro de los importantes cambios que se producen a partir de los años 80 ha consistido en el análisis de la variabilidad cualitativa y cuantitativa existente en los ajuares funerarios con el objeto de establecer consideraciones de carácter social. En este contexto los conjuntos cerámicos son uno de los principales elementos que han sido utilizados para el análisis del grado de riqueza de las sepulturas a partir de criterios de cantidad y cualidad. En las necrópolis argáricas aparecen desde sepulturas sin ningún ajuar hasta enterramientos en donde se han llegado a documentar 12 vasijas cerámicas entre otros elementos de ajuar (Aranda y Molina 2006). Desde una perspectiva cualitativa las formas cerámicas típicas del ritual funerario tanto por sus características morfológicas, morfométricas o tecnológicas se asocian a los ajuares de mayor riqueza. En yacimientos como por ejemplo el Cerro de la Encina (Aranda 2001) o la Cuesta del Negro (Contreras et al. 1987-88) cerámicas como las copas, botellas o cuencos lenticulares aparecen asociadas a las tumbas más ricas. La tendencia es similar cuando se analizan las propiedades tecnológicas de las cerámicas específicas del ritual. Nos referimos a la aparición de determinadas producciones que presentan pastas muy depuradas, superficies muy bruñidas, que proporcionan el típico aspecto metálico, y sobre todo una cocción a bajas temperaturas (Contreras et al. 1987-88) lo que genera cerámicas de escasa dureza que hace imposible un uso que implique una manipulación continuada (1). Estas propiedades tecnológicas se asocian con los tipos y subtipos exclusivos de los ajuares y a su vez con las sepulturas de los niveles sociales más elevados (Contreras et al. 1987-88; Aranda 2001Aranda, 2004)). Junto a esta situación, en los ajuares cerámicos también aparecen vasijas que no presentan diferencias ni formales ni tecnológicas respecto a los conjuntos domésticos y que habitualmente se encuentran asociadas a las sepulturas de bajo nivel social. Por tanto, los ajuares cerámicos funerarios presentan una gradación en la cantidad y cualidad paralela a las diferencias sociales. Precisamente el grado de estandarización de los conjuntos cerámicos junto a la distribución y consumo diferencial de las vasijas, especialmente evidente en los ajuares funerarios, nos ha conducido a plantear un contexto social de la producción caracterizado por un determinado control político del proceso de manufactura. El acceso a determinadas cerámicas estaría fuertemente limitado a los sectores sociales más elevados, su uso como medio para (1) La documentación de vasijas cerámicas con las pastas crudas o cocidas a bajas temperaturas también es una importante característica de otros contextos funerarios como los pertenecientes al periodo dinástico antiguo de Mesopotamia. Como parte de los ajuares de las sepulturas de este periodo aparecen importantes cantidades de cuencos y jarras realizados con las pastas crudas cuya presencia en las sepulturas han sido asociada a rituales de comensalidad (Pollock 2003). exhibir la riqueza y el estatus social obligaría a un control preciso de su distribución, lo que supone un importante poder sobre quién y en qué posición accede al ritual funerario o a determinados medios de producción o consumo. Las importantes diferencias en la distribución de la cerámica y su relación con los sectores sociales de mayor estatus permite plantear una organización de la producción basada en artesanos dependientes, al menos en lo que se refiere a la producción de cerámicas específicas para el ritual funerario (Aranda 2004). Junto al desarrollo de producciones cerámicas específicas del ritual funerario, lo que implica la relevancia que estos contenedores adquieren en el ritual, es posible destacar diversas características de estos conjuntos cerámicos que, desde nuestra perspectiva, se justifican por su participación en rituales de comensalidad. Además de ser producciones fuertemente estandarizadas sus formas se corresponden básicamente con vasijas que pueden relacionarse con la presentación, consumo de alimentos y bebidas y posiblemente almacenaje a pequeña escala. La forma cuantitativamente más característica de los ajuares son los vasos carenados (Castro et al. 1993-94) que presentan una variabilidad formal importante. También son comunes los cuencos más o menos profundos y las fuentes. Estas formas se caracterizan por ser vasijas relativamente abiertas que facilitan el acceso a su interior y por tanto a sus contenidos. Especialmente típico de los ajuares cerámicos son las copas, una forma nueva en el registro arqueológico de la Prehistoria del sudeste peninsular que tradicionalmente ha sido considerada como un elemento definitorio de la cultura argárica con un fuerte contenido ritual. En este caso sus características formales apuntan hacia una función especializada en el consumo de bebidas. También aparecen como ajuares funerarios vasijas con la boca muy cerrada como las formas lenticulares que son tipos cerámicos casi exclusivamente funerarios, y las denominadas botellas, cerámicas de perfil globular u ovoide que marcan fuertemente el cuello. Formalmente estas vasijas dificultan el acceso a su interior por su forma cerrada o muy cerrada pero mejoran el control sobre su contenido, disminuyen las tasas de evaporación y, en el caso de las botellas, facilitan su vertido al poseer un borde curvo saliente. Todas estas características nos situarían ante formas diseñadas para contener y almacenar líquidos a pequeña escala. Las propiedades de todas estas cerámicas, que son las más características de los ajuares funerarios, parecen haber tenido un papel destacado en la presentación y en el consumo de alimentos y bebidas. No obstante quizás la característica más sobresaliente de las cerámicas que participan en el ritual funerario, especialmente en las sepulturas de un nivel social elevado, sea el hecho de que han sido creadas para ser observadas, para ser mostradas, por tanto como un elemento de prestigio y de exhibición de riqueza. Este hecho implicaría que en los rituales participaría al menos una parte de la comunidad que intervendría en la escenificación y naturalización de un determinado orden social, posiblemente, como proponemos, a partir de ritos de comensalidad. Las evidencias que apuntan hacia una producción cerámica funeraria para ser exhibida son variadas. En primer lugar podemos destacar la mayor inversión de trabajo en estas vasijas ya que una de sus características es el intenso bruñido que les otorga un aspecto metálico a sus superficies. Aunque el bruñido también caracteriza a producciones domésticas sin embargo alcanza su máximo desarrollo en la cerámica funeraria. En los trabajos experimentales que hemos realizado reproduciendo el proceso de manufacturas de cerámicas argáricas el bruñido es una de las tareas que mayor esfuerzo requiere en cuanto a tiempo empleado (2). Este hecho implica que los bruñidos alcanzados en las vasijas funerarias, especialmente las que acompañan a las élites sociales, suponen una inversión en tiempo de trabajo considerable. A pesar de que las cerámicas argáricas se caracterizan de forma mayoritaria por ser formas lisas sin decoraciones, al margen del bruñido, no es excepcional la documentación de vasijas decoradas. Es habitual la aparición de suaves mamelones que decoran el labio exterior o que cuelgan de la línea de carenación. Estos adornos aparecen asociados habitualmente a copas y cuencos aunque no de forma exclusiva. Ejemplos de este tipo de decoraciones se documentan en necrópolis y poblados como el Cerro de la Encina (Aranda 2001), Cuesta del Negro (Molina y Pareja 1975), Peñalosa (Contreras 2000) y Fuente Amarga (Fresneda et al. 1999). También se han documentado decoraciones de motivos florales o cruciformes conseguidas mediante espatulado y situadas en la superficie interna fundamentalmente de copas aunque también de cuencos. Cerámicas con estas características aparecen en las necrópolis de Zapata, Ifre, El Argar (2) Aranda, G. y Fernández, S. e.p.: "Reproducción experimental del proceso tecnológico de producción cerámica argárica". Boletín de Arqueología Experimental. (Siret y Siret 1890), Fuente Álamo (Schubart 2003), Lorca (Martínez et al. 1996) y Ciavieja aunque en este caso la decoración aparece formada por un círculo central del que parten 8 radios (Suárez et al. 1987). El desarrollo de este tipo de decoraciones acentúa el carácter visual de las cerámicas especialmente aquellas relacionadas con el consumo de alimentos y bebidas. En este sentido destaca el hecho de que las decoraciones se concentran fundamentalmente en las copas y cuencos. Otra de las características de las cerámicas usadas en el ritual funerario que resalta las propiedades de exhibición de estas producciones sería que son formas estilizadas en comparación con las propiedades de vasijas documentadas en contextos no funerarios (Lull 1983; Aranda 2004). La potenciación de propiedades más visuales o más funcionales lleva a la producción de vasijas con tendencias morfométricas y tecnológicas diferentes. Características como la estabilidad y la durabilidad son enfatizadas en las vasijas documentadas en los poblados frente a las cerámicas funerarias más esbeltas con un centro de gravedad más alto, y por tanto menos estables, y con unas propiedades tecnológicas que, en al menos una parte de la producción, les confiere una baja durabilidad. Las cerámi-cas de contextos de poblado por contra son mucho más planas y estables. Estas características ya han sido destacadas para algunas vasijas como las formas carenadas (Lull, 1983). No obstante el análisis de los conjuntos cerámicos del poblado y necrópolis del Cerro de la Encina (Aranda 2001) nos permite avanzar y matizar estas propiedades formales. En concreto hemos realizado un análisis estadístico de las variables diámetro de la boca y altura total de los vasos carenados pertenecientes tanto a ajuares funerarios como a contextos de poblado. La muestra analizada se corresponde con 23 vasijas completas o potencialmente reconstruibles. 11 vasijas pertenecen a los contextos funerarios del yacimiento (Tab. Las 2 vasijas que completan la muestra pertenecen a sepulturas expoliadas, y por tanto, no poseen adscripción a ninguna tumba. Las 12 restantes vasijas que completan la muestra proceden de contextos del poblado. Los 23 vasos carenados agrupan a toda la muestra disponible (3). Sepulturas de la necrópolis del Cerro de la Encina. M=masculino, F=femenino, N=Niño/a, J=Joven, A=adulto, S=senil, Y=año, O=Oro, P=Plata, C=cobre, br=brazalete, cn=cuentas de collar, dag=daga, cu=cuchillo, cl=coletero, pe=pendiente, an=anillo pu=punzón, or=ornamento, ofr=ofrenda re=remache, pi=piedra, hu=hueso, va=vasija cerámica, bov=bóvido, ovi=ovicáprido. (3) La información de carácter contextual de las vasijas cerámicas funerarias puede consultarse en el trabajo (Aranda y Molina 2006) en donde se analizan las sepulturas de la necrópolis, su distribución espacial y se realiza una valoración de carácter so-Los análisis se han realizado utilizando dos metodologías estadísticas: a) considerando cada variable de forma independiente, para conseguir detectar la existencia o no de patrones univariantes en los datos además de permitir la aplicación de los métodos de la inferencia estadística, y b) relacionar los valores de ambas variables, fundamentalmente mediante la relación lineal, puesto que la variación conjunta de ambas posibilita el estudio de aquellos aspectos en los que es muy importante considerar la interacción de dos o más variables (Doran y Hodson 1977; Esquivel y Contreras 1982; Orton 1988Orton, 1997)). El análisis del diámetro de la boca indica la existencia de dos grupos de vasijas determinados por el histograma (Fig. 1), que están caracterizados por cerámicas cuyo diámetro de la boca es pequeño, con valores comprendidos entre 80mm. y 115mm. Estos grupos no son independientes entre sí, sino que muestran un solapamiento representado por tres vasijas de mediano tamaño (13%), intermedias entre ambos grupos. La forma del histograma no se ajusta a la gráfica correspondiente a una distribución normal basada en los datos, de lo que se deduce que los valores de los diámetros de la boca no son aleatorios, es decir, que existen patrones métricos de fabricación que están determinados por una intencionalidad clara en cuanto a fabricar preferentemente vasos con diámetros de la boca previamente determinados. Al incorporar a los análisis la variable de contexto aparecen diferencias importantes por grupos contextuales pues los vasos funerarios, en media, son mayores que los no funerarios (Tab. No obstante es necesaria la aplicación del test de diferencias en medias t-Student para determinar si las diferencias existentes entre ambos grupos son significativas o no, planteando como hipótesis nula la no existencia de diferencias en media del diámetro de la boca entre los contextos funerarios y no fu-nerario, mientras que la hipótesis alternativa sería la existencia de diferencias en media entre ambos contextos: siendo μ f la media del diámetro de la boca de la población de vasos funerarios, y μ nf la media del diámetro de la boca de la población de vasos no funerarios. La aplicación del test utiliza una metodología diferente si se conoce que las varianzas en cada uno de los grupos (los contextos funerario y no funerario) son iguales o no; por tanto, es preciso analizar este aspecto como paso previo a la aplicación del test t-Student. La forma más usual de llevarlo a cabo es mediante la aplicación del test de Levene que, en este caso, determina que debe asumirse la igualdad de varianzas de la población (homocedasticidad) como paso previo a la utilización del test t-Student, puesto que las varianzas en cada grupo son iguales (F=0.008, p=0.931). Entonces, la aplicación del test t-Student para muestras independientes indica que se acepta la hipótesis nula y, por tanto, no existen diferencias estadísticamente significativas entre las medias de los grupos (t=1.527, gl=21 y p=0.142) (Sokal y Rohlf 1982; Shenan 1998; Venables y Ripley 2002). Los resultados aparentemente contradictorios del test (la diferencia en media entre los grupos es cial. No obstante en la Tabla 1 se incluyen las 17 sepulturas excavadas sistemáticamente de las 22 que posee la necrópolis, las 5 restantes publicadas por Cabré (1922) y Tarradell (1947-48) pertenecen en su mayoría a sepulturas expoliadas y no han sido incluidas. Para las cerámicas de contextos de poblado las adscripción secuencial ha sido publicada en Aranda, 2001. Los vasos carenados y las variables utilizadas en el estudio estadístico aparecen igualmente en Aranda 2001 (apéndice 2). Tan sólo en la muestra de vasijas funerarias se han añadido 2 ejemplares correspondientes a las nuevas sepulturas documentadas en las recientes intervenciones realizadas en el yacimiento (Aranda y Molina 2005). de 17cm.) se deben a que la desviación típica de los vasos encontrados en ambos contextos es muy grande respecto a la media (los coeficientes de variación CV son 17.6% y 21.3%, respectivamente), lo que provoca un solapamiento de los intervalos de confianza entre ambos contextos: casi el 64% de los vasos funerarios tienen un diámetro de la boca mayor que el de su grupo, mientras que el 42.6% de los vasos no funerarios tienen un diámetro de la boca menor que la media (Fig. 2). Este hecho indica que no es posible utilizar el diámetro de la boca como único elemento discriminante entre contextos, aunque existan diferencias en la media. Un gráfico de secuencias con las vasijas de cada uno de los contextos dibujados en el eje abcisas y los valores del diámetro de la boca en las ordenadas es muy aclaratorio: las tres vasijas funerarias con diámetros menores que la media (110, 112 y 125 cm.), y las dos vasijas de contexto no funerario con diámetros excesivamente grandes respecto a su grupo (160 y 170 cm.) destacan del resto (Fig. 3). En segundo lugar se ha analizado la variable altura total de los vasos carenados, y los análisis muestran que respecto a la altura sí existen importantes diferencias en función del contexto de procedencia de las vasijas. Siguiendo el mismo procedimiento que para el diámetro de la boca a partir del histograma (Fig. 4) se observa que el 80% de los vasos tienen una altura comprendida entre 61 y 137 mm., un 15% tienen valores comprendidos entre 163 y 186 mm., y solamente un 5% tienen una altura mayor de 210 mm. Por tanto, existe un claro patrón de fabricación en cuanto a la altura total se refiere: la mayor parte son vasos pequeños y medianos (hasta 137 mm.), mientras que el resto son vasos mediano-grandes. De nuevo, la aplicación del test t-Student permite determinar si existen o no diferencias de altura en función del contexto. La aplicación previa del test de Levene afirma que debe asumirse la heterocedasticidad como paso previo, es decir, que las varianzas en cada grupo son distintas (F=4.412, p=0.048). Por tanto, el test t-Student para muestras independientes considerando la hipótesis nula como "la no existencia de diferencias en media" y la hipótesis alternativa como "la existencia de diferencias en media" indica que sí existen diferencias estadísticamente significativas entre las medias de los grupos (t=3.47, gl=14.878 y p=0.003) y, en particular, las vasijas pertenecientes a los ajuares funerarios presentan una altura superior a las documentadas en contextos de poblado. A partir de la Tabla 3 se observa que las medias de los dos grupos son muy distintas entre sí, hasta el punto que no existe solapamiento en los intervalos de confianza para la media al 95% de confianza. Por tanto, la altura total es un patrón que permite discriminar cada vasija individualmente según el contexto (Fig. 5), es decir, que si la altura total de un vaso está comprendida dentro del intervalo (113.85mm., 164.87mm.), existe un 95% de confianza de que dicha vasija pertenezca a un contexto funerario, y Tab. Parámetros descriptivos de el diámetro de la boca en base a los contextos de aparición de las vasijas (F=funerario, NF=no funerario). Gráfico de barras de error para el diámetro de la boca, mostrando el solapamiento entre los contextos. 95% Intervalo de confianza para la media si dicho valor pertenece al intervalo (78.77mm., 104.56mm.), la vasija es de un contexto no funerario con un 95% de confianza. Aunque la altura total es un discriminador para determinar el contexto de aparición de los vasos carenados, en cada uno de los grupos contextuales existe una variabilidad grande: en los vasos de contexto funerario el coeficiente de variación es CV=29.2 %, similar a los vasos de los de contexto no funerario (coeficiente de variación CV=23.4 %). Este hecho indica que el patrón de manufactura implica el mantenerse dentro de los límites que marcan los intervalos de confianza, pero que no aparecen más restricciones. Una vez establecidas las tendencias de las variables diámetro de la boca y altura total se ha procedido ha analizar la correlación entre ambas variables y determinar si existe variación conjunta entre ellas, lo que indicaría la existencia de un patrón bivariante. El valor del coeficiente de correlación lineal de Pearson indica que no existe una relación lineal entre ambas variables, es decir, son lineal- mente independientes entre sí (Tab. Además según se aprecia en la figura 6, aunque los datos son muy escasos, no parece existir otro tipo de relación. Según los resultados de los análisis estadísticos realizados se pueden extraer varias conclusiones. En primer lugar no existen diferencias en la muestra analizada en el diámetro de la boca que es independiente del contexto de procedencia de las vasijas y tampoco existe una correlación con la otra variable analizada la altura total. En segundo lugar existe un claro patrón en lo que a la altura se refiere ya que las vasijas carenadas de los contextos funerarios poseen una altura mayor que las aparecidas en el poblado, hasta el extremo que la altura es un valor discriminador entre ambos contextos con una confianza del 95%. Ambos elementos, la inexistencia de una correlación altura-diámetro de la boca y la mayor altura de las vasijas funerarias, demostraría que, para el caso del Cerro de la Encina, se han elegido para el ritual aquellas formas carenadas más estilizadas y por tanto se han potenciando las propiedades visuales y de exhibición en diámetro boca detrimento de otras características más funcionales como la estabilidad. La elección de determinadas formas más estilizadas se correlaciona además con otras variables, que acentúan igualmente los atributos visuales, como sería el bruñido. En el estudio tecnológico de las cerámicas funerarias del Cerro de la Encina (Aranda 2001) sobre una muestra de 32 vasijas el tratamiento muy bruñido afecta al 18.75% de la muestra, el tratamiento bruñido al 68.75% y las superficies alisadas o pulidas al 12.5 %. En términos generales la tendencia es clara hacia tratamientos de las superficies bruñidos o muy bruñidos en las vasijas funerarias. Esta correlación queda además matizada si se analizan los tratamientos de las superficies en función de la riqueza de los ajuares funerarios (4). Los tratamientos muy bruñidos que suponen superficies con brillos muy intensos de gran espectacularidad se asocian, por una parte, a formas cerámicas relacionadas con el consumo, muy especialmente a las copas, y por otra a las se-pulturas con ajuares de mayor riqueza (por ejemplo sepulturas 9, 10 ó 12). En el lado opuesto los tratamientos alisado o pulido se relacionan con los ajuares de menor riqueza, caso de las sepulturas 6 ó 14 (Aranda 2001:279). Además, las decoraciones que acompañan a estas cerámicas se concentran precisamente en estas formas relacionadas con el consumo y con superficies de intensos bruñidos. De la muestra de 32 vasijas tres de ellas presentan una decoración caracterizada por líneas de suaves mamelones. Dos de estas cerámicas se corresponden a formas de cuencos pertenecientes a las sepulturas 10 y 12 y la tercera a una copa relacionada con el expolio de una sepultura. En los tres casos las superficies poseen intensos bruñidos (Aranda 2001). El análisis de estas variables, esbeltez, tratamiento de las super- Tab. Coeficientes de correlación lineal de Pearson entre altura y diámetro de la boca de los vasos carenados. Gráfico mostrando que solamente dos vasos encontrados en contexto no funerario tienen unos valores de altura total similares a los más bajos de contexto funerario. 95% Intervalo de confianza para la media altura ficies y decoración, demostraría una clara tendencia en la elección de las cerámicas funerarias en donde se resaltan las propiedades de visibilidad y exhibición, tendencia que adquiere mayor protagonismo en los ajuares de mayor riqueza. Finalmente, y dentro del análisis de los conjuntos cerámicos, vamos a introducir otro aspecto de gran relevancia que igualmente apuntaría al desarrollo de rituales de comensalidad. En relación con las cerámicas funerarias recientemente se ha realizado un análisis de contenidos de 6 vasijas procedentes de dos sepulturas, 68 y 111, de la necrópolis de Fuente Álamo asociadas a ajuares de gran riqueza (Juan-Treserras 2004). Aunque es necesario el desarrollo de un programa amplio de análisis de contenidos de las cerámicas funerarias de forma que sea posible establecer los posibles patrones rituales, no obstante los resultados obtenidos para las vasijas de Fuente Álamo son de lo más sugerente. Asociado a una copa se han documentado los restos de tartratos, compuestos característicos tanto del vino de uva como del jugo de granada. Igualmente y en relación con dos formas carenadas, en concreto dos vasitos, se han identificado residuos de adormidera (Juan-Treserras 2004). También en una vasija de la necrópolis de la Cuesta del Negro se documentaron restos de mosto de uva (Molina et al. 1975) (5). El empleo de sustancias alcohólicas y narcóticas en el ritual funerario reforzaría la hipótesis de su asociación a ritos de comensalidad, ya que el consumo de ambos elementos es una de las características que habitualmente acompaña a estas prácticas sociales debido a su importancia en facilitar la interacción social y en acentuar las experiencias sensoriales (Dietler 1990; Sherrat 1996). Las evidencias que apoyarían la relación de los ajuares cerámicos argáricos con prácticas de comensalidad son, por tanto, variadas: la documentación de formas cerámicas, patrones morfométricos y tecnológicos específicos de los contextos funerarios, o la producción de vasijas para ser mostradas y, por tanto, usadas como un elemento de exhibición resultado del desarrollo de determinados patrones decorativos, intensos bruñidos y un claro énfasis en las formas esbeltas y estilizadas. Además las cerámicas funerarias, tanto por sus característi-cas morfológicas como por sus contenidos, se relacionarían con la presentación y consumo de alimentos, bebidas e incluso sustancias narcóticas como la adormidera. La documentación de restos de bebidas, incluso de alimentos sólidos, en el interior de las vasijas apuntaría en esta misma dirección. Todas estas propiedades nos permiten sugerir la producción de vasijas cerámicas, al menos para las élites sociales, realizadas para su uso en rituales de comensalidad asociados a la muerte. Aunque las propias características del ritual funerario consistente en enterramientos bajo las unidades domésticas dificultan enormemente la documentación de otras evidencias de carácter contextual sobre los rituales de comensalidad, no obstante existen algunos elementos que apoyarían esta propuesta. Por ejemplo, en las necrópolis del área nuclear argárica es relativamente habitual la documentación de ajuares al exterior de las sepulturas (véase Fuente Álamo (Pingel et al. 2001(Pingel et al., 2004) ) o las necrópolis argáricas de los Cipreses, o Lorca (Martínez et al. 1996) lo que podría relacionarse con el desarrollo de estos rituales. Incluso se ha descrito algún caso como en la sepultura 102 de Fuente Álamo de una copa rota intencionadamente en el entorno de la sepultura (Schubart 1991(Schubart, 2000)). También en el entorno de varias sepulturas de la necrópolis de Los Cipreses se han documentado varios hogares que han sido relacionados con el ritual funerario (Martínez et al. 1996). Otro de los aspectos presentes en los ajuares funerarios argáricos y que tradicionalmente juega un importante papel en los rituales de comensalidad es el ganado. En los ajuares funerarios argáricos se documenta un elemento posiblemente no suficientemente valorado, nos referimos precisamente a la presencia de restos de fauna como parte del ritual de enterramiento (Lám. La aparición de restos óseos de (5) En la Edad del Bronce del Norte de Europa se han documentado, igualmente, vasijas funerarias con residuos de bebidas alcohólicas realizadas a base de agua y miel. En la mayoría de las sepulturas estas bebidas aparecen asociadas a ajuares de gran riqueza pertenecientes a individuos de un elevado estatus social. El consumo de estas bebidas ha sido relacionado con rituales de comensalidad (Koch 2003). animal en el interior de las sepulturas es una característica ritual de gran relevancia ya que posee un alto grado de normalización. Además es un patrón transversal documentándose en los diferentes territorios que componen la geografía argárica. Ya desde los inicios de las investigaciones a finales del siglo XIX los hermanos Siret documentaron restos de bóvidos y ovicápridos en necrópolis como Ifre, Gatas, Fuente Álamo o el propio Argar (Siret y Siret 1890). Las investigaciones que se han desarrollado con posterioridad especialmente a partir de los años 70 han completado y sistematizado la documentación. Para el área nuclear han aportado una importante documentación necrópolis como la de Fuente Álamo, (Liseau y Schubart 2004) La Bastida de Totana (Cereijo 1992) o Lorca (Martínez et al. 1996); para el área granadina contamos con casos como los de Terrera del Reloj, Castellón Alto, Cuesta del Negro (Molina et al. 1975(Molina et al., 1986;;Driesch 1976), Fuente Amarga (Fresneda et al. 1999) o Cerro de la Encina (Aranda y Molina 2005;2006) y en la zona alicantina destaca la necrópolis de la Illeta dels Banyets (Miguel-Ibañez 2001, 2004). Del análisis de la documentación que aportan estas necrópolis emergen toda una serie de patrones del máximo interés. En primer lugar las especies elegidas para el ritual son fundamentalmente bóvidos y ovicápridos siendo más excepcionales los restos de otros animales (6). En segundo lugar, las partes anatómicas incluidas en las sepulturas son básicamente los extremos distales de las patas cuyos restos óseos aparecen en conexión. En ter-cer lugar, del análisis de los restos faunísticos de necrópolis como la Bastida de Totana (Cereijo 1992), Cuesta del Negro (Molina et al. 1975(Molina et al., 1986;;Driesch 1976) y Fuente Álamo (Liseau y Schubart 2004) emerge otro importante patrón consistente en un predominio claro en el sacrificio de animales jóvenes. En el caso de la Bastida de Totana ninguno de los restos analizados ha sido clasificado claramente como adulto, el 52.6 % corresponde a individuos neonatos, infantiles y juveniles, el 36.8 % ha sido clasificado como subadultos/adultos y el resto pertenece a cohortes de edad que van desde juvenil a adulto (Cereijo 1992). En la necrópolis de la Cuesta del Negro los restos óseos de bóvidos y ovicápridos documentados han sido clasificados como sigue: el 64% pertenece a individuos infantiles y juveniles frente al 26% de individuos adultos y el 6% restante correspondiente a individuos subadultos (Driesch 1976). Estos datos demostrarían una clara selección para su uso ritual de individuos en edades jóvenes, por tanto en un momento en donde las carnes presentan las mejores propiedades para ser consumidas. Por último, en aquellas necrópolis como Fuente Álamo (Liseau y Schubart 2004), Cuesta del Negro (Molina 1983; Contreras et al. 1987-88) o Cerro de la Encina (Aranda y Molina 2006) en donde se han relacionado los restos faunísticos con los demás elementos de ajuar se documenta otra importante tendencia en este caso con un fuerte carácter social. Los restos de bóvidos aparecen asociados a los más ricos ajuares, y por tanto, a las sepulturas pertenecientes a las clases sociales dirigentes de cada asentamiento. Los ovicápridos, por el contrario, aparecen en tumbas cuyos ajuares poseen unas diferencias de riqueza mucho más acentuadas. Este sería el caso de la Necrópolis del Cerro de la Encina (Tab. Los ajuares cárnicos de bóvidos aparecen asociados a sepulturas con ricos ajuares. Este sería el caso de las sepulturas 9, 13, 18 y, muy especialmente, de la 21, en donde la importancia cuantitativa y cualitativa del ajuar viene refrendada por la documentación de hasta tres ofrendas cárnicas (Lám. En el extremo contrario la sepulturas de un nivel social inferior o bien no presentan ajuares cárnicos de ningún tipo o son de ovicápridos, este sería el caso de la sepultura 14. Además, las sepulturas con ofrendas de bóvido aparecen concentradas espacialmente. Aunque los enterramientos aparecen distribuidos por todo el asentamiento, se ha documentado un área del poblado, en contraposición con otras zonas, en donde todas las sepulturas se caracterizan por ajuares de considerable riqueza (Aranda y Molina 2006, Fig. 7). Es precisamente en estas tumbas en donde se concentran las ofrendas de bóvidos. En el caso de la necrópolis de Fuente Álamo de las 22 sepulturas con restos de ofrendas cárnicas 12 pertenecen a bóvidos y 10 a ovicápridos. Los depósitos de vacuno aparecen sólo en tumbas de adultos construidas con una importante inversión de trabajo junto a un rico ajuar. Por su parte los restos de ovicápridos se documentan mayoritariamente en sepulturas tipo covacha o pithoi, apareciendo indistintamente en inhumaciones de adulto y de niños (Liseau y Schubart 2004). En la necrópolis de la Cuesta del Negro la tendencia es similar, los bóvidos se concentran en las sepulturas de mayor riqueza frente a los ovicápridos que aparecen en tumbas con mayor variabilidad en el grado de riqueza de sus ajuares (Molina et al. 1975; Driesch 1976; Molina 1983; Contreras et al. 1987-88). En otras necrópolis en donde se conocen escasas sepulturas o no han sido publicadas sistemáticamente también los restos de bóvidos aparecen asociados a ricos ajuares. Este es el caso de varias sepulturas publicadas por Siret pertenecientes a Ifre, Gatas, Fuente Álamo o el Argar (Siret y Siret 1890) o de investigaciones recientes como la realizada en la necrópolis de Los Cipreses (Martínez et al. 1996). Los restos de bóvidos aparecen asociados a elementos de marcan un muy alto estatus social como la espada y diadema de la sepultura 9 de Fuente Álamo o la alabarda del enterramiento 3 de los Cipreses. La aparición de restos faunísticos en las sepulturas argáricas supone que, como parte de ritual funerario, se procedió al sacrificio de bóvidos u ovicápridos, fundamentalmente en edades jóvenes de los que una parte, habitualmente los extremos distales, fueron introducidos en las tumbas. El resto de la especie o especies sacrificadas serían consumidas como parte de los rituales de comensalidad asociados a la muerte. Este hecho vendría apoyado por la selección de la edad de las especies sacrificadas en un momento óptimo para su consumo. Además la documentación de un consumo diferencial de bóvidos u ovicápridos en función de la adscripción social de los individuos posee importantes implicaciones sobre todo en lo que se refiere al papel social desempeñado por estas especies. Especialmente los bóvidos debieron poseer una importante consideración simbólica que transciende su funcionalidad como recurso estrictamente econó-mico (6). La asociación de los bóvidos a las clases sociales más elevadas y su utilización como medio de exhibición de riqueza y naturalización del poder confiere a esta especie una nueva dimensión en las relaciones sociales y económicas de estas poblaciones. Su consumo en el ritual funerario implica además un acceso claramente diferenciado a un importante bien de producción a favor de las élites sociales. Precisamente la distribución diferencial de este recurso quedaría simbólicamente reforzada por su consumo ritual. zado de vasijas rituales y su correlación fundamentalmente con la presentación y consumo de alimentos y bebidas supone la expresión material de las diferencias de clases. Desde esta perspectiva los conjuntos cerámicos rituales asociados a los sectores sociales más elevados pueden ser entendidos como auténticos símbolos del poder establecido. La producción y distribución de conjuntos cerámicos distintivos del poder argárico sugiere una estrategia consciente en la creación de símbolos materiales de la jerarquía social y de las diferencias de clase. De hecho en las fases tardías de la cultura argárica, asociadas a momentos de crisis y cambio, elementos clásicos de la ideología argárica como las copas desaparecen del registro arqueológico (Molina 1978; Aranda 2001). Las diferencias sociales en el ritual de comensalidad no sólo afectan a la producción de contenedores cerámicos específicos para los sectores sociales más elevados sino también al contenido del propio ritual. Como hemos analizado anteriormente existe una clara diferenciación en el tipo de carne consumida. Los bóvidos se asocian a las clases sociales más elevadas frente a los ovicápridos que se relacionan con sectores sociales con diferente grado riqueza. El ritual de comensalidad poseería por tanto unas características diferentes en función de la posición social de los individuos. Los sectores más elevados gozarían de un banquete funerario caracterizado por el consumo de carne de bóvido, de bebidas y sustancias estimulantes todo ello acompañado de unos contenedores cerámicos específicos del ritual. Frente a esta situación el ritual de comensalidad de aquellos individuos con un nivel social inferior no dispondría de vasijas específicas del ritual y las especies sacrificadas para su consumo serían fundamentalmente ovicápridos y en menor medida suidos pero en ningún caso bóvidos. Por último aquellos individuos enterrados sin ningún elemento de ajuar pertenecerían a clases sociales que no tendrían acceso al ritual de comensalidad, o bien, el rito desarrollado no ha dejado evidencia arqueológica. La elección de la muerte en las sociedades argáricas como episodio para el desarrollo de rituales de comensalidad se debería a la necesidad de justificar ideológicamente, de naturalizar el acceso diferenciado a los bienes de producción. La comensalidad en el contexto del ritual funerario argárico serviría primeramente para distinguir socialmente a los diferentes individuos a partir de la cantidad y calidad de los elementos asociados; todo ello a pesar de que el consumo de bebida y comida en el ritual sea un vínculo que atraviesa las líneas sociales y, por tanto, cree y potencie relaciones de solidaridad e interdependencia. El consumo comunal de alimentos contribuiría a la creación de un sentido de comunidad y de conexión con los ancestros al tiempo que legitima y naturaliza una situación social claramente beneficiosa para ciertos sectores sociales. Las características del ritual descrito para las sociedades argáricas entrarían dentro de la categoría definida por Dietler (1996Dietler (, 2001) ) como patron-role feast consistente en rituales de comensalidad que reproducen y legitiman relaciones institucionalizadas de asimetría social. A diferencia de otros tipos de comensalidad las relaciones de reciprocidad entre los invitados y el anfitrión o anfitriones no definen a este tipo de comensalidad; muy al contrario se acepta un patrón desigual de hospitalidad simbólicamente expresado en la formalización de relaciones de poder desiguales e ideológicamente naturalizado a través de la repetición de un evento que induce sentimientos de débito social. Aquellos grupos sociales que ocupan el lugar de invitados aceptarían una posición de subordinación frente a los anfitriones para los que la organización de fiestas sería una obligación que incumbe a cualquier individuo que posea un elevado status. La institucionalización de la autoridad descansaría precisamente en relaciones de este tipo en donde la aceptación de una posición desigual ente anfitrión-invitado justifica claras asimetrías sociales.
Una nueva intervención arqueológica en el yacimiento de Los Barruecos nos ha proporcionado una interesante secuencia de ocupación que abarca desde el Neolítico hasta el Hierro IL Presentamos en este breve trabajo un avance al estudio de la ocupación más antigua, que nos sirve para encuadrar evidencias semejantes en un espacio del interior peninsular como Extremadura. Presentamos en este trabajo un avance al estudio del yacimiento de Los Barruecos (Malpartida de Cáceres), tras la campaña desarrollada en 2001; sin duda, el interés de ésta reside en el estudio de su primer nivel de ocupación que abiertamente permite hablar de poblamiento al aire libre desde las fases más antiguas del Neolítico. El conjunto de dataciones que se han dado a conocer recientemente en el Alentejo (Diniz 2001), las provincias de Soria (Kunst y Rojo 1999), Falencia (Delibes y Zapatero 1996), Segovia (Estremera 1999) y Toledo (Bueno et al 1999) demuestra la vitalidad que ha adquirido el estudio del Neolítico en el interior peninsular. Dentro de ese panorama, la datación que presentamos y su contexto vienen a ser, por tanto, un enlace cronológico entre situaciones culturales similares que se observan en Andalucía Occidental, la fachada atlántica y la Meseta. Espacios, que una vez relacionados, invitan a revisar adecuadamente los marcos conceptuales que se habían cimentado en el teórico cariz retardatario del "Neolítico interior". En lo referente al periodo que nos ocupa y su in-T. R, 59, n." 2, 2002 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es vestigación, se están documentando en Extremadura un número considerable de yacimientos en los últimos años (González Cordero 1999b; González Cordero y Cerrillo Cuenca 2001), pero se hacía necesario reconducir los esfuerzos a la obtención de datos de excavación que completasen, con fechas y analíticas, el variado sistema de poblamiento que hoy conocemos. El yacimiento de Los Barruecos, donde intuíamos una potente estratificación, se perfilaba como un lugar idóneo para obtener materiales contextualizados, que parcamente ofrecían otros yacimientos, y al mismo tiempo definir mejor la secuencia ocupacional de uno de los yacimientos más completos e interesantes de la cuenca media del Tajo. Hay que recordar como se habían reconocido cerámicas impresas neolíticas en el transcurso de la excavación de otros tres yacimientos cacereños. La cueva de Boquique, aunque estratigráficamente alterada, mantenía en su nivel de base algunas cerámicas (Almagro-Gorbea 1977) que servían para ratificar la ocupación neolítica del yacimiento casi testimonialmente (Femández-Posse 1982). Y por último en los dos poblados calcolíticos del Cerro de la Horca y Castillejos II en Plasenzuela, donde tras las excavaciones sistemáticas desarrolladas por uno de nosotros, únicamente un corte, el B-5 del Cerro de la Horca, ofreció un nivel con cerámicas impresas conservado bajo una capa estéril (González Cordero et al. 1988). Con el objetivo de paliar la escasez de datos paleo-ambientales y dataciones radiocarbónicas de que adolecen las épocas que nos ocupan en Extremadura, entre agosto y septiembre de 2001 intervinimos nuevamente en el yacimiento de Los Barruecos. Es necesario recordar que a lo largo de la década de los años 80 el Museo de Cáceres e Isabel Sauceda, posteriormente, desarrollaron seis campañas de excavación en el yacimiento, parcialmente publicadas en dos breves trabajos (Sauceda 1986(Sauceda y 1991)). Centrados en diversos puntos del yacimiento, lo cierto es que los trabajos de excavación sólo habían terminado por ofrecer tres aparentes fases vertebradas en Calcolítico Inicial, Pleno y Final (Sauceda 1991: 34-39) aisladas a partir de determinados criterios ergológicos de la cerámica. Posteriores trabajos (González Cordero 1996: 700) han puesto de manifiesto cómo bajo una perspectiva tipológica el yacimiento muestra una amplia secuencia de ocupación no valorada en sus justos términos. El yacimiento se describe como una pequeña meseta localizada entre los bloques graníticos que resaltan sobre las zonas pizarrosas próximas, elevándose a unos 320 metros sobre el nivel del mar. Todo este emplazamiento ofrece dos líneas de muralla que aprovechan los bolos del terreno para cerrar un espacio en el que se han centrado nuestros trabajos. Paralelamente existen algunos abrigos próximos con evidencias de poblamiento unos y grafías otros; son precisamente estos últimos elementos, grabados y pinturas, los que más posibilidades de relación ofrecen al estar localizadas en el propio habitat (González Cordero 1999a: 192-193). El entorno ofrece elementos que hablan de una intensa organización paisajística durante distintos periodos de la Prehistoria Reciente como indican los grabados y pinturas recientemente recopilados en un catálogo (Sauceda 2001), pero también cámaras megalíticas que se reparten desigualmente en un radio de 5 kilómetros, algunos de ellos ya conocidos por las excavaciones de M. Almagro Basch en la finca de Hijadilla (Almagro Basch 1962; Bueno 2000:47), o por prospección, como el túmulo de la Redondilla (Bueno 1994: 68), junto a otros inéditos. Por último habría que completar esta breve re-T. P., 59, n.° 2, 2002 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es ferencia de sitios con algunos puntos en los que aparecen evidencias de habitats de cronologías prehistóricas escasamente determinadas, en la que Los Barruecos se muestra como la evidencia de poblamiento más notable. La intervención de 2001 se centró en definir la estratigrafía del yacimiento, pero especialmente en reconocer posibles hiatus de poblamiento que se suponían a partir del estudio de las campañas previas. Para ello planteamos un único corte, que con una extensión de 12 m^ permitiese alcanzar la roca natural, donde, según la información que poseíamos, se localizaban estructuras de habitat a las que se asociaban cerámicas impresas a unos 2,5 metros de profundidad. Sin embargo, este corte apareció bastante alterado a consecuencia de un agujero practicado en el terreno de unos 2 metros de diá-metro y que a juzgar por sus materiales (ánforas Dressel 1, bordes vueltos y un regatón de hierro) se sitúa en tomo a los siglos H-I a.C. Por tanto, comprobamos parcialmente en los bordes del corte una sucesiva superposición de suelos adscribibles al Bronce Inicial y al Calcolítico; el reducido espacio que nos restó para comprobar la estratigrafía permitió observar como un paquete de elementos neolíticos aparecían sellados por una capa de descomposición de granitos que prácticamente se mostraba estéril. Alentados por la presencia de este último nivel de ocupación, se optó en los últimos días de la campaña de excavación por efectuar sondeos en la base de uno de los cortes de la campaña de 1988de (Sauceda 1991: 31, fig. 4): 31, fig. 4), en los que no se había alcanzado la roca natural y donde una serie de estructuras garantizaban que el nivel arqueológico no había sido alterado. El objetivo era comprobar mejor la presencia de un horizonte con cerámicas impresas que habíamos documentado en el sondeo anterior, y que también conocíamos a partir de los materiales depositados en el Museo de Cáceres. Se excavaron un total de 10 m^, que ofrecieron la estratigrafía que describimos a continuación. El suelo de la ocupación previa, cuya adscripción cultural esperamos aclarar en el transcurso de la próxima campaña, se mostraba como una capa de color grisáceo y textura compacta que daba paso a un nivel de tierra suelta y color claro producto de la descomposición del granito. Este nivel, prácticamente estéril, ofrecía a cierta profundidad un conjunto de materiales arrastrados. Por último en la parte Norte, corte 2-c, del espacio excavado localizamos una zanja de sección en V, que tras una valoración inicial de sus materiales podemos ads-cribir al Neolítico Final. La zanja, que ofrecía abundante relleno de restos faunísticos y material cerámico, estuvo amortizada durante la ocupación caleolítica, como lo demuestra el hecho de que aparezca por encima de ella el suelo de ocupación calcolítico. Por último en la misma zona, en los cortes 2-a y 2-b, documentamos un silo del Neolítico Antiguo, que hemos podido datar en el tránsito del VI al V milenio cal BC. UNA ESTRUCTURA DE ALMACENAJE DEL NEOLÍTICO ANTIGUO Pese al estado aún embrionario de nuestro conocimiento de este yacimiento, estamos en condiciones de presentar la estructura anteriormente comentada y los materiales asociados a ella, puesto que creemos que resultan de interés a la hora de aportar datos sobre la ocupación neolítica del interior, y efectivamente tratar de relacionar una estructura de almacenaje como la que presentamos con todo un trasfondo de estrategias de producción alimenticia. La excavación de esta estructura, nos deparó en un primer momento una capa de tierra oscura, vegetal, con presencia de algunos materiales cerámicos y escasa industria lítica. Bajo esta última unidad se localizaba la cubierta de la fosa formada a partir de cuarzos y granitos de pequeño tamaño en el que se encontraban amortizados algunos fragmentos de cerámica; todo ello daba paso al relleno de esta estructura, de unos 70 centímetros de diámetro, que había sido excavada en la capa de descomposición del granito previa a la roca madre. El relleno de esta fosa estaba compuesto por arenas de color oscuro, donde los materiales arqueológicos resultaban escasos. Fue precisamente en el contacto entre estas unidades donde obtuvimos varios granulos de carbón que corresponden a la datación por AMS y que sitúa su momento de uso en el 6 060 ± 50 BP El conjunto de materiales, que presentamos se encontraba amortizado en las dos capas que componían la cubrición del silo. El material cerámico es el más numeroso e incluye un conjunto de piezas en el que dominan las incisiones y las acanaladuras, aunque también existe un reducido número de impresas con matrices distintas. Destacan además las cerámicas decoradas con cordones aplicados, y que actúan como elemento organizativo de la decoración. Las formas suelen ser simples, e incluyen cuencos y vasos donde predomina la tendencia abierta. Hemos recogido estas variables y su presencia en la estructura que nos ocupa en las tablas 1 y 2, aunque la estadística que incluimos puede verse modificada sensiblemente con la excavación de otras áreas de actividad en próximas campañas. En referencia a la industria litica, es reseñable la escasez de sflex, con la presencia de varias lascas internas y una laminita de dorso abatido con muesca en el extremo distal izquierdo; ello se ve completado con una buena variedad de pequeñas lascas de cuarzo sin retocar. En cuanto a los elementos pulimentados, únicamente hay que señalar una azuela de gabro fragmentada, de sección redonda, localizada en la cubierta de material que tapaba el silo. Por último, en la misma estructura recogimos otros materiales alóctonos como pizarras con evidencias de uso y un canto trabajado en cuarcita. Dos molederas de granito fragmentadas, completan el conjunto de materiales recuperados. Estos materiales suponen un punto de partida para empezar a contextualizar de un modo más certero otras evidencias arqueológicas similares de la zona que estudiamos. Así proponemos que conjuntos de cerámicas, como los de Sao Pedro de Canaferrim (Simoes 1999), con el que las cerámicas de Los Barruecos guardan una importante similitud, las de Valada do Mato (Diniz 2000) o las de La Vaquera en Segovia (Estremera 1999), se encuadran en un mismo contexto ahora refrendado por dataciones absolutas (Tab. Este marco cronológico y cultural común, teniendo en cuenta la evolución del Neolítico a nivel peninsular, es el de la paulatina disminución de las cerámicas cardiales en el contexto arqueológico, dando paso a otras técnicas más difundidas como otros tipos de impresión; de forma que los conjuntos de impresas con la técnica de boquique, numerosos en la región, se puedan situar a lo largo del V milenio Cal BC. Sin duda, este intento de sedación deberá confrontarse con el conocimiento de nuevos yacimientos, pero también con la valoración de esta propuesta a una escala espacial conveniente. Por último, hay que resaltar la fecha de los enterramientos del Neolítico Antiguo de Nossa Señora das Lapas (Ooesterbeck 1993: 53) que nos remiten al uso funerario de las cuevas en este mismo momento sin salir de la cuenca del Tajo. Suponemos que la funcionalidad de esta estructura es la de un espacio de almacenamiento de grano o de algún material perecedero, como se conocen en otras épocas en toda la Península, pero de las que ya hay pruebas en los mismos momentos, concretamente en el yacimiento de la Deseada (Madrid) (Díaz del Río y Consuegra 1999: 253), donde se excavaron estructuras muy semejantes a la que presentamos. Recientemente se han documentado evidencias de concentración de cereal en la cueva de El Conejar, actividad que sólo podemos relacionar de un modo muy parcial, puesto que gran parte del sedimento original de dicha cueva se encuentra seriamente alterado. Las excavaciones desarrolladas en la cueva dentro del Proyecto "Vendimia-Los primeros pobladores de Extremadura" han ofrecido un importante conjunto de semillas brechificadas en un bloque calizo descontextualizado que tras su análisis carpológico se corresponden con Triticum aestivum/durum del tipo compactum y triticum diccocum. Pese al revuelto parcial de la cavidad, hay que hacer notar que la mayor parte de los materiales pueden englobarse en momentos Elemento de prensión y suspensión Mamelón Asa acintada | Arranque de asa 1 Arranque de asa 1 Atributos más representativos de las cerámicas decoradas y con elementos de prensión localizados en la estructura datada. del Neolítico Antiguo/Antiguo Evolucionado, y estarían hablando de un hecho interesante como es la acumulación de cereal en cavidades, donde se hace inevitable citar los trabajos de la Cova de l'Or (Hopf 1966), pero también los cereales documentados en el Buraco da Pala (Sanches 2000:194). En el caso de Los Barruecos, esperamos que los análisis que realiza Dña. Ana Arnanz, del Laboratorio de Arqueobotánica del CSIC, confirmen la presencia en la estructura que nos ocupa de restos carpológicos. SOBRE LA TRAYECTORIA DE LAS PRIMERAS SOCIEDADES PRODUCTORAS DEL CENTRO-OESTE PENINSULAR Aparte de los contextos datados recientemente, las regiones interiores de la Península ofrecían hasta mediados de los ochenta (Municio 1988) un reducido conjunto de yacimientos neolíticos reconocidos como tales. Por citar algunos de ellos, las cuevas de la Nogalera (Municio y Ruiz-Gálvez 1986) o el Aire de Patones (Femández-Posse 1980), la Peña del Bardal de Diego Alvaro (Gutiérrez Palacios 1966) o el cerro del Berrueco (Maluquer de Motes 1957), donde a partir de ciertos materiales de superficie era posible situar algunas cerámicas decoradas dentro de los esquemas decorativos propios del Neolítico (Municio 1988: 308). Sin embargo, a medida que nuestros trabajos se han incrementado en el territorio el número de yacimientos se ha visto significativamente aumentado, como en los casos de Campo Arañuelo (González Cordero 1999b) Tabla 3. Yacimientos con dataciones similares a Los Barruecos. Las calibraciones se realizaron con el programa OxCal 3.5., empleando los datos atmosféricos de Stuiver et al. 1998. Dejando a un lado como la producción bibliográfica se ha encargado de afinar cada vez más la cronología de los conjuntos cerámicos con decoración impresa y retrasar éstos desde un Neolítico Tardío hasta la cronología antigua que propondremos más abajo, es destacable que nunca se haya poseído un repertorio tan variado de materiales cerámicos y sitios como el que hoy en día se nos ofrece. Recientemente, a propósito de la Vera, hemos señalado como la única opción metodológica que podíamos plantear para el estudio de las cerámicas neolíticas era la de asignar una cronología prudente a todas aquellas cerámicas impresas para las que no teníamos aún contextos estratigráficos (González Cordero y Cerrillo Cuenca 2001). El hecho de que manejemos por vez primera datos estratigráficos corroborados con dataciones absolutas y repertorios de materiales arqueológicos, nos hace ver como la seriación de materiales que se están proponiendo para todo el occidente peninsular, poco difiere de los procesos que analizamos en Extremadura; la consecuencia final es que resulta cuestionable mantener los vectores de difusión litoral-interior de largo recorrido temporal, y especialmente aquellas propuestas teóricas que avanzan la neolitización de las zonas periféricas a Portugal hasta momentos megalíticos (Kalb 1989). La variedad de materiales y la posibilidad de establecer seriaciones entre determinados tipos y subtipos decorativos, dibuja un escenario de ocupaciones que se han mantenido como sincrónicas y características de un ámbito geográfico concreto como diferenciación cultural (Jiménez Guijarro 1998: 39), y que son más que discutibles, pues no sólo existen algunos elementos decorativos que varían zonalriiente sino que pueden corresponder a distintos procesos no contemporáneos. Con la negación de la cultura material como elemento homogéneo que actúe como caracterizador crono-cultural preciso, debemos decir que nuestra opción teórica es considerar la trayectoria del Neolítico, en tanto proceso, como un discurso cultural de límites difuminados antes que como una estructura cerrada definida por relaciones entre aspectos socio-económicos y decoraciones cerámicas. Sin duda, el hilo conductor de todo este periodo es el de la aparición de las estrategias de producción, actividades orientadas a obtener un determinado recurso que en absoluto indican una economía de producción afianzada. Todo ello supondría en definitiva cuestionar la tradicional secuencia tripartita del Neolítico en cualquiera de sus variantes geográficas, algo que ya se comenzaba a vislumbrar en Portugal donde en los últimos años se ha venido defendiendo una división en Neolítico Antiguo, Antiguo/Evolucionado, Medio y Final. En definitiva, se repiten corrientemente formas y decoraciones que no pueden seriarse únicamente a partir de paralelos, sino con la correcta comparación de cultura material, estratigrafías y dataciones absolutas, que en cada región concreta pueden experimentar peculiaridades, aunque bajo patrones generales muy similares. Trazadas estas posiciones teóricas acerca de la validez de ciertos aspectos de la cultura material debemos establecer relaciones entre la datación presentada y la posibilidad de interacción con un teórico sustrato epipaleolítico y otro donde ya es- tan patentes las novedades económicas y tecnológicas del Neolítico. Desconocemos cuál fue el mecanismo de introducción de estas novedades en el seno de las primeras sociedades de tradición paleolítica del Holoceno. Ciertamente es necesario reunir más datos para reforzar las interpretaciones. La complejidad alcanzada en los concheros del Sado y el Muge y la perduración de estas sociedades mesolíticas hasta momentos del V milenio cal BC, cuando la presencia de sociedades productoras fuera de esos valles está ampliamente comprobada, plantea serias dudas en tomo a la homogeneidad de todo el territorio y si algún tipo de recurso ideológico o socio-económico pudo verse involucrado en la "neolitización" de estas sociedades. Ello nos lleva a valorar que las innovaciones del Neolítico, independientemente de sus vías de introducción, puedan ser transgredidas o aceptadas dependiendo del desarrollo de la base poblacional. Habría que evaluar una vez más el papel que los gmpos epipaleolíticos jugaron en la recepción y difusión de las ideas de la neolitización (Soares 1997:604). Frente a esta alternativa, Zilhao (1997: 25) ha propuesto como la ausencia de evidencias del mesolítico en toda la zona de Lisboa y la aparición de ciertos yacimientos neolíticos en tomo al 5500 cal BC plantea la opción de una colonización del terreno y la llegada de estrategias económicas novedosas en el registro arqueológico. Entre estas dos propuestas, por resumir, han girado las posiciones teóricas de los arqueólogos portugueses en los últimos años, situaciones que tampoco difieren en exceso de las planteadas por los españoles. Sin duda, lo más indicado para comprender el modo en el que un paisaje comienza a experimentar un incipiente grado de complejidad en el que se han incluido síntomas de producción, es valorar los momentos previos a su introducción y resulta complejo establecer relaciones entre uno y otro paisaje, quizás porque en su momento de contacto no resultasen tan simples como pudiera pensarse. Hasta aquí apenas se tenían datos que hablaran de habitats epipaleolíticos en el interior peninsular, aunque no deja de ser verdad que en los últimos tiempos se han dado pasos significativamente alentadores para salvar este panorama. Así, la cueva de El Conejar ha ofrecido ya dos dataciones epipaleolíticas idénticas de VIII milenio cal BC para una brecha caliza con industria lítica de tipo "languedocense" y carbones, que sitúan a 12 kilómetros de distancia y 2000 años de diferencia dos situaciones en principio distintas. Las dataciones (8220 ± 40 BP) han sido presentadas recientemente en las II Jomadas de Arqueología en Extremadura por los directores del Proyecto "Vendimia-Los primeros pobladores de Extremadura" y ofrecen sin duda una fecha po^í quem para el resto de evidencias de la cueva, como cerámicas impresas y granos de cereal. Pero El Conejar no es un hito aislado, en el Alentejo y en concreto en el yacimiento de Barca do Xerez Baixo se han datado industrias similares con una fecha de 8640 ± 50 BP (Almeida et al 1999:36). Hay que señalar, además, que piezas como las laminitas de dorso abatido se incluyen dentro de un ambiente de tradiciones antiguas que continúan estando representadas en los momentos iniciales del Neolítico, circunstancia que no deja de anotarse en otros trabajos realizados en Andalucía Occidental (Acosta 1986: 148; Ramos et al 1991 \ 686) y que es en definitiva una constante en el tránsito de uno a otro periodo en toda la Península. Pocos son los elementos de contacto que poseemos entre la cultura material de tradición epipaleolítica y la del Neolítico Antiguo, excepción hecha de ciertos elementos microlíticos característicos de sepulcros dolménicos de la región, y que aparecen en menor medida en contextos habitacionales, pero hoy por hoy resulta complejo ensayar una relación cronológica y cultural entre estas evidencias en sus respectivos contextos. A partir de entonces no podemos precisar bien el modo en el que se produjo la consolidación del modo de vida productor en esta zona centro-occidental de la Península. Puesto que las dataciones y las comparaciones de estas nos emplazan al tránsito entre las faciès de las cerámicas cardiales, testimonialmente representadas en El Conejar (Cerrillo Cuenca 1999: 115), y un momento del Neolítico Antiguo en el que se generalizan las cerámicas impresas con la técnica de boquique, posiblemente pueda situarse este proceso a lo largo de todo el V milenio Cal BC (Cerrillo Cuenca e.p). La continuidad de esta secuencia estaría representada por el Neolítico Medio y por la aparición de un elemento novedoso en el paisaje como es el megalitismo desde la primera mitad del IV milenio cal BC; a partir de entonces se desarrollan una serie de rasgos particulares del Suroeste que supondrán las bases de las ocupaciones calcolíticas durante el III milenio cal BC. Lejos de ver el proceso como una evolución directa desde las estructuras de producción más básicas del Neolítico Antiguo hasta el Neolítico Final, la secuencia cultural del Neolítico en Extremadura se presenta en determinados aspectos A lo largo del presente trabajo hemos tratado no sólo de presentar una nueva datación absoluta en el interior peninsular, sino también de apuntar una serie de conceptos teóricos que superen las limitaciones arqueográficas a las que se ha visto sometido el Neolítico en la construcción de su discurso. Con ello queda ya suficientemente demostrada la antigüedad del poblamiento al aire libre durante el Neolítico del interior, pero también la inclusión de espacios que hasta la fecha se suponían periféricos en la dinámica global de la neolitización peninsular. Los trabajos fueron financiados con una ayuda complementaria a la investigación del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Las tareas de campo no se hubieran podido llevar a cabo sin la ayuda entusiasta de D. Antonio Jiménez, alcalde del Excmo. Ayuntamiento de Malpartida de Cáceres, quien nos cedió los albergues municipales durante el transcurso de la campaña. Nuestros esfuerzos se vieron minimizados gracias a la colaboración de la Escuela Taller "Los Barruecos" y especialmente por su directora, Dña. Debemos mencionar a los numerosos licenciados, y algún otro en trance de serlo, que colaboraron de manera activa en el transcurso de las excavaciones y cuyos nombres no podemos evitar incluir aquí: Víctor Manuel Cáceres, M^ Soledad Gálvez, Elena Sánchez, Feo. Javier García, Miriam Alhambra, Juan José Pulido, M^ Ángeles Cantillo, M^ Dolores Mejías, Juan Barco, Miguel Hernández y Laura Muñoz. El estudio de materiales se está llevando a cabo en el Laboratorio de Arqueología de la Universidad de Extremadura gracias al trabajo desinteresado de Sara Vázquez, Jennifer Rol, Silvia Mancha y Fermina Acevedo. Los datos de la excavación de El Conejar (Cáceres) aparecen aquí citados por cortesía del Dr. Eudald Carbonell, el Dr. Antoni Canals, ambos del Área de Prehistoria de la Universidad Rovira i Virgili, e I. Sauceda, co-directores del Proyecto "Vendimia-Los primeros pobladores de Extremadura". Finalmente, los consejos y las valiosas sugerencias de la Dra. Bueno Ramírez del Área de Prehistoria de la Universidad de Alcalá de Henares, han contribuido a enriquecer significativamente el trabajo. En la última campaña realizada en el verano de 2002, tuvimos la oportunidad de excavar en extensión buena parte de la ocupación de Neolítico Antiguo, lo que supone un total de 35 m^. El resultado ha sido la documentación de otro silo de características similares al ya conocido y una estructura de combustión. Estas estructuras y la relación entre ellas podrían suponer la existencia de un área dedicada al almacenaje y procesamiento de alimentos. Desde aquí agradecemos al Excmo. Ayuntamiento de Malpartida de Cáceres y especialmente a su alcalde, D. Antonio Jiménez, el haber subvencionado parte de esta campaña.
MACARENA FERNÁNDEZ RODRÍGUEZ (*) MARÍA JESÚS RODRÍGUEZ DE LA ESPERANZA MANTEROLA (**) RESUMEN El depósito de espadas de Puertollano (Ciudad Real) ofrece una nueva panorámica sobre las ocultaciones de objetos metálicos. Este depósito en tierra del Bronce Final III, probablemente contó con una señalización externa formada por dos afloramientos de cuarcita. Su situación, carácter exclusivamente armamentístico y coherencia interna hacen que proceda hablar de una ocultación ritual o votiva. Localizado en una zona hasta ahora con escasos hallazgos metálicos, sin embargo, es un área de intenso poblamiento anterior, en donde se conocen poblados, necrópolis y estelas funerarias con la misma cronología que el escondrijo. PRESENTACIÓN Y ENTORNO GEOGRÁFICO DEL YACIMIENTO En este artículo presentamos un yacimiento aparecido en el verano de 2000 en las proximidades de la localidad de Puertollano, en Ciudad Real (Fernández Rodríguez e.p.). Se trata de un conjunto de armas de bronce, cuyo hallazgo fortuito dio lugar a la realización de una excavación de urgencia. En dicha excavación se documentaron algunos restos de cerámica y de industria lítica y se recuperaron varias piezas más de bronce, aunque ninguna estructura. Las características de los bronces, así como el lugar en el que se localizaron, nos permiten afirmar que se trata de un depósito de armas del Bronce Final Atlántico. El conjunto supone uno de los más importantes de España, en cuanto al número de objetos, ya que cuenta con más de una decena de piezas. El yacimiento se encuentra situado a unos 5 km al Sur de Puertollano, en el valle medio del río Ojailén, en la finca 2321, a la que sus propietarios denominan "Camino de Santiago", en una pequeña elevación del terreno. Está emplazado entre dos cerros de escasa altura: al Oeste el cerro de Buenavista, de 859 m y al Este un cerrete sin nombre de 749 m de altitud. Entre ambos discurre un pequeño arroyo -el Tamujoso-afluente por la margen derecha del Ojailén y T. P., 59, n." 2, 2002 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es que hoy está prácticamente seco. Próximo a él, y a unos 100 m del yacimiento, existe un pozo de agua, todavía en uso. Algunos metros más abajo, en el cerro de Buenavista, se locaUza un depósito de aguas (Sánchez y García Cáceres 1989). El Ojailén es un río de escasa longitud, apenas 80 km, que vierte sus aguas al Fresnedas, colector del Montoro, perteneciente a la cuenca del Guadal-quivir. Su valle está delimitado al Norte por la Sierra de Calatrava, con los cerros de Santa Ana y San Sebastián, entre los que se sitúa Puertollano, y por el Sur la Sierra que lleva este mismo nombre y que lo separa del valle de Alcudia, importante punto de destino de las rutas de transhumancia tradicionales. En tomo a este río se sitúa la industria minera de Puertollano y un poderoso complejo industrial, por lo que el paisaje actual está compuesto por escombreras y pozos antiguos, minas a cielo abierto, industrias eléctricas y petroquímica. Junto al yacimiento todavía perviven pequeñas explotaciones agrícolas destinadas al cultivo de huertas y cereal y al pasto del ganado vacuno. Las zonas de sierra, de mayor altitud y pendiente, están cubiertas por un espeso monte. Algunas de estas fincas hoy sólo se utilizan como segunda residencia de los habitantes de Puertollano, muchos de los cuales acuden a la "Dehesa Boyal", situada a unos 2 km en dirección Suroeste, como lugar de recreo y esparcimiento. Esta zona es un importante punto de paso, a medio camino entre los puertos de Mestanza y puerto del Roble al Sur, que lo comunica con el valle de Alcudia y el puerto de Puertollano, al Norte, que le enlaza con el Campo de Calatrava, en el valle del Guadiana. Así lo atestiguan la red de caminos y cañadas que lo cruzan en dirección Norte-Sur/ Sur-Norte y Este-Oeste. Pero a su vez era lugar de destino de algunos de estos caminos. Por la mitad occidental del Ojailén discurre una cañada, que enlaza con otra procedente del Sur, y, continúa hacia el Norte por Puertollano. Esta cañada coincide, en parte, con el trazado de la carretera nacional 420. De ella parten una colada, que sigue la corriente del río hacia el Este, y dos cordeles en dirección Sur. Estos últimos cruzan la Sierra de Puertollano, una por el puerto de Mestanza, paralela en parte a la carretera que conduce hacia Mestanza, y otra por el puerto de los Robles, hasta enlazar con otro cordel que sigue el cauce del río Montoro en dirección a Andalucía. Esta última se encuentra a escasos metros del yacimiento (1). Esta tupida red de cañadas, cordeles y coladas, muestra la importancia de la ganadería en esta zona, que a partir del siglo XVI se convierte en la actividad económica más importante, junto a la industria de paños y a una minería variable y anómala (Ramírez (1) El trazado de las vías pecuarias está tomado el Mapa Provincial de Ciudad Real de escala 1:200.000 publicado por la Consejería de Agricultura de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha. T. P., 59, n." 2, 2002 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es 1995: 38), hasta la explotación de las minas de carbon en el último tercio del siglo XIX. En la actualidad, el yacimiento se encuentra en una encrucijada de caminos que parten de Puertollano hacia el Sur: a unos 50 m al Oeste, coincidiendo en parte con el arroyo de Tamujoso, pasa el "camino de las Huertas de Corredor", y a unos 200 m al Este el "camino de Puertollano al Hoyo", ambos unidos por otro camino que parte del primero en dirección Este, hacia el Villar y que pasa a unos 20 m del yacimiento. Las sierras de Calatrava, al Norte del río Ojailén, y la de Puertollano, al Sur, están repletas de yacimientos arqueológicos, que son apenas conocidos y que han sido escasamente estudiados. Las noticias que tenemos sobre ellos son bastante imprecisas, pero sirven para determinar al menos su existencia. El conjunto lo integran en tomo a una veintena de yacimientos, entre estaciones de pintura rupestre esquemática (Puente Natural, El Dolmen, La Ventana, El Chorrero, Peñón del Águila 1 y 2, El Mirador, Las Láminas, Cueva de la Estación, Collado de la Olla de las Vacas y Puerto de Mestanza), poblados de altura (Navalromo, El Frangil, Cerro de San Sebastián, Cerro de Santa Ana, Los Castillares) y covachas o supuestas estructuras funerarias (Cueva de los Murciélagos, covachas en el Puerto de Mestanza), que han sido adscritas al periodo comprendido entre el Calcolítico y el Bronce Final (González Ortíz 1989a y b). En el mismo valle del Ojailén y a escasos metros del "Camino de Santiago", se localiza sobre el cerro de Buenavista, a 859 m de altitud, un yacimiento del Bronce Final (2). CIRCUNSTANCIAS DEL HALLAZGO Y EXCAVACIÓN ARQUEOLÓGICA El hallazgo se produjo de forma fortuita, mientras una excavadora preparaba el terreno para pavimentar el suelo y hacer una terraza delante de una casa de campo. Junto a ella había dos afloramientos de cuarcita, uno de los cuales había sido utilizado con anterioridad como poyete. La máqui- más superficial estaba formada por un relleno de arena y bajo ella aparecía un estrato de tierra marrón claro con material de revuelto. En el extremo meridional de la cuadrícula se documentó una vértebra de animal, probablemente reciente; en la parte central y en el contacto entre ambos niveles, apareció un fragmento de espada de bronce. En la parte septentrional del corte, junto a la pared de la casa, la tierra era más oscura y húmeda. Aquí se localizaron varios fragmentos de cerámica a mano, dos piezas de silex y una lasca de cuarcita. La cuadrícula 3, situada al Este de las anteriores, fue la más fructífera. Tenía escasa profundidad y la cuarcita afloraba en gran parte de su superficie. Sin embargo, en el extremo nororiental, se documentó una pequeña zona intacta, en torno a 4 m^, con la siguiente secuencia: -Nivel Superficial formado por una capa estéril de arena de unos 6-8 cm. -Nivel I, de 20 a 25 cm de espesor, según las zonas, compuesto por tierra marrón oscura con pocas piedras y abundante cerámica. Esta estaba muy fragmentada y se deshacía al tocarla. Casi toda se encontraba a la misma cota, a unos 25-30 cm bajo el suelo actual. -Nivel II, con espesor variable de 10 a 25 cm, lo integra una tierra marrón clara con muchas piedras. Es estéril y asienta sobre la roca madre. La cuadrícula 4 se localiza al Sur de la cata 2, de la que dista 4,5 m. En esta zona no intervino la máquina excavadora, pero en sus proximidades se habían realizado varios agujeros para la plantación de árboles. Se excavaron tres niveles de unos 10 cm cada uno. La tierra no presentaba variaciones y era de color marrón rojiza, con algunas piedras sueltas. En el nivel I aparecieron un regatón de bronce y varios fragmentos de cerámica antigua y moderna. El resto de los niveles fueron estériles. Paralelamente al trabajo de excavación se procedió al desmonte de la terrera -corte 6-, cuyas dimensiones eran de unos 6 m de largo por 5 m de ancho y 0,9 m de alto. Estaba formada piedras mezcladas con tierra y basura (plásticos, aluminios, vidrios, hierros, ladrillos, latas, etc.). Las piedras eran de distintos tamaños, grandes, medianas y pequeñas, procediendo la mayor parte de ellas de la roca madre, que había sido previamente fracturada y rota por la máquina. En esta terrera se recuperaron nueve objetos de bronce, de los cuales tres son espadas, uno un puñal y el resto fragmentos de espadas. DESCRIPCIÓN DE LAS ARMAS El depósito está formado por 10 espadas, 4 puñales, 1 regatón y 3 fragmentos de empuñaduras de espadas. Las espadas tienen un tamaño inferior al normal -en torno a los 30 cm de media-que las sitúa en la categoría de puñales-espadas más que en la de espadas propiamente dicha. Sólo una de ellas, a la que le falta la mitad de la hoja, tendría un tamaño sensiblemente superior, en torno a los 70-90 cm. (n.° 4). Todas pertenecen al tipo de lengua de carpa. Ninguna de las piezas conserva las cachas, que debieron ser orgánicas. Los puñales corresponden a espadas reutilizadas. En todos los casos se ha prescindido de la empuñadura original y se ha tomado únicamente la hoja, en la que se han practicado dos o cuatro hendiduras, según los casos, para facilitar el nuevo enmangue. Dos pueden ser clasificados como tipo "Porto de Mos" (Fig. 5: 7 y 8) y otros dos corresponden a amortizaciones de espadas de lengua de carpa (Fig. 5: 5 y 6). • Espada nf 1: Espada de lengua de carpa (Fig. 3.1) -Sigla: 260/001. -Puño: Ligeramente convexo con calado central rectangular. -Guarda: Con un calado a cada lado. -Lengüeta/ncassos: Bien marcados y limitados por muescas. -Hoja: Estrecha, con pequeño ensanchamiento en la parte distal. Nervio central de sección circular definido por dos acanaladuras que nacen en la guarda. -Filos: Paralelos, con bordes erosionados. -Punta: Estrechamiento progresivo que remata en lengua de carpa. La pieza está entera, salvo las cachas y los remaches de sujeción de las mismas. Tiene ligeras deformaciones en los filos. En algunas zonas presenta aspecto pulverulento, debido a la falta de consistencia de la patina. -Anchura máxima guarda: 52 mm. -Anchura hoja: 36 mm junto a los ricassos y 25 en la parte central. • Espadan.''2: Espada de lengua de carpa. -Puño: Ligeramente convexo, roto en la parte superior. Tiene calado central rectangular. -Lengüeta/r/cass 'os': Cortos, limitados por muescas. -Hoja: Nervio central, más grueso en la parte distal, definido por dos acanaladuras que nacen en la guarda. -Filos: Paralelos, cortantes, con muescas laterales y pequeños dobleces. -Conservación: Falta la cacha y el pomo está partido. En la fractura tiene agujeros de aire, uno de los cuales abarca prácticamente toda la sección, que es triangular. Presenta los bordes erosionados y mellados. -Anchura máxima guarda: 50 mm. -Empuñadura: No conserva las cachas orgánicas. -Puño: Sólo se conserva la parte inferior. Calado central, posiblemente rectangular. -Lengüeta/ncassos: No muy profundos, limitados por muescas muy pronunciadas. -Hoja: Nervio central de sección circular, que se ensancha en la parte distal, definido por dos acanaladuras. El extremo final está roto y doblado. -Filos: Paralelos; bordes erosionados y doblados por uno de sus lados. -Conservación: Fractura elástica en la parte de la punta, justo por el lugar donde ésta se dobla. Presenta los bordes con pequeñas muescas. El pomo está partido y falta la terminación. -Anchura máxima guarda: 49 mm. • Espada n. "" 4: Espada de lengua de carpa (fig. 3.4). -Puño: Ligeramente convexo, con calado central rectangular. -Lengúeta/rica^sos: Bien marcados y limitados por muescas. -Hoja: Nervio central de sección circular con dos acanaladuras, que nacen en la guarda. Fracturada e incompleta en la parte distal. -Filos: rectos y paralelos, doblados por uno de los lados en la parte superior. -Conservación: Falta la cacha, aunque presenta la empuñadura prácticamente completa; el extre- mo izquierdo del pomo está muy gastado. Falta un trozo considerable de la punta. Presenta muchos agujeros de aire en el puño, que casi lo atraviesan de lado a lado y que muestran que por algunos lados está casi hueco. -Anchura máxima guarda: 57 mm. -Anchura máxima hoja: 39 mm junto a la guarda y 29 en el resto. -Puño: Incompleto y doblado en la parte superior. -hengüetñ/ricassos: Curvos, bien marcados, limitados por muescas ligeramente pronunciadas. -Hoja: Reforzada por nervadura axial de sección circular, con dos acanaladuras laterales que arrancan de la guarda. -Filos: Paralelos, con pequeñas muescas. Presenta biseles marcando lo que pudiera ser un reavivado del filo. La pieza está entera, salvo la parte terminal de la empuñadura, rota y deformada, como también lo están los filos de la hoja, que presentan pérdidas de pátina. -Anchura máxima guarda: 51 mm. • Espada n. "" 6: Espada de lengua de carpa (Fig. 4.2). -Puño: Ancho y recto, con calado central rectangular. Está roto antes de llegar al pomo y presenta agujeros de aire en la fractura, que en uno de los lados casi lo atraviesa. -Guarda: Con dos calados laterales. -Lengüeta/ncas 'S' os: Marcados, cóncavos, limitados por muescas pronunciadas. Al hacer los ricassos no se limaron los resaltas resultantes. -Hoja: Recta, de nervio central con sección circular, con acanaladuras laterales que nacen en la guarda. -Filos: Paralelos, con ligero ensanchamiento en la parte inferior y bordes con muescas laterales (erosionados). Puede apreciarse en la zona de la punta unos biseles marcando lo que pudiera ser un reavivado del filo de unos 5 mm de anchura. Faltan las cachas, el pomo, parte del puño y los remaches. La hoja está ligeramente doblada hacia la derecha. -Anchura máxima guarda: 54 mm. -Anchura máxima hoja: 37 mm. • Puñal, n.^ 7: Puñal tipo "Porto de Mos" (fig.5.8). La parte final termina en recto y sigue mostrando el nervio central, lo que demuestra que se trata de una pieza reutilizada. -hengüeta/ricassos: Lengüeta de enmangue con dos entalladuras laterales para sujetar la hoja, la superior mucho más pronunciada que la inferior. Tiene dos orificios para remache, que no atraviesan la pieza por completo. Los ricassos aparecen a 12 mm los primeros y a 31 mm los segundos. Están limados por ambos lados de la hoja. -Hoja: Nervio central de sección circular, con acanaladuras laterales, que se prolongan hasta el final de la pieza. -Filos: Paralelos, ligeramente entrantes en la parte central, muy homogéneos y sin escotaduras. -Punta: Estrechamiento anterior, que termina bruscamente en la punta. -Conservación: Presenta una pátina noble, estable y protectora que da lugar a una superficie uniforme, con pequeñas manchas negras y pequeñas picaduras. Buen estado del núcleo metálico. La parte de la empuñadura, hasta por debajo de los ricassos está más oscura. • -Empuñadura: Independiente de la hoja, perdida. -hengüetsí/ricassos: Lengüeta pseudocircular con extremo superior recto y dos escotaduras -una a cada lado-que marcan el comienzo de la hoja. Las escotaduras están bastante limadas y son asimétricas. -Hoja: Nítidamente diferenciada de la lengüeta, con nervio axial ligeramente definido en la hoja y flanqueado por dos acanaladuras, que acaban en los ricassos. -Filos: Convergentes, con poco desgaste y poco cortantes. -Conservación: Presenta una pátina noble, estable y protectora, que da lugar a una superficie uniforme, pulverulenta en aquellas zonas donde se forma una capa negra más oscura y esponjosa. Tiene una pequeñísima grieta en la parte central del extremo distal de la hoja, junto a la punta. En ésta última presenta una coloración más oscura. -Lengüeta/ricassos: Lengüeta de enmangue con dos entalladuras en cada lateral para asegurar el mango. Las entalladuras son bastante irregulares, asimétricas y de distinto tamaño y están bien limadas. Nítidamente diferenciada de la lengüeta, con nervio axial, desplazado del centro, flanqueado por acanaladuras laterales poco marcadas. Presenta un estrechamiento en la parte mexial. -Filos: Desgastados, con pequeñas muescas. El extremo final es romo. -Conservación: Presenta deformaciones y ligeras pérdidas en los filos de la hoja, así como una profunda grieta en la parte distal de la misma, que ocupa tres cuartas partes de su ancho. Tiene pátina noble, estable y protectora, que da lugar a una superficie uniforme, con pequeñas manchas negras y pequeñas picaduras. • Espada n." 11: Espada de lengua de carpa (fig. 4.3). Más corto el extremo derecho. -Puño: Recto, con calado rectangular. -Guarda: Con dos calados alargados. El derecho conserva un remache. -Lengúeta/ncass 'os': No muy marcados, cortos, limitados por muescas poco pronunciadas. -Hoja: Con nervio central de sección circular con pequeño ensanchamiento en el tercio inferior; está rodeado por dos acanaladuras, apenas percep- tibies en la zona de la guarda. Está doblada por la mitad, hacia la izquierda. -Filos: Paralelos, con muescas y doblado por algunos lados. -Punta: Estrechamiento progresivo que remata en lengua de carpa no muy marcada. -Conservación: Le falta el extremo final de la punta, que parece estar cortada. La hoja se dobla hacia la mitad. Presenta tres grietas, una junto al pomo, que casi lo atraviesa, otra en el centro de la hoja, donde ésta se dobla, que atraviesa el nervio central y la última, más pequeña y menos profunda, a unos 34 mm más debajo de la anterior. Tiene muy gastada la acanaladura central del mango. -Anchura máxima hoja: 33 mm junto a ricassos, 28 mm en el resto. -Sigla: 50L -Pomo: En forma de pez. -Puño: Alargado, con calado central rectangular. -Lengüeta/ncas 'sos': Cortos y no muy marcados. -Hoja: Muy estrecha, con nervio central, que nace en la guarda, sin acanaladuras. -Filos: Muy estrechos, paralelos, homogéneos y sin escotaduras. -Pátina: Verde muy oscuro. Con pequeñas manchas de color claro. -Conservación: El puño apareció seccionado en dos, con fractura reciente, y le falta de antiguo un pequeño trozo del pomo y la punta que, a juzgar por la rotura ligeramente cóncava, parece que estaba doblada. -Anchura máxima hoja: 17 mm. No conserva ni el pomo, ni el puño y sólo tiene la mitad de la lengüeta y los ricas sos. -hengnetñ/rícassos: Curvos, limitados por muecas. El de la izquierda no se conserva. -Hoja: Estrecha, con ligero ensanchamiento en el tercio inferior y nervio central sin acanaladuras. Sin muescas ni dobladuras. -Conservación: Presenta superficie rugosa. Le falta casi toda la empuñadura y tiene una grieta en la zona de unión de las dos acanaladuras de la guarda, que la atraviesa casi por completo. La hoja está ligeramente doblada. -Pátina: Marrón, pulverulenta, con restos de tierra. -Empuñadura: Independiente de la hoja, perdida. Se conservan sólo dos escotaduras laterales, una a cada lado, que son poco profundas, en torno a 3mm, pero parece que pudo tener cuatro, si bien las dos de la parte inferior apenas son hoy perceptibles. El extremo final es recto y parece cortado. Nervio central marcado, ligeramente más ancho en la parte mexial, que se prolonga hasta el final de la empuñadura; está rodeado por dos acanaladuras. La hoja ha sido recortada y progresivamene estrechada para su enmangue. -Filos: Paralelos, con muescas laterales. Mellados, con pequeñas muescas. -Punta: Progesivo estrechamiento rematado en lengua de carpa. -Conservación: Presenta una pequeñísima grieta horizontal, ligeramente curva, en el centro del extremo distal, junto a la punta. -Pátina: Marrón clara, pulverulenta. Está cubierta de tierra. -Sigla: 301. -Remaches: No conservados -Remate: No conservado. El extremo final es macizo, está relleno de metal. -Conservación: Está incompleto por los dos extremos. En la parte superior presenta escotaduras y una grieta vertical que se prolonga hasta aproximadamente la mitad de la pieza. Tiene pequeñas marcas o líneas verticales, a modo de pequeñísimas incisiones, que recuerdan la textura de un hueso. La superficie exterior es muy suave. -Longitud máxima conservada: 60 mm. -Grosor máximo conservado: 17 mm. -Descripción: Fragmento de bronce de forma alargada, de sección pseudotriangular. Probablemente perteneciente al puño de una espada. -Conservación: Está roto por sus dos extremos y presenta una grieta profunda, que casi lo atraviesa por la mitad. -Longitud máxima conservada: 38 mm. -Descripción: Fragmento de empuñadura de espada. Sólo se conserva el pomo, en forma de pez y el arranque del puño. -Conservación: Está roto por la parte inferior, en la parte del puño. Las fracturas son poco limpias y en uno de sus extremos, el más corto, el interior está completamente hueco, por un agujero de aire. Los extremos del pomo están desgastados. -Longitud máxima conservada: 26 mm. -Descripción: Fragmento de bronce en forma de V muy abierta. Los extremos superiores tienen sección triangular y la parte inferior, donde se juntan los anteriores, es maciza, de forma pseudooval. Se trata del fragmento de contacto entre el puño y la guarda. La única espada que carece de esta zona es la número 13, sin embargo ni la disposición del ángulo, ni la composición del metal (3) encajan. Esto hace pensar en la existencia de alguna otra pieza más, con una disposición de enmangue parecida a la espada 3. -Conservación: Está roto de antiguo por sus tres extremos, pero las fracturas son limpias y uniformes, sin agujeros de aire. (Las fracturas son antiguas.) -Longitud máxima conservada: 18 mm. Cuatro ejemplares son clasificados como puñales por sus dimensiones y por su forma (7,8,9 y 14). La tipología de, al menos, dos de ellos coincide con los puñales tipo Porto de Mos (7 y 9), aunque están muy deteriorados, y en uno de los casos (n.°9), parece tener su origen en una pieza reaprovechada más antigua, quizás de una espada tipo Rosnoen o, en una espada de lengua de carpa. En ambos casos el nervio central no está lo suficientemente marcado como para dividir longitudinalmente la hoja en dos. Sin embargo, los dos ejemplares tienen el nervio central marcado y los filos paralelos, características propias de este tipo y que se presenta antes en los puñales que en las espadas (Fernández García 1997: 99-100). El puñal n.° 9 se asemeja bastante a uno de la Ría de Huelva (Ruiz-Gálvez 1995: lámina 10-6), y a otro localizado en Hinojedo, perteneciente al denominado "Línea Porto de Mos" por Fernández García (1998: 100). El otro ejemplar (n.° 7) es un puñal completo tipo Porto de Mos con las líneas muy marcadas y del que podemos encontrar paralelos en el propio depósito de la Ría de Huelva (Ruiz Gal vez 1995: 241, 1-8). Es el puñal más pequeño y puede ser clasificado como Porto de IVIos con empuñadura Ballintober (Fernández García 1997; Rowlands 1976), aunque por lo marcado de sus hombros podríamos decir que tendría paralelos en los de Vènat (Coffyn et al. 1981). Briard y Mohen sitúan los puñales de lengüeta trapezoidal o rectangular, que forman con los hombros ángulos y no esco- taduras, en el Bronce Final Atlántico III (950-750 a.C) (Ruíz-Gálvez 1998: 208), pues aparecen en aquel depósito de Vénat y en el de la Prairie de Mauves (Mantes, Loire-Atlantique) (Fernández García 1997: 106) y nosotras consideramos que esta cronología es acertada para este puñal de Puertollano. Los puñales n.° 8 y n.° 14 pertenecen a espadas de "lengua de carpa" reutilizadas -con la posibilidad de que también hubiesen podido pertenecer a una espada tipo Rosnoen-cuya parte distal de la hoja fue reaprovechada, dada las características de la hoja, muy alargada y puntiaguda, y de que la decoración que marca el nervio central se pierde en lo que podríamos denominar el cuello del enmangue, donde se ajustaría la empuñadura. Además las acanaladuras dispuestas a ambos lados del nervio central tienen continuación en la parte del estrechamiento de la guarda, lo que también nos indica que se trata de una reutilización. El puñal que menos se adecúa a estas descripciones y paralelos es el que tiene la hoja más triangular y cuya empuñadura acaba en dos muescas o ricassoi (n.° 8) muy diferentes a lo que hasta ahora hemos descrito. Tal y como decíamos en nuestra opinión el ejemplar pertenecería también a la amortización de la hoja de una espada tipo lengua de carpa de largas dimensiones, cuya empuñadura simplemente se ha realizado a base del estrechamiento para situar dos remaches a cada uno de los lados. La prolongación del engrosamiento del nervio observable en la empuñadura corrobora la hipótesis de que se trata de una reamortización. De los cuatro puñales, el n.'' 7 y el n° 8 son los que se conservan mejor, observándose unos filos sin deterioro aún tratándose uno de ellos, el n.° 8, de una reamortización. El que hemos clasificado como "Línea Porto de Mos" (n.° 9), se encuentra en peor estado, distinguiéndose mal sus diferentes partes y teniendo grietas en la hoja (seguramente debidas a una mala desgasificación durante su producción) lo que nos indica que tuvo un uso considerable o que sufrió durante los procesos postdeposicionales. Este puñal también procede de una reamortización de la hoja de una espada, en este caso de una espada de transición pistiliforme/lengua de carpa; dado que el nervio continúa más allá del fin de la empuñadura y que se aprovecha el ensanchamiento de la hoja pistiliforme para trabajar allá la empuñadura con los calados para los remaches. Los puñales tienen un peso y dimensiones semejantes, excepto el n." 7 que con una longitud de 196 mm, se desvía de la media de los otros tres ejemplares en tomo a los 250 mm. LAS ESPADAS DE TIPO "LENGUA DE CARPA" Y DE TRANSICIÓN PISTILIFORMES/LENGUA DE CARPA El conjunto en sí, tiene muchas similitudes con el depósito de la Ría de Huelva (Ruiz Gálvez 1984y 1987), con la salvedad del menor numeró de ejemplares, de que no tiene tanta variedad y de que presentan un tamaño más reducido. La coherencia interna del depósito, ya tratada en el apartado anterior, la tipología de los ejemplares y sus paralelos en la Península (Almagro 1940; López Palomo 1978; Ruiz Delgado 1988), hacen que se pueda plantear la hipótesis de su posible pertenencia a un taller autóctono, que penetrase hacia la Submeseta Sur desde la fachada atlántica donde estaría su ámbito de incidencia. La localización del depósito, en un punto de paso esencial para el ganado entre la Meseta Norte y la Meseta Sur, y en una zona próxima a valles que comunican de Oeste a Este el Sur de la Península Ibérica, apoyaría la tesis de Ruíz Gálvez que indica que los depósitos o atesoramientos aparecen en lugares o puntos de comunicación claves durante el mundo del Bronce Final (Ruíz Gálvez 1995) (Figs. La descripción de las espadas cortas, y de la espada, atiende a unas características generales que se adecúan perfectamente a la tipología general de este tipo del Bronce Final Atlántico (Coffyn 1985; Ruiz Gálvez 1995, Vilaseca 1993). El pomo, en forma de cola de pez se ha conservado completo en dos de los puñales/espadas. Este pomo aún no es recto como ocurrirá paulatinamente en los ejemplares del Norte de Europa, sino que tiene una suave forma de U abierta. La guarda de todas ellas es exvasada y tiene dos calados laterales que tienden a medir en torno a 1,7-2 cm. La lengüeta o ricassos esta limitada por dos muescas laterales, aún no muy pronunciadas pero que remarcan el comienzo de la hoja. Precisamente la lengüeta está más marcada en el ejemplar n.° 4 que es el que supuestamente perteneció a una espada en lengua de carpa completa. Existe una proporcionalidad evidente entre las dimensiones máximas de la guarda y el estrechamiento del ricassos que, aproximadamente coinciden con la proporción de 3/5 (nca^'^'o^/guarda). Sin embargo, no se puede decir que la anchura de la hoja mantenga proporciones fijas puesto que, en nuestro conjunto, varía desde unos milímetros más estrechas que el ricassos, hasta unos milímetros más anchas que el mismo, no superando, en ningún caso, los ocho milímetros de diferencia respecto de la lengüeta. Estas dimensiones se relacionan directamente con la resistencia a los impactos que debe aguantar un arma de estas características. Las hojas de estas piezas tienen un nervio central, a veces marcado por una arista que puede estar decorada o tener una acanaladura, y cuya función era introducir aire en la herida del enemigo con el fin de que sangrase más. Los filos de las espadas de este conjunto son de dos tipos: 1.-Paralelos hasta el comienzo del estrechamiento de la punta que se acusa hasta formar la "lengua de carpa" que da nombre al tipo y 2.-Convergentes con un ensanchamiento mesial que de nuevo se extrecha y que da lugar a las hojas pistiliformes o pistiliformes de transición lengua de carpa cuando esta forma no es demasiado acusada. La pieza n.° 12 parece ser una reutilización de una espada del mismo tipo lengua de carpa en lo que sería un estoque de hoja mucho más alargada y estrecha. Este tipo de estoques aparecen durante el llamado Bronce Final III (Briard y Mohen 1983: 176). En conjunto la conservación es buena, aunque necesita de un tratamiento de restauración (4). Sólo dos de las fracturas que aparecen en las espadas se deben a las propias circunstancias del descubrimiento (n.° 3 y n.° 12) y el resto corresponden a roturas antiguas. Tres pomos (n.""' 16, 27 y 18) aparecieron fragmentados, con fractura antigua y sin asociación a las propias armas, y un cuarto, de fractura reciente, se asocia con seguridad al estoque -n.° 13-, que lo había perdido. (4) En la actualidad todas ellas están siendo restauradas por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha en la Escuela de Restauración de Toledo. Pesos y medidas del depósito de Puertollano. Los fragmentos no se contabilizan para evitar distorsiones en los valores medios de medidas y pesos. En cuanto a pesos y medidas podemos decir que existe una cierta homogeneidad interna dentro de este subgrupo de armas del Depósito de Puertolla-T. P, 59, n.« 2, 2002 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es no. La media de los pesos es de 187 gr (máximo de 290 gr. y mínimo de 120 gr.) y la de las medidas es de 230-305 mm. Sin embargo, debemos aclarar que esta media esta tomada incluyendo los ejemplares fracturados. Curiosamente, incluso con las armas fracturadas, se aprecia esta cierta homogeneidad en las medidas, lo que nos lleva a pensar que quizás las fracturas no fueron arbitrarias o que las armas fueron elegidas para su depósito ex profeso por sus dimensiones longitudinales. Sin embargo, mientras las dimensones de las espadas cortas se mantienen dentro de unos cánones, no ocurre lo mismo con los pesos que difieren hasta en 170 grs. Como ya indicábamos el conjunto tiene semejanzas muy evidentes con el Depósito de Huelva en general y con alguno de sus ejemplares en concreto, además de con otras piezas de la Península Ibérica. Entre los puñales hemos encontrado los siguientes paralelos tipológicos con la Ría: -Puñal w." 7, se asemeja algo a la pieza de la Ría de Huelva al n.° 4 (de la lám 11, p. De las espadas, las más parecidas a las de Puer-Fig. Localización en la Península Ibérica de los ejemplares más semejantes a las espadas cortas de Puertollano (Ciudad Real): 1. Río Ulla (Pontevedra); 2. Santa María de Oleiros (Pontevedra); 5. Río Genil (Sevilla); 6. Arroyo Blanco (Sevilla); 9. Palma del Río (Córdoba); 10. Ría de Huelva (Huelva); 11. Carpió de Tajo (Toledo); 13. tollano son las de Palma del Río, en Frechilla, Falencia (Fernández 1986: fig. 29 2) y dos procedentes del Depósito de Huelva (Ruiz Gálvez 1995:240, lám. 10 1 2), no sólo por su tipología, sino por sus reducidas dimensiones, más próximo a las pequeñas piezas de Puertollano. Las características tipológicas de las espadas cortas, semejantes a las de la Ría de Huelva, de los dos puñales tipo Venat y del regatón de cobre que a continuación describiremos, así como del depósito en su conjunto, nos hace pensar en una cronología del Bronce Final III, en torno al 950 a.C. Esta cronología concuerda perfectamente con la establecida por dataciones C-14 en el Depósito de la Ría de Huelva. EL FRAGMENTO DE REGATÓN Se trata de un regatón casi completo cuya sección tubular es muy semejante a los ejemplares del depósito de Huelva (Ruiz Gal vez 1995: 247). Según los análisis de composición esta pieza es de cobre (Montero y Fernández, e.p.), lo que le convierte en un caso excepcional, ya que todos los hasta ahora analizados son de bronce. Los regatones son elementos de la panoplia ofensiva que suelen ser habituales en los depósitos del Bronce Final, por lo que encajaría perfectamente en un depósito de estas características. La cerámica hallada no encaja dentro del conjunto del depósito puesto que sus características pertenecen a cronologías anteriores. En total se recuperaron algo más de un centenar de piezas, muy rodadas y fragmentadas. Hay muy pocos fragmentos que den forma. Se trata de bordes exvasados de sección almendrada, claramente clasificable en el Calcolïtico Final del Suroeste (Rodríguez Díaz y Enriquez Navascués 2001: 59), bordes entrantes y bordes rectos (Fig. 9). Las pastas son groseras, de colores rojo o negruzco, con predominio de coc-Fig. Cerámica a mano procedente de la excavación de "El Camino de Santiago". ción mixta aunque también encontramos fragmentos de cocción oxidante y reductora. Los desgrasantes son medios/gruesos y son de origen mineral (cuarcita, caliza, cuarzo, mica...) y orgánicos (carbón, pajas). Está compuesta por 4 piezas de sílex y 3 de cuarcita. En cuanto a los sílex, presentan distintas características, tanto por su color, como por su tipología. Los n.° 1 y 3 (Fig. 10) corresponden a lascas; el primero de color gris oscuro y el segundo de color miel. El n.° 2 es una pequeña laminita de color también melado y el n.° 3 se trata de un núcleo de silex rojo, del que parecen haberse extraído pequeñas laminillas. Las otras son dos lascas y un posible buril de cuarcita. Por otra parte, debemos incluir en el conjunto un hacha de piedra pulimentada y una moledera activa, que aparecieron en superficie, en la zona situada entre los cortes 3 y 4 (Fig. 11). Esta industria lítica coincide cronológicamente con los materiales cerámicos y no parece plausible poderla asociar a los materiales metálicos del depósito del Bronce Final. INTERPRETACIÓN DEL DEPÓSITO DE PUERTOLLANO Y SU RELACIÓN ARQUEOLÓGICA CON EL ENTORNO El depósito del Bronce Final III de Puertollano es en cuanto al número de espadas el segundo en importancia en España, después del de la Ría de Huelva. Sin embargo, entre uno y otro hay notables diferencias: su aparición en tierra y en agua respectivamente, el carácter exclusivamente defensivo del primero y con matices de prestigio del segundo y el tamaño de las espadas, más pequeño en Puertollano que en Huelva. El lugar del hallazgo del depósito manchego es muy significativo. Se encuentra en el paso natural de la Meseta Norte a la Meseta Sur, justo donde confluye el Valle de Alcudia, vía natural de comunicación entre el Suroeste y el Sureste, en donde se sitúan las famosas minas de Almadén. No debemos olvidar que, además, una de las vías Norte-Sur pasa muy cerca de las minas de cobre de CeiTO Muriano (Córdoba) (Domergue 1991). Asimismo, los yacimientos de Alarcos, a unos 40 km al Norte del depósito y de La Bienvenida, a la misma distancia, hacia el Suroeste, son lugares que se vienen relacionando, por las características de los materiales cerámicos, con los de la Alta Andalucía y la zona del Suroeste (Fernández et al 1995; Zarzalejos et al. e.p.). La situación del yacimiento en un paso natural tan significativo no parece ser casual, sea cual sea el motivo de la ocultación (amortización, comercio, ritual, etc.). La homogeneidad de las aleaciones broncíneas de las espadas y puñales (Montero y Fernández 2002) y de sus tamaños lleva a pensar que se trata de un depósito perteneciente probablemente a un solo taller, por lo que cabría deducir que todas ellas o la mayoría se fundieron en el mismo ámbito: relacionado con el Suroeste de la Península y el mundo Atlántico del Bronce Final. Las espadas parecen pertenecer a un mismo estilo, incluso a una misma forma de tratamiento de los bronces, aunque las diferencias entre las propias espadas del depósito nos sugiere una evolución y diferentes artesanos (v. Tan sólo el puñal n.° 7, tipo "Porto de Mos", tiene una factura y un material diferente. Este parece tener además mayor masa y, por lo tanto, diferente composición y factura que los demás (5). Laí presencia de este puñal, en perfecto estado de conservación en un depósito así, plantea algunos interrogantes ¿Responde a una ocultación de piezas armamentísticas con el fin de recuperarlas posteriormente? ¿Pertenecieron acaso al depósito de un artesano metalúrgico? Algunos aspectos que han sido planteados con anterioridad, merecen una explicación más detenida. En realidad no se puede decir que ningún arma haya sido hecha por el mismo artesano sin un estudio metalográfico que ofrezca un criterio de manufactura homogéneo. Cuando se habla de talleres de metalúrgicos nos referimos a un amplio concepto de taller, es decir: tradiciones en la forma de realizar los objetos de metal. No podemos saber si las piezas con las hojas pistiliformes fueron realizadas por un mismo artesano o no, pero sí se observa que responden a un mismo estilo o tipo, aunque los calados de los ejemplares son diferentes y las empuñaduras no se desarrollan de la misma forma. Por otra parte, la evolución nos la proporciona la propia presencia de espadas de transición pistiliforme/ lengua de carpa y las auténticas lengua de carpa. Sobre la finalidad de la ocultación existen varias posibilidades con una orientación ritual. Podría tratarse de un marcador de caminos como sugieren algunos autores (Ruiz Gálvez 1995) en casos similares. Apoyando esta idea tendríamos el hecho de su ubicación en una zona de paso ganadera, relativamente próxima a las estelas decoradas de Aldea del Rey, Hinojedo, Alamillo y del Viso, con las habituales representaciones de espadas y que, estas a su vez, se relacionan con las de la Extremadura que ya analizase Ruiz Gal vez y Galán (1991) en su momento. Celestino (2001: 75-76) no apoya la tesis de los anteriores y en los mapas de distribución que ofrece en su obra muestra cómo la hipotética ruta de las estelas atlánticas del Bronce Final se cruza con los depósitos de espadas y tienen relación directa con el mundo de la ganadería y de las cañadas. Según este autor se muestra en concentraciones personalizadas en las diferentes zonas geográficas, no como hitos aislados en un camino o vía determinada e incluso muchas estelas aparecen alejadas de los ejes principales de las vías de comunicación propuestas, lo que, en su opinión invalida la posibilidad de que las estelas señalen los principales vías de comunicación o de lugares de acceso a esas vías. A Sebastián Celestino tampoco le convence que fueran señalizadores de caminos, ya que no siempre aparecen en lugares altos que los hicieran visibles. Sin embargo, el depósito de armas que estamos estudiando se sitúa geográficamente en un lugar estratégico (cierto es que no es el más estratégico) y además existen evidencias de que pudo estar señalizado por dos afloramientos de cuarcita hoy día arrasados (Fernández 2002: 27). Para una primera interpretación de estas piezas sería de gran ayuda evaluar cuál fue el significado y qué papel jugó el metal en estas sociedades. Durante el Bronce Final se incrementó el trasiego de ideas, de gentes, y de mercancías, entre las que los metales llegaron a circular en redes de intercambio a larga distancia. En este contexto, la Península Ibérica, especialmente su mitad occidental, rica en metales de cobre, estaño y plata, ejerce un enorme atractivo para los comerciantes extrapirenaicos, lo que influirá en la reanudación en el Bronce Final de los contactos atlánticos, interrumpidos a finales del Calcolítico (Ruiz Gálvez 1987:261). Es de suponer que los individuos que controlaban estos intercambios de metal a larga distancia durante el Bronce Final serían la élite social, que sería la que tenía capacidad de monopolizar dichos intercambios (6). Como consecuencia se produce la llegada de nuevas ideas en cuanto a formas de armamento cada vez más especializado, como espadas (ej.: pistiliformes procedentes del área atlántica francesa) y puñales (ej.: puñales tipo Venat procedentes de este ámbito). Otros tipos, sin embargo, se producirán en la propia Península Ibérica y se exportarán al ámbito atlántico europeo, tal y como indican el hallazgo de algunos moldes de espadas en lengua de carpa y de puñales de tipo Línea Venat (Del Amo 1983; González Prats 1992). Más allá de la importancia intrínseca de los bienes intercambiados habría que colocar el acento en la importancia de los lazos sociales que su trueque producía aunque hubiera, desde luego, algún tipo de beneficio económico. Es obvio que en estos grupos sociales el metal en general y el bronce en particular, jugó un papel fundamental en el que su tenencia denotaba poder y otorgaba prestigio. En este momento, en el que la metalurgia se convierte en una de las actividades económicas más sobresalientes, se produce un fenómeno, no completamente novedoso, pero que llega a adquirir una notoriedad nunca antes igualada. Nos referimos a los depósitos, que proliferan en gran número en toda la Europa Atlántica (Kristiansen 1998). Sin embargo, aún es muy difícil analizar cuál era el fin último de los depósitos y diferenciar si hubo diferentes propósitos en las ocultaciones. Las armas, eficaces en combate, también estaban destinadas a impresionar al enemigo y demostrar status económico y social. Por ello, aún nos preguntamos si realmente las espadas cortas de Puertollano fueron utilizadas con regularidad o simplemente fueron lo que se conocen como "armas de parada" de las élites del momento que fundamentalmente otorgaban prestigio y poder y se mostraban pero no se utilizaban. Si fuera así, las grietas y los dobleces de las armas serían consecuencia de su deposición en la tierra durante tres mil años. En el caso contrario de utilización, cuando se deterioraban de tal forma que no cabía una reutilización sin una refundición total, se acumulaban paulatinamente y se ocultaban para que los enemigos no pudieran darles ningún uso. Sin embargo, la presencia del puñal n.° 7 y de la espada n.'' 1, sin melladuras ni roturas que los hagan inservibles, nos provoca una duda muy razonable para seguir manteniendo esta última teoría. ¿Qué función desarrollarían estos ejemplares en un depósito para reamortizar? El hecho de que la única espada propiamente dicha de este depósito haya aparecido fragmentada y que de la parte distal no haya aparecido quizás nos esté dando la pauta para una explicación similar a la anterior: la de que se trató de una ocultación de armas inutilizadas por el propio uso y cuya ocultación podría responder a un posible re- Es cierto que no todos los depósitos tienen que tener como fin servir de marcador geográfico de cualquier tipo. Sobre todo teniendo en cuenta que siendo ocultaciones no serían accesibles puesto que de otro modo perderían su carácter principal de escondrijos. Sin embargo, no dejamos de pensar en la abundancia de depósitos que se encuentran en encrucijadas de caminos, lo que debería responder a algún tipo de razón: marcadores de territorios (parecidos a las estelas, si es que estas lo fueron), deposición de materiales amortizables en lugares consabidos o tradicionalmente acordados, acuerdos entre diferentes grupos que conllevarían la deposición de las armas de los grupos vencidos en lugares también prefijados, situación similar a la de la Edad del Hierro en el Norte de Europa (Hedeager 1992). En el yacimiento arqueológico de "El Camino de Santiago", localizado en las proximidades de Puertollano encontramos dos momentos de ocupación diferentes. Por un lado, los restos de cerámica y material lítico documentados en la excavación arqueológica parecen corresponder a un Calcolítico Final. Por otro, nos encontramos ante un conjunto de armas de bronce que se inscriben en el mundo del Bronce Final Atlántico. En este último caso se trata de un depósito armamentístico terrestre, posiblemente con señalización extema, que se localiza junto a un pozo y a un arroyo y en lo que sería el paso de un cordel ganadero hacia la zona Norte de Puertollano. Además en el cercano cerro de Buenavista se localiza un yacimiento del Bronce Final. Es esta una zona hasta ahora exenta de elementos metálicos de esta época, aunque con una tradición anterior, del Bronce Pleno (espada argárica de Puertollano), que muestra un intenso poblamiento, cuyas gentes, suponemos no pudieron desaparecer repentinamente y quizás evolucionaron debido a la llegada de nuevas influencias externas (no olvidemos que la zona se sitúa en lo que se conoce como periferia del mundo tarte s sico). En este depósito de armas encontramos tres tipos de elementos ofensivos: espadas, puñales y regatón. Del primer tipo hay 9 armas inutilizadas por rotu-ra o doblez o por faltarles la empuñadura y una sola espada en perfecto estado. En el grupo de los puñales encontramos 2 inútiles debido a la presencia de grietas en las hojas y al deterioro evidente de la parte de la empuñadura y 2 en perfecto estado. Debemos dejar patente que en sólo dos de las armas del depósito han aparecido remaches. El regatón aparece fracturado en sus extremos. Tanto las características tipológicas de las armas que hemos presentado, como los paralelos, y la propia coherencia interna del depósito, permiten datar este conjunto en el Bronce Final III, en tomo al 950 a.C. En cuanto al propio carácter del depósito se puede descartar que se tratase de un depósito de fundidor o de un depósito clásico de mercader. Pensamos que casi todas las características nos llevan a pensar que sería un depósito ritual o votivo. Algunos aspectos Refrendan mejor esta última posibilidad. Por un lado se sitúa en un paso natural que, aunque no es el más directo hacia Puertollano (sería el de la Carretera de Mestanza a Puertollano), sí es el que tiene más amplitud y por el que pasaba algún cordel de ganadería. Otro aspecto que juega a favor de esta hipótesis es que es un depósito homogéneo, en el que todas sus piezas son armamentísticas y en el que no hay mezcla de funcionalidades. El carácter general de las piezas es de corta longitud y, casualmente, las que pudieron ser mayores como el extremo de la empuñadura de la espada larga o el puñal reamortizado en la parte de la lengua de carpa de una espada, aparecen fragmentadas con dimensiones semejantes al resto del conjunto. Puesto que se repite el esquema, pensamos que es un elemento deliberado de concordancia o coherencia intema. Son muchas las hipótesis que podrían plantearse al hilo del hallazgo de un depósito de estas características. Desde que se trate de acumulaciones realizadas por comerciantes independientes para intercambio en trueques rituales (Malinovski 1995(Malinovski [1961) ) con otros artesanos metalúrgicos con el afán de obtener cualquier tipo de beneficio personal, hasta que se trate de comerciantes obligados a esconder los objetos para evitar su robo por otros miembros interesados de cada grupo (élites, artesanos, etc.). Sin embargo, una tercera posibilidad, y por la que más nos inclinamos, sería la de que este depósito que hemos analizado respondiera a la acumulación de las armas de los enemigos muertos o vencidos en la batalla y el lugar, el sitio de la contienda, tal y como se apuntó ya hace tiempo para la
Los recientes descubrimientos arqueológicos, acompañados de dataciones radiocarbónicas muy antiguas, realizados en la necrópolis de incineración de Herrería (Guadalajara, España) constituyen una interesante información sobre la llegada del ritual incinerador, asociado a los Campos de Urnas, a la Meseta oriental. Este territorio fue la zona nuclear de la posterior Celtiberia histórica, por lo que creemos que dichos elementos culturales jugaron un destacado papel en la gestación de la cultura celtibérica. constituye un importante testimonio de la presencia del ritual incinerador, asociado a gentes de Campos de Urnas; en el reborde oriental de la Meseta durante el periodo del Bronce Final. La necrópolis ha proporcionado tres fases sucesivas de utilización que demuestran un prolongado uso a lo largo de casi un milenio, hecho bastante excepcional en el panorama de los hallazgos funerarios. A través de su estratigrafía vertical podemos conocer los cambios que se produjeron en el ritual funerario y, teniendo en cuenta que "la muerte es ante todo un acontecimiento sociológico" (Thomas 1975:33), se nos brinda la oportunidad de reconstruir secuencialmente la evolución cultural de los grupos allí asentados, desde el Bronce Final hasta bien entrada la Edad del Hierro. Las conclusiones que ahora presentamos debemos considerarlas provisionales ya que los trabajos de campo aún no han finalizado y la mayor parte de la documentación se encuentra todavía en proceso de análisis y estudio pormenorizado. Solamente vamos a exponer de manera puntual los aspectos materiales más relevantes del yacimiento que permiten una adscripción cronológica y cultural bastante sólida. Tras las dos primeras campañas de excavación, presentamos una breve noticia de los hallazgos efectuados en una reunión sobre arqueología provincial (Cerdeño et al. e.p.). Herrería está enclavada en la comarca de Molina de Aragón, en el extremo más oriental de la provincia de Guadalajara, lindando con las provincias de Zaragoza y Teruel, territorios que integraban la Celtiberia histórica y que hoy constituyen una de las mejores fuentes de información arqueológica sobre sus antiguos habitantes, debido a los numerosos yacimientos en ellos descubiertos. Iniciamos los T. R, 59, n.° 2, 2002 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es Fig. 1. Situación de los yacimientos del Bronce Final, con cerámicas incisas, en el norte de la provincia de Guadalajara: 1: Necrópolis de Herrería. 2: Poblado de Fuente Estaca. 3: Poblado de La Era del Locón. 4: Poblado de Pico Buitre. Círculos: áreas tumulares ilerdense y bajoaragonesa. trabajos en la necrópolis en 1998, dentro del proyecto de investigación que desde hace tiempo centramos en las fases más antiguas de la cultura celtibérica, cuyas fases mejor conocidas se desarrollaron durante la Edad del Hierro pero cuyos precedentes se remontan más atrás en el tiempo (Fig. 1). Siempre hemos supuesto que en la comarca de Molina pudieron coincidir diferentes influencias culturales, entre ellas la de grupos de Campos de Urnas llegados desde el valle del Ebro que, como rutinariamente se afirma, debieron contactar con poblaciones autóctonas preexistentes en la zona a pesar de que este substrato indígena, por el momento, está muy poco o nada documentado. Nuestra hipótesis se apoya en los nuevos datos arqueológicos y en las nuevas cronologías radiocarbónicas que inclinan a seguir pensando en el importante papel que estos grupos de urnenfelder, originariamente procedentes del otro lado de los Pirineos, desempeñaron en la gestación de los grupos prerromanos mésetenos. Recordemos que la llegada de los Campos de Urnas al Noreste de la Península Ibérica fue uno de los temas más tratados de nuestra Prehistoria final desde las primeas décadas del siglo XX, aunque su presencia en la Meseta nunca se aceptó claramente (Bosch Gimpera 1921, 1939; Maluquer 1945Maluquer, 1954Maluquer, 1971;;Almagro Basch 1952; Tovar 1957; Beltrán 1960) y la percepción de las novedades culturales se circunscribía al cuadrante nororiental basándose en los hallazgos obtenidos en yacimientos catalanes, aragonesas y, algo más tarde, del norte levantino (Almagro Gorbea 1977) Muchos autores siguieron interesados en este tema, especialmente en las regiones más directamente afectadas (Maya 1978; Pons 1989; Pons y Maya 1988,. Rovira 1991) y se realizaron algunas buenas síntesis sobre el estado de la cuestión (Neumaier 1995; Maya 1998M; Ruiz Zapatero 1985, 2001) siempre referidas al ámbito catalano-aragonés y en el caso de que se aludiera a los territorios mésetenos se proponían cronologías bastante recientes (Royo 1990), posiblemente por la deficiente y antigua información que existía sobre la Meseta y por la escasa repercusión que tenían los pocos datos conocidos. Estas ideas se mantuvieron a pesar de que los tempranos testimonios obtenidos en los valles de los afluentes del Ebro por su margen derecha (por ejemplo en el área caspolina o en las cercanías de la desembocadura del Jalón) y en las zonas levantinas septentrionales hacían verosímil pensar que dichas influencias también hubieran rozado los territorios de la Meseta nororiental. A finales de los años 70 comenzamos nuestros estudios en yacimientos celtibéricos de la provincia de Guadalajara buscando los orígenes de unas características culturales cuyo auge se situaba a partir del siglo V a.C. pero que, sin duda, habían tenido un amplio precedente, entonces muy poco conocido. Desde que Bosch Gimpera (1921) en su relevante trabajo sobre los elementos celtas peninsulares catalogase las necrópolis de incineración de la Meseta como "posthallstáticas", no se había vuelto a cuestionar la posible antigüedad de algunos elementos formales en ellas documentados. En los primeros momentos de nuestra investigación desconocíamos muchos datos y nuestras argumentaciones no eran demasiado sólidas, pero pronto percibimos que existían rasgos culturales, tanto en los materiales de la vieja colección Cerralbo, como en los yacimientos que empezábamos a excavar, cuyas características hacían volver los ojos hacia el entorno geográfico y cultural del valle del Ebro y permitían plantear cronologías más antiguas. Esto pareció claro cuando descubrimos los túmulos de la necrópolis de Sigüenza, en cuya pri-T. P.,59,n.°2,2002 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es mera valoración ya proponíamos abandonar el sesgado y determinante titulo de "posthallstático" para este tipo de yacimientos. Poco después accedíamos a la incompleta información de la necrópolis tumular de Molina que de nuevo recordaba al rnundo bajoaragonés, al tiempo que especulábamos con la alta fecha radiocarbónica obtenida en el castro de La Coronilla (950 sin cal.) que, aunque única y por ello poco sólida, hizo que volviéramos a plantear la posible presencia de Campos de Urnas en el oriente meseteño (Cerdeño 1985-86; Cerdeño y García Huerta 1992). Esta discutible datación sigue siendo utilizada por otros autores como argumento de la vinculación de los territorios interiores con el fenómeno de los CU. Hoy se conocen más pruebas materiales para sostener esta hipótesis pues aparte de los llamados "poblados de ribera", entre los que destaca el mencionado Pico Buitre, se han localizado auténticos exponentes de los Campos de Urnas en las viviendas de Fuente Estaca (Guadalajara), donde se encontraron cerámicas bicónicas con decoraciones acanaladas, incisas, excisas, con cordones y algunas peinadas, así como una fíbula de pivote, todo ello situado por una datación de C-14 en el siglo IX a.C. (Martínez Sastre 1992). El conocimiento sobre la cultura celtibérica es ahora más amplio que entonces, buena muestra de ello son los 5 Symposia realizados hasta el momento sobre el tema, y casi todos los especialistas admiten que los Campos de Urnas fueron uno de los principales componentes de esta cultura prerromana, idea ahora reforzada por su presencia confirmada en dicho territorio histórico. Ello no invalida los evidentes aportes que desde el ámbito levantino llegaron, siglos más tarde, hasta el reborde oriental de la Meseta (fin del siglo VII-VI a.C), documentados repetidamente en los niveles del Celtibérico Antiguo de casi todos los yacimientos excavados durante los últimos años. En la necrópolis de Herrería se han identificado claramente tres momentos sucesivos de ocupación (Tab. 1), perfectamente definidos en la estratigrafía vertical que conserva el yacimiento y que demuestra una elección intencionada y reiterada del lugar durante varios siglos, quizás por su consideración de sagrado. Se ha constatado una ocupación superior a la que denominamos fase Herrería III, algunos de cuyos materiales indican una cronología aproximada entre los siglos VFV a.C, al margen de otro uso anterior, conocido por el material revuelto de superficie, que parece apuntar al siglo IV-III a. C, aunque en este trabajo no vamos a comentar estos últimos momentos de utilización ya que su cronología más reciente los aleja del motivo de discusión que ahora presentamos. Nos centraremos exclusivamente en el comentario de las dos primeras fases de ocupación (Herrería I y II), puesto que sus características y cronología permiten incluirlas en el ámbito cultural de los Campos de Urnas Antiguos. HERRERÍA I: Denominamos así a la ocupación inicial de este espacio funerario que ha dejado como huella una necrópolis organizada, con un número de tumbas bastante elevado, todas de incineración pero sin ajuar material y con una estela de piedra 0-K Fig. 2. Tumba n.° 202, señalizada con una estela de piedra, del nivel inferior de la necrópolis de Herrería. clavada verticalmente en el suelo señalizando la mayoría de ellas. Las estelas tienen forma prismática irregular y oscilan entre los 30 y 60 cm de altura (Fig. 2 ). Hasta el momento se han localizado 39 enterramientos extendidos a lo largo de una superficie de aproximadamente 400 m-. Los restos de la cremación, efectuada en algún lugar aparte, se introdujeron en hoyos de forma ovalada muy bien delimitados, de unos 25 cm. de eje y una potencia en torno a los 20 cm. A partir de los huesos cremados, tras una observación preliminar de su color y textura, podemos deducir que las cremaciones se realizaron a elevadas temperaturas y con buena ventilación, presumiblemente en una pira al aire libre. Las sepulturas de esta fase carecen de ajuar, a excepción de la tumba 10/98 en la que sobre la cremación aparecieron depositadas una serie de pequeñas piedras claramente seleccionadas, entre las que se encontraba un hacha pulimentada y un colgante de piedra, o de algunas otras en las que se depositaron uno o dos guijarros en la base de la estela. En cuanto a la posible ordenación intencionada de las tumbas, parece que se orientan en dirección norte-sur, pero aún es pronto para pronunciamos a este respecto ya que acabamos de iniciar un proyecto de investigación, en colaboración con el Departamento de Física de la Tierra y Astronomía I de la Facultad de Ciencias Físicas de la Universidad Complutense de Madrid, durante el que se están realizando una serie de mediciones y cálculos encaminados a determinar la posible intencionalidad de la disposición de las estelas. También se han encontrado otro tipo de señalizaciones, consistentes en pequeñas piedras clavadas en el suelo sin restos de incineración debajo, situadas en lugares distantes dentro del área necropolitana. Bajo uno de ellos se conservaban restos de madera, quizás de un poste, y otros tres están formados por varias piedras de pequeño tamaño, colocadas en ángulo o en círculo, debajo de una de los cuales apareció la mitad de una mandíbula de bóvido, clavada verticalmente en el suelo. De este nivel de ocupación se han recogido muestras de huesos cremados y de carbones para el análisis radiocarbónico. HERRERÍA IL Denominamos así a la segunda fase de utilización de la necrópolis, identificada a través de las 133 sepulturas excavadas hasta este momento. Durante esta fase parecen identificarse dos variaciones formales. En el primer caso, se realizaron túmulos circulares de entre 1 y 2,5 m de diámetro, construidos con piedras grandes dispuestas en una sola hilada y en cuyo centro estaba depositada la incineración. Algunos de estos túmulos tenían una estela de piedra en el centro, como la tumba 100/00, actualmente expuesta al aire libre delante del pequeño Museo de Herrería (Fig. 3). Entre estos túmulos de incineración se han descubierto cuatro túmulos conteniendo inhumaciones (tumbas n."" 57,58,222,233). Estos monumentos son generalmente más grandes, rectangulares o redondos, construidos a base de grandes lajas verticales o ligeramente inclinadas, a modo de grandes cistas. Además de estos cuatro inhumados, apareció el esqueleto de un neonato enterrado en un túmulo circular (sepultura n.° 43), junto a una incineración. En el segundo caso, representando quizás otro momento de uso o simplemente una diferenciación social intencionada, cambia la forma de las estructuras pétreas y se observa un encachado continuo ocupando determinados espacios, separados entre sí por pasillos de tierra sin enterramientos. Se ha observado en muchas sepulturas de esta fase que los restos óseos cremados son abundantes, pudiéndose deducir que las piras no alcanzaron demasiada temperatura o los individuos estuvieron sometidos al fuego durante poco tiempo y que, después, la recogida de los restos fue exhaustiva y metódica: el cráneo aparece bastante completo en posición anatómica en el fondo del hoyo, seguido de las vértebras y por último de las extremidades. Los ajuares encontrados en todas las tumbas de esta fase son especialmente escasos. Se localizaron cerámicas a mano de pastas finas, formas bicónicas, en su mayoría lisas, salvo algunas de ellas con de- Tab. Fases de la necrópolis de Herrería. coración incisa cuyos motivos principales, dispuestos en bandas horizontales, con triángulos rellenos y espigas (Fig. 4). Existen también algunos fragmentos de cerámicas de paredes finas con mamelones así como fragmentos de recipientes de paredes gruesas con decoración de cordones. Los objetos metálicos están representados por anillas y por numerosos remaches de bronce con cabeza semiesférica. Esta breve descripción de los hallazgos más relevantes creemos que es suficiente para valorar el indudable interés que ofrece el yacimiento. No deja, sin embargo, de mostrar ciertas peculiaridades pues aparte de los significativos ritos funerarios utilizados y la variada tipología de los enterramientos, se han encontrado muy pocas piezas de ajuar y no están presentes algunos de los fósiles-guía que acompañan a las cremaciones antiguas y son aceptados de forma genérica como exponentes de la presencia de Campos de Urnas. A pesar de ello, defendemos su adscripción a dicho contexto cultural pues compartimos la idea de que "la presencia del ritual de la incineración es condición básica de pertenencia a los Campos de Urnas" (Neumaier 1995: 54). Y ello a pesar de que también se ha interpretado el rito de la incineración desvinculado de los Campos de Urnas cuando se han podido rastrear huellas de cremaciones parciales en algunas sepulturas de culturas anteriores (González Prats 2002: 393), aunque creemos que los casos presentados no son Fig, 4. Cuenco de cerámica a mano con decoración incisa procedente del nivel tumular de la necrópolis de Herrería. ejemplo de una práctica ritual generalizada comparable a la que ahora comentamos. La primera utilización de la necrópolis (Herrería I), fechada en el siglo XII a.C. (XIII cal.), muestra ya un espacio intencionadamente elegido y bien organizado en el que se usaba de modo exclusivo la cremación del cadáver con la posterior deposición de los restos en un hoyo en el suelo sin urna cerámica y señalizado con una tosca estela de piedra clavada verticalmente, paisaje difícil de paralelizar con ningún otro yacimiento conocido de este período. El rito de la incineración y los enterramientos individuales depositados en necrópolis organizadas sabemos que fue una novedad cultural introducida desde otros lugares hasta el territorio meseteño, pero el uso de estelas de piedra señalando cada una de esas tumbas no tiene precedente conocido en etapas anteriores, ni dentro ni fuera del ámbito peninsular. Sin embargo, sí se conocen ejemplos posteriores representados en las estelas de piedra de las necrópolis celtibéricas de los siglos V-IV a.C, sin que tampoco se haya explicado suficientemente su posible significado socio-religioso o su origen crono-cultural. Las estelas decoradas con jinetes, armas, etc. de la época de la conquista romana, repartidas por el territorio del Bajo Aragón (Galán 1994: 99), creemos que no mantienen relación directa con las que ahora estudiamos y, en cualquier caso, ofrecen una cronología de casi un milenio después. Esta primera ocupación resulta, pues, muy significativa puesto que sus fechas absolutas son sincrónicas a las manejadas en todas las necrópolis de Campos de Urnas Antiguos del noreste peninsular, mientras que sus características formales muestran algunas diferencias notables. Por su parte, la fase Herrería II, fechada en el siglo IX a.C cal., sí ofrece paralelos formales muy próximos con las necrópolis de incineración de las áreas del Segre-Cinca y del Bajo Aragón. No seremos exhaustivas en los paralelos formales de cada uno de los elementos descubiertos, pero baste recordar algunos casos significativos bien fechados y bien estudiados desde hace tiempo. Nos referimos, por ejemplo, a la necrópolis ilerdense de La Colomina (Ferrández et al. 1991) cuyos túmulos circulares, con o sin estela central, ofrecen un gran paralelismo con los hallados en Herrería. Baste observar sus túmulos 2,7 y 14 para comprobar su semejanza con los mésetenos, especialmente con nuestra sepultura 100/00. Aparte de los monumentos funerarios, algunas características de los ajuares también son coincidentes, así como la escasez generalizada de piezas metálicas y las decoraciones incisas de algunas cerámicas (Fig. 5,6). Bien es cierto que, en nuestro caso, faltan las decoraciones acanaladas. Este yacimiento fue fechado, según la cronología convencional basada en la tipología de los materiales, entre los siglos IX y VII a.C. (Ferrández ^í a/. En la necrópolis del Coll del Moro de Gandesa (Rafel y Hernández 1992; Rafel 1993) se hallaron estructuras de piedra también muy similares. Aquellos túmulos, siempre sobre sepulturas de incineración, eran en su mayoría circulares a veces con estela central y en algunos de ellos se había depositado un vaso cerámico encima del monumento sepulcral. El poblado y la necrópolis de La Loma de los Brunos fueron considerados como exponentes típicos de los Campos de Urnas de Aragón (Eiroa 1982) y fueron datados arqueológicamente en torno al año 1000 a.C, aunque continuaron su existencia hasta el 500 a.C. En el cementerio se localizaron 18 túmulos, casi todos de planta circular, sobre enterramientos de incineración. Aunque su investigador consideraba que existían muy pocos datos sobre las etapas precedentes, creyó que los monumentos podrían tener relación con el tardío mundo megalítico pirenaico y podían constituir una tradición local incorporada a las nuevas influencias de los Campos de Urnas (Eiroa 1982: 32). En cuanto al ajuar material recuperado en las tumbas, cabe destacar la casi ausencia de objetos metálicos, sólo representados por algunas agujas y anzuelos, mientras que entre las cerámicas destaca algún fragmento con decoración acanalada y excisa además de muchos recipientes de paredes gruesas con decoraciones plásticas. Pero sin duda, es la necrópolis de Los Castellets I y II de Mequinenza (Zaragoza) la que ofrece mayores semejanzas con Herrería II (Tab. Sus más de cien sepulturas ofrecieron una variada tipología tumular (Royo 1994(Royo,1994-96) -96) prácticamente idéntica a la del grupo ilerdense y ahora podemos decir que también similar a la nuestra. No sólo resulta sorprendente el parecido morfológico de los túmulos, asociados siempre a enterramientos de incineración, sino también la presencia entre ellos de algunos enterramientos de inhumación protegidos por monumentos pétreos más grandes, en ocasiones a modo de cista. El investigador de este yacimiento aragonés lo consideró exponente de la primera presencia y posterior desarrollo de los Campos de Urnas en el Noreste y un claro ejemplo del proceso de acultu-ración sufrido por las poblaciones indígenas preexistentes (Royo 1994-96: 106). A la información arqueológica hay que añadir las fechas de C-14 obtenidas en algunos de sus túmulos, detalladas en el apartado siguiente, que sitúan sus primeros enterramientos en torno al año 1100 a. Podríamos alargar los paralelismos observados respecto a las restantes necrópolis tumulares ilerdenses (Torre Filella, Roques de Sant Formatge, Pedros, etc.) pero creemos que es suficiente con mencionar aquellas que geográficamente se encuentran más próximas.. 1-4: Cerámicas a mano con decoración incisa del poblado de Fuente Estaca (dibujos sobre fotografías de Martínez Sastre 1992). 5: Cerámica a mano con decoración incisa procedente de la Era del Locón (según Martínez Naranjo 1997). 6: Urna fabricada a mano, con decoración incisa, procedente del túmulo 100 de la necrópolis de La Colomina (según Ferrández et al. 1991). 7: Decoraciones incisas de las cerámicas fabricadas a mano del poblado de Palermo (según Pelicer 1987). 8: Decoraciones incisas de las cerámicas a mano del poblado de Pico Buitre (según Barroso 1993). Aparte de la estrecha vinculación formal que ofrecen los monumentos funerarios, hay otros elementos a considerar. En la época de los Campos de Urnas Antiguos la ausencia de objetos metálicos en las sepulturas es una constante repetida en casi todos los territorios estudiados, tanto en la Cataluña costera como en el valle del Segre-Cinca o en el Bajo Aragón, pudiéndose atribuir a una escasez de metal a nivel local o a una limitada producción que convertía a estas escasísimas piezas en objetos de consideración especial (Ferrandez et al. 1991:135; Ruiz Zapatero 2001: 264). En Herrería I no se ha encontrado nada de metal y en Herrería II es realmente escaso puesto que, aunque se encuentra bronce en varias sepulturas, éste se reduce a algunas anillas y pequeños botones o remaches que presumiblemente formaban parte de las vestimentas del individuo enterrado. El otro elemento material significativo para identificar la presencia de Campos de Urnas ha sido siempre la cerámica, especialmente la que ofrece formas bicónicas y decoración acanalada, convertida en su auténtico fósil guía y aceptada su presencia desde muy pronto, en torno al 1300 según la cronología calibrada (Castro ^/^ a/. Ni en Herrería I, ni en Herrería II se utilizaron urnas para depositar las cremaciones por lo que carecemos del principal identificador material, si bien se han podido recoger y reconstruir algunas cerámicas de perfil bicónico con decoración incisa y de cordones. La presencia de vasos incisos es frecuente durante el Bronce Final, tanto en necrópolis como en poblados a lo largo de todo el Languedoc, el Ampurdán y el Bajo Aragón. Efectivamente, no sólo en las necrópolis aparecen los elementos materiales significativos, sino que también se conocen un buen número de poblados en los que han aparecido los mismos materiales, algunos bien fechados por C14, como podemos observar en el cuadro del siguiente apartado. Nos parece interesante el poblado de Geno (Lérida) por tratarse de un habitat de nueva planta, con viviendas de disposición perimetral de planta rectangular, en el que han aparecido cerámicas bicónicas con decoración acanalada acompañadas de botones y agujas de bronce y brazaletes de lignito donde, a pesar de la posible existencia de elementos de substrato, su excavador lo consideró "el conjunto protourbano de CU. Antiguos más interesante de Cataluña" (Maya et al. 2000: 171), contando sin duda con las altas fechas radiocarbónicas en torno al 1000 a.C. Existen otros poblados bajoaragoneses fechados desde el Bronce Final, muchos asociados a necrópolis de incineración con enterramientos tumulares, algunos conocidos desde hace bastantes décadas y por ello no estudiados con detalle, en los que se documentaron viviendas rectangulares y cerámicas a mano con decoración acanalada, incisa y excisa, al tiempo que el metal encontrado era escasísimo. Podemos citar El Cabezo de Monleón, San Cristóbal de Mazaleón, Sancharancón, Zaforas o Palermo IV (Beltrán 1963; Pellicer 1987), este último con cerámicas incisas muy semejantes a las de Herrería II (Fig. 5, 7). También son evidentes los paralelismos entre el Alto Ebro, La Rioja y el sur de Navarra con la Meseta oriental, siendo suficiente mencionar el yacimiento de Cortes de Navarra (Maluquer 1955(Maluquer, 1957;;García 1994; Munilla y Gracia 1995) como una referencia obligada, dadas las semejanzas observadas. motivos de esta última, a base de zig-zag y triángulos rellenos, son casi idénticos a los encontrados en Herrería. El yacimiento se fechó en el siglo IX a.C. en base a la fecha radiocarbónica del 800 ± 90 a.C, sin calibrar (Fig. 5, 1-5, 8). En contraposición, vemos que sí están bien documentados los habitats tipo castro a partir de la fase Celtibérico Antiguo (siglos VII-VI a.C.) y se les puede considerar herederos de todas las tradiciones presentes en Cataluña y Bajo Aragón desde el Bronce Final, pudiéndose citar como ejemplo muy representativo al castro de El Ceremeño, situado en las inmediaciones de la necrópolis (Cerdeño y Juez 2002). Dicho castro está situado en el mismo término municipal de Herrería, a unos 500 m de distancia de la necrópolis, pero su primera ocupación es bastante más reciente que las fases antiguas del cementerio que ahora comentamos. La primera ocupación del poblado (Ceremeño I) parece corresponder a la fase más reciente de la necrópolis (Herrería III) y permite suponer que en momentos anteriores se eligieron zonas bajas para los asentamientos no fortificados, como parece ser el caso del mencionado Fuente Estaca o el de los poblados tipo Pico Buitre, situados en las vegas de los ríos. El indudable interés de las dos ocupaciones antiguas de Herrería hacía imprescindible contar con dataciones radiocarbónicas que con'oborasen la sincronía, por tanto la posible vinculación cultural, de sus conjuntos materiales con los grupos documentados en regiones cercanas y con los que acabamos de ver que mantiene evidentes paralelos formales. Sin otorgar a la cronología mayor prioridad que la que debe tener, consideramos importante conocer el tiempo real en que se sitúa la información manejada, en otras palabras''poner las cosas en su tiempo" (Castro et al. 1996), dado que ello permite establecer con mayor solvencia posibles sincronismos y conexiones entre ciertos acontecimientos del pasado. Con ello se evitarán imprecisiones a la hora de sistematizar y paralelizar yacimientos cuya adscripción a determinados períodos varía dependiendo de los esquemas tradicionales que en cada caso haga el autor del estudio correspondiente (Vázquez 2000: 87). Hasta el momento hemos podido analizar cinco muestras correspondientes a las dos fases de utilización más antiguas. Los análisis se han realizado en el Centrum voorlsotopen Onderzoek de Groningen (Holanda) que envía sus resultados en fechas no calibradas. Aunque son pocas muestras, su calibración ofrece datos de utilidad en el contexto de la discusión que aquí se presenta (1). El primer análisis (GrN-25616) se realizó sobre una muestra de carbón procedente de la sepultura 44, sita en el nivel más antiguo de ocupación. Corresponde a un tramo en el que la curva de calibración tiene un comportamiento irregular. (1) Agradecemos al profesor Gerardo Vega el comentario estadístico de las fechas calibradas. T. P.,59,n."2,2002 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es sección de la distribución original con dicha curva, a 1 sigma (68,3% de probabihdad), genera una trasformada comprendida entre 1289 y 1129 cal. BC de comportamiento muy in^egular. En esta situación, la mediana de la distribución transformada (1209 cal. BC) puede considerarse el estadístico más apropiado para estimar un valor central, con la ventaja de que está en el intervalo 1262-1206, al que corresponde el 48,1% de la probabilidad total. Dataciones obtenidas en Herrería. La muestra n." 2 (GrA-20603) era un fragmento de hueso humano cremado procedente de la sepultura 152/01, señaHzada con una estela de piedra situada también en el nivel más antiguo de ocupación. Es la que tiene una intersección con la curva de calibración más irregular: a 1 sigma (intervalo 1371-1132 cal. Esta disimetría en la distribución calibrada hace que exista una diferencia significativa entre la mediana obtenida para el intervalo a 1 sigma (1252 cal. La tercera muestra (GrA-20605), procedente de fragmentos de huesos humanos cremados de la sepultura 183/01 señalizada con una estela de piedra, ofrece un mejor ajuste en el intervalo de calibración. La mediana puede considerarse el estadístico de valor central más representativo de la distribución calibrada (1473 cal. Respecto a la cuarta muestra (GrN-25617), un fragmento de hueso del individuo inhumado en la sepultura 57/99-00, la situación es diferente puesto que la intersección directa de la media original sólo corresponde a un valor único de 831 cal. BC corresponde al 95,6% de la probabilidad, mientras que entre 995 y 955 quedan un par de picos que sólo representan el 4,4% de la distribución. En este caso es innecesario utilizar la mediana (854 cal. BC) como estadístico de valor central, ya que la intersección directa de la media original es prácticamente igual. El quinto análisis (GrN-26942) se realizó sobre un fragmento de hueso del cuerpo inhumado en la sepultura 222/01, señalizada por un gran túmulo de piedra. BC. representa el 89,9% de la distribución; en este caso vuelve a ser útil usar la mediana de la distribución a 1 sigma como valor central de la muestra (961 cal. BC), muy similar a la que se obtendría para el recorrido a 2 sigmas (982 cal. Los valores ofrecidos por las muestras de los niveles más antiguos de Herrería coinciden plenamente con las fechas obtenidas en los últimos años en numerosos yacimientos de Campos de Urnas catalanes y aragoneses, al igual que en algunos del alto Ebro (Tab. Del mismo modo, quedan incluidas en los límites de las dataciones europeas calibradas dendrocronológicamente que proponen situar los límites de los Campos de Urnas clásicos entre 1365 y 740 BC (Neumaier 1995: 53). Como decíamos al principio, los datos expuestos en estas líneas creemos que constituyen una interesante información sobre la llegada del ritual incinerador a los territorios de la Meseta oriental más próximos a Aragón. La fase más antigua de la necrópolis (Herrería I) puede fecharse en torno al siglo XIII cal. a.C. y demuestra que la incineración estaba ya perfectamente implantada como ritual exclusivo en una necrópolis organizada y señalizada con estelas. Debido a la escasez de datos acerca de las etapas locales del Bronce Final, no podemos asegurar si dichos hitos funerarios eran una reminiscencia de antiguas tradiciones locales o si también eran producto, al igual que el ritual, de las nuevas influencias culturales. La segunda fase de utilización (Herrería II), fechada en el siglo IX cal. a.C, mantiene numerosos paralelos formales con las necrópolis de incineración tumulares del grupo ilerdense y bajoaragonés y, al igual que en el caso anterior, con cronologías muy similares. Estos datos son suficientemente expresivos y novedosos como para poder mantener la hipótesis de que grupos de Campos de Urnas, no sólo sus influencias materiales dado el escaso substrato cul-tural preexistente, alcanzaron el reborde oriental de la Meseta donde se establecieron e iniciaron una ocupación permanente y duradera cuyo recuerdo se constata en el registro a lo largo de toda la Edad del Hierro. El acceso desde el valle del Ebro hasta esta zona meseteña es perfectamente practicable si se utilizan las vías de acceso proporcionadas por los afluentes del río Jalón en su margen derecha (Jiloca, Mesa o Piedra, estos dos últimos con su nacimiento en la comarca molinesa y con yacimientos antiguos en sus valles) o las rutas terrestres a partir de las cabeceras de otros afluentes del Ebro, como el Huerva o el Martín. Todavía habrá que matizar numerosos aspectos de este planteamiento, pues mucho se ha discutido sobre la significación o el auténtico contenido cultural que tuvieron los Campos de Urnas en regiones que, como la propia Península Ibérica, se consideraron marginales a su originario lugar de procedencia, hasta el punto de que algunos autores han subrayado la existencia de culturas''periféricas " a la influencia de los Campos de Urnas en regiones occidentales como el Macizo francés, el Languedoc o los Pirineos (Hatt 1988: 176). Sin embargo, se acepta mayoritariamente que los Campos de Urnas del suroeste europeo pertenecen plenamente a la cultura de los centroeuropeos aunque, por supuesto, existen diferencias debidas a la propia evolución interna de cada uno de estos grupos (Neumaier 1995: 66). Proponemos la vinculación del territorio meseteño oriental a este ambiente cultural por la ocupación de nuevos paisajes, la presencia generalizada del ritual incinerador y la de algunos tipos cerámicos aunque de momento falten las determinantes formas acanaladas documentadas en el área del Nordeste, hasta ahora solo documentadas en nuestra zona en el mencionado poblado de Fuente Estaca. Los hallazgos de la necrópolis de Herrería suponen una interesante aportación que ayuda a clarificar este proceso cultural, sobre todo cuando finalice el estudio completo del yacimiento y podamos manejar una información más amplia. La presencia generalizada del ritual incinerador en territorio meseteño en fechas tan elevadas abre un abanico de posibilidades interpretativas al demostrar la llegada de las nuevas costumbres rituales antes que la de otros elementos materiales, al tiempo que la existencia de señalizaciones de piedra bien estratificadas, estelas y túmulos, puede permitir investigar sobre su origen y desarrollo a lo largo de un amplio período de tiempo.
SOBRE LA SECUENCIA CRONOESTRATIGRAFICA DE LOS CASTROS ASTURIANOS (SIGLOS VIII a.C.-ll d.C.) Se ofrece una síntesis del estado de la cuestión en el área occidental de la provincia que avala con datos arqueológicos -estratigrafías, estudio de materiales y dataciones absolutas-, la existencia en Asturias de poblados fortificados con larga secuencia de ocupación prerromana. Desde que José María Flórez emprendiera sus trabajos en el Castelón de Villacondide a comienzos del último cuarto del siglo XIX hasta las excavaciones en curso, se han practicado campañas arqueológicas en una docena de poblados. Los resultados son de consecuencias y utilidad tan dispares como la procedencia de sus autores y, salvo excepciones, han recibido una expresión bibhográ-fica limitada. Por esta razón resulta aún más meritoria la edición de la''Memoria relativa a las excavaciones de El Castelón " de Flórez en 1878, en la que se advierte una voluntariosa meticulosidad en el registro que no siempre habrá de estar presente en investigaciones posteriores. Tras la Guerra Civil, el Castro de Coaña -El Castelón-adquiere con las excavaciones de Antonio García y Bellido y Juan Uría Ríu rango de paradigma iconográfico. De sus investigaciones en éste y otros castros de la comarca dieron cuenta sucesivos artículos algunos de los cuales son hoy clásicos de la bibliografía arqueológica. En la segunda mitad de siglo, Francisco Jordá Cerda realiza excavaciones en La Corona del Castro de Arancedo (1954) y Coaña (1960-61) ( 1 ). Con estas campañas se puso fin a la excavación in extenso de recintos cástrenos en el occidente de Asturias durante algunos años (2). A partir de 1985 la investigación será retomada por Elias Carrocera Fernández, profesor de la Universidad de Oviedo, cuyas intervenciones se suceden ininterrumpidamente durante una década en diversos yacimientos dispersos entre los ríos Nalón y Eo (3) (Fig. 1). Castillo de San Martíi El Picón Localización de principales yacimientos citados en el artículo. Castros romanos o prerromanos: la gran controversia Hacia 1990 la discusión académica gira exclusivamente en torno a la cuestión de si son o no de fundación romana los poblados fortificados de la Asturias occidental. Así, para una parte de los investigadores, la tradición indígena que inspiraba los rasgos más representativos de los castros del siglo I y II d.C. no admitía otra explicación que la existencia de una Edad del Hierro anterior a la conquista. Su expresión arqueológica podía ser rastreada, a falta de horizontes probados de ocupación prerromana, en diversos materiales descontextualizados de cronología indiscutiblemente prehistórica -hachas de talón y anillas, fíbulas acodadas en bucle o fragmentos de calderos con remaches-y en piezas de procedencia exótica cuyo descubrimiento se relacionaba, en ambos casos, con diferentes castros de la comarca (Maya 1988: 297). La representatividad de tales objetos fue criticada con severidad, mucho más cuando las excavaciones retomadas en varios de estos yacimientos parecían proporcionar un registro demasiado coherente para ser ignorado. De esta forma y ante la ausencia endémica de pruebas arqueológicas que avalasen la existencia de asentamientos anteriores, se fue consolidando de manera paulatina la visión de un poblamiento castreño establecido por iniciativa romana durante el siglo I d.C. para ordenar y administrar un territorio de extraordinario interés para el Imperio (Carrocera 1994: 218). Las excavaciones, por aquellas fechas apenas iniciadas, en el castro de Chao Samartín parecieron confirmar con generosidad esta tesis: una vez más era un repertorio fundamentalmente clásico el que caracterizaba el registro de un asentamiento castreño convencional. Sin embargo, esta prematura lectura pronto habría de revelarse incompleta: a partir de 1995, bajo la trama urbana vigente en época altoimperial, se descubren los primeros restos de fortificaciones anteriores y con ellos la evidencia de una ocupación previa a la conquista. En pocos años, la continuidad de los trabajos propició un incremento notable de la superficie excavada y la elaboración de series estratigráficas de larga duración que, avaladas por un conjunto estimable de dataciones absolutas -en torno a las cuarenta-, ha permitido remontar la fundación del asentamiento, cuando menos, a los siglos IX-VIII a.C. Investigaciones paralelas en otros poblados próximos como Os Castros, en Taramundi, o El Picón, en Tapia de Casariego han proporcionado nuevos registros que, junto a las fechas obtenidas hace algunos años en el castro de San Chuis (Cuesta et al. 1996: 228 y ss.) revelan analogías estratigráficas y temporales suficientes para sospechar que la secuencia histórica del Chao Samartín no es excepcional (4). Se ha comenzado así a vislumbrar un primitivo horizonte de establecimientos fortificados con implantación (4) Las series estratigráficas recuperadas están avaladas, en el caso de Taramundi, por varias dataciones radiocarbónicas: Ua-17646, CSIC-1654, CSIC-1653. en los principales biotopos regionales -rasa costera (El Picón), sierras prelitorales (Os Castros) y tierras altas (Chao Samartín y San Chuis)-que rompe el desconcertante hiato informativo que caracterizaba la Prehistoria Reciente asturiana desde el final de los tiempos megalíticos hasta la conquista romana. Las ruinas del Chao Samartín se localizan en Castro, población que dista unos 6 Km de Grandas de Salime, capital del concejo. Con una altitud máxima de 675 m, el yacimiento se extiende sobre un promontorio cuyo sustrato geológico está constituido por cuarcitas blancas y materiales básales de la formación Agüeira originados durante el Ordovícico Medio y Superior. La estratificación presenta una orientación N-S y las capas se encuentran en una posición subvertical que otorgan al paraje la singularidad topográfica que justificó su elección como asentamiento estable: hacia el Oeste uno de los niveles de cuarcita de base determina una barrera casi vertical sobre el valle del río Cabalos mientras que, por el Este, la existencia de un nivel estratigráfico de menor competencia ha determinado la formación de una depresión natural que proporciona al poblado un cierto dominio sobre el flanco oriental. Sendas vaguadas, con pronunciado desnivel hacia poniente, lo limitan al Norte y al Sur (Fig. 2). El caso particular del La existencia de antiguas fortificaciones en el lugar fue recogida por Martínez Marina y posteriormente por Méndez-Valledor para la obra Asturias de Bellmunt y Canella de 1900. En 1967 José Manuel González, tras proceder a su reconocimiento, lo incorpora al catálogo de castros asturianos. Las excavaciones arqueológicas dieron comienzo en 1990 como consecuencia de la revisión de los materiales procedentes de intervenciones clandestinas realizadas en el castro en 1977 (5). Desde entonces las campañas de investigación se suceden con regularidad. El primer horizonte de ocupación se remonta a la Edad del Bronce con estructuras defensivas y de (5) Fueron custodiados por D. José María Naveiras Escalar, director del Museo Etnográfico de Grandas de Salime, lugar donde pudieron ser revisados durante la realización del inventario arqueológico del concejo de Grandas de Salime (Villa 1992: 224). Hoy constituyen la base expositiva del aula didáctica del castro de Coaña. habitación datadas en tomo al siglo VIII a.C. (6). Se extendió principalmente sobre la explanada que corona el yacimiento -una estrecha franja de 30 metros de anchura y unos 80 de longitud-que protegían un foso y una empalizada. A su abrigo se descubrió la edificación más antigua del poblado, una gran cabana de planta rectangular y esquinas redondeadas donde se han recuperado algunas cerámicas y fragmentos de un gran disco -110 cm. de diámetro-fabricado sobre un cuerpo de madera guarnecido, en ambas caras, por chapas de aleación de cobre fijadas con remaches y clavos (Lám. Otros testimonios metalúrgicos afines fueron recuperados fuera del recinto superior donde es posible rastrear la existencia de antiguas estructuras probablemente fabricadas con materiales perecederos (7). Se dispone además de algunas fechas asociadas a suelos inmediatamente anteriores que, por el momento, no pueden ser vinculados a ningún asentamiento. (7) Un hacha de talón y anillas completa y el talón de otro ejemplar proceden de distintos sectores de la explanada principal donde también se poseen dataciones absolutas afines (CSIC-1474). I. Chao Samartín, 1997: Entre el maderamen de la única cabana identificada en la acrópolis se descubrieron centenares de fragmentos de este gran disco -115 cm 0-con alma de madera y guarnecido con chapas de aleación de cobre. Puede ser fechado en torno al siglo VIII a.C. (J. Arrojo). Durante la Edad del Hierro el asentamiento se extiende por todo el promontorio defendido ahora por nuevas fortificaciones que se mantendrán en uso -aunque con severas modificaciones en el trazado y la estructura-hasta la conquista romana. De esta forma son amortizadas sucesivas líneas de fosos sobre los que se consolida una muralla varias veces vencida y renovada. Las reformas más importantes se producen entre el siglo IV y II a.C. cuando la vetusta fortificación, hasta entonces de estructura continua, adopta una compartimentación modular semejante a las que defendían los castros de Folgosa, San Chuis, Castillo Veneiro, Castillo de San Martín, Campa torres o Llagú. Su disposición condiciona la distribución de un caserío en el que predominan las construcciones de planta rectangular sobre las circulares y el aparejo de pizarra sobre el de cuarcitas, cuyo uso se restringe a las hiladas de nivelación y cimientos. Todas ofrecen, de acuerdo con los parámetros de la arquitectura castreña clásica, planta sencilla e individualizada sin medianerías ni compartimentación del espacio interno. Al igual que en Coaña, Mohías o Pendia, aparece una cabana de planta oblonga y dimensiones notablemente superiores al resto. Posee además un edificio termal, pequeña construcción de planta rectangular y cabecera absidiada, que se destinaba a la toma de baños de vapor. Estas saunas castreñas, características del N.O. peninsular, fueron consideradas hasta el descubrimiento del Chao Samartín simples adap-taciones rústicas del modelo termal clásico. Sin embargo, las investigaciones en curso en éste y otros castros del valle del Navia han proporcionado argumentos suficientes para establecer la construcción de los edificios asturianos entre los siglos IV y II a.C. (8). La influencia de la cultura romana se manifiesta con claridad a partir de la segunda mitad del siglo I d.C. En esta época el Chao Samartín es un asentamiento abierto en el que las fortificaciones han perdido su centenaria justificación. Las antiguas cabanas, de planta sencilla y recinto único, son sustituidas ahora por espacios compartimentados interiormente mediante tabiques de piedra o agrupadas para formar núcleos familiares más amplios. Muchas de estas viviendas dispusieron de dos alturas, pavimentos de hormigón y cargas murales polícromas. El edificio de baños se mantiene en uso con algunas modificaciones. Un espacio monumental, a modo de plaza pavimentada con losas de pizarra y sendos bancos corridos adosados a sus paredes norte y este, sustituye a la vieja cabana comunal. Los ajuares muestran una abundancia y refinamiento insólitos en el registro arqueológico de los castros asturianos. Junto a las producciones cerámicas comunes, son notables los ajuares de terra sigillata gálica e hispánica, los vidrios, las lucernas, el material latericio y un amplio repertorio de piezas metálicas. De particular interés resulta la colección numismática-más de sesenta piezas identificadascuyas cecas y contramarcas insinúan la presencia probable de efectivos militares en la zona (Gil 1999), sin duda vinculados con la intensa actividad minera que desde mediados del siglo I d.C. se conoce en la región (Villa 1998:177). Este periodo de prosperidad se vería bruscamente interrumpido durante la segunda mitad del siglo II d.C, cuando una sacudida sísmica de gran intensidad provocó la ruina del poblado y su definitivo abandono. Estado de la cuestión Las evidencias arqueológicas indican la existencia en el occidente de Asturias de establecimientos fortificados durante el siglo VIII a.C. que se distribuyen desde la rasa costera hasta las sierras y peni-llanuras interiores. Son establecimientos en altura cuyo protagonismo en el paisaje se magnifica con obras defensivas monumentales. Aunque la utilización del hierro no se manifiesta en el registro arqueológico hasta las décadas iniciales del siglo IV a.C, existen algunos indicios relevantes que parecen sugerir la introducción de ciertos productos en épocas sorprendentemente tempranas: es el caso del puñal de antenas de Taramundi, una pequeña daga con enmangue y contera en bronce cuya hoja fue fabricada en hierro. La datación de su vaina, fabricada en madera, supone por su antigüedad (9) un dato de difícil integración en el discurso convencional de nuestra Prehistoria Reciente. Los poblados fortificados durante la II Edad del Hierro muestran unos rasgos relativamente homogéneos entre los que sobresale la pervivencia del foso como primer elemento delimitador del núcleo habitado y la aparición de las murallas de estructura compartimentada que a partir del siglo IV a.C. se generalizan en la región. La reinterpretación estratigráfica de viejas excavaciones y algunas dataciones recientes muestran un desarrollo parejo de la arquitectura doméstica en los castros de Chao Samartfn, Coaña o San Chuis con paralelos formales evidentes en Arancedo, Pendia o Mohfas (10). La incorporación de materiales clásicos al registro arqueológico de los castros occidentales se produce a partir de las décadas centrales del siglo I d.C. Estos indicios tempranos de romanización -fundamentalmente terra sigillata sudgálica-se consolidan y toman un protagonismo indiscutible en los ajuares domésticos a partir de época flavia, periodo en el que, tras algún fugaz acondiciona- miento defensivo -como el constatado en el Chao Samartín-, se advierte la degradación irreversible de las antiguas fortificaciones. Durante el siglo II d.C. se produce el abandono generalizado, también definitivo, de los castros occidentales. La sincronía que muestra la evolución de los poblados fortificados a partir de su incorporación al orden imperial podría ser interpretado como prueba de una cierta estandarización formal y a la romana del habitat castreño, sin embargo, el registro arqueológico muestra la convivencia de perfiles acusadamente diversos en asentamientos muy próximos sobre cuya cultura material pueden rastrearse diferentes grados de integración y respuesta a las condiciones establecidas en estos territorios tras la conquista. La pretendida ocupación en época tardía o altomedieval no cuenta en el registro arqueológico de estos castros con más argumentos que el cuenco de imitación de cerámica gris estampada recuperada en Coaña, cuyo contexto es hoy totalmente desconocido (Fernández-Ochoa 1982: 114). Tal y como las excavaciones en el Chao Samartín han probado, el resto de cerámicas estampilladas a las que reiteradamente se alude como testimonio de asentamientos tardíos en este y otros yacimientos -La Escrita o San Chuis- (Carrocera y Requejo 1989; Manzano 1990), son en realidad producciones altoimperiales que repiten patrones decorativos de tradición indígena (Villa 1999c: 112). EN REPLICA A LA INFORMACIÓN SOBRE CHAO SAMARTÍN PUBLICADA POR RÍOS Y GARCÍA DE CASTRO La lectura del artículo "Observaciones en torno al poblamiento castreño de la Edad del Hierro en Asturias" (Ríos y García de Castro 2001), proporciona desde sus primeras líneas motivos para la sorpresa al prescindir en su particular historia de la investigación tanto de las publicaciones pioneras de Flórez (1878), Uría (1941;1945) o García y Belhdo (1941;1942y 1967) como de trabajos más recientes adecuadamente pubhcados (11). Más aún, estos autores se alzan como referencia bibliográfica única para la geografía castreña de Asturias, no ya corrigiendo el catálogo de José Manuel González (12) sino suplantando de un plumazo a todos aquellos investigadores que durante años han participado en la elaboración del Inventario Arqueológico de Asturias y cuyos resultados tienen su correspondiente expresión bibliográfica en los números ya publicados de Excavaciones Arqueológicas en Asturias. Estas carencias distorsionan la argumentación de su discurso. Respecto al castro de Chao Sanmartín es difícil comprender la razón para sintetizar de manera tan apresura los resultados de excavaciones ajenas en curso y con un continuo flujo de información sobre el que los arqueólogos que constituyen el equipo están desarrollando sus respectivas líneas de estudio ( 13). El afán periodizador con el que se aborda su tratamiento revela inmediatamente cierto grado de confusión -y también de pereza-metodológica no exenta de descortesía al elevar a categoría de hitos cronoestratigráficos {sic) acontecimientos de naturaleza y significado arqueológico muy heterogéneo. Hechos dispersos cuyo encaje en la secuencia general del yacimiento no se está produciendo sino en tiempos recientes, a medida que los estudios en curso suministran argumentos de orden estratigráfico y analítico suficientes. Entre las fuentes de información citadas no se cuentan las reuniones científicas donde tales avances han sido discutidos y, rara vez, su expresión bibliográfica (14). Sobre estas deficiencias se construye un texto de tono elevado que revela carencias de información relevantes. En su particular revisión del trabajo desarrollado en el castro de Chao Samartín se cuestiona fundamentalmente la existencia material de algunos elementos defensivos y se requiere aclaración respecto a la cronología y relación estratigráfica de (11) Se inician así olvidos que habrán de resultar crónicos en el texto como las excavaciones de José Luis Maya y Miguel Angel de Blas en el castro de Larón (Maya y de Blas 1983), las excavaciones de Ángel Villa en el castro de Pendia (Villa 2000b;2001c) o las numerosas publicaciones del equipo arqueológico del Chao Samartín relativas a los materiales de época romana. (12) Sobre la figura y obra de José Manuel González puede consultarse el artículo firmado por Miguel Ángel de Blas Cortina en las actas de los Coloquios de Arqueología de la Cuenca del Navia (de Blas y Villa 2002). (13) Ríos y de Castro han mostrado ya en ocasiones anteriores su voluntad de hermanamiento científico con las investigaciones arqueológicas desarrolladas en yacimientos de la Cuenca del Navia. Entre sus generosos gestos cuenta la publicación de un pendiente de oro procedente del Chao Samartín (Ríos y de Castro 1998: 57), la descripción de elementos singulares de su trama edificada (García de Castro y Ríos 1999: 38) o la publicación de las estructuras termales inéditas descubiertas en las saunas rústicas del castro de Pendia cuando aún estaban siendo excavadas por nuestro equipo (Ríos 1999: 101 y ss.). En ninguno de los casos se aporta referencia alguna de la autoría científica del descubrimiento. (14) Congreso Internacional sobre los orígenes de la ciudad en el Noroeste hispánico, Lugo 1996; Congreso de Arqueología Peninsular de Vila Real, 1999; HI Coloquio Internacional sobre las termas romanas en el occidente del Imperio, 1999; Coloquios de Arqueología en la cuenca del Navia: Formación y Desarrollo de la Cultura Castreña, 2000. IL Chao Samartín, 1999: Fosos exteriores que protegen el flanco oriental del poblado. En primer plano el perfil original del foso excavado en un momento aún indeterminado de la Edad del Hierro; más allá perfil de la interfacies correspondiente a la reexcavación de la primitiva trinchera -prácticamente colmatada hacia mediados del siglo I d.C-que junto a la trinchera exterior determina la fossa duplex. Sobre el talud se alzan las sucesivas murallas construidas durante la Edad del Hierro (A. Villa). Una posición comprensible en otras circunstancias, pero injustificable en este caso cuando muchas de ellas se encuentran ya publicadas, tal y como más adelante se señalará. En ocasiones, las reservas expresadas ilustran la deficiente información que late en buena parte de las críticas. Así ocurre cuando -tras unas doce líneas paratextuales-se solicita sean aclaradas las razones que justifican la "divergente dinámica sedimentaria'' (Ríos y García de Castro 2001) advertida en las defensas exteriores del poblado -entiéndase entre un foso de proporciones monumentales, sobre el que se alzan murallas centenarias con una historia interminable de ruina y reformas, y otro foso exterior, de dimensiones modestas y distante más de 20 m de cualquier fuente de amortización antrópica-(15) (Lám. Sobre las defensas del recinto superior: foso y empalizada Los sondeos en este sector del yacimiento dieron comienzo en 1997 prolongándose de manera (15) Su descripción fue publicada en los siguientes términos: "Los sondeos han puesto al descubierto la existencia de una doble línea de fosos, paralelos y contiguos sobre el flanco oriental del yacimiento, bajo la depresión que precede al poblado. El primero de ellos supera los 3 metros de anchura y alcanza en su vertiente menos pronunciada los 1,84 metros de potencia. El segundo foso supera los 9,30 metros de amplitud y los 5 de potencia en su vertiente menor. Hacia el poblado, los afloramientos naturales le proporcionan un perfil impracticable con más de 9 metros de altura." Durante estos años se ha podido probar la existencia de una robusta empalizada sobre el flanco occidental, probablemente instalada en el resto del perímetro sobre un bancal fabricado con sillarejo de cuarcita, y un foso antepuesto sondeado en diferentes tramos de su recorrido. Desde que se inició la exploración del recinto, el origen antiguo que parecía anunciar la ausencia de materiales clásicos resultó finalmente confirmado con la identificación de horizontes prerromanos no sólo en el interior de la acrópolis, sino también sobre las cabanas construidas siglos más tarde sobre el foso ya inutilizado Algunas secciones estratigráficas y varias fotografías se encuentran publicadas desde hace varios años (Villa 1999b: 24;2001b: 407-419). Como tantos otros, los datos que han permitido alcanzar estas conclusiones son ignorados por Ríos y García de Castro que sostienen la fundación romana de los edificios que se construyeron sobre la primitiva trinchera. No hay razón que justifique su desconocimiento: esta secuencia y algunas de las dataciones que la sustentan fueron dadas a conocer, cuando menos, en dos reuniones internacionales -"S"" Congreso de Arqueología Peninsular" y "II Coloquios internacionales sobre termas romanas en el occidente del Imperio"-y publicadas en sus respectivas actas (Villa 2000b: 110-114;2001a: 510;2001c: 26). Las interpretaciones que allí se propusieron se han visto desde entonces respaldadas con nuevas dataciones sobre muestras procedentes de la acrópolis y recuperadas en contextos tan diversos como el suelo de la gran cabana, una hoguera o la propia empalizada: todas ellas se solapan, sin excepción, con la obtenida entre los últimos sedimentos que sellaron el foso, en el siglo VIII a.C. (Villa 2002: 176). El progreso en la investigación permite hoy advertir la temeridad de Ríos y García de Castro al cuestionar de manera gratuita aquellas primeras propuestas de interpretación ydiscutir la vinculación funcional de la estructura pétrea y el foso que la precede -para los que además sugieren su aproximación a ¡cronologías romanas!-con la empalizada, cuya existencia real cuestionan abiertamente. Sobre el primer asunto cabe señalar que su trazado meridional ha sido completado en excavaciones pasadas hasta la línea de acantilados sobre la que se disponen los encajes de postes que recorren el flanco occidental, donde además se ha descubierto la vía pavimentada de acceso al recinto (16) (Lám. Sobre el segundo, y ante la evi- Lám. Chao Samartín, 2001: Flanco meridional de la acrópolis. En los frentes más vulnerables del recinto la empalizada se instaló sobre un podio continuo que, al menos, hacia el este era precedido por un foso. La estructura se extiende nivelando la pendiente que domina todo su recorrido. Presenta un paramento único y trasdós con cascote menudo de matriz terrosa. En primer plano, el lugar donde se localizaron los restos humanos (A. Villa). dencia material del alineamiento pareado de los hoyos de anclaje presentes en todos los puntos sondeados (Lám. V-VI), justifican su desconcertante ocurrencia con una ligereza incomprensible: "Creemos que esta circunstancia (la situación topográfica) hace innecesaria la construcción de una empalizada'' (Ríos y García de Castro 2001: 98). Las murallas de la Edad del Hierro El cinturón amurallado que durante la Edad del Hierro protegió el núcleo principal del poblado ha requerido también la atención de Ríos y García de Castro. Sobre un error de partida -ignorar la presencia de estructuras anteriores a la muralla modular (Fig. 3)-cuestionan la interpretación estratigráfica y, una vez más, exigen aclaraciones respecto a las cronologías propuestas. Esta confusión da pie a varias disquisiciones a partir de la secuencia asociada a la muralla en uno de los últimos tramos descubiertos donde se aprecia la superposición de tres caídas masivas de otros tantos paramentos (Villa 1999c: 118;1999b: 20). Pues bien, olvidando la (16) Al pie de las fortificaciones que delimitaban el recinto en su flanco meridional ha sido descubierto, en fechas muy recientes, el primer testimonio funerario de ámbito castreño localizado en Asturias: una pequeña cista de paredes y suelo revestidos con losas de pizarra, donde reposaba una calota craneal. Los estudios radiométricos y antropológicos aún no han sido finalizados (lám. IV). Chao Samartín, 2001: Al pie del cierre meridional de la acrópolis, muy próximo a la puerta del recinto, fue descubierta esta pequeña cista en cuyo interior se conservaba una calota craneal cuya datación y estudio antropológico están, a la redacción de este artículo, aún por concluir (A. Villa). reiterada advertencia a episodios constructivos anteriores (17), vinculan todos los episodios de ruina con la fase modular de la fortificación, cuando (17) "Fue elevada (la muralla de módulos) sobre un viejo foso colmatado y enmascara, en algunos tramos, una obra anterior aún oculta tras sus paramentos" (Villa 1999c: 119) "Hoy se puede afirmar que entre los siglos IVy II a.C, tal vez antes, el castro se encontraba ya foritificado. En estas fechas se construye sobre la ruina de antiguas defensas, la muralla de módulos que perdurará hasta época romana" (Villa 1999c: 120). "Esta posición dominante se encontraba aún así reforzada por una sólida muralla fabricada por yuxtaposición de módulos que recorre el perímetro exterior de la meseta definiendo un espacio similar al que otras fortificaciones más antiguas, subyacentes a la descrita, habían protegido en fechas todavía por precisar" (Villa 2001a: 508). "Por razones aún desconocidas el trazado original es modificado en un momento posterior. La cerca primitiva resulta finalmente enmascarada por el paramento exterior de la nueva muralla que invade parcialmente alguno de los fosos preexistentes o se extiende sobre otros ya colmatados" (Villa 2001b: 391). "...una antigua muralla oculta tras el paramento modular más moderno elevado sobre materiales de relleno'' (Villa 2001b: 394 y 418 lám. X). V. Chao Samartín, 1997: Vista cenital del sondeo A-2 sobre la acrópolis. En el siglo VIII a.C. una empalizada delimitaba el recinto superior del Chao Samartín. En la imagen se aprecian cuatro pares de hoyos alineados regularmente sobre el flanco occidental del recinto. En algunos casos aún conservan los calzos de pizarra, particularmente robustos sobre la línea exterior de la estructura (A. Menéndez). lo cierto es que los derrumbes inferiores proceden de la primitiva cerca con estructura continua sin compartimentos, fabricada con mampuesto de pizarra y cronología aún por precisar (Fig. 4). Respecto a la exigencia de información complementaria relativa al contexto del que procede la datación que permitió fechar la muralla de módulos, sólo cabe remitirse a los textos publicados:'\..la segunda obtenida en el interior de un pequeño horno para fundición de cobre nativo localizado en el espacio comprendido entre las Lám. Chao Samartín, 2001: perfil del sondeo A-5 sobre la acrópolis. Con objeto de comprobar la continuidad de la empalizada sobre el flanco occidental del recinto, se abrió un nuevo sondeo en el extremo opuesto del posible trazado. También aquí se conservan los hoyos pareados y el especial recalce del soporte exterior sobre el arranque de ladera (A. Menéndez). Los paramentos cuarcíticos del módulo enmascaran una obra anterior de estructura lineal, mampuestos de pizarra y trasdós macizo de grandes lastras del mismo material. El recrecido modular muestra un relleno heterogéno de aportes diversos y menor solidez. construcciones C-1, C-9 y la muralla"' (Villa 1999a: 990)''Las dataciones radiocarbónicas obtenidas a partir de muestras recuperadas sobre el horizonte de tránsito asociado a la muralla de módulos (M-II), indican que varias de estas cabanas estaban ya en uso durante los siglos IV-III a. "El espacio comprendido entre el paramento interno de este módulo, fabricado como ya se ha dicho con uso predominante de pizarras, y los edificios C-9 y C-1, proporcionó el descubrimiento de un pequeño horno de fundición. Su estructura, muy simple, consistía en un hoyo excavado en el suelo (0,25 m) revestido al exterior mediante un anillo semiesférico de arcilla que protegía y consolidaba las piedras que delimitan el hueco de acceso. El diámetro de su boca (0,20 m) se reduce ligeramente en profundidad. Sobre el fondo, revestido de piedra, fueron recuperados los restos de un crisol, escorias y madera carbonizada. La antigüedad atribuida por los laboratorios a estos restos, toma es- Fig. 4. Secciones estratigráficas obtenidas en el avance de excavación sobre la línea de muralla en los módulos M-II/8 (A) y M-II/4 (B). En ellos se advierte el largo historial de ruina y reformas de antiguas fortificaciones que, a partir del siglo IV a.C. se integran en la muralla modular: bien como fundamento de la nueva obra (A), bien enmascarando los paramentos anteriores (B). pedal relevancia si se considera que el substrato en el que ha sido excavado este pozo fue, cuando menos, contemporáneo de las estructuras citadas anteriormente'' (Villa 2001b: 390). Nuevas dataciones obtenidas en el interior de las cabanas que se disponen al abrigo de la muralla modular o de horizontes posteriores a su ruina acotan, aún con mayor precisión, el periodo de vigencia de esta obra defensiva (18). Sobre el foso subyacente a la muralla Desde que en 1995 fuese identificado el primer tramo de esta muralla, era obvio que su construcción había significado el relleno definitivo de una trinchera preexistente (Lám. Durante las siguientes campañas-1996, 1998,1999-pudo apreciarse que aunque ambas fortificaciones mantenían un trazado muy similar, no siempre resultaban coincidentes, produciéndose, según los casos, yuxtaposición directa, intrusiones o distanciamientos parciales entre la muralla y el foso (Villa 1999c: 113, Lám. También la naturaleza de este último es refutada (Rios y García de Castro 2001). Los comentarios que apoyan esta desconcertante opinión revelan un uso deficiente de las fuentes que dicen consultadas -pródigas en planos y fotografías (19)-. Al cuestionar de la forma en que se ha hecho, la existencia de este foso, es evidente que se desconocen las características topográficas del sustrato rocoso y su papel determinante en el orden, estructura y sucesivas reformas de los dispositivos defensivos. Se ignora así el perfil escalonado que la roca adquiere hacia el este donde realmente se define la pared interior del foso y, en consecuencia, se interpreta erróneamente como tal una ligera depresión en el fondo de la trinchera. Estas circunstancias fueron descritas en varios de los artículos ya publicados para explicar el desmantelamiento parcial y selectivo de las viejas defensas de la Edad del Hierro a partir del último cuarto del siglo I d.C. (Lám. "En los ocho módulos identificados hasta el momento puede apreciarse una secuencia constructiva homogénea que ha determinado^ con excepción de la unidad situada frente al edificio C-1, un aspecto formal y estructural también similar. El módulo referido fue completamente desmantelado. Su trazado ha podido ser reconocido a partir de los rebajes practicados en la zona para instalar las primeras hiladas de la estructura. La razón que justifica tal excepción puede encontrarse en la inexistente diferencia de cotas presente entre el asiento de su paramento interno y externo, muy acentuado en el resto de los módulos donde, según los casos, deben salvarse desniveles superiores a los dos metros. V IL Cíiao Samartín, 1996: La muralla de estructura modular fue construida durante la II Edad del Hierro (siglos IV-II a.C.) sobre fortificaciones anteriores. Su trazado, aunque similar no siempre es coincidente produciéndose en algunas ocasiones ligeros distanciamientos entre las estructuras. La imagen muestra la cimentación de la cerca sobre el foso subyacente cuya existencia cuestionan Ríos y de Castro. Esta circunstancia está recogida en varias publicaciones anteriores (A. Villa). do definitivamente su carácter defensivo, fue utilizada como elemento de contención y aterrazamiento del núcleo urbano, carente aquel tramo de cualquier otro servicio, se transformó en cantera ocasional en un momento de intensa actividad constructiva'' (Villa 1999c: 119)''Perdido su argumento defensivo, los cimientos e hiladas inferiores de los antiguos baluartes son utilizados como elementos de nivelación y contención de las nuevas construcciones.'' Sobre la sauna castreña, su cronología y relación con los espacios arquitectónicos anejos El debate sobre el origen de los monumentos con horno descubiertos en algunos castros del noroeste peninsular ha sido dilatado en el tiempo y prolífico en interpretaciones de la más diversa naturaleza. Durante estas últimas décadas, una opinión se ha impuesto sobre el resto, aceptándose de forma más o menos general su utilización como edificios balnearios cuyo diseño reproduciría, sobre patrones tradicionales, el escenario monumental requerido para las prácticas salutíferas importadas del mundo mediterráneo tras la conquista romana. Sin embargo, la lectura renovada de las saunas del castro Lám. Chao Samartín, 1996: Sección practicada sobre uno de los tramos más deteriorados de la muralla modular (siglos IV-II a.C). Bajo el relleno comprendido entre el paramento interno -del que tan sólo restan sus hiladas básales-y el extemo -a la izquierda de la imagen-subyace un foso que determina una diferencia de cota notable entre ambos paños, circunstancia que justificó -una vez perdida su función militar-el mantenimiento parcial de la estructura en época altoimperial como elemento de contención del espacio edificado (A. Villa). Chao Samartín, 1999: El descubrimiento de esta sauna ha facilitado una lectura renovada de las ya conocidas en Coaña y en Pendía -reexcavadas éste mismo añoque permite defender -con el aval de secuencias estratigráficas intactas y dataciones absolutas-la existencia de un grupo regional diferenciado de edificios termales en torno al río Navia, cuya implantación habría tenido lugar a partir del siglo IV a.C (A. Villa). de Coaña, la reexcavación de las descubiertas por García y Bellido en Pendía y, fundamentalmente, las excavaciones practicadas en los sectores intactos de la sauna del Chao Samartín -con dataciones absolutas bien contextualizadas-han permitido establecer en función de su emplazamiento, dimensiones y morfología la existencia de un grupo regional diferenciado en torno al río Navia cuya implantación habría tenido lugar a partir del siglo IV a.C. (20) (Lám. Sobre la calificación que otorgan al edificio del Chao Samartín como "producto de la aculturación romana del poblado" se elabora una disparatada secuencia constructiva para época altoimperial: "A nuestro parecer, un análisis del plano permite asegurar (sic) que la ocupación romana del poblado no constituye la materialización de un único proyecto unitario. El sector suroccidental del área excavada está ocupado por una plaza (20) Estos estudios fueron dados a conocer en el transcurso del Coloquio Internacional sobre Termas en el Occidente del Imperio celebrado en Gijón en 1999 y publicado en sus actas (Villa 2000b), revisado con material fotográfico inédito en un artículo posterior (Villa 2001c) y sus conclusiones debatidas en la reunión científica sobre la Formación y desarrollo de la Cultura Castreña celebrada en la villa de Navia en octubre de 2000 (Villa e.p.)-Las fechas referidas son: CSIC-1473 y CSIC-1652. Dado que esta construcción es uno de los productos de la aculturación romana de poblado, la plaza forzosamente remite a una reforma posterior, igualmente debida a las necesidades impuestas por dicha ocupación. " (Ríos y García de Castro 2001: 101) En realidad, el espacio inmediato a la fachada meridional del edificio balneario no fue alterado por la construcción del recinto enlosado, sino por la instalación de un edificio anterior -una gran cabana de planta elíptica-, cuando menos ya construido entre el siglo II a.C. y el cambio de era (21), cuya estructura se verá parcialmente integrada en la plaza superpuesta. Son las reformas emprendidas frente a la fachada meridional de la sauna las que sepultan definitivamente las ruinas del viejo edificio, que ya aparecía representado con línea discontinua en el plano que se dice haber consultado (Villa 1999c: 113). Estas circunstancias fueron dadas a conocer en 1999, durante las sesiones del 3.^' Congreso de Arqueología peninsular celebrado en Vila Real y recogido en sus actas (Villa 2001a: 510-512). Es paradójico que en las observaciones sobre el asentamiento romano -el que en sus propias palabras''apenas ha requerido la atención de la investigación en la última década'' (Ríos y García de Castro 2001: 90) y por el que parecen demostrar particular preocupación-se advierta el desconocimiento, no ya de la descripción pormenorizada de la trama edificada del poblado en época altoimperial (Villa 2001b), sino de todos y cada uno de los estudios monográficos que durante estos años han sido publicados: cerámica común (Benéitez et al. 1999; Hevia et al 2001; Montes et al 2001), terra sigillata (Hevia et al 1999; Sánchez et al 2000), material latericio (Madariaga et al 2000), lucernas (Villa 2000a), orfebrería (Villa 1999d), numerario (Gil 1999) y minería aurífera romana (Villa 1998b). Sobre la indefinición cronológica de las fuentes epigráficas de contenido étnico Finalmente hay que señalar que algunas opiniones categóricas que se incluyen en el artículo de Ríos y García de Castro son erróneas. Esto sucede cuando se afirma que "ninguno de los epígrafes (latinos) que contienen información étnica posee una fecha interna'" (Ríos y García de Castro 2001: 104), idea que subraya su posición respecto a las fuentes clásicas y su utilidad en la investigación histórica: "En el fondo, el esfuerzo parece estar presidido por el afán de dotar de 'identidad' arqueológica a los fantasmales etnónimos de la Antigüedad romana, en pos de espejismos inasequibles, como son los galaicos, astures y cántabros'' (Ríos y García de Castro 2001: 91) Esta observación resulta tanto más incomprensible cuando Asturias posee una de las colecciones epigráficas de mayor relevancia para el conocimiento de las comunidades indígenas prerromanas del norte peninsular. Un repertorio que, providencialmente, ha sido enriquecido en fechas recientes con el descubrimiento en el Chao Samartín de una nueva inscripción en la que aparecen citados dos de las ciudades interiores mencionadas por C. Tolomeo entre los Callaicos Lucenses: Buron y Ocelon (Ptol., II,6,[22][23][24][25][26][27]. El texto, aún incompleto, se encuentra grabado sobre un vaso cerámico, y recoge la siguiente expresión:...COPIAM...VROFLAVIEN-SES SALUTEM OCELAE FELICITER (22). La pieza, que procede de un edificio destruido durante el siglo II de la era, coiTobora la veracidad del testimonio tolemaico además de proporcionar una primera referencia arqueológica acerca de la identidad étnica de sus propietarios.
En los últimos años estamos asistiendo, dentro de la arqueología, a un pronunciado auge en la publicación de trabajos sobre temas teóricos y metodológicos. Sin embargo, la creciente complejidad de la disciplina y sus ramificaciones, la proliferación de desarrollos teóricos o la ya cotidiana relación con las diferentes ciencias calificadas de "auxiliares", por citar sólo algunos aspectos, hace extraordinariamente difícil ofrecer en un único libro -más aún si la autoría es individual-una visión sintética, unitaria y coherente de todas estas cuestiones. Un ejemplo en este sentido es el trabajo clásico de Renfrew y Bahn (1993), sobradamente conocido entre nosotros a través de la traducción española. En el panorama peninsular es digna de mención la presente obra de V.M. Fernández, editada por primera vez en 1989 y que, tras seis reimpresiones, ve ahora una segunda edición revisada y aumentada. La edición cuya distribución masiva en las librerías, hasta donde yo conozco, ha tenido lugar en el presente año 2002, a pesar de que la fecha que figura en los créditos de la obra es mayo de 2000. Salvo modificaciones puntuales que a continuación comentaré, esta nueva edición mantiene en líneas generales la estructura de la primera, con la pequeña salvedad de que introduce una separación en dos partes (una primera sobre los métodos y una segunda sobre la teoría) precedida de los dos capítulos iniciales dedicados respectivamente a introducción e historia de la disciplina. A continuación, y dentro ya de esa primera parte de carácter metodológico, el capítulo tercero se consagra a los datos y su recuperación (es decir, tipos de yacimientos con sus procesos formativos, prospección y excavación), el cuarto a los procedimientos para ordenación de los datos (unidades de análisis, cuantificación y aplicaciones informáticas), el quinto a la cronología relativa (estratigrafía y seriación), el sexto a las diferentes técnicas de datación absoluta y el séptimo a otros métodos científicos y arqueométricos (procedimientos para la reconstrucción del medio ambiente, análisis químico y estudios isotópicos). La segunda parte incluye sendos capítulos dedicados a lo que el autor denomina arqueología moderna y arqueología posmoderna, que sustituyen a un único de la primera edición ("La interpretación: algo de teoría"), y se cierra con un último capítulo titulado "Arqueología, política y sociedad", correspondiente al noveno y último de la anterior ("Epílogo: el arqueólogo y los demás"). Desde el punto de vista temático, en un subapartado del primer capítulo introducido ad hoc (pp. 16-19), se explican las principales novedades de esta segunda edición. En este sentido, se mencionan la atención a temas como la etnoarqueología o la tafonomía y se señalan aquellos apartados que se han ampliado y/o actualizado. Pero el hecho que Fernández considera crucial, y que por supuesto implica cambios sustanciales en el terreno de la teoría, es lo que califica como "debilitamiento del edificio positivista en las ciencias humanas por influencia del movimiento cultural posmoderno'' (p. 16), y que le lleva a afirmar en este contexto que "nuestra imagen del mundo se construye siempre con metáforas, y que no existe diferencia esencial entre ciencia y arte, descripción y ficción, fórmulas matemáticas y poemas o canciones" (p. Dado que no existen las comparaciones en términos absolutos, y siempre se compara respecto a algo, hemos de reconocer que, en lo que atañe a la arqueología, sí existen diferencias importantes entre estos campos. A este propósito, estoy de acuerdo con Vicent (1991) cuando sostiene que la arqueología carece de sentido al margen de la noción ilustrada de Razón Autónoma, por lo que no sería posible una arqueología posmo-derna si se identifica este movimiento con la deconstrucción de la Ilustración; dicho de otro modo, la arqueología es una empresa típicamente ilustrada que "requiere, al menos, una visión del Mundo en la que la descripción de un sílex tallado como herramienta prehistórica, tenga más sentido por principio que la explicación mítica a la que se remite el nombre 'piedra de rayo''' (Vicent 1991: 34). No en vano, el autor reconoce en el último capítulo que hay criterios históricos, prácticos y quizá morales para optar entre las múltiples verdades existentes, añadiendo que en su libro se defienden aquellas opciones que se inclinan por la crítica social, la construcción de un mundo más justo e igualitario y, en general, por la transformación de la historia en un sentido progresista (p. Por otro lado, se admite también que la arqueología posmoderna no ha elaborado todavía un cuerpo de sistemas para obtener la información que más le interesa, crítica que en términos no muy diferentes ha sido formulada en anteriores ocasiones (p. ej. Ruiz Rodríguez et al. 1988). Por esta razón, a decir de Fernández, el índice y orden general se mantiene sin apenas variaciones, si bien respecto a la manera de escribir se alude a la retirada de expresiones empleadas en la anterior edición para reforzar y transmitir la creencia del autor en la supremacía de la ciencia {progreso, avance, rigor, etc.), así como de términos sexistas cuyas implicaciones excluyentes no se habían valorado sufi-T. R, 59, n." 2, 2002 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es cientemente a la hora de escribir la primera versión del libro. Tras este primer capítulo, en el que además se explica la estructura general de la obra y se comentan temas ya clásicos como la distinción entre prehistoria y arqueología (Vicent 1985; Esparza 1996), se ofrece en el segundo una breve síntesis de la historia de la arqueología, que no obstante aparece ampliada en extensión, en parte como consecuencia del notable desarrollo que este campo está experimentando desde hace algunos años. Entre las diferentes opciones posibles, V. M. Fernández adopta un enfoque más sociológico o externalista que disciplinar o internalista, con la intención de subrayar la incidencia de los factores materiales y sociales en la evolución de la arqueología, que a su entender es superior en importancia a la que puedan ejercer el desarrollo lógico interno de la teoría y la investigación empírica. Desde esta perspectiva, se analiza la evolución de la arqueología desde los orígenes o primeros tanteos en la antigüedad (que no son, propiamente hablando, arqueología) hasta los primeros paradigmas modernos (evolucionismo e historicismo), abordando los desarrollos posteriores en los capítulos sobre teoría. Por resultar en buena medida conocidos a través de la primera edición, no comentaré en detalle los contenidos de los diferentes capítulos del libro y me limitaré a incidir únicamente en algunos aspectos que, a mi modo de ver, merecen mayor atención. Señalaré no obstante la presencia de aportaciones de notable interés, como pueden ser el análisis de los diferentes procesos de formación de yacimientos (pp. 45-54), la exposición de los principios de cuantificación, estadística y formas de presentación de datos (histograma, diagrama de sectores, gráfico de porcentajes acumulados, etc.) (pp. 100-117) o todo el capítulo sobre cronología absoluta, donde se explican los fundamentos físicoquímicos que rigen las diferentes técnicas de datación, denominados por el autor principios de grado medio o bajo (p. 15), a menudo poco conocidos por el arqueólogo y que, como bien expone Fernández, para nuestra disciplina han pasado a ser los de nivel más alto (los más generales) en la teoría de todos estos sistemas de datación. El apartado sobre carbono-14 (pp. 153-169) constituye una de las exposiciones más detalladas y clarificadoras entre las que existen en castellano sobre el método, aunque en los últimos años se han publicado algunas nuevas aportaciones que pueden completar lo aquí expuesto (entre otras Castro et al. 1996, no citada por V.M. Fernández); en esta segunda edición se ha incorporado además una clarificadora ilustración (fig. 6.4., p. 164), aunque quizá se echa en falta una mayor actualización bibliográfica y una referencia a aquellas publicaciones que explican y dan a conocer los programas y curvas de calibración más recientes (p. ej. Stuiver y Reimer 1993, Stuiver et al. 1998). La destacada atención que se presta a los aspectos cronológicos (de forma directa, 62 páginas en un total de 317) contrasta hasta cierto punto con la crítica posterior a la''importancia desmesurada'' que en su opinión se concede a los problemas de cronología, aspecto que atribuye al "conservadurismo teórico'' (pp. 242s) y que reflejaría el fracaso parcial de la Nueva Arqueología al no conseguir eliminar del todo las viejas tendencias. Pero lo cierto es que autores claramente vinculados a este movimento, señaladamente C. Renfrew, han atribuido una destacada importancia a los problemas de datación y los han convertido en la base de muchas de sus argumentaciones. A mi modo de ver, los debates en este campo en absoluto son producto de conservadurismos teóricos y debemos recordar, sobre este particular, que no sólo numerosos ámbitos y zonas culturales están desprovistos todavía de una adecuada fasificación, sino que además la cuestión cronológica resulta esencial para una correcta argumentación y profundización posterior en otros tipos de trabajo (desde estudios de arqueología espacial a los de cultura material y tecnología prehistórica, entre muchos otros). El apartado en el que personalmente expondré mis mayores discrepancias es el correspondiente a excavación. Hay que destacar, en beneficio del libro, la breve síntesis que se ofrece sobre el matrix de Harris y algunos de los conceptos básicos de este autor (pp. 127, 134-38), incluida además con buen criterio en el capítulo sobre cronología relativa, subapartado de estratigrafía, en lugar de hacerlo en el de excavación; esto no es irrelevante en la medida en que con cierta frecuencia se sigue hablando del método Harris como un sistema de excavación y no como lo que realmente es, un procedimiento de registro que, entre otras cosas, permite explicar la estratificación y componer una cronología relativa. Sin embargo, la afirmación de que la excavación está''todavía anclada en los viejos principios de Wheeler" (p. 92) a pesar de que antes se había aludido al "constante avance de las técnicas de excavación" (p. 69), la defensa del sistema de cuadrículas con muros testigos, muy bien cuestionado por Carandini (1997: 48 y ss.), y la crítica a la open area (pp. 72-77), el recetario del diario de excavación y la recomendación del uso de fichas u "hojas-formulario " como algo meramente ocasional (p. 85) o el empleo del concepto de estratigrafía invertida (p. 131) parecen justamente criticables al menos desde las aportaciones de la arqueología inglesa en la década de 1970 y de aquellos arqueólogos forjados bajo su influencia (Harris 1991, Carandini 1997, García Trócoli y Sospedra 1992). Puede resultar lícito defender principios diferentes a los de la tradición anglosajona (comenzando por los más básicos de open area y empleo de fichas), pero creo que en este caso, al menos, deberían explicarse con mayor extensión estas metodologías opuestas a la que se defiende. Al mismo tiempo, se echa en falta una mayor explicitación del concepto de unidad estratigráfica (UE) como una realidad más amplia que el simple estrato de tierra y una referencia clara a las interfaces como unidades de estratificación muy relevantes al tiempo que diferenciadas del concepto tradicional de estrato (Harris 1991: 65-103, Carandini 1997: 71-79, 195, 206). Mención aparte merecen también, en la medida en que han sido completamente modificadas en esta edición, las páginas sobre aplicaciones informáticas; son bien conocidas las aportaciones del autor en este campo, por lo que era ya de esperar una buena exposición incluso a pesar del poco espacio disponible. En la primera edición de 1989 las aplicaciones comentadas se limitaban básicamente a procesadores de textos y bases de datos, suprimidas en la actual supongo que por su generalización. En su lugar, se presenta una breve panorámica de los Sistemas de Información Geográfica (GIS o SIG), imagen digital, reconstrucción virtual de yacimientos y paisajes arqueológicos, CD-ROM e Internet, haciendo además una breve mención a las grandes bases de datos sobre temas concretos, con referencia directa a los proyectos sobre arte rupestre levantino y orfebrería desarrollados por el Departamento de Prehistoria del CSIC; creo que la selección puede considerarse acertada y la prueba de ello es que estas líneas generales coinciden a grandes rasgos con los contenidos temáticos de las últimas actas de Computer Applications (Burenhult 2002). El otro cambio sustancial se aprecia en los capítulos sobre teoría, al haberse escrito de nuevo y casi duplicado en extensión. El autor advierte, en consonancia con lo hoy asumido desde diferentes frentes (p. ej. Lull y Mico 1997), que la teoría se presenta aparte por razones prácticas de exposición de los temas, si bien son en rigor indisociables los apartados de interpretación de los anteriores de recuperación de los datos, no existiendo "datos puros" independientes de las concepciones teóricas de partida. En la anterior edición la teoría se explicaba en un único capítulo en el que se establecía una división en tres líneas o tendencias (Nueva Arqueología, marxismo y estructuralismo), bien recibida y retomada por Arturo Ruiz (1993) en su exposición sobre el desarrollo reciente de la arqueología peninsular. En esta ocasión, y bajo el influjo reconocido de autores como Kuhn y en menor medida 231,, V.M. Fernández distingue dos grandes paradigmas (moderno y posmoderno) en los cuales sitúa las diferencias tendencias. Explicados en capítulos diferentes, son muy de agradecer los dos apartados que dan entrada a cada uno de estos paradigmas, en los cuales se expone el marco teórico general, en buena medida filosófico, que los sustenta; a continuación de los mismos, se incluyen funcionalismo, evolucionismo y Nueva Arqueología o procesualismo en el marco de la arqueología moderna; y marxismo, estructuralismo, posestructuralismo y posprocesualismo en la arqueología posmoderna, reconociendo no obstante para algunas de estas tendencias un desarrollo anterior, aunque son incluidas aquí por su fuerte influjo en la arqueología posmoderna. En el capítulo final se reserva un pequeño espacio para algunos movimientos recientes como la arqueología de género. El balance que se expone de cada una de estas orientaciones puede considerarse en general bastante completo, abarcando la génesis de cada una de ellas, su evolución histórica, conceptos básicos, principales representantes, flancos débiles, etc. Destacaría aquí los comentarios positivos En la conferencia inaugural del I Congreso Hispano-americano de Educación y Cultura de Paz celebrado en Granada el pasado septiembre, Johan Galtung señaló que en el mundo actual "la cultura de la violencia justifica la violencia". La aparición en la literatura arqueológica de libros como el que aquí reseñamos se suma y representa de manera evidente una tendencia generalizada por la que las situaciones de violencia y guerra de los últimos tiempos en el mundo occidental son justificados con una vuelta al pasado en el que intentamos encontrar una disculpa o una coartada para explicar el presente (aunque lo irónico de esta circunstancia es que los contextos de guerra y violencia endémica en otros lugares del mundo nunca hayan provocado este debate). Ya son conocidos los volúmenes de H. Keeley (1996), J. Carman (1997), J. Carman y A. Harding (1999) o R. Osgood, S. Monks y J. Toms (2000) y muchas otras de carácter antropológico con más larga tradición. Desde las reflexiones preliminares que componen el primer capítulo, de carácter ciertamente "belicoso", los autores apoyan la idea de que la guerra ha sido uno de los motores fundamentales de los cambios históricos. En mi opinión, este primer apartado está lleno de tópicos con explicaciones y argumentos de carácter etológico y etnográfico demasiado simplistas y con una utilización ambigua de términos fundamentales para la discusión tales como agresión, agresividad, violencia, sacrificio o guerra que no aportan nada nuevo al debate y en algunas ocasiones pueden llegar a oscurecerlo, como ocurre con la utilización del ejemplo de la literatura tanto histórica como religiosa para corroborar la idea de constante violencia en determinados periodos históricos; el que se ensalce la guerra desde estos textos no es más que una muestra de que la ideología dominante en los mismos está al servicio de una sociedad que utiliza la guerra y la violencia para determinados fines. En mi opinión, lo más destacable y útil para el investigador es la recopilación de evidencias arqueológicas que los autores realizan. Para el caso del apartado dedicado a los cazadores-recolectores se analizan más de 50 ejemplos, algunos de singular importancia para la investigación de la violencia prehistórica tales como el yacimiento 117 de Djebel Sahaba, algunas necrópolis mesolíticas del sudeste europeo o numerosas representaciones rupestres; sin embargo no parecen acertadas algunas de las explicaciones y argumentaciones (jue los autores presentan; me parece demasiado rotunda la afirmación de que en el Paleolítico ya existía el asesinato (tal como lo conceptuamos en la actualidad) basándose en hallazgos de proyectiles incrustados en unos pocos individuos, elementos que tienen tanta probabilidad de ser asesinatos como simples accidentes de caza (p. 71); digno de mención es igualmente el símil entre la escasa evidencia arqueológica sobre violencia en el Paleolítico con elementos mitológicos del Génesis (p.72). Los autores utilizan también el arte rupestre como ejemplo y destacan la caza como actitud violenta y su representación artística como "ritualización de la violencia", ejemplo que volverán a utilizar en el capítulo dedicado a las poblaciones neolíticas; no quiero decir aquí que la caza sea una actividad pacífica pero no creo que sea un buen ejemplo para analizar la violencia humana en el contexto en el que deberíamos movernos (p.74); los ejemplos de representaciones de humanos heridos pueden ser algo más explícitas e interesantes aunque las explicaciones no siempre son afortunadas y el debate está abierto. El apartado dedicado a las armas del Paleolítico cae en la trampa de considerar cualquier objeto u arma como un útil diseñado exclusivamente para ejercer la violencia, y aunque la idea de que muchos de los objetos cotidianos pueden servir como armas ya ha sido señalada con anterioridad (Chapman 1999) me parece exagerado la interpretación que hacen los autores, sobre todo en su elogio final del arco (p. Los autores dedican dos capítulos al estudio de la violencia entre las poblaciones mesolíticas y neolíticas, fundamentalmente europeas. Se parte de un análisis de la adopción de la agricultura desde una óptica de invasión con conquistadores y conquistados y que pudo provocar enfrentamientos violentos. No hay duda de que los ejemplos que utilizan, como el espectacular yacimiento de Talheim, corresponden a episodios de singular violencia dentro de estas sociedades y en ese mismo sentido pueden ser interpretadas las pinturas rupestres T. P, 59, n.« 2, 2002 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es como elemento fundamental en el descubrimiento del ejercicio de la violencia por parte de las poblaciones neolíticas. Muy interesantes son los ejemplos, en su mayor parte pertenecientes al Arte Levantino español, de ocho espectaculares escenas de enfrentamientos violentos y hasta diez más que representan a individuos heridos o ejecuciones. Los autores utilizan el término guerra para adjetivar todas estas escenas y evidencias arqueológicas, pero ¿podemos hablar realmente de guerra en el Neolítico? Las escenas muestran enfrentamiento sin duda violentos pero nos queda la duda de si fueron esporádicos o realmente corresponden a acciones repetitivas de sociedades que los propios autores califican de "violentas, bárbaras, brutales" (p. Prestan, como ya lo hicieron con el Paleolítico, una especial importancia al tema del canibalismo y al debate de si es ritual o alimentario. A mi parecer, aunque es un tema de singular significación no estoy muy segura de que se pueda interpretar como violencia. En cualquiera de los dos casos el punto de inflexión está en si sobre los hombres, mujeres e individuos infantiles consumidos se ejerció la violencia para este fin, es decir si fueron muertos para después ser consumidos, o si es un proceso post-mortem lleno de matices rituales, afectivos o simplemente nutricionales lo que puede resultarnos más o menos desagradable bajo nuestra óptica actual pero desde luego no es un ejercicio de violencia sobre el otro. En el segundo capítulo dedicado a estas poblaciones los autores se centran en el análisis de los individuos heridos por flechas durante el Neolítico y Edad del Cobre prestando especial atención a los 51 yacimientos franceses que han proporcionado este tipo de evidencias, más un análisis de algunos encontrados en la Península Ibérica, entre ellos el excepcional caso de San Juan Ante Portam Latinam en Álava. Este apartado me parece de los más conseguidos ya que a la muy buena recopilación de datos, con figuras y apéndices añaden una serie de hipótesis que matizan la interpretación de los restos como el factor tiempo, el porcentaje de individuos heridos, la diferenciación en el enterramiento, los traumatismos de difícil adscripción... que aunque para los autores sea un obstáculo a la hora de hacer un balance me parece mucho más interesante para el debate. El capítulo dedicado a la construcción del guerrero tiene serios problemas a la hora de teorizar sobre las evidencias arqueológicas y se cae en ciertas afirmaciones simplistas y de carácter muy general que precisamente por la falta de rigor en las interpretaciones puede llevar a equívocos; especialmente me refiero al análisis de género en los apartados titulados "El peso de la masculinidad" o "Morir por un hombre" que está lleno de clichés, estereotipos y presunciones que los autores no se molestan en poner en duda. En el análisis de las estelas y del arte rupestre vuelven a repetir algunas de estas asunciones interpretando como masculinos elementos que en otros contextos han sido considerados como femeninos; el problema no es que señalen a las mujeres como orientadas hacia la casa, la familia, y la reproducción sino su desprecio subyacente que hacen a estos trabajos como oposición a lo "realmente importan-te" que es la actividad guerrera masculina. Un simple análisis de cualquiera de los acontecimientos bélicos de la historia demuestra que, si bien son los hombres los que empuñan las armas, hay una serie de trabajos que siguen realizando las mujeres en otros ámbitos y que son igualmente necesarios para el sostenimiento de la sociedad durante el conflicto. En el capítulo dedicado a la emergencia del héroe durante la Edad del Bronce, estos argumentos siguen existiendo con una diferenciación entre "la esfera del prestigio y la esfera doméstica", dando más importancia a la diferenciación de género que a la de estatus; este es un elemento erróneo a mi entender ya que es precisamente a partir de este momento cuando las mujeres (y los individuos infantiles) empiezan a manifestar su rango a través de ricos ajuares metálicos o cerámicos, que en algunas ocasiones incluyen armas. Los autores analizan, con muchos y valiosos ejemplos, la panoplia armamentística y de protección y la transformación de los asentamientos con fines defensivos que se desarrolla en Europa a partir de la Edad del Bronce; así espadas, corazas, murallas, fosos, posiciones estratégicas, carros de guerra, inicio de la caballería, tumbas de guerreros, estelas conmemorativas son estudiadas poniendo en duda las teorías acerca de que son elementos de prestigio u ostentación y enfatizando su componente violento. En primer lugar he de señalar que creo que es de suma importancia conocer todos los argumentos y las evidencias de situaciones violentas que se hayan podido producir a lo largo de la Prehistoria, y en este punto este volumen es un muy buen compendio de los distintos registros arqueológicos en los que se manifiesta esta violencia. De hecho creo que uno de los aspectos más interesantes del libro son los descubrimientos a pequeña escala a los que creo que no se les saca todo el potencial. Es muy interesante el apartado dedicado a la violencia ejercida sobre determinados individuos sobre todo mujeres e individuos infantiles o a ciertas practicas rituales con niños con malformaciones (p. De todas formas explicación no es lo mismo que justificación, y en este punto y desde el mismo título y en otros apartados con epígrafes tales como "La historia comenzó con sangre" (p. 21), "Los antepasados de Caín" (p. 70) los autores realzan demasiado la necesidad y lo inevitable del proceso que va hacia la guerra de manera natural e inexorable. En mi opinión el motor de la historia no es la guerra sino el conflicto entendido como "contraposición de intereses y/o percepciones" (Muñoz y Lopez 2000) que es claramente un elemento inherente a la especie humana; el elemento clave aquí es la resolución del mismo por vía pacífica o no, el que la decisión final sea que se solvente de manera violenta y cómo y quién gestiona y utiliza esa violencia. No considero en absoluto que estas sociedades fueran pacíficas o que no hubiera altas dosis de violencia en las mismas, pero me parece peligrosa la consideración de que la guerra es inevitable, más bien considero que es el recurso más fácil y cómodo. Un recurso que sólo a partir de la Edad del Bronce se institucionaliza por parte de determinadas élites con elementos tales como la creación de la figura del guerrero o la aparición de armamento sofisticado; pero es necesario recalcar que es un mecanismo que se utiliza como medio (que no fin) de desarrollo, justificación y afianzamiento por un grupo de personas dentro de la sociedad. En la recensión del libro Ancient Warfare editado por Carman y Harding (1999) que realicé (TP 58(1) 2001: 192-194) señalé la necesidad de conocer cuál era el estado de la cuestión acerca de aspectos tales como la violencia y la guerra, la conveniencia de abrir nuevas perspectivas en la interpretación del registro arqueológico incluyendo estos mecanismos e igualmente manifesté la exigencia de un debate de este tipo en la investigación sobre las sociedades prehistóricas. Sin embargo esta reflexión sobre la violencia requiere ir más allá procurando no caer en ideas preconcebidas, utilizando una terminología clara e incluyendo las nuevas preocupaciones sobre los papeles de género o la cultura de paz e intentando dar respuesta también a estas otras preguntas ¿hasta qué punto el ejercicio tan evidente y claro de la violencia corresponde realmente a una violencia incrustada en las sociedades?, ¿fueron la mayor parte de los conflictos resueltos de forma violenta? ¿resultaban exitosas otras estrategias de resolución de conflictos de forma pacífica? tiempos, espacios y actores. Editorial de la Universidad de Granada. Sutton el carácter antrópico de ciprínidos y salmónidos -en este caso la distinción entre truchas y salmones no es baladí, dado que estos últimos difícilmente fueron atrapados al sur de los Pirineos-pensando más bien en causas naturales o acciones de nutrias -por otra parte no detectadas por los arqueozoólogos-; los arqueólogos (cap. 19) despliegan toda una serie de razonamientos (selección de la muestra, tamaño de los individuos representados, significado de la falta de alteraciones en los esqueletos, presumible instrumental de pesca localizado en el abrigo...) para demostrar justamente lo contrario. Somos nosotros los que deberemos aceptar una u otra hipótesis, pero es de señalar por su interés, que se nos haya presentado, y no ocultado, el debate, el cual está, y se agradece, correctamente planteado en el libro. Cada uno de los capítulos del texto atesora, que dudas cabe, méritos suficientes para su mención, pero el espacio de la recensión obliga a elegir aquellos aspectos que, a mi juicio, son más novedosos. a) El examen de la procedencia de los sílex nos demuestra que el 99% de las evidencias proviene de recursos locales -entendidos como aquellos ubicados a una decena de kilómetros-sin que falten materias primas venidas de lejos (norte de los Pirineos, Urbasa o fondo del Valle del Ebro). El dato es interesante por dos razones fundamentales: ejemplifica la movilidad de los grupos asentados en Aizpea y la existencia de redes de intercambio -como ya se sabía por la presencia de gasterópodos marinos-. El abrigo repite lo observado en otros depósitos contemporáneos (caso de Mendandia y Atxoste). b) El estudio de la industria lítica, por su capacidad resolutoria de aspectos culturales, ocupa el capítulo más voluminoso: AC nos tiene acostumbrados a descripciones tipológicas exquisitas (aunado las propuestas de Portea y Laplace) y a usos racionales y comedidos de técnicas estadísticas para su evaluación. Repite ahora el ejercicio adjuntando un aparato gráfico de calidad. Un resumen comprimido de los caracteres de los componentes retocados retendría la estabilidad de la producción a todo lo largo de la estratigrafía, con un cuerpo común donde muescas y denticulados van perdiendo fuerza a favor de dorsos y en donde geométricos, con preferencia por los trapecios de retoques abruptos en la capa inferior, van usando cada vez con mayor fuerza los modos simples o planos para la confección de las bases. La presencia de tipos específicos marca influencias tanto del Valle del Ebro como del norte de los Pirineos. c) Por inusual nos parece de interés la industria ósea consignada en Aizpea pues no abunda material de este tipo en depósitos mesoneolíticos circumpirenaicos: "no disponemos de una sistematización definitiva de las industrias óseas del Mesolítico occidental... A falta de otras tipologías específicas" debe echarse mano de sistematizaciones referidas al Paleolítico superior (p. d) Ya se ha referido la importancia del catálogo de peces y el interés de debatir su significado. e) De detalle (unas 60 pp.) es el trabajo antropoló-res en el Pirineo navarro, el sitio de Aizpea entre 8000 y 6000 años antes de ahora es un magnífico ejemplo de lo que deberíamos conseguir. Lo que no nos sobran son debates, ideas, propuestas y lecturas críticas entre todos aquellos que estamos interesados por comprender el fenómeno de la neolitización. Este libro tiene dos características básicas. Presenta el panorama reciente europeo de la investigación que integra dos objetos de estudio tradicionalmente independientes cuyo interés me parece evidente: el arte rupestre prehistórico y el paisaje. Y lo hace desde un marco general "posmodernista", del que participan en mayor o menor grado todos los capítulos. El primero es una introducción escrita por los editores. El resto son casos de estudio de desigual distribución territorial y temporal: cuatro tratan de Escandinavia, dos de Italia y los demás sobre Alemania, España, Gran Bretaña e Irlanda. Dado que además uno de ellos (el de Alemania) no se ocupa de arte prehistórico, la muestra de este fenómeno a escala europea adolece quizá de carencias como los importantes corpora de toda la Europa atlántica, incluida Galicia (Bradley 1997, Santos y Criado 1998) o el sur de Francia (Conkey 1997), que vienen siendo estudiados desde un punto de vista paisajístico por estos autores, de prestigio reconocido. Dedicaré una atención especial a la introducción escrita por Nash y Chippindale', ya que me parece que debería haber sido el hilo conductor en un libro de estas características. Y digo debería haber sido porque de ella cabría esperar una atención explícita a cómo el arte crea al paisaje, y viceversa, con una reflexión inicial del significado y realidad de ambas entidades, que estableciera al menos las causas por las que es posible suponer que se relacionan de una forma digna de ser estudiada. Pero los autores no realizan una crítica conceptual ni del arte rupestre ni del paisaje, sino que presentan una enorme cantidad de temas, entre los que, como uno más, el paisaje ocupa su lugar. Dichos temas van desde la intencionalidad del paisaje hasta la subjetividad del investigador al documentar estaciones y situarlas en su contexto espacial, pasando por la cualidad narrativa del arte rupestre, la influencia del soporte rocoso en el mismo, o la importancia de la memoria popular y el misticismo asociados a las esta-' La recensión de McDermott (2002) de este libro, individualizada por capítulos, es complementaria con la aquí presentada. clones de arte rupestre. También hay otras consideraciones sociológicas, metodológicas e interpretativas que no viene al caso exponer, pero que resultan tan variadas como la selección de ejemplos ilustrativos, que pasa por Australia, Sudáfrica, Portugal... Creo que nada revela mejor esta falta de un programa explícito de investigación conforme a cánones 'modernos' que la estructura formal del capítulo, cuyos epígrafes son: Locales and sites, Different images, different locales, Experience and analysis. Despliegan una curiosa ruta mental con saltos en el tiempo, el espacio y la temática, que personalmente encontré difícil de seguir. Especialmente porque no desarrollan ninguno de los temas planteados, limitándose a exponerlos. Es cierto, sin embargo, que es el único capítulo (junto con el de Sognnes (capítulo 10), que considera al paisaje un proceso cultural (y suponemos que un producto) (p. 196)), que aborda el concepto de paisaje. De forma muy consecuente, en mi opinión, con su posición teórica, los editores manifiestan, entre otras cosas, que el paisaje se construye en la mente del observador (p. No deja de ser contradictoria esta concepción con la referencia continua que los autores hacen al paisaje como un objeto independiente. Pero el problema no está en la coherencia de las propuestas de los editores, sino en las limitaciones de su marco teórico, que a pesar de su vocación revolucionaria, y de haber sometido a crítica los conceptos más elementales del pensamiento occidental, ha derivado hacia una práctica, al menos en lo que a la arqueología se refiere, superficial y, es más, convencional. Es por esta razón, quizá, por la que Nash y Chippindale no llegan siquiera a hacer propuestas sobre el paisaje: utilizan el concepto como si fuera evidente por sí mismo, algo, a estas alturas, discutible (Criado 1993; Chapa et al. 1998; Vicent 1991...). Un ejemplo de esto lo tenemos en la propia obra que nos ocupa, en la que el tema 'paisaje' ha sido reinterpretado considerablemente por parte de Baker (capítulo 2), que trata los grafitis soviéticos del Reichstag al término de la Segunda Guerra Mundial (sin duda uno de los artículos más interesantes); de Fossati (capítulo 5) y Nash (capítulo 9), que estudian las representaciones consideradas paisajísticas en el arte rupestre (y no al contrario); y de Frachetti y Chippindale (capítulo 6), que se dedican al tiempo. Ante esto, los editores se ven obligados a presentar algunos de los artículos algo forzadamente, y no mencionan el sexto. Pero esta heterogeneidad no es problemática en el contexto del libro, sino que por el contrario es considerada, quizá con razón, un valor añadido. Lo cierto es que la falta de una propuesta editorial cerrada es perfectamente coherente con el enfoque adoptado. Una última observación a propósito de la introduc-T. En lo tocante al estudio del paisaje, Nash y Chippindale hacen especial hincapié en la necesidad de observación y experimentación personal del arte rupestre para comprender los motivos por los cuales éste aparece donde lo hace (pp. 3, 4, 5). McDermott (2002) alude a esto cuando dice que la premisa unificadora de este libro es el enfoque fenomenológico. En efecto, con la única excepción de Ramqvist (capítulo 7: compara la localización de los sitios atendiendo a su contenido -estilístico y de motivos-cuantificando estas dos últimas variables y expresándolas en mapas, pp. 152-153), los autores realizan sus investigaciones a través de la observación directa y personal, que transmiten en su texto, orientándose hacia ciertas cuestiones que consideran fundamentales para explicar la situación del arte. Estas suelen ser recurrentes: visibilidad, accesibilidad, incidencia de algún tipo de soporte, la relación de las estaciones con el mar o con la tierra, con elementos destacados del paisaje y con rutas de tránsito. En todos los casos se nos presenta la valoración personal del autor acerca de la relación o vínculo propuesto, sin que se nos permita comprender independientemente la estructura del paisaje. Esto se ve agravado quizá por el hecho de que los artículos se centran en la mayor parte de los casos en la escala local o microlocal, con descripciones muy escuetas de las unidades geográficas principales donde se insertan los conjuntos. Este conocimiento vivido, por decirlo así, es sin duda imprescindible. Por sí solo, sin embargo, apenas es capaz de abrir nuevos horizontes de investigación. Esta es quizá la principal objeción que se le puede poner a esta obra, y al pensamiento posmoderno en general. Lo cual no impide que el libro recoja trabajos serios con planteamientos definidos, hipótesis que contrastar, trabajo a varias escalas, un modelo general de explicación social e histórica, y un enfoque global de articulación de arte y localización: es el caso, en mi opinión, de los artículos de Purcell (capítulo 4) y Sognnes (capítulo 10). Además ambos poseen una significativa ausencia de puntos débiles de carácter especulativo y de argumentos circulares, y no pretenden decir más de lo que se puede. Estos factores son muy de agradecer en los trabajos de arte rupestre (sobre todo en estudios posmodernos de arte rupestre). Pero el posmodernismo no sólo tiene defectos, como es natural. Una de sus aportaciones más interesantes es el hallazgo de nuevos pliegues de la realidad que explorar. Un ejemplo lo tenemos en el pionero trabajo de Díaz-Andreu (capítulo 8), quien introduce en el ámbito del arte levantino español ciertos temas que ya van haciéndose habituales en los estudios de arte rupestre en general, y que hasta ahora en aquél habían pasado más o menos desapercibidos. Sin embargo, se perciben en él ciertos problemas inherentes a la corriente posmoderna. Entre ellos, destacaría por ejemplo la aceptación a priori de concepciones establecidas, en la asimilación por parte de la autora de arte rupestre, religiosidad y culto. También introduce conceptos no concretados, como son la 'profundidad ritual' y las 'identidades'. Asimismo, se puede detectar una cierta circularidad en las argumentaciones, ya que por una parte se establece que el paisaje sagrado engendra al arte, mientras que el arte crea paisajes sagrados; por otra parte, la individualización de estos paisajes sagrados se produce a través de los observadores de antaño (o 'identidades'), pero nuestra identificación de esos observadores se ha de producir necesariamente a través de la individualización de los lugares. Por último, y aparte de ciertas aportaciones discutibles en el nivel del trabajo de campo, hay también una optimista producción de conclusiones, que derivan de una insuficiente asignación de género y edad en las representaciones pictóricas: de la ausencia de niños y mujeres, la autora (única mujer en esta obra, por cierto) deduce la preeminencia masculina en el arte y el paisaje. En un horizonte más cercano, me parece interesante señalar, dado que las publicaciones sobre arte levantino escasean en el extranjero y la presente está destinada a tener una gran difusión, que Díaz-Andreu expone un estado de la cuestión del arte levantino, en cuanto a cronología y adscripción cultural, que ha sido puesto en duda por numerosos autores en función de descubrimientos recientes (por ejemplo Hernández et al 1998Hernández et al, 2000)). A pesar de estas observaciones, y ya para terminar, es justo señalar que esta obra en primer lugar contiene, a mi entender, aportaciones valiosas. En segundo lugar, proporciona una noción de cómo y quién trabaja en la actualidad en el mundo del arte rupestre y el paisaje, lo cual es siempre provechoso, sin duda. Díaz del Río demuestra en este libro que se puede hacer historia, incluso teoría de la historia, sobre un registro arqueológico ingrato. Un registro parcial y poco explícito que le obliga a enfrentarse a ese tipo de estructuras denominadas "fondos de cabana" y a una investigación anterior fragmentada, cuajada de fases y faciès. El libro es, además, una tesis. Y lo es con la estructura clásica de este tipo de trabajo académico en las áreas de prehistoria de la universidad española: una zona, las vegas, terrazas y lomas del Henares y del Jarama, y un periodo, los milenios tercero y segundo antes del cambio de Era. Un texto al que no le faltan su capítulo de marco geográfico, su catálogo de yacimientos y su historia de la investigación. Felizmente, no falta tampoco una formulación explícita de la tesis propuesta: en ese periodo y en esa zona se produce la materialización histórica del primer paisaje agrario, la consolidación de sus primeras comunidades campesinas. En su planteamiento hay varios aciertos metodológicos de partida: el primero, es elegir ese tiempo largo y tratarlo como una única unidad histórica de análisis. Salva así las preocupaciones tipológicas y las presencias/ ausencias de cerámicas decoradas con las que hemos fraccionado el desarrollo histórico del interior peninsular durante tantos años. Con esta acertada decisión, en la que el autor es, en parte, deudor de Vicent (1991,1998), demuestra que cuando no se obvian, pero sí se trascienden tales preocupaciones, queda al descubierto una clara continuidad a lo largo de los dos milenios. Eso le lleva al segundo acierto: ese análisis del proceso histórico lo hace en términos de cambio social y, en esto, es deudor de Oilman que, desde 1981, tiene demostrada la utilidad de la intensi-ficación del capital de subsistencia para explicar el desarrollo social de la Edad del Bronce. Derivados de ambos aciertos señalaré un tercero: la escala del estudio y la elección de la zona. En efecto, estas comarcas madrileñas en plena Meseta, tienen la ventaja de no ser el Sureste que ya ha servido suficientes años como único laboratorio para los estudios del desarrollo de la complejidad social. animal, una intensificación generada por inversión de trabajo especializado. Los emplazamientos elegidos para los yacimientos son algo más definitorios, pero lo son por el simple hecho de la gran potencialidad de los recursos de su entorno. Pero donde el registro ayuda menos es en los propios asentamientos que aprovecharon esos lugares tan propicios para convertirse en pastos y tierras de cultivo, donde se dan, además, claras y fáciles posibilidades de regadío. Son habitats -si eso son-poco o nada definidos por aisladas cabanas semienterradas, o de las que restan las meras improntas de sus muros, y zanjas de delimitación muy parcialmente conocidas que, ni siquiera siempre, acompañan a lo que es, en la cruda realidad, el grueso de la documentación: extensos y densos conjuntos de estructuras excavadas que repiten invariablemente un sedimento amortizado producto de su abandono. Ese registro, al que el autor aporta de su investigación personal nuevos datos de calidad, es producto de excavaciones de urgencia, realizadas, las más recientes, mediante una buena práctica arqueológica. Pero, tanto en éstas como en las más antiguas confluyen circunstancias que sesgan sus resultados. En Madrid crecen los datos arqueológicos según crecen y se explotan sus espacios periurbanos. Los profesionales han de sumar a la parcialidad consustancial de la arqueología otras parcialidades derivadas de unos trabajos donde el promotor no pretende investigar sino sólo cumplir la ley, a las que hay que añadir, además, la propia indefinición de esas estructuras subterráneas. Bien es cierto que, tras años de quedarse en los objetos recuperados en el poco explícito sedimento de su relleno, los investigadores han llegado a una sobreinterpretación. Entre las lecturas estructurales y funcionales no hay duda que ya ha ganado la que las considera estructuras de almacenaje diferido ligadas a la economía agraria, es decir, silos, graneros subterráneos. El autor también lo postula así, y, si eso es cierto, no hay duda de que también sería cierto que forman parte de un paisaje ya domesticado por una sociedad campesina primitiva. La discusión a que el autor somete a estas estructuras es rigurosa, pero tiene, con evidencia, ángulos muertos de visión. Es decir, a los muchos interrogantes que son generales a cualquier tipo de almacenaje (como puedan ser su carácter colectivo o privado, grupal o intergrupal, su relación con las parcelas donde se han producido los productos almacenados, esto es, con los medios de producción, o su calidad de reserva, semilla o excedente destinado a tributación, por citar algunos), se unen otros particulares para estas estructuras de los valles madrileños. No hay granjas ni aldeas asociadas y no hay la menor evidencia de qué almacenaron. Hay, eso sí, analogías en otros contextos arqueológicos (por ejemplo, las granjas de la Edad del Hierro galo, que repiten igualmente sus delimitaciones por medio de zanjas) y circunstancias postdeposicionales para explicar esas carencias que suenan siempre, por más que sean ciertas o ingeniosas, a coartada. De esta forma, esta primera premisa de Díaz-del-Río -que estamos ante estructuras de almacenaje dife-rido-queda sin caracterizar suficientemente. No sabemos si sus agrupaciones se asocian a las unidades domésticas o a los propios campos, es decir, al espacio agrario, y no sabemos hasta donde es causalidad o casualidad que aparezcan siempre amortizadas y que, pese a ello, nunca lleguen a interferirse, algo que parece lógico que sucediese teniendo en cuenta su densidad en el espacio y su permanencia en el tiempo. También sería lógico que al menos en algunas de los centenares de ellas excavadas se hubiera conservado su contenido -que no tiene porqué ser cereal limpio-, el nivel desde donde fueron abiertas o su sellado superior. Pero lo que sí podemos admitir con el autor es que tales agrupaciones de estructuras subterráneas muestran capacidad de almacenaje en un paisaje agrario estable. Sin embargo, para llegar a esa primera conclusión Díaz-del-Río ha debido realizar otro trabajo, en este caso negativo: desprenderse de los modelos ganaderos, tradicionales o no, y sus correspondientes rémoras; es decir, aquellos que consideran a la ganadería como una actividad sectorial, determinada por el medio y siempre itinerante, pero, a la vez y paradójicamente, condicionada por mecanismos culturales retardatarios o primitivistas. El autor dedica a esta discusión un amplio espacio y lleva adelante con gran solvencia el análisis crítico de varios de esos modelos, desde el más elemental y tópico de los estudios de corte tradicional hasta el punto más sofisticado a que ha llegado el de enfoque procesual, propuesto en su día por Harrison (1985). En estas páginas de la obra hay despuntes bastante brillantes y no menos útiles, como pueden ser las anotaciones clarificadoras sobre la naturaleza de los cultivos de roza, las precisiones acerca de determinadas especies, como el cerdo y el caballo, algunas cuestiones sobre la variable demográfica y, sobre todo, sus conclusiones respecto a la capacidad de la producción ganadera para funcionar como elemento de intercambio y, por tanto, de cambio social. El propósito del autor de parar a los móviles pastores, cultivadores de rozas y rasgos arcaizantes, del interior de la Meseta y convertirlos en agricultores sedentarios, domesticadores del paisaje, con una racional ganadería doméstica y moderados intercambios de algunas materias primas, se cumple aparentemente a las orillas de los ríos madrileños. Sin embargo, a la hora de demostrar el cambio social la cuestión -que es, recordemos, la pretensión central de su trabajo-su discurso encuentra muchas más dificultades. En efecto, el registro vuelve a mostrar su precariedad al no acusar a lo largo de los dos milenios ningún tipo de rupturas. Por el contrario, muestra una dinámica continuada una vez que las consecuencias de la revolución neolítica pueblan la zona de innumerables silos calcolíticos, se inmovilizan los medios de producción en un paisaje campesino y las zanjas de delimitación de los asentamientos señalan una voluntad de identificación por parte de unas comunidades frente a otras similares. Es decir, la historia comienza bien. Existe una clara organización comunitaria del espacio y de la producción con estrategias económicas y sociales legibles que, T. R, 59, n." 2, 2002 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es pese al predominio de una reciprocidad intergrupal positiva, es el perfecto caldo de cultivo para llegar a la desigualdad social. En las etapas siguientes, tras ese prometedor primer momento, nada se resuelve en la dirección esperada. Los silos no aumentan en número, las escasas obras que suponen inversión de trabajo parecen incluso disminuir, nada indica una competencia o un acceso diferencial a los recursos y tampoco quedan claras una intensificación de la producción o unos comportamientos de consumo desiguales. Tampoco los escasos datos funerarios o metalúrgicos permiten llegar a demasiadas conclusiones ni se hacen patentes otros indicadores, también clásicos, de la complejidad social. En ese sentido es muy de agradecer la distancia que el autor guarda respecto a otros investigadores que, sin el apoyo empírico imprescindible, hacen sinónimos almacenaje con excedente tributario (un vocablo realmente escaso en el texto) y el ejercicio de la coerción. Pero es que, en definitiva, el registro se mantiene ambiguo hasta el final. Pese a ello, los pequeños atisbos de incipientes cambios sociales y algún apunte de reciprocidad negativa que el autor consigue señalarnos le llevan a uno de los apartados más interesantes de la obra: la discusión del modelo antropológico de formación social susceptible de ser aplicado a las campiñas madrileñas. En ella enriquece y afina, desde la arqueología, el alcance de los contenidos que hay tras las definiciones al uso de las sociedades tribales segmentarias, de los linajes, de los mecanismos de reciprocidad, entre otros cuantos, y argumenta asimismo sobre la utilidad que tienen para estos registros ambiguos las cada vez más de moda sociedades germánicas. El paso de la teoría al caso concreto queda, sin embargo, oscurecido por las imprecisiones de definición de las unidades productivas, los grupos sociales, menores y mayores, los mecanismos intra y extracomunitarios, la ordenación del espacio e, incluso, cuestiones primarias de tamaño y caracterización de los grupos y de su cronología. Es decir, las consecuencias previsibles que contenían los planteamientos iniciales del trabajo no llegan a culminarse totalmente pese a la precisión y coherencia con que ha sido realizada la investigación. Pero el resultado de todo el discurso es, desde mi punto de vista, más interesante: resulta un ejemplo sumamente ilustrativo de cómo en estos primeros, pero ya consolidados, paisajes agrarios en los que la división y el conflicto social se produce en un medio de vínculos parentales, donde la promoción de lo comunitario pesa sobre la individual, y en los que no existe excesiva competencia por los recursos que, además, se explotan dentro de una racionalidad campesina, existen eficaces mecanismos de frenado de la complejidad social capaces de conservar durante dos milenios, como es el caso, las contradicciones sociales en mínimos superables. Es decir, y parafraseando a Mann y al autor este espléndido trabajo que acertadamente publica la Comunidad de Madrid, la jaula agrícola lo es aquí tanto para los productores como para los jefes. OILMAN, A. 1981 Los celtas llevan fascinando a la gente desde hace siglos y en gran medida creo que la razón de esa fascinación reside en el misterio, envuelto por la niebla y las brumas de una Europa arcana, que desde la Antigüedad les ha rodeado. La arqueología desde el último tercio del siglo XIX también ha contribuido a la construcción del misterio. Sólo a finales del siglo XX los arqueólogos hemos empezado a deconstruir ese misterio que nosotros mismos hemos estado alimentando y ha empezado a disiparse la niebla. Pero esta tarea no ha hecho sino comenzar, queda un largo camino por delante para recorrer. La literatura producida sobre los celtas, desde un amplio elenco de perspectivas, es impresionante; para tener una idea baste señalar que las referencias que se obtienen en un buscador de la Web pueden alcanzar muchos millares. Reflexionar, divulgar, transmitir una visión accesible, clara y al mismo tiempo no distorsionada sobre los celtas es, por tanto, una tarea difícil. Yo diría que sumamente difícil. Sencillamente porque conocer las referencias básicas del mundo céltico -sólo las básicas-es algo que lleva tiempo e ingenio. Pienso que todos podríamos convenir en que para producir un buen texto divulgativo previamente se ha tenido que dedicar un gran esfuerzo a conocer e investigar el tema que se quiere divulgar. En otras palabras no puede haber divulgación sin investigación. Es más la dificultad de la alta divulgación es tal que ni siquiera con una larga y fructífera trayectoria investigadora existen garantías de poder realizar buena divulgación. En fin para escribir buena divulgación se precisa: primero, buena experiencia investigadora del tema y se-T. R, 59, n." 2, 2002 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es gundo, buena capacidad para comunicar. Sólo lo primero no garantiza lo segundo pero desde luego sin lo primero es imposible hacer bien lo segundo. Este libro no curnple esos requisitos, porque su autor no es un especialista en el tema, es un aficionado en toda la extensión de la palabra. Con todo, creo que he demostrado en otros trabajos (Ruiz Zapatero 2001 y otras referencias aquí) mi interés por todas las manifestaciones de "lo céltico" y creo que -al margen de valor histórico y académico más o menos serio-siempre existe un interés sociológico en cualquier aportación incluyendo por supuesto la "arqueología fantástica" y el esoterismo céltico. Este libro ejemplifica el interés de un aficionado culto a los temas célticos a comienzos del siglo XXI y permite analizar la visión que desde una atalaya como esa se tiene de los celtas. Y como visión alternativa tiene un interés pero como aportación al estudio del celtismo y orientación introductoria no tiene ninguno. Las aficiones están bien pero no deben llegar a la pretensión de traducirse en libros de divulgación. La divulgación es algo muy serio, difícil y comprometido como para llevarla a buen puerto desde una posición como esa. Quizá las cosas podrían dejarse en este punto sin más pero hay dos detalles que me han empujado a escribir esta recensión. Primero, el libro está publicado por una editorial que tiene una serie de Historia, que pretende ser divulgativa pero rigurosa, y con su publicación está avalando la calidad del libro, lo que ha hecho también difundiendo una nota de prensa a centros de investigación y solicitando reseñas a revistas especializadas. Cumplo así con la solicitud de la editorial. Pero resulta triste que una editorial con una colección propia de historia crea que un aficionado a los temas célticos (historiador de vocación como reza la solapa del libro) puede ofrecer un libro a la altura de una buena divulgación histórica (¿tiene asesores la editorial para asegurarse de ello?). Segundo la edición del libro ha contado con una ayuda del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, y como intentaré poner de manifiesto es difícil encontrar méritos en el libro que justifiquen esa ayuda. ¿Cuáles son los criterios para conseguir esas ayudas? y ¿quién las concede? Conozco muchos trabajos académicos brillantes que no han podido ver la luz por no contar con ayudas oficiales. Si yo como arqueólogo me encerrara dos años para escribir un libro de derecho mercantil, de divulgación y con un lenguaje asequible ¿Podría recibir una ayuda oficial para publicar mi texto? Este libro es el texto de un publicista y no todo lo avisado que debiera en un tema tan complejo y difícil como el laberinto céltico. El texto es, en efecto, una visión parcial de lecturas parciales, entre las cuales -como veremos más adelante-faltan muchos trabajos recientes y fundamentales. La consecuencia de todo lo anterior es que los errores aparecen por muchos sitios, por ejemplo: a Rufo Festo Avieno se le hace vivir en el siglo IV a.C. en lugar del siglo IV d.C. (p. 24), se habla de un tal Heclateo de Mileto que debe ser Mecateo (p. 25), la obra de Julio César Comentari de Bello Gallico se denomina Bellum Gallico (p. 25), en el gráfico y la referencia correspondiente del mapa de la Península Ibérica se dice ibérico del Noroeste cuando obviamente debería decir Noreste (p. 40), se habla de materiales metálicos como las sístulas en lugar de sítulas (p. 55), de los celtíberos se dice que llevan glebas de pelo en lugar de grebas (p.65), en fin se habla de documentación paleontológica para conocer el marisqueo y la pesca en lugar de documentación malacológica e ictiológica (p. Igualmente sólo cabe atribuir a lecturas apresuradas el empleo de "lateníticas" (p. 21 y otras) para referirse a las culturas latenienses (de La Teñe), que es el término empleado desde hace " décadas en castellano. Los errores de bulto son también numerosos. Podemos empezar por la propia introducción en la que se me atribuye -por cierto sin referencia bibliográfica al final, como es la tónica general del libro-que una de las posiciones actuales sobre el celtismo, la "clásica", ofrece "una dicotomía entre los celtas históricos citados por las fuentes clásicas y la cultura arqueológica de La Teñe" (p.l 1). Evidentemente lo que yo he escrito es justo lo contrario: esa posición lo que establece es una identidad absoluta entre los celtas de las fuentes y la cultura lateniense. ¿Conoce realmente el autor el significado de la palabra dicotomía? Si es así casi es peor, me ha mal interpretado de forma incomprensible. Colocar tras las referencias clásicas de los celtas las referencias de la épica medieval irlandesa o galesa, aún más tardía, sin que medie una aclaración y valoración de esos textos (p. 26) resulta injustificado, al dar por sentado que esas fuentes hablan de celtas y parece, en consecuencia, que de los mismos celtas descritos por griegos y romanos. Resumir en dieciséis líneas el tema del celtismo en la historiografía gallega y en la vasca (p. 32) y hacerlo bien exige unos conocimientos y una maestría extraordinaria de los que el autor desde luego no es acreedor (una buena aproximación a esa complejidad en: Diaz Santana 2001 y Armada Pita 1999). Es verdad que a partir de los años 1970 las teorías invasionistas célticas van a ser criticadas (p. 33) pero colocar en la misma trinchera al británico John Collis y al francés Venceslas Kruta es un grandísimo error que trasluce el desconocimiento de la moderna historiografía céltica. Siguiendo con los errores, resulta simplemente un despropósito afirmar que los riquísimos ajuares de las tumbas monumentales hallstátticas de Centroeuropa son la expresión de monarquías con carácter sacro (p. Nadie ha aportado argumentos en esa dirección y el tema ha sido objeto de un gran número de estudios. Me gustaría conocer el origen de esta interpretación si es que es personal del autor. Como igualmente resulta injustificado hablar de un santuario en Las Cogotas (Avila) (p. 101), yacimiento en el que he realizado excavaciones y conozco bien, aunque sospecho que el origen de la referencia sea algún trabajo del Prof. Almagro-Gorbea que señala la posibilidad de asignar alguna función cultual a una de las peñas del poblado; lo que aún dándolo por bueno no justifica la idea de un santuario. Fruto igualmente de "oir campanas pero no muy bien por dónde" es la afirmación de que los castros del No-T R, 59, n.« 2, 2002 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es roeste estaban "normalmente rodeados de murallas y fosos, vistas por los investigadores como elementos simbólicos de protección" (p. Murallas de piedra de varios metros de altura debieron ser en primer lugar elementos reales de protección, otra cosa es que, además, se plantee su posible significación simbólica para la comunidad que vivía en el castro. Pero en fin, lo que resulta ya bastante más grave es afirmar que desconocemos la secuencia cultural de las distintas áreas peninsulares en la Protohistoria (p. 111), eso es un insulto a la investigación arqueológica de varias generaciones de arqueólogos desarrolladas a lo largo de los últimos 75 años. Otra cosa será la dificultad de precisar las secuencias o las discusiones sobre las mismas entre distintos autores especialmente si no se es un especialista. De la misma manera que las "imprecisiones de los datos arqueológicos" (p. 111) pueden ser más las imprecisiones de quien no está familiarizado y desconoce la significación de la cultura material. Un breve comentario merecen las ilustraciones del libro. Un serie de fotografías sobre las reconstrucciones de casas en Numancia, El Raso (Avila) y el castro gallego de Santa Tecla, así como de uno de los Toros de Guisando, testimonian los viajes del autor a yacimientos importantes mientras que no podía faltar la iconografía por antonomasia del celtismo: el caldero de Gundestrup. Otra serie de ilustraciones son piezas arqueológicas redibujadas (extrañamente en los créditos se les llama "reconstrucciones ideales") como el "báculo" de Numancia y algunas monedas y fíbulas, uno quiere pensar que con el objetivo también de facilitar el lenguaje visual. Pero lo que resulta inaceptable es que no se reconozcan los originales, los pies de las figuras no lo hacen. Hay algunos mapas, también sin reconocimiento de fuente aunque pueden ser originales. Uno de los mapas sí que es "original": la distribución de las tribus célticas sobre la delimitación de las actuales comunidades autónomas ¿Una ayuda visual para la genealogía de las autonomías? La inclusión de unos bellos grabados de finales del siglo XIX representando guerreros prerromanos (pp. 113 y 119 y sobre todo la portada del libro) se hace sin indicar la obra de donde se han tomado, el Album de la Infantería Española del Conde de Clonard publicado en 1861 (Quesada 1994: 46-47) aunque sí se cita la autoría del dibujo. La falta de referencia a la fecha de publicación de los grabados y un mínimo comentario sobre el carácter ucrónico de su vestimenta y armamento puede provocar un malentendido entre los lectores que se acerquen al texto. Por último se ofrece una fotografía del cuadro de Alejo Vera "El último día de Numancia" (1880) del Museo del Prado (Diez 1992: 330 ss.) y cedido a la Diputación de Soria que lo exhibe desde hace muchos años, pero el pie de la figura (p. Otro ejemplo más de referencia errónea. La lista bibliográfica de un libro es algo así como una radiografía de su esqueleto, como la estructura del edificio sobre la que se construye la obra. Las lista de bibliografía dicen mucho más de lo que habitualmente se cree sobre los libros. He aprendido a sospechar de los libros de divulgación en los que el autor no tiene ninguna entrada como es el caso que nos ocupa. Pero es que la radiografía de este trabajo muestra, además, algunas "fisuras" e incluso "roturas graves". Para empezar, el listado está integrado por 75 referencias de libros y artículos y 98 direcciones de Internet, lo que ya puede dar alguna pista. La bibliografía convencional se reparte entre títulos de lo que podríamos llamar celtismo académico y "celtofilia". En el primer apartado hay demasiados manuales generales y artículos en revistas de divulgación histórica pero faltan muchos estudios fundamentales. Por ejemplo faltan los dos mejores libros de autoría individual: el de Cunliffe (1997) y el de Kruta (2000). Y puestos a citar textos de divulgación falta también el librito en castellano de Eluére (1999). Sobre la Península Ibérica se echan de menos muchos estudios de Almagro-Gorbea (entre otros Almagro-Gorbea y Ruiz Zapatero 1993), que ha sido y es el auténtico agitador de los temas célticos peninsulares. Falta también la excelente monografía de Lorrio (1997) sobre los celtíberos, el monográfico de Revista de Arqueología (Almagro-Gorbea 1991), el importante estudio historiográfico de Fernández-Posse (1998) y la mayoría de los estudios recientes sobre la cultura castreña del Noroeste. Siendo exhaustivo se podrían señalar algunas decenas más de referencias imprescindibles en el celtismo contemporáneo, pero creo que estas carencias son suficientemente ilustrativas. En el apartado de la "celtofilia" se incluyen algún libro de Markale, otro sobre druidismo -pero en cambio faltan los recientes estudios de Miranda Green (1997, 2001)-y algunas traducciones al castellano de autores no muy relevantes. Por último se incluyen casi un centenar de direcciones de Internet, una forma rápida de conseguir información con un pequeño problema: la dificultad de evaluar la calidad de lo que la Red ofrece. No se advierte una discriminación de las fuentes recogidas dónde hay de todo: páginas de aficionados con mejor o peor fortuna, páginas de instituciones académicas y de investigadores, y páginas que rayan en el esoterismo y la historia-ficción. Para recoger tantas direcciones de la Red es preciso presentarlas con un formato de ensayo comentado y agrupado por temas. Mi reflexión final es que un libro de divulgación no puede ser un resumen de datos tomados de una bibliografía parcial y sesgada sobre un determinado tema. Un buen libro de divulgación debería ser la presentación clara y accesible de una profunda reflexión crítica sobre la amplia literatura científica de un tema. Sobre todo debería reflejar una difícil combinación entre la conciencia personal y la consensuada en la disciplina sobre los conocimientos de ese tema. Aunque admito que detrás de esta crítica existe otra lectura: el mundo académico suele producir aburridos y extensos libros y no cubre el ámbito de la divulgación. Desde esa consideración somos culpables por no ofrecer buenos textos divulgati-T. R, 59, n." 2, 2002 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es vos. Los celtas -lo he dicho ya muchas veces en distintos lugares-siempre van a interesar a la gente y si los arqueólogos e historiadores no producimos libros atractivos y accesibles, otros autores, con peor preparación o intenciones los escribirán. El libro aquí comentado es una prueba más de ello. En unos tiempos en los que todo vale, en los que lo superficial se eleva a la categoría de profundo, lo aficionado a la de experto y la cultura es objeto de una miserable mercantilización, un autor es muy dueño de escribir un libro como éste. Una editorial es muy dueña de publicarlo. Y este recensionista es también muy dueño de expresar su crítica en los presentes términos. Durante los últimos diez años un grupo de arqueólogos ha estado recopilando todo cuanto se ha escrito acerca de arqueología extremeña, desde las primeras noticias conocidas, que se remontan al siglo XVI, hasta la actualidad. El resultado es el ABAE (Archivo Bibliográfico de Arqueología Extremeña) que acaba de ver la luz en el número IX de la serie Extremadura Arqueológica, editada por la Consejería de Cultura de la Junta. El volumen se compone de más de 3500 entradas organizadas en fichas individuales que incluyen, aparte de los datos bibliográficos al uso, un comentario crítico. Las fichas se agrupan en capítulos ordenados con un criterio temático y cronológico-cultural (Historiografía, Gestión, Paleolítico, Neolítico...) que, a su vez, se subdividen en apartados menores coincidentes con los grandes temas de la investigación arqueológica (Poblamiento. Un primer bloque agrupa los capítulos I a IV dedicados a la historiografía, la didáctica y epistemología, si bien son estos últimos aspectos que por el carácter regional de la obra, no alcanzan gran dimensión. También se aborda aquí el tema de la gestión, con sus diversos apartados (museología, legislación, conservación y restauración, cartas arqueológicas y repertorios bibliográficos), y una gran miscelánea que alberga desde los libros de viajes hasta los estudios diacrónicos. El segundo bloque, verdadero núcleo de la obra (capítulos V-XVII), se ordena cronológicamente, desde el Paleolítico hasta la Edad Modena, si bien la especificidad que alcanzan algunos fenómenos como el Megalitismo o el Arte Rupestre generan sendos capítulos independientes. El libro sirve además como termómetro crítico de la investigación arqueológica en Extremadura, no sólo por los resúmenes de que se dotan las fichas, sino también porque permite percibir, incluso a grandes rasgos, la enorme diferencia que se produce entre la producción bibliográfica de distintos períodos cronológicos y/o aspectos de la investigación. La escasez de entradas dedicadas al Neolítico, constituye, al respecto, un buen ejemplo. Para el establecimiento de los apartados y de su ordenación se han seguido las directrices emanadas del CINDOC (CSIC), si bien no siempre ha sido posible ceñirse estrictamente a esta clasificación. El formato libresco de la obra obliga a adoptar una única fórmula de ordenación; sin embargo, una completa colec-T. R, 59, n." 2, 2002 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es ción de índices situada al final del volumen permite diversificar las búsquedas siguiendo otros criterios: el alfabético (de autores), el toponímico, o el de descriptores, en el que se desmembran los principales sustantivos que aparecen tanto en los títulos como en los comentarios, convirtiéndose en una eficaz guía general. La iniciativa se declara deudora del desgraciadamente extinto Repertorio de Arqueología Española (Ministerio de Cultura) y de otros trabajos de recopilación bibliográfica, si bien por su extensión y por el lapso temporal escogido supera a las hasta ahora habidas. Pasear por las páginas del ABAE supone hacer un verdadero recorrido por la historia de la Arqueología extremeña, desde los tiempos más remotos hasta la actualidad. La edición de esta obra se ha hecho coincidir con el espíritu de fin de siglo. De este modo, su presentación se realizó en la clausura de las II Jomadas de Arqueología en Extremadura, celebradas en Mérida en noviembre de 2001, que también pretendían ser un compte rendue de la última etapa por la que ha atravesado la Arqueología de aquella Comunidad Autónoma, y que desde el punto de vista de la edición científica se ha visto caracterizada por un notable incremento cuantitativo y cualitativo de publicaciones. Sin embargo, el libro está concebido, obviamente, más como un punto y seguido que como un punto y final. A ello se refieren los editores en la introducción cuando hablan de la metodología empleada, que fue desde el principio informática, y de la existencia de una base de datos en soporte digital que es la que ha servido de eje al trabajo. En este sentido sí sería deseable que se complementara el esfuerzo con la edición de ese formato, bien en CD o, como proponen los autores, mediante su inclusión en la red, pues de este modo se obtiene un mecanismo de consulta y unas posibilidades de actualización mucho más versátiles y personalizadas para cada investigador. Ciencia y Tecnología, el Ministerio de Educación Cultura y Deporte y el Excmo. Se contó en total con alrededor de un centenar de participantes de ambos continentes. Esta primera reunión se fundamentó en la necesidad de crear nuevas formas y cauces de comunicación entre los especialistas de la arqueología del oro, justificándose por la creciente complejidad de los métodos de investigación arqueométrica, el cambio en el marco teórico de la investigación arqueológica y los nuevos descubrimientos realizados en los últimos años. Un aspecto original de este encuentro ha sido incluir investigadores tanto del Viejo como del Nuevo Mundo considerando las perspectivas social, política, económica y tecnológica de cada continente. Dado el amplio marco cronológico y geográfico, se propusieron inicialmente dos temáticas principales. La primera atendió a los procesos técnicos y su caracterización, desde el tratamiento de transformación de la materia prima, las técnicas de realización y acabado, hasta los varios exámenes y la aplicación de técnica analíticas de todo tipo para determinar el uso de aleaciones, tecnologías'y procedencia del metal. La segunda temática incluyó los aspectos de tecnología y sociedad. Se tocaron temas como la identificación de talleres y orfebres, producción distribución y comercio de artefactos, sus simbologías, ideologías y significados, mitología y religión, iconografía y nuevos hallazgos y contextos. Tras la evaluación de los trabajos propuestos el programa final contó con un total de 49 comunicaciones organizadas en cinco temas principales: 1) técnicas metalúrgicas y métodos analíticos, 2) nuevos hallazgos y estudios regionales, 3) procesos económicos y sociales, 4) origen y circulación de la materia prima y 5) arqueología experimental. La mayor parte de las comunicaciones (83%) abordaron los tres primeros aspectos. En cuanto a las zonas geográficas tratadas en las comunicaciones presentadas, 15 de ellas abordaron en algún punto de su exposición temas americanos, 17 lo hicieron de la Península Ibérica y 24 del resto de Europa. La asistencia de ponentes presenta una tendencia similar, así 12 procedieron del continente americano, 16 de España y 19 del resto de Europa. Sin embargo, el número global de investigadores fue mayor (93) dado que bastantes comunicaciones iban firmadas por varios autores, observándose además la existencia en Europa de un número importante de estudiosos del tema del oro antiguo americano. Con este titulo se llevó a cabo del 23 al 25 de octubre del presente año en Madrid un primer encuentro de especialistas sobre el oro antiguo europeo y americano, siendo la promotora del encuentro Alicia Perea del Departamento de Prehistoria del Instituto de Historia del CSIC con sede en el Museo Arqueológico Nacional. El papel histórico de España como vínculo entre Europa y el Nuevo Mundo sirvió de marco natural a este encuentro. Las sedes fueron consecuentemente el Museo Arqueológico Nacional y el Museo de América, patrocinando el Symposium el Ministerio de I. El Oro Antiguo Europeo El conjunto de comunicaciones cubrió de manera proporcionada el amplio abanico cronológico que tuvo cabida en el Symposium, desde las primeras producciones en la Edad del Bronce hasta el mundo tardoromano y medieval, este último representado por los vikingos en las comunicaciones de Barbara Armbruster sobre sus herramientas y de Natalia Eniosova sobre materiales encontrados en Rusia. Sin embargo, los periodos de interés tienen una diferente representación T. R, 59, n." 2, 2002 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es según la zona geográfica tratada. Así, en la Península Ibérica los trabajos sobre orfebrería Orientalizante y Castreña tuvieron la máxima representación, quedando casi ignorada la orfebrería de época romana. En la Europa occidental fue la orfebrería del Bronce Final la que más atención recibió, seguida de la realizada en los momentos anteriores y posteriores al cambio de Era. Dentro de esta heterogeneidad podemos resaltar algunas comunicaciones por el tratamiento de aspectos de interés general o por su enfoque singular o novedoso. Desde el punto de vista de la tecnología resultó muy interesante la variabilidad detectada en la manufactura de los anillos penanulares de la Edad del Bronce en las Islas Británicas. La comunicación elaborada por Nigel Meeks, Paul Craddock y Stuart Needham mostró además el uso de aleaciones con contenidos de plata muy elevados, entre un 30 y un 57%. Dada la ausencia de metalurgia de plata en esta época, se supone la utilización de un oro enriquecido en plata de manera natural. La manufactura de hilos de oro en época post-romana fue abordada por Niamh Whitfield, quien con ayuda de las fuentes históricas (Theophilus) reconstruye el uso de diversas herramientas. Destaca la utilización del organarium desde los siglos VI y VII d.C. en Bizancio, herramienta también detectada recientemente en la manufactura de algunas piezas del Tesoro de Guarrazar tras el estudio dirigido por Alicia Perea. Entre los recientes descubrimientos se deben mencionar los restos de taller recuperados en el Chao Samartín (Asturias) que dio a conocer Ángel Villa y que nos acercan al modo de trabajo de la orfebrería prerromana tan desconocida todavía en el Noroeste peninsular. El acercamiento a la dimensión social del artesano orfebre fue tratado en dos interesantes trabajos con planteamientos diferentes. Por un lado Joan Taylor, con apoyo de resultados analíticos de piezas de oro, buscó definir la identidad del artesano en la Edad del Bronce de Wessex y su papel social y económico; en el otro extremo, buscando integrar la orfebrería en el contexto arqueológico M^ Dolores Fernández-Possse, Inés Sastre y Javier Sánchez-Palencia definían al artesano castreño dentro de su comunidad, no por su producción, aparentemente siempre interpretada como objeto de prestigio, sino por su trabajo en una economía doméstica de autoabastecimiento. La comunicación de Albert Nijboer completó el panorama de la interpretación social con una reflexión sobre distintos modelos de talleres. La ejecución in situ de un "ribbon torque" por parte de Brian Clarke y Michael Good, así como sus explicaciones acercaron a los asistentes a una realidad mayoritariamente desconocida por los investigadores del oro antiguo. La arqueología experimental ofrece unas perspectivas muy útiles en la comprensión del modo de trabajo del artesano, de la complejidad de sus producciones y del tiempo de ejecución, que son imprescindibles para la valoración de los aspectos del taller antes comentados. Sugerente fue la propuesta de interpretación realiza-da por Mary Cahill sobre los adornos de la Edad del Bronce Irlandesa. Algunos de ellos pudieron ser utilizados como elementos ornamentales en orejas perforadas, mostrando paralelos etnográficos americanos, africanos y asiáticos. De ser cierta su propuesta, la imagen ornamentada de los hombres y mujeres de la prehistoria europea está muy alejada de los tópicos actualistas que tenemos representados en museos y libros. Un tema común a varias comunicaciones fue la influencia tecnológica y tipológica externa y su integración en las producciones locales. En algunos casos quizás pudieron ser importaciones de manufacturas, como plantea Susan La Niece para el hallazgo de dos collares del siglo I a.C. en el sur de Inglaterra, y en otros se trata de la adopción de influencias, como las Egeas y del Próximo Oriente en la orfebrería de los siglos IX-VIII del Sur de Italia que presento Charlotta Scheich. El Oro Antiguo Americano En cuanto a los trabajos sobre temas americanos, destacaron las investigaciones realizadas en la Fundación Museos Banco Central de Costa Rica y en el Museo Etnográfico Juan B. Ambrosseti de Argentina debido a que presentaron trabajos muy completos y equilibrados en su contenido que integran diversos aspectos del estudio del oro. Las comunicaciones de Patricia Fernández Esquivel y José Garita del Museo del Oro de Costa Rica propusieron la creación de una base de datos integral, en cierta medida equivalente, aunque todavía sin una presentación informatizada, al Proyecto Au desarrollado para la Península Ibérica por Alicia Perea. Se definen criterios estilísticos, procedimientos de manufactura y análisis de materias primas para identificar las producciones locales del sureste de Costa Rica con el fin de aportar información relevante en la interpretación del material arqueológico de los museos. Los análisis de microscopía óptica, microscopía electrónica de barrido, fluorescencia de rayos X y química óptica, son utilizados para determinar la topografía de la superficie, información metalográfica y composición química. Hasta la fecha se han analizado alrededor de un centenar de objetos con una gran variedad de color de dorados, definiéndose características específicas a partir de la calidad técnica, diseño y tipos para los estilos Veraguas, Diquis y La Vaca. Dado el proceso de dorado por oxidación utilizado en esta área, las aleaciones de oro utilizadas y la capa enriquecida en oro (2 a 6 |im), se presentan procesos de corrosión selectiva severa en un 90% de los objetos, lo cual plantea problemas de restauración y conservación importantes para la colección. Asimismo se ha llevado a cabo un estudio sistemático de las fuentes de metales preciosos; determinándose la ubicación de las fuentes hidrotermal y aluvial para el oro, y las fuentes de cobre nativo y cobre rico en azufre utilizado en la metalurgia de la región. El segundo trabajo que destacó fue el estudio de Luis R. González sobre el Noroeste Argentino, región T. R, 59, n.° 2, 2002 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es poco estudiada y con una presencia reducida en el número de objetos descubiertos, pero aparentemente dotada de un desarrollo metalúrgico notable e independiente. En esta investigación se analizó el simbolismo presente en láminas de oro que podría justificar la conservación de elementos locales en la región a pesar de la dominación Inca. La investigación, muy bien argumentada, tiene la virtud de conjugar la interpretación cultural y el entorno arqueológico con elementos tecnológicos de la fabricación y realización de los pocos laminados hallados. Los grandes ausentes del Symposium en los trabajos del área sudamericana fueron el grupo del Museo del Oro de Colombia y los investigadores de la metalurgia del Perú, cuyos resultados son de gran relevancia para conocer el desarrollo de la orfebrería en América. En cuanto al desarrollo de la metalurgia en Mesoamerica se reiteraron las teorías sobre la introducción de ésta al occidente y sur de México por rutas de Centro y Sudamérica hacia el 800 d.C. En otra comunicación de Martha Carmona sobre la simbología del oro se propuso el uso de láminas de oro como un atuendo con carácter religioso, asociado con el sol y la divinidad, capaz de dotar de brillo y efectos luminosos al gobernante que lo vestía. Este aspecto se encuentra estudiado en contextos arqueológicos del Perú, sin embargo, en la comunicación de Carmona no se mencionó la evidencia arqueológica o las fuentes históricas que fundamentan su aplicación a esta otra área. Asimismo, no se abordaron en detalle los aspectos iconográficos y de simbología de las piezas del área mostradas. En general, los trabajos presentados sobre la metalurgia antigua del oro en América pusieron énfasis en la necesidad de llevar a cabo una sistematización de la información existente y la integración de aspectos morfológicos y estilísticos con la información tecnológica y de composición de las aleaciones. Asimismo, se puso en evidencia el empleo de las técnicas de fundición y laminado, y la enorme importancia del dorado por oxidación como una técnica de acabado fundamental, así como la gran diversidad de factores que han intervenido en su realización, los cuales dan lugar a características particulares en cada una de las regiones culturales del continente. Un elemento común, sin embargo, resulta el del carácter ritual de los artefactos y piezas de oro, de hegemonía y símbolo de jerarquía, y su presencia en la mayor parte de las veces en contextos de tipo funerario. La presentación de temas relacionados con técnicas y metodología de análisis fue relevante en este encuentro, dada la creciente información que los resultados ofrecen en aspectos como la identificación de fuentes de materia prima, uso de aleaciones, procedencia del metal, y tecnologías metalúrgicas. Desde este punto de vista se presentó una revisión por parte de Paloma Adeva y Pablo González de las aplicaciones de la microscopía electrónica de barrido (SEM) y de la microsonda de electrones (EDAX), las ventajas y limitaciones de la metodología y una muestra de su desempeño con base en la caracterización de materiales de referencia de oro. Se hizo patente la importancia de la heterogeneidad de las muestras y el carácter semicuantitativo de las técnicas aplicadas para determinar la composición elemental. Precisamente sobre el tema de la caracterización de la composición elemental, otras comunicaciones presentaron metodologías basadas en el uso de aceleradores de iones, e.g. PIXE (Emisión de Rayos X Inducida por Partículas), como una alternativa no destructiva para evaluar la composición de una aleación y su heterogeneidad en diversas regiones de un objeto o sobre muestras tomadas de éste. La versatilidad y alcances de esta técnica ha sido probada para el análisis de diversos tipos de soldadura, dorados por recubrimiento, dorados por oxidación, etc. Así, Guy Demortier presentó resultados de sus investigaciones sobre soldaduras en piezas procedentes del Medio Oriente de colecciones europeas y artefactos precolombinos, y el equipo del Centro Nacipnal de Aceleradores de Sevilla mostró su trabajo sobre el tesoro tartésico de Ebora, en el sur de España, empleando PIXE con una microsonda de iones y EDAX con un microscopio electrónico de manera complementaría. También empleando técnicas de microscopía electrónica y PIXE se presentaron resultados sobre el tesoro visigodo de Guarrazar. Desde la perspectiva de dorados precolombinos y su caracterización mediante PIXE, y técnicas específicas como la PIXE diferencial, se observó un particular interés en el estudio del dorado por oxidación, también llamado mise en couleur, el cual fue utilizado intensivamente en América Precolombina. Por sus características, y por la gran variedad de factores que intervienen en su realización, se han generado trabajos de arqueometalurgia experimental para determinar cuándo el enriquecimiento superficial es debido a un proceso tecnológico intencional y las características de dicho proceso. Desde el punto de vista analítico, las dificultades y retos del estudio sobre la metalurgia del oro en La Tolita, Ecuador, por la heterogeneidad de la aleación fue abordado por David A. Scott. En este caso se trata de aleaciones oro-platino elaboradas por un proceso de sinterizado, pues no se alcanzan en la metalurgia precolombina temperaturas suficientemente altas para llevar a cabo la fundición del platino. Estas se combinan con diversas aleaciones de oro para dar lugar a coloraciones y acabados particulares. El uso de técnicas tradicionales de metalografía y de fluorescencia de rayos X resulta particularmente útil en este caso. Las diversas comunicaciones presentadas muestran que la aplicación de las técnicas metalográficas tradicionales son necesarias y muy útiles para entender procedimientos tecnológicos, cuando es factible tomar muestras pequeñas de las piezas. Tampoco han quedado relegados los análisis de fluorescencia de rayos X (XRF) para determinar la composición elemental de las aleaciones. Tal es el caso del estudio realizado por Salvador Rovira sobre un fragmento precolombino de una T. P, 59, n." 2, 2002 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es lámina dorada procedente de Ecuador, el cual es complementado con técnicas de microscopía electrónica. Debe señalarse que en el caso de resultados de XRF se trata de una composición promedio de la superficie y en los casos en que se presente un dorado los resultados no son necesariamente representativos de la aleación utilizada en la fabricación de las piezas, ya sea por la heterogeneidad de la aleación causada por diversas razones o por los procesos de corrosión o deterioro. Cuando no se presentan estos inconvenientes es posible, empleando métodos estadísticos apropiados, determinar agrupaciones de objetos y combinando aspectos de tecnología de fabricación y acabado llevar a cabo revisiones de aspectos metalúrgicos. Otros trabajos como el de Carlos Angiorama o Roberto Barcena recurren a las técnicas tradicionales de XRF para conocer la composición de la metalurgia Inca y pre-Incaica en Argentina. En cuanto a la procedencia de metales, los métodos analíticos que se han expuesto emplean la técnica de Espectroscopia de Masas por Plasma mediante Ablación Laser (ÍCP-LA) o el Análisis mediante Activación por Protones (PAA). Trabajos previos a este congreso indican que los resultados por ICP-LA podrían no ser necesariamente correctos para determinar la procedencia. La técnica de PAA, de análisis mucho más global, se encuentra mejor establecida y muestra su eficacia en un estudio muy completo realizado por Maria Filomena Guerra sobre monedas de oro del área portuguesa del siglo V al XX. También con el fin de determinar el origen del metal se presentaron estudios de monedas de Dacia por parte de Bogdan Costantinescu, en este caso se da como una opción factible que éstas procedan de fuentes transilvanas y de fundiciones de monedas y objetos ya existentes. Por otra parte el estudio inicial sobre las coronas visigodas del tesoro de Guarrazar presentado por María Filomena Guerra, Alicia Perea y Thomas Calligaro indica que las concentraciones de trazas de Pt, Pd y Sb son semejantes a las de oro del sur de la Península Ibérica. Dentro de este mismo marco de trabajo analítico y empleando también PAA se encuadra el estudio de Jean Noël Barrandon, Francisco Valdéz y Patricia Estévez sobre un fragmento de una pieza ecuatoriana muy característica que representa un sol antropomorfizado con serpientes radiales. Los análisis se utilizan para determinar la autenticidad de la pieza mediante su comparación con los resultados de una pieza con características similares y con contexto arqueológico bien establecido. Las comunicaciones presentadas reiteran la necesidad de emplear diversas aproximaciones analíticas para afrontar el estudio detallado de los objetos. La combinación de las técnicas y el uso de metodologías tradicionales es complementaria y permite la caracterización completa de la aleación para los fines de uso de aleaciones, procedencia del metal, y tecnologías metalúrgicas y su evolución, entre otras cosas. Esta reseña, sin ser exhaustiva, presenta un panorama general del interés que ha despertado el primer encuentro internacional sobre el estudio del oro en la Antigüedad. Los aspectos culturales, sociales, económicos, políticos e históricos son determinantes e influyen en el desarrollo tecnológico, en su uso, su explotación e intercambio. En esta reunión se pusieron en evidencia las diferencias entre el oro antiguo de Europa y América en diversos aspectos previamente mencionados. No obstante, se remarcaron las semejanzas entre los diferentes métodos desarrollados para su estudio e incluso se propusieron comparaciones etnográficas interesantes entre ambas regiones. Es notable el reto de complementar e integrar la información de estos aspectos, en mayor o menor medida, para las diversas áreas con el fin de llevar a cabo el estudio cabal del oro. A pesar del desarrollo de técnicas analíticas, su apropiada aplicación como parte del esfuerzo de integración debe intensificarse. Los trabajos presentados indican que el estudio del oro es aún un problema de investigación con amplias perspectivas de desarrollo. En el futuro esperemos que sea posible continuar el camino con un segundo encuentro dentro de tres años, posiblemente en una sede americana.
La edición en formato digital del congreso organizado por el Museo Municipal 'Quiñones de León', la Universidad de Vigo y la Asociación Arqueolóxica Viguesa es pionera en España. Participaron muchos de los especialistas ibéricos en pintura y grabado, en cueva y al aire libre, fechados desde el Paleolítico a la Edad Media. Sus contribuciones se organizan en cuatro secciones: últimas líneas de investigación, contexto, interpretación y relaciones del arte rupestre así como conservación y rentabilidad social. Las 11 ponencias y 57 comunicaciones abarcan toda la Península Ibérica con especial énfasis en su tercio noroccidental y casos.individuales de Marruecos, Francia, Reino Unido, Chile, México y Venezuela. El diseño de la navegación es muy práctico y claro, y especialmente útil la opción de impresión y visualización de las imágenes, de buena calidad. Se presenta en idiomas gallego e inglés con versión en castellano de las conclusiones. Aun con cierto retraso en la distribución, es una iniciativa admirable con un resultado óptimo. MAPA NORMALIZADO CON RÍOS PARA TRABAJOS DE PREHISTORIA La normalización tiene como objetivo fundamental lograr una mayor difusión de la revista en el ámbito científico internacional. La inclusión de la revista en las bases de datos internacionales exige cumplir condiciones formales respecto a las convenciones de presentación de texto y figuras, fecha de aceptación, identifícadores del autor, extensión, inclusión de título, resumen y palabras clave en inglés o francés y la precisión en la citación bibliográfica. Trabajos de Prehistoria publica prioritariamente estudios sobre Prehistoria y Protohistoria de la Península Ibérica, o sobre temas europeos en relación con ésta. Se interesa por temas de teoría y metodología arqueológicas, arqueometría y paleoambiente. Asimismo contiene una sección especial para la discusión científica y de recensiones. La redacción de los textos se hará en español, inglés o francés. Los artículos -texto (incluyendo notas y pies), ilustraciones y tablas-tendrán un máximo de 40 páginas (90 000 caracteres). En el caso de colaboraciones a la sección de "Noticiario" y "Recensiones y Crónica Científica" la longitud máxima será de 20 y 4 páginas (45 000 y 10 000 caracteres respectivamente). La sección de NOTICIARIO publicará avanpes de proyectos de investigación, campañas de excavación, prospección y hallazgos novedosos y significativos. Los autores deciden la proporción de texto e ilustraciones en cada caso. Las RECENSIONES deberán tener un contenido crítico más que meramente expositivo.. No se aceptará ninguna contribución que ya haya sido publicada en otra revista o vaya a serlo. Deberá remitirse una certificación de originalidad firmada por todos los autores. Trabajos de Prehistoria utiliza para la aceptación de originales un sistema de evaluación anónima. Normalmente el proceso de evaluación desde la recepción del original hasta la contestación al autor con la decisión editorial no durará más de cuatro meses. Los originales deberán dirigirse a la dirección de la revista: Dpto. de Prehistoria. A la entrega del original Desde el volumen 51, 1994, Trabajos de Prehistoria publica dos números semestrales que salen en junio y diciembre. La recepción de originales está abierta todo el año. Los originales habrán de presentarse mecanografiados (en Din A-4 por una sola cara) a doble espacio tanto el texto como las notas y sin correcciones a mano. Cada página tendrá entre 30 y 35 líneas dejando un margen mínimo de 4 cm e irán numeradas. La numeración de las notas se hará en el mismo orden que estén citadas en el texto. Se reunirán al final del manuscrito para facilitar el trabajo de composición. La primera página del texto presentará el título del trabajo, el resumen y las palabras clave en español y en inglés o francés; el nombre y el apellido del autor con un asterisco que remita, al pie, a la dirección completa de la Institución donde el autor presta sus servicios o, en su defecto, de su domicilio y la dirección del correo electrónico si la tuviera. Es fundamental que el resumen incluya objetivos, métodos, resultados y conclusiones. Las palabras clave deben permitir la inmediata localización del artículo en una búsqueda informatizada por temática, metodología, localización geográfica y cronología. Sólo se publicará la dirección de un centro de trabajo por autor. En su caso, pueden indicarse otros en agradecimientos que deberán colocarse al final del trabajo. En la sección de recensiones deberá incluirse la información bibliográfica completa de la obra; el nombre y dirección completos del autor/es aparecerán también al final. Se entregarán original y copia impresos coincidentes con el archivo del disquete, en formato IBM-PC, indicando el programa utilizado. Aparte se entregará una hoja con la dirección completa del autor, el teléfono y el correo electrónico donde se le pueda localizar con facilidad. Las tablas, láminas y figuras se entregarán en soporte original, indicadas en el texto, y no se compondrán dentro del mismo. Su pie debe incluirse aparte con los datos completos de identificación. Las láminas se entregarán en formato diapositiva o digital, recomendando la máxima calidad para disminuir la pérdida de detalle en la reproducción; figuras y tablas, en soporte informático, a ser posible. Si no se entrega el original, se admitirán duplicados de calidad con impresora Láser en papel opaco, nunca vegetal. Las figuras llevarán escala gráfica, normalizando su representación y orientando de forma convencional los objetos arqueológicos. Los mapas y plantas indicarán el Norte Geográfico. La rotulación tendrá el tamaño suficiente para que, en caso de reducción, se vea con claridad. Cualquier localización deberá situarse, además, en uno de los mapas normalizados de la Península Ibérica facilitados por la revista. Se numerarán independientemente: figuras (dibujos a la línea) y tablas en arábigos y láminas (fotografías y diapositivas) en romanos. Se recomienda la redacción en estilo directo con frases cortas para facilitar la comprensión al lector extranjero. Las mayúsculas deben acentuarse. La Introducción debe incluirse en la numeración de epígrafes. Deben suprimirse los puntos en los años de cuatro cifras: 1971. Los latinismos irán en cursiva: et al, oppida, per se, in situ. En cuanto a la bibliografía, las citas en el texto se realizarán de la siguiente forma: situado entre paréntesis, el apellido (s) del autor (es), con minúsculas y sin la inicial del nombre propio, seguido del año de publicación y, caso de referencias concretas, de la página reseñada tras dos puntos. La lista bibliográfica se situará al final del trabajo siguiendo un orden alfabético por apellidos y dentro de estos por el año de publicación más antiguo. Se incluirán todos los autores en las obras colectivas. No se aceptan citas de inéditos. Las tesis y tesinas inéditas figurarán en notas. Las obras en prensa deberán tener todos los datos editoriales para ser aceptadas. La reseña de las citas se hará de la siguiente forma: el apellido (s) del autor (es), en mayúscula, seguidos por la inicial del nombre propio. Seguido, se indicará el año de publicación de la obra, diferenciando con la letra a, b, c, etc. Los títulos de libros y de monografías o, en su caso, de revistas o actas de Congresos deberán ir subrayados o en cursiva y sin abreviar. Para los libros se señalará la editorial y el lugar de edición; para la revista, el volumen y las páginas del artículo y, para los Congresos el lugar y la fecha de celebración, así como las páginas y el lugar de edición. Los siguientes ejemplos pueden ilustrar esta normativa: Cuando se incluyan fechas de Cl4, éstas deben estar acompañadas de la sigla de laboratorio, número de la muestra, clase de material y desviación estadística. En las fechas calibradas debe señalarse la tabla o programa informático utilizados. En cuanto a las recensiones, las publicaciones que deseen ser objeto de la misma deberán remitir al director de la revista dos ejemplares, uno para el autor de la recensión y otro para la Biblioteca del Instituto de Historia. Se excluyen: separatas, re-ediciones excepto aquellas con grandes y significativos cambios, volúmenes de revista excepto el número 1 de una nueva serie, monografías de pequeña extensión y libros que traten temas ajenos a la Arqueología Prehistórica y Protohistórica. En ningún caso se publicarán contrarréplicas y, excepcionalmente, a criterio del Consejo de Redacción las réplicas. Cuando los autores corrijan las primeras pruebas se limitarán a una revisión de posibles erratas y a subsanar la falta de algún pequeño dato. En el caso que algún autor se extralimitase en la corrección, añadiendo o suprimiendo párrafos ya impresos, correría a su cargo la factura suplementaria que la imprenta presentase en cuanto a correcciones. La devolución de pruebas se realizará en un plazo máximo de quince días desde la fecha de entrega de las mismas para evitar en todo lo posible los retrasos en la publicación dentro del número previsto. En caso de ser varios los autores, se dirigirá al primer firmante del trabajo. Los autores tendrán derecho a un ejemplar y a 25 separatas por artículo. La factura y costes de envío de separatas adicionales correrán por cuenta del autor. La publicación de artículos en cualquiera de las revistas del Instituto no da derecho a remuneración alguna. Los derechos de edición son del CSIC, siendo necesario su permiso para cualquier reproducción. Enviar el pago al Departamento de Publicaciones, CSIC (Vitruvio 8; 28006 Madrid) [URL] ). Please contact Departamento de Publicaciones, CSIC (address: Vitruvio 8; 28006 Madrid).
Formalmente se inicia una nueva etapa de Trabajos de Prehistoria. La renovación de los Consejos de Redacción y Asesor con la incorporación de nuevos miembros y el nombramiento de un nuevo director justifican tal afirmación. Se trata formalmente de un cambio, pero no deja de ser la continuación de una línea editorial que aspira a consolidar la Revista como el principal referente de investigación de la Prehistoria española y a proyectarla en el ámbito internacional por su calidad formal y de contenidos. En estos últimos años se han introducido paulatinamente modificaciones formales para ajustarse a las normas que deben cumplir las Revistas de Humanidades y que se recogen en los criterios de calidad editorial de la base de datos LATINDEX, incorporados recientemente a la normativa reguladora de las publicaciones periódicas del CSIC. En la encuesta realizada en el año 2000 sobre esos criterios de calidad, Trabajos de Prehistoria cumplía 22 de los 25 requisitos exigidos. En este número que ahora aparece se ha terminado la adaptación a la normativa y se cumple con la totalidad de ellos. La calidad en los contenidos viene avalada por el sistema de evaluación anónima que rige en la aceptación de artículos. Sin embargo, dependemos de los autores para que envíen sus originales. Para atraerlos contamos con una periodicidad semestral, única en las revistas españolas de Prehistoria, de un prestigio conseguido a lo largo de muchos años de esfuerzo y, sobre todo, de una puntualidad de edición que otras muchas revistas no pueden ofrecer. Trabajos de Prehistoria es una revista abierta a la comunidad científica y sólo puede continuar siendo un referente en la bibliografía si acoge en sus páginas artículos con los últimos descubrimientos, con la puesta al día de los principales temas de debate en la investigación de toda la geografía peninsular, con novedades metodológicas, propuestas teóricas y dando cabida a temas de creciente inte-(*) Dpto. de Prehistoria. Instituto de Historia, CSIC. Correo electrónico: [EMAIL] res como la protección del Patrimonio Histórico, la etnoarqueología, la historiografía o la bibliometría. Desde su aparición como revista semestral en 1994 se han publicado 182 referencias, sin contar editoriales ni reseñas. Sólo un 20 % de ellas incluye como autor a algún miembro del Departamento o del Consejo Editor o Asesor de la Revista. Se mantiene un cierto equilibrio en la representación geográfica de los contenidos, aunque hay algunos cambios de tendencia en comparación con el estudio bibliométrico realizado en 1993 (Rodríguez Alcalde et a/., 1993): Andalucía mantiene el mayor porcentaje de artículos, pero han incrementado notablemente su presencia Galicia, Cataluña y Valencia, mientras que no ha vuelto a publicarse ningún trabajo sobre la Prehistoria de Baleares y se mantiene la ausencia de las Comunidades del Alto Ebro (La Rioja, Navarra y País Vasco). También, como signo de apertura se ha producido un ligero aumento en los artículos que tratan sobre otros países, alcanzando hasta casi el 14 % del total de los publicados en esta etapa. Pero el mayor cambio de tendencia se detecta en el aumento de los artículos sobre temas de teoría, metodología, bibliometría o patrimonio que han supuesto el 32 % de los publicados o el 26 % si se excluye el número monográfico dedicado al tema en el año 2000, doblando el porcentaje de la etapa anterior. Las páginas disponibles y el ajuste de los textos condiciona, en última instancia, la aparición de un número limitado de artículos. Nuestro deseo es incluir el máximo de información y para ello se dará preferencia a textos cortos y en las evaluaciones se harán notar aquellas redacciones con datos superfinos o redundantes. El objetivo final es mantener y elevar la calidad de los contenidos y ello obliga a veces a profundas revisiones de los originales enviados e incluso a su rechazo, sin que ello desmerezca el trabajo de los autores. Este es el compromiso adquirido por los miembros de los Consejos de Redacción y Asesor y a él dedicaremos nuestro esfuerzo en los próximos 4 años.
JOSE YRAVEDRA SAINZ DE LOS TERREROS (*) En los últimos años ha tenido lugar un intenso debate dirigido a diferenciar posibles rasgos conductuales entre neandertales y primeros humanos modernos. En la mayoría de los trabajos realizados, diversos autores han alcanzado interpretaciones contrapuestas en gran variedad de ámbitos. En el presente estudio se hace una reflexión crítica sobre el estado de la cuestión de esta polémica, con la finalidad de observar posibles diferencias subsistenciales entre ambos tipos de homínidos. Para ello se ha analizado la información disponible sobre los yacimientos del Paleolítico Medio y Superior Inicial con estudios zooarqueológicos de la Península Ibérica, prestando especial atención a los análisis tafonómicos, al ser los más resolutivos en la interpretación del registro óseo. Estos datos permiten concluir que durante esta transición apenas se produjeron cambios subsistenciales importantes. Pero este reciente interés no es la consecuencia de una nueva moda disciplinar, sino la continuación de una polémica historiográfica mantenida durante todo el último siglo como han indicado Stringer y Gamble (1996), Martínez Moreno (1998) y Drell (2000) en algunos trabajos. Sí es verdad que últimamente el debate se ha incrementado, identificándose dos claras posturas. Por un lado están los defensores de las tesis tradicionales que miran a los neandertales como unos seres primitivos incapaces de tener rasgos culturales desarrollados propios. Frente a esta corriente, hay otra más humanizada que no aprecia grandes diferencias, e incluso plantea cierta continuidad entre el comportamiento de neandertales y primeros humanos modernos. También han sido reconocidos otros rasgos culturales de cierta complejidad como la organización intencional del espacio (Geneste, 1988), y la construcción de estructuras al estilo de los paravientos (Mellars, 1989) y otras de mayor complejidad como las de Lazaret (Lumley, 1969), Lunel Viel, Orgnac III, la Ferrassie o Pech de 1'Aze (Peyrony, 1934; Bordes, 1972), concentraciones de piedras como las de la Grotte d'Aldène (Barrai y Simone, 1976) y prácticas funerarias (Defleur, 1993; Hayden, 1993; Ullrich, 1996). De la misma manera ha quedado patente la idea de una cierta capacidad de lenguaje (Arensburg et al, 1989; Deacon, 1989) y de la posibilidad de que algunos grupos de neandertales mantuvieran contactos entre sí, como ha demostrado la procedencia de determinados objetos correspondiente a distancias de cientos de kilómetros (Roebroeks et al, 1988; Geneste, 1988), que pueden haber llegado bien por medio del intercambio o por los propios patrones de movilidad territorial. Junto a esto, ha sido documenta-da la existencia de yacimientos de neandertales con industrias del Paleolítico Superior en Vindija (Croacia) (Karavanic, 1995; Karavanic y Smith, 1998; Karavanic et al, 1998) y Saint-Césaire y Arcy-Sur-Cure (Francia) con industrias chatelperronienses (Lévêque, 1993; Lévêque y Vandermech, 1981; White, 1993; Hublin^ía/., 1996). Esto ha dado pie a una nueva comente interpretativa que justifica los logros culturales de los neandertales como la consecuencia de un proceso aculturizador desarrollado en esta larga convivencia. En Próximo Oriente, Francia y España se ha observado que los útiles musterienses alcanzan durante el Auriñaciense un porcentaje importante próximo al 33-39 % del total de las piezas (Clark y Lindly, 1989a, b; Lindly y Clark, 1990a, b). Además, el arte y el simbolismo hasta bien avanzado el Paleolítico Superior, en torno al 25 000 BP, están poco desarrollados (Marshack, 1989), motivo por el que las tesis aculturizadoras tampoco parecen muy evidentes. Más bien habría que pensar en cierta continuidad cultural al menos hasta el 20 000 BP. El debate sobre las estrategias de subsistencia parece radicalizarse destacando dos posturas. Dentro de ambas corrientes se insertan gran variedad de modalidades diferentes, entre las que puede destacarse el carroñeo de animales grandes y la caza de pequeños, el carroñeo ocasional entre otras. En esta polémica autores como Butzer (1986), Hoffecker y Gleghron (2000) y Patou Mathis (2000) opinan que entre el Paleolítico Superior y el Medio no hubo grandes cambios subsistenciales, frente a Straus (1982) y Weeb (1989) que interpretan las acumulaciones óseas del Musteriense como la consecuencia de la acción de los carnívoros frente a los homínidos. Por el contrario Lindly (1988) ha observado que la acción de los carnívoros se produce de manera similar en el Paleolítico Medio y el Paleolítico Superior Inicial aunque Patou-Mathis (2000) reconoce la mayor incidencia de estos agentes durante el Musteriense. Por otro lado algunos trabajos han demostrado de forma indirecta la existencia de ciertas aptitudes cazadoras entre los neandertales, así los patrones de fracturación de las puntas Levallois indica su utilización como puntas de lanza (Shea, 1998). Distintos estudios han observado que el desgaste del esmalte dentario de los neandertales es bastante similar al de los Inuits, uno de los pueblos con una dieta cárnica más importante, al tiempo que los análisis de los dientes de los primeros humanos modernos reflejan una dieta más vegetariana (La-luQza et ai, 1996; Shea, 1998). Junto a esto algunas de las patologías documentadas en los neandertales han sido interpretadas como la consecuencia de los accidentes producidos en la caza (Geist, 1981; Berger y Trinkaus, 1995). Junto a este debate, se ha extendido otro tendente a identificar un patrón de consumo especializado o diversificado según los recursos aparecidos en un lugar, así son numerosos los ejemplos de especialización sobre determinadas presas en algunos sitios musterienses (Yravedra, 2000) (2). Pero en referencia a este tema, hay que indicar que es complicado observar si se produce una u otra tendencia, pues es difícil establecer correlaciones entre yacimientos y áreas distantes, ya que la especialización sobre uno u otro producto se debe principalmente a los condicionantes propios del clima y (2) Yravedra Saínz de los Terreros, J. (2000a): Síntesis Zooarqueológica de la Península Ibérica. Implicaciones Tafonómicas y Paleoecológicas en el debate de Neandertcdes y Homo sapiens moderno. Universidad Complutense de Madrid. Tesis de licenciatura inédita. Además, la ausencia de estudios tafonómicos adecuados no prueban el protagonismo antrópico efectuado sobre dichas acumulaciones óseas, lo que se convierte en otro problema añadido a la hora de averiguar que recursos consumieron los homínidos. A continuación se realizarará una síntesis zooarqueológica de la subsistencia del Paleolítico Medio y Superior Inicial en la Península Ibérica con la finalidad de observar algunos aspectos. En primer lugar se intentará ver que grado de especialización o diversificación se produce en dichos periodos. Para ello será necesario identificar el protagonismo antrópico en las acumulaciones óseas y distinguirlo de los taxones aportados por otros fenórqenos naturales, como los carnívoros. Finalmente se mostraran las diferencias y semejanzas subsistenciales del Paleolítico Medio y Superior Inicial de la Península Ibérica a partir de comparaciones con otros trabajos referidos a estos momentos. Para poder realizar este análisis se ha diferenciado la Península Ibérica en tres zonas. La primera es la Cornisa Cantábrica, la segunda el interior peninsular junto a la fachada atlántica y la tercera la vertiente mediterránea, que engloba tres subáreas, Cataluña, el País Valenciano y Andalucía oriental. La situación de los yacimientos analizados puede contemplarse en las figuras 1 y 2. Por otro lado se ha de indicar que en este estudio sólo se analizarán los patrones subsistenciales concernientes a aquellos animales más susceptibles de aprovechamiento cárnico, es decir, los macromamíferos, diferenciando cinco categorías. Las especies grandes entre los que destacan los bóvidos, las de tamaño medio de espectro abierto con los équidos y las de medios boscosos, con los cérvidos y por último, los taxones de pequeño tamaño que suelen estar asociados a entornos abmptos, pues entre ellos predominan la cabra y el rebeco. Además, se ha incluido a los carnívoros por su competencia con los homínidos en las acumulaciones óseas. Para desarrollar todo este análisis se ha manejado la información zooarqueológica disponible en la bibliografía, la cual suele referirse al número de restos (a partir de ahora NR), al Mínimo Número de Individuos (MNI), los patrones de representación anatómica y en los casos que ha sido posible tam- bien los patrones de alteración ósea (marcas de corte, dientes etc.). ¿Especialización o diversifícación en el Musteriense de la Península Ibérica? deras y valles próximos a Morín, Pendo y Castillo condicionan la presencia de cérvidos, équidos y grandes bóvidos en estos lugares. Los patrones de representación taxonómica de los diferentes asentamientos del interior y la fachada atlántica según el NR muestran una situación muy heterogénea, con alta representatividad de carnívoros en Vargas, los Casares y los yacimientos portugueses, entre los que cabe destacar Fuminha (Altuna, 1973; Cardoso, 1993). Éntrelos ungulados se repite esta tendencia diversificada al abundar los cápridos, los cérvidos y los équidos, aunque suelen serlos cápridos los más numerosos, excepto en los sitios portugués donde apenas aparecen. Por otro lado los grandes macromamíferos (bóvidos y megafauna) son bastante minoritarios, aunque en Portugal alcanzan mayores proporciones (Fig. 5). Esto se debe en parte a la influencia del medio, ya que los yacimientos portugueses se encuentran en medios llanos próximos a valles y praderas en zonas próximas a lechos fluviales o lacustres. Por el contrario los yacimientos aragone-ses de la Fuente del Trucho y los Moros de Gabasa muestran un claro predominio de los cápridos, aunque los valles cercanos a los Moros de Gabasa también pueden propiciar la abundancia de équidos en este lugar. La situación en zonas de media montaña de Valdegoba, Millán y Ermita motiva la abundancia de cápridos en este lugar. En los asentamientos del País Valenciano el patrón de representación sigue siendo bastante diversificado, siendo los cápridos el ungulado más abundante, aunque en el Corb predominen los cérvidos (Sarrión, 1990) o los équidos en San Antao. Ejemplos de esta diversificación puede ser el Corb exterior, Cova Negra, Bolomor, Fuente de San Luis, etc. Toda esta diversificación va ligada a la situación paleoecológica de las diferentes estaciones, ya que casi todas ellas se ubican en zonas de media montaña abiertos a variedad de nichos. Finalmente, entre los carnívoros también se da una importante presencia que llega a ser del 50 % en algunos niveles y yacimientos (Fig. 6). De esta forma todo indica que en el Musteriense de la Península Ibérica hay un patrón de representación taxonómica bastante diversificado. Casi todos los ungulados están bien documentados, aunque en algunos yacimientos y niveles las condiciones medioambientales del entorno y el clima condicionan la especialización o sobrerrepresentación de determinadas especies, tal es el caso de Cova 120, Amalda y Els Ermitons con abundancia de cabra o rebeco. En Cau del Duc de Torroella, Sao Antao y el Castillo destaca el caballo y en el Corb el ciervo. Finalmente en lo que respecta a los carnívoros también se produce una nutrida representación, sobre todo en la región catalana. ¿Acceso primario (caza) o secundario (carroñeo)? (7) Junto a la problemática indicada en la interpretación de los datos del NR ha de añadirse que no es este el único problema. Así algunos trabajos recientes efectuados en la década de los 90 han mostrado que la acumulación de muchos ungulados del Paleolítico Medio no responde a un papel exclusivamente antrópico, sino que en bastantes casos son más bien fruto de acciones biológicas, bien por efectos de la discutibles. Así, en los últimos años se ha llegado a la conclusión de que los estudios tafonómicos son los únicos capaces de precisar el grado de acción y manipulación sufrido por los conjuntos óseos. De esta manera, los trabajos tafonómicos a los que más arriba se hizo referencia han mostrado que la acumulación de cápridos de algunos sitios como los Moros de Gabasa, el Abric Romaní, Cova Beneito o Cova Negra se deben a la acción de carnívoros, posiblemente cánidos, ya que se han identificado marcas de diente y muy pocas marcas de corte (Blasco, 1995(Blasco,,1997;;Cáceres, 1995; Martínez Valle, 1996). En Cova 120 y otros yacimientos catalanes se han alcanzado similares conclusiones tras analizar los patrones de fracturación (Rueda, 1993). De la misma forma estos mismos autores han observado que la acción de los carnívoros se produce también sobre équidos, bóvidos y cérvidos. Así en los yacimientos citados y en otros como Morín, Pendo o Lezetxiki aparecen ciertas huellas características de estos agentes, como son las marcas de diente (perforaciones, arrastres etc.), los coprolitos, los dientes deciduales y la ausencia de epífisis (Altuna, 1972; Utrilla, 1987; Martínez Moreno, 1998). Por otro lado la superposición de marcas de diente sobre marcas de corte parece indicar un acceso secundario de los carnívoros al registro óseo, posterior a la presencia humana (Cáceres, 1995; Cáceres et al., 1998). Algo que confirma la situación de las marcas de corte, al aparecer sobre los axiales y las diáfisis de los huesos largos, de hecho los huesos con mayor número de marcas son aquéllos que contienen un mayor contenido cárnico (Martínez Moreno, 1993, 1998; Blasco, 1995Blasco,, 1997;;Cáceres, 1995; Martínez Valle, 1996), por lo que están directamente relacionadas con un temprano acceso cárnico (13) anterior al de los carnívoros. Estos autores y otros como Altuna (1990) han distinguido la realización de todas las labores de carnicería (desollado, desarticulación, desmembramiento, descarnado, descuartizamiento y fragmentación) sobre todos los taxones. Así, las señales de fragmentación y descamado aparecen sobre las diáfisis, las de desarticulación en la base de las zonas articulares de los huesos y por tanto en las epífisis, mientras que las de desollado y despellejado en los huesos que mayor contacto tienen con la piel, como son las falanges o los metápodos. De esta manera se daría un protagonismo principalmente antrópico en las acumulaciones óseas y, por tanto, un rico acceso cárnico, tal y como sugiere Martínez Moreno (1998). Junto a esto se enmarcaría también la acción de los carnívoros que actuarían como agentes secundarios, al carroñear los despojos óseos abandonados por los homínidos, lo que explica la ausencia de epífisis y huesos axiales y la sobrerrepresentación de elementos craneales y distales (Tabs. En las figuras 7,8 y 9 se han escogido una serie de niveles que de una manera simbólica muestra el patrón de representacióm esquelética documentado en la mayoría de los niveles de este periodo, el cual queda resumido en las tablas 1-3. Todos ellos coinciden en mostrar en casi todos los taxones, el predominio de elementos craneales y apendiculares distales, reproduciendo los mismos patrones que dejan los carnívoros cuando acceden a una carcasa, aunque en este caso su acceso es posterior al humano, tal y como se indicó anteriormente. Por otro lado estos agentes serían al mismo tiempo los principales acumuladores de los restos de cápridos, como revelan los estudios tafonómicos a los que se ha hecho referencia (Rueda, 1993; Blasco, 1995Blasco,,1997;;Cáceres, 1995; Martínez Valle, 1996). Finalmente antes de analizar el registro del Paleolítico Superior Inicial, se ha de indicar que esta _ 30,1% J (13) Los estudios tafonómicos desarrollados por Domínguez Rodrigo (1996a, 1997, 1999), Marean (1998) y Marean y Yun Kim (1998) revelan que las marcas de corte sobre las diáfisis suelen estar relacionadas con las labores de carnicería. Patrones (ie representación anatómica de diferentes taxones en los yacimientos musterienses cantábricos. Patrones de representación anatómica en los yacimientos musterienses considerados del área mediterránea. doble presencia de homínidos y carnívoros implica cierta alternancia en la ocupación de los yacimientos, por lo que la acumulación dual de ambos agentes debió de producirse en momentos distintos. Tras la estancia antrópica, los carnívoros y otros agentes como las rapaces o los quirópteros ocuparon el asentamiento. Esta situación puede observarse en Amalda, Cova Negra, Cova Beneito, L'Arbreda. Mollet, Los Moros de Gabasa, Casares, Valdegoba, Torrejones, el Abric Romaní etc. En cualquier caso y a la luz de los datos propuestos, los homínidos de este periodo tuvieron un comporta- miento cinegético, tal y como indican las marcas de corte en secciones altamente cárnicas o la superposición de las marcas de diente sobre las de corte. Representación taxonómica en el Paleolítico Superior Inicial Los análisis zooarqueológicos de este periodo se centran principalmente en la región cantábrica y la mediterránea, debido a que en el interior y la fachada atlántica apenas hay yacimientos estudiados, tan sólo A'Valiña, Peña Miel y algunos lugares portugueses como Fontainhas, Pego do Diablo o Lupa do Rainha (Utrilla, 1987; Llamaría/., 1991; Cardoso, 1993). Estos sitios muestran un patrón de representación bastante heterogéneo con ligero predominio de cérvidos y una alta proporción de carnívoros. Pero el bajo NR de los asentamientos tratados y la escasez de estaciones analizadas no permiten sacar muchas conclusiones sobre este momento en esta región. Para la Cornisa Cantábrica el número de lugares estudiados es bastante mayor, pues hay documentados 9 yacimientos con 23 estratos auriñacienses y otros 6 con 13 niveles perigordienses-gravetienses (Fig. 2), aunque de estos, ocho ( 14) tienen escasos restos, siendo por tanto poco representativos. Además del NR también se ha analizado el MNI en algunos estratos debido a que cuenta con unos porcentajes mayores. En las estaciones mediterráneas sólo se ha analizado el NR, debido a que el MM casi nunca se ha calculado. Por esta razón y dada (14) Entre estos ocho niveles poco representativos destaca Pendo 5 b, 8, Rascaño 8-9, 6 y Morín Ra, 10. (15) Estos intervalos cronológicos sólo se refieren a los yacimientos con estudios zooarqueológicos. la mayor representatividad de los yacimientos cantábricos, se ha dividido toda la secuencia cultural de este momento en tres fases. Esta división puede apreciarse en las figuras 10,11,12 y 13 en la que se muestran el NR y el MM del Auriñaciense y el Perigordiense de la Cornisa Cantábrica. Las divisiones cronológicas se reflejan mediante una columna en blanco que separa cada intervalo ( 16). De esta forma se observa cómo los niveles correspondientes a los momentos más antiguos son bastante escasos y reflejan unos datos bastante similares en el NR y el MNI. Así en el NR auriñaciense hay un predominio de ciervo en el Pendo, mientras que en Morín hay un mayor equilibrio similar a la heterogeneidad del Paleolítico Medio. El nivel perigordiense de Lezetxiki muestra una situación semejante a la del Musteriense con similares pro-( 16) Esta división se ha hecho para facilitar la observación de la subsistencia en la transición del Paleolíitico Superior Inicial. porciones de bóvidos, équidos y cérvidos. De ahí que esta fase inicial del Paleolítico Superior Inicial cantábrico no muestre diferencias significativas con el aspecto diversificado del Musteriense. La única novedad de ahora es que se inicia un ligero predominio de los cérvidos en los niveles auriñacienses y de cápridos en los perigordienses, pero en ambos momentos los bóvidos y équidos siguen estando bien representados (Figs. Si nos fijamos en el MNI de este periodo, se muestra cierto parecido a lo observado en el NR con una situación diversificada tanto en el Auriñaciense como en el Perigordiense, aunque la proporción de carnívoros aumentaría ligeramente respecto al NR (Figs. En la segunda fase comprendida entre el 28 000-25 000 BP el número de niveles estudiados es bastante superior al momento precedente y aunque se sigue manteniendo la tendencia anterior, se observa cómo en el Auriñaciense los cérvidos comienzan a despuntar,' salvo la excepción del Cueto de la Mina donde predominan los équidos (Fig. 10). Si nos fijamos en las ocupaciones perigordienses-gravetienses aparecen sobrerrepresentados cérvidos y cápridos según el yacimiento. En esta fase los bóvidos y équidos siguen estando bien documentados aunque su proporción parece reducirse (Fig. 12). En el MNI de estos mismos niveles se observa una tendencia similar tanto en el Auriñaciense como en el Perigordiense-Gravetiense, con la diferencia que este método tiende a aumentar la proporción de carnívoros respecto al NR (Figs. Por último, en la tercera y última fase sigue produciéndose esta situación algo diversificada, aunque se observa cierto predominio de los cápridos en el Perigordiense-Gravetiense y de los cérvidos en íepresenlacion Taxonómica según el MNI del Auriñaciense cantábrico el Auriñaciense, frente a los bóvidos y équidos con porcentajes significativos aunque en progresivo retroceso (Figs. Por otro lado el NR de los niveles perigordiense-gravetienses podría indicar cierta especialización sobre la cabra que no coincide con lo que nos trasmite el MNI (Figs. Por último, los carnívoros siguen estando presentes, aunque en continua reducción. Así en el Paleolítico Superior Inicial cantábrico se produce una tendencia de aspecto diversificado con predominio de ciervo en los niveles auriñacienses y de cabra en los perigordienses, pero en el que otros taxones como los équidos y bóvidos siguen estando bien documentados. Si nos fijamos en el espacio temporal parece percibirse una tendencia progresiva en la que, a medida que avanza el Paleolítico, la proporción de cérvidos y cápridos aumenta en contraposición a los équidos y bóvidos. De la misma forma los carnívoros también van disminuyendo su presencia, y se empieza a vislumbrar las preferencias del Solutrense y del Magdaleniense sobre cérvidos y cápridos. Por otro lado esta observación podría explicar-se por un cambio de las condiciones paleoecológicas de los yacimientos analizados. Sin embargo, estos siguen siendo los mismos de otras épocas y las condiciones ecológicas que reflejan no parecen variar demasiado en los diferentes momentos. Por lo que el grado de variabilidad que se produce en los diferentes momentos va ligada a la selección humana. Sí es verdad que en algunos casos, como en Cueto de la Mina, Riera o Santimamiñe, el medio es más favorable para los cérvidos y équidos que para los bóvidos pequeños. De la misma forma que los medios montañosos de Bolinkova o Rascaño lo son para la cabra. En los yacimientos auriñacienses y gravetienses de la región mediterránea no se ha hecho una división cronológica como en la Comisa Cantábrica, pero siguiendo con la división geográfica del Musteriense se pueden diferenciar tres áreas (Cataluña, el País Valenciano y Andalucía Oriental). Cataluña muestra un patrón de representación taxonómica para el Auriñaciense y Perigordiense bastante diversificado, con abundancia de équidos y carnívoros (Figs. dencia parecida a la observada en el Musteriense, aunque quizás ahora aumenten algo más los équidos, debido a la proximidad de valles y praderas en los yacimientos considerados. En el País Valenciano la situación que se observa, tanto en los niveles auriñacienses como en los gravetienses, es bastante similar y se caracteriza por un aspecto variado con un predominio compartido de cérvidos y cápridos, junto a la ausencia casi total de bóvidos y carnívoros (Figs. El panorama es, por tanto, muy diferente del observado en los estratos musterienses, que presentaba un mayor número de carnívoros y más restos de otros ungulados, como los bóvidos y équidos (Fig. 6). También es verdad que esto se debe en parte a que la gama de yacimientos con estudios arqueozoológicos es inferior a la del Musteriense y a que tanto Cova Beneito como Mallaetes se encuentran en zonas favorables para la cabra. La última región, Andalucía Oriental, sólo cuen-ta con dos estaciones y cinco niveles auriñacienses, por lo que no es muy representativa y los restos que aparecen indican un claro predominio de los cápridos, que alcanzan cierta especialización en algunos estratos (Fig. 14). Lo cual puede contrastar con la situación de los sitios próximos a la costa, sin embargo, estos se encuentran próximos a medios escabrosos de media montaña favorables para la cabra. Para recapitular, sólo queda decir que en líneas generales parece haber cierta continuidad con los hábitos alimenticios del Paleolítico Medio, ya que se sigue accediendo al mismo tipo de recursos en unos medios paleoecológicos similares, aunque en el Paleolítico Superior Inicial comienza a percibirse pequeños cambios. Estos consisten en ciertas preferencias por determinados recursos, ciervo y cabra especialmente, que tras momentos sucesivos culminará en una cierta especialización durante el Magdaleniense. Protagonismo Antrópico en el Paleolítico Superior Inicial Si ya quedó claro el acceso antrópico primario sobre determinados taxones en el Musteriense, los estudios tafonómicos de algunos yacimientos del Paleolítico Superior Inicial han reflejado una circunstancia similar. Así los análisis tafonómicos de Cova Beneito han mostrado una importante acción humana sobre los lagomorfos y algunos carnívoros, ya que se han documentado marcas de corte sobre lince (Martínez Valle, 1996). También se han cuantiñcado marcas de corte en el 20 % de los restos de los niveles 18 y 19 del Castillo, correspondientes a todas las labores de carnicería (Pumarejo y Cabrera, 1992). Asimismo en A'Valiña, se identificó marcas antrópicas derivadas de las labores de carnicería (Pumarejo en Llama et al, 1991 ), lo mismo que en L'Arbreda (Estévez, 1979(Estévez,, 1987;;Rueda, 1993). Pero junto a esta acción humana al igual que lo que ocurría en el Musteriense, las alteraciones de los carnívoros siguen estando presentes. Así a los casos de Cova Beneito, L'Arbreda, Mollet y A'Valiña se podría añadir otros como Pikamoixones (Perales y Fernández Jalvo, 1990), que junto a la intensa acción antrópica, también presenta la de estos otros agentes. Hay otros casos como las acumulaciones de los niveles IX y X de Ekain, o la de Linares Sur, en el que el factor humano sobre dichas acumulaciones es inexistente, ya que son más debidas a la ac- tal muestra puede hacerse extensible al resto de niveles y de taxones de este periodo, ya que salvo alguna excepción como Amalda VI o Parpalló 9-10 con abundancia de elementos apendiculares proximales y axiales, el resto reflejan abundancia de elementos craneales y apendiculares distales. De esta forma observamos una situación similar a la descrita en el Musteriense, en la que tanto homínidos como carnívoros intervienen en las acumulaciones óseas, aunque puede ser que el grado de acción de los carnívoros fuera más intenso en el Musteriense y en los momentos iniciales del Paleolítico Superior Inicial, ya que según avanza éste y nos aproximamos al Solutrense, la presencia de carnívoros disminuye, al tiempo que aumenta la ocupación humana de los asentamientos, como refleja el aumento de huesos quemados o restos líticos. Por otro lado, aunque es interesante ver que en algunos yacimientos de este momento transicional hay un importante acceso cárnico humano, la ausencia de estudios tafonómicos no permite afirmar con rotundidad el protagonismo antrópico sobre determinados recursos. Por ejemplo, en el periodo musteriense los análisis tafonómicos mostraron que la acumulación de bóvidos pequeños de algunos lugares era más bien un fenómeno ocasionado por carnívoros, sin embargo, en los niveles perigordienses cantábricos aparece una alta proporción de carnívoros y de bóvidos pequeños (Figs. 11 y 13), que suelen relacionarse con la primacía antrópica sobre dichos restos, pero la ausencia de estudios tafonómicos no permiten afirmar tal asunción. Tras lo visto en el desarrollo de este trabajo podemos establecer que la subsistencia en el tránsito del Paleolítico Medio al Paleolítico Superior Inicial, apenas tuvo cambios significativos. Así se observa un temprano acceso cárnico indicativo de un consumo primario sobre gran cantidad de taxones en especial, cérvidos, bóvidos y équidos. Por otro http://tp.revistas.csic.es lado la acción de los carnívoros también es evidente en todo este periodo, ya que actúan como agentes secundarios en el consumo de estos recursos, y en el caso del Musteriense lo hacen como agente primario sobre los bóvidos pequeños. En toda esta continuidad sólo en el transcurso del Paleolítico Superior Inicial en sus momentos finales parecen atisbarse una preferencia sobre los cérvidos y cápridos en la cornisa cantábrica y el País Valenciano (según la situación climática y geográfica de los emplazamientos), sobre los cápridos en los yacimientos andaluces y sobre los équidos en Cataluña. Se inicia, así, un proceso que tendrá su desarrollo en el Solutrense y culminará con la especialización sobre estos recursos en el Magdaleniense. No existe, pues, a partir de la información disponible ningún argumento que permita defender estrategias secundarias en la subsistencia del Musteriense de la Península Ibérica. Ante todo quisiera agradecer la realización de este estudio a una serie de personas que de alguna manera han colaborado directa e indirectamente a la realización de este trabajo, en primer lugar destacar que las observaciones aquí señaladas son resultado de algunas de las conclusiones a las que llegue en mi memoria de licenciatura, así quisiera agradecer a mi familia el apoyo que me han dado, a mi director el Dr. Manuel Domínguez Rodrigo por sus observaciones, sugerencias y la ayuda prestada y la Dra. Carmen Cacho, por sus precisiones y correcciones formales.
Doctora en Prehistoria y Arqueología por la Universidad Autónoma de Madrid, cursó la Licenciatura de Filosofía y Letras (Sección de Historia) en la Universidad Complutense. Al terminar su carrera, en 1961, fue nombrada Ayudante de la Cátedra de Historia Antigua de esta Universidad madrileña y colaboradora en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, destacando en estos años su eficaz contribución a la edición de Las Relaciones de Felipe //, bajo la dirección del Profesor Don Carmelo Viñas Mey. Mujer dinámica y trabajadora incansable, amante de la Historia, el Arte y la Artesanía Popular, además de gran viajera y de mantener su compromiso por dar testimonio de la vida, se distanció de la actividad laboral para volcarse en su familia, aunque sin dejar de investigar y cumplir otras tareas sociales, no por silenciadas menos valiosas, entre las que cabe destacar su entrega a la Asociación Española de Amigos de la Arqueología desde su fundación (1968), ya fuera desde el cargo de Vicetesorera, como Vocal de Actividades Culturales o en su gestión de Directora y Coordinadora del Boletín de esta Asociación, impulsando una serie de números monográficos, el último de ellos, luchando contra su enfermedad, dQaicado a La Arqueología Madrileña en el Final del Siglo XXI: desde la Prehistoria hasta el año 2000 (núm. 39-40, 1999-2000). Hacia los años ochenta reemprende los estudios universitarios, volcándose de lleno en la investigación de un campo que le apasionaba, la cultura ibérica. Se doctoró con el máximo honor en junio de 1987, con la Tesis La Escultura Humana de piedra en el mundo ibérico, publicada en Madrid en ese mismo año.
XAVIER TERRADAS (*) JUAN FRANCISCO GIB AJA (**) RESUMEN En este artículo presentamos la reconstrucción de las estrategias desarrolladas en la gestión de un recurso mineral concreto, el sílex melado presumiblemente procedente del valle del Ródano, por los grupos humanos que durante el Neolítico medio habitaron el nordeste peninsular. A partir de los restos líticos recuperados en varios yacimientos catalanes constatamos una fragmentación en el tiempo y el espacio de los procedimientos técnicos aplicados en la explotación de esta materia prima de origen lejano, orientada hacia la generación de una mayor rentabilidad de las actividades económicas desarrolladas. Sin embargo, esta rentabilidad entra en contradicción con el fin al que fueron destinados una gran parte de los productos obtenidos, como elementos de ajuaren inhumaciones individuales conocidas como sepulcros de fosa, al tratarse de productos no utilizados o todavía operativos desde un punto de vista funcional. Tradicionalmente, la aparición en distintos contextos arqueológicos neolíticos del nordeste de la Península ibérica de núcleos y distintos productos laminares obtenidos a partir de la explotación de bloques de sílex melado ha sido considerada como un elemento extraño. La ausencia en el nordeste peninsular de este tipo de materia prima y, por ende, el desconocimiento de su origen, así como su asociación casi exclusiva a contextos funerarios, son aspectos que han contribuido todavía más a enfatizar esta cuestión. De este modo, se ha otorgado a estos restos una fuerte carga simbólica e ideológica, aún sin intentar profundizar en los procesos y mecanismos que posibilitaron su presencia en los contextos en que fueron recuperados. Otro tanto sucede con el tratamiento térmico de rocas silíceas para la producción de instrumental lítico. Este procedimiento técnico, comúnmente utilizado en determinados contextos cronológicos y geográficos, ha sido abordado únicamente desde aquellos aspectos concernientes a los efectos físico-químicos sufridos por las materias primas transformadas, a su identificación a nivel empírico y a su repercusión en la producción lítica. Salvo algunas excepciones, como por ejemplo la relativa al Chas sé en francés (Binder, 1984;1991; Binder y Gassin, 1988; Binder et al, 1990; Gassin, 1996; Lea, 1997), esta situación ha conducido a estudiar el tratamiento térmico como un fenómeno en sí mismo, olvidando que no es más que un procedimiento técnico empleado para la producción de determinados instrumentos líticos bajo la aplicación de sistemáticas de talla y formalización concretas. Asimismo, en la literatura arqueológica este recurso técnico raramente aparece como tal, integrado en un marco tecnológico, económico y social más amplio. Por todo ello, los objetivos del presente artículo se centran en intentar solventar dichos aspectos, reconstruyendo las estrategias diseñadas en la gestión de un recurso mineral concreto (el llamado "sílex melado"), por parte de los grupos humanos del Neolítico medio que desarrollaron su actividad social en el noreste peninsular. A grandes rasgos, asimilamos esta zona geográfica al territorio que en la actualidad correspondería administrativamente a Catalunya (1). El Neolítico medio en el nordeste de la Península ibérica Tradicionalmente, y todavía hoy en día, el Neolítico medio en Cataluña (4300-3400 cal BC) ha sido asociado al fenómeno englobado bajo el término de "cultura de los sepulcros de fosa" por P. Bosch Gimpera (1919). La documentación de un número importante de contextos funerarios atribuibles a este período cronológico, en contraste con la práctica ausencia de asentamientos coetáneos, ha contribuido a acentuar todavía más tal asimilación. Dicho fenómeno no sólo abarcaba el tipo de estructura o arquitectura funeraria, sino también otros elementos asociados a la misma, como el número y disposición de los cadáveres inhumados (normalmente uno sólo y en posición estirada o supina), o el ajuar depositado junto a los mismos (núcleos y láminas de sílex, hachas y azuelas de roca pulimentada, recipientes cerámicos sin motivos decorativos y/o con boca cuadrada, cuentas de piedra, punzones de hueso, colmillos de jabalí, etc.). Desde entonces ha sido constante la aparición de hipótesis relativas a su origen, cronología, extensión geográfica y filiación con otras manifestaciones arqueológicas similares. Aunque inicialmente se consideró que estaba estrechamente vinculada a la "cultura de Almería" (Serra Ràfols, Pericot, Almagro, citados en Muñoz, 1965), posteriormente otros investigadores le atribuyeron una mayor relación con faciès culturales del mediterráneo occidental: Cortaillod, Lagozza y Chasséen (Tarrade-11,1960; RipollyLlongueras, 1963; Muñoz, 1965). A pesar de que actualmente se considera que, efectivamente, los lazos de unión con las manifestaciones arqueológicas aparecidas en el sur de Francia son muy estrechos (Llongueras et al, 1986; Martín y Tarrús, 1991 ), las hipótesis sobre este tema han ido variando en función de nuevos estudios y excavaciones. Dichas variaciones también se han establecido gracias a las numerosas dataciones absolutas llevadas a cabo en estos dos últimos decenios (Muñoz, 1965; Martín, 1986Martín, -1989;;Mestres y Martín, 1996). A partir de los años 70-80, la renovación metodológica asociada a la aparición de la New Archaeology, así como la influencia ejercida en Cataluña por investigadores foráneos, supusieron el desan'o-11o de una metodología de campo mucho más cuidadosa, la realización sistemática de dataciones absolutas, así como la aplicación de técnicas analíticas relativas a la reconstrucción paleoambiental y de las actividades subsistenciales. De este modo, la caracterización del Neolítico medio'cn el nordeste peninsular ha sido establecida en base a los siguientes criterios (AA. -la consolidación de una base económica fundamentalmente agropecuaria, -la explotación con carácter no estrictamente subsistencial de materias primas concretas (variscita (2), sílex melado, ciertas rocas mecí) Estos objetivos forman parte de un proyecto de investigación más amplio, que constituye la tesis del tercer ciclo universitario de uno de nosotros (JFG). (2) Es en este momento cuando se desarrolla con mayor intensidad la extracción de este mineral en el complejo minero de Gava (Barcelona), (Villalba et al, 1986; Bosch et al, 1996; Bosch y Estrada, 1998). tamórficas para la manufactura de objetos pulimentados y, excepcionalmente, obsidiana), -la organización de espacios sepulcrales específicos. Pese a la aparente unidad reflejada por el registro material de los yacimientos catalanes atribuibles a este período, algunos autores han convenido en aislar geográficamente tres tipos de modelos socioeconómicos, diferenciables en base a la organización de los espacios funerarios, los ecosistemas explotados, así como las estrategias económicas desarrolladas sobre los recursos ofrecidos por dichos ecosistemas (Martín y Tarrús, 1995). Inicialmente, M. Cura (1975;1976) propuso la existencia del Solsonià, con sepulturas en cista, y del Vallesià, con enterramientos en fosa, y posteriormente J. Tarrús (1987) estableció el Empordanès, asociado a sepulcros de corredor. Sin embargo, estos criterios no son tan discriminantes como en principio se suponía, al documentarse conjuntamente en un mismo ámbito geográfico distintos tipos de estructura o arquitectura funeraria (3). Además, en estas dos ultimas décadas, se ha demostrado que las inhumaciones individuales en fosa o en cista no son exclusivas del Neolítico medio y períodos subsiguientes, puesto que el descubrimiento y la datación de yacimientos recientes (4), así como la revisión de materiales procedentes de excavaciones antiguas, han permitido demostrar su aparición en cronologías anteriores (MoHst et al, 1987; Mestres, 1988Mestres, -1989;;Granados et al, 1993; Vignaud, 1995; Bosch, 1995). La problemática del sílex melado El tipo de rocas silíceas explotadas para la producción lítica, y más concretamente el sflex melado de origen supuestamente alóctono, ha constituido uno de los elementos definitorios y distintivos del Neolítico medio en los contextos arqueológicos catalanes, llegando a constituir un verdadero fósil director para este período cronológico. La alta representatividad en contextos funerarios de esta materia prima, así como de productos obtenidos a (3) Dicha situación también se da en el sur de Francia durante el Chasséen (Boujot et al., 1991). (4) Camp del Ginèbre 528 (Caramany, Pyrenees Orientales) en Francia, así como Font de la Vena y El Padró (Tavertet, Barcelona), Sant Pau del Camp (Barcelona), Hort d'en Grimau (Castellví de la Marca, Barcelona), Barranc d 'en Fabra y Pía d' Ampúries (Amposta, Tarragona), entre otros. en las formaciones del Cretáceo inferior (Bédoulien) de la alta Provenza. Sin embargo, es necesario matizar que gran parte de estos trabajos son puntuales, llevados a cabo a partir de muestras arqueológicas escasas, en marcos de estudio de alcance geológico y geográfico limitado, sin que se haya logrado desarrollar con éxito un programa de investigación a largo plazo que contemple una completa reconstrucción de las estrategias implementadas en la gestión de los recursos minerales, así como una interpretación a partir de su dinámica cronológica y geográfica. Principios de la producción de soportes laminares por presión A partir de los resultados disponibles hasta el momento en el nordeste peninsular, los bloques de sílex melado fueron explotados exclusivamente para la obtención de soportes laminares mediante la aplicación de esta sistemática de talla. Se caracteriza por seguir un método preconcebido con el objetivo de obtener productos laminares seriados, y entre sus particularidades podríamos destacar la precisión y previsibilidad en lo que respecta a la dinámica de explotación de los núcleos, así como a la obtención de láminas y/o laminillas. Dichas propiedades ofrecen la posibilidad de obtener una producción estandarizada o ajustada a unas normas técnicas y morfológicas precisas, hecho que permite asegurar una rentabilidad importante, tanto desde el punto de vista del ahorro de materia prima que supone como de la cantidad de productos obtenidos. Los primeros indicios arqueológicos de su práctica se documentan entre los grupos cazadores-recolectores del área siberiano-mongola, ahora hace unos 25.000 años (Inizan, 1991), generalizándose durante el fin del Pleistoceno en gran parte del continente asiático y a inicios del Holoceno en el Viejo Mundo (Tixier, 1984). Dicha configuración predeterminará las características geométricas del volumen a explotar y de la superficie de lascado, así como la morfometría de los productos obtenidos, y únicamente podrá llevarse a cabo bajo dos abstracciones volumétricas concretas (5): -cónica, con una superficie de lascado de sección ojival y un plano de presión de sección oval o circular, generando productos laminares de morfología triangular; -paralelepípeda, con una superficie de lascado y un plano de presión de sección rectangular, ge-nerando productos laminares de morfología rectangular. De este modo, la regularidad geométrica de la morfología configurada constituye una obligación técnica crucial y, al mismo tiempo, una limitación para su óptima explotación. En este sentido, se precisa una materia prima homogénea y de buena calidad, que puede ser mejorada mediante un tratamiento térmico previo (6). Se trata pues de un método muy rígido en el que la aplicación de cualquier mecanismo de reparación de errores y/o accidentes es muy costosa, tanto desde el punto de vista de la materia prima a sacrificar como de la reducción de la productividad del núcleo. Por este motivo, aunque la configuración de dichos volúmenes pueda albergar más de un frente activo de explotación, su relación será sucesiva, nunca simultánea ni complementaria, generando exclusivamente explotaciones unipolares. (5) Si bien la técnica característica de esta sistemática de talla corresponde a la presión, la configuración del bloque de materia prima puede realizarse mediante diversas técnicas (percusión directa/indirecta con percutor blando/duro). (6) Es conveniente matizar la diferencia entre los conceptos de tratamiento térmico y alteración térmica, puesto que con frecuencia son usados indistintamente provocando confusiones entre ambos. Entendemos que el tratamiento térmico corresponde al procedimiento técnico empleado por ciertas sociedades prehistóricas e históricas con el objetivo de mejorar las aptitudes de ciertas materias primas en la producción lítica, obteniendo como resultado un aumento en la rentabilidad de su explotación. Consecuentemente, las alteraciones térmicas corresponden a las modificaciones sufridas por las distintas materias primas a lo largo del proceso anterior. Estas alteraciones pueden ser resultado de un proceso intencionado, siguiendo las pautas inherentes al tratamiento térmico sin que el agente social que interviene en este caso pueda evitarlo, o bien una consecuencia accidental (sobreexposición térmica u horaria), casual (contacto con un foco calórico debido al azar), o debida a procesos postdeposicionales (combustión de hogares sobre restos líticos ya depositados) (Terradas y Gibaja, 2001). Aparte de las premisas técnicas mencionadas anteriormente, la precisión en la elección del punto exacto de aplicación de la fuerza (presión) y de la dirección de la misma favorecerá el desan^ollo de un orden sistemático en las extracciones, con tendencia a obtener productos laminares de sección trapezoidal. De este modo, el emplazamiento del punto de aplicación de la fuerza debe provocar y controlar un tipo de ruptura frágil, en función de la proximidad y la geometría de la superficie de lascado. En este sentido, la posible abrasión de las cornisas del frente de explotación tendrá una doble función: -evitar el deslizamiento de la punta del instrumento presionador con el objetivo de transmitir la fuerza en las mejores condiciones posibles, -facilitar la apertura de una fisura mediante el desgaste previo del plano de presión (desarrollo de conos de presión incipientes). Esta precisión sería inútil si no se procediera a inmovilizar el núcleo durante su explotación, puesto que el más mínimo movimiento durante la extracción de un producto laminar puede provocar ondulaciones marcadas en la cara inferior de los productos desprendidos, así como en sus respectivos negativos en la superficie de lascado del núcleo. A su vez, en función del mecanismo empleado en su fijación, pueden producirse accidentes característicos, como láminas sobrepasadas y/o fracturadas, de todos modos frecuentes en este tipo explotación. La preparación del plano de presión tiene una importancia menor e incluso, con frecuencia, puede ser ubicado en el último momento de la fase de configuración, ya sea sobre una superficie natural (cortex, plano de debilidad interna, fractura), o sobre un plano creado mediante una plataforma lisa (negativo de una gran extracción) o facetada (extracciones centrípetas). Los criterios que permiten reconocer los productos obtenidos mediante la aplicación de esta sistemática de talla son: -la regularidad en el conjunto de productos obtenidos, que presentan una tendencia rectilínea y paralela en bordes y aristas, dejando en los núcleos negativos de extracciones igualmente rectilíneas y regularmente paralelas. -la ausencia de ondulaciones marcadas en su cara inferior. -una sección sagital poco arqueada, llana en dos terceras partes de su longitud y con una curvatura distal característica. -su débil espesor. -la menor amplitud del talón respecto a la del resto del producto, que alcanza su máxima amplitud en la zona proximal. LA PRODUCCIÓN DE SOPORTES LAMINARES POR PRESIÓN Y SU FUNCIÓN EN EL NEOLÍTICO MEDIO DEL NORDESTE PENINSULAR Como hemos mencionado en la introducción del presente artículo hemos tomado como ejemplo de aplicación la producción lítica llevada a cabo por las comunidades del Neolítico medio en el nordeste peninsular (Cataluña), si bien nos hemos ceñido a la producción de soportes laminares por presión sobre ciertas rocas silíceas (sílex melado). La reconstrucción de dicha sistemática de talla se ha llevado a cabo reconstruyendo los distintos procesos y etapas inherentes al proceso de producción lítica (Terradas, 1995;1996;1998). Las colecciones empleadas para proceder a esta reconstrucción proceden de los contextos sepulcrales de Bobila Madurell (Sant Quirze del Vallès, Barcelona) y Camí de Can Grau (La Roca del Vallès, Barcelona), (Clemente y Gibaja, 1998; Gibaja 1997; Gibaja y Clemente, 1996; Gibaja et al, 1997), junto con la recuperada en el asentamiento al aire libre de Ca n'Isach (Palau-Saverdera, Girona)(Gibaja, e.p.) Si bien la aportación de cada yacimiento es diferente en función de la com- Sypcrfttie/s de lascado Aristas tk' InU^rsrn ién Fig. 2. Esquema de la dinámica de configuración y explotación de los bloques de materia prima para la producción de soportes laminares por presión. posición cualitativa y cuantitativa del conjunto lítico recuperado, su análisis global nos ha permitido observar que la explotación de los bloques de sílex melado se desarrolló siempre siguiendo una misma dinámica (7). La configuración de las bases de materia prima En el caso que nos ocupa, esta etapa concluye con la conformación de los núcleos a partir de la trípeta, pudiéndose emplear tanto un percutor duro como blando. -Superficie/s de lascado principal/es (plano/s de simetría transversal/es): denominada como principal puesto que su rol consistirá en propiciar la obtención de los soportes laminares que justifican el desarrollo de esta sistemática de talla. Su preparación es muy cuidada, y se consigue a partir de la preparación de una cresta mediante el empleo de la técnica de la percusión blanda, y la extracción, ya mediante la presión, de una lámina en cresta así como de otros productos laminares iniciales, de sección triangular. -Superficie/s de lascado secundaria/s (plano/s de simetría sagital/es): aunque en esta sistemáti-ca de talla adquieran un rol complementario de la superficie descrita anteriormente, su desarrollo posibilita el mantenimiento de la/s superficie/s de lascado principal/es y, en menor grado, del plano de presión. Al mismo tiempo, constituye un recurso técnico al que recunir en el caso de reparación de errores o de accidentes en ambas superficies. Su preparación y mantenimiento se realiza exclusivamente mediante el uso de un percutor blando. La interacción que se genera entre todos estos elementos dentro de la concepción volumétrica que rige la sistemática de talla en cuestión, otorga a los núcleos un volumen cónico, con una sección ojival (observada según el plano de simetría transversal y/o sagital) y oval (observada desde el plano de simetría horizontal) (Figs. El tipo de transformación llevado a cabo en cada uno de estos planos puede caracterizarse en base al ángulo de combinación establecido entre la zona transformada y el plano de orientación del núcleo (8). La combinación entre estos tres elementos estructurales (plano de presión, superficie/s de lascado y arista de intersección) es la que permitirá caracterizar el tipo de concepción volumétrica que dirige la dinámica de transformación del bloque de materia prima en núcleo y la explotación del mismo, tal como queda esquematizado en la figura 2 (9). Ejemplo de núcleos en plena fase de explotación para la producción de soportes laminares por presión (arriba, MF2-I-7; abajo, B6-256, ambos de Bobila Madurell). La trama negra representa las zonas mates sin brillo o lustre térmico, la trama gris representa los frentes de explotación laminar. Ejemplo de núcleos para la producción de soportes laminares por presión con dos frentes de explotación opuestos (arriba, núcleo procedente del sepulcro de Bobila Negrell -Caldes de Montbui, Barcelona-, Ripoll y Llongueras, 1963; abajo, núcleo 14 de la sepultura GIO de Bobila Madurell, dibujo J. Ariza). Dentro del proceso de configuración de los bloques de materia prima en núcleos o morfologías aptas para la producción de soportes laminares hemos diferenciado cuatro secuencias que incluyen varios procedimientos técnicos. a) El decorticado de los bloques de materia prima El escaso número de productos con restos de cortex y la ausencia de aquellos residuos generados durante el procedimiento de decorticación demuestran que el decorticado de los bloques de materia prima se realizó siempre fuera de los asentamientos estudiados. Desafortunadamente, desconocemos dónde se llevaba a cabo el decorticado y la preparación de los núcleos en morfologías aptas para la producción de soportes laminares mediante la presión: ¿en las propias zonas de aprovisionamiento?, ¿en otros asentamientos más próximos a las fuentes de materia prima?, ¿en lugares aún no hallados de los asentamientos excavados? Básicamente, los únicos productos que conservan restos de la superficie cortical de los bloques de materia prima son los núcleos. La presencia en estos núcleos de una mayor o menor porción de la superficie cortical original no está en absoluto relacionada con un estado incipiente o avanzado de su configuración y/o explotación. Más bien, puede vincularse a un ajuste de las características morfológicas del bloque de materia prima a la abstracción volumétrica característica de esta sistemática de talla, ubicando en la misma sus elementos técnicos interactuantes, de tal manera que los restos de la superficie cortical original restan situados en los flancos, dorso y/o fondo del núcleo (Fig. 3) (10). De este modo, la decorticación de la base natural se confunde con la propia configuración del núcleo, sin que llegue a constituir un paso previo dentro de la misma. Aún sin disponer de argumentos inequívocos que lo sustenten creemos que este procedimiento pudo ser llevado a cabo mediante el empleo de un percutor duro, al menos hasta la consecución del esbozo en el que posteriormente se ubican los elementos estructurales del núcleo. como consecuencia de la aplicación de este procedimiento técnico, así como los criterios que permiten su reconocimiento han sido definidos con detalle en un trabajo anterior (Terradas y Gibaja, 2001). Entre estos criterios, no hemos considerado el cambio de coloración original del sflex hacia tonalidades rojizas como un elemento definitivo puesto que su distribución e intensidad parecen variar en función de la representación cuantitativa de las partículas férreas de la roca silícea en cuestión (12) y de la temperatura alcanzada, siendo la duración de la exposición a la fuente calórica un factor secundario. En cambio, la presencia del característico brillo o lustre térmico ha sido un elemento altamente diagnóstico. Esta alteración es identificable a partir de los negativos de las extracciones practicadas sobre el bloque, núcleo o soporte con posterioridad al tratamiento térmico (Fig. 3). Las superficies de dichos negativos aparecen netamente más lisas y brillantes, con aspecto grasicnto, y contrastan claramente con el aspecto mate del resto de la morfología tratada. Al mismo tiempo, las ondulaciones debidas a la propagación de las ondas de choque a partir del punto de impacto quedan mejor impresas y de modo más regular, rasgos característicos de la homogeneidad de la materia en cuestión. Una primera ordenación de los negativos de las extracciones según la presencia/ausencia de brillo o lustre térmico, conjuntamente con el análisis detallado de su disposición, dirección y del orden secuencial de su extracción, demuestra que dicho tratamiento térmico se aplicó sobre aquellos núcleos que ya habían sufrido una configuración previa, acorde a las normas descritas anteriormente. -se constata un mayor control en los procesos de configuración, explotación y formalización de bloques, núcleos y soportes, especialmente en aquellos dirigidos a la obtención de productos laminares, que permite una producción más estandarizada y de mejor calidad (filos con ángulos más agudos, disminución de la cantidad de bordes reflejados, etc.), (Rick, 1978; Purdy y Clark, 1979; Rick y Chappell, 1983; Bertouille, 1989; Dunnell et al., 1994). (12) En el caso del sílex melado dicha coloración viene motivada por la presencia de hidróxidos férricos, normalmente limonita ortorómbica 2(Fe20-,)+3(H20) que, a partir de los 300°C de temperatura, se transforma en hematita romboédrica (Fe^O^), variedad de oligisto de color rojo (Bertouille 1989). que atestigüen la existencia de accidentes durante este proceso, ya sea por sobreexposición térmica u horaria, cambios bruscos de temperatura, o cualquier otra causa. Suponemos que dichos accidentes, inherentes al riesgo que comporta la aplicación de un tratamiento térmico sobre un bloque, núcleo o soporte de roca silícea, debieron de ser frecuentes. De todos modos, su ausencia debe estar relacionada con la falta de documentación de dicha práctica en los contextos arqueológicos estudiados. En otros puntos de la Península ibérica también se referencia el empleo del tratamiento térmico a partir del Neolítico antiguo y medio (mediados del VI milenio BC a finales del III milenio BC, según fechas no calibradas). Así, en Portugal se documenta en la gruta do Almonda en Torres Novas -Santarém-(Zilhao y Carvalho, 1996), y en España en la cueva del Toro en Antequera -^Málaga- (Rodríguez et ai, 1996), y en el asentamiento de Castillejos en Montefrío -Granada- (Martínez et al, 1998). No obstante, es en el Mediterráneo occidental, y más concretamente en el área adscrita cronológica y culturalmente al Chasséen francés, donde se ha constatado una gran proliferación en el uso de este recurso técnico para la explotación de bloques de sflex melado de buena calidad. Una buena prueba de ello lo constituyen, por ejemplo, los materiales de los yacimientos franceses de Acourt (Mormoiron, Vaucluse), Baume Fontbrégoua (Salernes, Var), L'Eglise (Baudinard, Var), Fanaud (Entrechaud, Vaucluse), Trets-Sainte-Catherine (Bouches-du-Rhone), La Cabre (Saint Raphaël, Var), etc. (Masson, 1984; Binder, 1984;1991; Binder y Gassin, 1988; Binder et al, 1990; Gassin, 1993;1996; Lea, 1997). d) La configuración definitiva de los núcleos Con posterioridad al calentamiento al que son sometidos los núcleos ya configurados, se reahzan una serie de extracciones que tienen como objetivo finalizar la conformación de los núcleos. No se trata de una fase distinta a la que hemos visto anteriormente en cuanto a los objetivos que la dirigen, sino en cuanto al momento en el que se lleva a cabo esta operación. El bajo número de extracciones que se realizan en este momento, fácilmente identificables a partir del brillo térmico presente en sus negativos, así como su escasa trascendencia en la conformación del núcleo, parecen atestiguar una finalización de la fase de configuración con el objetivo de reparar pequeños detalles, deficiencias o accidentes acrecentados mediante el tratamiento térmico. Es en este momento, cuando se ha materializado definitivamente la concepción volumétrica representativa de la producción de soportes laminares por presión (Fig. 2). La explotación de los núcleos Esta etapa se inicia a partir de la explotación de las morfologías configuradas previamente con el objetivo de obtener una serie de productos laminares estandarizados (Fig. 3). El primer paso corresponde a la regularización de la superficie de lascado creada anteriormente. Esto se lleva a cabo mediante la extracción de las primeras láminas, todavía de sección triangular, hasta conseguir soportes suficientemente regulares como para que, con una correcta elección del emplazamiento de la siguiente extracción, se desarrolle un orden sistemático en los levantamientos propicio para la producción de láminas de sección trapezoidal (Fig. 2). Este orden se verá interrumpido ocasionalmente por la extracción de láminas sobrepasadas lateralmente, de perfil más iiTCgular, correspondientes a las zonas marginales de la superficie de lascado. Las extracciones se realizan mediante la presión ejercida con un instrumento presionador. Desconocemos la naturaleza de este instrumento, si bien a partir de los trabajos experimentales publicados (Pelegrin, 1984c;1988; Texier, 1982;1983;1984; Inizan et al, 1995), y en función de la longitud de los productos obtenidos, creemos que debería tratarse de una muleta pectoral o abdominal, cuya punta sería confeccionada con una materia dura de origen animal (asta, hueso). Normalmente, la explotación del núcleo se desarrolla a partir de una única superficie de lascado ubicada en el plano de simetría transversal. Sólo en unas pocas ocasiones hemos podido constatar la presencia de dos superficies de lascado opuestas (Fig. 4), situadas en ambos planos de simetría transversal (Fig. 2). La relación entre dichos frentes de explotación no es de complementariedad, sino que parecen haberse implemcntado con la posibilidad de llevar a cabo dos explotaciones sucesivas. Hasta el presente, este tipo de explotación laminar no se ha observado en contextos atribuibles al Chasséen francés {comunicación personal F. Briois). En este tipo de explotación laminar es imprescindible la correcta preparación del punto sobre el que se va a ejercer la presión. Este acondicionamiento consiste en eliminar constantemente las comisas que con cada extracción se han ido generando, ya sea mediante la realización de pequeñas extracciones o bien, en alguna ocasión, mediante su abrasión. Si bien la dinámica de explotación de estos núcleos tiende a mantener la concepción volumétrica que dirige esta sistemática de talla, pueden llevarse a cabo operaciones concretas, de poca intensidad, destinadas a la reparación o reconfiguración de los distintos elementos estructurales de la morfología explotada con el objetivo de mantener su operatividad (Fig. 2): -plano de presión: mediante pequeñas extracciones centrípetas con el objetivo de reparar el frente de explotación del núcleo, comportando una disminución de la longitud de las superficies de lascado y, consecuentemente, de los productos laminares obtenidos. -superficie/s de lascado principal/es: a partir de un cambio en el orden de extracción de láminas con la finalidad de reparar posibles eiTores (láminas reflejadas, secciones no trapezoidales, etc.) y mantener la convexidad longitudinal de la superficie de lascado, significando una disminución mínima del volumen de materia prima explotable y, por tanto, del número de productos que se podrían obtener. -superficie/s de lascado secundana/s: mediante extracciones para mantener la amplitud del frente de explotación y la convexidad de la carena transversal de la superficie de lascado. Los núcleos recuperados en los contextos arqueológicos estudiados fueron abandonados en plena fase de explotación (Figs. 3 y 4), en el momento de su máxima productividad, por lo que no es fácil observar situaciones en las que se haya perdido la operatividad de su concepción volumétrica (13). La formalización de los soportes laminares El objetivo que dirige la explotación de los núcleos mediante la técnica de la presión según la dinámica expuesta es la producción seriada y estanco) La presencia de un cierto número de núcleos de tamaño menor parece estar más relacionada con las dimensiones originales del bloque de materia prima que con una intensificación de la producción (núcleos en estado avanzado de explotación, reaprovechados, etc.). danzada de soportes laminares. Las características morfotécnicas de estos productos laminares no difieren de las especificadas anteriormente (cf. supra): láminas finas y estrechas, con bordes y aristas regularmente paralelos, sección trapezoidal y morfología triangular característica de los núcleos con una concepción volumétrica cónica (Fig. 5). A partir del análisis de las huellas de uso preservadas en las aristas y superficies de los instrumentos (Clemente y Gibaja, 1998; Gibaja, 1997; en pr^n^a; Gibaja y Clemente, 1996; Gibaja et al, 1997), hemos observado que este tipo de producción laminar permitió la consecución de unos soportes idóneos y efectivos, fácilmente enmangables, con los que poder transformar distintas materias de origen animal, vegetal y/o mineral. A su vez, dichos soportes pudieron ser transportados fácilmente y en gran cantidad para su utilización o formalización en otros contextos, y/o intercambio con otros grupos humanos. Otra opción fue la de formalizar algunos de los productos laminares obtenidos a lo largo de estos procesos mediante una modificación premeditada de su morfología, ya sea con el objetivo de: -obtener un mayor ajuste de su morfología a la función a realizar, -modificar su morfología para mejorar su prensión o su ajuste a un enmangue o a un astil, -mantener su operatividad como instrumento. El tipo de formalización mayormente documentado es la modificación de los bordes de los productos laminares, enteros o fragmentados, mediante el retoque por percusión. En ocasiones, este tipo de retoque fue practicado para llevar a cabo una modificación de las fracturas transversales de segmentos de lámina, originando morfologías trapezoidales (bitruncaduras) (Fig. 6). Ocasionalmente, el retoque por percusión también fue empleado para generar otros tipos de morfologías (denticulados, raspadores, perforadores), que apenas tienen representación en el registro arqueológico. Una técnica distinta fue el empleo de la presión para modificar fragmentos de soportes laminares a partir de un retoque bifacial poco invasor, otorgándoles una morfología apuntada específica, con pedúnculo y aletas (Fig. 6). En ningún caso, se ha observado un tratamiento térmico previo de dichos soportes para llevar a cabo este tipo de formalización. La función de los productos y subproductos laminares El análisis traceológico realizado sobre todos estos tipos de productos recuperados en yacimientos del Neolítico medio catalán (Clemente y Gibaja, 1998; Gibaja, 1997; enprensa\ Gibaja y Clemente, 1996; Gibaja ^í a/., 1997), nos ha permitido discernir qué productos líticos fueron empleados y en qué actividades productivas participaron, a partir de la reconstrucción de la cinemática del instrumento y de la identificación de la materia trabajada. De este modo, hemos podido disponer de un método de contrastación de los objetivos que han dirigido la producción lítica. A partir de estos datos, hemos podido comprobar que estos productos fueron usados en una gran variedad de actividades: caza, descarnado de animales, tratamiento de las pieles en varios estadios de su preparación, siega de cereales, procesado de los tallos de dichos cereales, o elaboración de objetos en hueso, madera y materias minerales. Pero los instrumentos destinados a estas funciones no siempre tuvieron las mismas características morfológicas, puesto que variables como la dureza de la materia Productos formatizados mediante retoque procedentes de distintas sepulturas de Bobila Madurell. trabajada o el movimiento efectuado influyeron determinantemente en las mismas. -para el descarnado, corte de piel o siega se usaron especialmente láminas de filos largos y agudos (10-30°), en estado bruto, sin retocar; -para el raspado de la piel seca, se emplearon lascas y láminas sin retocar y raspadores, todos ellos con un ángulo de filo en ocasiones muy obtuso (40-90°); -para el raspado del hueso y la madera, lascas sin retocar o láminas con una pequeña escotadura. En este caso el ángulo de los filos también fue obtuso (30-80°); -para las actividades cinegéticas se elaboraron proyectiles con puntas y/o bitruncaduras geométricas; -para las tareas de perforación de las materias duras se emplearon perforadores realizados sobre lasca o lámina. El análisis de materiales depositados en contextos funerarios nos ha permitido comprobar que parte de los restos líticos depositados como elementos de ajuar en las necrópolis de Bobila Madurell y Camí de Can Grau, habían sido usados previamente para todo el abanico de trabajos apuntados anteriormente ( 14). Ello nos lleva a la conclusión de que productos que, en principio, habían tenido un carácter subsistencial y/o técnico, posteriormente adquirieron un carácter ideológico (Fig. 7). Es decir, que dejaron de formar parte de los instrumentos destinados a la subsistencia del grupo para contribuir a la reproducción social del mismo. Pero no todos los productos depositados en las sepulturas tuvieron una función específica previa. (14) En el caso de Bobila Madurell, el 53 % de los restos líticos analizados presentan evidencias inequívocas de su utilización previa. En el caso de Camí de Can Grau, este porcentaje se eleva al 78 % de los restos analizados. La presencia en algunos sepulcros de Bôbila Madurell de láminas sin usar y que remontaban entre sí (Fig. 6) (15) es indicativa de que, en ciertas circunstancias, los objetivos que guiaron la producción lítica estuvieron exclusivamente relacionados con la consecución de productos para acompañar el cadáver inhumado (Fig. 7). RECONSTRUCCIÓN DE LA GESTION SOCIAL DEL SÍLEX MELADO EN EL NEOLÍTICO MEDIO DEL NORDESTE PENINSULAR La caracterización de la producción de soportes laminares por presión sobre sflex melado y de su función permite reconstruir aquellas estrategias implementadas por los grupos humanos del nordeste peninsular en la gestión de este recurso mineral durante el Neolítico medio. Para ello, hemos realizado una lectura interpretativa de dichas estrategias en función de su dinámica cronológica y geográfica, es decir, a partir del seguimiento de las distintas actividades productivas en las que interviene este tipo específico de materia prima, desde su contexto geológico original hasta el contexto o contextos arqueológicos en los que son recuperados productos de esta actividad social (Fig. 7). Esta lectura permite constatar el tipo de organización técnica de las actividades productivas involucradas a partir de la dinámica seguida por los distintos elementos del proceso productivo en los procesos de trabajo en los que intervienen (Terradas, 1996;1998). La determinación de la procedencia de las materias primas explotadas contribuye a delimitar el medio ambiente en el que opera la actividad social. En este sentido, el aprovisionamiento de sílex melado por parte de los grupos humanos del Neolítico medio en Catalunya presenta interrogantes sobre su origen geográfico y geológico, el tipo de aprovisionamiento realizado, o el modo de introducción de estas materias primas en los asentamientos (bloques brutos, núcleos, productos, etc.). A partir de una procedencia supuestamente foránea (sudeste francés: Vaquer, 1990; Binder, 1998), el registro arqueológico recuperado en los yacimientos estudiados permite documentar una intro-ducción del sílex melado bajo morfologías específicas (principalmente soportes laminares en estado bruto y segmentos de lámina formalizados mediante retoque y, en menor medida, núcleos) (16). En función del papel desempeñado en el proceso productivo global de estos grupos humanos, dichos productos pueden ser considerados como materia prima (los núcleos, en tanto que se convierten en el objeto de trabajo sobre el que se desarrollará una futura explotación laminar), e instrumentos (las láminas y segmentos formalizados, al integrarse en posteriores actividades relacionadas con la reproducción biológica y social). La introducción del sílex melado bajo dichas morfologías es una consecuencia de los procesos de transformación a los que los bloques de esta materia prima son sometidos, como mecanismo de ajuste a la naturaleza e intensidad del transporte al que se verán sujetos, dando lugar a formas tecnológicas de transporte (Geneste, 1992). Dicha medida puede integrarse a la ley general que presupone una tendencia en la producción lítica a minimizar el coste de producción de los instrumentos líticos (17) y a maximizar su rendimiento. Ambos conceptos conllevan implícita una planificación de la dinámica productiva, diseñada en función de las necesidades sociales que dirigen la producción lítica (Terradas, 1996;1998). De la consecución de estos bienes de consumo se derivaron una serie de residuos y productos desechados (restos corticales, lascas de preparación de la configuración del núcleo, láminas en cresta, sin que en ninguno de ellos aparezca brillo o lustre térmico), cuya escasa representación no permite constatar el desarrollo de determinadas fases de la producción lítica (configuración de los núcleos) en contextos arqueológicos del nordeste peninsular. Los núcleos recuperados en los contextos arqueológicos estudiados se hallan en plena fase de explotación sin que, en absoluto, hayan agotado su capacidad productiva. Dichos núcleos presentan un (15) Recientemente, hemos podido constatar personalmente otro remontaje de 3 láminas de sílex melado sin usar en una sepultura localizada en la mina 83 -Can Badosa-del complejo minero de Gava (Barcelona). (16) A este respecto, la presencia de un tipo de alteración microscópica particular observada en las superficies de los núcleos -pulido G- (Moss, 1983), puede ser indicativa de un frotamiento o roce entre distintos productos líticos. Su presencia exclusiva en las zonas mates de los núcleos, sin brillo o lustre térmico, podría ser atribuible al transporte y/o almacenado de estos núcleos junto a otros núcleos, bloques de materia prima, percutores, abrasionadores, etc. (Moss, 1983; Caben y Caspar, 1984; Plisson, 1987; comunicación personal E. I. Guiria). (17) En el caso del instrumental lítico dicho coste constituye una estimación relativa, en términos de tiempo y energía invertidos, del coste que representa el aprovisionamiento de una materia prima y su posterior transformación en instrumentos para un grupo humano (Perlés, 1992; Terradas, 1996). tratamiento térmico previo, realizado durante la fase de configuración (cf. supra) que, probablemente, tendría lugar cerca de las zonas de aprovisionamiento del sflex melado al no documentarse evidencias del mismo en los contextos del nordeste peninsular (accidentes relacionados con cambios bruscos de temperatura o con una sobreexposición calórica u horaria, etc.) (18). La implementación de esta particular forma tecnológica de transporte (núcleos configurados y tratados térmicamente), coincide con la finalización de la fase a la que se confiere la máxima importancia dentro del desarrollo de la sistemática de talla basada en la producción de soportes laminares por presión. Tanto es así que se tiende a asociar el logro de la regularidad volumétrica del núcleo configurado, indispensable para su óptima explotación y rendimiento, con la presencia de personas y talleres especializados en la explotación del sílex melado (Courtin, 1974; Pelegrin, 1984c; Binder et al, 1990). En este sentido, la preparación tan metódica de los núcleos no sólo habría constituido una obligación técnica indispensable para obtener una serie estandarizada de productos laminares y sacar el máximo provecho de una materia prima preciada, sino que también habría facilitado su explotación futura por otros grupos humanos (Binder et ai, 1990; Gassin, 1996; Lea, 1997; Binder, 1998). Ello es posible debido a que la dinámica de explotación de estos núcleos comporta menos situaciones constrictivas que su configuración, lo cual facilitaría la producción de soportes laminares por parte de terceras personas con un menor grado de especialización en dicha sistemática de talla (19). Partiendo de la base que la producción de los bienes materiales puede ser jerarquizada mediante la aplicación de un criterio de valoración social (Terradas, 1996), el valor que se otorgue a un bien de consumo vendrá condicionado por su capacidad resolutiva frente a distintas necesidades sociales, de (18) Otro elemento que permite sustentar esta hipótesis es el riesgo elevado de accidentes, que desaconseja el tratamiento térmico de los bloques o núcleos de sílex melado en contextos alejados de sus zonas de aprovisionamiento, puesto que su eventual reemplazo comportaría un coste de producción superior. (19) Es posible que el tratamiento térmico no resultara un procedimiento técnico imprescindible a tenor de la excelente aptitud que presenta el sílex melado para la producción de soportes laminares por presión (Pelegrin, 1988). Por ello, algunos autores (Lea, 1997) sugieren que el calentamiento de estos núcleos podría constituir una operación destinada a facilitar la explotación de núcleos bien conformados por parte de personas menos capaces. acuerdo a la función que éste ejerza dentro del conjunto de la reproducción biológica y social de la sociedad. De este modo, la finalidad de la producción de estos núcleos configurados iría dirigida hacia el intercambio, es decir, hacia la producción de valores de cambio, sin excluir que una parte de la producción fuera destinada al consumo propio (valores de uso), inmediato o diferido. No obstante, para el grupo social receptor de estos núcleos, los mismos no dejarían de constituir bienes de consumo con un valor de uso (Fig. 7). Existe la posibilidad que en la configuración de los núcleos existiese un sesgo espacio-temporal, en base a las operaciones realizadas con anterioridad o posterioridad a la aplicación del tratamiento térmico, originando sendos contextos de producción (20) (Fig. 7). Así, mientras el decorticado de los bloques de materia prima y la preparación inicial de los núcleos podría llevarse a cabo en las propias zonas de aprovisionamiento de materia prima (lo que permitiría reducir su volumen y peso y, por tanto, el coste energético relativo a su transporte), el cuidadoso tratamiento térmico de los núcleos y la configuración definitiva de los mismos pudo realizarse en los asentamientos de los grupos que llevaron a cabo la explotación de este recurso mineral. Si bien, a tenor del registro arqueológico de algunos de los contextos arqueológicos del Neolítico medio del nordeste peninsular, el sílex melado sería introducido bajo la morfología de soportes laminares en estado bruto y segmentos de lámina formalizados mediante retoque, en otros (Bobila Madurell) se constata la introducción de dicha materia prima como núcleos conformados. Esta circunstancia evidencia la existencia (en Bobila Madurell u otros asentamientos arqueológicos), de un desarrollo de la fase de explotación de los núcleos en el propio contexto de consumo, con el objetivo de producir valores de uso de naturaleza mineral, al mismo tiempo que una redistribución de dichos productos laminares hacia otros contextos de consumo (producción de valores de cambio) (Fig. 7). Tal como hemos visto anteriormente, los usos a los que son destinados los distintos instrumentos (20) Por ejemplo, yacimientos como Veaux-Malaucène con una estratigrafía superior a los 6 metros de espesor en la que se documenta una gran proporción de residuos y desechos de sílex melado, o la grotte du Levant de Leaunier y el abri Grangeon, donde también se han registrado numerosos desperdicios de talla (Beeching, 1991; Binder, 1991;1998). http://tp.revistas.csic.es liticos obtenidos a lo largo de esta secuencia productiva son dispares, pudiendo adquirir un carácter subsistencial, técnico y/o ideológico (Fig. 7), ya sea de forma exclusiva o sucesiva, de acuerdo a la función que ejerzan dentro del conjunto de la reproducción biológica y social de la sociedad. La reconstrucción que aquí hemos presentado de la gestión del sílex melado por parte de las sociedades del Neolítico medio del nordeste peninsular no constituye más que un esbozo, realizado en función de los resultados disponibles hasta el momento, de las estrategias implementadas por estas sociedades en la gestión de un recurso mineral concreto. Al mismo tiempo, pretendemos romper la tendencia que ha caracterizado este tipo de estudios en nuestro país, fundamentada en aspectos tipológicos y descriptivos, enfatizando en aspectos sociales de la producción lítica. De todos modos, cabe recordar que el sílex melado sólo representa uno de los recursos minerales explotados por estas sociedades, si bien quizás sea al que tradicionalmente se le ha concedido más importancia y trascendencia. Dichas estrategias deben confrontarse, en un marco de estudio más amplio y de carácter interdisciplinar e interfronterizo, con las desarrolladas en la explotación de otros recursos minerales en primer lugar, y del resto de recursos naturales en segunda instancia, puesto que la explicación del tipo de gestión llevada a cabo con los recursos minerales, así como de su causalidad y singularidad, no puede ser desvinculada de la explicación del resto de procesos productivos de la sociedad.
LEONARDO GARCÍA SANJUÁN (*) DAVID W. WHEATLEY (**) PASTOR FÁBREGA ÁLVAREZ (***) MARÍA JESÚS HERNÁNDEZ ARNEDO (****) ÁNGEL POLVORINOS DEL RÍO (****) Este artículo aborda el estudio de dos estelas prehistóricas encontradas recientemente al Norte de la provincia de Sevilla. Se procede en primer lugar describiendo las circunstancias de los descubrimientos de ambas piezas, así como el marco científico-académico en el que se insertan dentro de las investigaciones que la Universidad de Sevilla vienen desarrollando desde finales de los 1980 en Sierra Morena occidental. A continuación se realiza el análisis de ambos monumentos desde el punto de vista de su morfología y simbología, caracterización tecnológica y contexto funcional, espacial y territorial. Esta estela (designada como número 1) había sido encontrada volteada sobre un majano (amontonamiento de piedras dispuesto por los agricultores para limpiar y despejar un campo de cultivo) en la finca Dehesa del Viar, ubicada al Sureste del término municipal de Almadén de la Plata. En Marzo de 2005, el Dr. L. García Sanjuán y los Sres. D. Miguel Ángel Vargas Durán y José Ángel Romero García fueron a inspeccionar la zona donde la estela había sido encontrada, visita en el transcurso de la cual se identificó una segunda estela (número 2), casi totalmente enterrada en el mismo majano en el que había sido identificada la primera, y que se encontraba en mucho mejor estado de conservación, reconociéndose perfectamente varios motivos grabados entre los que se incluían dos antropomorfos. Entendiendo la importancia y singularidad de estos hallazgos arqueológicos, la Delegación Provincial de Sevilla de la Consejería de Cultura y el Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Sevilla, que viene realizando investigaciones arqueológicas en la zona desde hace 15 años, organizaron el transporte y entrega de ambas estelas en el Museo Arqueológico Provincial, donde fueron depositadas con fecha de 5 de Mayo de 2005. Además, se acordó la realización de unas prospecciones de superficie intensivas en la parcela donde las estelas habían sido encontradas. El lugar del hallazgo se encuentra en el cuadrante suroriental del término municipal de Almadén de la Plata, justo en el arranque (por tanto en su parte más alta y estrecha) del valle del río Viar, que a partir de este punto se abre en dirección Sur hacia el Guadalquivir, del que es tributario (Figs. Desde el punto de vista geológico, la zona de Almadén de la Plata está constituida por materiales del Paleozoico Inferior, fundamentalmente rocas metamórficas, pizarras, esquistos, gneiss y, en menor proporción, grauvacas que intercalan episodios de rocas volcánicas de tipo básico. Es destacable la presencia de afloramientos de la formación carbonatada del Cámbrico Medio, constituida por calizas y dolomías marmóreas y cristalinas. La finca dehesa del Viar donde se encontraron las estelas, por su parte, se encuentra sobre materiales detríticos, conglomerados y areniscas, post-orogénicos de edad carbonífero-pérmica. Esta zona ha venido siendo objeto de investigaciones arqueológicas por parte de la Universidad de Sevilla desde comienzos de los años 1990. Entre las actuaciones realizadas se incluyen las exca-vaciones y prospecciones llevadas a cabo en la necrópolis y poblado de la Edad del Bronce de La Traviesa (García Sanjuán 1998), las prospecciones de superficie realizadas en las dehesas de San Bartolomé y Palacio (García Sanjuán y Vargas Durán 2002;2003), así como el estudio de impacto arqueológico de las obras del pantano de Los Melonares, que proyecta embalsar la cuenca del río Viar, y que ha supuesto la realización tanto de prospecciones de superficie (García Sanjuán y Wheatley 2003; García Sanjuán et al. 2004), como la excavación del complejo megalítico de Palacio III, actualmente en proceso de estudio (1). Entre los trabajos arqueológicos llevados a cabo en este municipio de la Sierra Norte sevillana destacan asimismo el estudio de la Cueva de Los Covachos por parte de un equipo multidisciplinar del Grupo Espeleológico Geos y la Universidad de Huelva (Arias García y Álvarez García 2000; Caro Gómez et al. 2000). Estas investigaciones han posibilitado que actualmente se disponga de un inventario de más de un centenar de localizaciones prehistóricas para el municipio de Almadén de la Plata y su entorno inmediato, lo que sirve de base para el análisis del poblamiento prehistórico de la zona, proporcionando datos del contexto espacial de las dos estelas de guerrero, un tema que se desarrolla más adelante en este artículo. (1) Un avance en: García Sanjuán, L. y Wheatley, D. W. e. p.: "Recent investigations of the megalithic landscapes of Sevilla province, Spain, Andalucía: Dolmen de Palacio III." I. Aspecto general del majano donde las estelas fueron encontradas (perspectiva desde el SE). DESCRIPCIÓN DE LA MORFOLOGÍA Y SIMBOLOGÍA II y III, Fig. 3) mide 1,05 metros de longitud máxima (eje vertical) por 0,44 metros de anchura máxima (en el tercio inferior), presentando un grosor medio de 0,27 m. Esta pieza presente graves daños causados por las gradas de arado empleadas en las labores agrícolas así como posiblemente en el proceso de su arrastre al majano donde fue finalmente encontrada. Por una parte, varias (al menos cuatro) lascas de gran tamaño (hasta 30 cms. de eje máximo) parecen haber sido separadas del cuerpo principal de la pieza, en los extremos superior e inferior, dejando bastante irreconocible su morfología original. La longitud que actualmente muestra esta estela debe ser muy inferior a la que tuvo originalmente, ya que las dos fracturas concoides principales que presenta en lo que, de acuerdo con la orientación que proponemos, sería su parte superior, podrían restarle hasta entre 30 y 40 cms. de longitud. Por tanto, este monumento debió tener una longitud original estimada entorno a 1,5 metros. Igualmente, la superficie frontal de la pieza ha sufrido graves alteraciones, de forma que la composición original de motivos ha quedado muy destruida. Estas alteraciones consisten fundamentalmente en arañazos y acanaladuras causadas por rejas y gradas de arados que son perfectamente individualizables sobre su superficie y muchas de las cuales son relativamente frescas. La cara trasera de la estela no presenta evidencias de haber sido regularizada ni trabajada de forma alguna. En principio, el único motivo claramente discernible en esta pieza (2) es el que forman los tres círculos concéntricos que se sitúan aproximadamente en el centro de la estela y que, de acuerdo con la interpretación que convencionalmente se da a este tipo de grafías, representarían un escudo. Por encima de los círculos concéntricos se distinguen otros trazos grabados de más difícil valoración dado su carácter fragmentario (Fig. 3). Según nuestra interpretación, estos trazos representan vestigios de tres motivos distintos. Por una parte, en el lado izquierdo de la estela se distingue un trazo alargado horizontal del que se salen otros cuatro surcos verticales menores hacia abajo, lo cual interpretamos como un cuadrúpedo (posiblemente perro o caballo). A su derecha, y casi centrado sobre el motivo de círculos Lám. (2) La identificación de los motivos en ambas estelas ha sido realizada mediante su observación directa y su análisis con focos de luz en distintas posiciones. Los dibujos se han realizado directamente sobre las piezas, sin que se hayan empleado calcos. concéntricos, se aprecian otros dos trazos en apariencia rectilíneos que se curvan hacia la derecha, en lo que podría constituir la parte baja de las piernas y los pies de un antropomorfo. Más a la derecha aún se observa otro trazo de tendencia curva y ascendente del que sale un pequeño trazo perpendicular, conformando un motivo indeterminable. Dado que la parte superior de estos motivos está por completo destruida, queda a título más bien especulativo la reconstrucción de la composición original. En principio, sin embargo, si nuestra interpretación de los trazos visibles es correcta, la Estela 1 de Almadén de la Plata sería análoga, a efectos compositivos, a los varios ejemplos de estelas donde la escena representada se articula a partir de un escudo central que hace de "base" o "plataforma" de un antropomorfo/guerrero que aparece acompañado de distintos atributos: son los casos de Ervidel II, Setefilla, Cabeza del Buey II, Magacela y Talavera de la Reina -utilizamos como referencia en este caso, y durante el resto de este artículo, los dibujos presentados en la obra de S. Celestino Pérez (2001). De todas ellas, tan sólo en la de Ervidel II se distingue un cuadrúpedo a los pies del personaje central. La Estela 2 presenta una morfología muy distinta de la primera, con unas dimensiones de 0,76 metros de longitud máxima (eje vertical) y 0,53 metros de anchura máxima (eje horizontal), y un grosor medio de 18 centímetros, lo que en conjunto la hace más chata y baja que la Estela 1, que, como se acaba de exponer, tiene una forma más estrecha y alargada (Láms. La Estela 2 es bastante más ancha en la parte superior que en la base, donde se estrecha notablemente hasta adquirir una forma apuntada, lo cual tiene interesantes implicaciones con respecto a la funcionalidad y posición original de la pieza, aspectos que se discuten en la sección final de este trabajo. Por otra parte, al contrario que la Estela 1, la Estela 2 presenta un grado excepcional de conservación, mostrando la superficie de su cara frontal casi intacta y con todas las grafías identificables. La cara trasera de esta pieza está asimismo sin desbastar y no presenta huellas o marcas de trabajo reconocibles (la sección de esta estela se aprecia en la Lám. La composición gráfica visible en esta estela está dominada por dos personajes antropomorfos de proporciones casi exactamente idénticas y que además se reparten armoniosamente el espacio de los dos tercios superiores (Figs. Estos antropomorfos siguen en su diseño la convención habitual en las grafías de este tipo de monumentos: elevado grado de geometrismo y abstracción, de forma que las distintas partes del cuerpo humano son representadas con apenas unos trazos lineales incisos. En ambas figuras, el cuello, el tronco y las piernas son representados con un único grabado vertical que aparece cortado en su tercio superior por un trazo perpendicular que representa los hombros y que luego se continúa hacia abajo en los brazos. Al final de los brazos, varios trazos cortos en forma radial parecen representar los dedos: cuatro en la mano izquierda del personaje izquierdo y cuatro en la mano derecha del personaje de la derecha. La mano derecha del antropomorfo izquierdo y la mano izquierda del personaje de la derecha están perdidas por un desconchado antiguo sobre la superficie de la estela. Una cuestión interesante es que si las ma-Lám. Fotografía de detalle mostrando la sección de la pieza. nos perdidas tuvieron el mismo tamaño y forma que las existentes, entonces aquellas debieron solaparse o tocarse. Finalmente, en las dos figuras el trazo vertical principal representando el cuerpo se bifurca en su parte inferior en dos trazos cortos que, girados a la derecha, representan los pies. En contraste con la similitud de tamaño y convención gráfica en la representación, ambos personajes aparecen caracterizados por atributos muy definidos. En lo que se refiere a la figura de la izquierda, de ambos lados de su cabeza surge un trazo lateral horizontal que en su extremo se curva en sentido ascendente, formando un motivo que generalmente se interpreta como un casco con cuernos. Igualmente, este personaje tiene, a ambos lados de sus piernas, dos artefactos claramente reconocibles. A su izquierda, dos círculos concéntricos evocan un escudo, mientras que a su derecha, en posición vertical, aparece una espada de hoja ancha y largo mango rematado en un pomo de forma pseudocircular, que se extiende hacia abajo entrando en el tercio inferior de la estela (Lám. El casco con cuernos, la espada y el escudo constituyen atributos personales que básicamente identifican a este individuo como guerrero. La figura de la derecha, por su parte, presenta como atributo único un motivo en forma de creciente que le rodea completamente la cabeza y el cuello hasta la altura de los hombros (este motivo describe un arco tan amplio que, de hecho, por su extremo izquierdo termina ya encima del hombro del personaje de la izquierda) (Lám. Este motivo presenta una línea central interior que sigue la orientación y trazado del motivo, dividiéndolo lon-gitudinalmente en dos, y que aparece a su vez cortado por una serie de trazos perpendiculares menores que forman dentro del motivo una malla o rejilla de pequeños campos pseudorectangulares. Una característica interesante de este motivo es que recubre parcialmente el canto superior de la losa por su esquina superior izquierda, según se ilustra en la figura 5. Ello sugiere un cierto matiz de concebir la estela como escultura (tridimensional, de bulto redondo) y no estrictamente como un grabado (bidimensional, sobre una superficie), aunque, como se dijo anteriormente, la constatación de que la parte trasera del bloque de piedra no está ni siquiera desbastado sugiere fuertemente que este monumento fue concebido para una contemplación estrictamente frontal (o, a lo sumo, lateral), y no de 360o. Representaciones análogas a esta han sido habitualmente interpretadas en la literatura específica de estas estelas como "diademas" (objetos posiblemente metálicos utilizados como ornamento de prestigio por mujeres) o como tocados del pelo igualmente distintivos de mujeres de elevados estatus social, pero no se ha demostrado que este motivo no pudiera haber tenido una significación simbólica más general, como por ejemplo una aureola que rodea al personaje, invistiéndolo de un carácter sobrenatural. Un breve repaso del inventario de casi un centenar de estelas de guerrero actualmente disponible, certeramente compilado y analizado por S. Celestino Pérez ( 2001), sugiere que la composición de la Estela 2, con dos antropomorfos representados con idéntico tamaño y posición equilibrada (y dominante), es bastante excepcional. En principio, las este-Lám. Fotografía de detalle del escudo y la espada. Fotografía de detalle de la figura diademada. las con más de un personaje son bastante escasas (totalizan 14). Por una parte hay un grupo en las que se representa un personaje armado y otro/s más pequeño/s y desarmado/s: Burguillos (Sevilla), Ategua (Córdoba), Ervidel II (Beja), Pedro Abad (Córdoba), Carmona (Sevilla), El Viso IV (Córdoba), Esparragosa de Lares II (Córdoba). Por otro lado, dos personajes armados y del mismo tamaño aparecen en las estelas de Zarza Capilla III y Valdetorres I (Badajoz), Alamillo (Ciudad Real), Los Palacios (Sevilla), El Viso III y El Viso VI (Córdoba) -en la de San Martinho I (Beira Baixa) aparecen dos personajes del mismo tamaño pero no está claro que vayan armados. La estela de Zarza Capilla III muestra dos personajes, aparentemente abrazados o en contacto y con las cabezas rodeadas de trazos curvos simples, debajo de un carro. En la de Valdetorres I los dos personajes, de tamaño casi idéntico, y provistos de atributos guerreros, flanquean un motivo de círculos concéntricos. En la de Alamillo el personaje de la izquierda presenta casco con cuernos, mientras el de la derecha no: los artefactos representados (lanza, espada, fíbula, peine, escudo y arco) rodean a ambos personajes sin que resulte obvio qué objetos van asociados a cada personaje. Finalmente, la de Los Palacios (Sevilla) muestra a dos personas de idéntico tamaño, aunque situados a distintas alturas, portando espadas. La composición de El Viso III es muy singular, ya que dos antropomorfos con espada al cinto y escudos a sus lados parecen flanquear a un tercer individuo aparentemente provisto de un atavío o arreglo corporal muy complejo. En la estela del Viso VI los dos antropomorfos aparecen con el mismo tamaño y en la misma postura y posición, pero, mientras el de la izquierda cuenta con un caso cornudo y varios atributos personales más (arco, escudo, cuadrúpedo) la parte de la derecha de la estela está muy rota, por lo que sólo es posible establecer la proximidad de una espada al personaje de este lado. Ahora bien, en ninguno de estos casos se da, sin embargo, la combinación que muestra la Estela 2 de Almadén de la Plata: dos personajes de idéntico rango iconográfico donde uno aparece claramente caracterizado por atributos guerreros mientras que el otro aparece complementado con un atributo noguerrero (al que, a falta de una mejor denominación nos referiremos como "motivo diademado", sin que ello presuponga asumir una interpretación u otra para el motivo). En este sentido, la Estela 2 de Almadén de la Plata es única dentro del registro actualmente conocido, en tanto que parece mostrar a dos personajes de idéntico rango social e ideológico pero de distinta caracterización personal. Precisamente, también en relación con la caracterización personal de ambos personajes esta estela resulta excepcional puesto que, de hecho, rompe la dicotomía tradicionalmente establecida entre "estelas de guerrero" y "estelas diademadas", presentándose, por así decir, como la primera "estela con personaje guerrero y personaje diademado", lo cual demuestra la coetaneidad o coexistencia temporal del concepto o motivo diademado con las panoplias características de esta serie de representaciones prehistóricas. La materia prima elegida por los pobladores prehistóricos del valle del Viar para elaborar estos monumentos es roca de grano fino y color claro. Se trata de una toba, roca volcanoclástica constituida por fragmentos de roca y cristales inmersos en una matriz criptocristalina. El estudio de lámina delgada petrológica pone de manifiesto que el conjunto de la roca muestra un elevado grado de alteración (Láms. VIIIa y VIIIb), con presencia de fragmentos de roca subredondeados (Lám. VIIIb), procedentes en su mayoría de rocas volcánicas, constituidas por plagioclasas y cuarzo. Algunos de estos fragmentos se encuentran completamente seritizados y alterados por óxidos de hierro. Entre los cristales se encuentra cuarzo subidiomorfo y de aspecto limpio, y plagioclasas seritizadas. El feldespato potásico se encuentra en menor proporción. Entre los minerales accesorias se encuentra clorita, moscovita y opacos. En la matriz criptocristalina, destaca la presencia de numerosos microcristales idiomorfos de plagioclasa. A pesar de que no se trata de un tipo de roca mayoritario en la zona, se ha citado la presencia de lavas y tobas ácidas entre los materiales que afloran en la esquina suroriental del Mapa Geológico Nacional (hoja de Almadén de la Plata), en el entorno relativamente próximo del hallazgo. A escasos 200 metros al Noroeste del lugar de aparición de las estelas existe un lugar designado con el topónimo La Toba (donde se han identificado evidencias de ocupación prehistórica -por ejemplo Cueva de la Toba), aunque, que en este caso el término hace referencia a un tipo de roca completamente diferente: las "tobas calcáreas" formadas por procesos de disolución-precipitación en los macizos calcáreos, como el que se encuentra precisamente en la Loma de Castillejos. En principio, por tanto, la materia prima de la que están elaboradas ambas estelas puede tener una procedencia local. Dado que las tobas, por sus características, pueden constituir materiales más fáciles de trabajar para el tallado y labrado que otras rocas ígneas o marmóreas ampliamente disponibles en la zona, parece darse en este caso un criterio de selección a favor de un material rocoso que presenta exigencias relativamente bajas para su adaptación como monumento escultórico (3). A este respecto, un aspecto de interés de la Estela 2 es que tanto en los cantos laterales como en algunos sectores de la superficie de la cara frontal se aprecian con toda claridad las marcas de cantería dejadas por quien o quienes trabajaron en su manufactura. Estas marcas aparecen como pequeñas cavidades de aproximadamente medio centímetro de diámetro, sugiriendo que en el desbastado y preparación de la pieza se utilizó una herramienta punzante, picuda, de metal o de piedra, aplicada mediante golpes constantes y repetitivos con poco ángulo de ataque. Una sola persona habría podido sostener el bloque de la Estela 2, por ejemplo entre sus piernas, para piquetear y regularizar la superficie y los cantos, aunque otra posibilidad, menos fatigosa, habría sido que la pieza hubiera estado apoyada mientras esta operación se realizaba. El labrado de los motivos en ambas piezas pudo haber sido realizado con un punzón de metal aplicado con ambas manos y haciendo fuerza descendente y lateral para abrir los surcos. En el caso de la Estela 2, una vez que el bloque-base estuvo exento de su matriz litológica (si la tenía, es decir, si no se trataba de un bloque suelto), y dado el carácter relativamente blando de la roca, la regularización de las superficies y el tallado de los motivos en conjunto no habría requerido más de 12-16 horas de trabajo por parte de un artesano o artesana con la suficiente experiencia y dedicación. En la Estela 1 este trabajo de piqueteado y preparación no se aprecia, dando de hecho esta pieza la impresión de ser un bloque natural que apenas ha recibido una preparación básica para su transformación en estela. Esta diferencia en cuanto al grado de adaptación de los soportes es llamativa, y coincide con la aparente diferencia de morfología y concepción simbólica de las dos estelas almadenenses: Estela 1 como bloque escasamente o nada preparado, de morfología alargada (y en apariencia más ancha por la base que por arriba) y con protagonismo compositivo (hasta donde se aprecia) del motivo de círculos concéntricos; y Estela 2 como bloque bastante preparado (regularización de una cara y piqueteado de los cantos), de forma chata y corta (más ancha por arriba que por la base) y con protagonismo compositivo de los dos antropomorfos. En general, desde el punto de vista del análisis tecnológico, las estelas de Almadén de la Plata sugieren que para su manufactura se eligió una mate-Lám. Fragmentos de roca en matriz microcristalina. (3) Las estelas de guerrero, como otros monumentos de fuerte contenido gráfico de la Prehistoria Reciente peninsular, aparecen elaboradas sobre soportes rocosos de muy diverso tipo, tanto duros y resistentes como relativamente blandos. Un problema para evaluar esta cuestión es que raramente se han hecho valoraciones en profundidad del contexto litológico y geológico de los lugares de hallazgos de estas estelas como para saber si se ha hecho una elección definida al respecto de la inversión de trabajo. ria prima localmente disponible y fácil de trabajar. Visto el análisis de la técnica de talla empleada y las dimensiones de ambas piezas, puede concluirse que el proceso de trabajo que condujo a la creación de las estelas pudo verificarse en un plazo muy corto de apenas una o dos jornadas de trabajo, como máximo, por parte de una sola persona para cada una de las piezas. Uno de los aspectos más problemáticos y controvertidos de las estelas de la Edad del Bronce es el de su contexto funcional. En este sentido, tres factores han contribuido a limitar considerablemente su interpretación: en primer lugar, el hecho de que la gran mayoría de ellas han sido registradas como resultado de hallazgos casuales realizados por no expertos; en segundo lugar, la coincidencia de que en numerosos casos las estelas se encontraban bastante desplazadas de su posición primaria; en tercer lugar, el escaso interés que los publicadores de estas piezas han mostrado tradicionalmente por estudiar y valorar arqueológicamente el lugar del hallazgo. En un nivel de análisis semi-micro, desde el momento del hallazgo de las dos piezas de Almadén de la Plata se consideró necesario realizar una prospección sistemática e intensiva para tratar de concretar en la medida de lo posible el contexto arqueológico al que pudieron haber correspondido. Esta prospección fue llevada a cabo en Septiembre de 2005 por un equipo conjunto de las universidades de Sevilla y Southampton bajo la dirección de dos de los firmantes de este trabajo (DWW y LGS). Dado que ambas estelas fueron encontradas volteadas sobre un majano, el área de prospección fue delimitada a partir de un criterio muy simple. Como ya se mencionó anteriormente, los agricultores de la zona forman majanos para amontonar y reunir los bloques de piedra que dificultan el arado y cultivo de una parcela agrícola. De acuerdo con la explicación facilitada por los propios responsables de la finca, el criterio empleado para el traslado de los bloques de piedra es siempre aproximarlas al majano más próximo (i.e. economía del mínimo esfuerzo), por lo que, de hecho, cada majano tiene un área de captación teórica exclusiva que puede expresarse en una malla de polígonos de Thiessen. Las líneas de equilibrio entre majanos y, en su caso, los cauces de los arroyos (en tanto que dificultad topográfica insalvable para bestias de tiro o tractores), marcan los límites de la zona en la que originalmente se encontraron las dos estelas almadenenses. A partir de este criterio se estableció un polígono de prospección de 9,097 hectáreas, del cual se realizó en primer lugar un levantamiento topográfico de precisión a partir de la captura de 2.738 puntos mediante GPS diferencial que permitieron crear un mapa de isolíneas de elevación a intervalos de 25 centímetros. El levantamiento topográfico permitió valorar el lugar de aparición de las estelas como una pequeña elevación en forma de pequeño cabezo que desciende suavemente por sus lados Norte, Este y Sur y que se conecta a su misma altura con otra elevación parecida que se encuentra unos 400 metros hacia el Oeste (y en la que, curiosamente, hay otro majano). Asimismo, dentro de un área de 60 × 40 metros alrededor del majano se llevó a cabo una prospección magnetométrica con un gradiómetro de flujo GeoScan Research Fluxgate Gradiometer FM36 capaz de registrar diferencias de magnetismo de 0,1 nT (por tanto capaz de identificar anomalías en el subsuelo debido a intervenciones antrópicas), sin que se registrara ningún tipo de anomalía significativa. Dentro del polígono de prospección se realizó una batida superficial intensiva con un equipo de 6 prospectores (dos con alto nivel de experiencia, dos con nivel intermedio y dos primerizos) dispuestos a 5 metros de intervalo (Lám. IX), en la cual, tanto la posición relativa de los prospectores a lo largo de las líneas de prospección designadas, como la ubicación semi-micro-espacial de los hallazgos superficiales, fueron controlados y georreferenciados. Metodología de prospección intensiva en la zona del hallazgo. Como resultado de esta prospección se registraron 47 artefactos en superficie, una cantidad relativamente baja de materiales, que además aparecen muy dispersos, sin mostrar ninguna pauta de concentración (Figs. Estos hallazgos están compuestos en su gran mayoría (28 ítems) de restos líticos de talla, algunos utensilios sobre lasca y lámina (8 ítems) de carácter bastante inespecífico o adiagnóstico, principalmente sobre cuarcita y sílex, algo de material constructivo moderno y escasos fragmentos de cerámica (9 ítems) de los cuales uno es claramente de cronología moderna (vidriado) y el resto adiagnóstico (a mano y a torno, aunque son de tamaño extremadamente diminuto, lo que hace imposible valorarlos de forma más precisa). Se trata, por tanto, en conjunto, de una colección heterogénea de materiales (propia de una zona que ha experimentado una intensa ocupación humana) y que, a partir de nuestra experiencia prospectora en distintos sectores de Sierra Morena occidental, no sirve para caracterizar de forma específica un lugar como espacio de asentamiento Fig. 6. Prospección superficial intensiva: perímetro de la zona de prospección y ubicación espacial de los hallazgos. Las estelas, por tanto, no pueden ser contextualizadas como parte de un poblado o lugar de hábitat (4). Por otro lado, sin embargo, la prospección superficial intensiva permitió identificar y registrar una interesante anomalía de carácter antrópico en torno al majano en el cual se encontraron las estelas. Concretamente, dispersos a su alrededor, aunque muy especialmente en su mitad Sur, había una gran cantidad de cantos de cuarzo blanco y cuarcitas (se georreferenciaron cerca de 700 unidades) que en el resto del polígono prospectado estaban casi ausentes. Estos cantos son en su mayoría de forma subredondeada por rodamiento fluvial, con algunos más angulosos por cortes o fracturas frescas (en el sentido geológico del término), mostrando todos ellos una coloración blanquecino-grisá-(4) Algunos de los utensilios líticos sobre lascas son de morfología y técnica bastante primitiva, de posible tipología musteriense, por lo que se relacionaría con una localización realizada a escasos cientos de metros hacia el Sur durante las prospecciones de 2000 (García Sanjuán y Vargas Durán 2002). cea, en muchos casos con venillas rellenas de óxidos de hierro (coloración rojiza) y materia orgánica (coloración negra). Como se observa en el mapa de densidad de estos materiales (Fig. 8) su concentración es especialmente alta en las proximidades del majano, justo en sus sectores Sureste y Suroeste, donde se encontraron las estelas, y disminuye de forma gradual conforme aumenta la distancia, mostrando claramente una pauta de dispersión desde el majano. La concentración de estos bloques de piedra blanca es sugerente con respecto al tipo de contexto funcional que las estelas pudieron tener. En muchos monumentos megalíticos de Andalucía Occidental es frecuente que determinadas partes de la arquitectura tumular estén elaboradas o recubiertas con piedras de color claro o blanco entre las cuales suelen destacar los cuarzos, algo que ha pasado tradicionalmente desapercibido en una metodología de estudio de los monumentos megalíticos que no prestaba atención a las estructuras tumulares, pero que hemos tenido ocasión de comprobar en nuestras propias prospecciones o en las excavaciones del Dolmen de Palacio III (5). Como quiera que en la zona de Almadén de la Plata es igualmente frecuente que los agricultores levanten majanos sobre construcciones megalíticas (cuyas piedras no pueden normalmente arrancar ni desplazar, una situación que hemos comprobado en casos como el del Dolmen de El Esparragal, situado a unos 3 kilómetros en línea recta hacia el Sureste desde el lugar de aparición de las estelas), es preciso tener en cuenta la posibilidad de que la anómala concentración de nódulos de cuarzo corresponda a la presencia bajo el majano de un monumento prehistórico, quizás megalítico. Teniendo en cuenta esta variable, la aparición justo al lado del majano de dos fragmentos de cerámica a mano y dos utensilios líticos sobre lasca (Fig. 7) adquiere una dimensión algo distinta. Naturalmente, esta hipótesis solo podría ser confirmada mediante la excavación sistemática del si- tio, pero en todo caso apunta a una hipotética conexión entre las estelas de guerrero y un espacio sacralizado ya desde antiguo, por ejemplo un monumento megalítico. Esta idea es plausible, en tanto que, como se dijo anteriormente, en el sitio de Palacio III, distante apenas 2.500 metros en línea recta, se ha constado una reutilización funeraria (cremación bajo un encachado de piedra) del complejo megalítico (dolmen de galería y tholos) que se fecha en c. siglo IX ANE (García Sanjuán 2005a;2005b), lo cual está dentro del arco cronológico que se viene considerando como aceptable para las estelas de guerrero. En un nivel territorial de análisis, las estelas se insertan en un espacio de gran interés geográfico, en el cual se han registrado (a partir de las prospecciones citadas al comienzo de este trabajo), distintas localizaciones prehistóricas (Fig. 2). En primer lugar, es preciso tener en cuenta que la zona general del hallazgo, la cabecera del valle del Viar, constituye en realidad un espacio limítrofe o de transición desde el punto de vista de las prácticas económicas predominantes. En este punto, los arroyos de Barra y Gargantafría se unen al río Viar, que a partir de este momento incorpora un caudal mucho mayor (ya no es seguro vadearlo a pie) formando un valle que se abre paulatinamente hasta fundirse con el del Guadalquivir unos 20 kilómetros río abajo. El espacio en el que se encuentran las estelas es, de hecho, el lugar donde confluyen el medio fluvial del valle del Viar, con pautas de explotación del espacio que han combinado históricamente los cultivos de secano y regadío con la ganadería extensiva e intensiva, y el paisaje serrano, adehesado, del interior montañoso, con usos de suelos predominantemente ganaderos y forestales. En segundo lugar, es preciso tener en cuenta que las estelas se encuentran apenas a 150 metros en línea recta del denominado "Cordel de El Pedroso", tramo conservado (y actualmente usado como camino público) de una de las principales vía pecuarias de la zona desde la Baja Edad Media, das para el movimiento de ganado entre el valle del Guadalquivir y la sierra. Es especialmente interesante que la entrada del Cordel de El Pedroso desde el valle del Viar hacia el interior de la serranía almadenense se produce por un estrecho paso que se sitúa pocos cientos de metros al Noroeste del lugar de hallazgo de las estelas, entre la Loma de los Castillejos y la loma amesetada de Los Canchales. Justamente en la cima de la Loma de los Castillejos se encuentra el sitio de Castillo de la Sarteneja, un asentamiento prehistórico (con materiales cerámicos reconocibles de la Edad del Cobre y provisto de importantes estructuras murarias de cronología más difícil de establecer mediante una simple prospección superficial) y desde el cual se controlan visualmente tanto dicho paso, como la cabecera del río Viar por el Sureste, como el grupo dolménico de la Dehesa de Palacio por el Noroeste (García Sanjuán et al. 2006). Se trata de un punto estratégico de control del paso en un punto que, al menos en siglos recientes, ha tenido un valor sustancial en la transhumancia ganadera. Por otro lado, limitando por el Norte el lugar de hallazgo de ambas estelas se localiza el macizo calcáreo de La Toba, donde las distintas prospecciones de superficie llevadas a cabo en la zona han permitido identificar lo que probablemente constituye el espacio que (con los datos actualmente disponibles) muestra la ocupación humana más antigua en la zona, representado por el abrigo de Juan Caoba (con materiales líticos mesolíticos y neolíticos) y la Cueva de Risco Nogal, con materiales cerámicos de cronología Neolítica. Siguiendo esta misma serie de elevaciones, algo más al Sur y a unos 2000 metros en línea recta desde el lugar de hallazgo de las estelas, se encuentra un pequeño asentamiento fechable entre el III y II milenio denominado Cerro del Arroyo Tamujar (García Sanjuán et al. 2003: 267). Igualmente se han registrado varios monumentos megalíticos en la zona, tanto en la parte alta del valle del Viar (Los Pavones, El Esparragal) como, especialmente, en la dehesa de Palacio (Palacio I-VI y túmulos de Barra y La Sarteneja). En este sentido es altamente interesante la existencia de una fuerte relación de proximidad espacial entre varios de estos monumentos prehistóricos y la vía pecuaria citada u otros caminos tradicionales de la zona. Una bibliografía relativamente amplia, que incluye cuatro monografías (Almagro Basch 1966; Barceló Álvarez 1991; Galán Domingo 1993; Celestino Pérez 2001; Harrison 2004) y varias decenas de artículos, se ha ocupado de la interpretación de las estelas de guerrero ibéricas. En un plano epistemológico, una parte significativa del esfuerzo puesto en la interpretación de estos monumentos ha sido guiado por un pensamiento estrictamente difusionista, en tanto que ha perseguido el establecimiento de su origen (i.e. la consabida filiación cultural) como fenómeno o práctica cultural o, de forma más pormenorizada, de las distintas clases de objetos representadas en las grafías (espadas, escudos, carros...). Afortunadamente, sin embargo, no ha sido este, el único modo de abordar su análisis, ya que se han planteado y valorado hipótesis en cuanto al contexto funcional, dimensión paisajístico-territorial y significado ideológico (en términos de sistemas de creencias y organización social) de estos monumentos, a partir de enfoques epistemológicos y metodológicos más robustos y actualizados. Aunque, dadas las características y propósito de este artículo, centrado en la presentación, descripción y análisis contextual de los dos nuevos hallazgos, sería excesivo por nuestra parte plantear una discusión en profundidad de los citados problemas, pasamos a enumerar de forma sintética algunas cuestiones puntuales que creemos relevantes a la luz de la discusión que hemos realizado en las secciones precedentes. En relación a su contexto funcional, el primer problema de la interpretación de las estelas de guerrero peninsulares es que prácticamente ninguna ha sido realmente contextualizada. La ausencia de contexto ha sido en muchos casos aceptada como apriorismo, de forma que casi nunca han sido investigadas sobre el terreno las condiciones arqueológicas del entorno de los lugares de hallazgo, centrada la discusión en inacabables debates relativos a la tipología de los objetos representados y su correspondiente origen. Nuestra investigación de campo de las estelas almadenenses permite establecer varios puntos en relación con su contexto funcional. (i) Las prospecciones de superficie y geofísica excluyen que las estelas se encontraran dentro de un hábitat (existen, no obstante, hábitats del III y II milenio en las inmediaciones con los que la/s comunidad/es responsable/s de la erección de tales monumentos debieron relacionarse). (ii) Hay indicios de que las estelas pudieran haber formado parte un espacio monumentalizado: la concentración de cantos de cuarzo blanco en torno al lugar de hallazgo de las estelas sugiere la posible existencia de un monumento tumular bajo el mismo majano en el cual las estelas fueron encontradas. Dado que a escasa distancia, dentro del complejo megalítico de Palacio III, se ha documentado una cremación de dos individuos adultos fechada en una cronología compatible con la de las estelas de guerrero del Suroeste, creemos que no debe descartarse que las comunidades del Bronce Final y Edad del Hierro de la Sierra Norte de Sevilla conmemoraran con sus estelas monumentos funerarios más antiguos. (iii) Por su forma apuntada hacia abajo, escasa longitud y falta de preparación en el reverso, no es probable que la Estela 2 estuviera hincada en el suelo de forma exenta, resultando más plausible que estuviera apoyada o incrustada en un paramento o túmulo, lo cual refuerza los puntos (i) y (ii). Por tanto, debemos considerar la posibilidad que las estelas hayan formado parte de un sitio monumentalizado ya de antiguo, quizás de carácter funerario, hoy parcial o totalmente desmantelado y/o sepultado por el enorme majano en el que fueron encontradas. En términos de su contexto territorial, la valoración de las estelas de Almadén en relación con las características del medio geográfico y con los datos disponibles sobre el poblamiento prehistórico de la región sugiere varias cuestiones de interés. (i) Por una parte, las estelas se ubican en un espacio de transición entre el valle del Viar y las tierras interiores de la serranía almadenense; en tanto que franja limítrofe entre dos unidades de paisaje de topografía y potencialidad agraria bastante diversas, es posible que las estelas cumplieran (junto con el hipotético monumento del que pudieron haber formado parte) una función demarcadora o delimitadora del territorio de distintas comunidades humanas. (ii) Por otra parte, ambas estelas se ubican a escasas decenas de metros de una vía de paso de uso histórico perfectamente documentado. En el supuesto de que esta vía representase un camino antiguo/prehistórico, las losas, de acuerdo con su tamaño, podrían haber sido visibles y distinguibles desde él siempre y cuando hubieran estado pintadas y/o realzadas por un túmulo o monumento que las hiciera más fácilmente perceptibles. La posición de ambas estelas junto a una vía de paso sería congruente con su posible papel señalizador de límite o frontera entre territorios correspondientes a distintas comunidades, según ha estudiado E. Galán Domingo (1993). (iii) En el caso particular de Almadén de la Plata ya se ha observado una posible asociación entre las cañadas tradicionales y los monumentos megalíticos (García Sanjuán 2004: 191), por lo que es posible que las estelas de guerrero supongan una forma de dar continuidad a procedimientos de señalización y monumentalización de determinados segmentos o puntos en vías de comunicación y paso que ya existen desde el Neolítico. En relación con el significado ideológico de estos monumentos en cuanto a los sistemas de creencias y organización social de las comunidades que los produjeron es posible asimismo establecer algunas cuestiones. (i) Por una parte, se constata la escasa inversión de trabajo en la elaboración de las estelas (materia prima probablemente local, limitada complejidad técnica), lo cual sugiere que las estelas en sí no constituyen una expresión suntuaria de poder o estatus social, aunque simbólicamente y en base a otras asociaciones ideológicas y materiales, puedan cumplir esa función. En este sentido, la valoración del significado de las estelas de guerrero en términos de desigualdad social ha sido generalmente soslayada por el tradicional enfoque difusionista del debate. En realidad, tal valoración es imposible sin considerar su perspectiva diacrónica larga, como parte del proceso que, durante toda la Prehistoria Reciente, experimenta el universo gráfico y simbólico fijado por las primeras comunidades agrarias. Muy especialmente, esa valoración debe poner las estelas de guerrero en relación con otros monumentos prehistóricos más antiguos de fuerte contenido gráfico designados en la literatura con una variedad de denominaciones que incluye los ídolos-estelas, las estelas-guijarro, las estelas antropomórficas o las estatuas-menhir (Gómez Barrera 1994) Sin abundar en una discusión que excedería el objeto de este trabajo, desde la primera mitad del II milenio cal ANE, en algunas regiones del Suroeste ibérico algunos personajes comienzan a utilizar en sus contenedores funerarios unas losas o estelas decoradas con representaciones (fundamentalmente de armas) que ya no actúan como símbolos colectivos de carácter apotropaico, es decir, orientados al bienestar de los antepasados, con el beneficio que ello pueda suponer para los vivos (como podría ser el sentido general de las grafías presentes en las cámaras megalíticas), sino que se asocian a un individuo concreto de estatus especialmente relevante, subrayando su prestigio y su poder personal. En la Edad del Bronce, el énfasis de la expresión dominante en la ideología funeraria se traslada desde la ideología común (cosmogonía, antepasados), hacia una panoplia individual de objetos militares, indicadores de la función de liderazgo de individuos concretos (García Sanjuán 2006). En el caso de las estelas de guerrero, los artefactos representados podrían representar la glorificación ideológica de unos bienes de prestigio de carácter militar vinculados al control y utilización de la metalurgia por la elite social como vehículo de ostentación y refuerzo de su estatus. Naturalmente, en todo caso, el problema para contrastar este planteamiento hipotético es la dificultad de orden arqueográfico para definir el registro arqueológico funerario de los siglos finales de la Edad del Bronce en el Suroeste peninsular (Barceló Álvarez 1991: 206; Belén Deamos et al. 1991: 25; Celestino Pérez 2001: 278; etc.). A pesar de esta limitación empírica, las estelas de guerrero parecen marcar, en términos de la evolución de las formas de poder y desigualdad social dentro de la Prehistoria Reciente ibérica, un hito bastante definido: concebidas para la glorificación de unos jefes o régulos que parecen simbolizar su poder por medio de toda una sofisticada panoplia militar, las estelas quedan muy lejos de aquellas estatuas-menhires megalíticas dotadas de representaciones de seres mitológicos y símbolos del poder patriarcal y que habían sido concebidas por las sociedades del Neolítico y la Edad del Cobre como protectoras de las casas de los antepasados. Los símbolos no parecen estar al servicio de los antepasados comunes, sino de la gloria de un líder militar. (ii) Una segunda constatación de interés deriva de la simbología de la Estela 2. Esta estela presenta una combinación de motivos excepcional, que incluye dos antropomorfos de idéntico rango jerárquico (en cuanto a tamaño y posición), de los cuales uno está armado y el otro "diademado". De hecho, un aspecto realmente interesante de esta pieza es que trasciende por completo la dualidad entre "estelas de guerrero" y "estelas diademadas" sugerida por S. Celestino Pérez (2001). Como se ha discutido anteriormente, la casuística de estelas con dos antropomorfos (que es minoritaria en la colección de casi un centenar de estos monumentos actualmente registrados), incluye casos con dos personajes armados del mismo tamaño y casos con un personaje grande, armado y otro/s pequeño/s desarmado/s. Dada la fuerte conexión que se da en el arte prehistórico y antiguo entre la convención iconográfica del tamaño y la relevancia social de los personajes representados, la significación de la pareja de antropomorfos a afectos sociales e ideológicos (jerarquía) podría ser muy distinta en ambos grupos. En las estelas con personaje/s pequeño/ s y desarmado/s hay posiblemente una intención propagandística que repite el tema del enemigo derrotado por un poderoso líder o guerrero, real o mítico. En las estelas con doble personaje del mismo tamaño y con atributos militaristas, una posibilidad a tener en cuenta es que sean alusivas a mitos ancestrales y fundacionales con personajes incorporados a las leyendas y el folklore de transmisión oral. En una reciente síntesis de la Edad del Bronce europea se ha valorado el tema de los dioses, gobernantes y fundadores míticos hermanos/gemelos como uno de los más recurrentes de la ideología religiosa del II milenio ANE (aunque con antiguas raíces indoeuropeas) (Kristiansen y Larsson 2005: 258-282). En relación con las estelas de guerrero, sin embargo, estos temas permanecen completamente inexplorados. (iii) Otro elemento de reflexión sugerido por la simbología de la Estela 2 es la del género atribuible a ambos antropomorfos. Por una parte, prácticamente ningún antropomorfo de las estelas de guerrero aparece sexualmente caracterizado mediante representación de genitales (Celestino Pérez 2001: Fig. 63). Dada la ausencia de un registro funerario definido para los últimos siglos de la Edad del Bronce en el Suroeste, es imposible contrastar empíricamente las posibles diferencias de género en la atribución de objetos de prestigio de acuerdo con la ideología funeraria. Por otro lado, si se toma como referencia el registro de enterramientos en cista (c. 2100-1500 cal ANE), a partir de los datos antropológicos disponibles, se observa que los ajuares armamentísticos de mayor rango son atribuidos a individuos adultos de sexo masculino (aunque se trata de una muestra diminuta de 3 enterramientos) (García Sanjuán 1999: 216). En el registro funerario de las sociedades europeas de la Edad del Bronce las panoplias y ajuares de carácter guerrero suelen aparecer asociados a varones de forma predominante, pero no exclusiva, ya que se conocen casos de mujeres provistas de ajuares funerarios militaristas (Treherne 1995). Por otro lado, dentro del grupo de las llamadas "estelas diademadas" del occidente ibérico, algunos personajes aparecen caracterizados con senos (Celestino Pérez 2001: Fig. 63). Aunque se trata de una minoría de casos, ello ha servido para caracterizar como femeninas a dichas representaciones y como atributo femenino a "diadema". Dada la casi total inexistencia de datos osteológicos conectados con las prácticas funerarias de la Edad del Bronce, la posibilidad de caracterizar sexualmente los antropomorfos de las estelas es muy limitada, por lo cual dicotomías del tipo [atributos militares = masculino] vs. [motivo diademado = femenino] podrían ser excesivamente simplistas. En definitiva, como tantas otras manifestaciones monumentales de la Prehistoria, las estelas de guerrero de la Edad del Bronce y la Edad del Hierro peninsular fueron, con toda probabilidad, fuertemente multidimensionales y polisémicas. La valoración de su significación en términos de arquitectura y micro-espacio, paisaje y territorio, complejidad social e ideología religiosa (funeraria) y política, dista de haber sido completada. Creemos que sólo la acumulación de hallazgos como los presentados en este artículo a partir del adecuado esfuerzo de contextualización y análisis científico, contribuirá a su conocimiento arqueológico. Queremos agradecer la inestimable ayuda que varias personas han prestado para la realización de este estudio. Los licenciados de la Universidad de Sevilla Mario Delgado Canela, Marta Díaz-Zorita Bonilla y Pablo Garrido González, así como los estudiantes de la Universidad de Southampton, Tom Erskine y Will Sparkes, participaron en el trabajo de prospecciones de superficie y documentación de ambas estelas. Miguel Ángel Vargas Durán y José Manuel Rodríguez Hidalgo, arqueólogos, posibilitaron el transporte de las estelas al Museo Arqueológico Provincial de Sevilla. P. Bueno Ramírez y R. de Balbín Behrmann, de la Universidad de Alcalá de Henares, y el Dr. S. Celestino Pérez, del Instituto de Arqueología de Mérida del CSIC, examinaron ambas piezas aportándonos numerosas sugerencias e ideas con respecto a su interpretación. El Dr. J. A. Caro Gómez, de la Universidad de Córdoba, estudió la colección de material lítico registrada en el transcurso de la prospección, realizando una valoración tecno-morfológica de la misma. El Sr. Marcos Domínguez Alonso, escultor de piedra, examinó ambas piezas haciendo sugerentes observaciones relativas al proceso de trabajo del que pudieron resultar.
El rechazo de las bases en las que se sustenta la llamada "fase pre-levantina" y la discusión de los paralelos mobiliares neolíticos propuestos para el arte levantino dejan expedito el camino para su adscripción a los grupos de cazadores y recolectores epipaleolíticos. Asimismo, los datos con que contamos sobre el proceso de transición Epipaleolítico/Neolítico, y la relación entre el estilo levantino y la pintura rupestre esquemática parecen abogar también por una cronología pre-neolítica de lo levantino, asociado a unos modos de vida no productores. Cuando está próximo a cumplirse el primer centenario del descubrimiento en 1902 de los ciervos de la Roca deis Moros, en Cretas (Teruel) por Juan Cabré, la cronología del arte rupestre levantino sigue siendo una de las cuestiones que suscita mayor controversia en su investigación. Si en un primer momento se le atribuye una edad paleolítica paralela a la del, por entonces llamado, "arte franco-cantábrico" y hoy sólo mantenida por algún investigador (Dams 1984), el hecho de que más tarde se adscribiera a etapas postpaleolíticas, en virtud de las profundas disonancias que existen entre ambos estilos (Hernández Pacheco, 1924; Almagro Basch, 1947;1951; Criado y Penedo, 1989) y, más recientemente, por la documentación de un arte paleolítico repartido por toda la Península Ibérica, lejos de solucionar el problema va a suponer un importante trasiego cronológico para el arte levantino que lo lleva, según el autor que lo trate, a fechas epipaleolíticas, neolíticas e, incluso, más recientes. La ausencia de indicadores de cronología absoluta tales como la estratigrafía arqueológica o los paralelos mobiliares llevaron a la utilización de otros criterios, de validez muy cuestionable, como son las supuestas sucesiones de color, las pequeñas variaciones tipológicas entre motivos, el estudio y comparación etnográficos o la proximidad de las pinturas a yacimientos arqueológicos para establecer una secuencia estilística y cronológica. Sin embargo, la poca fiabilidad de la mayoría de estos índices de referencia queda de manifiesto incluso en los estudios comarcales. Es cierto que en estos últimos años se han obtenido importantes avances en el campo de la datación absoluta del arte rupes-T.P.,59,n.M,2002 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es tre con el desarrollo de métodos como el del carbono 14 por espectrometría de acelerador de masas (C14 AMS) que, a partir de mínimas muestras de materia orgánica, permite obtener fechas absolutas, o también mediante la técnica de la termoluminiscencia, aplicada con éxito en la cronología de materiales ricos en carbonatos como son las costras estalagmíticas en el yacimiento paleolítico de Venta de la Perra (Arias et al, 1998/99). No obstante, aunque hay que reconocer que, en verdad, suponen un destacado paso en el ámbito de la datación, no debemos olvidar tampoco que hoy por hoy ambos métodos plantean algunas limitaciones. El C14 AMS tan sólo se puede emplear con un reducido tipo de representaciones, aquellas de color negro realizadas con materia orgánica, debiendo además reunir la doble condición de que el colorante sea abundante y que esté bien conservado. A ello se une que problemas de contaminación de las muestras obligan en muchos casos a tomar con prudencia las fechas obtenidas. Por su parte, la termoluniscencia, si bien permite fechar elementos bastante comunes en las cuevas y abrigos pintados como son las coladas estalagmíticas, no deja por ello de proporcionar una fecha de ese accidente del soporte y por tanto, una fecha ante quem o post quem para las propias pinturas. También en el campo de la toma de muestras se han logrado interesantes progresos con el desarrollo de técnicas como las del plasma de oxígeno y de la fotooxidación inducida por láser, dirigidas ambas a la recuperación de materia orgánica incluida en otros soportes minerales. Sin embargo, todavía presentan como mayor inconveniente la gran cantidad de materia prima que se precisa para el análisis (Chapa, 2000). Una vez superadas las viejas ideas paleolitistas y a la vista de los diferentes horizontes artísticos establecidos en estos últimos años, la secuencia más aceptada del arte rupestre prehistórico en la vertiente mediterránea peninsular ha quedado establecida, de forma resumida y sin solución de continuidad, en Arte Paleolítico, Arte Lineal-geométrico, Arte Macroesquemático, Arte Levantino y Arte Esquemático, al modo en que la vemos en algunas de las obras de síntesis de más reciente publicación (Beltrán, 1998; Moure, 1999). Pero lejos de poder corroborar esta secuencia lineal, son muchos los aspectos que nos obligan a realizar matizaciones y que hacen del arte rupestre una realidad muy compleja, difícil de clasificar en esas especies de compartimentos estanco. Quizás el primer problema que surge tras la adopción de una datación postpaleolítica para el arte levantino sea el de intentar explicar el hiatus cronológico respecto al arte paleolítico, aún cuando algunos autores hayan querido ver una tradición perigordiense en las fases iniciales del levantino (Beltrán, 1968a; Ripoll, 1968) o se recurra también a otros ciclos como el aziliense para intentar llenar ese vacío. En esta línea, la definición, en su momento, de nuevos horizontes artísticos como los llamados Lineal-Geométrico y Macroesquemático contribuyeron, en principio, a salvar este problema por cuanto, dada su presunta cronología pre-levantina, suponían a la vez una fecha de partida para el propio arte levantino. LA ETAPA PRE-LEVANTINA: PLANTEA-MIENTO Y DISCUSIÓN En 1974 F.J. Portea define el llamado arte linealgeoitiétrico a partir de la relación que establece entre las plaquetas grabadas halladas en la Cueva de la Cocina (Dos Aguas, Valencia), también provista de representaciones parietales, y las superposiciones cromáticas existentes en los conjuntos de Cantos de Visera II (Yecla, Murcia), Cueva de la Araña (Bicorp. Valencia) y Abrigo de la Sarga I (Alcoy, Alicante), en donde por debajo de motivos naturalistas se disponen varios trazos aparentemente geométricos, hecho que en La Sarga ya había sido advertido por Beltrán (1970). La cronología de este nuevo horizonte lineal-geométrico, caracterizado por una decoración basada en líneas rectas que se entrecruzan formado retículas, vendría determinada por el nivel II de Cocina, datable en el Epipaleolítico geométrico, con fechas absolutas que lo encuadrarían entre finales del VI e inicios del V milenios a.C. Posteriores descubrimientos amplían el número de motivos pintados presuntamente lineal-geométricos en el Abrigo de los Chaparros (Albalate del Arzobispo, Teruel), el Abrigo de Labarta LI (Huesca), la Balsa de Calicanto (Bicorp, Valencia) y en el Barranco de Benialí (Valí de la Gallinera, Alicante), con lo que se enriquece aún más este estilo y se perfila un poco mejor esta supuesta "fase pre-levantina" esbozada por Beltrán (1987) (Fig. 1). Sin embargo, aunque en la abundante literatura publicada desde entonces se admite sin mayores consideraciones la existencia de este arte linealgeométrico, muchas son las dudas que se nos plantean a la hora de aceptarlo realmente como tal. La revisión efectuada de estos motivos pintados ha Ue- vado a reconsiderar su filiación estilística, modificada en la mayor parte de los casos. Así, los trazos serpenteantes hasta ese momento definidos como lineal-geométricos en los Abrigos de la Sarga se han adscrito a un ciclo artístico diferente, el llamado Macroesquemático (Hernández et al, 1988), al igual que ha sucedido con las líneas ondulantes del Barranco de Benialí (Hernández et al, 1994). En la Cueva de la Araña los motivos abstractos pertenecen al horizonte de la pintura esquemática siendo además la zona de contacto entre ellos y lo levantino tan reducida que no es posible hacer una valoración real de la misma (Hernández Pacheco, 1924), hecho que se repite con varios serpentiformes esquemáticos y un cuadrúpedo levantino en la Balsa de Calicanto. Mientras, para las figuras de Labarta LI los trabajos desarrollados por M^ Josefa Calvo con fotografía de infrarrojos han revelado la superposición inversa a la hasta ahora mantenida, es decir, la de los motivos esquemáticos, en ningún caso lineal-geométricos, sobre las representaciones levantinas (Beltrán, 1999). Por otra parte, la relación establecida entre el arte mueble de las placas grabadas y los testimonios pintados, incluidos los propios motivos de la Cueva de la Cocina ya reseñados por L. Pericot ( 1945), son en lo estrictamente formal, cuanto menos, discutibles. Mientras que la decoración de las plaquetas se hace por medio de la línea recta, que en ocasiones se entrecruza para formar retículas, en las figuraciones pintadas hay una mayor variedad iconográfica, pero siempre con predominio de la línea curva. De igual modo, una rápida comparación entre los propios ejemplos parietales pone de relieve una mínima coincidencia formal entre ellos. Baste comparar los signos de Cantos de Visera II con los de Los Chaparros para percibir la nula similitud en su aspecto y, a la vez, la de ambos con las plaquetas grabadas, todo lo cual hace difícil concebirlos como partes integrantes de un mismo horizonte iconográfico. De aceptarse su pertenencia a ese mismo horizonte, éste englobaría desde manifestaciones reticulares con preeminencia de la línea curva y serpentiformes como los de Cantos de Visera, hasta otros motivos en zig-zags como los de Labarta, o en "diente de sierra" como los de Los Chaparros, lo que le otorgaría una heterogeneidad manifiesta, sobre todo con relación a su supuesta vertiente mueble, mucho más reducida tipológicamente y cuyas limitaciones no se pueden explicar sólo por las diferencias en los soportes y las técnicas de ejecución (Fig. 2). Al mismo tiempo, la inclusión en este arte linealgeométrico de conjuntos como Los Chaparros y Labarta evidenciaría una dispersión territorial quizá demasiado amplia para este estilo, cuyo germen debería estar en torno a la Cueva de la Cocina, sobre todo si tenemos en cuenta que este ha sido el único yacimiento que ha reportado elementos de arte mueble. Los trabajos desarrollados en estos últimos años en yacimientos como Botiquería deis Moros, Costalena, Els Secans o El Pontet en el Bajo de éstas con las placas grabadas y la falta de paralelos mobiliares nos llevaron hace años, coincidiendo en esta apreciación con otros investigadores (Hernández, 1992), a rechazar la existencia de un arte parietal lineal-geométrico, debiendo considerarlo si se quiere mantener su presencia como tal horizonte artístico como un arte exclusivamente mueble (Mateo, 1993(Mateo,, 1995)). En este sentido, los mejores paralelos para las plaquetas de La Cocina los encontramos en las placas grabadas de los niveles solutrenses y magdalenienses de la Cueva del Parpalló (Pericot, 1942), decoradas también con representaciones reticulares, de tal forma que no creemos demasiado osado pensar que lo que se hace en La Cocina no es sino recoger una tradición, muy local, del Parpalló (Fig. 3). No entramos a valorar las propias pinturas de la Cueva de la Cocina (Fig. 4), descritas por Fortea (1975) como pinturas que no son ni levantinas ni esquemáticas y sobre cuyo carácter levantino, que ya fuera intuido por Pericot (1945) cuando las relacionó con el cercano conjunto del Cinto de las Letras, sí han insistido otros autores en estos últimos años (Grimai, 1995). De confirmarse su identidad levantina, algo complicado por su poca entidad y su mal estado de conservación, sin duda serían un índice cronológico de gran valor puesto que revelarían de forma indiscutible la presencia de este estilo naturalista en fechas epipaleolíticas. El llamado arte macroesquemático y su relación con el levantino ha sido otro de los elementos utilizados para acotar los límites cronológicos de éste último. En 1982 M.S. Hernández y el Centro de Estudios Contéstanos publican los primeros datos acerca de un nuevo tipo de arte rupestre, que ellos denominan como Macroesquemático y que otros autores nombran como Lineal-Figurativo (Aura, 1983), Contestano (Jordá, 1985), Cardial (Fortea y Aura, 1987) o Petracos (Beltrán, 1987). A los primeros hallazgos de Plá de Petracos, en Castell de Castells, le siguen otros hasta un total de diez conjuntos con los que contamos en la actualidad (Hernández et ai, 1994), concentrados en la región de Cocentaina, en torno a las sierras de Altana, Mariola y Benicadell. Está caracterizado por las grandes figuras antropomorfas de rasgos esquemáticos, en actitud "orante" y con los brazos agitados en alto y, junto a éstos, por largos trazos serpentiformes. Al mismo tiempo, el estudio de materiales cerámicos de yacimientos como la Cova de l'Or de Beniarrés y la Cova de la Sarsa de Bocairente permitieron identificar una decoración de motivos antropomorfos paralelizables a algunos de los esquemas humanos propios de la pintura macroesquemática, en concreto humanos en X, Y, doble Y y de brazos levantados (Martí y Hernández, 1988). Por su parte, la infraposición de motivos ma-croesquemáticos a representaciones levantinas en el Abrigo I de la Sarga y la ubicación de otros sobre un desconchado que ha destruido parcialmente unos serpentiformes en el Barranco de Benialí ha sido sobrado pretexto para otorgar una cronología posterior a todo el arte levantino. Esta hipótesis se vería, a priori, corroborada con el hallazgo de decoración cerámica paralelizable a figuras levantinas en la misma Cova de 1' Or (Fig. 5). En concreto, se trata de dos fragmentos de una misma vasija en los que mediante la impresión con un instrumento se han representado, por una parte la cabeza, cuernos y una porción del cuerpo de un cáprido, y por otra los cuartos traseros y la larga cola de un animal no identiñcable, y la cornamenta, parte de la cabeza y del cuerpo de un cérvido (Martí y Hernández, 1988). Se apunta, incluso, la existencia de una tercera pieza cerámica que mostraría la forma de la cabeza, parte del cuerpo y las alas de un ave (Hernández, 1992). Estos materiales se sitúan estratigráficamente en un momento avanzado del Neolítico antiguo, lo que vendría a reforzar la anterioridad del arte macroesquemático y el encuadre cronológico del levantino a finales del V milenio a.C. Sin embargo, somos de la opinión de que la relación establecida entre estos motivos impresos y los levantinos no es tan evidente como se ha señalado, aún cuando se pretendan justificar sus disonancias formales a partir de la rigidez y el esquematismo que imponen el soporte cerámico y la propia técnica impresa. El marcado esquematismo que rodea a las figuraciones impresas, los ángulos rectos para la cabeza o las zonas de unión del cuello y del cuerpo, las patas de los animales excesivamente simplificadas y torpes, y la forma general de las figuras, creemos que son detalles que no se pueden explicar solamente por las diferencias en la naturaleza del soporte y de los procesos técnicos seguidos (Mateo y Carreño, 2000), y que los alejan de los conceptos de representación propios del estilo levantino. Por otro lado, todos los fragmentos cerámicos con decoración se engloban en el mismo contexto cultural de un Neolítico antiguo, en concreto en el definido por Bernabeu (1988) para la cueva como Neolítico lA, lo que explica no sólo que las figuras impresas con instrumento muestren una forma de cubrir el espacio interior de la figura con ritmos idénticos enmarcados en líneas horizontales y verticales, lo que a su vez contrasta con la imagen plana levantina (Alonso y Grimai, 1999), sino que coincida en este concepto de representación con los otros motivos impresos cardiales. De igual manera, el hecho de que no haya representaciones parietales zoomorfas dentro del estilo macroesquemático creemos que no es razón suficiente para desligarlos de ese contexto en favor de su vinculación con la pintura levantina. Acerca de las superposiciones de motivos parietales levantinos sobre macroesquemáticos, si consideramos que lo macroesquemático abarca por el momento un espacio geográfico muy concreto y limitado, también podemos pensar que estas sobreposiciones pueden ser evidencia de que en este área ambos estilos, o bien convivieron durante un período de tiempo determinado, o también que el estilo levantino tuvo una pervivencia mayor. Sea una u otra posibilidad y dada la cronología neolítica muy temprana del horizonte macroesquemático, creemos que no sería disparatado plantear la posible filiación del arte levantino con los grupos epipaleolíticos, bien como tales grupos epipaleolíticos o también como grupos retardatarios no neolitizados. Desde luego, lo que no parece que debamos aceptar es que el macroesquematismo sea el punto de partida de dos concepciones artísticas tan distintas como son la levantina y la esquemática, como algún autor ha apuntado (Jordá, 1985). Al margen de las precisiones cronológicas reseñadas, resulta difícil admitir que el arte macroesquemático fuese el origen de este arte naturalista cuando ambos estilos muestran características iconográficas tan dispares y nada invita a pensar que el trasfondo social y religioso que podemos intuir detrás del macroesquematismo guarde relación con aquel que apreciamos en la pintura levantina. ARTE LEVANTINO Y PINTURA ESQUEMÁTICA Si importante se nos presenta la relación existente entre el estilo levantino y otros ciclos artísticos como el macroesquemático, mayor es, si cabe, el interés que desprende su relación con otro de los horizontes culturales más destacados de la Prehistoria peninsular, la pintura rupestre esquemática. Diversas propuestas cronológicas se han mantenido a lo largo del tiempo sobre la pintura esquemática. Considerado, en un principio, su carácter funerario por la relación que parecía existir entre abrigos pintados y sepulcros megalíticos (Obermaier, 1916; Breuil, 1933/35; Cabré, 1941), la representación de motivos esquemáticos en otros contextos pronto obliga a ampliar los criterios a la hora de buscarle un origen y significación. Por otro lado, cuando nos referimos a la pintura esquemática estamos aludiendo, quizás indirectamente, a un fenómeno mucho más amplio que podríamos denominar bajo el epígrafe de Arte Esquemático, bajo el cual se engloban diversos horizontes culturales e iconográficos, en ocasiones muy dispares y sin relación alguna, cuyo único rasgo común es el de compartir el esquema y la abstracción como forma gráfica de expresión de un contenido, muy probablemente, con una intención religiosa. En esa especie de cajón de sastre en que se puede convertir el Arte Esquemático englobamos las manifestaciones pintadas parietales, no ajenas a particularidades regionales y en estrecha relación con el sustrato cultural de cada zona, pero también el llamado arte megalítico, con evidentes relaciones con aquélla, y el horizonte de las insculturas y petroglifos, que conforman un ciclo artístico con personalidad propia, al margen del otro esquematismo de la pintura o el grabado. Centrándonos en la pintura, hemos de admitirla como una realidad muy compleja, con unos límites cronológicos amplios y que, con adaptaciones, pervive en diferentes contextos culturales tal y como denotan los paralelos mobiliares. Hay motivos que, como los denominados ídolos, parecen tener un desarrollo más acusado en una etapa concreta, pero otros se muestran, con o sin variaciones tipológicas, desde los orígenes hasta los momentos finales. Sucede, por ejemplo, con las figuras conocidas como ramiformes que encontramos en un Neolítico antiguo en la Cova de l'Or (Martí y Hernández, 1988), en un Neolítico final en vasijas cerámicas de la Carigüela del Pinar (Granada), asociados a niveles calcolíticos en Millares (Almería), a campaniforme en el Cen*o de la Virgen (Granada) y en un horizonte de transición del Eneolítico al Bronce I en el Castillarejo de los Moros (Valencia) (Acosta, 1984). Durante mucho tiempo, la hipótesis más generalizada ha sido la de vincular el nacimiento de este esquematismo peninsular con la llegada de influencias exteriores procedentes del MediteiTáneo oriental y traídas por los pueblos prospectores de metal, lo que situaba a la pintura esquemática en un horizonte cronológico que ari'ancaba en el Eneolítico y se mantenía a lo largo de la Edad del Bronce, con pervivencias incluso, más tardías (Beltrán, 1983(Beltrán,, 1998)). Los paralelismos entre los motivos pintados y la cultura material de esos contextos calcolíticos apoyaban esta idea. También había autores que se desmarcaban un tanto de esta postura general y consideraban este esquematismo como una resultante de la propia evolución final del estilo levantino, al que, no obstante, se suman algunas aportaciones foráneas de tipo religioso y espiritual relacionadas, a su vez, con la cultura dolménica (Ripoll, 1983). Sin embargo, hace años que el hallazgo de materiales cerámicos neolíticos con una decoración paralelizable a las figuras pintadas llevó a pensar en un origen anterior para esta pintura esquemática (Marcos, 1981). Desde entonces, la documentación de nuevas muestras ha venido a confirmar esa sospecha (Fig. 6). En 1984, P. Acosta aporta un interesante repertorio de motivos de arte mueble de datación neolítica, entre ellos antropomorfos en la Cueva del Agua del Prado Negro (Granada), esteliformes en la Cueva de la Carigüela (Granada), Sima del Carburero (Granada), Cueva de la Mujer (Granada), Cueva de Nerja (Málaga) y Cueva de los Botijos (Málaga), ramiformes en Cueva de la Carigüela, y motivos triangulares en Carigüela y Cueva de las Goteras (Málaga). A estos se van sumando con el tiempo otros ejemplos, como son un alisador de la Cueva de la Murcielaguina (Córdoba) con un cuadrúpedo grabado de un Neolítico medio-final (Gavilán, 1985), una vasija de esta misma cueva con soliforme impreso, líneas horizontales y verticales entrecruzadas y puntos impresos, un fragmento cerámico con cápridos de la Cueva de Nerja, un estehforme de la Cueva de los Mármoles (Córdoba), un pectiniforme grabado en un fragmento de la Carigüela del Pinar, y trece fragmentos de las cuevas de Los Murciélagos, Muerto y Negra, las tres en Córdoba, con representaciones de este-Uformes, líneas verticales y horizontales (Gavilán, 1989; Mas, 2000). También la Comunidad Valenciana ha aportado materiales neolíticos con decoración esquemática paralelizable a la pintada en los abrigos rocosos. En la Cova de l'Or y en la Cova de la Sarsa diversos fragmentos cerámicos muestran motivos esteliformes, con y sin círculo, algunos antropomorfos, ramiformes y, con menor seguridad en su atribución cronológica, tres representaciones zoomorfas incisas en un fragmento cerámico encuadrable en el IV milenio a.C. (Martí y Hernández, 1988). En este contexto debemos reseñar la fecha radiocarbónica obtenida en los Abrigos del Pozo de Calasparra (Murcia), cuyas paredes están decoradas con más de una treintena de motivos esquemáticos (Mateo, 1999) y en donde un nivel neolítico antiguo en el que se recogieron restos de pigmento ha dado la fecha de 6260 ± 120 BP (1-16, 783 = 4310 a.C.) Dados estos paralelos mobiliares y la temprana cronología neolítica que de ellos se desprende para parte del código esquemático, hace tiempo que relacionamos su nacimiento con el nuevo sistema económico productor que se va implantando y en donde la pintura parietal sería la forma de expresión de una espiritualidad estrechamente unida a las nuevas formas de vida (Mateo, 1991). Se inicia así un proceso continuo de formación de ese código esquemático en el que el sustrato indígena debió jugar un papel destacado, sobre todo si tenemos en cuenta que algunas zonas donde arraigó este arte esquemático también existe otro tipo de arte, el levantino, desarrollado quizás con una importante intención religiosa. Si como parece apropiado pensar, la pintura esquemática constituye la expresión plástica de las primeras comunidades productoras, aunque su desarrollo en el tiempo le hace llegar hasta fechas más recientes, la consecuencia inicial que de ello se deriva es la disociación del arte levantino de esos mismos grupos neolíticos. No sería lógico que un mismo grupo social tuviera como propias dos corrientes de expresión tan dispares. De otra parte, que la pintura esquemática tuviera su punto de partida en el horizonte macroesquemático, tal y como diversos investigadores han propuesto (Jordá, 1985; Martí y Hernández, 1988), es una cuestión que hoy por hoy no podemos descartar por completo, pero si en la zona nuclear del estilo macroesquemático las fechas absolutas sitúan el Neolítico antiguo ya bien entrado el V milenio a.C, recordemos que esta etapa se fecha en la Cova de rOr en 4770 a.C. y 4680 a.C, en otros lugares las cronologías conocidas para esta etapa son muy anteriores. Otras veces las fechas obtenidas se aproximan mucho a las de la cueva alicantina. Por su parte, en el Alto Segura contamos con el citado nivel neolítico de los Abrigos del Pozo de Calasparra con su cronología de 4310 a.C. (Martínez, 1994) y con la Cueva del Nacimiento, en Pontones, en donde la cronología obtenida sobre un nivel del Neolítico medio es incluso más antigua que las reconocidas para la Cova de r Or, 4830 a.C. (GIF-1368: 6780 BP no calibrado) (Rodríguez, 1979). Aún cuando tomáramos con cierta cautela la fecha del yacimiento giennense de Nacimiento, las otras dataciones no arrojan, a nuestro entender, un margen de tiempo suficiente que explique los profundos cambios que en los ámbitos de lo mental, cultural y religioso deberían conducir desde lo macroesquemático a lo esquemático. Teniendo en cuenta además las notables diferencias que existen entre las iconografías de ambos estilos y considerando que su único punto en común es el tener a la abstracción y al esquema como formas de expresión, quizás no sea descabellado desvincular el origen de uno del otro. La pronta documentación de superposiciones de motivos esquemáticos sobre otros levantinos en conjuntos como la Cueva de la Vieja de Alpera enl910 (Breuil et al, 1912) o los Cantos de Visera de Yecla en 1912(Cabré, 1915) sirvió para proponer una cronología posterior a este esquematismo, en ocasiones considerado como una etapa final y degenerada en la forma del propio estilo levantino. Posteriores hallazgos ampliaron el número de casos en los que se advierten esas sobreposiciones de motivos, entre ellos Cañada de Marco de Alcaine (Baldellou, 1983), el abrigo de Les Torrudanes en La Valí d'Ebo y el Barranc de la Carbonera II en Beniatjar (Hernández et al., 1988), la Hoz de Vicente en Minglanilla (Martínez y Díaz-Andreu, 1992) o el mencionado Abrigo de Labarta LI (Beltrán, 1999), entre otros, que vendrían a confirmar esta secuencia (Fig. 7). En principio, estas superposiciones se convierten en un índice cronológico de gran valor por cuanto, al margen de que pueden confirmar nuestra idea antes expuesta, se presentan como una fecha ante quem para el propio arte levantino. A estos ejemplos habría que añadir también aquellos paneles en los que conviven representaciones de ambos estilos sin que esté uno por encima del otro, manifestando con ello un respeto hacia lo pintado con anterioridad. Sin embargo, el registro de sobreposiciones inversas, de representaciones levantinas sobre esquemáticas, pone de manifiesto la existencia de una etapa de convivencia de ambos horizontes culturales, lo que nos obliga a matizar esa aparente posterioridad de lo esquemático respecto de lo levantino. Con una especial focalización de los ejemplos en el núcleo del Alto Segura, en el Abrigo del Barranco Bonito de Nerpio (Mateo y Carreño, 1997) un trazo y restos de lo que pudiera ser un cuadrúpedo cubren parte de la cabeza de un animal esquemático más grande en Solana de las Covachas IX, también en Nerpio (Alonso y Grimai, 1996), un cérvido reconvertido más tarde en cáprido se sobrepone a un esquema humano simple, y algo más alejado, en la Tabla del Pochico de Áldeaquemada (López Payer, 1988), es un cuadrúpedo de formas desmañadas el que se superpone a cinco trazos verticales. Fuera de este área, también vemos cómo en el Barranc de la Palla de Tormos (Hernández et a/., 1988) un cánido levantino cubre parcialmente dos zig-zags horizontales; en Cantos de Visera de Yecla (Cabré, 1915) son varios cuadrúpedos los que afectan auna figura esquemática de zancuda y varios signos reticulares; en la Cueva de la Araña de Bicorp (Hernández Pacheco, 1924) apreciamos el contacto entre la cornamenta de un cérvido levantino y un zig-zags esquemático, aunque en verdad resulta problemático precisar la prioridad en la ejecución; en el panel 2 del abrigo V del Racó de Gorgori en Castell de Castells (Hernández et al, 2000) es una barra levantina, asociada a puntos también levantinos, la que se sobrepone a una barra vertical esquemática y en la Fig. 7. Conjuntos de arte rupestre con superposiciones entre los estilos levantino y esquemático: 1. Molino de Juan Basura; 4. Solana de las Covachas; 5. Cueva de la Vieja; 6. Barranco de les Torrudanes; 10. Cueva del Tío Modesto; 14. Abrigo de Labarta LI; 16. Cueva del Tío Modesto en Henarejos (Hernández et al, 2000) es un cáprido el que lo hace sobre varios trazos verticales esquemáticos. UNA PROPUESTA DE MODELO Llegados a este punto y con el panorama general esbozado, en el que hemos rechazado la existencia de un arte parietal lineal-geométrico de edad epipaleolítica, se han matizado las relaciones entre el arte levantino y los horizontes artísticos macroesquemático y de la pintura esquemática, y, asimismo, se ha justificado la cronología neolítica para los inicios de esta última en virtud de los paralelos mobiliares, cabría plantear pues la cuestión de la adscripción cultural y cronológica de los grupos autores del arte levantino. Tomemos como punto de partida para nuestra valoración crítica la hipótesis desarrollada por Portea y Aura (1987), destacada por las repercusiones que en otros investigadores ha tenido. Para estos autores, a finales del VI milenio a.C. se produce la génesis de un proceso artístico iniciado con un tímido arte de raíz epipaleolítica, el lineal-geométrico, que llega a imbricarse con otro arte ex novo, el macroesquemático, asociado a su vez a las primeras ideas neolíticas. Este arte macroesquemático será también el punto de partida del arte levantino, idea ya expresada por Jordá (1985), actuando de estímulo la extensión del proceso de neolitización hacia el interior. Con ligeras matizaciones, este planteamiento general es aceptado por Martí y Hernández (1988), para quienes el arte levantino surge como medio de expresión artístico del proceso de cambio cultural que sufren las comunidades epipaleolíticas inmersas en pleno proceso de neolitización. No obstante, creemos que esta hipótesis, sustentada fundamentalmente en los tres pilares sobre los que hemos reflexionado, no es más que un intento de encajar las distintas piezas del puzzle que constituyen los diversos estilos artísticos que se manifiestan en una zona muy concreta como es el área alicantina de Cocentaina. Por nuestra parte, una vez cuestionados tanto la existencia de un arte epipaleolítico lineal-geométrico al modo en que éste fue planteado como los supuestos paralelos mobiliares de cerámicas neolíticas con la pintura levantina, no vemos mayores inconvenientes en relacionar el arte levantino con los grupos epipaleolíticos geométricos, lo que en parte coincidiría con los postulados de F.J. Portea o M.S. Hernández, entre otros, pero considerándolo como la manifestación de la religiosidad propia de estos grupos de cazadores y recolectores y no como respuesta final a un proceso de aculturación. En este sentido, algunos de los trabajos que han sustentado esta idea de la neolitización como origen y motor de la pintura rupestre levantina pueden ser, al mismo tiempo, muy reveladores acerca de su existencia en fechas ya anteriores. Si las formulaciones de Portea (Portea y Aura, 1987) o Hernández (Martí y Hernández, 1988) se apoyan en los supuestos paralelos mobiliares levantinos y en la cuestionable sucesión temporal arte macroesquemático-arte levantino, otros trabajos como el de Galiana (1992) introducen como elemento de referencia el contexto arqueológico de las pinturas y su posible relación con las mismas. En verdad, el establecimiento de una correlación entre pintura rupestre y yacimientos arqueológicos próximos no es algo del todo punto novedoso ya que con mayor o menor acierto es un recurso cronológico empleado desde fecha muy temprana en el estudio del arte rupestre (Cabré, 1915; Portea, 1973Portea,, 1975;;Aparicio, 1977; Beltrán, 1985; Utrilla, 1986/87). Galiana (1992) tras realizar una clasificación tripartita de los tipos humanos representados y fijar una correspondencia con los yacimientos existentes en el entorno de los abrigos pintados de las cuencas de los ríos Ebro (Bajo Ebro), Martín, Guadalope y Matarraña, llega a la determinación de que tan sólo se puede afirmar con cierta autoridad que el grupo III, integrado por figuras que tienden a la esquematización, son atribuibles a asentamientos del Neolítico final y Caleolítico por ser de estos periodos los únicos yacimientos documentados en las cuencas fluviales donde se encuentra ese grupo III. Hemos de suponer que el criterio de adscripción se completa con el hecho de que en torno a los otros ríos sí se documentan tanto figuras humanas de los otros dos grupos determinados como yacimientos arqueológicos epipaleolíticos y del Neolítico inicial. Asimismo, dado que esta asociación sólo se observa en cuencas interiores, las de los ríos Guadalope y Martín, cabría pensar que el arte rupestre está relacionado con el proceso de neolitización de estas zonas interiores (Galiana, 1992). Vemos, pues, cómo sus deducciones, aunque obtenidas por vía diferente, coinciden con las expuestas por otros investigadores. Sin embargo, un detenido análisis de los mismos datos aportados nos conduce a la discrepancia. Una cuestión previa en un estudio de este tipo sería excluir, en la medida de lo posible, que la ausencia de yacimientos anteriores al Neolítico final en torno a los ríos Guadalope y Martín se deba a un vacío en la investigación, para después aceptar también que la clasificación tipológica de los humanos, muy subjetiva, respeta una sucesión cronológica lineal entre los tres grupos establecidos, lo que es muy discutible. No obstante, admitamos ambas premisas. Pero si el grupo III tiene una filiación en el Neolítico final, los grupos I y II, ¿qué adscripción cultural deben tener? Los tres grupos están presentes en esas cuencas interiores, en ocasiones con porcentajes muy superiores de los grupos I y II. En el río Guadalope la situación es más significativa ya que mientras que el grupo III engloba tan sólo al 12,1 % de representaciones, el II lo hace con el 36,5% y el grupo I con el 51,2%. Al mismo tiempo, en las cuencas del Bajo Ebro y Matarraña se documentan los grupos I y II, no así el III, y se registran asentamientos desde el Epipaleolítico, por lo que si se aplica el criterio precedente, estos grupos I y II se deben asociar a yacimientos anteriores al Neolítico final, ¿quizás los epipaleolíticos? Tampoco se entiende muy bien que algunos ya- cimientos como el Plano del Pulido, en el que sólo se había documentado en prospecciones superficiales una industria lítica de geométricos, en concreto un trapecio con retoque abrupto y un microburil, y ninguna evidencia de producción, se pueda englobar, sin mayores consideraciones, en el grupo de los asentamientos neolíticos con geométricos a fin de relacionar con él las pinturas levantinas "clásicas" de la covacha, o la Roca deis Moros de Calapatá, en donde la evidencia material es aún menor, una raedera de cuarcita con retoque de doble bisel, que se encuadra en un momento del Neolítico final, o quizá ya Eneolítico, con grandes foliáceos de base cóncava (Utrilla, 1986/87). En otras ocasiones, las asociaciones entre arte rupestre y cultura material son un tanto más gratuitas. Sucede con los conjuntos de Los Chaparros y Los Estrechos, ambos en Albalate del Arzobispo. Mientras que a Los Chaparros por su carácter levantino se le agregan varios enterramientos eneolíticos presentes en los barrancos vecinos de La Hoz y La Valdoria, con las pinturas de Los Estrechos, de estilo esquemático, se relaciona una punta de flecha metálica (Utrilla, 1986/ 87), sin que haya un criterio claro para así hacerlo. Todo esto nos debe llevar a actuar con suma cautela a la hora de formular propuestas, máxime cuando la conexión entre arte rupestre y registro arqueológico se convierte en un recurso amesgado precisamente por carecer de elementos objetivos de asociación. Por otro lado, sobre la caracterización cultural de los artistas levantinos tampoco podemos dejar de lado el hecho de que en todo el conjunto de representaciones pintadas no encontramos ninguna referencia explícita a actividades de producción (Mateo, 1992(Mateo,,1996)), ni de agricultura ni de domesticación, aunque en verdad hemos de reconocer que no es este un dato concluyente por sí mismo. Las composiciones presentadas como ejemplo de labores de agrícolas, al modo en que las vemos en el Abrigo del Ciervo de Dos Aguas (Jordá y Alcacer, 1951) o el Barranco del Pajarejo de Albarracín (Almagro Basch, 1960), pueden ser perfectamente admitidas como testimonios de tareas de recolección de plantas o tubérculos, mientras que en los casos referidos a la domesticación y monta convergen circunstancias variadas que invalidan esa caracterización. En ocasiones se trata de escenas en las que cabría hablar de caza a lazo, como sucede en el Abrigo de Selva Pascuala de Villar del Humo (Beltrán, 1968b), y otras veces son simplemente representaciones no levantinas, bien esque-máticas, como pasa en la Cañada de Marco de Alcaine (Beltrán y Royo, 1996) o en el Abrigo de los Borriquitos de Alacón (Beltrán y Royo, 1998), o ya de cronología histórica, como el archiconocido jinete con casco del abrigo X del Cingle de la Casulla de Ares del Maestre (Ripoll, 1962) de adscripción muy posiblemente ibérica. Suele ocurrir con frecuencia que, por exceso de celo o ante la falta de análisis exhaustivos, se asigne la etiqueta de levantino a determinadas representaciones que a todos los efectos no lo son. A veces se trata de representaciones que imitan lo levantino, por lo general cercano en el espacio, y claro ejemplo puede ser el llamado abrigo III del Ban^anco de los Grajos de Cieza (Salmerón y Lomba, 1995), pero en otras ocasiones son sencillamente conjuntos enteros o figuras aisladas que, respondiendo a una motivación variada que casi siempre se nos escapa, sólo imitan de lo propiamente levantino el carácter narrativo que lo envuelve con el fin de emitir un mensaje concreto. Este es el caso de las pinturas funerarias eneolíticas de las Cueva de la Peña Rubia de Cehegín (Beltrán y San Nicolás 1988), de los cinco lagomorfos exageradamente naturalistas del Abrigo de Charán en Moratalla (Mateo y Bernai, 1999) o del equino de la Cueva de las Arañas del Carabasí de Santa Pola (Ramos, 1982) que muestra convencionalismos estéticos muy próximos a lo que conocemos de las representaciones ibéricas. El arte levantino es un horizonte artístico bastante uniforme tanto en sus contenidos como en sus procedimientos técnicos, lo cual no excluye que haya particulares conjuntos o figuras que nos planteen una duda razonable y sobre los que siempre habrá que extremar la prudencia. Aún así, el arte levantino presenta una serie de caracteres propios que definen un perfil muy concreto que le otorgan homogeneidad. Además, la hipótesis de la neolitización como causa del nacimiento del arte levantino no deja de plantear una situación un tanto paradójica. Durante algunos miles de años los grupos de cazadores y recolectores habrían mantenido unos modos de vida que no suscitaron la necesidad de crear una iconografía religiosa, desde luego el tantas veces referido estilo lineal-geométrico, de haber existido, no cubriría esas expectativas por lo exiguo de su desarrollo, para luego, súbitamente, al entrar en contacto con las primeras ideas neolíticas, a las que no olvidemos van aparejados unos conceptos artísticoreligiosos muy distintos basados en el esquema y el símbolo, surgir como de la nada y ante la necesidad, el espectacular arte narrativo y naturalista levantino, suponemos que con la intención, tal y como se ha propuesto en alguna ocasión (Llavori, 1988/89), de convertirse en salvaguarda de ese modus vivendi depredador. Pero los datos con que contamos sobre el proceso de neolitización de las comunidades epipaleolíticas parecen indicar que en modo alguno se trató de un cambio traumático, sino más bien al contrario, de un lento y largo periodo de convivencia e intercambio entre estos grupos de cazadores y recolectores con los grupos neolíticos. Diversos yacimientos bajoaragoneses arrojan bastante luz sobre el tema (Fig. 6). En Botiquería deis Moros de Mazaleón (Teruel) y en el Abrigo de Costalena en Maella (Zaragoza) se documicnta la presencia de cazadores y recolectores que sobre sus bases técnicas y culturales epipaleolíticas van a recibir algún elemento neolitizador, en concreto la cerámica, sin que ello suponga modificar sustancialmente sus formas de vida. Con unas fechas absolutas de los niveles epipaleolíticos de 5600 a.C. (Ly-1198: 7550 ± 200 BP) en Botiquería y de 4470 a.C. en Costalena, la neolitización de estos grupos no se va a producir por un repoblamiento tras una etapa de abandono, sino por la llegada espaciada y poco intensa de puntuales rasgos tecnológicos y culturales (Barandiarán y Cava, 1989). Es ésta una situación que vemos repetida en El Pontet, en Maella (Mazo y Montes, 1992), en donde un nivel de transición Epipaleolítico/Neolítico fechado en 4420 a.C. y caracterizado por una industria lítica de triángulos con retoque abrupto, mayoritarios frente a los trapecios, muestra también los primeros vestigios cerámicos. En el Abrigo de Secans, en Mazaleón (Rodanés, 1991), el material lítico epipaleolítico es comparable al de Botiquería y Costalena, y un nivel neolítico aporta unos pocos trozos cerámicos como elemento exótico. Esta misma secuencia la documentamos en otros yacimientos como la Cova del Llop en Mazaleón (Mazo y Montes, 1987) y en el Serdá de Fabara (Barandiarán y Cava, 1985). Más al Sur, en el Tossal de la Roca de Valí asemeja también a las anteriores, con unos niveles más antiguos encuadrables en el Paleolítico superior, un nivel epipaleolítico en el que hay una industria de tipo laminar, con restos óseos de fauna entre los que predominan las especies salvajes de conejo, cabra y, en menor porcentaje, ciervo, a la que le sigue una etapa neolítica que proporciona cerámica impresa e incisa y poca industria lítica. Asimismo, según comunicación personal de sus investigadores A. Alonso y A. Grimai (1996) también se recuperaron algunos restos de grano. Sin que podamos descartar la posibilidad de que todos estos elementos de carácter productor hallados en contextos sin producción puedan ser una simple demostración de que el grupo de cazadores y recolectores no está aislado y no impliquen un proceso de neolitización como tal (Mercader, 1989/ 90), lo que parece desprenderse de todo ello es que en la transición Epipaleolítico/Neolítico, o dejando un tanto de lado la terminología, en la experiencia de cambio de unos modelos de vida depredadores a otros de producción no parece haber grandes rupturas, sino la pervivencia de unas formas de vida tradicionales a las que se irán incorporando elementos de "modernización" como la cerámica, alguna especie animal doméstica o el grano, lo que conducirá a la lenta aculturación de estos grupos epipaleolíticos. Se ha postulado que el origen del arte levantino está en un conflicto de competencias territoriales, económicas y socioculturales entre las comunidades epipaleolíticas de faciès geométrica y los incipientes grupos neolíticos, de tal forma que la pintura levantina surge como un mecanismo de reproducción de un modo de vida tradicional tendente a impedir la desintegración del sistema (Llavori, 1988/89). Al margen de que rechacemos la idea de que el arte levantino nazca como simple mecanismo de defensa de unas formas de vida amenazadas, ya que su contenido temático implica conceptos religiosos más amplios, sí podría ser cierto que, a priori, la necesidad de tierras para cultivar obligase a la reclusión paulatina de los grupos de cazadores y recolectores en las serranías interiores, menos aptas para el cultivo. Pero, hemos de insistir una vez más en que la evidencia arqueológica es bastante clara a la hora de mostrar una sucesión de contactos más o menos intensos entre los grupos epipaleolíticos y las primeras comunidades productoras, lo que en cierto modo viene a romper con los viejos razonamientos del evolucionismo cultural según los cuales el paso de un modo de vida depredador a otro productor constituye un cambio traumático en el que no hay vuelta atrás. Al mismo tiempo, el registro etnográfico reporta interesantes datos acerca de cómo dos o más entidades sociales y económicas en principio incompatibles conviven en un mismo territorio, integrados en un sistema más amplio y llegando a una estrecha interdependencia económica (Mercader, 1989/90), en un nuevo marco de colaboración y en el que no siempre se da el exterminio de un sistema depredador por otro productor. Si las evidencias mobiliares otorgan una cronología neolítica antigua para el inicio de la pintura rupestre esquemática y a la vez, como hemos intentado razonar, carecemos de criterios objetivos que nos impidan establecer una comunión entre el arte levantino y las comunidades epipaleolíticas de la vertiente mediterránea, al menos ni las evidencias arqueológicas lo desmienten ni tampoco tenemos elementos de juicio suficientes para negar tal capacidad de creación plástica a los grupos epipaleolíticos, quizás podríamos pensar también que la fase de convivencia de ambos estilos, revelada por las sobreposiciones de motivos levantinos y esquemáticos, pudo corresponderse con ese periodo de cohabitación de estas comunidades epipaleolíticas y los primeros grupos productores que se deduce de los datos aportados por los yacimientos que nos han servido de referencia. La aculturación de estos grupos de cazadores y recolectores supondrá la generalización del fenómeno esquemático y la desaparición definitiva del estilo levantino como vehículo de expresión de unas creencias asociadas a un modelo social y económico caduco.
La prehistoria no puede contentarse con una humanidad abstracta (V. Gordon Childe, 1935) El panel, utilizado para soportar los símbolos de una determinada formación social, es obvio que se convierte en un espacio de representación de la misma. Se aprovecha para incorporar, ordenar o desordenar los elementos que circulan en un determinado sistema. La acción social queda así reflejada en un producto de carácter simbólico. Aunque, evidentemente, esta representación social no tiene carácter exclusivo en la pintura rupestre esquemática, en las siguientes páginas intentaremos analizar cómo la organización y la configuración de este espacio, panel, tiene que ver con la propia dinámica social, informándonos sobre los diversos estadios de su recorrido, en una secuencia que se ordena bajo las coordenadas de lo que hemos denominado "espacio-tiempo social". En el año 1958 aparece una obra fundamental para el futuro de la investigación del arte rupestre, Lévi-Strauss publica su Anthropologie Structurale. Seguidamente, Laming-Emperaire (1962,1972) y Leroi-Gourhan (1958, 1965), introducen en el análisis del arte paleolítico la óptica estructuralista, sustituyendo definitivamente la visión histórico-cultural. Plantearon modelos de localización y asociación de las diferentes especies animales representadas en las cuevas del Paleolítico Superior en Europa occidental y las interpretaron como referentes a los mitos que trataban de las relaciones entre los principios femeninos y los principios masculinos. Su impacto, que podemos calificar de auténtica "revolución", presenta en la actualidad numerosos resultados y mantiene abierto un debate que se está mostrando muy enriquecedor. Sin embargo, las aportaciones de Raphael en este sentido, anteriores a las de Leroi-Gourhan y Laming-Emperaire, quedaron relegadas y olvidadas debido al enfrentamiento teórico que plantea-T. P., 59, n.M, 2002 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es ban contra las ideas dominantes del Abate Breuil (Chesney, 1991). Por este motivo terminaron siendo más influyentes en la esfera de la historia del arte que en la arqueología. Dado el interés y la influencia que tuvieron en los trabajos posteriores seguidamente las sintetizamos. Planteaba Raphael (1945), hace ya más de cincuenta años, que las figuras debían de ser concebidas como conjuntos coherentes sobre un dispositivo iconográfico que reflejaba la ideología del hombre paleolítico y resultaba de la realización de un programa; de modo que los animales y los signos estaban en función de relaciones espaciales, con asociaciones preferenciales o configuraciones recurrentes (1). Pero fue la dinámica provocada por los trabajos de Leroi-Gourhan la que generó un cambio en la orientación de los estudios sobre el arte paleolítico, puesto que profundizó en el análisis estructuralista pasando de lo formal al estudio e interpretación de los significados. Gran parte de la investigación inspirada en ellos se está moviendo ya más allá de sus logros. El concepto estructuralista de sus trabajos fue el instrumento que marcó la línea de investigación más innovadora de los siguientes años (Sauvety Wlodarczyk, 1977; Conkey, 1987Conkey,,1989)). Por otra parte, la creación de un grupo de trabajo en la vecina Francia (Groupe de Réflexion sur l'Art Pariétal Paléolithique) ha posibilitado la sistematización de los objetivos y de los métodos de estudio del arte parietal paleolítico proponiendo, desde la discusión colectiva, una normalización global (GRAPP 1993) (2). Sin embargo, la investigación del arte postpaleolítico ha sido menos productiva. Tanto el arte levantino como el esquemático quedaron atrapados en el marco normativo heredado de la arqueología histórico-cultural. La investigación del arte rupestre, desarrollada sobre los fundamentos de la arqueología, es tributaria de sus teorías y de sus métodos. En las últimas décadas se separaron las trayectorias, la Prehistoria fue asumiendo las nuevas tendencias de la investigación, mientras que el arte rupestre postpa-(1) No se prestó demasiada atención a las propuestas de M. Raphael, aunque no cabe duda que Laming-Emperaire utilizó ampliamente su obra. Esta situación llevó al arte rupestre esquemático a quedar encasillado e infravalorado, no se consiguió avanzar en su análisis desde la rentabilidad que estaban aportando las nuevas metodologías. Bajo el dominio absoluto del positivismo y con la tendencia a primar las representaciones figuradas como "objetos", el arte esquemático se subió al pedestal de la tipología y se encerró en la urna de la cronología. Que si la Edad del Cobre, que si la del Bronce, que si del Neolítico, que si tales y tales paralelos tipológicos, empezaron a llenar las páginas de los estudios de pintura esquemática. El resultado nos ofrece dos realidades aparentemente contradictorias, por una parte, un enorme volumen de publicaciones sobre los conjuntos esquemáticos, por otra, una preocupante desproporción entre el ritmo de publicaciones y el estado de conocimiento. La consecuencia, inmediata, la ausencia de un modelo general que explique la pintura rupestre esquemática (a partir de ahora PRE). Hodder (1982a) aplica los criterios de la gramática generativa de Chomsky al estudio de los motivos decorativos representados en las calabazas de los nuba del Sudán, planteando cuáles son las palabras de ese lenguaje y las reglas gramaticales que lo organizan. Igualmente, al estudiar la cerámica neolítica holandesa, identifica una serie de jerarquías de oposiciones horizontal/vertical que finalmente interpreta (Hodder 1982b) valorando por encima de todo el análisis contextual. Un año después, apareció una recopilación de artículos que nos mostraban un primer esfuerzo colectivo encaminado al examen de las consistencias estructurales en el marco del arte (no figurativo) y sus relaciones sociales. Desde distintas ópticas como la percepción, la cultura, la etnografía o la arqueología, se discutía la estructura del arte en diversos contextos, participando de una orientación común en la que el arte se consideraba como parte de un sistema de la cultura (Washburn, éd., 1983). Paralelamente, en nuestro país, un trabajo de Martín de Guzman (1983) planteaba la dificultad del discurso esquemático desde la óptica interpretativa, resumida en una aproximación y ensayo del "arte esquemático" a través de los procedimientos de la semiótica textual. Las dificultades de entender un fenómeno simbólico de la magnitud del "arte" esquemático eran evidentes y cualquier intento pasaba por una declaración explícita de los inconvenientes a los que había que enfrentarse. Sin embargo, puso de manifiesto las posibilidades de este tipo de análisis. Evidentemente, en este contexto, el camino abierto por Leroi-Gourhan para el arte paleolítico hacía imprescindible plantear algunas preguntas relativas a un fenómeno como el de la PRE. ¿Existía en la PRE un principio organizativo y por tanto estructural cuya identificación nos permitiera avanzar en su conocimiento? ¿El paradigma estructuralista, como alternativa, podría aportar los principios organizativos de este complejo fenómeno? Con estas preguntas de partida, y tras las limitaciones planteadas con la iconografía, desde la perspectiva del método de Panofsky (3) (Martínez García, 1981: 63-64), estudiábamos el conjunto del Peñón de la Virgen en Gilma (Nacimiento, Almería). Algunas recurrencias observadas en los paneles nos empujaron hacia el análisis de sus contenidos y sus relaciones con otros ámbitos peninsulares. Sus resultados evidenciaron referencias estructurales y la posibilidad de observar procesos de organización económica y social. Igualmente, se puso de manifiesto la naturaleza diacrónica o sincrónica del proceso con la incorporación del factor espacio. El modelo espacial tuvo como soporte el marco conceptual definido por D. Clarke (1968) y su resultado cuestionó la antigüedad de la PRE del sudeste (4). En efecto, ésta era más reciente que la del interior de Sierra Morena y el sudeste aparecía claramente como un área periférica del fenómeno esquemático (Martínez García, 1984: 79-80, Fig. 24) (Fig. 1). Posteriormente, analizamos una serie de figuras entrelazadas de la Cueva de Los Letreros (Vélez-Blanco, Almería) (Martínez García, 1988), donde partiendo de su interpretación genealógica dibujamos el sistema de parentesco existente bajo su estructura, una "fotografía" que reflejaba la organización social y contribuía con ello al mantenimiento de la misma. Era evidente el potencial de información que encerraban los conjuntos esquemáticos, pero faltaba abordarlo desde una perspectiva más integradora y global, desde una unidad espacial nueva, con una escala que permitiera contrastar las propuestas. Así fue como realizamos el análisis de la PRE en la Península Ibérica, fmto del Fig. 1. Centralidad y periferia: propuesta realizada tras el análisis de las asociaciones recurrentes a partir de figuras humanas y cuadrúpedos (Martínez García, 1984: Fig. 24). cual podemos considerar el trabajo que ahora nos ocupa (5). EL PANEL COMO ESPACIO DE REPRESENTACIÓN SOCIAL Es obvio que la PRE es un producto cultural más, su presencia en los abrigos será vista, por tanto, como cualquier otro aspecto de la cultura que forma parte de un sistema, como una producción social más que surge de formaciones sociales determinadas y de sus circunstancias históricas. En este sentido, sus elementos juegan un papel importante en la producción y reproducción de las relaciones sociales, colaborando tanto en la estructuración de la organización social como en el mantenimiento de la misma. La PRE, generada por grupos humanos, fue ocupando espacios geográficos en un proceso de territorialización a lo largo del tiempo. Su distribución aporta información válida para empezar a comprender un fenómeno de "ocupación simbóUca" sobre los mismos que, cada vez, se muestra más complejo y permite, a la vez, realizar una primera valoración sobre la construcción de un espacio social, entendido como territorio (Martínez García, 2000: 36-(3) El método había sido aplicado a los grabados rupestres gallegos por Alonso del Real (1975). (4) Desde los trabajos de Breuil, el sudeste se mantenía como el lugar de origen del arte esquemático, tanto por los paralelismos con las decoraciones de los materiales muebles documentados en las excavaciones de Siret, como por el soporte difusionista del modelo colonial. (5) Martínez García, J. 1997: La Pintura Rupestre Esquemática en las primeras sociedades agropecuarias. Un modelo de organización en la Península Ibérica. "El panel como espacio de representación social". Tesis doctoral inédita. http://tp.revistas.csic.es 37) (6). Es, por tanto, un producto del comportamiento social (7) y nos puede informar sobre la propia organización socio-económica. Esta producción está compuesta por elementos pintados que pueden cambiar con el tiempo y el espacio, tanto en la forma como en el significado. Sistemas como el que nos ocupa se caracterizan porque presentan una tendencia inherente hacia la polisemia, hacia grupos de significados diferentes (8). Por este motivo no intentaremos interpretar el significado de los elementos pintados individualmente, puesto que esta significación depende de la tradición, de cómo se agrupen, del contexto donde sean usados y de las relaciones y estructuras sociales. Sin embargo, sí optaremos por poner de manifiesto que responden a un estructura lógica y que son abarcables en su organización interna, permitiendo lecturas diacrónicas y confirmando su uso repetitivo como una característica propia de la aceptación colectiva, social, que tuvieron. Este aspecto, lo colectivo, se muestra como un factor fundamental, la aceptación de una PRE concebida como un proceso colectivo nos permitirá explorar otros niveles de análisis. En este sentido estamos de acuerdo con Jamenson (1981: 286), cuando se muestra partidario de anteponer la certeza de una hermenéutica basaba en nociones de colectividad para el arte rupestre, por encima de temas individuales y de experiencias personales. En efecto, la percepción del tiempo y el espacio es común a todos los miembros de un grupo social que participan de unas mismas condiciones de control material de la realidad (Hernando, 1999: 9). Tras este posicionamiento, queda claro que nos (6) Los trabajos de análisis macroespacial se han mostrado muy eficaces a la hora de ofrecer propuestas novedosas. El soporte fundamental de las mismas han sido los grabados rupestres gallegos (Bradley et al, 1993(Bradley et al,, 1994)), aunque también se ha aplicado en el sur peninsular a la PRE (Martínez García 1998). Por su parte, el área de contacto entre ambos fenómenos, grabado y pintura, en el noroeste peninsular ha sido objeto de algunas propuestas bajo el marco de "frontera" (Bradley y Fábregas, 1996, 1999). (7) D. Fiore (1996: 251) ha definido tres niveles para la conceptualización del arte rupestre como producto social: el primero referente a la construcción de imágenes visuales; el segundo, relativo a los contenidos ideológicos, tanto explícitos como implícitos y, por último, el tercero, relacionado con la organización del proceso de producción material. (8) Dado que la PRE queda dentro de las coordenadas de un simbolismo cultural, donde la diversidad de creencias y su repetición aparecen como necesarias y presenta, al menos en parte, una orientación común para los miembros de una misma sociedad, debemos tener en cuenta una de las características compartidas por todos los fenómenos de este tipo: la ausencia de una interpretación permanente, ahistórica, ya que el campo de evocación no queda determinado. interesan más las generalidades de su conjunto, el soporte estructural que articula el "Sistema Esquemático" que las particularidades de apreciación estilística o tipológica de sus componentes (9). Los abrigos han sido objeto bien de una única intervención o bien de acumulaciones provocadas con el paso del tiempo. Por tanto, nacidos de una sincronía total o ejecutados en cortos intervalos de tiempo. Otras veces son el resultado de la incorporación de elementos a lo largo de siglos. Atrapados entre las variables del tiempo y el espacio, los abrigos pintados nos ofrecen un marco amplio al que se va incorporando el juego normal de variantes, sustitución de unos símbolos por otros, supervivencias y decadencias. Sin embargo, a pesar de ello resulta significativo que los paneles constituyan un universo en el que los elementos son solidarios. Son numerosos los análisis que han contribuido a fundamentar esta solidaridad (tipológicos, estilísticos, estadísticos) y otros factores como los locacionales, topográficos, etc. que la revalidan. Pero, quizás, sea la lógica interna de su estructura organizativa la que mayor coherencia aporte al "sistema esquemático". Recordemos al respecto un trabajo sobre los petroglifos gallegos que trata la problemática de la organización interna de los paneles y cuyas propuestas se concretan en una oposición estructural entre la parte superior e inferior de los mismos. Tres estaciones atribuidas a la Edad del Bronce (Caneda. Monte Árcela y Tourón) muestran un mismo orden relativo a los motivos comunes que contienen (Santos Estévez, 1998: 84). El abrigo pintado, al igual que un asentamiento, será considerado como la unidad de análisis, pero es el panel, como en el asentamiento sus partes (unidades domésticas, defensivas, almacenamiento, necrópolis) lo que consideramos unidad mínima de análisis (10). Esta unidad mínima estará constituida por un determinado número de elementos (figuras). (9) Aunque indudablemente estas categorías se han mostrado como válidas para caracterizar al conjunto de productos culturales que estudiamos, sólo deben ser un medio para el análisis, no la finalidad del mismo. En otra ocasión hemos apuntado que es evidente la necesidad de describir y consiguientemente ordenar y clasificar tipológicamente las manifestaciones pintadas, pero que era obvio que éste no debía ser el objeto del estudio del «arte» prehistórico (Martínez García, 1988: 183). (10) El panel ha sido también considerado como la primera escala de la articulación del arte rupestre gallego, aunque asociando panel y estación (Santos y Criado, 1998: 582) en una propuesta menos restrictiva que la que hacemos aquí. Por su parte, Leroi-Gourhan (1972: 297-298) señalaba para el arte paleolítico un concepto más complejo de panel dadas las características de las cuevas, aunque tratándose siempre de un espacio delimitado. que podrá oscilar de uno a N elementos, tantos como queden agrupados en su relación y configuración espacial. El panel, por tanto, es un espacio limitado, de mayor o menor tamaño, pero limitado. La tendencia de todas las composiciones registradas en los abrigos compuestos con elementos del "sistema esquemático" tiende a matrices rectangulares o cuadradas, muy pocas veces descompensad^s por ángulos oblicuos, pero nunca son circulares. Su articulación se produce a través de la composición del mismo, de sus relaciones temáticas y estructurales, en función de dos categorías generales, la de un espacio horizontal y la de un espacio vertical. Pero ¿la organización y configuración de este espacio tiene que ver con los procesos de organización social? Y si es así, ¿ cómo podemos detectarlos y explicarlos? Si la acción social es capaz de reflejarse en escalas espaciales como el territorio ¿por qué no va ocurrir lo mismo en escalas menores, como los paneles? El desarrollo de la pintura esquemática fue largo en el tiempo, mientras que en el espacio se extendió por toda la Península Ibérica para el ámbito analítico que abarcamos (11). La dificultad de seguir su evolución interna viene determinada por la carencia de una secuencia cronológica basada en fechaciones radiocarbónicas como ocurre en los contextos arqueológicos. Aunque es evidente que se avanza en este campo con la incorporación de análisis por AMS (Chaffee et ai, 1993; Watchman y Lessart, 1993; Bednarik, 1993), no contamos con ninguna referenda para los soportes parietales esquemáticos, aunque indirectamente, la presencia de los mismos elementos simbólicos en otros contextos como los megalitos o los asentamientos permiten claras congelaciones que nos acercan a su marco cronológico. Sin embargo, el espacio de los paneles, su estructura, su contenido y composición, parece un buen marco para acercarnos a la organización social que quedó reflejada en los mismos, en una teórica secuencia que camina hacia la diferenciación social. Por tanto, si aceptamos que existe una relación estructural entre los rasgos socio-culturales y la percepción del espacio (Criado, 1993: 19) y que cada situación cultural exige un concepto de espacio coherente, que se transformará cuando cambie ésta (Hernando, 1999: 22), podemos concluir que a través de la organización del espacio en los paneles podemos tener acceso al "Tiempo Social". Desde los principios de composición desorganizadas con participación de elementos temáticos escasos (antropomorfos, zoomorfos, soliformes), hasta la estructurada y organizada presencia de nuevas incorporaciones al sistema esquemático (bitriangulares, cérvidos, ojos-soles, etc), crecientes en número y complejidad, parece existir un proceso que irremediablemente va ligado a la organización socioeconómica de las formaciones sociales que los realizan. Su distribución territorial, repetitiva, recurrente, garantiza su vinculación a mecanismos de mantenimiento del poder y del control social, proyectando la ideología dominante por el territorio. Tres variables se muestran eficaces a la hora de analizar la estructura interna de los paneles, la escala (principio del tamaño), la posición (principio de posición) y la situación (principio del contexto de situación) (12). En este sentido manejaremos variables formales en el espacio del panel. En cuanto a la escala será un proceso comparativo (mayor o menor), mientras que en el ámbito posicional distinguiremos las localizaciones (izquierda/derecha, centro, arriba/abajo), para finalmente interpretar las relaciones que se definen bajo el contexto de situación de las figuras pintadas (horizontalidad, verticalidad, simetría, inversión, etc.). Este enfoque posicional (Sperber, 1978) no explica el fenómeno simbólico, pero el sistema definido por el juego de variables lo organiza en una estructura, en una disposición espacial. Evidentemente, buscamos y ordenamos pautas estructurales y las identificamos (mayor/menor, izquierda/derecha -horizontal-, arriba/abajo -vertical-, simetría e inversión, etc.) pero parece necesario hacer también algún tipo de abstracción sobre el significado de estas pautas. En efecto, para ello, vamos a comparar estructuras organizativas basadasen la participación de elementos pintados (antropomorfos) a los que atribuimos una misma categoría (hombre/mujer) y, por tanto, nos van a permitir movernos en determinadas entidades sociales, las que procedan. Formalmente, estas estructuras pueden ser muy específicas (antropomorfos individuales, grandes, pequeños, en grupos, alineados horizontalmente, ordenados (11) En este trabajo, no valoramos la localización de pinturas esquemáticas en otros contextos geográficos próximos como Francia o Italia. Además, las manifestaciones "esquemáticas" en sentido general presentan una distribución universal. (12) Término introducido por Malinowsky (1972) en su estudio sobre el problema del significado de las lenguas primitivas. en verticalidad, etc.), pero es el contenido de la categoría interpretativa (individualidad, colectividad, segmentación social, distinción, jerarquía, etc.) la que tiene una significación histórica concreta, puesto que nos informa del proceso que conduce de las sociedades preclasistas a las sociedades con parámetros más complejos. ¿La PRE como elemento material de la cultura, como artefacto, fue utilizada como fiel reflejo de la realidad y nos informa de estos procesos sociales de una forma inocente? O por el contrario, ¿Fue la adecuación y la estrategia de una ideología que integró territorialmente y cohesionó a una formación social? Evidentemente, nos inclinamos por esta última alternativa. Por tanto, al enfrentarnos a los paneles lo haremos caracterizándolos en una de las tres categorías siguientes: Panel desorganizado: no domina ningún eje en la estructura compositiva. Un espacio carente de horizontalidad y verticalidad es un espacio ambiguo, en el que no existen diferencias, podríamos decir que refleja igualdades (Fig. 2, 1). Panel horizontal: organización compositiva en función de un eje horizontal. Un espacio horizontal es un espacio no dividido, en el que las diferencias se yuxtaponen, reflejando distinciones (Fig. 2, 2). Panel vertical: organización compositiva en función de un eje vertical. Un espacio vertical es un espacio dividido, en el que las diferencias se sobreponen, reflejando desigualdades (Fig. 2, 3). Evidentemente, las tres dominantes de las composiciones pueden aparecer combinadas en un mismo panel, estando presentes tanto en dos como en tres de los términos. La conjunción de estos niveles de análisis, escala, composición y posición de las figuras, provoca una amplitud de disposiciones recun'entes que aparecen inmersas en un marco espacial, el panel, a las que no le es ajeno el tiempo y, por tanto, tienen un claro componente secuencial. Es decir, serán más antiguos los paneles desorganizados y más reciente la utilización del eje vertical, mientras que la dominante horizontal se muestra como un estadio intermedio. Esto es importante porque nos va a permitir establecer la secuencia relativa. Seguidamente y bajo el análisis de estas categorías observaremos regularidades espaciales en la composición y en el contenido de los paneles, unas evidencias que nos hablan de la realidad discontinua, cambiante, repetitiva y recurrente de las prácticas sociales. Su dinámica de transmisión, muy mecánica, garantiza la continuidad estructural (13). EL SOPORTE Y LA TRADUCCIÓN DEL ESPACIO Seguidamente, como paso previo, consideramos la importancia que tiene el soporte físico de las paredes de los abrigos sobre el que se pintan las figuras (paneles). Basta recon^er la bibliografía tradicional para observar cómo continuamente, la totalidad de los autores ha señalado que en el estudio del arte prehistórico es necesario tener en cuenta la situación de las figuras pintadas (Breuil, 1935; Hernández Pacheco, 1959; Acosta, 1968; etc.) Sin embargo, a excepción de la propuesta de Leroi-Gourhan para el arte paleolítico, anteriormente señalada, esta premisa ha quedado sistemáticamente desconsiderada para el conjunto del arte postpaleolítico. Se dibujan las figuras en superficies que luego se presentan como una unidad y se describen individualmente sin volver a analizar sus inteiTclaciones. Si la etapa interpretativa de Breuil fue superada para el arte paleolítico, en el arte esquemático ape-\ B (13) Ejemplos más contundentes de transmisiones mecánicas, debido a su prolongación temporal (20.000 años), son los que encontramos en las formalidades estructurales del arte paleolítico. ñas si se ha intentado sobrepasar el umbral de la descripción. Algunos trabajos de los años ochenta, como los de Piñón Várela (1982), para Albarracín, o los de Caballero Klink (1983), para la vertiente norte de Sierra Morena, incorporaron a los paneles pintados las anomalías del soporte como elementos de la composición. Y aunque en ningún caso se hizo referencia a su valoración como elementos de entidad espacial, el hecho de su documentación permite hoy, desde otra óptica, obtener conclusiones tanto compositivas como interpretativas. El soporte se convierte así en un delimitador de espacios, en un útil recurso espacial, que puede provocar anomalías en la propia traducción de este espacio, condicionando la distribución y relación de las figuras. Los ejemplos son numerosos, pero sólo presentaremos dos como clara evidencia del papel que juegan las anomalías del soporte en la concepción del espacio reflejado en los paneles y por tanto en los criterios de composición y ejecución de los mismos. Mientras que en la primera pasa desapercibida la importancia de la anomalía, en la segunda se señala pero no se dibuja. En efecto, en el conjunto de la Sierrezuela presentado por Breuil (1933 III, lám. XXXVII) sólo aparecen dibujadas las figuras (Fig. 3 que en el que reproduce Caballero Klink (1983: plano 73) se recoge la documentación de una grieta en el soporte que separa a la figura de la izquierda del resto del grupo (Fig. 3 B). Evidentemente, nos encontramos ante la separación voluntaria de dos ámbitos, el colectivo y el individual, el soporte actúa como un elemento más de la composición diferenciando y normalizando la jerarquización del espacio, independientemente de las implicaciones sociales que este procedimiento tiene y que después analizaremos en otro apartado. En el caso del abrigo del Peñascal II, Gómez Barrera señala que aparece un gran panel dividido por una grieta (arriba con figuras masculinas, abajo con mujeres) "que parece claro le sirvió al pintor esquemático de divisoria para distribuir la escena" (Gómez Barrera, 1982:108). En su mitad superior podemos observar (Fig. 4 A) las dos láminas que nos presenta Gómez Barrera, relativas a los Peñascales II, en la parte inferior (Fig. 4 B), el montaje que hemos realizado sobre la base de la propia documentación fotográfica de la obra de Gómez Barrera, incorporando la anomalía del soporte como un elemento más ( 14). Evidentemente, lo que muestra el conjunto del panel es la separación de dos ámbitos en función de los sexos, una clara segmentación social que después analizaremos. (14) Incorporamos esta nota en la versión final al haber aparecido un trabajo del mismo autor en el que sí se presenta el panel unificado (Gómez Barrera, 2001: 224, Es obvio que el soporte delimita y provoca anomalías en la traducción del espacio, organizando la distribución de las figuras y, por tanto, desde el ámbito metodológico tiene que ser incorporado en la reproducción de los paneles, mientras que desde el marco interpretativo se debe valorar como una variable más. ESTADIOS DE ORGANIZACIÓN SOCIAL EN LA PINTURA RUPESTRE ESQUEMÁTICA En este apartado analizamos las regularidades observadas en el espacio del panel, no en el tiempo. Como ha señalado Criado (1993: 18) para otro ámbito de análisis, el de los yacimientos arqueológicos, por debajo de la problemática relativa a la contemporaneidad o no de un conjunto de yacimientos, conviene observar regularidades espaciales ajenas en gran medida a la cronología, la periodización, la secuencia y la fase. Ya hemos señalado la complejidad manifiesta del "sistema esquemático", formado por una red intercomunicada de atributos y entidades que constituyen un bloque de difícil comprensión organizativa. Pero es evidente que en ese bloque radican conceptos de organización social, manejados por las formaciones sociales que los producen (pintan). En este sentido y en función de las recurrencias observadas proponemos un "viaje" por los grandes estadios que sustentan la organización de una sociedad dinámica que quedó reflejada en su propia producción material y simbólica, la PRE. En un primer análisis hemos podido distinguir en los paneles esquemáticos al menos cuatro categorías vinculadas con la organización social. La evidencia de disimetrías sociales es obvia. La primera categoría está conectada con la aparición de distinciones colectivas basadas en el sexo y/o en la edad. La segunda se relaciona con la instauración de un ámbito de individuos colectivo y otro individual (15). En tercer lugar, aparece la configuración de un espacio "horizontal" al que se incorporan las primeras distinciones de individuos sociales y, por último, la presencia de distinciones jerárquicas que parecen indicar un proceso de desigualdad. Antes de referirnos a los elementos sociales que elaboran, participan y tienen acceso a los lugares con pintura rupestre es necesario señalar algunas cuestiones que han quedado atrapadas en la bibliografía sin análisis previos. En este sentido, la autoría masculina ha sido sostenida durante más de un siglo por antropólogos y arqueólogos, manteniendo igualmente que el acceso a los lugares pintados estaba restringido a mujeres y niños. Estas limitaciones provenían "de la aplicación sin discusión ninguna de la ideología de género occidental de finales del XIX en la que ambos se consideraban secundarios en la sociedad" (Díaz-Andreu, 1999: 406). Desde la lectura de los datos reflejados en los paneles esquemáticos es difícil saber qué género participó activamente en la realización de las figuras, por lo que optaremos por la existencia de agentes sociales indeterminados, puesto que su sexo y edad se desconoce. Existe abundante literatura etnográfica sobre este estadio de la organización social, que muestra frecuentemente la necesidad de reforzar la solidaridad interna dentro de cada segmento mediante su institucionalización ritual, que da lugar a asociaciones restrictivas, ritos de iniciación que permiten el paso de un segmento a otro, así como la constitución de cuerpos de conocimiento de acceso restringido (Gamble, 1990). Bajo el punto de vista de Vicent (1991: 49) el control de las reservas, en una "transición económica" (16) implica el establecimiento de divisiones entre los miembros del grupo. La forma más sencilla de hacer esto produciría, en principio, segmentos ligados entre sí por relaciones de "reciprocidad equilibrada", puesto que todos tienen derecho a participar de esas reservas, pero no "generalizadas", puesto que no todos tienen acceso directo a ellas. En este sentido, la forma más elemental que pueden seguir las segmentaciones iniciales es la basada en el sexo y en la edad. Ambas variables generarían distancias sociales que podrían ser interpretadas como disimetrías sociales. Estas disimetrías se pudieron producir entre clases, grupos de edad y/o sexos y establecerse a nivel inter o intragrupal. Habría que apuntar que bajo la perspectiva de una diferenciación sexual como socializa-(15) Al referirnos al ámbito individual lo hacemos siempre como individuo social, dentro de un colectivo social, aunque identificable por sus atributos (posición, escala, complementos, etc.). ( 16) Enmarcada en la "revolución neolítica" como "revolución social". ción de la diferencia sexual, "ésta no es únicamente biológica, sino que también es social" (Castro et ai, 1996: 36). La documentación en los paneles esquemáticos de agrupaciones de individuos basadas en el sexo plantea de entrada la posibilidad de "leer" en ellos la existencia de segmentaciones sociales en la formación social que soporta la PRE. Pero debemos ser conscientes de las limitaciones de atribución de sexo que pueden presentar las figuras pintadas, pues posiblemente no en todos los casos fuera necesaria la identificación formal de la categoría sexual, en tanto que era comprensible bajo otros parámetros (17). Hemos recogido algunos casos que podemos interpretar como segmentaciones sustentadas en la variable sexo, documentadas en el amplio repertorio esquemático (Figs. Por ejemplo, en Gilma, encontramos en el Peñón de la Virgen I -Grupo 10-(Martínez Gaixía, 1984:50, Fig. 9), un panel (17) Por ejemplo, en el arte aborigen australiano, Brandi (1977: Fig. 22, 26 y 37) ha apuntado cómo los términos masculinos pueden pintarse con o sin pene, señalando que en grupos compuestos exclusivamente por varones, el pene generalmente no se muestra, mientras que en grupos mixtos puede o no pintarse (Brandi, 1977: Fig. 8, 28). Igualmente, la "masculinidad" o "feminidad" tiene otras formas de manifestarse, a través del contexto de un motivo, acompañado por artefactos propios del sexo, por convenciones estilísticas, etc. compuesto por diez figuras femeninas, que nos muestran una agrupación definida en base al sexo femenino. Se localiza en la parte alta del conjunto pintado y presenta una organización vertical en la que también participa un elemento serpentiforme (Fig. 5 A). Solomon, al estudiar a las sociedades san de Sudáfrica en las que todos compartían el acceso a los recursos, señala que entre las cuevas que ha investigado, hay una, situada en la región sudoccidental del Cabo, con "abrumador predominio de figuras femeninas. Este insólito fenómeno, aquí y en cualquier otro lugar, sugiere que algunas oquedades podrían haber sido lugares rituales reservados para las mujeres, quizás en conexión con la iniciación femenina" (Solomon, 1997: 81-82). En este mismo sentido, investigaciones en Australia (Smith, 1991) y nuevamente en Sudáfrica (Lewis-WiUiams y Blundell, 1998: 15) hacen posible considerar que algunos de los abrigos decorados fueran lugares rituales exclusivamente femeninos, lugares para la negociación de la identidad femenina. Pero este tipo de agrupaciones también aparece en el caso contrario, es decir, con la asociación restringida basada en el género masculino, por ejemplo, en el Peñón de la Virgen III (Nacimiento, Almería) (Martínez García, 1984: 60, Fig. 17 14 m de altura y, en este caso, también se organiza Virgen existen claros ejemplos de segmentaciones en función del eje vertical (Fig. 5 B). sociales soportadas en la diferenciación sexual, Es evidente que en el conjunto del Peñón de la perfectamente articuladas y señaladas dentro de un contexto amplio de representaciones pintadas. Sus agrupaciones y, por tanto, la indicación de su unidad como categoría social es rotunda. Sin embargo, es significativo cómo esta clara diferenciación sexual, al ser contrastada con las asociaciones de otros elementos presentes en los paneles (zoomorfos -ovicápridos-) que podrían tener categoría económica, no pueden ser interpretadas como un grado diferente de acceso a los recursos (Martínez García, 1984: 70). Un ejemplo interesante para los aspectos que nos ocupan es el localizado en el abrigo del Castillo de Montfragüe (Torrejón el Rubio, Cáceres) (Rivero de la Higuera, 1972-73). Se trata de un panel en el que se pone de relieve la segmentación social basada en términos masculinos. Es significativa la presencia de dos tonos de rojo y de dos tipos de trazo en la realización de las figuras, que posiblemente nos informan de la diacronía en la composición del mismo. Su análisis detenido, determina que nueve figuras (Fig. 6 A, n.° 1 a 9) podrían corresponder al primer momento, apareciendo organizadas en series horizontales y, en el centro de cada serie, una figura con la cabeza radiada, en una clara indicación de distinción individual dentro de una serie colectiva (Fig. 6 A, n.° 2 y 6). Con posterioridad, en un trazo más grueso y en un tono más claro de rojo, se añaden cinco figuras más (Fig. 6 A, n.° 10-14), cuatro de ellas antropomorfos de mayor escala, sobrepuestas sobre el conjunto existente y reorientando la organización hacia un eje vertical piramidal cuya cúspide la ocupa la figura de mayor tamaño en una posición central. Es evidente, que entre la ejecución de un grupo (n.° 1 a 9) y la del otro (n.° 10 a 14) se han producido cambios significativos en la organización social. Posteriormente volveremos sobre este caso. En la misma cuenca del Tajo, en su ámbito norte, se localiza el abrigo de Los Aljibes (Priego Fernández, 1991). El abrigo I muestra un panel compuesto por 28 figuras antropomorfas, organizadas en varias filas horizontales que parecen responder a la representación de una segmentación social de carácter masculino, puesto que los escasos términos femeninos están por debajo de una grieta (Fig. 6 C) y podrían ser interpretados también como una segmentación femenina, en un caso semejante al que se documenta en el conjunto de los Peñascales IL En efecto, en la cuenca del Duero nos encontramos con varios ejemplos, de los cuales el más significativo es el que aparece en la estación de Los Peñascales II (Gómez Barrera, 1982:109-111; figs. 37-38). Anteriormente, utilizábamos este panel para indicar la importancia de las anomalías del soporte, ahora lo haremos para subrayar la aparición de una doble segmentación basada en el sexo. En el sector superior sólo aparecen términos masculinos, mientras que en el inferior lo hacen sólo los términos femeninos (Fig. 4 B). Si observamos la figura veremos como su disposición se vuelve a efectuar sobre un eje horizontal. Por último, estas segmentaciones también parecen estar presentes en el grupo H de La Cueva Grande, localizada en el mismo núcleo de Valonsadero (Gómez Barrera, 1982: 171; fig. 73). Hay tres términos masculinos, debajo un gran pectiniforme que separa a otros tres términos femeninos. Por último una grieta provoca otro espacio inferior en el que vuelven a documentarse cuatro términos femeninos (Fig. 6 B). En todos los casos las alineaciones siguen una pauta horizontal. En función de las observaciones que hemos realizado, es evidente que la PRE refleja y transmite la existencia de segmentaciones sociales. Pero tras la identificación de estas restricciones basadas en el sexo, lo importante es señalar la implicación que tienen en la propia organización social, puesto que se socializa la diferenciación sexual y se convierte en diferencia social, diferencia que, finalmente, se traduce en disimetría social. Lógicamente, esta disimetría tiene implicaciones en las propias estrategias económicas del grupo. Los ritos de paso son una de las estrategias fundamentales para la organización social. A través de ellos se ordena y cambia el "estado" de los individuos sociales. Turner (1974: 232) señala como características de los ritos de transición tres etapas: separación, liminalidad y reagrupación. Antropológicamente se ha descrito la importancia y variedad de los mismos en función de las diversas organizaciones sociales. En su desarrollo forma parte esencial el lugar, el entorno natural en el que se produce, siendo el rito de paso de adolescente/adulto uno de los más documentados. Este ritual se basa en la participación de elementos sociales adultos del mismo sexo. Lejos de entrar a valorar su incidencia en la organización social que soporta la PRE, sí nos ha llamado la atención el contenido del panel de La Cueva en el barranco del Reloje (Andones et al., 1993: 111-112). Su panel 2 aparece organizado en torno a la presencia de términos masculinos, cuatro adultos y cuatro infantiles, estos últimos asociados de dos en dos a cada adulto (Fig. 7). Este panel ratifica la segmentación social basada en el sexo, y nos aporta información complementaria sobre la existencia de pasos de iniciación al mundo de los adultos en relación con el propio sexo. La fragmentación superior del panel impide conocer toda la composición, pero parece evidente que puede tratarse de un rito de paso. Por último, observemos en la zona inferior una figura de tendencia cuadrangular, en este caso dividida interiormente, que se convierte en un elemento recurrente en muchos de los paneles en los que se detectan segmentaciones sociales basadas en términos masculinos o femeninos, como ocurre, por ejemplo, en el Peñón de la Virgen (grupo 10) o en el abrigo I de Los Aljibes. Qué papeles juegan y qué significado tienen estos elementos geométricos en las composiciones, es algo que hoy por hoy se nos escapa, pero es obvio que forman partes significativas del conjunto y que participan en la regulación simbólica de las segmentaciones sociales. Los ritos de paso están presentes en el contexto social que soporta la PRE y es posible que muchas de las asociaciones de individuos de un mismo sexo que se documentan en el repertorio del corpus esquemático tengan algo que ver con estas técnicas de transición social. Ámbito colectivo / Ámbito individual: distinciones Aunque ahora no analizamos la variable tiempo, es obvio que en un momento determinado, el que sea, los paneles que un principio aparecen desorganizados empiezan a mostrar tendencias recurrentes al orden y a la separación de conceptos como colectividad e individuo. Al igual que las segmentaciones sociales, este proceso quedó atrapado en la documentación pintada de los abrigos. Las transformaciones en la organización social afectan a todos los ámbitos de la cultura y el "sistema esquemático" como uno más los recoge, los refleja, los transmite, los justifica y los mantiene presentes en las estructuras sociales. Con respecto a la separación de los ámbitos que nos ocupan se detectan varios ejemplos en el repertorio esquemático. En un apartado anterior, señalábamos cómo una anomalía del soporte separaba el ámbito colectivo del individual (La Sierrezuela y Friso de Portocarrero); pues bien, en otros casos esta separación se produce con la utilización diferencial de la escala, una para la colectividad y otra para el individuo, tal como ocurre en la Roca 2 de Callejón (Sierra de Cordoneros), en el Reboco 2 (Virgen del Castillo) o en la Covatilla de San Juan (Panel 4) (Fig. 8). Por debajo de estos rasgos generales, se aprecian algunas diferencias tanto en la composición como en las tipologías de los elementos participantes. Sin embargo, otra recurrencia nos muestra la unidad conceptual de las mismas: en todos los casos los brazos aparecen abiertos hacia arriba (Fig. 8). Pero, por encima de cualquier particularidad, lo que todos estos paneles muestran es una "normalización" del espacio, en el que ya está claramente identificada la existencia de dos ámbitos sociales diferentes, el colectivo y el individual (18). Las composiciones aparecen fundamentadas en la separación de estos ámbitos a través de una grieta, de una fisura o simplemente de su espaciamiento, sustentadas y reforzadas por la distinta escala de los individuos y organizadas en base a una pauta de tendencia horizontal. Su información se convierte en una referencia, en una variable más del proceso de transformaciones que se producen en el seno de la organización social y cuya direccionalidad recorre un camino que evidencia la existencia de distinciones entre los ámbitos colectivos e individuales. Esta horizontalidad también se puede leer, además de los casos señalados, en numerosas composiciones de antropomorfos distribuidas por los abrigos peninsulares. Seguidamente indicamos algunos a modo de ejemplo, como los del panel principal del Puerto de Malas Cabras (Breuil, 1933II: 138, Lám XXXV: la), o la composición que encontramos en el abrigo del Cerro de la Oliva II, un panel con figuras agrupadas por parejas en una secuencia ho-rizontal (León Gil, 1988). En Sierra Morena Oriental vuelven a documentarse estructuras horizontales en estaciones como la Morceguilla de la Cepera, Los Guindos, Arroyo de Santo Domingo y Barranco del Bu (López y Soria, 1988: Lám. Significativas por sus componentes antropomorfos podríamos señalar las que se localizan en la Peña del Escrito (Villar del Humo, Cuenca) (Fig. 9 A) (Breuil, 1935 IV: Fig. 33), o en el abrigo de la Hoz de Vicente (Minglanilla, Cuenca) (Martínez y Díaz, 1992: Fig. 9), donde podemos observar una serie de figuras entre las que algunas son distinguidas con atributos en la cabeza (Fig. 9 B). Por su parte, en Las Viñas (Alange, Badajoz) (Breuil, 1933: II) se documenta una agrupación de figuras bitriangulares alineadas horizontalmente, que quedan articuladas en el centro por claras distinciones (Fig. 2B). Por último, en el conjunto de El Puntal II (López y Soria, 1988: Lám 64), encontramos un conjunto de figuras antropomorfas alineadas horizontalmente, con utilización de escalas desiguales que generan representaciones mayores en posiciones centrales (Fig. 9 C). De la lectura de todo este conjunto de representaciones podemos plantear la existencia de un momento en el que se han dado los primeros pasos hacia la separación de los ámbitos colectivo e individual, representando no sólo sus respectivas identidades sino, también, distinguiendo individuos dentro de las series colectivas. El espacio jerárquico: desigualdades Todo este conjunto de datos, reflejando alteraciones en la concepción del espacio del panel, nos sitúa frente a unas circunstancias que denotan importantes cambios en el orden social. Seguidamente retomamos las tres categorías de caracterización que atribuíamos a los paneles con anterioridad: espacio desorganizado, espacio horizontal y espacio vertical. A través de ellos vamos a recorrer el proceso que nos lleva hacia la aparición de la jerarquía espacial en la PRE. Veamos a continuación varios ejemplos concretos de esta utilización del espacio. Si retomamos los datos de los apartados anteriores veremos cómo las segmentaciones se organizaban en espacios horizontales. En el caso de la separación de los ámbitos colectivo/individual también domina la espacialidad horizontal. Recuperemos ahora el ejemplo del Castillo de Monfragüe (ToiTCJón el Rubio, Cáceres) (Fig. 5 C), en el que hemos apuntado la ejecución de un primer grupo en series horizontales, con figuras centrales que presentan atributos en la cabeza y que como señalábamos suponen una distinción. El espacio del panel fija el tiempo, pero a la vez permite, con nuevas incorporaciones, actualizarlo. La nueva agregación de los cuatro antropomorfos del segundo momento utiliza la verticalidad, la centralidad y la mayor escala, para mostrar una nueva organización social, su posicionamiento piramidal supone ya una desigualdad frente a las distinciones anteriores y nos confirma el establecimiento de jerarquías. Este proceso de jerarquización social se ejecuta sobre un panel ya existente y, por tanto, confirma la diacronía en la ejecución del mismo, pero también la posterioridad de los agregados de carácter jerárquico, como la mayor escala y la verticalidad sobre conjuntos horizontales. Es decir, es posible plantear que las concepciones espaciales horizontales son cronológicamente más antiguas que las verticales. Mientras que en Montfragüe se ha utilizado un panel para recomponer la nuevas emergencias sociales, en otros lugares surgen, como es lógico, paneles construidos bajo el prisma de una sociedad más jerarquizada. En efecto, en numerosos ámbitos documentamos paneles totalmente estructurados, construidos bajo la presión de la verticalidad social. Por ejemplo, en San Servan (San Juan, Grieta y Hogueras II: Fig. 10 A) (León Gil, 1986: Lám. 39), en el sur (Panel principal de la Cueva de los Letreros), en el norte de Alicante (Panel 7 de Penya Escrita) (Hernández et a/., 1988: Fig. 379) y en la Penya del Vicari (Galiana y Torregrosa, 1995). Como vemos, el repertorio de paneles verticales es amplio, sin embargo, en un principio y a falta de un análisis más exhaustivo, éstos se muestran minoritarios respecto a los que no presentan ninguna regularidad en la composición o aquéllos en los que domina la horizontalidad. Es evidente que a lo largo de todo el proceso de desarrollo del "sistema esquemático" se utilizaron diversas concepciones espaciales y que éstas tienen relación con la propia dinámica de las transformaciones sociales. En este sentido, la aparición de la verticalidad en la estructura de los paneles va ligada a la aparición de la jerarquía social. EL MODO DE PRODUCCIÓN BASADO EN EL PARENTESCO: LOS LETREROS Bajo los grandes conceptos estructurales subyacentes en la organización del espacio de los paneles, las disposiciones y asociaciones de las figuras aumentan la complejidad del sistema esquemático, mostrando interrelaciones que afectan a la organización social y a las estrategias económicas. Seguidamente analizamos una propuesta de interpretación del panel principal de Los Letreros (Vé-lez-Blanco, Almería), uno de los ejemplos más evidentes y complejos de organización social dentro del repertorio esquemático. No hace mucho tiempo, tuvimos oportunidad de ocuparnos del análisis del grupo de figuras entrelazadas del panel principal de este abrigo (Martínez García, 1988). Como resultado del mismo planteábamos la existencia de un sistema de parentesco. En aquella ocasión descontextualizábamos el grupo de figuras sometidas a estudio del resto del panel pintado. Evidentemente, este hecho facilitó la interpretación individualizada del mismo, pero nos privó de los datos del contexto en el que se enmarca. También entonces, apuntábamos que el estudio de sus relaciones y de sus implicaciones ampliaría la red de información y que de ello habría que ocuparse en otra ocasión (Martínez García, 1988: 184, nota 3). Seguidamente, resumimos las características del sistema de parentesco pintado en los Letreros, para después analizar la estructura del panel principal, intentando determinar algunas de las particularidades de las relaciones sociales implícitas en el mismo. En el centro del panel principal aparece un grupo de figuras entrelazadas (Fig. 11 Superior). En la línea inferior nos encontramos cuatro figuras bitriangulares asociadas en dos diadas (Fig. 11 Superior, n.° 1/2 y n.° 3/4). Sobre este conjunto se apoya una segunda línea de figuras, en la que aparecen otras dos representaciones bitriangulares (Fig. Superior, n.° 5 y 6) ligadas por dos trazos curvos a la figura 1; y dos antropomorfos (Fig. 11 Superior, n.° 7 y 8). Por último, una figura más pequeña se sitúa entre la figuras 6 y 7 (Fig. 11 Superior, n.° 9). Esta composición sugirió, desde su descubrimiento, diversas matizaciones interpretativas entre las que destacamos las siguientes: "representación del árbol genealógico de una sociedad matriarcal" (Breuil, 1933-35: IV, 15-16), "rama de antepasados" (Schuster 1958) y "relación familiar" (Acosta, 1968: 82). Frente a estas interpretaciones nos planteamos varias preguntas: ¿existía una razón para suponer la existencia de una relación entre el conjunto de figuras pintadas y algún aspecto del parentesco o de la organización social? Y en su caso, ¿se podía acceder a través de un análisis direccional a sus soportes estructurales? Aceptado que el grupo de figuras contenía y expresaba una relación genealógica, la primera evidencia que observamos es que la estructura abarcaba tres generaciones (Fig. 11 Inferior I, II y III), y que en ella quedaban representados, tan sólo, dos linajes mínimos (Fig. 11 Inferior A y B). Pero estas respuestas sólo desencadenaban otra serie de preguntas básicas sobre los sistemas de parentesco, puesto que en todas las sociedades humanas se establecen tres tipos de relaciones familiares en la estructura del parentesco: "una relación de consanguinidad, una de alianza y una de filiación; dicho de otra manera, una relación de hermano a hermana, una relación de esposo a esposa y una relación de progenitor a hijo" (Levi-Strauss, 1958: 45), ¿podíamos indagar sobre estas relaciones en el diagrama genealógico pintado en Los Letreros? ¿Frente a qué tipo de estructura de parentesco estábamos?, y, finalmente, ¿cuál podría ser su filiación, su regla matrimonial y su pauta de residencia? A lo largo del trabajo ya citado (Martínez García, 1988) aparece desarrollado el análisis y las propuestas que nos permitieron elaborar una alternativa explicativa a todas estas preguntas. Primero, observamos que se da una relación directa entre las figuras 7 y 8 -relación Hermano/Hermana (Fig. 12 II, 1)-. Sin embargo, esta relación no se establece entre las figuras 5 y 6, sino a través de la figura 1 -Madre (Fig. 121, 1)-. Luego existe una determinación de la relación consanguínea hacia el hermano materno. Segundo, queda establecida la relación esposo/esposa -figuras 6/7-a través de su hijo -figura 9-, lo cual implica también el tercer tipo de relación necesaria: progenitor/hijo (Fig. 12II, 2). Si ahora aislamos la estructura compuesta por las figuras implicadas en los tres tipos de relación (6, 7, 8 y 9) nos encontraremos con cuatro términos: Hermano -8-, Hermana (Esposa/Madre) -7-, padre -6-e hijo/a -9-, que conforman, precisamente, la estructura elemental de los sistemas de parentesco: el avunculado(Fig. 12111,1). Las conclusiones nos remitieron a un sistema de parentesco de filiación Patrilineal, organizado en base a la estructura elemental del parentesco: el Avunculado y cuya regla de residencia era Patrilocal. Por tanto, nos encontrábamos frente a grupos con creciente sentido de solidaridad, con una ideología de derechos exclusivos sobre recursos y gente, que al estructurarse en base al avunculado, les permitía un intercambio flexible de miembros entre diversas familias nucleares, generando una organización económica basada en la familia extensa. Estos grupos surgieron en contraposición a los grupos de filiación cognaticia (bandas cazadoras y recolectoras) y paralelamente al desarrollo de la agricultura, respondiendo a una vida más sedentaria en poblados y a una progresiva identificación entre grupo y territorio. Por último, valorábamos la presencia de tres figuras en la base de la generación I de uno de los linajes (linaje B) (Fig. 13, n.° 10, 11 y 12), y nos hacíamos la siguientes preguntas: ¿responden a un eslabón genealógico anterior? y ¿por qué aparecen sólo en uno de los linajes?. Como respuesta, señalábamos que se podía tratar de la representación de los antepasados genealógicos que, cristalizados en una figura central con indicación del sexo, hacían referencia al fundador del grupo, al Mito del Primer Antepasado. Mientras que su presencia, sólo en uno de los linajes, se convierte en un claro indicador de desigualdad entre los mismos (19). Pero, además, si las relaciones de linaje son la base que caracteriza la estructura de las relaciones de parentesco ¿podríamos estar frente a la imposición de procesos disimétricos en el control indirecto de los mecanismos de reproducción social? Tengamos en cuenta que la cercanía a los ancestros legitima las diferencias sociales y que, precisamente, "la transmisión hereditaria de las normas es la forma más eficaz de legitimación" (Clark, 1985: 63). Aunque no sabemos cuándo fue efectiva la desigualdad entre los linajes y dentro de ellos, el contexto funerario de los enterramientos colectivos de Los Millares (Santa Fé de Mondujar, Almería) ya lo evidencia (Chapman, 1981), apareciendo también claros indicadores de desigualdad en determinadas sepulturas de las necrópolis centrales del Pasillo de Tabernas (Almería) (Cámara Serrano, 2000). Si como demuestran los conjuntos sepulcrales, estas diferencias ya están consolidadas hacia la segunda mitad del III milenio a.n.e., el panel de Los Letreros debe tener una cronología similar o anterior a estos momentos. (19) Aunque en el artículo de 1988-89, también señalábamos que podía indicar la determinación del tronco común del sistema y carecer de rango, hoy nos inclinamos por reforzar la primera alternativa, interpretándolo como un claro indicador de desigualdad. Estos antepasados aparecen en el linaje que "da esposa", siendo pertinente recordar cómo en algunas organizaciones tribales el "dar esposa" es un atributo de la clase más elevada (Sahlins, 1972: 92). La ampliación de la red de información Si ya es posible visibilizar la presencia de disimetrías sociales, enmascaradas bajo el diagrama de parentesco, la incorporación de otra serie de elementos pintados que aparecen alrededor de este conjunto, bien por encima o por debajo del mismo, nos permiten ampliar el análisis. Por una parte, a la derecha nos encontramos con varias figuras que presentan las mismas características formales que las anteriormente señaladas (Fig. 14 A). Es decir, unas figuras de las que parten líneas onduladas y en cuyos extremos se sitúan figuras más pequeñas. Como podemos advertir no están ordenadas del modo que las anteriores, bien al contrario aparecen independientes, aisladas a lo largo de un eje oblicuo. La posibilidad que ofrecen los términos 5 (linaje A) y 8 (linaje B) (Fig. 11 Superior) para generar nuevos "matrimonios" permiten ampliar la familia extensa. Pues bien, en este sentido, podríamos plantear que las figuras que hemos señalado nos informan de las posibilidades de establecer nuevas alianzas, representando alternativas para extender los lazos de parentesco y por tanto el control tenitorial. Se localizan por debajo del sistema de parentesco, asumiendo simbólicamente la superioridad de rango como linaje principal. Recordemos que las alianzas juegan un papel importante en la amortiguación imprescindible de los riesgos económicos (Mathers 1984) y que están encaminadas a lograr una mayor integridad territorial. Por otro lado, en situación inferior, nos encontramos con un entramado complejo de figuras que hemos dividido en dos grupos, en función de los elementos que cada uno contiene. El primero (Fig. 14 B) responde a un eje vertical en el que podemos observar la participación de figuras humanas y animales, cabras, pez, ¿ave?, así como un posible elemento vegetal. Este conjunto parece responder al ámbito económico, y podría tratarse del relato de la materialidad de la subsistencia. La apropiación de los recursos queda bajo el control de la organización social. En efecto, esta apropiación, tal y como señala Gamble (1986), no corresponde estrictamente a un problema económico, puesto que afecta a la propia organización social. De hecho, en este panel podemos observar la evidente relación de los dos ámbitos, el económico y el social. Pero además, podemos apreciar cómo la apropiación de estos recursos se hace también desde el aparato simbólico del sistema. Inmediatamente a la izquierda (Fig. 14 C) hemos distinguido otro grupo en el que aparecen los elementos cosmogónicos del sistema (soliforme, esteliforme, ondulaciones, ramiforme, antropomorfo y zoomorfo), tangenciales al relato del ámbito económico. Los recursos quedan estructurados entre la organización social y el aparato simbólico. Ahora, analizaremos la zona alta del panel, inmediata al sistema de parentesco. Lo primero que nos llama la atención es la clara separación artificial que se produce de dos ámbitos a través de una línea ondulada bajo la que aparecen unos trazos en V (20) (Fig. 14 D). Ya hemos tenido oportunidad de ver casos en los que la separación de ámbitos se pro- duce aprovechando algún recurso natural como una grieta en este panel, pero la limpieza de la superficie ha forzado el establecimiento de la separación a través del recurso de la pintura. Inmediatamente, por encima de la línea ondulada, aparecen tres términos antropomorfos (Fig. 14 E), que nos plantean el cambio de ámbito desde la propia estructura del parentesco, de hecho mantienen una clara conexión genealógica entre ellos. Desplazado del eje de verticalidad y entre este grupo y el siguiente elemento nos encontramos con otra figura pequeña (Fig. 14 F), cuya localización se puede explicar desde la perspectiva de minimizar o anular el posible conflicto previsible entre los jóvenes y los adultos o entre los jóvenes que nunca tendrán puestos de importancia. En este sentido, Wolf (1987: 122) plantea cómo la oposición entre los mayores y jóvenes y entre jóvenes y jóvenes (unos que cuando sean mayores ocuparán un puesto correspondiente y otros no) puede provocar conflictos abiertos. Igualmente está muy bien estudiada la amortiguación que provoca el sistema simbólico en este tipo de conflictos (Levi-Strauss, 1958). Por último, está la figura superior y central, a mayor escala (Fig. 14 G). Centro y altura son dos lugares del espacio que comportan una connotación de poder en todos los grados, en este caso reforzada por la escala y la estructura piramidal que se desarrolla a partir de la misma como vértice. Nos encontramos, por tanto, ante una estructura espacial culminada por una figura, que ocupa la posición central y a la vez es la de mayor tamaño del conjunto. Esta situación, que interpretamos como dominante, se representa como legítima y se utiliza para lograr que el sistema perdure, tal y como propone Godelier (1989) para otros contextos. Quizás ahora cabría preguntarse si nos encontramos ante los primeros documentos pintados que nos hablan de la aparición de las jefaturas, o si estamos ante la presencia de un líder o un jefe en los términos que expresaba. Es difícil responder a estas preguntas, pues si lo que caracteriza a la jefatura es la existencia de una aristocracia tribal y su carácter hereditario (Godelier, 1998, 14), también podríamos estar frente a una sociedad igualitaria en la que se manifiestan unas profundas desigualdades entre los clanes, una (21) "Jefes" líderes que no pueden exigir obediencia entre sus seguidores, no tienen poder de coacción. Puede desembarazarse de los elementos indeseables sólo en la medida en que todos los demás piensan igual que él (Levi-Strauss, 1963: 303). sociedad en la que no hay aristocracia hereditaria, pero sí hay poderes hereditarios (Godelier, 1998: 18). Por otra parte, el idioma de filiación y matrimonio se usa para construir linajes transgeneracionales. Permiten que los grupos reclamen privilegios con base en el parentesco, también sirven para permitir o negar el acceso a los recursos subsistenciales o críticos y organizan el intercambio de personas entre grupos con linajes establecidos. El matrimonio, como señala Wolf (1987: 120), en vez de ser una relación entre los cónyuges y entre sus parientes más cercanos, se convierte en un vínculo de alianza política entre grupos. Pero, además, al ascender la escala del parentesco desde un conjunto de relaciones interpersonales hasta el orden político, el parentesco se convierte en un elemento ideológico que gobierna la distribución del poder político. La utilización de la PRE en la reproducción del grupo social y su organización implica a toda la comunidad, en tanto que le permite la identidad y la autoconciencia del grupo frente al exterior. Sin embargo, también pudo ser aprovechada por los representantes de algunos de los grupos sociales (clanes) en provecho suyo y de sus parientes cercanos para acceder al control coercitivo de toda la comunidad a través de la manipulación de los mecanismos ideológicos que les permiten la identificación con la comunidad/divinidad (Godelier, 1989). No podemos olvidar que la estructura social y las relaciones dentro de ella son manipuladas y tratadas conscientemente por los miembros de la sociedad, entrecruzándose con el sistema simbólico de la cultura (Wagner, 1967: 222). De hecho, el sistema simbólico basta para mantener la estructura social que media entre las personas. Por último, señalaremos que cuando un "jefe" u otro líder se hace de seguidores merced a un buen manejo de alianzas y medidas redistributivas, llega a un punto en que "sólo se puede seguir adelante irrumpiendo por entre los límites del orden del parentesco" (Wolf, 1987: 122). La sola presencia del panel de Los Letreros nos remite a un contexto en el que se están explicitando las normas y la legítima organización social. Pero, evidentemente, también nos encontramos frente a la aparición de las primeras emergencias jerárquicas que, como acabamos de señalar, podrían estar traspasando los límites impuestos por el parentesco. No vamos a insistir a estas alturas en la evidencia direccional de la construcción del panel. La http://tp.revistas.csic.es composición y el orden espacial estaba determinada antes de ser pintada y respondía a la estructura social viva. No existe ningún caso, en el repertorio esquemático, tan evidente de diferenciación social. Si las formaciones sociales, en su proceso de jerarquización, hubiesen seguido utilizando el patrón simbólico del sistema esquemático, sería lógico pensar que este ordenamiento estructural fuese más recuiTcnte en el repertorio de la PRE, al igual que ocurre con otra serie de paneles que podemos ver ordenados bajo otro prisma espacial. La concreción del panel de Los Letreros, formalizado en tomo a la organización social descrita, nos permite utilizarlo como una referencia del "Tiempo Social-Parentesco" en la trayectoria de la PRE. En efecto, creemos que la superación del parentesco como sistema de organización social fue el motivo fundamental de la desaparición de la pintura rupestre esquemática. A Pedro Aguayo, que leyó las versiones previas de este trabajo y realizó valiosos comentarios y sugerencias.
como recipiente de la metalurgia del cobre prehistórico ha sido identificada también en Francia. Los autores proponen una síntesis del estado de los conocimientos sobre el uso de esta técnica en España, su encuadre geográfico y cronológico y sus principales características mineralógicas y metalúrgicas. Estas últimas permiten mostrar la eficacia y la simplicidad de los medios puestos enjuego para la realización de esta metalurgia inicial. En contrapartida, en Francia los hallazgos son todavía modestos y sólo unos pocos han sido objeto de los apropiados análisis de laboratorio. No obstante, la revisión de la documentación arqueológica sugiere que investigaciones específicas orientadas por los resultados expuestos en este artículo deberían permitir en Francia, como ha sucedido en España en el curso de los últimos años, poner de manifiesto el impacto de esta técnica durante las Edades del Cobre y del Bronce. Las vasijas reductoras de mineral de cobre han sido poco a poco puestas en evidencia en España a partir de las últimas excavaciones de Almizaraque (Cuevas del Almanzora, Almería) (Delibes et al, 1989) y, poco más tarde, con los hallazgos realizados en la región de Madrid (Rovira, 1989; Rovira y Montero, 1994). Indicios de una metalurgia que utilizaba estas vasijas desde comienzos del V milenio AC han sido señalados por Ruiz Taboada y Montero (1999). El trabajo de campo, seguido de análisis de laboratorio y de reflexión en torno a las evidencias metaliírgicas, había de conducir a uno de nosotros (S.R.), desde 1986 (cf. infra, páiTafo 2.1) a concebir y luego a demostrar la existencia de una metalurgia simple y eficaz que se realizaba con una mezcla de mineral de cobre y carbón reducidos a porciones pequeñas, puesta en una vasija abierta de cerámica común y llevada a la incandescencia mediante ventilación forzada en la parte interior del recipiente. Así nació la idea de la vasija-horno (Rovira, 1989). En menos de diez años se extendió por toda España apoyada en nuevos hallazgos, ha sido reconocida en Zambujal (Torres Yedras, Portugal) (Sangmeister, 1995) y luego en la Francia meridional (Ambert, 1997; Ambert y Carozza, 1997; Carozza, 1998). En un trabajo precedente (Rovira y Ambert, 2002) se ha propuesto, en el marco de una Acción Integrada franco-española consagrada al estudio de este tipo peculiar de metalurgia ( 1 ), un amplio horizonte de difusión en Francia de estas vasijas y otros elementos con ellas emparentados. Este texto, más sintético pero con nuevas aportaciones, es una puesta al día para los lectores en lengua española. LAS VASIJAS DE REDUCCIÓN DE MINERALES DE COBRE EN ESPAÑA. ESTADO DE LA CUESTIÓN A lo largo del siglo pasado se han ido publicando en la literatura arqueológica, con cierta frecuencia, hallazgos de hornos metalúrgicos en los pobla-(1) El grupo francés, bajo la dirección de J. Vaquer, lo integran P. Ambert, L. Carozza, Ch. El español, dirigido por G. Delibes de Castro, lo forman M'''!. Montero, J. Fernández Manzano, Miquel Molist y S. Rovira. dos calcolíticos y de la Edad del Bronce. Sin embargo, cuando se estudian con atención las descripciones uno se encuentra con simples estructuras de fuego atribuidas al trabajo del metal por asociación de vecindad con algún objeto metálico o con algún vestigio de actividad metalúrgica. Se consideraba que el horno metalúrgico debía ser una estructura relativamente grande, a menudo cupular. Las descripciones de Motos (1918: 57-60) de un hipotético horno en el Cerro de las Canteras (Vélez Blanco, Almería) o las de Siret (1948: 119) de otro de Almizaraque ejercieron una enorme influencia. Cuando en 1982 se inició el Proyecto de Arqueometalurgia de la Península Ibérica bajo la dirección de Manuel Fernández-Miranda y Germán Delibes, uno de los primeros trabajos de laboratorio abordado fue el análisis de los materiales de Almizaraque conservados en las colecciones del Museo Arqueológico Nacional y en las del de Almería, a los que se añadirían los recuperados en las últimas excavaciones efectuadas por los mencionados profesores y su equipo en el poblado, a principios de los años 80 (Delibes et al., 1996). El interés particular de este yacimiento se cifraba en que teníamos representadas, y con suficientes muestras, varias fases del proceso metalúrgico de obtención de cobre: -Fragmentos de mineral (malaquita, azurita, olivenita, etc.), caracterizados tras los análisis de su composición elemental y cristalográfica por un fuerte polimetalismo en el que destacaba su alto contenido de arsénico (Delibes etal^ 1989: 91, tab. -Porciones de mineral en estado de reducción parcial. Este tipo de hallazgo no había sido adecuadamente descrito en publicaciones anteriores. Suelen ser aglomerados de cuprita, de superficies redondeadas por fusión parcial durante el proceso de reducción (véase Delibes et al, 1989: 85, fig. 7). -Abundantes fragmentos de vasijas cerámicas cuya cara interna estaba fuertemente afectada por efecto térmico, presentando escorificaciones, vidriado y, en ocasiones, pequeñas bolitas de cobre adheridas (véase Delibes et ai, 1989: 89, fig. 11 y 12). Habitualmente se consideraban fragmentos de crisol. Sin embargo resultaba muy chocante que, tanto en las excavaciones antiguas de Siret como en las más recientes, la cantidad de escoria encontrada era muy pequeña cuando, en buena lógica, la escoria es el subproducto más abundante de la obtención de cobre. La colección se limitaba a unos pocos frag- mentos pequeños de un material fuertemente coloreado de verde por las sales de cobre contenidas, difíciles de diferenciar a simple vista de los minerales o minerales parcialmente reducidos. Otro problema todavía más exasperante era la inexistencia de estructuras identificables como hornos metalúrgicos. Coincidiendo en el tiempo con los estudios de los materiales de Almizaraque habían sido publicados los hornos calcolíticos del Sitio 39 de Timna en Israel (Rothenberg, 1985), cuyo modelo tratábamos de encontrar aquí sin éxito. En el camino de la reflexión (que pasó por considerar que quizás los hornos estuvieron instalados en los alrededores, alejados del tell de Almizaraque para evitar la insalubridad de los humos arsenicados) recordamos un breve pero contundente estudio de Tylecote (1974), en el que demostraba la posibilidad de reducir malaquita directamente en un crisol. Como en el experimento se usó mineral muy puro, no se produjo escoria. Ahí podía residir la clave de la metalurgia de Almizaraque y la razón por la cual no encontrábamos ni hornos ni escorias. Así comenzaban a cobrar un nuevo sentido, también, los numerosos fragmentos de vasijas encontrados que exhibían escorificaciones cuprosas en su superficie. Por otro lado, Zwicker ^/^ ¿2/. (1985: 103) habían documentado fragmentos de vasija con estas características en Çatal Hüyük (Anatolia), en un horizonte datado en el 7000-6000 AC, y se hacían eco de un crisol oblongo, con patas, y una punta de tobera del yacimiento calcolítico portugués de Pedra do Ouro (Leisner y Schubart, 1966), entre otros hallazgos, asociándolos a la producción de cobre. Los hermanos Siret también repararon en estos peculiares fragmentos de cerámica que encontraban con frecuencia en sus excavaciones y habían estado a punto de dar con la solución cuando escribieron que "no es probable que estos pedazos provengan de las vasijas en que la reducción debió hacerse, sino más bien de los recipientes destinados a recoger el cobre en pequeños lingotes..." Si se hubieran decantado por la primera opción habrían acertado de pleno. Hemos de reconocer que en un primer momento, resistiéndonos a abandonar definitivamente la idea de la inexistencia de hornos metalúrgicos convencionales, pensamos que podrían ser fragmentos de camisas de la cámara del horno o vasijas que se introducirían a manera de crisoles en el interior del horno, y así lo propusimos en el Congreso sobre Minería y Metalurgia de las Civilizaciones Mediterráneas y Europeas, celebrado en Madrid en 1985 (Delibes et al, 1989: 88-89). Sin embargo, tras el estudio analítico en 1986 de un fragmento hallado en un yacimiento del Bronce Antiguo excavado por Concha Blasco en el Arenero de Soto (Getafe, Madrid), encontramos argumentos suficientes para hablar de las vasijas-homo (Rovira, 1989: 361), más acertadamente denominadas ahora vasijas o crisoles de reducción. En su interior tendría lugar el proceso completo de reacciones fisico-químicas que conducen a la obtención de cobre (Delibes et al, 1991:306-307). Habrían de pasar todavía algunos años hasta que otros investigadores de la metalurgia primitiva admitieran las evidencias de esta tecnología sencilla (Craddock, 1995: 133-134; Ambert, 1998: 6-7) y fuera documentada en otros lugares del Mediterráneo Oriental y Próximo Oriente (Hauptmann et al, 1996; Zwicker, 2000), en una fase tecnológica anterior al descubrimiento de la fundición escorificante controlada. En realidad, el empleo de vasijas para reducir minerales de cobre no puede ser considerado un hecho exclusivo de la Península Ibérica, aunque aquí se dio la curiosa circunstancia de haber estado en uso desde el Neolítico Medio (Ruiz Taboada y Montero, 1999) hasta finales de la Edad del Hierro (Gómez Ramos, 1999). El número de yacimientos en los que se registra la presencia de vasos de reducción aumenta constantemente en nuestro país, conforme avanzan los trabajos arqueológicos o las revisiones de materiales de antiguas excavaciones. El mapa de la figura 1 ilustra los principales hallazgos con*espondientes a las fases más antiguas, desde el Neolítico al Bronce Medio. Para épocas más recientes puede consultarse el trabajo de síntesis de Gómez Ramos (1996b) o el caso concreto de la metalurgia castreña (Fernández-Posse et al, 1993). En el mapa aparece vacío el cuadrante noroccidental de la Península, hecho que esperamos vengan a subsanar nuevas investigaciones. Los contextos arqueológicos de los sitios mencionados son conocidos, y han sido sistematizados recientemente en Delibes y Montero (1999). El poblado neolítico de Cerro Virtud de HeiTerías (Cuevas del Almanzora, Almería) ha proporcionado el fragmento de vasija más antiguo actualmente conocido. Los análisis preliminares efectuados a la escorificación detectaron cobre, plomo y antimonio, metales que se encuentran en una mineralización explotada hasta hace unos años, situada a muy poca distancia del yacimiento, en el propio cen'o (Montero y Ruiz Taboada, 1996: 71). Ño es ahora momento de entrar a discutir las implicaciones metalúrgicas del hallazgo de Cerro Virtud que, por otro lado, ya han sido planteadas por Delibes y Montero (1997) y Rovira (e.p.a), pero no podemos dejar de mencionar la elevada probabilidad de que la Península Ibérica, o en términos más globales los territorios del Mediterráneo occidental, fueran un área de invención metalúrgica en fechas tan tempranas como el V milenio cal AC. Existe de momento un largo hiato entre Cerro Virtud y la eclosión de la metalurgia calcolítica a finales del IV milenio y comienzos del III en fechas calibradas. Son de sobra conocidos los yacimientos de Zambujal (Tonyes Yedras, Portugal) y Los Millares (Santa Fe de Mondújar, Almería), tenidos por paradigmas -que habría que revisar-de las culturas de la Edad del Cobre. Sin embargo, el estudio arqueometalúrgico más completo realizado hasta ahora desde esta nueva perspectiva es el de Almizaraque, al que nos dedicaremos más extensamente en el apartado siguiente. Cabezo Juré (Alosno, Huelva), excavado recientemente bajo la dirección de Francisco Nocete (2001: lám. 15-21), se configura como otro de los yacimientos del final del Calcolítico más interesantes desde el punto de vista metalúrgico por la abundancia de materiales recuperados, conectados con actividades de obtención y trabajo del cobre. Las primeras etapas metalúrgicas de la región del Suroeste eran prácticamente desconocidas (Gómez Ramosa? a/., 1999; Hunt y Hurtado, 1999), apesar de sus enormes depósitos minerales que forman una ancha faja metalífera que recorre las provincias de Sevilla y Huelva y se adentra en el sur de Portugal. La investigación arqueometalúrgica de Cabezo Juré está muy avanzada y esperamos que pronto pueda ser expuesta en letras de molde (2). Podemos anticipar que han aparecido numerosos fragmentos de vasos de reducción junto a grandes estructuras de fuego cilindricas, con tipos de vasija que son más propiamente bandejas que cuencos (parecidos a las "lingoteras" de Zambujal), aunque también existen éstos. El empleo de vasos de reducción en el Bronce Antiguo está ampliamente documentado. En los alrededores de Madrid, las evidencias más numerosas se han recogido en El Ventorro (Villaverde), de época campaniforme. Otra bien contextualizada es la del Arenero de Soto. Todas ellas fueron objeto de minuciosos estudios efectuados por Rovira y Montero (1994). A ellas hay que añadir las del Camino de la Yesera en Getafe (Gómez Ramos, 1998). La continuidad del uso de esta técnica en el Bronce Medio está bien atestiguada por los hallazgos en yacimientos de la cultura de El Argar, en el Sureste, como los del propio Argar en Almería y los de La Bastida de Totana en la provincia de Murcia. Más al norte, en el valle del Ebro, se han estudiado fragmentos de vasos de reducción de Monte Aguilar I y II (Navarra) y existen también en Moncín (Zaragoza). Particularmente interesante es el yacimiento de la Bauma del Serrât del Pont (Tortellà, Girona), un pequeño habitat con una ocupación continuada que se inicia en el III milenio cal AC y se prolonga en el Bronce Antiguo. Es el yacimiento que mayor número de fragmentos de vasos de reducción ha proporcionado hasta el momento, con un total de 65 bien identificados y algunos otros dudosos. De la reciente revisión y estudio de estos materiales (Alcalde et al, 1998) conviene destacar una punta de flecha de bronce cobre-estaño (7% Sn) fechada en el 4020 ± 100 BP (Beta-64939) y un vaso en cuya costra de escoria se ha detectado un 7,6% de estaño, además de cobre y otros elementos. Los autores especulan sobre la posibilidad de que la punta sea de un bronce obtenido accidentalmente si se acepta la explotación de los minerales polimetálicos cobre-estaño de las minas de La Ferrera y Can Manera, distantes pocos kilómetros de la balma. No parece dudarse de la producción deliberada de bronce en la fase siguiente fechada en torno al 3840 ± 90 BP, 2560-1975 cal AC (2a) (Beta-69597), a la que pertenecen un nodulo metálico, una aguja o punzón y un fragmento de vasija con escorificaciones conteniendo cobre y estaño. Esto sugiere que el vaso fue utilizado para producir directamente bronce mediante la reducción conjunta de mineral de cobre y casiterita, una técnica cuya viabilidad ha sido comprobada experimentalmente por Rostoker y Dvorak (1991). La Bauma del Serrât del Pont se erige así en el yacimiento con la fecha más antigua para la producción de bronces en la Península Ibérica. Por otro lado, es también el yacimiento más cercano al Midi de Francia, un dato que conviene retener. Las formas de las vasijas utilizadas para la obtención de cobre debieron ser muy variadas. Se han podido reconstruir algunas a partir de sus fragmentos resultando ser de boca muy abierta y poca altura; una especie de cazuelas o cuencos (Montero, 1993: 51, fig. 3). La de mayor tamaño que hasta ahora hemos podido estudiar y reconstruir tiene un diámetro cercano a los 50 cm y procede del yacimiento calcolítico de La Ceñuda (MazaiTÓn, Murcia). En poblados donde el registro arqueológico permite buenas comparaciones, como Almizara-que, El Ventorro o la Bauma del Serrât del Pont, no parece que los vasos de uso metalúrgico se diferencien ni por su forma ni por la composición de la arcilla de las vasijas domésticas de diseño similar (Rovira y Montero, 1994:160-161). Son ya bastantes los hallazgos de fragmentos con decoración campaniforme, lo que corrobora que, en un momento dado, cualquier recipiente cerámico abierto puede servir. Sin embargo, algunos de Cabezo Juré cuyo aspecto es el de bandejas oblongas con bordes engrosados que apenas se elevan unos centímetros del fondo plano (Nocete, 2001: lám. 17 y fig. 45) podrían representar enseres específicos para este uso metalúrgico. Los crisoles para fundir metal, en cambio, son muy distintos de los vasos de reducción. Tienen una capacidad en general mucho menor y sus paredes son más gruesas. Suelen presentar escorificaciones por el interior y vidriado de la cerámica por los bordes y zonas de la superficie externa. Análisis de restos metalúrgicos asociados a las vasijas de reducción La serie completa de productos y subproductos de la fundición de minerales de cobre comprende, como ya se ha dicho, minerales, minerales parcialmente reducidos, escorias, vasos de reducción, gotas de metal bruto y objetos acabados. Desde el punto de vista metodológico, los estudios de laboratorio encaminados a establecer los procesos tecnológicos de obtención de metal requieren la utilización de diverso instrumental de laboratorio cuyos resultados analíticos, combinados entre sí, permitirán alcanzar el máximo conocimiento de los materiales. Un instrumento de enorme eficacia para estos estudios arqueometalúrgicos es el microscopio electrónico de barrido (MEB) equipado con microanalizador por fluorescencia de rayos X y detector de electrones retrodispersados {back scattering). Al mismo tiempo que proporciona la imagen visual por medio de una imagen virtual dibujada en función de la composición química del material en observación (fases estructurales), permite, por medio de la microsonda, determinar instantáneamente la composición química elemental de las fases de interés. Estas posibilidades de individualización son imprescindibles en el estudio de las costras de escoria de los vasos de reducción y de las escorias calcolíticas, dada la extraordinaria complejidad de las mismas, en nada parecidas a las escorias convencionales que resultan de tecnologías más avanzadas de fusión escorificante ayudada de fundentes (Hauptmann et al, 1996; Rovira y Gómez Ramos, 1998). La absoluta falta de homogeneidad de los materiales escoriáceos hacen poco útiles los análisis globales como indicadores de la naturaleza de la escoria, siendo de mucha mayor utilidad la identificación de las fases constituyentes por estar directamente relacionadas con los problemas tecnológicos que tratamos de resolver. Como ejemplo de lo antedicho, simplificado para ajustamos a la extensión de este artículo, se comentarán a continuación los últimos resultados obtenidos con muestras del yacimiento calcolítico de Almizaraque. da en cobre se puede deducir que la cantidad de escoria producida oscilaría entre el 20% y el 40% en peso del mineral cargado en el vaso, una cantidad nada despreciable que, por cierto, no aparece en el registro arqueológico. Algunos minerales contienen inclusiones de metales pesados como la plata, el plomo y el bario. Este último pasará a la escoria pero la plata y parte del plomo se incorporarán al cobre, siendo responsables de las trazas de estos elementos que habitualmente se han detectado en los objetos de metal de Almizaraque (Rovira et al, 1991 \ 58-62). Minerales parcialmente reducidos y escorias Durante las excavaciones de la década de los ochenta se recogieron fragmentos de mineral de cobre, con aspecto de malaquita y azurita, a los que se practicó un primer análisis elemental, resultando muchos de ellos ser extraordinariamente ricos en arsénico (Delibes et al, 1989: 91, tab. Algunas de estas muestras arsenicales fueron analizadas posteriormente por difracción de rayos X, detectándose, además de los carbonatos de cobre, arseniatos como la olivenita (Montero, 1994). Cuatro muestras de mineral han sido analizadas con la microsonda del MEB (3). La riqueza en cobre, calculada como tenorita, es elevada, oscilando entre 21,3% y 81,2%. No se detecta azufre, lo que confirma que se trata de especies no sulfuradas. El polimetalismo de estos minerales es evidente, destacando el arsénico por su interés en los resultados de la reducción, que oscila entre 2,7% y 9,4% calculado como trióxido. El arsénico se encuentra en forma de arseniato, bien como olivenita, bien como conicalcita. Ninguno de estos minerales es autofundente, es decir, que las proporciones de sílice y hierro en la ganga no son las adecuadas para que, al fundir, se produzca una escoria fayalítica de bajo punto de fusión. Lo que cabe esperar de la fusión reductora es la formación de una cantidad de material escoriáceo complejo, con silicatos y óxidos de alto punto de fusión (teórico). A partir de la riqueza estima-Lám. I. Imagen obtenida en el MEB de la muestra ALMIZ-32-2. O. Imagen obtenida en el MEB de la muestra ALMIZ-13. Mineral parcialmente reducido o escoria. Explicación en el texto. ramente bifásico, con unas zonas blancas en las que el arsénico alcanza un valor del 18% (ALMIZ-13/ 3) y otras más grisáceas con un 5,2% de este elemento (ALMIZ-13/2). El metal está rodeado por una matriz de akermanita y numerosos cristales de magnetita (u óxido de Fe+^) fácilmente reconocibles por sus formas geométricas. En primer lugar, nos hallamos ante una evidencia de la producción de cobre arsenical cuya intencionalidad por parte del fundidor es más que dudosa ya que viene condicionada por la composición del mineral que lo origina. En segundo lugar, la abundancia de magnetita es una prueba evidente de que las condiciones ambientales en el interior de la vasija de reducción fueron poco reductoras por no decir que más bien oxidantes. Solamente en un ambiente oxidante el óxido ferroso de la ganga se puede convertir en magnetita. Parece, pues, que durante el procesamiento del mineral en el recipiente hay fases oxidantes, quizás durante el avivado de las brasas de carbón para subir la temperatura, que provocan este efecto y el balance temperatura-tiempo-presión de monóxido de carbono forma un sistema crítico poco eficiente. O, dicho con otras palabras, que estamos ante un método de producción de cobre muy primitivo que funcionaba gracias a que la presión necesaria del agente reductor (monóxido de carbono) es muy baja, con una entalpia libre de formación del metal también pequeña, como se deduce del diagrama de Ellingham. Imagen obtenida en el MEB de la muestra AL-MlZ-32-12. Las escorias retienen mucho cobre, bien en forma de mineral o de nodulillos de metal atrapados. La lámina III corresponde a la microestructura de la escoria ALMIZ-32-12. En ella pueden apreciarse algunas de las características de las escorias calcolíticas como son una matriz habitualmente silicatada, cristales de óxido de hierro trivalente (con frecuencia magnetita) y, en ocasiones, cristalizaciones de piroxeno, akermanita, monticellita y otros silicatos. Abundan las bolitas de metal, a veces envueltas por coronas de cuprita o de calcosina, con composiciones elementales muy variables dentro de la misma muestra. También es frecuente encontrar granos de sílice sin reaccionar. Escorias en la pared de vasos de reducción de minerales de cobre La costra de escoria que se forma en la cara interna de la pared del vaso de reducción está fuertemente adherida a la superficie cerámica. De hecho forma cuerpo con ella y en muchas ocasiones la frontera de separación es difusa, siendo frecuente la formación de una capa intermedia de transición entre la escoria y la cerámica intacta, mostrando distintos grados de afectación térmica (vitrificación) y diferentes composiciones químicas a lo largo de su sección. A elevada temperatura, los minerales de cobre en contacto con la pared de cerámica reaccionan con los silicatos y el óxido de hierro formando una escoria rica en sílice que suele ser poco homogénea en estructura y composición, y en cuyo seno casi siempre podremos observar pequeñas bolas de cobre. Entre los componentes de las fases de la escoria encontramos silicatos de alto punto de fusión como los piroxenos y piroxenoides, la akermanita y la anorthita. Es frecuente la presencia de granos de sílice sin disolver, aunque a menudo muestran contomos redondeados que indican su participación en la formación de los compuestos silicatados. La lámina IV muestra un campo característico de la muestra ALMIZ-27. En una matriz piroxénica de formas fibrosas se han formado bellas agujas blancas de delafosita. Este compuesto, con una temperatura de formación en torno a los 1.150° C, es un excelente indicador de la temperatura de trabajo del vaso de reducción. Es, además, un compuesto estable en ambiente oxidante, por lo que su presencia es otra evidencia de que el proceso cursa con periodos de atmósfera rica en oxígeno naciente. La composición de las bolas metálicas formadas en la escoria nuevamente nos demuestra la producción de cobre arsenical en muchos casos. El resultado final de la operación es la obtención de cobre en porciones cuyo tamaño debía ser muy variable: desde masas de cerca de 100 g de peso como alguna hallada en Almizaraque hasta pequeñas bolas microscópicas. La recuperación del cobre debía hacerse triturando el producto de la fundición con la ayuda de martillos de piedra, de cuya presencia en los yacimientos hay numerosas evidencias. Efectivamente, la escoria es excesivamente viscosa a la temperatura de trabajo para permitir una buena separación del metal por diferencia de densidades. Mediante la operación de triturado, además de separar el metal se podía recoger el mineral sin reducir para utilizarlo en una nueva fundición. Esta es otra razón por la cual las escorias encontradas son tan escasas. Los análisis efectuados a varios nodulos de metal han dado composiciones muy variables. Aunque alguno es de cobre, lo más frecuente es que encontremos cobres arsenicales dentro de un rango de arsénico que oscila entre 2,6% y 4,9%. Suelen contener inclusiones microscópicas de metales pesados (plata, antimonio, plomo, bismuto). El contenido medio en hierro es relativamente alto en comparación con el de los objetos acabados, lo cual no debe sorprendernos porque gran parte de este hierro se perderá al refundir en el crisol estas porciones de metal, resultando una colada de cobre más refinado. También se perderá una parte importante del arsénico. Los nodulos y gotas de metal de Almizaraque pudieron tener dos orígenes distintos. Unas se habrán formado en la vasija de reducción y otras serán gotas caídas del crisol durante las operaciones de llenado del molde, al fabricar una pieza colada. En teoría, las primeras, al formarse a alta temperatura y someterse al enfriamiento lento del material contenido en la vasija una vez terminado el proceso, deberían presentar una microestructura con el metal recristalizado. Las segundas, en cambio, al pasar rápidamente del estado líquido en el crisol al sólido en tierra, su microestructura será siempre de bruto de colada. La lámina V es una imagen metalográfica de la gota ALMIZ-5-6. En ella podemos apreciar el metal recristalizado, formando grandes granos cuyos bordes se aprecian en la parte inferior como una delgada línea quebrada. Lo más interesante de esta metalografía es que también se ven claramente numerosas estrías de deformación en frío (series de líneas muy finas, más perceptibles en el centro de la imagen y en el ángulo superior izquierdo). En nuestra opinión, esa deformación se produjo en la operación de machacado de la escoria para separar el metal y sirve como demostración de que ése era el tratamiento habitual de las escorias. El funcionamiento de los vasos de reducción es en esencia sencillo: el mineral machacado se agregaba a las brasas encendidas de carbón vegetal y es probable que más carbón y mineral se fueran agregando hasta completar la carga. En Almizaraque, Las Angosturas y en otros poblados calcolíticos se han encontrado pequeñas bolsadas de mineral triturado, a veces mezclado también con carbón. Los pasos concretos del proceso no son del todo conocidos. En especial existen lagunas en la fase termodinámica de la reducción propiamente dicha. Es de suponer que hubiera una fase de precalentamiento de la vasija, aunque sólo fuera para encender bien las brasas de carbón. Ya hemos visto por los estudios de las escorificaciones y otros subproduc-tos que se alcanzaban en el interior de la vasija temperaturas del orden de 1.100 a 1.200° C. La formación de cuprita dendrítica, delafosita y otros compuestos así lo indican claramente. También es de sobra conocido que el problema no es alcanzar esas temperaturas sino mantenerlas. Mediciones realizadas en trabajos experimentales indican que, cuando se utilizan tubos de soplado a pulmón {blow-pipes), el punto aireado llega a alcanzar los L200° C pero la temperatura desciende drásticamente hasta los 800° C cuando se deja de soplar (Hauptmann et al, 1996: 6). Esto produce continuas oscilaciones de las condiciones redox en distintos puntos del sistema. De hecho, la formación de delafosita tiene lugar a alta temperatura en presencia de magnetita (producida por oxidación del óxido ferroso en los períodos de ambiente oxidante) y cuprita. Los estudios petrográficos de los componentes cristalinos de la cerámica de la vasijas de reducción indican que no se superaron nunca los 1.000° C en el núcleo de la pared del vaso (Gómez Ramos, 1999:183). Este es un dato interesante, teniendo en cuenta lo dicho antes, pues confirma que el foco calorífico principal estaba en el interior de la vasija, no en el exterior. Ante la escasez de toberas en los yacimientos calcolíticos excavados hasta entonces, Gómez Ramos (1996a) ya supuso que se usaba como alternativa los tubos de soplado o el flujo natural del viento. Recientemente se han publicado dos fragmentos de toberas de los niveles fechados en el III milenio cal AC del yacimiento de la Bauma del Serrât del Pont (Alcalde ^í a/., 1998: 91-92) que se añaden a la ya conocida de Pedra do Ouro y al fragmento de Buraco da Pala (Comendador, 1998: 112), abriendo la posibilidad de que el sistema convencional de toberas accionadas por fuelles fuera también un procedimiento de uso más antiguo y común de lo que se había supuesto. El producto final de la fundición debía estar formado por una masa heterogénea en la que se mezclaban minerales parcialmente reducidos y gotas de metal aglutinados por la escoria. Quizás fuera necesario romper la vasija si esta masa se quedaba pegada a la cerámica. Para separar el metal había que triturar el material, como ya se ha dicho antes. LA IMPORTANCIA DE LA VIA EXPERIMENTAL El primer experimento moderno de fundición directa de minerales en una vasija fue realizado en el Arqueódromo de la Borgoña (Francia), en el verano de 1996, durante unas jomadas de experimentación organizadas por M.Ch. Jacques Happ elaboró un cuenco de base plana con arcilla refractaria, de unos 15 cm de diámetro y 5 cm de altura, con paredes gruesas de unos 2 cm de espesor. En su interior se colocó mineral de cobre (malaquita y azurita) en fragmentos de más de 5 mm de tamaño mínimo. Sobre la vasija, cubriéndola completamente, se encendió un fuego de leña al que se le fue agregando carbón hasta conseguir buenas brasas, avivadas por el viento forzado de un ventilador industrial que producía una corriente de aire con una velocidad de unos 15-20 km/h. El fuego se estuvo alimentando con carbón durante unas dos horas, dejando luego que se fuera apagando lentamente. El resultado fue un fracaso en parte. En las condiciones de trabajo el mineral no llegó a reducirse y muchos fragmentos permanecieron prácticamente intactos. Unos pocos, sin embargo, se habían fundido y formaban agregados de mayor tamaño. El estudio microscópico demostró que, efectivamente, se habían producidos granos y filamentos de cobre. El hecho de que el cobre alcanzara la temperatura de fusión (cerca de 1.100° C) y se difundiera en las grietas indica que conseguir una elevada temperatura no fue el problema principal. Fueron las condiciones ambientales excesivamente oxidantes las responsables del bajo rendimiento de la transformación. No obstante, quedaba demostrado que de una forma muy simple, en una sencilla hoguera bien aireada, se podía obtener cobre aunque no de forma rentable. Otros tres experimentos fueron realizados en la región minero-metalúrgica prehistórica de Kargaly (Orenburg, Rusia), durante la campaña de trabajo de campo del equipo hispano-ruso en 1998 (Rovira, 1999: 104-107) (5). En esta ocasión no se usaron vasijas de cerámica sino simples cubetas excavadas en el suelo arcilloso del lugar, con la forma de recipientes de tamaños comprendidos entre 30 y 15 cm de diámetro. Se utilizó mineral de Kargaly (impregnaciones de malaquita y azurita en arenisca), molido hasta porciones de 2-3 mm como máximo y el polvo resultante de esta operación. La ri-reciente descubrimiento del poblado de la Capitelle de Broum (Ambert et al, e.p.) prueba que los pobladores calcolíticos del distrito minero de Cabrières utilizaban una técnica muy similar a la de los usuarios de los vasos de reducción españoles. EL ESTADO DE LA CUESTIÓN EN FRANCIA MERIDIONAL La investigación está mucho menos avanzada que en España. El interés por el tema surgió tras veinte años de trabajos en el distrito minero de Cabrières (Ambert, 1995) y con las investigaciones y reflexiones regionales o internacionales iniciadas hace pocos años con investigadores de Alemania y España. A partir de ello se ha podido ver que varios sitios y sus materiales metalúrgicos del Calcolítico y de la Edad del Bronce demuestran la existencia en Francia de vasijas de reducción (Fig. 2). Las principales vasijas de reducción calcolíticas reconocidas en Francia El sitio de Al Claus (Tarn y Garonne) representa el ejemplo mejor documentado de la utilización de vasijas de reducción en el Midi francés (Fig. 2, 1). La vocación metalúrgica de este yacimiento de finales del Calcolítico (3855±45 BP, 2448-2175 cal AC ala, Ly-7272) se hace patente de manera más particular por el hallazgo de 26 fragmentos de cerámica que tienen una costra metálica escorificada, poco espesa, afectando a su superficie interna (Lám. Forman parte de un lote de 1.600 fragmentos de vasijas de grandes dimen- Fragmentos de vasijas con escorificaciones del yacimiento de Al Claus. Mapa con la localización de yacimientos franceses mencionados en el texto: 1. Fort-Harrouard. siones pertenecientes a un mismo tipo. Sus características permiten asimilarlos a los de las vasijas de reducción españolas, puesto que las escorificaciones indican un uso metalúrgico específico. Los estudios de laboratorio (Carozza et al, 1997) demuestran que las trazas de vidriado se van perdiendo a medida que se alejan de la pared interna del recipiente, particularidad específica de las vasijas-horno. Con todo, existe una diferencia esencial con las españolas: en ellas se han procesado minerales sulfurados, sin duda de origen regional, ricos en hierro, es decir, calcopirita (CuFeS^), mientras que en España sólo se empleaban entonces minerales carbonatados, más fáciles de reducir. La mayor dificultad de aprovechamiento de las menas sulfuradas no debe, sin embargo, ser sobrevalorada si tomamos en cuenta los resultados positivos de los trabajos experimentales realizados con mezclas de carbonatos y sulfuros por Rostoker y Dvorak (1991) y los obtenidos de los trabajos arqueológicos y experimentales relacionados con la metalurgia de Cabrières. El yacimiento campaniforme de Travers des Fourches (Fig. 2,2) en Villeveyrac-Hérault (Montjardin, 1996) ha dado tres fragmentos de dos vasos decorados diferentes, que tienen en su cara interna Montjardin, 1996). 4 fragmento de brasero con depósito metálico de Bonnefond, Hérault. 5 "lingotera" de Lanuéjols, Lozère (dibujo de J.Y. Boutin). Los otros dibujos son de J. Coularou. concreciones cuprosas de un mineral no reducido considerado como malaquita (Fig. 3, 1-3). La presencia de una segregación de cobre en el seno de un mineral escorificado, parcialmente reducido (véase Tab. 1) permite ponerlos en relación con los fragmentos campaniformes españoles atribuidos a vasijas de reducción. En los sitios veracienses de Ouveillan (Fig. 2, 3) hay numerosos indicios de actividad metalúrgica: malaquita, residuos cuprosos y fragmentos de escoria (muchos de ellos con una cara curvilínea que pueden ser atribuidos a depósitos escoriáceos internos de crisol o vasija). Macroscópicamente las dos caras de éstos últimos son muy diferentes: la curva es casi lisa y la otra mamelonada. La arcilla que cubría un fragmento estaba cocida y contenía porciones de cobre perceptibles a simple vista. Las impurezas que se han detectado (Tab. 1, Bou 1, 2, 3), aunque pequeñas, no se oponen a la gran probabilidad existente de que se practicara una metalurgia calcolítica in situ a partir de los carbonatos analizados. Por otro lado, el gran radio de curvatura de la cara convexa de las escorias remite a su formación en una vasija de reducción. La excavación de la "cabana" 3 del poblado caleolítico de Serre de Boidons en Grospierres-Ardèche (Fig. 2, 4) ha proporcionado una documentación metalúrgica de las más preciosas del sur de Francia (Gros y Gros 1997: fig. 4) (Fig. 4). Los autores mencionan, entre otros numerosos fragmentos de crisoles, dos "d 'une sorte de brique très épaisse à légers rebords portant une encoche à la base'' (Fig. 4-2 y3) que nos recuerdan las "lingoteras" de Zambujal (Sangmeister 1995: fig. 11 y 12) y una tobera de pequeño tamaño (5 cm de longitud) (Fig. 4-1). Se han efectuado dos análisis a las escorificaciones adheridas a dos crisoles (Tab. Una indica la asociación antimonio (3%)-plata (2%) típica de las metalurgias (Ambert 1996) y minerales (Leblanc, 1997) del Midi de Francia. Si bien se impone un estudio renovado de esta documentación para establecer la cadena de procesos metalúrgicos practicada por estos pobladores calcolíticos, la filiación con las vasijas-horno reposa, sin embargo, en la presencia de los fragmentos de lingotera, un objeto presentado en Iberia como una variación morfológica de la vasija de reducción (6). Este tipo de recipiente, a veces de gran tamaño, de fondo plano o ligeramente curvilíneo, con o sin pie, puede presentar en su cara interna las concreciones metálicas propias de las vasijas-horno. Subrayaremos finalmente que en los sitios metalúrgicos del distrito minero de Cabrières (Fig. 2, 5) no se ha descubierto ningún fragmento de vasija de reducción. No obstante, esta primera metalurgia del Languedoc está estrechamente emparentada con la técnica ibérica puesta en evidencia. En el estado de nuestros conocimientos podemos suponer que las vasijas de reducción fueron introducidas en Francia en una segunda fase metalúrgica (¿contemporánea de los vasos campaniformes y las puntas de Pálmela?), con posterioridad a las primeras manifestaciones metalúrgicas reconocidas en Cabrières (Ambert, 1995). (6) Véase también lo dicho antes en relación con los materiales de Cabezo Juré (párrafo 2.2). Análisis espectrográfico de materiales asociados a vasijas de reducción francesas (% en peso). Abreviaturas: nod nodulo de cobre; Mal malaquita; Se depósito escoriáceo de crisol; Se-Vf depósito escoriáceo en vasija de reducción; Trav Travers des Fourches; Bou Bousquet (Ouveillan); Cour Les Courondes (Ouveillan); S.B. Serre de Boidons; Bonf Gruta de Bonnefond. Nota: Los contenidos de cobre han sido valorados por gravimetría. El resto de los elementos por espectrografía de emisión: X elemento mayor, XX elemento importante, XXX elemento principal, ~ aproximadamente, tr inferior a 0,001%, -no detectado, nd no medido. Vasijas de reducción y relacionadas atribuibles a la Edad del Bronce Un "brasero" fue encontrado en la base del estrato I de la gruta de Bonnefont (Saint-Etienne d'Albagnan-Hérault) (Fig. 2,6), atribuible al Bronce Final (Guiraud, 1957(Guiraud, y 1964)). Ovoide, de fondo plano y grandes dimensiones, presenta depósitos escoriáceos en uno de sus bordes (Fig. 3, 4) que lo relacionan con las vasijas de reducción (Tab. La cueva de Cimetière (Lanuéjols-Gard) ha proporcionado un grueso fragmento de cerámica rectangular con los ángulos redondeados (Fig. 3,5), en un sedimento revuelto. Recuerda las lingoteras de Portugal. Atribuible al Calcolítico o al Bronce Antiguo, no presenta signos de escorificación metálica. La metalurgia de Fort-Harrouard (Fig. 2, 8), divulgada por los trabajos de J.P. Mohen (Mohen y Bailloud, 1987; Mohen, 1990: 121), es de finales del Bronce Final. Entre los numerosos objetos relacionados con la metalurgia se encontró un recipiente con fondo plano de grandes dimensiones (40 cm de diámetro, 15 cm de altura), denominado horno-crisol por Mohen y Walter (1994: fig. 2). Posee al nivel del cuello dos picos vertedores simétricos. Del estudio realizado por estos autores se pueden extraer diferencias técnicas evidentes entre las vasijas para reducir minerales de cobre francoespañolas y este objeto de Fort-Harrouard. Los análisis indican la producción reiterada de aleaciones binarias y ternarias (cobre-plomo-estaño). También es propio de un crisol de ese tamaño la reparación del interior con una nueva capa de arcilla entre dos fusiones. Al contrario que en las vasijashomo, en él se reciclaban metales, como lo demuestran los cristales con forma de agujas romboidales presentes, propios del óxido de estaño que se forma por corrosión del bronce. Este recipiente sirvió, pues, para fundir y alear los metales y no los minerales (característica de las vasijas-horno). Los experimentos realizados por J.P. Mohen comprobaron, por otro lado, su carácter de crisol usado para preparar la aleación. Cuatro puntos constituyen los ejes cardinales de nuestras conclusiones: El mapa de distribución de las vasijas de reducción de minerales de cobre atestigua la gran difusión espacial de esta técnica metalúrgica en la Península Ibérica. Ante la ausencia de otros procedimientos metalúrgicos, puede ser considerada como el único método de obtención de cobre en la Prehistoria reciente española. En efecto, las vasijashorno reinaron no solamente en el Calcolítico sino que fueron utilizadas desde el Neolítico (Cerro Virtud) hasta la Edad del Hierro (Gómez Ramos, 1996b). Algunas regiones están bien provistas de evidencias (Madrid, Cataluña y el Sureste) (Fig. 1). Estas concentraciones son consecuencia más bien del estado de nuestros conocimientos que de una distribución real. El yacimiento de la Bauma del Serrât del Pont no es sólo el yacimiento más septentrional de entre ellos sino también el sitio que ha proporcionado el mayor número de fragmentos (65) de estas vasijas en España. Es una buena cabeza de puente en dirección a algunos yacimientos registrados en el sur de Francia. De los sitios con vasijas de reducción de la Francia meridional, el de Al Claus es el mejor documentado (Carozza 1998). La metalurgia del yacimiento campaniforme de Travers des Fourches también recuerda la española con sus numerosos fragmentos. El recipiente con escorificaciones de Bonnefont y la serie de Serre de Boidons refuerzan la presencia en Francia de esta tecnología. Las vasijas de reducción de minerales de cobre no fueron sistemáticamente utilizadas en las primeras fases de la metalurgia del sur de Francia. En los principales yacimientos metalúrgicos del distrito minero de Cabrières (Roque-Fenestre, La Capitelle de Broum) fueron reemplazados por cubetas excavadas poco profundas que se llenaban de una mezcla de minerales (óxidos y sulfuros) y carbón de madera, todos bien machacados. Esta técnica tan parecida a la de las vasijas servía para obtener un metal de buena calidad que cubrió las necesidades de una gran parte del Midi de Francia (Ambert, 1995(Ambert, y 1999)). Así, según el estado de nuestros conocimientos, cabe pensar que la posible introducción en Francia de las vasijas de reducción tuvo lugar con posterioridad a la metalurgia de Cabrières. Las principales diferencias entre las metalurgias de España y Francia meridional surgen de los minerales trabajados: casi exclusivamente carbona- http://tp.revistas.csic.es tos y óxidos en España, sulfuros y óxidos en Cabrières y Al Claus. Esta diferencia, que tiene indudables repercusiones tanto en lo que se refiere al funcionamiento del proceso de producción de metal como a la calidad de los metales obtenidos, es el eje de nuestras preocupaciones actuales. Queda finalmente por subrayar que, si bien la metalurgia de la vasija de reducción es una técnica ibérica infiltrada en Francia, también fue utilizada bajo diversas formas por otras metalurgias antiguas, como en Abu Matar (Tylecote et al,191 A) y Shiqim (Shalev y Northover, 1987) en Israel y Feinan en Jordania (Hauptmann et al, 1996). Traspasa de hecho ampliamente las fronteras del Viejo IVIundo, como lo atestigua el fundidor de hachas mexicano que ilustra la cubierta del libro Métallurgie Préhistorique (Mohen, 1990). Dicha viñeta muestra la transformación, en una vasija-horno, del mineral en objeto de metal en una sola fase. Este trabajo ha sido realizado en el marco de las Acciones Integradas entre Francia (PAI Picasso, Université de Toulouse) y España (Universidad de Valladolid), dedicadas en particular al estudio de las vasijas para reducir minerales de cobre. Queremos expresar aquí nuestro agradecimiento a J. Vaquer y G. Delibes de Castro, responsables de este convenio, así como a nuestros colegas D. Bourgarit, B. Mille, J. Coularou e I. Montero. También se ha beneficiado igualmente de las investigaciones llevadas a cabo desde 1996 por el PCR "Mines et metallurgies préhistoriques du Midi de la France". Moisés Rodríguez Bayona colaboró en la preparación de algunas muestras de Almizaraque para metalografía.
JOSEP MARIA VERGÉS (*) ETHEL ALLUÉ (*) DIEGO E. ANGELUCCI (**) ARTHUR CEBRIÀ (*) CARLOS DÍEZ (***) MARTA FONTANALS (*) ANTONI MÁNYANOS (*) SONSOLES MONTERO (***) SERGIO MORAL (***) MANUEL VAQUERO (*) JOSEP ZARAGOZA (*) RESUMEN Las excavaciones arqueológicas iniciadas en 1999 en la LA CUEVA DE EL MIRADOR La cueva de El Mirador se abre en la vertiente más meridional de la Sierra de Atapuerca (Ibeas de Juarros, Burgos), región ampliamente conocida en la bibliografía científica por sus importantes yacimientos arqueo-paleontológicos prehistóricos. El yacimiento se sitúa a una altitud de 1033 m s.n.m. y sus coordenadas geográficas son: 42° 20' 58" N, 03° 30' 33" O. Actualmente la cueva presenta la morfología de un abrigo debido al hundimiento de buena parte de su bóveda, aspecto muy similar, según los datos disponibles, al que ofrecía durante la Edad del Bronce. La cavidad tiene una boca de entrada de 23 m de anchura por 4 de altura, y unos 15 m de profundidad. La potencia de su relleno sedimentario se calcula en torno a los 12 m, en base a los datos geofísicos disponibles actualmente. La cueva de El Mirador forma parte del sistema cárstico de la sienta de Atapuerca. Se trata probablemente de una antigua dolina colapsada que, tal y como indica la presencia de galerías en su interior, constituiría uno de los sumideros del sistema. La primera intervención arqueológica de la que se tiene noticia en la cueva de El Mirador fue llevada a cabo por el Grupo Espeleológico Edelweis (GEE) a principios de los 70, y consistió en la realización de una pequeña cata en la zona central de la cavidad. Entre otros objetos, se localizaron una punta de cobre de aletas y pedúnculo, varias lascas de sílex, un punzón de hueso y algunos fragmentos de cerámica, que en su momento fueron atribuidos al Eneolítico y a la Edad del Bronce (Osaba y Ruiz de Erenchun, 1978:79). Dichos materiales se hallan depositados actualmente en los fondos del Museo de Burgos. Posteriormente, el extremo norte de la cueva se vio afectado por la acción de excavadores clandestinos, lo cual conllevó la destrucción de la sucesión estratigráfica de dicha zona en una superficie de unos 20 m^, y en una potencia aproximada de un metro (1). Lamentablemente, no se dispone de ningún tipo de información sobre los materiales exhumados por estos furtivos. No obstante, tanto en las secciones como dispersos sobre el suelo del laminador, se observan numerosos restos óseos, la mayoría de ellos humanos, lo que parece indicar que dicha área fue utilizada como zona de inhumación colectiva, probablemente en algún momento de la Edad del Bronce. Las campañas de excavaciones arqueológicas en la cueva de El Mirador realizadas en el marco del proyecto Autoecología Humana y Tecnología de los Pobladores Prehistóricos de la Sierra de Atapuerca comenzaron en 1999 y continúan aún en la actualidad. Paralelamente, en la campaña de 2000 se retomaron las intervenciones arqueológicas iniciadas en la década de los 70 por J. M. Apellániz en el Portalón de Cueva Mayor. Ambas excavaciones tienen como principal objetivo obtener datos sobre el poblamiento humano de la sierra durante el Pleistoceno Superior y el Holoceno que permitan completar la secuencia ocupacional conocida. Los niveles con*espondientes a la Edad del Bronce documentados en El Mirador, objeto de este artículo, se excavaron durante las campañas de 1999 y 2000. El principal objetivo de la intervención que se está llevando a cabo es la recogida de datos tanto arqueológicos como paleoambientales que permitan elaborar una secuencia de referencia del yacimiento. La información obtenida será utilizada (1) Entre las principales agresiones sufridas por el yacimiento cabe destacar la protagonizada por varios miembros del Grupo Espeleológico Ramón y Cajal a principios de los años 80. El expolio llevado a cabo por estos individuos se centró en el extremo norte de la cueva, en la entrada e interior de un laminador que se abre en la misma dirección. Sorprendidos por componentes del GEE se cursó la correspondiente denuncia, lo que supuso la disolución definitiva de dicha agrupación. http://tp.revistas.csic.es para planificar la futura realización de una excavación en extensión. Con este fin, en 1999 se inició un sondeo de 6 m^ en la zona central de la mitad oeste de la superficie de la cueva que aún conserva la bóveda. La selección de la zona donde debía situarse el sondeo se llevó a cabo basándonos en los resultados de una serie de prospecciones geofísicas que se realizaron en diferentes puntos de la superficie original de la cavidad. Se escogió la zona que mostró menor resistividad, donde, teóricamente, había menos probabilidades de encontrarse con alguno de los grandes bloques de piedra desprendidos de la bóveda de la cueva. Este lugar coincide con una de las zonas que no se vio afectada por la acción de los furtivos y que, por lo tanto, conserva la sucesión estratigráfica intacta. La sucesión estratigráfica presenta una elevada variabilidad lateral y vertical, debido a la naturaleza y composición del sedimento, a la caída de bloques del techo, que delimitan áreas discretas, a la organización espacial antrópica y a las modificaciones sin-y postdeposicionales naturales (bioturbación) y antrópicas (pisoteo y excavación de estructuras). El conjunto de la sucesión estratigráfica posee un elevado componente antrópico, mientras que los procesos de sedimentación natural, así como los edafogénicos {sensu strictu), son escasos. Los sedimentos exhiben, en su mayoría, textura limosa y tenor variable de arcilla, normalmente bajo, con esqueleto de piedras calizas de tamaño variable (hasta métricos), angulosas, sanas, con composición coherente con la roca de la cueva (caliza maciza, conglomerado calizo, detrito suelto de dicho conglomerado). Son normalmente blandos, de color oscuro y carbonatados. Los materiales procedentes de los procesos de combustión son abundantes, mientras que los artefactos son relativamente escasos. La estratificación es irregular, a veces discontinua, con buzamiento hacia el interior de la cavidad. Debido a la mencionada variabiüdad, se decidió nombrar y excavar la sucesión por conjuntos, diferenciando entre faciès características en las unidades antropizadas. A continuación se presentan los datos de campo, preliminares por lo que se refiere a la dinámica de formación del relleno sedimentario, cuyo estudio debe ser pormenorizado a través de análisis de laboratorio. La sucesión estratigráfica explorada durante las campañas de 1999 y 2000 se organiza en seis conjuntos. ATA-MIRl es el revuelto reciente, formado por brecha suelta en matriz limosa, cenicienta. En la zona interesada por el sondeo, este nivel estaba formado por una importante acumulación de materiales procedentes del cribado de sedimentos llevado a cabo por excavadores clandestinos. ATA-MIR2 identifica el relleno de canales y cámaras de origen biológico (madrigueras actuales y subactuales de conejo y de zorro), que cortan los conjuntos MIRl, MIR3 y MIR4. Los caracteres sedimentarios varían según la posición, la profundidad y la unidad afectada por las cavidades, siendo medianamente limo arcilloso pardo, granular fino, orgánico, con ocasionales materiales arqueológicos y límites abruptos con las unidades colindantes. ATA-MIR3 posee caracteres homogéneos. Es limo arcilloso, con piedras, pardo amarillento, masivo y orgánico. Contiene pequeños carbones y agregados de ceniza, ésta también dispersa en la matriz (así como los objetos arqueológicos). El límite con MIR4 es neto, irregular, probablemente erosivo. ATA-MIR4 está formado por sedimento de origen antrópico, orgánico, con acumulaciones características entre las que se han distinguido varias faciès: 4a-limo arcilloso con piedras a veces modificadas por impacto térmico, masivo, frágil, con microcarbones y materiales comunes, concentrados o dispersos; 4b-ceniza pura, blanca, masiva, a veces con fina laminación plana, con carbones y pequeñas manchas amarillentas; 4f-como 4b, pero con fibras horizontales de orientación varia; 4cacumulaciones de carbones; 4d-material orgánico, negro, formado por excrementos (coprolitos), a veces soldados unos a otros; 4g-limo gris claro, masivo, con abundante ceniza; 4m-ceniza parda clara, a veces con estructura laminar, con pequeños carbones y fragmentos rubefactados; 4o-sedimento orgánico, negro, homogéneo, sin estructuras; 4rhorizontes rubefactados por impacto térmico; 4vlimo verde oliva con abundante ceniza dispersa; 4tarcilla limosa, pardo grisáceo oscuro, con laminación plana débilmente ondulada, fibras vegetales horizontales, aportaciones detríticas y arqueológicas ocasionales. Las faciès forman secuencias rítmicas, muchas veces discontinuas y con límites abruptos. Se organizan en acumulaciones adosadas o en crestas y yacen horizontales o con inclinación baja, hacia Durante la excavación de MIR4 se documentó una pequeña fosa excavada en dicho conjunto, en la que se habían depositado restos humanos pertenecientes a varios individuos. La parte superior de dicha estructura se hallaba totalmente alterada por madrigueras de conejo, que rompían su continuidad e imposibilitaban contrastar si la deposición se llevó a cabo durante las ocupaciones de MIR4 o, posteriormente, durante las del conjunto MIR3. De forma provisional, y dado que la excavación de la fosa sólo se ha podido documentar en el conjunto MIR4, la acumulación de restos humanos se ha adscrito a esta unidad. ATA-MIR5 es una capa sutil de limo arcilloso pardo grisáceo, poco orgánico, con estructura po-liédrica, fragmentos milimétricos de ceniza y carbones. El límite con MIR6 es gradual. Nivela las irregularidades de MIR6, contiene escaso material y egagrópilas bien conservadas. ATA-MIR6 presenta una sucesión de faciès análoga a MIR4, con elevada variabilidad, presencia de materiales quemados y organización en niveles más o menos irregulares o en manchas (para las faciès se usan las mismas letras de MIR4). Los conjuntos MIR6 y MIR4 se componen, casi exclusivamente, de aportaciones antrópicas. Entre las faciès nombradas se encuentran acumulaciones de productos de combustión de restos vegetales (carbones, ceniza mezclada con fosfatos, limo, etc.) y deyecciones animales (excrementos y urea, ésta última por confirmar analíticamente). Unas derivan de la combustión de material in situ, como indican las fibras vegetales conservadas (faciès 6f/4f) y el sedimento rubefactado (faciès 6r/4r). Los procesos sin-y postdeposicionales son importantes, sobre todo los debidos a la actividad animal, pero no tanto para impedir la correcta identificación estratigráfica y excavación de los conjuntos. Su aspecto es el típico de los sedimentos de redil, conocidos en la bibliografía en lengua inglesa como animal dung acumulation, burnt layers, ofumierostallatico, en la francesa e italiana respectivamente. Estos sedimentos se originan durante el uso de cuevas o abrigos por parte de comunidades de pastores (de ovejas y cabras, según se ha observado en la mayoría de los casos conocidos), como producto de la acumulación de excrementos y de paja en superficie, ya sea para formar el lecho de los animales o para su alimentación (2); en algunos casos se documenta la periódica combustión de estos residuos. Pese a no disponer aún de los resultados del trabajo de laboratorio, el levantamiento detallado de campo permite realizar esta atribución preliminar. La acumulación antrópica se detuvo durante el lapso de tiempo representado por MIR5, conjunto dominado por procesos naturales, deposición de sedimento de vertiente y sucesiva edafogénesis como horizonte A, con incorporación de materia orgánica y débil estructuración. La existencia en este conjunto de egagrópilas enteras, en perfecto estado de conservación, indica una escasa o nula presencia antrópica en la cueva durante la deposición de estos sedimentos, ya que, en contextos de ocupación humana, dichos elementos son rápidamente disgregados por pisoteo. El conjunto MIR3 procede de acumulación tanto natural (fracción fina de la vertiente y piedras calizas del techo) como antrópica (carbones y ceniza), con homogeneización de la matriz sedimentaria debida probablemente a la actividad biológica sindeposicional. Cabe destacar que estos sedimentos representan productos de acumulación casi exclusivamente (2) Dichos sedimentos han sido descritos en yacimientos y unidades comprendidas entre el Neolítico antiguo y la Edad del Hierro, en la margen mediterránea: Arene Candide (Maggi, 1997; Macphail et al, 1997), Fiavè-Carera (Karg, 1998), Riparo Gabán (Angelucci y Boschian, e.p.) y varias cuevas del Carso de Trieste (Boschian y Montagnari-Kokelj, 2000), en Italia; Fontjuvenal (Brochier, 1988), Grotte Antonnaire (Argant et al, 1991) y Caune de Bélesta (Brochier et al, 1998) entre otros yacimientos franceses (véase también Brochier, 1983; Brochier, 1996; Courty et al, 1992); Cova del Parco, Cova de la Guineu (Bergadà, 1997) y Can Sadurní (Blasco et al, 1999), en Cataluña; Santa Maira, Bolumini y Cova de les Cendres (Badal, 1999) en el Levante peninsular; Balma de la Margineda en Andorra (Brochier y Claustre, 1994; Brochier, 1995); Egolzwil 3 (Rasmussen, 1989; Rasmussen, 1993), Arbon Bleiche 3 (Akeret et al, 1999) en Suiza. antrópica y que su contenido de información arqueológica, pese la escasez de artefactos u otras clases de materiales arqueológicos, es generalmente muy alto. El caso de El Mirador constituye la primera señalización de sedimentos de redil quemados periódicamente en la Meseta y, considerando la distribución a nivel europeo, en contexto geográfico continental. Hasta el momento disponemos de dataciones radiométricas realizadas sobre elementos procedentes de los conjuntos MIR4 y MIR6. Del conjunto MIR4 se han datado dos muestras de carbón vegetal y un hueso. Los carbones han sido recuperados en los sedimentos de redil, uno de ellos, de Quercus sp. perennifolio, a techo del conjunto (Beta-154894) y el otro, de Quercus sp. caducifolio, en la base (Beta-153366). El hueso (Beta-153365), un fragmento de tibia humana, procede de la acumulación de restos humanos documentada en el interior de una pequeña fosa excavada en el conjunto MIR4. La muestra de MIR6 (Beta-153367) es también un carbón, de Quercus sp. perennifolio, recuperado en un nivel de corral. Las muestras han sido analizadas siguiendo el método del radiocarbono con AMS por el laboratorio Beta Analytic Inc. de la University Branch de Miami (Florida, USA). Los resultados obtenidos se indican en la tabla 1. La información de que disponemos actualmente sobre los restos vegetales recuperados en El Mirador proviene del análisis antracológico. Los estudios polínicos, de fitolitos y carpológicos se encuentran actualmente en curso. Sobre estos últimos, sólo cabe señalar que la mayor parte de semillas recuperadas en los conjuntos MIR3 y MIR4 corresponden a cereales. Durante la realización del sondeo se ha cribado por flotación con agua la totalidad del sedimento extraído, con el objetivo de recuperar el máximo de material. Las mallas utilizadas han sido de 4 mm, 1 mm y 0.5 mm y el análisis antracológico se ha realizado sobre los restos carbonizados procedentes de la malla de 4 mm. Hasta el momento se ha Tab. Sierra de Atapuerca, cueva de El Mirador. Resultados de las dataciones radiométricas. Las cotas se expresan en centímetros y señalan la profundidad respecto al punto cero teórico de la excavación). El número de fragmentos es todavía reducido para considerar las frecuencias relativas de cada una de las tallas. Según algunos autores, el número mínimo de carbones que se deben estudiar para que la muestra sea representativa es de 250 fragmentos (Heinz 1990; Badal 1992). Para la identificación se han utilizado las técnicas habituales en antracología (Chabal et al 1999), apoyada en los atlas de anatomía de la madera de Schweingruber (1990) Por lo que respecta a los datos paleoecológicos que aporta este estudio, de forma preliminar, cabe resaltar la importancia de Queráis sp. caducifolio en toda la sucesión estratigráfica estudiada. La asociación de este grupo con otras especies de carácter mesófilo como el cornejo, el fresno, el avellano y las rosáceas nos indica la existencia de una formación de carácter mixto. Asimismo, encontramos algunos elementos perennifolios, como Quercus sp. perennif olio y leguminosas con una presencia significativa. En relación con la determinación de Quercus sp. perennifolio, si tenemos en cuenta el límite de la distribución actual de Quercus coccifera (coscoja), situado en el río Duero (Blanco et al, 1998), podríamos pensar que en la sierra crecería la encina, que es la especie que presenta una mayor extensión en la actualidad. De todos modos, debemos considerar que existe una limitación debida a la falta de criterios anatómicos para su distinción. Además, cabe destacar la presencia de taxones que crecen en ambientes de ribera como el sauce y el saúco, que en la actualidad se hallan en la ribera del río Arlanzón. Los resultados muestran una continuidad en la sucesión en cuanto a la presencia de los taxones identificados. El estudio de un mayor número de carbones en próximos trabajos nos permitirá reconocer las tendencias evolutivas de la dinámica vegetal. En el contexto de un lugar de estabulación de ganado como el documentado en el conjunto MIR4, la presencia de determinadas especies puede estar relacionada con la alimentación del rebaño. En este sentido, la explotación preferente de Quercus, tanto caducif olios como perennifolios, si bien puede estar determinada por el tipo de formación vegetal, también puede ser debida al uso de estas especies como forraje en los momentos en que el rebaño se hallaba estabulado. Los períodos de lluvias y nieve, así como la escasez de ramón y la falta de pastos durante estas épocas del año obligaban a realizar una previsión, podando las ramas jóvenes que se guardaban para ser utilizadas en invierno (Halstead y Tierney, 1998). Una vez consumidas por el rebaño, los restos de las ramas podían ser también utilizados como combustible. No obs-tante, no puede descartarse el aporte a la cavidad de las especies documentadas en condición de leña, dado que se trata de buenos combustibles, y la explotación de algunas de ellas, como el roble, la encina, el avellano y las rosáceas, por sus frutos. Un análisis más profundo del depósito, así como de los restos de excrementos, semillas, pólenes, etc., nos permitirá en un futuro profundizar en el conocimiento de la utilización de los recursos vegetales. Todas las especies documentadas en los dos conjuntos superiores se encuentran también identificadas en los dos inferiores, por lo que sólo sobre los conjuntos MIR3 y MIR4 caben hacer valoraciones biológicas y culturales. Además, buena parte del contingente recuperado en MIR2 corresponde a lagomorfos muy completos, con individuos infantiles, que denotan el carácter intrusivo de los conejos. La diferencial mineralización de los restos en los conjuntos MIRl y MIR2 sugiere cierta acontemporaneidad de los elementos y de sus correspondientes entidades biológicas. La fragmentación de los vestigios es abundante, pero no intensa, por lo que se han podido adscribir a especies concretas la mitad de los restos recuperados (Tab. Cuando la determinación específica no era posible, hemos optado por una adscripción a categorías de peso. Los elementos de especies de talla media (animales de 50 a 100 kg) predominan con claridad sobre los individuos de talla grande y pequeña. La asociación identificada es de marcado carácter doméstico, destacando la contribución de los ovicápridos, con un ligero predominio de la oveja frente a la cabra; grandes bóvidos y cerdos forman el segundo grupo de las especies domésticas, con pocos restos de caballo y de perro. Se trata por tanto de un espectro ganadero característico de los yacimientos de esta época (Altuna, 1986). La única diferencia encontrada entre los conjuntos MIR4 y MIR3 se refiere a una Ugera reducción en el nivel más reciente de la cabana vacuna y caballar. Los restos de conejos son muy numerosos en ambos conjuntos, en particular en MIR3 donde igualan a los de ovicápridos. Resultados del análisis taxonómico de los restos faunísticos de los conjuntos MIRl, MIR2, MIR3 y MIR4. tos de los lagomorfos están quemados y con similar mineralización a los de los restantes taxones, pero dado que no siempre es así será importante realizar un estudio biométrico y tafonómico comparativo. En cualquier caso, la importancia del conejo en la dieta, a tenor de su biomasa, sería siempre inferior a la de la cabana doméstica. La fauna silvestre se completa con el ciervo y el jabalí, animales del entorno de la sierra que unidos no llegan al 5% de los restos, por lo que las especies cinegéticas constituyen un recurso marginal en la alimentación de estos habitantes. El estudio de los espectros de edad revela que la cabana era sacrificada a edades variables, de lo que deducimos una dualidad de aprovechamiento: consumo de carne de calidad (jóvenes), y aprovechamiento de productos secundarios (adultos), asegurándose también el reemplazo de dicha cabana. Esta doble estrategia parece propia de sociedades complejas que controlan los rebaños. La presencia de un feto de suido y la abundancia de animales domésticos inmaduros (casi la mitad de los individuos) nos hace plantear, como hipótesis, la estabulación y cría en el lugar del ganado. Son numerosas las huellas de marcas de corte y fracturación, lo que evidencia que buena parte del conjunto óseo procede de la actividad culinaria. Dichas señales se aprecian en todos los taxones sin distinción, y pueden adscribirse a actividades tan diversas como al desollado, despiece y descarnación. La abundancia de huesos quemados documentada puede referirse tanto a la actividad culinaria como a la combustión de las heces. Por último, otras alteraciones visualizadas sobre las superficies óseas corresponden a señales de mordeduras de cánidos. La identificación de cánidos domésticos en El Mirador sugiere su autoría en tales señales. La presencia de restos óseos humanos ha sido documentada tanto en el conjunto MIR3 como en MIR4. Parte de estos huesos se encontraban dispersos en las diferentes superficies de ocupación y, aparentemente, fuera de su contexto original. Únicamente, durante la excavación del conjunto MIR4, se documentó una acumulación intencional, formada por unos 200 restos humanos, tanto óseos como dentales, que habían sido depositados en el interior de una pequeña fosa de 40 cm de longitud por 25 cm de anchura, de planta ovalada, y una profundidad http://tp.revistas.csic.es mínima de 20 cm. Como ya se ha comentado anteriormente, el entorno de dicha acumulación, especialmente su parte superior, había sido afectado por madrigueras de conejos. Esta bioturbación rompía la continuidad de la fosa y hacía imposible reconocer la superficie desde donde se inició su excavación: en la última fase de formación del conjunto MIR4 o durante las ocupaciones de MIR3. Los restos humanos pertenecen, según los estudios preliminares, a un mínimo de seis individuos, de ambos sexos y de diversas edades. En la acumulación no están presentes los esqueletos completos ni se hallan representadas todas las partes esqueléticas; tampoco se documentó ningún elemento en conexión anatómica. Proporcionalmente se documenta una mayor representación de huesos largos de las extremidades y partes del cráneo, respecto a huesos de menores dimensiones; los elementos correspondientes a manos y pies están prácticamente ausentes. La mayor parte de los restos, entre los que cabe destacar seis neurocráneos que muestran evidencias de haber sido separados intencionalmente, presentan fracturas y marcas de corte de origen antrópico. La disposición de los diferentes elementos parece indicar que primeramente se depositaron los neurocráneos en la base de la fosa y a continuación se colocaron el resto de huesos por encima de estos. En la base de la acumulación de restos humanos se halló parte de un recipiente de cerámica de tendencia vertical, con paredes y borde ligeramente entrantes en su parte superior de 13 cm de diámetro, pasta de color negro, y superficie ligeramente escobillada sin motivos decorativos (Fig. 4: 9). La presencia de marcas de corte relacionadas con el descarnado de los huesos, la fracturación intencional de los mismos y la separación sistemática del neurocráneo nos indicaría el desaiTollo de algún tipo de ritual funerario previo al enterramiento. Los paralelos de que disponemos en la Península Ibérica sobre la práctica de separar la bóveda craneana del resto del cráneo, lo que da lugar a los denominados en la bibliografía como "cráneos copa", son escasos y de diferentes periodos cronológicos. La primera referencia de que se tiene noticia procede de las excavaciones realizadas por H. Obermaier entre 1911 y 1913 en la cueva de El Castillo (Santander), en las que se recuperaron dos "cráneos copa" atribuidos al Magdaleniense (Obermaier, 1925). Mas tarde, se localizaron dos nuevos "cráneos copa" en la provincia de Guipúzcoa; uno en los años 30, en las Cuevas de Urtiaga (Barandia-Lám. I. Detalle de la base de la acumulación intencional de restos humanos depositada en una pequeña fosa excavada en el conjunto MIR4. Se observan cinco de los seis neurocráneos localizados en la inhumación. rán, 1952), y otro en los años 40, atribuido al Bronce Antiguo, en la cueva de Txispiri (Armendáriz y Etxeberría, 1983), si bien sobre este último existen dudas sobre su adscripción al grupo de "cráneos copa" (Etxeberría, 1990). Al cráneo de Txispiri se halló asociado un gran vaso de tendencia cilindrica y fondo plano, con dos cordones digitados paralelos al borde, y la superficie recubierta por una capa del denominado "barro plástico". El último ejemplar de "cráneo copa" conocido en la Península Ibérica, se localizó a finales de los años 70 en la cueva de la Carihuela de Pinar (Granada), y se interpreta como perteneciente al Bronce I Inicial. En este caso, el estudio antropológico indica que se trata de un individuo adulto, probablemente masculino. Al igual que en la cueva de Txispiri, el cráneo de la Carihuela se hallaba asociado a un recipiente, en este caso de cuerpo globular y borde ligeramente exvasado (García y Carrasco, 1981). En el caso de El Mirador la inhumación debe situarse cronológicamente en el Bronce Medio o en el Bronce Tardío, dado que la excavación de la fosa donde se depositaron los restos humanos es posterior a la formación del nivel de corral de la base del conjunto MIR4, de donde se extrajo el carbón que ha sido datado en 3400 ± 40 BP. No obstante, la datación de uno de los huesos de la acumulación indica que la muerte del individuo al que pertenecía se produjo en el Bronce Antiguo. La hipótesis que se plantea para explicar el desfase entre ambas fechas, si aceptamos que las muestras datadas no están contaminadas, es que se trate de una inhumación de tipo secundario realizada durante el Bronce Medio o un momento posterior, con restos procedentes de una inhumación del Bronce Antiguo. Durante la excavación de los conjuntos MIR3 y MIR4 se han recuperado un total de 261 restos líticos. Su distribución por conjuntos estratigráficos y categorías estructurales aparece representada en la tabla 4. En general, el número de restos líticos es reducido en ambas unidades estratigráficas. El conjunto MIR4 es el que cuenta con un mayor número de efectivos, aunque en este caso hay que tener en cuenta que se trata de la unidad estratigráfica de mayor potencia. La clasificación por categorías estructurales y el análisis de los restos se ha realizado en el marco del Sistema Lógico-Analítico (Carbonell ^í a/., 1983(Carbonell ^í a/.,,1992)). Hasta el momento no se han documentado acumulaciones bien delimitadas de restos líticos, lo cual, añadido al escaso número de artefactos, no permite plantear la existencia de áreas de talla en el sector excavado. Por otra parte, la distribución volumétrica de las lascas muestra una subrepresentación de restos de pequeño tamaño. La distribución por materias primas (Tab. 5) muestra el predominio del sflex en ambos conjuntos. El porcentaje del sílex se incrementa si tenemos en cuenta solamente los restos derivados de procesos de talla, lo que refuerza su carácter preferencial en las actividades técnicas. Otros materiales bien represpntados son la cuarcita y la arenisca, sobre todo en el conjunto MIR4, aunque aparecen básicamente en forma de Bases naturales (por ejemplo, de los 23 artefactos de cuarcita documentados en dicho conjunto, 22 corresponden a Bn). Los restos de caliza tienen dos orígenes diferentes. En primer lugar, hay una serie de elementos que corresponden a procesos de talla realizados a partir de la caliza procedente de las propias formaciones en las que se abre la cueva. Estos restos muestran unas secuencias operativas poco desarrolladas y probablemente corresponden a procesos de talla de carácter expeditivo y oportunista, con frecuencia de lascas de tamaño grande que presentan talones y caras dorsales total o mayoritariamente corticales. En segundo lugar, hay un aporte de cantos de caliza procedentes de las formaciones fluviales del entorno; estos materiales aparecen básicamente en forma de bases naturales (Bn), especialmente en el conjunto MIR4. El escaso número de restos documentado en ambos conjuntos dificulta la reconstrucción de las secuencias de explotación y de los criterios técnicos que definen los métodos de talla utilizados. En este sentido hay que recordar nuevamente el reducido número de núcleos existente en la muestra analizada. Los que se han recuperado exhiben un grado de reducción muy limitado y no presentan estrategias bien definidas. Se trata de artefactos de considerables dimensiones en los que apenas se ha iniciado una explotación bifacial o unifacial desde el plano horizontal. En líneas ge- nerales, se aprecia un predominio claro de las BP no laminares. El análisis de las Bases Positivas muestra la existencia de diferencias tipométricas entre MIR3 y MIR4. El tamaño de las BP tiende a ser considerablemente mayor en el conjunto MIR4 que en MIR3, y sólo MIR4 muestra una representación de lascas de tamaño grande. Llama la aten- ción en este conjunto la ausencia de los módulos volumétricos intermedios y la representación preferencial de elementos correspondientes a estadios avanzados de la cadena operativa, lo que sugiere una clara distorsión de lo que sería la distribución normal en el caso de que el registro lítico fuera el resultado del desarrollo in situ de cadenas operativas completas. Los artefactos retocados muestran un predomino claro del retoque simple, aunque la modalidad abrupta también se encuentra bien representada. Las extracciones son profundas en la mayoría de los casos. En cuanto a la dirección, predomina la combinación directo-indirecto, que en general corresponde a las piezas que asocian retoques planos y simples. En estos casos, las extracciones simples aparecen sobre la cara dorsal, mientras que las planas aparecen sobre la cara ventral, documentándose generalmente fenómenos de sobreimposición. Desde el punto de vista tipológico, son frecuentes las lascas retocadas de difícil adscripción. Entre los artefactos que han podido ser clasificados en algún grupo tipológico, la mayoría corresponde al denominado grupo del sustrato, destacando especialmente la alta presencia de denticulados (Fig. 3: 2 y 3). Entre estos últimos destaca la tendencia a producir morfologías convergentes. Los artefactos tipológicamente más característicos son los denominados elementos de hoz, de los que se han documentado tres ejemplares en el conjunto MIR4 (Fig. 3: 4-6). Estos elementos muestran una clara estandarización, tanto a nivel tipométrico como morfotécnico. Se trata de objetos de forma cuadrada o rectangular que presentan un dorso abrupto en dos o tres de sus laterales, mientras que en un lateral muestran un filo denticulado con extracciones simples. Elementos de este tipo ha sido descritos en numerosos yacimientos de la Edad del Bronce en la Submeseta norte (p. ej. Palomino y Rodríguez Marcos, 1994; Pérez Rodríguez eí a/., 1994; Rodríguez Marcos y Abarquero, 1994; Rodríguez Marcos y Palomino, 1997). Del resto de artefactos retocados sólo cabe destacar la aparición de un buril sobre truncadura en el conjunto MIR4. bre la industria ósea del Valle del Ebro. Ambos objetos han sido elaborados sobre fragmentos de diáfisis de hueso largo pertenecientes a animales de talla media. El punzón, de sección cóncavo-convexa, tiene unas dimensiones de 65 x 14 x 4 mm, presenta el extremo distal redondeado, y una fractura en la parte proximal que nos impide conocer como era su base. La esquirla apuntada tiene unas dimensiones de 56 x 14x2 mm y tan solo presenta la cara exterior pulimentada. Fracturas en sus extremos distal y proximal impiden reconocer su morfología original. No son muchos los materiales cerámicos recuperados durante las dos primeras campañas de excavación en la cueva de El Mirador si nos atenemos al volumen de sedimento sobre el que se ha intervenido. El registro recuperado en MIRl y MIR2 puede calificarse como material de revuelto por la presencia de cerámicas realizadas a torno de época Contemporánea. Por su parte, el material cerámico de MIR3 y MIR4 conforma una colección bastante homogénea, lo que nos permite abordar su presentación de forma conjunta. La mayor parte de las cerámicas muestran algún tipo de tratamiento en sus superficies, siendo los mas comunes el alisado (50%) y el bruñido (14%). En cuanto a sus pastas, generalmente han sido bien decantadas y muestran una cocción en ambiente reductor. Los desgrasantes empleados presentan una cierta variabilidad: predomixia el uso de la calcita y el cuarzo, y en menor medida mica, cerámica machacada y elementos vegetales. Esta variabilidad también afecta al tamaño de las partículas empleadas, predominando las que no superan el milímetro de grosor, aunque en las cerámicas más toscas se produce un aumento de dicho tamaño que llega a alcanzar los cuatro milímetros. En el conjunto MIR4 sólo se han recuperado dos instrumentos sobre hueso: un punzón sin base y una esquirla apuntada. Para su descripción se ha tomado como referencia el trabajo de Rodanés (1987) so- El elevado grado de fragmentación de los materiales -la mayor parte no superan los 5 cm en ninguna de sus dimensiones-dificulta en gran medi- da la identificación de las formas presentes en el yacimiento, aunque podemos apuntar que predominan las simples sobre las compuestas. Entre las primeras destaca la presencia de cuencos en sus distintas variedades, las ollas globulares y los vasos con gran desarrollo en altura, mientras que entre las segundas diferenciamos exclusivamente tazas carenadas y perfiles en "S" (Figs. Estos últimos, salvo un ejemplar, se muestran siempre bajo una tendencia entrante. En cuanto a los fondos únicamente hemos recuperado 10 ejemplares, todos ellos planos, de los que 4 aparecen reforzados por una moldura (Fig. 5: 8). El repertorio cerámico se completa con una de las llamadas "fichas recortadas", que en nuestro caso se presenta con forma ovalada (Figura 5:4), y a un fragmento de cuchara figulina a la que le falta el mango y parte del borde (Fig. 5: 6), ambos recuperados en el conjunto MIR3. El muestrario cerámico es predominantemente liso (94,3%), con presencia minoritaria de decoración impresa, incisa, excisa y plástica. La decoración impresa es la mas utilizada, siendo los labios el lugar preferido para su aplicación. En cuanto a los elementos utilizados para llevar a cabo esta técnica, predomina el empleo de algún tipo de instrumento y en menor medida la impresión con dedos y uñas. En este apartado debemos incluir también un par de ejemplares que muestran en toda su superficie una decoración un tanto particular, consistente en la realización de suaves pellizcos sobre el barro (Fig. 4: 6). Las incisiones sirven para confeccionar motivos muy simples -primordialmente líneas horizontales-, y cuando el tamaño del fragmento permite apreciarlo aparecen combinadas con otro tipo de técnicas. Sólo excepcionalmente muestran un motivo de líneas paralelas verticales que decoran toda la superficie del vaso (Fig. 5: 3). Por su parte, los pocos fragmentos que presentan escisión, muestran decoraciones de gran personalidad, consistentes en una serie de motivos triangulares que, aunque en algunos ejemplos se nos muestran como elementos exclusivos, generalmente forman parte de sintaxis decorativas más complejas. Respecto a las decoraciones plásticas, observamos como aparecen una serie de piezas decoradas a base de cordones aplicados que exponen en todas las ocasiones un carácter múltiple y algún tipo de impresión sobre su superficie (Fig. 5: 7). Dentro de los elementos sobresalientes del perfil observamos también la presencia de un botón aplicado y de un pequeño pezón resaltado, situados en el cuello y borde de la pieza respectivamente (Fig. 5:1). Los elementos realizados para facilitar la sujeción de la pieza son escasos: hemos identificado un asa de sección en cinta, aislada del perfil al que pertenecía, y el arranque de otro asa de las mismas características situado sobre la carena de uno de los recipientes (Fig. 5:5). Por todo lo expuesto anteriormente, y en consonancia con el marco cronológico que indican las dataciones de C14, los materiales cerámicos de los conjuntos MIR3 y MIR4 de la cueva de El Mirador pertenecen a la Edad del Bronce. Este hecho viene apoyado por la presencia entre el material cerámico de las tazas carenadas, características de este periodo. El resto de formas identificadas no desdicen en absoluto la cronología apuntada, pudiendo rastrear todo el conjunto en multitud de yacimientos que en el norte y centro de la Península Ibérica poseen una adscripción semejante. Dentro de este ámbito se sitúan los yacimientos de la Edad del Bronce del sur del Sistema Ibérico Turolense cuyo material ha sido analizado por Picazo Millán (1993). En el estudio morfométrico que este autor realiza sobre los recipientes carenados, concluye que en los primeros momentos de la Edad del Bronce este tipo de perfiles presenta una clara tendencia entrante, mientras que a medida que avanza el tiempo, ya a partir del Bronce Medio, esta tendencia se va invirtiendo y comienzan a proliferar los perfiles carenados con un cuerpo superior claramente abierto o exvasado. En palabras de este investigador, los resultados son extrapolables a otros territorios peninsulares, advirtiéndose entre las piezas carenadas de El Mirador una mayor abertura en las pertenecientes al conjunto MIR3. Sin embargo, la datación del techo de MIR4 se adentra en la última fase de la Edad del Bronce, donde son habituales -y podríamos decir que casi exclusivosotro tipo de recipientes que por su carácter sumamente abierto han sido merecedores del nombre de "vasos troncocónicos". Ninguna de las cerámicas de El Mirador puede ser incluida dentro de este apartado, por lo que creemos que el marco cronológico del material habría de situarse entre finales del Bronce Antiguo principios del Bronce Medio y el Bronce Tardío, esto es entre 3400 y 3150 BP aproximadamente, sin prolongación por tanto hasta los últimos momentos de esta etapa. Este hecho viene acreditado por la fecha de 3400 ±40 BP de la base del conjunto MIR4, mientras que la datación de la muestra tomada de la parte superior de este mismo conjunto -3040 ±40 BP-, se nos antoja quizá algo reciente para tal adscripción. No obstante, teniendo en cuenta el carácter meramente orientativo que deben tener este tipo de análisis, consideramos que tampoco se desliga de una forma ostensible del momento más moderno del conjunto, que en ningún caso alcanzaría la última fase de desarrollo de la Edad del Bronce (3). Yacimientos como Los Tolmos de Caracena (Jimeno y Fernández Moreno, 1991), El Balconcillo (La-Rosa, 1991), Arevalillo de Cega (Fernández-Posse, 1981), Moncín (Harrison et ai, 1994), Los Husos (Apellániz, 1974), o la propia Cueva Mayor de Atapuerca (Clark, 1979), presentan entre sus materiales del Bronce Medio/Tardío unas formas en todo semejantes a las de El Mirador, con la comparecencia además de cuantiosas piezas con cordones aplicados que no hacen sino apoyar esta idea. Asimismo, en estas últimas estaciones situadas en la franja más septentrional, nos encontramos también con diversas cerámicas decoradas a base de uñadas que ponen en relación nuestro material con la zona más norteña de la Península Ibérica, dado que a medida que nos acercamos al valle del Duero este tipo de ornamentaciones va desapareciendo. Este es un hecho que ya venía siendo advertido por Rodríguez Marcos (e.p.) para el sector norte y centro de la provincia de Burgos en relación con lo que sucede en la ribera del Duero burgalesa. Sin embargo, y a pesar de que todos los elementos apuntan a un marco cronológico situado a partir del Bronce Medio, llama la atención la ausencia total de las clásicas decoraciones que a partir de este momento se vienen efectuando sobre las cerámicas del Bronce Medio en adelante, y que han dado lugar a la creación de un horizonte cultural con personalidad propia conocido con el nombre de Cogotas I. Dicho horizonte, que por cronología debería verse repre- Tan sólo se ha recuperado un elemento metálico, perteneciente al conjunto MIR3. Se trata de un hacha de bronce de 92 x 45 x 16 mm de dimensiones máximas y un peso de 160 gr. Tipológicamente se corresponde con un hacha de rebordes ligeros, cuyo cuerpo, de morfología horizontal de tendencia rectangular, sólo la pierde a medida que se aproxima al filo. Sus flancos son ligeramente cóncavos y se abren en un ángulo de unos 35° en la parte distal para delimitar un amplio filo de delincación convexa. Estudios recientes consideran que los primeros momentos metalúrgicos de la submeseta norte se pueden dividir en dos fases bien diferenciadas: el Calcolítico-Bronce Antiguo, dado que ambos períodos participan de una misma dinámica en cuanto a los tipos metálicos y a las técnicas metalúrgicas, y el Bronce Medio (Delibes et al, 1999). El Bronce Medio representa un momento de marcada personalidad en el contexto arqueológico de la submeseta norte. En el ámbito metalúrgico y desde una perspectiva meramente tipológica, a pesar de la continuación de algunos tipos del momento anterior, se caracteriza por la presencia de una serie de novedades importantes como son las primeras aleaciones de Cu-Sn y la introducción de tipos extraños al área: espadas de tipo argárico, estoques y patoav^ (Delibes et al, 1999), aunque de manera muy escasa. Tipológicamente, y a falta de otros análisis sobre la pieza de El Mirador (metalografías y análisis químico) que nos informen de aspectos tecnológicos -aunque sabemos de la presencia de Sn mediante un primer análisis con MER-cabe situarla dentro del dominio de las denominadas hachas de rebordes. Estas hachas hacen su aparición en contexto del Bronce europeo a finales del Bronce Antiguo con unos rebordes ligeros, si bien su uso se generaliza durante el Bronce Medio. Se trata de una pieza con pocos paralelos en la submeseta norte aunque, ciertamente, no es una excepción en el contexto arqueológico de la Península Ibérica durante el horizonte del Bronce Medio-Bronce Final (4). El reciente estudio de los bronces del Bronce Medio de la colección Fontaneda (Delibes et al, 1999: 165-173) incide en el proceso de continuismo en el ambiente metalúrgico peninsular. Se considera que existe una homogeneidad cultural en el interior de la Meseta sobre la cual se introducen ciertos tipos extrapeninsulares, como la introducción de hachas de rebordes por ambos lados de los Pirineos y la introducción de ciertos tipos atlánticos desde el noroeste peninsular. Este proceso nos ayuda a considerar el Bronce Medio como un período de escasa renovación en los usos metálicos y la aparición de comportamientos técnicos de larga tradición. Aunque este no es un horizonte ajeno a la introducción de nuevos aspectos formales en los tipos, tales como los filos extendidos y la aparición (4) En la provincia de Burgos se conocen tres ejemplares de morfología parecida, aunque ninguno de ellos tiene su procedencia asegurada. Posiblemente el ejemplar de Retuerta sea el más parecido, puesto que presenta ciertas características europeas en la tipología y la composición (Delibes y Esparza, 1985: 156). No obstante, se incluye dentro de las hachas planas burgalesas. Monteagudo (1977) recoge otros dos ejemplares, aunque con ciertas dudas sobre su contexto. En las regiones circundantes más próximas al dominio meseteño se encuentran ejemplares de este tipo en El Pendo y Revilla de Camargo en Cantabria (Arias y Armendáriz, 1998), en Santianes (Monteagudo, 1977: fig. 45, 764), Cangas de Narcea (Monteagudo, 1977: fig. 46, 775) y otra depositada en el Museo provincial de Oviedo (Blas, 1999) en tierras asturianas, y ya en la provincia de Guipúzcoa, destaca la hallada en la Cueva de Zabalaitz (Apellaniz, 1973: fig. 99 bis). Más alejados del ámbito meseteño encontramos los ejemplares hallados en Cataluña (Martín Cólliga et al, 1999) y en Aragón (Rodríguez, 1999). de rebordes, estos elementos aparecen en la Meseta con mayor frecuencia en contextos del Bronce Tardío (Blas, 1999; Rodríguez, 1999). Nos inclinamos a pensar que el hacha aparecida en el conjunto MIR3 puede tratarse de una perduración de este tipo de hachas más allá de su momento de máxima distribución en territorio europeo. Este es un hecho que no resulta ajeno a la dinámica arqueológica de la zona, puesto que la metalurgia del horizonte del Bronce Pleno/Tardío se caracteriza por su arcaísmo y la aparición de modelos tipológicamente mucho más antiguos que en otras zonas del occidente europeo (Delibes et al., 1999). Las hachas halladas en territorio peninsular pertenecen a ejemplares de rebordes largos y paralelos, semejantes a las de tipo Médocaine. Se trata de un tipo de hacha abundante en territorio francés fuera de su área original, como en: Gascogne gersoise (Cantet, 1991) y Saint Marcel à Bidon (Vital, 1988: fig. 4., 1-2). Coffyn las clasifica en tres tipos distintos a partir de la longitud de las mismas (Cantet, 1991: 194). Así pues, el hacha aparecida en El Mirador puede asociarse, con ligeras variantes en cuanto al tamaño, con el Tipo III en virtud de las similitudes con los paralelos anteriormente citados, para los que se propone una cronología aproximada del Bronce C o Reciente (Gómez de Soto, 1995;82). La información aportada hasta el momento por el sondeo realizado en la cueva de El Mirador nos permite realizar un esbozo de las actividades llevadas a cabo en esta cavidad durante la Edad del Bronce. Con anterioridad a las ocupaciones de MIR4 se registra un periodo de escasa o nula actividad antrópica; al menos en la zona interesada por el sondeo. Este lapso de tiempo se corresponde con la deposición del conjunto MIR5, que cronológicamente debe situarse entre 4780 ± 40 y 3400 ± 40 años BP, dataciones realizadas sobre muestras de carbón vegetal procedentes respectivamente de MIR6 y de la base del conjunto MIR4. El conjunto MIR5 es producto de procesos de sedimentación naturales, básicamente aportes gravitacionales. Las primeras ocupaciones de la Edad del Bronce se documentan en el conjunto MIR4. En este momento, la información paleobotánica disponible nos informa de la presencia en el entorno de una formación de carácter mixto, con especies de carác-ter mesófilo como el cornejo, el fresno, el avellano y las rosáceas, y con elementos perennifolios, de Quercus sp. perennifolio. Además, cabe señalar la presencia de taxones que crecen en ambientes de ribera como el sauce y el saúco, procedentes probablemente de las márgenes del cercano río Arlanzón. El estudio de los caracteres del sedimento de MIR4 indica, sin ninguna duda, que la zona afectada por el sondeo fue utilizada reiteradamente durante el Bronce Medio como redil para el ganado. La formación de este conjunto es producto básicamente de la acumulación de excrementos de origen animal y de paja, y posterior quema de estos residuos en el mismo lugar de deposición. El hecho de que se hayan documentado episodios sucesivos de deposición y quema de niveles de corral indica que esta práctica se llevaba a cabo de forma periódica. Basándonos en la información obtenida del registro faunístico, el rebaño estaría compuesto principalmente por ovejas y cabras, mientras que el ganado porcino, vacuno y caballar completaría la cabana ganadera, sin alcanzar en ningún caso porcentajes importantes. Como es lógico, la alimentación del ganado se llevaría a cabo mediante el pastoreo y el ramoneo. No obstante, disponemos de ciertos indicios que apuntan hacia un consumo de forraje también en el interior de la cavidad. La presencia de pseudomorfos de fibras vegetales calcinadas, muy probablemente paja, en los niveles de condal quemados pueden representar restos de la alimentación del rebaño o de las camas del ganado. Cabe señalar también, entre las especies domésticas identificadas en el yacimiento, la presencia del perro, que sería el responsable de las marcas de mordedura documentadas en algunos de los restos óseos. Sin embargo, el registro arqueológico de MIR4 nos indica que la ganadería no era la única actividad productiva de estas comunidades. La ya mencionada presencia de paja, granos de cereal y dientes de hoz señalan la realización de prácticas agrícolas en una línea básicamente cerealista. Los recursos aportados por la ganadería y la agricultura se complementan con la caza de especies salvajes como el jabalí, el ciervo y el conejo, y probablemente con la recolección de productos vegetales, ya sea destinados al consumo humano o a la alimentación del rebaño. Pese a que, en el sondeo, el sedimento del conjunto MIR4 está formado básicamente por residuos derivados del uso de ese espacio como redil, no es este el único uso que se dio a la cavidad. La presen- cia en el registro de artefactos que podemos relacionar con actividades de tipo doméstico, así como el hecho que muchos de los huesos de animales recuperados presenten marcas de corte y fracturas que pueden relacionarse con su aprovechamiento alimenticio y con prácticas culinarias, hace pensar en una zona de habitat que se situaría verosímilmente en otro lugar de la cueva. En un contexto ocupacional de este tipo, buena parte del material arqueológico recuperado se interpreta como residuos de actividades domésticas que fueron arrojados al corral. No obstante, hay que tener en cuenta que de haberse llevado a cabo en este lugar actividades que pudieran generar asociaciones espaciales representativas, el intenso pisoteo y removilización de materiales derivados de la presencia del rebaño las habrían destruido. En MIR3 los niveles de redil quemados periódicamente desaparecen para dar paso a una sedimentación mixta, con aportes gravitacionales de vertiente, y antrópicos, básicamente carbones y ceniza. Esta variación indica un cambio en la funcionalidad del espacio al menos de la zona donde se ubica el sondeo. Aparte de los caracteres del sedimento, el registro arqueológico de MIR3 es muy similar tanto en composición como en representación al de MIR4. Tan solo se observa un ligero descenso de la cabana caballar y vacuna, una menor representación de los elementos directamente relacionados con la agricultura (sólo se han recuperado algunos granos de cereal carbonizados) y un cierto incremento en la variabilidad de la cultura material. La inhumación de restos humanos óseos documentada en el sondeo, así como la ya conocida existencia de una inhumación colectiva en el laminador del extremo norte de la cueva, indican el uso de la cavidad con fines sepulcrales. No obstante, la información disponible en la actualidad no permite conocer si existe alguna relación entre ambas, ni definir su relación temporal con el resto de episodios documentados. En el caso de los restos óseos depositados en la fosa parece tratarse de una inhumación de tipo secundario realizada durante el Bronce Medio o el Bronce Tardío con restos pertenecientes a individuos del Bronce Antiguo. A Alfredo Pérez González por su colaboración en el trabajo de campo, especialmente en todos los aspectos relacionados con los sondeos geofísicos y mecánicos llevados a cabo en la cueva de El Mirador, así como por su tarea de coordinación del programa de dataciones radiométricas. A J. A. Rodríguez Marcos por sus consejos en el apartado de cerámica. A Arturo Morales por la ayuda prestada en el estudio de los restos de fauna, así como para acceder a la colección comparativa del Laboratorio de Arqueozoología de la Universidad Autónoma de Madrid. Los dibujos de cerámica y del hacha metálica han sido realizados por L. Ibáñez. La labor de investigación que desempeñan Ethel Allué y Josep M.^ Vergés en el marco del proyecto Autoecología Humana y Tecnología de los Pobladores Prehistóricos de la Sierra de Atapuerca (DIGICYT No. PB-96-1026-C03-02) es posible gracias a una beca de la Fundación Atapuerca. También queremos agradecer a los vecinos de Ibeas de Juarros y de Atapuerca su apoyo constante y la ayuda prestada en determinados momentos de la excavación, encaminada a facilitar la realización de los trabajos de campo.
Las cerámicas grafitadas son un elemento cada vez más frecuente en los contextos del Bronce-Hierro peninsular. En este artículo se recoge su dispersión actual, centrada en la vertiente oriental y de gran profusión en las tierras del interior hasta el punto de convertirse en un buen indicador de las relaciones mantenidas por la Meseta durante este periodo. Mayoritariamente estamos ante piezas de mediano y pequeño tamaño, de buena calidad, color oscuro, perfiles no exclusivos y una decoración que permite diferenciar seis variantes diferentes. Sólo la importancia técnica que suponen sigue ligándolas a las francesas con las que tienen entre otras cosas una cronología similar. Si bien las cerámicas grafitadas se conocen desde antiguo, será con los hallazgos alaveses publicados a finales de los años 70 en el Congreso Nacional de Arqueología de Lugo cuando se inicia un creciente interés por el tema que cuajará en varios estudios pormenorizados sobre estas cerámicas realizados durante toda la década siguiente. El conjunto hallado en Cástulo (Blázquez y Valiente, 1980), las piezas encontradas en la provincia de Guadalajara (Valiente, 1982), y un análisis más amplio de las grafitadas de Álava (Sáenz de Urturi, 1983) dan pie a abordar la cuestión de esta técnica decorativa a nivel peninsular. En estos estudios irán apareciendo los primeros mapas de dispersión de las cerámicas grafitadas peninsulares fijándose su núcleo principal en el Valle del Ebro, con yacimientos tan emblemáticos como La Hoya o El Castillo de Henayo. Los hallazgos alcarreños certifican la presencia de la decoración también en la Meseta, con poblados como Riosalido, o necrópolis como Prados Redondos, y un hallazgo tan meridional como Cástulo que preludia ya su amplia dispersión. Si los hallazgos alaveses de entonces no superaban la veintena, y del resto, incluidos los mésetenos su cuantía no era más notable, el poblado de La Muela de Cástulo (Blázquez y Valiente, 1980) es el primer conjunto con una aparición destacada como para singularizar foniias, comparar pastas, superficies, tamaños de los recipientes, o distintas combinaciones del grafito. Las cerámicas del poblado andaluz proceden además de un verdadero contexto arqueológico con estructuras y materiales orientalizantes que ayudan a establecer para las grafitadas una cronología relativa del siglo VII a.C, siendo fruto de una precoz entrada de gentes de estirpe indoeuropea en estas tierras de la Alta Andalucía (Blázquez y Valiente, 1980: 407). Del mismo modo los castros alaveses remiten, incluso con datos radiocarbónicos, al Bronce Final, y la transición a la Edad del Hierro (Sáenz de Urturi, 1983: 394), y un panorama cronológico paralelo se propone para la Meseta. Las grafitadas seguntinas son las primeras de las que se realiza una tabla tipológica, con un minucioso análisis comparativo de sus perfiles que determina formas relacionadas con los Campos de Urnas, y otras, la mayor parte, como tipos indígenas. En ellos el aporte continental será el grafito, dentro de lo que el autor considera un periodo de aculturación de los influjos continentales a los que se irían incorporando progresivamente elementos propios de los Campos de Urnas (Valiente, 1982). En ese carácter indoeuropeo, o continental, hay una procedencia extrapirenaica para el grafitado peninsular que se asienta desde estos primeros estudios, asumiéndose su trasiego Occidental desde el Neolítico Balcánico (Valiente, 1982: 130-133), a la vez que cobran especial significado los yacimientos franceses como último escalón exportador de la técnica hacia la Península Ibérica. La única novedad posterior en este sentido viene de un trabajo de S. Werner (1987-88: 192-193) quien diferencia unas grafitadas más antiguas, relacionadas con las migraciones de los Campos de Urnas, y las que podríamos denominar "tardías", un impacto nuevo, que nada tiene que ver con el panorama francés, y que ha llevado a estrechar lazos directos con Centroeuropa a partir de relaciones de carácter mediterráneo observadas en varios conjuntos. Fijada su dispersión, cronología y marco cultural, los estudios más recientes se han encargado de precisar algunos de los términos de estas cuestiones, a la par que se engrosa el número de yacimientos. Fueron punto obligado en el estudio que G. Ruiz Zapatero (1985:761-768) realiza de los Campos de Urnas del Noreste de la Península Ibérica. Dentro del origen extrapeninsular, las grafitadas del Ebro se relacionan con las aquitanas, señalando la ausencia de hallazgos en Cataluña, y la adyacencia técnica y decorativa de ambos grupos, con una ligera diferencia cronológica acorde con el proceso de transmisión. Las grafitadas más antiguas, tipo Henayo, se relacionan con aportaciones étnicas filtradas por los pasos occidentales hacia el siglo VIII a.C, siendo los siglos VI y V a.C. los de mayor desarrollo en la zona con perduraciones hasta el III a.C. Podrían ser desarrollos locales, pero no se descartan nuevas contribuciones étnicas en la introducción de la técnica en la Meseta o en Andalucía. Será su manufactura lo que merezca una mayor atención en el análisis que se realiza de las cerámicas grafitadas encontradas en el poblado de La Coronilla, recurriendo a experimentaciones francesas. Precisamente son los fragmentos grafitados hallados en el nivel inferior de ese castro molinés de la provincia de Guadalajara, y la fecha del siglo X a.C. obtenida en él, los que permitirán plantear, sin mucha convicción, el origen local de la decoración (Cerdeño y García Huerta, 1983: 282). En breve tal postura será declinada a la vez que se plantean diferencias temáticas y formales entre el Ebro y la Meseta, lo que supone la difusión de la técnica y el desarrollo de tipos propios (García Huerta, 1990: 746-748). Un último estado de la cuestión sobre las grafitadas peninsulares (Sánchez Capilla, 1989) expone individualmente sus yacimientos y la relación con las cerámicas francesas para concluir la imposibilidad de señalar si la técnica pudo ser importada o autóctona de la Península. La autora encuentra paralelismos, como la propia cronología de mediados del siglo VIII a.C, e identifica a las poblaciones francesas y españolas, más allá de los materiales, por la elección de asentamientos en altura, pero también encuentra diferencias, como los gustos decorativos. Su análisis parte de un número ya muy importante de hallazgos que le permiten plantear su expansión quizás relacionada con factores comerciales. En este artículo se pretende contribuir en la valoración de estas cuestiones que vienen suscitando las grafitadas a la luz de las aportaciones más recientes, así como destacar su papel como elemento de interacción de aquellas zonas en las que su representación es verdaderamente notable. Para ello recogemos su actual extensión geográfica analizando los contextos y la cronología a la que remite tal inventario, también la variedad tipológica y temática obtenida, que en definitiva permite caracterizar las cerámicas grafitadas de la Península Ibérica, sin olvidar puntualizaciones técnicas que deberán ser tenidas en cuenta en futuros trabajos. Aunque el análisis de una determinada producción material siempre trae consigo una cierta indi- vidualización, las cerámicas grafitadas nos interesan como elementos incluidos dentro de amplios conjuntos culturales. Las dudas que aún siguen suscitando los momentos iniciales de las diferentes formaciones culturales que habitan la Península Ibérica durante la etapa impide un verdadero juicio sobre el origen extrapeninsular de la técnica al que sólo dedicamos aquí breves reflexiones. EL GRAFITO Y SU APLICACIÓN La definición de estás cerámicas (Llanos y Vegas, 1974: 290; Sáenz de Urturi, 1983: 387) las muestra como piezas con una técnica decorativa que ornamenta sus superficies mediante una pintura "metálica", por lo que sólo de forma más práctica que correcta, diferenciamos grafitadas y pintadas en algunos yacimientos, a la vez que en ocasiones veremos la coincidencia de ambas variedades en un mismo recipiente. La diferencia cierta es una de las formas del carbono, el componente carbonoso, sólido, untuoso, de color negro-grisáceo, y brillo metálico del grafito de las primeras, que es sustituido por otros pigmentos en las demás. Su conservación en las cerámicas no es muy buena, pudiendo desaparecer, igual que otros pigmentos en un ligero lavado. Esta es una de las causas que justifica que en ocasiones haya pasado inadvertido. E incluso, algunas veces lo que queda de ese efecto metálico no es muy distinto de una superficie con abundante mica de grano grueso, llegándose a identificar como "pseudografitado" la presencia de gran cantidad de mica o cuarzo molido, que produce un efecto externo semejante (Crespo, 1992: 51; Valiente et al, 1986: 56). Al respecto puede ser ilustrativo el resultado del análisis de una pieza negra "imitación a cerámica metálica" del Cerro de San Antonio que expone que el brillo de la muestra se debe no a su composición química sino a un proceso físico, la orientación de las micas en superficie durante el bruñido de la pieza, y su posterior sometimiento a una ligera cocción en ambiente oxidante (Arribas ^/a/., 1991: 179). Estas cuestiones son interesantes porque esta decoración supone la aplicación del grafito sobre la superficie cerámica una vez seca y antes de su cocción (Eiroa et al, 1999: 189), ya que éste es capaz de soportar temperaturas elevadas, al menos 700°C, sin desaparecer (Werner, 1987-88:185). Sin embargo no faltan referencias a temperaturas mucho menores para su anulación, que al margen de ser o no correctas en su precisión técnica, se relacionan con cerámicas con "superficies tratadas al grafito" (Valiente, 1982:129), es decir se refieren a un proceso postcocción. Esta adscripción realizada en concreto para las grafitadas seguntinas (Valiente, 1982) nos advierte de la posibilidad de diferencias técnicas dentro del conjunto de las piezas grafitadas peninsulares, relacionadas con la aplicación del grafito antes o después de su introducción en el horno, siendo aquí cuando sería más correcto, hablar de un pseudografitado como ya señaló Werner (1987-88: 185). Mientras los análisis de laboratorio franceses dejan estas cuestiones mucho más claras, los realizados en España, aún sobre esos precedentes (Gautier, 1976), se han centrado en su detección como objetivo fundamental, en determinar, no sin dificultad, que hay un componente intencionado de grafito. Los realizados hasta el momento proceden de Cástulo, Linares (Rincón, 1981) y el Cerro de San Antonio; donde se confirmó la presencia del mineral en una proporción del 5,9% (Galvan, 1991: 186). El grafito ha sido también identificado en las cuarcitas y esquistos utilizados como desgrasante en las cerámicas del yacimiento fenicio de Cerro del Villar, siendo uno de los elementos que permiten plantear el uso de una temperatura media de cocción en torno a los 850° C (Cardell, 1999: 18-19). Uno consistente en su extensión mediante frotación con el mismo dedo, una espátula o bastoncillo. Y un segundo proceso en el que el grafito habría sido previamente diluido convirtiéndose en una pintura líquida que se extendería mediante pincel o inmersión de la pieza. En este último caso la capa sería mucho más uniforme incluso en las superficies interiores del recipiente. Ejemplos los tenemos en yacimientos franceses como Camp Allaric, Aslonnes, Vienne, en el que se documentó un grueso conjunto de cerámicas pintadas entre las que aparecía el grafito. La pintura se utilizó líquida, y su aplicación con un pincel dejó trazos y gotas de distinto grosor que delatan la existencia de pinceladas, e incluso la utilización de pinceles de distinto espesor, sin que falten trazos extremadamente finos (Pautreau, 1986:159). También en la Meseta, hay huellas de la aplicación de la capa de grafito mediante una espátula, como en el Cerro de San Antonio (Blasco et al, 1991: 114) o yacimientos de Guadalajara en los que se aprecia la presencia del carbono triturado y mezclado con 38. La Cerrada de los Santos;53. La Los resultados también dependen de las propias superficies. Las hay meramente alisadas o rugosas, que aunque de peor aspecto consiguen una mayor adherencia, y espatuladas o bruñidas que acentúan el brillo de la pieza. LOS YACIMIENTOS Y SU INFORMACIÓN CRONOLÓGICA Y CULTURAL Conocemos 88 yacimientos con esta variedad de cerámicas (Fig. 1), y aunque sólo en una escasa cuarta parte de ellos reciben un marco estratigráfico, no hay duda del amplio desarrollo alcanzado por la técnica. El inventario no es ni mucho menos definitivo, de hecho no faltan referencias puntuales (Martínez Navarrete, 1988: 1157), informaciones aún poco detalladas (Collado ^í a/., 1991-92: 133) que acrecentarían los núcleos conocidos, o claras muestras de aumento en el número de enclaves con grafitados acorde al ritmo de prospecciones realizadas, como viene sucediendo en la provincia de Soria. OcuiTe también que la información procede mayoritariamente de poblados. Todos son habitat al aire libre, y sobre todo en altura, siendo los contextos funerarios escasos, poco precisos por tratarse de antiguas excavaciones, y además reducidos a las tierras orientales de la Meseta y el Sistema Ibérico. El actual mapa de yacimientos con grafitadas muestra su distribución en el centro y vertiente oriental peninsular, con una gran aceptación en tierras del interior. Tal panorama se puede estmcturar, para su exposición, en varios sectores geográficos, que además han tenido distinto bagaje investigador. Las excavaciones realizadas en los castros alaveses de La Hoya (Llanos, 1988: 71) y Henayo (Llanos et ai, 1975) siguen siendo los mejores contextos de referencia para las grafitadas del Ebro, aunque no están privados de problemas. En el primero, las grafitadas aparecen en su fase II y III para la que se cuenta con fechas que van del siglo XII al VI a.C. pero desconocemos la cuantía final de los hallazgos grafitados y sus datos explícitos, pues desde los fragmentos publicados en los años 80 (Sáenz de Urturi, 1983), con el poblado aún en proceso de excavación, las referencias a estas cerámicas han sido sólo generales. Su contexto de viviendas rectangulares con zócalo de piedra, paredes de adobe y cubierta vegetal, es diferente al de Hena-yo donde encontramos viviendas de suelo apisonado y hogares circulares. El único fragmento grafitado allí encontrado corresponde al nivel más antiguo de ocupación para el que la disparidad de fechas procedentes de una misma muestra inclina a sus autores a considerar la cronología del siglo VIII a.C. como la más adecuada. Sin embargo, en ambos yacimientos, las grafitadas se rodean de un elenco material similar formado por elementos metálicos de bronce y cerámicas incisas, con impresiones, excisas y acanaladas, que en La Hoya se acompañan además de pintadas. Por un lado sus autores no vacilan en buscar la procedencia de estas primeras ocupaciones en los Campos de Urnas del Languedoc unidas a ciertas similitudes con la Meseta y poblados como Cortes o El Redal (Llanos et al, 1975), mientras otros defienden contactos con el Suroeste francés, siendo posible un cierto aislamiento de los grupos de los altos alaveses y los de las riberas (Ruiz Zapatero, 1985: 608-609). Pero por otro, la secuencia de La Hoya cuenta con una ocupación anterior al horizonte de grafitadas cuya continuidad sería necesario conocer, del mismo modo que deberían conocerse bien las relaciones con el grupo Cortes-Redal, a su vez influenciado por el Bajo Ebro, si queremos considerar que las cuestiones referentes a la génesis de estos primeros poblamientos están resueltas. Con todo, la principal aportación de las grafitadas en los contextos alaveses es un marco cronológico, aunque en nuestra opinión es justo reconocer que tampoco está exento de dificultades. La fecha del 760 ± 80 a.C. (1-8687), mayoritariamente aceptada, pertenece a un segundo análisis de una misma muestra que inicialmente proporcionó una fecha del siglo XII a.C. no respaldada, a diferencia de aquella, por los datos relativos manejados por los autores (Llanos ^í a/., 1975: 188). Las fechas obtenidas en los dos niveles superiores inmediatos no ayudan pues se consideran demasiado antiguas y con alto margen de desviación, pero hay sugerencias sobre la alteración estratigráfica de la secuencia y la aceptación de un siglo X a.C, que se equipararía mejor con las fechas obtenidas en La Hoya (Castro ^í a/., 1996:223). Yacimientos riojanos como Sorban, o Campobajo (González y Pascual, 1983; Pascual y Cinca, 1985), aportan poco sobre los contextos en los que aparecen las grafitadas, pero al menos ayudan a resaltar la reducida repercusión de la técnica en el Bajo Aragón y tierras catalanas, frente al tramo medio y alto del Ebro. Sobre aquella zona faltan datos recientes y las referencias antiguas ya fueron cuestionadas con bastante lógica (Ruiz Zapatero, 1985. El inmediato marco del Duero también tiene su representación propia con once yacimientos, sirviendo las grafitadas para dar uniformidad a la Edad del Hierro, al ser un elemento común entre el mundo castreño soriano septentrional y el poblamiento del llano aluvial, y entre ellos y el grupo Soto. Así a las malas referencias antiguas (Ortego, 1951) y localizaciones superficiales (Pascual, 1991: 154-157), se une su documentación en varias excavaciones sistemáticas. En un ambiente análogo se encuentran las grafitadas del sector II y III del castro de Zarranzano (Romero, 1991:129-183) y las de la segunda fase de ocupación del poblado de El Castillejo de Fuensauco (Romero y Misiego, 1995), por mucho que sólo el primero de ellos muestre en su muralla un claro interés defensivo. En ambos yacimientos sorianos las viviendas presentan zócalos de piedra y paredes de adobe conviviendo en determinado momento, como muestra Fuensauco, las estructuras rectangulares y las circulares. El material que acompaña a las grafitadas está formado por piezas de bronce, y cerámicas con ungulaciones, sencillas incisiones, y pintura. Para estas ocupaciones hay varias fechas radiocarbónicas que no remontan el 500 a.C. obtenido en el nivel inferior de Zarranzano (Romero, 1999: 148) lo que sitúa a las grafitadas en un momento tardío, del siglo VI a.C, dentro de un horizonte relacionado, o en la misma tradición, de los Campos de Urnas de la Edad del Hierro del Ebro (Romero y Misiego, 1995: 137; Delibes y Romero, 1992: 249). Sin embargo en nuestra opinión también en el Duero puede reivindicarse su comparecencia en el Bronce Final-Hierro, si nos fijamos en los restos de Castilviejo de Yuba (Ruiz Zapatero, 1984: 180-181) junto a excisas y acanaladas, o en la presencia de algunos fragmentos en la ocupación inicial de Fuensauco, en un entorno de cabanas circulares de hoyos de poste (Romero y Misiego, 1995:137), con dos fechas de mediados del siglo VIII a.C. confinadas por el momento por su incoherencia con una tercera del siglo V a.C. (Romero, 1999:156). También en ambientes heterogéneos que, aunque poco claros, en la cuestión que nos atañe no dejan de ser sugerentes. Sabemos de la presencia de grafitadas en los niveles superiores de Sanchorreja con fechas del siglo VI a.C. (González Tablas y Domínguez, 1995), pero también en su nivel inferior, junto a pintadas y cerámicas Cogotas I (Maluquer 1958: 25-39), así como en el nivel más antiguo de La Mota con una fecha del 610 ± 70 a.C. (GrN-18907) (Seco y Treceno, 1993: 155-156)juntoaboquique genérico marco de transición y comienzos de la Edad del Hierro. Una segunda, faciès, circunscrita al Alto Henares, se conoce como Pico Buitre (Valiente et al, 1986), recibiendo la denominación del único poblado excavado. Sin embargo el ambiente que éste reconstruye de poblados sin interés defensivo, con viviendas realizadas con materiales poco perecederos y un elenco material fundamentalmente con cerámicas con decoración incisa acompañando a las grafitadas, recurre a la misma tradición de varios poblados madrileños como El Cerro de San Antonio (Blasco et al, 1991 j, o del área molinesa recientemente identificados como Horizonte Locon II (Arenas, 1999:172-173). El grafito, igual que la excisión, parece más escasa en Madrid, pero al margen de precisiones, se reproducen contextos semejantes con elementos de tradición local, influencias levantinas y del Ebro. Con los Campos de Urnas del Hierro del Ebro Medio se relacionan las comunidades con grafitadas del área molinesa fechadas entre el siglo VIII y comienzos del siglo VII a.C. (Arenas, 1999: 173) mientras que se acude a tierras alavesas para justificar la presencia de grafito en el Alto Henares (Valiente, 1984:33). La aportación de Pico Buitre se extiende también al radiocarbono, con tres fechas que van del siglo XII a mediados del X a.C. (Crespo y Arenas, 1998: 49). No es el momento de valorar todo lo que suscitan, pero sí de señalar que debe haber cambios en el registro material de una secuencia tan amplia como la que se abarca, pues sabemos de la presencia de piezas como fíbulas de doble resorte (Crespo, 1992: 64). Queda por tanto por precisar el momento de aparición de las grafitadas. Curiosamente también aquí, en la Meseta Sur, encontramos yacimientos en los que conviven esas dos tradiciones distintas que testimonian las cerámicas Cogotas I y las pintadas al grafito. La asociación se conoce en La Muela de Alarilla (Méndez y Velasco, 1984) y la cabana excavada en Ecce Homo en la que aparecieron un 14,5 % de fragmentos grafitados junto a pintadas, pero también boquique y acanalados considerados por sus autores intrusivos (Almagro y Dávila, 1988: 362). Y finalmente, mucho menos problemático es el registro de grafitadas en estaciones sin duda ligadas a la I Edad del Hierro, en un ambiente en el que son patentes los elementos meridionales o propios del mundo levantino como el torno o el hierro. De esas estaciones excavadas conviene destacar en el área carpetana el poblado de Los Pinos (Muñoz y Orte-Fig. Cerámicas grafitadas de la necrópolis de Luzaga (Guadalajara), sin asociación a sepultura (Colección Cerralbo, MAN). ga, 1996), y en lo que luego será la Celtiberia varios poblados de altura, con evidente interés defensivo en los que las grafitadas aparecen junto a urnas de orejetas o fíbulas de doble resorte. Es el caso del Turmielo (Arenas y Martínez, 1993-95), donde tales materiales son aún importados en los comienzos de la Edad del Hierro, o el castro del Ceremeño con mayor representación del torno. (1) en la ocupación más antigua, de las dos que registra el enclave, ligada por su urbanismo y materiales a las influencias del Ebro que llegan a la Meseta, y a la incorporación de otros tantos elementos mediterráneos (Cerdeño et al, 1993-95:76-86 ). Es ahora cuando encontramos la única necrópolis. La Cerrada de los Santos (Arenas, 1999: 50-62), que proporciona la información suficiente como para reconocer el uso de grafitadas también en lugares funerarios, pues en el resto de las necrópolis son hallazgos sin sistematización alguna (Fig. 2). La presencia de grafitadas en tierras levantinas tiene una muestra palpable en el poblado valenciano de los Villares, desde su primer nivel de ocupación atribuido al tránsito entre el Bronce Final-Hierro I, en el siglo VIII-VII a.C. Cerámicas a mano incisas, pintadas, algunos acanalados y decoraciones plásticas son el documento material aportado por estructuras con zócalo de piedra que se explican dentro de un substrato indígena influenciado por elementos meridionales y del Ebro entre los que están las grafitadas, en última instancia difundidas desde la Meseta (Mata, 1991: 189). La creciente presencia de torno en el lugar permite fijar el uso (1) En la publicación (Cerdeño et al. 1993-95) no aparece la identificación de las muestras datadas. continuo de la técnica hasta la primera mitad del siglo V a.C. (Mata, 1991:193) siendo por tanto contemporáneo a su utilización en piezas de otro poblado levantino más meridional, Peña Negra (González Prats y Ruiz Segura, 1990-91: 70), en el que unos cuantos fragmentos grafitados aparecen en su segunda fase de ocupación, en el siglo VII a.C. Tampoco abandonamos la misma cronología de finales del siglo VIII y siglo VII a.C. en el caso de varios hallazgos conquenses o del entorno del Guadiana que contienen niveles previos a su fuerte proceso de iberización. En el caso de Hoyas del Castillo, la presencia de grafito junto a incisiones y excisiones que se relacionan con el Bajo Aragón, supone un momento posterior a la ocupación Cogotas I del lugar (Ulreich et al, 1994), mientras que en Alarcos, en estratos muy alterados por las construcciones posteriores, el boquique aparece junto a las cerámicas pintadas, grafitadas y con incrustaciones de botones de bronce (Juan et al, 1994: 147). Cástulo es por el momento el único poblado andaluz con grafitadas, pero sus extensas excavaciones hacen que sea uno de los lugares de más amplia documentación peninsular de la técnica. Los porcentajes son reducidos en su primera fase de habitación, de finales del siglo VIII a.C, y más destacados en sus fase II de mediados del siglo VII hasta los primeros momentos del siglo VI a.C, perviviendo en la siguiente hasta un momento no bien determinado. En esa etapa de auge las grafitadas aparecen en un complejo conjunto de construcciones que se modificarán en varias ocasiones, junto a abundante cerámica incisa sobre carenas altas que reproduce decoraciones pintadas que no desentonan en el ambiente andaluz, e influencias mediterráneas patentes en las imitaciones e importaciones de producciones fenicias. Aún no aparece el hierro destacando entre el material metálico una fíbula de doble resorte (Blázquez et al, 1985). CARACTERIZACIÓN DE LAS CERÁMICAS GRAFITADAS Un primer aspecto que cabría destacar es la reducida información relativa a la proporción de las grafitadas en los conjuntos cerámicos, pues parece que, como otras decoraciones, no tienen elevada representación en los cómputos decorativos internos de los diferentes yacimientos. Los datos más firmes, como excavaciones de mayor extensión que son, de Los Villares (Mata, 1991:163) o Cástulo (Blázquez et al, 1985), son del 2-3% de la cerámica. En La Coronilla alcanzan el 16%, pero los porcentajes varían sensiblemente entre las viviendas que forman el primer nivel de ocupación, con cifras que están entre el 1,50% y el 20% de la cerámica en ellas encontrada (Cerdeño y García Huerta, 1992: 84-94). Y sería necesario conocer mejor los datos tan elevados de Torre de Campobajo donde la única estructura excavada proporcionó un 70% de piezas grafitadas, lo que llevó a sus autores a considerar el carácter suntuoso y excepcional de la vivienda (Pascual y Cinca, 1985: 628). En la factura del conjunto cerámico grafitado peninsular hay numerosas variantes. Una primera, la encontramos en el color de sus superficies. La mayor parte de ellas poseen las superficies negras cuando no también sus pastas, pero no faltan ejemplos de colores claros, rojizos, e incluso mandones o beiges. En ocasiones el color se ha utilizado (Valiente, 1982: 124; Mata, 1991: 164), unido a determinados perfiles, como elemento significativo de diferentes trasfondos culturales, sin embargo una observación del conjunto peninsular, avisa de lo poco significativa que puede ser la apreciación si no va acompañada del tipo de materias primas disponibles en cada caso, el tipo de cocción, o el posible uso de las piezas. Independientemente del color estamos mayoritariamente ante pastas bien decantadas, con desgrasantes de grano fino o medio, y superficies cuidadas, bien alisadas, espatuladas o bruñidas. El grafito puede contribuir a refinar el aspecto grosero de algunas piezas como ocurre en Peñarroya (García Huerta et al, 1999: 237), y sólo excepcionalmente encontraremos piezas de mala calidad alejadas de lo que sería una cerámica fina, como queda patente en Cástulo (Blázquez y Valiente, 1980: 40-41). A partir de la propia decoración podemos diferenciar varios tipos de grafitadas: Tipo 1. El grafito se extiende en forma de capa más o menos homogénea por la superficie del recipiente. En ocasiones se ha grafitado sólo la superficie interior, únicamente la exterior, o ambas aparecen cubiertas. Cerámicas en las que el grafito no cubre toda la superficie, sino que forma bandas que aparecen tanto al interior como al exterior. Con frecuencia estas bandas ocupan la zona del borde, la parte superior o mitad superior del recipiente. El grafito como una auténtica pintura sirve para diseñar motivos directamente sobre la superficie del recipiente, tanto al interior como al exterior. Los diseños son geométricos, de líneas paralelas, bandas con series de líneas verticales y oblicuas, triángulos rellenos o rayados al interior, rombos y meandros. La fragmentación impide en muchas ocasiones conocer sus desarrollos completos (Fig. 4). Cerámicas en las que se ha colocado una capa de grafito homogénea sobre la que se realiza a su vez un motivo ornamental también en grafito. Una variedad del tipo anterior con motivos geométricos semejantes. Cerámicas en las que la capa de grafito hace de fondo oscuro y brillante sobre el que destacar determinados motivos pintados (Fig. 5). Piezas con superficie grafitada, completa o parcialmente, asociada a impresiones, acanaladuras, o almagra, a las que suele superponerse. Argumentos para secuenciar estos diferentes tipos de decoración grafitada sólo se han dado en el yacimiento de Los Villares en el que el tipo 2, de bandas, es exclusivo del nivel más antiguo del yacimiento (Mata, 1991:164), por eso más que de una gradación cronológica, se puede hablar de más o menos éxito, arraigo, o interés de determinados tipos en algunas zonas, sin que exista una delimitación espacial estricta. Los tipos 1 y 2 son los de mayor simplicidad y más amplia difusión peninsular, quizás por su amplio uso en la Meseta. No están ausentes del Alto Ebro, conviviendo con los diseños de motivos (Tipo 3) en varios fragmentos de La Hoya (Sáenz de Urturi, 1983: 397) y aguas abajo en Sorban (Ruiz Zapatero, 1985: 761-762) pero no hay duda de su especial auge en la Meseta y mitad meridional de la Península, siendo por ejemplo la única modalidad conocida en el Duero. Los diseños de motivos (Tipo 3) con desarrollos geométricos de líneas están más relacionados con la cabecera del Ebro, tierras vascas, navarras y riojanas, siendo en varios de los yacimientos la única modalidad conocida. Fuera de allí encontramos algunos fragmentos, de los que ni siquiera podemos reconstruir la forma del recipiente, en la Meseta Sur, en La Espina (Fig. 4), junto a una variedad directamente relacionada con aquella como es el tipo 4, presente en Riosalido o Sotodosos (Valiente, 1982; Valiente y Velasco, 1986). La misma consonancia se produce en cuanto a la asociación de grafito y acanalados conocida en La Hoya o Campobajo y en la Meseta oriental, o en su base como fondo de la pintura (Tipo 5). Hay un fragmento de este tipo en la Hoya (Ruiz Zapatero, 1985: 764), pero eso no impide que veamos en esa asociación, pintura-grafito, la verdadera singularidad del centro-este peninsular con yacimientos como Riosalido, Cerro Renales, o Los Villares (Fig. 5). En la misma agrupación entraría el poblado de Cástulo (Blázquez y Valiente, 1980) que también en el plano decorativo puede ser diferenciado, en esta ocasión por la asociación almagra-grafito que se repite en sus recipientes utilizando la superposición o delimitación de zonas diferentes mediante la incisión. Tal variante también está presente en la Me-Fig. Cerámicas grafitadas y pintadas. T. P., 59, n." 1,2002 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es seta, en el poblado de La Dehesa de Alovera (Espinosa y Crespo, 1988:249). En relación a las dimensiones de los recipientes, las grafitadas aparecen en tipos de mediano y en especial pequeño tamaño, con formas poco profundas y abiertas, algo acorde con la decoración que puede aparecer en su interior. Pero también aquí hay excepciones y encontraremos algunos recipientes grandes que contradicen la tónica común, especialmente de amplio desarrollo vertical (Fig. 3,7). En conjunto la representación formal es variada, pero refleja una preferencia por los perfiles carenados, semiesféricos y troncocónicos, sin que puedan en ningún caso aislarse formas como tal, correspondiendo a las formas habituales en cada yacimiento. Es decir se están decorando las mismas formas que aparecen lisas o reciben otro tipo de decoración, formas comunes a los ambientes de la Edad del Hierro y otras algo más personales que nos permiten estrechar algunos lazos de relación. En el registro formal del Ebro (Fig. 3, 3) el grafito se aplica a recipientes ovoides o globulares con cuellos cilindricos, es decir a formas bien conocidas en ambientes de la Edad del Hierro del área alavesa y navarra. Estos perfiles sirven para atribuir a las grafitadas riojanas un carácter tardío (Ruiz Zapatero, 1985: 765), pero la muestra formal es muy reducida por el momento. Fuera del Ebro, el panorama cambia y el reconocimiento de formas, ahora más amplio, encuentra claras semejanzas entre los yacimientos que se extienden desde la cabecera del Duero hasta tierras levantinas, incluyendo Jalón y cabecera del Tajo (Fig. 3 n.°' 1,2, 6 y 7). En ellos el grafito decora recipientes semiesféricos, globulares de escaso desarrollo vertical y carenados entrantes con inflexiones medias o en el tercio superior. Todos ellos prefieren fondos redondeados o en umbo, y es usual encontrar mamelones perforados en la parte superior o inferior de la carena. Las bases rehundidas o pies marcados con'esponden a recipientes tronconcónicos y bitronconcónicos del Alto Tajo y Jalón, siendo estos últimos los de mayor tamaño a los que se alude en párrafos anteriores, que además sabemos que están presentes tanto en poblados (Valiente y Velasco, 1988: Fig.4) como en necrópoUs (Arenas, 1999: Fig. 43). La distribución del grafito como capa continua, o diseñando bandas, en una o ambas superficies, será su variante decorativa sin distinción formal aparente. También la asociación pintura-grafito la encontramos en formas semiesfericas, globulares y carenadas, pero nunca en piezas grandes (Fig. 5). Las carenas altas y las medias marcadas a modo de "hombro", así como las fuentes de bocas amplias formarían otra delimitación que atañe a las grafitadas en yacimientos no menos mésetenos que los anteriores, del Henares y Manzanares, y otros como Cástulo (Fig. 3, n.""' 4 y 5). Ello incide en la raigambre meridional que hay que atribuir a muchas de esas formas carenadas que aparecen en la Meseta, sin restar personalidad al poblado andaluz en el que se grafitan piezas, para las que no se encontraron paralelos peninsulares (Blázquez y Valiente, 1980: 40). Nuevamente las variantes responden a una capa continua de grafito, o bandas que destacan sobre el color de la superficie. El contraste es aún mayor sobre superficies a la almagra como en Cástulo, que se corresponden con recipientes de gran tamaño de los que no se conservan perfiles completos. REFLEXIONES Y CONSIDERACIONES FINALES La dispersión actual de las cerámicas grafitadas impide considerarlas un elemento marcadamente septentrional pues su núcleo principal ocupa el centro de la Península, aventajando cuantitativamente el grupo del Tajo al del Ebro. El castro leonés de Sacaojos ocupa la posición más occidental, mientras Cástulo sigue siendo el punto más meridional, mostrando que tal situación no está reñida con un gran arraigo de la técnica. Tal distribución las sitúa sobre el área ocupada por Cogotas I, estando ausentes, por el momento, del territorio de los Campos de Urnas antiguos. Para su valoración es necesario que más allá de las propias cerámicas grafitadas, nos fijemos en los registros amplios de los que forman parte y la información cronológica que traslucen. Dos son los tipos de contextos en los que aparecen a los que se añaden otros mixtos. En primer lugar en contextos de fuerte tradición de decoración incisa, acompañados de excisión, acanalados, impresiones, pintadas y cepilladas tal cual las encontramos en la estratigrafía de La Hoya y Henayo. Son característicos los recipientes bruñidos, de buena calidad y brillo intenso, de borde cilindrico en el Ebro, y que al sur de éste, reproducen cuencos de carenas medias con hombros muy marcados y resaltados por mamelones perforados, que junto a las fuentes de carenas altas son ya un distintivo del momento final de la Edad del Bronce peninsular y característicos tanto de la Meseta como del Sureste. En ellos obtenemos una fecha inicial para la presencia de grafitadas en Henayo, a mediados del siglo VIII a.C. (Llanos et al, 1975: 95), que parece la más válida, aunque sea obligado recordar las fechas más altas del siglo XII a.C. obtenidas en la Hoya semejantes a las del poblado meseteño de Pico Buitre. Fechas tan antiguas se comprenden algo mejor tras los resultados obtenidos en Soto de Medinilla con una fecha de mediados del siglo IX a.C. para su nivel más antiguo (Delibes et al, 1995: 175), o con el marco ocupado por la fase I de Peña Negra (900/850-700 a.C.) (González Prats, 1992: 249) formando parte de una nueva etapa en tomo al cambio de milenio a la que no es ajena ni el Ebro, ni la Meseta, ni el Sureste, y en la que encontraremos tanto habitat en altura como en zonas bajas con viviendas mayoritariamente de materiales de poca solidez. Tal proceso no hay duda que implica a las grafitadas, pero resta saber cuál es su momento de incorporación a un elenco material del que aún no conocemos bien su origen y evolución. A falta de más precisión, el registro de grafitadas en la fase II de Peña Negra, o las fechas propuestas para Los Villares, o Cástulo de finales del siglo VIII, comienzos del siglo VII son una buena referencia próxima a la fecha por el momento más admisible del Alto Ebro. Una cronología semejante es también la sugerida en el caso de un segundo tipo de yacimientos en los que las grafitadas se asocian a las cerámicas típicas de la cultura meseteña. Tal relación conjunta se repite en yacimientos como La Muela de Álari-11a, Alarcos, o La Mota donde al menos son anteriores a una secuencia que comienza en el siglo VII a.C. (Seco y Treceno, 1993: 135). Suponen la admisión de una técnica decorativa novedosa entre las poblaciones asiduas de las técnicas de incrustación. Por último, en un tercer tipo de contextos predomina el grupo de las cerámicas lisas, y los recipientes ornamentados acuden casi exclusivamente al grafito y la pintura, siendo el momento de generalización del uso de la técnica. Esta es ahora más propensa a las asociaciones y no es raro encontrarla sobre formas carenadas de bordes entrantes, globulares de escaso desarrollo vertical (Fig. 5) o semiesféricas con bordes en ala a imitación de los platos torneados (Fig. 3,6). Las cerámicas a mano conviven con las primeras muestras del uso del torno, y el hierro aparece junto a una metalurgia de bronce entre la que destacan las fíbulas de doble resorte. Con ellos entramos en un ambiente de estabilidad poblacional y mundo funerario bien visible, para el que tenemos vagas referencias de finales del siglo VII a.C. y mejores acreditaciones del siglo VI a.C, como las procedentes de los castros sorianos, varios yacimientos molineses, y quizás también riojanos, sin olvidar que al menos en el siglo IV aún se usa la técnica por lo conocido en Soto (Delibes et al, 1995:175)oelCeremeño(Cerdeño^/¿?/., 1993-95: 76). Su situación cronológica posterior respecto a los primeros contextos a los que hacíamos referencia viene marcada por la propia secuencia de Soto, con un periodo formativo y otro pleno (Quintana y Cruz, 1996), o la relación de sucesión entre la faciès Pico Buitre y Riosalido en el Henares. Otro punto que tampoco conviene olvidar es la génesis de estos contextos en los que las grafitadas se imbrican. La cuestión es mucho más compleja de lo que podemos desarrollar aquí, pero aludir el tema demanda la importancia del Ebro, aún cuando cuantitativamente su dotación de grafitadas no es la más significativa, y de la Meseta oriental. En este sentido tanto en los yacimientos del Duero, como en la Meseta Sur, se reivindica, de una u otra manera, el componente de Campos de Urnas Recientes y del Hierro en la definición de los diferentes complejos culturales que ocupan la zona durante el Bronce Final-I Hierro, y esto, en lo que atañe a las grafitadas, permite otorgar al Ebro un papel pionero del uso de la técnica en la Península. Tal componente se reconoce muy desvirtuado (Delibes y Romero, 1992: 249), de forma que esos distintos ambientes culturales, el grupo de los castros sorianos, la cultura Soto, o las diferentes faciès delimitadas en la Meseta Oriental, están ya fuera de un puro clasicismo respecto al Ebro, por no hablar de la reivindicación que se viene realizando en los últimos años de los procesos endógenos y las influencias meridionales (Ramírez, 1999) que alcanzarían en la zona igual o mayor fuerza que las septentrionales. Tampoco esta situación pasa desapercibida en el caso de las grafitadas sin que podamos hablar de su mera difusión a la Meseta, sino de un proceso de asimilación y de desarrollo propio con protagonismo de los pobladores de la zona, pues resulta chocante pensar en sabedores de la técnica que al llegar a la Meseta se centran en una variedad grafitada distinta. Así las especies características de la Meseta desaiTollan una capa homogénea de grafito frente a los motivos practicados en el Ebro, o superponen motivos pintados, y lo hacen sobre formas no menos originales y sin apenas margen cronológico respecto a aquel. Es posible que ese proceso de asimilación ten- (Martínez Sastre, 1992), las relaciones afectan claramente al urbanismo (Cerdeño et al, 1993-95), el uso del grafito es más que generalizado, y en ocasiones desarrolla motivos geométricos como los del allí. Es más, tienta relacionar las grafitadas del Duero con éstas de la zona oriental más que con el Ebro, porque las formas sobre las que las encontramos en los castros sorianos o más al interior, en Soto, son muy semejantes a las del Alto Tajo. Independientemente de esta posibilidad, es obvio que esa situación anterior no es admisible en la mitad meridional de la Península donde las grafitadas reclaman conexiones con las tierras del interior de la Meseta, especialmente el marco oriental donde son registros usuales en todas las excavaciones, y también en las prospecciones (Arenas, 1999), con repetidas presencias que van más allá de lo ocasional, es decir convertidas en una de las decoraciones características de la Edad del Hierro, y con un desarrollo de la técnica mayor incluso que el del Ebro. Además no serán esos motivos característicos del Ebro los que encontremos en yacimientos meridionales como Los Villares o en Cástulo, sino los grafitados homogéneos, en bandas o con asociación de pintura o almagra. Es decir, las grafitadas, como algo muy propio del interior, son un buen marcador direccional de la interacción, influencias o intercambios a los que se abren estas tierras durante el Bronce Final-Hierro. En las novedades que conlleva la nueva etapa se plantea un fuerte componente levantino que podría tener su contrapartida en las grafitadas (Arenas y Martínez, 1993-95: 122) y lo mismo ocurre con los hallazgos que jalonan las tierras de La Mancha, Guadalaquivir o Vinalopó como testigos de un flujo cultural con el interior. No hay más que fijarse en determinados perfiles, como los cuencos de carenas marcadas que son tan característicos de la Meseta como del poblado alicantino de Peña Negra, la almagra, o las cerámicas con incrustaciones metálicas que presentes en el Tajo (Muñoz, 1993) remiten al Sureste. En tal reciprocidad no hay datos que den pie a hablar de importaciones, no se trata de piezas que hicieran la función de contenedores, sino nuevamente del conocimiento de un tipo cerámico frecuente en la Meseta y singularizado por su aspecto acerado, que desde luego se busca en esos momentos, no sólo con el grafito, sino también con intensos bruñidos, superficies gallonadas, o perfi-les aquillados (Mata, 1991:153) de igual imitación metálica. Ese uso generalizado de la Meseta oriental podría responder a la fácil obtención del grafito pues conocemos varias minas en la cuenca alta del Tajo y Sistema Ibérico (Fig. 1), sin embargo también permite pensar en el uso social de estas cerámicas, aún difícil de determinar. Aunque en ocasiones encontremos grafitadas piezas escasamente cuidadas, de proporciones relacionadas con la contención y actividades de uso cotidianos como ocurre en Cástulo, es difícil resistirse a la impresión de que esta cerámica ocupa un papel destacado dentro de la vajilla disponible. El tamaño, la cahdad, los motivos, o que el grafito sirva de fondo a piezas meseteñas con pinturas de escasa adherencia y por lo tanto fuera de un uso común, así lo muestran. También sus porcentajes reducidos dentro de sus diferentes conjuntos cerámicos, 2-3%, o que el uso del grafitado vaya más allá de las piezas funcionales que ahora no son el motivo de estas líneas pero que no hay que olvidar. Este es el caso de cuentas de barro encontradas en la necrópolis de Molina de Aragón (Crespo y Arenas 1998: nota 4), o varios morillos del ámbito del Jalón-Mesa (Martínez Naranjo, 1997: 171), cuya exposición al fuego, igual que los que aparecen pintados, no es la más apropiada. Además en los contextos funerarios el grafito no sólo se usa en las urnas, que podrían ser piezas amortizadas, sino también formando parte de los ajuares (Arenas, 1999: 50-62). Finalmente varios han sido los argumentos esgrimidos en el origen extrapeninsular de la técnica. La dificultad y lo específico de ella como para que pudiera surgir de forma independiente en varios lugares, la propia representación septentrional española, la similitud de ésta con los motivos galos y la mayor representación del vecino país son los más importantes. Efectivamente esta variedad cerámica es bien conocida en Francia, con representaciones en la mayor parte de su geografía. Destaca la agrupación del centro-oeste, correspondiente al Macizo Central y sus márgenes, donde se han estudiado de forma monográfica (Lambert y Rouliére, 1980: 99) pudiéndose diferenciar distintas agrupaciones, diferentes fases de desarrollo y un comportamiento más complejo ligado a ellas desde el momento que hay diferentes conexiones entre grupos, fabricaciones locales e importaciones (Rouliére, 1986; Pautreau, 1986: 159). Sus motivos de líneas paralelas, trián- http://tp.revistas.csic.es gulos lisos o rellenos, zigzag y cuadrículas, organizadas en bandas o en metopas, han sido uno de los principales apoyos en su relación con la muestra del Ebro, sin embargo Francia, aunque sin esa proximidad geográfica, también posee en sus tierras orientales muestras en las que no faltan cerámicas que cubren su superficie interior y exterior con grafito, que diseñen bandas, que combinen grafito con acanalados, o que se asocien a la pintura (Villes, 1991), en definitiva todas las modalidades peninsulares que dificultan una estricta comparación con sólo lo más cercano. En este sentido la información francesa mayoritaria procede de contextos funerarios, frente a la del Ebro con sólo habitat, y en el tránsito de la técnica desde el Suroeste se echa en falta, como ya observó G. Ruiz Zapatero (1985: 767) su presencia en las tierras más próximas a los pasos occidentales de los Pirineos, pues no se conoce en las tierras meridionales del cauce medio y bajo del Carona (Muller, 1997-98: 61). En relación con las formas y temática, la muestra del norte peninsular tampoco es demasiado amplia como para confirmar la comparación. Las formas que se grafitan no desentonan con la tipología de los yacimientos del momento (Ruiz Zapatero, 1985: Fig. 222) y los motivos del Ebro, líneas horizontales paralelas, triángulos rellenos o meandros no son ajenos a los franceses, pero sí demasiado simplistas para la complejidad de las muestras galas, además de ser propios de otras técnicas decorativas del momento como la incisión, de indudable tradición local. Tampoco hay que olvidar la relación del grafito con el acanalado en fragmentos de La Hoya (Saenz de Urturi, 1983: 389-392) o la asociación de grafito y pintura de ese mismo yacimiento (Ruiz Zapatero, 1985:764), técnicas ambas para las que es más que innecesario recurrir al otro lado de los Pirineos (Ruiz Zapatero, 1985: 793 y 769). Por otro lado, la entrada de la técnica grafitada en el Alto Ebro se asociaba a la de la cerámica excisa tipo Henayo-Redal considerada hoy como plenamente propia (Ruiz Zapatero, 1995: 28) quedando las grafitadas entre los pocos elementos de aportación externa. Sólo lo novedoso y específico de su técnica, sigue siendo un factor a tener en cuenta y también aquí se hace necesaria la reflexión. Serán necesarios nuevos análisis centrados en esos aspectos técnicos los que puedan sacarnos de dudas, pero, como ya mencionamos hay claras manifestaciones de aplicaciones de grafito tras la cocción, lo que no la hace más compleja, sino equiparable a la que se esta haciendo a la par pintada, salvo por el conocimiento de este mineral que logra un brillo metálico. Quiero expresar mi agradecimiento a los Doctores Don Rodrigo de Balbín y Doña Primitiva Bueno Ramírez, mis directores de Tesis Doctoral, de la que forma parte lo aquí escrito, a Doña Maribel Martínez Navarrete por su interés en mi trabajo, a Don Ignacio Montero por su aportación de la presencia de grafitadas en la Dehesa de la Oliva, y a los evaluadores de esta revista por sus acertadas sugerencias.
PILAR LÓPEZ GARCÍA (*) JOSÉ ANTONIO LÓPEZ SÁEZ (*) ROSARIO MACÍAS ROSADO (*) Con motivo de los 25 años de la puesta en marcha del Laboratorio de Arqueobotánica del Departamento de Prehistoria (Instituto de Historia, CSIC) se presentan los resultados de su actividad a lo largo de este periodo de tiempo: proyectos, líneas de investigación abordadas y bibliografía generada en su seno. do, entre otras, ya en la década de los 50, en las figuras de los Dres. Botánicos ambos, habían realizado un magnífico trabajo en el campo de la paleobotánica sobre depósitos naturales, y en algún caso habían abordado el análisis de algunos depósitos arqueológicos. Dejando aparte los laboratorios que han seguido una línea estrictamente botánica centrada en depósitos naturales, señalaremos que los laboratorios dedicados, entre otros, a depósitos arqueológicos son escasos. Se trata, en muchos casos, de grupos que abordan el estudio de yacimientos localizados dentro de sus límites regionales de trabajo. El propósito de este trabajo es presentar el Laboratorio de Arqueobotánica del Departamento de Prehistoria del Instituto de Historia del CSIC. El hecho de hacerlo ahora se justifica por cumplirse 25 años de su creación. A pesar de su nombre, vamos a centrarnos en el estudio de una de las tres líneas en las que está dividido, la Palinología. La razón de ello se debe a que es precisamente ésta la que lleva desarrollando su actividad todo este tiempo y por ser la que verdaderamente está consolidada, no tanto por elección propia, como por las circunstancias laborales que no han facilitado que las otras dos. Carpología y Antracología estén cubiertas con personal fijo. El Laboratorio se crea a finales de 1977, gracias al apoyo del Profesor M. Almagro Basch, que obtiene fondos suficientes para montar los primeros equipos en la que sería su primera sede, el Instituto Español de Prehistoria, actual Dpto. de Prehistoria, en el Museo Arqueológico Nacional. Uno de nosotros (P. López) inicia la investigación palino- T. P., 59, n." 1,2002 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es lógica en el ámbito de la Arqueología, desplazándose durante los años 1976-77 al Laboratorio de Palinología de Mme. Leroi-Gourhan en el Museo del Hombre de París. Desde el primer momento, y de acuerdo con el proyecto inicial, la investigación se centró en sedimentos procedentes de contextos arqueológicos españoles, ya que éstos eran tradicionalmente analizados en laboratorios franceses, no habiendo ninguno español dedicado específicamente a ellos. El laboratorio comienza sus trabajos en 1978 contando con el apoyo de Nieves Cajal realizando los primeros análisis químicos. P. López García (1978) publica una síntesis sobre el Holoceno de la Península Ibérica, un hito importante en la sociedad arqueo-palinológica española, por ser un trabajo en el que se aglutinaban todos los datos de España y Portugal, tanto referidos a depósitos naturales como arqueológicos. Al mismo tiempo inician estudios arqueobotánicos en zonas carentes de ellos como era el caso de ambas Mesetas, Andalucía o Extremadura. (1997a, b) y López Sáez y López García (1992) han ido poniendo de manifiesto la importancia de la paleopalinología en ámbitos arqueológicos, resaltando su enorme valor en varios aspectos como la interpretación paleoecológica, la dinámica de las poblaciones humanas respecto a la evolución de su habitat, la definición de sus estrategias adaptativas, o la cronología y periodización de la introducción de los cultivos. Incluso López García (1984b, 1986a, 1989a, b) ha propuesto algunas alternativas al tratamiento químico habitual de las muestras palinológicas procedentes de contextos arqueológicos. A pesar de lo expuesto, la investigación llevada a cabo en el Laboratorio ha pasado ocasionalmente desapercibida en alguna de las publicaciones recientes. Se trata de estudios polínicos de carácter general, incluyendo los paleopalinológicos (Gutiérrez Bustillo, 1994; Sáenz Lain y Gutiérrez Busti-11o, 1991) o centrados exclusivamente en la aphcación de éstos a la reconstrucción paleoclimática (Salas, 1995). Este mismo hecho se ha constatado en la reciente revisión palinológica del Holoceno Ibérico (Martínez Atienza, 1999), periodo paleoclimático objeto de la gran mayoría de los trabajos de nuestro laboratorio. Para paliar este hecho y reconociendo la dificultad, en ciertas ocasiones de acceder a toda la bibliografía paleopalinológica publicada, hemos creado una página web en la que se irá actualizando la información y cuya dirección es http://www.prehistoria, ceh. csic. es/prehistoria/ amed/index. html Con la presentación de este trabajo queremos lograr dos objetivos: 1 ) Reunir las publicaciones del Laboratorio de Arqueobotánica del CSIC en Madrid. 2) Difundir nuestras actividades en el seno de la comunidad científica nacional e internacional en el campo de la paleopalinología, principalmente de la arqueopalinología. El Laboratorio cuenta en la actualidad con una buena infraestructura científica, tanto en lo que se refiere al equipamiento que permite la realización de análisis químicos, como a la bibliografía, contando con un número importante de revistas científicas específicas. Cuenta además con una magnífica colección de referencia. Ha sido base de formación de palinólogos españoles que trabajan, tanto en nuestro Centro como en otros nacionales o extranjeros. En su seno se han elaborado Tesis de licenciatura y Tesis doctorales. Se han impartido cursos de Doctorado en varias Universidades españolas. Seminarios en distintas Instituciones y se han establecido Acciones integradas y distintos modos de cooperación científica con algunos laboratorios internacionales. Sus miembros han realizado estancias de especialización en Laboratorios europeos y americanos (Alemania, Francia, Holanda, Inglaterra, Méjico) Los Proyectos están ordenados por su fecha de realización y, salvo indicación, la investigadora principal de los mismos ha sido P. López. -1986López. - -1989 ID-831 Aspectos socioeconómicos y culturales del inicio de la metalurgia en el SE español: un modelo para la definición del cambio cultural. Estudio de la Sierra de O Bocelo (A Coruña). Consejería de Cultura de la Comunidad de Madrid. DGICYT. -1993DGICYT. - -1996 La transición del Paleolítico medio al superior en la cornisa cantábrica, aspectos culturales, biológicos y geocronológicos. Investigadora principal Victoria Cabrera Valdés. Universidad Complutense de Madrid. Plan Nacional I+D dentro del programa PE-DER. -1999-2002 PB98-0653 Investigación arqueometalürgica y arqueobotánica para la evaluación de la metalurgia del cobre en Kargaly (Urales del Sur, Región de Orenburg, República Federativa Rusa). LINEAS DE INVESTIGACIÓN Y RESULTADOS Tenemos que señalar que las líneas que a continuación se presentan responden a diferentes objetivos que nos hemos ido marcando a lo largo de estos años. En unas ocasiones han sido resultado de propuestas propias para estudiar una determinada región o momento cultural y en otras han sido respuesta a peticiones de colaboración de otros equipos. En cualquiera de los casos el objetivo final, antes y ahora, es abordar, en la medida de lo posible, estudios de carácter regional o, en su defecto, análisis de depósitos que conformen un conjunto capaz de darnos características generales del área estudiada. b) Problemática biogeográfica y naturalidad de las formaciones de Pinus nigra, Castanea y Betula en el sur de la Sierra de Credos. La problemática de la introducción del cereal. (1992,1993) y López García y López Sáez (1993). d) La vegetación prehistórica y protohistórica en Andalucía; la problemática arqueobotánica de la presencia de Olea y Vitis\ la neoUtización regional y la introducción del cereal; aspectos paleofitogeográficos y diferencias tafonómicas entre depósitos arqueológicos y naturales. e) La transición Tardiglaciar-Holoceno en el Levante peninsular y la problemática del Dryas II. Referencias: López García (1981a, b) y López García ^í a/. g) La paleovegetación de la Comunidad Autónoma de Madrid y la dinámica de la antropización. h) El valor paleoecológico de los microfósiles no polínicos en Palinología Arqueológica. Referencias: López Sáez et al. (1991, 1998a). i) Relación entre la investigación palinológica y las posibles catástrofes ecológicas causadas por actividades minero-metalúrgicas, en la Gran Estepa Euroasiática (Rusia). Referencias: López García eí a/. (1996b), Vicent et al. (2000) y López et al. (2001) j) Evolución de la vegetación en el Norte y Sur de la región extremeña La tabla I refleja todos los muéstreos y análisis en los que han participado miembros del Laboratorio de Arqueobotánica, tanto en depósitos naturales como arqueológicos. Una síntesis de todos estos datos, así como las principales problemáticas de nuestra investigación fue presentada en el último First CiMBIO {CircumMediterranean BlOmes) Workshop, celebrado en Jena (Alemania) en 2000. Cada depósito se identifica por su nombre, ubicación regional dentro y fuera de la Península Ibérica, su asignación cultural -salvo los depósitos naturales-, periodos paleoclimáticos que comprende y, finalmente, la bibliografía. Los inéditos corresponden a estudios en prensa, evaluación o a muestras estériles polínicamente. En cambio, los "en curso" corresponden a aquellos cuyas muestras están sin procesar o pendientes de análisis palinológico. Ya que es la primera vez que hacemos un estudio recopilatorio de lo que ha acaecido en estos años en el Laboratorio, queremos dejar patente el agradecimiento a aquellas personas que hicieron posible que éste fuera una realidad. En primer lugar el Prof. Almagro Basch, que entendió la importancia de este tipo de investigación y facilitó la estancia de uno de nosotros (P.L.) en París en el final de los 70, fecha en la que realizar una estancia en el extranjero no era tan habitual como lo es hoy. Seguramente en este repaso, alguien quedará sin nombrar, a pesar de haber pasado a formar parte de los recuerdos más agradables de aquellos años. Intentaremos que sean los menos posibles. Recuerdo especial dedicamos al Dr. A. Leroi-Gourhan y todo su equipo por acoger a Pilar López en su Laboratorio como uno mas de ellos a pesar de ser una stagiaire del laboratorio contiguo al suyo. El mas firme de los reconocimientos a Mme. Ariette Leroi-Gourhan, alma del Laboratorio de Palinología del Museo del Hombre en aquellos años. Su cariño y ayuda contribuyeron a que su formación llegara a ser la que hoy es. Gracias a Dhin Trong-Hieu y Monique Olive por enseñar el pesado proceso químico y hacerle pasar los mejores años de su vida predoctoral. Un recuerdo imborrable a Michel Girard al que volvería a acudir años más tarde en el Laboratorio de Palinología del CRA en Valbonne. Su sentido del humor e inmensa sabiduría botánica y polínica hicieron las cosas mucho más fáciles. Finalmente gracias a todos los colegas con los que ha tenido la oportunidad de trabajar posteriormente, y ya desde una posición laboral estable. No queremos olvidar a las personas que, en un momento dado, formaron parte del Laboratorio de Arqueobotánica del CSIC (Madrid) y contribuyeron al desarrollo de sus investigaciones paleopalinológicas. Algunas son coautoras de varios de los artículos citados. Ellas son, por orden alfabético, Nieves Cajal, Pedro Díaz, Justo Diez, Paula Gil, Ana Hernández, María José Istúriz, Roberto Jiménez, Mariano Martín, autor del primer diseño de nuestra página Web y coautor en algunas de nuestras publicaciones, Almudena Orejas, Paloma Rodríguez, Aurora Ruíz, María Fernanda Sánchez-Goñi, Juan José Sánchez-Villapadierna e Isaac Vega. Nuestro agradecimiento debe llegar también a Dña. Ana M. Arnanz y la Dra. Paloma Uzquiano, quienes desarrollan las otras dos líneas de investigación fundamentales en el Laboratorio de Arqueobotánica, la Carpología y la Antracología respectivamente. Especial mención merece R. Macías (co-autora), responsable del procesado de la mayoría de las muestras en el Laboratorio desde su creación e incorporada en los últimos años a la identificación microscópica.
FERNANDO CARRERA RAMIREZ (*) RAMÓN FÁBREGAS VALCARCE (**) RESUMEN En este trabajo damos a conocer cinco dataciones radiocarbónicas AMS obtenidas a partir de muestras de pintura de cuatro monumentos megalíticos gallegos. Los resultados obtenidos confirman la utilidad de este tipo de análisis a la hora de trazar la cronología de estas manifestaciones artísticas (en torno a la primera mitad del IV milenio AC) y plantean además nuevas cuestiones acerca de la simultaneidad entre la pintura y la construcción de las cámaras, así como la existencia de dos o más episodios pictóricos. Tradicionalmente las manifestaciones pictóricas parietales de cualquier período han planteado graves problemas para su adecuada inserción cronológica, a causa de la evidente dificultad de correlacionarlas firmemente con otras manifestaciones arqueológicas susceptibles de datación absoluta. La progresiva generalización a partir de los 80 de los análisis radiocarbónicos mediante AMS significó, a causa de sus minúsculos requerimientos en cuanto al tamaño de la muestra, la apertura de nuevas posibilidades de fechación de aquellas pinturas que tuviesen una componente orgánica (sangre, carbón, grasa). Esta oportunidad fue inmediatamente aprovechada por los investigadores del arte paleolítico y pronto se dieron a conocer los primeros resultados de aplicar este nuevo método (Loy et al, 1990; Glottes ^í a/., 1992; Valladas ^í a/., 1992) que, apesar de alguna que otra sorpresa, mostraron una notable consistencia con las expectativas temporales derivadas de los estudios más tradicionales. Por lo que se refiere a la Península, en abierto contraste con lo que acontecía con la pintura paleolítica, las manifestaciones pictóricas postpaleolíticas apenas han sacado provecho de esa técnica radiométrica y, de hecho, hasta este momento sólo se ha dado a conocer una fecha radiocarbónica encuadrable en este grupo, correspondiente a un panel pintado en negro del sepulcro de corredor de Antelas (Viseu, Portugal) (Cruz, 1995a, b). Es precisamente en el campo de la pintura megalítica del occidente peninsular donde los firmantes de este artículo venimos desarrollando desde 1998 una investigación sistemática (1), centrada en provisional, en tanto no dispongamos de más información de tipo contextual o arqueométrico, según los casos (2). Precisamente las dificultades técnicas todavía existentes para la datación a partir de aglutinantes ha obligado a que, en esta primera fase de estudio, la selección de los monumentos se haya fundamentado en un criterio tan aleatorio como es la presencia y buena conservación de pigmentos negros. En el momento inicial del muestreo se contabilizaban 6 megalitos con esas características (Pedra da Moura, Pedra Cuberta, Arca da Piosa, Casota do Páramo, Dombate y Forno dos Mouros, todos ellos localizados en A Coruña), 3 de los cuales han sido ahora datados. A éstos se sumó, tardíamente y de forma casi accidental, la Mámoa de Monte dos Marxos (Pontevedra), y tenemos fundadas esperanzas de que en un futuro cercano ese número se pueda ampliar. la detección de restos pictóricos (que ya ha permitido duplicar el número de éstos en territorio gallego) (Fig. 1), su adecuada documentación, así como la prescripción de las medidas más adecuadas para asegurar la conservación de estas delicadas manifestaciones artísticas (Carrera, 1997(Carrera,, 1998)). Entre las técnicas analíticas cuya aplicación consideramos desde un principio figura la datación radiocarbónica de aquellos pigmentos elaborados a base de carbón vegetal, así como de otras fuentes de material orgánico de las pinturas (aglutinante), tal como ha sido realizado en otros lugares (Hyman y Rowe, 1997). A continuación daremos a conocer una serie de fechas absolutas obtenidas de muestras de pintura conservada en cuatro monumentos megalíticos gallegos, unos resultados que, al margen de su estricta novedad, destacan por su coherencia interna. Lógicamente, los comentarios e interpretaciones que vamos a efectuar responden a una lectura galítica (as manifestacións pictóricas) y Procedimiento interdisciplinar de caracterización, diagnosis y preservación de pintura megalítica, financiados por la Dir. Xeral de Universidades de la Xunta de Galicia y la Unión Europea (programa PEDER), respectivamente. En apariencia se trata de un dolmen de cámara poligonal y corredor corto, diferenciado tanto en planta como en altura, y de tamaño razonablemente pequeño en comparación con otros monumentos del entorno inmediato (Tab. Aunque se conserva bastante completo, algunos ortostatos se encuentran desplazados, y la cubierta de la cámara caída en el interior de la misma. Se trata de un monumento conocido de antiguo, descrito (y dibujado) por vez primera por G. y V. Leisner (1956), aunque nunca excavado con metodología arqueológica. La inspección de los ortostatos accesibles ha mostrado la conservación de una razonable cantidad de la pintura que originalmente cubriría aquellos. Se trata sin duda alguna de pintura sobre preparación blanquecina (3) en la que pigmentos rojo y negro conformarían las grafías decorativas hoy ya muy degradadas y por tanto irreconocibles. La muestra (MI) está compuesta casi exclusivamente por restos del pigmento negro conservado en el segundo ortostato del lado izquierdo del corredor (L2), con un peso aproximado de 0,0258 g. (2) El tratamiento de las muestras, así como la datación de éstas se efectuaron bajo la dirección del Dr. Marvin Rowe (Texas A & M University, Department of Chemistry). (3) Los análisis de composición de los pigmentos y capas de preparación de todas las pinturas presentadas se encuentran en proceso de elaboración. De nuevo, se trata de un dolmen de cámara poligonal y corredor corto, ambos diferenciados en planta y altura. Se trata de un monumento de notables dimensiones, algo oscurecidas por una notable alteración antigua (del corredor, cubierta de la cámara). I. Detalle de la parle inferior del ortoslalo C1 de Casota do Páramo, donde se tomó la muestra. Se aprecia bien el tono blanquecino de la capa de revoco sobre la que se aplican los pigmentos. Calco parcial de la pintura en L2 de Pedra Cuberta, indicando el área de toma de muestra. Los asteriscos marcan la zona aproximada en que fueron extraídas las muestras. Aunque conocido de antiguo (4), la única intervención arqueológica ejecutada lo fue en el marco de una investigación más amplia sobre el megalitismo de la Serra do Barbanza. Al hilo de ese trabajo fueron realizados dos escuetos sondeos en el año 1983 (Criado et al, 1986: 38-46), que esencialmente aclararon cuestiones constructivas, sin aportar muchos más datos cronológicos y/o culturales. En el año 1997 fueron identificadas trazas de pintura en la parte inferior de varios ortostatos de la cámara (Lám. Se observan, en todos los casos, restos leves y dispersos que impiden reconstruir las formas decorativas. Sin embargo podemos afirmar que, como en los otros monumentos, se trata de pintura con negro y rojo como pigmentos aplicados sobre un revoco previo de color blanquecino. La muestra (M2) se tomó de la base del primer ortostato de la cámara, por la izquierda (Cl), y se trata de una muestra compuesta tanto de capa de preparación como de pigmento negro, de peso 0.0333 g. (4) Podríamos citar, entre otras, las referencias de López Cuevillas y Boiiza Brey a los yacimientos megalíticos de la Península del Barbanza publicados en la revista Nos entre los años 1927 y 1928. Es el más conocido de todos los monumentos que aquí analizamos. Se trata, como los anteriores, de una cámara poligonal con corredor corto, ambos diferenciados en planta y altura. Aunque es un monumento de notable porte, las agresiones históricas afectan a Pedra Cuberta de forma especialmente desoladora. Así, han desaparecido total o parcialmente varios ortostatos de la cámara y la cubierta de la misma, en un proceso (extracción de piedra como material constructivo) muy habitual para el megalitismo gallego. Más triste resulta la persistencia de procesos de alteración (acción de raíces de pinos) que amenazan con an^uinar algunos de los ortostatos que aún conservan pintura, hecho que hemos denunciado repetidamente. Las pinturas que decoran el monumento son conocidas de antiguo, desde las excavaciones realizadas en él por G. Leisner (1934) (Fig. 2). De hecho y especialmente por la entonces modélica publicación de su decoración pictórica, ha sido un yacimiento de referencia para el estudio del arte megalítico, una situación privilegiada que ahora comparte con Dombate y Forno dos Mouros, tras las excavaciones realizadas en estos últimos a finales de los años ochenta. La muestra analizada (M3), con un peso de Por último, estamos ante un monumento ya desaparecido. Labores agrícolas agresivas lo destruyeron en el año 2000, y sólo una afortunada casualidad salvó los ortostatos de su desaparición (5). Ante la evidente presencia de pintura prehistórica, se tomó la decisión de trasladar las piezas a las salas del Museo de Pontevedra, donde fueron sometidas a tratamientos de limpieza y documentación (6), a la espera de poder ser expuestas al público. Poco sabemos, pues, del yacimiento original, estando a la expectativa de una inminente excavación arqueológica de los restos no afectados por las máquinas excavadoras que ejecutaron la explanación del túmulo. Se espera que esa excavación permita definir la planta del monumento, así como precisar las fases constructivas del mismo. Sin embargo, el número de piedras asignables con seguridad a losas verticales (no cubiertas) alcanza un número de 11, lo que señala que muy probablemente -y al menos para la última fase constructiva-se tratase de un dolmen de corredor. La limpieza de los ortostatos supuso el descubrimiento de pintura en un estado de conservación muy deficiente pero, paralelamente, de un enorme interés (Lám. Su importancia deriva, fundamentalmente, de la aparición de dos nítidas capas de pintura superpuestas en, al menos, 7 de los ortostatos estudiados (Tab. 2), ambas sobre un revoco blanquecino y empleando pigmentos rojo y negro. La complejidad del estudio de esta pintura nos hace ser prudentes respecto a la definitiva asignación de qué capas corresponden a qué momento e incluso nos hacen pensar en la existencia de más de dos capas pintadas. Estos y otros aspectos podrán ser aclarados sólo tras la finalización de los trabajos de limpieza y la ejecución de la excavación prevista. Medidas y pintura conservada en los ortostatos de la Mámoa do Monte dos Marxos (existe un illtimo ortostato, que hemos denominado 12, que permanece en el campo y del que apenas tenemos datos. A partir de una somera inspección se aprecian en él, de nuevo, dos capas diferentes de pintura. La piedra n.° 11, aunque presenta restos pictóricos, consideramos que se trata de una losa de cubierta). Las muestras fueron tomadas del pigmento negro existente en ambas capas, en el ortostato que hemos denominado n.° 7. Una (M4) pertenecía al estrato de pintura subyacente, y tenía un peso de 0.0058 g. La segunda (M5) se extrajo del nivel pictórico superpuesto a la anterior. Ya hemos mencionado que las muestras presentadas son, en todos los casos, restos de pintura negra encontrada en los ortostatos. La asignación de la composición a carbón vegetal se ha basado en la identificación bajo binocular de la característica estructura de ese material. En paralelo, contamos con los análisis de otras pinturas negras (Dombate, Antelas, etc.) en los que ha sido siempre identificado carbón vegetal. De hecho, en los escasos intentos de caracterizar una técnica pictórica para el megalitismo (Shee, 1974; Bello, 1995) siempre se han venido asimilando los pigmentos oscuros a madera carbonizada. La toma de muestras se realizó con bisturí de cirujano, siendo introducidas directamente en pequeños botes de vidrio convenientemente esterilizados. La decisión respecto al volumen a extraer es esencialmente una cuestión de hábito, y varía de-pendiendo de si se toma pigmento en exclusiva o si -como ocurre con frecuencia-parte de la muestra contiene restos del revoco blanquecino presente en todas las pinturas aquí citadas. En todo caso, y por un criterio ético obvio, se trató de limitar al mínimo esta cantidad, nunca sobrepasando los 50 mg (mucho menos: 15-10 mg, cuando lo que se extrae es sólo pigmento). Asimismo, se intentó obtener la muestra de zonas poco significativas, y a ser posible sin evidencias de actividad biológica (algas, liqúenes, etc.). En algunos casos se ejecutó un trabajo previo de limpieza, siempre con métodos mecánicos (pinceles) y en seco. Las manipulaciones previas al análisis AMS, ya en el laboratorio, tienen en consideración las dificultades derivadas de la larga exposición al aire libre característica de las muestras de arte rupestre. Existe en éstas un riesgo potencial de contaminación con carbón inorgánico (carbonatos, oxalatos) proveniente tanto de la roca soporte como de eos- tras y depósitos, además de la posible actividad orgánica (biológica) sobre la pintura. Estas cuestiones vienen intentando ser resueltas tanto con los tratamientos químicos habituales (eliminación de ácidos húmicos con NaOH) como con novedosos sistemas de extracción específica de la fracción orgánica, mediante el empleo de plasma de oxígeno y argón a baja temperatura y presión (Hyman y Rowe, 1997: 62-63). Este método tiene la ventaja añadida de extraer toda la fracción orgánica de la pintura aunque no exista carbón vegetal, lo que es de gran interés a la hora de datar por medio del aglutinante u otros elementos orgánicos de la pintura (Russ et ai, 1992), lo que nos proponemos lleva a cabo en un futuro inmediato. Una cuestión que no por repetida debe echarse en saco roto es que la fecha radiocarbónica ha de entenderse en todo caso como post quem respecto al acto físico del pintado. Dada la naturaleza de las muestras analizadas (carbón finamente pulverizado para preparar el pigmento), no se puede descartar la eventual utilización accidental de material de edad más o menos longeva, que introdujese un sensible sesgo cronológico. En otro orden de cosas, el marco en el que se ejecuta la decoración pictórica, evidentemente teñido de simbolismo, plantea la posibilidad de que la norma ritual (7) pudiese provocar igualmente algún tipo de desfase temporal entre el momento de decoración del monumento y el correspondiente a la muerte de la planta utilizada como materia prima para la elaboración del colorante. Los resultados radiocarbónicos, sobre los que haremos una valoración arqueológica en el apartado siguiente, se muestran -con una sola excepcióncomo un conjunto coherente internamente y bastante consistente con las dataciones ya disponibles para los episodios constructivos o de utilización más antigua de los sepulcros megaliticos con decoración pictórica (Tab. Un problema que aqueja a las fechas obtenidas sobre las pinturas mismas es la relativamente elevada desviación típica que presentan que, unida a la incertidumbre del proceso calibrador, motiva la aparición de intervalos temporales importantes (v.g. Por otra parte, en determinados períodos (mediados del V milenio bp), la existencia de irregularidades {wiggles) en la propia curva de calibración amplía el número de intersecciones y explica que, con desviaciones muy semejantes, el intervalo de calibración en la fecha de Antelas sea bastante superior al que posee la de Pedra da Moura (8). Como se ha dicho más arriba, no es posible un comentario muy profundo de las fechas presentadas, que necesariamente debe postponerse a su con-(7) Por ejemplo, a través de la selección de una especie concreta de vegetal para la obtención del pigmento, o mediante la reutilización de material orgánico (proveniente de estructuras o artefactos ya amortizados) para ese mismo fin. (8) Esta misma circunstancia se observa con más claridad aún en las fechas OxA-5199 de Madorras y OxA-5498 de Antelas. frontación con otra serie de informaciones que todavía se hallan en proceso de elaboración. Además, esa tarea interpretativa se ve dificultada por la casi total ausencia de documentación arqueológica publicada acerca de los yacimientos que constituyen el objeto de nuestro trabajo. Si observamos la tabla 3 salta a la vista la coincidencia temporal de las pinturas de Pedra da Moura y Pedra Cuberta, dos monumentos muy cercanos entre sí (1 Km en línea recta) y semejantes en cuanto a modelo arquitectónico, técnica decorativa y ubicación en el paisaje, aunque netamente diferentes en dimensiones. Más aún, las fechas de ambos monumentos se solapan a la perfección con las que señalan el momento aproximado de construcción del sepulcro de corredor de Dombate (A Coruña) (Alonso y Bello, 1997: 512) (9). Esta simultaneidad adquiere una mayor relevancia si se considera la cercanía de Dombate a los otros dos túmulos (entre 11 y 12 km), lo que podría tener variadas y muy sugerentes lecturas en aspectos como la ocupación -simbólica y fáctica-de esa reducida zona geográfica, el potencial demográfico o la habilidad organizativa de las comunidades neolíticas del hinterland de la Costa da Morte, capaces de levantar en un reducido lapso de tiempo un buen número de construcciones funerarias de carácter monumental (pues a las ahora datadas hay que sumar otras incluso mayores en la misma comarca, igualmente pintadas) (Fig. 1). Otra cuestión que ahora podemos empezar a delinear es la de la existencia o no de un lapso temporal entre el levantamiento y la decoración de las cámaras: en una primera aproximación las fechas obtenidas a partir de las pinturas son razonablemente coincidentes con las dataciones que indican la construcción o la primera época de uso de las sepulturas de corredor, contribuyendo a fundamentar las diversas propuestas de periodización del megalitismo noroccidental (Cruz, 1995b; Fábregas, 1995; Alonso y Bello, 1997). De esta forma, tres determinaciones (Pedra Cuberta, Pedra da Moura y la más reciente de Monte dos Marxos) se mueven en el intervalo 3900-3600 AC, que se suele asimilar a la fase de surgimiento de los dólmenes de corredor (Alonso y Bello, 1997: 514), si bien algunas dataciones (10) podrían sugerir una cronología más tar-(9) A su vez coincidentes con una determinación AMS procedente de la cámara, que marcaría la utilización más antigua de ese recinto (Bello 1995). (10) Por ejemplo, Madorras 1: OxA-5199 o Cha de Parada 1: ICEN-173. día, en la segunda mitad del IV milenio, para al menos una parte de estos monumentos. Admitiendo la inexistencia de un desfase temporal acusado entre construcción y decoración pictórica, la datación de las pinturas de Casota do Páramo abundaría en esa segunda posibilidad. Con todo, precisamente en el único caso donde disponemos de resultados radiométricos tanto para las estructuras como para la pintura (Antelas), los valores hallados son estadísticamente diferentes y apuntan a una cierta diferencia temporal entre ambos eventos. Una posibilidad que en este yacimiento no hemos podido examinar todavía es que haya habido varias fases de pintado, correspondiendo la fecha radiocarbónica disponible a la más reciente. La existencia de capas sucesivas de pintura sobre los ortostatos megalíticos la hemos podido comprobar fehacientemente en Monte dos Marxos, en Pedra Cuberta y quizás en Dombate. Cqmo dijimos más atrás, en buena parte de los ortostatos de Monte dos Marxos se observa una manifiesta superposición de pintura, lo que hemos aprovechado para obtener una datación radiocarbónica para cada capa de pigmento, dando unos resultados que son coherentes con la disposición estratigráfica y señalan, además, un neto desfase temporal entre ambos procesos pictóricos. Ese lapso cronológico puede ser consecuencia de un uso prolongado del monumento, sin transformaciones significativas de su diseño estructural, o bien constituir un nuevo ejemplo de la documentada internalización del proceso necropolizador (Fábregas, 1995: 104), la modificación de una construcción primaria para dar lugar a una estructura arquitectónica más amplia o compleja. De admitir la segunda hipótesis, podríamos plantear la existencia previa de una cámara simple decorada en un momento plenamente coincidente con la aparición en el Noroeste de las primeras construcciones dolménicas (11), que algunos siglos más tarde, entrado el IV milenio, sufre una reforma que acaba configurando un sepulcro de corredor, cuyo interior es pintado de nuevo. Otra posibilidad -en línea con lo que se viene sugiriendo para otras áreas peninsulares (Bueno y Balbín, 1997: 695)-implicaría retrotraer los primeros monumentos con corredor al último cuarto del V milenio. La repetida presencia de una capa de pintura infrapuesta en numerosos ortostatos (con seguridad siete, y quizá más) (ver Tab. 2), (11) Algunos dólmenes simples, tal vez evolucionados, como Cha de Parada 3 ya poseen restos de pintura. http://tp.revistas.csic.es constituye un buen argumento para proponer la existencia ab initio de una construcción ortostática de gran porte y, en cualquier caso, llama poderosamente la atención la notable continuidad entre ambos episodios pictóricos, tanto en lo referente a la técnica empleada como a las propias grafías (12). Una tercera -y fascinante-posibilidad (no incompatible con la anterior) sería que los constructores del sepulcro de corredor (¿?) de Monte dos Marxos, a la hora de preparar el pigmento negro para pintar las losas hubiesen empleado de manera intencionada carbones procedentes de una estructura lígnea anterior. Aquí debemos traer a colación el descubrimiento en Iliade (A Coruña) de un enterramiento individual, al que se accedía mediante una rampa de madera, datada en el último tercio del V milenio AC que a continuación es quemada, cubriendo el conjunto mediante un túmulo (Vaquero, 1999). Ya para terminar, el estudio sistemático de las manifestaciones pictóricas megalíticas que estamos abordando en los últimos años ha comenzado a rendir sus primeros e importantes frutos y es necesario proseguir en esta línea para obtener más informaciones de tipo cronológico y técnico. Sin embargo estos hallazgos, por llamativos que resulten, quedarán huérfanos si no se contrastan con los datos procedentes de excavaciones científicas en los monumentos decorados: Dombate ofrece grandes posibilidades en este terreno y resulta imperiosa la intervención en lo que queda del túmulo de Monte dos Marxos, que hemos solicitado a la Xunta de Galicia en más de una ocasión (13). Sólo mediante esa estrategia coordinada podremos intentar con posibilidades de éxito contextualizar adecuadamente la pintura megalítica del Noroeste ibérico. (12) Aunque los calcos de Monte dos Marxos están pendientes de una revisión definitiva, parece claro a estas alturas que los diseños pintados en ambas capas se asemejan notablemente. Casi como si se tratara de la restauración de una pintura degradada. (13) Ya finalizado este trabajo hemos tenido noticias de que la excavación en cuestión había sido realizada, sacando a la luz evidencias de una posible sepultura de corredor indiferenciado en planta (M. Lesión, inf. pers.). BELLO DIÉGUEZ, J.M. (1995): "Arquitectura, arte parietal y
Este artículo muestra los primeros resultados de un proyecto que tiene por objeto analizar la relación espacial entre los recursos y los asentamientos en el Alto Guadiana como aproximación a los sistemas productivos de las comunidafes que habitaron este territorio durante el Calcolítico y la Edad del Bronce. En concreto, se analiza el patrón de asentamiento durante la Edad del Bronce en el Parque Natural de las Lagunas de Ruidera, el cual indica la existencia de una ocupación jerárquica del territorio como reflejo de la existencia de un cierto grado de complejidad social. Este trabajo presenta los primeros resultados de un proyecto de investigación que tiene por objeto el estudio de los patrones de asentamiento durante el III y II milenios a.C. en el Alto Guadiana, siendo la finalidad última analizar el proceso que lleva a la aparición de la complejidad social durante las primeras etapas metalúrgicas en el territorio elegido y cuales son los elementos que lo caracterizarían. En concreto, se analiza la información obtenida tras el desarrollo de la primera fase del proyecto, consistente en la localización y estudio de los yacimientos conocidos por la bibliografía (Nájera y Molina, 1977; Jiménez y Chaparro, 1989; López y Fernández, 1994; Rico et al,, 1994; Fernández-Miranda et al., 1994; Colmenarejo et al,, 1998). Ésta nos ha permitido realizar una aproximación al patrón de asentamiento existente en las Lagunas de Ruidera durante la Edad del Bronce, el cual parece mostrar indicios de una incipiente ordenación jerárquica. EL TERRITORIO: LAS LAGUNAS DE RUIDERA Las Lagunas de Ruidera constituyen un singular fenómeno que divide al Alto Guadiana en dos tramos (ver Fig. 1). Estas forman un conjunto de 15 lagunas a lo largo de 25 km. que se disponen de manera escalonada, cerrada cada una de ellas por una barrera travertínica a modo de represa natural (González et ai, 1987: 228). Desde el punto de vista geológico se localizan dentro del Campo de Montiel, aunque ya en su zona de contacto con la llanura manchega en la que se ubican algunos de los yacimientos aquí estudiados. El Campo de Montiel constituye una plataforma morfoestructural cuyo T.P.,59,n.M,2002 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es relieve es el resultado de diversas plataformas de erosión miocénicas de las que la más reciente es la superficie de Ossa de Montiel (1). Ésta constituye una planicie espectacular, trabajada en los tramos inferior y medio del Lías en la que el Alto Guadiana y su red tributaria ha modelado un relieve de valles estrechos y torrenteras, entre las que se extienden zonas amesetadas -prácticamente llanas o con suaves ondulaciones-que reciben la denominación de mesas. En este paisaje los cerros aislados apenas existen y los mayores desniveles se sitúan en los bordes de los valles, especialmente del principal, donde las pendientes superan fácilmente el 20%. En la zona correspondiente a la llanura manchega, la morfología es prácticamente llana, y tan sólo se ve alterada por suaves ondulaciones paralelas al discurrir del río que llegan hasta el paraje conocido como Santa María. Se trata de depósitos de cantos con escasa matriz, relacionados con el abanico aluvial del Alto Guadiana (2). A partir de este punto el relieve es totalmente llano. En las Lagunas de Ruidera y su entorno predominan los suelos pardo-rojizos calizos, las xerorendsinas y los litosuelos (Peinado y Martínez, 1985: 141). Agronómicamente hablando, se trata de suelos de tipo medio, con abundante piedra suelta que obliga a frecuentes labores de despedregado para su cultivo. Su aprovechamiento, básicamente, es para secano, siendo óptimos también para cultivos arbustivos del tipo vid. La zona estudiada comprende unos 52 km lineales, de los que 44 corresponden al valle del Alto Guadiana en el tramo comprendido entre la laguna Blanca y la población de Argamasilla de Alba y el resto a un tramo del arroyo Alarconcillo y a otro de la Cañada de las Hazadillas -ambos afluentes del primero-. Aquí hemos localizado y estudiado un total de 29 yacimientos, de los que 21 se encuentran en el valle principal, 6 en el Arroyo Alarconcillo y 2 en la Cañada de las Hazadillas. Estos números nos están indicando la existencia de una importante concentración de yacimientos (3), que para los casos más acusados como el del Arroyo Alarconcillo podría, en un principio, ser atribuido a lo reducido del tramo estudiado -4,5 km-. No obstante, el análisis de las distancias al vecino más próximo (4) parece con'oborar esa primera impresión, además de apuntar una cierta tendencia hacia un patrón agrupado. De los 29,6 se sitúan en el fondo del valle, buscando siempre ambientes de tipo palustre, y carecen de defensas naturales, si exceptuamos el caso del castillo de Rochafrida, localizado en el fondo del valle sobre un pequeño cerrete formado por un afloramiento de calizas. Los otros 23 se localizan en lugares elevados, generalmente de fácil defensa, con pendientes que superan el 20% y una altura relativa media de 47 m. Los lugares elegidos son, preferentemente, espolones o salientes del relieve hacia el valle con muy buenas defensas naturales en todos sus lados, salvo en la zona de contacto con el relieve circundante. Una constante documentada es la predilección por su ubicación en lugares próximos al fondo del valle, buscando un buen control visual sobre el mismo, estando la distancia media de los yacimientos al valle en el que se sitúan en 142 m (5). No obstante, hemos documentado algunas desviaciones significativas a este patrón, de las que el caso más llamativo sería Casa del Gavilán -1.250 m-y cuyas posibles causas serán analizadas más adelante. Por último, indicar que creemos que la elección del lugar para la localización de los asentamientos estaría motivada principalmente por su funcionalidad, si bien cabe mencionar que existe un factor de (2) Pérez (1982): 389, nota 1. (3) 1 yacimiento cada 2 km en el valle del Alto Guadiana; 1 yacimiento cada 0,75 km. en el valle del Arroyo Alarconcillo; y 1 yacimiento cada 1,75 km en la Cañada de las Hazadillas. (5) 168 m en el valle del Alto Guadiana y 71 m en el del Arroyo Alarconcillo. Yacimientos localizados en las Lagunas de Ruidera, diferenciados según modelos de poblamiento y tamaño. La numeración se corresponde con la aparecida en la tabla 2. Poblados fortificados de planta circular localizados en llano inferiores a 2.000 m^ (•), superiores a 2.000 m^ (•); poblados fortificados de planta circular localizados en alto (•); poblados fortificados de planta circular localizados en alto con espacios delimitados con muros inferiores a 2.000 m^ (*), superiores a 2.000 m^ (^); poblados sin patrón arquitectónico homogéneo inferiores a 2.000 m-(*), superiores a 2.000 m^ (^) limitación que vendría impuesto por el relieve, ya que hay partes del valle en las que sólo es posible el asentamiento en lugares elevados. A su vez, también llama la atención el hecho de que siempre que las características del valle lo permiten -ensanchamiento de éste-se producen localizaciones en su fondo, buscando ambientes palustres, como sucede en los casos de Moraleja-2, Jacidra, Cueva Moreni-11a-1 y las motillas de Retamar y Santa María. La totalidad de los yacimientos localizados presentan, en general, un tamaño reducido y relativamente homogéneo, estando el 77% de la muestra entre los 200 y los 1.500 m^. La distribu-ción de éstos según tamaños en m^ se encuentra en la tabla L Como se puede observar en esta tabla existen tres yacimientos que superan los 3.000 m^, saliéndose de una manera significativa de la media del conjunto. Se trata del Castillo de Rochafrida, de Cerro Chicano y de la Mesa del Almendral, éste último con una extensión por encima de la hectárea. En relación al tamaño cabe destacar dos aspectos interesantes. Por un lado, estaría el hecho de que los yacimientos de mayores dimensiones mantengan una cierta regularidad en las distancias que los separan. Así Mesa del Almendral está separado tanto del Castillo de Rochafrida como de Era Vieja-1 unos 5,5 km.; de Cerro Chicano estaría a 8 km.; distancia similar a la que separa éste último de Mesas de la Parra-1 (6). A su vez se constata la existencia de una cierta relación de proporcionalidad inversa entre los yacimientos de mayor tamaño y los localizados en su entorno. Así los yacimientos de mayor tamaño como Cerro Chicano, Mesas del Almendral y castillo de Rochafrida presentan en su entorno yacimientos que rara vez superan los 500 m^, mientras que en el caso de Mesas de la Parra-1 (1.250 m^) los yacimientos de su entorno presentan un tamaño homogéneo y similar al suyo, que rara vez baja de los 1.000 m^. Por otro, estaría el hecho de que los yaci- El patrón observado se caracteriza por la existencia de una cierta variedad entre los modelos de asentamiento documentados, si bien éstos pueden ser agrupados básicamente en tres, bien representados en zonas próximas como la Mancha Oriental (Fernández-Miranda et al., 1994) y la Mancha Toledana (Ruiz Taboada, 1998), y que serían: -Poblados fortificados de planta circular localizados en llano. -Poblados fortificados de planta circular localizados en altura. -Poblados sin un patrón arquitectónico homogéneo. Ahora bien, en el caso del territorio estudiado, tenemos noticias, aún no suficientemente contrastadas, de la posible existencia de otros modelos, como sería el caso de la ocupación de cuevas. Las características geológicas de la zona permiten la formación de pequeñas cavidades o abrigos, en algunos de los cuales se han documentado cerámicas a mano que podrían ser atribuidas a la Edad del Bronce (7). No obstante, dado el escaso conocimiento que aún tenemos del período precedente resulta complicado precisar si estos materiales corresponden a este momento o a momentos anteriores, o tal vez a ambos, así como la funcionalidad de las ocupaciones -funeraria o habitat-. A este res-(7) Se trata de materiales depositados en el Museo de Albacete procedentes de la cueva de Montesinos y de unos pequeños abrigos en la margen izquierda de la laguna Lengua. Aprovechamos la ocasión para mostrar nuestro agradecimiento a su directora Dña. Rubí Sanz Gamo por su amabilidad y facilidades dadas para su consulta. pecto creemos que los trabajos que venimos desarrollando en Cueva Maturras (Gutiérrez et al., 2000) serán de gran utilidad para arrojar algo de luz sobre la posible funcionalidad y cronología de estas ocupaciones, que parecen corresponder, más bien, a las etapas precedentes y en general tendrían un carácter funerario. Poblados fortificados de planta circular localizados en llano Popularmente son conocidos con el nombre de motillas. En total hemos localizado cuatro que, a excepción de la motilla del Retamar, presentan un importante grado de deterioro que, en algunos casos, ha llevado a su práctica total desaparición (8). La motilla del Retamar (9) es el yacimiento mejor conocido de este grupo y de la zona al haber sido objeto de varias campañas de excavación (10). Presenta la estructura típica de este modelo formada por dos anillos de muralla dispuestos de manera seudoconcéntrica, en cuyo centro se incluye una posible torre (Galán y Sánchez, 1994). Los espacios entre dichos anillos son aprovechados para la ubicación de las viviendas, no habiéndose documentado restos de éstas al exterior de los anillos, a diferencia de lo documentado en otros yacimientos de este grupo como las motillas del Azuer y Los Palacios. Ésta, creemos que debió de ser una constante entre los asentamientos pertenecientes a este modelo documentados en la zona debido al carácter palustre de los lugares elegidos para su ubicación, lo que haría prácticamente imposible la ubicación de viviendas al exterior del último recinto amurallado que, además de una función defensiva, es muy probable que también cumpliera una función de dique ante posibles subidas del nivel hídrico. (8) Éste sería el caso de Jacidra, totalmente desmantelada y de la que ya sólo quedan algunos indicios. Moraleja-2 también se encuentra parcialmente desmantelada. Fuera de la zona estudiada, pero en sus proximidades tenemos los casos de las motillas de la Membrilleja (Nájera y Molina, 1977), Dos Barrios y Perales, las tres totalmente desmanteladas. (9) Denominada por sus excavadores motilla de Santa María del Retamar. Nosotros hemos optado por la denominación tradicional de motilla del Retamar, conocida así por estar junto a la casa del mismo nombre, al considerar que la otra se presta a confusión al utilizar para su denominación el nombre unido de las dos motillas existentes en esta zona, Santa María y Retamar. (10) Para una mayor información remitimos a las diversas publicaciones que existen sobre la misma incluidas en la bibliografía final. Poblados fortificados de planta circular localizados en altura Constituyen el modelo mayoritario en la zona con un total de 16 yacimientos. Tradicionalmente son conocidos con el nombre de morras, aunque también pueden presentar otras denominaciones, como sucede en el caso de El Castillón-1. Se localizan, generalmente, sobre espolones o salientes del relieve con buenas defensas naturales en todos sus lados, salvo en el que conecta con el relieve circundante, zona elegida para la localización de la estructura fortificada de planta circular que caracteriza el modelo. En algunos casos, a ésta se asocian pequeñas dispersiones de material, generalmente lítico, que podrían estar indicando la existencia de zonas de habitat asociadas a las fortificaciones, cuya extensión resulta difícil de precisar, pero que en ningún caso debió ser excesivamente grande. En general, presentan un tamaño reducido, oscilando entre los 200 y los 1.200 m^, con una media de 620 m^, si bien tres de ellos -Cerro Chicano, Mesa del Almendral y Era Vieja-1-no han sido incluidos en ésta al desviarse de manera significativa de la misma. Para este modelo no contamos con información procedente de excavaciones, si bien los trabajos realizados por un grupo de Misión Rescate en el poblado de Despeñaperros nos permiten una aproximación a sus características. Dicha actuación puso al descubierto una estructura circular de unos 7 m de diámetro que parece corresponder a una torre, en torno a la cual se observan muros de tendencia circular en superficie. Disposiciones superficiales similares se observan en otros asentamientos como Altarejos-1, Huerta de Aguas-2 Altarejos-2, Mesas de la Parra-1, Quebrada del Toro-1, Era Vieja-1, el Tobar-1 y Mesa del Almendral. Estas características permiten suponer que este modelo responde a una concepción arquitectónica muy similar a la de los localizados en llano, radicando su única diferencia en el lugar elegido para su ubicación. Sin embargo en algunos casos, como Hazadillas-8 y Cerro Chicano, la estructura se simplifica, reduciéndose a un único muro de tendencia circular. Esta simplificación, no obstante, también ha podido ser recientemente documentada en algunos yacimientos fortificados de llanura localizados al norte de la población de Argamasóla de Alba ( 11 ), lo que vendría a corroborar (11) Se trata de la motilla de Juez, pequeño asentamiento de llanura compuesto por un único muro de tendencia circular, ubicado en la margen derecha del Alto Guadiana. Similar estructura tendría la motilla de Pedregoso, ya en la margen izquierda del río Záncara. la similitud del patrón arquitectónico entre ambos modelos. Por último, cabe mencionar la existencia de un reducido grupo dentro de éstos, caracterizado por la presencia de líneas de muro que partiendo de la estructura fortificada delimitarían uno, o más espacios. Se trata de Mesas de la Parra-1, Era Vieja-1, Cerro Chicano y Mesa del Almendral, estando, a excepción de Mesas de la Parra-1, entre los de mayor extensión del total de los analizados. En los cuatro casos, la fortificación se localiza en la zona más accesible -zona de contacto con el relieve circundante-, extendiéndose el poblado hacia el final del relieve y completándose las defensas naturales con defensas artificiales. Cerro Chicano es el que mayor complejidad presenta. Posee una estructura circular -ver figura 3-de la que parten varias líneas de muro que forman dos recintos, que a su vez sirven para delimitar un tercer espacio entre éstos y el final del relieve. Mesa del Almendral es el yacimiento que presenta una mayor extensión, aunque su estimación total presenta algunos problemas derivados de la existencia de otra ocupación posterior, atribuible al Bronce Final/Hierro I (Ocaña y Gómez, 2000). La superficie total del yacimiento es de unas 12 has., que nosotros hemos dividido en dos sectores -ver figura 4-, localizándose las estructuras atribuibles a la Edad del Bronce en el Sector B, gue presenta una extensión aproximada de 5 has. Estas están compuestas por una estructura fortificada de planta circular de reducidas dimensiones (450 m^) que cierra el acceso al yacimiento por el sur de la que parten dos líneas de muro, una que va hacia el oeste y otra que va hacia el noreste. El hecho de que el espacio no esté delimitado de manera clara en el lado norte nos hace que tomemos con ciertas reservas la cifra de 5 has. que ocuparía el Sector B como extensión, si bien creemos que es fácil suponer que supere la hectárea. Los dos asentamientos restantes están formados por la estructura fortificada y una línea de muro que delimita un único espacio. Poblados sin un patrón arquitectónico homogéneo En este modelo hemos incluido 9 yacimientos, que se caracterizan por presentar una cierta variedad en cuanto a sus localizaciones, características y tamaño. Unos se sitúan en relieves aislados, por otra parte rnuy escasos en la zona, presentando una variada localización que va del fondo del vallecastillo de Rochafrida-a zonas elevadas -Salto del Fraile-, pasando por suaves relieves entre dos lagunas -cerro de los Almorchones-. Otros se presentan en salientes del relieve -Arroyo Alarconcillo-1-, o a media ladera -Laguna del Rey-1-. Un caso peculiar es el de Cueva Morenilla-1, localizado en un emplazamiento similar al elegido para los poblados fortificados de planta circular localizados en llano -fondo de valle en un ambiente palustre-. Éste no presenta ningún tipo de estructura observable en superficie, aunque visto de lejos presenta el mismo aspecto que aquellos. El asentamiento aprovecha un pequeño afloramiento de travertino junto a la En cuanto a la presencia de fortificaciones, cabe indicar que tan sólo ha podido ser documentada con seguridad en el caso de Salto del Fraile, si bien también creemos muy probable que estuvieran presentes en los castillos de Rochafrida y Peñarroya. Otros creemos que carecerían de ellas, como sería el caso de Arroyo Alarconcillo-1 y Laguna del Rey-1. Por último indicar que su tamaño oscila entre los 25 m^ escasos que presenta Laguna del Rey-1 y los 3.780 m^ que presenta el castillo de Rochafrida, no habiendo sido posible estimar el tamaño en algunos casos como el del castillo de Peñarroya y cerro de los Almorchones. El análisis de los territorios de explotación pone de manifiesto la existencia de tres grupos dentro de los asentamientos estudiados. Uno, y más numeroso, en el que el uso mayoritario es el monte, otro en el que el uso mayoritario es el secano y un tercero en el que monte y secano se presentan equilibrados -sólo representado por Huerta de Aguas-2 y Casa del Gavilán-. A su vez, también pone de manifiesto, a pesar de ser una zona con importantes recursos hídricos, la escasa representatividad del regadío, salvo en muy contados casos, que se reducen a los yacimientos localizados en los fondos de valle. Estos aspectos nos hacen pensar en la existencia de una posible diferenciación funcional entre los asentamientos, que se hace más evidente en casos como Huerta de Aguas-2 y Casa del Gavilán, ambos enclavados en zonas con un buen potencial agrícola en su entorno más inmediato, pero alejados del patrón habitual de control visual sobre los fondos de valle. Ésta, a su vez, también podría ser la explicación para la ocupación de los fondos de los valles siempre que las características orográficas lo permiten, por ser éstos lugares más aptos para un aprovechamiento intensivo, tanto agrícola como ganadero, siendo éste el caso de Moraleja-2, Jacidra, castillo de Rochadrida, motillas del Retamar y Santa María y Cueva Morenilla-1. El análisis de los territorios de explotación, por otra parte, también nos ha permitido comprobar la ausencia de proporcionalidad entre el tamaño de los asentamientos y el de sus territorios de explotación. Esta desproporción se hace más evidente en el caso de los asentamientos de mayor tamaño como Cerro Chicano y Mesa del Almendral cuyos territorios de explotación son sensiblemente más reducidos que los de los yacimientos más próximos, los cuales presentan un tamaño sensiblemente inferior. Esta circunstancia crecemos que puede ser interpretada en dos direciones. Por una parte, podría ser el reflejo de la existencia de apropiación de excedentes de los asentamientos de mayor tamaño respecto a los de menor tamaño, y por otra podría estar indicando la existencia de una intensificación económica entre los asentamientos de mayor tamaño, lo que les permitiría sustentar a una mayor población con un territorio menor. No obstante consideramos que ambas no son incompatibles y podrían ser tomados como indicios de la existencia de una jerarquización territorial. La información que poseemos sobre los materiales es muy limitada debido a las características de la recogida (13), si bien en algunos aspectos se ve complementada por la proporcionada por los trabajos de excavación en la mo tilla del Retamar. El material más abundante es la cerámica que se caracteriza por presentar, en general, buenos acabados -alisado y bruñidos-, y ser en su gran mayoría lisa, limitándose la decoración a impresiones de punzón, digitaciones, ungulaciones, o a una combinación de estas dos últimas sobre los borde de las vasijas. También hemos documentados mamelones, generalmente colocados bajo el labio, o sobre la línea de carena, que en muchos casos presentan un carácter decorativo. Llama la atención, por su carácter excepcional, la presencia de dos fragmentos superficiales con decoración de tipo Dornajos, uno procedente de la motilla de Santa María (Nájera y Mohna, 1977:256), y el otro sin procedencia exacta (14). Por último indicar que entre las formas destacan los cuencos, las ollas, los vasos carenados de variada morfología y los recipientes de gran tamaño. En general, se trataría de producciones locales. (12) Próximo al elegido existen restos de otra pequeña terraza de travertino, fuera del fondo del valle y en un lugar ligeramente más elevado, que sin embargo no ha sido seleccionado, prefiriendo la localización en el fondo del valle. (13) Se realizó una recogida selectiva, limitándose a aquellos fragmentos más interesantes para un diagnóstico crono-cultural. (14) Se trata de un fragmento procedente de la zona de la Moraleja, dado a conocer por un aficionado local (Jiménez y Chaparro, 1989), aunque sin precisar su origen. como así parece confirmarlo un estudio geoquímico y mineralógico (Capel, 1987) realizado sobre una muestra de cerámicas procedentes de yacimientos manchegos de la Edad del Bronce, entre los que se encuentran tres de la zona estudiada (15), si bien resulta de interés el hecho de que uno de los fragmentos procedentes del poblado de Despeñaperros tenga un carácter alóctono. Esta circunstancia vendría a probar la existencia de intercambios con comunidades de otros territorios, ya que ésta sería la única explicación posible para su presencia en este yacimiento. La industria lítica es escasa y de poco interés. Las materias primas utilizadas son la cuarcita y el sflex. La primera es abundante en la zona, si bien hemos documentado una peculiaridad en los asentamientos de la zona de las lagunas -no así en el tramo del embalse-, que es su doble origen. Una parte procede de cantos de río -abundantes en la zona-, mientras que la otra del único afloramiento del zócalo primario existente en la zona y que está compuesto por cuarcitas -Cuesta de la Almagra-, sitio elegido para la localización de un asentamiento que es muy probable que estuviera relacionado con la explotación y extracción de esta materia. El sílex no presenta sitios de aprovisionamiento en la zona ( 16), siendo la materia prima elegida en la mayoría de las piezas que hemos podido clasificar tipológicamente, y que se limitan a fragmentos de lámina y denticulados, algunos de éstos últimos con lustre de cereal. Los pulimentados sólo se encuentran presentes en la motilla del Retamar, si bien destaca la presencia en Cerro Chicano de una pieza cuya mor-ÍFología recuerda la de un hacha pulimentada, pero que presenta la peculiaridad de estar realizada en arenisca. La presencia de otros materiales tan sólo la conocemos por las excavaciones en la motilla del Retamar (Colmenarejo et al., 1988; Hernando y Galán, 1989; Galán y Sánchez, 1994). Entre éstos se encuentra el metal del que se han recuperado 12 puntas de flecha, 3 puñales de remaches y diversos punzones de cobre. El lugar más próximo para el aprovisionamiento de mineral ( 17) se encuentra en la zona de Madridejos y Camuñas (Montero Ruiz (15) Motilla de Santa María, Motilla del Retamar y Poblado de Despeñaperros. (16) Los lugares más próximos se encuentran en Campo de Criptana y Villarrobledo a unos 60 km en ambos casos. (17) Ya comentamos que, en la hoja 788 del Mapa Geológico de España 1:50.000, se habla de la presencia de azurita y malaquita en Cuesta de la Almagra, si bien desconocemos sus posibilidades de explotación. Este se transformaría en el yacimiento como así parecen indicarlo la presencia de escorias y de una posible tobera de homo (Colmenarejo et al, 1988: 88). Por último, destacar también la existencia en este yacimiento de marfilbotón de perforación en V-y conchas perforadas de moluscos, entre las que cabe mencionar la presencia de algunas de origen marino. A MODO DE CONCLUSION: LAS LAGUNAS DE RUIDERA UN TERRITORIO JERARQUIZADO El patrón de asentamiento documentado en las Lagunas de Ruidera durante la Edad del Bronce parece apuntar la existencia de una incipiente jerarquización territorial. Así parecen indicarlo las di-fere^cias documentadas en el tamaño de los asentamientos y el importante grado de fortificación que presenta la mayoría de éstos; la tendencia a un patrón agrupado y al control visual sobre el fondo de los valles; la aparente diferenciación funcional respecto a los recursos explotables; así como la posible apropiación de excedentes e intensificación económica. La presencia de una diferenciación en el tamaño de los asentamientos suele ser uno de los elementos más utilizados a la hora de establecer la existencia de jerarquización territorial. No obstante, su aceptación suele requerir la superación de una serie de limitaciones, entre las que cabe citar, la certeza de poseer una muestra representativa de los asentamientos, la contemporaneidad de éstos y la posibilidad de establecer de manera fiable su extensión. En el caso que nos ocupa, al igual que se ha sugerido para otros territorios próximos (Fernández-Miranda et al,, 1994: 265), creemos que éstas pueden ser minimizadas. Por una parte, las características de los asentamientos documentados y la ausencia de una actividad agrícola importante en la zona es muy probable que nos hayan permitido documentar la práctica totalidad de los asentamientos atribuibles a la Edad del Bronce (18). Por otra parte, es fácil suponer, que si bien los asentamientos documentados no debieron ser contemporáneos durante la totalidad de sus ocupaciones, sí al menos (18) No descartamos la localización de algún nuevo asentamiento cuando iniciemos los trabajos de prospección intensiva, si bien creemos que dicha circunstancia no afectaría de manera significativa a las conclusiones aquí expuestas. lo debieron ser en un momento de las mismas, como así además parecen corroborarlo las dataciones radiocarbónicas obtenidas hasta el momento en los yacimientos excavados (19), que indican su contemporaneidad en torno al 1.500 a.C. Y por último, las características de los yacimientos documentados, con una presencia importante de estructuras, permite estimar el tamaño de los mismos, si no al menos con valores absolutos, sí para realizar una evaluación fiable en términos comparativos. Además, en el caso de las Lagunas de Ruidera, a la mera diferenciación de tamaños, podemos unir otros aspectos relacionados con ésta como indicadores de jerarquización. Este sería el caso de la existencia de una relación de proporcionalidad inversa entre tamaño y proximidad, así como de proporcionalidad directa entre tamaño y contactos visuales (20). Respecto al primero, cabe mencionar que los yacimientos localizados en el entorno de los más grandes, como Cerro Chicano y Mesa del Almendral, rara vez superan los 500 m^. Respecto al segundo, cabe indicar que los yacimientos de mayor tamaño presentan contacto visual con un mínimo de 2 yacimientos, mientras que el resto con uno, o ninguno. Diferencias en el tamaño de los asentamientos están bien documentadas en La Mancha y zonas limítrofes durante la Edad del Bronce (Chapman, 1991; Díaz-Andreu, 1994; Fernández-Miranda et al., 1994; Ruiz Taboada, 1998) si bien éstas no siempre han sido interpretadas como un indicio de jerarquización. Así, en La Mancha Oriental (Fernández-Miranda et al., 1994), territorio limítrofe con el nuestro, las diferencias de tamaño son interpretadas como el resultado de la escisión de unos grupos respecto a otros mayores (Fernández-Miranda eítü/., 1994), mecanismo, por otra parte habitual, entre las comunidades con un modo doméstico de producción para solventar sus tensiones internas (Rovira y Santacana, 1980). En nuestro caso, creemos que las diferencias de tamaño no pueden ser del (19) A este respecto cabe indicar que la totalidad de ellos son yacimientos de cierta envergadura, careciendo totalmente de información sobre yacimientos de reducidas dimensiones (inferiores a los 500 m"). Cabe pensar que éstos debieron sufrir una ocupación sensiblemente más reducida que los yacimientos excavados. A pesar de ello, seguimos considerando que éstos debieron estar ocupados en torno a mediados del II milenio a.C, que sin duda, debió representar el momento álgido en la ocupación de este territorio durante la Edad del Bronce. (20) Recordamos la importancia de éstos, que motivan el emplazamiento de Altarejos-2 en una zona sin defensas naturales, en la que es posible el contacto visual con otros dos asentamientos, desestimando otras con mejores defensas -patrón normal-, pero en las que el contacto visual sólo era posible con uno. todo interpretadas en estos términos, ya que el alto índice de solapamiento documentado entre los territorios de explotación -afectan en la mayoría de los casos a las tierras más próximas a los asentamientos-no favorecería el fin último de la escisión, es decir, la eliminación de tensión, que en este caso se trasladaría a los vecinos más próximos. Otro aspecto a destacar a favor de la existencia de jerarquización territorial es el lugar elegido para el emplazamiento de los asentamientos. La mayoría de éstos se localizan en lugares con un buen control visual sobre el fondo del valle en el que se emplazan. Dadas las características geológicas que presentan los valles en esta zona, creemos que esta circunstancia no puede ser interpretada en términos meramente subsistenciales, dadas las escasas posibilidades de aprovechamiento agrícola que presentan. Más bien parece tener un origen estratégico, que habría que buscar en la necesidad de ejercer un control sobre éstos como vías de comunicación. Un tercer aspecto a favor de la existencia de jerarquización territorial sería la existencia de una posible diferenciación funcional entre los asentamientos. Ésta, desde nuestro punto de vista, sería la explicación para la localización de algunos asentamientos, como Huerta de Aguas-2 y Casa del Gavilán -sin control visual sobre el fondo del valle, pero rodeados de tierras óptimas para el cultivo-; también para los localizados en los fondos de valle, buscando ubicaciones en ambientes palustres que favorecerían el aprovechamiento de su entorno en verano, sin por otra parte dejar de ejercer un control sobre los fondos de valle; y por último para Cuesta de la Almagra, al localizarse sobre un cerrete de cuarcita -único afloramiento de la zona-, lo que nos hace pensar que podría estar relacionado con la explotación de la cuarcita como materia prima para la talla (21 ) e incluso con la posible explotación de las manchas de azurita y malaquita en el documentada (22). Finalmente, el último factor a favor de la jerarquización territorial sería la existencia de una probable apropiación de excedentes por parte de los asentamientos de mayor tamaño, como Cerro Chicano y la Mesa del Almendral, que vendría indicada por la ausencia de proporcionalidad entre el tamaño de estos asentamientos y el de sus territorios de explotación. Esta apropiación estaría indicando la existencia de un control político de estos asentamientos sobre los de tamaño más reducido, control que también vendría avalado por la importancia que parecen adquirir los contactos visuales, que como ya vimos, lleva a condicionar la localización de algunos asentamientos, tal y como sucede en el caso de Altarejos-2. Este control político tendría su reflejo arqueológico en un territorio jerarquizado. Por tanto, y a tenor de los aspectos anteriormente analizados, creemos plausible admitir la hipótesis de la existencia de una organización jerárquica en el territorio de las Lagunas de Ruidera durante la Edad del Bronce. Ahora bien, ¿cuáles pudieron ser las causas que provocaron dicha organización? Desde nuestro punto de vista, la concentración de yacimientos documentada en esta zona y su modelo de ocupación del territorio no parece estar relacionada con el potencial agrícola de estas tierras, muy escaso, por otra parte. Así parecen corroborarlo las pocas posibilidades de aprovechamiento que presentan los fondos de los valles -suelos con mayor potencial agrícola-, así como el hecho de que en la mayoría de los yacimientos que presentan tierras aptas para el cultivo en sus territorios de explotación, éstas se localicen en las zonas más alejadas. Si a ello unimos la predilección por la ubicación en zonas con un buen control visual sobre los fondos de los valles, parece más acertado relacionar el patrón documentado con la existencia de otros factores que harían atractivo este territorio, entre los cuales sin duda el principal podría ser su valor estratégico como zona de aprovisionamiento de pastos, especialmente durante el período estival. La importancia de estos territorios como zona de aprovisionamiento de pastos, así como de paso hacia otras zonas, se puede rastrear históricamente a partir del importante papel jugado por el castillo de Peñarroya dentro de las posesiones manchegas de la Orden de S. Juan. Este se convirtió en el enclave más importante debido a los numerosos ingresos que generaba derivados, tanto de la explotación de las dehesas bajo su jurisdicción, como por el control sobre el paso de ganados que circulaban por el valle del Alto Guadiana camino principalmente de las Lagunas de Ruidera y la sierra de Alcaraz (Ruibal, 1993; Serrano, 2000). La posible existencia de una trashumancia en tiempos prehistóricos hacia las Lagunas de Ruidera en busca de pastos de verano ya ha sido considerada {3or otros autores (Harrison y Moreno, 1985: 66). Éstos la sitúan dentro de un modelo, según el cual durante el II milenio a.C. en la Península Ibérica se generaliza un sistema económico basado en el intercambio de animales y sus productos. Dentro de éste, la explotación animal depende de los derechos que dan acceso a los pastos y prados, los cuales a su vez están sujetos a la demanda de éstos (Harrison y Moreno, 1985: 80). La incipiente jerarquización documentada en el territorio de las Lagunas de Ruidera parece encajar bien dentro de este modelo, sobre todo si tenemos en cuenta la alta densidad de población que debió existir en el territorio limítrofe de La Mancha durante el II milenio a.C. La misma puede deducirse del importante número de yacimientos conocidos, a los que habría que unir los ya desaparecidos como consecuencia de la actividad agrícola, tal y como recientemente hemos podido comprobar en el mismo valle del Alto Guadiana, unos kilómetros al norte de la zona estudiada (23). Parece aceptado que las comunidades que habitaban las llanuras manchegas practicaban una economía de tipo intensivo. En ésta, la ganadería debió jugar un papel importante, tal y como parecen poner de manifiesto los restos de fauna recuperados en las motillas del Azuer y Los Palacios, los cuales parecen mostrar la utilización del ganado no sólo para la provisión de carne, sino también para la provisión de los denominados productos secundarios, como la leche, la lana o la fuerza motriz (Harrison y Moreno, 1985). Este modelo de intensificación en un medio como el de La Mancha, con un importante déficit hídrico -menos cantidad de agua precipitada que evaporada- (Juárez y Ponce, 1987) es muy probable que desencadenara desequilibrios entre la demanda de pastos y la cantidad disponible de éstos en los períodos estivales, momento en el que el déficit hídrico se hace más acusado. Estos desequilibrios convertirían a un territorio como el de las Lagunas de Ruidera en una zona muy atractiva para las comunidades manchegas, ya que aquí el déficit hídrico se ve compensado por la presencia de las lagunas. Ello, unido a su proximidad a los territorios manchegos de mayor densidad de población, hace factible pensar en el desarrollo de una trashumancia hacia éstas en los períodos estivales, así como su conversión en una importante vía de paso hacia otros territorios con pastos estivales como el Campo de Montiel o la sierra de Alcaraz. Estos movimientos de ganado provocarían un aumento de la (23) Aquí, recientemente, hemos tenido noticia de tres nuevas motillas, de las que dos ya han sido desmanteladas por el laboreo agrícola. Ver notas 8 y 11. presión sobre los recursos existentes en las Lagunas de Ruidera, lo que llevaría a las comunidades que las habitaban a ejercer un control más estricto, tanto sobre sus recursos como sobre las vías de acceso y tránsito. Esta presión debió jugar un importante papel dinamizador en el proceso, tal vez ya iniciado, de desarrollo de una desigualdad social, que tendrá su principal reflejo arqueológico en la jerarquización del territorio. Por todo lo expuesto con anterioridad, consideramos que el patrón de poblamiento observado en las Lagunas de Ruidera y sus posibles causas constituyen una buena hipótesis de partida que convierte a este territorio en una zona de gran interés para profundizar en el estudio y análisis de los sistemas económicos desarrollados por las poblaciones manchegas durante la Edad del Bronce, y sus implicaciones en el nivel social.
RECENSIONES Y CRÓNICA CIENTÍFICA Criterios y Convenciones en Arqueología del Paisaje (CAPA) y Trabajos en Arqueología del Paisaje (TAPA) son dos series monográficas autoeditadas por el Laboratorio de Arqueología y Formas Culturales (LAFC) de la Universidad de Santiago de Compostela. La primera de las series (CAPA) tiene como objetivo la presentación de criterios, convenciones, procedimientos y técnicas de trabajo desarrolladas por dicho Laboratorio. Su finalidad es contribuir, mediante un programa de investigación aplicada, a la construcción de una tecnología para la evaluación y gestión del Patrimonio Arqueológico. Las 14 monografías atienden por tanto a una necesidad básica y urgente dado el contexto de la Arqueología a escala estatal: la presentación pública de estándares de recuperación, gestión de datos, evaluación, investigación, difusión y puesta en valor del Patrimonio Arqueológico. Todo ello viene, además, avalado por más de diez años de experiencia de trabajo cooperativo del LAFC. Los volúmenes pueden agruparse en dos bloques: manuales y desarrollos metodológicos aplicados a casos. De todos ellos sobresale por su actualidad y su carácter pionero la monografía de David Barreiro Martínez: Evaluación de Impacto Arqueológico (CAPA 14) que previsiblemente se convertirá en el primer manual de estas características dedicado al estudio, evaluación y diagnosis del impacto que las necesidades de la sociedad actual ejercen sobre el Patrimonio Arqueológico. Su claridad y precisión terminológica hace de este texto una guía tanto para la Arqueología Comercial como para las todavía escasas Universidades que han incorporado estas materias en sus planes de estudio. Destacan también las contribuciones a la gestión de la información arqueológica (CAPA 3, 10 y 11), en particular el desarrollo del programa informático SIA+ (CAPA 3). Se trata de un sistema capaz de trabajar con grandes volúmenes de información arqueológica y geográfica, de nuevo útil para todos aquellos que deseen gestionar eficazmente la información recuperada en trabajos de campo. La segunda serie (TAPA) está dedicada a la publi-cación de los resultados obtenidos en trabajos y proyectos desarrollados por el LAFC. Como se manifiesta en las contraportadas, este conjunto de monografías es el resultado final de una propuesta de gestión integral del Patrimonio Cultural, en la que se aborda desde la identificación y recuperación del registro hasta su rentabilización y divulgación. Las temáticas tratadas son variables, así como los períodos y manifestaciones culturales abordadas (Neolítico, Edad del Bronce, Edad del Hierro, Romano, Altomedieval). El lector podría seleccionar volúmenes en función de sus intereses particulares, aunque sería aconsejable una revisión de la totalidad de la serie, pues toda ella es metodológicamente interesante y novedosa en su presentación. De las 19 monografías publicadas destacaríamos dos, en este caso atendiendo a los criterios que rigen nuestra propia investigación. La primera de ellas viene firmada por Elena Lima Oliveira: La Arqueología en la Gasificación de Galicia 12: Intervenciones en yacimientos prehistóricos (TAPA 16). Se trata de una de las 13 monografías dedicadas hasta la actualidad a presentar el registro obtenido en el control arqueológico de las obras del Oleoducto y Gasoducto de Galicia. El trabajo muestra, con absoluta rotundidad, el potencial que el correcto seguimiento de las diversas obras, públicas o privadas, tiene a la hora de investigar el tradicionalmente 'invisible' registro habitacional de la Prehistoria Reciente. Partiendo de una estricta metodología de prospección y seguimiento de los 768 km lineales de zanja abierta a lo largo y ancho de la geografía gallega, la valoración parece reafirmar algunas de las propuestas previas de miembros del LAFC, respecto a la localización y morfología de las denominadas áreas de acumulación (Méndez, 1994). Sin embargo la monografía realiza una importante aportación que permite defender la parcelación del espacio doméstico durante la Edad del Bronce mediante diversos tipos de movimientos de tierras (fundamentalmente zanjas). Estas evidencias, muy en consonancia con el registro peninsular, incluso europeo, dan importantes claves para una comprensión histórica del proceso de formación de las primeras sociedades campesinas. La segunda monografía es la coordinada por Camila Gianotti: Paisajes Culturales Sudamericanos: de las prácticas sociales a las representaciones (TAPA 19). Con 7 colaboraciones, el volumen es un buen ejemplo de la madurez teórica e importancia histórica de unos países muchas veces relegados por el etnocentrismo de la investigación prehistórica europea. Para aquellos involucrados en la Prehistoria reciente peninsular, resultan imprescindibles las perspectivas aportadas desde el Cono Sur a la comprensión del fenómeno tumu-T. P., 59, n." 1, 2002 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es lar, la construcción de los primeros paisajes monumentales o la semantización del paisaje a partir de petroglifos. Además, representa la primera monografía editada en la Península que permite, tanto a estudiantes como especialistas, una aproximación a la actualidad investigadora de los países sudamericanos. En conjunto, ambas series cuentan con un adecuado formato y un correcto aparato gráfico, lo que permite un ágil manejo de los volúmenes. La mayor parte de ellos han sido financiados por el propio LAFC, lo que indica una importante inversión de su plustrabajo en una difusión infrecuentemente rápida para los estándares a los que estamos acostumbrados. Además, pueden obtenerse gratuitamente en formato digital [URL]. No tendría sentido finalizar el comentario de estas series sin presentar el contexto del cual surgen. El LAFC es "una unidad universitaria autofinanciada de investigación, formación y servicios" (Criado, 1998: 2). Aunque su oferta de servicios pueda ser poco conocida a escala estatal, sí lo son sus resultados de investigación, algo bien ejemplificado por la constante presencia de sus aportaciones en Trabajos de Prehistoria. En todo caso, cualquier interesado en evaluar cuantitativamente el trabajo del LAFC en los últimos años puede consultarlo en el volumen 10 de TAPA (Bóveda comp., 1998). El LAFC reivindica una perspectiva postpositiva, lo cual distancia su enfoque teórico tanto del materialismo antihistoricista como del relativismo especulativo (Oilman, 2000: 34). Así, uno de los mayores esfuerzos va dirigido a la formalización de una metodología y método que respondan a las necesidades creadas por dicho marco teórico (vid. p.e. Criado, 2001), cuestión que por primera vez permite contrarrestar la mayor objeción de los postprocesualismos: cómo validar la certeza de las propuestas en un saber narrativo (Vicent en Criado, 1999: 58, n. Ciertamente, el Laboratorio de Arqueología y Formas Culturales (LAFC) ha abierto uno de los pocos caminos realmente originales del pensamiento y la práctica arqueológica contemporáneas. Pero además cuenta con un valor añadido. El LAFC es la primera unidad arqueológica del Estado comprometida en la formación e investigación que ofrece sus innovadores procedimientos, métodos, resultados y saber-hacer a todos y cada uno de los distintos sectores de la profesión: centros universitarios, institutos de investigación y arqueólogos comerciales. Las series CAPA y TAPA son una buena materialización de ello y quizá convenga que se reproduzcan modelos de la misma calidad en otros ámbitos del Estado. BARREIRO MARTÍNEZ, D. (2000) Un libro titulado Adán y Darwin, metonimia de creación y evolución, de inmediato proyecta la convicción de que cuando menos el posible lector podrá instruirse en uno de los apartados de las intensas relaciones históricas entre ciencia y religión: el correspondiente a la polémica sobre el origen del hombre. El proyecto del libro de M.^ Angeles Querol, como afirma la autora, surge o se esboza a partir de una relectura de la obra El Darwinismo en España, del estimado Diego Núñez. Desde las página introductorias presenta el objetivo principal marcado en el trabajo: cómo se ha contado nuestro origen como seres humanos, en textos escolares, manuales universitarios y monografías sobre la evolución y el origen del hombre. Conviene comenzar recordando que la reacción a las ideas evolucionistas de Darwin en España fue muy tardía. No sólo la primera traducción íntegra al español de On the Origin of Species se hizo esperar hasta T. P., 59, n.° 1, 2002 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es 1877, sino que hasta el Sexenio Revolucionario no comenzó a difundirse de forma amplia la propia teoría de la evolución darwinista, generalizándose la polémica evolucionista durante la Restauración. El desfase en la difusión del darwinismo en España en relación a otros países europeos estuvo precedido durante los primeros años de la década de los sesenta por trabajos que hacían referencia a las ideas transformistas francesas de Lamarck y E. Geoffroy de Saint Hilaire. La otra referencia intelectual en la recepción del evolucionismo en España, que vino a través de la influencia del pensamiento alemán, se difundió a través de las obras de los partidarios del materialismo naturalista y de las interpretaciones de la idea de evolución aplicada a la naturaleza, realizadas por los naturalistas y filósofos krausistas vinculados a la Institución Libre de Enseñanza. A la tardía introducción del darwinismo en España no fue ajena la existencia de una comunidad científica formada por naturalistas que, salvo excepciones, evidenció un discreto nivel científico en trabajos de campo y de laboratorio. Con esta perspectiva, la polémica evolucionista apenas originó en España un debate estrictamente científico, sino que incidió en las implicaciones que para la armonía entre la ciencia y la religión suponía una explicación del origen de las especies basada exclusivamente en mecanismos naturales. El aspecto más conflictivo fue considerar al hombre como una etapa más de un proceso natural, sin que hubiera existido una intervención divina especial y directa. En este punto coincidieron en su apreciación, aunque evidentemente desde posiciones opuestas, católicos y materialistas, quienes sostuvieron que la coherencia de la propuesta darwinista implicaba en esencia la refutación del relato bíblico de la creación, incluyendo la aparición del hombre, cuestión ésta que se convirtió en el núcleo duro de la polémica evolucionista. De manera intermitente la Iglesia católica sigue interviniendo y manifestando su magisterio en relación al "origen del hombre". La prensa recogió hace pocos años, en 1996, la exposición del Papa Wojtyla en la Academia Pontificia de las Ciencias, en donde manifestaba que el magisterio de la Iglesia está directamente interesado por la cuestión de la evolución, ya que aborda la concepción del hombre, creado, según la Revelación, a imagen y semejanza de Dios. En su intervención el pontífice acepta que la teoría de la evolución, a la que considera más que una simple hipótesis, es conciliable con el dogma católico, pero matiza que conviene hablar de "teorías evolucionistas", ya que las interpretaciones emitidas sobre el mecanismo de la evolución posibilitan tanto lecturas materialistas y reduccionistas como espiritualistas. Por supuesto, el mensaje papal rechaza las posturas materialistas, por su incompatibilidad con el magisterio de la Iglesia sobre el origen del hombre (Pelayo, 1999). Aunque limitada y tardía, esta aceptación de la Iglesia católica de la teoría de la evolución supone un reacomodo -otro más-de su magisterio a la evidencia de los datos científicos, y supone un paso para evitar la confrontación. Compárese con la exposición de la encíclica Humani Generis (1950) de Pío XII, que advertía sobre los peligros del sistema evolucionístico (sic), a la que consideraba la hipótesis de la que "se valen los comunistas para defender y propagar su materialismo dialéctico y arrancar de las almas toda noción de Dios" {Errores Modernos, 1962: 9). Un ejemplo actual de cómo sigue planteándose la jerarquía eclesiástica la cuestión del tencia de pobres, etc. En definitiva, y aunque sea repetir el texto del libro y de la cubierta, la cimentación en que se funda la sociedad capitalista occidental. A estas alturas estremece un poco encontrarse en el libro de la profesora Querol, los textos utilizados en la enseñanza durante el período franquista, con su visión del origen del ser humano, enfocados hacia una educación antropocéntrica, machista y racista, basada cuando menos en una bibliografía obsoleta y tendenciosa. Y eso que no puede olvidarse que ya en la década de los años sesenta, en la Universidad española los paleoantropólogos que se habían formado bajo la influencia teilhardiana y en la ortogénesis neolamarckista, proceso evolutivo unidireccional hacia una humanidad inspirada por Dios, asimilaron la síntesis neodarwinista, considerada la ortodoxia en la biología evolucionista. Un par de cuestiones me parecen necesarias comentar en el apartado de la "crítica constructiva". De sin importancia puede calificarse el error recogido en la página 15, en donde se incluyen a los protestantes dentro de la Iglesia católica. La otra es una cuestión opinable. No entiendo la buena valoración que se hace de uno de los libros elegidos para redactar el apartado de la historia del darwinismo, publicado por la muy católica Universidad de Navarra. En dicho libro {Tras la evolución), se recogen disparates tales como que "la evolución presupone la creación divina" (?) y que "evolucionismo radical (sic) viola las exigencias de rigor del método científico, pues se ve forzado a admitir hipótesis que no pertenecen al ámbito científico" (pp. 240-241). En fin, mejor sin comentarios. Pero volviendo al libro que de verdad nos interesa, Adán y Darwin, es una obra que manifiesta la solidez intelectual de su autora. Desde mi ámbito de trabajo, la historia de las ciencias naturales en España, la publicación de este libro ha sido un hallazgo de enorme importancia para mi línea de investigación. Pero su estimación sobrepasa el limitado campo especializado en el que trabaja un investigador del CSIC, por lo que me permito recomendarlo a profesores y universitarios, cuyo interés se extienda a la historia de la cultura contemporánea española. Como subdisciplina de la arqueología experimental, la tecnología lítica experimental es una línea de trabajo que -si bien posee una larga historia (Johnson 1978)-sólo desde la década de los 1960 comenzó a tener auge en distintos países. Afortunadamente, este libro escrito por autores españoles presenta seriamente este campo de investigación a los arqueólogos de la Península Ibérica. Así, muestra que hay investigadores que entienden correctamente los principios y objetivos de la arqueología experimental en general y de la tecnología lítica experimental en particular. En efecto, en forma creciente los arqueólogos están reconociendo al método experimental como una parte significativa para acometer pesquisas relacionadas con los vestigios líticos arqueológicos. El desarrollo y crecimiento de experimentos en arqueología, y por ende de la arqueología experimental, continuamente produce datos dje base que son utilizados en la compleja tarea de analizar e interpretar conjuntos líticos. El volumen está muy bien editado y por cierto, se encuentra en la línea de los libros publicados por D. C. Waldorf (1979, 1984) y J. Whittaker (1994) en los Estados Unidos de Norteamérica. Cada capítulo fue realizado recopilando información procedente de diversas fuentes documentales, demostrando destacable manejo bibliográfico -especialmente de E.E.U.U. y Europa-por parte de los autores. Asimismo una excelente síntesis de las variedades técnicas desarrolladas por numerosos talladores etnográficos y contemporáneos occidentales académicos, comerciantes y aficionados. De esta forma, constituye un compedio de la gran cantidad de información que generan estos artesanos para discutir diversas cuestiones de tecnología lítica prehistórica. El volumen está profusamente ilustrado con fotografías y dibujos que muestran los numerosos aspectos técnicos desarrollados. Consecuentemente, es el primer libro del Viejo Mundo que, en castellano, sintetiza las variaciones existentes en las técnicas del trabajo de la piedra tallada. El volumen consta de doce capítulos y cinco apéndices escritos en su mayor parte por el editor (caps. 3, 5, 7, 8, 10, 12 y apéndices I, III y V). Excepto el capítulo 4, cuyo autor es M. Luque, en los restantes colaboraron indistintamente con el editor, M. Luque, J. González, R. Maqueda, M. Aguirre, T. Palomo, F. Zumalabe y C. Sáenz. El capítulo 1 introduce un amplio panorama vinculado con la talla contemporánea de la piedra y los conceptos generales que gobiernan esta artesanía. En realidad, la mencionada actividad es uno de los pilares fundamentales de la investigación experimental en tecnología lítica. El siguiente aborda el tema de las materias primas útiles, sus cualidades y propiedades de acuerdo a las diferentes rocas en su estado natural. Asimismo se brindan nociones sobre los procedimientos empleados con el objetivo de mejorar las cualidades de T. P., 59, n." 1, 2002 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es talla: el tratamiento térmico y el tratamiento con agua, el cual este comentarista prefiere llamar "tratamiento ácuo". En este libro, el primero es correctamente considerado como un procedimiento utilizado durante la talla lítica, situación que difiere un tanto a la de otros arqueólogos que lo consideran como una técnica de talla en si misma (Afonso Marrero, 1997). El capítulo 3 enfoca cuestiones vinculadas con las primeras etapas del trabajo. Aquí se abordan temas tales como la preparación y selección de los implementos, la higiene y la seguridad necesaria en esta actividad. A continuación, el cuarto capítulo acomete la mecánica y los principios físicos que subyacen a la talla. Estos aspectos son fundamentales para enlazar los principios de la mecánica de fracturas de las rocas con los aspectos puramente empíricos de su laboreo. Los capítulos 5 a 8 enfocan a la técnica de percusión, explicando e ilustrando con demasía de detalles los muy distintos productos que se confeccionan con la misma. De este modo, como tradicionalmente se hace, diferencia entre la percusión directa con percutores blandos (cap. 5) y duros (cap. 6). El capítulo 7 se explaya con la percusión indirecta y los productos obtenidos con ella. El siguiente (cap. 8) hace una miscelánea de técnicas utilizadas para tallar y fragmentar rocas; entre ellas, la bipolar, por contragolpe y, la casi mítica "talla por fuego". Aquí es oportuno mencionar que la información etnoarqueológica brindada por Binford y O'Connell (1984) entre los Alyawara de Australia es una de las pocas referencias confiables del uso del fuego con la meta de fracturar en tamaños menores a grandes nodulos de cuarcita con el propósito de tallarlos. A continuación, el noveno capítulo se explaya sobre la talla por presión ilustrando numerosas variedades de la técnica. Con las técnicas previamente descriptas, en el extenso capítulo 10, se muestra una gran cantidad de modos de retocar instrumentos de piedra. El capítulo 11 ilustra los accidentes que se producen durante los procesos de talla, los cuales están presentes en el registro arqueológico, particularmente en los talleres y en aquellos lugares dónde se manufacturaban utensilios. Finalmente, el capítulo 12 enfoca una diversidad de temas vinculados con las variaciones en el utillaje (materias primas, dominios técnicos y funcionalidad) como así también asuntos de estilo y análisis de los atributos en los artefactos líticos. Asimismo, acomete cuestiones deontológicas, particularmente sobre ética científica y el trabajo de la piedra, tan necesarias en la tecnología lítica experimental. Los apéndices informan acerca de los sistemas de enmangue utilizados en los instrumentos (I), las huellas de talla (II), personas y centros relacionados con la talla experimental (III), un diccionario tecnológico en castellano, catalán y euskera y, finalmente, un glosario de los principales términos empleados a los largo del libro (V). Merecen ser señalados algunos aspectos, que de ninguna manera desmerecen la calidad del volumen. En efecto, ligado al cuarto capítulo es oportuno recordar aquello que hace dos décadas señalaba Moffat (1981) con relación a que existen una variedad de teorías y modelos vinculados con la fractura de sólidos desarrolladas en las ciencias físicas. Sin embargo, como en todas la teorías provenientes de otras disciplinas, es necesaria cierta cautela sobre su aplicación a problemas arqueológicos. Los avances en comprender la mecánica del trabajo de la piedra tienen que provenir de una amplia experimentación realizada por arqueólogos, aunque la misma necesita estar basada en previas investigaciones de las ciencias físicas. En la talla de la piedra, tradicionalmente se diferencia entre la percusión "blanda" y "dura" de acuerdo a la naturaleza de los percutores utilizados. En este sentido, la distinción no refleja cabalmente la variabilidad existente en la "dureza" de los implementos de talla, particularmente entre los de madera, hueso y asta y los de piedra. De esta manera, sería muy interesante acuñar una clasificación un poco más precisa; por ejemplo, para los percutores de piedra, Callahan (1980) propuso una escala ordinal con un rango de 1 a 5. De este modo, se encontrarían aquellos que varían desde los "blandos" como algunas areniscas y calizas hasta los "duros" de riolita y cuarcitas sólidas, pasando por tres variedades de "medios". Sin embargo, más allá de las sutilezas científicas, la distinción tradicional no representa el mundo real existente en estos implementos de talla. Sería interesante trabajar más en esa dirección para caracterizar con mayor precisión y sin ambigüedades tanto la naturaleza de los percutores como los negativos de lascados que producen. Un aspecto significativo en la tecnología lítica experimental es el estudio de las secuencias de reducción de instrumentos bifaciales, especialmente de puntas de proyectil. Este tópico fue objeto de debate por los experimentadores y talladores americanos durante casi tres décadas. Aunque en general el modelo más utilizado es el de Callahan (1979Callahan (, 1996) ) aún no hay un consenso definitivo sobre el tema (Bleed, 2001). Muchos de los esquemas propuestos están basados en generalizaciones realizadas sobre la observación de "individuos" y no de "poblaciones" de artefactos. En consecuencia, no contemplan la variabilidad existente en los procesos de manufactura [URL], cf. Flenniken, 1978; Nami, 1999). De este modo, se propusieron varios modelos que como escala ordinal y con propósitos heurísticos segmentan las secuencias en stages traducidas en el volumen como "fase"; no obstante en este comentario se mantiene la palabra equivalente de "estadio" (1). Ellos fueron sistematizados de modo diferente de acuerdo con la estrategia de reducción que, a menudo, está vinculada con la forma y el tamaño del producto terminado. Su ordenamiento se realizó teniendo en cuenta distintas variables de acuerdo con las características de los artefactos. A partir de los cuatro precedentes de adelgazamiento bifacial, los subsiguientes varían según la complejidad morfológica del producto final. En aquellas puntas de proyectil en las cuales el adelgazamiento o la talla bi- http://tp.revistas.csic.es facial era una condición casi necesaria, se trató de encontrar algún índice numérico que pudiera precisar la segmentación. Cuando tal aproximación no es posible, por ejemplo, porque los productos finales no tienen adelgazamiento en su manufactura, simplemente la separación en estadios se realiza teniendo en cuenta atributos morfológicos con relación a la evolución de la forma hacia el producto final. La intención es crear una clasificación y terminología que pueda ser aplicada tanto descriptiva como retro y predictivamente a diversos tipos de puntas de proyectil y/o utensilios bifaciales. Entonces, de acuerdo con su tamaño, frecuentemente los instrumentos bifaciales pueden ser manufacturados pasando por etapas previas de talla bifacial o no. En el primer caso, con el objeto de estudiar ciertas secuencias de reducción con bifaces, Errett Callahan (1979) propuso un modelo analógico general para comprender conjuntos norteamericanos Clovis del Este de Estados Unidos de Norteamérica. En el hemisferio sur, desde principios de los años 1980 el modelo fue utilizado y adaptado para interpretar diversos conjuntos con bifaces (v. gr. Nami, 1983(v. gr. Nami,, 1986(v. gr. Nami,, 1988, etc.), etc.). De este modo, el primer modelo fue revisado y cambiada su nomenclatura de acuerdo con la casuística. En el ejemplo ilustrado en la figura 6.9 (la cual fue tomada de Waldorf, 1984) Baena Preysler separa las fases 5 y 6 por el sólo hecho de realizar unos pocos retoques que conforman el pedúnculo de la pieza ilustrada. En este caso y, tal como fue señalado previamente, separar estadios por cuestiones técnicas mínimas y/o morfológicas presenta dificultades y resulta de poca utilidad clasificatoria. En efecto, de los siete estadios ilustrados, se podrían englobar el 6 y 7 en uno solo, tal como lo hizo el mismo Waldorf (1979: 20;1984: 24) al ilustrar esquemáticamente la confección de una punta de proyectil del Arcaico norteamericano. Es decir, esta secuencia -al igual que otras de Norte y Sudamérica-podría tener seis estadios (cf. Nami, 1997). Este hecho fue contemplado por el mismo Callahan (1991) y Baena Preysler en la figura 6.12 al ejemplificar las etapas 5 y 6, esta última denominada "finalización" por el autor del libro. En efecto, separar dos estadios (el 6 del 7) por la remoción de unas pocas lascas utilizando el mismo procedimiento técnico -en este caso destacar el pedúnculo-no es tecnológicamente significativo. Por ejemplo, en la secuencia de reducción Folsom-Lindenmeier de Norteamérica, al alcanzar con éxito el estadio 4, los Paleoindios tallaban por presión una de las caras de biface preparándola para obtener la primer acanaladura; luego, si esta tarea era exitosa, conformaban de igual manera la segunda cara. De esta forma, conceptualmente el estadio 5 era lo suficientemente flexible como para contemplar pasos técnicamente idénticos o muy similares. Luego, en la etapa siguiente -estadio 6-se finalizaba la pieza (cf. Nami, 1999, e.p.). Un aspecto fundamental en la tecnología lítica experimental es el registro gráfico de las observaciones y resultados mediante fotografías y dibujos. Justamente, este libro es destacable por la cantidad de figuras que ilustran muy bien casi todos los temas abordados. Sin embargo, algunos merecen comentarios. En efecto, la figura 10.26, muestra el aislamiento de una plataforma para obtener las acanaladuras en las puntas paleoindias. AFONSO MARRERO, J.A. (1997) El primer artículo, de L.G. Straus, presenta una exposición de sus méritos y trabajos, que desde la Universidad de Chicago se dedicaron primero al estudio del Musteriense, en el momento del debate entre L. Binford y F. Bordes, para después centrarse casi en exclusividad en el Paleolítico español, tanto colaborando con F. Clark Howell en Torralba y Ambrona, como en la más fructífera de las colaboraciones científicas: sus trabajos con J. González Echegaray. Todo ello se completa con una completa lista de su bibliografía. A continuación, F. Clark Howell y J. González Echegaray dedican sus artículos a presentar sus semblanzas personales acerca de L.G. Freeman, resultado de una larga colaboración que dio lugar a una buena amistad. En el caso de Howell sus recuerdos se centran tanto en su colaboración en Torralba y Ambrona como en sus vivencias en la misión arqueológica americana en la República Popular de China y en Java. En el caso de González Echegaray, como el mismo autor expresa, su interés no es hacer una biblio-biografía, sino reflexionar sobre el papel que L.G. Freeman tuvo en la renovación de los estudios paleolíticos en España. Sus trabajos en Cueva Morín representan un importante cambio en la Prehistoria española. Su depurada metodología de excavación fue una sus aportaciones, la aplicación de estratigrafía fina, un sistema de cuadriculación que servía para una excavación horizontal y un riguroso inventario, no eran aún de uso habitual entre los prehistoriadores españoles de los años 60. Otro aporte que no debemos desdeñar es la introducción del "método" Bordes, así como de métodos estadísticos que permitieron la revolución científica de la Nueva Arqueología. La pertenencia de L.G. Freeman a este movimiento también sirvió para que a partir de él y de sus alumnos, muchos paleolitistas españoles que trabajaron en la Región Cantábrica tuvieran un acceso personal y no sólo bibliográfico a este movimiento, lo que significó una especial renovación de la Prehistoria española. Sus trabajos permitieron así romper el viejo molde histórico cultural y favorecieron que los paleolitistas consideraran otros aspectos fuera de la idea cronológica clásica y empezaran a valorar aspectos como el espacio del yacimiento como parte del conocimiento de la cultura prehistórica. En general, puede considerarse a Freeman como pieza clave en la introducción del procesualismo en la prehistoria cantábrica. El arte fue otro de los temas en los que se interesó; sus estudios en Altamira y la aplicación del método estadístico para analizar el Arte Románico fueron interesantes aportes que en muchos casos variaron una cierta visión de la historia. El siguiente trabajo es de G.A. Clark, uno de sus primeros alumnos en venir a trabajar a España y el iniciador de una saga, que en solitario o en colaboración con investigadores españoles, fructificó en múltiples trabajos de investigación y en abrir y extender el conocimiento de la prehistoria española fuera de sus fronteras. El trabajo se centra en el mundo mesolítico, que tan bien conoce el autor, tras la realización de su Tesis Doctoral sobre el Asturiense cantábrico. En él pasa revista a los cambios que sobre este periodo se han producido en los últimos veinte años. En general, el conocimiento que se posee actualmente sobre el Mesolítico permite considerar cuatro aspectos fundamentales: el cambio vectorial paleoeconómico, los aspectos comunes de la tecnología lítica, los modelos de las evidencias del arte y la transición hacia economías domésticas. Éstos pueden considerarse como las bases para explicar el fenómeno del Mesolítico. Por un lado, los cambios climáticos que, sobre todo en el caso portugués, variaron las líneas de costa, así como las variaciones faunísticas holocénicas, que transformaron el componente faunístico y los recursos accesibles, a lo que se uniría el desarrollo del instrumental microlítico, en forma de útiles plug-and-play que permitirían, dependiendo de la organización de los mismos, obtener útiles diversos y así optimizar los recursos líticos. A continuación L.G. Straus revisa también de forma histórica la visión del Solutrense en los últimos veinticinco años. Así, sus trabajos iniciales, que partieron del uso del Solutrense como un complejo especialmente apto para estudiar la variabilidad interna de los tecnocomplejos, dieron paso posteriormente a una visión en la que el autor lo concibe como una respuesta histórica a los cambios climáticos del máximo glaciar, unida a un "efecto refugio" de grupos que vivían en los territorios mas afectados por dicho cambio. De esta manera, muchos de los cambios característicos del Solutrense, como las variaciones en el instrumental, la intensificación del uso de los recursos y el arte, así como las evidencias territoriales y de redes de intercambio, tendrían sentido en la interrelación entre los grupos regionales. Sus trabajos en yacimientos como la Cueva de la Riera son la base principal de su investigación, aunque a veces el autor es bastante crítico con las opiniones de los investigadores españoles, al considerar que no siempre fue comprendido y que el componente cronológico fue supervalorado, en detrimento de visiones más antropológicas. El trabajo siguiente se centra en la visión histórica del Chatelperroniense y está escrito por F.B. Harrold. Aquí debemos recordar que fueron L.G. Freeman y J. González Echegaray los primeros en demostrar la existencia del Chatelperroniense en la Región Cantábrica tras la excavación del yacimiento de Cueva Morín, lo que sirvió de base a la Tesis Doctoral del autor. Este periodo, como una de las industrias características del inicio del Paleolítico Superior, ha sido uno de los puntos clave de gran numero de discusiones acerca de su carácter, su origen y su autor. Caracterizado a partir de la revisión de Peyrony, el carácter laminar de su industria la situó dentro del Paleolítico Superior, aunque se la relacionó con el Musteriense de Tradición Achelense Tipo B con puntas del Abri Audi, aspecto éste que también fue reconocido por H. Breuil. El descubrimiento del enterramiento del abrigo de St. Cesaire, con un individuo neandertal, lo convirtió en la industria más paradigmática de la evolución local del musteriense. Esta primera identificación del neandertal fue ampliada con los restos de Arcy, con lo que se confirmó la ecuación. Su tecnología, con elementos musterienses y laminares, contrastaba con la presencia de elementos artísticos, lo que dio lugar a la idea de aculturación, al considerar estos elementos artísticos como producto del intercambio o la imitación de los recién llegados humanos modernos. Esta visión ha sido recientemente criticada, proponiendo la invención independiente por los neandertales de elementos artísticos. Sin embargo queda aún un tema clave: cuál es la relación entre las industrias chatelperronienses y las auriñacienses, y por otro lado, la de los neandertales y los humanos modernos. Muy crítico con los investigadores españoles es el siguiente artículo, escrito por M.W. Conkey. El propio titulo es ya una declaración: "A Spanish Resistance? La idea de obtener información sobre la sociedad de los grupos humanos paleolíticos a través de materiales arqueológicos es uno de los temas de debate entre los prehistoriadores tras las renovaciones de la Nueva Arqueología y las reacciones a ella. Es en esta discusión en la que M.W. Conkey analiza las visiones de los investigadores españoles dedicados al Arte Rupestre en relación con su teoría sobre Altamira como lugar de agregación, y debemos decir que para ella, casi ninguno de los autores españoles parece considerar su idea, o al menos no la desarrollan en sus posibilidades. El siguiente trabajo viene ya de uno de los "jóvenes" alumnos, J.T. Pokines. El trabajo se sitúa dentro de la que es por el momento la última excavación de L.G. Freeman y J. González Echegaray, la cueva de El Juyo. En él presenta el estudio de la microfauna del yacimiento, exponiendo los resultados de los diferentes procesos de cribado aplicados en el mismo, así como las posibilidades de interpretación paleoecologica que este tipo de fauna permite. Él último de los trabajos es obra de H. Settler y está dedicado al estudio de la industria sobre materias duras animales a lo largo del Paleolítico Superior partiendo de las propuestas estilísticas de J. Sackett. Una revisión de los cambios en la morfología, modos de fabricación y motivos decorativos le permite distinguir dos ciclos en el Paleolítico, uno correspondiente al Paleolítico Superior Inicial y Medio y otro al Magdaleniense, tanto Inferior como Superior. En este caso el Solutrense actúa como intermedio, al poseer tanto modelos propios del PSI como del Magdaleniense. En general resulta un libro muy interesante, tanto por las revisiones históricas que presentan los diversos autores como por la presencia de las tendencias recientes. La labor y la influencia de L.G. Freeman y sus alumnos han marcado una cierta forma de trabajar, en la que las ideas de la Nueva Arqueología se han superpuesto a las tendencias histórico-culturales propias de la investigación española dando una escuela variada y pecuHar que en cierto modo podemos calificar de "cantábrica". El libro de N. Cauwe forma parte de ese tipo de literatura arqueológica a medio camino entre las documentadas y sesudas monografías y los textos divulgativos para el gran público, con el riesgo de defraudar a los potenciales lectores de ambos campos. Es eso que los franceses llaman la vulgarisation, sin pretender otorgar al término el sentido peyorativo que tiene en castellano. Pues bien, esta obra se estructura en tres bloques muy diferentes, siempre ambiciosos en cuanto al tiempo y espacio a cubrir, pero con diferente resultado, a mi juicio. Unos son, como ahora veremos, una aceptable vulgarisation, mientras otros caen en una verdadera vulgarización. El contenido del libro no guarda relación con el título del mismo, sino que lo desborda ampliamente. No se trata de una reflexión o revisión de los datos disponibles en el Noroeste de Europa, entre 10.000 y 3.000 a.C, como parece sugerirse, sino una exposición razonada del Mesolítico y Neolítico en toda Europa, con frecuentes referencias a otros continentes. La exposición del Mesolítico en Europa está precedida de una introducción general, sobre el marco climático, flora y fauna, en que se produce el cambio de mentalidad que, según el autor, caracteriza el paso del Paleolítico al Mesolítico en este continente. El determinismo geográfico -cambio cultural/cambio climático-es absoluto, sin hacer referencia a cómo el Mesolítico precede al Holoceno en gran parte de Europa, ni concretar las fechas y fases climáticas. El paralelismo no es real, ya que no se corresponde con los datos del registro, por más que pueda resultar una explicación cómoda. Un tercio del libro está destinado a analizar el Mesolítico, no tanto de un área -que, por supuesto, no es el noroeste de Europa-sino el propio concepto y su supuesta aplicación general al continente. Entendido éste no como transición entre dos momentos especialmente significativos desde el análisis de las culturas materiales, tales como el Magdaleniense y el Neolítico antiguo, sino como el intento de desentrañar su personalidad y significado específico. A medida que se avanza en la lectura da la sensación de que el autor se ha visto desbordado por el estrecho margen geográfico que se había trazado. Con demasiada rapidez se pasa de Portugal a Escandinavia, para saltar a las islas mediterráneas y de allí a los Balcanes. Ello no quita que se apunten algunas ideas brillantes, como la importancia del Mediterráneo en las aportaciones que configurarán Europa, construida a partir del Neolítico, o mejor del Mundo Occidental, incluyendo el Próximo Oriente y el norte de África, verdadero ámbito deudor de la expansión del foco neolitizador que nos corresponde. Volviendo al Mesolítico, el problema está cuando se manejan ejemplos concretos, sobre todo aquéllos T. P., 59, n." 1,2002 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es referidos a la Europa meridional, y más específicamente a la Península Ibérica. No puede seguir datándose el arte levantino en el Mesolítico, ni invertir la secuencia de su posición con el arte macroesquemático. Tampoco es de recibo afirmar el poblamiento de las islas Baleares en el Mesolítico o validar hipótesis que no han pasado de ese estado. Los comportamientos de la fauna no han sido los que se describen en la obra con relación al cambio climático. Al menos en el sur de Europa, los ungulados siguen siendo el principal nutriente cárnico de las poblaciones mesolíticas, aunque es verdad que desaparecen algunas especies, pero ni tantas ni tan importantes. Son muchos los trabajos que han mostrado cómo la migración vertical fue mucho más frecuente que la horizontal, salvo algunas especies que se extinguen en Europa o manadas de animales gregarios que emigran al norte. Siempre se hace referencia al reno, que tiene poca presencia en los yacimientos paleolíticos de la Europa meridional. Tampoco parece muy acertado establecer el modelo de transición desde el Magdaleniense al Mesolítico en la Península Ibérica tomando como referencia yacimientos de concheros portugueses (Cabeço de Amoreira y Moita do Sebastiao) obviando aquellos yacimientos azilienses donde verdaderamente se puede seguir este proceso. Esta valoración es extensible a toda la fachada atlántica europea, hasta Escandinavia. La segunda parte del libro está dedicada al Neolítico. Sigue un esquema clásico de difusión danubiana y mediterránea, para dar lugar a los dos grandes modelos de neolitización primera de Europa. Se agradece al autor que no nos agobie con el cúmulo de fechas y datos cerámicos de todos y cada uno de los grupos neolíticos europeos de ese momento; inevitable capítulo con el que suelen disciplinarnos los especialistas en el tema. Aquí se hace un buen resumen de la cultura de Cerámica de Bandas (Rubané), desde los diferentes aspectos en que puede ser abordada su explicación. Se echa de menos alguna referencia al sur de Europa, nuevamente maltratada cuando se ignoran algunas influencias mutuas, como hubiera sido la cita a la Dama de Gavá de los sepulcros de fosa de Can Tintoré (Barcelona), al poner ejemplos de figuras femeninas similares. Algo parecido sucede cuando se citan los yacimientos cardiales del Algarve obviando los de la fachada mediterránea peninsular, o se incluyen Los Millares entre los yacimientos neolíticos. La tercera parte del libro está dedicada a una exposición amena, detallada y con un alto contenido de análisis social sobre el Megalitismo. Es decir, es sin duda la parte del libro que más llega al gran público, como planteábamos al comienzo de esta recensión. Y aquí enlazamos con el verdadero sentido y contenido del libro, cuyo título confunde al lector. Da la impresión de que el autor posee una gran cantidad de información y capacidad de análisis sobre las prácticas funerarias y todo lo que las rodea. Eso que suele llamarse "Arqueología de la Muerte" y que tanto impresiona al público no avisado. Por ello, los mejores pasajes del libro son los dedicados a estos temas. Tal vez el menos afortunado sea el análisis que se hace de la dife-rencia entre el número de enterramientos paleolíticos y mesolíticos, por demasiado simplista. Sin embargo, las cuestiones funerarias del ámbito de la Cerámica de Bandas se analizan con acierto y aportan sugerencias interesantes. Naturalmente, lo mismo ocurre en un tema casi específico al respecto como es el Megalitismo, que también desborda los márgenes temporales y espaciales en que es tratado tradicionalmente. En resumen, se trata de un libro desigual. Muy generalizador para el análisis del Mesolítico y mucho más concreto para la cultura de la Cerámica de Bandas y el Megalitismo. Por alguna razón que desconozco, los yacimientos portugueses tienen una presencia constante en la obra, con abundancia de citas y datos. Naturalmente esto contrasta con la escasa y, a veces errónea, información sobre la Península Ibérica. Tal vez sea un problema de acceso a la bibliografía en castellano, como parece indicar el repertorio bibliográfico final. Merece destacarse todo lo referido al mundo funerario, donde se observa que el autor se mueve con más comodidad, tanto en lo relativo a las informaciones que maneja como al análisis de las mismas. Dpto. de Prehistoria e Historia Antigua Facultad de Geografía e Historia. Universidad Nacional de Educación a Distancia. Dentro de la ya clásica línea de monografías arqueológicas de la editorial Routledge se nos presenta una obra que, por su mero título, podría ser objeto de debate; ¿podemos hablar de una arqueología de los lugares naturales? O, lo que es aún más importante, ¿existe realmente la necesidad de estudiar la potencial dimensión arqueológica de determinados lugares naturales? Richard Bradley, en la actualidad catedrático del Departamento de Arqueología de la Universidad de Reading, se ha preocupado en los últimos años por potenciar la vertiente interpretativa de los estudios de los paisajes prehistóricos, proponiendo una serie de modelos en los que el aspecto ideológico y el mundo de las creencias ocupan un lugar esencial. El mejor ejemplo de esto lo tenemos en dos de sus trabajos más recientes (ambos, al igual que el presente, publicados por Routledge), Rock Art and the Prehistory of Atlantic Europe (1997) y The Significance of Monuments (1998). El presente volumen se divide en tres grandes bloques: Introductions (que principalmente recoge testimonios históricos y etnográficos como base y apoyo del posterior discurso), Explorations (con el análisis La singularidad de este nuevo trabajo respecto a los anteriores radica esencialmente en el punto de vista adoptado por el autor; podríamos decir que en lugar de tomar al ser humano como escala de referencia y principal agente inductor de modificaciones en el medio, lo que se pretende identificar es la respuesta que determinados hitos naturales provocan en el individuo y/o colectividad, hasta el punto de llegar a ser incluidos en el complejo entramado del ser humano y sus relaciones sociales. No debe sin embargo confundirse esta perspectiva con la adoptada por Christopher Tilley (1994) -para una crítica de los fundamentos de este trabajo y de la aplicación de la "fenomenología" a los supuestos arqueológicos véase Fleming, 1999-. El punto de partida de Bradley se aproxima aquí un tanto más al postprocesualismo adoptado, por ejemplo, por J. Barrett (1994: 35), según el cual''The argument (...) moves us away from dealing with the material evidence as if it were some externalized and objective record of a past process, and leads to the recognition that the material was implicated in the creation of past human subjectivities''', a pesar de no caer en el en ocasiones flagrante relativismo de Barrett (1994: 71 y 72), y manteniendo un equilibrio netamente más sólido entre la cultura material y sus diversas propuestas de interpretación, creemos que dicha proximidad ha de ser tenida en cuenta. Hecha esta excepción, podemos en todo momento identificar el personal estilo de Bradley tanto en la forma como en el contenido de este trabajo; en la forma, por su discurso ágil, ameno y siempre cargado de un cierto aire literario; en el contenido, porque en el fondo los temas de análisis se refieren a los mismos cuatro que el autor ha ido presentando en diferentes publicaciones a lo largo de su vida profesional, a saber, los depósitos votivos, el arte rupestre al aire libre, los lugares de producción/obtención de materias primas, y el surgimiento y desarrollo de la monumentalidad como fenómeno ideológico y constructivo. Esta recurrencia en los objetos de análisis no es, ni mucho menos, gratuita; aparte de constituir un bloque temático que consigue dar una buena visión global de algunos de los aspectos más representativos del debate actual en Prehistoria, supone para Bradley la oportunidad de efectuar una revisión constante de sus trabajos anteriores y la modificación (con un gran sentido de la autocrítica) del enfoque de dichos planteamientos. Lo que sí parece sorprender un tanto más de An Archaeology of Natural Places es el valor otorgado al elemento etnográfico; si bien este aspecto es tratado con la cautela que requiere, hay que destacar que a lo largo de las páginas del volumen nos vemos sumidos en una dinámica de saltos continuos, ya entre los Saami en Escandinavia, ya en la Grecia de Pausanias... o en los primeros pasos como investigador de un joven Artur Evans. Creo que es justo recalcar que aunque la referencia etnográfica se hace en este caso necesaria para poder afrontar con ciertas garantías el problema del valor social del elemento natural, la elección de modelos tan dispares contribuye a crear un cierto desequilibrio en el discurso. Y esto es especialmente significativo porque no estamos tan sólo hablando de una disparidad espacial (Escandinavia, Grecia continental. Islas Griegas) sino, sobre todo, temporal. Uno de los objetivos principales a los que podía haberse esperado diera respuesta una obra así titulada, está cumplido, a mi entender, sólo de forma parcial; la temática y problemática tratadas hacían del volumen un marco ideal para el planteamiento de una base teórica que abriera el debate sobre las posibilidades del estudio social (arqueológico) de los elementos naturales a un nivel empírico. El lector puede encontrar de gran utilidad a este respecto lo expuesto en el capítulo 3,''Nature study: the archaeological potential of unaltered places", pero muchos interrogantes quedan abiertos y una reflexión algo más extensa habría sido muy constructiva. Problemáticas aparte, la elaboración de un trabajo teórico a este nivel se hacía (tal y como indica el propio autor) totalmente necesaria. No podemos abogar por un estudio global de las sociedades prehistóricas si nos obcecamos en eludir la problemática derivada de las manifestaciones del registro menos evidentes, a ojos del arqueólogo. Esto se hace especialmente crítico en el caso de la Arqueología del Paisaje, en la que el papel del elemento natural como parte integrante del "paisaje cultural" ha de ser debidamente identificado si se quiere conceptualizar éste de forma totalmente coherente. Creo personalmente que An Archaeology of Natural Places, pese a estar en la dinámica de los trabajos anteriores de Richard Bradley, resulta en líneas generales una obra menos creativa. Sin embargo, y aunque en ella sólo hallemos respuestas parciales a las preguntas que nos hacíamos al inicio de esta recensión, constituye un primer intento de sistematizar de forma monográfica los aspectos más controvertidos de la concepción humana de hitos y entornos naturales, haciendo de ellos el foco del discurso y no únicamente un elemento más o menos aislado de lo que, por convención, damos en llamar "paisaje". Desde las primeras publicaciones sobre la Prehistoria de la Península Ibérica, Andalucía ha sido un territorio de referencia y, en concreto, el Sureste la 'región clásica' para el estudio del Calcolítico y de la Edad del Bronce gracias a los hermanos Siret (Siret y Siret 1890). Dos factores han reforzado ese papel del Sureste español. El primero, ya lejano, es la confluencia de las investigaciones de A. Arribas, catedrático de Prehistoria de la Universidad de Granada desde 1965 hasta 1978, con las de los prehistoriadores alemanes W. Schüle (Schüle y Pellicer 1966) y H. Schubart (Schubart et al. 2000) que influyeron decisivamente en la introducción de las excavaciones estratigráficas y de los estudios paleontológicos y paleobotánicos en yacimientos de esos periodos. El segundo factor, mas actual, es la trasferencia de competencias en materia de patrimonio arqueológico desde el Ministerio de Cultura a la Junta de Andalucía (1984). El decidido impulso a la gestión de la arqueología con prospecciones para la catalogación de yacimientos, excavaciones preventivas y de urgencia e inversiones para la conservación y difusión de los yacimientos se acompañó de intervenciones sistemáticas basadas en proyectos de investigación a largo plazo. La magnífica colección de monografías arqueológicas editadas por la Junta -una decena de títulos hasta la fecha, incluyendo la que nos ocupa (1)-muestra los resultados de la gestión. Esta política, mantenida prácticamente una década (Rodríguez Temiño y Rodríguez de Guzman, 1997), tuvo su principal expresión en Andalucía oriental, animada por F. Molina Gonzalez y A. Ruiz Rodríguez en su doble condición de directores de los departamentos universitarios de Granada y Jaén, especialistas en Prehistoria Reciente y Protohistoria, y miembros de la Comisión Asesora de Arqueología. El equipo responsable de la investigación que ahora comentamos supo aprovechar ese trasfondo. 30), era "el análisis histórico de las comunidades que ocuparon durante la Edad del Bronce la Depresión Linares-Bailen y las estribaciones meridionales de Sierra Morena" (p. Las prospecciones sistemáticas específicas en esas zonas se combinaron con la excavación sistemática del poblado de Peñalosa (Baños de la Encina, Jaén) cuyo registro, en excelente estado, veía su conservación amenazada por el pantano del Rumblar. Además el análisis territorial se completó con los resultados de las prospecciones y excavaciones emprendidas en la Alta Andalucía por el Museo Arqueológico de Granada, la Escuela Taller y el Módulo de Promoción y Desarrollo de Baeza y los centros universitarios de Granada y Jaén en dicha zona, la Submeseta sur (T. Nájera y F. Molina) y la vega del Guadalquivir-Campiñas (F. Nocete y O. Arteaga). La consideración de este amplio y bien documentado territorio, donde se han aunado los objetivos históricos con los encaminados a la recuperación del Patrimonio, (catalogación y conservación de yacimientos, difusión) (p. 34), es expresivo por si mismo del alcance del Proyecto. Sus Directores fueron F. Contreras, M. Sánchez Ruiz y F. Nocete. Integraron el equipo J.A. Cámara, Camelia Casas, E. Gómez de Toro, R. Lizcano, Auxilio Moreno, S. Moya, C. Pérez Barea y R. Sánchez Susi. Todos eran arqueólogos y arqueólogas del Dpto. de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Granada (pp. 3 y 25). Ellos y Auxilio Moreno intervienen en la publicación, junto con otros colegas granadinos y especialistas de diferentes instituciones españolas y británicas. La publicación consta de tres partes, dedicándose la primera a la presentación del proyecto. La segunda describe los objetivos y metodología del trabajo de campo por campañas y la formación y fases del yacimiento, así como la cultura material por Grupos Estructurales, categorías de artefactos (cerámica, elementos de arcilla, industria lítica tallada y "trabajada", industria ósea, metalurgia) y ecofactos. J.L. Sanz Bretón y A. Morales estudian la fauna, L. Peña las semillas y M.^'O. Rodríguez los carbones. La cerámica que constituye un alto porcentaje del total es objeto de un pormenorizado análisis estadístico y la decorada de tipo Cogotas I, también estilístico. Las actividades y productos metalúrgicos están muy bien representados, siendo hallazgos de interés excepcional las posibles toberas cerámicas (Fig. 5.2.2. y 6) y los lingotes (Fig. 9.13). Se procura siempre la identificación de materias primas y la definición de los procesos técnicos mediante inspección microtopográfica y macroscópica, además de análisis físico-químicos y metalográficos de una muestra de una treintena de piezas arqueometalúrgicas (A. Moreno). La detallada contextualización espacial y estructural de los materiales del poblado -en el CDRom-se completa con los de la necrópolis cuyo estudio antropológico realizan B. Robledo y G.J. Trancho. En la tercera parte se propone la reconstrucción cultural, económica y social del poblado y la cuenca del Rumblar en el contexto de una discusión sobre los modelos de jerarquización social y territorial en el sur de la Península Ibérica desde el Neolítico a la Edad del Bronce. En el análisis se presta especial atención al grupo argárico del Alto Guadalquivir al que Peñalosa queda adscrito. La publicación está magníficamente editada e ilustrada: a blanco y negro en el libro y a color en el CDRom. Este es de manejo muy fácil y de gran utilidad. Se emplean numerosas tablas, fotografías y dibujos a mano de materiales informatizados de las secciones, estratigrafías y plantas de los edificios con la localización de los artefactos. Todo se puede imprimir de acuerdo con los intereses del lector. La obra combina la información característica de las monografías de excavación con capítulos encuadrables en una síntesis histórica atenta a la discusión teórica. Otros podrían servir como una introducción general a los procedimientos de campo y laboratorio en la arqueología actual. Estos procedimientos muestran el cuidadoso control del registro por parte del equipo que ha agotado prácticamente las posibilidades disponibles para su elaboración y estudio. De esa manera el Proyecto buscaba "ofrecer a la sociedad un panorama casi completo de la vida cotidiana de los habitantes de Peñalosa" (p. Ese panorama incluye reconstrucciones ideales de las casas y del poblado, la definición de los espacios de circulación, de las unidades de habitación y de los espacios especializados en las diferentes actividades de producción y consumo. La desigual distribución espacial de los recursos agropecuarios, las cerámicas decoradas tipo Cogotas, los materiales conectados con las actividades metalúrgicas y los artefactos metálicos, junto con ciertos rasgos antropológicos, ilustran la naturaleza clasista de la organización social. A su vez, la contextualización regional de Peñalosa muestra su inclusión en una organización jerarquizada del territorio que, desde los centros del oeste de la Depresión Linares-Bailen, avanza hacia la zona de La Carolina por la cuenca del Rumblar. A ella deben referirse las diferencias internas encontradas en Peñalosa y su gran producción metálica. Los artefactos metálicos se entienden como "símbolo de una posición [o]'medio para la guerra' y por tanto vehículo para la dependencia de los demás" (pp. 396-397). El éxito de esta propuesta queda de manifiesto en la exposición itinerante que, iniciada en Granada (noviembre 1997) {Hace 4000 años 1997), terminó como exposición permanente en el Museo de Jaén en el 2002 tras verse en Cádiz, Córdoba, Sevilla, Almería, Adra, Úbeda y Jerez. Desde nuestro punto de vista, mas restringido, la datación del poblado y el manejo de la bibliografía merecen algunas precisiones. Las observaciones estratigráficas y arqueológicas han definido en Peñalosa una fase medieval (I) y otra romana (II), muy escasamente representadas y una fase de la Edad del Bronce (III) con tres fases constructivas. Las antiguas (B, C) están también mal conservadas. La monografía se centra en la mas reciente (A) a la que corresponden "los suelos de ocupación que muestran un abandono repentino y pacífico del poblado" (p. Las dos fechas radiocarbónicas disponibles para las partes mas altas del yacimiento son mas modernas (en torno a 1450 a.C.) que el par procedente de la Terraza Inferior cuyo envejecimiento podría deberse al anegamiento de la Terraza o a la prolongada vida de la viga que se fechó. Los autores proponen situar la última fase de la Edad del Bronce entre 1500 y 1300 a.C. por la presencia en dichos suelos de cerámicas decoradas de tipo Cogotas I (pp. 34 y 71). En realidad, la secuencia, cronología y dispersión de dichas cerámicas -para las que se aceptan siete siglos de vida-"están todavía lejos de ser cuestiones cerradas" (Fernández-Posse 1998: 100). Poco pueden ayudar, por tanto, a la datación precisa de Peñalosa. Nos parece reseñable también el contraste entre el protagonismo de Peñalosa como centro metalúrgico a escala regional y la tecnología de fundición que está mejor documentada allí hasta el momento: las vasijas horno (pp. 105, 281, 335...). Es una técnica sencilla que no se ha relacionado con una gran producción. De hecho viene caracterizando la metalurgia calcolítica de la Península Ibérica (Rovira y Ambert 2002), aunque en otras zonas su periodo de uso es mas amplio (Zwic-kQYetal. La bibliografía es un buen indicador de la productividad de los investigadores de la Alta Andalucía (33,6% del total de títulos) y, en especial, de los vinculados con la Universidad de Granada, incluyendo memorias de licenciatura inéditas y obras en preparación. La publicación será una obra de referencia ineludible para el estudio de las sociedades del mediodía peninsular desde el Neolítico a la Edad del Bronce y de gran utilidad para el tratamiento de ese tema en el resto de la Península Ibérica. La interpretación como diferencias de clase de indicios de desigualdad basados en "datos incompletos, que han sufrido los efectos de destrucciones pre-y post-deposicionales de manera heterogénea" (p. 232) estimulará, sin duda, el importante debate sobre el origen del Estado en el que los autores se hayan comprometidos. Sin embargo esta vez los interesados contaremos con una información de primer orden para participar en él. El equipo de Peñalosa no ha sido "apasionado y avaro lector [del libro-yacimiento], sino agudo transcriptor de lo que aquel libro (...) nos ha conservado" (Almagro Basch 1973: 72). Pocos proyectos dan lugar a publicaciones donde esto se pueda decir con tanta propiedad. ALMAGRO BASCH, M. (1973) Resulta un tanto decepcionante que la reseña de Ignacio Pavón de mi trabajo sobre los orígenes de la estratificación social en el marco de la Prehistoria Reciente del Suroeste peninsular se centre de forma casi exclusiva en la dimensión empírica específica del problema, en el sentido de la calidad e interpretabilidad (si se me permite la expresión) de ese "universo observacional" al que solemos referirnos como "Edad del Bronce del Suroeste peninsular" (expresión ciertamente inadecuada y limitante, aunque no es el momento ahora de entrar en esta cuestión) en términos del problema tratado. Puesto que el trabajo recensionado comporta un importante esfuerzo de sistematización y explicitación de los enunciados epistemológicos, teóricos y metodológicos que sostienen la ulterior aproximación al citado "universo observacional" no deja de resultar relevante que dicho esfuerzo no merezca discusión alguna por parte del recensionista. Esto es muy significativo porque con ello la recensión ignora por completo la compleja dimensión teórica del problema abordado en el libro (el origen de la sociedad estratificada o de clases), la cual ha dado lugar a una inmensa literatura teórica y aplicada tanto en arqueología como en antropología. Que el recensionista renuncie a polemizar en esa dimensión del asunto (que de hecho es la más susceptible de controversia) impide abordar una reflexión sobre (como mínimo) la "mitad" del tema en cuestión. Creo que esta constatación deriva de una comprensión generalmente conservadora de la investigación arqueológica por parte de su autor. La reseña de Pavón discute varios problemas relativos a la masa empírica de evidencias utilizadas en mi análisis como base de una interpretación de los orígenes de la sociedad de clases en la Prehistoria Peninsular. En realidad la misma Introducción del trabajo (p. x) ya advierte de su inherente problemática por ese flanco. Además cualquier lector o lectora atento/a comprobará (incluso, me temo, a riesgo de su aburrimiento) que toda la Segunda Parte del trabajo está plagada de reflexiones críticas y auto-críticas referentes a esta cuestión. De entre los múltiples defectos que pueda tener el libro, no es desde luego el principal un mal entendido compromiso personal o ideológico con una hipótesis concreta o una serie de ellas (un problema ciertamente frecuente en el análisis arqueológico del origen de la sociedad de clases del que tenemos algún que otro ejemplo en nuestro país) que pueda conducirlo a forzar o sobreestimar la calidad o relevancia de los datos. La elección de las cuestiones de índole empírica a comentar parece singularmente aleatoria, centrándose de forma casi exclusiva en el ámbito de las evidencias del ámbito funerario y omitiendo toda discusión crítica de, por ejemplo, la sección de anáhsis de las pautas de asentamiento a escala territorial, la cual Pavón no obstante valora como la parte "más seria y convincente" de mi trabajo. Debo reconocer mi extrañeza porque, dado el sesgo empírico que la recensión adopta, el recensionista se pase por alto toda una serie de problemas que, en esa parte del estudio, me fuerzan a asumir una importante serie de supuestos indemostrados. Sin ir más lejos, el análisis de la territorialidad teórica parte de la base de la asunción de una coetaneidad entre los asentamientos que no ha sido todavía demostrada de una forma robusta por cronología absoluta. Es posible, naturalmente, que las limitaciones de espacio hayan decidido a Pavón a centrarse más en la crítica de la adecuación y alcance de las evidencias funerarias utilizadas por mí, pero incluso el desarro-T. P., 59, n." 1,2002 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es lio de su crítica en esta dirección es bastante confuso y contiene importantes inexactitudes. Pavón pretende cuestionar la validez de mi análisis estadístico de asociaciones entre categorías de sexo y edad y categorías artefactuales, así como de las asociaciones entre clases de artefactos entre sí, con el deficiente argumento de que "los contenedores funerarios pueden haber acogido a más de un difunto". Para empezar, en los casos donde existe registro antropológico reconocible, esta situación (reutilización o inclusión de más de un cadáver en el contenedor funerario) es netamente minoritaria. De los 25 contenedores listados en la tabla 34 del trabajo (que el recensionista menciona) donde esta información es recogida (y dejemos aparte el enterramiento de Setefilla, ya que su excavación no llegó a concluirse), esta situación se da en 4 casos, es decir, el 16%. Pavón debería demostrar con datos, y no con conjeturas "apoyadas" en la escasez de información, que la práctica de inhumar varios cuerpos en un mismo contenedor es mayoritaria entre las comunidades de la Edad del Bronce en el Suroeste. Pero es que incluso aunque lo demostrara ¡el análisis realizado sobre esa tabla 34 se hace separando bien claramente los registros por individuos, no por funerarios! Es decir, por poner un caso, aunque los excavadores de la necrópolis de Vinha do Casao encontraron tres cuerpos en la cista 9, fueron perfectamente capaces de determinar en el curso de la excavación qué ajuares correspondían a cada individuo (Várela ^í a/., 1986: 40-45). En otro momento, a Pavón le suscita una "duda global" el que haya "amplias diferencias" entre las estimaciones relativas al tamaño de las comunidades realizadas sobre la base de la extensión de los poblados y la cantidad de enterramientos asociados espacialmente a los mismos, y se cuestiona su grado de representatividad a nivel social. Curiosamente, un investigador que utiliza sistemáticamente enunciados a-estadísticos de descripción y análisis de datos en sus trabajos se preocupa en este caso por una cuestión de significación de las muestras utilizadas en un análisis en el que se ha sido muy escrupuloso con este tema (tan escrupuloso que incluso a menudo se presentan repetidos los análisis estadísticos con niveles de significación diferentes para comparar los resultados). Pero es que además, creo que es de general conocimiento teórico y metodológico que las inferencias de tipo demográfico relativas a la cantidad de población por comunidad se han venido realizando en nuestra disciplina a partir de datos relativos a los asentamientos (extensión, densidad de unidades de habitación, capacidad de carga del área de captación de recursos, etc.) y no en base al registro funerario, ya que, aunque aportando datos demográficos de gran importancia relativos a condiciones patológicas, esperanza de vida etc., por razones en parte cultuales (diversidad de medios de eliminación de cadáveres) y en parte post-deposicionales, el registro funerario infrarrepresenta sistemáticamente el volumen demográfico de una comunidad concreta. En el caso del asentamiento de La Papua, al comentar las "amplias diferencias" el recensionista omite además démicos, en lugar de desafiarlos con ideas y formulaciones novedosas. Este carácter conservador de la alternativa epistemológica desde la que Pavón aborda la recensión de mi libro se ha venido manifestando de diversas formas en sus trabajos, por ejemplo, en la utilización de herramientas propias de la Arqueología winckelmanniana tales como la intuición (Pavón, 1995: 36, 37, 39) e incluso el sabor (Pavón, 1995: 53) para la síntesis de la Edad del Bronce en Extremadura. También lo expresa el carácter reduccionista de la noción de arqueología implícito en la memoria de la intervención en el Castillo de Alange (Pavón, 1998b) convertida en una descripción macroscópica y formal de los elementos estratigráficos y artefactuales del registro que proscribe las evidencias zooarqueológicas, paleobotánicas, paleoantropológicas y arqueometalúrgicas (y a sus investigadores/as) nada menos que al furtivo papel de "apéndices": la "verdadera" arqueología se encuentra en las estratigrafías. En definitiva, debo manifestar mi reconocimiento a Pavón por su amable disposición a poner sobre la mesa una serie de objeciones a mi trabajo, ya que el ejercicio de la crítica y la réplica nos es de extraordinaria utilidad a todos y a todas para mejorar en nuestros métodos y proyectos de investigación. Dicho esto, afirmo que su reseña es parcial, inexacta (o incorrecta) y que muestra síntomas de una concepción epistemológica de la arqueología de marcado conservadurismo. Por una parte rechaza o ignora la teoría. Por otra, como hacía el historicismo cultural tradicional, aplaza la interpretación de las sociedades prehistóricas para cuando existan «suficientes» o "mejores" datos, planteando por toda alternativa la urgencia inmediata de la lectura de las estratigrafías y las secuencias regionales. Esta es una arqueología fósil que ignora la realidad de cuarenta años de evolución disciplinar. PAVÓN SOLDEVILLA, I. ( 1995 La obra de S. Celestino, publicada en la nueva colección de Arqueología de la editorial Bellaterra de la Universidad Autónoma de Barcelona, hace un completísimo estudio de estos monumentos, efectuando un detallado análisis de todos los elementos susceptibles de ser abordados. Destaca igualmente la atención del autor en recoger todas las últimas aportaciones tanto sobre el tema de las estelas como sobre el Bronce Final en general, lo que se refleja en una cuidadísima bibliografía. Así, condensa en ocho intensos capítulos la historia de la investigación, el paisaje y marco geográfico donde se insertan las estelas, su técnica artística, su tipología, el análisis de los diversos elementos de cultura material representados en las mismas y, mucho más importante, un nutrido número de páginas sobre el contexto histórico y social en que se insertan estos monumentos. En estos últimos aspectos, se centra principalmente en uno de los temas de más impacto en la Protohistoria española como es el de los contactos precoloniales anteriores a la llegada fenicia a la Península Ibérica. Por último, nos ofrece un catálogo detallado de todos los monumentos conocidos hasta la fecha, lo que proporciona una documentación básica para el conocimiento de estas piezas y nos permite contrastar directamente sobre las mismas las afirmaciones y argumentaciones del autor. Este es un hecho a resaltar, ya que como señalan Almagro-Gorbea y Bendala en el prólogo, son cada vez más los estudios en que se nos hurta esta realidad material y se presenta únicamente la interpretación, haciendo mucho más difícil confrontar ésta con el registro arqueológico existente. Dentro de los aspectos que conviene destacar, dadas las últimas interpretaciones que sobre las estelas se vienen efectuando, se encuentran la aparente desconexión de las estelas con los caminos naturales en cuanto tales, relacionando más bien el autor la presencia de estos monumentos en las cercanías de las vías de comunicación con la propia ubicación de los poblados del Bronce Final que, lógicamente, también se sitúan en sus inmediaciones. Este hecho viene a incidir en otra de las tesis soste- Igualmente, aboga acertadamente por el carácter indígena de estos monumentos, aunque otra cuestión sea la filiación cultural de los elementos representados en las mismas. En muchas ocasiones, éstos son claramente identificables como atlánticos o mediterráneos, lo que vincula estas estelas a los procesos de contactos precoloniales que tienen lugar en el occidente de la Península Ibérica entre los siglos XII-IX a.C. Así, la llegada del componente fenicio provocará la paulatina desaparición de las estelas al transformarse el sistema socioeconómico en que se insertaban. No obstante, existen algunos puntos sobre los que discrepo, como es el de la perduración de las estelas hasta el siglo VII a.C, o la aportación poblacional desde Extremadura y otras áreas del occidente atlántico hacia la baja Andalucía. En el primero de estos aspectos, hay que señalar que no existen en las estelas elementos representados que puedan llevarse hasta cronologías tan bajas. Las fíbulas de puente curvo no creo que puedan relacionarse con las de tipo Acebuchal, de fines del siglo VII y la centuria siguiente, sino más bien con el esquematismo de la representación. Igualmente, la fíbula de pivotes tiene en la mayoría de los contextos conocidos una datación claramente precolonial, lo cual no obligaría a llevar la estela de Torrejón el Rubio II al siglo VII a.C. y colocarla al final de la serie. Por último, es de destacar la inexistencia de fíbulas de doble resorte en las representaciones de las estelas, lo cual es extraño dada la abundancia con la que dicho tipo aparece desde el siglo VIII a.C. Más probable es la perduración de estas estelas a lo largo del siglo VIII a.C, en el momento de descomposición del sistema social en el que han sido gestadas, como demostraría la composición representada en la estela de Ategua, y en la más recientemente hallada de Zarza Capilla III, relacionada con las escenas funerarias representadas en los vasos griegos del Geométrico Final hallados en el cementerio ateniense del Dypilon. Otra cuestión a discutir es el desplazamiento poblacional desde los valles del Tajo y del Guadiana hacia la baja Andalucía basándose en un supuesto hiatus poblacional en la misma. Sin embargo, las secuencias que conocemos del sur de Extremadura y la baja Andalucía muestran el mismo patrón: un Bronce Tardío con cerámicas de Cogotas I que es seguido por el horizonte clásico del Bronce Final con cerámicas de retícula bruñida y pintadas de estilo Carambolo, lo que demuestra la ocupación continuada y con unas pautas culturales similares en ambas regiones. Por ello, aunque la aportación demográfica al bajo Guadalquivir desde Extremadura debió producirse, no por ello es menos claro que ambas zonas se hallaban ya dentro de la misma tradición cultural, lo que no explica el posible desplazamiento de las estelas con estos movimientos poblacionales y su seriación geográfica y cronológica desde la Sierra de Gata al valle del Guadalquivir, un hecho por otra parte contestado por la presencia de estelas de tipología básica en este último ámbito geográfico. No obstante, estas puntualizaciones no deben entenderse como crítica, sino, al contrario, como comentarios a una obra completísima que nos proporciona una magnífica síntesis no sólo de las estelas de guerrero y diademadas, sino también de la época y la sociedad que las produjo: el Bronce Final del Sudoeste de la Península Ibérica, lo que le convierte en una obra de referencia obligada. Podría parecer a primera vista que traer a estas páginas los comentarios de un libro sobre excavaciones en la ciudad lidia de Sardis (Turquía) en la que reinó el opulento Creso, es hacer referencia a unos eventos cuya modernidad sobrepasa los límites cronológicos de Trabajos de Prehistoria. Sin embargo, creo, no es así porque, si bien los aspectos estrictamente arqueológicos de la Lydia del segundo cuarto del siglo VI AC (periodo en el cual se centran los hallazgos que constituyen el cuerpo básico de evidencias del libro) quizás sólo indirectamente puedan interesar a los estudiosos de nuestra Protohistoria, la mayor parte de la obra está dedicada a estudios arqueometalúrgicos y experimentales sobre el afino del oro que no dudo en juzgar de gran interés para prehistoriadores y protohistoriadores interesados en los aspectos metalúrgicos de este metal noble, bien sea desde la perspectiva del orfebre o desde la de la tecnología numismática más antigua. Buena parte de la orfebrería orientalizante peninsular y, desde luego, las monedas más antiguas se vieron afectadas, en lo que se refiere a las leyes del metal, por los avances tecnológicos documentados en Sardis. El conocimiento y la práctica del refinado del oro supuso un punto de inflexión crucial en la tecnología y en la economía, pues por primera vez se podía establecer un patrón de calidad fijo, estándar y objetivo. Las impurezas que acompañan al oro nativo, principal-T. P., 59, n." 1, 2002 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es mente la plata (cuyo porcentaje en peso es variable pero que llega a alcanzar valores de hasta un 40%) podían, por fin, ser eliminadas y disponer de oro prácticamente puro (oro fino, lo llaman los plateros). Aunque dos son los firmantes principales del libro, es en realidad una obra colectiva en la que diversos especialistas (la mayoría miembros del Departamento de Investigación Científica del Museo Británico) han expuesto sus saberes. De la mano de A. Ramage (de la Universidad de Cornell, Nueva York) han salido los capítulos dedicados a la contextualización histórica (Cap. 1), al trabajo arqueológico de campo (Cap. 4) y al inventario de materiales (Ap. Hay que decir que lo que se nos describe son los trabajos de la expedición formada por miembros de las universidades americanas de Harvard y Cornell, realizados entre 1958 y 1970, con especial dedicación a la refinería de oro localizada en los niveles arqueológicos lydios del ángulo noroeste del sector denominado Pactolus Norte, cuya cronología se corresponde estrechamente con el reinado de Creso (p. Excelentes fotografías y planos ilustran las instalaciones industriales, las mayores descubiertas hasta el momento, cuya contemplación, aunque sólo sea sobre el papel, es una fuente novedosa de información para el arqueometalúrgico y, desde luego, para el arqueólogo de campo que en algún momento puede toparse con estructuras similares. Decía antes que el mayor peso del libro descansa en los estudios arqueometalúrgicos especializados que contiene. Pero P.T. Craddock, consciente de posibles lagunas en los lectores y con una intención didáctica encomiable, dedica dos amplios capítulos a revisar y presentar de forma muy amena todos los conocimientos sobre afinado del oro recogidos por las fuentes hasta época medieval (Cap. 2) y posteriores (Cap. Desde las recetas egipcias del papiro de Leyden a los alquimistas musulmanes, pasando por Diodoro Sículo, Herodoto y otros autores clásicos hasta llegar a Beringuccio. Agrícola y Ercker, los diversos métodos de afinado por cementación y copelación son expuestos con exquisita claridad y buena documentación. Es un largo preámbulo a todas luces necesario antes de entrar en materia. Es, por otro lado, una parte del libro que constituye en sí misma un manual abreviado sobre el tema. Con el Capítulo 5 se inicia la serie de estudios de laboratorio de los materiales relacionados con la actividad metalúrgica en la refinería de Sardis. Aquí la potente maquinaria de los laboratorios científicos del Museo Británico se pone en marcha con gran precisión. Siguiendo una ordenación clásica de los temas (materiales refractarios de las estructuras de horno, cerámica asociada al proceso metalúrgico, restos de fundición y objetos metálicos) iremos descubriendo las características tecnológicas de la refinería. El microscopio electrónico de barrido con su microsonda por fluorescencia de rayos X, el microscopio petrográfico, analizadores por absorción atómica, ICP y otros forman la amplia gama instrumental utilizada. No voy a detenerme en la descripción del conteni-do de cada uno de esos capítulos, con cuya metodología de trabajo estoy absolutamente de acuerdo y me parece modélica. Pero sí quiero destacar su perfecta trabazón y cómo, del conjunto, surge una convincente imagen del funcionamiento técnico de una refinería que no sólo procesaba la materia prima (el oro nativo de los cercanos placeres auríferos del Pactolus) sino que reciclaba oro de otras procedencias (monedas de electrón). Se nos describe la naturaleza de los crisoles usados en ensayos de pureza y cómo era el proceso de fundición. Una cuestión interesante se plantea en el Capítulo 5, elaborado por N.D. Meeks, dedicado al estudio por microscopía electrónica de materiales refractarios y muestras de oro contenidas en ellos. Con cierta sorpresa descubre que la totalidad de las vasijas utilizadas como recipientes para fundir oro en las distintas fases del proceso (ensayos de pureza, primera fusión de oro nativo o reciclado y desplatado del oro) son cerámicas domésticas de cocina (pp. 127 y 128). No encuentra ninguna forma ni ninguna pasta especialmente seleccionada para uso metalúrgico. Me alegra saber que ya lo han descubierto porque algunos venimos sosteniendo desde hace años esa práctica en la metalurgia peninsular desde el Calcolítico hasta la Edad del Hierro (Rovira y Montero, 1994: 160; Fernández-Posse et al, 1993: 208), encontrando bastante escepticismo en los colegas extranjeros, más partidarios de la especialización metalúrgica en todos los tiempos aunque sin demasiados argumentos objetivos para sostenerlo. Dejando aparte esta pequeña digresión a la que no he podido resistirme, los descubrimientos que se alumbran en esta obra son importantes. Pero sin duda la parte que hace más convincente tales descubrimientos es la dedicada a la experimentación, es decir, a la reproducción de los procedimientos metalúrgicos deducidos por vía analítica y mencionados por las fuentes: el desplatado del oro aluvial del río Pactolus por cementación con sal y polvo de ladrillo, en un horno. Las excavaciones en el área de la refinería de Sardis y los correspondientes estudios de laboratorio aclaran dos puntos cruciales ya intuidos desde hace tiempo pero que había que fijar en el tiempo y en espacio: la necesidad de afinar el oro coincidiendo con las primeras emisiones de monedas y la manera de hacerlo. Importa menos si Sardis fue la ciudad del rico Creso, aunque probablemente lo fue, lo realmente importante es que allí tenemos un claro ejemplo de desarrollo tecnológico destinado a dar solución a un problema concreto, de amplias repercusiones en los milenios siguientes. No es corriente encontrar una publicación especializada que a la vez sea asequible a un público amplio, y que rizando el rizo se lea como una novela, con su planteamiento, nudo y desenlace. Tampoco es frecuente que siendo una monografía bajo la batuta de un editor, tenga una coherencia interna que trascienda las lógicas diferencias de autores, tonos y métodos, y evite protagonismos altisonantes. Y la razón está en que el libro de Las Médulas, como se le conocerá probablemente, es el resultado de una labor de equipo, y esto tan tópico como infrecuente, se nota cuando llega a ser realidad. Estamos por tanto, ante una arqueología total, si por ella entendemos, junto a la acertada definición de C. Gamble (2001), "la arqueología trata de tres cosas: los objetos, los paisajes y lo que hacemos con ellos", la que aspira a la Historia, la de un territorio y sus habitantes, el comprendido entre el río Sil y su afluente el Cabrera, llamado en términos científicos ZAM (Zona Arqueológica de Las Médulas) desde época prerromana hasta la actualidad; si, porque los dos últimos capítulos del volumen repasan breve pero eficazmente la evolución del territorio desde los tiempos medievales hasta nuestro días, una desalentadora historia económica y social que contrasta con el núcleo fundamental de la investigación, esto es, la evolución del paisaje y su poblamiento a raíz de la explotación de los recursos auríferos de la zona por los romanos, entre el siglo I y II d.C. La guinda que corona el trabajo, que desde 1988 realizan Sánchez-Palencia y su equipo, es la inclusión de la Zona Arqueológica de Las Médulas en la lista de Patrimonio de la Humanidad por parte de la UNESCO, en su reunión de Ñapóles de 1997. Es interesante recordar los criterios seguidos por este organismo para tomar su decisión, aunque sea a pinceladas: ejemplo de excepción de una técnica innovadora romana; importante obra destacada de la creatividad humana; relevante testimonio de la creación de un Paisaje Cultural; evidencia única de un tipo de trabajo minero y de una explotación tecnológica y científica de la naturaleza que fue llevada a cabo por una civilización extinguida; unión entre Arqueología y Paisaje, que ilustra un periodo de gran importancia para la Humanidad. Hoy, la realidad de Las Médulas es un parque arqueológico (Sánchez-Palencia et ai, 2000) dedicado no sólo a la pamental, lo mismo que el de Asturica Augusta. El largo proceso de organización había comenzado. El año 19 a.C. marca el final oficial de la conquista y el comienzo de la explotación sistemática de los recursos de la zona conquistada, sobre todo los mineros, recursos que los indígenas no habían sabido aprovechar. Con ello comienza el capítulo cuarto dedicado íntegram-ente a la minería del oro romana, en general, y a la de Las Médulas, en particular. La complejidad de este capítulo, desde el punto de vista técnico, es grande, pero se ha solventado eficazmente a través de una apasionada y apasionante explicación que se ayuda en todo momento de cuadros, gráficos y planos sin los que sería muy difícil llegar a comprender la magnitud de la empresa y la tecnología desarrollada. Se parte de la explotación artesanal previa, documentada a través de las fuentes y de la orfebrería castreña, que se nutría exclusivamente de los placeres fluviales móviles que se renuevan con cada ciclo anual, recuperados mediante la técnica del bateo, técnica que en época romana dejó de practicarse como método de explotación, reservándose únicamente como sistema de prospección para determinar los yacimientos auríferos más rentables. Por el contrario, los romanos practicaron un tipo de explotación selectiva e intensiva haciendo uso de la energía hidráulica, tanto sobre yacimientos primarios, o en roca, como en yacimientos secundarios, o en aluvión; en el Noroeste predominan los yacimientos secundarios sobre los primarios. Tomando como referente a Estrabón, pero sobre todo a Plinio el Viejo, y con los datos arqueológicos proporcionados por el análisis topográfico y la fotointerpretación estereoscópica, se reconstruye la tecnología de las cortas de minado o ruina montium de Las Médulas, en sus tres fases de trabajo: arrastre, lavado y evacuación de estériles; cada una de ellas va modelando el paisaje de una manera diferente y dejando una serie de estructuras peculiares. Así, la red hidráulica que proporciona el agua necesaria y que debe conducirse mediante una red de canales desde largas distancias aprovechando los desniveles de las montañas, o almacenarse para su posterior utilización; los desmontes que marcan el último frente de explotación y los testigos de seguridad que esculpen el peculiar paisaje de picuezos; los sucesivos canales de evacuación de estériles que van formando un complejo laberinto, junto con los canales de lavado o agogae, flanqueados por las murias de piedras amontonadas a mano porque el agua no puede arrastrarlas, y donde se consigue el fino concentrado de tierras que contiene el oro; finalmente, la acumulación de tierras se va depositando, esculpiendo suavemente lo que de forma violenta se arruinó. Surgen así nuevos paisajes y estructuras como el lago de Carucedo, gracias a la barrera formada por esa acumulación. La tecnología romana no se limitó a las cortas de minado, también se utilizaron los surcos convergentes y las zanjas-canales para el arrastre de las tierras auríferas. El cálculo del volumen de estos estériles ha sido fundamental para determinar el oro obtenido en época romana, teniendo en cuenta la ley o contenido en guidecer económico queda reflejado en el desinterés por la zona del Viaje de su majestad la reina Isabel II y de su esposo por Castilla, León, Asturias y Galicia, verificado en el verano de 1858, relato publicado por el arqueólogo Juan de Dios de la Rada y Delgado en 1860, en el que ni siquiera menciona el lugar de las antiguas minas romanas. Este libro contrasta con la obra Bosquejo de un viaje a una provicia del interior (1843) de Gil y Carrasco, escritor tan romántico que murió tuberculoso a los 31 años y que, además de sus méritos literarios, tiene el de ser un precursor de la Arqueología del Paisaje. El séptimo y último capítulo constituye una breve guía de infraestructuras y servicios para el viajero interesado, con datos sobre el ecosistema actual, los núcleos rurales y la arquitectura vernácula. Una bibliografía amplia, pero no desproporcionada como es frecuente hoy día para paliar con erudición las carencias científicas, cierra el volumen. Se cierra pero no acaba; el libro de Las Médulas tiene varios niveles de lectura resueltos con astucia para obligar al lector perezoso. Si el primer nivel lo constituye el propio texto, el segundo está formado por 52 cuadros temáticos de información sintética y completa, que van jalonando todos y cada uno de los capítulos, pero que también completan con cifras, planos, esquemas o figuras el texto principal. El tercer nivel está en los breves pero muy pensados pies de 413 fotografías o dibujos que son el complemento básico de la información textual; efectivamente, la lectura de los pies constituye por sí misma una visión general de lo que pormenorizadamente se ha dicho en texto y cuadros, sin caer en la redundancia o repetición. Todo esto ha supuesto un gran trabajo infográfico, de programación y coordinación, en el que se nota una clara vocación pedagógica, lo que es muy de agradecer en estos tiempos oscuros de la lengua y de la imagen. La cantidad de información contenida en este libro es enorme y va más allá de lo que se puede reflejar en una recensión elogiosa, o tendenciosa. No se ha cerrado un capítulo en Las Médulas, se han abierto nuevos caminos a la investigación, se han sentado las bases para la promoción del ocio cultural de la zona, el libro no aburre y está editado a todo color. ¿Qué más se le puede pedir a la arqueología? En los últimos Congresos Internacionales en Liège-Bélgica (1990) y San Petersburgo-Rusia (2000) quedó patente la importante participación de equipos de investigación del Estado español que utilizaban este método analítico para el estudio de los instrumentos prehistóricos. Sin embargo, hasta el momento en España tan sólo se habían realizado dos reuniones de trabajo en 1992 (Barcelona) y en 1994 (Santillana de Mar-Cantabria), en las que logramos reunimos unas diez personas que en aquellas fechas estábamos trabajando sobre el tema. Desde entonces el número de especialistas ha crecido considerablemente, por lo que creímos necesario realizar un Congreso para poder conocernos y discutir sobre diferentes temas que interesan a la disciplina. Además, se decidió invitar a colegas portugueses por considerar que en Portugal estos estudios se encuentran en un estadio inicial y tan solo una persona se está especializando en este campo, aunque varios investigadores franceses y españoles han colaborado con el análisis funcional en el estudio de varios yacimientos arqueológicos lusos. De esta forma, pretendemos que en Portugal se impulse este método analítico que aporta importantes datos al conocimiento de las sociedades prehistóricas. El primer congreso de análisis funcional de España y Portugal nació con el objetivo de dar a conocer los diferentes trabajos que los especialistas en esta disciplina estaban llevando a cabo en estos últimos años. Si bien, como decimos, en 1992 en el CSIC de Barcelona y en 1994 en el Museo de Altamira (Cantabria) se realizaron reuniones informales, el presente coloquio consolida aquellos primeros encuentros. En este congreso pretendíamos que las comunicaciones que se presentaran tuvieran como finalidad proponer explicaciones sobre las comunidades estudiadas y/o el período cronológico en cuestión. Entendíamos que el estudio del utillaje no tenía sentido en sí mismo si no constituía un medio más de interpretación histórica, con el que intentar aproximarnos tanto a las estrategias organizativas dirigidas a la subsistencia de las comunidades, como a las relaciones sociales de producción y de reproducción que había establecidas. Ese salto del objeto y sus huellas, al sujeto debía ser en nuestra opinión prioritario. Hasta ahora el análisis funcional se ha centrado básicamente en el estudio de instrumentos líticos tallados. Si bien en este congreso también la mayor parte de las ponencias han tenido como objeto de estudio este tipo de utillaje lítico, también se han presentado trabajos sobre la función de los instrumentos macrolí-T. P., 59, n.« 1,2002 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es ticos, óseos y metálicos, así como sobre los recipientes cerámicos. Los protocolos experimentales que se han expuestos sientan las bases de una primera aproximación al uso de esos útiles y objetos. Sin duda, de la misma manera que ha sucedido con el instrumental lítico, estos nuevos instrumentos de trabajo abren y abrirán nuevas perspectivas sobre las sociedades que los usaron. Asimismo, frente a las numerosas ponencias dedicadas al estudio de útiles hallados en contextos paleolíticos y neolíticos, se han presentado varios trabajos cuya temática abarca también el análisis de sociedades de la prehistoria reciente. Por otra parte, ha habido dos comunicaciones en las que se ha tratado el papel que el marco teórico debe tener a la hora de abordar el análisis de los instrumentos de trabajo, y por ende de las comunidades pretéritas. Pese a que ello es de una importancia sustantiva, prácticamente nunca ha tenido un sitio en los coloquios internacionales que se han celebrado sobre análisis funcional. En definitiva, consideramos que este congreso no sólo ha servido como lugar de presentación de los trabajos que investigadores españoles y portugueses están realizando, sino también como foro de debate en el que se han discutido las posibilidades y limitaciones que el análisis funcional tiene con respecto al estudio de diversos instrumentos. Asimismo, como era nuestro objetivo, los estudios de huellas de uso, en un marco de interdisciplinariedad, deben constituir un medio más con el que plantear explicaciones históricas y no únicamente amplias descripciones del instrumental analizado y de los rastros observados.
Desde el descubrimiento en 1995 de su potencial arqueológico, se ha excavado durante cuatro campañas y, hasta el momento, presenta un corte estratigráfico de unos 5 metros de potencia. Paralelamente se analiza la tecnología y tipología, la fauna, la geología de la cavidad y su relleno sedimentario. La fauna, la industria lítica y las dataciones absolutas sitúan el yacimiento en el Pleistoceno medio y el Pleistoceno superior antiguo; lo que hace que esta cueva sea excepcional en la Península Ibérica. La Cueva del Ángel es un yacimiento perteneciente al Pleistoceno medio y superior ubicado en el término municipal de Lucena, provincia de Córdoba (España), en el extremo suroccidental de la Sierra de Aras, con una altitud de 620 m.s.n.m., siendo sus coordenadas: lat. En el verano de 1995, se inician las actividades arqueológicas de urgencia -autorizadas por la Dirección General de Bienes Culturales de la Junta de Andalucía-, por las continuas expoliaciones de las que venía siendo objeto. La aparente destrucción completa del depósito, había propiciado el desinterés científico por la cueva hasta entonces. El objetivo de la actuación de urgencia era la determinación de la existencia de depósitos arqueológicos, su delimitación en superficie, el estudio científico y la realización de un proyecto de conservación. Los trabajos de la primera campaña eliminaron en gran parte el nivel de revuelto contemporáneo y detectaron bajo el mismo una fina colada estalagmítica que evidenciaba su formación en el interior de una cavidad. El relleno sedimentario se presentaba alterado de un modo importante por una trinchera a cielo abierto de origen minero. Un texto del año 1792 (1) revela la actividad minera en la Sierra de Aras y posiblemente en el propio yacimiento. En este mismo año se procedió a la reticulación aérea de la zona afectada por el yacimiento a partir de cuadrículas de un metro cuadrado (Fig. 4). El objetivo de la segunda actuación en el verano de 1996 fue regularizar los perfiles estratigráficos para apreciar la evolución morfológica del depósito, antes de cualquier actuación en el mismo. Además se continuó la limpieza de la trinchera, localizándose al norte de la misma un pozo circular de 2 m de diámetro, relleno de grandes bloques calizos, y que había sido abierto en el relleno sedimentario. Diversos problemas administrativos ralentizaron las actividades arqueológicas hasta 2002 y 2003, cuando tuvo lugar una Actuación Arqueoló-(1) Ramírez de Luque, F. (1792): "Lucena Desagraviada": " [...] no sólo se ha hecho célebre en el mundo esta Sierra de Aras por dicho Santuario, sino también por la Cantera del esquisto mármol de aguas, que se le ha descubierto: y ahora poco ha la gran porción, que se ha encontrado, de huesos, canillas, muelas, quijadas, etc. algunas de estraña magnitud todo petrificado, y conservada con gran perfección su figura, y hasta sus más menudos filamentos. Algunos curiosos guardan varios pedazos en sus museos." gica Puntual, destinada al retranqueo de tres cuadrículas (K6, K7 y K8), para obtener un corte estratigráfico en la pared sur del pozo minero que evaluara el potencial del yacimiento (Lám. Será durante el año 2004, cuando la Junta de Andalucía, apruebe un Proyecto General de Investigación, en el que interviene un equipo multidisciplinar en el que se integran distintos Centros de Investigación españoles y franceses. En el verano de 2005 se inició la excavación sistemática del yacimiento. GEOLOGÍA DE LA CAVIDAD La cavidad encaja en las calizas dolomíticas claras, grises o blancas del Lías inferior y medio. Estas calizas afloran en bancos masivos que buzan hacia el NNO. Su desarrollo se vio favorecido por la existencia de una fractura de dirección NNO-SSE, claramente distensiva (I.G.M.E. 1991). Algo más arriba de la boca de la cueva se alinean otras dos pequeñas cavidades estériles según la misma fractura. Relleno sedimentario localizado en una plataforma al aire libre de unos 300 m2 con un fuerte buzamiento hacia el Sur y grandes bloques de brechas, calizas y espeleotemas. Esta plataforma es el vestigio de una cueva anterior y que por causas aún no conocidas perdió techos y paredes. Bajo el suelo de esta cavidad se desarrolla una sima vertical de unos 100 m de profundidad en cuya base se ha formado un cono de derrubio de unos 70 m de altura, compuesto por la caída de bloques, clastos, arcillas, huesos y multitud de restos de industria lítica (Fig. 2). El corte estratigráfico transversal J/K es el más importante de los cortes descubiertos hasta el momento. Éste se extiende de la zona 5 a la mitad de la zona 8 y siguientes, en el estado actual de excavación, 365 cm. de espesor. Este corte, cuyo techo está recubierto de una capa estalagmítica de 1 cm. de espesor, encierra un material arqueológico considerable, compuesto esencialmente de mandíbulas, dientes, esquirlas, esquirlas quemadas y útiles líticos. Observamos también, y particularmente a partir de la mitad hasta la base del relleno, los fragmentos de calcita cuya presencia en el seno de los depósitos está unida a su caída de los lugares de formación original. Dos grandes conjuntos se distinguen dentro del relleno. El primero se extiende desde el techo (-215 cm) hasta los -350 cm y está localizado dentro de las zonas 5 y 6. Presenta poco material arqueológico y la fracción grosera es escasa. El segundo se desarrolla entre -350 cm y la base del relleno. Este está presente en las zonas J6, J7 y J8. Este conjunto presenta una cantidad impresionante de huesos, un número importante de industria y fragmentos de calcita. Los elementos groseros (especialmente los clastos) forman una proporción considerable. Estos son generalmente de pequeño y gran tamaño (respectivamente de 1 a 3 cm y de 6 a 10 cm). Son mayoritariamente calcáreos, sin uso y sin alteración. Por norma general las bioturbaciones y las inclusiones metálicas están ausentes. También podemos ver, en el segundo conjunto, en la zona 7 (entre -445 cm y -500 cm), un hoyo de 30 x 40 cm que permite ver la pared sobre la que reposa el relleno. Las precipitaciones secundarias de calcita han permitido el desarrollo de encostramientos generalizados y, alrededor de los objetos, lechos de concrecionamiento formados a favor de la estratificación (Huet 2003). La diversidad litológica y/o colorimétrica de los sedimentos permiten subdividir los depósitos de esta capa en varias unidades estratigráficas. Son descritos de arriba a abajo tomando en consideración, para cada unidad, su localización en el corte, su extensión y sus altitudes, la estructura de la fracción fina, su consistencia y su color, la proporción de los elementos groseros, su granulometría, su naturaleza y su grado de desgaste y de alteración. Con un espesor medio de 12 cm. está localizado en las zonas 5 y 6. Se compone de una arena limosa de estructura orgánica en agregados poliédricos de hasta 5 cm de diámetro. Los elementos groseros son insignificantes, esencialmente pequeños cantos de naturaleza calcárea. El material arqueológico es poco abundante. Está igualmente presente en las zonas 5 y 6. Constituido por una fracción areno-limosa de estructura grumosa y con encostramientos en forma de lentejones. Los elementos groseros están mejor representados y el material arqueológico es considerable. Se extiende de la zona 4 a la zona 6 con un espesor medio de 30 cm. La fracción fina se compone de una arena limosa en estructuras grumosas. La consistencia está endurecida al nivel de la zona 5 y cementada en brecha al nivel de la zona 6. Hay presencia de fragmentos de calcita resultado de la caída de fragmentos de las paredes del karst. Los elementos groseros y el material arqueológico son abundantes. Es una unidad de bajo espesor (8 cm), privado de fracción grosera y con muy escaso material arqueológico. La estructura es poliédrica de baja consistencia. Se localiza en la zona 6 con 10 cm de espesor. El sedimento es de color blanco, de estructura fileteada y baja consistencia. La fracción grosera y el material arqueológico son poco abundantes. Este nivel está compuesto por la alternancia de pequeños lechos de sedimento de baja consistencia. Con un espesor medio de 40 cm presenta una fuerte presencia de material arqueológico y de elementos groseros. El conjunto es de naturaleza calcárea y no erosionado. Localizada en la zona 8, puede ser relacionado estratigráficamente con la unidad estratigráfica VI del corte transversal I-J. Es un depósito limo-arenoso de estructura grumosa y baja consistencia. Su espesor medio es de 10 cm con poca abundancia de material arqueológico. Su espesor aumenta de 10 a 25 cm y acusa una pendiente de dirección oeste-este. Su estructura es areno-limosa, sin concreciones y baja consistencia. Presenta una proporción superior de fracción grosera y elementos arqueológicos que los niveles inmediatamente superiores. El espesor de este nivel (20 cm), en razón de su pendiente, no es uniforme. Su estructura es poco porosa y de alta consistencia con una alta concentración de elementos groseros y arqueológicos. A pesar de su fuerte pendiente presenta un espesor homogéneo de unos 20 cm. El sedimento es areno-limoso, con estructura grumosa, vacuolar por zonas y concrecionado al nivel de la zona 6. El color no es homogéneo debido a la alteración de los elementos groseros vinculados que, en este caso, presentan una ligera disminución respecto al nivel anterior. Su composición es areno-limosa de poca porosidad y consistencia endurecida. La concentración de elementos groseros y arqueológicos es media. Es una unidad muy fina (2 cm) y homogénea de color negro con escaso contenido de elementos arqueológicos y groseros. Unidad ondulada de estructura areno-limosa y consistencia endurecida. El sedimento encierra una proporción relativamente importante de clastos de pequeño y mediano tamaño en caliza sin desgaste y alteración. Hay escasa presencia arqueológica. Se trata de un grueso lentejón (15 cm) areno-limoso, localizado en la zona 7, y una consistencia cementada. Encierra clastos de todas las tallas y el material arqueológico están englobado dentro de una ganga de concreción. Esta unidad de unos 25 cm es remarcablemente rico en material arqueológico. Está compuesto por arena y limos de consistencia endurecida. Hay presencia de fragmentos de calcita y la fracción grosera alcanza la relación más alta del relleno. El espesor medio varía de 25 a 10 cm debido a la diferencia de 60 cm de pendiente. Se compone de arenas y limos de consistencia cementada. En la base del nivel presenta una gran fisura horizontal. La abundancia de material arqueológico es considerable. Con un espesor homogéneo de 15 cm está constituido por una fracción fina areno-limosa de consistencia cementada. Presenta tanto estructuras grumosas como poliédricas. La abundancia de elementos groseros y arqueológicos es comparable a la de los niveles adyacentes. Comprende de la zona 6 a la 8 con un espesor medio de 25 cm. Se compone de arenas y limos endurecidos, en estructura poliédrica inframilimétrica de baja porosidad. Los elementos groseros son relativamente menos abundantes que en los dos niveles superiores pero hay presencia de fragmentos de calcita. Nivel de mucha pendiente con un espesor medio de 15 cm. El sedimento, areno-limoso, es de estructura grumosa en la zona 6 y poliédrico en la zona 7 y 8. La consistencia es alta, casi cementada. La presencia de material arqueológico es débil mientras que la de fragmentos de calcita es fuerte. Esta unidad (30 cm), hasta ahora la base del relleno, se localiza en la zona 7 y está rodeado por un bloque (que podría ser pared) y por el límite actual del registro. La fracción fina es areno-limosa, de consistencia suave y plástica; y la fracción gruesa es comparable a la de los niveles superiores Una primera observación de la tabla sintética de las descripciones efectuadas sobre el terreno y los resultados de los análisis nos muestra una homogeneidad global en el relleno de la Cueva del Ángel (Huet 2003). La matriz esencialmente está constituida, de muro a techo, por arenas y limos, siendo su pH básico. La arcilla provendría de formaciones superficiales situadas en el entorno de la cueva, infiltradas a través de las fisuras del karst debido al chorreo del agua. La proporción media de los granos de cuarzo es superior al 50 % para los no gastados y al 30% para los gastados. La mayoría de los granos son translúcidos. La proximidad de un río al macizo en el que la cueva se sitúa sugiere la procedencia de los granos de cuarzo gastados de las terrazas que abandonó. Una vez depositados en las mismas, la acción eólica les transportaría por saltación al interior de la cueva. La corta distancia que separa el depósito fluvial y el del relleno de la cueva, no habría permitido una eolización característica de los granos de cuarzo (Lám. Las tasas medias de carbonatos de la fracción inferior a 0.160 mm son superiores al 60%. Estos valores elevados pueden provenir de la precipitación o erosión de las paredes de la cavidad. La precipitación de los carbonatos es el resultado de su infiltración en solución en los sedimentos tras su depósito, los cuales cementan las partículas más finas y provocan su concrecionamiento. La comparación entre las curvas granulométricas de la fracción arenosa bruta y de la fracción arenosa descalcificada nos confirma esta hipótesis debido a la gran diferencia existente entre ambas que se observa en los perfiles. Se trata de curvas lineales y de tendencia convexa para la fracción bruta, y de curvas claramente cóncavas para el sedimento descalcificado. Esto indica una gran diferencia en las proporciones y en la clasificación de las arenas finas antes y después de la descalcificación. tán repartidas en dos series: la primera con un objetivo geológico, a fin de obtener un cuadro cronológico sobre la formación de la cueva y la segunda con un objetivo arqueológico. La serie arqueológica se compone de la muestra LU9504 (por encima de LU9503), recogida en un nivel que está prolongado bajo el relleno arqueológico (U.E. VIII), y LU9507 localizada a techo de la secuencia estratigráfica (U.E. I) (Fig. 4). Los contenidos en uranio de las muestras están comprendidos entre 0.06 y 0.1 ppm. Las muestras son puras y no contienen torium 230 exógeno. Las edades se dan con un error estadístico de una sigma, es decir, que la edad "verdadera" tiene 68% de posibilidades de encontrarse en la horquilla de la edad propuesta. El error de 15% aproximadamente, no permite atribuir de forma definitiva a esta muestra una edad contemporánea del estadio isotópico 9 o del estadio isotópico 7. Esta carencia es frecuente y "normal" para este periodo. Una contrastación por el método ESR sería necesaria a fin de aportar una mejor información del periodo de formación de esta muestra. Dataciones Absolutas realizadas en el IPH de París. Perfil estratigráfico de la cuadrícula K-6. En 1995 se tomaron 7 muestras de coladas travertínicas localizadas en diferentes puntos de la plataforma externa de la Cueva del Ángel. Sobre ellas se realizaron dataciones U/Th, en el Instituto de Palentología Humana de París, por parte de miembros del equipo del Dr. C. Falgueres (Zouhair 1996) (Tabla 1). Las muestras es-en la cavidad pertenecen a individuos adultos. Fragmentos pertenecientes a équidos proceden de todos los niveles excavados. Algunas piezas dentales pertenecientes a individuos adultos, pero de pequeño tamaño, podrían indicar la presencia de Equus hydruntinus. La existencia de rinoceronte está basada fundamentalmente en la aparición de piezas dentales, tanto superiores como inferiores, y algún fragmento de metápodo. Los individuos identificados son adultos (Lám. Tras los équidos, los bóvidos son los animales con mayor representación en el yacimiento. En este caso, también predominan las piezas dentales y huesos cortos en el material determinado. Las pautas de carnicería y exposición al fuego son las mismas que las observadas en los équidos. Al igual que ocurría con las especies anteriores, también predominan los individuos adultos. En el material óseo recuperado en la Cueva del Ángel podrían encontrarse tanto restos de uro como de bisonte. La distinción entre estas dos especies es sensiblemente compleja. Es difícil la diagnosis a partir de fragmentos óseos y piezas dentales aisladas. Sólo algunos huesos completos muestran discriminan claramente entre ambas especies: determinadas regiones craneanas, algunas vértebras, metacarpo y metatarso. El ciervo ha proporcionado escaso material óseo, predominando los fragmentos de clavija (en algún caso posiblemente utilizada como percutor) y piezas dentales. El error que le acompaña es inferior al 10%. Este resultado parece fiable e indica que esta lámina de carbonato se ha formado en el curso de un periodo contemporáneo de inicios del estadio isotópico 5. En conclusión, los resultados U-Th de la Cueva del Ángel nos indican que las muestras de la calcita de la serie geológica están formadas en un periodo muy antiguo (más de 350 ka). Los resultados precedentes, así como el obtenido sobre LU9505, muestran que es necesario aplicar otros métodos tales como ESR o U/Th por acelerador, etc. Por último, la edad obtenida sobre LU9504 confirma la gran fiabilidad del método U/Th al menos sobre la calcita de 130 ka. Pero, estas primeras series de dataciones deberán ser verificadas y contrastadas con nuevas series y con métodos diferentes. Durante las intervenciones arqueológicas desarrolladas desde 1995 al 2003, se han recuperado algo más de 10.000 fragmentos óseos, la mayoría de los cuales provienen del nivel superior de revuelto. El material óseo con contexto estratigráfico, por el momento, es sensiblemente menos numeroso. Las especies animales, hasta ahora determina- La mayoría del material óseo proveniente de la Cueva del Ángel está formado por esquirlas y fragmentos de diáfisis de huesos largos de difícil identificación. Por otra parte, e incidiendo en lo anterior, prácticamente todo el material analizado se encuentra fracturado y quemado. Los restos de caballo son los más numerosos con diferencia, predominando dentro del material determinado, las piezas dentales sobre los restos pertenecientes al esqueleto postcraneal. Son frecuentes los restos óseos con huellas de haber sido cortados a la mitad para extraer la médula, incluidas las primeras falanges. Aunque se han determinado algunos individuos juveniles, en general los restos óseos recuperados Lám. Fragmento de mandíbula de Dicerorhinus cf. Hemitoechus. Los restos de jabalí son escasos y son fundamentalmente piezas dentales pertenecientes a individuos adultos. Provenientes de los revueltos recuperados en las primeras campañas de excavación, aparecen el metacarpo de un individuo infantil y un fragmento de defensa, atribuidos ambos a elefante. La juventud del animal ha impedido la asignación a una especie concreta. Resulta llamativa la extraordinaria escasez de material óseo de carnívoros. En yacimientos como la cueva del Boquete de Zafarraya, donde se ha constatado la ocupación de la cavidad por grupos humanos, vemos como en periodos de abandono, ésta era inmediatamente ocupada por los carnívoros, ya fueran panteras o cuones (Barroso et al. 2003a: 189). Sin embargo en la Cueva del Angel, la presencia de estos animales por el momento, se limita a oso y lince, posiblemente aportados por el hombre para su consumo. De confirmarse, esta tendencia podría indicar una intensa ocupación de la cueva por parte de estos grupos humanos. El oso tan sólo ha proporcionado alguna pieza dental y varias falanges. Algo parecido ocurre en el caso del lince (Lám. Los restos de conejo son muy escasos, predominando los postcraneales, a diferencia de lo que ocurre en la cueva de Zafarraya (Barroso et al. 2003b) o en Cova Negra (Pérez Ripoll 1977), donde son el porcentaje más elevado del total de restos óseos. Un primer estudio sobre la industria lítica de la Cueva del Ángel se realizó en el año 1990 donde se adscribió a un musteriense de tradición achelense (Botella 1990). El presente estudio de industria lítica corresponde a piezas en posición estratigráfica. Del total de 667 objetos analizados sólo 4 están realizados sobre cuarcita. El 99,4% restante están facturados sobre sílex. Es importante señalar que estas 4 piezas corresponden a uno de los niveles inferiores (U.E XV). En general, no presentan síntomas de rodamiento (Fig. 5). Hay que destacar que la U.E. XV cuenta con el mayor número de productos de talla y núcleos (122 y 12 piezas respectivamente), lo que representa el 20,08 % del total de la industria. La segunda unidad en importancia es la U.E IX, con 78 piezas de talla y 6 núcleos. El resto de las Unidades muestran porcentajes muy débiles. Los productos de talla comprenden lascas, láminas, lasquitas y laminitas, no incluyéndose en este grupo los desechos de talla (chunck y debris), ni los núcleos. Aparecen de manera muy marginal las lascas con extracción bipolar y unipolar. La tecnología Levallois no está presente. Las lascas de contorno irregular (66 piezas) dominan, seguidas de las ovalares alargadas (43 piezas) y las ovalares (39 piezas). También se dan las formas circulares, cuadradas, rectangulares, trapezoidales y triangulares. Las láminas son escasísimas: 15 ejemplares (2,92 %) de los productos de talla. Seis de ellas son centrípetas y las restantes tienen extracciones bipolares y unipolares. Hemos considerado como lasquitas y laminitas aquellos productos de talla con todas las características de una lasca o lámina (talón, bulbo, etc.) y sin superar los 30 mm en su eje de orientación. Las lasquitas aparecen en un numero de 152 piezas, 59 de las cuales son centrípetas. El contorno predominante es el ovalar. Las laminitas suponen un total de 11 piezas. Entre los desechos de talla se incluyen los debris y microdebris (117 en total), siendo éstos últimos consecuencia de la rubefacción del material lítico. Hay 123 chunck de formas irregulares y multifacéticas. Contamos con un total de 24 núcleos, la gran parte de ellos agotados, aunque 18 presentan extracciones centrípetas, unifacial o bifacialmente, a partir de planos periféricos. Marginalmente aparece un solo núcleo bipolar. Considerando como accidentes de talla todas aquellas irregularidades que se forman durante dicho proceso, normalmente asociado al tipo de percutor usado y a la violencia del golpe sobre la materia prima, encontramos un porcentaje muy bajo. Productos sobrepasados se identifican en 17 lascas y en 2 lasquitas, piezas reflejadas 54. El doble bulbo aparece en 4 lascas y 1 lasquita. La fracturación se ha producido por flexión (65), percusión (25) o acción térmica (12) en lascas, lasquitas y laminitas. Los talones más representativos son los lisos y los facetados (198 y 104 casos respectivamente). Hay 53 talones puntiformes y 31 talones diedros. En 64 piezas el talón ha sido suprimido, en 19 se encuentra roto, en 67 falta y en 9 casos no se puede determinar. Predominan las raederas (65,24%): 27 laterales simples convexas, y laterales simples y transversales con 18 raederas cada una. Hay una raedera transversal sobre cara plana, 4 laterales simples cóncavas, 4 dobles, 3 bifaciales, 3 laterales simples convexas sobre cara plana, 3 laterales denticuladas, 2 dobles sobre cara plana, una transversal sobre cara plana, una doble alternante y una lateral simple cóncava-convexa. El modo de retoque sobreelevado se concentra en 5 piezas: 2 raederas laterales denticuladas, 2 transversales y en un caso 1 raedera doble. Hay 47 raederas con retoque simple. En cuanto a la amplitud del retoque las raederas con el tipo somero ascienden a 10 piezas. Por tipos destaca la lateral simple convexa con 3 ejemplares. El resto, con un solo ejemplar, aparece en raederas dobles, dobles sobre cara plana, lateral simple, lateral simple cóncava, sobre cara plana, transversal y transversal sobre cara plana. Hay retoque con amplitud escaleriforme en 21 raederas: raederas laterales simples convexas (9), transversales (5), y laterales simples (4). Hay 18 lascas retocadas y 23 piezas del grupo de las muescas y denticulados. Los bifaces procedentes de contexto estratigráfico son cinco. A techo de la secuencia, en la unidad IV, aparece el primero, de tipo amigdaloide, de pequeño tamaño (72 x 47 x 24 mm) y aspecto musteriense. El de la unidad XIV (106 x 63 x 37 mm) es de tipo limande, con base ancha, cuerpo medio y superior adelgazado de una manera extraordinaria y los bordes son rectilíneos. Los tres restantes, ovalares, se concentran en la unidad de excavación XV. Destacan dos por sus reducidas dimensiones aunque presentan la base igualmente muy ancha y los bordes rectilíneos y en un solo caso sinuosos (Lám. Hay un pequeño grupo de útiles que están presentes de una manera muy marginal, formado por 2 cuchillos de dorso natural, un raspador, un buril y una truncadura. Pese a lo exiguo de las excavaciones llevadas a cabo, los datos que se están obteniendo en la Cueva del Ángel permiten presentar a este yacimiento como un elemento clave en el panorama del Pleistoceno medio y superior de la Península Ibérica. Las dataciones obtenidas a partir de la familia de U/Th nos sitúan la formación de los travertinos en edades muy antiguas. Quizás la fecha más interesante se corresponde con la muestra LU9504, obtenida de un travertino que sella una parte del relleno sedimentario a partir de la unidad IX, y que nos da el dato de 121+11/ -10. El número reducido de cuadrículas excavadas, así como el número de piezas líticas que configuran las distintas Unidades Estratigráficas impiden por el momento una adscripción neta a conjuntos culturales. No obstante, los análisis que hemos realizado parecen confirmar la existencia de un musteriense de tipo no Levallois, tal vez de tradición achelense, caracterizado por la presencia constante de raederas simples cóncavas, laterales simples, denticulados, muescas, lascas retocadas y algún bifaz de tipo amigdaloide de pequeño formato. Creemos que este musteriense podría ocupar las unidades I a XIII. A partir del nivel XIV aparecen bifaces de tipo ovalar y limande, con productos de talla, sobre todo las lascas, que en algunos casos presentan un destacado aumento de sus dimensiones. Los útiles más representativos son raederas lateral simple, convexas, trasversales, sobre cara plana y laterales denticuladas. Los útiles denticulados son escasos al igual que las muescas. La abundancia de raederas junto a la presencia de bifaces enmarcan estos niveles inferiores en un Achelense superior, caracterizado también por la ausencia de tecnología Levallois. Aunque pueda ser prematuro aventurar una hipótesis sobre la evolución del conjunto industrial a lo largo de toda la secuencia estratigráfica, pensamos que no existe una discontinuidad tecnológica ni tipológica entre las industrias achelenses y musterienses de la Cueva del Ángel, sino más bien una evolución muy lenta en el ámbito tipométríco y tipológico, no así en el tecnológico. En cuanto a la muestra ósea en general los restos faunísticos recuperados son, a priori, el resultado de una acción antrópica, tanto por la presencia de fracturas intencionadas y cortes tendentes a la desarticulación de los animales, como por el elevado número de aquellos que presentan exposición al fuego. La asociación de ungulados en la Cueva del Ángel indica la presencia de dos conjuntos, uno de medio abierto templado, el cual, considerando el conjunto de grandes herbívoros, estaría compuesto por: équidos, rinoceronte, uro y bisonte, y otro grupo de medio forestal compuesto principalmente por ciervo y jabalí. Existe, por tanto, un claro predominio de los
La larga amistad durante casi veinte años con José Luis Maya y los encuentros, espaciados a lo largo de ese tiempo por residir en ciudades distintas, hacen que se acumulen en mi memoria recuerdos gratos de momentos y experiencias compartidas. Recuerdos que, a modo de boyas firmes y orientadoras en el engañoso mar de la memoria personal, creo pueden ayudar, desde mi perspectiva de amigo y compañero de generación, a reconstruir los rasgos más significativos de su trayectoria profesional y humana. Mi primer recuerdo es un recuerdo en ausencia, pero de forma indirecta fue mi primer contacto con Maya. Unos días antes de las Navidades de 1980 y como parte del trabajo de mi tesis doctoral pasé unos días, bastante fríos, en Lérida para estudiar algunos materiales de la cultura de Campos de Urnas en el antiguo Instituto de Estudios Ilerdenses. Allí los entonces becarios José Ignacio Rodríguez Duque y Juan Ramón González me dejaron ver unos materiales que llamaron poderosamente mi atención; provenían de las excavaciones del Prof. Maya en el poblado de Geno, todavía sin publicar, pero me informaron de un libro que acababa de salir y que me podía resultar de interés. Esa misma tarde compré en una librería céntrica un ejemplar de su Lérida Prehistórica (Lérida, 1978) y lo devoré ávidamente en un par de noches en el hostal donde me alojaba. Su lectura me dejó muy impresionado. Su capacidad de síntesis, el conocimiento de una amplia bibliografía, que a mi se me antojó entonces completamente exhaustiva, la claridad de su escritura y la oportunidad de las ilustraciones me convencieron de una cosa: ese era mi modelo, tenía que intentar algo parecido en mi tesis doctoral. Por aquellas fechas José Luis ya era profesor Adjunto en la UniversidadAutónoma de Barcelona (UAB) y tenía un brillante curriculum. Había nacido en Albacete y estudiado primaria y el bachillerato en Oviedo, su familia era de ascendencia asturiana, y posteriormente Filosofía y Letras en la Universidad de Oviedo donde se licenció en 1971. Después se trasladó a la UniversidadAutónoma de Barcelona en donde obtuvo el Grado con la tesis de licenciatura La Edad del Hierro en Asturias a través de sus materiales metálicos (1972). Ese mismo curso, con sólo 22 años, empezó su docencia universitaria en el reinstaurado Estudi General de Lleida, que dependía de la UAB, y donde fue el primer profesor en explicar Prehistoria. Allí dejó una semilla, de donde de alguna manera, ha surgido el excelente Departamento que hoy tiene la Universidad de Lleida. Sus raíces asturianas seguían presentes, como lo estarán hasta sus últimos trabajos, y en 1975 defendió su tesis doctoral LÍZ cultura castreña asturiana, que mereció la máxima calificación y el premio de la Diputación de Oviedo a la mejor tesis doctoral. De su estancia en Lleida surgió el interés por el mundo de la Prehistoria reciente del NE Peninsular. Excavó en la necrópolis tumular de Pedros (Seros) y poco después en 1976 iniciaba las excavaciones en Geno. Por aquellas fechas se acababa de trasladar al Departamento de Historia de la UAB. Volviendo a las frías noches de las vísperas de Navidad de 1980 y el impacto de su libro, creo que es justo reconocer que en esas primeras obras -Lérida Prehistórica y La cultura castreña asturiana-estaba ya presente el talento de un buen arqueólogo, con excelentes dotes de síntesis y claridad conceptual, cualidades que le habrían de acompañar a lo largo de toda su obra. Mi segundo/7^c/6> de la memoria queda anclado en un día caluroso de comienzos del verano en la casa que tenían en Peñalba (Huesca) a mediados de la década de los 80, aceptando gustoso una invita- ción para comer y charlar de nuestros trabajos. Con su característica amabilidad y generosidad intelectual me contó cómo llevaba años prospectando la zona de Los Monegros, hasta entonces considerada un desierto poblacional en las Edades del Bronce y del Hierro, cómo había localizado decenas de nuevos yacimientos, y paseando con José Luis por aquellos paisajes conseguí conocer mejor la geografía de las antiguas poblaciones de Campos de Urnas y de los grupos indígenas del Bronce. Esta imagen viva de la memoria, como la luz cegadora del estío en ciernes en Los Monegros, me permite destacar su capacidad para la prospección arqueológica, para''patear'' y conocer el terreno, y para la excavación arqueológica. José Luis Maya desarrolló una intensa actividad de campo, y ha sido uno de los más activos investigadores de la Prehistoria tardía de nuestro país. Además de las importantes prospecciones realizadas en comarcas aragonesas y las planas occidentales de Cataluña mantuvo desde finales de los años 70 y principios de los 80 una doble investigación arqueológica, por un lado en Asturias y por otro en Cataluña. A una campaña en Coaña, junto al Prof. Jordá, hay que sumar las más de 15 campañas en el castro de La CampaTorres (Gijón), que constituyo su investigación nuclear de la cultura castreña asturiana. La experiencia ganada durante esos años quedó plasmada, con más madurez y distanciamiento de su tesis doctoral, en dos valiosos libros de síntesis La cultura material de los castros asturianos (Bellaterra, 1988) y Los castros en Asturias (Oviedo, 1989) pero sobre todo en la recién publicada memoria de la fase prerromana del yacimiento, en la que José Luis puso todas las ilusiones y fuerzas que le quedaban y que editó con F. CuestaToribio: El castro de La Campa Torres. Una voluminosa monografía de excavaciones, especie rara en los tiempos que corren, que aporta la visión más amplia y seria de un castro asturiano y será un referente obligado para la investigación futura. En Cataluña excavó en Carretela (Aitona), en los silos de la Universidad Autónoma de Barcelona y de la calle Elisenda de San Cugat del Valles y en Aragón el interesantísimo abrigo de Punta Farisa (Fraga), pero sobre todo centro su interés en el ya comentado poblado de finales del Bronce de Geno en Aitona, en el que desarrolló casi una decena de campañas de excavación. También, como en el caso asturiano, supo producir una excelente memoria final, en una edición muy cuidada gracias al apoyo de una conocida marca de cerve-za que se interesó por el descubrimiento en Geno de la más antigua evidencia de producción de esta bebida alcohólica en Europa. Editada con F. Cuesta y J. López Cachero Geno: un poblado del Bronce Final en el Bajo Segre (Lleida) (Barcelona, 1998) es otro modelo de publicación ejemplar de un poblado protohistórico. Como buen arqueólogo de campo se mantuvo en todos sus trabajos muy apegado a los datos arqueológicos. No es que menospreciara las cuestiones teóricas o metodológicas sino que siempre procuró primero que sus pies estuvieran bien firmes sobre los materiales arqueológicos para que su cabeza pudiera elaborar las interpretaciones más ajustadas a los mismos. Fue un gran prospector y excavador en unas décadas en las que se estaba operando una importante renovación metodológica de la disciplina, a la que contribuyó en gran medida. Su experiencia de campo en áreas y contextos diferentes fue, sin duda, un elemento clave para entender como supo siempre estudiar lo local dentro de una perspectiva más amplia, en unos momentos en los que la miopía de muchos investigadores hizo confundir los paisajes y territorios del pasado prehistórico con los límites político-administrativos actuales. La imagen más reciente corresponde a nuestro último encuentro, en Soria en un curso que organi-alumnos, son sus capítulos sobre Primera Edad del Hierro en la. Historia de España dirigida por Antonio Domínguez Ortiz (Planeta, 1990) y El Bronce Final y los inicios de la Edad del Hierro &n Prehistoria de la Península Ibérica (Ariel, 1998). Uno de sus últimos libros fue Celtas e iberos en la Península Ibérica (Icaria, 1999). A pesar de su carácter de divulgación advertía que no se trataba de presentar el primer milenio a.n.e. con dos grandes grupos étnicos de forma esquemática, dos pueblos con una unidad racial y atributos culturales específicos. El cuadro fue muy complejo y a ello dedicó algo más de cien páginas. La divulgación de su actividad investigadora quedo reflejada también en exposiciones en las que colaboró, comoL ^Arqueología a Catalunya, avui (Barcelona, 1982), Llnventari delpatrimoniArqueologic de Catalunya (Barcelona, 1987) y Parques Arqueológicos del Ministerio de Cultura (1989) y también en las que organizó, como Geno, un poblado de Campos de Urnas del Bajo Segre (1993), Orígenes, arte y cultura enAsturias. Siglos VII-XIV (1993) y El castro de la Campa Torres: orígenes de Gijón (1994), todas ellas celebradas en Gijón. Dentro de esa misma perspectiva divulgadora hay que reseñar su papel como director del equipo científico de investigación del "Proyecto Parque Arqueológico-Natural de la CampaTorres", que fue galardonado, dentro del Gijón Heritage Project, con laSpecial Commendation 1996, European Museum of the Year. Y muy recientemente era redactor del Proyecto de desarrollo local e interven-ción arqueológica de la Torre deis Encantats (Arenys de Mar) 1999 con el objetivo de crear un Parque arqueológico, y fue impulsor de lâspaseadas, con gran éxito entre los vecinos de Arenys de Mar y Caldes distrae para conocer el patrimonio de la zona. José Luis Maya dedicó 30 años como docente de Prehistoria a formar estudiantes en las universidades de Barcelona yAutónoma de Barcelona y a dirigir decenas de tesis y tesinas, participó en más de un centenar de congresos, seminarios y cursos, y publicó un centenar largo de trabajos de gran calidad científica. Merecedor sin duda de la máxima distinción académica, en casos como el de José Luis es evidente que su condición do maestro le fue conferida, hace ya tiempo, por el aprecio de sus colegas, el impacto de su obra y la formación de un buen número de discípulos. Algo mucho más justo y honesto que algunos encumbramientos académicos que no tienen en su haber casi nada de lo anterior. Con su fina ironía José Luis también supo ignorar las miserias académicas y dedicarse a lo verdaderamente importante: enseñar, investigar y divulgar, con un sólo objetivo, hacerlo con el mayor rigor. Al terminar de escribir estas líneas mis recuerdos se funden, y veo a José Luis con su familia, veo a José Luis trabajando, veo a José Luis con sus aficiones y proyectos. Proyectos que ya, desgraciadamente, quedarán para siempre en el tintero, pero su vida, su ilusión, su trabajo y su ejemplo también quedarán para siempre en el corazón de su familia y de todos los que le queríamos.
"En nuestros días, el cultivo de las ciencias no está ya reducido a un país privilegiado, ni siquiera a Europa, es internacional. Todos los problemas, los mismos problemas, son simultáneamente estudiados por doquiera" (Langlois y Seignobos, 1913:56-57). "El culto argentino del color local es un reciente culto europeo que los nacionalistas deberían rechazar por foráneo" (Borges, 1990: 270). "Cada Profesión tiene sus fetichismos; y el material de enseñanza constituye el fetiche de primera magnitud para el cuerpo docente" (Barnes, Secretario del Museo Pedagógico Nacional de Madrid, 1917: 199). En este trabajo nos proponemos analizar el papel de los museos arqueológicos y antropológicos, las excursiones y la reproducción de los objetos arqueológicos en la enseñanza de la historia en la Argentina finisecular. Asimismo, se presentan aquí algunas de las ideas que, al respecto, circulaban en España y en otros países europeos y los intercambios entre las instituciones sudamericanas y españolas. La consolidación de los sistemas educativos estatales como una de las bases del orden liberalburgués es un fenómeno que caracteriza, junto con las transformaciones políticas y económicas, las últimas décadas del siglo XIX europeo y americano (Gellner, 1988; Hobsbawm, 1969Hobsbawm,, 1990)). La educación, en ese sentido, aparece ligada tanto a la posibilidad de contribuir al desarrollo de las industrias nacionales y locales como a la de salvaguardar y fortalecer las incipientes nacionalidades a través de la enseñanza de las "tradiciones", la historia, la lengua y la geografía. Esto conformaba el "cemento" que, introducido entre las poblaciones gobernables, daría cohesión a la Nación (Hobsbawm y Ranger, 1983). La emergencia de una "enseñanza nacional" estructurada sobre contenidos locales podría llegar a oscurecer que ello formó parte de la mundialización de la "necesidad" tanto de educación como del desarrollo de la ciencia y de la industria (Lafuente^í alii, 1993). Adoptando una perspectiva más amplia, aquello que parece una reivindicación de lo regional o nacional debe entenderse en el marco de la expansión internacional de determinadas ideas y prácticas (entre las que se incluye la de lo local), siendo la articulación con los procesos locales lo que crea, efectivamente, una particularidad. A este respecto es importante destacar que el desarrollo de la comunicación marítima y postal posibilitó la rápida circulación de los libros, folletos, catálogos y revistas que contenían las "innovaciones" que se daban en la educación y en la ciencia de todos los países enjuego. Las lecturas de dichas propuestas establecieron la idea de la "adaptación" de las mismas -opuesta a la de imitación-a las características locales. Asimismo, como una práctica ampliamente difundida se contaba el envío de los profesores en misiones oficiales para que in situ se relevaran-y a posteriori se compararan-las distintas metodologías y sistemas de enseñanza. Recordemos, además, que la enseñanza de la historia en el grado de enseñanza primario de las escuelas europeas fue incorporada con carácter obligatorio en las últimas décadas del siglo XIX y que, hasta 1894, era facultativa en Dinamarca, Grecia, Suecia y Baviera (Altamira, 1894: 2). Por otro lado, la enseñanza de la arqueología prehistórica había sido incorporada a la enseñanza básica de Suiza en una fecha tan temprana como mediados de la década de 1860, para la admiración de Gabriel de Mortillet (1867: 1) que veía en ello un ejemplo a seguir en Francia y en todos los países que se considerasen portadores del estandarte del progreso (Podgorny, 2000a). Para los autores de la época, la enseñanza de la historia era un problema técnico (de los profesionales) y también de los pedagogos. Para ambos surgía un problema metodológico fundamental cual era la sujeción al libro de texto y a la autoridad del relator de la historia. Una metodología activa, basada en la crítica del documento y en la observación del monumento, parecía esbozarse como ideal. En este artículo nos proponemos analizar las iniciativas relativas a la enseñanza de la historia a través de los objetos arqueológicos, la visita a museos y las excursiones tal como eran presentadas en los trabajos europeos de fines de siglo XIX y principios del XX. Asimismo, aceptando la expansión internacio-nal de estas ideas y tomando el caso argentino, nos proponemos comparar las distintas propuestas que se generaron en el contexto de la educación oficial. Tomaremos como referencia las publicaciones e ideas que se promovieron desde la Universidad y el Museo de La Plata (Lám. I), la Facultad de Filosofía y Letras y el Museo Etnográfico de la Universidad de BuenosAires, aquellas relacionadas con las visitas y las lecturas de la obra de Rafael Altamira (1), del movimiento de extensión universitaria de la Universidad de Oviedo y las asociaciones internacionales de enseñanza. Ligado a ello aparece el problema de la educación y de la profesionalización de la práctica arqueológica. Recordemos que en esos años aparecen las primeras cátedras universitarias de arqueología en laArgentina, contexto pedagógico en el que se consolida la práctica de la arqueología de campo y en el que esta disciplina aparece como proveedora de un nexo entre el suelo, la patria y sus habitantes. Esto también coincide con cierta difusión de la idea que la decoración y los objetos arqueológicos eran elementos para impulsar el desarrollo de un arte americano. Quizás sería oportuno recordar aquí que a principios de siglo XX en las instituciones científicas de la Argentina la palabra arqueología designaba el estudio de las antigüedades prehistóricas y protohistóricas. Es decir, aquello relacionado con el pasado de "los primitivos habitantes de la República Argentina". Por otro lado, las primeras síntesis clasifícatorias de los aborígenes argentinos del pasado y del presente datan también de la primera década del siglo pasado (Podgorny, 2001). En ellas se utilizaba la denominación "tiempos pre y protohistóricos", clasificados en Período Paleolítico y Neolítico, refiriéndose este último a las "agrupaciones" aborígenes que encontraron los españoles. Sin embargo, aquellos pueblos históricos y sedentarios del Noroeste argentino sirven para constituir la "Edad del Bronce". Como mencionaremos en el artículo, las clasificaciones arqueológicas basadas en períodos empezaron a ser reemplazadas por otras sustentadas en criterios geoétnicos en la década que se inicia en 1910 (cf. Podgorny, 1999a). Hacia 1916, se hablaba también de un período precolombiano de la historia de América. (1 ) El viaje de Rafael Altamira por América ha sido mencionado en numerosas obras. Como fuente primaria es interesante consultar el informe de Altamira (1911) sobre las actividades que realizó en los diferentes países visitados. En cuanto a la bibliografía secundaria se puede señalar, entre otros: Melón (1988) y los trabajos vinculados a la difusión del krausismo por Latinoamérica (AA.VV., 1989). LA INSTITUCIONALIZACION DE LA ENSEÑANZA DE LA ARQUEOLOGÍA El énfasis puesto en los últimos años en estudios sobre la enseñanza de la arqueología y la relación entre su institucionalización y el surgimiento de las naciones modernas (Kohl y Fawcett, 1995; Díaz Andreu y Champion, 1996; Mora y Díaz Andreu, 1997) permite iniciar una tarea de comparación entre estos procesos que, desarticulados, pueden verse como específicos. Por otro lado no queremos dejar de señalar que el acento en la función "nacionalista" de la arqueología y de la historia puede enmascarar el lugar de estas disciplinas en un universo, en principio diferente, como es el desarrollo de las industrias del turismo y del ocio de las clases medias de fines del siglo XIX. En Europa, el fin de siglo XIX es testigo de la institucionalización y profesionalización de la arqueología prehistórica, de la enseñanza de las ciencias y de la consolidación de las universidades como los centros de la práctica científica (Trigger, 1989). En efecto, a lo largo del siglo XX esta última institución integraría la docencia y la investigación en el proceso de formación de los científicos. De esta manera, las universidades concentraron las funciones que, hasta entonces, se adjudicaban diferencialmente los museos, las sociedades eruditas, las academias científicas y las escuelas de educación superior (Pyenson y Sheets-Pyenson, 1999). Más allá de las diferencias, los modelos de universidad francés, alemán e inglés se consolidaron sobre la idea de ser ellas los centros rectores de la vida científica nacional (Ringer, 1995). Este proceso fue paralelo al relativo eclipse de las sociedades eruditas que proliferaron en los siglos XVIII y XIX tanto en las metrópolis como en las provincias (Morrell y Thackray, 1981; Inskter y Morrell, 1993; Mora y Díaz Andreu, 1997). Las sociedades científicas, recordemos, podían coadyuvar a la tarea propuesta desde las instituciones nacionales, pero, sobre todas las cosas, consistían en asociaciones privadas y en la reunión de individuos, profesionales y amateurs que, en base al tiempo libre y a los propios recursos, propendían al desarrollo de la ciencia. Frente al grado creciente de profesionalización, algunas asociaciones fueron objeto de críticas de parte de los científicos pero también del intento de cooptación por parte del Estado (Schnapp, 1996). En ese marco, los miembros de las sociedades no capitalinas postularon su papel en la reconsfitución de la individualidad histórica de las provincias al mismo tiempo que se presentaban como un eslabón intermediario en la formación histórica nacional. Así, en España y en Francia, por ejemplo, se planteaba que, a fin de evitar la destrucción de los sitios arqueológicos, era necesaria una tarea de vulgarización de los conocimientos arqueológicos en la que las sociedades de provincia constituían el eslabón necesario entre "la ciencia" y el público. Con el objetivo de, por ejemplo, "sauvegarder la physionomie phisique et morale de la terre française'' (Babelon, 1910: 324) se proponía tres modalidades de popularización: a) publicaciones populares ilustradas, b) conferencias con proyecciones y c) los paseos arqueológicos y visitas a museos. Estas maneras de promover el estudio y la observación de ruinas arqueológicas se instituyó en varios países europeos (Cortadella Morral, 1997; Rueda Muñoz, 1997). En otros sitios, como en Cataluña, los objetivos de las sociedades de aficionados se relacionan con un "renacimiento de la cultura y del paisaje local" y, en este marco, las ruinas arqueológicas y los museos se toman como sitios que condensan y presentan los rasgos de la historia regional (Cortadella Morral, 1997). Es de destacar que estas sociedades, formaban parte de la cultura científica de la época, ya que sus miembros se constituyeron en corresponsales y formaron parte de las redes de intercambio e información establecidas con las instituciones y academias centrales. Así, por ejemplo, en España, la Real Academia de Historia publicaba las noticias enviadas desde todos los rincones de la Península Ibérica por una multitud de informantes y estudiosos locales, quienes en varias ocasiones mandaban junto con las noticias de los descubrimientos, piezas arqueológicas, dibujos, fotografías y calcos (Gómez-Pantoja, 1997). Por otra parte, las diferencias entre los inicios del principio y el fin del siglo XIX, muestran el pasaje de lo que era una práctica de un grupo de aristócratas que dedicaba sus horas de ocio a la contemplación de la naturaleza a lo que constituye una actividad de las clases medias. En la Argentina, las primeras iniciativas de excavaciones arqueológicas datan de la década de 1870 y provinieron de iniciativas particulares que buscaron su aval en las sociedades o instituciones nacionales y provinciales. En esa época las investigaciones arqueológicas habían propendido a la formación de colecciones particulares y, desde la década de 1890, de colecciones para los Museos de La Plata y Nacional de Buenos Aires (Podgorny, T. P., 58, n." 2, 2001 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es 2000d) (2). Estos dos museos respondían a un modelo de representar el conjunto de la naturaleza argentina y su acervo incluía desde colecciones geológicas hasta los restos del "indio últimamente vencido" (Moreno, 1890:46) (3). Por otro lado, estos centros, independientes de otras instituciones y subordinados directamente uno al Ministerio de Obras Públicas de la Provincia de Buenos Aires, el otro al Ministerio de Instrucción Pública de la Nación, se definían como aquellos lugares desde donde se exploraría el territorio nacional. Las primeras cátedras universitarias de arqueología proceden de los años cercanos al inicio del siglo XX (Fernández, 1979-80: 53). En la Universidad de BuenosAires, el plan de estudios de 1899 de la Facultad de Filosofía y Letras (creada en 1896) estableció la cátedra de Arqueología Americana entre las asignaturas de Quinto año con Samuel Lafone Quevedo como profesor. En la Universidad Nacional de La Plata, establecida en 1906 a partir de la incorporación de varias instituciones educativas y científicas como el Museo de la Plata, transformado en Instituto de investigaciones y Facultad de Ciencias Naturales, se ofreció Arqueología Argentina como materia complementaria para la especialización en antropología y en la de etnología en los planes de estudios de 1909 y 1914, a cargo de Luis María Torres (4). (2) Los estudios de Florentino Ameghino (1880) en la zona del Plata pretendían resolver el problema de la antigüedad del hombre en América. Los de Juan Bautista Ambrosetti (1902Ambrosetti (, 1905) ) sobre la Puna y el Noroeste argentino, basados en colecciones y datos recopilados por otros, intentaban formar un catálogo de las antigüedades y, por otro lado, estudiar la conformación de las poblaciones prehistóricas de esta zona (Podgorny, 1997;2000d). (3) En el último tercio del siglo XIX el Gobierno Argentino promueve la incorporación de extensos territorios indígenas al Estado Nacional. Esta anexión de tierras se llevó a cabo a través de una serie de campañas militares que en el relato histórico nacional se ha denomino como "conquista del desierto". Al crearse el Museo de la Plata en 1884 se recibieron en donación colecciones particulares de cráneos y esqueletos indígenas recogidos durante esas campañas y otros viajes de exploración, los cuales fueron exhibidos en una sala de antropología comparada. Al mismo tiempo la institución albergó a algunos caciques y parte de su grupo familiar que permanecían prisioneros (Podgorny y Politis, 1990-92). (4) En 1909 se aprobó un programa para Arqueología Argentina y se dictó un curso cuatrimestral a un solo alumno, Teodoro de Urquiza, el único que en esa época había seleccionado la especialidad de antropología dentro de la carrera del doctorado en ciencias naturales. Esta materia volvió a ser incluida en los planes de estudio de fines de la década de 1920 como materia especial para los estudiantes del doctorado en ciencias naturales que deseaban especializarse en antropología. Aparentemente durante esa época esta materia no tuvo estudiantes. Ni las memorias ni las actas de exámenes registran el dictado de esta materia (Archivo Histórico Facultad de Ciencias Naturales y Museo -AHCN-: Actas de exámenes 1909-1935). I. Edificio del Museo de La Plata desde el parque del Jardín Zoológico. El Museo Etnográfico de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de BuenosAires fue el primero en separar las colecciones etnográficas/ antropológicas de las de historia e historia natural y en consolidarse como centro formador de universitarios (5) (Podgorny, 2000d). El Museo organizó expediciones arqueológicas al Noroeste argentino, con recursos limitados y con la ayuda de los mecenas de la política (6). En principio, el personal de las expediciones se componía de los alumnos y profesores de la Facultad que solicitaran tomar parte en ellas (Ambrosetti, 1912). Esto respondía a la realización por parte de la Facultad de Filosofía y Letras del objetivo de dar una forma práctica a la enseñanza de la arqueología americana y del'ldeal universitario, dentro de la parte que le corresponde, de fomentar la alta cultura no profesional" (Anónimo, 1910:259). (5) Las secciones del Museo eran las siguientes: Arqueología (con una parte especial de Arqueología calctiaquí), Etnografía, Antropología. Había también una Sala de Monumentos Americanos, un Laboratorio y un aula integrada a las salas. (6) La expedición a la Pampa Grande en la provincia de Salta, primera expedición del Museo Etnográfico, se realizó con el concurso de Indalecio Gómez, por entonces embajador en Alemania y académico honorario de Filosofía y Letras. Indalecio Gómez, que había donado sus colecciones al Museo, invitó a Ambrosetti a investigar en su establecimiento de campo, gracias a lo cual "se pudo realizar la expedición con fondos reducidos, pues él facilitó los elementos necesarios para el mejor éxito de nuestros trabajos" (Ambrosetti, 1906). La expedición solicitó los pasajes necesarios al Poder Ejecutivo y se destinaron 1000 pesos para gastos de fotografía, manutención de campo, y de peones y arrieros. En esta primera expedición participaron dos alumnos del curso de Arqueología (Dres. Leopoldo Maupas y Francisco Cervini) y Carlos Octavio Bunge, profesor de la Facultad. Bunge publicaría noticias sobre las antigüedades calchaquíes en Nuestra patria^ libro de lectura para la educación nacional en las escuelas primarias y normales (Podgorny, 2000d). En la Argentina de 1909, Ricardo Rojas publicaba su informe sobre la enseñanza de la historia en los países europeos. Este resultaba de la misión encomendada por el Ministro de Justicia e Instrucción Pública de la Nación como un asunto ligado a "los más vitales intereses de nuestra nacionalidad" (Rojas, 1909: 9). En este informe, los museos, la protección del patrimonio arqueológico, el uso de réplicas de los objetos del pasado (incluyendo en este apartado el arte y la cultura material de la antigüedad) aparecía como algo consolidado y a emular siguiendo el modelo de algunos países del Viejo Mundo, en particular Alemania, Inglaterra y Francia. Asimismo, la Universidad de La Plata había encomendado a Ernesto Quesada otra misión análoga, extensiva a todas las naciones europeas. A diferencia de Rojas, Quesada observó y se concentró en las clases de Historia y la enseñanza en las universidades alemanas, impulsando el desarrollo de seminarios para la enseñanza de la Historia. Quesada (1910) subrayaba que estos debían basarse en el modelo alemán y no en los de la Universidad de Oviedo, que, según este autor, tan de moda estaba por esa época a pesar de ser sólo una mera "universidad provincial". Sin embargo, más allá de las advertencias de Quesada, la Universidad de La Plata convocó a un profesor de la universidad asturiana para la organización de la sección (7). En efecto, en 1909 en el marco del programa de cooperación interuniversitaria que fomentaba las universidades de Oviedo y La Plata, RafaelAltamira fue invitado para dictar un curso sobre metodología en la historia, "iniciando la vinculación intelectual de los países americanos con los grandes pensadores de Europa y ofrece la oportunidad á la República para abrir rumbos en el campo aun poco explorado de las ciencias históricas» (8). Su curso en La Plata se dividió en tres: a) conferencias para un público heterogéneo, b) conferencias didácticas para los profesores secundarios, y c) el curso de seminario para los que aspiraban a ser historiadores. A la manera de la época, un estudiante -Julio C. Moreno-se encargó de resumir y publicar las clases del seminario. Según estas notas, Altamira se un plan regresivo y representaban un exceso de historia nacional sobre todo en los aspectos políticos. En este sentido señaló la falta de una historia de la civilización y de un marco que remitiera a la vida internacional. Era necesario que, primero el niño, en lecciones de cosas, comprendiera la historia humana en general para, después, especializarse en el sujeto americano y de esta forma no perder de vista el conjunto. Asimismo, la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires aprovechó la oportunidad para brindar un curso semejante con el mismo profesor que fue "muy concurrido y obtuvo el éxito que esperaba" (Anónimo, 1910:250). Las clases deAltamira fueron muy promocionadas y difundidas en circuitos que excedían los meramente universitarios. Con respecto a la arqueología, Altamira difundía en sus cursos lo ya publicado en Madrid en 1892 bajo el título de "Enseñanza de la Arqueología Nacional". En esta nota intentaba aportar nuevas noticias y argumentos sobre la enseñanza concreta de las arqueologías nacionales tomando como guía un trabajo de Langlois, profesor de la Sorbona, que no hacía mención a la arqueología geológica. Este marcaba las diferencias entre las enseñanzas artísticas en las universidades de Alemania y Francia, sobre todo en lo referente a la historia del arte de la Edad Media y Moderna, donde había que buscar las fuentes de las especificidades nacionales. Langlois afirmaba la necesidad de educar el gusto de la juventud, que miraba el pasado de manera displicente: "así, los más refinados de la generación joven aprecian mal el arte del pasado. Viven en medio de las reliquias que cubren nuestro suelo y ocupan nuestros museo, con indiferencia y sin comprenderlas" (Altamira, 1892: 53). Sin embargo, señalaba que esto había sido comprendido por los estudiantes franceses quienes, en su Asociación de París (11), habían organizado una serie de conferencias de arqueología, dada por especialistas. Asimismo, los estudiantes de la Escuela Normal participaban en las "excursiones arqueológicas" de los alumnos de la Escuela de Cartas y habían inaugurado paseos artísticos al Museo de Trocadero y a Nôtre Dame. Pero Langlois indicaba que la visita a los monumentos sería poco provechosa si no se acompañaba con explicaciones técnicas y profesio- (Rojas, 1909:256). En ello Rojas retomaba el diagnóstico de Rafael Altamira (1894) y concluía: "el ímprobo trabajo de reconstruir ese pasado débele poco á las universidades españolas. En cambio, meritorios esfuerzos individuales, sociedades de provincia y Academias como la de Historia, la de la Lengua ó de San Fernando han prestado, cada una en el terreno de sus especialidades, inestimables servicios ala Nación" (Rojas, 1909: 260-261). Con ello se debe ver una impugnación a lo que era percibido como un anacronismo en la institucionalización de las ciencias, en la que las universidades españolas parecían no haber asumido la función que se les adjudicaba como natural. Sin embargo, este diagnóstico no derivaba en un desconocimiento de las tendencias y de los libros producidos en España. Muy por el contrario, las obras de Altamira se compraban para proveer las bibliotecas de maestros y las bibliotecas particulares argentinas en el marco de una comercialización importante de libros y colecciones editadas y traducidas en España. Así se difundieron las obras sobre la enseñanza de la historia que promovían las bibliotecas como la de "Daniel Jorro" de Madrid, que publicó una serie de traducciones del inglés y del francés sobre la historia en los inicios de la década de 1910 ( 12).Asimismo, Rojas incluye a España en su programa de visitas. Las conferencias de Altamira en la Argentina caían en un marco de reforma de la enseñanza secundaria y pedagógica. Destaquemos que en 1903, de acuerdo con un decreto del Poder Ejecutivo de la Nación sobre requisitos para ser profesor de enseñanza secundaria se organizaron los cursos de Historia Argentina, ArqueologíaAmericana y Ciencias de la Educación, "donde se debían obtener los certificados de competencia" (Rojas, 1909: 439). En 1907 esta medida se complementó colocando al Instituto Nacional del Profesorado Secundario bajo la Superintendencia de la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires, sustrayéndolo del control directo del Ministerio de Instrucción Pública. Como Rojas (1909: 439, nota 2) señalaba esto era percibido como un intento de "poner la enseñanza media bajo la dependencia de las autoridades científicas y no políticas o administrativas simplemen-te» (13). En La Plata, la formación de los profesores de enseñanza secundaria se incluyó en la Sección Pedagógica de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales, estableciéndose un sistema de correlación por el cual las asignaturas científicas (las correspondientes a ciencias naturales y etnografía) se seguían en el Instituto del Museo de La Plata (Universidad Nacional de La Plata, 1910). Esta Sección junto a la de Filosofía, Historia y Letras, pasó a formar parte de la Facultad de Ciencias de la Educación creada en 1914. En el programa del doctorado en historia se incluyó la materia Prehistoria argentina y americana, que fue dictada por Luis María Torres entre 1911 y 1932 ( 14). Por otra parte, en 1910, desde el Ministerio de Justicia e Instrucción Pública se proyectó una Escuela Normal Superior de la ciudad de BuenosAires, para la especialización de los docentes en diferentes áreas. Para ello se recurrió a profesores de la Universidad de BuenosAires. En el área de las ciencias sociales se incluyó la materia arqueología a ser dictada porAmbrosetti, quien también se encargó de la formación de un museo etnográfico y arqueológico escolar para el dictado de las clases. Esta Institución no tuvo mucha vida y las colecciones etnográficas compradas para el museo escolar, fueron donadas por el Ministerio al Museo Etnográfico. Asimismo, en esa época también el Consejo Nacional de Educación consultó a profesores -investigadores universitarios para la conformación de planes de estudio para reformar la enseñanza normal. Con ese motivo, Torres elaboró un programa de historia general y otro de historia nacional, en el que se incluían nociones de arqueología que, aunque no oficializados, se incorporaron en algunas escuelas normales (15). Ligado a la expansión de estos pro- (15) En primer año de historia general se incluía: nociones de prehistoria, carácter científico de esta historia. Las civilizaciones deAsiria, Persia y Egipto. Los museos de antigüedades. Grecia y su civilización. Roma y su civilización. (Sinopsis gráfico-cronológico de las civilizaciones y ejercicios históricos geográficos sobre croquis). En segundo año, comenzaba el programa de Historia Argentina que se desarrollaba en cuatro años y se dividía en: antigua, descubrimiento y conquista, colonial, y revolución, independencia y constitucional. La parte antigua comprendía: los tiempos prehistóricos y su clasificación, carácter de la cronología. Nociones de geología, antropología, arqueología, etnografía y lingüística y sus aplicaciones al problema del hombre primitivo deAmérica; condiciones geográficas del territorio americano. Principales divisiones geoétnicas americanas y argentinas. Caracteres físicos, intelectuales, sociales de los primitivos pobladores y de los modernos y de los modernos indígenas del territorio argentino (exposición y consulta facultativa de la fuentes, y ejercicios históricos-geográficas sobre croquis) (Mercante, 1912). gramas en los que se planteaba extender el conocimiento de la historia patria a sus épocas pre y proto históricas, se suscitó también un movimiento de pedido y suministro de materiales sobre el pasado, de visitas y de clases en los museos públicos. Un aspecto a recalcar es la diferencia entre los "duplicados" y los objetos reproducidos en materiales como yeso o papel maché. Los primeros se referían a objetos originales, de los que ya se tenía un ejemplar tipo y, como los casos del Museo Etnográfico y de La Plata, se intercambiaban o se donaban a museos escolares y a las colecciones de escuelas normales. En ese marco, las colecciones de los museos centrales más que acumular todo adoptaban la política de conservar sólo los ejemplares representativos de formas y estilos o los especímenes tipo. Esta política no se modificó con el establecimiento de la ley de patrimonio en 1913 ni con su posterior reglamentación en 1921 (cf. Endere y Podgorny, 1997). Pero, subrayemos, sólo se permitía la salida al exterior de reproducciones en yeso mientras que para la exportación de los objetos duplicados se precisaban varias autorizaciones. Dentro de las fronteras nacionales, por el contrario, esas piezas circulaban libremente fuera en calidad de préstamo, donación o compra. LA TRANSMISIÓN DE LA APTITUD TÉCNICA a) Los museos y los materiales de enseñanza "El trabajo de las clases de historia no debe encaminarse tanto á sacar conclusiones en el tema propuesto, como á ofrecer motivos de prácticas que produzcan la aptitud técnica consiguiente. Así, v. gr., por lo que toca á las inscripciones, deben los alumnos ejercitarse en sacar calcos, no sólo de las que se guardan en los Museos Arqueológicos sino también de las que subsisten en el suelo, los muros y las rocas de los lugares que visiten, para aprender á vencer las dificultades que ofrecen las piedras mal situadas, encaladas, etc., acostumbrándose a leerlas directamente y sobre los calcos, que no es lo mismo que encontrárselas ya impresas y restauradas" (Altamira, 1894: 436-437). Las últimas décadas del siglo XIX corresponden a la consolidación de las "lecciones de cosas" basadas en las ideas de Froebel (Gómez R. de Castro, 1997) y de esa especie nueva que se llamó "imaginería escolar" (Podgorny, 1995). En este marco aparecía como relevante la distinción entre una enseñanza basada en el libro y en la exposición oral del maestro frente a otra "útil y agradable" basada en la "intuición" y en métodos realistas conectados con la observación y la comparación. La idea que el pensamiento personal del discípulo era excitado y provocado por la vista y por el manejo de objetos que había de conocer y estudiar se dio en llamar "intuición" y se proclamó como un elemento esencial en los métodos de educación modernos. Esta enseñanza reproduciría la manera científica de conocer y estaría de acuerdo con una nueva manera de relación con el mundo real que desenvolvería nuevas facultades y capacidades. La creencia que la inteligencia del sujeto, enfrentada directamente a las cosas, le permitiría descubrir su naturaleza es el punto de justificación y de partida de todas las iniciativas de la pedagogía basada en las "cosas" y en los objetos. En esta corriente pedagógica cobraron importancia las excursiones, las visitas a los museos y el trabajo con los objetos dentro del aula siempre guiadas por el maestro que, como marcaba Langlois, debía guiar los sentidos para que arribaran a las conclusiones correctas. Por entonces, los museos constituían los lugares privilegiados para la investigación y formación de estudiosos en las disciplinas que gobernaban las colecciones. El museo a fines del siglo cada vez más tendía a ser visto como "una obra de enseñanza", cuyo poder no residía en el poder de los objetos, sino en la acción combinada entre la acción de la palabra del maestro y la exposición (Lopes, 1997; Podgorny, 1995). Eran estos los espacios públicos que articulaban la relación entre las investigaciones y un público que se ampliaba cada vez más, no sólo mostrando los objetos sino también aislando el gabinete del naturalista de las preguntas del aficionado al mundo natural. Las exhibiciones de los museos de ciencias no necesariamente se basaban en la pieza original, muy por el contrario se creaba un universo con elementos que combinaba originales y réplicas de procedencia diversa, combinando lo exótico y lo local. Las reproducciones de materiales arqueológicos y paleontológicos para intercambiar piezas de comparación entre los museos se instauró como práctica a mediados del siglo XIX (Podgorny, 2000b). Pero, destaquemos, la idea de construir colecciones de réplicas para las instituciones de enseñanza ora universitarias, ora primarias o secundarias, aparece ligada a la acción educativa del museo más allá de la visita a sus salas y da lugar a un movimiento que defiende la difusión del uso de las mismas. La posibilidad de replicar objetos de la antigüedad, por otro lado, permitía no sólo la salida del museo para su uso en otros contextos, sino también la posibilidad de reunir en dichas colecciones de réplicas un conjunto aún más completo que el que albergaba el propio museo. En efecto, la reproducción permitía crear colecciones que juntaban piezas depositadas en los museos centrales con las de los museos de provincia y las piezas de colecciones privadas. De tal manera, el material de educación se erigía también como representación de diferentes instituciones e individuos. Destaquemos que las propuestas metodológicas para "el estudio de las antigüedades" incorporaban tanto las colecciones públicas como también las privadas. En un contexto donde la compra y venta de los objetos arqueológicos y paleontológicos era algo admitido como parte de la logística de los museos y de las instituciones científicas, el armado de colecciones para las escuelas recurriendo a piezas originales no era algo, en principio, imposible. Sin embargo, el problema no residía en la posibilidad de su venta sino en el precio que estas piezas tenían en el mercado de antigüedades y de objetos de historia natural. Por lo tanto a fines del siglo XIX, se podía postular que la reproducción de objetos de la antigüedad ofrecía, entre otras, la ventaja de reducir el costo de las mismas y facilitaba su adquisición a las instituciones de menos recursos. Así por ejemplo, Altamira festejaba con Langlois que: "los medios de hacer estudios arqueológicos son hoy innumerables. El material de la ciencia arqueológica no ha sido jamás tan perfecto y barato como hoy en día. La fotografía, el heliograbado y los vaciados multiplican las obras maestras...Los progresos extraordinarios en el arte de la reproducción de los originales han producido, en nuestros días, una revolución análoga á la que trajo la difusión del arte tipográfico en el siglo XV: el uno ha vulgarizado el pensamiento, los otros facilitan la enseñanza de la arqueología en todos los grados, popularizando la inteligencia de las cosas de arte" (Altamira, 1892:53). El profesor de la Sorbona recomendaba los materiales del editor Braun y los producidos en el museo del Trocadero señalando la posibilidad de organizar "galerías incomparables" de réplicas en base al buen gusto del especialista. Frente a esta alternativa moderna, los museos de provincia y la exhibición de originales locales aparecían como lo opuesto, es decir, como los espacios donde los sentidos se podrían malformar. La réplica, ade-más, multiplicaba la pieza única las veces que fuera necesario. De tal manera, las colecciones reproducidas ponían "al alcance de todos" los materiales dispersos, inaccesibles y caros. Asimismo, como recurso indispensable aparecía la fotografía, la cual había provocado una verdadera revolución en el orden de las investigaciones donde el principio fundamental era la observación y la comparación, ya que permitía multiplicar indefinidamente los elementos comparables (Babelon, 1910: 324-325). Tal como había previsto Baudelaire ( 16), la fascinación por la fotografía, la rapidez de la reproducción de las imágenes y la facilidad para su dispersión, se había instalado en el mundo burgués. La posibilidad de la réplica y del armado de colecciones para la enseñanza fue una empresa prontamente asumida por las editoriales y las casas especializadas en productos pedagógicos y/o instrumentos y material científicos. Ligado a ello, en la sección dedicada a materiales de enseñanza de la exposición universal de Viena de 1873 los representantes alemanes, austríacos y franceses presentaron una colección de estampería (Berra, 1898; García e.p.; García del Dujo, 1985); y las casas Grimme (Viena) y Hestermann (Hamburgo), series que incluían materias primas y sus transformaciones en la producción industrial. Poco después, esto se vería como el origen de la tendencia a establecer colecciones de enseñanza y museos escolares. De hecho, la incipiente industria escolar tomó a las siguientes exposiciones universales como el espacio natural para promocionar sus productos que, en Europa se venían desarrollando desde 1855 como manera de (16) La distinción entre la función de la fotografía como ayuda memoria para las profesiones científicas y como posibilidad de detener la destrucción de los objetos del tiempo a través y como enemiga de la poesía (y del alma humana) fue una de las reacciones que surgieron al aparecer esta técnica. Especialmente, las exposiciones tenían dos tipos de público: el que visitaba la exposición y el que leía los catálogos de la misma. Por otro lado, las industrias que exhibían sus productos multiplicaban el efecto de promoción a través de la edición y exhibición de los catálogos de la casa con los precios y las condiciones de venta y envío. En el caso de las fábricas y casa proveedoras de material didáctico, generalmente se acompañaban estas descripciones con referencias a las lecciones que se podían desarrollar por medio del manejo de dichos materiales. Los objetos presentados constituían sólo una muestra de la calidad, mientras que los premios obtenidos en las Exposiciones pasaban a engrosar los catálogos, el valor y el prestigio de la casa. Las empresas francesas y alemanas desarrollaron una amplia gama de láminas, colecciones didácticas, juguetes, gabinetes de experimentación, mapas, a la vez que editaban y exportaban libros a distintos países (17). La competencia entre las industrias escolares francesas, alemanas, austríacas e inglesas por imponer los productos en los mercados coloniales y latinoamericanos no es diferente a la que se dio en otros ramos de la industria y de la expansión imperiales (Hobsbawm, 1995; Sheets-Pyenson, 1989; Pyenson 1985). En relación a este aspecto, al analizar objetos tales como los libros de texto, el mobiliario y el material escolar, uno se enfrenta no sólo con las políticas educativas sino también con el problema de la industria editorial y de los materiales pedagógicos cuya expansión se produce en la segunda mitad del siglo XIX (Richter, 1992). En el caso de las réplicas de antigüedades y también de objetos etnográficos, al igual que en muchas otras áreas, los modelos desarrollados en Alemania aparecían como los más avanzados y competían con los franceses (Vitry, 1898). La idea que las naciones hispano-americanas debían desarrollar "modelos nacionales" que sustituyeran a los promovidos por las casas francesas y alemanas, era una idea compartida por los pedagogos españoles y argentinos (Senet, 1891; Mercante, 1893; Lugones, 1910). Frente a ello surgió el problema de los criterios de armado de las coleccio-(17) Entre las firmas internacionales que tuvieron difusión en la Argentina se puede mencionar la casa Johnston de Londres y Edimburgo, la casa Deyrolle de París, Sociedad Louis Michaud y la casa alemana K. E Koehler, que tenía una sucursal en Buenos Aires y editaba catálogos en español para el mercado latinoamericano. nes para lograr con eficacia una educación nacional. Así, el pedagogo Víctor Mercante expresaba: "Las obras plásticas de nuestros gabinetes de Ciencias Naturales, esmeradamente hechas, no representan una planta, una flor, un fruto argentino. Las telas ilustrativas, en Europa son hechas y a Europa retratan; las colecciones mineralógicas, de productos agrícolas, las cajas enciclopédicas (por otra parte muy deficientes) cuando no vienen de Francia son de Alemania. Pero ¿somos franceses o argentinos?" Altamira, luego de su viaje a América del Sur, tomaría el ejemplo de estos países como inspirador de la relación de control que el Estado debía asumir en la supervisión de la construcción y distribución de los materiales de enseñanza. Para Altamira tomar el caso sudamericano en oposición a los franceses y alemanes tenía el valor adicional de suministrar un ejemplo tomado de la misma raza. En la Argentina, la idea de la reproducción de piezas y de armado de colecciones para la educación general se promovía desde el Museo Nacional, Etnográfico y de La Plata y durante el Ministerio de Instrucción Pública de la Nación de Joaquín V. González (1904González ( -1906)). Uno de sus objetivos era imprimir a los estudios secundarios y normales un carácter regional. Acompañó su gestión como Inspector General de la Enseñanza Secundaria y Normal, el escritor Leopoldo Lugones. Para Lugones, las ciencias naturales constituían el vehículo más apropiado, ya que consideraba que no era posible darle una carácter regional ni a las matemáticas ni a las letras. Mencionaba que: "a objeto de nacionalizarla, o mejor dicho provincializar la enseñanza, no hay otro medio conocido que vincularla con las peculiaridades de cada región; y esta es indispensable, por otra parte, al método experimental que se preconiza" (Lugones, 1910: 161). Para ello, en 1905 propuso dos proyectos, uno se refería a la formación de colecciones mineralógicas argentinas encargándoselas a la Escuela de Minas de San Juan y a la Facultad de Ciencias de Córdoba. El segundo consistía en modelar en yeso fósiles típicos argentinos, pidiéndole a Florentino Ameghino, director del Museo Nacional, que le indicara los cien ejemplares más típicos y fáciles de reproducir. De los sugeridos, algunos pertenecían a las colecciones del Museo Nacional, otros al Museo de La Plata y más del cincuenta por ciento a la colección particular de Ameghino. Estos proyectos, aunque no se realizaron, marcan un rasgo interesante en el sentido de la importancia que asumían los fósiles como http://tp.revistas.csic.es símbolos de lo regional y de lo local (Podgomy, 1997;2000c). Las escuelas, por su parte, solicitaban al Museo "fósiles pampeanos" para ilustrar sus clases (18). En cuanto al material para la enseñanza de la historia, Altamira mencionó en sus conferencias de La Plata la importancia de la creación en cada centro docente de un museo escolar de historia cuando no hubiese algún gran museo cerca, y que en la ciudad de La Plata se volvía innecesario (Lám. Para los casos en que hubiera que formar colecciones de "material vivo» (19) para las escuelas, sugería: recurrir a los alumnos ya que en todos los hogares había objetos diversos procedentes de viajes, excursiones, observaciones; solicitar donaciones de duplicados o reproducciones de otros museos; crear secciones con "supervivencias vivas» (20), con mapas físicos e históricos, cuadros geográficos, mapas mudos apizarrados, láminas, fotografías, aparatos y material de proyecciones. Para la enseñanza de la historia general indicaba que muchos de esos materiales se podían adquirir en varias casas internacionales, aunque tenían el inconveniente de ser "demasiado" alemanas, en el sentido de referirse a la Edad Media y Moderna de Europa. Altamira señalaba que los centros científicos podrían colaborar en la formación de los museos escolares con duplicados, reproducciones de documentos, fotografías y suministrando datos. En el caso del Museo de la Plata, desde fines del siglo XIX poseía los talleres necesarios y el personal capacitado para las reproducciones en yeso o papel maché de fósiles u objetos arqueológicos y se intercambiaban con instituciones análogas tanto nacionales como internacionales. Las solicitudes y envíos de réplicas y de objetos arqueológicos a establecimientos educativos, por otro lado, empiezan a generalizarse en los inicios de la década de 1920, respondiendo a una doble política. Por un lado, la de la nueva dirección del Museo (desde 1919 y hasta 1932 a cargo de Luis María Torres) que pretende renovar las vitrinas, ordenar las colecciones a partir de piezas auténticas y de procedencia conocida, facilitar la exposición y hacer más inteligible para el público las salas de exposición. Para esto último, se recibió un subsidio del Ferrocarril del Sur, asociado a la promoción turística de La Plata y su Museo que esta compañía realizaba (21). Torres, por su parte, logró configurar una amplia red de difusión del museo, tranformándolo no sólo en un icono científico sino también casi como una autoridad independiente tanto de la universidad como de los vaivenes de la política. Además le dio una importancia mayor a la difusión de la prehistoria y protohistoria argentinas, reeditando la parte que él había escrito en 1917 en un manual para el profesorado secundario como un libro aparte dedicado al mismo público (Podgomy, 1999b). Destaquemos que ante los pedidos difusos (no definidos) de materiales de parte de las escuelas se puede detectar un cambio: mientras en la dirección anterior se optaba por colecciones de fauna o de minerales argentinos. Torres envía objetos e ilustraciones referidos a los pueblos indígenas del pasado. Por otro lado, los pedidos provienen de instituciones que surgen en esta época como las facultades de pedagogía de las nuevas universidades nacionales del Litoral y deTucumán y los museos municipales. Asimismo, viejas instituciones como las escuelas normales y los gabinetes universitarios de la Universidad de Córdoba pretenden reordenarse y modernizarse a través de la constitución de gabinetes de estudio. En este sentido, se pueden señalar dos cosas: la centralización de las funciones del Museo de La Plata como un espacio recopilador de información y de colecciones, desde donde se redistribuirían hacia las otras instituciones provinciales y regionales; por otro, el peso que lo etnográfico/arqueológico va asumiendo en paralelo a los fósiles. Durante la década de 1920 se expande el tópico y motivos basados en las culturas indígenas como rasgo representativo de lo autóctono americano. La pródiga y grandiosa naturaleza argentina expresada en los (18) Documentos varios -AHCN. (19) Se estimaba como "material vivo" a los objetos y láminas que debían ser "movibles" dentro del aula, en oposición al material clasificado y dispuesto de manera fija en las vitrinas de un gran museo. (20) Bajo el término de "supervivencias vivas" se incluía a leyendas, tradiciones y canciones del carácter primitivo indígena que se consideraba que se estaban perdiendo frente a la inmigración extranjera. (21) Con relación al Ferrocarril Sur, la empresa le concedía al Museo un 50% de descuento en el transporte de las colecciones y materiales. También por ejemplo el gerente, solicitaba visitas al Museo. Además el Ferrocarril promocionaba "un día en La Plata. Visita al Museo y exposición de avicultura. Boletos especiales de ida y vuelta....". Asimismo, los domingos (uno de los días de visita, además de los jueves) el ferrocarril expendía boletos de excursionistas a precios reducidos (también había boletos de segunda clase, que eran más baratos) (Caja n.° 21. AHCN) Por otro lado, tanto el Museo de La Plata como el Etnográfico estaban incluidos en los circuitos turísticos que se ofrecían a los visitantes extranjeros y en los tours de turistas de EE.UU. Así la American Express company de Nueva York, pretende organizar una visita para un contingente de turistas norteamericano en 1921 como había ocurrido el año anterior que se rechaza por estar el museo en reparaciones (Caja n.° 21, AHCN). Excursión escolar al Museo Etnográfico de la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires en 1905, integrada por alumnas de 4.' ^ a 6.° grado de la Escuela primaria Sarmiento. Allí se tomaron bocetos de los objetos que luego se reprodujeron en el contexto escolar (tomada de López, 1906). mamíferos fósiles compartiría entonces su lugar con una cultura de raigambre americana. En cuanto a las colecciones etnográficas y arqueológicas, en las Memorias del Museo de La Plata de mediados de la década de 1910 se señalaba que, seguramente debido a la nueva exhibición y a la mejor presentación de los materiales, la sección etnográfica había sido muy visitada, muy especialmente por profesores y alumnos de colegios y escuelas, y aún de la Universidad de Buenos Aires. Asimismo, se subrayaba que: "los cursos que se dictan en nuestra Universidad, como los de antropología, etnografía y prehistoria argentina y americana, han utilizado todo o la mayor parte del material clasificado, habiéndose dado catorce lecciones por profesores y alumnos en el mismo local donde las mencionadas colecciones se exhiben." La experiencia de algunos pedagogos que se habían perfeccionado en Estados Unidos hace que los materiales del Museo Etnográfico no sólo sean utilizados por los estudiantes universitarios sino que pretende incorporarse inmediatamente en la enseñanza de niñas de educación primaria. Así, el caso de Ernestina López, autora de manuales escolares profusos en fotos provenientes de los museos (Podgorny, 1999 b), quien proponía "la tendencia modernísima de la enseñanza manual" organizada "sobre la base de la verdad científica" (López, 1906: 124) (22). La idea de reproducir las distintas fases de la civilización y de la industria se veía estimulada por la visita al museo de la Facultad de Filosofía y Letras (Lám. II), donde las vasijas calchaquíes, los textiles y la cestería, inspiraban la realización de reproducciones por parte de las alumnas (Lám. Por otro lado, se suponía que, mediante el trabajo manual que replicaba las formas pasadas, se exponía al niño a la repetición de los estadios de la evolución de las técnicas, quien lo aprehendía no de manera teórica sino experimental y empática. Además este Museo fue incorporado a las actividades educativas de varias escuelas comunes y normales a fines de la década de 1910, institucionahzándose las visitas anuales como parte de los programas de enseñanza de la historia. (22) "El concepto de esta escuela podría sintetizarse diciendo que entiende como el fin primordial de la enseñanza poner al niño en condiciones de que sea capaz de interpretar el alcance de la civilización actual, único medio de exigirle su cooperación á la obra humana, cuyo espectáculo no debe quedar fuera del círculo de su comprensión, vale decir, de su simpatía" (López, 1906: 124). TIL Alumnas aprendiendo a hilar según "procedimientos primitivos" (tomada de López, 1906). La enseñanza basada en la observación in situ de la naturaleza y de los objetos y los lugares históricos puede rastrearse también en conexión al mismo programa. A este respecto cabe destacar que como parte de la "Nueva escuela" las salidas del aula para, a través de la observación y la intuición, reproducir los caminos del conocimiento de las ciencias se consideraban como un elemento importante del proceso de aprendizaje. Además las excursiones fueron concebidas como un ejercicio de enseñanza integral en donde era posible combinar la educación física, los comentarios históricos-artísticos y de otras materias y una educación moral a través de la convivencia entre profesores y alumnos. La Universidad de Oviedo tampoco estuvo ajena a esas tendencias (Uría, 1994). En este sentido, por ejemplo, se señalaba que: "en mucha de sus cátedras se ha abandonado la retórica disertación del profesor, sustituyéndola por la conversación, á la manera socrática, en que los discípulos entran como algo vivo; se les encomiendan memorias sobre temas de la asignatura; se hacen trabajos de índole completamente práctica en las asignaturas que á ellos se prestan...; se giran visitas á talleres, fábricas, minas, puertos, tribunales de justicia, prisiones; se realizan excursiones artísticas, arqueológicas en particular, y también recreativas, siempre mezclados alumnos y catedráticos, cuidando de que se haga reseña escrita de todas ellas" (Buylia, 1902: 31). Los "métodos modernos de investigación y enseñanza" fueron puesto en práctica por Rafael Altamira en su cátedra de Historia general del Derecho español, como medio para que el alumno entrara en contacto con la misma realidad histórica y se formara en el sentido de los hechos humanos y del proceso de su desarrollo. En esa materia, además de trabajar en el manejo, análisis y comparación de documentos históricos, se complementaron las lecciones con visitas al "museo de antigüedades asturianas para que vean inscripciones, monedas, calcos, pergaminos, etc., y en la cátedra hago circular á menudo fotografías, grabados, fototipias y otras reproducciones de documentos antiguos" (Altamira, 1902:48). Las "excursiones escolares" de carácter arqueológico o naturalista fueron implementadas, asimis-T. P., 58, n." 2, 2001 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es mo, en varias universidades españolas: Madrid, Sevilla, Valencia, Barcelona y Oviedo. En relación a ello, algunos profesores de esta última institución remarcaban que las excursiones constituían un "procedimiento educativo de primer orden; y no sólo para enseñar, sino para que el profesor viva por algunas horas, ó por algunos días, en contacto con sus discípulos, los conozca y pueda dirigir su conducta moral y su educación física" (Sela, 1902: 179). Además apoyaron la reciente creación de la Unión Escolar Ovetense donde, era de esperar, se constituiría en su seno una sociedad dedicada a organizar esos útiles viajes, como había ocurrido con las asociaciones excursionistas de Cataluña que fomentaban el conocimiento de su provincia. Las excursiones para visitar monumentos y museos también formaron parte del programa de extensión universitaria desarrollado en la Universidad de Oviedo. Pero, señalemos, en la enseñanza y la práctica de las ciencias como la antropología y la arqueología, "el campo" en esos años estaba apareciendo como uno de los lugares donde el científico debía buscar el conocimiento. En efecto, si bien los viajes de exploración y las colecciones de materiales conformaron siempre un aspecto ineludible de los estudios geológicos, arqueológicos y de arqueología prehistórica (y de todas las disciplinas ligadas a la historia natural), el naturalista de campo (quien hacía la primera recolección del material) y el descriptor de la colección, no necesariamente estuvieron reunidos en un solo individuo sino hasta el tardío siglo XIX y el XX inicial (Kuklick y Kohler, 1996; Podgorny y Politis, 2000). En este sentido, es importante destacar que en la incorporación de las excursiones al programa de enseñanza universitaria de las ciencias se puede ver la consolidación de la práctica de campo como parte de las habilidades que el científico debía reunir en su formación profesional. En la educación primaria argentina, el Consejo Nacional de Educación reglamentó las excursiones escolares en 1900 (Marengo, 1991), constituyéndose los museos y los jardines zoológicos como los lugares principales para la contemplación de la naturaleza para los alumnos de la capital. Para ellos los elementos ilustrativos del pasado aparecían reunidos en el Museo Histórico Nacional y en los monumentos a los proceres nacionales que se estaban construyendo en esa época. Estos monumentos también fueron objeto de excursiones escolares especiales. Al mismo tiempo, en varias escuelas provinciales se venían realizando excursiones a sitios que localmente se les atribuía un valor histórico y para la observación de la naturaleza, establecimientos industriales o construcciones urbanas (Zubiaur, 1897). Además durante esas salidas se recolectaban objetos para la formación de museos escolares (García,e.p.) (23). También entre los estudiantes universitarios latinoamericanos se fomentó las visitas a museos y lugares históricos. En el primer Congreso Internacional de Estudiantes Americanos realizado en Montevideo a principios de 1908, se propuso, entre otras conclusiones, la glorificación de los grandes hombres y de las tradiciones americana^' por medio de la propaganda oral y escrita y con la realización de peregrinaciones patrióticas a monumentos y sitios históricos (García, 2000). En la Argentina ese tipo de prácticas había alcanzado amplia popularización como se evidenciaba en el aumento de participantes a las peregrinaciones patrióticas a Tupumán en conmemoración de la independencia que se realizaron anualmente en el mes de Julio durante los primeros años del siglo XX. A esas peregrinaciones asistieron, con subsidios otorgados por el Estado, diversas asociaciones docentes y centros de estudiantes secundarios y universitarios de varias ciudades del país. En Méjico, un grupo de estudiantes entre los que se destacó la figura de José Vasconcelos fundaron el Ateneo de la Juventud y posteriormente la Universidad Popular Mexicana en 1912, en las que desarrollaron programas de extensión universitaria, conferencias y visitas guiadas a museos y lugares históricos (Melgar Bao, 1999). En el contexto académico y respondiendo a los objetivos planteados institucionalmente, los estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires definían a las excursiones como necesarias para la enseñanza de la arqueología americana siempre que estuviera ligada al "carácter nacional". En efecto, en el Segundo Congreso Internacional de Estudiantes Americanos el tema de las excursiones (23) Las excursiones al aire libre formaron parte del programa de la Escuela Normal de Paraná (Provincia de Entre Ríos). Esta institución fue muy importante en la formación de profesores en la Argentina finisecular. Las excursiones y la formación de museos escolares estuvieron vinculadas al profesor italiano Pedro Scalabrini (1848-1916), quien entre 1872 y 1895 fue catedrático de esa Escuela Normal, además de dirigir el Museo de Paraná. Como parte de ese programa, Scalabrini recorría con sus alumnos las barrancas del Río Paraná buscando fósiles. Con ellos, formaría en 1891 un Museo Escolar que también incluía una sección de Etnografía (Mercante, 1927). Los maestros formados con Scalabrini difundieron la idea de las excursiones y los museos por las escuelas y distritos en los que trabajaron (García, e.p.). asumía un carácter americano, aprobándose la resolución de que se vería con agrado que: "en todas las Universidades de América se organizaran excursiones arqueológicas de carácter nacional, en las que tomarán parte los alumnos de cada Universidad y todos aquellos aficionados a esta clase de trabajo" (Cabrai, 1914: 518). A ello se sumaba la posibilidad que, realizándose en vacaciones y subvencionadas por los gobiernos nacionales o las autoridades universitarias, como, de hecho, lo eran los congresos, los campamentos de estudiantes y las peregrinaciones patrióticas, las excursiones fueran otro lugar de encuentro y de sociabilidad de los estudiantes americanos (García, 2000). La estrecha relación -al estilo de Rojas-entre "valores científicos" y "la patria", parecía que podía encarnarse a través de las "investigaciones sobre el terreno, recolección de alfarerías, utensilios, piezas interesantes, cráneos, etc etc; descripciones detalladas de la comarca en que se realizan; apuntaciones de carácter científico que más tarde son completadas en los gabinetes y laboratorios de estudio de la Facultad" (Cabrai, 1914: 519). El estudio del "elemento nacional" a través de las excursiones arqueológicas a las distintas regiones se oponía a "la historia de las transformaciones geológicas", en el sentido que en esta, tal como era presentada por los "eruditos maestros", estaban ausentes las referencias argentinas y americanas. La similitud entre la retórica fundacional del Museo Etnográfico de la Facultad de Filosofía y Letras y la del alumno Jorge Cabrai, presidente del centro de estudiantes de esa Facultad y representante de la misma ante un congreso internacional de estudiantes, debe comprenderse en el marco del papel que estos desempeñaban como "embajadores intelectuales" de sus respectivas instituciones. Por otra parte, esos encuentros servían para difundir las distintas experiencias educacionales y de difusión cultural realizadas por los estudiantes latinoamericanos (García, 2000). Es importante destacar que el hecho que los estudiantes destacaran el "valor patriótico" de las excursiones y de los conocimientos arqueológicos se relaciona también con la función de estos cursos y con las carreras que la mayoría de los estudiantes de Filosofía y Letras seguía. En efecto, desde 1903 el curso de "arqueología americana" había pasado a ser una materia obligatoria para los profesorados secundarios en función de promover el conocimiento de la historia antigua de este suelo. Por lo tanto, los estudiantes que esgrimen este argumento no son sólo los futuros arqueólogos sino futuros profesores de educación secundaria que, efectivamente, ven en los sitios y en los objetos arqueológicos un interesante recurso para, "a través del trabajo constante que fecundiza y dignifica, unir íntimamente al ciudadano con el suelo de la patria" (Cabrai, 1914: 518). Recordemos que en el planteo de Rojas, los restos arqueológicos eran vistos como "parte integrante del territorio y de la emoción misma de su paisaje" (Rojas, 1909: 458). Por otra parte, la vinculación entre el suelo y las "razas americanas" estaba siendo aceptada como la relación más importante en cuanto criterio ordenador de la etnología y arqueología locales. Así, la antropogeografía y la clasificación geográfica de los grupos indígenas del pasado y del presente no sólo habían sido adoptadas para ordenar las exhibiciones antropológicas del Museo de La Plata (Podgomy, 1999a) sino que también era asumido como problema a tratar por los estudiantes.' Cabe remarcar que el proceso de institucionalización de la enseñanza de la arqueología ha ido delineando la distinción contemporánea entre investigación científica y educación. Esta separación no sólo enmascara que la investigación científica es el resultado de un proceso que implica la educación en una práctica científica y previo a ella la participación en un sistema de ideas y de categorías comunes transmitidos en el proceso de socialización primaria y secundaria, sino que también encubre la estrecha relación que investigación científica y educación tuvieron, por ejemplo, en los momentos correspondientes a la organización del estado nacional (Podgorny, 1999b). En este trabajo quisimos mostrar que los campos científico y educativo eran sumamente permeables entre sí, imbricados de alguna manera con parte de un discurso oficial de tendencia nacionalista. Hemos tomado el caso de los programas escolares, las conferencias públicas, la organización de excursiones, las visitas a los museos. En este sentido, las ideas aprendidas en el contexto de la enseñanza de la ciencia pasan al "corazón" de la formación de los mismos científicos y de los profesores universitarios de historia y ciencias. Por otro lado, también pretendimos mostrar que las ideas acerca de la regionalización o nacionalización de los contenidos forman parte de un movimiento internacional y de la defen- sa de determinadas industrias locales y/o artesanales frente a la expansión de las casas alemanas y francesas. Las colecciones, las visitas a museos y a los monumentos, las réplicas e incluso la experimentación de técnicas pretéritas confluían en esta pedagogía basada en la observación de las cosas que, en nuestro país, podía traducirse en la descripción de una vasija de los tiempos protohistóricos. Para finalizar queremos destacar lo siguiente: el desarrollo del material de enseñanza para la enseñanza de la historia y de la arqueología generó una abundante bibliografía desde fines del siglo XIX. Tanto las publicaciones, las estrategias pedagógicas como el material de enseñanza desarrollado formaron parte de una industria que produjo una innumerable cantidad de objetos. Lo singular de todo esto es que recurrentemente estas ideas reaparecieron a lo largo del siglo XX como si nunca antes se hubieran planteado, como si los objetos generados y las prácticas pedagógicas vinculadas a ellos se hubiesen disuelto en el aire. Quizás por el mero carácter de ser objetos de consumo de una sociedad que, así como crea discursos y objetos, los arroja prontamente al olvido para que puedan ser creados otra vez. Los materiales de enseñanza de la historia nos muestran también una de las facetas más eficaces del capitalismo: la historia no nos enseña nada, al contrario: el devenir de la sociedad incluso borra de la memoria los objetos con los cuales se constituye. Parte de los materiales aquí utilizados proceden de la investigación realizada en el Departamento de Prehistoria del Centro de Estudios Históricos, CSIC y la Institución Libre de Enseñanza en el marco de un convenio de cooperación internacional CSIC-CONICET hace ya varios años. I. Podgorny agradece toda la colaboración que encontró entonces y especialmente a Pilar López García, Directora del Centro de Estudios Históricos (actual Instituto de Historia), CSIC (Madrid) y la Institución Libre de Enseñanza (Madrid). Por otro lado, mucha de la bibliografía mencionada pudo adquirirse gracias a un Subsidio de Inicio de Carrera de la Fundación Antorchas de Buenos Aires, con el que también se está procediendo a la organización del Archivo Histórico de la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de La Plata. También se agradece a los dos evaluadores del artículo por sus sugerencias y a la Fundación Rockefeller a través del programa "Pro Scientia et patria: los museos en la formación del patrimonio nacional" del Museo Etnográfico de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de BuenosAires.
La propiedad sobre el patrimonio histórico es objeto de controversia al amparo de reivindicaciones de tipo étnico o religioso. En 1996, diversas Comunidades Judías consiguieron paralizar la excavación arqueológica de un importante sector de la necrópolis judía medieval de Valencia e impidieron la investigación arqueológica de los restos humanos descubiertos que fueron reinhumados en el actual cementerio judío de Barcelona. Los gobiernos local y autonómico antepusieron las exigencias religiosas de las Comunidades Judías al respeto hacia el patrimonio arqueológico. A raíz de una queja formulada por un grupo de ciudadanos, el Síndic de Greuges (Síndico de Agravios) de la Comunidad Valenciana dictó una resolución condenatoria sobre la decisión tomada por los poderes públicos. La Constitución Española de 1978 en su art. 46 señala que los poderes públicos garantizarán la conservación y promoverán el enriquecimiento del patrimonio histórico, cultural y artístico de los pueblos de España y de los bienes que lo integran, cualquiera que sea su régimen jurídico y su titularidad. El caso que traemos a colación en el presente artículo viene a demostrar que el cumplimiento de este mandato constitucional no siempre se lleva a término, sobre todo cuando se enfrenta a situaciones en las que, por razones de índole étnica o religiosa, se reivindica la propiedad de determinado patrimonio cultural; un fenómeno que en los últimos años viene manifestándose de manera creciente y a escala mundial (Endere, 2000). En este caso, se trata de algo acontecido hace apenas un lustro en la ciudad de Valencia, y que reviste especial gravedad por las consecuencias derivadas de una gestión negligen-T. R,58,n."2,2001 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es Fig. 1. Emplazamiento de la ciudad de Valencia. A, Centro histórico; B, Ampliación de la zona donde se han localizado restos del cementerio judío (con trama gris): 1, Edificio de grandes almacenes; 2, Excavación de la c/ Monjas de Santa Catalina; 3, Excavación de la c/ Doctor Romagosa. te del patrimonio arqueológico por parte de las administraciones autonómica y local que optaron por cercenar una investigación arqueológica planificada en toda regla, como era la excavación de un importante sector de la necrópolis judía medieval, anteponiendo las exigencias de la actual comunidad hebrea al cumplimiento de la legislación vigente. Resulta paradójico que la primera excavación con finalidad arqueológica en la ciudad de Valencia fuera acometida en 1890 en la calle Cirilo Amorós, como consecuencia del hallazgo casual de lo que parecían ser varias tumbas judías, que fueron excavadas y dibujadas por la Delegación Municipal de Monumentos (Ribera, 1998: 13-14), y que un siglo más tarde, se haya sustraído una documentación arqueológica esencial para la reconstrucción histórica de la ciudad. Este artículo pretende servir de elemento de reflexión acerca del papel desempeñado por las administraciones públicas en el cumplimiento de la legislación vigente y que con ejemplos como el aquí expuesto, se demuestra que, con más frecuencia de la deseada, los poderes públicos son los primeros en volver la espalda a la legislación. Ante situaciones como la registrada en Valencia, la pregunta es inevitable: ¿a quién pertenece el patrimonio histórico? UNA INVESTIGACIÓN ARQUEOLÓGICA TRUNCADA La necrópolis de la aljama hebrea de Valencia se emplazaba al SE de la "Juheria", en un principio en las afueras del recinto amurallado islámico y desde 1356, en el interior de la nueva trama urbana resultante de la construcción de la muralla cristiana en el transcurso de la contienda entablada entre Pedro I el Cruel de Castilla y Pedro IV el Ceremonioso de Aragón (1). Su perímetro estaba delimitado por las actuales calles de Colón, Pintor Sorolla, Doctor Romagosa y Don Juan de Austria (Fig. 1 B). Esta necrópolis quedó amortizada por varias fosasbasurero de la primera mitad del siglo XV, quizás a resultas del asalto sufrido por la Judería de Valencia en 1391. A consecuencia de este hecho violen-to, la comunidad judía desapareció desde el punto de vista jurídico y legal. Su recuerdo quedaría plasmado en una de las doce puertas y portales que daban acceso al espacio intramuros, denominada "Portal deis Juheus", de la que podemos hacernos una idea de sus dos torreones cuadrados gracias a un dibujo realizado porWijngaerde en 1563 (Teixidor, 1990: 53-54) (Fig. 2,1-2). Sobre su desaparición, Cock en su obra Relación del viaje hecho por Felipe II en 1585, á Zaragoza, Barcelona y Valencia, constata la transformación, en 1391, de la sinagoga en Iglesia de San Cristóbal y Teixidor, en el tomo I de s\x^ Antigüedades de Valencia (1767), alude a que sobre el cementerio de los judíos se fundó en 1491, el convento de Santa Catalina de Siena (Fig. 2,2 y 4). En 1970, la iglesia de este convento fue desmontada y trasladada piedra a piedra hasta el barrio de Orriols para permitir la construcción de unos grandes almacenes; obras que se llevaron a cabo sin control arqueológico alguno, a pesar de que desde el siglo XVI se tenía constancia de que la zona pertenecía ala Judería (Ribera, 1995: 281). A raíz del establecimiento de los primeros ayuntamientos democráticos en 1979, la ciudad de Valencia se dotó de una serie de instrumentos de protección de su patrimonio histórico. Así, en el marco del Plan General de Ordenación Urbana, aprobado en 1988, se elaboraron unos Planes Especiales de Protección del Centro Histórico, que incluyeron una serie de apartados referidos al patrimonio arqueológico de la ciudad (Ribera, 1989). En virtud de ellos, se establecía un área de protección coincidente con el casco antiguo, delimitado por las murallas del siglo XIV que abarcaban las ciudades romana y medieval (Fig. 1 A). Como quiera que la necrópolis judía estaba incluida dentro del recinto medieval, ésta recibía la consideración de zona de ProtecciónArqueológica, lo que implicaba la necesidad de realizar el preceptivo informe arqueológico previo a cualquier remoción de tierras en dicha zona (Fig. 1,B). Fue así como en octubre-noviembre de 1993 y en un solar contiguo al lugar de los primeros hallazgos, el íf 4 de la calle Monjas de Santa Catalina, se realizó una excavación arqueológica, a la que siguió otra entre los meses de abril y agosto de 1994, en otro solar delimitado por las calles Bisbe y Monjas de Santa Catalina (Calvo y Lerma, 1996:261-275; cft. nota 1 ) (Fig. 1, B), confirmándose la importancia arqueológica de esta zona (Calvo y Lerma, 1998: 50-59). Estos trabajos darían paso a una tercera campaña de excavación en enero de 1996 en un solar de la calle Doctor Romagosa con una duración prevista de tres meses, que se vería afectada por la solicitud de paralización de las labores arqueológicas (Fig. 1, B). Esta petición en un principio fue formulada por la Comunidad Judía de Valencia (Las Provincias, 8/2/96), a la que pronto se sumaría la Federación de Comunidades Israelitas en España. A partir de este momento, se produce una cadena de hechos protagonizados por las citadas comunidades judías junto con la Embajada de Israel en España, el Ministerio de Justicia, laGeneralitat Valenciana y el Ayuntamiento de Valencia. Finalmente, la Federación de Comunidades Israelitas en España exige a las administraciones autonómica y local que los restos esqueléticos no sean objeto de manipulación alguna, impidiéndose cualquier tipo de análisis, y que sean reinhumados en un cementerio judío próximo. El Ayuntamiento doYalenciei y la. Cons elle ria de Cultura, Educado i Ciencia de la Generalitat Valenciana autorizan el traslado de los cuerpos al cementerio judío de Barcelona sin haber podido realizarse los análisis que se efectúan a los huesos humanos de cualquier excavación arqueológica. Este traslado se hizo extensivo también a los procedentes de campañas anteriores que, hasta ese momento, no habían suscitado reivindicación alguna. Desde el comienzo de la campaña de excavación en enero de 1996 hasta llegar a la exhumación de los restos y su traslado al cementerio judío de Barcelona, que tuvo lugar el día 18 de abril del mismo año, los acontecimientos se sucedieron con gran rapidez. Un brevísimo relato de los hechos comenzaría cuando al poco de iniciada la nueva campaña de excavación arqueológica, la Comunidad Judía valenciana manifiesta, a través de su presidente, Samuel Sefarti, su interés por los descubrimientos que los medios de comunicación, sobre todo prensa escrita local, empiezan a difundir, destacando la importancia de estos hallazgos para el conocimiento de la Judería de Valencia, al proceder de la excavación en extensión de un solar de considerable superficie en el que se había autorizado la construcción de un edificio de cinco pisos y tres plantas de garaje. A comienzos de marzo de 1996, el Ministerio de Justicia solicita alAyuntamiento de Valencia que se dé una solución a este problema en colaboración con la Comunidad Judía. Por su parte, la Federación de Comunidades Israelitas de España, por boca de su presidente, Carlos Schorr, se muestra tajante a la hora de solicitar la paralización de los trabajos de excavación arqueológica y la suspensión de la correspondiente licencia de obras, así como de cualquier tipo de análisis sobre los 92 esqueletos hallados (Levante-EMV, 15/3/96; Las Provincias, 21/3/ 96). Se da la paradoja de que al mismo tiempo que se está negando la posibilidad de efectuar estudio alguno sobre los mismos, un representante de la Comunidad Judía de Valencia, Agustín Andreu, que a su vez ostentaba el cargo de Director del extinto Institut Valencia d'Estudis e Investigado, dependiente de laGeneralitat Valenciana y de la Diputación Provincial de Valencia, tiene previsto crear una asociación dedicada al estudio de la cultura hebrea en España {Las Provincias, 13/3/96). A continuación, se entra en un rocambolesco proceso de negociación en el que el Ayuntamiento de Valencia pretende alcanzar algún tipo de acuerdo con la Comunidad Judía en virtud del cual se autorizaría el traslado de los restos exhumados, incluidos los 66 esqueletos recuperados en la campaña de 1993, a cambio de conservar algunos para su estudio arqueológico (Levante-EMV, 26/3/96). El 31 de marzo finaliza el plazo previsto para la excavación arqueológica sin que el equipo investigador haya podido concluir sus labores. Como la empresa constructora dispone de una licencia de obra condicionada al término de las excavaciones, el Ayuntamiento negocia con la constructora un aplazamiento del comienzo de las obras hasta que no se dé una solución al problema de los 92 esqueletos que siguen diseminados por la superficie del solar (Levante-EMV, 28/3/96). Por su parte, el equipo arqueológico insiste en la necesidad de llevar a cabo el estudio antropológico. Mientras el Ayuntamiento negocia la cesión de una parte para su investigación, la.Conselieria de Cultura de IsiGeneralitat Valenciana, a través de la Direcció General de Patrimoni Artistic, anuncia su disposición a autorizar el traslado al cementerio judío de Madrid o Barcelona, indicando que, en buena lógica, deberían ser estudiados previamente (Levante-EMV, 29/ 3/96). Definitivamente, el 10 de abril, el Gran Rabinato de Jerusalén decide la reinhumación en el cementerio judío de Barcelona sin dejar opción al estudio de una parte, como se pretendía desde el Ayuntamiento. Este, a través de su Concejalía de Cultura, manifiesta su conformidad con esta decisión (Levante-EMV, 12/A/96). El 17 de abril las máximas autoridades municipales y de laConselle-ria de Cultura presiden la ceremonia de exhumación (Lám. Tras ella, el entonces Conseller de Cultura, Fernando Villalonga, en declaraciones a los medios de comunicación, reconoce que se había dado una situación que rebasaba el mero interés arqueológico, lo que había planteado un conflicto con la tradición religiosa hebrea cuyo respeto debía anteponerse al interés arqueológico (Levante-EMV, 11/A/96). Ante el cariz que habían tomado los acontecimientos, diversos colectivos salieron a la palestra para manifestar su desacuerdo con la solución dada a este conflicto. Así, según la Comisión de Arqueología del Colegio de Doctores y Licenciados en Filosofía, Letras y Ciencias de Valencia y Castellón, la reinhumación impediría la revisión que cualquier estudio histórico exige con el tiempo y más aún, tratándose de técnicas de investigación en antropología y paleopatología forense que experimentan continuos avances (Levante-EMV, 13/A/96). En idénticos términos se expresó el Presidente de la Asociación Española de Paleopatología y catedrático de Medicina Legal de la Universidad de Valencia, DelfínVillalaín, para quien el traslado suponía una pérdida para la historia de Valencia (Levante-EMV, 18/4/96). Por su parte, el Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Valencia, difundió un comunicado en el que se recordaba que la excavación arqueológica de la que procedían los restos judíos, era una actividad contemplada en el marco jurídico del aconfesional Estado Español, concretamente, en la LPHE (16/ 85), complementada por los distintos reglamentos autonómicos que regulan las excavaciones arqueológicas (Orden de 1987 de la.Generalitat Valenciana) (2). Igualmente, se recordaba que la LPHE (16/ 85) proclama el carácter público de todos los restos de interés histórico contenidos en el subsuelo y exige su estudio con metodología arqueológica. En este caso, la autoridad competente, local y autonómica, había incumplido el preceptivo acto de depósito del registro arqueológico recuperado completo, autorizando en cambio, el traslado de los restos humanos al cementerio judío de Barcelona, lo que había provocado la pérdida de una información de gran valor para profundizar en el conocimiento de la población judía bajomedieval de Valencia (Levante-EMV, 20/4/96). (2) Por estas fechas, aún no se disponía de la Ley de Patrimonio Cultural Valenciano, aprobada por las Cortes Valencianas en la sesión celebrada el 3 de junio de 1998. L Ceremonia religiosa previa a la exhumación de los cadáveres de la c/ Dr. Romagosa, con la asistencia de la alcaldesa de Valencia y el entonces conseller de Cultura a la izquierda del rabino, el día 17 de Abril de 1996 (foto Ferrán Montenegro, Levante-EMV). LA IMPOSICIÓN DE UNA TRADICIÓN RELIGIOSA FRENTE A LA DEFENSA DEL PATRIMONIO HISTÓRICO La solución dada al conflicto de la necrópolis judía de Valencia implica la consideración de unos bienes arqueológicos, en este caso huesos humanos, como patrimonio exclusivo de una comunidad rehgiosa como es la judía. Ésta basó su postura tajante al amparo del cumplimiento estricto de sus leyes que establecen el carácter inviolable de los lugares de culto judío entre los que se incluyen los cementerios. 2 señala que: los lugares de culto en las comunidades pertenecientes a la Federación de Comunidades Israelitas gozan de inviolabilidad en los términos establecidos en las leyes; y añade el aptdo. 6 del mismo art.: los cementerios judíos gozarán de los beneficios legales que este art. establece para los lugares de culto, así como se reconoce el derecho a trasladar a los cementerios pertenecientes a las comunidades israelitas los cuerpos de los difuntos judíos, tanto de los actuales inhumados en cementerios municipales como de aquellos cuyo fallecimiento se produzca en localidad en la que no exista cementerio judío. Al amparo de esta normativa legal, la Comunidad Judía se sintió legitimada para exigir el cese de la excavación arqueológica y prohibir cualquier tipo de análisis científico de los mismos, así como autorizar su exhumación para trasladarlos a algún cementerio perteneciente a las comunidades israelitas. Sin embargo, el mismo art. 2 en su aptdo. 1 señala que a todos los efectos legales son lugares de culto de las comunidades pertenecientes a la Federación de Comunidades Israelitas de España los edificios o locales que estén destinados deforma permanente y exclusiva a las funciones de culto. Resulta evidente que de acuerdo con este texto el espacio donde se ubicaba el "Fossar deis Juheus" no puede ser considerado como lugar de culto, ya que no había conservado dicha función (Figs. 1 y 2); en realidad, debe ser contemplado como una zona arqueológica, quedando protegida como tal por la LPHE (16/85). Esta misma ley proclama el carácter público de todos los restos de interés histórico contenidos en el subsuelo y exige su estudio con metodología arqueológica. En consecuencia, la Comunidad Judía no podía arrogarse un derecho hasta el punto de impedir una investigación ajustada a la normativa legal y contemplada, además, en la Ley 24/1992, que en su art. 13 señala que: el Estado y la Federación de Comunidades Israelitas colaborarán en la conservación y fomento del patrimonio histórico, artístico y cultural judío, que continuará al servicio de la sociedad para su contemplación y estudio. De hecho, no faltan ejemplos en los que ha sido posible hacer compatibles los principios religiosos y científicos, como se demostró en el cementerio judío de York (Inglaterra) (Lilley etalii, 1994), donde tras el estudio, los restos se reinhumaron cumpliendo con los ritos judíos. Y lo mismo puede decirse de la necrópolis judía de Zaragoza (Motis, 1991: 67-83), o la excavación de la necrópolis de la aljama judía de Sevilla, acometida en 1992 con toda normalidad y en la que se incluyó el estudio paleoantropológico durante el desarrollo de la excavación que pudo analizar 73 cadáveres fechados entre mediados del siglo XIII y el último cuarto del siglo XV (Santana, 1995: 23-25,81-108;1996). Recientemente, se daba noticia de la excavación de doscientas tumbas de los siglos XI y XII en el cementerio judío de Girona (Levante-EMV,6IAm). Teniendo en cuenta todos estos precedentes, alguno de ellos tan reciente como el de la necrópolis judía de Sevilla, resulta más incomprensible la actitud de las instituciones políticas valencianas de plegarse ante las exigencias de la Comunidad Judía, incumpliendo el marco legal, al no proceder como contempla la LPHE (16/85) en materia de excavaciones arqueológicas y quedar obviado todo el procedimiento administrativo habitualmente exigido al resto de intervenciones arqueológicas en favor de un oscurantismo acientífico y sectario innecesario, así como discriminatorio con otras confesiones. El Estado; en lugar de colaborar con las comunidades israelitas en la conservación y fomento del patrimonio histórico, artístico y cultural judío, se ha plegado a los intereses privativos de una organización religiosa. Esta actitud va en contra de la Constitución Española de 1978, cuyo art. 16.3 sanciona el carácter laico del Estado español y lo mismo cabe decir del art. 46 cuando señala quQ los poderes públicos garantizarán la conservación y promoverán el enriquecimiento del Patrimonio histórico, cultural y artístico de los pueblos de España y de los bienes que lo integran, cualquiera que sea su régimen jurídico y su titularidad. La ley penal sancionará los atentados contra este patrimonio. La actuación de los poderes públicos en este asunto, obviamente no ha garantizado la conservación ni ha promovido el enriquecimiento del Patrimonio histórico, artístico y cultural español, sin perjuicio de que además, la titularidad de los bienes hallados en ningún caso pertenezca a la Comunidad Judía. Como viene sucediendo desde hace años, de manera especial con los aborígenes australianos o de los EE. (Endere, 2000:4-5), las administraciones deben procurar conciliar los aspectos científicos legales con las sensibilidades de los diferentes sectores socioculturales. En el caso que nos ocupa, ni tan siquiera se permitió el estudio paleoantropológico, como se lleva habitualmente a cabo en el caso de esqueletos prehistóricos, romanos o musulmanes; la ley y la lógica científica así lo aconsejaban con independencia de q\xQ, a posteriori, se pudiese arbitrar una solución ecuánime para los restos. LA ACCIÓN DEL SINDIC DE GREUGES DE LA COMUNIDAD VALENCIANA Y SU RESOLUCIÓN CONDENATORIA DE LA ADMINISTRACIÓN A raíz de la decisión de trasladar los esqueletos sin su estudio previo y de los intentos de justificación por parte de las administraciones local y autonómica, un grupo de ciudadanos/as elevó una reclamación alSíndic de Greuges (Síndico de Agravios), tramitada desde el Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Valencia. El Síndic de Greuges es una institución recogida por el Estatuto de Autonomía de la Comunidad Valenciana, similar al Defensor del Pueblo, contemplado en la Constitución Española. Como la de éste, su misión es velar por una correcta actuación de la administración en el ámbito territorial autonómico {Generalitat Valenciana, diputaciones provinciales y corporaciones locales), en relación con los derechos y libertades fundamentales de los ciudadanos/as. Dada la ausencia de regulación para un conflicto de estas características, la resolución del Síndic de Greuges poscQ el valor especial de todo aquello que sienta un precedente; de ahí que hayamos considerado oportuna la inclusión literal de una buena parte de su contenido (3). En el escrito de reclamación presentado al entonces Síndic de Greuges, Arturo Lizón Giner, se consideraba que tanto la Conselleria de Cultura, Educado i Ciencia de la Generalitat Valenciana, como el Ayuntamiento de Valencia estaban conculcando los arts. 44 (acceso a la cultura y promoción de la investigación) y 46 (conservación del patrimonio histórico) de la Constitución Española y, en consecuencia, incumpliendo sus leyes reguladoras, como la LPHE (16/85) y la Orden autonómica sobre actividades arqueológicas del 31 de julio de 1987(4). La LPHE (16/85) proclama el carácter público de todos los restos de interés histórico contenidos en el subsuelo y exige su estudio con método arqueológico. Además, en el reglamento autonómico citado se recoge que los hallazgos procedentes de excavaciones regladas se depositen en el museo designado y se presente un informe preliminar, así ^ El texto de la resolución fue redactado en valenciano. Para esta ocasión nos ha parecido oportuno traducir al castellano las partes que se han incluido del texto original.' ^ Vide nota 3. como una memoria científica definitiva en los plazos designados (arts. 15,16 y 17). La oficina del Síndic de Greuges solicitó a las instituciones implicadas que emitieran sendos informes sobre la decisión tomada. h^Direcció General de Patrimoni Artistic de la Conselleria de Cultura, Educado i Ciencia basó el suyo en el respeto a las costumbres funerarias judías, amparándose en la Ley 24/1992 y en la ausencia de una regulación para conflictos similares. Hemos considerado oportuno reproducir la parte fundamental de este informe: Quinto.-El carácter reciente de la ley aprobatoria (sic) los Acuerdos de Cooperación, en relación con la LPHE 16/85 y la Orden del 31 de julio de 1987, reguladora de la concesión de autorizaciones para las excavaciones arqueológicas, provoca el que no exista previsión específica reguladora de estos conflictos de derechos. Por ello, la actuación de la Conselleria y de esta Dirección General en particular, ha sido la de mediar en el conflicto, por una parte, realizando los esfiierzos necesarios para proteger al menos la integridad de los restos (enviando una comunicación de 9 de abril al Ayuntamiento de Valencia, indicando la no procedencia de cualquier obra que pudiera afectar a la misma) y de intentar obtener el consentimiento de la comunidad judía para que permitiera el estudio de los mismos (hay que señalar que con anterioridad a la oposición de la Comunidad judía, restos procedentes de excavaciones anteriores fueron objeto de investigación arqueológica), como lo manifiesta el oficio de 8 de febrero de 1996, remitido por el Servicio de Patrimonio Arqueológico a las Comunidades, que indica la posibilidad de autorizar el traslado de los restos previo estudio arqueológico. Los intentos de mediar en el conflicto chocan con la actitud intransigente de las comunidades israelitas: Sin embargo, las comunidades israelitas, acogiéndose a la inviolabilidad de los restos y a que sus creencias religiosas impedían su manipulación científica, amparándose en su derecho a que se respetaran las reglas tradicionales judías, no permitieron que continuara el estudio de los restos. Sexto.-La Orden Reguladora de concesiówde permisos para la realización de excavaciones arqueológicas, establece la posibilidad de que la administración autorice el traslado fuera de la Comunidad Valenciana de los restos arqueológicos procedentes de la misma. La Comunidad Israelita solicitó formalmente a En última instancia, la Conselleria de Cultura actúa condicionada por el temor a provocar un conflicto: La voluntad de esta Conselleria ha sido, en última instancia, y dentro del marco legal en que se movía la cuestión, la de evitar cualquier conflicto que pudiera haber reabierto las viejas heridas producidas a la Comunidad Judía en España, asegurando en todo caso la integridad de los restos, sin perjuicio de que en un futuro, en la mencionada Comisión de Seguimiento de los Acuerdos entre la Administración del Estado y la Federación de Comunidades Israelitas se puedan ofrecer criterios consensuados que armonicen más adecuadamente el derecho a la libertad religiosa y el de investigación científica para casos similares. El Ayuntamiento de Valencia, a través del Servicio de Patrimonio Histórico y Cultural, remitió los antecedentes correspondientes al expediente tramitado y adjuntó un informe en que documentaba las diferentes actuaciones arqueológicas hasta el acuerdo de la Comisión de Gobierno de 12 de abril de 1996 que autorizó el traslado y la reinhumación de los restos humanos encontrados en la excavación al cementerio judío de Barcelona, y hacía extensiva la autorización a los procedentes de intervenciones anteriores y que se encontraban en dependencias municipales. En idénticos términos se pronunció la Conselleria de Cultura en resolución de la misma fecha, y el tema quedó, desde ese momento, fuera de la competencia de los servicios municipales en materia arqueológica. Trasladados estos informes a los promotores de la queja, éstos presentaron un escrito de alegaciones nuevamente, tramitado desde el Departamento de Prehistoria yArqueología de la Universidad de Valencia, del que reproducimos su parte fundamental: -Los restos antropológicos son, más allá de su consideración como restos humanos, objeto de protección y estudio por su consideración como bienes de interés colectivo. -El estudio científico de los restos no entra en conflicto con el derecho a la libertad religiosa. -El art. 13 del Acuerdo de Cooperación (...) señala que su finalidad es colaborar en la conservación del Patrimonio deforma que pueda continuar al servicio de la sociedad para su contemplación y estudio, aspectos que no han sido respetados de ninguna manera. -Ante el conflicto existente entre dos normas jurídicas (LPHE16/85 y Acuerdo de Cooperación), se considera que habría que primar la primera. -Debería mantenerse una actitud dialogante que permitiera alcanzar un acuerdo que concillase los intereses de ambas partes, cubriendo el vacío existente a nivel normativo. Lo que en todo caso se considera inadecuado es la cesión incondicionada que ha realizado la Conselleria de Cultura a las exigencias religiosas, que deja completamente al margen los intereses científicos y culturales de la colectividad. La resolución final del Síndic de Greuges fue dictada con fecha 28 de febrero de 1998, es decir, prácticamente dos años después de los acontecimientos que dieron lugar a esta queja. Los fundamentos de derecho de la citada resolución se basan en saber si se ha respetado el adecuado equilibrio entre dos derechos constitucionales, el derecho a la cultura (art. 44) y su preservación (art. 46), recordados por los promotores de la queja y el de libertad religiosa (art. 16), sobre el que las administraciones afectadas fundaron su actuación. En lo que respecta al art. 16 de la Constitución Española, t\ Síndic de Greuges alude a sendas sentencias del Tribunal Constitucional (sentencias 24/ 1982 y 166/1996) que declaran que la libertad religiosa, entendida como un derecho subjetivo de carácter fundamental, se concreta en el reconocimiento de un ámbito de libertad y de una esfera de agere licere del individuo, es decir, reconoce el derecho de los ciudadanos a actuar en este campo con plena inmunidad de coacción del estado y de cualquier grupo social. Desde otra perspectiva el art. 16.3 de la Constitución proclama que ninguna confesión tendrá carácter estatal e impide por tanto, como dicen los recurrentes, que los valores o intereses religiosos se erijan en parámetros para medirla legitimidad o justicia de las normas y de los actos de los poderes públicos. Al mismo tiempo, el citado precepto constitucional veda cualquier tipo de confusión entre funciones religiosas y funciones estatales (Sentencia 24/82). Finalmente, el alto tribunal ha tenido oportunidad de pronunciarse en diversas ocasiones en relación a situaciones de conflicto entre la libertad religiosa e ideológica y otros derechos fundamentales y señala que sólo ante los límites que la mis- ma Constitución expresamente impone al definir cada derecho o ante los que de manera mediata o indirecta se infieran de ésta al resultar justificados por la necesidad de preservar otros derechos constitucionales protegidos, pueden ceder los derechos fiindamentales (...) y por otra que, en todo caso, las limitaciones que se establezcan no pueden obstruir el derecho más allá de lo razonable, (...)de manera que los actos o las resoluciones que limiten derechos fundamentales han de asegurar que las medidas limitadoras sean necesarias para conseguir el fin perseguido (...)y han de atender la proporcionalidad entre el sacrificio del derecho y la situación en que se encuentra aquel a quien se le imponga (...)y, en todo caso, respetar su contenido esencial (...) si tal derecho todavía puede ejercerse (Sentencia 120/90). En consecuencia, el derecho a la libertad religiosa implica: -Ámbito de libertad, con plena inmunidad de coacción del estado y de los grupos sociales. -Principio de igualdad, de manera que las actitudes religiosas no pueden implicar diferencias de trato jurídico. -Separación estado-confesiones religiosas, de manera que los valores o intereses religiosos no pueden ser parámetros válidos para mesurar la legitimidad de las normas y de los actos de los poderes públicos. -Deforma análoga a la situación en que se encuentran el conjunto de derechos y libertades, no posee un alcance ilimitado, sino que en caso de conflicto con otros derechos, ha de buscarse el oportuno equilibrio entre ello, incluso pueden ceder si resulta justificado por la necesidad de preservar otros derechos constitucionalmente protegidos. En relación con los arts. 44 y 46 de la Constitución Española, tlSíndic señala: El precepto constitucional cuya vulneraciónfundamenta la presentación de la presente queja es el proclamado en el art. 46, que establece el mandato positivo dirigido a todos los poderes públicos de conservar y promover el enriquecimiento del Patrimonio Histórico, Cultural y Artístico de los pueblos de España. (...) La citada prescripción cobra una particular relevancia constitucional, como integrante del derecho a la cultura proclamado en su art. 44. Cabe recordar que el preámbulo de nuestra norma suprema proclama la voluntad de la nación española de promover el progreso de la cultura, como también de proteger a todos los españoles y pueblos de España en el ejercicio de los derechos humanos, sus culturas y tradiciones, lenguas e instituciones. Por tanto, el mismo preámbulo constitucional como declaración de voluntad del constituyente y síntesis del contenido esencial de sus preceptos, proclama señaladamente el derecho a la cultura como mecanismo para conseguir el establecimiento de la justicia, la libertad y la seguridad. (...) En definitiva, el art. 46 se convierte en una manifestación en el ámbito cultural de los principios contenidos en el art. 9.2 de la Constitución, de acuerdo con el que corresponde a los poderes públicos promover las condiciones para que la libertad y la igualdad del individuo y de los grupos en que se integran sean reales y efectivo; superar los obstáculos que impidan o dificulten su plenitud y facilitar la participación de todos los ciudadanos en la vida política, económica, cultural y social.' Los principios recogidos en los arts. 44 y 46 de la Constitución Española se desarrollan en la exposición de motivos de la LPHE (16/85): (...)elPatrimonio Histórico Español es una riqueza colectiva que contiene las expresiones más dignas de estimación en la aportación histórica de los españoles a la cultura universal. Su valor lo proporciona la estima que, como elemento de identidad cultural, merece la sensibilidad de los ciudadanos. (...) Porque en un estado democrático estos bienes han de estar adecuadamente puestos al servicio de la colectividad en el convencimiento de que con su disfrute se facilita el acceso a la cultura y que ésta, en definitiva, es camino seguro hacia la libertad de los pueblos. En términos legales, las administraciones implicadas consideraron que había un conflicto entre los preceptos constitucionales y la Ley 24/192: Dentro de /a (segunda) hay dos preceptos fundamentales a considerar: -El art. 2.6 que establece que los cementerios judíos gozarán de los beneficios legales que el mismo art. establece para los lugares de culto, y se fijan una serie de derechos como ahora el de poseer cementerios privados, disponer de parcelas reservadas en los cementerios municipales, trasladara sus cementerios propios sus difuntos y la observación de las reglas tradicionales judías para inhumaciones, sepulturas y ritos funerarios. -El art. 13 dispone que "el estado y la Federación de Comunidades Israelitas de España colaborarán en la conservación y el fomento del Patrimo- nio Histórico, Artístico y Cultural judío, que continuai "á al servicio de la sociedad para su contemplación y estudio". Por su parte, la Ley del Patrimonio Histórico Español define como un integrante de tal patrimonio los inmuebles y objetos muebles de interés arqueológico, y establece como objetivos a cumplir su protección, acrecentamiento y transmisión a las generaciones futuras (art. 1). En este sentido la ley fija como un mandato positivo dirigido a las administraciones públicas competentes la adopción de las medidas necesarias para garantizar su conserxKición, promover su enriquecimiento y fomentar y tutelar el acceso a todos los ciudadanos (art. 2). En concreto y como parte de aquel, el Patrimonio Arqueológico queda integrado, según dispone el art. 40 "por los bienes muebles e inmuebles de carácter histórico susceptibles de ser estudiados con metodología arqueológica, hayan sido o no extraídos y tanto si se encuentran en la superficie o en el subsuelo, en el mar territorial o en la plataforma continental". Este conjunto de bienes se considerará de dominio público, en aplicación del art. 44 de la ley. Una vez establecidos los términos constitucionales y legales de la controversia, elSíndic de Greuges muestra su total discrepancia con las medidas adoptadas por las administraciones implicadas, al considerar que sólo se tuvo en cuenta la libertad religiosa con total sacrificio del derecho a la cultura de los ciudadanos: No podemos compartir la afirmación que se contiene en los informes emitidos, que postukm una derogación de los preceptos contenidos en la Ley del Patrimonio Histórico Español en lo concerniente, única y exclusivamente, a los cementerios judíos, en virtud del art. 2 de la Ley 25/1992 en aplicación de los principios que donde la ley no distingue el intérprete no ha de distinguir, y que la ley posterior deroga la anterior En primer lugar, habría que efectuar una aplicación íntegra de los preceptos de la Ley 25/1992 y por eso su art. 2 ha de interpretarse en relación con el art. 13, anteriormente citado, que prescribe la colaboración estado-Federación de Comunidades Israelitas de España para la conservación y el fomento del Patrimonio Cultural, y el compromiso en todo caso, deponerlo al servicio de la sociedad para su estudio. La justificación legal de esta resolución condenatoria se basa en que el W^mdíáoFossar deis Jueus había dejado de funcionar como cementerio durante la primera mitad del siglo XV, edificándose sobre el mismo una parte de la ciudad (Fig. 2,1 y 2). En consecuencia, debe entenderse que la normativa estatal que regula y protege los cementerios no puede aplicarse a un área que se convirtió en urbana. Además, dado que los cementerios antiguos carecen de una noimativa específica deben considerarse como parte integrante del Patrimonio Histórico Español: Desde otra perspectiva, en cuanto al término "cementerio", si bien en el lenguaje común abarca el espacio de terreno destinado al entierro de cadáveres, entendemos que en el derecho positivo español debe efectuarse una distinción entre lo que suponga una instalación destinada actualmente a tal fin y que mantenga su funcionalidad, y lo que suponga un cementerio que finalizó su función en la primera mitad del siglo XV, sobre el que se edificó parte de la ciudad de Valencia y que ha sido descubierto con motivo de excavaciones arqueológicas. De esta manera, el ámbito de aplicación de la normativa dictada por el estado para regular los cementerios, a pesar de no venir definida expresamente, está constituido por los que conservan su función como tales, centrándose en sus aspectos técnicosanitarios (Reglamento de Policía Sanitaria Mortuoria, aprobado por Decreto 2263/74) o los aspectos ideológicos y religiosos que hay que considerar y respetar en los entierros (Ley 49/78 de Entierros en Cementerios Municipales). Los cementerios antiguos que perdieron su funcionalidad por el paso del tiempo y la acción humana y que se conozca su existencia, así como sus restos, por intervenciones arqueológicas, carecen de una normativa que específicamente los recoja, teniendo en cuenta que han de considerarse integrados en el concepto de Patrimonio Arqueológico, como elemento integrante del Patrimonio Histórico Español y, por tanto, sometidos a la Ley 16/ 1985. Por tanto, a juicio de esta institución no hay derogación alguna de los preceptos contenidos en la Ley del Patrimonio Histórico Español en este punto, sino que es necesario efectuar una interpretación integrada y armónica de los diversos preceptos enjuego, considerando que, por aplicación del art. 13 de la ley aprobatoria del Acuerdo entre el Estado y Federación de Comunidades Israelitas de España, la presencia de restos arqueológicos de un antiguo cementerio, requieren la aplicación de las previsiones establecidas en las normas nacionales referidas al Patrimonio Arqueológico. Por otro lado, elSíndic de Greuges cita el Acuerdo entre el Estado Español y la Santa Sede sobre enseñanza y asuntos culturales de 3 de enero de 1979 como ejemplo legal para evitar conflictos entre la libertad religiosa y el derecho a la cultura, buscando fórmulas de equilibrio que, sin menoscabo ni ofensa de los fines religiosos, mantenga los bienes culturales dentro del Patrimonio Histórico de la colectividad: El hecho de que buena parte del Patrimonio (Histórico) esté en manos de entidades religiosas y, singularmente en nuestro país la iglesia católica sea titular de la inmensa mayoría de los bienes integrantes, ha determinado la existencia de una completa regulación que resuelva las posibles situaciones de conflicto. De esta manera en el Acuerdo entre el Estado Español y la Santa Sede sobre enseñanza y asuntos culturales de 3 de enero de 1979 en los arts. XVy XVI recogía el contenido de lo concordado en relación con los bienes histórico-artísticospropiedad de la iglesia, y en el primero señala que"\3. iglesia reitera su voluntad de continuar poniendo al servicio de la sociedad su patrimonio histórico, artístico y documental, y concertará con el estado las bases para hacer efectivos el interés común y la colaboración de ambas partes con el fin de preservar, dar a conocer y catalogar este patrimonio cultural en posesión de la iglesia, de facilitar su contemplación y estudio, de conseguir la mejor conservación y de impedir cualquier clase de pérdida, en el marco del art. 46 de la Constitución". En el documento aprobado, en el apartado primero, el estado "reafirma su respeto a los derechos que tienen las personas jurídicas eclesiásticas sobre estos bienes, de acuerdo con los títulos jurídicos correspondientes»,)^ la iglesia por su parte "reconoce la importancia de este patrimonio, no sólo para la vida religiosa, sino para la historia y la cultura española, y la necesidad de conseguir una actuación conjunta con el estado para su mejor conocimiento, conservación y protección". Finalmente, elaptdo. tercero establece los principios a que ha de atenerse la cooperación en el tratamiento de estos bienes, entre los cuales hay los siguientes: "a) El respeto del uso preferente de estos bienes en los actos litúrgicos y religiosos y su utilización, de acuerdo con su naturaleza y finalidades, por sus legítimos titulares. b) La coordinación de este uso con el estudio científico y artístico de los bienes y su conservación. d) Las normas de la legislación civil de protección del Patrimonio Histórico-artístico y Documental son de aplicación a todos los bienes que merecen tal calificación, cualquiera que sea su titular". Consideramos que los principios reseñados, sin perjuicio de no ser directamente aplicables a las comunidades israelitas de España, constituyen una manifestación clara y terminante de la relación existente entre la libertad religiosa y el derecho a la cultura (...) Se establece como premisa fundamental la sujeción de estos bienes a la legislación sobre Patrimonio Histórico artístico y se postula en todo caso su estudio con métodos científicos. Sin perjuicio de ello se respeta la vinculación y el destino al culto o afines religiosos, y se busca una fórmula de equilibrio que, sin menoscabo ni ofensa de los fines religiosos mantenga los bienes dentro del Patrimonio Histórico de la colectividad. En consecuencia, se debería haber aplicado un equilibrio entre los dos derechos fundamentales permitiendo el estudio de los restos encontrados. Pero dado el carácter sagrado que se atribuye a los enterramientos, se podría permitir la participación de representantes de las autoridades religiosas en el proceso de investigación y, después de estudiados, determinar el destino final de los mismos: Esta es la vía que esta institución considera que habría de utilizarse en casos como el que nos ocupa. Habría que partir de la ineludible necesidad que los restos del cementerio encontrados se estudiasen con métodos arqueológicos para permitir la obtención de los conocimientos científicos que puedan extraerse, para la mejor comprensión de nuestra historia. Sin perjuicio de ello, la consideración de que nos encontramos ante restos humanos, con el valor sagrado que se atribuye a los enterramientos, podría ser considerado a efectos de determinar el destino final de los restos una vez estudiados, y podría posibilitar la participación de representantes de las autoridades religiosas en el proceso de investigación para garantizar el respeto a causa de la sensibilidad religiosa, en el marco de las necesidades científicas e históricas, sin que en ningún caso se planteen mutuas exclusiones entre ambas. Con objeto de evitar la reproducción de situaciones como la (...) presente, (...), habrían de arbitrarse fórmulas de cooperación, y establecerse mecanismos que permitieran concretar y determinar sus disposiciones, a través de las comisiones que fueran necesarias para establecer el marco jurídico concreto de actuación en la materia. La resolución concluye con una serie de recomendaciones dirigidas a las administraciones afectadas en este asunto: En virtud de lo anteriormente expuesto, y en aplicación de lo que dispone el art. 29 de la Ley 11/ 1988, de 26 de diciembre, de /a Generalitat Valenciana, del Síndic de Greuges, concluimos realizando las siguientes A) Recomendación a la Direcció General de Patrimoni Artistic de la Conselleria de Cultura, Educació i Ciencia _y a la Alcaldía delAyuntamiento de Valencia. Convendrá desplegarse, en todo caso, la adecuada actividad administrativa que garantice la integración en el Patrimonio Histórico Español de todos los bienes muebles e inmuebles obtenidos por métodos arqueológicos, incluyendo los correspondientes a antiguos cementerios, con independencia de cualquier consideración de índole religiosa y que nunca pueda rebasar los límites establecidos en el conjunto de nuestro ordenamiento jurídico. En consecuencia, deberán adoptarse las medidas necesarias para garantizar su integridad, conservación y su estudio desde el punto de vista científico, afin de posibilitar la puesta a disposición de la sociedad de los conocimientos que puedan obtenerse sobre nuestra historia, evitando la pérdida de cualquier elemento integrante de nuestro patrimonio cultural. B) Recomendación a la Direcció General de Patrimoni Artistic de la Conselleria de Cultura, Educació i Ciencia. Se recomienda el establecimiento de mecanismos de cooperación que permitan la adopción de acuerdos complementarios, afin de establecer los principios y criterios conforme según los cuales han de resolverse las controversias que puedan surgir en las relaciones poderes públicos-confesiones religiosas en la defensa y conservación de los bienes integrantes del Patrimonio Histórico, buscando fórmulas de equilibrio que, con respeto a la significación religiosa de los bienes de que se trate, permitan preservar la íntegra aplicación de la legislación civil en la materia. La resolución del Síndic de Greuges de la Comunidad Valenciana sobre la queja presentada por un grupo de ciudadanos/as, motivada por la actuación de la. Generalitat Valenciana y Ayuntamiento de Valencia en relación con los enterramientos de la excavación arqueológica del cementerio judío de Valencia, ha sentado un precedente que puede marcar el rumbo de situaciones como la aquí analizada en las que se plantean conflictos de intereses entre creencias religiosas y acceso a la cultura (Endere, 2000: 6). De hecho, tanto la Conselleria de Cultura, como el Ayuntamiento de Valencia han reaccionado de manera positiva, al manifestar su disposición a aceptar la recomendación del Síndic de Greuges {Levante-EMV, 15/9/98). En este caso, el respeto a una creencia religiosa prevaleció a costa del total sacrificio del derecho a la cultura de los ciudadanos. Con la decisión de autorizar el traslado de restos humanos de diversas excavaciones, se provocó la pérdida de un retazo de la historia de esta ciudad, sustrayendo del estudio científico una parte de su patrimonio arqueológico. Lo más grave es que esta decisión provino de las administraciones encargadas de gestionar el patrimonio cultural de la ciudad de Valencia, contraviniéndose el marco legal vigente en materia de patrimonio histórico: -En primer lugar, el art. 46 de la Constitución Española, desde el momento en que son los poderes públicos los que garantizarán la conservación y promoverán el enriquecimiento del patrimonio histórico, cultural y artístico de los pueblos de España y de los bienes que lo integran, cualquiera que sea su régimen jurídico y su titularidad. -En segundo lugar, la LPHE (16/85) de 25 de junio, desde el momento en que los cementerios antiguos al carecer de normativa específica deben considerarse como parte integrante de dicho Patrimonio. Esta ley proclama el carácter público de todos los restos de interés histórico contenidos en el subsuelo, como es este caso, y exige su estudio con método arqueológico (art. 44). -En tercer lugar, la Ley 24/1992, que contempla la colaboración de ambas partes para la conservación y fomento del patrimonio histórico, artístico y cultural judío que continuará al servicio de la sociedad para su contemplación y estudio (art. 13). Las administraciones autonómica y local de Valencia justificaron su decisión en la ausencia de una normativa específica reguladora de este tipo de conflictos de intereses. En otras confesiones sí que hay ejemplos legales que pueden utilizarse como marco de referencia. Es el caso del Acuerdo entre el Estado Español y la Santa Sede sobre enseñanza y asuntos culturales de 3 de enero de 1979, suscrito entre otras razones para evitar conflictos entre la libertad religiosa y el derecho a la cultura, y que contenipla fórmulas de equilibrio que, sin menoscabo ni ofensa de los fines religiosos, mantengan los bienes culturales dentro del patrimonio histórico de la colectividad. En la excavación arqueológica del cementerio judío medieval de Valencia podía haberse buscado una fórmula de este tipo en la que como premisa fundamental los bienes arqueológicos, en este caso huesos humanos, hubiesen quedado sujetos a la legislación sobre patrimonio histórico y por ello, objeto de estudio con metodología arqueológica, aunque su valor sagrado debería ser tenido en cuenta a efectos de determinar el destino final de los mismos una vez estudiados. Desde el punto de vista de la gestión del patrimonio arqueológico (Querol y Martínez, 1996: 25-30), es evidente que por parte de las administraciones local y autonómica, no se han dado las condiciones para hacer efectivo el conocimiento, conservación y difusión de los enterramientos de la necrópolis judía de Valencia. A este respecto, hay que recordar que la LPHE (16/85) entiende por expolio toda acción u omisión que ponga en peligro de pérdida o destrucción todos o algunos de los valores de los bienes que integran el Patrimonio Histórico Español o perturben el cumplimiento de su función social. A la vista de los hechos aquí analizados, la solución dada a los restos humanos de la excavación del cementerio judío de Valencia constituyó un verdadero caso de expolio, provocado por las administraciones encargadas de velar por la integridad del patrimonio cultural valenciano.
Como parte de la cultura material del Neolítico antiguo se presenta el conjunto de los tubos de hueso de la Cova de rOr (Beniarrés, Alicante), en su mayor parte fabricados sobre ulnas de aves. El examen de las huellas de uso, los paralelos arqueológicos y etnográficos, y la reconstrucción experimental conducen a su identificación como instrumentos musicales del tipo flauta de Pan, o siringas monocálamas. Su presencia en distintos contextos y cronologías, incluyendo otros yacimientos del Neolítico peninsular, muestran la generalización de este instrumento musical. En la Cova de r Or la representación de una danza en uno de sus vasos, realizada mediante impresiones cardiales, incide en la importancia de la música y del mundo religioso, tal como se desprende del arte rupestre Macroesquemático y de sus paralelos cerámicos. CAMBIOS ECONÓMICOS E IDEOLÓGICOS EN LOS INICIOS DEL NEOLÍTICO PENINSULAR Hacia mediados del séptimo milenio a. de C. las comunidades de agricultores y pastores comienzan a ocupar las regiones costeras y algunas de las islas del oriente mediterráneo. Representan el nuevo poblamiento que paulatinamente se extenderá hacia occidente por las riberas septentrionales de este mar hasta alcanzar, un milenio después, la fachada atlántica de la Península Ibérica. Como se ha insistido en múltiples ocasiones, todos sus asentamientos, trá-T. P., 58, n.« 2, 2001 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es tese de poblados o de cuevas, muestran la aparición sincrónica de la economía productora y de una variada cultura material que nos hablan de una red de relaciones que une los extremos del Mediterráneo, y los enlaza con el complejo proceso de la neolitización que tiempo antes se había desarrollado en la zona comprendida entre el Jordán y el Eufrates medio, extendiéndose más tarde a Chipre y aAnatolia. Desde aquí, estos grupos que ya cultivaban cereales y leguminosas, que pastoreaban cabras y ovejas, irán ocupando laTracia, Tesalia, Creta, las islas y las dos orillas del Adriático, Sicilia y las costas tirrénicas de Italia, las islas de Córcega y Cerdeña, el sur de Francia, la Península Ibérica y el norte de África. Un vasto territorio y un dilatado período de tiempo en que los estilos cerámicos permiten identificar grupos regionales y fases, destacando entre ellos el representado por los vasos decorados mediante la impresión de la concha de Cardium, elemento característico del Neolítico inicial desde el Tirreno hasta el litoral atlántico. Para explicar este complejo proceso recurrimos al modelo de expansión démica, la "ola de avance", expuesto por Ammerman y Cavalli-Sforza ya en 1971, en el que ahora se integran también las investigaciones sobre el espectro genético de las poblaciones europeas. Ellas indican que el Próximo Oriente ha participado en el poblamiento de Europa de acuerdo con un proceso en el que los efectos sobre la composición genética de las poblaciones actuales se va atenuando a medida que nos alejamos del punto de partida. Es decir, que no se trataría de la colonización de un territorio vacío, sino que los aportes humanos exógenos se habrían fundido en número progresivamente decreciente desde los Balcanes hasta Escandinavia con las poblaciones preexistentes. Y sólo la difusión neolítica habría alcanzado en el pasado un grado de generalización suficiente como para poder explicar tal fenómeno. De manera que, como ha señalado Cauvin (1997), incorporando además los aportes de la lingüística histórica, los problemas planteados por la difusión neolítica a partir del Próximo Oriente se sitúan en el corazón de un debate pluridisciplinar que afecta no sólo al origen de las civilizaciones agro-pastorales de Europa, sino también a nuestro patrimonio genético y a las lenguas que hablamos. Sin profundizar aquí en este debate, sí insistiremos en que estamos frente a un escenario de gran complejidad, también en el caso de la Península Ibérica. En él intervienen el crecimiento de la población neolítica y su capacidad migratoria-a lo que se aso-cian hechos tan relevantes como la difusión de las plantas cultivadas y de los animales domésticos-, y la incorporación del substrato local. Es decir, la expansión y evolución de las comunidades productoras mediterráneas y, a la vez, la neolitización del substrato por influencia de aquellas, cada cual con su protagonismo, lo que se traducirá en una dualidad cultural (Martí y Juan-Cabanilles, 1997). Las comunidades neolíticas aparecen en la Península Ibérica siguiendo el camino que conduce desde las comarcas nororientales mediterráneas hasta la mitad meridional de la fachada atlántica, una distribución costera que presenta aspectos singulares relacionados con la navegación (Zilhao, 1997) y que todavía hoy deja algunas zonas intermedias aparentemente sin yacimientos del Neolítico antiguo. Las dataciones absolutas muestran que el avance fue rápido, ya que apenas algunos centenares de años separan la cronología inicial de las diferentes regiones. Desde la costa hacia el interior también se produjo una pronta penetración, como lo demuestran las comunidades plenamente agricultoras del altoAragón, las cerámicas cardiales en el alto Ebro, la colonización del valle de Ambrona en Soria, los niveles de ocupación en algunas cuevas de la Submeseta norte o, en la parte meridional peninsular, la constatada antigüedad del Neolítico andaluz de la Cultura de las Cuevas.Al terminar el sexto milenio a. de C. las comunidades productoras ocupan gran parte del territorio peninsular, frecuentan intensa y continuadamente las cuevas -utilizadas como habitats y rediles-, y levantan sus poblados, que vamos conociendo en creciente número, como sucede en Cataluña, en los recientes hallazgos de Soria o en la fachada atlántica española y portuguesa. Es, pues, en este escenario de relaciones intergrupales e interregionales, demostradas por los cambios económicos y la nueva y variada cultura material, en el que pretendemos contextualizar algunos elementos singulares de la Cova de l'Or (Beniarrés, Alicante), capaces de aproximarnos, o al menos de evocar, aquella parte de la vida de las sociedades neolíticas que con frecuencia escapa a nuestra consideración, cual es la que se relaciona con su mundo religioso. Hace ya bastantes años que Escalón de Pontón (1969) propuso ver en las decoraciones cardiales la idea de la unión de los complementarios y el simbolismo de la fecundidad, interpretando las decoraciones geométricas de líneas en zig-zag y de triángulos como signos del agua, del fuego y de lo femenino. Pues bien, entre las numerosas cuevas de habitación y yacimientos de super-T. P., 58, n.» 2, 2001 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es ficie, que convierten al Pais Valenciano en uno de los territorios donde ubicar uno de los núcleos de los primeros agricultores de la vertiente mediterránea peninsular, no sólo las decoraciones cerámicas se revelan como el soporte gráfico de su ideología y mundo religioso, sino que a ellas hemos de sumar el conjunto de los abrigos con arte rupestre Macroesquemático (Hernández ^í a///, 1988). Las decoraciones cerámicas y las pinturas rupestres nos permiten comprobar que quienes habitaban la Cova de l'Or o la Cova de les Cendres (Teulada-Moraira, Alicante), habitaban y enterraban a sus muertos en la Cova de la Sarsa (Bocairent, Valencia) o visitaban los abrigos pintados del Pía de Petracos (Castell de Castells, Alicante) y de la Sarga (Alcoi, Alicante), compartían idénticas imágenes de sus divinidades. De modo que estos abrigos pintados reclaman su carácter de santuarios y algunos vasos pueden considerarse objetos relacionados con el culto, entendido como forma estable de vida religiosa. Lo que nos lleva hacia las reflexiones expuestas en los últimos años, especialmente por parte de Cauvin (1997), sobre la importancia del cambio conceptual a la hora de explicar los inicios del Neolítico. Y también sobre el papel que corresponde a la nueva ideología neolítica, junto a los cambios económicos y sociales, como motor de esa expansión a la que nos hemos referido anteriormente (Bernabeu, 1999; Binder, 2000). Así pues, del mismo modo que la amplia difusión de las cerámicas cardiales reclama para ellas el ser portadoras de un significado y una función que bien podría situarse próxima a la señal de identidad de los grupos neolíticos y al soporte de los símbolos de su mundo religioso, algo semejante pudo suceder en el caso de otros apartados de su cultura material. En el presente trabajo nos ocuparemos del conjunto de tubos de hueso encontrado en la Cova de rOr, de su posible función como instrumentos musicales y de su significado, teniendo en cuenta la especial relación que puede establecerse entre ellos y algunos otros elementos de la cultura material. Se trata de tubos fabricados en su gran mayoría a partir de los finos huesos de las alas de grandes aves, como águilas o buitres, muy bien pulidos, y que anteriormente han sido considerados como objetos destinados a sorber líquidos, a soplar polvo de ocre o a servir de estuches. La hipótesis de que se trate de instrumentos musicales tiene sólidos paralelos arqueológicos y etnográficos, además de coincidir con las huellas de uso y con su reconstrucción experimental, como veremos en las páginas siguien-tes. Y de este modo, música, santuarios y ritos parecen iluminar la escena dibujada por la decoración cardial de un vaso de la Cova de l'Or, en la que hombres o mujeres con traje talar y gran emplumadura en sus cabezas ejecutan una danza con las manos en alto y enlazadas. Danza e instrumentos de percusión que bien podrían acompañarse del sonido de las flautas, de las que estos tubos fabricados sobre los huesos de las grandes rapaces constituirían la evidencia. LOS TUBOS DE HUESO DE LA COVA DE UOR Abierta en las laderas meridionales de la Serra del Benicadell y dominando el valle del río de Alcoi, la Cova de 1' Or está formada por una gran sala con excelentes condiciones de habitabilidad. Las prospecciones previas y las campañas de excavación que coníenzaron en 1955, por parte de J. San Valero y V. Pascual, continuándose por éste último de 1956 a 1958, mostraron la importancia del yacimiento para el conocimiento del Neolítico valenciano. Además de las ricas colecciones, el pionero estudio de los cereales carbonizados por parte de M. Hopf y su datación C14 de la mitad del quinto milenio a. de C, en cronología no calibrada, convirtieron al yacimiento en prototipo del Neolítico frente al substrato epipaleolítico peninsular. La secuencia estratigráfica de la Cova de l'Or resume la evolución del Neolítico valenciano desde la mitad delVI milenio, con la aparición del cultivo de los cereales y de los animales domésticos, así como de la cerámica y la piedra pulida, hasta un momento indeterminado del cuarto milenio. La primera ocupación corresponde al Neolítico de las cerámicas impresas cardiales y se relaciona con las primeras culturas agrícolas mediterráneas. Se distinguen dos fases dentro de este primer horizonte: la más antigua o Neolítico antiguo cardial, caracterizada por el alto porcentaje de estas decoraciones cerámicas; y una segunda fase, denominada Neolítico antiguo epicardial, en que la decoración cardial decae notablemente en favor de otros tipos, coincidiendo también con una simplificación de las for- T. P., 58, n." 2, 2001 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es mas y del tratamiento de las pastas y superficies de los vasos. En la transición del VI al V milenio comenzaría la etapa siguiente o Neolítico medio, cuya característica principal será la sustitución de la cerámica cardial por las cerámicas incisas, acanaladas e impresas de instrumento, en constante progresión desde el periodo anterior. La secuencia del yacimiento se cierra con el Neolítico final, cuyo comienzo se situaría hacia el 4300 a. de C. El elemento más característico de esta última etapa es la cerámica con decoración esgrafiada que, tanto por la tipología de los vasos como por los motivos decorativos, hemos de relacionar igualmente con el ámbito mediterráneo, especialmente con las tierras más septentrionales catalanas y francesas. Con abundantes testimonios de una plena economía agrícola y ganadera, y una gran variedad de decoraciones impresas cardiales y de instrumento, que incluyen motivos antropomorfos y geométricos paralelizables con las manifestaciones rupestres del arte Macroesquemático, la riqueza de las colecciones del Neolítico antiguo de la Cova de 1' Or es también notable por lo que se refiere a las industrias líticas y óseas. En este último apartado, junto a las cucharas, espátulas, punzones, agujas, mangos o anillos, destaca el hallazgo de un número considerable de tubos de hueso. En los estudios sobre el Neolítico valenciano tales objetos, por lo general fabricados sobre la ulna o el radio de grandes aves, siempre han gozado de variada atención (Vento, 1985; Martí y Juan-Cabanilles, 1987; Pascual, 1998). Desprovistos de perforaciones o de cualquier tipo de embocadura, la hipótesis dominante los destinaba a sorber líquidos, tal vez alguna bebida especial. Como luego veremos, además de en la Cova de rOr y de la Sarsa, la presencia de estos tubos es general en los yacimientos neolíticos peninsulares, pero, en nuestro caso, el conjunto es mucho más amplio y también mayor la diversidad de tamaños. Presentaremos primero el inventario de la colección de Or, y posteriormente su estudio, así como los datos que poseemos sobre procedencia, distribución espacial y profundidades, dado que en algún caso la proximidad entre ejemplares podría ser indicio de una previa asociación que hubiera reunido como partes de un mismo objeto a varios de ellos. Para cada uno de los tubos se describe el estado de conservación, entero o fragmentado; proceden-cia anatómica; sector, capa y campaña de excavación de la Cova de F Or; número de inventario o catálogo del SIP, o del Museo Arqueológico Municipal deAlcoi; principales referencias publicadas; longitud y diámetro máximo; marcas de elaboración, señales de uso y otras observaciones. La numeración corresponde a la de las figuras 1 a 4. No incluimos en este trabajo la identificación específica de los restos. En su mayor parte pertenecen a Accipitridae de gran tamaño, entre las que predominan el buitre covmn(Gypsfulvus) y el águila real (Aquila chrysaetos). En algunos casos su atribución taxonómica es imposible, dada la extrema modificación que han sufrido. En la descripción anatómica de los huesos seguimos la terminología de Cohen y Serjeantson (1986). En la identificación de los restos nos referimos a extremos proximal y distal en su sentido anatómico, no funcional, ya que no siempre podemos determinar en qué posición fueron usados de forma preferente. En los dibujos, el extremo proximal corresponde a la parte superior. Los huesos han sido observados con lupa binocular Nikon SMZ-lOA para la localización y determinación de las marcas de elaboración y/o uso, como incisiones, rascados y pulidos. Los cortes de los extremos presentan biseles de distinta inclinación. Los denominamos rectos cuando la superficie del corte forma un ángulo de 90° con la superficie interna del hueso, positivos cuando forman un ángulo superior a 90° y negativos cuando éste es inferior a 90°. El pulido se extiende especialmente por la superficie exterior, en la cara opuesta a la escotadura. Serie de incisiones superpuestas que circundan la diáfisis, creando un surco profundo que recorre todo su perímetro. Tres cm por debajo de estas incisiones, cuatro cortes cortos, poco profundos y paralelos. Extremo proximal cortado por el inicio de la zona articular. Frag. proximal de ulna de ave. Corte proximal irregular con muesca en V, localizado debajo de la arüculación, en el inicio de la epífisis. Corte pulido y redondeado. Toda la superficie de la diáfisis está pulida, hasta el extremo de haber hecho desaparecer los relieves de inserción de las plumas. A 15 mm del corte se localiza una serie de incisiones paralelas, cortas y superpuestas, que circundan la diáfisis. La incisión está pulida en todo el perímetro. Frag, distal de diáfísis de ulna derecha de ave. Corte distal en bisel recto, con pulido muy somero en una faceta del corte. Toda la superficie de la diáfisis presenta incisiones longitudinales muy someras, de fondo plano, producidas durante la limpieza. Frag. distal de diáfisis de radio izquierdo de ave. Corte proximal con bisel positivo en el que se observa que el corte no llegó a romper la diáfisis, cuya fractura fue completada por presión. Corte distal con bisel positivo redondeado. Presenta cortes muy finos perpendiculares al hueso, que no parecen haber servido para su sujeción. Pulido general en toda la superficie. Diáfisis de ulna izquierda de ave juvenil. Extremo proximal cortado en el tramo medio de la impresión braquial, presentando el corte un bisel positivo redondeado. Extremo distal con el corte también redondeado, presentando dos zonas de pulido alargadas: la interior más desarrollada que la exterior. En ambos casos los pulidos están acompañados de pérdida de materia ósea, muy endeble, por tratarse de un animal joven. Sin huellas de trabajo en el cuerpo de la diáfisis, excepto una marca oblicua, ancha y de trayectoria ligeramente curva, que recorre la arista interna. Diáfisis de ulna izquierda de ave inmadura. Extremo proximal cortado en la parte media de la superficie braquial. Presenta un bisel positivo, con marcas de los cortes visibles. Cortes anchos y profundos, transversales en aristas proximales, dos cm por debajo de la línea de corte. Extremo distal con corte sobre el inicio del proceso coronoide, con un bisel negadvo pulido. En ambos extremos tiene marcas longitudinales, a modo de raspados largos que han sido pulidos posteriormente. Tubo entero reconstruido a partir de dos fragmentos. Dos frags. de la misma ulna derecha de ave. Rotura antigua y unión sólo en un punto de la diáfisis. Extremo proximal cortado por debajo de la epífisis. No tiene restos de procesos articulares. Bisel recto con una fractura en la mitad de su sección. Rascado longitudinal en superficie proximal externa. Extremo distal cortado por encima de proceso articular, justo donde la diáfisis comienza a ensancharse. Bisel positivo pulido redondeado. Los dos extremos presentan una zona con incisiones muy someras perpendiculares al hueso, cortas, superpuestas y de sección cóncava. Están localizadas en la arista interna del hueso. Diáfisis de ulna derecha de ave. Corte proximal irregular con escasa presencia de pulido. Corte distal irregular con bisel recto pulido. En general, pulido muy somero. Suprimidos los relieves de inserción de las plumas. Extremos y superficie pulidos. Se observan cortas líneas incisas, posibles marcas de sujeción. Frag. distal de diáfisis de tibia de ovicaprino adulto. Coloración marrón, tal vez debida al fuego. Corte distal irregular en bisel positivo, redondeado por pulido. Toda la diáfisis está surcada por marcas longitudinales producidas en la limpieza. Incisiones transversales, cortas, y una de ellas ancha y profunda en el extremo distal, sólo en una cara, aproximadamente a 15 mm del corte (posible marca de sujeción). Frag, distal de ulna izquierda de ave. En algunos tramos es de bisel recto y en otros llega a ser negativo. El extremo distal ha sido cortado a la altura del inicio del proceso styloide y el cóndilo externo, con lo cual se consigue una sección aplanada. El biselado distal es positivo. En el interior se han eliminado en parte las trabéculas. El pulido se aprecia incluso en la superficie interior. En las proximidades de la línea de corte se conserva un surco de sección en U producido por fricción. Por encima del corte distal se observan incisiones paralelas que tienden a circunvalar la diáfisis. Son de anchura y visibilidad variable, pero parece que se produjeron a consecuencia de un mismo gesto. Superficie externa muy pulida. Se han eliminado los relieve óseos para la inserción de las plumas. Muy similar al tubo número 20, incluso en las marcas de cortes. Corte proximal por debajo de la epífisis, justo en zona de ensanche del hueso. Línea de corte en bisel recto pulido, afectado por una fractura reciente. Línea de fractura distal irregular accidental. Frag. de diáfisis de hueso y especie no identificados. La intensa elaboración impide llegar a una mínima identificación anatómica. No obstante, la robustez de la diáfisis en las zonas menos trabajadas invalida su atribución a un ave. Los cortes de ambos extremos presentan biseles positivos, si bien el corte superior es más agudo como consecuencia de un más intenso pulido. Según se desprende de la intensidad de los pulidos, parece que el extremo inferior, en el que se detecta una erosión más generalizada, debió de ser la parte más usada. Presenta polvo de ocre en este extremo. Toda la superficie está cubierta de trazos verticales paralelos, incisiones producidas durante su elaboración, que tienden a ser menos patentes en el extremo inferior, como consecuencia de un pulido más fino. Diáfisis de radio izquierdo de ave. Extremo proximal cortado en la diáfisis, lejos de la epífisis. Línea de corte irregular con muesca. El bisel es de tendencia positiva. Pulido muy intenso en la superficie del corte, especialmente junto a la muesca. Corte del extremo distal en bisel recto y superficie de corte muy pulida. Toda la superficie está surcada por incisiones longitudinales finas y paralelas, producidas por la limpieza del hueso. Frag. distal de ulna derecha de ave. Corte distal recto con las aristas redondeada por pulido, localizado encima de la epífisis. Toda la superficie está surcada de estrías longitudinales producidas durante la limpieza del hueso. Corte proximal con bisel recto y con aristas redondeadas. Frag. de diáfisis de radio de ave de talla grande. Corte recto con aristas redondeadas. Probablemente la muesca se ha producido durante la fractura por presión con que concluye el cortado del hueso. Serie de marcas transversales en superficie, a 4 cm del corte. Extremo proximal cortado en el tramo medio de la impresión braquial. Las trabeculas han sido suprimidas en el interior. Línea de corte con bisel recto pulido. Extremo distal cortado a mitad de la epífisis, por debajo del inicio del proceso styloide. Este extremo presenta una muesca de sección en U, con incisiones en sus extremos producidas por un fílo cortante. Conserva las trabeculas en la parte interna. No está muy modificado. Las dos líneas de relieves óseos para la inserción de las plumas se han alisado ligeramente. Diáfisis de ulna izquierda de ave. Corte proximal por debajo de la prominencia anterior del ligamento articular, adelgazado por pulido. Fractura distal irregular pero pulida en todas sus aristas. El extremo distal muestra incisiones longitudinales producidas en la limpieza. Relieves de inserción de las plumas ligeramente pulidos. Frag. proximal de diáfisis de ulna derecha de ave. Corte proximal a la altura de la mitad de la impresión braquial, presentando un bisel de tendencia positiva. Se le han eliminado las trabeculas. Extremo proximal de radio izquierdo de ave. Corte proximal producido sobre la tuberosidad bicipital. Después se ha pulido la superficie del corte para regularizarla, con lo cual han quedado a la vista las trabeculas. Corte distal a escasa distancia del agujero nutricio. Al igual que el superior, es positivo, aunque de tendencia más recta. En el tercio superior, por debajo de la tuberosidad bicipital, presenta una serie de estrías cortas y paralelas, perpendiculares al hueso, que circundan toda su superficie, excepto la superficie posterior. Se trata de cortes producidos por acumulación, de forma que en los extremos se adelgazan y tienen secciones en "V", mientras que en la parte central la sección es más profunda y de fondo más ancho. En el extremo distal presenta dos pequeños cortes paralelos. La sección del hueso en su mitad inferior está deformada como consecuencia de una fractura longitudinal que afecta a ambas caras. Toda la superficie anterior presenta estrías longitudinales producidas por el trabajo de limpieza, que en los extremos tienden a desaparecer por efecto del pulido. Frag. de diáfisis de ulna de ave de talla media. Corte proximal irregular, con muesca. Pulido de la superficie del corte, que ha llegado a reducir el espesor del hueso. Corte distal irregular y pulido. Inserción de plumas suprimida y trabeculas visibles. Frag. de diáfisis de radio de ave. Corte proximal irregular y redondeado en toda su superficie. Pulido de uso en extremo proximal, afectando a toda su superficie. Línea de fractura distal irregular y accidental. Diáfisis de tibiotarso derecho de ave. Corte proximal irregular con pulido localizado en una de sus facetas. Corte distal más regular, aunque está afectado por una fractura reciente. Pulido más extenso que en el extremo proximal. Un cm por debajo del corte proximal, en superficie anterior del hueso, agrupación de incisiones cortas y paralelas, dos de ellas especialmente profundas. Por encima del corte distal existe otra agrupación de incisiones cortas y paralelas, en este caso localizadas en la superficie posterior. Las localizadas en posición más distal son las más profundas, especialmente en las aristas lateral y medial del hueso. Toda la superficie de la diáfisis presenta inci-T. P., 58, n." 2, 2001 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es siones de fondo plano producidas durante la limpieza y regularización del hueso. Frag, proximal de ulna de ave. Corte proximal en el inicio de la impresión braquial, irregular y de trayectoria oblicua respecto al eje del hueso. Extremo distal con fractura irregular accidental. Incisiones longitudinales en la superficie posterior relacionadas con la limpieza del hueso. Serie de incisiones cortas, paralelas y perpendiculares al hueso, agrupadas en una porción de 4 cm de esta misma superficie. El resto de la superficie presenta un pulido intenso, responsable de la atenuación de los relieves de inserción de las plumas, que ha afectado de igual forma a las incisiones descritas con anterioridad. 126 mm. Identificación sobre fotografía y dibujo del diario de excavación, descrito como "una caña de hueso muy pulida". El diario de excavación menciona "2 fragmentos de canutillos" procedentes de este sector y capa, de los que uno corresponde a nuestro número de inventario 12; el otro sería este fragmento. Adscripción anatómica y taxonómica y marcas de los tubos El conjunto está formado por 29 restos, de los que se han estudiado 27:12 tubos enteros y 15 fragmentos, de los que 2 resultaron corresponder a un mismo hueso. Así pues, el resultado final es de 13 tubos enteros y 13 fragmentos analizados. Por lo que se refiere a su adscripción anatómica y taxonómica, en todos los casos nos encontramos ante porciones más o menos completas de diáfisis cuya identificación resulta complicada, dada la profunda modificación sufrida en el proceso de elaboración. Se han eliminado las epífisis y, en un porcentaje muy elevado, las superficies de estas diáfisis han sido rascadas y pulidas hasta hacer desaparecer las improntas de las primarias y los relieves óseos. Los tubos pertenecen mayormente a aves de talla mediana-grande, excepto dos ejemplares atribuibles a mamíferos: el número 12, a un ovicaprino adulto; y el número 15, a un animal indeterminado. De los doce tubos completos sobre huesos de aves de talla grande y mediana, ocho corresponden a ulnas, tres a radios y uno a un tibiotarso. Los de mayor tamaño pertenecerían a buitres, mientras los restantes a grandes águilas, fundamentalmente (géneros A^w/to, Hiemetus y Circaetus). El tubo realizado con la diáfisis de un hueso de mamífero no resulta identificable debido a su total modificación. Los fragmentos también corresponden mayoritariamente a tubos que fueron fabricados con huesos de aves, concretamente a partir de nueve ulnas y tres radios, y sólo en un caso se trata de una diáfisis de tibia de ovicaprino. Las nueve ulnas de aves representan un número mínimo de elementos (NME) de cinco, dos de los cuales pertenecen a aves grandes, de la talla de los grandes buitres, dos a grandes águilas y el restante a un ave de talla inferior. Los tres radios corresponden a un NME de dos. Al examinar la elección de los huesos resulta evidente la preferencia por los huesos de aves de talla grande y mediana frente a los de mamíferos. Las ventajas que aquellos ofrecen para la fabricación de tubos derivan del reducido espesor de las diáfisis y su menor peso, lo que facilita la elabora-marcas de limpieza del hueso. Se trata de rascados longitudinales, generalmente largos y superpuestos, que en ocasiones suponen una pérdida de hueso. Y todos los tubos presentan pulidos más o menos patentes, la mayoría un pulido extendido por toda la superficie, atribuible a su limpieza y regularización, y al uso. Los pulidos más intensos se localizan siempre en los extremos, tanto en la superficie exterior, ocupando una franja de anchura variable, como en la misma línea de corte. En los extremos llegan a ser de tal intensidad que en ocasiones van acompañados por una perdida de materia ósea cortical. Así, entre los pulidos más localizados, destacaremos la ulna de ave grande, número 6, en la que se observan dos pequeñas porciones pulidas en el extremo distal, opuestas en las superficies anterior y posterior del hueso. La elección del punto de corte en los tubos largos corresponde a la misma línea de inicio de las epífisis, buscando el máximo aprovechamiento de la diáfisis. En varios ejemplares este corte por el inicio de las epífisis ha producido secciones ovaladas y, por consiguiente, tubos con unos ligeros ensanchamientos en los extremos. En estos mismos ejemplares se observa una muesca muy pronunciada, más acentuada que en los demás casos. Y, por lo que se refiere a la técnica de corte, en todos los ejemplares se ha actuado de forma similar, mediante la acción repetida y superpuesta de un filo muy fino. La tendencia general es la de buscar un corte perpendicular al hueso, nunca en bisel. En algunos ejemplares el corte de la diáfisis no ha sido completo en todo su perímetro y se ha terminado por presión. Este gesto produce una muesca de fractura, muy patente en el ejemplar número 19. Las superficies de los cortes, tal como han llegado hasta nosotros, no presentan un perfil regular. En 15 ejemplares se observa una muesca o escotadura de sección en V, más o menos abierta, según los casos, acompañada siempre de pulidos muy intensos. No se observa un patrón en las características de estas muescas, ni en su localización en un punto determinado de la sección del hueso, ni en su forma o profundidad, que varía desde apenas 2 mm hasta las más profundas de hasta 4 mm. Tampoco parece existir una relación entre su forma y profundidad y la longitud de los huesos. No obstante, el hecho de que estén presentes en la mayoría de los restos, así como en ejemplares de otros yacimientos, estaría indicando que se trata de una característica relevante de estos instrumentos. Diversas incisiones pueden relacionarse con ata-duras. De menor a mayor longitud, entre los tubos enteros, el número 23 presenta incisiones claras relacionadas con el atado. El número 8-9 presenta marcas de prensión en los dos extremos, consistentes en incisiones poco visibles localizadas en una de las aristas y que podrían ponerse en relación con el atado en un manojo junto con otros tubos. Ave modelada en cerámica con decoración cardial. miento de la caza mayor y de una ampliación del espectro de los recursos animales ligada al proceso de sedentarización, lo que lleva a explotar grupos de especies anteriormente poco rentables, caso de las aves o de las liebres, entre otras. También en los yacimientos neolíticos de la península Ibérica es frecuente la presencia de aves, como en la Cueva de Nerja (Málaga), Cueva del Parralejo (San José del Valle, Cádiz), los Castillejos (Montefrío, Granada), Cueva del Moro de Olvena (Huesca) o Herriko Barra (Zarrauz, Guipúzcoa), entre otros (Hernández, 1993) 1958 en los denominados sectores F y H. De estas excavaciones sólo han sido publicadas algunas noticias, particularmente la estratigrafía de ios sectores H (Fletcher, 1963). Prácticamente dos tercios de los tubos estudiados -19 ejemplares-tienen procedencia estratigráfica. Ésta remite, salvo en dos ejemplares, el número 28 que procede de la capa 2 de Fl y el número 15 que procede de la capa 1 de H5, a las capas o niveles más profundos del yacimiento. En aquellos dos primeros casos, especialmente para la procedencia del tubo número 15, se trata de capas superficiales manifiestamente revueltas, tal como se indica en los diarios de excavación. Los niveles más profundos de la Cova de l'Or corresponden, en todos los sectores excavados, al Neolítico antiguo cardial (Maxtí et alii, 1980; Bernabeu, 1989), en un yacimiento donde no se documentan ocupaciones anteriores a esta etapa. Con toda probabilidad, la misma atribución cultural cabe presumir para los ejemplares descontextualizados, provenientes de vaciados de grietas, superficie y remociones puntuales. En cuanto a la cronología absoluta, dentro del repertorio de dataciones C14 de la Co va de F Or (Martini alii, 1980), las que corresponden a la capa 7 del sector H3 se relacionan directamente con la presencia de tubos (números 10 y 11 ). Este segmento cronológico, por tanto, es el que debe corresponder a la mayor parte de los tubos de la Cova de l'Or, dentro, como hemos visto, de las fases inicial / plena del Neolítico antiguo cardial. De las incisiones que se relacionan con ataduras se desprende que algunos tubos se llevaban suspendidos de manera individual, mientras otros podrían haber estado atados entre sí, formando un instrumento compuesto por la reunión de 3,4 ó 5 de ellos, a modo de siringa o flauta de Pan, cuestión sobre la que volveremos posteriormente. Por ahora sólo señalaremos que su distribución en el yacimiento (Fig. 6) muestra una concentración significativa en algunos sectores (p. ej. los 14 tubos procedentes de la zona que corresponde a los sectores H2 a H5), lo que estaría de acuerdo con la hipótesis de su previa asociación y dispersión por rotura de los ligamentos. FLAUTAS, SIRINGAS Y SILBATOS La utilización que acabamos de ver de las ulnas y radios de aves para la fabricación de tubos en el Neolítico antiguo de la Cova de l'Or se repite en otros yacimientos del mismo período. Se trata, además, de un hecho observado ya en los yacimientos del Paleolítico superior y que también es frecuente entre las sociedades tradicionales actuales, relacionándose en ambos casos con la fabricación de instrumentos musicales. Para el Paleolítico superior, la prueba de su relación con la música es concluyente cuando se trata de tubos que presentan perforaciones espaciadas regularmente, identificándose como flautas. En el caso de las sociedades tradicionales, todavía podemos escuchar el sonido de unos tubos cuya música forma parte de su vida cotidiana o de sus ceremonias. De este modo, pues, se plantea la hipótesis de que también los tubos neolíticos pudieron ser instrumentos musicales, sin negar la posibilidad de aquellos otros usos atribuidos por la bibliografía. Nos preguntamos, por tanto, si se trata de instrumentos musicales formados por la reunión de diversos tubos a modo de una flauta de Pan o siringa, o bien si pudo tratarse de flautas monocálamas, o de un silbato. Y nos preguntamos también si estos tubos tendrían permanentemente tapado uno de los extremos, con cera o con arcilla; o bien, si éste se mantendría abierto y cerrado alternativamente, utilizando algún dedo. La identificación de instrumentos musicales entre los objetos de hueso se remonta a los yacimientos del Paleolítico superior, lo que no implica que ese sea necesariamente el comienzo de la música. El mundo sonoro de las sociedades paleolíticas ha sido abordado en los últimos años mediante el estudio acústico de los sonidos que pueden producir los instrumentos recuperados en los yacimientos y su comparación con aquellos otros conocidos por la etnomúsica. Dauvois (1989Dauvois (, 1994Dauvois ( y 1999) ) ha examinado las evidencias sobre la música prehistórica aportadas por la historia de la investigación, presentando el inventario de los objetos que pudieron producir sonido, así como la consideración de la cuevas con arte parietal como espacio sonoro. La relación de objetos comprende las falanges de reno perforadas, rombos o bramaderas, flautas y huesos con ranuras, conchas con una perforación y posibles instrumentos de percusión, tal vez los primeros instrumentos musicales. Muchos de tales objetos, o sus réplicas, nos han ofrecido sus sones -frecuencias y timbres-, aunque nunca tendremos información sobre cuál era el ritmo, la intensidad, la ocasión y la manera de ejecutar la música de estas sociedades (Vendrix, 1994; Baena^í alii, 1998). Y, como dice Leroi-Gourhan (1971: 358), si resulta evidente que la música, las manifes- taciones coreográficas y la poesía de los hombres prehistóricos se nos escaparán para siempre, hemos de lamentar amargamente su pérdida puesto que bien podemos suponer "que su nivel medio no era inferior al arte de pintar o al de esculpir". En todo caso, para acercarnos a esta parte del comportamiento humano sólo disponemos de los propios instrumentos musicales y de las posibles representaciones en el arte rupestre, incluyendo también las que puedan referirse a la danza. Éste sería el caso del hechicero grabado deTrois-Frères, de cronología magdaleniense, tantas veces citado en relación con la posibilidad de que se represente allí un arco musical o una flauta nasal, y en el que destaca la expresión de un ritmo corporal a modo de danza, concomitante con la expresión musical (Dauvois, 1999: 175). Danza con la que también podemos relacionar otros testimonios, como el cinturón formado por dientes de zorro, a modo de cascabeles, dispuesto alrededor de la cadera de una mujer en la cueva de Hayonim del Monte Carmelo, correspondiente a los inicios del Natufiense (Braun, 1997: 72). Limitándonos aquí al grupo de los instrumentos de viento que se relacionaría con los tubos, podemos definir la flauta como un instrumento en el que el sonido se produce al dirigir el aire sobre una arista o bisel, de modo que las perturbaciones producidas generan una vibración que se propaga a lo largo de un tubo recto (una cavidad ovoide en el caso de las ocarinas) que actúa de resonador. La siringa o flauta de Pan es una flauta compuesta por varios tubos, cerrados en su extremo distal, cada uno de los cuales produce un sonido. La zampona alude al mismo instrumento que la siringa, pudiendo ser monocálamo o policálamo, según conste de uno o de varios tubos. Y el pito o silbato es una flauta pequeña que, consecuentemente, produce un sonido agudo, propicio como emisor de señales o como reclamo de caza para ciertas aves. Las flautas o tubos de hueso que presentan perforaciones han sido objeto de diversos inventarios y cubren un amplio periodo, desde el Auriñaciense y el Gravetiense hasta los tiempos históricos, destacando por su antigüedad el conjunto de las flautas de Isturitz en los Pirineos atlánticos (Buisson, 1990), y entre las más recientes la flauta de la cueva sepulcral calcolítica de Le Bré (Veyrau, Aveyron) (Fages y Mourer, 1983). Se ha propuesto la utilización de este tipo de instrumentos por parte del hombre de Neanderthal, describiéndose un fémur perforado de oso de las cavernas procedente de Divje Babe como el más viejo instrumento musical encontrado en Europa (Turk et alii, 1997), pero existen dudas sobre la autoría de sus perforaciones, que podrían deberse a los dientes de un carnívoro (D'Errico et alii, 1998). Por el contrario, nuevos hallazgos se siguen incorporando a los ya conocidos del Paleolítico superior, como los realizados recientemente en Alemania y Austria (Hahn, 1996; Einwogerer et alii, 1998). Junto a las anteriores, también encontramos flautas o tubos sobre huesos de aves, con sus dos extremos abiertos, pero sin agujeros. Y del mismo modo, cubren todo el Paleolítico superior. Pero sus posibles funciones se extienden a nuevas posibilidades, como las de ser estuches, contenedores de ocre o mangos, además de instrumentos musicales, como antes hemos mencionado a propósito de las observaciones de Piette. Por lo que se refiere a la Península Ibérica, los hallazgos, la tipología y los paralelos de estos tubos fueron expuestos detalladamente por Barandiarán (1967Barandiarán (, 1972)). A propósito del cubito de alcatraz procedente de Torre (Oyarzum, Guipúzcoa), atribuido al Magdaleniense y con una decoración grabada que incluye un antropomorfo, seis figuras de animales y diversos signos, Barandiarán (1971) menciona su función "ritual", en algún sentido religiosa y, desarrollando su propuesta anterior sobre la tipología del instrumental óseo paleolítico, Barandiarán (1971:54) propone cuatro categorías: las cuentas o cilindros cortos recortados en ambos extremos, los tubos simples o piezas cilindricas recortadas cuya longitud es entre cinco y ocho veces su diámetro máximo; los tubos perforados, y los tubos con decoración figurada que no han recibido ningún recorte ni perforación. Nuestro interés aquí se centra en los tubos simples, decorados o no, que "han sido interpretados como estuches para agujas, como elementos sueltos de flautas, o bien como recipientes para contener ocre. Las tres hipótesis parecen respaldadas por observaciones recopiladas en el momento de su excavación", como muestran los paralelos recogidos por Barandiarán, incluyendo aquellos hallazgos franceses desde el siglo XIX, en los que pequeñas agrupaciones de estos tubos se interpretaron como antiguas flautas compuestas del tipo de la flauta de Pan. Otros hallazgos y paralelos se exponen a propósito del fragmento de cubito de águila real de la Cueva de la Paloma (Soto de las Regueras, Asturias), decorado con dos cabezas de cérvido (Chapa y Martínez, 1977).Y, como hallazgos recientes, cabe mencionar la flauta magdaleniense sobre hueso de ave encontrada en la Cueva de la Güelga (Asturias) (Menéndez y García, 1998) o el probable silbato paleolítico de la Cova d'en Pau (Serinyà), hecho sobre un fragmento de diáfisis de ulna de chova, con una perforación en su parte central de forma aproximadamente cuadrangular (Soler yOarcia, 1994). Sin detenernos ahora en los hallazgos de cronología neolítica y calcolítica, sobre los que volveremos posteriormente, adelantaremos que una referencia de gran importancia es el instrumento de la necrópolis de la cultura lausaciana de Przeczyce (Zawiercie, Polonia): una flauta de Pan que formaba parte del ajuar de la tumba de un hombre de más de sesenta años, junto con otros objetos de bronce, de hueso y vasos cerámicos. Formada por nueve pequeños tubos de hueso de ovicápridos y de mamífero indeterminado, ilustra la presencia de este instrumento musical al final de la Edad del Bronce (Szydlowska y Kaminski, 1965). Después, los testimonios relacionados con las siringas se multiplican ya a partir de las fuentes clásicas, que nos confirman la continuidad en el empleo de los huesos de las grandes aves, si bien las cañas serán la principal materia prima, como se desprende de los nombres poéticos aplicados a estos instrumentos: halamos, arundo, calamus, canna (Gai, 1975: 16). Del mismo modo que sucede con el propio nombre de siringa, tomado de la variedad de caña más utilizada en Grecia y del nombre de la ninfa que se transformó en caña para huir del dios Pan (Reinach, 1877). Esta utilización de diversos vegetales y de los huesos de las grandes aves para la fabricación de estos instrumentos musicales se mantiene hasta la actualidad. Son abundantes los testimonios que muestran el empleo de tallos de los más diversos vegetales, como la avena, mencionada por las fuentes clásicas (Reinach, 1877: 1.596); o la cebada (Coles, 1973: 161), utilizada en la música popular de los Balcanes, que pueden usarse como lengüetas vibrantes. También Dauvois (1994Dauvois (,1999) ) insiste en que el cubito de una gran rapaz, sin perforaciones, constituye una flauta análoga a la tilinca de los pastores rumanos, tan difícil de tocar puesto que sólo el ángulo de ataque del soplo sobre la arista del bisel, la intensidad y la mayor o menor obturación de la otra extremidad con el dedo, cambian el timbre y dan su riqueza a este instrumento. Pero, si todo ello debe hacemos pensar en la gran importancia que estos elementos vegetales poseyeron en el pasado, otro tanto sucede con los tubos de hueso y el valor simbólico atribuido a las grandes aves, trátese de los buitres, como sucede entre los Aché del Paraguay (Clastres, 1972), o de las águilas, como nos cuentan los sioux Oglala de Norteamérica (Brown, 1988). La documentación etnográfica muestra que la consideración de las grandes aves como animal sagrado es muy frecuente y que, como consecuencia, la utilización de sus huesos para la fabricación de flautas es un fenómeno general, al asociarse a ellas unas virtudes especiales de las que carecerán aquellas otras flautas hechas a partir de las distintas clases de cañas (Meylan, 1994:230). Así pues, la reiterada fabricación de tubos a partir de huesos de ave, tal como vemos en la Cova de 1' Or, encontraría su explicación. Dauvois (1994Dauvois (,1999) ) ha insistido en que pocos huesos son suficientemente grandes, rectilíneos, huecos y de sección circular para constituir un buen instrumento de viento natural, de manera que prácticamente sólo el cubito de las grandes rapaces posee estas cualidades. Modificando el ángulo de ataque del soplo sobre la arista de su bisel se puede hacer bajar o subir el sonido, obturando más o menos la otra extremidad con el dedo; las diferentes posiciones cambian el timbre y dan su riqueza a este instrumento. Sin duda, dada su simplicidad, muchos vegetales han podido ser utilizados como flautas sin dejar la menor huella arqueológica, pero sólo los tubos de hueso han llegado hasta nosotros, con su bisel generalmente muy pulido. Y si tapamos permanentemente este tubo por uno de sus extremos se convierte en elemento de una siringa o flauta de Pan. FLAUTAS DE PAN: TRABAJOS EXPERIMENTALES Y REFLEXIONES La experimentación sobre la réplica de una pieza prehistórica, si no una prueba irrefutable, sí puede ser un argumento importante a la hora de proponer su función, en nuestro caso decidir si los tubos que estudiamos corresponden a una flauta. La presente reconstrucción se aborda desde la experiencia del flautista y la experimentación con objetos que son flautas potenciales, como cañas, tubos de plástico y de vidrio, huesos de frutas, botellas o huesos animales. En ocasiones esta experimentación ha explorado nuevas posibilidades, sin saber de antemano qué tipo de flauta se iba a construir, mientras que en otros casos los instrumentos se construyen siguiendo una tradición heredada, lo que también pudo suceder a los hombres y mujeres prehistóricos. Recordando que las piezas más antiguas exhumadas en los yacimientos arqueológicos son de hueso y que es del todo probable que les precedieron y coexistieron con ellas otras fabricadas en materias como las cañas, las principales características de las diferentes familias de flautas, ordenadas de acuerdo con la hipótesis evolutiva de la facilidad de su construcción, son las siguientes: Flauta de Pan o siringa. Es la de construcción más sencilla: un simple tubo cerrado en un extremo y cortado limpiamente en el extremo opuesto. Se sostiene verticalmente y se sopla sobre la arista distal. La frecuencia del sonido está en razón inversa a la longitud del tubo. Asociando varios tubos de distinta longitud, obtendremos distintos sonidos. Si se practica un simple agujero lateral a un tubo cerrado en un extremo, como los que forman una siringa, se obtiene una flauta travesera, así llamada porque el flautista sostiene el instrumento apoyado en su mandíbula, paralelamente a los labios, y sopla perpendicularmente. El cuerpo está provisto de agujeros que se tapan con los dedos. Desde un punto de vista acústico, al destapar sucesivos agujeros, se acorta la longitud de la columna de aire contenida en el tubo, produciendo sonidos proporcionalmente más agudos. Este principio determina una disyunción evolutiva: de una parte quedan las flautas que logran los diferentes sonidos mediante tubos de distintas longitudes; y de otra, las que lo consiguen acortando por medio de los agujeros de digitación la longitud del tubo único. Técnicamente la dificultad para hacer sonar una flauta travesera es ligeramente superior a la de la siringa. Esta familia agrupa una serie de flautas constituidas por un tubo abierto en sus dos extremos. El que sirve de embocadura presenta su borde ligeramente afilado. Los agujeros de digitación están dispuestos a lo largo del tubo. Se toca en posición oblicua, lo que ha dado lugar a su nombre genérico, y la embocadura se apoya en los labios o en los dientes. Desde el punto de vista de su construcción no es más difícil que la flauta travesera, pero la obtención de sonido está lejos de ser espontánea para quien no está familiarizado con el instrumento. De construcción esencialmente parecida a la oblicua, en la embocadura de estas flautas se ha practicado una muesca que termina en bisel y que facilita la producción de so-nido. Es la familia a la que pertenece la quena. El labio inferior del ejecutante cubre casi todo el agujero de la embocadura y el aire se dirige al bisel con precisión. Si se mantiene la hipótesis evolutiva mencionada, esta sería la última flauta en aparecer, ya que es la de más difícil construcción. Con el fin de evitar la adopción de una posición especial de los labios, el canal que dirige el aire sobre el bisel está construido en la propia flauta. Es una variante de la flauta de pico. Construida en arcilla cocida, su embocadura se moldea en el propio barro. Su cuerpo es globular, lo que le confiere un comportamiento acústico que se aparta del de los tubos. Considerando las familias 1 a 5, un aspecto fundamental estriba en la problemática conservación de la embocadura. Dado que se trata de tubos que tiençn su embocadura en un extremo, el deterioro del mismo impide conocer de qué tipo de instrumento se trataba originalmente, como sucede en el caso de la gran mayoría de los instrumentos hallados en excavaciones que carecen de este elemento esencial. Por ello, a la hora de establecer una distribución geográfica, de sacar conclusiones de tipo musical o de buscar interrelaciones evolutivas entre las distintas familias, tan sólo se podrá proceder por especulación. Así, muchos de los ejemplares mencionados por la bibliografía no pueden adscribirse con certeza a ninguno de los tipos descritos. Proponemos, pues, en la figura 7 un árbol genealógico de las distintas familias, subrayando que las seis familias se han distribuido en el tiempo y en el espacio dejando rastros que pueden seguirse en algunos casos, pero es innegable que las grandes pistas han desaparecido. Probablemente la mayoría de las flautas encontradas en la Cova de F Or corresponderían a flautas oblicuas o a flautas de Pan, como luego veremos. La primera impresión causada por el examen de los tubos de la Cova de l'Or es la de hallamos ante una siringa cuyos tubos se habían dispersado al perderse las ataduras que los mantenían unidos. Las distintas dimensiones de los tubos y el pulido al que parece haber estado sometido uno de sus extremos resultaban determinantes. Al intentar hacerlos sonar tapando con la mano el extremo distal al de la supuesta embocadura, el sonido era malo o inexistente en aquellos que presentan grietas a lo largo del hueso, pero el que estaba en mejor estado de conservación daba un sonido sorprendentemente espontáneo y grato. A partir de tal comprobación se optó por reconstruir una supuesta siringa de similares características a partir de dos ulnas y dos radios de buitre. El número total de tubos procedentes de la Cova de rOr permite conjeturar que no todos pertenecían a un instrumento único. En esta primera fase hemos reconstruido, pues, sólo una parte de la supuesta siringa, en la medida en que lo permitían los huesos de los que hemos dispuesto y que correspondían a un único animal, para a continuación sacar las conclusiones acústico-musicales que el instrumento nos brindase. Trabajando sobre los huesos de las dos alas de un buitre, dos ulnas y dos radios, utilizando hojas de sílex para cortarlas, la cadena operativa ha comprendido: 1) Corte de ambos extremos para eliminar la epífisis. 2) División de los tubos atendiendo a las medidas requeridas. 3) Pulido de los bordes de ambos extremos. 4) Rascado y pulido de las superficies. 5)Tapado con cera de los extremos distales. 6) Ensamblado de los tubos. Para decidir los tubos a reconstruir, dado que sólo se ha dispuesto de cuatro huesos, se han analizado las longitudes de los tubos de la Cova de l'Or, en los que la variedad de tamaños parece testimoniar una indudable intencionalidad. Los tubos presentan longitudes escalonadas y no se concentran alrededor de una longitud estándar. Por nuestra parte, realizados sendos cortes de las epífisis de una ulna y un radio con las hojas de sílex, cuyos filos han terminado intensamente embotados, cada ulna medía unos 29 cm sin contar la apófisis, de manera que se ha procedido a fabricar los tubos siguientes: de una ulna, la réplica del tubo 5, longitud 69 mm, y tubo 16, longitud 220 mm; y de la otra ulna, el tubo 13, longitud 102 mm, tubo 15, longitud 77 mm, y tubo 24, longitud 91 nmi. Dada la limitación inherente a los huesos de los que se ha partido, las réplicas de los tubos 5 y 16 poseen un extremo de las diáfísis, en tanto que los tubos originales comienzan en la parte del hueso ya perfectamente cilindrica, lo que puede afectar al resultado acústico. La situación es más favorable en el caso de los tubos fabricados con la segunda ulna. A continuación se han pulido los bordes del extremo que tomaremos como embocadura. En los tubos prácticamente cilindricos hemos juzgado indiferente la elección, pero en aquellos que poseen un extremo más ancho que el otro por su proximidad a la epífisis, hemos elegido el extremo de menor sección como embocadura, con el fin de buscar la homogeneidad de éstas. Antes de tapar con cera los extremos distales, se ha hecho una prueba de sonido obturándolos con la palma de la mano. Se han obtenido los siguientes resultados, de mayor a menor longitud: El sonido es defectuoso, con un fundamental débil (nota SOL en la 2^ línea del pentagrama) que salta al régimen acústico del primer parcial. Además, según que se sople por uno u otro extremo, el sonido fundamental varía un semitono aproximadamente. La frecuencia más pequeña (sonido grave) corresponde a la embocadura de menor sección. La razón puede estar en que un mayor diámetro interno en posición distal equivalga a un tubo más largo. El sonido es espontáneo. Se produce un fenómeno similar al ya descrito. Con la embocadura más estrecha (extremo distal mayor) el tubo emite la nota FA# (5^ línea del pentagrama). Con la embocadura mayor (extremo distal mayor) emite la nota LA (una línea adicional por encima del pentagrama). Se toque por un extremo o por el otro, la nota resultante es la misma, con una pequeña diferencia de 50 centitonos: LA (una línea adicional por encima del pentagrama). Con toda probabilidad, ello es debido a la homogeneidad de la sección del tubo. Tocando por el extremo correspondiente a la diáfisis, el sonido es defectuoso, tal vez debido a las irregularidades interiores del extremo TP.,58,n.«2,2001 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es vecino de la epífisis. Por el contrario, al soplar por este último extremo, el sonido es aceptable, emitiendo la nota DO (dos líneas adicionales por encima del pentagrama). Los dos sonidos considerados son muy deficientes, muy probablemente a causa de la importante irregularidad interior del tubo. Para estas observaciones hemos partido de LA = ca.440Hz. Se ha procedido a tapar con cera los extremos elegidos como distales. Calentada en un recipiente, la cera fundida ha alcanzado una altura de 12 mm. Se han introducido verticalmente los extremos de los tubos, esperando hasta que la cera se ha solidificado. La cera ha impregnado también la parte exterior del hueso. El nuevo resultado sonoro de los tubos es el siguiente: Sonido fundamental: nota SOL# (2.^ línea del pentagrama). -Tubo 13: Sonido espontáneo. Nota LA (encima del pentagrama). -Tubo 24: Sonido espontáneo. Nota SI (encima del pentagrama). -Tubo 15: Sonido espontáneo. Nota RE (encima del pentagrama). -Tubo 5: Sonido espontáneo. Nota RE# (encima del pentagrama). Se ha terminado la construcción de la siringa atando los tubos con una cuerda fina de cáñamo. Por último, uno de los radios ha sido cortado por sus dos extremos, alcanzando el tubo resultante una longitud de 234 mm, que correspondía a la del tubo 20, longitud 233 mm, fabricado sobre ulna. Este nuevo tubo no produce sonido alguno. De todo ello podemos concluir, en primer lugar, que el conjunto de los tubos hallados en la Cova de rOr pudo formar parte de varias flautas del tipo siringa. La presencia de una siringa de hueso no debe excluir la existencia de instrumentos similares construidos en caña, actualmente desaparecidos. En tal caso las siringas de hueso pudieron ser instrumentos a los que, por alguna razón particular, se quiso dar una mayor importancia al fabricarlas sobre este material. De tratarse efectivamente de una siringa, cabe interrogarse sobre el mundo espiritual y la sensibilidad artística de las sociedades neolíticas de esta zona. Huelga decir que esta atribución debe tomarse como probable, sin que puedan excluirse otros usos de los tubos. Éstos, sin embargo. parecen bastante improbables frente al de instrumento musical. Y, en segundo lugar, hemos de ser conscientes de que el trabajo de reconstrucción realizado solamente es un paso inicial, a la espera de completar el proceso con los demás tubos. El interés de tal experiencia va más allá de la simple reconstrucción, ya que puede permitirnos especular sobre el tipo o los tipos de escala musical utilizados en la cultura de aquellas sociedades. A propósito de los tubos de hueso que no suenan hemos podido observar que, en efecto, flautas de hueso de diversa índole perdían espontaneidad en la emisión del sonido con el transcurso del tiempo. Sospechando que la causa pudiera ser la porosidad de la pared interna de los huesos, procedimos a mojarlos con agua y, efectivamente, ello devuelve la espontaneidad sonora inicial de estas flautas. Este hecho tiene su explicación en el principio físico por el cual la onda sonora se propaga a lo largo del tubo, reflejándose en el extremo opuesto y dando origen a una onda estacionaria, es decir, una onda en la cual no hay desplazamiento de las partículas de aire sino puntos de máxima y mínima amplitud denominados vientres y nodos. Tales ondas estacionarias se establecen con mayor o menor facilidad según que el grado de porosidad del tubo que las encierra les confiera una cierta amortiguación. Ello ha sido determinante en la evolución de la flauta travesera. Tradicionalmente construida de madera, este material ha cedido su puesto al metal. Recalquemos que la diferencia esencial no está en una supuesta vibración del material, sino en su diferente porosidad que determina, como hemos dicho, una distinta inercia en la onda estacionaria. Confirmación de todo ello es la tradicional elección de maderas muy compactas (boj, ébano, granadillo, olivo, palosanto, etc.) o el hecho de lacar interiormente las flautas japonesas de bambú. En el caso de los tubos neolíticos, un hipotético pulido de su interior revelaría esta intencionalidad. En el caso de la réplica del tubo 16, que no sonaba aceptablemente, siempre recordando que este criterio admite importantes matizaciones en función de la "estética musical" de los grupos neolíticos, después de mojado el "sonido" no mejoró. Y tampoco ha dado resultado con el que correspondería al tubo 20, aunque la réplica lo es sobre radio y no sobre ulna. Lo que, además de la prosecución de los trabajos experimentales que puedan proporcionar una explicación satisfactoria, plantea la cuestión de la relación entre longitud y diámetro de los tubos. En esta última réplica la relación longitud / diámetro interior, 234 / 5, es desfavorable para producir un sonido. En el tubo 20 original esta relación es de 233 / 8, estimando el grosor medio de las paredes en 1 mm. Y en una flauta andina actual hemos podido medir, por ejemplo, unos valores de 225 / 12. Comentaremos más tarde el significado práctico de esta relación, preguntándonos ahora por la funcionalidad de una pieza semejante: tal vez no formaba parte de instrumento musical alguno; o estaba destinada a ser cortada en segmentos menores, en cuyo caso no debería mostrar las mismas señales de uso; o pudo estar provista de una lengüeta vibrante realizada con el tallo de alguna planta, a modo de un instrumento de la familia del actual oboe. O tal vez si la mencionada relación es desfavorable, se pudo recurrir a acortar la longitud del tubo mediante el relleno interior de la parte distal. A título puramente especulativo, si sumergimos parcialmente en agua un tubo abierto en sus dos extremos, al soplar podemos variar la altura del sonido según varíe el nivel del agua, además de que el propio soplo al empujar el agua produce una oscilación de la frecuencia cuyo resultado sonoro no sólo es "musicalmente interesante", sino que recuerda a ciertos cantos de pájaros. Una variante de esta experiencia consiste en llenar el tubo de agua. cerrando con un dedo el extremo inferior. Si se hace sonar, dejando escapar el líquido, se produce una nota aguda, cuya frecuencia desciende a medida que el líquido sale, o se estabiliza en caso contrario, produciendo efectos sonoros de cierto interés. El sonido producido por un tubo cuando se hace vibrar el aire contenido en su interior (soplando en el caso de una flauta) se denomina fundamental. Su frecuencia es inversamente proporcional a la longitud del tubo, es decir, cuanto más corto es el tubo, mayor es la frecuencia del sonido -más agudo-. Si se sopla con más fuerza se obtiene un primer parcial, de frecuencia doble que la del fundamental en el caso de un tubo teórico; en este caso ideal se denomina armónico 1. Siempre en teoría, se pueden obtener así varios sonidos parciales. Un fenómeno de gran importancia práctica se añade a lo expuesto: para un tubo de una longitud dada, cuanto menor es el diámetro interno, mayor es la facilidad de obtener dichos parciales y más se acercan sus frecuencias a las de los correspondientes armónicos. Por el contrario, cuanto mayor es el diámetro, más difícil será obtener parciales y, como consecuencia, mayor será la estabilidad del sonido fundamental: es la situación que se persigue en una siringa, al menos en nuestra concepción actual. Así pues, hemos de conceder importancia a esta relación longitud-diámetro, denominada ía///^ en francés y que en sentido puramente acústico traduciremos por "talla". La figura 8, en la que los tubos enteros se ordenan de acuerdo con su longitud, ofrece un sorprendente resultado visual: sus longitudes se escalonan con bastante regularidad y tan sólo tres tubos son prácticamente iguales. Este hecho habla a favor de la intencionalidad de establecer una "escala musical". En la tabla correspondiente (Tab. 2), ordenando los tubos también por su longitud, incluimos una columna con los diámetros internos aproximados, y otra con la relación longitud / diámetro o talla. Las medidas de los diámetros interiores son aproximadas y tampoco ningún tubo es exactamente cilindrico, ni su sección es uniforme, con lo cual los modelos de la acústica física han de tomarse con cautela. Pero el examen del conjunto sugiere que se ha buscado empíricamente una forma cercana al cilindro a la vez que, atendiendo a su talla, los tubos se pueden englobar en tres categorías: A, con una talla en torno a 11; B, con la talla en torno a 21 -23; y C, con la talla en torno a 25-28. Dos tubos ofrecen valores de talla discordantes: el 26, con un valor intermedio de 17; y el 16, con un valor extremo de 44. Si bien la muestra carece de valor estadístico, se observa que de no ser por el tubo 5, el menor de todos y hecho sobre un fragmento de diáfisis de radio, las tallas mayores corresponden a los tubos más largos. Suponiendo que los tubos largos debieran tener un mayor diámetro para poder ser tocados en régimen fundamental, ello puede significar que se utilizarían en régimen de primer parcial. Así pues, a la espera de la continuación de los trabajos experimentales, resulta altamente probable que nos encontremos ante los elementos de varias siringas, dado el elevado número de los tubos hallados en la Cova de l'Or, enteros o incompletos. El biselado y pulido de los tubos, la presencia de muescas, atribuible igualmente al uso, y las huellas de un probable atado de algunos tubos entre sí refuerzan esta hipótesis. Como antes se ha dicho, sin embargo, es posible que algunos de los tubos no formasen parte de una siringa, o que ni siquiera fueran una siringa monocálama, sino que, por el contrario, su finalidad fuera cualquier otra de las funciones ya expuestas. Pero, del mismo modo, también es posible imaginar para estos mismos tubos otras posibilidades musicales, como sería la de que algún tubo largo y fino pudiera sonar merced a una lengüeta hecha con un simple tallo de cereal, tal vez un antepasado lejano de la dulzaina y del actual oboe. LOS TUBOS DE HUESO EN LA CULTURA MATERIAL DEL NEOLÍTICO PENINSULAR tada; quién sabe si estos huesos en forma de canutillos -que también aparecen en la cueva de l'Or-y las famosas asas pitorro para verter líquidos pudieran explicarse por un tipo de bebida de esta clase". Una asociación, asas pitorro y tubos, que en efecto caracteriza al Neolítico antiguo cardial de la Cova de r Or y a la Cultura de las Cuevas andaluza, si bien la funcionalidad que ahora proponemos para unas y otros sería diferente, relacionándose aquellas con la leche y éstos con la música. En su pormenorizado estudio de la industria ósea neolítica de los yacimientos valencianos, Pascual (1998) considera los tubos como un tipo de utensilio perteneciente a la familia de los receptores. Éstos serían objetos cilindricos de longitud superior a 65 mm y realizados generalmente sobre huesos de ave. La colección estudiada por Pascual comprende quince ejemplares procedentes de la Cova de rOr, tres de la Cova de la Sarsa, uno de la Cova de l'Àguila (Picassent, Valencia) y uno de la Cova de les Aranyes del Carabassí (Santa Pola, Alicante). Y de acuerdo con la definición del tipo, se excluyen los que se consideran mangos cilindricos, por el mayor grosor de sus paredes y menor longitud, así como las cuentas de collar cilindricas y otras piezas singulares como los cilindros decorados de la Cova Ampia del Montgó (Xàbia, Alicante) y la Mola de Novelda (Alicante). La mayoría corresponden a ulnas de grandes aves y en ellos se observan los diversos gestos técnicos conducentes a su fabricación, así como la existencia de incisiones transversales finas y/o profundas en algunos casos. Siguiendo a Averbouh ( 1993), la utilización propuesta por Pascual comprende: instrumentos musicales, contener ocre, soplar ocre, sorber líquidos como el agua de deshielo entre los esquimales o el mate entre los Guaranis, amuletos, adornos, etc. De manera que, en el caso del tubo de Aranyes del Carabassí (Ramos, 1982), que presenta su extremo más pequeño y la mitad de la superficie quemados, podría haberse empleado para avivar el fuego. Por su estrecha relación con la Cova de l'Or, destacan los tubos de la Cova de la Sarsa, cuya descripción, vueltos a examinar por nosotros, es la siguiente: Frag. proximal de diáfisis de radio de ave. Extremo distal con fractura irregular accidental que ha producido varias líneas longitudinales de fractura. Toda la superficie pulida, especialmente en el corte proximal. En la superficie dorsal presenta una zona en la que se superponen numerosas incisiones cortas, de sección irregular y de trayectoria transversal y oblicua. Tubos de la Cova de la Sarsa. Corte proximal recto y redondeado por pulido. Por debajo del corte, a una distancia de 1 cm, comienza una serie de incisiones cortas y paralelas perpendiculares al hueso, muy poco visibles por efecto del pulido que se extienden en un franja de 2 cm. Superficie muy pulida. Extrerno distal con fractura irregular accidental. Frag. distal de diáfisis de ulna de ave. Corte proximal recto y pulido. A escasos mm de la línea de corte, incisiones cortas producidas en la fabricación del tubo. Extremo distal con línea de fractura irregular producida de forma accidental. En la superficie dorsal, incisiones cortas y paralelas redondeadas por pulido. La Cova de la Sarsa es otro de los yacimientos cardiales importantes del mediterráneo peninsular. Estos tres fragmentos de tubo proceden de las excavaciones realizadas en el periodo de 1928 a 1939 por R Ponsell, dentro de las actividades del S.I.P. La publicación de esta colección se debe a San Valero ( 1950: 5), que indica, en un primer recuento de los materiales, la existencia de "minúsculos estuches tubulares" de hueso, única mención referida a los tres tubos aquí estudiados. Las excavaciones de Ponsell carecen de referencia estratigráfica. No obstante, todos los materiales hasta ahora exhumados en la Cova de la Sarsa parecen constituir un conjunto homogéneo, adscribible en su mayor parte al Neolítico antiguo, fases cardial y epicardial, más intensamente a la primera. Esta impresión de homogeneidad viene dada por la inexistencia de indicios de ocupaciones anteriores al Neolítico antiguo (como también ocurre en Or), y por el mismo hecho respecto a ocupaciones del Neolítico final y, sobre todo, a etapas posteriores. Así pues, el marco cronológico y cultural para los tubos de la Cova de la Sarsa es con toda verosimilitud el mismo que hemos visto para los de la Cova de l'Or. A partir de todos estos datos, e incluyendo también los yacimientos de la Cova de l'Aguila y de Aranyes del Carabassí, Pascual ( 1998) propone para los tubos una cronología que se prolongaría desde el Neolítico antiguo cardial hasta el Neolítico IIB. Y señala el contexto de otros hallazgos peninsulares, especialmente los que corresponden al Neolítico en Andalucía: j unto a cerámica cardial en la Cueva de las Majolicas (Alfacar, Granada): tubo de hueso muy pulimentado "que presenta la particularidad de tener restos de almagra en uno de sus extremos y en el interior, por lo que quizás se empleó para soplar esta sustanciasobrevasijas" (Salvatierra, 1982:202, fig. 2.8; Molina, 1970; Navarrete, 1976); horizontes antiguos de la Cultura de las Cuevas andaluza en la Cueva de los Murciélagos de Zuheros (Vicent y Muñoz, 1973:85), Cueva de los Mármoles (Priego de Córdoba) y Cueva de la Murcielaguina (Priego de Córdoba) (Gavilán, 1989:724); niveles del Neolítico medio en la Cueva de la Carigüela (Pinar, Granada) (Salvatierra, 1982:206, f.4.2). Cueva de Nerja (Málaga) (Adán, 1988), CuevadelaMujer (Alhama, Granada) (Teruel, 1986) y Cueva de las Tontas (Montefrío, Granada) (Torre, 1984). En el noreste peninsular también sería de cronología neolítica antigua el ejemplar fragmentado procedente de la Cueva de Chaves (Bastarás-Casbas, Huesca), en el AltoAragón(Baldellou^ía///, 1989:126). A este elenco (Fig. 10) pueden añadirse actualmente los recientes hallazgos en el poblado lacustre de La Draga (Bosch etalii, coords., 2000:192): dos fragmentos mediales de diáfisis, claramente segmentados, de los que uno pertenece a una gran rapaz y el otro a un mamífero pequeño, en un yacimiento que también presenta cerámicas cardiales.Y el fragmento de tubo fabricado sobre ulna de ave de la Cueva de laVaquera (Torreiglesias, Segovia) (1), yacimiento asociado a los comienzos del Neolítico en la Submeseta Norte. Estos "huesos tubulares de pájaros" están presentes también en los concheros portugueses de Muge, interpretados como estuches o mangos: "Una pieza del Cabeço de Arruda, hendida longitudinalmente, conserva incisiones transversales casi paralelas, con algunos trazos oblicuos que las cruzan, los cuales pueden considerarse como una decoración muy sencilla" (Roche, 1966:35). Otras referencias a tubos o cilindros, generalmente interpretados como mangos o elementos de adorno, precisan de futura comprobación. Sería el caso, por ejemplo, de los cilindros "que acaso fue- (1) M^.S. Estremera: Primeras comunidades agropastoriles entre el V y el III milenio a.C. en la Meseta Norte: el testimonio de la Cueva de la Vaquera (Torreiglesias, Segovia). Yacimientos de cronología neolítica con tubos de hueso. ran empuñaduras de instrumentos" de la cueva portuguesa de Furninha, citados por Vilanova y de la Rada ( 1894:522), siguiendo el informe presentado por Delgado al Congreso de Lisboa de 1880. Así también, en el caso del tubo mencionado como procedente de la Cova de 1' Águila -una ulna izquierda de ave de talla media inmadura; long. SIP 10.731-, presenta los extremos destruidos por causas naturales, y si bien su aspecto recuerda al de los tubos procedentes de la Cova de l'Or, su examen detallado muestra que se trata de una alteración no antrópica. Por el contrario, algunas de las piezas tubulares no consideradas como posibles instrumentos musicales, caso de la anteriomente mencionada de la Mola de Novelda, bien podrían serlo. Este tubo óseo de 86 mm de longitud, facetado exteriormente hasta darle forma cuadrangular, con las facetas decoradas por líneas incisas en aspa, formaba parte del ajuar de la cueva sepulcral múltiple eneolítica de la ladera de la Mola de Novelda (Hernández, 1982), y posiblemente sea semejante al del dolmen de Gúrpide Norte en elValle del Ebro (Rodanés, 1987:126). Problemas de determinación que pueden extenderse a otras muchas piezas, clasificadas como tubos, mangos, cuentas de collar o recipientes para pinturas, como expone Rodanés ( 1987: 126) para el caso del valle del Ebro, o Pascual ( 1998) para los yacimientos valencianos. Un tubo corto, de cronología imprecisa, se conoce en el Covacho I de Can Ballester (Gusi y Olaria, 1979:78).Y una pieza de hueso de sección anular abierta y forma alargada de tubo, como si fuera parte de un mango, procede del Sepulcro 3 del Llord, perteneciente a la cultura catalana de los Sepulcros de Fosa (Muñoz, 1965: 194), entre otras posibles referencias. El panorama peninsular habla, pues, de una cierta generalización de los tubos de hueso desde contextos epipaleolíticos recientes hasta el Calcolítico, cuando menos, con una destacada presencia entre la cultura material neolítica. Ello encuentra su correspondencia en los hallazgos neolíticos y posteriores del resto de Europa, donde, además de los tubos o siringas, se conocen algunas flautas de hueso con perforaciones, como la ya mencionada de la cueva sepulcral de Le Bré (Veyreau, Aveyron) en Francia, perteneciente al Calcohlico (Guilaine, 1998); o la del poblado neolítico de Dispilio (Kastoria), en Grecia (Hourmouziades, 1996). Entre los yacimientos que han proporcionado tubos fabricados sobre huesos de aves y sin perforaciones, podemos mencionar el habitat neolítico Rubané de Liège, en Bélgica (Otte, 1993); la sepultura de Cys-la-Commune, perteneciente al final del mismo período, en este caso un tubo de hueso de grulla que formaba parte del ajuar de la inhumada (Mohen y Taborin, 1998); y la sepultura masculina de Balloy, atribuida a la cultura neolítica de Cerny (Guilaine, dir., 1998), entre otros enterramientos y niveles de habitación neolíticos y calcolíticos de Francia. En Italia, podemos señalar la presencia en Arene Candide (FinaleLigure) de"minuscolicilindretti, ricavati dalla diafisi di os sa lunghe di ucelli o di piccolo mammiferí' (Bernabo Brea, 1956: 111), así como un fragmento de tubo entre los materiales de la Grotta Patrizzi (Sasso Furbara) (Radmilli, 1972). Finalmente, en el poblado neolítico de Achilleion, en la Tesalia griega, se hallaron dos instrumentos musicales:''Two bone tubes, presumably pipes, were found inside habitation areas... APROXIMARSE A LA MÚSICA: APROXIMARSE AL ARTE Y A LA RELIGION Las consideraciones anteriores recorren velozmente el camino que conduce desde la cultura material a la mente y al sentimiento humanos, desde las actividades cotidianas a las manifestaciones ceremoniales, los mitos y las creencias. Nos hemos referido, al principio, a la insistencia de Cauvin (1997) en la importancia que las nuevas ideas tuvieron en el cambio hacia el Neolítico. Sin duda, el arte es el mejor medio que tenemos para acercarnos al mundo religioso de estas primeras sociedades agricultoras. Anteriormente, Gimbutas (1996) nos había ilustrado sobre el simbolismo religioso de muchas creaciones neolíticas europeas: sobre la Diosa Pájaro como protectora de la música, cuya imagen incisa decoraba un tubo musical hecho sobre un fémur humano encontrado en el Riparo Gabán, cerca deTrento; o sobre el buitre como símbolo de la muerte, tal como parece desprenderse de las pinturas de las casas de Çatal Hüyük en Anatolia, dadas a conocer por Mellaart (1971 ). Unas pinturas, cuya localización y sentido, a la luz de los nuevos trabajos en el yacimiento, se considera ahora que están en íntima relación con los ritos y las actividades cotidianas de las unidades domésticas que las crearon (Hodder, 1998; Last, 1998). Sin duda, pues, evitando adentramos en estos problemas, tanto en los yacimientos del Próximo Oriente, como posteriormente en los de la Europa sudoriental, en Grecia y en el sur de Italia, el Neolítico también se caracterizó por nuevas ideas y preocupaciones religiosas que condujeron a la aparición de figuras y representaciones de aquellas divinidades que comúnmente adoraban estas primeras comunidades campesinas. Lo que debió suceder igualmente en el caso del Neolítico peninsular. Las decoraciones cerámicas de la Cova de l'Or y la Cova de la Sarsa, y tanibién las de la Cova de les Cendres y el Abric de la Falguera, entre otras, abundan en estas consideraciones al ofrecernos, más allá de cuanto implica la propia elección de la impresión cardial, los símbolos e imágenes de nuevas divinidades. El complejo proceso de expansión mediterránea, al que nos hemos referido en las páginas iniciales, tendría asimismo su reflejo en algunos de los motivos antropomorfos que poseen estrechos paralelos entre las cerámicas de los yacimientos neolíticos italianos, con semejanzas puntuales que llaman especialmente la atención, como el motivo cruciforme del pequeño vaso cardial de la Cova de la Sarsa (Fig. 11, num. 1) que, más allá de sus relaciones con algunas decoraciones en vasos italianos, repite con cierta precisión uno de los motivos de las pinturas murales de Çatal Hüyük. Pero, además de estas decoraciones, sobre las que volveremos, los comportamientos relacionados con el mundo religioso cobran especial relieve en el caso del arte rupestre Macroesquemático. Este arte ha sido considerado como expresión de la religión neolítica y su repartición geográfica, limitada a las comarcas septentrionales alicantinas, indicaría el territorio de uno de aquellos grupos caracterizados por las cerámicas cardiales que de manera discontinua van poblando la periferia peninsular. Sin abordar aquí los problemas de su relación con el arte rupestre Levantino, que se le superpone y parece haberlo relegado al olvido en los abrigos de la Sarga, remitiendo a una diversidad de líneas de creación artística, a diferentes culturas y cronologías, sí hay que destacar el hecho de que arte rupestre Macroesquemático y decoraciones cerámicas cardiales comparten idénticos símbolos e imágenes, como la figura humana con los brazos levantados (Fig. 12, num. La conclusión principal es, por tanto, que pinturas rupestres y vasos cerámicos guardan las claves gráficas de las nuevas ideas re-ligiosas, de manera que es posible imaginar que hayan desempeñado un papel destacado en las manifestaciones ceremoniales aglutinadoras de la idenüdad del grupo. O tal vez también han servido como marcadores territoriales con respecto a otros grupos. Y así, tomando el ejemplo del Pía de Retraeos, hablar de santuario bien puede equivaler a postular que se trata de un lugar de reunión de quienes vivían en lugares distantes y allí pudieron practicar ritos relacionados con la agricultura (Hernández, 2000). Entre este conjunto de comportamientos, de pinturas rupestres y de objetos que podemos relacionar con manifestaciones de la vida religiosa, destacaremos finalmente la identificación entre las decoraciones cardiales de la Cova de l'Or de figuras humanas que parecen ejecutar una danza o marchar a modo de procesión. A diferencia de las demás imágenes que identificamos con la divinidad, sean los llamados orantes o los motivos antropomorfos en X eY, con cabeza triangular o redondeada, rematada o no por una impresión del ápice del Cardium, dos fragmentos cerámicos muestran personajes que parecen marchar al unísono. En uno de los fragmentos (Fig. 12, num. 2) se observa parte de dos antropomorfos con el cuerpo formado por una ancha barra vertical rellena de impresiones, unidos por la parte inferior mediante una banda en ángulo que interpretamos como las piernas. De uno de los cuerpos arranca otra banda en ángulo, de menor tamaño, interpretada como un brazo. El otro fragmento (Fig. 12, num. 4) contiene parte de cinco figuras humanas con el cuerpo formado por una ancha barra vertical que se prolonga en una cabeza de tendencia triangular, unidas por sus brazos y piernas. De la parte superior de las cabezas parten series de líneas impresas rematadas por impresiones del ápice del Cardium que interpretamos como penachos. Se trata, por tanto, de personajes singulares, con un largo vestido y un tocado extraordinarios, con las manos en alto y enlazadas, que evocan con fuerza la existencia de una música. A través de la danza, y tal vez también de su tocado, sobre el que podemos preguntarnos si acaso estaba formado por plumas de aves, la escena viene a confluir con las siringas fabricadas sobre las ulnas de las rapaces, y acaso también con la pequeña figura de ave decorada por impresiones cardiales. Los dibujos de los materiales y la composición de la parte gráfica ha sido realizada por Ángel Sánchez Molina, en una colaboración estrecha y especialmente valiosa. Nuestro agradecimiento también al Museu Arqueologic Municipal d'Alcoi, cuyos materiales fueron dibujados originalmente por Emili Cortell Pérez.
La realidad arqueológica de Europa durante los siglos XIX al XX marcó de forma definitiva el panorama actual de la investigación sobre el mundo céltico. Las grandes teorías imperialistas, replicando modelos germánicos, dieron lugar a un concepto de las sociedades antiguas que trascendía más allá de lo histórico. El paradigma étnico-cultural, fruto de estos momentos, respondía a una concepción del mundo y la sociedad determinista y claramente racista, que pese a haber perdido su sentido hoy, todavía se encuentra soterrado en algunas formas de hacer Arqueología. Cada país vivió esta etapa de cambios sociales de forma diferente y su actividad académica así lo reflejó. En España, la compleja situación europea dejó una profunda huella de la que todavía hoy existen claras evidencias en la investigación prehistórica en general y céltica en particular. La intención de éste trabajo es presentar una visión general de la formación de las "arqueologías célticas" en los tres países europeos origen de las principales corrientes teóricas reinantes en la Arqueología europea hasta nuestros días. Sus planteamientos y presupuestos, pese a haber sufrido numerosas transformaciones, todavía son rastreables en muchos postulados de investigación actuales, herencia de aquel momento. Muchos fueron los autores que generaron esas teorías y modelos, pero aquí me referiré sólo a aquellos más relevantes por su trascendencia, siguiendo a través de sus obras el análisis de los postulados generales que definen cada caso. Es cierto que el tema es de gran amplitud y los autores que participaron en su formación muchos, así como la realidad de la academia muy variada. Es necesario en este caso, por lo reducido del espacio y lo general del planteamiento, reducir y sintetizar al máximo, mostrando panoramas generales y eligiendo referentes específicos. Soy consciente, sin embargo, de la magnitud del tema y lo sesgado de la visión, asumiendo que las líneas elegidas como referentes son válidas para emitir un juicio general con una base sólida. Al abordar este tema hay varios elementos que son claves para dar la justa dimensión de su interpretación. Uno de ellos será la definición de "ar-T. P.,58,n."2,2001 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es queólogo" que se estaba dando hacia la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX. En este grupo entraban principalmente filólogos, filósofos, anticuarios, historiadores del Arte o aficionados eruditos que realizaban su labor de reconstrucción del pasado de forma muy personal. Esta definición se irá matizando con el paso del tiempo y no será hasta comienzos de los años 30 que se dé una dimensión moderna al término. Todos estos arqueólogos estarán insertos en un tejido social, político y personal que también es decisivo al interpretar muchas de las razones de sus trabajos. Los casos más próximos a nosotros serán los de Francia, referente de la Arqueología del celtismo, y Alemania, cuyos planteamientos teóricos serán importados y articulados sobre la realidad de nuestro país. El caso inglés será diferente, y no tendremos una relación con él de forma relevante hasta muy entrado el siglo XX. Su tradición académica se encuentra alejada de los círculos de influencia en España y sus contactos serán pocos y de índole estrictamente personal. El celtismo europeo será decisivo en la creación de los conceptos "cultura" y procesos de "invasión" y "difusión" venidos de Centroeuropa y que, hoy todavía, subyacen en muchas interpretaciones. Elementos asimilados inconscientemente, fijados de forma subliminal y aplicados a los pueblos de la antigüedad, que forman parte de su carácter, modo de vida, etc., metidos todos los pueblos "bárbaros" en el mismo saco de los "auténticos", "naturales", etc. Uno de los grandes pilares de la interpretación de lo céltico será la conformación de su estructura social y política, dentro de un marco europeísta. Estas imágenes de la antigüedad cristalizan a finales del siglo XIX, pero son fruto de, principalmente, esquemas lingüísticos montados sobre conceptos complejos como los de etnia o cultura y desarrollados en paralelo a otros ejemplos como los de la Irlanda altomedieval. Así se generan algunos de los modelos que más fijos quedarán en la mente de los arqueólogos y subyacerán en los escritos de todos en aquellos años. El continente europeo en el siglo XIX se convulsiona por las tensiones sociopolíticas, crisis producidas por los cambios sociales que generarán numerosas revoluciones a lo largo de este siglo y marcarán los acontecimientos del siguiente. El auge de los nacionalismos regionales se convertirá en imperialismo y colonialismo en las políticas estatales, haciendo prevalecer a algunas naciones sobre otras y creando bloques con áreas de influencia muy marcada. Nacerán así las academias y las corrientes ideológicas "promocionadas" o alineadas con las políticas nacionales, y con estas, las dos grandes corrientes ideológicas básicas que marcarán el siglo, la anglosajona y la germánica. De ellas partirán dos líneas claras de hacer Arqueología. Es en este momento en el que se producirá el tránsito lento pero revolucionario desde el anticuarismo hacia la Arqueología como disciplina, generando una metodología, asimilando técnicas de otros campos, y desarrollando teoría aplicada. Este transformación estará protagonizada en el mundo anglosajón por hombres como Lubbock, Pitt-Rivers, V. G. Childe, Spencer, Taylor o Morgan, y deudores de los planteamientos del darwinismo. Por otro lado, la escuela franco-alemana avanzaba combinando estudios de filología, lingüística, etnología y una base de anticuaristas y coleccionistas que van dando paso a profesionales que trabajarán en museos y universidades, desarrollando método y técnica, así como un marco teórico explicativo que será el difusionismo, del cual Osear Montelius será el máximo exponente. De aquí nacerá la Prehistoria como disciplina, dando primacía al periodo temporal como referente y dejando el término Arqueología como elemento de contenido más técnico. Uno de los pilares de esta arqueología vendrá dado por la tradición de estudios en Francia y la generación de la teoría del estado "céltico" o imperio "céltico", cuyo articulador y sistematizador será d'Arbois de Juvainville. De él provendrán numerosas asunciones sobre el carácter de los pueblos célticos, extraídas de las fuentes referidas al mundo bárbaro prerromano y de la lingüística (Fick, principalmente). Pero también será un transmisor del paradigma étnico-cultural, el cual tomará como esquema de articulación y, buscando un modelo de celtismo adecuado, argumentará sobre la estructura de las sociedades protocristianas altomedievales de Irlanda, extrapolando el modelo en el tiempo y el espacio al caso galo, generalizado como "celta". Este argumento colocaría a la Galia como primer articulador de una Europa unida, la primera "comunidad europea" bajo el esplendor del imperio celta, basado en una etnia común con unas raíces culturales comunes y una diversidad de expresiones de esta cultura. Este esquema ejemplifica cómo se puede transformar un modelo teórico de origen primordialmente lingüístico a casos muy concretos o generales, según se quiera, encontrando los elementos necesarios. Este sería el caso de la interpretación de d'Arbois (1981de d'Arbois ( [1912]]) y sus repercusiones hasta bien entrado el siglo XX, cuando todavía se explicaba el fenómeno de la España "céltica" asociándola con términos como "indogermanización". Aquí vemos cómo, por ejemplo, se aplicaría al caso de los celtíberos, y más concretamente a los arévacos. La estructura del sistema no tiene sentido fuera de su contexto social, cultural y académico, integrándose en una dinámica europea mucho mayor. La Arqueología en Europa durante los siglos XIX y XX: El paso del anticuarismo al procedimiento arqueológico fue gradual y ajustado al retraso con el que los diferentes Estados institucionalizaban unos estudios que les parecían de utilidad. Podemos dividir claramente dos campos y vías de desarrollo independiente (Trigger, 1992:77), ambos muy bien delimitados tanto temporal como geográfica y políticamente. El primero de ellos iniciado en 1859 con la publicación del Origen de las especies supone un cambio radical procedente principalmente del Reino Unido y Francia, afectando a los estudios de Paleolítico y del origen del hombre y centrados más en el campo de las Ciencias Naturales. Pero el proceso más interesante en este caso sería el iniciado en la tradición histórica nórdica, en un mundo germano-escandinavo bastante homogéneo, a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Fue la necesidad de crear una cronología relativa factible para trabajar con los materiales arqueológicos lo que propició el desarrollo de las tipologías. En el campo de los estudios célticos no existía una comunidad de arqueólogos "especialistas" como pasaba con el estudio del Paleolítico, que se dedicara exclusiva o por lo menos principalmente al tema. Lingüistas o aficionados con un gran conocimiento erudito realizaron ciertos estudios sobre ellos basándose en los textos clásicos. Sin embargo podemos distinguir claramente dos formas muy diferentes de tratar la cuestión céltica, procedente de dos tradiciones independientes que replican el modelo de bloques políticos que apuntábamos anteriormente. Por una parte los estudios filológicos, más centrados en el mundo Indoeuropeo que corría a cargo de lingüistas alemanes, franceses o escandinavos, muy descriptivos y centrados en las fuentes clásicas, la Numismática y la Epigrafía. Posidonio, Estrabón, Julio Cesar, Diodoro o Tácito son citados miles de veces durante los primeros intentos de explicar la variabilidad lingüística y étnica de Europa. A este interés se sumarán los hallazgos que desde la primera mitad del XIX se vinieron sucediendo en la Europa Central, despertando gran interés entre los estudiosos de la antigüedad y los aficionados con medios para excavar (Ruiz Zapatero, 1997: 26). Algunos de estos primeros hallazgos serían las tumbas del Rhin, conocidas en su mayoría entre 1830 y 1840, pero las más famosas e influyentes serán las de Hallstatt (1848) y La Teñe (1856), y para el nacionalismo francés la excavación de Alesia(1860). Los nuevos descubrimientos y la revalorización de los estudios sobre la Edad del Hierro cristalizaron en el establecimiento, por Hildebrand en 1872, de los periodos de Hallstatt para el Bronce y la I Edad del Hierro y La Teñe para la II Edad del Hierro. Su aportación será la base de otras grandes obras de síntesis como las tradicionales periodizaciones que surgen a principios de siglo. En cuanto a laArqueología de los celtas, durante el siglo XIX ya se había intentado trazar los patrones de distribución de algunos elementos identificatorios de lo que se comenzaban a llamar "culturas", como por ejemplo muestra el trabajo de Evans (1850) en el campo de la numismática y que será una guía importante para otros posteriores (Daniel, 1950:303-305). Para el caso céltico los hallazgos de LaTéne eran los más firmemente identificados como celtas, tomando rápidamente un status de "cultura arqueológica" más que de estadio evolutivo. Este proceso se reafirmará y acelerará con las aportaciones de Mortillet (1870) al interpretar los elementos de LaTéne del norte de Italia como restos de una invasión céltica documentada históricamente sobre esos territorios (Daniel, 1950:11). A partir de aquí laArqueología céltica se integra en el proceso difusionista y los investigadores buscarán paralelos por doquier con todos aquellos elementos que cronológica y tipológicamente puedan asimilarse. De esta política surgen asociaciones como la de los llamados "campos de urnas tardíos" del sur de Inglaterra a los pueblos belgas (Evans, 1890) apoyándose en un texto de Cesar del año 54 a. En la tradición anglosajona también existe una línea de estudios célticos muy temprana. Esos estudios, muy de moda hoy por la controversia actual sobre la identidad y etnicidad celta, han sido analizados a fondo por investigadores de renombre (Collis, 1997, James, 1999), ya que la situación actual del celtismo en Inglaterra no se puede desligar de los avalares historiográficos, marcando claramente la problemática actual (López Jiménez, 1999). El comienzo de la tradición histórica céltica en Gran Bretaña está íntimamente asociado al caso francés y se puede decir que comienza con el trabajo del monje bretón Paul-Yves Pezion Antiquité de la nation, et de langue des Celtes, autrement appeliez Gaulois (1703). Si bien es cierto que existe una obra anterior de un escocés llamado Buchanan (1582) (Collis, 1997) donde aparece por primera vez la asunción de los britones como descendientes de celtas, no es hasta 1707, con el libro de LhuydArchaelogia Britannica, cuando se definen las bases de la celticidad británica. Impresionado por la obra de Pezron, Lhuyd escribe un tratado que supone un hito en el estudio de la lingüística y monumentos célticos en Gran Bretaña. Durante el siglo XIX el evolucionismo arraigó fuertemente en ciertos círculos académicos determinando una visión de las sociedades primitivas y su desarrollo. Esta corriente de pensamiento caló profundamente en el mundo anglosajón, teniendo un rápido salto a la antropología norteamericana. Sin embargo no consiguió tomar un papel predominante en el pensamiento centroeuropeo (aunque por supuesto existió y con carácter propio) y su interpretación de la Historia. Algunos investigadores no se separaron del pensamiento tradicional derivado de los paradigmas de la Ilustración, principalmente en el área escandinava, y los que asumieron ciertos elementos evolucionistas los incorporaron al difusionismo que asentó con fuerza sus teorías explicativas sobre los procesos por los cuales el ser humano se encontraba donde se encontraba y justificaba igualmente la primacía de ciertas zonas y pueblos sobre otros. En efecto, los estudios desarrollados a lo largo del siglo XVIII sobre las "sociedades primitivas", basados en la observación del nivel tecnológico y los medios de subsistencia, produjeron la invención de las llamadas "sociedades simples" (Stocking, 1987: 144-185). Se producen también en este momento algunas explicaciones por parte de estos pensadores ilustrados del XVIII, destacando principalmente algunos de la academia escocesa, que especulaban sobre el proceso por el cual se producía el progreso humano. Sin embargo, durante el auge del evolucionismo a lo largo del siglo XIX, estas ideas fueron reconvertidas, emergiendo una teoría social y antropológica paralela a los planteamientos evolucionistas de Darwin y Huxley. Numerosos investigadores participaron de este movimiento, entre ellos Spencer, Morgan, Taylor, Main, Bachofen, McLennan, o a los arqueólogos Lubbock o Pitt-Rivers, como exponentes de esta corriente, la más importante en el ámbito anglo-sajón pero difundida de forma muy diluida entre la Arqueología centroeuropea. Como muy bien señalaTrigger (1992:147) fueron estos mismos autores los que, como muchos otros darwinistas, comenzaron a abandonar los planteamientos ilustrados de unidad e igualdad y comienzan a tratar a los pueblos nativos de las colonias como biológicamente inferiores a los europeos. Este cambio, producido principalmente por la presión de las clases acomodadas y las burguesías desde 1860 se incrementará durante los años 80, tendiendo a desechar las doctrinas del progreso y a concebir a las sociedades como resistentes al cambio, en contra de los planteamientos de la Ilustración. Por otra parte, además del planteamiento evolucionista, la segunda vía de desarrollo será la marcada por el tránsito hacia el difusionismo. Su sistematización fue gradual y en buena parte tomando como punto de partida ciertas posturas evolucionistas. El auge de los nacionalismos de finales del siglo XIX traía consigo una serie de preceptos étnicos, culturales, biológicos e históricos que fomentaban y justificaban la separación entre las naciones y su coherencia interna. Se fomentaba la unidad nacional argumentando que sus miembros son biológicamente diferentes y que su patrimonio biológico es común (nacional), determinando un comportamiento y cultura racial cuyo hecho diferencial es inmutable. El difusionismo aparece entre el muy potenciado campo de la antropología y la etnología en principio (área muy desarrollada por las potencias coloniales) y su máximo exponente en esta disciplina será Friedrich Ratzel (1896Ratzel ( -1898)). El evolucionismo dio paso en muchos lugares a un hiperdifusionismo cuyos presupuestos se basaban en tres puntos básicos (Trigger, 1992:148): 1) Que para la mayoría de los seres humanos el estado primitivo es el natural y que si no fuera por las clases gobernantes tenderían a retornar a su estado salvaje. 2) Que los salvajes son incapaces de inventar. 3) Que el desarrollo de la civilización es un accidente y que la religión es un factor básico para la promoción y extensión del proceso civilizador. El interés por la distribución geográfica tanto de los hallazgos arqueológicos como de la recreación de los datos de las fuentes clásicas, así como el gran desarrollo de la cronología comparada hizo derivar a la Arqueología de aquel momento hacia una recreación principalmente de los periodos del Bronce y Hierro en Europa. Este cambio y la presentación de la aplicación de los postulados difusionistas, así como de una cronología bien desarrollada sucederá con la aparición de los trabajos del investigador sueco Gustav Osear Montelius. Montelius participó de los intereses y planteamientos deThomsen y Worsaae entendiendo muy bien lo queThomsen intentaba hacer con su sistema, convirtiéndose en el primer sistematizador de la prehistoria europea y adquiriendo una visión de conjunto como nadie había conseguido hasta el momento. Gracias a estos conocimientos pudo construir, sobre la base del sistema deThomsen, un método de datación tipológica mucho más ajustado y completo, intentando no sólo conseguir series cronológicas, sino determinar qué relaciones existían entre unos objetos y otros, y entre los grupos humanos que los produjeron. El método ideado para realizar esta tarea contemplaba recoger los elementos procedentes de conjuntos cerrados, lo que le permitiría determinar cuáles de ellos estaban relacionados, y correlacionar así mediante el análisis formal y decorativo toda una serie de cronologías que había antes delimitado por regiones (Renfrew, 1973:36-37). Al plantearse el origen de la cultura occidental, la influencia de los presupuestos manejados por Ratzel y quizá también por el hiperdifusionista Elliot Smith, le llevaron a establecer un modelo, siguiendo su cronología, en el que se podía seguir la pista de los orígenes del desarrollo cultural en Europa hasta el Próximo Oriente (momento desde el cual se convierte en el iniciador de la escuela llamada de^x Oriente lux). La influencia en otros investigadores y formas de entender la prehistoria fue clara, como atestigua la obra de Salomón Reinach Le Mirage Oriental (1893), en la que aunque con ciertas oposiciones se asume el orientalismo y la difusión como teoría explicativa. Los aportes de Montelius serán decisivos en autores como V.G. Childe, Kossinna, Evans, y en la Historiografía española a donde llegarán como valores asumidos e incuestionables y que todavía hoy se mantienen en muchos casos soterrados en el discurso arqueológico. Por lo tanto, el panorama académico se dividía básicamente en dos formas de entender las sociedades antiguas, la evolucionista, con todas sus variantes, de carácter más biológico de fondo, y la difusionista, nacida desde el historicismo idealista alemán. Estas dos tendencias no serán impermeables la una a la otra, aunque sus influencias mutuas no son grandes sí se pueden apreciar, principalmente en los influjos evolucionistas en autores del historicismo. La tradición académica alemana se construyó sobre los valores nacionales, un fuerte sentido patriótico que incluía unos presupuestos raciales muy estrictos y un método enciclopédico lleno de afán sistematizador. La producción arqueológica se encontraba casi monopolizada por los ñlólogos, cuyos planteamientos difusionistas sobre el proceso de inserción lingüística eran inferidos no sólo en el ámbito de las sociedades antiguas, sino dotados de contenido también racial y étnico. Este ambiente intelectual, marcado por los postulados de la ñlosofía hegeliana y del idealismo alemán, principalmente representado en Historia por Von Ranke, se sustenta sobre principios de desigualdad, un concepto del Estado como fin último y origen de todo bien social e incluso una gradación de los Estados del mundo por su "capacidad de evolucionar hacia la cultura". El modelo alemán construye una identidad nacional sobre los germanos, recreando un esquema que emularán en las regiones "célticas". El caso germánico, como el céltico para el Oeste de Europa, estará apoyado en textos clásicos, principalmente Tácito (Germania) y en tradiciones populares de raíces ancestrales similares a los ciclos irlandeses. La más famosa y representativa de estas será la recopilada en losEdda. Estas leyendas tradicionales fueron la inspiración de muchos autores de la época romántica y toman cuerpo principalmente de la mano de Wagner. Basado en la más antigua copia conservada de la historia del "Cantar de los Nibelungos" (1440 -Biblioteca Estatal de Berlín), procedente de estosEdda, nacerá su gran obra, la que será orgullo de la nación germana; la tetralogía de "El Anillo del Nibelungo". Esta, como muchas otras obras, entre las que cabe destacar Lohengrin, escrita en plena revolución de 1848, se convertirán en paradigma de la literatura romántica de este siglo. Como esta, muchas obras servían como refuerzo a los propósitos nacionalistas del romanticismo y post-romanticismo alemán. Otras menos conocidas fueron el "Cantar de Gúdrun" del siglo XIII o los recogidos en el "Códice de Ambrés" del siglo XVI. Todos ellos están llenos de leyendas de valor, heroísmo y orgullo de una raza fuerte que predomina sobre las demás. De esta época son las obras de Fick o Windisch que tanto predicamento tuvieron en la literatura especializada de la época. Es en estas, especialmente en la de Fick ( 1873), donde se aplica el referen-^ te de los arios como modelo cultural y racial asumible como base para el orgulloso y expansivo pueblo alemán. Los arios serán un espejo de valores desprendidos de términos lingüísticos supuestamente remanentes de los pueblos indogermánicos (otro término si no creado sí divulgado por él y asumido en todo Europa). Estos indogermánicos vendrían a ser lo más puro del grupo indoeuropeo como raza. Los arios procederían de una zona que Fick sitúa entre los "turanianos" y el Mar Caspio y desde allí se desplazarían hacia el Oeste debido a su carácter expansivo y belicoso, otros dos tópicos que se asumirán unidos al resto de la teoría. Esta interpretación será seguida por otros filólogos como Schade, Brugmann, Curtius, Meyer o Kluge, y arqueólogos (historiadores del arte o de la antigíiedad) tanto alemanes (Pauli, 1891) como franceses (d'Arbois, Déchelette). Otra fuente de influencia vendrá desde las arqueologías artística y cientifista. La primera será la generada alrededor del mundo clásico, pero que no tendrá un apoyo institucional importante al dejar de lado el territorio patrio y será un tipo de arqueología colonialista bien representada, por ejemplo, por los trabajos de Winckelman. La segunda aporta el sistematismo clasificatorio escandinavo heredado deThomsen, Worsaae y, sobre todo de Montelius. La representación de los evolucionistas, como ya habíamos dicho antes, en Alemania, fue bastante pobre debido al tremendo auge del difusionismo.Tan solo algunos pocos arqueólogos, como E. Haeckel, mantenían posturas en este sentido. Todo ello va a dar como resultado, unido a la promoción cultural fomentada desde instancias oficiales, la creación de escuelas y grupos de trabajo tendenciosos pero de importancia mundial, y como figura clave de la arqueología alemana, la obra que va a marcar el fondo y la forma de la arqueología europea será la de Gustav Kossinna. Kossinna (1858-1931) fue el primero en aplicar el concepto de "cultura arqueológica" en sus trabajos. Se formó como filósofo, asumiendo una formación de corte hegeliano, lo que terminaría marcando esencias germanas. Die deutche Vorgeschichte (eine hervorragend nationale Wissenschaft) no la llegará a ver publicada nunca, ya que saldrá en 1941, en plena guerra mundial, diez años después de su muerte. Pese a la carga negativa que hoy podemos achacarle a su trabajo, las aportaciones de Kossinna fueron cruciales metodológica y teóricamente e introducen conceptos que han permitido la creación de un cuerpo académico en la disciplina. No fue sólo el primero en utilizar el concepto de cultura, tan familiar hoy, sino que reveló la importancia de los enfoques holísticos, donde se contemplan las culturas arqueológicas individuales de manera global y diacrónica. El uso político de las ideas de Kossinna fue tremendo, siendo una de las bazas arguméntales de los nazis en sus reivindicaciones sobre las tierras anexionables o como justificación de su supremacía en Europa. La Prehistoria estaba ya aceptada y conformada como disciplina académica enAlemania desde principios del siglo XX, destacando los estudios de Hubert Schmidt y el propio Kossinna, quienes desarrollaron trabajos amplios sobre los pueblos del Neolítico a la Edad del Bronce, aportando gran cantidad de metodología de excavación, catalogación y técnicas tipológicas, así como análisis aplicados. Berlín contaba, además de los profesores ya mencionados, con importantes figuras como Paul Reinecke, Otto Friedrich Gandert, o Emest Sprockoff, lo que convirtió a la ciudad en el primer centro de investigación en Prehistoria de Alemania. Pero otras ciudades albergaban también grandes hombres de la prehistoria alemana. En Viena impartía clase Oswald Menghin, en Marburg lo hacía Gero Von Merhart, y en los museos y la Universidad de Hamburgo, Walter Matthes. Desde la Arqueología Clásica tendrá gran importancia Paul Jacobsthal, cuyos intereses tocaban también el mundo mediterráneo y sobre todo la iconografía de las producciones protohistóricas. Oswald Menguin, recogerá elementos que producirán trabajos en el campo de la etnología, etnografía y paleo-etnología europea dentro de esta corriente. Sus trabajos dejarán, principalmente, una articulación que es deudora del método Kossinna y que aparecerá en el discurso de numerosos arqueólogos europeos, principalmente en los primeros años, en conceptos como la delimitación cultural como identidad étnica, llegando a eliminar la diversidad cultural de los pueblos prerromanos, tendien-do a homogeneizarla. Un concepto ejemplificador, directamente heredado de sus postulados será el de la "comunidad espiritual", rápidamente difundido (Almagro Basch, 1958: 42). Esta escuela se forma sobre trabajos como los de Merhart (1936) y las aplicaciones de campo de investigadores como Jankuhn (1943), que en aquellos momentos trabaja en el yacimiento germano de Haithabu. De todos ellos y especialmente de los trabajos de Jacobsthal (1908de Jacobsthal (,1929)), nace una sistemática preocupación por la cronología tipológica, por las redes de intercambio, las relaciones comerciales en general y su importancia como motor del "cambio cultural". Los estudios del mundo antiguo también aportaron elementos de apoyo a los estudios célticogermánicos. Los museos con sus amplias colecciones (Berlín, Colonia, Wiesbaden, Maguncia, Bonn o Munich), el desarrollo de las disciplinas filológicas,'epigráficas y numismáticas, o figuras como la del profesor Ulrich Wilamowitz -Moellendorft, filólogo clásico, maestro de numerosos arqueólogos de la época y con un gran poder político, definieron en buena medida también el rumbo de estos estudios. Aunque sus estudios se centrarán en el mundo del Paleolítico hará referencia a las tradiciones asumidas en torno a ellas por los grandes maestros de su país, principalmente el profesor Joseph Bemhart. Con él escribió su Urgeschichte der Menschheit (1931), estando ya en su cátedra de Madrid. En esta obra, en escasamente tres páginas (de las más de 400 que tiene) se relatan la Edad del Hierro y el mundo céltico. No será sino una visión muy ortodoxa tomada de los textos clásicos, ajustada a la interpretación expansionista del difusionismo reinante y un indoeuropeismo patriótico alemán. A través de sus obras llegarán a España muchos elementos ideológicos cuya influencia se notará en todos los investigadores de la época y especialmente en algunos como Mélida o García y Bellido. El influjo alemán vendrá a España principalmente por el contacto directo entre investigadores y el interés por una formación internacional que llevará a muchos a ampliar estudios en el país germano durante las décadas de los veinte y treinta. Los españoles van estudiar a Alemania como principal potencia en Filología, Historia oArqueología. Así, la Junta de Ampliación de Estudios mandará a multitud de investigadores en formación a Alemania durante ese periodo a estudiar con los grandes maestros alemanes como Wilamowitz-Moellendorft, Schmidt o Menghin (Díaz-Andreu, 1995, 1996). Igualmente, algunos investigadores alemanes trabajaron en España desde principios de siglo trayendo también aires germánicos y desarrollando proyectos arqueológicos dentro de la política de colonialismo cultural emprendida en estos años por Alemania como Humboldt, Hübner o Schulten. La alemana será, en definitiva, una escuela muy reglada, de profunda jerarquía y de la cual hemos tomado a Kossinna como punto de referencia por ser el que más ha destacado 3.posteriori. En efecto él será el que fije conceptos como "cultura", o "paradigma étnico", o creará la primera "arqueología de los asentamientos" {siedlungsarchaologische méthode), aunando técnicas tipológicas y cartografía. Será una escuela de prehistoriadores e historiadores de la antigüedad que observará numerosas influencias de otras disciplinas, siendo en Prehistoria en la que más claramente se vea la aplicación de nuevos métodos desde la etnología, la antropología física o la geografía. El llamado método Kossinna será seguido por numerosos maestros de la arqueología alemana, como Schmidt o Menghin, y otros extranjeros, como Childe. En definitiva, muchos de los conceptos aportados por esta arqueología serán bases de la nuestra casi hasta nuestros días. El paradigma étnico será aplicado desde entonces como base de trabajos en España durante toda la primera mitad del siglo XX, el concepto de "cultura" sigue hoy siendo utilizado sin saber hasta qué punto tiene repercusiones éticas, ya que este concepto fue creado para responder a un esquema en el que un artefacto respondía a una "cultura", una distribución de artefactos a una región cultural, una región cultural a un grupo de asentamientos y este a un grupo étnico que era asimilable a un pueblo histórico. La producción de literatura especializada sobre el tema céltico en Francia fue muy amplia durante finales del XIX y principios del XX, coincidiendo con una construcción de la identidad sobre una etnicidad gala que se desarrolla en estos años. Siguiendo los pasos de una tradición académica muy desarrollada en todo lo referente a las colonias y a los estudios orientales y mediterráneos, la arqueología había desarrollado en Francia un corpus profesional amplio y una completa metodología (Gran-Aymerich, 1998). Desde muy temprano los monarcas y nobles franceses centraron su atención en el pasado mítico céltico como punto de partida sobre el que referenciar unos valores étnicos franceses. A mediados del siglo XIX, una vez sobrepasados los intereses por encontrar líneas comunes con los antiguos héroes troyanos o griegos, la magnificación de unos elementos con un carácter propio, una tecnología y un arte bien caracterizados, una sociedad compleja de reconocidos valores en las fuentes clásicas y, sobre todo, geográficamente establecidos en territorio francés, hicieron de la arqueología de los celtas un foco de atención académica y política. Los galos nunca habían sido abandonados en la historiografía francesa desde que fueran convertidos en el Renacimiento en paradigma de valor, fuerza y fiereza, replicando los adjetivos tantas veces relatados por los romanos en la descripción de estos pueblos. Sin embargo retoman el protagonismo del interés de los historiadores al tiempo que en otros lugares de Europa surgen nacionalismos basados claramente en estos pueblos. Es muy representativo el caso irlandés, el cual, bajo las presiones políticas británicas, desarrolla un corpus argu- mental nacional céltico que influirá y, a su vez, será influido por los historiadores franceses. Los ciclos mitológicos, los primeros escritos de las sociedades protocristianas de los siglos V al VIII d. C. y las leyendas tradicionales tanto irlandesas como escocesas y galesas proporcionaron una buena base de estudio para los celtistas del momento. El mejor ejemplo de esto será d' Arbois de Jubainville (1871;1889), el primer gran sistematizador de una "Arqueología erudita" sobre los celtas más allá de las fronteras francesas, escribiendo sobre las etnias antiguas de Europa y sobre sociedades como las irlandesas o los grupos celtas en España. Henri d'Arbois de Jubainville fue uno de los padres de la protohistoria actual. Estudió entre otros lugares en el Collège Royal du Nancy, donde fue discípulo del profesor Vincent Joguet en sus estudios de Historia. La obra clave del pensamiento de d 'Arbois fue publicada en 1889 y se tituló Les Premiers Habitants de I' Europe. En ella hace una revisión profunda y con una argumentación de gran densidad de cómo, cuándo y por qué aparecen en Europa los diferentes grupos étnicos, comenzando con los indoeuropeos a los que relaciona claramente con los celtas. Sus ideas quedarán fijadas en esta obra y se repetirán en posteriores publicaciones con mínimas variaciones (1902). La línea discursiva tendrá una clara intencionalidad, la de caracterizar y contextualizar a los galos (celtas en general) dentro del panorama europeo, analizando sus orígenes, su "civilización" y sobre todo sus características étnicas, enlazándolas con las de los pueblos "arios" como mejor y más firme y nobiliario antecedente étnico. Los pueblos indoeuropeos son descritos con gran detalle y una amplia base filológica que, en aquel momento, es el 80% del conocimiento que se tenía de ellos, ya que la asimilación a restos arqueológicos era demasiado endeble. C. en la zona del Oriente Medio, siendo para él los asentamientos más antiguos los de Duchara y Samarkanda, cerca de los supuestos límites con las culturas del Indo. Una de las primeras y más importantes cuestiones que remarca es la del carácter expansionista de estos pueblos, explicación de por qué se difundió la lengua por Europa y una de las asunciones más comunes al "carácter céltico". Así se justifica igualmente poder tratar las lenguas europeas como un todo cuyo nexo común será ese grupo indoeuropeo que contrasta como "cultura de referencia" con el resto de lenguas y culturas anteriores que quedarán, según d'Arbois, aculturadas por el impacto "civilizador" indoeuropeo. El repaso lingüístico a los orígenes indoeuropeos es impresionante, recogiendo obras de filólogos, principalmente alemanes y algunos franceses. La amplísima bibliografía alemana generada en estos años sobre la cuestión indoeuropea (aria) ofrece una base sólida sobre la que argumentar ese nexo paneuropeo liderado por pre-celtas y celtas (léase alemanes y franceses) mediante referencias a numerosos autores hoy apenas conocidos y, más comúnmente, a otros como Fick (1873), Schade (1856) o F. de Saussure (1871). D'Arbois plantea el problema de los indoeuropeos asumiendo casi al pie de la letra el trabajo de M. Fick ( 1873), donde caracteriza a los indoeuropeos como habitantes de la zona entre el Indo y el Mar Caspio, que ya se denominarían a sí mismos "arios" (arya), que querría decir "fiel", "entregado", pero que tendría el valor de "puro" tal y como parece explicarlo Fick. Sobre las teorías de Fick y otros lingüistas, d'Arbois reconstruye los movimientos mediante los cuales se expandieron estas gentes por Europa, siendo los primeros (los primigenios) emigrantes los asentados tras la primera migración entre el Báltico por el Norte, el Rhin por el Oeste, el Danubio por el Sur y el Dnieper y Niemen por el Este. La frontera del Rhin es muy importante pues separa a estos de los iberos (a los cuales nombra como fronterizos), que según él serían los habitantes primeros de esta zona junto con illyrios, tracios y ligures. Estas gentes se suponen muy desarrolladas tecnológica y socialmente, ya que las raíces de las palabras analizadas contienen referentes de aquel entonces, a la agricultura, ganadería, metalurgia y estructuras sociales como la idea de "monarquía" y de "ciudad", como opuesto a extranjero. C. a una gran comunidad lingüística y cultural que se desarrollará hasta dar como resultado la nación céltica (Nation Celtique), concepto que rápidamente calará en los autores del momento ávidos de megaloteorías. Esta será otra de sus principales y más trascendentes aportaciones. Como ya dije, la referencia a los celtas a través de d'Arbois nos llega ya como esa nación gestada en los lazos comunes ario-indoeuropeos básicamente desplegados por la fachada atlántica europea. La primera cuestión que hay que asegurar es que la justificación lingüística sea fiable, con lo que realizará un completo análisis de los restos lingüísti- COS, sobre todo de los sustantivos, adjetivos y diptongos, principalmente -ei por su conexión con los indoeuropeos en ç céltica. La importancia de estos datos lingüísticos se basa en que será a través de ellos que pueda establecer, por ejemplo con los -briga y -duros, elementos de diferenciación étnica para adscribir ciertos pueblos, como los celtíberos, a la "nación céltica". La base primordial para recoger las localizaciones será la obra de Desjardins, tanto en su Géographie de la Gaule d'après la Table de Sin embargo, la supuesta conquista de las islas británicas será justificada siguiendo a Reinach, aunque sin citar una obra concreta suya, argumentando que su llegada tuvo que ser en época homérica (950 -800 a. C), después de la caída de la "p" intervocálica. Más bien parece que intuye una presencia celta en las islas, y sobre todo Irlanda, la "joya virgen del celtismo", que se ve apoyada por la descripción de César de los Belgas en Albion, pero que es necesario que sea anterior, aunque las fuentes no digan nada de ello, para quedar coherente con su argumentación. El foco regente, por llamarlo de alguna forma, del celtismo europeo, su epicentro, estaría situado entre el Sena y el Loira y la parte septentrional del Carona. La expansión llegará más tarde con los belgas, sobre el texto de César, creando un estado paneuropeo. Este concepto de "nación céltica" está ampliamente desarrollado sobre la base de la lingüística y las fuentes, describiendo multitud de aspectos de la vida como el arte de la guerra, habitat, geografía, mobiliario, medicina, religión, etc., dándole mucha importancia siempre a las relaciones entre celtas y germanos. Esta "nación céltica" tendrá como nexo común la lengua y se habría gestado ya con los indoeuropeos de los que son directos descendientes. Desde la Península Ibérica hasta las Islas Británicas, del norte de Italia y Grecia hasta las tierras del norte de Francia y Bélgica, se extenderían sus dominios. Durante los siglos V y IV a. C. a esa nación se le conoció un mítico rey, Ambicatus, a través de los textos de Diodoro de Halicamaso principalmente. D'Arbois seguirá sus indicaciones para trazar el perfil del estado de los celtas que para él tendrá un carácter perfectamente estatal y expansionista:...A l'époque de Vinvasión des Celtes en Italie, le régime monarchique avait prévalu chez eux: Ambicatus, ou mieux Ambicatus était roi du Celticum... Su reino correspondería, a su entender, más a la gran céltica descrita por Diodoro y otros geógrafos griegos, que a la...petite Celtique... Esta gran oikoumene céltica estaría motivada por sus valores intrínsecos, su lengua común y una necesidad de aliarse contra griegos, cartagineses, etruscos e ilirios. Sin embargo los celtas no pueden llevarse mal con todos sus vecinos, sobre todo porque la cercanía cultural y el tronco común crean una unión muy especial con los germanos. Entre ellos se establece una relación de respeto y de cierta buena convivencia. Estando divididos sus territorios por el Rhin, unos ocuparán la margen izquierda y los otros la derecha, pero, como aclaración por si alguien se cuestionara cuál de los dos pueblos era más preeminente añade una pequeña coletilla:...les germains sujets des Celtes (D'Arbois, 1889:303). Para reconstruir la estructura de este "estado" recurrirá a un modelo bien conocido en las fuentes clásicas irlandesas de los siglosVI aVIII d. C. como son los Túath. Esta institución de carácter administrativo y geográfico según las fuentes de las primeras sociedades cristianas irlandesas (Patterson, 1994; Lucas, 1989; Kelly, 1988) sirve para extrapolar el sistema a una macroestructura europea. La estructura estatal se justifica como representativa del mundo celta argumentando que correspondería a la de los celtas goidélicos al invadir las islas y llevar la lengua hacia el año 1000 a. C, siendo por lo tanto los...ancêtres des Irlandais (D'Arbois, 1889: 303), y en consecuencia expondría la estructura original de estos pueblos que de otra forma no conservaríamos. Este argumento casa muy bien con la organización social supuesta para los grupos celtas. La unidad política o Tuatha se compone por tuath (inferencia directa del modelo irlandés). Estos sobrevivirán tras el periodo normando incluso, representando espacios arraigados en la cultura y creencias La estructura de los reinos en el "estado celta" según d'Arbois y la equivalencia con las categorías de los reyes del Crith Gablach. Las estructuras de poder regionales se colocan en una estructura piramidal predeterminada para cumplir unas funciones propias de un Estado. Estas parcelaciones y límites políticos culturales y geográficos son recogidos en^/ Crith Gablach, una parte de los Umicecht Becc o textos legales de la región sudoeste, principalmente Munster (Kelly, 1988), puestos por escrito entre los siglos VyVIId.C. En estos textos se expone la división de los reyes en la Irlanda de las primeras comunidades cristianas (siglos IV, V o VI d. C.) y sus categorías. De ahí salen las asociaciones de d'Arbois. En lo más alto del poder estarían elRíruirech, que sería un rey con reyes vasallos, luego el Rí buiden, que dominaría varios tuath, y por último los Rí tuathe, o reyes de un íwaí/^ (Patterson, 1994:196-197). Igualmente estos peldaños de la estructura piramidal se regirían por asambleas a diferentes niveles, siguiendo el estilo relatado por Tácito para los germanos, de forma que aparece descrita como una especie de democracia bárbara. Sin embargo lo que d'Arbois no tiene en cuenta es la regionalidad y especificidad de la evidencia que exponen estos textos, extrapolándola al conjunto de Europa. Pese a esto, con d'Arbois ha quedado centrada la caracterización de esos celtas que hoy consumimos y que heredamos básicamente de esta creación de fines del siglo XIX. Esta reconstrucción se basará en dos puntos básicos, la inferencia de la lingüística al campo de lo social y la ordenación de los testimonios de las fuentes tomados de forma bastante arbitraria. El concepto de los celtas o galos, aunque generalmente d'Arbois se refiere a ellos como celtas y sólo en ocasiones concretas como galos (D'Arbois, 1872: 457), definido en sus obras, marcará claramente una época en la historiografía y sus obras serán muy leídas por los estudiosos de toda Europa, especialmente en España. D'Arbois aporta, además de una visión amplia y detallista del mundo céltico, una opción ante la interpretación hasta entonces más aceptada, que había sido la de Thierry ( 1828) basándose en la lectura de César y que no coincidía con las áreas nucleares de La Teñe y los celtas históricos (Pare, 1991). Sus planteamientos tendrán mucha importancia en autores como Reinach ( 1892) que asumirá un panorama básicamente similar pero haciendo hincapié en la estructura de "estado" formado que implica el término "celta" como concepto étnico, cultural y político. Los estudios sobre los galos y celtas se sucedían desde mediados del siglo XIX (Belloguet, 1858), preparando una entrada al siglo XX repleta de estudios de las grandes regiones (Bertrand y Reinach, 1894), hipótesis sobre la forma y estructura social o costumbres según la interpretación de las fuentes y un creciente interés sobre las representaciones artísticas y los objetos característicos de esta cultura (Bertrand, 1889). Sin embargo todos estos trabajos serán recopilaciones más o menos originales de datos de fuentes y objetos, adoleciendo en cierta for- http://tp.revistas.csic.es ma de un sistematismo y de la elaboración de una teoría de gran alcance, que será la mayor aportación de Déchelette. Las circunstancias de la historia hicieron que la vida de Joseph Déchelette ( 1862Déchelette ( -1914) ) no fuera demasiado larga. En sus libros segundo y tercero de esta tetralogía que compone su gran obra tratará el tema de los celtas y el sustrato precelta en Europa. Tras de sí dejó una obra de síntesis clave sobre el conocimiento y concepto de la arqueología prehistórica, protohistórica y antigua de la época, sentando el conocimiento hasta ese momento y marca el inicio de la investigación en el siglo XX. Esto se hace más palpable en el caso de la Edad del Hierro y el mundo galo-romano, ya que fue un tema sobre el cual el autor más había trabajado. Siguiendo a los textos clásicos y las obras de Desjardins (1883), Bertrand ( 1889), Reinach ( 1892) y principalmente d'Arbois (1889), aborda la composición étnica de las poblaciones precélticas europeas. Tal y como recogen las fuentes clásicas, haciendo referencia a pasajes de Posidonio, Eratostenes. Mecateo, Scylax, Avieno, Estrabon y Diodoro Sículo, estos pueblos serían ligures e iberos, y estarían bien caracterizados por sus costumbres y cultura material. Estos pueblos asentados desde la Edad del Bronce tendrían ya una cultura desarrollada de la cual podrían los celtas adoptar muchos elementos. Déchelette será el mayor defensor de la hipótesis de los ligures como base pre -celta, que se adoptará en la Península Ibérica con prontitud y no será desbancada hasta bien entrado el siglo XX. En este aspecto, reproduce la interpretación de d'Arbois fielmente, justificando las raíces lingüísticas mediante los estudios de Fick ( 1873) detallados por el mismo d'Arbois. La zona ligur se repartiría en re-giones de las cuales la mayoría estaría en Francia y en España sólo en las zonas de interior no dominadas por los iberos. Los contactos principales siempre volverán al Mediterráneo, y las principales influencias en estos pueblos serían las de Egipto, Creta o Grecia y sus restos materiales rastreables las guías para una datación cronológica comparada. Otra de las aportaciones de Déchelette fue la consideración de la migración como algo sistemático y programado en el carácter de los pueblos celtas, constituyendo una necesidad cultural. Según las fuentes antiguas, Hecateo de Mileto, Festo Avieno o Herodoto, en un momento que coincidiría con el periodo del Hallstatt C y D, entre el 900 y el 500 a. C. se desarrollarían las primeras grandes comunidades celtas y sus movimientos por Europa. Esta datación aproximada se apoyaría también en los análisis lingüísticos, distinguiendo vagamente varios momentos que comenzarían con los nombres de xeXxóq para las más antiguas referencias y de ya^aTfjç a partir del siglo III a. C. También recoge la preocupación por delimitar las diferencias entre germanos y galos, analizando el primer texto donde aparece definida la Galia (Catón, Orígenes II, 34.) hacia mediados del siglo II a. C, en la línea de los trabajos de d' Arbois. Toma de la reciente obra de Diñan ( 1911 ) el concepto de la plena estructuración de la etnicidad celta hacia el siglo IV, apoyándose también en el mito de la "pancéltica de Ambicatus". Los pueblos celtas para Déchelette tendrán un fuerte componente mediterráneo que no se había fomentado hasta entonces, trazando una línea de contacto desde el Mediterráneo oriental hacia Iberia y Galia, de allí con Cornualles e Irlanda (basándose en la mitología irlandesa estudiada por d'Arbois, principalmente en el Lebor Gablach) (D'Arbois, 1981) Esta visión de aporte cultural responde a la mayor cantidad y calidad de hallazgos que ya entonces existían y relacionaban a Centroeuropa con Etruria, Grecia y otros lugares del Mediterráneo. Sobre esta base de pueblos del Hallstatt interrelacionados y de carácter étnico afín, se desarrolla un Estado expansionista y conquistador que en varias oleadas compondrá un imperio céltico.Aquí nace la verdadera argumentación y sistematización de la teoría de las oleadas de invasiones profundamente arraigada en la investigación hasta nuestros días. Estas oleadas se verán luego en todos los autores españoles más o menos definidas, delimitadas y asociadas con unos u otros pueblos, pero su puntal en la arqueología española será Pedro Bosch Gimpera. Más tarde, todos habrían asumido el concepto de invasión, llegando a nuestros días como simples "influjos", "aculturaciones", o "aportes de población". Para Déchelette las invasiones serán tres, una al final del Hallstatt, otra en el siglo IV a. C. (correspondiendo con el saqueo de Roma descrito por Polibio) y las últimas en el siglo III a. C. Estas invasiones no serían sólo un impulso de bandas desorganizadas para hdiccr razzias, sino una política desarrollada por un "Estado" en cuya cultura la guerra tiene una importancia capital. Este Estado tendrá una caput celtici, dominada por un rey soberano. Una vez más aparecerá la figura de Ambicatus, argumentando como d'Arbois y apoyándose en el testimonio de Tito Livio sobre un rey de los Bituringos de este nombre. Será en la primera invasión cuando se apoderen de las Islas Británicas e Irlanda, en el siglo IX a. C., argumentando para ello que, como dice Reinach ( 1892:276), las Kaaaixepoç como un enclave céltico en la desembocadura del Rhin. Como hemos visto, el aporte de Déchelette fue principalmente la divulgación y fijación de conceptos y teorías hasta el momento dispersas, ya que aunaba en una sola obra todo lo conocido sobre prehistoria y protohistoria del momento, y muchas generaciones han seguido usando su manual. Ideas que se encontraban ya en autores anteriores fueron desarrolladas, retocadas o simplemente transmitidas tal cual, para hacer mella en el pensamiento arqueológico de toda Europa. En el caso estrictamente español, fue conocido de forma general en los años veinte, siendo cita obligada para los arqueólogos desde aquel momento y, todavía hoy, una importante obra de consulta. La influencia de Déchelette hizo replantearse a Georges Dottin (1906) su primera obra sobre la céltica. Así se rehace su obra más conocida y consultada en España que se vuelve a editar en 1915 con un título similar, Manuel pour servir a Tétude de rAntiquité Celtique. Las ideas de d'Arbois y Déchelette sobre el concepto de celta y su formación influirán decisivamente en él. El termino celta implica una unión lingüística que distingue un carácter, lo que determina la cultura, la etnicidad y, por tanto la religión. Así se definiría la constitución de un empire celtique, muy basado en cuestión de fuentes, en los escritos de Tito Livio. Sin embargo este libro tiene un punto de madurez que lo distancia abismalmente del primero. Aquí el autor no se conforma con los resultados de su investigación, consciente de la limitación y el sesgo que suponen los medios sobre los que recomponer el puzzle céltico. Así, añade un apartado de conclusiones muy duro y crítico que, en parte anticipa muchas de las actuales dudas y carencias que hoy reconocemos. El sesgo de la realidad arqueológica, filológica o de los textos clásicos, la reducida muestra que supone el mundo céltico irlandés, o el riesgo que corremos al considerar como fases sucesivas las diferentes visiones que de estos pueblos han tenido quien escribía sobre ellos, eran puntos flacos que veía necesario reconsiderar. Tampoco la reconstrucción filológica es muy fiable y reconoce que depende en gran parte del estudio de los dialectos de las Islas Británicas y su comparación con los restos epigráficos o numismáticos. Esta obra, reescrita en plena Guerra Mundial, refleja un sentimiento que no hará mucha mella en http://tp.revistas.csic.es los investigadores posteriores, más apegados al nacionalismo reinante, hasta bastante más tarde. Sin embargo hoy sería un hombre de actualidad, y su crítica histórica de una tremenda franqueza, cuando dice (Dottin, 1915: 271 ): "Los hombres de prolífica imaginación, que frecuentemente se obsesionan con la idea de una raza céltica no sabrían encontrar en el caso de los celtas de laAntigüedad un pretexto suficiente para sus investigaciones. ¿Pueden probar a definir lo que pertenecería a los pueblos célticos en el conjunto de pueblos modernos que habitan hoy en países donde antaño habitaron los celtas? Se debería estudiar ese punto de vista no solo con los franceses, sino con los alemanes del sur, austríacos, italianos de la cuenca del Po y los mismos españoles". Es, probablemente, el primer investigador sobre el tema céltico que reconoce una implicación social y política, aunque sea somera, en la forma de hacer literatura sobre el tema. La separación que se comenzaba con la aparición de los primeros arqueólogos desde el anticuarismo y la instauración del método se comienzan a deshacer de la pátina del romanticismo épico, en el que el arqueólogo es un burgués acomodado o un noble excéntrico al que le gustan las antiguas odiseas y el dulzor evocador de repensar esos mundos de leyenda. Es muy curioso ver cómo se unen todavía en el pensamiento de Dottin los conceptos paneuropeistas de la nación céltica o las inferencias de las evidencias sacadas de las fuentes del mundo clásico o el recurrente modelo irlandés, con la incipiente duda sobre la validez real de estos planteamientos y la aplicación del método histórico a laArqueología. En conclusión, por una parte hay que reivindicar la gran importancia de los estudios de d'Arbois como sistematizador y generador de las bases arguméntales, tanto de la teoría étnico-cultural, que más tarde desarrollaría Kossinna, como de la interpretación de las estructuras sociales y políticas de la céltica, tomadas de los modelos creados por los filólogos y arqueólogos alemanes para la Germania. Con él, la figura de Déchelette, como gran difusor de las teorías y argumentos de d'Arbois, así como de numerosos planteamientos propios, en uno de los manuales de arqueología más consultados en este siglo. La tradición inglesa constituye el otro gran pilar de la arqueología céltica en Europa durante el pe-riodo que tratamos, pero de forma paralela a la francesa o alemana. Como ya habíamos comentado, la revolución arqueológica fue marcada por la aparición en este país de la obra de John Lubbock Prehistoric Times (1865), la más influyente durante todo este tiempo en el panorama anglosajón y según afirma, algo exageradamente, Trigger (1992:114): "...sin lugar a dudas el libro de arqueología más influyente de todo el siglo XIX". Sin embargo el evolucionismo impenitente de Lubbock no fue un foco real de influencia a la hora de reflejarse en los textos fuera del mundo anglosajón, aunque sí quedaron ciertas ideas como la de la gradación de los pueblos primitivos o las series tipológicas determinadas por estadios evolutivos que calaron en la doctrina difusionista de corte británico. El mundo de la arqueología céltica también se introduciría en esta corriente pronto, ya que estos también estarán en el grupo de los célticos, esto es, de aquellos países europeos que basan sus raíces étnicas en la tradición celta. Aunque de forma algo controvertida, ya que los conflictos con la invasión irlandesa y la defensa de una identidad anglo-sajona suponían ciertas contradicciones, existió un monopolio celta por parte de los ingleses (principalmente) contra otros celtismos regionales como el irlandés (reivindicaciones argumentadas sobre ciclos épicos como el de CúChulain) y el escocés (etnicidad de los pictos y pueblos caledonios). Los ingleses conocían bien las excavaciones en Centroeuropa y asumieron los sistemas clasificatorios y las tablas cronológicas relativamente pronto aunque, por supuesto, adaptándolas rápidamente a su particular caso. Una de las primeras y más completas de las síntesis sobre la Edad del Hierro en Europa tratada por ingleses incluyendo tablas cronológicas fue la Guide to Early Iron Age Antiquities del Museo Británico de 1925. La actitud mantenida desde la academia inglesa (británica en general) será bastante alejada de lo que hemos visto hasta ahora en el mundo francés. Se contemplan los pueblos célticos como un conjunto de tribus actuando a veces de forma conjunta, descartando el concepto de la "nación celta" y por supuesto del "imperio celta". Quizá por eso la mayoría de los textos hacen poca referencia a los trabajos de los franceses, prefiriendo centrarse en los escritores autóctonos. Tan sólo uno de estos autores es nombrado en estos trabajos y es Salomón Reinach. Sus planteamientos no entrarían en conflicto con los planteamientos británicos de preemi-T. P., 58, n." 2, 2001 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es nencia cultural y racial anglosajona en las Islas y apoyan un difusionismo mediterráneo muy de moda entonces como explicación de los focos de origen de los adelantos técnicos. Para ellos, los pueblos antiguos de Europa serán básicamente Illyrios, Ligures e Iberos, pero pronto aparecen los celtas en ese panorama. Su aparición en los textos de Herodoto, Ávieno, Mecateo, Cesar o Livio, los lleva hacia los siglos VII y VI, pero ya antes se admite una formación previa de estos grupos en el centro de Europa. Su carácter será difícil, violento y bárbaro, con una tendencia a expandirse y a hacer razzias sistemáticas. Entre los más importantes autores de esta ortodoxia inglesa estuvieron Sir William Ridgeway, Clement Reid, o Jose María de Navarro. Este ultimo fue profesor en Cambridge y un gran especialista en mundo céltico, tanto centroeuropeo como británico. Sus aportaciones estuvieron vinculadas al campo de la armamentística, arte y las explicaciones de las migraciones y movimientos célticos (Navarro, 1928), así como sus orígenes como cultura (Navarro, 1936). Sin embargo no se aportaba nada nuevo al concepto tradicional de celtismo y se recurrían una y otra vez a los mismos argumentos y textos antiguos. Quizá lo que si comenzaron a hacer los británicos con asiduidad es comparar los resultados de excavaciones con lo escrito en las fuentes e intentar una contrastación. Otro interesante aspecto de la escuela inglesa será la necesidad de crear elementos diferenciadores del continente pero aglutinadores con respecto a las Islas. Para ellos serán los Britones los célticos de su zona y generarán toda una imagen de rudeza cargada de simbolismo medievalista. El peso de los ciclos legendarios del medioevo y la asunción de que estos son remanentes de la antigüedad "céltica" llevan en muchos casos a generar una imagen conceptual mezclada, llena de elementos heterogéneos. La caracterización de estos pueblos, primeros pobladores de la húmeda Albion, tendrá un claro corte antropológico, respondiendo a las expectativas de los pueblos escandinavos. Se definirán para ello dos tipos de galo-celtas, los de la zona sur, oscuros {dark haired) (VVAA., 1925: 6-10) braquicéfalos y de corta estatura; y los que compondrían en origen la población británica, que serían altos rubios y de ojos claros, descendientes de aquellos venidos de las zonas nórdicas y Germania. Curiosamente este interés por el tipo físico nórdico contrasta con una fascinación por el modelo cultural mediterráneo, componiendo unas interesantes mezclas. Para Ridgeway los aqueos serían físicamente nórdicos y se identifícan como celtas, así como para Reinach se pueden intuir relaciones con las costas británicas de frigios y fenicios desde el 850 a. La argumentación inglesa sobre sus raíces culturales célticas se fortalece con la reconstrucción de la invasión de la isla por los britones y goidélicos, ambos pueblos muy celtas, y que desplazan a los Cruithne o pictos (pueblo de los pintados), que serían los primeros habitantes de la isla y los relegados a Gales y Escocia. Así, distinguirían también a los diferentes tipos de gentes de las islas. Los de apariencia oscura y baja serían "sangre" de los primeros pobladores, mientras que los altos y claros serían los victoriosos celtas. Más tarde llegarían los belgas, más germanizados y asentados tan sólo en algunas partes de la costa sur de Inglaterra. Estos planteamientos se vinieron forjando durante todo el siglo XIX y cristalizarían en trabajos como los de Sir John Myres o Sir Arthur Evans, aunque los anticuarios ya se habían centrado en los vestigios célticos mucho antes, y componian una tradición amplia con una literatura propia. Es el caso del anticuario William Stukeley, que ya en su obra hacia 1723 denomina muchos de los monumentos antiguos conocidos entonces como "celtas", o de John Williams, y sus trabajos sobre fortificaciones y asentamientos del año 1777. Las instituciones de investigación tomaron un papel principal en los trabajos sobre la Edad del Hierro, destacando el British Museum y sus conservadores de las colecciones protohistóricas y de entre ellos August Wollaston Franks, estudioso de las colecciones de la Edad del Hierro. En 1863 editó una obra ilustrada sobre los fondos del museo de este periodo, refiriéndose a ellos como del periodo La Teñe tardío. Otro interesante y muy prolífico investigador en esta misma línea, también vinculado a este museo será C. Hawkes, cuyo interés profundo por la investigación de la Edad del Hierro le llevó a escribir numerosas obras y realizar multitud de excavaciones. Pertenecerá a una época de total relanzamiento de la disciplina, que corresponderá a la década de los treinta. En este periodo se recurre a los primeros estudios de Myres y principalmente de Evans, quien en 1890 había articulado, sobre la base de los hallazgos en la necrópolis deAyles, o los descubrimientos de Welwyn o Swarling, un modelo de difusión de las culturas celtas en relación con la costa norte de Europa y los pueblos antiguos que ahí habitaban, especialmente los belgas. Para él existía una posibilidad importante de poder inferir una correspondencia entre los datos de las fuentes sobre grupos étnicos antiguos y "culturas" arqueológicas, idea bastante difundida en el panorama europeo. Esto le lleva a asimilar, por ejemplo, la invasión belga con la llamada "cultura de Aylesford-Swarling", basándose en las monedas recogidas en el yacimiento adscribibles a los galo-belgas. Así desarrolla una preocupación por reconocer la adscripción geográfica de ciertos asentamientos y "culturas", traspasándola a sus discípulos, como pasará con Childe. Sin embargo existe una figura destacada entre la investigación en Inglaterra durante estos años, saliéndose de lo común en todos los aspectos. Sus obras tuvieron una gran repercusión por su gran capacidad de síntesis, su visión amplia y profunda de Europa y su corpus teórico novedoso y bien desarrollado. Este hombre excepcional, influido por los más importantes personajes de su tiempo y creador de una línea de pensamiento tras él será Veré Gordon Childe. Sus estudios son una mezcla de tinte materialista bajo la influencia de la escuela de Ravdonikas, el difusionismo, muy influido por la obra de Montefius (1899) y los planteamientos de Kossinna. Para Trigger (1980) quizá una de las tendencias más básicas en la obra de Childe sea el corte historicista de Von Ranke, aunque no parece ser una opinión compartida con otros investigadores (Green, 1981; McNair, 1980; Piggott, 1958) y tampoco sea algo claramente palpable en sus escritos. Sus interpretaciones sobre la Inglaterra céltica serán amplias y bien documentadas, siendo partidario de establecer procesos de larga duración en los que las transformaciones sociales van a venir producidas por aportes e incorporaciones de elementos exógenos a los grupos autóctonos. Defiende la continuidad de grupos de jefaturas, afectados por elementos externos, produciendo una serie de cambios en la situación de desigualdad social que va a generar una serie de cambios sociales. Así, desde las "culturas de los túmulos" de Wessex, hasta la última oleada de los belgas, que traerán la tradición de las producciones cerámicas con pie alto y el rito teutón de la incineración, se van sucediendo una serie de contactos transformadores que fortalecen las jefaturas de tipo guerrero. Tras la de los urnfields aparecerán unos primeros celtas, que ya habían tenido contactos precedentes, y que se asientan en la isla trayendo la cultura de La Teñe. Más tarde los germanos, celtas goidélicos y pictos entran en la Isla y terminan de conformar el mapa de los pueblos célticos británicos (Childe, 1940). Entre los investigadores anglosajones dejará honda huella, especialmente en Stuart Piggott y Sir Mortimer Wheeler, así como en toda una generación que tras la II Guerra Mundial despierta a sus trabajos traducidos rápidamente al francés, alemán y algo más tardíamente al español. En nuestro caso solo hacia la década de los sesenta podemos observar una verdadera influencia de su obra en España, aunque muchas de sus interpretaciones sobre grandes procesos de la antigüedad (como el origen de la domesticación, o la metalurgia, etc.) eran tímidamente conocidas. Pero ya a principios de los años veinte la influencia de Childe se hacía notar en sus colegas, como por ejemplo en la obra del ya nombrado Burkitt (1926), profesor de Arqueología de Cambridge, al cual llegan muchas de las influencias extranjeras por medio de él. La herencia inglesa en el continente americano será claramente palpable y su comunicación muy fluida. La escuela de Childe será la más internacional de todas y la mejor conocida en Europa, llegando a España a través de lecturas con una trascendencia teórica y metodológica crucial (Childe, 1922(Childe,, 1926(Childe,, 1933)), desarrollando conceptos como el de la etnicidad aria. Serán conocidas aquí bastante tarde sus teorías sobre el mundo indoeuropeo, los planteamientos de la difusión de esta cultura y sus vínculos con poblaciones actuales, muy influenciadas en sus primeros momentos por la escuela alemana. Los estudios sobre la protohistoria de Escocia, las interpretaciones sobre loshillforts, la prehistoria de Centroeuropa o la difusión de las interpretaciones de la escuela ex oriente lux, serán algunas de sus principales aportaciones a laArqueología europea. Pocas serán las relaciones entre Inglaterra y España, tan solo reducidas a vínculos personales entre investigadores y relacionados en cierta forma con los intereses políticos. Pocos arqueólogos ingleses trabajarán en España y viceversa y no comenzará a haber un verdadero interés por las corrientes inglesas hasta muy recientemente. La construcción de este paradigma, definido como étnico-cultural, extiende sus prolongaciones desde aquellos momentos de auge de entreguerras. hasta los tenues pero relevantes restos remanentes en nuestros días. Su construcción corresponde a la creación de una base interpretativa sobre la que realizar la Arqueología derivada de la escuela histórico/cultural de Viena. Implicaría, por tanto, la asunción de que a través del dato arqueológico tratado mediante técnicas tipológicas se puede definir una "cultura arqueológica", que a su vez corresponde con una cultura contemporánea y, por lo tanto a una etnia. Esta relación se establece en virtud de asumir que, en la definición de una cultura están incluidos valores de carácter que la representan de forma étnica.Así, una determinada etnia sólo puede producir un tipo de cultura y esta es reconocible por lo tanto a través de un registro arqueológico específico. Esto incluiría que, en su camino hacia la "perfección" (el Estado cristiano germánico en términos hegelianos), cada grupo está dotado de forma natural de diferentes capacidades para ocupar un lugar en la pirámide cultural (cuya cúspide es el Estado "germánico" o "céltico", dependiendo de las interpretaciones). Los modelos coloniales que habían afectado a las interpretaciones sobre la expansión del Neolítico, Calcolítico, Edades del Bronce o Hierro, dentro de la explicación difusionista, encajaban de maravilla con las necesidades del celtismo. Las condiciones de ese modelo implicaban esa "cultura común" de la que hemos hablado, entendiéndola como formas sociales, religiosas e ideológicas comunes a cada pueblo "colonizador". Fruto de esta tradición y concepción de la Arqueología será laArqueología del dato positivo, la definición de "culturas arqueológicas" y su referenciación a yacimientos epónimos. Este mismo planteamiento permite paralelizar de forma directa evidencias arqueológicas sin frontera en el tiempo o espacio, simplemente atendiendo a no salirse de la "zona de influencia cultural".Todavía hoy se justifica la adscripción de formas sociales y sus correspondientes proyecciones espaciales, paisajísticas o habitacionales, al ser considerado un "rasgo de carácter". De toda esta conjunción de elementos quedan la adopción de nuevos conceptos como "cultura", "paradigma étnico", o el método Kossinna, muy seguido y practicado por los profesores alemanes de los primeros años del siglo XX y hasta la Segunda Guerra Mundial. Merhart, Jankuhn, Schmidt o Menguin entre otros muchos, utilizaron este método, aplicando laArqueología de los asentamientos, las técnicas paleoantropológicas y sus argumentaciones, así como la integración de estas en sistemas étnico-cul-turales y transmitiéndolo a sus discípulos. Serán los primeros prehistoriadores y los que transmitirán el término como definitorio de una disciplina que estudia este período con ayuda de las técnicas arqueológicas en España ya en los años 20 y 30. La escuela histórico cultural de Viena será la que marque el contenido de la Arqueología española prácticamente hasta nuestros días. Las críticas a Kossinna serán muchas y sus teorías se verán desarrolladas y depuradas por otros como Jürgen Eggers (1951) o Herbert Jankuhn (1943Jankuhn (,1956)), que sí seguirán aceptando los métodos pero prescindiendo en todo o en parte del paradigma étnico (Hárke, 1991: 188). En España este academicismo monoteórico, sumado a las condiciones políticas de postguerra, propiciarán una parálisis de la dialéctica teórica, no reanudada hasta los tímidos comienzos de la apertura mental al mundo anglosajón hacia mediados de los ochenta. Pero este fenómeno se produjo igualmente en el terreno de la academia germana, donde los estudios de Hárke ( 1989Hárke (,1991 ) ) revelan una total parálisis en el aspecto teórico e interpretativo durante el último medio siglo y especialmente en los veinte últimos años. Esto puede ser debido a que el historicismo tradicional basa sus líneas arguméntales en el dato positivo y su subsistencia como disciplina en el principio de autoridad, lo que elimina, en gran medida, el proceso dialéctico y la posibilidad de regeneración teórica. La academia inglesa, por su conformación y su distanciamiento histórico de España, que se encontraba tradicionalmente más cercana al eje francoalemán, no ha llegado a tener una influencia real y palpable hasta bien entrada la segunda mitad de este siglo. Sí nos llegará, una vez más bajo el prisma de la interpretación francesa, el elemento céltico anglosajón, y algunas referencias a Myres o Evans y algún trabajo, ya muy tarde, de Childe. Hoy, la revitalización de los estudios sobre la cuestión céltica trae también una reactivación de elementos generados en estos momentos. Los planteamientos creados por el paradigma étnico-cultural van a servir de fondo argumentai en estudios hoy en día que, aunque ya no son competencia de este estudio, esperamos poder seguir trabajando. Este fenómeno es parte del proceso mismo de generación de la disciplina arqueológica en nuestro país, cuya continuidad es palpable. Pese a la revolución teórica de los años 80 las cargas académicas tradicionales son definitivas para una importante parte de la investigación en España, en muchos casos incluso, sin ser plenamente conscientes de ello.
SERGIO RÍOS GONZÁLEZ (*) CÉSAR GARCÍA DE CASTRO VALDÉS (**) RESUMEN La investigación actual sobre la Edad del Hierro en Asturias (Norte de España) se encuentra inmersa en un debate sobre cronologías y tradiciones histórico-culturales que no contribuye en absoluto al conocimiento positivo de la realidad histórica correspondiente. Las posiciones teóricas previas condicionan tanto los procedimientos de la excavación como su ulterior interpretación. Este trabajo pretende establecer un balance crítico de resultados y contribuir a la redefinición de los problemas. Puede establecerse en 1982 el comienzo de una nueva etapa en el estudio de los asentamientos cástrenos asturianos, ya que en la fecha se inician proyectos de excavaciones sistemáticas con protoco-Ios científicos homologados a los que en la década precedente ya se estaban aplicando en yacimientos paleolíticos de la región. Se retoman en ese año las investigaciones en yacimientos conocidos de antiguo, como el Castelón de Coaña (Villacondide, Coaña), y en otros en los que apenas se había practicado algún sondeo, como la Campa Torres (Jove, Gijón), se abordó su excavación continuada, sin interrupción hasta la actualidad (Maya, 1988). Tanto el yacimiento gijonés como una serie de asentamientos en el valle del Río Navia (Mohías, San Isidro, Pico da Mina, Chao Samartín, La Escrita y el propio Castelón de Coaña) fueron objeto de investigación arqueológica, abarcando desde la prospección territorial detallada hasta la excavación extensiva (Carrocera, 1987 y ss). En 1987 se iniciaron las exploraciones y excavaciones arqueológicas en yacimientos cástrenos en torno a la ría de Villaviciosa (Camino, 1992). Paralelamente, la administración autonómica financió el inventario arqueológico regional, lo que permitió incrementar en más de un centenar el número de yacimientos cástrenos inventariado por José Manuel González y Fernández Valles (1966Valles (, 1973;;Ríos y García de Castro, 1998: 23-27). A diferencia de otras regiones españolas, la arqueología de gestión no ha tenido posibilidad de intervenir en asentamientos cástrenos más que en dos ocasiones. La primera de ellas afectó al Castillo de San Martín (Soto del Barco), de la que se dispone exclusivamente de meras alusiones y algunas fotografías (Carrocera, 1995a: 59; Carrocera y Camino, 1996: 58, 60), y la segunda al Castiellu de Llagú (Latores, Oviedo). Paradójicamente, la presencia de información procedente de estos poblados asturianos en el debate y estado de la cuestión sobre la Edad del Hierro peninsular es prácticamente inexistente, hecho que no ha pasado inadvertido a algunos investigadores (Fernández Posse, 1998: 216-217). Ello es debido, entre otras razones, a la escasa información objetiva publicada y a la aún menor difusión de estos informes, casi en su totalidad aparecidos en publicaciones locales o regionales. Por nuestra parte, hemos publicado una síntesis de resultados y cuestiones pendientes (Ríos y García de Castro, 1998), en la que se ofrece un panorama general referido a la fecha. En ella sintetizábamos los tres enfoques epistemológicos que han regido la investigación castreña en Asturias: histórico-cultural, antropológico-cultural y etnohistórico (Ríos y García de Castro, 1998: 9-22). Podemos afirmar por ello que hasta el momento la primera de estas perspectivas es la dominante. En efecto, en la investigación arqueológica han primado las descripciones arqueográficas del registro mobiliar (cerámicas y materiales metálicos), con un notable descuido de las estructuras de habitación y su ordenación en el poblado. En los momentos iniciales de la investigación, la cronología y periodización de cada asentamiento se deducía de la información derivada de estas clasificaciones, apoyada por algunas dataciones radiocarbónicas. Los debates surgidos a raíz de estas propuestas han dado lugar a que las fechas aisladas hayan sido sustituidas por series de dataciones radiocarbónicas calibradas. De este modo la investigación parece haberse centrado en la discusión sobre la oportunidad, homogeneidad, coherencia y posibilidad histórica de dichas series, que han asumido un papel casi autónomo en la discusión de cada yacimiento (Cuesta eí a///, 1996: 260-264). La preocupación parece residir en obtener cronologías, a poder ser cada vez más antiguas, en una a modo de carrera por apropiarse de la "esencia" prerromana de la región. Efectivamente, no escapa al lector avisado que la valoración de las ocupaciones de un yacimiento está teñida de connotaciones extracientíficas. La ocupación romana, que histórica y lógicamente fue primeramente documentada, apenas ha requerido la atención de la investigación en la última década, centrándose la polémica y esfuerzos en definir las ocupaciones anterromanas, aureoladas en ocasiones del "prestigio indigenista". A ello se suma un afán prematuro por periodizar y orga-nizar el magro registro arqueológico en fases generales que intentan adaptarse a esfuerzos semejantes, bien del Noroeste, bien del valle del Duero, así como por establecer las filiaciones histórico-culturales de dicho registro. Es fácil percibir en estos discursos la herencia de los planteamientos historiográficos derivados de la exegesis tradicional de las fuentes grecolatinas sobre el norte de la Península Ibérica. Así, la división administrativa del actual territorio asturiano bajo el Imperio Romano en tres conventus, lucensis, asturum y cluniensis, es traducida sin reparo a términos etnológicos, que a su vez se proyectan sobre el registro arqueológico castreño anterior a la romanización (Maya, 1988: 13-14;297-298;1989: 26). De este modo, los castros del valle del Navia presentarían relaciones de parentela con la llamada "cultura castreña del NO"; los yacimientos de la Asturias central (Campa Torres) reflejarían inequívocas asociaciones con el grupo Soto de Medinilla (Maya y Cuesta, 1992: 149; Maya, 1994); y los yacimientos de laAsturias oriental vendrían adscribiéndose sin problema al grupo Miraveche-Monte Bemorio. A lo largo de la última década, han ido levantándose opiniones discrepantes con este consenso tradicionalmente admitido, sin cuestionar sin embargo la epistemología subyacente. Así, se ha discutido que los yacimientos del valle del Navia, al Oeste de la región, presenten relaciones con la cultura castreña galaica, apuntándose para este sector vínculos con el Occidente de la meseta Norte (Carrocera, 1990c). En cuanto al área oriental, las opiniones han ido matizando la referencia al grupo Miraveche-Monte Bernorio con la apreciación de un proceso de celtiberización, que avanzaría desde el foco del oriente de la Meseta Norte hacia el Noroeste, diluyéndose progresivamente (Maya, 1994: 308-311;1996). La búsqueda de paralelos para los elementos más definidos tipológicamente del registro, fundamentalmente metálicos, ha provocado que la investigación se haya reducido a detectar cauces de influjos y a caracterizar tradiciones, determinadas por la presencia o ausencia de tales elementos. Consecuencia de esta concepción de la arqueología es la preocupación casi obsesiva por construir periodizaciones (Camino, 1992(Camino,,1995a(Camino,, 1999)), que parecen convertirse así en el objetivo final de la in- vestigación. El esquema general procede de la más tradicional arqueología centroeuropea, estrictamente positivista, que fue adaptado a la Península Ibérica y cuyas sucesivas reformulaciones siguen introduciendo confusión en el cada vez más abundante registro arqueológico. La situación se agrava cuando se pretende extrapolar las fases advertidas en la ocupación de dos o tres yacimientos al conjunto de la región. Por el contrario, no han recibido una atención equiparable aspectos básicos para la obtención de información histórica a partir de la arqueología, como son los análisis micro y macro espaciales, las inferencias sociológicas extraídas del registro arqueográfíco, la reinterpretación y valoración de las informaciones literarias y epigráficas a la luz de la realidad exhumada en los yacimientos, etc.. Da la impresión en muchos casos de que la arqueología no ha dejado de ser simple adorno o ilustración de una disciplina de alcance superior, cual sería una Historia Antigua consistente en continuas paráfrasis de los geógrafos e historiadores grecolatinos. En el fondo, el esfuerzo parece estar presidido por el afán de dotar de "identidad" arqueológica a los fantasmales etnónimos de la Antigüedad romana, en pos de espejismos inasequibles, como son los galaicos, astures y cántabros. Como ilustración de hasta qué punto el valor patrimonial de un castro puede depender de esta concepción, nos referiremos al Castiellu de Llagú, yacimiento arqueológico cuya importancia se ha fundamentado en los debates periodísticos en la posibilidad de su cronología prerromana, suponiéndose tácitamente que la ocupación romana posterior carecía de todo valor patrimonial que justificara su preservación. En consecuencia, el planteamiento de este trabajo pretende establecer un balance crítico de EL REGISTRO CRONOESTRATIGRÁFICO DE LA EDAD DEL HIERRO (2) Poblados con ocupación anterior a la conquista romana Hasta la fecha, en Asturias se dispone de excavaciones arqueológicas modernas publicadas sobre los siguientes yacimientos: San Chuis, Castelón de Coaña, Campa Torres, Castiellu de Camoca, El Campón, Castiellu de Moriyón, Chao Samartín y Castiellu de Llagú (Fig. 2). De éstos, sólo San Chuis, Chao Samartín, Llagú y la Campa Torres han sido objeto de excavaciones extensivas. Los trabajos recientes en Coaña se centraron en solucionar los problemas, fundamentalmente cronológicos, que presentaban las estructuras exhumadas de antiguo. Los tres castros de Villaviciosa, Camoca, Campón y Moriyón carecían de excavaciones previas. Las intervenciones realizadas en ellos estuvieron orientadas al establecimiento de la secuencia cronoestratigráfica de su ocupación. Por último, se practicaron intervenciones puntuales en castros de la cuenca del Navia (La Escrita, Pendía, San Isidro, Pico da Mina). El Casfillo de San Martín de Soto del Barco, situado en la desembocadura del Nalón, fue excavado sistemáticamente. Los resultados de esta última intervención permanecen inéditos, así como las campañas llevadas a cabo en 1995 y 1996 en el Castiellu de Llagú. Las cronologías aportadas por estas actividades son diversas. Los castros del Navia se han revelado, fundamentalmente, de cronología plenamente romana. Niveles prerromanos han sido documentados en la Campa Torres, Chao Samartín, Castiellu de Llagú y los yacimientos de la Ría de Villaviciosa. En el caso de San Chuis, la existencia de niveles anteriores a la romanización no ha sido aceptada unánimemente. Es de reseñar que la información publicada sobre este último yacimiento es muy escasa, especialmente si la comparamos con el volumen de la excavación efectuada. (2) Las dataciones de Cl4 y su calibración han sido extraídas de la bibliografía, pero se presentan de una manera formalmente ordenada tratando de respetar la información original en lo posible. señalado, para ningún castro asturiano se dispone por el momento de memorias completas de excavación publicadas, sino sólo de simples avances que, en ocasiones, matizan o corrigen las interpretaciones vertidas hasta el momento, conforme el progreso de las excavaciones. Campa Torres (Cabo Torres, Gijón) Esta secuencia de ocupación, construida mediante la combinación de datos estratigráficos, registro material y fechas radiocarbónicas, no está exenta de dificultades, algunas de las cuales ya han sido expuestas con detalle (Ríos y García de Castro, 1998: 76-78). A continuación, reseñamos los problemas interpretativos generales que a nuestro juicio encierran algunas de las fases definidas por los excavadores: -No han podido identificarse estructuras de habitación ligadas a la construcción de la muralla. Ello requiere una explicación arqueográfica que determine si ha habido procesos de arrasamiento de unas hipotéticas viviendas correspondientes a este periodo, o que justifique la inexistencia de las mismas. -Las primeras fechas radiocarbónicas provienen de los niveles básales de los sectores aniba indicados. Ninguna de ellas se vincula a contextos habitacionales. En las publicaciones que han ido dando a conocer esta serie de fechas no se ha efectuado una correlación sistemática de los depósitos sedimentarios de los que fueron extraídas las muestras. Sería deseable una tabla de relación estratigráfica válida y comprensiva de la totalidad de los sectores excavados en el yacimiento que presentan vínculo con la muralla, en la que se expongan las equivalencias entre las secuencias y los hitos que generan las rupturas o diferencias. -Propiamente, la ocupación atestiguada con estructuras de habitación corresponde a la segunda fase, que fechan entre los siglos IV y III a.C. Esta ocupación se manifiesta en varias cabanas de planta circular, asentadas bien sobre roca o sobre paquetes de nivelación. Ninguna de ellas ha sido excavada en su integridad, por lo que no podemos conocer de modo completo una sola unidad de habitación, con los problemas que de ello se derivan para la correcta interpretación espacial. Los perfiles estratigráficos publicados y comentados (Maya y Cuesta, 1995a: 110-111, sector XII-XIX, estrato III;1999:126, fig. 1, sector XIV, estrato V) incorporan asimismo hogares inconexos respecto a cualquier estructura u horizonte de ocupación. La representación gráfica lógica debiera diferenciar con plena claridad las interfaces que suponen los hogares y suelos de ocupación a ellos vinculados, tanto de las capas de relleno y nivelación subyacentes, como de la sedimentación posterior, resultante del uso y abandono de dichas interfaces. Asimismo, las fechas obtenidas de esta sedimentación posterior han de referirse siempre al último momento de ocupación de la estructura en cuestión. -Cuestión íntimamente relacionada con la precedente es la de la cahficación como fase de ocupación de unos 200 años de unas estructuras de habitación muy parcialmente registradas en extensión, lo que impide evaluar tanto la entidad espacial de la ocupación como su diacronía. En nuestra opinión, para poder hablar de una ocupación continuada a lo largo de un período tan largo de tiempo -unas siete generaciones-habría que contar con secuencias mucho más complejas, que reflejaran tanto la utilización como la destrucción y reconstrucción de las sucesivas viviendas. En este sentido, al tratarse de habitaciones levantadas con materiales perecederos (Maya, 1999: 962-965), muy débiles, y destinadas a continuas reparaciones y demoliciones, habría que suponer potentes depósitos sedimentarios, que atestiguasen acerca de tal evolución. -Respecto a la tercera de las fases de ocupación, que viene definida en buena parte de los sectores del yacimiento por el denominado "primer nivel de cenizas", ofrece restos de viviendas con hogares, que se disponen sobre estratos de nivelación que sellan las ocupaciones precedentes. Tampoco en esta fase se cuenta con unidades de habitación completamente excavadas, ni la documentación gráfica aportada en las publicaciones existentes refleja su existencia. Dadas las cronologías presentadas -y salvando los problemas que ofrece UBAR 372-, no cabe sino suponer un hiato potente con la fase precedente, fechada por UBAR 371. Concluimos a partir de este análisis que en la Campa Torres se precisa una definición más exacta de los niveles prerromanos de ocupación, sobre todo en la etapa inicial, así como la obtención de datos que colmen los hiatos existentes entre las tres fases definidas por el momento por los excavadores. Nos reafirmamos por ello en nuestra apreciación anterior (Ríos y García de Castro, 1998: 78), sobre la existencia de tales hiatos. Castiellu de Camoca (Villaviciosa) En el Castiellu de Camoca se ha definido una única fase de ocupación que se asigna a la "Edad del Hierro Inicial" (Camino Mayor, 1995a: 122). Corresponde a un asentamiento defendido por taludes y una muralla, en el que se ha excavado una cabana de planta oval delimitada por paredes de ramaje y barro. En palabras del autor: "la disección del talud (se refiere al talud que rodea el interior del poblado) reafirmó su elevación a base de diversos rellenos, de los que uno de piedras muy masivo adquiere el perfil de parapeto que ya se conocía en otro sector del castro. La sorpresa, aquí, fue comprobar que en su cara interna se acostaron dos capas que prosiguen bajo el nivel de ocupación excavado, deparando una de ellas hallazgos materiales. Sobre ambas y, de este modo, por encima del parapeto, se levantó una muralla de tosco paramento interno y un relleno intermedio de ripio, que debía de alcanzar una anchura próxima a los cuatro metros. Sin embargo, el paramento externo y la casi totalidad del relleno han desaparecido bajo los efectos de la erosión de ladera. Queda, por ello, pendiente la determinación de ocupaciones más antiguas que la actualmente documentada, si es que no obedecen a etapas sucesivas inherentes a la construcción del talud" (Camino Mayor, 1995a: 119-120). De esta descripción, se deduce la siguiente secuencia estratigráfica: Construcción del talud 2. Horizonte de ocupación 3. Construcción de la muralla 4. Horizonte de ocupación (concretamente, el definido durante la excavación), para el que se propusieron "fechas del siglo IV o acasoV a.C." Posteriormente, una nueva campaña, llevada a cabo en 1995, permitió al excavador matizar la anterior secuencia, distinguiendo, al parecer, tres sucesivos niveles de ocupación: Cabana de planta oval elíptica. Muralla y cabana de planta oval. Para este castro se dispone de las siguientes fechas: La disparidad entre la primera de las fechas y las otras tres inclinó al excavador a descartarla, "debiendo residir su anómala modernidad, hoy sobradamente desmentida por el repertorio arqueológico, en deficiencias de muestreo" (Camino, 1999: 156). Una gran trinchera de 35 m de longitud ha permitido definir una única fase de ocupación, caracterizada por una muralla, el talud y foso correspondiente y una posible cabana de material perecedero muy cercana al paramento de la muralla (Camino Mayor, 1999:154-156). Las dos fechas radiocarbónicas obtenidas son las siguientes: Castiellu de Moriyón (Villaviciosa) Nivel de ocupación anterior a la muralla. Las cerámicas coinciden en buena parte con las documentadas en el Castiellu de Camoca. Las fechas radiocarbónicas publicadas de esta fase son las siguientes: Construcción de la muralla y ocupación de todo el asentamiento. Fueron documentadas en esta fase cabanas con zócalo de piedra y paredes de entramado de madera y barro, de planta oval, con "hogar centrado pero próximo a la pared meridional". Las fechas radiocarbónicas adscritas a esta fase son las siguientes: Ocupación tras el derrumbe de la muralla. Se trata "de diversos niveles y construcciones que tienen en común su asociación con síntomas inequívocos de descuido de la muralla" (Camino Mayor, 1995a: 119). Los materiales más significativos son romanos (TSH, imitación de barniz rojo pompeyano, hebillas anulares, etc,...). A la luz de estos datos proporcionados por el excavador, se imponen las siguientes consideraciones: -La primera fase se fecha con dos muestras divergentes entre sí casi 400 años, lo que arroja la forzosa necesidad de excluir una de las dos, o ambas. -La segunda fase dispone de dos fechas contradictorias para la muralla. Según la relación ofrecida, el derrumbe sería anterior a la muralla, lo cual, en principio, parece imposible. Esta situación ha sido explicada con posterioridad a la primera publicación de las fechas, suponiendo que "¿acaso no será probable que se trate de un material incorporado al relleno de la muralla y cuyo proceso de derrumbe comportó algo muy similar a las célebres inversiones estratigráñcas?" A nuestro juicio, y sin cuestionar la validez de esta explicación, esta deducción estratigráfica habría debido señalarse en el momento de la presentación pública de las fechaciones, y no como respuesta a una crítica posterior (Cuesta^í a///, 1996:246-247). Por otro lado, las cabanas pertenecen a un horizonte cronológico muy posterior a la erección de la muralla. Por ello, el registro material recuperado en estas estructuras de habitación debe relacionarse estrictamente con la fecha obtenida para ellas y no con el momento de construcción de la cerca. -La fase de ocupación romana se revela anterior, a la luz de los datos geocronológicos, a la cabana 5 de la segunda fase. Incluso, la cabana 3b es radiocarbónicamente anterior a 3 a, lo que estratigráficamente es imposible. -Por todo ello concluimos que las cronologías absolutas y relativas del Castiellu de Moriyón precisan aclaraciones y correcciones imprescindibles para su correcta valoración histórica. Para este castro, Maya (1988: 60) propuso una secuencia estratigráfica que dejaba abierta la posibilidad de la existencia de un nivel prerromano, hipótesis que fue confirmada por Jordá Pardo (1990: 124-125), basándose en un estudio de los materiales del castro (Manzano Hernández, 1986-87). Recientemente, esta propuesta ha sido reafirmada en al menos dos trabajos, en los que se publican fechas radiocarbónicas obtenidas a partir de los materiales recuperados de las excavaciones dirigidas en los años 80 por Jordá Cerda (Cuesta, Jordá, Maya y Mestres, 1996; Jordá Pardo y García Martínez, 1999). Al margen de las críticas que esta interpretación ha despertado (Camino, 2000:10), por nuestra parte apuntamos lo siguiente: -En primer lugar hay que señalar que los responsables directos de la excavación y firmantes de los primeros y únicos informes publicados nunca barajaron la posibilidad de una ocupación tempo- ral tan antigua (Jordá Cerda, 1985, 1987, 1990; Jordania///, 1989). Los materiales recuperados y publicados hasta el momento no han dado pie a suponer un inicio de la ocupación del yacimiento en el Bronce Final. Tampoco se describe una estratificación que integre depósitos sedimentarios y estructuras que pueda ser comprensiva de más de mfl años de ocupación. De hecho, las columnas estratigráficas publicadas en estos últimos trabajos (Fig. 4), que sirven para proporcionar un contexto arqueográfico a las cinco muestras radiocarbónicas (Cuesta et alii, 1996: 231, fig. 4;234, fig 5; reproducción en Jordá y García, 1999: 139-140), describen sólo tres fases de ocupación: el nivel II, tardorromano, los niveles IV y V, romanos, y el nivel VI, en el que se obtuvo la muestra más antigua (UBAR 351). Estas secuencias no integran las estructuras exhumadas con los depósitos sedimentarios relacionados con las mismas, carencia especialmente grave si se tiene en cuenta la amplitud de la superficie excavada en este castro, con múltiples unidades de habitación puestas al descubierto totalmente, en las que se aprecian superposiciones y refacciones, de las cuales habría de deducirse arqueológicamente la historia de la ocupación del poblado. -Aún admitiendo la validez de estas columnas, de este registro se deduce exclusivamente que el yacimiento tuvo una ocupación puntual en un momento vinculado al Bronce Final, tras lo cual suce-dió un largo periodo de abandono, hasta la ocupación romana, a la que pertenece la mayor parte del yacimiento visible hoy en día. Ahora bien, en el estado actual de información no son admisibles ni las columnas como tales ni las inferencias históricas que se derivan de ellas. En primer lugar, los autores asimilan el nivel en el que fue tomada la muestra UBAR 218, definido como un vertedero situado en las proximidades de la muralla, al nivel VI en el que fue tomada la muestra UBAR 351, correspondiente en principio a un fondo de cabana. Es estratigráfícamente inverosímil que las sedimentaciones exterior e interior ligadas a la ocupación de una unidad de habitación sean coincidentes, por lo que en principio esta asimilación no es aceptable, máxime si tenemos en cuenta la separación -superior a 50 m-existente entre los puntos en los que fueron recogidas las muestras (Fig. 3). La distancia cronológica existente entre ambas fechas, casi 400 años, invalida toda posibilidad de coetaneidad y, por tanto, reafirma su adscripción a unidades estratigráficas independientes. -Resulta incomprensible que el contexto estratigráfico de la muestra UBAR 218 no haya sido plena y definitivamente establecido en el momento de la excavación de la unidad estratigráfica de la que proviene. Las posibilidades hipotéticas que se defienden (CuQStaetalii, 1996: 232-233) responden a un ejercicio de reubicación teóiic3.aposteriorido un registro arqueológico falto de contexto y que, por tanto, ofrece dificultades para su correcta interpretación. Pasando al análisis monográfico de las muestras, relacionándolo con el registro obtenido en la excavación, cabe anotar lo siguiente. -La muestra UBAR 351 procede del interior de una cabana de planta circular, con muros de mampostería cimentados en roca, y ha sido extraída de un nivel que adosa contra éstos. Por ello, proporciona un terminus ante quem para la fundación de esta cabana. Los dos niveles inmediatamente superiores se remiten a la ocupación romana, distante al menos 600 ó 700 años de esta primera fase. Se da la circunstancia que esta ocupación romana es "la responsable de la construcción de unos muros rectilíneos que se cimientan sobre los anteriores curvos" (Cuesta et alii, 1996: 231). Sin embargo, páginas después, se sostiene que dichos muros rectilíneos configuran una estructura rectangular que "descansa sobre la estructura circular antigua aprovechando parte de los muros de la anterior, de forma que una de sus esquinas presenta una marcada curvatura frente a la otra visible que es angular" (Cuesta et alii, 1996: 233). Por lo tanto, no sabemos si la cabana de la fase romana anula o reforma la vieja estructura prerromana. Asimismo, queda en suspenso la relación entre los niveles IV y V, definidos como suelo de ocupación y nivel de drenaje respectivamente, y la última estructura romana. No se explica tampoco el importante hiato existente entre las fases prerromana y romana. En este sentido, resulta de difícil comprensión que la limpieza llevada a cabo por los ocupantes romanos, sugerida para explicar la inmediata superposición de niveles romanos a estratos prerromanos tan antiguos, no haya incluido el arrasamiento de muros. Por el contrario, si estos muros fueron utilizados como superficie de cimentación, huelga la limpieza, pues el proceso habitual y lógico consiste en el aporte de rellenos para conformar plataformas estables niveladas, aprovechando la cimentación preexistente. -La UBAR 350 se relaciona con la fase de ocupación romana señalada anteriormente (nivel IV). Los materiales asignados a ese nivel se fechan en el siglo I d.C, lo que supone un considerable desfase entre ambas cronologías. Este desfase ha sido explicado por los investigadores de la siguiente forma: "hemos fechado un momento durante la ocupación indígena en que un árbol fue cortado, siendo sometido a una utilización durante al menos un siglo, para ser carbonizado en época romana" (Cuesta et alii, 1996: 234). Tal explicación implica una petición de principio: ¿cuál es la fase prerromana definida arqueológicamente de la que pueda provenir el material en cuestión? No discutimos la fecha en sí sino su significado histórico. -Idéntico razonamiento se impone respecto a la UBAR 216, donde también la discordancia entre materiales arqueológicos y fecha radiocarbónica es evidente, pues la muestra procede del nivel Illb, identificado como un incendio de techumbre de una unidad de habitación perteneciente a la ocupación romana. Nuevamente ha sido puesta en relación con el reaprovechamiento por parte de los ocupantes romanos de maderas procedentes de una fase anterior, para la que ningún dato objetivo se proporciona. -Finalmente, sólo la UBAR 217 parece corresponder armónicamente al registro arqueológico, al atestiguar un momento de habitación en torno al 6. Chao Samartín (Grandas de Salime) Los resultados publicados hasta el momento de las excavaciones y sondeos arqueológicos realizados en yacimientos del valle del Navia (Carrocera Fernández, 1987a, 1987b, 1992,1994) han establecido el momento fundacional de los poblados estudiados (Coaña, La Escrita, Pendia, San Isidro, Picu da Mina) en el siglo I d.C. La publicación en los últimos tiempos de informes sobre las excavaciones llevadas a cabo en el castro de Chao Samartín ha permitido incorporar un horizonte prerromano al poblamiento castreño del sector occidental de Asturias (Villa Valdés, 1998a;1998b;1999ay 1999b). No obstante, de lo publicado hasta el momento, se desprende que este horizonte, lejos de estar definido como una ocupación única, estaría compuesto por los siguientes hitos cronoestratigráficos: Un primer recinto en el área más elevada del yacimiento, definido por una empalizada junto al acantilado que cierra el poblado por el Oeste, y por una línea de muralla precedida de un foso de 7 m de anchura al Este. Se asocia a esta fase una habitación que se compone de una planta de tendencia rectangular y esquinas redondeadas. La empalizada, al decir de su excavador, ha sido reconstruida como "una robusta estructura de madera, con puntos de apoyo pareados dispuestos a cada 5-5,50 m. Los hoyos de postes, de dimensiones comprendidas entre los 0,16 y 0,50 m^, conservan las cuñas de madera introducidas para fijar los pies del armazón". Al exterior, una tercera línea de apoyos constituida por asientos de piedra que determinan junto con los anteriores una superficie cuadrangular, parece sugerir el remate en torre de la empalizada" (villa, 1999a: 116). Esta última estructura estaría destinada a proporcionar "un óptimo control visual sobre el itinerario de acceso al recinto y su entorno próximo" (Villa, 1999a). A esta reconstrucción se oponen a nuestro juicio los siguientes datos: -En principio la situación topográfica de esta estructura no parece estar en consonancia con una estrategia defensiva. Se localiza en la zona de la máxima cota del asentamiento, próxima y paralela a un acantilado sumamente escarpado de cerca de trescientos metros de desnivel, con una reducida de quinientos metros desde el cauce del río Cabalos. Creemos que esta circunstancia hace innecesaria la construcción de una empalizada. -No conocemos los argumentos que permiten vincular como partes de un mismo proyecto constructivo esta estructura de material perecedero con la línea de muralla y el foso localizado en el sector oriental de este recinto. Para este último su amortización por rellenos y estructuras constructivas de la fase de ocupación romana marca una cronología relativa. Muralla del recinto principal, construida según el sistema de módulos asociados.A ella se vinculan al menos seis unidades de habitación, de plantas circulares o rectangulares con esquinas redondeadas, con obra de mampostería y dotadas de pavimentos de tierra apisonada. Se cuenta para esta fase con una fecha radiocarbónica: Para la misma se asignan dos procedencias; en un lugar, se señala que fue recogida "de niveles asociados al paramento interno de la muralla, elevada sobre el primitivo foso" (Villa, 1999a: 120); y en otro, de carbones obtenidos "en el interior de un pequeño horno para fundición de cobre nativo localizado en el espacio comprendido entre las construcciones C-1, C-9 y la muralla" (Villa, 1998a: 990). Permanece por aclarar la relación del horno aludido con los niveles vinculados a la muralla y las características de esta relación. El paramento externo de dicha muralla de módulos aparece en conexión con una serie de depósitos y horizontes de ocupación, cuya excavación ha permitido elaborar a su excavador una secuencia de cronología relativa que engloba tres horizontes de uso (niveles XI, VIII y III), que se intercalan con sucesivos niveles de derrumbe (X, VII y II) y los rellenos de trincheras de fundación que documentarían sucesivas refacciones y reconstrucciones del paramento (niveles VI, V y IV). Toda esta secuencia se inscribe en cronologías anteriores a la ocupación romana, puesto que la muralla"una vez perdido definitivamente su carácter defensivo, fue utilizada como elemento de contención y aten^azamiento del núcleo urbano" (Villa, 1999a: 118-119, lám.6). En principio, y sin que se rechace la documentación ofrecida, existen puntos que precisan una aclaración. En primer lugar, la interpretación como foso del surco del substrato que subyace a la muralla. Tanto sus dimensiones -apenas 1,50 m de anchura y menos de 1 m de profundidad-como la disimetría de su perfil, no parecen corresponder a un foso defensivo, tal y como en el mismo poblado han sido convincentemente identificados. En segundo lugar, el módulo de las lajas que supuestamente configurarían los paramentos derrumbados ofrece un grosor muy inadecuado a una fábrica defensiva, por su espesor medio que no parece alcanzar los 5 cm. A ello se une el tipo de material, finas lajas tabulares de pizarra, que contrastan con la mampostería cuarcítica que predomina en la fábrica conservada de la muralla. En cualquier caso, la estratigrafía referida sólo ilustra acerca de la historia constructiva del módulo afectado, nunca sobre la totalidad del trazado del cerco defensivo. No han sido publicadas, por razones ajenas a la voluntad de los arqueólogos, y por el momento sólo se han avanzado los resultados de varias pruebas radiocarbónicas (Maya y Mestres, 1998). Los trabajos se centraron en el estudio de las estructuras defensivas del flanco meridional del asentamiento (Lams. I y II), poniéndose al descubierto los siguientes elementos en sucesión cronoestratigráfica (3). Muralla de trazado lineal continuo, elaborada con aparejo irregular de grandes bloques. Dispone de un nervio central, que puede interpretarse bien como elemento estructural de refuerzo o bien como la prueba de un aumento del grosor de la estructura en una segunda actuación constructiva. Al sur de este muro discurren dos muros de contención levantados con un aparejo de similares características al anterior. Reforma de la primera forüficación, mediante la inserción de módulos o cajones rectangulares, adosados unos a otros. Se disponen sobre el aterrazamiento proporcionado por uno de los muros de contención de la fase anterior. El aparejo de los paramentos exteriores se compone de hiladas regulares de bloques cuadrangulares someramente escuadrados, con cuñas y lajas de nivelación. Paralelamente se adosó al paramento interior de la muralla. -'^-^'P "^iS Aparato defensivo meridional, vista desde el norte. (3) La descripción que ofrecemos a continuación, así como las fotografías, se basan en el trabajo como arqueólogo en la segunda campaña de excavaciones (noviembre 1995-julio 1996) de uno de nosotros (Sergio Ríos González). Aparato defensivo meridional, vista desde el suroeste. de la fase anterior un cuerpo circular turriforme, dotado de escalera perimetral, cuya interpretación como sistema de acceso al plano superior de las defensas presenta algunas dificultades, por la desproporción evidente entre obra y destino. Una función similar hubiera podido ser desarrollada con considerable ahorro de energía y recursos mediante una escalera adosada al paramento interior. El aparejo participa de las mismas características que los módulos anteriores. La escalera por el contrario ofrece sectores con sillería de módulo alargado. Construcción de un gran aterrazamiento al sur de la línea de módulos anterior, contenido por muros de contención cuyo paramento exterior resultó vencido y abatido por el peso de los rellenos, habiéndose excavado éstos y permaneciendo en posición postdeposicional las hiladas de los lienzos. Ello conllevó la reforma del sistema de acceso. En primer lugar se amortiza el torreón de la fase anterior, sellándose la escalera. En segundo lugar, se construyen dos puertas « La interior corresponde al denominado "cuerpo de guardia" o "compartimento enlosado" (Maya y Mestres,1998:7-8, foto inferior). Se trata de un tramo de calzada pavimentado con losas calizas irregulares, delimitado lateralmente por dos muros que se superponen a la antigua muralla. La exterior, situada en el sector occidental, se abre entre dos módulos que enlazan con el muro de contención del aterrazamiento exterior. De ésta sí se conoce un informe preliminar (López et alii, 1999:237-251), en el cual se describe someramente el alcance de la actuación, que consistió en sondeos distribuidos en el interior y en una terraza exterior. Los resultados de ambas campañas, a tenor de los datos conocidos, son homologables en cuanto a la periodización. Se ha definido un horizonte de ocupación prerromano, al que no se vinculan estructuras de habitación. Las fechas radiocarbónicas publicadas más significativas de las dos primeras campañas son las siguientes: Las dos primeras provienen, según Maya y Mestres (1998:9) del nivel VII, sector 1, cuadrícula B-E: "el estrato VII se supone el inferior y debe fechar, por tanto, los primeros momentos de ocupación del castro en esa zona". Podemos precisar que estas muestras fueron extraídas del depósito que rellenaba la trinchera de fundación de la muralla de la primera fase. Por lo tanto, no cabe duda de su cronología prerromana. La tercera campaña ha proporcionado igualmente varias dataciones radiocarbónicas (López ^í a///, 1999: 244), extraídas de los niveles de ocupación prerromanos, en un caso asociados a la muralla y en otros inferiores a los zócalos de cabanas romanas. Su relación es la siguiente. No estamos en condiciones, a tenor de la información publicada, de precisar a qué fase de las anteriormente señaladas pertenece la muralla relacionada con estas muestras. En todo caso, estas fechas corroboran la construcción prerromana del tramo afectado. Tanto en la segunda campaña como en la tercera las cabanas definidas pertenecen en su totalidad a la fase romana del poblado. Se trata de tambores o zócalos circulares de piedra, rellenados en su interior, conformando plataformas sobre las que se erigía una estructura de material perecedero, verosímilmente entrelazados de ramaje y madera con manteado de arcilla, y cubierta cónica apoyada sobre poste central. Restan por examinar dos yacimientos de los que se cuenta con antiguas y parciales excavaciones. El Picu del Castro de Caravia, a tenor por lo publicado por su excavador en 1919 (Llano, 1919:31 y ss.), corresponde a un asentamiento en el que no se señalan elementos de cultura material propios del contacto con el mundo romano, aspecto éste que parece confirmarse por los resultados de un reciente sondeo (Adánetalii, 1994). Por lo demás, la información disponible es muy parca. Por último, el Picu Castiellu la Colla (Siero), del que sólo se conoce un conjunto de hallazgos realizados en el siglo XIX y depositados en el MuseoArqueológico deAsturias (Escortell y Maya, 1972), no merece ser considerado como tal yacimiento hasta la realización y publicación de nuevas excavaciones. El impacto de Roma sobre los poblados cástrenos de la Edad del Hierro Los datos arqueológicos disponibles indican que los contactos con las civilizaciones mediterráneas no se establecen de modo decisivo hasta la conquista militar, que tuvo lugar en los primeros años del Principado de Augusto (29-19 a.C). Existen testimonios puntuales de objetos de procedencia mediterránea fechados con notable anterioridad a este acontecimiento (cerámicas áticas, campanienses e ibéricas de la Campa Torres, datadas en los siglos IV-I a.C). Ahora bien, estos hallazgos han de interpretarse no como el testimonio de contactos directos con el foco productor, sino más bien como reflejo de intercambios comerciales a cargo de sucesivas intermediaciones. El primer testimonio arqueológico de asentamiento romano es la lápida del Cabo Torres en honor de Augusto (9-10 d.C), cuya fecha resulta coherente con la del primer registro material romano en asentamientos cástrenos, que corresponde también al periodo augústeo-tiberiano: TSI del Castie-T.P.,58,n.°2,2001 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es llu de Llagú y de la Campa Torres. En el valle del Navia, se fija la plena implantación a mediados del siglo I, aproximadamente durante el principado de Claudio (Carrocera, 1994: 218; Villa, 1999:121). La integración del territorio asturiano dentro de las fronteras del Imperio Romano se manifiesta a través de una serie de modificaciones apreciables en las áreas de implantación, el modelo de asentamiento, la arquitectura habitacional y defensiva, y la organización sociopolítica. El valle del Navia es la única comarca regional en la que el fenómeno de la implantación castreñoromana cuenta con una prospección detallada que permite una aproximación al modelo de poblamiento en tiempos altoimperiales. De la autarquía y autonomía anterior a la romanización, tal y como ha sido establecida para las comarcas del Bierzo leonés (Sánchez Falencia y Fernández Fosse, 1985; Fernández Fosse y Sánchez Falencia, 1988;1998; Orejas, 1996) y del valle del río Ulla (Carballo, 1990), se asiste a una transformación consistente en una jerarquización de los núcleos de poblamiento, cuyos lugares de emplazamiento dependen de decisiones que implican una organización de alcance supralocal. En el valle del Navia la clave de esta reorganización reside en la minería aurífera. Se aprecian asentamientos cuya razón de ser sólo se explica por la presencia de yacimientos mineros o instalaciones relacionadas con los mismos, fundamentalmente obras hidráulicas. Asimismo, la interdependencia de los asentamientos permite asegurar el abastecimiento de aquellos poblados cuyo entorno inmediato es claramente inadecuado para garantizar la autarquía (Carrocera, 1995). Hasta ahora, se conocen modificaciones romanas en poblados prerromanos en tres ejemplos: el Castiellu de Llagú, Chao Samartín y la Campa Torres. En el primero, se apreció una reforma consistente en una ampliación del recinto y un considerable incremento del aparato defensivo. Sin embargo las estructuras de habitación pertenecientes al periodo consisten, como ya se ha visto, en tambores de mampostería sobre los que se levantan paredes de entramado vegetal, semejantes en todo a las cabanas de la Edad del Hierro descritas en Moriyón, en la ría de Villaviciosa (Ríos y García de Castro, 1998: 38; López Alvarez y López, 1999:241-242; Maya y Mestres, 1999: 11) En el segundo, en la traza del poblado que ha llegado hasta nosotros, el responsable de las excavaciones distingue estructuras de habitación prerro-manas y romanas, situándose parte de las segundas sobre la antigua muralla exterior (Villa, 1998a: 980-985;1999a: 121). A la reforma romana atribuye "una doble línea de fosos, paralelos y contiguos, sobre el flanco oriental del yacimiento" (Villa, 1999a: 120), que identifica con un "sistema átfossa duplex'' (Villa, 1999a: 121). Constituye la última fortificación del poblado y su amortización definitiva llegó a comienzos del siglo II d.C. La dinámica sedimentaria que se advirtió en la excavación de sus rellenos no es homogénea, permaneciendo sin aclarar en los avances publicados las razones de esta divergencia. Igualmente quedan sin aclarar los vínculos entre estas zanjas y la línea de muralla. Sabemos que parte de ella resultó desmontada, aprovechándose los materiales en la construcción de nuevas viviendas (Villa, 1999a: 121), parte de las cuales se disponen sobre el trazado de la citada cerca, a nivel del plano superior de arrasamiento. Este plano aparece definido en el interior del poblado mediante un liivel de relleno cuya relación con las estructuras de habitación exhumadas permite a su excavador adscribirlas a la fase prerromana o romana del poblado. De este modo, las estructuras dispuestas sobre el relleno serían romanas y aquellas cuyos paramentos exteriores aparecen cubiertos por él serían prerromanas (Villa, 1998a: 982-985). La prueba arqueológica de la cronología absoluta de este relleno no ha sido aportada hasta el momento. For ello, queda en suspenso todo juicio sobre la validez de esta interpretación. A nuestro parecer, un análisis del plano permite asegurar que la ocupación romana del poblado no constituye la materialización de un único proyecto unitario. El sector suroccidental del área excavada está ocupado por una plaza pavimentada que corta las estructuras preexistentes, en especial el edificio balneario (Ríos, 2000: 111-114). Dado que esta construcción es uno de los productos de la aculturación romana del poblado, la plaza forzosamente remite a una reforma posterior, igualmente debida a necesidades impuestas por dicha ocupación. En el tercero, la ocupación romana, al decir de sus excavadores, arrasó los niveles y estructuras de habitación de las fases de ocupación anteriores, sustituyéndolas por un replanteo urbanístico que introduce las viviendas angulares, de varias dependencias, con muros de mampostería y argamasa, cubiertas de tégula, etc. (Maya y Cuesta, 1992:150-152; Maya, 1999: 965-968). Hay que decir que tal ocupación se asentó en la Campa interior, en un sector muy alejado del que ha suministrado hasta el momento los testimonios de ocupación prerromanos, ligados a la fortificación. Por el momento no se ha publicado ninguna estructura de habitación completa, pero lo visible permite asegurar la falta de vínculos de cualquier tipo con la tradición constructiva anterior, tanto en plantas como en alzados. Está por definir el carácter funcional de esta amplia superficie urbanizada, de la que hasta el momento no ha sido publicada ninguna planimetría. 3, INTERPRETACIÓN DEL REGISTRO El origen de las actuales controversias en torno a la Edad del Hierro en Asturias arranca de los planteamientos sostenidos por Maya en su tesis doctoral, leída en 1975 y publicada en 1988. Este trabajo cerraba un capítulo en la historia de la investigación, al analizar y estudiar sistemáticamente el registro material conservado procedente de excavaciones antiguas en castros asturianos. En él se establecía un completo cor/71/^ arqueográfico, amén de un inventario de yacimientos, tras cuyo análisis se sostenía la existencia de una Edad del Hierro "previa a la conquista". Dicha fase define el modelo de asentamiento castreño, que perdurará en época romana, apuntándose la posibilidad de que algunos materiales, como dos fíbulas de bucle procedentes de La Escrita y un fragmento cerámico de Coaña, a los que se atribuyen cronologías en torno al siglo V a.C, sean testimonios de esta etapa (Maya, 1988: 296-297). En el mismo trabajo se defendía la posibilidad de que San Chuis dispusiera de una estratigrafía anterior a la ocupación romana (Maya, 1988: 59), así como se valoraban como prerromanos los hornos de fundición localizados en el interior de la CampaTorres (Maya, 1988: 20), Esta primera interpretación fue contradicha por Carrocera (1990a), quien negó la significación cronológica de los materiales aludidos por Maya por su falta de contexto arqueológico, argumentando que "no existen claros elementos de juicio para definir la cultura castreña prerromana, y los pocos que tenemos invalidan las divisiones efectuadas hasta ahora". A la vez, afirmaba que, en aquel momento, "podemos señalar que no conocemos ningún nivel de ocupación prerromano en la totalidad del territorio de la actual Asturias, si exceptuamos por un lado el castro de Caravia (...) y por otro lado toda una serie de materiales sin contexto cultural" (Carrocera, 1990a: 129). A partir de entonces, el debate se centró en la trías detalladas y registro material recuperado. El análisis del poblado se ha limitado a vagas distinciones entre barrio indígena y barrio romanizado, a partir de la mera morfología extema de las unidades de habitación, según predomine en ésta la línea curva o recta. En lo que toca a Chao Samartín, se encuentra todavía en una fase incipiente de publicación y estudio, por lo que habrá que esperar a informes más detallados. Los poblados de la ría de Villaviciosa (Campón, Camoca, Moriyón) han sido sometidos a sondeos, más o menos amplios, que sólo en el tercero de ellos han abarcado una proporción significativa del poblado, permitiendo exhumar alguna cabana completa (Camino, 1996: 28-29). No obstante, el grado de publicación descriptiva de estas estructuras es mínimo. Los informes existentes se limitan a someras indicaciones de la labor realizada, con alguna indicación estratigráfica y discusiones históricoculturales sobre periodización y filiación de los materiales exhumados. Se carece de toda planimetría que sitúe las estructuras exhumadas y permita inferir datos sobre urbanismo, organización social del espacio, evolución diacrónica del asentamiento, etc.. Esta práctica, que comporta la destrucción de una estructura constructiva de considerable entidad, lejos de haber aportado información esclarecedora, ha introducido elementos de confusión, pues la muestra radiocarbónica obtenida en Moriyón (CSIC 873) se han mostrado discordantes con las homologas del resto del yacimiento, lo que obligó a su investigador a rechazarla tras las incoherencias advertidas por la crítica científica (Cuesta et alii, 1996: 246-247; Ríos y García de Castro, 1998: 80-81). La superficie excavada en la Campa Torres se reparte en dos sectores: el exterior o Sur, inmediato a la muralla, y el interior o Norte, situado en la llanura interior del yacimiento, conocida propiamente como Campa Torres. En el primero, la excavación ha afectado fundamentalmente a la franja de terreno paralela al paramento interior de la muralla. Sus excavadores se limitaron a trazar sucesivos cortes rectangulares transversales a la misma, habiendo publicado hasta la fecha exclusivamente algunos perfiles de estos cortes, desconociéndose por el momento las planimetrías resultantes de es-tas intervenciones. De la lectura de los informes provisionales publicados se deduce que no ha sido exhumada en su totalidad ninguna estructura de habitación. Las reseñadas fragmentariamente se presentan como unidades aisladas de la dinámica estratigráfica, adscribiéndose sin mayor detalle a las fases generales de evolución del poblado definidas por los excavadores. Tampoco se describen individualizadamente los suelos de ocupación identificados, ni se registra el proceso de formación de la estratificación. Hasta el momento, las inferencias sedimentarias apuntadas no permiten establecer la historia concreta de los asentamientos humanos que en el Cabo Torres han tenido lugar. En el sector interior de este yacimiento, la labor de los excavadores ha localizado solamente unos hipotéticos niveles prerromanos, consistentes en cubetas y hornos de fundición amortizados bajo pavimentos de las habitaciones de la fase romana. Dichas estructuras no han podido ser vinculadas a unidades y suelos de habitación coetáneos, circunstancia que ha sido explicada recurriendo al total arrasamiento sufrido por el habitat indígena con motivo de la construcción del poblado romano (Maya y Cuesta, 1992:150). Esta explicación, también esgrimida para justificar algunos de los hiatos estratigráficos del castro de San Chuis (Cuesta et alii, 1996. 234), no deja de requerir a su vez una causa suficiente para que el supuesto arrasamiento hubiese tenido lugar. En principio, y dado el coste energético que para sociedades no mecanizadas supone la demolición y extracción de escombros de la envergadura de la propuesta, y dado igualmente que la práctica habitual de estas sociedades a la hora de habilitar rasantes y plataformas consiste en rellenar en vez de vaciar, cabe dudar de la existencia de tal arrasamiento, al menos como explicación única del fenómeno. A esta penuria de datos arqueológicos se yuxtaponen las elaboraciones historiográficas sobre la composición étnica de la Asturias prerromana basadas en el cotejo de las fuentes literarias grecorromanas, completadas con los datos provenientes de la epigrafía latina, la toponimia, la dialectología regional y la división administrativa imperial romana. Sintéticamente, podría resumirse en una división del actual territorio asturiano en tres sectores de oeste a este. El occidental, delimitadogro^so modo por la divisoria lingüística entre el Galle- go-Asturiano y el Asturiano Occidental, se adscribe al dominio galaico. La franja central, comprendida entre este límite y la divisoria de aguas Sella-Nalón, corresponde propiamente a los Astures. La franja oriental, las cuencas del Sella y Deva-Cares, se integra en el dominio Cántabro. La mayoría de los autores posteriores han asumido con algunos matices geográficos esta tripartición Esta visión de la "Asturias Prerromana", ampliamente difundida en ambientes académicos y populares, presenta a los ojos de la crítica los siguientes inconvenientes: -Ha sido obtenida mediante la combinación de datos heterogéneos, acríticamente aceptados y sin tener en cuenta las diferencias cronológicas de los mismos. Así, asistimos a la combinación de una supuesta división administrativa romana, obtenida a partir de los datos transmitidos por Plinio el Viejo {Naturalis Historia, III) y múltiples deducciones geográficas sin posible contraste -como divisorias de aguas, cursos fluviales...-, con los discutidos límites del repartimiento dialectal de la región -cuya profundidad cronológica nos es enteramente desconocida-, con datos procedentes de las fuentes epigráficas y unas referencias toponímicas faltas de concreción cronológica y arbitrariamente seleccionadas (Piedra Fita, Pedrafita, Piedrahita, Fitos, Titos, Cofiño, Treviño...). Ninguno de los trazados divisorios sugeridos presenta pruebas indiscutibles de su validez. En ocasiones, incluso se recurre como elemento de contraste a los límites ofrecidos por las diócesis medievales, en un ejercicio lógico que reposa sobre una petición de principio: se supone y no se demuestra que las diócesis medievales son herederas de las divisiones administrativas romanas, que a su vez reproducen divisiones territoriales y étnicas preexistentes. -Respecto a la utilización de las fuentes epigráficas, el primer obstáculo radica en su indefinición cronológica, pues ninguno de los epígrafes que contienen información étnica posee una fecha interna. Por otro lado, la propia contemplación de la distribución geográfica de hallazgos epigráficos contradice en algún caso la rígida compartimentación territorial que surge de esta historiografía. Por ejemplo, es tópica la mención del cauce del río Sella como límite entre astures y cántabros. En realidad, buena parte de los epígrafes con mención del grupo de los Orgenomesci, que Plinio el Viejo incluye entre los Cantabria fueron hallados en tierras situadas al oeste de este río, es decir, en el territorio teórico de los Astures. Problema aparte constituiría la determinación exacta de este límite, pues el consenso historiográfico aparente por el que se fija su situación en el Sella, no ha resuelto aún el problema de la reducción del Salia citado por Mela (III. Máxime cuando existen dos hidrónimos en Cantabria que se adaptan con mayor corrección lingüística a este étimo, como son Saja y Besaya. De hecho, el primero de ellos aparece citado bajo la forma5a//a en documentos de los siglos X y XI. Por el contrario, documentación de la misma época atestigua que la íovxñdiSelia era la correspondiente al río asturiano (Sevilla Rodríguez, 1980: 67-72). En cualquier caso, e independientemente de que pueda fijarse algún día el trazado indudable de esta división administrativa, la realidad cronológica de ésta es indefectiblemente romana, respondiendo a necesidades de la administración imperial. Huelga por ello, suponer gratuitamente que la administración romana articula el territorio sometiéndose con fidelidad a unas hipotéticas fronteras étnico-culturales preexistentes. Pocas veces una argumentación similar pide principio de manera más clara. Ello sin recurrir al hecho cada vez más asentado en la investigación de que los corónimos latinos del tipo Lusitania, Celtiberia, Gallaecia...son por su naturaleza fluctuantes en su ubicación territorial y puramente genéricos en cuanto a su denotación étnico-geográfica. Es decir, responden a la percepción exterior de los geógrafos y funcionarios romanos, y no pueden ser interpretados como reflejo objetivo de las realidades a las que pretenden retratar (PereiraMenant, 1984; Burillo, 1998). Sondaros ejemplos del uso de perspectivas emic. Una simple contemplación geográfica de la extensión de estos corónimos permite verificar que ninguno de ellos comprende circunscripciones homogéneas, bien definidas por rasgos climáticos, topográficos o biológicos. Al contrario, integran territorios en los que las posibilidades de explotación y organización social del entorno son muy diversas, lo que forzosamente conduce a modelos de adaptación al medio muy diferentes, con necesarias implicaciones en el reflejo arqueológico de sus actividades. Y a este primer nivel, técnico-económico, de la organización social es al que se refiere el grueso de la información accesible directamente a la observación arqueológica. -Por el momento, la arqueología no ha suministrado elemento alguno que aporte luz al problema. No se posee información cuantitativamente significativa como para suscribir ningún tipo de diferenciación histórico-cultural del territorio actualmente asturiano, pues, como hemos visto, el repertorio material de la Edad del Hierro en el territorio del Principado de Asturias, tanto de estructuras constructivas como de objetos muebles, es mínimo por el momento. Todo ello al margen de la incoveniencia de identificación de grupos étnicos basados en los conjuntos arqueográficos. -Una cuestión pendiente de esclarecimiento definitivo es el llamativo contraste existente entre las calidades constructivas de la arquitectura de murallas y la arquitectura doméstica de los poblados del centro de la región. Las primeras muestran un dominio pleno de la técnica de cantería de la caliza, lo que prueba que la construcción de las cabanas con materiales perecederos no se debe a insuficiencia técnica. Esta circunstancia fuerza a buscar una explicación intencional en la opción técnica elegida por los habitantes de estos castros amurallados. Para responder adecuadamente a esta pregunta se requiere, en primer lugar, un conocimiento sustancialmente más profundo de las condiciones de habitabilidad de las dependencias domésticas, que permita valorar su resistencia a la erosión en un clima templado-húmedo, las hipotéticas ventajas respecto al empleo de mampostería, las necesidades de mantenimiento y su periodicidad, de forma que pueda determinarse su durabilidad media, y, en consecuencia, el ámbito cronológico que puedan abarcar en la vida de un poblado. En cualquier caso, dado que es regla general en los poblados excavados en el centro de la región la coexistencia de estos dos tipos de arquitectura, no es aceptable la idea de que la arquitectura doméstica no pétrea corresponde a ocupaciones "provisionales" del asentamiento. El problema de la identificación material de la Edad del Hierro es tanto más grave cuanto que las ocupaciones definidas en los yacimientos excavados, lejos de atestiguar sobre permanencias de larga duración en el uso de los asentamientos, consisten estrictamente en hitos aislados dispersos entre vacíos ocupacionales. En ningún poblado se ha documentado una estratificación de larga duración, en la que pueda inferirse la continuidad multisecular en el poblamiento y su evolución diacrónica. Es decir, no conocemos ningún "tell" de la Edad del Hierro en Asturias. En el interior de las cabanas excavadas no se ha documentado una sucesión suficiente de suelos de ocupación que permita inferir la continuidad del habitat. En principio cabe deducir que los horizontes de ocupación excavados constituyen el último momento de uso de las mismas. Siempre se podrá argumentar que su formación fue precedida de la limpieza y vaciado de depósitos sedimentarios preexistentes. Ahora bien, esta hipótesis reposa sobre una petición de principio: si no hay huellas arqueológicas de los depósitos anteriores no hay manera de argumentar la fundación de las cabanas con anterioridad a los respectivos suelos de ocupación documentados. Sobran por lo tanto las especulaciones periodizadoras que pretenden sustentarse en este fragmentario registro. En este sentido, no resulta de fácil comprensión que hayan podido postularse relaciones de causalidad histórica entre la ocupación de la denominada Primera Edad del Hierro en Asturias y un fantasmal modelo de "economía mundial", según la cual el surgimiento de los poblados en la ría de Villaviciosa estaría en relación directa con explotaciones metalúrgicas insertas en un circuito comercial internacional, cuyo desmoronamiento explicaría el fin de esta etapa (Camino, 1999:158-159). En primer lugar, no se encuentra en el registro arqueológico publicado la huella de una actividad metalúrgica orientada a la producción masiva, seriada, estandarizada y comercializable. Tampoco han sido señalados los filones metalíferos hipotéticamente beneficiados, de los que se pueda inferir el alcance de su explotación. Mucho menos, el registro ha aportado testimonios que prueben la inserción de la comarca de la ría deVillaviciosa en los circuitos del sistema de "economía mundial". En síntesis, nos parece un puro ejercicio de voluntarismo subjetivista poner en paralelo los procesos históricos que condujeron, por un lado, a las formaciones sociales de los principados ibéricos en el sudeste de la Península Ibérica y célticos en el suroeste deAlemania (Frankenstein, 1997), y, por otro, a la aparición de los poblados cástrenos en la ría deVillaviciosa. En pocas ocasiones se puede observar tan claramente cómo el registro arqueológico es integrado, sin aparentes problemas, en construcciones teóricas absolutamente contradictorias con las inferencias objetivas que lícitamente cabe extraer de ese mismo registro.
conservado en el Museo Arqueológico Nacional. La realización de un nuevo análisis tecnológico y documental de cada una de sus piezas nos ha permitido aportar nuevos datos para su estudio, así como plantear algunas hipótesis explicativas que entran en contradicción con la historiografía tradicional. La carencia de revisiones actualizadas del material arqueológico es un problema que afecta a gran parte de la orfebrería castreña, muchas piezas y conjuntos son aún objeto de trabajos que no se apoyan en una observación directa de las piezas, validando un buen número de opiniones insuficientemente fundadas sobre su procedencia y técnicas de fabricación. Este inconveniente, junto a otros, ha contribuido a un largo estancamiento de la investigación en esta materia (Balseiro, 1999). A pesar de esto, las últimas labores de síntesis han permitido plantear nuevos puntos de vista sobre la orfebrería castreña a partir del análisis tecnológico de sus materiales (Perca y Sánchez-Falencia, 1996; Armbruster y Perca, 2000). Este trabajo, centrado en la región asturiana, supone una nueva aportación en esta línea, defendiendo la utilidad del análisis técnico y tecnológico de los materiales como metodología de estudio e incidiendo además en la necesidad básica de sistematizar toda la información disponible sobre las piezas como paso previo a su adecuado análisis y caracterización (1). Para esto, hemos elegido como ejemplo uno de los conjuntos más controvertidos de la orfebrería castreña en la región asturiana, el grupo de piezas de oro con procedencia supuesta en Cangas de Onís (Oviedo, Asturias). Este lote, que tradicionalmente se viene interpretando como un único hallazgo, se compone de siete fragmentos de torques y una diadema-cinturón. Estos materiales se conservan desde 1931 en el Museo Arqueológico Nacional (M. A.N.) de Madrid y pertenecieron anteriormente lio Óscar García Vuelta Fig. 1. Situación geográfica supuesta de las piezas. Desde el punto de vista arqueológico, los problemas planteados por estas piezas son numerosos; desconocemos las circunstancias, lugar y momento de su recuperación y apenas contamos con información para determinar su contexto y asociaciones. Debido a ello, la mayor parte de los estudios que se han ocupado de estos materiales lo han hecho de forma indirecta, recogiendo los datos proporcionados por los primeros trabajos publicados tras su adquisición (Alvarez-Ossorio, 1931). Aunque hay que poner en duda tanto la procedencia tradicionalmente asignada a las piezas como su naturaleza de conjunto, estos materiales son representativos de las técnicas y tipos característicos de la metalurgia del oro de la II Edad del Hierro en el Norte y Noroeste peninsular. Su análisis detallado permite, además, apuntar interesantes datos acerca de los modos de producción y la tecnología de los orfebres cástrenos. Torques con varilla de sección cuadradaromboidalcon estrías y un terminal hueco, decorado, en doble escocia. I, A): su aro, macizo, presenta forma de C adelgazada hacia los extremos y cuatro líneas longitudinales en sus dos caras exteriores, a lo largo de todo su desarrollo (Lám. Los terminales se fabricaron en cuatro partes, unidas por soldadura. Conserva-mos uno completo, que incluye un elemento de sonajero en su interior y decoración de motivos geométricos realizada por estampado, con un botón central esférico en su placa frontal. Conservamos además la placa posterior de un segundo terminal, en esta parte de los remates observamos la soldadura de un alambre de sección plano-convexa rodeando el orificio de entrada de la varilla. -Dimensiones y peso: diámetro max.: 18 cm; grosor máximo del aro: 1,1 cm; grosor mínimo: 0,7 cm. Longitud del terminal: 3,9 cm; diámetro máximo: 3,1 cm. Diámetro placa frontal: 2,5 cm; diámetro placa posterior: 2,5 cm. Pesa 203 g. b) Restos de torques decorado, con alambre enrollado y remates en doble escocia. I,F y G): estos tres fragmentos, un tramo de aro (33.133) y dos terminales (33.137 y 38), pertenecen a un torques con alma interior de plata de perfil rectángula!*, que se ornamentó en tres secciones, alternando un tramo central de lámina con decoración geométrica en bandas longitudinales con dos tramos laterales de alambres enrollados, de los que conservamos parte de uno (2). El tercio central se fabricó a la cera perdida y quedó delimitado a ambos lados por dos placas con figuración de doble espiral e imitación de granulado, elaboradas con la misma técnica. Los terminales son huecos y se fabricaron en cuatro partes, fundidas y soldadas entre sí. Sus placas frontales y posteriores reciben decoración geométrica y se fabricaron a la cera perdida. Los terminales tienen una altura de 4,8 cm; diámetro de las placas frontales: 2,8 cm; diámetro botón central: 0,35 cm; diámetro placas posteriores: 3,1 cm; diámetro máximo: 3,4cm.Anchuradelos alambres del resto de varilla en el terminal n.° (2) Aunque se ha discutido sobre esta asociación de fragmentos, el estudio de estos materiales y los últimos datos que recientemente hemos podido consultar, procedentes de los archivos de la colección Soto Cortés, apuntan claramente que los tres que conservamos, a los que habría que sumar otro hoy desaparecido, pertenecerían a un mismo torques. Agradecemos a D^ María Teresa Pendas el acceso a tan valiosa información. Fragmento de varilla de torques con sección compuesta. I, C): corresponde a un aro cuyo desarrollo se divide en tres tercios, el central presenta sección octogonal y queda delimitado a ambos lados por dos parejas de espirales con botón central, realizadas en filigrana. Los tercios laterales, parcialmente conservados, tienen sección circular y estaban envueltos con alambre enrollado (3). No podemos dar una mayor precisión sobre la morfología y características de los terminales de este torques, aunque apoyamos, con algunas reservas, su pertenencia al fragmento de aro 33.135, descrito a continuación (Álvarez-Ossorio, 1931). Fragmentos soldados de varilla de torques. I, D): dos fragmentos de aro de sección circular. Su superficie presenta numerosos cortes y huellas de extracciones de mate-rial, así como restos de diversos procesos técnicos en sus extremos. En su estado original, ambos fragmentos formarían probablemente parte de los tercios laterales del aro 33.134, estando recubiertos de alambre enrollado. Terminal hueco en doble escocia con decoración. I, E): con características formales similares a las del terminal completo del torques 33.132, al que también se asemeja en su proceso de elaboración. -Dimensiones y peso: altura: 4,2 cm. Diámetro de la placa frontal: 2,6 cm; diámetro placa posterior: 2,75; diámetro máximo: 3,15 cm. Pesa 34,81 g. f) Diadema-Cinturón de lámina rectangular decorada. I, H): presenta los lados cortos ligeramente redondeados y un sistema de sujeción formado por una pareja de anillas y otra de ganchos, soldados al reverso de la lámina. El cuerpo central está decorado por estampado, con series longitudinales de puntos de diferentes tamaños y motivos en S (Lám. Originalmente la pieza se encontró enrollada sobre sí misma, probablemente con rotura parcial en uno de sus lados (López Cuevillas,195 la: Lám. En la actualidad ha sido reparada mediante dos puntos de soldadura blanda con estaño. -Dimensiones y peso: altura: 7 cm. Longitud: 39,5 cm; grosor del alambre en anillas y ganchos: 0,2 cm. Pesa 76,01 g (Álvarez-Ossorio, 1931(Álvarez-Ossorio,, 1954:4):4). LOS GRUPOS MORFOLÓGICOS REPRESENTADOS Recientemente se han definido dos grupos básicos para el estudio del trabajo del oro en la región asturiana durante la II Edad del Hierro, que difieren principalmente en sus características morfotécnicas y en el material de fabricación de los objetos. Ambos se caracterizan por una gran variabilidad morfológica y por combinar técnicas de origen mediterráneo, como la soldadura, la filigrana o el granulado, junto a otras de tradición local, como el vaciado a la cera perdida, el vaciado adicional y la estampación (Pereay Sánchez-Palencia, 1996:42; Armbruster y Perea, 2000). El grupo Astur-Meseteno emplea mayoritariamente la plata como material de base, aunque también el oro. Este grupo está más relacionado con la orfebrería celtibérica del Duero, sus tipos más representativos son torques, brazaletes y objetos, como fíbulas y arracadas (Perea y Sánchez-Palencia, 1996: 37). El grupo Norteasturiano se integra plenamente en la orfebrería castreña del Noroeste y emplea preferentemente el oro como materia prima. Sus tipos más representativos son torques, diademas-cinturón y objetos como colgantes-amuleto, placas decoradas, arracadas o hebillas. En este segundo grupo se incluyen las piezas del conjunto de Cangas de Onís (Lám. Aunque el estudio de este tipo de pieza es el campo con más aportaciones en la investigación de la orfebrería castreña, ninguna de las sistematizaciones propuestas se adapta a las características morfotecnológicas de todos los ejemplares, en muchos casos por estar éstos insuficientemente estudiados en el momento de elaboración de los catálogos, y en otros, por no tener en cuenta tal o cual aspecto de estudio. En la práctica, no existe una síntesis actualizada para todas las piezas conocidas. Los torques del grupo Norteasturiano presentan una gran variedad en sus formas de elaboración, fruto de una evolución local y del contacto con otras regiones dentro y fuera del ámbito castreño; las varillas pueden tener sección poligonal, circular o cuadrada-romboidal, con formas macizas, huecas o con alma de otro material y presencia o ausencia de alambres enrollados. Los terminales, en doble escocia, también varían en su diseño y técnicas ornamentales; pueden ser huecos o macizos, incluir diversas técnicas de decoración y presentar o no elementos de sonajero en el interior (Perea y Sánchez-Palencia, 1996; Armbruster y Perea, 2000). Como característica habitual, destaca el empleo de la técnica de la cera perdida; este procedimiento sirvió para elaborar formas complejas que sustituyen en ocasiones a los trabajos de filigrana o granulado, técnicas también presentes en este grupo y observables en ejemplares de otras regiones, como el terminal del castro de S anta Tecla, en Galicia o el torques de Vilas Boas, en el Norte de Portugal (Armbruster y Perea, 2000: 106). Junto a este procedimiento, el estampado se utilizó frecuentemente como parte de la decoración de los terminales y varilla, siendo también la técnica ornamental básica de las diademas cinturón castreñas, piezas que en su mayoría se concentran en el área asturiana. A lo largo del tiempo, se han sucedido varios intentos de clasificación, que han tenido en cuenta características como el perfil de los terminales o la morfología de las varillas, añadiendo la presencia y disposición de elementos ornamentales como factores de variabilidad dentro de los distintos grupos establecidos. En menor medida, estos trabajos han hecho referencia a las técnicas de fabricación de los objetos para establecer las tipologías; tras los trabajos pioneros de Villaamil y Castro, el primer intento de sistematización tipológica para los torques cástrenos fue el de López Cuevillas en 1932. Este autor realiza una nueva catalogación en 1951, fundamental para los estudios posteriores en la materia. Cuevillas clasificó los torques en varias escuelas. Según su propuesta, la mayor parte de las piezas del conjunto de Cangas de Onís pertenecerían a la escuela. Asturiana, caracterizada por terminales asimétricos en doble escocia, alambre enrollado, espirales de filigrana y molduras longitudinales en la parte central del aro, piezas como el torques de Langreo o el ejemplar 33.133-37-38 de nuestro conjunto serían un buen ejemplo de esta escuela (López Cuevillas, 1951a: 50). Entre los torques con remates en doble escocia, López Cuevillas diferencia un idllexFlaviense, esbozado anteriormente por M. Cardozo (1942:98) y definido por torques con aros de sección romboidal, donde quedaría integrado el torques 33.132 (Lám. I, A), o piezas como elTorques de Paradela L En 1952, una nueva clasificación de L. Monteagudo, más flexible en cuanto a la morfología de los terminales, permitiría incluir el torques al que pertenen los fragmentos 33.133 y los terminales 33.137 y 33.138, así como el fragmento de torques 33.134, en el úpoastur-norgalaico (Lám. I, B, F, G, C), junto a ejemplares como los torques de Langreo, Coaña o Cu do Castro (Monteagudo, 1952: 294 y ss). Estos trabajos ponen de manifiesto la necesidad de realizar una catalogación previa de la información documental, analítica y técnica de estos ejemplares como único modo de afrontar su completa sistematización (Pérez Outeiriño, 1990: 140). Así, las últimas aportaciones trascienden la sistematización tipológica y abarcan aspectos como la interpretación simbólica y económica de las piezas (Prieto, 1996; Castro, 1998; Ladra, 1999), la sistematización regional o el estudio de materiales inéditos (Balseiro, 1994; Ladra, 1997-98). Algunos trabajos, finalmente, plantean una aproximación general a la tecnología de estas sociedades o plantean de forma abierta la no validez de la tipología como argumento definitivo para el conocimiento de estas piezas, proponiendo el estudio tecnológico como argumento fundamental en su investigación (Perca y Sánchez-Palencia, 1996; Armbruster y Perca, 2000). Son piezas de estructura laminar decorada, con un sistema de cierre o sujeción formado por anillas o ganchos. Pueden o no incluir elementos ornamentales plásticos añadidos. Este grupo, con un ejemplar representado en el conjunto de Cangas de Onís, muestra aún numerosos problemas de definición; su propio nombre refleja, más que un determinado nivel de conocimiento, la falta de consenso sobre la funcionalidad o modo de uso de estas producciones, debate que podemos extender a la estimación de su cronología o procedencia, pues las circunstancias de recuperación y los avalares posteriores de la mayor parte de los ejemplares nos son prácticamente desconocidos. Conocemos un total de siete ejemplares: dos en el conjunto de Moñes, conservados en el M.A.N, Instituto Conde Valencia de Don Juan y Musée des Antiquités Nationales (García Vuelta y Perca, e.p.;Balseiro, 2000; Perca y Sánchez-Palencia, 1996; Marco, 1994, entre otros); otros dos procedentes del áreaVegadeo-Ribadeo, conservados en el M.A.N. y el Museo Lázaro Galdiano (López-Cuevillas, 1951 a y b) (4); uno en el castro de El viña, conservado en el Museo del Castillo de San Antón de A Coruña (Luengo, 1979; Reboredo, 1996); uno en el conjunto Bedoya, en el Museo de Pontevedra (Balseiro, 1997) y por último el perteneciente al lote de Cangas de Onís. La cronología y pervivencia de estos ejemplares son aspectos controvertidos, aunque las piezas de estructura laminar cuentan con una larga tradición en el Noroeste Peninsular, es difícil establecer un nexo cronológico entre estas piezas y las producciones anteriores. Sólo para el ejemplar de El viña, excavado en la década de los 50, contamos con un contexto arqueológico conocido, con un momento de ocultación datado en el siglo I d.C, igual que el de la didadema-cinturón del tesoro Bedoya. El resto carece de procedencia fiable y se concentra en su mayor parte en territorio asturiano y en el límite entre Asturias y Galicia. Al igual que los torques, las «diademas-cinturón» presentan notables diferencias formales en la disposición y morfología de sus elementos estructurales, que dificultan un intento de clasificación tipológica. A grandes rasgos, podemos diferenciar tres: láminas de base, sistemas de cierre o sujeción (4) Según este autor, existiría un tercer ejemplar en el Museo del Louvre, del que hasta la fecha no se ha podido recuperar ninguna información. Con la excepción del ejemplar del tesoro Bedoya, de forma elíptica, se realizaron a partir de una o varias láminas rectangulares decoradas por estampación, con sistemas de sujeción o cierre formados por la soldadura a las láminas centrales de anillas o ganchos en sus lados cortos. Pueden presentar, como en los ejemplares de Moñes o Elviña, elementos plásticos añadidos. Respecto a su funcionalidad, la hipótesis más aceptada es la de adornos de cabeza o diademas. Aunque esa utilidad resulte probable, el análisis detenido de las dimensiones y características físicas de las piezas podría invalidar esta teoría. En cualquier caso, la fragilidad de las láminas de base hace difícil su utilización sin un soporte flexible, probablemente realizado en cuero o tela, que ampliaría sus posibilidades de utilización. Desconociendo la morfología de estos soportes, creemos más prudente una definición mixta, como la que se recoge, para este grupo (Perea y Sánchez-Palencia, 1996; García Vuelta y Perea, e.p.). AVATARES Y NATURALEZA DEL CONJUNTO Desconocemos el contexto, el lugar y la fecha del hallazgo, que en cualquier caso fue anterior a 1902-1903, momento en el que parte de estas piezas figuran entre las láminas de la obra''Recuerdos de Asturias'' de D. Eduardo Llanos, como pertenecientes a la colección Soto Cortés (Somoano, 1960a: 273). Esta colección, para la que se realizaron durante un largo período de tiempo numerosas adquisiciones en diversos puntos de Asturias y Galicia, fue fundada por D. Felipe de Soto Posada, siendo ampliada posteriormente por D. Sebastián de Soto Cortés, primer propietario conocido de las piezas tras su descubrimiento. Apenas tenemos noticias del momento o momentos de la compra de estos materiales, por lo que no podemos definir con certeza si su localización geográfica se asignó inicialmente por la ubicación de la colección Soto Cortés o por la existencia de esta referencia en alguna documentación de la adquisición, que hasta hoy permanecería inédita. Los documentos que hemos podido consultar no apuntan ningún dato a este respecto. A finales de los años 20 e inicios de los 30, diversas piezas de oro castreño procedentes de ésta, fueron ofertadas a varios museos e instituciones. De esta manera, el Instituto Conde Valencia de Don Juan adquirió al platero ovetense Pedro Alvarez, en 1928, un torques de oro con supuesta procedencia de Langreo (Asturias). En 1931 esta misma institución compra al marqués de Valverde de la Sierra, entre otros materiales, una hebilla anular de oro y uno de los fragmentos de las diademas-cinturón del conjunto de Moñes (Maya, 1987-88: 127 y ss; García Vuelta y Perea, e.p.). A finales de 1930, el M.A.N. recibe el ofrecimiento de venta de los siete fragmentos de torques y la diadema-cinturón que integran el lote de Cangas de Onís. Actuó como vendedor D. Manuel Ruiz Balaguer (5) y fue D. Francisco Álvarez-Ossorio, el encargado de su evaluación y de tasar el lote. En la actualidad, forma parte de las colecciones del Dpto. de Protohistoria y Colonizaciones del M.A.N. Desde el primer estudio de las piezas, publicado el mismo año de su adquisición (Álvarez-Ossorio, 1931), los investigadores aceptaron con reservas su supuesta procedencia. A partir de estos momentos y de la mano de diversas revisiones de conjunto, el debate sobre las piezas de Cangas se ha centrado principalmente en su caracterización tipológica (López Cuevillas, 1951 a; Monteagudo, 1952;Álvarez-Ossorio, 1954, etc.). Sin embargo, en 1960, Celso Diego Somoano plantea un nuevo interrogante, dudando de la composición original del conjunto a partir de la presencia de parte de sus piezas en la mencionada obra de Eduardo Llanos, donde no figuran la diadema-cinturón 33.139, ni los terminales de torques 33.137 y 33.138. Según esto, Somoano apunta que estas piezas pudieron pertenecer a varios hallazgos diferentes, opinión que recogerán posteriormente otros autores (Maya, 1987(Maya, -1988: 138): 138). (5) El primero de los expedientes de compra de estas piezas figura en el archivo del Museo Arqueológico Nacional con el número 1930/11. El expediente definitivo de la adquisición se archiva con el número 1931/11. Pensamos que estos argumentos deben ser tenidos en cuenta, aunque hay que considerar que no sólo desconocemos las circunstancias de la recuperación de las piezas, sino también en qué momento los materiales fueron vendidos a la colección o si esta adquisición se realizó en una o en varias operaciones distantes en el tiempo, posibilidad que bien pudo ocasionar la ausencia de parte de los materiales en la publicación de Llanos. Aunque las características técnicas de los aros y terminales de torques del lote presentan clara relación en cuanto a sus técnicas y morfología, opinión que hemos defendido en otros trabajos (García Vuelta, e.p.). Nuevas informaciones procedentes de la correspondencia mantenida entre D. Sebastián de Soto Cortés y D. J.R. Méhda en abril de 1906 apuntan nuevas dudas. A petición de J.R. Mélida, Sebastián de Soto Cortés informó a éste en varias cartas sobre algunos objetos de su colección. En el borrador de una de ellas, conservado por D^ M^ Teresa Pendas y único documento que tenemos de esta correspondencia, se describe uno de los torques del lote (33.133-37 y 38), precisando que la pieza habría sido adquirida pocos años antes, rota en 4 partes e incompleta, junto a otros dos fragmentos de torques. En el documento no se alude a ninguna otra de las piezas que actualmente integran este lote (6). Estos datos, que contrastan con la tesis de Somoano y añaden nuevas dificultades al estudio documental de las piezas, parecen indicar que la adquisición inicial constaba tan solo de un torques fragmentado, que no quedó incluido en su totalidad en las láminas citadas por este autor y de dos fragmentos más, pertenecientes a uno o varios torques, que bien pudieron pertenecer al mismo hallazgo o a otro distinto. No podemos determinar la morfología de dichos fragmentos, que pueden pertenecer a otras piezas del lote, probablemente a los restos de aro 33.134 y 33.135 (7). Tampoco se alude a la diadema-cinturón 33.139 ni al resto de las piezas que actualmente integran el conjunto, aunque Soto Cortés hace mención a un broche que no pudo adquirir y que bien pudo formar parte del mismo hallazgo. Según esto el resto de las (6) El estudio completo de esta interesante información sobre éste y otros hallazgos, aún en fase de elaboración, verá la luz en próximos trabajos. (7) Pensamos que las características y decoración del terminal 33.136 o la del torques incompleto 33.132 hubiesen recibido una mención específica de Soto Cortés en su descripción de la adquisición. piezas que componen el conjunto actual, sin que podamos precisar definitivamente su pertenencia o no a un mismo hallazgo original, se habrían añadido al mismo entre 1906 y 1915, fecha de la muerte de Sebastián de Soto Cortés. La aparición de nuevos datos sobre la colección, cuya documentación se haya dispersa, apuntará sin duda nuevas e interesantes informaciones al respecto. Cronología de las piezas Los diferentes estudios asignan para los torques de este grupo unas fechas que varían entre los siglos III al I a.C. En esta línea apuntan también los últimos trabajos, que sitúan el conjunto en una fecha próxima al cambio de era, momento con el que estamos más de acuerdo. Pensamos que las similitudes técnicas y morfológicas de las piezas, que se analizan en el siguiente capítulo y que parecen apuntar a un mismo taller de fabricación, señalan la unidad temporal de estos materiales, independientemente de su posible asociación deposicional. La datación de la diadema-cinturón presenta más problemas, ya que las cronologías propuestas para los ejemplares varían entre los siglos V-IV a.C. al I d.C, discutiéndose la pervivencia de este tipo de piezas. Las dificultades expuestas para la asociación de esta pieza con el resto de los materiales del conjunto no permiten el planteamiento de nuevos datos a este respecto. ANÁLISIS TÉCNICO Y TECNOLÓGICO El estudio de estos materiales se ha realizado según los diferentes grupos morfológicos (torques y diademas-cinturón) y los elementos estructurales que integran cada pieza. En el caso de los torques hemos individualizado tres elementos básicos: aros o varillas, terminales y elementos ornamentales plásticos añadidos, que en algún caso cumplen también una función estructural (n.° 33.133). En la diadema-cinturón diferenciamos dos: lámina de base con decoración y sistema de cierre o sujeción. Metodológicamente hemos empleado la microscopía óptica para documentar las alteraciones y procesos de desgaste del metal, así como las huellas de procesos técnicos y herramientas de fabricación. Los resultados del estudio topográfico, que en el futuro deben completarse con una nueva interpre- tación analítica de las piezas (8) se han documentado con fotografía macro aunque hemos empleado también imágenes micrográficas generadas desde ti Proyecto AU (9). Torques a) Aros o Varillas: conservamos un aro completo con un remate y restos de otro (33.132) y 4 fragmentos de aro, dos de ellos unidos por soldadura (33.135). Varilla del torques 33.132: tiene sección maciza y se retocó mediante martillado, proceso que dejó huellas visibles en la parte central y extremos del aro. Las zonas decoradas con estrías se realizaron con un punzón simple que dejó claras huellas en varios puntos del interior de las mismas, a pesar del pulido posterior que sufrió el torques y de la rubefacción que altera parte de su superficie (ver Lám. El uso de la pieza se confirma por las huellas de desgaste que presenta en sus caras internas, especialmente en su parte central. Fragmento de Aro 33.134: esta varilla fue trabajada por martillado para lograr la forma ochavada de su zona central (Lám. V, 1) que presenta los laterales ligeramente cóncavos, con huellas de desgaste por uso en la zona interna. Esta sección se repasó con un pulido de acabado, mucho menos marcado en el tramo lateral conservado, de sección circular adelgazada hacia los extremos. Los tramos laterales se retocaron con martillado antes de disponer el alambre enrollado que los envolvió. La presencia de alambres se confirma por las ligeras huellas que dejaron sobre la superficie del metal (Lám. V, 2), visibles aún en varias zonas del aro y por algunos restos observables cerca de la zona de espirales de filigrana con botón central (8) Los resultados de los estudios analíticos previos (Hartmann, 1982), se emplean en la argumentación, aunque no se consideran como definitivos al desconocer algunos aspectos básicos, como la zona de obtención de las muestras, aspecto decisivo para la interpretación de estos materiales. (9) Dirigido por la Dra. Alicia Perea desde el Dpto. de Prehistoria, Instituto de Historia, CSIC. Detalle del trabajo de la zona central del aro; 2. Restos y huellas de las espiras de alambre enrollado en los tercios laterales del aro; 3. Detalle de la filigrana en las espirales y restos de alambre enrollado (zona inferior izquierda). Su grosor aproximado era de 0,25 cm y presentaban sección plano-convexa. No disponemos de más datos para realizar la reconstrucción completa de este torques, desconociéndose la morfología de sus terminales, que probablemente presentarían una tipología en doble escocia, al igual que el resto de los conservados. Posiblemente, el fragmento descrito pertenece al mismo torques que el n.° 33.135, sin embargo, las diferencias en su composición analítica nos hacen dudar, dadas las diferencias de casi un 10% deAg en la aleación (Hartmann, 1982). En cualquier caso, y desconociendo las zonas exactas donde se obtuvieron estas muestras, no podemos emplear este dato como un argumento definitivo. Cada una de las dos espirales dobles que delimitan las secciones del aro se realizaron a partir de un hilo de sección plano convexa, aplanado mediante martillado o batido. El grosor medio de este hilo es de 0,15 -0,2 cm. A estas espirales, con una media de 10 espiras de hilo cada una, se le añadieron sendos glóbulos centrales, fijados por soldadura, proceso que fundió parte de sus hilos (Lám. La pieza presenta huellas de numerosos cortes antiguos y extracciones de metal a lo largo de toda la varilla, es probable que la extracción del alambre enrollado del lateral conservado se produjese en un momento previo a la deposición u ocultación de la pieza. Fragmentos de aro 33.135: su interés radica principalmente en las manipulaciones que sufrieron tras seccionar la pieza a la que pertenecieron, probablemente, el mismo torques del que formó parte el fragmento 33.134. Su superficie fue retocada mediante martillado y presenta numerosas huellas de cortes y extracciones de metal con factura antigua. Una observación detenida confirma que parte de las marcas no corresponden a simples cortes; en uno de sus extremos, en una estrecha franja de unos O'5 cm de desarrollo, el metal fue parcialmente cortado y sometido a un proceso de estampado con un punzón simple de punta rectangular, cerca del lugar donde previamente se habían efectuado extracciones de metal de disposición lineal. Esta parte de la pieza fue, además, rematada por martillado, eliminando las huellas de su seccionamiento y dejando una superficie redondeada (Lám. Estas evidencias pueden apuntar a una utilización de los fragmentos como soporte de pruebas de orfebre en época antigua, aunque parte de éstas, como algunas extracciones de metal o la soldadura visible en la zona central, presentan una interpretación arriesgada. La unión de los dos fragmentos se realizó mediante soldadura, añadiendo como material soldante pequeñas láminas de oro con una aleación de alto contenido en plata (Lám. Aunque el empleo de este sistema se observa en piezas castreñas como las diademas-cinturón del conjunto de Moñes (García Vuelta y Perea, e.p.) y las características de los fragmentos podrían hacer verosímil la hipótesis de la realización de una prueba técnica sobre el mismo, pensamos que el estudio topográfico no es definitivo para determinar la naturaleza de esta soldadura. Quedamos pues a la espera de un estudio analítico que permita aportar nuevos datos al respecto. Fragmento de aro del torques 33.133: este torques, originalmente incompleto y del que se recuperaron 4 fragmentos, faltando actualmente un tramo lateral con 14 espiras de hilo, según la referida documentación de Sebastián Soto Cortés, presenta unas características formales muy semejantes a T. P., 58, n." 2, 2001 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es las del ejemplar de Langreo conservado en el Instituto Valencia de Don Juan (Maya, 1987-88:140); probablemente ambos pertenecieron a un mismo taller de fabricación. La varilla de esta pieza fue cortada con una herramienta de tipo zizalla, que produjo una notable deformación por aplastamiento, así como diversas grietas en su superficie; esta rotura, sin embargo, nos permite reproducir su proceso de fabricación. El aro 33.133 se construyó mediante la superposición de diversos elementos de oro independientes sobre una barra de plata, posiblemente aleada con plomo, de sección rectangular adelgazada del centro a los extremos mediante martillado (Lám. El primero de estos elementos, una placa cilindrica con decoración geométrica, probablemente hueca, se elaboró a la cera perdida y se colocó sobre la parte central del aro de plata. Esta placa se realizó a partir del vaciado de un modelo previo, donde se dispusieron las series decorativas mediante estampado e incisión (Lám. La decoración afecta a dos tercios de la sección del cuerpo, dejando una parte exenta. Los motivos se disponen en 5 bandas de 2,5 mm de anchura y alternan series de finas líneas paralelas con otras de triángulos enfrentados con motivos circulares en su interior. Cada una de estas bandas queda separada por un junquillo en resalte de sección cuadrangular y 1,5 mm de anchura. Una vez fundida, la placa se dispone sobre el aro de plata, con la zona sin decorar hacia el interior, para facilitar el uso de la pieza. A continuación, cada uno de los tercios laterales del aro se recubrió, desde la placa central a los terminales, con alambre enrollado de sección cóncavo convexa, realizado a partir del martillado de una tira laminar de oro sobre un yunque de estrías de esa misma sección, como indican las rebabas observables en sus bordes. Tan solo conservamos parte de uno de estos tramos, de 33 espiras, con un grosor medio de 0,4 cm (Lám. VIII, 1 y 2), faltando en la actualidad otro tramo de 14 espiras. Chapada así la superficie del aro, la zona de contacto entre la sección central y cada uno de los tramos laterales se disimuló con una placa soldada de 2,5 cm de anchura de forma ovalada que representa un motivo de doble espiral con botón central, fabricada a la cera perdida. Los motivos representados imitan hilos de filigrana sobre fondo granulado (Lám. VII, 3). b) Terminales: conservamos un total de cuatro, todos ellos son objetos con simetría de revolución, construidos a partir de la unión de cuatro elementos independientes: una placa circular frontal, una placa circular posterior y dos cuerpos centrales. Todos son huecos y presentan perfil en doble escocia, aunque difieren ligeramente en el proceso de fabricación de sus placas frontales y posteriores, así como en la elaboración de sus elementos ornamentales. Uno de ellos, correspondiente a la pieza 33.132, presenta un cuerpo interior a modo de sonajero, característica observable también en otros torques cástrenos (Armbruster y Perea, 2000). Los cuerpos centrales de los terminales se moldearon previamente en material blando, utilizando para ello una herramienta rotativa, probablemente un torno de eje horizontal. Una vez obtenidas por este procedimiento las formas básicas de los cuer-.\ Lám. Orificio de expansión de gases y restos de la soldadura de la placa posterior del terminal a los cuerpos centrales. pos, estas son fundidas y posteriormente soldadas entre sí. El mismo procedimiento se empleó para unir las placas frontales y posteriores a esta estructura, que en los ejemplares 33.137 y 33.138 se fabricaron también a la cera perdida (Armbruster y Perea, 2000: 102). Conformadas así estas piezas, su superficie sufre un pulido de acabado, más acusado en la zona de contacto entre los elementos, para eliminar las huellas de las soldaduras, que observamos en todos los terminales tras la destrucción de los torques (Lám. Una característica común a los terminales de este conjunto es la presencia de un pequeño orificio circular situado en su cuerpo central posterior. Estas perforaciones fueron realizadas con un punzón o una torneta con punta afilada de sección circular, cuyas huellas han quedado muy suavizadas por el pulido de las piezas. En los terminales 33.132 y 33.136, la huella presenta una entrada horizontal y se sitúa en la zona más plana del cuerpo central posterior. En los remates 33.137 y 33.138, el punzón penetró en sentido diagonal, situándose la oquedad más cerca de la parte posterior del terminal, siendo menos visible (Lám. La interpretación de estos orificios plantea dos posibilidades: la primera es que actuaran como respiraderos para la evacuación de los gases producidos durante el calentamiento de la pieza, con el fin de impedir el colapso de sus caras frontal y posterior; así se han interpretado las perforaciones presentes en terminales como los del torques de Burela (Armbruster y Perea, 2000: 104). Una segunda opción es que sean un resto visible del proceso de fabricación a la cera perdida de los cuerpos centrales de los terminales, aunque consideramos esto menos probable (10). A partir de las diferencias y similitudes expuestas en los terminales del lote, podemos distinguir un primer grupo formado por el n.° 33.136 y los pertenecientes al torques 33.132 (Lám. X) y otro constituido por la pareja de remates 33. Terminales 33.132 y 33.136: caracterizado por el recorte sobre chapa de sus placas frontal y posterior y el uso de la estampación como técnica decorativa en las placas frontales, que se rematan con un glóbulo central esférico unido por soldadura. Los orificios para la entrada del aro fueron recortados directamente sobre la lámina de las placas posteriores, previamente a su unión con el cuerpo del terminal, como podemos observar en el n.° 33.136. Estas placas no presentan decoración estampada, aunque se fijó en ellas un alambre de sección plano convexa maciza abierta en disposición circular, que sirvió probablemente para la ornamentación de las piezas, actuando a la vez como refuerzo de la estructura de los terminales (Lám. El estudio de los motivos ornamentales permite distinguir el uso de varios punzones complejos, aunque el estado de conservación de las piezas hace difícil determinar la morfología exacta de estas matrices. En el terminal 33.136 la decoración de la placa frontal se inicia con dos series concéntricas de puntos que enmarcan cuatro figuras diseñadas a partir de líneas onduladas que se completan con circuios concéntricos, alrededor del botón central del terminal (Lám. Para la realización de esta decoración, se emplearon dos punzones distintos, quizá tres. El primero, con forma de arco, incluye tres o más motivos esféricos cóncavos y sirvió para estampar las series de puntos que rodean las figuras centrales, así como algunas formas de éstas, donde quizá se empleó otro punzón de parecidas características. El segundo punzón que hemos podido determinar se empleó para rematar las figuras de la parte central del terminal y presenta forma circular, con un motivo concéntrico cóncavo en su interior (Lám. (10) Agradecemos las observaciones de la Dra. Alicia Perea a este respecto. En el terminal completo de la pieza 33.132 los motivos decorativos se disponen en bandas concéntricas; en la parte exterior observamos dos series de puntos que imitan un doble cordelado, sigue una serie de triángulos con el vértice al interior y motivos circulares inscritos en una posible imitación de granulado (Lám. Los mismos motivos, en menor número, fueron repetidos en la zona central del terminal. Esta decoración se realizó con dos punzones complejos: el primero incluye al menos tres motivos esféricos cóncavos dispuestos en forma de arco. Esta herramienta, similar a la observable en el terminal 33.136, se empleó para ejecutar las series de punteado en bandas. El segundo tiene forma triangular, con varios motivos esféricos cóncavos en su interior. Se empleó para realizar las series de triángulos con imitación de granulado (Lám.X,4). El terminal fragmentado permite observar las huellas de la soldadura de la placa posterior y el orificio de entrada de la varilla (Lám. Terminales 33.137y 33.138: difieren de los anteriores en su tamaño y en el proceso de elaboración de sus elementos ornamentales; las placas frontales y posteriores fueron realizadas a la cera perdida, imitando una doble placa. A diferencia del grupo anterior, el orificio para la fijación del aro se moldeó junto a la decoración de las placas posteriores. En el terminal 33.138 podemos observar la presencia de restos de plata procedentes del alma de la varilla del torques (Lám. XI,3), uno de los tramos laterales se conserva parcialmente en el terminal 33.137 (Lám. Las huellas del proceso de fundición de las placas decoradas pueden observarse en varios puntos de la placa posterior de ambos terminales (Lám. XI,4).Así mismo, restos de su soldadura a los cuerpos centrales son visibles en el terminal 33.138 (Lám. Las placas frontales están decoradas con series concéntricas geométricas que se inician al exterior con un motivo de cordelado enmarcado por dos bandas en resalte, al que sigue una serie de róleos imitando granulado (11), dispuesta alrededor de dos bandas paralelas circulares que envuelven una espiral que parte del botón central en re-(11) Este tipo de decoración puede observarse también en torques portugueses como el de Vilas Boas, donde sí se trata de granulado, o en uno de los ejemplares de Chaves (Perea y Armbruster, 2000). salte, simulando un trabajo de filigrana (Lám. En las placas posteriores la decoración se inicia con una fina banda en resalte a la que sigue un motivo de entrelazado en 8, continuando hacia la zona central con una nueva banda exenta, otro motivo cordelado y dos bandas en resalte de distinto grosor, que enmarcan el orificio de entrada del aro (Lám. En el diseño original, realizado sobre material blando previamente a la fundición de las placas, se emplearon varios punzones complejos. Los paralelos formales más cercanos para estas decoraciones pueden encontrarse en piezas como el torques de Langreo, Lebuçao, Vilas Boas o Chaves. El ejemplar muestra las características básicas de su grupo morfológico, lámina central decorada y sistema de sujeción con anillas en los extremos, pero también rasgos individuali- zadores; en este caso un sistema de cierre o sujeción formado por anillas y ganchos (Lám. XII), que ha llevado a algunos autores a interpretarla como gargantilla/diadema (Bóveda, 1999). Podemos diferenciar dos elementos estructurales: la lámina de base que sirve de soporte a la decoración, y el sistema de cierre o sujeción, situado en los extremos de dicha lámina. No presenta restos de elementos ornamentales plásticos. Lámina de Base: tiene un grosor mayor que el resto de las diademas-cinturón castreñas, lo que no impide su extrema fragilidad, por lo que descartamos su utilización sin la existencia de un soporte flexible, como cuero o tela. Este cuerpo central se fabricó a partir del recorte de una fina lámina de oro con forma rectangular y esquinas suavizadas, ligeramente redondeadas, siendo esta característica más acusada en el lateral con ganchos. El recorte se realizó con una herramienta de tipo zizalla, cuyas huellas se suavizaron retocando los bordes de la lámina mediante martillado o batido. Probablemente se realizó un primer pulido de la superficie antes de proceder a su decoración. La ornamentación se realizó por estampado desde el reverso; los motivos se disponen en ocho bandas longitudinales; desde el exterior, comienzan con una serie de estampaciones en forma de S, una de motivos semiesféricos en resalte y una nueva serie de S similar a la primera. En la zona central presenta dos bandas de motivos semiesféricos en resalte, que alternan motivos de forma lisa y otros con aspa central. Siguen a estas series una de motivos en S, otra de motivos semiesféricos y una nueva de S (Lám. En cada uno de los extremos de estas series, a modo de remate, se disponen cuatro motivos semiesféricos, realizados con dos punzones de diferente tamaño, en disposición triangular, seguidos de dos series de motivos semiesféricos dispuestos en arco, que enmarcan la composición central: la primera se realizó con un punzón similar al empleado en las series longitudinales n.° dos y siete, con 16 y 17 motivos respectivamente, la segunda, con motivos en S, presenta una disposición más irregular, con nueve estampaciones en cada uno de los laterales (Lám. Tanto las huellas de trabajado y la disposición de los motivos indican el uso exclusivo de matrices simples; podemos identificar cuatro punzones diferentes, uno con punta en forma de S (Lám. XIII, 1 ) y tres con punta semiesférica convexa, uno grande, uno pequeño y un tercero que presenta un aspa o cruz en resalte (Lám. Tras el estampado de la decoración, la lámina recibió un pulido de acabado. Sistema de cierre con anillas en uno de los extremos. El uso de este tipo de matrices simples es común a todas las diademas-cinturón castreñas; puede observarse, por ejemplo, en la decoración del conjunto de Moñes, formando el fondo acuático y ciertos detalles de las escenas representadas (García Vuelta y Perea, 2000); las estilizaciones de ornitomorfos, también presentes en otros elementos de la plástica castreña (Pérez Outeiriño, 1989), pueden encontrarse en los ejemplares del tesoro Bedoya (Balseiro, 1997), Elviña (Luengo, 1979)oVegade Ribadeo (López Cuevillas, 1951 b). Sistema de cierre o sujeción: difiere de los del resto de las diademas-cinturón castreñas, normalmente realizados mediante dos o más anillas con diversa morfología y técnicas de fabricación. En este caso, está formado por una pareja de ganchos de alambre con sección circular unidos a uno de los extremos de la lámina y una pareja de anillas de alambre con la misma sección en el otro. Estos cuatro elementos se soldaron por el reverso de la lámina de base. Para facilitar este proceso, sus extremos fueron aplanados mediante martillado (Lám. Esta zona ha sido reparada en época moderna, por lo que la determinación del material soldante es compleja. No podemos, por tanto, determinar la naturaleza de la soldadura original, aunque probablemente se utilizó una aleación ternaria de Au-Ag-Cu. Los únicos estudios analíücos realizados sobre el conjunto los aporta A. Hartmann (1982). Según este autor, la lámina central üene una composición de: c.a 12% Ag; c.a.18% Cu; 0,005% Sn y 0,10% Pt, con impurezas no significativas de Ni y Zn; quedando integrada en el mismo upo de oros que el torques n.° 33.133, 37 y 38 de este mismo conjunto. Presenta una fractura en la lámina de base, que prácticamente divide la pieza y ha sido reparada con soldadura blanda de estaño y material de fijación por el reverso; podemos observar algunas pequeñas grietas en su superficie, así como una perforación circular que afecta a uno de los motivos estampados. Gran parte de la superficie de la lámina presenta rubefacción, principalmente en su reverso. Estas piezas suponen un buen exponente del nivel técnico y las caracterísficas de las producciones en oro castreñas durante la II Edad del HieiTO, per-Lám. Detalles de las anillas (1) y ganchos (2) del sistema de cierre. Reverso. mifiendo una aproximación, desde el terreno de la arqueometalurgia, al momento tecnológico de estas poblaciones. Aunque los datos documentales expuestos no permiten confirmar su asociación original, los torques del lote de Cangas de Onís presentan una gran uniformidad üpológica y técnica, aunque con algunos rasgos individualizadores, como ya se ha expuesto, quedando plenamente integrados en las producciones del grupo Norteasturiano y perteneciendo con probabilidad -en el senfido amplio del término-, a un mismo taller de fabricación. Es evidente esta relación en piezas como los terminales del torques 33.132 y el n.° 33.136, similares en la ejecución de sus elementos estructurales y ornamentales, o en ciertos detalles técnicos, como los orificios de expansión de gases en todos los remates. Otras asociaciones entre piezas, como el fragmento de varilla de alambres enrollados T. P., 58, n." 2, 2001 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es 33.134 con los fragmentos soldados 33.135, deben aún confirmarse con un adecuado estudio analítico. La interpretación del conjunto, a falta de nuevos datos, queda abierta; a partir de los datos constatables, podemos establecer varias hipótesis de interpretación: -Observamos restos de, al menos, tres torques, quizá cuatro. Muchas de las huellas observables en la superficie del metal indican que al menos una parte de ellos fueron intencionalmente fragmentados e inutilizados antes de su ocultación o depósito, como queda confirmado por las numerosas marcas de extracción de metal, huellas de corte y fracturas con factura antigua observadas. Esta característica podría dar lugar a una interpretación de estas piezas como acumulación de material de valor. -Evidencias técnicas, como las extracciones de metal, intentos de corte, estampaciones, retoques por martillado y probablemente también la soldadura presente en el fragmento de varilla 33.135, podrían confirmarse como restos de pruebas técnicas -y no de reparaciones-realizadas sobre las piezas. Este conjunto de datos podría apuntar a una segunda interpretación como un depósito de orfebre, con piezas probablemente destinadas a la refundición, sobre las que se realizaron, además, diversas pruebas de trabajo. Una tercera hipótesis resume las dos anteriores, presentando el lote de Cangas de Onís como un grupo de piezas con diferente interpretación; que incluye parte de un depósito de orfebre y restos de uno varios hallazgos u ocultaciones de material de valor, con características desconocidas. En cualquier caso las piezas que integran este lote son un claro exponente del nivel tecnológico y las características técnicas de la orfebrería astur, su estudio supone un claro ejemplo de los problemas que plantea la investigación en arqueología del oro castreño, así como de la gran complejidad de su interpretación. Los problemas planteados por estas piezas, aún sin solución definitiva, reflejan la necesidad de realizar una sistematización documental, contextual y tecnológica de estas producciones como paso previo a su inclusión en el discurso científico.
LA CUEVA DE LOS MOROS DE SAN VÍTORES (MEDIO CUDEYO). UNA NUEVA ESTACIÓN DE ARTE RUPESTRE PALEOLÍTICO EN CANTABRIA RAMÓN MONTES BARQUÍN (*) EMILIO MUÑOZ FERNANDEZ (*) JOSÉ M. MORLOTE EXPÓSITO (*) Se presenta un nuevo conjunto parietal paleolítico descubierto recientemente en la cueva denominada "Los Moros de San Vitores". Este conjunto se compone de puntos y manchas rojas localizados en el vestíbulo de la cavidad y de un panel con grabados figurativos, cuatro cuadrúpedos y un posible signo, ubicado en el tramo final de la misma. El conjunto de grabados, de gran homogeneidad formal y estilística, es atribuido al Magdaleniense. Localización de la cueva de Los Moros de San Vítores (Medio Cudeyo, Cantabria). trataba de manifestaciones indudablemente prehistóricas, y de que eran observables varias figuras de cuadrúpedos, se procedió a efectuar un detenido proceso de documentación y validación del conjunto al objeto de incorporar la cavidad al registro de cavidades con arte rupestre paleolítico susceptibles de ser incoadas como B.I.C. Una vez cumplido este objetivo, y después de que la Consejería de Cultura y Deporte dotase recientemente a la cavidad de una verja para su protección, procedemos ahora a presentar el hallazgo a la comunidad científica. LOCALIZACIÓN Y DESCRIPCIÓN DE LA CAVIDAD La cueva de Los Moros se localiza en el tramo inferior de la cuenca de Miera, en las estribaciones de la ladera sur de Peña Cabarga, encima del núcleo rural de San Vítores. Su ubicación cabe ser calificada como de estratégica ya que desde la cueva se posee un amplio control visual del valle bajo del Miera, y en general de la comarca deTrasmiera, zona que cabe ser definida como muy apta para la subsistencia de los grupos humanos, en especial de los grupos cazadores-recolectores, por sus excelentes y variadas condiciones biogeográficas. La boca de la cueva se abre en un pequeño farallón calizo localizado a escasos 10 m por encima del trazado del antiguo ferrocarril minero que discurría por las faldas de Peña Cabarga, el cual permitía el transporte del mineral de hierro por la sierra a finales del siglo XIX e inicios del XX. Para acceder a la misma se toma un camino que, desde la iglesia de la localidad de San Vítores, accede a las cabanas situadas en la parte alta del pueblo. Desde aquí, hay que continuar el camino a pie, ascendiendo las primeras pendientes de la Peña Cabarga hasta la desmantelada vía férrea. Una vez alcanzada ésta, se toma un sendero ascendente que lleva directamente a la cueva. La cavidad se abre en calizas aptienses (Cretácico Inferior), que han formado en la zona un abrupto modelado kárstico de tipo leñar, donde además de la cueva objeto de este estudio, se localizan abundantes cavemamientos de pequeño tamaño. Se trata de un sumidero fósil, de unos 65 m de desarrollo y amplias proporciones, en el que son frecuentes las formaciones litogenéticas en proceso reconstructivo. Su relleno sedimentario está compuesto, principalmente, de arcillas muy ricas en componentes férricos, por lo que toda la cavidad presenta una intensa tonalidad rojiza. La gruta posee una boca amplia, de unos 14 m. de anchura por 3 m de altura máxima, y está orientada al S-SE. La misma ha sido parcialmente tapiada con un muro de sillarejo que deja abierto un vano, a manera de puerta, en su parte derecha. Este muro permitía el uso del abrigo de la cavidad como aprisco de ganado menor (cabras) y como refugio de pastores. El vestíbulo, dividido en dos por otro pequeño múrete, presenta 6 m de profundidad en la parte izquierda, y 9 m en la derecha. Se trata de un espacio amplio, similar en amplitud a la boca, que va descendiendo progresivamente en altura desde los 3 m de la zona exterior hasta casi cegarse en el fondo. En este último punto se han formado gran cantidad de espeleotemas que dejan pequeños pasos hacia el interior de la gruta; a través de ellos se accede a una sala de gran tamaño. El paso más transitable está en la derecha del vestíbulo, en un estrechamiento de 1,80 m de anchura y menos de un metro de altura. En la parte izquierda del vestíbulo hay otros tres pasos de menores dimensiones, desde los que se accede a un cono de derrubios con caída hacia el interior. La única sala del interior es de grandes dimensiones, con un desarrollo total de 39 m de longitud y una anchura de hasta 25 m en la zona más próxima al vestíbulo, y unos 10 m en el fondo. La altura de la sala varía entre los 2 m del inicio y los 14 m del fondo, siendo muy frecuentes las formacio- nes litogenéticas, con abundantes coladas, estalactitas, columnas y estalagmitas diseminadas por toda la sala. Desde la parte derecha de la sala, y a través de una potente colada estalagmítica, se accede a una pequeña galería inferior. Esta galería se ubica unos 6 m por debajo de la sala principal y tiene un desarrollo lineal de unos 20 m de longitud, por 10 m de anchura. Presenta un importante relleno de arcillas de decalcificación, ricas en elementos ferruginosos, en el cual se observa una calicata de gran tamaño que parece corresponderse con un sondeo minero. LAS INVESTIGACIONES EN LA CUEVA La cueva de Los Moros fue descubierta por Luis Salguero, a principios del siglo XX, si bien los primeros trabajos arqueológicos en la misma se deben a Orestes Cendrero (1915), quien da a conocer el hallazgo de industrias paleolíticas procedentes de un nivel ubicado a unos 40 ó 50 cm de profundidad, industrias que atribuyó al Musteriense. En la década de los veinte, el padre Jesús Carba-Uo practica excavaciones en la parte izquierda del vestíbulo, según recordaban aún algunos lugareños. Aunque estos trabajos nunca fueron publicados de manera específica, el autor menciona el yacimiento en varias ocasiones (Carballo, 1922(Carballo, (1), 1924)), citando la existencia de evidencias del Musteriense y elAuriñaciense -con azagayas ahorquilladas de base hendida-. Mayor precisión existe acerca de las investigaciones realizadas en similares fechas por Julio Fernández Montes (1936) (2). De los materiales por él recuperados en la cavidad que nos ocupa se conserva una detallada descripción en un catálogo manuscrito conservado en el Museo Regional de Arqueología y Prehistoria de Santander; entre estas evidencias destacan abundantes restos humanos y fragmentos cerámicos, por lo que todo parece indicar que existía un depósito funerario de la Prehistoria Reciente en algún punto de la cueva. Al noroeste, en la margen occidental de la Bahía de Santander, se encuentra el valle de Camargo, con importantes estaciones del Paleolítico Superior, entre las que destacan las cuevas def/ Pendo (González Echegarayeí a///, 1980; Montes ^í a///, 1998), El Juyo (Janssens et alii, 1958), El Mazo (Azcuénaga Viema, 1976) o El Ruso (Muñoz Fernández, 1991), todas ellas con Magdaleniense (excepto el Ruso) y Solutrense (excepto el Juyo), además de niveles del Paleolítico Superior Inicial. En el propio curso bajo del Miera se encuentran otras cavidades con niveles del Paleolítico Superior, como las cuevas de La Iglesia /y // (Navajeda) -con Paleolítico Superior Inicial-(Muñoz y Sema Gancedo, 1995), la cueva de la Fuente del Francés (Hoznayo), con Solutrense y Magdaleniense (Obermaier, 1925), y las cuevas del complejo kárstico de La Garma (V.V. A.A., 1999). Hay que reseñar la presencia, entre todos estos yacimientos, de cinco conjuntos de arte rupestre Paleolítico, localizados en las cavidades de La Llosa, El Pendo, Alto del Peñajorao, El Juyo y La Garma (Fig. 3). EL YACIMIENTO ARQUEOLÓGICO DE LOS MOROS DE SAN VÍTORES A pesar de haberse publicado un gran número de citas sobre la cueva, la ausencia de intervenciones arqueológicas recientes y la pérdida, tanto de los materiales arqueológicos, como de las referencias sobre los mismos, ha producido que el conocimiento sobre el yacimiento siga siendo deficitario en la actualidad. Se ha documentado la presencia de depósito arqueológico en la parte izquierda del vestíbulo y en el cono que, desde este punto, cae hacia el interior de la cueva. Del interior de la cueva tan sólo se tiene noticia de la aparición de un cráneo humano y una vasija medieval. •míxm&sm 400 m. Se han citado industrias musterienses y auriñacienses (en la actualidad en paradero desconocido), de las que únicamente se conocen algunos ejemplares líticos dibujados por J. Cabré (una lámina con retoques profundos en ambos bordes, tres raederas y una punta musteriense) y atribuidos al Musteriense (Cendrero, 1915). Es de gran interés la referencia de Carballo (1924) a la existencia de azagayas de base hendida en uno de los niveles de la cavidad, piezas muy características del complejo industrial Auriñaciense. Mayores precisiones hay sobre el conchero del cono de derrubios, en el que el CAEAP recogió una muestra en superficie que contenía 29 Patella (13 vulgata, 14intermedia y lulysiponensis), 35Mytilusedulis, 3 Venerupis decussata, 3 Solemmarginatus, 3 Ostrea edulis, 5 Cepaea nemoralis, esquirlas y huesos fragmentados y un fragmento de posible fémur humano. La composición malacológica del conchero es característica del Mesolítico post-Aziliense, dada la aparición de especies típicamente holocénicas y donde, además de especies de roca, aparecen especies de estuario (tanto de roca como de basa). También esta documentada la presencia de inhumaciones de la Prehistoria Reciente, probablemente del Calcolítico o la Edad del Bronce, con algunas cerámicas y varias piezas óseas poco características, en donde tan sólo destaca una pieza apuntada con oquedad en el extremo que ha sido identificado como un posible instrumento de estampillar. Por último, y procedente del interior, hay una jarra con asa de cinta realizada a torno con cocción oxidante. La pieza presenta perfil periforme, con el fondo plano, cuello alto y ligeramente abierto, y labio moldurado hacia el interior. Este tipo de cerámica aparece con cierta frecuencia en cuevas de Cantabria, en ocasiones asociada a jarras de boca cuadrada, por lo que podemos establecer para ellas una cronología Pleno-medieval. DESCRIPCIÓN DE LAS MANIFESTACIONES RUPESTRES Las muestras de arte rupestre paleolítico documentadas se concentran en dos ubicaciones muy concretas de la cavidad: la parte izquierda del vestíbulo (puntos rojos descubiertos por el CAEAP), y en un recodo situado al fondo de la gran sala interior (conjunto de grabados) (Fig. 2). Al margen, debemos reseñar algunas marcas negras aisladas que, por sus caracteres y localización, no parecen tener relación con las manifestaciones paleolíticas. En el vestíbulo se han catalogado tres pinturas rojas: Pequeña mancha roja, bastante perdida, situada ert el techo junto a la pared izquierda, a 2,5 m de altura con referencia al suelo del vestíbulo (aunque se accede a él desde un gran bloque calizo). Actualmente es poco visible al quedar semioculto por el muro de cierre. Muy cerca de la anterior, a tan sólo un metro de la boca, y en el techo situado junto a la pared izquierda (a 0,5 m de altura sobre el suelo) se encuentra un grueso disco rojo, de color intenso y bien conservado. Tiene un grosor de unos 5 cm de diámetro (Lám. En la pared derecha del saliente rocoso del techo que divide el vestíbulo en dos se aprecian restos de una mancha roja bastante perdida. Se ubica a 1 m del suelo. Estas pinturas son muy discretas y todas ellas han sido realizadas en zonas bajas del techo, en la parte izquierda de este espacio. Para su ejecución se ha utilizado un ocre de color rojo intenso. El conjunto interior se presenta sobre un friso lateral ubicado a unos 45 m al interior, situándose a más de 4 m. de altura, aunque su acceso es cómodo al ser posible acceder al mismo por una serie de crestas rocosas -restos de una diaclasa-, que actúan a modo de escalera natural. En él aparecen grabados incisos (a excepción del grueso punto rojo) de una gran uniformidad técnica, y posiblemente, cronocultural. Las figuras aparecen dispuestas a lo largo de un panel ubicado entre los 4,5 y 5 m de altura respecto al suelo actual de la cueva. Se trata de un pequeño friso de roca caliza compacta recubierta por una fina capa de calcita amarillenta, parcialmente desmantelada por fenómenos de desconchado y pérdida de materiales cubrientes de la roca encajante, y en la que la coloración rojiza, debida a los componentes férricos disueltos en las arcillas de la cavidad, se presenta en forma de película arcillosa de color ocre-rojizo claro. Algunas coladas y precipitaciones calcíticas recientes, generalmente de muy escaso tamaño y desarrollo, completan la superficie del friso-soporte (Lám. Las figuras han sido realizadas -a buril-, mediante trazos finos y únicos, presentando un grabado nítido especialmente destacado en las zonas recubiertas por la película de arcilla de tono ocre-rojizo, por el contraste de coloración entre la superficie y el fondo del surco que, alcanzando la roca encajante, se presenta con un color mucho más claro (casi blanquecino). En este friso (Fig. 4) se han representado dos bisontes mirando hacia la derecha (hacia el interior de la cueva) en los extremos laterales del friso. Entre ambos bisontes aparecen dos cuadrúpedos: el primero mira a la izquierda (es decir, hacia la entrada de la cueva), y aunque se encuentra deficientemente conservado -por lo que no se ha podido clasificar con mayor precisión-, todo apunta a que se trata de los cuartos traseros de un cérvido. Inmediatamente a la derecha de éste último, se localiza la figura del équido grabado en vertical, que mira ha- cía la derecha y que en la actualidad se presenta como una figura acéfala, debido a la pérdida de la capa superficial de calcita sobre la que fue grabado en las zonas en donde se localizarían la cabeza y Jbuena parte de la línea cérvico-dorsal. Por encima de estas dos úlümas figuras hay algunas líneas aisladas, quizás pruebas de buril. Por último tendríamos un signo cerrado prolongado por una línea vertical, inmediatamente a la derecha del caballo, si bien en un plano inferior. Se han reconocido, por tanto, las siguientes figuras (de izquierda a derecha): Figura incompleta y poco visible realizada con trazo fino y único. Se trata de una representación asignada, con muchas dudas, a la figura de un bisonte, y en donde se han distinguido los cuernos -sinuosos y en perspectiva correcta-, y la cara (incluida la barba). Del resto de la figura se aprecia únicamente una posible grupa, la pata trasera y la parte posterior del vientre. El trazo es nítido, espe- cialmente en los cuernos y en la parte baja de la cabeza (Lám. La figura aparece dispuesta en vertical, con la cabeza hacia arriba y mirando hacia la derecha. 2.'Figura incompleta realizada en grabado fino, inciso y único, más nítido y marcado en las extremidades (Lám. Representa, sin duda alguna, los cuartos traseros de un cuadrúpedo. La figura parece que pudo haber estado representada de forma completa, si bien la pérdida parcial de la película de calcita que recubre la pared en este punto, ha podido hacer desaparecer los detalles anatómicos que faltan. Únicamente se conserva parte del lomo, la parte posterior del vientre y las patas traseras, paralelas y en perspectiva correcta, de lo que fue la representación. Se trata de una figura bastante maciza, con el vientre prominente. La patas traseras miden 10 cm y la anchura del animal desde la línea del dorso hasta el vientre es de 12 cm. Si bien resulta problemática una asignación taxonómica, ante lo limitado de la manifestación, consideramos que la misma pudiera corresponderse con los cuartos traseros de un cérvido (Fig. 6). Sobre esta última cuestión volveremos más adelante. Figura incompleta de un cuadrúpedo, dispuesto en vertical. La figura tiene un trazo único y nítido, sin correcciones. La película de calcita de la pared ha desaparecido en la parte izquierda de la manifestación, haciendo desaparecer la línea cérvico-dorsal y la cabeza del animal que, muy posiblemente, también estaban representadas (Lám. Presenta un rabo ligeramente levantado y apuntado, grupa, pata trasera, vientre poco sinuoso, pata delantera indicada con dos trazos y parte posterior del cuello. Pese a las limitaciones para una identifica- ción taxonómica, todo apunta hacia la representación de un équido, como interpretación más plausible (Fig. 7 a). La manifestación está atravesada por una línea oblicua grabada (¿azagaya?) de 16 cm que recorre desde el cuello hasta la parte posterior de la pata delantera. La parte conservada mide 23 cm de anchura (desde el extremo de la cola al cuello) y 9 cm de altura (desde la parte alta de la grupa hasta la base de la pata trasera). Inmediatamente por encima de la figura anterior, son visible dos líneas finas, oblicuas, muy próximas entre sí, de unos 5 cm de longitud. Por encima de las dos figuras anteriores, se documenta un grupo de líneas sueltas, cuatro oblicuas y casi paralelas a la izquierda, y una línea en ángulo a la derecha (Fig. 7 b). Estos trazos miden 7,4 y 7 cm, respectivamente. A) Representación de équido en vertical, número 3, y posible signo, número 6. B) Trazos sueltos, número 5. Cuartos traseros de cuadrúpedo (¿cérvido?), número 2. Por debajo de las patas traseras de la figura 3 hay una manifestación no figurativa compuesta de un triángulo, formado por tres líneas ligeramente arqueadas, y una línea vertical que se prolonga desde el ángulo inferior del triángulo. En conjunto, la figura mide 15 cm de altura. Las líneas que forman el triángulo miden entre 3 y 5 cm, mientras que la línea inferior, a modo de prolongación, mide 11 cm. Esta manifestación ha sido identificada, no sin ciertas reservas, como un signo (Fig. 7 a). Figura de bisonte completo grabado en trazo simple, único y muy fino, sobre todo en la zona de la cabeza (Lam. La figura se encuentra entre 4,3 y 4,9 m de altura sobre el suelo de la sala, y está dispuesta diagonalmente con la cabeza hacia arriba, mirando hacia la derecha. Presenta una gran cabeza, con barba puntiaguda, el perfil de la cara (en la que destaca la lengua lanceolada) y dos cuernos sinuosos y paralelos (con dos trazos cada uno que parten del interior del contorno). A la altura del ojo se dispone un grueso disco rojo pintado que, probablemente, sirve para indicarlo. El arranque de la giba es muy poco visible al estar realizado con un trazo muy fino, y la giba propiamente dicha, no es apreciable. La grupa, por el contrario, es fácilmente distinguible. La cola es corta (8 cm), ligeramente arqueada y ha sido realizada mediante varios trazos paralelos. La pata posterior está parcialmente recubierta por una concreción, por lo que tan sólo es visible su arranque. El vientre está realizado mediante una línea suave y fina, apenas perceptible, al igual que la pata delantera y el cuello. Al presentarse en distintos planos de la roca, no es posible ofrecer unas medidas totales de la figu- ra, por lo que debemos despiezar la misma a la hora de ofrecer sus dimensiones. La parte trasera del animal mide 19 cm, contando desde el final de la giba hasta la pata trasera. La altura del tren trasero del animal es igualmente de 19 cm. Desde la zona inguinal hasta el arranque de la pata delantera hay 14 cm. La cabeza, desde el extremo del cuerno, hasta la punta de la barba, mide 22 cm (Fig. 8). Además de estas figuras, de clara asignación paleolítica, se han localizado en dos lugares diferentes de la cavidad dos pequeños conjuntos de marcas negras, compuestas por líneas cortas realizadas con carbón vegetal. El primero se localiza en un friso muy aparente próximo a la bajada a la galería inferior, a 1,6 m del suelo. El segundo, en una oquedad abierta de forma natural, y ubicada a ras de suelo, en la pared izquierda de la sala principal. No obstante, estas manifestaciones no parecen estar relacionadas con el conjunto parietal paleolítico, y posiblemente estén en conexión con las manifesta-Fig. Representación completa de bisonte con mancha roja a la altura del ojo, número 7. clones de la Prehistoria Reciente, o más seguramente, con las evidencias medievales detectadas en la gruta. En cuanto a la temática y a la realización formal de las unidades gráficas documentadas podemos exponer lo siguiente: Las representaciones del vestíbulo son muy simples; en ellas se distingue un grueso disco rojo y unas reducidas manchas, quizás restos de otros discos mal conservados, igualmente rojos. Las representaciones de discos son numerosas en los conjuntos rupestres paleolíticos cantábricos, tanto de manera aislada, como formando agrupaciones. Suelen aparecer en distintos lugares topográficos, desde los vestíbulos, hasta en el fondo de las cavidades. Las asociaciones de pequeños conjuntos de pinturas rojas no figurativas a la entrada de una cueva con representaciones más complejas ubicadas en el Lam. Representación completa de bisonte con mancha roja a la altura del ojo (número 7). interior, como el caso que nos ocupa, son relativamente frecuentes en la Región Cantábrica, si bien en conjuntos propios de la fase Graveto-Solutrense, como en el caso de las Cuevas delArco A yArco B, en Pondra (Muñoz et alii, 1991), o la Cueva de El Pendo (comunicación personal de R. Montes). En cuanto a las figuras del interior, el animal más representado es el bisonte, con dos ejemplares. Ambos presentan rasgos muy característicos y similares, especialmente en la cabeza, con cuernos muy sinuosos y una línea de la cara quebrada con indicación de barba puntiaguda. Es interesante reseñar que el bisonte situado en el extremo derecho de la composición tiene detallada la lengua. Como es sabido, la representación de la lengua aparece circunscrita a figuras de bisontes de cuevas pirenaicas -Trois Frères, Marsoulas, Le Portel-y del Cantábrico -Hornos de la Peña, Altamira, Pasiega, Covaciella, Llonín y San Román de Candamo- (Portea et alii, 1995). El resto del cuerpo de esta figura se presenta en trazo más fino y sumario, e incluso más bien desmañado. La giba, a diferencia de la mayor parte de las representaciones de este animal en el arte franco-cantábrico, es poco prominente y apenas si está bien reseñada. En el centro del panel se halla la figura de un équido (caballo) en vertical, trazado mediante un grabado firme, nítido y más grueso, con una línea oblicua que parte del pecho y que se ha interpretado como una posible azagaya clavada (como ocurre con el caballo pintado en negro en la cueva de Sotarriza). La figura, aunque de correctas proporciones, es bastante simple en su elaboración. El animal restante no ha podido ser bien identificado, debido a la mala conservación de la pared, pues conserva tan sólo los cuartos traseros. Se trata, en todo caso, de un cuadrúpedo con proporciones idóneas para ser asignado a la figura de un cérvido, ya que por las características de la representación puede descartarse que se trate de otro bisonte. Tan sólo la posibilidad de que se tratase de un segundo caballo pone en duda esta atribución taxonómica. Al margen de los animales, aparece un signo triangular cerrado que se prolonga mediante un trazo vertical. Se sitúa junto al caballo, en clara asociación con él. Parece tratarse de un signo acoplado, que estaría formado por la combinación de un signo cerrado femenino y uno abierto masculino. Estos signos son relativamente abundantes en los conjuntos paleolíticos, tanto en el arte parietal, como en el mueble, y dada la simplicidad del motivo resulta difícil establecer paralelos exactos. Algunos de los más ajustados se encuentran en las cuevas francesas de Oulen y en Saint Marcel (Leroi-Gourhan, 1963), aunque más bien podríamos hablar de convergencias formales, y no necesariamente de signos con el mismo significado. Otros grabados lineales situados en la parte alta del panel, y que no forman motivos aparentes, pueden ser identificados como simples pruebas de buril. En cuanto a las técnicas empleadas, podemos exponer lo siguiente: -La pintura roj a de las manifestaciones exteriores y del punto localizado a la altura del bisonte n° 7, parece haber sido aplicada de manera directa y no mediante la técnica del soplado. Esta impresión se debe al hecho de que en todos los casos los perfiles son bastante nítidos y en ningún caso presentan el aspecto difuminado propio de las manifestaciones realizadas con pintura soplada. -Los grabados, por su parte, han sido realizados a base de trazos simples y únicos que, en casos puntuales, aparecen repetidos -tal y como ocurre en la cola del bisonte n° 7-. Los grabados presentan un ligero tono blanquecino, al haber atravesado la capa de calcita ocre-amarilla que recubría totalmente la roca, y alcanzar la roca encajante. En cuanto al grosor, hay diferencias que tal vez estén relacionadas con el tipo de soporte. En este sentido, destaca las diferencias en el trazo del bisonte n° 7, en el que la parte delantera está realizada con un trazo ancho y nítido, mientras que la trasera presenta un trazo mucho más fino. El campo manual de las representaciones es prácticamente similar. Las figuras han podido ser realizadas con el brazo ligeramente extendido, y de una forma cómoda desde la plataforma pétrea ubicada al pie del panel (Fig. 2, sección E-EO-Probablemente todo el conjunto de grabados sea sincrónico ya que, además de ocupar un lugar muy concreto y delimitado de la cueva, presentan una gran similitud estilística y técnica, como veremos a continuación. Desde un punto de vista crono-estilístico, y en una visión muy sintética, podemos exponer: Las pinturas rojas de la entrada son de compleja asignación crono-cultural, dados los argumentos dirimidos con anterioridad y su dudosa relación con el conjunto del interior, pese a la concurrencia en ambos conjuntos de discos de color rojo. Como es sabido, los discos tienen escaso valor cronológico (al aparecer a lo largo de todo el Paleolítico), si bien parecen ser más frecuentes en los conjuntos presuntamente más antiguos, donde a veces constituyen el motivo más frecuente, como es el caso de las cercanas cuevas de Cudón (Muñoz et alii, 1991) y Calero II (Muñoz y Morlote, e.p.). En cuanto a las representaciones grabadas podemos decir que encajan perfectamente en los caracteres que definen el estilo IV de Leroi-Gourhan, con cuadrúpedos completos con perspectiva correcta en los cuernos y líneas cérvico-dorsales poco marcadas y poco sinuosas. Sin duda alguna, la ñgura más expresiva desde el punto de vista crono-estilístico es el bisonte de mayor tamaño (n.° 7), especialmente en los detalles anatómicos de la cabeza, como los cuernos, la barba, y sobre todo la representación de la lengua, motivo que se restringe (según la sistematización deA. Leroi-Gourhan, 1963) a conjuntos de estilo IVAntiguo, en sus momentos iniciales. No obstante, algunos de los conjuntos que ejemplifican este estilo se han fechado en el Magdaleniense Medio (Hornos de la Peña, Covaciella, Llonín, Altamira, etc.), destacando en este sentido los de Covaciella y Altamira, algunas de cuyas figuras han podido ser fechadas por carbono 14 (Fortea^í a/n, 1995), en fechas que abarcan entre el 13 500 y el 15 000 B.P 3. Además, hay que indicar que en el conjunto de grabados están representados los dos animales más frecuentes en los conjuntos de estilo IV -propios del Magdaleniense-el caballo y el bisonte. Habitualmente, estas manifestaciones forman el motivo principal de los conjuntos, tanto por ser las representaciones más numerosas, como por el lugar que ocupan dentro de los dispositivos parietales. En este sentido, hay que decir que la cueva de Los Moros posee un dispositivo parietal, aunque muy sumario, bastante característico y similar al de este tipo de yacimientos. Si bien no se conocen otros conjuntos de grabados que se correspondan plenamente al esquema compositivo de Los Moros, cada día son más frecuentes los pequeños conjuntos de grabados de cronología magdaleniense, con una serie de características comunes al que nos ocupa, entre las que podemos destacar: -El empleo del grabado inciso, generalmente de trazo fino y único. -El tamaño reducido de las representaciones, generalmente de animales, y en donde son frecuentes las representaciones incompletas. -La aparición en contextos exentos de otro tipo de manifestaciones parietales. -La situación topográfica de los grabados en las proximidades de las zonas de habitat, siendo su acceso sencillo, aunque están en lugares generalmente recogidos. -La aparición de estos conjuntos en cavidades con ricos depósitos de las últimas fases del Paleolítico Superior. Respecto a otros paralelos formales en la región cantábrica que pudieran ayudar a una fijación cronológica hay que decir que, representaciones de este tipo, únicamente han sido detectadas en la zona central (Cantabria), posiblemente debido al menor desarrollo de la prospección delArte Rupestre Paleolítico en las áreas oriental y occidental en donde, no obstante, es presumible que también estén presentes. De hecho, en Cantabria todos son hallazgos recientes. Las cuevas catalogadas con conjuntos de grabados afines al que nos ocupa son: Cueva Grande de Otañes (González Sáinz et alii, 1994); la cueva de Cobrante, en San Miguel de Aras (García Guinea, 1968); la cueva de Sotarraña o El Patatal, en Matienzo (Beàbine tala, 1986); la del Otero, en Secadura (González Sáinz et alii, 1985); la cueva del Juyo, en Igollo (Muñoz et alii, e.p.); la cueva dtSovilla (González Sáinz et alii,i 994); y la cueva del Linar, en La Busta (San Miguel, 1991). Con estos datos, y dada la imposibilidad de afinar mucho más ante lo limitado del discurso cronológico (actualmente en profunda revisión), debemos situar el conjunto de grabados de la Cueva de Los Moros de San Vítores en un arco cronológico amplio, aunque circunscrito al Magdaleniense, que podemos fijar muy grosso modo entre el 12 000 y el 15 000 B.P No obstante, no queremos dejar de exponer nuestra impresión de que, a la vista de los caracteres del conjunto (temática y composición principalmente), nos parece razonable proponer una fecha que podríamos ubicar entorno al 14 000 B.P. (Magdaleniense Medio), como hipótesis cronológica más probable. La cueva de Los Moros de San Vítores, a pesar de poseer un yacimiento paleolítico ya documentado T. P., 58, n." 2, 2001 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es a principios del siglo XX, todavía es poco conocida. Así, y aunque se han atestiguado la presencia de industrias del Paleolítico Superior, en concreto del Auriñaciense (no siendo descartable la existencia de otros momentos, especialmente del Magdaleniense), el enclave carece aún de un mínimo estudio sistemático y específico que incluya el estudio de su secuencia estratigráfica y su valoración en el contexto regional. Por nuestra parte, en este trabajo únicamente se ha pretendido el dar a conocer el pequeño conjunto de Arte Rupestre Paleolítico recientemente reconocido en la cavidad, como contribución al conocimiento de este interesante yacimiento, hasta fechas recientes prácticamente olvidado. Como hemos expuesto, el dispositivo parietal de la cueva es muy limitado, con una serie de pequeñas manifestaciones rojas en el vestíbulo y un pequeño panel de grabados asociados a un disco rojo en el interior. El conjunto interior, el más significativo y reseñable, presenta cuatro animales, un signo complejo y varias líneas aisladas, además del mencionado disco rojo (posiblemente relacionado, como hemos expuesto, con el ojo del bisonte ubicado en el extremo derecho del friso). La lista de figuraciones se reduce a dos bisontes (aunque uno de ellos no deje de ser algo dudoso), un caballo y un cuadrúpedo (que provisionalmente hemos identificado como un cérvido). Destaca la figura completa del bisonte ubicado en el extremo derecho, el cual presenta, como detalle más significativo, la representación de la lengua (posiblemente lanceolada), detalle anatómico muy característico de algunos conjuntos del Magdaleniense Medio del Cantábrico y de Pirineos. A partir de sus caracteres, y de la similitud formal de las representaciones con otras de yacimientos mejor datados, se ha establecido una cronología para el conjunto centrada en las fases centrales del período Magdaleniense.
El análisis físico de un ejemplar perforado del centro de Asturias (Marabiu) prueba que su solitaria presencia en la Región Cantábrica se debe a una importación desde Galicia (cianitas deTouro, al E de Santiago de Compostela). La concentración de estos útiles-arma en túmulos del III milenio en Galicia (Coruña y O de Lugo) dibuja el foco único en la Península Ibérica de un fenómeno bien conocido en Europa. En el artículo se ofrecen argumentos geográficos, económicos y culturales justificativos de la presencia singular de estos "cetros" o símbolos de estatus, de su carácter local aunque se aprecien resonancias de tipos de NO continental, lo que hizo que se calificara a los perforados gallegos de "hachas de combate nórdicas". Durante un par de horas de un domingo de nieves de 1973 pudimos disponer del perforado del Fondadal, en Marabiu, Teverga. Fue el tiempo justo para un somero análisis visual, realizar su primer dibujo y algunas fotografías. Las facilidades que entonces nos concediera su propietario fueron escasas e inútil nuestro intento de que la pieza pasara al Museo Arqueológico de Asturias. De los datos recogidos partió la redacción de un breve artículo en el que se expresaba la singularidad del objeto, tentándose la aproximación a su contexto cultural y a su cronología (Blas Cortina, 1973). Poco después se tornó incierto su paradero hasta que el arqueólogo Rogelio Estrada pudo localizarla de nuevo, incluyéndola en la exposición por él organizada, bajo el título Patrimonio arqueológico en el concejo de Grado, en la Casa de la Cultura de la villa asturiana de Grado en el mes de abril de 2000. La reaparición de la pieza, tras más de un cuarto de siglo, nos permitió lo que fuera imposible en la primera oportunidad: un análisis reposado más allá de la mera apreciación visual, buscando establecer, mediante los procedimientos analíticos per- tinentes, tanto su naturaleza petrográfica como la probable localización geográfica de la roca original. El descubrimiento del útil-arma, en un momento impreciso de los años treinta, se produjo en los puertos de Marabiu, en el lugar de Fondadal, en cotas de altitud cercanas a los 1 000 m. El enclave, sito en el costado oeste de una vaguada a la que flanquean crestones calcáreos, se encuentra próximo al camino real que une el territorio deXeverga, en la cuenca hidrográfica del Nalón, con el de Yernes y Tameza al norte. El área de Marabiu muestra como vestigios arqueológicos los restos de algunos túmulos de pequeñas dimensiones; otros, con mayor entidad, se observan a lo largo de la señalada vía. El hallazgo que nos ocupa fue accidental, al cavar una presa de regadío; no hay posibilidad, partiendo de vagos informes orales, de precisar si guarda alguna relación con una supuesta sepultura, limitada únicamente a "piedras y cenizas", descubierta por entonces en el mismo área. CARACTERIZACIÓN MINERALÓGICA Y GEOLÓGICA La pieza (Fig. 1) es mineralógicamente singular. La imposibilidad de disponer de muestra suficiente para su identificación mediante análisis destructivos determinó que todas las técnicas de caracterización hayan sido físicas, respetando al máximo la integridad del objeto. -Análisis de visu: es un objeto de 290 gramos, de superficie muy pulimentada, tacto cuarcítico y densidad notable. Presenta una fractura que permitió afinar la determinación e, incluso, extraer con torno de dentista 1-2 milímetros cúbicos de polvo para análisis difractométrico. Se observa que la estructura composicional es ligeramente heterogénea según el eje longitudinal de la pieza. La heterogeneidad viene determinada por la presencia de una banda irregular, de 3 cm de longitud por 1 cm de anchura máxima, de material policristalino de color pardo amarillento moderado ( 1OYR 5/4 en la escala Munsell). La observación con lupa binocular permite apreciar, en dicha zona, cristalitos de cuarzo, pajuelas de moscovita y algunas masas milimétricas, singulares, de turmalina. Los mismos minerales suelen aparecer ocasionalmente en el resto del hacha que ofrece un cierto aspecto heterogéneo, dado que en el fondo de color gris verdoso predominante (5 G Y 6/1) aparecen algunos hilillos anostomosados de grosor inferior al milímetro y de color gris más oscuro. -Dureza: fueron realizadas varias microincisiones para averiguar la dureza según la escala convencional de Mohs. Los valores obtenidos son próximos a 6, que es el valor que tienen los feldespatos, y es ligeramente inferior a la dureza del cuarzo. -Densidad: se siguió el método de la balanza hidrostática, consistente en establecer las relaciones de peso en seco y en immersion. Los valores obtenidos proporcionaron una densidad de 3 247 -Difracción de rayos X: el análisis fue realizado en el Difractómetro de los Servicios Comunes de Investigación de la Universidad de Oviedo partiendo de una cantidad mínima de polvo. Por ello fue necesaria la microdifracción sobre portamuestra de Silicio. La presencia de fuertes reflexiones, correspondientes a espaciados reticulares de 3,34 y 3,18, demuestra que el hacha está formada mayoritarimente por cristales de cianita (distena). Dado que la distena pura suele tener densidad un poco más alta que los valores aquí encontrados, cabe concluir que la ligera disminución de densidad viene conferida por la presencia de otros minerales tales como cuarzo y feldespato. -Conclusión sobre la naturaleza de la pieza: se trata de un objeto elaborado a partir de masas de cianita con impurezas muy localizadas de cuarzo, moscovita, turmalina y feldespato. -Conclusión sobre su procedencia: dado que la cianita de estas características es un material geológicamente muy raro en España, y en general en la Península Ibérica, la identificación de la naturaleza del arma de Marabiu aportó excelentes expectativas sobre su procedencia material. Queda descartada, en primer lugar, la procedencia local de la roca, sin duda alógena en el territorio de laAsturias central donde no existen los materiales aludidos ni minerales metamórfícos; tampoco en el resto de la región existe la cianita ya que las condiciones de presión y temperatura del metamorfismo local no fueron suficientemente elevadas para que aquella se formara. Al ser l3.cianitaun3. variedad de silicato de aluminio (cómo la andalucita y la sillimanita) originada bajo presiones muy elevadas, aparece sólo en lugares muy concretos. En todo el Norte de España se observa esporádicamente en un cinturon metamórfico que va desde Vivero a Lugo y Sarria. Existe también en el norte de Portugal, pero dadas las características de la pieza de Marabiu creemos, con un altísimo grado de probabilidad, que provenga la pieza de otra zona metamórfica de alta presión, la situada entre Pino y Touro, localidades de la provincia de La Coruña, al norte del río Ulla y escasos 20 a 25 Km al este de Santiago de Compostela. Tal precisión es fundamental y muy probable puesto que en Touro hay grandes masas de cianita, procedentes de pseudomorfismo de andalucita, que permiten elaborar objetos de tamaño medio a grande. Además, la semejanza de la cianita en bruto de Touro con el material del arma de Marabiu es tan considerable, incluso en los detalles más finos, que no resulta arriesgada la hipótesis de que la zona metamórfica Pino-Touro fuera la zona original de procedencia de los instrumentos que presenten las mismas características de la pieza asturi^n^av EB efecto, aquel área constituyó, desde antigujó }ipts|a' 1997, el enclave único de producción industJlialde cianita en España, obtenida mediante el dragado y lavado de aluviones. Para abundar más en la hipótesis de procedencia se procedió también al análisis colorimétrícgMpn^ titativo comparado del ejemplar de Maabiü y de masas de cianita bien cristalizadas de Tót®0|ci^ idénticas características de visu. Fue utilizado un colorímetro digital Minolta CR-200, efectuándose cuarenta medidas puntuales en el arma y en la cianita de Touro que aportaron los valores medidos: 1 -1, que determina la intensidad de color entre dos extrernos, 1=0 (color negro) y 1=100 (color blanco puro) 2-a*, que mide la tendencia cromática entre valores de a* negativos (colores verdes) y a* positivos (colores rojos) 3-b*, que mide la tendencia cromática entre valores de b* positivos (colores amarillos y b* negativos (colores azules). Son, en consecuencia, prácticamente indistinguibles. Los tonos cromáticos de ambos materiales son asimismo casi idénticos. En la gráfica adjunta (Fig. 2) fueron proyectados todos los valores a* y b* de los puntos medidos en el hacha y en la cianita de Touro, así como sus rectas de correlación. Se aprecia claramente que la tonalidad en valores numéricos es prácticamente la misma, con una lígerísima tendencia del hacha hacia tonalidades más verdosas. Cabe concluir, en suma, que son idénticos ambos materiales y, por ello, que con las mínimas probabilidades de error, el arma de Marabiu procede de Galicia, y concretamente del área coruñesa deTouro (Fig. 3). LAS HACHAS Y AZUELAS CON PERFORACIÓN VERTICAL DEL NOROESTE Caracteriza a este singular grupo de objetos del NO ibérico su falta de homogeneidad tipológica, hecho que habla de una cierta libertad en la confección de cada pieza partiendo de patrones genéricos más o menos compartidos, variedad en la que se precisan, empero, afinidades que apuntan a un ámbito de creación común (su naturaleza mineral suele ser reseñada con el genérico "rocaplutónica''). En efecto, entre las piezas de doble frente activo conocidas responde casi cada una a un diseño diferente: a) Perfil arqueado, filos verticales y amplios, y zona de ensanchamiento del objeto a la altura del orificio de enmangue: pieza coruñesa de SanAndrés de Meirama (Fábregas, 1988: VII, 2) (Fig. 4, 1). b) Desarrollo biapuntado de lados convexos, perforación bicónica y filos verticales cortos: sendos ejemplares del túmulo 1 de Monte Campelos, Lugo ( Rodríguez Casal, 1983) (Fig. 4,3) y de un túmulo de tipología desconocida del lugar de Rabo de Lobo, ayuntamiento dcTordoia, La Coruña (Fábregas, 1991: 294, VIII) (Fig. 4,2). A diferentes escalas. c) Subelipsoide de filos horizontales amplios y, por tanto, sección longitudinal biapuntada: túmulo de Pago da Mátela, Lugo (Luengo, 1974-1975: 131-133 y Fábregas, 1988: XXII, 3) (Fig. 5, A). d) De filos horizontales y estrechos, lados convexos, perforación central bicónica y reborde o bocel en uno sólo de los inicios de agujero: túmulo deVeiga das Mámoas (Fábregas, 1983: 31-32 y Fábregas, 1988: XXVI, 2) (Fig. 6). e) Subelipsoide de filos horizontales y anchos, ligero ensanchamiento central del cuerpo y reborde sobre ambas aperturas de la perforación bicónica: pieza de Monte das Regas, La Coruña (Maciñeira, 1947: lámV)(Fig. 4,4). f) Ensanchamiento a la altura del orificio, filos horizontales cortos y embotados, boceles de refuerzo del orificio en ambas caras: Marabiu, Asturias (Fig. 1). En una clasificación funcionalista se podrían agrupar, tal como hiciera Fábregas, en las categorías de hacha doble las de San Andrés de Meirama y Monte Campelos 1, y probablemente la pieza aludida de Rabo de Lobo, y como dobles azuelas las de Pago da Mátela, Veiga das Mámoas y Monte das Regas. Fue precisamente el ejemplar de este último lugar el que llevó a F. Maciñeira ( 1947:56) a darle esa denominación instrumental. Por su parte la pieza de Marabiu, por los grosores y dimensiones de sus zonas activas, no puede ser incluida, automáticamente, entre las hachas o dobles azuelas; tal vez habría de catalogarse como pico doble. En esa posición, a medio camino entre un grupo y otro, resultan enigmáticas las fracturas de percusión que presenta en ambos extremos. Bien es cierto que, más allá del juego clasificatorio, el conjunto de estos objetos ofrece una estructura formal poco adecuada para su empleo como útiles.Todo parece sugerir, en cambio, como resaltaremos más adelante, un uso particular ajeno a las misiones encomendas a las más habituales hachas y azuelas en hoj as de piedra pulimentada. En general, atendiendo a la manipulación, apenas se ha valorado su modo de enmangue. Es evidente que la fijación de un astil a objetos de orificio bicónico plantea más dificultades que cuando el mismo es cilindrico. La propuesta que ofrecemos gráficamente (Fig. 1 ) es razonable aunque, a la vez, implica una cierta fragilidad del astil, menguado en su grosor para ajustarse a las reducidas dimensiones del agujero. En todo caso, el encaje de cuñas entre las paredes del embudo superior y el cilindro del mango tiene su refrendo testimonial en el descubrimiento, reciente, de un hacha completa durante las excavaciones de 1999 en el yacimiento neolítico de Cham-Eslen en el suizo Zugersee, en el que los limos lacustres preservaron tanto el mango de madera como las cuñas, de asta de Cervus elaphus, que lo afirmaban en su extremo superior (Gnepf-Horisberger ^í a///, 2000). Puede la fragilidad comentada, a lá vez, denunciar el uso restringido de este tipo de artefactos cuyos mangos no soportarían la percusión reiterada, el golpeo frecuente propio de un instrumento, operen como azuela, hacha o maza. Resulta, además, un argumento indirecto para reconocer en nuestros perforados unos fines apartados de los meramente instrumentales; quizá un uso basado más en la dimensión simbólica que en su bondad mecánica. CONTEXTO ARQUEOLÓGICO Y CULTURAL (EXOTISMO O PRODUCCIÓN LOCAL) Comparten casi todas las piezas que conocemos un medio genérico de procedencia: las arquitecturas tumulares en principio incardinadas en el ámbito multiforme de la monumentalidad de raíz megalítica. Si para la de San Andrés de Meirama se apunta su origen en una probable construcción dolménica, dato que aunque impreciso no debe de ser desdeñado, en la de Pago da Mátela el contexto es más incierto: un túmulo arrasado cuya estructura es, obviamente, desconocida. La doble azuela de Veiga das Mámoas, el propio topónimo alude de modo expreso a la presencia en el lugar de los montículos prehistóricos, fue hallada en una cámara a modo de cofi*e pétreo al que cerraba una cubierta monolítica. La doble azuela de Monte das Regas apareció accidentalmente en 1916 "a flor de tierra", cerca de un arroyo, junto con un hacha neolítica, en palabras de F. Maciñeira quien ante la carencia de un contexto más claro supuso la procedencia de los materiales en un medio funerario dada la abundancia de los túmulos en las sierras inmediatas. Descubierta casi en superñcie por un pastor no excluye tal circunstancia, a nuestro entender, la posibilidad razonable de que el suelo en cuestión correspondiera a algún sector de un túmulo inadvertido, tal vez por su grado de denudación, por el informante de Maciñeira. Son sin duda más firmes las noticias aportadas por el túmulo Incensé de Campelos, en el que la recuperación de los materiales hoy conservados se efectuó en el transcurso de la excavación de urgencia, subsiguiente a la destrucción parcial de un túmulo de dimensiones notables (diámetros de 20,50 y 18,30 m). El ajuar en causa se encontraba en una fosa excéntrica, de 2,70 m de largo y 1,50 m de profundidad, abierta tras la erección del túmulo, rellena de un sedimento rojizo aportado ex profeso para la confección de lo que se interpretó como probable enterramiento (Rodríguez Casal, 1983: 11). Lógicamente, las condiciones contextúales no sólo se concretan en la naturaleza de los túmulos aludidos; adquieren cuando menos cierto valor in-que los perforados en causa deben incardinarse en un amplio fenómeno transformador igualmente detectable en Galicia por el hallazgo de algún campaniforme cordado. Hay, desde luego, una cierta cercanía morfológica entre los spitzhauen germanos, en especial los del grupo B-1 de la clasificación debida a Brandt (1976: Abb. 5, 10-12), en la que se agrupan los tipos simétricos de lados convexos y orificio bicórneo, con algunos de tales útiles de Galicia, en la misma medida en que no se puede hablar de semejanza entre ambas creaciones, ofreciendo a la vez atributos tipológicos que acusan netas diferencias. El diálogo N-S de los cordados con la "implantación de una fenomenología ajena (en Galicia) al sustrato local", se explicaría por la existencia de inmigraciones nórdicas, único modo de entender las considerables "distancias geográficas para objetos formal y conceptualmente idénticos", produciéndose un radical cambio cultural "sobre bases ajenas al substrato local" (Suárez Otero, 1997: 24-29y 1998,142-142). La firmeza con que se presenta esta arriesgada hipótesis migracionista actualiza, si bien ahora con tonos de mayor trascendencia, la vieja idea del origen norcontinental de las hachas de combate gallegas (Martínez Santa-Olalla, 1946: 136; Mac White, 1951:45-46). Cierto es que no podemos dejar de admitir, según señalábamos más atrás, en algunos de los útiles-arma gallegos un notable acento continental, quizá una cercanía morfológica en gran parte fortuita. Las azuelas dobles, por ejemplo, en su cuerpo alargado y otros rasgos característicos sintonizan con piezas de la misma calificación funcional, genérica, en ambientes arqueológicos danubianos, gozando de testimonios muy expresivos en la Alemania central, Baviera y Baja Alsacia (Jeuneusse, 1997: 90-91 ) fihados en la cultura de la cerámica de bandas final y reciente; por tanto en el Neolítico Antiguo, a caballo de los milenios VI aV a.C. Sin embargo, las piezas centroeuropeas de sección longitudinal plano-convexa, a diferencia de las de Galicia, son con frecuencia de gran talla, de buena ejecución y probablemente inútiles para cualquier actividad mecánica, entre otras razones por la estrechez de la perforación de enmangue y la fragilidad de algunas de las rocas empleadas para su confección. No hay duda de que se trata de objetos de parada, hallados mayoritariamente en tumbas individuales que parecen anteceder en su valor simbólico, como atributos de estatus, a las hachas de combate del Neolídco reciente (Zapotocky, 1992). Notemos, a la vez, un hecho de innegable peso: entre la cronología temprana de estos productos de la Europa central y la de los gallegos se abre una dilatada brecha temporal de 2 500 años. los 500 metros de altitud, espacio contrastado con el más característico, en el mismo ámbito físico, en el que se produjo la instalación de los megalitos clásicos (Fábregas, 1992:106). Los vínculos entre ese marco de baja altitud y la mayor aptitud del mismo para las tareas agrícolas no dejan de animar la sugerencia de una cierta relación entre esa actividad productiva, la bondad de las cosechas, y el distinguido utillaje perforado que se depositaba en los túmulos, arquitecturas en buena medida desviadas de la ortodoxia dolménica. En cuanto a otras huellas arqueológicas en el NO de los supuestos "nuevos ocupantes" su repertorio resulta de muy difícil identificación. La vaga, y de desigual reparto espacial, documentación útil refleja el probable incremento, desde inicios del III milenio a.C, del territorio habitado y una más dibujada presencia en el mismo de aquellos materiales que señalan la inversión en el equipamiento doméstico (cerámicas, utillaje de piedra, primera metalistería), acaso como síntoma de un mayor sedentarismo vinculado a mejoras en los rendimientos agropecuarios. En ese ambiente son desiguales las diversas circunstancias comarcales, algunas con una mayor receptividad de pautas culturales y técnicas de origen ibérico meridional; otras, en cambio, como las tierras del interior, más refractarias a los estímulos foráneos. No obstante, un afán en mayor o menor medida compartido por unas y otras es el de la posesión de materiales prestigiados, a veces de importación, que propician el protagonismo de los grupos beneficiarios de una posición de privilegio en los circuitos de distribución de las mercaderías más valoradas. En este cuadro cultural lo que se preconiza no es, precisamente, la arribada de nuevos contingentes étnicos, si no el peso de la capacidad de autotransformación de las poblaciones locales. En la hipotética reestructuración social autóctona que se iría operando a lo largo del milenio señalado, la novedad de los primeros poblados fortificados en el inmediato norte de Portugal tendría su correlato en los habitats instalados en posiciones de dominio territorial surgidos en el sur de Galicia, quizá como reflejo de un paisaje social vertebrado en diferentes estratos de solvencia material, capaces algunos de tales de imponer o resaltar sus criterios particulares y modos de conducta. Esta visión panorámica (Fábregas y Ruiz-Gálvez, 1997), aquí tan sólo bosquejada, parte de una situación material nacida de la diversidad e intensidad de la producción alimenticia, animada ésta por una agricultura de cierto empuje y por una cabana ganadera en la que los bovinos habrían jugado un importante papel; visión inspirada en un registro informativo sugerente aunque todavía débil. Es también habitual en ese contexto la presencia de ciertas materias primas, como la variscita o el sílex, de segura importación extrarregional. Si la variscita se asocia al adorno personal, el sílex, básicamente usado en las puntas de flecha, alude a la dualidad caza-guerra y, a la exaltación del varón y a la belicosidad asociada a la disputa de espacios y áreas de aprovisionamiento. En el ambiente de cambio cultural columbrado, de modificación de los patrones de vivienda y de subsistencia, de maduración de papeles sociales diferenciados en los que se percibe la concreción de posiciones jerárquicas, es donde adquieren sentido tanto la variedad sepulcral del tercer milenio como el equipo funerario tipificado por las hachas, azuelas y mazas con perforación vertical que aquí nos reclaman. Solamente, en suma, se podrían asimilar los perforados al elenco de manifestaciones arqueológicas de la cultura de los vasos cordados, sin omitir que ese complejo de culturas, de relativa similitud entre el Dniester y el Rhin (Schutz, 1983:114) y con su límite occidental en Alsacia, tiene como elemento diagnóstico dominante a las hachas de combate, muy distintas -en su neto contraste formal entre el talón y el filo además de otros rasgos tipológicos-, de las formas regulares y sumamente simétricas de nuestro Noroeste ibérico. Sin embargo, por encima de todo, las hachas perforadas en piedras duras y cuidadosamente pulidas calcolíticas habrían llegado a su cosmopolitismo gracias al ideario que las sustenta, a la mentalidad exaltadora de los atributos de la virilidad guerrera, y como símbolo del dominio y de la capacidad de conquista de las sociedades que erigen a tales hachas como emblemas. Según señalábamos, tal soporte ideológico es perceptible en el NO, vinculado a diversas modalidades funerarias expresadas por pequeños túmulos en los que se nota la mudanza, cuyo motor inicial estaría ya actuando durante la plena madurez megalítica. No son necesarios, en síntesis, los movimientos de población si no la concreción de nuevas formas sociales. Lo acontecido en el sur de Escandinavia, donde el binomio vasos cordados-hachas de combate y su novedad cultural se habían venido interpretando como consecuencia de la irrupción de nuevos protagonistas históricos, se explica hoy, en clara oposición a la tradicional tesis migracionista, merced a la fortuna evolutiva de las sociedades neolíticas locales (Tilley, 1984: 121-142). La existencia de élites entre las poblaciones megalíticas parece percibirse entre nosotros, al menos desde el IV milenio a.C, a través de muestras arqueológicas variadas y ciertos argumentos entre los que no es de importancia menor el que vislumbra el carácter restringido del uso de la tumbas colectivas (Delibes, 1995: 79-83; Blas Cortina, 1997:319-322). La densidad demográfica por entonces en Galicia se induce del elevado número de túmulos que aun perviven (alrededor de dos mil inventariados, por ejemplo, en la provincia de Pontevedra, o más de setecientos en la de Lugo...) presentes, además, en todas las comarcas de su territorio (Rodríguez Casal, 1990: 53-72). Ciertamente, la estimación de un poblamiento de alguna densidad es sólo genérica, sin posible base estadística o cuantitativa que sabemos inalcanzable (Andrés Rupérez, 1998:200-202). Pese a ello, el abultado inventario de los vestigios tumulares nos deja creer en la existencia de una masa crítica social, organizada en una densa trama socioeconómica en la que las actividades rituales habrían cumplido una importante misión. Los mensajes transmitidos por el repertorio arqueológico parecen denunciar el paso de los linajes megalíticos a una fase posterior de segregación de individualidades, de distinción de personajes notables en torno a los cuales, sus símbolos y sepulcros, se iría tejiendo la nueva solidaridad comunitaria. Aunque en los ácidos suelos de Galicia no pervivan los esqueletos, todo parece apuntar, en los túmulos a los que se vinculan los pulimentados con pferfiàmcion, a un destino fúnebre individual, ya'distanciados del siempre relativo colectivismo se--ipulcral asignado a las tumbas de sus antecesores. AI.GUNAS CONSIDERACIONES SOBRE M DIVERSIDAD Y SENTIDO DE LOS PERFORADOS CONTINENTALES Es un hecho bien conocido que a escala continental las hachas de piedra de agujero transversal, siempre de pulimento cuidadísimo, constituyen una constante en la que, sin embargo, la variedad tipológica y los distintos medios geográficos, culturales y cronológicos denuncian una realidad multiforme que no puede ser explicada unívocamente y, menos aún, como fruto exclusivo de un axial sus-trato histórico actuante a lo largo de un tiempo muy dilatado. Nos consta que ya en el V milenio a.C, en ambientes calcolíticos tempranos como el reflejado en el extraordinario cementerio búlgaro de Varna, gozaban de alto aprecio las hachas perforadas de enmangue vertical, depositadas en inhumaciones individuales de gran riqueza, sepulcros de personas sin duda notables, si no francamente poderosas hasta el punto de que algunas fueran calificadas de "tumbas principescas" (Renfrew, 1978; Démoule y Lichardus, 1989). Estas hachas en rocas claramente seleccionadas, objetos distinguibles de las variadas modalidades de hachas, azuelas, escoplos pulimentados con los que se atendían las labores cotidianas, esas singulares "hachas de combate" fueron atributos destacados de la llamada colonización indoeuropea de Europa. Aquel proceso de expansión étnica, tal como lo recreara M. Gimbutas (1997: 269-280), arrancaría hacia 4400-4200 AC, momento en el que los rasgos détectables de la cultura Kurgan se materializan en las costas del Mar Negro, O. de Ucrania, Rumania y Bulgaria. En cualquier caso, remitiéndonos en exclusiva a las hachas y mazas perforadas, es incuestionable su normalidad arqueológica en el área carpática desde el V milenio a.C, muy en especial en yacimientos de la cultura Precucuteni, hasta mediados del IV, y en la de Cucuteni-Tripolje ya afínes del mismo milenio (Manescu-Bilcu, 1993). Entre 3400 y 3200AC acontecería, siguiendo de nuevo a Gimbutas, una segunda oleada transformadora de la vieja Europa bajo el caudal renovador del pueblo patriarcal-pastoril de las estepas. Cuajarían por entonces nuevas culturas tanto en la Europa nórdica como en la central, nacidas de la mixtura de los recién llegados y el sustrato indígena. Ese desbordado flujo "indoeuropeizador" actuaría en el orden social, sustituyendo las estructuras matriarcales, igualitarias, por otras clasistas, patrilineales. Sería tal el ambiente en el que fueron erigidos los primeros poblados fortificados, incrementándose el peso de la actividad ganadera, aceptada la metalurgia y, ya en el ámbito espiritual, verificándose cambios radicales con la exaltación del varón gueiTcro. La infiltración, del 3000 al 2500 cal AC durante el período de las ánforas globulares, alcanzaría a Holanda, Dinamarca, sur de Escandinavia, este de Irlanda y NE de Europa. Fue el tiempo de maduración de lo que en las síntesis prehistóricas se conoce como "cultura del hacha de combate". El discurso unívoco y generalizador de Gimbutas ofrece, inevitablemente en su intención de definir un modelo histórico aplicado desde el Mar Negro hasta elAtlántico, numerosos flancos vulnerables, algunos ya señalados y otros nada desdeñables como el que los poblados protegidos por sistemas poliorcéticos diversos existían ya en la Europa occidental desde el Neolítico Antiguo, por tanto mucho antes de la supuesta segunda fase indoeuropea. Igualmente, el hecho de que las gentes de la "cerámica cordada" fueran con frecuencia sedentarias, dependientes de una economía de base agropecuaria, rebaja notablemente la imagen pretendida de una sociedad de guerreros en continua migración (Renfrew, 1990:79-87). En el mosaico cultural de la prehistoria neolítica avanzada europea no deja de mostrarse, sin embargo, como un rasgo llamativo desde el IV milenio AC, la reiteración de las hachas perforadas, a menudo como viático mortuorio de varones adultos, acaso jerarcas en sus respectivas comunidades. En el registro arqueológico de los grupos de la cerámica cordada y TRB del III milenio destacan las hachas de combate entre los símbolos de distinción social más poderosos, desde Alsacia y este de Suiza hasta los ríos Movska y Dniester; desde Hungría a la Suecia central y sur de Finlandia (Whittle, 1985: 207-287; Schutz, 1983: 114). Ya en el tránsito al occidente europeo las cuidadas hachas perforadas, de una elaboración bien distinta de las empleadas en el trabajo, aparecen en variadas culturas a partir de los milenios V y IV AC como ocurre en las helvéticas de Cortaillod, Egolzwiller, al principio con diseños de perfiles regulares y simples; después, en versiones más elaboradas hasta imitar prototipos de cobre, en la cultura de Pfyner, ya a mediados del milenio, o también en contextos de la Schnurkeramische, entre el 2900-2600 a.C. (Winiger, 1981). A su vez en Italia, las de combate suelen ser novedades de la Edad del Cobre, aunque las hachas martillo y las cabezas de maza habían sido producidas autónomamente por algunos grupos neolíticos, en particular por los autores de la cultura de RipoU (Renfrew, 1979: 240-241). A occidente, las hachas de combate, dobles de filo vertical, se vinculan todavía en Bélgica al campaniforme tipo Belluwe, hacia 1900-1700 a.C. (Harrison, 1986: 22-23), al igual que en el Bajo Rhin en formas asimétricas y de talón estrangulado lo hacen con vasos también campaniformes de las variedades AOO y marítimos, depositados en túmulos a fines del III milenio (Lanting y Walls, 1976: 16-36; Walls, 1984: 23-26). Esa pauta es asimismo perceptible en las islas británicas con hachas-martillo muy sumarias, de tendencia cordiforme, probablemente introducidas por los campaniformes AOC de filiación continental (Clarke, 1970: vol 1: 63 y vol 2: 374, 384, 398; Case, 1984: 45) pero no demasiado próximas, tipológicamente, a los ejemplares holandeses. Destaquemos ya, de paso, que los diferentes perforados occidentales aludidos discuerdan claramente de los que estudiamos en el NO Ibérico. No cabe ocultar, además, el hecho de que el complejo cultural cordado en que se incardinan las hachas de combate no supera hacia el SO europeo la vertiente francesa del Jura, aunque el momento histórico sí parece caracterizarse por el trasiego de gentes y, desde luego, de ideas y técnicas a larga distancia (Petrequin y Petrequin, 1988: 198-199). Hay en la Europa occidental, en suma, bajo la aparente homogeneidad de las hachas de combate del Calcolític'o tardío, una subyacente generalización previa de los útiles-arma perforados. Diferenciar los productos de ambas fases es complicado por carecer la mayoría de los testimonios de un contexto arqueológico nítido. El camino danubiano, la aceptación del viaje de este a oeste de los más antiguos modelos no deja de ser, pese a todo, un acontecimiento aceptado (Bailloud, 1971: 349-351; Gnep et alii, 2000). A tal respecto es ilustrativo el caso francés. Mientras que en Alsacia y Lorena ya fueron comunes las hachas-martillo cordiformes durante el Neolítico Medio, con algún ejemplar de rasgos danubianos presente incluso en Normandía (Edeine y Lefebvre, 1969), los tipos más modernos, también de marcado acento germano, se asocian a los tardíos ambientes campaniformes y cordados (Thévenin, 1976). Frecuentes también los perforados en la Cuenca de Paris, serán en particular las bipennes, a veces naviformes, el referente normal de la región. Concentradas en el SO del territorio parecen atestiguar la penetración de tipos occidentales, bretones, a través del Loira, acaso siguiendo el mismo itinerario que otros productos en circulación como los apreciados sílex del Grand-Pressigny (Bailloud, 1971:351). Ciertamente, las hachas de combate bretonas, fabricadas en hornbledita tipo C, siempre hachas d'apparat, características de la costa meridional de Armórica y regiones cercanas, propagadas a la cuenca baja del Carona, Somme y Países Bajos por el valor comercial de las rocas armoricanas (Giot, 1979: 369-370), ilustran la importancia del trasie- go de productos prestigiados. Son así mismo testimonios notables los pulimentados en metadolerita de tipo A procedentes de las canteras de Plussulien cuya demanda, nacida en el V milenio AC, alcanza hasta el HI llegando a competir con los primeras hachas de cobre (Le Roux, 1999:210-216). De las naviformes bretonas viaja, insistimos, algún ejemplar hasta Las Laudas, límite meridional de su dispersión (Roussot-Larroque, 1976: 344-345). Si algo resulta útil en el recorrido que se acaba de efectuar es la perspectiva panorámica del universo de los perforados, fenómeno de tanta amiplitud espacial como cronológica. Hay, además, un rasgo técnico compartido por la mayoría: el ultrapulimento fruto de una considerable inversión de trabajo; un hecho que se toma, más allá de la estima de la mera belleza, en un verdadero atributo cultural (Petrequin etalíi, 1997: 141). En fin, el fenómeno de los perforados resulta, pese a su amplitud, genéricamente ajeno al ámbito peninsular. Los ejemplares concentrados en el extremo NO de Iberia parecen entonces responder a la recepción de ideas continentales y quizá, episódicamente, incluso de alguna de las hachas foráneas que materializaban aquel flujo mental. Proximidad tipológica aparte, a veces meramente azarosa, los modelos gallegos deben ser vistos como interpretaciones locales de un elemento d'apparat, de pompa y ostentación.Apuntémos un hecho de interés: la personalidad de los perforados gallegos, con formas propias, no es exclusiva en la periferia atlántica de Europa; también en Irlanda, igualmente en los márgenes de los circuitos culturales del centro-occidente europeo, surgen hachas de combate singulares, entre las que ciertos modelos tardíos, en el medio cultural de IsiS Food vessel urns, exhiben su heterodoxia con respecto a la tipología imperante en el dominio continental (Apsimon, 1969; Cowie, 1978: fig. 29). Es aplicable el mismo argumento a las mazas subesféricas galaicas, para las que los supuestos prototipos mediterráneos resultan lejanos tanto física como formalmente si se valoran como pruebas en contra las mazas pétreas del Neolítico Reciente egeo (Treuil, 1983: 181-182), a las que se asimilan los tipos calcolíticos de la más occidental isla de Sicilia (Tusa, 1983: 202-204). En el improbable aliento meridional de las mazas gallegas se han señalado ciertos objetos esféricos, también perforados transversalmente, a los que se ubica en el E neolítico de Portugal (Alburquere y Veiga, 1967). Nada, ni en la forma, ni en el tamaño, parece apo-yar tal supuesto. Tampoco la búsqueda de analogías en el noroccidente europeo resulta demasiado pertinente. Es cierto que las mazas menudean en los viáticos sepulcrales del, por otra parte muy temprano. Neolítico Antiguo en el alto Danubio; ajuares de considerable riqueza y de filiación masculina. Pero tales Scheibenkeule o Keulenkopf, en la terminología alemana, son en su mayoría piezas de perfil oval, redondo o cuadrangular, y de volumen aplanado (Jeunesse, 1997: 88-89). Sólo un caso gallego ofrece afinidad con las mazas del Danubio superior: un ejemplar aplanado y subcuadrangular conservado en el Museo de la Coruña (Luengo, 1974(Luengo, -1975: lám: lám. IV, 2 y fig. 2, 6). Señalemos empero que su morfología es tan ambigua que no necesita de inspiración foránea. Por otro lado, la apertura bipolar del orificio le otorga a éste el formato característico de las mazas, dobles azuelas, etc, de Galicia. Tampoco, retornando a los ejemplares ovoides, son productos habituales en el territorio francés. No cabría imaginar, en consecuencia, el influjo de tipos franceses en los singulares modelos cuajados en el noroccidente ibérico. La escasa utilidad para fines mecánicos o productivos de los perforados gallegos anima a situarlos también en el universo simbólico, tal vez en su cometido de insignias de dignidad, de señales de autoridad. Objetos de esta naturaleza pueden corresponder con preferencia a varones ancianos, hombres que habrían ocupado posiciones destacadas tanto en el control de los recursos económicos como en la guerra. Cuenta esta última hipótesis, la del arma-útilsímbolo, con un cierto apoyo documental en el hallazgo ya aludido del hacha enmangada del Zugersee suizo. El astil de madera conservado no sólo alcanza una medida llamativa por su exceso: 1,20 metros de largo; ofrece además una cuidadosa decoración a base de corteza de abedul recortada a punzón componiendo una grata teoría geométrica de losanges. Es de entender que la idea del cetro aflore ante la notabilidad de este testimonio helvético. Los antecedentes de tal simbolismo son mucho más nítidos al final del corredor danubiano. Algunas tumbas del celebrado cementerio de Varna, como la excepcional n.° 43, contenían hachasmartillo marmóreas fijadas en un mango de madera recubierto por láminas de oro. Inhumaciones individuales, ajuares riquísimos y hachas enmangadas sobre el esqueleto dan solidez a la conjetura razonable de la simbolización del poder (Teodorova, 1978: 69). Nos consta, además, que la sepultura 43 encerraba los despojos fúnebres de un varón de 40 a 50 años. Su retrato, reconstruido sobre el cráneo siguiendo el método de Guerasimov, sería el de un hombre fuerte, "evocando al jefe poderoso y sabio" (VV. Hubo de ser, en cualquier caso, un individuo maduro, ya próximo a la ancianidad, longevo en una época en la que según los datos antropológicos la esperanza de vida se situaría entre los 25 y 32 años. Cetro-varón-anciano parece así un trinomio bien establecido. Pese a lo dicho, y ampliando el contenido ideológico de lo reseñado, cabe recordar que más a occidente, de nuevo en el alto Danubio, aquellos atributos de poder y prestigio figuran igualmente en los ajuares mortuorios de inhumaciones infantiles rubanenses, lo que deja vislumbrar su pertenencia a élites sociales cuyos privilegios irían transmitiéndose, heredados, de generación en generación (Jeunesse, 1997: 116-117). Cuando los yacimientos arqueológicos foráneos, con esqueletos bien conservados, arrojan informes tan elocuentes no es fácil, una vez más, reprimir el lamento ante la acidez de los suelos gallegos y su implacable poder destructivo. RECAPITULACIÓN Y ALGUNA NOTA POSTRERA La presencia de un perforado en Marabiu, en las montañas de laAsturias central, se debe, tras su estudio petrológico, a una importación prehistórica desde las tierras del occidente de Galicia. Su localización viene a con'oborar los lazos existentes a lo largo del Neolítico, en su versión megalítica, entre Asturias y Galicia (Blas Cortina, 1983y 1997). El foco de perforados galaico, definido en distintas versiones tipológicas, es de innegable personalidad y no debe su existencia a la arribada directa y reiterada de productos del noroccidente europeo, tratándose, por el contrario, de la versión local de objetos destinados a la simbolización del poder y dignidad de ciertos individuos o linajes. Es más verosímil que el fermento autóctono enraizara en el ideario difundido con las mudanzas neolíticas actuantes, a lo largo de un largo proceso milenario, entre el mar Negro y el Atlántico, ideario aclimatado caleidoscópicamente en ambientes geográficos y culturales muy diversos. La raigambre noroccidental de los perforados, no mediterránea, parece clara por discretas analogías formales, y en particular por rasgos de innegable afinidad entre lo observado en Galicia y en ciertas áreas continentales: el contexto sepulcral en ambas regiones de las piezas mejor documentadas y, especialmente, por la llamativa asociación en las tumbas ibéricas del binomio doble azuela-maza, dualidad firme tanto en el NE de Francia como en el O de Alemania. El fenómeno de los perforados no prende en Iberia y la excepcionalidad del foco gallego debe ser explicada en términos de aclimatación, por su idoneidad, en un momento crucial de cambio en las sociedades megalíticas locales. La tentación de una hipótesis orientada a la actividad de grupos continentales inmigrantes en nuestro NO es sin duda sugerente, pero carece de la imprescindible apoyatura documental que la haga verosímil. La singularidad de la circulación de un determinado ideario y de su arraigo en el Finisterre meridional europeo, sin un camino franco-cantábrico reconocible, no excluye la hipótesis de las navegaciones episódicas, aunque ya en tiempos muy anteriores la fijación aparentemente desconectada con sus orígenes probables de ideas y usos continentales ofrezca analogías con el fenómeno de los perforados. Nos referimos, como simple ilustración, a la innegable similitud en manifestaciones instrumentales, mobiliares y artísticas (técnica e iconografía de ciertos conjuntos de arte rupestre) entre los artífices del Magdaleniense del cantábrico central (oriente de Asturias y occidente de Cantabria) y el mismo ciclo cultural del SO francés o de la región pirenaica del Ariége, sin claros testimonios de apoyo en el ámbito geográfico que separa ambas regiones. Los perforados gallegos se vinculan además a un territorio en el que la calidad de algunas de sus formaciones rocosas nos podrían hacer pensar en una producción solicitada desde otras comarcas. Paralelamente, los ennoblecidos poseedores de los perforados deberían de disfrutar de los réditos de la comercialización de tales piedras. Obviamente, la consideración de esta propuesta o su desestima requieren la futura intensificación de los estudios petrográficos, tanto del instrumental galaico como del de las regiones vecinas. El que los perforados gallegos provengan de túmulos situados en altitudes de menos de 500 metros sobre el nivel del mar permite considerar, además, la importancia en aquellos espacios de una producción agrícola capaz de generar excedentes intercam- biables por productos importados. Tal vez, entre otros, intervinieran ciertas materias tan estimadas como imprescindibles; acaso la sal que podría ser en parte recibida desde las comarcas costeras. Es sabido, tanto en sociedades primitivas como en las históricas, que del mercadeo del "oro blanco", del control de su distribución, se suelen derivar grandes beneficios no, en exclusiva, para las gentes instaladas en las áreas de producción, si no también para los intermediarios operando en comarcas ya alejadas de las salinas. Dos notables ejemplos del Neolítico europeo ilustran las plusvalías generadas por la sal. Por un lado el esplendor de los primeros metalúrgicos del V milenio AC en Varna, sobre el Mar Negro; por otro el de los autores del potente megalitismo bretón de Morbihan, sobre la costa atlántica, en el extremo opuesto del continente. Entre ambos focos de innovación cultural no cabe establecer una relación difusionista primaria, lineal, en sentido este-oeste; al contrario, la expansión de muchos de los factores técnicos o mentales tendría lugar por contigüidad, de hito en hito, circulando entre sociedades vecinas y con ciclos de actuación cada vez mejor identificados (Petrequin et alii, 1997:145-147; Bailloude/a///, 1995:583-597). El prestigio de las hachas perforadas en Varna y el de las grandes hojas de jadeita alpina en el caso de Bretaña, testimonian la expansión continental del valor simbólico de aquellas armas-instrumento excepcionales. Siempre que los diferentes perforados galaicos disponen de contexto se trata de túmulos no dolménicos, acogiendo cofres pétreos o fosas, a veces en ubicaciones marginales en el montículo. Todo parece apuntar a tumbas individuales, a la vez que esas hachas dobles, azuelas dobles y mazas subesféricas se acomodan a la idea del cetro como atributo de notoriedad, asociado al poder material o a la sabiduría de los personajes enterrados. La reunión de varias de esas insignias en un mismo túmulo plantea la pregunta de si fue el túmulo la tumba de uno o más notables. Sin respuesta segura en la ausencia del testimonio de los propios esqueletos, la hipótesis del sepulcro individual no debe tacharse de arbitraria. En Varna, por ejemplo, son varias las hachas-cetro con un único cadáver en la tumba 43. En fechas mucho más recientes, del II milenio AC, y en el opuesto occidente europeo, mientras que el famoso y principesco Bush Barrow aporta un cetro único (Ashbee, 1960: 67-77), un túmulo bretón del bosque de Carnoet, también sepulcro individual y no muy distanciado temporalmente de aquél, aco-ge varias armas de prestigio (Briard y Mohen, 1974). Es probable que en este último nos hallemos ante una reiteración material propia de un tiempo en el que el poder individual estaría asociado tanto al control como al uso de objetos de prestigio (Clarke et alii, 1985: 87 y ss., 114 y 115). En fin, el fenómeno de los perforados galaicos parece debido a las transformaciones sociales que en la primera mitad del III milenio a.C. iban produciéndose en el NO ibérico, afectando a la ritualidad funeraria y a los símbolos movilizados por la misma. Pasado o todavía en decadencia el esplendor de los sepulcros megalíticos, los nuevos túmulos y la documentación arqueológica que se les asocia hablan, en su aparente discreción, más de diversidad que de rutina, reafirmando la impresión de que lo multiforme, lo opuesto a la monotonía, es síntoma de una aceptable pujanza cultural. Cada episodio de cambio, de desarrollo, requiere la creación de nuevos y bien reconocibles símbolos de estatus, entre eÜQS los fácilmente portables como los perforados de Galicia, siempre en rocas selectas, que acabamos de considerar.
¿Se puede resumir lo esencial de la Arqueología en poco más de doscientas páginas? ¿Se puede presentar un cuadro coherente de la complejidad de la Arqueología contemporánea en un pequeño libro de bolsillo? Sí, al menos en mi opinión eso es lo que Clive Gamble, catedrático de Arqueología de la Universidad de Southampton (Reino Unido) y reputado especialista en Paleolítico, ha conseguido en esta obra, que en cualquier caso no es un manual al uso, tal y como se apresura a advertir el autor en el prólogo. Estamos, por lo tanto, ante una introducción básica, clara y omnicomprensiva -al menos para la extensión del texto-a la Arqueología, que ofrece además una mirada profundamente teórica sobre todos y cada uno de los temas que aborda. Son ocho los temas seleccionados en otros tantos capítulos: 1 ¿Qué es la Arqueología?, 2 ¿Cuántas arqueologías hay?, 3 Conceptos básicos (el registro arqueológico y cómo se obtiene), 4 La gente, 5 Los objetos, 6 Tiempo y espacio, 7 Cambio y estabilidad, y 8 Identidad y poder. Según declaración explícita del autor el libro persigue hacer pensar a los lectores sobre uno de los temas más importantes y fascinantes que cabe imaginar: la Arqueología, la investigación del pasado humano, y persuadirles de que no hay nada más interesante, más estimulante y más gratificante que su estudio. Desde esa perspectiva, además de una extraordinaria introducción básica para los estudiantes universitarios de primer año resulta también una clarificadora introducción para periodistas, divulgadores científicos, educadores y lectores que busquen un buen texto para acercarse a la Arqueología actual. Resulta casi inevitable tratándose de una breve introducción a la Arqueología hacer una referencia al librito de Paul Bahn (1996), como reza su título una "superbreve" síntesis de apenas un centenar de páginas en formato pequeño, también muy recomendable. El libro de Gamble es algo más "serio" y sustancialmente más extenso, aunque dentro del límite de una breve introducción que se lee tranquilamente en una tarde. Pero ciertamente no se pueden rastrear muchos títulos introductorios de estas características, y menos con el acierto del que aquí se comenta. La obsesión por lograr claridad en los conceptos clave se logra a través de pequeños textos independientes en cajas, un total de 22, que ofrecen resúmenes muy breves y transparentes de cuestiones muy diversas que van desde "el contexto político de la arqueología", "las diferentes acepciones de estilo" y "¿Qué es la modernidad?" hasta "los contenidos de los estudios de arqueología en las universidades británicas", "la teoría de alcance medio" y "las técnicas de datación", pasando por los "conceptos clave de la evolución darwinista" o "los cinco elementos de la arqueología interpretativa". La fuerte vocación didáctica se ve reforzada unos pequeños pero valiosos resúmenes al final de cada capítulo. Como corresponde a una breve introducción se precisa una breve definición de Arqueología, una más pero no una cualquiera ya que dentro de su simplicidad abarca lo que sin duda alguna merece un acuerdo unánime de todos los especialistas; según Gamble "la Arqueología trata básicamente de tres cosas: los objetos, los paisajes y lo que hacemos con ellos. Es simplemente el estudio del pasado a través de los restos materiales" (p. Y todo ello no es algo sencillo, algo que se realice a lo largo de caminos rectos, ya que como concluye en su libro "esa actividad conlleva responsabilidades", responsabilidades éticas, sociales y políticas que los arqueólogos debemos afrontar ahora y en el futuro. La Arqueología trata sobre emociones, trata de la curiosidad intelectual y de la manera de encontrar vías para cambiar esa curiosidad en conocimiento histórico, conocimiento sobre las gentes del pasado. Es una emoción cuando usamos "nuestra imaginación arqueológica", en el sentido definido por Thomas (1996: 63), que nos permite ir a donde nunca podemos viajar, al pasado, y pensar sobre el tiempo y los objetos de manera muy diferente a nuestra experiencia diaria. Esa imaginación está por un lado basada en la práctica de la deducción a partir de restos abandonados: unos visitantes en pasos marcados en la arena o una fiesta a partir de ciertos desechos y por otro lado está moldeada por más de 200 años de práctica disciplinar. Como dice Gamble "descubrir tumbas intactas es una cosa emocionante pero explorar nuestra capacidad para pensar mucho más allá de nuestra experiencia diaria e incorporar a nuestras vidas las actividades y los restos de los objetos de las gentes que nos precedieron son cosas todavía más enriquecedoras" (p. La perspectiva fuertemente teórica, ya señalada más arriba, que inspira el libro hace que la organización de los capítulos rompa la estructura tradicional de este tipo de introducciones a la Arqueología, es decir primero tratar cómo se buscan los restos ar-T. R, 58, n." 2, 2001 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es queológicos y segundo cómo se organizan y estudian. Como señala Gamble (p. 45) los restos arqueológicos son mudos, completamente mudos, y para hacerlos hablar hay que interpretarlos y para ello es necesario disponer de una perspectiva teórica. Consecuentemente el autor examina primero la práctica arqueológica en el mundo actual y las corrientes teóricas que sostienen las interpretaciones. Sólo después de considerar estas cuestiones se pasa a estudiar el registro arqueológico y las formas de obtención de datos. Los restantes capítulos captan de una forma increíble prácticamente todos los grandes temas que han constituido el debate arqueológico de las cuatro últimas décadas. En el fondo habría que reconocer que este recensionista quizás comparte mucho de lo que este libro plantea y cómo lo plantea por una serie de coincidencias personales con el autor: 1) ser más o menos de la misma generación, 2) compartir una misma formación teórica básica en el procesualismo y 3) trabajar en el campo de la arqueología prehistórica. Las ilustraciones del libro son acertadas, simples, clarificadoras y muy llamativas, son en definitiva también "básicas" y un perfecto complemento del texto. Algunas de elaboración propia son sencillamente inolvidables y con toda seguridad serán repetidas en libros futuros. No resisto dejar sin comentario, por ejemplo, la figura del paraguas desplegable de la teoría arqueológica, con la tela acogiendo la arqueología antropológica y las varillas integradas por las distintas aproximaciones teóricas (procesual, marxista, interpretativa, feminista y neodarwinista) pero el mango del paraguas sigue siendo el de siempre: la conocida aproximación histórico-cultural (p. 24); la que compara las dificultades de interpretación en Arqueología, según el trabajo clásico de la escalera inferencial de Hawkes (1954), con las capas de una cebolla; en mi opinión metáfora gráfica más conseguida que la de los peldaños de una escalera del trabajo citado (p. 88) o por último la que compara la estrategia arqueológica de tratar con diferentes niveles de datos, de escalas espacio-temporales y conceptos, con el avance de un velero realizando los zigs-zags de una regata (p. La bibliografía empleada, un total de 265 referencias, resulta muy reveladora acerca del enfoque del libro y algunas características comentadas más arriba. Para empezar hay que destacar el aplastante dominio de las obras anglosajonas, del que sólo escapan algunos textos franceses de F. Bordes (la mayoría en su traducción inglesa), la Préhistoire Française (De Lumley (éd.), 1976), un artículo de J.-M. Geneste y el libro de Leroi-Gourhan El gesto y la palabra en la edición inglesa (1993), del cual, por cierto de manera sintomática, declara el autor no ha habido influencia en el ámbito anglosajón hasta su traducción al inglés (p. Poco más se puede añadir en el apartado de "extranjeros", hay algún otro autor no-anglosajón pero publicando en inglés y en dominio editorial anglosajón. En el apartado de los más influyentes, con mayor número de trabajos citados, los tres principales son L.R. Binford (15), C. Renfrew (10) y V. Gordon Childe (9). Les siguen D. Clarke (5) y L Hodder (5), aunque también cerca están los británicos M. Shanks y Ch. Tilley, y la norteamericana A. Willey para demostrar que también se presta atención a los postprocesuales. Escribir una obra de síntesis como ésta debe resultar siempre una tarea complicada, difícil de abordar y además se puede tener la seguridad de que siempre habrá cosas que se han olvidado o que se han quedado fuera por las que se recibirán críticas. A pesar de todo ello mi valoración es muy positiva. Creo que si todos los que lean el libro de Gamble consiguen quedarse con las ideas centrales tendrían una excelente base para seguir ampliando sus conocimientos. Este "básico" es un excelente mapa de carreteras de por dónde va la Arqueología en el siglo XXI que estamos iniciando. Por otro lado es una herramienta extraordinaria para los profesores, su gran capacidad didáctica ofrece no sólo ideas y conceptos claros sino también estrategias y recursos para poner en práctica en las aulas. Creo que la comunidad arqueológica, especialmente la académica, está en deuda con el Prof. Clive Gamble por esta obra sencilla pero brillante en su sencillez. La elaboración de buenos textos es una tarea fundamental en la formación de los futuros arqueólogos y en la divulgación de la disciplina. El Museo de Arqueología y Etnología de San Pablo, a través de un suplemento de su Revista, ha publicado las actas de la Primera Reunión Internacional de Teoría Arqueológica en América del Sur celebrada en Vitoria (Brasil), en abril de 1998. Tal como describen los organizadores en la introducción, se trata de un evento que se encolumna en la tendencia establecida en los 80 por los foros de discusión crítica en arqueología, como el Grupo de Teoría Aqueológica (TAG) en el ámbito británico y el Congreso Mundial de Arqueología (WAC), habiendo tenido además el impulso de la Asociación Brasileña de Antropología, en cuyo marco tuvo lugar la reunión. El volumen, cuidadosamente editado, está organizado en cuatro secciones -"Teoría y Método", "Teoría y método en contexto histórico", "Teoría e historia de la arqueología latino-americana", "Arqueología y etnicidad", y "Cultura material y patrimonio"-cuyos rótulos revelan la intención de superar el empirismo campeante en las reuniones tradicionales de arqueología latinoamericana. En la introducción, los organizadores (Funari, Goes Neves y Podgorny) cuentan las transformaciones experimentadas por la arqueología británica desde mediados de la década del "80 y su impacto mundial, con un énfasis particular en la situación de la arqueología brasileña. Este análisis es seguido de una toma de postura con respecto a las relaciones entre arqueología y política (rescatando cierta autonomía para la ciencia frente a la confusión del relativismo extremo posmoderno) que seguramente constituirá un punto crítico de debate en el proceso de revitalización de una arqueología social latinoamericana. En este sentido, contribuciones como las de McGuire y Navarrete en relación a las diferentes utopías (James Dean v^. Che Guevara) que guían a las versiones anglosajona y latinoamericana de la arqueología radical, la de Díaz-Andreu acerca de la historia de la relación entre el nacionalismo y la arqueología, o la de McGuire acerca del desarrollo del Proyecto Guerra del Carbón de Colorado, resultan particularmente originales y profundas. El aspecto más notorio de este conjunto de trabajos es la variedad, manifiesta desde el comienzo en los trabajos más puramente teóricos que integran la primera sección (en la cual sobresalen autores procedentes del ámbito anglosajón); se ven representadas allí corrientes tales como la fenomenología, la arqueología conductual, los estudios de género, y la arqueología evolutiva. Las temáticas de los estudios de caso, por su parte, incluyen arqueología y etnografía amazónica y del Matto Grosso, arqueología andina, clásica e histórica americana. de caso, de carácter etnográfico y/o arqueológico. Gustavo Politis presenta información detallada acerca la cultura material generada por y/o para los niños entre los aborígenes Nukak de la amazonia colombiana, desarrollando expectativas para el reconocimiento arqueológico de la actividad infantil y extrayendo provecho de la comparación etnológica entre grupos cazadores-recolectores americanos. Por su parte, André Prous reflexiona acerca del significado de las categorías estilísticas empleadas en arqueología, identificando peligros a la vez que fundamentando una postura que no renuncia a la construcción de conocimiento real; mientras que Silva Noelli hace lo propio pero con referencia al caso concreto de las categorías usadas para la construcción de la historia de los Jé del sur de Brasil por parte del PRONAPA (Programa Nacional de Investigaciones Arqueológicas), proyecto inspirado en la labor de los arqueólogos norteamericanos Meggers y Evans, de gran impacto en la historia de la arqueología brasileña. Irmhid Wüst y Eduardo Goes Neves encaran sendos estudios sobre los cambios en las tradiciones cerámicas en distintos sectores de la Amazonia, integrando fructífera y críticamente datos etnohistóricos, etnográficos y arqueológicos de manera de establecer bases sólidas para la evaluación de diferentes hipótesis acerca de procesos de cruce y mestizaje cultural. Logran establecer un tratamiento de la cuestión étnica que evita la proyección hacia el pasado de la realidad etnográfica y permite en cambio descubrir la compleja trama de transformaciones históricas en el Brasil precolonial. Finalmente, los trabajos agrupados en la última sección, dedicada a la temática del patrimonio, exploran cuestiones tales como el rol de los museos (Tamanini, Bruno) y las características del relevamiento arqueológico en el marco del planeamiento ambiental (Caldarelli), que seguramente irán adquiriendo mayor desarrollo en el futuro próximo a raíz de su estrecha relación con la temática de la política de la disciplina, la cual como se dijo, se revela como un eje para los desarrollos de la reflexión en arqueología en Latinoamérica. En síntesis, se trata de un volumen que constituye un testimonio de la primera celebración de un evento que seguramente resultará de gran importancia para la transformación de la práctica de la disciplina arqueológica en América Latina. Muestra, en definitiva, las posibilidades de desarrollo en el futuro inmediato, de una arqueología informada teóricamente, que acerque de modo significativo a la sociedad contemporánea el invalorable reservorio de diversidad cultural contenida en numerosas experiencias históricas y actuales de la América del Sur. Museo Etnográfico "J.B. Ambrosetti". Universidad de Buenos Aires. Como es una sana costumbre en las recensiones de los volúmenes que resultan de la edición de un encuentro, iniciaremos esta con el origen del mismo. La idea de compilar el libro que aquí se reseña surgió durante un curso de un fin de semana que tuvo lugar en 1992 en el 'Ancient Technology Centre", Cranborne, en el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte. A partir de este encuentro, concurrido sobre todo por maestros, se fue esbozando una preocupación: aquella por los valores educativos que podían asociarse -o no-a la proliferación de "sitios reconstruidos". La misma fue cuajando como pregunta cada vez más clara a lo largo de diversas reuniones hasta llegar a la organización de un debate específico al respecto en el marco del Tercer Congreso Arqueológico Mundial de Nueva Delhi de fines de 1994 (1). De este relato, emerge este libro, con veinte capítulos y una introducción a cargo de los editores en la que Peter Stone y Philippe Planel adoptan una adscripción múltiple: utilizan un "nosotros" que los define como arqueólogos, como intérpretes y como maestros. Los autores de los diferentes capítulos asumen, con mayor o menor énfasis, al menos una de estas posiciones: algunos muestran una mayor reflexión sobre el problema de interpretar, otros sobre los derivados de la enseñanza. Sin embargo, llama la atención el lugar que cobran tanto la "interpretación", como el "intérprete" y también la evidencia ya que http://tp.revistas.csic.es parecería que con ello se apela a la capacidad evocativa de los objetos y las cosas, algo que tampoco es nada nuevo en la historia del "pensamiento occidental". Sin profundizar demasiado, recordemos solamente los análisis de K. Pomian (1987) sobre el papel de las colecciones como intermediarias entre "lo visible y lo invisible", siendo lo invisible un mundo al que se llega por asociaciones visuales tejidas en el mundo social de quien mira. En la introducción también se identifican tres funciones para la construcción de sitios: la experimentación arqueológica, la educación y la presentación (Interpretación, desarrollo del turismo y la identidad cultural o local). No obstante ello, los capítulos no tienen otro orden que el dado por su sucesión. Considero que, sin embargo, habría dos tipos de trabajos: aquellos que remarcan la historia de este tipo de iniciativas entroncándolas con la de los países en las que han tenido lugar y, segundo, aquellos que relatan las experiencias, los problemas y la relación con el público. El Capítulo 1 (Archaeological reconstructions and the community in the UK) esboza un pantallazo general sobre los problemas que plantea seguir los favores del público, algo por lo general mirado con suspicacia desde la academia. Estos señalamientos en la introducción aparecen nombrados como el peligro de "disneyficar" el pasado (cf. Secord, 1996: 454-7 sobre la cultura del consumo de la naturaleza). Dentro del primer grupo, el Capítulo 2 (Reconstruction versus preservation-in-place in the US National Park Service) presenta una interesante revisión que conjuga una historia de las leyes con las iniciativas tomadas en el marco del Departamento del Interior estadounidense. Este mismo tipo de visión historiográfica, que permite comparar los distintos momentos de auge de las "reconstrucciones" -o meramente "construcciones" como preferirían los editores-reaparece también en los Capítulos 5 (Resurrection and deification at Colonial Williamsburg^ USA), en el 15 (sobre los palafitos de Francia), en el 10 (Slavonic archaeology: Gross Raden, an open air museum in a unified Germany) y en el 9 (sobre el museo de Oerlinghausen). En ellos se combina la historia con una suerte de sociología de la cultura y en algunos se esbozan las conexiones con los usos políticos de estas imágenes. Como parte del segundo grupo, los capítulos 3 (Reconstruction sites and education in Japan), 4 (The origin and role of the Irish National Heritage Park), 6 (Shakespeare's Globe), 1 (ButserAncient Farm, Hampshire, UK), 8 (acerca del centro experimental de Lejre, en Dinamarca), 11 (sobre el parque temático AR-CHEON en Holanda), 12 (sobre la experiencia en el sitio Castell Henllys, fortaleza de la edad del Hierro en Gales), 13 (sobre el parque pirenaico de arte prehistórico y el uso de las réplicas), 14 (sobre el sitio SAMA-RA, en Francia), 16 (acerca del centro de Cranborne), 17 (sobre "el mundo de Bede"), 18 (acerca del Centro Vikingo de Jorvik, en York) y 20 (sobre el parque de Arkaim en Rusia) brindan una amplia información. Es mérito indudable de los editores haber buscado de manera eficaz una presentación tan ordenada y concreta de estos proyectos que, probablemente, se desconocieran mutuamente. Debo señalar que, sin embargo, sorprende la distribución geográfica de los capítulos: con excepción del Capítulo 19 sobre la capital real zulú y de los Capítulos 2, 3 y 5, el resto del libro se refiere exclusivamente a la Europa no mediterránea. Sería interesante que en iniciativas posteriores se tratara de comprobar que esto se debe a algún fipo de tradición que se desarrolló -y expandió-principalmente en el norte de Europa y, si esto fuera así, quizás no sería superfino preguntarse por qué no prendió en otros países. Otra de las líneas a explorar que me sugiere la lectura de los distintos artículos es la posibilidad de articular la historia de las investigaciones arqueológicas y la presentación pública de sus resultados. Cada vez más queda claro que el proceso de institucionalización de la enseñanza de la arqueología ha ido demarcando la distinción contemporánea entre investigación científica y educación. Esta separación enmascara que la investigación científica es el resultado de un proceso que implica la educación en una práctica científica y, previo a ella, en la participación en un sistema de ideas y de categorías comunes transmitidos en el proceso de socialización primaria y secundaria (cf. Podgorny, 1999). Este volumen, recopilando diversos proyectos e iniciativas, efectivamente nos enfrenta a un fenómeno de fines del siglo XX. Quizás el entusiasmo por la "reconstrucción" de escenas de un pasado perdido para siempre pueda relacionarse con aquello que analiza Andreas Huyssen (1995,2000). Este, en sus ensayos de crítica de la cultura contemporánea, ha analizado el auge de los museos de los últimos años del siglo XX ligado al énfasis que las sociedades mediáticas han puesto en el problema de la memoria. Huyssen sostiene que una posible razón para la revitalización en la esfera pública del museo y de los monumentos puede residir en el hecho que ambos ofrecen una cosa que la televisión esconde; es decir, la calidad material del objeto en una cultura dominada por la fugacidad de la imagen en la pantalla y por la inmaterialidad de las comunicaciones. Huyssen considera a los museos -al igual que al memorial y a los monumentos-como esos espacios públicos de memoria de la sociedad moderna que, como tales estuvieron sujetos a su derrumbe, a su fosilización como mito o cliché y a su constitución como figuras del olvido y que, sin embargo, enfrentaron el inicio del nuevo siglo con bríos que nadie hubiese imaginado en la década de 1970. Por último, querríamos destacar lo siguiente: podríamos afirmar que el desarrollo de réplicas de sitios o de tecnologías es algo que surgió casi al unísono con la arqueología y la prehistoria en el siglo XIX. Tanto las publicaciones, las estrategias pedagógicas como el material de enseñanza desarrollado formaron parte de una industria que produjo una innumerable cantidad de objetos, desde libros a kits pedagógicos, desde postales a sitios turísticos. Lo singular de todo esto es que recurrentemente estas ideas reaparecieron a lo largo del siglo XX como si nunca antes se hubieran planteado y los objetos generados se hubiesen disuelto en el aire. Tal vez por el mero carácter de ser objetos de consumo de T. E, 58, n.° 2, 2001 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es una sociedad que así como crea discursos y objetos, los arroja prontamente al olvido para que puedan ser creados otra vez. Los materiales de enseñanza de la historia nos muestran también una de las facetas más eficaces del capitalismo: la capacidad de olvidar. Y en este sentido parecería que la historia no nos enseña nada, al contrario: el devenir de la sociedad incluso borra de la memoria los objetos con los cuales se constituye. HuYSSEN, A. (1995) Recordar que el registro arqueológico es la base de la investigación en Prehistoria es una afirmación bastante obvia. Sin embargo, en la última década los trabajos de catalogación de materiales han tenido una consideración menor y, por el número de monografías de excavaciones publicadas en relación con las intervenciones hechas en la década de los 90, podría decirse que una práctica mal vista. Incluso las publicaciones periódicas y actas de congresos han reducido significativamente los trabajos dedicados mayoritariamente a presentar materiales. El libro que ahora tratamos, parte de la tesis doctoral de la autora defendida en la Universidad de Santiago de Compostela, es un buen catálogo de los materiales metálicos de la primera metalurgia en el NO peninsular. Geográficamente incluye Galicia, Asturias y el norte de Portugal hasta el Duero. Como catálogo recoge los materiales conocidos en el área, 378 objetos de 203 hallazgos, incluyendo los hoy desaparecidos pero de los que existe algún testimonio fiable. Aparecen recopilados tanto los objetos de base cobre. como los de oro y plata, así como los escasos materiales que se relacionan con la actividad metalúrgica (moldes, toberas...). La mayoría de las piezas aparecen representadas fotográficamente en lugar próximo a su descripción y también recopiladas en dibujos según su morfología dentro de un apartado de láminas. Esta doble localización y la presentación por áreas de distribución según criterios geográficos no explicitados y no sujetos a una división administrativa hubieran aconsejado un índice topográfico de los materiales para facilitar su localización y el manejo del catálogo. De los contenidos informativos del catálogo, además de destacar el esfuerzo documental crítico y bibliográfico realizado por la autora, interesa resaltar la inclusión del peso de las piezas, dato que durante mucho tiempo ha estado ausente en las descripciones de los objetos metálicos y que últimamente tiende a generalizarse como elemento de gran interés para las valoraciones de conjunto sobre la propia producción metalúrgica. Valoración que la autora recoge en su apartado de cuantificación (pp. 178-179) y que permite apreciar, por ejemplo, como las piezas del NO son mucho más masivas y pesadas que los tipos equivalentes del SE, en especial las hachas planas. Es este el tipo de objeto más numeroso con 110 ejemplares frente a los únicamente 7 punzones catalogados, o los escasos 11 puñales de remaches. Un catálogo exhaustivo como el comentado permite interpretar ese registro arqueológico con una visión crítica sobre los propios sesgos de la investigación. Y eso es lo que hace la autora en los capítulos 5, 6 y 7 del libro. El catálogo es indispensable en sí mismo, pero no el fin último de la investigación y la autora ha querido que, junto al primero, el lector disponga también de las principales conclusiones a las que ha llegado. Para ello cuenta con la información analítica sobre las composiciones de objetos y algunas metalografías (realizadas dentro del marco del Proyecto de Arqueometalurgia de la Península Ibérica) y estudia la posibilidad de producción local apoyada en las mineralizaciones de cobre, oro y plata (capítulo 3), sus características y las tendencias de agrupamientos de impurezas en los materiales analizados. En esta interpretación de conjunto acertadamente se eliminan las divisiones cronológicas internas, ante la carencia de buenos contextos con dataciones fiables y dado que una gran parte de los materiales son hallazgos fortuitos o carentes de contexto. Pero ello no excluye los comentarios sobre el significado cultural y la posición cronológica del Campaniforme. En el futuro se verá si puede construirse una división cronológica interna sólida, aunque desde el punto de vista tecnológico los cambios sean escasos y de transformación lenta. El panorama sobre la metalurgia del Noroeste ha cambiado. Contamos con una base documental y una interpretación crítica que no ignora el registro existente si este es incomodo o contradictorio y que tampoco se amolda dócilmente a la teoría. Quedan muchos aspectos por resolver porque el registro disponible es asimétrico, tanto geográficamente como tipológicamente, pero esto solo será posible si la investigación Finalmente indicar que una versión completa de la tesis doctoral se encuentra publicada en CD por la Universidad de Santiago de Compostela. RoviRA, S.; MONTERO, I. y CONSUEGRA, S. (1997) El presente libro se plantea como objetivo permitir el acceso de un público abierto al conocimiento de la cultura ibérica, y en especial a la información referente a los restos antropológicos de los antiguos iberos. Puede entenderse, por tanto, como una obra de divulgación científica. Las autoras señalan, con acierto, que los trabajos de síntesis sobre el mundo ibérico son excesivamente escasos. Desde la publicación del clásico manual de A. Arribas (1965) hasta su renovación por el de A. Ruiz y M. Molinos (1993), apenas se encuentran textos que sinteticen y simplifiquen los numerosos estudios parciales existentes. Este es un punto que llama la atención, ya que la cultura ibérica, como se ha puesto de manifiesto en los numerosos yacimientos que están hoy abiertos al público, presenta una evidencia que impresiona fácilmente al espectador, tanto por la espectacularidad de sus hallazgos como por sus propias características y antigüedad. Es cierto que los investigadores se han decantado habitualmente, como es lógico, por desarrollar estudios especializados, y que hasta ahora no ha existido un ambiente externo que reclamara una vulgarización -en el mejor sentido del término-del conocimiento adquirido. Sin embargo, sólo cuando se abordan obras de carácter general podemos percatarnos de las carencias y descompensaciones que presenta la investigación, y a menudo reparamos en que ofrecer un panorama globalizador y coherente de los datos disponibles en una secuencia cronológica razonablemente bien fundada es una meta casi inalcanzable. El libro quiere dar una imagen antropológica -etnográfica en la primera parte y física en la segundade la sociedad ibérica, extrayendo de la información empírica todo aquello que pueda darnos a conocer las formas de vida de aquella época. En este sentido puede decirse que sigue la línea abierta en su día por la Antropología física de los Iberos, como en tantos otros aspectos, está aún casi todo por hacer. Si el arqueólogo curioso se acerca a cualquier sección juvenil de una librería, encontrará seguramente toda una pléyade de obras divulgativas sobre las civilizaciones antiguas. Suelen ser libros cuidadosamente ilustrados con gran profusión de dibujos y fotografías, y apuestan por los más variados formatos para captar la atención de educadores y alumnos. Su uso es de lo más recomendable para ampliar y mejorar el conocimiento de una serie de etapas históricas muy mal representadas en los curricula escolares. No obstante, el paneles explicativos y los folletos de mano, destacan dos obras. La primera es un CD-ROM, que con el título La Moleta del Remei. La cultura ibérica en el Montsiá, ofrece una visión del asentamiento y su contexto histórico. Su realización queda, por otro lado, inserta en un proyecto del Programa de Técnicas de Estudio y Evaluación Multimedia de la Universidad de Barcelona (Gracia et alii, 2000a: 15). Esta experiencia ha servido por cierto como orientación para la realización de otro producto multimedia, el Hipertexto Cultura Ibérica, utilizado actualmente como herramienta de trabajo para los alumnos de la asignatura "Los Iberos", impartida en el Departamento de Prehistoria, Historia Antigua y Arqueología de la Universidad de Barcelona (Gracia et alii, 2000b; Gracia y Munilla, 1998). La segunda obra a la que hacíamos referencia es el libro Els Ibers. Viatge Ilustrat a la Cultura Ibérica, cuya edición en castellano es la que aquí comentamos. Aunque se trata de una obra primordialmente visual, hay que ponderar, en primer lugar, la gran claridad y sencillez de los textos. Constituyen un buen ejemplo de la concisión y facilidad de lectura que tanto se echa en falta en muchas publicaciones especializadas. Como apoyo para su comprensión se ha elaborado un glosario, complementado en ocasiones por explicaciones sobre la etimología de algunos términos dentro del propio texto. Esta simplicidad del lenguaje no supone una ligereza de contenidos. Se plantean complejas nociones sobre modelos de organización social, y en general se insiste en mostrar el sentido de las manifestaciones culturales dentro de la trama de vínculos de parentesco, clase o estructura política. No se ha escatimado la inclusión de aspectos más experimentales en el discurso narrativo, como es el caso de los cálculos demográficos (donde se introducen ejemplos elementales y muy asequibles de inferencia arqueológica), o la modulación de las construcciones (1). En definitiva, el texto proporciona un buen ejemplo de que puede ser mucho más difícil escribir un buen trabajo de divulgación, que una publicación dirigida a otros expertos. No obstante, en esta obra no se da la espalda al público respecto a las discusiones académicas, mostrando en ocasiones la diversidad de interpretaciones sobre temas concretos. La profusión de fechas y casos concretos facilita, por último, la fijación de unas coordenadas básicas en el espacio y el tiempo. En este sentido se aprecia como constante en el texto un esfuerzo por mostrar la situación de la cultura ibérica en la actual Cataluña, no ya dentro del ámbito peninsular o mediterráneo, sino también en el marco de la evolución histórica a escala mundial. La principal herramienta para tal fin es el cronógrafo incluido en las guardas del libro, aunque este se centra primordialmente en las fechas de destacados acontecimientos políticos. Dentro del texto, en cambio, se incluyen referencias a innovaciones tecnológicas o aspectos económicos (como es el caso de la herrería), que facilitan un esbozo de una "arqueología comparada" capaz de reflejar la diversidad de ritmos en la evolución histórica. En su estructura, el libro consiste en un recorrido por las diferentes facetas de la cultura ibérica, centrando su atención en el nordeste peninsular. Como se apunta en la introducción, el momento actual de las investigaciones propicia el planteamiento de una exposición pormenorizada de muchos temas para los que hasta hace pocos años apenas existía un registro sistemático. Llama gratamente la atención el amplio espacio ocupado por la explicación de los aspectos económicos y tecnológicos. Resulta novedoso el uso de los dibujos en estos capítulos. Se echaba en falta, por ejemplo, el paso de los abstractos diagramas sobre la ordenación territorial, presentes en la bibliografía especializada (Ruiz y Molinos, 1993; Ruiz, 1998), a una imagen explicativa (siempre necesariamente esquemática, claro está) sobre la estructura del territorio dominado por un oppidum (2). La solución adoptada resulta, no obstante, poco clara en algunos puntos, ya que el trazado a línea y, sobre todo, la falta de color, dificultan la comprensión de las relaciones entre leyenda explicativa e imagen. Cuando del territorio nos desplazamos a los poblados y las casas, entra en escena un repertorio de imágenes claramente basadas en información etnográfica sobre las técnicas de construcción. Lo que se ofrece al respecto es en gran medida resultado de una labor de experimentación y trabajo etnoarqueológico desarrollada por arqueólogos valencianos y catalanes (véase, respectivamente como referencias recientes Bonet Rosado et alii 2000 y Belarte Franco et alii 2000). Aunque es claro que los márgenes son apretados, hubiera enriquecido la comprensión de los dibujos un comentario sobre la justificación de la representación de aspectos tales como el secado de los adobes o el alzado de muros de tapial (3). La explicación de los procesos productivos hace igualmente un uso muy adecuado del dibujo. Las series de viñetas que ilustran las distintas etapas de, por ejemplo, la reducción del hierro o la forja, recurren a un lenguaje similar al del cómic, eficaz para la exposición de secuencias (resulta igualmente efectiva su utilización para explicar el ritual del enterramiento). A propósito de la metalurgia del hierro se emplea por cierto, una visión espacial amplia como la utilizada para el paisaje. Como en otros puntos de la obra, do-(1) Siguiendo esta línea, habría sido enriquecedor incluir estimaciones sobre la productividad de los cultivos o el consumo medio por individuo, cálculos que han sido realizados por los propios Gracia y Munilla (1993). Más reciente sobre este tema véase también Alonso, 2000. (2) Existe un vistoso ejemplo de este tipo de representaciones en las pinturas elaboradas por Deidre Hyde Howdle para el proyecto de Parque Arqueológico de Alcalá de Henares (AA.VV., 1992). (3) Simon James (1997: 35-38) comenta la detallada argumentación sobre la evidencia arqueológica utilizada para recrear una pareja de habitantes de un hillfort de la Edad del Hierro inglesa. Estos comentarios acompañaban a la imagen, obra del dibujante Peter Conolly, en una exposición itinerante organizada por el Museo Británico. En su conjunto, estas series de imágenes cumplen la tarea esencial de mostrarnos la diversidad de actividades artesanales que caracterizaban un mundo preindustrial como el ibérico (4). Salvando las distancias, casi representan un elenco de "oficios perdidos" a la manera en que son recogidos en algunas obras sobre los últimos restos de los modos de vida tradicionales en el ámbito rural. La visualización de procesos dinámicos prima absolutamente sobre la representación de los elementos muebles como objetos inertes. Estos últimos aparecen, no obstante, bien representados junto a la ilustración de contextos (armamento, objetos de adorno personal, recipientes cerámicos, herramientas...). A este respecto se echa de menos una fórmula (utilizada con gran éxito en los libros, ya clásicos, de Peter Conolly) consistente en confrontar la imagen de la pieza arqueológica con una recreación ideal de su uso o su aspecto original (5). El recorrido temático sobre la cultura ibérica culmina con un itinerario geográfico, ofreciéndose una apretada síntesis de los datos conocidos sobre una serie representativa de 22 asentamientos. Aunque no se facilita una información práctica sobre cómo acceder a ellos, hay que recordar que su visita está integrada dentro de una serie de circuitos turísticos denominada "La ruta de los iberos" promocionada conjuntamente por el Museo de Arqueología de Cataluña y la Fundación La Caixa [URL]. El hilo argumentai de estos recorridos es la adscripción de los poblados a las distintas etnias ibéricas documentadas en el territorio catalán (Indiketes, Lacetanos, Laietanos, Cosetanos Ausetanos, Ilervacones...). Los folletos publicados dentro de esta iniciativa incluyen información turística detallada sobre los yacimientos y otros puntos o actividades de interés en cada comarca. Algunos de los yacimientos mejor estudiados, como Ullastret u Olérdola, son además sedes del Museo Nacional de Arqueología de Cataluña (que colabora en la edición de este libro) y cuentan con un notable arsenal de medios didácticos para facilitar su disfrute y comprensión. Respecto a los dibujos empleados en esta sección, cabe apuntar el problema de cómo representar los espacios de los poblados de interpretación ambigua o, simplemente, no excavados. Viejas ilustraciones como la del poblado de la Covalta (Albaida, Valencia) (Llobregat, 1972), recurrían a unos providenciales arbolillos para resolver algunas incertidumbres como el trazado de la muralla. Sería preciso quizás el acompañamiento de un comentario aclaratorio sobre las decisiones tomadas al respecto. Finalmente, la obra ofrece una selección de bibliografía sobre la cultura ibérica, en la que se aprecian algunas ausencias. Destaca la del libro de Arturo Ruiz y Manuel Molinos (1993), que aunque necesitado ya de una ampliación y revisión, constituye una referencia inexcusable. Otra obra, esta vez más divulgativa, que no ha sido incluida, es la publicada por Belén y Chapa (1997) sobre la Edad del Hierro. Una obra tan dominada por la imagen requiere, para terminar, de algunas apreciaciones, en parte ya apuntadas, sobre el tipo de dibujos utilizados. Existe una creciente conciencia sobre la multitud de factores que influyen en la elaboración de este género de ilustraciones en arqueología (véanse como algunos de los trabajos más influyentes los publicados por Moser (1992) y Moser y Gamble (1997). En cuanto al ámbito peninsular, la atención se ha centrado sobre todo en la ilustración de los libros de texto escolares (Ruiz Zapatero y Alvarez Sanchís, 1997). Por lo que se refiere a la presente obra, el estilo empleado en las ilustraciones imprime una sensación de distanciamiento, claramente premeditada, que nos sugiere el carácter hipotético de muchas de las cosas que se muestran. Para la visión de edificaciones se adopta un ángulo de visión elevado, distante, y una disposición en tres cuartos que incide en la búsqueda de una perspectiva más analítica que subjetiva. Cabe plantearse la utilidad de enfoques menos convencionales para aportar visiones que pueden contener menos información objetiva, pero que poseen gran fuerza expresiva (6). Refuerza esta impresión el escaso empleo del color (si bien es fácil suponer que los costes de la publicación han influido en este aspecto). Como ya se ha apuntado, en algunas escenas complejas, el dibujo a línea dificulta notablemente su comprensión. El mismo distanciamiento se percibe en la caracterización de los personajes que pueblan diversas escenas. Nos cuesta conciliar la idea de un campesino ibérico que nace, vive y muere ligado al duro trabajo de la tierra, con una fisonomía y un estilo "idealizados", más propios del grafismo del cómic. La eficacia de este último reside, no obstante, en crear una imagen sencilla y accesible de la realidad a la que queremos acercar al público. Sólo queremos plantear aquí como una alternativa legítima, el arquetipo que reclama nuestra imaginación, y que tiene más que ver con esas viejas fotografías de las labores del campo a principios del siglo pasado. No se trata, desde luego, de volver a la recreación de "tipos populares", a la manera de una pintura costumbrista. La idea que subyace es la combinación de texturas, colores y formas de un determinado modo de vida (7). Un estilo de "realismo sucio" (4) Precedentes notables en la publicación de buenas ilustraciones sobre procesos de trabajo en el mundo ibérico son los lagares del Alt de Benimaquia (Gómez Bellard y Guerin, 1995) o las actividades agrícolas en el poblado de Mas Castellá de Pontos (Blasco y Buxó, 1998). (5) En el caso de dicho autor, este formato va mas allá de un carácter didáctico. En sus trabajos sobre aparejos de montura en época romana (Conolly, 1986), este diálogo con las piezas se convierte en un camino de investigación sobre las mismas. (6) Valga como ejemplo la obra de Miquel et alii (1980), en la que se aplican abundantes encuadres inspirados en el lenguaje visual cinematográfico para ilustrar la Europa de los siglos XVI y XVII d.C. (7) Un ejemplo claro de la pérdida de esta visión se pudo apreciar en el montaje de la exposición "Los Iberos, príncipes de occidente" en Barcelona, donde una detallada maqueta del poblado de San Miguel de Liria aparecía totalmente coloreada con un blanco inmaculado.
La editorial Urgoiti, con su colección Historiadores, está acometiendo una empresa de gran utilidad para aquellos que estamos interesados en la historiografía como es la reedición de obras que en su día representaron un hito en el progreso de la Historia. Obras bien publicadas, con un exquisito cuidado en la reproducción de las fotografías, con un estudio inicial realizado por investigadores de reconocido prestigio. De especial interés para nosotros son aquellas obras y autores que habiendo dejado en su momento una profunda huella en el ámbito de la Arqueología, sin embargo hoy en día apenas son recordados. Este es el caso de José Ramón Mélida y Alinari, arqueólogo que tras pasar desapercibido durante un tiempo, hoy se está recuperando en la memoria de la Arqueología, y que últimamente ha merecido la atención de dedicar a su persona y labor arqueológica una tesis doctoral de Daniel Casado. La obra Arqueología española, cuando se publicó por primera vez (Barcelona, 1929), resultaba especialmente necesaria, pues no existía en aquellos momentos en España ningún manual medianamente actualizado, especialmente en lo referente a la Arqueología clásica, ya que en relación con la Prehistoria hacía pocos años que había aparecido El hombre fósil de Obermaier (1916 y 1925). El contenido en todas ellas era idéntico, conservándose incluso la paginación. En la presente edición no se ha respetado, pero algunas de las fotografías se ven mejor que en la versión original, si bien faltan las cuatro láminas en color que contenían las versiones anteriores. La obra está dividida en cuatro partes: "Antigüedades prehistóricas", "Antigüedades protohistóricas", "Antigüedades romanas" y "Antigüedades romanocristianas". A lo largo de su contenido se dejan traslucir, lógicamente, los planteamientos teóricos de Mélida, donde los tiempos prehistóricos (pp. 1-78) se exponen de un forma fundamentalmente descriptiva, lo que no sucede en las partes segunda, tercera y cuarta. Esto es una muestra más de su proximidad al paradigma filológico y, muy especialmente, a la Historia del Arte. En este sentido entronca con una tradición de prestigio en España, cuyo valedor de mayor reputación fue Hübner quien, si bien contemplaba a la Prehistoria como parte de la Arqueología (por ejemplo en La Arqueología de España, Barcelona, 1888), le daba mucho menor peso que a la Arqueología clásica. Esta concepción de la Arqueología por parte de Mélida es manifiesta desde sus inicios como investigador, según se puede observar, por ejemplo, en la serie de artículos que publicó en la revista barcelonesa La Ilustración Artística en 1891. Sin embargo, hay otro aspecto de Mélida que quiero destacar. Mélida continúa con la tradición de la mayoría de los prehistoriadotes españoles del siglo XIX en defender el uso del cobre, como transición a la Edad del Bronce (p. Esto, que hoy es asumido sin mayores problemas, no lo era tanto en el momento de publicarse la obra, de tal manera que el propio Siret, a quien se refiere varias veces y cita en la bibliografía, sostenía la existencia de una Edad del Cobre contemporánea a la Edad del Bronce. Y si en lo que respecta a los tiempos prehistóricos son pocas las aportaciones que ofrece, no sucede lo mismo con todo lo que hace referencia a los tiempos protohistóricos (pp. 79-181) y a la. Mélida es el primer sintetizador español de los estudios sobre el mundo ibérico, lo que motivó que en aquellos momentos fuera el investigador español que con mayor soltura se desenvolvía al tratar de una cultura de la que entonces se desconocía casi todo, pero que ya había dado grandes descubrimientos como la Dama de Elche, el Cerro de los Santos, el Santuario de Despeñaperros, Osuna, etc. De esta manera, cuando en el primer tercio del siglo XX, Mélida, tras un exhaustivo trabajo para la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos se dispone a escribir esta síntesis, la hace sabiendo bien de qué habla. Sin embargo, comete un error en la primera edición que se transmitirá a todas las posteriores. Así, afirma que la Dama de Elche se descubrió el 4 de junio de 1897 (p. 128), cuando en realidad la historiografía defiende que fue el 4 de agosto de ese año. Este error pasaría a primera vista desapercibido, si no fuera porque Mélida hizo varias publicaciones sobre la Dama de Elche nada más descubrirse ésta. Todo ello resulta especialmente extraño, especialmente tras las acusaciones de falsedad de la escultura o de las circunstancias del descubrimiento de la misma que se han dado a lo largo de más de un siglo. El tercer capítulo es el dedicado a las "Antigüedades romanas" en el que, dividido en 23 apartados, el autor expone un buen número de obras realizadas en época romana en España. Como sucediera en el capítulo anterior se nota la seguridad del autor al tratar este tema, no en balde fue en su momento el más importante investigador de Mérida y Numancia, dos de los yacimientos insignias de la Arqueología española, ade-T. El cuarto capítulo, el dedicado a las antigüedades tardorromanas (pp. 275-287) es, con diferencia, el más corto de todos al no querer incluir a los visigodos en la obra. Tan sólo figuran él las construcciones y objetos cristianos de época romana, especialmente basílicas y sarcófagos. Mélida considera a los visigodos ajenos a la Antigüedad, lo que refleja el escaso conocimiento que aún existía sobre el mundo visigodo y bizantino. Así, plantea que con ellos se produce una ruptura de tal magnitud ("una gran convulsión histórica") que con su llegada "La Antigüedad ha terminado" (p. Y si la obra de Mélida es muy interesante, no lo es menos el estudio que hace Margarita Díaz-Andreu del autor y de su obra. Este trabajo, muy extenso, resulta muy exhaustivo y de gran interés. Para ello, Díaz-Andreu ha investigado en profundidad la figura de Mélida y todo lo que con él se relaciona, no dudando en solicitar la colaboración de numerosos arqueólogos e instituciones, fundamentalmente archivos, que han aportado una buena cantidad de datos que Díaz-Andreu ha sabido relacionar sabiamente. Contextualiza en su tiempo la figura de Mélida desde diferentes ámbitos: el familiar, el académico y como arqueólogo, para relacionarlo todo ello con la evolución de la Arqueología de esa época. Hace, además, un estudio bibliométrico de la obra, pero donde más aportaciones realiza es en el campo de la Sociología de la Arqueología española, con el fin de explicar por qué se difuminó la memoria de un arqueólogo que fue el más importante de su tiempo. El enfoque de Díaz-Andreu es tanto internalista como externalista, si bien, con buen criterio en un estudio de estas características, se inclina prioritariamente por esta última opción. A nuestro entender, arriesga Díaz-Andreu en alguna de sus afirmaciones, que dan una primera impresión de que no dejan de ser especulaciones muy interesantes aún por demostrar, pero se debe valorar que dichas afirmaciones abren varias líneas de trabajo, algunas metodológicamente muy modernas, a tener en cuenta. Se incluye una amplísima relación bibliográfica de Mélida que la propia autora reconoce como incompleta dada la gran cantidad de artículos escritos por él, y, efectivamente, la prolífica pluma del arqueólogo fue tal, que resulta difícil seguirle en todos y cada uno de ellos. Baste como una aportación que realizo desde aquí el artículo "La ornamentación en las artes de la Antigüedad prehistórica egipcia y oriental. I. Rudimentos del Arte. Las Artes Orientales", publicado en el no 471 (pp. 4-6) de la revista barcelonesa La Ilustración Artística de 5 de enero de 1891, que es el primero de una serie publicada en dicha revista y falta en la relación. Por último, cabe añadir que la obra está dotada de tres índices -onomástico, de instituciones, exposiciones y congresos y de revistas-que complementan al índice general. Dichos índices son muy útiles para su consulta intensiva desde las más diversas ópticas. Para finalizar, tan sólo me resta animar a la lectura de la obra, que fue un hito en la Arqueología española del primer tercio del siglo XX, y que resulta imprescindible para mejorar el conocimiento acerca del estado de la disciplina en dicho período. Además, el estudio realizado por Margarita Díaz-Andreu, por la profundidad de su análisis y las propuestas metodológicas que abre, no debería ser indiferente a nadie que se interese por la Historia de la Arqueología. Sociedad Española de Historia de la Arqueología IES Juan Carlos I San Francisco s/n 28350 Ciempozuelos (Madrid) Correo electrónico: [EMAIL] ------V.M. FERNÁNDEZ MARTÍNEZ: Una arqueología crítica. Ciencia, ética y política en la construcción del pasado. ¿Qué es una arqueología crítica? El arqueólogo español Víctor Fernández se ha dado a la tarea de responder a esa pregunta en un libro que no podría llamarse sino Una arqueología crítica (publicado, vaya sorpresa, por Editorial Crítica). Puesto que el mundo de la crítica en arqueología es vasto y variado sería más prudente (y realista) pluralizar el término y hablar de arqueologías críticas; ¿por qué, entonces, el libro se refiere a una y no a varias? Aunque Fernández hace un repaso de varias tendencias críticas (agrupadas en dos capítulos, uno dedicado al marxismo y otro al feminismo) el cuerpo del libro privilegia una de ellas, que considera surgida del postestructuralismo francés y que niega "la existencia de un absoluto, un centro inmutable, una meta-narrativa que sirva de referente epistemológico" (p. Esa posición lo sitúa en el terreno de la representación y del relativismo. Aunque al orden de la representación dedica varias páginas (distribuidas a lo largo del libro) sorprende que no se detenga en el relativismo y lo dé de baja sumariamente. La ausencia de una discusión sobre el relativismo es injustificable por el simple hecho de que es fundamental. Aunque el asunto es un tremedal filosófico que muchos prefieren ignorar el tema de este libro demandaba su tratamiento. Cualquier posición que se aleje de la comodidad de la univocalidad científica (marxista o burguesa) debe abordar este tema tan espinoso. Quizás Fernández haya creído que su abordaje parcial (y argumentalmente limitado) del multiculturalismo en el sexto capítulo del libro saldaba la cuestión pero no es así porque uno y otro son frutas de distintos árboles. El programa crítico de Fernández es explícito: "la arqueología crítica debe conocer, primero, su historia de estrecha connivencia con el poder... debe desconstruir, asimismo, los relatos arqueológicos de supremacía todavía vigentes... También efectuar la crítica correspon- diente del legado que nos ha dejado el origen esencialmente 'moderno' de la disciplina.. Una arqueología crítica debe mostrar un pasado diferente y más realista... Tiene que mostrar la diversidad cultural de los milenios que nos precedieron, luchar contra la uniformidad" (p. 19); y "contribuir con su esfuerzo a la lucha contrahegemónica, llamada a impedir el triunfo definitivo de lo que se ha llamado 'pensamiento único' " (p. En suma, la visión de Fernández de la arqueología crítica es historizante y militante. La historización permite enfrentar conceptos y prácticas enquistadas en la disciplina, atacar la reificación de sus abstracciones, contribuir a un proceso de descolonización que empiece por el cuestionamiento de su aparato metafísico. Las arqueologías críticas, por diversas que sean, comparten la historización del discurso histórico que disciplina la arqueología. La perspectiva de Fernández no es una excepción y plantea que la praxis colonial se puede enfrentar sometiendo la arqueología a un examen juicioso y detenido; su pretensión es ayudar a crear una conciencia crítica de la práctica disciplinaria, construir la convicción de que los arqueólogos no somos intermediarios neutros en el proceso de conocer el pasado sino que nuestros trabajos son producciones sociales mediadas por un sinnúmero de contingencias históricas. La militancia reivindica la unión entre saber y poder, entre conocimiento y política. Si pensamos que su separación ocurrió a fines del siglo XIX como recurso del orden burgués ante las insurrecciones obreras su re-unión es una suerte de regreso a los orígenes modernos, cuando el saber fue considerado el actor protagónico en la emancipación de los sujetos recién liberados del yugo feudal. El retorno a la militancia del saber, en este caso a la militancia de la arqueología, es un paso necesario en los procesos de descolonización a los cuales este libro contribuye. Además, la génesis marxista de la arqueología crítica de Fernández lo lleva a hacer suyo el dictum de Marx sobre la necesidad de conocer la realidad para transformarla. La agenda es clara: "la tarea primera de una arqueología crítica es la denuncia de los elementos de la ideología dominante que actúan implícitamente dentro de sus discursos, para luego empezar la construcción de discursos alternativos contrahegemónicos. En la construcción de una alternativa hegemónica democrática la arqueología, como la historia y otras ciencias humanas y sociales, ha de cumplir un papel importante" (p. Muy bien; Fernández ha firmado su declaración de principios. Pero, ¿cómo contribuirá la arqueología a la construcción de una alternativa hegemónica democrática? Aunque el manifiesto es decididamente amplio -"una arqueología auténticamente postcolonial... se debe inscribir en el ámbito de la intervención y la cooperación cultural, ayudando a los pueblos subalternos a construir una historia emancipadora con su propia pasado" (p. 187) y "tratar de compaginar la conciencia inevitable de la multivocalidad del pasado con la oposición a las estructuras de poder y dominación con él entreveradas" (p. 207)-en el libro el asunto parece estar circunscrito, en buena medida, a la órbita de la representación, a la ampliación del espectro discursivo de manera que otros actores (y sus puntos de vista) sean representados y se representen a sí mismos. Este es un prejuicio obvio de la perspectiva crítica adoptada, el postestructuralismo, una predilección de la academia noratlántica de la que este libro forma parte, aunque pretende escapar de ella. También es una limitante de la propuesta porque el asunto no es solamente discursivo (perdón por la obviedad). La visión crítica del libro es unidireccional: muestra varios caminos para que la arqueología académica se puede volver un instrumento anti-post-colonial (poniéndose del lado de los oprimidos) pero no documenta cómo varios grupos de interés, distintos a la academia y sin su mediación necesaria (o con su mediación negociada), acuden a ella como insumo importante de sus proyectos sociales y como instrumento de emancipación. Las únicas referencias al respecto se hacen el pasar cuando Fernández menciona la "historia desde abajo" realizada en África (p. 193) que se abre camino en varios países, sólo para señalar que "todavía falta por crear una 'arqueología subalterna' ". Pero esa arqueología (subalterna, indígena, local) ya existe en varios continentes y sirve como génesis de sentido colectivo (la historia es el lugar de los ancestros, que signan la utopía) y como memoria de eventos negativos que se quiere trastornar, es decir, como memoria de los desastres del colonialismo. En esas arqueologías la historia es un elemento básico para la acción (que es, ni qué decirlo, arrastrada por el pensamiento utópico). Con todo lo importante y pertinente que es este libro le falta la "mirada desde abajo". El libro de Víctor Fernández es un texto imprescindible para la academia hispanohablante, un punto de entrada a las tendencias críticas que se han construido en la arqueología en las últimas décadas. Su valor no radica en que haya sido escrito en español (aunque esa es una de sus virtudes innegables) sino en que es una presentación inteligente y documentada de las arqueologías críticas (privilegiando una de ellas). Pero el asunto del idioma no para allí. Tratándose de un libro escrito, sobre todo, para un público hispanohablante y con el propósito explícito de contribuir a la eliminación de las relaciones de subordinación resulta incomprensible que Fernández condescienda con el colonialismo académico (uno de los actores que no recibió tarjeta de invitación al banquete intelectual del libro) y que use, de manera prominente, literatura proveniente de los países del Atlántico Norte a expensas de la producida, cada vez en mayor número y cada vez con mayores niveles de visibilidad, en otros países. Salvo la arqueología marxista latinoamericana (que Fernández ha leído, sobre todo, a través de sus lectores norteamericanos pero no de fuentes de primera mano, generosas en cantidad y calidad) el libro no registra las discusiones (disciplinarias y conscientemente políticas) que se realizan en el sur geopolítico. Sólo mencionaré dos casos: las tres reuniones de teoría arqueológica realizadas en América del Sur han producido un rico cuerpo de publicaciones en las que brillan las perspectivas críticas; y en África las discusiones sobre los múltiples significados del T. P., 63, N o 2, Julio-Diciembre 2006, pp. 167-179, ISSN: 0082-5638 patrimonio arqueológico y sobre su papel en la educación y la emancipación han sido publicadas en libros y revistas cuya circulación bien puede no ser metropolitana pero no es invisible (sobre todo para un arqueólogo español que trabaja en ese continente). La mirada crítica en arqueología (que requiere entrenamiento, quien lo duda, para salir de la dirección cautiva) no puede justificar sus limitaciones acudiendo a la estrechez del colonialismo académico; debe buscar, indagar, desentrañar, tejer relaciones, acudir al lugar donde los antiguos esclavos se levantan. Para hacer honor al tema del libro está reseña es crítica y no complaciente. En vez de limitarme a señalar que Una arqueología crítica es un libro importante y necesario (no dudo que lo sea) he mostrado que podría ser aún más relevante (este, me parece, también es el destino de una lectura moralista de otras perspectivas críticas hechas desde la academia metropolitana). Al fin y al cabo el tiempo de la crisis sólo puede ser complaciente a riesgo de perder relevancia y contundencia. A las arqueologías críticas bien podemos pedir argumentos radicales y acompañamientos que conduzcan a descolonizar la sociedad, no solamente nuestro ejercicio disciplinario. Dpto. de Antropología Facultad de Ciencias Humanas y Sociales Universidad del Cauca Carmen 4, n. o 3 56 Popaya. Este libro está dedicado al estudio de varios yacimientos del Pleistoceno inferior y medio en Cataluña y Castilla-León. El análisis está enfocado a la industria lítica, por lo que el primer apartado del Capítulo 1 se centra en las distintas aproximaciones teórico-metodológicas, desde la propuesta normativa de Bordes a la de la cadena operativa de Leroi-Gourhan, pasando por las tesis analíticas de Laplace y las aspiraciones sintéticas del Sistema Lógico Analítico (SLA). El siguiente apartado comenta la ficha de trabajo usada en el análisis, describiendo la nomenclatura del SLA. Esta descripción resulta útil, dado que proporciona las claves para comprender las complejas denominaciones utilizadas en el resto de los capítulos, y además lo hace en inglés y en una publicación internacional, facilitando la lectura para autores no es-T. Por todo ello es necesario repetir que se trata de un trabajo importante y que será de referencia obligada para los interesados en el Pleistoceno inferior y medio peninsular. Ahora bien, el contenido de la monografía da lugar también a varios comentarios. La monografía comienza a analizar conjuntos líticos prácticamente sin una descripción de la problemática en la que se insertan, y sin incluir la secuencia arqueológica en un contexto de investigación en el que se tratan de resolver unas cuestiones específicas. Se echa en falta en el último capítulo una reflexión en torno a la contribución de los resultados obtenidos en la secuencia peninsular, secuencia que debería haberse diseccionado ya en las partes introductorias de la monografía. Del mismo modo, para el registro catalán habría sido importante presentar algún apartado en el que se discutieran los contextos estratigráficos y geomorfológicos generales de todos los yacimientos (y no de cada uno de ellos en particular), dado que para los no expertos en esta secuencia resulta difícil adquirir una visión global a partir de las descripciones casi en formato de informe disponibles en el apartado de cada yacimiento. Para los no iniciados resulta también complicado seguir las descripciones del SLA. Ciertamente el capítulo de metodología explica bien la nomenclatura utilizada. Resulta interesante observar que Rodríguez reconoce las similitudes entre el SLA y otros sistemas de análisis lítico como el de Glynn Isaac, también basado en la dicotomía entre soportes desprendidos y soportes de los que se desprenden. Sin embargo, y aún reconociendo las virtudes del SLA, como no usuario del mismo a veces me resulta complicado seguir las descripciones tecnológicas basadas en este sistema. Aunque de primeras no parece tan complicado, cuando el lector trata de comprender muchas de las tablas de esta monografía termina bastante perdido. Finalmente uno acaba agotado tratando de descifrar qué es una 2GNB of configuration of quartzite, with lateral-transver dihedral cutting edges (p. 104), principalmente porque el propio Rodríguez dice inmediatamente después que se refiere a un hendedor. Aunque en España el SLA está ampliamente divulgado, a mi juicio los seguidores de este sistema deberían simplificar la terminología cuando escriben para un público internacional. Es de alabar que el autor quiera trascender la mera descripción técnica de los materiales líticos para ofrecer interpretaciones más generales acerca de los patrones de asentamiento. Para la mayoría de los materiales que Rodríguez estudia en Atapuerca, que se encuentran en contexto estratigráfico, en posición primaria y asociados a otros restos arqueológicos, las variables usadas para calibrar la intensidad de la ocupación (densidad de piezas por m 2, tamaños de los artefactos, etc) son válidas. Sin embargo, resulta muy arriesgado hablar de ocupaciones de larga duración en conjuntos como Puig d ́en Roca o Nerets, o de ocupaciones episódicas en Vinyets, todos ellos yacimientos donde el material arqueológico se encuentra en posición secundaria, y seguramente proceda de distintas ocupaciones redepositadas. En estos puntos se vuelve a echar de menos una mayor discusión de los contextos estratigráficos de los yacimientos; para un lector no iniciado que no conociera la alta resolución estratigráfica de Áridos, podría parecer que éste es similar a yacimientos con mucha menor integridad como Vinyets, que Rodríguez compara e incluye en una misma dinámica de ocupación episódica que Áridos. Con respecto al contexto arqueológico peninsular y europeo que describe el autor, y dejando de lado la falta de referencias a yacimientos relevantes del noreste como Cuesta de la Bajada, cabe destacar las hipótesis sobre la primera ocupación de Europa. Rodríguez sigue manteniendo el planteamiento desarrollado por Carbonell et al. (1999), acerca de la existencia de dos olas migratorias a Europa, una protagonizada por homínidos con una tecnología olduvayense, y otra posterior en la que nuevos humanos procedentes de África traerían a Europa la tecnología achelense. A parte del fuerte componente histórico-cultural y normativo de esta propuesta, bastante discutible a nivel teórico, dicha hipótesis ha sido también cuestionada en su vertiente arqueológica empírica (por ejemplo Villa 2001). Ciertamente, la ausencia de bifaces tanto en los niveles inferiores de Atapuerca como en Orce resulta intrigante, pero podría deberse a la escasez de la muestra disponible; la colección publicada de TD6 no supera las 268 piezas, y en Barranco León y Fuente Nueva 3, con 310 y 389 artefactos respectivamente (Toro et al. 2003), tampoco existe una muestra abundante. En cualquier caso, no es este el lugar para discutir otros yacimientos europeos, africanos o asiáticos, y sólo la continuación de los trabajos en Orce y en Atapuerca podrán ayudar a comprender las primeras ocupaciones de la Península Ibérica. La monografía de Rodríguez es un avance más en ese conocimiento, y eso ya la convierte en un trabajo a tener en cuenta en el estudio del Pleistoceno inferior y medio español. El volumen 1409 de BAR-IS corresponde a la publicación de la tesis doctoral de María Cruz Berrocal, aprobada por la Universidad Complutense de Madrid en 2004, y resultado de un labor de varios años en el Departamento de Prehistoria del Instituto de Historia del CSIC en Madrid, bajo la dirección de Juan Vicent García. Como subraya este último, la tesis integra un conjunto de trabajos que se han desarrollado en el marco teórico de la arqueología del paisaje. La publicación está muy bien estructurada, resultando de fácil utilización, y con anexos documentales particularmente útiles. Sin embargo, una mayor documentación iconográfica, aún en un estudio de arqueología del paisaje, sería útil, en particular a los lectores que conozcan menos bien el importante acervo artístico estudiado. También el uso de colores en algunos diagramas y mapas, como se habían presentado en la versión manuscrita, facilitaría su lectura. Paisaje y Arte Rupestre es, a la vez, un estudio de arte rupestre, de Prehistoria y de Antropología. Al escoger el tema de las dinámicas socio-económico-culturales en la transición neolítica, la autora se basa en un enfoque claramente arqueológico del arte rupestre, pero sin dejar de reconocer su dimensión artística, y buscando una lectura de los determinantes socio-culturales y de sus grandes tendencias, más que estrechas periodizaciones de tradición histórico-cultural. En esa línea propone la clara asociación del arte levantino al proceso de cambio hacia un modelo de economía agropastoril de la Península Ibérica, subrayando su carácter de proceso, es decir, de realidad dinámica que incorpora a grupos con estrategias particulares y no siempre coincidentes, pero que se articulan en una red capilar. Desde luego, tal enfoque permite a la autora contextualizar el arte a la vez que entenderlo como elemento constructor del paisaje a lo largo del tiempo. Es por eso que supera la conexión entre estilos (macroesquemático, etc.) y cronología, incorporando todos, de una forma bien argumentada aunque polémica, a un único sistema socio-ideológico. Las hipótesis propuestas se presentan de forma convincente, identificando claramente lo que son datos analíticos o interpretaciones. La atención creciente a las temáticas del paisaje refleja, a nuestro juicio, una aproximación muy interesante a los enfoques más antropológicos que históricos de la arqueología en el hemisferio sur (donde se utilizan conceptos como el de "tradición", de clara influencia procesualista, para evitar el concepto más arcaico de "cultura"). Privilegiando el espacio sobre el tiempo, estos estudios se acercan a las preocupaciones de la contemporaneidad, que valoran el comportamiento humano frente a un paisaje entendido como entidad social dinámica. Tal enfoque se puede aceptar en el sentido de que las sociedades prehistóricas tendrían un mejor control del espacio (locus), que del tiempo (discontinuo y mítico), por lo que el espacio sería entonces más relevante para su praxis. Asimismo, los contextos son generados históricamente, pero son percibidos espacialmente. La arqueología del paisaje toma el objeto espacial y lo construye como objeto concreto (histórico, síntesis de distintas series causales). En el caso del estudio de María Cruz Berrocal siempre seguimos en el marco historiográfico europeo, incorporando de forma dialéctica esa otra dimensión, lo que resulta muy innovador. El libro está estructurado en cuatro partes, de las que la cuarta es una serie de apartados documentales. La primera parte, titulada "Bases", hace una revisión de conceptos y perspectivas de investigación: paisaje, arte, registro arqueológico y sus interacciones. La autora sitúa el arte rupestre en el encuentro entre Geografía, Arqueología y Antropología, y propone la lectura del arte como "portador de sentido", un sentido de dinámica social, claramente. Esta búsqueda de sentido, y no de significado, es crucial para superar las limitaciones de la dicotomía semiótica/semántica, y es la que mejor abre el terreno a la Antropología. La crítica de los modelos teóricos continuistas y difusionistas está muy bien elaborada, aunque oponer el indigenismo al difusionismo resulta en aceptar, creemos, la visión de un Mediterráneo como colección de territorios distintos, y no como un territorio de milenarias redes de intercambio. La segunda parte, "Lugares comunes", revisa de forma global los conocimientos sobre el arte neolítico levantino, sus diferentes "estilos" tradicionalmente considerados y sus contextos histórico-arqueológicos. La autora subraya un sentido de unidad tras todas estas manifestaciones, llegando a concluir una continuidad entre las "formas de vida" de los cazadores-recolectores "complejos" y los primeros productores, siguiendo la hipótesis capilar de Juan M. Vicent García (1997), un modelo que, también en Portugal, creemos poder reconocer en las cuencas del Tajo y Guadiana (Oosterbeek 2001). La tercera parte, "Experimentos", presenta el marco teórico de base, y sigue con un detallado estudio sistemático de distintas variables analíticas, aplicado al corpus de sitios estudiados, contrastando las ubicaciones en el paisaje de las distintas manifestaciones artísticas. Eso lleva a la autora a proponer una funcionalidad complementaria de esos estilos en el marco de una sola formación social, interpretando el arte como institucionalización de una ruptura de la sociedad indivisa precedente. Como conclusión, propone tres aspectos centrales: el entender las pinturas neolíticas (en el sentido de larga transición antes mencionado) como estructura paisajística, obedeciendo a patrones de elección claros y predeterminados por los grupos humanos; la mencionada complementariedad de estilos, adaptados a geomorfologías diversas, con el conjunto funcionando como "metáfora de procesos sociales"; y una funcionalidad económica, articulada con la defi-T. P., 63, N o 2, Julio-Diciembre 2006, pp. 167-179, ISSN: 0082-5638 nición del modelo ganadero de explotación del medio mediterráneo, fundamentado en un "uso estacional del territorio", en el seno del cual la explotación de las áreas de montaña ocupa destacado lugar. Es claro que se trata de una tesis polémica a distintos niveles, desde luego en los conceptos teóricos. Así, al discutir los conceptos tomados del marxismo, se podría cuestionar el uso de un concepto como "ideología", que en el marxismo supone una dimensión de "falsa conciencia" resultante de la alienación, proceso que no queda claro que ya esté finalizado en el Neolítico transicional presentado por la autora. También se podría profundizar en la relevancia del concepto de paisaje, que es psico-cultural (es espacio percibido y antropizado, estructurado por lugares) para la arqueología marxista. La afirmación de que no hay norma para la secuencia de lectura icónica puede ser una generalización que, en algunos casos, se podría contestar con estudios de ciertos conjuntos. También aspectos directamente relacionados con la tesis ofrecen motivos de debate. Sería útil incluir una revisión de las fechas absolutas de los contextos arqueológicos mencionados, aun siendo limitadas a algunas áreas y poco articuladas con el arte. A pesar de la valoración teórica de la Arqueología, la parte tres se queda siempre del lado de la arqueología antropológica, como expresan el elenco de variables analíticas. La valoración de la continuidad tras el Paleolítico superior final y el Epipaleolítico, y entre "cazadores-recolectores complejos" y productores, podría ser profundizada. Pero todas estas cuestiones serían bases para otras tesis, y el hecho de mencionarlas resulta solamente de que la lectura de la tesis de María Cruz Berrocal, además de aportar un nuevo enfoque teórico y arqueológico al arte neolítico peninsular, suscita la reflexión sobre amplios temas de la Prehistoria, lo que es un motivo más para aconsejar su lectura atenta. borado que requirió de cierto consenso social y a un poblado al aire libre con estructuras domésticas y de almacenamiento que evidenciaban un sistema agropastoril relativamente consolidado. Cronologías y organización social en un ámbito poco clásico del Neolítico peninsular, pero con una investigación muy desarrollada en los últimos años, que proponía reflexiones necesarias para un panorama supuestamente consolidado sobre la colonización masiva de todos los territorios peninsulares a partir de la hipótesis dual, cuyo epicentro se situaría en Cova de l'Or. Para entender mejor esta cuestión conviene hacer memoria sobre el propio valle de Ambrona y su conocimiento en paralelo a nuestros trabajos. Así, a finales de los 90 comenzaron a publicarse los primeros datos procedentes de las excavaciones de Soria recogidos en su web, al igual que los de los yacimientos toledanos de Huecas agrupados en nuestro trabajo del 2005 (Bueno et al. 2005). Los valles de Huecas y Ambrona aparecían como dos enclaves de notorias potencialidades: suelos arcillosos, buena irrigación y proximidad a entornos lacustres que permitieron pastos todo el año, fuentes de sal, sílex en el caso de Huecas y, muy probablemente, metal. A todas estas circunstancias favorables compartidas, se añade la presencia de enterramientos campaniformes insertos en un decurso poblacional continuado, con el interés de las posibilidades de observación del ritual empleado y de las ofrendas de bebida y comida que le acompañaron. Por eso parece procedente comentar a la par que el libro de las tumbas excavadas en Ambrona, el de la reunión sobre el campaniforme organizada junto a una exposición de varios ejemplares meseteños. El primero expone los datos de los yacimientos funerarios de la Peña de la Abuela, la Sima y la Tarayuela, a partir de una intensa labor de prospecciones y excavaciones, y el segundo recoge el fundamento teórico que los autores asumen sobre el campaniforme subrayando lo que de rupturista tendría el ritual del que las vasijas decoradas son protagonistas. La impresión en ambos casos es muy positiva: despliegue editorial, fotos a color, elaborada documentación. Sin lugar a dudas hay que felicitar a los autores y, especialmente al Director del equipo, porque no es fácil aunar tantas aportaciones diferentes. Comenzando por los resultados de Ambrona, el volumen de sugerente título dedicado a los monumentos funerarios recoge una prolija documentación de cada uno de los excavados y una relectura de sus aportaciones arqueológicas y ergológicas, acompañada de capítulos específicos con los estudios analíticos llevados a cabo, algunos inéditos en la Península Ibérica (pp. 289-298). El amplio abanico de publicaciones que a lo largo de estos años han ido dándose a conocer sirve para, junto con los datos del volumen que ahora nos ocupa, esbozar las destacables aportaciones del equipo formado por la Universidad de Valladolid y el Instituto Arqueológico Alemán. Gracias a las mencionadas publicaciones nos es fácil asumir la relación espacial entre los yacimientos funerarios del valle de Ambrona que no se materializa hasta la p. 232 y, lo que nos resulta del mayor interés, comprender su gran proximidad con los yacimientos habitacionales del mismo entorno, más aún cuando la Peña de la Abuela se inserta en el marco del poblado de La Lámpara con su enterramiento individual. Además de informaciones ya adelantadas en este sentido, la página http://www.valledeambrona.com/ indica que hay un volumen en preparación con los resultados de las excavaciones en los hábitat. La interconexión entre hábitat y áreas funerarias del Neolítico interior tendría en los yacimientos de Ambrona una de sus mejores constataciones y, desde luego, uno de los argumentos más contundentes para la valoración de la "evolución de los rituales funerarios y su contexto social" (p. Ciertamente, en nuestro comentario no podemos obviar la experiencia de nuestro trabajo en Huecas que posee yacimientos muy similares, por no decir, en ocasiones idénticos. Esta apreciación nos lleva al primer punto que queremos destacar y es la necesaria reflexión acerca de supuestas excepcionalidades que los trabajos de campo de los últimos años están barriendo literalmente. Basta cotejar el registro del túmulo de la Peña de la Abuela, con el del Castillejo para observar cómo se reiteran pautas idénticas de carácter material, de disposición del espacio funerario, de interconexión con el espacio habitacional, de asociación con enterramientos con campaniforme y, cómo no, de cronologías C14. Y si la relación entre este yacimiento y el túmulo del Castillejo es muy obvia, la que existe entre ajuares y ritual de la necrópolis de Valle de las Higueras y el sepulcro de falsa cúpula de la Sima es espectacular. El estudio de los yacimientos de Ambrona aporta datos acerca del ritual funerario que, si bien dejan de lado análisis más concretos sobre relaciones culturales o arquitecturas, ha constituido referencia destacable para la interpretación del megalitismo interior. La mayor aportación es la argumentación, desde distintos parámetros experimentales, del papel del fuego en algunas de estas tumbas colectivas y, sobre todo, su relación con los depósitos de cal que se asocian al cierre de las mismas. Este aspecto que los autores destacaron desde sus primeros trabajos dejó abiertas dudas que ahora subsanan, habiendo conseguido ya un amplio consenso. A él se dedica buena parte de las páginas de este libro. Con más énfasis en la Peña de la Abuela, un grado menor en la Sima y, con más problemas, en la Tarayuela, los autores proponen la definición de tumbas-calero para reunir una serie de evidencias de cierre con fuego en las que se buscaría expresamente la pirólisis. Si las tumbas-calero son una especialidad del megalitismo interior y comenzamos a tener datos de tumbas idénticas -la del Castillejo, por ejemplo-, construidas en ambientes calizos sin ese cierre con cal ¿son estas quemas el resultado de una clausura expresa del depósito de los ancestros, en todas las estructuras de este tipo, pensadas así desde la construcción del monumen-T. De hecho los mismos autores se plantean preguntas parecidas al analizar brevemente los resultados de su excavación en la Tarayuela, que resuelven acudiendo al mayor papel de la madera en este último recinto. En concreto el estudio de Carrión y Badal en los anexos del libro (p. 288) identifica auténticos postes. La explicación de que esta tumba, ligeramente posterior a la Peña de la Abuela, habría supuesto una transformación en los parámetros rituales de los cierres con combustión de cal es tan endeble que los gráficos de acumulación estadística de las fechas (pp. 36 y 195), la dejan prácticamente sin contenido. Queremos decir con ello que probablemente la ampliación del registro de monumentos, como los que estamos comentando, va a incluir una serie de variables sobre sus sistemas de clausura que encajarán con las que ya estamos más acostumbrados a admitir en los registros de los megalitos clásicos, en los que el fuego jugó también en ocasiones un destacado papel. Ello no obsta para destacar el notable esfuerzo desarrollado por el equipo en dotar de argumentos empíricos a esta interesante hipótesis. El informe de los trabajos en la Peña de la Abuela expone sugerentes datos acerca del uso del espacio funerario. Las "cistas" y losas-estela que individualizan grupos de enterramientos en este recinto visualizan la realidad de divisiones complejas del espacio, que coinciden con las que se perciben en arquitecturas pétreas cuyo uso se data en momentos semejantes (Bueno et al. 2005: 97-99). A la hora de conectar muy en detalle los datos de posición de los enterrados, las losas y las cistas, hemos tenido algunas dificultades de comprensión que, afortunadamente, coinciden con las de los autores que dedican una parte de su texto a proponer opciones para la interpretación de la arquitectura original y su decurso, del máximo interés. Compartimos totalmente la hipótesis del uso diacrónico de estas estructuras que habrían funcionado como "casas de muertos" imbricadas en el marco espacial de las casas de los vivos a lo largo de un tiempo, que seguro mostrará las mismas diferencias que las que hoy podemos apreciar en la utilización de las arquitecturas de piedra. Los restos humanos de la Peña de la Abuela (pp. 249-268) se suman a los de Azután, o Huecas, en el sentido de la variabilidad de sexos y edades que se está detectando igualmente en otros megalitos atlánticos. Por supuesto que la representación estadística de los infantiles no alcanza lo esperable, pero también es interesante, de cara a las interpretaciones sociales que podemos deducir, el hecho de que algunos niños estén enterrados en zonas delimitadas, con ajuares concretos (p. 61), como sucede en otros yacimientos neolíticos europeos, y como repiten algunos yacimientos con campaniforme (Bueno et al. 2005: 182). La posición de los restos asociados a campaniforme al Sur del monumento podría leerse, a partir de nuestros datos del Castillejo, como la evidencia de algún anexo -en nuestro yacimiento una pequeña camarita a seco-que debió albergar más de un enterra-miento con cerámicas decoradas, reiterando el uso de sepulcros variados de enterramiento colectivo que muestra el valle de Huecas. La documentación de cerveza en uno de los vasos encaja con los contenidos del mismo tipo que están definiendo la Península Ibérica como el enclave más destacado de la Europa atlántica para analizar la incidencia de los rituales alimenticios asociados al culto de los ancestros, cuestión que nos hubiera gustado ver en el análisis del ritual campaniforme de Sima o en los distintos informes de analíticas que se incorporan en los que, por algún problema que desconocemos, éstos no se incluyen. El segundo volumen es más que el catálogo de la exposición del campaniforme meseteño que le sirvió de arranque, con dos partes más, previas a la sección descriptiva de las piezas expuestas. En la primera, algunos de los principales expertos del tema, con distinto hilo conductor, plantean viejos y nuevos temas sobre el campaniforme. Su génesis, su expansión, la estandarización de sus cerámicas o la variabilidad de su mundo funerario, son tratados con la agilidad que exige un ambiente interpretativo tan pendular como el campaniforme. Basta fijarse en el resurgir de la tesis de la movilidad de gentes, aún lejos del descartado migracionismo, y su papel en la propagación del campaniforme a partir de nuevas analíticas. La diversidad campaniforme, con un "paquete" ritual que cada vez parece menos compacto, es sólo un ejemplo de algunos de los aspectos comunes tratados destacando como tendencia actual, un cierto consenso en la inserción del campaniforme en el decurso de Neolítico anterior. Su materialización de toda una serie de cambios y redes anteriores desmitifica la idea de cambio brusco o ruptura sin con ello hacer del campaniforme algo menos auténtico. Por volver a una de las cuestiones referidas, J. Thomas (p. 108) señala que convendría saber si el fenómeno de la movilidad comienza con el campaniforme pues los análisis han sido selectivos sobre enterramientos de este tipo. Lo mismo pasa con las redes de intercambio, o con el uso de sus suntuosas vajillas para contener bebidas alcohólicas. Esta cuestión, el papel del contenido alcohólico en el proceso de expansión del campaniforme, tiene un buen espacio de la mano de uno de los coordinadores, R.. Su versión es remisa a esa perspectiva continuista hoy tan en boga, a la que -afortunadamente-la Península tiene mucho que aportar. En la segunda parte del libro nos encontramos con autores que desde hace años investigan el tema en España y Portugal elaborando una perspectiva regional regida por un esquema similar. Como en todo el volumen, hay evidentemente un problema de espacio. Sólo eso justifica la falta de un respiro a los ojos del lector, sin que exista un solo renglón en blanco, aunque los artículos se dupliquen en castellano e inglés, en un esfuerzo destacable realizado por los miembros del equipo. Nuevamente se ve lo complementario de los dos libros y es que los propios coordinadores, siguiendo la misma regla de síntesis, lejos de explayarse en sus ya-T. Sí añaden un nuevo modelo social, "sociedades transigualitarias", tomado de Hayden (1995) y que se aplica al campaniforme en la primera parte del libro (p. Someramente planteado, pues se nos emplaza a una publicación detallada, es evidente que, en la Meseta, tiene dificultad para encontrar un registro arqueológico de auténticas "jefaturas" de la Edad del Bronce. Se agradece mucho la primicia referente a los yacimientos madrileños de Camino de las Yeseras y La Salmedina. Su interés recae en sus novedades y su contribución al papel de la Meseta Sur, francamente relegada en el libro. Como se observa en ellos lo pre y campaniforme ya no es lo que era, no todos los enterramientos son individuales ni en fosas, ni con los elementos de ajuar tradicionales, además de que la conexión de los enterramientos con áreas de habitación, como Camino de las Yeseras, permite valorar la relación entre el ritual campaniforme y el de los contextos argáricos. Sólo acudiendo de nuevo al primero de los libros sobre las tumbas encontraremos los aspectos más novedosos acerca del campaniforme de Ambrona. Por fin podemos conocer cómo se disponían los enterramientos con campaniforme del tholos, y su secuencia de uso. Y si esta secuencia es valorable por la discusión de la posición del campaniforme y su relación con el enterramiento colectivo, el análisis de la estructura es del mayor interés, porque aunque los autores no se detienen en ello, la Sima constituye el primer registro de arquitecturas de falsa cúpula al Norte de la Meseta y, junto con Huecas, la constatación más evidente de la fuerte dinámica de interacción entre los yacimientos occidentales e interiores. El uso continuado de la Sima es uno de los mejores referentes para valorar un registro funerario en el que el campaniforme posee un papel destacado, con una reutilización descrita por nuestros colegas de, al menos, cinco individuos. Incluso en deposiciones campaniforme sobre campaniforme que, documentadas en la excavación de la Tarayuela (p. 172), desdibujan la generalización de que los enterramientos campaniformes son un sepelio único, que no vuelve a tocarse, ni abrirse nunca más como se reitera en el segundo volumen (p. Otra cuestión interesante en este mismo rango de argumentos es la documentación de ajuares individualizados para los inhumados campaniformes que, por un lado, resulta difícil extrapolar a todos los restos humanos de la Sima con esta casuística y, por otro, puede definirse del mismo modo para restos más antiguos: La Lámpara o algunos de los enterramientos bajo laja o en las cistas de la Peña de la Abuela (p. El depósito metálico de la Sima asociado a campaniforme es francamente destacable. Su metalurgia sitúa a los yacimientos de Ambrona en una inmejorable posición para analizar algunos de los parámetros de la desigualdad de los grupos calcolíticos del interior. Nos hubiera gustado leer algo sobre sus posibilidades locales y, sobre todo, acerca del señalado papel de la presencia de "armas" que tanto la aproxima a las más destacadas manifestaciones occidentales. A la espera de que se constate que algunos de los individuos que portan estos magníficos ajuares "vengan de fuera" (p. 146), al menos respecto a las piezas, los análisis de Huecas muestran que nos hallamos ante una metalurgia local, como reiteran los análisis de pastas cerámicas realizados no sólo aquí, sino en otras tantas regiones recogidas en el volumen como Cataluña (p. Ello no obsta a la constatación de amplias interacciones que, desde momentos mucho más antiguos del registro, nos parecen fehacientemente demostradas. La afirmación taxativa (p. 242) de que no se construye ningún sepulcro colectivo durante el III milenio cal BC es arriesgada. Sólo hay que consultar las cronologías C14 de muchas de las arquitecturas del Oeste (Soares 1997) o de las propias del interior peninsular (Bueno et al. 2005) para, cuando menos, matizarla. Probablemente estas afirmaciones no son necesarias en un panorama que, si algo revela, es variabilidad y cambio, sin que sea posible mantener ni individualizaciones, ni colectivismo como único sistema. Nos parece bastante más interesante comprender precisamente esa variabilidad en registros de enclaves geográficos compactos como Ambrona o Huecas, pues creemos que es en esos marcos de poblaciones estables a lo largo de secuencias temporales importantes, en los que podremos proponer análisis más ajustados sobre el proceso de desigualdad en el ámbito del Neolítico. La notable aportación del equipo de Ambrona a éstas y otras cuestiones de la Prehistoria reciente interior tiene en los volúmenes que comentamos un brillante ejemplo de una trayectoria investigadora de la que esperamos más textos en breve plazo. Han pasado 24 años desde el inicio de las excavaciones en el dolmen de Azután y 14 desde la primera monografía que Primitiva Bueno publicara sobre este monumento y el de La Estrella en Toledo. Durante todo ese tiempo y por causas diversas, el dolmen de Azután no ha dejado de aportar datos interesantes que han sido releidos e interpretados con los planteamientos propios del decurso de las investigaciones de los noventa y los primeros años del nuevo siglo. En todo ese tiempo y siempre bajo el cobijo científico de la Universidad de Alcalá de Henares, se ha conformado un equipo de investigación bajo la dirección de Primitiva Bueno y Rodrigo de Balbín que se han situado entre los más activos y productivos de nuestro país. Es verdaderamente sorprendente la enorme cantidad de publicaciones que el equipo ha generado en los últimos años y el avance que ellas han significado para el conocimiento de la Prehistoria de la Meseta sur. Esta intensificación de la investigación ha provocado el conocimiento exhaustivo de distintos aspectos habitacionales y funerarios que han servido para contextualizar perfectamente las antiguas y nuevas excavaciones en Azután. Por ello, el libro que nos ocupa se puede considerar un trabajo de madurez y moderno. Madurez porque va más allá de la arqueografía descriptiva (que también está presente), contextualizando los datos a escala peninsular con una profusión de paralelos que llega a abrumar en ocasiones; y moderno porque utiliza todos los recursos que las ciencias auxiliares ponen a nuestra disposición para comprender las formas de vida de los constructores del monumento. De esta manera, al margen de presentar a partir de la página 225 los distintos análisis precisos para las reconstrucciones paleoambientales, económicas (polen, fauna, fitolitos...) y paleoantropológicas (paleodietas y estructura de la población), integra todos estos datos en un discurso coherente que lleva a describir las formas de vida y los ciclos económicos de los grupos productores de la cuenca interior del Tajo (capítulos III y VIII). En este capítulo se hace un esfuerzo considerable por uniformizar toda la información y presentar, de forma clara, la extensa documentación emanada de las campañas de excavación. La enorme profusión de figuras (79 incluyendo fotos y 4 tablas en 63 páginas) intenta dinamizar las necesarias descripciones de cortes, niveles, materiales, perfiles... aunque no siempre se consiga. A partir de aquí el libro continúa con un esquema clásico presentando los materiales obtenidos en las excavaciones del monumento (capítulo V) distribuidos en tres secuencias temporales: del V milenio cal AC correspondientes a las cabañas selladas por el túmulo, del IV milenio cal AC a los depósitos del nivel 1 del monumento y los propios de la ocupación campaniforme. Desde mi personal punto de vista este capítulo debía ir unido al capítulo VII ya que son claramente complementarios por más que en el primero se presente la cultura material de forma aislada y en el segundo se valoren los contextos. En cualquier caso llama la atención el enorme trabajo de búsqueda bibliográfica de paralelos y el exhaustivo conocimiento de los yacimientos que se demuestra. Al margen de los materiales y sus paralelos también se utiliza el C14 a partir de carbones y huesos para su ubicación temporal. En este punto el libro se manifiesta más farragoso por cuanto no hay una uniformidad a la hora de valorar las fechas y, especialmente, de presentarlas. Se usan fechas sin calibrar mencionando la datación BP que ofrece el laboratorio, fechas calibradas BC, a.C. y, a veces en pocas líneas, ambos sistemas (p. 184) con lo que se hace ciertamente complicado seguir las argumentaciones y comparar en términos de igualdad. Desde mi punto de vista ésta es una rémora que arrastra buena parte de la investigación prehistórica española que no sigue las convenciones usadas en el resto de países europeos donde ni se plantea la posibilidad de utilizar las fechas absolutas del laboratorio y donde se admiten sin discusión las calibradas y, especialmente, la media estadística como referente más fiable de una datación. Por lo demás, estos dos capítulos (V y VII) son un alarde de dominio de la bibliografía y de los yacimientos de la Península Ibérica como ya he mencionado. Sin embargo dos aspectos merecen un comentario por mi parte. En primer lugar, desde la página 121 se intenta contextualizar la ocupación campaniforme a partir de la presencia...de varios fragmentos decorados y lisos... (p. 121) que no aparecen por ninguna parte en este libro. En ellas aparecen tres pequeños fragmentos de cerámica campaniforme, dos marítimos puros (MHV) y uno mixto (CZM). Pues bien, estos tres fragmentos junto a algunos otros lisos atribuidos al mismo horizonte, son la excusa para reflexiones profundas sobre el ritual campaniforme que traducen más realidades de otros interesantes yacimientos que lo que realmente se puede atribuir al contexto y al propio material de Azután. En efecto, de la página 121 a la 131 hay continuas alusiones a la necrópolis del Valle de las Higueras donde tienen fundamento muchas de esas reflexiones. De hecho, en el mismo año y en esta misma revista, los autores publican un artículo (Bueno et al. 2005), donde argumentan, mucho más, las reflexiones poco justificadas en este libro sobre Azután. El segundo aspecto que quiero comentar conecta con los planteamientos de su capítulo VII sobre áreas de habitación. Para conocer este aspecto, los autores, de forma inteligente, agrupan los materiales habitacionales T. P., 63, N o 2, Julio-Diciembre 2006, pp. 167-179, ISSN: 0082-5638 asociados a los megalitos en tres categorías: los que se incorporan a los túmulos sin orden estratigráfico preciso, los que ocupan una situación aneja al megalito y los que se sitúan bajo la construcción tumular. A partir de aquí y tras una "mentira piadosa" en la que manifiestan su intención de no ser exhaustivos, comienzan un barrido sistemático de la bibliografía científica para concluir que... los hábitats al aire libre son muy frecuentes desde, al menos, la mitad del VI milenio BP (p. En este punto, desde mi perspectiva, se aprecia una cierta confusión pues en las páginas anteriores se han señalado evidencias, muy débiles a mi entender, de ocupaciones paralelas al megalitismo que no se segregan muy bien de los reconocidos asentamientos al aire libre claramente premegalíticos. Hay numerosos ejemplos de cierta entidad de asentamientos en cueva (La Vaquera) y al aire libre (La Revilla, La Lámpara, El Retamar...) que se desarrollan desde mediados del VI milenio cal. AC y es de suponer que en el seno de estas poblaciones surgirá, por determinados condicionantes socioeconómicos, la costumbre de enterrar en estructuras monumentales (dólmenes y otros). Sin embargo, las evidencias habitacionales de que disponemos en la actualidad, especialmente en el interior peninsular, son ciertamente débiles para el momento en el que surgen y se desarrollan los megalitos, ésto es, a lo largo del IV milenio cal. AC y, como mucho, las últimas centurias del V cal. Muchos, aunque no todos, los paralelos que se aducen para considerar una importante presencia de hábitats al aire libre en las inmediaciones de los monumentos nos parecen bastante débiles y podrían interpretarse, como se ha defendido en algún trabajo (Criado et al. 2000), actividades propias de la construcción y el uso del monumento funerario. Esto mismo hemos planteado recientemente (Rojo et al. 2005: 71, 104 y 105, fig. 62) para una serie de estructuras de combustión en el entorno del túmulo de La Sima, Miño de Medina, Soria. He dejado intencionadamente para el final de esta recensión algunas referencias sobre el arte (pinturas y grabados) presente en Azután y las consideraciones que sobre marcadores gráficos en el ámbito de las culturas neolíticas del interior peninsular extraen los autores. Tanto en la presentación de los datos (pp. 84 a 100 del capítulo IV) como en las conclusiones del capítulo VI, se manifiesta un control y una maestría inigualables en la descripción artística y en las reflexiones teóricas acerca de este tema. La dedicación desde hace años de dos de los autores a esta temática queda bien patente en el interesante y atrevido epílogo del capítulo en el que se afirma que la simbología analizada...constituye una evidencia indiscutible para valorar las culturas megalíticas europeas como el resultado de la adaptación simbólica de los grupos cazadores y recolectores a grupos productores, conformando una ideología que sustente los nuevos lazos sociales necesarios para justificar la propiedad de la tierra (p. BUENO RAMIREZ, P. 1990: "Megalitos en la Submeseta Sur: la provincia de Toledo". En Actas del Primer Congreso de Arqueología de la provincia de Toledo (Toledo, sin año): 125-162. - En los últimos 20 años el equipo de Vicente Lull en la UAB ha mantenido un compromiso tanto con la reconstrucción histórica como con el control arqueográfico del registro de la Prehistoria de España. Lo más notable de este segundo aspecto del ambicioso e imaginativo proyecto de estos investigadores ha sido una serie sostenida de publicaciones sobre la cronología prehistórica de la Península y las Islas Baleares. La tesis doctoral de Paloma González Marcén (1991) dió lugar a la síntesis a escala europea de Vicente Lull, González Marcén y Risch (1992) y luego al estudio crítico de la cronología peninsular de Castro Martínez, Lull y Micó (1996). Esta recensión crítica llenó un espacio dejado vacío después de que las recensiones anuales de fechas C-14 hechas por Martín Almagro-Gorbea desde 1970 hasta 1976 cesaron con el simposio sobre radiocarbono organizado por la Fundación Juan March (Almagro-Gorbea y Fernández-Miranda 1978). La obra de Castro et al. tuvo los grandes méritos de reunir todas las fechas publicadas hasta principios de los años 90 y de someterlas a una crítica uniforme y bien ponderada. Los comentarios presentados sobre la fiabilidad de los laboratorios que analizan las muestras y sobre las fechas de los "conjuntos arqueológicos" (término evidentemente superior a "culturas") fueron uniformemente sensatos. En parte por la dificultad de manejarla y en parte por la escala ambiciosa del trabajo, resultaría muy difícil para un lector pasar con facilidad de la lista de fechas a las conclusiones derivadas de ella, por razonables que fueran. Todos estos defectos quedan subsanados en el magnífico libro de Rafael Micó aquí recensionado. Después de una breve e inteligente introducción a los principales problemas de la cronología prehistórica y las grandes líneas de la arqueología del archipiélago balear, el grueso de libro consiste en un corpus de las fechas absolutas recogidas por el autor antes del cierre de la edición. Este catálogo está organizado yacimiento por yacimiento (116 en total), cada uno resumido por unos breves párrafos descriptivos con las referencias generales de las investigaciones. En cada yacimiento se presenta una ficha para cada una de las fechas absolutas (C-14 y TL), que llegan a ser 751 en total. Unas páginas de introducción al catálogo sirven para explicar con todo detalle el contenido de estas fichas, que tienen el formato siguiente: Yacimiento Isla Municipio Exclusión (sí/no) Código laboratorio Valor ap/BP Valor ane/BC ± Tipo de muestra cal ANE m cal ANE 1 σ "Campaniforme" (2500/2300 a 2100/2000 cal ANE) hasta la última fase prehistórica "Postalayótica" (siglo VI a II cal ANE). Su resumen incluye una breve recensión de las características principales de cada una de las fases y de los problemas pendientes en el registro arqueológico balear. La perfección de este volumen puede dar lugar a un par de reflexiones sobre el progreso de los estudios cronológicos en los países penisulares. Primero, queda claro que, en esas regiones donde existe un registro arqueólogico razonablemente completo, ya se pueden establecer fechas absolutas estables para las fases principales de la secuencia arqueológica. Sabemos, hasta qué punto vamos a poder precisar, mediante el método radiocarbónico, cuál puede ser la fecha de una naveta (o de un poblado argárico). Por lo tanto, si tomamos muestras de tales yacimientos debe ser para dilucidar los detalles de su secuencia constructiva u ocupacional: siguen recogiéndose fechas de carácter exploratorio, pero en la mayoría de los casos no hacen falta. Segundo, las dimensiones de este excelente trabajo nos demuestran que no va ser factible imitar su ejemplo en el mismo formato a una escala más amplia. Las casi 500 páginas impresas A4 que hacen falta para presentar el catálogo se multiplicarían casi por diez si se propusiera hacer algo parecido para toda la Prehistoria holocena de la Península. Además, tal es el aumento de los datos que, en el momento en que apareciese tan ingente compendio, ya estaría caducado. Estos problemas de escala deberían hacernos pensar en nuevas alternativas tanto mediáticas como institucionales para reunir cuerpos de datos tan útiles como el que nos ha presentado Rafael Micó. Estas fichas son ejemplares: la única (y muy pequeña) mejora que se podría sugerir sería dar sistemáticamente la ubicación de los yacimientos, no sólo por isla y municipio, sino también por coordenadas UTM. Igualmente admirable es la forma breve pero clara con la cual Micó explica cómo han sido aplicados los criterios de las fichas. El resultado es una presentación completamente transparente que puede servir como modelo a cualquier otro trabajo parecido. Los breves capítulos que concluyen el volumen contienen una nueva síntesis de la cronología balear con comentarios sobre lo que esa cronología implica acerca de los procesos de desarrollo de la Prehistoria del archipiélago. Aquí también la argumentación es notable por su transparencia: todos los pasos entre los datos arqueológicos y las conclusiones que se derivan de ellos quedan claramente expuestos. Primero se presentan las fechas fiables y la suma de probababilides cronológicas para cada tipo de estructura arqueológica, tanto habitacional como funeraria, distinguiendo lo que se puede extraer de las muestras de vida corta. Luego se pasa a una periodización de estas manifestaciones arqueológicas. Micó nos enseña cómo los datos apoyan una cronología corta y una fasificación de seis períodos desde la primera ocupación estable
Las ceramistas de la tribu Gzaua (Chefchauen, Marruecos), dentro del contexto de producción de la cerámica beréber del norte del Magreb, emplean técnicas de fabricación mediante urdido, cocción en fuegos abiertos y distribución por trueque o venta en ámbitos geográficos restringidos. El estudio sobre las técnicas de fabricación y el contexto social de producción y uso de estas cerámicas ofrece una referencia relevante para la comprensión de las cerámicas de época prehistórica y sobre la cuestión de la especialización artesanal. Desde 1997 venimos desarrollando un proyecto de investigación etnoarqueológica en la zona occidental del Rif (1), en la Jebala marroquí (González Urquijo et alii, e.p.; Peña-Chocarro et alii, 2000; Jbéñtzetalii, e.p. b). En este artículo presentaremos algunos de los resultados relacionados con la fabricación de las cerámicas. El proyecto se diseñó para completar un marco de referencia que sirviera para la comprensión de las sociedades neolíticas en Europa y Próximo Oriente. La elección de las montañas rifeñas se debe a la suma de las condiciones ambientales, técnicas, económicas y sociales, apropiadas en algunos casos para servir de apoyo etnoarqueológico en las cuestiones prehistóricas planteadas: un medio montaño-SO en latitudes templadas, una economía con muy débil orientación hacia el mercado, con escasas diferencias sociales en el seno de las comunidades rurales y aspectos técnicos como la fabricación de cerámicas por urdido, el trabajo de piel con procedimientos manuales y curtientes naturales, el cultivo de cereales vestidos, la gestión de rebaños heteróclitos, la construcción de casas de adobe con cubiertas vegetales, etc... El recurso a una observación etnoarqueológica directa deriva de nuestra convicción de que los modelos actualistas (Coudart, 1991; Fernández, 1994:138), de forma implícita o explícita, suponen la base de nuestra comprensión del pasado. El actualismo puede tomarse como axioma -tal como se presenta en los manuales de geología-o de forma más matizada y pragmática, como hipótesis aceptada por la fecundidad interpretativa que representa su empleo (Gallay, 1995: 26). La analogía, generalmente bajo la forma de inferencia inductiva {cf. Gándara, 1990) es el instrumento que permite interpretar los comportamientos pasados a la luz de la observación de los presentes. La cuestión se centra en establecer cuándo la analogía es pertinente. Esto requiere aceptar que los dos términos que entran en la comparación tienen propiedades equivalentes en algún grado, es decir, que son comparables. Partimos aquí de un presupuesto más moderno que posmoderno sobre las regularidades en el comportamiento de los grupos humanos. No se nos oculta que en el caso de las sociedades humanas la pertinencia de la comparación depende además de nuestra concepción sobre el funcionamiento de los procesos históricos. En las materialistas se atenderá más a la comunidad de condiciones ambientales y económicas, o -para los marxistas-a la semejanza estructural en el estadio de desarrollo socioeconómico (Gándara, 1990; Forest, 1992). Es evidente que la confianza aumenta cuanto mayores son las semejanzas estructurales entre las sociedades comparadas, pero no es esperable encontrar referentes 'perfectos' para la mayor parte de las sociedades prehistóricas. Ante esta constatación, en nuestro (2) Se trataría de homologías más que de analogías, en el sentido que se encuentra por ejemplo en M. Porr (1999). caso hemos primado la consideración de los aspectos económicos y sociales a la hora de seleccionar un marco pertinente. Además de pertinente, la analogía debe ser válida. La etnoarqueología ha padecido los abusos de la generación de analogías formales,'ad hoc \ basadas en parecidos superficiales entre dos fenómenos. Estas comparaciones simplistas inducen a menudo al error. La comparación es más sólida y útil cuanto más amplios sean los fenómenos comparados y más abundantes los referentes independientes que se aporten. El ámbito de aplicación de los enfoques etnoarqueológicos es objeto de debate regular. Al abordar problemáticas sobre tecnología prehistórica, sobre adaptaciones ecológicas o sobre prácticas económicas, la etnoarqueología puede suponer una suerte de experimentación en vivo (Beyries, 1997(Beyries,,1999;;Rodríguez, 1999). En este caso las restricciones en la gama de comportamientos posibles, que impone la naturaleza de los materiales físicos, y la posibilidad de desplegar una panoplia de análisis a partir de los restos materiales generados asegura la pertinencia de la analogía, para la que existen en último término referentes empíricos más fáciles de contrastar. Sin embargo, cuando pretendemos reconocer comportamientos de índole social o ideológica, la epistemología es más compleja y arriesgada (Stozckowski, 1992) o sencillamente inabordable (Petrequin y Petrequin, 1992), aunque para otros es precisamente el campo de aplicación más apropiado (Hernando, 1995(Hernando,,1997)). La segunda fase de un enfoque etnoarqueológico es la interpretación de un problema histórico. Aquí se despliegan de nuevo las condiciones que avanzábamos para aceptar la validez de la analogía. La interpretación debe dirigirse a las causas más que a las formas y debe estructurarse en forma de modelos de relaciones entre los distintos aspectos examinados. El proceso hermenéutico se facilita si disponemos de un conocimiento exhaustivo del registro etnográfico, de forma que se puedan establecer diversas líneas de explicación alternativas; este mismo proceso es más sólido si la contrastación de las hipótesis que sustentan la explicación es amplia, basada en aspectos diversos e independientes del registro arqueológico (Keeley, 1992; Ibáñez et alii, e.p. a). Además de generar analogías pertinentes, una aproximación etnoarqueológica proporciona también elementos para desarrollar un marco conceptual general, inevitablemente más difuso e intuitivo (sensu Tilley, 1994). El marco conceptual permite superar la casuística de los ejemplos etnográficos concretos, dando respuesta a uno de las principales carencias potenciales de las analogías actualistas en la interpretación histórica, como es el riesgo de no encontrar nunca nada nuevo, limitados a explicar el pasado a partir de los ejemplos necesariamente parciales que conocemos en el presente. En este artículo nos vamos a centrar en las características del proceso técnico de elaboración de las cerámicas y en el contexto económico y social de la producción con dos objetivos primordiales. En primer lugar, relacionar los comportamientos técnicos con los restos materiales que generan, aportando referencias que permitan la interpretación de los restos arqueológicos. En segundo lugar, analizar las características de un proceso productivo artesanal -es decir, practicado por especialistas y destinado al intercambio-y las diferencias que presenta respecto a las producciones domésticas. En este artículo no aplicaremos los datos etnográficos a ningún contexto arqueológico concreto, sino que, en un sentido más amplio, pretendemos ofrecer elementos que coadyuven a mejorar el marco teórico con el que abordar el estudio de la cerámica y, en general, de la especialización artesanal en la Prehistoria. Las informaciones que presentamos proceden del trabajo de campo desarrollado entre los años 1997 y 2000, en una estancia total de alrededor de cinco meses y medio. Hemos realizado una observación directa-en ocasiones participante-entre las mujeres que aún mantienen la técnica. Para obtener informaciones sobre estos aspectos en el pasado, en los últimos 60 años, nos hemos basado en encuestas a las ceramistas ancianas o a aquellos que usaron las cerámicas. La región Jebala se encuentra en el Rif occidental, en el NO. de Marruecos (Fig. 1). La tribu Gzaua se sitúa al sur de Chefchauen, ya en la vertiente meridional -atlántica-de las montañas rifeñas, en el valle alto del río Lucus, alrededor del pequeño núcleo poblacional y mercado de Mokrisset. La tribu ocupa una región de relieve accidentado, mode- lado a partir de la orogenia alpina; la mayor parte de las aldeas se sitúan en zonas de ladera, en altitudes entre los 200 y los 600 m de altitud. El clima es mediterráneo de influencia atlántica, con precipitaciones relativamente abundantes, por encima de 1000 mm anuales (Chikhi y ElAbdellaoui, 1996). La producción de cerámica en esta tribu, realizada por mujeres mediante urdido, se entronca dentro de la tradición de la cerámica beréber, extendida a lo largo de las zonas montañosas septentrionales de Marruecos, Argelia yTúnez (Balfet, 1965; Camps, 1987; Fayolle, 1992; Picon, 1993; Vossen yEbert, 1986; Vossen, 1990). Entre las ceramistas Gzaua existían diversos esquemas de producción y distribución de las cerámicas. El más sencillo consiste en mujeres que producen cerámica exclusivamente para uso propio o para regalar a alguna vecina o familiar. En segundo lugar, aquellas mujeres que fabrican para la venta en el propio duar (aldea). Por último, las artesanas que destinan su producción a la venta en el zoco. Los dos primeros esquemas de producción han desaparecido en los últimos años. Hemos conocido sólo un caso de una ceramista que en el pasado producía recipientes exclusivamente para uso propio, en la aldea de Dar el Ued. Esta mujer ayudaba a una ceramista que vendía en el zoco, preparando la arcilla, pintando y cociendo a cambio de un pago en dinero. Se trata de una mujer pobre que fabricaba además su propia cerá- http://tp.revistas.csic.es mica doméstica. La producción de cerámicas para la venta o trueque en el propio duar fue un esquema más extendido, habiendo conocido casos en Agbalu, Hommar y Miknanu. En estos dos esquemas productivos se elaboraban cerámicas culinarias no pintadas, destinadas a la preparación de los alimentos y al cocinado. Se trata en todos los casos de recipientes de formas abiertas -variantes de platos y cuencos. Sin embargo, el esquema productivo más generalizado ha sido el orientado a la distribución en el zoco. Dentro de este esquema se realizan dos tipos de cerámicas, una decorada con pintura, que se usa para contener líquidos (agua, aceite y leche) y otra culinaria, sin pintar. En la actualidad aún quedan mujeres ceramistas en activo en Ain Kob, Dahar y Briet. Sin embargo, en el pasado, el número de duares donde se fabricaba cerámica era mucho mayor (3). En algunos de ellos se fabricaba la cerámica culinaria y la pintada, mientras que en otros sólo elaboraban la culinaria. Esta dedicación ha podido cambiar a lo largo del tiempo. Así, en Agbalu hasta hace unos 50 años se hacían tanto cerámica pintada como culinaria, pero a partir de esa época se abandonó la fabricación de la pintada. La factura de la cerámica pintada es más compleja, ya que se realizan cántaros de hasta 60 cm de altura con cuello, y requiere de algunas materias primas específicas o exóticas -las arcillas y los colorantes, respectivamente. La producción cerámica ha sufrido un claro retroceso en los últimos veinte años. La escasa cerámica pintada que se elabora en la actualidad se destina en buena parte a la venta a los turistas. La cerámica culinaria apenas se produce, y, cuando se fabrica, sirve para el autoconsumo o para satisfacer encargos de algún vecino o familiar. Esta decadencia no ha influido demasiado en las técnicas empleadas, que siguen siendo las mismas que en el pasado, pero sí ha modificado aspectos referidos a la intensidad de la producción, sistemas de comercialización y uso de los recipientes. A continuación nos referiremos, en primer lugar, a los aspectos técnicos de la fabricación en los tres esquemas productivos, siguiendo la ordenación cronológica del proceso técnico, para discutir más tarde algunos aspectos del contexto económico y social. Pozos y minas: la obtención de las materias primas En la cerámica Gzaua se emplean varios tipos de arcillas y desgrasantes, mezclados o no en proporciones variables según los lugares, el destino de la producción o el tipo de recipientes fabricados. Por su parte, los colorantes son exclusivamente minerales y proceden en algunos casos de afloramientos muy alejados. En los ejemplos que hemos conocido de fabricación de cerámicas para uso propio o para intercambio en el duar, se emplea un solo tipo de arcilla de color rojo, usando como desgrasante pequeñas piedras milimétricas de margas o calizas pizarrosas (asegan). La arcilla se obtiene en las cercanías del pueblo, a veces en el mismo huerto de la casa, cavando pequeños agujeros por parte de la propia ceramista. El desgrasante es producto del cribado con cedazos de las gravas naturales que aparecen en la región. Para la cerámica destinada a la venta en el zoco, la obtención de la materia prima es más compleja. Las cerámicas para uso culinario se fabrican utilizando dos tipos de arcillas, una roja y una blanca, mezcladas con el desgrasante mineral. Las cerámicas para contener líquidos, normalmente pintadas, se elaboran con la arcilla blanca y desgrasante. La arcilla roja es común en toda la región, mientras que la blanca es más escasa, sólo se encuentra en algunas aldeas. En la actualidad, las arcillas roja y blanca se explotan en pequeños agujeros abiertos en las laderas (Lám. El acceso a la materia prima es libre, sin mediar pago alguno. La arcilla es recogida in- dividualmente por las propias ceramistas. Este sistema de recogida de la materia prima fue común en el pasado, salvo por el hecho de que en algunos lugares se practicaban pequeñas minas para extraer la arcilla blanca. Estas minas de arcilla blanca se encontraban en Ain Kob y Dar el Ued. La última mina abierta en Ain Kob consistía en una galería-pozo. El pozo de entrada alcanzaba hasta 3,5 m. de profundidad, con un paso de 2 m de alto por 1 m de ancho; contaba con escalones tallados para facilitar la entrada y la salida de las trabajadoras. A partir del pozo se abría una galería amplia, a la que se accedía a través de un estrechamiento a modo de puerta. La galería podía tener 2 m de ancho, 8 ó 10 m de largo y 1,80 m de alto, de forma que las mujeres entraban de pie. No utilizaban iluminación artificial; trabajaban con la luz exterior, una vez que se habían acostumbrado a la penumbra. Se abrían agujeros en las paredes o en el suelo de la galería, donde se realizaba la explotación individual. Algunos de estos agujeros podían tener hasta 2 m de longitud, y en ellos se entraba gateando. Las minas se excavaban al principio del verano, dado que es en esta estación cuando las labores de fabricación de la cerámica son más intensas. Casi todos los años debían abrir una nueva explotación debido a que las minas abiertas solían hundirse en el invierno a causa de las lluvias. Durante el invierno, cuando la necesidad de arcilla es escasa, la tomaban de pequeños pozos. Cuando iban a comenzar la explotación de una nueva mina, varias mujeres se ponían de acuerdo y trabajaban en equipo. Todas ellas iban rotando en los trabajos de picar, cargar o retirar la tierra a medida que hacía mella el cansancio. La preparación de la mina requería de 20 a 30 días de trabajo, dedicando varias horas al día. La morfología de la mina era fruto de la experiencia de las mujeres, sin que hubiera un plan explícito. Una vez acabado el trabajo de preparación de la mina, la explotación pasaba de ser colectiva a ser individual. En la práctica, siempre trabajaban al menos dos mujeres, una para picar y otra para sacar la tierra. Una vez que la mujer que picaba ya se había aprovisionado, la que sacaba la tierra pasaba a tomar su lugar. En la mina no había un lugar específico de explotación de cada ceramista. Si una ceramista estaba explotando una buena veta, otra podía continuar en el mismo punto. El trabajo en las minas era peligroso, pues, al no estar entibadas, existía un continuo riesgo de desplomes que se ma-terializaron en algunas ocasiones, en ambas minas. De hecho, las mujeres que quedaban en el exterior para sacar la arcilla también vigilaban por si el techo mostraba indicios de hundimiento. La apertura de minas se abandonó cuando declinó la producción cerámica y la explotación de la arcilla blanca se redujo a la apertura de pequeños pozos. La última mina fue abandonada hace cerca de 20 años. Hemos visitado los lugares donde existieron las minas de Ain Kob y hemos comprobado su escasa visibilidad arqueológica. Apenas una ligera hondonada en el terreno indica la antigua presencia de la mina. Los pequeños pozos que genera la extracción de la arcilla roja son aún más difíciles de detectar. En estas minas, además de las mujeres del propio duar, también se aprovisionaban ceramistas de las aldeas vecinas. A la mina de Dar el Ued acudían mujeres de Tazult (a 2 km) y de Dar Haidor (a 3 km), mientras que la mina de Ain Kob era frecuentada por mujeres de Kalaa Harrakin (a 2 km). Las ceramistas de Saara, algunas de ellas con parientes cercanos en Ain Kob, acudían a ambas minas. Para la decoración de las cerámicas pintadas se emplean colorantes minerales: el blanco (míala), con el que se engoban los recipientes, el rojo y el negro, con los que se realizan los trazos decorativos. El colorante rojo es muy abundante, y se recoge en las cercanías de las aldeas. Sin embargo, el colorante negro y el blanco proceden de lugares más alejados, a los que hay que llegar tras varias horas de marcha. A veces, los colorantes procedentes de estas zonas más alejadas se obtenían por intercambio y todas las ceramistas de la zona empleaban los mismos colorantes. La tendencia a que la arcilla para la fabricación cerámica se recoja cerca del lugar de producción, mientras los colorantes se adquieren en lugares alejados ya ha sido señalada para otros contextos etnográficos (Rice, 1987:117-118). Mezclas y cribas: la preparación de la pasta La arcilla blanca requiere un tratamiento previo ya que cuando es de buena calidad queda compacta, en terrones, que deben ser molidos; cuando la arcilla es de mala calidad resulta pulverulenta en el momento de la extracción. Para el molido, dejan secar la arcilla y después la golpean con un mazo dentado (Lám. Este mazo (rzama) es el útil tradicional empleado en la región para descascarillar Lám. IL Molido de la mezcla de arcillas con ayuda del rzama, en Briet (Rif occidental). el skalia (Triticum monococcum) o para desgranar las leguminosas. El molido se realiza en el patio de la casa, aunque cuando llueve pueden trabajar en un lugar cubierto; el molido se hace directamente sobre el suelo y este debe estar seco. Si se van a emplear varias arcillas en la fabricación se mezclan previamente y son molidas al mismo tiempo. Cuando la arcilla está parcialmente molida, la artesana la criba con un cedazo. La fracción fma se reserva y se continúa moliendo el resto de la arcilla. Después se añade y se mezcla el desgrasante. Para comenzar la fabricación, la ceramista amontona una cierta cantidad y abre una pequeña depresión en el centro, donde vierte el agua. Después amasa la arcilla con las manos y prepara varias pellas en forma de rollo. Estos rollos son envueltos en plástico y guardados en el exterior, junto al muro de la casa, pudiendo almacenar la arcilla así preparada hasta 5 meses. Los rollos se guardaban envuel-tos en tejidos o pieles antes de la introducción del plástico. Existe otra forma de preparación de la pasta. Una vez que la arcilla ha sido machacada con el rzama se introduce en agua y queda en remojo al menos 24 horas, hasta que al día siguiente se mezcla con el desgrasante y se amasa. Existe un riesgo al tomar esta alternativa ya que, al no estar la arcilla cribada, pueden quedar fragmentos compactos de calibre demasiado grande, que estallan durante la cocción y rompen la cerámica. Por ello, mientras la ceramista amasa la pasta al día siguiente va eliminando las intrusiones que reconoce al tacto. Esta circunstancia prolonga extraordinariamente la fase de amasado. Hemos encontrado esta técnica entre ceramistas que producen cantidades de cerámica relativamente pequeñas. El sistema de preparación de la arcilla por cribado está asociado a la producción de las cerámicas que se distribuyen en el zoco. El sistema de inmersión de la arcilla en agua se asocia a la producción de cerámica para venta en el propio duar aunque en algunos casos también se preparan de este modo cerámicas culinarias que se destinan al zoco. La elaboración de los distintos tipos de cerámica se lleva a cabo a partir de diferentes mezclas de arcillas. La arcilla blanca se emplea para fabricar los recipientes contenedores de líquidos porque ofrece plasticidad, permite la fabricación de formas cerradas con cuello, favorece el buen acabado de las superficies de los vasos para recibir la decoración pintada y, en opinión de los usuarios, mantiene los líquidos frescos porque permite una ligera transpiración. La arcilla roja se emplea para las cerámicas culinarias porque aumenta la tenacidad de los cuencos ante los eslFuerzos mecánicos propios del amasado del pan o la elaboración del cuscús y permite que soporten el impacto térmico en aquellas que entran en contacto con el fuego. Como ya hemos señalado las ceramistas que elaboran cerámicas culinarias para uso propio o intercambio en tlduar, sin venta en el zoco, sólo utilizan la arcilla roja, mientras que las cerámicas culinarias de las mujeres que venden en el zoco mezclan la arcilla roja con la blanca. Dentro del esquema general señalado para la cerámica que se vende en el zoco, en cada duar puede haber variabihdad en las proporciones en que se mezclan los diversos componentes. EnAin Kob la cerámica pintada, destinada a contener líquidos, se elabora con arcilla blanca (2/3) y desgrasante (1/ 3). La cerámica culinaria necesita una mezcla dife- rente: arcilla blanca (1/2), arcilla roja (1/4) y desgrasante calizo (1/4). En Briet, la cerámica culinaria es elaborada con 1/3 de arcilla blanca, 1/3 de arcilla roja y 1/3 de desgrasante. También hemos observado que en distintas partes de un mismo recipiente se pueden emplear mezclas diferentes de arcillas. En Saara se fabrican recipientes grandes, de hasta 100 litros de capacidad, donde se introducen las pieles para el curtido (Lám. Para la preparación de la pasta se sigue el mismo sistema que el señalado para la cerámica culinaria en Briet, con tres partes iguales, de las dos arcillas y los desgrasantes. Pero añaden también una arcilla con desgrasantes que se prepara aparte, porque necesita más agua durante el amasado. Esta nueva arcilla se mezcla con la pasta anterior, amasando de nuevo para obtener una mezcla homogénea. La finalidad de añadir esta arcilla plástica es la de mejorar la impermeabilidad a los recipientes, que deben contener el líquido curtiente durante varias semanas. Sin embargo, en las zonas del recipiente que no tienen que cumplir esta función, como las asas o el verdugón decorativo, los rollos se preparan sin añadir esta arcilla plástica. En la cerámica Gzaua existe una vinculación clara entre la composición de las pastas de las cerámicas y las funciones que ésta cumple, con al menos tres variantes: contenedores de líquidos, cerámicas culinarias -para el procesado o la cocción-y barreños de curtido de piel. El caso de estos últimos resulta revelador ya que las pastas empleadas en las distintas partes del recipiente dependen estrictamente de la función que cumplen: las paredes y el fondo con arcillas impermeabilizantes; las partes decorativas o de prensión, sin ellas. La preparación cuidadosa de las arcillas mediante molido y cribado puede reconocerse en el análisis de las pastas de los propios recipientes y probablemente en los análisis micromorfológicos del sedimento en las áreas de actividad. El modelado de los recipientes El trabajo se desarrolla principalmente en verano, puesto que en época de lluvias la arcilla tarda mucho en secar y es difícil trabajarla. En invierno, aprovechando los periodos sin lluvias, sólo fabrican los quemadores de carbón (mishmar) o los platos para cocer el pan (makla) pues son los tipos de vasos más demandados en esta época del año. Preparación de los grandes cuencos de cerámica para el curtido de la piel, en el duar de Saara (Rif occidental). La cerámica se elabora en el ámbito doméstico, generalmente en el patio exterior, aunque no existe un lugar de trabajo fijo. Durante el proceso de elaboración, a veces, la ceramista cambia de lugar, buscando la sombra o cualquier otra condición de comodidad. Trabajan sentadas en el suelo, generalmente con la pierna izquierda extendida y la derecha recogida (véase la Lám. II y las siguientes). La postura resulta incómoda y dolorosa después de varias horas de trabajo. Se emplea una técnica de urdido (Lám. Los recipientes se elaboran sobre bases hechas con lajas planas de piedra, planchas de madera, tortas fabricadas con arcilla mezclada con estiércol de vaca, secadas al sol, o sobre los fondos de recipientes de cerámica rotos. Las artesanas colocan sobre estas bases una torta plana y circular de arcilla que corresponderá al fondo del vaso. Modelado de la cerámica por la señora Fton, en Ain Kob (A); regularización de las paredes interiores del cuenco con una espátula de madera, en Briet (B) y de las paredes exteriores por el mismo sistema, en Ain Kob (C)(Rif occidental). un rollo de arcilla que colocan como un anillo ajustándolo alrededor del perímetro de la base; a partir de este primer rollo levantan las paredes unos 10cerámicas de agua. Si el secado ha sido demasiado prolongado los apliques de arcilla sobre la cerámica no se fijan, por lo que el tiempo de secado debe ser controlado. En invierno el secado se puede acelerar colocando los recipientes en el horno de pan o alrededor de pequeñas hogueras en las habitaciones de la casa. El acabado de las cerámicas se realiza con un trozo de cuero o con un canto de piedra humedecidos, frotando la superficie a medio secar, para conseguir un ligero bruñido. El frotado con cantos también se puede practicar después de la cocción. Las ceramistas ofrecen una explicación estética para esta labor, aunque hemos observado que el bruñido tiene a veces un sentido funcional. Así, en Dahar, en los recipientes para preparar el cuscús solo se bruñe el interior, para que resbalen bien los granos de sémola, mientras en las cazuelas donde se consume la comida se bruñe tanto el interior como el exterior. En otros recipientes, como los braseros o los grandes contenedores para aceite, no se suelen acabar las paredes de este modo. Las ceramistas también utilizan cuchillos de metal en diferentes fases del trabajo. Las paredes de arcilla fresca de los recipientes pueden ser cortadas para conseguir la forma adecuada. Estos útiles también sirven para raspar las rebabas que quedan en las bases de las cerámicas cuando, una vez secas, se separan de las placas sobre las que se han apoyado durante el modelado. Hay diversos grados de dificultad en la elaboración de la cerámica. Los platos y los cuencos abiertos presentan una dificultad escasa, mientras que las formas cerradas de sección fusiforme son más complejas. En el modelado de los cántaros de gran tamaño, el punto crítico es la elevación del cuello, cuyo peso puede desplomar el recipiente durante la elaboración o durante el secado posterior; ésta es la razón por la que se aprecian las cualidades de la arcilla blanca en estas piezas y se ciñe la temporada de fabricación al verano, para permitir un secado más rápido. La técnica tiene lugar en el ámbito doméstico, sin que existan estructuras constructivas destinadas a taller o almacén. Los útiles y el escaso material o producción almacenada pueden estar guardados en cualquier habitación. Muchos de los útiles están realizados en materiales perecederos, como los rzama (mazos), las espátulas de madera o los paños de cuero. Otros útiles son recuperables en yacimientos arqueológicos, como los cantos rodados, usados para la regularización y bruñido de los recipientes, o como los útiles cortantes, cuchillos de metal en este caso, pero útiles de sflex en el pasado prehistórico, usados para cortar partes de los cuencos con el barro fresco o para raspar las rebabas de la base, con el barro seco. Dentro de esta categoría se encontrarían la mano y el metate para moler los colorantes. Estos útiles son usados durante décadas, incluso generaciones, por lo que un análisis de huellas de uso o de residuos podría detectar su función (Gassin, 1996; Ibáñez y Zapata, e.p.). Algunas de las artesanas se quejaban de fuertes dolores, situados en las articulaciones, sobre todo en la cintura; no sería extraño encontrar evidencias de la hipersolicitación muscular que se hace durante el trabajo a partir de análisis osteológicos (4). La cerámica culinaria destinada al autoconsumo o venta en el duar no se decora. En ocasiones se decora la cerámica de cocina destinada al zoco. V. Decoración pintada de una pequeñaagarm^, enAin Kob (A) y cocción de la cerámica doméstica en El Aansar (B)(Rif occidental). fuente; barrada, cántaros pequeños usados para contener agua y servir el agua; el halib, cuencos de pequeño/mediano tamaño empleados para ordeñar las vacas; yagattas, cántaros de boca ancha destinados a traer el aceite desde la almazara para almacenarlo en el interior de las casas. Existen diferentes técnicas de cocción de la cerámica. La técnica más sencilla consiste en utilizar el hogar doméstico (kanun). Este hogar doméstico está constituido por un pequeño agujero de unos 30 cm de diámetro, en el que se hace el fuego. El agujero sirve para conservar las brasas que, una vez tapadas con las cenizas, pueden aguantar encendidas hasta 24 horas. Distribuidas de forma regular alrededor del kanun se colocan 3 piedras que sostienen el recipiente cerámico en el que se cocina. En algunos lugares se utilizan prismas rectangulares con perforación central, hechos en barro no cocido, en sustitución de las piedras. Para la cocción de la cerámica se toman las 3 piedras del hogar y se sitúan directamente en el suelo del patio de la casa. Se colocan las cerámicas a cocer, una a una, sobre las piedras. Como combustible se utiliza leña menuda bajo la cerámica y corteza de alcornoque cubriendo el recipiehte a modo de pira (Lám. Esta técnica se emplea para cocer pequeñas cantidades de recipientes y está generalmente relacionada con la elaboración de cerámica que no es destinada a la venta en el zoco, sino para consumo de la propia familia o para intercambio con las vecinas del duar. Sin embargo, esto no siempre es así, puesto que en la aldea de Elaansar, en la cercana tribu Bani Idder, hemos visto esta técnica asociada a la producción del makla (platos para cocer pan) para la venta en el zoco. Cuando estas mujeres que elaboraban pequeñas cantidades de cerámicas para uso doméstico o para intercambio en el duar querían cocer cantidades mayores de cerámica utilizaban el homo de pan. En general, la cerámica destinada a la venta en el zoco es cocida en hornos elaborados en hondonadas de 3 a 5 m de diámetro. En el ciclo de trabajo adaptado al zoco semanal, el horno se prepara el día anterior a la celebración del mercado. El horno se dispone a unas decenas de metros de la casa, muy a menudo en zonas de ladera, siempre en el mismo lugar. Para prepararlo se ha excavado una suave hondonada circular, entre 20 y 80 cm de profundidad según la inclinación de la ladera (ver más adelante Lám. El habitat de las aldeas es bastante disperso -estructurado según el principio de la 'discreción visual' (Boulifa, e.p.)-y debe guardarse un equilibrio en la localizacion del horno, que no debe estar demasiado próximo de las construcciones de la casa ni de las casas vecinas y a la vez lo bastante cercano para mantener cierto control, ante los riesgos de incendio o robo. Como combustible utilizan raíces y madera de árboles y arbustos. Los preferidos son la encina y el lentisco aunque también recurren a madera de acebnche, olivo, frutales (higuera, albaricoquero, etc.) o diversos arbustos. Procuran evitar la leña de fresno y sobre todo la de pino porque entienden que estas maderas dejan mates las superficies pintadas. Se aprovisionan de madera en los bosques cercanos. La madera se corta y trocea en el lugar de recogida, con un hacha, empleando a veces cuñas de piedra. Las mujeres transportan la leña a la espalda aunque en ocasiones cuentan con un animal de carga. Para comenzar la hornada, se entrama con la leña y sus astillas la superficie circular del fondo del homo, rellenando los huecos con cuidado. Después, colocan las cerámicas sobre la madera. Los cuencos grandes abiertos para cocina se sitúan boca abajo, los pintados se colocan un poco inclinados, equilibrándose unos contra otros. En los márgenes de la plataforma se dispone un cinturón de leñas calzadas por el mismo reborde exterior del horno o con piedras y cascos de cerámica. Las bocas de los cuencos son tapadas con fragmentos de cerámicas rotas, para que no entren ascuas en ellas, ya que se podrían romper. Cubren las cerámicas con una capa de tortas hechas con boñigas secas de vaca o de cabra (Lám. VI) y posteriormente con otra capa de estiércol fresco, cuya función consiste en evitar que el fuego sea muy vivo y conseguir que el calor se distribuya regularmente. Las boñigas que se utilizan se han amasado y dejado secar en forma de tortas en las semanas anteriores; en este tiempo también se va acumulando el estiércol fresco que se emplea en el horno. En una hornada en la que cuecen unas pocas decenas de recipientes son necesarios cerca de 250 kilos de estiércol. Encienden la estructura por tres puntos, introduciendo ramitas encendidas en huecos que han dejado en la base. Cuando el fuego ha prendido tapan los puntos de encendido con fragmentos de estiércol seco. A medida que él horno se quema van regulando la intensidad de la cocción añadiendo boñigas secas o estiércol fresco en los huecos por donde surgen llamas. Esta fase de la fabricación se concibe como un momento crítico y se percibe la mayor tensión y concentración de las artesanas. Es preciso controlar la temperatura que alcanza el horno, apagando las llamas vivas, ya que un exceso de temperatura puede fracturar las cerámicas. Las ceramistas temen también la aparición del viento y de la lluvia, factores que pueden modificar o descontrolar la temperatura del horno. El tipo de combustible empleado y su disposición condiciona la temperatura del horno, que debe M-^i f.f. VIL El final de la cocción en Ain Kob. estar relacionada con las características de la arcilla empleada en cada aldea. Así existen variables en este aspecto en los diferentes lugares de fabricación. En Dahar cubren la cerámica con madera y encienden la pira, sobre la que echan estiércol seco media hora después de que el fuego esté en marcha por lo que durante la fase inicial el fuego es muy vivo. En Briet prefieren la madera de higuera, ya que el empleo de maderas con mayor poder calorífico fractura las cerámicas. Las cerámicas para agua, hechas sólo con arcilla blanca y desgrasantes, necesitan mayor temperatura y tiempo de cocción que las culinarias, hechas con arcilla roja, blanca y desgrasantes. Para conseguir atender a los dos tipos de cerámicas en la misma hornada siguen dos estrategias diferentes. En algunos casos colocan las cerámicas para agua en el centro del horno, donde se alcanza más temperatura. En otros, ordenan las cerámicas en dos secciones de la hornada y atienden durante más tiempo, añadiendo combustible, la zona donde se encuentran los recipientes para agua. El horno se consume durante varias horas y se deja toda la noche para que se enfríe. El mismo día del mercado se retiran las cerámicas con cuidado, pues aún están calientes. Después se llevan a la casa y, una vez que han perdido calor, se van mojando con agua, lo que es bueno para asegurar la resistencia de las cerámicas, y para evitar que estallen los desgrasantes calizos y se piquen las paredes de los vasos. Las cocciones a las que asistimos fueron satisfactorias en general, pues no hubo fracturas y los cuencos estaban regularmente cocidos, excepto en el caso de Briet donde se apreciaban fisuras entre el 10 y el 20% de las piezas. Éstas son corregidas con una masa en la que se mezcla cal, leche y cemento, si la grieta se encuentra en el exterior, o cal y leche, si se quiere reparar el interior del cuenco, evitando así el contacto del cemento con los alimentos. Como aglutinante, también se puede utilizar la yema de huevo en vez de la leche. En el pasado, cuando había más ceramistas en la región, la cocción podía ser comunal, en un espacio cercano al centro de la aldea. Allí podían cocer la producción 4 ó 5 mujeres cada vez. Después cada una se encargaba de la venta de sus cerámicas por separado. Todas las artesanas se ocupaban de aportar la leña y el estiércol para el fuego. En el horno común podían hacer hasta 60 grandes cántaros para agua en la misma hornada. Algunos de los tipos de horno que hemos descrito dejan pocos vestigios arqueológicos. La cocción en el hogar doméstico o en el homo de pan no deja resto identificativo alguno de la producción de cerámica en el lugar. Las estructuras de homo en hondonada son algo más evidentes. Después de que se han retirado las cerámicas quedan, además de la hondonada del horno, restos de los carbones y las cenizas, fragmentos de las cerámicas rotas durante la cocción o las usadas para tapar las bocas de las cerámicas y una orla de piedras en los márgenes interiores de la hondonada, las que han sujetado la estructura de combustión. Cada vez que se quiere reutilizar el horno se limpia la hondonada y se desplazan los restos de la cocción anterior por la pendiente. Sin embargo, los usos repetidos van creando una superficie en la base del homo, dura, regular y ligeramente rubefactada. En Dahar y Briet aprovechan las cárcavas secas de los arroyos durante el estiaje para acondicionar el homo lo que aumenta la invisibilidad arqueológica de estas estructuras que son regularmente erosionadas en la época de lluvias. El objetivo de la producción: cerámicas culinarias y contenedores pintados Dentro del esquema de producción para autoconsumo o venta en el duar sólo se produce una limitada variedad de cerámicas culinarias no decoradas: gedras (cacerolas), mishmar (braseros) y makla (platos de cocción) de pan y dtergaif, el pan ácimo. En algunos casos esta variedad es aún más reducida, limitándose a la producción do makla de pan. La cantidad de producción de cada ceramista era muy escasa, entre 5 y 30 cacharros por año. Cuando la producción se distribuía, el intercambio tenía lugar en el ámbito del propio duar, generalmente con las vecinas, y por el sistema de trueque. Es una opinión extendida que la calidad de estas cerámicas es peor que la que producen las artesanas que acuden al zoco. En la producción para venta en el zoco la variedad es mayor. Dentro de la cerámica culinaria, hemos observado la producción de: sahba o sahfa (cuencos grandes de paredes abiertas, que se usan para amasar el pan y preparar la sémola del cuscús), slafa (platos para comer), mishmar, quemadores para cocinar sobre las botellas de gas; recipientes en forma de botella donde se hace fuego para espantar a las abejas cuando se recoge la miel, gedra, keskes (cuencos con la base perforada para la cocina a vapor), tayin (cuencos planos y redondos para cocinar); makla de pan y de ergaif, etc. La cerámica pintada está destinada a contener líquidos (aceite, agua o leche). La mayor parte de las formas que se elaboran son cántaros o vasijas, de diferentes tamaños: agattas (contenedores para aceite de hasta 30 litros), asakai o heber (recipiente de dos asas con el que las mujeres van a la fuente a recoger el agua), barrada (recipiente para contener agua con 2 ó 3 litros de cabida) y el-halib (cuenco para ordeñar). También se fabrica elfjajar, vasijas de gran tamaño para almacenar aceite que se embuten en el suelo de las casas y que no están pintadas. Entre las cerámicas pintadas aparece un tipo particular formado por dos pequeñas vasijas geminadas. Los informantes afirman que se trata de formas sin función concreta, destinadas a la decoración. Sin embargo, G. Camps (com. pers.) ha comprobado en otras zonas que se trata de cerámicas con significado simbólico, relacionadas con el matrimonio. Es posible que se trate de un significado que se ha perdido entre las artesanas actuales. ASPECTOS ECONÓMICOS Y SOCIALES DE LA PRODUCCIÓN CERÁMICA Trataremos aquí el contexto económico y social de la producción cerámica y observaremos por un lado cómo se relaciona con las técnicas de producción y, por otro, qué implicaciones tiene para comprender comportamientos prehistóricos. Se abordarán en apartados sucesivos las cuestiones relacionadas con las formas de distribución de los productos, el aprendizaje y la transmisión de las técnicas, el significado de las decoraciones, la organización del trabajo y los procesos de cambio, haciendo especial hincapié en la cuestión de la especialización artesanal. La distribución de los productos La principal forma de distribución ha sido la venta o trueque en el zoco semanal; hemos visto que esta orientación hacia el zoco determina la organización del trabajo durante la semana de modo que la última fase de trabajo, la cocción de los recipientes, se hace el día anterior. En el zoco la cerámica era vendida directamente por la ceramista. Era común que las artesanas de diversos pueblos se agruparan en una zona concreta del zoco, donde solían intercambiar ideas sobre las técnicas o recibir inspiraciones sobre los motivos decorativos.Las cera-mistas acudían habitualmente al zoco de Mokrisset, el que corresponde a la fracción Bani Chaib, donde se incluyen la mayor parte de las artesanas, pero también llevaban piezas a otros zocos cercanos fuera del territorio tribal -en Suk el Had y en Fifi. En el pasado había otros sistemas de intercambio. Dos eran las posibilidades, tanto para la cerámica pintada como para la culinaria. Bien la gente de los alrededores venía a encargar y comprar la cerámica o a trocarla en la aldea de la especialista; bien los varones de la familia de las artesanas viajaban con la cerámica para distribuirla. Los viajes se hacían en verano, una temporada propicia porque es el momento en el que se fabrican los recipientes, los clientes disponen de los productos de la cosecha para el trueque y los caminos están secos y practicables. Eran viajes de 2 ó 3 días de duración, en los que llegaban a zonas alejadas hasta 30 km del lugar de origen -7 u 8 horas a pie. Los criterios para dirigirse a unas regiones u otras se basaban (1) en lá abundancia de cereales, o de productos agrícolas en general, en las comarcas de destino y (2) en la ausencia de competidores. Así, por ejemplo, nunca viajaban al sur de Zumi, pues en esta zona se encontraban con las ceramistas de Bani Mesgilda. Normalmente no acudían hacia la región de Ketama, al este, donde la producción agrícola es más limitada. En cualquier caso, las fronteras de la propia tribu no representaban un límite a la venta itinerante. A menudo el valor del trueque consistía en la cantidad de cereal o legumbres que cabía en el recipiente. En los años de malas cosechas, el cántaro se llenaba aún menos. En otras ocasiones el trueque se hacía por habas o frutas. También podían realizarse trueques más complejos: las cerámicas por tejidos o sal en las aldeas donde se elaboraban (un cántaro pintado de 10 litros de capacidad equivalía a unos 4 kilos de sal) y estos artículos se cambiaban más tarde por los productos agrícolas. En estos desplazamientos se llevaban más a menudo las cerámicas pintadas, de fabricación más compleja, para las que había una mayor demanda ya que la producción de cerámica culinaria era más ubicua. Todos estos buhoneros tenían como objetivo preciso la obtención de productos alimenticios que compensaran la escasez de la producción familiar. Las mujeres también podían ejercer de vendedoras itinerantes, pero en este caso se trataba de trayectos cortos, volviendo a casa en el mismo día. La propia alfarera también podía transportar la cerámica hasta el comprador, en caso de encargo. En una de las casas deTeiyut, aldea situada 8 km de Briet, encontramos un elfjajar de gran tamaño que procede de Briet. Lo había transportado la propia alfarera, cargado a la espalda. Esta diversidad de sistemas de intercambio genera patrones muy complejos de dispersión de los productos. Con respecto a estos sistemas de distribución de las cerámicas, el análisis de procedencia de las pastas podría discriminar las producciones para autoconsumo o intercambio en el duar, por una parte y los de ámbitos de venta más extensos por otra. El intercambio preferente de las cerámicas en el zoco implica un patrón de dispersión concéntrico, dentro del ámbito de influencia de dicho zoco. La fabricación y uso de la cerámica en el lugar de producción y la distribución minorista en los duares vecinos generará un área de concentración en y alrededor del duar de producción. Algunas cerámicas, por medio de los vendedores itinerantes, pueden llegar hasta 30 o 40 km del lugar de producción; este tipo de distribuciones que implican un cierto nivel de especialización regional reflejan una forma de intensificación económica y están en la raíz del establecimiento de relaciones del tipo centro-periferia (cf. Shennan, 1999:354). Como ya ha sido señalado en otros estudios etnográficos, las morfologías de recipientes y principalmente las decoraciones, permiten identificar colectividades, en este CSLSO duares y tribus, pero sólo en el contexto de producción y no en el contexto de uso, puesto que las cerámicas se intercambian con criterios pragmáticos (Hodder, 1977: 269; Reina y Hill, 1978: 216; Dietier y Herbich, 1994a). El aprendizaje y la transmisión de las técnicas El proceso de aprendizaje (Wallaert-Pétre, 1999) suele llevarse a cabo en el seno de la familia. Las aprendizas van conociendo la técnica desde niñas, colaborando con las especialistas adultas de la familia. Estas niñas inician el proceso de aprendizaje hacia los 10 u 11 años, dentro de la biografía típica de las mujeres en la sociedad gzauí, que prescribe que las niñas de menor edad se ocupan principalmente del cuidado de los animales. Se inician en tareas auxiliares como la preparación de la arcilla y más tarde en la decoración de los recipien-tes, en la fabricación de las formas más pequeñas y sencillas y de aquí pasan a la fabricación de formas complejas, principalmente las que tienen cuello, y al control de la cocción de la cerámica. Algunas mujeres aprenden cerca de una vecina si no tiene familiares que conozcan el trabajo. En este caso, la aprendiza trabaja con la maestra, que es normalmente alguna de las mujeres que tienen más prestigio en la aldea por la calidad de su producción. La maestra acepta a las aprendizas sin restricciones, y sin recibir ningún beneficio apreciable por la enseñanza. Toda la cerámica que elabora la aprendiza durante el proceso de formación revierte en su propio beneficio, es ella quien la vende directamente. El tiempo de aprendizaje se extiende a lo largo de uno o dos años. Según las informantes, todas las fases del trabajo presentan igual dificultad. Sin embargo, hemos apreciado claramente la mayor dificultad que supone la elaboración de la parte superior de los recipientes (cf. Gelbert, 1999: 222 para una observación similar). Así, mientras no dominan completamente la técnica, las aprendizas realizan solo las formas cerámicas más sencillas, las abiertas, evitando los vasos cerrados con cuello y, en general, los de gran tamaño. También destaca lo delicado de la fase de cocción, puesto que, si no se controla bien, las piezas se pueden fracturar. Además de la enseñanza entre las mujeres en la misma comunidad, otro mecanismo de transmisión de la técnica (Gelbert, 1999) se produce a partir del matrimonio, dentro de una estructura social virilocal (Dietler y Herbich, 1994b). Se trata de mujeres que aprenden la técnica cuando se casan con un hombre residente en una aldea donde se fabrica cerámica. A diferencia del aprendizaje entre las niñas, el de las mujeres adultas se realiza reproduciendo el proceso desde las primeras fases hasta la cocción y aprendiendo el conjunto de la técnica de forma simultánea. Hemos apreciado que algunas familias no enseñan a sus hijas las técnicas artesanales desarrolladas en el duar de origen dado que son conscientes que es probable que no les sean de utilidad después del matrimonio. Existen una serie de limitaciones sociales que dificultan la transmisión de las técnicas y los motivos decorativos de una aldea a otra. En caso de que una mujer sea ceramista en su pueblo de origen, cuando va a residir tras el matrimonio a otro pueblo donde se fabrica cerámica abandona las modalidades aprendidas y adopta las de la aldea de acogida. Los mecanismos de socialización de las mujeres dentro de la estructura social virilocal que limitan las posibilidades de transmisión de las técnicas (Dietler y Herbich, 1994b), justifican el hecho de que la producción cerámica quede circunscrita a pocas aldeas y que cada una de ellas mantenga su propia tradición formal y decorativa. Ño parece común el caso de mujeres de estas aldeas ceramistas que transmiten la técnica a lugares donde no se conoce. En general, las mujeres abandonan la fabricación cuando se casan y van a vivir a otra aldea donde no se produce cerámica. Hay varias razones que explican la dificultad en la expansión de una técnica. La razón que aducen las mujeres es la ausencia de arcillas en las cercanías de su nueva residencia. Sin embargo, hay algo más que esta razón. Hemos conocido algunos casos de mujeres que encontraron arcilla en los pueblos de acogida y siguieron trabajando la cerámica. Estas artesanas reproducían las técnicas aprendidas antes del matrimonio. En todos los casos que hemos conocido, la razón para esta continuidad se basa en la necesidad de aportar ingresos ante la pobreza de la familia recién formada. Estas mujeres abandonaron la técnica al cabo de un tiempo, o, si han continuado, no han transmitido sus conocimientos a sus hijas u otras mujeres. Justifican este hecho en el desinterés de los hombres por la cerámica, por lo que no les prestan ayuda. Entendemos que se refieren básicamente al conjunto de la división sexual del trabajo, al reparto de las tareas cotidianas. Aunque no lo hemos podido registrar con precisión suponemos que en los pueblos ceramistas el reparto del trabajo entre hombres y mujeres tiene en cuenta la dedicación de éstas a la cerámica, lo que probablemente no es socialmente reconocido en los pueblos no ceramistas, donde las mujeres se dedican aún con mayor intensidad a las labores agropecuarias. A este respecto, en una aldea nos manifestaron que si las mujeres continuaran con la cerámica en sus nuevos duares, ellas llevarían todo el peso del trabajo y los maridos no harían nada (5). Aceptando estas barreras sociales que dificultan la transmisión de conocimientos entre aldeas, ¿cómo se han producido estos intercambios que son evidentes en las características generales de la cerámica de la región? Conocemos casos de intercam-bios de experiencias entre ceramistas de diferentes pueblos, durante los contactos que se producían cuando acudían a recoger arcilla blanca en las minas. Así, las mujeres de Saara copiaron motivos decorativos de las de Ain Kob. El zoco ha jugado un papel muy importante en la transmisión de las técnicas, tanto por suponer un ámbito de contacto entre ceramistas de diferentes pueblos, como por el hecho de que el mercado supone la sobrevaloración de ciertas producciones con respecto a otras. El mejor ejemplo lo hemos encontrado entre las tribus situadas al sur de los Gzaua. Así, los guembura (cántaros de agua) de Slit adquirieron prestigio y un alto precio en el zoco, por lo que artesanas de otros pueblos de la misma tribu (Mrila, de los Bani Mesgilda) o de otra tribu (Gsira, de los Bani Mestara) copiaron las formas y decoraciones de Slit. También hemos conocido casos de artesanas que copian modelos de cerámicas que compraron en el zoco. A veces se trata de piezas elaboradas con técnicas muy diferentes (a torno, vidriadas o piezas de metal), por lo que se copia es el diseño que permite la función ( 6) o algún aspecto de la decoración. La transmisión de esquemas formales o decorativos entre duares tiene lugar por la copia de los modelos que han adquirido prestigio por su calidad o belleza. El papel del zoco como dinamizador de esta transmisión es importante. El significado de las decoraciones Normalmente cada mujer decora su propia cerámica, aunque hemos observado casos de mujeres que pintaban recipientes elaborados por otras, a cambio de un pago. Dentro de las ceramistas que hacen cerámica pintada se aprecia a las mejores decoradoras. En Ain Kob distinguían apenas 4 buenas pintoras cuando había entre 15 y 20 ceramistas en la aldea. Las ceramistas del Rif realizan decoraciones complejas y estereotipadas, lo que inmediatamente evoca el problema del posible significado de los motivos representados. Ante esta pregunta directa, la respuesta que se obtiene de las ceramistas es siempre la misma: se trata sólo de decoración', es para que se venda mejor en el zoco. El acercamiento realizado hasta ahora nos permite tan solo señalar algunos aspectos de este tema (6) Hemos visto copias de mantequilleras y de quemadores para bombonas de gas. complejo. Las cerámicas pintadas en las sociedades del Rif occidental presentan diferentes ámbitos de significado. En primer lugar, reflejan rasgos de la identidad a diferentes niveles: tribal, local e individual. La decoración de los recipientes con una base de colorante blanco, bandas de color negro en la zona alta del cuello y trazos negros y rojos es similar a la que presentan otras tribus, como los Bani Mesguilda, Bani Zerual o El-Ahmas, al N. y al S. de Gzaua. Sin embargo, las decoraciones de cada tribu presentan peculiaridades que permiten identificar su origen. Además, las decoraciones de cada tipo de recipiente están estereotipadas dentro de cdiádiduar, constituyendo microestilos decorativos (Dietler y Herbich, 1994a: 465). Todas las mujeres del duar siguen los mismos esquemas decorativos generales, variando sólo detalles complementarios, que reflejan elecciones individuales. Estas decoraciones compartidas son reflejo y elemento potenciador de la solidaridad de los miembros de la aldea, aspecto que está bastante desarrollado en otras instituciones de ayuda mutua. Sin embargo, es necesario señalar que estos caracteres de identidad se corresponden con el contexto de producción, pero no con el contexto de uso de los recipientes (Dietler y Herbich, 1994a; Gallay^/ aliU 1996). Las cerámicas decoradas se destinaban a la venta, transpasando los límites del duar, de la fracción, e incluso de la tribu. Como hemos visto, en el pasado era corriente encontrar cerámicas Gzaua entre tribus vecinas, que habían sido compradas en el zoco o a vendedores itinerantes. En segundo lugar, el uso de cerámicas pintadas frente a las no decoradas era reflejo de estatus social. En Ain Kob afirmaron que en el pasado se fabricaban las mismas formas cerámicas que las pintadas, pero sin decorar, para las familias más pobres. Las cerámicas no decoradas se utilizaban a diario para actividades desarrolladas en el interior de la casa, incluso en las casas de las ceramistas, mientras que las pintadas se mostraban en fiestas desarrolladas en el ámbito doméstico o cuando venían visitantes a la casa. Entre las mujeres que iban a la fuente a recoger agua había una cierta competencia por llevar los cántaros mejor decorados. La señora Mnana, una de las artesanas de Ain Kob, señalaba que, cuando vivía con sus padres en Dar Hok, ella y su hermana recibieron como regaló sendos asakai decorados para que fueran a la fuente, lo que le parecía una expresión de hasta qué punto su padre las mimaba. Losbarrada pintados, jarras pequeñas para servir el agua en la mesa, además de su función cotidia-na cumplían otras de carácter simbólico. Durante los esponsales, en un sistema virilocal que implica a menudo el desplazamiento de la mujer a otro duar, la novia llevaba a casa del marido un barrada con agua de su aldea de origen. En otros pueblos no llevaban agua de la aldea de origen, sino sólo el recipiente. La madre de la novia era la que se ocupaba de encargar y pagar la cerámica, que debía ser nueva. El recipiente se guardaba en la habitación del matrimonio y bebían ambos cónyuges de él durante 7 días. La mujer permanecía recluida en la habitación durante esos siete días, al término de los cuales ya era considerada como parte de la nueva familia. La esposa estaba atenta a que el barrada contuviera siempre agua. Como ella no podía salir de la habitación pedía a la suegra que aportara el agua. Al beber del mismo agua se aseguraban que nadie hiciera magia que separara al matrimonio. Después de los siete días tlbarrada era entregado a la mezquita. En los últimos años esta práctica ha caído en desuso, pero hasta hace pocas décadas era común en todas las aldeas de la zona de Mokrisset, y, también entre otras tribus del Rif. En la actualidad, en algunos pueblos, se ha sustituido elbarrada por una tetera metálica. Otros barrada decorados se utilizan también en contextos con fuerte carga simbólica. Cerca del único santuario situado en el territorio de la fracción Bani Chaib (el de SidiAbderrahman) hay una fuente de agua, a la que se atribuyen cualidades curativas. Los habitantes de la aldea más cercana llenan con agua de la fuente un barrada decorado y la colocan en el santuario a los pies de la tumba del santo, para que beban los devotos. El uso acibarrada en este contexto resulta llamativo ya que hoy en día no se emplean las cerámicas pintadas en los ámbitos domésticos. Estas referencias sugieren que el sentido de la decoración no reside exclusivamente en el deseo de facilitar la venta para el vendedor y reflejar un estatus social para el comprador, cuando la utiliza en ámbitos públicos. Resulta evidente que la decoración pintada se relaciona con el hecho de que el recipiente contenga líquidos, sean éstos el agua, el aceite o la leche. Los casos de los barrada nupciales y del barrada del santuario parecen sugerir que las decoraciones tienen un sentido apotropaico, en relación a las cualidades positivas del líquido que contiene. ¿Es posible proyectar este valor a toda la cerámica pintada entre los Gzaua? Esta función simbólica de la decoración cerámica no puede ser expuesta por el momento más que como una hipótesis, a falta de una contrastación más específica. La organización social del trabajo y la especialización artesanal La elaboración de la cerámica es un trabajo especializado, llevado a cabo por un número limitado de artesanas, que han pasado por un proceso de aprendizaje que no siempre se desarrolla en el ámbito familiar. No es, por tanto, un conocimiento técnico general, sino especializado. Sin embargo, su dedicación a esta tarea es limitada y subordinada en relación con el conjunto de labores que ellas desempeñan. Es un trabajo casi siempre veraniego, siendo muy marginal en invierno. Además, estas mujeres atienden también el conjunto de labores domésticas, agrícolas y ganaderas, necesarias para la subsistencia de la familia. Es una actividad exclusiva de las mujeres. Ellas recogen la tierra, la preparan, elaboran las vasijas, las decoran, las cuecen y las distribuyen en el mercado. Sin embargo, en el pasado, cuando la producción era más intensa, las mujeres podían contar con la colaboración puntual de los hombres en tareas poco especializadas que exigieran esfuerzo físico, como la recogida de la leña destinada a alimentar la cocción. También la distribución en áreas lejanas, que requerían pernoctar fuera de la casa, era una función masculina. En Dahar hemos tenido ocasión de observar cómo se adapta la organización social del trabajo a la necesidad de intensificar la producción. En el líltimo año, una de las ceramistas ha recibido un encargo inhabitual de un mayorista de Tánger -600 cántaros-por encima de su capacidad de producción en condiciones normales. En estas circunstancias, la artesana se ha concentrado en las fases del procesado que llevan desde la preparación de la pasta hasta la cocción mientras su marido se ha encargado de la obtención de las materias primas -las arcillas y la leña-, y ha colaborado en la preparación del homo y en los desplazamientos de los recipientes entre las distintas áreas de trabajo; también se ha encargado de buena parte de las labores domésticas. Resulta destacable que una solución muy parecida en el reparto del trabajo se ha alcanzado en otros lugares del Rif occidental -como en Ued Lau-donde se ha desarrollado una producción intensiva de cerámica por urdido forzada por una explotación a mayor escala que compite incluso en los mercados urbanos. En términos globales, las artesanas actúan individualmente. Sin embargo, esta afirmación debe ser matizada, puesto que hemos visto varios ámbitos en los que se producía colaboración entre artesanas, como el trabajo colectivo para la elaboración de la mina de arcilla en Ain Kob, la recogida de la tierra o la cocción. En ocasiones, mujeres de la aldea que no saben hacer cerámicas también colaboran en las tareas que requieren menos destreza, como ayudar a recoger la tierra, llevar las piezas al sol para que se sequen, moler los colorantes, o transportar las piezas al lugar donde se va a construir el homo de cocción, a cambio de un pago o participando en el reparto de la producción. Las artesanas también son ayudadas por las mujeres jóvenes de la casa en este tipo de labores; la colaboración constituye una forma de aprendizaje. El conjunto de mujeres de la unidad familiar también colabora indirectamente liberando a las ceramistas de una parte de las actividades domésticas. A pesar de la estmctura igualitaria de la producción, existía una cierta jerarquía entre las artesanas, que se basaba en el prestigio conseguido por la calidad de la producción de algunas de ellas. Estas ceramistas prestigiosas ejercían más influencia a la hora de tomar decisiones colectivas, como las referentes a la mina de arcilla, o a la hora de transmitir la técnica a las aprendizas. En el Rif occidental se llega a la especialización artesanal a través de la precariedad económica, lo que ya ha sido observado en otros estudios etnográficos sobre fabricación cerámica (Rice, 1981; Arnold, 1985). En general, la alfarería es una actividad de mujeres pobres, pertenecientes a familias que tienen dificultades para conseguir los bienes apreciados -generalmente por falta de tierras-, que son los productos agrícolas y ganaderos. La fabricación cerámica representa una respuesta a la escasez de estos recursos, principalmente cereales, como se puede comprobar en los tmeques. Los cereales forman la base de la dieta y se aprecian por la posibilidad de almacenamiento y consumo diferido. Incluso para las ceramistas la producción agrícola es prioritaria; la alfarería se pospone o incluso abandona cuando el trabajo en el campo es intenso. Desde luego, los artesanos no se constituyen en actores políticos que consiguen algún tipo de preeminencia social a través del control de la distribución sino que se encuentran en una clara situación de desventaja en los intercambios {cf. Shennan, 1999). Esto se observa en el bajo precio que consiguen para sus piezas y en la constatación de que el tmeque está condicionado por el valor de las cosechas anuales. En algunos casos, tanto para ceramis- tas como para otros artesanos, hemos apreciado que los campesinos un poco más acomodados encargan o adquieren algún bien, sin una necesidad estricta o incluso teniendo capacidad para producirlo por sí mismos, sólo con el objetivo de ayudar económicamente a los artesanos, a quienes se percibe como pobres y necesitados. Ya hemos mencionado la existencia de abundantes normas e instituciones de acuerdo y ayuda mutua, más allá de las estrictamente musulmanas, como latawaza, el lausiah-gorah o el ezart (7). Esta situación parece atenuada en los lugares donde hay numerosas ceramistas que producen cerámicas decoradas para la venta en el mercado. Es probable que la producción de cerámicas de calidad, especialmente pintadas, haya supuesto una vía de promoción económica, en parte relacionada con la incipiente demanda turística. El mismo fenómeno se reproduce a escala regional. Las montañas rifeñas presentan malas condiciones para los cultivos lo que ha generado un gran desarrollo de las artesanías (de las cesterías, la piel, el hierro, etc...). Es característico el esfuerzo de los buhoneros que distribuyen las cerámicas por alcanzar las regiones ricas en cereales, que pasan a ser el objetivo principal de los intercambios. La especialización artesanal se convierte por esta vía en una forma de intensificación económica regional (Shennan, 1999: 353). Si entendemos el artesanado como una producción de especialistas destinada al intercambio, queda por aclarar hasta qué punto la producción cerámica gzauí implica una producción artesanal. Se han estudiado algunos ejemplos etnográficos de producciones cerámicas para autoconsumo por parte de ceramistas no especialistas, que comparten un conocimiento general a todas las mujeres del grupo (Longacre, 1981). De hecho, la producción cerámica femenina en el Magreb ha sido caracterizada como estrictamente doméstica (Balfet, 1965; Picon, 1993), como una producción femenina que se destinaría al autoconsumo de la unidad familiar. Se ha descrito como un conocimiento técnico general entre las mujeres de la región, que emplean técnicas muy sencillas, con una escasa selección de las arcillas y cocciones poco cuidadas. Nuestras observaciones en el Rif occidental no encajan con este esquema. Hemos observado procesos técnicos para la elaboración de recipientes la mina o el horno de cocción de múltiples vasos son reflejo de un deseo de intensificar la producción. La elaboración de vasos altos y cerrados, con cuello, refleja un alto grado de destreza técnica que sólo puede conseguirse con una práctica continuada. El mantenimiento de decoraciones estandarizadas complejas sólo puede entenderse en un contexto de producción, el duar, que agrupe a un número alto de artesanas, e implica una práctica continuada que justifique la pervivencia de los modelos. Estos rasgos no aparecen en el otro modelo productivo, en el que la cerámica sirve para las necesidades familiares o se distribuye en el interior de la misma aldea, con producciones que a veces no superan las 30 piezas por año. Sin embargo, sí puede ocurrir lo contrario ya que hemos observado el uso de técnicas muy sencillas (sin mezcla de arcillas, elaboración de cuencos bajos y abiertos; cocción una a una en el kanun, etc.) para fabricar cerámicas que son vendidas en el zoco. Los procesos de cambio En un mundo cada vez más globalizado, la sociedad rifeña está también inmersa en un proceso acelerado de cambio. En lo que se refiere a la cerámica, hay factores que alteran el sistema 'tradicional' de producción. Los más evidentes son (1) la introducción de contenedores en otros materiales, sobre todo plásticos, (2) la monetarización de la economía que modifica sustancialmente los sistemas de intercambio y distribución y (3) la existencia de otros referentes sociales que limitan la transmisión de las artesanías al generar otras expectativas en la población rural. Esto tiene dos implicaciones. Por una parte clarifica que la observación no se aplica sobre un contexto prístino. Mas sucede que ninguno lo es y pretender lo contrario resultaría ilusorio e ingenuo. Y, por otra parte, esta situación permite acceder a algunos aspectos poco estudiados hasta ahora a partir de los registros etnoarqueológicos como son precisamente las adaptaciones que se producen en los comportamientos técnicos, económicos y sociales durante estos procesos de cambio. Con la escasa perspectiva temporal que se consigue en un estudio etnoarqueológico, hemos percibido que se han producido cambios sustanciales en el conjunto del sistema de producción a lo largo de las últimas décadas y no sólo en los años más recientes. A menudo resulta difícil precisar la cronología de estos cambios 'históricos' que aquí transcribimos en ocasiones con una fórmula tibia:'en el pasado...'. A pesar de la resistencia de las artesanas a reconocer la existencia de modificaciones, hemos apreciado cambios en los procesados, en los tipos y en las decoraciones de los recipientes fabricados, en el reparto de las tareas o en las formas de intercambio. Es posible que los aspectos artesanales de esta producción se hayan potenciado a lo largo de este siglo, con la generalización de los zocos como puntos de comercialización (Picon, com. pers.). En el pasado, la producción para autoconsumo o intercambio en elduar debió ser más importante que lo que podemos observar en la actualidad. De hecho Eton, la ceramista más anciana que hemos entrevistado, de alrededor de 90 años, recuerda que, cuando ella era niña, la cerámica no se vendía en el zoco, sino que los compradores encargaban la producción en la casa de las ceramistas, además de practicarse la venta itinerante (para una evolución similar ver Dietler y Herbich, 1994a). A lo largo de este siglo ha habido un acceso cada vez mayor de la mujer al zoco, hecho que no era socialmente bien aceptado en el pasado. ¿Cuáles fueron las consecuencias del incremento de la importancia de los zocos como lugares de comercialización de la cerámica? Las investigaciones que hemos realizado hasta la fecha, basadas en los recuerdos de las ceramistas, apuntan algunas. Al introducir las cerámicas en un mercado que favorecía la competencia directa entre artesanas, la producción de cerámica decorada aumentó, ya que cada vez era más difícil vender las cerámicas no decoradas. La producción tendió a concentrarse en algunas aldeas, caracterizadas por la calidad de sus arcillas, como Briet, y/o la belleza de sus cerámicas decoradas, como Dahar y Ain Kob. A la vez, muchas ceramistas abandonaron la producción, especialmente las que vendían sus cerámicas a muy pequeña escala, en el propio duar. En las aldeas donde la producción se mantuvo, la intensidad de fabricación se incrementó. Los mecanismos que permitieron esta intensificación de la producción apenas incluyeron innovaciones en el proceso, sino que se basaron en cambios en la organización del trabajo: 1. la concentración de la producción en manos de las ceramistas y las aldeas más especializadas, 2. el aumento del tiempo de dedicación, 3. la colaboración entre las ceramistas (Picon, com. pers.), como vimos en la mina de Ain Kob o en los hornos comunales. 4. y la ayuda de los hombres para tareas poco especializadas y que requieren esfuerzo físico (recogida de leña). Estos datos apuntan a que, ante la necesidad de afrontar una intensificación de la producción, se eligieron soluciones de ajustes en la estructura social del proceso productivo, antes que la adopción de innovaciones técnicas. En otros ámbitos geográficos los cambios frente a estímulos de la misma naturaleza fueron más profundos. En Serbia se ha documentado una transformación más radical en la producción de la cerámica modelada hecha por mujeres, causada por el impacto del mercado. En una primera fase los hombres sustituyeron a las mujeres en la fabricación de la cerámica modelada, introduciendo posteriormente una innovación técnica: la tometa (Filipovic, 1951). La fabricación de cerámicas Gzaua representa un ejemplo de producción artesana con una escasa complejidad técnica, caracterizada por: 1. el trabajo individual, aunque con la posibilidad de desarrollar colectivamente algunas de las tareas, 2. con acceso libre a las materias primas, que se adquieren en ámbitos locales y por los propios artesanos, 3. realizado durante una temporada del año, 4. dedicando algunas horas al día, ya que las ceramistas ejectuan otros trabajos domésticos y productivos, como el resto de las mujeres no especialistas, 5. con técnicas sencillas, por urdido, 6. sin estructuras constructivas destinadas a la producción (taller, horno, almacén), 7. generando una producción escasa, 8. que, en su mayor parte, es vendida o intercambiada directamente por la artesana, 9. y distribuida en un área geográfica comarcal, restringida. La reflexión etnoarqueológica que permiten estas observaciones se extiende a aspectos tan variados como el reconocimiento del procesado de cerámica, la función de los recipientes, la organización del trabajo, la posición social de los artesanos o los procesos de cambio. Una parte de los procesos técnicos tiene una visibilidad arqueológica muy limitada. Esto es cier-to para la producción de cerámica a escala doméstica o para intercambio en el marco de la aldea, porque implica aprovisionamientos y tratamientos de la arcilla, tipos de instrumentos o estructuras de combustión que apenas dejan restos arqueológicos identificables. Sin embargo, la producción para el zoco acarrea (1) la incorporación de algunas estructuras novedosas, como son las minas o los hornos en cubeta, (2) el uso intenso de útiles específicos, como los cantos para el bruñido y (3) una preparación particular de la materia prima -con mezclas, molidos y cribados-, que proporcionan mejores evidencias. Resulta evidente la vinculación entre varios aspectos de la función de los recipientes y otras variables como la forma, el acabado, la decoración, las formas de cocción o la composición de las arcillas. Las primeras resultan más contingentes o contextúales y por ello más difíciles de extrapolar para un estudio arqueológico pero las otras tienen que ver con las propiedades materiales de las piezas: resistencia al fuego o a los choques, impermeabilidad... Por ejemplo, hemos observado que las características de las arcillas empleadas en cada tipo de cerámica se relacionan directamente con su función. Esto llega al punto de que si diferentes partes del mismo recipiente cumplen funciones distintas se fabrican con mezclas de arcillas también diferentes -por ejemplo, las paredes que contienen líquidos frente a los cordones que reciben la decoración. El sentido de las decoraciones y acabados ha sido examinado pero merece sin duda mayor atención en el futuro. Los acabados más cuidadosos de las superficies de las piezas mediante bruñido se expHcan por el uso que se da a estas piezas. Las decoraciones se organizan según ciertas reglas: (1) no se decoran las partes de los vasos que van a estar en contacto con el fuego; (2) en los recipientes de cocina se evita la decoración pintada, la que se realiza es más resistente, basada en cordones, apliques e impresiones; y (3) la decoración pintada se reserva para los contenedores de líquidos. Las ceramistas limitan el sentido de la decoración pintada, presentándola como un medio para mejorar la venta, al hacer más atractivas las cerámicas. Sin embargo, los contextos de uso de las cerámicas pintadas sugieren otras vías de explicación. Los recipientes pintados suelen emplearse en lugares públicos -para ir a la fuente o a la almazara, al recibir invitados-y tienen una carga evidente de representación social por parte del usuario. Se emplean también en contextos con fuertes contenidos simbólicos -la jarra en el d. El aprendizaje de las técnicas se produce de manera informal y sin restricciones en el marco familiar o vecinal. Hemos apreciado el mantenimiento de microtradiciones incluso locales, frecuentes en patrones de residencia uxorilocales, a pesar de que aquí el sistema es virilocal. Los mecanismos que preservan estas microtradiciones tienen que ver también con la transmisión de las técnicas. A menudo se produce un aprendizaje diferido en el que las mujeres comienzan la elaboración de la cerámica después del matrimonio y, por tanto, con las técnicas dtlduarde acogida. La organización del trabajo es muy simple, con una escasa o nula división del trabajo, que solo aparece como respuesta a una intensificación de la producción. La observación de algunos casos nos ha permitido comprobar cómo responde el sistema de producción a esta necesidad de aumentar la producción. Algunos de los cambios tienen que ver con las técnicas de trabajo pero los más se relacionan con la organización social del trabajo. Los procesos técnicos se mantienen bastante estables; los aspectos más flexibles son los que se relacionan con la adquisición de la materia prima y con la cocción de los recipientes: aparecen las minas y los hornos, como hemos visto. No se producen cambios notables cualitativos sino cuantitativos. Los cambios en la organización del trabajo tienen sin embargo mayor entidad; éste parece ser el elemento que dota de una cierta flexibilidad al sistema de producción. Los mecanismos que se desarrollan implican una reorganización de las tareas a escala doméstica, local y regional. En el plano doméstico se produce una mayor dedicación en tiempo de las artesanas, la participación de las otras mujeres de la familia en la producción o la liberación de algunas tareas domésticas, y, en último término, la colaboración de los hombres. En el ámbito local aparecen los trabajos comunales sobre todo relacionados con los cambios técnicos descritos en las minas y en los hornos. A escala regional se genera una reorganización de los centros de producción; ésta se concentra en los lugares con mayor tradición cerámica que están a menudo vinculados a afloramientos de arcillas de calidad que les permiten producir recipientes pintados con mejores acabados y cualidades. En este marco socio-económico la artesanía es una respuesta a la pobreza. La economía está basada en una agricultura y ganadería autosufícientes; los artesanos aparecen en las unidades domésticas que no disponen de suficientes tierras para producir los cereales, legumbres y frutas necesarios o para mantener los rebaños. El mercado está muy poco desarrollado por lo que los productos elaborados tienen un valor muy bajo en los intercambios y este valor queda establecido de forma casi discrecional por los compradores en relación con las fluctuaciones de las cosechas. En ocasiones, el encargo a los artesanos se concibe incluso como una forma de solidaridad. En consecuencia, las ceramistas tienen una posición social marginal, un rasgo que comparten con los demás especialistas artesanos de la región, tanto hombres como mujeres. Además de la división social existe también una división regional del trabajo, en el que las comarcas que no presentan condiciones para una economía agropecuaria suficiente desarrollan más, en términos comparativos, esta dedicación artesanal; ello resulta en una intensificación económica regional en el sentido de Shennan(1999). El estudio de los fenómenos de cambio resulta especialmente difícil en la observación etnoarqueológica por su propia complejidad -debida a la interrelación de numerosos factores-, y por la escasa proyección temporal del trabajo de campo que obliga a recurrir a fuentes de información dispares -observación directa frente a encuesta o narración. El riesgo es que ello favorece una estrategia un tanto simplificadora en la que los cambios se deducen de una comparación entre un pasado evanescente -por lo mal documentado-forzado analíticamente a convertirse en un tiempo único (cf. Caro Baroja, 1965) y un presente en el que la alteración de las formas de vida tradicionales es cada vez más acusada. Con todo, como describimos en los apartados a. y e. de esta conclusión, hemos percibido la mayor continuidad de los procesos técnicos, que mantienen similitudes en contextos y a escalas de trabajo muy diferentes, frente a la mayor flexibilidad y versatilidad de la organización social del trabajo que es la que suele servir para dar respuesta a las necesidades cambiantes. Agradecemos a Gabriel Camps, Carles Borras i Querol, Jacques Vignet-Zunz, Biljana Djordjevic-Bogdanovic y Maurice Picon las informaciones y comentarios que han enriquecido este artículo. Hamid Essoufi ha participado con dedicación e inteligencia en las campañas de campo; además de él. Otros compañeros y colegas han colaborado generosamente en las estancias en Marruecos y han aportado ideas sugerentes durante la redacción de este texto. La Fundación Marcelino Botín financia el proyecto de investigación que ha permitido la elaboración de este artículo. Recordamos con cariño a los hombres y mujeres marroquíes que nos han regalado con su hospitalidad. A todos ellos nuestro agradecimiento y amistad.
A la memoria de Gonzalo Muñoz: RESUMEN La región del Próximo Oriente es única para el estudio de las diferencias conductuales entre neandertales y humanos modernos, pues aparecen juntos en un restringido espacio temporal y en un rango cronológico definido, el Pleistoceno superior inicial. En los últimos años, se han propuesto varias hipótesis sobre las posibles distinciones en el comportamiento de unos y otros homínidos. En el presente estudio se analizan las conclusiones obtenidas por los investigadores que trabajan en la zona, y se replantean las teorías que abogan por una diferenciación conductual entre los neandertales y los humanos anatómicamente modernos del Próximo Oriente. Hasta la fecha, sólo dos zonas del registro euro asiático aportan evidencias de una posible convivencia e interrelación entre los humanos modernos y los neandertales. Una es la región de Europa occidental, donde se documenta una coexistencia de unos neandertales tardíos, asociados a una industria leptolítica y a una cultura del Paleolítico superior, junto a humanos anatómicamente modernos que, con sus industrias auriñacienses, terminarían por sustituir a los grupos autóctonos europeos. La otra región donde tenemos restos de ambos tipos de homínidos, muchas veces en yacimientos separados por pocos metros, es el Próximo Oriente. En esta zona, el panorama cultural es muy distinto al del registro francocantábrico. En primer lugar, por razones cronológicas: mientras que la posible coexistencia entre modernos y neandertales en Europa tuvo lugar hacia el 40.000 BP, en el Próximo Oriente los humanos modernos ocupaban Tab. Cronología de los principales yacimientos musterienses del Próximo Oriente, a partir de la síntesis de dataciones en de la Torre y Domínguez-Rodrigo (2000). *Absorción rápida del Uranio. **Absorción paulatina del Uranio. el área ya en el último interglacial, y se piensa que los neandertales llegaron después a la región, coincidiendo con los comienzos del Würm europeo. De este modo, y si asumiéramos que hubo una coexistencia entre ambos grupos a lo largo del Pleistoceno superior inicial, ésta duró nada menos que T. P., 58, n." 1,2001 50.000 años. Además, los dos grupos humanos compartieron una tecnología prácticamente idéntica, ocuparon los mismos asentamientos, y cazaron los mismos animales. No obstante, la interrelación entre humanos anatómicamente modernos y neandertales es difícil de probar. En todos los yacimien-(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es tos con industrias del llamado Musteriense tipo Tabun B en los que se han encontrado restos humanos, éstos han sido identificados como neandertales, y datan de comienzos del Würm. 1), por lo que podrían haber sido sustituidos en el área por los neandertales tras el último interglacial. Hubiera o no interrelación entre ambos grupos de homínidos, lo cierto es que la similitud de sus industrias, la cercanía de los asentamientos y la cronología parecida que manejamos, permiten establecer comparaciones entre el comportamiento de unos y de otros. El Paleolítico del Próximo Oriente ha sido objeto de la dedicación de numerosos investigadores desde comienzos de este siglo. No obstante, pocos autores han tratado de comparar los restos asociados a ambos tipos de homínidos, y establecer así hipótesis acerca de la ocupación del territorio por parte de estos grupos, las posibles diferencias económicas, de asentamiento, etc. Sólo en los últimos años, el cambio de perspectiva de algunos investigadores ha permitido la elaboración de interesantes trabajos sobre el tema. De este modo, se ha intentado establecer modelos de comportamiento dicotómicos entre ambos grupos de homínidos en función de la fauna representada en los yacimientos (Lieberman, 1993), de la industria (Shea, 1995(Shea,, 1998)), e incluso a partir de los propios restos huma- nos (Trinkaus, 1989(Trinkaus,,1992)). Sin embargo, y a pesar de estos innovadores estudios, la interpretación de los yacimientos levantinos y de la interrelación entre humanos modernos y neandertales sigue estando dominada por asunciones apriorísticas e hipótesis erróneas. Tras haber presentado en un trabajo anterior la secuencia cronoestratigráfica y cultural del Pleistoceno superior inicial de la región (de la Torre y Domínguez-Rodrigo, 2000), en las páginas siguientes intentaremos demostrar que los datos disponibles no permiten establecer modelos diferentes de comportamiento para humanos modernos y neandertales en el Próximo Oriente. Para ello, analizaremos la industria y la fauna de los distintos yacimientos, en busca de posibles diferencias en las estrategias económicas de ambos taxones, estudiando luego el abundante registro antropológico, que nos aportará información sobre la anatomía y comportamiento simbólico de los habitantes de la región durante el Pleistoceno medio final y los comienzos del Würm. LA DIVISIÓN DEL MUSTERIENSE y SU ADSCRIPCIÓN A LOS TIPOS HUMANOS El Paleolítico medio del Próximo Oriente se estructura a partir de las facies industriales estudiadas en el yacimiento de Tabun. Garrod (Garrod y Bate, 1937) diferenció una facies antigua, que denominó Levalloiso-Musteriense inferior en función de los materiales del nivel D de esta cueva. Por encima de dicha unidad, identificó una industria ligeramente distinta, más evolucionada, que Garrod calificó de Levalloiso-Musteriense superior (niveles C y B de Tabun). Décadas más tarde, Copeland (1975) sistematizó todo el Paleolítico medio de la región proponiendo la identificación de tres facies sucesivas. Así, esta autora diferenció el llamado Musteriense tipo Tabun D, el tipo Tabun C y el tipo Tabun B. Tanto las hipótesis de Copeland (1975, 1981, 1983) como las de Jelinek (1981, 1982) Y otros autores estaban basadas en una concepción evolutiva unilineal de las industrias. De este modo, se pensaba que en su mayor parte el Musteriense se asociaba con los neandertales (excepción hecha de Qafzeh y Skhul), quienes evolutivamente darían lugar a los Homo sapiens sapiens. No obstante, en esos mismos años algunos investigadores comenzaron a proponer que los humanos modernos ocupaban el área antes que los neandertales (Bar-Yosef y Vandermeersch, 1981). Según esta hipótesis, la sucesión de las facies del Paleolítico medio de la región no podía ser unilineal, sino por sustitución de unas especies por otras. De hecho, hoy se identifica cada tradición musteriense con un tipo diferente de homínido y una cronología distinta. Según las convenciones actuales, podemos diferenciar en la zona costera del Próximo Oriente las siguientes facies (véase con más detalle en de la Torre y Do- mínguez-Rodrigo, 2000): -El Musteriense tipo Tabun D: Se observa una mínima preparación de las plataformas de lascado, de las que se extraen como productos láminas y puntas alargadas. En general, los conjuntos contienen porcentajes mayores de piezas retocadas que en las facies posteriores. -El Musteriense tipo Tabun C: los productos son ovalares y rectangulares, no tan laminares como en el tipo Tabun D, y se obtienen a partir de núcleos Levallois con preparación centrípeta y/o bidireccio-T. P., 58, n." 1,2001 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es nal, apareciendo además las puntas aparecen ahora sólo de manera ocasional. Al haberse encontrado restos de neandertales en Kebara, Tabun B, Amud y Dederiyeh asociados al Musteriense tipoTabun B, Yde humanos modernos en Qafzeh y Skhul (con industria tipo Tabun C), se concluye que todos los yacimientos con industrias de tipo B fueron ocupados por los neandertales, y que los de la fase C fueron habitados por los humanos anatómicamente modernos (Bar-Yosef, 1992, 1994, 1998; Lieberman, 1993; Lieberman y Shea, 1994; Shea, 1998; Nishiaki, 1998; Goren-Inbar y Belfer-Cohen, 1998, etc). Esta convención académica es fundamental para el objetivo de este trabajo: la comparación entre la conducta de ambos taxones. En este yacimiento, se recuperaron en el nivel C una mandíbula (Tabun II o Tabun C2), atribuida hoy aHomo sapiens sapiens (Vandermeersch, 1981; QuarnySmith, 1998; Rak, 1998, etc, en contra Trinkaus 1993) Yel cuerpo casi completo deTabun I (tambiénTabun C 1), una mujer neandertal.Tabun 1, adscrito al nivel C, se encontraba muy cerca del estrato B, por lo que la propia Garrod (Garrod y Bate, 1937) se planteó la posibilidad de que la sepultura perteneciera a la actividad de los ocupantes del nivel B. La mayor parte de los investigadores (Bar-Yosef, 1998; Lieberman, 1993; Lieberman y Shea, 1994; Shea, 1998; Schwarcz et alii, 1998, etc) ha optado por esta última posibilidad, contemplando aTabun I dentro del estrato B. Sin embargo, algunos autores no aceptan esta correlación automática entre los T. P., 58, n." 1,2001 Ignacio de la Torre Sáinz y Manuel Domínguez-Rodrigo neandertales y el Musteriense tipo B. Trinkaus (1993; Trinkaus y Ruff, 1999) ofrece argumentos para cuestionar este modelo, afirmando que el radio derecho C4, la diáfisis de fémur C3, al igual que el espécimenTabun C5 (todos ellos claramente insertos en el nivel C), forman parte del esqueleto de Tabun l. Por tanto, se barajan dos hipótesis; en primer lugar, que la atribución original de Tabun I al nivel C es correcta, y que los huesos que representan C3, C4 y C5 se separaron del esqueleto antes de que el nivel B se depositara. Una segunda explicación supondría queTabun I pertenece al nivel B, o que es intrusivo en el C, pero pertenece a un momento posterior de ocupación. Una cronología tan moderna, en el caso de que aceptáramos la validez de estas nuevas analíticas (véase en contra Millard y Pike, 1999; Alperson et alii, 2000), implicaría que Tabun I fuera el espécimen neandertal más tardío del Próximo Oriente, en lugar del más antiguo como habíamos especulado. De ese modo, se plantearía la llegada de los neandertales a la región no antes del 70.0000 BP, como respuesta a los rigores del Würm europeo (Schwarcz et alii, 1998), y se podría acudir al modelo que correlaciona el Musteriense tipo C con los humanos modernos. A pesar de este problema y otros como la asignación taxonómica de algunos homínidos (Arensburg y Belfer-Cohen, 1998; Holliday, 2000; Wolpoff, 1989) o la cronología de los humanos modernos de Qafzeh y Skhul (p.e. Stringer, 1998), en el presente trabajo asumiremos la correlación entre los neandertales y el Musteriense tipo B, y la de los humanos modernos con la facies C. Se trata de una elección funcional, ya que es así la única forma en la que podemos comparar, a través de la evidencia de los distintos yacimientos, el comportamiento de ambos tipos de homínidos. No obstante, quede patente que la asociación de una industria con un tipo de homínido determinado es una asunción en cierto modo artificial y no exenta de problemas. En el Próximo Oriente, y siguiendo la influencia de los trabajos de Binford (1981de Binford (,1985)), se ha asumido que los neandertales practicaron una estrategia mixta de caza y carroñeo que poco tenía que (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es Tab.2. Herbívoros representados en yacimientos musterienses palestinos (a partir de los datos de Tchernov, 1992). Qafzeh XXII-V) y el tipo B (ejemplos de Tabun By Kebara) (elaborado a partir de los datos de Bar-Yosef, 1989). da en recuentos ya antiguos de especies (ver Bar-Yosef, 1989), no permiten dilucidar una tendencia clara en la variación taxonómica, ni establecer diferencias concluyentes en la selección de especies en ambas facies del Musteriense levantino. Es cierto que, según este ejemplo, la incidencia en los grandes bóvidos (Bos primigenius) es mayor en el Musteriense tipo C, mientras que en la fase B hubo un gran aprovechamiento de ungulados de menor tamaño (gacela en Kebara y gamo en Tabun B). Sin embargo, esta dicotomía no es extrapolable a otros yacimientos, ya que por ejemplo en los niveles del tipo C de Hayonim los ungulados de tamaño medio comoDamao Gazella representan entre el 79-93% de las especies (Stiner y Tchernov, 1998), en Qafzeh el porcentaje de Gazella gazella es muy superior al que se pensaba (Rabinovich, 1998), mientras que por contra en yacimientos del Musteriense final comoAmud (Takai, 1970) queda también refle-ver con la desarrollada tecnología cinegética de los humanos anatómicamente modernos (Bar-Yosef, 1989, 1994; Stiner, 1994; Stineret alii, 1999Stineret alii,, 2000, etc), etc). Sin embargo, en nuestra opinión estas asunciones no tienen una base empírica sólida y se deben a ideas preconcebidas y a modas académicas al uso. Por desgracia, en el Próximo Oriente, como en muchas otras partes del continente, la zooarqueología ha sido utilizada sólo de forma complementaria y como simple comparsa a los análisis tecnotipológicos de la industria. Sólo en los últimos años (Bar-Yosef et alii, 1992; Marean y Kim, 1998; Rabinovich, 1990Rabinovich,, 1998;;Rabinovich y Tchernov, 1995; Speth y Tchernov, 1998; Stiner y Tchernov, 1998; Stineretalii, 1999Stineretalii,,2000) ) se han incorporado a los análisis zooarqueológicos tradicionales las disciplinas tafonómicas, como el estudio de las marcas de dientes y de corte, la atención a los procesos bioestratinómicos y diagenéticos, etc. Debido a estas deficiencias, los análisis comparativos entre neandertales y humanos modernos basados en la fauna se ven limitados por la escasez de información, siendo además ésta casi exclusivamente taxonómica. Con todo, los datos disponibles permiten llegar a algunas conclusiones. A causa de la variabilidad ambiental y por tanto faunística que presenta el Próximo Oriente (véase Tchernov, 1992; Shea, 1998), tomaremos como ejemplo el área costera de Palestina. En esta zona, la cercanía entre yacimientos como Tabun, Kebara, Qafzeh, Skhul, etc, nos permiten asumir un mismo tipo de condiciones ecológicas, y por tanto podemos comparar la variabilidad en el registro faunístico de cada yacimiento. Como se puede observar en la tabla 2, las especies representadas en los distintos yacimientos no varían en demasía, bien sean asociados al Musteriense tipo C (Hayonim, Skhul y Qafzeh) o al tipo B (Kebara, Tabun B yAmud). En realidad, se trata de una tendencia lógica, ya que en un medio ambiente homogéneo (Skhul yTabun, por ejemplo, están separados por unos pocos metros) es de esperar una representación de especies similar, siempre y cuando asumamos que las estrategias económicas durante ambas facies eran parecidas. Los porcentajes de representación taxonómica también reflejan un patrón semejante; la figura 1, basa- Asumiendo por tanto que las especies representadas y los porcentajes son similares tanto en los yacimientos asociados a humanos modernos como en los neandertales, cabe preguntarse cuál fue el medio de obtención de las carcasas. Como ya hemos señalado anteriormente, los estudios tafonómicos no son aún demasiado abundantes. Los animales de gran tamaño (uros, équidos e incluso rinocerontes) predominan en dos yacimientos musterienses al aire libre, Quneitra y Far ah 11. De este modo, la singular naturaleza de ambos asentamientos sirve a Bar-Yosef (1994) para asegurar que se trataba de una estrategia oportunista. Sin embargo, Gilead y Grison (1984) no hablan en ningún caso de carroñeo en Far ah 11, y los estudios originales (Davis et alii, 1988; Rabinovich, 1990) tampoco lo proponen para Quneitra. Bar-Yosef simplemente asume unos prejuicios muy extendidos sobre la incapacidad de los neandertales para cazar grandes animales, algo que sí se acepta para los humanos modernos. Con todo, sí es cierto que existen algunas diferencias entre la fauna representada en el Musteriense con respecto al Paleolítico superior. Así, en el Próximo Oriente los grandes bóvidos y équidos que aparecen en el Paleolítico medio desaparecerán en el periodo posterior. Sin embargo, este cambio no está relacionado con la alternancia del carroñeo durante el Pleistoceno superior inicial, sino con una disminución gradual del número de animales de tamaño superior a los 250 kgs, quizás debida a los cambios climáticos y la intensificación de las actividades cinegéticas a causa de un aumento progresivo de la población humana (Davis et alii, 1988). De hecho, estos autores señalan que en Quneitra los huesos aparecen muy completos, mientras que en yacimientos posteriores como Ein Gev 1, la mayor parte de los restos óseos se encuentran totalmente fragmentados. De este modo, podría sugerirse que los grupos del Paleolítico superior y el Epipaleolítico explotaran en mayor grado las carcasas que los musterienses, aprovechando toda la carne e incluso la médula (Davis et alii, 1988). Si asumimos entonces que los humanos anatómicamente modernos consumían las carcasas en su totalidad, mientras que los neandertales (al menos los de Quneitra) abandonaban huesos completos todavía aprovechables, sería absurdo adscribir a estos últimos una estrategia carroñera. En el Paleolítico superior seguirán estando representadas las mismas especies y en similares proporciones que en el periodo anterior, principalmente Gazella gazella y Dama mesopotamica (Lieberman, 1993; Rabinovich, 1998; Tchernov, 1992, etc). No obstante, algunos autores (Stiner y Tchernov, 1998; Stineret alii, 1999, 2000) observan ciertos cambios entre las presas más pequeñas; en Hayonim, por ejemplo, la mayoría de los reptiles aparecen en el Musteriense (83%) y los pájaros en el Paleolítico superior (92%). De este modo, a partir del registro de Hayonim y de varios yacimientos musterienses italianos, Stiner et alii (1999Stiner et alii (, 2000) ) proponen que los reptiles serían más bien recolectados que cazados en el Musteriense, mientras que los avances tecnológicos del Paleolítico superior y Epipaleolítico permitirían a los grupos humanos obtener presas más móviles y rápidas como pájaros y lagomorfos. No obstante, tal afirmación debe ser matizada, ya que otros autores como Speth (Bar-Yosef et alii, 1992) aseguran que la incidencia en presas pequeñas sólo es apreciable en el Paleolítico superior terminal, y no en los primeros tiempos del Ahmariense o Auriñaciense levantino. Con todo, y siguiendo los modelos propuestos por Klein (1995Klein (, 1998) ) para Sudáfrica, Stiner et alii (1999, 2000) aseguran que las mejoras tecnológicas del Paleolítico superior favorecerían el aumento demográfico y un mayor éxito cinegético que en el periodo anterior. Así, se aduce que los homínidos arcaicos no consiguieron un aumento demográfico porque no estaban capacitados tecnológicamente para ampliar su dieta. Sin embargo, este proceso puede analizarse desde la perspectiva opuesta; si los recursos energéticos más ricos decrecen, tal y como demuestra la progresiva desaparición de la macrofauna en el (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es Próximo Oriente, los grupos humanos se verían obligados a ampliar su espectro dietético, añadiendo recursos menos rentables y diversificando así sus alimentos. Es decir, que si animales como el auroeh, los équidos o el hipopótamo desaparecen, mientras que se reduce el número de mamíferos de tamaño medio como el ciervo, el gamo o la gacela, es lógico que los humanos tuvieran que diversificar su dieta incorporando pequeñas presas como los pájaros y lagomorfos. Y es que, en realidad, tal y como señalan Marean yAssefa (1999), la captura de animales pequeños puede suponer un gasto energético muy alto y poco rentable. De este modo, sería absurdo pensar que los humanos modernos del Paleolítico superior capturaban pequeños animales de alta movilidad porque eran mejores cazadores; según esto, también podríamos afirmar que los neandertales no cazaban pájaros o lagomorfos porque su rica dieta no necesitaba recursos tan paupérrimos como los que proporciona la ingesta de un pequeño pájaro (Marean y Assefa, 1999). En suma, parece que al menos para la zona del Mediterráneo oriental las diferencias en la fauna representada no son indicativas de unas estrategias económicas distintas entre humanos modernos y neandertales. Como venimos insistiendo, un problema básico a la hora de profundizar en el registro faunístico del Próximo Oriente es que, en general, sólo disponemos (y a veces ni siquiera eso) de recuentos taxonómicos, que aportan poca información sobre el comportamiento de los agentes que acumularon los restos óseos. No obstante, y a pesar de estos defectos, los análisis tafonómicos más novedosos también han sido desarrollados y aplicados al Musteriense del Oriente Próximo; hasta ahora, los estudios zooarqueológicos se basaban en el análisis y recuento de las epífisis y elementos anatómicos más fáciles de identificar. De este modo, los patrones de representación esquelética han estado siempre dominados por metápodos yelementos craneales. Tales secciones son escasas en contenido cárnico, por lo que se ha pensado que los humanos arcaicos practicaban una estrategia carroñera (Binford, 1981(Binford,, 1985;;Stiner, 1994). Sin ernbargo, la aplicación en el yacimiento musteriense de Kobeh de un nuevo sistema analítico basado en la reconstrucción de elementos óseos a partir de secciones diafisarias, ha permitido elaborar un patrón de representación anatómica radicalmente distinto del obtenido por las técnicas tradicionales de análisis centradas en el estudio de los fragmentos de epífisis (Marean, 1998; Marean y parece que las presas fueron cazadas durante todo el año: en Kebara, el 52% de las gacelas fallecieron en primavera/verano, y el 48% durante el otoño invierno, tendencia que también se repite en Tabun B. Por el contrario, en Qafzeh XVI-XXIII, Hayonim E y Tabun C-D el patrón que se desprende apunta a una ocupación estacional, ya que o bien los animales fueron cazados en otoño/invierno (caso de Tabun C-D), en primavera (Hayonim E) o en primavera/verano, tal y como ocurre en los niveles XVI-XXIII de Qafzeh. En suma, Lieberman (1993; Lieberman y Shea, 1994), generalizando estos ejemplos al resto del área palestina, sugiere que los neandertales (Kebara y Tabun nivel B) mantenían una estrategia de asentamiento poco móvil (patrón multiestacional o radial), mientras que los humanos modernos (en base a la evidencia de Qafzeh y Tabun C) ocuparon el territorio en un modelo más migratorio (patrón circular). John Shea (1988Shea (, 1989) ) ha estudiado los útiles apuntados de los yacimientos de Kebara (unidades IX-XII), Tabun B, Qafzeh (niveles XVII-XXIV y XV) YTabun nivel C. Según este autor, las huellas de desconchados, estriaciones y pulidos sugieren que estos artefactos fueron utilizados como puntas enmangadas. Además, se identifican huellas de impacto, lo que indica que también sirvieron como proyectiles. Estudiando las trazas de uso en los citados yacimientos, Shea observó que los porcentajes más elevados de microhuellas de impacto se daban en Kebara y Tabun B, precisamente donde el número de puntas era mayor. De este modo, y asumiendo siempre el papel cinegético de las puntas, Shea concluye que los neandertales hacían mayor incidencia en la caza que los humanos modernos. Este modelo teórico será más tarde (Shea, 1998) ampliado y desarrollado, como en seguida veremos. Los innovadores análisis de ambos autores quedaron reflejados en un trabajo conjunto (Lieberman y Shea, 1994), que confluía hacia la idea de que neandertales y humanos modernos, al menos en el caso de la zona palestina meridional, hicieron un uso diferente del espacio y los recursos del medio. Así, y como ya hemos señalado, se propuso que los humanos modernos adoptarían un patrón de asentamiento circular. Esta estrategia supone un movimiento estacional continuo de un campamento efímero a otro, en un ciclo.anual recurrente (Binford, 1980). Por el contrario, el modelo radial implica la existencia de uno o varios campamentos base residenciales y multiestacionales, desde los que se organizaría un movimiento radial a partir de campa-tramos suelos de ocupación con una temporalidad bien delimitada. Como ya hemos señalado, la identificación automática que se hace entre las facies y los tipos humanos no es aceptada por todos los autores (p.e. En cualquier caso, y aceptando esta premisa, las deducciones de Lieberman y Shea (1994) también resultan equívocas; en los niveles XV-VII de Qafzeh, Lieberman (1993) descubre un patrón de ocupación multiestacional, y Shea (Lieberman y Shea, 1994) obtiene un gran número de puntas, muchas de ellas con huellas de impacto. De este modo, ambas metodologías confluyen en una ocupación radial con gran incidencia en la caza, relacionando estos niveles de Qafzeh con los de Tabun B y Kebara, y por tanto reforzando su teoría sobre la economía de los neandertales levantinos. Pues bien, lo cierto es que la mayor parte de los autores rechazan desde hace años que en Qafzeh existan diacrónicamente el Musteriense tipo C y el tipo B, adscribiéndose en la actualidad todo el depósito a la fase C ( Bar-Yosef, 1998; Boutié, 1989; Belfer-Cohen, 1993; Goren-Inbar y Belfer-Cohen, 1998, etc). Por todo ello, nos encontraríamos ante un patrón multiestacional y con gran incidencia cinegética adscrito a los humanos modernos, y no a los neandertales, cuestionando así el modelo dicotómico de Lieberman y Shea (1994). Un problema similar presenta Hayonim nivel E; Lieberman y Shea no encuentran diferencias internas en este depósito, cuando hoy día parece claro que se distinguen dos facies distintas, el Musteriense tipo D y el tipo C ( Bar-Yosef, 1998; Meignen, 1998; Goldberg y Bar-Yosef, 1998), por lo que se estaría mal interpretando su relación con el resto de los ejemplos. También podemos presentar una objeción con respecto al problema del Musteriense tipo D; Lieberman y Shea (1994) incluyen Tabun nivel D y Hayonim E (recordemos que parte de este nivel pertenece a la facies tipo D) en el modelo circular de Tabun nivel C y Qafzeh. Según el razonamiento de los autores, la estrategia radial de los neandertales está relacionada con un mayor énfasis en la caza, tal y como demuestra el elevado número de puntas. Entonces ¿cómo se relaciona el Musteriense tipo D, la facies más rica en puntas, con una estrategia circular poco especializada en las actividades cinegéticas? Como vemos, tanto la metodología como las premisas que van proponiendo Lieberman y Shea carecen de una base sólida. Con todo, y aunque aceptáramos su hipótesis sobre la diferenciación entre dos estrategias económicas, las conclusiones generales que los autores extraen a partir del ejemplo palestino son ya muy difíciles de asumir. De este modo, los autores obvian que los sistemas radiales y circulares pueden ser compatibles y no excluyentes (Binford, 1980(Binford,, 1983)). Además, tal y como señala Belfer-Cohen (1993), un modelo radial o logístico es mucho más complejo que uno circular, requiriendo mayor planificación, por lo que la supuesta superioridad energética de este último modelo es más bien dudosa. Lieberman y Shea basan su categorización de los patrones de asentamiento en los trabajos de Binford (1980Binford (, 1983)). Por esta razón, no entendemos por qué Lieberman asegura el mayor éxito económico de las estrategias circulares, cuando el propio Binford (1980: 18) llega a afirmar que "under the same conditions increased logistical dependence with an accompanying reduction in residential mobility would befavored". Podemos dar el siguiente paso teórico, aceptando la metodología de Lieberman y Shea, errónea en varios de sus puntos, y dando por válidas las deducciones de los autores, aún más discutibles. Así, podríamos asumir que los neandertales de la región de Palestina practicaron una estrategia económica logística, los humanos modernos un patrón de asentamiento circular, y que este último fue finalmente más rentable energéticamente que el adoptado por los neandertales de la zona. Sin embargo, en ningún caso podemos aceptar que este ejemplo particular con tan sólo. cuatro cuevas palestinas sirva para afirmar que la estrategia radial practicada por los neandertales les abocó a su desaparición en toda Europa. Esto supone extrapolar un caso concreto (bastante problemático por otra parte) al resto del registro euroasiático. De hecho, su modelo no es operativo ni siquiera para la región del Próximo Oriente, tal y como demuestra el ejemplo del área de Hisma. En esta zona, Henry (1992Henry (, 1995) ) propuso un modelo circular estacional para los asentamientos deTor Faraj yTor Sabiha. Sin embargo, y pese a que en todos su trabajos anteriores este autor relacionaba estos conjuntos con el Musteriense tipo D, en la actualidad (Henry, 1998) y Shea (1995Shea (,1998)), que el Musteriense tipo Tabun B se asocia con los neandertales, entonces en el sur de Jordania tendríamos a estos homínidos ocupando el territorio de una manera circular y estacional, supuestamente más rentable energéticamente. De este modo, insistimos, queda patente que el modelo propuesto por Lieberman y Shea (1994), no debe generalizarse ni siquiera a la totalidad del Próximo Oriente, y no ha de considerarse como una explicación plausible de las diferencias conductuales entre humanos modernos y neandertales, y mucho menos como paradigma explicativo de la extinción de estos últimos. La nueva hipótesis de Shea (1995Shea (, 1998) ) es sugestiva, y además tiene el mérito de intentar poner en relación los yacimientos del área continental (zona de estepa) con los de la costa (área boscosa). En la región marítima, la fauna que predomina en los yacimientos es la de tamaño medio, como jabalí, ciervo, gamo y gacela. La mayoría de estos animales son solitarios o viven en pequeños grupos dispersos, lo que haría difícil a los cazadores predecir su ubicación. Según Shea (1998), centrarse en la caza selectiva de alguna de estas especies sería muy costoso energéticamente, por lo que lo más rentable sería un comportamiento cinegético oportunista, que incluyera un amplio espectro de especies. Siguiendo con el razonamiento, el cazador podría rentabilizar el tiempo de búsqueda recolectando vegetales. Por ello, para Shea las armas de caza usadas en las tierras boscosas deberían ser versátiles, por lo que 10más recomendable serían las lanzas con punta de madera, fáciles de reavivar o de remplazar, y no las de sílex, pues la obtención,.manufactura y reparación de estas últimas robaría tiempo que podría dedicarse a la recolección de alimentos. Por el contrario, en la estepa irano-turania, las plantas comestibles se encuentran muy dispersas, por lo que los animales deben migrar continuamente buscando los recursos vegetales. La mayoría de estos animales, en contra de los de bosque, son gregarios y suelen migrar en un ciclo estacional predecible. De este modo, para Shea lo más rentable en el área esteparia sería la caza de acecho o de interceptación, ya que los homínidos conocerían perfectamente los movimientos migratorios de los animales. Esta caza se llevaría a cabo en puntos concretos del paisaje, en los que los cazadores acumularían piezas líticas, mucho más eficientes además contra animales como el dromedario, el caballo y onagra, precisamente los más abundantes en el registro del Musteriense continental. Como ya hemos visto, algunas puntas Levallois presentan huellas de impacto indicativas de que fueron utilizadas como proyectiles (Shea, 1988(Shea,, 1989(Shea,, 1995, etc), etc). Por ello, y en vista de lo anterior, sería lógico que hubiera un porcentaje más elevado de puntas en la región esteparia, allí donde en teoría las actividades cinegéticas estarían más desarrolladas. Partiendo de esta hipótesis, Shea (1998) ha comparado los porcentajes de puntas con respecto al número de núcleos en gran parte del registro musteriense del Próximo Oriente, coincidiendo los índices con los resultados esperados; en la zona septentrional costera, la región más húmeda y boscosa, los porcentajes de puntas son inferiores a los de la costa israelí y sensiblemente más bajos que en el área esteparia. De este modo, en función del mayor número de puntas de proyectil de los yacimientos del interior y de la poca variedad de especies representadas en esta región, para Shea parece obvio que fue la caza organizada y en emboscada lo que predominó en la zona árida, frente a las estrategias más expeditivas del medio costero. Este autor da luego otro paso teórico, e intenta diferenciar, como ya hizo en trabajos anteriores (Lieberman y Shea, 1994; Shea, 1995), el comportamiento de humanos modernos y neandertales. Asumiendo que el Musteriense tipo C se asocia a los modernos y el tipo Tabun B a los neandertales, Shea (1998) compara los porcentajes de puntas de unos y otros depósitos. Como era de esperar, el tipo B presenta un mayor número de puntas que el Musteriense tipo C. Por fin, y concluyendo su razonamiento, sería evidente que los neandertales practicaron una caza de interceptación, basando la mayor parte de su dieta en las proteínas animales, mientras que los humanos modernos, con estrategias cinegéticas más oportunistas, ampliarían el abanico de recursos potenciales haciendo una mayor incidencia en los alimentos vegetales. El estudio de Shea (1998), como los anteriores (Lieberman y Shea, 1993; Shea, 1995), presenta graves deficiencias argumentales y metodológicas. Este autor basa toda su hipótesis en la consideración de que las puntas Levallois sirvieron principalmente como proyectiles (Shea, 1988(Shea,, 1989(Shea,,1995, etc), etc). A partir de esta asunción, elabora una teoría interpretativa sobre las diferentes estrategias de asentamiento en la región. Pues bien, ya desde el comienzo los argumentos de Shea son muy discutibles; los nuevos estudios de Plisson y Beyries (1998) demuestran que las huellas de impacto en las puntas de Kebara, uno de los yacimientos en los que Shea (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es fundamenta su teoría, no son en absoluto tan numerosas como este autor pretendía.Además, estudiando otros yacimientos como Umm el Tlel, y desarrollando un extenso programa experimental, se ha llegado a la conclusión de que los criterios de Shea para considerar las puntas Levallois como proyectiles son en gran medida erróneos, encontrándose huellas traceológicas que indican una gran diversidad funcional de las puntas Levallois (trabajo de la madera, despiece de carcasas, etc), por lo que no puede asumirse una única utilidad para estos artefactos (Plisson y Beyries, 1998). Cuestionando la asunción de Shea (1995Shea (, 1998) ) de que el porcentaje de puntas Levallois es un reflejo de la incidencia cinegética de cada yacimiento, toda su teoría interpretativa queda invalidada. No obstante, y a pesar de ser errónea, podríamos asumir esta hipótesis y ver si el resto de los postulados de Shea (1998) son correctos. Por tanto, aceptemos provisionalmente que las puntas Levallois en cada yacimiento son indicativas de las actividades cinegéticas. Sin embargo, los siguientes pasos del razonamiento también son muy cuestionables; la explicación que Shea propone sobre el ahorro energético en la elaboración de útiles con respecto a los grupos humanos de bosque no es muy creíble. Tal y como señala Kuhn (1998), se podría plantear la hipótesis al revés; siendo la caza oportunista más impredecible, los grupos que practicaran este tipo de estrategia deberían minimizar los riesgos de perder la presa facturando buenas armas de caza. Por el contrario, los grupos que adoptaran una actividad cinegética de interceptación de las manadas, gozarían de un mayor número de oportunidades para conseguir carne, por lo que en este caso "the absolute effectiveness ofweapons is less crucial" (Kuhn, 1998: 67). Otro de los problemas fundamentales del modelo es que el autor establece los porcentajes de puntas en los yacimientos comparándolos con el número de núcleos (Shea, 1998), en lugar de compararlos con el total de los productos Levallois (Shea, 1995). Esto presupone que todos los yacimientos fueron campamentos base a los que se aportaron nódulos, facturando los útiles in situ. En muchos de los casos, no tendría por qué ser esa la naturaleza del asentamiento, y bien podría tratarse de puntos a los que se trasladaron productos de talla finalizados, alterando así los porcentajes. Un ejemplo significativo es el de Tor Sabiha, precisamente en el que Shea (1998) encuentra el índice más alto de puntas Levallois. Indagando en la publicación original de este yacimiento (Henry, 1995), observamos que es considerado un campamento efímero en el que el porcentaje de útiles convergentes con respecto al número de núcleos es tan elevado simplemente porque las puntas Levallois fueron manufacturadas previamente a su inclusión en el yacimiento, y no porque se observe una especial actividad cinegética. Shea también obvia la distancia a las fuentes de aprovisionamiento de materia prima, presuponiendo que la lejanía o proximidad del sílex no influye en el porcentaje de productos manufacturados, asunción que muchos autores (Hovers, 1998; Henry, 1998b; Kuhn, 1998) consideran errónea. Por tanto, la naturaleza del yacimiento, la distancia a las materias primas, así como la cantidad del depósito excavado, la variabilidad del conjunto, la distribución microespacial, etc, afectan de manera significativa a la abundancia de puntas que aparecen en cada yacimiento y hacen más que cuestionable la elaboración de porcentajes a partir de su comparación con el número de núcleos. Pese a todos estos problemas, que ya de por sí harían poco fiable cualquier tipo de análisis estadístico utilizando estas variables, podemos analizar los resultados obtenidos por Shea (1998). Según este autor, el porcentaje de puntas en la costa septentrional es de 0.44, 0.59 para la misma latitud en el interior, 1.61 en la costa sur y 3.67 en el interior me- (Henry, 1998), y corrigiendo los porcentajes erróneos de puntas Levallois/núcleos ofrecidos por Shea para Tor Faraj, en realidad con una media de 1.20 (Henry, 1998b). El nivel 10 de Yabrud 1, considerado por Nishiaki (1998) como perteneciente al tipo D, no se incorpora a nuestro estudio, pues Shea no se pronuncia sobre su adscripción a una facies determinada. Igual ocurre con Geula, Kebara VII-VIII y Quneitra, presentes en el estudio original de Shea (1998). ridional. A pesar de que las diferencias regionales no son significativas a nivel estadístico, sí es cierto que los índices de puntas/núcleos irían aumentando en función de la aridez, tal y como se proponía en el modelo teórico. Sin embargo, Shea incurre en un nuevo error, ya que obtiene los porcentajes en cada región mezclando los yacimientos de distintas facies, por tanto de muy diferentes cronologías y, según convienen los distintos autores, de distintas especies de homínidos. No aceptando estos resultados artificiales, hemos elaborado un análisis usando los porcentajes ofrecidos por Shea de cada yacimiento, pero separándolos por región y por facies. Observando nuestros resultados (Tab. 3), se aprecia que no existe un incremento progresivo de los porcentajes de puntas Levallois según aumenta la aridez, máxime si incorporamosTor Faraj yTor Sabiha al Musteriense tipo B, tal y como se consideran en la actualidad (Bar-Yosef, 1998; Henry, 1998). Además, si retiramos Tor Sabiha de la muestra, por las razones antes expuestas, el porcentaje resultante para el interior meridional es de 1.20, inferior entonces al de la costa meridional. En suma, lo que nos están indicando nuestros datos es que, separando los yacimientos por periodos, no hay ninguna correlación entre la latitud y los porcentajes de puntas. La explicación de los resultados de Shea es sencilla; mezclando yacimientos del tipo D y B, siempre muy ricos en puntas Levallois, con los del tipo C, con escasas puntas Levallois, los porcentajes dependían del número de yacimientos de cada facies en las distintas regiones. Si los del tipo D eran los más numerosos (tal y como Shea pretendía para el Levante interior meridional), la media resultante obviaría la presencia de uno o dos yacimientos del tipo C, ocurriendo lo contrario para las zonas septentrionales. La propia posición geográfica de los distintos yacimientos (Fig. 2) nos lleva a una http://tp.revistas.csic.es nueva objeción ante la hipótesis de Shea. Si el Musteriense tipo B está relacionado con estrategias cinegéticas de interceptación, típicas del medio árido, no tiene sentido encontrar yacimientos de esta facies como Keoué, Amud, Kebara, Tabun 1-17, en zonas costeras húmedas. Además, depósitos como los de Tabun (Jelinek, 1981(Jelinek,, 1982) ) oYabrud 1 (Nishiaki, 1998) muestran la sucesión de las tres facies (D, C y B) en un mismo yacimiento, siendo entonces difícil sostener que las condiciones ecológicas variaron radicalmente de un periodo a otro, o que los grupos del Musteriense tipo B usaban estrategias de caza de manadas en lugares donde sólo disponían de animales no gregarios. El último paso teórico de Shea (1998) es la búsqueda de diferencias conductuales entre neandertales y humanos modernos. Así, concluye que los neandertales cazaban más que los Homo sapiens sapiens, y además practicando estrategias de acecho a manadas. Esto último ya lo hemos discutido, y parece claro que Shea no tiene una base sólida en la que sustentarse. Con respecto a lo primero, el razonamiento de Shea podría resultar válido; si las puntas Levallois sirvieron para cazar (pese a que esto no es estrictamente cierto, como ya hemos visto), y en los conjuntos del tipo B son mucho más numerosas, todo ello implica que los neandertales hicieron una mayor incidencia en los recursos cárnicos que los humanos anatómicamente modernos. Volvemos al mismo problema, la dificultad de considerar a un útil, en este caso la punta Levallois, como reflejo de una estrategia económica durante un periodo de tiempo tan amplio. Pensar que las puntas Levallois que encontramos en ese depósito pueden medir la intensidad cinegética de los grupos humanos comparando sus porcentajes con los obtenidos por ejemplo en Amud, 100.000 años más moderno (Valladas et alii, 1999) es cuando menos arriesgado. Pero además, es un problema conceptual; la explicación que propone Shea (1998) para el uso de las puntas es excesivamente funcionalista, dando a la variabilidad de los conjuntos industriales una única dimensión. Por todos estos proble- mas, parece claro que las hipótesis de Shea (1998) no pueden servir como referencia para distinguir modelos subsistenciales durante el Paleolítico medio en el Próximo Oriente, y por ende diferentes marcos conductuales entre neandertales y humanos modernos. La muestra de neandertales del Próximo Oriente procede de las cuevas de Tabun, Kebara, Amud, Dederiyeh, y Shanidar, todas ellas con esqueletos completos o parcialmente completos, a los que se pueden sumar los restos aislados de Shovakh. Por su parte, los restos óseos de humanos anatómicamente modernos en contextos del Pleistoceno superior inicial se restringen a los hallazgos de Qafzeh y Skhul. Yacimientos como Bisitun, Ksar Akil, Hayonim y Shukbah han proporcionado restos aislados, pero por su carácter fragmentario no pueden adscribirse a una especie en concreto. Los individuos de Qafzeh ySkhul se caracterizan por un mentón prominente, un espacio retromolar reducido o ausente, una fosa canina desarrollada, una cavidad nasal pequeña, órbitas oculares altas, un torus supraorbital reducido o inexistente, y una calota craneal redondeada (Mann, 1995). Por otro lado, el grupo neandertal representado por Shanidar, Amud, Tabun 1, Kebara 2 y los individuos de Dederiyeh, se caracterizan por una calota craneal más alargada, un torus supraorbital prominente, un área retromolar más obvio y asociado a una cara más proyectada, a menudo con un gran maxilar y un escaso o inexistente mentón. La impresión inicial al estudiar la muestra de Qafzeh y Skhul es que las poblaciones humanas modernas son menos robustas que las neandertales. Esto se observa en los índices de robustez articular y en el diámetro diafisario de los huesos de las extremidades. También se observa en los humanos de Qafzeh y Skhul con respecto a los neandertales otras diferencias, plasmadas en una anchura menor de sus escápulas, en la dimensión reducida de los túneles carpales, las tuberosidades distales de las falanges de la mano, la reducción del quadriceps femoris y en otros rasgos adicionales. Por ejemplo, los fémures tienen un cuello largo y las diáfisis tienden a mostrar pilastres. Por otro lado, los índices crurales se encuentran entre los más elevados de cuantos se conocen en nuestra especie en la actualidad. En conjunto, todos estos rasgos en el esqueleto postcraneal apuntan a una menor robustez, aunque ésta es considerablemente mayor en ambos grupos de homíni- http://tp.revistas.csic.es dos de la que se observa en periodos posteriores en Homo sapiens sapiens. Basándose en todas estas características, Trinkaus (1989Trinkaus (, 1992) ) ha intentado encontrar posibles diferencias conductuales entre ambos tipos de homínidos a través de la interpretación funcional de la morfología de los restos óseos. Según sus estudios, la reducción de la musculatura de los miembros superiores, del tamaño de la escápula y de los carpales y falanges, etc, indica que los humanos modernos de Skhul y Qafzeh gozaban de una mayor precisión en el uso de la mano y en la movilidad del brazo (ver también Niewoehner, 2001). Por sí solo, sin embargo, este dato no ofrece ningún tipo de inferencia en las estrategias económicas y de asentamiento de ambos tipos de homínidos. Otro de los argumentos de Trinkaus (1989de Trinkaus (, 1992) ) es la hipertrofia cortical de los huesos y la gran musculatura postcraneal de los neandertales levantinos, lo que según este autor sugiere que estos homínidos destinaban gran parte de su tiempo a la deambulación por el paisaje, más del que se infiere a partir de los restos apendiculares de Qafzeh y SkhuL Esta inferencia sí supone un argumento a favor de la existencia de diferencias conductuales entre modernos y neandertales. Sin embargo, y tras el reciente estudio del grosor y geometría de las secciones de los húmeros, fémures y tibias, el propio Trinkaus (1995; Trinkaus y Ruff, 1999, 1999b; Trinkauset alii, 1998) afirma no encontrar diferencias significativas en la robustez de los miembros inferiores de neandertales y modernos levantinos, por lo que reconoce que ambos tipos de homínidos estuvieron sujetos a similares procesos de estrés en sus patrones de movilidad por el territorio. De igual modo, Lieberman (1998), que años antes (Lieberman, 1993) había llegado a sugerir que los energéticamente costosos patrones de asentamiento neandertales habían contribuido a su extinción, ha cambiado ahora su opinión. Estudiando el grado de crecimiento de las corticales de los huesos, este autor ha observado que los miembros apendiculares inferiores de los humanos modernos y de los neandertales del Próximo Oriente eran muy similares en su robustez, "suggesting that both taxa engendered higher levels of mechanicalloading from walking or running in comparison with recent modern humans" (Lieberman, 1998: 268), de modo que aunque "Neandertals and modern humans may have used somewhat different mobility strategies, the energetic costs oftheir mobility patterns appear to have been roughly equivalent" (Lieberman, 1998: 70). T. P., 58, n." 1,2001 Ignacio de la Torre Sáinz y Manuel Domínguez-Rodrigo La última de las diferencias que Trinkaus (1989Trinkaus (, 1992) ) observaba en la muestra de ambas especies era el elevado número de marcas en los dientes de los neandertales levantinos, que no se encuentra en los individuos de Qafzeh y SkhuL Este patrón de estrías transversales está probablemente relacionado con un uso paramasticatorio de la dentición en los neandertales, Con todo, el uso paramasticatorio no puede servir como argumento para afirmar, tal y como hizo Trinkaus (1992), que los neandertales carecieron de la tecnología de los humanos modernos de Skhul y Qafzeh, pues estos últimos no necesitaron de los dientes para llevar a cabo sus tareas. Se trata de una proposición ciertamente arriesgada, ya que los materiales arqueológicos de Qafzeh y Skhul en absoluto parecen superiores tecnológicamente a los asociados a sus vecinos neandertales. Además, numerosos estudios tienen perfectamente documentados los casos de uso paramasticatorio en sociedades cazadoras-recolectoras actuales como los aborígenes australianos (véase Brown y Molnar, 1990; Molnar et alii, 1989, etc), que estamos seguro s Trinkaus no querría categorizar como "tecnológicamente inferiores" a los humanos modernos del Paleolítico medio. Vemos por tanto que, hasta el momento, el estudio paleoantropológico de los restos levantinos tampoco parece ofrecemos argumentos convincentes para elaborar patrones dicotómicos sobre las estrategias económicas de los humanos modernos y neandertales del Pleistoceno superior inicial. Veamos ahora si encontramos las diferencias sociales que buscan Trinkaus y sus colaboradores. En el Próximo Oriente disponemos de indicios directos sobre los aspectos sociales y simbólicos de ambos grupos de homínidos: las sepulturas. La zona del Próximo Oriente ha sido especialmente generosa en restos humanos interpretados como sepulturas. De este modo, se puede distinguir entre el grupo de Tabun, Kebara, Dederiyeh, Amud y Shanidar, todos ellos neandertales, y el complejo representado por las sepulturas de Skhul y Qafzeh, las únicas conocidas de humanos modernos en el Paleolítico medio euroasiático, ya que la preten-(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es dida inhumación musteriense de Staroselje (Crimea), ha resultado ser un enterramiento medieval (ver Monigal et alii, 1997). El número de sepulturas en el Próximo Oriente varía en función de la interpretación de cada autor. Autores como Gargett (1989Gargett (,1999Gargett (,2000) ) niegan cualquier tipo de evidencia funeraria en el Paleolítico medio, buscando explicaciones alternativas basadas en los procesos tafonómicos y la conservación diferencial de los restos. En realidad, los análisis de Gargett (1989Gargett (, 1999Gargett (, 2000) ) no ofrecen ni un solo argumento consistente para negar la existencia de las sepulturas musterienses. No debemos sin embargo restar relevancia asus trabajos, ya que ciertamente suponen una llamada a la reflexión y a la profundización en los procesos de formación de los yacimientos, como etapa previa a la elaboración de hipótesis a veces demasiado arriesgadas. Con todo, lo cierto es que la mayoría de los autores aceptan la existencia de sepulturas musterienses en el Próximo Oriente. Más controvertido es el caso de Shanidar, donde Defleur habla de hasta seis sepulturas (individuos I-V, VII) y otros sólo de dos, Shanidar I y IV (Belfer-Cohen y Hovers, 1992; Hovers et alii, 1995). No es nuestro objetivo aquí discernir los matices que sopesa cada investigador, pero lo cierto es que, desde un término medio, podemos asumir que un importante número de individuos identificados en casi todas las cuevas fueron objeto de un enterramiento intencional.Veamos entonces cuáles son las posibles diferencias entre las inhumaciones neandertales y las de los humanos modernos. Con respecto a la distribución espacial de las sepulturas, la mayor parte del grupo neandertal se localiza en el interior de las grutas, a excepción de Tabun I yAmud I, ambos en la entrada. Los únicos restos de humanos anatómicamente modernos (Qa-fzeh y Skhul), se encuentran enterrados al aire libre. Sin embargo, no es probable que esta tendencia refleje un comportamiento diferencial entre ambas especies de homínidos, ya que Skhul es un pequeño abrigo, y en el interior de la cueva de Qafzeh los restos óseos recuperados son realmente escasos debido a alteraciones geoquímicas (Farrand, 1979; Vandermeersch, 1981). También se han realizado estudios acerca de la colocación y orientación de los cadáveres (Defleur, 1993; Smirnov, 1989), pero no se aprecia ninguna tendencia clara que diferencie a los enterramientos de los neandertales de los de humanos modernos (Tillieretalii, 1991). Según Louwe (1989), los enterramientos por sí mismos no ofrecen mucha información sobre el pensamiento abstracto, y es en realidad la presencía.de ofrendas el mejor criterio para diferenciar una conducta ritual de una simplemente higiénica. Sin embargo, en el Próximo Oriente el número de objetos a los que se pueda dar una connotación simbólica es pequeño.A parte de la mandíbula de jabalí entre las manos de SkhulV, contamos con unas astas de Dama mesopotamieajunto a Qafzeh 11 y una mandíbula de cérvido acompañando a Amud 7. También se recogieron fragmentos de ocre muy numerosos en torno a Qafzeh 8, Qafzeh 9-10 y Qafzeh 11, a los que se le puede sumar el supuesto ajuar a Shanidar I, la mandíbula de cérvido junto a Shanidar V, y la pretendida ofrenda floral de Shanidar IV (Solecki, 1971; Leroi-Gourhan, 1975, 1989., 1999; en contra Gargett, 1989; Sommer, 1999), así como el descubrimiento de Dederiyeh I, en el que se documentó una pieza de sílex situada sobre el pecho del cadáver (Akazawa et alii, 1995). De todos estos ejemplos, sólo los restos asociados a Qafzeh 11 y SkhulV han sido normalmente considerados como verdaderas ofrendas, mientras que algunos autores (p.e. Lindly y Clark, 1990) ni siquiera aceptan la validez de estas últimas. De hecho, y según estos investigadores, la presencia de Sus seroja en toda la secuencia de Skhul, unido a la perturbación de la tumba, indica que la mandíbula asociada a SkhulV no fue aportada antrópicamente. Lindly y Clark interpretan de igual forma las astas de Dama mesopotamiea junto a Qafzeh 11, asegurando que se trata de restos de la ocupación del nivel XXII. Sin embargo, estas sugerencias pueden ser rebatidas; en el caso de Qafzeh, y aunque es cierto que el ciervo abunda en los suelos de ocupación del yacimiento, aparece siempre muy fragmentado, por lo que no debe ser casualidad que las únicas astas completas representadas en la se- et alii, 1990). Con respecto a Skhul, el argumento es el mismo; la mandíbula de jabalí se recuperó intacta del contexto de SkhulV, mientras que en el resto del registro Sus seroja aparece totalmente fragmentado (Hovers et alii, 1995). En realidad, hasta el descubrimiento de Amud 7 y su mandíbula de cérvido asociada (Hovers et alii, 1995(Hovers et alii,,2000;;Raket alii, 1994), se pensaba que únicamente Qafzeh 11 y Skhul V poseían verdaderas ofrendas. Esto es de especial relevancia, ya que de ese modo se interpretaba que el comportamiento simbólico en Próximo Oriente era patrimonio exclusivo de los humanos anatómicamente modernos (Bar-Yosef, 1988, 1989; Chase y Dibble, 1987; Tillier et alii, 1991, etc). Sin embargo, los nuevos descubrimientos de Amud 7 y los niños de Dederiyeh, avalados por otros ejemplos como la pieza grabada de Quneitra (Marshack, 1996), quizás hagan necesario un replanteamiento de las interpretaciones tradicionales, que habitualmente han rechazado cualquier tipo de manifestación simbólica en el comportamiento de los neandertales de la región. Como venimos proponiendo en este trabajo, el patrón conductual tanto de humanos modernos como de neandertales debió ser exactamente el mismo a comienzos del último glacial. En Klasies River Mouth o Border Cave (Sudáfrica), por citar otros casos, humanos anatómicamente modernos no presentan un comportamiento simbólico distinto al documentado en nuestra región de estudio (Klein, 1995(Klein,, 1998)). Además, idéntica situación se reproduce entre los primeros humanos modernos del Paleolítico superior inicial del Próximo Oriente, ya que el número de sepulturas de este periodo es realmente escaso, por no decir anecdótico. De hecho, en esta zona sólo se conoce el posible enterramiento de Egbert, una joven anatómicamente moderna localizada en los niveles del Paleolítico superior inicial de Ksar Akil (Bergman y Stringer, 1989). La verdadera explosión simbólica y artística se produjo mucho después, hacia el 20-15.000 BP, y por tanto no se pueden discriminar tan sólo por el taxón diferentes comportamientos simbólicos 40.000 años antes. Es más, en el área del Próximo Oriente la citada revolución artística es todavía más tardía, en el N atufiense, por lo que no parece posible hacer una correlación automática entre el inicio del Paleolítico superior y una supuesta eclosión de las manifestaciones simbólicas (Belfer-Cohen, 1988). Cabría especular sobre si el rechazo a la existencia T. P., 58, n." 1,2001 Ignacio de la Torre Sáinz y Manuel Domínguez-Rodrigo de sepulturas y el simbolismo implícito en ellas no se debe más a un prejuicio de los investigadores que a una realidad constatada. Como indican Belfer-Cohen y Hovers (1992), nadie cuestiona que los natufiensesenterraban a sus muertos. Y sin embargo, según estas autoras, en el Natufiense tampoco parecen existir patrones claros de enterramiento, ni de edad, ni de presencia de ofrendas, ni de posición de los cuerpos. En Hatula se recuperó el esqueleto de una joven natufiense (Ronen y Lechevallier, 1985), y nadie duda que fue objeto de un enterramiento intencionado y ritual. Pues bien, su posición es exactamente idéntica a la de Amud 1; descansa sobre su costado izquierdo con los miembros flexionados y sin ningún tipo de objetos asociados. Sin embargo, y como hemos visto, muchos autores eliminan de Amud 1 cualquier tipo de comportamiento simbólico, conducta que sin embargo no niegan a sus vecinos anatómicamente modernos de Qafzeh y Skhul. Es evidente portanto que existe en muchos investigadores una base teórica preconcebida que diferencia categóricamente a neandertales y modernos, negando de este modo a los primeros los atributos básicos que se conceden al Horno sapiens sapiens. Dibble y Chase (1993) hablan de la "evidencia negativa", esto es, que si no se puede demostrar que los neandertales poseían un comportamiento simbólico, éste no se puede presuponer. Estando absolutamente de acuerdo con ellos, no entendemos sin embargo por qué se dota a los humanos anatómicamente modernos del Pleistoceno superior inicial de tal conducta, cuando la propia evidencia arqueológica demuestra que, al menos en el plano simbólico, éstos se comportaron igual que sus contemporáneos neandertales. A lo largo de las páginas precedentes, hemos tratado de abordar desde una perspectiva crítica las hipótesis que diferencian el comportamiento de humanos modernos y neandertales a partir de los restos arqueológicos. Nuestro estudio se ha restringido a un momento concreto, el Pleistoceno superior inicial, y a una región bien delimitada, el Próximo Oriente. En contra de la tendencia de algunos investigadores, en ningún momento pretendemos generalizar nuestras conclusiones para el resto del registro euroasiático. Es evidente qlle el Würm II europeo, momento en el que de nuevo volvemos a constatar una posible interrelación entre humanos (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es modernos y neandertales, responde a una problemática absolutamente distinta a la que aquí tratamos. En sólo 10.000 años, los neandertales desaparecieron de Eurasia, y hacia el 30.000 BP, los últimos arcaicos se extinguían en el sur de la Península Ibérica. Es lícito pensar entonces, tal y como está consensuado por la mayor parte de la comunidad científica, que los humanos modernos del Auriñaciense disponían de alguna ventaja adaptativa, ya fuera física, biológica o probablemente tecnológica, que les permitió sobrevivir a los neandertales. Sin embargo, no es nuestro objetivo aquí analizar estos acontecimientos y buscar el por qué de la sustitución de poblaciones. Durante décadas, yespecialmente por autores anglosajones (Binford, 1985; Stringer y Gamble 1993; Stiner 1994; Mellars, 1998, etc), se ha defendido que en términos adaptativos los neandertales fueron inferiores a los humanos modernos. No obstante, el ejemplo del Próximo Oriente no sugiere esto, al menos en lo que se refiere al Pleistoceno superior inicial; ni la tecnología de unos y otros grupos, ni los patrones de asentamiento, ni la fauna representada, y ni siquiera el comportamiento simbólico, permiten establecer diferencias entre la conducta de humanos modernos y neandertales. Este hecho comienza a ser asumido por los investigadores, que cada vez en mayor número aceptan que la aparición de Homo sapiens sapiens hace más de 100.000 años no fue paralela a una revolución cultural (Klein, 1995(Klein,, 1998;;Clark y Lindly 1989; Kaufman 1999, etc). Ni los primeros humanos modernos del Próximo Oriente ni los de Africa meridional presentan diferencias conductuales o tecnológicas con respecto a otros grupos humanos del Pleistoceno superior inicial. Esto es esencial, insistimos, para eliminar de una vez por todas el viejo paradigma de que la aparición de los primeros humanos modernos trajo consigo cambios radicales en las estrategias económicas y simbólicas. La revolución tecnológica y conductual de los humanos fue muy posterior, y debe explicarse por otras causas alternativas. Así, y en lo que se refiere al Pleistoceno superior inicial en el Próximo Oriente, parece que la mal llamada supremacía evolutiva de los humanos modernos no se aprecia en ningún caso. Para el período y la región que hemos estudiado, podríamos ahora hacernos de nuevo la pregunta que da título a este trabajo: ¿existieron en realidad diferencias conductuales entre los humanos modernos y los neandertales? Tratándose de distintos grupos humanos, lo más probable es que sí las hubiera.
La intervención arqueológica del nivel Ja del Abric Romaní ha aportado una información muy valiosa para comprender los patrones conductuales de los últimos homínidos arcaicos. La reconstrucción de la organización de la producción lítica y los análisis funcionales indican una planificación a la hora de gestionar la materia prima y en el diseño de los útiles según tareas específicas. El registro arqueológico muestra una estructuración compleja de las ocupaciones en el interior del abrigo, así como una organización a escala regional de las ocupaciones. La explotación del entorno dependía principalmente de una gestión cuidada de la materia prima mediante el desplazamiento por el territorio de núcleos, como reserva de útiles, y de objetos retocados. Las lascas fueron útiles versátiles, trabajaron tanto madera como piel, y también participaron en actividades de carnicería. Por su parte, los denticulados fueron utilizados para trabajar madera, probablemente para elaborar puntas en este material. Por tanto, el presente artículo intenta comprender el modo de vida de las comunidades de neandertales sin compararlo con hipotéticos modelos conductuales de los homínidos modernos. El actual debate sobre la complejidad organizativa de las comunidades de neandertales está muy ligado a las dos corrientes enfrentadas sobre la interpretación del cambio histórico que causó su desaparición. Ante una situación de mosaico de tecnocomplejos y poblaciones, más que el resultado de una mutación biológica que dotó a ciertas poblaciones de ventajas en la competencia intraespecífica, parece que un proceso social fue el que favoreció ciertas conductas, y a sus portadores, frente a otras (Zilhaoyd'Errico, 1999). En el Abric Romaní, el cambio cultural del Paleolítico Superior se registra en el nivel superior de T. P.,58,n.M,2001 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es la secuencia estratigráfica, que corresponde a un Auriñaciense. Este nivel fue excavado prácticamente en su totalidad a principios de siglo por el descubridor del yacimiento. En la actualidad, tan solo se conserva en dos testigos que corresponden a las columnas estratigráficas. Los análisis polínicos han relacionado las condiciones paleoclimáticas de este momento con el interestadial Hengelo. Por su parte, las dataciones de U/Th disponibles de las plataformas travertínicas que sellan el nivel dan unas fechas de entorno a 40 Ka BP y, la serie de dataciones por AMS del propio nivel arqueológico, da una cronología media de 36 Ka BP (Bischoff et alii, 1994; Giralt y Julia, 1996). Explicar la organización ecosocial de las comunidades del Paleolítico Medio nos parece esencial como paso previo a valorar su complejidad y comparar las diferentes estrategias adaptativas de los grupos biológicos humanos (Conard y Adler, 1998). Estecorpw^ nos permitiría reconocer en qué ámbitos se dieron los cambios y en qué grado. Las estrategias adaptativas puestas en práctica por los homínidos arcaicos para procurarse los recursos necesarios para la subsistencia condicionó la organización de la producción lítica (Kuhn, 1989(Kuhn,, 1998)). La capacidad tecnológica de estas comunidades debió satisfacer la demanda de útiles de las características adecuadas y en el momento oportuno para garantizar el éxito de la explotación del entorno. Ello implica la existencia de una estrecha relación de dependencia entre los requerimientos subsistenciales y la gestión de la materia lítica. La estructuración espacial y temporal de las diversas secuencias de producción del utillaje debieron estar en concordancia con las estrategias de movihdad de los grupos de homínidos, que en consecuencia organizaron el aprovisionamiento y transporte de materiales líticos. Numerosos trabajos han puesto de relieve esta relación para explicar la variabilidad tecnológica y tipológica de los conjuntos líticos (Geneste, 1988; Roebroeks et alii, 1988; Rolland y Dibble, 1990; Dibble, 1995). De igual manera, una direccionalidad en la explotación de los recursos bióticos o un cambio en el carácter impuesto a la explotación provocará tratamientos económicos en la gestión y características técnicas de los objetos que deben reconocerse. En relación con ello, se han planteado estrategias adaptativas sustentadas en útiles expeditivos y en la planificación y cuidado en la fabricación del utillaje (Binford, 1980; Kuhn, 1992). A su vez, otros autores han relacionado diferentes modelos de talla o de retoque de objetos, o la intensidad en la explotación y en la configuración, para señalar la existencia de distintas estrategias de control del territorio (Marks, 1988; Kuhn, 1995). Desde grupos con una alta movilidad residencial, relacionada con una captación oportunista de los recursos, a grupos con una movilidad calificada como logística debido a la planificación de los desplazamientos. Todas estas interpretaciones sobre la conducta socioeconómica de los homínidos arcaicos se sustentan metodológicamente en la capacidad de reconstruir el proceso de producción lítica. La excavación en extensión de la superficie de un nivel arqueológico y la recuperación de todo el registro en él contenido posibilita disponer de los materiales que convergieron en un lugar determinado durante el desarrollo de las actividades implicadas en las ocupaciones antrópicas. A partir de las secuencias técnicas presentes y ausentes en el registro arqueológico, el yacimiento es' un referente del proceso de fabricación del utillaje a escala regional. Pero a su vez, la explotación del material lítico en el interior del asentamiento muestra el tratamiento económico dado a los recursos introducidos. Este tratamiento estará condicionado por la funcionalidad del asentamiento o la disponibilidad de recursos líticos en el entorno inmediato, pero que, en cualquier caso, son las respuestas humanas ante unas determinadas condiciones y deben reflejar la intencionalidad en el control del entorno (Carbonell eí a///, 1992). El trabajo que presentamos es un estudio sobre la producción lítica y su funcionalidad. El objetivo es reconocer las estrategias económicas de las comunidades humanas del momento y valorar el comportamiento humano en relación con el binomio necesidad y disponibilidad de útiles que las estrategias adaptativas pusieron en relación. Para ello, se toma como punto de partida el estudio y reconstrucción de las cadenas operativas líticas, entendidas éstas como el proceso flexible que va desde la selección de la materia prima hasta el abandono del objeto, pasando por su gestión y uso, empleando, para ello, el conjunto de objetos recuperados (Guilbaud, 1995). A continuación, se ha aprovechado el proyecto de remontajes realizado sobre el material lítico (Vaquero et alii, 1996). Los remontajes son una herramienta que nos permite aproximarnos a las formas de organizar la producción en el interior de los lugares de ocupación y asociar materiales y áreas del asentamiento a un mismo momento sincrónico de ocupación. P., 58, n." 1,2001 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es más, aportan información para valorar los posibles fenómenos posdeposicionales y permiten realizar inferencias técnicas al reconstruirse secuencias de talla (Cziesla et alii, 1990). Por nuestra parte, se han seleccionado los grupos de remontaje más destacados; por la cantidad de elementos que los conforman, la amplitud e intensidad de secuencias técnicas identificadas y la dispersión de sus elementos por la superficie del nivel arqueológico, para, sobre ellos, realizar un estudio detallado sobre la organización y funcionalidad de estas secuencias técnicas. Sobre estos grupos de remontajes se reconstruye el proceso productivo, se resitúan espacialmente las diversas secuencias técnicas sobre el área excavada y se realiza un análisis funcional sobre objetos seleccionados de cada grupo. Dicho estudio no pretende identificar únicamente actividades y materiales trabajados. Busca reconocer también aquellas morfologías que fueron utilizadas, si hubo variabilidad a la hora de utilizarlas y, sobre todo, observar si la funcionalidad dirigió la producción lítica. Ello se daría si reconocemos morfologías que son recurrentemente producidas para aprovecharlas en usos concretos. La conciencia de unas necesidades y de las morfologías que las resuelven implicaría la complejidad tecnológica de estos grupos humanos. El yacimiento se encuentra en la localidad barcelonesa de Capellades, en un estrecho valle que aprovecha el río Anoia, afluente del río Llobregat, para atravesar la Cordillera Prelitoral Catalana. En ese punto, se levanta, en el margen derecho, una construcción travertínica que forma un escarpe orientado hacia el este de una altura de 60 m sobre el actual lecho del río (Fig. 1). En el edificio travertínico se formaron una serie de abrigos y cavidades que fueron visitados por comunidades paleohistóricas. Las ricas surgencias hídricas del lugar, fuertemente cargadas de carbonato disuelto, crearon las viseras y cubiertas de los abrigos al correr y saltar el agua de la plataforma travertínica buscando el río que corre a los pies. Así pues, la formación de plataformas travertínicas es el ambiente sedimentario básico del yacimiento, determinado por la cantidad de circulación hídrica en el interior del abrigo, que marcará sus posibilidades de ocupación entre momentos de encharca- miento o excesiva humedad y momentos secos. Aunque existen otros aportes, la formación de estas plataformas, con un ritmo sedimentario alto, limita la amplitud temporal de los palimpsestos, sellando los diferentes niveles antrópicos. A su vez, también permite una óptima conservación de evidencias arqueológicas poco comunes, como hogares y artefactos de madera (Carbonell y Castro-Curel, 1992). El gran número de estructuras de combustión, en algunos casos delimitadas por bloques de travertino o aprovechando cubetas naturales, nos reafirma en la importancia que tuvo el uso del fuego en la organización de las actividades de las comunidades de Neandertales durante el Paleolítico Medio (Carbonell et alii, 1996). El abrigo cuenta con una secuencia estratigráfica de casi 17 m de potencia, donde se ha contabilizado un mínimo de 27 niveles arqueológicos. Exceptuando el nivel superior, los restantes corresponden al Paleolítico Medio, con la base de la secuencia datada en 70 Ka BP (Burj achs y Julia, 1994). Los análisis polínicos indican una sucesión de cinco fases climáticas englobadas dentro de los Estadios Isotópicos 5,4 y 3. En esta secuencia diacrónica se constatan fluctuaciones climáticas. Los niveles inmediatamente por encima del nivel Ja en estudio corresponden al momento más frío y seco, con un paisaje estépico, que enmarcaría el subnivel Ja en un momento de empeoramiento acusado de las condiciones climáticas (Burjachs y Julia, 1994) (Fig. 2). La vía de comunicación que crea el río Anoia en este punto, en el Estrecho de Capellades, es una ruta estratégica en los desplazamientos entre el litoral mediterráneo, hoy en día a menos de 50 km, y el interior de la Península Ibérica a través de la Depre- sión Central Catalana, inmediatamente aguas arriba del estrecho. A su vez, en este punto entran en contacto distintas realidades físicas con sus respectivos ecosistemas; la Cordillera Prelitoral, donde se encuentra el yacimiento, el valle del río Anoia, la Depresión Litoral Catalana, a donde se abre el río una vez atravesada la cordillera, y la Depresión Central Catalana de donde viene el río antes de penetrar en el estrecho. Esta posición geográfica permite que desde el abrigo puedan explotarse, en un radio de 15 km, una variedad de ecosistemas que dan al lugar una riqueza de posibilidades. El mismo estrecho de Capellades, de una longitud de 7 km y de poco más de 3.5 km en su parte más ancha, al quedar resguardado favorece el desarrollo de ecosistemas más estables o el atenuamiento de condiciones severas. Con respecto a los recursos líticos disponibles en la región, éstos son abundantes y de fácil localización. En el mismo estrecho hay formaciones prima-rias de cuarzo, en filones entre las pizarras silúricas de la Cordillera Prelitoral, y también calizas terciarias. Formaciones geológicas con afloramientos de sílex se han localizado, pero fuera ya del estrecho, a más de 10 km de distancia del abrigo. No obstante, estas formaciones son drenadas por el río Anoia y por ramblas subsidiarias, que acercan estos materiales al abrigo o los introducen en la red hídrica intensamente frecuentada por las comunidades de homínidos. Además, por la observación de superficies corticales en los materiales introducidos y las prospecciones realizadas, pensamos que el río y ramblas cercanas fueron las áreas principales de captación de materia prima. En las distintas cavidades existentes se documentan evidencias de ocupaciones humanas de época prehistórica. Los primeros hallazgos arqueológicos se fechan a finales del siglo pasado, cuando un aficionado local. Amador Romaní i Guerra, se interesó por las posibilidades de la zona. En 1909 descubre e inicia los trabajos de excavación en el abrigo que lleva su nombre. Los resultados más destacados de esta primera fase de intervención corresponden a la excavación en extensión del nivel superior, denominado A, que se atribuye al tecnocomplejo auriñaciense arcaico, datado por U/Th entorno a 40 Ka BP (Bischoff et alii, 1994). Con posterioridad, distintos proyectos de trabajo en su interior, con mayor o menor continuidad, afectaron al yacimiento con diversas catas y trincheras (Bartrolí et alii, 1995). Desde 1989, es el actual equipo de investigación de la Universidad Rovira i Virgili en Tarragona quien estudia las poblaciones que ocuparon la región, interesándose principalmente en la reconstrucción de la conducta de los homínidos. La metodología de excavación se ha adaptado a esta pretensión, interviniéndose en extensión la superficie de los diferentes niveles. La superficie del nivel en estudio se ha excavado, prácticamente, en su totalidad, que representa unos 240 m^ con las densidades de material más elevadas de toda la secuencia, 65.2 elementos/m^. El nivel corresponde al último depósito arqueológico afectado por excavaciones anteriores, aunque tan sólo en 12 m^ de su superficie. El nivel cuenta con un elemento sedimentario singular, una faciès de caída de bloques procedentes de la comisa y paredes del abrigo. Estos bloques delimitaron un espacio protegido óptimo para ser ocupado, cerrando la parte central del abrigo entre la pared y la línea de caída de la cornisa. En esta zona, la plataforma travertínica subyacente quedó deprimida, favoreciendo la formación de un ambiente deposicional palustre y de plataforma. Como consecuencia de ello, se pudo diferenciar, dentro del nivel arqueológico J, dos subniveles. Ja y Jb, separados por una plataforma travertínica. A su vez, el paleorelieve del nivel se completa con cinco espacios individualizados, o lóbulos, que crea la morfología cóncava de la pared del abrigo. Uno de estos espacios, el lóbulo 3, situado en el sector central de la pared, quedó prácticamente separado del resto al formarse una estructura travertínica que encerró un pequeño espacio de casi 5 m^. Sin duda, un lugar tan resguardado no pasó desapercibido durante las ocupaciones humanas (Lám. Debido al alto grado de fracturación que afecta a los huesos, tan solo un 14% de los elementos recuperados se han podido identificar. Sobresalen los restos pertenecientes a Cervus elaphus, Equus caballus y Bos primigenius, con el 81% del total. Aunque es más elevado el número de elementos óseos atribuidos a cérvidos, el NMI es superior en los équidos. Esta diferencia se debe a que en el abrigo se introducen carcasas casi completas de los primeros, mientras que, con respecto a los segundos y a los bóvidos, los restos del esqueleto poscraneal frente a los craneales son escasos. Por último, los restos óseos pertenecientes a carnívoros son muy escasos (>1 %), aunque su presencia también se documenta con mordeduras sobre huesos, interpretadas como un acceso secundario, y en forma de coprolitos. La distribución espacial del registro muestra como las mayores densidades de material se concentran en la zona interna, entre la pared y la línea de caída de bloques, justo el espacio más adecuado para ocupar al estar resguardado del exterior. En esta zona, además se han identificado la mayor parte de las 46 estructuras de combustión del nivel, que llegan a formar importantes áreas de combustión por la superposición y solapamiento de numerosos impactos térmicos (Fig. 3). Las mayores densidades de material lítico corresponden a restos de talla asociados a hogares. Aunque no se ha identificado ninguna zona con acumulaciones porcentualmente destacadas de nú- Hasta el momento se han podido reconocer 108 remontajes, que agrupan a un total de 282 objetos líticos en 174 conexiones técnicas. La media de la longitud que separa a los objetos de las distintas conexiones es de 194.3 cm y tan solo un 11 % de las conexiones señalan una separación superior a los 4 m. Por tipos de remontajes, son las fracturas, co-nexiones que refieren a accidentes de talla, las que presentan distancias menores entre los objetos, frente a las conexiones que remontan secuencias de explotación. En consecuencia, los remontajes permiten plantear que la disposición original del registro no se encuentra alterada y posibilita la interpretación de la intencionalidad en el desplazamiento de fragmentaba temporalmente en secuencias que se realizaban espacialmente en varios puntos del abrigo. El movimiento de estos objetos indica una estrecha relación entre las distintas áreas del interior, pero apenas muestra relaciones con la zona exterior, que queda como un área marginal y periférica de las ocupaciones, que se aprovecharía para acumular desperdicios (Fig. 5). ORGANIZACIÓN Y FUNCIONALIDAD DE LA PRODUCCIÓN LÍTICA Características morfotécnicas de los objetos En el análisis sobre la gestión y tratamiento técnico de los recursos líticos se han utilizado los 4 556 objetos mayores de 1 cm recuperados en el nivel. Distribución de los objetos líticos mayores a 1 cm según la materia prima y la categoría estructural (nivel Ja, Abric Romaní, Barcelona). Explotación 2G; Lasca explotada. se encuentran asociados a hogares y presentan fracturas térmicas. La mayor parte de estos objetos en caliza corresponden a Bases Naturales fracturadas. Su observación permite concluir que estas fracturas se produjeron durante el uso de estos objetos para golpear. Asimismo, en muchos casos, una vez fracturadas sirvieron como base de una corta secuencia de explotación, utilizando como superficie de intervención el plano horizontal, explotado preferentemente de manera unifacial. Con respecto a las características morfotécnicas de las BP o lascas, estas cuentan mayoritariamente con superficies talonares del tipo plataforma y apenas presentan preparación de la cara talonar, con tan solo un 3% de talones multifacetados, casi todos ellos en objetos de sílex. Igualmente, las caras dorsales presentan escasos negativos de levantamientos anteriores, con tan solo un 13% de objetos con más de cuatro levantamientos en la superficie dorsal. Habría que destacar la amplia presencia de lascas desbordantes, conocidas también como bordes de núcleo. Este tipo de morfología se puede obtener de manera sistemática mediante estrategias de explotación bifaciales centrípetas. A su vez, el índice de alargamiento muestra la ausencia de láminas, ya que tan solo un 3% de los objetos presentan un alargamiento igual o superior a 2. En las características técnicas de las lascas no se observan diferencias dependiendo de la materia prima. Las diferencias observadas pueden interpretarse como fruto de las propias características físicas de cada uno de los materiales. Por ejemplo, en sflex se observa una presencia mayoritaria de bulbos marcados frente a una presencia dominante en cuarzo de bulbos difusos, algo que sin duda se debe a la flexibilidad de las rocas. Por tanto, diríamos que existe un mismo tratamiento técnico, independientemente de la materia prima, a la hora de explotar el material. No obstante, existe una diferencia que tiene implicaciones en la reconstrucción del proceso productivo. En las lascas en caliza hay una amplia presencia de superficie cortical, tanto en la cara dorsal como talonar, en comparación con los otros dos materiales. La baja presencia de cortex en cuarzo se explica porque este material se recoge en los depósitos de vertiente, bajo las formaciones primarias, por lo que la erosión y rodamiento no llegan a ser importantes. Pero tanto el sílex como la caliza se recogen en forma de nodulos en los cursos fluviales, por lo que la diferencia debe entenderse como cuantitativa debido a la distancia entre las zonas de captación de ambos materiales. Dado que la selección de la caliza es local, en el abrigo están presentes las secuencias iniciales de explotación de los núcleos. Por el contrario, el sílex es recogido en distancias mayores, por lo que el tiempo transcurrido hasta la introducción y la cantidad de intervenciones que sufrieron previamente los núcleos de este material fue mayor. Esta interpretación se refuerza por la mayor presencia cortical, entre los objetos de sílex, de aquellos de mayores dimensiones que se obtienen en las secuencias iniciales. Se ha podido identificar un criterio a la hora de seleccionar los soportes a configurar, BN2G. Consiste en la selección de los objetos de mayores dimensiones y, sobre todo, de objetos carenados; aspecto este último que destaca, aun más, entre los objetos seleccionados de menor longitud. Igualmente existe una importante presencia de lascas desbordantes entre los objetos retocados; estas las- cas, por su asimetría lateral, presentan un espesor importante y, a la vez, una morfología muy adecuada para el modelo de configuración dominante en el nivel. Este modelo dominante de configuración, con una representación del 88%, corresponde al de denticulados y muescas, con una presencia testimonial de retoque continuo o raederas. Las zonas preferentemente configuradas son los laterales, sobre todo el lateral izquierdo, y en pocos objetos se observa más de una zona afectada, por lo que la intensidad de configuración puede considerarse reducida. Además, en la mayoría de los objetos, la configuración es menor que la mitad del perímetro. Entre los objetos retocados existe una presencia cortical destacada, si se pone en relación con la escasa entre las lascas. Esto se debe a que, como ya se comentó, los soportes preferentemente seleccionados para configurar son objetos de grandes dimensiones, que son los que cuentan con mayor superficie cortical. Estos grandes soportes se obtienen en las secuencias iniciales de explotación de los núcleos, secuencias que para el sflex están poco representadas dentro del abrigo, por lo que parece que los objetos retocados entran ya configurados del exterior. Por último, un número importante de productos de talla también es seleccionado pero, por la profundidad de los negativos de las extracciones, más que por la configuración de sus laterales parece que sufrieron una explotación volumétrica, BN2GE. Este aprovechamiento se observa exclusivamente en sílex, por lo que parece que estaríamos frente a una utilización que maximiza este material. La organización de la explotación de estos objetos es similar a la observada en los núcleos, que pasaremos a describir, aunque menos intensa y sistemática, debido a sus reducidas posibilidades volumétricas. Un aspecto destacado entre los núcleos, BNIG, es que no se abandonan hasta que están agotados. Esto nos permite conocer en qué momento su explotación deja de ser posible, ya sea porque no se puede mantener la organización en la explotación o porque los productos obtenidos dejan de ser resolutivos. Las dimensiones de las últimas extracciones corresponden a lascas de 2 cm de longitud, que sería el límite útil de los filos de las lascas. La explotación de los núcleos se organiza mediante la selección del plano horizontal como superficie de intervención, que es explotado bifacialmente al dividir el objeto en dos superficies, que son reducidas sistemática y recurrentemente. Existe algún núcleo trifacial que, a la misma estructura básica señalada, suma algunas extracciones desde el plano transversal explotando el plano sagital y dos núcleos multifaciales que, por sus reducidas dimensiones, pueden considerarse como un aprovechamiento máximo de sus posibilidades que descompuso la estructura bifacial. Así pues, el modelo de explotación dominante corresponde con uno de los dos más comunes de este periodo cronocultural: los núcleos discoides (Boeda, 1993). No obstante, considerando el ángulo y la intensidad de explotación de las caras existe una variabilidad que debe considerarse. Así, por ejemplo, podemos distinguir entre núcleos bifaciales centrípetos simétricos y asimétricos, cuando ambas caras son explotadas con un ángulo simple o una de ellas es explotada con ángulo plano frente al ángulo simple de la otra superficie. Ante esta diferencia obtendríamos morfologías bicónicas o cónicas. A su vez, algunos núcleos asimétricos presentan una jerarquía al observarse una explotación cuidada e intensa de una de las superficies, mientras que la otra recibe extracciones que corrigen las convexidades para proseguir la explotación de la cara escogida. No obstante, la propia dinámica continua de las secuencias de explotación no descarta que esta simetría o asimetría, o la jerarquía entre las caras no pueda ir construyéndose y destruyéndose a lo largo de la explotación de un mismo núcleo. En definitiva, existe un único modelo conceptual de organización volumétrica de los núcleos para su explotación, ya que se utiliza indistintamente en cualquiera de las materias primas y tanto para explotaciones intensas o marginales (Fig. 6). Composición y desarrollo técnico del proceso de producción Los resultados del análisis morfotécnico de los objetos líticos y de la composición y desarrollo técnico de los procesos de gestión de la materia lítica identificados en el nivel pueden resumirse de la siguiente manera. Los nodulos de caliza son utilizados como percutores o machacadores de huesos y no se ha documentado ninguna configuración sobre canto o sobre grandes lascas. Los soportes únicamente son aprovechados para explotarse volumétricamente en vistas a obtener lascas y, basándonos en la organización de esta explotación, se ha identificado un único modelo: el bifacial centrípeto. A raíz de la plasmacion física de este modelo conceptual resultan dos tipos de núcleos estructurados mediante el mismo método: núcleos bifaciales centrípetos simétricos y bifaciales centrípetos asimétricos. La explotación de los núcleos organizados según este método es intensa, pues los núcleos no se abandonan hasta su agotamiento y, a partir de los remontajes identificados, parece que este método se configuró desde el inicio de la explotación. Las lascas obtenidas en estas secuencias fueron funcionalizadas, como se comentará en el apartado correspondiente, y además, algunas fueron explotadas en segunda generación, para utilizar también sus productos o, configuradas, generando habitualmente un borde con delincación denticulada. En definitiva, toda la producción de útiles líticos se generó a partir de la aplicación de un único método de explotación, suficientemente flexible para, según las necesidades y las posibilidades del núcleo, aprovecharlo al máximo sin romper la estructura. De ahí, la variabilidad notable que se refleja en los núcleos estudiados. Esta variabilidad morfotécnica de los núcleos debe relacionarse con la utilización de útiles líticos en multitud de acciones. La perfecta adecuación de los modelos morfopotenciales de las lascas con las actividades que desarrollaron los homínidos hizo que los procesos de explotación volumétrica fuesen las secuencias técnicas principales a la hora de proporcionar útiles. De ahí que, dada la diversidad de actividades a realizar, la explotación fuese lo suficientemente flexible como para adecuarse a cada exigencia y obtener así los productos más idóneos para cada cometido. Por contra, la escasa variabilidad en los modelos morfopotenciales identificados en las configuraciones, donde dominan ampliamente las delincaciones denticuladas, puede relacionarse con una escasa dependencia en la configuración para realizar satisfactoriamente las distintas actividades, ya que se solventarían con los filos naturales de las lascas. Pero alguna actividad sí precisó de un objeto especializado. Se ha identificado un modelo de soporte para configurar un objeto carenado y en donde se opone al filo denticulado un borde abrupto, como en el caso de las lascas desbordantes. Este objeto es muy capaz en acciones transversales para trabajar materiales duros. Como los diedros cóncavos no se obtienen habitualmente en los filos naturales de las lascas, hemos de considerar que la necesidad de este tipo de objetos mediante la configuración de denticulados debió ser lo suficiente-mente importante como para que fuese el único modelo de útil predeterminado. En consecuencia, se puede concluir que existe una variabilidad en las secuencias de explotación, ya que deben generar una producción capaz de participar en distintas actividades y, por contra, existe una especialización en la configuración de filos denticulados para acciones transversales (Fig. 7). Movilidad externa de los objetos El abrigo fue un punto de referencia espacial en la sincronía de estas comunidades y en él convergieron objetos de distintos procesos técnicos. A partir de las secuencias técnicas presentes o ausentes en el interior podemos reconocer la estructuración espacial y temporal en el consumo de los recursos líticos, que ponemos en relación con la estructuración de las actividades productivas de estas comunidades a escala regional. La caliza entra dentro del abrigo en forma de nodulos de río apenas intervenidos o como grandes lascas. Una vez introducida, dependiendo de su calidad, se aprovechó la masa de algunos nodulos como objetos contundentes para golpear. Los percutores no se abandonan a menos que se hayan fracturado, momento en que son reaprovechados, ya que son objetos que en muchos casos deben satisfacer exigencias personales. Las calizas de mejor aptitud para la talla fueron aprovechadas como núcleos, identificándose en el interior las secuencias iniciales de la explotación. En muy pocos casos se han recuperado estos núcleos, ya que no se habrían consumido y fueron exportados para participar en actividades en otros lugares. Con respecto al cuarzo, ya se ha comentado que es la materia prima más abundante y disponible en el entorno inmediato. Es introducido, principalmente, en forma de plaquetas recogidas en los depósitos de vertientes de los alrededores. Su reducida presencia cuantitativa en el abrigo indicaría que su gestión no jugó un papel estructural en el aprovisionamiento de útiles. De igual manera, se observa una explotación poco cuidada de este material, con una escasa configuración de los núcleos para su explotación y sin aprovecharse al máximo sus volúmenes. Su gestión está constreñida al ámbito directo del abrigo, con una selección y abandono muy cercanos temporal y espacialmente. Por su parte, el sílex es la materia prima que sufre procesos técnicos más prolongados e intensos. Su gestión es sumamente más cuidada y no se abandonan los núcleos hasta que no están completamente agotados. Además, al ser la materia prima menos abundante en la zona, su intensa selección implica que su disponibilidad fue fundamental en las estrategias de adaptación. Los objetos en sílex fueron introducidos en el abrigo como núcleos, en distintos momentos de su explotación, en forma de grandes lascas, como objetos configurados y extrañamente para la diacronía de niveles del abrigo, en forma de bloques no intervenidos, como si se pretendiese abastecer ocupaciones que se prolongarían en el tiempo con reservas de un material escaso en la zona. Es interesante comprobar cómo los objetos retocados, denticulados, con frecuencia entran desconectados de las secuencias técnicas en que se obtuvieron. Esta observación obliga a considerar a los denticulados como objetos que participaron en las estrategias de desplazamiento de estos homínidos por el territo-rio, a diferencia de otras opiniones (Geneste, 1988; Kuhn, 1992). De todas maneras, aún queda por desvelar si las secuencias de configuración se realizaron durante el desplazamiento para reavivar las lascas utilizadas o para aprovechar cierto recurso cuya explotación ya se preveía de antemano en la zona del abrigo. Una vez en el interior del abrigo se realizaron todas las secuencias técnicas posibles: explotación de los núcleos, configuración de lascas e incluso la explotación de alguna de ellas. El aspecto más destacado es que el proceso de producción en sflex está fragmentado espacial y temporalmente, ya que prácticamente no se ha podido reconstruir un proceso de explotación completo dentro del abrigo, donde destacan las fases finales, de ahí que se recuperen bastantes núcleos agotados. Incluso, aquellas secuencias más completas están segmentadas espacialmente entre distintas zonas del abrigo. Es destacable el papel estructural que juegan los núcleos como reserva de objetos para usar, que indica la conciencia de unas necesidades futuras por su dilatada gestión y, que junto a percutores y algún objeto configurado, formarían parte del utillaje personal empleado en los desplazamientos para responder a cualquier contingencia (Kuhn, 1992). En definitiva, se observa una organización de la producción diferida espacial y temporalmente a nivel regional, que podemos relacionar con grupos humanos con una gran movilidad en sus estrategias adaptativas (Fig. 8). En este campo de investigación, la interpretación del proceso de formación de las alteraciones en la superficie de los objetos por su uso ha sido el principal foco de atención. La discusión se ha planteado entre una corriente que atribuye la causa de las deformaciones a un proceso abrasivo y otra que sitúa la génesis en un proceso aditivo (lardón, 1990; Keeley, 1980; Odell, 1979). Este estudio se ha llevado a cabo utilizando un modelo teórico que considera las deformaciones como el resultado del esfuerzo de presión, fricción y temperatura a que es sometido el útil durante el trabajo (Sala et alii, 1998). Como consecuencia, la superficie de la roca responde fracturándose o deformándose mediante un comportamiento plástico. La primera respuesta, abrasiva, permite reconocer la cinética de la acción a través de estrías o desconchados. Por su parte, la deformación plástica es la variable que se considera determinante para diagnosticar los materiales trabajados. Este tipo de deformación resulta de la redeposición del sílice de la roca, en estado fluido debido al esfuerzo, sobre la superficie del objeto. Para la observación microscópica de los bordes de los objetos se ha utilizado un Microscopio Electrónico de Barrido y la exploración se ha realizado a una profundidad de 1 000 aumentos. En los estudios funcionales realizados hasta la fecha sobre industrias del Paleolítico Medio se destaca el carácter polifuncional de los objetos (Anderson-Gerfaud, 1990; Beyries, 1987). Entre los materiales trabajados reconocidos abundan la madera y la carne y, aunque en menor porcentaje, también se ha reconocido la intervención sobre herbáceos y piel. En cualquier caso, parece que no se ha identificado ninguna relación estrecha entre la forma del útil y su función, aunque sí se ha observado, en varios yacimientos, que sobresalen unas formas y unos usos que puede atribuirse a la especialización funcional del asentamiento (Beyries y Boëda, 1983;66 Fig. 9. Planta de la distribución espacial de un remontaje de explotación inicial de un núcleo de caliza formado por siete objetos, entre ellos un denticulado (nivel Ja, Abric Romaní, Barcelona). la panoplia de objetos y utensilios empleados por estas comunidades, y que excepcionalmente se han recuperado en éste y algún otro yacimiento (Thieme, 1997; Carbonell y Castro-Curel, 1992). Lamentablemente, la excepcionalidad en la conservación de materiales orgánicos nos impide hacernos una idea real de los utensilios que estas comunidades elaboraban, ya que, en buena medida, los hechos en piedra sirvieron para fabricar otras herramientas. A su vez, demuestra su habilidad para el trabajo de otros materiales además de la piedra. Ello unido a la identificación del trabajo de la piel, permite destacar las capacidades técnicas de las mismas. Por último, una mayor presencia de deformaciones no Hgadas a actividades directamente implicadas en el consumo de alimentos, como son las deformaciones relacionadas con acciones de carnicería, puede señalar que en las ocupaciones del nivel Ja se desarrollaron actividades más complejas que, presumiblemente, tendrían lugar en campamentos estables. No se ha observado ninguna clara diferencia con respecto a la intensidad del trabajo o a los materiales trabajados entre los objetos retocados y las lascas. Los filos naturales a partir de 2 cm sirvieron para cualquiera de las acciones señaladas sobre los materiales citados. Tan solo se ha observado un predominio entre los denticulados del trabajo transversal sobre madera. Siguiendo con los objetos configurados, destaca también su participación en actividades de carnicería, por lo que los denticulados serían objetos versátiles, pero a la vez especializados en el trabajo sobre madera. La morfología de arista activa utilizada corresponde a los diedros, tanto rectos, convexos como cóncavos. Los posibles triedros naturales que se obtienen en las lascas no son utíHzados y en la configuración de denticulados, donde existe una asociación de diedros cóncavos y triedros, sólo se ha podido reconocer el trabajo de los primeros. Este resultado concuerda con la ausencia total de configuraciones de puntas o la talla predeterminada de lascas apuntadas. Esto implicaría que no precisarían la intervención de estos objetos o bien que serían otros útiles en algún material perecedero los encargados de dicha tarea. Se podría pensar en puntas sobre madera, recuperadas excepcionalmente en algunos yacimientos, ya que en el Abric Romaní sí sobresale la configuración denticulada que parece estar muy ligada al trabajo transversal sobre madera, precisamente el movimiento para fabricar puntas. Es difícil hablar de la intensidad de trabajo, ya que el grado de deformación del útil depende mucho del material sobre el que actúa. No obstante en los objetos donde se ha identificado el trabajo sobre materia dura -que genera mayores deformacio- 10. Ejemplos de deformaciones por uso en el nivel Ja (Abric Romaní, Barcelona). Objeto 1, denticulado: deformación que atribuimos a una actividad de carnicería en donde se rozaba hueso. Objeto 2, denticulado: deformación muy desarrollada que atribuimos a un trabajo de dirección transversal/oblicua con madera fresca. Objeto 3, lasca: deformación con dirección transversal que atribuimos al trabajo con piel. nés en menor lapso de tiempo como la madera-se observan deformaciones limitadas a ciertas zonas del útil, por lo que hablaríamos de trabajos concretos. A su vez, tan solo en uno de los objetos estudiados, un denticulado, se advierte el uso independiente de dos zonas para trabajar dos materiales distintos. Hemos atribuido unas deformaciones a una acción de despellejar y otras a una acción transversal sobre madera. El útil se fabricaba para solventar una necesidad inmediata a tenor de su reducida intensidad de uso y de su escaso reaprovechamiento. Esta conclusión coincide con la ausencia, ya señalada, de intensidad de retoque y reavivamiento en los objetos configurados. Por otra parte, no parece que las áreas del interior del abrigo se seleccionaran según actividades determinadas, más bien, en todas las zonas principales de acumulación se trabajaron los mismos materiales. En los grupos de remontaje cuyos objetos se dispersan por distintas áreas del abrigo, no se observa una relación entre segregación y usos, ni podemos hablar de que alguna zona del abrigo destaque por acoger el trabajo de un determinado material. Asimismo, en cada punto del abrigo en que identificamos una secuencia de talla mediante los remontajes, se identifica también la utilización, de los objetos allí obtenidos (Fig. 10). Los datos expuestos, junto con los resultantes de la reconstrucción del proceso de producción lítica, nos permiten inferencias interesantes, como: 1) considerar potencialmente útiles todas aquellas lascas que, como mínimo, cuentan con un filo superior a 2 cm de longitud. 2) Los diedros son las morfologías aprovechadas para intervenir en todas las acciones posibles y para trabajar una amplia variedad de materiales. 3) La perfecta adecuación de la morfología de las lascas para los usos exigidos se corresponde perfectamente con la tecnología de estas comunidades, dirigida a la producción de lascas. 4) Tan solo se observa una exigencia morfológica relacionada con un uso específico; la morfología denticulada. Los denticulados, aunque versátiles, parecen concebidos para un trabajo transversal sobre madera. 5) Esta demanda se solventó con la elaboración de un útil adecuado para esta necesidad, al seleccionar lascas carenadas y, preferentemente, con asimetría lateral. Este tipo de lascas se obtiene de manera recurrente mediante el sistema de explotación identificado, Bifacial Centrípeto. 6) Por tanto, se observa una capacidad tecnológica capaz de fabricar los útiles adecuados según las necesidades. La reconstrucción del proceso de producción lítica definida a partir del registro del nivel Ja señala cómo el abrigo, durante este momento, acogió ocupaciones de larga duración. Independientemente de las altas densidades de material recuperado, palimpsestos que complican la discriminación de episodios singulares, la identificación, aunque fragmentada, de todas las secuencias de explotación posibles, la recuperación de procesos de explotación casi completos en el interior y la interrelación, por medio del desplazamiento de objetos de todo el espacio ocupado, indica procesos técnicos intensos y prolongados. La capacidad de las comunidades de neandertales de organizar y estructurar asentamientos estables se pone habitualmente en duda (Simek, 1987; Klein, 1995; Mellars, 1996; Pettit, 1997), pero el nivel estudiado muestra patrones conductuales a la hora de ocupar y organizar las actividades en el interior de los campamentos. Se observa la discriminación de la ocupación del abrigo entre zonas centrales y marginales. Las últimas recibieron los desechos de las zonas principales y, probablemente, sustentaron algunas actividades especiales o intensas. Las zonas centrales se organizaron en tomo a hogares, en donde se llevaron a cabo todo tipo de actividades que calificamos como domésticas por la ausencia de intensidad o especialización. En este tipo de ocupaciones se han identificado distintas estrategias de aprovechamiento de los recursos líticos del entorno. Se observa, en el tratamiento de los recursos, un patrón sustentado en una gestión económica. Tanto el sflex como la caliza de buena calidad sufren una explotación máxima, los núcleos no se abandonan hasta su agotamiento y fragmentos espesos o lascas carenadas se reaprovechan en secuencias de explotación. En situaciones de estrés de disponibilidad de estos materiales se utiliza el cuarzo abundante en la zona. A su vez, se han recuperado varios bloques de sílex de tamaño grande en los que apenas se ha intervenido. Responderían a una estrategia de almacenamiento de recursos que se documenta ampliamente en yacimientos de este periodo (Conard y Antier, 1998). No obstante, a pesar de que la economía de recursos es uno de los aspectos más destacados, no se observa intensos o continuos procesos de reconfiguración o reavivamiento de los objetos. Su disponibilidad se asegura con la explotación cuidadosa de los núcleos, que sólo se intervienen para producir útiles cuando urgen. Por tanto, hay conciencia http://tp.revistas.csic.es de unas necesidades futuras y estas se afrontan con una dilatada gestión de los núcleos, que se han de considerar como reserva de útiles. Pero no parece que exista una anticipación a las necesidades, sino que conocen el amplio abanico de las mismas, por habituales, y para resolverlas la producción se redirige constantemente. Así, por ejemplo, los denticulados serían concebidos para el trabajo con madera, un recurso que sería explotado intensamente en la zona del abrigo, como demuestra el análisis funcional. Esta necesidad favorece que este objeto sea dominante en el yacimiento y que se introduzcan en el abrigo denticulados configurados ya de fuera, pero no impide que el mismo útil pueda, en caso necesario, participar en otras actividades. En definitiva, la tecnología de estas comunidades se sustentaba en unos procesos técnicos recurrentes, pero flexibles, y en un utillaje polifuncional, pero con un diseño predeterminado para los denticulados. Nos preguntábamos si la función dirigía la producción: tan solo entre denticulado y trabajo de madera vemos esta relación que implica la aptitud para reconocer y resolver anticipadamente necesidades. Por tanto, el registro del nivel Ja permite atribuir a las comunidades del Paleolítico Medio en el Abric Romaní una organización de la producción flexible pero planificada que relacionamos con una economía de amplio espectro, que no es sinónimo de arbitrariedad.
DE LA ROCA (ALICANTE). NEW DATA ON THE MEDITERRANEAN MAGDALENIAN OF THE IBERIAN PENINSULA CARMEN CACHO QUESADA (*) JESÚS JORDÁ PARDO (**) IGNACIO DE LA TORRE SÁINZ (***) JOSÉ YRAVEDRA SÁINZ DE LOS TERREROS (****) A la memoria de M/ Pilar Fumanal, por su generosidad y entusiasmo. Los trabajos de estos últimos años en el Tossal de la Roca aportan un marco geocronológico de indudable valor para el Tardiglaciar del Mediterráneo de la Península Ibérica. A partir del análisis comparativo de sus industrias con las de otros yacimientos se discute sobre la amplia variabilidad del Magdaleniense en la vertiente mediterránea peninsular. Por último el hallazgo de un arpón en el Tossal de la Roca, donde hasta el momento no se había recuperado ninguno, y el papel otorgado a este elemento como referente cronológico indudable, obliga a revisar los planteamientos comúnmente aceptados para definir este período. vación en extensión de A2 y A3 (Fig. 2). Se tomaron además varias muestras de carbón para su análisis de C14 por el procedimiento convencional y también por AMS. Ese año decidimos concentrar nuestros esfuerzos en sólo dos cuadrículas, debido a la riqueza de vestigios arqueológicos en esa zona y a la necesidad de efectuar con gran rigor su control estratigráfico motivado por el deterioro sufrido por los niveles I y II. Así, aunque había desaparecido el nivel I en este área, todavía se conservaba parte del nivel 11 y el relleno infrayacente. Al iniciar la excavación sistemática y retirar las primera capa de sedimento, enseguida observamos una clara discontinuidad entre las dos cuadrículas. Si bien en ambas excavamos lo que en aquel entonces creíacaso la información proporcionada por anteriores campañas, pero sobre todo la completan, además de permitir matizar ciertas cuestiones y, en definitiva, valorar de una manera más precisa el importante papel que juega este sitio en el panorama delTardiglaciar del Mediterráneo peninsular. El Tossal tiene una secuencia discontinua que abarca desde el Magdaleniense Superior hasta el Epipaleolítico con geométricos, a la que hay que añadir unos vestigios, escasos y en superficie, del Neolítico. Esta seriación ha sido documentada en dos zonas del abrigo: sector interior y exterior. El primero contiene varios niveles del Magdaleniense al Epipaleolítico Inicial, mientras que el segundo comprende diversas ocupaciones del Epipaleolítico Antiguo y Epipaleolítico con geométricos (Cacho et alii, 1995: 14-20). Los trabajos de campo se han centrado en el sector interior del abrigo, donde todo parecía indicar que la estratigrafía era más completa y que se trataba, además, de la zona principal de ocupación de este asentamiento. Dadas la reiteradas "intervenciones" de los clandestinos en este área, nos hemos visto siempre obligados a adaptar nuestra metodología de trabajo a sus saqueos. Por este motivo conviene señalar que en muchas ocasiones en nuestra excavación en horizontal no hemos contado con cuadrículas completas (1 m^), sino con simples retazos, en definitiva con las superficies que nos han dejado los furtivos. Este hecho justifica la desigual excavación de los niveles del sector interior durante estas últimas campañas ya que hemos intentado respetar la cuadrícula general del yacimiento. Tras la cuadriculación y planimetría del sector interior los trabajos de 1993 se dedicaron a la exca-Fig. Planta del abrigo con localización de los sectores y cuadrículas excavadas en las campañas de 1993-1999. T. P, 58, n." 1,2001 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es mos nivel II, las capas eran diferentes tanto desde el punto de vista sedimentológico (color y textura) como arqueológico. La razón de esta ruptura se hizo evidente más adelante al observar en ese perfil estratigráfico que teníamos justo delante la existencia de una falla, descrita en este mismo trabajo. Esta discontinuidad coincidía más o menos con el límite de A3 y A2, de tal manera que mientras en la primera se excavaban las últimas capas de nivel II, en la segunda aparecía ya el nivel III. El nivel arqueológico II, excavado en A3 y así se ha confirmado en posteriores campañas, parecía mucho más rico en restos faunísticos: mandíbulas y piezas dentarias de cérvido, cáprido, algunos molares de équido y numerosas diáfisis con frecuencia quemadas, así como varios restos malacológicos (1). Frente a éstos, los vestigios líticos, a excepción de varias plaquetas con ocre, eran relativamente escasos, mientras que el nivel III (A2) se caracteriza por una industria proporcionalmente muy abundante, así como por la presencia de industria ósea, como veremos más adelante. La superficie excavada en 1993, aunque reducida, permitió documentar la existencia de un hogar. Este aparece en el nivel III en el sector central de la cuadrícula A3, aunque se adentraba en la A4, razón por la que se acabó de excavar durante la campaña de 1997. Esta estructura de combustión alcanza un diámetro de 60-70 cm y unos 5-6 cm de potencia. Su sedimento se diferenciaba del resto de la cuadrícula tanto por la tonalidad de un negro intenso, sobre todo en la zona central, como por su textura mucho más compacta y grasicnta. Precisamente era aquí donde se concentraba el mayor número de restos arqueológicos, tal y como ya habíamos observado en los hogares de Cueva de Ambrosio (Ripoll, 1988). En la zona meridional de la A2 pusimos al descubierto otro retazo de este mismo hogar. Este, aún encontrándose a distinta profundidad del documentado en A3, creemos que sólo puede explicarse como parte del anterior, más aún si tenemos en cuenta la presencia de la ya mencionada falla que produce un desplazamiento en Z de este sector del corte interior. El fragmento del hogar de la A2 parece ser una zona marginal del localizado en A3 ya que, aunque ligeramente ceniciento, el sedimento no presenta tantos carbones, ni es tan oscuro y rico en materia orgánica. Tampoco es compacto como en la A3, sino mucho más suelto. Otro dato importante es que esta estructura aparece delimitada por piedras de caliza que aparecen hincadas en el sedimento con un buzamiento de 90 grados. Los elementos que componen este contomo de hogar, de forma sermicircular, son varios fragmentos de cantos rodados (uno de ellos un percutor roto), un fragmento de bloque (quemado) y algunas plaquetas desprendidas del techo (de la visera del abrigo). Una de ellas presenta trazos incisos grabados en su superficie, pero sin formar ninguna figura determinada (2). En noviembre de 1996 tuvo lugar la siguiente campaña. Debido a la escasa subvención y sobre todo a la fecha tardía de su libramiento, tuvimos que limitarla a una breve estancia en el yacimiento que fue íntegramente dedicada, en colaboración con M^ Pilar Fumanal, al estudio de la estratigrafía del sector interior. Se hizo un pequeño sondeo delante de la cuadrícula A4 para evaluar la estratigrafía de la base del relleno del abrigo en el sector interior, así como para definir su contacto con la roca base. Este ya nos parecía bastante complejo desde la campaña de 1993 debido a la propia alteración de esa roca, así como a la existencia de unas "cubetas". Estas aparecían rellenas de sedimento con materiales arqueológicos. Las conclusiones de este sondeo fueron precisamente la documentación de un contacto irregular entre la base del relleno y la roca base y sobre todo la confirmación de que no existía un nivel IV, tal y como en su momento habíamos publicado (Csicho et alii, 19S3; Cacho et alii, 1995). Esta revisión en profundidad de la secuencia no pudo continuarse durante la campaña siguiente y fue uno de los trabajos de investigación que quedaron interrumpidos por el fallecimiento de M^ Pilar Fumanal. Salvo en laAl, donde se excavó al comienzo de la campaña la base del nivel II (20 cm) en 0.50 m^, los trabajos sistemáticos de este año tuvieron como objetivo el estudio del nivel III. Este fue documentado en una potencia de 30 cm y en una superficie aproximada de 3.25 m^, en la que se registró la presencia de una estructura de combustión rodeada de piedras (Lám. Junto a una abundante industria lítica y algunas piezas de industria ósea (1) La fauna de estas campañas está siendo estudiada en la actualidad por Rosa M^ Huget y Antonio Sánchez Marco (Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid) y será objeto de una publicación posterior. (2) Estas plaquetas junto con otras decoradas con motivos zoomorfos y geométricos fueron encontradas durante los últimos trabajos de campo en el Tossal y serán objetos de un estudio monográfico. se localizaron varios cantos y plaquetas con ocre. Este año se volvieron a tomar nuevas muestras para análisis de C14 y se realizó, además, flotación de todo el sedimento extraído del nivel III para su estudio paleobotánico (3). La campaña de 1999 es sin duda, de todas las presentadas en este trabajo, la que ha proporcionado mayores resultados. El motivo es que este año se excavaron, aunque de manera desigual, los tres niveles arqueológicos y una superficie más extensa que en campañas anteriores. En el proceso de excavación del nivel III, en concreto en las cuadrículas Oí y ZI, se localizó un retazo de hogar que ya se observaba en el perfil E-W. del sector interior, desde el que había sido "agujereado" por los clandestinos. Dado el deterioro que ha sufiido en esta zona resulta imposible reconstruir su forma. No obstante esta estructura continúa, según se aprecia en el corte, con un fuerte buzamiento hacia el Oeste y es muy posible que en futuras campañas se pueda documentar en las cuadrículas colindantes. El abrigo rocoso delTossal de la Roca, así como el yacimiento y su entorno, han sido ya objeto de un completo estudio geológico realizado por la prematuramente malograda M^ Pilar Fumanal. Esta investigadora establece una secuencia litoestratigráfica (3) Este estudio está a cargo de Leonor Peña Chocarro (Univ. de Como, Italia) y será motivo de una publicación posterior. para el sector interior articulada en cuatro unidades sedimentarias (de muro a techo: IV, III, II y I). Su génesis se atribuye a procesos crioclásticos para los niveles IV, III y II, y con momentos de arroyadas poco competentes en el III, que adquieren una mayor intensidad en el nivel I (Fumanal, 1986; Cacho et alii, 1995). La secuencia continúa en el sector exterior del yacimiento y está pendiente de un nuevo estudio geológico, actualmente en curso. Para la obtención de la secuencia litoestratigráfica del sector interior del Tossal de la Roca que presentamos aquí hemos utilizado las secciones ofrecidas por la excavación, siguiendo como referencia los cortes N de las cuadrículas A4 y A5 (Fig. 2). A partir de esos perfiles hemos realizado en 1999 el trabajo de campo y la toma de muestras, posteriormente sometidas a los pertinentes análisis de laboratorio y síntesis. Hemos de hacer constar nuestra preferencia por utilizar una seriación numérica ascendente de muro a techo. Además hemos podido localizar la roca del sustrato, dato con el que posiblemente no contaba M^ Pilar Fumanal cuando hizo su estudio del yacimiento, por lo que optó por el orden inverso al de la sedimentación siguiendo criterios arqueológicos. La base de la secuencia descansa directamente sobre la roca caliza del sustrato. Las unidades que la componen (Lám. II) alcanzan su mayor espesor hacia el Oeste y son, de muro a techo, las siguientes: Unidad TR.O: Alteración de la roca del sustrato, de color grisverdoso que alcanza una potencia máxima visible de 40 cm. Está constituida mayoritariamente por bloques, cantos y gravas de caliza autóctona alterada (centil 30 cm, media 2 cm) con la porosidad intergranular rellena por una escasa proporción de pelitas (70% carbonatos) y arenas carbonatadas. Se dispone rellenando la paleotopografía del fondo del abrigo por lo que su geometría es irregular e internamente se encuentra muy desorganizada. En ocasiones presenta intrusiones del nivel suprayacente. Unidad TR.l: En contacto normal sobre la anterior y con una potencia comprendida entre 110 y 130 cm, está constituida mayoritariamente por materiales detríticos autóctonos incluyendo tanto cantos como plaquetas, con un centil de 12-13 cm y una media de 1 cm que varía a lo largo de la vertical de la unidad. La base está marcada por bloques calizos desprendidos del techo junto con cantos alóctonos redondeados (centil 15 cm). Geométricamente esta unidad se dispone en forma de cuña, apoyándose directamente en la roca en su parte apical, mostrando una pendiente deposicional hacia el SO ceñida a la paleotopografía del suelo del abrigo, adquiriendo los niveles que la componen una mayor horizontalidad al ascender en la vertical al ir colmatándose el abrigo. El techo de esta unidad, subhorizontal y aparentemente con una doble pendiente hacia el interior y exterior del abrigo con un umbral en la zona de la visera, es muy irregular, presentando cubetas de ero- Internamente presenta un cierto ordenamiento que se manifiesta de muro a techo por una sucesión de niveles continuos o lenticulares de diferente granulometría: TR.1.1: 20 cm de cantos y plaquetas angulosos de caliza (centil 4 cm, media 0.2-0.4 cm) con una matriz muy fina constituida por arenas carbonatadas y peiitas (69% carbonatos), de color ocre claro con pasadas ligeramente anaranjadas. TR.1.2: 10 cm de cantos y plaquetas angulosos de caliza (centil 12 cm, media 2 cm) y matriz similar a la anterior, con un 61% de carbonatos en la fracción pelítica. Estas dos subunidades alcanzan una potencia superior hacia el Este que oscila en torno a 60 cm. Se corresponden con el nivel III de la estratigrafía arqueológica. http://tp.revistas.csic.es til 5 cm, media 1-0.5 cm) ordenados en niveles centimétricos con límites bien marcados y continuos. Matriz arenosa con limos y arcillas (61.5% carbonatos), de color beige oscuro con abundante materia orgánica carbonizada, fragmentos óseos y sílex. TR.1.4: 15 cm de bloques y cantos angulosos de caliza (centil 14 cm, media 2 cm) con abundantes plaquetas (centil 14 cm y 2 cm de espesor) así como restos óseos y carbones. La matriz es muy escasa, arenoso-arcillosa (60.5 % carbonatos). TR.1.5: 10 cm de cantos y gravas angulosos de caliza (centil 6 cm, media 1.5 cm) con abundante matriz arenosa de color ocre claro con arcillas y escasos limos (75% carbonatos). TR.1.6: 14 cm de bloques y cantos angulosos de caliza (centil 11 cm, media 3 cm) con algún canto rodado alóctono y apenas matriz arenoso -arcillosa (70% carbonatos). Fragmentos óseos, materia orgánica carbonizada y sílex abundantes. TR.1.7: Nivel de geometría lenticular de 18 cm de potencia máxima integrado por laminaciones de gravas (centil 1 cm, media 0.5) que pasan a cantos hacia el techo (centil 6 cm, media 0.5 cm). La matriz es abundante, con predominio de arenas y arcillas (62% carbonatos) sobre los limos. Contiene restos óseos y materia orgánica carbonizada con carbones centimétricos. Hacia el S termina con 5 cm de clastos de mayor tamaño, algunos bien redondeados y alóctonos (centil 10 cm, media 0.5) con una geometría canalizada. TR.1.8: 2-4 cm de materia orgánica carbonizada dispuesta sobre el nivel infrayacente con una geometría lenticular, que contiene abundantes carbones y fragmentos óseos. Estas seis subunidades alcanzan una potencia menor hacia el Este que oscila en torno a 20-30 cms. Se corresponden con el nivel II de la estratigrafía arqueológica. Unidad TR.2: Se dispone en contacto netamente erosivo sobre la unidad anterior, con una potencia comprendida entre 100 y 120 cm. Está constituida por alternancias de niveles arenosopelíticos, detríticos gruesos y medios así como lentejones de materia orgánica carbonizada. Las capas de finos están formadas por arenas y pelitas (78% carbonatos) de color gris con clastos angulosos de caliza autóctona (centil 36 cm, media 0.5 cm) y plaquetas esporádicas dispuestas horizontalmente, así como cantos alóctonos redondeados (centil 20 cm). Los detríticos gruesos y medios corresponden a pasadas masivas de clastos calizos de pequeño formato (gravas y cantos, centil 4 cm, media 0.4 cm). Estos son tanto ligeramente angulosos como redondeados y con matriz arenoso-pelítica (75.5 % carbonatos). Finalmente se observan acumulaciones localizadas de materia orgánica carbonizada, formando cuerpos de geometría lenticular. En general, son abundantes los restos de sílex, los fragmentos óseos, los gasterópodos terrestres y la materia orgánica carbonizada. El techo, fundamentalmente pelítico, presenta una carbonatación que confiere al sedimento un aspecto muy pulverulento. También hacia el techo se detectan grandes bloques de caliza autóctona (60 cm), como el situado hacia el centro del corte estudiado. La geometría de esta unidad corresponde a un cuerpo lenticular internamente estratificado, que buza hacia el SO y que hacia el techo parece tener doble pendiente deposicional con el punto de umbral en la verdcal de la visera del abrigo. En la zona central de la sección de observación, la unidad se encuentra muy disturbada por la existencia de un pliegue-falla. Este altera la disposición original de los depósitos, haciendo que los situados hacia el N asciendan en la vertical y cabalguen a los situados hacia el S. Afecta tanto a los niveles pelíticos y carbonosos que son cortados limpiamente como a detríticos más gruesos que son plegados. Su situación inicial sufre una gran alteración y se pueden seguir los niveles detríticos con su geometría original al alejarse de la zona de la falla. Además, esta unidad se encuentra decapitada en esta zona del abrigo por procesos erosivos y en su su-perficie se ha desarrollado una cubierta edáfica de escasa penetración. Esta unidad alcanza una potencia menor hacia el Este que oscila en torno a 70 cm. Se corresponde con el nivel I de la estratigrafía arqueológica. El sector interior del yacimiento delTossal de la Roca ofrece desde el punto de vista de la Neotectónica una particularidad de gran interés. Algunos sedimentos de su relleno, en concreto las unidades TR.1.3, TR.1.4, TR 1.5, TR 1.6, TR 1.7, TR 1.8 (nivel II) y TR.2 (nivel I) se encuentran afectadas por una deformación tectónica. Esta se manifiesta por el desarrollo de un pliegue-falla en el sector de las cuadrículas A2 y A3 (excavadas en 1993), B2 y B3 y tal vez en C2, C3 (Fig. 2). La falla produce el cizallamiento de los tramos pelíticos y de materia orgánica de TR 2 (nivel I), mientras que las capas de cantos y gravas se deforman plásticamente, plegándose, dando lugar a un curvamiento de las superficies de estratificación y a la redistribución interna de los materiales detríticos. Se trata de una falla inversa de dirección aparente N 210*^ E cuyo plano buza 45° al O. El hogar inferior de TR 2 (nivel I ), datado por radiocarbono, sirve de referencia al encontrarse seccionado, mostrando un salto vertical de 19 cm, si bien este nivel carbonoso se ve laminado a lo largo del plano de falla. El acortamiento del terreno, debido al cabalgamiento producido por la falla inversa medido en el plano 0-E de los perfiles de la cuadrícula A3, es de 28 cm. El conjunto de falla y pliegue monoclinal asociado es la respuesta de los sedimentos que rellenan el abrigo ante un esfuerzo compresivo de dirección N 120° E (Lám. A partir de todo lo expuesto y de los datos existentes con anterioridad {C? icho et alii, 1995), podemos articular para el sector interior delTossal de la Roca la siguiente secuencia de procesos geológicos: -Alteración de la roca del sustrato que genera materiales finos y desprendimiento gravitacional de bloques, rellenado el paleorrelieve existente en el fondo del abrigo rocoso. Estos materiales, que constituyen nuestra unidad TR.O se corresponden a los del nivel IV de Fumanal, los cuales a techo pueden tener intrusiones del suprayacente, hecho éste que determinaría la atribución del citado nivel al Magdaleniense superior e incluso la obtención de una datación radiocarbónica de escasa precisión por su enorme desviación típica (15.360+ 1.100 BP.) Las excavaciones realizadas con posterioridad a la publicación del estudio de Fumanal han permitido precisar ese aspecto, concluyendo que se trata de materiales de alteración de la roca del sustrato, que, ocasionalmente, pueden tener intrusiones de la unidad suprayacente. De hecho, durante la excavación de la base del nivel III en las cuadrículas A3 y A2 (campaña de 1999) se detectó la existencia de unas "cubetas" con materiales arqueológicos dentro de lo que en principio ya era la roca del sustrato alterada. -Sedimentación autóctona por procesos de desprendimiento y caída gravitacional de clastos de las paredes y techo del abrigo que tienen su origen en procesos de crioclasticismo responsable de la mayor parte de la sedimentación de la unidadTR. Se detectan al menos seis episodios de gelifracción, alguno de los cuales presenta una reiteración claramente atribuible a ciclos de hielo-deshielo estacional, separados por niveles producidos por arroyada difusa durante la estación cálida (TR. El momento más frío probablemente se encuentre en TR. 1.4 y responda a ciclos de hielo-deshielo diarios. Los sedimentos finos que aparecen entre los clastos autóctonos tienen su origen en la actividad de arroyada de muy baja energía, desarrollada en épocas templadas posteriores a los momentos fríos. Estos proceden del desmantelamiento de las margas situadas aguas arriba del barranco sobre el que se encuentra el abrigo. Hacia el techo de esta sedimentación autóctona, comienza a notarse una influencia de aportes laterales procedentes del exterior por mecanismos hídricos de tipo "debris flow" que pueden incorporar materiales de origen fluvial (TR. Estos procesos que se intensifican a techo con desarrollo de canales fluviales con detríticos alóctonos están relacionados con la actividad del barranco. Sobre los depósitos fluviales y en ausencia de sedimentación natural se desarrolla una intensa ocupación antrópica responsable de la acumulación de lentejones de materia orgánica (hogares). La unidad litoestratigráfica TR. 1 comprende los niveles arqueológicos III y II, dado que tanto los aspectos de campo como los datos de laboratorio nos permiten afirmar la existencia de un único cuerpo sedimentario. Estos están originados por un mismo tipo de procesos y limitado por superficies de discontinuidad. Sin embargo, parece existir una ruptura temporal entre TR.1.2 y TR.1.3 marcada por la distribución de las fechas calibradas, lo que nos permitiría hablar de dos subunidades equivalentes a las unidades arqueológicas III y II. Entre ellas existe una marcada separación temporal que no se constata desde la interpretación de los mecanismos geológicos responsables de su emplazamiento. Además, las dataciones radiocarbónicas convencionales de la unidad TR. 1 (niveles III y II) nos permiten estimar la velocidad de sedimentación entre TRl. No obstante este dato hay que considerarlo como meramente indicativo, teniendo en cuenta que la sedimentación en abrigos rocosos no es continua, sino que tiene lugar por impulsos con momentos de ausencia de sedimentación y momentos de acumulación preferente. -El techo de la unidad TR. 1 sufre una erosión por caída gravitacional de agua desde la visera del abrigo en un momento húmedo, en el que además, aparentemente, no se produce sedimentación. Esta discontinuidad sedimentaria claramente reconocible en campo se verifica empíricamente observando la representación gráfica de las fechas calibradas, gráfico que permite detectar una ruptura entre la subunidad superior deTR. 1 y la siguiente unidad TR.2. -Prosigue la sedimentación rellenando las irregularidades producidas por la erosión en el techo de TR. 1 y tiene lugar el emplazamiento de la siguiente unidad litoestratigráficaTR.2. Su génesis y emplazamiento está asociada, como bien señala Fumanal (Fumanal, 1986; Cacho et alii 1995), a flujos hídricos de diferente intensidad y naturaleza (coladas de clastos, arroyada difusa, flujos laminares de baja energía, desbordamientos del barranco) que aportan materiales alóctonos de la cabecera del valle. Si bien se detectan clastos cuyo origen estaría relacionado con procesos gravitacionales ligados a la acción del hielo-deshielo, la influencia del frío desaparece paulatinamente en esta unidad. Hay una mayor presencia de procesos propios de condiciones húmedas y atemperadas, con desarrollo de importantes flujos en el barranco que a veces se hacen notar en el abrigo. Esta sedimentación no es continua, sino que se ve sometida a interrupciones temporales que son aprovechadas por el hombre para ocupar el abrigo y dar lugar a importantes acumu- -Una vez emplazada la unidad TR.2 (nivel I), se ve afectada por un evento neotectónico que la deforma dando lugar a la estructura tectónica descrita. Esta deformación tiene su origen en la actividad sísmica del dominio externo de las cordilleras Héticas, donde desde el punto de vista estructural se encuentra situado elTossal. Los esfuerzos compresivos como el que da lugar a la falla inversa de este yacimiento, nos son raros en la zona durante el Cuaternario reciente, manifestándose actualmente en el arco mediterráneo y cordilleras Héticas (Galindo-Zaldívar eí a///, 1998). -Posteriormente, la unidad TR.2 es desmantelada, arrasándose el pequeño relieve configurado por el cabalgamiento y desarrollándose incipientes estructuras edáficas. A la vista de lo anteriormente expuesto, la situación en la escala cronoestratigráñca de las unidades TR.l (niveles III y II) y TR.2 (nivel I) y del hiato intermedio es clara: los procesos que las han generado han tenido lugar en los últimos momentos del Pleistoceno superior, encontrándose el límite convencional Pleistoceno-Holoceno en la unidadTR.2, concretamente a la altura del nivel datado. Por esta razón, el último tramo deTR.2 se emplazaría durante el comienzo del Holoceno. La actividad tectónica representada por el pliegue-falla también tendría lugar en este momento, con posterioridad a BETA-134 880 n.820±40BP, dado que afecta al nivel de procedencia de la muestra datada. Por el momento no se puede precisar más dado que en la zona donde se observa la falla, ésta no se ve fosilizada por niveles no afectados por ella. Una búsqueda de esta estructura hacia la zona exterior del yacimiento, donde existen niveles más recientes, permitiría una datación del evento neotectónico más ajustada. DATACIONES RADIOCARBONICAS Y CRONOLOGÍA DE LAS DISTINTAS OCUPACIONES El Tossal de la Roca es el yacimiento del litoral oriental del Mediterráneo español que cuenta con mayor número de dataciones radiocarbónicas para el Pleistoceno superior final y los inicios del Holoceno, un total de 19 fechas de Carbono 14. La primera de éstas ha sido analizada por el procedimiento convencional en el laboratorio de M. Fontugne y las dos siguientes porAMS en el de H. Valladas. A lo largo de los trabajos de campo de 1999 se tomaron otras durante la excavación en extensión, así como con motivo del estudio litoestratigráfíco. Con ellas se pretendía obtener edades numéricas que permitiesen fijar con precisión en el tiempo determinados procesos sedimentarios, neotectónicos y diversos aspectos culturales. Estas muestras fueron enviadas para su datación a Beta Analytic Radiocarbon Dating Laboratory de Florida (EEUU) y los resultados fueron calibrados según las curvas de Stuiver et alii (1998) (Tab. En el orden técnico las dataciones proporcionadas por el laboratorio estadounidense presentan unas condiciones más que aceptables de exactitud (eliminación de la contaminación, tratamiento químico y medida del contenido de radiocarbono) y precisión (desviación típica). En cuanto al orden arqueológico existe, como comentaremos más adelante, una total sincronía entre los resultados obtenidos y los procesos que se pretendían datar. En definitiva, nos encontramos ante unas muestras y unas fechas que ofrecen una buena garantía a la hora de situar en el tiempo los acontecimientos geológicos y culturales a los que están asociadas. Igualmente, la fechas obtenidas mantienen una adecuada concordancia numérica en relación con su posición en el seno de la secuencia litoestratigráfica, correspondiendo la fecha BETA-134 882 12.800 ± 40 a la muestra situada en una posición inferior dentro de la secuencia, concretamente en la subunidadTR. 1 L Edades calibradas correspondientes a la intersección de la edad radiocarbónica con la curva de calibración dendrocronológica. Intervalos de edad calibrada correspondientes al intervalo de edad radiocarbónica con un 68 % de probabilidad. Intervalos de edad calibrada correspondientes al intervalo de edad radiocarbónica con un 95 % de probabilidad. Si nos fijamos en las fechas calibradas, la concordancia con el orden de las muestras en la vertical también es correcta, tanto si nos fijamos en la edad correspondientes a la intersección de la edad radiocarbónica con la curva de calibración dendrocronológica, como si lo hacemos con los intervalos de edad calibrada correspondientes a los intervalos de edad radiocarbónica con un 68 % y un 95% de probabilidad. Plasmando en un gráfico (Tab. 2) los datos de las columnas 2 y 3 de las edades calibradas observamos que existe un solapamiento entre las de las muestras TR.1.3 y TR. 1.8 que nos indica una gran proximidad temporal entre ambas subunidades, por lo que el tiempo transcurrido entre la sedimentación de una y otra no debió ser mucho. Por el contrario entre estas edades calibradas y la correspondiente a la muestra TR.2.hogar superior no se observa solapamiento alguno, lo que nos indica la existencia de una ruptura temporal brusca entre las unidades TR.l y TR.2, que nos estaría hablando de una ausencia de sedimentación o bien de una erosión que eliminó parte del registro entre ambas unidades. Desde el punto de vista arqueológico, el registro de mediciones radiocarbónicas obtenidas estos Últimos años en el yacimiento (Tab. 1) presenta un gran interés por los siguientes motivos: a) se ha podido datar la base del relleno arqueológico y por tanto la primera ocupación del yacimiento. Esta base ha sido fechada a partir de una muestra tomada en la última capa excavada del nivel arqueológico III en la cuadrícula A2, justo encima de TRO, el nivel de alteración del sustrato de la roca, a 4.60 m por debajo del nivel de referencia espacial de la excavación. c) se ha fechado el arpón encontrado durante la campaña de 1999 en el nivel III, unidad TR 1.1 (cuadrícula AO, n° 9 del mapa de dispersión: capa 3). A 2 cm de esta pieza, que será estudiada más adelante, y a la misma profundidad, se recogió una muestra de carbón (BETA-134 875) que ha proporcionado una fecha de 13.550 ± 40 BP El interés de la datación de este tipo de arpón, cuyos paralelos más inmediatos se encuentran en Matutano, Cendres y Parpalló (Aura, 1995:153), es indudable ya que contribuye a precisar la difusión de este elemento y la amplia variabilidad del Magdaleniense superior mediterráneo. d) cuatro dataciones coherentes a su vez con las obtenidas en las primeras campañas (Cachorra///, 1983: 78-79) sitúan las ocupaciones del nivel arqueológico II (unidades TR.1.3 -TR.1.8.) entre BETA-134 882 12 800 ± 40 y BETA-134 881 12.290± 40 B.P Fechas similares a éstas han proporcionado los niveles 3 y 5 (sector 1) y 3 (sector 2) de Matutano (Olaria, 1999:71-76) así como el XIC de Cendres (Villaverde et alii, 1999: 16) y la capa XVI de Nerja (Jordá Pardo, 1986: 250) atribuidos al Magdaleniense superior. e) por último, hemos podido datar por primera vez el nivel arqueológico I (unidad TR 5) del sector interior que corresponde a las primeras ocupaciones del Holoceno Inicial. La fecha al ser la única obtenida hasta el momento habrá que corroborarla en el futuro. En cualquier caso resulta muy significativa ya que se sitúa a tan sólo 1.000 años de Tab. Representación gráfica de la calibración de las fechas radiocarbónicas. las dataciones del nivel II, una proximidad cronológica que ya indicaban sus industrias. De hecho, ya en su momento, constatamos en las ocupaciones del Tossal de la Roca una evolución gradual en sus industrias, así como en sus modelos de explotación del entorno (Cacho, ^í a/n, 1995:157-159).Y sólo a partir del nivel lib, y sobre todo del nivel I (sector exterior) durante el Epipaleolítico con geométricos, en torno al 7.500 BP, se observa una importante transformación muy ligada a los cambios mediambientales (López y López, en Cacho et alii, 1995: 27-33). SÍNTESIS DE LA INDUSTRIA LITIGA Y ÓSEA La cantidad de industria recuperada durante las últimas campañas es muy variable según los niveles y la superficie excavada de ellos, tal y como ya mencionamos en la introducción. La mayor cantidad de vestigios procede del nivel III (Fig. 3) y el número más reducido del nivel L Dado el carácter de este trabajo nos vamos a limitar a presentar el listado de los materiales retocados y a un breve comentario, reservando el estudio tecnológico para una publicación monográfica que está en fase de elaboración. Antes que nada conviene mencionar que consideramos estos resultados como provisionales y como tal hay que valorarlos, ya que sólo se ha ex- cavado hasta el momento una pequeña extensión del yacimiento. En este sentido queremos señalar aquí la precipitación con la que algunos autores pubUcan resultados procedentes de reducidas superficies de excavación y más aún el uso que se hace de éstos. En ocasiones esta documentación, de carácter claramente fragmentario, se ratifica como definitiva y a partir de ella se intentan establecer secuencias regionales excesivamente rígidas que tienen una corta vida y que nuevos registros invalidan. Creemos que solo la excavación de una superficie importante del yacimiento y su posterior estudio permite realizar una valoración significativa de sus ocupaciones. El examen de las listas nos permite observar que el grupo tipológico dominante, tanto en el nivel III como en el II, es el de los útiles sobre hojita. Este muestra una variedad importante en el nivel III (Tab. 3) y aunque destacan las hojitas de dorso, casi siempre único, existe un buen número de hojitas de fino retoque directo, así como de dorso apuntado y algunas truncadas (Fig. 3). Se documenta también la presencia de varios triángulos escalenos. Los raspadores constituyen el segundo grupo más relevante de este conjunto, destacando entre ellos los elaborados sobre lasca. Los raspadores en extremo de hoja y los espesos (carenados, en hocico/hombrera espesos y nucleiformes) muestran también porcentajes significativos (Fig. 4). Los buriles son el tercer grupo en importancia numérica, en particular los diedros y curiosamente la mayoría de estos ejemplares se localizaron en las cuadrículas Al y Al. A continuación hay que citar la presencia en una proporción moderada de dorsos y truncaduras, escotaduras y denticulados, así como de perforadores. El nivel II presenta una cantidad de raspadores ligeramente superior a la del nivel III, con un porcentaje bastante equilibrado entre los de lasca y los de hoja retocada, mientras que los raspadores espesos ofrecen una baja representación (Fig. 5). El tercer grupo en importancia de este nivel lo constituyen los buriles con una cifra significativamente inferior a la del nivel III. La proporción de buriles sobre truncadura y diedros es muy similar. Otros grupos representados aquí, aunque con escasos ejemplares, son los dorsos y truncaduras así como las escotaduras y los denticulados (Tab. Por último, el nivel I ha proporcionado un número muy bajo de restos dada la escasa superficie excavada, de ahí que la información proporcionada sólo puede ser considerada de manera orientativa a la espera de futuras campañas. Este conjunto no engloba ningún buril, siendo los raspadores el grupo mejor representado. Entre los útiles sobre hojita, reducido prácticamente a hojitas de dorso único, cabe destacar la presencia de una punta de Malaurie con la base truncada (Tab. La industria ósea, como ya es habitual en este yacimiento, resulta escasa y aparece muy fragmentada. En general, destacan las puntas de azagaya de sección lenticular elaboradas sobre asta (Figs. La gran novedad de estas ultimas campañas es el hallazgo en el nivel III de un arpón completo en perfecto estado de conservación. Zona distal y mesial de punta de azagaya en asta. Está muy quemada, aunque presenta un buen estado de conservación. Sección aplanada, casi rectangular. Punzón de economía realizado sobre un fragmento de diáfisis fracturado longitudinalmente y pulido. Punzón sobre una esquirla de una diáfisis totalmente pulida y aguzada. La zona distal tiene una sección subcircular y la zona mesial, donde está fracturada, tiene sección aplanada. Fragmento mesial de una punta de azagaya en asta quemada. Fragmento de punta de azagaya en asta quemada. Bisel simple de punta de azagaya en hueso. Pequeños fragmentos mesiales de punta de azagaya sobre hueso, aunque dado su estado fragmentario resulta difícil precisar el tipo de sección. Aguja en hueso de sección subcircular. En la campaña de 1999 se documentó en elTossal de la Roca la presencia de un arpón. Este se encontró en la cuadrícula AO y fue toda la vertiente mediterránea (Fig. 6). La pieza, fabricada sobre un fragmento de diáfisis, consta de cuatro dientes bien definidos, si bien los dos distales están fracturados (Lám.V A). Siguiendo la propuesta descriptiva de Julien (1982de Julien (, 1995)), se puede señalar que la sección general del arpón es lenticular, mientras que el perfil de la extremidad distal es aplanado y biselado. La parte proximal de la pieza no presenta ningún tipo de retención ni aprovechamiento lateral, resultando así una base recta. Los dos dientes completos se caracterizan por una sección aplanada y una morfología convexa en su borde distal y recta en el borde proximal (Tab. Hemos de señalar además la presencia de materia orgánica adherida al ángulo de retención del primer diente (Lám.V B). Se pensó en un principio que podría tratarse de algún tipo de resina o cola, pero los análisis posteriores han sugerido que no es el caso, siendo probablemente un fragmento de carbón (4). La "Cara A" del arpón es plana, documentándose sobre todo en la zona distal unos trazos incisos (posiblemente de fabricación) que recorren paralelamente el eje longitudinal de la pieza. Los dientes fueron tallados desde la "Cara B", en la que además se observa la presencia de tej ido esponjoso.También aquí encontramos incisiones paralelas al fuste, siendo esta cara ligeramente más cóncava que la otra. En suma, este arpón, extraordinariamente parecido a algunos de los de Cueva Matutano y Les Cendres, presenta por tanto los rasgos comunes del Magdaleniense superior mediterráneo, caracterizado por unos ejemplares de reducido tamaño, unilaterales y con dientes no muy numerosos, algo insi- nuados pero no totalmente exentos. La recuperación de un arpón en el Tossal de la Roca, yacimiento en el que hasta la fecha no se había documentado ninguno, obliga a hacer una nueva evaluación de este fenómeno en el Magdaleniense superior mediterráneo. Los arpones en el Mediterráneo español Hacia el 13 500 BP se observa en la vertiente mediterránea un cambio en la tecnología ósea, incorporándose nuevos morfotipos como los arpones y anzuelos rectos. Estos arpones aparecen en contextos magdalenienses hasta la primera mitad del XII milenio BP, si bien es posible que perduren algo más, tal y como parece sugerir el registro de Les Cendres. Contamos con 29 arpones al sur del Ebro, fragmentos en la mayor parte de los casos, a los que podemos sumar los 20 ejemplares de Bora Gran en Gerona (5). Destaca el registro de Cova Matutano, donde Olaria et alii (1981) localizaron seis arpones en el denominado entonces nivel III, y un ejemplar más otro dudoso en el nivel IIC. Todos los arpones de Matutano fueron fabricados sobre asta de ciervo. (4) Agradecemos a Claude Coupry (Lab. de Spectrochimie infrarouge et Raman, CNRS, Thiais, Francia) su gran interés y generosa ayuda en el análisis de espectometría Raman del arpón. predominando en su manufactura el raspado, que incidía longitudinalmente sobre el cuerpo del objeto para conseguir un aplanamiento de la cara superior e inferior y una regularización de los bordes, creando así un apuntamiento distal y proximal de la pieza (Barrachina, 1999). También son numerosos los arpones en Nerja, donde se han identificado hasta cinco ejemplares (Aura, 1995), seguido por otros yacimientos con tres arpones como Cueva de los Mejillones (García del Toro, 1985), Les Cendres (Villaverde et alii, 1999) y Parpalló (Aura, 1995), otros con sólo dos piezas como la Cueva del Higuerón (López y Cacho, 1979) y Cueva de la Victoria, e incluso con un único arpón, tal y como ocurre en Cova Foradada (Aparicio, 1990) y en el Tossal de la Roca por el momento. En el conjunto de los arpones mediterráneos las secciones son diversas: circulares, ovalares, aplanadas, rectangulares y plano-convexas. Con respecto a la materia prima, tampoco se observa una tendencia homogénea; en yacimientos como Bora Gran (ver nota 5), Matutano (Barrachina, 1999) o la Cueva de los Mejillones (García del Toro, 1985) hay un predominio del asta de ciervo como soporte para la fabricación de arpones, mientras que en Nerja los encontramos tanto en asta como en hueso (Aura, 1995) y, en el caso de los ejemplares del Higuerón (López y Cacho, 1979) y del Tossal de la Roca, fue el hueso la materia prima seleccionada (Tab. Algunos de los arpones aparecen además decorados. En Nerja, por ejemplo, una de las piezas presenta motivos incisos con líneas y series de ángu- Tab. Dimensiones del arpón delTossal de la Roca, según las variables analíticas propuestas por Julien (1982: 30), a las que se suman las medidas 19-24. los similares a los de Parpalló (Aura, 1995), con claros paralelos además en los arpones de Matutano, donde tenemos un fragmento de arpón decorado con motivos geométricos en zigzag y en espiga. En algunas ocasiones, como ocurre en este último yacimiento, se ha documentado la presencia de ocre (Barrachina, 1999), cuya finalidad resulta difícil de interpretar por el momento. Es importante resaltar que, a excepción de dos de las piezas de Bora Gran, todos los arpones mediterráneos tienen una única hilera de dientes, frecuentemente en un número no superior a tres, aunque hay excepciones como en elTossal de la Roca, con cuatro, o en el Higuerón, donde existe un ejemplar con cinco dientes (López y Cacho, 1979). Todos ellos se incluirían por tanto en la primera de las categorías que confeccionó Julien (1982Julien (,1995)), es decir, la de los arpones unilaterales de Tipo A. En el registro del litoral mediterráneo tenemos arpones con dientes exentos, como el de Cova Foradada, alguno de los de Les Cendres, Matutano, Mejillones, Nerja e Higuerón, mientras que en otros casos el área denticulada se destaca muy poco. No obstante, en opinión de Aura (1995) es muy difícil establecer una secuencia evolutiva a través de criterios tipológicos, por lo que debe abandonarse la idea de que los ejemplares con dientes poco destacados (llamados a veces protoarpones) sean anteriores a las piezas de dientes exentos. Sin embargo, y pese a que en Matutano encontramos arpones aplanados con dientes exentos junto a otros de sección elíptica con zona dentada poco insinuada, sí parece existir una asociación preferencial entre el primer tipo de arpones y las extremidades distales romas con secciones poligonales planas. De este modo, existiría cierta evolución tipológica, relacionándose los arpones de sección aplanada con los periodos más tardíos del Magdaleniense (Olaria et alii, 1981; Barrachina, 1999). La presencia o no de arpones en los yacimientos del Paleolítico superior final ha sido considerada siempre como un potencial demarcador cronológico. Siguiendo esta tendencia, se ha propuesto la existencia de un Magdaleniense superior inicial (también llamado Magdaleniense medio mediterráneo y Magdaleniense superior A) en el que aún no se fabricarían arpones (Villaverde^í a///, 1998). Después, hacia fines del XIV milenio BP, comenzaría el Magdaleniense superior B, definido pre- cisamente por la aparición de una industria ósea característica, integrada por arpones, varillas y anzuelos rectos, con yacimientos como Nerja (niveles 5 a 7 del Vestíbulo), el nivel III delTossal de la Roca (antiguo nivel IV), nivel II de Cendres, nivel III de Matutano, etc. A continuación, se desarrollaría un Magdaleniense superior C, en el que varían los índices microlíticos y se reduce agudamente la presencia de industria ósea (nivel II deTossal de la Roca, Matutano II, etc). Sin embargo, según Aura (1995: 154), en esta secuencia se observan importantes diferencias en yacimientos supuestamente coetáneos, ya que se documentan conjuntos ricos en el componente microlaminar, con numerosos raspadores e industria ósea (por ejemplo Parpalló), otros idénticos pero con una relación raspador/buril favorable a estos últimos (Les Cendres, Nerja y Bora Gran), y algunos niveles con abundante industria ósea pero escaso componente microlaminar (niveles IV y III de Matutano), frente a unos conjuntos en los que no hay arpones ni otras piezas óseas características del periodo (Matutano IIB, IB, Malladetes y Tossal de la Roca niveles IV, II y nivel 2b del corte exterior). Todas estas agrupaciones incluyen series datadas en el XIII milenio BP, por lo que se argumentó que "esta situación revela que bajo una misma atribución existen perfiles tipológicos diversos y que en algún caso, cabe la posibilidad de que algunas dataciones hayan podido influir decisivamente a la hora de proponer su atribución al Magdaleniense superior'' (Aura, 1995: 154). Los conjuntos de Tossal de la Roca y Matutano IIB y IB, según esta hipótesis, tienen en pleno XIII milenio los rasgos atribuidos al Epipaleolítico microlaminar. De este modo,''o las variables tradicionalmente empleadas para la definición del Magdaleniense superior mediterráneo no recorren la secuencia evolutiva generalmente admitida o las dataciones son más antiguas de lo que realmente les corresponde'' (Aura, 1995: 156). Ante esta disyuntiva, la localización en el Tossal de la Roca de un arpón de idénticas características a los de niveles considerados como típicos del Magdaleniense superior mediterráneo (por ejemplo las piezas de Matutano) implica que, ya que parece que las dataciones no son más antiguas de lo que le corresponde, las variables habitualmente empleadas para la definición de este periodo deberán ser revisadas. Es necesario también que nos preguntemos por la función que desempeñaron los arpones magdalenienses en nuestra región de estudio. Las distin-tas morfologías de los arpones no parecen sugerir la realización de actividades diferentes en cada yacimiento. Julien (1982Julien (,1995) ) asegura que tanto los unilaterales como los arpones de dos hileras respondieron a una misma intención técnica, puesto que, a pesar de sus formas variadas, estos instrumentos presentan propiedades relativamente constantes de penetración (punta de la pieza) y retención (dientes), pese a que no todos los autores comparten esta opinión (Weniger, 1992; Yellen, 1998). Aunque el comienzo de la fabricación de arpones en el Magdaleniense superior no supuso la desaparición de las azagayas, los primeros ofrecían nuevas ventajas tecnológicas, ya que los dientes determinan una mejor fijación del arpón dentro de la presa. Además, el enganche del arpón permitiría retener al animal. Esta ventaja es evidente en el medio acuático y no tanto en el terrestre, donde siempre se podría seguir el rastro de la presa, por lo que, para Julien (1982), lo más probable es que la función de los arpones fuera la pesca fluvial, fundamentalmente para la captura de truchas, salmones, etc, y no tanto para la caza de animales marinos o terrestres. Los trabajos experimentales también parecen inclinarse por la pesca como actividad principal de los arpones, observándose además en los yacimientos un aumento de restos de peces a lo largo del Magdaleniense superior coincidiendo precisamente con la introducción del arpón, tal y como ocurre en la cornisa cantábrica (Pokines y Krupa, 1997). Refiriéndonos ya al ámbito concreto de la vertiente mediterránea, lo cierto es que no tenemos suficientes datos como para proponer con seguridad la función de los arpones documentados. Es importante resaltar que encontramos arpones tanto en yacimientos litorales (Nerja, Les Cendres, Higuerón) como en asentamientos del interior (Bora Gran, Parpalló, Tossal de la Roca, Matutano, etc), por lo que es obvio que la posición geográfica no es un factor que condicione su aparición en el registro (Fig. 7). Por otro lado, todos los ejemplos del Mediterráneo español, incluyendo las piezas bilaterales de Bora Gran, se incluyen en el Grupo A de Julien (1982Julien (, 1995)), es decir, el de arpones con una porción denticulada corta y un número escaso de dientes. Según esta autora, este tipo de piezas serviría para la captura de truchas y peces de tamaño similar, mientras que los arpones del Grupo B (más alargados y con numerosos dientes) serían idóneos para la pesca de presas más grandes como los salmones. Si aceptásemos la hipótesis funcional de Julien (1982), cabría plantearse entonces, aunque sólo sea a modo de hipótesis, que el hecho de que no existan arpones de tipo B en el Mediterráneo español podría estar ligado a la ausencia de ríos salmoneros en esta zona y no tanto a cuestiones tipológicas o estilísticas. Por desgracia, no disponemos de suficientes estudios publicados sobre la ictiofauna de los yacimientos magdalenienses mediterráneos como para compararlos con la distribución de los arpones conocidos. Restos de peces marinos sólo se han localizado en yacimientos costeros como Les Cendres, Nerja y Caballo, a excepción de un espárido identificado en Parpalló (Aura, 1995). Pero además, y salvo en Nerja (Roselló^í a//í,1995) donde la ictiofauna es abundantísima (espáridos, serránidos, murénidos, etc), en Caballo y Les Cendres los restos son escasos, y pertenecientes al pagel, la lubina y la dorada. Hasta la fecha, la pesca fluvial no está bien documentada excepto en el Tossal de la Roca donde, aunque son escasos los vestigios, se ha identificado la presencia de trucha, barbo, etc (Cacho et alii, 1995). De este modo, y hasta que no contemos con análisis sistemáticos de la ictiofauna de los yacimientos mediterráneos, no será posible realizar inferencias sobre su importancia en la economía magdaleniense y su posible relación con la cantidad y dispersión de los arpones conocidos en la región. EL TOSSAL DE LA ROCA Y EL MAGDALENIENSE DEL MEDITERRÁNEO ESPAÑOL La amplia serie de dataciones de C14 obtenidas para los niveles II y III del Tossal de la Roca concuerdan plenamente con las de otros yacimientos del Magdaleniense superior de la vertiente mediterránea, como Matutano, Cendres y Nerja. Su industria lítica aparece caracterizada por el dominio de los útiles sobre hojita con la presencia de algunos triángulos escalenos. Pero lo que sorprende en ambos conjuntos es el bajo porcentaje de buriles en relación a los raspadores, hecho que ya se había señalado al estudiar los materiales de la campaña de 1978 (Cacho eí a///, 1983). El Magdaleniense mediterráneo ha sido objeto recientemente de varias seriaciones en gran parte fundamentadas sobre la industria lítica, haciendo un excesivo hincapié en las relaciones entre los índices de los grupos tipológicos para caracterizar las distintas fases de este período (Villaverde et alii, 1998). Si dejamos de lado el Magdaleniense inicial, apenas representado en la región, nos encontramos con un cúmulo de registros que han sido articulados en un Magdaleniense superior A sin arpones (o Magdaleniense medio), un Magdaleniense superior B con arpones y un Magdaleniense superior C. Según estos autores (Villaverde ^í a///, 1998) el Magdaleniense superior B se caracteriza, además de por la presencia de arpones, por la importancia del grupo de los buriles, lo que no ocurre en el nivel III del Tossal de la Roca. En definitiva, los datos presentados en este trabajo creemos que obhgan a una revisión de los planteamientos comúnmente aceptados para este período y sobre todo confirman su gran variabilidad. En este sentido es posible que un estudio en profundidad de la funcionalidad de los asentamientos pueda explicar algunas de las incógnitas que hoy en día quedan sin resolver. Quiero agradecer desde estas líneas la ayuda inestimable, generosa y siempre eficaz de Bruce Bradley (Cortez, Colorado) durante la campaña de 1999, así como su experiencia en tecnología lítica y sus siempre enriquecedores comentarios sobre la T. P., 58,n.M,2001 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es industria delTossal. Asimismo tengo una deuda de gratitud hacia todos los miembros de su grupo: a Dan Tucker por su desinteresada contribución económica para las dataciones radiocarbónicas, aTony Baker por sus conocimientos de geología y sus agudas observaciones, a Alan Taylor, Hall Willowby, Betty Hoover y Kyle Bradley por su minuciosidad en las tareas de excavación y en las horas de laboratorio. Quiero mencionar también la importante colaboración del equipo español formado por Juan Antonio Martos Romero, Kenia Muñoz López-Astilleros, Marta Múñiz, Yvan de Castro y dos de los firmantes de este artículo (I.T.S y J. Y.S) y por supuesto a mi marido, Sergio Ripoll López. A todos ellos muchas gracias por su generosa ayuda y por haber contribuido al éxito y a unos excelentes resultados en la campaña hispano americana de 1999. Los análisis granulométricos y las calcimetrías de las diferentes muestras han sido realizados en el Laboratorio de Sedimentología del Museo Nacional de Ciencias Naturales; desde estas líneas agradecemos al Dr. José López Ruiz y a M^ Angeles Fernández su interés y disposición a la hora de autorizar y realizar respectivamente los citados análisis.
A lo largo de la Historia, los monumentos megalíticos han desempeñado, entre otras, una función espacial, como marcos de territorio. Para este artículo se recogen y analizan las referencias escritas a megalitos gallegos funcionando como marcadores o identificadores espaciales, entre los siglos VI y XIX d.C. A partir de este registro de fuentes se reconstruye la evolución de este papel social-territorial de los monumentos en las distintas épocas. Se plantea un modelo interpretativo para este fenómeno, y se valora la revisión de fuentes escritas como metodología para la prospección arqueológica y para los estudios de emplazamiento de megalitos. Dentro de un proyecto más amplio de revisión documental e historiográfica del Megalitismo gallego, hemos definido tres valores o potenciales de los monumentos megalíticos. Estos valores se han apreciado con intensidad variable en las distintas épocas históricas, en función de los diversos contextos socioculturales (Martinón-Torres y Rodríguez Casal, 2000; Martinón-Torres, e.p.b): a) un valor social-territorial, por el empleo de los megalitos como marcadores territoriales; b) un valor simbólico-mítico, por el atractivo idealizado que ejercen sobre los buscadores de tesoros, así como por su inclusión en variables formulaciones míticas; y c) un papel histórico-arqueológico, que apare-T. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es cera cuando surja el interés por referirse a los megalitos en sí mismos, como vestigios de un pasado remoto acerca del cual pueden informar. Este trabajo se centrará sobre el primero de estos aspectos: la funcionalidad del monumento megalítico como marco de territorio. A partir del vaciado sistemático de fuentes escritas medievales, modernas y contemporáneas, trataremos de reconstruir la evolución de este empleo práctico de los megalitos y de sugerir un modelo explicativo que nos ayude a comprender este fenómeno. Asimismo, tomaremos esos datos como base para plantear líneas de trabajo e interpretación arqueológicos que apenas se cultivan y que consideramos, no obstante, de gran interés. Hablaremos, por tanto, dt megalitos de término, parafraseando a Jesús Ferro Couselo (1952). Él fue el primero en abordar sistemáticamente el estudio de restos prehistóricos gallegos a través de las fuentes históricas, y su trabajo fue durante mucho tiempo debatido e infravalorado (Rodríguez González, 1996). Partimos ahora de su estela esperando llegar a fines distintos, pero sin dejar de reconocer su legado. LOS MEGALITOS DE TERMINO EN LA PREHISTORIA En las últimas décadas, la mayor parte de las interpretaciones en Prehistoria y Arqueología insisten en los aspectos funcionales del objeto estudiado. Para el caso concreto del Megalitismo, esos modelos interpretativos de carácter "utilitarista" se han orientado en diversas direcciones, por ejemplo para acentuar el papel simbólico y religioso de los monumentos o para subrayar una función más social, vinculada a la demarcación y organización del espacio en que un grupo existe (Criado, 1991a). Más recientemente, las Arqueologías Postprocesuales han criticado -con mayor o menor firmeza-las anteriores perspectivas, que partían del funcionalismo y de la New Archaeology, para dirigir sus hipótesis hacia otros postulados. Sin embargo, en un sentido amplio, parece innegable que no se ha abandonado el tierno para qué sirve formulado ante los restos arqueológicos. La dimensión funcional que más nos interesa aquí es la que se refiere a la utilidad del monumento megalítico como marcador de territorio. Precisamente por su monumentalidad patente en el paisaje, se ha indicado repetidas veces que los megalitos habrían ejercido, en su época de construcción, un papel activo, marcando el espacio en que eran ubicados. Así, ya a principios del siglo XVII, en Inglaterra, William Camdem había concebido la posibilidad de que Silbury Hill se hubiese construido con alguna intención demarcadora (Trigger, 1992: 75). Para el ámbito gallego, sobre el que se centrará nuestro análisis, el valor territorial de los túmulos había sido sugerido por Manuel Murguía (1888: 85 ss.) a finales del siglo pasado. De todas formas, esta posibilidad no adquirió solidez hasta que Fleming y Renfrew la expusieron rigurosamente. Como es sabido, el primero de ellos llamó a los megalitos "tumbas para los vivos", porque'estructuraban el paisaje y consolidaban las jerarquías de las sociedades campesinas (Fleming, 1973). El segundo, en cambio, habló de sociedades segmentarias, sin redes piramidales de poder, pero también defendió de manera sistemática la función de estas construcciones como marcos de territorio (Renfrew, 1975(Renfrew,,1976(Renfrew,,1983)). Estas propuestas fueron ampliamente aceptadas en el tiempo de auge del capitalismo industrial, que facilitaba la comprensión de la sociedad como una "unidad globalizadora que funciona en aras de un equilibrio maximizador" (Criado, 1989a: 77). La estela del funcionalismo sigue viva aunque, en los últimos quince años, las transformaciones socioculturales y el avance de la investigación han llevado a replantear los factores que condicionan el emplazamiento de los megalitos, así como sus funciones sociales. El relativismo cultural nos ha obligado, cuando menos, a ser prudentes. De este modo, el valor territorial de las construcciones megalíticas se presenta como uno más entre otros factores o condicionantes de su ubicación, ya sean de carácter geológico, topográfico, económico y/o cultural (por ejemplo. La función territorial se expresa de una forma más vaga, diciendo que el megalito "de alguna manera presidiría un territorio de explotación" (Rojo, 1994: 85), explotación que podría ser, por ejemplo, un pasto de verano (Diez et alii, 1995). Otras aproximaciones plantean que los monumentos sólo habrían funcionado como verdaderos referentes territoriales en un primer momento, hasta que las poblaciones se fueron sedentarizando (Sherratt, 1990; Delibes et alii, 1997); o que lo que señalaban estos megalitos eran, en realidad, accidentes naturales con valor simbólico (Tilley, 1993(Tilley,, 1994(Tilley,, 1996)). Sublimándose cada vez más la preponderancia de la función social-territorial de los monumentos, algunos investigadores han pasado de considerar los megalitos como land-marks a estudiarlos, más bien, como time-marks (Beguiristáin y Vélaz, 1999; véase también SheeTwohig, 1997). No dejan de surgir múltiples corrientes de análisis, que no hacen sino enriquecer el panorama interpretativo. Sin embargo, no pretendemos ahora enmarcarnos en ninguna de ellas. Únicamente nos limitaremos a recordar algo que, por encima de cualquier perspectiva particular, nos resulta incontrovertible: los megalitos, en la época en que se erigieron, tuvieron un valor territorial. Consideremos ese papel en un sentido más restringido o más amplio. Hablemos de megalitos vinculados a territorios, propiedades, espacios de pasto o explotación, caminos o lugares de tránsito. En cualquier caso, está claro que los monumentos megalíticos, como elementos sólidos y visibles, señalaban el territorio, marcaban el espacio en que se ubicaban. Tener presente esta idea de un modo genérico es suficiente para los fines que nos proponemos con este trabajo. Más adelante la retomaremos. gallega, el primero en apreciar la utilización de túmulos como mojones que servían de límites para diversas propiedades territoriales. Consultando documentos medievales, se ve sorprendido por la frecuente aparición átmanmulas en "término por donde pasa apeo ó demarcación en los privilegios" (Sarmiento, 1850: 73). Esta idea la retomará Manuel Murguía, a finales del siglo XIX, para recoger ya ejemplos concretos, tomados de la documentación que había publicado el Padre Flórez en \2iEspaña Sagrada (cfr. Sucesivamente, otros historiadores señalarán este hecho (por ejemplo Amor Meilán, 1918: 46-47), hasta que a mediados de este siglo encontremos un primer trabajo que recoge las referencias documentales a megalitos y busca después estos monumentos en el campo (Ferro Couselo, 1952). Continuando su labor, en fechas más recientes se acometió la labor de vaciar algunas compilaciones de documentos, registrando estas citas a megalitos de término (Filgueira Val verde y García Alen, 1977; Criado y Grajal, 1981; Pena Grana, 1991; Carneiro, 1995). De este modo se empezó a constatar con claridad el valor territorial de los monumentos megalíticos en épocas históricas, la costumbre de emplearlos como demarcadores espaciales. Sin embargo, todos los estudios se circunscribían a espacios muy reducidos, y en ninguno de ellos se analizaba la evolución de este uso ni se sugerían explicaciones al fenómeno. Por eso consideramos conveniente sumergirnos en la documentación antigua de un modo más exhaustivo y global, para estudiar ese papel territorial del megalito en la Historia sin dejar de vincularlo con el uso que tuvieron en la Prehistoria, y empezar a sugerir criterios de interpretación. LOS MEGALITOS DE TERMINO EN ÉPOCAS HISTÓRICAS: GALICIA LAS FUENTES ESCRITAS GALLEGAS: LOS DATOS Dejando atrás la Prehistoria, damos ahora un salto en el tiempo para llegar hasta la Edad Media, pero sin olvidar nuestro objeto de análisis: el megalito de término. Asimismo, nos centramos en el Noroeste peninsular como zona de estudio. En esta época y en este espacio encontraremos, de nuevo, monumentos megalíticos funcionando como marcos de territorio. Fue el Padre Sarmiento, gran ilustrado dieciochesco y escrupuloso observador de la realidad Fuentes escritas y metodología El primer paso necesario fue la elaboración de una lista de topónimos susceptibles de referirse a megalitos, dada la enorme variedad de términos empleados en Galicia -como en otros lugares-para aludir a estos restos arqueológicos. Así pretendíamos evitar que se pasase por alto alguna referencia. Tomando como base inicial los trabajos de Monteagudo ( 1954) y de Filgueira Valverde y García Alen 1977), confeccionamos una tabla con 134 topónimos. Sobre esa tabla llevamos a cabo una selección, para desechar aquellas denominaciones demasiado vagas o polisémicas {casa, forno, montiño, tumba...) y quedamos sólo con aquellas de significado más unívoco. Finalmente tuvimos una lista de los 65 topónimos con más posibilidades reales de referirse a monumentos megalíticos, y procedimos a buscar esos términos en las fuentes escritas en que podían aparecer los monumentos citados como mojones (1). Las fuentes objeto de nuestro análisis se agrupan en tres categorías: a) Tumbos y colecciones diplomáticas (siglos VI-XVI): En estas recopilaciones de documentos se recogen cartas de donación, testamentos, compraventas, contratos forales, confirmaciones de privilegios, etc., en los que se alude a terrenos cuyos límites se pretenden precisar al máximo. Para este fin, los márgenes de los mismos aparecerán definidos mediante marcos y, muchas veces, los túmulos megalíticos, menhires, petroglifos, castros... cumplen esa función desde tiempos remotos. Se encuentran, además, numerosos montes, valles, parroquias, granjas y otros espacios concretos que, por la presencia de un monumento antiguo, pasan a recibir su denominación. Nuestra revisión se realizó sobre una treintena de colecciones diplomáticas, precedentes en su mayoría de instituciones religiosas dispersas por todo el territorio gallego. b) Catastro del Marqués de la Ensenada (siglo XVIII): En 1749, la Corona Española encarga al Ministro Zenón de Somodevila, Marqués de la Ensenada, la elaboración de un censo de propiedades. Su intención era reformar el sistema tributario y establecer una "única contribución" en función de la riqueza poseída. Dada su finalidad fiscal, toda propiedad, personal o institucional, debía ser declarada al Catastro, compuesto por cinco secciones: Interrogatorio General, Personal de Clérigos, Personal de Laicos, Real de Clérigos y Real de Laicos. El Interrogatorio General consta de cuarenta preguntas, de las cuales nos interesará especialmente la número 3: "Qué territorio ocupa el término, (1) Las múltiples denominaciones de los megalitos parten en unos casos de la forma de las construcciones (mámoa, forno, casota...). En otros, del folklore asociado a ellas {Casa dos Mauros). Finalmente, a veces el topónimo alude ya a la función que ejercen en el paisaje (anta, teriñuelo, marcón...). Para leer este artículo bastará tener presente que los términos mámoa, medoña, medorra, anta y arca, con sus derivados, son los más comúnmente empleados en Galicia para referirse a los túmulos y dólmenes. quanto de Levante a Poniente, y de Norte a Sur: y quanto de circunferencia, por horas y leguas: qué linderos, ó confrontaciones; y qué figura tiene, poniéndola al margen". A modo de sondeo, seleccionamos como espacio la provincia antigua de Betanzos y revisamos las respuestas a esa pregunta en las 266 feligresías que la conformaban. De este modo comprobamos cómo, en muchos casos, los marcos utilizados como "confrontaciones" son monumentos megalíticos. c) Diccionarios de topónimos (siglo XIX): Para buscar referencias a megalitos como identificadores de territorio en el siglo XIX acudimos a la toponimia y a la microtoponimia. Para ello partimos de los trabajos de José de Villarroel (1810) y Pascual Madoz (1845-50), y recogimos todos los nombres de lugar que aludiesen a posibles monumentos megalíticos. A continuación sintetizaremos los resultados de nuestro registro de fuentes, para presentar después las hipótesis y perspectivas que puede plantear para trabajos venideros (Fig. 1). Comencemos por el principio. En el año 569, segiin las noticias que tenemos, se habría reunido en Lugo un concilio a instancias del obispo Teodomiro. En él se crean nuevas diócesis en la provincia eclesiástica de Galicia, a partir de la división de la antigua metrópolis en dos circunscripciones: Braga y Lugo. Las decisiones tomadas en los concilios celebrados en Lugo y, posteriormente, en Braga (572) se debieron hacer públicas, según Da Costa (1965:16-18) entre 572 y 585, y constituyen lo que hoy conocemos como Parroquial Suevo o División de Teodomiro. En esta documentación se recoge la relación de parroquias que integran cada una de las diócesis, y se establecen sus límites territoriales. Para llevar a cabo esta delimitación se recurre a caminos antiguos, montes, fuentes... y también a restos arqueológicos que actúan como marcos de territorio. En particular, cuando se expone el límite de un conda- (2) Razones de espacio nos impiden incluir un anexo con todas las bases de datos resultantes de nuestro registro de fuentes, por lo que sólo se presentará un breve resumen. No obstante, una parte sustancial de las mismas -aunque antes de ser ampliada y corregida para este trabajo-puede consultarse en Martinón-Torres, e.p.b. do, se especifica que "pertransit ad Mamula de Gutilanes'' (Carneiro, 1995: 299). Tenemos en esta cita la primera alusión conocida, dentro de la documentación gallega, a un monumento megalítico, entre otros restos prehistóricos que funcionan como mojones. Este uso podría ser, en cierta manera, heredero de una costumbre antigua. Así lo comentaremos en el próximo apartado. Pero lo que nos interesa comprobar ahora es que esta utilización no hará sino proliferar. De este modo, si nos introducimos en las colecciones diplomáticas medievales y modernas, encontramos, por un lado, expresiones comoad illam mamunam in prono ad Campellos, ad archa antigua, per illas mamúas de Sancta Marina, ad illa mamoa de interArdilleiros etEldar, permammuam furatam, per arcam que est in monte super Vilarino, per illum lumbum inter ambas antas, perpetras fitas, ad illam mamolam terrenam de Castrilu, per illas mamonas de Foranas de Vilar, ad alia arca pitrinia... y un largo etcétera, que se emplean para delimitar un territorio concreto utilizando referentes megalíticos que debemos suponer serían conocidos por todos. Y contamos también, por otro lado, con topónimos del tipo grangiam de Modorra, hereditatem quan dicunt Archas, Monte de Meda, ad montem qui dicitur Meda, per strata usque ubi dicentAntas, grangiam de Archas, in loco qui dicitur Arca, in loco qui vocatur Mamoelas..., en los que el túmulo se convierte ya en símbolo visible del lugar que ocupa, y pasa a darle nombre. El número total de referencias a posibles monumentos megalíticos que pudimos encontrar en este grupo de fuentes es de 253. Su presencia es especialmente acusada en los expedientes de apeo que limitan todo tipo de fincas en los siglos centrales de la Edad Media (3). No podemos tener la certeza de que todas las referencias recogidas aludan a monumentos prehistóricos. Sin embargo, su abundancia permite confirmar que la utilización de megalitos como marcos de término sería un fenómeno bastante generalizado en la Galicia de este tiempo. Por razones de espacio no podemos extendemos en ejemplificaciones, pero sí nos detendremos en el extracto de un documento. Lo hemos escogido porque, por la cantidad de posibles megalitos a los que hace referencia, parece venir a ratificar que el recurso a los megalitos de término no es algo casual sino, incluso, una solución buscada. El documento data de 1169, reinando Fernando II, cuando se acota por primera vez el territorio de la ciudad de Tui (Pontevedra). En en la demarcación se citan numerosos vestigios arqueológicos: "... admamulamde inter superatam et antam... et adpetramfictam que est in pórtela Fredenandi... et venitur in castrarum et (3) Los expedientes de apeo son aquellos documentos que acreditan la realización de deslindes y demarcaciones de fincas y heredades, señalándolas y limitándolas con cotos y mojones conocidos, para aclarar los límites, evitar ocultaciones, confirmar propiedades... Aquí incluimos también los contratos agrariosforos, arrendamientos, ventas...-en los que se hace explicitación de los lindes. ad montem Oloye ubi fuit civitas antiquitus condita... vadit ad archam de Petrafita... et per archas de Fofi... et per illas archas antiguas Sancti Salvatori de Gandera " (Archivo de la Catedral de Tui, 4/ 4: 76; tomado de Ferreira, 1988). Semeja, en conclusión, que por su antigüedad, visibilidad y solidez, los monumentos megalíticos se convierten en puntos de referencia aceptados convencionalmente para diferentes demarcaciones espaciales. La aceptación general de estos elementos como marcos queda también atestiguada por la reiteración de los ínismos, en distintos expedientes, a lo largo del tiempo. De manera ilustrativa recogemos un ejemplo tomado de losTumbos del Monasterio de San Estebo de Ribas de Sil (Ourense): el 12 de enero del año 921, Ordoño II concede al monasterio numerosas tierras que aparecen delimitadas por varios mojones, entre ellos: "... ad mamola de Villare... et per illapetra scripta que est inter Faramontaos et Eiratella... et indeper Petra Fita, et inde per medium montium que vocitant Meta" (Duro, 1977: documento 1). Sucesivamente, en los siglos posteriores Alfonso IX, Femando IV, Pedro I, Juan I, Juan II y sus sucesores confirmarán estos privilegios y, para hacerlo, se remitirán a los mismos lindes (documentos 11,62,76,92 y 112). De aquí podemos inferir que esos marcadores siguen existiendo, siguen siendo conocidos, y son aceptados como tales. Si queremos acercamos más al presente y seguir comprobando la utilización de megalitos como marcos de término debemos acudir, como ya indicamos, al Catastro de Ensenada, que nos trae ya a la segunda mitad del siglo XVIII. Partiendo de él encontramos, en la antigua provincia de Betanzos, 44 citas a construcciones megalíticas que funcionan como lindes o confrontaciones. Veamos una muestra de ello: "... de aquíbuelbe hacia Levante al marco da Moura, de éste a la mámoa del Abrigadoiro, confrontando con lafeligresía de San Paio de Paradela, y buelbe al Norte a la mámoa de Couso de Catarrán...'' (San Miguel de Codesoso, 1036 V.) "... de éste sigue agua arriva... hasta Piedra Chantada, de alliai marco de Marina Leda, de allí a la Peña Cruzada, de allí al marco de lomuo de Ada... de éste a la modoña de Cotillón... sigue a otra Peña Cruzada, desde é^ta a lamamafurada... sigue a la referida Peña dos Mouros..." (Santa María de las Puentes de García Rodríguez, 3356 r.v.) Además del indudable interés de las mámoas y modoñas, quizá también las peñas cruzadas po-drían referirse a dólmenes, como l3.mamafurada a un túmulo violado y lapiedra chantada a un menhir. Asimismo, por la común vinculación popular entre el personaje mítico y el vestigio prehistórico, tal vez el marco da Moura, el lomuo de Ada, y la Peña dos Mouros pudieran remitimos a monumentos megalíticos. A diferencia de lo que ocurría en siglos anteriores, en el Catastro estas referencias aparecen cuando se describe el contorno de las feligresías, pero no encontramos megalitos funcionando como mojones en los lindes de fincas o heredades menores. Este dato debe ser tenido en cuenta y más adelante trataremos de darle explicación, en el apartado 6.3. Pero antes prosigamos nuestro recorrido por la Historia de los megalitos. Llegados al siglo XIX, para encontrar menciones a monumentos megalíticos como referentes territoriales tendremos que acudir a otro género de fuentes: los diccionarios de topónimos. Del Diccionario Nomenclátor deYillaxroel (1810) y delD/ccionario Geográfico de Madoz (1845-50) hemos podido extraer, respectivamente, 34 y 56 nombres de lugar alusivos a megalitos, tales como lugar de Mámoa, lugar de Madorras, feligresía de Santiago de la Medorra, etc. La existencia de este tipo de topónimos permite hablar de la pervivencia del megalito como identificador de demarcación; ahora bien, este papel territorial es ya muy vago, toda vez que un topónimo puede ser una herencia del pasado y, en consecuencia, que un lugar se llamoMámoa en el siglo XIX no indica ya que el túmulo siga allí o, al menos, que se necesite ese referente para precisar el espacio que se quiera indicar. También volveremos sobre esta idea en la posterior interpretación (apartado 6.3). Conocidos los datos, podemos proceder ahora a interpretarlos. Hemos comentado inicialmente (apartado 2) cómo los monumentos megalíticos prehistóricos ejercieron, en su momento de construcción y apogeo, una función significativa en la estmcturación del paisaje, ya fuese como marcadores de territorios explotables, de espacios habitables, de lugares de tránsito... Hemos comprobado después, sobre el territorio gallego, que estos mismos megalitos funcionan como marcos de territorio e identificadores de espacios, de forma recurrente, en épocas ya plenamente históricas (apartados 3 T.P.,58,n.M,2001 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es y 4). Inevitablemente, esta doble constatación nos lleva a plantear un concepto: el de continuidad. Es sabido que con el fenómeno megalítico se inicia la verdadera apropiación humana del entorno natural: es la primera culturalización del paisaje. Este proceso marca el inicio de una nueva época y se pone de manifiesto en la construcción de unos colosales monumentos que -aparte de otras funciones-marcan el espacio en que se ubican. Numerosos siglos después volvemos a encontrarnos esos monumentos marcando también el espacio. Si partimos de que la cultura, en esencia, no es más que un modo de conjugar armónicamente las necesidades sociales con las realidades del mundo físico (Clark, 1980:160), nos parece evidente que al campesino gallego le resulta más cómodo, más armónico, emplear como demarcador un elemento que ya existe en el paisaje y que ha tenido esa función, en lugar de construir uno para tal ñn. Nos parece, por tanto, que podemos hablar do, continuidad. Evidentemente, la concordancia no debe llevarnos a extremos a la hora de plantear paralelismos entre distintas sociedades, culturas y paisajes. Sin ir más lejos, el campesino medieval no acomete la labor de decidir un lugar y emplazar allí un marco territorial, sino que se limita a reutilizar uno que ya existe. El megalito en el tiempo, además, ha pasado de ser una obra de hombres a convertirse en un "accidente geográfico" (Ferreira, 1988: 37) perfectamente asimilado ya por el entorno. Asimismo, en el Megalitismo teníamos un "paisaje monumental", mientras que después existe un "paisaje parcelado" o "dividido" (Criado, 1993). Si para la época megalítica hablábamos de "estructuración" del paisaje, ahora tenemos que referimos a una "síntesis y adaptación" (López y Pereira, 1995:40-41). Finalmente, para huir de una historia totalizadora debemos tener presente que cada sociedad construye y percibe sus propios conceptos de espacio y tiempo de forma singular (Shanks y Tilley, 1987: 117-185; Thomas, 1990; Santos^í a///, 1997; Criado y Villoch, 1998). Todas estas divergencias están marcando rupturas entre la Galicia megalítica y la Galicia histórica, diferencias que no podemos pasar por alto. Pero si bien la perspectiva de la continuidad puede servir como base para definir diferencias que, obviamente, existen entre grupos humanos de distintas épocas, y que probablemente responden a necesidades mentales y sociales distintas (Criado, 1991b: 250), también es pertinente hacer a la inversa (Shanks y Tilley 1987: 185): partir de la especi-ficidad histórica y contextual para entender después la reproducción y la transformación de la sociedad. Vuelve de este modo a sugerirse la idea át continuidad: por encima de las rupturas, reproducción de estructuras. En un trabajo reciente se ha marcado la ruptura que se iniciaría en la Edad del Hierro, por el paso de un espacio estructurado esencialmente por líneas de tránsito a un paisaje más estático, estructurado a partir de puntos fijos (Santos et alii, 1991\ o Parcero etalii, 1998). Si tenemos en cuenta que los marcos empleados para esas distintas modalidades de organización espacial siguen siendo, en muchos casos, los mismos megalitos, se ratifica la idea de que la percepción de un mismo espacio varía en función del sustrato cultural. Pero también se pone de manifiesto la necesidad de atender a las permanencias. Según los datos de que disponemos, el primero en insinuar esta continuidad en el empleo de los monumentos gallegos como marcos de territorio fue Manuel Murguía (Martinón-Torres, 2000b). Su mente lúcida fue capaz de alumbrar varias hipótesis que la arqueología tardaría muchas décadas en desarrollar. El apreció del megalito que "después de limitar el campo sagrado, fijar los límites territoriales de la tribu y ser testigo de las asambleas nacionales [en su época de construcción], vésele servir de piedra terminal y en tal concepto ser santificado por el campesino [en épocas históricas]" (Murguía, 1888: 85). Sin embargo, parece que su hipótesis no tuvo eco. Nuestro planteamiento pretende ahora avanzar sobre esa línea. Pensamos que mientras se mantiene esa relativa armonía por la conservación y uso de los mismos demarcadores territoriales, en el fondo se está perpetuando cierta estructuración del espacio que se inició en el Megalitismo. En consecuencia, ante el paisaje actual, que "nos muestra su forma objetiva pero nos oculta siempre las razones profundas por las cuales ha llegado a ser como es" (López y Pereira, 1995:44), empezamos a encontrar luz para la interpretación: detrás de todo está la inercia histórica, que suele tender a la conservación. En el momento de establecerse el modo de vida campesino se llevó a cabo, mediante los monumentos, una organización cultural del paisaje. Y mientras ha pervivido ese modo de vida, ha tendido a mantenerse también esa estructuración. Nos hallamos ante un indicio del "eterno campesino neolítico" que definió Carlos Alonso del Real (1969). De aquí puede inferirse que la extraordinaria fragmentación de la propiedad rural gallega podría ser heredera de la que tuvo lugar en la época megalítica. No en vano, los monumentos megalíticos gallegos se caracterizan -como las fincas ruralespor un elevado número y un modesto tamaño (4). Y esa fragmentación del paisaje gallego precisamente comienza a borrarse por la concentración parcelaria, las roturaciones, diversas obras públicas..., es decir, cuando el modo de vida campesino, iniciado en el Neolítico, sucumbe ante la industrialización. Puede ser éste el momento de retomar la cita de ChristopherTilley (1993:163-4) con la que iniciábamos este trabajo: mientras existe el mundo rural, el megalito sigue "funcionando". Sólo cuando la ciudad y su mundo acaban con el modo de vida rural tradicional, entonces se apaga el "aura" del megalito. Aquí ha tratado de sugerirse una explicación a este fenómeno. Por cautela, no podemos dejar de insistir en que el significado de un paisaje estructurado no es inherente a él, aunque los marcadores puedan ser los mismos. Al contrario, su significado que depende de las ideas y convenciones de la sociedad que lo ocupa (Thomas, 1990: 169). Sin embargo, por lo que hemos visto, en un sentido práctico y material, por la perpetuación de los referentes que estructuran ese espacio, sí creemos que se pueden apreciar continuidades. PERSPECTIVAS EN LA INVESTIGACIÓN En el apartado anterior hemos presentado ya una propuesta interpretativa que trata de vincular los megalitos de término prehistóricos con los históricos. No obstante, en la realización de este trabajo nos hemos planteado otros interrogantes, y han surgido una serie de conclusiones que no queremos dejar de exponer. Las fuentes escritas y la prospección arqueológica Cualquier manual de metodología arqueológica señala, aun superficialmente, la utilidad de los viejos documentos, libros o mapas como fuentes para la localización de yacimientos. En ellos podemos encontrar referencias a restos arqueológicos cuya existencia puede haber desaparecido de la memoria colectiva. Para el Megalitismo, sin embargo -como en otros muchos ámbitos de investigación arqueológica-, la mayor parte de los trabajos de prospección se inician directamente sobre el terreno o, a lo sumo, revisando la literatura arqueológica anterior vertida sobre la zona que se quiere prospectar. Llevado a cabo nuestro vaciado de documentos medievales y modernos, y ante la cantidad de citas a megalitos que pudimos encontrar, nos vemos en situación de valorar en su justa medida el registro de fuentes antiguas como primer paso para la localización de monumentos. Por las limitaciones de espacio no podemos presentar aquí la base de datos confeccionada a partir de todas esas citas, pero sí debemos advertir, al menos, que esas referencias documentales aportan precisiones de interés para localizar monumentos megalíticos (cfr. Si los antiguos gallegos conocían tal o cual demarcación por tener al lado un túmulo, nosotros podemos hoy realizar el proceso inverso: tomar otros referentes conocidos para encontrar esa finca y, a partir de ella, el megalítico marco al lado del cual se hallaba. Del mismo modo, recoger los topónimos que aparecen en documentos y libros antiguos se manifiesta como otra metodología de prospección útil, toda vez que algunos topónimos han desaparecido en la actualidad, y no por ello deberían dejar de tenerse en cuenta. Valga como ejemplo el caso del Monte das Mámoas, citado de esta manera en el Catastro de Ensenada, pero que hoy ha mudado su denominación por la de Monte das Moas: en este monte se han podido catalogar doce monumentos megalíticos (5). Las fuentes escritas y los estudios de emplazamiento Continuando en la línea de lo anterior, a partir de las referencias antiguas podemos localizar megalitos en el campo pero también, posiblemente, comprobar que ya no existen en el lugar que se indicaba. En este caso, lo que podría parecer una pista fracasada para un trabajo de prospección orientado sólo al catálogo y a la conservación, se convierte en (4) Se calcula que en Galicia habrá unos cinco mil túmulos, dispersos por todo el territorio, con una media de entre 15 y 30 m de diámetro (Rodríguez Casal, 1990, 1997). un dato de especial relevancia para aquél que quiera realizar un análisis completo del emplazamiento de los megalitos. Así, cuando pretendemos reconstruir la configuración del paisaje de la época megalítica no podemos partir únicamente de los monumentos que persisten en el paisaje contemporáneo: los datos estarán desvirtuados. Por ejemplo, estudios de interés como los que tratan de poner en relación la distribución de los túmulos gallegos con el tradicional reparto del espacio rural entre campos de cultivo -intensivo y extensivo-y campos incultos (Criado etalii, 1986; Criado, 1988; Vaquero, 1991-2; Criado y Vaquero, 1993: 227-236) toman normalmente sus datos de prospecciones sobre el terreno. Creemos que sus datos podrían conjugarse con aquéllos que aporta la revisión de fuentes escritas. El hecho de que la mayor parte de las referencias documentales aludan sobre todo a megalitos emplazados en zonas bajas, mientras que hoy encontramos los monumentos, fundamentalmente, en zonas topográficas medias y altas, nos inclina a esa consideración. Un estudio realizado entre el archivo y el campo podría abrirnos vías de análisis nuevas o, cuando menos, más completas. La valoración de los megalitos en la Historia: una interpretación En la Introducción a este trabajo (apartado 1) apuntábamos tres potenciales del monumento megalítico, tres funciones del mismo que se han ido valorando con intensidad variable a lo largo de los siglos: un papel social-territorial, un papel simbólico-mítico, y un papel histórico-arqueológico. Aquí nos hemos centrado en el primero de esos aspectos, para ver cómo los hombres fueron aprovechando esta utilidad de los monumentos, hasta que su uso decayó. A continuación trataremos de explicar la particular evolución de esa consideración social-territorial del megalito, relacionándola con los otros dos valores definidos y con la destrucción histórica de monumentos por motivos variables. Para ello partimos de que esos tres valores o potenciales pueden haber funcionado en la Historia como impulsos antagónicos, inversamente proporcionales. Hemos comprobado la constante utilización de megalitos como marcos de término, especialmente acusada en los siglos centrales de la Edad Media. Teniendo presente la idea de continuidad y armonía con el pasado que expusimos antes, entendimos que el campesino medieval empleaba como demarcadores unos mojones -los megalitos-que ya estructuraban el paisaje en el pasado. En este período, por tanto, la valoración social-territorial del monumento sería la predominante, aunque éste también tuviese un valor mítico. En consecuencia, pensamos que un estudio del patrón de conservación-destrucción de los monumentos megalíticos podría ponerse en relación con ese pretérito empleo de los mismos como marcos de territorio: por su propia comodidad, un campesino trataría de evitar la destrucción de un megalito de término que, en última instancia, funciona como un cartel que indica hasta dónde llega su propiedad. En cambio, no se opondría a la destrucción de otros que, por carecer de esa utilidad práctica, no constituirían sino estorbos. Sin embargo, avanzando en el tiempo llegamos al siglo XVII y encontramos una realidad muy distinta, que se pone de manifiesto en el famoso proceso judicial d[e Vázquez de Orjas (6). En esta época, los paisanos gallegos se lanzan en masa a la destrucción de túmulos, pasando por alto su utilidad práctica o territorial, y valorando, por el contrario, el potencial de los megalitos como posibles escondrijos de tesoros. Tenemos, de este modo, que la consideración del monumento como elemento simbólico-mítico, que habría existido siempre, aparece ahora como la más importante, y condiciona un nuevo patrón de conservación-destrucción. Nuestra hipótesis se asienta sobre la idea de que, si se potencia tanto en esta época el valor mítico de los túmulos, esto viene favorecido porque, a estas alturas, la función social-territorial de la mayor parte de ellos es ya prescindible: nuevos recursos técnicos facilitan el cercado de las fincas con muros. Para estos muros se aprovecharán muchas veces, precisamente, las grandes piedras de los megalitos. Por eso puede liberarse el instinto mítico, y en esta época se habrían destruido gran parte de los monumentos que encontrábamos en los expedientes de apeo medievales y que, por el contrario, difícilmente aparecerán en una prospección convencional. (6) Actualmente preparamos la publicación de los folios procesales del pleito que a principios del siglo XVII protagonizó el licenciado Vázquez de Orjas, por la destrucción furtiva de cientos de mámoas gallegas en busca de tesoros que supuestamente pertenecían a la Hacienda Real. A través de esta documentación se aprecia claramente, entre otros aspectos, la intensa valoración simbólico-mítica de los megalitos imperante en este tiempo. Los resultados preliminares de nuestro trabajo pueden verse en Martinón-Torres, e.p.b, o, más brevemente, en Martinón-Torres y Rodríguez Casal, 2000. Continuando con nuestra línea argumentai, comprobamos esa progresiva pérdida del interés socialterritorial del megalito en el siglo XVIII, a través del Catastro de Ensenada. En él encontramos los megalitos de término tan sólo en los lindes de las feligresías, ya no en todas las propiedades agrarias: los monumentos que conservan ese uso son únicamente los emplazados en zonas cercanas a las divisorias, más apartados de las áreas que los gallegos suelen cultivar, conocer y registrar en busca de míticos tesoros. Finalmente, el valor territorial del megalito será ya mínimo en el siglo XIX, cuando sólo persiste, como resquicio del pasado, en la toponimia. Tratemos de plantear esta argumentación en otros términos. Para ello puede ser útil la perspectiva adoptada por Felipe Criado (1989a: 86 ss.) para explicar las sucesivas etapas del fenómeno megalítico. Según su análisis, los diferentes estadios por los que pasó el Megalitismo vienen dados por los distintos modos en que se fue resolviendo la tensión entre dos valores: monumentalidad externa y monumentalidad interna. Nuestra propuesta es que la idea de tensión entre los valores interno y externo del monumento puede ser útil también para comprender la valoración de los megalitos que se dará después. Así, en la Edad Media priman los aspectos espaciales, la monumentalidad externa, por el empleo de los megalitos como marcos de territorio. En la época de Vázquez de Orjas (siglo XVII), en cambio, se centra la atención sobre la monumentalidad interna, el tesoro escondido en el túmulo. En esta secuencia falta el tercer valor, el histórico-arqueológico. Para entender su aparición debemos recurrir, de nuevo, a la idea de tensión y oposición entre las distintas consideraciones de los monumentos. Así, en Galicia, el megalito no será observado como fuente de información sobre el pasado, como objeto arqueológico, mientras no se sublimen los valores social-territorial y simbólicomítico. Aunque en tiempos de Vázquez de Orjas todos los gallegos debieron enterarse de que su país estaba sembrado de tumbas de antepasados gentiles, los túmulos no aparecen en los libros de Historia. Creemos que esto se debe a que el megalito sigue plenamente integrado en el ámbito de lo mítico. Sólo en el siglo XVIII, a partir de la Ilustración, cuando se combatan sistemáticamente las creencias míticas del folklore popular, y cuando el papel demarcador del megalitos se haya reducido ostensiblemente, podrá atenderse a su dimensión histórico-arqueológica. Los primeros historiadores gallegos que se ocupen del Megalitismo serán pre-cisamente personajes que, por su particular situación socioeconómica y cultural, no precisan del monumento como marco de término ni creen los fabulosos mitos (cfr. Si se nos permite la osadía de un paralelismo nietzscheano, diremos que la dimensión territorial representa la pulsión apolínea, mientras que lo simbólico-mítico sería la fuerza dionisíaca. Y que, como la tragedia ática, el Megalitismo entra en la escena de la erudición histórica cuando se sintetiza, al tiempo que se sublima, esa doble tensión. De la revisión historiográfica a la crónica El artículo que aquí concluye parte de la revisión de lo escrito en el pasado sobre un objeto de estudio que hoy seguimos tratando de conocer. Sin embargo, nuestra pretensión no ha sido la de llevar a cabo una revisión historiográfica, entendida como una antología simple y lineal de fuentes. Hemos tomado una variable, el valor social-territorial del monumento megalítico, para tratar de reconstruir cómo se aprovechó esta funcionalidad a lo largo de los siglos. A partir de esta reconstrucción intentamos presentar planteamientos o perspectivas que pudieran ser útiles para trabajos posteriores. Finalmente, desde una perspectiva más amplia, tratamos de apuntar cómo habría evolucionado en el tiempo la consideración otorgada por los hombres a los megalitos, y de sugerir una interpretación a este proceso. Nuestra condición de autor nos impide valorar hasta qué punto son acertadas nuestras conclusiones y correcta la exposición de las mismas. Sin embargo, no nos gustaría terminar sin plantear una idea que está en el fondo de este trabajo. Los constructores de megaUtos desaparecieron hace miles de años. Sin embargo, muchos monumentos megalíticos permanecieron en el paisaje, y por eso pudieron ser objeto de nuevos usos y de nuevas reflexiones, que llegan hasta hoy. Extinguidas la sociedad y la cultura que dieron origen a los megalitos, nuevas sociedades y nuevas culturas fueron, sucesivamente, otorgándoles nuevos significados y nuevas funciones. El monumento ha seguido viviendo y, por tanto, consideramos pertinente estudiar y comprender su vida entera, no sólo su nacimiento. Este planteamiento no es inédito, sino que aparece por primera vez, según nuestros datos, en un trabajo de Glyn Daniel (1972). Cuando se empezaba a estimular la posibilidad de estudiar los megalitos diacrónicamente se escribió que "sería esta una historia curiosa y difusa, difícil de historiar y recomponer, una historia que se escabulle entre las grietas de una especialización profesional que hace de todos nosotros esmerados portavoces de períodos concretos y nos cierra el acceso a esa historia sin períodos específicos" (Caamaño y Criado, 1991-2:47). Desde este punto de vista, reconstruir esta Historia se presenta para nosotros como un reto, un desafío que debemos aceptar. Acercarnos a la Historia de los megalitos nos abre una puerta para comprender paisaje y cultura. Es una Historia de la que son partícipes los constructores de megalitos, pero también los campesinos, las mouras encantadas, los buscadores de tesoros, los paseantes ilustrados, los canteros devastadores, los propios prehistoriadores... todos los que, a lo largo de la vida de los monumentos, hemos tenido relación con ellos. Se nos plantea así el objetivo de reconstruir una crónica del monumento megalítico en las distintas sociedades y tiempos. Un estudio paradigmático en este sentido es el que realizó Cornelius J. Holtorf (1998a, b) sobre las "biografías" de los megalitos de Mecklenburg-Vorpommem. En él se reconstruye ejemplarmente la vida secular de los monumentos como depositarios de memorias colectivas ancestrales y acumulativas. Con nuestro trabajo pretendíamos, en última instancia, aproximamos a este planteamiento pero, a diferencia del anterior, considerando los megalitos más como land-marks que como time-marks, y partiendo de que en las fuentes escritas antiguas, aun indirectamente, se puede encontrar información para esta labor. Ambas perspectivas quizá pudieran complementarse. Si de alguna manera hemos sido capaces de dar un paso en ese camino, si hemos aportado algo a la escritura de esa crónica, entonces nos damos por satisfechos. Antón A. Rodríguez Casal me introdujo en las fuentes de la Historia con perspectiva de prehisto-riador y dirigió mi Tesis de Licenciatura. Sólo entonces surgió la idea inicial de este trabajo. M.^ Isabel Martínez Navarrete me animó a escribir este artículo y después no se cansó de aconsejarme. María R. Sema me sugirió útil bibliografía sobre el megalitismo de la Comisa Cantábrica. A todos ellos manifiesto mi más sincero agradecimiento. Evidentemente, todos los errores e imprecisiones son únicamente responsabilidad del que firma. El trabajo fue escrito en 1999 en la Universidad de Santiago de Compostela mientras disfmtaba una beca de la Secretaría Xeral de Investigación e Desenvolvemento de la Xunta de Galicia, y completado después en el Instituto de Arqueología de Londres mientras disfrutaba una beca otorgada por la Fundación Pedro Barrié de la Maza y The British Council. También a estas instituciones expreso mi gratitud.
En el presente trabajo se pretende abordar el papel de los estudios bioantropológicos en la reconstrucción de los procesos productivos de las sociedades del pasado. Esta finalidad es perseguida a partir del examen y valoración de la prevalencia de exostosis óseas en el canal auditivo en la población prehistórica de Gran Canaria. Las exostosis auditivas constituyen una lesión ósea, bien documentada en trabajos experimentales y clínicos, estrechamente relacionada con la exposición del canal auditivo al agua fría. La estimación de esta anormalidad ósea en el conjunto poblacional analizado permite la definición de importantes variaciones territoriales en las estrategias económicas emprendidas por estos grupos humanos. Los estudios bioantropológicos en la actualidad parten de una concepción dinámica de los grupos humanos desde el punto de vista biológico y cultural, entendiendo a éstos como seres sensibles a los cambios que se producen en el entorno (natural y cultural) en el que desarrollan sus actividades. De esta manera se integra a las poblaciones del pasado T.R,58,n.M,2001 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es en el marco de un contexto general que las define y de cuya dinámica de funcionamiento no permanecen ajenas. Estas valoraciones conceptuales han supuesto que, hoy por hoy, el estudio de los grupos humanos arqueológicos no se limite al análisis morfológico de sus restos o a la mera descripción y diagnóstico de patologías, sino que atienda también -y quizá de modo preferente-a las condiciones y calidad de vida de estas colectividades y al reflejo de éstas en las evidencias esqueléticas. En otros términos, y al igual que sucede con la totalidad de los materiales arqueológicos, es necesario explicar qué posibles vínculos se establecen entre los restos arqueológicos y las actividades y relaciones sociales que las originaron o las modificaron (Bate, 1989). En los últimos años, uno de los retos más importantes a los que se enfrenta la investigación de las sociedades prehistóricas de Gran Canaria es la reconstrucción de lo que, en términos genéricos, se ha denominado "economía". Un campo de análisis que está siendo afrontado desde diversas disciplinas de estudio y, posiblemente lo que es más importante, desde unos planteamientos conceptuales diferentes, al menos, a los propuestos hasta el momento. Producto de esta línea de investigación es la reciente publicación de diversos trabajos que, desde distintas perspectivas, han tratado de incidir en los aspectos que competen a esta materia de análisis. Es por este motivo que también se plantee como necesaria la valoración del papel que pueden desempeñar los estudios bioantropológicos en este sentido, un hecho especialmente relevante en este contexto insular, donde los exámenes centrados en los restos humanos de la población aborigen del Archipiélago cuentan ya con una tradición centenaria. EL MODELO PRODUCTIVO EN LA PREHISTORIA DE GRAN CANARIA Y LOS ANÁLISIS BIOANTROPOLÓGICOS Los procesos de producción (1) observables en esta sociedad prehistórica no pueden seguir considerándose tan sólo a partir de la estimación de uno o varios procesos de trabajo (agricultura, ganadería, recolección, etc.), sino mediante la valoración de las (1) "El proceso productivo es el sistema orgánico de los diversos procesos de trabajo concretos a través de los cuales una sociedad genera las diversas clases de bienes que requiere para la satisfacción de las necesidades que permiten su mantenimiento y su reproducción y que está capacitada para producir" (Bate, 1988: 58). relaciones que mantienen los integrantes de estas comunidades entre sí, de los vínculos establecidos entre productores y no productores, así como de los elementos que configuran el control de los medios de producción y de los productos obtenidos en el desarrollo de tales actividades (rendimiento social del trabajo). Es por ello que necesariamente se ha de incluir en este análisis la unidad de procesos económicos básicos de cualquier sociedad, o lo que es lo mismo: producción, distribución, cambio y consumo, teniendo especialmente presente en este examen la organización social de la producción, esto es, la naturaleza del conjunto de relaciones sociales que conforman y definen las unidades básicas de producción de cada colectivo (Bate, 1998). Es lógico entender por ello que las relaciones sociales de producción, o en otros términos la ordenación y normalización del proceso productivo en estas comunidades prehistóricas grancanarias, se conformarían esencialmente sobre la base de las relaciones de propiedad de los diferentes agentes que intervienen en el proceso de producción (Velasco et alii, 1999). Un hecho especialmente evidente si aceptamos que las formas de propiedad, como norma, se combinan con las formas específicas de organización del proceso de trabajo y de distribución de los productos así obtenidos. La valoración de las relaciones de propiedad en el caso de la Prehistoria de Gran Canaria presenta algunos elementos de necesaria discusión si atendemos a la información legada por las fuentes etnohistóricas referidas a estos grupos humanos. A este respecto Gómez Sendero señalará que "las tierras eran concejiles, que eran suias mientras duraba el fruto, cada año se repartían'' (Morales, 1993: 436), asimismo López Ulloa añade nuevas consideraciones: "hera gente muy trabajadora, todos los bienes eran comunes en quanto a la distribución y alimento natural. Al señor reconocían la superioridad y obediencia y siempre se le daua lo mejof (Morales, 1993:315). Los investigadores que han hecho referencia al control sobre los medios de producción en la sociedad prehistórica de Gran Canaria coinciden en señalar que sería el sector dirigente de esta sociedad (denominados "nobles") quienes controlarían plenamente su administración, a modo de "representantes" de la comunidad (González y Tejera, 1990; Jiménez, 1990). Mientras el grupo "dependiente", desprovisto de esta capacidad, no es más que el poseedor de unos derechos de uso sobre las propiedades objeto de redistribución. Con relación a ello. se ha señalado que de este modo "se garantiza a cada uno de sus miembros el acceso a la tierra y, por tanto, la supervivencia, proporcionando además a las generaciones posteriores la misma garantía" (González y Tejera, 1990: 116). Sin embargo, esta realidad socioeconómica parece mostrar un mayor grado de complejidad, permitiendo una interpretación parcialmente diferenciada a la recogida en párrafos precedentes. En ese sentido, cabe destacar como, en primer lugar, el control y la administración del grupo dirigente de los derechos sobre el territorio reglamenta socialmente la desigualdad en el acceso a los medios de producción básicos para el desarrollo de los procesos productivos. Ello, y en segundo lugar, no hace más que reforzar la diferenciación en la capacidad de acumular y reproducir el producto social del trabajo. Estas limitaciones, reconocidas y sancionadas por toda la comunidad (2), constituyen uno de los elementos claves que justifican, y a la vez aseguran, la existencia de unas relaciones sociales de dependencia. Los sectores dominantes, por tanto, ejercen una evidente preeminencia en la utilización y acceso al objeto de trabajo y a los instrumentos de producción que capacitan su transformación, lo que les facultará simultáneamente para el dominio y el control efectivo de la totalidad del proceso productivo. En este sentido resulta posible plantear entonces que el acceso de los sectores dependientes a los recursos que aseguren su subsistencia no está garantizado por su simple pertenencia a la comunidad, sino por el mantenimiento de unas relaciones sociales de dependencia con los grupos que detentan el control directo de los medios de producción. Es factible afirmar, por tanto, y como ya han sugerido otros autores, que estos vínculos de dependencia se desarrollan y consolidan a través de la propia estructura de producción, especialmente a partir de la apropiación social del producto (Hernández y Calvan, 1997; Velasco y Martín, 1998). Difícilmente, y en vista a los planteamientos expuestos, puede seguir manteniéndose la valoración de los procesos productivos de la sociedad prehistórica de Gran Canaria teniendo como único referente la estimación de los procedimientos téc- (2) En este sentido cabe señalar como el grupo no detentador de los medios de producción "acepta", por así decir, la existencia de estas relaciones de desigualdad, siempre y cuando éstas se conciban como un servicio prestado por parte del sector dominante de estas sociedades, "cuyo poder parece que desde ese momento es tan legítimo para los dominados como su propio deber de servir ellos a quienes les sirven" (Godelier, 1989: 188). nicos seguidos para la obtención de los productos que garanticen la subsistencia de estos grupos. Con relación a ello, resulta también evidente que los procesos productivos de las sociedades a las que aquí aludimos no pueden seguir definiéndose bajo el concepto de "economías de autosubsistencia o autosuficiencia". De ser así quedaría enmascarado el hecho de que la actividad productiva no se limita a la obtención de bienes de subsistencia, sino que también es la encargada de lograr un plusproducto destinado al desarrollo y consolidación de las propias estructuras sociales, ocultándose, de igual modo, las numerosas formas de cambio e intercambio que son consustanciales a este funcionamiento (Godelier, 1977). Una prueba de tal circunstancia lo constituye la existencia en Gran Canaria, según manifiestan las noticias etnohistóricas (3), de una parte de la población que no participa directamente en la producción de los bienes alimenticios básicos. Su existencia requeriría, por tanto, que los "productores directos" transfirieran parte del rendimiento de su trabajo para el mantenimiento de aquellos, lo que no puede entenderse sin la existencia, al menos en este marco, de un sistema jerarquizado de toma de decisiones en la ordenación global del modelo productivo. Tales datos, por ello, hacen alusión directa a la existencia de una división social del trabajo. A tal efecto, la organización de la producción pasa por el establecimiento y ordenación de determinadas actividades cuyo fin último parece ser la consolidación y perpetuación del modelo organizativo, así como de las relaciones sociales que lo hacen posible. No obstante, las referencias proporcionadas por los cronistas de la Conquista e historiadores posteriores son sumamente escuetas en el sentido propuesto, aportando referencias como las que siguen:'Hos canarios tenían entre ellos oficiales de hacer casas debajo y encima de la tierra, carpinteros, sogueros'' (Torriani, 1978: 112); "tenían casas y oficiales que las hacían de piedra seca'' (Abren, 1977:159). En algunos casos, esta división del trabajo parece que está estrechamente vinculada a las diferencias de género: "tenían mujeres dedicadas para sastres, como para hacer loza de que usaban que eran tallas como tinajuelas para agua" (Morales, 1993: 371). De igual modo, ciertos "oficios" llevan aparejados un tabú de contacto, como es el caso de los carniceros o los verdugos: "para cuyo (3) Algunas pruebas arqueológicas parecen venir a confirmar tal extremo de forma inequívoca como se ha propuesto, por ejemplo, para el caso de Tenerife (Hernández y Galván, 1997). efecto tenían berdugos diputados con salario, que acudían a todo lo que se les mandaba'' (Morales, 1993:313). Las pruebas arqueológicas que puedan corroborar la existencia de esta particular ordenación del proceso productivo son escasas, por el momento, ya que su estimación va en consonancia con la progresiva reactivación de intervenciones arqueológicas en Gran Canaria. A pesar de ello, los análisis sobre restos humanos han empezado en fechas recientes a aportar nuevos elementos de juicio sobre los que estimar los planteamientos hechos hasta el momento. Este tipo de estudios tiene la ventaja de incidir plenamente sobre los protagonistas directos de los comportamientos a los que se alude, lo que conlleva la evaluación de estos procesos desde una óptica biológica y cultural. En el mismo sentido, facilitará en los casos en los que sea posible la caracterización de un conjunto poblacional amplio, permitiendo observar así tanto la generalización de unas pautas de conducta, como su propia diversificación en el marco definido por los factores espacio, tiempo y cultura. En este orden de cosas, hay que manifestar que los datos derivados de este tipo de estudios no pueden pasar a entenderse por sí solos, sino que habrán de ser estimados en estrecha relación con el contexto cultural, cronológico y espacial del que provienen los materiales objeto de examen. El conocimiento de este entorno proporcionará buena parte de los criterios básicos que permitan considerar el grado de representatividad y la significación de los resultados obtenidos mediante la investigación bioantropológica. MARCADORES ÓSEOS DE ACTIVIDAD FÍSICA: ¿EVIDENCIAS BIOANTROPOLÓ-GICAS DE LA ORDENACIÓN DEL PROCE-SO PRODUCTIVO? Dentro de las líneas de investigación preferentes en la ciencia bioantropológica actual pueden enmarcarse los exámenes de repertorios óseos que tienen como fin último hacer un balance global de aquellas evidencias de actividades físicas observables en el esqueleto. Siguiendo las valoraciones de K. Kennedy (1989), tales marcadores son una expresión evidente de la plasticidad ósea ante presiones extracorporales, así como bajo la influencia de otras fuerzas "internas" que no son atribuibles a alteraciones patológicas, metabólicas, bioquímicas, hormona-les, a los intercambios enzimáticos o anomalías de orden vascular o neuronal. Durante los últimos años las publicaciones sobre esta materia han proliferado de forma significativa, acompañadas, además, de un amplio debate en tomo a la potencialidad y limitaciones que presenta esta línea de estudio. Parece existir un cierto asenso entre los investigadores a la hora de señalar las dificultades que supone la correlación directa de una alteración ósea con una actividad física u ocupacional particular, si bien es igualmente cierto que permite vincular unos caracteres observables en el esqueleto con la reacción del organismo ante determinados estímulos ambientales (Stirland, 1992; Dutour, 1992). Sin duda, la valoración del contexto arqueológico-cultural del que proceden los materiales sujetos a observación aportará los criterios más idóneos para el establecimiento de las distintas hipótesis interpretativas. Un ejemplo evidente en este sentido puede venir aportado por el estudio de las exostosis del canal auditivo en la población prehispánica de Gran Canaria. Exostosis del canal auditivo: ¿alteraciones "profesionales"? Estas exostosis corresponden a hiperplasias óseas de crecimiento que pueden formarse en el tracto medio o en la entrada del conducto auditivo extemo, conformando una anomalía característica ya observada por diversos investigadores desde fines de la pasada centuria. Estas excrecencias óseas, más o menos compactas y con una estructura fundamentalmente laminar, han recibido la denominación át torus auditivus o exostosis (Gervais, 1989; Manziet alii, 1991; Deleyianis^ía///, 1996), si bien este último término es el más generalizado en la literatura especializada. Morfológicamente muestran una apariencia oval o esferoide, constatándose en menor proporción otras tipologías. A pesar de que este tipo de exostosis ha sido eventualmente incluida en las listas de los caracteres no métricos del cráneo (Brothwell, 1987), en la actualidad se cuestiona su naturaleza epigenética toda vez que se ha comprobado la naturaleza no hereditaria de este carácter y la estrecha relación entre la prevalencia de esta anomalía y los factores medioambientales que la provocan (Kennedy, 1986; Manzi et alii, 1991; Karegeannes, 1995; Hutchinson ^ía//7,1997; Itoelkeda, 1998). El número, la lateralidad, el volumen y la morfología de estas exostosis del canal auditivo pueden llegar a ser ciertamente variables, constatándose, incluso, ciertas divergencias en un mismo individuo. En la mayor parte de los sujetos suelen tener un carácter único, si bien resulta posible la detección de hasta cuatro focos de reacción ósea. Con relación a ello, el volumen que adquieren variará en un amplio espectro, llegando a darse el caso -frecuentemente en los sujetos de mayor edad-de una obstrucción prácticamente completa del conducto auditivo (GersztQn et alii, 1998; Whitaker^íí2///, 1998). La bilateralidad de esta anomalía concierne, cono norma, a más del 50% de los individuos afectados. La posibilidad de vincular esta anomalía ósea con determinadas actividades desarrolladas por las poblaciones del pasado viene propiciada por las causas que provocan su aparición. Partiendo de los resultados obtenidos en diversos trabajos experimentales, así como mediante observaciones clínicas, la etiología hidrotérmica de estas exostosis se encuentra plenamente reconocida en los estudios de patología humana, en detrimento de otras reacciones hiperostósicas más difusas, esporádicas y que suelen estar acompañadas de procesos infecciosos crónicos (Kennedy, 1986; Msmziet alii, 1991; Dastugue y Gervais, 1992; St3.ndenetalii, 1997; Deleymnis et alii, 1996). Según recogen G. Kennedy (1986) existe una estrecha relación entre el grado de desarrollo de estas exostosis y la frecuencia de la exposición del canal auditivo al agua fría (4). De este modo, se ha propuesto que la vasodilatacion resultante de dicha situación provocaría una excitación local del perióstilo y, por ello, una estimulación anormal de la actividad osteoblástica (creación de tejido óseo) (Kennedy, 1986; Gervais, 1989; Karegeannes, 1995; Standen et alii, 1991\ Deleyianis et alii, 1996; Ito e Ikeda, 1998). La continuidad en el desarrollo de los hábitos que comportan este hecho, conlleva la repetición de la dinámica descrita y, por ello, la sucesión de reacciones exostósicas locales (5). En relación con este último punto, se ha descrito como los sujetos infantiles y adolescentes suelen estar exentos de esta anormalidad, mientras que a medida que avanzan en la edad adulta, y continua la exposición del canal auditivo al agua fría, los procesos exostósicos ven incrementado su volumen, y quizá su número, de forma progresiva. J. Dastugue y V. Gervais (1992) incluyen estas neoproducciones óseas dentro de lo que califican como "enfermedades profesionales". La razón que les lleva a mantener tal postura es que, fuera de toda duda, para la aparición y desarrollo de tales lesiones el contacto y/o la inmersión en agua fría debe ser frecuente, regular y suficientemente prolongada. De este modo, ha sido puesta en relación con poblaciones en las que el contacto directo con el medio acuático constituiría una parte fundamental de sus actividades cotidianas, especialmente en lo que se refiere a la búsqueda y obtención de recursos alimenticios procedentes de estos entornos (mar, ríos, lagos, etc.). En este sentido, estudios desarrollados en poblaciones actuales en las que se da un importante contacto con el medio acuático (submarinistas, practicantes desurf, etc.) han podido constatar un aumento significativo de la presencia de este tipo de anormalidades óseas a medida que se incrementan los años dedicados a tal actividad con una frecuencia constante (Umeda et alii, 1989; Karegeannes, 1995; Deleyianis et alii, 1996 (6); Ito e Ikeda, 1998). Algunos estudios con materiales arqueológicos han permitido constatar esta circunstancia (Kennedy, 1986; Sakalinskasy Jankauskas, 1993; Hutchinson et alii, 1991\ Standen et alii, 1997), manifestando, en el mismo sentido la estrecha asociación que existe entre la presencia de exostosis auriculares y el desarrollo de actividades de explotación económica de los medios acuáticos. Para el caso concreto de Canarias, la presencia de estas exostosis auriculares fue observada y descrita por O. Dutour y J. Onrubia (1991) en los restos esqueléticos exhumados de la Necrópolis de El Agujero (Gaidar). En tal caso se señalaba la estrecha relación de los habitantes de esta zona de Gran Canaria con el medio oceánico, manifestándose igualmente la doble vertiente lúdica y económica que tendría esta actividad. Resultaba, asimismo, muy significativa la prevalencia de esta anormali- dad en el subconjunto poblacional estudiado, que superaba netamente los valores obtenidos en otras áreas del planeta, lo cual vendría a ratificar la relevancia de esta relación grupo-entorno marino. Trabajos más recientes, afrontados desde otras perspectivas de análisis, han puesto en evidencia el estrecho vínculo que uniría a los canarios con el mar. La recolección marina y especialmente, a juzgar por los datos disponibles, la pesca constituirían estrategias económicas de suma importancia para la subsistencia de estas poblaciones (Rodríguez, 1996; Velasco ^í a/i/, 1997). Cabe señalar que no se trata de estimar la explotación del medio marino como una mera actividad encaminada a obtener unos recursos alimenticios más o menos apetecibles. En términos reales esta estrategia contribuiría a la consolidación del modelo agrícola y ganadero de Gran Canaria, minimizando los efectos negativos de cualquier alteración de los ciclos productivos y reforzando la dependencia del grupo con respecto a las prácticas productivas. A fin de profundizar en los planteamientos hechos en páginas precedentes, se afronta el presente trabajo. Se estudiaron un total de 358 cráneos, todos ellos correspondientes a sujetos adultos, procedentes de 27 contextos sepulcrales de Gran Canaria (7) (Fig. 1). El criterio para su inclusión fue que presentaran un nivel de conservación tal que fuera posible la determinación del sexo y la edad aproximada a la que aconteció su muerte. Dados los objetivos de la investigación, se tuvo en cuenta, además, que en cada uno de ellos resultara factible la observación de los dos canales auditivos. El sexo de todos los sujetos fue establecido siguiendo los criterios morfológicos recogidos por W. Krogman y M.Yasar Iscan (1989), siendo determinados 200 hombres, 144 mujeres, así como 14 que fueron clasificados como alofisos. La asignación de los grupos de edad se realizó mediante la observación del grado de desgaste de las piezas dentarias, siguiendo la propuesta de D.R. Brothwell(8) (1987Brothwell(8) (,1989;;Perizonius, 1983) y, ya que la muestra se encontraba formada exclusivamente por individuos adultos, se utilizaron intervalos ampUos de edad: 17-24,25-34,35-45 y <45 (9). Esta información fue contrastada con la observación del grado de sinostosis de las suturas craneales, obteniéndose un óptimo grado de correlación entre ambos marcadores en la mayor parte de los casos. Los canales auditivos fueron inspeccionados visualmente con luz directa y con la ayuda de una lente de 20 aumentos a fin de verificar la presencia o ausencia de exostosis auriculares. Se llevó a cabo una valoración macroscópica de los procesos exostósicos, ordenándolos tipológicamente siguiendo los parámetros propuestos por V. Gervais (1989) (10). Para la consideración del volumen que ocuparían se establecieron tres categorías diferenciadas: 2/3 del total del canal auditivo (Standen et alii, 1997). En la descripción se tuvo igualmente en cuenta la lateralidad de las reacciones exostósicas observables, así como la posición ocupada por éstas en la pared del canal auditivo (11). Todos los datos, recogidos en fichas normalizadas, fueron incorporados para su análisis en el pa-(7) Todos ellos custodiados en los fondos de El Museo Canario de Las Palmas de Gran Canaria. (8) En el mismo sentido, se observó la morfología del desgaste a fin de no estimar en la valoración de este parámetro los grados de atricción anómalos provocados por procesos patológicos como la precoz pérdida antermorten de molares, o los desgastes originados por el empleo de estas piezas en procesos de trabajo como se ha constatado en algunos individuos (Velasco et alii, 2000). (9) La elección de intervalos amplios de edad minimizaba los posibles errores que pudieran derivarse de tal observación a consecuencia de las peculiaridades que presenta el patrón de desgaste dentario de las poblaciones prehistóricas de las Islas. (10) Esta autora propone el establecimiento de cuatro tipos fundamentales: laminar, nodular, en espina y en mamelón. (11) Para ello se tomaron como referencia las siguientes posiciones en la pared del canal auditivo: anterior, posterior, anterosuperior, anteroinferior, posterosuperior y posteroinferior. quete estadístico SPSS 8.0. Las pruebas de significación estadística, para comparación de grupos (distribución de ñ'ecuencias), se realizaron mediante la aplicación de la prueba de chi-cuadrado (X^). Igualmente se empleó el coeficiente de correlación r de Pearson para medir la magnitud de la relación entre dos variables. En todos los casos el nivel de significación estadística se fijó en p< 0,05. Los contextos sepulcrales estudiados se encuentran repartidos por la geografía de Gran Canaria, hallándose tanto en las proximidades de la línea de costa, como en el interior de la Isla (Fig. 2). Lo yacimientos valorados y el número de individuos procedente de cada uno de ellos se exponen en la tabla 1. Material sujeto a examen y prevalencia de exostosis en la población prehispanica de Gran Canaria por yacimiento (Indv. A fin de explicar la incidencia de exostosis auriculares en esta muestra de población, se procedió a su ordenación por comarcas naturales (12), dividiéndolos, en función de su proximidad al entorno litoral, entre conjuntos costeros e "interiores". Si bien esta clasificación puede ser cuestionable en un territorio con una extensión tan limitada (1500 km^), la información proporcionada por los estudios de elementos traza manifestaba la existencia de (12) Con ello se pretendía, igualmente, minimizar las diferencias en el número de individuos observados en cada uno de los espacios sepulcrales y los problemas que ello entrañaría en el análisis estadístico. diferencias significativas en el acceso a los recursos marinos entre las poblaciones asentadas en una u otra zona de Gran Canaria (Velasco et alii, 1997). Los criterios para proponer tal distinción responden tanto a la inmediatez de las áreas sepulcrales al litoral grancanario (13), como las condiciones de accesibilidad a éste desde los lugares en los que se ubican las zonas de asentamiento vinculadas a cada una de las necrópolis. Evidentemente, se trata de una división hasta cierto punto ficticia toda vez que la información arqueológica manifiesta que no debió ser la relación de proximidad el único parámetro que condicionaría la relación de los canarios con los recursos ofertados por el medio marino. Tan sólo constituye una propuesta por la que se pretende ofrecer una primera ordenación de los materiales estudiados a fin de estimar las condiciones etiológicas de la aparición y desarrollo de estas neoformaciones óseas, así como aportar nuevos puntos de vista a la ordenación territorial del modelo productivo de esta sociedad prehistórica. De este modo, quedaron incluidos en el grupo costero los siguientes enclaves: Gaidar, Agaete, La Aldea, Metropol, La Isleta, Lomo Galeón, Cuesta de la Negra, Maspalomas, Crucecitas, Draguillo, Hoya del Paso, La Pardilla y El Hormiguero. Pudo observarse la presencia de exostosis auriculares en 48 de los 358 individuos estudiados (Tab. 1), lo que viene a significar un 13.4% del total (Lám. El porcentaje relativamente elevado de exostosis auriculares en esta población permite clasificarla, según la propuesta de G. Kennedy ( 1986), dentro de los conjuntos poblacionales con una incidencia "media" de este marcador bioantropológico. La bilateralidad de las exostosis auriculares afecta al 79.2% del conjunto de población en la que pudo determinarse su presencia, siendo ligeramente más elevados los casos pertenecientes al género masculino (66.7%) que los femeninos (31.6%). En lo que se refiere a la localización (Tab. 2), cabe indicar que, como se ha descrito en otros casos (Gervais, 1989; Manzi et alii, 1991; Standen et alii, 1997), estas hiperplasias óseas suelen encontrarse ubicadas preferentemente en la superficie posteroinferior del canal auditivo externo (77%), si bien también se situaban en una proporción considerable en la región anterior y anterosuperior del mismo (4.16% y 14.58% respectivamente). La tipología de las exostosis auriculares observadas (Tab. 3) es predominantemente nodular, aun-Lám. I. A Exostosis en el canal auditivo derecho de dos individuos masculinos procedentes de Gaidar (Gran Canaria). En el caso reproducido en B, la neoproducción ósea ocupa más de dos tercios del canal auditivo. que también están presente en un número elevado de casos las formas mamelonadas. En un porcentaje muy significativo de los sujetos sometidos a examen ambas tipologías están presentes de forma simultánea, variando su localización en el canal auditivo sin guardar un patrón normalizado. No existen, con relación a este parámetro, diferencias entre ambos sexos. Volumen de los procesos exostósicos por grupos de edad en la población prehispánica estudiada de Gran Canaria. La consideración del volumen de estas excrecencias óseas (Tab. 4) aporta datos de gran relevancia para estimar la significación de la presencia de estas anomalías en el repertorio esquelético valorado (Lám. Existe una relación evidente entre las dimensiones de las anomalías descritas y el momento de la muerte del individuo. Los valores logrados muestran una tendencia de incremento porcentual en el volumen ocupado por las exostosis auriculares en el canal auditivo a medida que se avanza en cada uno de los grupos de edad establecidos. De este modo, en aquellos sujetos mayores de 45 años las exostosis que ocupan más de las dos terceras partes del espacio disponible, en al menos uno de los canales auditivos, suponen un 50% del total; mientras, este porcentaje se reduce sensiblemente en los individuos fallecidos entre 17-25 años (14.28%), incrementándose en el grupo de 25-35 (41.66%) (14). En el mismo sentido, en el 78.6% de los individuos con exostosis fallecidos entre los 17 y los 25 años, estas excrecencias ocuparían menos de un tercio del canal auditivo, observándose con ello una relación coherente entre edad de muerte y tamaño de las excrecencias óseas. En otros términos, se percibe una tendencia por la que las neopruducciones óseas en el canal auditivo tendrían un volumen más importante cuanto mayor sea la edad del sujeto afectado. Estos datos, previsiblemente, vienen a confirmar la continuidad en los hábitos que inducen la aparición y desarrollo de este marcador en la población sometida a estudio (15). Los resultados obtenidos en cada uno de los conjuntos arqueológicos contribuyen significativamente a explicar la presencia de esta anomalía en los restos esqueléticos analizados, como se muestra en la tabla 1. Uno de los aspectos más destacados de los valores por yacimiento es que, en prácticamente ninguno de los casos, se observan diferencias estadísticamente significativas entre ambos sexos en lo que a prevalencia de exostosis se refiere (16). Un dato éste a tener en cuenta en el momento de dar una explicación histórica de la aparición y desarrollo de esta anomalía ósea. Detalle de exostosis en el canal auditivo del lateral derecho de un individuo masculino. (14) En los individuos fallecidos entre los 33 y 45 años las exostosis ocupan más de dos terceras partes del canal auditivo en un 16,66% de los casos. (15) No obstante estos resultados no llegan a alcanzar la significación estadística en la correlación entre volumen y edad de muerte: r de Pearson=0,268 (p=0,63), si bien sí muestran una cierta tendencia al comportamiento descrito. (16) Tan sólo en el yacimiento de Lomo Galeón pudieron observarse tales diferencias: X^=4 (p<0.05). A pesar de ello, las variaciones en la representación numérica de individuos en cada uno de los enclaves hace que sea problemática una comparación entre ellos, por lo que el conjunto de valoraciones prefiere hacerse globalmente. La estimación de la prevalencia de este marcador bioantropológico atendiendo a la localización general de los yacimientos arqueológicos muestra, por el contrario, diferencias realmente significativas. Así, en el 34.35% de los individuos de los espacios costeros fue posible observar la presencia de exostosis auriculares, limitándose al 1.32% de los casos en los enclaves calificados dentro de la categoría "interior" (X^^ 78.05; p<0.0001). En el mismo sentido existe una correlación directa, estadísticamente significativa, entre la frecuencia de esta anomalía ósea y la localización espacial de los yacimientos (r de Pearson=0.47; p<0.0001). En ninguno de los dos territorios definidos pudieron estimarse diferencias significativas entre hombres y mujeres (interior: X^= 0.34; p=0.84; n.s. y costa: X^=1.08; p=0.58; n.s.). De este modo, en la región costera, mientras que el 37% de los individuos varones muestra esta anormalidad ósea, el porcentaje de féminas con idéntica afección se reduce ligeramente hasta alcanzar a un 30.61% del total de este grupo. En los yacimientos "interiores" de Gran canaria, de los 3 sujetos con exostosis en el canal auditivo, 2 correspondían a hombres (2/ 119; 1.32%) y el caso restante a una mujer (1/ 95;1.05%). Las exostosis auriculares constituyen un marcador óseo que tradicionalmente ha sido incluido entre los caracteres discretos localizados en el cráneo (Berry, 1975; Buikstra y Ubelaker, 1994). A pesar de ello, los estudios clínicos y experimentales han demostrado la estrecha relación entre la aparición de esta entidad y determinados factores medioambientales, lo que ha que ha quedado corroborado, además, gracias a las investigaciones bioantropológicas desarrolladas sobre distintas poblaciones arqueológicas (Capasso et alii, 1999). De este modo su cons^ideración como carácter no métrico queda descartado en la mayor parte de los trabajos actuales, si bien, como en otros marcadores de actividad (Dutour, 1992), se continua discutiendo la existencia o no de una cierta predisposición genética para su origen y desarrollo. A tal efecto, se ha establecido con precisión que la habitual exposición del canal auditivo al agua fría provoca una reacción inflamatoria que motiva la actividad osteogénica, aunque queda aún por resolver el mecanismo por el cual tiene lugar el proceso de formación del nuevo tejido óseo. En este sentido, es un hecho bien conocido que algunas citocinas y factores de crecimiento (como las interleuquinas 1 y 6 ó los factores de necrosis tumoral a y p, entre otros) modulan la actividad y funcionamiento de los osteoblastos y los osteoclastos (Lerner, 1994; Mundy et alii, 1995). Así, ciertos factores de crecimiento, como los liberados durante las respuestas inflamatorias, contrarrestan la reabsorción de hueso, e inducen, de hecho, a la creación de nuevo tejido óseo en la zona afectada. Por ello es posible que el balance entre los efectos locales de crecimiento osteogénico y la reabsorción ósea durante episodios reiterados de otitis extema motivados por la exposición del canal auditivo al agua fría, desemboquen en la formación de los procesos exostósicos a los que aquí nos referimos. No obstante para la discusión que se propone desde estas páginas, y habiéndose probado la relación entre la aparición de esta anomalía ósea y determinados factores medioambientales, interesa en mayor medida conocer el alcance de este marcador para la reconstrucción de las formas de vida de las poblaciones del pasado. Como se indicó previamente, todos los datos apuntan a que, en la aparición y progreso de las exostosis descritas, tiene un protagonismo especialmente destacado el contacto frecuente, regular y prolongado del canal auditivo con el agua fría. Por esta razón, es del todo posible asociar la notable incidencia de esta anormalidad ósea con el desarrollo por parte de estos grupos humanos de ciertas actividades que hicieran posible tal eventualidad. Resulta lógico pensar que las circunstancias descritas deben estar preferentemente vinculadas con la explotación económica del medio marino por parte de los canarios (17). Otras evidencias bioantropológicas y arqueológicas ponen de manifiesto la significación que es posible atribuir a estas labores para la consolidación del modelo productivo global, un hecho que parece venir a corroborar el estudio recogido en estas páginas. Desde este punto de vista resulta inviable seguir incluyendo estas actividades (al menos las pesqueras) como meras prácticas "complementarias" que tienen como único propósito la diversificación de alimentos que conforman la dieta alimenticia de estos grupos humanos. (17) Podrían añadirse a tales planteamientos aquellas actividades a las que es posible atribuir un carácter "lúdico", como recogen las propias fuentes etnohistóricas; "lasjuelgas de la mar i los baños lo tenían los más nobles por ejercicio'" (Morales, 1993: 374), si bien tal relación es especialmente difícil de valorar desde un punto de vista cuantitativo. Las referencias aportadas por las Crónicas de la Conquista y relatos posteriores (de los siglos XVII y XVIII) en torno a las estrategias de depredación sobre el medio marino desplegadas por los canarios aportan un conjunto de evidencias que pueden ser esgrimidas para mantener las valoraciones hechas hasta el momento, así como para explicar la incidencia de este marcador bioantropológico en el repertorio óseo analizado. Por ejemplo, se recoge que: "Quando reconocían en la costa de el mar hauer cardume de pescado, se arrojaban a nado hombres i mujeres i muchachos, i la rodeaban i hacían uenir serca de tierra, i con esteras de juncos poniendo piedras por la parte vaxa sacaban gran cantidad de sardina i ligas'' (Morales, 1993: 441). Este sistema de pesca, recurrentemente descrito por la documentación etnohistórica (18), llevaría implícito el contacto directo de parte de esta población con el medio acuático, propiciándose así la aparición y desarrollo de la anomalía ósea descrita (19). A ello habría que añadir que la temperatura media de las aguas de Canarias (Braun y Molina, 1988) (20), especialmente en determinadas épocas del año, favorecería la concurrencia de los distintos factores etiológicos que explican la frecuencia de exostosis auriculares observada. De este modo, y siguiendo unos planteamientos adaptacionistas básicos, este marcador óseo constituiría poco más que un reflejo evidente de la interacción de este colectivo con el medio acuático. Así, los recursos del mar serían explotados siguiendo unas conductas particulares, perfectamente adecuadas a sus características específicas y a la demanda de estos productos por parte de la población prehispánica de Gran Canaria. En cualquier caso, y dados los resultados obtenidos en esta investigación, las particularidades de este tipo de evidencias bioantropológicas, así como la complejidad de la formación social a la que se hace referencia, esta explicación resulta, cuando menos, insuficiente. A tal efecto, la heterogénea prevalencia de exostosis auriculares en los yacimientos muestreados pone de manifiesto desigualdades territoriales en esta relación entre el grupo humano y el me-(18) Y cuyo desarrollo se encuentra probado también a partir de la representación específica de las ictiofaunas presentes en los yacimientos prehispánicos de Gran Canaria (Rodríguez, 1996). (19) La recolección marisquera no debería haber supuesto en todos los casos el contacto frecuente y constante del canal auditivo con el agua fría, según se desprende del repertorio específico de la malacofauna localizado en los yacimientos habitaciona-les y las técnicas tradicionales de captación de estos recursos alimenticios. Como ha podido probarse, existen diferencias realmente significativas en los porcentajes de afección de esta anomalía ósea en función del espacio ocupado por cada uno de los enclaves analizados, de tal suerte que mientras que en las zonas próximas a la franja litoral de la Isla la presencia de exostosis en el canal auditivo concierne al 34.5 % de la población asentada en estos ámbitos, entre las gentes que mantendrían su lugar de residencia en las medianías y cumbres de Gran Canaria se ve afectado un porcentaje que escasamente supera el 1 %. Aceptando ía directa relación entre la prevalencia de exostosis y la explotación del medio marino, tales resultados introducen un rango de territorialidad en las estrategias económicas desplegadas por esta población. Es factible estimar, a tal efecto, la existencia de notorias desemejanzas espaciales en las labores emprendidas por estos grupos humanos para la obtención de determinados recursos fundamentales. Este hecho, a su vez, puede ser interpretado como el reflejo de disimetrías territoriales en la articulación del modelo productivo global y en las estrategias seguidas para su estabilidad y perpetuación. Esta situación es especialmente llamativa en un marco geográfico de unas dimensiones relativamente reducidas, en el que no existen "banderas naturales" que impidan la movilidad de la población por los diferentes ecosistemas que ofrece este territorio insular (21). Los trabajos previos sobre paleodieta y paleonutrición de la población prehispánica de Gran Canaria aportan, por su lado, nuevos elementos de juicio sobre los que estimar esta discusión. Los datos obtenidos a través de esta línea de investigación no se han limitado a enmarcar la economía dentro de los márgenes definidos por la tecnología y los intercambios biológicos y energéticos del grupo con la naturaleza. Atendiendo a su correlación con el resto de informaciones disponibles han hecho posible la identificación de comportamientos globales y singulares que, con relación a la dieta o la nutrición, respondan a cualquiera de las variables que como norma definen a una formación social. Los análisis paleodietéticos llevados a cabo ponen de manifiesto como el conjunto de la población prehispánica de Gran Canaria presentaría una dieta que dependerá muy estrechamente de los productos obtenidos mediante la agricultura (González y Arnay, 1992; Velascoeía///, 1997). Este comporta- miento es observable en el conjunto de la población, prácticamente con independencia del lugar de procedencia del muestreo. Ello podría ser interpretado como un consumo generalizado de cereales, base fundamental de la subsistencia, con cierta independencia del área geográfica ocupada por los distintos grupos humanos. La existencia de sensibles desemejanzas en el potencial rendimiento agrícola del territorio grancanario da pie a suponer que en esta aparente homogeneidad subsistencial deben estar interviniendo, simultáneamente, otros factores. Es probable que pueda atribuirse tal responsabilidad a las redes de redistribución, convirtiéndose éstas en los cauces a través de los que se garantizan los componentes alimenticios básicos a buena parte de la población, sin que ello implique un reparto equitativo ni proporcional a las necesidades de cada sujeto. Los análisis de elementos traza han permitido observar, además, la diversificación territorial de estrategias económicas tendentes a "equilibrar" los sistemas de producción agrícola. De este modo, los datos ofrecidos por los oligoelementos estarían reflejando una explotación intensiva del territorio, que lleva a estos grupos a mantener una economía estable a partir de un régimen agrícola plenamente consolidado, el cual será reforzado con aquellas estrategias económicas más acordes y más favorables a los intereses del grupo (Velasco, 1998). Así en el territorio litoral la posibilidad de un acceso privilegiado a las fuentes proteínicas que ofrece el medio marino favorece su explotación a las gentes que aquí se asientan. En las zonas más lejanas a la costa queda más limitada esta eventualidad, por lo que parece optarse por ampliar la gama de recursos explotados o hacer un aprovechamiento más intensivo de éstos (Velasco ^ía/n, 1997) (22). Este "óptimo" aprovechamiento de los recursos, en el marco de un modelo agrícola desarrollado, va a colaborar en la propia estabilidad de la infraestructura económica básica y, así, en el mantenimiento de los elementos fundamentales que definen las relaciones sociales de producción observadas para estos grupos prehistóricos. Pero quizá el aspecto más significativo en este necesario afrontar nuevos trabajos que permitan reforzar la línea de trabajo aquí propuesta, pese a lo cual los resultados obtenidos hasta el momento resultan del todo coherentes con los planteamientos hechos en páginas previas. La primera conclusión a la que puede llegarse, a raíz de los resultados expuestos, es que el modelo productivo de la población prehispánica de Gran Canaria muestra en su articulación territorial evidentes disimetrías, como ya habían puesto de manifiesto los análisis paleodietéticos practicados sobre este mismo conjunto poblacional. De ahí precisamente que el acceso por parte de esta población a los productos ofertados por el medio marino no pueda ser entendido de forma íntegra si no es valorado junto al resto de actividades que integran este modelo productivo, así como la participación de cada uno de ellos en su definitiva conformación. Frente a un régimen alimenticio que muestra una apariencia homogénea a escala insular, en el que los recursos agrícolas constituirían el principio fundamental de la dieta de estos grupos humanos, son los productos obtenidos a partir de las denominadas "estrategias complementarias" los que evidencian -desde un punto de vista arqueológico-un mayor índice de variabilidad y diversidad territorial. La explicación de los hechos referidos atendiendo tan sólo a la adecuación de algunas de las estrategias económicas emprendidas por los canarios a los condicionantes impuestos por el medio insular resulta insatisfactoria, como así parecen poner de manifiesto los resultados aquí ofrecidos. Así, entre los conjuntos ubicados en las proximidades de la franja litoral de la isla existen casos en los que ninguno de los individuos examinados muestran signo alguno de reacciones exostósicas como las descritas. Es el caso, por ejemplo, de los enclaves de La Isleta o el ya mencionado de El Hormiguero, situados, además, a muy escasa distancia de la línea de costa, o el de la Cuesta de la Negra vinculado a áreas poblacionales desde las que el acceso al medio marino es sumamente sencillo. Este hecho descarta la existencia de una mera relación unívoca entre el lugar en el que se ubiquen los asentamientos y la explotación de determinados recursos alimenticios ofertados por el entorno inmediato (25). En este sentido resulta especialmente sugerente la reflexión de P. Fournier (1992: 29) en la que (25) La falta de verdaderas series cronológicas en todos los yacimientos estudiados impide estimar las posibles variaciones diacrónicas acaecidas en la articulación espacial del modelo productivo descrito. señala que: "los espacios de la actividad social humana deben delimitarse con base en las expresiones características de tal actividad y, en consecuencia, pueden definirse regiones culturales, político, territoriales, de recolección y de producción, por ejemplo. Aún cuando llegan a correlacionarse las regiones naturales con las de carácter socioeconómico, político o cultural, es a partir de las relaciones de explotación del entorno, es decir, de las prácticas económicas, que pueden demarcarse regiones sociales, caracterizadas por el régimen de producción'\ Desde este punto de vista, las formas de explotación del entorno natural de Gran Canaria, y en este caso las concernientes al medio marino, constituyen respuestas culturales, modos de trabajo, mediante las cuales esta formación social adecúa el acceso a los recursos naturales a las necesidades generadas a lo largo de su desarrollo histórico (vigencia de las relaciones sociales de producción, organización sociopolítica de los territorios, mantenimiento las diferencias que rigen la gestión de los recursos naturales, etc.). En este mismo sentido, los resultados bioantropológicos expuestos, aún a pesar de que puedan ser estimados como parciales, permiten nuevos elementos de reflexión que inciden sobre los planteamientos hechos hasta el momento. Así, ya se había señalado que para la aparición y desarrollo de las exostosis auriculares el contacto del canal auditivo con el agua fría debía ser frecuente, regular y suficientemente prolongado, hasta el punto de la inclusión de esta anomalía, por parte de algunos autores, dentro de la categoría de "enfermedades profesionales" (Dastuge y Gervais, 1992; Karegeannes, 1995; Deleyiannis et alii, 1996). Desde este punto de vista, a la desigual articulación territorial del modelo productivo en el desarrollo de al menos determinadas estrategias económicas, puede añadirse la existencia de una división social del trabajo para tal propósito. Dado el carácter etiológico de la anomalía ósea descrita, ésta no puede ser asimilada a un acceso esporádico al medio marino, ni el reflejo de actividades ocasionales tendentes a paliar desordenes puntuales en los ciclos productivos agrícolas o ganaderos. En oposición a ello la división social del trabajo conlleva "la existencia de individuos o grupos de especialistas dedicados a la producción de determinadas clases de bienes que constituyen ramas de la producción" (Bate, 1998: 60), unas circunstancias éstas que se adecúan de mejor manera a la naturaleza de los condicionantes medioambien- tales que, a todas luces, motivan la elevada frecuencia de exostosis auriculares en la población prehispánica de Gran Canaria. La presencia de "artesanos" o "especialistas" en esta formación social es un hecho que queda atestiguado en las fuentes etnohistóricas, con lo que una propuesta en este sentido no resulta del todo singular. Tal eventualidad podría contribuir también a explicar el porqué de la existencia de yacimientos costeros en los que no fue posible observar la presencia de exostosis auriculares. Resulta obvio, al calor de lo señalado hasta el momento, que son las relaciones que se establecen entre los integrantes de este colectivo humano en los diferentes procesos de trabajo los que determinan qué carácter adquieren éstos en dicha sociedad. Por esta razón, los criterios que rigen esta división de tareas no responderían, al menos en principio, a condicionantes puramente técnicos o medioambientales, sino a variables de indudable carácter social. En el mismo sentido, las circunstancias descritas permitirían dar una explicación a la desigual incidencia en la prevalencia de esta anormalidad ósea en cada uno de los enclaves funerarios sometidos a examen (26). Así, los porcentajes de individuos con exostosis auriculares variarán, según los casos, entre un 9 y un 87%, mostrando una media que se sitúa en torno a un 40%. Podría considerarse en este sentido, que en cada uno de estos enclaves no todos los sujetos desarrollarían similares actividades o, al menos, no todos ellos con idéntica intensidad. Quizá, dentro de cada uno de los emplazamientos estudiados la desigual ordenación territorial del modelo productivo tendría como reflejo más evidente la aludida división social del trabajo, por la que algunos sectores del grupo local llevarían a cabo determinadas tareas con un carácter más o menos especializado según los casos. Podría resultar sugerente hablar de que, al menos en el caso de la población prehispánica de Gran Canaria, las exostosis auriculares constituirían una evidencia directa en tal sentido o, en otros términos, de la presencia en determinados asentamientos de "pescadores especializados" (27). Un hecho sobre el que sí es necesario llamar la atención en los términos propuestos, es que no pudieron observarse diferencias significativas entre ambos sexos en lo que se refiere a la presencia de este marcador óseo. Así, mientras que a pesar de que el porcentaje de cráneos masculinos que mostraban esta afección es ligeramente mayor que el de los femeninos, tanto globalmente como cuando son divididos zonalmente, la prueba del chi-cuadrado aplicada a las muestras hace que tales desemejanzas no adquieran significación estadística. Por ejemplo en los yacimientos próximos a la costa, mientras que el grado de afección en los hombres supone un 37% (30/81), en las mujeres alcanza un valor de 30.6% (15/49), (X^=IM, n.s.). Tal resultado introduce un nuevo elemento de juicio sobre el que estimar las valoraciones hechas hasta el momento. Desde este punto de vista la división social del trabajo a la que antes se hacía alusión no parece llevar implícito, al menos en este caso, una diferenciación de género en el reparto de ciertas actividades económicas. Un hecho éste especialmente llamativo toda vez que las fuentes etnohistóricas sí hacen mención expresa a la existencia de determinadas tareas que eran desempeñadas específicamente por hombres o mujeres: "Para esta sastrería y para hacer la losa que fabricaban para su servicio común avia mugeres oficiales distrísi-ma5" (Sosa, 1994: 284) (28). Pero son precisamente estas mismas referencias etnohistóricas las que, en el caso concreto de la pesca, son concomitantes a la hora de apuntar la participación conjunta de ambos géneros en las labores de pesca: "5/ acaso veían andar en la costa algún bando de sardinas, que hace luego señal en el agua, como eran grandes nadadores, echábanse a nado hombres, mujeres y muchachos, y cercaban el bando de las sardinas y íbanle careando para la tierra, dando palmadas o con palos en el agua. Y cuando lo tenían cerca tomaban unas esteras largas de juncos, con unas piedras atadas a la parte baja: llevándola como red, sacando a tierra mucha sardina'' (AhYQU, 1977: 160). La coparticipación de hombres y mujeres en las labores pesqueras no constituye un elemento que contradiga la existencia de una especialización poblacional en esta actividad económica. A todos los efectos se trataría del reflejo evidente de una división social del trabajo por el cual determinados sectores del colectivo estarían dedicados a la producción de un tipo específico de recursos. Un reparto de tareas que, en este caso, no conllevaría una distinción de género en su desempeño, como sí (26) Con la cautela que implica considerar yacimientos con desigual representación de individuos. (27) Lo que, en principio, no tendría que significar la existencia de núcleos poblacionales originados para tal propósito. En esta línea argumentai ha de señalarse que todo apunta a que la división social del trabajo entre los canarios no respondería a un criterio único (el género, por ejemplo), sino que en su definitiva articulación serían partícipes numerosos variables, como así lo demuestra, por ejemplo, el hecho de que un sector de la población (los llamados "nobles") quedara desvinculado del ejercicio directo de la producción. Resulta especialmente complicado dar una explicación definitiva a todos los aspectos comentados, ya que a pesar de contar con la información aportada por la documentación escrita o las evidencias bioantropológicas, son por el momento escasos los datos arqueológicos directos que pueden adicionar nuevos elementos de juicio a las consideraciones vertidas en estas páginas. No obstante, sí resulta evidente que la reconstrucción de los procesos productivos emprendidos por la población prehispánica de Gran Canaria no puede seguir estimándose como una mera respuesta adaptativa a unos supuestos condicionantes "impuestos" por el medio insular. Desde este punto de vista se puede terminar explicando la complejidad de unas normas culturales a partir de una concepción funcionalista de los procesos económicos como estrategias de adaptación a las especificidades del medio, cuya consecuencia más extrema podría ser la propuesta de la coexistencia de varios "modelos económicos" independientes en la prehistoria de esta isla. Evidentemente, los datos arqueológicos, bioantropológicos y documentales descartan tal posibilidad, manifestando, por el contrario, una formación social compleja sustentada por un modelo productivo consolidado, uno de cuyos rasgos más significativos es su diversificación territorial. A pesar de lo controvertido que podrían llegar a ser los planteamientos hechos hasta el momento, sí ha de señalarse, a modo de conclusión, el significativo papel que puede desempeñar el estudio de los restos humanos en este tipo de análisis. Los repertorios bioantropológicos constituyen así una herramienta realmente eficaz para acceder a un conocimiento íntegro y dinámico de las poblaciones del pasado, especialmente de todos aquellos aspectos que condicionaron, de un modo u otro, su existencia. ABREU G ALINDO, J. (1977ALINDO, J. ( [1632]]): Historia de la Conquista de las siete Islas de Canarias. YACIMIENTO Agaete Aldea Crucecitas Cuesta de la Negra TOTAL GLOBAL Indv. afectados/Total indv.
LA EVALUACIÓN DE IMPACTO ARQUEOLÓGICO DE LA RED DE GASIFICACIÓN DE GALICIA: CONSIDERACIONES METODOLÓGICAS Y SÍNTESIS DE RESULTADOS Este artículo tiene como finalidad primordial ofrecer una síntesis valorativa de los trabajos arqueológicos realizados por el Grupo de Localización del área de trabajo. Mapa de la Red de Gasificación de Galicia. Red de Gasificación de Galicia proyectada por ENAGAS y de las otras dos grandes Obras Públicas previstas los años siguientes en el territorio gallego: el Oleoducto Coruña-Vigo proyectado por CLH y las Autovías Benavente-Lugo-Coruña y Benavente-Ourense-Vigo del MOPT. El Departamento de Historia I de la USC y concretamente el Prof. Dr. Felipe Criado Boado asumió este encargo y la dirección del proyecto de Evaluación, constituyéndose al efecto el Grupo de Investigación en Arqueoloxía da Paisaxe (en adelante GIArPa). El desarrollo de los trabajos contó desde un principio con el apoyo fundamental del Centro de Transferencia de Tecnología de la USC, marco institucional que facilitó el contacto entre Empresa y Universidad e hizo posible una relación efectiva entre investigación básica y gestión. Este grupo universitario, partiendo del marco teórico de la Arqueología del Paisaje, diseñó un programa unitario para corregir el impacto arqueológico, rentabilizar en proyectos de investigación la información aportada por las citadas Obras Públicas e integrar las actuaciones arqueológicas de carácter técnico y patrimonial dentro de un proceso de construcción de conocimiento arqueológico. La finalización en 1997 de los trabajos arqueológicos previos a la construcción del Gasoducto dio paso a la situación actual en la que se presentan como prioritarias tanto la difusión y comunicación de los resultados obtenidos (1) como la investigación del ingente registro arqueológico generado por la Fase de Evaluación de Impacto Arqueológico (2). De este modo, este texto se inscribe en una amplia labor de divulgación (Criado etalii, 1997; Amado et alii, 1998; Ayán y Amado, 1999) con la que se pretende alcanzar un balance crítico de la práctica arqueológica desarrollada en el seno del proyecto objeto de estudio. A este respecto cabe señalar, en primer lugar, la doble problemática que conlleva un proyecto de estas características. Por un lado, la construcción de la Red de Gasificación de Galicia requería, desde el punto de vista de una Arqueología Preventiva, unos criterios de acción práctica y unas metodologías de intervención para tratar adecuadamente una problemática nueva tanto en Galicia como a nivel del Estado Español (3). Así pues, desde 1991 se daría un notable proceso de avance metodológico cuyo resultado sería el diseño de una práctica de prospección arqueológica superficial adaptada a las características de los proyectos y la formulación de una estrategia global de Evaluación de Impacto Arqueológico con el objetivo de mitigar la afección del trazado sobre el Patrimonio Arqueológico. Teniendo en cuenta esta circunstancia, consideramos relevante reseñar brevemente dichos procedimientos metodológicos. Por otro lado, el proyecto lleva implícita una compleja problemática como es la necesidad de (1) Hasta el momento carecíamos de un balance global del conjunto de los estudios de evaluación de impacto de la Red de Gasificación, contándose únicamente con un primer avance provisional de los trabajos llevados a cabo hasta 1993 (González et alii, 1995). (2) Por Fase de Evaluación de Impacto Arqueológico entendemos el conjunto de trabajos de evaluación relacionados con la Red de Gasificación de Galicia realizados entre 1991 y 1997. En este sentido cabe señalar que consideramos este período de 1991 a 1997 de una manera convencional para encuadrar el objeto de estudio, pero hay que tener en cuenta que las Evaluaciones de Impacto Arqueológico desarrolladas en 1997 se llevaron a cabo cuando en otros tramos se procedía ya al seguimiento arqueológico de su construcción, por lo que, en este caso, hablamos de fase de Evaluación de Impacto Arqueológico únicamente para facilitar la inteligibilidad del proceso y conferir unidad a la problemática abordada. (3) Existían contados ejemplos de control arqueológico de redes de gasificación en algunos países de Europa Occidental siendo significativos los casos de los gasoductos construidos a principios de la década de 1980 entre Cork y Dublin (Cleary et alii., 1987) y Tydd St. Giles y Mappower en Wessex-Inglaterra (Catherall et alii., 1984) así como el tramo Génova-Recco realizado entre 1988 y 1989 (Maggi, 1992). El único ejemplo de seguimiento de una obra de trazado lineal en el ámbito español es el programa de excavaciones llevado a cabo en el trazado de la autopista A-19, variante de Mataró (Codex, 1992). T.P.,58,n.M,2001 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es Fig. 2. Un ejemplo de modificación de trazado en fase de Evaluación de Impacto Arqueológico: impacto crítico sobre el castro de Cameixa (Boborás, Cúrense). compatibilizar una intervención sobre el Patrimonio (objetivo práctico) con la generación de conocimiento arqueológico nuevo (objetivos cognoscitivos y teóricos). En este sentido, ofrecemos los resultados arqueológicos, metodológicos y patri-moniales de la Fase de Evaluación de Impacto Arqueológico de la Red de Gasificación de Galicia, con la intención de valorar su verdadero alcance y significación. DISEÑO Y APLICACIÓN DE UNA METODOLOGÍA DE EVALUACIÓN DE IMPACTO EN LA RED DE GASIFICACIÓN DE GALICIA: 1991-1997 Desde un principio, la inspección de campo o prospección arqueológica superficial previa al inicio de las obras, llevada a cabo durante la fase de diseño del proyecto definitivo, se presentaba como la estrategia más adecuada para garantizar, en la medida de lo posible, una valoración correcta de las incidencias arqueológicas ocasionadas por los trazados estudiados. Por lo tanto, dicha prospección fue el presupuesto básico de la estrategia de Evaluación y Corrección de Impacto Arqueológico del Gasoducto; no obstante, a pesar de la claridad de estos postulados iniciales, se mantenía la problemática referida a su alcance y naturaleza, cuestión finalmente solventada con la articulación de un programa de actuación (4) que contemplaba, en un primer momento, dos tipos de prácticas prospecdvas adaptadas a los condicionantes y limitaciones impuestos ponel registro arqueológico gallego (5): -Prospección superficial extensiva: catalogación arqueológica a una escala amplia y centrada en la localización de los yacimientos de naturaleza visible o monumental, fundamentalmente, para el caso gallego, túmulos neolíticos, castros de la Edad del Hierro, fortificaciones medievales y sistemas de culdvo pretéritos. Este tipo de trabajo, aunque descubre una mínima parte de los yacimientos afectados, permite, por un lado, evaluar las incidencias arqueológicas de mayor porte y complejidad dentro del marco de la obra proyectada, y por otro, plantear cambios de trazado que, aun siendo de pequeña entidad, contribuyen a solventar problemas arqueológicos importantes. (4) Los métodos de prospección intensiva aplicados fueron ensayados anteriormente en el proyecto arqueológico de estudio de los paisajes prehistóricos de la sierra de O Bocelo y valle del río Furelos (Melide, Toques, A Coruña) (Criado et alii, 1988; Criado, 1989; Criado et alii, 1992). (5) Nos referimos al elevado índice de dispersión y la escasa entidad de los núcleos de poblamiento ya en la Prehistoria gallega, así como a la invisibilidad en superficie de la mayoría de los yacimientos arqueológicos (entre el 65 y el 75 % aproximadamente). -Prospección intensiva: catalogación arqueológica a una escala de detalle, local, y centrada en el descubrimiento de restos arqueológicos de todos los períodos. Esta estrategia permite localizar un número importante de los yacimientos existentes y realizar estimaciones fiables sobre las zonas en las que potencialmente pueden localizarse otros no visibles. De este modo se completan los datos ofrecidos por la actuación extensiva anterior y, por otro lado, se contrastan en la práctica unos modelos predictivos para su localización que permiten evaluar de manera preliminar los imprevistos de naturaleza arqueológica surgidos durante la acción de las máquinas. Estas dos variantes evidenciarían en los primeros estudios de Evaluación de Impacto Arqueológi-co de 1991 y 1992 la necesidad de considerar una metodología de prospección que se amoldase a las características de una obra de trazado lineal como el Gasoducto. Este sería el punto de partida para la formulación de un nueva modalidad dentro de la práctica prospectiva, definida como Prospección Intensiva Selectiva y que se convertiría en el instrumento básico y fundamental de los trabajos arqueológicos de carácter preventivo desarrollados por el GIArPa hasta 1997. El sistema así denominado consistía fundamentalmente (Méndez et alii, 1995: 294) en una prospección de carácter extensivo de la totalidad del terreno, completada con la selección de determinadas zonas del trazado donde la prospección sería intensiva. Con esta estrategia se esperaba alcanzar un triple objetivo: a) identificar la mayor parte del registro arqueológico visible; b) localizar una muestra significativa dtyacimientos invisibles, para así poder contar con una información lo más exhaustiva posible, y c) agilizar el trabajo arqueológico y minimizar el coste del mismo. El carácter preliminar de estas tareas de prospección constituye, a su vez, un factor prioritario en esta Fase de Evaluación de Impacto Arqueológico, ya que la introducción de las variaciones necesarias en un trazado con anterioridad a la elaboración del proyecto definitivo permite una mejor y más completa corrección de su afección sobre el Patrimonio Arqueológico. Este hecho lo ejemplifica perfectamente la comparación entre la prospección llevada a cabo en la Red de Gasificación con la del Oleoducto. En la Evaluación de Impacto Arqueológico de éste último (Méndtz etalii, 1995) la prospección se realizó cuando el proyecto de detalle ya estaba finalizado, lo que hizo especialmente compleja la introducción de modificaciones en el proyecto de trazado. Por el contrario, en el caso del Gasoducto, al encontrarse los tramos en fase de elaboración del proyecto de detalle se pudieron introducir variaciones en el trazado con mucha facilidad, evitándose así la destrucción de yacimientos arqueológicos de gran porte. Este impacto crítico no sería subsanable de no ser por la flexibilidad que ofrece esta dinámica de trabajo, definida por la colaboración mantenida entre los equipos de GIArPa y las Empresas de Ingeniería que diseñaron los proyectos de trazado. Los trabajos de campo se iniciaban cuando la Empresa contratante aportaba un proyecto de trazado sobre una cartografía de detalle escala 1:5000 y, generalmente, después de que ese trazado hubiese sido marcado en el campo. Todo ello facilitaba a los equipos prospectar la traza proyectada, así como la identificación, inventariado y delimitación de los bienes arqueológicos situados en su ámbito de afección. Cuando se identificaron impactos de carácter crítico, se propuso la modificación del trazado. Las alternativas eran estudiadas por parte de la ingeniería y consensuadas con el Equipo Arqueológico valorando la efectividad de la nueva propuesta. En algunas ocasiones fueron necesarias reuniones específicas para estudiar y adoptar una solución que, en última instancia, debió siempre ser sancionada por la Dirección Xeral do Patrimonio Cultural. Esta dinámica de colaboración, impuesta por el propio planteamiento y desarrollo de las obras de Gasificación, requería estructurar el trabajo arqueológico de acuerdo con una secuencia operativa a la que se debían amoldar tanto las actuaciones arqueológicas como los informes generados por las mismas. En un primer momento ( 1991 ) la Evaluación de Impacto Arqueológico contemplaba cinco fases sucesivas en las que se combinaba tanto el trabajo de gabinete como el de campo: Elaboración y redacción del proyecto arqueológico, así como planteamiento del trabajo de campo a partir del análisis de toda la documentación disponible sobre la zona afectada por el trazado: información arqueológica, cartografía de detalle facilitada por la Empresa, fotografía área y datos toponímicos. Este trabajo permitía elaborar una hipótesis de partida para la localización de yacimientos arqueológicos. Con toda esta información se procedía a una primera inspección del terreno con un doble objetivo: por un lado, estudiar en profundidad el marco geográfico por el que discurre la conducción del gas, y, por otro lado, localizar los yacimientos de mayor envergadura previsiblemente afectados por el trazado. Las incidencias arqueológicas registradas se recogían en unAvance de Informe, que se remitía a la Empresa de Ingeniería encargada del diseño del proyecto de detalle. De este modo, antes de tramitar la expropiación temporal de los terrenos, se podrían realizar los cambios necesarios en el trazado. Una vez definido el primer proyecto de detalle se lleva a cabo una prospección extensiva de la totalidad del trazado y una de carácter intensivo en aquellas zonas donde, de acuerdo con los modelos predictivos e hipótesis propuestas, era probable la aparición de restos de naturaleza arqueológica. Zona o Banda de afección: sobre la que la obra actuará de forma directa (terrenos a desmantelar, tráfico de maquinaria, obras auxiliares, zonas de expropiación permanente) más los terrenos de su entorno en un radio de 50 m, diferenciándose a su vez otras dos bandas: a) una de O a 18 m a cada lado del trazado, englobando la superficie afectada de forma directa por la construcción. La práctica prospectiva planteada es fundamentalmente de carácter intensivo; b) banda que abarca desde los 18 m a los 50 m de distancia al trazado donde el trabajo arqueológico combina una prospección extensiva de toda la supeiücie y otra intensiva en zonas seleccionadas en función de las pautas y regularidades marcadas por el registro arqueológico gallego. Zona o Banda de incidencia: área indirectamente afectada por el acceso de maquinaria, entre los 50 y los 200 m medidos a partir del límite exterior de la pista de obra; aquí generalmente la inspección es extensiva. Zona o Banda de maestreo: a partir de los 200 m. Su consideración deriva de cuatro razones fundamentales: una legal, ya citada; otra metodológica, como es completar la evaluación del Patrimonio Arqueológico afectado por las dos bandas anteriores. Otros motivos se relacionan directamente con la propia línea de investigación seguida, como la necesidad prioritaria de integrar los yacimientos documentados en la prospección dentro de su marco arqueogeográfico. Finalmente el objetivo es disponer de información del entorno para estudiar las posibles opciones en el caso de que fuese necesario variar el trazado. Esta filosofía de actuación permitió desarrollar un sistema organizativo válido para adecuar las distintas variables que confluyen determinantemente en un trabajo de Evaluación de Impacto Arqueológico de esta naturaleza: a) alcance, grado e intensidad de los trabajos de prospección superficial; b) características técnicas de la Obra; c) impacto arqueológico de la misma y d) comunicación y presentación de resultados. La principal aportación de esta reformulación metodológica fue una mejor contextualización del registro arqueológico documentado, lo que redujo parcialmente la incorrección anterior debida al tratamiento de unos datos en buena medida sesgados por la restricción del marco de actuación a las proximidades del trazado. Sin embargo, aún así, se mantendrían algunas de las carencias más significativas del programa de trabajo inicialmente diseñado, tales como la falta de una tabla tipológica de impac-tos o la necesidad urgente de desarrollar una estrategia de corrección más flexible y acorde con las exigencias de la obra. Esta doble problemática actuó como un incentivo crucial para un nuevo replanteamiento metodológico, materializado en los estudios de impacto realizados entre 1995 y 1997, que se puede considerar como el avance más significativo dentro del proceso de desarrollo y definición de una metodología específica de Evaluación de Impacto Arqueológico. Esta reorientación consistió, fundamentalmente, en una aproximación de carácter interdisciplinar hacia un ámbito de estudio, en principio, aparentemente alejado de la Arqueología tradicional, como son los modelos metodológicos de Evaluación de Impacto Ambiental propuestos en los últimos años (Suárez Cardona, 1989; Gómez Orea, 1994; Conesa, 1995) a raíz del establecimiento de una legislación reguladora (7) sobre la materia a mediados de los 80. La marcada similitud existente entre los campos de actuación y estudio de la Evaluación de Impacto Ambiental y de la Evaluación de Impacto Arqueológico (8) haría especialmente factible un productivo acercamiento interdisciplinar. De este modo, el incipiente desarrollo en la década de 1980 de los estudios de Evaluación de Impacto Ambiental, les situaba como modelo a seguir por una práctica arqueológica preventiva todavía en ciernes, y carente de una metodología específica para abordar las nuevas problemáticas planteadas. La estrategia de Evaluación y Corrección de Impacto desarrollada por el GIArPa desde 1995 se benefició directamente de estas aportaciones a la hora de configurar un modelo de evaluación específico aplicable a la problemática arqueológica. Sin embargo, es importante destacar que este acercamiento no consistió en una simple transposición de presupuestos de una disciplina a otra, sino que todo ello conllevó un notable esfuerzo metodológico de adaptación a las necesidades de la Evaluación de Impacto Arqueológico. (8) Su objetivo es responder adecuadamente a las demandas impuestas por un contexto común en el que convergen una mayor concienciación social en materia de protección y conservación del Medio Ambiente y del Patrimonio Cultural, la promulgación de una normativa legal reguladora de las actuaciones de carácter preventivo (ver nota 7), o el fomento institucional de una política medioambiental y patrimonial no sólo centrada en la protección sino también en la revalorización y rentabilización de esos bienes. tro los aspectos integrados en el programa de evaluación propuesto por el GIArPa: Conceptualización: las dos nociones básicas de la Evaluación de Impacto Arqueológico adoptan el marco propuesto por los modelos de Evaluación de Impacto Ambiental: -Impacto arqueológico: definido como toda alteración o agresión concreta que un proyecto presenta sobre los elementos que conforman el Patrimonio Arqueológico como componente específico del Medio Ambiente. -Evaluación de impacto arqueológico: proceso de análisis por el que se identifica (relaciones causa-efecto), predice (cuantifica), valora (interpreta), previene (corrige de forma preventiva) y comunica (participación pública) el impacto arqueológico de un proyecto en el caso de que se ejecute. Secuencia operativa: la consideración del trabajo de Evaluación de Impacto Arqueológico como un proceso constituido por diversas fases sucesivas de actuación (análisis de proyecto, valoración de inventario, evaluación de impacto y propuesta de medidas correctoras) se inspira directamente en los estudios de Evaluación de Impacto Ambiental. Tipología de impactos: Esta aportación fundamental del modelo de Evaluación de Impacto Ambiental permitió solventar definitivamente una de las principales carencias de las que adolecían los estudios de Evaluación de Impacto Arqueológico del Gasoducto desarrollados entre 1991-1995. Se adoptó la clasificación y denominaciones de impactos recogidas en la normativa legal (9) y estudios de gestión ambiental, aunque la asignación de cada uno de los tipos de impacto a los yacimientos documentados se haría en función de su distancia al trazado y su situación dentro de las bandas de trabajo: a) Impacto crítico: aplicado a los elementos arqueológicos situados en la franja de explanación o remoción de tierras, hasta los 20 m de distancia. Estos elementos serán destruidos o gravemente alterados por las obras. b) Impacto severo: para los elementos situados entre los 20 y 50 m, donde se pueden producir incidencias como resultado de la actuación de los diversos agentes y acciones de la obra (paso de maquinaria, construcciones auxiliares, etc.). (9) Se emplearía por primera vez en los trabajos de EIArq de las autovías del MOPT (Méndez et alii, 1995: 30) y en el estudio de EIArq de la Red de distribución de Ourense realizado a finales de 1993, respectivamente. c) Impacto moderado: para los elementos situados entre los 50 y los 150 m, previsiblemente dañados por imprevistos técnicos o alteraciones accidentales. d) Impacto compatible: para los restos localizados entre los 150 y 200 m, que pueden verse accidentalmente dañados y en todo caso afectado su entorno. e) Finalmente se considera la opción no afecta para aquellos elementos localizados fuera de la banda de 200 m durante el transcurso de los trabajos e incluidos dentro del inventario. Noción de medidas correctoras: el desarrollo de un programa de vigilancia ambiental basado en la articulación de todo un conjunto de medidas de corrección claramente definidas serviría de punto de partida para la formulación de una estrategia de corrección de impacto arqueológico que superase la imprecisión y escaso alcance de las propuestas de actuación consideradas en los primeros estudios de Evaluación dé Impacto Arqueológico. En este sentido se definieron una serie de medidas correctoras diseñadas con el fin de mitigar y minimizar en la medida de lo posible el impacto previsto en fase de evaluación. Aunque estas medidas se aplican de forma flexible a cada caso concreto en función de la evaluación de cada elemento, se diferenciarían fundamentalmente dos modalidades o tipos: a) Cautelas efectivas: referidas a yacimientos ya localizados o al entorno de los mismos, implican una serie de medidas de protección generalmente establecidas por vía administrativa, mediante las cuales se prohibe el movimiento de tierras y/o el tránsito de maquinaria hasta que se ejecuten las medidas correctoras o compensatorias para paliar el impacto. b) Cautelas preventivas: dirigidas principalmente a los arqueólogos encargados del seguimiento de las obras. Este tipo de propuestas toman forma ante impactos hipotéticos, definidos con base en los estudios espaciales y patrones de emplazamiento, delimitando áreas de riesgo en aquellas zonas en las que es altamente probable la localización de yacimientos o restos arqueológicos. La introducción de todos estos criterios permitiría la puesta a punto de una estrategia de Evaluación de Impacto con una metodología bien definida que, si bien constituye el punto de llegada provisional de todo el proceso de desarrollo experimentado durante la Fase de Evaluación de Impacto Arqueológico, fue el resultado provisional de una línea de investigación promovida por el GIArPa que sigue profundi- zando actualmente en la sistematización de herramientas y estrategias de trabajo que faciliten la resolución, desde la disciplina arqueológica, de la problemática patrimonial presentada por los proyectos de construcción de Obras Públicas. A pesar de que la problemática planteada difiere en enorme medida de la del Gasoducto, la experiencia aportada por estos estudios permitió comprobar su efectividad y resultados, marcando las directrices básicas a seguir en la Evaluación de Impacto Arqueológico de los tramos de la Red de Gasificación prospectados en 1997. En estos últimos trabajos, la Evaluación de Impacto Arqueológico aparece definida como una práctica arqueológica específica inserta en un programa de gestión integral del Patrimonio articulado a la manera de una cadena valor ativa. Este programa parte de una propuesta teórica (Criado 1996a, b, c) que aboga por una reconversión de la Arqueología en tecnología, en disciplina de gestión del Patrimonio Arqueológico y práctica valorativa, como medio para unificar la práctica arqueológica y superar la contraposición entre gestión e investigación vigente en la actualidad. En este contexto la evaluación ya no se reduce a una intervención de carácter técnico sobre el Patrimonio, sino que amplía su función y sentido práctico, siendo concebida como un instrumento básico para llevar a cabo la valoración arqueológica y patrimonial de los bienes culturales afectados. LA EVALUACIÓN DE IMPACTO COMO PRÁCTICA PREVENTIVA RENTABLE PARA LA PROTECCIÓN DEL PATRIMONIO ARQUEOLÓGICO Los trabajos previos, basados en prospecciones superficiales de los trazados proyectados, resultaron especialmente efectivos a la hora de registrar, evaluar y mitigar su impacto arqueológico. Se identificaron un total de 159 impactos, lo que significa que, sin el control arqueológico de las obras proyectadas, el 62 % de los yacimientos documentados habrían sufrido un impacto de carácter irreversible. Asimismo cabe destacar que una obra de estas características, debido a la notable dispersión del poblamiento gallego ya desde la Prehistoria, ocasionaría efectos muy considerables sobre el Patrimonio de no haber mediado el correspondiente programa de Evaluación y Corrección de Impacto. Dicho programa contempló, por un lado, la adopción de ocho tipos de medidas correctoras aplicadas en función de la especificidad de cada uno de los 159 casos concretos y, por otro lado, el establecimiento de 74 áreas de cautela arqueológica a considerar durante la fase de construcción de la obra. En este sentido, el logro más rentable (tanto desde el punto de vista económico como patrimonial) de los trabajos de evaluación previos a la construcción de la obra fue evitar la destrucción total o parcial de 38 yacimientos arqueológicos de naturaleza visible y monumental mediante la modificación de trazado y/o el cambio de sentido de la pista de obra. Estos yacimientos eran sobre todo castros y tiímulos megalíticos, lo que supone que las afecciones más graves sobre el Patrimonio Arqueológico fueron evitadas durante la fase de diseño de los trazados. Además los trabajos de Evaluación de Impacto Arqueológico permitieron subsanar en mayor o menor grado otros 50 impactos directos (11 críticos y 39 severos). El gran número de incidencias arqueológicas solventadas y los yacimientos arqueológicos preservados avalan la efectividad y necesi- Tab. Síntesis de la Evaluación de Impacto Arqueológico de la Red de Gasificación de Galicia. Se indica el tramo estudiado, el código de proyecto, la empresa de ingeniería contratante, la longitud del tramo, el número de yacimientos registrados en cada una de las bandas de prospección, el número de desvíos de trazado y medidas correctoras adoptadas en cada tramo. dad de ejecución de la Evaluación de Impacto Arqueológico en obra de construcción. LA EVALUACIÓN DE IMPACTO COMO PRÁCTICA GENERADORA DE CONOCIMIENTO ARQUEOLÓGICO La prospección superficial supuso no sólo el descubrimiento de nuevos yacimientos sino también la contextualización espacial y estudio de aquellos ya catalogados con anterioridad situados en el área de afección del trazado. En el momento del diseño y proyección de la red de gasoductos durante la fase de Evaluación de Impacto Arqueológico se han documentado208 yacimientos arqueológicos, 26 estructuras de carácter etnográfico y 20 elementos del Patrimonio Histórico-Artístico, en su mayor parte de época medieval. Del total de 254 elementos considerados en el inventario, 159 se verían afectados por las obras. El registro arqueológico generado, con el descubrimiento de puntos y yacimientos de carácter inédito, nos da una primera idea de la importancia y del alcance de estos trabajos de evaluación. Así mismo, su documentación en la banda de 200 m permitiría contextualizar la información generada a po^*teriori durante la fase de seguimiento y control a pie de obra. No obstante, el valor arqueológico y de investigación de los estudios de impacto no se reduce al mero ámbito de la catalogación o inventario de los yacimientos arqueológicos ubicados en las áreas atravesadas por el trazado. La verdadera rentabilidad en términos de investigación del control arqueológico del Gasoducto viene dada, fundamentalmente por el hecho de ofrecer una oportunidad única de obtención de información contextualizada sobre zonas, yacimientos y períodos arqueológicos prácticamente desconocidos hasta la actualidad. En líneas generales, los datos aportados por la prospección establecen las bases adecuadas para el desarrollo de diversos trabajos de investigación centrados en diferentes problemáticas hasta el momento apenas tratadas por la Arqueología gallega (10). El muestreo sistemático y la información registrada bajo un criterio unitario durante los trabajos servirían de punto de partida para estudiar los diferentes patrones de distribución de los asentamientos prehistóricos, las condiciones de emplazamiento así como la evolución del poblamiento a lo largo de la Historia en diversas zonas de Galicia (11). El descubrimiento de algunos asentamientos al aire libre que abarcan desde el Epipaleolítico al Neolítico Final y la Edad del Bronce, clarifica aspectos inéditos de la Prehistoria Reciente gallega como es el uso del suelo o el modelo de poblamiento vigente en dichos períodos culturales, prácticamente desconocidos en el ámbito de la investigación arqueológica del Noroeste (Lima y Prieto, 1999; Méndez, 1994;1998). Por otro lado, el trazado del Gasoducto ha jugado un papel importante en el avance y renovación de la investigación sobre temáticas que gozan de una mayor tradición en la Arqueología gallega, como la distribución de necrópolis megalíticas (Villoch, 1995; Parcero, 1998; Criado, 1999), el emplazamiento y análisis formal de los petroglifos (Santos, 1998; Santos y Criado, 1998) o la cultura material cerámica (12) pre y protohistórica (Cobas etaliU 1998; Cobas y Prieto, 1999). También se abren nuevas expectativas de investigación en la Edad del Hierro. Se ha identificado un número significativo de poblados fortificados que se verían afectados por las obras de manera más o menos directa en su perímetro externo. Esta circunstancia hace viable el registro de valiosa información referida a la probable existencia de estructuras agrícolas, terrazas y campos de cultivo exteriores asociados a los yacimientos cástrenos (Criado y Parcero, 1996; Parcero, 1997Parcero,,1999)). Finalmente la prospección superficial ha permitido establecer las bases para una delimitación y definición de áreas de interés arqueológico, etnográfico e histórico. Los datos recogidos ofrecen enormes posibilidades para iniciar una línea de investigación enArqueología del paisaje rural tradicional gallego, ya que el Gasoducto atraviesa toda la variedad de paisajes agrarios de Galicia, de ahí que la información recogida en prospección referente a sistemas de cultivo, ocupación del espacio tradicional, red de caminos, parcelación, sistemas hidráulicos, etc.. presentes en las zonas de estudio, sirva como fuente primaria inestimable para desarrollar trabajos de investigación en esa línea a una escala macroespacial (13). En líneas generales, creemos que la Evaluación de Impacto Arqueológico de una Obra Pública de las características de la Red de Gasificación de Galicia, realizada bajo los parámetros de una línea de investigación enArqueología del Paisaje, ha permitido, mediante su incidencia sobre yacimientos, estructuras y puntos arqueológicos, incrementar nuestro conocimiento sobre el registro arqueológico gallego a partir de la información obtenida, y movilizar el peligro de destrucción y afección sobre el Patrimonio como fuerza generadora de conocimiento arqueológico sobre temáticas inéditas. CONSECUENCIAS METODOLÓGICAS Y ORGANIZATIVAS DE LA FASE DE EVALUACIÓN DE IMPACTO (10) Algunos de estos resultados están siendo publicados en las series TAPA (Trabajos en Arqueología del Paisaje) y CAPA (Criterios y Convenciones en Arqueología del Paisaje), autoeditadas por nuestro grupo de investigación. (11) Este estudio, actualmente en curso, desarrolla el modelo establecido por X. Amado en su Tesis de Licenciatura {Análise da distribución diferencial de xacenientos arqiieolóxicos en Caliza desde unha escala de síntese, leída en la USC en noviembre de 1995) a partir del registro arqueológico generado por la construcción del Oleoducto Coruña-Vigo. (12) El registro empírico aportado por la Red de Gasificación ha servido de base para la tesis doctoral de la investigadora de La configuración de metodologías de evaluación y criterios de corrección del Impacto Arqueológi-GIArPa Pilar Prieto: Forma, estilo y contexto en la cultura material de la Edad del Bronce gallega: cerámica campaniforme y cerámica no decorada, leída en la USC en abril de 1998. (13) Esta temática está siendo estudiada desde una perspectiva etnoarqueológica por nuestra compañera Paula Ballesteros. Un primer avance de su investigación aparecerá próximamente publicado en un volumen de la serie TAPA {Contribución a una Arqueología Rural de Calida). CO se presenta como la principal aportación del proyecto de la Evaluación de Impacto Arqueológico del Gasoducto gallego. El vacío metodológico existente a nivel del Estado Español en lo tocante a esta problemática, si bien en un principio constituyó un enorme condicionante, a largo plazo actuaría como un incentivo fundamental para el desarrollo de una metodología específica de Evaluación de Impacto Arqueológico. Aunque este modelo metodológico comenzó a ser formulado durante la construcción del Oleoducto de CLH Coruña-Vigo (Méndez et alii, 1995; Criado et alii, 1995) y el control arqueológico de los primeros tramos de las Autovías (Méndez et alii, 1995), sería a lo largo de los trabajos de Evaluación de Impacto Arqueológico de la Red de Gasificación de Galicia entre 1991 y 1997 donde se constata el proceso de planteamiento y desarrollo de esta nueva metodología, un proceso que se puede definir como el paso de la improvisación, en sentido estricto, a la configuración de un programa de gestión integral del Patrimonio Arqueológico. Así pues, en un primer momento se aprecia una concepción hasta cierto punto preteórica de la Evaluación de Impacto Arqueológico: los estudios de impacto se reducían a la localización de restos arqueológicos y a la identificación de destrucciones o afecciones directas del trazado sobre dichos elementos, se carecía de criterios objetivos para definir los impactos detectados y proponer medidas de corrección para cada caso concreto, etc.. La realización de los primeros trabajos de evaluación entre 1991 y 1993 evidenció claramente estas carencias, lo que conllevaría el diseño de un sistema de trabajo y una metodología rigurosa de evaluación adaptada a la problemática presentada por una obra de trazado lineal de las características del Gasoducto. Las actuaciones llevadas a cabo en 1995 y 1997 plasmarían ya esta nueva reorientación metodológica en la que la Evaluación de Impacto Arqueológico es concebida como una práctica teórico-práctica especializada dentro del ámbito de la Arqueología aplicada, con unos presupuestos teórico-metodológicos, unos criterios y convenciones propias que permiten intervenir de manera productiva, efectiva y ágil en la evaluación y corrección del impacto arqueológico sobre el Patrimonio Cultural. Por consiguiente, el esfuerzo metodológico realizado por el GIArPa en los últimos ocho años ha conllevado la génesis y desarrollo de una metodología precisa para trabajar en Evaluación de Impacto Arqueológico como un campo específico dentro de una actividad arqueológica adaptada a las exigencias patrimoniales planteadas por Obras Públicas como el Gasoducto. En este sentido, la fase de Evaluación de Impacto Arqueológico de la Red de Gasificación de Galicia ha permitido constatar dos hechos importantes desde el punto de vista metodológico: Por un lado, la experiencia aportada por los trabajos de Evaluación de Impacto Arqueológico pone de manifiesto que la máxima rentabilidad en términos de protección del Patrimonio y prevención de Impacto se alcanza si la Evaluación se incorpora en el proceso de toma de decisiones con anterioridad al inicio de la construcción. Este tipo de actuaciones preliminares permite reducir en diverso grado el impacto arqueológico de una obra, pero no una plena efectividad. Esta limitación viene dada, fundamentalmente, por tratarse de trabajos arqueológicos de carácter superficial, lo que le resta eficacia teniendo en cuenta la invisibilidad de la mayor parte del registro arqueológico. En definitiva, la experiencia aportada por los trabajos relacionados con la Red de Gasificación demuestra la necesidad de establecer como medida imprescindible de corrección la realización de un Seguimiento Arqueológico directo y continuado del proyecto en la fase de remoción de tierras para atenuar de manera efectiva el impacto real sobre el Patrimonio Arqueológico de este tipo de Obras. En otro orden de cosas, el proyecto actuó como marco global para la adaptación de la prospección arqueológica superficial a las exigencias y condicionantes impuestos por las grandes Obras Públicas de trazado lineal, dando lugar a una nueva herramienta de trabajo, a una práctica prospectiva específica que cubriese esa carencia dentro del marco de la Arqueología Preventiva: la Prospección Intensiva Selectiva, práctica generadora de conocimiento en sí misma y altamente rentable. A su vez, los trabajos de prospección han puesto de manifiesto la viabilidad de un programa de intervención sobre el Patrimonio basado en la aplicación de estrategias propias de lo que se ha denominado una. Arqueología Blanda (Criado, 1995: 256-257) con el objetivo de generar conocimiento arqueológico en el marco de actuaciones de carácter patrimonial. De este modo, se constata que la rentabilidad y efectividad de este tipo de actuaciones se alcanza partiendo, por un lado, de una asunción de los condicionantes impuestos por la obra en cuesdón y, por otro lado, de un esfuerzo de adaptación de la disciplina arqueológica, desarrollando instrumentos metodológicos prácticos que respondan a las exigencias planteadas por la problemática abordada. Otra notable consecuencia práctica de orden metodológico ha sido la aplicación en labores de evaluación de impacto de modelos prédictives de localización de yacimientos (basados en el análisis de la configuración geográfica de la zona afectada, las condiciones de emplazamiento de los yacimientos y la documentación arqueológica existente) diseñados para anteriores proyectos de investigación en Arqueología del Paisaje. A este respecto el desarrollo de los estudios de Evaluación de Impacto Arqueológico conllevaría un perfeccionamiento de estos sistemas predictivos, permitiendo realizar estimaciones viables de forma ágil sobre la existencia de yacimientos arqueológicos en zonas afectadas por el trazado de la red de Gasificación; así mismo, estas previsiones orientarían y simplificarían el desarrollo de las estrategias de prospección, con lo que ello supone para una minimización de los costes implicados en la resolución de imprevistos de naturaleza arqueológica y una maximización del trabajo y del conocimiento generado por una actuación de este tipo y características. Por otro lado, se ha visto que el futuro de la Arqueología, el éxito de su reconversión y adaptación a las exigencias planteadas por la protección e intervención sobre el Patrimonio Cultural, pasa, en cierta medida, por una necesaria aproximación interdisciplinar que permita la incorporación efectiva de metodologías y recursos tecnológicos desarrollados en otras especialidades. Con esto no queremos decir que la Arqueología haya tenido que renunciar a un desarrollo metodológico autónomo, ni mucho menos, sino que la adopción y adaptación de metodologías de actuación procedentes de otros campos de investigación orientadas a problemas prácticos contribuyen de manera significativa y facilitan dicho desarrollo. Así pues, el caso concreto analizado en nuestro trabajo, esto es, el acercamiento desde la Arqueología al ámbito de estudio de la Gestión Ambiental y la Evaluación de Impacto Ambiental, creemos que constituye un buen ejemplo de esta necesaria apertura y colaboración de la disciplina arqueológica con el objetivo de cubrir determinados vacíos de orden metodológico presentes en la investigación aplicada hasta hace muy poco, como era la ausencia de una metodología específica de Evaluación de Impacto Arqueológico. En este sentido hemos constatado cómo la incorporación de procedimien-tos metodológicos específicos de la Evaluación de Impacto Ambiental no constituyó un mero trasvase mecánico, sino que marcó la pauta e incentivó todo un esfuerzo de desarrollo metodológico muy beneficioso en aras del avance de la teoría y la práctica arqueológicas. Finalmente cabe destacar el papel jugado por la legislación vigente en Galicia en materia de protección del Patrimonio Cultural como un incentivo crucial para la formulación de metodologías específicas de Evaluación y Corrección de Impacto Arqueológico. En este sentido la normativa legal establecida no actuó como mero marco condicionante de la práctica arqueológica, sino que contribuyó de manera determinante al avance metodológico experimentado desde 1991 y a la aplicación, en este caso al menos, de una política preventiva eficaz ( 14). De este modo, aspectos recogidos en dicha normativa como la obligatoriedad de realizar estudios valorativos del riesgo de afección de proyectos de obra sobre yacimientos arqueológicos o la ampliación del concepto de Patrimonio (abarcando desde elementos del Patrimonio Histórico y Etnográfico hasta el conjunto del paisaje como entorno construido culturalmente), potenciarían así el desarrollo, rentabilidad, efectividad y perspectivas de las actuaciones insertas en el ámbito de una Arqueología preventiva, como es el caso de los trabajos realizados en la fase de Evaluación de Impacto Arqueológico de la Red de Gasificación de Galicia. En lo referente al plano organizativo, la práctica arqueológica desarrollada entre 1991 y 1997 generó una metodología que se adecúa al principal problema práctico generado por este tipo de proyectos, es decir, la unificación de criterios de las diferentes instancias implicadas en la Obra: la Administración del Patrimonio Arqueológico, el equipo de arqueólogos y las empresas de ingeniería contratantes. Todo este trabajo ha sido un ejemplo positivo de incorporación de la Arqueología a un proyecto de obra pública y de colaboración entre la Empresa y la Universidad en aras de la protección del Patrimonio Arqueológico. Para ello fue necesario, no sólo, poner a punto metodologías de evaluación y criterios de corrección del Impacto Arqueológico, sino también establecer y consolidar una.cultura de relación entre los arqueólogos y las empresas de ingeniería que, después de su inicial recelo hacia la Arqueología, crease una interacción basada en la confianza mutua y en la certeza de que las respectivas posiciones atendían a una orientación positiva cuyo fin último era beneficiar al proyecto reduciendo sus costes y haciéndolo viable. Esta tradición de colaboración, afianzada después de seis años de interrelación, constituye una de los principales bases para el trabajo arqueológico en obras públicas y podemos suponer que esta experiencia habrá servido así mismo a las empresas para familiarizarse con la problemática arqueológica y con sus formas de solución. El planteamiento del trabajo arqueológico siguiendo un criterio homogéneo y el tratamiento uniforme de la información han permitido a su vez evaluar globalmente el impacto arqueológico de todos los proyectos que integran la Red de Gasificación de Galicia. Este método no sólo beneficia una correcta protección y gestión del Patrimonio Arqueológico afectado por las obras sino que contribuye a integrar todos los resultados generados por los trabajos de Evaluación de Impacto Arqueológico. El panorama que presenta la disciplina arqueológica en la actualidad en el Estado Español se define fundamentalmente por el divorcio (15) existente entre la práctica investigadora (Arqueología de Investigación) y la nueva orientación patrimonial (Arqueología de Gestión) surgida en las últimas décadas como consecuencia del desarrollo de políticas de Protección y Gestión del Patrimonio. La ausencia de propuestas globales que intentasen rentabilizar este carácter bidimensional de la Arqueología ha permitido que el distanciamiento entre estas dos facetas desemboque muchas veces en un verdadero conflicto dentro del ámbito profesional y académico. Creemos que esta situación ha sido propiciada por la percepción de ambas como dos actividades antagónicas, partiendo del presupuesto de que responden a objetivos, estrategias metodológicas y problemáticas radicalmente distintas: mientras la denominada Arqueología de Investigación encarnaba la verdadera esencia y razón de ser de la disciplina, la.Arqueología de Gestión era considerada como una mera técnica al servicio de los intereses del mercado. De este modo, hemos visto cómo a lo largo de la última década se ha puesto en entredicho, de manera sistemática por parte de un amplio sector de la investigación, la rentabilidad y capacidad para generar conocimiento arqueológico de proyectos centrados en la protección del Patrimonio. El análisis global de los resultados obtenidos pone de manifiesto que la Evaluación de Impacto Arqueológico de la Red de Gasificación gallega no sólo constituye una contribución de primera magnitud a la protección y defensa del Patrimonio Cultural de Galicia, sino también un ejemplo de proyecto en el que se ha sabido conciliar la orientación esencialmente patrimonial del mismo con las exigencias propias de un programa de investigación. Hemos visto cómo la fase de Evaluación de Impacto Arqueológico ha desarrollado el estudio e interpretación del registro arqueológico documentado en la prospección superficial ( 16), así como una investigación aplicada orientada a la sistematización de metodologías y estrategias organizativas específicas para abordar la problemática impuesta por la gestión del Patrimonio Arqueológico. Esta rentabilización se alcanza adoptando una actitud que, sin justificar nunca una agresión patrimonial, se plantee como objetivo inmediato la formulación de una Arqueología que compense ese impacto, a veces inevitable, con la generación de conocimiento. Por otro lado, el desarrollo de proyectos de intervención sobre el Patrimonio Arqueológico desde el ámbito universitario, como es el caso que nos ocupa, ha actuado como un incentivo crucial para la potenciación de la investigación arqueológica aplicada en la década de 1990 en nuestro país. Hay que tener en cuenta que durante los años 80 el control arqueológico de Obras Públicas era prácticamente inexistente, ya que se limitaba, en el mejor de los casos, a registrar en un informe los elementos arqueológicos destruidos por la obra de turno cuya afección directa sobre el Patrimonio era poco menos que considerada como inevitable. De una Arqueología de Urgencia en ciernes, centrada en la consideración de los yacimientos de naturaleza visible y monumental catalogados en el área atravesada por el trazado, se ha pasado, por lo tanto, a estrategias globales y metodologías espe-(15) Un buen análisis de este proceso de distanciamiento puede verse en Criado (1996a) y Ruiz et alii (1999). (16) Dicho registro nutre diversos trabajos de investigación básica actualmente en curso y ha servido, como se ha dicho anteriormente, de punto de partida para la realización de varías memorias de licenciatura y trabajos de investigación de Tercer Ciclo leídos en la Universidade de Santiago de Compostela. 17), se debe en gran medida a la experiencia aportada por los trabajos de Evaluación de Impacto Arqueológico llevados a cabo por el GIArPa desde 1991, facilitados en gran medida por la legislación autonómica en materia de Protección del Patrimonio. Como valoración final, cabe destacar que los trabajos de Evaluación de Impacto Arqueológico de la Red de Gasificación realizados entre 1991 y 1997, además de suponer un salto cualitativo en la consolidación de una Arqueología Preventiva en Galicia, así como un avance sustancial en la evaluación y minimización del efecto de este tipo de obras sobre los recursos culturales, sirven de punto de partida para valorar los bienes afectados, rentabilizar la información obtenida y profundizar en el conocimiento sobre el pasado de nuestro país. Archaeological excavations on the Cork-Dublin Gas (17) Como ya hemos indicado, el proyecto de Control Arqueológico de Obras Públicas realizado por GIArPa fue el primero de estas características en el Estado Español. Actualmente se están empezando a conocer diferentes programas arqueológicos de evaluación y seguimiento de obras públicas, véanse por ejemplo los trabajos presentados en el XXV Congreso Nacional de Arqueología celebrado en 1999 en Valencia, agrupados en un bloque temático específico {Arqueología de Seguimiento) que nos indica la importancia que ha alcanzado esta práctica arqueológica en la actualidad (Ruiz et alii, 1999; Miret y Miro, 1999; Moreno y Bueno, 1999). COBAS FERNÁNDEZ, L; CRIADO BOADO, F. y PRIETO MARTÍNEZ, M.T. (1998): "Espacios del estilo: formas de la cultura material cerámica Prehistórica y Protohistórica en Galicia.''.
Las dudas manifiestas en las diversas referencias bibliográficas en tomo a la cronología del motivo pintado existente en el Portalón de Cueva Mayor llevaron a la revisión del mismo. Se planteó un protocolo de análisis donde se atendiera a cuestiones historiográficas, contextúales y gráficas. Los resultados del trabajo cuestionan la asignación a momentos paleolíticos de la grafía, planteando, de manera contraria, que la ejecución fue llevada a cabo a inicios del presente siglo. Palabras clave: Arte rupestre. Estudio de materiales colorantes. HISTORIA DE LAS INVESTIGACIONES La primera referencia escrita relativa a evidencias arqueológicas en las cavidades de la Sierra de Atapuerca data del 20 de mayo 1863, dando a conocer un conjunto de restos arqueológicos, principalmente restos óseos humanos, de Cueva Ciega, publicada en el periódico El Eco Burgalés por Felipe de Ariño y Ramón Inclán (Sampayo y Zuaznávar, 1868: 17). En 1868 los ingenieros de minas Pedro Sampayo y Mariano Zuaznávar publican el libro Descripción conplanos de la Cueva llamada deAtapuerca, ilustrado con vistas de Isidro Gil, en el que describen el entorno y la cavidad, incluyendo además unas precisas topografías de planta y perfiles. En él señalan la existencia dt "varios trozos de barro cocido'' en la entrada de la cueva. También citan la presencia de numerosas inscripciones, atribuyendo las más antiguas al siglo XIII, si bien aluden a otra con caracteres posiblemente árabes. El tratamiento monográfico del estudio de una caverna hace que pueda ser considerado como el primer trabajo espeleológico publicado en la Península Ibérica. La difusión de esta publicación motivó que especialistas de distintas disciplinas se interesasen por la Cueva de Atapuerca, siendo así incluida en el catálogo Cavernas y Simas de España (Puig y Larraz, 1896:72-73). El primero que señala, gracias a las indicaciones del guía de la cueva, la presencia de varios grabados es L. March (1906), apuntando la existencia de un motivo soliforme y otro lunar de probable cronología prehistórica. En agosto de 1910 el médico y el farmacéutico de Ibeas de Juarros señalan las dos visitas realizadas por J. Carballo, en su compañía, el mes anterior a la Cueva de Atapuerca, anticipando parcialmente en la prensa local los descubrimientos realizados por el citado investigador (Ruiz y Martínez, 1910). Meses después, el propio J. Carballo (1910) apunta la existencia de restos arqueológicos en la rampa exterior de acceso a la cavidad, así como en su vestíbulo, actualmente llamado Portalón, y rampa interior. También describe la cabeza de caballo pintada en rojo del Portalón, a la que no presta mucha credibilidad. En el interior de la cueva publica la existencia de posibles caracteres visigóticos y árabes, así como "una raya vertical de unos 90 centímetros, cruzada por varios trazos paralelos'' (Carballo, 1910:478) en rojo en la Galería del Silo y diversos surcos grabados en una lateral de la Galería de las Estatuas, que interpreta, al igual que el citado L. March, como símbolos astronómicos. Años más tarde H. Breuil y H. Obermaier (1913: 5-6) revisan los motivos publicados anteriormente por Carballo: desmienten los signos astronómicos que identifican como morfologías de fósiles, describen como oso la cabeza de caballo y señalan la existencia de nuevos motivos pintados junto a la figura roja de la Galería del Silo. Los materiales arqueológicos del Portalón los encuadran en momentos neolíticos o eneolíticos. Vuelven a encontrarse referencias a Cueva Mayor en el trabajo Terciario Continental de Burgos, así como la primera cita sobre los rellenos de Trinchera (Royo y Gómez, 1926: 64-66), aunque sin advertir la presencia de los restos fosilíferos en los mismos. Habrá que esperar hasta 1954 para que el Grupo Espeleológico Edelweiss (G.E.E.) emprenda la catalogación y estudio de las cavidades (Martineta///, 1981). En 1966 dicho investigador excava en el Portalón de Cueva Mayor. En 1970 el G.E.E. descubre en el abrigo del Mirador diversos restos arqueológicos que entrega en el Museo de Burgos (Osaba, 1979: 79). Ese mismo año el G.E.E descubre la Galería del Sílex, espacio que contiene gran número de paneles con pinturas y grabados atribuibles a momentos post-paleolíticos. Ambos hechos motivaron el inicio en 1973 del programa de excavaciones y documentación de arte rupestre por parte de J.M. Apellániz, prolongándose hasta 1983(Apellániz y Uribarri, 1976; Apellániz y Domingo, 1987). Otros motivos grabados, hasta la actualidad inéditos, han sido descubiertos en diferentes galerías de Cueva Mayor y Cueva del Silo. En 1976 T. Torres excava los yacimientos de El reconocimiento de la autoría del descubrimiento del arte rupestre de Atapuerca propició en los primeros años una polémica donde se incluyeron descalificaciones entre H. Breuil y J. Carballo. Lo cierto es que la primera publicación de carácter científico se debe a J. Carballo (1910), quien realizó una visita en el mes de julio de 1910. H. Breuil y H. Obermaier llevaron a cabo una visita a la cueva el 29 de febrero de 1912 como consecuencia, según el primero de ellos (Breuil, 1934: 36), de una carta remitida por H. Alcalde del Río el 2 de junio de 1910 (Breuil, 1920(Breuil,: 329, 1934: 36): 36) donde les indicaba la existencia de una cabeza de animal, de diversos signos rojos de estilo paleolítico cantábrico y de grabados geométricos neolíticos o más recientes (especialmente en la Cueva del Silo). En la primera edición delHombre Fósil, H. Obermaier (1916: 231), dentro del capítulo dedicado al arte, señala como descubridor a H. Alcalde del Río. Sin embargo, en la fe de erratas (Obermaier, 1916: 353) indica que allí donde se leía Alcalde del Río léase J. Carballo, anotación que fue corregida en la segunda edición, con lo que parece claro que al menos Obermaier (1925: 263) desmintió expresamente el presunto descubrimiento de Alcalde del Río. Como respuesta al artículo de H. Breuil de 1920, J. Carballo (1920:138-140) replica de forma tajante reivindicando su autoría del descubrimiento y que la primera publicación correspondía al farmacéutico y médico de Ibeas. En esta última se mencionan (Ruiz y Martínez, 1910) dos visitas del R Carballo en el mes de julio a la cueva, la primera a la ida hacia Santo Domingo de Silos y la segunda, de dos días de duración, a la vuelta de su estancia en Silos, el día 22, aunque Carballo sólo se refiere en su réplica a una visita de dos horas de duración, reaUzada además en condiciones precarias de salud (Carballo, 1921: 139-140) (1). Ante la controvertida situación que se estaba creando, Breuil ( 1921:270-271 ) remite una carta al Consejo del Boletín de la Real Sociedad Española de Historia Natural, leyéndose ésta en la sesión ordinaria del 6 de julio de 1921. En la misma descalifica científicamente a J. Carballo y expone la escasa credibilidad de sus palabras, reafirmando la sinceridad de H. Alcalde del Río. La polémica quedaría olvidada a partir de este momento. Solamente Breuil (1952:391) se referirá al hecho, sin echar más leña al fuego, en su obra de síntesis sobre el arte rupestre paleolítico. La figura del Portalón ha recibido una asignación taxonómica variable entre caballo y oso. J. Carballo/1910: 472) se refirió a ella como cabeza de caballo pintada en color ocre. Dentro de este razonamiento B. Meléndez (1956:279), desde un punto de vista paleobiológico, matiza la asignación señalando su pertenencia al Equus asinus. La interpretación de oso fue propuesta, con interrogantes, por Breuil y Obermaier (1913: 6). M. Almagro (1947:364) llega a considerar, probablemente por desconocimiento directo de la grafía, las referencias como diferentes motivos:''donde hay pintada una cabeza de oso y signos tectiformes, y una tosca cabeza de caballo tallada en las paredes de la roca en alto relieve y pintada''. La confusión encuentra su explicación en la fotografía presentada por el autor. En el interior de la presunta cabeza de oso. Almagro ve una cabeza de caballo que se compone de la línea frontal y parte de la zona naso-frontal de la anterior figura y de una grieta situada en la mitad de la cara que se constituye como línea maxilar, a la vez que se suma otra ortogonal a la anterior constituyendo el cuello. (1) Por extraño que parezca, en el artículo de prensa no se hace referencia alguna a la existencia de la figura pintada del Portalón ni a las de la Galería del Silo, aunque sí que se citan las restantes evidencias arqueológicas descubiertas por el P. Carballo, incluidos los supuestos signos astronómicos grabados, ya aludidos por L. March en 1906. son líneas de fractura del soporte que dependiendo de la iluminación se acentúan configurando la figura descrita, es decir, un caballo en el que se combina lo pintado con lo presuntamente esculpido. F. Jordá (1964: 68) mantendrá dicha propuesta en un primer momento, si bien años más tarde (Jordá, 1985: 311) señalará la existencia de una sola cabeza de caballo. Es probable que la rectificación venga dada por el conocimiento directo que tuvo el investigador del lugar, y no bibliográfico como ocurriera en la primera publicación que se incluye dentro de un libro de actas de la reunión sobre arte celebrada en Wartenstein en 1960. Para nosotros, al igual que para la mayoría de los autores que la han citado posteriormente con o sin conocimiento directo, se trata de una figura de équido. Morfológicamente se trata de una cabeza ancha y con las orejas adelantadas, que en algún momento puede recordar la silueta, tal y como señaló Meléndez, de un asno. Localización y descripción de la pintura La pintura objeto de estudio se encuentra en el Portalón de Cueva Mayor, también conocida como Cueva deAtapuerca, en la pared localizada frente a la entrada de la cueva. El soporte es una caliza de edadTuroniense medio-superior -Coniaciense frecuentemente dolomitizada (I.T.G.E, 1997). El análisis emprendido mediante difracción de rayos X indica que está compuesta mayoritariamente por calcita, aunque también se han detectado otros minerales en cantidades menores como el cuarzo y la moscovita. Morfológicamente se caracteriza por ser irregular, producto de la fragmentación a la que se ve sometida la pared debido a los cambios climáticos del exterior. La evidencia gráfica se concreta en una representación figurativa zoomorfa donde el formato utilizado se refiere a un prótomo de équido (Lám. I) que presenta una altura (de la zona del ollar hasta el arranque del cuello) de 66 cm y una anchura de 41 cm (de la zona anterior a las orejas, donde se localizaría el tupé hasta el contacto de la línea maxilar con la del pecho). Las partes anatómicas representadas son el inicio del cuello, línea maxilar, boca, línea frontal, orejas, arranque del cuello y ojo. La modulación y el grosor de la línea de contorno son utilizados como recursos de representación, transmitiendo indirectamente elementos anatómicos del animal. Así, la región zigomática-maxilar, o carrillos, se consigue destacar por la ampliación del grosor de la línea y por una suave sinuosidad de la línea maxilar. De forma similar, si bien recurriendo de manera exclusiva a la ampliación del grosor de la línea, viene a representarse la zona del ollar. El medio y modo de aplicación de la pintura no ha podido ser estudiado debido al mal estado de conservación. Estudio de los materiales colorantes Con el fin de caracterizar los materiales colorantes utilizados han sido obtenidas un total de cuatro muestras: dos de la figura zoomorfa y dos del soporte. Éstas han sido recogidas mediante cuchillas estériles Swann-Morton n° 15 montadas en un escalpelo. Cada una de las muestras ha sido introducida en un tubo de ensayo esterilizado, intentando evitar de este modo contaminaciones que pudieran generarse durante el proceso de extracción. A. Estudio de componentes minerales Para el estudio de componentes minerales han sido analizadas dos muestras del soporte y una de la figura zoomorfa. Los métodos analíticos empleados han sido la difracción de rayos X (D.R.X.) (2) y la Microscopía Electrónica de Barrido (M.E.B.) equipada con un microanalizador de EDS (espectroscopia de separación de energías de rayos X) (3). (2) Los estudios de difracción de rayos X se han realizado con un equipo PHILIPS PW-1710 equipado con anticátodo de Cu, goniómetro vertical, rendija automática, monocromador de grafito, unidad de control automatizada e intercambiador de muestras. Estos estudios se han llevado a cabo en el Servicio de Recursos Científicos de la Universidad Rovira i Virgili. Las condiciones instrumentales empleadas han sido las estándar de V=40kV, I=20mA, y la región explorada 5-66 °2e. (3) Mediante la microscopía electrónica de barrido se ha efectuado tanto un estudio morfológico de la muestra correspondiente a la figura zoomorfa como el microanálisis de las muestras. Para la figura zoomorfa se han utilizado microscopios modelo JEOL JSM-6400, con filamento de wolframio, de la Facultad de Ciencias de la Universidad del País Vasco y del Servicio de Recursos Científicos de la Universidad Rovira i Virgili. Se han empleado condiciones de trabajo estándar: una tensión de aceleración de 20 kV y una intensidad de corriente comprendida entre 6.10-11 y 10-10 A. El microanálisis se ha llevado a cabo con un microanalizador EDAX DX4I unido a un M.E.B. Philips XL30 con filamento de La. La utilización de las técnicas de M.E.B. y EDX-S exigen inicialmente que las muestras sean convertidas en Lám. IL Fotografías del M.E.B. de la materia colorante: aspecto general de la superficie (A) y detalle de un cristal de calcita (B). No obstante, en el primer procedimiento es preciso tener en cuenta las limitaciones propias del método. Por un lado, para una buena identificación es necesario disponer de muestra suficiente para el análisis, de manera que la zona irradiada corresponda únicamente a la muestra objeto de estudio y se evite la presencia de picos de difracción correspondientes al material en que está construido el portamuestras. Asimismo, la detección de ciertos minerales es difícil en muestras de composiciones buenos conductores eléctricos. De esta manera se consigue una buena calidad de imagen y se evita que la superficie de la muestra se caliente con el haz electrónico y se produzcan alteraciones durante la observación y el análisis. Para ello han sido recubiertas por una película fina conductora de oro (en el caso de la muestra zoomorfa) y de carbono (en la microanalítica del resto de las muestras) utilizando un equipo BAL-TEC SCD 004 Sputter COATER donde se irradiaron con una corriente de 15mA durante 420 segundos, quedando cubiertas con una capa de aproximadamente 55 |im de espesor. complejas debido al solapamiento de las señales correspondientes a las diferentes especies. Este problema es aún más importante si se trata de minerales con bajo poder reflectante, en cuyo caso sólo pueden ser identificados si se presentan en cantidades importantes. Estos problemas se han encontrado en el análisis de la muestra correspondiente a la figura zoomorfa. El fragmento objeto de análisis es muy pequeño, y además la parte correspondiente al soporte es volumétricamente superior al constituyente rojo, lo cual condiciona fuertemente los resultados obtenidos por esta técnica. Así, en el espectro de difracción de rayos X puede identificarse claramente la calcita como constituyente mayoritario y la presencia de cantidades pequeñas de mica y cuarzo que corresponden al soporte calizo. Sin embargo, no pudo identificarse claramente ninguna otra especie a la que atribuir la coloración rojiza. En las observaciones al M.E.B la muestra correspondiente a la figura zoomorfa presenta un aspecto microporoso, poros de tamaño medio de 25 |im, homogéneo (Lám. Éste es superficial y se debe a la humedad y al agua de percolación que se concentra en las paredes. En una observación más detallada puede apreciarse el aspecto microcristalino que corresponde a rocas carbonatadas como el soporte; así mismo también se aprecia el crecimiento de cristales de hábito romboédrico de unos 20|Lim que corresponden a la calcita (Lám. En otros poros se ha observado el crecimiento de pequeños filamentos de naturaleza orgánica atribuibles a microorganismos. Los microanálisis efectuados muestran la presencia de diferentes elementos procedentes tanto del material colorante como del soporte (Fig. 2), debido a que el haz de análisis tiene una profundidad de penetración de unos 5|J.m. No obstante, mientras que el Ca, Si, Al, Mg y K identificados pueden ser claramente atribuidos al soporte, de acuerdo a su composición mineralógica, el Fe detectado proviene de la sustancia colorante. En conclusión, las observaciones microscópicas y microanálisis realizados no muestran ninguna característica que indique que la sustancia empleada como colorante rojo sea una sustancia artificial, de hecho apuntan claramente hacia una sustancia natural, un óxido de hierro y más en concreto, probablemente, una hematites. B. Estudio de los componentes orgánicos Para el estudio de los componentes orgánicos, concretamente restos de lípidos y substancias relacionadas, se ha estudiado un fragmento de la figura zoomorfa. El análisis de los lípidos en pinturas y otras obras artísticas es un aspecto de interés en la moderna investigación científico-técnica del Arte, por ejemplo, para la identificación de los aglutinantes de capas pictóricas y determinación de su grado de envejecimiento (Bosch, 1996). El método analítico empleado ha sido la cromatografía de gases seguida de espectrometría de masas (CG/EM), habiéndose escogido tal método dado que su habitual alta sensibilidad favorece el análisis de mate- ríales arqueológicos cuando se dispone de poca cantidad de muestra (Evershed, 1993) (4). En el previo examen microscópico de la superficie de la muestra no se han observado restos evidentes de liqúenes. El cromatograma de gases del fragmento de pintura muestra la presencia en la figura zoomorfa de hidrocarburos de cadena larga (4) En primer lugar se ha llevado a cabo un examen microscópico de la superficie de la muestra mediante lupa binocular a 50x. Seguidamente se ha realizado el análisis químico del fragmento mediante el método indicado anteriormente. Dada la ínfima cantidad y poco grosor de capa pictórica disponible, no se ha visto aconsejable realizar ninguna descontaminación de su superficie previa a su análisis químico. La extracción de los compuestos lipídicos de la muestra se ha realizado mediante trituración de la misma, digestión por tres veces con 2 mL de hexano durante 20 minutos en baño de ultrasonidos, decantación y, finalmente, evaporación. Tras el proceso de extracción, los compuestos han sido separados mediante un cromatógrafo de gases modelo 5890 Serie II (columna capilar de fenil-metil-silicona de 30 m de longitud por 0.25 mm de diámetro extemo y 0.25 jxm de diámetro interno, modelo 5), siendo seguidamente analizados mediante un espectrómetro de masas modelo 5989 A (librería de espectros de masas de 54 000 compuestos del National Institute of Standards and Technology de los Estados Unidos de América), siendo todos estos instrumentos de la marca Hewlett-Packard. Este análisis se ha llevado a cabo en los Servicios Científico-Técnicos de la Universidad de Barcelona. La librería de espectros de masas disponible no ha permitido llegar a resultados concluyentes sobre la identidad exacta de los compuestos separados, pero sí se ha podido determinar, de acuerdo con las fragmentaciones iónicas exhibidas, que tales hidrocarburos son de carácter mayoritariamente hneal, sin ramificar y saturado (n-alcanos o hidrocarburos n-parafínicos, C^H^^^^)-^^ P^^" sencia de n-alcanos de cadena larga es atribuible a productos de degradación de lípidos de origen no animal. En el ámbito geoquímico, los lípidos biológicos son la fuente principal de hidrocarburos C^^^ o sus precursores (Meinschein, 1969) (5). (5) Los lípidos de las bacterias son particularmente ricos en hidrocarburos €,^-€3^ (Perrodon, 1988). Los lípidos de ceras, resinas, semillas y pólenes de los vegetales superiores contienen especialmente los n-alcanos heptacosano (C^^H^^), nonacosano (C29H^Q) y hentriacontano (CjjH^^) (Brassell et alii, 1978; Perrodon, 1988); en un sentido más amplio, muchos vegetales superiores exhiben una fuerte tendencia a poseer un número impar de C en sus n-alcanos €^^2 (^®^"^^h^^"' 1969). Los lípidos son abundantes en algas, especialmente en la familia del género Botryococcus; en diatomeas pueden constituir hasta el 70% del peso seco. En algas pardas (feofíceas), verdes (clorofíceas) y rojas (rodofíceas) ha sido aislado el hidrocarburo parafínico hentriaconta- En conclusión, asumiendo que los hidrocarburos hallados pueden ser de origen bacteriano, vegetal superior o algal, tal aparición en la muestra se debería, con mayor probabilidad, a contaminación por la presencia de liqúenes sobre la pintura. C. Identificación de la procedencia del material colorante Además de la caracterización del material colorante empleado en la pintura, un óxido de hierro, se emprendió un estudio con el fin de identificar la posible procedencia de dicha sustancia. Así, considerando que Atapuerca está situada en una zona de indicios y explotaciones de hierro, y dada la coloración rojiza que los minerales de este elemento presentan habitualmente, la hipótesis de trabajo más lógica fue considerar que el pigmento rojo de la figura proviene de un mineral de hierro del entorno. Por ello se estudiaron tres muestras procedentes de explotaciones mineras cercanas: dos de diferentes puntos de Olmos de Atapuerca (en la Sierra de Atapuerca) y una de Barbadillo (pueblo situado en la Sierra de la Demanda). En todos los casos se ha determinado su composición mineralógica por difracción de rayos X, constatándose la presencia de varios minerales de hierro. Mientras que en las dos muestras de Olmos de Atapuerca se observa fundamentalmente la presencia de hematites (Fe^Og), en la de Barbadillo se ha detectado una mezcla de goethita (FeO(OH)), calcopirita (CuFeS^) y hematites, siendo el primero de ellos más abundante. Para llevar a cabo una comparación más precisa con la muestra del zoomorfo se llevaron a cabo análisis en el M.E.B. Así se aprecian pequeñas diferencias químicas que están relacionadas con la asociación mineral de cada una de ellas. El hierro (Fe) es el elemento mayoritario en todas ellas, observándose también elementos como el Mn y el Ti que frecuentemente sustituyen al Fe en minerales como la hematites y la goethita, tal y como ocuno (C3,H J (Heilbron et alii, 1934; Heilbron et alii 1935); además, en el alga roja Chondrus oscellatus se ha hallado el también n-alcano pentacosano (CjgH^^) (Mori, 1943). Las algas pueden hallarse no sólo en estado independiente, sino también formando parte integrante de los liqúenes, asociación simbiótica -generalmente terrestre y que puede ser reversible-entre una especie de hongos y otra de algas, siendo los liqúenes más frecuentes los formados por un hongo ascomicete y un alga clorofícea (géneros Trebouxia, Myrmecia, Phycopeltis, etc.) (Margalef, 1977). rre en la muestra de Barbadillo. Otros elementos como Ca, Si, Al, Mg y K que también son detectados en alguna muestra corresponden a la roca donde se forman los minerales de hierro. En todos los casos la composición química está en buen acuerdo con la mineralogía obtenida por difracción de rayos X. De acuerdo con los resultados obtenidos se ob-• serva una alta similitud entre la muestra del caballo y las de Olmos de Atapuerca (a unos 4 km de distancia de Cueva Mayor), pareciendo así probable que la materia prima se obtuviera de la propia Sierra de Atapuerca. PROBLEMÁTICA EN TORNO A LA CRONOLOGÍA Desde los orígenes del conocimiento de la expresión gráfica rupestre paleolítica, en 1879 en la Cueva de Altámira de la mano de Marcelino Sanz de Sautuola, las polémicas en torno a lo que viene denominándose autentificación, o en otros términos cronología paleolítica o contemporánea (6), no han parado de sucederse. Más aún, en la actualidad continúa siendo uno de los temas más espinosos y problemáticos, unas veces olvidado otras obviado. Los elementos de la argumentación vienen a presentarse casi invariables desde los inicios de la investigación. Solamente la incorporación de nuevas variables venidas de la introducción de analíticas ha intentado, en algunos casos, mostrarse como elemento definitorio y sentenciador en la resolución de la cuestión. A pesar de ello, hasta la actualidad, "/a certificación estratigráfica aportada por un depósito geológico es la única evidencia que asegura, per se, la antigüedad de una representación del arte paleolítico, como término de referencia ante quem de la realización de esa obra'' (Barandiarán, 1995: 39). El tema de la autentificación de las grafías rupestres no será ajeno a la presente figura. Los argumentos que se venían manejando para la certificación prehistórica del arte rupestre se apoyaban en criterios circunstanciales al hallazgo y en la opinión de una o varias autoridades en la materia que acreditaban, a partir de su experiencia, la antigüedad del mismo. (6) Se entiende por este concepto una de las acepciones que muestra, referido a cuestiones históricas, el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia Española:''Relativo al tiempo o época actuar. Las dudas en torno a la certificación paleolítica y la opinión del H. Breuil Ya desde la primera publicación, J. Carballo (1910: 472) duda de la edad prehistórica de la cabeza de caballo, para cuya justificación relata la experimentación llevada a cabo por él con relación a la Cueva de Altamira, exponiendo la dificultad de conservación de una pintura sujeta a las condiciones atmosféricas externas (principalmente, según él, la luz y élagua). Sin embargo, años después, H. Breuil (1920: 331) atribuyó dicha pintura a un periodo antiguo del Paleolítico Superior comparándola con las figuras de Covalanas y La Haza, lo que de hecho supuso la autentificación de la pintura ante los prehistoriadores. No obstante el geólogo J. Royo y Gómez (1926: 64) indicaba, taxativamente, que "aunque se ha señalado en ella la existencia de pinturas y grabados prehistóricos, en realidad se trata de figuras modernas o meramente casuales, y así en el lugar en que se había indicado una cabeza de oso en rojo, se ve una cabeza muy tosca de caballo y completamente actuaV\ Otros autores ven difícil matizar su edad más allá del genérico calificativo de paleolítica (Balbín y Alcolea, 1994: 132). El contexto externo: argumentos ambientales y gráficos El panorama contextual dentro de la provincia de Burgos se presenta reducido tanto en evidencias como en estudios referidos al Paleolítico Superior, debido a la inexistencia de proyectos de investigación, a lo que debiera añadirse que, en la mayor parte de los casos, se trata de investigaciones de principios de siglo con la problemática que ello conlleva. Una datación de O^át 15 600 ± 230 B.P pone de manifiesto el tránsito por el interior del Complejo de Ojo Guareña durante el Paleolítico Superior (Delibrias et alii,191 A: 53). Las evidencias gráficas se presentan también escasas. Sobre un soporte mueble de la Cueva del Caballón (Ibero, 1923:184; García Soto, 1988:23-29) se encuentra la única evidencia, actualmente en paradero desconocido, localizada hasta el presente en la provincia de Burgos. El Sistema Cueva Mayor-Cueva del Silo se sitúa a una altitud de 1 036 m.s.n.m, muy superior a la que se localizan las estaciones rupestres de la Cornisa Cantábrica, siendo la de mayor altitud la Cueva de Los Santos o del Becerral (Cantabria) (Bemaldo de Quirós etalii, 1988Quirós etalii, -1989)), a 720 m, junto a la morrena terminal del glaciar de Bustalveinte, siendo éste uno de los argumentos esgrimidos (7), por parte de C. González Sainz (González Echegaray y González Sainz, 1994: 34), para tomar con precaución su asignación paleolítica. No obstante, el panorama cantábrico contrasta con el húrgales: la Cueva de Penches (Barcina de los Montes, Burgos) se enclava a 767 m y la Cueva Palomera del Complejo de Ojo Guareña (Burgos) a 730 m, ambas en la Cuenca del Ebro y cercanas a la divisoria con Cantabria. Debe tenerse presente que el Portalón de Cueva Mayor se localiza en una latitud sensiblemente más meridional que las anteriores y a su vez, más septentrional que otras cavidades que presentan una altitud similar como la Cueva de la Griega de Pedraza (Segovia) a 1 020 m (Corchón, 1997), la Cueva (7) A parte de la situación y altitud también fueron tenidos en cuenta otros criterios:''ausencia de restos de ocupación paleolítica'' reconocidos hasta la actualidad,''escasas posibilidades de conservación de pintura en la cueva debido a las fuertes corrientes de aire y gelifracción que aún en la actualidad están afectando a su parte anterior", realización del diseño por encima de pequeños espeleotemas, existencia de una tradición espeleológica que no se refiere a las grafías, dificultades en el establecimiento de una "homologación automática'' en unos de los caballos, considerado por González Sáinz como "única representación figurativa segura" y "existencia de un extraño reborde blanquecino enmarcando el trazo de ese caballo" (González Echegaray y González Sáinz, 1994: 34). de la Hoz (Guadalajara) a 1 050 m (Balbín et alii, 1995) o la Cueva del Turismo (Guadalajara) a 1 090 m (Alcolea eí a///, 1995). La existencia de grabados en zonas exteriores, "paredes sobre las que incide directamente la luz del sol, o están bien iluminadas en las zonas de antecueva hasta la penumbra'' (Portea, 1994: 203-204), muestra una amplia dispersión tanto en la Cornisa Cantábrica como en otras localizaciones (Siega Verde (Balbín ^ía/n, 1991), Domingo García (Ripoll y Municio, 1999), Foz Coa (Baptista y Gomes, 1997), Mazouco (Jorge et alii, 1982) y Fornols-Haut (Sacchi Qialii, 1988)). La representación zoomorfa es una silueta de animal donde el formato elegido es la cabeza, señalándose para el caso concreto una serie de detalles anatómicos. La elección de formatos parciales, y en concreto la cabeza, es una constante en el arte paleolítico (Romero, 1986: 118). La categoría temática del équido es una de las más abundantes en la zona cantábrica junto a los cérvidos, bóvidos y cápridos (Moure, 1988: 83-84). No obstante, son pocos los yacimientos que poseen únicamente el caballo como representación figurativa: S an Antonio en Asturias (Hernández Pacheco, 1919) y, en Cantabria, Sotarriza (San Miguel, 1986-1988) y Cullalvera (González Ssiinz et alii, 1997), todos en negro y con una situación en el espacio interior (zonas oscuras), destacando además por poseer los dos primeros una única representación. Técnicamente, la pintura y el grabado se asemejan en número de aparición en figuras de caballos, lo mismo que la preferencia por el color rojo y por el negro (Carayon, 1982: 18-22). Contexto interno de la cavidad El soporte se encuentra afectado por las influencias climáticas del exterior, en especial la condensación y la iluminación natural de manera indirecta, llegando los rayos solares sólo a los primeros metros de la cavidad, al localizarse ésta en el fondo de una pequeña depresión. Estos factores favorecen la existencia de unas condiciones de humedad y temperatura propicias para el desarrollo de organismos liquénicos. Una observación macroscópica detenida pone de manifiesto la superposición y puntual infraposición de estos organismos en relación a la pintura. La pared en la que se localiza la pintura es un plano de fractura. Por otra parte, la bóveda y paredes del Portalón se han visto afectadas por fenómenos crioclásticos, desprendiéndose progresivamente en forma de clastos de tamaño variable que han ido engrosando los diferentes niveles arqueo-estratigráficos, como pudo comprobarse en la excavación de J.M. Apellániz, en la que los grandes bloques caídos del techo aparecían de forma habitual. Este proceso se ha visto favorecido por la influencia climática del exterior, ya que tan sólo a unas decenas de metros del Portalón, donde las variaciones climáticas no son tan notorias, se comienzan a observar las familiares formas redondeadas de los conductos, debidas a su disolución bajo condiciones freáticas, que indican que sus paredes han permanecido inalteradas desde la formación del conducto, sin apenas haberse visto afectadas por desconchados ni caídas de bloques. El contexto arqueológico más inmediato a la representación estudiada es la existencia de una importante secuencia estratigráfica puesta de manifiesto por la excavación de J.M. Apellániz, apenas a 3 m del caballo, que abarca desde la Edad Media hasta el Bronce Antiguo, localizándose este último a una profundidad de 2.5 m en relación con la superficie actual. En otro sector del Portalón Clark (1979: 94-97) puso al descubierto niveles eneolíticos, y en la Galería del Sílex se evidencian una ocupación neolítica y otra de la Edad del Bronce (Ape^ llániz y Uribarri, 1976; Apellániz y Domingo, 1987). Por otra parte, actuales prospecciones geofí-1 sicas han puesto de manifiesto que el relleno estratigráfico del Portalón alcanza, al menos, los 8 m de profundidad. Otra de las cuestiones a destacar es la relación existente entre las grafías y el suelo actual (Fig. 4). La representación figurativa se sitúa a una distancia de aquel comprendida entre 1*. Considerando que el nivel arqueológido más profundo excavado por Apellániz (Bronce antiguo) se encuentra a una cota inferior en 3.6 m respecto del caballo y que presenta un buzamiento mayor de 20° (Fig. 4B, sección 1) (siendo la pendiente media de la rampa de entrada a la cavidad de 25°), los posibles niveles superopaleolíticos debieran de localizarse muy por debajo del nivel del suelo y por tanto del caballo, máxime si se tiene en cuenta que la aparente horizontalidad del actual suelo del Portalón comenzó a fraguarse en un momento indetermi- nado de la Edad del Bronce, cuando los sucesivos aportes sedimentarios provocaron que la rampa original de acceso al interior de la cavidad llegara a tocar un sector de bóveda baja (al SE de la misma), motivando su rápida colmatación y, por tanto, el inicio de su tendencia hacia la horizontalidad actual (Fig. 4B, sección 2). Lógicamente, dicho proceso se vio acompañado por una alteración de la dirección de la rampa, dado que los aportes sedimentarios que rodaban hacia el interior de la cavidad comenzaron a bordear el sector que se estaba colmatando, hasta modificar por completo la morfología de la galería de acceso, pasando de adoptar una morfología de hemicono, con pendiente monoclinal y dirección similar a la del eje de la galería, a otra en la que en sus primeros metros la dirección y pendiente de la rampa se adaptaron (Fig. 4A) hasta salvar el obstáculo recién formado (la colmatación del sector de bóveda baja), para finalmente, una vez superado, continuar con la deposición de materiales en la parte media y baja del cono. En el interior de la cavidad no se conoce ninguna evidencia artística, arqueológica o paleontológica que encaje inexcusablemente en momentos del Paleolítico Superior, mientras que, por el contrario, son abundantes los restos fósiles del Pleistoceno Medio asociados a antiguas entradas hoy totalmente colmatadas, así como los indicios claramente postpaleolíticos: muestras de arte rupestre, inhumaciones, restos cerámicos y líticos, silos, presas, etc. Tan sólo los niveles inferiores del cono de derrubios formado en la entrada de Cueva Mayor podrían albergar niveles superopaleolíticos, y ello en el caso de que el hundimiento de la bóveda que propició la formación de la entrada actual tuviera al menos esa cronología y, en ese caso, si además el descenso al interior de la cueva fuera practicable, dado que el desnivel existente entre la superficie y la base del cono de derrubios es de 34 m, que se reducen a 23 m si se considera la altura a la que se abre el zócalo de la puerta de entrada actual: en cualquier caso un desnivel bastante respetable. Los argumentos anteriormente citados poseen diferente peso en la discusión relativa a la edad de la pintura. De este modo, la altitud a la que se abre la cueva no es determinante para discriminar la cronología de los motivos debido a la existencia de otras cavidades a cotas similares. Si bien son escasas las referencias a contextos arqueológicos del Paleolítico Superior en la provincia de Burgos, éstas se reparten por todo el ámbito húrgales; es muy probable que futuras prospecciones sistemáticas mostraran una mayor intensidad de hallazgos. La búsqueda de paralelos gráficos tampoco aporta elementos de juicio definitivos para solventar la problemática que aquí nos ocupa. En los análisis practicados no se han encontrado materiales extraños que pudieran hacer pensar en componentes anacrónicos a momentos paleolíticos. Más bien, los resultados de las analíticas efectuadas para la caracterización de la materia colorante se asemejan a conjuntos considerados de edad paleolítica (Clot et alii, 1995; Clottes et alii, 1990; Menueía/n, 1993Menueía/n,,1996)), pero también a otro cuya cronología prehistórica ha sido puesta seriamente en duda (Menu y Walter, 1992). De este modo, el recurso al estudio de la composición del colorante en el proceso de datación de una obra presenta claros límites en su uso (8). Ante la presente situación debe reconocerse, para el caso concreto, que de poco sirven las analíticas. A su vez, se pudo concretar que la captación del mineral de hierro se llevó a cabo en una zona próxima a Cueva Mayor. Es de destacar el interés que Sampayo y Zuaznávar, en 1868, muestran en la recolección de inscripciones, por lo que sorprende que una evidencia de color rojo, situada frente a la entrada y sobradamente iluminada no fuera señalada por éstos.También llama la atención que el guía que acompañó a L. March en 1906 conociera la existencia de unos presuntos grabados prehistóricos de pequeño tamaño localizados en un recóndito lugar de la cueva y no hubiera visto la cabeza de caballo. Ambas cosas hacen pensar que tal vez la pintura no existiera en 1906. De hecho, a pesar de que el reconocimiento de la autenticidad del arte rupestre paleolítico era reciente, ya por aquellas fechas se tenía conocimiento de la existencia de falsificaciones, entre las que destaca la Cueva de Suances citada tanto por Carballo (1910) como por Breuil (1921) en sus artículos. Ya se comentó que el Portalón de Cueva Mayor es un lugar suficientemente iluminado. Esta carac-(8)''Los análisis de los colores publicados determinan si los pigmentos son naturales {y de entidad similar a los que usaban los paleolíticos) o producto moderno; pero no permiten normalmente decidir, cuando se trata de pigmentos naturales y preparados al estilo de los de la Prehistoria, si realmente fueron aplicados sobre la pared en aquel tiempo o, por un diestro imitador, hace poco"" (Barandiarán, 1995: 40). terística es probable que haya influido en la conservación de la pintura. 293) se observa el motivo con mayor nitidez que en la actualidad. Resulta llamativo el rápido deterioro que ha sufrido la pintura en estos últimos 80 años. Si se valorara la pintura como de cronología paleolítica habría que aceptar distintos ritmos de alteración: en un mínimo de 11 000 años apenas se alteró y en el pasado siglo el deterioro ha sido rápido. Como se ha apuntado, la secuencia estratigráfica, así como el buzamiento que presentan los niveles inferiores hacen pensar en que los niveles del Paleolítico Superior, si es que existen, se localicen a cotas muy inferiores, tal y como puede intuirse de la observación de los niveles arqueológicos de la excavación de J.M. Apellániz. Dado que en las galerías inferiores de Cueva Mayor existen a nivel superficial evidencias del Pleistoceno Medio (JJrsus deningeri en posición anatómica asociados a yacijas y zarpazos en arcilla), debe descartarse la posibilidad de una reactivación hidrológica de la cavidad en momentos posteriores. Por otra parte la situación y morfología de la entrada de Cueva Mayor hacen muy poco probable la posibilidad de importantes reexcavaciones en momentos postpaleolíticos de los depósitos sedimentarios del Portalón, dado que los aportes de material distan mucho de las características propias de fenómenos de grandes avenidas. Por ello es improbable la existencia previa de niveles de finales del Paleolítico a cotas similares a las actuales. Por lo expuesto tampoco puede sostenerse la posibilidad de acceder desde un hipotético suelo paleolítico hasta el nivel de la pintura, debido a la configuración del suelo en pronunciada rampa y por la morfología extraplomada de la pared en que se localiza. Respecto al hundimiento de la bóveda de la cavidad que propició la apertura de la actual entrada de Cueva Mayor, también se tienen serias dudas en cuanto a su cronología y accesibilidad, que tan sólo disipará una excavación en profundidad. Parece cuando menos extraño que se produzca un importante hiatus entre los restos pleistocenos, asociados a antiguas entradas y conservados sin apenas alteraciones, y los abundantes restos postpaleolíticos localizados por todos los rincones de la cavidad. Por todo ello no pensamos, en la actualidad, que pueda mantenerse una cronología paleolítica para la pintura estudiada, siendo probable que se trate de un diseño realizado a principios del actual siglo XX. En este contexto no debe extrañar el hecho de que la materia colorante sea hematites, dado que por aquella época también se hacían experimentaciones con óxidos naturales, y el propio Carballo (1910: 470-471) cita detalladamente las que él mismo venía realizando con ese mismo componente, precisamente para comprobar las diferencias de conservación entre un ambiente húmedo y oscuro, y otro seco y luminoso. De todas formas sería conveniente la realización de una excavación con la que se contrastase la posible existencia de niveles del Paleolítico Superior, así como, en su caso, la cota a la que apareciesen. Este trabajo ha sido financiado por el Ministerio de Educación y Ciencia (Proyecto Investigación de Atapuerca PB93-0066) y por la Junta de Castilla y León (para la realización de los trabajos de campo). Deseamos agradecer el tiempo dedicado por algunos de los componentes del Equipo de Investigación de Atapuerca con quienes se ha debatido e intercambiado opiniones. También queremos agradecer a Sandra Silvestre su ayuda técnica en la realización de la CG/EM. Por último, debemos agradecer a la empresa Iberdrola su apoyo y colaboración con la dotación de una Beca de Formación de Personal Investigador aAna I. Ortega
NORMAS PARA LA PRESENTACIÓN DE ORIGINALES EN TRABAJOS DE PREHISTORIA Trabajos de Prehistoria es una revista con sistema de evaluación externa que publica preferentemente estudios sobre pre y protohistoria de la Península Ibérica y sus relaciones con Europa y el Mediterráneo. Promueve temas de teoría, metodología, arqueometría y paleoambiente, con diferentes secciones de Artículos, Noticiario, Recensiones y Crónica Científica, Reseñas y Libros recibidos. Desde el volumen 51 (1994) aparecen dos números anuales (junio y diciembre). Sólo se admiten textos originales, que no hayan sido publicados o vayan a serlo, en español, inglés y francés con las siguientes características: Artículos. Tendrán una longitud máxima de 100.000 caracteres (40 páginas), incluyendo notas, pies, tablas e ilustraciones. Publicará avances de proyectos de investigación, campañas de excavación, prospección y hallazgos novedosos o significativos. En ambos casos el autor debe decidir la proporción de texto e ilustraciones. Una ilustración a página completa equivale a 5.100 caracteres. Recensiones y Crónica científica. Deberán tener un contenido crítico, más que meramente expositivo. La revista utiliza un sistema anónimo de evaluación externa de originales, cuya resolución no se demorará más de cuatro meses. La publicación de un texto no es susceptible de remuneración alguna. Los derechos de edición pertenecen al CSIC, siendo necesario su permiso para cualquier reproducción. El objetivo fundamental de las normas que se detallan a continuación es lograr la mayor difusión internacional de la revista. Las bases de datos internacionales exigen el cumplimiento de convenciones formales referentes a: presentación de texto y figuras; fecha de aceptación; identificadores del autor; extensión, título, resúmen y palabras clave en inglés o francés; precisión en las citas bibliográficas. 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Ejemplos: (García Bellido 1943a: 79), (Hodder y Orton 1976), (Ruíz et al. 1988). No se aceptan citas de inéditos. Las tésis inéditas deben figurar en nota. Las obras en prensa tendrán todos los datos editoriales para ser aceptadas. La reseña de las citas se hará en el siguiente orden y forma: apellido/s del autor en mayúsculas seguido de la inicial del nombre; año de publicación, diferenciando con letras a, b, c, etc; título del trabajo entre comillas; títulos de libros, monografías, revistas o actas, en cursiva y sin abreviar. En los libros indicar editorial y lugar de edición; en revistas, el volumen y páginas; en actas de congresos, el lugar y fecha de celebración, lugar de edición y páginas. Las publicaciones que deseen ser recensionadas deberán remitir dos ejemplares a la dirección de la revista, uno para el autor de la recensión y otro para la Biblioteca del Instituto de Historia. 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Los trabajos arqueológicos que se llevan a cabo en el yacimiento de la Edad del Bronce de Terlinques (Villena, Alicante) han proporcionado un excepcional conjunto de husos o bobinas de hilo de junco. Éstos se hallaban almacenados en el interior de una habitación destruida por un violento incendio. El detenido estudio de estos singulares objetos y su proceso de análisis y restauración nos permite aproximamos, desde nuevas perspectivas, al conocimiento de la producción textil en las etapas iniciales de la Edad del Bronce en el Levante de la Península Ibérica. nales ha posibilitado la conservación de contextos primarios poco alterados por procesos naturales y sociales (Bate, 1998) que aportan una información privilegiada, tanto por su calidad, como por su magnitud. En el caso concreto de las fibras textiles, las pocas evidencias que se conocen en la Península Ibérica proceden normalmente de contextos funerarios, bien de restos de tejidos de ropajes que acompañaban a los difuntos, bien de fundas asociadas a objetos metálicos (Alfaro, 1984). Sin embargo, son muy pocos los contextos de habitat al aire libre donde se han dado estas circunstancias. Un afortunado ejemplo de ello lo constituye el yacimiento de Terlinques, en Villena (Alicante) (Fig. 1) ya conocido desde la década de los setenta del pasado siglo por ser uno de los primeros que dispuso de dataciones absolutas obtenidas por medio de la técnica del carbono-14 (Tarradell, 1970) lo cual le llevó a convertirse en uno de los yacimientos clave para la explicación del origen de la Edad del Bronce en tierras valencianas (Hernández, 1985). La excavación de Terlinques se engloba dentro de un proyecto iniciado en 1995 cuyos objetivos se han centrado en la explicación del proceso histórico de las comarcas centro-meridionales valencianas desde mediados del III hasta finales del II milenio cal BC (Jover y López, 1995,1997). Para conformar la información empírica necesaria con la que poder refutar o mantener algunas de las hipótesis de trabajo que hemos venido manejando, se ha efec-tuado una labor de campo debidamente programada y subvencionada por la Dirección de Patrimonio Artístico de la Generalitat Valenciana. Durante tres años se realizó un trabajo de prospección territorial con el objetivo de registrar el mayor número posible de asentamientos y constituir así la base desde la que poder afrontar el desarrollo de una arqueología intensiva (Jover et alii, 1995). Una vez acabada la primera fase, se planeó una segunda que suponía la excavación de al menos dos asentamientos, que servirían para fijar algunas de las hipótesis de funcionalidad probable de las agrupaciones previamente establecidas en el patrón de asentamiento, así como la secuencia y la historia deposicional y ocupacional de las mismas. De este modo, en 1995 pudimos llevar a cabo la excavación de uno de los asentamientos encumbrados de pequeño tamaño -BarrancoTuerto (Jover y López, 1999)-, y a partir de 1997 iniciar la excavación de Terlinques, un asentamiento de gran tamaño dentro de la escala local. En el transcurso de la primera campaña de excavaciones realizada durante el mes de septiembre de 1997 en el yacimiento de Terlinques (Villena, Alicante), se abrió un área en la ladera meridional del extremo oriental. Fruto de la excavación se documentó buena parte de una unidad habitacional de planta rectangular con claras muestras de haber sido abandonada como consecuencia de un incendio súbito, conservándose en el mismo gran parte de los enseres existentes en aquel momento en el interior de la misma, entre los que destaca un conjunto de bobinas de hilo de junco enrollado alrededor de unas varas elaboradas con ramas de fresno. Con el presente artículo únicamente pretendemos dar a conocer este conjunto excepcional y realizar algunas consideraciones sobre los datos que aportan acerca de los procesos de producción textil que tuvieron lugar durante la Edad del Bronce. EL ASENTAMIENTO DE TERLINQUES Se trata de un cabezo ubicado a 4 Km al SO de Villena, al que se accede a través de la carretera rural Villena-Pinoso. El yacimiento se ubica sobre una elevación redondeada de origen triásico -yesos y arcillas-que presenta una cresta caliza que lo recorre longitudinalmente, con escasa vegetación arbustiva -esparto, plantas aromáticas-distribuida por toda su superficie. En la actua- Su visibilidad potencial es alta, ya que desde el mismo se observa toda la banda central del Corredor de Villena y la antigua Laguna del Rey de Villena. El yacimiento se encuentra en la plataforma superior y tercio superior de todas las laderas, prolongándose hasta un espolón al NO, con una extensión aproximada de unos 1200 m^ (Fig. 2). Presenta un relleno considerable en toda su extensión, curva de nivel 576 m en la plataforma y 572 en el espolón NO, de aproximadamente un metro de potencia. Dicho relleno se ha visto afectado en la parte más alta de la plataforma por la edificación de un punto geodésico, mientras que en el espolón NO está mas deteriorado por ser aquí donde se realizaron las primeras actuaciones de excavación (Soler y Fer-nández, 1970). Toda la zona de asentamiento está ubicada sobre afloramientos de yeso y dolomías, aprovechando éstas últimas para la construcción de las diferentes unidades habitacionales. Se observan algunos restos de muros con desigual desarrollo y potencia. Así, en el espolón NO se siguen con dificultad varios muros que se cortan en ángulo recto y que, a nuestro juicio, son los exhumados en las excavaciones llevadas a cabo por M. Tarradell y J.M.^ Soler (Soler y Fernández, 1970). Así mismo, rodeando la plataforma se observan muros que siguen las curvas de nivel. Todos ellos están realizados en mampostería, con bloques de desigual tamaño, observándose diferencias en algunos tramos que parecen responder a técnicas constructivas más modernas -posibles muros de abancalamiento del siglo pasado o del actual-. Conocido desde la década de los 50 por la prospección arqueológica desarrollada por J.M. Soler García (1953), fue denominado por dicho autor "Cabezo de las Alforjas". A finales de los años sesenta fue excavado por este autor junto a E. Fernández Moscoso y un nutrido grupo de alumnos de la Universidad de Valencia, bajo la supervisión de M. Tarradell. Los resultados de la excavación realizada en el extremo occidental del cerro fueron publicados por J.M.^ Soler García y E. Fernández Moscoso (1970) en la revista de la misma Universidad de Valencia ~RLA, V.-en la que se describían los resultados proporcionados por la actuación y se daba cuenta además de la fecha absoluta obtenida. Como consecuencia de la excavación realizada en la zona NO del cabezo se documentó, cubierto por un estrato de escasa potencia, un muro longitudinal al que se le unía otro transversal, delimitando dos unidadades habitacionales o "departamentos". Las zonas separadas por este muro medianero fueron denominadas como departamentos I y II (Soler y Fernández, 1970: 29), cuyas dimensiones exactas, al no haber sido excavados en su totalidad, desconocemos. En el Departamento I se documentó una calza de poste en el muro N y un ajuar doméstico compuesto por instrumentos de molienda de pequeño tamaño -molino y moledera-, un elemento de hoz, varias cuentas de collar y un importante ajuar cerámico, desde vasos de pequeño tamaño -cuencos especialmente-algunos carenados, hasta contenedores de mediana capacidad -al menos tres-alineados junto al muro medianero. Por el contrario, en el departamento II, se registraron dos molinos y vasos cerámicos de mediano tamaño, numerosos restos de fauna y una punta de flecha de cobre (Soler y Fernández, 1970: 39; Simón, 1998: 212). Todos estos artefactos, que nos hablan de áreas de consumo de carácter doméstico, se encontraban muy probablemente en deposición primaria, asociados a un estrato de tierras negruzcas y carbones que debemos interpretar como un nivel de incendio. La elección deTerlinques de entre los ocho asentamientos de la zona de similar tamaño y características, se justificaba fundamentalmente por el hecho de haber sido excavado con anterioridad y sus resultados habían sido detalladamente publicados, disponiéndose así de una importante información de partida -datos de la excavación y dataciones absolutas-a la que se podían unir los análisis metalográficos (Simón, 1998) junto con el estudio reciente de los materiales de las anteriores actuaciones arqueológicas (Jover et alii, 1995). A ello se podía sumar unas buenas expectativas en cuanto a las condiciones de conservación del registro, además de haberse documentado deposiciones primarias, como se deducía de los datos conocidos hasta el momento. Los objetivos que nos habíamos propuesto en el plan de trabajo consistían en: a) Definir mejor las dimensiones aproximadas del asentamiento. Durante las prospecciones de años anteriores establecimos una dimensión superior a los 1200 m^ que era necesario contrastar mediante un proceso de excavación. b) Establecer si el asentamiento tuvo una o varias fases de ocupación. La hipótesis de la que partíamos contemplaba la posibilidad de que el asentamiento tuviese varias comprendidas entre el 2200 y el 1600 cal BC, previas a la fase del Bronce Tardío definida para el Sudeste de la Península Ibérica. c) Contrastar si el nivel de incendio que documentó J. M. Soler afectó a otras partes del asentamiento, lo que nos permitiría plantear la posibilidad de que fuese abandonado como consecuencia del mismo o al menos, una de sus fases de ocupación. d) Excavar una serie de unidades ocupacionales y las posibles áreas de actividad localizadas en su interior, tratando de establecer a partir del análisis de las mismas la naturaleza de las actividades realizadas, ya sean de carácter doméstico o bien respondan a otras actividades como almacenamiento o producción. Una vez establecido el eje de separación entre vertientes, decidimos actuar en la meridional, justamente en el extremo oriental, a una distancia de unos 34 m del punto geodésico. Desde el eje NO-SE se definió una área de 90 m^, con 9 m de lado en su eje NO-SE y 10 m en el NE-SO. Los 90 m^ fueron limpiados de vegetación, iniciándose el proceso de excavación. Una vez exhumada la capa vegetal superficial se pudo observar fácilmente el desarrollo de un muro longitudinal que, a modo de terraza, definía una unidad de ocupación en la mitad superior del área abierta. De este modo., a partir de este momento centramos nuestra actuación en su documentación, pasándose a denominar Unidad Habitacional n.° 1. Durante las campañas de 1997 y 1998 se han excavado cerca de 60 m^ de superficie de la misma y todavía no se ha podido delimitar en su totalidad. LA UNIDAD HABITACIONAL N.^ 1 Por el momento, la historia deposicional de este contexto arqueológico ha permitido reconocer una única fase constructiva con la plasmación de un momento de ocupación en esta habitación, conservado como consecuencia de un incendio que obligó al abandono súbito del mismo y supuso el derrumbe de los muros y techo y el soterramiento de los enseres existentes en su interior. El registro estratigráfico nos muestra que se trataba de una habitación de planta rectangular, perfectamente adaptada a las curvas de nivel, construida con muros de mampostería local de doble cara, empleando como material unitivo arcillas triásicas rojizas y posiblemente yesos no elaborados, además de limos para su enlucido por ambas caras. La cubierta -que es muy probable que tuviera sólo una vertiente-, era posiblemente de madera, paja y yeso con limos y sustentada mediante un sistema de largueros apoyados sobre postes perfectamente calzados con mampostería local. Los calzos de poste de mayor tamaño se localizan adosados precisamente en el muro inferior, dado que son los que tu- vieron que soportar todo el peso de la estructura (Fig. 3). El suelo de la habitación estaba perfectamente pavimentado con un sedimento fino de alto contenido en yeso y nivelado en algunos puntos con rellenos de cantos calizos y tierra (Lám. En el interior de la habitación se ha podido documentar, por el momento, un tabique interno de escasamente un metro y medio de longitud, realizado con postes de madera manteados con yeso, un pequeño banco realzado que servía como poyo para vasijas y una cubeta de cerca de un metro de diámetro máximo y planta ovalada para la que todavía no tenemos una interpretación funcional, aunque muy probablemente estuviese destinada a la contención Lám. Área excavada de la Unidad habitacional n.° 1 del poblado de la Edad del Bronce deTerlinques (Villena, Allicante) desde el Norte. de líquidos. Cubriendo buena parte de los elementos señalados, en el proceso de excavación se documentó un estrato de muy poco espesor -entre 17 y 2 cm-, de color negruzco y con un alto contenido en materia orgánica y en artefactos, que interpretamos como la plasmación estratigráfica del incendio que, sin embargo, no se llegó a documentar sobre toda la superficie pavimentada del interior de la habitación. Sellando a este nivel de incendio se reconoció, contenido por los muros de la UH n.° 1, un relleno sedimentario bastante heterogéneo en composición y coloración, de espesor variable -de 20 a 60 cmfruto de la descomposición del derrumbe de las paredes y de la cubierta. Buena parte de los artefactos documentados en este estrato se encontraban en contacto o muy cerca de la capa anterior, interpretándose todo ello como el conjunto artefactual existente en la habitación en el momento del incendio. Entre ese amplio conjunto, cabe mencionar al menos tres sacos o cestos de esparto, de los cuales dos contenían cereales y estiércol de ovicaprinos el tercero. En el interior de uno de los cestos de esparto relleno de cereales, de boca circular y con tapadera, se localizaban las piezas que son objeto de especial atención en este artículo (Lám. El cesto en cuestión estaba ubicado en las proximidades del tabique interno y, con una alta probabilidad, colgado en altura atendiendo a las características en que se encontraba depositado -caído boca abajo-. Por encima del estrato formado como consecuencia de la descomposición del derrumbe, se documentó una capa de menor espesor, prácticamente estéril y de color blanquecino debido a su alto contenido en yeso. El origen de este sedimen- to también habría que relacionarlo con la descomposición de materiales empleados en la construcción de la unidad habitacional. Cubriendo toda la ladera del cerro encontramos un suelo de formación actual y en continuo rejuvenecimiento como consecuencia de fuertes procesos erosivos, con un alto componente de limos y arcillas y cantos calizos. Por último, en la formación y alteración del depósito arqueológico han incidido varios procesos postdeposicionales entre los que cabe mencionar la erosión geológica sufrida en la ladera oriental del cerro, que ha ocasionado prácticamente la desaparición de la zona más oriental de la unidad habitacional; procesos erosivos de carácter biológico como algunas madrigueras de conejos, y otros de origen claramente antrópico, entre los cuales se cuentan las alteraciones producidas en el yacimiento como consecuencia de las labores de replantación de la zona con pinos carrascos en 1971, lo que ha provocado que la zona arqueológica se haya visto afectada de forma sistemática por los hoyos o zanjas típicas de replantación que no llegaron a afectar, por suerte, al nivel de incendio. SOBRE LA CRONOLOGÍA DE TERLINQUES La muestra sobre la que se realizó la da-tación a finales de los sesenta estaba compuesta, como ya se ha=señalado, de carbones recogidos por J.M. Soler García y E. Fernández Moscoso (1970) pertenecientes al estrato quemado del departamento I de Terlinques y que, muy posiblemente, puedan interpretarse como correspondientes a largueros de la techumbre o a una viga de poste caída. Si fuese así, estaríamos ante una muestra de larga duración. Las excavaciones de 1997 y 1998 no han proporcionado, por el momento, restos carbonizados de elementos estructurales de la unidad habitacional exhumada, tales como postes o largueros, por lo que no ha sido posible seleccionar una muestra perfectamente equiparable a la obtenida en 1970. En cambio, el amplio repertorio de materiales carbonizados de los calificados "de corta duración" permitía, eso sí, obtener dataciones que podrían fechar el momento del incendio y abandono del yacimiento. Por este motivo, del interior del saco de esparto n.° 1 de la UE 1009, se seleccionó dos muestras de cereales carbonizados, integrado por diferentes tipos de trigo y de cebada, especialmente, de los primeros (Precioso y Rivera, 1999). Aunque la profundidad a la que se encontraban los cereales carbonizados no superaba los 40 cm, y existían algunas raíces que podrían afectarlas, se extrajeron dos muestras, prácticamente del mismo lugar del saco: una de 20 gr y otra de unos 15 gr. Las muestras fueron enviadas a los laboratorios Beta Analysis INC. de Miami en EEUU, para su análisis por la técnica de carbono-14 en su modalidad estándar. Según la información del laboratorio, las muestras se encontraban en buenas condiciones para su datación. Las fechas convencionales se tomaron calculando la edad del carbono 14 siguiendo la edad media propuesta por Libby -5 568 años-y las fechas calibradas fueron realizadas con el programa Calib, versión 3.03. de 1993. Los resultados obtenidos fueron los siguientes: -Muestra: TE-l {Cereales-Hordeumvulgare y Triticum durum-carbonizados del interior del saco n.° 1 localizado en la UE 1009 de la unidad habitacional n.° 1 ). Ante estos resultados cabe comentar algunos aspectos. En primer lugar, las fechas son plenamente coherentes. Ambas corresponden al momento de abandono de la habitación como consecuencia de un incendio. En el caso de que efectivamente la muestra obtenida por J.M. Soler procediese de un poste o larguero del Departamento I, estas dataciones de la Unidad Habitacional n°l, obtenidas a partir de muestras de cereal carbonizado, tendrían que ser más modernas que la obtenida por J. M. Soler en 1970, guardando con ellas un ligero intervalo de tiempo, lo que efectivamente ocurre a tenor de los resultados. En este sentido, se podría plantear que los momentos iniciales de ocupación del asentamiento en fechas calibradas se remontan a cualquier momento del intervalo 2498-1906 cal BC, mientras que el instante de abandono, en relación con las fechas obtenidas de la Unidad Habitacional n.° 1, se situaría preferentemente en cualquier momento entre 2035 y 1765 cal BC. Por lo tanto, por el momento, podemos considerar que Terlinques pudo ser ocupado en un momento cercano al tránsito del III al II milenio, mientras que su abandono como consecuencia de un incendio pudo producirse en el siglo XVIII cal BC. No obstante, creemos que es necesario contrastar debidamente esta hipótesis, con la realización de un mayor número de dataciones de carbono 14. hilo debe responder a dos sistemas diferentes de uso del mismo: los ovillos de hilo enrollado en sí mismo, de forma esférica, deben estar destinados a la elaboración de tejidos, mientras que el hilo enrollado en una varilla de madera debió usarse para coser. Se trataría, pues, de bobinas de hilo, preparadas preferentemente para ser utilizadas en la costura. A continuación realizamos algunos apuntes sobre el estado de conservación así como la descripción pormenorizada de cada una de las piezas conservadas, una vez realizado el proceso de consolidación en el Instituto del Patrimonio Histórico Español (1) por parte de M.^I. Herráez Martín. La identificación de la madera de la vara fue realizada por C. MachadoYanes en el Laboratoire de Palèoenvironnement, Anthracologie et Action de l'Homme de Montpellier, mientras que la fibra vegetal se pudo determinar en el laboratorio de Etnobotánica de la Universidad de Murcia por D. Rivera Nuñez, M.^L. Precioso Arévalo y R. Llorach Asunción. extremo inferior de la pieza -de forma más acusadamente cónica que su opuesto-sobre una superficie lisa (por ejemplo un pequeño cuenco) como si fuera una peonza. De esta forma sería posible hilar y elaborar la bobina a la vez, ya que una vez concluido el hilado sencillamente se extraería del fuste la fusayola. Siendo consecuentes con esta interpretación, nos hallaríamos realmente ante husos que, no obstante, habrían dejado de serlo desde el momento mismo en que pasaron a ser almacenados y, por tanto, a constituir bobinas de hilo preparadas para ser utilizadas. Para finalizar, creemos interesante señalar la documentación en varios yacimientos prehistóricos centroeuropeos de ovillos de hilo, de forma aproximadamente esférica, que en nada se asemejan a los que nos ocupan y que han sido descritos como tales frente a otro tipo de piezas, en todo idénticas a las halladas enTerlinques, definidas como husos (Masurel, 1985; Boquet, 1989). Con independencia del sistema de hilado empleado -permanezca o no la varilla del huso como soporte para almacenar el hilo-creemos que con toda probabilidad la presencia de ambas formas de almacenamiento de Estado de conservación y tratamiento El estado de conservación de las piezas en el momento en el que fueron exhumados era deficiente, deteriorándose progresivamente a medida que cambiaron las condiciones de humedad y temperatura. En este sentido, se trataba de un material orgánico carbonizado, de combustión incompleta, con una pérdida de la configuración morfológica. No presentaban resistencia mecánica a la menor fuerza de tracción o presión aplicada. Ante esta situación, y tratando de prevenir la posible disgregación de las piezas, se adoptó la medida de consolidar las piezas in situ en el momento de su levantamiento utilizando un adhesivo nitrocelulósico. La rápida combustión de la fibra vegetal a altas temperaturas, aunque incompleta, supone la constitución de un material muy resistente al deterioro biológico, aunque con escasos elementos identificativos de su estructura. Sin embargo, son muy sensibles al daño mecánico como el causado por la fomiación de cristales salinos, la erosión, la presión del sedimento o la infiltración de raíces (Schweingruber, 1982:186). En el caso de los husos, éstos se encontraban infiltrados por cristales de yeso -muy abundantes en el sedimento-y por una red muy fina de raíces que incluso llegaba a atravesar, de lado a lado, alguno de los fragmentos de los fustes, siguiendo la médula de la madera (Lám. Los cristales de yeso se encuentran disueltos en el sedimento mientras el grado e humedad es alto -antes del proceso de excavación-. Sin embargo, son altamente sensibles a los cambios de medio ambiente. La bajada de los valores de humedad durante el proceso de excavación supuso el inicio de la cristalización y el aumento del volumen de las sales, con lo que se crearon tensiones, no sólo entre las fibras sino también dentro de las mismas, causando numerosas fracturas y la disgregación y deterioro del material. Esta cuestión estuvo potenciada por la presencia de raíces que al deshidratarse generan efectos parecidos a los cristales de yeso. Aunque el tratamiento ideal para estos objetos sería la eliminación de todos los yesos y restos orgánicos, esta circunstancia no fue posible por el tipo y características del material. Con todo, el tratamiento para conseguir su conservación y restauración se tuvo que realizar de forma progresiva y en diversas fases de actuación. De este modo, todo proceso de consolidación aplicado a este tipo de piezas puede considerarse como irreversible, no por los productos empleados, sino por la propia naturaleza y estructura del material. Los pasos seguidos en su consolidación fueron lo siguientes: Estudio de cada de unas piezas según las técnicas comentadas con anterioridad. Eliminación del adhesivo utilizado con acetona. Eliminación mediante procesos mecánicos de los restos de sedimentos, cristales de yeso y raíces hasta donde fue posible, intentando en todo momento no dañar el material. Consolidación mediante el empleo de una resina acrílica en disolución -Paraloid B72 al 3% en acetona; idem en xileno-de excelente envejecimiento y que, una vez comprobado, no altera el aspecto de los objetos. Fue aplicado mediante goteo, inyección y atmósfera saturada. Reforzamiento de algunas zonas muy débiles con cera de abeja y pigmento -Maimeri negro humo-. Para su estudio y manipulación una vez finalizado el proceso de consolidación, se les procuró un soporte rígido, de espuma de PE, forrado con fieltro de poliéster y acabado con tejido de poliéster, imitación de lino natural. Los husos fueron cosidos con hilo de seda, excepto la madera para la que se empleó hilo de algodón. Descripción de los husos o bobinas A continuación se detalla la descripción y características fundamentales de las piezas, aportando la identificación de la fibra, fuste, tipo de torsión, densidad y dimensiones. En relación con las dimensiones, algunos autores como Schweingruber (1982) consideran que las fibras vegetales sometidas a altas temperaturas sufren grados de contracción variables, dependiendo de la especie vegetal que se trate, aunque podría establecerse una contracción longitudinal entre el 7-13% y un 12-25% radial-tangencial. Teniendo en cuenta estas consideraciones, la fibra se reduciría entre un 1/5 y 1/4 de su tamaño original, por lo que las dimensiones aportadas por nosotros en la actualidad tendrían que incrementarse, teóricamente, en aproximadamente un 10% de longitud y un 18% de diámetro. V) Fragmento de huso o bobina integrado por varios fragmentos de fuste y de hilo que en su proceso de restauración pudieron ser unidos. Se corresponde con un fragmento mesial de un huso que sólo conserva la mitad de la longitud total de su madeja de hilo, dejando al descubierto el fuste, constituido por una pequeña rama de Fraxinus sp de 7 mm de diámetro máximo. Su grosor es casi uniforme, lo que no permite orientar el fragmento. Sin embargo, por la inclinación del hilo enrollado podría considerarse como el extremo distal. Se trata de una hebra de un solo cabo, con torsión en Z, elaborado a partir de fibras de Scirpus holoschoenus, presentando una densidad indeterminada de hilos por mm^. Sus dimensiones son 107 mm de longitud máxima y 25 mm de grosor máximo. Fragmento distal de una bobina integrado por fuste de 5 mm de diámetro con fibra vegetal hilada con torsión Z. Conserva unas dimensiones de 22 mm de longitud máxima y 15 mm de grosor máximo. Fragmento ¿distal-mesial? de un huso con fuste y fibra vegetal enrollada con torsión en Z. Sus dimensiones son: 22 mm de longitud máxima y 10 mm de grosor máximo. Fragmento ¿distal? de una madeja de hilo con torsión en Z. Sus dimensiones actuales son de 18 mm de longitud máxima y 18 mm de grosor máximo. Fragmento mesial de fibra vegetal con torsión en Z enrollada sobre un fuste. Sus dimensiones actuales son de 20 mm de longitud máxima y 8 mm de grosor máximo. Fragmento mesial de un huso con un fuste de madera de 6 mm de diámetro máximo y fibra vegetal enrollada con torsión en Z. Sus dimensiones actuales son de 32 mm de longitud máxima y 10 mm de grosor máximo. Fragmento de fuste, de 7 mm de diámetro máximo con fibra enrollada con torsión en Z. Sus dimensiones actuales son de 20 mm de longitud y 10 mm de grosor máximo. V) Aunque se documentó fragmentada, en su proceso de estudio y consolidación se pudo conformar su fragmento mesial. Por la forma del fuste que se conserva -constituido por una rama de Fraxinus sp. de 9 mm de diámetro máximo-su grosor y la inclinación del hilo podría considerarse como el extremo distal del huso. La hebra simple está elaborada a partir de fibras de Scirpus holoschoenus con torsión en S, siendo imposible determinar el número Lám.V. Bobinan." 1 (izquierda) y n.° 8 (derecha) del poblado de la Edad del Bronce deTerlinques (Villena, Alicante). Sus dimensiones actuales son de 85 mm de longitud máxima y 28 mm de grosor máximo. Se trata de un huso o bobina casi completa, presentando fracturados ambos extremos del fuste a la altura de la finalización de la fibra. No se encontró ningún fragmento que completase a esta pieza. Su aspecto muestra una considerable concentración de fibra en uno de los extremos, justamente donde se acumularía el hilo contra el contrapeso o fusayola. Por el contrario, conforme nos aproximamos a la mano del hilador, la cantidad de fibra enrollada va disminuyendo de forma constante. En torno a un fuste constituido por una ramita de Fraxinus sp. de 7 mm de diámetro encontramos hebras de un solo cabo át Scirpus holoschoenus con torsión en S, sin que sea posible determinar el número de hilos por mm^. Sus dimensiones actuales son de 122 mm de longitud y 34 mm de anchura máximas. ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE LOS PROCESOS TEXTILES En los yacimientos de la Edad del Bronce peninsular en los que se han conservado niveles estratigráficos generados como consecuencia de un incen- dio incompleto y que se han visto poco afectados por procesos postdeposicionales es muy frecuente documentar numerosas evidencias de cordelería y cestería, principalmente de esparto y, en menor medida, restos de tejidos de diversas especies vegetales. Entre los ejemplos que podemos citar cabe destacar el asentamiento de Cabezo Redondo (Villena), cercano aTerlinques, donde J.M. Soler (1987: 137) documentó objetos de esparto -especialmente cuerdas-en los 18 departamentos que excavó, en los que incluso documentó restos de esparteñas. Junto a éstos, también se registraron algunos restos de tejidos (Soler, 1987: 137, Lám. Del mismo modo, también se han documentado fibras vegetales en yacimientos tan distantes como la Lloma de Betxí (Paterna, Valencia) (Pedro, 1998), El Cerro de los Cuchillos (Almansa, Albacete) (Hernández et alii, 1994), Santa María del Retamar (Argamasilla de Alba, Ciudad Real) (Galán y Sánchez, 1994), El Ventorro (Madrid) (Priego y Quero, 1992), Peñalosa (Baños de la Encina, Jaén) (Contreras et alii, 1997) junto al numeroso y ya ampliamente conocido repertorio de yacimientos del Sureste peninsular (Alf aro, 1984). En todos los trabajos relativos a estos hallazgos se ha puesto de manifiesto la importancia del trabajo de las fibras vegetales en la Península Ibérica para la elaboración de diversos productos como cuerdas trenzadas o torcidas, cestos, sacos, tapaderas, esteras, bolsas, hilo o tejidos, destinadas a cubrir las necesidades básicas de aquellas comunidades campesinas. Todo ello no nos debe extrañar si tenemos en cuenta que fibras vegetales como el esparto, el junco o el lino han sido materiales fundamentales con los que se han realizado labores de construcción, almacenamiento, transporte, acondicionamiento, indumentaria o uso personal hasta prácticamente inicios del siglo XX. Ahora bien, su carácter perecedero y las dificultades de conservación no permiten establecer la verdadera medida de su importancia en el conjunto de los diferentes procesos productivos. Evidencias indirectas de la actividad textil tales como las pesas de telar o las fusayolas, bastante habituales en prácücamente la totalidad de los yacimientos que se han excavado (Alfaro, 1984; López Mira, 1991, 1993; Contreras et alii, 1997) permitirían deducir que dicha actividad se realizaba en el seno de las unidades domésticas como cualquier otra actividad cotidiana. Otra cuestión diferente es la de determinar cuál fue el uso concreto de los objetos de barro cocido interpretados como pesas de telar y los prototipos de telares o los tipos de fibras trabajadas, problemática en la que no vamos a entrar aquí. Los diferentes procesos de trabajo encaminados a la transformación de las fibras vegetales o animales en una amplia variedad de productos ya han sido expuestos en diversos trabajos (Alfaro, 1984; López Mira, 1991; Cardito, 1996). Sin embargo, no cabe la menor duda de que los husos o bobinas presentados constituyen un conjunto prácticamente único y excepcional dentro del panorama general artefactual peninsular. En efecto, su morfología permite deducir interesantes aspectos de la tecnología textil para momentos antiguos dentro de la Edad del Bronce de la Península, al tiempo que su excepcional conservación las convierten en un referente mucho más completo que los ejemplares conocidos hasta la fecha, como el hallado en la motilla de Santa María del Retamar (Galán y Sánchez, 1994: 99). Unos y otros engrosan el catálogo europeo de este tipo de objetos entre los que destacan los del yacimiento lacustre de Chalain (Jura) donde se documentaron tres piezas casi idénticas (Masurel, 1985: 208, Fig. 29, 30, 31 y 33) y los de Charavines (Isère) donde se registraron un gran número de ellos (Bocquet, 1989: 118). Pero sin duda su mayor interés reside en el hecho de formar parte, además, de un contexto bien determinado espacial y cronológicamente, que permite abundar en algunos aspectos paleoetnográficos y paleoeconómicos de especial interés para el estudio de las comunidades déla Edad del Bronce. Desde una perspectiva paleoetnográfica, el empleo de husos manuales para el hilado de diversos tipos de fibras ha sido una constante, al menos desde la aparición de las primeras comunidades productoras de alimentos (Alfaro, 1984; Barber, 1991). Como muy bien señala C. Alfaro (1984: 74) no es necesario el empleo de fusayolas o contrapesos para fabricar un hilo por torsión. Sin embargo, su utilización permitía una producción a mayor velocidad, y al mismo tíempo con el empleo del huso y la fusayola se evitaba que el hilo enroscado se saliese. La documentación de una fusayola o contrapeso en las proximidades del saco donde estaban las bobinas y la morfología y disposición del hilo en éstos, nos permite deducir su empleo. En el mismo sentido, el tamaño de la vara o fuste, aunque no se conserva completo en ninguno de los husos, pudo alcanzar los 20-25 cm -si tenemos en cuenta el tamaño de la pieza n.° 9 y la anchura de las fusayolas-y casi un centímetro de diámetro máximo, muy próximo a los 1,5 cm de los documentados en Charavines (Bocquet, 1989). Otra cuestión planteada en la investigación ha sido la de la torsión de la fibra, bien en S o en Z (Alfaro, 1984: 81). EnTerlinques parece claro que las fibras, todas ellas hilos simples, admitieron tanto su torsión en un sentido como en el contrario. Aunque sobre la base de las piezas individualizadas se aprecia un predominio claro de la torsión en Z -7-respecto de la torsión en S -2-, hay que anotar que ésta última se constata en las dos bobinas mejor conservadas; de modo que si hipotéticamente los fragmentos se considerasen como pertenecientes a una sola bobina ambos tipos de torsión estarían representados por igual en una proporción 2:2. En segundo lugar, desde una perspectiva paleoeconómica, el hallazgo del conjunto de husos es importante tanto por la información referente a la selección y uso de las materias primas adecuadas para su producción y para cubrir las necesidades requeridas, como en relación con el contexto espacial general en el que éstos se encontraban. La vara o fuste de los husos o bobinas es de fresno -Fraxinus sp.-, especie que por los datos que disponemos (Soler, 1987; Machado, 1999) se encontraría en las proximidades del asentamiento. La madera de fresno se documenta enTerlinques, por el momento, empleada exclusivamente para la elaboración de las varas de los husos. Se trata de una madera dura, de alta resistencia mecánica, apreciada en ebanistería y carpintería para la fabricación de piezas resistentes a la flexión (Jacamon, 1979). Al parecer, la madera empleada en la fabricación de los husos ha sido muy diversa. La madera de boj -Buxus sempervivens-o el enebro -Juniperus sp.que se trabajan fácilmente y se pueden alisar y pulir, parecen ser las más utilizadas. En la Edad del Bronce de la Europa Continental parece que es el pino albar -Abies alba M///.-junto al acebo, las especies más frecuentes. En Charavines, A. Bocquet (1994: 77) habla del empleo de maderas ligeras como el acebo, el viburno y el bonetero. Todo ello muestra la realización de prácticas selectivas en el uso de las materias primas existentes en el entorno natural y un elevado conocimiento de las características y adecuación de las diferentes especies leñosas a las diferentes actividades productivas a desarrollar. Esta misma selección era efectuada en las labores de edificación con empleo de postes de pino carrasco, o en la elaboración de diferentes objetos Por su parte, la fibra empleada para confeccionar el hilo procede del denominado vulgarmente como "junco churrero" -Scirpus holoschoenus-. Aunque no es muy frecuente documentar junco en los yacimientos peninsulares (Priego y Quero, 1992), su uso tuvo que estar muy extendido -tal y como señalan numerosos autores romanos como Pomponio Mela o Estrabón-para la elaboración de todo tipo de objetos, principalmente cuerdas e hilo para coser, pescar, etc. y en menor medida tejidos (Rivera y Obón, 1991). En efecto, el hecho de que enTerlinques este tipo de fibra se almacene en forma de bobinas creemos que apoya claramente la hipótesis de su relación más directa con la costura que con la elaboración de tejidos, diferenciándose de otras fibras como la lana o el lino, que muy probablemente se almacenarían en forma de ovillos o madejas. No hemos de olvidar que la fibra vegetal más documentada en el Sureste de la Península ibérica, sin tener en cuenta el esparto, es el lino blanco, cuyos restos proceden en su inmensa mayoría de contextos funerarios (Alfaro, 1984). El Scirpus holoschoenus es una planta cyperácea que emite numerosos tallos formando matas densas de tallos rectos de diferente longitud, superior a los 30 cm. Los tallos son cilindricos y lisos y suelen aparecer habitualmente de forma natural en zonas húmedas, zonas encharcadas o endorreicas y fondos de barrancos con cursos de agua más o menos constantes. Un paisaje caracterizado por amplias lagunas de interior es el que dominaría el entorno inmediato aTerlinques, ya que se ubica en las proximidades de la desecada laguna del Rey de Villena (Bru, 1987). La selección y transformación del junco enTerlinques se justifica, no sólo por su proximidad y abundancia, sino también por las características de sus tallos, que poseen una gran capacidad de disociación de fibras, amplia resistencia y una cierta flexibilidad para trabajarlo. Es especialmente dúctil para ser utilizado en labores de cestería, cordelería y tejidos, aunque mucho más como hilo para coser o pescar. Estas fibras eran necesariamente preparadas antes de su hilado, siendo una fuente de hipótesis de especial transcendencia el testimonio de algunas crónicas sobre las poblaciones de las islas Canarias en el momento de la conquista, como la de F.J. de Abreu Galindo (1977). Al parecer, los juncos debían ser arrancados, machacados y desecados. La experimentación realizada por B. Galván (1980: 49) muestra que el majado es importante ya que acelera su deshidratación al destruirse más rápidamente el tejido medular interno y sobre todo, por que hace más flexibles las fibras y favorece el deshilachado del tallo, permitiendo trabajar con filamentos más finos. El junco es una planta que se encontraría con abundancia en el entorno inmediato al asentamiento, lo que unido a la presencia de las bobinas y de la fusayola, permite deducir que su producción se realizaría en el mismo asentamiento y que su almacenamiento respondía a su posible empleo para la costura o remiendos, especialmente de piezas de esparto tales como capazos, sacos, esteras, etc., sin salir del ámbito doméstico. La abundancia de elementos relacionados con las actividades textiles en numerosos yacimientos de la zona (Jover et alii, 1995) nos muestra que sería una actividad doméstica más, habiéndose apuntado por varios autores (Alfaro, 1984;1989; Cardito, 1996) la posibilidad de que fuese un trabajo propio de mujeres, al menos en lo que respecta al hilado y la tejeduría. La producción textil únicamente empezaría a ser una actividad especializada con clara división social del trabajo con el desarrollo de las primeras sociedades clasistas, en las que junto al mantenimiento de la producción doméstica para cubrir el consumo propio empezarían a surgir especialistas dedicados a la producción de tejidos de especial valor destinados a las clases dominantes o para el comercio.
Making Space es un libro singular. Huelga aclarar que este adjetivo no surge de la mirada del lector sino de la voluntad expresa de la autora quien, como desarrollaré a continuación, logró su cometido. El libro combina capítulos que desarrollan diferentes temas y otros organizados alrededor de los diálogos (entrevistas) personales o vía electrónica que B. Bender mantuvo con diversos historiadores, arqueólogos y miembros del grupo que propone una visión 'alternativa' de Stonehenge. Aunque la tapa sólo contiene el nombre de "Barbara Bender", la portada incluye, como una suerte de compañeros de autoría, la serie de interlocutores de Bender. Ello ya presagia el punto de partida: una posición que entiende al 'autor' como el resultado de todas las ideas, intercambios, historias y biografías que se cruzan para producir la obra. Quizás precisamente por esto, el libro se inicia con una breve autobiografía intelectual ilustrada por caricaturas de Dave Rovinson que muestran y cuentan el recorrido familiar-ideológico-teórico de B. Bender. Debo reconocer que esta parte del libro me hizo preguntar acerca de por qué el cuestionamiento post moderno al 'autor' conduce a la auto-exhibición del mismo. Por otro lado, ¿afirmar que la empresa intelectual está teñida de subjetividad equivale, acaso, al deber de contar la propia historia personal cada vez que queremos describir algo? En el capítulo 2 (Prehistoric Stonehenge landscapes) Bender define sus ideas con respecto al paisaje prehistórico de la siguiente manera (p. Por otro lado, define a Raymond Williams como uno de sus inspiradores en lo que se refiere al proyecto de una historia social y cultural del paisaje. Quizás un elemento interesante -que se señala en el diálogo con el historiador Ronald Hutton (Capítulo 5: Dialogues 2: Contested Landscapes)-es el tipo de relación que se establece con los textos de disci-plinas académicas relacionadas cuando uno cruza los límites tradicionalmente trazados entre ellas. En este caso específico, un historiador cuestiona a una antropóloga la lectura simplista de la evidencia basándose en interpretaciones consagradas pero que, al mismo tiempo, han sido o están siendo objeto de revisión en la historiografía más reciente. En especial, lo que se cuestiona es la visión polarizada de Le Goff del mundo medieval frente a la evidencia de los documentos de la iglesia que los historiadores ingleses han trabajado. Estos muestran unos matices negados en la interpretación francesa que, sin indagar en las investigaciones contemporáneas, B. Bender había aceptado. Las causas pueden ser muchas y pueden incluir una traducción o una lectura tardía de Le Goff. Singularmente, frente a los historiadores, las opiniones de Bender quedan en una posición similar a las que ella analiza sobre la visión del pasado por los no profesionales. Esto me hace preguntar por qué la voluntad de situar históricamente el propio discurso no conlleva una voluntad de investigación histórica rigurosa. También me hace pensar en que la biísqueda de la multivocalidad tiende a favorecer las voces extra-académicas y que quizás, eso mismo, nos lleva a olvidar esa práctica tan sana como es revisar de la manera más exhaustiva posible la bibliografía sobre un tema particular. Las ciencias de campo, como la arqueología, suponen también la relación entre el científico y muchos otros como, por ejemplo, los habitantes del lugar, quienes, lejos de presentarse como meros objetos o informantes, disputan el papel de encarnar a los verdaderos conocedores de las claves para escribir sobre ese sitio: son quienes poseen las observaciones realizadas de manera sostenida, el conocimiento del paisaje y de los códigos locales dados por el tiempo y por ser un 'nativo'. Recordemos que, a diferencia del laboratorio, el 'campo' es un espacio abierto, cuyo control el científico no puede garantizar (Kuklick y Kohler, 1996). El campo, quizás de manera similar a una biblioteca o a un archivo, no puede 'cerrarse' a los aficionados ni tampoco a otros equipos de científicos. Incluso en épocas de profesionalización y especialización consolidada, no son extraños los casos de recolección del objeto que 'pertenece' a un campo disciplinario por parte de los practicantes de otro (Vessurí, 1999, Miotti y Podgorny, 1995). Los restos arqueológicos y paleontológicos, los vocabularios, las músicas, las leyendas y las industrias indígenas, las historias de vida, las historias locales, las rocas, los moluscos resultan especialmente atractivos para coleccionistas, universitarios o no, que no pueden resis-T. R, 58, n.^' 1, 2001 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es tirse a la tentación de 'levantar' o registrar eso que parece abandonado y presto a desaparecer. Sin embargo, mientras que ni los geólogos ni los malacólogos han visto peligrar su campo de trabajo por la competecia de los aficionados, otras áreas tejieron parte de su profesionalización solicitando la intervención del Estado a través de legislaciones sobre el control de las colecciones y del trabajo en los yacimientos. Resulta sumamente interesante leer el capítulo 4 (Contested Landscapes: Medieval to present day), donde se relata precisamente cómo se fue tejiendo la relación entre arqueólogos profesionales, las 'piedras' y las leyes inglesas para la protección de lo que, en un momento, se transformó en uno de los símbolos de la Nación. En este sentido aparece como punto máximo de esta historia, la intervención de la policía en la década de 1980 para salvaguardar la integridad del sitio frente a los usos de grupos de 'druidas', travellers y otros que se disputaban el 'control' del sitio con los lobbies patrimoniales, turísticos y profesionales. En diálogo con Jan Hodder (Capítulo 7), este último recuerda que las polémicas en torno a Stonehenge no son comparables con la violencia desatada en otros contextos por el control de la historia y de sitios 'arqueológicos' como Ayodhya en la India. La idea misma de sitios arqueológicos hablaría de lugares (Bender preferiría hablar de paisajes -landscapes-) que pertenecen a una dimensión pretérita y que han sido sustraídos del presente. En este sentido, quizás sea interesante comparar con el complejo de Angkor Wat en Camboya. El visitante de inicios del siglo XXI se encuentra con un panorama que difícilmente puede calificar de restos o de ruinas: las imágenes de Buda o sus fragmentos son adorados en sus altares y con sus monjes. Al mismo tiempo, los reservorios de agua construidos hace siglos, son utilizados como fuente de pasturas para el ganado. Por otro lado, los niños que actúan como guías o venden souvenirs y bebidas, las mujeres y niños mutilados por la explosión de las minas, o la población que vive entre los templos ven en Angkor más que un sitio sagrado, un lugar al que concurren turistas que pueden ayudarlos a sobrevivir. El uso sagrado de los templos de Angkor podría hacer pensar en una continidad entre sus años de apogeo y el presente. Sin embargo, esto oculta un hecho singular como es el florecimiento del budismo en los últimos años en relación a la restauración de la monarquía de Norodom Sihanouk que se define como un régimen religioso. La obra de Bender con respecto a Stonehenge y los conflictos de Ayodhya muestran que las ruinas están vivas y nos son contemporáneas, pero también muestran que siempre lo estuvieron y que en realidad, pueden ser estudiadas en relación a más de un contexto cultural (cf. Michell 1982 para distintas maneras de representar a los megalitos). Para concluir, este libro constituye un excelente monumento para la historia de la antropología y la arqueología británicas. Los documentos, los diálogos, las ideas que Barbara Bender presenta, dan testimonio de las pretensiones y de las creencias de una comunidad académica que, todavía hoy, oscila entre la opulencia y las consecuencias -y el recuerdo-de los años de Margaret Thatcher. Agradezco a Lewis Pyenson haberme señalado este libro y a Tamara Teneishvili, su hospitalidad. MICHELL, J. (1982) Apenas existen en la literatura arqueológica escrita en castellano estudios sobre la guerra o la violencia en la Prehistoria y aunque en las publicaciones se encuentren alusiones, pocos trabajos están enfocados de alguna manera a este tema (Monks, 1997(Monks,, 1999)). Este escaso interés, que también existía en lo escrito en otros países, parece estar obviándose en los últimos años. La reciente atención hacia la guerra y las manifestaciones de violencia ha dado lugar a libros como el de Lawrence H. Keeley (1996), los editados por John Carman (1997) y por este autor y Anthony Harding, que será objeto de esta reseña, o el recientemente escrito por J. Guilaine y J. Zammit (2001). Me parece importante señalar que esta aparentemente repentina inclinación hacia el tema se podría conectar con los últimos acontecimientos políticos en concreto en Europa (me refiero a la guerra de Yugoslavia o al conflicto kosovar) (p. Como señalan los editores de Ancient Warfare, mediante el estudio de la guerra en la Prehistoria se intenta entender, hoy en día, cómo y porqué aparece el conflicto, y cómo afecta la guerra al desarrollo de las sociedades en cuestión. En la introducción se plan-T. R, 58, n.° 1, 2001 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es tean una serie de cuestiones que los editores piden responder a los autores de los capítulos: ¿qué podemos aprender los arqueólogos del estudio de la guerra en contextos etnográficos y situaciones históricas?, ¿por qué las sociedades inician guerras?, ¿qué ventajas les proporcionan y que riesgos implican?, ¿qué evidencias arqueológicas nos hablan sobre la guerra en el pasado, antes de (o sin) la escritura?..., ¿de qué manera influyó la guerra en el desarrollo de Europa?..., ¿puede la arqueología contribuir al estudio de la guerra? (p. Para ello a lo largo del libro se discuten evidencias arqueológicas de violencia que van desde el Paleolítico hasta el siglo V d.C. Esta amplitud cronológica no se sigue en un plano geográfico, puesto que la mayor parte de los artículos se refieren a la Prehistoria europea, a excepción de los de Don Brothwell, que adopta una perspectiva más global; Jonathan Haas, que analiza el origen de la guerra y de la violencia étnica en el sudoeste de Estados Unidos y John Carman, que presta atención a las batallas más antiguas en Europa, Norte de Africa y Asia. Los editores resaltan ya desde un principio la ambigüedad del termino 'guerra', y explican que los intentos para definirla realizados desde la antropología se basan en una visión occidental y contemporánea (p. Tal consideración ha llevado a determinados autores a entender la guerra en la Prehistoria como algo anormal, una patología de la sociedad (Carneiro, 1994: 4) y al desarrollo de una visión pacífica de las sociedades prehistóricas (Vencí, 1984: 117), imagen que han rechazado algunos investigadores, en especial Keeley (1996: 175-176) quien defiende que la guerra prehistórica es tan efectiva y mortífera como la actual, pero realizada con muy pocos medios. En todo caso en el volumen que comentamos se proponen tres elementos como evidencia de confrontación: restos óseos humanos con trazas de violencia, armas y equipamiento necesario para la guerra y estructuras defensivas. Muchos de los trabajos tratan de estos temas a lo largo de diversas épocas y en mi explicación intentaré en lo posible ordenar mi discusión siguiendo los criterios expuestos y, en cada uno de ellos, el orden cronológico de aparición de nuevos elementos. Comenzando con el tema de la violencia, la especie humana ha probado su potencial agresividad desde el Paleolítico, como los cráneos fracturados de Australopitecus y Pitecantropus (p. 58), de Homo erectus (Zhoukoudian, China) o el cráneo neandertal de Shanidar I (p. 77) sugiere que estas evidencias de violencia se mantienen hasta el Musteriense, momento en el que la relativamente baja densidad de población combinada con la abundancia y diversidad de recursos hizo que los grupos paleolíticos encontraran estrategias pacificas de coexistencia. Sin embargo, todos los autores coinciden en que las evidencias son insuficientes para indicar, conclusivamente, la existencia de guerra en esta época. Estos conflictos habrían de relacionarse con formas de violencia generadas por las disputas por el acceso a los alimentos, a las parejas o por la defensa del territorio. En relación con esto, Don Brothwell analiza las distintas formas de agresión humana y sus aspectos psicológicos, patológicos, demográficos y sociales. Durante el Mesolítico las agresiones se hacen más patentes gracias a la conservación de proyectiles de piedra y hueso dentro de esqueletos humanos (pp. 59-60), y es el cementerio mesolítico de Vassirevka 3 (datado en el 10 000 BP) el que presenta las más tempranas evidencias (p. Por su parte, en su estudio sobre los Balcanes, John Chapman indica que las comunidades mesolíticas estaban potencialmente bien armadas mediante puntas de flecha de hueso y mazas de piedra, hueso o asta (p. Vencí (pp. 59-60) propone que la violencia durante este periodo debe valorarse como un signo de conflictos intragrupales derivados del éxito de un nuevo patrón de conducta social y no como el reflejo de una serie de luchas de competitividad ocasionales como había pasado en el periodo anterior. La degradación medioambiental y el estrés demográfico que provocan la rivalidad por los recursos y la necesidad de mantener la integridad de un territorio que proporciona a las poblaciones su forma de subsistencia se consideran, por tanto, las principales causas de conflicto. En el Neolítico la cantidad de señales de violencia en los restos óseos se multiplica, los fipos de heridas son los mismos que para el Mesolítico, es decir, puntas de flecha incrustadas en huesos y fracturas craneales, pero aparecen los primeros enterramientos que atestiguan masacres extensivas (Talheim, Alemania) (p. Ya en el Calcolítico Chapman señala cuatro nuevos desarrollos característicos de la guerra: la producción de las primeras armas de metal, la difusión de las mismas, su imitación en materiales de baja calidad y su inclusión en el ritual de enterramiento. Las armas son el segundo criterio para inferir la existencia de guerra y violencia en la Prehistoria. Aunque éstas son un elemento principal desde la Edad del Bronce, su estudio se hace posible ya en momentos anteriores, como así lo muestran las referencias a las mismas hechas por John Chapman, que propone una muy útil evolución de las mismas desde el Mesolítico y por Roger J. Mercer, que dedica su estudio a los arcos y flechas del Neolítico británico. Pero el nuevo armamento que aparece durante la Edad del Bronce indica una rápida evolución de las armas durante esta época, como muestra el estudio de Anthony Harding. 177) la demanda de nuevas habilidades y técnicas militares que requieren un elevado coste económico y social, es lo que motiva la aparición de las aristocracias guerreras y la formación de una nueva élite en Europa. A mi parecer, ésta utilizaría la guerra como forma de mantener y justificar su estatus. Los cambios que se producen en esa nueva clase social y cómo evoluciona a lo largo de la Edad del Hierro son analizados por Klaus Randsborg. La aparición de los primeros asentamientos defendidos durante el Neolídco de Anatolia y el Egeo es el principal foco de atención de Dimitra Kokkinidou y Marianna Nikolaidou. La localización de estos re-T. R, 58, n." 1, 2001 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es cintos cercados (enclosures) típicos a lo largo de Europa central y occidental lleva a Vencí a plantearse las distintas funcionalidades que pudieron tener: desde asentamientos fortificados, refugios, santuarios, mercados, lugares de encuentro, símbolos de estatus o recintos para el ganado (p. Por su parte Chapman arguye que las principales objeciones a la consideración de los enclosures del Neolítico y de la Edad del Bronce y de las fortificaciones de la Edad del Hierro como estructuras de defensa son lo que él denomina principios simbólicos: el de identidad y el estatus. Ambos tipos de estructuras definirían el lugar del grupo más que su defensa; por otra parte, su magnitud, innecesariamente grande, en algunos asentamientos llevaría a pensar que su función principal no era la defensa sino el incremento o la demostración del prestigio individual o de grupo (p. Dos de los capítulos del libro tratan de temas que no se pueden fácilmente clasificar dentro del esquema propuesto. Estos son los de Hanson y de Shepherd. El primer autor estudia el caso de las luchas entre las ciudades-estado griegas prestando especial atención a la infantería hoplita, para lo que se basa en referencias históricas proporcionadas por la literatura clásica. Deborah Shepherd analiza la guerra en la sociedad anglosajona del siglo V d.C. y para ello introduce un elemento escasamente tratado de forma explícita en el libro, el estudio del género y del papel de las mujeres y el estudio de las damas guerreras (maiden warriors) que aparecen en las leyendas anglosajonas. La autora apunta a la posibilidad de "hombres feminizados" en casos de enterramientos sexualmente ambiguos asociados con armas (¡aunque habría que preguntarse por qué no considera la posibilidad de "mujeres masculinizadas"!). El libro presenta un amplio panorama de los estudios actuales sobre la guerra desde una perspectiva arqueológica y representa un excelente medio de conocer cuál es el estado de la cuestión y abrir nuevas perspectivas en la interpretación del registro arqueológico. La trascendencia del tema me hace sugerir que éste debería incluirse con mayor solidez en la investigación de nuestro país. Estudios del calibre de la impresionante sepultura colectiva de San Juan ante Portam Latinam (Laguardia, Álava) (Vegas et alii, 1999), además de gran cantidad de otros tipos de evidencias (depósitos, substanciales murallas, aparición de nuevas tipologías, etc.) parecen indicar la necesidad de una reflexión de este tipo en la prehistoria española. http://tp.revistas.csic.es ron eco del descubrimiento y de la importancia que semejante hallazgo suponía para la ciencia prehistórica hispana. Con semejantes antecedentes se comprenderá que se esperase con impaciencia esta obra que ahora publica la Junta de Castilla y León, en colaboración con la UNED, en su serie Memorias de Arqueología en Castilla y León. Aunque el libro cumple con creces las expectativas en él depositadas, es posible que el formato de edición no sea el más adecuado para una monografía de estas características, que requiere la publicación de un número importante de ilustraciones y el uso de encartes y color en las mismas; mas el resultado es digno, elegante y de gran claridad expositiva, facilitada esta última por la doble columna en el texto, las ilustraciones al pie y la calidad de éstas, muy en la línea de la excelente doctrina teórica a la que acompañan. El libro se abre con la breve Presentación del Presidente de la comunidad castellano-leonesa quien, tras recordar la publicación de una monografía anterior dedicada a la Cueva de La Griega, también en Segovia, alude a la excepcionalidad del conjunto al aire libre de Domingo García, a la ardua labor de campo llevada a cabo por los autores y al desarrollo de una metodología novedosa en todo el proceso investigador. El recuerdo de Siega Verde y Foz Coa y su relación con el conjunto segoviano, es otra de las notas determinantes de una presentación que nos parece ajustada y digna del gran estudio que anuncia. En la Introducción que sigue, a la labor de los autores se une el autorizado juicio de Paul G. Bahn, quien se congratula de su participación en este trabajo -a él se debe también el extenso resumen en inglés, con las principales consideraciones tanto técnicas como cronoestilísticas, que pone fin a la obra-por tratarse de la primera monografía que analiza en profundidad el fenómeno del grabado paleolítico al aire libre, al que considera como el más importante avance en el estudio de la iconografía paleolítica desde que se produjo la autentificación del arte rupestre. Bahn dice de los autores que han presentado correctamente la "era post-estilística" sin olvidarse del estilo y anuncia que es de suponer y esperar que otros muchos casos de figuras paleolíticas se encuentren sobre rocas al aire libre, pues sin duda debió ser el más típico y ubicuo de las manifestaciones artísticas de la Edad del Hielo. Y, en tal sentido, el caballo piqueteado de Domingo García, el équido completo y los dos cuadrúpedos fragmentados de Mazouco, las figuras más pequeñas y de trazo fino no piqueteadas de Fornols-Haut, el équido piqueteado de Piedras Blancas, el extenso grupo piqueteado e inciso de Siega Verde, el propio conjunto del macizo de Santa María la Real de Nieva aquí analizado y el elenco de figuras de Foz Coa -hallazgos todos comprendidos entre 1970 y 1994-se nos presentan como hitos inevitables en una realidad que, como señalara P.G. Bahn, ha terminado por imponerse avanzando un esperanzador futuro con una nueva interpretación y valoración del Paleolítico en la Europa Occidental. Tan interesante introducción no olvida presentarnos el proceso de elaboración de la obra y su propia configuración y así los propios autores nos dividen su trabajo en tres grandes apartados: un primero, que analiza las distintas disciplinas auxiliares del estudio y que da cuenta de la Historia de la Investigación, de la Geomorfología de la comarca, de los Factores Geológicos inherentes a los grabados, de la Fauna del Paleolítico Superior Ibérico como marcador medioambiental y del análisis de los liqúenes sobre roca en el conjunto de Domingo García. Un segundo, que trata de la Metodología empleada y de un cumplido inventario de los distintos núcleos artísticos (El Cerro de San Isidro, Las Canteras, Ortigosa de Pestaño, Valdebernardo-Cañamares, Río Eresma y La Dehesa de Carbonero). Y, finalmente, un tercero que abarca un preciso capítulo de Conclusiones y Síntesis Iconográfica, el estudio del Poblamiento de la Meseta durante el Paleolítico Superior, la Zooarqueología del periglaciar en la Península Ibérica, el conjunto de Domingo García en el contexto del Arte Paleolítico de la Meseta Española, un Epílogo, absolutamente gratificante por cuanto tiene de valoración de la obra por sus propio<s autores y de las expectativas futuras de éstos sobre el conjunto investigado, una abundante bibliografía que, aún no teniendo a juicio de los autores la ambición de ser exhaustiva ni completa, reúne 273 títulos empleados en la elaboración y redacción del texto final y, por último, el ya mencionado resumen en inglés. Pese a quedar, con lo que antecede, perfectamente extractada la obra se nos ha de permitir, dada la riqueza documental y teórica de la misma, que retomemos, si quiera brevemente, cada uno de los apartados citados y así poder añadir al lector aun mayores argumentos para la celebración del nacimiento de tan magnífico trabajo y de su trascendental aportación a la grafía paleolítica. Tras el recuerdo de los trabajos de F. Gonzalo Quintanilla, R. Lucas Pellicer, E. Martín, A. Moure y E. Ripoll Perelló, tanto en-torno al gran caballo piqueteado y de estilo naturalista como al amplio conjunto de grabados durante tanto tiempo atribuibles al arte esquemático, y, de manera especial, tras la llamada de atención sobre la valoración tradicional de las representaciones rupestres paleolíticas al aire libre, se da cuenta de la historia del descubrimiento de éstas en Domingo García y como al azar -aquella noticia inicial de la alcaldesa D^ Araceli Miguel sobre la existencia de un nuevo équido, que luego resultaría de reciente realización-vino pronto a unirse una intensa labor de prospección, que localizaría uno de los más importantes conjuntos de representaciones paleolíticas al aire libre tanto por su interés como por la extensión que venía a ocupar: un amplio espacio de 12 Km de longitud y 1.5 Km de anchura, es decir: buena parte de la zona conocida como comarca de Sta. María la Real de Nieva. Precisamente, la comarca de Sta. María la Real de Nieva es analizada por J.F. Jordá Pardo, desde un punto de vista geomorfológico, los conjuntos rupestres es-T. R, 58, n.° 1, 2001 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es tudiados se localizan sobre las rocas metamórficas precámbricas y paleozoicas -sobre las formas que configuran la unidad geomorfológica denominada superficie inferior exhumada-, destacando las manifestaciones artísticas desarrolladas en las laderas del relieve residual tipo inselberg de Cuesta Grande, en cuya ladera S se encuentra el conjunto rupestre del Cerro de San Isidro. Los factores geológicos en los grabados rupestres de Domingo García, analizados por C. Martín Escorza en el tercer apartado de la obra, vienen a determinar que éstos se hicieron por incisión (con un buril o lasca de sílex o cuarzo) y piqueteado de superficies planas y orientación preferencial S, aunque también son frecuentes los orientados hacia el O; se encuentran sobre fracturas casi verticales, con planos en su mayoría orientados al NE-SO, y se concluye que los grabados de trazo fino son contemporáneos del período de fuertes vientos (edad aún por determinar), que dieron origen a que en los planos de fractura entonces expuestas se desarrollara una fina película de barniz silícea, frágil, pero resistente a la erosión, factor éste esencial para favorecer no sólo la ejecución de los grabados sino también su conservación. Dicen los autores, y dicen bien, que el arte paleolítico es la documentación sobre los mamíferos más antigua realizada por el hombre, y desde esta perspectiva R. García Perea y J. Gisbert de la Puente, autores del capítulo cuarto titulado La fauna del Paleolítico Superior ibérico como marcador medioambiental, se preguntan por la información que dicha documentación ofrece a la Zoología. En un estudio dentro del estudio, ellos mismos se contestan analizando la fauna representada en los yacimientos paleolíticos de la Península Ibérica, en general, y en Domingo García en particular. Concretan la presencia, en las cordilleras Pirenaica y Cantábrica, de elementos "eurosiberianos", propios de climas fríos rigurosos y de preferencia esteparia, como el mamut, el reno, el bisonte, el glotón y el lince, especies a las que se unen las propias europeas de climas menos rigurosos como el íbice alpino, el jabalí y el caballo. En esta zona y en el resto de la Península Ibérica aparecen, además, especies endémicas y de Europa meridional, propias de climas más cálidos y de biótopos mediterráneos con bosques y afloramientos rocosos: cabra montés, rebeco, uro, caballo y conejo, a los que habría que añadir el ciervo, especie Holártica de bosques templados. Por lo demás, el hecho de que no aparezcan las especies de zonas frías en los yacimientos incluidos en la actual región mediterránea les hace sugerir que ya en el Paleolítico existían dos zonas de clima diferenciado que se reflejaban en diferentes asociaciones faunísticas y que vendrían a coincidir a grandes rasgos con la actual distribución de las regiones Eurosiberiana (área cántabro-pirenaica, Galicia y norte de Portugal) y Mediterránea (resto de la Península). En Domingo García, por su parte, estarían representadas gran parte de las especies mencionadas: équidos, bóvidos, cápridos y cérvidos, claramente asociados a especies cuya identificación zoológica no plantea ninguna duda y cuya existencia pleistocena está perfectamente documentada, solventando así una de las primeras discusiones surgidas en torno a la autenticidad del conjunto paleolítico al aire libre de Domingo García. ningún rasgo anatómico determinante a nivel taxonómico-, sin olvidar los conjuntos de trazos. Y todo ello siguiendo siempre una organización precisa que les permite acercarse a la zona tratada y elaborar un inventario analítico que partiendo de la roca les conduce al panel grabado y de éste a cada una de sus figuras. Con el capítulo octavo, dedicado a Conclusiones y Síntesis Iconográfica, se inicia la tercera y última parte de la obra que nos permitirá acercarnos a la descripción artística de cada núcleo; al análisis de los elementos compositivos de las figuras -de manera especial a través de las 8 tablas comparativas de las distintas especies representadas-; a las técnicas -trazo simple, estriado, discontinuo, múltiple, piqueteado y raspado-, modelados, perspectivas -perfil absoluto, perspectiva biangular recta, perspectiva biangular oblicua y perspectiva uniangular-, estilos y superposiciones empleados; a las convenciones morfométricas usadas en las representaciones -terminación del morro, crineras de los équidos, configuración de la parte superior de la cabeza de cérvidos, caprinos, équidos y bóvidos, de las líneas cérvico-dorsales en todos ellos y de las formas de las patas-; a las figuras representadas y a las que están ausentes -como mamuts, bisontes, oso de las cavernas, rinocerontes lanudos o renos, que anotara Bednarik con argumentación tan peregrina que ante su falta los conjuntos rupestres al aire libre no pueden adscribirse al arte paleolítico-; y, por supuesto, a la problemática de la datación. Para los autores, en el conjunto paleolítico al aire libre de Sta. María la Real de Nieva, se destacan dos horizontes culturales: uno más antiguo, atribuible al Solutrense, y otro algo más reciente, al Magdaleniense, sin olvidar otra amplísima serie iconográfica piqueteada de cronología reciente que habrá de merecer estudio monográfico aparte. Y todo ello con dos premisas serias y, por ahora, evidentes: a) Domingo García, Siega Verde y Foz Coa permiten pensar en la existencia de una unidad cultural en la cuenca del Duero a finales del Pleistoceno que puede ser reflejo de su poblamiento, como una posible vía de comunicación desde la costa atlántica hacia el interior de la Meseta; y b) la existencia de tan importantes conjuntos de arte rupestre Paleolítico al aire libre demuestra que una gran parte del arte cuaternario se produciría en este medio y no exclusivamente en cuevas como se venía creyendo. Ripoll López y Municio González, conscientes de la necesidad de una adscripción cronológica más precisa para Domingo García y de que ésta puede llegar con un mejor conocimiento del poblamiento de la Meseta durante el Paleolítico Superior, se adentran, en el capítulo noveno, en su estudio. Tras valorar los escasos vestigios de ocupación conocidos y, de manera especial, las aportaciones que se han producido en los últimos años (Cueva de la Uña, El Espertín, Cueva del Níspero, Palomar de Mucientes, Dehesa del Tejado de Bejar, Estebanvela y sus piezas de arte mueble, la placa decorada de Villalba, el posible glotón del Jarama II, Jarama I, Peña Capón y los abrigos de Buendía y del Alto valle del Segura) que, aunque complejas. Mas, por encima de todo, el epilogo nos resulta esperanzador e ilusionante al hacernos partícipe de afirmaciones relativas a la mayor representatividad de los conjuntos de arte rupestre paleolítico al aire libre y de supuestos futuribles que hablarían de un arte Pleistoceno localizado fundamentalmente fuera de las cuevas, que esperan la aplicación de metodologías como las en este libro empleadas para salir a la luz. La Universidad Nacional de Educación a Distancia y la Junta de Castilla y León deben sentirse or-guUosas de haber apoyado la elaboración de esta investigación y de su posterior publicación y deberían tener muy presente la intención de sus investigadores, tan claramente expuesta en el epflogo mencionado, e iniciar con ellos una segunda fase en el estudio y aún mejor comprensión de las manifestaciones artísticas del macizo de Santa María la Real de Nieva. Y es que la investigación llevada a cabo es tan grandiosa, la aportación a la Ciencia Prehistórica tan importante y el compromiso de los autores tan ejemplar que no hay razón para que las instituciones citadas, y cualesquiera que puedan añadirse, no pongan a disposición de tan excelente equipo los medios precisos para completar un trabajo que ya de por sí nos parece culminante. Al menos que nunca pueda decirse que la falta de medios impidió el desarrollo de una investigación tan brillantemente iniciada. GARCÍA-ALBI, I.: "Nuevos descubrimientos de arte prehistórico obligan a replantearse las teorías sobre el Paleolítico". MARTÍN, A.: "Aparecen en Segovia un centenar de nuevas pinturas (sic) rupestres del Paleolítico". M.M.G.: "El municipio de Domingo García alberga restos del Paleolítico Superior. Los grabados prehistóricos de Segovia compiten con los de Altamira". RIPOLL LÓPEZ, S. y MUNICIO GONZÁLEZ, L.J. (1992): "Las representaciones de estilo paleolítico en el conjunto de Domingo García (Segovia)". de la zona, planos que indiquen la localización exacta de los monumentos o cómo poder acceder a los mismos. Del mismo modo, la obra adquiriría mayor consistencia científica, sin menoscabar su carácter divulgativo, mediante la presencia de citas en el texto. Su ausencia es quizás la causa de que en la bibliografía haya libros que no se mencionan en los capítulos. En la "fase clásica" (1887 -1950), sólo aparecen 3 obras, en portugués y escritas por autores portugueses, mientras en la "fase moderna" se recogen 11 obras, entre las que se incluye una obra en alemán -si bien hay dos obras de los Leisner-. En ningún momento cita otros autores que no escriban en portugués, aunque éstos aporten perspectivas generales. Es especialmente notable la ausencia de bibliografía española, que por su proximidad y por el significado similar en la interpretación de los monumentos y de la cultura material, debería ser recogida y tomada en consideración. Las evidencias de la metalurgia prehistórica han sido una parcela característica del registro arqueológico de la Península Ibérica desde finales del siglo XIX. Bien en forma de artefactos acabados en diferentes contextos de deposición, bien como resultado de las etapas de producción, dichos restos han atraído la atención tanto de arqueólogos como de arqueometalúrgicos; los primeros han propuesto modelos de cambio social en los que la metalurgia juega un papel más o menos causal, mientras que los segundos se han centrado en los métodos de producción y en la procedencia del metal. Aunque la producción metalúrgica de la Península Ibérica ha sido estudiada mediante los métodos de' Traducción: Antonio Uñarte González. Correo electrónico: [EMAIL] la arqueometalurgia desde los tiempos de los hermanos Siret en el sureste de España, fue el importante programa analítico del equipo de Stuttgart, Studien zu den Anfangen der Métallurgie (SAM), el que proporcionó las series de datos sobre la composición de los artefactos de las Edades del Cobre y del Bronce necesarios para considerar el estudio de la tecnología y las inferencias sobre la procedencia dentro de un contexto europeo más amplio (por ejemplo, Jünghans et alii, 1960). Pero el programa SAM fue objeto de importantes críticas en el mundo angloparlante, no tanto por sus procedimientos analíticos como por sus inferencias sobre la procedencia, basadas en métodos estadísticos y en supuestos relativos a la uniformidad de la composición del propio mineral. En muchas áreas de Europa, los arqueometalúrgicos se refugiaron en los análisis regionales a menor escala y utilizaron la medición de elementos traza en la composición para inferir únicamente la tecnología. El nuevo método de análisis de isótopos de plomo fue desarrollado para formular lo que parecían ser inferencias más fidedignas sobre la procedencia de los artefactos metálicos (por ejemplo. Dentro de la arqueología ibérica, la finalización del programa SAM' dejó un importante vacío en el análisis de los artefactos metálicos. Los pasos encaminados a llenar este vacío fueron emprendidos por el veterano Profesor Fernández-Miranda, quien, como Director General de Bellas Artes, adquirió la maquina-• ria para el análisis de fluorescencia de rayos X en Madrid y reunió el equipo de arqueólogos y arqueometalúrgicos que conformó lo que se llegó a conocer como el Proyecto de Arqueometalurgia. La escala de la investigación analítica iniciada por el Profesor Fernández Miranda y sus colegas puede apreciarse en la publicación de los dos volúmenes aquí examinados, relativos a los análisis de artefactos de las Edades del Cobre y del Bronce y a sus interpretaciones regionales, y en otros dos volúmenes proyectados, relativos a los análisis metalográficos, a la tecnología de producción y a una síntesis de los procesos metalúrgicos iniciales en la Península Ibérica, así como de la producción temprana de oro y plata. Además, estos últimos años han visto la publicación de una impresionante serie de síntesis regionales y de yacimientos, que incluyen resultados analíticos de la metalurgia inicial en España (por ejemplo, Montero, 1994; Delibes de Castro y Fernández-Miranda, 1988; Díaz-Andreu y Montero, 1998; Delibes de Castro et alii, 1999; Simón García, 1998; Ruiz-Gálvez,1995). La combinación de las informaciones analítica y contextual incorporadas en estas publicaciones supone claramente un importante empuje al estudio de los orígenes de la metalurgia en la Península Ibérica. El primer volumen del Proyecto de Arqueometalurgia contiene los resultados de 2.099 análisis de elementos traza en artefactos fechados fundamentalmente en el Calcolítico, el Bronce Antiguo y el Bronce Medio en España. Sólo las Islas Baleares están omitidas, debido a la publicación de sus análisis en otro lugar (Delibes de Castro y Fernández-Miranda, 1988). Los http://tp.revistas.csic.es materiales analizados proceden de museos, colecciones y excavaciones con buena información contextual. Las frecuencias absolutas de análisis privilegian, nada sorprendentemente, a Andalucía y la Meseta Sur, y hay variaciones en las frecuencias de piezas analizadas en relación al número total de piezas conocidas en cada provincia. La inmensa mayoría de las muestras analizadas son artefactos de cobre (1 623), siendo inferior el número de artefactos de oro (34) y plata (59); minerales (202), escorias, crisoles, lingotes, moldes, etc., conforman el resto de los análisis. Los inventarios están presentados por provincias, ofreciéndose en cada caso el nombre de la localidad o del término municipal, la localización y el número de inventario de la muestra analizada (por ejemplo, museo/colección), el tipo de evidencia artefacto/producción, el número del análisis, la cronología por períodos, el tamaño y el peso, el número del correspondiente análisis del SAM -si lo hay-, la frecuencia de los elementos traza y las referencias bibliográficas. También se incluyen las ilustraciones de los artefactos más característicos o peor conocidos. Cuatro apéndices incluyen una lista alfabética de todos los yacimientos, codificados por provincias (los números de página de los análisis habrían sido útiles aquí también); las muestras analizadas tanto por el SAM como por su proyecto; los principales tipos de objetos analizados por orden alfabético y también por yacimiento y código provincial (podría haberse simplificado esto resaltando los tipos de objetos o utilizando un tamaño tipográfico diferente), y los objetos de plata analizados. Estos análisis proporcionan una base para el estudio de la metalurgia temprana en la Península Ibérica y el volumen comprende una importante colección de datos sobre la composición del metal en el tercer y segundo milenios a.C. No es, por supuesto, un corpus de análisis de elementos traza en la Península Ibérica, como puede advertirse a partir de los análisis llevados a cabo en otros laboratorios y publicados recientemente, por ejemplo, para la provincia de Valencia (Simón García, 1998). Los estudios regionales del volumen II comparten una estructura más o menos común al presentar las evidencias de los recursos minerales locales y las actividades de producción metalúrgica, así como tablas de descripciones y análisis de objetos metálicos por grandes períodos (Calcolítico, Bronce Antiguo, Bronce Medio). Existe alguna variación en el nivel de detalle dedicado a estos temas, así como en el grado de discusión del contexto social de la producción metalúrgica. Hay menciones al 'prestigio', a 'las sociedades jerarquizadas' y a 'la complejidad social', pero escasa discusión adicional acerca de su significado y utilidad a la hora de estudiar el cambio social. Hay poco espacio aquí para un detallado resumen de los principales puntos relativos al estado de nuestros conocimientos de la metalurgia temprana en cada región. La ausencia de una síntesis editorial (presumiblemente proyectada para el volumen IV) deja al lector la responsabilidad de abordar cualquier estudio comparativo de la metalurgia antigua en la Península Ibérica. Para los propósitos de esta recensión, considero igualmente interesante examinar y resaltar las cuestiones y problemas que creo suscitan los estudios regionales. Lo que sabemos sobre la metalurgia temprana es algo que hay que recalcar, pero lo que no sabemos debería ayudarnos a orientar nuestra futura investigación. La comparación de los capítulos deja claro cuánto ha cambiado el registro de la metalurgia inicial y del poblamiento coetáneo en las últimas décadas. y, teniendo en cuenta el reciclaje de metal, de la frecuencia mínima de producción. ¿Qué sabemos sobre las áreas de producción? La respuesta aún es deprimentemente limitada. Para el Noroeste se citan evidencias de producción antigua en la Cueva de Buraco da Pala y en el yacimiento cercado de Castelho Velho, que datan de finales del cuarto y de principios del tercer milenio a.C, pero no hay más ejemplos de áreas metalúrgicas especializadas en la región. En más de una región, los autores señalan la necesidad de distinguir'vasijas-horno' y 'crisoles' y, por consiguiente, de identificar las diferentes etapas de la producción metalúrgica temprana. En Valencia, las evidencias de fundición se encuentran en los límites de asentamientos como La Horna y Peña de Sax, en estructuras parcialmente techadas. La práctica de metalurgia en áreas marginales se suele vincular al peligro del fuego y de los gases tóxicos, dejándose aparte el simbolismo de la magia, documentado entre los metalúrgicos africanos en la actualidad. Finalmente, ¿qué idea tenemos de los contextos sociales de la producción metalúrgica temprana en la Península Ibérica? La respuesta más clara a esta cuestión en este volumen es la propuesta por el Dr. Montero, en sus contribuciones a los estudios regionales en la Meseta Sur y el Sureste. Para ambas áreas es partidario de un modelo de producción a pequeña escala, independiente y doméstica, en la que se utilizan fuentes locales de mineral, y critica el que él ve como un modelo de élites y de control centralizado en el que se utilizan fuentes distantes, propuesto por Lull y Risch (1995) y el resto de los miembros del "Proyecto Gatas". No hay espacio aquí para tratar con detalle las cuestiones que el Dr. Montero plantea; por tanto me ceñiré, como miembro del citado "Proyecto Gatas", a un punto, el del origen de las fuentes de cobre utilizadas en la Edad del Bronce en el Sureste. En la última monografía de este Proyecto (Castro et alii, 1999: 206-14) hemos reconocido enteramente la controversia que rodea el uso de los análisis de isótopos del plomo para identificar la procedencia de los metales y desde entonces se han publicado artículos adicionales acerca del tamaño de muestra necesario para caracterizar las fuentes de mineral (Baxter et al. 2000) y la evidencia del reciclaje de metales (con el efecto que esto tiene en la composición metálica) en la Edad del Bronce mediterránea (Knapp, 2000). Nosotros nos sorprendimos más que nadie cuando los resultados preliminares de los análisis de isótopos del plomo no dieron resultado a la hora de sustentar un modelo de explotación local del metal en la Edad del Bronce en la cuenca de Vera, como el propuesto por el Dr. Montero (una 'excelente' hipótesis, tal y como la denominábamos nosotros). Por tanto, ¿qué hacer entonces? Tenemos dos métodos analíticos que tienen problemas ampliamente reconocidos cuando se trata de la caracterización de depósitos de mineral. Las opiniones se han polarizado en la literatura inglesa y las oportunidades de financiar los análisis de isótopos del plomo se han vuelto más limitadas. Los arqueólogos están atrapados en medio de estos debates, afa-nándose por encontrar una forma de proceder con el estudio más fidedigno de la procedencia del metal. También hay problemas que envuelven la interpretación de la evidencia arqueológica para la producción metalúrgica. Por ejemplo, el Dr. Montero ha utilizado la presencia o ausencia de datos en las diferentes etapas de dicha producción para inferir que todas ellas eran llevadas a cabo en todos los yacimientos del Sureste, y que no hay pruebas para cualquier tipo de producción complementaria. Tenemos que recordar que muchos de los yacimientos clave, como Gatas y Fuente Álamo, son ocupaciones multifásicas y que las evidencias de fundición no están distribuidas uniformemente entre estos diferentes períodos. Todavía queda una pequeña cantidad de evidencias de fundición para el período argárico. Por supuesto, ésto puede ser resultado de la escala y de la localización de la excavación en lo que respecta a las áreas donde dichas actividades pueden haber sido llevadas a cabo. ¿O es que todas las etapas de la producción no se practican en todos los yacimientos argáricos? Esta cuestión está aún sin resolver. Es evidente que necesitamos un programa más amplio que la caracterización de minerales y artefactos a fin de evaluar la hipótesis de fuentes de metal locales frente a la de fuentes externas. En realidad no tienen por qué ser hipótesis mutuamente excluyentes; ambas fuentes podían haber sido utilizadas y la explotación local podría haber sido la norma antes de la Edad del Bronce. Del mismo modo, las hipótesis que oponen la utilidad de prestigio social frente al papel funcional no deberían ser contempladas como mutuamente excluyentes. Dichas hipótesis aún tienen que considerar cómo se controlaba el acceso a los recursos metalíferos. La propuesta de dicha hipótesis es un estímulo para la investigación y para una estimación realista de la calidad de los datos a nuestra disposición, lo cual requiere una evaluación abierta, crítica, más que una retirada a posiciones atrincheradas. Si la investigación futura de la metalurgia temprana de la Península Ibérica procede en esta dirección, entonces supondrá un tributo digno y duradero al fundador del Proyecto de Arqueometalurgia. Si existiera alguna duda sobre la utilidad de los análisis de isótopos de plomo en los estudios arqueometalúrgicos, este libro debería bastar para disiparla. Digo utilidad en el sentido de herramienta necesaria e imprescindible hoy en día en las discusiones no sólo acerca de la procedencia de materias primas y objetos metálicos sino también en un tema tan apasionante como la detección de redes de circulación de metal, a las que podemos aproximarnos con mayor precisión que la que proporciona la distribución de los tipos de objetos sobre un mapa. Pero quiero también hacer énfasis en el carácter instrumental del método, que no es una varita mágica que proporcione respuestas indiscutibles sino elementos básicos (no los únicos) para una discusión más profunda y mejor argumentada. De ello son muy conscientes los autores. El libro nace a partir de un amplio programa de análisis de isótopos de plomo en minerales de cobre, de plomo y de objetos de las Edades del Cobre y Bronce de las Islas Británicas, desarrollado por Brenda Rohl entre 1991 y 1995 con el soporte económico del Science-Based Archaeology Committee, en el Isotrace Laboratory de Oxford, dirigido entonces por Noël Gale, a quien tanto debemos en la puesta a punto y aplicación de este método analítico a través de sus numerosos trabajos en solitario o en colaboración con otros investigadores. A partir de los resultados analíticos entra en escena Stuart Needham, gran conocedor de la metalistería británica prehistórica, para encarar los estudios de los grupos de metal (Caps. Quisiera destacar, en primer término, el sólido armazón metodológico que rige el desarrollo de este trabajo, tanto en la fase analítica como en la más discutible de interpretación de los resultados. También hay que decir desde un principio que los resultados se basan en la interpretación conjunta de dos fuentes analíticas, los isótopos de plomo y las impurezas del metal, y en la contextualización arqueológica de los objetos. En el Capítulo 2 los autores efectúan una rápida pero precisa discusión acerca de los factores que pueden influir en la alteración de la composición de isótopos de plomo a lo largo del proceso que va desde el mineral al objeto acabado (adición de fundentes en el horno de fundición escorificante, preparación de aleaciones, reciclado de metal, etc.), y que deben ser tenidas en cuenta a la hora de dar sentido a las claves isotópicas resultantes. También los niveles de impurezas del metal son fuertemente afectados por las condiciones de procesamiento del mineral en el horno, refundiciones y aleaciones, tema conocido desde hace años y que a mediados de la década de los sesenta levantó sonoras críticas contra el método de clasificación de tipos de metal utilizado por el Grupo de Stuttgart. A pesar de todo, el establecimiento de tipos de metal basados en las impurezas es una ayuda que no debe dejarse de lado, aplicándolo no tanto a asociar el metal a una fuente de mineral determinado (aunque también en ese terreno es útil en ocasiones) como a establecer relaciones geográficoculturales. En ese sentido, los trabajos de Peter Northover de los años ochenta (recogidos en la bibliografía) y, más recientemente, los de E. Sangmeister son una buena prueba de su utilidad. Todas estas circunstancias son valoradas de forma precisa por los autores porque serán las que den pie a sus interpretaciones para la formación de grupos de metal. Ningún autor importante, ninguna de las polémicas surgidas en los últimos años en torno a la validez y significación de las analíticas arqueometalúrgicas ha quedado en el olvido. Los propios resultados de los análisis de isótopos aportados como novedad son también criticados con rigor, en particular los que proceden de minerales, porque no han podido ser todo lo representativos que hubiera sido deseable. En las Islas Británicas, y en particular en Gran Bretaña, los estudios comparados de los conjuntos arqueológicos de objetos de metal (Arreton, Acton, Taunton, Penard, Wilburton, Ewart, etc.) conforman el eje director de la evolución cultural de la Edad del Bronce, bastante desasistida inicialmente de fechas radiocarbónicas porque los depósitos epónimos no las proporcionaron en su momento y sólo en los últimos años se está consiguiendo datar algunos contextos. Resultaba, pues, de gran interés comprobar la solidez estructural de estos agrupamientos. En las primeras páginas (p. 36) ya nos advierten los autores que, en el estado actual de los conocimientos, encontrar de forma inequívoca la procedencia de un objeto de metal en Inglaterra y Gales, usando sólo su clave isotópica, es tarea baladí: los campos isotópicos de ambas regiones se superponen y, además, se solapan también parcialmente con los campos continentales del occidente francés, los Países Bajos y la zona renana, de las que llegó cobre y bronce en muchas ocasiones, como indican los hallazgos arqueológicos. De ahí la necesidad de combinar este método con los otros ya mencionados para mejor contrastar las hipótesis. Para poder hablar de coherencia interna en los grupos de metal (los IMP-LI), se han de cumplir, nos dicen, tres requisitos: que tanto los isótopos de plomo como el modelo de impurezas formen campos agrupados, y que pertenezcan a una fase o conjunto concreto de la metalistería prehistórica (p. Esta definición encorseta o limita los resultados a comprobar si los grupos preestablecidos (Brithdir, Penard, etc.) tienen la suficiente coherencia para ser mantenidos como tales o, lo que es lo mismo, si los eslabones de la cadena evolutiva de las 'culturas metalúrgicas' se mantienen o no, lo cual no es poco. La interpretación, sin embargo, es laxa porque los autores no están dispuestos a renunciar a los grupos sancionados por el uso a partir de las evidencias arqueológicas y buscarán interpretaciones que gravitan entre dos polos: un buen agrupamiento significará que un determinado stock de metal circulante puede ser asignado a una cierta fuente o a varias con la misma clave isotópica (que no pueden localizar por el momento, aunque en algunos casos se sugieren procedencias concretas), y un agrupamiento menos bueno se interpretará como que los metales constituyen un complejo en el que se amalgaman diferentes fuentes (p. Quizás alguien pueda pensar que es demasiado trabajo para, al final, dejar las cosas casi como estaban. Pero yo no lo creo así porque, por un lado, los autores relativizan la importancia del dato analítico en sí mismo y extraen de él las sugerencias, proceder que me parece el más correcto cuando se trata de interpretar un conjunto de análisis fisico-químicos. Nadie debería caer, a estas alturas, en la tentación de usar y comparar esa clase de datos analíticos como si fueran componentes tipológicos inherentes al objeto, de la misma categoría que los formales. Y por otro lado, utilizar las sugerencias del dato para construir o cuestionar hipótesis forma parte del quehacer del prehistoriador que no confunde la solidez meto-dológica exigible a una buena base de datos de partida con su propia subjetividad como usuario final de la misma, por mucha estadística que haya de por medio. Desde estas premisas, Rohl y Needham emprenden un meticuloso estudio interpretativo de los conjuntos de metal británicos que ocupa los Capítulos.6 y 7, cuyas conclusiones me parecen de gran interés. Por ejemplo, que la mayor parte del metal usado en la Edad del Cobre (Campaniforme) procedía probablemente de las minas irlandesas de Ross Island, cuya actividad en este período está bien documentada tras los trabajos de W. O'Brian, quizás con menores aportes de Cornwall y Devon y, ya en época tan temprana, de cobres franceses. Muchos de los conjuntos de metal están formados por dos o más subgrupos atendiendo a sus campos isotópicos y a sus rangos de impurezas, observándose un aumento progresivo de la complejidad desde la Edad del Cobre a los comienzos del Hierro, cosa que antes desconocíamos o la sabíamos de forma menos precisa. 178, fig. 41), lo que, en opinión de los autores, significa que los grupos de metal encontrados están fuertemente ligados a su contexto cultural, considerado éste como un modelo particular de producción, circulación y consumo de metal (pp. 180-181), y siendo los solapamientos antes aludidos la expresión de fases transicionales. Dado que estos grupos se suceden en el tiempo constituyendo la secuencia cultural de la Edad del Bronce, quedaría reforzada la validez cronológico-cultural de los conjuntos preestablecidos. Es cierto que para que las cosas ajusten bien con lo que se quiere demostrar se usan demasiados comodines. Pero también lo es que los autores lo saben y no nos lo ocultan. Con frecuencia advierten que sería necesario investigar más en tal o cual dirección para contrastar mejor determinadas afirmaciones o para poder decantarse por alguna de las varias opciones propuestas como marco explicativo a partir de los análisis disponibles. Las discusiones entorno al conjunto Ewart podrían citarse como paradigmáticas. En esencia, lo que se dibujan son los marcos de los distintos modelos particulares y los posibles mecanismos que interaccionan en su seno, dejando que sean las futuras investigaciones, orientadas por tales pistas, las que vayan completando el cuadro. Quien espere obtener una solución concreta al complejo problema de la circulación de metal durante la Edad del Bronce británico quedará defraudado tras la lectura de este libro porque no es el objetivo de los autores simplificar y dar soluciones mágicas a lo que de sí es intrincado. Es precisamente la puesta en evidencia de esa complejidad y de las múltiples opciones que la pueden explicar utilizando técnicas instrumentales el mayor mérito de este trabajo. Es un intento de reconstruir un puzzle del que ni se tienen todas las T. R, 58, n." 1, 2001 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es piezas ni se conoce el dibujo completo original. Es también, leyendo entre líneas, una saludable advertencia sobre las posibilidades y limitaciones de la analítica, particularmente dirigida a quienes todavía piensan que unos pocos análisis son suficientes para elaborar modelos sólidos sobre la procedencia y circulación de objetos metálicos prehistóricos. Queda todavía, afortunadamente, una ingente tarea por hacer. Se han utilizado casi medio millar de análisis de isótopos de plomo y otro tanto de análisis de impurezas en objetos metálicos, cifras que, con ser abultadas, no son suficientemente convincentes en algunos casos (también lo dicen los autores). Pensemos, por ejemplo, que para discutir toda la Edad del Cobre se han manejado 27 pares de análisis, y que el campo isotópico de la mina de Ross Island está definido actualmente por sólo 9 análisis de mineral. Quizás sean suficientes para poder sugerir que Ross Island suministró la mayor parte del cobre campaniforme irlandés e inglés, pero me quedaría más tranquilo si la plataforma analítica fuera mayor. En cualquier caso, el libro no cierra por redondeo los capítulos en donde habla de la circulación de metal, incluido el de las conclusiones. Más bien al contrario, se señalan con honradez los puntos o argumentos débiles, polivalentes, dejando la vía abierta a futuras investigaciones. Todo un prometedor comienzo, pienso yo. Sumándose a la larga lista de trabajos que en los últimos años se han ocupado de aspectos relativos a la Edad del Bronce en el suroeste peninsular, aunque abordándola desde una problemática tan inédita como es la del origen de la estratificación social, el nuevo libro de Leonardo García Sanjuán constituye una interesante y ambiciosa aportación cuya mayor originalidad podría decirse que está explícita en una aspiración formulada por este mismo autor hace ya algunos años, cuando se lamentaba de que "en la zona suroccidental durante el II milenio ni se había llegado a formular una sistematización teórica semejante a la propuesta para el Sureste, ni se habían aportado evidencias empíricas estadísticas" (García Sanjuán 1998: 128). La presente obra nace, pues, de esa doble necesidad, teórica y empírico-estadística, y es en esa doble dirección en la que se concibe y debe valorarse: un in-tento de situar el Suroeste al mismo nivel o en las mismas claves interpretativas que el Sureste en cuanto a caracterización social, partiendo para ello de algunos de los criterios de estudio empleados en esta otra zona en las últimas décadas. Una obra que se estructura, a grandes rasgos, en dos bloques que atienden a dichos requerimientos teórico y empírico-estadístico. En el primero, que incluye los tres capítulos iniciales, se explicitan los planteamientos epistemológicos de los que es partícipe el autor, los conceptos teóricos sobre el origen de la sociedad estratificada y la metodología empleada para su identificación desde la arqueología. Se concluye con una confrontación del cuadro de indicadores de la estratificación con el registro arqueológico del Suroeste, a fin de producir un marco interpretativo preliminar con el que contrastar el análisis posterior de un caso específico. Es precisamente en el segundo bloque, a lo largo de los capítulos restantes, donde se pretende ese análisis pormenorizado estadístico del registro habitacional, funerario y macroespacial de un espacio tan definido como es el de Sierra Morena Occidental, a partir de la información generada especialmente -aunque no exclusivamente-desde el marco del Proyecto de Investigación titulado'Análisis y definición de los procesos culturales en el Suroeste de la Península Ibérica durante el II milenio a.n.e.". Finalmente, se esboza una síntesis de lo tratado anteriormente y exponen las conclusiones. Profundizando en la primera parte del trabajo, frente al paradigma histórico-cultural que tradicionalmente ha venido enfocando el Bronce del Suroeste, el autor confiesa asumir unos referentes epistemológicos y teóricos alternativos de base racionalista, nomológica y materialista. Partiendo de una noción marxista del estado, apuesta por una 'hipótesis gerencial' como explicación del paso de las sociedades jerarquizadas a las sociedades estratificadas, hipótesis que, según apunta, es empíricamente contrastable por una serie de indicadores. Aderaás, propone realizar este estudio desde una vocación empírico-cuantitativa y procesualista que le lleve a analizar el problema del origen de la estratificación social en el Suroeste en clave diacrónica desde la Edad del Cobre hasta el Bronce Final. A nivel metodológico el autor llama la atención sobre una aportación pretendidamente personal y original, una "teoría del alcance medio para la identificación arqueológica de las sociedades de clases" desde esa noción marxista del estado, pero que realmente es muy deudora de posicionamientos ya defendidos en nuestro país por otros invesügadores como Lull (1983), Picazo (Lull y Picazo, 1988), Esté vez (Lull y Estévez, 1986), etc. Se trataría, evidentemente, de una orientación metodológica aplicable también en otros contextos cronológicos y geográficos, pero que en este caso se ofrece -no lo olvidemos-para solucionar un problema tan concreto como es el de la determinación del origen de la sociedad estrafificada en el Suroeste. Prescindiendo ahora del análisis territorial macro, que basado en la prospección "genera inferencias de T. R, 58, n." 1, 2001 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es alcance limitado" (p. 40), según palabras del mismo autor, más determinantes resultan los indicadores funerario y habitacional. A nivel funerario parte de la aceptación del isomorfísmo entre su ritual y la organización social, proponiendo el estudio de cuatro ejes de variación del registro funerario: el estatus biológico; los ajuares u ofrendas; la estructura arquitectónica de los contenedores; y la ubicación espacial relativa... entre los que determinadas covariaciones críticas permiten hablar con propiedad de la existencia de clases sociales. Dejando a un lado la formulación específica de estas covariaciones, realmente interesantes, conviene subrayar que todas requieren ineludiblemente un buen conocimiento del estatus biológico, lo cual -como el lector sin duda conoce-resulta extremadamente difícil en el Suroeste, donde a causa de un sustrato geológico particularmente dañino no suele quedar absolutamente nada de los restos óseos inhumados, preferentemente en cistas, de la Edad del Bronce. A nivel habitacional, por su parte, tanto los ejes de variación propuestos como su serie de covariaciones se resienten de una base empírica también muy limitada. Por ello puede decirse que nos encontramos con el diseño de una metodología específicamente planteada, bien teorizada, pero de muy difícil aplicación hoy por hoy en la región suroccidental. No obstante, conviene reflexionar sobre las interpretaciones sociales extraídas por el autor a pesar de estos condicionantes. Tras un recorrido historiográfico por las teorías sobre la Edad del Bronce -donde apreciamos una actitud poco respetuosa no sólo para con investigadores del presente, sino también hacia la labor de figuras tan relevantes como Viana o Schubart-se lleva a cabo una lectura crítica de las evidencias empíricas disponibles en el Suroeste -generadas mayoritariamente desde esos mismos planteamientos historicistas tradicionales criticados-y la discusión de las interpretaciones realizadas por los únicos investigadores que el autor no considera inscritos en el paradigma histórico-cultural: Barceló y González Wagner, con los que tampoco está de acuerdo. Se ofrece, finalmente, una hipótesis general a partir de la previa contrastación empírica en un marco de análisis que abarca desde el 2500 al 750 a.n.e. En la recogida de información se advierten errores y omisiones -por ejemplo, en lo referente a la información poblacional y paleoambiental de Extremadura-que pueden crear una falsa imagen al lector. Además, la idea original de presentar separada la información, en primer lugar la generada en todo el Suroeste con anterioridad a esta investigación y más tarde la proporcionada por los recientes trabajos en Sierra-Morena Occidental, que permitiría apreciar más claramente las nuevas aportaciones, se ve traicionada desde este momento al aparecer mezcladas ambas y producir, además de una lectura poco fluida y repetitiva, un cierto confusionismo. A modo de hipótesis general, en la Edad del Cobre del Suroeste se advierte una "sociedad jerarquizada comunalista", que durante la Edad del Bronce se transforma en una "sociedad jerarquizada disgre-gada", siendo posible encontrar sólo en el Bronce Final indicios racionales de estratiñcación social. Como el propio autor indica, la aplicación al registro empírico de c. 1100-750 a.n.e. de los indicadores de la desigualdad antes aludidos comporta extraordinarias dificultades por las limitaciones que presentan los datos. No obstante, para cimentar su hipótesis, y al no encontrar argumentos sólidos en el análisis de la infraestructura, utiliza otros más propios de la superestructura, de naturaleza iconográfico-estilística (a propósito de las estelas) o mitológica (el mito tartésico clásico de Gárgoris y Habis) que, viniendo de una línea de investigación racionalista, nomológica y materialista, no dejan de sorprender al lector, del que se exige poco menos que un acto de fe. En esta misma línea, afronta una aproximación deductiva a un registro funerario tan problemático, por no decir poco visible, como el del Bronce Final del Suroeste, argumentando que, si las necrópolis del Hierro I ya muestran un sistema estratificado de relaciones sociales y las del Bronce no señalan ninguna evidencia de ello, cabe "teóricamente" situar en el Bronce Final la transición a la estratificación social. Sorprendentemente, ello encuentra licencia desde un referente epistemológico expresado por el propio autor al comienzo del trabajo, para el cual las teorías pueden sobrevivir a contrastaciones empíricas adversas si el núcleo firme de una investigación es coherente y lógico y si es capaz de adaptarse flexiblemente a los enunciados observacionales contrarios sin que por ello la raíz teórica central y básica pierda su carácter. Sea como fuere, el proceso que desde el 2500 a.n.e. conduce a la sociedad de clases en el Suroeste es para García Sanjuán "no prístino" y "secundario", es decir, justo al revés que el observado erfel Sureste. Será precisamente la interacción que en el Bronce Final se produce con sociedades con mercados y estructuras de poder más desarrolladas la que causará la acentuación de la complejización de las relaciones sociales de producción entre las formaciones sociales del Suroeste. El análisis empírico-estadístico del registro arqueológico de la comarca más occidental de Sierra Morena -que configura el segundo gran bloque de este trabajo-se concibe como una "prueba acida" a fin de sopesar la validez de esa hipótesis. Tras una declaración de intenciones se lleva a cabo el análisis empírico-estadístico habitacional, funerario y territorial prometido. Son precisamente los capítulos dedicados al estudio del territorio y del habitat la parte más seria y convincente de esta investigación, reflejando con rigor la información nueva obtenida, así como los problemas que plantea de cara a la interpretación social. De la evaluación de sus expresiones de desigualdad infiere el autor que, no detectándose intensificación agraria, no hay necesidad de funciones gerenciales: la Sierra Morena Occidental se va a comportar como un espacio periférico y marginal cuyos patrones de organización, consumo y habitación conocidos conducen a una lectura negativa de la estratificación social durante el II milenio a.n.e. Mucho más discutible, desde nuestra óptica, resulta el capítulo dedicado al registro funerario, ya parcialmente anticipado, de la Sierra Morena Occidental que, como el propio autor admite, presenta numerosos problemas de descontextualización, preservación y datación que entorpecen su interpretación arqueológica. Más allá de argumentar la hipótesis postdeposicional, frente a la cultural, como explicación a la ausencia de restos óseos conservados en las tumbas del Suroeste, el propio autor reconoce la inviabilidad de la reconstrucción de la dimensión biológica de los restos, lo cual nos parece tanto como reconocer de entrada las limitaciones, a efectos prácticos, del alcance del esquema metodológico sobre el que sustenta su investigación. En el análisis de los ajuares se aporta una compleja clasificación estadística desde el punto de vista morfométrico y morfológico de las cerámicas de la Sierra de Huelva -aunque para poder ver sus dibujos y hacerse una idea de las principales formas y grupos haya que recurrir a su consulta en otro trabajo reciente del autor (García Sanjuán, 1998)-y se matiza la capacidad para retirar de la circulación objetos metálicos de alto costo productivo, haciéndose de ello un argumento en favor de la ausencia de estratificación social en el Suroeste. Pero es en el estudio de las covariaciones entre los elementos de ajuar donde pueden ponerse mayores reparos, ya que el autor define tres o cuatro categorías o "clases funerarias", en función de las distintas agrupaciones de artefactos que se documentan en el interior de las tumbas, sin tener en cuenta que los contenedores funerarios pueden haber acogido a más de un difunto, con la consiguiente acumulación de deposiciones y, dada esa no conservación del cuerpo que venimos aludiendo, la adición de elementos de ajuar que hay que entender como personales. Las conclusiones obtenidas de esta maniobra, que defienden "la existencia de una jerarquización material en la complejidad de los ajuares funerarios que no alcanza a representar una élite compuesta de individuos de ambos sexos y todas las categorías de edad que acapare para sí los símbolos de alto estatus social y poder" (p. 216) deberán contemplarse con cierta relatividad en tanto no mejoren las condiciones de estudio y se aclare -lo cual es difícil-que efectivamente cada contenedor acoge a una sola persona, lo que no sucede, ni muchísimo menos, en todos los casos en que sí hay información del estatus biológico (contrastar la tabla 34, p. Por eso mismo, las covariaciones entre las asociaciones de ajuar y la complejidad arquitectónica de los contenedores quedan en idéntica situación de provisionalidad. Estas objeciones puntuales pueden, además, encuadrarse en un marco de duda más global, pues, teniendo en cuenta la enorme diferencia cuantitativa entre las estimaciones poblacionales hechas por el mismo autor para algunos asentamientos de la Edad del Bronce y el número de cistas que integran las necrópolis a ellos asociadas (por ejemplo. El Castañuelo: 300 habitantes frente a 48 enterramientos; o La Papua: 2800 habitantes frente a 12 enterramientos), ¿hasta qué punto es el estudio de éstas últimas representativo a nivel social? Concluye García Sanjuán, tras sopesar el caso concreto de la Sierra Morena Occidental, defendiendo la hipótesis obtenida tras la contrastación de la información previa a su trabajo en el Suroeste: el proceso de surgimiento de la estratificación social en la prehistoria reciente de Sierra Morena Occidental es de carácter netamente secundario y probablemente tiene lugar entre c. 1100-750 a.n.e., una impresión, como ya vimos, generada desde los posicionamientos más antagónicos al materialismo del que hace gala, y refrendada por la ausencia de intensificación y de necesidad gerencial en una región de vocación montuosa, radicalmente distinta de otras, como el entorno de Beja o el Guadiana Medio, eminentemente agrarias. ¿Hasta qué punto es extensible la hipótesis a un Suroeste ecológicamente diverso? Como valoración general, debemos apuntar que la pretensión inicial de estudiar la transformación social del Suroeste de una forma diacrónica tropieza con grandes problemas documentales que no son achacables sólo a la orientación historicista de la investigación precedente -como le gusta decir a García Sanjuán-sino más bien a las limitaciones del registro empírico, empezando por la más importante: la conservación sólo puntual de los restos humanos en las tumbas. Sorprende, en cierto modo, que no se tengan en cuenta para el análisis del problema los avances experimentados en los últimos años tanto en la regionalización interna del Suroeste como en su articulación secuencial; y nos parece, además, poco saludable desde el punto de vista científico que se haga gala de haber evitado escrupulosamente el procedimiento de insertar dentro del apartado de análisis de datos toda la base documental de registro de datos", puesto que ello, independientemente de restarle credibilidad, impide la reformulación de hipótesis desde otras orientaciones teóricas o prácticas. Las aportaciones de un enfoque tan novedoso en el Suroeste como el que aquí se propone no deberían quedar empañadas per una actitud tan poco acorde con el empirismo que se propugna, a no ser que en el fondo esta balanza se haya desequilibrado hacia el platillo de la teoría. De todo el mundo ibérico, el territorio murciano es con diferencia el que ha proporcionado una información más numerosa en lo que al registro funerario se refiere. Aunque con desigual detalle, las extensas necrópolis de Cabecico del Tesoro, Cigarralejo y Coimbra del Barranco Ancho son la muestra más amplia de las sepulturas ibéricas conocidas, por lo que constituyen una referencia inexcusable en este tipo de estudios. La obra de J.M. García Cano es el resultado de un largo trabajo que en buena medida abarca toda una época de su investigación, centrada en torno a un yacimiento señero como es el de Coimbra. La importancia de este lugar fué ya resaltada por el inolvidable D. Jerónimo Molina, quien pasó el testigo al entorno académico, desde el que se implicaron la Dra. A.M^ Muñoz -a quien se debe el prólogo del libro-y al autor del mismo. Ciertamente, las campañas allí desarrolladas habían llamado la atención por las interesantes novedades que planteó la excavación de las sepulturas, y que, lejos de reservarse durante años hasta la publicación de esta memoria, habían sido abiertas al mundo científico en numerosas publicaciones. No obstante, la presentación del conjunto de los datos en estos dos volúmenes supone un aporte significativo al conocimiento de las costumbres funerarias ibéricas de este lugar. El trabajo se estructura en dos partes, constituyendo la primera el análisis arqueológico propiamente dicho y la segunda un compendio de apéndices en los que, además del catálogo de las sepulturas y sus ajuares, se incluyen estudios de los restos humanos, fauna y flora. El volumen de la información generada podría haberse aligerado evitando algunas repeticiones, por ejemplo, la descripción de la estructura de las tumbas en ambas partes, pero aporta la ventaja de permitir a otros especialistas manejar el listado completo de sepulturas y ajuares del segundo volumen como base de datos individual. En el poblado ibérico de Coimbra del Barranco Ancho se fundó una primera necrópolis, la de "La Senda", hacia el año 400 a.C, que pronto coexistió con otra, la del "Poblado". Esta última, fundada al-rededor del 375 a.C, recibió las sepulturas más importantes, y perduró hasta las últimas fases de ocupación de este lugar, mientras que la primera dejó de utilizarse unos cien años después de su inicio. El trabajo de García Cano y su equipo se ha visto dificultado por los fuertes procesos erosivos que caracterizan a todas las zonas elevadas del sureste peninsular, y que han convertido en un verdadero milagro la perduración de las estructuras e incluso de algunos elementos de cubierta que han podido documentarse. El proceso de excavación ha permitido detectar las numerosas remociones de terreno que se produjeron durante el uso habitual de la necrópolis, y la forma en la que ésto afectó sucesivamente a las sepulturas. Siempre se ha dicho que las necrópolis son las principales fuentes en las que los arqueólogos pueden contar con conjuntos cerrados en los que constatar relaciones de contemporaneidad y sucesión entre objetos, facilitando así los engranajes cronológicos que deben apoyar siempre los estudios tipológicos. Los volúmenes dedicados a las necrópolis de Coimbra del Barranco Ancho -en concreto el primero-son un excelente ejemplo de ello. El interés del autor se decanta claramente por el estudio sistemático de los ajuares divididos por ólases tipológicas, ofreciendo no solamente clasificaciones formales, sino insistiendo en sus posibilidades de atribución cronológica. De esta manera, se aporta un referente para los diversos tipos que servirá indudablemente de apoyo para otros conjuntos peor documentados o incluso para materiales sin contexto. Al menos por lo que nos ha quedado, la impresión que da este conjunto es la de un asentamiento que domina un área no especialmente rica, pero importante en cuanto a su carácter estratégico y defensivo, evidenciado por la situación en altura y por la visibilidad y control que puede ejercerse desde el poblado. Las necrópolis, con su amplitud cronológica y sus materiales, muestran un primer desarrollo de los cementerios desde finales del siglo V a.C, siendo de resaltar que en el primero de ellos, el de La Senda, haya una mayoría de cerámicas áticas de importación frente a las locales, lo que nos indica hasta qué punto se potenció el influjo griego desde la costa al interior. No se han documentado, sin embargo, los monumentos escultóricos que, como antes se pensaba, denotarían esta influencia con mayor claridad. Por el contrario, el recinto funerario del Poblado se generó a partir de tumbas de mayor categoría, y en él se implantó el único monumento funerario recuperado que incorpora decoración escultórica. Acertadamente atribuye el autor este monumento a la tumba 70, rectificando la anterior opinión de A.M^ Muñoz. La duda parece finalmente descartada por el hecho de que los análisis antropológicos han revelado que el personaje enterrado es un joven, lo que encaja perfectamente con el programa iconográfico desarrollado en el cipo. Finalmente parece claro que el "niño" representado en el relieve puede ser el propio difunto, lo que supone un avance en la comprensión del diseño escultórico. El desplome de la construcción y su T. E, 58, n.« 1, 2001 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es mantenimiento en el lugar con todos sus elementos demuestran una vez más que la destrucción de este tipo de monumentos no fué ni mucho menos generalizada, máxime cuando éste se situa en una cronología relativamente tardía, poco después de la mitad del siglo IV a.C. Se pasa revista en este trabajo a muchos aspectos desarrollados por la Arqueología funeraria, como la composición social y la elaboración del ritual funerario, cuidadosamente reconstruido con los datos disponibles. La relación con otras poblaciones del entorno está clara, no sólo por el propio pilar-estela ya citado, que le relaciona con el área del Vinalopó, sino con todo el núcleo de necrópolis de Albacete, con las que muestra grandes similitudes como bien recoge el texto. Sería interesante seguir ahora la ruta hacia la Alta Andalucía, ya que desde Jumilla se alcanza la zona de Caravaca-Cehegín que supone una ruta natural muy transitada hacia los altiplanos granadinos. Resulta imposible recoger ni siquiera una mínima parte de las sugerencias planteadas a lo largo del desarrollo del libro, así como el avance que supone el estudio detallado de todos los materiales que conforman los ajuares. Baste decir que tenemos una nueva base de datos sobre la que conocer un poco mejor a las poblaciones ibéricas del Sureste. El presente volumen recoge las actuaciones arqueológicas desarrolladas entre 1991 y 1995 por la Misión Arqueológica Francesa y el Museo del Mar de Alicante en el emplazamiento de La Picola, junto a la actual Santa Pola. Dadas las especiales características del lugar, que por diversos motivos había sido ya objeto de campañas previas, el planteamiento de los nuevos trabajos buscaba informaciones concretas sobre la posibilidad de localizar en este punto la base griega de Alonis, mencionada en las fuentes clásicas, lo que supondría un paso importante en la definición de la red comercial griega en la Península Ibérica. La visión de Santa Pola como la salida al mar de la ciudad de Elche había sido considerada como un hecho desde hace más de un siglo, cuando los trabajos de Aureliano Ibarra y de su hermano Pedro en el área de La Alcudia citaban ya esta zona costera con la denominación romana de Portus Ilicitanus. En aquel entonces la conservación de del total de la superficie construida, lo que evidencia su importancia prioritaria en la definición del asentamiento. El hecho de que en este lugar surja ex novo una construcción con estas características parecía un argumento favorable a su lectura como fundación griega, pero la excavación extensiva ha permitido refutar esta hipótesis, ya que ni las viviendas interiores ni el contenido de las mismas se aproxima al modelo de las colonias griegas, sino que repite las pautas propias de los poblados ibéricos. Las casas son de planta sencilla y se adaptan al espacio delimitado por la estructura exterior, con un orden aparentemente rígido en función de calles longitudinales y paralelas. Sus dimensiones y los materiales constructivos revelan unidades de medida alejadas de las que se empleaban en el mundo griego colonial contemporáneo, por lo que es obligada su adscripción al contexto indígena, en el que por el contrario encuentra numerosos paralelos. El estudio de los objetos recuperados en las unidades de habitación ha corrido a cargo de E. Gailledrat y R Rouillard, demostrando una gran experiencia en el análisis de los abundantes materiales cerámicos. Se parte aquí de un planteamiento interesante, en el que tanto las piezas importadas como las de fabricación local son tratadas como un mismo y único conjunto, lo que permite extraer importantes deducciones tanto en los aspectos cronológicos, como en lo relativo a las pautas de uso y consumo de alimentos, bebidas y otros objetos. Precisamente estos rasgos son los que apoyan también la consideración de La Picola como un emplazamiento indígena, ya que no sólo se resalta que las cerámicas importadas suponen sólo un 20 % del total, sino que los recipientes conservados se alejan de las vajillas propias de los ambientes de cocina griega que caracterizan a los establecimientos coloniales y que fueron bien definidos por Bats y Morel en el caso de Olbia. En la línea de los estudios críticos de las fuentes clásicas abordada por R Moret, este autor revisa la evidencia relacionada con Alonis y la ecuación que la identificaba con Allon, mostrando que mientras la primera debía emplazarse en el entorno de Marsella, la segunda parece responder a un topónimo indígena que bien pudiera corresponder a Santa Pola, y que recibiría igualmente el nombre de Portus Ilicitanus. P. Moret y R Rouillard plantean sobre estas bases la lectura de la fortificación y habitat de La Picola como una fundación dependiente de la población cercana de Elche, para la que actuaría como un establecimiento portuario. Razonablemente, no renuncian a proponer una cierta inspiración griega en esta fundación, dado que además coincide con el momento de máxima expansión del comercio ampuritano. Sin embargo, queda cada vez más claro que en el siglo V a.C. las aristocracias ibéricas habían alcanzado un alto grado de complejidad y de control sobre el territorio y los recursos humanos, lo que les permitía realizar fundaciones estratégicas de distinto carácter. ¿Cuál fué la razón, la función y la gestión del yacimiento de La Picola? Los autores resaltan la au-sencia de almacenes en el interior y la escasa población que habitaría allí, y que se calcula entre las 87 y las 360 personas. Se plantea una hipotética lectura como lugar fortificado donde se desarrollarían intercambios. Es difícil realizar una propuesta que no se base en la evidencia negativa, dado que el lugar, además de haber sufrido fuertes arrasamientos, fué abandonado hacia el 330 a.C. por sus habitantes, que se llevaron todo aquello que consideraron de valor, especialmente el mobiliario metálico. Tras el abandono se produjo un registro en las viviendas que suscitó nuevas pérdidas y remociones del material cerámico. El carácter estratégico de esta construcción, junto al puerto y en un lugar de control, y el hecho de que en este momento los intereses comerciales pudieran abordarse de forma sistemática y a gran escala por las élites ibéricas permite pensar en un apoyo militar que advirtiera de posibles peligros que llegaran por vía marítima, a la vez que cumpliera labores de servicio en relación al puerto. A pesar de los intensos trabajos desarrollados por F. Quesada, se desconoce si existieron cuerpos permanentes de tipo militar asociados a los principales centros urbanos y al control de los territorios que dominaban, así como de las vías de comunicación ligadas al comercio, pero su suposición parece razonable. De hecho, C. Aranegui insinuó esta posibilidad para explicar algunas de las tumbas exhumadas en la necrópolis de Cabezo Lucero, muy próxima a este lugar y en parte contemporánea de La Picola. Son muchas las facetas del funcionamiento concreto de la sociedad ibérica las que nos faltan por desentrañar. Actualmente, sin embargo, parece que hay muchos frentes abiertos que están enfocados a la resolución progresiva de estas lagunas. El trabajo sobre La Picola no nos ha descubierto Alonis, lo que sin duda ha defraudado las expectativas del equipo, pero nos aporta una evidencia muy novedosa, estudiada de una forma sintética y clara, en una edición muy cuidada. Por todo ello es de rigor felicitar al equipo que nos ha permitido acceder a este nuevo documento sobre el pasado ibérico. 28040 Madrid Correo electrónico: [EMAIL] Réplica: Ana María Martín Bravo, Los orígenes de la Lusitania. C. en la Alta Extremadura. Madrid, 1999(recensión de A. Rodríguez Díaz, Trabajos de Prehistoria, 57, 1, 2000: 205-207) Estos párrafos son, ante todo, un medio para reflexionar de nuevo sobre un tema al que dediqué varios años de mi vida como investigadora, que me es grato y del que me alejé después por los avatares de mi carrera profesional. Por ello, la aparición de una T R, 58, n.° 1, 2001 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es recensión de mi paisano y amigo A. Rodríguez me brinda la oportunidad de abrir un paréntesis y volver a escribir sobre la Edad del Hierro en la Alta Extremadura. Esa mirada atrás provoca una sensación agridulce, no sólo por evocar el largo camino recorrido durante años para acercarme a las comunidades del I milenio a.C. en la región estudiada, documentarlas y presentarlas ante los demás investigadores. También por percibir que, a pesar del esfuerzo, algunos planteamientos esenciales no se han entendido. Después de una relectura pausada de la obra, me he convencido todavía más de que para conocer el desarrollo de la que llamamos 'Edad del Hierro' es preciso arrancar desde el final de la Edad del Bronce e ir analizando cómo fueron cambiando cada una de las manifestaciones que conocemos de aquellas gentes. El registro arqueológico del área del Tajo, de las zonas colindantes españolas y las portuguesas no muestra rupturas sino una profunda interrelación entre cada periodo. Aún después de ser tachada por utilizar un "enfoque continuista y acumulativo", no creo que deba cambiarse. Me hubiera gustado encontrar un punto de vista diferente que quizás marcara un hito en la investigación y, sin embargo, tengo que reconocer que no he adoptado una postura radicalmente nueva, sino que asumo algo que ya es tan evidente que Wells (1999: 34) afirma incluso que "entre el final de la Edad del Bronce y el periodo romano no existen importantes discontinuidades en el registro arqueológico de la Europa templada" Tiene razón A. Rodríguez al afirmar que ese esquema hubiera necesitado apoyarse en puntales cronológicos obtenidos en mis propios sondeos de excavación. Al comienzo de mi investigación lamenté profundamente que no se me permitiera llevarlos a cabo. ¡Cuánto más fácil me hubiera resultado contar con varios sondeos en poblados, reunidos en una publicación coherente y presentar una visión por estratos de las sociedades del I milenio! A pesar de ello, el haber trabajado durante años con los datos exiguos pero contundentes de la prospección de superficie me obligó a plantearles una y otra vez diferentes preguntas, hasta extraer toda la información que contenían. Para lograrlo tuve que ir más allá de las visiones por periodos y superar esa aparente limitación de no aportar las estratigrafías en las que se suelen basar muchos trabajos de reconstrucción del pasado. Por ese motivo me reconfortan las palabras de Fernández-Posse (1998: 153) "periodizar no es investigar". Había que apurar la información cronológica aportada por el material de superficie, los fondos de los Museos o los datos de las recientes excavaciones en yacimientos próximos para datar los poblados. Pero, sobre todo, era necesario enfocar el trabajo de forma diferente. Había que leer en el paisaje. La superposición de las distintas fuentes de datos fue la clave para entender el desarrollo de todo el proceso. Cada poblado aislado aportaba poco, pero cada detalle que añadiera el tipo de emplazamiento, sus defensas, la ubicación o sus materiales cobraban sentido al inte-grarlos en una visión de conjunto. Por ese motivo no resultaba oportuno dar prioridad a los yacimientos excavados sobre el resto, como propone Rodríguez, ya que el discurso no se fundamenta en los objetos aportados por unos pocos enclaves, sino en los datos aportados por una amplia muestra de poblados. La elección del marco geográfico también es decisiva, porque no fue fruto de la casualidad. Está relacionada con la importancia que marca el paisaje. Tuvimos que optar por una zona bien definida por barreras naturales, que introdujeran un cambio drástico en ese medio que estamos estudiando. La orografía nos facilitaba la tarea, ya que existen unas cadenas de sierras que encierran y delimitan la cuenca extremeña del Tajo. De haber pasado por alto este condicionante, no habríamos entendido la graduación de algunos fenómenos culturales ocurridos en el Occidente peninsular durante el I milenio. El tener conciencia de esas demarcaciones naturales, porque nos hemos encontrado con ellas en cada uno de nuestros continuos viajes desde el centro, el norte o el sur peninsular, nos evitó caer en la tentación de aplicar modelos explicativos de otras zonas a esta. Existía el peligro de dejarnos arrastrar por el mayor conocimiento arqueológico que tenemos de la cuenca del Guadiana, especialmente de algunos periodos como el Orientalizante. Pero el trabajo de campo realizado nos facilitó percibir que tanto el tipo de yacimiento como los objetos que en ellos aparecen son totalmente diferentes entre la Baja y la Alta Extremadura. La realidad que pudimos observar durante la excavación de yacimientos tan significativos como Medellín (Almagro y Martín, 1994) o Cancho Roano fue esencial para percibir cómo se matizaban las influencias llegadas desde el Sur a medida que se avanza hacia el Norte. La lejanía de los focos de influencia y las barreras naturales son los responsables del particular desarrollo de la cuenca del Tajo. Ello no sólo no extraña, sino que es lógico. Durante el Bronce Final llegaron los últimos ecos de los influjos atlánticos, a los que empezaron a sumarse las novedades que llegaban desde el Suroeste. El Periodo Orientalizante supuso la acentuación de esa corriente y se observa claramente cómo la zona extremeña será vía de penetración hacia la Meseta. Pero no olvidemos que si la cuenca del Guadiana tuvo una relación estrecha con el mundo tartésico, al ascender hacia el Tajo ese contacto se debilita de forma brusca. Sabemos que llegaron mujeres posiblemente procedentes del mundo tartésico, ya que hemos localizado sus enterramientos junto a poblados indígenas estratégicamente situados en los puntos de acceso a la cuenca (Martín, 1998). Sin embargo, el conjunto de la población permaneció casi al margen de esas influjos lejanos. Por ello no podíamos utilizar los modelos explicativos empleados por A. Rodríguez para la Baja Extremadura, ya que en esa época se nos manifiestan como dos realidades muy diferentes. Al Norte de la cuenca del Tajo, la Sierra de Gredos vuelve a actuar de tamiz, provocando que las re- giones que están más allá reciban esas influencias aún mucho más atenuadas. Resulta de ello que los influjos orientalizantes fueron más débiles en las tierras de Avila y Salamanca que en la cuenca del Tajo y la repercusión sobre su desarrollo interno también. Con el avanzar del tiempo se observa que otros focos culturalmente pujantes sustituirán a los del suroeste. El Hierro Pleno supuso la cristalización de un sistema de ocupación del espacio diferente al que había estado en vigor desde el Bronce Final, aunque hay que señalar que la mayoría de los elementos que caracterizarán a este modelo empezaron a aparecer durante el Hierro Inicial. A partir del siglo IV a.C. la mayoría de los poblados son castros situados junto a las orillas más escarpadas de la cuenca, que ya han perdido el control visual sobre la penillanura, pero que están fuertemente amurallados. La gran mayoría son núcleos de pequeño tamaño, con características y formas de ubicación en el paisaje diferentes a los que muestran tanto los del área túrdula o la Beturia Céltica en la cuenca del Guadiana como de los grandes castros vetones. A pesar de ello, sí muestran elementos de cultura material concretos asimilados tanto de las zonas al Norte, al Sur o de la Celtiberia, que son incorporados por las poblaciones de la Alta Extremadura, como había sucedido en épocas anteriores. Lo único que ahora resulta más difícil es enmarcar esos influjos bajo un calificativo étnico, puesto que para los últimos momentos del I milenio a.C. conocemos algunas denominaciones empleadas por los historiadores grecoromanos. Al contrario de lo que indica A. Rodríguez, "la indefinición etnocultural" que nos achaca no es una carencia sino el fruto de una decidida voluntad de no dejarnos atrapar por el corsé de un etnónimo. El título de la obra nos sitúa en un marco geográfico que, con el devenir de la Historia, se convertiría en una parte la de Lusitania romana. Al margen de ello, la polémica sobre si esta región hay que incluirla en el grupo étnico prerromano vetón o lusitano se resuelve a nivel arqueológico, que es el que nos interesaba. La realidad que se observa al Norte de la Sierra de Gredos es diferente a la que muestra la cuenca del Tajo, como lo había sido en épocas anteriores. El modelo de oppida tan característico de los vetones no existe al Sur de Gredos. La cultura material también lo es, incluso los verracos que aparecen en las zonas de paso entre una región y otra son distintos, mostrando los del Tajo esa asimilación tan peculiar de influencias meseteñas con las que llegaban desde el sur o sureste peninsular. Ante esa situación solo cabe señalar que no conocer el nombre de las poblaciones prerromanas que estudiamos no debe llevarnos a renunciar a caracterizarlas. Esta constatación no fue una limitación para el trabajo, sino que nos ayudó a investigar sin trabas, guiados sólo por lo que nos indicaba el registro arqueológico. La pauta seguida desde el comienzo nos llevaba a analizar la realidad cambiante de los patrones de asentamientos y las diferentes manifestaciones culturales a medida que pasaban los siglos, culminando con la imposición del dominio de Roma. Este episodio es el que mejor conocemos, el que dejó una huella más nítida en el registro arqueológico y, sobre todo, el que impuso una organización social, espacial y cultural que marcaban el final de un largo periodo. Pero desde el enfoque que hemos adoptado, no fue más que una nueva etapa de llegada de influjos desde el exterior, que en este caso no pudieron ser asimilados, sino que terminaron por transformar a la sociedad. La normalización tiene como objetivo fundamental lograr una mayor difusión de la revista en el ámbito científico internacional. La inclusión de la revista en las bases de datos internacionales exige cumplir condiciones formales respecto a las convenciones de presentación de texto y figuras, fecha de aceptación, identificadores del autor, extensión, inclusión de título, resumen y palabras clave en inglés y la precisión en la citación bibliográfica. Trabajos de Prehistoria publicará prioritariamente estudios sobre Prehistoria y Protohistoria de la Península Ibérica, o sobre temas europeos en relación con ésta. La redacción se hará en español, inglés o francés. Los artículos -texto (incluyendo notas y pies), ilustraciones y tablas-en el caso de los artículos tendrá un máximo de 40 páginas (90 000 caracteres). Las colaboraciones a la sección de "Noticiario" y "Recensiones y Crónica Científica" tendrán una longitud máxima de 20 y 4 páginas (45 000 y 9 000 caracteres) respectivamente. Los autores deciden la proporción de texto e ilustraciones encada caso. No se aceptará ninguna contribución que ya haya sido publicada en otra revista o vaya a serlo. Deberá remitirse una certificación de originalidad firmada por todos los autores. Trabajos de Prehistoria utiliza para la aceptación de originales un sistema de evaluación anónima. Normalmente el proceso de evaluación desde la recepción del original hasta la contestación al autor con la decisión editorial no durará más de cuatro meses. La sección de NOTICIARIO publicará avances de proyectos de investigación, campañas de excavación, prospección y hallazgos novedosos y significativos. Las RECENSIONES deberán tener un contenido crítico más que meramente expositivo. Los originales deberán enviarse a la dirección de la revista [URL] Prehistoria. A la entrega del original Desde el volumen 51, 1994, Trabajos de Prehistoria publica dos números semestrales que salen en junio y diciembre. El Comité de Redacción hará lo posible para que los manuscritos recibidos y aceptados sean publicados en el curso del año. Los originales habrán de presentarse mecanografiados (en Din A-4 por una sola cara) a doble espacio tanto el texto como las notas y sin correcciones a mano. Cada página tendrá entre 30 y 35 líneas dejando un margen mínimo de 4 cm e irán numeradas. La numeración de las notas se hará en el mismo orden que estén citadas en el texto. Se reunirán al final del manuscrito para facilitar el trabajo de composición. La primera página del texto presentará el título del trabajo, el resumen y las palabras clave en español y en inglés o francés; el nombre y el apellido del autor con un asterisco que remita, al pie, a la dirección completa de la Institución donde el autor presta sus servicios o, en su defecto, de su domicilio y la dirección del correo electrónico si la tuviera. Es fundamental que el resumen incluya objetivos, métodos, resultados y conclusiones. Las palabras clave deben permiür la inmediata localización del artículo en una búsqueda informatizada por temátíca, metodología y cronología. Sólo se publicará la dirección de un centro de trabajo por autor. En su caso, pueden indicarse otros en agradecimientos que deberán colocarse al final del trabajo. En la sección de recensiones, el nombre y dirección completos del autor/es aparecerán también al final. Se entregarán original y copia impresos coincidentes con el archivo del disquete, en formato IBM-PC, indicando el programa utilizado. Aparte se entregará una hoja con la dirección completa del autor, el teléfono y el correo electrónico donde se le pueda localizar con facilidad. Las tablas, láminas y figuras se entregarán en soporte original, indicadas en el texto, y no se compondrán dentro del mismo. Su pie debe incluirse aparte con los datos completos de identificación. Las láminas se entregarán en formato dispositiva, recomendando la máxima calidad para disminuir la pérdida de detalle en la reproducción; figuras y tablas, en soporte informático, a ser posible. Si no se entrega el original, se admitirán duplicados de calidad con impresora Láser en papel opaco, nunca vegetal. Las figuras llevarán escala gráfica, normalizando su representación y orientando de forma convencional los objetos arqueológicos. Los mapas indicarán el Norte Geográfico. La rotulación tendrá el tamaño suficiente para que, en caso de reducción, se vea con claridad. Cualquier localización deberá situarse, además, en uno de los mapas normalizados de la Península Ibérica facilitados por la revista. Se numerarán independientemente: figuras (dibujos a la línea) y tablas en arábigos y láminas (fotografías y diapositivas) en romanos. Se recomienda la redacción en estilo directo con frases cortas para facilitar la comprensión al lector extranjero. Las mayúsculas deben acentuarse. La Introducción debe incluirse en la numeración de epígrafes. Deben suprimirse los puntos en los años de cuatro cifras: 1971. Los latinismos irán en cursiva: et alii, oppida, per se, in situ. En cuanto a la bibliografía, las citas en el texto se realizarán de la siguiente forma: situado entre paréntesis, el apellido (s) del autor (es), con minúsculas y sin la inicial del nombre propio, seguido del año de publicación y, caso de referencias concretas, de la página reseñada tras dos puntos. La lista bibliográfica se situará al final del trabajo, siguiendo un orden alfabético, por apellidos. Se incluirán todos los autores en las obras colectivas. No se aceptan citas de inéditos. Las tesis y tesinas inéditas figurarán en notas. Las obras en prensa deberán tener todos los datos editoriales para ser aceptadas. La reseña de las citas se hará de la siguiente forma: el apellido (s) del autor (es), en mayúscula, seguidos por la inicial del nombre propio. Debajo, se indicará el año de publicación de la obra, diferenciando con la letra a, b, c, etc. Los títulos de libros y de monografías o, en su caso, de revistas o actas de Congresos deberán ir subrayados o en cursiva y sin abreviar. Para los libros se señalará la editorial y el lugar de edición; para la revista, el volumen y las páginas del artículo y, para los Congresos el lugar y la fecha de celebración, así como el lugar de edición y páginas. Los siguientes ejemplos pueden ilustrar esta normativa: Cuando se incluyan fechas de Cl4, éstas deben estar acompañadas de la sigla de laboratorio, número de la muestra, clase de material y desviación estadística. En las fechas calibradas debe señalarse la tabla o programa informático utilizados. En cuanto a las recensiones, las publicaciones que deseen ser objeto de la misma deberán remitir al director de la revista dos ejemplares, uno para el autor de la recensión y otro para la Biblioteca del IH. Se excluyen: separatas, re-ediciones excepto aquellas con grandes y significativos cambios, volúmenes de revista excepto el número 1 de una nueva serie, monografías de pequeña extensión y libros que traten temas ajenos a la Arqueología Prehistórica y Protohistórica. En ningún caso se publicarán contrarréplicas y, excepcionalmente, a criterio del Comité de Redacción las réplicas. Cuando los autores corrijan las primeras pruebas se limitarán a una revisión de posibles erratas y a subsanar la falta de algún pe-queño dato. En el caso que algún autor se extralimitase en la corrección, añadiendo o suprimiendo párrafos ya impresos, correría a su cargo la factura suplementaria que la imprenta presentase en cuanto a correcciones. La devolución de pruebas se realizará en un plazo máximo de quince días desde la fecha de entrega de las mismas para evitar en todo lo posible los retrasos en la publicación dentro del número previsto. En caso de ser varios los autores, se dirigirá al primer firmante del trabajo. Los autores tendrán derecho a un ejemplar y a 25 separatas de su artículo. La factura y costes de envío de separatas adicionales correrán por cuenta del autor. 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Este número es el primer monográfico que publica Trabajos de Prehistoria desde 1968. Su Comité de Redacción ha querido destacar con esta iniciativa de carácter excepcional la importancia de la firma áolConvenio de Colaboración entre el Consejo Superior de Investigaciones Científicas del Ministerio de Ciencia y Tecnología y la Secretaría de Estado de Cultura del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte para establecer la cooperación científica entre los Institutos de Historia y Filología del CSICy el Museo Arqueológico Nacionalpor el Secretario de Estado, Luis Alberto de Cuenca y Prado y el Presidente del CSIC, Rolf Tarrach. Su antecedente es otro, firmado en 1980, que formalizaba las relaciones entre el Museo Arqueológico Nacional (MAN) y el Instituto Español de Prehistoria (lEP) del CSIC (Memoria, 1982: 141). En 1951, el CSIC crea el Instituto "Antonio Agustín" de Numismática, que inicia sus actividades en 1952. El propio Navascués dirige la Sección de Madrid desde 1951 hasta su excedencia voluntaria (mayo 1966) (1), asignándose el Monetario del Museo como su lugar de trabajo. LdiS Memorias de la Secretaría General del CSIC reflejan con especial detalle las intensas actividades de este Instituto cuya finalidad inmediata era "ordenar y clasificar el Monetario del MAN, labor que sólo puede ser fruto de una colaboración especializada" dado que contenía mas de 180 000 piezas (Memoria, 1958: 238).Además, el Instituto pretendía la investigación de aquella documentación necesaria para "formar el archivo y la bibliografía de la numismática española. [Se planteaba también] intensificar el estudio y la investigación de las series españolas peor conocidas (...), la publicación del Corpus de la moneda española [y] fomentar el estudio serio, y no desde el mero punto de vista del coleccionismo, de las series hispano-americanas" (Memoria, 1952:160). Fruto destacable de la colaboración entre el MAN y el CSIC fue la 2^ Exposición Nacional de Numismática, realizada conjuntamente en 1951 y que recibe una Medalla de honor (Alfaro Asin, 1994:36). La historia del lEP es muy expresiva también de las conexiones entre el MAN y el CSIC, entre la trayectoria profesional de sus directores y la de las instituciones que encabezaban y del propio proceso de especialización de la ciencia. En 1939, Martín Almagro Basch es nombrado Director del Museo Arqueológico de Barcelona y de la Sección en esa ciudad del Instituto "Diego Velazquez" de Arte y Arqueología, alojada en dicho Museo. En 1951 la sede madrileña se desdobla en los Institutos "Diego Velazquez" de Arte y "Rodrigo Caro" de Arqueología y Prehistoria. El segundo, dirigido por Antonio García y Bellido, tuvo a Martín Almagro Basch como Subdirector en Madrid y Director de la Sección de Prehistoria en Barcelona (García y Bellido, 1951:165). En 1954, M.Almagro accede a la cátedra de Prehistoria, anteriormente denominada de "Historia Primitiva del Hombre", de la Universidad (2) Resulta anecdótico cómo se recalca la aportación del CSIC para sufragar los gastos de la instalación eléctrica, calefacción y mobiliario, "contribuyendo al decorado con el montaje de cortinas y visillos" {Memoria, 1958: 246) T. P., 57, n.« 2, 2000 Complutense. Estos cambios se asocian a ciertas iniciativas del director del MAN, Joaquín M.^ de Navascués. Este tenía interés en contar con un facultativo especializado dado el "agudo problema referente a las colecciones de Prehistoria en el orden de su conservación y explotación científica [que representan] de un cincuenta a un setenta por ciento del total de piezas que se conservan en el Museo" (3). El 20 de marzo de 1956 Mart in Almagro toma posesión como conservador, tras concurso de traslado (4). A raíz de esta llegada, y según la correspondencia, el Departamento de Prehistoria (CSIC) se traslada al MAN entre abril y noviembre de ese año. Gracias a ello, se traspasan y catalogan los fondos bibliográficos de Prehistoria del CSIC, quedando incorporados a la biblioteca del Museo. Este es el germen de la biblioteca "Colección de Prehistoria" (CSIC) de uso conjunto hasta la actualidad con la del MAN. Las Bibliotecas eran la infraestructura fundamental, y generalmente única, de los centros de investigación en Humanidades. De ahí que la primera iniciativa al crear un Instituto fuera dotarlo de su propia biblioteca. A continuación, se creaba una revista que garantizase el incremento y actualización de sus fondos, así como la presencia nacional e internacional de su investigación. El 23 de diciembre de 1957 el Consejo Ejecutivo del CSIC nombra a M. Almagro Director del "Instituto Español de Prehistoria" constituido por el Departamento de Prehistoria, con su sección de Barcelona. Esta denominación como Instituto Español de Prehistoria se mantiene hasta 1987, siendo su heredero el actual Departamento de Prehistoria del Instituto de Historia (CSIC). Las relaciones entre el CSIC y el MAN son un reflejo de la situación general de la investigación arqueológica de esta época. Los especialistas eran poco numerosos y los recursos económicos muy escasos. Una forma de contrarrestar la provisionalidad que caracterizaba las actividades de las instituciones (Marcos Pous,' 1993: 86) era que las mismas personas participaran en varias de ellas. Esto dio lugar a una gestión excesivamente personalista (5) y en ocasiones autoritaria y se prestó a confusiones administrativas. También tuvo efectos positivos, como aprovechar los escasos medios existentes y dar una mayor presencia social a una actividad, entonces, muy minoritaria (Marcos Pous, 1993: 93). Las contradicciones de esta situación se reflejan en la propia trayectoria de los dos Institutos del CSIC alojados en el MAN. El Instituto "Antonio Agustín" de Numismática, tras la excedencia de J.M. de Navascués, languidece y con el tiempo termina por desaparecer. En cambio, la relación entre el Museo Arqueológico Nacional y el lEP se consolidó gracias a la visión de futuro de Martín Almagro Basch quien se ocupó de formalizarla con la firma del Convenio de Colaboración entre el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y la Dirección General de Bellas Artes, Archivos y Bibliotecas del Ministerio de Cultura para establecer la cooperación científica entre el Instituto Español de Prehistoria y el Patronato Nacional de Museos (16 diciembre 1980). En él se acordaba que: 1 ) El Museo Arqueológico Nacional cediera el uso de los locales que el lEP venía utilizando, y que ambas entidades compartieran los recursos técnicocientíficos y los fondos bibliográficos sin perder su propiedad. (5) Se promovía una gestión centralizada y jerárquica que se justificaba expresamente. Así, el apartado "Trabajo en equipo" de la "Sección de Madrid" del Instituto "Antonio Agustin" señala cómo su labor "sólo puede ser ñuto de una colaboración especializada y dirigida unipersonalmente" {Memoria, 1958: 238). 3) El C.S.LC. asignara fondos al LE.P. para participar en los gastos generados por el mantenimiento de los locales que ocupaba en el M.A.N. 4) Los directores del M.A.N. y el LE.P. fomentarían al máximo el trabajo en equipo del personal científico, técnico y auxiliar de ambas entidades. 5) La duración del Convenio era de diez años prorrogable por decenios automáticamente, salvo que una de las partes lo denunciara con dos años de antelación. D. Javier Tusell Gómez (Director General de Bellas Artes) y D. Alejandro Nieto García (Presidente del C.S.LC.) rubricaban el Convenio. De estos diez años de colaboración destacamos la cesión del uso de locales y de fondos bibliográficos. La gestión compartida de la biblioteca del MAN la ha convertido en una de las mas importantes de España en Prehistoria y Protohistoria (http: //www.csic.es/cbic/estadis.htm/; http://www.mcu. es/bases/spa/cbma/). La filosofía del Convenio que celebramos con este monográfico es renovar el uso conjunto de locales y de fondos bibliográficos, formalizar las prestaciones existentes en el ámbito de las comunicaciones informáticas, así como ampliar esta cooperación y reforzar su vertiente científica. Con este objetivo se han incluido en el Convenio todos los Departamentos del Instituto de Historia y del Instituto de Filología del CSIC, contemplando la posibilidad de crear "Unidades asociadas" con los Departamentos del Museo para el desarrollo de proyectos conjuntos de investigación. Este Convenio coincide con un momento de cambio en el MAN para responder a una demanda social cada vez mayor a través de la renovación de sus instalaciones y sus actividades. Expresa también la voluntad del CSIC de fomentar la colaboración con otras instituciones científicas para reforzar su implantación social. En el contexto actual de la sociedad, en el que el tiempo para el ocio es cada vez mayor, la arqueología se ha puesto de moda como una alternativa mas dentro de ese tiempc) libre. Este fenómeno social ha sido objeto de debate en la reunión "Arqueología, Turismo y Museos", celebrada en el MAN (diciembre 1999). Este número monográfico de Trabajos de Prehistoria, responde a esta demanda desde la perspectiva de algunos investigadores. Su objetivo es mostrar las conexiones entre la investigación y la presentación al público de yacimientos prehistóricos y protohistóricos a través de diversas experiencias (Fig. 1 ). Se quiere dar a conocer proyectos interesantes en marcha en la Península Ibérica atendiendo a ese lapso temporal y a las distintas instítuciones implicadas, así como informar de las fuentes de financiación para mostrar la gran diversidad de alternativas existentes. Las iniciativas a este respecto todavía son minoritarias, pero creemos que expresan el camino con más futuro para el desarrollo de la actividad arqueológica peninsular. La muestra de yacimientos no agota todas las experiencias, pero es significativa. Destaca la proyección nacional e, incluso internacional, de estos sitios. Todos ellos son Bien de Interés Cultural y los yacimientos de la sierra Atapuerca, así como los parques culturales del valle del Coa, Valltorta-GasuUa y Las Médulas están en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO. El Comité de Redacción invitó a los autores a tratar algunos aspectos que consideró de especial relevancia. Entre ellos estaban las razones de la selección del yacimiento en concreto para su visita, los criterios seguidos para su conservación y difusión, el apoyo financiero e institucional, las características de la información al visitante y la evaluación de su impacto social. Su respuesta ha sido variable y en definitiva refleja el estado de desarrollo de los proyectos. Una rápida ojeada a los trabajos muestra el carácter decisivo de la iniciativa individual del investigador -o del equipo-en la modalidad de presentación al público de los yacimientos arqueológicos. A su vez, una o varias instituciones pueden promoverla y luego otra u otras, o incluso empresas privadas, gestionarla. Los proyectos dependen de circunstancias muy cambiantes, lo que dificulta su planificación como se verá. Introducen el número un artículo teórico y la experiencia didáctica de los talleres de una exposición en un museo nacional. El resto de las contribuciones dan a conocer iniciativas para hacer visitables yacimientos de diferentes zonas, épocas y funcionalidades. La actividad minera, doméstica, funeraria y ritual queda recogida. Los paisajes culturales tienen especial valoración en los sitios del valle del Coa, de Valltorta-Gasulla y de Las Médulas donde el conocimiento de la vida rural tradicional forma parte de la oferta al visitante. En los demás casos, la atención se centra en un solo yacimiento o en varios conectados mediante itinerarios específicos como los dólmenes de Sedaño y la fortaleza de Arbeca. Cada vez son más frecuentes las propuestas destinadas a dinamizar la economía rural. En ocasiones se benefician de fondos estructurales europeos. como en Cancho Roano y Numancia, y en otros del apoyo municipal (Castellón Alto, Palomar de Pintado). En Gavá y Marroquíes Bajos el emplazamiento en un medio urbano conecta la visita con la mejora de la oferta educativa y cultural. Es difícil evaluar las fuentes de financiación puesto que no se facilitan datos cuantitativos. En general se cita, en primer término, la autonómica, y, en segundo lugar, la municipal. Los Ministerios de Cultura y de Educación y Ciencia así como las diputaciones provinciales completan las inversiones. En ciertas zonas, como Extremadura, los fondos europeos son significativos. Un aspecto importante es la dotación presupuestaria para el mantenimiento de los sitios tras su excavación y acondicionamiento para la visita. Se advierte aquí una menor atención por parte de las administraciones públicas responsables de la gestión que resulta contradictoria con la inversión que han realizado precisamente para ampliar la oferta cultural al público en zonas con escasos recursos. La difusión de estas iniciativas está en función de la fase de desarrollo del proyecto. Cuando ya está avanzada, se recurre a algunas actividades especiales para los escolares o talleres (Arbeca, Gavá, Atapuerca, Numancia, dólmenes de Sedaño...) o se incorporan nuevas tecnologías audiovisuales como en Arbeca. De los trece casos publicados, sólo el parque de Coa y Numancia cuentan con estudios de impacto lo cual es indicativo de la fase inicial en la que se encuentran la mayoría de los restantes. La demanda social a la que hacíamos referencia está promovida, en gran parte, por un público infantil y juvenil al que se oferta ocupar el tiempo libre con talleres y actividades arqueológicas y de exploración para completar su formación educativa. En este sentido, cada vez hay una mayor convergencia con los museos que iniciaron estas experiencias de talleres didácticos y que, ahora además, incluyen la visita a los yacimientos en su oferta cultural. Estos jóvenes visitantes actúan como captadores de los demás miembros de la familia que, progresivamente, se van interesando por la arqueología. Una de las conclusiones de este monográfico es destacar este sector de la sociedad para el propio futuro de la investigación arqueológica. Otra conclusión compartida con los autores es la exigencia de una investigación de los yacimientos, previa a su conservación y adecuación a la vista, como condición para que ésta sea realmente formativa. En una sociedad en la que el conocimiento en todas sus vertientes es la mejor preparación ese aspecto adquiere todo su valor. Finalmente resulta urgente ir consolidando los proyectos para garantizar su continuidad y la máxima rentabilidad de la inversión económica y personal ya realizada. Los convenios entre las distintas instituciones implicadas parecen una vía adecuada para lograrlo en la línea de lo que algunos de ellos tienen ya previsto o han puesto ya en marcha. Los contraídos entre el Museo Arqueológico Nacional y el CSIC se encuadran en este contexto que intenta sumar recursos para afrontar los retos de una investigación científica a la que se exige una creciente receptividad hacia las preocupaciones de la sociedad. Los recuerdos personales de E. Ripoll Perelló, C. Veny Meliá, A. Marcos Pous, sobre todo los de A.M.^Vicent, y los comentarios de C. Alfaro, han orientado nuestra investigación. Pilar Martín Nieto y Teresa del Río Balda conAndrés Gómez Pumares, respectivamente, nos han ayudado en la búsqueda en el Archivo del MAN y en la documentación del Dpto. de Prehistoria del Instituto de Historia (CSIC). Concepción Torices Muñoz y Paloma Infante López (Centro de Humanidades, CSIC) colaboraron en la localización de información sobre el lEP en el Patronato "Marcelino Menéndez Pelayo".
A ella, que me acompañó permanentemente mientras redactaba Se explora la noción de Patrimonio Arqueológico y su relación con la más amplia de Pasado. Para ello se analiza cómo funciona el pasado y sus vestigios en tres formaciones socioculturales con patrones de racionalidad diferentes: el de las sociedades primitivas, el de las sociedades campesinas tradicionales y el de la sociedad moderna. Aunque esta revisión es sucinta, intentamos ver cómo ambos conceptos se integran en la práctica cotidiana de la arqueología de cara a aunar y compatibilizar teoría y práctica arqueológica. Esta exploración parte de la constatación de diversas circunstancias relacionadas con la gestión y revalorización de los bienes arqueológicos, circunstancias que en aras de la brevedad sintetizamos en (1) el hecho de que los restos arqueológicos atraen y (2) en que no existe una clara noción de lo que es el patrimonio arqueológico. El atractivo de los bienes arqueológicos Hoy la atención hacia los bienes arqueológicos es creciente; los móviles que la sustentan tan diversos como los sectores sociales que con ellos se relacionan. Desde un punto de vista general se pueden distinguir tres grandes grupos: los gobiernos, los profesionales de la arqueología, y los ciudadanos en general. Para cada uno de ellos el atractivo del vestigio arqueológico se sitúa en aspectos distintos. Los gobiernos reconocen su papel de: recurso dinamizador de zonas geográficas retraídas, sustentador de la población en áreas rurales donde la agricultura no resulta productiva, impulsor de nuevas áreas de empleo en una sociedad en la que los servicios serán el principal sector de nueva actividad, soporte de identidades (nacionales y supraestatales) y coagente de la calidad de vida en el marco del desarrollo sostenible. Sobre tales bases los políticos persiguen, sobre todo, su utilidad socioeconómica y su capacidad de aglutinador ç^ identificador social. A los técnicos los restos arqueológicos nos cautivan, para decirlo de forma escueta, por la posibi-T. R, 57, n." 2, 2000 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es lidad que ofrecen de indagar sobre el pasado y la persona. Sobre la premisa, harto repetida, de que son bienes culturales que ilustran el pasado de la humanidad y, la no siempre reconocida, de que son condición básica de nuestra existencia como profesionales, demandamos su gestión y mantenimiento. Sabemos que su conservación depende del papel que juegan en la sociedad porque en función del alcance que en ella posean se le destinan más o menos recursos. Así los profesionales tratamos de que los bienes arqueológicos atraigan al público. La ciudadanía parece inclinarse hacia los bienes arqueológicos por dos motivos principales.* ocio y negocio. Desde hace tiempo sus cualidades (antigüedad, belleza, posibilidad de identificación con un pasado...) atraen a una minoría de devotos. Hoy, con más formación y tiempo libre que hace unos lustros, además pueden entretener a muchos, pues en sus actuales formas de presentación in situ los vestigios se imbrican muy bien con el turismo alternativo y el ocio activo. Un segundo factor de interés es la generación de actividad económica en el sector de los servicios educativos y recreativos. Así lo muestra el surgimiento de pequeñas empresas privadas y servicios de la Administración relacionados con la educación no reglada, las actividades culturales, de tiempo libre, las rutas guiadas... Todos estos intereses permiten decir que si la arqueología es resultado de la voluntad de poder, de justificar en el pasado la existencia presente (Criado, 1989a), hoy las necesidades sociales de consumo cultural y las posibilidades de actividad económica han engendrado una nueva forma de entender el vestigio arqueológico. Frente a la tradicional concepción de monumento o documento que sobre todo debe ser estudiado y preservado, actualmente se concibe como objeto de uso, de disfrute social. Por eso su clásico papel estático ha ido transformándose hasta convertirse en eficaz recurso dinamizador de la cultura y la economía. En tal contexto se entiende el buen momento que parece vivir la revalorización de bienes arqueológicos con numerosos proyectos y actuaciones en todo el Estado y un creciente número de publicacio-nes (2). Pero, a pesar de tal actividad, falta cierta reflexión (en el origen, objetivos, procedimiento y resultados de tales actuaciones) que permita armonizar, entre profesionales, bases de acción para ordenar y programar el presente y futuro del sector. Una de estas carencias se advierte en la comprensión de nociones como pasado o patrimonio arqueológico; aunque parezcan simples cuestiones terminológicas de su entendimiento derivan desde el destino de los recursos hasta la propia organización de la gestión. Por eso nos propusimos explorarlas y, en función del espacio disponible, lo haremos de forma reflexiva más que práctica o normativa (3). La idea imprecisa de patrimonio arqueológico Los bienes arqueológicos se identifican con patrimonio arqueológico (en adelante PA) y éste con patriríionio histórico o cultural (4). El patrimonio cultural (y cada uno de los ámbitos que integra) se define como el legado histórico y social del pasado que pervivió a lo largo del tiempo y que es preciso conservar para generaciones futuras. Sin embargo, no existe una clara idea de cómo se concreta esa herencia social, cómo o qué se debe preservar, porqué se preserva. Desde el punto de vista legal la línea que orienta la noción de patrimonio en textos normativos es la alusión a la cultura y a la historia como elementos definidores. Así por ejemplo, en las leyes españolas (5) los valores artísticos, históricos, arqueológicos (6), técnicos, etc. establecen el punto a partir del cual un elemento queda amparado como patrimonio. Sin embargo, las normas no concretan (1) Es muy ilustrativo el caso de un paisano de Calatañazor (Soria) que, viendo la afluencia de turistas al pueblo, decidió confeccionar un "museo" misceláneo en su casa. Al precio de la voluntad, que del viajero en vacaciones puede ser generosa, ofrece la contemplación de elementos etnográficos y arqueológicos. (3) Se espera con ello que el lector pueda extraer sus propias consecuencias para la acción. (4) A partir de aquí cuando utilicemos los términos más generales de patrimonio histórico, patrimonio cultural, o incluso patrimonio sin calificativo adjunto, se entenderá que estos términos más genéricos incluyen al PA y que éste participa de las mismas circunstancias a las que se refiere el comentario. (6) Se entiende que el PA posee este valor aunque las leyes españolas lo definen también en función de la metodología de trabajo. Una discusión más amplia sobre los criterios legales para delimitar el PA se ofrece en González (2000: 385-387) qué son estos valores adjetivados con calificativos que, en última instancia, se refieren a la cultura en un sentido amplio (Barrero, 1990: 113 y ss.); tampoco cuándo un elemento los posee. Esto es insuficientemente valorado por muchos profesionales del patrimonio que reprochan a las leyes la inconcreta o incompleta definición de patrimonio, o de PA, cuando al cuerpo legal le toca ordenarlo mientras que delimitarlo es más bien tarea de los profesionales (7). Las nociones técnicas no son mucho más precisas; después de analizar casi una veintena de definiciones apuntadas por profesionales (González, 1999:150-157) vimos que la noción de patrimonio gira en torno a tres ideas: (1) como en las leyes la cultura e historia son'elementos determinantes de la naturaleza del patrimonio; (2) la doble dimensión, material e inmaterial, del patrimonio siendo la segunda, la inmaterial, la fundamental en su conformación pues lo material, los bienes, es sólo el soporte de lo inmaterial, las ideas y nociones que sobre el pasado sustentan esos bienes; (3) el legado patrimonial posee gran valor aunque para algunos éste es intrínseco al bien mientras que otros piensan que sólo lo adquiere cuando el receptor se lo otorga. Aunque más ajustadas a la naturaleza del patrimonio, estas ideas no encajan muy bien con el tratamiento cotidiano que reciben los bienes arqueológicos. Llama, por ejemplo, la atención que proclamemos la importancia de esta herencia cultural cuando para el conjunto social el PA apenas tiene trascendencia. Esto se ve ante hechos como el barrido de bienes por el desarrollo urbanístico con el apoyo tácito o explícito de la población, la queja generalizada de que se destruye si laAdministración competente no lo impide o que ningún sector económico se toma el patrimonio histórico en serio, ni bancos, ni construcción, ni tan siquiera las Cajas de Ahorros cuyas fundaciones culturales invierten en otros sectores más rentables: arte, música... (7) Un extenso análisis de las definiciones normativas se ofrece en González (1999). I. El Patrimonio Arqueológico poco interesa a la sociedad. Miliarios de la vía XVIII (Itinerario de Antonino) reunidos en un punto de la vía y sirviendo de marco a una comida campestre. Por eso, hemos de reconocer que la noción de patrimonio manejada en el ambiente legal y profesional no se ajusta del todo a la realidad, al menos a la de nuestro Estado. Hay algo que falla en ella cuando la evidencia es que para la generalidad de la población, incluso para algunas instancias públicas, el PA no es herencia valiosa, sino residuo de la historia en ocasiones fácilmente llevadero pero otras realmente molesto. Todo esto fue lo que nos llevó a indagar sobre la noción de patrimonio y su relación con el pasado. La causa generalmente aludida es que en la sociedad occidental actual el pasado (9) está desconectado del presente, es algo acabado, muerto. Utilizando la metáfora de Lowhental (1998) el pasado se ha convertido en un extraño país (10). Si como muchos profesionales sostienen (9) Pasado no es sinónimo de patrimonio pues la acepción de pasado es más amplia (incluso con referencia a la historia y lo histórico). Pero, dado que patrimonio se entiende como "herencia del pasado", utilizaremos el término como semejante de PA. Es una licencia discursiva que solicitamos se nos consienta para evitar la reiteración de PA. (10) Metáfora que sirve de título a la publicación en la que se realiza un interesantísimo examen de los mecanismos que ac-T. P.,57, n.°2, 2000 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es el PA es expresivo de los valores que una sociedad otorga a su pasado remoto, hemos de considerar que la ruptura con un pasado más allá del inmediatamente próximo, esto es, más allá del comienzo de la industrialización y de la descomposición de las sociedades campesinas y tradicionales con las que aún podemos tener algún tipo de nexo (con ellas y con sus restos materiales) permite explicar, al menos en parte, actitudes de ignorancia, indiferencia o incluso aversión. Si el presente se ha emancipado del pasado, los valores que éste encama y los elementos en que se materializa pueden también alejarse de nuestra experiencia cotidiana. Este argumento puede explorarse recurriendo a diversas formaciones sociales y viendo cómo funciona en ellas el pasado, la tradición social (11) y otros ámbitos que conforman la noción de patrimonio. No se trata de hacer una historia evolutiva ni causal del PA en el sentido de la historia positiva tradicional. Nuestro intento se asemeja más a un análisis genealógico como Foucault (1981:128-45;1985) lo entiende y aborda aunque sin llegar a la profundidad que este tipo de análisis requiere. Por eso nos ceñiremos a ilustrar nnsigeología del PA, es decir, a mostrar algunos de los estratos sobre los que se asienta su actual noción. Estas capas se conformarán a partir de la visión del pasado y sus vestigios por parte de tres patrones de racionalidad: el de las sociedades primitivas, el de sociedades campesinas tradicionales y Q\ de ISL sociedad moderna (12). Las sociedades primitivas, el pasado como presente Para no detenernos en un tema trillado por la antropología entenderemos por sociedades primitivas los grupos de cazadores-recolectores o agritualmente intervienen en la producción de pasado, de las razones que llevan a buscar ese pasado y de los beneficios que reporta. (11) Entendida igual que Goody y Watt (1996: 39 y ss.) como memoria social a través de la cual una generación transmite su acervo cultural a la siguiente. Así, la tradición social puede definirse como el conjunto de conocimientos y valores que permiten pensar y crear lo real: desde las ideas de tiempo y espacio hasta el modo de entender el medio. (12) Nuestra exposición se compondrá con niveles de la realidad empírica y conceptual a veces no suficientemente caracterizados pero que permiten ilustrar nuestro argumento. Con seguridad no están todas las formas de pensamiento que fueron y son en la humanidad pero las que están manifestarán cómo funciona el pasado y sus vestigios en distintas sociedades. cultores tempranos situados en los dominios del pensamiento salvaje según lo define Lévi-Strauss (1964) y cuya determinación más específica, siguiendo a Clastres (1996), es ser sociedades sin Estado, indivisas y homogéneas en su ser (13). Para lo que aquí interesa, se puede decir que las sociedades primitivas son sociedades sin pasado puesto que intentan ocultar y negar los efectos del tiempo y los cambios que en su transcurso se producen. Aunque no lo logran del todo, pues toda sociedad cambia con el tiempo, su intento es permanecer iguales a sí mismas negando la diacronía. Entre su origen mítico y su presente, no hay más que tiempo vacío de significado. Las sociedades primitivas son agrafas. Su legado cultural se transmite a través de lapa/aera lo que Tab. Ilustración de aspectos sociales y culturales de la racionalidad primitiva así como la significación del pasado y sus vestigios en el entramado que tales aspectos configuran. (13) Desde la exploración de diferentes trabajos antropológicos, E Criado (1989bCriado (, 1993) ) ha compuesto una caracterización de estas sociedades que nos permitirá adjetivarlas de forma sintética. Tal caracterización se desarrolla con detalle en su tesis doctoral Contribución al estudio de las relaciones entre las comunidades megalíticas del Noroeste peninsular Universidad de Santiago de Compostela, Departamento de Historia 1, 1989. (14) Dos ámbitos donde mejor puede advertirse la relación presente-pasado y la concepción del tiempo son el mito y la muerte (Criado, 1989b). Respecto a la muerte, las sociedades primitivas discriminan entre los antepasados, muertos recientes a los que se trata de olvidar pues muestran el discurrir del tiempo, y los ancestros, muertos antiguos situados en un tiempo anterior al tiempo, protagonistas de los mitos y definidores de las normas que rigen la sociedad (Clastres, 1996: 74-86). En cuanto a los mitos, explicación del universo material y espiritual en el que se desenvuelve el grupo (Levi-Strauss, 1991: 577) una de sus finalidades es asegurar que el futuro permanecerá igual que el presente y pasado (Levi-Strauss, 1986: 65); se desarrollan en un tiempo anterior al tiempo (tiempo mítico) y definen los orígenes de la sociedad y el conjunto de reglas que la organizan. tiene un efecto particular sobre la transmisión cultural y sobre nociones como cambio y devenir (15). Una de sus especifidades es que su legado social se funda en la memoria colectiva que, al igual que la individual que es incapaz de recordar toda nuestra experiencia, mantiene un equilibrio constante entre el recuerdo y el olvido. A través de la palabra (en mitos, normas de comportamiento, etc.) se incorpora al recuerdo social lo que es importante en la experiencia de la comunidad, al tiempo que se olvida lo que no interesa. Así, se recuerda, se acumula en la experiencia, lo útil (tanto material como espiritualmente) mientras que se olvida aquello que no lo es. Este proceso conlleva cambios en el saber social pero la transmisión oral no permite verificarlos. La ausencia de escritura hace muy difícil contrastar versiones viejas y nuevas, pues las innumerables mutaciones que surgen en el discurso oral se incorporan espontáneamente sin que tales cambios se perciban con facilidad (Goody y Watt, 1996: 42 y ss.) ( 16). Uno de los resultados de tal equilibrio entre recuerdo y olvido que Goody y Watt (1996) califican de tendencia homeostática es que el individuo no tiene mucha percepción del pasado sino es en función del presente. Así, sostienen que la conciencia del pasado depende de una sensibilidad histórica que difícilmente puede darse sin registros escritos permanentes (Goody y Watt, 1996:46). De otra parte, interesa decir que uno de sus valores primordiales, como comunidad social, es el de la estabilidad, el intento de mantener invariables sus condiciones de vida, por eso reniegan del cambio como realización social positiva. Viven en comunión con la naturaleza de donde deriva su profundo conocimiento del entorno y su gran sentido territorial a través del que cada comunidad se identifica frente a las vecinas. De hecho, a diferencia del tiempo, el espacio está poblado de significado ( 17). (16) Un ejemplo son los mitos de los que la bibliografía ofrece numerosos ejemplos del surgimiento de versiones modificadas y adaptadas a las circunstancias actuales de la comunidad sin que tales cambios se perciban, pues al no estar consignados por escrito resulta imposible contrastar una versión anterior con una posterior. En Mamami (1989: 56-7), se muestra como la palabra aymara pacha se refiere a un tiempo específico, a estaciones del año relacionadas con tareas agrícolas y con diferentes localizaciones espaciales y también designa una orientación espacial. Con una concepción del tiempo que niega la diacronía olvidándose del pasado, la estabilidad como valor y una transmisión oral que actualiza, cada vez que las verbaliza o relata, las ideas y saberes de las generaciones anteriores es difícil interesarse por el pasado y sus restos. Así, esta exposición, aunque sintética, permite apuntar que en las sociedades primitivas el pasado y sus vestigios están incluidos en el presente porque la categoría de pasado no existe como tal. Para ellas el pasado es tiempo y espacio mítico y sus restos no son marcas del devenir histórico sino puntos que pemaiten cerrar la circularidad del tiempo, su recurrencia. Las sociedades tradicionales, el pasado como la huella de 'los otros' Entre la inexistencia de un patrimonio, porque aún no hay pasado, en las sociedades primitivas, y la actualidad en la que se proclama como resto de nuestro 'pasado', se pueden entrever otras racionalidades como la de ISÍS sociedades campesinas tradicionales (Tab. Ilustración de aspectos sociales y culturales de la racionalidad campesina así como la significación del pasado y sus vestigios en el entramado que tales aspectos configuran. Wolf (1982:5) define a las sociedades campesinas como "esos amplios sectores de la humanidad que se encuentran entre la tribu primitiva y la sociedad industrial. Esas poblaciones que abarcan muchos millones de individuos, ni primitivos ni modernos...". Tal definición, aunque algo vaga, per- Tomando una caracterización socio-económica de Vicent (1990: 274-277), se podrían determinar a partir de la vinculación permanente del productor con el medio de producción (en este caso la tierra). Esto implica que pueden convivir, en muy diversas formas y situaciones, en diferentes formaciones económico-sociales e intervenir en distintos modos de producción. Aunque tampoco poseen una situación geográfica y temporal concreta, en función de los datos que aquí manejamos nos referiremos a las comunidades agrarias desarrolladas en Europa desde la Edad Media, anteriores a la mecanización e industrialización del campo que, aunque forman parte de una sociedad más compleja (nacional o estatal) con la que mantienen una cierta relación de dependencia político-económica y cultural, poseen un alto grado de autosuficiencia e independencia en su actividad económica, social y cultural y a lo que aquí interesa se caracterizan por: -Poseer un profundo conocimiento de su entorno del que obtienen diversos tipos de recursos según los diferentes nichos ecológicos. -Detentar fórmulas de posesión de la tierra, de trabajo y de sociabilidad colectivas. -Ser iletradas aunque interaccionen con la cultura letrada dominante. Se puede decir así, que son culturas agrafas en el seno de culturas letradas (18). Son grupos con fuertes valores comunitarios y lazos de solidaridad expresados en fórmulas de trabajo colectivo o ceremoniales en los que participa toda la comunidad. Aunque diferencian entre presente y pasado, sus nociones temporales son fragmentarias, confusas y sin una profundidad ordenada. Si bien admiten el cambio, este es aún un valor negativo (Dumont, 1989) y poseen un carácter conservador manifiesto en la resistencia a variar en cualquier ámbito de lo cotidiano. Su relación con el espacio es compleja y contradictoria, pues conocen muy bien el espacio que usan pero se mantienen de espaldas al resto. De hecho, lo que más resalta de la relación de los campesinos con el espacio es su constitución como territorio, pues la apropiación de la naturaleza se hace en forma de una reclamación efectiva de los derechos sobre la tierra (Criado, 1988;1993). Con todo, las sociedades campesinas tienen un gran conocimiento del medio que utilizan, mantienen una in-tensa relación con él y perciben, entre otras cosas, las huellas de la actividad humana anterior en el tiempo. Tal modo de ser en gran medida ha desaparecido del ámbito europeo por la implantación de nuevas formas de vida, pero pueden rastrearse evidencias de él en zonas donde la industrialización del campo fue tardía como es el caso de Galicia (19). Veamos como funcionan aquí los vestigios. En Galicia, la sociedad campesina tradicional tiene incluidos a los elementos arqueológicos en su tradición oral a través del folclore, aunque la integración se hace ya a partir del reconocimiento de un corte temporal y cultural entre los constructores y moradores de estos vestigios, y los antepasados de la comunidad (Criado, 1986; Lunares, 1990b). De acuerdo con este folclore, los restos arqueológicos perceptibles en el paisaje son obra de los mouros, individuos que ocuparon el territorio en un tiempo mítico del que los campesinos no tienen memoria. Los mouros no se perciben como antecesores de los actuales campesinos ya que, además de ser de otra raza, presentan características no humanas (la habitación bajo la tierra o el agua, la posesión de propiedades mágicas, etc.) y ocupan, no el tradicional espacio culturizado en el que se desenvuelve la actividad cotidiana, la casa y su entorno cultivado, sino un espacio menos humanizado, el monte, zona en la que se obtiene cierto aprovechamiento pero que no se cultiva. Esta alteridad de los mouros y de sus obras, constituye el desencadenante de un discurso del grupo sobre sí mismo en el que su identidad queda afirmada frente a la alteridad de los mouros (Llinares, 1990b: 21) (20). Así puede notarse que^n las sociedades campesinas tradicionales ya se admite el pasado más antiguo cuyos restos se integran en el presente social no como un continuo, sino marcando una discontinuidad entre los autores de los vestigios y la comunidad campesina actual Esto refuerza la identidad cultural del grupo y hace significativo al espacio de algo más que del mero aprovechamiento económico (González, 1999: 180 y ss.). (18) En este sentido también se las denomina culturas populares (Llinares, 1990a). (19) La cultura popular gallega se inscribe en un marco más extenso que abarcaría, al menos, a la Europa occidental. Sin llegar a mantener la total homogeneidad de estas culturas populares, existe un "aire de familia", una concepción similar (ciertos elementos que conforman el imaginario gallego: tesoros, mouros, trasnos, mujeres encantadas...) en todas ellas (Llinares, 1990a: 51). Así el ejemplo gallego ilustra esta generalidad. (20) Esto puede verse en otras zonas como la Inglaterra medieval y moderna donde los restos del pasado se explican, a través del folclore, como obra de gigantes y hadas que esconden tesoros (Darvill, 1993: 4-7), algo similar a los mouros gallegos. ¿Cómo se disgrega este discurso de la «otredad» en tomo a los vestigios del pasado y da paso a lo que nos encontramos en la sociedad occidental de hoy: un discurso científico del que participan unos pocos, que interpreta al PA como la huella del 'nosotros'? La sociedad moderna, el pasado como nuestras raíces Será con la modernidad del siglo XIX y su proyecto de estudio del Hombre cuando la arqueología y la historia desarrollarán el discurso científico que otorga a los restos del pasado carácter de documento. A ello contribuyeron el historicismo y positivismo decimonónicos que alzaron al vestigio a la categoría de documento de la Historia y a ésta a la categoría de memoria del pasado. También la necesidad de legitimación de los Estados-nación que encontraban en los vestigios la huella palpable de una identidad cultural diferenciada. En este entramado, el bien arqueológico, como documento del pasado y símbolo de la nación, se convierte en instrumento material de la memoria y por tanto algo precioso a conservar (Bermejo, 1987: 31) Para llegar a esta concepción fue preciso recorrer un camino iniciado en el Renacimiento, momento en que se vio que el pasado era algo distinto del presente y sus vestigios significativos como testimonios de ese pasado. Asimismo, serían esencia-les acontecimientos como el descubrimiento de América, que demandó reinventar la imaginación para hacer pensable el mundo, pues a partir de él aparece un espacio indefinido y un tiempo inclasificable (Lorite, 1995:21 ). También la imprenta, que permite la transmisión cultural a través del espacio y del tiempo hasta límites impensables. En este ambiente de novedad se inicia el camino de una modernidad definitivamente establecida a finales del siglo XIX y caracterizada por rasgos como: -La ruptura con la tradición; el pasado, ancestralmente modelo a imitar, se convierte en pauta a superar. Así se entiende el fuerte sentido de discontinuidad temporal en el que el ordenamiento cronológico y lineal del pasado permite mostrar el cambio continuo de la humanidad. -El cambio, ahora con un valor positivo, como Progreso, conducido por la Razón, se convierte en móvil del devenir histórico; la arqueología y la historia serán fuentes ilustradoras, los vestigios sus sólidos testigos. Por eso no es casual que surja ahora la necesidad de preservar los restos de una forma más expresa que antes, y que esta preservación adquiera la forma de un programa público de acción, con leyes, dotación de medios y la colocación de éstos en un entramado institucional: museos, universidad... A partir de aquí, el discurso científico (arqueológico) de una élite formada y culta, desarrolla una significación de los restos del pasado que paulatinamente sustituye al discurso de las sociedades tradicionales. Esta explicación, asociada a los aspectos más irracionales y a-científicos de la cultura popular, desaparecerá progresivamente bajo la instrucción reglada a la que son sometidos los ciudadanos, por la aparición de los modernos medios de comunicación y por el cambio en las formas de relación con el medio social, cultural y natural, por la pérdida del sentido del lugar. En efecto, el proceso de individuación, paulatino pero constante, del mundo moderno tuvo un importante papel. Circunstancias como la atomización familiar o la dejación de gran parte de la educación y socialización de la infancia en manos de profesionales ajenos a la familia, posibilita la disminución de las referencias socioculturales de la comunidad local. Los nuevos modos de aprehensión del conocimiento y transmisión cultural, ahora fundamentalmente letrado, los nuevos modos de comunicación, ahora de masas, la emigración a la ciudad, etc., son mutaciones que facilitan aún más este proceso de T. P., 57, n." 2, 2000 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es pérdida de referentes que sólo se recuperarán a través de la educación reglada, de la transmisión textual, no anónima pero sí ajena al receptor. Igualmente, la estandarización de los modos de vida (el ideal moderno de progreso universal hacia un fin único e igual para toda la humanidad) ha tenido un peso específico importante. Asimismo, la pérdida del sentido del lugar tuvo más efecto de lo que nuestra miserable concepción espacial (fundamentalmente económica y no social) nos permite pensar. De hecho, hasta ahora hemos hablado de pasado, o de cómo las huellas del tiempo se integran o no en lo cotidiano de las sociedades mientras que hemos ignorado el espacio cuando, como ha notado Criado (1988: 67), la dimensión fundamental del pasado y de sus vestigios, el patrimonio, es espacial pues "una cultura humana no es primeramente um. sociedad en el tiempo, sino que es ante todo um.sociedad en el espacio'' (21). Las sociedades preindustriales dan buena muestra de ello con una fuerte vinculación (física y espiritual) a su entorno espacial, significativo en múltiples sentidos. Este sentido del lugar se ha debilitado en las sociedades desarrolladas, que mantienen una total desvinculación con su entorno. Los desencadenantes de este fenómeno de pérdida de significación del espacio son múltiples (González, 1999:185): -La falta de contacto con la tierra, con el medio, que, cada vez más se recorre, aprovecha o percibe menos directamente para hacerlo a través de la máquina (el tractor, el coche...). Con ello acabamos por comprender nuestro entorno como un espacio anodino en el que se desarrolla la actividad o el trabajo humanos. (21) Por eso la concepción del tiempo va asociada a una semantización del espacio. Otra cosa es que, en nuestra cultura, la primacía del tiempo sobre el espacio traslade la comprensión de los fenómenos espaciales a coordenadas temporales. Aún así, el conocimiento histórico necesita utilizar una noción de espacio para ordenar los hechos a lo largo del tiempo. (22) Una de sus primeras salidas a la luz, sino la primera, fue en el IV Congreso de Interpretación Global del Patrimonio celebrado en Barcelona en 1995. El subtítulo de este congreso era "sentido de identidad, sentido de lugar". -Los cambios constantes del medio habitacional, sobre todo urbano, pues la alteración y reconstrucción incesantes eliminan referentes espaciales, símbolos de nuestras propias vivencias: la vieja casa, el antiguo quiosco... -La emigración y la movilidad que vuelve habituales los desplazamientos. -El propio concepto de espacio manejado en el que priman los componentes jurisdiccionales y económicos (Criado, 1988), no históricos o sociales. El resultado de esto es no es sólo la merma de la percepción física del paisaje en el que nos desarrollamos, sino también de su significación cultural. Si la sociedad occidental ha apartado los ojos del espacio, en cierta medida los aparta de los vestigios que en él se contienen. Si el espacio sólo se percibe en términos económicos o de la distancia que separa los puntos recorridos en coche, mal se podrá apreciar la dimensión histórica de ese espacio cuyos vestigios evidencian. Estas y otras circunstancias imposibles de valorar aquí y por nosotros (23) conducen hasta el punto en que mientras la ruptura con la tradición ha permitido separar claramente el pasado del presente y del futuro, el estado nacional, los nacionalismos y todos los procesos discursivos de identidad étnica reinventan una comunidad de sangre y cultura fundamentada sobre un pasado que se pretende común a la nación o a la etnia y distinto al resto. Los vestigios serán la prueba legitimante. Cuando ya se ha roto con la tradición cultural^ se inventa la de la historia común. Sus pruebas han de conservarse. Los restos del pasado remoto, que en la sociedad campesina tradicional son la huella del 'otro', se convierten ahora en la marca del 'nosotros' (24). Desde esta posición el patrimonio se constituye, fundamentalmente, como documento del pasado que nos permite, materializar su existencia, recuperar su memoria y dar significación a sus huellas materiales, los bienes arqueológicos. Esto hace posible que nos aproximemos no a unas raíces extintas, sino al conocimiento de otras gentes y otros mundos que ya no forman parte del nuestro como los 'mouros' en la cultura gallega tradicional. También nos posibilta significar culturalmente un espacio cada vez más anodino al individuo. Efectivamente el patrimonio en la sociedad occidental (23) Ni nuestra carencia de formación en sociología para analizar la complejidad de la realidad actual ni el espacio disponible lo permiten. No obstante, si el interés del PA radica en la penetración del pasado se hace claro que su valoración depende fundamentalmente del conocimiento, no de una tradición cultural o vivencia social que se ha perdido. Y es que siguiendo la propuesta de Levi-Strauss (1964: 374 y ss.; 1987: 60 y ss.) de que la ciencia ocupa en nuestra sociedad la posición que en las primitivas y tradicionales ocupa el mito, mientras éstas integran los restos en su presente en forma de folclore, las sociedades desarrolladas los integran en forma de discurso científico (25) (Lám. (25) Similar afirmación, traducida a coordenadas históricas, ha evidenciado Tilley (1990: 21) quien, asumiendo las mismas propuestas de Levi-Strauss, apunta que el conocimiento histórico y arqueológico es un código para comprender los objetos del discurso que crea y con el que trabaja. Pero, si la significación del PA depende del conocimiento y trabajo intelectual y éstos apenas se promueven entre la ciudadanía (ni en la educación reglada ni en la educación social en general) hemos de aceptar, desde una perspectiva mínimamente críüca, que el PA no tenga senüdo para el público. Admitir esto no es negar el valor del PA, sino situarlo donde realmente se asienta, en la investigación y la divulgación de sus resultados al conjunto social. En el epígrafe anterior exploramos el PA en la sociedad moderna e industrial. Aunque muchos de sus rasgos se mantienen en la sociedad posindustrial de hoy, otros han variado. Así, antes de que el discurso científico haya llenado el lugar de la tradición, el vacío que ésta deja hoy se llena con la ligereza de la distracción, la laxitud de la vacación o la fuerza de la invención. Y es que algunas cualidades del modo de vida actual así lo promueven, pues el público de hoy está: saturado de cultura pero de masas, vacío de tradición pero incrédulo ya de la visión progresiva del devenir histórico (de la noción positiva del cambio), temeroso ante un futuro incierto que hace volverse hacia la preservación de lo que nos rodea y hacia el pasado (conocido y tranquilizador), inmerso en un consumo subyugador, transportado por el poder de la imagen (26), ávido de emociones ligeras, de laxo entretenimiento, etc. Rasgos como éstos dan nuevas utihdades al patrimonio tales como: recurso económico, entretenimiento social e identificador social y cultural. Sin que estas utilidades sean negativas es preciso disolver el peligro que las acecha, el de ofrecer el patrimonio al mercado como resto material de valores perdidos, como forma vacía, soporte de las últimas técnicas de entretenimiento (Criado y González, 1994; González, 1996). De ahí el interés de aquellos que replican a la pulsión por conservar todos los restos del pasado (cuya uüHdad es sacralizar los objetos) en lugar de destruir una parte (con la excavación y estudio) para conservar la memoria, para consolidar a la arqueología como práctica (26) Nueva tecnología de la comunicación y transmisión del conocimiento aún no valorada en profundidad. constructora del conocimiento del 'otro' y del mundo (Criado, 1995:255) y al PA como elemento que permite pensarlo a la vez que examinamos a nosotros mismos. Aquí está el problema actual del patrimonio, en la redefinición de su valor como medio de conocimiento, de semantización del mundo antes que como mero objeto de producción económica o de divertimento. Creemos que una estrategia de revalorización del PA debe integrar sus funciones crítica y económica (como significador y como recurso) pues ambas son funciones sociales. Después de discutir aquí la primera, la crítica y reflexiva, se pueden extraer algunas propuestas para significar al PA, que resulte atractivo a la sociedad y que se demande, que sea negocio. Cuando los bienes arqueológicos se disponen al público, lo que se ofrece, más que la materialidad del vestigio, es una experiencia formada por la conjunción de la contemplación, paseo o cualquier otra forma de contacto con el vestigio, y los valores intelectuales que el observador deriva de este contacto. Estos últimos proceden de sus conocimientos a cerca del vestigio y del momento del que procede. Si partimos de que hoy al pasado remoto nos aproximamos desde el estudio y la investigación distante, a la hora de ofrecer sentido al público es preciso: Esto significa ilustrarlos a través de una narrativa, surgida de la investigación y expuesta al público profano de forma comprensible (Criado y González, 1994) (27). Esta narrativa debe dar sentido a los bienes y al momento del que proceden y solventar uno de los problemas del discurso histórico para llegar a la ciudadanía, su atomización en temáticas especializadas múltiples. Su solución pasa por integrar los estudios parciales en narrativas generales que den cuenta de modos de vida pasados. -Acercar al visitante a la dimensión espacial de los vestigios, pues más que mostrar la sucesión de acontecimientos de la historia (28) se trata de ilus-Lám. Transmitiendo el sentido del Patrimonio Arqueológico al público. Interior de una vivienda perteneciente al poblado ibérico de Calafell (Tarragona) en la que se ha reconstruido parte de su contexto de ocupación: tejado, mobiliario, ajuar... trar la dimensión social del espacio recuperando su 'lógica' y sentido, significándolo. Para materializar tales propuestas cualquier fórmula comunicativa vale pero en todo caso defendemos el uso de metodologías y actividades que posibiliten al público cosas tales como: distanciarse y objetivar lo que del pasado se cuenta e incitar a buscar el sentido de lo que se muestra (29). En la materialización de propuestas de este estilo, conducentes a significar al PA tienen gran protagonismo: (1) los profesionales, pues son reconocidos por el público como sus más próximos investigadores y dadores de sentido; (2) los modernos métodos de comunicación y transmisión social del saber: la informática y medios audiovisuales. Si con la escritura y la historia tenemos una manera, distinta de la oralidad, para ordenar y explicar el pasado, es previsible que con los nuevos procedimientos de transmisión social del saber se vuelva a modificar. Aunque sus efectos son poco conocidos por recientes, la información en tiempo real, la imagen como fórmula de acceso al pasado, la realidad virtual para re-construir e ilustrar los vestigios, etc., probablemente den un nuevo vuelco a la manera de aproximarse y entender el patrimonio (30). Los profesionales hemos ser conscientes del papel de ambos (profesionales y medios de comunicación) para conjugar procedimientos y demandas sociales y patrimoniales. (27) Esto es lo que para algunos sería la interpretación del patrimonio. (28) Esto se puede ver en un libro, no hace falta ir a un parque arqueológico o museo donde se ilustre el PA. (29) La recuperación de la oralidad en la transmisión de sentido puede ser una buena fórmula, pues aunque más costosos, el público prefiere guías y comunicadores a las formas escritas.
La exposición "Atapuerca: nuestros antecesores" en el Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN) pone al alcance del gran público los resultados de 20 años de investigación. Para ello se han utilizado los recursos expositivos más innovadores, incluyendo las últimas tecnologías audiovisuales, maquetas, dioramas e interactivos no informáticos, al tiempo que se han expuesto piezas originales nunca antes mostradas al gran público. Los talleres que se han diseñado paralelamente a la exposición suponen la participación activa del visitante y permiten conjugar aprendizaje y diversión. En las entrañas de la Sierra de Atapuerca (Burgos) (Fig. 1) se ha desarrollado desde el principio del Mioceno un complejo kárstico en las calizas cretácicas (Zazo et alii, 1983). Sus cuevas y galerías subterráneas albergan las evidencias que nos permiten acceder al estudio de la historia de los seres humanos y de los ambientes en los que vivieron durante el último millón de años. Desde que EmilianoAguirre, Profesor de Investigación jubilado y actualmente doctor vinculado al MNCN y miembro de la RealAcademia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, se hizo cargo de los primeros restos humanos aparecidos, ha transcurrido un cuarto de siglo. El esfuerzo investigador ha estado centrado en el estudio de la evolución de la humanidad europea y el contexto ecológico en el que dichos cambios tienen lugar. A lo largo de estos años se ha ido forjando un grupo de científicos responsable de la investigación en distintas disciplinas, que en 1997 fue galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica (Comité de Redacción, 1997) (1). En diciembre de 2000 la Sierra deAtapuerca ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Las publicaciones científicas sobre los yacimientos y los hallazgos realizados son muy abundantes y se han ido sucediendo con mucha continuidad. Tampoco se ha detenido la divulgación de los descubrimientos y de las conclusiones más importantes obtenidas a partir de ellos: a través de confe-Fig. Situación de la Sierra de Atapuerca (Burgos) en la Península Ibérica. rencias o de las Jomadas de Puertas Abiertas durante las campañas de excavación de los yacimientos, los castellano-leoneses de a pie han ido conociendo, al día, la actualidad de Atapuerca. Pero además, en los últimos tres años se ha redoblado esfuerzo y empeño por dar a conocer al gran público los resultados científicos del equipo investigador de Atapuerca. Conferencias, actos de presentación, exposiciones fotográficas, vídeos y libros de divulgación, han protagonizado la oferta didáctica y educativa del proyecto de Atapuerca (p.e. Todo ello ha influido sin duda en la reciente propuesta de Atapuerca como Patrimonio de la Humanidad. En este contexto se enmarcaba el episodio más intenso en el ámbito divulgativo de los contenidos científicos de Atapuerca: la exposición "Atapuerca: nuestros antecesores'' del Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid (C.S.I.C.) y la publicación de un catálogo con la misma temática de 221 páginas y más de 300 ilustraciones (Bermúdez de Castro et alii, 1999). Dicha muestra cosechaba y compilaba los esfuerzos de años de investigaciones sobre la sierra. En el momento de la gestación de dicho proyecto, la participación acumulada del equipo de Atapuerca, en recursos humanos esporádicos o fijos, estaba integrada ya por centenares de estudiantes cualificados, becarios especialistas e investigadores que trabajaban y colaboraban de forma más o menos intensa y continuada en las excavaciones de los rellenos, la realización de las memorias y las investigaciones. Esta exposición llegó en un momento excelente. La relevancia de los últimos descubrimientos, por la cantidad y la calidad de los restos, había producido un reavivamiento del interés de la sociedad por las cuestiones relacionadas con la evolución de los trabajos en los yacimientos, así como por la evolución de los propios ecosistemas y formas de vida humana de la sierra. Los yacimientos y sus descubrimientos han sido difundidos con profusión, generando con ello expectativas de interés por los nuevos hallazgos y los resultados obtenidos a partir de su estudio. A lo largo de los años se habían sucedido experiencias negativas (salvo honrosas excepciones) en la transmisión de información desde los medios de comunicación de masas hasta la sociedad, a quien llegaban informaciones de dudosa naturaleza y mensajes pseudocientíficos ya con una importante acumulación de errores en su divulgación. También es cierto el hecho de que las rigurosas revistas científicas nacionales o extranjeras son raramente accesibles para el público, tanto físicamente como por su forma de comunicar resultados. Además, la actualización científica no llega a los libros de texto con la celeridad deseable y no siempre resulta fácil acortar estas distancias. Entre los objetivos planteados entonces, estaba el de comunicar y divulgar de forma amena, pero con el máximo rigor, los resultados de un proyecto científico de renombre y reconocimiento internacional. Por tanto, resultaba lógico y necesario decidirse a realizar un macroproyecto que tradujera de forma adecuada, y al espectro más amplio posible de la sociedad, los resultados científicos obtenidos a lo largo de todo este tiempo. Así, el Equipo Investigador de Atapuerca acogió con entusiasmo la posibilidad que le brindaba el Museo Nacional de Ciencias Naturales de montar una gran exposición sobre Atapuerca. El imprescindible apoyo económico al proyecto vino a través de la Fundación del Patrimonio Histórico de Castilla y León, compuesta por la Junta de Castilla y León, Caja España, Caja Duero, Caja de Ahorros Municipal de Burgos, Caja de Ahorros del Círculo Católico de Burgos, Caja de Ahorros de Segovia y Caja de Ahorros de Avila. El proyecto expositivo se benefició también de la colaboración de la Sociedad de Amigos del Museo Nacional de Ciencias Naturales. Además de la difusión átlos resultados de mayor alcance obtenidos a partir de las investigaciones se ha realizado el esfuerzo de explicar to^pro- cedimientos por los cuales se pueden llegar a esas conclusiones, las formas de investigar que cada miembro del equipo multidisciplinar desarrolla, con las técnicas y mecanismos de que se sirve y que utiliza. No se ha pretendido entonces realizar una mera exhibición del abundantísimo material recuperado en estos yacimientos. Los fósiles y las piezas de industria lítica que se mostraron no eran numerosos, pero sí selectos, jugando un papel específico y determinante a la hora de ilustrar el discurso planteado. Por la misma razón, la explicación del trabajo científico ha sido el otro hilo conductor de la exposición. Por último, como objetivo subyacente a toda la comunicación divulgativa realizada, se ha pretendido promover el respeto y la conservación del medio, de su diversidad y el patrimonio arqueopaleontológico. Estos objetivos pudieron materializarse gracias a que desde las primeras fases del diseño de la exposición se constituyó un equipo formado por especialistas del Departamento de Exposiciones y Programas públicos del MNCN (con Luis Alcalá a la cabeza, como vicedirector de Exposiciones) y por miembros del Equipo Investigador de Atapuerca, bajo la dirección de José M.^ Bermúdez de Castro, comisario científico de la exposición (Fig. 2). Ambos equipos trabajaron al unísono para compatibilizar rigor científico, amenidad y claridad. CONTENIDOS CIENTÍFICOS EN LA EXPOSICIÓN EN EL MUSEO DE CIENCIAS NATURALES DE MADRID El proyecto de divulgación científica se articuló según un orden muy pensado y establecido de contenidos. Las ideas que se intentaron transmitir conservaban todo su rigor científico, pero a la vez tenían que llegar de forma eficiente, concisa, clara, correcta y amena a un rango lo más amplio posible de público, segmentado según sus diferentes grados de formación. La exposición estaba planteada para que pudieran realizarse distintos niveles de lectura de la misma, y por tanto, ofrecer la posibilidad de realizar este aprovechamiento diferencial de conocimientos. Organización espacial de los contenidos A lo largo de la muestra, los contenidos expuestos se dividieron en tres grupos de conocimiento identificados por zonas (Fig. 3). La primera de ellas contenía la información relacionada con los yacimientos de laTrinchera del Ferrocarril y con la es-ptcioHomo antecessor, a la que pertenecen los primeros grupos humanos que se aventuraron a salir del continente africano e iniciaron el poblamiento del actual continente europeo. En los distintos bloques se han podido adquirir conocimientos sobre el descubrimiento, la excavación y la restauración de los restos átHomo antecessor, sus relaciones de semejanza morfológica y de parentesco con nuestra propia especie, su comportamiento cultural y subsistencial y la investigación de sus modos de vida y su devenir evolutivo. Se abordaban también aquí la paleoecología, el comportamiento nutricional de los grupos humanos que vivieron en la sierra y los cambios culturales y en la industria lítica que tuvieron lugar durante el Pleistoceno inferior y medio. La segunda parte de la exposición aproximaba al visitante al conocimiento de los grupos humanos de la especie H. heidelbergensis y del yacimiento en T. P., 57, n." 2, 2000 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es Fig. 3. Esquema de la exposición "Atapuerca: nuestros antecesores". Primera Parte: Homo antecessor y los yacimientos de laTrinchera del Ferrocarril. Segunda parte: Homo heidelhergensis y los neandertales. Tercera parte: ¿Qué nos hizo humanos? E. Escena de Homo heidelhergensis. G. Reproducción parcial del yacimiento de Galería a escala 1:1. D. Reproducción parcial del yacimiento de Gran Dolina a escala 1:1. S. Reproducción de la Sima de los Huesos a escala 1:1. "Mediateca". el que se han recuperado la gran mayoría de los restos de esta especie que existen en el mundo: la Sima de los Huesos. Entre el primer y segundo ámbito estaba situada una zona con recursos audiovisuales. Formaban parte de ella distintos elementos que constituyen un componente más novedoso a la hora de presentar los contenidos: el teatro virtual, la mediateca, con distintos interactivos, los cascos de audición y la sala de proyección de documentales. La tercera y última parte se separó espacialmente del resto, no sin cierta intencionalidad. En ella se visitaba de forma resumida nuestro conocimiento actual acerca de cómo nos hemos convertido en humanos y qué es lo que nos separa de nuestros ancestros remotos. Estaba destinada a un público más especializado, con interés mayor o más específico en temas de evolución humana. La utilización de recursos tridimensionales, con diferentes escalas, ha jugado un papel fundamental a lo largo de toda la exposición. Se ha prestado gran atención al empleo de los mismos por su capacidad para transmitir una gran cantidad de información objetiva y fácilmente asimilable por todos, y con la idea de situar dimensional y espacialmente a los visitantes. Con este ñn, la exposición comenzaba ante una maqueta a escala 1: 300 de la Sierra de Atapuerca y la Trinchera del Ferrocarril. Los visitantes podían instruirse acerca del contexto geográfico y conocer las características fisiográficas de la Sierra de Atapuerca. En la maqueta, el visitante podía apreciar las relaciones de distancia entre los diferentes yacimientos de la Trinchera y también entre éstos y la entrada a Cueva Mayor desde donde se accede al yacimiento de la Sima de los Huesos. A espaldas de esta maqueta se disponía otra, construida a escala 1: 50, en la que se reproducían los yacimientos de Galería y Gran Dolina (Lám. En ella se ha intentado simular el tipo de vegetación (encinas y quejigos) que puebla la sierra. Se visualiza muy bien la diferencia entre las cuevas, que tienen paredes de coloraciones grises o blancuzcas y están formadas a partir de la disolución de la caliza, y los rellenos cársticos acumulados durante muchos miles de años, que presentan coloraciones rojizas. La escala 1: 50 combinada con unas técnicas que permiten alcanzar un acabado hiperrealista hace posible transmitir una gran cantidad de información con un solo elemento expositivo de dimensiones relativamente reducidas. Esta escala resultaba ideal para comenzar a captar la atención del público, y además reproducir con mucho detalle varios aspectos relacionados con la infraestructura de las excavaciones así como las herramientas y métodos de excavación arqueológicos. Los yacimientos de Gran Dolina y Galería han necesitado grandes andamiajes para protegerlos de la erosión y conservar el registro en su contexto estrafigráfico preciso, algo estrictamente necesario en cualquier proyecto de excavación sistemática. En la maqueta se observan los sistemas de protección y acceso a los yacimientos y las dos excavaciones que se venían desarrollando hasta el momento en Gran Dolina: la primera en una extensión de unos Lám. L Vista de la maqueta a escala 1:50 de los yacimientos de Gran Dolina y Galería (Sierra de Atapuerca). Exposición "Atapuerca: nuestros antecesores". 100 m^ actualmente en el nivelTDIO; la segunda, una prospección arqueológica llamada Dolina Sondeo, de aproximadamente 6 m^ de planta en la parte derecha, y que ha llegado al suelo de la cueva en la campaña de excavación de 1999. La función que cumplían estas maquetas se complementó con las reproducciones escenográficas parciales a escala 1: 1, de gran ñdeUdad, de Gran Dolina y Galería además de una reproducción íntegra del yacimiento de la Sima de los Huesos. Las tres reproducciones aproximaban al visitante a la gran potencia estratigráfica de los yacimientos, y al interés científico de los rellenos fosilíferos. Las excavaciones y las investigaciones todavía consumirán en el futuro enorme esfuerzo de trabajo y recursos humanos. Todas las representaciones persiguieron la consecución de un acabado extraordinariamente realista. Durante docenas de horas se estudió minuciosamente un sinfín de detalles que se tuvieron en cuenta en la realización de las reconstrucciones a gran escala de los yacimientos de Galería, Gran Dolina y La Sima de los Huesos. En la reproducción parcial de Galería se representó la zona que corresponde a la Covacha de los Zarpazos. Aquí se ilustraba el trabajo de los geólogos en la estratigrafía, el diseño de la cuadrícula aérea que segmenta y permite identificar 1.2. La primera parte: paleoecologia, industria lítica, modos de vida y la nueva especie Homo antecessor 1.2.1. Las claves de Atapuerca La antigüedad de los fósiles recuperados en Atapuerca constituye un aspecto de sumo interés para todos los públicos. Los distintos métodos de datación permiten conocer la antigüedad del registro. Un error frecuente y muy extendido suele ser el pensar que el C14 es el método por excelencia, y una gran parte de los visitantes destierra esa idea después de entender el rango cronológico que permite datar cada método y qué técnicas se han empleado enAtapuerca (radiométricas, paleomagnetismo y bioestratigrafía). Todos estos conceptos han sido transmitidos a través de paneles mediante textos sencillos apoyados en gráficos y esquemas. En este primer ámbito se insistía en que el descubrimiento de fósiles humanos en Atapuerca es doble, puesto que son dos especies humanas cronológica y anatómicamente diferentes las aparecidas en los yacimientos. Los homínidos de Gran Dolina y las reconstrucciones anatómicas Homo antecessor es una especie nueva, descrita a partir de los restos aparecidos en el "Estrato Aurora" del nivelTDó, dentro del sondeo estratigráfico de Gran Dolina (Bermúdez de Castro et alii, 1991\ Carbonell et alii, 1995). El primer resto fue hallado, durante la campaña de excavación, por la arqueóloga Aurora Martín el 8 de julio de 1994. La importancia de estos restos es aún más patente al haber sido recuperados junto a parte de su contexto biológico (faunas acompañantes) y cultural (herramientas que fabricaron y utilizaron). El hecho de que hayan fosilizado restos maxilares y mandibulares permite además conocer, por el estado de desarrollo de las piezas dentarias, las edades de muerte de los distintos individuos, e incluso si sus dientes tenían procesos de crecimiento y erupción similares a los nuestros. Con ello sabemos que casi un centenar de restos humanos recuperados pertenecen al menos a 6 individuos distintos: dos niños, dos adolescentes y dos adultos jóvenes. En una vitrina se mostraban restos dentarios de tres de estos individuos de edades diferentes, con el fin de que el visitante pudiera comparar las diferencias entre ellos. carbonataciones que presentan, y realizar las réplicas de alta resolución. Los fósiles en su ambiente La Paleoecología estudia las relaciones entre sí y con su ambiente de los seres que habitaban en el pasado. Al gran público siempre le ha llamado la atención el estudio de la vida y de las relaciones entre los distintos organismos vivientes, de forma que un objetivo era conseguir que a la cultura popular llegara con idéntico interés y con la misma fascinación el estudio de los cambios que se han ido sucediendo a lo largo del tiempo en las faunas y en el paisaje vegetal. El estudio de estos cambios es el objetivo principal de la ciencia paleontológica. Algunas especies evolucionan cambiando solamente algunas de sus estructuras, y dan lugar a otras distintas. Otras se extinguen sin dejar descendencia o migran hacia otros lugares de climas favorables y son reemplazadas por otras completamente diferentes. El paso previo a un estudio paleoecológico es tener un buen conocimiento de la anatomía y poder identificar correctamente las especies con las que se va a trabajar. Para la fauna, los paleontólogos taxónomos cuentan con la ayuda de publicaciones científicas y de colecciones de referencia o de com-paración de esqueletos actuales que existen en los museos. Esta idea se ha intentado transmitir a través de la exhibición de varios restos fósiles de un lince y un castor junto a sendos esqueletos montados de dos animales actuales. El polen producido por las plantas que crecen en el entorno del yacimiento también pasa a formar parte de los sedimentos, con el viento o gracias a las egagrópilas que arrojan las rapaces que nidifican cerca de las cuevas. El polen es también un excelente indicador de la planta a la que perteneció. Al visitante le llama la atención cómo algunos fósiles hallados en los yacimientos aportan una gran cantidad de información, a pesar de sus reducidísimas dimensiones. El polen no sólo proporciona datos acerca de las plantas que existieron en cada momento, sino de los cambios climáticos que se habían ido sucediendo. Pero no es menos interesante conocer cómo y después de qué procesos han llegado los fósiles hasta el lugar en el que los encontramos, desde que se produce la comunidad muerta hasta que ésta se constituye en la comunidad fosilizada que arqueólogos y paleontólogos desentierran, siempre en sentido inverso al orden de su formación. Con la información proporcionada por la fauna y la vegetación se puede tener una idea muy completa acerca de cómo se sucedieron los cambios paisajísticos a lo largo del tiempo, y en parte también de cómo Fig. 4. Reconstrucción esquemática del paisaje, ocupación y relleno de la Unidad GUI del yacimiento de Galería (Sierra de Atapuerca). se fueron rellenando y poblando las cuevas en cada momento. Estas ideas fueron recogidas en una secuencia de dibujos esquemáticos y cuadros al óleo que reproducían la evolución en el tiempo del paisaje de Atapuerca (Fig. 4). Entre las materias primas más utilizadas para la fabricación de útiles líticos destacan el sílex y la cuarcita, aunque otros materiales empleados en menor proporción incluyen la arenisca, el cuarzo, la pizarra o la caliza. Ejemplos de todas estas rocas, procedentes de los mismos afloramientos explotados por los homínidos, han sido expuestos en este ámbito. El acceso a las materias primas era sencillo, y podían obtenerlas del entorno próximo a la Sierra (2). A lo largo de un millón de años se fueron produciendo cambios culturales que quedaron reflejados en los distintos tipos de herramientas fabricadas, que progresivamente tendieron hacia una mayor complejidad y especialización. (2) García-Antón, D. (1997): El origen geológico y de la alteración del sílex arqueológico del Complejo Galería subnivel Glla. (Sierra de Atapuerca, Burgos). Mallol, C. (1997): Estudio de la selección de materias primas líticas en los niveles TD6 y TDIO del yacimiento de Gran Dolina (Sierra de Atapuerca, Burgos). Tarragona. presentaba en tres paneles distintos en los que se exhibían algunas piezas representativas de cada Modo Técnico. Al contar con un complejo de yacimientos de gran potencia estratigráfíca y amplio rango cronológico, en Atapuerca se ha podido estudiar la evolución de las técnicas de talla y los distintos modos culturales. Durante las visitas guiadas se mostraban algunas réplicas de distintos útiles a los visitantes, quienes fijándose y tocando las piezas podían trabajar sobre las categorías establecidas recién aprendidas, para así fijar conceptos relativos a las clasificaciones y Modos Técnicos. Otro aspecto tratado es la investigación traceológica, que pretende averiguar cuál es la utilidad de las herramientas. Para ello se estudian con ayuda de microscopios las modificaciones que en el pasado el uso de las herramientas produjo en los filos. Desde el punto de vista didáctico resulta muy interesante comprender cuáles son las técnicas de análisis que permiten al investigador alcanzar sus conclusiones. Hay una serie de cuestiones acerca de los homínidos de Atapuerca que suelen plantear los asistentes a las conferencias o los propios visitantes de la exposición. Muchas están relacionadas con los T R, 57, n." 2, 2000 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es modos de vida de estos homínidos. Si eran grupos organizados o no es algo que resulta complicado de establecer, aunque es verosímil pensar que probablemente el tamaño del territorio explotado por ellos variaba en función de la disponibilidad de los recursos como alimentos, zonas de refugio y materias primas. Cabe suponer, al menos para los homínidos del Pleistoceno medio, la existencia de un lenguaje articulado como herramienta para conseguir una importante cohesión de los grupos, en el seno de los cuales el período de aprendizaje durante la niñez podría ser largo. Las condiciones de temperatura constante en las entradas de las cuevas hacen de éstas un lugar ideal para cobijar a estos grupos, sobre todo en momentos de rigor climático. En estas zonas abrigadas y protegidas del viento, como se ilustraba también en otra de las reconstrucciones científicas (Lám. III), los homínidos emplearían su tiempo en fabricar herramientas, descuartizar presas, curtir la piel o trabajar la madera para fabricar, por ejemplo, lanzas (3) (Márquez eía/n, 1999). La imagen tradicional sobre la dieta de los homínidos pleistocenos asumía un bajo consumo de alimentos vegetales. Sin embargo, hoy sabemos que los homínidos del Pleistoceno medio tenían una dieta variada, con un protagonismo importante de los recursos vegetales. Los recursos de este tipo, disponibles en el ecosistema en forma de frutos secos y carnosos, semillas, raíces, tubérculos y brotes tiernos de algunas plantas, constituían un nada desdeñable componente en su alimentación. Existe además otra ventaja, estos recursos son predecibles, para unos homínidos que en realidad son oportunistas, y ocupan a la vez los distintos nichos ecológicos de cazadores, recolectores y carroñeros (Bermúdez de Castro et alii, 1995). El hecho de considerar la dieta vegetal como especialmente importante viene avalado por el estudio de las microestrías de desgaste dentario y por la gran abrasión que presentan los dientes de algunos individuos, indicativos de la consumición de alimentos duros. Este esquema rompe con la idea popularizada del homínido gran cazador que se alimenta casi exclusivamente de carne. El teatro virtual enlazaba con el intento de seguir conociendo más datos acerca de cómo se comportaba Homo antecessor. El teatro pretendía lle- (3) Vergés, J.M. (1996): Impacte antropic i pautes tecnofuncionals al Plistocè Mitjà: la industria lítica del nivel TDIO de Gran Dolina (Sierra de Atapuerca, Burgos). Inédita. gar a un amplio abanico de visitantes. Era una actividad de muy corta duración que el propio público podía poner en marcha, y que por los recursos luminosos y sonoros que utilizaba conseguía captar inmediatamente la atención de espectadores de casi cualquier edad. Consistía en una proyección de hologramas que nos permitían iniciar un viaje hacia atrás en el tiempo y contemplar, en su ambiente, a los protagonistas del pasado, a los Homo antecessor. Lamediateca ha sido visitada por los incondicionales de los ordenadores, interesados en Atapuerca y las curiosidades que rodean los descubrimientos. En la mediateca se ha tenido acceso a distintos elementos interactivos a través de ordenadores, en los que se ha podido consultar una hemeroteca sobre Atapuerca o conectarse a las páginas web que ofrecen amplia información sobre los subproyectos y las investigaciones desarrolladas. No faltaron los videojuegos, que hicieron las delicias de los más jóvenes cuando les permitía convertirse en excavadores virtuales de la Sima de los Huesos, arqueólogos y paleontólogos que con cierto aire de explorador de película se aventuraban en busca del cráneo perdido. En la zona de receptores se podía escuchar también una emisión de radio acerca de la llegada a Europa de los primeros grupos humanos y los yacimientos de Atapuerca. Los codirectores de la excavación respondían a cuestiones de interés frecuente para el gran público. En un diorama a tamaño natural, como introducción al segundo ámbito, se representaron cuatro figuras reconstruyendo una escena de caza protagonizada por homínidos de la especie Homo heidelbergensis, y que pudo tener lugar hace 300 000 años. Dichos individuos estaban descuartizando una cierva que acababan de abatir. Uno de ellos se encontraba reavivando un útil de piedra, mientras que otros dos despedazaban la pieza. El cuarto individuo transportaba una de las patas ya cortada. Vuelve a ser patente la importancia concedida a los elementos tridimensionales, como herramienta importante para la transmisión de contenidos y la educación científica. Este diorama consiguió concentrar y proyectar al público, en menos de 10 m^, un gran contingente de información relacionada con el aspecto físico de los individuos que formaban (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es parte de los grupos humanos que van a evolucionar localmente en Europa durante el Pleistoceno Medio dando lugar a los grupos de Neandertales. Se podían observar las proporciones corporales y las diferencias anatómicas entre esta especie y la nuestra, así como algunos aspectos de su forma de vida, su cultura y la forma de obtener los recursos. La información llegaba a todos los públicos rápida y directamente, de forma visual e intuitiva. Segunda Parte: La Sima de los Huesos. Homo heidelbergensis y los neandertales algunos casos sí, como se ha mostrado en la vitrina que contenía una mandíbula femenina y otra masculina actuales al lado de dos mandíbulas de la Sima para las que se infiere distinto sexo. La edad de muerte de un individuo puede estimarse a partir del estado de desarrollo y erupción de sus piezas dentarias y del grado de desgaste de las mismas, así como a partir del grado de fusión de las epífisis de los huesos largos. Sendos paneles explicaban mediante esquemas y radiografías este método. A partir de estos datos, un gráfico tridimensional mostraba las edades de muerte por sexos en la Sima de los Huesos. La Sima de los huesos. Esta segunda parte de la exposición estaba presidida por la reproducción a escala 1: 1 de la Sima de los Huesos. En la Sima se han recuperado restos humanos de unos 32 individuos (Bermúdez de Castro y Nicolás, 1997) y de más de 160 osos de la especie Ursus deningeri, así como algunos leones (Panthera leo), linces {Lynxpardina spelaea), gatos monteses (Felis sylvestris), lobos (Canis lupus), zorros (Vulpes vulpes) y mustélidos (Martes sp.) Un par de vitrinas mostraban al visitante restos, a menudo espectaculares, de estos carnívoros. Un primer paso para el estudio de los restos es su identificación como elemento anatómico para después proceder a su identificación taxonómica. Un interactivo permitía al visitante probar por sí mismo la dificultad de esta labor. También se mostraba cómo, tras un paciente estudio, es posible recomponer un hueso a partir de múltiples fragmentos. Como caso espectacular se exhibió el molde de un cráneo en el que cada fragmento, a partir de los cuales se reconstruyó, aparecía pintado de un color diferente en función del año en que se encontró. Las dos características más sobresalientes de la Sima de los Huesos son el excepcional estado de preservación de los restos y la abundancia de la muestra. La exhibición de dos de los huesos más pequeños del cuerpo humano recuperados en este yacimiento: el martillo y el yunque ilustraba el primero de los puntos, mientras que la abundancia de la muestra se representaba mediante la colección de astrágalos y mandíbulas, que también permitía apreciar la variabilidad de tamaño dentro de la población. Una vez que hemos identificado el resto como humano cabe seguir indagando información sobre él. ¿Podemos inferir el sexo de los individuos? Un estudio paleopatológico puede damos pistas acerca de las enfermedades que sufrió en vida un determinado individuo, o incluso de las causas de su muerte. El cráneo 5, quizás la pieza más llamativa de toda la exposición, ya que se trata de uno de los cráneos más completos del Pleistoceno, presenta también una infección periodontal generalizada que probablemente acabó en una septicemia que le causó la muerte (Pérez et alii, 1997). La observación del cráneo original se complementaba con el texto explicativo de una vitrina cercana. Una de las explicaciones más plausibles para interpretar la acumulación de los cadáveres en la Sima es que fueron depositados allí intencionadamente por sus compañeros de grupo (Arsuaga et alii, 1997). Esta idea del "primer entierro" se plasmó gráficamente en un cuadro que representaba a 4 homínidos transportando hacia una cueva, sobre una piel, el cadáver de un compañero, mientras al fondo observaban la escena algunos leones (Lám. La presencia de estos félidos en el cuadro no es casual, ya que otros autores (Andrews y Fernández-Jal vo, 1997) han estudiado la superficie de los huesos humanos, y concluyen que han sido mordidos por un animal semejante. En este último caso, la primera acumulación de cadáveres se habría producido en otro lugar. Como colofón a esta parte de la exposición se dedicó un breve espacio a situar en un mapa interactivo los yacimientos europeos con restos de neandertales, especie descendiente de Homo heidelbergensis, a la que se asignaron los homínidos de la Sima de T. P., 57, ii.« 2, 2000 los Huesos. Se mostraban también algunas piezas de industria musterienses (Cueva Morín, Cantabria) y moldes de restos neandertales procedentes de otros yacimientos españoles (Valdegoba, Burgos). A esta altura el visitante ya tenía claro que la exposición de Atapuerca no ha sido una mera exhibición de fósiles y herramientas de piedra. El objetivo didáctico había ido adquiriendo progresivamente mayor intensidad. Así, el estudio concienzudo de los excepcionales hallazgos de los yacimientos de Atapuerca nos ha permitido conocer cómo dichos hallazgos han revolucionado nuestra forma de comprender la evolución humana (Lám. V).Y aún más, nos hemos acercado a la comprensión del motor de cambio evolutivo y podemos participar más eficazmente del nuevo paradigma. Tercera parte: ¿qué nos hizo humanos? Desde el principio, esta zona se planteó como un epílogo dedicado al visitante más interesado en profundizar en los procesos de la evolución humana. En lugar de seguir un discurso filogenético, como suele ser norma habitual, se propuso tratar por separado los diferentes aspectos del proceso de hominización (bipedismo, cerebro y parto, lenguaje, ciclo biológico e incremento progresivo de la complejidad). Para este fin se emplearon textos de una mayor extensión que los utilizados en las dos partes anteriores, acompañados de esquemas y réplicas de fósiles. Entre estas últimas se encontraban algunas tan espectaculares como los dos esqueletos humanos más completos del Plio-pleistoceno; "Lucy" (Australopithecus afarensis) y "El niño de Nariokotome" {Homo erg as ter). En las dos primeras partes se emplearon otro tipo de interactivos distintos a los puramente informáticos. El visitante pudo participar del propio método científico, experimentar y obtener conclusiones a partir de su propia observación. En el primer interactivo se presentaban restos fósiles problema, los obtenidos por nosotros durante las excavaciones de los distintos yacimientos. La observación con fines puramente comparativos de distintas características del aparato masticador, como la forma de las coronas de los distintos dientes, la serie dentaria, el tamaño y la robustez de las mandíbulas permitían asignar cada uno de los fósiles problema a su Familia correspondiente (Cánidos, Suidos, Félidos, Bóvidos, Cérvidos, Mustélidos) identificada mediante un ejemplar representativo. El visitante experimentaba, improvisaba y participaba del ejercicio que realiza el paleontólogo durante la catalogación de los restos, y así comprendía el método científico. El segundo interactivo estaba en el sector de la industria lítica. El público podía intentar responder a distintas cuestiones planteadas, relacionadas con las observaciones que acababa de realizar de los distintos modos técnicos industriales representados en los diferentes yacimientos de Atapuerca. Los visitantes podían aprender los conceptos resaltados, descubrir de forma participativa cuáles son las materias primas empleadas para fabricar las herramientas, a qué técnica de fabricación de herramientas asignarlas y el significado y la utilización de cada una de ellas. Existía un tercer interactivo de este tipo, que permitía al visitante visualizar distintos restos desordenados y fragmentados pertenecientes a esqueletos de homínidos hallados en el yacimiento de la Sima de los Huesos, clasificados y ordenados en la zona esquelética correspondiente. El visitante imitaba al paleoantropólogo en el ejercicio de "reconstruir" los esqueletos de los homínidos acumulados en el fondo de la Sima de los Huesos a partir de las cada vez más numerosas piezas del puzzle antropológico. LOS TALLERES DIDÁCTICOS DE LA EXPOSICIÓN Las exposiciones de los museos son, con mucha frecuencia, convencionales y están impregnadas de cierta estasis. Estas características modelan y tiñen el aprovechamiento que la mayoría de los sectores del público pueden realizar de ellas, lo que dificulta la consecución de los objetivos expositivos planteados. El diseño expositivo debe contar con el apoyo de otros elementos coadyuvantes en el intento de transmitir conocimientos, y articular de distintas formas el aprendizaje de conceptos adecuándolo a los requerimientos de los diferentes segmentos educacionales. Así, pueden implementarse actividades paralelas y complementarias, caracterizadas por ser plenamente participativas y por ofrecer y aportar un componente novedoso a la hora de presentar contenidos. El diseño de los distintos talleres paralelos a la exposición de Atapuerca fue el fruto de una estrecha colaboración entre especialistas en pedagogía del Departamento de didáctica del MNCN (Pilar López y Dolores Ramírez) y los autores (BM y EN), como integrantes del equipo investigador de Atapuerca. Los talleres constituían actividades complementarias a la visita a la exposición, con un componente educativo y participativo importante, estando destinados a público de diferentes edades. Dichos talleres, así como las visitas guiadas a la exposición, fueron realizados por monitores licenciados en Ciencias Biológicas, Geológicas y Prehistoria. Esta actividad está recomendada para Educación La transmisión de conocimientos y la adquisición de conceptos para los grupos de educación infantil y primaria no tendría sentido si no se realizara de forma lúdica, siendo éste el fin perseguido por el taller. Aquí se proponía a los más pequeños viajar en el tiempo con la imaginación para aterrizar en un paisaje de la Sierra de Atapuerca hace mucho, mucho tiempo... Se les caracterizaba con pieles y pelucas, y vestidos de "primitivos" y a lo largo de una hora se recreaban las actividades que realizaban los Homo heidelbergensisát hace 300.000 años, o los "abuelos de los neandertales", desde que comenzaba un día cualquiera de sus vidas hasta que decidían marcharse a descansar y dar por finalizada su jomada. Los niños aprendían los secretos de la obtención de comida y recursos en la sierra. Aprendían que el componente vegetal en la dieta de los homínidos era importante, así como también lo eran otros alimentos que podían encontrar en una jomada de recolección por la sierra o en las riberas del río Arlanzón. El taller tenía un apartado de expresión plástica. Los niños comprendían el modo de fabricar herramientas de piedra e imitaban el producto final con pasta de modelar. Al finalizar, podían conservar las herramientas que fabricaron, pero antes, cazaban y carroñeaban dentro de las trampas naturales que constituyen las cuevas. Los niños retenían los detalles más inverosímiles relacionados con las actividades de los homínidos, y no les suponía dificultad alguna entender cómo se fabricaban herramientas, cómo los homínidos descuartizaban los animales para alimentarse, y por qué machacaban las diáfisis de los huesos largos. Se les había inculcado también cuáles son las ventajas de cuidar el medio y de compartir con el resto del gmpo los alimentos obtenidos por unos pocos. El componente lúdico e instmctivo es fundamental para los grupos más jóvenes. Los disfraces y la dramatización como camino metodológico permiten adecuar los contenidos que se quieren transmitir y conseguir así que el aprovechamiento del taller sea satisfactorio. Con el fin de dar a conocer al público los detalles relativos al proceso de excavación, se constmyó un "yacimiento" simulado en la zona dedicada a talleres. Estaba dirigido especialmente a personas mayores de 14 años, y su duración era de 1 hora. Este yacimiento constaba de dos zonas distintas de 2,25 m^ de superficie cada una de ellas. Cada área estaba subdividida en cuadrículas de 50 cm de lado. Las dos representaban respectivamente parte de los niveles TG10 de Galería yTD6 de la Gran Dolina. Éstas se encontraban a distinto nivel la una de la otra con el fin de transmitir la idea de que existe efectivamente una diferencia cronológica entre las dos. Los fósiles que se colocaron en cada una de las áreas eran réplicas exactas de los originales que se habían recuperado en los yacimientos y niveles arqueológicos reales. La distribución de los mismos no guardaba relación con la observada arqueológicamente. Sin embargo, la elección del fósil y su situación exacta en el yacimiento simulado obedecía a criterios didácticos (Fig. 5). El sedimento elegido para tapar los restos fue sepiolita fina. Este producto no levanta polvo y puede ser fácilmente restituido a su lugar una vez finalizado el taller. El material aportado al visitante consistía en útiles para excavar (recogedor, brocha y metro), así como una hoja de excavación por cuadrícula (Fig. 6). El monitor explicaba como debe abordarse dicha excavación para que pueda recogerse la máxima información posible. Una vez descubiertos los restos, el visitante los coordenaba con la ayuda del metro que se le proporcionaba y los describía en la hoj a, tal como le explicaba el monitor. Así se podían rellenar todos los campos de la ficha salvo el que hacía referencia a la identificación del fósil. La complejidad que entraña la realización de la identificación anatómica y taxonómica de los fósiles se simplificaba mediante la colocación de tres grandes "panelesclave" en los que, dentro de las siluetas de cada especie de homínido o animal figura fotografiado cada fósil en su posición anatómica (Fig. 7). En el caso de la industria lítica se habían colocado siluetas que debían ser identificadas con el objeto recuperado. Una vez reconocido el fósil, el excavador tomaba una serie de siluetas imantadas que se correspondían con cada una de las especies animales identi-ficadas, así como con la industria lítica y los homínidos. Éstas se pegaban respectivamente en uno de los dos grandes paneles que reproducían los posibles paisajes que vieron los homínidos que habitaron la sierra hace 300.000 años (Trinchera Galería-TGIO) y los que vivieron hace 800.000 años (Trinchera Dolina-TD6). Las ideas que se ha pretendido fijar y que ha recogido el visitante durante y tras su visita son las siguientes: -Utilización de técnicas arqueológicas como único método para poder reconstruir la vida en la Prehistoria. El incumplimiento de este protocolo llevaría a la pérdida parcial o total de información. -El objeto y su contexto. El visitante, tras las explicaciones aportadas por el monitor, es consciente de que si se extrae un objeto del yacimiento pierde gran parte de su significado si no se pone en relación con.el resto de los elementos que integran dicho yacimiento. Se intenta así que el público no especializado entienda el daño que ocasionan las excavaciones ilegales. -Introducción a los estudios de Arqueología Espacial. Existe la posibilidad de áisimgniváreas de actividad distintas en un mismo suelo de ocupación (p.e. taller de industria lítica, zonas de procesado de carcasas animales, etc.). La disposición elegida para las réplicas permitía explicar cómo se pueden reconocer estas áreas. Durante la explicación se introducían los conceptos de yacimiento in situ, y yacimiento en posición secundaria. -Introducción a la Tafonomía. Se han elegido restos que muestran fracturas y marcas tanto de origen antrópico como de otros animales (p.e. marcas de roedor). -¿ Cómo se determina la existencia de cambios en el medio ambiente? Éstos pueden ser detectados, entre otros, mediante el estudio de las asociaciones faunísticas conservadas en los yacimientos. El monitor explicaba cuáles son esas asociaciones a partir de los restos encontrados. Para poder simular la extracción de la información procedente de ítems poco evidentes durante la excavación simulada, como el análisis polínico o el de la microfauna, se enterraron en cada sector dos cajas de metacrilato que contenían respectivamente una fotografía de granos de polen y restos originales de microfauna. La explicación del monitor permitía al visitante conocer las condiciones y características reales de la extracción de dichas muestras. Por otra parte, se colocó una lupa binocular que permitía observar con detalle las características de una muestra escogida de microfauna. Se explicaba al visitante cómo, a pesar de que no se ha colocado ningún resto humano en el yacimiento simulado, sabemos que Galería fue visitada por homínidos. -¿ Cómo eran y a qué especie pertenecían los homínidos que vivieron en la Sierra de Atapuerca hace 800.000 años? Gracias a que se contaba con moldes de muy alta resolución de los fósiles de Homo antecessor recuperados en el nivel 6 de la Gran Dolina se podía explicar al visitante, desde el punto de vista anatómico, cuáles son las características que hacen de este homínido una especie nueva. -¿De qué murieron y a qué edad? La resolución de los moldes permitía al excavador observar sobre los fósiles humanos las marcas de corte que han permitido conocer las prácticas de canibalismo más antiguas en la historia de la humanidad conocidas hasta la fecha. El hecho de que se conserven varios fragmentos de mandíbula y maxilares ha permitido estimar, a partir del estudio del desgaste y del momento de erupción de las piezas dentarias, la edad de muerte de estos individuos. El visitante, tras la participación en el taller, contaba con una idea del trabajo arqueológico y de reconstrucción de las economías prehistóricas mucho más completa. ba cronológicamente la aparición y desaparición de las especies de homínidos más representativas y se daba una idea de sus características físicas gracias a la utilización de siluetas de madera con la fotografía de un fósil de cada especie a escala natural, que el visitante debía colocar en orden cronológico siguiendo las pistas que se le proporcionaban. El monitor formulaba una serie de preguntas que podían ser contestadas observando la posición de cada silueta en el "Hilo del Tiempo", y explicaba de forma sucinta la filogenia humana, que es mucho más compleja que la idea que surge de la mera contemplación de las siluetas en el "Hilo". Con todo ello se podían fijar los conceptos aprendidos. En el taller "Sigue los Pasos" los estudiantes barajaban y conocían las distintas hipótesis posibles para dilucidar cómo se produjo el primer poblamiento del continente europeo. Con ayuda de un mapa político, sobre un gran mapa mudo se reconstruyeron las posibles rutas migratorias que desde hace aproxinladamente un millón de años, pudieron seguir los primeros homínidos que salen de África con destino a Europa (Fig. 8). Es lógico pensar que ha habido pulsos de oleadas migratorias, de distinta intensidad y en distintos momentos, que pudieron llegar a ser muy numerosos. Resulta también chocante comprobar que a pesar de ser el trazado más corto, ninguna de las rutas migratorias pasaba por el estrecho de Gibraltar. El objetivo de estos dos talleres fue transmitir los siguientes conceptos: Se presentaron las diferentes especies que existieron en el pasado y se dio una idea de sus proporciones corporales, y los rasgos físicos más relevantes. -Conocer los distintos pulsos migratorios. Se mostraban las posibles rutas de dispersión de los australopitecos, Homo erectus, H. antecessor y H. sapiens, y los momentos en que se produjeron. Se destacaba también la dificultad de paso por el Estrecho durante el Pleistoceno. -Importancia de los estudios moleculares. El estudio del ADN permite conocer la realidad de las últimas oleadas migratorias, que debieron producirse hace unos 150.000 años y qiie fueron el inicio del poblamiento tardío de todos los continentes. "El hilo del tiempo" y "Sigue los pasos" "El Hilo del tiempo" pretendió transmitir la idea de Tiempo Geológico, un concepto difícil de aprehender en sí mismo. Mediante este taller se situa- Con el fin de mostrar de forma práctica la evolución tecnológica al gran público se planteó un taller en el que un especialista realizaba una demostración de talla, durante la cual se explicaba el proceso de fabricación de herramientas, así como el porqué de la evolución de las técnicas de talla en el tiempo. La exposición "Atapuerca: nuestros antecesores" ha servido para acercar al gran público los resultados de 20 años de investigaciones, desarrolladas por un equipo multidisciplinar en la Sierra de Atapuerca (Burgos). A lo largo del año que ha durado la exposición (del 17 de Mayo de 1999 al 31 de Mayo de 2000) se ha podido constatar el interés que despiertan en el público en general la evolución humana y la Prehistoria cuando los contenidos se transmiten de una forma amena y asequible. El esfuerzo conjunto de todo el Equipo de Investigación, en estrecha colaboración con los especialistas en didáctica y museología y todo el personal del Servicio de Fotografía y del Departamento de Exposiciones y Programas Públicos del Museo Nacional Ciencias Naturales, hizo posible la creación de un proyecto expositivo riguroso y, a la vez, didáctico y ameno. La acogida recibida por parte del público, que ha superado todas las expectativas, supone un acicate para todo el equipo de investigación, y para la investigación arqueológica y paleontológica en general. tanto en lo que se refiere a la continuación de los trabajos como al desarrollo de nuevos proyectos de divulgación. La exposición ha sido también un magnífico escaparate para los pueblos de la zona donde se encuentran los yacimientos, atrayendo hacia ellos un turismo cultural compatible con el desarrollo sostenible de la región. Los autores quieren agradecer su esfiíerzo e ilusión a todas aquellas personas que han participado en el diseño y montaje de la exposición y talleres. A la dirección del Museo Nacional de Ciencias Naturales por acoger e impulsar el proyecto de exposición. A los monitores de los talleres y visitas guiadas por su dedicación y empeño en hacer llegar al público de la manera más didáctica posible los resultados de 20 años de trabajo enAtapuerca. Así mismo, queremos agradecer a Mauricio Antón que nos haya permitido reproducir sus dibujos. de Trabajo para la exposición \X W
Se ofrece un panorama del proyecto de investigación que se está desarrollando desde 1996 para el estudio, conservación y puesta en valor del Complejo Arqueológico de La Garma. Se incide especialmente en los complejos problemas que conlleva la conservación de los restos arqueológicos superficiales y el conjunto de arte rupestre de la Galería Inferior, y las actuaciones desarrolladas al respecto. Finalmente, se valora la situación de la Zona Arqueológica de La Garma en relación con el contexto socioeconómico regional, y se exploran sus potencialidades y limitaciones como sitio de uso y disfrute social. La Garma (Omoño, Ribamontán al Monte, Cantabria) es una pequeña elevación de 186 m de altitud, situada a unos 5 km de la desembocadura del río Miera en la parte oriental de la bahía de Santander (Fig. 1). Esta colina atesora uno de los conjuntos arqueológicos más espectaculares de la Prehistoria europea, tanto por la relevancia de algunos de sus componentes (en particular la Galería Inferior, con su impresionante yacimiento paleolítico en superficie), como por la inusualmente amplia y completa secuencia de ocupaciones documentada, que abarca desde el Paleolítico Inferior a la Edad Media. Aunque algunos yacimientos del monte de La Garma (las cuevas del Truchiro y el Mar) eran conocidos desde hace casi un siglo (Sierra, 1909), el descubrimiento de la parte fundamental de este conjunto arqueológico es muy reciente. En 1991 se localizaron casualmente dos yacimientos en cueva, entonces juzgados de limitado interés, La Garma A y La Garma B. Fue durante las excavaciones emprendidas en esas cuevas por un equipo del Depar- Pablo Arias Cabal et alii Castro del Alto de la Garma Galería Intermedia -nivel hldrostátlco Fuente en Cueva galerías no exploradas secciones representadas Fig. 1. Localizacion y sección del monte de la Garma (Cantabria), con la situación de los principales yacimientos. tamento de Ciencias Históricas de la Universidad de Cantabria cuando se exploró la Galería Inferior, en la que, el 2 de noviembre de 1995, se descubrió un impresionante conjunto de yacimientos y manifestaciones de arte rupestre del Paleolítico Superior. A partir de este descubrimiento se puso en marcha un ambicioso proyecto de investigación, en el curso del cual se localizaron nuevos yacimientos (cuevas de Peredo, Valladar, La Garma C, La Garma D, castro del Alto de la Garma). Examinaremos ahora, de forma sucinta, los contenidos y características de esos sitios. Los principales yacimientos se localizan en la vertiente meridional del monte de La Garma, en diversas cavidades de un amplio sistema cárstico (Fig. l; Lám. La Garma A. Cueva de corto desarrollo abierta a 84 m de altitud, que finaliza abruptamente en una sima vertical que comunica con la Galería Intermedia. Las excavaciones practicadas entre 1995 y 1999 han permitido documentar un depósito de unos 4 m de potencia, que se inicia en el Paleolítico Inferior (excavado en el exterior de la cueva, donde el retro-ceso de la visera del abrigo ha dejado la base de la estratigrafía al aire libre) e incluye diversos estratos del Paleolítico Superior, un conchero mesolítico, indicios neolíticos, estructuras y estratos sepulcrales del Calcolítico y Edad del Bronce y algunos restos medievales en superficie. La Garma B. Es una pequeña cavidad fosilizada que apenas alcanza los 30 m de longitud, abierta a 71 m sobre el nivel del mar. Excavada en tres campañas en 1995 y 1996, ha ofrecido fundamentalmente enterramientos del Calcolítico y la Edad del Bronce. Galería Intermedia, Se trata de un segmento del mismo piso del sistema que La Garma B, de la que está separada unos 15 m por reconstrucciones estalagmíticas. Actualmente se accede descendiendo una sima de 7 m de altura desde La Garma A. En superficie se han encontrado numerosas oseras, que alteran superficialmente un potente estrato con industrias del Paleolítico antiguo, sondeado en 1999. Al final de la galería se han localizado series de puntos pintados en rojo atribuibles al Paleolítico Lám. I. Ortofotografía de La Garma (Cantabria), con indicación de la situación de las principales galerías del sistema cárstico. Obsérvense las defensas del castro. Superior, así como carbones y una hoguera datados en la Alta Edad Media. Galería de unos 300 m de desarrollo, situada entre 58 y 55 m de altitud, cuya entrada original quedó bloqueada por un derrumbe al final del Paleolítico Superior. Actualmente se accede desde la Galería Intermedia, descendiendo una sima de 13 m de altura. A esta cavidad corresponden los hallazgos más relevantes de todo el Complejo. En la superficie de los primeros 70 m de la Galería se extiende un yacimiento magdaleniense de más de 500 m^, con abundantes evidencias de estructuras -cabanas, hoyos, amontonamientos de huesos etc.-y miles de restos de fauna e industria lítica y ósea (Lám. En las paredes contiguas, se observan numerosos lienzos con arte rupestre paleolítico, de los que por el momento son accesibles únicamente los correspondientes a zonas de suelo cubiertas por planchas estalagmíticas. Existen otras dos importantes concentraciones de restos paleolíticos en superficie en dos áreas más interiores, a 90 y 130 m de la entrada original, donde también se han encontrado estructuras delimitadas por muretes de piedra seca adosados a las paredes. Además, a lo largo de toda la cueva se encuentran restos dispersos de la presencia de los grupos paleolíticos y numerosas pinturas y grabados rupestres. Los yacimientos de superficie parecen corresponder al Magdaleniense Medio, a juzgar por las industrias, piezas de arte mobiliar y fauna observados hasta ahora, coherentes, además, con las fechas de radiocarbono obtenidas (1). Por su parte, en el amplio conjunto de arte rupestre (2) se han podido diferenciar al menos tres fases: una del Paleolítico Superior inicial (manos en negativo, trazos pareados, series de trazos y puntos, quizá algunos animales en rojo); otra atribuible al Solutrense o el Gravetiense (pinturas rojas de animales, signos cuadriláteros, algunos grabados), y una tercera de cronología magdaleniense, con predominio de pintura negra y gran cantidad de grabados. Con posterioridad al cierre de su entrada, la Galería Inferior fue visitada hacia el sigloVIII d.C. A esta época corresponden los restos de cuatro personas depositados en el suelo de la Galería, y un buen número de carbones y marcas en las paredes distribuidos por casi todo su recorrido. Cueva del Mar. Cueva con una amplia boca situada en la parte oriental del monte de La Garma. Se conservan restos cementados de un conchero mesolítico, que fue sondeado en 1999. Castro del Alto de La Garma. Recinto amurallado de forma ovalada y unos 18 000 m^, situado en la cima de la colina (Lám. Las excavaciones desarrolladas hasta 1999 han permitido localizar varias fases de ocupación del poblado y de construcción de las fortificaciones. Todas ellas se pueden atribuir a fases relativamente antiguas de la Edad del Hierro o incluso al Bronce Final. Otros yacimientos: En diversas covachas de la vertiente meridional de La Garma (El Truchiro, Valladar, Peredo, La Garma C, La Garma D) se han (2) A falta de algunos paneles de grabados por explorar, incluye 511 unidades gráficas, entre ellas 89 figuras animales, 3 máscaras, 41 manos en negativo, 26 signos complejos, 40 series de trazos pareados y 35 composiciones con puntos.,AT; IL Detalle de un suelo magdaleniense de la Galería Inferior de La Garma (Cantabria). Foto Pedro Saura. localizado restos arqueológicos del Calcolítico, la Edad del Bronce y la Edad Media, por lo general asociados a sepulturas. Las magníficas oportunidades de investigación de la Galería Inferior y, al tiempo, la dificultad de acceder a ella sin causar un deterioro irreversible en su preservación, ha incidido en la articulación de un proyecto de investigación en torno a dos principios básicos: -un estudio arqueológico orientado tanto al análisis exhaustivo de las ocupaciones humanas en el monte de La Garma como al estudio, a través de este conjunto de yacimientos, de la evolución de las sociedades del sector central de la región cantábrica desde el Paleolítico Inferior a la Alta Edad Media. -una investigación encaminada a determinar las condiciones microambientales que han hecho posible la conservación del conjunto arqueológico. y a establecer unas pautas de intervención que garanticen su preservación para investigaciones futuras y para un uso social directo de determinados sectores del Complejo. Esto se ha materializado en un programa plurianual de investigación denominado "Estudio integral del Complejo Arqueológico de La Garma", que se ha venido desarrollando desde 1996. En él colaboran más de dos decenas de especialistas de materias como Prehistoria, Arqueología, Ingeniería Geográfica, Paleontología, Geología, Geomorfología, Sedimentología, Antropología Física, Paleobotánica y Microbiología, pertenecientes a diferentes centros de investigación (universidades, museos y Consejo Superior de Investigaciones Científicas). Los análisis (Carbono 14, Termoluminiscencia, Uranio/Thorio, análisis de pigmentos, etc.) y las actuaciones de restauración se llevan a cabo en distintos laboratorios especializados de Europa y América. La financiación del proyecto ha corrido a cargo, en su mayor parte, de la Consejería de Cultura y Deporte del Gobierno de Cantabria (a través de convenios anuales de este organismo con la Universidad de Cantabria), que ha apoyado decididamente las investigaciones de La Garma, las cuales han constituido un elemento fundamental de su política arqueológica durante estos últimos años. Hemos de poner de relieve que la gran trascendencia que ha tenido el descubrimiento de La Garma (principalmente en Cantabria, pero también fuera de la región) hace que este proyecto no se pueda limitar a una investigación académica convencional. Como expondremos más abajo, el proyecto debe conjugar el objetivo, fundamental en cualquier investigación arqueológica, del conocimiento del pasado, con una marcada orientación al trabajo en la conservación del Patrimonio, así como un desarrollo coherente de su gestión y puesta en valor, y una estrategia acerca de la manera en que el conocimiento generado se presenta al público, algo que, como señala P McManamon (2000: 6) es demasiado importante para los arqueólogos para que los dejemos en manos de otros. Es decir, el proyecto, de fuerza o de grado, ha de penetrar decididamente en el proceloso campo de lo que últimamente se ha dado en llamar "Arqueología pública" (Schadla-Hall, 1999) y sustituir el concepto un tanto restrictivo de mera "protección del monumento" por el más amplio y complejo de "gestión del Patrimonio" (Cleere, 1984; Willems, 1998). EL RETO DE LA CONSERVACIÓN DE LA GARMA la Galería Inferior y que, donde se pudiera, fuera reversible. En segundo lugar, la parte fundamental de esta intervención se debería realizar una vez que se hubieran controlado aceptablemente las condiciones ambientales de la Galería, y debería efectuarse documentando, en la medida de lo posible, los efectos de la intervención. A este respecto, hay que tener en cuenta que el propio carácter intacto de la Galería Inferior de La Garma abre interesantísimas perspectivas de investigación en una materia clave relacionada con la preservación del Patrimonio Histórico: las condiciones ambientales que hacen posible la conservación del arte rupestre en cuevas. Desde este punto de vista, la Galería Inferior puede convertirse en un verdadero laboratorio que permita avanzar sustancialmente en el estudio de esas condiciones, y de las medidas que se pueden arbitrar para asegurar su mantenimiento. Obviamente, la viabilidad a medio plazo de los planteamientos que acabamos de exponer requiere que esté razonablemente garantizada la protección de los testimonios arqueológicos. Por fortuna, la acción de las autoridades competentes ha sido, a este respecto, modélica. Desde el mismo día en que se le notificó el descubrimiento, la Consejería de Cultura y Deporte del Gobierno de Cantabria tomó rápidas y eficaces medidas de control de los accesos a la cueva, y se tramitó con suma celeridad el expediente de declaración monumental En lo que se refiere a este último aspecto, el conjunto de La Garma ha sido dotado con el máximo grado de protección legal previsto en la Ley de Patrimonio Histórico Español. Con fecha de 24 de julio de 1998, el Complejo Arqueológico de La Garma fue declarado Bien de Interés Cultural (BIC), con categoría de Zona Arqueológica (3). Es importante subrayar que la declaración como BIC no afecta únicamente a la parte más espectacular, la Galería Inferior (que ya era acreedora de esa calificación en virtud del art. 40.2 de la mencionada Ley, que concede tal categoría a todas las cuevas, abrigos y lugares que contengan manifestaciones de arte rupestre), sino a una superficie de 1 020 312 m^ que incluye todo el monte de La Garma y algunas zonas adyacentes (4). Con ello, se garantiza la pro-la finca (6). Una vez completada la operación, se procedió a eliminar los eucaliptos. Con la adquisición de esta finca por el Gobierno regional, la mayor parte del monte de la Garma es de titularidad pública (7), con lo que no sólo se asegura su adecuada conservación, sino que se facilitan notablemente las posibilidades de puesta en valor del conjunto arqueológico. Como ya hemos señalado más arriba, la parte más sensible del conjunto de La Garma fue objeto de protección física con la máxima celeridad, lo cual era, en este caso, de vital importancia para asegurar que la Galería Inferior se mantuviera totalmente aislada de actuaciones incontroladas. Afortunadamente, el único acceso practicable al interior del sistema cárstico, la boca de La Garma A, contaba ya con una verja instalada por la Consejería de Cultura y Deporte en 1991, cuando se descubrieron este yacimiento y La Garma B, donde también se colocó entonces un cierre. Esta rápida actuación de las autoridades de Patrimonio para proteger dos yacimientos aparentemente intactos, pero en los que nada permitía presagiar un interés excepcional, resultó ser de una importancia crucial, pues muy probablemente impidió alguna visita de la Galería Inferior por personal no especializado (8), que hubiera tenido nefastas consecuencias (probables daños en los yacimientos, imposibilidad de certificar la antigüedad de la localización de objetos en determinados lugares...). No obstante la existencia de esta verja, la Consejería de Cultura y Deporte quiso extremar al máximo la seguridad, por lo que se colocó una segunda puerta en el interior de La Garma A y se instaló una alarma en la entrada de esta cueva, conectada por radio con una central de seguridad (9). Asimismo, ha existido un control periódico de la zona por parte de la Guardia Civil. Por (6) Es obligado agradecer la colaboración de los anteriores propietarios, D. Inocencio de la Vega Cagigal y sus hermanos D. Jacinto y D.^ Pilar, quienes nos permitieron continuar los trabajos arqueológicos en su propiedad durante el largo proceso administrativo que condujo a la compra del castro, y nos dieron todo tipo de facilidades. (7) El resto pertenece en su mayor parte a la Junta Vecinal de Omoño, propietaria del bosque de encinas que cubre casi toda la ladera meridional de La Garma. Hay algunas parcelas privadas, destinadas a pradería o plantaciones de eucaliptos, pero en ningún caso afectan a los yacimientos arqueológicos. (8) Durante los días transcurridos entre el descubrimiento de la cueva y la colocación de la verja se produjeron numerosas visitas de vecinos y curiosos, que incluso llegaron a descender a la Galería Intermedia, aunque no, afortunadamente, a la Galería Inferior. (9) Desde el momento en que el descubrimiento trascendió a los medios de comunicación hasta que se instaló la alarma, la boca de la Garma A estuvo protegida día y noche por vigilantes. todo lo anterior, creemos que no es exagerado considerar La Garma como uno de los conjuntos arqueológicos mejor protegidos del país. Pero todas estas medidas, aun siendo imprescindibles, serían insuficientes por sí solas. Para asaltantes verdaderamente decididos no hay verja imposible de forzar. Por ello, es fiíndamental la defensa que los propios ciudadanos pueden prestar al Patrimonio Histórico de su entorno. Por fortuna, en el caso de La Garma este aspecto de la protección parece estar particularmente bien cubierto. El grado de concienciación de los vecinos de Omoño es muy alto, a lo que, sin duda, ha contribuido de manera decisiva la gran relevancia que le han dado los medios de comunicación al conjunto arqueológico. Fomentar esa actitud ha sido para nosotros una preocupación constante. Con ese objetivo se han presentado públicamente en Omoño los resultados del proyecto, y se ha distribuido información de todas las actividades divulgativas desarrolladas en la región. Así mismo, numerosos grupos de personas de la localidad han realizado visitas guiadas de los trabajos de campo, e incluso se ha contado con la participación en las excavaciones de personas del municipio. Con todo ello, creemos que se ha conseguido implicar verdaderamente a los vecinos de Omoño en la defensa de La Garma, lo cual es sin duda la más eficaz protección posible, máxime en este caso, pues la cercanía al pueblo del acceso a la parte más sensible del conjunto (la boca de La Garma A), y su visibilidad desde algunos barrios, hacen que sea prácticamente imposible que un eventual saqueador pueda actuar en el lugar sin que los vecinos detecten su presencia. Una vez que está razonablemente controlado el peligro exterior, el principal riesgo para el Complejo de La Garma viene, aunque parezca paradójico, de nosotros mismos, de los arqueólogos que estamos trabajando en los yacimientos. Pese a la buena voluntad y el exquisito cuidado de los que participan en las investigaciones, no cabe duda de que la mera circulación de personas por un ambiente tan frágil como la Galería Inferior es en sí misma un peligro. Conscientes de esta situación, hemos intentado extremar las medidas de seguridad para controlar los daños que nuestra actuación arqueológica pueda ocasionar. La primera de esas medidas ha sido la propia limitación del acceso y los movimientos por el interior del sistema, en particular en la Galería Inferior. Se ha restringido la entrada a esta galería a las visitas imprescindibles justificadas por el desarrollo de los trabajos de topografía y documentación arqueológica, y siempre con equipos lo más reducidos que ha sido posible. En todo caso, se ha llevado un registro exhaustivo de todas las visitas que se han realizado. Para ello, se han confeccionado unos cuestionarios en los que se especifica el nombre de las personas que han entrado en la Galería Inferior, la finalidad de su visita, y se señala con precisión el recorrido seguido, así como el horario de entrada y salida del sistema y de paso por una serie de estaciones. Además de permitir un control de las visitas realizadas, este sistema es de gran utilidad para registrar la posible inñuencia de la presencia humana en el sistema {vid. infra). Se ha intentado también limitar al máximo la contaminación de la Galería Inferior con materiales procedentes del exterior. Por ello, como norma general, las personas que han descendido a ese piso de la cueva han cambiado el calzado embarrado que traían del exterior por otro con las suelas limpias. Por supuesto, no se introduce comida ni ninguna otra materia susceptible de favorecer la formación de colonias de microorganismos. No obstante, aun siendo las visitas escasas, en grupos pequeños y con participación de personal especializado, sigue habiendo riesgo de destrucción involuntaria de indicios arqueológicos irreemplazables. Por ello, desde las primeras exploraciones se procedió a acotar el acceso a determinados tramos de la cueva (en particular las tres zonas con gran densidad de restos paleolíticos en superficie de las áreas I, III y IV) y a establecer un itinerario obligado. Eramos conscientes de que la circulación incontrolada, incluso de personal particularmente cuidadoso, podría conducir a la degradación por pisoteo de los testimonios arqueológicos. Por ello, se marcó un estrecho camino, de unos 50 cm de anchura media, con plaquitas de aluminio recubiertas por material reflectante. Estas placas son muy visibles al circular por la cueva, no plantean ningún problema de contaminación, y están simplemente posadas en el suelo, sin ninguna sujeción, por lo que no alteran la superficie del yacimiento, y se pueden retirar sin dificultad en caso de que se requiera. Como señalábamos más arriba, el objetivo central que ha conformado toda la planificación de los trabajos desarrollados en La Garma ha sido hacer compatible el conocimiento científico de la Galería Inferior con la mejor conservación que fuera posible de tan singular espacio. Por ello, los criterios que han guiado las investigaciones han primado la conservación sobre la rápida documentación de las partes más espectaculares. De hecho, las limitaciones a la movilidad en la Galería Inferior hacen que todavía no contemos con un catálogo completo de las manifestaciones de arte rupestre (probablemente conozcamos la mayor parte de las pinturas, pero no los grabados de algunas zonas, por el peligro que supone acercarse a las paredes en muchos lugares) o de restos paleolíticos en los suelos. En realidad, la marcha de los trabajos se ha adaptado a los problemas específicos de conservación, y en el primer cuatrienio de investigaciones de campo nos hemos centrado en la documentación de otras partes menos comprometidas del sistema (La Garma A, La Garma B, Galería Intermedia, cueva del Mar, Alto de la Garma). En la Galería Inferior únicamente se ha realizado una primera aproximación, consistente en la elaboración de un inventario y análisis de los indicios localizados en partes con bajo riesgo, y en la planificación de los futuros trabajos en las zonas más comprometidas. Esta parte, que se prevé comenzar en el presente año, primará las técnicas no agresivas. Así, la documentación general de la distribución de los restos paleolíticos se realizará por medio de fotogrametría, fotografiando los suelos con una cámara métrica RoUeiflex 3003 y realizando la posterior restitución a través del programa informático Rolleimetric CDW, a partir del cual se efectúa un tratamiento de la imagen por medio de diversos programas. Un serio problema que se ha planteado es la necesidad de moverse por las superficies tapizadas de restos arqueológicos. Aunque la técnica fotogramétrica empleada no requiere obtener fotografías verticales, en muchos casos es necesario aproximarse. Este es un problema común a muchos sitios de este género (Enlène, Chauvet...). En nuestro caso, estamos ensayando con un sistema de andamiaje a base de pasarelas ligeras desmontables, ancladas en bloques o en zonas de concreción estalagmítica, que permitan cierta movilidad por encima de las concentraciones de restos arqueológicos para realizar el levantamiento fotogramétrico y la identificación de los restos. Un aspecto fundamental del proyecto de La Garma es la conservación del arte rupestre. Como en cualquier nuevo conjunto artístico, una de las principales responsabilidades de los encargados de su gestión ha de ser el mantenimiento de las pinturas y grabados en perfecto estado. Sin embargo, en el caso de La Garma, las circunstancias particulares del hallazgo abren nuevas e interesantes pers- pectivas. Al tratarse de una cueva completamente intacta, en la que ha habido un estricto control arqueológico desde el mismo día del descubrimiento, es posible establecer con la máxima precisión las condiciones ambientales que han facilitado la conservación de las manifestaciones artísticas durante milenios. Desde este punto de vista, sitios como La Garma, Chauvet y otros grandes conjuntos descubiertos en los últimos años ofrecen excelentes posibilidades que desgraciadamente ya no se encuentran en los grandes santuarios clásicos, tipo Altamira, Niaux, Lascaux, Candamo, Nerja, etc. En estos últimos lugares se han hecho grandes esfuerzos para acercarse a la reconstrucción de los parámetros que han permitido su conservación, y para establecer condiciones mínimas que aseguren el mantenimiento de las pinturas (VV. Sin embargo, las importantes transformaciones que han sufrido dichas cuevas al acondicionarlas para la visita turística hacen muy difícil, por no decir imposible, conocer con exactitud el punto de partida del sistema. En cuevas como La Garma, por el contrario, esto es más factible: esas condiciones se siguen dando todavía, y únicamente hay que realizar un seguimiento durante un tiempo suficiente para determinar cuáles son los valores en los que nos debemos mantener para garantizar una larga conservación de las pinturas. Por otra parte, a partir de este tipo de investigaciones se irá obteniendo información sobre condiciones de preservación de las cuevas con arte rupestre que pueden ser de gran utilidad para establecer modelos de conservación y gestión sostenible de las cuevas que están abiertas al público. Los trabajos de control ambiental se iniciaron desde los propios días que siguieron al descubrimiento, bajo la dirección de uno de los más reputados especialistas españoles en la materia, el Dr. Manuel Hoyos (10). Entre las primeras medidas que se tomaron destaca la instalación en distintos puntos de la cueva de aparatos de registro automático para la medición continua de las variables ambientales más relevantes -temperatura, humedad relativa y concentración de CO^-. Estas sondas se han colocado en tres lugares en los que existían estación del vestíbulo (10) El fallecimiento de nuestro querido compañero Manolo Hoyos en la primavera de 1999 dejó este trabajo, que se había desarrollado hasta ese momento bajo su coordinación, inconcluso, aunque hemos continuado la investigación a partir de sus directrices. Quede constancia una vez más de nuestro profundo pesar por tan sensible pérdida, tanto en el plano científico como, sobre todo, en el humano. condiciones a/?non diversas, en función de su relación con la circulación del aire en la cueva: la zona I, a unos 25 m de la entrada original (11), la zona IV, junto al pozo de comunicación con la Galería Intermedia, y la zona IX, al final de la Galería Inferior, al lado de la sima que desciende al nivel hidrostático. Las medidas se toman automáticamente cada hora (a la hora en punto), y se registran en dataloggers con capacidad para almacenar unas 10 000 medidas), lo que permite mantener el sistema en funcionamiento de forma autónoma durante más de trece meses. Periódicamente los datos se descargan en un ordenador portátil. Estos resultados, por otro lado, se pueden cotejar fácilmente con la información disponible acerca de la circulación de personas por la cueva para los trabajos de investigación, gracias a las fichas mencionadas más arriba, en las que se indica la hora en que pasan los investigadores junto a cada una de las sondas, y el tiempo de permanencia. De esta manera, podremos evaluar a partir de datos objetivos el impacto de la presencia humana en la cueva y, a partir de aquí, diseñar una estrategia de trabajo para la conservación de las pinturas en ésta o en otras cavidades que tengan establecido un régimen de visitas públicas. (11) La sonda se instaló en el lugar más cercano a la entrada al que se podía acceder con facilidad. Colocarla más cerca hubiera obligado, para recoger los datos, a pasar por zonas en las que hemos restringido el acceso por problemas de conservación. Es todavía pronto para valorar los resultados de estas mediciones. No obstante, como se puede ver en el ejemplo de la figura 2, referido a las temperaturas, se abren interesantes vías de trabajo. A pesar de la gran estabilidad general de las condiciones ambientales, se observan importantes diferencias entre los resultados obtenidos en las tres estaciones de control. En la del vestíbulo, las variaciones anuales son mucho más moderadas (del orden de 0,1° entre el invierno y el verano, frente a 0,3° en la zona central de la cueva y 0,6-0,7° en el fondo), lo que refleja, sin duda, la existencia de una circulación del aire entre La Garma A y el nivel hidrostático, dejando la antigua entrada al margen. Por otro lado, parece probable que el ritmo de renovación de las masas de aire sea bastante lento, a juzgar por el desfase temporal de varios meses entre las temperaturas máximas y mínimas atmosféricas en la región y las observadas en la Galería Inferior. En lo que se refiere a la influencia de la presencia humana, hasta ahora sólo se ha detectado en los valores de CO^ cuando los investigadores estaban durante un período relativamente largo cerca de la estación. No obstante, la permanencia en la cueva ha sido hasta ahora muy esporádica y en grupos muy pequeños, con lo que habrá que esperar al desarrollo de trabajos más continuados para valorar este aspecto adecuadamente. Otra excelente posibilidad que ofrece La Garma es el estudio del desarrollo de la contaminación microbiológica en medios hipogeos. La ausencia de visitantes en más de un milenio en la Galería Inferior permite contrastar si las colonias de bacterias que pueblan en la actualidad las cuevas con arte rupestre se deben exclusivamente a factores antrópicos, o si, por el contrario, habitan estos lugares de forma natural. Con este objeto, los Dres. Cesáreo Saiz Jiménez, del Instituto de Recursos Naturales y Agrobiología del CSIC, y Sabine Rôlleke {UniversitatWien; Institut fur Mikrobiologie und Genetik) han realizado un programa de muestreo en paredes de toda la cueva (Lám. Ill), cuyos resultados serán de la máxima importancia para la conservación del arte rupestre en esta y en otras cuevas. Otro factor importante para la conservación de las pinturas rupestres es la propia composición de los colorantes, de gran interés también desde el punto de vista del comportamiento de las sociedades prehistóricas. La Garma ofrece también magníficas expectativas para este tipo de investigación, pues a la variedad aparente de coloraciones en las pinturas se une la existencia de restos de la preparación y la ejecución de los colorantes en el suelo de diversos lugares de la cueva. Por ello, uno de los más reputados especialistas en este tema, el Dr. Michel Menu, del Centre de Recherche et de Restauration des Musées de France, ha realizado un amplio muestreo en la Galería Inferior. Al margen del control de las variables reseñadas anteriormente, el programa diseñado por el Dr. Hoyos incluye la caracterización petrológica y mineralógica de las rocas soportes de las representaciones, el análisis de los fenómenos de bioinducción en la dinámica de los microcristales superficiales de carbonatos, así como los procesos de alteración y reconstrucción de las paredes y techos de la cavidad, con el propósito de mejorar nuestro conocimiento acerca de su grado de estabili- LA GARMA AL SERVICIO DE LA SOCIEDAD. PERSPECTIVAS PARA LA PUESTA EN VALOR DE UN CONJUNTO ARQUEOLÓGICO COMPLEJO Hasta hace no muchos años, en las enseñanzas impartidas en las universidades españolas se presentaba explícitamente -o al menos subyacía-la equiparación de Arqueología a excavación, y de excavación a destrucción; una línea argumentai insostenible en una época en la que el Patrimonio Histórico y, por tanto, el Patrimonio Arqueológico, debe su consideración como tal a la acción social que cumple, y que tiene su retorno en una ciudadanía cada vez más abierta y receptiva, que demanda su derecho al conocimiento de los bienes que forman parte del legado colectivo. El papel del arqueólogo -un privilegiado intermediario entre el pasado y el presente, en afortunada expresión de H. Carter (Carter y Mace, 1923)no se limita a la excavación, sino que incluye una cadena de actuaciones que comienzan con la decisión de intervenir tras un descubrimiento -programado o casual-, pasa por la excavación, la conservación, la protección, la recuperación de materiales y su estudio, y termina en la difusión de los resultados. La conservación, la publicación y la puesta en valor son elementos fundamentales e inexcusables, y así se recoge reiteradamente en las recomendaciones de organismos y conferencias internacionales, como la del ICCROM de Roma (1983), la del ICOMOS de Lausana (1990) o la Convención del Consejo de Europa para la protección del Patrimonio Arqueológico de Europa (Malta, 1992). Desde este punto de vista, las medidas de conservación deben estar previstas y presentes antes, durante y después de la intervención arqueológica (Price, 1987). En palabras de J.H. Stubbs (1987), la planificación de la conservación debe comenzar con el proyecto de intervención a corto y medio plazo. El proyecto de investigación del Complejo Arqueológico de La Garma se enmarca -no podía ser de otra manera-en el espíritu de la normativa legal vigente (en particular la propia Constitución Española, la Ley 16/85 del Patrimonio Histórico Español y la Ley de Cantabria 11/1998 del Patrimonio Cultural de Cantabria) y de las recomendaciones de los organismos internacionales implicados en Edu-cación y Cultura. Todas estas normas y documentos establecen claramente la obligación de defender y conservar el Patrimonio Histórico, en función de la importante acción social que cumple. A este respecto, es interesante subrayar que la normativa española prevé una especial protección para el Patrimonio Arqueológico (muy probablemente por su particular fragilidad), al establecer el art. 44.1 de la Ley de Patrimonio Histórico Español el carácter de dominio piiblico para los restos materiales del Patrimonio Histórico descubiertos como consecuencia de excavaciones, remociones de tierra o por azar. Complejo Arqueológico de La Garma Situación de La Garma en relación con las principales vías de comunicación y las infraestructuras turísticas de la región. Los símbolos representan el número de plazas en hoteles, segundas residencias y campings, por municipios (según García Codrón^í a///, 1999: 238). cas (Moure, 1995) como en la sociedad en su conjunto. Los bisontes y el nombre de la, en palabras de Rafael Alberti, "oquedad pintada más asombrosa del mundo" ocupan un papel protagonista en la iconografía regional, y se repiten en todo tipo de empresas, publicaciones y productos dentro y fuera de la Comunidad Autónoma. Además, el proyecto de reproducción de Altamira ha despertado grandes expectativas en una región que ve en la puesta en valor de su patrimonio natural y cultural una alternativa económica a su evidente declive industrial y al carácter estacional de su turismo actual. El lema promocional Cantabria Gran Reserva, cuyo logotipo incorpora -cómo no-la recreación de un bisonte de Altamira, resulta muy elocuente en este sentido. A este respecto, conviene tener en cuenta que La Garma se sitúa en una comarca en la que el turismo tiene una gran incidencia económica. A la crisis de los sectores económicos tradicionales de la zona (ganadería, pesca, algunas industrias) se le une una intensa y creciente presión urbanística, en particular desde la apertura en 1995 de la autopista A-8, que ha favorecido la expansión de las instalaciones turísticas y las segundas residencias por toda la comarca deTrasmiera (Fig. 3). La notable mejora de las comunicaciones que supuso esta vía ha contribuido en particular a la expansión inmobiliaria orientada al mercado vasco (muy en particular bilbaíno) que, desde su tradicional ocupación de la costa oriental hasta el área del cabo de Ajo, se ha expandido hasta la propia bahía de Santander. La zona donde se sitúa La Garma, a sólo 6 km de la mencionada autopista, 25 km de Santander y 75 de Bilbao, está inmersa en ese cambio económico. De hecho, en los días en que se escriben estas líneas se anuncian promociones urbanísticas promovidas por empresas vizcaínas que pretenden construir centenares de chalets a sólo un par de kilómetros de La Garma. En este contexto, el macizo de La Garma presenta una serie de particularidades relevantes. En primer lugar, constituye un recurso cultural de indudable atractivo para el público, susceptible de convertirse en un foco de atracción turística, por lo menos en la mente de gran parte de la ciudadanía cántabra, educada en la tradición de las grandes cuevas abiertas al turismo masivo, al estilo de las Altamira y El Castillo de otros tiempos. Por otro lado, pese a estar en una comarca intensamente humanizada, La Garma y su entorno conservan uno de los mejores restos de bosque autóctono de la comarca, y una apariencia general bastante rural, lo que indudablemente mejora las perspectivas del conjunto como recurso turístico. Por lo tanto, como comentábamos más arriba, la investigación de La Garma no puede ni debe plantearse desde una "inocente" perspectiva meramente académica. Hemos de ser conscientes del contexto social en que nos movemos: una sociedad que nos observa, nos financia, se crea expectativas más o menos realistas... Desde este punto de vista, la llamada "puesta en valor" de La Garma es un aspecto de gran importancia en el conjunto del proyecto. Yacimientos tan relevantes como éste pueden convertirse en un elemento dinamizador de la región donde se localizan, tanto desde el punto de vista educativo y cultural como, ¿por qué no?, del económico (Borrell et alii, 1996). No obstante, nuestra perspectiva es que, en este caso se deben evitar las prisas. No es posible desarrollar una correcta política de puesta en valor de un bien cultural sin conocerlo a fondo, y el conocimiento de La Garma ha de ser un proceso lento y complejo, al menos si se pretende preservar adecuadamente el conjunto. Por ello, en la fase en que nos encontramos actualmente, creemos que es fundamental dar prioridad absoluta a la conservación y a la investigación. De todas formas, con las limitaciones que impone el carácter preliminar e incompleto de nuestros trabajos, se ha realizado un importante esfuerzo de divulgación, de dar a conocer, siquiera provisionalmente, los rasgos fundamentales de La Garma a diversos planos de esa sociedad expectante. Los coordinadores del proyecto, en ocasiones con otros colaboradores, han publicado al respecto diversos trabajos que pueden clasificarse en tres categorías fundamentales, según su orientación más o menos generalista y el público al que están dirigidos: panoramas globales del complejo arqueológico o "estados de la investigación" (Arias et alii 1996c(Arias et alii, 1997b(Arias et alii, 1999b;;Arias 1999), artículos específicos acerca de algunos aspectos concretos (Arms et alii, 1996a; González Sainz, 1999; Arias etaliU 1999; Pereda, 1999), y descripciones profusamente ilustradas en revistas de divulgación (Arias et alii, 1996b(Arias et alii,, 1997a(Arias et alii,, 1999a)). Otro aspecto fundamental en el capítulo de difusión del Complejo Arqueológico de La Garma lo constituyen las numerosas conferencias impartidas por los coordinadores del proyecto de investigación en el ámbito regional, nacional e internacional, entre las que destacan la organizada por el Gobierno de Cantabria en el Palacio de Festivales de Santander (1995), dos seminarios en el Musée de VHomme de París (1996 y 1999) y la edición de 1999 de la conferencia Rudolf Virchow, organizada en Neuwied (Renania-Palatinado) por el Romisch-GermanischesZentralmuseumy IsiFundación Prinz Maximilian zu Wied. No obstante, a fines de 1998 se entendió que la información acerca de La Garma estaba quedando, tal vez, demasiado circunscrita a los círculos científicos. Con objeto de subsanar esta circunstancia, en los meses de mayo y junio de 1999 se desarrolló un proyecto específico de divulgación, gracias a un convenio entre la Universidad y el Gobierno Regional de Cantabria. El programa de actividades se organizó en dos apartados complementarios: una exposición temporal (Lám. IV), desarrollada en la Sala "Luz Norte", de la Consejería de Cultura y Deporte del Gobierno de Cantabria, entre los días 12 de mayo y 12 de junio de 1999, y un ciclo de conferencias sobre arte paleolítico europeo, que reunió, junto a los coordinadores del Proyecto, a algunos de los más relevantes investigadores de esa materia: los profesores Gerhard Bosinski, Rodrigo de Balbín Behrmann, Joaquín González Echegaray y Denis Vialou. ¿Cuáles son las perspectivas a medio o largo plazo de poner el espacio físico de La Garma a disposición de la sociedad? (evidentemente, los conocimientos que se generen en la investigación siempre lo estarán). Insistimos en que es pronto para hacer una planificación realista. No obstante, creemos que se pueden apuntar ya unas primeras líneas maestras que pueden orientar la acción futura. Parece evidente que, individualmente considerados, los yacimientos que integran este Complejo protegido bajo la figura legal de Zona Arqueológica tienen viabilidad y posibilidades de disfrute masivo muy desiguales: desde las muy elevadas de los sitios al aire libre (el castro, las entradas a La Garma A, La Garma B, la cueva del Mar, etc.) hasta muy reducidas en el caso de la Galería Inferior. En cualquier caso, como señalan repetidamente las recomendaciones a este respecto de organismos internacionales, las acciones prioritarias han de ser la protección (evitar el deterioro o la degradación tras su descubrimiento, durante las intervenciones arqueológicas y después de ellas) y la investigación, puesto que difícilmente podrá difundirse de forma rigurosa aquello que no está estudiado. Desde ese punto de vista, es innegable que las galerías interiores de La Garma (Galería Intermedia y Galería Inferior) resultan totalmente incompatibles con un turismo masivo. Por un lado, existen serias dificultades de acceso y seguridad (pasos estrechos, dificultades de tránsito, descenso de dos peligrosas simas) y, por otro, la conservación de su medio natural y de las evidencias arqueológicas que contiene sólo es posible si se limita la entrada a grupos muy reducidos de personas entrenadas, y siempre bajo un riguroso seguimiento de su presencia. Desde un principio el Gobierno de Cantabria se ha mostrado sensible a las recomendaciones del equipo investigador, y en ningún caso se han planteado eventuales intervenciones agresivas, que tan nefastas (y muchas veces irreversibles) consecuencias han tenido en otras cuevas prehistóricas. Por mencionar uno de los muchos errores cometidos en la cueva de Tito Bustillo (Ribadesella, Asturias), la apertura de la entrada original de la Galería Inferior de La Garma, además de no solucionar el acceso al resto de la galería, supondría la destrucción inmediata del yacimiento conservado en superficie y consecuencias imprevisibles en la conservación de las pinturas rupestres, en particular las de la zona del vestíbulo. Todas las partes implicadas -administración, arqueólogos, organismos investigadores y académicos, sociedad en su conjunto-tenemos una grata pero difícil responsabilidad histórica: gestionar adecuadamente un sitio tan trascendente como La Garma. Ahora bien, esto no implica que La Garma tenga que convertirse necesariamente en una especie de reserva cerrada al público general. La imposibilidad de compatibilizar gestión responsable de los recursos culturales y turismo masivo en la Galería Inferior no excluye alternativas a un uso radicalmente restrictivo del monte de La Garma en su conjunto. Si algo distingue a esta afortunada colina es precisamente la enorme variedad de recursos arqueológicos que almacena, tanto desde el punto de vista de los tipos de yacimientos como desde el de las épocas representadas. La cuestión estriba, por lo tanto, en una adecuada planificación de qué se quiere transmitir al público (a los variados públicos) que pueda verse atraído por este lugar, y de cómo se ha de mostrar, cuestión nada fácil, pero que ocupa un lugar cada vez más relevante en la Arqueología contemporánea (Ruiz Zapatero, 1998). En el caso del monte de La Garma, creemos fuera de toda duda que, con una infraestructura y un respaldo didáctico adecuados, la Zona Arqueológica puede y debe superar la superada noción de "cueva con pinturas" para convertirse en una oferta cultural que permita visitar y comprender yacimientos de diferentes tipos y épocas: cuevas de habitat, cuevas sepulcrales, concheros y, muy particularmente, un magnífico castro con un emplazamiento estratégico desde el que se domina la bahía de Santander y un buen tramo del litoral de Cantabria. En resumen, La Garma es un lugar amplio, bien comunicado, cercano a núcleos de población importantes y en el que se concentra una amplísima muestra de yacimientos arqueológicos. No es desdeñable, en este contexto, la alta calidad paisajística y medioambiental de su entorno. Como señalábamos más arriba, La Garma conserva una de las pocas masas de bosque autóctono existentes en una comarca en que ha sido sustituido masivamente por pradería o por cultivos forestales, y domina uno de los valles que mejor mantienen el ambiente rural de esta parte de la región. Esta feliz confluencia de circunstancias abre unas excelentes perspectivas desde el punto de vista educativo y desde el del mero ocio. A este respecto, es fácil comprobar que La Garma cumple estrictamente los elementos diagnósticos que definen un Parque Arqueológico (Querol, 1993). Desde nuestro punto de vista, la política más aconsejable con respecto a la Galería Inferior debería primar por encima de toda otra consideración la conservación de ese privilegiado espacio en un estado lo más cercano posible al del momento del descubrimiento. Esto implica que el acceso público debería canalizarse a través de posibilidades no agresivas para la riqueza arqueológica de la Galería, y siempre avaladas por los estudios técnicos pertinentes. A este respecto, creemos que se deben explorar exhaustivamente las posibilidades que abren las nuevas tecnologías para conocer adecuadamente el lugar sin necesidad de presencia física de grandes masas de visitantes. De todas maneras, en un caso tan excepcional como La Garma, cualquier precaución es poca. Todas las decisiones que se tomen deben apoyarse en estudios exhaustivos, y evitar en la medida de lo posible la irreversibilidad de sus consecuencias. La historia de la gestión de los recursos arqueológicos (con casos como los de Lascaux y Altamira como más destacados) nos pueden dar numerosas pautas de los caminos que debemos evitar en el futuro. BIBLIOGRAFÍA ARIAS CABAL, R (1999): "La Garma (Kantabrien/Spanien):
Conservación y gestión del patrimonio arqueológico. El arte rupestre del valle del Coa habría quedado completamente sumergido si se hubiera autorizado la continuación de la construcción de la gran presa de Foz Coa, iniciada en 1992. El proyecto de la presa fue interrumpido en 1995, estableciéndose en ese área un parque arqueológico de 200 km^, que está ahora legalmente protegido al mas alto nivel como Monumento Nacional. El acceso público a sitios seleccionados está organizado mediante recorridos en vehículos cuatro por cuatro de grupos de ocho personas acompañados por guías preparados adecuadamente en arqueología y estudios de arte rupestre. Los Centros para los visitantes se establecieron en casas tradicionales restauradas situadas en pueblos en torno a la periferia del parque. Se va a crear un museo de arte y arqueología y servicios de investigación asociados en el emplazamiento de la presa ahora abandonada. La importancia universal del patrimonio cultural del valle y el carácter de hito de la decisión del gobierno portugués de preservarlo a pesar de la enorme pérdida financiera que supone han sido ampliamente alabadas. Como resultado, el arte rupestre prehistórico del Coa fue incluido en la Lista del Patrimonio Mundial en diciembre de 1998. El descubrimiento del arte paleolítico del valle del Coa data de 1991, cuando fue hallada la roca 1 de Canada do Inferno (Fig. 1). Sin embargo, sólo en noviembre de 1994, cuando muchas otras rocas grabadas habían sido ya encontradas en el mismo lugar, su existencia fue anunciada oficialmente por las autoridades responsables. En las semanas siguientes, una rápida sucesión de nuevos descubrimientos amplía la extensión de la parte decorada del valle en varios kilómetros (Baptista y Gomes, 1995; Rebanda, 1995). En esta época, sin embargo, la construcción por la EDP {Electricidade de Portugal) de una gran T. P., 57, n." 2, 2000 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es presa, sólo algunos centenares de metros río abajo de Canada do Inferno, había ya comenzado. Si continuaba, la consiguiente inundación del valle habría implicado la sumersión total del arte rupestre bajo decenas de metros de agua. Felizmente, la campaña nacional e internacional que, durante un año, había pedido la paralización del proyecto para que este muy importante patrimonio arqueológico pudiera ser estudiado y preservado, tuvo éxito: el nuevo gobierno portugués elegido el 1 de octubre de 1995 anunció, a principios de noviembre, que el proyecto de la presa sería abandonado, y que iba a crearse un parque arqueológico en la región para encuadrar la investigación y destacar el valor de este arte. Y, en efecto, tras algunos meses de trabajo de preparación el PAVC {ParqueArqueológico doVale do Coa) abrió al público a principios de agosto de 1996 (Zilhâo, 1998). En el valle del Coa y en las laderas adyacentes de la orilla izquierda del Duero se conoce hasta la actualidad mas de una veintena de conjuntos de rocas grabadas, distribuidas a lo largo de unos 17 km (Zilháo, 1997; Zilhâo^/a/n, 1997; Baptista, 1999). En su mayoría, se trata de paneles decorados en la época paleolítica, aunque otros periodos estén igualmente bien representados. Es el caso, en particular, de la Edad del Hierro, pero también del Neolítico, del Calcolítico y de los periodos históricos (siglos XVII-XX) (Lám. Estimaciones basadas en el número de paneles ya inventariados que contienen motivos paleolíticos permiten situar bien en mas de un millar el número de figuras que pertenecen a este periodo. Las especies mas representadas son el uro, el caballo, la cabra montés y el ciervo. La ausencia de especies euro-siberianas conocidas en el arte parietal de la región franco-cantábrica (reno, mamut, rinoceronte lanudo, bisonte) es un hecho totalmente normal, si se considera que, en la época, son desconocidas al sur del Ebro. Las técnicas de ejecución comprenden el piqueteado, la incisión fina, la abrasión y el raspado, a menudo en asociación. La incisión fina es utilizada, sobre todo, para las figuras de pequeño tamaño (hasta 15-20 cm), mientras que la gran mayoría de las figuras de tamaño mediano o grande (entre 50 cm y 2 m) tienen contomos piqueteados o raspados. Restos de pintura roja se han identificado en los grandes toros del conjunto de Faia, sugiriendo que, en origen, las representaciones paleolíticas del valle habían sido tratadas cromáticamente. El descubri- http://tp.revistas.csic.es miento de restos de pigmentos (ocre rojo y amarillo, manganeso) en los lugares de habitación contemporáneos del arte identificados en la región desde 1995 concuerda bien con tal hipótesis. Desde un punto de vista estilístico, el arte paleolítico del Coa, sobre todo en lo que se refiere a las grandes figuras piqueteadas, presenta una característica particular, rara o desconocida en el arte parietal franco-cantábrico: la yuxtaposición sobre el mismo cuerpo de dos cabezas, a veces de tres, con el propósito de transmitir una idea de movimiento. Lo mas frecuente es el movimiento descendente de la cabeza que se dirige hacia abajo, en una escena de acoplamiento o de abrevadero. La técnica ha sido aplicada sobre todo a representaciones de caballos, aunque también se la conoce entre los uros. Otras veces se trata del movimiento del animal que se vuelve para mirar atrás, técnica que se emplea en cabras monteses, uros y ciervos. Los dos sitios más importantes (Peñascosa/ Quinta da Barca, dos lugares situados frente a frente en la orilla derecha e izquierda, respectivamente, y Canada do Inferno) corresponden a concentraciones de grabados situados sobre los afloramientos rocosos que rodean las mejores playas del valle. Esto nos lleva a creer que se trata de un arte que decora áreas de habitación, incluso si los depósitos de fondo de valle preservados en estos sitios no contienen restos arqueológicos de la misma época. Los trabajos arqueológicos emprendidos en Peñascosa indican que esta ausencia es debida a la erosión del fini-Pleistoceno, puesto que la base de la secuencia fluvial ha sido datada en torno al 6000 BP. Por el contrario, donde las condiciones geológicas han permitido la conservación de depósitos pleistocenos en situación similar, como en Fariseu, hay paneles ricamente decorados (encontrados en diciembre de 1999) enterrados en una secuencia sedimentaria que contenía capas del Gravetiense y del Proto-Solutrense. Algunas figuras de gran tamaño, que llegan casi hasta los 2 m de longitud, como los tres uros que se encuentran aguas abajo de la desembocadura del río de Piscos, no están ciertamente en relación con el habitat. A la vista de la fuerte pendiente de la ladera y de la altura de las paredes grabadas, esas figuras no podían ser vistas mas que de lejos, lo que sugiere una función de señalización o de marcador del territorio cuya significación exacta ya no puede ser reconstruida. Esta hipótesis está reforzada por el hecho de su emplazamiento, a la entrada del cañón terminal recorrido por el Coa antes de la confluencia con el Duero, unos 5 km aguas abajo. Las numerosas figuras de trazo fino que se distribuyen de arriba abajo por las laderas, sobre todo en los conjuntos situados ya sobre el Duero, testimonian comportamientos menos públicos. Desde el punto de vista cronológico, su estilo indica también una edad mas reciente, en su mayoría del Magdaleniense, mientras que la mayoría de las grandes figuras piqueteadas parecen haber sido ejecutadas durante el Gravetiense y el Solutrense. Estos tres periodos están bien representados en los numerosos sitios de habitat de la región descubiertos en el marco de un programa de prospección sistemática cuyo objeto es el establecimiento de un contexto arqueológico para el arte rupestre (Zilhâo et alii, 1995; Aubry, 1998). Ricos en industria lítica pero pobres en restos orgánicos, debido a la acidez de los suelos, estos sitios cuentan con estructuras bien conservadas, sobre todo, hogares. La datación TL de cantos de cuarzo y de cuarcita quemados en estos hogares ha permitido confirmar de manera independiente las cronologías establecidas primero sobre la base de las características técnicas y tipológicas de las industrias. El estudio de las materias primas ha puesto en evidencia la existencia de redes de contacto, circulación o intercambio a muy gran distancia, a la vista de la presencia de sílex terciarios, cuya fuentes, en las regiones litorales de Portugal, se encuentran a mas de 200 km. Este conjunto de hechos ha permitido describir el descubrimiento del arte del Coa como un acontecimiento científico capital, cuyas repercusiones son comparables a las provocadas por la revelación de Altamira. Tras los descubrimientos de menor dimensión ocurridos desde 1981 en Portugal, España y Francia, el arte del Coa, por la dimensión del sitio y por su riqueza iconográfica, venía a demostrar que el arte paleolítico al aire libre no era en absoluto la excepción. Al contrario, el hecho de que se haya preservado sólo bajo abrigo en las regiones situadas al Norte de los Pirineos se explica probablemente por factores relacionados con la geología, el clima y la tafonomía. Como es la norma entre los cazadores-recolectores documentados por la etnografía, es verosímil que el arte paleolítico haya representado un sistema de transmisión de información que marcaba los territorios humanos de modo ubicuo y daba una dimensión simbólica a los paisajes de antaño. Contra las interpretaciones reductoras o unívocas basadas en una naturaleza subterránea que se pretende exclusiva, los descubrimientos del Coa coronan una revolución copernicana en nuestra visión de un fenómeno complejo y con significaciones concre- El arte rupestre del valle del Coa saca a la luz, de manera totalmente excepcional, la vida social, económica y espiritual del primer antepasado de la humanidad. Las diferentes acciones emprendidas desde 1996 para poner en funcionamiento el PAVC han sido enmarcadas en diversas disposiciones legales, entre las cuales las mas importantes son las siguientes: -la Resolución del Consejo de Ministros n.° 4/ 96, publicada en el Diario da República de 17 de enero, que formaliza la suspensión de los trabajos de construcción de la presa; -la Resolución del Consejo de Ministros n.° 42/ 96, publicada en t\ Diario da República del 16 de abril, que crea el programa PROCOA, para la promoción de la inversión en la región, definiendo el turismo cultural en torno al patrimonio histórico y arqueológico como eje estratégico para el desarrollo económico de los municipios limítrofes; -el Decreto-Ley n.° 117/97, publicado en el Diario da República de 14 de mayo, que crea el IPA {Instituto Portugués de Arqueología), como dirección general del Ministerio de Cultura responsable de la gestión del patrimonio arqueológico nacional, y el PAVC, como dirección de servicios del IPA con su propio marco de personal y competencias específicas; -el Decreto-Ley n.° 32/97, pubUcado en elDiário da República de 2 de julio, que cataloga como Monumento Nacional al conjunto Sitios Arqueológicos no Vale do Rio Coa; -el Decreto-Ley n.° 50/99, publicado en ti Diario da República de 16 de febrero, que somete a la aprobación previa del IPA toda modificación significativa del paisaje y del uso del suelo en el interior del área del Parque. El edificio de protección jurídica del arte rupestre del Coa ha sido coronado con su inclusión en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO. La candidatura había sido presentada por el gobierno portugués el 24 de junio de 1997 y ha sido aprobada por el Comité del Patrimonio Mundial tras su reunión de Kioto, el 2 de diciembre de 1998, sobre la base de los criterios siguientes: el arte rupestre del Paleolítico superior del valle del Coa es una ilustración excepcional de la rápida expansión del genio creador, en el alba del desarrollo cultural del hombre. La consolidación del proceso de protección pasa en lo sucesivo, de un lado, por la compra por el Estado de los terrenos que han sido objeto de las medidas de catalogación y, del otro lado, por la definición de un Plan de Actuación en la totalidad del territorio asignado al Parque, cuyo perímetro es de 86,5 km y cuya superficie es de 208 km^. En los términos de la ley portuguesa, ese plan deberá establecer las normas que permitirán la consecución simultánea y compatible de diversos objetivos económicos, culturales y medioambientales: -la conservación a largo plazo de las rocas grabadas; -la visita pública de los sitios mas representativos y accesibles; -el mantenimiento de las actividades agrícolas tradicionales que han creado el paisaje que enmarca los sitios de arte rupestre; -el respeto a los habitats de cierto número de especies protegidas, sobre todo rapaces, que nidifican en el valle. Desde un punto de vista técnico, la elaboración de este plan se ha completado en el verano del 2000. La discusión pública del plan, la introducción de correcciones que se derivan de ella, y la búsqueda de un consenso político para su aplicación entre los departamentos del gobierno central y las autoridades locales, son las etapas que siguen antes de la aprobación final en forma de ley. LA ORGANIZACIÓN DE LAS VISITAS La definición de la estrategia seguida para la creación del PAVC se ha inspirado en la experiencia de otras regiones donde un turismo de arte rupestre y de arqueología paleolítica se ha desarrollado con éxito, tales como Les Eyzies (Périgord, Francia) o Altamira/Santillana del Mar (Cantabria, España). Esta experiencia indicaba que un turismo cultural como el que existía allí y como el que se quería promover en el valle del Coa: -no puede existir de manera racional y sostenida más que como complemento de las actividades económicas tradicionales; -es un proceso a largo plazo que depende en gran medida de la iniciativa local y no del intervencionismo milagroso del poder central; -debe tener como polo de atracción la región en su conjunto, de modo que la belleza de su paisaje y de sus otros monumentos históricos y arqueológicos lleven al visitante a permanecer durante estancias prolongadas. El sistema de gestión de las visitas a los conjuntos de arte rupestre (Fig. 2) está basado en estos principios (Zilhâo, 1998).Tres sitios se distinguen por sus dimensiones, la calidad de las figuras y la grandiosidad del paisaje que los enmarca: Canada do Inferno, Ribeira de Piscos y Peñascosa/Quinta da Barca. Por esta razón, son estos tres sitios los que han sido abiertos a la visita pública. La decisión de crear un parque arqueológico sobreentiende como filosofía de conservación que los grabados deben ser mantenidos en el contexto que les da su significación, es decir, que el monumento es el valle. En consecuencia, las intervenciones para resaltar el valor de estos tres sitios han sido reducidas al mínimo. En Peñascosa, por ejemplo, simplemente se ha adaptado un viejo corral abandonado como abrigo para los vigilantes que permanecen allí 24 horas sobre 24, y se han preparado o reparado los senderos recorridos por los visitantes. Los grabados del valle fueron ejecutados sobre paredes rocosas verticales, en su mayoría orientadas Norte-Sur, es decir, expuestas al este en la margen izquierda y al oeste en la margen derecha. En consecuencia, la visibilidad de los grabados varía de forma considerable a lo largo del día: en Penascosa, por ejemplo, los grabados están a la sombra durante la mañana. Por otro lado, la pátina de los trazos y las numerosas superposiciones hacen a menudo difícil una lectura inmediata de los motivos. La solución adoptada para enfrentar estos problemas ha sido la de no permitir el acceso del público a los sitios mas que como visitas guiadas, que tienen lugar sólo en las horas de mejor visibilidad, y en pequeños grupos de ocho personas como máximo a la vez. Los guías han sido reclutados entre la juventud de la región y han sido objeto de una formación especializada que les permite ayudar al visitante a descubrir por si mismo los motivos y darle la información contextual para la buena comprensión del arte rupestre del valle. Además, el guía presta a cada visitante una carpeta que contiene las fichas explicativas que sirven de soporte gráfico a la lectura e interpretación de las figuras. La acogida de los visitantes se hace en los Centros de Recepción situados en la periferia del Par- que: en Gástelo Melhor para la visita a Peñascosa, en Muxagata para la visita a Ribeira de Piscos, y en Vila Nova de Foz Coa, la sede del PAVC, para la visita a Canada do Inferno. Estos Centros tienen todas las infraestructuras necesarias: venta de entradas, de documentos, de recuerdos o de refrescos, instalaciones sanitarias, etc. En el interior, los visitantes pueden también encontrar informaciones sobre el valle y su arte, ya en forma de exposiciones ya en forma de presentaciones HTML en ordenador. Desde estos Centros salen los vehículos todo terreno del PAVC donde se transporta a los grupos de visitantes, conducidos por los guías. Las distancias implicadas, el horario de trabajo de los guías y la regla de no tener en cada sitio mas que un grupo a la vez imponen por sí mismos límites al número de personas que el parque puede recibir por día: en-T. P., 57, n." 2, 2000 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es tre 150 y 200, con variaciones estacionales dictadas por el aumento de las horas de luz en verano. La existencia de esta limitación queda compensada por la puesta a punto de un sistema de reserva anticipada de visita, obligatoria para las excursiones y grupos escolares. En noviembre de 1997, se ha inaugurado un Museo de Sitio en la Quinta da Ervamoira. Aunque de iniciativa y propiedad privadas, este museo está integrado en los circuitos del parque. Allí se presenta la arqueología de los sitios romanos del valle, su historia agrícola reciente y la etnografía de la región. El público puede también comprar allí la producción de gran calidad de la propiedad, sobre todo sus muy conocidos vinos. El futuro Museo del parque está en fase de proyecto, y el comienzo de los trabajos de construcción está previsto para el año 2001. El emplazamiento escogido es el corte abierto en la ladera para recibir la pared de la presa, en la margen izquierda. Al mismo tiempo, los trabajos hidráulicos permitirán devolver al Coa su nivel original en unos 1500 m. En efecto, desde 1983, la parte final del valle está inundada bajo una decena de metros de agua a causa de la construcción de la presa de Pocinho, en el Duero, algunos kilómetros aguas abajo de la desembocadura del Coa. Ello ha implicado la sumersión de numerosos paneles que, tras estos trabajos, volverán a quedar visibles, permitiendo que el sitio de Canada do Inferno pueda ser visitado en su totalidad como extensión al aire libre del Museo. EL PUBLICO DEL PARQUE Desde su inauguración oficial hace cuatro años, el número de visitantes anuales del PAVC ha sido relativamente constante, entre 20 000 y 25 000. Una encuesta sociológica realizada por un equipo del ISCTE {Instituto Superior de Ciencias do Trabalho e da Empresa, Université de Lisbonne) ha permitido caracterizar al piíblico adulto que visita el parque en verano de la siguiente manera: -se trata, mayoritariamente, de personas con formación de nivel superior; 45% tenían un título universitario y 14% habían asistido a la Universidad sin concluir sus estudios; este hecho explica ciertamente la circunstancia de que alrededor de un 70% de los encuestados era capaz de identificar correctamente, antes de la propia visita, el periodo histórico al cual pertenecen los grabados (Paleolítico superior); -se trata, en un porcentaje muy elevado, de personas habituadas a visitar monumentos del patrimonio histórico y arqueológico; el 73% declararon haber visitado ya sitios arqueológicos, generalmente ruinas romanas, y el 56% declararon haber visitado una cuarentena de monumentos en los tres años anteriores; -en un 98% de los casos este público se declara «satisfecho» de la visita», y en un 64% «muy satisfecho». Un estudio de mercado encargado por los promotores de la idea de construir un Parque Temático sobre el arte paleolítico en Vila Nova de Foz Coa ha permitido obtener también informaciones importantes para comprender las actitudes de la opinión pública hacia el parque arqueológico y hacia la decisión de abandonar el proyecto de presa. El estudio, hecho en octubre de 1997, en Portugal y en España, por la empresa Sigma 2, ha permitido concluir que: -el 97% de los portugueses (y el 17% de los españoles) estaban al corriente de la existencia del arte rupestre del Coa; en los institutos de secundaria estos porcentajes eran del 100% en Portugal y del 41% en España; -el 43% de los portugueses estaban "totalemente de acuerdo" con la decisión de abandonar la construcción de la presa, el 46% "parcialmente de acuerdo", y sólo el 11% "totalemente en desacuerdo"; -el descubrimiento del arte rupestre del Coa era un motivo de "gran orgullo" para el 70% de los portugueses, y de "cierto orgullo" para el 26%. Estos últimos valores son tanto mas significativos cuanto la controversia política del año 1995 había dividido fuertemente a la población portuguesa. Incluso si, en principio, las encuestas de opinión indicaban una mayoría (55% contra 30% en el mes de junio) a favor de la paralización de los trabajos, la confusión causada por la divulgación de estudios pseudo-científicos que ponían en duda la cronología del arte paleolítico del Coa había provocado una erosión de esta mayoría. En enero de 1996, ya después de que el gobierno hubiera decidido preservar el arte y crear el PAVC, había un 28% de opiniones favorables a la decisión, contra un 39% que no estaban de acuerdo, habiendo pasado la tasa de indecisos del 15% en junio de 1995 al 33% siete meses mas tarde. Tras cuatro años de funcionamiento, el PAVC se encuentra hoy en una fase de consolidación organizativa y se prepara al salto cualitativo que represen- A partir de este momento, la capacidad de acogida del parque aumentará del máximo de 30 000 visitantes al año que existe hoy hasta valores del orden de 200 000 a 300 000. Esto permitirá a la iniciativa local emprender las inversiones en infraestructuras turísticas que, de un lado, son necesarias para que este flujo pueda ser mantenido y que, por otro lado, permitirán que el arte del Coa pueda también desempeñar su papel como recurso económico de importancia regional.
Se expone el proceso que ha llevado a la creación del Parque Cultural de Valltorta-Gasulla, uno de los espacios más singulares de la Comunidad Valenciana por la importancia de sus manifestaciones rupestres prehistóricas. Con la creación del Parque Cultural, figura legal incluida en la Ley de Patrimonio Cultural Valenciano, se pretende desarrollar un modelo de gestión integral del Patrimonio Cultural. Las comarcas de Els Ports y El Maestrat, en el norte de Castellón, constituyen uno de los territorios de la Comunidad Valenciana más ricos en (*) Museu de la Valltorta. Partida Pía derOlm s/n. Desde el año 1916, fecha que marca el descubrimiento de las pinturas de Morella LaVella (Hernández Pacheco, 1918) hasta la actualidad, el número de conjuntos inventariados no ha cesado de incrementarse. En este amplio territorio destacan por la densidad de conjuntos y por su singularidad, dos cuencas hidrográficas: el Barranc de La Valltorta y la Rambla Carbonera en cuya cabecera se encuentra el Barranc de Casulla (Fig. 1 ). Actualmente existen en ambos espacios 33 conjuntos, pertenecientes en su mayoría al denominado Arte Levantino, manifestación incluida desde diciembre del año 1998 en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO. En este territorio la Dirección General de Promoción Cultural y Patrimonio Artístico de la Generalitat Valenciana ha iniciado el primer Parque Cultural con arte rupestre de nuestra Comunidad. LOS CONJUNTOS RUPESTRES DE LA VALLTORTA Y EL BARRANC DE CASULLA La historia de La Valltorta comienza el año 1917 con el descubrimiento de la Cova deis Cavalls y otros importantes conjuntos por Albert Roda. El hallazgo tuvo hondas repercusiones en el ámbito científico y en el contexto social regional. A comienzos del año 1917 se desplazaron hasta el barranco tres comisiones de estudio; una delegación de la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas dirigida por Hugo Obermaier que llevó a cabo el estudio y publicación de los principales conjuntos localizados en el sector oeste de la Valltorta (Obermaier y Wernert, 1919), otra del Institut d^studis Catalans bajo la tutela de P. Bosch Gimpera que además de comenzar el estudio de los conjuntos rupestres del sector T. E, 57, n." 2, 2000 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es este inició un proyecto de estudio de los yacimientos arqueológicos del entorno de los abrigos pintados (Duran i Sempere, 1915-20) y Joan Cabré, quien como delegado del Marqués de Cerralbo llevaría a cabo la documentación de los principales conjuntos de La Valltorta (Cabré, 1923) y el estudio pormenorizado de les Coves de Ribasals o del Civil (Cabré, 1925). A la repercusión científica del hallazgo de este importante conjunto de pinturas rupestres se sumaron otros efectos: una inusitada curiosidad entre la población de áreas limítrofes que acudían hasta la Valltorta para conocer las pinturas rupestres y el malestar de una parte de la población local ante semejante movimiento de gentes. El resultado de esta afluencia incontrolada fue la destrucción parcial de algunos conjuntos (Cabré, 1923). El propio Obermaier se lamenta en la monografía de la Valltorta del deterioro sufrido por algunos abrigos (Obermaier y Wemert, 1919:77) El proceso de deterioro consecuencia del vandalismo y las visitas incontroladas se prolongó hasta el año 1942, fecha en que se contrató un vigilante para custodiar el conjunto (Viñas, 1982). No obs-tante no se abandonaron determinadas prácticas lesivas como el mojado reiterado de los paneles pintados para avivar los colores, o los graffitis recordatorios de las visitas. En estos años la Valltorta es un referente obligado en los estudios de arte prehistórico. Este reconocimiento contrasta con la escasez de estudios llevados a cabo en las décadas siguientes, tanto de sus conjuntos rupestres a los que se dedicarán estudios puntuales (Beltrán, 1965; Ripoll, 1970), como también de sus yacimientos arqueológicos (Maluquer, 1938; Almagro, 1944). En los años setenta se produce una reactivación en los estudios de La Valltorta. El Servicio de Investigación Arqueológica y Prehistórica de la Diputación Provincial de Castellón, creado el año 1975, llevará a cabo excavaciones en el Cingle de L"Ermita (Gusi, 1975a) y en la Cova del Mas d^Abad (Gusi, 1975b; Gusi y Olaria, 1975); M.^J. de Val (1977) realizará su Tesis de Licenciatura sobre las industrias líricas deis Planells y Viñas (1970Viñas (, 1978Viñas (, 1979Viñas ( -80, 1981) ) iniciará sus estudios sobre sus conjuntos rupestre. La historia del núcleo de Casulla discurre por similares derroteros. El año 1934 tenía lugar el descubrimiento de la Cova Remigia (Ares, Castellón) y otros conjuntos igualmente importantes en su entorno (Porcar, 1934(Porcar,, 1935)). Cova Remigia fue estudiada por Porcar, Obermaier y Breuil (1935) y publicada de forma modélica. Pese a esta transcendencia el inicio de la Guerra del 36 favoreció un menor conocimiento de estos lugares. Los trabajos desarrollados por Porcar (1945Porcar (,1946Porcar (,1947Porcar (,1949a, b, c), b, c) en los años siguientes dan cuenta de la importancia de este núcleo en el contexto del Arte Levantino peninsular. El estudio del Cingle de la Mola Remigia, que iniciara Breuil el año 1934 y que no concluyó a causa de su precario estado de salud, será finalizado por Ripoll (1963) años después. La compra del conjunto de Cova Remigia y el Cingle por la Diputación de Castellón y el establecimiento de un servicio de guardería evitaron los niveles de deterioro alcanzados por los cercanos conjuntos de La Valltorta. En la década de los setenta, al igual que ocurriera en La Valltorta, se reanuda el interés por los yacimientos arqueológicos próximos a las pinturas. La información recopilada por Porcar (1934) servirá de base a trabajos más amplios. González Prats (1979) lleva a cabo el inventario arqueológico de la comarca del Alt Maestrat, donde incluye informa-ción de los yacimientos del Barranc de Casulla y comienzan las investigaciones sobre el controvertido yacimiento de La Cova Fosca (Aparicio Pérez y San Valero, 1977; Mesado Oliver, 1981; Olaria, 1988). EL PARQUE CULTURAL DE LA VALLTORTA En la década de los años 80 el deterioro de ambos conjuntos, y muy especialmente el del Barranc de la Valltorta, había llegado a unos extremos alarmantes como consecuencia de una escasa vigilancia y un flujo de visitantes cada vez más numeroso y desordenado. El año 1983, recién asumidas las competencias autonómicas por la Generalitat Valenciana, se puso en marcha un proyecto de gestión integral dirigido a atajar sus problemas de conservación. El proyecto de creación del Parque Cultural de la Valltorta fue diseñado desde los Servicios Territoriales de la Consellería de Cultura en Castellón. Con él se pretendía un doble objetivo: proteger el Barranc de la Valltorta, uno de los lugares más ricos en manifestaciones rupestres de toda la Comunidad Autónoma e incentivar el desarrollo local mediante el turismo cultural. En la primera mitad del año 1984 se esbozó el proyecto de actuaciones redactado por el técnico de los Servicios Territoriales de Castellón J.L. Constante Lluch. El proyecto estuvo marcado por la interdisciplinaridad y por el intento de hacer converger a diversas instituciones (ICONA, IRYDA (1), Consellerias de Agricultura y de Cultura, Ayuntamientos). En el equipo de trabajo se integraban Ramón Viñas como especialista en arte rupestre, Arturo Zaragoza como arquitecto y el propio Juan L. Constante como geógrafo. La propuesta se articulaba en 4 grandes apartados: Protección Jurídica, Protección Física, Equipamientos y Difusión Cultural. Se pretendía dotar al Barranc de la Valltorta de protección legal, salvaguardando las manifestaciones rupestres y evitar las agresiones paisajísticas que pudieran incidir en el estado adquirido por el conjunto en su propia evolución histórica. Con la legislación del momento se (1) Instituto para la Conservación de la Naturaleza e Instituto para la Reforma y el Desarrollo Agrario (Ministerio de Agricultura). Esta protección se concretaba en la delimitación de tres ámbitos (zonas 1, 2 y 3). La zona 1 incluía el propio Barranc de la Valltorta y sus principales afluentes, donde se localizan los abrigos con arte rupestre. En este ámbito debía mantenerse inalterado el paisaje. La zona 2 incluía la ladera oriental de Montegordo y las laderas a ambos lados del barranco. Aquí se preconizaba la continuidad de los cultivos de secano y el mantenimiento de las construcciones existentes. Finalmente la zona 3 sería una aureola en tomo a las anteriores a fin de amortiguar los impactos sobre las áreas protegidas. Se planteó la necesaria protección de los abrigos pintados mediante la construcción de cerramientos integrados en el paisaje y la creación de un servicio de vigilantes. Se proyectó la construcción de unnúcleo cultural-recreativo, con instalaciones y servicios de variada funcionalidad, entre ellas un museo, un camping, restaurantes, áreas de esparcimiento. Estos servicios de complementaban con inversiones en una presunta restauración del paisaje, que incluía la creación de vallados para fauna silvestre, la repoblación forestal de parcelas abandonadas con pinos (Pinus halepensis) y la apertura de viales de tráfico rodado y senderos para aproximarse a los conjuntos de arte rupestre. Todo debía gestionarse a través de un patronato que nunca llegó a constituirse. Las primeras respuestas frente al proyecto fueron variadas pero en general negativas. La población local vio en la propuesta de la administración un obstáculo a determinadas iniciativas agrícolas y ganaderas en curso como las transformaciones del secano tradicional en regadío o la construcción de granjas porcinas. Desde sectores más minoritarios se planteó que el turismo de masas era incompatible con la conservación de La Valltorta y sus pinturas rupestres. El resultado fue el abandono del proyecto de creación del Parque. No obstante continuó el proyecto de construcción de un museo y parte de los equipamientos así como la protección física de los principales conjuntos. Parques Arqueológicos tal y como son definidos por Querol (1989), no obstante se presenta como una figura más integradora. En el Parque Cultural el patrimonio arqueológico puede ser un elemento esencial pero no siempre será el determinante. Los Parques Culturales participan de ambas características: espacios valorados por los BIC y consideración de museos y aspiran a incorporar de forma activa a la población que habita el territorio. Esta perspectiva, presente también en los ecomuseos, se ha visto reforzada en los últimos años con las demandas sociales a favor del desarrollo sostenible, puestas de manifiesto en la Conferencia de Río (1992) y en diversa normativa europea entre las que cabe destacar la emanada de la IV Conferencia de los Ministros responsables del Patrimonio Cultural de los países miembros del Consejo de Europa (Helsinki, 1996), donde se insiste en el papel del Patrimonio Cultural como factor de desarrollo sostenible. En este contexto deben inscribirse las iniciativas autonómicas aragonesa y valenciana de redacción de sendos cuerpos legales que regulan los Parques Culturales. La Ley 12/1997 de 3 de Diciembre de Parques Culturales de Aragón ha sido elaborada desde las competencias de Patrimonio Cultural si bien constituye un instrumento de ordenación del territorio rural. La ley define el Parque como un territorio que contiene elementos relevantes de Patrimonio Cultural, integrados en un marco físico de valor paisajístico y/o ecológico singular. En el caso valenciano, el año 1998 se promulgó la Ley 4/1998 de 11 de Junio, de la Generalitat Valenciana del Patrimonio Cultural Valenciano en la que se incluye la figura del Parque Cultural en la categoría de Bien de Interés Cultural de carácter inmueble. Este queda definido como el espacio que contiene elementos significativos del patrimonio cultural integrados en un medio físico relevante por sus valores paisajísticos y ecológicos. Los límites de la propuesta El proyecto de Parque Cultural que iniciamos el año 1998 presenta como principal novedad respecto al proyecto de 1984 la inclusión junto al Barranc de la Valltorta de los conjuntos rupestres del núcleo de Casulla. Esta decisión se basa en la transcendencia patrimonial de los conjuntos localizados en este área, especialmente Cova Remigia y el Cingle y en L Detalle de la escena principal del abrigo III de les Coves de Ribasals o del Civil, Barranc de la Valltorta (Tírig). la continuidad geográfica documentada en la distribución de los conjuntos pintados. El Parque de Valltorta-Gasulla afecta a una extensión aproximada de 22 000 ha y a ocho términos municipales (Fig. 1). Las variables conjugadas en la delimitación de este espacio han sido: A) Las manifestaciones rupestres. La existencia de una distribución continua de abrigos con arte rupestre en ambas cuencas con una densidad claramente superior a la observada en áreas próximas. Esta elevada densidad de pinturas rupestres, pertinente desde criterios arqueológicos, posibilita llevar a cabo un proyecto integral de gestión que incluya su estudio como expresión más directa de las comunidades prehistóricas, su protección y una adecuada difusión (Lám. B) Los yacimientos arqueológicos. Un elevado número de yacimientos arqueológicos, en muchos C) El medio rural. La localización de pinturas rupestres y yacimientos arqueológicos en un entorno cultural tradicional basado en el aprovechamiento agropecuario del medio, con una población dispersa en núcleos familiares, las masías, con las que se asocia toda una serie de construcciones en piedra seca ligadas a los aprovechamientos citados {casetas de volta, azagadors, pous, ceníes, neveres) (Lám. D) La integración de estos elementos en ecosistemas soporte de una variada vegetación y fauna. El Parque se extiende por una zona de media montaña perteneciente al Sistema Ibérico. Su sector occidental se incluye en el dominio tabular maestracense, caracterizado por relieves amesetados de alturas superiores a los 1200 m surcados por profundos y escarpados barrancos vertientes a la Rambla Carbonera. Es un paisaje calizo en el que encontramos todas las formaciones típicas del modelado cárstico. La altitud y unas precipitaciones superiores a los 600 mm anuales favorecen el desarrollo de carrascales continentales (Hedero helicis-Quercetum rotundifoliae). En las zonas más elevadas, el pastoreo y las duras condiciones climáticas han favorecido el establecimiento de pastizales y formaciones almohadilladas de altura (Erodio-Erinacetum) y carrascales con sabina negral ( Junípero thuríferae-Quercetum rotundifoliae). En los barrancos más abrigados existen bosquetes relictos de roble valenciano fV? oto wíllkommíí-Quercetum rotundifoliae) algunos de cierta extensión como el conservado en el Barranc del Horts, con ejemplares centenarios (Lám. La fauna existente en este sector es muy variada. Entre los mamíferos destacamos la presencia de la cabra montés (Caprapyrenaica hispánica), el jabalí (Sus scropha) y abundantes carnívoros. La comunidad de aves es igualmente variada además de las especies comunes del bosque mediterráneo encontramos numerosas especies protegidas como el Buitre leonado (Gypsfulvus), el águila real (Águila chrysaetos) y el buho real (Bubo bubo). El paisaje del Parque cambia en la medida que descendemos hacia la costa. El relieve influido por las alineaciones Costero Catalanas toma una orientación NO/SE. En este sector encontramos amplios corredores paralelos a la costa delimitados por sierras de escasa altura por los que discurren los afluentes que vierten al Barranc de laValltorta (Lám. Es un paisaje profundamente antropizado. En el fondo de los valles se asientan las principales poblaciones (Albocàsser, Cati, Tirig, Les Coves de Vinromà) y a su alrededor se extienden los cultivos de secano. En algunos barrancos como el de LaValltorta se conservan retazos de carrascales litorales con palmito (Rubio longifoliae-Quercetum rotundifoliae) y encuentran refugio especies muy escasas como el águila perdicera (Hieraetusfasciatus). El área propuesta ha sufrido, al igual que otros territorios rurales de la Comunidad Valenciana, un despoblamiento acelerado en los últimos decenios, más acentuado en los periodos comprendidos entre los años 1910-1930 y entre 1960 y 1975 y con mayor influencia en la población concentrada que en la dispersa (Baila Pallares, 1990). Respecto a la estructura de edades se ha producido en envejecimiento progresivo importante. Un rasgo defmitorio del territorio analizado es la importancia de la población dispersa. El año 1970 era superior al 25% (valores máximos en la Comu-nidadValenciana). Actualmente ha disminuido pero todavía constituye un porcentaje elevado. De esta circunstancia depende el que las construcciones rurales se hayan mantenido en buen estado, y que algunas de ellas se hayan restaurado y transformadas en alojamientos para el turismo rural. La conservación de esta población dispersa es uno de los objetivos del Parque, que debe materializarse con apoyos institucionales que compatibilicen la mejora de sus condiciones de vida con la conservación del paisaje. La agricultura es la actividad principal de esta población, destacando municipios comoTírig, Vilar de Canes y Ares donde la población activa dedicada a la agricultura ronda el 70%. En el Parque existen 4 400 ha de cultivos, la mayor parte de secano (olivos, almendros, cereales, forrajes, avellanos y algarrobos en las tierras bajas). Estas explotaciones agrarias tradicionales, en regresión en comarcas limítrofes, constituyen uno de los principales valores del Parque Cultural. Respecto a la actividad industrial solamente destacan dos poblaciones Benassal, con una planta envasadora de aguas y Catí con una fabrica de piensos y otra de muebles. Con la excepción de estas actividades, el resto de la población activa industrial se dedica a las granjas de cría intensiva de ganado porcino. La tradición ganadera ha experimentado un brus-Lám. Desde la ganadería extensiva tradicional, que ha dejado importantes huellas en el paisaje (azagadores, corrales, apriscos) y amplias zonas adehesadas se ha pasado a la proliferación de granjas industriales. Esta actividad está ocasionando importantes problemas ambientales derivados del poder contaminante de los residuos, sin olvidar el impacto visual de estas construcciones. La declaración del Parque deberá conllevar el establecimiento de medidas correctoras que reduzcan estos efectos. La gestión del Parque Cultural III), dependiente de la Dirección General de Promoción Cultural y Patrimonio Artístico, es el centro responsable de la gestión del Parque. El proyecto se basa en el desarrollo de tres líneas complementarias: protección, investigación y difusión. Como ya hemos expuesto con anterioridad el Parque Cultural es uno de los Bienes de Interés Cultural incluidos en la Ley de Patrimonio Cultural Valenciano, y como tal su creación supone el establecimiento de unas medidas de protección. Actualmente se está concluyendo la redacción del expediente técnico que permitirá promover la incoación de declaración. Esta deberá hacerse mediante decreto del Conseil a petición de la Conselleria de Cultura y Educación. Al igual que en otros BIC, la incoación del expediente determinará la aplicación inmediata del régimen de protección previsto por la Ley para los Bienes declarados. Tras su declaración deberá redactarse un Plan Especial de Protección. Esta protección legal, reguladora de usos en el interior del Parque, va acompañada por un servicio de vigilancia y por la protección física del patrimonio más vulnerable: los conjuntos de arte rupestre. Pese a que contamos con un servicio de vigilantes que vela por la seguridad de los conjuntos rupestres, ha sido necesario proteger mediante vallados algunos de los abrigos. El sistema de protección física de los conjuntos del Parque está condicionado por el alto número de lugares inventariados y su diversidad en cuanto a condiciones de visibilidad, nivel de conocimiento por parte de las gentes que habitan en su entorno y accesibilidad, es decir, su consideración como lugares abiertos o no al público. De todos los conjuntos inventariados se han seleccionado seis como lugares abiertos al público mediante visitas guiada en un horario establecido: la Cova deis Cavalls, les Coves de Ribasals o del Civil, los abrigos de La Saltadora y el Cingle del Mas d'En Josep y la Cova Remigia y el Cingle de la Mola Remigia. En el diseño de estos cerramientos se ha intentado producir el menor impacto posible en el paisaje. Para ello se ha optado por cierres periféricos aprovechando la orografía del entorno, de manera que los propios cantiles sirvan como protección de los sitios y sólo se han instalado vallas en los puntos más vulnerables. Para facilitar el acceso hasta los abrigos visitables se han instalado pasarelas metálicas que discurren a escasa distancia de los paneles pintados. Las pasarelas cumplen una doble función; facilitan el acceso a los abrigos a un público muy heterogéneo, respecto a su facilidad para moverse por terrenos quebrados, y mantienen al público a una distancia prudente de las pinturas mientras el personal del Museo guía la visita (Lám. Los abrigos no incluidos en itinerarios de visitas y que requerían protección física se han cerra-do mediante obras de escaso impacto. En estos casos se ha evitado la apertura de nuevas rutas de acceso, ni tan siquiera bajo la justificación de tener que facilitar los trabajos de cerramiento. B) Conservación del arte rupestre, intervenciones de conservación preventiva. Actualmente existen 33 conjuntos de arte rupestre inventariados en el Parque Cultural. La inmensa mayoría se localizan en abrigos rocosos poco profundos expuestos a la intemperie lo que ocasiona serios problemas de conservación (alteración de los soportes, instalación de colonias de hongos, liqúenes y plantas vasculares, erosión cólica, incidencia de agua, efecto de incendios forestales, etc.). A estas afecciones hay que sumar las ocasionadas por el hombre. Desde el descubrimiento de los primeros conjuntos el año 1917 hasta la actuahdad buen número de estos conjuntos han sufrido agresiones antrópicas en muchos casos irreversibles como.el arrancado de figuras y graffitis por incisiones, y otras de cierta reversibilidad como pintadas, perfilado de motivos con lapiceros y mojado reiterado de las pinturas. Actualmente estas agresiones antrópicas no se producen pero todavía son patentes sus huellas en numerosos conjuntos. Como era de esperar los conjuntos más afectados por causas antrópicas son precisamente los que fueron más frecuentados por la vistosidad de sus escenas o su accesibilidad (Cavalls, Saltadora y Ribasals). Se trata de conjuntos que generaron una dinámica desordenada de visitas, que fueron estudiados por numerosos investigadores con métodos en ocasiones muy lesivos (perfilado de figuras) y que a pesar de haber sido protegidos de forma inmediata mediante su declaración como Monumentos Histórico Artístico no gozaron de una protección real. Tal vez no hayan sido agresiones tan brutales como los arrancados de figuras de principios de siglo, pero el mojado reiterado de los paneles pintados y la acumulación de graffitis, lenta e inexorablemente terminaron por hacer ilegibles numerosos conjuntos. El año 1987 tuvo lugar en la Valltorta una reunión de trabajo auspiciada por la Generalitat Valenciana y la Fundación Gety, sobre la conservación del arte rupestre. El encuentro contó con la presencia de prehistoriadores y restauradores. Se debatió sobre los problemas de conservación del arte rupestre al aire libre tomando como ejemplo los sufridos conjuntos de laValltorta y se impusieron criterios conservadores respecto a las posibilidades de intervenir sobre los conjuntos rupestres. Diez años después, en el marco átlPrimer seminario internacional sobre conservación y difusión del arte rupestre al aire libre en ambiente mediterráneo que tuvo lugar en el Museu de la Valltorta, volvió a debatirse la misma cuestión. El debate surgido de este foro inspiró el inicio de un proyecto de intervenciones en los conjuntos más alterados de la Comunidad Valenciana. La primera tuvo lugar en el abrigo del Castell de Vilafamés (Vilafamés Castellón). A ella siguieron las intervenciones en la Cova deis Cavalls y en Les Coves de Ribasals o del Civil, ambos en el Barranc de la Valltorta (Lám. El proyecto comenzó con el desarrollo de diversas analíticas sobre los soportes, que permitieron concretar los niveles de intervención. Los trabajos fueron desarrollados por el equipo formado por los restauradores Eudal Guillamet, Javier Chillida, Laura Ballester y Margarita Domenech. Los trabajos se han desarrollado en dos direcciones: suprimir las patologías de origen antrópico y controlar la incidencia de los agentes naturales. En el primer apartado se han eliminado las pintadas, así como el polvo y las sales formadas sobre los paneles pintados. En los lugares donde fueron arrancados motivos se han coloreado las lagunas para minimizar su impacto visual. Respecto a la incidencia de los agentes naturales se han eliminado las plantas vasculares, se han fijado mediante morteros los soportes mas inestables, se han desviado las vías de agua que pudieran afectar a los paneles pintados y en el caso de Ribasals se han eliminado algunos tramos de coladas de carbonato calcico que cubrían parcialmente algunos motivos. Uno de los aspectos más deficitarios y que ha influido de forma más negativa en el desarrollo del proyecto del Parque ha sido la escasez de estudios sobre su patrimonio, y muy especialmente sobre el arqueológico. La mejor prueba de ello es que de numerosos conjuntos de arte rupestre descubiertos el año 1917 no se disponía de documentación suficiente. Muchos de ellos fueron estudiados por varios grupos de investigadores sin que llegaran a publicarse integramente los resultados ni se hiciera entrega de la documentación generada. Las mismas carencias encontramos en cuanto al conocimiento del contexto arqueológico de las pinturas. Los conjuntos de Valltorta y Gasulla son por muchos motivos un referente obligado en los estudios de prehistoria peninsular. Pese a haber sido objeto de estudios pioneros a los que ya nos hemos referido, actualmente la información disponible -WJ^^ --.^'^ Lám. Estado de las pinturas antes de la intervención de conservación preventiva. B) Detalle de la escena principal después de dicha intervención. sobre este importante conjunto arqueológico es muy parcial, como consecuencia de proceder de intervenciones arqueológicas antiguas, llevada a cabo con metodología poco rigurosa, o por estar basadas en un único yacimiento. Con el fin de atajar estos problemas se ha puesto en marcha el proyecto de estudio arqueológico del Parque Cultural de Valltorta-GasuUa. Se trata de un proyecto interdisciplinar coordinado por el Instituto de Arte Rupestre, con sede en el Museu de la Valltorta, que cuenta con la colaboración de investigadores de Departamentos de Prehistoria de las Universidades de Valencia y Alicante. Los trabajos han comenzado con la verificación sobre el terreno de la información arqueológica disponible y la prospección de diversos sectores de ambas cuencas para los que se carecía de información. Estos trabajos han proporcionado el hallazgo de nuevos conjuntos de manifestaciones rupestres (pinturas y grabados) en proceso de estudio y numerosos yacimientos arqueológicos, en los que estamos llevando a cabo recogidas sistemáticas de material superficial y excavaciones (Lám. De forma paralela hemos comenzado el estudio de los conjuntos de arte rupestre con la finalidad de optimizar la documentación existente y preservar este frágil patrimonio. Esta documentación está pasando a formar parte del Centro de Documentación del Instituto de Arte Rupestre ubicado en el propio Museu de la Valltorta. En él se integra una copia del Archivo fotográfico Gil-Caries (2), adquirida por la Generalitat Valenciana el año 1992, que incluye documentación fotográfica de todos los conjuntos conocidos en el levante peninsular hasta el año 1976 y toda la documentación (calcos, fotografías, descripciones) que ha generado el estudio de los conjuntos de la Comunidad Valenciana desde entonces hasta la actualidad. (2) El original es propiedad del CSIC y se encuentra depositado en el Dpto. de Prehistoria (Instituto de Historia, Madrid). completa con una biblioteca especializada en proceso de formación. El Museo de la Valltorta funciona como centro de acogida del Parque. El Museo, diseñado por los arquitectos Miguel del Rey e Iñigo Magro, fue inaugurado el año 1994. Cuenta con un espacio expositivo de 800 m^, distribuidos en salas de exposición permanente (Lám. VII A) y una sala de exposiciones temporales, además de una sala de proyección de audiovisuales, y diferentes áreas de trabajo entre las que se encuentra un laboratorio de arqueología, biblioteca y almacenes para materiales arqueológicos. El Museo es el punto de partida de las visitas guiadas a lo largo de los itinerarios del Parque. Actualmente nuestra oferta consiste en la visita guiada a seis conjuntos: la Cova deis Cavalls, les Coves del Civil, la Saltadora, Mas dTn Josep, Cova Remigia y el Cingle de la Mola Remigia (Lám.VII B). Además de estos itinerarios guiados se está diversificando la oferta con el diseño de rutas de libre acceso, con el objetivo de reducir la presión sobre los conjuntos de arte rupestre y posibilitar una aproximación a la evolución del paisaje a través de unos hitos seleccionados. Actualmente estamos trabajando en los siguientes itinerarios: -El CormuUó deis Moros.Yacimiento Ibero-romano localizado en el nacimiento de la Valltorta. Las excavaciones desarrolladas en los últimos tres años han puesto de manifiesto la existencia de un asentamiento de los siglos II-I a.C. (Espí et alii, 2000). El proyecto prevé la musealización del yacimiento. -La ruta de las Ermitas. Incluye una serie de construcciones religiosas dispersas, en su mayoría de los siglos XVII-XIX. -La ruta de la arquitectura en piedra seca, itinerario en el que se incluye una muestra de las construcciones tradicionales más relevantes: casetas de volta, norias, azagadores y hornos de cal. -La ruta de las neveras. Enlaza las tres neveras existentes en el Parque: la Nevera de la Font de Regatxols y las de la Serra y la Vella en Catí, todas ellas del siglo XVIL -La ruta del bosque. Discurre por el interior del Barranc deis Horts, donde se conserva un robledal maduro de Quercus faginea. -La ruta de los molinos. En el Barranc deis Molins en Ares se conservan seis molinos harineros, uno de ellos, el Moli de la Costa, todavía en uso. Para completar la oferta, descentralizar los recur- SOS e implicar a las poblaciones integradas en el Parque se ha previsto la creación de nuevas infraestructuras en el interior de las poblaciones: un museo de etnología en Albocàsser, un museo sobre la ganadería en Cati y otro histórico en Ares del Maestrat. Desde su inauguración hasta la actualidad el Museo ha mantenido una media anual de 23 000 visitantes. La puesta en marcha del proyecto ha supuesto: -Un mejor conocimiento del patrimonio arqueológico del territorio, potenciado por los trabajos de investigación iniciados desde el Museo. -Una vigilancia activa permanente sobre los conjuntos de arte rupestre. -Un aumento de la sensibilidad social por este patrimonio. -Una revitalización económica de la comarca desde la perspectiva del desarrollo sostenible. La viabilidad del modelo ha llevado a la Generalitat Valenciana a promover experiencias similares en otros ámbitos de nuestra Comunidad como en Bicorp (Valencia), en los conjuntos de las Cuevas de la Araña y el Barranco Moreno.
MONICA BLASCO (*) MONICA BORRELL (*) JOSEP BOSCH (*) RESUMEN Las Minas Prehistóricas de Gava proporcionaron variscita, un material ornamental, hace 6000 años. Desde hace diez años el Museo de Gavá impulsa una intervención integral (investigación, conservación y difusión), financiada por diversas instituciones (Ayuntamiento, Generalitat de Cataluña, Diputación de Barcelona e INEM), lidera y coordina un equipo interdisciplinar y mantiene convenios de colaboración con diferentes universidades. Las minas están abiertas al público desde 1993 y adecuadas para que la seguridad, movilidad y comprensión de los visitantes, no afecten su conservación y el rigor científico. Las visitas son guiadas, centradas en experimentar emociones y vivencias. Aunque se dirigen a un público amplio, los escolares forman el grupo más numeroso, con una oferta específica. Son un recurso didáctico aceptado en escuelas de Barcelona y su área metropolitana. El principal proyecto futuro es el Parque Arqueológico de las Minas Prehistóricas, centro de interpretación del Neolítico y del origen de la minería, que persigue la continuidad de la intervención y atraer al turismo cultural de la ciudad de Barcelona. Situación del yacimiento arqueológico de las Minas Prehistóricas de Gavá (Barcelona). DESCRIPCIÓN DEL YACIMIENTO Y SU ENTORNO El descubrimiento de las Minas Prehistóricas de Gavá (Fig. 1) se produjo en la década de los años setenta con el inicio de la urbanización del sector norte de la población de Gavá, en el barrio conocido como CanTintorer. Algunas de las edificaciones que se levantaron destruyeron parte del conjunto minero, aunque permitieron su identificación como yacimiento arqueológico. El yacimiento es muy extenso y, si bien en parte está en zona forestal, es en este sector de Can Tintorer donde se hallan la mayoría de las minas conocidas hasta el momento. Su explotación se inició hace unos 6000 años, al final del Neolítico antiguo evolucionado postcardial (la datación radiocarbónica más antigua obtenida es 5350± 190 BP), se desarrolló durante todo el Neolítico medio, cesó al final de este periodo y en total duró unos 800 años. Las minas de Gavá se sitúan, por tanto, entre las evidencias más antiguas de minería subterránea y pueden considerarse, por el momento, el complejo minero con galerías más antiguo de Europa. De las minas se extraía sobre todo variscita y en menor grado turquesa, minerales de coloración más o menos verdosa que se conocen también con el nombre genérico de calaíta. Ambos son del grupo de los fosfatos, el primero de aluminio y el segundo de aluminio y cobre, y se localizan entre pizarras que tienen su origen en materiales del Silúrico, periodo del Paleozoico inferior. Con la variscita de Gavá se confeccionaron única y exclusivamente adornos corporales, generalmente cuentas para collares, cuya manufactura se realizaba junto a las mismas minas, como lo indican las numerosas piezas abandonadas durante su proceso de elaboración y algunos de los instrumentos utilizados en dicho proceso, como pulidores de arenisca para dar forma a las piezas y taladros obtenidos a partir de pequeñas laminitas de sílex. La evolución geológica de la zona hizo que las pizarras se dispusieran muy inclinadas, lo mismo que las mineralizaciones contenidas en ellas, entre las que estaban la variscita y la turquesa, distribuidas en estratos o niveles, por un lado, y en filones o vetas, por otro. Los primeros siguen la dirección de las capas de pizarra, con una orientación entre O-E y NO-SE, mientras que los segundos las atraviesan perpendicularmente, con orientaciones entre N-S y NE-SO. Estos materiales fueron cubiertos por niveles de caliches y de arcillas a principios del Cijaternario. La morfología y distribución de las estructuras mineras del Neolítico se adaptaron a esta geología. Pozos más o menos verticales atravesaban las capas estériles de arcilla y de caliche hasta la pizarra, donde se encontraban los minerales, y en este punto se realizaban amplias cámaras y galerías. Las primeras seguían las orientaciones de los minerales en estratos y las segundas las de los filones, de menor grosor y abundancia. Esto explica las direcciones sistemáticas de las cámaras y galerías que interconectadas entre sí forman una red que podemos considerar prácticamente ortogonal, con irregularidades debidas a la excavación y a la estabilidad de las mismas pizarras. Abiertas en diferente pisos, siguen la inclinación de las capas de roca y de los minerales y actualmente superan los 11 m de profundidad. Se conocen unas setenta bocas de mina, el recorrido más largo explorado hasta hoy es de unos 45 m y la sala más grande tiene unos 7 m de altura con una superficie de unos 16 m^. No obstante, probablemente haya recorridos y salas más grandes que todavía no han sido descubiertos. En aquellos lugares donde la extracción de mineral había finalizado, las cavidades fueron rellenadas con materiales de desecho producidos por la abertura y explotación de nuevas cavidades, principalmente bloques de esquisto fragmentados entre los cuales se encuentran herramientas mineras rotas o muy gastadas que habían dejado de ser útiles. Con las excavaciones arqueológicas se han podido recuperar los restos de picos o mazas hechos de corneana, percutores de cuarcita y cinceles de T. P., 57, n." 2, 2000 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es hueso de buey. Por otro lado, algunos pozos de acceso a las minas, una vez abandonados, fueron utilizados como basureros de los desechos producidos por la vida doméstica o también, en ocasiones, se aprovecharon como lugares sepulcrales. La excavación de estos sedimentos proporciona mucha información sobre la vida de las comunidades que explotaron las minas, sobre sus formas de subsistencia, su tecnología, la organización social, las creencias y rituales, así como sobre el paleoambiente de la época. Se ha documentado el cultivo de diferentes tipos de cereal, la ganadería de ovejas, cabras, bueyes y cerdos, base de la subsistencia complementada con la caza, la recolección y una pesca selectiva de determinadas especies que debía permitir diversificar la dieta del grupo. Sabemos también que mientras duró la ocupación neolítica en Gavá hubo importantes cambios en el paisaje del entorno inmediato del asentamiento, buena parte de ellos causados por la acción humana que provocó deforestaciones, extensión de comunidades vegetales secundarias y de cultivos cerealistas. Estos debieron ocupar, amplias superficies junto con los pastizales; los bosques de encinas y robles quedaron reducidos a las hondonadas y las umbrías; había pequeños bosques de ribera junto a las aguas superficiales interiores, pinares con arbustos sobre los suelos arenosos del sector litoral y, por último, maquia y maleza con algunos pinos dispersos en el resto del territorio. Las piezas de variscita elaboradas en Gavá tuvieron una distribución y dispersión considerable entre las poblaciones del Neolítico medio de la actual Cataluña. Se han encontrado diversas piezas en ajuares funerarios en yacimientos de la zona central y prelitoral sobre todo, pero también en un yacimiento de Andorra que, al parecer, constituye el lugar más alejado donde hasta el momento se ha documentado variscita de Gavá. La dispersión de este mineral, la envergadura del yacimiento minero y la dificultad y complejidad que debía suponer explotarlo con las tecnologías propias del Neolítico, teniendo en cuenta además que sólo servía para confeccionar objetos suntuarios, son factores que permiten plantear diversas hipótesis sobre la función social de los objetos hechos de variscita, que tenía que ser considerada como un elemento de gran valor, probablemente con importantes y diversas connotaciones de índole simbólica, religiosa, económica o de diferenciación social. LA PUESTA EN VALOR DEL YACIMIENTO: HISTORIA DEL PROYECTO Y CRITERIOS PRINCIPALES Desde la creación del Museo de Gavá en 1978, las Minas Prehistóricas han sido el núcleo principal de la actividad de esta institución, que desde entonces se dedica a su investigación sistemática y puesta en valor. Las primeras intervenciones en el yacimiento tuvieron como finalidad la excavación y la investigación arqueológicas así como la divulgación de los resultados sobre todo entre la comunidad científica. Sin embargo, en 1990 se produce un replanteamiento de los objetivos y de la envergadura de las intervenciones y se pone en marcha un proceso que tiene como misión principal la dinamización del conjunto. Se contempla la potenciación de la investigación, la ejecución de un programa de conservación preventiva y de consolidación y restauración de las estructuras, una estrategia de difusión a amplios sectores de la sociedad y, en general, la gestión de los medios disponibles para obtener una mayor rentabilidad social del yacimiento. Este cambio representa la superación de una concepción exclusivamente científica para incorporar e integrar otras líneas de actuación que proporcionan al proyecto mayor riqueza conceptual. El Museo de Gavá, organismo autónomo de carácter municipal, desarrolla desde entonces el proyecto de intervención integral en las Minas Prehistóricas que se estructura a partir de tres pilares esenciales que son la investigación, la conservación y la difusión, de manera que se puede seguir todo el proceso, desde la producción del conocimiento científico hasta su transmisión a diversos sectores y colectivos de la sociedad. A causa de la complejidad del yacimiento y la envergadura del proyecto, el Museo de Gavá ha promovido la participación e integración de diversos investigadores y profesionales que estudian el complejo minero desde la óptica de distintas disciplinas. Así se ha constituido un equipo interdisciplinar compuesto por arqueólogos, ingenieros de minas, geólogos, museólogos, arquitectos, botánicos, zoólogos y palinólogos esencialmente y se han establecido convenios de colaboración con distintos equipos y universidades. Dadas las características tan particulares del yacimiento, es especialmente importante la colaboración con geólogos e ingenieros de minas, tanto por cuestiones de seguridad y conservación preventiva de las estructuras mineras como para la comprensión del propio yacimiento, por lo cual existen convenios estables de colaboración con la Facultad de Geología de la Universidad de Barcelona y con la Escuela Universitaria de Ingeniería de Minas de Manresa, de la Universidad Politécnica de Cataluña. Asimismo, diversas administraciones participan en el proyecto destinando recursos importantes. La financiación principal corre a cargo del Ayuntamiento de Gavá que sustenta el Museo, sus infraestructuras y el equipo de profesionales que diseñan, dirigen y ejecutan los programas de investigación, conservación y difusión en el yacimiento. Se cuenta también con la financiación de la Generalitat de Catalunya, especialmente destinada a la investigación y a las campañas de consolidación y también con la de la Diputación de Barcelona, que colabora sobre todo en la realización de diversas actividades de divulgación. El Museo de Gavá lidera el proyecto y desarrolla por tanto un papel de coordinación entre todos los agentes participantes, administraciones, instituciones diversas y profesionales. Haciendo un poco de historia, el impulso inicial del proyecto lo proporcionó el Ministerio de Trabajo, a través del INEM, al conceder en 1991 una escuela taller al Ayuntamiento de Gavá dedicada a formar auxiliares de excavación y difusión del patrimonio. En el marco de la escuela taller se prospectó intensiva y exhaustivamente el yacimiento minero, se excavaron diversas minas actualmente integradas en el recorrido de la visita pública y se fijaron las bases del proyecto de difusión con la elaboración, junto con los técnicos del Museo, de diversos talleres didácticos y de los guiones de distintas modalidades de visita, que representaron el embrión de la oferta pedagógica actual del Museo de Gavá en relación a las Minas Prehistóricas. Durante los tres años que duró la escuela, los alumnos y profesores del módulo de difusión realizaron las visitas guiadas. Finalizada la experiencia, el Museo ha externalizado, a través de una concesión administrativa, los servicios de visitas y talleres, así como la gestión de una pequeña tienda que se halla en el yacimiento. Una empresa de servicios culturales surgida de la propia escuela taller asume actualmente estos servicios. El año 1993 se pudo abrir una parte del yacimiento al público y se musealizó el solar, de propiedad municipal, donde hay la concentración mayor de minas conocidas hasta el momento (Lám. Es también en este sector donde se desarrollan la mayoría de actividades relacionadas con la visita pú-directa sobre la calidad de vida de los ciudadanos y, por tanto, es apreciable su rentabilidad cultural y social.Además, la excepcionalidad del yacimiento de las Minas Prehistóricas y su condición de unicum justifican plenamente la inversión y el empeño en el desarrollo de la investigación científica, en la mejora de las condiciones de conservación del yacimiento y en la mejora de su presentación pública. Después de más de veinte años de investigación, el conocimiento generado y la bibliografía existente son importantes (Villalba et alii, 1986; Bosch y Estrada 1994a; Bosch ^/<3/n, 1996; Villalba y Edo, 1992, entre otros), de manera que el complejo minero de Gava es un punto de referencia obligado del Neolítico meridional europeo y se considera uno de los grandes yacimientos arqueológicos de este período. Como se ha dicho, las minas de Gavá tienen un antigüedad de 6000 años, son las minas en galería más antiguas de Europa y por tanto son absolutamente excepcionales. Además, constituyen el único centro de explotación de su época identificado hasta ahora dedicado a la obtención y al trabajo de un material utilizado exclusivamente con finalidades suntuarias, cosa que le confiere una relevancia especial. Por otro lado, el yacimiento proporciona gran cantidad de información para la reconstrucción histórica. Los estratos que rellenan sus galerías, pozos y salas contienen diversos materiales (cerámicas, industria lítica, industria ósea, etc.) y también vestigios botánicos y faunísticos que son relativamente abundantes y aparecen en un buen estado de conservación. Su estudio permite aproximarnos a las condiciones paleoambientales, sociales y económicas en las que se produjo el proceso de producción minera que estudiamos, aproximación necesaria para interpretar el yacimiento dentro de su contexto histórico. Además de estas razones científicas, basadas en su valor como fuente de información sobre el pasado, existen razones de índole diferente que también justifican la puesta en valor del yacimiento. Entre éstas, destacaremos las posibilidades educativas que se desprenden de un poder de evocación de épocas pretéritas que no se encuentra entre la mayoría de los yacimientos prehistóricos. Habitualmente la comprensión de estos yacimientos presenta serias dificultades, debido a su conservación parcial y a que, por sus características intrínsecas, los elementos de conexión con la actualidad son escasos. En el caso de las minas neolíticas de Gavá, las estructuras se conservan prácticamente en su totalidad, lo que facilita su musealización y la com-prensión por parte de la mayoría del público, infantil o adulto. Por otro lado, al tratarse de galerías y pozos subterráneos, la visita tiene un valor añadido, vivencial y emocional, que vale la pena aprovechar para transmitir contenidos y valores. Las Minas Prehistóricas son un yacimiento arqueológico único por sus características y por la riqueza de información histórica que está proporcionando. La espectacularidad y excepcionalidad de los espacios Por otro lado, en cuanto a la conservación de las estructuras mineras conocidas, se ejecutan sistemáticamente acciones de conservación preventiva de la roca y se procura mantener el microclima particular del interior de las minas que es la mejor garantía para su conservación, con controles climáticos periódicos, y también se llevan a cabo campañas de consolidación y restauración de aquellas estructuras degradadas o inestables. Para ello se utilizan procedimientos desarrollados por la minería y la ingeniería, adaptados a la singularidad y valor histórico del yacimiento. Debido a la falta de precedentes y a la poca experiencia en este tipo de trabajos ha sido necesario investigar los posibles factores degradantes de la roca, las condiciones ambientales de conservación y las medidas para mantenerlas, los procedimientos de restauración a seguir y los productos a utilizar y, por último, la efectividad alcanzada en cada momento (Crespo et alii,1991; Bosch, [e.p.]). En relación a la investigación científica, el objetivo es realizar una labor diversificada y rigurosa de manera que se contribuya decisivamente al conocimiento del Neolítico en el sur de Europa. Las actuales investigaciones arqueológicas en este yacimiento pretenden estudiar el proceso de producción minera que las originó y las condiciones ambientales, económicas y sociales en las que tuvo lugar. Los principales centros de interés de estas investigaciones son la cronología y las fases culturales, la evolución del paisaje y la incidencia antrópica sobre el mismo, el aprovechamiento de los recursos económicos, el proceso de trabajo minero, el proceso de trabajo de la variscita extraída de las minas, las superestructuras social e ideológica y los motores de su evolución. Estas investigaciones se desarrollan según un programa que contempla excavaciones en el interior de determinadas minas, seleccionadas en función de los objetivos y de los centros de interés marcados, estudios geológicos en el mismo yacimiento así como en su entorno y diferentes estudios de laboratorio (ver entre otros trabajos Alvarez y Clop, 1998; Bosch y Estrada, 1994a, b; Bosch et alii, 1996; Boschet alii, 1999; Costaría///, 1994). Finalmente, los resultados de las investigaciones arqueológicas se difunden por los canales habituales como congresos, artículos en revistas especializadas y ediciones monográficas del propio museo; pero también, como veremos, se procesan los resultados más relevantes y se procura incorporarlos en la explicación de la visita guiada, en la propia exposición permanente del Museo o en los materiales didácticos y publicaciones de divulgación que se confeccionan. LA ADECUACIÓN MUSEOGRAFICA DEL YACIMIENTO DE LAS MINAS PREHISTÓRICAS DE GAVÁ La musealización de cualquier yacimiento arqueológico presenta unas dificultades específicas ya que se tienen que coordinar las necesidades del público (comprensión, movilidad...) y la conservación de restos y estructuras. En el caso de las Minas Prehistóricas estas dificultades se ven agravadas por las características singulares de las mismas. El hecho de que nos encontremos ante un yacimiento subterráneo presenta un valor añadido de singularidad, espectacularidad y visita de estructuras completas; pero comporta inconvenientes importantes en cuanto a seguridad e integridad de las estriicturas. Además en el caso de Gavá se trata de pozos, galerías y cámaras de dimensiones reducidas, recorridos relativamente cortos y, lógicamente, espacios por los que los visitantes no pueden desplazarse sin guía. El entorno urbano del yacimiento es también un elemento a tener en cuenta, ya que si por un lado facilita el acceso del público y la disponibilidad de servicios periféricos, por otro condiciona la percepción que se tiene del mismo. Por otro lado, aunque actualmente se dispone de una amplia información sobre el contexto social o económico de las comunidades que explotaron las minas en época neolítica, la falta de estructuras en superficie relacionadas con estos aspectos dificulta la comprensión del yacimiento y condiciona las estrategias de transmisión de conocimientos. Como ya se ha apuntado anteriormente, desde el inicio del proyecto, los trabajos de adecuación del yacimiento a la visita pública se han desarrollado de forma coordinada con los trabajos de investigación y conservación. En la mayoría de casos la musealización se ha supeditado a excavación y conservación, mientras que en otros la presentación al público ha sido el motivo de intervenciones, especialmente en aquellos casos en los que objetivos de unos y otros no se interfieren, sino que incluso convergen. Por último, han sido los aspectos económicos los que han acabado marcando el ritmo de la ejecución del proyecto en sus diferentes vertientes. En cualquier caso, el yacimiento de las Minas Prehistóricas es una extensión de las dependencias y de la actividad del Museo, del que no puede desvincu- larse, y su puesta en valor ha estado marcada por la necesidad de optimizar recursos, tanto económicos como humanos o de infraestructuras. Han sido estos diferentes aspectos los que han motivado que el yacimiento en superficie contara con el mínimo acondicionamiento (vallado, ajardinamiento, protección de pozos y estructuras mineras abiertas, zona de recepción y aula para la realización de actividades...) y musealización (señalización de accesos a estructuras mineras, recreación de una cabana, pequeña exposición de materiales arqueológicos...). Asimismo, aun contando con limitaciones en la presentación de las estructuras mineras, se optó por reforzar la vía emocional y vivencial en la visita a las minas. En este sentido, se acondicionó una de las minas que, por su estructura y el punto en que se encontraba la investigación arqueológica, presentaba una estructura de explotación representativa, tenía el recorrido más largo y menos dificultades para la adecuación a la visita. Así, la intervención arqueológica en zonas puntuales y la instalación de iluminación, escaleras y pasarelas en los puntos de más difícil tránsito, fueron suficientes para su apertura a la visita de un público ya amplio. Pero la dificultad de efectuar musealizaciones similares en otras minas no fue inconveniente para ofrecer al público la posibilidad de realizar un recorrido subterráneo más amplio. La llamada visita aventura permite a los visitantes más ágiles e intrépidos la posibilidad de recorrer galerías y pozos sin iluminar y de un diámetro que en algunos puntos obliga a arrastrarse, sin afectar la correcta conservación de las estructuras. Dadas las características del yacimiento y los condicionantes económicos del proyecto inicial, se optó por potenciar la información personal por encima de otros recursos de comunicación. Las visitas se realizan siempre en compañía de guías y el recorrido subterráneo en grupos reducidos de máximo diez personas, mientras que la visita aventura se realiza en grupos máximo de cinco personas (Lám. Asimismo, la existencia de la exposición permanente del Museo hizo que se reservase la muestra de materiales arqueológicos a estas salas, por otro lado, mejor dotadas en cuanto a infraestructura y seguridad. En este sentido, la visita a las Minas Prehistóricas no se puede desvincular de la visita a la exposición permanente del Museo, en la que, siguiendo el hilo conductor "La formación y transformación del paisaje", se realiza una aproximación al entorno natural y cultural de Gavá y su comarca. IL Grupo de visitantes con guía en el interior de las minas neolíticas de Gavá adecuada para el público. Partiendo de la formación geológica de la zona -con el macizo del Garraf y el delta del río Llobregat como elementos singulares-, se hace un repaso a la relación entre el paisaje y el ser humano a lo largo de la historia. En este recorrido diacrónico, destacan tres etapas: el Neolítico, con el ejemplo de las Minas Prehistóricas, las etapas ibérica y romana, y la industrialización. El audiovisual "Las voces del paisaje" sirve de presentación e introducción a la exposición. LA CAPTACIÓN Y LA ATENCIÓN AL PÚBLICO Teniendo en cuenta los criterios seguidos en la puesta en valor de las Minas Prehistóricas, los destinatarios a los que nos dirigimos son amplios sectores de público diferentes. Como ya se ha dicho anteriormente, el Museo da a conocer los resultados de las investigaciones en el ámbito científico, pero la divulgación que se realiza presta especial atención al gran público y se apoya en la exposición permanente, la visita al yacimiento y programas de actividades complementarias. Por un lado podemos destacar el público de fin de semana: público especialmente familiar, con un interés cultural y procedente en su mayoría del área metropolitana de Barcelona y comarcas próximas, al que, además de la visita a las Minas, el primer domingo de mes se le ofrece participar en actividades de experimentación y de iniciación a temas referentes al patrimonio natural y cultural. Difícilmente se puede hablar de turistas, ya que la promoción de las minas no se realiza en este ámbito, no se dirige a grandes grupos, ni hay una publicidad fuera del ámbito catalán. Las características de la visita a las Minas -con limitaciones para absorber grupos numerosos y un acceso no practicable para la totalidad de la población-, no hace viable actualmente la captación de grandes grupos ni de turismo de tercera edad, por ejemplo. Aún así, la proximidad de Barcelona permitiría, en un futuro, atraer turistas hacia el yacimiento. Actualmente el Museo está trabajando con el objetivo de incluir las minas dentro de rutas de turismo especializado con interés en patrimonio cultural, minería, etc. En este sentido, desde el año pasado, el Museo cuenta con la colaboración de la Agencia de Promoción Turística de la Diputación de Barcelona para dar a conocer el potencial turístico del yacimiento. Bajo sus auspicios se ha puesto en marcha el programa Barcelona Turismo Industrial que tiene como misión específica dar a conocer el patrimonio cultural relacionado con la tecnología y el trabajo. En este ámbito se ha constituido un grupo de trabajo para desarrollar productos turísticos estrictamente relacionados con el mundo de la minería. El público escolar es cuantitativamente el más importante usuario de la visita a las Minas Prehistóricas (Lám. Los esfuerzos realizados por el Museo se dirigen a escolares desde niveles de educación infantil hasta bachillerato, sin olvidar estudiantes universitarios o recién licenciados que pueden completar su formación participando en el "Curso de Arqueología de Gavá", de carácter anual y monográfico y en el que se combina la experimentación y las clases teóricas. La aplicación de la Reforma Educativa ha comportado que en el curriculum escolar de educación primaria y secundaria hayan adquirido una mayor importancia los contenidos referentes al conocimiento del entorno, tanto natural como social y cultural, y, dentro de éstos, los contenidos que hacen referencia a la adquisición de procedimientos, de hábitos y actitudes por parte de los alumnos. Es en este contexto que el Museo, que tiene la obligación de difundir el conocimiento del patrimonio, dedica grandes esfuerzos para satisfacer las demandas de este colectivo, permitiendo su acceso al conocimiento de este entorno más próximo -tanto arqueológico como histórico o natural-; y proporcionándole herramientas para que chicos y chicas consigan los objetivos que tienen marcados. Por otro lado, acercándolos a la realidad más próxima, queremos colaborar para que sean mejores ciudadanos en el futuro. Lógicamente, el público escolar necesita una adecuación específica tanto de los contenidos como de los servicios que se ofrecen, además de una articulación concreta de la visita para poder atender a los grupos. Actualmente, el Museo tiene una oferta global de cerca de treinta actividades educativas tanto del ámbito de las ciencias naturales como sociales que se realizan en el Museo, en visitas e itinerarios extemos o en el mismo yacimiento de las Minas. Como el Museo pretende ser una instrumento al servicio de los estudiantes, todas las actividades están relacionadas con QI curriculum, se basan en la experimentación y participación por parte del alumno, y se intenta siempre establecer un contacto con el entorno que sea participativo y vivencial. Otro colectivo importante al que nos dirigimos es el de los grupos de ocio infantiles y juveniles, que han incrementado -más en períodos vacacionales que de fin de semana-, su presencia y demanda de actividades que combinen el entretenimiento con la cultura. Para estos grupos, además de la visita a las minas se organizan actividades y talleres en los que se potencia los aspectos lúdicos sin olvidar nunca la transmisión de unos contenidos culturales y de respeto al patrimonio. A partir de los cómputos anuales de visitantes desde 1995, podemos decir que el yacimiento ha llegado a una estabilización alrededor de los 16 000 visitantes al año (cabe tener en cuenta que el yacimiento fue abierto a la visita pública en el mes de octubre del año 1993 y que ya en el año 1994 recibió 13 924 visitas). En 1999 el 75% de visitas correspondieron a grupos de centros escolares o grupos infantiles organizados, mientras que el 18% fueron visitas generales y el 7% restante, visitas aventura, valores que están de acuerdo con las ca-T. P., 57, n." 2, 2000 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es racterísticas de cada uno de los tipos de visita (días en que se realizan, número de personas por grupo...) y que son extrapolables a años anteriores. En cuanto a los grupos de edad, el más numeroso, coincidiendo con los datos anteriores, es el de menores de 14 años (69%) -grupos infantiles organizados, grupos de educación primaria y primeros cursos de educación secundaria-; seguido del grupo con edades comprendidas entre los 25 y 44 años (15%). Lógicamente, dadas las características del yacimiento, el grupo menos representado es el de mayores de 65 años (3%). Las minas son, por tanto, un recurso didáctico consolidado que tiene considerable aceptación especialmente en centros escolares de Barcelona y área metropolitana en general. En relación a la distribución de los visitantes por meses, los números reafirman esta última consideración de recurso escolar importante, y reflejan también el hecho de que las Minas Prehistóricas están actualmente fuera de los circuitos turísticos, ya que son los meses de agosto, septiembre, enero y diciembre -coincidiendo con períodos vacacionales-los que menos visitantes recibe el yacimiento. La inversión directa en publicidad que realiza el Museo con el objetivo de llegar a cada uno de los diferentes públicos es reducida, y los mecanismos a los que se recurre con más frecuencia son indirectos y puntuales en el tiempo. Encuestas realizadas entre los visitantes de las minas ponen de manifiesto que el medio de promoción más eficaz es la prensa escrita, en la que cabe distinguir la contratación de espacios publicitarios y la generación de noticias a partir de la actividad cotidiana del Museo. La recomendación personal queda ya en un segundo término respecto a los medios escritos, aunque tendría su importancia dada la escasa inversión económica realizada, tal como se ha dicho, en publicidad. Otro mecanismo que se descubre relativamente eficaz es el de las promociones concertadas con entidades o colectivos específicos como el Club Super 3 -club juvenil promovido por Televisió de Catalunya-, y el Reial Automobil Club de Catalunya, cuyos miembros y usuarios de la tarjeta RACC Master tienen descuentos en los diferentes tipos de visita. Por último, la repercusión de los canales de promoción turística se descubren parcialmente eficaces, aunque en este ámbito el Museo no concentra sus esfuerzos. Habitualmente se distribuyen folletos en oficinas de turismo de Barcelona y poblaciones turísticas cercanas, y se intenta participar en salones y ferias sectoriales. Como se ha dicho, la Agencia de Promoción Turística de la Diputación de Barcelona es una importante aliada, dando soporte tanto para la promoción de productos turísticos (edición del catálogo, asistencia a ferias de turismo...), como en la creación de los mismos. Para llegar a colectivos específicos, el Museo cuenta con canales de promoción diferentes. Este sería el caso del público escolar. La presencia de las Minas en el ámbito educativo se podría diferenciar en dos aspectos. El primero es la inclusión de las Minas en los libros de texto, de manera que se convierten en un punto de referencia para el profesorado. Lógicamente no es suficiente ni el único. Anualmente, alrededor de 1 500 centros educativos de Catalunya reciben la Guia i servéis del Museu i les Mines Préhistoriques de Gava. Esta promoción se refuerza en situaciones puntuales, como cursos de verano, salones monográficos, etc.. La publicidad dirigida a centros de ocio juvenil o entidades culturales también se realiza de forma directa a través de correo para cada una de las campañas anuales. Dada la satisfacción que existe por el desarrollo del proyecto en todas sus vertientes, de la respuesta del público, de la proyección científica y de la rentabilidad social que en general proporciona el yacimiento, el Ayuntamiento de Gavá, a través de su Museo, está proyectando construir el Parque Arqueológico de las Minas Prehistóricas, que será un equipamiento cultural de más de 4 000 m^, un centro de interpretación sobre el Neolítico y sobre el origen de la minería en Europa que contará, además de la propia visita, con gran cantidad de servicios y actividades entorno a la puesta en valor de un yacimiento arqueológico de primera magnitud. Actualmente se están redactando los diversos proyectos y estudios previos necesarios y se está buscando la financiación que tiene que posibilitar su construcción. El objetivo primordial es, pues, la puesta en valor de uno de los conjuntos patrimoniales más importantes y singulares de nuestro país y supondrá, de hecho, la culminación de un largo proceso de tratamiento integral del patrimonio que viene desarrollándose esencialmente desde 1990. Su construcción tiene que asegurar la continuidad del proyecto de investigación así como del programa de consolidación para garantizar el legado a las generaciones futuras, y ha de permitir hacer una difusión http://tp.revistas.csic.es amplia, ordenada y controlada de este bien patrimonial a distintos sectores de la sociedad. Implicará ofrecer también un generoso catálogo de servicios y actividades adecuadas a diversos tipos de usuarios y, en definitiva, aumentar la rentabilidad social del yacimiento. La fórmula cultural escogida es la construcción de un centro de interpretación sobre el Neolítico, en el cual destacará todo aquello que haga referencia a la minería prehistórica y a las minas con galerías más antiguas de Europa. El parque arqueológico acercará al visitante a una atmósfera prehistórica y habrá espacios temáticos dedicados a los poblados del IV milenio, interpretaciones sobre la agricultura, la caza, la ganadería, sobre aspectos tecnológicos, sociales, religiosos, funerarios... En definitiva, dará una visión completa de la sociedad que explotó las minas de Gavá, tratada desde puntos de vista complementarios y utilizando recursos formales heterogéneos y aquellas soluciones museográficas más efectivas en cuanto a la presentación y transmisión de la información. La realización de actividades de experimentación ayudará al visitante a adquirir además un conocimiento empírico de la historia. Por otro lado, la espectacularidad y excepcionalidad de los espacios que definen las galerías, pozos y salas del complejo minero de Gavá, así como la potencia del propio equipamiento en proyecto proporcionan a la iniciativa altas posibilidades de convertirse en un recurso singular en el contexto actual de potenciación del turismo cultural. La construcción del parque otorgará a la comarca y al entorno metropolitano un centro de atracción turística de índole cultural y de alta calidad tanto para el público local, consütuido como decíamos por los 3,5 millones de habitantes de la conurbación de Barcelona, y obviamente también para el público foráneo. La visita a conjuntos monumentales y a lugares de interés arquitectónico, histórico o natural y también a los centros museísticos constituyen elementos fundamentales para articular una oferta turística en consonancia con los gustos y las preferencias que es detectan hoy en día y que son la tendencia más clara de futuro del sector. De hecho, la visita a museos y a conjuntos patrimoniales representa la ocupación más generalizada del turismo, especialmente en las grandes ciudades. Ésta es una realidad incontestable en Europa desde hace años y es también una tendencia detectada en nuestro país, aunque con cierta timidez todavía, pero de forma clara es una realidad en Barcelona, donde las expectativas de los visitantes y el reclamo turístico principal son la cultura, la arquitectura y los museos. Justamente gracias a la proximidad de Gavá a Barcelona y a las buenas comunicaciones existentes, las Minas Prehistóricas pueden beneficiarse de la atracción turística que representa Barcelona. Los enclaves arqueológicos o patrimoniales en general del área metropolitana son susceptibles, en consecuencia, de interesar al mismo turista que visita Barcelona y a los mismos mayoristas que venden paquetes turísticos centrados en la venta de Barcelona como destino de patrimonio y cultura. En definitiva, entendemos que el patrimonio cultural bien explotado y fundamentado en la investigación, la conservación y la difusión puede generar una serie de recursos y beneficios sociales, culturales, científicos nada despreciables. En general son beneficios de difícil cuantificación pero no hay duda que las inversiones en patrimonio histórico influyen y revierten en la calidad de vida de los habitantes de un lugar, crean valor añadido, actúan a menudo como elementos de proyección de un territorio, ayudan a vertebrar social y culturalmente una población y pueden potenciar en cierta medida la cohesión social de una comunidad. Puede generar también recursos económicos importantes, no solamente para el autofinanciamiento del equipamiento sino que además puede generar a su alrededor actividad económica indirecta relacionada con el turismo cultural susceptible de transformar la economía de un territorio.
No hace todavía un año cuando vi por última vez a Bill. Es verdad que hacía bastantes años que no nos encontrábamos, pero me llamó poderosamente la atención encontrarle "como siempre". Seguía desarrollando una actividad febril, arrolladora, tal y como yo le recordaba en las largas y espléndidas campañas de excavación de la Taula de Torralba d'en Salord. Le conocí en el verano del año 1976, cuando me incorporé las excavaciones de la Taula, dirigidas por Manuel Fernández-Miranda y por él mismo. Bill era un personaje sorprendente en todas sus manifestaciones, e igual de sorprendente fue su trayectoria vital. La primera vez que vino a Mallorca fue en el año 1953, cuando estaba desarrollando en Paris su carrera artística. A pesar de haber tenido relación con galerías importantes, como la Dwan Gallery de Los Angeles, dejó ese mundo en el que también había sido campeón de patinaje, poeta o profesor de fotografía. Impresionado por los restos y yacimientos arqueológicos de la Prehistoria mallorquina, vuelve a Mallorca, se establece en Deia y empieza a desarrollar su carrera arqueológica a principios de los sesenta. Sus trabajos de decorador de discotecas alcanzaron su cenit en el diseño de su propia casa de Deia, producto de la remodelación de un antiguo molino. Es ésa la que sirve de residencia, centro de investigación y Museo, convirtiéndose en 1962 en el Deya Archaeological Museum and Research Centre (DA-MARC). En 1972 inició su colaboración con la organización Educational Expeditions International (EEI), que tiempo después se convertiría en Earthwatch Institute, y que a lo largo de los años formaron un matrimonio indisoluble. El carisma y entusiasmo que Bill ponía en todo lo que hacía no es fácil expresarlo con palabras. Cuando trabajábamos en la Taula de Torralba d'en Salord esa actitud positiva la transmitía a todos los miembros del equipo, extranjeros y españoles. No había manera de terminar una jornada de trabajo. Aunque fuera de noche, y siendo Bill siempre el último que abandonaba la piqueta, si te creías que llegaba el momento de descanso, no era cierto. A la luz de la vela o la linterna, siempre había algo más que se podía hacer para completar la jornada. Una de sus hijas decía que él siempre les explicaba lo felices que debían ser por vivir en una casa en la que cada día se producía un nuevo hallazgo. Como él mismo definía y practicaba, la sensibilidad y el sentido de humor son fundamentales para llevar a buen termino un trabajo en equipo. Recuerdo el verano en el que pudimos comprar una enorme tienda de campaña. La cara de Bill cuando vio "el palacio" ya montado fue épica, pues hasta ese momento todos habíamos dormido (incluido él y Jackie) en pequeñas tiendas de campaña o en la escuela (cerrada a cal y canto) de Torralba. Pocos años después, él consiguió agenciarse una caravana. Las excavaciones con Bill empezaban con pocos medios (hoy en día inimaginable), y poco a poco se conseguía mejorar la calidad de vida y, como consecuencia, de trabajo. Desde el punto de vista científico siempre pensaremos en él como la persona que estuvo íntimamente ligada a la prehistoria mallorquina. Los resultados de todos ellos han ayudado a recomponer la parte más antigua de la historia de la isla, gracias a sus restos y a las dataciones sistemáticas de Carbono 14, método aplicado por él como pionero. La presencia humana en Muleta desde el 4848 cal BC., asociada al Myotragus Balearicus (pequeña cabra autóctona extinguida hace unos 4.000 años); el hallazgo de cerámica campaniforme; la seriación de las fases pre-talayóticas, talayóticas y post-talayóticas son algunos de los hitos que aquí podemos destacar. Preocupaba también a Bill, como no podía ser de otra manera, la publicación y divulgación tanto de las excavaciones propias como de las de otros colegas. Prueba de ello son las publicaciones: Recent developments in Western Mediterranean prehistory (BAR. Creo, sinceramente, que la Prehistoria mallorquina no volverá a ser la misma. El tesón, la capacidad de trabajo y la ilusión para afrontar el trabajo arqueológico eran características admirables en Bill; y la mejor despedida es la que él mismo solía hacer: "ambrazoohhss, amigowwwhhh, hasta siempre".
iniciativa de recuperar los más vistosos y de crear en torno a ellos un proyecto de difusión cultural. Ello ha exigido la restauración de tales monumentos y la creación de una infraestructura didáctica (la edición de una guía y la creación de un Aula en Sedaño) que está previsto entren en funcionamiento a partir del verano del año 2000. EL ESPACIO FÍSICO DE LA LORA BURGALESA Y LA HISTORIA DE LA INVESTIGACIÓN DE SUS MONUMENTOS MEGALÍTICOS La monótona altiplanicie de La Lora, en el Noroeste de la provincia de Burgos (Fig. 1), caracterizada por unos suelos pobres, por un riguroso clima, muy frío en invierno, y, de resultas de ambas circunstancias, por un modesto tapiz vegetal, no reúne condiciones especialmente favorables para la ocupación humana lo que sin duda hubo de influir en la escasa atracción que ejerció en las comunidades prehistóricas. Llevado por esta convicción, Clark (Clark y Apellániz, 1979) aseguraba hace todavía no muchos años que este áspero espacio húrgales pudo haber permanecido prácticamente sin habitar hasta la Edad del Hierro, opinión, sin embargo, hoy imposible de suscribir una vez reconocida la entidad de la impronta megalítica en la comarca e, inclusive, la huella de un sustrato anterior, del tránsito Pleistoceno-Holoceno, en la Cueva del Níspero, en Orbaneja del Castillo (Corchón, 1989). La historia de la investigación de los dólmenes de La Lora es breve y relativamente joven. Las más antiguas noticias sobre ellos datan de 1950 y se deben a C. Robledo (1954) y L. Huidobro (1957), descubridores del sepulcro de corredor del Moreco, en Huidobro. Habrá de transcurrir desde entonces casi un cuarto de siglo para que tenga lugar la primera excavación de uno de tales monumentos, llevada a cabo por Osaba, Abasólo, Uríbarri y Liz (1971) en La Cotorrita, Porquera de Butrón. Y las pesquisas no cobrarán verdadero impulso sino mediada la década de los 80 con el desarrollo de un proyecto de investigación en el que, valiéndonos de prospección y excavaciones, M. Rojo y el que sus-T. P., 57, n." 2, 2000 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es cribe nos planteamos estudiar las variaciones experimentadas por los megalitos, a lo largo de su trayectoria -casi un milenio-, en los terrenos de la arquitectura, de los ajuares, del ritual y de la territorialidad, sin dejar de mostrar interés por la impronta que previsiblemente dejaron en el paisaje quienes los utilizaron. Las referidas actuaciones, que han aportado un copioso caudal de datos, base de numerosos trabajos científicos, también han supuesto una amenaza para la supervivencia de las ruinas de los monumentos que se iban descubriendo, como consecuencia de la propia naturaleza destructiva de las labores arqueológicas. El problema no se planteaba en el caso, bastante común, de los dólmenes literalmente arrasados por los buscadores de tesoros de todas las épocas de la Historia, ya que se les devolvía acto seguido su original aspecto tumular, sepultándolos de nuevo, pero sí en el de los yacimientos de mayor empaque o relevancia monumental cuya exhibición, siquiera momentánea, parecía inexcusable. Advertido el problema, se consideró por momentos la posibilidad de aplicarles idéntica medida que a aquellos mas, a la postre, la Dirección General de Patrimonio y Promoción Cultural de la Junta de Castilla y León adoptó la decisión de recuperarlos para su difusión, surgiendo de allí la idea del Itinerario. En este sentido, los restos arquitectónicos descubiertos, erigidos ya en Patrimonio Inmueble, han pasado a ser auténticos "lugares arqueológicos" o pequeños museos al aire libre, siguiendo uno de los procedimientos más extendidos para la presentación al público de este tipo de documentos y dan-do sentido, como se ha hecho en otros muchos lugares de Castilla y León (Casdiet alii, 1998: 275-6), al espíritu de la Ley de Patrimonio Histórico Español que, en su preámbulo, insiste en la necesidad de facilitar a los ciudadanos el acceso y disfrute de los bienes culturales. Una iniciativa que no tiene un excesivo coste pero sí obliga a invertir en labores de consolidación de ruinas, a habilitar una mínima infraestructura (de acogida de visitantes e información) y a la inexcusable edición de unas guías que faciliten la interpretación de los restos, máxime cuando éstos, como sucede en toda "ruta arqueológica", muestran una acusada dispersión. Los yacimientos atendidos han sido cinco, en otros tantos municipios o pedanías -El Moreco en Huidobro, Las Amillas en Moradillo de Sedaño, La Cotorrita en Porquera de Butrón, Valdemuriel en Tubilla del Agua y La Cabana en S argentes de la Lora-, y han sido seleccionados en atención esencialmente a dos criterios: uno, el porte o la monumentalidad, pues no en vano se trata de transmitir al público la lección de que el megalitismo fué la primera gran arquitectura de la historia, y otro la viabilidad del acceso (Fig. 2). Esta última y no otra circunstancia ha sido determinante para excluir, por ejemplo, los dólmenes simples de Fuente Pecina, en Sedaño, cuando tan interesante hubiéramos considerado utilizarlos como contrapunto de los, en esta zona omnipresentes, sepulcros de corredor. Y, en el extremo contrario, habrá que reconocer que se ha forzado un tanto la filosofía de la selección en el caso de Las Arnillas, el más imponente y mejor conservado de los megalitos sedaneses, por cuanto llegar a él supone al día de hoy transitar por un largo y penoso camino. A comienzos de la década de los 90, los cinco monumentos reseñados fueron objeto de un proyecto de restauración dirigido por el arquitecto I. Represa Bermejo, que materializaría la empresa Ortega S.A. de Burgos con el apoyo de los arqueólogos O. Arellano Hernández y A. Ruiz de Marco. Y a finales de 1998 se adjudicó al Gabinete Arquetipo, una vez más por parte de la Junta de Castilla y León, una propuesta de señalización y de Aula Arqueológica de los dólmenes de la Lora. El compromiso de entrega de esta última antes del verano del año 2000 permite augurar que para tales fechas el Itinerario de los dólmenes de Sedaño habrá adquirido gran parte de su definitiva configuración, dejando de ser, por fin, sólo un proyecto. Atrás queda una larga y no siempre fácil labor dedicada a un empeño del que, por invitación de Trabajos de Prehistoria, nos ha correspondido es- cribir, pero que nunca hubiera llegado a fraguar sin el empuje investigador de nuestro compañero M. A. Rojo Guerra (1), sin el interés y la perseverancia de J. del Val Recio y JJ. Fernández ]S4oreno, técnicos del Servicio de Arqueología de la Junta de Castilla y León, sin el buen hacer restaurador de I. Represa Bermejo ni sin el apoyo, siempre generoso, de los arqueólogos de Arquetipo. Nuestra mayor gratitud a todos ellos. (1) Autor de la Tesis Doctoral, inédita, El fenómeno megalítico en La Lora burgalesa, defendida en la Universidad de Valladolid el curso 1991-1992. EL CONOCIMIENTO CIENTÍFICO, TRANSFONDO INEXCUSABLE DEL ITINERARIO En un momento en que tan poca sensibilidad existe hacia la investigación básica -sirva como ejemplo la mezquina filosofía de la convocatoria del Plan Nacional de I+D+I (2000-2003), tan incomprensiva con el trabajo científico no aplicado y, en consecuencia, con el cultivo de las Humanidadeso en el que no se duda en acometer excavaciones que persiguen la casi sola exhumación de ruinas re- cuperables patrimonialmente, sin recapacitar sobre lo que dichos trabajos suponen de destrucción de fuentes históricas potenciales, la perogrullada de este epígrafe deja de serlo tanto: La Arqueología, además de otras muchas cosas complementarias, es por encima de todo una disciplina de análisis histórico cuyo principal objetivo es generar conocimiento. A partir de ahí, igualmente importante es asumir otras realidades como que el Arqueólogo está socialmente obligado a rendir cuentas ante una ciudadanía que ha hecho posible su trabajo o como que la sociedad tiene derecho a obtener alguna clase de beneficio -en este caso informativo y patrimonial, a través de la divulgación de resultados y de presentar al público sus descubrimientos-del trabajo del excavador (Criado, 1996; Ruiz Zapatero, 1996). En cualquier caso, siempre el conocimiento científico como telón de fondo; una información sobre la que apoyar el proyecto didáctico que, en nuestro caso, trata de tomar como principal anclaje o punto de referencia los más conspicuos monumentos dolménicos de La Lora burgalesa. La percepción de nuestros yacimientos no comporta excesiva dificultad para un observador más o menos avezado. Por sistema se instalan en los llanos rotundos de la paramera, eludiendo los valles de una red fluvial fuertemente encajada, y ello, junto con el característico volumen troncocónico o en casquete esférico de sus túmulos, les hace destacar con relativa facilidad en los horizontes abiertos de la planicie. Ese es el emplazamiento-tipo de los dólmenes de la comarca de Sedaño, las austeras y uniformes alturas del páramo, lo que representa un contraste radical con la ubicación de los caseríos de los pueblos actuales, siempre establecidos en los estrechos corredores deprimidos de los ríos. Los túmulos, además, propenden a manifestarse más o menos aislados, nos atreveríamos a decir que constituyendo en cada caso el cementerio de un territorio relativamente bien individualizado por las quebradas de los valles mayores (Rojo, 1994). Son muy frecuentes los casos de un único dolmen por cada páramo (Ciella, Mozuelos, Tubilla, Nocedo, Los Altos), lo que sin embargo no sucede con absoluta seguridad en el sedanes de Fuente Pecina, sobre el valle de Las Hazas, donde se acredita una concentración muy clara de cuatro monumentos, que se distribuyen formando los ángulos de un polígono cuyo lado mayor no supera los 250 m. En este caso se trata, empero, de monumentos megalíticos de porte reducido y -como veremosanteriores a los más vistosos y de mayor tamaño. cual, habida cuenta la distinta cronología de unos y otros, confirmada por la segregación de los ajuares, nos permite apostar por una cierta interdependencia entre la progresiva monumentalidad de las tumbas y un creciente proceso de agregación de los pequeños grupos sociales beneficiarios de los numerosos sepulcros del momento inicial (Delibes y Rojo, 1998). Al contrario que en otras áreas de la Meseta, en las que unos suelos excesivamente ácidos no permiten la supervivencia de material arqueológico alguno de origen orgánico, los dólmenes de La Lora aportan notables osarios, ilustrativos de la finalidad funeraria de los monumentos y de su condición de enterramientos colectivos. El número de individuos inhumados, muy distinto en unas tumbas y en otras y mayor por lo general en los grandes sepulcros de corredor, no alcanza por muy poco el medio centenar en Las Arnillas donde, además, existe la oportunidad de comprobar cómo el reclutamiento del calavemario, depositado a lo largo de un periodo de tiempo considerable, fué selectivo: se excluyó de él de forma bastante sistemática a los niños (tal vez no merecían tales honores hasta alcanzar cierta edad) y la representación de las mujeres en la tumba es dos tercios inferior a la de los varones, de donde se desprende, frente a la idea tradicional de que el dolmen fué la sepultura de todos y a todos igualaba en la muerte, que sólo una parte de los miembros del grupo tuvieron derecho a enterrarse en ella (Delibes, 1995). El aspecto de absoluto revuelto que muestran los osarios y que tan complicada hace su excavación no impide reconocer que en su momento los cadáveres fueron depositados con todos sus miembros en perfecta conexión anatómica. Ello descarta que, al menos como norma, los dólmenes fueran lugares de enterramiento secundario y confiere sustento -máxime pensando en esa condición diacrónica y progresiva del depósito-a la sospecha de que las ofrendas recuperadas en su interior fueron de carácter individual: en los enterramientos más antiguos, triángulos y trapecios de sílex, más o menos microlíticos, a más de espátulas de hueso tipo San Martín-El Miradero; en los más modernos, puntas de flecha romboidales o pedunculadas con retoque plano; en la generahdad, láminas-cuchillo, hachas pulimentadas y una pléyade de cuentas de collar. Sólo en casos contados, vasijas cerámicas (Delibes yRojo, 1992)(Fig. 4). Avanzar más en el intento de reconstruir el ceremonial funerario que regía en los megalitos de La Lora es, sin duda, empresa difícil aunque factible a través de otros detalles: la aplicación de ocres a los cadáveres (Las Arnillas); la existencia de puntos de fuego en las cámaras (¿sólo para la iluminación?); las concentraciones de cráneos -como la atestiguada en el acceso de Las Arnillas-formando auténticos nidos bien segregados de los cameros u osarios generales; el reconocimiento no excepcional de trepanaciones o la identificación, de nuevo en Las Arnillas, de un soberbio puñal sobre fémur humano que no cabe sino considerar reliquia relacionada con alguna suerte de culto a los antepasados (Delibes ^ía/í7,1986). Inclusive las pocas eviden-cias de arte megalítico captadas en los sepulcros de este espacio -las cazoletas y los esquemáticos antropomorfos, pintados, de El Moreco o el pseudoarte ("arte natural") de las losas del pasillo de Las Arnillas (Delibes y Moreno, 2000)-hubieron de tener significado propio en el marco de ese ritual del que apenas somos capaces de reconocer las líneas maestras o los trazos más gruesos de su complejo diseño (Delibes y Rojo, 1989). Cerca de una veintena de dataciones de C-14 sirven de apoyatura a las consideraciones cronológicas y evolutivas sobre este foco megalítico. Las fechas absolutas de un túmulo predolménico (El Rebolledo) y de los megalitos simples de tipo Fuente Pecina II vienen a situar el punto de partida de esta arquitectura funeraria monumental hacia mediados del IV milenio a.C. (mitad delV milenio cal BC). La plenitud de los sepulcros de corredor, a juzgar por los datos de La Cabana, El Moreco o Las Amillas, tuvo lugar en torno al año 3000 a.C. y la clausura de los mismos -en El Moreco plasmada en un bloqueo concienzudo y sistemático del pasillohubo de acaecer sobre la mitad del III milenio pues el osario del sepulcro gemelo de Las Arnillas aun estaba abierto poco antes del 2600 (Delibes y Rojo, 1997). Nada de ello, sin embargo, impide reconocer que, con posterioridad, los dólmenes recuperaron parte del protagonismo perdido. Elementos significativos de ajuar campaniforme (una punta Palmela en La Mina, botones perforados en V en Las Arnillas), asociados en ambos casos a bien típicas cerámicas incisas de tipo Ciempozuelos (Fig. 5), demuestran que los personajes más destacados socialmente de la plenitud de la Edad del Cobre, como los de otros muchos espacios peninsulares por esta misma época, sintieron también en La Lora burgalesa la necesidad de recuperar la tumba atávica para mejor reivindicar su vinculación al linaje divino de los antepasados, por más que algunos de sus contemporáneos dieran cuenta de su distinción construyendo sepulturas de nueva planta, aunque asimismo tumulares, como son en esta zona las de Tablada de Rudrón y el Paso de La Loba (Campillo, 1985; Rojo, 1989). Algunas ofrendas de época incluso más avanzada -cerámicas lisas de fondo plano de San Quirce, un vasito inciso de tipo Arbolí en Ciella o una fíbula de codo en Las Amillas-, por desgracia mal contextualizados, dan pie a sospechar una situación análoga en la Edad del Bronce, aunque en este caso, como en el de los materiales de época histórica más avanzada (romanos, medievales, modernos y contemporáneos), no puede descartarse la posibilidad de que se trate de simples pérdidas sufridas por antiguos buscadores de tesoros en cuya memoria sobrevivía la imagen mítica de aquellos cada vez más incomprensibles monumentos. El proyecto aplicado durante años al estudio de los dólmenes de La Lora no ha vivido en ningún momento de espaldas a la necesidad de completar la visión de la época a la que tales monumentos corresponden con datos sobre el modelo de poblamiento, las actividades subsistenciales o las formas de organización social de las comunidades usuarias. Por más que los documentos más sobresalientes del registro arqueológico fueran las tumbas, no Fig. 5. Vaso campaniforme y botones de hueso perforados en «V» de Las Arnillas, Moradillo de Sedaño (Burgos). podía pasarse de puntillas sobre esos otros aspectos más difíciles de captar reproduciendo una vez más la imagen fantasmal de tumbas sin vivos que, tan gráfica como justificadamente, dieron pié a Fleming a hablar de una "civilización de muertos" (Delibes, 1991). El empeño por superar ese absurdo ha sido considerable -mucha prospección sistemática y dirigida y mucha encuesta en el medio rural para dar con los habitats de la población megalítica-pero, siendo sinceros, los resultados no han estado a la altura del esfuerzo realizado. Nos queda una pequeña duda sobre si aquellas comunidades no pudieron morar -como las históricas-en los valles profundos y estrechos de la red del Ebro-Rudrón y es duda difícil de despejar por cuanto el fondo de los mismos presenta hoy un espeso manto de arcillas y clastos de aporte relativamente reciente (en el barrio de Lagos, aguas arriba de Sedaño, en el curso del Moradillo, los sondeos para cimentar un moderno edificio alcanzaron, tras más de una decena de metros de excavación, un nivel de turba rico en maderas que se presume tardiglaciar), que enmascararía eficazmente cualquier resto anterior. En todo caso, no es esta nuestra hipótesis favorita por cuanto el valle, con un terrazgo ínfimo (hoy una estrechísima tira de huertas) e incómodo (suelos pesados, amenazados de forma permanente por la invasión arbórea), no parece el medio más adecuado para satisfacer las necesidades de unas comunidades agrícolas embrionarias. Por ello nos decantamos más bien por la idea de que estas escogieron para el asentamiento los valles altos y los bordes de los páramos con modestos puntos de agua, allí donde precisamente encontramos documentos -restos de industrias laminares, con geométricos de doble bisel y alguna punta romboidal; cerámicas muy toscas; morteros y molinos de mano, algún hacha puli- Tab. 1 Dataciones C-14 de distintos sepulcros dolménicos del área de Sedaño (Burgos). mentada...-atribuibles a este momento final del Neolítico (Tab. Tales sitios son Canalejas, inmediato a Fuente Pecina, Las Casarinas, cerca de Ciella o La Nava Alta de Nocedo, a no demasiada distancia de El Moreco y, a tenor de la escasa entidad de sus estructuras, se diría corresponden a ocupaciones no largas, si bien el hecho -acreditado por análisis polínicos del suelo infratumular de El Moreco (2)-de que los campos de cultivo de cereal se sitúen asimismo en sus inmediaciones hace improbable que la totalidad del grupo humano se alejase resueltamente del sitio o de su entorno durante los 10 meses que en esta tierra dura el ciclo agrícola de secano (de octubre a no antes de agosto). No son pocos los argumentos, en fin, para sospechar que el territorio económico por excelencia del hombre neolítico sedanes fue esa paramera adusta y pobre, ya por entonces (¿de resultas de la propia actividad humana?) despojada básicamente de una cobertera arbórea importante (Muñoz Sobrino et alii, 1996), en la que, no obstante, todavía encuentran hoy alimento suficiente los rebaños de ovicaprinos. (2) P. López (1988): Estudio palinológico del suelo ínfratumular del sepulcro de El Moreco, en Huidobro (Burgos). TRABAJOS DE RECUPERACIÓN, CONSOLIDACIÓN Y ADECUACIÓN EN LOS TÚMULOS MEGALÍTICOS DE LA LORA Por diversas razones, todas ellas fáciles de comprender, bastantes de los monumentos a presentar al público se hallaban en el momento de decidir su recuperación en una situación muy precaria. Ello era, en gran medida, debido al expolio brutal al que habían sido sometidos a lo largo del periodo histórico (especialmente visible en El Moreco), del que da cuenta muy expresivamente el topónimo de uno de los yacimientos: La Mina. En otros casos puede sospecharse que parte de dicho deterioro fuera consecuencia de demoliciones deliberadas, como las que han llegado a acreditarse en dólmenes de áreas próximas, para sancionar la clausura o condenación de las tumbas en época todavía prehistórica (López Calle e Ilarraza, 1997). En los tramos iniciales, inmediatos a la cámara, de los corredores de Las Arnillas y Porquera de Butrón existe constancia, al contrario, del desplome, seguramente accidental de algún dintel de cubierta cuando los monumentos se hallaban aún en pleno uso, como se desprende de la inclusión de dichas cubiertas en los niveles funerarios correspondientes (Delibes ^í a///, 1986). Y, por qué negarlo, la propia excavación arqueológica, que en un primer momento contribuye a una presentación limpia, ordenada y más o menos ennoblecida de las arquitecturas, acaba actuando -y sus efectos desoladores tardan poco más de un invierno en hacerse notar-como un nuevo factor si no de destrucción sí de desestabilización de los yacimientos, como hubimos de reconocer tras bien merecidas denuncias de la prensa provincial sobre la penosa situación en que los arqueólogos dejábamos, después de su disección, la antes airosa mole tumular de El Moreco. La selección de los monumentos a incluir en el Itinerario, de entre la docena de los excavados, estuvo condicionada en parte, como dijimos ya, por su accesibilidad -la decisión de desestimar Fuente Pecina responde a este criterio, bien a nuestro pesar dada la personalidad arquitectónica de sus túmulos-, pero también por el grado de arrasamiento de las construcciones. Los dólmenes de San Quirce, Ciella o La Mina mostraban tan abrumadora devastación que se optó por refosilizarlos bajo improvisadas moles neotumulares, devolviéndoles en lo posible su sobrio aspecto original. En los demás casos, de cara a la revitalización, esto es a hacerlos comprensibles estructuralmente y a frenar su deterioro, se planearon labores de consolidación, de restauración e incluso de recuperación, aunque siempre huyendo de falsificar y de los excesos de la reinvención ya que, como ha señalado Represa, arquitecto director de dichos trabajos, la filosofía seguida evitó la tentación de cualquier reconstrucción insuficientemente documentada y sin el necesario apoyo científico por ser algo censurable como postura ideológica en la restauración. Lejos, pues, del "síndrome Disneylandia" o de la idea postmodema, ingenua o perversa, de que el Patrimonio no se hereda sino que se crea (Junyent, 1999: 21), no ha habido más añadidos que los obligados para hacer inteligible ISL forma monumental y éstos siempre supeditados a una documentación fidedigna. Los monumentos apenas si han sufrido una mínima recreación, nada agresiva, no existiendo el menor problema de reversibilidad en lo acometido. La intervención en las estructuras propiamente megalíticas, más allá del apuntalamiento o de la opción de enderezar alguno de los ortostatos a fin de devolverles su verticalidad primigenia, se ha orientado fundamentalmente a la restitución de las losas imprescindibles (sucede en Las Arnillas, El Moreco, Porquera o La Cabana) para garantizar la estabilidad del conjunto y, no menos importante, para conseguir una impresión de ambiente cerrado. en el caso de las cámaras, y de dromos, de lugar de paso, en el de los corredores. En todo momento se ha huido del empleo de losas labradas artificialmente, recurriéndose a bloques naturales, de calizas locales tableadas, como las aprovechadas en su día por los constructores megalíticos, con lo que se logra cierta homogeneidad para el conjunto de la construcción que, en modo alguno, puede provocar en el espectador confusión entre lo auténtico y lo añadido por cuanto los nuevos elementos portan como distintivo un contraste metálico. Nunca las nuevas losas hincadas, en todo caso, se han colocado discrecionalmente, invocando por ejemplo razones de simetría, sino de acuerdo con la posición -y respetando las dimensiones-de las originales, cuyas improntas excavadas en el suelo del páramo no ha sido difícil, en la mayor parte de los casos, distinguir. Excepcionalmente, cuando los nuevos ortostatos, por problemas de falta de regularidad, no ajustan con precisión con sus vecinos, han podido presentarse (El Moreco) huecos o lagunas entre los mismos que podrían zapar los túmulos y producir derrames de sus tierras en el interior de los monumentos; es problema también advertido en la arquitectura original de Las Arnillas o de La Cabana y que, como entonces en ellos, también se ha solucionado recurriendo a labores menores -auténticos parches-de mampostería en seco o de tapas de cara plana. La sumisión del proyecto a la información arqueológica ha llevado, en perfecta sintonía con la idea de una recuperación blanda o poco agresiva, a no actuar en las cubiertas camerales.Ya se ha señalado la importancia que damos a que el visitante participe de la sensación de acceder, llegado a la cámara del megalito, a un recinto cerrado: es el espacio sagrado del interior del monumento, frente al exterior profano. Y nada es más evidente que tal sensación se habría conseguido de forma mucho más eficaz introduciéndole en un recinto techado como no tenemos la menor duda fué en su tiempo la susodicha cámara. El desconocimiento de cómo fué, en rigor, tal cubierta y la circunstancia de que no hayan sobrevivido, en ninguno de los monumentos excavados en la zona, evidencias indirectas más o menos concluyentes de su sistema constructivo han obligado a prescindir de ella, al precio de producir un problema de encuentro entre las partes cimeras de las paredes megalíticas y las cotas más altas -a un nivel superior-del túmulo envolvente. Un problema resuelto por medio de un plano de derrame de este último en cono o caldera volcánica que, además de inducir al espectador a la sospecha de que alguna vez hubo de haber allí la cubierta que hoy no existe, le hace partícipe también de la importancia y del sentido de la estructura tumular. No se ha planteado ese mismo problema con las tapaderas del corredor, que se saben planas por los hallazgos in situ de, sobre todo. Las Amillas y La Cabana, lo que animó al restaurador a restituir las caldas e incluso a añadir algunas otras no debidamente documentadas por entender que con tan recatada audacia se produciría más eficazmente en el visitante la sensación de transitar por un espacio restringido. La recuperación de los túmulos fué, sin duda, otra de las tareas claves en el ejercicio de la restauración. Rebajados en algunos casos (Porquera de Butrón)(Lám. I) a resultas de la erosión y recortados irregularmente sus perímetros en otros (La Cabana) como consecuencia de su ubicación en áreas de cultivo, sólo en Las Amillas y Valdemuriel era evidente que la cota cimera de sus tierras estuvo en origen, por lo menos, al ras del extremo superior de los ortostatos de las cámaras (siempre los más altos de toda la construcción), mientras que en El Moreco, inclusive, se hacía evidente que la altura del túmulo había superado claramente a la de tales bloques, como prueba incontestable de que toda la estructura megalítica permaneció primitivamente sepultada bajo las tierras de aquel. De ahí la decisión de devolver su porte inicial a aquellos túmulos que lo habían perdido, máxime intuyendo que con ello -cual hubo de suceder en la prehistoria-los monumentos multiplican su presencia, adquieren mayor protagonismo en el espacio y aumentan la atracción en el espectador. Este, por tanto, al aproximarse al yacimiento (p.e. de Las Arnillas) no percibe más que un cuerpo cónico de tierra y sólo cuan-do gira en torno al mismo será capaz de descubrir la portilla o gatera de acceso al corredor, con lo que, todavía sin penetrar en ella, le será dado captar que existe un monumento interior por descubrir. En todo caso, el mencionado recrecimiento de los túmulos ha tratado de ser respetuoso con los procedimientos constructivos primigenios y no sólo por el prurito de ser fieles a los modelos. Ños referimos a que, como ya se ha anotado en el epígrafe inicial, los túmulos han contado sistemáticamente con corazas de piedra más o menos epidérmicas, hoy directamente bajo el tapiz vegetal o envueltas con él, las cuales se han reproducido con toda fidelidad en las reconstrucciones, bien es cierto que ello, más que nada, por saber que las calizas que las componen tienen una gran capacidad de absorber humedad y de retenerla, lo que propicia la formación y supervivencia de una cubierta de plantas rastreras (p.e. la gayuba o hierba viborera) que, insensibles al agostamiento general que sufre la paramera en pleno verano, ennoblecen con su verde brillante el aspecto de los montículos y acrecientan su visibilidad. A tenor de los resultados de las excavaciones, no parece que haya habido pavimentación o suelo artificial alguno dentro de los monumentos; debieron ser suficientes, pues, los naturales del páramo, constituidos por una estrecha capa de arcillas resultantes de la descomposición del omnipresente sustrato calizo. Sin embargo, en la recuperación de las ruinas se adoptó la medida de crear soleras nuevas, de una coloración bien distinta de la de los alzados de piedra, como procedimiento para subrayar la, por lo general muy regular, planta geométrica de las construcciones. Se trata de suelos de arcillas compactadas mecánicamente y estabilizadas con silicatos de etilo que, si bien en épocas lluviosas muestran un elevado grado de plasticidad, en la larga etapa seca deparan superficies firmes y lisas, limpias y cómodas para el tránsito. Una licencia en la restauración, sin duda, por lo que supone de crear una realidad que no llegó a existir, pero casi irrelevante al lado de la decisión de individualizar cada túmulo dentro de una construcción no menos inventada. Esta sí puede considerarse una medida discutible en el marco de la general filosofía restauradora; no menos polémica por lo que representa de menoscabo de la visión poetizada de una ruina arqueológica. Como contrapunto, sin embargo, el discreto vallado de piedra en seco es firme y disuasoria protección ante las roturaciones agrícolas abusivas o frente a los daños potenciales de un ga- nado que, en esta zona, se desenvuelve comunmente en semilibertad (Lám. La determinación de recurrir a estos recintos responde básicamente, no obstante, a otra razón: contribuye a significar la presencia de los monumentos y, sin apenas obstaculizar su percepción, pues hablamos de muretes muy bajos, que no superan los 80 cm, se reducen a una línea horizontal, de muy escasa entidad, sobre la que, entonces sí, con esa escala, los túmulos están en condiciones de transmitir su verdadera dimensión. Constituyen, por tanto, un muy discreto y útil marco de referencia, casi una escala, que resalta ese carácter de hito paisajístico y símbolo espacial que desde el mismo momento de su construcción creemos acompañó a estos enterramientos.,w*í -^^m%'^^^^^^E^¿^ Trabajos de recuperación y restitución en el túmulo de El Moreco (Huidobro, Burgos). En primer término, la tapia de demarcación del espacio acotado. LOS RECURSOS DIDÁCTICOS PARA LA VISITA Si el núcleo del Itinerario son, evidentemente, los cinco monumentos megalíticos recuperados, su simple exhibición no logrará aleccionar con solvencia al visitante más profano sobre las circunstancias históricas, sociales y económicas en que tales construcciones se desenvolvieron. Sencillamente los dólmenes, pese a su mayor o menor vistosidad, no se explican por sí mismos, de ahí la lógica preocupación de los promotores de la idea del Itinerario por dotar a este de una infraestructura informativa que contribuya a divulgar entre el público los mensajes de que son portadores y facilite su correcta interpretación (Hernández Cardona, 1998). Esta información se sitúa en niveles distintos: la hay que no es mucho más que una señalización de tráfico para facilitar el acceso a los yacimientos; se cuenta también con el auxilio de una guía de visita editada por la Junta de Castilla y León (Delibes et alii, 1993); en cada dolmen se ha instalado, además, un discreto atril con unos dibujos y un pequeño texto alusivo a algún aspecto relevante del mismo; y, por último, la oferta didáctica se completa con un Aula Arqueológica -en el pueblo de Sedaño-en la que, a través de paneles, de maquetas y de la recreación a tamaño natural de una cámara megalítica con su correspondiente osario, se proyecta una imagen accesible y sugerente de lo que fue en la comarca el fenómeno del megalitismo. Tanto los paneles informativos como el aula han sido diseñados, tomando como base el conocimiento derivado de la investigación y restauración, por el gabinete arqueológico Arquetipo. Los carteles generales de la ruta, de gran tamaño, con información básica sobre el contenido de la visita y sóbrela dimensión histórica de los dólmenes, y con un limpio y sencillo mapa en el que se localizan los cinco monumentos visitables, mas el aula, en relación con la red principal de carreteras, son sólo dos, ubicados en puntos estratégicos: San Felices de Rudrón, en la muy transitada carretera nacional 623, Madrid-Santander, desde donde se accede directamente a La Cabana de Sargentes, y Sedaño, en tanto reclamo para el aula instalada en los locales de su ayuntamiento y punto de partida razonable para iniciar el circuito hacia los páramos de Gredilla y Los Altos-Dobro, descender a Porquera de Ebro y, Rudrón arriba, acceder al ya mencionado pueblo de San Felices y aTubilla del Agua. Quien, con el ánimo de completar el circuito, desee una más prolija información sobre los monumentos que el de las postas previstas o, inclusive, no descarte, siendo aficionado a la excursión a pié, visitar los dólmenes no comprendidos en el Itinerario (en el caso de La Nava Negra o de la necrópoHs de Fuente Pecina sólo por razones de su difícil acceso en automóvil), encontrará el necesario auxilio para hacerlo en la Guía a la que nos hemos referido más arriba, con un texto general sobre el fenómeno megalítico en La Lora, con información sobre cada yacimiento -poniendo especial cuidado en señalar el camino más sencillo para llegar a él-y con un mapa de cierto detalle en el que figura la localización de los sitios arqueológicos de mayor interés. En los monumentos del Itinerario, empero, el visitante dispondrá de unos atriles que le facilitarán un muy tenue fondo de información básica, sin por ello dejar de aludir a algún aspecto parficular del T. P., 57, n." 2, 2000 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es dolmen contemplado. La determinación de qué es lo que habían de explicar estos atriles no estuvo libre de discusión, al dudarse de si procedía un discurso generalista sobre el megalitismo, el mismo prácticamente para todos ellos -coordenadas cronológicas, contexto socioeconómico y tecnológico de las construcciones, ritual y ofrendas, etc-, que cumpliese con el objetivo de aleccionar de forma más o menos satisfactoria a los visitantes de uno solo, cualquiera, de los sitios, u otro más particular que ilustrase específicamente sobre algún aspecto determinado del yacimiento, en evitación de repetir los mismos o muy parecidos mensajes, lo que no hubiera dejado de ser decepcionante para quienes completaran la totalidad de la ruta. Prevaleció, finalmente, la segunda opción y así, sin dejar de atender siempre a un mínimo de contextualización (los dólmenes son tumbas prehistóricas, del Neolítico, con una antigüedad de cerca de 6000 años, etc), se particulariza en cada caso: en Porquera, donde se exhumó en su día un notable osario, se insiste sobre todo en que aquellos monumentos fueron lugares de enterramiento colectivo diacrónico; en El Moreco, aprovechando el colosalismo de la construcción, se incide en los aspectos estructurales y arquitectónicos de la tumba para dar traslado al público del sentido de términos tales como cámara, corredor, ortostatos o túmulo; LasAmillas, con su sobresaliente presencia espacial y enorme campo de visibilidad circundante, dará pie a reflexiones sobre el mensaje territorial de los dólmenes o, utilizando palabras de Rojo (1990), a la exegesis de sus emplazamientos; en el panel de La Cabana, aprovechando la existencia de un conjunto de lastras naturales, análogas a las del dolmen, en la inmediata cantera del arroyo del Navazal, va a especularse, tomando como base la conocida experiencia de los dólmenes de Bougon (Mohen, 1980), sobre la precariedad y los costes de la "ingeniería megalítica", y en Valdemuriel se partirá del primitivismo y antigüedad de su peculiar arquitectura (un sepulcro de corredor embrionario, de mediados del IV milenio) para reflexionar sobre la profundidad de la trayectoria dolménica de la región y la evolución estructural de los monumentos. El Aula Arqueológica, ubicada como hemos adelantado en el edificio del Ayuntamiento de Sedaño y diseñada por Arquetipo (3), se plantea como objetivo principal "ofrecer una visión general del también el de los sepulcros de corredor. La disposición de la estructura genera curiosidad, sin duda, e invita a penetrar ( ¡ casi de uno en uno! ) al locus principal del monumento, máxime cuando fuera, en el patio, dos maniquíes se sirven de parihuelas para trasladar hacia allí un cadáver, explicitando con rotundidad el significado del lugar. Ya dentro, la imagen del calavernario, abigarrado y agobiante, con sus elementos de ajuar (hachas, láminas, geométricos y puntas de flecha de sílex o algún útil de hueso), se hará aún más solemne con una iluminación adecuada y con una voz enoj^^que ofrece pormenores de la ceremonia fúnebre sin eludir, por ejemplo, el sentido de un tercer maniquí, de forexpán, que espolvorea el mágico ocre sobre los enterramientos. El conjunto, sin duda, cumple con el deseo de enseñar lúdicamente aunque, a nuestro entender, tiene un peso excesivo en un Aula que por ello parece llamada antes alentertainment que a una labor más explícitamente formativa. A estas alturas de la iniciativa y ya sin posible retomo -el Itinerario es una realidad insoslayable, en la que se ha hecho una importante inversión económica encaminada a la conservación y mis en valeur de los dólmenes regionales-no dejan de asaltarnos ciertas dudas razonables sobre su futuro. En todo caso se trata de dudas relacionadas antes con factores de tipo infraestructural que con el interés intrínseco de los megalitos pues éste, vista la entusiasta acogida que se les ha dispensado antes de su recuperación y de ser difundida su existencia, se diría incuestionable. Pero no por ello pueden pasarse por alto determinadas circunstancias que, pese al interés de la iniciativa, podrían condicionar el éxito de la misma. A su favor juega, evidentemente, el hecho de que los nuevos incentivos arqueológicos vengan a sumarse a otros que han convertido en los últimos lustros la zona del Noroeste de la provincia de Burgos en un polo de indudable atracción turística. Un bello románico popular, que encuentra sus mejores exponentes en las iglesiucas de Moradillo de Sedano o Gredilla y, sobre todo, un patrimonio natural privilegiado, con los espectaculares cañones del Ebro y del Rudrón, con los recoletos hayedos de Huidobro o con las surgencias del Pozo Azul, en Covanera, como principales señuelos, servirán, así, de complemento (o viceversa) a la iniciativa del turismo arqueológico, lo cual no es poco importante ante el escepticismo de que ésta, por sí sola, pudiera llegar a ser el elemento dinamizador necesario para el desarrollo de una comarca tan deprimida como la nuestra. En el extremo opuesto, empero, operan otros factores menos favorables y que no dejan de proyectar alguna incertidumbre sobre el futuro del Itinerario. Tal vez, en nuestra opinión, el más preocupante radique en la descentralización de la visita, en el hecho de que esta se dirija no a uno sino a varios yacimientos separados entre sí por varios kilómetros. Por de pronto, ello ha impedido que se concentren los esfuerzos de la iniciativa en un único escenario, lo que supone diluir un tanto el efecto de ese primer impacto visual sobre los documentos a disfrutar que tan importante suele ser para el éxito de esta clase de empresas. Por razones obvias, sólo existe la posibilidad de contemplar un dolmen en cada sitio y, en cualquiera de los casos, lejos del lugar donde mejor se explica lo que son. ElAula, en efecto, tan importante para comprender la totalidad del mensaje del Itinerario, no deja de representar un centro informativo a distancia del que el visitante no dispone en cada yacimiento. Empaparse en el susodicho mensaje será posible, pues, sólo para aquellos que deliberadamente hayan decidido efectuar la totalidad del circuito, no para quien tropiece por azar con uno cualquiera de los megalitos de la ruta. Esta misma descentralización de los monumentos que se exhiben también habrá de suponer un obstáculo para lograr un control permanente sobre ellos e, indirectamente, para garantizar su conservación. Los dólmenes están expuestos a los rigores de una climatología adversa, sobre todo del hielo del largo invierno de la paramera, y mucho nos tememos que, en la absoluta soledad de estos campos, también estén llamados a sufrir los efectos del inevitable vandalismo. Hablamos de daños previsibles producidos en yacimientos (o en sus infraestructuras) situados en términos municipales distintos, a los que no será fácil poner coto ni hacer frente sin compromisos previos que obliguen a todos ellos, como habrán de obligar al Ayuntamiento de Sedaño a garantizar -es de esperar que reinvirtiendo lo obtenido en ella, porque el neoliberalismo apenas contempla otra opción que la del desarrollo sostenible-el correcto y regular funcionamiento del Aula Arqueológica instalada en sus dependencias. La Junta de Castilla y León ha aportado los medios necesarios para poner en marcha una iniciativa de conservación y de uso turístico de http://tp.revistas.csic.es los dólmenes de La Lora burgalesa, gestando un proyecto vivo e imaginativo para la preservación de tan notables monumentos prehistóricos; no cabe esperar sino que los municipios beneficiarios de dichas inversiones hagan suya la iniciativa y la arropen con similares interés y esfuerzo, pero lo cierto es que al día de hoy no existe la necesaria seguridad sobre ello porque en la Comunidad de Castilla y León aún está pendiente de sistematizar el modelo de gestión de este tipo de actuaciones (Fernández Moreno y Val Recio, 1999: 335). Un problema que podría, empero, no ser grave si se tiene en cuenta la proliferación de sugerencias sobre cómo hacerlo (Campillo, 1996). Todas las complicaciones mencionadas, relativas a la dispersión de los documentos arqueológicos del Itinerario y a la necesidad de impulsar sinergias con otros proyectos turísticos en la misma zona, y la propia responsabilidad de velar por la integridad de los valores históricos declarados, hacen aconsejable, en todo caso, que el Estado, aquí la Junta de Castilla y León, no se desvincule por completo, al menos inicialmente, de su funcionamiento, por más que la iniciativa privada en el futuro pueda ir jugando un papel cada vez más importante. Esa pretensión ya muy explícita y acaso no infundada de que el patrimonio arqueológico se convierta, de cara al turismo, en un verdadero pozo de petróleo, para nada ha de ser incompatible con una administración pública fuerte, garante de la conservación y el disfrute de unos bienes de valor contrastado más allá de su mayor o menor éxito como instrumentos de ocio (Junyent, 1999). Tipo de tumba Dolmen simple (?) Dolmen simple Dolmen simple Dolmen simple Túmulo no megalitico Túmulo no megalitico Túmulo no megalitico Sepulcro de corredor Sepulcro de corredor Sepulcro de corredor Sepulcro de corredor Sepulcro de corredor corto Sepulcro de corredor corto Sepulcro de corredor corto Sepulcro de corredor corto Sepulcro de corredor corto Sepulcro de corredor corto Procedencia
"Lo que resiste puede sobrevivir sólo en la medida que se integra" M. Horkheimer y Th. Se viene aplicando desde 1995 una normativa de protección sobre la zona arqueológica de Marroquíes Bajos, situada en el área de crecimiento de la ciudad de Jaén, que obliga a la realización de excavaciones arqueológicas antes de edificar. La conservación de algunos espacios y construcciones de interés ha requerido la modificación de proyectos de obra e incluso del planeamiento urbano, y ahora se plantea la necesidad de acondicionar estos sitios para la visita pública. Esta conservación arqueológica persigue mejorar la calidad urbana de este borde de la ciudad, considerando el aprovechamiento estrictamente turístico como un fenómeno tangencial a este propósito. Esta contribución tiene el propósito de presentar una primera reflexión acerca de la zona arqueológica de Marroquíes Bajos (en adelante Z.A.M.B.) como sitio musealizable, susceptible de acoger la visita del público después de cinco años de aplicación de una normativa de protección motivada por la urbanización del sector norte de la ciudad de Jaén (Figs. 1 y 2), que ha permitido el desarrollo de extensas excavaciones antes de la edificación. Esta normativa ha amparado varias decisiones de conservación, que afectan a espacios y elementos inmuebles aparecidos en distintos lugares de la zona arqueológica (Fig. 3). En este momento no se pueden presentar realidades acerca de la musealización de la Z.A.M.B., ni por supuesto evaluar las respuestas del público. Sin embargo, la experiencia de Marroquíes Bajos tiene un indudable interés, aunque sólo sea por la peculiaridad de este sitio, donde concurren circunstancias claramente diferentes a aquellas que observamos en la mayoría de las zonas arqueológicas musealizadas en nuestro país. Un parque arqueológico suele ser una zona delimitada y cerrada, generalmente situada en un ámbito rural, donde se concentran vestigios arqueológicos de periodos concretos que tienen un valor desmostrado por su excepcionalidad, monumentalidad y/o proyección científica, y casi siempre objeto de una gestión unitaria. Por el contrario, la Z.A.M.B. que pretendemos convertir en un parque arqueológico, contiene las huellas de un paisaje agrario modelado durante más de cinco mil años, dispersas en un ámbito urbano de nueva planta especialmente denso, donde la calidad monumental constituye una excepción, y además carece de una institución específica de gestión. En relación con este último aspecto, se debe subrayar que las funciones de protección, conservación y difusión de la Z.A.M.B. se encuentran radicadas en la Delegación Provincial de Cultura, atendidas por tanto con los mismos medios y recursos destinados a la gestión de varios millares de sitios arqueológicos en todo el territorio provincial. La Z.A.M.B. presenta estas singularidades en el panorama de los sitios musealizados y, sin duda, reúne ciertos requisitos comunes a la mayoría de los sitios arqueológicos que nunca alcanzaron un lugar en el camino de la difusión pública. La primera determinación de la musealización de la Z.A.M.B. se encuentra en la existencia de un Fig. 4. Secciones representativas del proyecto básico de adecuación funcional de la zona arqueológica de Marroquíes Bajos, Jaén (según Manuel IbáñezTorrero, arquitecto, y Arturo Ruiz Rodríguez, arqueólogo). contexto urbano inmediato, un ambiente considerado hostil para la conservación arqueológica que en nuestro caso debe constituir forzosamente el punto de partida del programa de musealización, y por este motivo va a ser objeto de reflexión y análisis en este trabajo. La segunda determinación de la musealización de la Z.A.M.B. procede de las especiales características dclproyecto de investigación, desplegado a través de múltiples actividades particulares que sólo están sometidas a condiciones generales de ejecución y a unos criterios mínimos de homogeneidad de la documentación, circunstancia inseparable del sistema de financiación adoptado. La continuidad de las excavaciones ha dependido de la financiación privada desde el momento que los promotores de obras acabaron asumiendo un forzado mecenazgo de la investigación arqueológica, que resultaba inexcusable si pretendían obtener la necesaria autorización administrativa para ejecutar los proyectos de edificación. Las excavaciones han servido desde luego para recuperar muestras y elementos muebles que entran regularmente en el Museo Provincial, y además han aportado memorias de actividades y documentación de campo depositadas en la Delegación Provincial de Cultura, pero también en varias ocasiones los resultados obtenidos han exigido modificaciones en los proyectos de obra, e incluso la alteración de las previsiones contenidas en el plan de urbanización, para preservar la integridad de determinados espacios y elementos inmuebles (Fig. 3). Estas decisiones de conservación han ampliado notablemente el horizonte del propio documento de catalogación, que en principio sólo contemplaba la conservación integral en las zonas verdes proyectadas en el planeamiento urbano aprobado en la fecha de la incoación del expediente. I. Trabajos de elaboración de molde para réplica de cabana de surco perimetral. Colegio de laVeracruz, Marroquíes Bajos (Jaén). Asimismo, una decisión relevante para la musealización de la Z.A.M.B. ha sido la redacción durante el pasado año del proyecto básico de adecuación funcional para la visita pública del área central (secciones principales en figura 4), y como continuación de otras actuaciones en materia de conservación acometidas en años anteriores, se debe reseñar también que en fechas recientes se han iniciado los estudios y controles ambientales necesarios para la preservación de algunas construcciones subterráneas mantenidas in situ, y se han obtenido réplicas de otras emergentes que debían ser removidas (Lám. Estas últimas iniciativas ponen de manifiesto la necesidad de una reflexión global sobre la musealización de la Z.A.M.B., que debe empezar por evaluar los resultados de las acciones emprendidas hasta ahora, para después establecer las directrices básicas de un programa de actuación en este campo. Este instrumento debe asegurar la coherencia final de los elementos y espacios conservados dentro de un único discurso expositivo, aún reconociendo como limitaciones evidentes que la investigación de la zona arqueológica va a continuar abierta durante bastante tiempo y que el propio objeto de la exposición todavía puede ampliarse a medio plazo. La preparación de esta contribución ha sido un estímulo en esta tarea, que la discusión se ha encargado de dirigir en múltiples direcciones. No se presenta a continuación el programa de musealización de la Z.A.M.B., sino una información básica sobre la problemática del sitio, seguida de algunos interrogantes acerca del significado de presentar al público los resultados de la investigación arqueológica, y de ciertas implicaciones contenidas en esta pretensión. Estas generalizaciones finales tal vez habrían sido innecesarias, si no fuera porque en la presentación de los lugares arqueológicos con frecuencia se ignora que toda exposición siempre encubre una intención y se encuentra inserta en un contexto, en parte plasmado en la conexión establecida entre el sitio y su entorno territorial, y porque casi siempre en esta particular forma de comunicación se presuponen injustificadamente determinados conocimientos que son básicos para lograr una efectiva transmisión de información, relacionados por ejemplo con las disposiciones previas del público, las connotaciones de los recursos expresivos utilizados o la legibilidad de las formas arquitectónicas originales. Esta reciente anomalía en la historia de la ciudad hace posible el conocimiento de la Z.A.M.B., y ahora la necesidad de un programa de musealización. La investigación arqueológica convencional, dedicada a ámbitos territoriales menos hostiles, no se había ocupado hasta este momento de Marroquíes Bajos, que empieza a estudiarse precisamente por la necesidad de conocer aquello que va a ser destruido. El volumen de la inversión acaparada por las excavaciones en laZ.A.M.B., desarrolladas de manera ininterrumpida durante los últimos cinco años (1), y en su mayor parte procedente de los agentes públicos y privados que promueven el crecimiento urbano, sólo se explica en la particular coyuntura de este sector económico. MARCO DE ACTUACIÓN Antecedentes Aún aceptando que los investigadores están dispuestos siempre a descubrir algo nuevo en un sitio arqueológico, la musealización significa normalmente el agotamiento final del proceso de registro, estudio e interpretación del sitio, realizado a través de un largo periodo de tiempo y, en ocasiones, tal vez enriquecido con las aportaciones de líneas de investigación diferentes. Por el contrario, la Z.A.M.B. conoce desde 1995 un tiempo dt descubrimiento permanente, que discurre paralelo al esfuerzo por ordenar y conocer la información para decidir acerca de la conservación. Las circunstancias de la invesügación en la Z.A.M.B. han solapado y confundido descubrimiento, conocimiento y conservación en un único tiempo, nuestro tiempo. Las razones de esta situación se encuentran evidentemente fuera del ámbito científico. La ciudad de Jaén ha experimentado en la segunda mitad de la década de 1990 una rápida expansión hacia el norte (Fig. 2), que se inserta dentro de una coyuntura general de crecimiento del negocio inmobiliario. Así, la extensión delimitada en el P.G.O.U. como suelo urbano consolidado o urbanizable va a representar en los primeros años del próximo siglo la mayor superficie construida que se ha conocido en la historia de la ciudad. La trama urbana unifica sin solución de continuidad tres enclaves que a lo largo del tiempo fueron ocupados de manera selectiva, resultado de diferentes estrategias de localización del asentamiento, como son el Cerro de Santa Catalina, el piedemonte de este promontorio y la planicie septentrional inmediata que conocemos como campiña. La Consejería de Cultura encarga en 1994 la realización de una prospección sistemática en el suelo urbanizable contemplado en el nuevo Plan General de Ordenación Urbana de la ciudad de Jaén (aprobación definitiva con fecha 1997), encaminada a detectar posibles afecciones al patrimonio arqueológico en este ámbito y proponer la introducción en el planeamiento de una normativa específica de protección. Estos trabajos inventariaron y delimitaron bastantes sitios arqueológicos en el entorno de la ciudad, incluyendo algunos dentro de los actuales límites de la Z.A.M.B., pero no consiguieron caracterizar suficientemente la continuidad de las evidencias arqueológicas que los movimientos de tierras de las primeras construcciones demostrarían en algunos de los sectores en vías de urbanización (U.A. n.° 23 y R.P n.M). El siguiente episodio son las paralizaciones de obras en ejecución en los dos sectores indicados con fechas 2 de marzo y 4 de mayo de 1995 (2). La legislación vigente establece un plazo de un mes para el mantenimiento de estas paralizaciones sin responsabilidades para laAdministración (art. 50.2 de la Ley 1/1991, de 3 de julio, de Patrimonio Histórico de Andalucía), tiempo considerado suficiente para conocer la naturaleza de los posibles restos y, en caso necesario, aplicar una figura de protección específica. Considerando los resultados de las primeras documentaciones y excavaciones urgentes practicadas en el periodo de vigencia de las órdenes de paralización dictadas por la Dirección General de Bienes Culturales de la Junta de Andalucía, y siguiendo uno de los procedimientos establecidos en la Ley 1/1991, de 3 de julio, de Patrimonio Histórico de Andalucía, se decide con fecha 13 de junio de 1995 incoar expediente para lainscripción específica de Marroquíes Bajos como zona arqueológica en el Catálogo General del Patrimonio Histórico de Andalucía (en adelante C.G.P.H.A.). Esta incoación se anuncia a los interesados con fecha 5 de septiembre de 1995 (finalmente publicada QÏIB.OJ.A. de 11 de noviembre) y afecta a una extensión aproximada de 30 ha, correspondientes a los sectores urbanísticos denominados R.P n.° 4, U.A. n.° 23, U. A. n.° 25 y otros inmediatos. El procedimiento de inscripción en el C.G.RH.A. se resuelve con fecha 7 de julio de 1997 {B.OJ.A. de 16 de agosto), introduciendo como novedad la incorporación a la zona arqueológica catalogada del sector denominado Suelo Urbanizable No Programado n.° 1 (S.U.N.P. n.° 1), que en el transcurso de la tramitación había dispuesto de un nuevo proyecto de urbanización, hasta alcanzar una extensión final de 129'29ha. La legislación andaluza contempla la redacción de unas instrucciones particulares para aquellos bienes afectados por una inscripción específica en el C.G.RH.A., aplicables desde el mismo momento de la incoación del expediente, que regulan la protección, conservación, investigación, difusión, etc. del mismo, y se superponen al ordenamiento urbanístico vigente. El texto de la inscripción recoge insistentemente la necesidad de una planificación global de la intervención pública en la zona arqueológica, pero remite el procedimiento de autorización de obras a la resolución de cada uno de los expedientes particulares sometidos a licencia municipal, que en la práctica hace inviable la adopción de medidas generales de protección, investigacióno conservación. Efectivamente, una normativa adaptada a las condiciones de ejecución de los proyectos de construcción y, tal vez, suficiente para La secuencia de la zona arqueológica se inicia con una antigua ocupación de la margen derecha del arroyo de la Magdalena, recientemente detectada en el sector denominado S.U.N.P. n.° 1, que sus excavadores fechan en el Neolítico medio. (3) La Gerencia Municipal de Urbanismo del Ayuntamiento de Jaén ha optado por esta solución cuando a propuesta de la Delegación Provincial de Cultura, libera de uso lucrativo la manzana C y el borde oriental de la manzana F mediante una modificación puntual del Plan Parcial del sector R.P. n.l 4, que supone para los afectados un incremento de la edificabilidad (número de plantas) en otras parcelas de su propiedad, o directamente la cesión de parcelas de titularidad municipal. De esta manera, se ha conservado el área central del poblado prehistórico y su conexión con las zonas verdes proyectadas previamente para conseguir una cierta continuidad del futuro parque arqueológico. te momento se adscribe a la Edad del Cobre, cuando emerge un extenso poblado permanente durante la segunda mitad del tercer milenio, que en un trabajo anterior considerábamos una.macw-aldea (Zafra y otros, 1999), un lugar situado a medio camino entre la comunidad parental y la ciudad que en este tiempo concentraba población y poder. Esta llamada macro-aldea era un espacio circular definido por un foso que encierra una extensión aproximada de 113 ha, donde se distribuyen campos de cultivo, necrópolis y áreas de habitación. El centro del poblado se define por un nuevo foso de trayectoria circular, reforzado en su lado interior por una muralla de adobes, que discurre durante dos kilómetros cercando una extensión de 34 ha. Este núcleo interior se ordena a su vez por tres fosos concéntricos y en las respectivas coronas se encuentran calles, espacios abiertos yprotomanzanas, amplias unidades domésticas que aglutinan cabanas, silos, pozos, hornos, etc. Las cabanas son indicativas de la variedad de recursos y soluciones arquitectónicas utilizadas, así se pueden encontrar parcialmente excavadas en el sustrato geológico, sustentadas con postes o construidas con adobes sobre un zócalo de piedras. La cronología absoluta de este establecimiento ha sido fijada en la segunda mitad del tercer milenio mediante fechaciones calibradas de muestras de carbón. Sin duda, las excavaciones no acabarán por recomponer una planimetría completa de este asentamiento, pero la documentación va a ser suficiente para revisar algunas ideas admitidas acerca de las formas del urbanismo primitivo, como también para volver a repensar sobre nuevas bases documentales el proceso de constitución de las llamadas formaciones socmlo^scomplejas. Después del año 2000 a.n.e. (en fechaciones calibradas), se produce la dispersión de la población, y probablemente entonces sucede la primera ocupación de la parte alta de la ciudad histórica. Sólo se han registrado en la Z.A.M.B. varios enterramientos en cista de mampuestos adscritos a la Edad del Bronce pleno, que son las últimas evidencias prehistóricas hasta ahora documentadas. Una aparente interrupción de la ocupación que se mantiene durante un largo periodo de tiempo, hasta alcanzar los episodios finales de la cultura ibérica. Hacia los siglos III-II a.n.e. se produce otra colonización de la Z.A.M.B., basada en una dispersión de pequeñas casas y en puntuales reutilizaciones de las antiguas construcciones subterráneas prehistóricas. Se trata de una economía agraria sustentada en los aprovechamientos de regadío, atomi-zada en minúsculas explotaciones, que pone en funcionamiento una red elemental de captación y distribución del agua (4). Coincidiendo con el cambio de era, se introducen instalaciones de nueva planta en esta ordenación agraria, como una almazara (5), un pozo y una cisterna (6), caracterizadas por modos de construir enteramente ajenos a la tradición ibérica, que por el contrario parece seguir vigente en los usos de la tierra y en la distribución del poblamiento. La ruptura de este modelo tardoibérico parece ocurrir en los años finales del siglo I d.n.e., cuando tal vez la constitución del municipio flavio de Aurgi, identificado con la actual ciudad de Jaén, motiva la implantación de formas más extensivas de explotación de la tierra, que reconocemos en una notable reducción de los sitios ocupados. La etapa tardorromana, documentada en una extensa necrópolis localizada en la cabecera del futuro bulevar y en el sector U.A. n.° 25, sólo ha sido reconocida en algunos hallazgos arquitectónicos dispersos. Después, la ocupación de época emiral se concentra en las márgenes de los principales arroyos sobre una extensión aproximada de 20 ha (Castillo, 1997), donde aparecen casas aisladas rodeadas de campos irrigados. Entre la segunda mitad del siglo IX y la primera del siglo X se produce un incremento importante de la población, entonces el asentamiento se dota de una rudimentaria urbanización, que entre otras cosas exige la reorganización de la red de distribución del agua, apareciendo una extensa huerta en las tierras bajas. Esta especial urbanización ha servido para definir un nuevo modelo de ciudad omeya, caracterizada por la coexistencia de varios núcleos separados espacial y funcionalmente (Salvatierra y otros, 1998). El establecimiento se destruye durante los enfrentamientos civiles de la segunda fitna, pero cierto tiempo después se vuelve a constatar la ocupación de algunas viviendas, que perduran durante los siglos XII y XIII. (4) Se puede encontrar una primera revisión de esta etapa en la memoria de iniciación a la investigación de D. José Luis Serrano Peña, titulada Aurgi: el municipio romano desde la Arqueología urbana de Jaén, 1986de Jaén, -1995, leída el pasado año en la Universidad de Jaén. (5) D. José Luis Serrano Peña ha anunciado la presentación de una comunicación sobre esta instalación en las I Jornadas Cordobesas de Arqueología Andaluza (Córdoba, 7 a 11 de noviembre de 2000), titulada Una almazara en Aurgi. (6) Según información facilitada por D. Vicente Barba Colmenero se encuentra en preparación su memoria de iniciación a la investigación sobre estas construcciones, que será presentada durante el curso académico 2000/01 en la Universidad de Jaén, bajo el título Sistemas hidráulicos de época romana en la zona arqueológica de Marroquíes Bajos, Jaén. La desarticulación de la Z.A.M.B. como un núcleo urbanizado ocurre con la conquista castellana de la ciudad de Jaén en el año 1246, precedida de un largo asedio, que motiva el abandono de casas, necrópolis, canales, norias y acequias. La repoblación cristiana presenta un impacto bastante menor, limitado a algunas edificaciones aisladas y a la construcción de un alfar. La recuperación del dinamismo de este ámbito agrario se data en el siglo XVI, cuando se levantan cortijos y caserías rodeados de olivares y huertas. Desde este siglo se observa la sucesión en la zona arqueológica de distintas coyunturas expansivas y regresivas de la economía agraria, pero en todo momento se mantienen los usos agrarios de la tierra hasta experimentar su colapso final con la urbanización de 1995. IL Trabajos de cubrición con malla geotextil de cisterna romana, borde oriental de manzana F (R.P. n. 1 4), Marroquíes Bajos (Jaén). Los trabajos de campo vienen recuperando exhaustivamente todos los elementos muebles hallados en las excavaciones, como también un extenso repertorio de muestras (sedimentos, fauna, polen, C-14, semillas, materiales de construcción...) procedente de toda la secuencia estratigráfica de la Z.A.M.B. Estas muestras y materiales pronto alcanzaron un importante volumen, y hacia el año 1996 los almacenes del Museo Provincial mostraban ya un cierta incapacidad para seguir recibiendo las entregas semanales, siendo entonces habilitado un antiguo silo de cereales como espacio para los depósitos de la Z.A.M.B. Este fondo de muestras y materiales va a seguir abierto a la investigación durante años, y sin duda los resultados que se obtengan unas veces complementarán, y otras modificarán, nuestro conocimiento de la zona arqueológica, aportando en este caso nuevos contenidos del discurso expositivo. Asimismo, el proyecto básico de adecuación del área central redactado por el equipo interdisciplinar compuesto por Manuel Ibáñez Torrero, arquitecto, y Arturo Ruiz Rodríguez, arqueólogo, contempla la construcción en el lado meridional de la manzana C del R.P n.° 4 de una plataforma de acceso al parque (ver sección en figura 4), apoyada exclusivamente en el límite de la calle, destinada entre otras funciones a albergar un uso cultural. Se puede imaginar en el futuro este espacio como contenedor de algunos muebles seleccionados y representativos de la secuencia histórica que ahora están siendo retirados de la zona arqueológica. En efecto, tanto la continuación de la investigación, como otras oportunidades que ahora apenas podemos valorar, van a condicionar la realización final del programa museográfico, por el momento enumeramos a continuación algunos de los espacios y elementos inmuebles conservados en estos años para construir el armazón de ese programa. Se trata de un repertorio de elementos originales distribuidos en toda la Z.A.M.B. (Fig. 3), elegidos por su capacidad para ilustrar distintas maneras de habitar la zona arqueológica a través del tiempo, que forzosamente van a estar cruzados por el urbanismo y las formas arquitectónicas de la ciudad de nuestra época. La primera decisión que implica una conservación de cierta envergadura se realiza en la manzana E del sector U.A. n.° 23 durante 1996, donde la Sociedad Municipal de la Vivienda proyectaba la construcción de viviendas sociales. Se procede entonces al levantamiento controlado de una puerta de mampostería de la muralla prehistórica y otras construcciones en piedra cercanas para su posterior reubicación. La localización de una cisterna (Lám. II) y un pozo de mampostería de época romana y de viviendas islámicas en el borde oriental de la manzana F del sector R.P n.° 4, durante las distintas excavaciones realizadas en 1997 en este lugar, determina otra decisión de conservación, esta vez encaminada al mantenimiento in situât estos elementos. Esta decisión precipita una operación de mayor alcance para la conservación en la Z.A.M.B., la modificación del plan parcial del sector R.P. n.° 4, que elimina los usos lucrativos previstos inicialmente en este borde de la manzana F y en toda la manzana C. Este área constituiría el núcleo central del parque arqueológico sobre una extensión aproximada de 1 ha, coincidiendo con el centro del poblado prehistórico y donde se había observado una notable potencia de la secuencia estratigráfica de las siguientes fases de ocupación de la zona arqueológica. La elección de esta zona, todavía hoy pendiente de excavación en su mayor parte, estuvo motivada por el simbolismo de su centralidad en el poblado prehistórico, la amplitud cronológica de la ocupación constatada en las calles adyacentes y, en particular, por la posibilidad de conexión con las zonas verdes proyectadas. De esta manera, el parque arqueológico vendría a contener además del centro indicado, una sección representativa de toda la Z. A.M.B. donde sería factible la conservación in situ de los restos arqueológicos, que discurre paralela a los espacios dotacionales donde se viene demandando una conservación preventiva de los depósitos antiguos. Durante 1998 se emprende la primera intervención financiada por la Consejería de Cultura en el borde de la manzana F y en la calle adyacente, que tiene por objeto la primera adecuación de los restos conservados (Lám. También en esta intervención se decide, una vez explorada la calle inmediata, reinstalar el pozo de mampostería (Lám. III), preservando la distancia y la relación de axialidad que mantenía con la cisterna, pero consiguiendo un único plano de tránsito en el lado occidental del futuro parque. Este mismo año se levantan varias cistas de la Edad del Bronce para su traslado a otros puntos y, asimismo, se documentan otros enterramientos colectivos de la Edad del Cobre para su posterior recreación. Por último, las excavaciones previas a la construcción de una galería visitable en el lado occidental del bulevar pusieron de manifiesto la buena conservación de la muralla prehistórica en esta zona, y supusieron de hecho la interrupción de la obra que se venía ejecutando hasta encontrar soluciones de trazado alternativas, todavía hoy pendientes de aprobación por la Delegación de Cultura. Las decisiones de conservación más relevantes del pasado año consistieron en el mantenimiento in situ de las construcciones hidráulicas de época prehistórica localizadas en la manzana H del sector R.P. n.° 4, ocupando una extensión de 630 m^ entre los bloques de pisos, y de una almazara de época romana excavada en el extremo nororiental del S.U.N.P. n.° 1. También se procede durante este año al levantamiento controlado de dos pozos de noria..Iff"'^^ T^^ " ^^--^ ^" Pozo de época romana reinstalado en parque arqueológico, Marroquíes Bajos (Jaén). en mampostería de época islámica y de una cabana prehistórica construida con ladrillos. Para terminar esta breve recapitulación, se debe señalar que este año se han iniciado los controles ambientales para la futura musealización de una tumba en cueva artificial y de otros espacios asociados de la Edad del Cobre, localizados en las excavaciones previas a la edificación de un colegio, que supusieron la modificación de este proyecto de obra. También en esta misma parcela se obtuvo el molde de varias cabanas de surco perimetral (Lám. I), que se destruirían con la edificación, para permitir posteriormente una fiel recreación de las mismas. Finalmente, después de realizar una primera campaña de sondeos estratigráficos en las zonas verdes del sector S.U.N.P. n.° 1 colindantes con las zonas verdes del R.P. n.° 4, se ha decidido solicitar a la empresa promotora excavaciones sistemáticas destinadas a la integración de los restos arqueológicos que pudieran aparecer en las mismas, constituyendo por tanto la primera realización del parque arqueológico que en un futuro cercano será visitable, aunque por una paradoja sea precisamente el área situada en el fondo de la zona musealizada. HORIZONTE DEL DISCURSO EXPOSITIVO Disposiciones iniciales y destinatarios hipotéticos Se apuntaba antes que si bien existía un criterio general de conservación en la Z.A.M.B. establecido en las instrucciones particulares, como era la reserva de las zonas verdes previstas en la urbanización para la integración de los restos arqueológicos que pudieran aparecer en las mismas, todas las decisiones de conservación se adoptaron bajo unas circunstancias menos posibilistas y conciliadoras con el proyecto urbanístico. De acuerdo con el momento señalado en la normativa de protección, la Delegación Provincial de Cultura estaba obligada a decidir acerca de la conservación de un elemento en una precisa coyuntura, cuando se pronunciaba sobre la viabilidad de ejecutar cada proyecto de obra. Estas coyunturas sucesivas estuvieron delimitadas obviamente por los programas de edificación de los distintos sectores urbanísticos (U.A. n.° 23, R.P. n.°4, S.U.N.P. n.° 1...), que desde luego seguían un desarrollo ajeno a las necesidades de investigación y conocimiento del sitio, y por otro lado, por los resultados obtenidos en las excavaciones previas a cada edificación. Estas excavaciones aportaban una información limitada al contorno arbitrario de un solar particular, pero habiéndose sucedido de manera ininterrumpida durante cinco años, han servido también para proponer ciertas generalizaciones sobre el conjunto de la zona arqueológica, ciertamente provisionales y construidas ad hoc, pero que en cada momento aportaban el único argumento con valor comparativo capaz de sustentar las decisiones de conservación. En definitiva, se dispone de un objeto expositivo todavía abierto, que ha sido el resultado de decisiones concretas de conservación adoptadas en el transcurso de varios años, cada vez más apegadas a una comprensión global de la zona arqueológica. No obstante, hasta el momento ninguna de estas decisiones ha estado determinada directamente por los requerimientos de la musealización del sitio y, aún en menor medida, se han contemplado las necesidades de los destinatarios finales de la conservación. Por el contrario, ahora se pretende devolver el protagonismo en las decisiones de musealización al público hipotético de la zona arqueológica, y una primera medida en este terreno consiste en identificar a los destinatarios posibles, porque sus disposiciones tienen implicaciones evidentes en la construcción del discurso expositivo y en los recursos utilizados. Tal vez, no se deba esperar una satisfacción completa de las necesidades de todos los sectores del público reconocidos, sino un compromiso forzado entre demandas divergentes, dispuesto para ordenar prioridades y establecer criterios de actuación. Una indagación superficial en el comportamiento del público actual permite reconocer como mínimo tres modos de relación con la zona arqueológica, que reclaman formas específicas de ordenación espacial del proyecto museográfico. Un primer grupo se caracteriza por la exhaustividad de su acercamiento, demandando múltiples perspectivas y escalas en el reconocimiento de la zona arqueológica. Un segundo grupo persigue consolidar e ilustrar conocimientos adquiridos a través de itinerarios establecidos, desarrollando por tanto una experiencia limitada y dirigida a determinados segmentos de la zona arqueológica. Finalmente, quizás la mayoría de la población tiene una relación bastante casual con la zona arqueológica, porque se encuentra ante espacios que no ha buscado, que aparecen como simples intersecciones en sus líneas de tránsito, y por tanto este público va a tolerar los espacios musealizados sólo en la medida que éstos contribuyan a mejorar su percepción de la ciudad. En un primer momento, la zona arqueológica interesa a un público altamente especializado, que sin duda era atraído por los variados resultados de intervenciones realizadas, o en curso de realización. La atención de este público estaba motivada por el carácter extensivo de las excavaciones en Marroquíes Bajos, que además de dejar al descubierto construcciones singulares como fosos, casas, murallas o cámaras funerarias, ante todo permitían conocer la organización de sectores amplios del poblado prehistórico o del barrio hispanomusulmán, donde se podían reconocer formas de organización del espacio en una escala verdaderamente desconocida hasta hoy, al menos en relación con otros sitios del mediodía peninsular que presentan una parecida secuencia cultural. Estas visitas fueron atendidas desde la misma Delegación Provincial de Cultura, aunque también suponemos que en otras ocasiones fueron conducidas por los propios arqueólogos que dirigían cada una de las actividades. El principal valor de la Z. A.M.B. para este público por tanto no se derivaba de un hallazgo excepcional, sino del volumen y la exhaustividad de las actividades de excavación practicadas, bien porque aportaban nuevos argumentos en distintas controversias académicas, o bien porque anunciaban nuevas direcciones de la investigación sobre la Prehistoria reciente o la época medieval. Estas expectativas de los visitantes explican que primero nos interrogaran sobre las pautas de la documentación de campo y, siempre en segundo lugar, sobre los criterios de conservación aplicados. Este público tiende a formalizar ideas propias acerca de la organización del espacio ocupado y resulta especialmente sensible a las variaciones ocurridas en estos esquemas en el transcurso del tiempo, comprendiendo cada elemento conservado como un evento dotado de significado dentro de un tiempo y un espacio característicos de la zona arqueológica. Sin duda, este público va a exigir, de una parte, autenticidad en los motivos de exposición, y por esta razón a menudo cuestionará las reintegraciones formales o la alteración del emplazamiento original, y de otra, perspectivas de observación amplias y diversas, que faciliten la conexión visual de los elementos conservados a través de una red de hitos de referencia. Los escolares han sido hasta ahora el público más numeroso de la Z.A.M.B., y la visita programada con sus profesores ha consistido siempre en un itinerario parcial, que se trazaba de acuerdo con un tiempo limitado, sorteando las dificultades de acceso y pretendiendo mostrar la diversidad de evidencias conservadas. Este público procede mayoritariamente de centros de la propia ciudad de Jaén, donde el encuentro con Marroquíes Bajos completa la serie de tradicionales visitas culturales (Museo Provincial, catedral, castillo...), y se está ampliando a otras poblaciones cercanas (Mengíbar, Linares...). Los escolares reclaman con insistencia puentes formales, arguméntales y materiales entre las explicaciones recibidas y las evidencias observadas. Las demandas de este sector del público parecen justamente enfrentadas a aquellas apuntadas para el anterior. Si antes se subrayaba la originalidad de Marroquíes Bajos en varios discursos posibles, ahora las evidencias conservadas sólo son instrumentalizadas para probar la veracidad de una serie de conocimientos adquiridos previamente, relacionados casi siempre con la secuencia histórico-cul-de este público, pues la oferta turística en el marco provincial se encuentra dirigida hacia los parques naturales (en particular, Cazorla, Segura y las Villas) y la monumentalidad del Renacimiento (Baeza y Ubeda), bajo el lema Jaén, paraíso interior que promueve la Diputación Provincial. La Z.A.M.B. musealizada significaría simplemente un centro de interés secundario en la ciudad de Jaén, que a su vez constituye un destino secundario del turismo en la provincia. Nuevos contextos, nuevos significados Si obviamos la posibilidad de adquirir conocimiento o lograr nuevas aportaciones, cualquier actividad arqueológica se caracteriza ante todo por introducir una radical dislocación en un contexto preexistente. Los objetos y las evidencias arqueológicas son privados de su significado anterior, y sólo mediante la documentación obtenida alguien puede jactarse provisionalmente de su capacidad para recomponer cada una de las interrelaciones que son necesarias en la reconstrucción del sentido o sentidos originales. Esta situación a menudo impide reconocer la capacidad creadora de significados que tiene la actividad arqueológica, bien porque inserta materiales y muestras en unas nuevas relaciones espaciales, a veces ocultas en la oscuridad de los almacenes de los museos y otras veces desplegadas a la luz del día, o bien porque atribuye un significado novedoso a algo ya existente y accesible para el público. Dtspmcmda. oficialmente la posibilidad de aprehender un significado en un objeto aislado, que erróneamente se confunde con una valoración exclusivamente estética de su dimensión artística, las claves de la exposición arqueológica se concentran en las asociaciones descubiertas entre los objetos y en los significados atribuidos a las mismas. Los objetos cobran sentido en la conformación de una trama de relaciones espaciales, que forzosamente va a ocurrir en nuestro presente, ya tratemos de las asociaciones más sencillas y recurrentes (punta de flecha y astil, flecha y arco...), a las más complejas relaciones que caracterizan una sociedad o un paisaje. En todo caso, el recorrido de la simplicidad a la complejidad resulta siempre insuficiente en alguna escala, porque siempre va a existir un límite en la recreación expositiva de la trama de relaciones espaciales, una fisura insalvable entre la situación original de los objetos y la posición actual de los mismos inducida por la actividad arqueológica, que introduce un obstáculo para la comprensión de los vestigios por el público. Esta situación nos obliga a actuar como mediadores conscientes en un proceso de comunicación, donde como punto de partida no podemos excluir ningún recurso, ni ningún mensaje posible, del discurso expositivo, pues la eficacia de este proceso constituye el principal objetivo de cualquier programa de musealización. Escalas y recursos de (re)presentación Los paisajes destruidos y el mismo procedimiento arqueológico de recuperación de la información ntctsita.nintermediaciones cálidas para participar realmente en un proceso de comunicación, constituidas por todo aquello que se construye para reinsertar en nuestro tiempo una serie de objetos desplazados de su contexto original. Estos instrumentos dispuestos con el diseño del parque arqueológico persiguen materializar formas nuevas de apropiación y contemplación del espacio, como un requerimiento previo al enunciado de cualquier mensaje. Si la operación anterior tiene un cierto éxito, se pueden empezar a discutir los contenidos del discurso expositivo, que en el caso de la Z.A.M.B. nos proponemos reconducir a dos escalas principales, espacio local y espacio doméstico. Las investigaciones realizan sus reconstrucciones en alguna de estas escalas, y por tanto se pueden seguir utilizando como motivo de la (re)presentación pública de las mismas. La primera escala pretende facilitar una lectura de los sucesivos momentos de construcción del paisaje, recurriendo a la noción de iconema propuesta porTurri (2000: 21), como una unidad elemental de percepción o imagen que representa el todo. Reconociendo los indicadores fundamentales del paisaje de una época (topografía, vegetación o construcciones), se trataría de recomponer/^/a^" de sentido que actuaran como signos de un determinado iconema. La segunda escala de representación del discurso expositivo se centra en el descubrimiento arqueológico inmediato, donde encontramos relevante el concepto de cronotopo como una estructura de tiempo espacializado (Clifford, 1999: 38), una escena que sintetiza un tiempo y un espacio característicos de una cultura. Los cronotopos vendrían a completar los restos fragmentarios en el tiempo y en el espacio de distintos elementos recuperados por la excavación en puntos aislados de la zona ar- CONSTRUCCIÓN URBANA Y RECONSTRUCCIÓN ARQUEOLÓGICA Adecuación de lugares y sitios La diversidad de formas de conservación ensayadas en la zona arqueológica, comprendidas entre dos situaciones extremas como son el mantenimiento en su emplazamiento original de las construcciones recuperadas por la excavación o la simple documentación gráfica de las mismas, haría posible también una notable diversidad de formas de integración de vestigios concretos y de presentación pública de la información obtenida. No obstante, la coherencia del discurso expositivo demanda el establecimiento de una serie de principios uniformadores. Estos principios deben conciliar dos necesidades aparentemente contradictorias, de una parte fomentar la familiaridad del público con unos mismos recursos expositivos, que premian su disposición a aprender en el transcurso del itinerario, y de otra, subrayar el carácter único y exclusivo de cada sitio para contrarrestar el cansancio provocado por la reiteración de formas, motivos y centros de atención. Los principios de adecuación de los lugares y los sitios también deben ser examinados en varias escalas. Así, el principio uniformador más evidente se debe encontrar tanto en los indicadores, señales, soportes y demás mobiliario incorporado a los espacios expositivos, como en los temas, estructura y lenguaje de las narraciones textuales imprescindibles. Se debe perseguir en el primer aspecto una neta diferenciación formal con el mobiliario urbano circundante, de manera que estos elementos sirvan como hitos de referencia para el público, y su diseño debe procurar asimismo una cierta receptividad, que normalmente está ausente en la calle como ámbito exclusivo de tránsito. Por el contrario, se considera beneficiosa a media y larga distancia la incorporación de las referencias a la zona arqueológica en la misma señalización urbana existente (accesos, paradas de autobuses, puntos de información...), porque en esta escala se pretende enfatizar la posición de los espacios expositivos como una parte indiferenciada, permanente y cotidiana de la ciudad, destinada a conformar un aspecto inseparable de su propia identidad. Articulación de los espacios La ordenación urbanística de la zona arqueológica había sido concebida para resolver la única realidad existente en los inicios de la década de 1990, el borde septentrional de la ciudad consolidada, bloqueado durante años por la posición de la estación de ferrocarril, y su conexión con la carretera de Madrid y el polígono industrial. La idoneidad de las soluciones adoptadas viene siendo objeto de controversia, aunque alguna de ellas como la prolongación del Paseo de la Estación, que ha sido el principal eje de crecimiento de la ciudad en este siglo, encuentra una unanimidad casi completa. Esta ordenación ha sido moaiñca.dsipuntualmente para liberar de uso residencial-lucrativo la manzana C y el borde oriental de la F del sector R.R n.'' 4, donde se contemplaba la redacción posterior de otra figura de planeamiento (estudio de detalle o plan especial). Este desarrollo posterior del planeamiento debe ordenar la distribución de las zonas verdes previstas inicialmente, los nuevos espacios dotacionales creados con la modificación del plan parcial y las calles circundantes, para armonizar la futura realidad del parque arqueológico con su entorno urbano. No obstante, no existe todavía ni siquiera un avance de este documento de ordenación, que resultaría fundamental para evitar el aislamiento visual de los accesos e itinerarios del parque dentro de la ciudad. La coyuntura actual de la Z. A.M.B. presenta tres vertientes que van a condicionar el tiempo de ejecución y la materialización final del proyecto museográfico, relacionadas con la conclusión de las investigaciones urgentes, la progresiva ocupación de las viviendas y, sin ninguna duda, la cuantía y regularidad de las inversiones públicas. La financiación privada de las excavaciones prácticamente ha acabado en los sectores R.P. n.° 4 y U.A. n.° 23, donde se ha documentado la mayor intensidad de la estratigrafía arqueológica, y aunque va a continuar todavía durante otros cinco o seis años en el S.U.N.P. n.° 1, no se espera que en este sector alcance el mismo volumen, tanto por la realización de una investigación previa a la urbanización bastante exhaustiva, que en ocasiones ha exigido la modificación del proyecto para aminorar las afecciones, como por las mismas características de la edificación en este sector (viviendas unifamilia- http://tp.revistas.csic.es res). Esta circunstancia nos lleva a prever escasas novedades en los próximos años en los espacios y construcciones susceptibles de musealización fuera del parque central. La segunda vertiente señalada, la ocupación por los vecinos de las nuevas viviendas, se contempla como una oportunidad para agilizar tanto las obras de urbanización todavía pendientes, como la construcción de los espacios dotacionales, incluyendo el bulevar y el parque arqueológico, que se han presentado como reclamo publicitario por las sociedades promotoras. Los logros del movimiento vecinal en otro área de reciente crecimiento de la ciudad de Jaén, el barrio de Las Fuentezuelas, constituyen en este sentido una experiencia alentadora. Por último, el proyecto básico de adecuación del área central de la Z.A.M.B. (Ruiz Rodríguez e Ibáñez Torrero, 1999) ha cuantificado las necesidades de inversión pública y establecido un orden prioridades de las actuaciones imprescindible. El primer objetivo se concreta en la excavación arqueológica de la manzana C y otras áreas adyacentes, que según el proyecto será planteada haciendo compatibles los trabajos de documentación con la visita pública a los mismos. El desarrollo de este proyecto de investigación ha sido objeto de un convenio, suscrito recientemente entre la Consejería de Cultura y el Centro Andaluz de Arqueología Ibérica de la Universidad de Jaén, que tiene un periodo de vigencia de cinco años.
La magnífica conservación del registro arqueológico del Castellón Alto permitía reconstruir el urbanismo del poblado y la vida de estas poblaciones. Se han efectuado dos actuaciones con el objetivo principal de facilitar, además de la necesaria conservación, el acceso, la visita y la comprensión del poblado prehistórico por parte de un público mayoritario. La primera actuación se realizó en 1989 y los trabajos se centraron principalmente en la consolidación, restauración y cerramiento del área del yacimiento. La segunda se realizó en 1997 y se centró en el acondicionamiento y reconstrucción de una cabana y dos sepulturas. La oferta turística y cultural que ofrece el Castellón Alto se completará con la próxima apertura del Museo Arqueológico de Galera, donde se efectuará una interpretación de este poblado y de la cultura argárica, así como del resto de yacimientos de la zona. Terraza Superior Muros y-^ Estructuras domésticas Sepulturas: Calles \--^ Terrazas naturales N-^ Terrazas artificiales Terraza Intermedia Terraza Inferior Fig. 1. Situación del Castellón Alto (Galera, Granada) y planta general esquemática del área excavada con la ubicación de los cortes. El yacimiento se emplaza sobre un espolón que se destaca de los cerros colindantes y desde el que se domina una amplia extensión de terreno, extendiéndose también hacia la ladera del cerro contiguo (Lám. El Castellón Alto posee una serie de terrazas naturales en las que se situó el poblado, adaptándose a la configuración del terreno (Fig. 1). Un profundo barranco deja perfectamente delimitado el yacimiento hacia el sur, separándolo de un asentamiento más antiguo, de la Edad del Cobre, que se asienta sobre dos lomas más suaves. El yacimiento descansa sobre una antigua mina de yeso que hace que el cerro sobre el que se asienta esté totalmente hueco (Lám. I), lo que provoca la apertura de grietas en la superficie de la zona arqueológica. Esta original disposición junto a la frágil geología del lugar (yesos y margas) hacen que los problemas de conservación del lugar sean muy particulares y específicos, difícilmente referibles en cualquier otro lugar arqueológico. El Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Granada realizó dos campa-ñas de excavación prácticamente seguidas en 1983 (junio-julio y septiembre-noviembre) (Molina et alii, 1986). Los trabajos de excavación permitieron obtener una importante documentación arqueológica sobre todos los aspectos del urbanismo, economía, rituales funerarios, etc. que brevemente resumimos. El habitat se sitúa en dos grandes unidades (Fig. 1) conectadas entre sí: tlcabezo o espolón con sus tres terrazas naturales (Superior, Intermedia e Inferior) y la ladera oriental del cerro contiguo. En dichas terrazas naturales y laderas, separadas por altos escarpes, se procedió a cortar la roca virgen de forma artificial, construyendo diversas plataformas horizontales y escalonadas, que convierten la mayor parte del cerro en área habitable. Sobre estos aterrazamientos artificiales se situaron las viviendas, edificadas con un muro posterior que reviste la pared rocosa a todo lo largo de la terraza y otro muro delantero, paralelo al anterior, que configura un espacio rectangular, compartimentado por finos tabiques transversales formados por un entramado T. P., 57, n.° 2, 2000 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es Lám. Vista general del asentamiento sobre la vega del Río Castilléjar. de barro y cañas o por muros de mampostería de mayor envergadura. En algunas ocasiones, las habitaciones, para adaptarse al terreno, ofrecen plantas poligonales. El acceso a las viviendas se realiza a través de escaleras, que conectan las terrazas, y estrechas calles, así como, posiblemente, por los techos planos de algunas viviendas. Se han documentado tres fases constructivas del poblado: la primera, extendida por toda la superficie del cerro, termina con un incendio generalizado, tras el cual se realizan una serie de reorganizaciones de viviendas y en el sector oeste de la terraza intermedia se crea un espacio que debió utilizarse como establo. Esta segunda fase también termina con un incendio, tras el cual el habitat sólo se reconstruye en zonas puntuales. La mayoría de las unidades habitacionales del poblado tienen una o dos sepulturas en su interior. Se han documentado más de un centenar, de ellas una cuarentena violadas por excavadores clandestinos. Las sepulturas, salvo las inhumaciones infantiles en urna, son covachas arüficiales excavadas en roca, que en ocasiones se abren lateralmente a la base de una fosa vertical y fosas simples. Las covachas están selladas en su mayoría por grandes losas que se calzan con piedras y a veces se les antepone un múrete de piedras trabajado con yeso (Lám. II) y, en ocasiones, tablas de madera que sustituyen a las losas de piedra. La presencia de 16 sepulturas con inhumación doble, dos con triple, una cuádruple y otra quintuple, nos revela las importantes relaciones familiares, máxime cuando 11 de estas sepulturas son de parejas de hombre-mujer, indicando la importancia de los vínculos matrimoniales y el papel que jugaría dentro de la adquisición de estatus dentro de la comunidad. Se puede aventurar que existe cierta diferencia en la composición de los ajuares por sexos. En las tumbas masculinas son típicas las hojas de puñal, hachas de cobre y los vasos carenados de cerámica, apareciendo las copas asociadas a individuos de mayor estatus. En los enterramientos femeninos son corrientes, por el contrario, punzones de cobre y hueso, y entre la cerámica ollas y cuencos, apareciendo también las copas en ajuares de mayor entidad. Ambos sexos presentan adornos personales como collares, pendientes y pulseras. La magnífica conservación del registro arqueológico del CastelIónAlto, especialmente los restos orgánicos, ha permitido obtener una importante conocimiento no sólo del medio ambiente de la época y su explotación económica (Rodríguez-Ariza et alii, 1996, Rodríguez-Ariza y Ruiz, 1995), sino también de las bases tecnológicas de esta comunidad, analizando las principales manufacturas que tenían lugar en el poblado, desde la fabricación de los vasos cerámicos hasta el trabajo de la piedra, hueso y materias orgánicas como el esparto, el lino o la lana (Contreras et alii, 1997). Por tanto, los resultados obtenidos nos han permitido poder reconstruir el urbanismo de este asentamiento y la vida cotidiana de su población. Asimismo, por su situación sobre el río Galera (Lám. I), el yacimiento domina un amplio territorio, constituyendo una magnífica ventana a un ecosistema con una personalidad muy acusada, donde se desarrollan especies vegetales tínicas, características de medios áridos y yesosos, junto a una agricultura tradicional de regadío. Siendo conscientes de la oportunidad que ofrece este yacimiento arqueológico para la puesta en valor de lo recuperado, ofreciendo una lectura contextualizada de los diferentes elementos, el Departamento de Prehistoria yArqueología de la Universidad de Granada promueve los trabajos de consolidación, restauración y acondicionamiento del mismo, trabajos que se realizan en 1989. En marzo de 1996, como reconocimiento de sus aportaciones para el estudio de la Edad del Bronce y de la Cultura argárica, el Castellón Alto fue declarado Bien de Interés Cultural. Entre Noviembre de 1997 y marzo de 1998 se realiza una exposición sobre los yacimientos de Peñalosa y Castellón Alto en las ciudades de Granada y Jaén (Contreras et alii, 1997), que supone una concienciación de la población de Galera sobre el valor de su patrimonio arqueológico. A partir de este momento un grupo de jóvenes del pueblo se encarga del control de la visita. En la localidad de Galera se está construyendo un Museo Arqueológico, promovido por su Ayuntamiento, el cual servirá de centro de interpretación del Castellón Alto y del resto de yacimientos del municipio (Tútugi, Cerro del Real, FuenteAmarga, etc.). Los trabajos de consolidación, restauración y acondicionamiento del CastelIónAlto se realizaron entre el 15 de junio y el 20 de noviembre de 1989. El proyecto de actuación y dirección de los trabajos fueron realizados por Marcelino Martín, como arquitecto, Eduardo Fresneda y Fernando Molina, como arqueólogos, y M^ Oliva Rodríguez llevó la dirección técnica de todos los trabajos. La actuación fue subvencionada por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía. En el Proyecto de restauración y acondicionamiento del CastelIónAlto se contempló un apartado de excavación, con su correspondiente presupuesto. La excavación se planteó como apoyo a la restauración, con el objetivo básico de ampliar la zona de visita y ofrecer una visión más global del espacio en las diversas zonas del asentamiento, así como resolver algunos problemas de interpretación de los replanteamientos del habitat a lo largo de las tres fases estratigráficas. Los trabajos se centraron principalmente en la consolidación, restauración y cerramiento del área del yacimiento. El objetivo principal de la actuación era facilitar, además de la necesaria conservación, el acceso, la visita y la comprensión del poblado prehistórico. Por ello, no se actuó en todo el yacimiento, sino en aquellas áreas que contaban con una mayor superficie excavada y que podían oft*ecemos una visión lo más completa y comprensible sobre el urbanismo, la disposición interna de las viviendas y las sepulturas. La zona donde más se incidió fué laTerraza Intermedia del Cabezo, donde se conservan viviendas, separadas por una calle, con muros originales de más de 1,50 m de altura (Fig. 2). Por el contrario en varias zonas del yacimiento no se ha actuado, dejándolas cerradas al público, a la espera de una futura intervención que complete la puesta en valor del Castellón Alto. Este es el caso de laTerraza Inferior, con un acceso difícil y excavada sólo superficialmente, y del Sector occidental de laTerraza Intermedia ambas en el Cabezo y de las Terrazas Superior e Intermedia de la Ladera. Se describen a continuación cada una de las actuaciones realizadas: En la base de la senda de acceso al yacimiento el Ayuntamiento de Galera compró una parcela para la realización de un aparca-miento. Se realizó una gran explanada allanando la parte baja del terreno, mediante la excavación y rea-Hzación de taludes. El suelo se compactó con zahorra y grava traída del exterior. También se realizó una zanja por encima de los taludes para el desvío de las aguas pluviales. Se efectuó un terraplenado para la ampliación del ancho y mejora del perfil longitudinal y transversal. Para ello se tuvieron que realizar varios muros de piedra seca para la contención de las tierras en las zonas con una topografía más abrupta. El suelo, al igual que el aparcamiento, se mejoró con aportes de grava, zahorra y compactación. Con los trabajos realizados la estrecha vereda se ha transformado en un camino de acceso peatonal. Para el cerramiento del yacimiento por la zona norte se ha elegido la malla electrosoldada, adaptada a la pendiente del terreno con un perfil en catenaria. Esta permite la visión a su través lo que, junto su color pardo amarillento similar al del terreno, facilita su integración con el entorno. La rigidez se consigue mediante ángulos perimetrales de acero que sirven de marco a cada paño de Et'*' >.ji«^* ^^f' ^"" Lám. Castellón Alto (Galera, Granada). Vista general de la Ladera Oriental desde la Terraza Superior del Cabezo o Espolón. sobresalir del terreno unos 50 cm permite su utilización como ligera contención de las tierras, lo que posibilita la explanación de la zona de acogida. Uno de los paños es abatible y permite el acceso, cerrándose mediante candado. Junto a la puerta de acceso, en una zona sin restos arqueológicos, se ha explanado una pequeña área. En ella se ha colocado un plano xerografiado del yacimiento, en colores y con leyenda, inserto en soporte metálico de suficiente rigidez para soportar la climatología del lugar y su situación expuesta. Esta área sirve de zona de acogida a los visitantes y, por su situación sobre parte del poblado, permite recibir las primeras explicaciones sobre la ubicación y urbanismo del mismo. Desde el lugar anterior se inician los recorridos por el yacimiento con dos posibles alternativas: ascender y luego descender por la Terraza Superior o descender hasta la Ladera Oriental. La abrupta topografía del lugar, con fuertes desniveles entre terrazas y zonas del poblado, ha exigido que para la realización de los caminos se ejecutaran varias obras de acondicionamiento con más o menos grado de intervención: -para salvar el desnivel entre terrazas se han realizado escalinatas. En zonas exentas de estructuras arqueológicas se ha optado por el hormigón en masa, caso del acceso a la Ladera Oriental (Lám. III) y de las escaleras entre la Terraza Superior e Intermedia, y en aquellas zonas donde quedaban restos originales de escaleras (zona junto a la vivienda reconstruida) o posibilidad de utilizar parcial o completamente el propio terreno (corte 35 de la Terraza Intermedia, acceso a la zona inferior de la Terraza Intermedia) se han consolidado o reconstruido con piedras, para integrarlas en el contexto arqueológico; -por las características del poblado, situado en un espolón sobre el valle con fuertes escarpes de varios metros de altura, se hacía necesario realizar protecciones que aseguraran una seguridad en el recorrido. Así, en las Terrazas Intermedia y Superior donde las estructuras arqueológicas están próximas a los cortados y, por tanto, el recorrido se realiza junto a estos, se han realizado pretiles constituidos por tres cables trenzados y tensados que atraviesan tubos verticales de acero galvanizado, insertos en muretes de hormigón en masa empotrados en el terreno (Lám. Estos muretes y las protecciones se acomodan al perfil del terreno en cada lugar, excluyendo las nivelaciones. En las zonas donde existe suficiente espacio para la circulación de personas y el cortado está un poco separado, caso de la Ladera Oriental y de los accesos a ésta, se ha optado por realizar una protección a base de cables trenzados, aunque sin pretil de hormigón. Los elementos metálicos (tubos y cables) se han pintado con un color amarillo claro similar al tono medio del terreno natural buscando su mejor integración en el mismo. Igual intento ha sido la elección del tipo de protección, sencilla y firme, creando la menor ruptura posible con el medio circundante. Tan sólo en un lugar, delante de la vivienda restaurada, se ha restituido un auténtico pretil de fábrica de piedra, en el lugar donde se documentó su existencia (Lam.V). -Drenaje de aguas pluviales. La evacuación de las aguas que se recogen en las viviendas restauradas, que con el recrecido de los muros no tienen salida, se ha realizado mediante tuberías de PVC, enterradas bajo drenaje de grava y terreno natural. En algunos casos, se han aprovechado las grietas naturales del terreno, antes de su colmatación, para insertar las tuberías que vierten a las vaguadas y a los cortados. También se han realizado pasos a través de los pretiles de protección. Para evitar las arroyadas que afectaban a las estructuras arqueológicas de la Ladera Oriental se realizó una zanja por encima de toda la zona restaurada que, en caso de lluvia, desvía el agua hacia el barranco. La geología del lugar compuesta por niveles de areniscas, yesos y gredas, materiales frágiles y fácilmente erosionables por agentes atmosféricos como la lluvia, hacen que existan numerosas grietas en el poblado. Las existentes en la zona restaurada fueron colmatadas mediante vertido de mezclas de mortero con granulometría variable, acomodando la parte superior a la textura de la zona. -Consolidación y realzado de muros. Las estructuras murarías exhumadas en el transcurso de la excavación presentan diversos niveles de conservación dependiendo de la zona del yacimiento: en la Terraza Superior y en la Ladera Oriental las estructuras murarlas están incompletas por efecto de la fuerte erosión y de las propias remodelaciones del poblado (Lám. IVA); sin embargo, en laTerraza Intermedia existen muros de 1,50 m de altura y casas de trazado completo (Lám. Este hecho impuso que se realizara, por un lado, una consolidación de las estructuras en buen estado, hmpiando las oquedades internas y espacios entre piedras de tierra e inyectándole argamasa con cemento PY como aglomerante, para la parte extema con el fin de adecuarlas a su aspecto original. Después de diversas pruebas de morteros, se optó por una mezcla de tierra del lugar con látex al 50% y sikament, plastocrete y agua al 16,6% respectivamente. Las estructuras más incompletas se realzaron en una o dos hiladas de piedras, colocándose una fina línea de baldosas cerámicas de color rojo entre la zona original y la restaurada (Lám. Igualmente los frentes y coronaciones de muros fueron recubiertos con la mezcla anterior de tierra y resinas para unificar el aspecto general. -Reconstrucción y consolidación de cortes de terrazas. Debido a las características del terreno, de gran fragilidad ante la erosión, parte de los frentes de las terrazas después de ser excavadas sufrieron algunos deterioros. Para dar estabilidad al terreno e impedir que la erosión siguiera actuando en dichas áreas se reforzaron y consolidaron los bordes de algunas terrazas. En la Ladera Oriental y en laTerraza Superior se reconstruyeron varios frentes mediante muros de piedra con argamasa de hormigón, que fueron recubiertos externamente con la mezcla de tierra y resinas utilizada en los muros, con el fin de mimetizarlos con el entorno natural del yacimiento (Lám. -Reconstrucción y restauración de tumbas. En el poblado se han documentado tres tipos de sepulturas: en tinajas opithoi, utilizadas sólo para enterramientos infantiles, en covachas bajo las paredes interiores de las viviendas y en fosas bajo los pavimentos. Son las covachas las más numerosas y, por tanto, sobre las que se ha actuado preferentemente. La mayoría de ellas estaban afectadas por la erosión y la propia composición del terreno a base de gredas, que al abrir las sepulturas sufren un proceso de secado, provocando desprendimientos inmediatos del techo y las paredes. Para la reconstrucción de las bóvedas se ha utilizado la rasilla cerámica que fue totalmente disimulada con un enfoscado de mortero realizado con tierra del lugar, lo que le da un aspecto muy parecido al natural (Lám. Muchas de estas covachas han sido cerradas con las piedras originales de cerramiento, principalmente lajas que habían sido numeradas en la campaña de excavación, dejando otras abiertas para que se vea su estructura interna (Lám. Los suelos de algunas viviendas estaban realizados por un empedrado de piedras pequeñas y medianas, al que se superpone una capa de tierra de color blanquecino que creaba un pavimento más o menos uniforme. Se han restaurado los pavimentos de las viviendas del corte 13 (Lám. VA) en la Terraza Intermedia y la del Corte 34 (Lám. IVA) de laTerraza Superior, dejando una parte con el empedrado visto y otra con una lechada de mortero que lo recubre, siempre con el objeto de que se pueda observar la técnica de construcción. La calle que recorre laTerraza Intermedia en su sector más occidental se reconstruyó a base de grandes losas, según la documentación obtenida en su excavación. -Colocación de postes de madera. En los trabajos de excavación del yacimiento se pudieron documentar una gran cantidad de hoyos de poste que mantenían aún en su interior los restos de la madera. Estos postes, que sostenían la cubierta o formaban las jambas de las puertas de las viviendas, eran de pino carrasco. Gracias a la colaboración de la Delegación de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía pudimos obtener troncos de pinos. Estos se cortaron en fragmentos de menos de un metro, los que fueron quemados por uno de sus extremos, para que tuvieran el aspecto similar al de los originales. Posteriormente se consolidaron con varias capas de paraloid para darle consistencia frente a los agentes atmosféricos. Su colocación en varias zonas del poblado, siempre reemplazando a los originales, permite explicar el sistema de construcción de las viviendas. -Restauración de estructuras domésticas. Dentro de las cabanas se han restaurado algunos de los elementos constitutivos de éstas como bancos de piedra corridos, molinos y hogares (Láms. Las piedras de molino en el interior de las viviendas aparecían sobre una pequeña base de piedra que los sostiene y eleva para facilitar la molienda. Estas estructuras se han consolidado en casi todas las viviendas, así como la del gran molino existente en laTerraza Intermedia (Fig. 2). Igualmente, todas las viviendas disponían de un hogar, generalmente, con una estructura circular muy sencilla realizada con piedras, que en su mayoría se han restaurado y, en algunos casos, se han rellenado con tierra y restos de fuegos (carbón y cenizas) para hacerlos más comprensibles. Dentro del Campo de Trabajo Galera Argárica "vive tus orígenes " patrocinado por la Dirección General de Juventud de la Junta de Andalucía y promovido por el Colectivo Juvenil Natura-Galera, se realizaron trabajos de limpieza, complementándose con el acondicionamiento y restauración integral de una vivienda y dos sepulturas. Los trabajos fueron dirigidos por M^ Oliva Rodríguez-Ariza. -Reconstrucción de una habitación de la Virienda del corte 13, La habitación principal de la Vivienda del corte 13 tiene planta rectangular (Fig. 3). Fue construida con un zócalo de piedras, el cual está restaurado en su totalidad. Existe un banco corrido junto al muro de aterrazamiento, recubierto por una capa de adobe rojizo. También han aparecido cinco hoyos de poste en las esquinas y en el banco, que formarían parte de la estructura de sostén del techo de la vivienda. Uno de ellos, localizado en la esquina suroriental, era una reutilización de un enterramiento infantil (Sep. 92). El suelo se realizó con una capa de barro rojizo, asentada sobre un lecho de piedras pequeñas que servían para nivelar la superficie. La entrada se encuentra en la esquina suroriental y consta de un vano, al cual se accede por un pequeño escalón, junto a éste se encuentran dos hoyos de los postes que sostendrían la puerta o estera. Los trabajos de reconstrucción de la cabana se han realizado siguiendo el siguiente esquema: -Transporte de los postes, vigas y travesanos de pino. Para la realización de la estructura de la cabana hemos contado con pinos silvestres procedentes de la Sierra de Baza, proporcionados por la Delegación Provincial de la Consejería de Agricultura de la Junta de Andalucía» Los ejemplares proporcionados eran de dos medidas: unos de gran porte (15-25 cm de grosor y 2-3 m de largo), que han sido utilizados como postes, y otros más pequeños (entre 4-10 cm y 1-1,4 m de largo) que hemos utilizado como travesanos. -Nivelación y corte de los postes. Una vez ubicados de forma provisional los postes, se procedió a la nivelación de todos ellos, dando a los cinco junto al muro de aterrazamiento 10 cm más de al- yeso, sobre éste se ha añadido una mezcla de barro y resina sintética (Primal AC 33 al 5%), tanto por el interior como por el exterior (Lam.V B), dejando un aspecto terroso, que se inserta totalmente en el entorno. -Colocación de la cobertura vegetal Para la reconstrucción del techo de la cabana hemos utilizado principalmente cañas y anea, materiales que hemos obtenido en las inmediaciones del yacimiento, concretamente en la ribera del río Castilléjar y las acequias cercanas. Las cañas se han colocado de modo que cubrieran toda la superficie del armazón de vigas y travesanos, rellenando los huecos mayores con las aneas. La sujeción de esta cubierta al armazón de travesanos se ha realizado con cuerdas de esparto, formando una superficie lisa y ligeramente inclinada hacia el exterior (Lam. -Aislamiento de la cobertura. Se ha realizado en dos fases. En el mismo momento que se iban poniendo las cañas, éstas se cubrían con barro un poco líquido, con el fin de que entrará perfectamente por todos los huecos y trabará bien. En un segundo momento, la superficie de barro del techo se volvió cubrir con una mezcla de barro y resina sintética (Primal AC 33 al 5%), que dio consistencia al barro y permitió su conservación ante agentes climáticos como la lluvia. En el interior de la vivienda se ha reconstruido un hogar y se rellenó de cenizas y carbones, con el aspecto de haber sido utilizado recientemente. También se ha puesto como puerta una estera de esparto realizada a base de pleitas, que ha sido confeccionada por artesanos locales. -Reconstrucción de dos sepulturas. Se acon-dicionaron las sepulturas 18 y 19, que situadas en el corte 7 de la Ladera Oriental estaban realizadas en covachas en la pared posterior de las viviendas de esta zona (Lám. La restauración, realizada en 1989, ha permitido que en ésta ocasión sólo hubiera que limpiar los restos de tierra acumulados durante estos años, sin tener que reparar sus paredes o estructuras. Las réplicas de los restos óseos están realizadas en plástico (Somso-plast) por la casa comercial 3B de Alemania, que realiza modelos anatómicos de gran calidad. Estas réplicas han sido envejecidas con Betún de Judea hasta ofrecer un aspecto similar al de los restos antropológicos recuperados en las excavaciones. En la sepultura 18 sólo se ha colocado el esqueleto del individuo en posición, de los dos individuos que se habían documentado en la excavación, junto a la réplica de un vaso globular que tenía como ajuar. La sepultura 19 pertenecía a un individuo varón de 20-25 años de edad y 1,65 m de altura de complexión mediterránea robusta. Como ajuar ofrecía un cuenco carenado y un cuchillo junto al brazo derecho. También aparecieron restos de carne, documentados por un hueso de cabra. Este individuo presentaba la particularidad de tener la cabeza entre las manos fruto de una decapitaciónpo^í-mortem. En la restitución, tanto del esqueleto, como del vaso carenado y cuchillo hemos intentado ser lo más fieles posibles a la posición original en que se encontraron los restos. Una vez colocadas las réplicas óseas, cerámicas y metálicas las covachas han sido cerradas con cristales gruesos para permitir la visión del interior, pero a la vez servir de protección y evitar los hurtos (Lám. Proceso de reconstrucción de las sepulturas de la Ladera Oriental. VIL Castellón Alto (Galera, Granada). Aspecto de las sepulturas 18 y 19 tras la colocación de las replicas óseas, cerámicas y metálicas. ESTADO ACTUAL Y PERSPECTIVAS Después de una década de intervenciones se pueden valorar no sólo los trabajos de conservación y restauración realizados en el propio yacimiento, sino también la incidencia que han tenido en la comarca y de las infraestructuras necesarias para que se cumpla el objetivo principal de contribuir a la difusión del patrimonio y enseñar historia. En el Castellón Alto se realizó una importante inversión económica por parte de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía para su restauración y acondicionamiento, pero posteriormente no ha sido asignada ninguna partida presupuestaria para el mantenimiento del mismo, ni por parte de la administración autonómica ni de la administración local. Salvo los trabajos de limpieza realizados en 1997, no se ha eliminado la vegetación ni atenuado los efectos de la erosión y del paso del tiempo. En este yacimiento las labores de mantenimiento y limpieza son sencillas siempre que se realicen periódicamente; es por ello que hay que destacar la importancia no sólo de poner en valor nuevos yacimientos, sino también de mantener los que ya tenemos. Como se ha señalado anteriormente, uno de los principales problemas que ofrece este yacimiento arqueológico es el de la utilización de morteros que sean compatibles con la composición del suelo del lugar (gredas y yesos) y que soporten la enorme diferencia térmica existente, no sólo entre estaciones, sino entre el día y la noche, llegando a intervalos de más de 30°C en pocas horas. Los morteros con composición de gravas y arenas se han agrietado, resultando claramente incompatibles para el realzado de muros y estructuras arqueológicas. Sin embargo, la utilización de hormigón en las infraestructuras, como escaleras y pretiles, donde hay poco contacto con el subsuelo, ha sido positiva. El mortero realizado con tierra del lugar y resinas sintéticas cuando se ha utilizado encima de hormigón se ha desprendido, pero si ha resistido adecuadamente sobre las estructuras originales o sobre una base de yeso. Una de las observaciones que hemos realizado en el transcurso de estos últimos años es que aquellas estructuras o piedras que durante las campañas de excavación se cogieron con yeso presentan un aspecto y estabilidad inmejorables. Asimismo las paredes de la vivienda reconstruida del corte 13, realizadas con cañas, yeso y una capa de tierra mezclada con resina sintética están en perfecto estado, tras años de su construcción. Por tanto, a la hora de proyectar futuras actuaciones el tema de los morteros habrá de ser estudiado en profundidad. Para una adecuada interpretación y comprensión del yacimiento es necesario terminar de restaurar el área excavada del yacimiento, principalmente la Terraza Intermedia, pues la vivienda restaurada en 1997 queda aislada dentro del conjunto de estructuras arqueológicas. La restauración integral de este sector nos daría una visión de conjunto de un barrio del poblado, no sólo a nivel urbanístico y visual, sino que también nos permitiría reconstruir y explicar todas las actividades domésticas y artesanales que se desarrollaban, como la fabricación de útiles de piedra y hueso, la cestería o la actividad textil con la reconstrucción de un telar. La existencia de un panel informativo a la entrada del yacimiento se muestra claramente insuficiente para explicar al visitante las características del asentamiento, por lo que se hace necesaria la instalación de paneles con planos y textos explicativos en cada zona del poblado. Igualmente, es obligado la señalización de los itinerarios de visita del yacimiento. Dentro de este apartado de infraestructuras de apoyo a la visita se está terminando de acondicionar una cueva, junto a la explanada del aparcamiento, que servirá como zona de acogida de los visitantes y lugar desde donde se inicie el recorrido. En la base del yacimiento arqueológico hay una antigua mina de yeso que plantea una serie de posibilidades para complementar la visita al poblado prehistórico. En primer lugar es necesario la realización de un estudio sobre la resistencia del cerro y su nivel de estabilidad, para prevenir posibles T. R, 57, n.° 2, 2000 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es desprendimientos de rocas. Por otra parte, la. consolidación de la mina crearía un espacio donde se podría musealizar la actividad de fabricación del yeso, creándose un centro de interpretación sobre el entorno medioambiental del lugar, con una personalidad botánica, zoológica y geológica muy acusada, pues a la aridez de la zona se une la existencia de suelos yesosos y halófilos. Asimismo, la actividad agraria tradicional que aún se realiza en el valle del río podría ser estudiada, pues supone un inmejorable ejemplo de cómo las comunidades humanas se interrelacionan con el medio. La visita al Castellón Alto tendrá como complemento indispensable la visita al Museo Arqueológico de Galera, actualmente en construcción, y que promovido por el Ayuntamiento de la localidad y con el apoyo del Plan Leader de la Zona Norte de Granada, la Consejería de Turismo de la Junta de Andalucía, la Fundación Caja Granada y la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, servirá como centro de interpretación del rico patrimonio arqueológico del municipio, con yacimientos, junto al Castellón Alto, tan conocidos en la bibliografía arqueológica como el Cerro del Real (Pellicer y Schüle, 1962;1966) y la necrópolis ibérica deTútugi (Cabré y Motos, 1920). También será el centro desde donde se propondrán rutas y recorridos de especial interés arqueológico. En suma, el Museo de Galera se crea con voluntad de ser un centro cultural, científico y divulgativo de este importante legado arqueológico existente en el municipio y en la comarca de Huesear.
SEBASTIÁN CELESTINO PÉREZ (*) RESUMEN En los últimos años se están llevando a cabo una serie de intervenciones en el santuario protohistórico de Cancho Roano que desembocarán en los próximos meses en su definitiva apertura al público. Todos estos trabajos se han elaborado bajo sendos proyectos financiados con fondos europeos, por las administraciones públicas y por la iniciativa privada, pero sin que se haya abandonado en ningún momento el objetivo científico: así, se han realizado las excavaciones de los edificios inferiores y de las estructuras arquitectónicas del exterior, se ha levantado una nueva cubierta para proteger las nuevas zonas exhumadas, se han acometido obras de restauración, consolidación y restitución de las estructuras arquitectónicas, se ha llevado a cabo la compra de terrenos y la realización de un nuevo cierre del espacio protegido y, por último, se están finalizando las obras de un Centro de Interpretación junto al enclave para explicar al visitante el complejo monumental que van a visitar. El propio santuario ha servido de revulsivo para potenciar otros yacimientos de la zona y crear una infraestructura en la comarca cuyo objetivo es impulsar el turismo cultural. En el invierno de 1992, tras cinco años de intensos trabajos arqueológicos en el monumento de Cancho Roano (Fig. 1) gracias al sensible aumento de los presupuestos destinados al yacimiento, la Dirección General de Patrimonio de la Consejería de Cultura de la Junta de Extremadura me encargó la elaboración de un Plan Director donde se contemplasen todas las necesidades del enclave para proceder, en un plazo de cuatro años, a su definitiva apertura al público. Este ambicioso plan fue presentado oficialmente al año siguiente, pero no fue definitivamente asumido hasta 1995, año en el que, T. P, 57, n.° 2, 2000 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es paradójicamente, no hubo excavaciones arqueológicas en toda Extremadura, paréntesis que fue aprovechado para hacer una especie de catarsis colectiva de los arqueólogos que trabajábamos en la región, auspiciada por la propia Administración, donde se intentó elaborar, tras unas jomadas de reflexión organizadas enTrujillo, un "libro blanco" cuyo objetivo era crear una base sólida sobre la que desarrollar el rico patrimonio arqueológico de la región. Aunque la intención era digna de encomio, el resultado fue decepcionante, pues a la autocomplacencia de la Administración se interpuso una corriente crítica, minoritaria pero contundente, que abogaba por la protección de los Proyectos de Investigación en detrimento de las excavaciones dispersas y carentes de una estrategia para conocer las pautas del poblamiento pretérito o faltas de un discurso histórico que, por norma general, eran las que predominaban en aquel momento. Y parece que sin un reconocimiento explícito, esa corriente crítica se impuso claramente, aunque debido más a la influencia que ejercieron las normativas de otras Comunidades Autónomas, fundamentalmente la andaluza, que al denuedo de los investigadores extremeños más críticos. Fruto de la nueva estrategia elaborada para encauzar el patrimonio arqueológico extremeño fue el diseño de unas normas de actuación que desembocaron en la elección de los yacimientos más señeros de la comunidad para desarrollar en ellos actuaciones cuyo fin, además de la investigación, era acondicionarlos para darlos a conocer al público, acuñándose para la ocasión un término tan ambiguo gramaticalmente como exitoso entre la clase política: la puesta en valor. Para ello se escogieron los enclaves con mayor tradición en la investigación arqueológica que, además, reunieran algunos requisitos mínimos que justificaran la inversión que se pretendía realizar en ellos, como podía ser su monumentalidad, su accesibilidad o su situación privilegiada dentro de las rutas turísticas de la región, circunstancias que podrían atraer además a la iniciativa privada. Las consecuencias inmediatas han sido, por un lado, la selección de un número muy restringido de yacimientos que hoy se excavan en la región y, por el otro, la desaparición de los trabajos en sitios arqueológicos que, por no tener vistosas estructuras arquitectónicas, carecer de materiales atrayentes o estar apartados de la actual red de carreteras, están lejos de poder ser valorados por los potenciales turistas culturales. Buscar una armonía entre las dos alternativas no debería suponer la renuncia a los principios fundamentales del proyecto arqueológico de la región. En el primer caso se persigue que, al menos culturalmente, la inversión sea rentable, haciendo partícipes de las investigaciones y de los hallazgos a todos los interesados; la segunda sigue siendo una necesidad evidente tanto para encauzar la investigación arqueológica como para promocionar a las nuevas generaciones en esta difícil y dura disciplina. En este ambiente se han desarrollado los trabajos de Cancho Roano, donde se están llevando a cabo en los últimos años varios proyectos, tanto de investigación como de adecuación y musealización del yacimiento que, además, pueden servir de ejemplo para ilustrar las dos etapas aludidas. LOS ACATARES DE UN MONUMENTO SINGULAR Cuando Maluquer comenzó en 1978 las excavaciones en el enclave protohistórico, ubicado en el término municipal de Zalamea de la Serena, al Sureste de la provincia de Badajoz, ya intuyó que se trataba de un monumento con la suficiente enjundia arqueológica como para no plantear una simple intervención al uso en aquella época (Lám. Por ello, optó por organizar tres equipos que acometiesen diferentes tareas en el yacimiento: uno de la Subdirección de Arqueología del Ministerio de Cultura que él dirigía en ese momento, otro compuesto por arqueólogos extremeños y uno formado por profesores y estudiantes de la Universidad de Barcelona. IL Aspecto del santuario de Cancho Roano tras la campaña de 1985. La experiencia, desgraciadamente, no fue todo lo positiva que cabría esperar, por lo que las siguientes campañas las desempeñó casi exclusivamente con personal procedente de su departamento universitario, salvo alguna excepción de la que se benefició, por ejemplo, el que suscribe estas páginas. Pero si el problema arqueológico estaba relativamente solucionado a pesar de los escasos presupuestos que se destinaban al yacimiento, paliados en gran medida por la infraestructura que ofrecía la propia Universidad catalana así como por el trabajo de todos los que estábamos implicados en el Programa de Investigación Protohistórica, comenzaba a ser acuciante la necesidad de proteger y conservar las potentes paredes de adobe que se habían exhumado en los últimos años (Lám. II), de hasta 4 m de altura en algún caso, así como los suelos de arcilla o pizarra, los acerados de cantos rodados, etc. Las fuertes lluvias otoñales de la zona estaban deteriorando peligrosa y rápidamente uno de los edificios mejor conservados de nuestra Protohistoria. A la cada vez mayor escasez de recursos destinados al monumento, tanto humanos como técnicos, se le unía las reticencias de uno de los dueños del terreno, radicalmente opuesto a que se excavara parte del yacimiento si la Administración no accedía a adquirirlo. Esta desesperada situación se mantuvo hasta 1984, y ello a pesar de las continuas diligencias empleadas por Maluquer en la recién creada administración autonómica extremeña. En ese año se planteó incluso la posibilidad de terminar una de las habitaciones del sector septentrional del edificio para después proceder a tapar por completo el monumento y evitar así su destrucción. Pero el destino, en forma de flamante Directora General de Pa-trimonio, acudió en auxilio de Cancho Roano. En efecto, una vez instituido el nuevo gobierno autonómico, se creó la Consejería de Cultura con tres direcciones, generales, una de ellas dedicada al patrimonio arquitectónico y arqueológico, nombrándose para dirigirla a la entonces catedrática de Prehistoria de la Universidad de Extremadura Milagros Gil-Mascarell, ex alumna de Maluquer y, sobre todo, persona sensibilizada con los avatares arqueológicos de la región. No podemos olvidar que una de sus primeras decisiones fue encargar un proyecto de intervención urgente en el yacimiento en el que se contemplaba la construcción de una cubierta para preservar los restos constructivos (Lám. III), la expropiación de los terrenos ocupados por el edificio hasta ese momento conocido y el cierre de la propiedad adquirida. Todas estas actuaciones se llevaron a cabo en 1986, coincidiendo con la declaración de Bien de Interés Cultural del enclave. Sin embargo, la fuerte inversión destinada a desarrollar el proyecto obligó a restringir aún más la intervención arqueológica, y así, en las campañas de 1986 y 1987, el equipo lo componíamos tan sólo dos personas, con el profesor IVIaluquer ya muy enfermo y preocupado por resolver definitivamente algunos detalles de la excavación. En el año 1988 se produjeron dos hechos que cambiarían radicalmente la historia del yacimiento; en primer lugar, la muerte del profesor Maluquer tan solo unos días antes de comenzar la campaña, lo que obligó a reorganizar el equipo y los objetivos arqueológicos, hasta ese momento muy centrados en el edificio principal; en segundo lugar, la entrada de la inversión privada en el yacimiento, revulsivo que permitió sensibilizar definitivamente a las diferentes administraciones regionales. Esta acci- dentada campaña de 1988 fue recompensada por los magníficos hallazgos de las ofrendas que se exhumaron en las nuevas habitaciones o capillas que rodeaban por completo el monumento, rematadas en el sector oriental por la muralla y las torres que cerraban lo que ahora podía definirse sin ambages como un gran complejo arquitectónico. Los nuevos descubrimientos obligaron a prolongar el proyecto arqueológico, aunque no repercutieron significativamente en el aumento de la inversión. Pero un hecho extraordinario, que creo conveniente relatar sucintamente en estas páginas, iba a suponer un cambio radical en la trayectoria investigadora del yacimiento. En efecto, atraído por las noticias publicadas en la prensa sobre los últimos hallazgos de Cancho Roano, se interesó por el sitio un singular empresario de Badajoz, Bartolomé Gil Santacruz, conocido por su mecenazgo cultural en la región, quien tras visitar el lugar y mostrar su entusiasmo por los restos exhumados, puso a nuestra disposición los medios económicos necesarios para acometer una intensa campaña de excavación, así como los medios técnicos y humanos imprescindibles para desarrollar otras actividades hasta ese momento imposibles de abordar. Pero además, su inversión en los años siguientes, hasta 1994, provocó la reacción inmediata de la administración regional, que se vio obligada a igualar la financiación privada. Por lo tanto, se pasó de la penuria a la holgura presupuestaria, lo que supuso, por otra parte, una gran labor de gestión para encauzar los trabajos de los diferentes equipos españoles y extranjeros que comenzaron a participar, tanto en las excavaciones, como en los estudios del ingente material acumulado en los fondos del Museo de Badajoz, la analítica de los restos orgánicos e inorgánicos recuperados o el exhaustivo examen de los importantes vestigios arquitectónicos. El mecenazgo de un particular y la responsabilidad de la administración han generado el gran complejo monumental que ahora conservamos, porque la llamada desesperada de Maluquer primero y mía después, para que empresas de la zona o entidades bancarias de la región invirtieran en el monumento siempre cayeron en saco roto; es más, alguna de estas últimas siguen cobrando suculentas comisiones por las inevitables dilaciones en los pagos, pero sin embargo son osados a la hora de optar a poner sus logotipos en las portadas de los libros a cambio de ridiculas contrapartidas cuando el gran esfuerzo ya se ha realizado. EL PLAN DIRECTOR DE CANCHO ROAISfO La nueva dinámica creada en el yacimiento necesitó de una dedicación casi exclusiva para llevar a buen término el ambicioso proyecto presentado. Campañas arqueológicas de hasta tres y cuatro meses, el estudio de ingentes cantidades de material de la más variada gama y tipología, el análisis de esos materiales y de otros restos para extraer la mayor información posible del lugar, la restauración de las piezas más significativas o la elaboración de programas informáticos para controlar los diferentes aspectos arquitectónicos del monumento son algunos de los trabajos realizados. Pero todos estas actuaciones, desarrolladas entre los años 1988 y 1994, generaron una serie de necesidades y problemas que obligaron a elaborar un Plan Integral del yacimiento donde se exponían tanto las actuaciones que se precisaban con urgencia para conservar el complejo monumental, como las necesidades puramente arqueológicas para continuar impulsando la investigación en el yacimiento. Los siguientes apartados presentan los puntos que se acometían en el mencionado Plan integral. Las dilatadas campañas de excavación de inicios de los años noventa dieron como resultado el descubrimiento de nuevos restos constructivos que aumentaron sensiblemente la superficie arqueológica susceptible de ser protegida. Así, se exhuma- ron las ricas estancias que rodeaban por completo al monumento principal, se finalizaron igualmente los trabajos en la zona oriental del yacimiento, donde se dispone la entrada del complejo monumental y donde se organiza la muralla y las torres que flanquean su acceso (Fig. 2). Asimismo, se acometió la excavación de una zona del foso que encinta por completo el enclave, si bien, la enorme superficie de éste impedía acometer su excavación a corto plazo, por lo que se decidió la paralización de estos trabajos hasta obtener un presupuesto específico que permitiera su excavación integral. Por lo tanto, con estos trabajos, y a expensas de acometer en el futuro la excavación total del foso, una parte de los responsables culturales de la región apostaron por dar por concluidas las investigaciones en Cancho Roano y centrar así todos los esfuerzos en actuaciones concretas que permitieran su adecuación para facilitar cuanto antes la visita pública. Pero los hallazgos de los edificios inferiores, también en aceptables condiciones de conservación, nos obligaron a reivindicar la continuación de las investigaciones y a prolongar el proyecto hasta que se concluyeran los trabajos arqueológicos para disponer así de un perfecto conocimiento de su proceso histórico y, sólo después, acometer las obras necesarias para su «puesta en valor». Por ello, en el Plan Integral se proyectaba la excavación sistemática de toda la superficie del monumento principal para así poder recuperar las estructuras arquitectónicas de los edificios inferiores y elaborar la consiguiente planimetría que nos permitiera proceder a su estudio (Lám. El trabajo a desarrollar era desde luego muy complicado, pues había que levantar todos los suelos y otras estructuras significativas de sendos monumentos, además de las dificultades técnicas derivadas de tan laboriosa intervención, donde se hacía necesario entibar y apuntalar los cimientos del último edificio para alcanzar con éxito el nivel geológico del yacimiento y extraer toda la documentación guardada en su potente estratigrafía. Por último, como se ha apuntado, también en el Plan Integral se contemplaba la excavación del foso que rodeaba por completo al complejo monumental. Estos trabajos deberían llevarse a cabo en un plazo de cuatro años y con unos amplios equipos de arqueólogos en campañas de varios meses, no sólo por la enorme superficie a excavar, sino por la ingente cantidad de material depositado en su interior y que debería estudiarse en paralelo a la propia ex-Lám IV. A) Proceso de excavación de los santuarios Cancho Roano "B" y Cancho Roano "C". B) Restos de la fachada principal del santuario "B". cavación para así disponer de todos los datos posibles una vez finalizados los trabajos. El presupuesto sobrepasaba con creces las posibilidades presupuestarias de la Dirección General de Patrimonio, pero no se rechazó la actuación, aunque a expensas de encontrar financiación ajena a la Junta de Extremadura. La adecuación del monumento y su entorno La gran superficie excavada en los últimos años, donde se organizaban nuevas estructuras arquitectónicas de piedra y adobe, además de suelos y rampas de arcilla roja, canales, pozos, pavimentos de pizarra, etc., generó dos necesidades ineludibles: la ampliación de la cubierta levantada en 1986 y la compra de nuevos terrenos que permitieran tanto la excavación total del foso como la construcción de un nuevo cierre del yacimiento. De suma importancia era igualmente la intervención en los alzados de adobe que se hallaban protegidos bajo la cubierta. Es evidente que la gran protección metálica había evitado el rápido deterioro de los ladrillos de adobe, impidiendo las filtraciones de agua de lluvia; sin embargo, precisamente la ausencia de humedad, los hacía muy vulnerables a la erosión cólica, apreciándose una paulatina pérdida de tierra en las crestas de los muros que hacía peligrar su conservación en un futuro no muy lejano. Por ello, el Plan incluía un estudio detallado de todos los alzados para proceder a su conservación inmediata. Otra actuación importante era la restitución de los muros de adobe y piedra arrasados por el dueño del terreno en el sector meridional del yacimiento (Lám. Para ello se proponía la elaboración de adobes de distinta composición que los construidos en el edificio y el montaje de las grandes piedras dispersas por el entorno del yacimiento procedentes del monumento. Así mismo, se contemplaba la reposición de los suelos rojos y blancos que dominaban el interior del monumento. Una vez analizada la composición de estos, se vio que los pavimentos estaban hechos a base de caolines que procedían de un yacimiento cercano a la localidad de Zalamea de la Serena, lo que faciütaba enormemente la restitución. También se contemplaba la restitución de las pizarras del patio, algunas muy deterioradas, hallándose una cantera de idénticas características a las de Cancho Roano en una localidad situada a menos de 15 km del enclave protohistórico. Finalmente, también se incluía la restauración de la muralla y torres, así como la del dique que frenaba la crecida del arroyo, totalmente enterrado y descubierto en las últimas campañas. Por último, se incluía una actuación especial para conservar los restos constructivos del edificio que se organizaba inmediatamente debajo del actual, del que habíamos exhumado su fachada principal con el vano de entrada y con los alzados de adobe enlucidos de caolín rojo y blanco y conservados en más de un metro de altura en algunos de sus tramos. Tanto esta amplia zona del segundo edificio como la cámara principal donde se halló un altar en forma de piel de buey extendida, merecían ser conservadas y expuestas para la visita gracias a su monumentahdad y a la viveza de sus suelos y enlucidos. El proyecto de investigación El desarrollo del proyecto de investigación iba, como es lógico, muy unido a los descubrimientos que pudieran producirse en las excavaciones pro- gramadas, sin embargo, se planteaban una serie de necesidades que se antojaban esenciales para conocer a fondo el yacimiento; así, se introdujo el estudio del paleopaisaje del entorno mediante los análisis antracológicos, polínicos y carpológicos; también se incluía la analítica de los metales, las cerámicas y las tierras, amén de conseguir baterías de C-14, estudios litológicos de los materiales utilizados, etc. Por último, se planteó la necesidad de estudiar todos los fondos depositados por Maluquer en las campañas dirigidas por él tanto para estudiar el numeroso material inédito como para revisar otros de los que ahora se podría sacar mayor partido en función de las técnicas antes enumeradas. Una de las partidas más altas que se solicitaban tenía como objetivo realizar una completa planimetría de todos los restos arquitectónicos exhumados para así poder elaborar con todas las garantías las diferentes plantas de los tres edificios documentados y de las diferentes fases constructivas que mostraban cada uno de ellos. Para ello se solicitó el concurso de un arquitecto que desarrollaría esa labor en las campañas de excavación acompañado de un equipo de arqueólogos. Igualmente, se requería la presencia de un fotógrafo profesional para realizar un reportaje de cualquier aspecto arquitectónico del yacimiento, completándose con la aplicación de un programa informático que permitiera la restitución ideal de los edificios y su pormenorizado estudio. Siguiendo la pauta marcada por Maluquer, creímos imprescindible que todos estos trabajos se fueran difundiendo a medida que se iban agotando los diferentes sectores del último complejo monumental, para después acometer el estudio exhaustivo de todos los materiales recuperados en esas excavaciones y, por último, dar a conocer los resultados de las excavaciones de los edificios más antiguos. Estas pubUcaciones, editadas como las clásicas memorias de excavación, irían acompañadas de diferentes artículos que anticiparían los hallazgos más significativos que fueran surgiendo, además de otros de carácter mucho más divulgativo en revistas no es-pecializadas para conseguir la atención del público interesado en el lugar. Todos estos escritos se compaginarían con charlas y conferencias tanto en centros especializados nacionales e internacionales como en institutos, centros culturales y colegios de la comarca, más involucrados con el yacimiento y donde había que esforzarse para conseguir el mayor grado de sensibilización entre sus habitantes. Por último, aunque sin entrar en detalles presupuestarios, sino tan sólo a modo de sugerencia, se proponía que tras la ejecución de todos estos apartados, la Junta debería plantearse la posibilidad de construir un museo u otro tipo de centro frente al yacimiento donde pudieran exponerse algunas fotografías, planos y piezas procedentes de la excavación que sirviera de introducción al visitante. Igualmente se hacían algunas consideraciones sobre el camino más idóneo para acceder al yacimiento y la expropiación de los terrenos tanto para construir el mencionado museo como para abrir la nueva comunicación para los coches. Igualmente, se aconsejaba la elaboración de una guía divulgativa así como la realización de un CD ROM donde se recogieran los avatares históricos del yacimiento y se explicara de forma generalizada las diferentes funciones del enclave. PRIMERA FASE DE EJECUCIÓN Otra circunstancia imprevisible impulsó la ejecución del Plan Integral de Cancho Roano. Gracias a un programa «Leader» de la Unión Europea, concedido a la Mancomunidad de Municipios de la Serena y gestionado por el Centro de Desarrollo Regional (CEDER) de esta comarca, donde se contemplaban actuaciones relacionadas con el patrimonio arqueológico de la zona, pudimos desarrollar algunos de los proyectos recogidos en el Plan Integral. Además, el propio CEDER impulsó un convenio de colaboración con la Junta de Extremadura, firmado en 1996, para así aumentar la dotación presupuestaria para el yacimiento, siempre dentro de las actuaciones especificadas en el Plan Integral. En esta actuación a dos bandas confluían sendos intereses de las instituciones implicadas. Por un lado, la Junta de Extremadura veía un camino para desarrollar el Plan aprobado, pero además, con el concurso del proyecto europeo se podría rebajar sensiblemente los plazos estimados para la culminación de los trabajos enumerados. Por otro lado, la Mancomunidad conseguía no sólo implicarse directamente en el yacimiento arqueológico más señero de esta zona, sino que además avivaba su ejecución para disponer en el menor tiempo posible de un monumento que estaba llamado a ser el eje de sus recursos arqueológicos, basados en otros monumentos también de gran importancia diseminados por esta comarca natural y que podrían potenciarse bajo la atracción del propio Cancho Roano. De hecho, la Mancomunidad ha comenzado a invertir en otros yacimientos cercanos que en el futuro conformaran una ruta arqueológica de una gran riqueza histórica y patrimonial. Pero a pesar de la fuerte inversión, concebida en dos fases de un año cada una, no era posible acometer todos los proyectos incluidos en el Plan Integral, por lo que se eligieron las actuaciones más urgentes o de mayor interés para desarrollar este programa. Conseguimos que se diera prioridad a la excavación tanto de todo el interior del edificio principal, para extraer las plantas de los santuarios más antiguos, como del foso que rodeaba al complejo arquitectónico. Pero el gasto que suponían estas intervenciones necesitadas de amplios equipos técnicos y de estudiantes de apoyo durante varios meses, mermaba considerablemente el presupuesto general del programa europeo. Por ello, consideramos favorablemente la participación de la flamante Escuela-Taller de Arqueología «Isla del Zújar», ubicada en la cercana localidad de Castuera y dependiente precisamente de la Mancomunidad de Municipios de la Serena. La experiencia fue un éxito, destinándose los alumnos a la zona menos complicada de la excavación, el foso, donde realizaron sus prácticas obligatorias mientras agotaban buena parte de su trazado; además, limpiaron y clasificaron las cerámicas exhumadas, por lo que el ahorro fue bastante considerable. La compra de terrenos Gracias a la buena disposición de los dueños de los terrenos colindantes al yacimiento, una de las primeras actuaciones fue la compra de esos terrenos, necesarios para realizar tanto la excavación del sector occidental del foso como para disponer de un espacio suficiente que permitiera la visita desahogada del yacimiento. Otra actuación urgente era la ejecución de un nuevo cierre de la propiedad pública, pues el existente no sólo estaba muy deteriorado sino que además no cubría el reciente terreno adquirido. También en este caso pudimos paliar considerablemente el coste de su ejecución; así, mientras la cimentación fue contratada dentro del proyecto de ejecución de la obra, la realización de las verjas y puertas fue encomendada a la Escuela-Taller de cerrajería ubicada en Zalamea de la Serena, lo que sin duda supuso otro sustancial ahorro para el programa europeo. Uno de los motivos principales que se adujeron para la intervención inmediata en Cancho Roano era el deterioro que estaban sufriendo los alzados de adobe del edificio principal, por ello, se encargaron inmediatamente varios estudios para proceder a su consolidación. La tarea no fue nada fácil dada la carencia de especialistas en este tipo de construcción, pero por fin pudimos contar con la desinteresada colaboración del Servicio de Patrimonio de la Comunidad de Murcia, cuyos técnicos, con una dilatada experiencia en construcciones de tierra en la zona centroamericana, nos facilitaron la fórmula más adecuada para la protección de los adobes y que podemos decir al día de hoy que ha dado un resultado verdaderamente extraordinario, siendo evidente tanto su consolidación como su protección ante la erosión cólica a la que siempre estarán expuestos. Otra actuación importante era la restauración del sector meridional del edificio principal, arrasado por las labores agrícolas del antiguo propietario (Lám. Para ello se realizaron unos 5 000 adobes con tierra diferente a la empleada en los ladrillos del edificio original para, posteriormente, ser montados sobre los cimientos conservados de esa zona. A la vez, se restituyó la parte de la terraza derruida, así como algunos tramos del paseo de guijarros que se organizaba sobre la muralla oriental. En una segunda fase, se consolidaron los suelos y los canales que cruzaban los pasillos perimetrales para desembocar en el foso, se restituyeron los suelos de arcilla roja que pavimentaban el edificio, previo enterramiento de los restos de los edificios más antiguos y, finalmente. se excavó totalmente el dique sobre el arroyo Cigancha. Por último, se decidió conservar la fachada oriental del segundo santuario, organizada bajo la habitación número 2. Se pretendía con ello conservar un muro bastante bien conservado que a la vez permitía descubrir al futuro visitante una buena parte de ese edificio anterior, donde además se apreciaba el vano del acceso principal. Pero para ello necesitábamos no sólo restituir parte de su trazado, sino, y lo que era más importante, consolidar los cimientos de las paredes de H-2, pues los restos se hallaban a una profundidad considerable y no se podían dejar los cimientos desnudos. Se optó por construir sendos muros de ladrillo que protegieran la cimentación y forrarlos de madera para darles mayor prestancia; de nuevo tuvimos la ocasión de poder colaborar con otra Escuela-Taller de Zalamea de la Serena, en este caso con la de carpintería, que se encargó de la entibación de este espacio. Parecía que con todas estas actuaciones, una vez realizadas en su totalidad, el edificio podía estar listo para proceder a su apertura para la visita pública. Todas estas actuaciones coincidieron con la finalización del estudio de los sectores Este, Oeste y Sur del yacimiento, por lo que el propio programa desarrollado bajo el convenio antes mencionado se encargó de la publicación de las tres memorias de excavación. Por último, se encargó la realización de una maqueta a escala 1:100 para ser expuesta en los ayuntamientos de centros culturales de la zona. SEGUNDA FASE DE EJECUCIÓN Cuando aún no habíamos finalizado la primera fase de actuación, en el verano de 1997, y al calor de la presentación de las memorias de las excavaciones, el Consejero de Cultura de la Junta de Extremadura y el Presidente de la Mancomunidad de Municipios de la Serena, ante la monumentalidad que había adquirido el complejo arquitectónico y acogiéndose a un ñamante proyecto de desarrollo para la comarca de La Serena, se comprometieron a realizar un esfuerzo final para llevar a cabo las intervenciones más costosas. Estas eran la nueva cubierta de protección del yacimiento, el centro de interpretación, la compra de los terrenos de la otra orilla del arroyo por donde discurriría el nuevo camino y donde se instalaría el propio centro de interpretación con los servicios necesarios y, por último, la construcción de un puente para comunicar ambas zonas, así como la adecuación definitiva del yacimiento para 1^ visita. Por último, se contemplaba la excavación total del foso en el plazo de un año, además de la conclusión de algunas zonas donde no habíamos podido intervenir por las obras que veníamos realizando. En esta ocasión, los diferentes proyectos no estaban sometidos a convenio, sino que se decidió que cada institución se hiciera cargo de una actuación concreta para así agilizar los trámites, todas las intervenciones se desarrollarían en dos años, por lo que la ejecución definitiva las obras deberían estar finalizadas en octubre de 2000. La Mancomunidad de Municipios de la Serena, a través de un nuevo programa europeo, en esta ocasión un Programa Interregional (INTERREG) de la Diputación Provincial de Badajoz, consiguió los fondos para hacerse cargo del montaje de la nueva cubierta, la construcción del puente sobre el arroyo Cigancha, la compra de los terrenos donde se levantaría el centro de interpretación y por donde discurriría el nuevo camino hacia el yacimiento y, por último, las obras necesarias para adecuar el yacimiento para la visita pública. Por su parte, la Junta de Extremadura, a través de la Dirección General de Patrimonio de la Consejería de Cultura, aprobó un crédito extraordinario para los dos años en los que se contemplaba: la construcción del Centro de Interpretación, la excavación definitiva del interior del edificio principal y de todo el foso, las acometidas de agua y luz y el estudio arqueológico del yacimiento, así como la publicación de las memorias y guías divulgativas del enclave. La primera intervención que se llevó a cabo con el nuevo Programa de actuación fue la excavación del foso que rodeaba el complejo monumental, del que aún quedaba por exhumar todo su tramo occidental y meridional, unos 60 m en total. Esta intervención sólo podía acometerse con un amplio equipo de técnicos y estudiantes que ahora fue posible formar gracias al presupuesto aprobado (Lám. Estas excavaciones, así como el estudio de la enorme cantidad de material hallado en su interior y el anáüsis de la numerosa fauna depositada en el fondo del foso, han fmahzado recientemente, quedando sólo pendiente para este verano algunos espacios del interior del edificio y el sector sur del pasillo perimetral, donde se instalará una pasarela para la visita. Los propios servicios de la Consejería de Cultura acometieron el proyecto de cubrición de los restos de Cancho Roano, proyecto que se ejecutó en el invierno del 2000. La nueva cubierta debía solventar las carencias que sufría el yacimiento desde hacía años, al haberse exhumado unos 500 m^ más de estructuras arquitectónicas que se estaban deteriorando peligrosamente al estar expuestas a la intemperie. Los extremos de la nueva estructura metálica vierten al foso, con lo que además se consigue que éste mantenga el mayor tiempo posible una lámina de agua que lo acerque lo más posible a su aspecto original. También se decidió que la nueva cubierta fuera más alta que la anterior para solventar la pérdida de visibilidad de los restos al instalar una mayor masa aérea sobre el monumento (Lám. VIL A) Excavación de los primeros niveles del foso que rodea el complejo arquitectónico. B) Aspecto actual del foso tras su excavación integral. A) Proceso de instalación de la nueva cubierta de protección. B) Aspecto actual de Cancho Roano tras su instalación. Fotografía aérea del santuario de Cancho Roano tras la retirada de la antigua cubierta. lación de los pilares que la soportan, así como de las tirantas que los unen entre sí, hubo que levantar las rampas de arcilla roja de los sectores Este y Oeste, hoy totalmente restituidas con las tierras originales. Antes de retirar la antigua cubierta e instalar la nueva, habíamos solicitado un intervalo de tiempo de dos días para poder realizar fotografías aéreas del yacimiento (Lám. IX), para lo que se contrató los servicios de un helicóptero que además permitía hacer tomas verticales y desde varios ángulos para así completar el reportaje fotográfico que habíamos elaborado del complejo arquitectónico. El Centro de Interpretación También han sido los servicios de la Consejería de Cultura de la Junta de Extremadura los encargados de realizar tanto el proyecto de obra del centro de interpretación, elaborado por el arquitecto T. Martín Solo de Zaldívar, quien también había diseñado la nueva cubierta, como el de su contenido, realizado por Guillermo Kurtz y Coronada Domínguez de la Concha del Museo Arqueológico de Badajoz. La idea de centro de interpretación escogida para Cancho Roano, dentro de las diversas definiciones existentes hoy en día para estos centros, es la que defiende que el objetivo último del mensaje es el propio yacimiento, su evolución, valor y, sobre todo, su significado. Se parte de la base de que el yacimiento está ubicado frente al centro, por lo que el discurso debe girar en torno a la explicación de su funcionamiento y los materiales que contenía, pues su carácter monumental y su definición arquitectónica serán patentes cuando el interesado inicie la visita al yacimiento una vez haya comprendido en el centro de interpretación la importancia de los restos que va a observar. Los objetivos planteados para el centro son los siguientes: servir de apoyo a la visita del yacimiento, generar una idea global de su naturaleza, situar Cancho Roano en su contexto histórico, geográfico y cultural, explicar las diferentes partes de que consta el monumento, informar de las actividades que se desarrollaban en torno al monumento, transmitir la impresión de la antigua religiosidad, informar sobre los edificios más antiguos que justifican la existencia del último santuario e indicar el proceso arqueológico de investigación desde su descubrimiento. Se pretende así que el visitante salga del centro de interpretación con una noción general de las diferentes partes del yacimiento y una comprensión, aunque sea somera, de su estructura integral. También se pretende transmitir que Cancho Roano es el producto de una cultura compleja inserta en un mundo también complejo aún no muy bien conocido, donde la religiosidad y sus rituales juegan un papel fundamental, pero asociados a otras funciones muy bien definidas en el monumento. Otro de los objetivos del centro es ofrecer al espectador elementos expositivos de gran formato, tanto para facilitar y acelerar la percepción de los diferentes elementos expuestos, como para crear un efecto impactante proporcional al que causaría el monumento en su origen. Por último, se pretende también crear un alto grado de sobrecogimiento en el espectador para que éste se identifique con facilidad con el ambiente de religiosidad que emanaba del santuario. Para todo ello se van a utilizar tres recursos principales: una maqueta interactiva con sonido y luces, paneles gráficos donde en forma de collage se transmita el contenido del monumento y, por último, la reconstrucción de algún ambiente del santuario con piezas originales y reproducciones. En cuanto al discurso de la exposición, el proyecto contempla el desarrollo de ocho unidades independientes: la primera, en el vestíbulo de entrada, se centra en la narración de la historia de la investigación del yacimiento, con una reconstrucción de su última fase constructiva. La segunda unidad contextualiza Cancho Roano con el conjunto de las culturas mediterráneas de ese momento. Las diferentes actividades de Cancho Roano se exponen en la tercera unidad. En la cuarta unidad se desarrollan los elementos y estructuras que conforman el propio yacimiento. La siguiente unidad está protagonizada por la maqueta, donde se explica con mayor detalle el yacimiento. La sexta unidad trata de explicar la superposición de edificios y su proceso histórico. La séptima unidad es la única que trata de recrear la idea de religiosidad del enclave con el montaje de uno de los altares del santuario. Por último, en la octava unidad, que incide en esa fundamental vertiente religiosa del sitio, se presenta la reconstrucción con materiales originales de una de las cámaras perimetrales del complejo, donde se hallaron las ofrendas al santuario. Por lo que respecta al edificio del Centro de Interpretación, como ya se ha apuntado, se ubica frente al yacimiento, al otro lado del arroyo Cigancha, a unos 80 m de distancia (Lám. Se levanta entre tres grandes encinas, y su fachada occidental, totalmente acristalada, permite tener siempre una referencia del complejo arquitectónico, lo que facilita la comprensión tanto del entorno como de la organización espacial del monumento. La conclusión de las obras, hoy muy avanzadas, deben estar finalizadas en el próximo otoño, y antes de que finalice el 2000 debería estar concluido el montaje de la exposición. La última actuación prevista en el yacimiento es precisamente su adecuación para facilitar la visita pública. Las características del yacimiento y la necesidad de preservar intactos los restos constructivos exhumados obligan a establecer diferentes itinerarios cuyo objetivo es proporcionar al visitante algunas alternativas para observar los restos y así comprender la complejidad del santuario. El objetivo del proyecto es, por lo tanto, acercar al visitante al edificio sin transitar por él. Se han elaborado tres itinerarios principales: el primero discurre por la terraza del santuario que rodea todo el monumento, con este circuito el visitante podrá admirar tanto las estancias interiores como las construcciones perimetrales extemas. Como sólo existe una posibilidad de acceder al monumento por su entrada oriental, donde se encuentra una estela de guerrero, se ha proyectado un paseo de madera que atraviesa todo el patio oriental para que el pavimento de arcilla roja de éste no se deteriore con el tránsito. El segundo itinerario discurre en un nivel más bajo, por el pasillo perimetral, con lo que el visitante tendrá una visión pormenorizada de las capillas perimetrales. A la vez, y por su derecha, estará flanqueado por la gran terraza de piedra que proporcionará la sensación de monumentalidad. El tercer circuito se ha proyectado en torno al foso, que delimita y aisla al santuario. Con este itinerario se pretende dar una visión de conjunto del complejo que, mediante un sistema de barreras, garantizará la seguridad del enclave. Todos estos itinerarios estarán debidamente señalizados, utilizándose la misma pauta informativa que la desarrollada en el Centro de Interpretación para mantener una coherencia estética y didáctica. Los soportes informativos, situados en los puntos de entrada y salida, tendrán dos funciones, una de carácter orientativo, y otra más indicativa, con la intención de proporcionar al visitante información sobre los contenidos de las diferentes estancias que vaya viendo, a la vez que sirven de nexo entre el yacimiento y lo expuesto en el Centro de Interpretación. En los paneles figurará siempre la planta general del yacimiento, destacándose la zona visi-T. R, 57, n.« 2, 2000 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es tada en ese momento, la definición de dicha zona, una breve explicación de la misma y una ilustración gráfica complementaria. La última fase de actuación se centrará en la consolidación de algunos muros, la reparación de los suelos afectados por las obras, así como la limpieza general del yacimiento, donde se plantarán junto al arroyo los fresnos que hasta hace poco se erguían en sus orillas, así como la replantación de varias encinas, taladas en los últimos años para facilitar las labores arqueológicas. Por último, se han acometido varias obras de infraestructura para introducir el agua y la luz en el centro de interpretación, al tiempo que se ha construido un nuevo camino de entrada al yacimiento previa compra de los terrenos afectados. Con ello se pretende que el acceso se haga directamente al centro de interpretación, donde se dejarán los vehículos; posteriormente, y tras cruzar el puente de madera instalado sobre el arroyo, se alcanzará el complejo monumental. Esta es quizás una de las labores en la que se ha puesto más empeño en los últimos años, aunque hay una considerable desproporción entre la difusión científica editada hasta el momento y la divulgación. Por ello, en el proyecto se recoge la necesidad de editar tres publicaciones de carácter científico, donde se estudien los resultados de las excavaciones de los últimos años y los materiales procedentes del yacimiento, desde las primeras excavaciones hasta nuestros días. Por otra parte, y coincidiendo con la apertura del yacimiento y el centro de interpretación a la visita pública, se contempla la necesidad de editar dos guías sobre el santuario, una completa, donde se aborde toda la problemática del lugar, y otra mucho más esquemática que se ceñirá a una somera descripción de las estructuras y de los materiales más significativos hallados en el interior. Con ellas se intenta dar respuesta a las diferentes demandas de los visitantes. Por último, se encargará en breve la realización de un CD-ROM, también de carácter divulgativo, cuyo destino final, además de su venta al público, está pensado para abastecer a las instituciones educativas de la región y de otros centros que lo soliciten. Ha quedado abierta también la posibilidad de que la iniciativa privada pueda realizar reproducciones, gráficos, etc. de algunos materiales destacados del yacimiento, siempre bajo la supervisión y permiso de la Junta de Extremadura. En definitiva, las circunstancias que han permitido el desarrollo de los sucesivos proyectos de Cancho Roano son una consecuencia de la propia inercia científica del enclave, pues en la gran inversión realizada nunca se ha tenido en cuenta ni el potencial demográfico o turístico de la zona, ni la accesibilidad al enclave, aunque, evidentemente, ha jugado un papel fundamental su monumentalidad. Por el contrario, el santuario protohistórico está siendo el gran impulsor de la explotación y adecuación de otros enclaves de la comarca que, en un futuro no muy lejano, conformarán una ruta arqueológica realmente privilegiada para los interesados en el turismo cultural de calidad. Al amparo de los resultados obtenidos, recientemente se han solicitado dos nuevos Proyectos de Investigación, el primero del Plan Nacional I + D con Fondos Estructurales de Desarrollo Regional (FEDER) de la Unión Europea. Este proyecto, ya en marcha y con una duración de tres años, trata de resolver uno de los aspectos más importantes que siempre nos ha planteado Cancho Roano, su razón de ser en ese enclave determinado. Por ello, el proyecto se basa en la prospección intensiva de su entorno inmediato y la sistemática de la comarca de La Serena, para posteriormente elaborar un SIG de la zona y reproducir su paleoambiente. El segundo proyecto, también con una duración de tres años y dentro de los I -i-DT (Investigación y Desarrollo Tecnológico) de Extremadura, consiste en solventar aspectos más específicos del propio yacimiento, con una fuerte base analítica que nos ayude a descifrar algunas de las incógnitas que aún nos ocupan. La amplia bibliografía existente sobre Cancho Roano está recogida en las tres últimas memorias de excavación hasta ahora editadas: El artículo fue remitido en su versión final el ll-X-2000.
La coordinación de estas tres instituciones y su inclusión en un proyecto de desarrollo de centros de interpretación de sitios arqueológicos ha permitido configurar con éxito un nuevo modelo de gestión para una excavación arqueológica. (*) Servicio de Arqueología. Plaza de Abdón de Paz. Correo electrónico: taboada @ arrakis.es. (**) Área de Prehistoria. Facultad de Humanidades de Toledo. Universidad de Castilla-La Mancha (U.C.L.M.). Correo electrónico: jpereira.uclm.es El artículo fue remitido en su versión final el 16-X-2000. A comienzos de los años 80 tuvo lugar el descubrimiento casual de una necrópolis ibérica en el término municipal de Villafranca de los Caballeros, como consecuencia de la construcción de un pozo para explotar una pequeña huerta, en el lugar denominado Palomar de Pintado. El hallazgo inicial puso al descubierto principalmente vasos cerámicos de los ajuares funerarios en buen estado de conservación cuya venta a diversos coleccionistas e, incluso, museos locales, propició el inicio de una serie de actuaciones clandestinas, que no pasaron desapercibidas en la localidad y permitieron que se tuviera conocimiento del hallazgo arqueológico. Ante esta situación y tras una serie de gestiones del alcalde de la localidad encaminadas a la paralización de las actividades clandestinas, justificadas por la ignorancia de la ley, que habían provocado la destrucción parcial de un sector del yacimiento, y tras la obtención del permiso de acceso al terreno para efectuar una evaluación inicial, se pudo comprobar a partir de los restos in situ y a través de los pocos materiales que pudimos conocer el interés del yacimiento en cuestión (Fig. 1). Como conclusión de estas acciones se consideró necesario solicitar un primer permiso de excavación para comprobar la extensión, el estado de conservación y los tipos de estructuras funerarias del yacimiento. Esta actuación se concibió siguiendo el modelo de las actuaciones de urgencia que era uno de los modelos más utilizados en aquellos años para iniciar la intervención en cualquier yacimiento y convertir lo mera- T. P., 57, n.° 2, 2000 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es mente coyuntural en el inicio de un proyecto a largo plazo, con la única particularidad en nuestro caso de que fue el Ayuntamiento de la localidad el que en el año 1986 sufragó, íntegramente, la primera campaña de excavaciones arqueológicas que se llevaron a cabo bajo la dirección de Gonzalo Ruiz Zapatero y Jesús Carrobles Santos (1986). Estos primeros trabajos pusieron de manifiesto el interés del yacimiento, basado en la excepcional conservación de los conjuntos funerarios y de las estructuras que los contenían, así como en la documentación de nuevos tipos de estructuras funerarias en una zona de la que existían pocos datos sobre lo que ocurrió en la misma durante la Segunda Edad del Hierro. Los resultados obtenidos en esta primera campaña de excavaciones posibilitaron que la necrópolis de Palomar de Pintado pasara a incluirse dentro del grupo de yacimientos objetos de investigaciones arqueológicas programadas, que comenzaron a ejecutarse en el año 1988 bajo la dirección de Jesús Carrobles Santos, con la colaboración del Ayuntamiento de la localidad, la Junta de Comunidades de Castilla La Mancha y la Diputación Provincial de Toledo. El nüsmo esquema de colaboración se repitió en el año 1990, fecha en la que se produjo la adquisición de una parte importante del yacimiento por parte de la Excma. Diputación Provincial de Toledo, con la finalidad de preservar un yacimiento en el que destacaba la excepcional conservación de las estructuras funerarias y sus respectivos ajuares funerarios, puesta de manifiesto a lo largo de los diferentes trabajos efectuados hasta la fecha. Cabe destacar dentro de la preocupación que siempre mantuvimos desde el inicio por divulgar nuestro trabajo la organización de un curso sobre arqueología de la Mancha toledana en el Centro de Profesores de Villacañas coincidiendo con los trabajos de excavación. Gracias a esta iniciativa, los profesores de enseñanza media pertenecientes a los centros implantados en la comarca que lo desearon pudieron participar en la excavación y el resto, en la medidad de su disponibilidad de tiempo pudo programar una serie de visitas a las excavaciones con sus alumnos. Esta campaña fue la última realizada de acuerdo con un modelo de arqueología tradicional basado en la formación de un pequeño equipo de investigación con el soporte económico de una serie de pequeñas subvenciones oficiales. Estas permitían una intervención anual en el yacimiento, en ocasiones en condiciones precarias, pero sin la posibilidad de llegar a plantear a medio o largo plazo un proyecto de investigación y divulgación que pasara del artículo ocasional o la publicación de materiales o enterramientos que destacaran por su singularidad en el panorama de la Segunda Edad del Hierro de la Meseta Sur (Carrobles y Ruiz Zapatero, 1990; Blasco y Barrio, 1992; Carrobles, 1995). Ante este estado de cosas, ampliable prácticamente a la totalidad de los yacimientos que se encontraban en proceso de investigación en la provincia de Toledo en los mismos años, estimamos oportuno la paralización de los trabajos hasta no conseguir sacar adelante todo lo obtenido en las anteriores campañas y, sobre todo hasta que no se aclarara la función social de nuestro trabajo es decir, que se pudiera llegar a redactar un proyecto en el que la investigación científica fuera acompañada de otra serie de medidas dirigidas a propiciar la conservación de los bienes que integran el yacimiento y a su disfrute en el medio en el que se encontraban. En nuestro criterio una investigación cuyos resultados sólo eran accesibles al restringido circuito del mundo académico e investigador perdería una parte importante de su impacto y justificación sociales, si no éramos capaces de difundirla y hacerla accesible entre la gente que habitaba las localidades cercanas al yacimiento. Este colectivo, de manera creciente, manifestaba curiosidad e interés por visitar y conocer el desarrollo de los trabajos y los resultados que se estaban obteniendo ante las noticias que iban apareciendo en los diferentes medios de comunicación que cubrían la zona. Esta situación se mantuvo hasta el año 1997 en que se pudo configurar un nuevo modelo de ges- tión que permitiera la reapertura de las excavaciones en el yacimiento de Palomar de Pintado. El segundo factor que contribuyó al replanteamiento de este modelo de gestión fue la evolución de los programas de investigación arqueológica desarrollados en el marco universitario del campus de Toledo. La institución universitaria que desde principios de los 80 avalaba las campañas de excavaciones arqueológicas en la provincia de Toledo era el Colegio Universitario adscrito inicialmente a la Universidad Complutense que posteriormente fue incorporado a la recien constituida Universidad de Castilla La Mancha. Con la creación de la titulación de Licenciado en Humanidades pasó a denominarse Centro Superior de Humanidades, para convertirse posteriormente en la Facultad de Humanidades del Campus de Toledo. Los proyectos de investigación arqueológica que se desarrollaron durante este proceso presentaban una serie de características que afectaban de manera notable al desarrollo de los mismos. En primer lugar, salvo para las intervenciones coyunturales o de urgencia, el desequilibrio y falta de continuidad en las subvenciones públicas no permitía el desarrollo de programas de investigación a medio y largo plazo. Sólo en el caso del proyecto piloto del Inventario de yacimientos arqueológicos de la provincia de Toledo, encargado en 1983 por la Subdirección General de Arqueología del Ministerio de Cultura, se pudo contar con una subvención importante, que se vio ampliada con la firma de un convenio de colaboración en el proyecto por parte de la Excma. Por otro lado hasta la conversión en Centro Superior de Humanidades, únicamente se impartían en el Colegio Universitario de Toledo las asignaturas del primer Ciclo de la Licenciatura de Historia, por lo que los alumnos debían cursar el Segundo Ciclo fuera del Campus de Toledo. Esta situación se traducía en que alumnos que eran iniciados en el trabajo de campo arqueológico en el marco de distintos proyectos del Colegio Universitario de Toledo, cuando cursaban el segundo Ciclo en otra Universidad se integraban en los proyectos de los Departamentos en que se licenciaban e iniciaban los estudios del Tercer Ciclo. Esta situación, inevitable por otro lado, impedía que un alumno captado en los primeros años de su carrera, pudiera integrarse en el Colegio Universitario de Toledo en un proyecto a largo plazo del que pudiera aprovechar no sólo la formación teórico-práctica sino también asumir como investigador fases o aspectos del mismo. De otro lado la experiencia nos muestra que las distintas promociones que se incorporan a los estudios universitarios cada curso, presentan notables diferencias en cuanto a su motivación, intereses, preparación, capacidad de trabajo, etc. Estos dos factores fueron determinantes durante años de las dificultades objetivas para crear equipos de investigación más o menos estables. Las carencias de infraestructura eran también un handicap importante, ya que durante años no se pudo contar con un local que se pudiera utilizar como Laboratorio de Arqueología. En esta situación el simple hecho de almacenar los materiales de una campaña se convertía en un problema, cuanto más las distintas fases de limpieza restauración, documentación y estudio de dichos materiales. Parte de estos problemas se solucionaron temporalmente gracias a la colaboración del Centro de Estudios Internacionales de la Fundación Ortega y Gasset en Toledo que nos permitió durante largas temporadas utilizar parte de sus instalaciones para estos fines. EL CONVENIO DE COLABORACIÓN información de cómo aumentar su formación en esta especialidad. La Facultad de Humanidades contaba ya con un Laboratorio de Arqueología y se habían iniciado una serie de inciativas destinadas a la formación de grupos de alumnos en los trabajos básicos de laboratorio, pero faltaba la posibilidad de acceder a un yacimiento arqueológico con unas ciertas garantías de continuidad en el medio y el largo plazo. El Servicio de Arqueología de la Diputación de Toledo contaba como se ha referido con un yacimiento arqueológico en propiedad, con un nivel de conservación de estructuras y elementos de cultura material excelente, amén de los materiales procedentes de las primeras campañas, que habían sido estudiados y publicados muy someramente. Sin embargo, su organigrama y la ampliación de sus competencias a los diferentes aspectos de la política cultural de la Diputación Provincial no permitían avanzar en un yacimiento, que había sido incluido en un interesante proyecto de la propia Diputación consistente en un red de pequeños museos que pretendían la revalorización de una serie de bienes culturales de distinta entidad, yacimientos arqueológicos, colecciones particulares, legados, etc (Palomero y Carrobles, 1999). Sobre este estado de cosas empezamos a mantener contactos entre todas las administraciones que habían tenido algo que ver con el yacimiento, con el fin de plantear un nuevo proyecto que hiciera posible la gestión de las posibilidades del yacimiento arqueológico dentro de un marco claramente diferente en el que se podían armonizar aspectos académicos de formación e investigación, aspectos relacionados con una nueva estructura museística, y aspectos relacionados con la difusión y rentabilidad social de un bien cultural en el ámbito de su territorio más inmediato Este nuevo modelo de gestión se concretó en la firma de un convenio de colaboración entre la Diputación Provincial de Toledo, el Ayuntamiento de Villafranca de los Caballeros y la Universidad de Castilla la Mancha, por el que se reiniciaban las actuaciones en el yacimiento como campo de prácticas para los alumnos de la Facultad de Humanidades del campus toledano, ahora bajo la dirección de Jesús Carrobles Santos, Juan Pereira Sieso y Arturo RuizTaboada. Su ejecución sería posible gracias a la sinergia de las aportaciones de las tres instituciones implicadas: Diputación Provincial, Universidad y Ayuntamiento de Villafranca de los Caballeros, que integraban en un mismo proyecto infraestruc-turas, medios materiales y personal responsable de la ejecución del mismo. La Diputación se responsabiliza de la principal aportación económica en dos de los capítulos de mayor gasto en cualquier excavación como son la manutención de un equipo de 15 personas durante las tres semanas que dura cada campaña según se estipula en el convenio, y los gastos de restauración de los materiales arqueológicos, aportando su Laboratorio de Restauración en el Servicio de Arqueología y el personal titulado responsable del mismo. También se hace cargo, previo informe razonado del equipo de dirección del proyecto, de los gastos destinados a cubrir la realización de determinados protocolos analíticos como los análisis de paleodieta. La Universidad aporta los alumnos de la Facultad de Humanidades de Toledo, procedentes de los dos Ciclos de la Licenciatura. En el tiempo que lleva funcionando el convenio, se ha podido vertebrar un equipo con diferentes niveles de formación y experiencia tanto en los trabajos de campo como en los de laboratorio. Estas labores de documentación se realizan en el Laboratorio de Arqueología de reciente construcción y equipamiento del edificio de la Facultad de Humanidades, que sirve también de almacén y depósito temporal de los materiales arqueológicos así como de archivo de la documentación y bibliografía del yacimiento. Para afrontar los gastos derivados del trabajo de campo, consolidación y documentación de los materiales así como la consolidación de un equipamiento básico -topografía, fotografía, equipos y programas informáticos y dibujo etc.-desde el área de Prehistoria de la Facultad de Humanidades se gestionan anualmente, avalados por los compromisos asumidos en el convenio, distintos tipos de ayudas a partir de los presupuestos destinados a la investigación universitaria por distintas instituciones o convenios de colaboración entre ellas: Vicerrectorado de Investigación de la UCLM; Patronato Universitario de Toledo y convenio Universidad de Castilla La Mancha y Caja Castilla la Mancha. El Ayuntamiento de Villafranca de los Caballeros, retomando su antiguo compromiso e interés por el yacimiento, en las fechas consignadas en el convenio pone a total disposición del equipo de excavación el Aula de la Naturaleza para su alojamiento. Este edificio se encuentra en en el area de recreo y turismo del complejo lagunar de Villafranca, en el límite sur de la reserva natural de Las Lagunas (Lám. En él se desarrollan también durante la campaña de excavaciones, conferencias, talleres de limpieza y consolidación de materiales arqueológicos, seminarios sobre prospección arqueológica y funciona también como centro de exposición temporal que más adelante comentaremos. El Ayuntamiento también se hace cargo de los gastos y necesidades de transporte diario del equipo y de todo lo relacionado con los materiales fungibles necesarios en la excavación, junto con el em-pleo puntual de maquinaria pesada para determinadas labores como el traslado de las terreras y el tapado de los cortes al finalizar cada campaña. Otro aspecto novedoso y de cierto interés del convenio firmado por estas tres instituciones es su compromiso temporal. Con un período inicial de aplicación de cinco años, el convenio contempla sucesivas prórrogas y revisiones de los compromi- SOS adquiridos en el desarrollo del proyecto. Esta característica permite una programación a medio y largo plazo, no sólo en lo referente a las líneas básicas del mismo que se enmarcarían en las que caracterizan la llamada Arqueología de la Muerte (Chapa et alii, 1998), sino también al asumir con cierta flexibilidad los diferentes replanteamientos que se suelen dar de una campaña a otra en cuanto a perspectiva y ámbitos. También permite planificar las posibilidades de aplicación de los cada vez más necesarios y en ocasiones determinantes protocolos analíticos. Por último la Diputación Provincial de Toledo hace suyo el compromiso de contribuir con los medios a su alcance para asegurar y posibilitar la divulgación de los resultados de las excavaciones tanto en lo que se refiere a la publicación de los resultados de la investigación arqueológica como la integración de los mismos en el desarrollo de un proyecto paralelo que luego explicaremos en el apartado dedicado al Centro de Interpretación de la Casa Norte. Con este esquema de trabajo la excavación del yacimiento volvía a tener sentido, aunque aún se nos planteaba el problema de la función social del yacimiento en el entorno más inmediato que, cada vez más, nos venía demandando otro tipo de actuación más permanente, accesible y explicativa, que fuera más allá de la consabida conferencia anual en el centro cultural local. Las campañas de excavación del yacimiento del Palomar de Pintado, con el preceptivo permiso de la Consejería de Cultura de la Junta de Comunidades de Castilla La Mancha, se llevan a cabo todos los años a partir del 18 de Septiembre durante tres semanas. Los alumnos y alumnas participantes pertenecen a la Facultad de Humanidades de Toledo y si bien en la primera de las campañas la totalidad procedía de los cursos del 2° ciclo, se ha procurado en las siguientes extender la posibilidad de acceso a ambos ciclos, lo que conlleva un cierto sistema de selección. Dado que el primer objetivo es el de su iniciación en la metodología de campo el número de participantes en cada uno de los dos turnos que se organizan por campaña no suele superar la docena. Este es un número manejable para realizar este tipo de prácticas divididos en grupos de dos. IL Tumbas en proceso de excavación. Campaña de 1999 de Palomar de Pintado (Villafranca de los Caballeros, Toledo). tres o cuatro integrantes, según lo demanden las distintas actividades de las que reciben primero las nociones básicas teóricas, para proceder inmediatamente a su aplicación práctica: toma de profundidades, montaje de sistemas y toma de medidas para dibujo, preparación y consolidación de materiales, delimitación y excavación de unidades concretas, como fosas, hogueras, manchas, estructuras funerarias etc. Las características del yacimiento permiten en nuestra opinión que el primero de los objetivos de este proyecto, la formación en trabajos de campo, se pueda efectuar en condiciones inmejorables. Por un lado el excelente estado de conservación de las estructuras funerarias y de los ajuares de las mismas, facilita su localización y excavación sin demasiadas complicaciones lo que permite al estudiante inexperto asumir rápidamente las tareas de excavación (Lám. De otro lado, la localización y extracción de los distintos elementos del ajuar funerario, se convierte en un factor de recompensa y motivación que refuerza el proceso de aprendizaje, que hay que controlar para evitar que el interés del alumno se centre únicamente en la extracción de piezas. Siguiendo este criterio, cada equipo que localiza una estructura funeraria pasa a ocuparse, salvo casos especiales, de todos los trabajos de excavación y documentación de la misma. Bajo el control y supervisión de los responsables de cada sector, los alumnos se ocupan de la delimitación, excavación, toma de muestras, limpieza, consolidación y extracción de los materiales.También se encargan de cumplimentar los distintos tipos de fichas de descripción e inventario, toma de medidas, dibujos de plantas, secciones y alzados, así como de los trabajos de limpieza, etiquetado, almacenaje, y transporte de todos los materiales y muestras correspondientes a la estructura funeraria bajo su responsabilidad. En los trabajos de Laboratorio que se desarrollan durante el curso académico cada grupo de excavación, cuya identificación figura en los diarios, se convierte en el último eslabón del regis-tro de la información a la hora de resolver problemas de identificación e interpretación. excelente estado de conservación en que aparecen las estructuras funerarias, incluso a pocos centímetros de la superficie, y por otro al gran agrupamiento de las mismas con múltiples adosamientos y superposiciones (Lám. Ante estas circunstancias el criterio que venimos siguiendo es el de no desmontar las estructuras funerarias, dotándolas de un perímetro de protección a modo de testigo que permite incluso mantenerlas en su cota, cuando los trabajos en su sector rebajan el nivel. Solo se desmontan aquellas estructuras de menor tamaño y en las que las condiciones del progreso de la excavación hacen prácticamente imposible su conservación (Carrobles, 1995: 257). Este criterio genera un "paisaje arqueológico" ficticio, que no coincide con el que se formó durante las distintas fases de utilización de la necrópolis, pero que permite mostrar a los alumnos las posibilidades del enfoque horizontal, para una lectura sincrónica de las fases del yacimiento, así como la práctica de sencillos ejercicios de cronología relativa a partir de la documentación de las distintas superposiciones. Durante la campaña de excavaciones, junto con los trabajos de campo los alumnos participan en una serie de actividades programadas y Seminarios que se desarrollan en el Aula de la Naturaleza sobre otros aspectos del trabajo arqueológico como es el de la prospección. Este Seminario en concreto permite no sólo la iniciación en una de las actividades básicas de documentación arqueológica tanto en proyectos de investigación, como en los de la llamada arqueología de gestión impulsada por la Consejería de Cultura, sino también rentabilizar el horario de trabajo cuando las condiciones atmosféricas adversas se alian con la geografía de la zona y hacen imposible el acceso al yacimiento. Cuando ocasionalmente se plantea esta situación los alumnos realizan prácticas de prospección arqueológica superficial cuyos resultados, pasan a las fichas normalizadas proporcionadas por la Consejería de Cultura, que ha autorizado con el correspondiente permiso tal actividad. Otra de las funciones que cumple el Aula de la Naturaleza es la de servir de sala de exposición temporal de los conjuntos y materiales obtenidos cada día, para que puedan ser visitados por los vecinos, durante las tardes y los fines de semana. Desde la primera campaña en el año 1997 nuestra actividad no pasa desapercibida en el entorno de la localidad de Villafranca, ya que nuestra presencia y el inicio de los trabajos figuran en el programa de fiestas locales. Si a esto le añadimos la coinci-dencia con las tareas de la vendimia en toda la comarca, es fácil entender el que seamos objeto de numerosas visitas, que tras la sorpresa inicial por las características de nuestro trabajo y los hallazgos realizados, demandan con inagotable curiosidad más información sobre la fecha, cultura y costumbres de la gente que utilizó la necrópolis. Un porcentaje importante de estos visitantes suelen pasarse por el Aula de la Naturaleza donde la contemplación de los distintos recipientes y elementos de los ajuares funerarios no hacen sino avivar su interés por conocer más cosas de todo lo relacionado con el yacimiento. Cabe resaltar que esta política de puertas abiertas no ha supuesto hasta el momento ningún factor de riesgo para la conservación del yacimiento, antes bien se ha convertido en una fuente de información sobre la existencia de otros yacimientos en la zona y en la certeza de que cualquier actividad incontrolada sería inmediatamente detectada y puesta en conocimiento de las autoridades. Dentro de estas actividades de difusión y coincidiendo con el inicio del curso escolar se han organizado por las tardes para los alumnos de Primaria de la localidad una serie de visitas al yacimiento acompañados por sus profesores (Lám. Estas visitas se utilizan por el profesorado como un recurso didáctico para hacer más atractivos y cercanos algunos de los temas relacionados con la arqueología y el patrimonio en el marco de la asignatura de las Ciencias Sociales. Sin embargo dentro de las posibilidades de utilización del yacimiento en distintas actividades de difusión somos conscientes que las mismas tienen el handicap de una temporalidad breve: las tres semanas que duran las campañas de excavación. Por otro lado las características del yacimiento lo hacen de difícil acondicionamiento para ser visitado durante todo el año. Facilitar el acceso supondría una inversión económica considerabl. Las estructuras funerarias de adobe, que son tapadas al concluir los trabajos arqueológicos (Lám. V), presentan grandes dificultades técnicas para su conservación tanto al aire libre como bajo distintos tipos de cerramiento y techado, que solo se podrían abordar a partir de la delimitación de su perímetro, lo que hasta el momento no se ha conseguido. La distribución de las tumbas y sus característicos adosamientos y superposiciones las hacen de dificil comprensión para el visitante, a lo que habría que añadir la imposibilidad de exponer m situ los ajuares funerarios, salvo que se contara con un tipo de estructura que propor- La solución que permitiera conjugar la creciente demanda y expectativas de los potenciales visitantes, y las características que lo hacían difícilmente visitable fuera de la campaña de excavaciones, se perfiló al ser incluido el yacimiento del Palomar de Lám. El profesor Pereira "afrontando" con decisión una visita didáctica a la necrópolis de Palomar de Pintado (Villafranca de los Caballeros, Toledo). Pintado en el proyecto de museos locales o centro de interpretación diseñado y gestionado por el Servicio de Arqueología de la Diputación de Toledo. EL CENTRO DE INTERPRETACIÓN Para cumplir estas expectativas y de nuevo con la siempre necesaria colaboración del Ayuntamiento de Villafranca de los Caballeros, se iniciaron los estudios dirigidos a conocer cuál era la mejor manera de presentar el yacimiento a la sociedad. La naturaleza del mismo, un cúmulo de superposiciones de estructuras en adobe, alguna pequeña construcción en piedra o simples agujeros en el suelo, imposibilitaban como ya se ha reseñado la realización del acondicionamiento necesario para convertir el lugar de las excavaciones en un auténtico yacimiento visitable (Lám. Este hecho, unido a la problemática conservación del resto de la necró-_,, r • poUs ante la posibilidad de visitas incontroladas en Lám.V Sistema de protección de las estructuras luneranas ^ ^ i • i j i • ^ u^uu^^^o w,^f; de la necrópolis de Palomar de Pintado (Villafranca de los "" lug^r alejado de cualquier zona habitada, moti-Caballeros Toledo) antes de ser tapadas. vo el que planteáramos la ejecución de un Centro de Interpretación del yacimiento aprovechando alguno de los inmuebles de arquitectura tradicional con los que cuenta la localidad de Villafranca de los Caballeros, dentro de su casco urbano. De todos los inmuebles posibles el Ayuntamiento de la localidad adaptó el ubicado en la Calle del Norte que fue objeto de rehabilitación por parte de una escuela taller de titularidad municipal (Lám. Tras la finalización de las obras se eligió la parte del inmueble que iba a ser destinada explicar el yacimiento de Palomar de Pintado y se dio inicio a los trabajos de montaje basado en los proyectos museológico y museográfico realizados por el Servicio de Arqueología de la Diputación Provincial de Toledo. El primer trabajo consistió en convencer a los diferentes colectivos interesados que, en ningún momento, nos estábamos planteando la realización de un museo sino de otra figura próxima, pero con naturaleza propia, como es la del Centro de Interpretación, costeado por la Diputación y mantenido por el Ayuntamiento, menos conocida por el público en general, pero mucho más efectiva para loca-lidades pequeñas en las que es imposible mantener abiertas las instalaciones que un museo requiere. Una vez definido el producto se buscó el tipo de público en el que se quería centrar el mensaje, que se decidió fuese el del estudiante de secundaria de toda la región. Tras aclarar este particular se acometió la redacción de los diferentes proyectos que definieron un total de dos espacios. El primero destinado a plantear al visitante la cronología en la historia de la humanidad, es decir, a hacer próximos a los individuos protagonistas de la historia que les Íbamos a contar en relación con los millones de años de nuestra historia, así como a situar en una barra cronológica los principales sucesos geológicos y humanos que han definido la formación de la comarca. Desde la aparición de la llanura manchega, hasta llegar a nuestros días aparecen diversos datos que permiten ubicar al visitante en el momento en el que comienza la historia que queremos contar. Tras estos primeros montajes se llega a la sala principal en la que se desarrolla todo el mensaje que explica el yacimiento de Palomar de Pintado y, lo que siempre fue importante para nosotros, explica cuál era el motivo de nuestra presencia en la localidad desde mediados de los años 80, a la vez que se da a conocer los resultados de las distintas campañas realizadas. En este espacio se trata de explicar la historia del último milenio a.C. en la comarca de la Mancha, haciendo especial mención al yacimiento de Palomar de Pintado. Para conseguirlo se ideó la realización de una serie de montajes con un gran plano o mapa, acompañado de fotografías retroiluminadas y diversos textos, que posibilitaban una visita a muy diferentes niveles según pudiera ser la demanda y nivel de formación de cada grupo de visitantes. Los paneles que se incluyeron en este montaje son: Origen de una cultura. La iberización de la Mancha. -La necrópolis de Palomar de Pintado (Lám. IX). -La arqueología de la muerte. -De la aldea a la ciudad. -Romanos e indígenas. -La Romanización. -La Romanización de la Mancha. Este conjunto de paneles que conforman el hilo conductor, se acompaña de reproducciones de los recipientes cerámicos más significativos que fueron albergadas en vitrinas instaladas aprovechando los huecos tradicionales de la vivienda. De todas las piezas expuestas merece especial interés la reproducción de la gran falcata con decoración damasquinada en plata aparecida en las últimas campañas de excavación que, ante el amplio interés que despertó en los medios de comunicación de la provincia de Toledo al ser la primera espada de hierro conocida en una zona de especial tradición espadera, ha pasado a ser, en cierta medida, la "imagen emblemática" del yacimiento. El Centro de Interpretación abrió sus puertas en octubre del año 1998 y desde entonces se ha convertido en visita obligada para un buen número de es- colares de toda la zona, así como en el complemento de una oferta turística incipiente que mezcla el interés por la medio lagunar manchego con la artesanía, la historia y el Patrimonio, hasta el punto de llegar a confeccionar un producto turístico que ha sido presentado en ferias tan importantes como es la Feria Internacional de Turismo Fitur 2000 en Madrid. Este nuevo modelo basado en la colaboración institucional que posibilita la formación práctica de alumnos y que, a la vez, incide en el desarrollo local de la comunidad en la que se realiza, marca la diferencia con el viejo modelo de intervención con el que se iniciaron las actuaciones en Palomar de Pintado y suponen, a la luz de los costes y resultados, una magnífica propuesta para seguir actuando en otros yacimientos de la provincia de Toledo. Hasta la fecha el grado de cumplimiento de los objetivos del convenio por parte de las instituciones implicadas y la rentabilidad social obtenida es altamente satisfactorio. Esta situación se traduce en que el propio Ayuntamiento de Villafranca de los Caballeros sea el primer interesado en plantear la intervención en nuevos yacimientos alguno de los cuales completaría la información procedente de la necrópolis. A esto hay que añadir el hecho de que todos los años se tenga que realizar un sorteo entre los alumnos toledanos para poder formar el equipo de trabajo y, sobre todo, la evidencia de que por primera vez, y tras tres campañas sucesivas, vuelvan a aparecer nuevos licenciados capaces de aspirar a un hueco en la práctica de la arqueología como profesión tras más de una década sin caras nuevas. Estas son las mejores cartas de presentación de un modelo de gestión en el que a nuestro juicio se integran de manera armónica los aspectos científicos y académicos con el acceso y disfrute social de un bien cultural. La verificación de estas expectativas tan optimistas vendrá en el curso de dos o tres años, cuando tras la revisión de la prórroga se esté desarrollando una segunda fase del proyecto y la información sobre los
ANE y abandonada poco después del 350 ANE, constituye un yacimiento clave para la compren- La fortaleza de Els Vilars de Arbeca constituye una de las piezas claves en el marco general de un proyecto de investigación, "Un modelo singular de la transformación de las sociedades segmentarias en sociedades complejas: el Valle del Segre (II y I milenio ANE)" (DGES, MEC, PB96-0419), a su vez heredero de otro anterior "Primera Edad del Hierro y Época Ibérica en la Catalunya Occidental. Territorio y urbanismo" (DGICYT, PS-0148), y del trabajo de un equipo, el Grup d'Investigado Prehistórica de la Universitat de Lleida. Dicho proyecto tiene por objetivo caracterizar en las llanadas occidentales catalanas ese proceso histórico que, a caballo del segundo y el primer mile-T. P., 57, n." 2, 2000 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es nio, lleva a la aldea a convertirse en ciuitas. Desde la aparición de las grandes aldeas de patrón disperso tipo Minferri ( Juneda) a la definición del Grupo del Segre-Cinca, la formación social aldeana y sus pequeños poblados cerrados, ejemplificados por Geno (Aitona); desde ésta a la aparición de jefaturas y linajes aristocráticos y, más tarde, al desarrollo de la etnia ilergeta como una sociedad estatal arcaica, politribal, con un territorio extenso y definido, presidido por la ciuitas y el regulas. El proyecto se propone, también, mostrar la singularidad de este proceso histórico y de su materialización concreta en el registro arqueológico en relación con el noreste peninsular estricto, es decir, la costa catalana, y el sur de Francia por debajo del Hérault. Una de las claves explicativas de esta originalidad, que lleva a las comunidades agrícolas del Valle del Segre a desarrollar nuevas estrategias de ocupación del territorio, un temprano urbanismo y la arquitectura en piedra, radica en la adopción y desarrollo de nuevas formas de producción agrícola. Dos tesis doctorales se han consagrado al análisis y contrastación arqueológica de dicho proceso histórico (Alonso, 1999; López, 2000). La fortaleza de Arbeca reflej a en profundidad las dimensiones fundamentales de esas transformaciones en su etapa final: nuevas estrategias de explotación y control del territorio, desarrollo de jefaturas complejas durante la Primera Edad del Hierro y tránsito al estado arcaico ilergeta. Parece obvio suponer que, a lo largo de cuatrocientos años de vida, la fortificación no desempeñó el mismo papel, sino que su suerte, su creación y su desaparición, estuvo profundamente imbricada en los profundos cambios económicos, sociales y políticos que tuvieron lugar entre el 750 y el 350AÑE. La sociedad ilergeta de fines del sigloVI difería de la sociedad preibérica de la segunda mitad del VIII, pero aún eran más significativas las diferencias entre el mundo ibérico pleno de mediados del siglo IV y aquélla. La fortaleza, nacida a mediados de la octava centuria como manifestación arrogante de fuerza en su condición de residencia de un linaje aristocrático, exaltaba su poder y prestigio sobre el territorio y las comunidades que lo ocupaban sobredimensionando sus defensas, más allá de las necesidades estrictamente militares (Fig. 1). Cuando se consolidaron formas políticas más amplias y estables, posiblemente la vieja fortaleza perdió su razón de ser. Hemos sugerido que su abandono fué provocado por la hipertrofia del sistema defensivo (Alonso et alii, 1998). Además, el reducido espacio interior resul-taba a todas luces insuficiente para las exigencias del urbanismo y la arquitectura ilergetes de la segunda mitad del siglo IV y las murallas y el foso constituían un obstáculo insalvable que impedía el crecimiento a extramuros, solución que había sido adoptada en ti oppidum del Molí d'Espígol (Tomabous, Lleida). La afirmación de un nuevo marco político más amplio y estable, el del estado aristocrático ilergeta, convirtió en obsoleta aquélla expresión de las viejas jefaturas, lo que unido a las dimensiones de un recinto en el que apenas cabían hacinadas un centenar y medio de personas, significó su suerte irremediable: abandono y ruina. "Vilars 2000", como proyecto interdisciplinar que tiene por objetivo la investigación integral de un asentamiento y su territorio, constituye hoy uno de los escasos ejemplos activos en el depauperado panorama de la arqueología ibérica catalana. El proyecto se desarrolla en una serie de líneas de investigación que encauzan las diferentes perspectivas y objetivos del equipo. Éstas se ocupan de campos imbricados entre sí y no constituyen una jerarquía de objetivos. LA SECUENCIA: CRONOLOGÍA Y PRESENTACIÓN POR FASES La periodización del yacimiento, especialmente en sus fases más antiguas, no ha sido concebida como un andamiaje cronológico construido a partir de "fósiles directores", que tan sólo hubiera conducido a reproducir períodos culturales preexistentes. Se ha intentado establecer una temporalidad calendárica, independiente de las propuetas arqueológicas conocidas y basada en tres presupuestos teórico-metodológicos fundamentales: La inserción de la secuencia de la fortaleza dentro del proceso histórico singular que se desarrolla en el valle del Segre. El respeto más riguroso a la estratigrafía, los contextos arqueológicos y las actividades antrópicas inherentes para establecer la secuencia interna de la fortaleza. La utilización de la calibración de las dataciones como soporte esencial para establecer la temporalidad absoluta de cada fase o período. En síntesis y por lo que concierne a la periodización de las diferentes fases a partir de series más o menos amplias de dataciones, nuestra propuesta se basa en la utilización de los valores centrales que proporciona la mediana de los intervalos de máxima probabilidad (IMP) de dichas dataciones calibradas a 2 sigmas, depurados hasta un mínimo del 90% de fiabilidad (Agustí et alii, 2000: 305-324; López, 2000). Este método se compagina o contrasta con la obtención "artificial" de medias ponderadas puntuales, cuando se trata de fechar acontecimientos concretos o actividades antrópicas que cuentan con varias dataciones radiocarbónicas. Por lo que respecta a la estratigrafía interna del yacimiento, se distinguen dos grandes horizontes culturales, materializados por diferentes refacciones urbanísticas que en ningún momento alteran el perímetro original de la fortaleza: Primera Edad del Hierro o GSC-IV: Vilars Oyl Comprende la fundación ^x novo de la fortaleza (Vilars 0) y una primera reconstrucción de las viviendas (Vilars I), que cambian significativamente su planta y dimensiones, reduciendo su tamaño hasta la mitad y perdiendo el vestíbulo. Desde el momento inicial, el asentamento está protegido por una muralla y once torres, un campo frisio y un foso, siendo los dos primeros elementos paulatinamente reforzados con paramentos múltiples. El recinto dispone de dos entradas: una torre-puerta al Este y una poterna al Oeste. Período ibérico: Vilars II, III y IV El ibérico antiguo corresponde a la fase Vilars II. No se modifica el perímetro, ni la disposición urbanística original, aunque sí parcialmente el espacio central y el trazado de algunas calles relacionadas con los accesos. Se anula la poterna Oeste y se abre una nueva puerta de entrada orientada al norte, al amparo de una de las torres antiguas y de una nueva, hueca, construida en posición adelantada. Las viviendas son ahora más complejas y compartimentadas; el foso y la barrera de piedras hincadas se han ido colmatando de tierras paulatinamente y, a finales del período, debían estar prácticamente fuera de servicio. Durante el ibérico pleno (Vilars III y Vilars IV) tiene lugar, a inicios de la fase Vilars III, una importante remodelación urbanística que afecta a la distribución y orientación general de los espacios de circulación. Se construye el gran pozo o cisterna central con un bajador o corredor de acceso. En el exterior, se excava un gran foso a expensas del anterior, forrando sus taludes con un nuevo muro. Con toda probabilidad la antigua torre-puerta abierta al Este ha sido anulada; no así la puerta norte, según se desprende de las potentes estructuras que, ante ella, doblan el paramento del foso. Vilars IV se refiere a la ocupación que precede al abandono. Se trata de una fase mal conocida y peor conservada a la que se relacionan pequeñas refacciones domésticas y la obliteración intencionada de la cisterna. En términos de cronología absoluta, ya hemos argumentado en un trabajo anterior (Agustí ^í alii, 2000: 305-324) que la fecha fundacional del yacimiento podría situarse en torno al 762 cal. ANE a partir de la mediana de los intervalos de máxima probabilidad (IMP) (Fig. 2, Diagrama A). Hemos insistido también en que dicha cronología podría ser incluso ligeramente más alta si tenemos en cuenta que la serie de cuatro dataciones disponible para la fase Vilars O cuenta con una calibración (Beta-92277) inmersa de lleno en el tramo conocido como la "catástrofe del Hierro" (Baillie y Pilcher, 1983:58). Habida cuenta del escaso número de dataciones todavía disponible, dicha calibración distorsiona considerablemente el valor central final, por lo cual consideramos prudente realizar otras aproximaciones sin incluirla. Así, la mediana de los IMP resultante (Fig. 2, Diagrama B) se situaría hacia el 793 cal. ANE, cuyo valor central de los IMP se situaría hacia el 800 cal. Esta relativa mayor antigüedad de la fase fundacional viene avalada también por las dataciones obtenidas durante la campaña de 1999, referidas a la fase posterior (Vilars I), inéditas hasta hoy. Se han obtenido por AMS, a partir de los huesos de dos fetos de caballo aparecidos en el estrato de construcción (UE 4642) que precede al pavimento más antiguo de la fase Vilars I, con lo cual marcan también el final de Vilars 0. Se trata de dos deposiciones independientes, posiblemente rituales y aparecidas en puntos diferentes de la habitación. Aún así, su presencia en un mismo estrato, que por otro lado responde a una única actividad antrópica, permite considerarlas relativamente contemporáneas o muy poco distanciadas en el tiempo. La mediana de los IMP resultante (Fig. 2) las sitúa hacia el 780 cal. Este valor debe tomarse también, sin embargo, con extrema prudencia ya que la serie es muy reducida y una aproximación estadística diferente rebaja considerablemente dicha cronología, hecho que parece más coherente si se considera su posición dentro de la secuencia estratigráfica. Así, su análisis estadístico soporta perfectamente el test de "t" (1,4) para poder ser tratadas conjuntamente, con lo cual se obtiene una media ponderada de 2579 ± 28 BP, cuya calibración proporciona un valor central de los IMP en torno al 701 cal. Será necesario pues confirmar en el futuro con nuevas dataciones esta tendencia a la baja, en principio lógica, para poder establecer definitivamente en años calendáricos la secuencia interna de la Primera Edad del Hierro. A pesar de todo y teniendo presentes las limitaciones mencionadas, puede proponerse una cronología para Vilars O en torno al 800/775 -700/675 cal. En efecto, el resto de la secuencia descansa sobre indicadores crono-culturales convencionales, estratificados en el propio asentamiento o fechados en contextos ajenos al mismo. La fechación atribuida a la aparición de las primeras cerámicas torneadas paleoibéricas de origen meridional o costero e ibéricas pintadas ya locales en la Cataluña occidental y el Valle del Segre, nos permiten situar vagamente en la segunda mitad del siglo VI el tránsito entre Vilars I y Vilars II. Por su parte, la cerámica gris monocroma, característica de este último, con su elemento más representativo en el plato de bor-de à marli, forma de incontestable origen grecooriental fechada entre mediados del VI y primera mitad del siglo V, nos lleva a alargar la etapa ibérica antigua hasta el tercer cuarto del siglo V. La fechación de las fases más recientes, Vilars III y Vilars IV, viene condicionada por diferentes factores. De entrada, los niveles correspondientes han sido casi totalmente arrasados y tan sólo se conservan en el gran testigo (Zonas O y 8) y, por otro lado, la estrategia de excavación primando la delimitación del recinto ha "olvidado" de momento este reducido espacio interior. No se ha planteado hasta ahora la fechación radiométrica de estas fases y su cronología descansa, como decimos, sobre algunos conjuntos estratificados y materiales aislados con datación tipológica bastante precisa. Nos referimos a la presencia de figuras rojas y barniz negro ático. Vilars III se fecha a partir de unsikylix-skyphos de figuras rojas próxima a los círculos del pintor de phi, datable eñ el primer tercio de la cuarta centuria y a nnakylix de pie hdijodelicatte class, atribuible al último cuarto de la quinta centuria o inicios de la siguiente (Garcés y Junyent, 1988:106;1989, 48; GsLYcésetalii, 1991: 183-184). Las cerámicas áticas de barniz negro más tardías ofrecen un terminus post quern al momento de abandono de la fortaleza. Es de destacar la inexistencia en el asentamiento de producciones atribuibles a la segunda mitad del siglo IV, razón por la cual lo hemos situado en torno a 325 ANE. LA DOCUMENTACIÓN: EL SISTEMA GENERAL DE REGISTRO El sistema de excavación y registro aplicado en Els Vilars contó bien pronto con la informática (Garcés etalii, 1991: 189-210). A los grandes capítulos habituales del Sistema General de Registro: Registro Estratigráfico (ficheros de información estratigráfica), Registro Documental (ficheros de fotografías, plantas, secciones y alzados). Registro de Materiales (ficheros de inventario y cuantificación de materiales y muestras) y Diagrama Estratigráfico, hemos incorporado otro nuevo: Registro Patrimonial. Desde la campaña de restauración y consolidación en la cara occidental del gran corte-testigo efectuada el año 1993, la complejidad de la intervención, la consciencia del salto cualitativo que suponía la perspectiva de recuperar la totalidad del monumento y el rigor en la documentación de cuanto se hacía, se convirtió en uno de los criterios básicos de intervención. A partir de entonces la actuación sobre el patrimonio fue igualmente informatizada. Se incorporó al sistema de registro un nuevo fichero, PATRIA-VIL, Patrimonio Arqueológico deis Vilars, que consiste en una base de datos que recoge sistemáticamente, a partir de fotografías digitalizadas, la intervención sobre cada unidad estratigráfica constructiva intervenida. Generalmente, se trata de elevaciones de muros y la ficha correspondiente recoge, mediante cuatro fotografías, su estado antes y después de la intervención, indicando las restituciones y añadidos, y recogiendo la información estratigráfica y topográfica de la U.E., el hecho arqueológico al que pertenece, datación TPQ/TAQ, fase a la que corresponde, descripción del trabajo realizado, observaciones y fecha. A partir del año 1996 el equipo se propuso otro salto cualitativo incorporando la restitución en 3D al registro y la utilización del tiempo real y los recursos multimedia en la reconstrucción global de la fortaleza: nacía así "Vilars Virtual" (Lám. "Vilars Virtual" es un proyecto compartido por arqueólogos/as e informáticos/as cuyo objetivo es la creación de un modelo tridimensional que restituya el urbanismo y la arquitectura de la fortaleza, así como el paisaje de su entorno, paleotopografía y paleovegetación natural y cultivos. "Vilars Virtual" es un proyecto común del Grup d'Investigado Prehistórica y del Grup de Recerca Interacció Humà-Ordinador del Departament de Informática i Enginyeria Industrial de la Universitat de Lleida. Pretendemos desarrollar un instrumento que tiene que ser tan útil para la investigación como para la difusión social de los resultados de la investigación arqueológica. "Vilars Virtual" es una herramienta de difusión ciudadana. La restitución volumétrica y de ambientes es esencial para mostrar al público el valor patrimonial del conjunto y los resultados de la investigación. "Vilars Virtual" recoge lo esencial del doble reto del proyecto "Vilars 2000": alcanzar los objetivos científicos y socializarlos. La necesidad de optimizar la explotación de Lám. I. Representación tridimensional de la fase Vilars O de El s Vilars (Arbeca, Lleida). los datos de las excavaciones y las posibilidades que representan las nuevas tecnologías para su aplicación en el campo de la arqueología justifican sobradamente los esfuerzos. La documentación arqueológica describe los restos tal como los recuperamos. Ahora, mediante la infografía y los sistemas multimedia, pretendemos acercarnos al pasado tal como era a través del pasado interpretado. El objetivo es crear una base de datos capaz de representar de manera automática las estructuras recuperadas tal y como las interpretamos gracias a un diccionario de objetos. Pretendemos que este sistema permita una actualización constante de la base documental, ofreciendo siempre un estado de la cuestión. Trabajamos para lograr una total elasticidad en las demandas de visualización, hecho que hará posible mostrar estructuras estrictamente sincrónicas o limitar la representación espacialmente (Alonso et alii, 2000: 225-231). Conscientes de que una imagen puede engañar más que mil palabras, nos planteamos como irrenunciable la conexión entre documentación y restitución, entre la realidad virtual y la virtualidad, para evitar la "tentación de los efectos especiales", ciñendo la reconstrucción a hechos. La realidad virtual no debe substituir a la realidad materializada en el registro sino que debe desarrollarla. No se trata de renunciar a las posibilidades de la infografi'a sino de utilizarla para transmitir información rigurosa, tanto cuando se pretende la simulación mimética y exacta como cuando el objetivo es una recreación virtual sin referente preciso en el registro arqueológico. Por eso, la propuesta de restitución deberá ser siempre reversible, haciendo posible el retorno a la información de base, y transparente, en el sentido de permitir una lectura crítica al ofrecer una visualización diferenciada de los restos recuperados, los restos restaurados y las hipótesis reconstructivas. Un primer vídeo ha servido de prueba piloto, convirtiéndose a la vez en un instrumento de promoción de "Vilars 2000". Pese a tener poco que ver con los objetivos finales planteados, su calidad ha permitido presentarlo en t\26th International Congress CAÁ, en la Muestra de Realidad Virtual celebrada en Barcelona, marzo de 1998, y en "Archeo Virtua ", 1er Festival International du Multimedia pour VArchéologie, Archéodrome de Bourgogne, marzo de 1999. Los medios utilizados hasta la fecha son los propios de los dos equipos. El registro arqueológico documental y gráfico en 2D utiliza el enlomo Apple Macintosh, es informatizado en bases de datos Claris File Maker y la documentación gráfica o^n Adobe Illustrator, Para confeccionar el modelo virtual se partió de una planta interpretativa también realizada tn Illustrator y se le dio volumen con el programa 3D Studio Max. Las texturas fueron creadas en Adobe Photoshop, a veces partiendo de dibujos vectoriales///w^-íraíor. El montaje del vídeo se realizó con el programaA Joô^ Première. Tanto el modelado como el rendering y el montaje de vídeo se hicieron en sistemas compatibles IBM conMicrosoft Windows 95. La dimensión patrimonial de la intervención en Els Vilars ha ido evolucionando con el tiempo, hasta llegar a ser lo que hoy es en el marco del proyecto "Vilars 2000". La consecuente declaración como Bé Cultural d'Interés Nacional (BCIN) en la categoría de zona arqueológica ha supuesto entrar en una tercera fase caracterizada por la redacción y ejecución del Plan Director como instrumento que asegure la realización del proyecto de acuerdo con la.Llei 9/1993 del Patrimoni Cultural Cátala (DOGC, 1807(DOGC,, 11.10. En general, las tres primeras intervenciones, años 1988,1989 y 1992, fueron actuaciones epidérmicas, con la intención de impedir la degradación y la pérdida inmediata de las estructuras afectadas. Mientras que las realizadas los años 1993 y 1995, se en-marcaron en un proyecto de recuperación, el citado PlanTrianual. La intervención más compleja tuvo lugar sobre el lado occidental del gran testigo, resto del tell original, que atraviesa de norte a sur la fortaleza. El gran impacto visual de los muros de hormigón hace discutible el resultado de la intervención, que deberá ser reformulada y, en cualquier caso, integrada en el Plan Director. La definitiva confirmación de la singularidad de las estructuras constructivas, su buen estado de conservación y el excepcional interés arqueológico fue el detonante que exigió el replanteamiento de la situación y la decisión de promover la compra de las fincas. A partir de la declaración de BCIN y de la asunción del proyecto "Vilars 2000", venimos desarrollando una'estrategia de excavar-consolidar-presentar. El objetivo es doble: por un lado, rentabilizar el trabajo mostrando al público los resultados casi al mismo tiempo que se produce la excavación y haciendo evidente a la Administración el progreso experimentado; por el otro, corregir los excesos y riesgos asumidos por la priorización de la excavación extensiva y la exposición a la intemperie durante largo tiempo de restos arqueológicos desprotegidos. Las intervenciones realizadas son modestas, teniendo en cuenta que no han de interferir ni condicionar el futuro proyecto de musealización. Hasta la fecha, han consistido en la consolidación de muros y estructuras que aparecen arrasadas por los trabajos agrícolas a una cota uniforme y se limitan, en términos generales, al recrecimiento de dos o tres hiladas para garantizar su protección. Se utiliza el mismo mampuesto y se substituye la arcilla que lo ligaba por un mortero de cal, arena y tierra del propio yacimiento. En el caso de las torresT-25, T-221 y T-247, la restauración ha supuesto la recuperación del volumen suficiente para transmitir la idea de su antigua monumentalidad (Lám. Los criterios generales de intervención seguidos pueden resumirse en seis puntos: documentación, fidelidad-rigor, reversibilidad, consolidación, restauración y restitución (Alonso et alii, e.p.). IL Vista general del barrio meridional y de la muralla de la fortaleza de Els Vilars (Arbeca, Lleida) después de los trabajos de restauración de 1999. un sistema en el que la Administración recorta los presupuestos destinados a investigación y patrimonio, favorece las privatizaciones, envía la arqueología al mercado y obliga a los investigadores a obtener recursos como sea o a quedar en la inanidad. En este contexto, la comunicación social se instrumentaliza convirtiéndose en una forma de vender y obtener éxito y a la que el mercado dicta sus condiciones. Esta situación no debe ser aceptada acríticamente para poder combatir las perversiones inducidas (conversión de la información en mercancía, confusión de la demanda del mercado con las necesidades sociales, aceptación de los mecanismos y el lenguaje de los propios medios, competitividad, vulgarización, "impactolatría"...) y seguir reivindicando políticas públicas de investigación y patrimonio. Para nosotros, desde la dimensión pública de la Universidad, comunicar la investigación científica universitaria es un deber social. Mediante nuestro trabajo y la comunicación de sus resultados devolvemos a la sociedad el gasto público en forma de conocimiento y de patrimonio. En realidad, asumiendo todo ésto, respondíamos al convencimiento íntimo de que los yacimientos deben ser mostrados por los arqueólogos/as y disfrutados por el público y de que, si no es así, mejor están enterrados. Al margen de estas consideraciones ético-políticas, la comunicación científica supone otros valores añadidos: mejora de la imagen de la institución en que se trabaja, promoción social e institucional del proyecto, beneficios curriculares personales, obtención de recursos y financiación y hasta satisfacción del propio ego. "Vilars 2000" tiene en la socialización de sus resultados, conocimiento y patrimonio, un objetivo prioritario. Se trata, como venimos repitiendo, de investigar un yacimiento clave para el conocimiento histórico-arqueológico, de recuperar un monumento y de hacer posible su disfrute público. A lo largo de casi quince años el proyecto se ha ido transformando hasta adquirir su actual configuración. Comenzó siendo una intervención de urgencia, se consolidó luego como proyecto de investigación y ha acabado convirtiéndose en "Vilars 2000". De forma paralela, la comunicación científica y la proyección social del proyecto se ha ido haciendo más sistemática y hoy podemos afirmar, que constituye una de las líneas estratégicas y que, como tal, ha resultado básica en la consolidación y desarrollo del mismo. Sus actuales perspectivas son ciertamente inimaginables sin el grado de presencia social y mediática alcanzado. El equipo, con todos los problemas derivados de la falta de medios, tiempo y profesionalidad en estas lides, ha dedicado su esfuerzo a conseguirlo. A diferencia del celo protector con que, hace tan sólo unos años, investigadores e investigadoras envolvíamos los resultados del trabajo antes de ser publicados, nuestra estrategia ha sido literalmente la contraria, entendiendo que toda difusión de los mismos promocionaba el proyecto. Buen ejemplo de lo que decimos es la aparición de restituciones, incluso, de la propia planta de la fortaleza antes de su publicación científica por parte del equipo. Entre las acciones y actividades de difusión desarrolladas, subrayamos: Participación en campañas institucionales y asistencia a reuniones sobre la comunicación científica, por ejemplo. Estrategia tendente a garantizar la presencia en: Colaboración con el Gabinete de Prensa de la Universitat de Lleida. Presencia regular en la prensa de ámbito nacional {El País, Avui, La Vanguardia, El Periódico) y continuada en la prensa local (Segre y La Mañana). Grabación y emisión (13 y 15 de octubre de 1998) por parte del Canal 33, de un capítulo deM^^ Enllà del 2000, el programa de divulgación científica de mayor prestigio de Televisió de Catalunya. Grabación y emisión de un ca- pítulo de Catalunya Retails, programa de Televisión Española de Catalunya. Grabación de un programa de unos 15' de duración para Canal Digital sobre realidad virtual y arqueología (1999). Grabación (mayo 2000) para una serie de TV3 de historia de Catalunya. Participación en diferentes programas culturales y de información general de radio, como UObservatori de Radio Nacional de España en Barcelona, UAparador de Catalunya Radio o La Tertulia'' de ComRádio Lleida, etc.. -CD-ROM. Edición electrónica del libro mencionado. Incluye el vídeo Vilars Virtual. El primer producto del proyecto "Vilars Virtual" ha sido un vídeo de edición limitada y uso casi exclusivamente promocional que se ha enviado a instituciones y potenciales patrocinadores. En su formato actual de 6' (versión 1998), puede verse en el web site, en el CD-ROM o en el propio Ajuntament d'Arbeca tras una visita a la fortaleza. Está previsto disponer en diciembre de 2000 de una nueva versión centrada en las fases Vilars O y I, de unos 20' de duración y que incorporará la paleotopografía y el paisaje vegetal del entorno de la fortaleza. Así mismo, en el recorrido interior se podrá penetrar en una vivienda. Los primeros resultados han sido avanzados en el 28 th International Congress CAÁ, Ljubljana (Eslovenia), abril de 2000. Difusión escolar y edición de materiales didácticos: A lo largo del mes de mayo de 2000 se ha desarrollado en colaboración con el Institut de Ciències de I'Educado de la Universitat de Lleida la actividad "Vilars ens descobreix la cultura ibérica''. La experiencia ha tenido un carácter experimental y ha servido para poner a prueba talleres y materiales didácticos. Han participado más de un centenar de niños y niñas del Ciclo Superior de Primaria de las escuelas CEIPAlbirka (Arbeca), CEIP Joan XXIII (les Borges Blanques) y ZER Riu Corb (Belianes). Tres monitores/as han organizado una sesión previa en las escuelas, cuatro talleres sobre el terreno (descubrimiento de la fortaleza, urbanismo, mundo funerario, el trabajo de los arqueólogos: la máquina de flotación) y una sesión de reflexión y conclusión. A partir del próximo año se formalizará la oferta a todas las escuelas leridanas, adaptándolas también a alumnado de primer Ciclo de ESO, y se editarán los materiales. Asimismo, hemos colaborado con la Editorial Baula y elMuseu d'Arqueología de Catalunya en la preparación de La ruta deis ibers. Crédit variable d'ampliado, Ciències Socials, Educado Secundaria Obligatoria (Hernández et alii, 1999) y en una experiencia similar con la Fundado Enciclopedia Catalana', en ambos proyectos tiene una presencia significada la fortaleza arbequina. Desde febrero de 1999 el proyecto dispone de un web site en la red con dominio propio: http:// www.vilars2000.com. El internauta puede acceder al contenido del libro Vilars 2000. Unafortalesa d'ara fa 2700 anys, a un vídeo presentando una restitución virtual, la bibliografía científica, el estado actualizado del proyecto, enlaces con webs sobre la cultura ibérica, información turística complementaria y, finalmente, información sobre las actividades previstas (excavaciones, cursos, publicaciones, presencia en reuniones, etc.). Un buzón permite conectar con el correo electrónico de los miembros del equipo investigador.''La Ruta deis Ibers": La fortaleza de Els Vilars de Arbeca se incorporó en junio del pasado año a "La Ruta deis Ibers". Se trata de un proyecto del Museu d'Arqueología de Catalunya con el patrocinio inicial de la Fundado "La Caixa " que pretende poner al alcance del público los yacimientos ibéricos más relevantes del país, aprovechando la sensibilización suscitada por la exposición "Los Iberos. Príncipes de Occidente" (París, octubre 1997(París, octubre -enero 1998;;Barcelona, eneroabril 1998; Bonn, mayo-agosto 1998) e intentando materializarla en una serie de acciones dinamizadoras en los mismos. Para la fortaleza arbequina la incorporación a "La Ruta deis Ibers'' ha supuesto un importante primer paso en su presentación al público con la instalación de una infraestructura de acogida (elementos de señalización en la carretera y accesos, puntos de información y paneles informativos), la edición de material (folletos promocionales de ruta y yacimiento y tríptico de la fortaleza) y, sobre todo, la promoción desde el Musen ¿'Arqueología de Catalunya y sus diferentes sedes (Lám. El proyecto y las espectativas por él creadas ganan credibilidad y es de esperar que con la incorporación a la ruta aumenten el número de visitantes y también la atención prestada por las instituciones y los patrocinadores. Incorporación a la oferta del Patronat de Turisme de la Diputado de Lleida. Aparición en el catálogo de paquetes turísticos "Gaudir Lleida 2000". Inserción en el tejido social. Nuestra estrategia de dar a conocer el proyecto, entendiendo que su justificación última está en su socialización y que ésta es, además, la única vía posible para demostrar su interés y rentabilidad cultural y socioeconómica a las instituciones que deben asumirlo, ha tenido y tiene un objetivo prioritario en su inserción en su entorno social. Conseguir que la población conozca y estime, y se sienta -¿por qué no?-orguUosa de poseer en su término municipal unos restos arqueológicos excepcionales, que entienda que la recuperación de la fortaleza puede contribuir a mejorar la vida de los ciudadanos y las ciudadanas, a hacer un pueblo más próspero. La Arbeca de hoy y del futuro ha de desarrollar, al lado de las actividades económicas tradicionales, nuevas formas de riqueza, potenciar los recursos culturales, históricos, etnográficos y naturales y aprovechar la singularidad de su oferta ante las nuevas formas del turismo y del ocio. Únicamente en la medida que la población asuma este mensaje, un consistorio de posibilidades económicas limitadas estará en condiciones de destinar parte de sus presupuestos a la recuperación y mantenimiento de la fortaleza. Señalización de acceso de la. Desde el inicio de las excavaciones y especialmente estos últimos años, hemos dedicado una especial atención a conseguir situar el proyecto en el centro de la vida cultural de la población y lograr la máxima comprensión e implicación en el mismo. Para ello, el equipo ha prestado atención preferente a la escuela y los niños y niñas han contribuido en gran medida a dar a conocer e interesar a sus familias en el yacimiento; ha organizado jornadas de puertas abiertas todas las campañas de excavación y ha impartido conferencias y participado en Jomadas Culturales. La última jornada de puertas abiertas (30 de septiembre y 1 de octubre de 2000), celebrada conjuntamente con las Jornadas Europeas del Patrimonio promovidas por el Consejo de Europa, incluía una visita desde el aire mediante un globo cautivo y ha supuesto la participación de más de cuatrocientas personas. En la actualidad, estudiamos la posibilidad de constituir una "Asociación de Amigos de Els Vilars". Un hecho que, desde esta T. P., 57, n." 2, 2000 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es perspectiva, no consideramos anecdótico, pues muestra el grado de presencia e implicación del equipo de arqueólogos/as en la población, fue que uno de sus miembros, E. Junyent, pronunciase el pregón de laFesta Major (agosto de 1998). Este esfuerzo por difundir los resultados conseguidos y, al tiempo, promocionar el proyecto, ha dado, globalmente considerados, unos frutos espléndidos. Tanto, que en estos momentos corremos el riesgo de defraudar al visitante en las expectativas generadas, al haber sobrepasado la realidad de la excavación y la consolidación de la fortaleza, en parte por no haberse concretado determinadas iniciativas, en particular, la creación de la proyectada Escuela-Taller o el Plan de Ocupación, y, sobre todo, debido a la falta de recursos y al retraso en la redacción de los documentos técnicos que han de materializar el Plan Director. EL DESARROLLO DEL PLAN DIRECTOR El objetivo global del "Plan Director Vilars 2000", concebido como instrumento de planificación y gestión, es ofrecer a la sociedad del siglo XXI y al futuro una fortaleza ilergeta excavada, restaurada y parcialmente reconstruida y ambientada, un monumento visitable, dotado de los servicios necesarios para hacer de él una realidad social y cultural viva y un proyecto de investigación activo vinculado a la Universitat de Lleida. De la misma manera ha de constituir un motor de dinamización económica y cultural para las comarcas occidentales de Catalunya, convirtiéndose en una referencia obligada del turismo cultural en nuestra tierra y en un punto de apoyo básico de la enseñanza y la difusión de nuestra historia. Sus líneas generales han sido anteriormente expuestas (Garcés etalii, 1997) y recientemente presentadas en el I Encuentro Museos, Arqueología y Turismo, organizado por el Museo Arqueológico Nacional (Madrid, 1999) (Alonsoer alii, e.p.). hdíDirecció General del Patrimoni Cultural de la Generalitat de Catalunya nos ha encargado, finalmente, la redacción del Plan Director y sus documentos técnicos 1 y 2. En estos momentos trabajamos con la siguiente propuesta de estructuración y calendario: Investigación arqueológica y planeamiento. Los objetivos, metodología y programa de trabajos de las dos primeras se formulan respectivamente en los documentos: 1. "Proyecto de Excavaciones Arqueológicas, Investigación y Documentación" y 2. "Plan Especial de Protección Arqueológica y Ordenación de Els Vilars. Proyecto de Consolidación y Restauración". IMPLICACIÓN INSTITUCIONAL, GESTIÓN Y RECURSOS Hacer realidad "Vilars 2000" exige una investigación solvente, pero ello no ha resultado suficiente. Tampoco lo ha sido, hasta la fecha, mostrar la potencial monumentalidad del conjunto. Debemos demostrar su condición de "pozo de petróleo", de fuente de riqueza, de factor de desarrollo económico, para de este modo poder generar una dinámica capaz de proporcionar los recursos necesarios para investigar, recuperar y socializar el patrimonio. Había que hacer camino andando y mostrar la rentabilidad de los resultados que se iban obteniendo, como forma de sensibilizar a las distintas administraciones y posibles patrocinadores. En este terreno hemos dado los primeros pasos y "Vilars 2000" cuenta ya con el patrocinio de las primeras empresas, Prefabricats Pujol S.A. y SCCL del Camp VArbequina. Pretendemos ofrecer algo así como un patronazgo "a la carta": al patrocinador se le presentan las diferentes opciones, por ejemplo, la consolidación y restauración de una torre determinada, la puerta Este, etc., la investigación de tal o cual sector o tema, los talleres escolares, el nuevo vídeo, el mantenimiento de la.web, una publicación monográfica, una reunión científica internacional, etc. El objetivo es que el patrocinador sepa en qué se va a gastar su dinero y su inversión luzca individualizada en vez de ir a parar anónimamente a un pozo sin fondo. Pero la procedencia de los recursos aplicados es básicamente pública: Ajuntament d'Arbeca, Direcció General del Patrimoni Cultural (Servei d'Arqueología), Diputado de Lleida {Institut d'Estudis Ilerdencs y Patronat de Promoció Económica de les Terres de Lleida) y Ministerio de Educación y Cultura. Sin embargo, su cuantía y su carácter irregular y discontinuo vía subvenciones impiden planificar inversiones plurianuales y programar con la necesaria continuidad. Hay que implicar a los grupos de acción local y a las instituciones para poder acceder a los únicos presupuestos. hoy en día, asequibles y destinados a este tipo de iniciativas: el 1 % cultural, administrado por el Ministerio de Fomento y IdíGeneralitat de Catalunya, la actuación comunitaria en el ámbito cultural, programa Cultura 2000 (2000)(2001)(2002)(2003)(2004), y los fondos estructurales y de cohesión europeos aplicados a la política comunitaria de desarrollo rural (Política Agraria Común 2000-2006), cuyo enfoque multisectorial e integrado de la economía rural les hace adecuados a este tipo de proyectos. Es el caso del Programa de Desenvolupament Rural de Catalunya (PDR), resultado de la aplicación de las previsiones de la Agenda 2000 en el ámbito de la agricultura y el medio rural y que pretende la dinamización mediante actividades complementarias o alternativas a la agricultura, y de la iniciativa Leaders de la Unión Europea. Por ello, junto a la redacción en curso de los documentos técnicos del Plan Director, el objetivo estratégico prioritario es la constitución del Patronat d 'Arqueología de la Fortalesa d' Arbeca. El patronato, constituido por tlAjuntament d'Arbeca, leíDirecció General del Patrimoni Cultural, laD/putació de Lleida, el Conseil Comarcal de les Garrigues y la Universitat de Lleida, deberá garantizar el protagonismo de las instituciones agrupadas en consorcio y procurar la obtención y gestión de los recursos necesarios. En cuanto al modelo de gestión futura del yacimiento musealizado y visitable, pasa por su integración, teniendo en cuenta que se trata de una propiedad municipal, como sección o entidad vinculada al despliegue territorial dolMuseu d'Arqueología de Catalunya que, como es sabido, tiene sedes en Girona, Empúries, Ullastret y Olèrdola, según las previsiones del propio Departament de Cultura, anunciadas por el Conseller de Cultura ante el Parlamento de Catalunya {Notes per a la substantacíó de la sessíó informativa del Conseller de Cultura, sobre les Unies d'actuado del Govern en materia de Cultura i Esport (NT355-00004/06, 23 de marc 2000, pàg.
En este artículo se exponen los camponentes del Plan Director de Numancia (Soria), que tiene como objetivo integrar el conjunto de actuaciones (investigación, conservación, difusión y gestión) a realizar en este histórico yacimiento. Para entender mejor las actuaciones que se están realizando en la presentación didáctica y puesta en valor de Numancia, se hace previamente una serie de consideraciones sobre ocio cultural, turismo y Arqueología, uso ideológico y reconstrucción mental del pasado, teniendo a Numancia como referente. A continuación se expone la necesidad de presentar este yacimiento a través de reconstrucciones realizadas ¿n situ, como fórmula para hacer el pasado comprensible y vivido. Finalmente se valoran estas intervenciones, atendiendo a la evolución del número de visitantes y a las implicaciones socioeconómicas. INTRODUCCIÓN: OCIO, TURISMO Y ARQUEOLOGÍA El interés'por el patrimonio arqueológico es creciente. La demanda y consumo del pasado es cada vez mayor. Lo que hace sólo unos años era objeto de aprecio para unos pocos, hoy lo es de un amplio sector de la sociedad. Así lo indica el incremento de las visitas a los museos y yacimientos arqueológicos. Esta tendencia en la sociedad actual hacia la consideración del patrimonio cultural y arqueológico como bien común, es la mejor base para su propia comprensión y defensa por la sociedad (Criado y González, 1993). Esta demanda está siendo encauzada a través del turismo cultural, que trata de satisfacer una de las aspiraciones de la sociedad de bienestar, como es el tiempo de ocio. Uno de esos elementos atractivos para llenar este tiempo es el encuentro con el yacimiento arqueológico y con el pasado, que se convierte así en uno de los recursos turísticos. En este sentido, el bien arqueológico tiene que competir con otros múltiples atractivos de la oferta turística (Greffe, 1990; Criado y González, 1993; González, 1996). Esto es bueno si, partiendo del estudio e interpretación científica y de la protección y conservación de los restos arqueológicos, los yacimientos sirven para proporcionar una mayor comprensión del pasado, mostrar al público otros tiempos y espacios y despertar la actitud crítica, en relación con nuestro tiempo y cultura (Criado y González, 1993). Es decir, se trata de utilizar los bienes patrimoniales como recurso cultural por su valor de uso, estético e informativo, permitiendo a través de su disfrute satisfa-T. P., 57, n.° 2, 2000 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es cer necesidades y proporcionar bienestar (Ballart, 1997: 62). Pero la sociedad no demanda de una manera aislada este patrimonio, sino buscando un mayor contacto con la naturaleza y la integración entre paisaje y Arqueología (Nilsson, 1988; Criado, 1993; Cleere, 1995:63). En este sentido, la oferta arqueológica no puede separarse de la ecológica, que demanda espacios naturales y actividades relacionadas con ellos y con la cultura, como la mejor manera de entender el pasado (Jimeno, 1999). Así, la divulgación del Patrimonio Arqueológico, además de asegurar su conservación, permite a la Arqueología cumplir su objetivo de enseñanza del pasado y convertirse en un valor económico, junto al patrimonio natural. En este contexto social los arqueólogos tienen el deber, tanto hacia sus colegas, como hacia el público en general, de explicar qué hacen y por qué. Para cumplir este objetivo, los arqueólogos deben involucrarse en la divulgación, asegurando su apoyo en la documentación aportada por el registro arqueológico. Además la Arqueología es una disciplina que se desarrolla rápidamente y cambia constantemente; por ello es necesaria la información directa del investigador (Reynaud, 1990). En los últimos años, los arqueólogos y administraciones del Estado Español están mostrando sensibilidad hacia la necesidad de proyectar su labor y hacer el pasado comprensible, en sintonía con la demanda social, renovando totalmente el mensaje, transmitiendo ideas, conceptos, procesos y emociones (Schouten, 1987: 243). Con cierto retraso respecto a otros países europeos, ya que en Inglaterra, desde 1984, English Heritage y su correspondiente en el País de Gales, como administraciones comerciales y autónomas, crearon agencias para la presentación de la Arqueología al público (Cracknell y Corbishely, 1986; Emery, 1987).También, en Francia, al quedar laArqueología fuera de los programas escolares, se desarrolló un ambicioso programa para crear en yacimientos y Museos medios de incentivación pedagógica y de animación, en colaboración con los arqueólogos responsables de los yacimientos (Reynaud, 1990; VV.AA., 1996). >*\.1%J\S'^ E-\!-EL PASADO PENSADO: COMO SÍMBOLO La resistencia numantina es un referente universal de la lucha de un pueblo por su libertad o de la victoria del débil contra el fuerte; por eso ha sido Fig. 1. El sitio de Numancia (Soria) con sus campamentos, torres y murallas de circunvalación, según el grabado de Lipsio (mediados del siglo XVI). Utilizada como símbolo por todas las ideologías a lo largo de la Historia (Torre, 1998: 193). Tras la pérdida de la ubicación de Numancia, a partir del siglo VII, ya los Reyes de León indican que sitúan Zamora, la capital de su reino, sobre la antigua Numancia, buscando bases de identidad para su reino y la nueva ciudad en el pasado indígena. La primera reconstrucción de Numancia, de mediados del siglo XVI, es la imaginada por Lipsio (Ortego, 1967: 6). A partir de la información de las fuentes literarias recrea Numancia a modo de ciudad medieval amurallada circularmente, con sus calles en retícula y un edificio central, que se asemeja a una iglesia con su torre. El cerco de Escipión, completamente circular, está constituido por una doble muralla concéntrica, que deja espacios, en medio, para los campamentos y asentamiento de los legionarios. El cerco romano queda separado de la ciudad en una de sus partes por un foso y en la otra por el río Duero, controlado por fortines de los que penden rastrillos para controlar sus aguas. La siguiente referencia gráfica, que se conoce de Numancia, es el croquis de Loperraez ( 1788), en el que situó los restos visibles del yacimiento, pero representando el cerro de forma circular con tres círculos concéntricos, aparentemente resaltados, que recuerdan la muralla de Numancia y las dos líneas del cerco representadas por Lipsio (Fig. 1). La emergencia de los sentimientos y aspiraciones nacionalistas conllevó el impulso de los estudios de Arqueología e Historia, enfocados a la búsqueda de identidades nacionales en el pasado. En España estos ideales se vincularán al pasado prerromano -iberos, celtas y celtíberos-, escogiéndose aquellos episodios y ciudades destacadas por su resistencia frente al invasor, como Numancia y lo numantino, como propaganda del emergente nacionalismo liberal decimonónico, junto a Sagunto y Viriato (Ayarzagüena, 1993; Díaz Andreu, 1993; Torre, 1998: 198). Estos planteamientos desencadenaron las primeras excavaciones en Numancia, iniciadas en agosto de 1803, mediante una moción que hizo el vascófilo D. Juan Bautista Erro, con un enfoque filológico, ya que se trataba de hallar restos con inscripciones que permitieran relacionar la lengua de los antiguos numantinos con la vasca. La interpretación de una de las cerámicas halladas con caracteres ibéricos, le llevó a la conclusión de que Numancia "pertenecía a una de las glorias de la nación bascongada", pues "la lengua bascongada era la general de aquellos héroes" (Erro, 1806:171-173; Torre, 1998: 196). Las ideas románticas de unidad nacional y resistencia patria se verán reforzadas a partir de 1808, como respuesta y rechazo hacia la amenaza extranjera, plasmada en la invasión francesa de Napoleón, que hará aflorar la necesidad de rescatar, nuevamente, las viejas imágenes heroicas de la Historia de España. Así, pintores, como Madrazo, desarrollaron temas sobre el pasado heroico: "El jefe numantino Megara obligando a los romanos a capitular" o "La destrucción de Numancia", que sólo llegaron a esbozarse (Arras, 1986; Reyero, 1987; Diez, 1993; Torre, 1998). Se vuelve a representar La Numancia de Cervantes en el sitio de Zaragoza, buscando la identificación con los numantinos en la heroica defensa de la patria y se crea en Soria el Batallón de Voluntarios Numantinos, a los que se les consideraba hijos de los numantinos y herederos de la misma causa en su lucha por la libertad contra un poder extranjero (Rabal, 1889; Pérez Rioja,1959; Torre, 1998: 197).También será utilizada Numancia para desarrollar un sentimiento provincial Soriano, que afianzara el nuevo diseño de la provincia de Soria, surgido de la reestructuración de Javier de Burgos, en 1833, que conllevó una "democratización" del vocablo Numancia, siendo empleado por todos los Sorianos como un elemento histórico de identificación colectiva (Pérez Romero, 1994). En la difusión del conocimiento y la idea de Numancia tuvo gran incidencia la publicación de diferentes síntesis históricas donde se divulgaban las noticias conocidas acerca de la gesta numantina, como las de Ceán Bermudez ( 1832), Sumario de las Antigüedades Romanas que hay en España y el Diccionario Geográfico-Histórico de la España Antigua de Cortés y López (1836). A esto hay que añadir la influencia que ejercerán los manuales de Historia de España, como el del Padre Mariana, reeditado en 1828, que servirá de base literaria a la pintura y representaciones históricas del siglo XIX (Quesada, 1994: 37; Torre, 1998: 198-200). Era práctica habitual para el Estado y la Corona durante el siglo XIX la adquisición de obras de arte que ilustrasen ideológicamente al público (Reyero, 1989:48-49). En 1856 el Gobierno de Isabel II creaba las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, que fomentarán la pintura histórica al servicio de la Monarquía. Como tema fijo de la Academia figurará en ésta y en otras exposiciones posteriores "El Último Día de Numancia" (Torre, 1998:198-199). Generalmente estos cuadros eran adquiridos por el Gobierno y la Corona, no por su belleza, sino por el tema escogido (Reyero, 1987; Diez, 1993). Será ahora cuando Numancia sea declarada Monumento Nacional (1882). EL PASADO ENSENADO: NUMANCIA COMO REFERENTE Desde comienzos de la investigación prehistórica a principios del siglo XIX, la representación gráfica del más remoto pasado jugó un papel importante al lado del "pasado narrado". Los libros comenzaron a incluir dibujos y grabados, para ilustrar de forma imaginativa los acontecimientos escritos, creando modelos que serían repetidos durante décadas, proyectándose oficialmente la idealización del pasado (Ruiz Zapatero y Alvarez Sanchís, 1995: 217,1997: 265; Alvarez Sanchís etaliU 1995: 31). Ni el conocimiento proporcionado por los primeros trabajos arqueológicos sobre determinados yacimientos, ni los debates de la investigación sobre los pueblos de España sirvieron para cambiar de perspectiva. Un ejemplo, en este sentido, lo proporciona Numancia; así el conocimiento aportado por las excavaciones del XIX, sobre las características reales de la ciudad (Saavedra, 1877), quedó solamente en el ámbito de los intelectuales, pues a nivel general continuó manejándose una imagen idealizada. Así, Alejo Vera, aunque pinta su cuadro "El último Día de Numancia" catorce años después de las excavaciones de la Real Academia de la Historia, dota a Numancia de una muralla de grandes sillares, siendo, incluso, criticado por su falta de verismo histórico (Apraiz 1963; Torre, 1998: 199). Pero será este cuadro el que transmita la imagen de Numancia, al servir como referencia para ilustrar la mayor parte de los libros de texto y de los Manuales de Historia de España utilizados en las escuelas, a finales del siglo XIX y gran parte del XX (Torre, 1998:199). Por otro lado, la enseñanza del Patrimonio y de la Historia ha tenido en el aula una concepción elitista, ya que las obras emblemáticas del patrimonio han sido y siguen siendo las más utilizadas, con lo que más se trabaja en el aula. Casi todos hemos recibido esa concepción elitista, creando, a menudo, imágenes del pasado que sólo han existido en la mente de los ilustradores, vinculadas a una historia de grandes hazañas y grandes hombres (Ruiz Zapatero y Alvarez, 1997: 270). Mientras, las crea-ciones de las clases populares, los utensilios herramientas, los pequeños objetos o las soluciones técnicas para el trabajo o la vida diaria han seguido siendo olvidadas, en gran medida. No se trata de rechazar ese patrimonio emblemático, sino de avanzar hacia criterios más abarcadores de la realidad histórica: vida cotidiana, condiciones de trabajo, desarrollo tecnológico, papel de la mujer, etc. (IBER, 1994). LA RECONSTRUCCIÓN MENTAL DEL PASADO Y SU DIFICULTAD La reconstrucción del pasado se realiza a partir de los modelos que implícitamente se tienen en la mente, principalmente transmitidos en la escuela o en las recreaciones de la cinematografía y de los comics (Santacana, 1996; Ruiz Zapatero, 1997: 285). Difícilmente se podrá trasmitir una visión diferente del pasado con la mayoría de los restos arqueológicos visitables, ya que, generalmente, se presentan materiales, estructuras arquitectónicas y sucesión de muros incomprensibles, incluso, para los propios arqueólogos. Al mismo tiempo, es frecuente presentar en los museos o exposiciones didácticas, que complementan la información de los yacimientos arqueológicos, los materiales recuperados tal y como han aparecido, aunque nada más tengamos una parte de ellos, sin proporcionar algunas referencias necesarias para su comprensión. Sirvan como ejemplo las vitrinas con pesas de telar y fusayolas, acompañadas del escueto letrero con su nombre y sin proporcionar las referencias de su posición en el telar o en el huso; al igual que las armas y útiles metálicos, generalmente desprovistos de su parte orgánica, son mostrados exclusivamente por sus hojas metálicas y por tanto desprovistas de su empuñaduras y astiles. Se hace necesario aportar los medios necesarios que evidencien la manufactura y características del objeto arqueológico, superando las transformaciones sufridas por el paso del tiempo, para hacerlos comprensibles y reconstruibles para la imaginación del visitante (Minissi y Ranellucci, 1992: 35; Hernández, 1994: 74-76). Los arqueólogos mostramos los hallazgos y trabajos en clave exclusivamente arqueológica, como estamos acostumbrados a leerlos o interpretarlos. Este panorama termina haciendo la visita a los museos y yacimientos, frecuentemente, incomprensible y, por lo tanto, aburrida. Esto explica que sean los conjuntos monumentales que han llegado hasta nosotros en un estado excepcional de conservación, los que pueden ser comprendidos, como ocurre con Pompeya; pero en este caso no hay que olvidar que su presentación actual es el resultado, en gran medida, de reconstrucciones más o menos afortunadas llevadas a cabo en el siglo pasado (Santacana, 1996: 8). Otro aspecto a valorar, para la presentación de la comprensión de la Arqueología, estriba en que el mundo que muestra y reconstruye, casi siempre, es un mundo rural, es decir el que corresponde a las sociedades cazadoras-recolectoras o agropecuarias. Esto choca con la transformación que ha sufrido la sociedad en los últimos años, pasando de una sociedad eminentemente rural a otra mayoritariamente urbana. Pero además, en el medio rural actual la influencia urbana es muy fuerte, porque sus gentes desarrollan una mentalidad urbana, ya que permanecen más tiempo en contacto con elementos urbanos, a través de la televisión, vídeo, internet, etc., que con los esencialmente rurales. Como consecuencia de esto, una gran parte de la población, sobre todo los más jóvenes, carecen de referencias e imágenes sobre el funcionamiento de las sociedades rurales: los modos de vida, las actividades artesanales, el utillaje y sus transformaciones, los sistemas de cultivo, el concepto de tiempo y espacio (Santacana, 1996: 10). EL PASADO COMO EXPERIENCIA VIVIDA Elección de un yacimiento para su puesta en valor La elección de un yacimiento arqueológico para su acondicionamiento y puesta en valor no se debe contemplar únicamente desde la perspectiva de los monumentos, fáciles exponentes por sus características y valor artístico de atracción turística -la exigencia de monumentalidad de los sitios a visitar es consecuencia de la Arqueología Clásica del XIX y principios del XX-. Los yacimientos arqueológicos, por el contrario, sin desechar la monumentalidad y facilidad de comprensión, deben de ofrecer aspectos de la vida cotidiana y rural, ya que de otra manera estaríamos condicionando el conocimiento de amplias partes del patrimonio arqueológico al gran público (Reynaud, 1990: 37). En esta elección debe de atenderse también el impacto sobre el público y su rentabilidad (tanto cultural, como económica). Las bases de elección a su vez pueden ser cambiantes y políticas: a la monumentalidad se opone la muestra de una arqueología más cotidiana y rural (así no quedarían marginadas amplias partes del PatrimonioArqueológico al gran público); a la facilidad de comprensión, la complejidad y la riqueza diacrónica de un sitio, lo que conlleva un mayor esfuerzo en el acondicionamiento para ayudar al visitante a cubrir su curiosidad y responder a sus preguntas. Cada vez se valoran más aspectos integradores, como facilidades de acceso y visita, o la relación del sitio elegido con la potenciación integral de una zona o región, en el desarrollo de una política de turismo cultural (Reynaud, 1990; Pearce, 1990; Brandt, 1992). Museos al aire libre y espacio vivido La dualidad esencial, que ahora se debate, por una parte pretender dar vida a la historia de manera amena y ajustarse por otra a la autenticidad y a los datos científicos, está presente ya desde los prime- ros museos al aire libre (Cleere,1984; Pearce, 1990; Reynaud, 1990, Brandt, 1992; Darvill, 1995; Ruiz Zapatero, 1998). Estos museos son los antecedentes de los parques arqueológicos actuales. Estuvieron inicialmente influenciados por las Exposiciones Universales del siglo pasado, realizadas en París, en 1867 y 1878, donde varios países utilizaron la reconstrucción de casas tradicionales como continente o marco para difundir sus productos típicos. Destacaron los edificios de las colonias ft-ancesas y las colecciones etnológicas suecas, que fueron presentadas por Artur Hazelius creando interiores colmados de figuras con atuendos tradicionales, formando cuadros vivos de la vida popular, que le serviría de base para el montaje del primer museo al aire libre, el Skansen, presentado en 1890. También Holanda reprodujo la sala de una casa de la ciudad frisona de Hindeloopen, que fue contemplada con admiración por Bernhard Olsen, fundador después del museo danés de Lyngby, manifestando que a diferencia de lo que ocurría con la exposición sueca la experiencia aquí es vivida, "así que hube penetrado en la sala comprendí que era la forma de organizar un Museo Popular", ya que "la impresión de hallarse dentro de la sala era más importante que el problema de la autenticidad de la arquitectura" (Jong y Skougaard, 1992: 153). Los primeros museos al aire libre pretendían preservar una identidad que se veía amenazada por una serie de profundos cambios, como consecuencia de la industrialización y urbanización, que provocó la emigración hacia las ciudades, la pérdida de las viejas tradiciones en el crisol de las grandes ciudades, la agresión contra la belleza del paisaje y posteriormente contra la arquitectura rural. Esta reacción conllevaba la idea de que las raíces de un pueblo están en la comunidad rural lo que condujo a relacionar las tradiciones rurales con la identidad nacional. Este fenómeno no se produjo en el Mediterráneo o Sur de Europa. Probablemente en ello tuvo mucho que ver el peso, en esta zona, de la tradición histórica del mundo clásico greco-romano, con la que se vinculaba un pasado esplendoroso y monumental, muy diferente del medio rural preindustrial. Además, los materiales empleados en la construcción, piedra y barro, hacían los edificios menos transportables (Jong y Skougaard, 1992: 155). Los cambios radicales ocurridos en España y Europa: la configuración de una España descentralizada, la Unión Europea, la Europa de las regiones, la inmigración de trabajadores extranjeros, son aspectos que han llevado a plantear de nuevo los problemas de identidad. Todo ello contemplado bajo una nueva valoración del Patrimonio Histórico, como bien de disfrute común y en la necesidad de entender el pasado en la dinámica de la interrelación grupo humano-medio. En este marco la puesta en valor de yacimientos arqueológicos tiene la finalidad general de defender, proteger y difundir el Patrimonio Arqueológico, poniéndolo a disposición de la sociedad para que lo disfrute (Pierdominici y Tibali, 1988; Querol, 1993; García y Caballero, 1993; Morales, 1999). Pero cada yacimiento debe valorar, inicialmente, sus características esenciales y a partir de este potencial desarrollar unos fines y objetivos específicos, que son los que le darán su peculiaridad y personalidad. Se pueden plantear diferentes objetivos: exhibir, impresionar y entusiasmar, intrigar, enseñar técnicas básicas, promover la acción, ilustrar un proceso, informar y estimular la toma de conciencia (Ruiz Zapatero, 1998). Generalmente, cada yacimiento o parque arqueológico contempla todas, interrelacionadas en mayor o menor medida de acuerdo con sus fines. No obstante, hay yacimientos o parques arqueológicos que están más concebidos para la contemplación, la información o la didáctica (¿cómo se hace?, ¿cómo funciona? o ¿qué significa?), aunque todas ellas puedan darse juntas (García y Caballero, 1993). Se debe contemplar qué se va a enseñar o transmitir y, también, "para quién" o "a quién", pudiendo coexistir distintos programas de comunicación. Así, la información para los visitantes, en general, es compatible con la práctica didáctica para grupos escolares y actividades experimentales, que intenta reproducir condiciones de vida y de trabajo, para grupos determinados (García y Caballero, 1993). NUMANCIA: HACIA UNA ACTUACIÓN INTEGRAL Este yacimiento, que mantuvo siempre un aspecto indígena rural frente a la monumentalidad más difundida, ofrece unas características idóneas para llevar a cabo un proyecto de puesta en valor (Jimeno et alii, 1990), ya que a la amplia difusión y conocimiento de su gesta histórica se une su situación cercana, solamente a 7 Km, a una capital de provincia como Soria y el paso de una carretera nacional como es la de Madrid a Logroño, con un acceso fácil, ya que la carretera asfaltada llega hasta el mismo yacimiento. Las excavaciones a lo largo del siglo XIX y, sobre todo, las de la Comisión de Excavaciones, desde 1906 a 1923, pusieron al descubierto el trazado de dos ciudades, una más antigua celtibérica y sobre ella otra posterior, de época romana, acomodada a la estructura de la anterior (VV. La amplia superficie excavada, unas seis hectáreas (algo más de la mitad de la ciudad) permite conocer el trazado urbanístico de ambas. La conservación de esta superficie tan extensa supuso a lo largo de los años un problema insuperable, ya acusado, desde un primer momento, por la Comisión de Excavaciones que, como comenta Mélida( 1922:188), se vio obligada a cubrir con tierra los hondos huecos abiertos entre los muros romanos (se había levantado "el postizo romano" para descubrir la ciudad celtibérica), dejando sólo visible su parte superior "para evitar la Sestrucción completa de lo descubierto y conservarlo" (Fig. 2). Este problema de conservación conllevó a lo largo de los años el abandono progresivo de Numancia, provocando el desánimo y desolación de los numerosos visitantes que se acercaban a este simbólico yacimiento. Esta situación sensibilizó a los arqueólogos y a la Junta de Castilla y León, para poner en marcha, a partir de 1994, un Plan Director, que apoyado en la investigación arqueológica y la revisión de las excavaciones antiguas, ofi'eciera a los visitantes la contemplación de aquellas estructuras urbanas recuperables (Fernández y Val, 2000), que a través de un itinerario de visita, proporcionaran una comprensión de la ciudad. Este plan tienen como misión coordinar el conjunto de actuaciones (conservación, restauración, junto a las de investigación, didáctica, difusión e infraestructura general) a acometer en este yacimiento para dotarlo de la imagen, adecentamiento, conocimiento y proyección social. Es evidente que la revalorización de un yacimiento arqueológico pasa por sus posibilidades de presentación al público y de la infraestructura con que se le dote. Pero además, es conveniente contemplarlo en el marco de una política de potenciación general de su territorio, con las implicaciones económicas correspondientes en las poblaciones próximas (Garray y Soria) y la generación de infraestructura necesaria; pero también en un entorno más amplio al estar en la puerta de acceso a la zona del Valle, a los puertos de Piqueras y Oncala, y a la comarca de Tierras Altas, zonas de gran valor paisajístico, ecológico y paleontológico (ruta de las icnitas de dinosaurio, entre Soria y La Rioja). Atendiendo a estas consideraciones, se desarrolla la política de intervención que se está siguiendo en Numancia, tanto en los campos de la investigación y conservación como en el de la difusión. La investigación es la base de conocimiento esencial del yacimiento arqueológico, a la que se supeditan las demás actuaciones. La excavación arqueológica está enfocada, por un lado, a la solución de los problemas que tiene planteados Numancia, en el contexto del mundo celtíbero-romano y, por otro, al conocimiento e interpretación adecuada de las estructuras urbanas, contemplando la posibilidad de su conservación y reconstrucción para la presentación al público. La investigación se inició con la excavación de la necrópolis celtibérica de Numancia y de los sistemas de defensa; así como la revisión de las excavaciones antiguas. Esta actividad, a través de la Arqueología de Campo, con actuación directa sobre el yacimiento, a lo largo de los meses de julio y agosto, ofrece una ampliación del marco didáctico de la ciudad, posibilitando una perspectiva completa de la actividad arqueológica y de su proceso. Pero además la excavación de la necrópolis celtibérica ha aportado una información básica para la comprensión de la organización socio-económica de los numantinos, y la documentación de los diferentes recintos habitacionales nos permitirá conocer aspectos importantes de su evolución urbanística, lo que redundará en una mejor comprensión de Numancia y en unas mayores posibilidades para la didáctica y presentación al público. En el campo de la conservación y difusión se intervino inicialmente para el acondicionamiento de las zonas más significativas del yacimiento, en renovación permanente; en segundo lugar se puso en marcha un plan didáctico de visita de carácter informativo. En un primer momento, aprovechando la rehabilitación de las casas, construidas a principio de siglo para la familia del Guarda y para apoyo de los trabajos de la Comisión de Excavaciones Arqueológicas, que se encontraban en estado ruinoso, se acometieron una serie de actuaciones encaminadas a proporcionar una información básica a los visitantes. Estos llegaban atraídos por la historia del yacimiento y sacaban la nefasta impresión de que solamente se veían hierbas y algunos muros. Así la casa del Guarda (Lám. II) se destinó a recepción y a instalar una exposición permanente, que proporcionara una visión sobre la historia y evolución de la ciudad, desde las primeras ocupaciones prehistóricas hasta la época medieval. Está organizada en banda corrida con doce textos acom- panados por dibujos, fotos, planos, esquemas y reconstrucciones. Como elemento esencial para la comprensión de los restos arqueológicos, se articula un itinerario de visita, ordenando y seleccionando doce puntos en la estructura urbana de la ciudad (Fig. 2). La reducción de la visita a estos puntos vino condicionada por la imposibilidad económica y técnica que presenta el tratamiento, recuperación y mantenimiento de toda la superficie descubierta. Éstos doce puntos fueron reexcavados y limpiados y, posteriormente, cubiertos con una malla geotextil que aisla el suelo e impide que la vegetación altere las estructuras arqueológicas, todo ello oculto bajo una capa de grava, que facilita el drenaje y posibilita una mejor delimitación y visualización de las estructuras constructivas. En cada uno de estos puntos se instalaron paneles-atriles con un breve texto explicativo, dibujos de plantas, reconstrucción de las estructuras y casas, que ofrecen una información sobre los diferentes aspectos urbanísticos y constructivos. Para seguir este itinerario el visitante recibe en recepción un tríptico-guía con el plano de la ciudad, donde se relacionan los doce puntos a visitar, acompañados de dibujos y reconstrucciones, con una breve explicación de cada uno de ellos. Uno de estos puntos está dedicado a uno de los aspectos de mayor interés para los visitantes, como es la explicación y visualización espacial del cerco romano de Escipión, para lo que se cuenta con una mesa de cemento, instalada en 1976, con la posición y orientación topográfica de los campamentos, que están señalizados con hitos blancos para su visualización desde Numancia (Lám. El cerco escipiónico, así como los campamentos de La Atalaya de Renieblas (utilizados por los generales romanos anteriores a Escipión) es el vehículo importante para ofrecer una visión de Numan- Uno de los paneles-atriles dispuesto en el itinerario de visita, junto a la mesa de cemento que ayuda a situar los campamentos de Escipión. Al fondo, el monumento a los Héroes de Numancia, de 1905. cia integrada en su entorno paisajístico, por lo que se está acondicionando un itinerario o recorrido en torno a Numancia, que ofrezca al interesado la posibilidad de visitar y ampliar los conocimientos ambientales, naturales (mostrando los cambios del paisaje por la acción antrópica) y arqueológicos de la zona, sobre todo el recorrido y reconocimiento de la topografía de los siete campamentos del cerco escipiónico y el de LaAtalaya. Con esta actuación se pretende también imbricar el Patrimonio Arqueológico con el Natural, lo que conlleva superar la mera contemplación de un sitio arqueológico como testigo mudo del pasado, para observarlo dentro de un marco espacial, lo que permite superar la mera visión estática por una perspectiva dinámica. Recientemente, la presentación inicial del yacimiento al público se realiza a través de un vídeo y CD Rom, con reconstrucciones en 3D y montaje cinematográfico con efectos especiales, que proporciona al visitante las claves necesarias sobre la historia de la ciudad y las características constructivas y una referencia básica para una mejor comprensión del itinerario de visita y del conjunto de la ciudad. El visitante puede seguir el itinerario a través de la información de los paneles, pero también tiene la opción de realizar una visita guiada acompañado por Guías-Arqueólogos, becados por la Fundación Duques de Soria, que muestran a los visitantes la ciudad y los introducen en la práctica de actividades de la vida cotidiana celtíbero-romana, a través de un proceso progresivo de información, documentación y participación activa del público en actividades de molienda o textiles. Para ello se han reproducido molinos y telares verticales, sobre los que se explica su funcionamiento y manejo, así como los productos que molían y con los que tejían. También el yacimiento dispone de un libro-guía, editado en colaboración con laAsociación de Amigos del Museo Numantino, que ofrece al visitante el marco necesario para poder entender no sólo los aspectos de la cultura material, sino el proceso histórico de la ciudad en el contexto del mundo celtibérico y romano. Otro plano de la difusión se realiza a través de la Escuela Arqueológica (en colaboración con la Universidad Alfonso VIII de la Diputación de Soria), dirigida a chicos de 9 a 13 años, a los que se ofrece, a lo largo de cuatro semanas, la posibilidad de seguir y participar en el proceso arqueológico. De forma práctica se les pone en contacto con la investigación arqueológica y con la realización de prácticas artesanales antiguas, como molienda, fabricación y cocido de pan, forja del hierro, actividad textil y elaboración de cerámica, como vehículo de aproximación a la forma de vida celtibérica. Este trabajo con los niños ha sido un medio importante para cambiar la idea, que la sociedad próxima al yacimiento tenía, justificadamente, de Numancia, como algo abandonado y en la que solamente se veían piedras y hierbas, ya que los niños han sido los mejores transmisores hacia los mayores de las posibilidades que ofrecía este yacimiento arqueológico (Lám. El itinerario establecido inicialmente está en constante renovación y mejora, procurando aportar con las sucesivas actuaciones una mejor comprensión de los diferentes puntos de visita, a lo que contribuyen las reconstrucciones realizadas en los dos últimos años. En este sentido, hay que tener en cuenta que los restos arqueológicos, descubiertos en las excavaciones de principios de siglo, correspondientes a viviendas y edificios, conservan únicamente algunas hiladas del arranque de sus paredes. Transmiten sólo una visión plana u horizontal, que dificulta su comprensión, al carecer de las referencias de altura y volumen y, por tanto, de espacio, que es el que aporta la verdadera dimensión para que la experiencia pueda ser vivida. Para comprender estos restos de casas era necesaria la reconstrucción de algunas, que sirviera de referencia para las demás. Por otro lado, la existencia de dos ciudades superpuestas ha permitido el levantamiento de dos casas, de distinta época, que facilitan la comprensión de dos espacios domésticos y el establecimiento entre ellos de semejanzas y diferencias. Estas reconstrucciones se han realizado a partir de la información arqueológica disponible, contrastada con otros yacimientos celtibéricos. A su vez, se han realizado análisis para conocer la composición y procedencia de los materiales empleados en la construcción (piedra, adobes. Los problemas fundamentales en este tipo de reconstrucciones arqueológicas vienen dados por el desconocimiento de la solución de alturas, cubiertas y ventanas. Para solventarlos ha sido necesario, a partir de la información arqueológica, utilizar los recursos etnográficos y el asesoramiento de artesanos o gentes que han mantenido las técnicas tradicionales de construcción y que han trabajado en coordinación con los arqueólogos, experimentados en este tipo de reconstrucciones (Jimeno et alii, 2000). La casa de época celtibérica Las excavaciones de Schulten, realizadas en 1905, proporcionan la documentación más completa de una serie de casas celtibéricas de la ciudad antigua. Se han reconstruido dos de estas casas, que comparten medianería, aunque solamente una se ha acondicionado para la visita. Según la información y los dibujos de Schulten las casas son de planta rectangular, de 12 m de largo, divididas en tres estancias y pegada su pared posterior a una muralla, de 6 m de grosor. Pero los trabajos de limpieza e investigación, previos a la reconstrucción, permitieron conocer que las casas y la muralla quedaban separadas, ya que lo que el investigador alemán había interpretado como una potente muralla de 6 m correspondía en realidad a una pequeña acera, una estrecha calle de ronda y una muralla de 2 m de grosor. La base de las casas era de piedra, realizada con grandes cantos rodados, que forman parte del conglomerado terciario que constituye la base del cerro, sentados por su cara plana, o bien, si están cortados y ligeramente labrados, dispuestos en dos filas por hilada y recibidos con barro, con espesores en torno a los 0,45 m. El recrecido de las paredes era de postes de madera y gruesos adobes de forma paralelepipédica, bien documentados en Numancia. Algunos adobes conservaban por la cara que estuvo dispuesta al interior una capa de enlucido de tierra y cal, como el que se ha utilizado para el recubrimiento de las paredes. La madera -vigas quemadas-más frecuente aparecida en las excavaciones es de pino y roble. En la reconstrucción se han empleado este tipo de maderas, trabajadas a mano y con azuela; así como enebro y chopo, cuya existencia conocemos por los análisis polínicos. Las cubiertas sabemos que eran vegetales, ya Lám. V. Vista exterior (A) e interior (B) de la casa celtibérica reconstruida en Numancia (Soria). que no se ha encontrado un solo resto de teja. A esto hay que añadir la referencia de Estrabón, de que los iberos cubrían con ramaje sus casas. Atendiendo a esta información, la cubierta se ha reconstruido con gavillas de paja de centeno, sistema que todavía se utiliza, en algunos pueblos de la zona, para techar las majadas o encerraderos de ganado. Para esa tarea se ha contado con una persona que continúa realizando este tipo de cubiertas a la manera tradicional (Lám. Las casas tenían un corral con un pequeño cobertizo para los animales y tres estancias, como vivienda. A la primera se accedía desde la calle y en ella se hallaban los molinos circulares de mano, para la molienda de bellotas y cereal, y el telar, para fabricar las prendas de vestir. A través de una trampilla abierta en el suelo se bajaba a la bodega o cueva. La habitación central con el hogar en el suelo era el centro de reunión familiar, donde se comía y dormía, reclinados en los bancos corridos, construidos contra la pared, o sobre una estera en el suelo. La despensa, situada al fondo, servía para guardar alimentos y los útiles agrícolas (Lám. La cueva o bodega es uno de los departamentos típicos de la casa celtibérica. Cada casa tenía una, al menos. Están excavadas en el manto natural, ahondando en él 1,5 m ó 2. Son rectangulares o cuadradas y se utilizaron para guardar provisiones, pues al fondo y en los ángulos, o alineadas junto a las paredes, es donde se hallaron tinajas y vasijas de todo género. No obstante, algunas cuevas debieron tener otros usos no domésticos. El tramo de muralla celtibérica También se ha levantado un tramo de la muralla, de unos 30 m de largo, separada de las casas celtibéricas reconstruidas por una estrecha calle. Su anchura es de 2 m. Consta de una base de piedra con relleno central hasta 3,5 m de altura, para rematar en un parapeto de adobe de 40 cm de ancho, por 1.5 m de altura, reforzado con postes de madera, que deja un pasillo de ronda (Lám. Esta reconstrucción del cierre defensivo, como elemento delimitador de la ciudad, ofrece a los visitantes una referencia básica para comprender los límites del espacio urbano. La vista desde la altura de la muralla proporciona una perspectiva nueva, pudiendo contemplar sus características defensivas y su control del espacio, así como la perspectiva del yacimiento y su trazado urbano. La casa de época romana La Comisión de Excavaciones encontró enormes dificultades para diferenciar, dentro de las manza-Lám. El tramo de muralla reconstruido en Numancia (Soria). ñas, dónde acababa una vivienda y empezaba otra, pues los espesores de los muros no eran siempre determinantes, ni tampoco la disposición de las diferentes partes de la vivienda. No obstante, consiguió interpretar adecuadamente algunas, de las cuales se ha seleccionado una de la manzana cinco. Se trata de una de las casas más frecuentes, que mantiene muchas de las características constructivas anteriores, como las paredes de piedra, apenas sin trabajar. Estaban realizadas con sillarejos desigualmente labrados, recibidos con barro y dispuestos en dos hiladas o caras en los muros más gruesos, de unos 60 a 70 cm de espesor; siendo sencilla en los más débiles, que miden 30 ó 40 cm. Las excavaciones solamente han documentado tejas romanas, en zonas parciales, como en el barrio sur y algún edificio de corte romano. Por lo general, las casas, realizadas en piedra, estaban cubiertas, como en la ciudad celtibérica, con techumbres vegetales, pero se conoce el empleo de lajas de piedra para pequeñas construcciones adjuntas, como el horno de pan (Lám. También se han documentado algunos espacios empedrados utilizados para cuadras o patios, pero los pavimentos más generalizados son de tierra apisonada. Los enlucidos más frecuentes son de tierra y cal, aunque se conocen trozos pintados de color rojo, característico de la decoración clásica, y aún de otros colores y con adornos. La casa reconstruida conserva el umbral de la entrada desde la calle, con los huecos de los quicios para el ajuste de una puerta de doble hoja, que daba acceso a un patio abierto, en el que se aprecian los restos de un supuesto depósito de agua y la estructura semicircular del horno de pan. Desde aquí, a través de un pequeño vestíbulo, destinado a tareas de molienda y tejido, se pasa a la cocina con mesa, bancos corridos, hogar elevado y boca del horno de pan. A ella se abre una pequeña habitación ciega o alcoba, con su cama para dormir. A su vez, el vestíbulo permite el acceso a otra habitación-dormitorio y desde ésta se pasa a la cuadra-granero, donde se guardaban los aperos agrícolas, que comunica con pequeño corral exterior para los animales (Lám. Implicación de la sociedad: actuaciones en Garray (Soria) Uno de los problemas que desde el Plan Director se acusó, en los primeros momento de su puesta en funcionamiento, era la nula implicación que Numancia tenía en su entorno social inmediato. Lograrla era imprescindible para que cualquier proyecto de estas características tuviera éxito, por ello se ha realizado una importante labor tratando de identificar al pueblo de Garray y a Soria con Numancia a través de su participación activa. Esto ha posibilitado que actualmente pueblo y Ayuntamiento sean uno de los motores importantes de las actuaciones a emprender en el entorno del yacimiento. Esta implicación se ha plasmado ya en la realización de un Aula Arqueológica en el pueblo de Garray, dedicada al tema monográfico del Cerco de Numancia, promovida por el Ayuntamiento, con la ayuda de Proynerso y la colaboración de la Junta de Castilla y León y Patronato de Turismo de Soria. El Aula Arqueológica está instalada en las antiguas escuelas de Garray, que de esta manera mantienen su capacidad de enseñar una parte singular del legado histórico (Lám. El Aula consta de dos salas en las que se han recreado las dos culturas o mundos enfrentados: el numantino o celtibérico, que ocupa la primera, y el romano, instalado en la segunda. Ambos aparecen separados simbóUcamente por la recreación de la muralla iyallum) del Cerco Romano, que es necesario atravesar para pasar de un espacio a otro. Esta Sala, que recrea el mundo militar y funerario, está presidida por el ejército numantino, que dejando atrás la muralla de la ciudad se dirige al asalto del Cerco. La maqueta, que ocupa el centro de la sala, y los diferentes paneles permiten conocer las características topográficas de Numancia y del Cerco Romano, así como la manera de hacer la guerra y su importancia en el mundo celtibérico. Finalmente, a través de la muralla se puede penetrar en el ritual funerario del guerrero celtibérico. Antes de atravesar la muralla de estacada de madera, que simboliza el Cerco Romano, un guerrero numantino ofrece sus armas como ayuda para pasar al otro lado (Lám. Esta Sala, que recrea el mundo militar de la época, está presidida por una gran escena que simula al ejercito romano defendiendo el Cerco, que deja atrás un campamento, simbolizado en la reconstrucción de un barracón de legionario, al que se puede entrar y saludar a su ocupante, para ver su vestido y armamento. Los paneles explicativos amplían esta información sobre la milicia romana. La maqueta del centro de la Sala reproduce en detalle los aspectos más destacados de uno de los campamentos romanos del Cerco y un video aporta la información necesaria para conocer las características de las legiones romanas y sus movimientos tácticos. Un panel final explica la leyenda y realidad de la caida de Numancia después de veinte años de enfrentamiento y once meses de asedio, que la convirtieron en mito y símbolo de la lucha de un pueblo por su libertad. La inauguración del Aula Arqueológica, en julio de 1999, y la participación del grupo de legiona-rios romanos L^g/o IVMacedónica supuso un acicate para que los habitantes de Garray decidieran vestirse de celtíberos y tuviera lugar, en el yacimiento de Numancia, la primera representación, un tanto espontánea, de un episodio de las Guerras Numantinas, que tuvo gran éxito al convocar a más de 1500 personas. Esta participación del pueblo, unos 200 actores, se ha repetido por segundo año, contando con una mejor infraestructura, tanto en el ámbito de dirección escénica (a cargo de la Productora El Mirón), como de espacio y graderío para la disposición del público, superándose todas las previsiones, ya que han asistido más de 2 000 personas con gran acogida en los medios de comunicación. Esta representación que se consolidará en los años sucesivos, además de constituir un marco de integración del pueblo con su historia vivida, es previsible que se convierta en un elemento importante de la proyección de la historia de Numancia y del mundo celtibérico. VALORACIÓN Y CONSIDERACIONES FINALES Este Plan Arqueológico iniciado en Numancia a partir de 1994 cuenta ya con estudios de impacto de público (Zurinaga, 1999) y encuestas oficiales realizadas por la Junta de Castilla y León (están pendientes de la entrega definitiva) que nos permiten adelantar una valoración e incidencia de las actuaciones realizadas en el yacimiento, que en el año 1999 ha recibido a 50 871 visitantes (Fig. 3 A). El estudio de público se planteó para conocer el perfil del visitante de Numancia, la valoración que éste hacía del yacimiento, la motivación de la visita, la capacidad de conocimiento y la aprehensión de lo visitado, así como su rentabilidad social y económica (Zurinaga, 1999: 209). Este trabajo se realizó en los dos primeros años de funcionamiento del Plan Director, 1994 y 1995. Se acusa, a partir de 1993, un incremento lento pero progresivo de visitantes, coincidiendo con el impacto que tuvo en los medios de difusión el descubrimiento de la necrópolis celtibérica, el inicio de las primeras actuaciones en el yacimiento y la disponibilidad de Guías-Arqueólogos; todo ello unido al incremento que se empezaba a acusar en ese momento del turismo interior y del turismo cultural (Zurinaga, 1999: 211) (Fig. 3B). La incidencia de visitantes muestra de forma genérica a lo largo de los años analizados picos de concentración en la Semana Santa y en los meses vacacionales de julio y agosto. Después de Semana Santa se produce un progresivo y suave aumento hasta despuntar en los meses de julio y agosto, con índices de 7 500 y 14 500 respectivamente (unos 22 000 visitantes del total de 50 871, recibidos en el año 1999); después se produce un suave descenso de septiembre a diciembre pero sin llegar a las cotas más bajas de enero y febrero (Figs. Otro escalón en el aumento de visitantes se observa entre 1998 y 1999, que desde unos índices de 44 518 personas en el primero, que acusa un descenso en relación con el año 1997, se produce un aumento significativo al año siguiente, superando los 50 800, lo que representa un incremento de más de 7 000 visitantes, en un año. Este aumento guarda estrecha relación con la incorporación al itinerario de visita de las reconstrucciones de las casas (las encuestas valoran muy positivamente este tipo de actuación) y el inicio de las representaciones escénicas de las Guerras Numantinas (Fig. 3B). El visitante de Numancia -ubicada en un foco secundario de turismo como es la provincia de Soria-es tanto turista de tipo residencial y sedentario, que acude cíclicamente a Soria en periodo vacacional por lazos familiares u opciones personales, como de tipo itinerante o de hotel que conlleva desplazamientos continuados, siendo una de las escalas Soria junto con Numancia. Los focos de origen más frecuentes son además de Soria, Madrid, Cataluña y País Vasco, es decir flujos centro y nortenoreste, respondiendo a su ubicación geográfica y a las zonas mejor comunicadas con Soria y Numancia, beneficiándose de la proximidad a Soria y del paso por Garray de la N-111, que pone en comunicación el centro con el norte peninsular (La Rioja, Navarra y País Vasco) (Zurinaga, 1999: 215). Hay que tener en cuenta que el turismo satisface en la sociedad actual algunas de las mayores aspiraciones del estado de bienestar, como es el tiempo de ocio (vacaciones, jubilación, fin de semana, etc.). Este interés creciente por el Patrimonio Histórico y Arqueológico puede y debe de ser encauzado hacia la rentabilidad económica y/o social (Criado y González, 1993; Pardo, 1993; González, 1996). Pero si queremos que nuestro rico Patrimonio Cultural pueda ser valorado adecuadamente y ofrezca una rentabilidad social y/o económica, es necesario elaborar el producto; es decir, invertir en su acondicionamiento para que pueda ser luego demandado. B) Impacto de visitantes en julio y agosto, los meses de mayor afluencia. C) Tendencia de visitas por meses en los últimos cinco años. sea además rentable, son necesarios otros dos factores: que éste sea bueno y que tenga una adecuada gestión (Pardo, 1993). De acuerdo con estas orientaciones se están enfocando las actuaciones en Numancia, ofreciendo en los últimos años una oferta mejor presentada (más entendible) y más diversificada, que llegue a un número más amplio y variado de personas, ya que la atracción que representa la visita al propio yacimiento (con las estructuras reconstruidas y el vídeo en 3D), se ha visto enriquecida por el acceso al Aula Arqueológica de Garray, dedicada monográficamente al Cerco de Numancia. A su vez, a los niños de 9 a 14 años se les ofrece la participación en la EscuelaArqueológica de Numancia, a la que asisten 400 alumnos (meses de julio y agosto). A esta oferta hay que añadir la posibilidad de recrear y vivir la propia historia a través de la parti- cipación con el pueblo de Garray en las representaciones de las Guerras Numantinas, con la actuación de 200 personas y la asistencia de más de 2 000 espectadores, en el último año. A los especialistas e interesados en el mundo celta y celtíbero están destinados los Cursos de la Fundación Duques de Soria sobre Numancia, a los que han asistido más de 100 alumnos, con la participación de más de 30 profesores españoles y extranjeros. Numancia además es un gran centro de actividad arqueológica y de formación de alumnos en la práctica arqueológica, a través de la incorporación de unos 60 alumnos a los trabajos de excavación, que se realizan anualmente (Tab. Incidencia socioeconómica de las actividades realizadas en julio y agosto de 1999 en Numancia (Soria) y puestos de trabajo implicados en las mismas durante todo el año. la Diputación Provincial, a través del Patronato de Turismo, y el Ayuntamiento de Garray están realizando en los últimos años, muchas veces con ayuda de fondos europeos (en el caso de Numancia, a través de Proynerso) o la Fundación Duques de Soria. Cada vez es más necesaria la implicación decidida de la iniciativa privada que, en el caso de Numancia, se ha iniciado tímidamente con la participación de empresas como Renault o la inmobiliaria soriana Hercesa y en ocasiones de Caja Duero y Caja Rural. Pero esto es sólo un punto de arranque para desarrollar iniciativas de cara al futuro, buscando una gestión ágil y dinámica que sepa aprovechar adecuadamente las posibilidades que ofrece este yacimiento para generar los fondos necesarios que reviertan en su conservación, mejora constante y renovación de conocimientos a través de la investigación, acorde con lo que demanda la sociedad. Este conjunto de actuaciones conlleva la implicación laboral para unas 25 personas de forma fija o temporal, realizando trabajos de vigilantes (3 permanentes y 2 de apoyo en Numancia y 1 permanente en el Aula), de guías (1 permanente y 3 temporales), de artesanos y profesores de la Escuela Arqueológica (3 profesores y 4 artesanos temporales). A estos empleos hay que añadir los implicados en las empresas que trabajan en Numancia para su mantenimiento, a cargo de Arquetipo, y Areco que ha reconstruido las casas y acondicionado el itinerario, que suponen empleo temporal para otras 7 personas. Debe contarse también con el aporte que los visitantes de Numancia representan para los tres restaurantes y hostales que funcionan en Garray. Numancia empieza a ser un pequeño embrión de desarrollo en su entorno inmediato, lo que tiene una mayor importancia en una zona marginal como es la provincia de Soria, cuyas posibilidades de desarrollo, dadas sus características, están vinculadas a la oferta de su territorio como lugar de esparcimiento. Todo ello en la dinámica del ocio cultural, en la que deben de jugar un papel predominante de forma integrada su riqueza histórica (en la que interviene de modo importante el patrimonio arqueológico) y natural-paisajística unida a los demás recursos. Por tanto, la puesta en valor de los yacimientos arqueológicos requiere una buena elaboración. Para ello no basta sólo el esfuerzo que la Administración Autonómica (es la que realiza la mayor aportación), BIBLIOGRAFÍA ALVAREZ SANCHÍS, J.; HERNÁNDEZ, D.; MARTÍN, M.^D.
El proyecto de investigación de la Zona Arqueológica de Las Médulas (León) se ha realizado desde una perspectiva científica y patrimonial que valorase su comprensión como un paisaje cultural, resultando a su vez de un proceso histórico. En este artículo se analizan los presupuestos y condicionantes de esa concepción, los criterios que permiten llegar a esa valoración y las medidas concretas tomadas hasta ahora para su conversión en Parque Arqueológico, como proyección social de la labor investigadora. El equipo de investigación que firma este trabajo lleva ya más de una década dedicado a la investigación y valoración de los paisajes culturales y en particular de la Zona Arqueológica de Las Médulas (ZAM) como Paisaje Cultural (1). Las Médulas poseía ya un reconocimiento como bien de interés cultural (BIC), basado sobre todo en las estructuras visibles de lo que fue la mina de oro romana (2). (1 ) Los trabajos llevados a cabo en la ZAM han sido posibles gracias a una serie de proyectos realizados o coordinados desde el Dpto. de Historia Antigua y Arqueología del Instituto de Historia del CSIC (Madrid): Zona Arqueológica de Las Médulas (ZAM) (Dir. Oral, de Patrimonio y Promoción Cultural de la Junta de Castilla y León, 1988León, -1996)); Estudio de viabilidad de la ZAM como Parque Arqueológico (Instituto del Patrimonio Histórico Español del MEC, 1991); Paisajes Antiguos en la Península Ibérica: Arqueología y Textos (Paisat I), PB94/0125 de la DGICYT del MEC (1995-1998) y Paisajes Antiguos en la Península Ibérica. Además de los autores firmantes, más de una decena de investigadores han contribuido sustantivamente en la consecución de resultados y cumplimiento de objetivos; a todos ellos, a quienes resultaría muy prolijo citar ahora, queremos expresarles nuestro más sincero agradecimiento. (2) Fueron sin duda los espectaculares vestigios de la mina de oro romana los que propiciaron su inclusión dentro de la famosa y numerosa lista de Monumentos Histórico-Artísticos declarados como tales a escala nacional a comienzos de la II República (Decreto de 3 de junio de 1931, Gac. T. P, 57, n." 2, 2000 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es principales zonas mineras de Hisponia en \a Antigüedad, con indicación de los metales explotados (Ag, Au, Cu, Hg, Pb) Fig. 1. Las Médulas y las principales zonas mineras de Hispania. Como decía un cartel allí instalado era considerada un "monumento de la ingeniería romana". Esa apreciación capitalizó casi absolutamente la valoración científica y patrimonial de la zona hasta los años 80. Nuestro trabajó pretendió desde sus inicios superar esa visión sectorial y creemos que ha contribuido notablemente a potenciar su revalorización desde una perspectiva más integral, considerándolo como un paisaje cultural resultado de un proceso histórico muy complejo y que excede sin duda su importancia estrictamente tecnológica. Aunque teóricamente la cadena investigaciónvaloración-difusión debe presidir la estrategia de las actuaciones sobre este tipo de BIC, su desarrollo no siempre puede seguir esa dirección tan lineal; es más, en casi todos los casos resulta imprescindible proceder de forma escalonada y compaginar esos tres objetivos de forma complementaria. Así ha ocurrido en el caso de Las Médulas, donde ha sido imprescindible ir combinando avances en los tres campos mencionados hasta alcanzar los resultados actuales. De cualquier forma y a efectos instrumentales, en la exposición que sigue sí vamos a articular nuestro discurso de acuerdo con ese orden. A lo largo de esa década hemos intentado basar todas nuestras intervenciones en las nuevas tendencias agrupables dentro de la Arqueología del Paisaje, que persigue entre sus objetivos dotar, no sólo a la disciplina, sino también al patrimonio arqueológico de una mayor dimensión espacial y territorial. Esos nuevos enfoques nos han servido para reforzar y ampliar el alcance patrimonial de nuestra actividad. Esta perspectiva no es ajena por lo tanto a un replanteamiento del alcance y la proyección social que debe presidir nuestra labor investigadora y científica como arqueólogos e historiadores que, sobre todo cuando se realiza desde instituciones públicas, debe ser considerado como un objetivo prioritario. En el marco de este número monográfico de TP, creemos necesario resaltar la importancia que tiene un compromiso al respecto de los profesionales de la Arqueología. A través de la prensa diaria puede comprobarse que cada vez son más frecuentes las iniciativas de explotación como recurso de nuestro Patrimonio, realizadas casi siempre desde una concepción del "mercado cultural" estrictamente, valga la redundancia, mercantil en el que la cultura, con minúscula, es más un medio que un objetivo. Tales iniciativas sobrepasan muchas veces al ámbito estrictamente patrimonial y responden a unas orientaciones de política económica casi inabordables desde las instancias profesionales e institucionales de la Arqueología. Pero también es cierto que aun existen muchas reticencias desde nuestro propio campo a la hora de comprometerse en intervenciones concretas sobre el Patrimonio Arqueológico como recurso, es decir, en actuar para intentar cambiar las bases estructurales de tal mercado y adecuarlas a los notables avances teóricos y sociales producidos en la concepción, valoración y difusión del Patrimonio Histórico y Arqueológico. LA IDENTIDAD PATRIMONIAL DE LAS MÉDULAS Y EL CONCEPTO DE PAISAJE CULTURAL Cuando decíamos antes que Las Médulas poseía ya desde hace tiempo un reconocimiento de su valor nos referíamos a los evidentes y espectaculares restos de la mina de oro romana más grande de todo el Imperio Romano (Fig. 1). La mina de oro supuso la remoción de casi 100 millones de m^ de tierra, mide unos 3 km de anchura máxima, sobrepasa los 100 m de profundidad en el sector más extenso de los tres excavados y las transformaciones que causó afectan a unas 1 200 ha. Esa notable intervención humana se produjo sobre unos depósitos de conglomerados miocenos de un intenso color rojo que forman el yacimiento aurífero y están colgados sobre su entorno inmediato, de forma que los desmontes resaltan en la actualidad con sus picuezos y frentes escarpados la alteración topográfica producida. La mina adquiere por derecho propio una posición central y un protagonismo fuera de toda duda que siempre ha llamado poderosamente la atención de quienes la contemplan (3). Pero también existe el peligro de dejarse atrapar por su excepcionalidad como testigo de una actividad productiva hoy considerada sectorial y olvidarse de lo que esa minería del oro supuso en unos términos históricos más amplios y, sobre todo, en su impacto sobre las estructuras territoriales y sociales de la zona y las comunidades que la ocupaban. En último término, nos estamos refiriendo al peligro de mitificar Las Médulas. El camino recorrido desde est cuasi mito histórico hasta su consideración como paisaje cultural (Sánchez-Palencia^ía/n, 1999: 13-19) se inserta, por un lado, dentro de la evolución que ha experimentado en las últimas décadas el concepto de Patrimonio Histórico, influido e influyente en la creciente valoración del Paisaje (no simplemente el medio ambiente) como un elemento muy importante dentro de las condiciones de la calidad de la vida. Además, y sobre todo en nuestro caso, hay que entender esa evolución desde los nuevos enfoques que se han incorporado en la propia actividad disciplinar de la Arqueología. Los cambios en la disciplina arqueológica han afectado tanto a sus fundamentos teóricos como a los enfoques que informan su investigación, cada vez más ecológicos, antropológicos y sociales. Paralelamente y como consecuencia de ellos, se han perfeccionado nuevos métodos y técnicas instrumentales, incorporados ya plenamente tras una primera fase de interdisciplinaridad. No es ésta la ocasión de entrar a pormenorizar esos cambios (4), pero sí de resaltar algunos de ellos y considerar en particular la incidencia que han tenido en la protección, valoración y difusión del patrimonio arqueológico, puesto que han informado nuestros planteamientos en el caso concreto de la ZAM: -El abandono de los enfoques arqueológicos que primaban un patrimonio de valores muy explí- (3) Un ejemplo muy ilustrativo son las palabras del novelista romántico berciano Gil y Carrasco (1985: 87): "una montaña de la más caprichosa forma que imaginarse pueda (...) de un encarnado vivo y crudo y coronada por picachos y torreones del mismo color, (...) nada tiene de común con los montes circunvecinos; y se asemeja a un monumento levantado por la mano de una raza de gigantes,..." Sobre la contribución "cultista" a la valoración histórica de Las Médulas y otros aspectos relacionados con la visión que han transmitido de ella los escritores ilustrados y románticos: Olmos (e.p.) (4) Sobre la historiográfica de los estudios de arqueominería: Domergue, 1986 y Orejas et alii, 1999. Sobre la incidencia de los mencionados cambios en el proyecto ZAM: Sánchez-Palencia et alii, 1996. citos y evidentes, en el que lo importante eran los hallazgos, lo monumental, etc, lo que podríamos definir como una arqueología objetual. Si un yacimiento podía ser valorado y visitable in situ era porque no podía trasladarse al museo. De tal visión procede la expresión de la musealización de un yacimiento, tan popular como inapropiada por la contradicción intrínseca que implica. Prueba de ello es que las iniciativas de arqueologías visitables se apoyaban más en la entidad física de las estructuras recuperadas que en el trabajo desarrollado para su adecuación y explicación, y dejaban fuera, por ejemplo, manifestaciones arqueológicas cuya apariencia visible fuese modesta o escasa tras la excavación. -En contraposición con lo anterior, se ha producido una clara y creciente incorporación del espacio. Tras una arqueología basada en las secuencias y cronologías de los hallazgos, puesto que el tiempo era el factor articulador de la investigación, se ha pasado al medio físico, al contexto, a los procesos, al territorio, a los comportamientos económicos, sociales o simbólicos y a la arqueología del paisaje (5). -La situación del PatrimonioArqueológico en la realidad actual dentro de esa nueva manera de entender la cultura provocada, al menos en occidente, por su demanda social, que está acercando cada vez más el concepto de cultura al do entretenimiento y propiciando la consideración del Patrimonio como recurso y, por tanto, explotable económicamente. Eso nos ha obligado a los arqueólogos a plantearnos la utilidad y rentabilidad del objeto de nuestra investigación y a llegar a la conclusión de que una actuación arqueológica no se justifica sin una proyección social. Este último es seguramente el aspecto más conflictivo, ya que hace entrar al PatrimonioArqueológico en una ambigua situación de búsqueda de equilibrio: compaginar su valoración como BIC de gran interés investigador y formativo con el de su rentabilidad con un cierto carácter lúdico. Se añade a ello el agravante de ser un tipo de patrimonio difícil de hacer comprender a un público no especializado, que en su parcialidad documental necesita de una interpretación o un intermediario, porque han de serle aplicados unos criterios de intervención, con el eterno debate entre conservacio- Pero de igual forma que a los museos hoy se les pide que expongan conceptos y no solamente objetos, para comenzar a hablar de la explotación, sea cultural, social o económica, del Patrimonio Arqueológico, ha de haber una previa y completa investigación. Nada más falaz en este caso que contraponer ambos aspectos, y ahí se ve bien el carácter de ciencia de la disciplina; en Arqueología no se llega a una buena divulgación si no es tras un profundo trabajo de investigación. Esa explotación de la que es susceptible el Patrimonio Arqueológico, como factor de desarrollo local o comarcal dentro del llamado turismo cultural y de naturaleza, lo somete sin embargo a las limitaciones de todo recurso no renovable: pérdida de autenticidad cuando entra de lleno en la cultura del simulacro o necesidad de aplicarle estrategias del tipo de desarrollo duradero cuando se pone en peligro su conservación. No hace tantos años se reivindicaba para él una rentabilidad social, ahora también se le exige una rentabilidad económica. La realización de nuestro proyecto de investigación y valoración desde los presupuestos hasta aquí mencionados contribuyó a que cuando, en 1997, la ZAM fue declarada Patrimonio Mundial o de la Humanidad por la UNESCO, lo fuera como un tipo de bienes determinados que son los Paisajes Culturales. Esta categoría que establece la propia UNES-CO, quizás de forma un poco rígida como en casi todas las clasificaciones, para los que podrían denominarse arqueológicos, se define como el paisaje que ha experimentado un proceso evolutivo que se ha detenido en un cierto momento del pasado, súbitamente o a lo largo de una etapa de mayor duración, y cuyas características esenciales han quedado materialmente visibles. Se denomina también paisaje relicto o fósil y forma parte de una categoría mayor que son los paisajes evolutivos, considerados como el resultado que han producido determinados factores sociales, económicos, políticos, etc en un determinado medio natural. Son un tipo de paisajes que con frecuencia permanecen v/vo^. Todas estas tipologías entran, por otro lado, dentro de una definición más general que cubre la gran variedad de manifestaciones interactivas entre la humanidad y su entorno natural (6). También es coinci-dente con la definición de Paisaje que ha propuesto más recientemente el comité de expertos del Consejo de Europa para la Convención Europea del Paisaje: "designa una parte del territorio según es percibido por sus poblaciones, cuyas carñcterísticas son el resultado de la acción de factores naturales y/o humanos y de sus interrelaciones'' (7). En este último caso se añade a la valoración el componente cognoscitivo de la población de la zona, sin el que sería imposible su reconocimiento actual. LA REPRESENTATIVIDAD DE LAS MÉDULAS COMO PAISAJE CULTURAL Siguiendo los criterios expuestos y a condición de que sean acordes con los planteamientos teóricos y metodológicos de la investigación y con la viabilidad de su planificación y gestión, los Paisajes Culturales deben cumplir otras exigencias para serlo verdaderamente. Vamos a intentar exponerlas a continuación sobre el ejemplo concreto de la ZAM. Siempre es difícil intentar definir unos criterios que permitan resaltar el interés que posee un determinado paisaje cultural para ser destacado como tal, es decir, para que sea representativo. No creemos posible la elaboración de una clasificación cuantificable en tal sentido. Por su propio carácter este tipo de bienes culturales deben valorarse de acuerdo con unos criterios relativamente abstractos, que se concretan a través de su capacidad para sintetizar su relevancia en un amplio marco histórico y geográfico. La propuesta realizada en la revistaAní/^w/fy por un equipo que ha estudiado este tipo de criterios sobre el patrimonio inglés (Darvilkí a///, 1993) nos parece que ha sido una de las más acertadas. Se trata, insistimos, de factores de evaluación netamente contextúales e indisociables del espacio y de los procesos históricos en los que se insertan. Son también Ya hemos dicho que Las Médulas es un BIC que supera claramente al monumento técnico que es la mina, pero tampoco es una agrupación o conjunto de elementos patrimoniales más o menos relacionados entre sí. En primer lugar porque el territorio que comprende conforma una auténtica unidad geomorfológica e histórica. Desde el punto de vista geomorfológico, la ZAM se sitúa en el espacio que ocupa una de las tres cubetas que forman la depresión berciana. Materialmente se puede delimitar mediante unos límites muy claros y concretos (Fig. 2). Hacia el norte y el oeste está definida por el curso del río Sil y hacia el sur por su afluente el Cabrera. Por el este permanece unida a los Montes Aquilianos por medio de nervaduras montañosas, de forma que hacia ese lado es el tránsito desde los depósitos aluviales del yacimiento aurífero a los escarpes montañosos el único límite posible. Ocupando el centro de esa unidad está la mina de oro (Fig. 3) que, como ya dijimos, domina como principal protagonista histórico todo el paisaje, más que por su vistosidad o sus dimensiones, por las transformaciones de la actividad minera. Además de los desmontes, que supusieron la remoción a lo largo de casi 200 años (siglos I y II d.C. en líneas generales) de unos 93,55 millones de m^ en más de 500 ha, los estériles generados rellenaron casi 600 ha de los antiguos valles y vaguadas. De hecho, de las 12 000 ha de terreno que hemos investigado una décima parte son de origen romano. Es más, la mayor cola de lavado o cono de deyección de esos estériles. Chaos de Maseiros, llegó a taponar un valle y dio lugar a la aparición del Lago de Carucedo, que es por ello de origen romano, pero de formación no intencional. La actividad minera desmanteló por lo tanto el yacimiento aurífero mioceno colgado dentro de la cubeta, pero acentuó la unidad del nuevo paisaje estableciendo claros nexos de unión de entidad topográfica entre las cotas más altas y las más bajas de la zona, desde los frentes de explotación más elevados, sobre los 1 000 m de altura, hasta el final de las colas de lavado, por debajo de los 500 m. Queremos resaltar que el resultado, ese paisaje minero, no permaneció simplemente fosilizado sino que fue utilizado posteriormente en sus diversos elementos como un nuevo factor de vertebración del espacio. Sobre la nueva superficie creada en el fondo del principal sector se habilitaría con el TP2Z0NAS / EST-AP / IH-CSIC Fig. 2. Las dos zonas propuestas de delimitación de la Zona Arqueológica de Las Médulas según figuraban en el estudio de viabilidad como Parque Arqueológico. también el acceso a través de los antiguos y encajados valles que rellenaron. La progresiva colmatación del nuevo lago de Carucedo proporcionó las mejores tierras de cultivo, Las Suertes, para el pueblo de Borrenes. En fin, los cauces de los canales romanos, que bordean por sendas vertientes los Montes Aquilianos, han servido de carriles o caminos de comunicación para la población y los ganados hasta no hace mucho. Dentro de esa unidad, otro de los criterios que definen estructuralmente a este paisaje es la clara articulación de todos los elementos que testimonian la ocupación y explotación antigua en torno a esas evidencias de origen minero. Entre ellos están los provocados por la explotación del resto de los recursos naturales, incluido el propio suelo, y los asentamientos. Todos ellos responden a un esquema de apropiación y ordenación del espacio, tanto de esa unidad morfológica como de otras zonas adyacentes más extensas, como es el espacio ocupado por la infraestructura hidráulica que llega a alcanzar hacia el este 100 km de recorrido (Fig. 2). Se trata por lo tanto de un planeamiento global de la zona y de las comunidades que lo ocupaban por parte de los romanos, que generó morfologías específicas, formas de producción, red de comunicaciones, centros de poder, etc; en definitiva que jerarquizó ese territorio. Se cumple de esta forma otro de los criterios que definen el Paisaje Cultural: Isiintegración de todos sus elementos. Esta integración, así como la medida de esa transformación romana en el paisaje adquiere una mayor dimensión cuando se comparan sus elementos con los de la ocupación prerromana (Fig. 4). En efecto, las poblaciones anteriores a la presencia romana se vertebran en torno a castros separados por distancias desiguales, que buscan sus emplazamientos en función de terrenos propicios para su economía campesina autosuficiente. Se trata de comunidades reducidas, de unos 150-200 habitantes, nuclearizadas en asentamientos de no más de una hectárea de extensión. Su dominio territorial se reduce a las tierras de labor y a otras unidades productivas, situadas todas en el entorno inmediato al poblado. El contraste entre ambas maneras de ocupar el mismo territorio entre época prerromana y romana, permite evaluar el grado de articulación e integración que proporciona la mina por encima de su indudable atracción visual. Y ese potencial es precisamente el que se utiliza desde la guía y el aula arqueológica (a las que luego nos referiremos) para que, una vez provocada la atención del visitante, su curiosidad trascienda y para que a través de los itinerarios que se le ofertan entienda el Paisaje de forma global y con una perspectiva histórica. Tal contraposición es por lo tanto capital en todo el montaje didáctico. Para llegar a este tipo de resultados, es necesario tener en cuenta que cuando se analiza un paisaje arqueológico se está ante una graduación de los diversos elementos que lo componen por su relación entre contenido y forma, es decir, unos son más evidentes que otros. En las labores mineras o en los canales esa relación es clara, pero no se deben olvidar aquellos elementos cuyas formas son difícilmente reconocibles. En el proyecto hemos prestado especial atención a la documentación de la diversidad de recursos que esa actividad minera propició, a la imprescindible existencia de una in-JFraestructura que posibilitase esa ordenación global del territorio y la actividad minera llevada a cabo en la escala de Las Médulas. De esa forma, a partir del registro arqueológico y paleoecológico se llega a definir los terrenos de cultivo y el tipo de asentamiento a ellos asociados (Fig. 4). Aunque pueda resultar más costoso de comprender, es esencial explicar la puesta en valor de tierras de cultivo en la zona de La Campañana y Borrenes o de Salas de la Ribera y Puente de Domingo Flórez, donde se concentró buena parte de la producción agraria romana mediante pequeñas granjas. Este tipo de datos es esencial para no caer en una visión modernizante y sectorial de la ocupación romana, que sería distorsionante y anacrónica. De la misma forma, es preciso destacar la importancia de la metalurgia del hierro y sus factorías, donde se manufacturaban las herramientas y útiles, mineros o no, para toda la zona, según han puesto de relieve las excavaciones del asentamiento de Orellán, poblado por una mano de obra especializada, es decir, con una tendencia económica o funcionalidad muy clara. La construcción y mantenimiento de la infraestructura hidráulica también requirió el establecimiento de un sistema de pequeños castros de tipo romano y especialmente adaptados al terreno por donde circulan los canales que lo jalonan, ya anaUzados en parte en un estudio anterior (Sánchez-Falencia y Fernández-Posse, 1985 y Femández-Posse y Sánchez-Palencia, 1988). También se han documentado los poblados destinados al alojamiento de la mano de obra más específicamente vinculada al trabajo minero y asentada a veces en el interior de la mina, después de explotada, así como aquellos otros desde donde se producía el control técnico y administrativo, como es el caso del asentamiento de Las Pedreiras, donde se establece desde el principio de los trabajos un grupo de población altamente romanizada, como corresponde a una mano de obra especializada capaz de controlar la organización y de dar soporte técnico a la minería del oro. Esta enumeración, que no pretende ser exhaustiva, es buena muestra de la diversidad que debe tener, como otro criterio esencial de valoración, un Paisaje Cultural. Diversidad que se potencia, una vez más, con la de los dos castros prerromanos excavados, que cubre bien los siglos anteriores al cambio de Era (El Castrelín) o bien el momento de contacto de esas comunidades indígenas con los romanos (El Castro de Borrenes). Tal diversidad se vertebra en el diseño del Parque con varios itinerarios donde quedan bien de manifiesto las diferencias de las dos ocupaciones, la prerromana y la romana y su proceso de ruptura. De igual forma los dos asentamientos de época romana elegidos para que sean visitados pretenden ofrecer al visitante el marcado contraste entre las formas de vida de la mano de obra indígena y no cualificada del poblado metalúrgico de Orellán frente a los técnicos que habitaban la casa tan formalmente romana de Las Pedreiras. Estaestructura se refleja igualmente en el aula arqueológica, donde, a su vez, se le dota de una explicación histórica global que difícilmente es comprensible sobre el terreno. Como ya hemos comentado, la ZAM, no es el único paisaje minero que dejaron los romanos en el Noroeste. La actividad aurífera romana dejó en esa región otros muchos ejemplos, entre los que algunos presentan el mismo buen estado de conservación y equiparable envergadura (quizás no en volumen, pero sí en extensión y otros parámetros) a la de Las Médulas. De igual forma, el proceso histórico desarrollado debió ser similar en esas otras zonas mineras, que incluye a más de medio millar de minas de oro e implicó la remoción de unos 900 millones de m^ Igualmente todos los elementos de carácter tecnológico (los sistemas de explotación selectivos o extensivos, por ejemplo) quedan bien representados en Las Médulas. Queda claro pues la calidad de modelo que puede atribuírsele. Para terminar, ese valor paradigmático de la ZAM creemos que cumple mejor su función como Paisaje Cultural representativo, no sólo porque en ella todos los elementos están presentes y hayan sido documentados en el curso de nuestro proyecto con la diacronía y el detalle suficiente para comprender un proceso histórico, sino por suescala. En efecto, en la ZAM todos esos elementos y los factores que los conjugan y hacen de ellos una verdadera estructura, se reúnen en un marco idóneo de poco más de 10 km^ (Figs. Este grado de concentración se manifiesta, tanto en sus propios términos cuantitativos espaciales, como a través de una excelente relación visual entre todos los elementos que constituyen el paisaje. Es decir, cuenta con unos puntos de visión panorámica que permiten al visitante aprehender esas condiciones de integración, articulación, diversidad y estructura que permiten afirmar que forma y contenido alcanzan un fuerte grado de relación. ¿En qué medida se ha visto reflejada de forma práctica la valoración de todos estos factores en la ZAM? La mejor contrastación al respecto es la consideración que ha merecido para ser incluida en la Lista del Patrimonio de la Humanidad. El propio comité de la UNESCO que preparó el expediente de evaluación para que esa inclusión se produjese en la reunión de Ñapóles de diciembre de 1997 (8), se hizo eco de tales factores al reconocer que el paisaje antiguo de Las Médulas no sólo conservaba excepcionalmente los elementos industriales de la actividad minera, sino también los referidos a las comunidades que hicieron posible tal actividad, representados a través de los múltiples yacimientos excavados o por excavar. El mismo comité indica que Las Médulas se inscribía siguiendo cuatro de los criterios exigidos: -Criterio 1°: Ser unâobra destacada de la creatividad humana, específicamente por la tecnología minera utilizada (se menciona la ruina montium y la importancia de la fuerza hidráulica) y por la importancia económica que tuvo para el Imperio Romano. -Criterio 2°: Proporcionar un testimonio destacado de la creación de un Paisaje Cultural, marcado por la importante intervención humana y los posteriores procesos naturales, mencionando en especial la introducción de nuevos cultivos (el castaño sería el más relevante por su huella en el paisaje actual) que han pervivido sin cambios desde época romana hasta hoy. -Criterio 3°: Constituir m\di evidencia única, o al menos excepcional, de un tipo de trabajo y de una explotación tecnológica y científica de la naturaleza correspondiente a una civilización extinguida. -Criterio A"": Ser un ejemplo sin paralelos resultante de la unión entre Arqueología y Paisaje que ilustra un período de gran importancia para la Humanidad y para, el sostenimiento económico del Imperio Romano durante los siglos I y II d.C. PROYECTO DE INVESTIGACIÓN Y PROYECCIÓN SOCIAL: LA CONVERSIÓN DE LA ZAM EN PARQUE Según los criterios del ya mencionado comité de expertos del Consejo de Europa, además e incluso por encima de su valoración histórica, es conveniente tener presente que el Paisaje debe comprenderse como el marco en el que vive una determinada comunidad y, en ese sentido, es indisociable de la noción de desarrollo duradero de la zona del que debe ser una expresión y un componente importan-te. Las valoraciones de carácter científico o profesional han de pasar por lo tanto a un segundo plano, por más que constituyan un punto de apoyo sustancial para la consecución de tales objetivos y la consideración del paisaje cultural como recurso debe ocupar un lugar preeminente (9). Para que tal hecho se produzca es necesario llevar a cabo una serie de actuaciones concretas, que en el caso de la ZAM se han articulado entorno a su conversión en Parque Arqueológico. Vamos a exponer a continuación cuál ha sido su génesis y desarrollo y en qué han consistido. Los trabajos que han conducido a la materialización del Parque Arqueológico de Las Médulas se iniciaron cuando la Consejería de Cultura y Turismo de la Junta de Castilla y León, consciente de la importancia patrimonial de la ZAM y ante la afluencia creciente de visitas, se puso en contacto en 1989 con el Instituto de Conservación y Restauración de Bienes Culturales (actual Instituto del Patrimonio Histórico Español) para proyectar un parque dentro de una iniciativa que llegó a ser un Plan Nacional del Ministerio de Cultura (Parques, 1993) (10). Paralelamente, nuestro equipo estaba llevando a cabo desde 1988, según los objetivos ya expuestos, el proyecto de investigación en la zona, coordinado desde el Departamento de Historia Antigua y Arqueología del Centro de Estudios Históricos (hoy Instituto de Historia) del CSIC. Como resultado de las dos anteriores circunstancias, nuestro equipo de investigación redactó un estudio de viabilidad para la conversión de la ZAM en Parque Arqueológico (11). Dado que dicho estudio no ha sido objeto de ninguna publicación hasta ahora, nos parece oportuno resumir a continuación su contenido: Delimitación de la ZAM en cuanto que tal Zona Arqueológica, que dentro de las diferentes 12). La declaración como monumento histórico-artístico de 1931 era sólo enunciativa y no había fijado de ninguna forma los límites del bien. Esta circunstancia que no es muy importante en el caso de los BIC fácilmente delimitables, sí presentaba y ha seguido presentando problemas en el caso de una zona tan amplia como ésta. En un principio se establecieron dos zonas, una primera y más importante que incluía al yacimiento y la mina de oro y su entorno más inmediato y una segunda que se definía esencialmente por la extensión de la infraestructura hidráulica (Fig. 2). Dejamos para un poco más adelante la discusión sobre estos límites, ciertamente conflictivos. La parte esencial y más larga del estudio consistía en un análisis y valoración del Patrimonio Histórico en dos apartados: los componentes más destacados del Patrimonio Arqueológico, analizados cronológicamente desde los momentos prerromanos de la Cultura Castreña hasta la ocupación y explotación minera romana del territorio y las posibilidades de valoración de otros elementos de entidad histórica o de interés patrimonial (ordenación espacial de los núcleos rurales de la zona y determinas singularidades de su arquitectura vernácula). El apartado dedicado al medio ambiente de la ZAM, además de analizar las características de los factores geomorfológicos del medio físico, la flora y la fauna, destacaba por razones obvias la importancia de la geología del yacimiento aurífero y también se detenía en el análisis de la población y los usos tradicionales del suelo. Las propuestas y el programa de actuaciones para la conversión en Parque Arqueológico de la ZAM incluía en primer lugar la imprescindible declaración delimitada del BIC. Su contenido fundamental era un anteproyecto para la articulación del parque a través de puntos de información e itinerarios, con un estudio y propuestas de actuaciones sobre las infraestructuras de acceso y servicios esenciales y un plan para proseguir las investigaciones aun no concluidas. Este estudio de viabilidad tuvo dos consecuencias inmediatas principales. Por una parte sirvió para que los responsables autonómicos de la ZAM comprobasen que la zona se hallaba en un estadio de la investigación que permitía ya iniciar su conversión en parque (13), en segundo lugar suscitó un debate sobre la extensión e incidencia que podía tener en la zona la declaración del BIC según los límites propuestos. Ese debate se expresó sobre todo a través de declaraciones de prensa más que a través de una discusión concreta entre las partes interesadas. El problema esencial de ladeclaración del BIC radicaba en la amplia extensión propuesta (Fig. 2), que se basaba precisamente en la consideración de toda la zona como un paisaje cultural, de forma que nos parecía absurdo renunciar a los principios defendidos y demostrados a la largo del proyecto de investigación. Por ejemplo y fijándonos sólo en los componentes patrimoniales más evidentes, los contemporáneos de la mina de oro romana, nos parecía anacrónico no incluir dentro de la declaración toda el área que afectaba a la red hidráulica y los asentamientos cástrenos romanos a ella asociados, que se hallaba dentro de la denominada zona 2. También nos parecía necesario acabar con la visión histórica sectorial de la actividad minera romana. Era necesario hacer comprender, desde la coherencia del proceso histórico al que respondía, que la ocupación y explotación del territorio supuso una puesta en valor de múltiples recursos, que la diferencia respecto a la ocupación prerromana radicaba precisamente en la introducción de una estructura de explotación a escala comarcal y regional antes inexistente. Hubiese resultado incluso deshonesto mantener dos discursos divergentes, uno científico y otro patrimonial. Además del sobresalto que podría causar la declaración como BIC de una zona tan extensa, ya que afectaba a once municipios, existía un segundo e importante obstáculo. En buena parte de ese territorio se desarrolla una actividad industrial de gran impacto económico: las canteras de pizarra y, en menor medida, de caliza. Aunque nunca se llegó a una discusión abierta al respecto, ese problema latente pesó en la declaración. En realidad, el estudio simplemente proponía aplicar la correspondiente legislación para el caso de las canteras abiertas y estudios de restauración para las abando-(12) Ley 16/1985 del Patrimonio Histórico Español, Título II, artículo 15,5. (13) Consideramos también que este estudio permitió vislumbrar por primera vez la posibilidad de incluir a la ZAM en la Lista del Patrimonio de la Humanidad. Así se lo hicimos ver a la entonces directora general de Patrimonio de la Junta de Castilla y León, Dña. Eloísa Wattemberg, que creemos recordar fue la primera que planteó oficialmente tal posibilidad, aunque ignoramos el alcance que entonces llegó a tener esa iniciativa. nadas ( 14), de forma que no suponía ninguna alteración para la situación existente. Por ello, consideramos que actuó el "miedo a la declaración", su visión como medida coercitiva (15). El resultado final, tras discusiones con los servicios técnicos de la Junta de Castilla y León, acabó siendo una delimitación del BIC que excedía las dimensiones de la mina, pero que rebajaba considerablemente nuestra ambiciosa propuesta (16). Sí conseguimos (15) Ese miedo es fruto sin duda de una mala información, de una visión aun mayoritaria en nuestro país, mucho más que en los de nuestro entorno más próximo, del Patrimonio como un factor estrictamente conservacionista y que puede resultar siempre un obstáculo para cualquier otro tipo de actividad, especialmente de las "desarrollistas". Por ello insistimos tanto en la conveniencia de articular discursos desde nuestro campo que sean capaces de transmitir el valor de lo patrimonial como recurso. A título de anécdota, digamos que también se levantaron voces contra la declaración que pretendían rechazar el Parque porque se iban a meter leones y tigres {sic) en Las Médulas; obviamente se trataba al menos que se incluyesen la gran mayoría de las zonas ocupadas por estériles romanos, una amplio perímetro del entorno de la mina que afectaba a diez asentamientos (2 208,2 ha en total. Fig. 3) y una delimitación individual para los dos yacimientos prerromanos de la ZAM (un perímetro separado 100 m respecto a su extensión real). Esta declaración quedaba teóricamente abierta a futuras ampliaciones, aun no materializadas que nosotros sepamos. Como resultado a medio plazo de ese estudio, el equipo recibió el encargo de realizar unanteproyecto en firme tendente a la conversión de la ZAM en Parque (17). En él se establecían de forma muy concreta una serie de actuaciones, que son en esencia las que han dotado al parque del contenido que actualmente posee. Estas mediadas han sido las siguientes: Itinerarios y puntos de información del Parque (Fig. 5): En el ambicioso estudio de viabilidad se contemplaban un total de 12 itinerarios vertebrados a lo largo de 31 puntos de información. Descartados en su totalidad los que afectaban a la zona 2, el montaje actual incluye 3 itinerarios con un total de 11 puntos de información y 22 señales informativas y 12 señales de dirección instaladas (18). Los itinerarios sólo afectan hasta ahora a las estructuras visibles más evidentes por sí mismas: la mina de oro, los dos castros prerromanos y los asentamientos romanos (aunque de estos, sólo uno ha sido señaüzado) (19). Nuestra postura ha sido siemde una manipulación que pretendía explotar malévolamente el desconocimiento de algunas gentes. Una vez producida la inclusión de Las Médulas en la Lista del Patrimonio de la Humanidad, no antes, sí surgieron algunas voces que reclamaron la extensión de la declaración del BIC hasta áreas que nosotros incluíamos en la zona 2. ( pre potenciar la comprensión del paisaje cultural y del proceso histórico que representa, aunque de momento sólo se refiera a la Antigüedad, a través de su visita y explicación directa. Por ello, las señales instaladas en los puntos de información pretenden ante todo interpretar lo que el visitante esta viendo directamente a través de esquemas gráficos y un texto lo más reducido posible (Lám. Sólo el itinerario de la mina cuenta con tres señales que resumen los recorridos, su trazado y su duración en sus tres posibles puntos de entrada, de forma que el visitante que no se informe previamente difícilmente podrá acceder a los otros dos itinerarios (20). El centro de información o aula arqueológica. El único edificio de los tres previstos en el estudio de viabilidad se halla a la entrada del pueblo de Las Médulas (21 ). Es de nueva planta por la imposibiüdad material de rehabilitar una casa tradicional del mismo pueblo. De acuerdo con nuestra visión sobre lo que debía ser el parque, el centro se concibió esencialmente con un carácter informativo y complementario de la visita sobre el terreno, de forma que no pudiera llegar a sustituirla, sino que contribuyese a que el visitante sintiese la necesidad de ver por sí mismo lo que en él se explicaba. En los 100 m^ aproximadamente de cada planta se desarrollan dos ideas muy claras. En la planta de arriba, la que está a la altura de la entrada, se sitúa en primer lugar el paisaje cultural de Las Médulas dentro de su contexto histórico (superando por supuesto el ámbito local) a base de mapas, maquetas y dibujos reconstructivos. La planta baja está dedicada a ofrecer otra información difícilmente mostrable sobre el terreno: los instrumentos mineros y su utilización dentro de las diversas fases del sistema de explotación. Por último, en la misma planta baja se proyecta un video sobre la ZAM. Editada dentro de la serie de guías arqueológicas de la Junta de Castilla y León (Sánchez-Palencia^í a///, 1999), su con-(20) Esta carencia está condicionada en buena parte por el mal estado de los accesos. Así pues, de momento esa información se da verbalmente en el centro de acogida, de forma que el visitante puede estar al tanto de las malas condiciones de los caminos. De cualquier modo, se trata sin duda de un problema pendiente de resolver. (21) El autor del proyecto es el arquitecto J.M. Báez Mezquita, arquitecto de la Univ. de Valladolid especializado en el estudio de la arquitectura vernácula y colaborador en nuestro estudio de viabilidad. El equipo de investigación, con el visto bueno de los servicios técnicos de la Junta de Castilla y León, propuso las líneas esenciales del montaje didáctico, que fue ejecutado por Terra-Arqueos, s.l. Los otros dos centros que se habían previsto se encontrarían en los pueblos de Orellán y Yeres, puntos de acceso naturales a la zona por el este y oeste respectivamente. I. Una de las señalizaciones utilizadas en los puntos de información de la Zona Arqueológica de Las Médulas (León). tenido se ha estructurado de la misma forma que los itinerarios para que el visitante no tenga problemas en su utilización; de hecho la portadilla de cada uno de sus capítulos es precisamente un plano del itinerario a seguir. Se ha puesto también especial cuidado en que el lector puede obtener una primera visión resumida y muy gráfica, ampliable en la medida de sus intereses con el texto general. Así pues, puede calificarse más como una obra de alta divulgación que simplemente como una guía en sentido estricto. También se editó un folleto en formato de tríptico (Sánchez-Palencia^í a///, 1995) de contenido mucho más resumido. Por su parte la recién creada Fundación Las Médulas ha iniciado una serie de cuadernos de contenido monográfico para contribuir también a la labor de divulgación de temas directa o indirectamente relacionados con la ZAM (22). Sobre estos tres puntos se han vertebrado hasta ahora las actuaciones de nuestro equipo para contribuir a la conversión de la ZAM en un parque arqueológico. Junto a ellas y paralelamente a su ejecución, hemos intentado transmitir y debatir nuestra visión del parque con profesionales interesados, responsables institucionales (23) y, en especial, con (22) El primero de ellos se refiere fundamentalmente al oro y su explotación (Sánchez-Palencia et alii, 1999b) y están preparados o en estado de redacción muy avanzada otros tres sobre El Castrelín de San Juan de Paluezas, la mano de obras en las minas y Las Médulas y la literatura ilustrada y romántica. (23) Queremos resaltar y agradecer el apoyo recibido por casi todas ellas y hacerlo extensivo a aquellas otras que discreparon de nuestra actuación con una crítica constructiva, que tan necesaria es en estos casos. No obstante, queremos destacar en especial el apoyo recibido por parte de los servicios técnicos centrales de la Junta de Castilla y León en Valladolid, responsables administrativos en último término de las intervenciones realizadas. T. R, 57, n.° 2, 2000 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es las gentes de la zona. Con este objetivo concreto se han llevado a cabo dos iniciativas que queremos destacar dentro de nuestra labor didáctica y formativa. De un lado, se han realizado cinco campos de trabajo, desarrollados en la propia ZAM entre 1994 y 1999, a los que han asistido voluntariamente unas cuarenta personas del entorno con ocupaciones muy diversas, en su mayoría estudiantes universitarios o licenciados. Por otra parte, también se han impartido dos "cursos de informadores", exclusivamente destinados a los habitantes de los tres municipios en cuyos terrenos se encuentra el parque, a los que han asistido veinticuatro personas de muy diversa ocupación y formación. A modo de epflogo, quizás sea conveniente echar un vistazo a las perspectivas de futuro de la ZAM y del Parque. Es evidente que las modestas medidas tomadas hasta ahora, que no son sino un punto de partida, y sobre todo su inclusión en la Lista del Patrimonio de la Humanidad han influido en el espectacular incremento de la explotación del turismo en la zona (24). Ahora bien ese auge dista mucho de estar adecuadamente ordenado y articulado e incluso puede llegar a poner en peligro el deseable carácter duradero de tal recurso. Uno de los principales problemas pendientes es el mantenimiento y la mejora de las infraestructuras de acceso y servicios. Aunque se han producido algunas actuaciones en este sentido, aun queda mucho por realizar hasta conseguir una de las recomendaciones del ya mencionado comité de expertos de la UNESCO: conseguir un acceso al parque que equilibre la prestación de servicios al visitante y un control que impida la masificación. Hemos de tener en cuanta que, a pesar de que no existen referencias seguras para cuantificar las visitas, puesto que no hay "entrada única", las estimaciones realizadas apuntan hacia una media superior a las 100 000 personas al año, con una distribución estacional muy marcada que genera aglomeraciones en los días-punta del verano y vacaciones. Frente a una clara tendencia a mejorar los accesos hasta el extremo de que el visitante pueda llegar en coche hasta los principales puntos de información, consideramos que debe darse preferencia a una circu-(24) Sólo a modo de ejemplo, en el mismo pueblo de Las Médulas se ha pasado en tres años de la existencia de un único bar al funcionamiento de no menos de cuatro restaurantes. lación perimetral, potenciando los aparcamientos disuasorios según ya se ha empezado a hacer. También está pendiente la dotación de una infraestructura de personal mínima a todas luces imprescindibles para el parque; hasta el momento sólo existen una o dos personas que atienden estacionalmente el centro de información y algunos guías en la época de verano. En ñn y por no extendemos más, uno de los problemas esenciales es la diversidad de administraciones implicadas en el mantenimiento y desarrollo de la ZAM: ayuntamientos. Diputación provincial y la propia Junta de Castilla y León. Pero esa misma circunstancia puede convertirse en una ventaja si se aunan criterios y actuaciones. A tal efecto se ha creado la Fundación Las Médulas, en la que además de los mencionados organismos oficiales están presentes entidades privadas, como patrocinadores, y de investigación, caso del CSIC y la universidades de León y Valladolid. Su reciente constitución sólo ha permitido hasta ahora el desarrollo de iniciativas muy puntuales, pero su deseable consolidación puede ser uno de los instrumentos decisivos para el futuro de la ZAM y del parque.
En las últimas décadas los reclamos de pueblos indígenas y minorías étnicas sobre restos humanos de sus antepasados hallados en sitios arqueológicos o depositados en museos se han convertido en un fenómeno que ha alcanzado escala mundial, en el marco de reivindicaciones étnicas de todo tipo. Aún cuando estos reclamos han sido efectuados en contextos muy diferentes (e.g. pueblos nativos americanos; judíos en Israel, etc.), han desafiado valores que parecerían indiscutibles, como el progreso de la investigación científica y el rol de los estados nacionales como guardianes del patrimonio cultural. En este trabajo se analiza el desarrollo y evolución de la cuestión de las reinhumaciones en distintos países y se discuten las implicancias legales, profesionales y éticas del mismo para la arqueología y la gestión del patrimonio cultural. Los arqueólogos de comienzo de siglo habrían sido probablemente capaces de imaginar ios avances tecnológicos con que cuenta hoy la arqueología para la exploración en el campo, así como de suponer que los adelantos de la ciencia iban a permitir el descubrimiento de los métodos de datación y análisis. Lo que seguramente no podrían haber imaginado es que, pese a todos sus logros, la arqueología de fin de siglo esté siendo cuestionada, tanto por su objeto de estudio como por su legitimidad para investigarlo. De todos los desafíos que ha debido enfrentar la arqueología como disciplina científica y académica, los reclamos indígenas no son precisamente un reto de menor importancia. Consolidado el proceso de descolonización y reconocidos casi universalmente los derechos humanos básicos, las minorías étnicas y religiosas hallaron un contexto internacional y/o nacional propicio para hacer oír sus reclamos sobre las tierras T.R,57,n.M,2000 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es que tradicionalmente ocuparon. El paulatino reconocimiento de esos derechos y el afianzamiento de su identidad étnica ha dado origen a un proceso de recuperación de sus tradiciones y valores espirituales, que involucra también los restos humanos de sus antepasados y elementos que integran el patrimonio cultural. Es allí cuando surge la disputa con los arqueólogos y antropólogos físicos por lo que parecía ser un patrimonio indiscutible para la ciencia. Desde el siglo pasado la arqueología y los museos nacionales jugaron un papel importante en la consolidación de los nuevos Estados nacionales (Kohl y Fawcett, 1995). El territorio y la cultura material que se hallaban en ellos eran considerados elementos unificadores y claves para la formación de las tradiciones nacionales (Hobsbawm y Ranger, 1983). Así surgió la idea de un patrimonio cultural único, indisputable y compartido por todos los miembros de esa nación que debía estar en manos de dos grandes custodios: el Estado, quien lo protegería a través de la legislación, los museos y demás organismos administrativos y la ciencia, cuya investigación contribuiría a engrandecer el pasado nacional. Estado y ciencia han sido cuestionados en su legitimidad para manipular y disponer bienes reclamados por las comunidades indígenas como propios. Una amplia variedad de ítems que van desde restos humanos de todo tipo (huesos, cuerpos momificados, pelos, etc.), objetos funerarios asociados, religiosos y/o sagrados, hasta el patrimonio cultural de una comunidad, tribu, etc. han sido objeto de reclamos. Es necesario distinguir las demandas efectuadas por comunidades nativas a las instituciones de los países donde están establecidas o a terceras naciones, principalmente europeas que fueron sus ex metrópolis, de los reclamos sobre restitución de bienes culturales objetos de tráfico ilegal o apropiación ilegal durante conflicto armados, así como de la restitución solicitada por las naciones de origen a países europeos que llevaron a cabo importantes excavaciones arqueológicas y exportación de piezas (e.g. mármoles del Partenón Grecia, los bronces de Benin por parte de Nigeria, etc.). En este sentido, Moira Simpson (1995) distingue entre restitución y repatriación. Mientras que se emplea el término "restitución" cuando se trate de objetos robados o apropiados ilícitamente en contravención con las leyes internacionales y las convenciones de la UNESCO de 1954 y 1970, se reserva el término "repatriación" para aquellos ítems que son poseídos legalmente de acuerdo a las nor-mas internacionales, pero que son reclamados por sus propietarios tradicionales o sus descendientes, desafiando las normas nacionales y las políticas de los museos, quienes sostienen la legalidad de sus derechos sobre las colecciones (Simpson, 1995:5). El término repatriación además se basa en la idea de devolver a los pueblos o comunidades originarias aquello de lo que han sido despojadas por las potencias coloniales o los Estado nacionales. Otro término utilizado para describir los reclamos en relación a los restos humanos indígenas es el de reinhumación, aludiendo al destino que se les va a dar a los restos humanos una vez recuperados. En este trabajo se analiza la evolución de la denominada cuestión de las reinhumaciones (reburial issue) en distintos países, con especial énfasis en Latinoamérica y se discuten las implicancias legales, profesionales y éticas de la misma para la arqueología y la gestión del patrimonio cultural. CIENCIA VERSUS SACRALIDAD: EL DESARROLLO DE LA CUESTIÓN DE LAS REINHUMACIONES La mayor parte de las colecciones de restos humanos indígenas de diferentes partes del mundo que se hallan en los museos fueron colectadas en el siglo pasado. De acuerdo con las teorías darwinianas en boga, se asumía que las poblaciones nativas constituían una suerte de "salvajes contemporáneos" que estaban estrechamente relacionados en cuanto a comportamiento cultural, capacidad mental, tamaño de la masa encefálica y estructura craneana con los ancestros del Homo sapiens y que como aquel éstos también estarían prontos a extinguirse (Stocking, 1988: 8).Aún cuando a mediados de este siglo las colecciones de restos humanos cayeron en desuso, siguieron siendo una parte importante de las colecciones de museos e instituciones académicas y hasta han sido consideradas una parte indiscutible del patrimonio nacional. La excavación arqueológica de enterratorios y tumbas no ha sido cuestionada sino hasta dos décadas atrás cuando comienza a gestarse, casi al mismo tiempo en Estados Unidos de América y en Australia, el denominado reburial issue. Desde entonces movimientos indigenistas han comenzado a disputar la propiedad y el control sobre los restos humanos de sus ancestros que se encuentran en museos o están sepultados en sitios arqueológicos. Los primeros registros de reclamos datan de T. R, 57, n." 1,2000 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es comienzos de los años setenta, cuando un grupo de nativos americanos agrupados bajo la denominación de American Indians Against Desecration (AIAD) comenzaron a exigir la reinhumación de restos de sus antepasados, al tiempo que los aborígenes australianos centraron sus reclamos en la oposición a la excavación de tumbas (Hubert, 1992: 107-108). En 1986 el conflicto de intereses entre organizaciones indígenas e investigadores se discutió por primera vez en una reunión internacional: el primer Congreso Mundial de Arqueología realizado en Southampton, Inglaterra. Paradójicamente los restos humanos que fueron poco estudiados por décadas adquieren una insospechada importancia como base de datos científica desde que comenzaron a efectuarse estudios de ADN en restos óseos antiguos. Actualmente la disputa entre pueblos indígenas e investigadores está lejos de ser resuelta y se ha extendido a restos humanos hallados en sitios muy tempranos (e.g. los entierros de Kow Swamp's en Australia, Mulvaney, 1991; el hombre de Kennewick en Estados Unidos, ver V), así como a pelo humano encontrado en contextos arqueológicos (Morell, 1995(Morell,: 1425)). Diferentes grupos étnicos de otras partes del mundo han también comenzado a reclamar los restos de sus ancestros (e.g. grupos indígenas en Sudamérica, Inuits de Escandinavia, Judíos Ortodoxos en Israel, etc.) La disputa debe ser entendida como un conflicto entre dos diferentes sistemas de creencias (Hubert, 1992:107). Mientras los pueblos indígenas reclaman el control sobre su patrimonio cultural como una cuestión de derechos humanos básicos (Langford, 1983), los investigadores alegan que ésto es una pérdida del patrimonio de toda la humanidad, el cual es también la base de datos para el desarrollo de la arqueología y la antropología física (Morell, 1995; Mulvaney, 1991). Sin embargo, los argumentos científicos contra la reinhumación no parecen ser suficientes para evitar el reconocimiento de un derecho demandado por las minorías étnicas como un medio necesario para recobrar su propio pasado, identidad y dignidad (Chippindale, 1991: 759). Algunos invesügadores han alentado a sus colegas a evaluar las implicaciones éticas y filosóficas concernientes con el estudio de restos humanos con el objeto de tratar de comprender la visión de los pueblos indígenas y abrir un diálogo con ellos (Bahn, 1984; Zimmerman, 1987Zimmerman,, 1989a, b;, b; Creamer, 1990; Bowdler, 1992; McManamon, 1995). DERECHOS HUMANOS Y LIMITES ÉTICOS En las últimas décadas estos reclamos comenzaron a ser paulatinamente reconocidos en convenciones internacionales, en algunas legislaciones nacionales, así como en códigos de ética profesional y políticas internas de museos. ElAcuerdo de Vermillion sobre restos humanos celebrado durante el WACInter-Congress de 1989 en South Dakota (ver World Archaeological Bulletin, 1989) dio por resultado el primer código de ética sobre esta temática que fue aprobado en el Segundo Congreso Mundial de Arqueología, efectuado en Barquisimeto, Venezuela en 1990. En el mismo se reconoce "la especial importancia que los restos humanos de los ancestros indígenas y los sitios que contienen dichos restos tienen para los pueblos indígenas"(arts. 2 y 3). Asimismo'se afirma que "el patrimonio cultural indígena pertenece legítimamente a sus descendientes, quienes tienen sus propias metodologías para interpretarlo, administrarlo y protegerlo, al tiempo que reconoce la necesidad de establecer una relación y participación equitativa entre investigadores y pueblos indígenas cuya herencia cultural está siendo investigada (arts. 5, 6 y 7) (ver World Archaeological Bulletin, 1991). El reconocimiento de los derechos de los pueblos nativos en el mundo ha requerido un lento proceso de aceptación. En la actualidad el derecho a su patrimonio cultural es incorporado, a través del derecho de los indígenas a su cultura, como un derecho humano básico (e.g. Conferencia Mundial de Derechos Humanos, Viena, 1993). En los últimos años, Naciones Unidas ha dedicado especial atención a los problemas de los pueblos indígenas. Ejemplo de ello lo constituyen la "Convención sobre Tribus y Pueblos Indígenas en Países Independientes" adoptada por la Organización Internacional del Trabajo, la "Declaración sobre los Derechos de las Personas que pertenecen a Minorías Nacionales, Étnicas, Religiosas o Lingüísticas", así como la decisión de la Asamblea General de la ONU de declarar el período 1995-2004 como la "década internacional de los pueblos indígenas del mundo", con el propósito de llamar la atención de todos los estados, del sistema de las Naciones Unidas y de las organizaciones no gubernamentales para que contribuyan a mejorar las condiciones diarias de vida de estos pueblos. Uno de los logros más significativos en materia de patrimonio cultural indígena es la elabora-T.P.,57, n." 1,2000 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es ción de un Proyecto de Declaración de las Naciones Unidas sobre Derechos de los Pueblos Indígenas aprobado por la Subcomisión sobre Prevención contra la Discriminación y Protección de Minorías en 1994 y sometido a la consideración de la Comisión de Derechos Humanos en 1995. Aún cuando el texto está en proceso de revisión, se deduce una clara política sobre patrimonio cultural indígena y repatriación de restos humanos. En dicho proyecto se establece que: "Los pueblos indígenas tienen el derecho a (...) mantener, proteger y desarrollar las manifestaciones pasadas, presentes y futuras de sus culturas, tales como sitios arqueológicos e históricos, artefactos, ceremonias (...) tanto como los derechos a la restitución de propiedad cultural, intelectual, religiosa y espiritual tomada sin el libre e informal consentimiento o en violación a sus leyes, tradiciones o costumbres" (art. 12). Asimismo se declara que, "Los pueblos indígenas tiene el derecho a manifestar, practicar, desarrollar y enseñar sus tradiciones espirituales y religiosas, costumbres y ceremonias; el derecho a mantener, proteger y tener acceso en privado a sus sitios culturales y religiosos y el derecho a usar y controlar sus objetos ceremoniales, así como el derecho a la repatriación de restos humanos. Los estados deberán tomar medidas efectivas junto con los pueblos indígenas involucrados para asegurar que los lugares sagrados indígenas, incluidos los sitios cementerios, sean preservados, respetados y protegidos" (art. 13) (Galla, 1997: 144-145). Algunos países han implementado políticas que permiten a los aborígenes participar en la gestión y control de dicho patrimonio (e.g. Australia, Canadá y Estados Unidos). En 1990 el gobierno federal de Estados Unidos dio un paso trascendental en materia de repatriación, al aprobar la ley conocida como The Native American Grave Protection and Repatriation Act {NAGPRA). Esta norma tiene por objetivo proteger las tumbas indígenas en tierras federales y tribales, otorgándole a las tribus el control sobre el tratamiento de las tumbas aún no identificadas, al tiempo que prohibe la venta comercial de esqueletos nativos. Asimismo exige el inventario y la repatriación de los restos humanos que se encuentren en manos del gobierno federal o instituciones que reciban fondos federales, así como la devolución de los objetos funerarios o sagrados robados o impropiamente adquiridos y otras propiedades comunales significativas que sean reclamados por sus dueños tradicionales (Echo-Hawk y Echo-Hawk, 1994: 38). La ley admite la repatriación de los ítems culturales si se prueba la existencia de un descendiente en línea directa de su poseedor. De lo contrario podrá acreditarse, demostrando que el bien era propiedad o estaba controlado por la tribu o por alguno de sus miembros. Uno de los aspectos más novedosos de esta norma es la ñexibilidad de la prueba de la filiación cultural que puede ser probada sobre la base de "información geográfica, de parentesco, biológica, arqueológica, antropológica, lingüística, folklórica, tradición oral, histórica, así como toda otra información relevante u opinión experta" (Sec.7 a-4). Esta prueba consiste en una evaluación general de la totalidad de las circunstancias, sin necesidad de alcanzar certeza científica (Trope y Echo-Hawk, 1992). Se admiten dos excepciones a la repatriación. La primera consiste en la acreditación, por parte de los museos, de su derecho de posesión sobre los objetos reclamados (e.g. adquiridos por cesión voluntaria). La segunda, se refiere a los ítems culturales que están siendo objeto de estudios científicos. En este caso, se establece que su devolución deberá hacerse efectiva dentro de los noventa días de haberse completado dichos estudios (Sec. Como consecuencia de esta ley, investigadores, organismos gubernamentales y empresarios privadas están obligados a convenir con las tribus las tareas que planean realizar cuando se pudieran afectar bienes del patrimonio cultural aborigen. Ejemplo de ello es el memorándum de entendimiento para proteger los restos humanos de nativo-americanos y objetos asociados que pudieran ser descubiertos con motivo de la construcción de un gasoducto, celebrado en Arizona en 1991, entre la Transwestern Pipeline Company, la Nación Navajo, las Tribus Hopi, Zuni, Yavapai-Prescott y el Forest Service, Southwestern Region y el Bureau of Land Management, Arizona State, en representación del gobierno federal y estatal respectivamente. La aplicación de esta ley ha resultado conflictiva para las partes involucradas y ha generado desconfianzas mutuas. Los representantes de los museos se preguntan cómo van las tribus a conservar y proteger los objetos que son devueltos (Campbell, 1994). Por su parte las comunidades aborígenes afirman que «los museos no son instituciones nuestras. Nuestra relación con los objetos y los restos humanos es diferente: todos y todas las cosas existen en un sistema de relaciones. Somos parte de un mundo orgánico en el cual las interrelaciones en jo, 1994). Arqueólogos, antropólogos, museólogos y administradores de recursos culturales se han vistos obligados, por esta ley, a respetar los derechos indígenas, aún aquellos relativos a cuestiones sagradas o religiosas. Este difícil proceso es comparado por Alston Thoms (1994: 1) con el vivido por los americanos blancos, luego de la aprobación de las leyes de derechos civiles de los afroamericanos en Estados Unidos. Después de varios años de aplicación esta ley ha hecho posible la repatriación de cientos de restos humanos lo cual ha generado un fuerte debate así como una profunda crisis entre arqueólogos, antropólogos físicos, curadores y administradores de recursos culturales, quienes deben enfrentar el desafío de negociar con las comunidades aborígenes los términos de su trabajo profesional. En Australia, el gobierno ha promovido una política a favor de los reclamos indígenas a través de diferentes normas jurídicas (e.g. the Federal Aboriginal andTorres Strait Islander Heritage Protection Act de 1984) y ha apoyado la repatriación de restos humanos e ítems del patrimonio cultural a las comunidades aborígenes no sólo dentro del país sino también en el exterior, sobre todo en Reino Unido (1) (Flood, 1989). Pese a estos avances, la política australiana ha sido criticada recientemente porque no ha sido capaz de proveer mecanismos legislativos que faciliten el retomo y garanticen el control de las comunidades aborígenes sobre su propiedad cultural (Ormond Parker, 1997: 11). La repatriación de los restos humanos aborígenes a sus descendientes actuales, así como los objetos sagrados o religiosos a las comunidades de origen, es un derecho cuyo reconocimiento genera resistencia en las autoridades, así como en los museos e instituciones que han almacenado dichos bienes durante décadas. Asimismo asociaciones profesionales de museos comenzaron a considerar en sus estándares éticos a los restos humanos y a los objetos sagrados como "materiales sensibles" que merecen un trato cuidadoso y respetuoso siguiendo el criterio adoptado por el Código de Etica Profesional de ICOM de 1986 (e.g. UK Museum Association Code of Conduct for Museum Professionals de 1997), así como a reconocer el genuino interés de las comunidades indígenas respecto de los restos de sus antepasados (e.g. Algunos museos han cambiado sus políticas y han comenzado a sacar de sus exhibiciones a los restos humanos, así como a brindar información acerca de sus colecciones (e.g. el Museo Pitt Rivers en Oxford, Reino Unido). Otras instituciones han marcado verdaderos hitos accediendo voluntariamente a la devolución de restos humanos. Así por ejemplo, the Australian Institute ofAboriginal Studies accedióla devolver en 1976 un esqueleto encontrado en un garaje en Melbourne (Hubert, 1989, 154). Políticas similares fueron adoptadas en 1990 por la Universidad de Cambridge (2) en Inglaterra y en 1991 por The Smithsonian Institution de Estados Unidos (e.g. repatriación de Larsen Bay en 1991, BrayyKillon, 1994). Al contrario de lo que ocurre en Australia, Canadá y EEUU, no existe en los países europeos políticas de repatriación de alcance nacional, por lo que debe analizarse la política de cada museo en particular. Sólo algunos museos europeos han accedido a los reclamos de repatriación efectuado por países no europeos (e.g. el Musée Royale de UAfrique Centrale de Bélgica devolvió a Zaire una colección etnográfica procedente del este de dicho país; el A^ationalmuseum de Suecia retornó a Guatemala una estela maya al comprobar que había sido obtenida ilegalmente, Simpson, 1997:61-62). Sin embargo, hay un gran número de museos e instituciones académicas que rehusan proveer información sobre sus colecciones no sólo a las organizaciones indígenas sino también a investigadores en general (Ucko, 1992,1-2; Simpson, 1994; Southworth, 1994). En España la cuestión de las reinhumaciones no ha tenido aún un impacto significativo a nivel na- clonal, aunque los pocos casos que se presentaron tuvieron una repercusión inusitada en la prensa local y nacional, llegando incluso a los estrados judiciales u originando conflictos diplomáticos, lo cual permite predecir el conflicto potencial que el tema puede alcanzar a una escala mayor. A manera de ejemplo se detallan dos casos particularmente paradigmáticos, que a pesar de haber llegado, hasta el momento, a resultados divergentes, presentan características comunes. El primero es el del denominado "negro de Banyoles", un bosquimano que fue desenterrado en 1830, disecado y conducido a Francia por naturalistas franceses. En 1916 el negro llegó a Banyoles como parte de las colecciones que Francesc Dardes donó a la ciudad y que constituyeron el museo que lleva su nombre. Desde entonces su cadáver embalsamado permaneció exhibido en una vitrina. En 1992, la polémica fue iniciada por el médicoAlfonso Arcelín quien solicitó "dignificar al hombre disecado, pidiendo que sea devuelto a su lugar de origen probablemente Botswana-para ser enterrado o incinerado tras una ceremonia de desagravio". La resistencia de los vecinos de Banyoles, que pudo en principio considerarse como una cuestión de escaso alcance local, tomó características de conflicto diplomático entre España y los países de la Organización para la Unidad Africana. A ello se sumó la Asociación de Museólogos de Cataluña que consideraron que el bosquimano tenía "gran valor patrimonial y museístico" por lo cual debería conservárselo. Finalmente la intervención de la UNESCO, aconsejando la inhumación o el traslado del bosquimano a su país de origen y la reper-cusión insospechada del reclamo, motivó un cambio de actitud del alcalde de Banyoles quien retiró primero al guerrero de la exhibición y propuso luego la incineración de su cuerpo (ver Jaume et alii, 1993; Diario El País, Madrid, 06/03/95 y 31/03/97). El segundo caso de análisis es el de la necrópolis de judíos del siglo XIV hallados en la calle Romagosa en Valencia, en 1996. En esta oportunidad, el Ayuntamiento de Valencia y la Consellería de Cultura decidieron hacer lugar al pedido de la Federación de Comunidades Israelitas de España autorizando el traslado de los cuerpos a un cementerio de Barcelona sin ser previamente analizados por los arqueólogos que efectuaron la excavación. La decisión motivó la reacción de la comunidad arqueológica que interpuso un recurso de queja ante el Defensor del Pueblo de las Cortes Valencianas, quien se expidió, en 1998, en contra de la re-solución adoptada por las autoridades locales, amparándose en que el cementerio es patrimonio arqueológico, por ende está protegido por la ley de patrimonio histórico español y argumentando que no se respetó el necesario equilibrio entre el respeto a la religión y la conservación del patrimonio. Más allá de lo anecdótico, este caso ha servido para poner de manifiesto el conflicto de valores que el tema ha generado en este país. Mientras para el Conseller de Cultura de Valencia "los intereses arqueológicos van detrás del sentimiento religioso" (Diario Levante, Valencia, 29/04/98) y la comunidad judía de Valencia señala que ella "siempre ha defendido que no es lo mismo una vasija que un cuerpo" y que su solicitud se basó en el "derecho a que se respete el descanso que se dio a estos judíos cuando fueron enterrados en su tiempo" {Levante, 12/05/96), la Comisión de Arqueología del Colegio de Doctores y Licenciados en Filosofía, Letras y Ciencias afirmó que la reinhumación "sería lo mismo que sepultar un archivo de documentos tras haberlos leído" {Levante, 12/04/96). Finalmente el Síndic de Greuges en su resolución afirmó que la reinhumación mencionada significó "un total sacrificio del derecho a la cultura de los ciudadanos" y "la pérdida de una pieza de nuestra historia, sustrayendo del estudio científico una parte de nuestro patrimonio arqueológico, como parte de nuestro patrimonio cultural", concluyendo que "debieron ser estudiados con métodos arqueológicos para la mejor comprensión de nuestra historia", aunque su "valor sagrado" debería ser tenido en cuenta "a efectos de determinar el destino final de los restos una vez estudiados"(L^vafíí^, 29/04/98). Estos dos casos reflejan con notable claridad la antinomia: objeto de estudio -sacralidad de los restos humanos, así como patrimonio nacional y/o de la comunidad local -derechos de una comunidad étnica o religiosa determinada. En ambos casos, además, el tema se planteó como un acto de desposesión a la comunidad local, ya que los restos en cuestión eran sacados del lugar donde se hallaban depositados. V. EL CASO DEL HOMBRE DE KENNEWICK (EE.UU.) Y EL PROBLEMA DE LOS RESTOS PALEO-AMERICANOS En 1996, cuando el derecho de repatriación de los pueblos nativos americanos parecía definitivamente consolidado en EEUU, un esqueleto hallado de manera casual en las márgenes del Río Columbia en Kennewick, Washington, dio lugar a una disputa sin precedentes entre los arqueólogos, las comunidades indígenas y la agencia federal a cargo del cumplimiento de la ley de repatriación (NA-GPRA). El conflicto comenzó cuando el Cuerpo de Ingenieros del Ejército, propietario del terreno donde se efectuó el hallazgo, anunció su decisión de entregar el esqueleto a las tribus Umatilla para su reinhumación, sin permitir continuar los estudios, en cumplimiento con lo dispuesto por la ley. Las razones de la polémica se debieron no sólo a la antigüedad de los restos (los fechados iniciales le asignan entre 8400 y 9300 años B.R (Morell, 1998; Slayman, 1997) sino también a su aparente importancia. En efecto, de acuerdo con observaciones superficiales, los investigadores han señalado que por las características óseas del cráneo se asemejaría más a poblaciones de Europa o de Eurasia que a poblaciones recientes nativo-americanas (ver Chatter, 1997; Swedlund y Anderson, 1999). Por otra parte, dada la profundidad temporal de los restos, es imposible probar la filiación cultural del hombre de Kennewick con las comunidades indígenas actuales, por lo que se recurre a una presunción legal: en tierras públicas, se le da prioridad de repatriación a aquella tribu que cuenta con un reclamo válido de tierras en el área. Por dicha razón las tribus confederadas de la Reservación Umatilla (Pendleton, Oregon) tienen el derecho de decidir sobre el destino de los restos, pese a no poder acreditar la filiación cultural con los mismos. La reacción de los arqueólogos no se hizo esperar, numerosas cartas fueron enviadas al Cuerpo de Ingenieros del Ejército protestando por la decisión de no continuar los estudios. Society for American Archaeology, en una carta dirigida al editor del periódico//^w York Times (Nueva York, 04/10/1996) solicitó a la tribu que reclamó el esqueleto que "reconsidere su posición y permita efectuar estudios adicionales" (ver Lipe, 1996:4). Por su parte, las tribus involucradas no dudan de su derecho a reclamar el esqueleto, ya que de acuerdo a su tradición oral, sus tribus fueron "parte de esta tierra desde el comienzo de los tiempos" y no creen que sus pueblos "hayan migrado desde otros continentes como lo consideran los científicos" (Morell, 1998: 192). El denominado''Kemtewick Man'' no es un caso único desde el punto de vista de sus características morfológicas, sino que comparte rasgos similares con otros hallazgos de restos humanos de similar antigüedad tales como el "Spirit Cave Man'' (9000 a 9500 B.R) y el "WizardBeach Man", encontrados en la Gran Cuenca al oeste de Nevada, EEUU. Estos restos presentan algunos elementos distintivos, "que no son encontrados en nativos americanos más tardíos del oeste de Estados Unidos, pero que podrían ser una combinación de rasgos recesivos de un ancestro común pre-racial de todos los humanos modernos y (constituir un) emergente Proto-Indio" (Dansie, 1999:31). El resultado de los estudios de estos restos pueden contribuir a generar nuevas hipótesis sobre el poblamiento de América, por lo que la obligación legal de devolverlos ha sido comentada con dramatismo: "Irónicamente estas ventanas hacia el pasado humano se han abierto justo cuando los restos que podrían dar las respuestas están siendo reclamados para su repatriación en todo el mundo" (Dansie, 1999:31). La entrega del esqueleto por parte de los investigadores para que quede bajo custodia federal y la cobertura del sitio donde se produjo el hallazgo con varias toneladas de tierra "para protegerlo de la erosión" (ver Morell, 1998:192) parecía poner fin a las expectativas de su estudio. Sin embargo, en la causa judicial iniciada por los científicos se ha compelido al Cuerpo de Ingenieros del Ejército -y éstos a la agencia federal encargada de ejecutar la ley-a "examinar críticamente la evidencia en el registro como un todo", para saber si el hombre de Kennewick "es un nativo americano". Mientras se aguardan los resultados de nuevos fechados radiocarbónicos solicitados por la agencia federal para responder a la justicia quien tiene derecho sobre los mismos, el representante legal de los científicos critica la premura con que ha actuado el gobierno para dar por terminado el pleito y los grupos indígenas se oponen enfáticamente a la realización de dichos estudios, ya que la destrucción de los huesos utilizados para los fechados constituye una "ofensa religiosa" (nota publicada por el periódico local Tri-City Herald, 03/11/99; http://www.tricityherald.com/bones/news). Mientras unos y otros luchan por el control del pasado, las expectativas en torno a la posible existencia de un ancestro de características "caucásicas" en América ha atraído la atención de los medios de prensa, quienes no dudaron en ofrecer un espacio alternativo para librar la batalla. La reconstrucción del rostro del hombre de Kennewick es mostrada con todo detalle en videos preparados para la tele- visión, al tiempo que las noticias periodísticas pueden ser seguidas día a día por el público a través de internet (e.g. LA SITUACIÓN EN LATINOAMÉRICA En América Latina el reconocimiento de los derechos de los indígenas a su patrimonio cultural, al igual que otras reivindicaciones indígenas, se vieron ñiistrados por los gobiernos autoritarios. Recién en la década de los ochenta, con el advenimiento de la democracia, los países latinoamericanos comenzaron un lento proceso de aceptación de sus reclamos (López Mazz, 1990; Podgornj/ y Politis, 1992; Politis, 1992Politis,,1995;;VascoUribe, 1990). Los esfuerzos de las comunidades y organizaciones indígenas latinoamericanas están principalmente abocados a modificarlas legislaciones nacionales para obtener reconocimiento jurídico y la propiedad de las tierras que tradicionalmente ocupan, así como satisfacer sus necesidades más elementales de vida. No obstante, distintas acciones de recuperación de su patrimonio cultural están siendo promovidas por comunidades o agrupaciones indígenas con el objeto de tener un contacto más directo y un mayor control sobre sus propios bienes culturales. Así por ejemplo, se ha promovido la idea de crear museos comunitarios (e.g. la comunidad de Agua Blanca en el Parque Nacional Machalilla en Ecuador, ver McEwaneía/n, 1994), la custodia de sitios cementerios por parte de la comunidad (e.g. museo de sitio deAñelo, en Neuquén, Argentina), la recuperación de bienes que han sido objeto de saqueo y comercialización (e.g. textiles precolombinos de Coroma, Oruro, Bolivia) o la realización de investigaciones arqueológicas con el fin de mejorar el conocimiento de su propio pasado (e.g. apoyo de la Comunidad India Quilmes al Proyecto Arqueológico en la ciudad de Quilmes, Buenos Aires, Argentina, ver Quatrin de Rodríguez, 1999). En todos estos casos las acciones de recuperación se efectúan con la colaboración y el esfuerzo mancomunado de arqueólogos y comunidades. Sin embargo, existen también casos conflictivos que han motivaron incluso la iniciación de causas judiciales. Así por ejemplo, en 1992 los indios papago (tohono odham) lograron que por decisión judicial, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) de México devolviera los entierros de sus ancestros excavados por una misión france-sa en Quitobac, Sonora (Vázquez León, 1996: 98-99). En 1999 la Comunidad Kolla denunció judicialmente la violación de los derechos de su pueblo a raíz del hallazgo y excavación de tres momias incaicas encontradas en el volcán LluUaillaco, en Salta, Argentina (ver Reinhard, 1999). La denuncia se fundó en que se trataba de un sitio sagrado de huacas de alturas, ubicado en territorio indígena perteneciente a vigencia viva delTawantinsuyo, que las personas encontradas eran miembros del pueblo indígena del Kollasuyo, LluUaillaco y que se ignoró la consulta a un pueblo indígena vivo. Sin embargo, la denuncia fue desestimada por el Fiscal Federal porque la expedición arqueológica que las había hallado había sido legalmente autorizada. Estos dos casos tienen por denominador común el hecho de que tenían por objeto restos humanos indígenas, aunque el resultado de la resolución ha sido diferente en cada uno de ellos, reconociéndose en él primer caso e ignorándose en el segundo, la continuidad de los pueblos y la existencia de las tradiciones culturales vivientes. En Argentina, con motivo de los hallazgos de las momias del LluUaillaco, de los reclamos indígenas y de la amplia repercusión que todo el caso tuvo en la prensa nacional e internacional, la Universidad Nacional de Salta (CEPIHA, Facultad de Humanidades) convocó en noviembre de 1999 a una mesa redonda a efectos de discutir las implicancias éticas de este tipo de hallazgos con la presencia de representantes indígenas. Como conclusiones de dicha reunión se recomendó contemplar en la legislación y en los códigos de ética profesionales los derechos e intereses de los pueblos indígenas en relación a su patrimonio cultural. Por su parte, el nuevo Código de Etica adoptado por la Sociedad de Arqueología Brasileña en 1995, es pionero en la región, al reconocer como "legítimos los derechos de los grupos étnicos investigados a la herencia cultural de sus antepasados, a sus objetos funerarios, así como atender a sus reivindicaciones" (ap. 221), pese a que no se incluyó la propuesta original acerca de "restringir las intervenciones arqueológicas en sitios cementerios especialmente en los de grupos étnicos con descendencia conocida" (Andrada Lima, 1995-96: 610). VIL EL VALOR DE LOS CASOS LÍDERES La triste historia del cacique "charrúa" Vaimaca Pirú y su retomo ha sido un tema largamente discu- tido en Uruguay, incluso en debate parlamentarios. En los últimos años, descendientes indígenas agrupados en LN.D.LA. (Integrador Nacional de Descendientes de Indígenas Americanos) han efectuado una basta campaña a nivel nacional e internacional para obtener la devolución de los restos de este "charrúa" que se encuentran depositados en el Musée de UHomme de París, con el objeto de que sean inhumados en el Panteón Nacional. Este caso, que ha alcanzado notoriedad en la prensa nacional e internacional y hasta generado reacciones políticas y diplomáticas, marcó el comienzo de este debate en Uruguay. Vaimaca Pirú fue capturado junto con cuatro indígenas más -entre ellos una mujer embarazaday llevado a Francia por un comerciante francés François De Curel en 1833. Allí fueron exhibidos en un espectáculo público como salvajes. La pro-testa del público dio origen a una decisión judicial que obligó a la liberación de los indígenas. Para entonces Vaimaca Pirú había muerto y su cuerpo habría sido llevado al Musée de UHomme (Martínez Barbosa, 1996). En enero de 1999 este reclamo recibió el apoyo del World Archaeological Congress reunido en Ciudad del Cabo, Sudáfrica. Un mes después el periódico La República (Montevideo, 13/02/99) publicó una nota titulada: "El Museo del Hombre niega la extradición del último Charrúa", en la que se da cuenta de las gestiones infructuosas efectuadas por el embajador uruguayo en Francia. Conforme a esta fuente, el argumento esgrimido por el Museo se fundó en que "los restos del cacique poseen un gran valor antropológico como parte del patrimonio histórico del planeta, y que deben ser conservados en un lugar adecuado". En Argentina, se ha operado un importante cambio de actitud frente al tratamiento ético de los restos humanos, ya que por primera vez hubo una respuesta institucional favorablemente a un reclamo de una comunidad aborigen. Se trata de la restitución de los restos del cacique Inakayal efectuada en 1994. El Museo de La Plata, dependiente de la Universidad Nacional de La Plata, alberga desde fines del siglo pasado una colección de esqueletos indígenas de la Patagonia y La Pampa (fundamentalmente tehuelches y araucanos), que perecieron o fueron tomados prisioneros durante la conquista de sus territorios a fines del siglo pasado (Lám. Estos esqueletos sobre todo los restos de caciques de conocida trayectoria histórica tales como Callfulcurá, Inakayal, Mariano Rosas, Manuel Guerra, Gherenal. Indio Brujo y Chipitruz-han sido objeto de reclamos por diferentes agrupaciones indígenas, así como por pobladores locales sin ancestros aborígenes, desde los años setenta. La Universidad de La Plata siempre se expidió en forma negativa, fundándose en que dichos restos eran bienes del dominio público del Estado o debido a la imposibilidad de probar legalmente el parentesco por consanguinidad (Podgorny, 1991; Podgorny y Miotfi 1994; Podgorny y Poliüs, 1992). Igual suerte corrió el reclamo de la restitución del cráneo del cacique Cipriano Catriel, efectuado ante el Museo de la Patagonia Francisco Moreno (3). El único caso de restitución exitoso en Argentina fue el del cacique Inakayal, cuyo traslado aTecka, provincia de Chubut fue aprobado mediante la ley 23.940/91, a iniciativa del Senador Solari Irigoyen. Nofificado de la sanción de dicha ley, el Consejo Superior de la Universidad de La Plata, de quien depende el Museo de La Plata, volvió a tratar la devolución de Inakayal, decidiendo por unanimidad en esta oportunidad, acceder al reclamo (Miottí, 1994; Politis, 1994). En 1994, los restos del cacique Inakayal fueron entregados por las autoridades del Museo a la comunidad Mapuche-Tehuelche para ser enterrados en el valle de Tecka de donde era oriundo (Lám. De este modo, se concretó en dicho país el primer caso de devolución de restos humanos a partir del reclamo de un grupo indígena, constituyendo un importante precedente para toda América Latina. IL Arriba: Tumba del cacique Inakayal en su mausoleo de Tecka (Chubut, Argentina). Abajo: Los restos del cacique Inakayal, a su llegada al aeropuerto de Esquel (Chubut, Argentina), son conducidos por descendientes Mapuches, mientras reciben honores militares como héroe de la Nación (gentileza Dr. Gustavo Politis). Todos los reclamos descritos en este apartado tienen la particularidad de tratarse de restos humanos de conocidos personajes de la historia y las TE, 57, n.M,2000 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es solicitudes de devolución se fundaron en la necesidad de reivindicarlos como héroes nacionales y en algunos casos se prevé el depósito de sus restos en un monumento creado a tan efecto. Los reclamos de los caciques argentinos, además, suelen contar con el apoyo del gobierno municipal o provincial de donde eran oriundos, ya que de algún modo la devolución es percibida como la restitución de un patrimonio provincial. Por ello, el término "repatriación" no sería aplicable en estos casos, siendo más adecuado referirse a los mismo como reclamos de devolución de restos humanos (4). La mayoría de las generaciones presentes de arqueólogos hemos sido formados en un modelo de arqueología científica que presentaba una idea de pasado objetivado y separado de las tradiciones vivientes. Del mismo modo, los sitios y las colecciones arqueológicas que constituyen el patrimonio nacional eran considerados exclusivamente como cultura material sin tener en cuenta los significados sociales asociados a ellos y rechazando cualquier otra interpretación que no sea proveída desde el discurso arqueológico. En reacción a ello, se ha enfatizado la necesidad de examinar el contexto social y político en el cual la arqueología se desarrolla (Trigger, 1984; Ucko, 1995, etc.), así como admitir la existencia de otras visiones acerca del pasado. Ello ha obligado a la arqueología a "hacerse cargo" de cuestiones, tan susceptibles como conflictivas, como la repatriación y reinhumación de colecciones de restos humanos, la restitución de bienes culturales y el reconocimiento de la existencia de sitios y paisajes sagrados. De este modo, "los otros" recobran importancia en la discusión arqueológica (Layton, 1989a, b; Lowenthal, 1990; Preucer y Hodder, 1996, etc.) no como objetos de estudio como en la antropología tradicional, sino como un examen consciente de las propias implicaciones del trabajo arqueológico. En este sentido, uno de los mayores desafíos de la arqueología actual consiste en escuchar las voces de "los otros" con relación al patrimonio cultural. El reconocimiento de derechos de los pueblos indígenas a su patrimonio cultural es una cuestión (4) Ver M.^L. Endere: Collections of Indigenous Human Remains in Argentina: The Issue of Claiming a National Heritage. Reino Unido, 1998: 66-67. que requiere ser considerada en tres diferentes niveles: el legislativo, el profesional (arqueólogos, antropólogos físicos, curadores de museos, conservadores, etc.) y el de gestión del patrimonio. Sin embargo se observa que mientras se ha avanzado en la adopción de criterios a nivel internacional (e.g. ONU, Convenciones de la UNESCO, Código de ética de ICOM) existe cierta resistencia en la recepción de dichos criterios en las legislaciones y administraciones culturales nacionales salvo en los países que han liderado los cambios en la materia (e.g. Australia, Canadá y EEUU), así como en los códigos de ética de asociaciones profesionales y en las políticas de los museos en materia de repatriación. Aún en países donde la repatriación parece ser un derecho definitivamente adquirido por las comunidades indígenas, situaciones como la planteada a raíz del hallazgo del Kennewick Man en EEUU, ponen de manifiesto no sólo la resistencia que genera el cumplimiento de la ley de repatriación, sino también la dificultad de establecer criterios legales capaces de compatibilizar los intereses científicos con los de las comunidades indígenas. En Latinoamérica, la escasez de reclamos o su falta de éxito no puede ser explicada exclusivamente en término de impedimentos legales sino que deben buscarse las razones en el cúmulo de problemas que deben enfrentar las comunidades indígenas en esos países. A ello se suma su falta de conocimiento de la existencia de restos humanos de sus antepasados en museos nacionales y extranjeros, así como la carencia de catálogos de colecciones actualizados en muchos museos y la dificultad de acceder a dicha información. No obstante, no debe subestimarse el poder simbólico de los primeros casos de devolución y el impacto que generan en el desarrollo de una política de repatriación, como han sido, por ejemplo, la reinhumación deTruganini, "la últimaTasmana" y el retorno de la colección Crowther, en Australia, así como la repatriación de Lar sen Bay en Estados Unidos (Hubert, 1989; Bray y Killion, 1994). En este sentido, es necesario revalorizar la importancia del caso Inakayal en Argentina, los entierros de Quitobac en México, así como Vaimaca Pirú en Uruguay o el denominado "negro de Banyoles" en España. La construcción del pasado desde una perspectiva pluralista exige conciliar los fines de la investigación científica con el respeto a los derechos humanos de las comunidades indígenas en relación a los restos humanos de sus antepasados y a su tradi-
En este trabajo, exploro las relaciones entre la biografía del artefacto y la materia prima a partir de la cual se hizo. Específicamente discuto las biografías de los útiles de piedra pulimentada de cinco sitios del Neolítico Final y Caleolítico (3500-2000 AC) de las tierras bajas portuguesas. El análisis de las características formales y materiales de los útiles (unos 1300 en total) de estos sitios indica que la materia prima a partir de la cual se hizo un utensilio no sólo limitó su forma y función, sino que también determinó, en gran medida, si sería reciclado y el contexto (poblado vs enterramiento) en el que sería finalmente depositado. Sugiero que tanto las propiedades materiales como las asociaciones socio-simbólicas de las diferentes materias
A. JOSÉ FARRUJIA DE LA ROSA (*) M. a DEL CARMEN DEL ARCO AGUILAR (**) Durante el franquismo, la aportación de los distintos autores vinculados con las Comisarías Provinciales de Excavaciones Arqueológicas de Canarias daría pie al desarrollo de una lectura nacionalista de la prehistoria canaria, directamente influenciada por las directrices teóricas, prácticas e ideológicas que por entonces daban sentido a la prehistoria peninsular. Una aproximación al estudio del primitivo poblamiento de las Islas Canarias durante este período nos ha permitido sacar a relucir la estrecha relación que existió entre la política y la arqueología y, por ende, entre el poder y la generación del conocimiento científico. A principios del siglo XX se puede hablar, para el ámbito canario, de una primera etapa de crisis dentro de las investigaciones arqueológicas y antropológicas, duradera hasta finales de la década de 1940, aproximadamente. Disminuyen las investigaciones y consecuentes publicaciones y, por lo general, los escasos trabajos se nutren de datos generados en la etapa anterior (Arco et al. 1992: 25). Esta realidad, sin embargo, comenzará a modificarse a finales de la referida década, a raíz de la instauración en Canarias, en 1941, de las Comisarías Provinciales de Excavaciones Arqueológicas (una en la provincia de Santa Cruz de Tenerife y otra en la de Las Palmas de Gran Canaria). Este cambio de signo experimentado por la arqueología canaria coincide en el tiempo con el desarrollo del régimen franquista, es decir, con un marco político definido por un modelo de Estado autoritario, unitario y ultranacionalista, de apoyo oligárquico, y cuyas máximas políticas serán, entre otras, la unidad nacional, el centralismo administrativo, la religación con el (*) Becario de investigación del Ministerio de Educación y Cultura (F.P.U.). Correo electrónico: [EMAIL] (**) Profesora Titular de Prehistoria. Correo electrónico: [EMAIL] Recibido: 5-IV-03; aceptado: 4-IX-03 A. José Farrujia de la Rosa y M. a del Carmen del Arco Aguilar pasado y la enérgica y sistemática aplicación de políticas culturales unitarias y asimilistas (Fusi 2000: 249-261). Desde el punto de vista económico, la política franquista propiciaría paralelamente el desarrollo de una etapa autárquica durante la cual la economía canaria sufrió una clara restricción en su evolución (Hernández 1992: 29 y 58). A raíz de la Guerra Civil se instauraría una política cambiaria sui generis que, junto a la supresión tácita de las franquicias, supuso la ruptura de la senda librecambista anterior (Macías 2001: 483) (1). El excesivo intervencionismo gubernamental en los asuntos económicos produciría, en definitiva, la suspensión del régimen puertofranquista y la sustitución del capital europeo por el peninsular. De esta manera, el Archipiélago se vio forzado a abastecerse desde el mercado peninsular, mucho más caro, al tiempo que se vio sometido a un proceso de drenaje de capital por parte del Estado. La autarquía, en este sentido, limitó las compras en los mercados exteriores y favoreció la segunda conquista del mercado isleño por un capitalismo hispano que hasta entonces había tenido una escasa presencia en este mercado, debido a su incapacidad para competir con la oferta foránea. Y Canarias, consiguientemente, pasaría a ser provincia de España tanto en lo político como en el económico (Carnero 1997y Macías 2001) (2). La incidencia de este contexto político-económico en la arqueología canaria acabaría garantizando, de hecho, su nacionalización, a la par que posibilitaría el desarrollo de una lectura asimilista de la prehistoria insular, fuertemente influenciada por algunas de las premisas políticas del propio sistema, como pudieron ser la unidad nacional, la vocación africanista del régimen o su propia inclinación pro-germana (Farrujia 2003; Farrujia y Arco 2002). En relación con esta lectura de la prehistoria canaria -sobre la cual insistiremos en breve-, no perdamos de vista que en el campo de la investigación la arqueología fue vulnerable a las presiones ideológicas del franquismo. El autoritarismo cen-tralista del gobierno de Franco propiciaría que los trabajos arqueológicos fuesen empleados para respaldar las aspiraciones del régimen. De esta manera, la Prehistoria fue utilizada fuera de los confines de los círculos académicos para validar las aspiraciones nacionalistas. Asimismo, es preciso tener presente que la versión española del fascismo, creada por Primo de Rivera, ya había definido la nación no como una realidad geográfica, étnica o lingüística sino esencialmente como una unidad histórica que tenía un único destino en su historia. Por ello, la prehistoria española, definida por diferentes culturas regionales, quedó fuera de la esfera de propaganda de la unión de la nación. Es decir, tras la Guerra Civil española, quedó aplastado cualquier planteamiento nacional no españolista, desapareciendo esta perspectiva de los trabajos históricos (Díaz-Andreu 1993; Lacomba 1996: 73-74) (3). La asunción de estas premisas por parte de los arqueólogos canarios incidiría directamente, como decimos, en el desarrollo de los estudios prehistóricos canarios en general y, en particular, en una parcela bien concreta como fue el estudio de la primitiva colonización insular, sobre la que vamos a ocuparnos en próximas páginas. No obstante, antes de centrarnos en este aspecto de la investigación, consideramos oportuno referirnos, aunque sea someramente, a la articulación administrativa y teórica de la arqueología canaria durante el franquismo. LA ARTICULACIÓN ADMINISTRATIVA Y TEÓRICA DE LA ARQUEOLOGÍA CANARIA DURANTE EL FRANQUISMO La política franquista en materia administrativa dio paso, como hemos referido, a la centralización burocrática, siendo consecuencias directas de esta reorganización la creación en 1939 del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, o la creación, por Orden Ministerial del 9 de marzo de ese mismo año, de la Comisaría General de Excavaciones Arqueológicas, diseñada con el objetivo de garantizar el cuidado administrativo, la vigilancia técnica y la elaboración científica de cuantas exca- (1) Desde 1852, con el establecimiento de las franquicias portuarias, Canarias había disfrutado de un considerable grado de apertura exterior y un amplio margen de acción para adaptarse a los cambios económicos internacionales. Canarias, en este sentido, sería provincia de España en lo político, pero no en lo económico. (2) Cabe señalar que la política económica franquista supondría la interrupción del proceso de modernización iniciado en el último cuarto del siglo XIX y con mayor vigor en los años veinte, fruto del modelo librecambista. No sería hasta la década de 1960 cuando, de nuevo, y tras los dictados del Mando Económico de Canarias entre 1941 y 1946, la economía isleña recuperaría su secular vocación atlántica, fruto del turismo. (3) El franquismo legitimó igualmente su autoritarismo haciendo referencia a la unión de la fe, por la cuál se había luchado en la Edad Media, dando como resultado la expulsión de los moriscos y los judíos; basándose en la teórica unión de España bajo el reinado de los Reyes Católicos en el siglo XV; o haciendo referencia al pasado imperialista de España, cuando no a la supuesta unidad nacional acaecida durante el periodo visigodo (Cortadella 1988: 19-21; Olmo 1991; Díaz-Andreu 1993). vaciones arqueológicas se llevasen a cabo en un futuro. Esta nueva orientación en materia administrativa también propiciaría la concentración del poder en manos de unas pocas personas fieles al régimen, caso de Julio Martínez Santa-Olalla, nombrado Comisario General, o de Joaquín María de Navascués y de Juan, Martín Almagro Basch e Isidro Ballester Tormo; así como en manos de otras personas aceptadas por el régimen, caso de Blas Taracena Aguirre y Antonio García Bellido (Díaz-Andreu 1993: 76 y 1994: 209; Díaz-Andreu y Ramírez 2001;y Ramírez 2002: 550). La investigación prehistórica de posguerra, en este sentido, estuvo dominada, consecuentemente, por hombres de ideas de derechas, reaccionarios, conservadores y religiosos (Estévez y Vila 1999: 61). En el ámbito canario, esta política administrativa centralista se haría efectiva con la implantación de las Comisarías Provinciales de Excavaciones Arqueológicas, creadas por el Ministerio de Educación Nacional a través de la Dirección General de Bellas Artes, según Orden Ministerial del 30 de abril de 1941, y dependientes de la Comisaría General. En la provincia de Las Palmas de Gran Canaria (integrada por Gran Canaria, Lanzarote y Fuerteventura), el cargo de comisario provincial recaería en Sebastián Jiménez Sánchez gracias a la mediación de José Pérez de Barradas (4) y Julio Martínez Santa-Olalla (5). Jiménez Sánchez, un maestro nacional plenamente identificado con el régimen y vinculado a El Museo Canario en calidad de Secretario y Tesorero entre 1936-1939 y 1943-1945, respectivamente, desempeñaría sus funciones de comisario hasta 1969, año en que fue cesado. Durante parte del ejercicio de su cargo contaría con la colaboración de Pedro Hernández Benítez (1894Benítez ( -1968)), Doctor en Sagrada Teología por la entonces Universidad Pontificia de Canarias, párroco de la Iglesia de San Juan de Telde y comisario local de Telde entre el 30 de enero de 1943 y el 3 de mayo de 1954, fecha ésta última en que fue cesado (6). La Comisaría Provincial de Santa Cruz de Tenerife, por su parte, recaería en manos de Dacio V. Darias Padrón (1880Padrón ( -1960)), quien detentó el cargo de Comisario Provincial de las islas occidentales (Tenerife, La Palma, La Gomera y El Hierro) entre el 14 de mayo de 1941 y el 1 de diciembre de 1942. Su disconformidad con el funcionamiento de la Comisaría General le llevaría, no obstante, a renunciar a sus funciones, pues según llegó a reconocer, lo de la Comisaría de Excavaciones, era carga que hacía tiempo deseaba desprenderme de ella, visto que era más burocrática que otra cosa (7). A partir del 1 de diciembre de 1942 le sustituye el filólogo Juan Álvarez Delgado (1900-1987) (5) En otra carta remitida por Julio Martínez Santa-Olalla a Luis Diego Cuscoy -sobre quien insistiremos en breve-, y fechada el 7 de septiembre de 1953, el Comisario General reconocía haber intercedido en el nombramiento de Jiménez Sánchez como Comisario provincial (Fondo Documental Luis Diego Cuscoy (F.D.L.D.C.), (Correspondencia, 1953), carpeta 13, documento 47 [1 hoja]). El referido fondo se conserva actualmente en el Museo Arqueológico del Puerto de la Cruz (Tenerife). ( 6) En una carta remitida por Julio Martínez Santa-Olalla a Sebastián Jiménez Sánchez, fechada el 6 de mayo de 1954, el Comisario General reconocía que con fecha de 3 de los corrientes se remitió al Excmo. Sr. Gobernador Civil de esa provincia, orden del Excmo. Sr. Director General de Bellas Artes, por la que cesa en su cargo de Comisario Local de Excavaciones Arqueológicas de Telde (Gran Canaria), Don Pedro Hernández Benítez (A.S.J.S., caja 82, carpeta 1 (Correspondencia, 1954), documento 11 [1 hoja]). Tal y como ha señalado Manuel Ramírez (2000: 424 y 2002: 551), Hernández Benítez sería cesado de su cargo al compaginar su labor al frente de la Comisaría local con la de coleccionista particular. (7) Carta de Dacio V. Darias Padrón a Juan Álvarez Delgado, fechada el 6 de diciembre de 1942de (F.D.L.D.C., carpeta 2, (Correspondencia, 1942)), documento 6 [1 hoja]). La nula incidencia de la producción científica de Darias Padrón, en relación con el estudio del primer poblamiento humano de Canarias, nos lleva a prescindir aquí del estudio de su obra. (8) Carta del Director General de Bellas Artes a Juan Álvarez Delgado, fechada el 1 de diciembre de 1942, en donde se hace constar su nombramiento como Comisario provincial de conformidad con lo dispuesto en la Orden de 30 de abril de 1941de (F.D.L.D.C., carpeta 2 (Correspondencia, 1942)), documento 4 [1 hoja]). (9) En opinión de Manuel Ramírez (2002: 550), Álvarez Delgado fue cesado de su cargo de Comisario debido a su ineficacia, pues Martínez Santa-Olalla había confiado en él para darle el impulso definitivo a la investigación arqueológica de la provincia occidental canaria, tarea que no llegó a cumplir el filólogo canario. Frente a esta opinión, y a pesar de que es cierto que Álvarez Delgado no llegó a desarrollar una tarea eficaz como Comisario, nos encontramos, a partir de la documentación manejada en el F.D.L.D. -documentación no barajada por M. Ramírez-, con que fue el propio Álvarez Delgado quien pidió su cese como Comisario. Martínez Santa-Olalla intervendría pidiéndole su continuidad, pero la decisión de Álvarez Delgado fue irrevocable. La información documental a que hacemos referencia es la siguiente: carta de Juan Álvarez Delgado a Julio Martínez Santa-Olalla, fechada el 25 de julio de 1950 (F.D.L.D.C., carpeta 10 (Correspondencia, Con posterioridad a la instauración de las Comisarías Provinciales, concretamente a raíz del Decreto de 2 de diciembre de 1955, la Comisaría General pasaría a denominarse Servicio Nacional de Excavaciones Arqueológicas, dependiente como antes de la Dirección General de Bellas Artes y controlada por Julio Martínez Santa-Olalla. Las Comisarías Provinciales, por su parte, fueron sustituidas por las Delegaciones de Zona. En el caso canario, y al depender estas delegaciones de una universidad, se denominó Delegación de Zona del Distrito Universitario de La Laguna. Al frente de esta delegación debía colocarse un catedrático de universidad titular de una de las asignaturas más afines con las excavaciones arqueológicas, de manera que fue entonces Elías Serra Ráfols (1898-1968) el designado como delegado zonal (10). Las buenas relaciones de Serra con Diego Cuscoy y Jiménez Sánchez garantizarían la continuidad de ambos en sus puestos, sólo que como Delegados Provinciales. En el caso concreto de Cuscoy, su cese como Delegado Provincial se ratificaría por Orden Ministerial del 24 de febrero de 1969, tras la instauración en 1968 de la Inspección General de Excavaciones Arqueológicas, única para toda España y adscrita a la Dirección del Museo Arqueológico Nacional de Madrid. Jiménez Sánchez, como hemos señalado, también sería cesado ese mismo año. El desarrollo de este entramado administrativo aquí descrito, iniciado en Canarias con la implantación de las Comisarías Provinciales, supuso, tal y como hemos referido, la nacionalización o españolización de la arqueología canaria, hasta entonces desvinculada de la investigación nacional y fuertemente influenciada por la aportación de autores franceses como Sabin Berthelot o René Verneau. Asimismo, el funcionamiento de las Comisarías posibilitó el mejor conocimiento de la realidad arqueológica insular, especialmente en islas como Gran Canaria, Tenerife o La Palma, en donde se llevaron a cabo mayor número de trabajos de campo. No obstante, el sistema de las referidas comisarías acabaría contribuyendo, de hecho, al aislamiento de sus responsables, pues Jiménez Sánchez no llegó a publicar trabajos conjuntamente con ninguno de los Comisarios Provinciales de Tenerife (Dacio V. Darias Padrón, Juan Álvarez Delgado o Luis Diego Cuscoy), si exceptuamos el único artículo que firmó con Cuscoy, cuando éste era Comisario Local, sobre los enterramientos indígenas en cueva (Jiménez y Diego 1951). De esta manera, no se efectuaron aportaciones conjuntas que pretendieran resolver algunos de los temas prioritarios de la investigación arqueológica en Canarias (Arco 1998: 13). No deja de ser sintomático, en relación con esta realidad divisionista y aislacionista que aquí comentamos, que fuese el propio Jiménez Sánchez quien solicitase a Martínez Santa-Olalla la publicación de una Revista de las Canarias Orientales, editada por la Comisaría Provincial de Excavaciones Arqueológicas de Las Palmas de Gran Canaria y financiada por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. El Comisario General, no obstante, a pesar de reconocer que realmente es lamentable el que no existan Revistas de las Canarias Orientales, acabaría señalando que desde luego no hay inconveniente alguno ni nada que lo impida salvo... que nosotros no tenemos dinero para ello (11). Ante esta situación, Jiménez Sánchez acabaría fundando, dirigiendo, subvencionando y editando la revista Faycan, centrada básicamente en la historia, etnología, antropología y arqueología de la provincia oriental. A pesar del aislamiento científico interprovincial y del giro constatado en el desarrollo de la arqueología canaria, esta nueva realidad no vino acompañada, sin embargo, de una renovación teórica, pues se siguió recurriendo, sobremanera, a las tesis difusionistas. No obstante, las tesis evolucionistas pasaron a ocupar un tercer y distante plano, cuando no desaparecieron, al tiempo que el enfoque histórico cultural, ya introducido en los estudios canarios por Earnest Albert Hooton en 1925, se vio reforzado (Farrujia 2003). La ideología de los autores franquistas se encargaría de garantizar, en última instancia, el éxito de la teoría de los 1950), documento 42 [1 hoja]); carta de Carlos Alonso del Real, Secretario de la Comisaría General de Excavaciones Arqueológicas, a Luis Diego Cuscoy, fechada el 2 de noviembre de 1950de (F.D.L.D.C., carpeta 10 (Correspondencia, 1950)), documento 54 [1 hoja]); y carta de Julio Martínez Santa-Olalla a Cuscoy, fechada el 7 de diciembre de 1950de (F.D.L.D.C., carpeta 10 (Correspondencia, 1950)), documento 59 [1 hoja]). (10) Elías Serra era Catedrático de Historia de España en la Universidad de La Laguna desde el 22 de febrero de 1926. Desde entonces, y por escasez de personal en la Facultad de Filosofía y Letras, tuvo a su cargo en cada curso alguna otra materia, además de su cátedra, a saber: Historia General de la Cultura, Historia Universal, Historia de la Antigüedad Clásica, Literatura portuguesa, etc. Y en el ámbito canario, este éxito sería resultado directo de la tutela teórica ejercida por Julio Martínez Santa-Olalla sobre Sebastián Jiménez Sánchez o Luis Diego Cuscoy, así como de la propia aceptación de que gozaron, entre la comunidad científica canaria, los trabajos de Pérez de Barradas (1939 a; 1939 b; 1939 c; 1940 a; 1940 b y 1944) sobre la Prehistoria del Archipiélago. Estos trabajos fueron realizados por el arqueólogo y antropólogo gaditano a raíz de su breve estancia en la isla de Gran Canaria entre los meses de noviembre de 1938 y enero de 1939, período de tiempo durante el cual procedería a estudiar los fondos de El Museo Canario (Farrujia y Arco 2002). En relación con la aceptación y arraigo del historicismo cultural entre los autores franquistas, téngase en cuenta, además, que la visión de la prehistoria española a partir de gigantescos círculos culturales había sido difundida por el propio Hugo Obermaier o por Luis Pericot (12). Bajo esta óptica histórico cultural se pretendían definir culturas arqueológicas delimitadas espacial, cronológica y culturalmente, a partir de una serie de características homogéneas en un conjunto suficientemente amplio de elementos de la cultura material (caso de la cerámica, de la tipología de los enterramientos, de las plantas de las casas...); y se concebía el cambio cultural (y por tanto histórico) a través de la difusión, o alternativamente de la sustitución de poblaciones. En las argumentaciones de los autores franquistas no cabía la convergencia cultural de los evolucionistas. Asimismo, tampoco perdamos de vista que el arraigo del historicismo cultural estuvo directamente vinculado con el auge del nacionalismo y que la práctica totalidad de los autores franquistas rechazaron las teorías evolucionistas, de manera que la doctrina de los "círculos culturales" formó parte de las ideas que durante la posguerra legitimaron científicamente la idea de la unidad nacional y los valores del catolicismo oficial. Y tampoco debiera olvidarse que la arqueología his-tórico-cultural potenció una "heráldica" de los grupos humanos, en tanto se ocupó de la determinación de un origen o esencia cultural y del establecimiento de su devenir diacrónico que, en muchos casos, se hizo llegar hasta las poblaciones actuales con una clara intencionalidad política (Pasamar 1991: 248; Díaz-Andreu 1997: 550; Lull y Micó 1997: 118-120; Hernando 2001: 228). Parece obvio, en definitiva, que la doctrina patente en el discurso de los autores franquistas acabaría condicionando sus enunciados teóricos, pues no perdamos de vista que la doctrina, al fin y al cabo, está en función de la pertenencia de clase, del estatuto social o de los intereses y aceptación que se persiguen con el discurso. Esta doctrina esgrimida por los autores franquistas, en suma, acabaría garantizando el éxito de determinadas corrientes teóricas (historicismo cultural) y, como consecuencia, el distanciamiento con respecto a otras (evolucionismo), a la par que vinculó a los autores franquistas a un cierto tipo de enunciado teórico definido y compartido por ellos. En el ámbito canario, los estudios sobre la primitiva colonización insular estarían condicionados por esta doctrina y, tal y como hemos referido líneas atrás, por algunas de las premisas que dieron sentido a la política franquista (unidad nacional, vocación africanista e inclinación pro-germana del régimen). práctica posterior. En el caso canario, las directrices que definieron a esta Arqueología oficial fueron: a) en el ámbito teórico, el predominio del historicismo cultural y del difusionismo; b) en el aspecto cultural e identitario, la vinculación de los indígenas canarios con las culturas Ibero-mauritana e Ibero-sahariana y con el Egipto predinástico y, por tanto, la catalogación de las comunidades indígenas como neolíticas; o la valoración de la raigambre atlántica, celta o indoeuropea de la cultura indígena (esta opción no excluye a la anterior, de manera que se desarrollaron posturas híbridas); y el antisemitismo; c) en el aspecto racial, la identificación de los indígenas canarios con la raza de Cro-Magnon de procedencia africana (Mechta-el-Arbi y Afalu-bu-Rhummel) y no francesa; y d) en la dimensión simbólica del poder, se legitimó la unidad nacional de España y la división provincial de Canarias. Una vez definidas las directrices de la Arqueología oficial en relación con Canarias, y analizada su faceta teórica, parece oportuno pasar a continuación a incidir en la manera en que se desarrollaron y articularon cada una de los restantes criterios que dieron sentido a la referida arqueología. Es decir, los tres arqueólogos tratarían de defender la comunidad de origen entre los primeros pobladores de Canarias, la Península Ibérica y el Sahara español, postura que en cierto modo venía a reforzar la idea de una unidad nacional desde tiempos pretéritos así como a legitimar las aspiraciones africanistas del régimen, dado que las posesiones españolas en África acabaron convirtiéndose, acomodaticiamente, en el área de procedencia de los primeros pobladores de Canarias (13). Desde el punto de vista arqueológico, toda la serie de rasgos supuestamente neolíticos que parecían detectarse en las manifestaciones de la cultura material indígena canaria (cerámica, industria lítica, industria ósea, etc.), encajaban perfectamente dentro de la visión "neolitizante" que entonces, y desde finales del siglo XIX, se venía defendiendo para el primer poblamiento humano de las islas. Asimismo, todos estos rasgos parecían corresponderse con los definidos para las culturas Ibero-mauritana e Ibero-sahariana. El Hispanomauritano, fechado en torno al III milenio a.n.e., se definía por la industria pulimentada, por la talla del pedernal, por la industria de hueso rudimentaria y por una cerámica de vasos lisos y de recipientes decorados profusamente, estampillados con conchas y completados en muchas ocasiones por la pintura en rojo. La cultura Ibero-sahariana, por su parte, se fechó en torno a los comienzos de la segunda mitad del III milenio a.n.e., definiéndose por la talla rica del pedernal, por una cerámica de formas aquilladas y geométricas, pintadas uniformemente o con motivos decorativos a veces, por utensilios cuidados de hueso, por el abundante trabajo de la piedra pulimentada y por el hábitat en poblados bien construidos (Martínez Santa-Olalla 1946: 54-56; Pericot 1953: 271). De esta manera, el forzoso establecimiento de comparaciones entre el mundo canario y la prehistoria africana garantizó que se aceptasen unas cronologías tan altas a la hora de ser abordado el tema de la primera colonización insular. Sólo manejando estas cronologías tan elevadas era posible relacionar el primer poblamiento de las islas con las fechas barajadas para el ámbito norteafricano. Asimismo, como habían sido los estudios de los arqueólogos peninsulares (Martínez Santa-Olalla, Pericot García o Almagro Basch) los que sostenían que la primera manifestación neolítica común a África del norte y al Levante español (el llamado Ibero-mauritano) no iba más allá del tercer milenio, ello implicaba que el poblamiento de Canarias, al que se le atribuía una misma raigambre, tampoco podía ser anterior al tercer milenio. El propio Martín Almagro Basch, en este sentido, llegaría a señalar lo siguiente al referirse a la primera colonización humana de las islas: hoy sólo podemos asegurar, en el estado actual de las investigaciones, que la presencia del hombre en Canarias es de época avanzada, no anterior al Neolítico de las regiones africanas vecinas (1970: 568). De esta manera, y sin criterio científico alguno, se acabó aceptando acomodaticiamente el III milenio a.n.e. como el termi-(13) Las tres colonias españolas en África fueron Guinea Ecuatorial, el Sahara Español y el Protectorado de Marruecos. Guinea Ecuatorial, compuesta por la isla de Bioko (ex Fernando Póo) y la parte continental Mbini (ex Río Muni), fue colonia desde 1778 hasta 1968, aunque la segunda región sólo fue controlada desde 1923 y la labor arqueológica se realizó principalmente desde los años cincuenta hasta la independencia. El Sahara Español, hoy Sahara Occidental con la mayor parte de su territorio ocupado por Marruecos, fue reclamado desde fines del siglo pasado y anexionado, siempre de forma relativa, desde 1937 hasta 1975, fecha en que fue ocupado por Marruecos. nus post quem, es decir, como una fecha antes de la cual las islas no estaban habitadas (14). Paralelamente, desde el punto de vista racial, el desarrollo de esta hipótesis de poblamiento propició que se rompieran los lazos que hasta entonces algunos autores (Berthelot 1980(Berthelot [1879]]; Verneau 1891) habían establecido entre los cromañones franceses y los canarios, a la vez que los postulados "disgregadores" o "no asimilistas" de muchos autores extranjeros pasaron a ocupar un segundo y distante plano en la historiografía arqueológica (Farrujia 2003). Tan sólo Attilio Gaudio (1958: 121-122) cuestionaría por estas fechas la relación establecida entre los indígenas canarios y el Cro-Magnon norteafricano de Mechta-el-Arbi. Y con posterioridad, J. Desanges (1983) apuntaría que era improbable que tal raza hubiera llegado a Canarias, porque los guanches, aunque se parecen antropológicamente al tipo racial de Mechta-el-Arbi, no tenían nada que recordase a su industria y a sus costumbres. Frente a esta concepción de la identidad arqueológica y racial canaria, cabe señalar que en el ámbito peninsular y durante la posguerra, personalidades como Martínez Santa-Olalla y Almagro Basch declararon "periclitada" o "falsa" la idea de una llegada temprana desde África, defendiendo para la Península, en su totalidad, una secuencia cultural igual a la francesa, sin influencias africanas, o barajándose exclusivamente el aporte egip-cio ( 16). Lo que dolía es que el círculo cultural africano pudiera ser, en un momento dado, superior al europeo. Es sintomático al respecto que los diferentes autores, en estas décadas, no partieran para llegar a estas conclusiones de análisis científicos o de excavaciones arqueológicas, sino que se sustentaran en posicionamientos de carácter político-ideológico y en el criterio de autoridad (Estévez y Vila 1999: 65-66; Querol 2001: 181-182). En el caso canario, sin embargo, sucedió lo contrario, pues los autores franquistas, tanto peninsulares como insulares, insistieron en la viabilidad del aporte poblacional africano en base a las razones anteriormente aducidas. La opción del aporte egipcio también fue retomada para Canarias por autores como Juan Álvarez Delgado o Luis Diego Cuscoy, quienes, condicionados por la tradición historiográfica canaria precedente y, sobre todo, por la visión de la Prehistoria peninsular transmitida por las autoridades académicas nacionales del momento, no dudaron en defender la conexión de la Prehistoria canaria con la egipcia. Diego Cuscoy, por su parte, retomaría estos argumentos y añadiría otro: las cuentas de collar guanches, procedentes de la isla de Tenerife y de yacimientos sepulcrales, caían, por su forma y materia prima (barro cocido), dentro del grupo de las cuentas de collar segmentadas (segmented beads) por lo que era posible el establecimiento de una relación, por difusión, entre las cuentas de collar neolíticas egipcias y las halladas en Tenerife (Diego 1944: 124 y 1963: 35) (17). ( 14) A la luz de las investigaciones arqueológicas recientes (González Antón et al. 1995; Atoche et al. 1995;o Arco et al. 2000), ha quedado descartada la idea de un primer poblamiento de las islas inserto en el Neolítico, cobrando fuerza la hipótesis de una primera colonización acaecida a mediados del primer milenio a.n.e., y en la que parecen haber intervenido poblaciones libiofenicias y bereberes transplantadas a las islas por los fenopúnicos. (15) El llamado tipo de Mechta-Afalou, por los yacimientos argelinos de Mechta el Arbi y Afalou bou Rhummel, fue definido por H. V. Vallois en 1934 tras los descubrimientos de los años veinte. Enseguida se apreció su gran parecido con el Cro-Magnon francés (disarmonía cráneo-facial, órbitas oculares rectangulares, alta estatura, etc.), y su estudio se vio favorecido por el gran número de restos óseos hallados, casi 500, de los que tres cuartas partes aparecen asociados a la industria iberomauritana, fechada entre el 22.000 y el 8.000 bp. (16) Según apuntó Julio Martínez Santa-Olalla, en el Neolítico puro o reciente español se hace sentir una influencia progre-siva del oriente mediterráneo y de Egipto a través del Norte de África, así como del resto de dicho mar por vía marítima (1946: 53). Pericot García y Maluquer de Motes, por su parte, sostendrían que el Neolítico habría llegado a la Península Ibérica hacia el 3000 a.n.e. en una serie de ondas culturales, por inmigración o por simples relaciones, y a partir de un foco de procedencia africano emplazado en Egipto (1948: 45). (17) En el caso concreto de Diego Cuscoy, la hipótesis de las segmented beads estuvo directamente imbuida por los trabajos de Luis Pericot sobre los objetos de ornamento del Eneolítico del Este de España. Según la opinión del por entonces Catedrático de la Universidad de Barcelona, la presencia de segmented beads en el sudeste peninsular estaba atestiguada desde la Época argárica. Sin embargo, este tipo de objeto tenía su precedente en piezas anteriores, pudiéndose relacionar con artefactos similares del Egipto predinástico, hipótesis ésta que ya había sido barajada y admitida desde hacía tiempo por prehistoriadores como los hermanos Siret (Pericot 1936: 84 y 1944: 108). Frente a este panorama aquí descrito, muchos de los arqueólogos que se ocuparon de la Prehistoria peninsular no sólo marginarían el aporte africano sino que procederían a sobrevalorar la incidencia del componente céltico, hasta el extremo de que se cuestionó la propia existencia de los pueblos ibéricos. Frente al aporte africano, los celtas o indoeuropeos resultaban atractivos por varias razones. En primer lugar, porque los más influyentes arqueólogos de esos años -caso de Martínez Santa-Olalla o Almagro Basch-habían realizado estancias científicas en la Alemania de los años 1920 y primeros 1930 y simpatizaban con las ideas del régimen alemán. En segundo lugar, porque se pensaba que la llegada de los celtas a España era el resultado de migraciones desde la región del Rhin, lo que mostraba una relación directa con Alemania en el pasado. Esta hipótesis, obviamente, era acorde a la actitud pro-germana de muchos de los autores franquistas. Y por último, porque en la España de aquellos años los conceptos de indoeuropeo, ario y celta eran confundidos y utilizados muchas veces como sinónimos (Díaz-Andreu 1993: 77; Ruiz Zapatero 1998: 151). Por todo ello, para muchos arqueólogos el elemento celta resultaba el más atractivo en la configuración del pueblo español, y en el ámbito canario, obviamente, muchos autores no escaparon a esta realidad, barajando la incidencia de las influencias celtas, indoeuropeas o atlánticas en la configuración del pueblo guanche. Estos son los casos de Sebastián Jiménez Sánchez (1949: 21), al insistir en las analogías que presentaban los dialectos de Canarias con el antiguo alemán; o de Juan Álvarez Delgado (1941: 50), al defender la existencia de algunas voces presumiblemente indoeuropeas en el guanche (18). Desde el punto de vista arqueológico se insistió reiteradamente en la conexión de algunas islas, caso de La Palma, con el mundo celta o atlántico, a partir de las similitudes que presentaban las manifestaciones rupestres de la isla (por ejemplo las del yacimiento de Belmaco), con las de las estaciones de Gravrinis (Morbihan, Bretaña) o New Grange (Meath, Irlanda), entre otras. La inclinación antisemita del régimen franquista acabaría incidiendo igualmente en el desarrollo de la Prehistoria canaria y, en particular, en los estudios acerca de la primitiva colonización insular. Téngase en cuenta que los judíos fueron identificados a partir de la década de 1930, de forma sistemática, con la masonería, el socialismo y el comunismo, es decir, con aquellas organizaciones y doctrinas que, según el franquismo, destruían la civilización y el cristianismo. Por ello se afirmaba que los judíos dominaban por completo Estados Unidos, Rusia y la facción enemiga de la España nacional; y por ello, desde el verano de 1936, la prensa del bando sublevado, tanto falangista como católica y tradicionalista, introdujo con frecuencia al judaísmo entre los enemigos a batir, normalmente en conjunción con masones y marxistas. En este rechazo hacia el componente semita jugaría un papel igualmente importante la influencia ideológica de la Alemania nazi y de la Italia fascista sobre España (Álvarez Chillida 2002: 299-340) (19), así como los propios prejuicios raciales, pues no perdamos de vista la enorme importancia que por estas fechas había adquirido el concepto de raza en la opinión pública, sin duda por el espectacular éxito político del racismo alemán y, en particular, por la concepción racial del judío, heredada del antisemitismo volkisch alemán. Ello garantizó que en España el antisemitismo se articulara en base a la superioridad de la raza blanca europea o en base al desprecio de los pueblos no europeos (judíos, árabes, negros o asiáticos). De este modo, las derechas españolas consideraron que la raza española repre-(18) No perdamos de vista, en conexión con la hipótesis de Álvarez Delgado, que el filólogo canario fue adscrito por Antonio Tovar a la escuela neo-lingüística de G. Bertoni y de Matteo G. Bàrtoli por hallarse abundantemente en sus trabajos la célebre teoría del sustrato del indoeuropeo (González Luis 1990: 123). Cabe señalar, igualmente, que el desarrollo de la hipótesis germana de Jiménez Sánchez y Álvarez Delgado propició la recuperación de la obra de Franz von Löher (1990Löher ( [1886]]), un autor que, a partir básicamente de argumentos lingüísticos, ya había insistido en la conexión canario-germana, aduciendo la presencia de los vándalos en las islas. (19) En enero de 1939, de hecho, España y Alemania firmaron un Acuerdo Cultural que abría el país a la propaganda alemana y, más importante aún, prohibía cualquier crítica al régimen nacional-socialista. Pío XI y su sucesor, Pacelli, secundados por el primado Gomá, desencadenaron entonces una ofensiva de protestas, reiterando el carácter anticristiano del régimen alemán y denunciando su influencia en España. Influencia manifestada con la censura de la encíclica Mit brennender Sorge. Ante esta coyuntura, Franco, a regañadientes, no ratificaría finalmente el tratado, que fue sustituido en la práctica, sin embargo, por diversas instituciones culturales que favorecieron la difusión de la propaganda pro-germana (Álvarez Chillida 2002: 381). sentaba a la raza blanca superior, espiritual, católica y misionera. En la dimensión histórica, las mentes derechistas españolas insistieron igualmente, por un lado, en la inferioridad racial de los preasiáticos (fenicios y judíos), a quienes se achacó la decadencia de España pues, al fin y al cabo, habían relegado a los nórdicos y afines de raza superior; y, por otro lado, destacaron el aporte racial bereber en la Edad Media, en detrimento del árabe, valorándose así el componente europoide del África Blanca (Poliakov 1996: 327;Álvarez Chillida 2002: 369-379). Como consecuencia de estos prejuicios, la invasión islámica en la Península Ibérica fue presentada por la historiografía española de posguerra mediante una extraña dicotomía. Por un lado, se consideró que la lengua y cultura de los invasores procedería del Próximo Oriente; por otro, se afirmó que el elemento étnico había sido mayoritariamente mediterráneo norteafricano. De este modo, la prestigiosa cultura de Al-Andalus habría tenido sus raíces en Oriente pero sin que elementos semíticos llegasen a "contaminar" la etnia hispana. De la misma manera, la posible influencia del otro elemento semítico, el judío, fue del todo rechazada en base a dos motivos: fue un grupo que nunca se integró en la población autóctona, y fue definitivamente "exorcizado" por la "clarividente política de la inquisición" (Cortadella 1988: 23). El resultado de toda esta orientación histórica fue la exaltación de una España imperial, católica y castellana, poblada de héroes y santos, y la catalogación de los judíos como los enemigos de Cristo y España (Álvarez Chillida 2002: 392). Toda esta doctrina (etnocéntrica, racista y antisemita) subyacente en los autores franquistas, acabaría condicionando, en definitiva, sus enunciados prácticos en relación con la arqueología canaria, de manera que se acabó rechazando cualquier intervención semita (fenicia o púnica) en el proceso colonizador del Archipiélago, aceptándose únicamente, tal y como hemos tenido ocasión de ejemplificar, la viabilidad de los aportes bereber y ario o celta (20). El componente racial y cultural egipcio fue otro de los aportes aceptados por la intelec-tualidad franquista, tanto para el ámbito de la Prehistoria peninsular como para el de la canaria, pues no perdamos de vista, en relación con esta influencia oriental, que desde finales del siglo XIX la Prehistoria y la Historia egipcia fue considerada como "mediterránea" y "blanca", cuando lo cierto es que hoy en día está científicamente demostrado que el fondo de la población egipcia fue negra en la época predinástica, por lo que el elemento negro se habría infiltrado en Egipto tempranamente (Anta 1983: 42-43). Pérez de Barradas, condicionado por este panorama antisemita aquí esbozado, acabaría eliminando de su secuencia diacrónica de poblamiento el aporte semita sugerido por Verneau para Canarias, a pesar de haber secundado el mismo esquema racial defendido por el antropólogo francés. Según llegaría a admitir el arqueólogo y antropólogo gaditano, resulta extremadamente curioso que el doctor Verneau se olvidara de la cercanía con Río de Oro e hiciera recorrer un tan largo viaje al elemento semita (...) que es más justo llamarlo bereber (Pérez de Barradas 1939: 27). Esta misma opinión sería secundada por Luis Diego Cuscoy (1961: 500;1963: 43-44), quien además evitó sistemáticamente referirse de forma explícita al tipo semita, hablando en su lugar de la presencia de un tipo mediterráneo en las islas. Álvarez Delgado, por su parte, se opondría igualmente a la presencia de cualquier elemento semita en la Prehistoria canaria, y siguiendo un posicionamiento afín al de Pérez de Barradas y Diego Cuscoy, desestimaría las conclusiones de René Verneau. Asimismo, rechazó las comparaciones que Berthelot (1980) había establecido entre voces canarias y voces hebreas o árabes en su obra Ethnographie (1842), y criticó los juicios del Padre Hervás y Panduro, quien había defendido la tesis de "canarios igual a cananeos" (Álvarez Delgado 1955: 53-54) (21). La antropóloga alemana Ilse Schwidetzky, condicionada por esos mismos prejuicios y asumiendo el papel de las islas como un refugio antiguo europoide del que debería salir la luz que iluminase la historia de las (20) En relación con la actitud antisemita mostrada por los autores franquistas que se ocuparon de estudiar el primitivo poblamiento de las islas, no debiera obviarse este otro dato: no fue hasta 1962 cuando la investigación arqueológica nacional, de la mano de Manuel Pellicer, demostró definitivamente el temprano establecimiento y el carácter de ese complejo y abigarrado mundo púnico, tan poco conocido en España hasta entonces. Y ello significó la apertura de una nueva etapa en la investigación protohistórica peninsular y en la historia de la colonización fenicia, de fructíferos resultados (Alvar 1999: 434). Es decir, tras la actitud antisemita no sólo subyacieron motivaciones de índole ideológica sino, además, la propia realidad arqueológica por entonces conocida. (21) A pesar de que hoy en día es obvio el carácter acientífico e infundado de las opiniones vertidas por Berthelot y Hervás y Panduro, lo cierto es que Álvarez Delgado se limitaría a refutar a ambos autores, sin llegar a aportar una contra argumentación y sin contextualizar las opiniones vertidas por las dos autoridades. Es decir, la postura del filólogo canario perseguía sencillamente anular la opción semita. razas y poblaciones europeas, negaría cualquier tipo de relación entre los primitivos habitantes de las islas y los semitas. Asimismo, calificaría de poco afortunada la denominación de tipo semita debida a Verneau (Schwidetzky 1963: 37) (22). Jiménez Sánchez (1941:268), por su parte, rechazaría la relación que en 1880 había establecido Carlos Pizarroso entre las poblaciones fenicias y las tumbas artificiales halladas en Gran Canaria, considerando que no era posible relacionar a los antiguos canarios con la raza semita. Frente a este panorama relativamente homogéneo nos encontramos con el caso de Pedro Hernández Benítez (1947-1958), quien si bien estuvo directamente vinculado con la Arqueología oficial desarrollada durante el franquismo y, por tanto, con la ideología asimilista, unitaria y antisemita del régimen (traducida en la concepción neolítica y "afro-hispana" de los indígenas canarios); llegó a defender la presencia fenicio-púnica en Canarias a partir de algunas evidencias arqueológicas, como los betilos hallados en Telde (Gran Canaria). En su caso concreto sería su condición de religioso la que le llevaría a barajar la opción semita, pues no perdamos de vista la relación existente entre los pueblos bíblicos y los fenicios o cananeos. tiva en su totalidad, de ahí que se adoptara otro término, el de prehispánico, con tal fin. Según refirió el autor canario, Julio Martínez Santa Olalla es el primer investigador nacional que, hablando de los problemas apasionantes que plantea la prehistoria canaria, emplea el término prehispánico como voz y grafía unificadora, denominación que seguimos nosotros, por estimarla acertada (Jiménez 1957: 8). El término, acuñado por un autor falangista afín al régimen, llevaba implícita toda una carga ideológica, pues con él se reforzaba la vinculación de Canarias con la identidad y nación hispana (baste recordar que por estas fechas se defendía una raigambre ibero-mauritana e ibero-sahariana para los indígenas canarios), al tiempo que la identidad cultural precedente se anulaba, cobrando ésta sentido sólo en función del aporte hispano. Es decir, la cultura indígena existente antes de la conquista y colonización de las islas era simplemente prehispánica, anterior al aporte civilizador español, aspecto éste que implicaba la infravaloración del propio bagaje cultural canario y, por ende, del bagaje norteafricano de los primitivos isleños, el cual encontraba sentido a partir de un marco de referencia español. La denominación, por tanto, obedecía a un criterio seudo-historicista y no a una realidad objetiva per se. En sintonía con la hipótesis de Jiménez Sánchez, el filólogo Juan Álvarez Delgado defendería la existencia de un fuerte y claro contraste entre Tenerife (poblada por cromañones con un habla abundante en prepaladiales) y Gran Canaria (poblada por camitas con un habla marcada por las velares), contraste éste que no sólo afectaba a la raza y a la lingüística sino también a las manifestaciones culturales desarrolladas en cada isla. Paralelamente, todas las islas de la provincia oriental (Gran Canaria, Lanzarote y Fuerteventura) fueron englobadas por Álvarez Delgado (1941:44) dentro del denominado grupo camita, frente a islas del grupo occidental como Tenerife y La Gomera, que fueron insertadas en otros grupos ajenos al camita. Es decir, Álvarez Delgado, al igual que Jiménez Sánchez, legitimó subrepticiamente con esta visión la recién inaugurada división provincial de Canarias (1927), así como el recién instaurado sistema de las Comisarías Provinciales de Excavaciones Arqueológicas (1941), pues al fin y al cabo, los primitivos pobladores de las provincias de Santa Cruz de Tenerife (guanches) y Las Palmas de Gran Canaria (canarios), volvían a formar parte de realidades culturales y raciales enfrentadas. Asimismo, las islas ca-becera de cada provincia (Tenerife y Gran Canaria) fueron concebidas como dos realidades con un desarrollo históricamente opuesto. Frente a las hipótesis divisionistas de Jiménez Sánchez y Álvarez Delgado, Diego Cuscoy insistiría en la existencia de un sustrato común o pancanario al referirse a la Prehistoria del archipiélago. Esta hipótesis regionalista o unificadora desarrollada por Cuscoy era, en principio, contraria por naturaleza a la división provincial, pues con ella se abogaba por la unidad cultural, étnica y racial del archipiélago. Es decir, la presunción de la existencia de un sustrato cultural genérico anulaba la preexistencia de cualquier división étnica, racial o cultural primigenia. Sin embargo, frente a esta realidad, y según Cuscoy, la posterior arribada de otras oleadas poblacionales (atlántica y mediterránea) a algunas islas, y la superposición de estas oleadas sobre la Cultura de sustrato, acabaría configurando dos grupos de islas enfrentados culturalmente. Es decir, según la opinión del, por entonces, Comisario Provincial de las Canarias Occidentales, cada isla tenía sus particularidades arqueológicas, prueba de su relativo aislamiento, dentro de una unidad general indudable. Sin embargo, dentro de esta unidad se podían apreciar dos grandes grupos, el occidental, integrado por Tenerife, El Hierro, La Palma y La Gomera; y el oriental, formado por Gran Canaria, Fuerteventura y Lanzarote (Diego 1951(Diego y 1963: 20-24): 20-24). En definitiva, la Prehistoria canaria, en su evolución, habría pasado de la uniformidad cultural, racial y étnica, a la configuración de una realidad dualista, integrada por dos grupos de islas claramente diferenciados (orientales versus occidentales). En conexión con esta realidad política y con el pleito insular, el propio Cuscoy llegaría a señalarle a Santa-Olalla por carta lo siguiente: Usted no ignora el agudo problema interprovincial, de vieja raíz, que fue divisionista hasta que se formaron dos provincias, y que actualmente se halla planteado en torno a la importancia de los puertos y aeródromos y hasta alrededor de la Universidad, pues pretenden a toda costa la escisión universitaria y Facultades en Las Palmas. Es decir, la lucha interprovincial tiene siempre una elevada temperatura, unas veces por fas y otras por nefas (23). Por lo que respecta a la repercusión de esta concepción divisionista del poblamiento desarrollada por Jiménez Sánchez, Álvarez Delgado y Diego Cuscoy, cabe señalar que Julio Martínez Santa-Olalla (1947:9) respaldaría igualmente la división administrativa y el sistema de las Comisarías Provinciales al hablar de un Neolítico de las Canarias Orientales y, por tanto, enfrentado o contrapuesto al de las occidentales. Luis Pericot García (1955:585) por su parte, secundaría igualmente esta hipótesis apoyándose en el propio Cuscoy y llegando a explicitar, además, que tal esquema se correspondía con la actual división provincial. En función de la información hasta aquí barajada, parece posible hablar, para el periodo franquista, de la existencia de una Arqueología oficial, desarrollada por las autoridades académicas del momento (Martínez Santa-Olalla), por personalidades relacionadas con el ámbito de la prehistoria (Pérez de Barradas), así como por los distintos autores vinculados con las Comisarías Provinciales de Excavaciones Arqueológicas (Jiménez Sánchez, Álvarez Delgado, Hernández Benítez o Diego Cuscoy) y, por ende, dependientes de una institución oficial como la Comisaría General de Excavaciones Arqueológicas. Desde el punto de vista práctico, esta Arqueología oficial se basó en una serie de enunciados teóricos que fueron compartidos por la comunidad científica franquista, durante la vigencia del régimen, como fundamento para su práctica posterior. Por lo que respecta a la génesis de esos enunciados, ha quedado suficientemente reflejada la incidencia que tuvieron en su fundamento las opiniones o criterios de autoridad vertidos por las distintas personalidades del momento (Pericot y García, Pérez de Barradas o Almagro Basch). No obstante, por encima de todas ellas, cabe destacar el papel desempeñado por Julio Martínez Santa-Olalla, quien por mediación de la Comisaría General de Excavaciones Arqueológicas influiría y ejercería su tutela sobre los distintos comisarios provinciales de las islas. El desarrollo de estos enunciados teóricos en un mismo contexto social y, obviamente, por parte de autores afines al régimen franquista, nos permite hablar de la existencia de una misma formación discursiva, aunque con puntos de inflexión, siendo precisamente estos puntos de inflexión los que explican los pequeños matices diferenciadores obser-vados entre los discursos de Jiménez Sánchez, Álvarez Delgado, Hernández Benítez y Diego Cuscoy. La elasticidad o maleabilidad que presentó tal panorama no supuso, sin embargo, la alteración de las reglas esenciales de la formación discursiva franquista ni el desarrollo de posturas anacrónicas o arqueológicamente disidentes. Ello es así porque a pesar de que la interpretación de una serie de evidencias arqueológicas pudo dar lugar, simultáneamente, a tipos de discurso muy diferentes, lo cierto es que durante el franquismo, las hipótesis poblacionales vertidas se definieron por unos mismos enunciados teóricos y prácticos. De este modo, se ligó a los indígenas canarios, a partir básicamente de postulados difusionistas y del historicismo cultural, con las culturas Ibero-mauritana e Ibero-sahariana, cuando no con aquellos otros pueblos o culturas esgrimidas por las autoridades académicas del momento al ocuparse del estudio de los primeros pobladores de España. En suma, posiciones sociales afines (burguesas) generaron una forma de identidad común, integrada y definida por unos mismos elementos. Y de esta forma, no se dudó del papel de Heimat (patria) atribuido al Sahara español en relación con Canarias y, por ende, tampoco se cuestionó la unidad nacional, como tampoco se puso en duda la división provincial de Canarias. Ello viene a reflejar, en definitiva, la existencia de un control ejercido sobre el discurso. Es más, las reglas de formación, es decir, las condiciones a que están sometidos los elementos del discurso (apartado teórico, elección temática, conceptos, referentes identitarios, etc.), nos permiten definir tan sólo una formación discursiva de carácter burgués, nacionalista, reaccionaria y etnocentrista. A pesar de esta concepción unitaria de la prehistoria canaria, no olvidemos que el recurso a un difusionismo exacerbado, el éxito de los modelos de poblamiento invasionistas o articulados a partir de "oleadas", así como la propia lectura multicultural y multirracial de la Prehistoria canaria, serían factores todos ellos que llevarían a autores como Jiménez Sánchez, Álvarez Delgado, Diego Cuscoy o Hernández Benítez, a insistir en la catalogación de Canarias como una estación terminal a donde irían a parar culturas cronológica y arqueológicamente dispares. Pero ello no implicó, sin embargo, que se cuestionara la política nacionalista del régimen franquista, pues muchas de las oleadas culturales presentes en las islas se pusieron igualmente en relación con el marco hispano. Es el caso de las influencias egipcias o de las influencias atlánticas insertas en el Bronce I hispánico. En definitiva, esta lectura "deformada" de la Prehistoria canaria creemos que tiene su origen en el propio carácter deformado de las representaciones ideológicas. Piénsese, en este sentido, que las ideologías teóricas (conscientes, reflexivas y sistematizadas), contienen elementos de tipo científico, pero como estos elementos están integrados en una estructura de tipo ideológico, sólo logran dar conocimientos parciales que se ven deformados o limitados por su situación dentro de esta estructura (Kuhn 1990(Kuhn [1962]]: 33-51; White 1992: 76 y 199). Es decir, a pesar de que durante el franquismo se insistió en la raigambre ibero-mauritana e iberosahariana de los indígenas canarios, cuando no en la indoeuropea o celta, lo cierto es que en ningún momento se cuestionó la raigambre bereber de los primeros pobladores, o la presencia de elementos culturales líbicos y bereberes. En este sentido, la deformación de la realidad arqueológica no proviene, por lo tanto, del interés de engañar de los autores franquistas (clase dominante), sino más bien, del propio carácter de la estructura ideológica franquista, que dio pie a una lectura deformada de la Prehistoria canaria. Podemos concluir entonces señalando que la deformación de la realidad propia al conocimiento ideológico no se explica por una especie de "mala conciencia" o "voluntad de engañar" de las clases dominantes, sino que se debe al propio carácter de la estructura ideológica y a la opacidad de la realidad arqueológica, que sólo puede llegar a ser conocida mediante su análisis estrictamente científico. Ahora bien, afirmar esto no es negar que las clases dominantes utilizaran de forma consciente esos efectos de deformación para fortalecer sus posiciones de dominación. No perdamos de vista al respecto que del mismo modo que la contemplación presupone la acción y la teoría presupone la práctica, también la interpretación presupone la política como una de sus condiciones de posibilidad en cuanto actividad social. En este sentido, y tal y como ha señalado H. White (1992: 76), la interpretación "pura", la indagación desinteresada en cualquier cosa, es impensable como ideal sin presuponer el tipo de actividad que representa la política. Quisiéramos expresar nuestro agradecimiento a la Dra. Margarita Díaz-Andreu por el debate cien-tífico entablado acerca de la arqueología española durante el franquismo, especialmente a raíz de la estancia del primero de nosotros en el Departamento de Arqueología de la Universidad de Durham. Tal discusión científica a contribuido a enriquecer nuestra investigación.
Kargaly es uno de los centros de minería y metalurgia del cobre mas significativos de la Gran Estepa Euroasiática. El Dr. E.N. Chemyj y su equipo (Instituto de Arqueología, Academia Rusa de Ciencias, Moscú) y varios investigadores del CSIC y de otras instituciones españolas desarrollan allí un proyecto conjunto para el estudio integral de sus dos fases de explotación: la Edad del Bronce (II milenio AC) y la primera industrialización rusa (1745( -1900 AD) AD). Los miembros rusos del equipo están a cargo de la investigación arqueológica de este proyecto coordinado y los miembros españoles del estudio de los aspectos tecnológicos y productivos de la minería y la metalurgia, por un lado, y del contexto ambiental de ambas actividades, así como de su impacto sobre el territorio por otro. El propósito de este artículo es presentar los planteamientos y primeros resultados del programa de estudios paleoambientales, que consta de dos fases. La primera dio lugar a uno de los registros paleoambientales más complect) Dpto. de Prehistoria. tos de esta región mediante muestreo sistemático antracológico, paleocarpológico y palinológico en varios yacimientos arqueológicos, y sondeos palinológicos en depósitos naturales. En ambos casos se contó con el apoyo de dataciones radiocarbónicas. La segunda fase, a la que se dedica la mayor parte del artículo, se orientó a la contextualización de ese registro mediante una investigación sobre el paisaje actual, con especial énfasis en la comprensión de los procesos de formación de la lluvia polínica. Su finalidad es obtener criterios explícitos y controlables de calibración para la interpretación de las cuestiones paleoambientales demandadas por la investigación arqueológica y arqueometalúrgica. Destaca entre ellas la evaluación de los recursos forestales durante la Edad del Bronce, base energética del complejo minero metalúrgico, y el problema del reconocimiento de las prácticas subsistenciales, en relación con la discusión sobre el comienzo de la economía productora en la Gran Estepa Euroasiática. Ambas rebasan el marco de la práctica paleoambiental convencional, al requerir información muy específica sobre la distribución espacial en el pasado de la vegetación a escala local y regional. Se propone un enfoque metodológico que enmarca la práctica de la palinología arqueológica en los objetivos, planteamientos teóricos y métodos de la Arqueología del Paisaje. Desde este marco se evalúan y diagnostican las limitaciones de la práctica convencional de la Arqueología paleoambiental (particularmente la palinología arqueológica) y se ofrece una aplicación intensiva del "enfoque modelizador" en paleopalinología basada en la combinación T. P.,57,n.M,2000 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es de métodos de modelización matemática del paisaje y de la lluvia polínica. Para su puesta en práctica se aplican métodos avanzados de observación de la Tierra, como la Teledetección espacial, apoyados en el uso intensivo de la tecnología de los Sistemas de Información Geográfica (GIS) y las técnicas de posicionamiento global (GPS). Marco institucional, trayectoria de la investigación En este proyecto convergen tres de las líneas de investigación practicadas en el Dpto. de Prehistoria del Instituto de Historia (CSIC): la Arqueometalurgia, la Arqueología medio-ambiental y una Arqueología del paisaje que desarrolla técnicas avanzadas de investigación como el Sistema de Posicionamiento Global (1), los Sistema de Información Geográfica y la Teledetección espacial (Vicent, 1993a: 31-34; Chaparía///, 1998).A estas tres habría que añadir una cuarta línea importante: las relaciones con el Instituto de Arqueología de Moscú (Academia Rusa de Ciencias) (Martínez Navarrete (coord.),1993; VV.AA, 1994) sostenidas, fundamentalmente, por las becas de intercambio entre dicha Academia y el CSIC. En 1992, varios miembros de dicho Departamento se unen al equipo interdisciplinar dirigido por el Dr. Chernykh (1994) (2) en Kargaly. (1) Se identificará por convención en el texto con las iniciales en inglés GPS. (2) La diferente trasliteración del alfabeto cirílico al francés, inglés (Chernykh), alemán (Cernych) y español puede dificultar la identificación de sus publicaciones y dar lugar a errores como, en nuestro caso, optar por Chernij en vez de Chernyj (Presa (coord.), 1997). En el artículo manejamos la segunda trasliteración salvo en las citas bibliográficas. T. P.,57,n.M,2000 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es la consecución por el equipo ruso (3) y español (4) de sendos proyectos nacionales de investigación potencia esta colaboración facilitando, por primera vez, financiación específica para el desarrollo de las líneas de investigación asumidas por los miembros españoles del equipo. Dichas líneas se establecieron sobre el principio de su coordinación y complementariedad con las ya en marcha (5). Escenario geográfico y encuadre cronológico y cultural Kargaly es un extenso coto de mineral de cobre (Fig. 1), encuadrado biogeográficamente dentro del contexto paisajístico de las estepas euroasiáticas. Consideradas tradicionalmente como la más amplia de las formaciones herbáceas del planeta, se extienden como una fi-anja relativamente estrecha, a lo largo de casi cuatro mil kilómetros de longitud, desde los Cárpatos, a través de Rusia meridional, hasta los confines de Manchuria en el nordeste de China (Cárdelas, 1988). Con tan dilatada superficie, resulta lógico concebir que, aunque parezcan uniformes, las estepas no son del todo homogéneas. El ejemplo de Kargaly es bastante representativo (Chibilyov, 1996). Está situado en la zona correspondiente a la estepa arbolada o bosque-estepa, conformada por pequeños y aislados retazos de bosque ripario en el seno de la gran planicie, marcando el tránsito desde las regiones forestales situadas en el (4) PS95-0031 (1996-99) "El inicio de la economía productiva en la gran estepa euroasiática y su impacto en el medio ambiente: ¿catástrofes ecológicas en la estepa?". La investigadora principal es M^Isabel Martínez Navarrete y sus miembros son Pilar López García, José Antonio López Sáez y Salvador Rovira Lloréns. El equipo, coordinado con el del Dr. Chernyj, es mucho mas amplio. Son integrantes del mismo los autores de este artículo y del cartel (cf. nota 5) y Carmen Gómez Ferreras (Facultad de Biología, Universidad Complutense). (5) La participación española se dio a conocer en un cartel presentado al First Meeting of the European Association of Archaeologists (Santiago de Compostela, 1995): E.N. Chernykh, J.M. Vicent, A. Rodriguez Alcalde, S. Rovira (Museo Arqueológico Nacional. Madrid), S.A. Agapov (Asociación Histórico-ecológica y cultural, "Powolzhje". Diseño: Julia Sánchez (CEH, CSIC, Madrid). Los colegas rusos -salvo S.A. Agapov-son miembros del Instituto de Arqueología de la Academia Rusa de Ciencias. sur de los Urales, hasta las zonas desérticas de Kazastán. El bosque ripario más típico es el formado porBetulapendida y Populus trémula, donde esporádicamente pueden aparecer ciertos sauces {Salix sp.), robles {Quercus robur) y alisos {Alnus glutinosa, Alnus incana). El dosel arbustivo es copioso y está dominado por rosáceas arbustivas {Prunus avium, Sorbus aucuparia, Rubus idaeus, Rosa cinnamomea. Spiraea crenata yPadus racemosa) y la vegetación esteparia por gramíneas de gran talla (Stipa zalesski-wilensky, S. dasyphylla, S. pennata, S. capillata) yArtemisiasp. El Dr. Chernykh (1992; Vicent, 1993b) ha dedicado mas de veinte años al estudio de las sociedades de Europa oriental y del Asia noroccidental durante el Calcolítico y las Edades del Bronce y del Hierro. Para abordar el tema a una escala espacial y temporal de tanta magnitud se ha centrado en los metales cuyo papel es fundamental en las interacciones a larga distancia por la práctica ausencia de mineral de cobre en extensos territorios del continente euroasiático. Chernykh (1996: 86-87) considera Kargaly el centro minero y metalúrgico mas antiguo y significativo de la Gran Estepa Euroasiática. La primera explotación de los depósitos cupríferos se produce en la Edad del BronceAntiguo (3300-2500/ 2400AC) (Chernyj etalii, 2000:26) y se asocia con pastores nómadas, de los que sólo se conocen sus cementerios de kurganes, algunos distantes de Kargaly hasta 500 km. Los principales indicadores de la actividad minera son los resultados del análisis espectral que relacionan la composición de los objetos metálicos descubiertos en las tumbas mas ricas con la de los minerales de ese coto. Kargaly se convierte en uno de los centros mas relevantes de la nueva y amplísima Provincia Metalúrgica Euroasiática, coincidiendo con la aparición de mas de una veintena de poblados minero-metalúrgicos de la cultura Srubnaia-Andronovska que sugieren el asentamiento de los grupos de pastores nómadas. La ausencia de elementos de prestigio en los ajuares domésticos y funerarios del área reforzaría la tesis del carácter especializado de su ocupación. Esa fase de asentamientos permanentes con actividad metalúrgica concluye abruptamente, sin que se registre actividad minero-metalúrgica a escala arqueológicamente perceptible hasta la primera industrialización rusa. El final de la ocupación prehistórica supone también la desaparición de indicios de asentamiento permanente en la región, ocupada por poblaciones nómadas hasta una segunda fase de explotación, muy intensiva, correspondiente a la primera industrialización rusa (entre 1745 y 1900AD). Significativamente, según los documentos escritos, los mineros rusos se guiaron por los vestigios de unas obras mineras todavía reconocibles casi tres mil años después (Chernyj, 1997). Esta superposición configura el paisaje actualmente visible (Láms. El Dr. Chernyj ha sugerido que el final de la metalurgia prehistórica en Kargaly puede estar conectado, entre otros factores, con episodios de degradación ecológica extrema provocada por la sobreexplotación de los escasos y frágiles recursos forestales debida al efecto acumulado de una intensa actividad metalúrgica. La destrucción de dichos recursos afecta la posibilidad de mantener no sólo la escala de producción metalúrgica, sino también un patrón sostenible de asentamiento permanente en la región. Por un lado, el extremo rigor de los inviernos de la estepa plantea altos costes energéticos. Por otro, las formaciones forestales parecen tener un importante papel en la regulación de otros aspectos relevantes del equilibrio ecológico, como la disponibilidad de agua. Esa hipótesis de "las catástrofes ecológicas" es de gran alcance en cuanto el Dr. Chemykh (1994: 57;1996: 88) reúne la fase prehistórica y la fase rusa en un estadio pre-industrial de la metalurgia por la utilización del carbón vegetal como energía para la reducción. Esta secuencia de explotación dota al coto minero de gran interés arqueometalúrgico e histórico al facilitar un conocimiento global de las actividades extractivas y metalúrgicas en condiciones primitivas y permitir evaluar su impacto ambiental. El proyecto se propone el estudio integral de la metalurgia temprana en Kargaly, su impacto en el medio y su contexto económico y social. Se interesa por la relación de la metalurgia con las prácticas subsistenciales ganaderas y agrícolas, por el patrón de asentamiento, la división social del trabajo, etc. Para alcanzar estos objetivos se plantean dos subprogramas de investigación coordinados: uno centrado en los aspectos tecnológicos y productivos de la metalurgia (Rovira, 1999) y otro destinado a aportar datos sobre el contexto ambiental de la mi- nería y la producción metalúrgica de Kargaly y sobre su impacto en el territorio (Lopez Gsírcm et alii, 1996). Estos programas se desarrollan paralela y complementariamente con el programa de investigación arqueológica de nuestros colegas rusos (Chernyj etalii, 1999; Antipina, 1999). El propósito de este artículo es presentar los planteamientos y primeros resultados del programa de estudios paleoambientales, con énfasis especial en los aspectos metodológicos: el diagnóstico de los problemas, la modelización teórica de los mismos, los métodos y técnicas y las principales conclusiones que cabe extraer de la experiencia. Con respecto a estas últimas, y más allá del problema específico planteado por la investigación, consideramos que tienen un valor general en dos sentidos: 1) Como crítica positiva a las limitaciones del "enfoque convencional" en el uso histórico de los datos arqueo-botánicos, basado con frecuencia en una lectura directa y descontextualizada de la evidencia palinológica. 2) Como ejemplo práctico de la aplicación de varias tecnologías avanzadas a la modelización del paisaje en relación con problemas arqueológicos. Planteamiento y objetivos de la investigación El programa de estudios paleoambientales del proyecto Kargaly combina los métodos y técnicas habituales en la Arqueología Medioambiental con técnicas y métodos propios de la Arqueología del Paisaje para resolver problemas históricos de dimensión geográfica. Su base es la concepción integral del paisaje (con sus aspectos ecológicos, pero también sociales e históricos) como registro arqueológico. Kargaly ofrece un excepcional laboratorio para ensayar un enfoque de este tipo. La escasa densidad de su ocupación humana a lo largo de la historia y su relativa poca complejidad morfológica facilitan extraordinariamente el planteamiento de un enfoque experimental. El paisaje, en su aspecto actual, ha sido modelado por tres episodios históricos de gran impacto: la minería prehistórica, la minería moderna y la colonización agraria soviética (Láms. Entre estos periodos de máxima antropización, Kargaly estuvo ocupado por poblaciones nómadas que interactuaban con su entorno de una manera aún por determinar, pero en cualquier caso poco intensa. Esta alternancia de periodos de máxima y mínima antropización del entorno actuando sobre un medio natural relativamente homogéneo permiten considerar la hipótesis general de que es posible identificar arqueológicamente los principales procesos de la historia del paisaje, en cuanto son una instancia decisiva en la propia historia de la ocupación humana. Los principales problemas interpretativos que suscita el registro arqueológico kargaUense nos remiten a aspectos cruciales de la historia del paisaje que no suelen ser abordados desde la práctica convencional (puramente paleoecológica) de la arqueología medioambiental. El primero de estos proble-mas hace referencia al funcionamiento mismo de un sistema de producción minera y metalúrgica a gran escala en un entorno paisajístico extremadamente pobre (en un primer análisis) en recursos energéticos, como la estepa al sur de los Urales. El segundo es un problema general de la Arqueología de la Edad del Bronce en la Gran Estepa Euroasiática, que en el caso de Kargaly toma gran relevancia por su conexión precisamente con la escala e intensidad de la explotación minera y la producción metalúrgica. Se refiere a la ausencia de evidencia de prácticas agrícolas en los contextos de asentamientos permanentes de las culturas Srubnaia y Andronovska y a la correlativa valoración en la literatura de la crucialidad de la economía pastoril. La cuestión acerca de las bases energéticas del complejo minero-metalúrgico de Kargaly centra el presente trabajo y nos remite directamente a un problema de historia del paisaje: la distribución, densidad, composición y evolución en el tiempo de las masas forestales de la región. Los trabajos analíticos del Dr. Chemyj indican la amplia presencia del cobre kargaliense en los contextos arqueológicos de la extensa área cultural Srubnaia-Andronovska. Esto sugiere una gran escala e intensidad en la actividad extractiva, y tal vez metalúrgica, en la región durante este periodo. El modelo interpretativo propuesto por Chernyj contempla que el ciclo completo de extracción y reducción del mineral se practicó intensivamente y a gran escala en Kargaly durante la vida de los asentamientos permanentes de la cultura Srubnaia, exportándose de la región una gran parte. Según los datos de S. Rovira (1999: 111) acerca del alto consumo energético de la tecnología aplicada en la reducción del mineral, los cálculos preliminares para el volumen de producción estimado arrojan la cifra de 75 000 000 Tm de madera para toda la Edad del Bronce. Ello equivaldría en el modelo más simple posible (producción constante a lo largo del tiempo) a unas 37 500 Tm al año. Si aceptamos los datos de Chernykh (1994: 60) sobre la productividad forestal en la región de Orenburg, esto implica la tala anual de un promedio mínimo de 150 Ha de bosque al año. Estas cifras son aparentemente incompatibles con la capacidad forestal actual. Considerando un modelo sostenible de explotación con un ciclo de 60 años para la recuperación de la capacidad productiva inicial, la masa total de recursos potenciales exigida por el modelo de Chernyj sería de unas 9 000 Ha de bosque. Como en la actualidad podemos estimar la cobertura arbórea de la región de Kargaly en un 2.6 %, estos recursos requieren un territorio de unos 3 500 Km^, casi el triple de la superficie aproximada del coto minero. De ello sólo cabe deducir que o bien la extensión del bosque fue mucho mayor durante la Edad del Bronce que en los tiempos históricos (del orden de tres veces más) o bien la intensidad del uso de recursos energéticos fue menor de lo supuesto por el modelo. En tal caso, se requiere otro alternativo que de cuenta de la amplia distribución del cobre kargaliense. El propio Chemykh (1994:65) y Rovira (1999:112) han propuesto en este sentido la posibilidad de que las exportaciones se realizaran en forma de mineral, no de cobre metálico. Eventualmente se podría considerar como tercer modelo la importación de combustible, aunque un sencillo cálculo de costes mínimos permite descartaríaispr/on: la reducción de un tonelada de cobre requiere el transporte de 500 Tm de madera. La minería de tiempos históricos resolvió estos problemas trasladando el mineral a fundiciones situadas a más de 300 Km, en el actual territorio de la República Autónoma de Bashkiria, para aprovechar los recursos forestales de las estribaciones sudoccidentales de los Urales (Chemykh, 1994: 65; Rovira, 1999: 103) La decisión entre estos modelos tiene amplias implicaciones en todos los órdenes de la interpretación histórica de la metalurgia de Kargaly, al remitirnos a modelos opuestos de producción-circulación y división social del trabajo. Esa decisión plantea una pregunta muy clara al registro paleoambiental, acerca de las variaciones en la extensión, composición y distribución de las masas forestales de Kargaly a lo largo del tiempo. Podemos decir que esta cuestión es la principal implicación contrastadora del modelo de funcionamiento de la metalurgia prehistórica de Kargaly. En cuanto al segundo problema relativo a las prácticas subsistenciales durante laTemprana Edad de los Metales, las investigaciones arqueológicas sobre las ocupaciones metalúrgicas de la cultura Srubnaia-Andronovska en Kargaly plantean importantes problemas en relación con los inicios de la economía productora en la Gran Estepa Euroasiática.A ese respecto el debate en laArqueología rusa sobre el papel de la agricultura y la ganadería está limitado por la todavía escasa implanta-ción de criterios técnicos actualizados para la recuperación de datos paleo-ambientales (Cernych et alii, 1998; Morales-Muñiz y Antipina, e.p.). Las excavaciones realizadas por el Proyecto Kargaly son, de hecho, las primeras en la región en las que se ha aplicado este tipo de criterios (Chernyj et alii, 1999: notas 6,11), y han generado un detallado registro arqueozoológico y arqueobotánico. La flotación de sedimentos y los análisis palinológicos en el poblado Gomy 1 (Lám. II) (López García et alii, 1996) (6), no han detectado la presencia de polen de cereal aunque sí de ciertos palinomorfos usualmente acompañantes de cultivos. El registro arqueozoológico apunta un uso intensivo de los animales domésticos como fuente de aumentación (Antipina, 1999: 106-108). Sin embargo ciertas particularidades de ese registro y las exigencias en pastos y en mano de obra de las especies representadas dificultan una interpretación de la subsistencia basada en una ganadería extensiva al estilo del de las poblaciones nómadas posteriores pero compatible con un patrón de asentamiento sedentario. Estas anomalías sugieren un patrón de subsistencia más complejo que el supuesto por la versión tradicional, posiblemente basado en principios de división técnica y social del trabajo a gran escala. La problemática esbozada requiere una sólida base de información sobre el paisaje de Kargaly a lo largo del tiempo y plantea demandas que rebasan el marco normal de interpretación. El diseño teórico y metodológico del subprograma de investigación paleo-ambiental parte de la constatación y diagnóstico de estas limitaciones del enfoque convencional que no sirve para una aproximación fisiográfica. Los métodos habituales de interpretación comparativa movilizan secuencias palinológicas, datos antracológicos, paleo-carpológicos y arqueozoológicos procedentes de un número limitado de contextos arqueológicos. Permiten, por una parte, reconocer elementos específicos del entorno inmediato y las prácticas subsistenciales de los sitios arqueológicos y, por otra, identificar tendencias dinámicas de alcance regional y local. Sin embargo, esos mismos datos son insuficientes cuando tratamos de aproximarnos a la morfología regional de esos mismos elementos y procesos, en este caso. Por ejemplo, los datos antracológicos (7) procedentes del sitio metalúrgico de Gomy 1, excavado en el marco del proyecto, muestran que se usaron como combustible en los contextos metalúrgicos las mismas especies arbóreas implantadas actualmente en el entorno: Betula, Quercus, Salix, Alnas, etc. Pero, como ya hemos visto, esa información es insuficiente para acercamos a la disponibilidad real de combustible para los metalúrgicos del poblado, ni al impacto de su actividad en la misma y en otros aspectos de la morfología del paisaje que resultan cruciales para explicar el conjunto de la trayectoria histórica del sitio. Los datos paleopalinológicos son el recurso más usado para estudiar las tendencias en la distribución de recursos vegetales. Se asume, a menudo acríticamente, que las alteraciones en la proporción de determinados palinomorfos a lo largo de las secuencias paleopalinológicas informan sobre las alteraciones en la distribución de las especies productoras de los mismos. Desde este punto de vista, el examen de la evolución del polen de las especies arbóreas de interés energético (básicamente 5^íi/la y Quercus, en este caso) permitiría una aproximación positiva al problema. Sin embargo, en Kargaly, esta asunción es insostenible como veremos. En el proyecto se obtuvieron secuencias paleopalinológicas en dos sitios de ocupación de la fase Srubnaia en la colina de Gorny. Dos de estas secuencias proceden del sitio metalúrgico Gorny 1 (en el interior y exterior del área ocupada), emplazado en la cima de la colina y una tercera en el asentamiento Gorny 2, situado a unos 500 m del primero, sobre la falda de la colina. Si tomamos, por ejemplo, la evolución de las proporciones de polen del grupo "arbóreas autóctonas" en la secuencia procedente de Gorny 2 (Fig. 2A) observaremos un aumento espectacular en las muestras de las fases mas recientes. En la última supera el 60% del total de palinomorfos identificados, frente al máximo de 24% en las correspondientes a la ocupación Srubnaia (fase 3). Si careciéramos de otra referencia estaríamos tentados a interpretar estos datos en términos de una importante reforestación del entorno de Gomy en tiempos recientes (y quizá incluso de una fase climática más húmeda). Esa tentación quedaría reforzada cuando advirtiéramos que la (7) P. Uzquiano (Laboratorio de Arqueobotánica. CSIC), miembro del proyecto, efectuó las identificaciones. A. Evolución de porcentaje át Betula por fases estratigráfícas en el sitio Gomy 2. B. Comparación de la evolución de porcentaje de Betula en los sitios arqueológicos de la colina Gorny = Gorny 1 (Gl), "Casa Rusa" (CR) y Gorny 2 (G2) por fases estratigráficas = 2 pre-Srubnaia, 3 Srubnaia, 4 Srubnaia final, 5 Subactual, 6 Actual. La fase estratigráfica 5 sólo se ha identificado en CR. tendencia ascendente de este grupo ecológico se inicia aparentemente en la Edad del Bronce y es continua a lo largo de la secuencia. Sin embargo, al comparar esta última con las otras dos disponibles en su entorno, observamos que esta tendencia no puede generalizarse. La figura 2B muestra los promedios del porcentaje de arbóreas autóctonas para cada fase estratigráfica en las series procedentes de la colina de Gorny. Las discrepancias observables en las fases 4 (Srubnaia final) y 6 (actual) contrastan con la coherencia en la fase 3 (Srubnaia). En tales condiciones lo más sensato es atribuirlas a factores tafonómicos o a fenómenos de alcance extremadamente local ya que las series proceden de puntos circunscritos en un área de pocos centenares de metros. En efecto, el sitio Gorny 2 está en la actualidad situado al pie de un pequeño grupo de abedules que han colonizado varios pozos mineros de época moderna, que les ofrecían acceso fácil a la humedad de la capa freática (un fenómeno muy corriente en Kargaly) (Fig. 3 y Lám. La influencia de este factor extremadamente contingente genera pues alteraciones en el significado de los datos polínicos que no podrían ser correctamente interpretadas sin datos sobre la distribución actual de la vegetación a escala local, y que, en cualquier caso, ponen en cuestión cualquier generalización procedente del análisis de una sola secuencia. Este tipo de fenómenos son muy frecuentes y, a veces, afectan a categorías cruciales de datos. Así, los arqueólogos suelen usar la falta de pólenes de cereal en sedimentos arqueológicos como argumen-to en favor de la ausencia de prácticas agrícolas (y no sólo en la Arqueología de la Gran Estepa Euroasiática). En ninguna de las secuencias de la colina de Gorny hay indicios de polen de cereal en las fases prehistóricas. Sin embargo tampoco existen en las fases recientes ni en los sedimentos superñciales, pese a que la colina está en gran parte cultivada y a su alrededor se extienden grandes campos de cereal, que se han venido cultivando al menos en los últimos 50 años. Gorny 2 está a algo más de 100 m del borde de uno de ellos, y Gorny 1 tiene cultivos al N y S, a unos 300 m de distancia en ambos casos (Fig. 3). Cabe suponer que este hecho se deba, al menos en parte, a la poca dispersión del polen de cereal. Estos ejemplos no son casos aislados o extremos, sino la pauta normal de problemas que se suscitan cuando la interpretación de los datos palinológicos pasa del plano del análisis de tendencias generales al de la reconstrucción morfológica de contextos de paisaje. No existe ninguna forma de relacionar las variaciones cuantitativas en la composición de los espectros polínicos con la distribución real de la vegetación en su entorno. Esto se debe, por una parte, a la propia naturaleza del proceso de polinización, diferente en cada especie y afectado por numerosos factores que pueden alterar su intensidad y dispersión, y por otra, a los numerosos factores que intervienen en la formación del registro polínico, desde los referidos a la dispersión y transporte a los de sedimentación y fosilización del polen. Estos problemas han sido extensamente considerados en el campo de la paleopalinología, aunque con escasa repercusión, por el momento, en la práctica arqueológica normal. A nivel local ciertos factores condicionan no sólo la productividad o capacidad de dispersión de cada taxón, sino su propia representatividad en el seno de los diagramas polínicos: la orografía del territorio, la orientación y ubicación de las fuentes productoras de polen, la climatología local que delimitará la productividad, la situación exacta del perfil estudiado en relación con la lluvia polínica, etc. A nivel paleoecológico, la evolución conjunta de todos estos factores es el vector más importante de comprensión paleoambiental, siendo el hombre uno de los posibles factores de alteración. La bibliografía al respecto es abundantísima. Uno de los métodos más prometedores para aproximarse con detalle al paleopaisaje de un territorio es el estudio de muestras de superficie de la vegetación actual (Moore et alii, 1991; Janssen, 1966). La alternativa más usual de comparación mediante un análisis numérico de los resultados del estudio de la lluvia polínica en muestras superficiales con muestras fósiles es un análisis multivariante, similar al usado en los análisis de la vegetación (discusión en Birks y Birks, 1980; Birks y Gordon, 1985). Birks (1987) resume así sus aplicaciones: permite estudiar un amplio conjunto de muestras de superficie, presentarlas de forma simple y tratar los datos en diferentes grupos mediante métodos de taxonomía numérica. Determina ponderadamente el peso real de cada palinomorfo en relación con la distribución actual de la especie productora. Hace posible ordenar los datos fósiles de la misma manera que los actuales (lluvia polínica de muestras superficiales), observar la evolución temporal seguida por la vegetación en una secuencia particular y, finalmente, interpretar las formaciones vegetales del pasado (representadas por su espectro polínico fósil) según los patrones actuales de la lluvia polínica en superficie. La aplicación extensiva de este enfoque a la palinología arqueológica está muy limitada por factores extemos como el alto coste de obtención de la información o la dificultad de una integración multidisciplinar en contextos de recursos de investigación muy limitados. Pero también influyen factores internos, atribuibles a la dificultad de los arqueólogos, y de sus propios colaboradores botánicos, para concebir el paisaje en su integridad como una fuente de información arqueológica de primer orden, susceptible, por lo tanto, de ser abordada con una metodología arqueológica que integre en su propia constitución epistemológica los métodos de la arqueobotánica. El proyecto Kargaly ofreció la posibilidad de rebasar estas limitaciones. El subprograma de estudios paleoambientales se pudo diseñar como un ensayo de aplicación intensiva del enfoque modelizador de la paleopalinología integrado en el marco de una Arqueología del paisaje. Diseño de la investigación El planteamiento general del subprograma de estudios paleoambientales en Kargaly está orientado a la contextualización del registro polínico a partir del estudio de la lluvia polínica actual en relación con la distribución de la vegetación. Dicho en otros términos: antes de poder interpretar correctamente el significado de las variaciones en el tiempo de los espectros polínicos procedentes de depósitos naturales o arqueológicos, debemos comprender el de sus variaciones sincrónicas en el espacio. La figura 4 esquematiza este planteamiento.La morfología del paisaje, es decir, la disposición en el espacio de sus componentes, determina la distribución de la lluvia polínica en un territorio. La hipótesis metodológica general de la palinología es que a esta relación de determinación corresponde una función simétrica de representación, de tal modo que la observación de la última puede condu- cir a la reconstrucción de la primera. Con este fin, la variabilidad de la lluvia polínica es sistemáticamente registrada, según criterios metodológicos explícitos, para dar lugar al registro polínico, que mantiene con la lluvia polínica similares relaciones de determinación / representación a las que esta mantiene con la morfología del paisaje. El proceso de conocimiento en Palinología se estructura por lo tanto en dos etapas que la investigación recorre en dirección inversa a la de las determinaciones naturales, en primera instancia, y observacionales, en segunda. En el paisaje actual tenemos acceso a todas las instancias de la secuencia, por lo que el proceso retroductivo se puede apoyar en criterios de interpretación externos al mismo. La palinología arqueológica, tal como la entendemos aquí, asume que, conocidas las relaciones de determinación / representación para el paisaje actual, podemos acceder a la paleomorfología del paisaje a partir del registro paleopolínico, que suponemos representativo de la lluvia polínica en momentos del pasado. Para ello se acepta, como hipótesis básica que las funciones de determinación / representación observadas en el paisaje actual son extrapolables al pasado. El proceso de conocimiento se puede presentar metafóricamente entonces como la resolución de un sistema de ecuaciones, en el que tratamos de despejar la incógnita "paleomorfología del paisaje" a partir de los términos conocidos (registros polínico y paleopolínico, morfología del paisaje actual) y un modelo general de las funciones que intervienen. De hecho el proceso consiste en aplicar estas funciones de representación, cuya forma y parámetros obtenemos de la relación entre la morfología actual del paisaje y el registro polínico actual, a la estimación de esas mismas funciones para el caso del registro paleopolínico. Ahora bien, en este sistema de ecuaciones intervienen variables ocultas que compUcan el proceso. Cada una de las etapas en las funciones de determinación / representación se ve mediatizada por un conjunto de factores modificadores (Fig. 5). Así las relaciones entre la morfología del paisaje y la variabilidad de la lluvia polínica dependen de la mediación de un conjunto de factores "contextúales", y operan a escalas espacio-temporales diferentes en una misma región. En un primer análisis podemos distinguir factores contextúales: -Botánicos: morfología de los palinomorfos, mecanismos de dispersión específicos. -Ecológico-paisajísticos: determinan la distribución en el espacio de las especies productoras y la intensidad de la polinización, efectos de interacción en las comunidades vegetales, acción antrópica, ciclos climatológicos, etc. -Geográficos: mediatizan los procesos de dispersión y deposición de la lluvia polínica como altitud, régimen de vientos, morfología de la topografía, etc. En segundo lugar, en la constitución del registro polínico intervienen dos tipos principales de factores modificadores: -Tafonómicos: factores específicos que mediatizan la formación del registro polínico en los sedimentos, como la naturaleza de los suelos, su humedad, así como las condiciones específicas de formación de cada depósito. -Metodológicos: la relación de representación entre el registro y la lluvia polínica está obviamente mediatizada por los criterios de observación y representación. Así el número de puntos de observación y la posición de los mismos influyen en la representación de la lluvia polínica que podemos esperar de un determinado registro. Considerando todos estos factores, la distribución en un territorio concreto de una especie vegetal puede ser teóricamente estimada a partir del registro polínico si tenemos en cuenta las siguientes cuestiones, entre otras, recorriendo la figura 5 de abajo arriba: a) la cantidad y distribución espacial de las muestras de lluvia polínica obtenidas en dicho territorio; b) la variabilidad espacial de las propiedades específicas de los captadores del polen utilizados (por ejemplo, suelos); c) el mecanismo dispersor propio de la especie en cuestión, las condiciones de operación de ese mecanismo (como el régimen local de vientos) y su variabilidad espacial (por ejemplo la diferente exposición al viento de los puntos de observación); d) el régimen de polinización de la especie y su variabilidad temporal (debida, por ejemplo, a la variabilidad climatológica) y espacial (barreras a la dispersión como masas arbóreas interpuestas entre el foco emisor y los puntos de observación). En este sentido, la distribución de la especie en el paisaje es el factor último que da cuenta de la representación en el registro polínico de su polen, pero la forma específica en la que ésta representa efectivamente a aquélla, lo que hemos llamado "función de representación", depende de un conjunto de factores contextúales y tafonómicos que determinan sus parámetros, y son específicos de cada especie vegetal y de cada contexto paisajístico. Al trasladar estos supuestos al registro paleopolínico, encontramos que nuestra capacidad para interpretarlo en términos de paleo-morfología del paisaje depende de nuestra capacidad para estimar dichos parámetros y sus condiciones de aplicación a la retroducción de la paleomorfología del paisaje. Es un problema en el que interviene un número tan elevado de variables, muchas de ellas de difícil control, que no se puede formalizar en un contexto convencional de aplicación de la palinología arqueológica, pero sí es susceptible de una cierta formalización matemática, que permita su tratamiento en una investigación. Volviendo al caso de una sola especie vegetal, entendemos que el hecho observable que conecta su presencia en el registro polínico con su distribución espacial es la variabilidad de su cantidad en distintos puntos del espacio, es decir, la varianza de su distribución espacial. Ahora bien, como hemos visto, ésta además depende de la influencia de varios factores que consideramos covao fuentes de la varianza de la distribución. Las técnicas de análisis de la varianza permiten descomponerla, asignando a cada factor la cantidad que le corresponde.De este modo podemos tomar el resto, es decir, la varianza no asignada, como representación de la variabilidad espacial de la especie emisora más la debida al azar. Este esquema puede ser generalizado a todos los palinomorfos identificados, dando lugar a un modelo general de la lluvia polínica. Nuestro objetivo general es informar este modelo para la región de estudio. La figura 6 esboza este diseño. Su primer estrato representa el sustrato real de la investigación, es decir, el paisaje actual, dentro del cual distinguimos esquemáticamente dos campos de observación: la morfología de la vegetación y la lluvia polínica. La observación de estos dos componentes del paisaje actual da lugar a las correspondientes formalizaciones o segunda instancia del proceso: \) registro polínico', representa la variabilidad espacial de la lluvia polínica actual en la forma de un número suficiente de espectros polínicos obtenidos en distintos puntos del territorio. 2) Modelo del paisaje: representa la variabilidad espacial de los distintos factores considerados en el modelo. La siguiente instancia del proceso consiste en la consideración conjunta del registro polínico y el modelo del paisaje para constituir el modelo de la lluvia polínica, que contiene los espectros polínicos observados junto con los valores de cada factor contextual en cada punto de observación. El análisis de la covarianza entre los componentes de los espectros polínicos (clases de palinomorfos) y los factores contextúales conduce a la formulación de un modelo predictivo de lo que hemos llamado "función de representación". El modelo de la lluvia polínica puede ser aplicado al registro paleopolínico para estimar su significado en términos de paleomorfología de la vegetación. Esto último requiere una discusión previa del grado en el que pueden ser extrapoladas al pasado las relaciones significativas de asignación de varianza identificadas en el modelo, Le, el grado de dependencia de cada factor con respecto a las condiciones actuales. Así podemos suponer que la influencia de la altitud, o de los propios mecanismos de dispersión de cada especie son permanentes, mientras que no lo es la incidencia de la antropización. Plasmar este diseño general en un programa viable de investigación requiere lograr una suficiente formalización del mismo a través de una metodología de modelización. La hipótesis de trabajo fundamental es que una parte muy relevante de los componentes que se citan, empezando por la morfología del paisaje y la variabilidad polínica y continuando por los factores contextúales y tafonómicos, es susceptible de cuantificación lo cual implica que es modelizable estadísticamente.Muchos de los factores citados pueden representarse como variables aleatorias, al adoptar su influencia valores mensurables en diferentes escalas (nominales, ordinales o de intervalo) y especificables para cada punto del territorio. Por otra parte, los propios registros polínicos son resultado de un muestreo estadístico, y se representan en forma de distribuciones de frecuencias.Son, pues, intrínsecamente modelizables: un espectro polínico es sólo el resultado de un experimento aleatorio que consiste en establecer la frecuencia de ocuiTcncia de los valores de una escala nominal (lista de taxones) en una muestra representativa extraída de una población constituida por la totalidad de los granos de polen contenidos en un sedimento. Esas condiciones sugieren la posibilidad de afrontar la modelización del proceso de representación en términos matemáticos. En la etapa de modelización los distintos elementos representados en la figura 6 aparecen como matrices de datos. Así el registro polínico queda formalizado como una tabla cuyas filas corresponden a los distintos espectros polínicos (Cj, e^,...e^) y cuyas columnas a los distintos palinomorfos identificados (p^, p^.-.p^), figurando en cada celdilla la frecuencia del palinomorfo p^ en el espectro polínico e. Por su parte el modelo del paisaje consiste en una matriz cuyas filas representan los distintos puntos de la matriz topológica general del territorio (xy^, xy^.-.xy^) y cuyas columnas son los distintos factores (f^, f^.-.fj, teniendo cada celdilla el valor que toma el factor f ^ en el punto topográfico xy Esta matriz incluye otra más restringida, cuyas filas corresponden a los distintos puntos del territorio en los que han sido obtenidos espectros polínicos. Al superponer esta última matriz con la que contiene el registro polínico obtenemos la matriz del modelo experimental de la lluvia polínica, que aparece en el diagrama como una superposición de matrices, cada una de las cuales corresponde a un espectro polínico localizado (Cj, e^,...e^). Cada matriz es una tabla de doble entrada que combina los valores locales de cada palinomorfo con los de cada factor, recogiendo cada celdilla la contingencia del factor f ^ sobre la frecuencia del palinomorfo p. El término "experimental" alude aquí al contexto metodológico de la estadística inferencial. Una vez formalizado el problema en términos de un modelo estadístico, podemos afrontar la investigación como un proceso de contrastación experimental de hipótesis acerca de la estructura del modelo. Estas hipótesis hacen referencia a la existencia o no de relaciones significativas de asociación o correlación entre variables contextúales y distribución de palinomorfos o grupos de palinomorfos, y en conjunto definen un modelo teórico del proceso de formación del registro polínico a partir de las condiciones específicas del paisaje actual. En la última sección del artículo se ofrecen algunos ejemplos de este tipo de experimentos estadísticos y su inserción en las argumentaciones interpretativas de nivel más alto, relativas a los fenómenos investigados. La articulación de estas propuestas metodológicas en un programa de investigación requiere. como se ve en la figura 6, la formalización de tres campos de observación: el paisaje actual, la lluvia polínica actual y el registro paleopalinológico. La información de los correspondientes modelos de datos determina una investigación en tres etapas paralelas: 1) Investigación paleobotánica convencional, destinada a la formación de un cuerpo de datos sobre la variabilidad diacrónica del registro polínico. 2) Modelización del paisaje actual de Kargaly, cuyo objetivo es obtener una representación de la variabilidad actual de los factores considerados relevantes en la investigación. 3) Estudio sistemático de la lluvia polínica actual para crear un cuerpo de espectros polínicos localizados que pueda ser objeto de un análisis cruzado con las variables que intervienen en el modelo del paisaje. La primera de las etapas de investigación no es objeto del presente trabajo, aunque sus resultados se dan aquí por supuestos. Como ya indicamos (apdo. 1.3.), incluyó flotaciones sistemáticas de sedimentos, obtención de restos antracológicos y secuencias paleopalinológicas en la excavación del poblado Gorny 1 (López García et alii, 1996), así como un intenso estudio arqueozoológico (Antipina, 1999). Los datos paleobotánicos se enriquecieron con secuencias polínicas apoyadas en dataciones de C14 en otros contextos arqueológicos (poblados Gorny 2 y Novenki) dentro del área de estudio, y secuencias de control en depósitos naturales dentro y fuera de la misma, hasta reunir un total de 11 secuencias. El principal objetivo del programa de investigaciones paleobotánicas fue potenciar al máximo la variabilidad de las secuencias paleopalinológicas disponibles, tanto en lo que se refiere a la localización de emplazamientos como a las condiciones específicas de formación del registro, combinando por ejemplo depósitos naturales y arqueológicos. No es menos importante el esfuerzo por controlar las condiciones de comparación entre secuencias mediante dataciones radiocarbónicas y control estratigráfico, y entre datos actuales y paleopalinológicos mediante criterios explícitos de muestreo y control de las condiciones tafonómicas. En las dos secciones siguientes se desarrollan los planteamientos de las etapas segunda y tercera de la investigación, en cuanto propuesta integral de aplicación de varias metodologías de modelización numérica a problemas de Arqueología del Paisaje. O experimental de los elementos considerados: "un paisaje (...) puede expresarse como un modelo matemático definido por la combinación lineal resultante de la combinación de todos sus elementos siendo dado cada elemento como un vector de factores" (Díaz Alvarez, 1984: 108). Aquí no nos proponemos modelizar la totalidad del paisaje, sino sólo aquellos de sus componentes que suponemos relevantes en la determinación de la variabilidad de la lluvia polínica y su fosilización. Son, en términos generales, tres: la distribución de la vegetación, la distribución de los suelos y la morfología topográfica del terreno. Cada uno de ellos puede ser cartografiado. Modelizarlos significa encontrar combinaciones de magnitudes mensurables que permitan dar cuenta del contenido de los mapas correspondientes como una matriz de datos según el modelo de la figura 6. En la topografía este paso resulta trivial: un mapa topográfico no es más que la representación gráfica de la combinación geométrica de tres variables (latitud, longitud y altitud). Su expresión factorial es un modelo digital del terreno (en adelante MDT) o matriz coordenada de los valores de estas tres dimensiones para todos los puntos de un territorio determinado. La vegetación o la edafología, sin embargo, no tienen una solución intuitivamente tan accesible. Aparentemente, la cartografía de la vegetación sólo es posible mediante la observación pormenorizada del terreno y el registro descriptivo de la localización de las distintas poblaciones y asociaciones vegetales. En realidad, sí existen factores mensurables comunes a todas las cubiertas vegetales, y que dependen de su naturaleza física. Como veremos con mayor detalle, todas las plantas fotosintéticas exhiben patrones característicos y específicos de absorción y reñexión de la radiación solar. Por lo tanto, bajo ciertas condiciones, la medición sistemática de la reflectancia de la superficie del terreno para determinadas regiones del espectro electromagnético, si fuera posible con el adecuado nivel de precisión, permitiría dar cuenta de la variabilidad específica de las cubiertas vegetales mediante una sola variable, o una combinación de un número limitado de ellas. Bajo esas condiciones, una matriz numérica de datos radiométricos de un territorio puede constituir una expresión factorial de la variabilidad de las cubiertas vegetales, representable analógicamente como un mapa de la vegetación..5 que tanto la información que se refiere a los factores geográficos y contextúales cuanto los datos botánicos propiamente dichos (una y otros procedentes en gran parte de observaciones sobre el terreno), esté espacialmente referenciada y sea integrable en lo que llamaremos unmodelo geométrico o cartográfico del paisaje. La tecnología GPS ofrece la posibilidad de verificar estos objetivos y ha sido aplicada sistemáticamente en todas las fases de la investigación: generación de datos para el MDT, georreferenciación de imágenes de satélite, elaboración de los modelos de muestreo, localización y control espacial del muestreo palinológico, trabajo de evaluación de la verdad terreno, y en general, control cartográfico de las observaciones de campo. La aplicación de la tecnología SIG a la modelización del paisaje no sólo tiene ventajas operativas, sino heurísdcas, al permitir visualizar fácilmente la estructura del modelo (Fig. 7). La representación de un elemento del paisaje en función de uno o varios factores consiste en la construcción de matrices de datos como se ve en la figura 6. Cada una de estas matrices puede ser analógicamente figurada igual que un mapa, y corresponde a una capa temática del SIG. El modelo factorial del paisaje, como totalidad, consiste pues en un conjunto coherente de mapas temáticos ajustados a un mismo espacio referencial que simboliza la matriz topológica, o modelo geométrico, del terreno en estudio. Este conjunto de mapas expresa gráficamente el modelo numérico, consistente en una matriz de tantas dimensiones como factores (capas). Como se ve en la figura 7, el modelo de Kargaly, en su estado actual de elaboración, se compone del citSídomodelo geométrico, y unmodelo radiométrico constituido a su vez por una serie de capas. Cada una se refiere a una matriz de datos radiométricos para todos los puntos de la superficie modelizada. Estas matrices resultan del procesamiento de datos obtenidos por el sensor TM del satélite Landsat 5, y corresponden a las distintas variables que dan cuenta del continuo vegetación-suelos (cft. infra). La matriz de datos del modelo representa el paisaje como una distribución multivariable de valores para cada punto del terreno modelizado. Cada uno de esos "puntos" corresponde a una celdilla de la matriz de datos, cuya combinación de valores define la especificidad de un espacio real del terreno en relación con las características modelizadas. Por ejemplo: "los valores específicos del modelo espectral en un punto de coordenadas x e y denotan que el terreno está ocupado por un cultivo de cereales sobre un suelo de tipo chernozem con un determinado grado de humedad; los valores del MDT para ese mismo punto denotan que está situado a z m de altitud, sobre una ladera de pendiente p y orientación de a grados". La forma como se verifica en la práctica esta función de representación depende de tres decisiones metodológicas: la delimitación del terreno que es el sustrato real de la representación, el tipo y número de variables seleccionadas y la escala del modelo. La primera de estas cuestiones depende de decisiones extemas al propio proceso de modelización conectadas con la delimitación teórica de los objetivos de investigación. En el presente caso, investigamos fenómenos que sólo son perceptibles a escala regional. En las secciones siguientes presentaremos las soluciones adoptadas en el Proyecto Kargaly y argumentaremos acerca de su adecuación al problema de referencia: la modelización estadística de los factores determinantes de la variabilidad de la lluvia polínica. Escala del modelo: resolución espacial y delimitación del territorio La escala de un modelo es el grado de simplificación existente entre éste y su referente real. En primera instancia, el término alude a las dimensiones espaciales, pero aquí se amplía a otras dimensiones de información (espectrales, botánicas, topográficas...). La escala, en los dos sentidos que acaban de apuntarse (espacial e informacional) depende de dos factores: la resolución o precisión y el tamaño o complejidad del referente. La resolución espacial es el tamaño de la porción de la superficie real modelizada que corresponde a la unidad mínima de información del modelo. 2) Obtener una representación significativa de la variabilidad regional del paisaje constituida por unidades completas y coherentes en su significado geográfico. El área general incluye cinco distritos mineros (de los 11 distinguidos por Chemykh, 1994: fig. 2) del cuadrante suroccidental del complejo de Kargaly, y es una representación significativa del paisaje regional (Fig. IC). Este está constituido básicamente por valles poco profundos excavados en la llanura por los ríos Kargalka, languiz y Salmisch que corren en dirección NO-SE para desembocar, en cotas de unos 100 msnm, en el Sakmara que, a su vez, lo hace en el Ural. Este sistema de drenaje está limitado hacia el Oeste por una dorsal de máximas elevaciones (>300 msnm) que recorre la región en dirección N-S, con un trazado ligeramente sinuoso, separando la cuenca del Ural, al Este de la del Volga al Oeste. El sistema de drenaje se articula a partir de esta divisoria de aguas como un conjunto de barrancos transversales que cortan los páramos interfluviales y desembocan en los cursos principales mencionados. Así pues, el conjunto del paisaje está definido por la alternancia de páramos interfluviales, barrancos y valles fluviales que descienden escalonadamente desde los 300 msnm a poco más de 100 msn en dirección 0-E. El área de trabajo ha sido delimitada para captar la integridad del drenaje del río Usolka. Los elementos del sistema se pueden distinguir claramente: la mitad meridional del área está ocupada por la cuenca de recepción del Usolka, que se apoya al Oeste y Sur directamente sobre la divisoria (Fig. 1, Lam. Luego toma dirección Norte para trazar una amplia curva hacia el Este, al encuentro del más caudaloso Kargalka, con el que confluye en el cuadrante NE del área. La divisoria de aguas recorre en dirección N-S su tercio occidental, por lo que todo el tercio central está ocupado por su ladera oriental, en la que se abren varios barrancos de dirección 0-E que desaguan en el Usolka. Por último, el cuadrante SE está ocupado por la llanura sobreelevada {sirt) que el Usolka rodea al describir su curva. Esta llanura, ligeramente basculada hacia el Oriente, no presenta barrancos sobre el Usolka, sino que desagua en dirección Este, directamente en el Kargalka, cuyo valle corre paralelo al primero en dirección Sur, ya fuera del área de trabajo. Por su variedad topográfica interna contiene la totalidad de las unidades de paisaje que caracterizan a Kargaly en su conjunto. Modelo geométrico o topográfico El modelo geométrico de Kargaly es la definición del área de estudio en cuanto espacio físico coordenado, en relación tanto a su posición global en la Tierra (georreferencia) como a la estructura interna de su matriz topográfica. El proceso de georreferenciación es fundamental, por cuanto establece las dimensiones básicas de la matriz de datos y permite coordenar todas las variables en un espacio homogéneo. En Kargaly, dicho proceso se vio afectado por las condiciones de trabajo (8). Como base cartográfica se utilizaron las series de mapas topográficos (9), de la región de Kargaly 1: 25.000, 1: 50.000 (escala de referencia) y 1:100.000, así como otros materiales cartográficos a escalas mayores de la región de Orenburg y la RF de Bashkiria. Desde 1942 la Unión Soviética estableció como elipsoide de referencia el de Krasovsky, con datum Púlkovo, y como sistema de coordenadas planas rectangulares el de Gauss-Krüger (proyección conforme). Al sistema se le denomina Sistema de Coordenadas 1942, tal y como aparece en la cartografía soviética. La transformación a este sistema desde WGS-84 no ofrece grandes complicaciones ya que los propios programas de cálculo incorporan los parámetros para realizarlo. Pero el problema fundamental proviene del hecho de que, como herencia de la "Guerra Fría", la cartografía militar soviética introdujo un sistema de distorsiones en la proyección que hacen imposible su uso en el proceso de georreferencia. Esto nos obligó a apoyar todo el proceso en observaciones GPS sobre el propio terreno en los puntos elegidos y, posteriormente, recurrir a una transformación plana por mínimos cuadrados entre las coordenadas obtenidas y las coordenadas mapa para poder superponer aquéllas sobre éstas. Para alcanzar el grado de precisión determinado por la escala elegida (<30 m) se empleó la técnica diferencial lo que, en las condiciones del área, planteó importantes problemas logísticos. En efecto, la inexistencia de bases comunitarias de GPS en la región requirió la instalación de una estación GPS permanente, generadora de las correcciones diferenciales necesarias para los receptores móviles. Como estación de referencia se empleó un receptor de 12 canales en Ll y código C/A alimentado por (8) Muchos desplazamientos debieron íiacerse a pie y sin poder acceder, en principio, a la cartografía que todavía allí se mantiene secreta. (9) Glavnoie Upravleniie Geodezii i Kartografii GGK SSSR. baterías y con apoyo fotovoltaico a base de paneles solares portátiles. Como receptores móviles se usaron receptores de código C/A y Ll de 6 canales. El uso de sistemas portátiles de alimentación fotovoltaica, determinado por la imposibilidad de acceder a otras fuentes de energía (red eléctrica), constituyó una interesante y positiva experiencia técnica (Lám. La mayor parte de los datos para la georreferencia del modelo se obtuvieron durante la campaña de 1997. La estación base de GPS se situó en el campamento de la expedición a unos 6.5 km al NO de Gorny 1. En este área se referenciaron mediante observaciones GPS 195 puntos, topográficamente identificables en la imagen Landsat TM y/o en la cartografía, incluyendo los vértices de la red geodésica rusa. La corrección geométrica de la imagen Landsat TM se hizo a partir de 45 de esos puntos. El conjunto de los datos permitió informar los algoritmos de transformación entre sistemas de coordenadas y corregir las distorsiones cartográficas para el área de trabajo. El ajuste de la corrección de la imagen Landsat TM fue evaluado mediante observaciones GPS y puede estimarse en <10 m. Una vez georreferenciada, el área general queda orientada sobre un eje NE/SO, como consecuencia de la inclinación de la órbita que describe el satélite Landsat 5 (Fig. 1B,C). Una vez georreferenciada el área general se generó el MDT del área de trabajo a partir de la información altimétrica de la cartografía 1: 50.000 (curvas de nivel y puntos acotados) (Fig. 8). Se procesaron algo más de 14 000 geodatos para crear una malla tridimensional de 30 m de paso. A partir de esta malla se calcularon las matrices dependientes y aspectos (orientación de las pendientes). La teledetección espacial ha permitido el uso de imágenes de satélite como soporte básico de un SIG en contexto arqueológico (Chapa et alii, 1998) y generar cartografías temáticas precisas a un coste relativamente bajo, a partir de los datos captados por sensores remotos desde plataformas orbitales. Esta posibilidad se fundamenta en la respuesta diferencial de las distintas coberturas de la superficie terrestre ante la radiación electromagnética procedente de la iluminación solar, que es absorbida o reflejada en función de la naturaleza físico-química y estado de las mismas. Cada tipo de cubierta presenta una respuesta espectral específica en cada una de las regiones del espectro electromagnético que puede ser registrada por los sensores remotos. Las imágenes de satélite contienen pues información sobre la distribución y variabilidad de todos aquellos factores geográficos que determinen pautas diferenciales en la reflectancia de la corteza terrestre. Llamamos modelo radiométrico de un paisaje a la estimación de la variabilidad espacial de un conjunto de factores geográficos establecida a partir del análisis de la variabilidad espectral del terreno. La cubierta vegetal, objetivo de nuestra investigación, representa además un caso típico de aplicación de la TD. Todos los organismos fotosintéticos contienen uno o más pigmentos capaces de absorber radiación en aquella parte del espectro visible responsable de las reacciones físico-químicas de la fotosíntesis. Así mientras la mayor parte de la energía recibida por las plantas fotosintéticas en las regiones del Rojo (0.63-0.69 |um) y del Azul (0.45-0.52 |im) es absorbida, por el contrario la radiación infrarroja próxima (0.76-0.90 )Lim) es reflejada en su mayor parte. Estas propiedades de reflexión y absorción dependen de dos factores básicos: la naturaleza de la planta (es decir, su identidad taxonómica) y su estado en cada momento del tiempo. Su absorción del rojo y azul, y la fuerte reflexión de infrarrojo próximo conforman, pues, la diferencia espectral de la respuesta de toda la vegetación y pueden usarse para la modelización de su distribución, características y estado. D'Antoni y Spanner (1993) usaron modelos radiométricos de la vegetación actual para la calibración de datos paleopalinológicos mediante un índi-ce Normalizado de Vegetación (desde ahora iVDW según sus siglas en inglés) calculado a partir de datos del satélite A/^ÍMA. Su fin era explicar la composición cualitativo/cuantitativa de espectros polínicos de la región de estudio. Aquí tratamos de desarrollar esta idea, intensificando la resolución tanto de los datos radiométricos cuanto de los datos botánicos incorporados al modelo. Las imágenes de satélite y los datos derivados de su procesamiento proporcionan una representación sintética de algunos factores físicos relevantes subyacentes en la variabilidad de la vegetación. Esa representación es susceptible de ser cuantificada y espacialmente referenciada en la forma de variables aleatorias que pueden usarse para caracterizar su naturaleza (composición) y estado (momento del ciclo vegetativo, densidad, vigor, etc.). Ese principio tiene dos posibles implicaciones para nuestros objetivos. Primero podemos suponer que la configuración del espectro polínico en un punto se relaciona con la naturaleza y estado de la vegetación de su entorno y, por lo tanto, con parte de las variables que los describen. De aquí se deriva la posibilidad de analizar las representaciones radiométricas de las cubiertas vegetales en términos de registro polínico. Así cabe pensar que la presencia de pólenes arbóreos depende no sólo de que haya formaciones forestales, sino de su densidad y extensión. Por lo tanto, en ausencia de otros factores debería guardar algún tipo de correlación con valores radiométricos específicos de las variaciones de verdor y humedad, dentro del rango espectral característico de las superficies arboladas. Esta posible relación puede ser investigada estadísticamente. En segundo lugar el análisis de las caracterizaciones espectrales de las cubiertas vegetales puede permitirnos cartografiar las formaciones que ocupan el paisaje y, por consiguiente, identificar en el espacio las fuentes emisoras de polen.De acuerdo con esto, las estrategias de explotación de los datos radiométricos en el proyecto Kargaly han sido, hasta el momento, dos: 1) generación y análisis de índices de vegetación; 2) aplicación de métodos de clasificación supervisada a la cartografía de asociaciones vegetales. La calidad del modelo y el planteamiento de los métodos de análisis dependen en gran parte de la selección de los datos, es decir, del tipo de imagen y la fecha de adquisición de la misma. Nos detendremos en ello antes de exponer estas estrategias. Se seleccionó atendiendo a las habituales precauciones técnicas respecto a la calidad de la imagen y la ausencia de coberturas nubosas y para: 1) maximizar la resolución espectral: la imagen del sensor TM (Tematic Mapper) consta de 7 bandas, tres en la región visible del espectro (Rojo, Verde, Azul) y cuatro en la infrarroja (IR próximo, dos en IR medio e IR térmico) (10). Es, pues, la mejor opción para la investigación sobre cubiertas vegetales; 2) ajustar la resolución espacial a una escala regional de trabajo: la imagen Lands at presenta, en principio, una relativamente pobre definición espacial (30 m). Sin embargo esta resolución se adapta perfectamente a las determinaciones de escala, dada la extensión del área de trabajo, la escala de referencia (1: 50.000) y la irrelevancia de los factores morfológicos a escalas menores. En cualquier caso estos se han caracterizado sobre el terreno durante la toma de muestras botánicas; 3) maximizar la posibilidad de aplicar herramientas normalizadas y comparar resultados: la ingente cantidad de trabajo científico sobre cubiertas vegetales desarrollada desde 1984 para los estándares dtLandsat TM ofrece amplias posibilidades comparativas y acceso a una gran cantidad de datos de referencia, técnicas de análisis y herramientas normalizadas. Esto facilita notablemente la tarea de interpretación. La selección de un fecha de adquisición correspondiente a una imagen otoñal se apoya en las observaciones preliminares sobre el terreno (campaña de 1994) buscaba: 1) optimizar las diferencias entre las firmas espectrales características de las distintas especies vegetales. En el comienzo del otoño las cubiertas forestales y formaciones esteparias presentan su máxima variedad cromática, debido tanto a las diferencias entre sus ciclos vegetativos como a su máxima sensibilidad a las condiciones ambientales en el final del mismo; 2) maximizar el acceso a la observación de los suelos: la región de Kargaly tiene grandes extensio- nes de suelo cultivado. En la época de adquisición de la imagen, la mayoría están prácticamente desnudas, como consecuencia de los ritmos del ciclo agrícola. Después de la última recolección, la mayor parte de los campos están siendo arados o están en barbecho. Ello ofrece la máxima diferencia posible entre suelos cultivados y formaciones de pradera y estepa (difíciles de distinguir en las épocas de crecimiento de los cultivos) y una extensa "ventana" de acceso a la distribución regional de las características edafológicas; 3) maximizar la cercanía entre la fecha de adquisición de los datos y la de las observaciones sistemáticas sobre el terreno, con objeto de facilitar el reconocimiento de cubiertas sensibles a la variación interanual. Obviamente, el manejo de una sola imagen (dictado por las reducidas posibilidades económicas del proyecto) plantea severas limitaciones a la investigación. La naturaleza y estado de las cubiertas vegetales varía a lo largo del ciclo anual, pero también se ve muy afectada por la variación interanual que, tal como hemos podido comprobar directamente, es intensa en una zona extremadamente continental, con grandes diferencias entre años secos y húmedos. Sin embargo para diseñar criterios de calibración más precisos, tanto de la variación interanual como de la anual, actualmente está en desarrollo la adquisición y análisis de una serie temporal amplia (series multiestacionales de varios años) de imágenes A/^QAA. Pese a su limitada resolución espacial (1 km) sus características espectrales permitirán comparaciones controladas con los datos TM para evaluar los cambios en los índices de vegetación dependientes de los ciclos de variación en las condiciones climáticas. El coste de adquisición de la imagen A^QAA es, por otra parte, muy reducido. Este proyecto de desarrollo de un método de calibración constituye en si mismo una línea de investigación abrierta, cuyos resultados se comunicarán en el futuro. Tratan de reducir a una sola dimensión la multidimensionalidad propia de las medidas multiespectrales. Básicamente, son combinaciones de bandas espectrales que, a partir de la respuesta espectral de una superficie, realzan la contribución de la vegetación y atenúan la de otros factores como el suelo, la iluminación, la atmósfera, etc. Se obtienen a partir de transformaciones ortogonales o se basan en cocientes de bandas. En el proyecto incorporamos índices de los dos tipos, puesto que la evaluación de las posibilidades de la TD es una de sus prioridades metodológicas. Además de explorar algunos otros, hemos trabajado con un índice de tipo cociente, el NDVI (Normalized Différencie Vegetation Index) y otro de tipo ortogonal, la transformación 'Tasseled Cap' (TC). Cocientes de bandas: el NDVI El uso de estos índices ofrece varias ventajas en nuestras condiciones de trabajo. Primero, son una buena ayuda para elaborar criterios de separación entre cubiertas vegetales lo que es necesario en Kargaly, donde la uniformidad de algunas de ellas proporciona valores de los niveles digitales (ND) muy similares en varias de las bandas. En segundo lugar, la topografía (en concreto las variables pendiente y orientación) produce gradientes de luminancia que son independientes de las cubiertas, al tiempo que este efecto de umbría afecta a todas las bandas del mismo modo. La ventaja considerable de los cocientes es que el resultado es independiente de la irradiancia incidente de modo que sólo la reflectancia de la cubierta concreta se verá representada en el índice. Desde un punto de vista riguroso, estos cocientes deberían calcularse a partir de las reflectancias y no desde los niveles digitales, básicamente porque la dispersión atmosférica tiene un comportamiento diferencial en los distintos canales. En nuestro caso consideramos perfectamente válido nuestro modo de proceder porque no necesitamos interpretar físicamente los resultados, sino compararlos de forma relativa. Hemos manejado algunos índices de vegetación basados en la combinación de bandas del visible y del IRp que, por otra parte, también son los más usados. Finalmente, siguiendo las propuestas citadas de D'Antoni y Spanner (1993) nos decantamos por utilizar como herramienta principal el cálculo del NDVI (Fig. 9) que permite una buena comparación e interpretación de los resultados, al tiempo que está bastante extendido tanto en términos generales, como en investigaciones similares a la que llevamos a cabo. La curva de reflectancia de las hojas de todas las plantas es muy parecida en las regiones del visible y el Irp. En el visible (0.4-0.7 ¡xm) la reflectancia es pequeña (alrededor del 10%). Los pigmentos absorben la mayor parte de la radiación. Son mayoría las clorofilas a y b que tienen dos bandas de absorción, una en el Azul y otra en el Rojo. Como los pigmentos y la celulosa de las hojas son transparentes a la radiación en el IRp (0.7-1.3 |Lim), la absortancia de la hoja es muy baja y prácticamente toda la radiación es reflejada o transmitida: la reflectancia alcanza valores que rondan el 50%. Esta magnitud depende en su mayor parte de la estructura de la hoja y del estado fenológico de la misma. Fuera de los estados extremos, juventud y senescencia, las propiedades de las hojas de plantas anuales permanecen constantes. A su vez,, la presencia de agua tiene su mejor indicador en la banda del Infrarrojo medio (IRm), donde se localizan bandas de absorción importantes pero también se manifiesta en el visible y el Irp. Así, una disminución del contenido de agua produce un incremento en su reflectancia. En definitiva, cualquier cambio en las condiciones de las plantas lleva a cambios détectables en las diferentes longitudes de onda. Por lo tanto, el NDVI da cuenta de la situación de la cubierta terrestre respecto a la localización y situación de la vegetación. Así sólo los valores positivos del intervalo de existencia del índice se corresponden con zonas de vegetación. Los valores negativos, generados por la mayor reflectancia en el visible que en el IRp, pertenecerán a zonas de suelo desnudo, superficies rocosas o agua, siempre desprovistas de cobertura vegetal. Al mismo tiempo el índice, a partir de las características que hemos visto anteriormente, proporciona una clave de la estructura y situación de la vegetación. Este tipo de índices se calcula mediante giros del espacio bidimensional que forman las bandas del IRp y el R. Se persigue que uno de los ejes se oriente con referencia a la línea de suelos (la más próxima al eje R) quedando el otro perpendicular al anterior. Entre ellos están elPerpendicularVegetation Index (PVI) (Richardson y Wiegand, 1977) extensión a un espacio multidimensional o Green-Vegetation Index, cuyo ejemplo es la citada transformación Tasseled Cap. La TC, desarrollada por R. J. Kauth y G. Thomas (1976), es una transformación global del mismo tipo que los Componentes Principales pero con un carácter más general. Su principal ventaja sobre el resto de los índices es que proporciona unos resultados con significación física precisa. Su procedimiento de obtención se basa en la evolución espectral de los cultivos durante su desarrollo vegetativo. Debe su nombre a la forma en gorrito con borla {tasseled cap) que adquiere la representación en un espacio tridimensional de la nube de puntos expresiva de los diferentes estadios de los cultivos. En esencia lo que los autores de la TC pretendían era buscar unos ejes de variación que maximizaran el comportamiento de los cultivos para distinguir-los mejor del suelo desnudo. Esto se realizaba mediante la combinación lineal de las bandas del sensor MSS que, de ese modo, definía cuatro nuevos ejes muy correlacionados con las variables que formaba la nube de puntos del desarrollo vegetativo. Las cuatro bandas que se conseguían eran brillo, verdor, amarillez y no-tal {non-such). Este último eje daba cuenta de la varianza en los niveles del brillo no atribuible ni a los suelos ni a la vegetación. En nuestro caso hemos realizado esta transformación a partir de la matriz de coeficientes adaptada a las bandas del sensor TM. Esta variación permite la definición de tres bandas nuevas: brillo, verdor y humedad. En este nuevo espacio vectorial se pueden distinguir ya tres planos: a) el de l3.vegetación: formado por el eje brillo y el eje verdor, b) el de los suelos: formado por brillo y humedad y c) un plano de transición: formado por el verdor y la humedad. T. P., 57, n." 1,2000 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es 2.4.4. Clasificación supervisada: el 'mapa forestal de Kargaly' (Fig. 8) La clasiñcación de la imagen ha ido dirigida, hasta el momento, casi en su totalidad a explorar la posibilidad de separar la clase formación forestal por su importancia esencial en toda la investigación. De los dos métodos que existen en clasificación digital de imágenes nos hemos decantado por t\ supervisado. Este método ha orientado un intensivo trabajo de campo para definir claramente las clases a evaluar en el apartado forestal. Como resultado provisional de este proceso se presenta un mapa forestal simplificado cuya leyenda consta de dos categorías: bosques con y sin presencia de abedules (cft. p. Antes de la clasificación se estudió la capacidad de discriminación de las categorías que aventuramos como clases espectrales. El método elegido, básico enTD, consiste en la representación gráfica de los niveles digitales de las categorías de la leyenda para cada banda espectral. Estos gráficos se conocen como diagramas de firmas espectrales y dan una idea de si las clases están bien definidas o hacen necesaria una generalización debido a la mala discriminación de cubiertas. El trabajo propio de clasificación se inicia fijando en la escena TM una serie de áreas de entrenamiento cuya adscripción a una de las clases de la leyenda (en nuestro caso bosques con y sin abedules) se conoce. De este modo se precisan las variables que conforman matemáticamente la clase (11), las cuales serán utilizadas en la fase de asignación de cada pixel a su correspondiente clase (12). La etapa de definición de las áreas de entrenamiento ha sido la más delicada. Primero se necesita que los píxeles sean homogéneos, esto es, no haya píxeles correspondientes a más de una clase. Esta tarea es complicada en la zona de estudio por las propias características de las formaciones boscosas, bosques riparios, muy estrechos y formados por gran variedad de especies. En segundo lugar, la variabilidad en el interior de las clases hizo necesaria más de un área de entrenamiento. En cualquier caso, como la clasificación exigía gran precisión se tomaron entre 10 y 100 píxeles por clase y banda. En definitiva, las cubiertas a clasificar impusieron la elección de áreas de entrenamiento de pequeño tamaño pero distribuidas por toda la zona, lo que a la postre resulta ser teóricamente más provecho-(11) El vector de medias y la matriz de covarianzas de cada una de las áreas. (12) Evidentemente se supone normalidad para las clases. Finalmente, ya clasificada la cubierta forestal, se digitalizó vectorialmente para que su manejo fuera más sencillo y rápido. El modelo factorial de Kargaly Recapitulando esta sección, tenemos que el modelo radiométrico de las cubiertas vegetales de Kargaly está constituido primariamente por dos matrices de datos derivados del procesamiento de 6 de las bandas de una imagtn Landsat 5 TM. Estas dos matrices {NDVI y Tasseled Cap) consisten en datos coordenados sobre el valor correspondiente de cada índice de vegetación para cada unidad de información de la imagen (pixel), es decir, para cada unidad de 30 X 30 m de la superficie del área de trabajo. Las matrices de datos constituyen en si mismas el registro de variables aleatorias medidas a nivel de intervalo,.pero pueden ser representadas de forma analógica como imágenes (de tipo raster) integrables como "capas" del SIG. Esta técnica permite su análisis mediante técnicas SIG, con objeto de establecer las diferencias estadísticas entre las distribuciones de sus valores en áreas específicas del terreno. El NDVI es una sola banda, correspondiente a una matriz de dos dimensiones que puede ser tratada como una única variable (Fig. 9). Por su parte, la transformación TC consta de tres bandas que pueden tratarse independientemente. Es una matriz de 5 dimensiones que da lugar a tres imágenes diferentes. El modelo radiométrico analógico de Kargaly consta pues de cuatro capas (Fig. 7). A ellas hay que añadir las capas resultantes de procesos de clasificación, como el que da lugar al "mapa forestal". Ya adelantamos la doble estrategia de análisis de esta masa de datos: 1) Análisis estadístico: las distintas bandas se tratan como variables aleatorias, relacionando los parámetros de su distribución en diferentes áreas, delimitadas por criterios que se exponen más abajo, con las magnitudes de los diferentes componentes del registro polínico. 2) Clasificación: la elaboración de mapas de las formaciones vegetales a partir de la clasificación de los índices y su corrección con observaciones directas de la verdad terreno da lugar a nuevas variables de análisis. Un ejemplo típico son losmapas de distancias creados a partir del mapa forestal para investigar la influencia de los factores de dispersión del polen arbóreo en la formación de los registros polínicos (Fig. 10). En cualquier caso, este modelo contiene datos de gran riqueza y accesibilidad operativa sobre la caracterización de las cubiertas vegetales de Kargaly. Su superposición al modelo geométrico permite analizar conjuntamente la variabilidad de la vegetación con los factores topográficos ya citados. Nuestro modelo consiste, finalmente, en una matriz de 9 dimensiones (7 variables mas latitud y longitud), cada uno de cuyos elementos representa una superficie ñ'sica de 30 x 30 m, de la que conocemos: 1) la altitud (en msnm Báltico), 2) la pendiente (en grados en sentido vertical), 3) el aspecto u orientación de la pendiente (en grados en sentido horizontal), 4) el valor áolNDVI (en niveles digitales), 5) el valor del índice de humedad de la transformación TC (en niveles digitales), 6) el valor del índice de verdor de la transformación TC (en niveles digitales), 7) el valor del índice de suelos de la transformación TC (en niveles digitales). En principio, cada una de estas matrices representa un factor estructural del paisaje. Su consideración conjunta nos proporciona una imagen analítica de la variación en el espacio de las cubiertas vegetales a partir tanto de la localización de sus distintas formaciones cuanto de la relación entre sus características físicas más relevantes y los factores topográficos. Así pues, en primera instancia, el modelo es útil para comprender la estructura de relaciones de estos factores en la configuración de la distribución de la vegetación a escala regional. MODELO DE LA LLUVIA POLÍNICA DE KARGALY El objeto de la modelización no son, en primera instancia, los espectros polínicos en si mismos, sino sus condiciones de formación. El término "lluvia polínica" designa, pues, el registro polínico de un punto dado y los valores de un conjunto de variables en torno a ese punto en una fracción de territorio definida como "unidad de muestreo" (desde ahora UM). La selección de un número representativo y probabilísticamente significativo de UMs distribuidas por el área de trabajo va acompañada de su caracterización palinológica y contextual. Esta caracterización incluye: 1) obtención de, al menos, un espectro polínico a partir de sedimentos superficiales en un punto situado aproximadamente en el centro de la UM, determinado por el modelo de muestreo; 2) toma, en su caso, de muestras palinológicas adicionales en puntos distintos al centro de cada UM donde se localicen formaciones vegetales con potencial interés botánico e incidencia en la formación del registro polínico; 3) inventario florístico de parcelas testigo en torno a los puntos de muestreo; 4) información de variables de contextualización para cada punto de muestreo referidas a sus condiciones topográficas y sedimentológicas; 5) descripción de la verdad terreno de cada UM en relación con la interpretación de la variables radiométricas. Este proceso de investigación da lugar, por una parte a una interpretación empírica del modelo del paisaje en términos de verdad terreno, y por otra a un conjunto ordenado y contextualizado de registros polínicos. Estos, una vez integrados con los datos paleopalinológicos y con secuencias de control obtenidas dentro del área de trabajo y en su exterior, constituyen la tabla de datos palinológicos que será el objeto principal de análisis. El modelo de la lluvia polínica queda definido, pues, como una matriz de datos en la que cada UM aparece caracterizada por su espectro polínico, representado por la distribución de frecuencias de los distintos palinomorfos identificados en el sedimento, y un conjunto de variables de contextualización. Esta matriz se integra con el modelo factorial del paisaje, mediante su incorporación al SIG como una nube de puntos con atributos. De esta manera es posible calcular los valores de las variables del modelo factorial para cada punto del muestreo palinológico. La tabla de datos resultante constituye el modelo experimental del problema, susceptible de ser analizado como una matriz de covarianzas entre las distribuciones de los datos palinológicos referenciados espacial y cronológicamente y las de las variables topográficas, radiométricas y contextúales. El alcance de estos datos en relación con la formación del registro polínico a escala local que se trata de investigar depende de decisiones metodológicas en tres planos: 1) definición de las UM; 2) tamaño de la muestra y selección de las localizaciones de las UM muestreadas; 3) criterios específicos del muestreo palinológico. Las dos primeras cuestiones atañen al modelo de muestreo adoptado. El tamaño y forma de las UM determina, en cierto modo la "resolución" del modelo. La decisión a ese respecto está en función de criterios palinológicos que se discuten en la sección 3.2.1. Una vez definidas las UM queda por decidir cuántas y cuáles son necesarias para representar adecuadamente la variabilidad regional lo que, en los términos en los que se plantea la investigación, es un problema estadístico. La tercera cuestión se refiere tanto a los criterios técnicos de obtención de los registros polínicos como a los criterios botánicos de organización e interpretación de los datos palinológicos y contextúales. El principal problema es la homogeneidad de los datos botánicos actuales y los procedentes de secuencias paleopalinológicas. Definición de las unidades de muestreo El principal factor que determina la formación de los registros polínicos es la distribución de la vegetación en torno al punto en el que esta es observada. Este factor se puede descomponer a su vez en otros dos: los mecanismos específicos de dispersión polínica de cada tipo de planta y su localización en el espacio. El criterio para la definición de UM debe atender, en nuestro caso, a facilitar el control de este último factor. Los estudios de lluvia polínica nos permiten concebir el tipo y rango de dispersión de cada palinomorfo a partir, fundamentalmente, de la presencia actual de ciertos taxones en una determinada zona, así como de sus porcentajes en los diagramas polínicosH: orrespondientes. A tales efectos, Janssen (1966) estableció cuatro categorías de palinomorfos en función de la distancia de procedencia de su polen o espora respecto al punto de muestreo: 1) extra-local: palinomorfos procedentes de taxones in situ sobre el propio punto de muestreo y que, por lo tanto, suelen aparecer sobrerrepresentados en los espectros polínicos. Se tiende a excluirlos de la suma base polínica. 2) local: palinomorfos cuyo emisor dista 10-20 m del punto de muestreo. Por regla general formarán parte de las formaciones vegetales propias de la zona muestreada, sin tener por ello que estar sobre-rrepresentados. Sin embargo son igualmente excluibles de la suma base polínica. 3) regional: palinomorfos procedentes de taxones cuyo rango de implantación dista mas de 20 m. Los palinomorfos "regionales" podrían formar parte del paisaje de la zona de muestreo o no, pero en cualquier caso sí se encontrarían en la región estudiada. 4) extra-regional: palinomorfos cuyo aporte espoxo-poljúttico es totalmente alóctono. Se encuentran incluso en habitats diferentes a los de la región estudiada, localizados a varios kilómetros de distancia. En Kargaly, serían extra-regionales los palinomorfos procedentes de los pinares del Sur de los Urales o Kazajstán, habitats completamente diferentes del estepario, distantes entre 200 y 300 km. Esta categorización permite definir un modelo geométrico sencillo de zonas concéntricas a partir del cual puede racionalizarse tanto el trabajo de campo como la interpretación de los datos palinológicos y los índices de vegetación. Con objeto de articularlo se definieron las UM como cuadrados de 500 m de lado dentro de una retícula que cubre toda el área de trabajo (Figs. Esta división del territorio en unidades regulares tiene importantes consecuencias metodológicas. Permite normalizar la observación de los efectos de extra-localidad y localidad mediante la realización de inventarios florísticos en áreas circulares de 250 y 10 m de radio inscritas en cada UM. Por su parte, gracias a la regularidad del esquema de muestreo, se podrá generalizar estas observaciones al nivel de los efectos local-regional-extrarregionaU así como incorporar muestras adicionales, con objeto de controlar la influencia de formaciones singulares de vegetación, o discontinuidades relevantes en la configuración paisajística de la UM. h2ipoblación objeto de muestreo queda definida como un conjunto de 546 UMs. Esto predetermina a su vez los puntos del territorio que pueden ser objeto de muestreo palinológico que, en teoría, se reducirían a los centros geométricos de las unidades (sin tener en cuenta las muestras selectivas). La localización efectiva de cada uno de estos puntos depende de los criterios de construcción del sistema de referencias. En Kargaly, la retícula se definió tomando como centro Gorny 1, de forma que la delimitación de unidades resulta totalmente independiente de la distribución de las características observadas. El conjunto de los centros de sus 546 celdillas constituye en si mismo un modelo de maestreo sistemático del territorio. Este tipo de muestreo es idóneo para la distribución de características naturales en el espacio (Cochran, 1978: 284 y ss.). Sin embargo las limitaciones presupuestarias del proyecto hacían imposible adoptar esta estrategia, por lo que se optó por el modelo de muestreo aleatorio, que se presenta en la siguiente sección. Una vez definida la UM como unidad de información, la estrategia de muestreo debe resolver cuántas y cuáles de ellas deben ser seleccionadas para obtener una aproximación razonable a la "variabilidad natural" de la población. Subrayamos que, en las condiciones normales de una investigación real, las decisiones sobre el modelo de muestreo deben contar siempre con los medios materiales disponibles y tratar de distribuir las opciones de forma óptima de acuerdo a los objetivos de la investigación. De hecho, las decisiones sobre el tamaño de la muestra están dadas como un factor más del problema y configuran un caso típico de "asignación óptima para un tamaño de muestra fijo" (Cochran, 1978:138). En el proyecto Kargaly pudimos asumir la toma de unas 50 muestras palinológicas dentro de este experimento. La "variabilidad natural" de la población investigada está definida en nuestro modelo por un conjunto de variables que miden la distribución de aquellas características del territorio relevantes para el problema de referencia. El criterio fundamental de muestreo es que represente adecuadamente la distribución de estas variables en el conjunto del territorio. En principio este criterio puede satisfacerse por medio de un muestreo aleatorio simple. Sin embargo, dado que debemos contar con un tamaño muestral fijo, predeterminado por el coste de las observaciones y los recursos disponibles, y conocemos la distribución de estas características en la población estudiada, optamos por un modelo de muestreo aleatorio estratificado (Cochran, 1978: cada estrato se determinó por el método de "asignación proporcional del tamaño de las muestras" (Cochran, 1978:129 y ss.) con el objetivo de alcanzar fracciones muéstrales del 20% para cada estrato. Finalmente se seleccionaron al azar 36 UM en el área de Gomy y 19 en la de Novenki. El total de 55 unidades resultante supone una fracción muestral del 10% para el caso de un muestreo en una sola etapa. La precisión ganada al estratificar la muestra puede evaluarse comparando sus resultados con los de un muestreo aleatorio simple de toda el área de trabajo, lo que se realiza fácilmente simulando sobre el SIG las distintas hipótesis de muestreo. Así, podemos comparar la precisión de los modelos de muestreo tomando una variable, por ejemplo, la altitud, y comparando los errores típicos de su media para las distintas hipótesis: -Muestreo sistemático (n=546) = 2.607 -Muestreo aleatorio simple (n=55) = 5.555 -Muestreo aleatorio estratificado (n=55) = 3.931 El modelo elegido representa un término intermedio entre el caso óptimo (e inviable) de un muestreo sistemático con una fracción muestral del 100% y un muestreo aleatorio en una etapa con el tamaño muestral predeterminado por el coste. Este efecto se debe al hecho de que los criterios de estratificación han minimizado la varianza interna de los estratos. Podemos decir por lo tanto que, consideradas las limitaciones externas fijadas por el coste, el modelo adoptado resulta el más eficiente posible. Con objeto de transformar el modelo de muestreo escogido en un plan de trabajo de campo se generaron varias muestras aleatorias (probabilísticamente equivalentes) para cada área de muestreo y se compararon entre si atendiendo a dos criterios: 1) representación ponderada de todas las unidades de paisaje: se escogen los muéstreos con menor índice de concentración de puntos, es decir, los más homogéneamente distribuidos dentro de cada zona; 2) minimizar el coste de obtención de muestras: se opta por muéstreos que permitan recorridos de campo más fáciles y programables en función del número de jornadas y de su articulación con los escasos medios de transporte disponibles. Las dos series de UM escogidas finalmente representan un compromiso entre estos dos criterios. Después se calcularon las coordenadas precisas de sus centros, definidos comopunto óptimo de muestreo. Estos datos permitieron su localización sobre el campo aplicando técnicas de navegación con GPS. Sin embargo la localización final de los puntos efectivamente muestreados fue modificada en ocasiones por criterios de coherencia botánica (apdo. 3.3.2.1.). Estas modificaciones no sobrepasan el ámbito de error medio de la determinación por GPS, que puede aproximarse a unos 100 m antes de la corrección diferencial (13). Este error se asume en el trabajo de campo ante la imposibilidad de aplicar tecnologías de corrección en tiempo real a la navegación. Ahora bien, una vez elegido el punto efectivo de muestreo su posición fue determinada con corrección diferencial, con objeto de reajustar el modelo espacial de muestreo. Una vez ajustado se pudo comprobar que la desviación media entre puntos programados y efectivos no excede de los 20 m para el conjunto del área (excluidos los desplazados atendiendo a criterios de coherencia palinológica). Tras situar cada "punto efectivo de muestreo" se tomaron muestras palinológicas y realizaron inventarios florísticos, documentación fotográfica y descripción de la correspondiente UM. Como ya se ha dicho, este proceso aconsejó en determinadas ocasiones la obtención de muestras palinológicas adicionales, con el fin de controlar el efecto palinológico de singularidades del paisaje. Estas muestras se documentaron de la misma forma que las incluidas en el muestreo aleatorio, pero se consideran una serie diferente {muestras selectivas). Todos estos trabajos se llevaron a cabo en la campaña de campo de agosto de 1998. Se documentaron un total de 60 UM, de las cuales 55 corresponden al muestreo regular (36 del área de Gomy y 19 de la de Novenki), 4 a muestras de polen selectivas adicionales en dos de las UM de dicho muestreo y 5 al muestreo selectivo al margen de aquel. Esto supone un total de 64 puntos de muestreo palinológico. Una vez discutidos los criterios de muestreo y caracterización de las UMs, así como las líneas (13) El sistema de distorsión conocido como "disponibilidad selectiva", responsable de este error, fue suprimido por el gobierno de los Estados Unidos de América en l-V-2000. generales de su aplicación, hay que dar cuenta de los criterios específicamente palinológicos. Como se sabe, el núcleo del experimento es la constitución de una tabla de datos palinológicos representativos de la lluvia polínica actual, que serán comparados con el cuerpo de datos paleopalinológicos generados en las intervenciones arqueológicas realizadas dentro del proyecto. Algunos problemas metodológicos e interpretativos a ese respecto proceden de las probables diferencias tafonómicas sistemáticas entre muestras superficiales y paleopalinológicas (apdo. 3.1.). La hipótesis metodológica general es que la comparación entre datos palinológicos actuales y arqueológicos requiere que tanto los métodos de obtención de las muestras como los de su procesamiento para extraer el registro polínico sean homogéneos. Esta homogeneidad metodológica permite controlar la variabilidad tafonómica e incorporarla al modelo, separándola de la variabilidad específicamente producida por los factores paisajísticos. En esta sección se discuten los criterios a los que ha dado lugar esta hipótesis y su aplicación a la obtención de los 64 espectros polínicos que, junto con el resto de los datos que caracterizan a las UMs, constituyen el modelo de la lluvia polínica actual de Kargaly. Estos criterios se refieren al método de extracción de los sedimentos superficiales, a la localización exacta del punto en la que se practicó en cada caso y al registro de sus condiciones contextúales específicas de relevancia tafonómica. Metodología de obtención de los espectros polínicos Los estudios de lluvia polínica actual se suelen basar en dos tipos principales de recolección: mediante captadores especiales o mediante la toma de muestras de musgos. En el primer caso, se obtiene una medida de la lluvia polínica del año en curso. La necesidad de comparar nuestros datos palinológicos actuales con muestras procedentes de sedimentos arqueológicos excluye esta opción por dos razones: 1) las muestras paleopalinológicas de sedimentos representan el resultado acumulado de periodos de tiempo indeterminados, aunque en cualquier caso prolongados; 2) no es posible comparar muestras de polen fósil y actual sin asumir fuertes sesgos en varios aspectos relevantes de la comparación, tanto tafo-nómicos (por ejemplo, conservación diferencial del polen) como taxonómicos (criterios de identificación). Los musgos, como captadores naturales, serían más adecuados para nuestro marco comparativo. gráfico, como sus cualidades en la captación de polen y sus efectos en la conservación del mismo, pueden considerarse homogéneas para cada tipo de suelo presente en el área de trabajo. Por lo tanto pueden controlarse los sesgos producidos por la naturaleza de los sedimentos mediante algunas variables clasiñcatorias, no necesariamente muy complejas. Ahora bien, todas estas reflexiones resultan pertinentes sólo si podemos asumir que tomamos muestras de suelos naturales formados a lo largo de un proceso continuo y no alterados por remociones profundas que hayan modificado su estructura. Esto no puede suponerse para los terrenos cultivados recientemente que tienen un peso abrumador en el paisaje actual de Kargaly. Por lo tanto, el control de los sesgos tafonómicos en la muestra debe considerar dos posibles fuentes de variabilidad: la dicotomía suelos naturales / suelos cultivados y la variabilidad edafológica. Los problemas que ambas plantean han sido resueltos mediante criterios de decisión específicos durante el proceso de muestreo y la creación de variables de contextualización, tal como se discute a continuación. Tratamiento de la dicotomía suelos naturales /suelos cultivados El paisaje actual de Kargaly está profundamente modificado por las condiciones creadas por la colonización agrícola soviética de la zona, que sustituye con un paisaje agrario socialista el anterior paisaje minero resultante de la explotación de los recursos cupríferos entre mediados del siglo XVIII AC y principios del siglo XX AC. Este proceso de sustitución se consolida a principios de los años 50: las ediciones cartográficas de 1957 muestran el mismo sistema actual de parcelación y la red de caminos y asentamientos. La agricultura en la región está ampliamente mecanizada. Esto significa que los terrenos de cultivo son la mezcla de un amplio paquete estratigráfico que en ocasiones puede involucrar a toda la serie edafológica desde la roca de base. Esta situación afecta a casi un 60% de la superficie total del área de trabajo. Por lo tanto, es inevitable que una proporción similar de los puntos de muestreo programados estén situados en este tipo de terrenos. Efectivamente, 33 de los 55 puntos lo están, lo que supone exactamente un 60% de la muestra. Aceptar las condiciones del muestreo en lo que se refiere al peso relativo de los suelos alterados implica una pérdida de información. Sin embargo, desde la lógica de los objetivos del experimento, la comparación entre muestras procedentes de campos de cultivo y de suelos naturales retiene información de gran interés, al permitir identificar pautas de formación del registro polínico diferenciadas en los suelos cultivados y naturales. Estos patrones pueden tener valor prospectivo en la identificación de las condiciones tafonómicas de muestras paleopalinológicas. Ahora bien, atendiendo al significado propiamente paisajístico de los datos palinológicos, y dada la limitación del tamaño de la muestra, el número de observaciones en terreno cultivado representa efectivamente una pérdida de información, en la medida en que supone escindir la muestra en dos series de datos tafonómicamente incompatibles. Las decisiones adoptadas en el curso de la investigación trataron de (1) minimizar el efecto de esta contradicción, planteando un compromiso equilibrado entre los distintos objetivos del experimento y sin alterar las condiciones del muestreo (básicamente el carácter aleatorio de la selección de puntos) y (2) controlar los sesgos tafonómicos mediante su incorporación al modelo en la forma de una variable de control. Esta última se informó atendiendo a los distintos contextos posibles de muestreo, que se agruparon de acuerdo al grado de alteración de las condiciones naturales de formación de suelo. Se consideraron "suelos naturales" aquellos sin trazas de alteración. Dentro de ellos se distinguieron dos variedades contextúales: praderas naturales (incluyendo todas las variedades esteparias) y bosques (incluyendo las formaciones riparias). Los "suelos alterados" se agruparon en dos categorías. Por un lado aquellos terrenos en los que los usos del suelo no implican remociones profundas que puedan haber alterado la estructura sedimentaria: pastos y zonas de paso de ganado, áreas mineras, áreas de ocupación humana y bordes de cultivo (se sobreentiende que en estas zonas se seleccionaron emplazamientos de muestreo que ofrecieran garantías de estabilidad edafológica). Por otro, se clasificaron como "cultivos" los emplazamientos con evidencias de remociones profundas del terreno por uso de máquinas agrícolas, tanto en el presente como en los últimos 50 años. Esto incluye, por lo tanto, los campos labrados en la actuali- dad, pero también los barbechos y las parcelas abandonadas, aunque hayan sido ocupadas por vegetación esteparia "natural". La categorización de los contextos de muestreo permitió analizar el modelo muestral y ajustar las decisiones a los objetivos sin alterar las condiciones generales del muestreo. Para ello se utilizaron dos sistemas: ajustes a pequeña escala en la localización de los puntos efectivos de muestreo y obtención de muestras selectivas. En el primer caso el objetivo era doble: por un lado, evitar la sobrerrepresentación de los terrenos removidos; por otro obtener un perfil, tafonómicamente compatible con la serie principal de datos, de la formación de registro polínico en el interior de las unidades de cultivo. En efecto, debe tenerse en cuenta que los campos de cultivo, en cuanto unidades de paisaje, contienen otros elementos además de las superficies labradas: lindes, caminos y áreas de reserva. En Kargaly estas últimas están frecuentemente en conexión con la presencia de labores mineras que hacen imposible el uso de máquinas agrícolas pesadas. En cierto sentido, la caracterización palinológica de los campos cultivados como unidad de paisaje requeriría el análisis de esta variabilidad interna. De cualquier modo, ni siquiera en el interior de las UM cultivadas en su totalidad (un 36% para el conjunto de las dos áreas de muestreo) todos los puntos posibles de muestreo corresponden a suelo efectivamente cultivado, aunque la probabilidad de que así sea es abrumadoramente más alta que cualquier otra opción. Como se ha dicho, 33 de las 55 muestras programadas (60%) se localizaban directamente sobre terreno cultivado. Sin embargo, en 11 ocasiones, pequeños desplazamientos, en todo caso inferiores al error medio de navegación asumido en el proceso de localización, permitían elegir emplazamientos sobre suelos estables dentro de unidades totalmente cultivadas. En tales casos se decidió descartar el punto programado, reduciendo así el peso global de los suelos de cultivo en el muestreo, sin alterar sus condiciones generales de representación global en cuanto unidades de paisaje. Esta representación queda desdoblada en dos series de muestras independientes y con condiciones tafonómicas diferentes. Las 11 muestras "desplazadas" se integran por su parte en las categorías correspondientes, particularmente "borde de cultivo" y "áreas mineras". Por último, 4 de las 9 muestras selectivas se obtuvieron en suelos en el interior de formaciones forestales. Estos puntos faltaban en el muestreo programado, si bien 6 de ellos (10.9%) se localizaban a menos de 100 m de un bosque. Tratamiento de la variabilidad edafológica La variabilidad específicamente edafológica de los sedimentos, en cuanto factor determinante de la formación del registro polínico, es en parte independiente de la dicotomía examinada en la sección anterior. Si bien los cultivos tienden a localizarse en suelos especialmente aptos, el carácter extensivo y mecanizado de la agricultura moderna de Kargaly y la relativa homogeneidad de los suelos de la región, hacen irrelevante esta tendencia. A efectos del control de este factor en el modelo consideraremos dos dimensiones básicas de varialidad en la naturaleza de los suelos, sean estos cultivados o no: la clasificación edafológica general y el grado de humedad edáfica. La distribución de los suelos en la región de Kargaly es muy homogénea, como corresponde en general a las estepas euroasiáticas, con un predominio absoluto de los suelos tipo chernozem, sólo alterado por los escasos afloramientos de sustratos arcillosos y de descomposición de las areniscas de base. A partir de las observaciones in situ se pudo establecer que la totalidad de las muestras superficiales se distribuye en dos categorías edáficas: chernozem (86%) y suelos subarcillosos (14%). La humedad edáfica es un factor adicional relevante, que puede determinar variaciones en el comportamiento de cada tipo de suelo en relación con la captación y conservación de polen. La humedad edáfica puede ser controlada también a partir de las observaciones in situ y el análisis de los propios espectros polínicos, evaluando la presencia de hidro-higrófitos en los mismos. Atendiendo a este último criterio se construyó una escala de 4 grados: alta, media, baja y nula. Su combinación con la que recoge los tipos de suelo da lugar a 8 variantes edáficas, de las cuales sólo 7 están representadas en el muestreo superficial. Ahora bien, dado el intenso grado de antropización del paisaje kargaliense, la naturaleza del suelo no es el único factor que debe ser considerado. Además de la destrucción de la estructura natural de los suelos ocasionada por su remoción (cft. sección anterior), ahora tendremos en cuenta los efectos de la acción humana en relación con la composición T. R,57, n.M,2000 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es química del suelo. Las actividades ganaderas o, en general, la presencia humana intensa (por ejemplo en áreas de ocupación antigua o reciente) puede alterar drásticamente la composición de los suelos naturales (por ejemplo mediante amplios aportes de nitrógeno). Estas posibles fuentes de variación se pueden recoger igualmente mediante combinaciones de variables ordinales establecidas a partir de los inventarios florísticos, atendiendo a la proporción del recubrimiento de nitrófilas (indicativas en general de actividades antrópicas) y de ruderales y otros indicadores de actividad ganadera. De esta manera se construyeron dos escalas de cuatro niveles (alto, medio, bajo y nulo) para el grado de antropización y los indicios de actividad ganadera. Composición general de la tabla de datos palinológicos Las 64 muestras de sedimentos superficiales extraídas en Kargaly (campaña de 1998) se procesaron y analizaron bajo los mismos criterios de identificación y recuento que las 11 secuencias paleopalinológicas y las 14 muestras selectivas (campaña de 1997), que constituyen el resto del corpus de datos palinológicos del proyecto. Los datos resultantes, como es usual, registran para cada caso la frecuencia de los distintos tipos de palinomorfos (pólenes, microfósiles y esporas) identificados en cada muestra. En el conjunto del corpus ha sido posible identificar 137 palinomorfos, de los cuáles sólo 111 están presentes en las muestras superficiales. La formalización estadística de estos datos plantea algunas cuestiones previas acerca de las estrategias de modelización y la conceptualización de los distintos elementos del problema, que se discutirán en la sección siguiente. Por otra parte, la extensión del inventario de palinomorfos identificados implica serias dificultades para el análisis: muchos de ellos son tremendamente minoritarios, mientras que otros presentan siempre altas proporciones. Además, el significado en términos de paisaje vegetal no viene dado por palinomorfos aislados, sino por asociaciones. Todo ello exige adoptar estrategias de reducción de los datos, creando variables agregadas. Con este fin, todos los palinomorfos identificados se ordenaron en diversos grupos ecológicos, de acuerdo al catálogo florístico de la zona de estudio. Su elaboración atiende a la presencia recurrente de las especies inventariadas en las unidades de paisaje identificadas, combinada con criterios morfológicos. Los grupos quedaron definidos como sigue: A. árboles y arbustos de la ripisilva local, incluyendo los pozos mineros B. árboles y arbustos alóctonos con carácter regional o extra-regional C. cultivos D. herbáceas exclusivas de la ripisilva o de los pozos mineros E. arbustos y herbáceas típicamente esteparios F. especies indicativas de actividad antrópica (salvo cultivos) G. hidro-higrófitos y pteridófitos H. arbustos y herbáceas de amplio espectro ecológico M. microfósiles no polínicos. Estos agrupamientos tienen un valor fundamentalmente prospectivo, por cuanto permiten simplificar el análisis exploratorio del modelo. Finalmente, y con objeto de completar la representación de los factores contextúales de origen botánico, entre todos los palinomorfos identificados, se llevó a cabo una selección de acuerdo al modo de dispersión de su polen. Las dos categorías establecidas fueron las siguientes: anemófilos, si dispersan su polen por el viento; y entomófilos, si lo hacen con la intervención de insectos. Entre los anemófilos se seleccionaron A/ni/5, Betula, Populus. Los entomófilos incluyen a Rosaceae indif., Boraginaceae, Helianthemum t., Leguminosae, Cichorioideae, Labiatae, Polygonum aviculare t., Resedaceae y Urticaceae. El palinomorfo Artemisia se consideró dentro de ambas categorías. Criterios de modelización y estrategias de análisis Desde un punto de vista estrictamente probabilístico cada espectro polínico es la representación de la distribución de una única variable (cuyos valores corresponden al inventario de clases taxonómicas) en una muestra (constituida por el total de palinomorfos identificados) extraída de una población (consistente en el total de palinomorfos existentes en el sedimento procesado). Asumimos que estas "poblaciones" son, a su vez, muestras de una Única población hipotética constituida por todos los palinomorfos potencialmente susceptibles de figurar en la muestra en la totalidad del área investigada. Esta hipótesis da coherencia a la comparación a escala regional entre espectros polínicos, que quedaría estructurada como la comparación entre distribuciones de frecuencias de una única variable nominal en muestras independientes. Este enfoque, que podemos lldimai holístico, impone una estrategia de análisis basada en la comparación de puntos de muestreo entre sí, en función de la similitud de la composición cuantitativa de su inventario de palinomorfos. Un ejemplo típico es el análisis de conglomerados, frecuentemente utilizado en palinología. El enfoque anterior se contrapone con la práctica de lo que podemos llamar enfoque analítico, muy frecuente en la bibliografía sobre modelización estadística de datos palinológicos que se basa en la consideración de cada clase taxonómica como una variable independiente, medida a nivel de intervalo. Sobre este supuesto podemos aspirar a investigar, por ejemplo, la correlación entre distintos palinomorfos, asumiendo que sus frecuencias en cada caso son medidas independientes de la cantidad de cada palinomorfo referidas a una escala continua e independiente. Tendría sentido, por lo tanto, hablar de la media o la desviación típica de tal palinomorfo en tales grupos de casos. Esto plantea algunos problemas metodológicos de fondo. Los datos de frecuencias de clases taxonómicas sobre muestras independientes determinan que la probabilidad de cada taxón en cada caso dependa de la del resto y del tamaño de la muestra. Esta última dificultad se suele obviar recurriendo a los porcentajes, pero eso no elimina la autocorrelación de la matriz de datos. La consideración de las clases taxonómicas como variables aleatorias independientes parece, cuando menos, forzar las implicaciones estadísticas del tipo de observación empírica que constituye un análisis polínico en realidad: una clasificación, no una operación de medida. La revisión crítica de la práctica estadística en palinología que ello sugiere, en cualquier caso, cae fuera del propósito de este trabajo. Por otra parte, el núcleo significativo de esta práctica parece plausible: las probabilidades observadas de cada clase taxonómica individualmente considerada pueden aceptarse razonablemente como estimaciones de la presencia del correspondiente palinomorfo en un sedimento. Así, la serie de valores de dicho palinomorfo en el conjunto de los casos constituiría una distribución muestral, cuyos parámetros pueden considerarse estimadores de los de la distribución de dicho palinomorfo en el área investigada. Sobre este supuesto se puede orquestar una estrategia de análisis basada en la comparación paramétrica del comportamiento de las distintas clases taxonómicas en relación con otras variables del modelo, topográficas, radiométricas o contextúales. Estas dos estrategias de análisis pueden desarrollarse complementariamente a partir de una única matriz de datos, que recoge las frecuencias absolutas de cada palinomorfo en cada punto de muestreo, conceptualizado como "caso". Eventualmente se deberán discutir las transformaciones de los datos necesarias para dar coherencia a cada análisis. Por ejemplo: a la hora de definir cada clase taxonómica como variable continua, puede proceder su transformación a una escala que elimine la influencia del tamaño de la muestra: proporciones, porcentajes o algún proceso de normalización. En este último caso debería decidirse si la base de la transformación debe ser el total de cada palinomorfo o el de cada muestra. EXPLOTACIÓN DEL MODELO EXPERIMENTAL: ALGUNOS EJEMPLOS El modelo experimental resultante de la secuencia de procesos de modelización e información que se han descrito en las secciones anteriores es una matriz estructurada de datos que contiene una representación significativa tanto de la variabilidad de la lluvia polínica en la actualidad, cuanto de una serie de factores geográficos relevantes en la explicación de dicha variabilidad, según el modelo teórico expuesto. En su estado actual de elaboración, la matriz general consta de dos partes que recogen los datos de los espectros polínicos (A) y paleopolínicos (B). Las filas corresponden al total de espectros polínicos, considerados como casos de la tabla. Las columnas contienen las variables del modelo. La matriz B recoge los 90 espectros paleopolínicos, agrupados en 11 secuencias. En ocasiones los espectros de sus niveles superficiales se han considerado parte de ambas matrices y se han calculado los valores de todas las variables para ellos. En cuanto a las variables, 137 columnas corresponden a las frecuencias de cada palinomorfo identificado en cada espectro. Una columna más presenta el total de palinomorfos identificados en cada muestra, y sirve de base para el cálculo de proporciones. El resto de las variables contienen datos calculados a partir del modelo factorial del paisaje o derivados de la observación directa del terreno. Los primeros son las 5 variables topográficas (latitud, longitud, altitud, pendiente y aspecto) y los datos radiométricos que proceden de las 4 variables primarias del modelo del paisaje {NDVI, índices de humedad, suelos y vegetación). Los datos incorporados a la matriz son la media y desviación típica de la distribución de cada una de estas variables en áreas de 250 m de radio en torno a cada punto de muestreo, según el modelo que se presenta en la figura 9 y se ha discutido en la sección 3.2. Por lo tanto, la matriz contiene 8 columnas de datos radiométricos. Además de las radiométricas, el modelo factorial del paisaje incluye variables de segundo orden, derivadas de la clasificación de aquellas. A partir del mapa forestal de Kargaly, ya disponible, se han calculado 3 variables más para la matriz. Recogen la distancia lineal de cada punto de muestreo a la masa forestal más cercana: dos de ellas en cada una de las categorías de la leyenda del mapa (bosques con y sin abedules) y la tercera independientemente de la composición de la masa forestal (Fig. 10). La matriz se completa con un conjunto de variables nominales u ordinales, que caracterizan diversos aspectos del contexto de cada punto de muestreo palinológico. La forma en la que se han definido estas variables se ha discutido anteriormente (sección 3.3.2.). Tres de ellas (grado de antropización, intensidad de la actividad ganadera y grado de humedad edáfica) se han definido a partir de sus indicadores palinológicos sobre una escala ordinal de 4 valores (de máximo a mínimo). La variable "contexto" consiste en una escala nominal con 9 valores, correspondientes a los distintas unidades de terreno presentes en el área. En la misma línea, una variable recoge el tipo de formación vegetal en la que se encuentra cada punto, según una escala nominal de 11 categorías, establecidas a partir de los inventarios florísticos. El tipo de suelo da lugar a una variable dicotómica {chernozem o subarcilloso). Por último, una variable ordinal de 4 niveles da cuenta del grado de cobertura de las tierras cultivadas en la UM en la que está situado cada punto muestreado. Según el diseño general de la investigación, este conjunto de datos debe ser útil para explicar los procesos de formación del registro polínico en relación con la morfología del paisaje. Como se ha dicho, el término experimental hace referencia a la forma en la que se debe afrontar esta investigación, mediante la formulación y contrastación de hipótesis estadísticas. El trabajo con el modelo requiere, por lo tanto, la formulación de las cuestiones interpretativas en los términos de experimentos estadísticos. La primera fase de exploración de los datos calibra el propio modelo. Se trata de establecer la cantidad de información retenida por el modelo, y en qué medida es significativa en relación con el diseño teórico de la investigación, permitiendo contrastar sus hipótesis básicas. El modelo debe contener pues información suficiente como para caracterizar los factores contextúales y tafonómicos y evaluar su efecto sobre la variabilidad de los datos palinológicos. Si ese efecto es significativo, entonces determinará patrones observables de variabilidad espacial de la lluvia polínica. El conjunto de la investigación tiene por objetivo su identificación y análisis. La segunda fase caracteriza y analiza esos patrones en relación con la morfología del paisaje. Esto significa analizarlos a partir de los datos del modelo radiométrico del paisaje. Ello requiere múltiples enfoques metodológicos, tanto analíticos como clasificatorios, cuyo objetivo es establecer un modelo de representación entre el registro polínico y la distribución de la vegetación. Por último se comparan las secuencias paleopalinológicas a partir de la aplicación de los modelos predictivos derivados del trabajo con el modelo experimental. A partir de este análisis, el conjunto de los registros palinológico y paleopalinológico se transforma en un campo de contrastación de hipótesis interpretativas. Esta sección presenta algunos ejemplos de la calibración y exploración del modelo.Estos ejemplos aunque utilizan sus datos, no pretenden ofrecer resultados finales, sino, en todo caso, indicaciones de las tendencias y mostrar el manejo del modelo y su posible utilidad. Análisis de la distribución de Betula La caracterización y calibración de las variables del modelo consiste en el análisis individualizado de la covarianza de cada tipo de palinomorfo identificado (o asociaciones relevantes de los mismos) con el resto de las variables del modelo, de acuerdo con las hipótesis básicas. La forma general de estas hipótesis es: "el factor/covaría significativamente con el palinomorfo p'\ Esto significa que conocido el valor de dicho factor en un punto dado, podemos hacer predicciones razonables sobre el valor del palinomorfo, dentro de un determinado intervalo de confianza. Este trabajo nos permite establecer en qué medida los factores contextúales y tafonómicos inñuyen por si mismos, o en combinación con otros, en la varibilidad espacial de la lluvia polínica y establecer un modelo predictivo. Esta etapa de análisis individualizado de las variables tiene por objeto localizar efectos significativos de estas sobre la varibilidad de cada palinomorfo. Resulta imposible, dado el carácter de este artículo, su desarrollo sistemático. Cada elemento de la lista de palinomorfos identificados requiere sus propios contextos botánicos y biogeográficos de interpretación, y se verá afectado por los factores contextúales y tafonómicos de distintas formas, que es necesario identificar y caracterizar durante la investigación. Por otra parte, cada uno de estos taxones tiene un significado específico en relación con las hipótesis interpretativas de referencia. Utilizaremos en los ejemplos un taxon arbóreo, conectado con el principal problema interpretativo: la evaluación de los recursos forestales en relación con la discordancia entre la disponibilidad actual de recursos forestales y las expectativas creadas por las hipótesis interpretativas derivadas del registro arqueológico. Si consideramos las cifras de producción metalúrgica deducidas por Chernyj para la Edad del Bronce, debemos suponer que las masas forestales de Kargaly fueron mucho más extensas entonces que en la actualidad (del orden de tres veces más). El enfoque más simple posible consiste en usar Aunque las diferencias de medias son muy acusadas, este resultado no corrobora la hipótesis de una fuerte pérdida de recursos forestales en la región. Pero una comparación como esta, basada en la tendencia central de las distribuciones, sólo puede mantenerse sobre el supuesto de que la distribución de los palinomorfos sea aleatoria con respecto al espacio. En tal caso las diferencias entre las muestras individuales se pueden atribuir al azar, y la media de la distribución regional puede tomarse como una medida comparable de la extensión de la cobertura de esa especie. Esta hipótesis se basa, a su vez, en el supuesto de la correlación positiva y significativa entre el peso de los palinomorfos en el registro y la superficie de cobertura de las correspondientes especies productoras. Esta última hipótesis no se somete ahora a contraste, aunque la discutiremos más adelante. Sin embargo (cft. sección 1.3.), para Betula, factores locales como la cercanía a una fuente emisora de polen pueden influir fuertemente en su representación en el registro polínico. Si esto es así en un grado significativo, entonces la comparación directa de tendencias centrales entre los datos prehistóricos y actuales pierde parte de su significado. Este problema se explora mediante experimentos a partir de los datos del modelo: identificación de las fuentes de varianza de la distribución de los datos polínicos. En la actualidad el abedul es la especie predominante en los bosques galería que flanquean los cursos de los barrancos (Lám. I), con especiales concentraciones en sus cabeceras sobre la divisoria de aguas (Fig. 8), mientras que está prácticamente ausente de las formaciones riparias en los cursos fluviales permanentes, donde predominan Salix y Populus. En los bosques de barranco, el abedul se combina en distintas proporciones con especies como Alnus, Populus trémula, etc. que carecen, en principio, de valor en la producción de carbón ve-getal apto para las labores metalúrgicas. Los problemas que nos ocupan tienen por lo tanto una singular relación con la distribución át Betula. Interesa determinar si su localización en contextos topográficos muy determinados y discontinua en el espacio, es residual, resultado de la sobreexplotación de los bosques, o por el contrario es extrapolable al pasado. Para ello es necesario establecer de qué forma el registro polínico actual refleja dicho patrón espacial. En primer lugar, de acuerdo la comparación de las secuencias paleopolínicas de la colina de Corny (sección 1.3.), asumimos que hay una fuerte correlación entre la distancia del punto de observación y las fuentes emisoras de polen y el peso de este en el registro polínico. A partir de este supuesto formulamos la hipótesis básica de un modelo predictivo: existe una relación significativa entre la distancia a la fuente emisora y la proporción de Betula en cada muestra. Esta relación puede ser caracterizada para las condiciones actuales investigando la correlación entre la cantidad de polen y la distancia de cada punto a la formación forestal más próxima a partir de los datos del modelo (Fig. 10). En este análisis exploratorio tiene sentido considerar conjuntamente todas las muestras que figuran en la matriz de datos del modelo: los dos muéstreos aleatorios (series MA/Gorny y MA/Novenki) y.las muestras selectivas tomadas en las campañas de 1997 (TI) y 1998 (MO). Sin embargo la composición de la matriz debe ser tenida en cuenta, y un análisis confirmatorio posterior debe proceder a partir de la comparación entre estas series. La figura 11A representa el modelo geométrico de la hipótesis general o "modelo de distancias": la distribución de la proporción de Betula aparece sobre el eje de ordenadas y la distancia a la formación de abedules más próxima sobre las abscisas. En él están la totalidad de las muestras de superficie disponibles, tanto los muéstreos aleatorios como los selectivos. Finalmente se ha incluido la recta de regresión, que es la representación geométrica de la solución más simple al problema. Un primer examen del gráfico sugiere dos observaciones. En primer lugar ilustra una cierta regularidad en el comportamiento espacial de Betula: la curva descrita por los valores máximos, que decrecen a medida que aumenta la distancia. Sin embargo, por debajo de esta curva de máximos, no parece haber un orden perceptible en los datos, lo que indica la actuación de factores restrictivos diferentes a la distancia. Sólo explica una pequeña cantidad de varianza (algo más del 11% del total) lo que, unido al diagnóstico anterior sobre factores restrictivos adicionales, descarta la utilidad de un modelo predictivo lineal. Si aceptamos este modelo estadístico como expresión de la hipótesis general sobre la correlación entre distancia y peso de Betula en el registro, podemos atribuir los errores de predicción (o residuos del modelo) a la influencia de factores, en principio independientes de la distancia. Es decir, la ecuación del modelo logarítmico nos permite predecir el valor dt Betula en un punto dado si este dependiera exclusivamente de la distancia. La diferencia entre esta predicción y el valor realmente observado en cada caso de la tabla se debe a la actuación de otros factores, sean topográficos o contextúales. Podemos anaüzar la distribución de estos errores en relación con otras variables con objeto de mejor nuestras predicciones. La distribución tipificada de los residuos fundamentará una segunda etapa de análisis, donde intentaremos localizar las fuentes de la porción de varianza de Betula no explicada por el modelo de distancia. Como primer paso, cruzamos la distribución con todas las variables contextúales para establecer cuáles explican por si mismas porciones significativas de varianza. A continuación se presentan los casos en los que esto sucede, es decir, donde las distribuciones de valores de residuos generadas por las variables contextúales son significativamente distintas, según el modelo general de análisis de la varianza. Esto viene a significar que cada variable permite observar errores sistemáticos del modelo de distancias asociados con distintos tipos de contextos. Estos resultados, aunque preliminares como se ha subrayado y sujetos a un análisis confirmatorio posterior, constituyen en si mismos una evidencia de segundo orden sobre la complejidad de los patrones espaciales de variabilidad del registro polínico, y requerirán una discusión interpretativa específica. Las variables que modifican significativamente la distribución de los residuos del modelo de distancias son las siguientes: -ZONA: zonas de muestreo a las que se asignan los casos, concretamente Gorny y Novenki. -0R4: orientación de la pendiente agrupada en cuadrantes (N, S, E y O) más un valor "llano" para aquellos puntos situados sobre una pendiente de cero grados. -CULTIVOS: grado de cobertura de los terrenos cultivados en la UM en la que se sitúa cada punto, estimada a partir de las variables radiométricas. Es una escala ordinal de cuatro valores: total (100% de cobertura), alto (más del 50%), medio (entre 50 y 25%) y bajo (inferior al 25%). -ANTROP: grado de antropización del entorno inmediato de cada punto de muestreo, evaluado a partir del peso de taxones nitrófilos en el inventario florístico, validado por la evaluación de otros indicadores sobre el terreno. Se expresa en cuatro valores ordinales: alto (recubrimiento de nitrófilas superior al 50%), medio (entre 50 y 25%), bajo (inferior al 25%) y nulo (ausencia de nitrófilas). -HUMEDAD: grado de humedad edáfica en el punto de muestreo, estimado a partir del peso de taxones hidro-igrófitos en los inventarios polínicos. Escala ordinal de cuatro valores: alta (recubrimiento de hidro-igrófitos superior al 50%), medio (entre 50 y 25%) y nulo (sin representación de hidroigrófitos en el inventario florístico). -GANAD: grado de incidencia de prácticas ganaderas, evaluado en términos de cobertura de ruderales y otros taxones indicativos. Es una escala ordinal de cuatro valores: alta (recubrimiento superior al 50%), media (de 25 a 50%), baja (inferior a 25%) y nula (ausencia de indicadores). Estas variables están construidas a diferentes escalas, en función del procedimiento de observación mediante el que se han informado. La primera se refiere a la localización de las muestras en el espacio regional y en el modelo de muestreo. Las dos siguientes, 0R4 y CULTIVOS, han sido calculadas a partir del modelo factorial del paisaje, y su límite de resolución espacial es la de éste (30 m). Así la clase "cobertura total" de CULTIVOS no excluye la existencia de espacios no cultivados, en todo caso de dimensiones inferiores a las de un pixel de la imagen Landsat TM. Los datos de 0R4 se refieren al paso de malla del MDT, que es, igualmente, de 30 m. El resto de las variables de la lista aluden, por el contrario, a las condiciones específicas de cada punto de muestreo evaluadas en su contexto inmediato (un radio de 10 m). En resumen, la lista de variables nos remite a factores que operan a las tres escalas de análisis: regional, local y extralocal. A continuación comentaremos brevemente los resultados, poniendo entre paréntesis los datos más significativos de las tablas de análisis de la varianza (los valores de F y R^ refieren al modelo en su conjunto, incluyendo la intersección y el efecto del factor analizado). En relación con el modelo de distancias, esta asignación se refleja en que el promedio de los errores es positivo y del orden de una desviación típica para Gomy, y negativo del orden de 4 desviaciones típicas en Novenki. Este resultado expresa la desigual distribución de las formaciones forestales en ambas áreas: en Gorny, la categoría "bosques con abedules" representa un 3.98% de la superficie total, mientras que en Novenki se reduce al 1.35%. En el registro polínico, esto se expresa como una significativa diferencia de medias en las distribuciones de la proporción de polen de Betula; 5.33% en Gomy y 1.37% en Novenki (T= 1.920, gl= 71, prob.= 0.003). Sin embargo, los resultados no muestran esta diferencia cuantitativa, sino más bien un diferente patrón espacial en la variabilidad de Betula en el registro. En efecto, la diferencia de medias en la proporción át Betula es significativa, pero la de distancias entre puntos de muestreo y bosques con abedules no lo es (Gorny= 617 m; Novenki= 767.37;T= 0.993; gl= 65, prob.= 0.324). La distribución de los residuos del modelo de distancias debería, por lo tanto, ser semejante en ambos distritos, independientemente de las diferencias cuantitativas entre ellos. Efectivamente, al analizar por separado el modelo de distancias para ambas zonas se observa que el ajuste del modelo logarítmico mejora apreciablemente para Gorny (R múltiple= 0.774, R^ ajustado= 0.59), mientras que prácticamente desaparece para Novenki (R múltiple= 0.269, R^ ajustado= 0.001). El examen de los casos anómalos para encontrar sus rasgos comunes se aborda como una consulta al SIG. Los puntos con máximos errores positivos de predicción (aquellos en los que la proporción de Betula es significativamente superior a la predicha por el modelo de distancia) son los situados en el interior de formaciones boscosas. Los que tienen valores negativos extremos (mayores de 4 desviaciones típicas) son puntos localizados en condiciones muy específicas, como muestra la figura 10. Los dos más septentrionales (Tl_10yTl_ll) están a menos de 250 m al SE de un pequeño abedular, pero también a menos de 300 m al NO de un bosquecillo de Acer negundus. Por su parte, los cuatro más meridionales (M0_7, MO_8, MA_42 y MA_43) se asocian con la única formación de Quercus detectada en el interior del área de trabajo. Así, pese a la corta distancia a una formación del tipo "bosque con abedules", la proporción de Betula en ambos grupos de puntos es mucho menor de lo esperable a tenor del modelo de distancias, como consecuencia de la sobrerrepresentación de Acer y gw^rcw^ respectivamente. Al eliminar de la tabla los casos extremos (mayores de 4 y menores de -4 desviaciones típicas) la mejora del ajuste del modelo logarítmico de distancias es sustancial. Estos cambios no hacen desaparecer el efecto de ZONA sobre la distribución de los residuos del modelo de distancias depurado, que sigue siendo significativo (F= 0.423, prob.= 0.045), aunque retiene mucha menos varianza (R^ ajustado= 0.058). La robustez de esta relación refuerza la hipótesis de que las dos zonas de muestreo presentan patrones espaciales distintos, como sugiere también que los datos de Novenki depurados admitan mejor un modelo de ajuste lineal (R múltiple= 0.76276, R^ ajustado= 0.53533) que el logarítmico. Puede estar reflejándose un fenómeno real, asociado a una diferente morfología del terreno. De ser así, proporciona información valiosa para comprender cómo el registro polínico refleja las diferencias en la morfología del paisaje. Pero los resultados pueden deberse también a diferencias en la constitución de la tabla de datos, como las existentes entre los dos muéstreos aleatorios que constituyen el núcleo de la tabla y a la influencia de las muestras selectivas, que pueden sobrerrepresentar categorías específicas de datos. Recordemos el caso de las tomadas en torno al núcleo de Quercus. Estos problemas requieren un análisis más detallado, que es imposible desarrollar aquí. La figura 13A permite interpretar preliminarmente el patrón responsable de este resultados: representa los valores promedios de los residuos del modelo de distancias para cada valor de la variable OR4. Así, podemos ver que sus predicciones son tremendamente ajustadas para los puntos situados en laderas orientadas al N y O, así como en los situados en llano, mientras que presentan errores promedios negativos de más de dos desviaciones típicas para las laderas orientadas al E y positivos de más de 5 desviaciones típicas en los orientados al S. Es decir, el modelo de distancias "funciona" para todos los contextos, excepto los orientados al S y E. La hipótesis más sencilla es considerar la acción del viento en el transporte de polen. Como Betula es un taxón anemófilo, podemos suponer que el modelo de distancias operará de forma regular y constante en los puntos expuestos al viento dominante durante las etapas de polinización, y presentará anomalías en el resto de las orientaciones. Esta explicación es una hipótesis contrastable, a la que se pueden oponer hipótesis alternativas. Por ejemplo, el efecto de la variable OR4 podría reflejar como ocurría con ZONA aspectos contextúales: la posible asociación entre localización de los bosques y orientación de las pendientes. De hecho, la mayor superficie de bosques con abedules está sobre la vertiente oriental de la divisoria de aguas Volga-Ural, en vertientes orientadas al E. En tal caso, el efecto significativo de la orientación sobre los residuos del modelo no se debería a la acción del viento en el transporte del polen, sino al propio patrón espacial de la especie investigada. Primero podemos suponer que su efecto sobre la distribución de residuos del modelo de distancias se debe a la actuación de filtros tafonómicos. Sería esperable que a menor presencia de rasgos de antropización, de alguna manera implícitos en las escalas de las dos primeras, correspondieran menores errores de predicción (positivos o negativos), en la medida en que el modelo de distancias representa la hipó- tesis más plausible en condiciones "naturales". Esto se cumple con la variable ANTROP, pero no con la de CULTIVOS cuyas mayores anomalías están en la categoría 3 (cobertura media: entre 50 y 25%). Esto sugiere una posible hipótesis alternativa: el efecto de este factor puede deberse a la concomitancia entre la localización predominante de las formaciones con abedul y los tipos de contextos que denota CULTIVOS. Así, las UM con cobertura media de terreno cultivado tienen muchas posibilidades de albergar pequeñas formaciones arbóreas preservadas como lindes o cortavientos en los caminos de labor. De hecho, la distribución de las distancias covaría significativamente con la escala de cobertura de cultivos (F= 3.46; prob.= 0.022), siendo la media para la categoría 3 (398.77 m) apreciablemente inferior a la total (630 m). La variable HUMEDAD (F= 4.940; gl= 3; prob=; R^ ajustado= 0.158) cumple los patrones esperables: las anomalías (positivas) se concentran en la categoría 1 (máxima humedad edáfica), asociada con las propias áreas boscosas y terrenos inmediatos. Así, la distancia media a formaciones con abedul es inferior a 10 m para el grupo de casos definido por este valor, y aumenta linealmente a medida que disminuye el grado de humedad edáfica. De nuevo, esta variable recoge un efecto locacional más que un fenómeno asociado a un filtro tafonómico. El gráfico advierte, no obstante, que la varianza del modelo es casi totalmente explicada por el contraste entre la categoría 1 (máxima humedad edáfica) y el resto, al igual que ocurría en ANTROP con la oposición entre el valor 4 y los restantes. En ambos casos el fenómeno reflejado por el efecto de los factores sobre los residuos es el mismo: el contraste entre las áreas boscosas y el resto del territorio. Esto indica la necesidad de algunos replanteamientos en el análisis posterior. El significado de la distribución de los errores del modelo de distancias no sugiere en esta ocasión explicaciones tan claras. El promedio de errores es significativamente mayor en la categoría 2, sin que esto pueda explicarse como covarianza con el propio modelo de distancias. Es necesario investigar el posible patrón espacial generado por este factor, o sus interacciones con otras variables del modelo. Con este fin, el análisis separado de las variables contextúales debe completarse con la elaboración de modelos más complejos. Las proporciones de varianza explicadas por los factores que hemos visto son pequeñas, pero significativas. En todos los casos, los resultados denotan una significativa dependencia de factores locacionales en la representación átBetula en el registro polínico. En varios, estos patrones de dependencia puede explicarse adecuadamente con hipótesis sencillas, lo que no ocurre en otros (por ejemplo GANAD). El siguiente paso en el análisis exploratorio es evaluar las interacciones de esas variables entre si. Eventualmente, estas interacciones pueden definir patrones relevantes de variabilidad, o aclarar los problemas que afloran en la etapa anterior de análisis. Para ello podemos construir modelos multifactoriales de análisis de la varianza, tratando de combinar varias variables en un solo modelo. Ante la imposibilidad de desarrollar toda esta fase citaremos un solo ejemplo. La tabla 1 muestra un modelo construido a partir de los residuos del modelo de distancias y cuatro factores explicativos. Tres de ellos son ordinales (CULTIVO, HUMEDAD e incidencia de prácticas ganaderas GANAD). Se ha añadido como covariante del modelo la altitud (Z_MDT), una variable continua. Sorprendentemente el ajuste del modelo es extraordinariamente bueno: da cuenta de casi un 86% de la varianza de los residuos. El examen de dicha tabla permite ver cómo las proporciones de varianza explicada por los factores principales (expresadas en los valores de la columna "suma de cuadrados") son proporcionales a las que hemos aislado en el análisis individualizado, mientras que las interacciones de segundo y tercer orden sólo son significativas en el caso de HUMEDAD por CULTIVOS. Aquí estamos ante un patrón espacial complejo, que debe ser investigado. El elevado ajuste de este modelo denota que las variables que figuran en él contienen información relevante sobre la variabilidad de la distribución dcBetula en el registro polínico. Recapitulando, sabemos que esta distribución varía en función de la distancia a la fuente emisora de polen, pero que esta variación es distinta en función de la distribución zonal de la cobertura boscosa (ZONA) y la altitud (Z_MDT), del grado de alteración de la UM en la que está situado cada punto (CULTIVOS) y de su entorno inmediato (ANTROP, GANAD), así como de la distribución de la humedad edáfica en relación con las características de la UM (interacción CULTIVOS X HUMEDAD). Parte de estos efectos pueden interpretarse como consecuencias de la redundancia entre las distintas variables, extremo que debe ser aclarado por el posterior análisis confirmatorio. Pero, de ser correcta esta apreciación, esto no hace sino reforzar la hipótesis " R cuadrado =.934 (R cuadrado corregido =.858). Tabla de ANOVA de residuos tipifícados del modelo de distancias. básica del análisis, según la cual el principal factor explicativo de la variabilidad de Betula en el registro polínico es la proximidad a las áreas de implantación de esta especie. Sin un análisis confirmatorio no estamos aún en condiciones de abordar la discusión de los datos paleopalinológicos. Pero en cualquier caso, estos resultados preliminares invalidan la hipótesis de que la comparación directa de las tendencias centrales en la dispersión de Betula en la actualidad y en las muestras de la Edad del Bronce pueda usarse como criterio estimativo de las transformaciones en el tiempo de la cobertura arbórea de Kargaly. Debemos, por el contrario, considerar en esta comparación otros aspectos contextúales que han sido puestos de manifiesto por el análisis. Era nuestro propósito presentar los aspectos metodológicos de una investigación aún en curso, más que sus resultados. En este sentido, el ejemplo discutido en la sección anterior se refiere más a la viabilidad y coherencia del enfoque propuesto que a los problemas específicos de interpretación que plantea el registro polínico de Betula. El análisis de algunas variables del modelo experimental a partir de una hipótesis sencilla (modelo de distancias) ha puesto de manifiesto algunos patrones de regularidad espacial en la variabilidad del registro polínico, en relación con aspectos de la morfología del paisaje. Siempre se trata de indicaciones que deben ser investigadas más profundamente a partir del diseño de experimentos confirmatorios. Pero lo que importa ahora es subrayar la adecuación del enfoque metodológico al tipo de problemas planteados. Por una parte, las técnicas de modelización del paisaje aplicadas permiten representar con un grado suficiente de precisión los rasgos del mismo relevantes desde el punto de vista del modelo teórico. Por otra, la aplicación de un*enfoque estadístico combinado con técnicas SIG (es decir, la combinación de modelos matemáticos y cairtográficos) ha demostrado su virtuaHdad en la formulación de hipótesis contrastables que pueden dirigir la investigación, complementando los enfoques convencionales de investigación paleoambiental. Los elementos del diseño de investigación, tomados en conjunto o aisladamente, son susceptibles de adaptación a diferentes contextos de investiga-ción. Por ello, el experimento realizado dentro del proyecto Kargaly es una propuesta generalizable que permite materializar una demanda permanente de los arqueobotánicos a los arqueólogos: la necesidad de contextualizar el registro paleoambiental con estudios sistemáticos del paisaje actual. En realidad todo el diseño del proyecto Kargaly desarrolla enfoques propios de la palinología arqueológica que, como se ha dicho, quedan excluidos de la práctica normal por las dificultades materiales y por la falta de comunicación entre arqueólogos y botánicos. Proponemos un posible marco de integración entre los objetivos arqueológicos y los enfoques específicamente arqueobotánicos que, al mismo tiempo, contiene elementos de una crítica constructiva a las limitaciones del enfoque tradicional de la colaboración entre arqueólogos y botánicos. También aflora algunos problemas básicos de la estadística de datos palinológicos como la modelización paramétrica de los datos polínicos, o las limitaciones de los métodos convencionales de muestreo y recuento. El diseño de investigación pretende articular estas demandas de rigor palinológico con el marco de intereses más amplio de los objetivos, métodos y planteamientos teóricos de la Arqueología del Paisaje. Los problemas interpretativos demandados por el registro arqueológico de Kargaly sólo pueden ser resueltos en el contexto de una consideración global del paisaje como instancia determinante de los procesos históricos y determinada al mismo tiempo por ellos. Esta concepción exige la extensión de la noción de registro arqueológico a la totalidad del espacio regional y, en consecuencia, todo un diseño teórico y metodológico en el que técnicas adecuadas de investigación queden integradas en el marco de la argumentación arqueológica. El paisaje, a escala regional, no puede ser "excavado", pero si "modelizado", de fomia que la construcción del registro arqueogeográfico esté dirigida por una comprensión global del mismo. La experiencia de Kargaly muestra cómo varias técnicas de modelización del paisaje, particularmente la Teledetección espacial, pueden convertirse en herramientas eficientes para la Arqueología. Al mismo tiempo, los ejemplos desarrollados expresan los problemas de esta empresa de modelización del paisaje. Algunos, como la escasa resolución de las variables contextúales, que se traduce en redundancias o ambigüedades, proceden de las propias limitaciones en el contexto fáctico de la investigación. El proyecto Kargaly se ha desarrollado en condiciones extremadamente difíciles, especialmente desde el punto de vista logístico, lo que ha limitado la posibilidad de generar datos contextúales de alta resolución. Pensamos, por ejemplo, en la producción de datos analíticos complementarios que permitan analizar con mayor precisión los filtros taxonómicos que intervienen en la formación del registro. No obstante, como demuestra el ejemplo deBetula, incluso con variables de baja resolución es posible observar regularidades que pueden marcar nuevas vías de investigación. El desarrollo posterior de la investigación debe completar esta propuesta metodológica y respaldarla en sus propios resultados. El modelo factorial del paisaje está aún en construcción: falta por culminar la compleja elaboración de una clasificación general de las cubiertas vegetales a partir de las variables radiométricas y las observaciones de la verdad terreno. La elaboración de esta clasificación, de la que el "mapa forestal de Kargaly" es sólo una parte, permitirá abordar la modelización estadística del amplio conjunto de palinomorfos identificados, y su análisis cruzado con el resto de las variables del modelo. Finalmente un elemento generalizable del diseño de la investigación es su propio planteamiento y algunos de los rasgos característicos de su realización material. Primero subrayamos el papel básico del diseño teórico, que permite articular los diseños metodológicos e identificar y jerarquizar los objetivos empíricos. Segundo, es importante el papel desempeñado por la opción por una metodología experimental, es decir, la articulación de toda la investigación como un proceso de formulación y contrastación de hipótesis. Esta opción se articula a partir de la adopción de una metodología estadística que concibe la investigación, en su etapa observacional, como la construcción de un modelo matemático del problema de referencia. Por último, destacamos como se articula el diseño experimental con la observación sobre el terreno: al disponer de un modelo de datos estadísticamente coherente, los procesos de observación pueden sistematizarse y objetivarse al máximo. En resumen, consideramos que, al margen de los problemas específicos de la investigación, el proyecto Kargaly ofrece elementos valiosos para afrontar el diseño de investigaciones a escala regional, integrando técnicas avanzadas de modelización del paisaje con objetivos y métodos arqueológicos y arqueobotánicos convencionales. Al Dr. E.N. Chernyj y los miembros de su equipo sin cuyo apoyo científico y personal esta investigación no habría sido posible. Gracias aTamara O. Teneishvili senfimos que todos hablábamos la misma lengua. Su ayuda ha ido siempre mucho mas allá de lo imaginable en lo profesional y lo personal. Sus traducciones han agilizado y animado nuestras reuniones y nos han permitido manejar información esencial para la investigación. En la traducción de los textos han participado también la Dra. V. Kozloskaya, M. Sánchez-Nieves, M. Cruz Berrocal y A. Jepure. El Dr. A.Gilman (Dept. of Anthropology, CSUN), además, tradujo al inglés los textos de este artículo y nos hizo comentarios muy pertinentes sobre su borrador sin que le quepa ninguna responsabilidad en el resultado final. La figura 1 modifica originales realizados por J. Sanchez García (cft. nota 5). En el trabajo de campo recordamos la colaboración de S. Bikov, D. Valkov y A. Karpujin. La dirección del Instituto de Arqueología de Moscú (Dr. R.M. Munchaev, G.E. Afanasiev y V.I. Guliaev) y la Subdirección de Relaciones Internacionales del CSIC (D." M. Sánchez Ayuso) sostuvieron en todo momento la política de intercambio científico entre nuestros dos países en momentos difíciles para la Academia Rusa de Ciencias. En la preparación de la campaña de 1998 contamos, además, con la cooperación de la Subdirección de Relaciones Científicas Internacionales del Ministerio de Asuntos Exteriores y, en especial, de D. A. Spiegelberg. Agradecemos a R. Vidal Calero y E. López-Romero su ayuda en la estructuración de la base de datos. El Dr. F. Alonso Mathias gestionó varias dataciones en el Laboratorio de Geocronología del Instituto de Química Física Rocasolano, CSIC, Madrid y el Dr. Ph. V. Puchkov (Ufimian Scientific Center, Bashkiria, Rusia) y A. Pérez Estaún (Dpto. de Geofísica, Institut de Ciències de la Terra 'Jaume Aimera', CSIC, Barcelona), miembros del 'EUROPROBE' S URALIDES Project' (ESF), nos ayudaron a comprender la geología de Kargaly y a obtener la inaccesible cartografía rusa. En esta última tarea la colaboración del Dr. Kohl fue también esencial. A los geólogos A. V. Nikiforov y G. Nikiforova y a la botánica A. Vasilievna debemos útiles orientaciones en el trabajo de campo y a
CESAR PARCERO OUBIÑA (*) Se realiza un detallado análisis locacional de los poblados cástrenos de un área de Galicia según una propuesta metodológica apoyada en el empleo de Sistemas de Información Geográfica. Con ello se distinguen dos modelos de situación de los yacimientos, que se corresponden con diferencias en los rasgos formales de los propios castros. Esto permite establecer una secuencia de 'desarrollo cultural' alternativa a las tres fases tradicionales, articulada en una Primera Edad del Hierro bien diferenciada de la aparente continuidad entre la Segunda Edad del Hierro y la época de ocupación romana. Para terminar, tomando como eje argumentai datos del yacimiento de Alto do Castro, se discute la opción alternativa de la larga continuidad en la ocupación de un mismo punto y se muestra que no es contradictoria con la secuencia histórica propuesta. Esto permite además valorar la representatividad de los resultados obtenidos en el área elegida. Hace unos años publicaba un artículo que sugería algunos elementos para la comprensión del poblamiento castreño en el noroeste de la Península Ibérica (Parcero, 1995). Aquella primera visión era, ante todo, muy general y, como se ha apuntado con acierto, teórica y en cierto modo atemporal (Femández-Posse y Sánchez Palencia, 1998). Un tiempo después me gustaría hacer algunas contribuciones nuevas a lo que, en fechas recientes, está siendo un importante proceso de revisión e impulso de este tema de estudio. Uno de los primeros asuntos que pretendo abordar es su pretendida especificidad y originalidad con respecto a cualquier otra forma socio-cultural. Esta característica singular de la historiografía arqueológica de este período y área se manifiesta en la defensa de formas de organización socio-política castreña únicas e irrepetidas o en el manejo de secuencias evolutivas igualmente peculiares que T.R, 57, n.M, 2000 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es impiden -al menos dificultan-cualquier intento de trascender los límites del noroeste y poder intercambiar experiencias y puntos de vista con otros contextos (Femández-Posse, 1998). También se ha señalado en fechas recientes que uno de los temas favoritos de la investigación protohistórica en el noroeste ha sido la periodización, hasta el punto de que casi no hay arqueólogo sin la suya propia (Fernández-Posse, 1998). Sin embargo la gran mayoría de ellas tienen una base y finalidad exclusivamente cronológica y se apoyan casi únicamente en la evolución formal de la cultura material, cuando no directamente en la presencia/ausencia de indicadores materiales exógenos, de alta cultura. Si nuestro interés es comprender el mundo castreño, la finalidad de una secuencia ha de ser reconocer situaciones y contextos socio-políticoculturales, estructuras, y analizar los procesos de cambio y sustitución de unas por otras. El tiempo métrico, la cronología, habrá de ser tan sólo un rasgo adjetivo. Un tercer asunto es la relación entre espacio y tiempo, dimensiones que, cuando menos para este contexto investigador, casi siempre han sido tratadas de forma independiente. Existen abundantes ejemplos de estudios con perspectiva temporal, así como otra buena cantidad de análisis de contenido espacial (Carballo, 1990; Xusto, 1992; Parcero, 1995), a los que se suele achacar, precisamente, su falta de concreción temporal (Fernández-Posse y Sánchez Falencia, 1998: 129). La conjunción de ambas perspectivas es ciertamente extraña, por más que necesaria (1). El trabajo que aquí presento se plantea la posibilidad de abordar estos asuntos a través del examen de lavariabilidaden los modelos de ocupación del espacio en la Edad del Hierro del noroeste. No se trata de reincidir en el análisis de los patrones de emplazamiento (Carballo, 1990). Este va a ser sólo un elemento más que será tenido en cuenta para caracterizar y leer la forma en que las comunidades humanas han ido estableciendo su relación con el medio. No se trata tampoco de plantear una periodización más, sino de comprobar en qué medida las secuencias hasta ahora existentes, basadas en elementos diferentes al que se va a estudiar ahora, se corresponden en realidad con aspectos estructurales de la dinámica socio-político-cultural. Finalmente trataré de mostrar, de forma muy sintética. algunas pautas para la revisión de este registro arqueológico. El trabajo se fundamenta en el análisis de la distribución de yacimientos cástrenos en una zona en la que venimos trabajando desde tiempo atrás dentro de nuestro grupo de investigación (Santos et alii, 1997o Parcero et alii, 1998). Se trata de un área de unos 200 km^ en torno al curso medio-bajo del río Lérez, provincia de Pontevedra (Fig. 1). Se localiza en la franja Oeste de Galicia, dentro de las tierras pre-litorales, cercanas a la faja costera y que ejercen de transición entre ésta y las tierras interiores. El relieve es en general abrupto, con fuertes pendientes y escasez de superficies llanas (2). Los 22 yacimientos cástrenos se reparten como se muestra en la figura 2, en general en tomo a las cuatro principales cuencas: Lérez, Umia, Almofrei y área de Cerdedo. De hecho algunos de ellos ocupan una posición periférica dentro de la zona seleccionada, con buena parte de sus entornos fuera del área de trabajo, lo cual implicará una consideración tan solo parcial de sus patrones de localización. Este efecto del límite escogido es inevitable, dado que si se hubiese ampliado o reducido dicha área, otros yacimientos ocuparían siempre una posición marginal y extrema, quedando parcialmente fuera del análisis (3). Por ello prestaré mayor atención a los yacimientos situados en su centro, funcionando los otros como 'documentación complementaria'. Consideraciones sobre el proceso de análisis La vía de análisis que voy a seguir es muy similar a la empleada por Fidel Méndez (1998:162-69) en su caracterización del poblamiento de la Edad del Bronce de varias regiones de Galicia. Tanto las series de datos como los procedimientos concretos de (1) Tal vez quepa destacar el trabajo de X. Carballo (1996), especialmente en sus textos más recientes. análisis se encuentran allí bien comentados, por lo que haré simplemente una presentación elemental de todo ello. El análisis comienza por la caracterización individualizada del emplazamiento de cada uno de los yacimientos. Como señala F. Méndez en el texto citado, tomar los objetos de trabajo de forma conjunta produce una visión uniforme de los mismos, haciendo imposible detectar posibles diferencias entre ellos. Una vez examinado y caracterizado cada yacimiento de forma individual, se hace una comparación entre ellos, tratando de extraer una serie de patrones de ocupación que agrupen a los castros con posiciones semejantes respecto al entorno. El siguiente paso consiste en cotejar los diferentes grupos así definidos con los rasgos formales de los yacimientos: dimensiones, tipo de estructuras artificiales, formas, puntos concretos de emplazamiento, etc. En la medida en que cada uno de los conjuntos guarde coherencia a nivel formal y de emplazamiento, las agrupaciones hechas resultarán significativas. Una vez afianzados (o matizados) los distintos grupos de castros procederé a dotarlos de contenido, recurriendo, en lo posible, a información derivada de intervenciones arqueológicas directas en ellos. Esto nos pondrá en situación de pasar a la lectura interpretativa de los modelos que hemos definido. Las herramientas de trabajo Para desarrollar el proceso analítico he recurrido a uno de los útiles que más ha venido a renovar las investigaciones de índole espacial: los Sistemas de Información Geográfica (SIG). El empleo de un SIG permite, como es sabido, manipular gran cantidad de información de modo rápido y preciso, haciendo posible además la obtención de algunos resultados que de otro modo serían inviables. En todo caso la utilidad de los SIG en arqueología, como la de cualquier otra herramienta o procedimiento de análisis de la información, no puede desvincularse de la propia lógica de la investigación arqueológica; no basta con recolectar y sis- tematizar datos, o procesarlos a través de tecnologías más o menos complejas. El objetivo final debe ser siempre el dotar a esos datos de un significado, el producir interpretaciones basadas en ellos. Y para esto es necesario contextualizarlos en relación a un patrón de racionalidad o marco interpretativo; en mi caso, la Arqueología del Paisaje (Criado, 1993a, b). Una de las reservas más habituales en los trabajos relacionados con la modelización artificial de procesos o situaciones reales es en qué medida se logra reproducir artificialmente esa realidad. Esto es especialmente frecuente en el caso de los trabajos hechos con SIG. La reproducción digital de relieves, paisajes, etc., ha sido vista siempre con cautela por parte de los propios investigadores que la propugnan y emplean de forma habitual (p.e. Y es indudablemente cierto que los errores e imprecisiones son inevitables. Así, por ejemplo, un Modelo Digital del Terreno (MDT) es ante todo unarepresentaciónde un terreno concreto, no su réplica idéntica. Pero hay una forma de salvar estos problemas. Partiendo de que nuestro proceso de análisis va a incluir errores con respecto al mundo real, lo único necesario para validar este proceso es que no pretendamos reproducirlo realmente. Es evidente que, por ejemplo, el ámbito de visibilidad de cada castro que más adelante se presenta no se corresponderá de forma idéntica (por razones de resolución, etc.) con el dominio visual real desde cada castro, que podríamos comprobar sobre el terreno (aunque los márgenes de error sean poco importantes). Lo relevante es que las imprecisiones van a ser equivalentes en todos los casos, ya que siempre se basan en un mismo MDT, un mismo algoritmo de análisis, etc. Dado que el objetivo no es reconstruir o reconocer el patrón real de localización de cada castro sino cotejar similitudes y diferencias entre ellos, las dificultades están salvadas. La gran ventaja de un SIG en este contexto es que permite manipular un volumen de información inabarcable de modo manual. Análisis de los patrones de localización de los castros Para valorar los criterios locacionales que han podido regir la elección de los emplazamientos de cada uno de los 22 castros de la zona de trabajo se han tomado en consideración los criterios que a continuación se detallan brevemente. Altitud relativa del yacimiento Uno de los rasgos que más y mejor han servido para identificar y definir un poblado castreño es su ubicación en altura, en un punto más o menos elevado y dominante. Habitualmente es cierto que los castros están enclavados por encima de las tierras que los circundan, si bien somos capaces de percibir sobre el terreno, y hasta de modelizar, que esta afirmación es matizable. ¿Podemos, entonces, llegar a reconocer en qué medida varía esta elevación en cada caso? Y ¿se mantiene este carácter dominante según nos vamos distanciando del yacimiento o es algo ceñido únicamente a su entorno más inmediato? Lo que he denominado altitud relativa de los castros, al igual que los demás análisis efectuados en cada yacimiento, se ha calculado considerando dos intervalos de distancia sucesivos. El entorno inmediato se ha situado en un radio de 800 m alre- dedor de cada castro, límite de la posibilidad de distinguir a simple vista, por ejemplo, diferentes especies vegetales (Escribano, 1991: 84) (4). He situado a 2 km el entorno medio. Accesibilidad al entorno (y viceversa) Lo que he denominado accesibilidad, las condiciones de acceso desde un yacimiento a su entorno y viceversa, en una traducción a términos más habituales dentro del análisis arqueológico, podría corresponderse con el establecimiento de isócronas, si bien en este caso el tiempo no es el resultado inmediato sino una adaptación final. Estudiar el desplazamiento en un espacio determinado requiere establecer los elementos que lo pueden dificultar. En este caso he tenido en cuenta dos: la pendiente, unánimemente reconocida como factor crítico en este tipo de análisis, y los cursos de agua. Podría haber sido igualmente tomada en consideración la cubierta vegetal del terreno o la presencia/ausencia de afloramientos rocosos. Sin embargo se trata de factores difíciles de valorar, bien por requerir un trabajo de documentación cartográfica de detalle (el segundo) o por desconocerse para el contexto original (el primero, que además es susceptible de modificación). En cambio pendientes y cursos de agua sólo pueden ser alterados a través de una inversión de trabajo a gran escala que supera, en general, la capacidad tecnológica disponible para el contexto en estudio. El resultado final ha sido el establecimiento de cuatro categorías o intervalos de terrenos según su accesibilidad: Alta, equivalente a la isócrona de 15 minutos. Media, isócrona de 30 minutos. Baja, isócrona de 45 minutos. Mala: el conjunto de la superficie de la zona de trabajo no incluida en ninguna de las clases anteriores. El dominio visual desde cada uno de los castros es un factor que ha caracterizado muchas veces los emplazamientos cástrenos. Yo mismo me he referido a él (Parcero, 1995) como uno de los tres criterios esenciales que determinarían la elección de (4) En realidad este límite se sitúa en 700 m, pero lo he adaptado a 800 por cuestiones operativas de tipo matemático. un emplazamiento castreño, junto a la visibilización del lugar y sus condiciones defensivas. He analizado su influencia mediante tres intervalos de distancia consecutivos: dos ya apuntados (800 m y 2 km) y un tercero que he llamado larga distancia, con límite en 15 km, que es prácticamente el total de la longitud de la zona de trabajo. Potencialidad productiva del suelo La relación entre cada yacimiento y la potencial productividad de los terrenos de la zona en que se sitúan se ha establecido por medio de los datos derivados del libro y cartografía de Capacidad Productiva de los Suelos de Galicia (CPSG), elaborado por los profesores Díaz-Fierros Viqueira y Gil Sotres en el año 1984. Una vez identificadas las distintas clases de suelo de la zona (19 en total), se han simplificado en tres grandes bloques para adaptarlas al análisis que nos ocupa. Dado que el factor crítico es la adaptación a condiciones tecnológicas primitivas, se han tenido en cuenta sobre todo la profundidad y el riesgo de encharcamiento del suelo: Terrenos susceptibles de explotación intensiva, profundos y pesados pero que permiten mantener el cultivo bien sea en parcelas permanentes tipo huertas, con abonado sistemático, o bien en forma de rotaciones o barbechos de ciclo corto (régimen de año y vez, ampliamente empleado en Galicia hasta bien entrado el siglo XX en las áreas de campos permanentes oagras, Cardesín, 1992). Terrenos susceptibles de explotación extensiva. Suelos ligeros, poco profundos y en general bien drenados, aunque habitualmente con importante sequía estival (sobre todo en la zona elegida). Serían las áreas más adecuadas para lo que tradicionalmente ha sido un aprovechamiento de monte: pastoreo extensivo, aprovechamientos secundarios y agricultura de barbecho de ciclo largo. Terrenos improductivos, de pendientes extremas o carentes de suelo, sólo aptos para aprovechamientos indirectos tipo recolección, caza, etc. Una vez establecidas estas categorías se ha cuantificado la presencia o ausencia de cada una de ellas en los intervalos siguientes: -Terrenos existentes a corta y media distancia (800 m y 2 km). -Terrenos visibles a corta y media distancia. -Terrenos de accesibilidad alta (hasta 15 minutos). -TQTTQÏIOSpreferentes, esto es, accesibles hasta 15 minutos y visibles. EL ANÁLISIS DE LOS YACIMIENTOS Como podrá suponerse, los datos manejados suponen un volumen muy importante y es inviable presentarlos todos aquí. Lo que sigue es simplemente una muestra de algunos de los resultados más significativos, con cierto grado de síntesis y habiendo eliminado el ruido innecesario. Como se puede apreciar en los gráneos adjuntos, hay una diferencia bastante sustancial según el intervalo de distancia que se considere. Así, en relación al entorno más inmediato -radio 800 m-, la práctica totalidad aparecen en puntos situados por encima de la mayor parte del terreno circundante (Fig. 3), aunque obviamente hay diferencias de grado. Pero parece más revelador el examen del gráfico que muestra la altitud relativa de los castros con respecto a las áreas circundantes en un radio de 2 km (Fig. 3). Muchos de los castros que a corta distancia aparecían como fuertemente dominantes sobre el entorno suavizan o incluso invierten esta tendencia según nos vamos distanciando de ellos. Se trata de yacimientos ubicados en puntos elevados y prominentes, pero únicamente a escala de detalle. Sin embargo hay otro conjunto de yacimientos que no sólo siguen siendo dominantes a media distancia, sino que incluso lo son más que en relación con sus áreas más cercanas. Igual que la visibilidad, la facilidad de acceso al entorno puede ser evaluada desde dos puntos de vista. El primero es cuantitativo: cuánto terreno es (5) En adelante los yacimientos se numeran según aparecen en la figura 2. (6) Esta posición dominante en términos relativos no siempre es coincidente con una superior altitud absoluta del yacimiento; así el caso de Coto do Castro (n° 7), uno de los más dominantes y sin embargo tan sólo el décimo en cuanto a altitud absoluta. El segundo es cualitativo: qué tipo de terrenos son los accesibles. El segundo resulta más revelador. Aquí surge de nuevo una dualidad notable, que ejemplificaré con los castros de Praderrei (if 20) y Penalba (n° 18) (Fig. 2), porque están entre los que mejor muestran todo el conjunto de rasgos que definen cada modelo. Ambos presentan ciertas divergencias en cuanto a la superficie accesible; así desde Praderrei (n° 20) es posible acceder en 15 minutos a casi el doble de terreno que desde Penalba {xf 18): 0.92 y 0.51 km^ respectivamente, aunque según aumenta el tiempo de desplazamiento las cifras se acercan hasta hacerse semejantes en la isócrona de 45 minutos (10.93 y 9.3 km^). Pero las verdaderas divergencias surgen al comprobar por dónde se distribuyen esas superficies accesibles (Fig. 4). Desde el poblado de Praderrei hay una accesibilidad general y equivalente en casi todas direcciones, que se mantiene en cualquiera de los tres intervalos de tiempo que tomemos. Para Penalba las zonas más inmediatamente accesibles (hasta 30 minutos) claramente se concentran en dirección oeste. Tan sólo a partir de la media hora de camino empieza a igualarse la facilidad de acceso en todas direcciones. La inversión de tiempo en el desplazamiento a partir del castro de Penalba es, pues, muy desigual; así con el mismo esfuerzo podemos recorrer, por ejemplo, 1.200 m hacia el oeste frente a los sólo 650 m hacia el este o los poco más de 500 m hacia el norte. Cada uno de estos dos yacimientos ejemplifica un modelo de movilidad. Al modelo desigual de Penalba se suman los castros n° 8, 17, 13 y 7, así como aquellos localizados en las inmediaciones del Lérez (n° 6, 12 y 22); al modelo de Praderrei se pueden asignar, con matices y cierta variabilidad, el resto. Los gráficos adjuntos muestran la superficie de terreno visible desde cada yacimiento (Fig. 5). He excluido aquellos con un porcentaje significativo de su entorno más cercano fuera de la zona de trabajo, que por ello sólo puedan ser parcialmente cuantificados (7). Llama la atención la dualidad entre visibilidad a corta o media distancia y más allá de 2 km A corta y media distancia algunos castros se destacan de forma notable, existiendo en general un do-minio visual de entre el 50% y el 75% del entorno. Pocos son los ejemplos que escapan a esta media, casi ninguno por arriba y algunos por abajo. La situación es bastante dispar en el gráfico que muestra la visibilidad a larga distancia, ya que sólo un grupo de cuatro alcanzan a divisar más de 30 km^: Penalba, Coto dos Mouros (éste con un marcado salto respecto a la visibilidad inmediata), A (7) En el gráfico de larga distancia figuran en claro aquellos castros cuya superficie visible se continúa de forma importante más allá de la zona de trabajo. A ellos puede añadirse Coto do Castro (n° 7), que ronda esa cifra con una parte significativa de su abanico visible fuera de la zona analizada, y Páranos (n° 17), con una cantidad muy baja pero bastante falseada por su posición periférica. Al igual que ocurría con la accesibilidad, es tanto o más significativo examinar cómo se reparten esas zonas visibles. Recurriré a los mismos paradigmas: Penalba y Praderrei (Fig. 6). La situación es similar a la de la accesibilidad, pero inversa. Penalba extiende su dominio visual en un claro abanico norte-sur, interrumpiéndose hacia el oeste a escasa distancia, mientras Praderrei ofrece un reparto más homogéneo y radial. La inversión respecto a la accesibilidad es que las zonas más visibles desde Penalba son las más inaccesibles desde el castro. Esta diferencia cualitativa se corresponde también con una diferencia cuantitativa: la visibilidad radial de Praderrei se concentra mucho en su entorno más inmediato y es menor a larga distancia, mientras que los castros que siguen el modelo de Penalba prescinden de dominar visualmente buena parte de sus terrenos circundantes pero alcanzan grandes superficies a larga distancia. El modelo parcial de Penalba es seguido, en condiciones parejas, por Monte Castelo, Coto dos Mouros, Coto do Castro, Páranos y O Castro (n° 13, 8,7,17 y 14). El resto de castros muestran una visibilidad más o menos radial y más reducida a larga distancia. Potencialidad productiva del entorno Siguiendo con los mismos ejemplos, se muestra en la figura 7 el reparto de clases de suelos en el entorno inmediato y medio de Penalba y Praderrei. Como se puede apreciar, en términos absolutos en 2 km. isócrona 15min. Penalba predominan las zonas de potencial aprovechamiento extensivo, con un porcentaje significativo de terrenos de difícil o nula productividad, y en Praderrei los terrenos de posible utilidad intensiva. Además en Praderrei el aumento de la distancia respecto al castro no altera significativamente el reparto de los tipos de suelo, cosa que sí ocurre de forma nítida en Penalba, donde además hay un salto en la variedad de terrenos disponibles. Un nuevo elemento de contraste lo obtenemos al examinar cómo influye la accesibilidad sobre el tipo de suelos disponibles. En el caso de Praderrei la proporción de suelos en las zonas accesibles y en términos absolutos es prácticamente la misma, debido sobre todo, como se vio, a una accesibilidad radial, global y homogénea a todo el entorno. En Penalba, sin embargo, la variabilidad en las condiciones de acceso incide en una reducción de la variedad de terrenos disponibles. Además de esta reducción es claro que hay, entre estas zonas con mejor accesibilidad, un peso importante de los terrenos de nula o muy baja productividad. Así pues, las divergencias son también muy claras a este nivel. Es aquí, además, donde se hace significativo ese diferente patrón de accesibilidad al entorno que se examinó más arriba: no sólo es importante la diferencia cuantitativa, la mayor o menor facilidad de movimiento sobre el terreno a partir del castro, sino también, y sobre todo, la cualitativa, cuáles son las zonas más estrechamente vinculadas al castro. Recogiendo los resultados del análisis individual de cada yacimiento y las correlaciones expuestas se pueden establecer de forma nítida dos modelos de localización de los poblados cástrenos. ¥A primer modelo está constituido por yacimientos situados en puntos que destacan de su entorno inmediato y dentro de un área de, al menos, 2 km de radio. Tienen una altitud relativa siempre positiva, y en buen grado, con respecto a los terrenos circundantes. Esta posición dominante les permite disponer de un control visual amplio a larga distancia. Sin embargo, y paradójicamente, el control sobre las áreas más cercanas es bastante desigual y no demasiado intenso. Esta visibilidad a corta y, en menor medida, media distancia, es discontinua y adopta una disposición en abanico: no hay una visibilidad genérica y homogénea en todas direcciones sino que se prima el dominio visual de un arco determinado en perjuicio de las restantes direcciones. Hay, pues, una clara dualidad tanto cuantitativa, en función de la distancia (irregular y parcial en las inmediaciones frente a una gran amplitud a larga distancia), como cualitativa, concentrándose el dominio visual en ciertas direcciones en detrimento de otras. Las condiciones de acceso al entorno se caracterizan por una dualidad opuesta a la de la visibilidad. Se registra una oposición entre un sector concreto del entorno fácilmente accesible desde el castro y zonas circundantes de difícil movilidad. La ubicación de estas zonas suele invertir la pauta marcada por la visibilidad, y así los terrenos más accesibles desde el castro suelen situarse en posiciones de menor visibilidad. Finalmente estos castros se sitúan en lugares en los que la aptitud potencial preferente del medio es de tipo extensivo. El entorno más inmediato de los poblados se caracteriza por el predominio de suelos ligeros, poco profundos, en general bien drenados y de pendiente ligera o moderada. Son también habituales las zonas de difícil aprovechamiento o incluso improductivas. Otro rasgo destacado es que, según nos vamos alejando del poblado, la variedad de ambientes y de potenciales aprovechamientos se incrementa mucho, con lo que suele haber un contraste fuerte entre la variedad de suelos disponibles a 800 m y 2 km del castro, así como en el peso porcentual de cada clase de terreno en ambos intervalos. No parece que la presencia inmediata y accesible de terrenos aptos para la explotación intensiva sea un criterio primordial para seleccionar la localización. Pertenecerían a este primer grupo Monte Gástelo, Penalba, Coto do Castro, Páranos, Coto dos Mouros, O Castro y A Sividá (n° 13, 18, 7, 17, 8, 14 y 3). El segundo modelo lo constituyen yacimientos con posiciones que, si bien son en general dominantes sobre el entorno más inmediato, se muestran más discretas a medida que nos alejamos. Así, la altitud relativa en los primeros 800 m suele ser positiva, incluso bastante, pero al tomar en consideración un radio mayor de terreno (2 km) desciende mucho hasta hacerse neutra o en muchos casos negativa. La visibilidad desde los castros de este grupo es habitualmente intensa en las zonas más cercanas, rara vez inferior al 50% del terreno, pero se detiene en unos valores medios o bajos a larga distancia. siempre por debajo de 30 km^. A diferencia del grupo anterior, la visibilidad es circular, se distribuye homogéneamente en torno al yacimiento. Las áreas accesibles suelen ser, a igualdad de esfuerzo/tiempo, más amplias que las del grupo anterior. Sin embargo la verdadera diferencia viene dada por su disposición y ubicación, coincidente con su visibilidad: el desplazamiento a partir del castro es prácticamente igual de fácil (o de difícil) en cualquier dirección. Son excepción los yacimientos situados en el borde del Lérez que, lógicamente, cuentan con un obstáculo casi insalvable en esa dirección. La coincidencia entre áreas visibles y accesibles es generalmente muy amplia. Finalmente, en cuanto a la potencialidad productiva del entorno, predominan las superficies de potencial aprovechamiento intensivo, suelos más profundos y fértiles, con menor incidencia de la sequía estival, bajo riesgo de heladas y grados de pendiente suaves o ligeros. Además, la variedad de suelos disponible no suele cambiar de forma significativa al aumentar la distancia al poblado y los gráficos de clases de suelos en 800 m y 2 km son bastante homogéneos. Dentro de este segundo modelo encajan los restantes 15 yacimientos: A Igrexa, Peroxa, Querguizo, Gargantáns, A Devesiña, Praderrei, Campolameiro, Cerdeiras, Fontán, Redonde, Coto das Rodelas, Louredo, Os Castros 1 y 2, Cruz do Castro (8). Correlación entre los modelos de localízación y los rasgos formales de los yacimientos Antes de interpretar estos modelos de localización es posible corroborar que se trata de una diferenciación significativa, no casual, a través del recurso a otros indicios, como sus rasgos formales. Seis de los siete castros que responden al primer modelo de localización coinciden también en su morfología: Monte Castelo, Fenalba, Coto dos Mouros, Páranos, O Castro y Coto do Castro, caracterizados por su sencillez formal. Se trata de castros de recinto único, carentes de los muchas veces característicos elementos adicionales como antecastros, terrazas, recintos exteriores, etc. Son además de pequeño tamaño, ninguno por encima de 1 Ha. de superficie útil, y muy similares (9). La posición prominente de estos castros los hace muy visibles a media y larga distancia, apareciendo por lo general recortados en el horizonte visual desde casi cualquier punto. Esta prominencia visual es debida sobre todo al propio emplazamiento del poblado, ya que sus estructuras artificiales son sobre todo -y este es otro rasgo característico-de tipo negativo. Así, estos castros aparecen definidos sobre todo por aterrazamientos y fosos, a veces de entidad, que han implicado una importante inversión de trabajo y una importante alteración del lugar, pero carecen de murallas o parapetos muy resaltados. Este tipo de alteración artificial del paisaje, que es un elemento sustantivo de todo yacimiento castreño, no parece haber requerido de la erección en positivo de volúmenes de tierra que constituyan nuevas líneas visuales de carácter artificial (10). Esta circunstancia es muy clara si nos situamos en el interior de cualquiera de estos poblados: desde el centro es posible ver hacia fuera, la visibilidad no está constreñida a sus límites. Los castros agrupados en el segundo modelo de localización, así como el de A Sividá, muestran rasgos formales diferentes. Son más complejos, aunque haya que entender aquí la complejidad de forma matizada. Se componen de un recinto central que se complementa con alguna o algunas estructuras adicionales como terrazas, antecastros, etc. (11). Las dimensiones del conjunto, sin ser nunca muy notables, sí son por término medio superiores a las de los yacimientos del grupo anterior, en función sobre todo de esa existencia de estructuras añadidas. Su apariencia formal se corresponde (8) Este grupo es tal vez algo más heterogéneo que el anterior y sería posible introducir algunos matices, aunque en esencia todos estos yacimientos cumplen los rasgos que se acaban de definir. (9) A Sividá (n° 3) es la única excepción ya que, si bien responde a este tipo de localización, formalmente corresponde al segundo modelo. Tiene, además, otros componentes excepcionales como su tamaño (es holgadamente el mayor de la zona), entidad del sistema defensivo, topónimo (adaptación de Cividá -Ciudad), único en el área, y la existencia en su interior de una gran roca grabada con motivos poco habituales y que podrían ser contemporáneos al yacimiento. Por todo ello parece tratarse de un poblado excepcional, seguramente un "lugar central" del Hierro H, aunque este asunto desborda las ambiciones de este artículo y demanda un trabajo diferente. (10) Hay que hacer notar que alguno de estos yacimientos, en concreto Páranos (17) y Coto dos Mouros (8), sí conserva restos de muralla, pero, a juzgar por el volumen actualmente visible de sus derrumbes, no parece que hubiesen alcanzado gran altura. (11) Esto depende en gran medida de las condiciones de conservación de cada yacimiento, ya que hay que recordar que muchos de ellos están en zonas de intensa ocupación humana tradicional y actual, lo que en ocasiones ha alterado de forma grave su apariencia. T. R, 57,n.M,2000 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es con lo que suele ser característico: recintos delimitados por parapetos, a veces con fosos anejos y en algunos casos con restos de sistemas de acceso. Ocupan puntos que son menos prominentes a media o larga distancia, y por ello menos visibles desde el exterior. Esto se compensa con la existencia de esos elementos de delimitación y defensa que, ahora sí, emergen artificialmente del terreno constituyendo hitos marcados en el paisaje que, en su apariencia original, habrían actuado como reclamos visuales. Esta diferente visibilización del poblado se corresponde con una también distinta conformación interior; las defensas suelen actuar como cinturones cerrados que limitan por completo la visibilidad de la que se puede disfrutar desde el interior de la aldea. En estos casos la única forma de disfrutar de la panorámica visual sería subiéndose a las defensas. La sensación interior es la de un espacio cerrado y limitado, bastante escaso por otra parte. LECTURA, O EL CONTENIDO DE LOS MODELOS En el estado actual de esta investigación parece que una lectura de tipo "cronológico" permitiría dotar de sentido a los modelos de localización que se han identificado. El primero de los modelos definidos se correspondería con lo que en la mayor parte de las periodizaciones empleadas se denomina Castreño Inicial o Fase formativa de la cultura castreña (Fariña et alii, 1983; Silva, 1986; Martins, 1988; Peña, 1992b; Alarçâo, 1992; Peña y Vázquez, 1996).Traducido a términos más generales, se trata del modelo de ocupación del espacio en la Primera Edad del Hierro. Obviamente, el segundo de los modelos^ se correspondería con el período inmediato posterior, la Segunda Edad del Hierro, incluyendo, por las razones que luego se detallan, el mantenimiento de la ocupación castreña bajo dominio romano y alcanzando hasta el estadio íínal de la misma. Esta lectura "cronológica" no implica recurrir al tiempo como argumento significativo; me refiero al tiempo de forma convencional, como introductor de la significación completa de estos modelos, ya que es la dinámica sociocultural la que ha creado dos modelos diferentes que se objetivan ante todo en dimensiones espaciales y que, desde nuestra posición, comprendemos cronológicamente (12). (12) Ajustada precisión que debo a Felipe Criado. Los argumentos que permiten sostener esta lectura son de dos tipos. Por una parte se puede recurrir a la comparación con modelos como el definido por X. Carballo (1990) en el valle del Ulla. Su trabajo puede emplearse como herramienta de contraste ya que uno de sus resultados más significativos fue el establecimiento de una secuencia temporal para los poblados cástrenos a partir del examen de un aspecto sobre el que este trabajo pasa un poco tangencialmente: el emplazamiento, entendido como la observación formal de los puntos concretos en que se sitúan los castros. Según Carballo los castros con ocupaciones tempranas (siglos VIII-V a.C.) suelen disponerse en los emplazamientos que él categoriza como tipos A y C: cumbres y espolones bien destacados. Vistos así, puede observarse como cuatro de los poblados que he encuadrado en el primer modelo (Penalba, Monte Gástelo, Coto do Castro y Páranos) responden perfectamente a este tipo de emplazamiento. Coto dos Mouros, ocupa un punto un tanto más peculiar, aunque asimilable a ellos. Los demás se adscriben a alguno de los modelos que Carballo sitúa en las fases II y III del mundo castreño (siglos IV-II a.C. y I a.C.-II d.C): media ladera o elevaciones en medio de zonas abiertas y bajas. Pero todavía es posible una contrastación más directa en algún caso. Sólo existe información estratigráfica de dos de los castros que he estudiado: Penalba y Monte Castelo. Penalba fue excavado en los años 80 por A. Alvarez (1986Alvarez (, 1987)), lo que permitió constatar su ocupación temprana, con materiales y estructuras propias de esa primera fase del castreño. Existen además varias dataciones de C-14 que confirman este extremo (Carballo y Fábregas, 1991). Monte Castelo, únicamente fue sondeado de forma puntual por el propio A. Alvarez (1987). Los datos disponibles apuntan a una ocupación igualmente temprana, dentro también del Hierro I. Implicaciones: las edades del hierro Como se ha apuntado, el esquema vigente de partición cronológica de la cultura castreña del noroeste, cualquiera que sea la propuesta concreta que se tome, establece tres etapas esenciales. En la zona de trabajo ahora elegida y a nivel de modelos de ocupación del espacio únicamente se pueden distinguir dos, y entre ellas parece establecerse una clara discontinuidad. La ocupación en el Hierro I El modelo de ocupación del Hierro I parece corresponderse con la ruptura del sistema vigente en la Edad del Bronce, aunque todavía sin la conformación definitiva de una nueva forma de paisaje. Por una parte, y como rasgo estructural esencial que señala una nítida línea divisoria con la situación precedente, el sistema de comunidades semi-móviles vigente a lo largo de toda la Edad del Bronce es reemplazado, por primera vez, por poblados que se fijan de forma permanente al territorio. Por primera vez se asiste a la inversión masiva de trabajo colectivo en la construcción de un poblado, que incluye la alteración sustancial del paisaje precedente a través de obras como aterrazamientos o profundos fosos defensivos. Este cambio, por encima de cualquier continuidad en aspectos menores del sistema socio-cultural (que existen, como veremos), implica la necesidad de reconocer que estamos ante una nueva forma de concebir no sólo las relaciones entre el ser humano y el paisaje sino de estructurar y gestionar a las propias comunidades. Hablar, pues, de castros con ocupaciones del Bronce Final, como es habitual en muchas publicaciones, equivale a conceder una importancia impropia a aspectos tales como las formas de la metalurgia o las técnicas de decoración de la cerámica, por ejemplo. A no ser, claro está, que se prefiera seguir manteniendo a toda costa esquemas periodizadores puramente tipológicos y carentes de contenido (13). Sin embargo, como se apuntó, el modelo generado en el Hierro I mantiene elementos ya existentes en la situación anterior. Además de asuntos formales como la concepción global de la cultura material, sobre todo la cerámica (Cobas, e.p.; Cobas y Prieto, 1998), parece que todavía no se da el salto definitivo a una fuerte intensificación agraria. Es bien cierto que hay cambios al respecto, como por ejemplo la aparición del cultivo de cereales como el mijo, que permiten asegurar la obtención de una doble cosecha anual complementando a la de cereal de invierno ( 14). Sin embargo esta doble explotación anual parece haberse desarrollado todavía con una tecnología similar a la de la Edad del Bronce, esto es, con laboreos extensivos de ciclo largo; es (13) La argumentación tras este párrafo fue desarrollada por mí mismo y Fidel Méndez en una comunicación inédita titulada Analysis of the rise of fortification in the Northwest of Iberia presentada en la primera reunión anual de la European Association of Archaeologists en Santiago de Compostela (1993). ( 14) Semillas de mijo han aparecido en abundancia, sin ir más lejos, en el castro de Penalba (Alvarez, 1986). un salto cualitativo, pero aún no definitivo. Esto puede apreciarse si se observa la distribución de castros del Hierro I en asociación con los asentamientos conocidos en la zona de la Edad del Bronce y con los petroglifos (Fig. 8) (15). Confirmando el modelo propuesto por F. Méndez (1994) estos poblados de la Edad del Bronce ocupan zonas en general altas, caracterizadas por suelos ligeros y bien drenados y por la existencia de cubetas húmedas {brañas) como reservas estivales de pasto. M. Santos (1998) ha aportado un nuevo elemento al proponer que muchas veces los petroglifos con motivos propios de la Edad del Bronce se sitúan en las zonas de acceso a esas áreas generalmente elevadas que ocupan los poblados, actuando como delimitadores territoriales de los espacios propios de cada comunidad o pequeño grupo de comunidades. Como se puede apreciar en la figura 8, los castros que responden al modelo de localización de este Hierro I ocupan posiciones destacadas en el extremo de esas zonas altas en las que, además, hay documentados asentamientos de la Edad del Bronce. (15) tínicamente se conocen algunos poblados de la Edad del Bronce en este área, todos ellos a partir de las obras de seguimiento arqueológico del Oleoducto Coruña-Vigo; esto es patente en la distribución lineal de los yacimientos en el mapa. De hecho son estos seis castros los únicos de los 22 del conjunto que están emplazados a menos de 1 km de distancia de algún petroglifo, a pesar de la gran densidad de rocas grabadas en la zona ( 16). Esta vinculación de los castros tempranos con las zonas sujetas a ocupación y explotación en la Edad del Bronce se confirma si examinamos cuáles son las zonas más accesibles desde ellos (Fig. 9). Es muy clara la relación de proximidad de estos castros con esas zonas altas. Ello permite suponer que sean estas áreas de suelos ligeros y fáciles de trabajar con una tecnología más rudimentaria las que sigan siendo todavía en este momento escenario del aprovechamiento por parte de unas comunidades todavía en vías de conquistar definitivamente las tierras bajas. Por otra parte la quiebra del sistema de ocupación y explotación vigente en la Edad del Bronce se produce con un matiz muy importante: la fortificación de los lugares de habitación. Frente a un modelo de asentamiento abierto, localizado en el centro de esas zonas llanas, en puntos incluso deprimidos del paisaje (Méndez, 1994(Méndez,,1998)), el paso a este Hierro I supone no sólo el traslado de los poblados al extremo del sistema, sino su ubicación en puntos más o menos inaccesibles, inaccesibili-Ja¿reforzada a través de la construcción de elementos artificiales como fosos o terraplenes. Dejando ahora al margen la debatida vinculación de las defensas castreñas con unas comunidades más o menos guerreras, lo cierto es que el cambio implica una indudable preocupación por proteger y aislar tanto a las poblaciones como a sus bienes àtlmundo exterior, que constituye una amenaza, real o ficticia. La propia localización de los castros del Hierro I en el extremo de las zonas altas, en el balcón de las cimas, funciona como ilustrativa metáfora del carácter mediador entre la situación propia del Bronce y la que a continuación introduce el Hierro II. Este emplazamiento introduce la última novedad significativa a la que me voy a referir: frente a unos poblados vueltos sobre sí mismos y su entorno más inmediato en la Edad del Bronce (Méndez, 1994(Méndez,, 1998)), los primeros castros introducen la visibilidad a larga distancia como un factor esencial en la selección del emplazamiento. Y lo hacen concentrando esta visibilidad precisamente en la dirección opuesta a aquella que, por lo que parece, acogería su espacio prioritario de explotación. Así, estos primero castros muestran un muy amplio dominio (16) Agradezco el dato a mi compañero Manuel Santos. visual de los valles, lo que refrenda de nuevo la metáfora anterior: se empieza a mirar (literalmente) al valle, aunque todavía a distancia. La ocupación en el Hierro II Los yacimientos que he asignado a la segunda Edad del Hierro reflejan una modificación en las formas de entender la vinculación entre las comunidades humanas y la naturaleza y, por extensión, la manera en que estas comunidades se organizan y estructuran. Ahora los yacimientos aparecen inmersos en entornos menos dominantes, en puntos en general más bajos, en contacto directo con el valle. Parece que la progresiva aproximación de los grupos humanos a las tierras bajas alcanza ahora un hito importante. Los yacimientos están rodeados de terrenos fértiles, bien irrigados y lo suficientemente profundos como para permitir sistemas de explotación más intensivos, con ciclos de rotación cortos. Esta posibilidad requiere, a cambio, disponer de una tecnología más avanzada, capaz de remover y airear los suelos en el momento de la labra y de abordar obras de drenaje ante los riesgos de encharcamiento de estas superficies de recepción de aguas y escasa pendiente. A este respecto puede resultar bastante signifi- cativo constatar que es precisamente a partir de los siglos V-IV a.C. cuando se generaliza la metalurgia del hierro en el noroeste, dado que los escasos útiles de este metal documentados en contextos anteriores parecen proceder mayoritariamente de la importación y tener un uso efectivo limitado (Peña, 1992b). Es igualmente ilustrativo constatar que a partir de este momento hacen su aparición en los castros voluminosos espacios de almacenamiento de excedente (Fernández-Posse y Sánchez Patencia, 1998). En otros órdenes de la cultura material, como la cerámica, parece documentarse igualmente un cambio significativo que afecta no sólo a la apariencia o los tipos de los materiales ahora fabricados sino a la concepción global de la cultura material (Rey, 1990-91; Cobas y Prieto, 1998; Cobas, 1999). Los yacimientos muestran a un tiempo evidencias de continuidad y discontinuidad. Ya se ha analizado cómo varían sus patrones de localización y cómo se altera de forma notable la vinculación con el entorno. Los castros de este momento parecen mostrar una clara vocación de integración con los terrenos circundantes, manifestada en unas condiciones de accesibilidad y de un dominio visual uniformes en todas direcciones. La alta preocupación por la inaccesibilidad que trasmiten los asentamientos del Hierro I decrece en este momento. Los nuevos poblados siguen ocupando puntos estratégicos, dominantes sobre el entorno más inmediato y relativamente difíciles de alcanzar. Sin embargo pesa más la necesidad de disponer cómodamente de superficies suficientes de terrenos aptos para la explotación intensiva, entendida como un sistema de barbecho de ciclo corto. A cambio la protección del espacio doméstico, de las vidas y las posesiones de los miembros de la comunidad, reposa mucho más sobre el propio trabajo de éstos. Son ahora las estructuras defensivas artificiales las que construyen nuevas formas de relieve, las que funcionan de forma primordial como delimitadores del espacio directamente ocupado, tanto para su habitación como, muy probablemente, para su explotación más directa e intensiva. Es así como podrían leerse las numerosas terrazas que aparecen rodeando muchos castros y que, al menos en algún caso con certeza, se pueden vincular con ocupaciones de este momento (Parcero, 1999a)(17). (17) Datos derivados del reciente proyecto de control arqueológico de la construcción de la Red de Gasificación de Galicia. Además de elementos defensivos y delimitadores de los poblados, las estructuras artificiales que ahora se generalizan, sobre todo parapetos y murallas, introducen una nueva modificación respecto al momento anterior. Frente a aquel carácter visualmente abierto de los poblados del Hierro I, los nuevos castros aparecen rodeados, casi siempre íntegramente, por un horizonte artificial constituido por sus propias defensas. Se consigue así una sensación de espacio cerrado, volcado sobre sí mismo, ya que se impide (por completo en algunos casos, parcialmente en otros) la visión al exterior desde cualquier punto de la aldea a no ser que nos encaramemos a la parte alta de las defensas. Se asiste, en fin, a un nuevo modelo de paisaje que, sin embargo, mantiene al menos un elemento de continuidad estructural con la fase anterior. Me refiero a la perduración del poblamiento en pequeñas aldeas fortificadas. Este solo rasgo, incluso en ausencia de otros, es, a mi juicio, lo suficientemente importante como para hacerlo prioritario frente a las rupturas a la hora de etiquetar cada uno de estos períodos. El dilema de la tercera fase Se apuntó más arriba que en general se reconoce la existencia de tres fases dentro de la secuencia del mundo castreño del noroeste. De hecho existe un acontecimiento histórico innegable que afectó a este área: la ocupación y dominio romano. Sin embargo el análisis que he realizado sólo permite distinguir dos modelos de ocupación en la zona de trabajo. ¿Qué ocurre, pues, con esta última fase? Estamos ante el complejo dilema del efecto de la ocupación romana en el noroeste. El tema es lo suficientemente rico como para justificar un trabajo detenido y exhaustivo, que aquí no corresponde. Me limitaré a apuntar algunas precisiones. Como ya se señaló, en la zona concreta que he seleccionado no parece detectarse ninguna modificación sustancial del patrón de ocupación del medio aparte de ese esquema dual Hierro I/Hierro IL Estos datos pueden ser mejor valorados si echamos mano de la información directa que nos ofrecen yacimientos que hayan sido excavados. En la tabla I se han recogido una serie de castros del área gallega con información contextualizada y publicada con un mínimo detalle. Como se puede observar, la gran mayoría de los ocupados en los momentos más tardíos de la cultura castreña, esto es, en épo- Fig. 10. Perfil del castro de Baroña en el que se aprecia la exacta superposición de estructuras en dos fases de ocupación sucesivas (Calo y Soeiro, 1986). ca indígeno-romana (ca. a partir del siglo I a.C), cuentan con ocupaciones anteriores, en algunos casos bien contrastadas y en otros apuntadas por algunos indicios que obligan al menos a tomar cierta cautela (18). Esta aparente continuidad se ve refrendada por la forma en que se producen en muchos casos estas reocupaciones. Así, en los bien conocidos castros deTroña o Baroña los excavadores aluden reiteradamente a la frecuente reutilización de las mismas estructuras domésticas en fases sucesivas de lo que sería el Hierro II y época indígeno-romana (19) (Hidalgo, 1988-89; Calo y Soeiro, 1986). Véase un buen ejemplo de ello en el perfil de la figura 10 correspondiente al castro de Baroña. El yacimiento de Alto do Castro, al que luego me referiré, apunta en la misma dirección (Parcero, e.p.). De estas observaciones se puede extraer, al menos de forma preliminar, que la ocupación y dominio romano en el noroeste no siempre implicó una modificación importante en los modelos de ocupación y construcción del paisaje. Es conocido e in-(18) Así ocurre en A Croa de Ladrido, castro con muy escasa superficie excavada. En Santa Tecla sí se ha excavado una superficie muy amplia, pero los trabajos (al menos los más recientes, que son los únicos con información fiable) se han concentrado en un único sector de un yacimiento de gran extensión y que podría haber seguido un proceso conocido: mutación del tamaño del poblado pero mantenimiento del modelo de ocupación, que es lo que ahora mismo se está examinando. El caso de Viladonga es más oscuro por falta de información publicada suficientemente explícita, aunque parecen existir materiales de clara adscripción prerromana (Dorrego y Rubiero, 1998). (19) Los excavadores del castro de Baroña identifican hasta 4 fases de ocupación, que reducen a un lapso de apenas 100 años entre los siglos I a.C. y II d.C. Sin embargo tanto el examen de los motivos que les llevan a esta conclusión como el análisis detenido del material cerámico (Rey, 1990-91) permiten retrasar la cronología de sus primeras ocupaciones hasta el Hierro II. No se conocen dataciones de C-14 para el yacimiento. negable que donde la ocupación romana tuvo especial intensidad por razones esencialmente económicas, sí ocurrió (Femández-Posse y Sánchez Falencia, 1998). Sin embargo no parece que esto haya ocurrido fiíera de estas áreas. Es igualmente cierto que hay castros fundados en esta época alejados de las zonas de intensidad minera prioritaria, pero, al nivel de análisis actual, esos yacimientos no habrían roto el modelo de localización, ocupación y relación con el medio de las comunidades prerromanas; en una palabra, el modelo de paisaje. ¿Significa esto la negación de cualquier relevancia o efecto de la conquista y dominio romano del noroeste? Únicamente significa que, en primer lugar, estos efectos se van a producir a un nivel diferente del paso de la primera a la segunda Edad del Hierro. No aparece un nuevo modelo de paisaje, ni una concepción diferente de la relación entre las comunidades y el medio, de ocupación y explotación del entorno. Lo que sí hay es, sobre todo, la inclusión de una sociedad formada por comunidades campesinas con un modesto grado de integración política dentro de la estructura de dominación de un imperio. Y ello sin duda habrá ocasionado modificaciones relevantes dentro de estas comunidades, pero estas modificaciones, como se ha apuntado recientemente (Sastre, 1998), parecen ir más en la línea del aprovechamiento de las estructuras socio-políticas y de poder precedentes, reajustando los equilibrios existentes, reforzando las bases del poder en unos casos o eliminándolas en otros. La constitución del campesinado corresponde a los grupos prerromanos; lo que ahora se produce es su inclusión en una vasta estructura imperial. La destrucción definitiva del equilibrio existente no se registra hasta el momento en que los castros se aban-. Otras opciones: abandono frente a reocupación Hasta aquí he presentado la lectura de los dos modelos de localización de castros detectados en la zona. Pero, como es bien conocido, la situación dista habitualmente de ser tan clara. En efecto, como se aprecia en la tabla I, un alto porcentaje de los castros está lejos de adaptarse canónicamente a este esquema de dos situaciones sucesivas, a uno u otro modelo de forma excluyente. Es relativamente frecuente que hayan sido reutilizados no sólo a partir del siglo IV a.C. sino también desde épocas anteriores, solapándose ocupaciones de lo que he denominado Hierro I y II. ¿Invalida esto la verosimilitud del esquema presentado? Un examen detenido de la forma en que se producen estas re-T. R, 57, n. currencias servirá para matizar esta aparente incoherencia. Para este análisis me voy a basar en el yacimiento de Alto do Castro por dos motivos esenciales. El primero es que muestra muy nítidamente una larga pervivencia que abarca los dos momentos considerados, así como una ulterior fase de época indígeno-romana. El segundo es que lo conozco especialmente bien por haber participado en el trabajo arqueológico en él desarrollado (20). Este pequeño castro, situado a menos de 10 km al norte de la zona que ahora nos ocupa, cuenta con tres fases de ocupación bien caracterizadas (corroboradas por dataciones de C-14): la primera fase se desarrolla con anterioridad al sigloV a.C, la segunda entre los siglos IV-II a.C. y la última entre este momento y, aproximadamente, el cambio de era. Podría pensarse, pues, que hay una clara continuidad en todo este lapso. Pero sólo al nivel al que antes fue expuesta: pervivencia en una forma de poblado, la aldea fortificada, y, en este caso, permanencia además en el mismo lugar. Esta pervivencia es, como también se apuntó antes, crucial, estructural y, seguramente, más significativa que la discontinuidad. Pero también ésta existe. Se manifiesta sobre todo en que el paso entre la primera y segunda fases {ca. siglo V a.C.) significa no sólo un abandono temporal del poblado, como la que ocurre entre las dos fases recientes, sino una profunda reforma del mismo, hasta el punto que podría hablarse de una refundación. La estratigrafía vertical lo muestra nítidamente (Fig. 11): la to-talidad de niveles y estructuras de la primera fase son no sólo olvidados sino sepultados bajo espesas capas de tierra que incluyen el propio derrumbe de esas estructuras y la deposición de importantes niveles de sellado y preparación del terreno. La reforma de las defensas al norte del poblado es igual de brusca (Fig. 12): frente a un ligero refuerzo y adición de un múrete de contención en la fase final, en la fase intermedia se erige prácticamente un nuevo parapeto sobre el anterior que duplica su altitud y anchura, además de añadirse un nuevo foso de igual proporción. El alcance de la reforma se puede adivinar también en la propia extensión del poblado, ya que ahora aumenta considerablemente su superficie (dentro de unas dimensiones en general reducidas) y varía su apariencia y planta. Es ésta, pues, una manifestación alternativa del proceso de modificación que se vive entre el Hierro (20) Fidel Méndez dirigió su excavación en 1993. La mayor parte de los datos que siguen permanecen inéditos. Existe una noticia acerca de esta excavación (Méndez et alii, 1995) y en este mismo año se publicará una síntesis (Parcero, e.p.), extraída de la memoria definitiva. I y el IL El yacimiento no se abandona pero tampoco se reocupa de forma estricta, sino que más bien se reconstruye. Podemos hablar con más propiedad de una recurrencia en la ocupación que de una nueva utilización del poblado. Este modelo parece repetirse, por ejemplo, en Castrovite (A Estrada, Pontevedra) (Carballo, 1998), aunque la información disponible no permite precisar demasiado. Resta aún justificar por qué en algunos casos se registra el abandono definitivo de un poblado y en otros se opta por la continuidad. En el estado actual creo poder aludir a dos motivos. El primero es lo que se puede denominar l3.posibilidad: la localización del poblado continúa siendo válida para el nuevo contexto de explotación del medio. En efecto Alto do Castro muestra muchos de los rasgos que definen el modelo de localización de los castros del Hierro I, aunque su posición es tal que no implica un distanciamiento exagerado de los terrenos de potencial aprovechamiento intensivo. Así, estaríamos aquí ante un ejemplo de patrón de localización intermedio, tan apto para la explotación de suelos ligeros como de terrenos de valle. Una buena prueba de este extremo es que la pervivencia de la ocupación en el lugar de Alto do Castro no sólo afecta al amplio ciclo de la Edad del Hierro, sino que a sus pies hay evidencias de un asentamiento tardorromano y, más adelante, se situó la actual aldea de Laxos (Parcero, e.p.). El segundo motivo sería lanecesidad: el potencial de la propia comunidad que lo habita. Alto do Castro es, como se ha dicho, muy pequeño, incluso dentro de los parámetros de un castro del Hierro L Ello implica una comunidad de muy modestas dimensiones, tal vez no más de 60 ó 70 individuos. Un grupo como éste enfrentado al dilema de levantar un nuevo poblado de la nada o reformar el ya existente (por profunda que sea esta reforma) seguramente habrá escogido la primera alternativa. Esta opción de continuidad y pervivencia parece la preferente en zonas con peores condiciones para una ocupación intensiva y en las que el rigor del medio proporciona un menor margen de maniobra a las comunidades (21). (21) Tal es el caso del área de Friol (Lugo), que ahora estoy analizando con el mismo esquema de trabajo y que muestra un conjunto de yacimientos mucho más homogéneo. Inmediatamente vecina a ésta está la sierra de O Bocelo, donde se excavaron o sondearon varios castros que parecen confirmar esa mayoritaria opción de pervivencia en la ocupación de un mismo punto durante largo tiempo (Penedo y Rodríguez Puentes, 1991; Meijide, 1990). SÍNTESIS: LAS DOS EDADES DEL HIERRO Tres fases, dos modelos. Esta frase podría sintetizar una parte de los resultados del trabajo. Cuando menos en la zona que aquí se ha empleado como ejemplo, resultan en principio evidentes dos modos únicos de ocupación del espacio nítidamente diferenciados durante el largo período de vigencia del poblamiento castreño fortificado. Esos dos modelos se corresponden con lo que dentro del peculiar contexto investigador norteño se denominan Fase I o inicial del mundo castreño y Fases II y III, o media y final, de ese "complejo cultural". Hablando en términos más generales, se puede correlacionar sin ningún problema el registro del noroeste con el del resto de la Península Ibérica y Europa y hablar de Hierro I y Hierro Il-época indígeno-romana. Como también se ha mostrado, esta secuencia tripartita contiene a su vez una base en apariencia sólida, ya que se detectan cambios también significativos derivados de la ocupación romana. ¿Cómo congeniar, pues, esta aparente dualidad? La respuesta parece que se debe situar en una valoración ajustada del diferente carácter de estos dos procesos de cambio y de su alcance. El paso de la primera a la segunda Edad del Hierro, hacia finales del siglo V a.C, es un cambio sustantivo y estructural en los modos de vida y organización socio-política de las comunidades castreñas. La clara modificación en los patrones formales y de emplazamiento de los yacimientos es nada más que un reflejo de una alteración importante en las formas de ocupar y explotar el medio, que a su vez habría implicado un cambio en los modos de conceptualizarlo. La esencia de ese cambio sería la plena conformación del campesinado, en la forma en que éste se ha definido en otros lugares para el mundo castreño (Parcero, 1995; Fernández-Posse y Sánchez Palencia, 1998). El segundo cambio es de naturaleza diferente. En primer lugar porque en él juega un papel esencial un elemento externo y bien distinto: el imperialismo romano, bien sea como inductor principal o mero impulsor. En segundo lugar porque los efectos de este cambio parecen obrar a otro nivel. En principio no parece haber una alteración en las bases de la estructura socio-política de las comunidades castreñas, sino más bien una exacerbación de las formas organizativas ya existentes. Un claro síntoma de ello es el aparente mantenimiento de las formas de ocupación y relación de las comunidades con el espacio. Ahora bien, todo esquema general (y éste lo es) es siempre un modelo, una abstracción, pero las posibilidades de adaptación local son muchas. Así ocurriría a nivel regional, donde por ejemplo parece haber áreas en las que predominan las ocupaciones de muy largo alcance y los cambios entre la primera y segunda Edad del Hierro habrían operado a escala local, dentro de cada yacimiento. Alto do Castro podría marcar una pauta de lo que ocurre en áreas de poblamiento poco denso y de mayor rigor para la ocupación como Friol, en el interior de Galicia. A nivel igualmente regional hay lugares en los que la ocupación romana sí supuso una mutación significativa de las formas de poblamiento, con presencia permanente e interés directo del estado romano como el área minera de León, Asturias y oriente gallego. También pueden existir adaptaciones locales, dentro de cada comunidad concreta, dentro de cada poblado. Así ocurriría en Alto do Castro, próximo a la zona de estudio principal pero donde el cambio entre Hierro I y II no se produce por medio del abandono del poblado sino manteniendo el lugar de habitación. Gracias a Fidel Méndez, por compartir muchas ideas y también padecimientos para entendernos con las máquinas, cosa que por supuesto no hemos conseguido. A Manuel Santos, por tener siempre un momento para pensar. Como cualquiera que me conozca puede saber, los números nunca han sido lo mío; por ello buena parte de los análisis requirieron de la ayuda de mis compañeros César A. González y Roberto Gómez. Gracias evidentes a Felipe Criado, por apretar pero no ahogar. Y gracias a los que revisaron y mejoraron el texto, a saber: Isabel Cobas y Xurxo Ayán.
BARBARA ARMBRUSTER (*) ALICIA PEREA (**) RESUMEN Contraponemos la observación directa de las piezas y el estudio del proceso de fabricación, distribución y consumo, a la tradicional visión tipológica de los torques cástrenos. La variabilidad tecnológica es la característica que mejor define este material arqueológico, dentro del conjunto de la orfebrería del noroeste peninsular de la Edad del Hierro. Olvidamos su carácter de adorno y conceptualizamos el objeto como una inversión colectiva dentro de un espacio temporal que se inicia en el Bronce Final y se prolonga hasta más allá de la romanización. Creemos que un trabajo sobre orfebrería castreña requiere una justificación que, en nuestro caso, está en una nueva orientación metodológica enfocada al análisis tecnológico y reconstrucción del proceso de fabricación de un material que todavía se presenta como un desafío dentro del panorama de la arqueología peninsular del final de siglo. El juego de palabras que preside el título no es una concesión efectista; sólo refleja el camino de una investigación que se inicia con el objeto, para llegar al sujeto. El carácter de estas oposiciones nos remite a la dicotomía de la semiótica de Eco (1995), a la oposición entre una semiótica de la significación y una semiótica de la comunicación; son preguntas que nos interrogan sobre la generación de un signo dentro de su propio sistema de comunicación; sobre los códigos semánticos que actuaron en el momento de la fabricación, uso y abandono de los T. P.,57, n.M,2000 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es torques cástrenos. Con génesis y código nos referimos a la oposición "regla versus proceso", es decir, a la posibilidad de llegar a conocer algunas de las reglas que rigieron el sistema de significados de una sociedad del pasado, cuyo proceso de comunicación se ha perdido para siempre, no es ya reconstruible. Dado que "en los procesos culturales, los dos fenómenos van estrechamente ligados" (Eco, 1995: 25), un^explicación sobre los torques castreños va a ser siempre incompleta y en cierta medida equivocada. Si comparamos los trabajos ya históricos, sin falta de remontarnos a Villaamil y Castro (1874), sino desde la época dorada de López Cuevillas (1932, 1951), Monteagudo (1952) y Bouza Brey (1965), con las publicaciones más recientes, como las de Pérez Outeiriño (1990) y Prieto Molina (1996), constatamos que la tipología con finalidad cronológica sigue siendo el método y la preocupación principal del investigador, aunque se adobe con distribuciones espaciales dentro del paisaje castreño, con pinceladas de identificación étnica, o argumentos sobre sistemas ponderales que ciertamente intentan abrir nuevas vías. En otros casos, también recientes, se renuncia a la explicación para hacer recopilación (Balseiro, 1994), trabajo ingrato pero necesario. Finalmente, hay quien logra trascender el marco morfológico para adoptar una perspectiva histórica, a la búsqueda de los orígenes y trayectorias del torques en las distintas épocas y sociedades que lo utilizaron (Castro Pérez, 1990Pérez,, 1992)). En otros países, la orfebrería castreña suscita cierto interés. En Portugal, Ferreira da Silva (1986) recoge todo el material de ese país, con interesantes observaciones técnicas sobre algunos torques que considera, en términos generales, adornos masculinos. En Alemania tres autores integran los torques cástrenos en sus respectivos estudios sobre orfebrería de la Edad del Hierro; K. Raddatz (1969) recoge sesenta ejemplares peninsulares que considera un material homogéneo desde el punto de vista técnico y tardío desde el cronológico, dentro del siglo III al I a.C; Lenerz de Wilde (1992) sigue fielmente los pasos de Raddatz;V. Pingel (1992) aumenta su recopilación a noventa ejemplares y acepta una cronología más antigua para algunos. Dentro de este panorama, que no es necesario desarrollar porque otros lo han hecho ya (Pérez Outeiriño, 1982y 1990; Prieto Mohna, 1996; Balseiro, 1997), existen unas constantes, implícitas o explícitas, en la valoración de este material arqueológico: los torques son joyas o adornos personales, a la vez que objetos de prestigio; la ausencia de contextos es un límite insalvable para cualquier aproximación histórica y cronológica; la abundancia de oro en el territorio es explicación suficiente para la aparición de una orfebrería compleja, aún dentro de una sociedad campesina, tal y como actualmente se definen las agrupaciones sociales castreñas (Criado, 1992; Fernández-Posse y Sánchez-Palencia, 1998); existen concentraciones geográfico-tipológicas cuyo significado no es posible determinar. Por oposición a este estado de cosas, hemos partido de una nueva conceptualización del torques, negando su carácter de adorno personal, negando la validez de la tipología como método para continuar su estudio, negando, finalmente, que la ausencia de contextos sea el chivo expiatorio de la situación. Como alternativa, proponemos los siguientes temas de análisis: a) leivariabilidad tecno-morfológica es la característica que mejor lo define; b) el contexto del torques es precisamente la. ausencia de contexto', c) el torques castreño es nnainversión colectiva, no un adorno personal. El estudio que proponemos no pretende abarcar toda la población de los torques gallegos y portugueses, que se aproxima actualmente a los 120 ejemplares, sino una muestra de 24 -hay fragmentos, por lo que puede variar el número contabilizado, según el criterio-que seleccionamos tras establecer unas condiciones previas. Se trata de ejemplares que en todos los casos hemos podido estudiar con ayuda de medios ópticos o electrónicos, documentar con macrografía, medir y pesar directamente. Esto último lo consideramos de obligado cumplimiento dado que los datos que se manejan en la bibliografía actual están tomados de las publicaciones más antiguas, sobre todo de los trabajos de López Cuevillas, siendo en muchos casos Desde el punto de vista morfológico constituye un grupo fácilmente diferenciable a simple vista, tanto con criterios intuitivos, como pretendidamente taxonómicos, en tipologías históricas y actuales. Los torques con remates en doble escocia han conformado generalmente un tipo independiente en la mayoría de las sistematizaciones (4), aunque quedan divididos en numerosos subtipos, variantes o escuelas que nosotros no vamos a tener en cuenta puesto que en la mayoría de los casos no están basadas en criterios que se hagan explícitos, sistemáticos o con capacidad de explicación. Así, para López Cuevillas (1951) este remate aparece tanto en la escuela asturiana como en laflaviense, esta última identificada en su momento por Cardozo (1942), siendo el criterio diferenciador la morfología y ornamentación de las varillas; igualmente, el grupo astur-norgalaico de Monteagudo (1952) se define por los terminales en doble escocia y coincide con la escuela asturiana de López Cuevillas, aunque también la varilla es rasgo diferenciador; más recientemente, Pérez Outeiriño (1990) establece para el norte de Portugal un prototipo teórico que llevaría remates en doble escocia y varilla de sección cuadrangular; finalmente, los terminales en doble escocia es un rasgo que se extiende a los tipos VI, VII y VIII de Prieto (1996), con una gran cantidad de subtipos en cada uno. A la hora de elegir el material hemos prescindido, por tanto, de muchos de los rasgos que han servido tradicionalmente para agruparlo y clasificarlo, como la variabilidad dentro de los propios terminales, de las varillas, y de los tipos de ornamentación. En el lado opuesto, el de los torques no escogidos, están todos los ejemplares con remates piriformes y en campánula. Desde este punto de vista, nuestro catálogo incluye más del 80% de la población total de los torques con remates en doble escocia. La descripción que damos a continuación es estrictamente tecnológica, fruto del examen minucioso de las huellas de trabajado de todos los ejemplares. (3) Llamamos la atención sobre este hecho, dado que algunos estudios sobre sistemas metrológicos se basan en datos antiguos, no contrastados posteriormente. (4) Estamos de acuerdo con Ladra Fernández (1997-98) en lo escasamente afortunado de la denominación "doble escocia" que constituye además un cajón de sastre, pero no hemos encontrado una alternativa mejor, quizá por falta de imaginación o empeño. Catálogo (con medidas en cm, siempre máximas si nada se indica, y pesos en gr): ASTORGA, León, Museo Arqueológico Nacional (N°Inv. Aro y terminales macizos. Aro macizo, terminales huecos. Alambre enrollado en los extremos del aro y cenefas de cordón suelto en el centro. -Contexto: en un castro, durante labores agrícolas. CANGAS DE ONIS, Asturias, Museo Arqueológico Nacional. Aro y terminales huecos. Ornamentación de estrías longitudinales en el aro. Disco exterior del terminal con motivo de triángulos rellenos de puntos y esfera central. Ornamentación de placas circulares de hilo en espiral con esfera central. Alambre enrollado, placas circulares de hilo en espiral con esfera central, y motivos a punzón. Ornamentación del disco exterior con motivo de corchetes realizadas con punzón complejo. -Contexto: colección Soto Cortés, procedencia insegura. Los tres con aro y terminales macizos; alambre enrollado en los extremos del aro y cenefas de cordón suelto en el centro. Ornamentación de punzón simple circular en el aro. -Contexto: mercado de antigüedades, procedencia dudosa. -Contexto: procedencia dudosa de un hallazgo de 1883 en un castro. No hemos considerado necesario hacer una descripción técnica en detalle para cada pieza porque alargaría en exceso este texto, daremos una descripción genérica, haciendo alusión a cada pieza en particular cuando sea pertinente. El trabajo de preparación La característica principal y común de estos torques es su división mínima en tres partes, un aro y dos terminales, macizos o huecos, unidos entre sí mediante soldadura o vaciado adicional; hay ejemplares complejos que pueden estar compuestos por más de tres elementos, en función del aro, como el de Vilas Boas, o en función de los terminales. Los terminales pueden ser macizos y estar fabricados en una sola pieza, vaciada a la cera perdida sobre un pequeño núcleo y posteriormente soldados al aro, como los ejemplares de La Madorra y Estela, o bien ser huecos y estar compuestos de tres o más elementos de chapa o lámina gruesa (Lám. I): uno o dos cuerpos centrales, con eje de simetría, y dos discos de cierre, interior y exterior, todo ello soldado entre sí y al aro. Pero también se da el caso de haber fabricado y unido los terminales en una sola operación de vaciado adicional a la cera perdi- Lám. I. Terminal fragmentado del torques B de Pradela do Rio, donde se pueden ver las soldaduras de los distintos elementos del remate hueco y la fijación del aro, que encaja en el disco interior, sobrepasándolo. El grosor de la chapa oscila entre 0,3-0,4 mm. da sobre el propio aro, como en Astorga o Recadieira II (Lám. Cada una de estas partes se planifica y fabrica con independencia, teniendo en cuenta el producto final. La decoración es otra fase importante porque requiere disponer de un patrón previo y unas herramientas específicas: compás para trazar círculos y composiciones de rosetas, postas o trisqueles; punzones simples o complejos; varillas, hilos, alambres, granulos de remate, elementos plásticos, etc. En cuanto a la materia prima, el orfebre castreño se limita al trabajo del oro, con empleo de la plata como producto secundario para núcleos y rellenos, pero el color o el contraste de matices está prácticamente ausente de este tipo de orfebrería. Las formas huecas se asocian a la idea de ahorro de metal, más que a otras consideraciones de carácter Se parte siempre de un lingote fundido en barra para la fabricación de los aros macizos, varillas, alambres o hilos gruesos, chapas o láminas, con ayuda de un crisol para fundir el oro y un moldelingotera, abierto o cerrado. La cera perdida permite la fabricación de formas complejas (Hunt, 1980). Se comienza modelando en cera el objeto, y añadiendo canales de llenado en el mismo material. Este modelo se cubre de sucesivas capas de arcilla muy depurada que van formando el molde de fundición. Una vez seco y habiendo derretido la cera mediante calentamiento, se rellena el hueco dejado por ésta con el oro fundido. Es necesario romper el molde para extraer la pieza vaciada; posteriormente se cortan los canales de llenado y se pule la superficie. Mediante esta técnica se fabricaron los discos de remate de los terminales F y G de Cangas de Onís que presentan distintas decoraciones imitando filigrana y granulado en forma de cordelado y postas (Láms. Igualmente, todos aquellos ejemplares con remates macizos que presentan un pequeño hueco para la fijación del aro. La fusión o fundición adicional (Drescher, 1958) es una variante de la cera perdida que se utiliza para la unión de dos elementos, en el caso de los torques para unir los terminales macizos al aro (Lám. II); es una combinación tecnológica de fabricación y de unión, aunque también es muy frecuente su uso como técnica de reparación. Estas dos técnicas están documentadas en la orfebrería peninsular desde la Edad del Bronce, por ejemplo, en las tazas del depósito de Caldas de Reyes, Pontevedra (Armbruster, 1996). Dos ejemplos del Bronce Final que habría que destacar, porque unen las dos variantes de cera perdida, son el Lám. Micrografía mostrando las características del terminal F de Cangas de Onís, fundido a la cera perdida (Micrografía realizada en el microscopio electrónico del CENIM). torques de Sintra, Lisboa (Armbruster, 1995) y el brazalete de Cantonha, Braga (Armbruster y Perca, 1994: 75). La deformación plástica, aros e hilos La fabricación de aros macizos, alambres, hilos gruesos, chapas y láminas, se basa en técnicas de deformación plástica (forjado, martillado), cuyo fundamento se apoya en las propiedades mecánicas del metal -maleabilidad y ductilidad. Partiendo del lingote fundido, se fabrican mediante martillado sobre el yunque todos estos elementos estructurales u ornamentales. No tenemos indicios del empleo de la hilera para la fabricación de hilos; todos los hilos finos emplea-Lám. V. Aro del torques de San Lorenzo de Pastor II con alambre de sección plano-convexa enrollado y placa de hilo en espiral. dos en la ornamentación de filigrana están fabricados mediante la antigua técnica mediterránea de la torsión de una fina tira laminar (Formigli, 1993: fig. 2-5), cuya prueba es la huella helicoidal que recorre longitudinalmente la superficie de estos hilos y que puede estar más o menos enmascarada por el desgaste de uso. Los elementos trabajados por deformación plástica que se han documentado en los torques son los siguientes (Láms. -Aros: en forma de barra de sección cuadrangular o romboidal, y circular; frecuentemente se combinan en el mismo aro una sección circular central y dos secciones poligonales en los extremos. -Hilos/alambres: de sección circular, cuadrangular y planoconvexa. -Hilos: de sección cuadrangular torsionados. -Hilos gruesos combinados: de sección circular formando un cordón abierto. El trabajo sobre lámina, cuerpos huecos La fabricación de chapas y láminas a partir de un lingote se consigue mediante martillado sobre yunque. Esta fuerte deformación plástica (Nicolini, 1990: lám. 217) requiere sucesivos y frecuentes recocidos en el horno que devuelvan al metal su maleabiüdad, en un trabajo que consume mucho tiempo y energía, sin embargo, el trabajo de martillado se realiza siempre en frío. Esta técnica se utiliza para fabricar formas huecas y voluminosas con un mínimo gasto de materia prima. Los terminales huecos de los torques están fabricados generalmente en chapa a partir de cuatro Lám. Aro del torques de Burela con grueso alambre de sección plano-convexa enrollado y cenefa de cordelado con hilos de sección circular, fabricados por deformación plástica. VIL Fragmento del aro B de Cangas de Onís que combina la sección circular con la poligonal. Ornamentación de placa circular de hilo torsionado en espiral y esfera central. elementos independientes: dos en forma de escocia o cilindro de paredes cóncavas, y dos discos, uno que cierra el terminal por su extremo y otro que sirve como base de unión con el aro (Lám. I); pocas veces encontramos el cuerpo central con eje de simetría fabricado en una sola pieza. En torques de calidad y bien acabados es difícil identificar las soldaduras que unen todos estos elementos entre sí, pero en otros, por ejemplo en Cangas de Onís, las soldaduras han fallado, quedando los elementos separados. Por otro lado, observamos frecuentemente una pequeña perforación en cada terminal, realizada con un punzón de punta cónica o piramidal, en el disco de unión al aro o en un lateral, para permitir la evacuación de aire y gases que se producen en el interior del cuerpo hueco durante el proce-Lám. Perforación, para evacuación de gases, en el disco interior del terminal del torques de Burela. SO de soldadura y que podrían arruinar la operación de no contar con un sistema de salida (Lám. Este tipo de trabajo sobre lámina o chapa se documenta en el Bronce Final, con independencia de su característica más peculiar que es el objeto macizo. A la vista de algunos trabajos sobre lámina, como los revestimientos y apliques -probablemente de armas-del depósito de Villena, Alicante (Armbruster, 1999), podemos decir que el origen de esta técnica en la cultura castreña puede relacionarse con la tradición del Bronce Atlántico. En el repertorio tecnológico de Villena no se documenta la soldadura por lo que todos esos elementos ornamentales, como cilindros de paredes cóncavas y semiesferas (Armbruster,e.p.: láms. 111,112), son objetos abiertos, nunca cerrados como en el caso de los terminales cástrenos. Pero también existen otros ejemplos de cuerpos tridimensionales huecos en el Bronce Final atlántico como los aros de los torques del conjunto deAlamo, Beja (Inventario, 1993:74-83). Una vez terminada la estructura del torques, el orfebre tiene que planificar la distribución de la ornamentación, la cantidad de materia prima para los elementos complementarios, el patrón decorativo y las herramientas necesarias. Prueba de esta planificación son las huellas dejadas por el compás en un diseño inacabado de un torques de la región de Chaves (5) (Lám. Existe una gran variabilidad de elementos deco- (5) Este nuevo hallazgo todavía inédito, compuesto por dos torques de extremos en doble escocia y un terminal en campánula, es interesante no sólo porque documenta el punto de apoyo del -Improntas de punzones, simples o complejos, sobre metal macizo (terminal torques de Recadieira II y aro del torques de Viveiro) o sobre lámina de un cuerpo hueco (San Lorenzo de Pastor II, Lebuçâo, Paradela do Rio, Provincia de Lugo, Vilas Boas) (Láms. -Varillas de sección plano-convexa, circular u ovalada, enrolladas cubriendo los dos tercios de los extremos del aro (Burela, Recadieira II, Marzán, San Lorenzo de Pasto II, La Madorra 1, 2 y 3) (Láms. -Hilos gruesos de sección circular, lisos, fabricados por martillado, formando un patrón decorativo de cordón, cordón suelto o cordelado (Burela, La Madorra 1, 2 y 3, Marzán) (Lám. XII); hilos finos fabricados por torsión de una cinta laminar (Foxados, Vilas Boas) (Lám. XI); hilos de sección cuadrangular torsionados (Marzán) (Lám. -Granulos aislados, relativamente grandes, en el centro de los discos de los terminales (Cangas de Onís, Lebuçâo, Paradela de Rio); esferas de granulado (Vilas Boas) (Lám. -Elementos plásticos añadidos, laminares, en forma de ave (Vilas Boas) (Lám. -Discos ornamentales de los terminales fabricados a la cera perdida imitando filigrana y granulado (Cangas de Onís) (Láms. -Placas circulares de espirales de hilo de sección circular, bien fundidas a la cera perdida o bien fabricadas a partir de hilos de filigrana soldados entre sí (Cangas de Onís, San Lorenzo de Pastor II) (Láms. V, VII); este tipo de ornamentación es característico y mucho más frecuente en los torques de remates piriformes. Todos estos elementos ornamentales, lo mismo que los terminales, están fijados, total o parcialmente, mediante soldadura metálica, esto es, mediante empleo de una aleación con menor punto de fusión que los elementos a unir, tal y como se documenta en toda la orfebrería prerromana de la Península, salvo excepciones muy contadas (Perea, 1990); compás, empleado en el diseño del círculo de seis postas en el disco exterior de un remate y trazado posteriormente con punzón complejo, sino porque documenta igualmente la preparación de la soldadura entre el extremo y el aro con el orificio de expansión situado esta vez en el aro y no en el terminal. También se puede observar la soldadura rota entre las chapas que forman la doble escocia, soldadura que permanece inapreciable en otras zonas en que no ha fallado. Agradecemos al Dr. Luis Raposo, director del Musen Nacional de Arqueologia de Lisboa donde se encuentran depositadas las piezas, el permiso para examinar las piezas que serán publicadas en detalle por el profesor A.C. Ferreira da Silva. Huella de compás para la realización de la ornamentación con punzón complejo en dos terminales de sendos torques procedentes de Chaves, Portugal (inéditos). X. Ornamentación con punzón simple en el aro del torques de Viveiro. XL Filigrana sobre el aro del torques de Vilas Boas, realizada con hilos finos que presentan huella helicoidal sobre su superficie. prueba de ello son los restos de material soldante, en forma de pequeñas laminitas, que se han observado tanto en la unión de los terminales al aro, como de los hilos y placas decorativas.'vj^^H'"''^'ï^^B Hilos de sección cuadrangular, torsionados sobre si mismos, enmarcando una cenefa de cordón suelto en el torques de Marzán. Ornamentación de los terminales del torques de Vilas Boas con un elemento plástico añadido en forma de ave y granulado rellenando un motivo de postas. mentación continua a base de elementos repetitivos idénticos, por ejemplo sobre los cuencos deAxtroki, Guipúzcoa (Armbruster, e.p.: láms. 13-14), aunque sólo en su variante de línea recta. Esta misma técnica decorativa se documenta en toda Europa, incluso en el Bronce Nórdico. Conocemos algunos hallazgos de punzones complejos asociados a punzones simples de círculos concéntricos en depósitos del Bronce Final francés, por ejemplo, en el de Lamaud, Jura (Nicolardot y Gaucher, 1975: 36, fig. 2-3) y en el depósito de fundidor de Génélard, Saone-et-Loire (Thevenot, 1998: ñg. A este tipo de herramienta, capaz de generar un motivo ornamental repetido, lo hemos llamado punzón complejo. Hasta la fecha nadie lo había identificado ni descrito, por lo que nos parece justificada una descripción en detalle. El punzón complejo tiene forma y función semejante al filete de encuadernador, herramienta de impresión de libros de lujo, metálica, con forma de punzón de extremo ancho y curvado donde se sitúa el motivo decorativo en resalte, que aplicado sobre papel o cuero, deja una impronta lineal de elementos repetidos (Armbruster, 1998: 56, fig. 7). Se maneja mediante golpes de martillo, comenzando por el primer motivo del extremo curvo y terminando por el último, en un movimiento de balanceo; se sigue repitiendo el proceso, colocando nuevamente el extremo de la herramienta en el último motivo estampado hasta completar la serie; de este modo se consigue una línea, que trazada por orfebres expertos es absolutamente homogénea, sin saltos ni superposiciones (Fig. 1). La forma curva de la he- Ornamentación con punzones simples y complejos El origen de la ornamentación de superficies metálicas con punzones y cinceles se remonta a la tradición del Bronce Final Atlántico; en forma de líneas incisas trazadas con cincel, como en los torques del ámbito tecnológico Sagrajas/Berzocana (Perea, 1995); en forma de puntillado en hueco sobre metal macizo, marcado mediante punzón apuntado, como en los torques de Baioes, Viseu (Inventario, 1993: 64-67) yAzuaga, Badajoz (Armbruster, e.p.: lám. 14, 5-7); o bien con punzones decorativos de círculos concéntricos, como en el depósito de Alamo, Beja (Inventario, 1993: 74-83). En esta misma época aparece ya una nueva herramienta: el punzón complejo, que permite una orna- rramienta facilita la estampación continuada y la realización de líneas decorativas curvas, en círculo o en espiral y el relleno de espacios en reserva (Láms IX, XIV). En la orfebrería castreña hemos documentado la versión más compleja de esta herramienta, con improntas de una o dos filas paralelas de círculos, círculos con punto central, y muescas en forma de escalera. Gracias a los fallos de manejo se puede averiguar la longitud del extremo de la herramienta y el número de motivos que pueden estamparse a la vez. El ejemplo más elaborado sobre una pieza de orfebrería castreña lo tenemos en el brazalete de Lebuçâo (Armbruster y Perea, 1994: 76, lám. 3). En el caso de nuestros torques se utilizó para el trazado de rosetas, corchetes, postas o trisqueles, en los discos exteriores de los terminales (Cangas de Onís E, Estela, Lebuçâo, Paradela do Rio A, Provin-^l^M Lám. Marca en forma de aspa, realizada con punzón complejo, sobre la zona central interior del aro del torques de Burela. cia de Lugo); como relleno de una zona en reserva se ha documentado en otros ejemplares no recogidos aquí, por ejemplo en dos torques de la región de Chaves (6) (Lám. Pero este tipo de punzón no se utilizó únicamente como herramienta decorativa, sino que lo hemos documentado para trazar marcas sobre el aro, como el caso de la marca cruciforme del torques de Burela (Lám. Finalmente, tenemos que señalar que se utilizó igualmente sobre objetos de bronce, fíbulas y placas de cinturón, de la Edad del Hierro procedentes de la Meseta norte (Romero Carnicero, 1991: 84-85). La conclusión más evidente del análisis tecnológico expuesto en el apartado anterior es la gran variabilidad que existe en el proceso de fabricación de los torques con remates en doble escocia, tanto en las varillas, como en los terminales y ornamentaciones. Dicha variabilidad va más allá de una diferenciación cronológica o espacial, puesto que no existe una correspondencia entre morfología y técnica, es decir, el tipo no estaba asociado a un proceso de fabricación fijo. En nuestra opinión, esta circunstancia debe ser explicada a través del propio sistema de producción y, desde luego, justifica nuestros planteamientos previos de prescindir de las tipologías elaboradas hasta la fecha. En trabajos anteriores (Armbruster y Perea, 1994; Perea y Armbruster, 1998) ya habíamos comprobado la importancia del factor tecnológico como variable imprescindible a la hora de dar validez a los estudios basados en rasgos morfológicos que pueden enmascarar rasgos técnicos claves para su interpretación. Con ello entramos en las dos cuestiones fundamentales de este estudio; intentar acercarnos al sistema de producción que determinó estos comportamientos tecnológicos, por un lado; y por otro, la caracterización de un ámbito tecnológico cas treno; en definitiva, plantear un sistema sociotécnico teórico (Perea, 1998(Perea,,1999 y e.p. a) y e.p. a) que pueda explicar el fenómeno arqueológico que llamamos orfebrería castreña. Dentro de las tres variables que se conjugan en todo ámbito tecnológico -técnicas, producción y cultura material-acabamos de definir esta última a través de la muestra escogida, los torques con remates en doble escocia. Nos faltan por definir las otras dos. Distinguimos entre las técnicas que podemos calificar de locales o indígenas, que serían aquellas cuyo origen puede ser rastreado en el tiempo dentro de una amplia área geográfico cultural, en este caso la fachada atlántica; y las técnicas foráneas o asimiladas, procedentes de otro ámbito tecnológico ya definido. La tecnología de la orfebrería castreña tiene su origen autóctono en la larga tradición del trabajo del oro durante la Edad del Bronce en la fachada atlántica peninsular, pero a su vez, integra tradiciones exógenas, procedentes sobre todo del ámbito tecnológico mediterráneo, en una amalgama muy específica. El ámbito castreño se caracteriza fundamentalmente por su mayor variabilidad al compararlo con los ámbitos anterior y posterior dentro de su área geográfica. En este sentido, entendemos por variabilidad la capacidad del orfebre castreño para escoger entre diversas soluciones técnicas ante problemas estructurales y ornamentales. Variabilidad tecnológica no significa variabilidad formal; existe una evidente homogeneidad en cuanto a la composición del objeto; por el contrario, observamos una sorprendente inhomogeneidad a la hora de llevar a la práctica formas y ornamentos que podríamos calificar de genéricos. Esta peculiaridad, que se da únicamente en los torques, parece tener su origen en problemas de demanda, de disponibilidad de materia prima y en los distintos conocimientos y experiencias del propio orfebre. Por cuestiones metodológicas analizaremos tecnológicamente este grupo de torques cástrenos separando los dos ámbitos identificados, el autóctono y el alóctono, como si fueran dos sectores distintos del artesanado, antes de llegar al producto final que, como acabamos de decir, supone un mestizaje con carácter propio. Entre las técnicas identificadas como autóctonas podemos enumerar las siguientes: fundición del lingote preparatorio; vaciado a la cera perdida y vaciado adicional; trabajo de deformación plástica de placas, chapas y láminas gruesas, de barras macizas, varillas y alambres de diferentes secciones. Entre las técnicas procedentes del ámbito mediterráneo que hemos visto aplicadas en la orfebrería castreña podemos enumerar: fabricación de hilos finos mediante técnica de torsionado que deja una huella helicoidal a lo largo del mismo; fabricación de esferas para granulado; soldadura como método de unión estructural, entre aro y terminales, y ornamental aplicada a la filigrana y el granulado. Finalmente, es ineludible la cuestión europea, tantas veces aludida como esfera de inñuencia en la orfebrería castreña. No existen torques abiertos en época hallstática, compuestos por aro y dos remates independientes y unidos, si exceptuamos el torques de Vix, que se puede fechar hacia el 500 a.C, y en este caso, su técnica de fabricación se relaciona con el ámbito tecnológico atlántico de la Península Ibérica, aunque hay autores que no identifican ni esas conexiones, ni en esa dirección (Eluère et alii, 1989); además, el trabajo del oro, tanto en Hallstatt como en LaTêne, se caracteriza fundamentalmente por el trabajo sobre chapa o lámina con decoración repujada y estampada (Eluère, 1987). Tampoco se reconoce en la orfebrería castreña una relación directa y expresa con el ámbito céltico; por el contrario, hay elementos de la orfebrería centroeuropea que parecen haber sido influenciados por los orfebres de la Península Ibérica, tanto desde el ámbito Villena/Estremoz, del Bronce Final (Armbruster y Perea', 1994), como desde el propio ámbito castreño. Las relaciones entre la orfebrería hallstáttica y la orfebrería del I milenio a.C. en la Península no se pueden abordar en el marco de este estudio con la profundidad que merecen. La segunda cuestión en cuanto a variabilidad tecnológica es la necesidad de diferenciar muy bien entre la variabilidad observada en los torques y la tecnología empleada en la fabricación de diademas/ cinturones y arracadas; este último grupo supone un sector diferente del artesanado que fabricaba los torques: probablemente lo practicaban distintos orfebres en distintos talleres. No se rastrean, en cinturones y arracadas, elementos morfotécnicos procedentes del ámbito atlántico del Bronce Final (Perca, 1995), ámbito que no producía adornos de oreja, ni cinturones/diadema, ni trabajaba sobre lámina muy fina repujada o estampillada, ni ornamentaba con filigrana y granulado, ni unía mediante soldadura. Se trata de una actividad generalizada, desde los niveles más antiguos de ocupación; de carácter doméstico, en el sentido de tecnología especializada; practicada a tiempo parcial, que no requiere infra- estructura específica detectable arqueológicamente dentro del poblado (Naveiro, 1991:78). Por el contrario, el carácter complejo de la tecnología del oro castreño, a pesar de no requerir una infraestructura especial para su práctica, sí condiciona fundamentalmente la transmisión de su conocimiento; por ello, y por cuestiones de evidente carácter económico que no es necesario desarrollar, pensamos que no es posible plantear un modelo de producción semejante al de la tecnología del bronce; lo que quiere decir que pensamos en el orfebre como una persona distinta al broncista. El dato pertinente para establecer un modelo de producción para los torques cástrenos está en su variabilidad morfológica y técnica; un producto de estas características no encaja con un modelo de taller establecido y de carácter permanente. Conocemos sistemas de producción estables, por ejemplo en Cádiz durante el siglo IV a.C; los productos que salen de este taller son variados, incluso existen distintas calidades dentro de un mismo tipo, pero son producciones de serie y en serie (Perea, e.p., b), con un diseño perfectamente normalizado y un sistema de fabricación en cadena en el que todo proceso técnico está predeterminado; la forma de intercambio mediante la que se distribuye la producción de este taller es de tipo comercial. La producción castreña, por el contrario, se caracteriza por la improvisación de las soluciones ante problemas técnicos de diversa índole, lo que no quiere decir ausencia de conocimiento o impericia tecnológica; la variabilidad dentro de un rasgo morfológico -por ejemplo, el alambre enrolladoparece responder más a la disponibilidad de determinado material semielaborado, que a una intención diferenciadora de costes, calidades o esfuerzo artesanal. Los ejemplos son múltiples y la variabilidad se muestra tanto dentro de un misma pieza, como entre las distintas piezas entre sí. La figura del orfebre ambulante ha sido defendida frecuentemente a lo largo de la historia de la investigación, y ciertamente parece encajar con el tipo de producción que hemos descrito. Defendemos la hipótesis del taller ambulante que da servicio a una amplia zona geográfica, que viaja con herramientas y conocimientos, pero que no posee la materia prima; ni por el entorno socioeconómico, ni por una cuestión de simple seguridad en los desplazamientos, parece razonable pensar que el orfebre poseía y transportaba el oro con el que trabajaba. La consecuencia de este sistema de producción es que el artesano debe buscar soluciones concretas en fun-ción del material de que dispone en cada momento y en cada lugar; este tipo de práctica artesanal no induce, desde luego, la normalización. Sin embargo, podemos establecer un segundo modelo de producción posible, el encargo a distancia que se realiza a un taller estable, situado de forma fija o semipermanente -por ejemplo, estacional-en un punto de encuentro comercial, puerto o poblado costero, sobre todo en etapas cercanas ya a la romanización (Naveiro, 1991). Este segundo modelo no tendría porqué ser incompatible con el primero, sino diacrónico. Además de los factores que hemos venido considerando como variables para la definición de un ámbito tecnológico castreño, existen otros de índole diversa, relacionados con pautas y comportamientos recurrentes; son también reglas, con significado, que rigieron en su momento un proceso de comunicación ya concluido. Empezaremos por una ausencia, la del contexto arqueológico de los hallazgos. Ya en otra ocasión (Perea y Sánchez-Palencia, 1995: 56) apuntamos que estos hallazgos eran mayoritariamente casuales. En el caso de las piezas que ahora nos ocupan, la misma circunstancia se repite, pero hay que añadir, igual que entonces, que un porcentaje alto se hizo en el entorno de un castro (Burela, Foxados, Recadieira I y II, Marzán, Provincia de Lugo, Viveiro y Vilas Boas); otro porcentaje se ha definido como depósitos por incluir material de desecho o semielaborado (Cangas de unís (7), Estela, Foxados y Lebuçâo) (Pérez Guteiriño, 1992); finalmente, desconocemos los datos de otros muchos (Astorga, Lugo, La Madorra, Melide, Paradela, Ribadeo, San Lorenzo de Pastor II y Sin procedencia). Se puede concluir que existe un patrón estadísticamente significativo de abandono en el entorno de los lugares de habitación, sin relación con estructuras arqueológicas identificables, lo que encaja perfectamente con el concepto dt depósito arqueológico: ocultamiento de uno o varios objetos valiosos o de especial significado, por motivos económicos, religiosos, funerarios, rituales o de otro tipo. Otra ausencia de especial significado es la de la moneda: en ninguno de los depósitos aparecen monedas; tenemos constancia de una excepción en el tesoro de Bedoya (Prieto, 1996: 199) que fecha el ocultamiento a partir del 91 d.C. Nuestra propuesta es que todos los hallazgos que aquí recogemos deben ser considerados como verdaderos depósitos y no sólo los que presentan material de desecho o semielaborado; su distinto significado radicaría en la evolución diacrónica de los comportamientos sociales y económicos en los grupos cástrenos, según se trate de objetos aislados y en estado de uso, o de reaprovechamiento y asociados a otros materiales. Pasamos ahora a una presencia bien visible pero ocasional, la de las marcas realizadas con estampillas o punzones, simples o complejos, que aparecen generalmente en la zona interior del aro. Dentro del material que aquí se recoge hemos identificado solamente una marca en forma de aspa en el torques de Burela, realizada con punzón complejo de media perla (Lám. XV); al margen de nuestro catálogo, hemos documentado otra, ya observada por Monteagudo (1952: 287), en un torques de extremos piriformes procedente de San Martiño do Porto (La Coruña) en forma de triángulo realizado con punzón complejo escaleriforme (Lám. En la bibliografía se recoge una marca repetida sobre un torques de extremos en doble escocia, hoy desaparecido, procedente del castro de Coaña (García y Bellido, 1942: fig. 14) y probablemente realizada con punzón complejo. Todos estos autores las interpretan como marcas de propiedad. Pero el mayor conjunto de torques marcados pro-Lám. Marca triangular, realizada con punzón complejo, sobre la zona central interior del aro del torques de extremos piriformes de San Martiño do Porto. cede del tesoro de Arrabalde (Zamora), donde se han identificado hasta 7 signos diferentes, uno de ellos repetido en dos ejemplares, realizados con estampillas o punzones simples y combinados (Perea y Sánchez-Palencia, 1995: 55; Perea y Rovira, 1995: fig. 12), sobre torques en plata de varillas torsionadas. También sobre material de plata meseteño se han documentado cuatro marcas, dos de ellas en forma átpi griega (Delibes y otros, 1993: 451-454). Las interpretaciones más recientes oscilan entre marcas de propiedad (Delibes etalii, 1993:453) y su carácter metrológico (Delibes ^í a///, 1993:470; Galán y Ruíz-Gálvez, 1996: 162); esta última posibilidad no parece encajar bien con los torques cástrenos, considerando la variabilidad existente entre las composiciones de las aleaciones de oro (Hartmann, 1982) con las que están fabricados, lo que invalidaría una comparación de pesos al no tener en cuenta el material de fabricación del objeto (8).' Creemos que lo realmente importante es el hecho de que sólo unos pocos ejemplares estén marcados y no la totalidad; esto individualiza unos torques con respecto a otros y les confiere un significado específico que tiene que estar, por tanto, en relación con una circunstancia que concurra en esos torques en particular y no en todos en general. A este respecto también hay que tener en cuenta, por ser recurrente y constituir una pauta, que los punzones complejos, tanto para la estampación de marcas como para las distintas ornamentaciones, se emplearon solamente sobre torques con extremos en doble escocia y nunca sobre los de extremos piriformes. El carácter polisémico de los torques queda demostrado por la propia evolución histórica de las formaciones sociales castreñas que no es lineal, homogénea ni igualitaria, desde la fase de formación hasta su plena integración en el mundo ideológico y económico romano. Pero en Qstatrayectoría, puesto que no vamos a hablar de significados permanentes o explicaciones definitivas, se puede observar una tendencia que es la que aquí vamos a intentar plantear. (8) En este sentido tenemos que advertir que la interesante hipótesis de Ruíz-Gálvez (1995), que sigue Ladra Fernández (1997-98), según la cual los torques estrenos constituyen un sistema de pesos, está basada en una serie datos publicados que son erróneos (ver nota 3). La definición de lo que en aras de la simplificación llamamos sociedad castreña no está exenta de polémica que podría resumirse en dos visiones contrapuestas: la de una sociedad establecida en el territorio de manera permanente, con una economía agraria de tendencia a la intensificación y consecuente aparición y fortalecimiento de un poder basado en la posesión de la tierra y el control sobre los medios de producción (Peña Santos, 1992, 1996), y otra visión, la de una sociedad campesina, autárquica y sin un poder consolidado, al menos de forma visible y evidente (Femández-Posse et alii, 1994,1998). Desde el punto de vista territorial, la discusión se centra en la afirmación o negación de un poblamiento jerarquizado (Criado, 1992). En efecto, lo que está en entredicho es la visibilidad de ese poder o de esa jerarquización, y en este sentido la existencia de una orfebrería compleja ha servido de argumento ocasional, cuando no fundamental, sobre todo al conectarlo semánticamente con la reorganización social, económica y territorial que sufre el mundo castreño al entrar en contacto con el romano. De este modo, aunque se admita que "el mundo castrexo hunde sus raíces más profundas en la Edad del Bronce, de la que surge como una evolución lógica e interna" (Peña Santos, 1996: 69), se niega toda posibilidad de acceso a esas raíces dado que "los rasgos tenidos por más peculiares y característicos del mundo castrexo proceden, en su práctica totalidad y mientras no se demuestre lo contrario, de los primeros tiempos del contacto entre los mundos indígena y romano" (Peña Santos, 1996: 85), incluida, por supuesto, la orfebrería. Según todo lo expuesto, la semántica de los torques se basa en un referente y un oponente; la relación torques-castro y la oposición torques-arracadas. Creemos que los torques, en un momento de su larga trayectoria, constituyen unsiinversión comunitaria, un seguro colectivo ante situaciones de incertidumbre de una sociedad campesina en un mundo fragmentado; es fruto de un trabajo común y toma la forma de joya no ^ovfuncionalidad social, sino porque llegó a adquirir el carácter de símbolo de poder económico y territorial; actuaría de seguro económico, pero también político, necesario para la subsistencia y reproducción del grupo. El torques carece de sentido individual, no pertenece a un jefe o a una élite, sino que se constituye en emblema ideológico de los diferentes grupos campesinos cástrenos. Efectivamente, el castro constituye una superestructura que actúa como cohesionador social, siempre visible en el paisaje (Femández-Posse etalii, 1998:138-139) a través del recinto amurallado, otra inversión colectiva que cumple, a su vez, una función más social que defensiva, y que sirve de referencia para todas las actividades internas y externas de la vida castreña (Fernández-Posse et alii, 1998: 128). Este modelo encajaría en una fase del desarrollo de las sociedades castreñas en las que su fijación a la tierra es un hecho irreversible; por ello, defendemos un modelo de sociedad campesina en la que la coacción no es ejercida por un grupo dominante establecido, sino por la propia "trampa agrícola" de una producción diferida (Díaz-del-Río, 1995:104-105; Fernández-Posseeí a///, 1998:146-147). Es en este ambiente social e ideológico donde el fenómeno de las marcas que aparecen en algunos torques puede adquirir algún significado; en el ámbito de los contactos intergrupales, regalos, dones, pactos y pagos, deudas, favores y matrimonios, entre grupos autosuficientes pero en un permanente intercambio que posibilita la reproducción social. Desde esta particular perspectiva del contexto social castreño, nos parece banal la áiscuúónfuncional sobre el uso de los torques como adorno de cuello, masculino, femenino o neutro; es clarificador comparar los propios torques entre sí, desde todos los aspectos posibles. Sin embargo, esta es una visión estática. El torques no perpetuó este modelo que acabamos de exponer, de hecho en época de integración romana, el torques adquirió significados de recompensa militar (Castro, 1992:117 y ss.); hay que pensar que fue adoptando diferentes sentidos y usos a lo largo de una historia que creemos larga, desde un primer uso relacionado con el prestigio, heredero de la tradición del Bronce Final, hasta la pérdida de significados autóctonos y adquisición de otros nuevos en relación con el mundo ideológico romano, donde también situaríamos los depósitos con material troceado o de desecho dentro de un mundo irreversiblemente mercantilizado. Si podemos definir el torques castreño como una manifestación colectiva de crisis es por su oposición a las arracadas, que son la manifestación individual del poder. Las arracadas son objetos muy ligeros, frente al peso de los torques, con carácter de adorno y, por tanto, de uso y propiedad individual y no colectiva; obtener la cantidad de oro aluvial necesaria para su fabricación requiere el esfuerzo de una persona durante unos diez días (Vázquez Várela, 1995:160), mientras que el torques de Burela, de los más pesados, consumiría el trabajo de 12 personas durante dos meses al menos. Nunca se encuentran asociadas a los torques, excepto en el caso de tratarse de depósitos con material de desecho, como en los hallazgos de Estela y Masma (Pérez Outeiriño, 1982: 57 y 70) (9). Parece claro que las arracadas castreñas se movieron por circuitos sociales y económicos diferentes a los de los torques, y desde luego pertenecen, como ya hemos dicho, a un circuito artesanal igualmente distanciado. Para terminar no queda más remedio que hacer alusión a la controversia cronológica; la misma dinámica interpretativa nos obliga a ello. Hasta aquí hemos ido argumentado que las raíces tecnológicas de este material arqueológico se pueden rastrear hasta el Bronce Final; igualmente el concepto morfológico de torques tiene su origen en esa etapa. Nos referimos a una línea, probablemente sinuosa pero no quebrada, desde el ámbito tecnológico Sagrajas/ Berzocana, incluidos los torques portugueses de Baioes y otros, donde aparecen los extremos rematados en botón más o menos desarrollado, tanto en los torques (Inventario, 1993: 64-73) como en los brazaletes (Inventario, 1993: 106-121), e incluso remates cónicos voluminosos con una punta interior y ornamentación de círculos concéntricos (Inventario, 1993: 122-123); o los brazaletes de Cantonha (Inventario, 1993: 140-143) y Torre Va (Inventario, 1993: 144-147) con elementos ornamentales y estructurales comparables a los de los torques cástrenos. Por tanto, y ante la ausencia de contextos arqueológicos, tendremos que emplear estos criterios morfotécnicos para intentar situar los torques con remates en doble escocia en una posición más o menos cercana al Bronce Final o a la romanización. Tecnológicamente el objeto mejor relacionado con el ámbito del Bronce Final, sobre todo con el ámbito Villena/Estremoz (Armbruster y Perea, 1994), es el brazalete de Lebuçâo, Valpaços, y por asociación, igualmente el torques de remates en doble escocia decorados con un motivo de roseta realizada con punzón complejo. El brazalete de Lebuçâo es una pieza clave para establecer la cronología más próxima a los inicios de la Edad del Hierro; su forma de cilindro cerrado vaciado a la cera perdida -en la fase previa al repujado de las molduras del cuerpo-con empleo de torno de eje horizontal y estrías paralelas en los bordes, lo relaciona estrechamente con los brazaletes tipo Villena/Estremoz (Armbruster y Perea, 1994: 76, lám. (9) En las excavaciones efectuadas en Castro de Rei, Viladonga, en 1974, se encontró un torques dentro de una cabana rectangular y una arracada en el exterior (Pérez Outeiriño, 1982: 82). En este momento habría que situar la primera utilización de punzones complejos. Pensamos que los rasgos del ámbito tecnológico castreño que definen un momento temprano de la Edad del Hierro serían los elementos estructurales macizos, la cera perdida y el empleo del torno para conformar el modelo de cera, y la fusión adicional para la unión de dos elementos estructurales. El torques característico de esta etapa sería Recadieira II, pero también habría que situar en momentos tempranos el ejemplar de Astorga. La fijación de terminales macizos al aro mediante soldadura, en el hueco preparado al efecto, supone ya una nueva concepción tecnológica de la unión estructural que puede tener significado cronológico; por ello, situamos con posterioridad los torques fabricados mediante esta técnica, como los ejemplares de La Madorra. Los remates huecos y la aplicación de hilos ornamentales para una filigrana que podríamos calificar de gruesa, supondría una complejidad tecnológica superior que se refleja en los ejemplares de Marzán y Burela, aunque este último, por su gran tamaño y peso, supone siempre una excepción. También la filigrana realizada con hilos finos, fabricados mediante torsión, y el granulado que vemos en Vilas Boas, con patrones decorativos recargados, tanto desde el punto de vista estético como tecnológico, no tiene lectura si no es en el marco de una orfebrería que no sólo ha asimilado conceptos técnicos mediterráneos, sino que los ha transformado en un lenguaje al servicio de su peculiar manera de expresión. Este breve esquema cronológico que presentamos no pretende ser una receta evolucionista de fácil aplicación sino que supone únicamente la lectura provisional de un párrafo, dentro de un manuscrito de varias páginas que sería necesario completar para dar sentido a muchas de las palabras que probablemente hayamos traducido sin el matiz adecuado.
La paleogenética se ha convertido en los últimos años en una disciplina coronada de éxito que ofrece grandes expectativas para el desarrollo de la investigación arqueobiológica. No obstante, la investigación paleogenética (p. ej: PCR, secuenciación del ADN) de especímenes antiguos es susceptible de ser falsificada por la presencia de una contaminación más reciente. Actualmente sabemos que la contaminación que provoca la amplificación de secuencias''no auténticas" procede de las siguientes fuentes: (i) las biomoléculas humanas provienen de la persona que realiza el experimento genético o incluso también del arqueólogo u otras personas que previamente hayan tenido contacto con el espécimen; (ii) de secuencias de ADN edáficas derivadas básicamente del crecimiento bacterial ofúngico en el seno del espécimen. La tercera fuente de contaminación puede surgir de las substancias (iii) empleadas para la conservación del espécimen. El objetivo de este artículo consiste en aportar una serie de consejos sobre el modo correcto para tratar las muestras de material óseo prehistórico, en el caso que se pretenda realizar ulteriores exámenes biomoleculares. Con esta finalidad presentamos detalladamente las precauciones y condiciones necesarias de trabajo, así como una explicación de cómo puede controlarse la contaminación del ADN. Resulta prometedora la introducción de las herramientas y de la metodología paleogenéticas en el marco de la investigación arqueológica. Tal y como se observa en la mayoría de las publicaciones recientes, existe un gran número de cuestiones que pueden beneficiarse del estudio paleogenético. Cabe citar, entre otras, por ejemplo, los métodos para la reconstrucción de las estructuras sociales en la Prehistoria (a saber, la determinación de las relaciones de parentesco), o ciertas aplicaciones de la investigación paleopatológica. Por otra parte, el repertorio de técnicas disponibles para el análisis del ADN fósil, incluso del que está altamente degradado, permite elucidar, y en algunos casos dar respuesta, a antiguas cuestiones de interés general sobre la evolución de la humanidad. Con la ayuda de métodos más extensos y de un conjunto de técnicas de ADNa optimizadas eficazmente, la paleogenética, en tanto que joven disciplina, se establecerá por sí misma como un instrumento importante de la investigación arqueológica y antropológica. Sin duda alguna, la colaboración científica internacional permitiría una mayor y mejor aceptación de estos métodos en el seno de las disciplinas implicadas, así como fuera de ellas y, en consecuencia, llevaría a una mejor cualidad de la investigación dentro de las ciencias paleo genéticas. Cabe desear que en un futuro próximo se intensifique el intercambio de conocimientos y experiencias entre los grupos de trabajo que estudian las sociedades antiguas.
Las cuatro campañas de excavación desarrolladas en la Cueva del Mirón, con una estratigrafía continua que abarca por ahora desde el Bronce inicial hasta el Solutrense, han puesto de manifiesto la importancia de este yacimiento para el conocimiento de las sociedades humanas de las áreas interiores de la Región Cantábrica a lo largo de buena parte de la Prehistoria. Los procedimientos de excavación aplicados han permitido documentar en detalle espacios domésticos del Calcolítico, el Neolítico y el Paleolítico Superior ñnal y recoger gran cantidad de testimonios industriales y ambientales, junto con muestras de arte parietal paleolítico. Las cuarenta dataciones radiocarbónicas obtenidas hasta el momento la convierten en la secuencia más completa del Cantábrico, incluyendo una interesante serie de fechas para los momentos iniciales del Neolítico regional. Los datos de la prospección geofísica señalan una potencia sedimentaria que asegura la posible continuación en profundidad de los depósitos arqueológicos. listados y cae prácticamente en el olvido durante más de setenta años. En otro lugar (González Morales y Straus, 1997) hemos hecho referencia a estas cuestiones historiográfícas con más detalle, así como a la relevancia de la situación de la Cueva del Mirón como posible yacimiento clave para entender el poblamiento prehistórico de la zona oriental de Cantabria y las relaciones costa/interior montañoso a una escala más general. En ese mismo lugar se recogen las principales hipótesis generales de partida de nuestro proyecto de investigación, centradas en la comprensión de las estrategias de uso de recursos, producción, movilidad y organización social de los grupos humanos de la Prehistoria en la zona, así como de la relación con los yacimientos con arte parietal de Ramales y la definición del proceso de cambio al Neolítico en un área en la que contamos con el testimonio de monumentos megalíticos inmediatos a la zona de la cueva. La primera campaña, como más adelante se señala, dedicada a explorar las posibilidades del sitio, nos mostró la potencialidad de la larga secuencia de la Cueva del Mirón para contribuir a dar respuesta a las cuestiones planteadas y llevarnos a la formulación de otras nuevas. Nuestra intención es presentar aquí un breve resumen de lo realizado en las cuatro campañas de excavación llevadas a cabo en el yacimiento entre 1996 y 1999; campañas que han tenido una duración de 45 días en el primer año y de 60 días en los restantes y han sido desarrolladas por un equipo de trabajo que en las últimas campañas integra por término medio a unas 22 personas de manera regular entre la cueva y el laboratorio de campo instalado en Ramales. Se han venido publicando resúme-nes preliminares de los resultados de cada campaña (González Morales y Straus, 1997; Straus y González Morales, 1996,1997,1998a, 1999), así como algunas revisiones más generales (Straus y González Morales, 1998b, 1998-99), pero ahora pretendemos dar a conocer los datos básicos del conjunto de las cuatro campañas, que cierran una etapa de trabajo en este singular yacimiento. La Cueva del Mirón se ubica en un acantilado calizo en la falda Oeste del monte denominado El Pando, contrafuerte de la Peña del Moro que domina la confluencia de los ríos Calera y Gándara y la vega al final de la que éste entrega sus aguas al Asón, donde se sitúa la localidad de Ramales de la Victoria. La posición de la cueva es estratégica, pues domina el paso de las grandes vías de comunicación antiguas y actuales entre la costa y el valle principal del Asón con la Meseta y con el extenso valle de Soba. El acceso a Castilla a través del Puerto de los Tomos, a 920 m de altitud, ha sido una ruta tradicional de movimiento desde la costa al interior a lo largo de toda la Historia, y el valle del Río Carranza, que se une al Asón aguas abajo de Ramales, es a su vez la gran vía de comunicación hacia Las Encartaciones y el País Vasco, por donde todavía hoy circula el ferrocarril a Bilbao. Esta confluencia de valles de montaña es, por tanto, una verdadera encrucijada en el interior de la Región Cantábrica, ligando Cantabria central y oriental con Vizcaya, por una parte, y la costa con el Valle del Ebro y la Meseta por otra (Fig. 1). La amplia boca de la Cueva del Mirón se abre a unos 250 m sobre el nivel del mar actual y 150 m sobre el fondo del valle, mirando al Oeste y frente al Pico San Vicente, un punto de referencia extraordinario para posibles agregaciones humanas, que es visible junto con la Peña del Moro tanto desde la costa como desde la divisoria cantábrica. El vestíbulo de la cueva (Fig. 2) mide 18 m de ancho por 30 m de fondo y unos 12 m de altura en su punto máximo. En el fondo del vestíbulo se encuentra la base de un empinado depósito de arcilla y cantos que se eleva hacia la galería interior de la cueva, un pasadizo de un centenar de metros, relativamente recto y de unos 8 m de ancho y unos 3 m de altura máxima. El techo de la cueva, prácticamente horizontal en todo su desarrollo, muestra los llamados "golpes de gubia", testigo de su formación inicial bajo con- diciones de presión, y a la vez de su gran estabilidad, casi sin desprendimientos identifícables. A juzgar por el contorno y la pendiente de las huellas de erosión posteriores de las paredes de la cueva, a caudal libre, tanto el vestíbulo como la galería parecían contar con rellenos sedimentarios muy profundos. El frente del vestíbulo, al exterior o bajo la zona inicial de la visera, está sembrado de grandes bloques de derrumbe de la bóveda, que toma en ese punto el característico perfil de equilibrio, pero su parte central y fondo tienen un techo plano del cual cuelgan algunas estalactitas de gran tamaño y muy alteradas, indicio de la falta de caída de bloques en un período prolongado. Por estos motivos, la Cueva del Mirón parecía ofrecer unas condiciones excepcionales para la preservación de un gran yacimiento adecuado para cubrir los objetivos previstos en nuestro proyecto, lo que nos movió a iniciar su excavación. DESCRIPCIÓN DE LOS TRABAJOS Al inicio de la excavación, el vestíbulo de la cueva era aún utilizado como aprisco para cabras, y los informante locales nos indicaron que había tenido en el pasado reciente un uso intensivo para estabular ganado ovino y caprino. Con anterioridad -posiblemente en el siglo XIX-se habían construido en la entrada de la cueva dos grandes cabanas adosadas a la pared y unidas por uno de sus lados, de las que se conservaba tan sólo la base de las paredes. Los cascotes producto de su derrumbe habían sellado los depósitos sobre las que se habían edificado, asegurando su protección al menos contra furtivos arqueológicos actuales. En cambio, en el resto de la entrada de la cueva, las prácticas de extracción de abono determinaron la remoción de la capa superficial en la mayor parte de su extensión. Este hecho, unido a la nivelación del suelo para la instalación de corrales de ganado, han provocado la desaparición de los hipotéticos niveles de la Prehistoria reciente en la zona del fondo del vestíbulo, como veremos. En esta misma zona aún se veían los restos de una cata de furtivos de unos 2 m^, ya casi rellena de sedimentos, que había sido realizada a principios de los años 80. En la galería interior de la cueva, a unos 60 m de la entrada, existía una trinchera transversal de aproximadamente 5 m de largo por metro y medio de ancho y un metro de profundidad, excavada a finales de los años 50 por los obreros que realizaron la carretera de acceso a la cueva de Covalanas, por orden de los entonces responsables del tema en la Diputación Regional, para verificar la posible existencia de yacimiento ( 1 ). En la parte superior del corte de esa trinchera, muy deteriorado por rebuscas, se veía un nivel carbonoso fino que parecía extenderse a todo lo largo de la sección y continuarse en otra cata cercana. A partir de esta situación, las excavaciones de sondeo de 1996 se centraron en tres zonas: bajo una de las antiguas cabanas derrumbadas de la entrada de la cueva ("zona de la cabana"), en el antiguo corral de cabras del fondo del vestíbulo ("zona del corral") y en la galería interior de la cueva. En todas las zonas se localizaron depósitos de ocupación humana. La práctica totalidad del sedimento se ha cribado en agua, en 1996 en la propia cueva y en las campañas siguientes se ha bajado toda la tierra al laboratorio de campo, en Ramales, para someterla a flotación y lavado para su posterior selección a mano. En la cueva se han coordenado individualmente todos los útiles reconocidos in situ, los restos de talla de más de 1 cm y fragmentos de hueso superiores a 5 cm y todos los fragmentos óseos identificables percibidos al excavar, así como todos los instrumentos óseos y una parte significativa de la cerámica. Desde 1997 se ha venido aplicando un procedimiento experimental de registro mediante fotogrametría digital, desarrollado porA. Astorqui, que permite la generación de planos completos de las áreas de excavación combinados con la recogida sobre foto digital impresa en la cueva, que supone un importante ahorro de tiempo y trabajo rutinario. Y desde la campaña de 1999 se ha unificado toda la toma de coordenadas en la excavación mediante estación total, lo que ha proporcionado una mayor precisión en el registro. En la zona de la cabana se excavó una superficie inicial de 4 m^, reducidos posteriormente a tres A partir de 1997, tras terminar de excavar el cuadro 13 dentro del sondeo del año anterior, se extendió el área de trabajo hacia el oeste del sondeo (cuadros H1-4) y hacia el norte, en dirección al eje de la cueva (cuadros H4/I4/J4), dejando expuesta un área de 10 m^. Es necesario señalar que, salvo las alteraciones producidas por las estructuras antrópicas (cubetas del conjunto superior de niveles del Bronce inicial 3 a 3.5, hogares calcolíticos de los niveles 4 a 7), el depósito es muy regular, sin grandes bloques desprendidos o huellas de erosión evidentes, lo cual ha determinado la excepcional buena conservación de materiales y estructuras. En la zona del corral, al fondo del vestíbulo, la situación era más compleja. Al vaciar la cata de furtivos ya mencionada, se pudo apreciar que la zona revuelta no se reducía a sus límites aparentes, sino que había sido realizada dentro de una zona de mayor extensión ya removida en profundidad en el pasado, aunque sellada por capas compactadas de tierra y excrementos de ganado ovino, lo que le otorgaba una cierta antigüedad. En esa campaña y sucesivas se pudo definir que se trataba de un gran pozo de planta irregular, de unos 4 m de diámetro aproximado, donde se había excavado hasta metro y medio de profundidad en algunas zonas, llegando a picar y romper bloques calizos incluidos en el sedimento. Esta actuación sistemática y costosa en términos de tiempo y esfuerzo solamente puede ser debida a buscadores de tesoros, que no es extraño que actúen en este tipo de cuevas visibles y de grandes dimensiones. Junto a ello, la mayor parte de la superficie de esa zona de la cueva fuera del pozo estaba removida hasta aproximadamente medio metro de profundidad, creando una capa de cascajo sin apenas matriz terrosa, pero que incluía abundantes restos de industria lítica y ósea prehistóricas, junto con cerámicas y otros materiales de origen reciente. Esta capa ha sido producida por la práctica, habitual en cuevas donde ha habido estabulación de ganado, de extraer la tierra orgánica como abono, cribándola in situ y dejando allí el resto, desarrollada en El Mirón hasta fecha reciente según los informantes locales. Por fortuna, como más tarde comprobamos, esta acción había afectado solamente a la zona superficial ya mencionada. do de este pozo y enlazar la base de la estratigrafía de este corte con el arranque del sondeo deWlO. En los niveles 118yll9se recogieron contadas piezas con retoque invasor, pero cabe señalar que la existencia de varias cubetas excavadas en ellos nos obliga a tener precaución a la hora de atribuir esos materiales con seguridad. En esta misma zona del corral se localizó un gran bloque desprendido con grabados lineales de trazo profundo, situado en estratigrafía y con la base de los grabados recubierta por el nivel 104, lo cual certificaba el límitQ ante quem de su realización, en tanto que el bloque reposaba sobre el nivel 110, hito post quem a su vez, dado que los grabados solamente pudieron ser ejecutados una vez caído el bloque. Su contexto más probable, por tanto, se sitúa entre ñnes del Magdaleniense inferior y un momento avanzado del Magdaleniense medio, en términos de unidades cronoestratigráficas convencionales. Cerca de él, en la pared sur, se identificaron más líneas grabadas de trazo profundo, en parte recubiertas por el sedimento, así como otros grabados más ñnos también recubiertos parcialmente en la pared oriental. En la pared norte de esta misma zona, una limpieza de la suciedad que recubría una reducida zona en 1999 ha puesto al descubierto grabados de trazo muy fino que incluyen al menos dos figuras de animales. Dada la amplia extensión de pared aún cubierta de suciedad, cabe esperar que estos grabados se continúen por la zona. En 1998 se abrió un nuevo sondeo en el centro del vestíbulo de la cueva (cuadros O-P/6), con la intención de comprender la relación de las secuencias estratigráficas de ambas zonas principales de excavación, separadas por 9 m de distancia, que se continuó en ambas direcciones en 1999 (desplazándolo un metro en cada sentido para poder realizar la unión física de la secuencia, ver Fig. 2). El cuadro K5 solamente se excavó en su parte superior para evitar problemas de estabilidad a los cortes de la zona de la cabana. De los cuadros L5 a P6, bajo un depósito superficial de relleno revuelto y mezclado (nivel 300) y un segundo nivel parcialmente revuelto, pero más limoso (301), hay una capa más compacta de limos finos arenosos con algunas gravas y cantos, ya sin materiales modernos (nivel 302). La serie 303.1 a 303.3. incluye diversos lentejones diferenciados como restos de hogueras sobre una capa inferior de travertino (nivel 304), que es aparentemente estéril. Éste a su vez recubre un depósito granular de limos arenosos, blanquecino y enriquecido con carbonatos de calcio precipitados calibradas. Por debajo y por encima del nivel carbonoso se extienden sendos depósitos estalagmíticos blandos en la mayor parte de la zona excavada o regularizada, que alternan con lechos de arcilla de decalcificación. A continuación, y por toda la zona, se extendía un potente depósito de travertino poroso y blando. Se practicó un sondeo de 2 m^ a partir del fondo de la zanja, en el cual, tras otros 20 cm aproximadamente del mismo depósito, aparecían unas arcillas muy plásticas, en cuya base cambiaba la textura, haciéndose más arenosa y suelta. En el contacto de estos niveles se detectó una superficie con algunos cantos angulosos de caliza y, sobre todo, restos de industria lítica en sflex, incluyendo algunas lascas grandes y dos núcleos, uno de lascas laminares y otro de hojitas, junto con un raspador. Estos materiales estaban acompañados de restos de fauna, incluyendo herbívoros de gran talla (posiblemente bisonte o gran bóvido) y cérvidos. En este punto se detuvo la excavación de la zona, pero un testigo extraído mediante una sonda sacamuestras para análisis sedimentológico revela que al menos los depósitos arcillosos continúan con más de un metro de potencia. En Abril de 1997, tras la primera campaña de excavación, se llevó a cabo un programa de prospección geofísica a cargo de Jaume Clapés y Raúl Osorio (Universitat Politécnica de Barcelona), destinada a evaluar la potencia del depósito sedimentario -que ya se revelaba como excepcional-y la posible presencia de zonas de desprendimiento de bloques, la extensión en superficie de los hogares ligados a las ocupaciones superficiales del Neolítico y Calcolítico de la zona de entrada, y la extensión y delincación de las zonas revueltas que se apreciaron durante la excavación de la zona interior del vestíbulo. El objetivo era el de poder tomar decisiones sobre la estrategia general a seguir en la excavación en años sucesivos. Para ello se utilizaron tres técnicas distintas: resistividad eléctrica, magnetometría y georradar (GPR), cada una con la función de detectar un tipo concreto de anomalías previsibles según las hipótesis iniciales. Los resultados señalaron la presencia de un potente depósito sedimentario en el orden de los 8-10 m de espesor posible en la zona de entrada y vestíbulo, una menor alteración de lo previsto en este último, y una prolongación de los hogares de los niveles superiores del sondeo, de cronología calcolítica, hacia el centro de la galería, en la zona entonces no excavada, si bien su densidad se reducía a los lados inmediatos de la zona de trabajo de 1996. A esto se añadía la aparente ausencia de caos de bloques en esa potente serie sedimentaria. Las características del depósito están siendo analizadas por W. Farrand (University of Michigan), en tanto que los aspectos relacionados con la micromorfología de los niveles del yacimiento y la edafología del entorno del mismo corre a cargo de M. A. Courty y N. Fedoroíf (Institut NationalAgronomique de París). Geomorfólogos de la Universidad de Cantabria (J.C. García Codrón y E. Serrano) están analizando los aspectos ligados a la evolución cuaternaria de los valles fluviales inmediatos y las huellas de glaciarismo de sus cabeceras, así como la evolución del propio karst del Monte Pando, para comprender mejor los procesos de formación de la cueva y secuencia sedimentaria del Mirón, que incluye una terraza fósil muy antigua conservada en la galería interior. B. Ellwood (Lousiana State University) ha tomado varias series de muestras de sedimento para, establecimiento de variaciones de susceptibilidad magnética que se correlacionan con cambios climáticos a lo largo de toda la secuencia. CRONOLOGÍA Y ATRIBUCIÓN DE LOS NIVELES La secuencia de ocupación de la Cueva del Mirón es una de las más completas excavadas hasta ahora en la Región Cantábrica, abarcando hasta este momento el intervalo 19000-3500 BP sin hiatos aparentes de sedimentación ni largos períodos de desocupación si exceptuamos el período 8000-6000 BP (Fig. 3). La lista completa de dataciones se recoge en la tabla 1 y las dataciones calibradas de los niveles de Prehistoria reciente, calibradas utilizando la curva decenal (Stuiver et alii, 1998) calculadas mediante el programa de calibración CALIB, rev. 4.1.2, en la tabla 2. La mayor parte de las dataciones, como se aprecia en la tabla 1, se han obtenido mediante el procedimiento convencional de datación, y han sido realizadas por los Dres. H. Kruger y A. Cherkinsky (Geochron Laboratoríes, Cambrídge, USA), si bien algunas muestras requirieron un conteo extendido por la escasa cantidad de material datable, en tanto que las fechas AMS se han realizado en el Lawrence Livermore Laboratory, en California, por tratarse de muestras demasiado pequeñas para aplicar el método convencional. En este momento contamos con un total de 40 fechas para los niveles de la Cueva del Mirón, lo que la convierte en la secuencia continua mejor datada Trinchera ^'K. del Cantábrico. Cabe señalar que tan sólo una de las fechas obtenidas ha sido considerada como claramente anómala, sin duda producida por un carbón moderno caído del corte y que parece apuntar a la continuidad de uso del vestíbulo déla cueva en época histórica. La serie de ocupaciones de la Prehistoria reciente de la zona de la cabana cuenta con diez dataciones, que fechan respectivamente el entorno inmediato del hallazgo de un punzón biapuntado de cobre y diversas cerámicas (Nivel 3:3700±40 BP), hogares de cubeta calcolíticos con puntas de aletas y pedúnculo (Nivel 5: 3820±240 BP) y de base convexa (Nivel 5.1:4120±50 BP), o el estrato en el cual se excavan la mayoría de esos hogares (Nivel 7: 3740±120 BP). La proximidad y casi coincidencia estadística de estas fechas, junto con los datos de la micromorfología, parecen mostrar que esta parte del depósito se acumuló con gran rapidez por una ocupación intensiva de la cueva como espacio doméstico y de estabulación. Estos estra-tos bajo el nivel 8 incluyen, junto con hogares superficiales y numerosos restos de fauna, contados microlitos geométricos (trapecios y segmentos de círculos, estos últimos con retoque abrupto o en doble bisel), y vasos cerámicos de paredes finas, pastas cuidadas y superficies alisadas, siempre sin decoración. La continuación en profundidad del nivel 10, el paquete 10.1, individualizado a partir de la campaña de 1997, se formó (como el 10) bajo condiciones de elevada humedad traducida en muestras de encharcamiento y goteo, un período en el que la cueva recibe visitas esporádicas que dejan como testimonio algunos materiales líticos, contados restos de fauna y escasos carbones que han proporcionado tres fechas para momentos sucesivos de 8380±175, 8700±40 y 9550±50 BP El hiato de fechas de ocupaciones para el intervalo 5800-8300 BP es especialmente significativo porque corresponde con momentos en que se cuenta con varias fechas para la zona de la cuenca baja del Asón o la costa inmediata, en las cuevas de La Fragua, LaTrecha (Gon-zálezMorales, 1995,1999b)yLaGarma (V.V.A.A., 1999: 106), o la ocupación al aire libre del Uso de Hayas (Serna, 1997), y su final coincide con la supuesta ocupación mesolítica muy tardía de la inmediata cueva de Tarrerón, frente a la del Mirón, con elementos que delataban el contacto con la costa (Apellániz, 1971). Esperamos disponer de los datos http://tp.revistas.csic.es completos de estas ocupaciones y de las características de formación de este depósito para poder verificar las hipótesis alternativas que se plantean para explicar el aparente abandono de las áreas interiores de la zona en parte del Mesolítico (González Morales, 1999a). La datación de los estratos 305 y 306 del sondeo central ha permitido verificar las observaciones estratigráficas, que los situaban entre el techo de la serie de niveles intactos del corral y la base del nivel 10.1 de la cabana, posición ahora plenamente confirmada y que resulta esencial para correlacionar los estratos de las distintas zonas de la cueva en el sentido recogido más arriba. Otro factor importante a tener en cuenta es que a partir del nivel 304 los estratos se extienden por la totalidad del vestíbulo, permitiendo el análisis de las formas diferenciales de ocupación del espacio y organización interna en las distintas fases de uso de la cueva a lo largo del Paleolítico Superior. Las ocupaciones del Magdaleniense superior y medio -en términos de unidades cronoestratigráficas convencionales-son relativamente pobres en materiales líticos y óseos en la entrada de la cueva, pero los niveles 104 a 107 -y sus diversos lentejones-en la zona del corral han proporcionado más de 27000 restos de talla y 343 útiles retocados; sin embargo, la fuerte remoción por madrigueras que presenta esa zona de la estratigrafía obliga a tomar precauciones especiales en cuanto a muestreo para datación, por lo cual estamos aún pendientes de una mayor precisión sobre su fecha. El nivel 108 es especialmente rico (en este momento casi 30.000 restos de talla y 540 útiles retocados), y contamos con dos fechas de 13660±70 y 14710 ±160 BP, problemáticas en cierta medida porque aparecen asociadas a instrumentos de asta -como las azagayas de aplastamiento central desplazado a la base "tipo Castillo" o de sección cuadrada "tipo Juyo"-que se han venido atribuyendo a etapas arcaicas del Magdaleniense cantábrico. Aparte de la fecha de 13800±840 del nivel 115, con una elevada desviación que la hace escasamente utilizable, las variaciones del resto de las fechas para el conjunto de estratos 110-116, muy similares entre sí en cuanto a textura y contenido, parecen indicar una acumulación rápida, y todo el paquete de tierras orgánicas oscuras 108-119 refleja una acción an trópica intensa, que incluye posibles estructuras constructivas, cubetas y hogares, y no son de descartar otras remociones. Hay que tener en cuenta que esos niveles -de 112 en adelante-solamente se han excavado en el sondeo del cuadro V8, de algo menos de un metro cuadrado. A 2 m de distancia, en el sondeo al pie de la pendiente que conduce al interior de la cueva, los niveles solutrenses han proporcionado fechas perfectamente compatibles con tal atribución, llevando la cronología de las ocupaciones de la Cueva del Mirón al límite provisional de 19000 años BP. En la zona de entrada contamos con una serie coherente de cinco fechas que sitúa la formación de los niveles 15 a 17, con suelos de ocupación definidos y materiales asig-nados al Magdaleniense inferior, entre 15000 y 15700 BR Por último, las fechas obtenidas en el sondeo de la galería interior de la cueva muestran que esa zona, al límite entre la penumbra y la oscuridad, fue visitada al menos durante la Baja Edad Media, cuando sirvió probablemente de refugio, y en algún momento del Magdaleniense (14620±80 BP). LOS MATERIALES ARQUEOLÓGICOS Y SU ESTUDIO A lo largo de estas campañas se ha venido realizando la clasificación preliminar de los restos de talla líticos y de los útiles retocados, si bien está pendiente de completarse su revisión definitiva. Hasta el presente se han contabilizado 155077 restos de talla y 2342 útiles; de los primeros se presenta un avance en la tabla 3, con la idea de ilustrar su distribución por niveles. Todos los restos mayores de 1 cm de dimensión máxima han sido clasificados teniendo en cuenta su materia prima (sobre un muestrario de unas 40 variedades diferentes) y pesados individual o colectivamente para estimar el uso de distintos materiales, y todos los útiles y las piezas recogidas individualmente y coordenadas en el yacimiento se han medido, lo cual nos está proporcionando una importante base de datos para desarrollar estudios sobre los procesos de producción del instrumental lítico. J.E. González Urquijo (Universidad de Cantabria) y J.J. Ibáñez están trabajando en el estudio de huellas de uso con vistas a identificar los procesos de trabajo implicados. La industria ósea y la cerámica están actualmente en proceso de restauración, reconstitución (por Z. San Pedro) y estudio. M.^L. Ramos (Universidad de Cantabria) prepara una aproximación experimental a los procesos de manufactura de la cerámica, a partir de los análisis de pastas y cocción desarrollados por F. Guitián (Instituto de Cerámica, Universidad de Santiago de Compostela). Los restos de fauna de macromamíferos están siendo estudiados por J. Altuna y Koro Mariezkurrena (Sociedad de Ciencias Aranzadi), en tanto que la microfauna corre a cargo de G. Cuenca (Universidad de Zaragoza) y su equipo. La aparición de abundantes restos de salmónidos ha servido de base para el desarrollo de un programa de investigación para la caracterización genética de los mismos por el equipo de biólogos del Centro Ictiológico de Arredondo (Cantabria), integrado por C. García de Leániz, S. Consuegra y A. Serdio. M J. Marte (Universidad de Santiago de Compostela y Sociedad de Ciencias Aranzadi) realiza actualmente el estudio de la secuencia polínica del Mirón, en tanto que L. Zapata (Cambridge University) y L. Peña están analizando las muestras de macrorrestos vegetales procedentes de la flotación. Los resultados obtenidos hasta el presente en la Cueva del Mirón y las investigaciones derivadas de los mismos están suministrando información de calidad excepcional para contrastar distintas hipótesis sobre las sociedades prehistóricas de la zona, así como otros varios aspectos complementarios, y las perspectivas que ofrece su depósito parecen lejos de agotarse. A la vez, nuevas cuestiones se plantean a partir de estos hallazgos que obligan a reconsiderar aspectos del diseño inicial de la investigación. La intención de los autores es completar en breve la primera monografía, correspondiente a los niveles de la Prehistoria reciente, para su publicación y dar así a conocer con mayor detalle -y someter a debate-los fundamentos de nuestras conclusiones. Las investigaciones en la Cueva del Mirón han venido siendo financiadas por la Fundación Marcelino Botín (1996-99), laL.S.B. Leakey Foundation (1996-97), la National Geographic Society (1997-98), la National Science Foundation (1999) y la University of New Mexico (1996-99), y ha contado con el apoyo directo y continuo del Ayuntamiento de Ramales de laVictoria, que pone a disposición de nuestro equipo locales e instalaciones para laboratorio de campo y del Colegio Público "Príncipe de Asturias" de Ramales, que facilita las instalaciones de su Aula de Informática para uso igualmente como laboratorio. La investigación complementaria sobre la geomorfología local y las áreas de captación de materias primas está financiada a través de un proyecto trianual de la Dirección General de Enseñanza Superior del Ministerio de Educación y Cultura (Programa Sectorial de Promoción General del Conocimiento, Proyecto PB96-0442), y la Consejería de Ganadería, Pesca y Agricultura del Gobierno de Cantabria está financiando una línea de trabajo en genética a partir de los restos fósiles de salmónidos, como antes señalamos. Joaquín Eguizábal, responsable de la Cueva de Covalanas, ha sido un colaborador esencial tanto para la adecuada conservación de la cueva como para el buen funcionamiento del equipo en Ramales.A ellos, y a todos cuantos han venido colaborando en las distintas campañas de excavación y estudio (alumnos de la Universidad de Cantabria y New Mexico, así como de otras muchas universidades españolas, europeas o americanas), debemos nuestro agradecimiento. Grupos de restos de talla: Lascas Hojas+hojitas Golpes de buril Núcleos Productos de núcleo Lasquitas retoque (<lcm) Desechos talla(<lcm) Microburiles Aportes Rocas rotas por fuego En la zona de excavación abierta en 1996 en la zona del corral (cuadros T-U-V/7-8 inicialmente, luego reducidos a V8 y la mitad norte de V7), tras limpiar parcialmente el revuelto, se localizaron desde superficie intacta niveles atribuidos al final de Paleolítico Superior, donde la riqueza de materiales era muy superior a la de la zona de la cabana.
La producción lítica en las fases del Epipaleolítico final y del inicio del Neolítico en el Mediterráneo español está representada por una talla casi exclusiva de lascas, en algunos yacimientos, y de una talla laminar. Para la obtención de lascas se han empleado diferentes métodos: levallois, kombewa y sin predeterminación. En este artículo, se propone también una revisión del concepto "macrolítico" utilizado en los estudios tipológicos y tecnológicos. Los resultados de esta revisión demuestran la existencia de industrias con producciones líticas diferentes. En nuestra Tesis Doctoral incluimos (Domènech, 1999) un extenso estudio tecnológico de las industrias líticas de la secuencia epipaleolítica del Abric del Filador (Margalef de Montsant, Tarragona). Los niveles más antiguos ofrecieron una producción lítica preferentemente laminar, en los que variaba la morfología de los soportes en función de su destino final: raspadores, laminitas de dorso, triángulos... Sin embargo, el análisis tecnológico de los niveles más superficiales, sobre todo del Estrato II, mostraba una prioridad por obtener lascas mediante la aplicación de métodos similares a los utilizados en el Paleolítico Medio. El Estrato II de Filador ha sido datado por cronología relativa en los inicios del Neolítico debido a la aparición de algunos fragmentos de cerámica en una de las cubetas excavadas entre el estrato II y el I (1) (Cebúáetalii, 1981). En otros yacimientos de la vertiente mediterránea occidental también se han podido constatar producciones de lascas (Gar-Fig. Mapa de situación de los principales yacimientos citados. 2: Roe del Migdia (Vilanova de Sau, Barcelona). 4: Filador (Margalef de Montsant, Tarragona). 8: Santa Maira (Castell de Castells, Alicante). 9: Barranc de les Calderes (Planes, Alicante). cía-Arguelles et alii, 1992), aunque en contextos cronológicos más antiguos. Industrias con un importante componente de lascas y denticulados han sido identificadas entre el VIII y el VII milenio antes del presente en la Font del Ros (Berga, Barcelona) (Terradas, 1995), Roe del Migdia (Vilanova de Sau, Barcelona) (Rodríguez eYU, 1991), Sota Palou (Campdevànol, Barcelona) (Carbonell et alii, 1985), Botiqueria dels Moros, Costalena (Maella, Zaragoza) (Barandiarán y Cava, 1989), el Tossal de la Roca (Valí d'Alcalá, Alicante) (Cacho et alii, 1995), Cova de Santa Maira (Castell de Castells, Alicante) (Domènech, 1991), el Barranc de les Calderes (Planes, Alicante) (Domènech, 1991) (2) (Fig. 1). No obstante, en la mayor parte de estos yacimientos, la variabilidad tipológica ha desviado el interés del análisis tecnológico hacia el componente geométrico y sus procesos de fabricación (técnica de microburil), elemento muy escaso entre las piezas retocadas del estrato II de Filador. Tal circunstancia no nos ha impedido que intentemos establecer relaciones cronológicas, industriales y culturales entre cada uno de estos yacimientos a partir de los datos publicados y de las reproducciones gráficas (3) (Tab. PROPUESTA METODOLÓGICA PARA EL ESTUDIO DEL MATERIAL LÍTICO TALLADO DEL ESTRATO II DE FILADOR Los principios metodológicos que hemos seguido están basados en el concepto de Cadena operativa establecido en la década de los años sesenta por A. Leroi-Gourhan (1964); mientras que para su aplicación práctica se han seguido los trabajos de J. Tixier (1991), E. Boëda (1994) y J. Pelegrin (1995). En la reconstrucción de las cadenas operativas de los procesos de talla del estrato II de Filador han sido identificados dos tipos de producciones: de lascas y laminar. La presentación de ambas se hará por separado ya que corresponden a procesos de troceado diferentes, para finalmente poder cotejarlas según las distintas gestiones de la materia prima, las técnicas de talla y la fabricación de soportes (Domènech, 1998). (2) Se ha realizado una selección de yacimientos de cuyo estudio pudiera extraerse la información necesaria para ser comparados con el estrato II de Filador, ya que las distintas metodologías utilizadas no permiten una lectura fácil de sus datos. (3) Las dataciones absolutas utilizadas son las publicadas en el momento de redacción del artículo. Dentro de la producción de lascas se han seguido dos procesos de obtención de soportes distintos. Producción de grandes lascas corticales extraídas de bloques de sílex no conformados previamente ^disidí, posteriormente, utilizarlas directamente, dejando huellas de uso, o transformándolas en forma de retoques sobreelevados/profundos con delincación denticulada (4). Para la fabricación de estas grandes lascas se emplearon bloques de gran tamaño, con los suficientes planos naturales como para ser explotados desde diferentes ángulos. Entre el conjunto lítico recuperado se documentó un lote importante de pequeñas lasquitas, algunas de ellas clasificadas como janus -retoque de la cara de lascado-, resultantes de la fabricación de este tipo de denticulados. Según la experimentación que realizamos para la clasificación de estas piezas, se extraería un número importante de pequeñas lascas para dar mayor robustez al filo. Obtención de soportes anchos mediante la explotación de una superficie siguiendo el principio del método levallois (Boëda, 1994). La producción resultante ha ofrecido una amplia gama de soportes anchos y cortos extraídos de superficies ligeramente acondicionadas. Dentro de este proceso podrían incluirse algunas lascas janus-kombewa, procedentes del aprovechamiento de la cara inferior de una lasca. En este último caso, no siempre la cara de lascado presenta la regularidad suficiente para ser explotada de forma directa, de ahí que se requiera el acondicionamiento periférico, además de la preparación de un plano de percusión. El estudio traceológico ha demostrado la utilización de los soportes brutos sin retocar, en especial de algunas lascas janus-kombewa. El resto de los productos de plena talla presentan pequeños retoques marginales o frentes de raspador... Entre la producción lítica del estrato II de Filador contamos con testimonios significativos de la talla laminar. Tanto los núcleos como los restos de preparación/regularización y los propios productos de plena talla han permitido reconstruir procesos de talla laminares. Por otra parte, a partir de los datos que poseemos no se puede hablar de una talla laminar en un sentido clásico, dada la escasa presencia de núcleos laminares. Pero, la diversidad productiva ofrecida por el análisis tipométrico y morfológico muestra una amplia variedad de procesos aplicados. Tipométricamente se distinguieron los siguientes tipos: Contrariamente a los datos ofrecidos por la producción de lascas, los soportes laminares ofrecen una mayor variedad tipológica con la presencia de microburiles, triángulos y fracturas retocadas. Tal variedad demuestra la aplicación de diversos métodos de talla laminar, a pesar de que no hayan podido ser reconstruidas todas sus cadenas operativas en el yacimiento (Fig. 2). LA PRODUCCIÓN INTENCIONAL DE LASCAS EN OTROS YACIMIENTOS EPIPALEOLÍTICOS Y NEOLÍTICOS DE LA VERTIENTE MEDITERRÁNEA ESPAÑOLA Desafortunadamente no contamos con estudios tecnológicos publicados o, si existen, la metodología utilizada es distinta a la nuestra. Sin embargo, a través de la adaptación de los distintos métodos de análisis y de las reproducciones gráficas, hemos podido observar producciones de lascas en distintos yacimientos del final del Epipaleolítico/Neolítico en la vertiente mediterránea española (5). De las latitudes más septentrionales contamos con tres yacimientos emblemáticos en los que se ha identificado una industria con un importante porcentaje de piezas definidas como "macrolíticas" y/ o denticuladas. (4) Retoque "estilo campiñoide" (5) Somos conscientes de que el número de ejemplares que mostramos es incompleto, ya que conocemos la existencia de otros yacimientos con las mismas características en fase de excavación o de estudio. 1: Núcleo de grandes lascas. 2: Núcleo de preparación de una superficie o explotado mediante el "método levallois" para la talla de lascas. 4 y 12: Lascas extraídas de la cara bulbar preparada de una lasca. 14: Pieza denticulada con retoque simple/sobreelevado profundo inverso. 16: Núcleo de laminitas. El estudio tecnológico y petrológico muestra un uso diferencial de las distintas materias primas. El sílex y la lidita, dada su aptitud ante la talla, son buscados para la producción laminar, entre las que se comprueba la existencia de una mayor diversidad tipológica, mientras que del cuarzo sólo se obtienen lascas cuyos soportes retocados han sido clasificados como denticulados (Carbonell et alii, 1985). La Font del Ros (Berga, Barcelona) Las materias primas talladas o destinadas a ser transformadas por el retoque son principalmente el sílex, el cuarzo y la cuarcita. En este yacimiento la talla laminar ha debido combinarse con una producción de lascas, coincidente con la explotación centrípeta de algunos de sus núcleos o la producción de grandes lascas a partir de bloques de cuarzo o de cuarcita (Terradas, 1995). c. Roe del Migdia (Vilanova de Sau, Barcelona) En el estudio "tecnotipológico" del Abrigo de Costalena se hacía una revisión del término "macrolítico", en el que se diferenciaban dos categorías "morfo-tecnológicas" distintas. Una representada por piezas sobre cantos rodados y otra de piezas sobre lascas gruesas denticuladas con retoque "estilo campiñoide", entendiéndose como tal "algunos utensilios trabajados sobre lascas altas mediante retoque profundo algo tosco (bifacial a menudo, o sólo inverso) que las conforman en piezas gruesas de bordes ligeramente denticulados o con amplias muescas, cuyas huellas de retoque pueden presentar estigmas de astillamiento algo similares a lo escaleriforme'' (Barandiarán y Cava, 1989: 105). Conjuntamente a estas piezas aparecen los trapecios y triángulos fabricados a partir de la técnica del microburil, así como raspadores, laminitas de dorso, talla laminar... No obstante, nos interesa poder identificar entre todos estos objetos líticos una talla intencional de lascas. Así, a lo largo de toda la secuencia de Costalena, aparte de los denticulados con retoque estilo campiñoide, advertimos la presencia de lascas y núcleos resultantes de la aplicación del método levallois (6 ). Los niveles epipaleolíticos de este yacimiento ofrecen un interesante esquema operativo de talla de lascas en caliza. El sistema de explotación tipo Quina establecido por A. Turq se convierte ahora en un método de talla apropiado para una materia como la caliza, de calidad inferior al sflex, cuyo único objetivo es obtener lascas o soportes "poco definidos". En cambio el sflex, escaso, está representado por soportes laminares y piezas retocadas con una ausencia casi exclusiva de núcleos y restos de talla (Rodríguez eYll, 1991). En tres yacimientos con niveles datables entre el final del Epipaleolítico e inicios del Neolítico se ha contabilizado un buen número de piezas con muescas y denticulados: Tossal de la Roca, Cova de Santa Maira y Barranc de les Calderes. Pero no en todos ellos se ha contado con el mismo registro arqueológico, mientras que en unos los problemas postdeposicionales han hecho difícil la ubicación cronológica de sus niveles, en otros se cuenta con un estudio interdisciplinar bastante completo. A pesar de que esta región no se encuentre en línea directa de la costa mediterránea, su Prehistoria Antigua siempre ha presentado elementos comunes con el litoral mediterráneo. Dos yacimientos emblemáticos, Botiqueria deis Moros y Costalena, han sido referencia obligada para las investigaciones sobre el final del Epipaleolítico-Neolítico para el País Valenciano (Juan, 1990(Juan,,1992)). Por otra parte, de estos yacimientos no se ha publicado ningún estudio tecnológico en el que se reconozca una producción de lascas similar a la de Filador. Este yacimiento ha ofrecido una secuencia ininterrumpida bastante dilatada que arranca desde niveles con materiales magdalenienses y finaliza en los inicios del Neolíüco (Cacho, 1990). (6) Nos basamos en las representaciones gráficas de la monografía de Costalena. De este yacimiento se han publicado los resultados preliminares de un amplio sondeo (estudio del material arqueológico). Su secuencia cronocultural abarca desde el Epipaleolítico microlaminar o antiguo hasta el Neolítico con ciertos vacíos secuenciales debidos a los problemas deposicionales que anteriormente mencionábamos. Así, el nivel III, poseedor de los denticulados y de "las piezas macrolíticas", aparece surcado por madrigueras de animales, las cuales han debido contaminar los niveles de contacto entre el Epipaleolítico antiguo y el Neolítico, aunque su posición estratigráfica permite que sea datado por cronología relativa entre ambas fases (Domènech, 1991(Domènech,, 1995)). No obstante, en este conjunto lítico hemos identificado claramente una producción intencional de lascas a través de los núcleos y de los restos de talla. En el nivel III de Santa Maira existen núcleos en los que se ha aplicado el método levallois, lascas resultantes de tal método, piezas macrolíticas en sflex, piezas con retoque sobreelevado/profundo y algún elemento geométrico (tranchet) (Fig. 3). Santa María (Castell de Castells, Alicante), nivel III. 1: Pieza macrolítica, canto tallado de caliza. 2: Núcleo preparado mediante el "método levallois". El elemento "macrolítico" aparece con mayor frecuencia a partir del nivel lib del sector exterior ubicable secuencialmente en un Epipaleolítico medio. Su presencia junto con piezas denticuladas con retoque sobrelevado-simple/proñindo es la única diferencia existente respecto al nivel más antiguo. Este elemento se irá incrementando en los niveles más recientes, alcanzando su apogeo en el nivel I del sector exterior, conjuntamente con los trapecios y los microburiles. El estudio tecnológico no ha sido realizado por el momento, de ahí que tan sólo nos podamos basar en las anotaciones y dibujos de las diversas publicaciones. Así, a pesar de que no se haya representado ningún núcleo, se visualizan grandes lascas denticuladas, lascas janus-kombewa y, sobre todo, piezas con retoque sobreelevado-simple/ profundo (Cacho et alii, 1995, véanse figuras 36, 38, 39 y 40). Barranc de les Calderes (Planes, Alicante) La sedimentación de este gran abrigo posiblemente corresponda al momento de formación de las terrazas holocénicas del mismo barranco. En el sondeo practicado se diferenciaron siete niveles, pero tan sólo dos tenían material arqueológico de interés, niveles I y II. A pesar que el nivel más reciente ofreció varios fragmentos de cerámica neolítica la estructura industrial apenas difiere respecto al infrapuesto (Domènech 1991(Domènech,1995)). El componente tipológico de este yacimiento es prácticamente idéntico al del estrato II de Filador, en el que las muescas y denticulados, así como las piezas macrolíticas tienen el dominio casi exclusivo de las piezas retocadas. De igual forma, desde el punto de vista tecnológico, asistimos a una intención productiva de lascas, de la que se han documentado núcleos de explotación en superficie o levallois, lascas, denticulados con retoque sobreelevado/profundo, grandes piezas denticuladas, en contraste con otras piezas microlíticas resultado de la fabricación de los denticulados (Fig. 4). Barranc de les Calderes.l, 2, 3, 4 y 5: Núcleos preparados por el "método levallois" agotados. 9 y 10: Lascas con retoque simple/sobreelevado-profundo o "estilo campiñoide". EL UTILLAJE "MACROLITICO" Y LA PRODUCCIÓN DE LASCAS EN LAS INDUSTRIAS MEDITERRÁNEAS ESPAÑOLAS DEL FINAL DEL EPIPALEOLÍTICO Y PRINCIPIOS DEL NEOLÍTICO Antes de poder interpretar los datos aquí presentados, es conveniente definir el término "macrolítico" tan utilizado en la descripción de las industrias de los yacimientos que acabamos de exponer. Esa denominación en numerosas publicaciones se ha prestado a confusión, al ser definidos dentro de este tipo genérico objetos líticos pertenecientes a procesos productivos muy distintos. Para I. Barandiarán y A. Cava (1989) el término "macrolítico" puede aplicarse a utensilios fabricados sobre cantos rodados, mientras que el resto de los denticulados que hemos descrito en algunos yacimientos, sólo presentan un rasgo común: el retoque simple-sobreelevado/profundo. Sin embargo, para estos autores existen otras características "tipotecnológicas" que permitirían establecer tipos distintos como el pico entre muescas, las piezas estranguladas... Tales hechos nos inducen a pensar que las piezas macrolíticas sobre caliza de los tres yacimientos catalanes -Sota Palou, la Font del Ros, Roe del Migdia-podrían incluirse dentro del grupo "macrolítico". En cambio, los denticulados con retoque simple sobreelevado/profundo englobarían otro grupo de piezas y formarían parte de procesos e intenciones de talla distintos. A partir de los datos expuestos y de la redefinición del término "macrolítico", se pueden describir varias cadenas operativas destinadas a la producción de lascas desde el punto de vista tecnológico y cronocultural. Las distintas interpretaciones tecnológicas que se han hecho permiten inducir la existencia de tres procesos distintos en la obtención de soportes anchos y cortos (lascas): -Explotación en superficie de un soporte nuclear (método levallois). Este tipo de explotación requiere de la preparación de una superficie de planos a partir de los cuales extraer la lasca directamente (en el caso de las caras superiores de una lasca) o para el acondicionamiento de la superficie de talla. Los núcleos pueden encontrarse en la Font del Ros (7), en el estrato II de Filador, el Tossal de la Roca, Botiqueria deis Moros, Costalena, Cova de Santa Maira y el abric del Barranc de les Calderes. -Extracción de grandes lascas deforma aleatoria. Los soportes obtenidos serán destinados para la fabricación de las grandes piezas denticuladas, hecho constatado en las industrias de los principales yacimientos considerados. -Extracción de lascas por el método kombewa. Este método ha podido ser comprobado en el estrato II de Filador, Botiqueria deis Moros, Costalena, Tossal de la Roca y el Barranc de les Calderes. (7) En nuestra tesis doctoral pusimos en duda la interpretación que se hizo de la descripción de las distintas cadenas operativas, de ahí que ahora tomemos los datos aquí expuestos con reserva ya que puede tratarse de preformas de niicleos laminares (Domènech, 1999). La falta de trabajos tecnológicos más generalizado, así como la precaria información que poseemos de yacimientos como el Barranc de les Calderes o de otros, ahora posiblemente en fase de excavación/estudio, no permite sacar conclusiones definitivas. De ahí que en este artículo se haya pretendido mostrar los resultados obtenidos con la actualización hecha de algunas de las industrias del Epipaleolítico Final y Neolítico, revisión que igualmente puede ser aplicada a otros conjuntos industriales contemporáneos. Por tanto, ante tales hechos, nos limitamos a reflexionar sobre términos como "macrolítico" o denticulados, la asimilación método levallois al Musteriense o la identificación del Epipaleolítico Final con geométricos... La definición "morfotipológica" de los denticulados con retoque simple-sobreelevado/profundo o con retoque "estilo campiñoide" queda claramente representada en casi todos los yacimientos a excepción de Sota Palou, Roe del Migdia y la Font del Ros (8). En estos casos se trata de denticulados cuyo proceso de fabricación difiere del que podríamos encontrar en otros contextos del Epipaleolítico antiguo o incluso del Paleolítico Superior. Sin embargo, el hecho de que hayamos identificado un método de talla ya aplicado durante el Paleolítico Medio -método levallois-, no significa que los productos resultantes tengan el mismo destino o funcionalidad que las industrias musterienses -aunque por el momento carezcamos de estudios traceológicos generalizados de ambos periodos-. Por tanto, podemos afirmar que los métodos y las técnicas de talla no pueden ser representativos de procesos evolutivos o culturales determinados, ya que según las necesidades pueden resurgir estrategias o métodos de talla propios de momentos anteriores. El significado cultural y cronológico de este tipo de producciones rompe con el tradicional esquema que se había presentado hasta el momento para la secuencia epipaleolítica, en el que se diferenciaban dos grandes complejos líticos, microlaminar y geométrico (Fortea, 1973). Los conjuntos líticos que no presentaban los elementos característicos de estos complejos eran considerados como casos especiales o, incluso, recientemente, se han pretendi-do crear nuevas faciès culturales, las cuales, por su posición estratigráfica, podrían situarse entre el Epipaleolítico antiguo y el reciente o geométrico, de "clara tendencia sauveterriense" (Aura y Pérez, 1992). Además, como hemos podido comprobar a lo largo de este trabajo, no en todos los yacimientos en los que se ha definido el término "macrolítico" se puede hablar de procesos idénticos de producción lítica. En el caso de Sota Palou o Font del Ros, junto a una producción laminar existe una talla de cantos de caliza -"piezas macrolíticas"-o en otras materias primas, dada la escasez de sflex, a los que posiblemente se acompañe la producción de otras piezas geométricas. No obstante, en el resto de los yacimientos se repite una presencia bastante evidente de las piezas con retoque simple/profundo y de la producción de lascas a partir del final del Epipaleolítico antiguo o microlaminar, cuya perduración llegará hasta los inicios del Neolítico. Un ejemplo claro de tal perduración podría ser el Tossal de la Roca, donde, desde el nivel lib hasta el Neolítico, la constatación de este tipo de piezas va en aumento conjuntamente con trapecios fabricados mediante la técnica del microburil (9). De igual forma, tal esquema se repite en Botiqueria deis Moros y Costalena, sobre todo, en el último yacimiento que, a partir de un "nivel d genérico", la producción intencional de lascas y la fabricación de piezas con retoque "estilo campiñoide" convivirá hasta bien avanzado el Neolítico con la talla laminar, los trapecios y triángulos, laminitas de dorso... Por tanto, a partir de estas reflexiones, no resulta aventurado pensar que pueda existir una cierta especialización en distintos asentamientos a finales del Epipaleolítico (10), en el que sólo aparezcan los denticulados o se necesite prioritariamente producir lascas, en tanto que los otros elementos industriales característicos de estas fases -geométricostengan una presencia testimonial. En este caso se incluiría al estrato II de Filador, el Barranc de les Calderes o el nivel III de Santa Maira -cuya cronología relativa podría oscilar entre el final del Epipa-(8) Ausencia debida a las distintas metodologías utilizadas en la clasificación de estas piezas. (9) Sería interesante veríficar esta secuencia en la Cueva de la Cocina, pero ante la falta de un estudio tecnológico, así como de la publicación de otros datos, dejamos para otra ocasión el poder incluir este yacimiento entre nuestras valoraciones cronoculturales.
A partir de los resultados obtenidos podemos decir que la vegetación durante el III milenio a.n.e. estaba dominada por comunidades arbustivas instaladas en el centro o zonas bajas de la Depresión de Vera, mientras que las formaciones arbóreas se situarían en los piedemontes de las sierras cercanas. La Antracología es una joven ciencia y su papel en la reconstrucción de la vegetación y el clima ha sido subestimado durante mucho tiempo, indicando siempre las limitaciones y no las ventajas (Fernández, 1989). El esquema general de la historia de la vegetación cuaternaria ha sido siempre realizada por la Palinología. Últimamente los aportes de la Antracología para el conocimiento de la vegetación han comenzado a ser valorados y es evidente que la Palinología y laAntracología son métodos complementarios (Leroi-Gourhan, 1992), que combinados proveen de una reconstrucción real y detallada de la vegetación del pasado. La profusión de estudios antracológicos en el sur de Francia ha facilitado el establecimiento de una zonación biocronológica de los últimos doce milenios (Vemet^í a// /, 1987; VemetyThiébault, 1987). Esta zonación, al definir las cuatro fases principales, tiene en cuenta tanto los factores climáticos como las relaciones hombre-vegetación. La realización de análisis antracológicos dentro del ámbito del Mediterráneo Occidental es cada vez más frecuente, por lo que los resultados obtenidos se pueden correlacionar con la zonación biocronológica del sur de Francia, aunque las diferencias latitudinales y altitudinales habrán de ser tomadas en cuenta en cada región o comarca analizada. Hablar del medioambiente del Sureste de la Península Ibérica es hablar de un mosaico de ambientes diferentes, donde se pueden encontrar varios ombroclimas, desde las zonas semiáridas de Cabo de Gata y las depresiones intrabéticas de Baza y Guadix, hasta las zonas húmedas de las Sierras de Segura y Cazorla, cinco de los seis pisos bioclimáticos determinados para la región mediterránea (desde elTermomediterráneo de las zonas litorales al oromediterráneo de las cumbres de Sierra Nevada) y multitud de asociaciones vegetales que los botánicos han agrupado en tres provincias corológicas (en función de la vegetación): Bética, Murciano-almeriense y Castellano-maestrazgo-manchega. En este artículo nos centramos en la denominada Depresión de Vera al Norte de la provincia de Almería (Fig. 1), una de las comarcas más áridas del Sureste peninsular. Por ello, hemos creído importante hacer una breve descripción de sus características bioclimáticas actuales para una mejor comprensión y contrastación de los resultados obtenidos en los análisis antracológicos. n. YACIMIENTOS Y BIOGEOGRAFIA Los yacimientos con análisis antracológicos en la Depresión de Vera han sido excavados en las dos últimas décadas, por varios equipos de investigación. Los carbones de los yacimientos de Campos, Zajara y Santa Bárbara, situados en la Cuenca del Bajo Almanzora y excavados por un equipo de la Universidad de la Laguna, fueron estudiados por nosotros (1). El antracoanálisis de Fuente Álamo fue realizado por Schoch y Schweingruber (1982) y el de Gatas por Rowena Gale (1999) (2). Biogeográficamente la zona delBajoAlmanzora pertenece a la región Mediterránea y dentro de la tipología biogeográfica o corológica a la provincia Murciano-Almeriense en su sector Almeriense (Rivas Martínez, 1988; Peinado Lorca y Rivas Martínez, 1987). Bioclimáticamente están representados en esta M.' * Dolores Camalich y al Dr. Dimas Martín el haber puesto a nuestra disposición el material antracológico de sus excavaciones. El antracoanálisis fue efectuado en el Dpto. de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Granada, a cuyo director, el Dr. F. Molina, queremos expresar nuestra gratitud por su continuo apoyo a nuestra investigación. (2) Los resultados del antracoanálisis de Gatas, efectuado por R. Gale, nos fueron facilitados por el Dr. V. Lull dentro de nuestra participación en el Proyecto Aguas (Castro et alii, 1998), al cual queremos agradecer las facilidades prestadas para la realización de este artículo. zona los pisos termo-, meso-y supramediterráneos, que en líneas generales vienen a coincidir con los pisos de vegetación de igual nombre (Fig. 1). La mayor o menor continentalidad, que se puede expresar por un mayor o menor frío invernal o calor estival, parece ser el factor que rige en primer término la distribución de las^-^n^^ de vegetación termomediterráneas murciano-almerienses, presentes en el territorio estudiado. Pasamos a describir brevemente las características de las series de vegetación entorno a los yacimientos estudiados: -Serie termomediterránea murciano-almeriense semiárida-árida del azufaifo (Ziziphus lotus): Zizipheto loti sigmetum, comunidad de aspecto intrincado y cerrado que favorece la creación de condiciones microclimáticas en su interior, lo que facilita el desarrollo de aquellas especies vegetales más exigentes. Su composición florística en esta zona presenta escasa variabilidad, reduciéndose al siguiente grupo de especies: Ziziphus lotus, Lycium intricatum. Salsola verticilata, Launaea arborecens, Asparagus stipularis y Ballota hirsuta. El interés tanto de esta comunidad como de sus etapas seriales se sitúa a dos niveles. Por una parte, posee un marcado interés biogeográfico al aportar datos válidos gara confirmar la antigua conexión con el Norte de África del Sudeste árido peninsular, y por otra, resulta un bioindicador, valiosísimo, ya que resulta patente que el progresivo avance de estas comunidades o de algunas de sus especies directrices camina paralelo al avance de los procesos de desertización. -Serie termomediterránea murciano-almeriense semiárida del lentisco {Pistacia lentiscus): Chamaeropo humilis-Rhamneto lycioidis sigmetum. La vegetación madura es un matorral esclerófilo con lentiscos {Pistacia lentiscus), palmitos {Chamaerops humilis), acebnches {Olea europaea var. sylvestris), bayón, espinos, belcho, algarrobos, esparraguera, etc. Generalmente esta asociación se halla muy alterada, quedando reducida a manchas dispersas de palmitos y espinos negros. Al Norte de la zona estudiada está presente la serie del cornical, donde no llega a producirse heladas, mientras que en las del lentisco y el azufaifo sí se producen. Las series del cornical y del azufaifo son series más o menos litorales que no exceden el territorio termomediterráneo del sector Almeriense de la provincia murciano-almeriense, en tanto que el lentiscar tiene una distribución más interior. Dentro del Piso Mesomediterráneo la serie de vegetación dominante en la zona es la semiárida de la coscoja {Quercus coccifera): Rhamno lycioidi-Querceto cocciferae sigmetum, asociación dominante en las vertientes de la Sierra de Los Filabres y de la Sierra de Las Estancias y, por tanto, un poco alejada de los yacimientos estudiados. Esta serie corresponde en su etapa madura a bosquetes densos de Quercus coccifera en los que prosperan diversos espinos, sabinas, pinos y otros arbustos mediterráneos (Rhamnus lycioides, Pinus halepensiSy Juniperus phoenicea, Juniperus oxycedrus, Daphne gnidium, Ephedra nebrodensis, etc.) y que en áreas particularmente cálidas o en el horizonte inferior mesomediterráneo pueden llevar otros arbustos más termófilos {Pistacia lentiscus, Ephedra fragilis, Asparagus stipularis, etc.). El rasgo esencial de esta serie es la escasez de las precipitaciones a lo largo del año, en general de tipo semiárido, lo que resulta ser un factor limitante insuperable para que en los suelos no compensados hídricamente puedan prosperar las carrascas {Quercus rotundifoliae), y, en consecuencia, el óptimo de la serie de vegetación no pueda alcanzar la estructura del bosque planifolio-esclerófilo, sino más bien la de la garriga densa o silvo-estepa (Rivas Martínez, 1988: 118). La vegetación edafófila o riparia está representada en esta área por la Geoserie de ramblas murciano-almeriense {Glycirrhizo glabrae-Tamaricetum canadensis), asociación instalada sobre suelos algo limosos e integrada por comunidades donde dominan los tarayes {Tamarix canariensis). Todas estas Series tienen en la actualidad un alto grado de degradación, estando actualmente presentes en la mayor parte del territorio las fases últimas como son los espártales, albardinares, pastizales o tomillares que apenas recubren la superficie. También, gran parte del área está ocupada en la actualidad por cultivos o es objeto de un pastoreo extensivo, que unido a la actividad minera y la fuerte urbanización, sobre todo en la franja litoral, han hecho casi desaparecer la vegetación natural de la zona. IIL LOS ANÁLISIS ANTRACOLOGICOS Presentamos aquí una valoración de cada uno de los estudios efectuados hasta el momento y realizamos una aproximación al paisaje vegetal de toda la Comarca de Vera durante el III y II milenio a.n.e. Interpretación de resultados de yacimientos de la Edad del Cobre Los análisis antracológicos de este periodo se han centrado en los yacimientos de Zajara, Campos y Santa Bárbara. En la tabla 1 se muestran los resultados obtenidos en cada uno de ellos. El número de taxones determinados se eleva a 21, y si exceptuamos los tres que pueden comprender bajo su denominación a alguno de los otros de la lista {Pinus sp.. Pistacia sp. y Rhamnus-Phillyrea), este es de 18. Por tanto, el catálogo florístico proporcionado por el análisis antracológico de los tres yacimientos estudiados está compuesto por dos especies de pinos: el carrasco y el marítimo; por arbustos de gran porte como son el acebnche, la coscoja, el lentisco y la cornicabra; y por especies del matorral fruticoso: salados, jaras, belchos, torviscos, leguminosas, aladiernos y romeros. Junto a esta vegetación climatófila se desarrollan especies que crecen junto a los cursos de agua como son: fresnos, álamos, sauces y tarayes. También aparecen monocotiledóneas sin determinar, antique podrían ser restos de cereales y cañas. A nivel cuantitativo estos taxones muestran una representación muy homogénea entre los tres yacimientos, salvo pequeñas variaciones que más adelante comentaremos (Fig. 2). La especie más representada es el acebuche {Olea europaea van sylvestris) seguida, pero con mucha menor presencia, del lentisco {Pistacia lends cus), la cornicabra {Pistacia terebinthus). Pistacia sp. y el pino carrasco {Pinus halepensis) que mantienen porcentajes entre el 4-10% en todos los yacimientos. El romero {Rosmarinus oficcinalis) y el aladierno {Phillyrea sp.) también muestran parecidos porcentajes en los tres yacimientos, aunque un poco más bajos (entre 1-3%). El grupo formado por encina/coscoja {Quercus ilex-coccifera), álamos {Populus sp.), sauces {Salix sp.) y tarayes {Tamarix sp.) tienen porcentajes por debajo del 2%, la mayoría menos de 1%, salvo en alguno de los yacimientos con porcentajes en tomo al 8% (los tarayes en Zajara 7.91 %; los sauces 7.69% y la encina/coscoja 8.65% en Santa Bárbara). Las jaras {Cistus sp.), salados {Atriplex halimus) y las leguminosas sólo aparecen en Zajara y Campos, faltando en Santa Bárbara, presentan porcentajes por debajo del 1% (salvo las leguminosas en Campos). Los torviscos {Daphne gnidium), belchos {Ephedra sp.) y monocotiledóneas, con escasa presencia, aparecen en Campos. Por tanto, vemos que el número de taxones y su distribución porcentual entre los tres yacimientos es muy parecida aunque la mayor similitud se pro-duce entre Campos y Zajara (Fig. 2), que situados a unos 3 Km de distancia en línea recta, presentan una misma imagen de la vegetación del entorno. Por contra, Santa Bárbara tiene ciertas singularidades en la representación de las distintas especies: el acebuche disminuye más de un tercio respecto a los dos yacimientos anteriores, y tiene porcentajes mayores para el pino carrasco, el aladierno, el lentisco, \^ Pistacia, la coscoja, el romero y el sauce. De todos estos los más significativos son la coscoja y el sauce que, con porcentajes por debajo del 1 % en Campos y Zajara, presentan aquí valores en torno al 8%. El mayor porcentaje de la coscoja junto a los romeros (que casi dobla su porcentaje) parece indicar la relativa mayor lejanía de la costa y la posible vecindad de formaciones vegetales termomesomediterráneas, como son los carrascales, lo cual podría indicar que el piso mesomediterráneo habría tenido su límite más bajo que actualmente, en las cercanías de Santa Bárbara (Fig. 1). La ripisilva está representada con cuatro géneros: fresnos, álamos, sauces y tarayes, que presentan porcentajes por debajo del 1 % (indicados en la figura 2 por cuadrados), salvo el caso de los tarayes en Zajara y Campos y los sauces en Santa Bárbara. El conjunto de la vegetación de ribera presenta los siguientes porcentajes: Zajara 9.77%, Campos 2.58% y Santa Bárbara 9.63%. Estos porcentajes son relativamente bajos si pensamos que los yacimientos se encuentran ubicados junto a cursos de agua. Esta escasa presencia de especies higrófilas puede ser debida a la ocupación de los fondos de valle, área potencial de la ripisilva, por terrenos de cultivo, como ocurre en yacimientos calcolíticos y argáricos de la depresión de Baza-Huéscar (Rodríguez-Ariza, 1992b), aunque contrasta fuertemente con los resultados de Los Millares que tienen porcentajes en tomo al 20% en el Fortín 1 y del 40% en el Poblado (Rodríguez-Ariza y Vemet, 1991; Rodríguez-Ariza, 1992a). El predominio del acebnche en todos los yacimientos junto con el lentisco puede expresar una formación local termomediterránea de lentiscar, aunque la correspondencia con alguna de las series actualmente definidas es difícil, siendo la serie murciano-almeriense del Chamaeropo humilis-Rhamneto lycioidis sigmetum (Alcaraz Ariza y Peinado Lorca, 1987: 264; Rivas Martínez, 1988:128) o la catalana-levantina del Oleo-Lentiscetum provinciale (Folch i Guillen, 1986:122) las más próximas. También estaría presente, aunque probablemente en áreas reducidas o más o menos marginales, un matorral del Rosmarino Ericion junto con la presencia del pino carrasco. La vegetación madura de las distintas asociaciones de lentiscares es un matorral esclerófilo donde predominan los lentiscos {Pistacia lentiscus) y acebnches {Olea europaea var. sylvestris), desarrollándose otras especies como palmitos {Chamaerops humilis), bayón {Osyris quadipartita), belchos {Ephedra fragilis), algarrobos {Ceratonia siliqua), etc. Son formaciones de matorral alto y espeso, con algún árbol ocasional, y cuya gran densidad las hace difícilmente penetrables. Estas entrarían dentro del término de maquis o maquia, actualmente muy debatido. Aquí podemos encontrar algunos pies de encina aislados y rodales de pino carrasco. La intervención humana sobre estas asociaciones provoca la aparición de matorrales abiertos en los que las especies dominantes son las cistáceas, leguminosas como las fabáceas, brezos y algunas labiadas como romeros y tomillos. Por tanto, podemos pensar que en el Bajo Almanzora en la Edad del Cobre existía un paisaje vegetal formado por un matorral más o menos denso de lentiscos y acebnches junto al que existían zonas, más o menos denudadas, donde estaría instalado un matorral abierto junto con algunos pinos carrascos. Los fondos de los valles estarían ocupados por campos de cultivo, habiendo reducido la vegetación natural a una estrecha banda junto al cauce. Las formaciones de lentiscares se desarrollan bajo unos valores ombroclimáticos de semiárido superior al seco inferior (250-400 mm apr.) con unas temperaturas en torno a los 17° C de media anual, lo que corresponde al piso termomediterráneo, casi libre de heladas que sólo se pueden presentar entre los meses de diciembre-febrero. Así, vemos que la zona que actualmente ocupa la asociación del azufaifo estaría ocupada durante la Edad del Cobre por la asociación del lentiscar (actualmente con un desarrollo potencial en el piedemonte de las Sierras de las Estancias, Filabres y Cabrera) y, por tanto, probablemente la vegetación mesomediterránea ocuparía el lugar de esta última. Esto supone que el límite entre los pisos termo-y mesomediterráneo estaría mucho más bajo que en la actualidad, en los entornos de los yacimientos situados a más altitud o al interior de la Depresión como son Santa Bárbara, Fuente Álamo y Gatas. La vegetación durante la Edad del Bronce En el análisis antracológico de Fuente Álamo (Schoch y Schweingmber, 1982) se han identificado 12 taxones (Tab. 2), entre los que sobresale la Pistacia sp. El resto de los taxones identificados, Atriplex cf. halimus, Tetraclinis articulata, Rhamnus sp.. Viburnum tinus, Rosmarinus officinalis, Quercus ilex-coccifera y Ficus carica, están representados por menos de 10 fragmentos cada uno. Basándose en estos resultados los autores hablan de cuatro medios diferentes: maquia, vegetación hidrófila, ruderal y cultivos entre los que señalan a la higuera y el olivo, aunque sin indicar en que se basan para considerar la domesticación de ambas especies. Es de señalar la sola presencia de Tamarix sp. como representante de la ripisilva y la importancia de la maquia o los matorrales. Estos resultados se articulan bien con los del resto de yacimientos de la zona, aunque aquí la presencia de pino es más importante, quizás por la utilización de esta especie en la construcción de las casas argáricas (Rodríguez-Ariza, 1993), aunque sería deseable la realización de un estudio más minucioso donde se dilucidaran cuestiones como la determinación de las especies de pinos y Pistacia, así como un estudio cuantitativo que indicara la importancia de cada especie, a fin de determinar la posible formación vegetal dominante y por tanto la antropización del medio. Para realizar una primera valoración a nivel paleoecológico y de dinámica de la vegetación, nos hemos vistos obligados a agrupar los resultados de las diferentes tablas (Gale, 1999: apéndice 2) por períodos cronológicos, y en aquellos casos en que había suficiente cantidad de carbón (Bronce Argárico y Bronce Tardío) calcular las frecuencias relativas de los diferentes taxones para poder comparar y evaluar los posibles cambios de la vegetación a través de la secuencia cronológica prehistórica (Tab. Ahora bien, esta aproximación no está exenta de dificultades, ya que al desconocer los contextos arqueológicos emlos que fueron recuperadas las distintas muestras antracológicas, la interpretación se puede ver afectada por múltiples factores tanto deposicionales como postdeposicionales (Rodríguez-Ariza, 1993). El número de taxones determinados por Rowena Gale en los niveles prehistóricos de Gatas se eleva a 23, de ellos 8 aparecen sólo en un período cultural: Cistus, Ericaceae, Mjríw^, Nerium, Pomoideae/Prunus, Teucrium y Salicaceae en el Bronce Argárico y Spartiumjunceum en el Bronce Tardío, estando la mayoría representados solamente por un fragmento de carbón, lo cual siempre habrá de ser tenido en cuenta a la hora de realizar una valoración -- Frecuencias absolutas y relativas de los taxones determinados en el análisis antracológico de Gatas (elaboración propia a partir de Gale, 1999). Estos ocho taxones entran dentro de la flora típica de la zona. Por tanto, si quitamos estos 8 taxones, raros o excepcionales, la lista se queda reducida a 15 todos ellos muy abundantes en el resto de yacimientos de la zona, salvo los casos átPrunus sp., Rhusy Quercus súber. Los dos primeros en muy escaso número y el último con una presencia significativa en el Bronce Argárico y Tardío, habiendo aparecido no sólo carbón, sino también corcho. El catálogo florístico de Gatas (Tab. 3) está compuesto por árboles: pinos (sin determinar la especie, aunque se señala en el texto que posiblemente sea el pino carrasco), encinas o coscojas, alcornoques e higueras (estas posiblemente cultivadas, aunque a nivel anatómico es imposible su determinación). Los arbustos están representados por el acebnche, la coscoja, el lentisco y/o la cornicabra y rosáceas del género Prunus; y por especies del matorral fruticoso: jaras, brezos, leguminosas, aladiernos y/o espinos y romeros. La vegetación de los cursos de agua sólo está compuesta por álamos, adelfas, sauces y tarayes, con una presencia escasa. En la figura 3 hemos comparado las frecuencias relativas de los 6 taxones con mayores porcentajes (Olea, Pinus, Pistacia, Quercus, Q. súber y Tamarix) en el Argar y Postargar. En primer lugar hay que destacar la predominancia de la Olea en los dos períodos, con porcentajes que duplican o triplican al segundo representado. La distinción anatómica entre el olivo y el acebnche {Olea europea var. sylvestris) es muy difícil de realizar, aunque algunos intentos se han hecho utilizando diversos parámetros anatómicos que han sido tratados por análisis multivariantes (Terral yArnold-Simard, 1996; Terral, 1997). En segundo lugar hay que señalar que en el Argar junto a la Olea los taxones más representados con porcentajes muy significativos son los pinos (20.40 %) y lo^Quercus (posiblemente encina o coscoja) con el 15.49%, mientras que en el Postargar estos disminuyen al 1% y dejan su lugar a lasPistacia con el 2.20 % de representación. Este hecho nos plantea varias hipótesis: por un lado, la fuerte representación de los pinos en el Argar puede deberse a su utilización como elemento de construcción como ocurre en otros yacimientos argáricos (Rodríguez-Ariza, 1992a) y su casi desaparición en el BronceTardío al cambio de los sistemas constructivos, aunque, como ha sido señalado con anterioridad, el desconocimiento de donde proceden las muestras antracológicas nos impide poder contrastar esta hecho. Por otro lado, estos dos grupos de taxones podrían estar representando a distintas asociaciones vegetales: así, los pinos se asocian principalmente a la encina/coscoja y a todas las especies representativas de un desarrollo más o menos significativo del matorral fruticoso (jaras, brezos, espinos, romeros y leguminosas). Parece ser que en este momento existe una vegetación tipo maquia con un fuerte predominio de la coscoja y la carrasca y un matorral del Rosmarino Ericion junto con la presencia del pino carrasco, pudiendo incluso aventurar la hipótesis que los carrascales basófilos termomesomediterráneos, que actualmente sólo se encuentran en las partes altas de Sierra Cabrera re-presentados por la serie Smilaci mauritanicae-Querceto rotundifoliae (Fig. l), descendieran hasta las inmediaciones del yacimiento. La asociación del acebnche con el lentisco en el Postargar viene acompañada por una desaparición de la mayoría de las especies del matorral o una disminución de sus frecuencias relativas, expresando una formación vegetal de la series de los lentiscares. Por tanto, el cambio en la composición vegetal entre el Argar y el Postargar (de un carrascal a un lentiscar) podría indicar un cambio en las condiciones bioclimáticas principalmente en el ombroclima, tendente a una mayor sequedad, y/o un cambio de la acción antrópica sobre el medio. LA DINÁMICA DE LA VEGETACIÓN DURANTE LA PREHISTORIA RECIENTE La tabla 4 muestra los taxones determinados en cada uno de los yacimientos y períodos culturales que cuentan con análisis antracológicos en la zona. El primer comentario que hay que realizar es sobre la gran cantidad de taxones determinados (37), aunque si eliminamos los taxones dobles {Phillyrea/Rhamnus, Pistacea/Rhus, Pomoidea/Prunus y Populus/Salix) que están representados en la lista por sus dos componentes el número se queda reducido a 33. LosPínus sp., que se determinan en Gatas y Fuente Álamo, habría que unirlos, con toda probabilidad, al Pinus halepensis que aparece en los yacimientos calcolíticos, al igual que ocurre con la Pistacia sp. que se podría adjudicar a Pistacia lentiscus o Pistacia terebinthus y los Quercus sp. que creemos que podrían corresponderse con el Quercus ilex-coccifera, por lo cual tendríamos 30. Además, si eliminamos los 11 taxones simples que aparecen en un sólo yacimiento y período cultural {Daphne gnidium, Ephedra, Fraxinus, Myrtus, Nerium, Pinus pinaster, Spartiumjunceum, Tetraclinis articulata, Teucrium, Viburnum tinus y Monocotiledoneae) la lista se nos vuelve a reducir a 19 taxones, que serían los taxones que nos pueden definir con mayor exactitud las distintas asociaciones vegetales desarrolladas a lo largo del tiempo en la Depresión de Vera. De este grupo, 4 taxones están presentes en todos los yacimientos y períodos culturales, constituyéndose en los indicadores vegetales de la zona. Estos son: Olea europaea, Pinus halepensis, Pistacea lentiscus y Quercus ilex-coccifera. Junto a estos el Rosmarinus officinalis y Tamarix sp. sólo faltan en un período de Gatas y las Leguminosae en Santa Bárbara y Fuente Álamo. Este grupo de taxones nos define una vegetación termófila con predominancia de los arbustos de gran talla como los acebnches, el lentisco y la coscoja, junto a un matorral representado por romeros y leguminosas arbustivas y la presencia de dos árboles, aunque también adoptan porte arbustivo, como son el pino carrasco y los tarayes. Por tanto, en principio podríamos pensar que la vegetación predominante es la de tipo maquia o garriga, descrita para las zonas costeras de diversas regiones mediterráneas, lo cual ya contrasta con la vegetación actual (prácticamente inexistente) e incluso con la vegetación potencial de la zona constituida por cornicales y espinales (Fig. 1). Si analizamos los datos a nivel cronológico, además de lo comentado para cada yacimiento, hay que señalar la casi desaparición de la ripisilva que constituida en la Edad del Cobre por fresnos, álamos, sauces y tarayes, sólo está representada por estos últimos en la Edad del Bronce junto a una escasa presencia de álamos o sauces en el Argar y Postargar de Gatas. Este fenómeno de desaparición de la ripisilva podría indicar un cambio de los parámetros bioclimáticos tendentes a una menor humedad, lo cual provocaría una disminución del caudal de los cursos de agua y, por tanto, de la vegetación asociada. También hay que destacar la aparición de la higuera en Fuente Alamo y Gatas a partir del Bronce Pleno, lo cual abogaría por el cultivo de esta especie a partir de esta época, aunque hay que tener en cuenta que esta especie es característica de la vegetación mediterránea y la diferenciación anatómica entre la especie cultivada y la silvestre es imposible de realizar. La aparición de una cantidad significativa de carbón en Gatas y carbón y semillas en Fuente Álamo (Stika, 1988) nos lleva a poder plantear que esta zona fuera un foco de domesticación o al menos de introducción del cultivo de esta especie en la Península Ibérica, aunque en la zona estuviera de forma natural con anterioridad. Resumiendo, podríamos afirmar que el predominio del acebnche en todos los yacimientos junto con el lentisco puede expresar una formación local termomediterránea de lentiscar, aunque en algunos yacimientos como Santa Bárbara y en el Bronce Pleno de Gatas está representada una vegetación más mesófila, indicando posiblemente que el piso de vegetación mesomediterráneo bajaría hasta las inmediaciones de estos yacimientos. A partir del Bronce Tardío parece asistirse a un cierto cambio en la vegetación, tendente a una mayor aridez, aunque las temperaturas parecen que no sufren variaciones importantes. V. LA DEPRESIÓN DE VERA DENTRO DE LA DINÁMICA PALEOECOLÓGICA DEL MEDITERRÁNEO OCCIDENTAL En la zona de estudio o en comarcas próximas se vienen desarrollando en la última década una serie de actuaciones arqueológicas, que han dado como resultado la existencia de un corpus de datos antracológicos y polínicos que brevemente pasamos a describir: En la misma Depresión de Vera contamos con los datos preliminares del antracoanálisis del yacimiento calcolítico deLa^ Pilas (Mojácar, Almería) (3) en el que se han identificado 16 taxones, entre los que destacan: Olea europaea, Pistacia len-tiscuSy Pistacia sp. y Quercus ilex-coccifera. También aparecen pero en porcentajes muy pequeños: Pinus halepensis, Pinus sp., Cistus sp., Leguminosas, Phillyrea sp., Pistacia terebinthus, Rhamnus sp. y Rosmarinus officinalis y entre la ripisilva: Fraxinus sp., Populus sp. y Tamarix sp. Este catálogo florístico coincide plenamente con el de los yacimientos aquí estudiados, dando una misma imagen de la vegetación en la Edad del Cobre en todo el área de la Depresión de Vera y el Bajo Almanzora. También contamos con el análisis antracológico del poblado argárico átlRincón deAlmendricos (Grau, 1990) situado en la comarca de Lorca, actualmente, en el piso de vegetación Termomediterráneo con un ombroclima semiárido inferior, muestra que durante el período subboreal en el que se desarrolló la cultura del Argar, habría en los alrededores del yacimiento una vegetación termófila caracterizada por la presencia de encina, pino carrasco, acebnche y brezo. La autora señala que estas especies son indicadoras de un cierto estado de degradación de los carrascales continentales (Bupleuro rigidi-Quercetum rotundifoliae sigmetum) como podría ser elRhamno lycioidis-Querceto cocciferae sigmetum. Esta asociación, señalada por nosotros para definir la vegetación calcolítica de la (3) El material antracológico procede de las excavaciones de urgencia realizadas en el yacimiento por un equipo formado por miembros del Dpto. de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Granada y del Dpto. de Prehistoria, Antropología e Historia Antigua de la Universidad de la Laguna. Depresión de Baza-Huéscar, evolucionará en época argárica hacia un matorral abierto rico en pino carrasco, aunque aquí no estén presentes taxones termófilos como el acebnche, por ser una zona más continental (Rodríguez-Ariza, 1992a,b). El estudio antracológico del Cerro de las Viñas (Grau, 1990), poblado situado dentro del piso de vegetación mesomediterráneo inferior con un ombroclima semiáridó superior, en el término de Lorca (Murcia), muestra una vegetación similar a la de la altiplanicie de Baza-Huéscar. Aquí domina tlPinus halepensis, seguido del Quercus ilex-coccifera y las Leguminosas. También se han identificado Erica multiflora, Juniperus sp., Rhamnus lycioides, Pistacia lentiscus y Tetraclinis articulata. En estudios polínicos realizados en la vertiente mediterránea de la Península Ibérica por un grupo de la Universidad Autónoma de Barcelona, que han publicado las secuencias holocenas de Roquetas de Mar, Antas y San Rafael (Pantaleón-Cano et alii, 1999), sitúan el óptimo holoceno entre los 7000 y los 4500 bp, en el que las formaciones arbustivas se desarrollarían ampliamente en las zonas bajas mientras que formaciones forestales más mesófilas se extenderían en las áreas montañosas interiores. A partir del 4500 bp se establece una vegetación más estépica como consecuencia de unos condiciones ambientales más áridas. Así en el diagrama polínico de Roquetas de Mar se refleja un gradual y constante retroceso de los taxones arbóreos, especialmente de Quercus caducifolio, Quercus perennifolio y Olea, dominantes en la base y cuyo descenso es compensado sólo en parte por la notable subida de Pinus. En un artículo de B. Mariscal (1991) sobre el Holoceno en Las Pilas de Mojácar, se realiza un análisis polínico de sedimentos de la zona, sin indicar la situación, estratigrafía y cronología de los sondeos, por lo cual su validez es nula. Los análisis polínicos realizados dentro del Proyecto Aguas (Stevenson, 1998) en Cortijo del Campo, Balsa de Marchalico y Balsa de Alquirrico de los Peñones muestran una gran pobreza de polen arbóreo, sólo representado por Olea y Pinus. En el análisis polínico dcAlmizaraque (López, 1988) la autora observa dos períodos: -el inferior en el que domina el Pinus halepensis, acompañado por taxones mediterráneos como Buxus sempervirens o Vitis vinifera, quedando atestiguados cultivos agrícolas, Cerealia, junto aFaháceas, Plantago y Poligonáceas. -El superior, en el que los pinos disminuyen, y los espacios abiertos se ven ocupados por Asteráceas ügulifloras y Quenopodiáceas. Según la autora esta fase corresponde con el abandono del yacimiento, con una vegetación próxima a la de la actualidad del tipo xerófilo propia de un clima extremadamente seco. A partir de los estudios antracológicos aquí presentados podemos decir que la vegetación de la Depresión de Vera durante el III milenio a.n.e. estaba dominada por comunidades arbustivas instaladas en el centro o zonas bajas, mientras que las formaciones arbóreas se situarían en los piedemontes de las sierras cercanas. Estos resultados nos hablan de una correspondencia de la vegetación a nivel regional, donde se aprecia un cambio significativo de la vegetación entre la Edad del Cobre y Edad del Bronce, que en el Cerro de la Virgen se produce de modo paulatino (Rodríguez-Ariza, 1992b). El origen de este creemos que está en la influencias de origen antrópico por el desfase cronológico observado con datos paleoambientales de otras regiones, así en el sur de Francia (Vemet y Thiébault, 1987) y Levante peninsular (Vemet^í a// /, 1983,1987; Badal, 1990) éste proceso se inicia en el Neolítico Medio. Mientras que en la Depresión de Ronda la abertura de la vegetación no parece producirse hasta comienzos del I milenio a. Evidentemente las influencias de cambio climático, como señalan los estudios polínicos anteriormente citados son importantes, pero el comienzo y ritmo de las transformaciones del paisaje en una comarca determinada vienen condicionadas por la mayor o menor incidencia de la acción antrópica sobre el medio.
En Las Herrerías L. Siret documentó durante el curso de labores de minería en las primeras décadas de nuestro siglo restos de tumbas y viviendas tanto del Calcolítico como de la Edad del Bronce. Sus escasas notas son hoy día los únicos testimonios de la ocupación prehistórica del lugar, privado en la actualidad de todo su anterior potencial arqueológico por la destrucción producida por las actividades industriales del siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX. A partir de sus notas y de los pocos hallazgos rescatados por él, se puede reconstruir para la Edad del Bronce un poblamiento aparentemente importante pero sin un núcleo de características urbanas, estructurado más bien de manera abierta y dispersa. El modo aislado y poco sistemático como el propio Siret y varios autores posteriores fueron dando a conocer distintos datos sobre los conjuntos funerarios de Las Herrerías, así como la mezcla de materiales de dos de las tumbas durante los años cincuenta, cuando ya habían ingresados en el Museo Arqueológico Nacional, ha creado cierta confusión con respecto a los ajuares respectivos y su cronología relativa y absoluta. El presente articulo pretende ofrecer una sinopsis sistemática de los materiales conservados y de la información recogida en las notas de L. Siret, para corregir estos errores y llamar la atención sobre los asentamientos litorales de la cultura argárica en general, categoría de poblados muy amenazados por la acción tanto de la naturaleza como del hombre y generalmente infravalorados por la investigación. El presente artículo persigue un doble objetivo. Por un lado pretende dar a conocer de una forma organizada y coherente lo poco que se sabe de la ocupación argárica de Las Herrerías (Fig. 1). Últimamente su yacimiento principal, el Cerro Virtud, ha proporcionado los vestigios más antiguos de procesos metalúrgicos en el Mediterráneo occidental, fechados en elV milenio a.C. (Montero Ruiz y Ruiz Taboada, 1996: 65-74). Por el contrario, los restos materiales de la cultura de El Argar, aparecidos allí en los trabajos de minería sobre todo durante las primeras décadas de nuestro siglo, son mucho menos conocidos. Sólo existen como referencias unos breves apuntes de L. Siret, quien recogió las noticias sobre hallazgos según fueron apareciendo en las obras.Al contrario de la gran mayoría de yacimientos investigados por los hermanos Siret, en Las Herrerías, localidad donde ellos mismos vivieron, nunca llegaron a realizar excavaciones sistemáticas, con la notable excepción de Almizaraque, situado a unos centenares de metros del núcleo minero, ya en plena Vega del bajo Almanzora. Las actividades documentadas por L. Siret en este caso claramente tienen carácter de "intervenciones de urgencia" en determinados puntos ante la inminente destrucción (1) Queremos expresar nuestro agradecimiento a la Dra. Carmen Cacho por facilitarnos la posibilidad de efectuar este estudio, así como también a Dña. Pilar Martín por su ayuda en la consulta de los expedientes correspondientes en el archivo del MAN y finalmente a Ignacio Montero por sus valiosos indicaciones sobre aspectos generales del yacimiento y su esfuerzo en ayudarnos a mejorar nuestro deficiente castellano. del yacimiento por las obras de la propia empresa para la que trabajaba. El segundo objetivo es llamar la atención sobre el papel del habitat litoral de la cultura argárica en general, una categoría de poblados poco conocidos y al mismo tiempo más amenazados que otros, tanto por factores naturales como por la propia acción humana. Como habitats "litorales" se definen aquí aquellos yacimientos con acceso directo al mar, Le. con un acceso no obstruido por la propia topografía ni controlado por otros asentamientos contemporáneos. Para la cultura argárica actualmente no se conocen demasiados poblados dentro de esta categoría. Sólo existen unos cuantos en todo el Sudeste; exceptuando Las Herrerías se trata principalmente de la nieta deis Banyets o Isleta de Campello, situado ya al norte de Alicante, en el margen septentrional de la "área cultural" de El Argar (Simón García, 1997:49-63), así como de una serie de yacimientos no muy bien conocidos de la fachada litoral granadina-malagueña: el Castillo de Salobreña, La Herradura, el Cerro de Velilla, Puente Noy y el Pago del Sapo deAlmuñecar (Granada), así como el Lagar de las Animas y posiblemente el Cerro de SanTelmo (Málaga), yacimientos que reflejan una amplia variedad de situaciones topográficas (Lull, 1983:386-388; Molina Fajardo, 1983: 3-20; Ruiz Morales y Molina Poveda, 1996: 179; BaldomeroNavarro et alii, 1985: 121-133; Baldomcro Navarro et alii, 1988:153-154). Los restos argáricos documentados en Las Herrerías se concentran en las inmediaciones del Cerro Virtud, elevación de 68 m de altura, situado directamente al sur de la actual población y ac/rca 2,8 Km de la desembocadura del río Almanzora, sobre su margen izquierdo. Durante el Calcolítico y el Bronce Antiguo el mar muy probablemente se encontraba a menos de 1 Km del yacimiento (Arteaga etalii, 1988:111-113, fig. 2). L. Siret en sus notas distingue varios hallazgos por referencias a las distintas minas y concesiones mineras en que aparecieron; para la cultura argárica registra restos en las concesiones de la Mina Alianza, Mina Diana y Mina Iberia (véase Montero Ruiz, 1994: fig. 5). Sólo la cista de la Mina Iberia fue publicada por Siret (1913: lám. 13.14); los restos argáricos de las minas Alianza y Diana quedaron inéditos, salvo unas breves menciones a partir de los años cincuenta, que causaron una cierta confusión en cuanto a la composición exacta de los distintos conjuntos de materiales (Fig. 2). En la gran obra de catalogación de Schubart y Ulreich ( 1991 ), que aspiró a documentar todos los materiales argáricos de la antigua Colección Siret, lamentablemente no se incluye ninguna referencia a los hallazgos de Las Herrerías, a pesar de que la cista de la Mina Iberia-publicada ya en su época por el mismo L. Siret-así como algunos elementos del material de la Mina Alianza formaban parte de la exposición permanente del Museo Arqueológico Nacional (MAN) a partir de los años cincuenta. Esta ausencia se debe muy probablemente a la desafortunada circunstancia que los materiales no salieron en el curso de excavaciones regulares, proyectadas como en otros yacimientos por los hermanos Siret y realizadas bajo la dirección de su capataz Pedro Flores, sino como fruto ocasional de los trabajos mineros en Las Herrerías. Por esa misma razón no se encuentran descritos en los cuadernos de campo del competente y bastante minucioso Pedro Flores, aunque existen algunas hojas sueltas, fotos y croquis de la mano de L. Siret, conservados hoy día en el archivo del MAN (Lám. En los siguientes párrafos se expondrán por primera vez de manera completa y sistemática las informaciones que poseemos sobre las sepulturas y los vestigios del habitat argárico de Las Herrerías a partir de esas notas de L. Siret y de los materiales de su colección conservados en los fondos del MAN. Las tumbas argáricas de Las Herrerías han sido mencionadas con bastante frecuencia en la bibliografía especializada y empleadas en sus respectivos argumentos por varios autores, pero nunca fueron descritas de una manera sistemática, lo que ha causado una creciente confusión en cuanto a su ajuar exacto y detalles de los hallazgos. Recientemente Castro Maxtímzetalii (1993/94:93, nota 30) intentaron aclarar el asunto, pero al escapárseles o desconocer algunos detalles de la historia de los conjuntos respectivos, mantienen algún error que en el futuro pudiera conducir a nuevos malentendidos. Estos errores se deben probablemente a que estos autores tampoco estudiaron personalmente el material en el MAN, y sólo dispusieron de fotocopias de la documentación. En efecto, es precisamente algún detalle, obvio con el original de la documentación fotográfica de L. Siret pero quizá no tan fácil de observar en una fotocopia, el que permite aclarar un problema fundamental con el hallazgo de la Mina Iberia, y puede conllevar serias consecuencias en cuanto a la cronología relativa de este conjunto de materiales. En la fotografía vertical de la cista (Lám. III), tomada por L. Siret antes de que la alabarda cambiase accidentalmente su posición al quitar una de las lajas laterales para la toma de la foto horizontal (Lám. IV), se aprecia que la pieza en cuestión poseía por lo menos cinco remaches y no dos, como tiene la alabarda que acompaña al ajuar de la cista de la Mina Iberia en la exposición permanente del MAN. En un detalle ampliado de la foto de Siret, los remaches se observan nítidamente como puntos algo más claros sobre el fondo gris oscuro de la misma alabarda (Lám. También parece más estrecha que el arma expuesta durante largos años con los demás materiales de la cista y publicada por Castro Martínez et alii ( 1993/94: fig. 11 ) como perteneciente a este ajuar. La argumentación sobre la no identidad de esa pieza con la encontrada por Siret en la cista de la Mina Iberia en el momento de su descubrimiento, y que seguramente se trata de una confusión de dos alabardas distintas, no sólo se basa en la evidencia fotográfica, sino también en una información textual a la que más abajo nos vamos a referir detenidamente, ya que permite aclarar también otra duda sobre un conjunto de materiales procedentes de la Mina Alianza. Sepultura n° 1 de la Mina Iberia, vista vertical, en una foto de L. Siret (Archivo del MAN). Sepultura n° 1 de la Mina Iberia, vista horizontal, en una foto de L. Siret (Archivo del MAN). Obviamente, en los intentos de establecer una cronología tanto relativa como absoluta de este ajuar, debe tomarse en cuenta que la alabarda con dos remaches no forma parte del conjunto. ¿Que pasó entonces con la pieza que Siret encontró como parte del ajuar de la cista de la Mina Iberia y que documentó en su fotografía? Efectivamente el autor del presente artículo logró localizar entre los fondos del MAN (caja 1413), como pieza suelta de la Colección Siret, una alabarda con procedencia de la Mina Iberia que tiene su zona de enmangue bastante dañada, pero que en un principio poseía un mínimo de cinco remaches. Con toda pro-babiUdad es esta la pieza que figura en las fotografías tomadas por L. Siret y que por tanto pertenece al ajuar de la cista de la Mina Iberia (Fig. 3). Otra de las sepulturas, la cista de la Mina Alianza, a la cual desde aquí en adelante nos vamos a referir como sepultura 1 de la Mina Alianza, en un principio no presenta tantos problemas. La tumba no fue publicada por Siret, pero en el archivo del MAN se conservan sus notas sobre el hallazgo y un croquis de su mano (Lám. Tampoco entró en la bibliografía posterior, con la excepción de una breve men-Fig. Ajuar de la sepultura n° 1 de la Mina Iberia. ción por Castro Martínezeí alii (1993/94: nota 30) y de dos referencias recientes a la composición metalúrgica del puñal que forma parte del ajuar de esta tumba (Montero Ruiz, 1994: 128. No obstante, aquí también existe una cierta confusión sobre la que hay que llamar la atención. Como veremos enseguida, la adscripción al ajuar de esta cista por parte de Castro Martínez et alii ( 1993/ 94: nota 30) de dos vasos carenados que en el libro guía del MAN de los años cincuenta aparecen como procedentes de la MinaAlianza (Guía, 1954: lám 3) constituye otro error que debe eliminarse. Estos autores sospechan que los materiales de la antigua Guía del MAN (Lám. VII) de la Mina Alianza no Lám. Croquis de la mano de L. Siret de la sepultura n° 1 de la MinaAlianza (Archivo del MAN). constituyen ningún conjunto real en si mismo. Por causa de la -como ya pudimos ver-falsa atribución de la alabarda de dos remaches a la tumba de la Mina Iberia asumen erróneamente que esta pieza no puede pertenecer al conjunto ahí representado. Por la misma razón, y sin más argumentos, suponen que las dos tulipas en esa lámina debieran pertenecer a la sepultura 1 de la Mina Alianza y que el puñal, que aparece asociado a estos materiales, pertenece a otro conjunto distinto que no tiene nada que ver con las demás piezas. Pero ya hemos visto que, en realidad, la alabarda en cuestión seguramente nunca formó parte del ajuar de la cista de la Mina Iberia, ya que se trata de una confusión ocurrida a partir de los años cincuenta. Igualmente no existen argumentos para adscribir los dos vasos carenados a la cista de la MinaAlianza, hallazgo suficientemente bien documentado en los papeles de Siret (Expediente del MAN: Col. Siret/caja 14/AD.l-AD.21).Porel contrario, ahí consta con toda claridad que en aquella tumba apareció un solo vaso, que ademas está conservado en los fondos del MAN y no corresponde a ninguno de los vasos presentados en la Guía{Fig. 4). esa razón, cuando se habla en la Guía de una cista del yacimiento de El Argar, parece tratarse casi seguro del mismo error que llevó a la atribución de la fecha de carbono 14 con el código del laboratorio CSIC-248 al yacimiento de El Argar, sin que hoy aún nos sea posible averiguar el origen de este error (véase Castro Martínez et alii, 1993/94: 93, nota 29). También se nos resiste el motivo por el que el propio Siret llegó a colocar una alabarda de cartón en la cista de la Mina Iberia, guardando la pieza original aparte. Cabe entonces la pregunta de cómo valorar los materiales que figuran en la lámina de la Guía. En el pie de la lámina sólo se habla de Herrerías como procedencia, pero en el texto se nos afirma que se trata de otra sepultura de la Mina Alianza. Esta sepultura no viene mencionada en los papeles del legado Siret, pero no sabemos si la documentación preservada en el MAN en este caso está completa. En relación con otros yacimientos, donde el mismo Siret numeraba los cuadernos o dejó índices, a veces, aunque no muy a menudo, se puede confirmar el carácter incompleto de la documentación conservada. Una posible confusión con materiales de una tumba de El Argar, que quizá se pudiera sospechar por la mención enigmática de este yacimiento en el texto arriba citado de la Guía, se puede excluir por una razón muy sencilla. Según los cua-dernos de campo de Pedro Flores, en la Colección Siret no debiera existir ninguna sepultura perdida del yacimiento epónimo con un ajuar de tales características. Dado el carácter casual de los hallazgos aparecidos en las obras de minería en Las Herrerías, parece bien posible que la única referencia a la procedencia de este conjunto consistiera en una nota guardada junto con los materiales y perdida cuando se incorporaron a la exposición permanente del MAN. Provisionalmente de aquí en adelante nos vamos a referir a este conjunto como sepultura 2 de la Mina Alianza (Fig. 5). Bajo estas circunstancias no será posible hacer comentarios sobre el tipo y carácter de la tumba o afirmar si los elementos presentados en la Guía constituyen el ajuar completo. Tampoco podemos deducir del texto de la Guía si se trataba de una cista o de otro tipo de enterramiento. Aparentemente no hay evidencias de otras tumbas argáricas en las inmediaciones del Cerro Virtud. En el caso de una cista "argárica" en los estratos superiores del cercano yacimiento de Almizaraque, excavada por Almagro Basch (1965: 379) y según sus informaciones tentativamente atribuido por nosotros (Brandherm, 1998: 196-170) a una fase formativa de la cultura de El Argar, no se debe tratar en absoluto de una estructura de la Edad del Bronce. Según los resultados de las excavaciones realizadas en Almizaraque durante los años ochenta bajo la dirección de M. Fernández-Miranda y G. Delibes de Castro, aquella "cista" en realidad sólo puede corresponder a una de las tumbas de lajas de época medieval, de las cuales se detectaron varias en el yacimiento (Delibes et alii, 1996: nota 4) DESCRIPCIÓN DE MATERIALES FUNERARIOS El siguiente listado relata los restos argáricos con carácter funerario de Las Herrerías según fueron mencionados por L. Siret en sus apuntes o conservados entre los materiales de su colección, hoy día guardada en el MAN. El listado se presenta por orden alfabético según el nombre de las minas y según conjuntos de materiales, acompañados por la respectiva bibliografía: Se trata de una cista de seis lajas, aparecida el 27 de mayo 1921 debajo de los restos de una casa (¿argárica?), con medidas interiores de 90 por 55 cm, orientada en dirección E/SE-OE/NOE. El esqueleto se encontró en posición muy flexionada, un puñal en cima del muslo y un vaso en la esquina inferior delante del muerto (Expediente del MAN: Col. -puñal de cuatro remaches (tipo AC 1); base triangular; remaches de las dos escotaduras proximales perdidas; los dos remaches conservados presentan sección cuadrada y redonda respectivamente, bordes de la hoja biselados; huella de enmangue con un escote en forma de omega; cobre arsenicado; longitud 18 cm; ancho máx. 4 cm; grosor (hoja) 0.35 cm, (empuñadura) 0.33 cm; peso 80 gr; longitud remaches 0.92-1.05 cm; grosor remaches 0.34-0.42 cm (n° inv. 1984/158/MA/2) (Fig. 4a) -vaso carenado (forma 5 b); forma un poco irregular con color cambiante entre marrón-oscuro y negro; superficie bien alisada pero fuertemente erosionada en un lado del recipiente; desgrasante cuarzo de grano pequeño hasta medio; diámetro boca (2) Para la terminología de las formas cerámicas véase Schubart y Arteaga (1986: 295), para la tipología del ajuar metálico véase Brandherm (en prensa). La fecha del hallazgo, el tipo de la construcción de la tumba y todos los detalles del enterramiento son desconocidos. La sepultura se encuentra sin documentación en los expedientes del MAN que hacen referencia a la Colección Siret (Lám. -puñal de tres remaches (tipo AB 6); base redondeada; remaches de sección cuadrangular; bordes de la hoja bien biselados; huella de enmangue en forma de omega con tendencia trapezoidal; cobre arsenical; longitud 18.1 cm; ancho 4.6 cm; grosor (hoja) 0.31 cm, (empuñadura) 0.26 cm; peso 66 gr; longitud remaches 1.76-1.92 cm; grosor remaches 0.28-0.29 cm (n° inv. 1984/158/MA/6) (Fig. 5a) -alabarda de dos remaches (tipo AA 20); base ligeramente oblicua; ambos agujeros rotos, pero remaches conservados; hoja con nervio central bastante acentuado, menos acentuado en la zona del enmangue, debido a un defecto de fundición no totalmente simétrico en ambas caras; huella de enmangue ligeramente oblicua; cobre arsenicado con alto porcentaje de arsénico; longitud 15.3 cm; ancho 6.6 cm; grosor (hoja) 0.91 cm, (empuñadura) 0.43 cm; peso 123 gr; longitud remaches 1.97-2.00 cm; grosor remaches 0.31-0.38 cm (sin n° inv.) (Fig. 5b) -vaso carenado pequeño (forma 5 a-1); de pared fina y superficie bien alisada hasta bruñida; con su parte superior ligeramente irregular y borde algo dañado; cocción irregular, oscilando entre zonas marrón-rojizas y negras oscuras; desgrasante mica muy fina; diámetro boca 6.4 cm; diámetro máx. 7.9 cm; altura 3.4 cm (n° inv. 1984/158/MA/5)(Fig. 5c) -vaso carenado grande (forma 5 b); con borde algo dañado; de superficie bien alisada, parcialmente erosionada en su parte inferior; de color marrón claro oscilando hacia negro en algunas zonas; desgrasante cuarzo de grano medio; diámetro boca 16,8 cm; diámetro máx. 19.7 cm; altura 18.5 cm (n° inv. Enterramiento en cista, encontrado c/rc¿2 1 m debajo de la superficie en el mes de agosto del año 1911. La medida de la profundidad posiblemente ya se encontraba afectada por las obras de minería. La cista estaba construida con seis lajas, con unas medidas interiores de 0.90 por 0.65 cm. El esqueleto estaba fuertemente flexionado sobre su lado izquierdo, con la mano izquierda debajo de la cabeza, la derecha enfrente de la cara. Sobre las piernas se halló la tibia de un bóvido; un gran vaso bicórneo en la esquina inferior detrás del muerto contenía restos orgánicos indefinidos y un pequeño cuenco hemisférico. En la mandíbula se encontró un anillo de plata. El puñal y la alabarda se hallaron enfrente del cráneo, el puñal con el extremo distal apuntando hacia la cabecera, la alabarda con el extremo distal hacia arriba, en la fotografía horizontal esta última ya se observa descolocada por el desmontado de una laja lateral (Lám. -puñal de cinco remaches (tipoAE 4); perforaciones de los cinco remaches originales rotas; probablemente como consecuencia de aquel hecho dos de las perforaciones distales fueron reemplazadas por una perforación más hacia el centro del enmangue; hoy sólo persisten restos rudimentarios de cuatro remaches; en gran parte de la zona del enmangue se conservan restos de madera con vetas ligeramente diagonal; huella de enmangue con un escote en forma de bocallave; cobre arsenicado; longitud 26.2 cm; ancho 4.8 cm; grosor (hoja) 0.44 cm (empuñadura) 0.40 cm; peso 143 gr; grosor remaches 0.33-0.45 cm (n° inv. 1984/157/MI/1/4) (Fig. 3a) -alabarda (tipo AF 8); cuatro de las cinco perforaciones para remaches rotas; se conservan rudimentos de dos remaches con sección circular; huella de enmangue recta; durante la restauración se quitaron restos de madera con vetas transversal que antes existieron en la zona del enmangue y restau-rando el enmangue se taparon las perforaciones rotas; por causa de las alteraciones sufridas en la restauración, la determinación del tipo es algo problemática; en el momento del hallazgo gran parte del mango todavía se encontraba intacto, y el arma estaba parcialmente envuelta en un tejido que L. Siret interpretó como pendón; cobre arsenicado; longitud conservada 16.4 cm; ancho 5.9 cm; grosor (hoja) 0.56 cm (empuñadura) 0.27 cm; peso 77 gr; grosor remaches 0.29-0.37 cm (n° inv. -fragmento de otra hoja, posiblemente de una navaja de afeitar, como en uno de sus extremos aparentemente conserva el rudimento de un pedúnculo; bordes muy dañados, pero se conservan restos del biselado; roto en dos fragmentos, restaurado; retorcido en su eje longitudinal; cobre arsenicado con alto porcentaje de arsénico; longitud conservada 6.2 cm; ancho conservado 1.8 cm; grosor 0.86 cm; peso 6.5 cm (n° inv. -gran vaso bicónico (forma 6 b); superficie bien alisada, parcialmente erosionada; de color oscilando entre marrón oscuro y negro en algunas zonas; desgrasante cuarzo de grano medio; diámetro boca 10.3 cm; diámetro máx. 28.8 cm; altura 23.8 cm (n° inv. 1984/157/MI/l/l) (Fig. 3f) -cuenco pequeño (forma 2 a-2); de pared fina y superficie bien alisada hasta bruñida; de color marrón oscuro hasta negro; desgrasante mica muy fina; diámetro boca 8.3 cm; altura 4 cm (n° inv. Si muchos aspectos del registro funerario de la Edad del Bronce en Las Herrerías siguen desconocidos, la información sobre las características del habitat argárico aún es más incompleta. Por otra parte, como casi todos los datos sobre las vivien- das argáricas del yacimiento están inéditos, no se han producido confusiones ni tantos errores como en el caso de las sepulturas. Publicado de la mano de L. Siret (1907: 52) sólo existe una referencia muy breve a "unas cuantas casas que pertenecen á dicha civilisación; pero son de escasísima importancia". También el propio Siret en sus notas presenta más organizada la descripción de los materiales del habitat de Las Herrerías que la información sobre las tumbas. En ningún caso incluye dibujos detallados de la situación de las casas in situ, plantas o perfiles, como solía hacer con las sepulturas. Por otra parte recopiló listados numerados de las casas encontradas por concesiones mineras que ofrecen una visión sistemática, aunque no siempre completa, de los materiales recuperados, en su gran mayoría calcolíticos. El informe que Siret nos ha dejado para la zona de la Mina Iberia no se ajuste al modelo normal de estos listados, la mayoría de los cuales fueron redactados por el arqueólogo belga aparentemente durante años posteriores. La única hoja existente no lleva fecha, pero por la mano y por la ortografía de su título "Loma de la Hiberia" se entiende que muy probablemente fuera escrita en los años ochenta o noventa del siglo XIX. Además de un croquis de la situación general (Lám. VIII), nos ofrece la descripción sumaria de tres casas encontradas en dicha loma (Expediente del MAN: Col. "Casa n° P. Tiene de largura 4 metros por cuarto y ¥2 hanchura y 70 centimetros hondura al sur, teniendo dos vasijas de Romanos y un alfiler y tiestos de vasijas antiguos y chapinetas agujereadas, y unas perneras trabajadas. Se encuentra del número 1 a 21 metrofs] con 6 metros de largura y de hondura cuarenta y un centimetros, hanchura 2 metros 20 cnt, teniendo una tasa y tiestos de vasijas y una amoladera. Se encuentra a los 19 metros del número l°yallV2den°2° teniendo dos metros de largura por un metro. 60 de hanchura y un departamento de 60 centimetros de largo al sur y 99 centímetros de hancho y 60 de hondura. Al norte tiene sobre el terreno virgen otro localidad con un metro ochenta de largo empezando por 40 cntrs. de hancho y rematando por 13 cntrs. de hancho al norte y 60 cntrs. de hondura encontrándose una laja con trabajo y tiestos de vasijas.'' No disponemos de ninguna cronología explíci-ta para estas tres casas. Tampoco los materiales respectivos vienen dibujados, ni parece que se encuentran conservadas en la Colección Siret. No obstante, según la descripción aparentemente no se trata de plantas circulares, como cabría esperar para viviendas de época neolítica o calcolítica, y al mismo tiempo se hace referencia a útiles de piedra con inconfundible carácter prehistórico, por lo que no hay otra opción que atribuirlas a la Edad del Bronce. Probablemente son estas las "unas cuantas casas" de la Edad del Bronce a que Siret se refiere en su publicación del año 1907. Con todo, no se puede descartar por completo su adscripción al Bronce Tardío o incluso Final. De la misma manera sólo podemos sospechar una cronología argárica para la casa mencionada por Siret en su descripción de la sepultura 1 de la Mina Alianza, suponiendo que aquí se trata de un enterramiento en cista bajo el suelo de una casa. Lamentablemente no nos ha llegado ningún listado de la mano de L. Siret que recogiera información sobre las casas de la MinaAlianza. No obstante, como en la Colección Siret se encuentran algunos vasos calcolíticos con esta procedencia, podemos dar como supuesto seguro que en este sector de Las Herrerías se localizaron más viviendas que la casa asociada a la sepultura 1. También las casas de los demás sectores mineros de Las Herrerías, a juzgar por los materiales descritos y dibujados en los listados respectivos, son casi exclusivamente fechables en el Calcolítico. La única excepción parece la casa 4 de la Mina Diana, explícitamente destacada por Siret entre las siete casas de esta concesión como perteneciente a la Edad del Bronce (Expediente del MAN: Col. En este caso los materiales descritos por Siret que hoy se conservan entre los fondos del MAN permiten su indudable adscripción a la cultura de El Argar (Fig. 6). Al igual que pasa con la casa de la MinaAlianza y las distintas tumbas del sitio, es imposible localizar las casas de la Mina Diana con alguna precisión. También se desconocen las fechas de su excavación, así como cualquier detalle del hallazgo. Los mismos problemas se presentan con los escasos restos argáricos descubiertos por Siret en sus excavaciones en el vecino Villaricos, cuyo carácter y localización exacta se nos escapan (DtXihts et alii,1996: tab. Por último hay que señalar que Siret (1907: 52), sin dar más detalles, también alude a la existencia de restos de la Edad del Bronce en las colinas al otro margen del río Almanzora, al lado de la hoya del Algarrobo. Las prospecciones de los años ochenta lograron localizar tanto los vestigios que dejaron las actividades de Siret en este paraje, como los restos de su excavación en el vecino yacimiento argárico del Cortijo Soler, a unos 2 Km río Almanzora arriba (Delibes et alii, 1996: tab. No obstante, la distancia que mantienen estos últimos yacimientos en relación a los restos argáricos encontrados en los distintos sectores de Las Herrerías, nos obliga a considerarlos ya como asentamientos independientes, aunque seguramente interrelacionados..i±£l ^ ^ ^^ u/ Localización de las casas argáricas en la Loma de la Mina Iberia según croquis de mano desconocido (Archivo del MAN). DESCRIPCIÓN DE LOS MATERIALES ARGÁRICOS DE LA MINA DIANA (CASA 4) Las piezas carecen de números individuales de inventario, por lo cual se dan como referencias los números de la caja y bolsas en que quedan almacenados en el MAN. Figuran en el listado con croquis de Siret los siguientes materiales: -vaso carenado (forma 5b); fragmentado en varios trozos, restaurado; muy bien alisado; cocción clara-rojiza con manchas oscuras; desgrasante mica y cuarzo de grano fino hasta medio; diámetro boca 18.1 cm; diámetro máx. 22 cm; altura 20 cm (caja Mina Diana, suelta) (Fig. 6e) -olla (forma 3b); fragmentada, sólo se conservan cinco fragmentos restaurados, falta el fondo; con dos mamelones en el borde; borde decorado con muescas; superficie poco alisada y bastante erosionada; cocción muy oscura con manchas rojizas debajo el borde; desgrasante cuarzo de grano fino y medio; diámetro boca 15.3 cm; diámetro máx. 17.2 cm; altura conservada 15.5 cm (caja 2286, suelta) (Fig. 6d) -olla (forma 3); sólo se conservan dos fragmentos del borde; uno de los fragmentos lleva mamelón; borde decorado con muescas; superficie poco alisada; cocción oscura con manchas rojizas; desgrasante cuarzo de grano fino y medio; diámetro boca aprox. 14.5 cm; altura conservada 7.2 cm (caja 2286, suelta) (Fig. 6a) -pie de una copa (forma 7); aparece como "cuello de copa" en las notas de Siret; superficie bien alisada; principal desgrasante mica; diámetro superior 3.7 cm; diámetro inferior 4.9 cm; altura conserv. 3.3 cm (caja 2286, bolsa 1) (Fig. 6b) -fragmento de una pesa de telar; con restos de dos perforaciones; viene como "torta de barro" en las notas de Siret; desgrasante cuarzo de grano muy grueso; largo conserv. 9.9 cm; grosor 5.7 cm (caja 2286, bolsa 1) (Fig. 6c) -dos fragmentos de una o dos lajas de pizarra; identificada por Siret como "tapadera", pero en un principio quizá utilizada como piedra de frotar; largo 10.5 y 5.5 cm; ancho 7 y 3.8 cm; grosor 2.5 y 2 cm respectivamente (caja 2286, suelto y bolsa 1 respectivamente) -"fragmentos de dos hachas empleadas como percutores" según las notas de Siret; largo 7 y 5.3 cm; ancho 4 y 4.6 cm; grosor 5.7 y 3.2 cm respectivamente (caja 2286, bolsa 1) -22 conchas de moluscos; figuran como "capa [sic] pectunc." en los apuntes de Siret (caja 2286, bolsa 2) -diez fragmentos de cerámica muy gruesa; de recipientes grandes, figuran como "fragmentos gruesos" en los apuntes de Siret; cocción irregular, con mucha mica y en algunos fragmentos también con cuarzo como desgrasante (caja 2286, sueltos) Los siguientes materiales no figuran en el listado de Siret, pero hoy día se guardan en el MAN junto con las piezas allí mencionadas en la misma caja, con la misma procedencia de "Mina Diana, casa 4": -nueve fragmentos de cerámica; aparentemente de cuencos u ollas de distintos tamaños, sin que sea posible determinar su forma exacta; de características similares a los anteriores (caja 2286, bolsa 1) -tres fragmentos de cerámica muy gruesa; dos de las cuales con restos de asas; cocción bastante clara; desgrasante mica y cuarzo de grano medio (caja 2286, bolsa 3) -cinco fragmentos de cerámica; aparentemente de un cuenco; con borde decorado por muescas y dos mamelones cada uno; superficie bien alisada; cocción bastante oscura; desgrasante cuarzo muy fino (caja 2286, bolsa 4) -un fragmento de cerámica deformado por fuerte cocción secundaria; color rojizo (caja 2286, suelto) A pesar del carácter sumamente incompleto de la documentación que poseemos sobre la ocupación argárica de Las Herrerías, parece posible obtener unas conclusiones generales sobre el carácter y la cronología del yacimiento. En cuanto a la cronología relativa, el ajuar de la cista de la Mina Iberia tanto por sus principales elementos metálicos -puñal largo del tipo AE 4 y alabarda del tipo AF 8-como por sus constituyentes cerámicos -gran vaso bicónico de la forma 6 b en combinación con un cuenco de la forma 2 a-2-permite encuadrar esta tumba en la fase A 2 b del Bronce del Sudeste, establecido sobre todo en base a los datos estratigráficos de Fuente Álamo así como a una seriación de materiales de este mismo yaci-miento, de El Argar y El Oficio (Brandherm, 1998: 171, fig. 1). Al contrario, esta fecha no puede ser empleada para datar la alabarda de dos remaches que en general la bibliografía ha atribuido a este ajuar, pero que pertenece a la sepultura 2 de la Mina Alianza. Dado la falta de una documentación detallada, dentro del marco de la cronología relativa sólo se puede fechar a la mencionada sepultura 2 de la Mina Alianza de forma provisional. Aunque sí es verdad que desde un punto de vista tipológico el ajuar metálico de esta tumba en comparación con las piezas de la Mina Iberia parece algo más evolucionado, la combinación de todos los elementos del conjunto tampoco permite afirmar una posición más allá de la fase A 2 b. Por la escasez de sus materiales, la sepultura 1 de la MinaAlianza también resulta difícil de fechar en términos de una cronología relativa. Una atribución a la misma fase A 2 b parece tan probable como su inclusión ya en la siguiente fase B 1. Lamentablemente no resulta posible atribuir directamente una fecha absoluta a uno de los ajuares de la MinaAlianza. Por falta de elementos que permitieran una identificación cronológica más exacta, y disponiendo solamente de un vaso forma 5 b como indicador cronológico, también la casa 4 de la Mina Diana sólo puede ser atribuida a un amplio margen entre las fases A 2 y B 1 del Bronce del Sudeste. Según la evidencia funeraria, y siempre con esta limitación, la ocupación argárica de Las Herrerías solo queda reflejada durante lo que Lull (1983:455) llegó a llamar la "fase del apogeo" de la cultura de El Argar. No hay pruebas de una ocupación argárica de Las Herrerías durante una fase formativa de la cultura, ni durante su última fase, atribuible ya a un Bronce Medio reciente. Mirando ahora al carácter del yacimiento en general y a su estructura espacial en particular, quedan patentes las mismas restricciones que ya pudimos observar con relación a su definición cronológica. Con excepción de las tres casas de la Loma de Iberia desconocemos por completo la ubicación exacta de los restos argáricos documentados por L. Siret. No obstante, las informaciones que ofrece en sus notas permiten unas afirmaciones positivas quizá no muy precisas pero sí importantes. Por ejemplo, el número muy superior de casas calcolíticas (seis) de la Mina Diana en comparación con la singular vivienda argárica en este sector permite, hasta cierto punto, una contrastación de la representatividad de la muestra, al igual que los numerosos restos de época púnica, romana y medieval documentados por Siret (1907:41-50). Con toda esta información no parece entonces admisible interpretar la casa 4 de la Mina Diana como resto único y aislado de una ocupación argárica mucho más densa y de características urbanas, víctima ya en su época de la destrucción avanzada del yacimiento por las labores de minería. Tampoco la propia situación topográfica habla en favor de una ocupación densa y concentrada como la que podemos encontrar en muchos poblados argáricos. La concesión minera de la Mina Diana se encuentra localizada al norte del Cerro Virtud, ya en pleno llano ocupado por el actual pueblo de Las Herrerías. Lo mismo puede decirse de la vecina concesión de la Mina Alianza. Aquí incluso Siret al referirse en sus notas a la probable casa argárica y a la sepultura 1 de la Mina Alianza las sitúa explícitamente "en el llano de Las Herrerías" (Expediente del MAN: Col. Lamentablemente sus apuntes en este caso no permiten ninguna contrastación con la situación durante el Calcolítico o periodos posteriores. Tampoco en el Cerro Virtud, sitio lógico para buscar los vestigios de una posible "acrópolis" argárica, se detectó ningún indicio de un núcleo argárico con construcciones comunitarias o edificios de carácter público, como en los casos de El Oficio, Fuente Álamo y otros yacimientos principales de la cultura argárica (Brandherm, 1996:45^6.55). La afirmación de Siret (1907: 71) de haber encontrado abundantes restos de época neolítica en la cúspide del cerro descarta la posibilidad de especular sobre una destrucción total y completa de una hipotética "acrópolis" argárica ya en tiempos del propio Siret. Finalmente, durante las prospecciones y excavaciones recientes en el Cerro Virtud, que -eso sí-lograron documentar la casi total destrucción de los niveles arqueológicos por los trabajos de minería efectuados hasta los años cuarenta de nuestro siglo, tampoco aparecieron materiales argáricos removidos (Montero Ruiz y Ruiz Taboada, 1996: 57-58). En esta zona Siret sólo logró encontrar al-guna tumba y casas aisladas de la Edad del Bronce, dispersas en la Loma de Iberia. En cuanto a la ocupación calcolítica de Las Herrerías no parece lícito intentar valorar los restos aparecidos en las distintas labores de minería sin tener en cuenta el núcleo de Almizaraque. Aquí tenemos que volver a insistir otra vez más que la supuesta ocupación argárica de Almizaraque, aún defendida por Lull (1983: 244-246) en su tratamiento monográfico de la cultura de El Argar, se debe a una lectura errónea del registro arqueológico en las excavaciones de los sesenta (véase Almagro Basch, 1965: 378-379). En consecuencia, durante la Edad del Bronce, ni para Almizaraque, ni para ningún otro sector de Las Herrerías contamos con una ocupación de intensidad similar a la del Calcolítico. Todo esto no quiere decir que la ocupación argárica de Las Herrerías hubiese consistido nada más que en media docena de casas dispersas con sus respectivas sepulturas. Dado el carácter de las obras, parece bien posible y incluso probable que en los distintos sectores mineros se destruyeran algunas otras casas argáricas y sus correspondientes tumbas. Sin embargo, basándose en las informaciones proporcionados por el propio Siret, es muy improbable que fueran centenares las casas y tumbas destruidas sin su conocimiento. No estaríamos entonces ante un poblado del rango del propio El Argar, El Oficio o de San Antón de Orihuela, donde los hermanos Siret y el Padre Furgús respectivamente documentaron varios centenares de sepulturas, sino ante un asentamiento disperso, de extensión espacial considerable y casi seguro ocupando una superficie bastante mayor que los otros asentamientos argáricos de llanura que conocemos. Como carecemos de datos estructurales más detallados y como prácticamente no disponemos de datos económicos del asentamiento, resulta sumamente difícil juzgar el papel de este yacimiento dentro del marco del poblamiento argárico en el Bajo Almanzora. La muestra de materiales argáricos conservados no permite hablar de actividades económicas especializadas. Los percutores, el alisador y la pesa de telar de la casa 4 de la Mina Diana en este sentido no constituyen elementos suficientes. Como ya indica Lull (1983:245), no poseemos indicios directos de la explotación de los minerales de plata, plomo y cobre del Cerro Virtud durante la Edad del Bronce. Con todo, no se puede excluir una explotación de la abundante plata nativa a partir de la época argárica, lo que, de todos modos, no hubie- ra dejado vestigios en el registro arqueológico y que no queda reflejado de una manera apreciable en la estructura del asentamiento. Otro factor que hay que tener en cuenta en este contexto es la situación del yacimiento sobre la desembocadura del río Almanzora, en teoría asignando a este asentamiento una considerable importancia como "comunidad de paso" en las comunicaciones del grupo argárico del Bajo Almanzora con el Mediterráneo y permitiendo a la población argárica de Las Herrerías el control sobre el ñujo de items exóticos, asociado a la noción de alto prestigio. Dado el carácter rudimentario de los restos' documentados, la falta de tales items en el registro conocido no debiera ser sobrevalorado. Un problema bastante más aparente, dadas las facilidades de control teórico que el poblado argárico de Las Herrerías fue capaz de ejercer sobre distintas producciones de alto valor, como la plata y los items exóticos de la cuenca del Mediterráneo, está en el carácter abierto del asentamiento y en la aparente ausencia de toda estructura defensiva artificial, cuando tales producciones debieran haber constituido un incentivo importante para posibles agresores. Que no podemos contar con un ambiente del todo pacífico para la población argárica de Las Herrerías queda suficientemente demostrado por las armas encontradas en las sepulturas. Una posible explicación muy sencilla sería que ni la supuesta explotación de la plata, ni el supuesto papel como "comunidad de paso" correspondían a la realidad prehistórica. En este caso, el poblado argárico de Las Herrerías se diferencia solamente por su considerable extensión y su acceso directo a recursos marinos de los asentamientos argáricos de llanura, detectados hasta ahora sobre todo en la zona de Lorca y al parecer dedicados exclusivamente a la producción primaria. La única alternativa viable a este escenario consiste en suponer que la población argárica de Las Herrerías formaba parte de una formación social de dimensiones mayores, que por el grado de su organización estaba en condiciones de garantizar un cierto mínimo de seguridad dentro del territorio que englobaba, sin que -por falta de evidencias empíricas suficientes en el caso concreto-nos atrevamos a defender aquí la noción de un "estado argárico" en un sentido estrictamente histórico-materialista, como fue propuesto recientemente por varios autores (Risch y Ruiz Parra, 1994: 80-87; Lull y Risch, 1995: 97-109). Como los armas en las tumbas in-dican claramente, la situación seguramente habrá sido algo más compleja que la noción algo simplista de una "explotación de los criaderos de Herrerías", propuesta por Siret (1907: 53) con motivo de la plata argárica. Son, por tanto, obvias las dificultades para situar la ocupación argárica de Las Herrerías dentro de una trayectoria diacrónica. Como ya hemos expuesto más arriba, y en contra de la opinión de Lull (1983:245), apoyándose en el falso supuesto de una ocupación argárica de Almizaraque con fuertes tradiciones calcolíticas, no hay indicios fiables que permitan afirmar una continuidad entre la ocupación calcolítica de Las Herrerías y el asentamiento de la Edad del Bronce. Hay que tener presente, no obstante, que la gran mayoría de los restos argáricos de Las Herrerías seguramente fueron destruidos por los trabajos de minería desde el siglo pasado sin haber sido documentados. Tampoco la falta de referencias a restos del Bronce Tardío en los apuntes de L. Siret o entre los materiales de su colección debe ser sobrevalorada, dado tanto la inexistencia total de vestigios funerarios relacionados con aquella fase, como el carácter poco llamativo de sus restos materiales y, sobre todo, la falta de un concepto correspondiente antes de los años sesenta de nuestro siglo. De los inicios del Bronce Final conocemos de Las Herrerías una espada que guarda bastante afinidad con el tipo Ballintober (Siret, 1913: lám. 15), y para la época orientalizante las tumbas de la Loma de Boliche nos permiten valorar el papel importante que Herrerías tuvo que desempeñar en el entorno indígena del vecino emporion fenicio de Villaricos (Osuna Ruiz y Remesal Rodríguez, 1981:373-411). Lamentablemente, por desconocer la localización exacta y el carácter de los restos argáricos aparecidos en las excavaciones de Siret en Villaricos, hasta el momento resulta imposible avanzar conclusiones fiables acerca de su relación con el poblamiento argárico de Las Herrerías. Considerando el grado de destrucción de este último yacimiento, tampoco futuras investigaciones en Las Herrerías tendrán mucha probabilidad de aportar nuevos datos que permitan resolver los problemas indicados. Pero en lo que se refiere a los poblados fenicios y sus contrapartidas indígenas, por lo menos el habitat litoral como tal es conocido de una manera más o menos satisfactoria según los casos concretos. No se puede decir lo mismo del habitat litoral en el Sudeste durante la Edad del Bronce. Aquí muchas preguntas aún quedan abiertas, ya que ha sido un aspecto en el que durante http://tp.revistas.csic.es mucho tiempo la investigación ha prestado relativamente poca atención. Dado que en las excavaciones de asentamientos fenicios -con la posible pero lamentablemente muy mal documentada excepción de Villaricos-casi nunca han aparecido restos argáricos o vestigios del Bronce Tardío, parece obvio por lo menos que la ocupación litoral siguió patrones algo distintos. Identificarlos y elaborar modelos para su entendimiento será una tarea crucial para una mejor lectura de la dinámica espacio-habitat durante toda la prehistoria reciente en el sur de la Península Ibérica. Una atención particular en este contexto merece el papel de los núcleos argáricos de la fachada litoral granadina-malagueña en los procesos de "argarización" de las areas interiores de estas dos provincias. Hasta ahora la investigación aquí se ha fijado casi exclusivamente en las rutas terrestres, siguiendo el curso del río Almanzora o pasando por el altiplano de Chirivel. Se plantea entonces como una de las tareas de la futura investigación establecer los parámetros y las características del habitat litoral de la cultura de El Argar, permitiendo así valorar su papel en relación con otros yacimientos contemporáneos y dentro de una trayectoria diacrónica, contrastando la hipótesis de posibles relaciones de carácter jerárquico entre distintas clases de poblados. La urgencia de esta tarea parece aun más evidente si consideramos que el habitat litoral tanto de la cultura argárica como de otras entidades culturales prehistóricas hoy más que nunca se ve enfrentado a una amenaza cada vez mayor, causada por la creciente explotación turística de la franja litoral del Sudeste.
Hemos prospectado dos áreas con manifestaciones de arte rupestre en Monte Penide, descubriendo en su cercanía concentraciones de material cerámico y lítico de cronología semejante. Uno de los lugares examinados (Coto da Fenteira) fue objeto de un análisis edafológico sobre un corte abierto por obras recientes. La combinación de estudios sobre elementos traza (Ti, Zr, Hg o Br) y de dataciones C-14 ha permitido definir un suelo policíclico que se extiende a lo largo del Holoceno y en el que se diferencian dos grandes episodios erosivos vinculados a la acción antrópica: uno a partir de la primera mitad del III milenio AC y otro menos violento desde inicios del II milenio, coincidentes grosso modo con la expansión del sistema agropastoril durante el Calcolítico y su continuación a lo largo del Bronce inicial/medio regional, desmintiendo así la noción de una crisis socioeconómica durante el segundo período y apoyando, en cambio, la hipótesis de una incidencia progresiva de los grupos humanos sobre el medio hasta bien entrada la Edad del Hierro. NNO se produce un descenso hacia el litoral mediante una sucesión de bruscas pendientes alternadas con rellanos en los que por razones topográficas tiene lugar una acumulación de humedad, provocando incluso encharcamientos o la aparición de manantiales en la actualidad. Es en este último sector donde llevamos a cabo nuestras exploraciones y concretamente en los replanos denominados Coto da Fenteira y Poza da Lagoa, a una altura media de 235 m y 340 m s.n.m., respectivamente. El objetivo primario de la investigación de campo consistía en el análisis detallado del emplazamiento y características de los petroglifos allí existentes y su eventual relación con otra clase de yacimientos, habitacionales o funerarios. Subsidiariamente y a la vista de los hallazgos efectuados y de la existencia en Coto da Fenteira de un gran corte -provocado por la construcción de un campo de fútbol-, nos plan-teamos la realización de análisis paleobotánicos (en curso) y edafológicos (de la autoría de A.M.C. y S.F.M.), con el fin de responder en la medida de lo posible a dos cuestiones: la incidencia de las actividades humanas sobre el entorno y, por otra parte, verificar la existencia de la alegada recesión socioeconómica del II milenio. No disponiendo todavía de los resultados de los análisis polínicos, serán las valiosas informaciones proporcionadas por los estudios pedológicos, confrontadas y complementadas con los datos arqueológicos, las que constituirán el núcleo del presente artículo. La evidencia arqueológica y su problemática El área llana de Monte Penide destaca por la abundancia de restos arqueológicos encuadrables en la Prehistoria reciente, entre los que se distinguen la gran necrópolis tumular y, en posición más periférica, algunas estaciones rupestres, con motivos mayoritariamente geométricos, así como sendas dispersiones cerámicas que podrían corresponder a lugares de habitación del lililí milenios AC. Los lugares prospectados se localizan en situación marginal respecto al planalto penidés, pero en cambio controlan una serie de rutas que comunican la zona anterior con la llanura costera. El área de Poza da Lagoa exhibe el mayor número (11) y variedad de petroglifos, entre ellos una superficie con grabados de puñales y alabardas, además de sendos túmulos y una dispersión relativamente importante de artefactos en torno al humedal que le da nombre, entre los que se encuentra un gran molino y un raspador de cuarzo, así como cerámicas lisas o con aplicaciones plásticas (cordones, asas). Los carbones hallados en asociación con el elemento durmiente y fragmentos de sendos vasos lisos proporcionaron una fecha bien adentrada en el Bronce inicial (2135( -1945 AC) AC) (Fábregas, 1998). Coto da Fenteira, por su parte, es menos expresivo en sus insculturas (6) enmarcables entre los motivos más simples del grupo geométrico, salvo una figura que parece representar un artefacto enmangado de difícil clasificación. El único túmulo documentado es de escasas dimensiones (11 m de diámetro máximo por 0.6 m de altura) y albergaba una cámara pétrea muy alterada. El repertorio cerámico descubierto en superficie es bastante interesante e incluye un fragmento de campaniforme y otro con decoración de tipo Penha, así como un pezón alargado, un fondo plano y el arranque de un asa igualmente plana. Hay que mencionar igualmente el hallazgo de una mano de molino, un pequeño núcleo de sflex y un trozo de arcilla con una impronta vegetal, perteneciente con toda probabilidad al revestimiento de una pared. La cronología de los restos arqueológicos de Coto da Fenteira sólo puede ser aproximada, entre otras razones por las propias limitaciones que la prospección impone a este respecto. La ubicación temporal del único túmulo es particularmente ambigua, pues construcciones de pequeño tamaño son características tanto de los inicios del megalitismo (final del V milenio AC) como de las manifestaciones funerarias propias ya del Bronce (fin del IIIprimera mitad del II milenio AC), si bien su aparición aislada y lejos de la gran necrópolis sita en la penillanura nos inclinan más por la segunda opción. Tampoco los petroglifos nos permiten mayores precisiones, más allá de una genérica atribución al III milenio o primera parte del II. Las cerámicas por su parte pueden encuadrarse algo mejor: no lejos de Monte Penide la cronología radiométrica nos sitúa con gran precisión el nivel Penha de Lavapés (Cangas de Morrazo) en los siglos XXVI-XXV AC y si bien ignoramos el tipo exacto de campaniforme al que pertenece el fragmento encontrado, su ámbito temporal podría estar con más probabilidad entre los siglos XXV-XX AC; a su vez, los cacharros lisos con fondo plano, asas y decoraciones plásticas podrían tener fechas más tardías, como la ya apuntada para Poza da Lagoa o incluso algo posteriores. El propio muestreo edafológico nos suministra informaciones directas sobre la presencia humana en el área, al documentar un fragmento cerámico liso (de características muy semejantes a los recuperados en prospección) entre los carbones de la base del nivel III (fechados en el segundo cuarto del III milenio AC) y de nuevo en el límite inferior del nivel II, en este caso de minúsculo tamaño (datados hacia el segundo cuarto del II milenio AC). Cabe preguntarse por la naturaleza de las dispersiones de materiales líticos y cerámicos, situadas a tan corta distancia (menos de 30 m a veces) de manifestaciones tan llenas de simbolismo como son los grabados rupestres o los túmulos. De nuevo debemos dar una respuesta en términos probabilísticos, pues los indicios disponibles no son concluyentes, pero pensamos que obedecen a la existencia de un asentamiento en las inmediaciones, basándonos en varios criterios: el número de restos cerámicos y el escaso rodamiento de las fracturas, el acabado y grosor de muchas piezas, que apunta a un empleo para el almacenaje o preparación de alimentos, la presencia de material de molienda, en algún caso (Poza da Lagoa) de grandes dimensiones, y el trozo de revestimiento hallado en Fenteira. Finalmente, la preparación de alimentos se ha documentado por la aparición de restos microscópicos de trigo en las superficies activas del durmiente y moviente de molino manual localizados en Poza da Lagoa y Coto da Fenteira, respectivamente (1). En el caso concreto de Coto da Fenteira, creemos que el espacio habitacional (de carácter no completamente sedentario) se encontraría en una leve dorsal que se sitúa al Sur de la cuenca, lo que evitaría la excesiva humedad del terreno topográficamente inferior, permitiría un mejor control visual y resulta coherente con la mayor concentración de hallazgos en la parte de la pista de tierra que discurre en sus inmediaciones. Reconstrucción paleoambiental: archivos, señales, metodologías Los restos materiales de la cultura no son los únicos vestigios de la actividad humana de épocas prehistóricas. La explotación del territorio por parte de los grupos humanos da lugar a la generación de impactos directos e indirectos que dejan su huella en determinados registros, o archivos paleoambientales, en forma de señales de diversa naturaleza. El ámbito cronológico y la resolución temporal y analítica de la señal son propiedades importantes a tener en cuenta a la hora de abordar las posibilidades de éxito de una reconstrucción que, en todo caso, será siempre parcial y constituirá un palimpsesto de las realidades pretéritas. La integración de todas las señales disponibles y la búsqueda de la coherencia argumentai entre ellas constituye, a nuestro juicio, la base de la mejor aproximación posible. En el noroeste de la Península Ibérica, el estudio de la evolución del paisaje se ha abordado desde muy variadas ópticas y disciplinas, que van desde la Geomorfología, la Edafología, la Arqueología y la Prehistoria, pasando por la Palinología hasta la Geoquímica -esta última de incorporación más reciente-. La información de que disponemos actualmente para el Holoceno muestra una historia dominada por episodios de erosión y sedimentación, cambios en las formaciones superficiales y en (1) Análisis preliminares realizados por el Dr. Jordi Juan i Tresserras (Universitat de Barcelona), formando parte de un trabajo actualmente en preparación con uno de los autores (R.RV). las rutas edafogenéticas dominantes a diversas escalas espaciales y temporales, en la cual el peso de los procesos de indución antrópica ha seguido una progresión exponencial. En esta línea de investigación, el estudio de los elementos traza en los suelos ha sido empleado para identificar discontinuidades en los perfiles, en particular aquellas relacionadas con procesos de erosión/sedimentación (E/S) en suelos policíclicos. Entre episodios de E/ S el suelo tiene una superficie estable, la cual es colonizada por la vegetación y está sujeta a un enriquecimiento en elementos traza por varios mecanismos, tal como han descrito Rose et alii (1979). La meteorización, la edafogénesis, los biociclos (reciclado biológico) y la deposición atmosférica, son los mecanismos de enriquecimiento más importantes. En los suelos ácidos, una elevada proporción de los elementos traza es retenida por los coloides inorgánicos y orgánicos (óxidos de hierro y materia orgánica, principalmente), limitando con ello su movilidad y dando lugar a un aumento de su concentración. En consecuencia, las distintas superficies de los suelos policíclicos, incluyendo las enterradas, presentarán un mayor enriquecimiento en metales traza en relación a otros niveles que nunca hayan ocupado la superficie del terreno. El Ti y el Zr se encuentran entre los elementos más utilizados, por presentar un comportamiento conservador en la edafogénesis, pero otros elementos cuyas concentraciones dependan principalmente de la deposición atmosférica, en sistemas edáficos que favorezcan su preservación, tienen una utilidad potencial para la identificación de las paleosuperficies y de la formación de suelos complejos. Por ejemplo, Martínez Cortizas et alii (1999a) demostraron que el Hg cumple estas características en los rankeres atlánticos de Galicia. El ranker atlántico, o suelo humífero coluvial, es un tipo de suelo complejo formado por episodios de adición de material erosionado desde las laderas (Guitián y Carballas, 1968), que suele ocupar posiciones de vaguada o replano -áreas de baja energía-y que contiene, por tanto, señales de la evolución del entorno en el cual se han formado. Así pues, la combinación de estudios geoquímicos y edáficos, junto con la información disponible sobre la evolución prehistórica en áreas específicas, puede ayudar a la reconstrucción de la evolución del paisaje holoceno y a discernir el papel que las actividades humanas tuvieron en dicha evolución. En este trabajo presentamos el estudio del ranker atlántico de Coto Fenteira (CTF), ubicado en Monte Penide (Pontevedra) y desarrollado a partir de sedimentos graníticos. Se trata de un suelo profundo, con 145 cm de espesor, de aspecto homogéneo, que ocupa una posición de pie de ladera entre dos oteros. Debido a la aparente homogeneidad del perfil, el muestreo se hizo de forma sistemática, tomando muestras de suelo de 5 cm de espesor. En las muestras se hicieron las determinaciones analíticas de rutina en edafología y submuestras molidas y homogeneizadas de la fracción tierra fina (<2 mm) se enviaron al laboratorio EMMA Analytical Inc. de Canadá, donde se determinaron las concentraciones de elementos traza (Ti, Cu, Ga, Br, Zr, Y, Pb y U) con un analizador multielemental de microsonda de energía dispersada {energy dispersive miniprobe multielement analyzer) (Cheburkin y Shotyk, 1996), técnica que tiene la ventaja de ser no destructiva y poseer límites de detección muy bajos. También se separó la fracción limo y arcilla (<50 |im), en la cual se llevó a cabo la determinación del contenido de Hg, usando para ello un equipo LECO-ALTEC AMA-254, que es un analizador espectrofotométrico específico para este elemento. Las medidas se repitieron dos o tres veces por muestra y también se emplearon materiales estándar de referencia (SO-3, Canadá Centre for Mineral and Energy Technology y 1633b, US AAfeítional Institute of Standards & Technology) para la calibración. Finalmente, algunas muestras de suelo (fracción <50 | Lim) y carbones recogidos de los perfiles fueron enviados al laboratorio Beta (Miami, EE.UU.), para obtener dataciones radiocarbónicas de los distintos niveles. ANÁLISIS DEL DEPOSITO DE COTO DA FENTEIRA Morfología y propiedades físico-químicas En el ranker atlántico de Coto Fenteira (CTF) hemos identificado cuatro niveles estratigráficos (Fig. 2). En todos se han encontrado carbones, si bien hay profundidades en las cuales la concentración es muy elevada, formando líneas continuas. La presencia de este rasgo, junto a cambios en las propiedades morfológicas, definen los límites entre los distintos niveles. El nivel basal (IV) es el de mayor potencia (75 cm), su color es negro a negro pardusco hacia techo y marrón amarillento a amarillo oscuro en pro- fiíndidad. El límite con el nivel III está marcado por una una discontinuidad clara, expresada por la presencia de una línea de piedras de granito y una concentración de carbones a 70 cm de profundidad. A esa cota, también se ha encontrado un fragmento cerámico (de 40 x 28 x 9 mm). El nivel III, de 25 cm de espesor, es algo más heterogéneo, de color pardo rojizo en la base y negro en la parte superior. El nivel II tiene también unos 25 cm de espesor y es de color negro pardusco a techo y negro pardusco a pardo amarillento oscuro en la base. La presencia de abundantísimos carbones a una profundidad de 40-45 cm, determina su límite inferior. En esta línea de carbones se han encontrado pequeños fragmentos cerámicos, cuyo eje mayor no supera los 5 mm. El nivel I es el de menor potencia, 20 cm, y es de color marrón grisáceo oscuro a techo y negro en profundidad. Desde el punto de vista edáfico, se trata en con-junto de un suelo ácido (pH entre 4.4 y 4.8), de elevada porosidad y buena conductividad hidráulica, textura entre franco-arenosa y arenoso-franca, rico en materia orgánica (contenido mínimo de un 2'5% y máximo de un 15%) y pobre en fósforo y otros nutrientes esenciales. Los niveles estratigráficos, definidos basándonos en las propiedades morfológicas, coinciden con diferentes ciclos de suelo. Así lo reflejan los perfiles verticales de propiedades físico-químicas como el contenido de carbono (C) y nitrógeno (N) -que muestran máximos subsuperficiales-o de las fracciones granulométricas (Fig. 2). Cabe destacar, no obstante, que la relación carbono/nitrógeno (C/N) presenta un cambio notable en los ciclos I y II, con valores de 9-10, frente a los ciclos básales, en los cuales tiende a ser superior a 14, en particular en la base del ciclo II y en los niveles más profundos del suelo. Los valores medios para los suelos desarrollados sobre granitos en Galicia, con independencia de su uso, se encuentran entre 12.5 y 14.9 (2). Esta relación es utilizada tiabitualmente como un indicador del grado de evolución y origen de la materia orgánica del suelo, por lo que los bajos valores obtenidos en los ciclos superiores parecen indicar un cambio importante en la composición de las comunidades vegetales del área de Coto Fenteira, en el intervalo temporal representado por los dos últimos ciclos. Además de la superficie actual del ranker, tanto los datos morfológicos como los físico-químicos nos han permitido identificar, al menos, otros dos niveles con propiedades de horizontes A úmbricos (mayor contenido de materia orgánica, muy baja saturación de bases, elevada saturación por aluminio en el complejo de intercambio catiónico, menor densidad del suelo; etc.), situados entre 20-35 cm y entre 80-105 cm de profundidad respectivamente. En conjunto, estos resultados sugieren la existencia de superficies enterradas y por tanto, que el perfil es policíclico y contiene paleosuelos de épocas pretéritas. Tal como se ha mencionado en la introducción, los modelos geoquímicos de concentración de elementos traza en el suelo señalan que hay diversos procesos que hacen que éstos tiendan a concentrarse en su superficie (el epipedon u horizonte A). Asumiendo estos modelos, la existencia de niveles subsuperficiales enriquecidos en elementos traza, unido a los rasgos estratigráficos y las propiedades edáficas ya descritas, serían un argumento de peso para la identificación de las paleosuperficies. En la tabla I se han resumido los datos referentes a los elementos analizados en CTF (Ti, Cu, Ga, Br, Y, Zr, Hg, Pb y U). Dado que las tendencias de la acumulación en los perfiles verticales pueden estar sujetas a variaciones significativas, debidas a cambios en la composición mineralógica u otras propiedades del suelo, resulta más adecuado emplear los factores de enriquecimiento (FE). Estos se obtienen normalizando las concentraciones a las de un elemento conservador, es decir, cuya fuente principal sea la meteorización de la corteza terrestre (Schütz y Rahn, 1982), y que además no sea móvil en el sistema edáfico que se analiza. Entre los ele- (2) A. Riveiro (1992): Datos para la evaluación agronómica de los suelos de la provincia de La Coruña. Valores medios, máximo, mínimo, desviación estándar (D.Est.) y coeficientes de variación (CV-C y CV-FE) para las concentraciones (Conc) y los factores de enriquecimiento (FE) de los elementos traza analizados en Coto da Fenteira (Monte Penide, Redondela, Pontevedra) (todas las concentraciones expresadas en ppm, a excepción de las de Hg que están en ppb). mentos más utilizados con este fin se encuentran el Ti, el Se y el Al (Shotyk, 1996). Los FE así calculados sirven como indicadores de la intensidad de la acumulación por encima de los valores de fondo, que dependen de la meteorización de la roca. Así pues, en la tabla I, además de las concentraciones se dan los FE para cada elemento, calculados normalizando la relación elemento/Ti a la obtenida en la muestra mas profunda del perfil -considerando que ésta es representativa del material de partida del suelo-. Los elementos que hemos analizado muestran dos tipos de comportamiento geoquímico: uno conservador y otro no conservador. Al primer grupo pertenecen el Ti, el Zr y el Ga; mientras que al segundo pertenecen Cu, Br, Y, Hg, Pb y U. En la figura 3 pueden verse ejemplos de estos tipos de comportamiento. Los perfiles verticales de Ga y Zr tienen muy pequeñas variaciones en los FE (coeficientes de variación de 11.4 y 15.6), siendo el valor medio de 1.32 y 1.15, repectivamente. Esto indica que el material de partida de CTF es homogéneo en cuanto a su origen litológico, y que el área fuente de materiales para el suelo es restringida. Esto último es apoyado también por el análisis geomorfológico del área de captación de Coto da Fenteira. Por lo que respecta a los elementos no conservadores, sus concentraciones y factores de enriquecimiento tienen coeficientes de variación elevados y presentan máximos que no coinciden con la superficie actual del suelo. Entre ellos Cu, Y, Pb y U están presentes en el material geológico (los granitos) en concentraciones del orden de las determinadas en el suelo: 1.5-2.5 ppm de Cu, 10-20 ppm de Y, 20-25 ppm de Pb y 10-15 ppm de U; mientras que las concentraciones de Br y Hg en la roca, son extraordinariamente bajas en relación a las del suelo: 1-2 Ejemplos de variaciones verticales en la concentración y los factores de enriquecimiento (FE) de algunos de los elementos traza medidos en el ranker atlántico de Coto da Fenteira (Monte Penide, Redondela, Pontevedra). Todas las concentraciones en ppm a excepción de las de Hg que están en ppb. Esto quiere decir, respecto a su comportamiento geoquímico, que los mecanismos de enriquecimiento de los primeros están relacionados esencialmente con los procesos edafogenéticos y/o el reciclado biológico, mientras que las concentraciones de los segundos lo están, casi exclusivamente, con la deposición atmosférica sobre la superficie del terreno; siendo la fuente de Br los aerosoles marinos y en el caso del Hg el vulcanismo y la degasificación de la corteza terrestre y los océanos (Nriagu, 1979). Por tanto, estos dos últimos elementos han de considerarse como los marcadores más fiables de la posición de las paleosuperficies enterradas, muy en particular el Hg dada su baja o nula movilidad en estos ambientes edáficos. Los FE medios indican que el Cu muestra una concentración relativa que es de casi 4.5 veces la del material de partida, de unas 3.3 veces para Br, de casi 2 veces para el Y y el U, y del orden de 1.5 veces para el Hg y el Pb. El Br y el Hg tienen el máximo a 80-85 cm, mientras que los demás lo tienen a 75-80, o el valor para esta última muestra es muy próximo al de la subyacente. Por tanto, estos indicadores geoquímicos sugieren que existió una superficie estable del suelo que ahora se encuentra a 80-85 cm de profundidad en el perfil (PLsp-I), y que fue enterrada por sedimentos procedentes de las laderas. Dado que la erosión comienza por removilizar los horizontes superficiales, los primeros materiales en llegar ya vendrían enriquecidos en elementos traza, en particular en aquellos cuyos mecanismos dominantes son la edafogé-T. R, 57, n." 1,2000 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es nesis y el reciclado biológico. De ahí que los elementos de este grupo muestren FE similares a los de la paleosuperficie en las muestras que se encuentran justo por encima de la misma. Conforme la erosión progresa y se exponen en las laderas horizontes más profundos de los suelos, los sedimentos que llegan al ranker comienzan a mostrar concentraciones inferiores. Además de esta paleosuperficie, los factores de enriquecimiento de Cu, Br y Hg muestran un máximo secundario a 20-30 cm de profundidad, indicando la presencia de una segunda superficie enterrada (PLsp-II). Por tanto, al igual que ocurría con los rasgos morfológicos y estratigráficos y las propiedades físico-químicas, el análisis del enriquecimiento en elementos traza apoya la interpretación de que el ranker át Coto da Fenteira contiene dos superficies enterradas (PLsp-I y PLsp-II), que fueron estables durante un periodo de tiempo más o menos prolongado. Estos análisis también ponen de manifiesto, que no hay evidencias de etapas de estabilidad distintas de las representadas por la superficie actual y estas dos superficies enterradas. Génesis del suelo y cronología de los episodios La formación del ranker át Coto da Fenteira ha sido pues el resultado de un balance entre fases de estabilidad en el paisaje, con predominio de las rutas progresivas de evolución de suelos, y fases de inestabilidad, con predominio de las rutas regresivas (ambas en el sentido de Johnson y Watson-Stegner, 1987). Las primeras favorecerían la diferenciación del perfil, con un aumento de la anisotropía morfológica, físico-química y mineralógica; mientras que las segundas habrían dado lugar a una pérdida o ralentización de la diferenciación, promovida por factores tendentes a la isotropía. A juzgar por los datos obtenidos, el suelo que ocupaba la paleosuperficie más antigua que se conserva en CTF, PLsp-I, se vio sometido a un cambio drástico en su tendencia evolutiva, desencadenado por procesos que operaron a nivel de paisaje sobre los suelos de ladera, dando lugar en éstos a una erosión progresivamente más intensa y a la concomitante sedimentación sobre la paleosuperficie de CTF. La intensidad de esta erosión pronto superó un límite crítico, de tal forma que la acreción (aumento del espesor del suelo por adiciones en su superficie) se volvió noasimilativa; es decir, que los procesos edafogenéti-cos no fueron capaces de producir la transformación del material incorporado. Cabe mencionar, no obstante, que dicho material, al proceder de suelos de ladera, ya presenta un grado de evolución pedogenética, aunque éste no fue adquirido in situ en relación a la posición del paleosuelo, por lo que es considerado como un sedimento o un material-suelo de partida. En este sentido, debemos entender que son los procesos de ladera los responsables de la formación del ranker o, si se quiere, de la rankerización del suelo. En la tabla II se recogen las dataciones radiocarbónicas realizadas en Coto da Fenteira. Basándonos en ellas, podemos fijar el inicio de la edafogénesis del paleosuelo de la superficie PLsp-I a comienzos del Holoceno (7060-6625 AC) (Fig. 4). La estabilidad habría durado hasta la fase de óptimo (4605-4340 AC), reflejándose en la acumulación de materia orgánica (melanización) y elementos traza. La línea de carbones del nivel III, datada hacia el 2900-2590 AC, probablemente relacionada con una quema de vegetación de origen antrópico, marca el comienzo de una crisis erosiva de elevada intensidad, responsable de la sedimentación de materiales de ladera sobre el paleosuelo. La datación hecha sobre materia orgánica en el mismo nivel pero justo por encima de la línea de carbones, de 2680-2310 AC, se solapa ligeramente o es inmediatamente posterior a la de los carbones; mientras que la parte superior del nivel III, de edad 1955-1620AC (sobre materia orgánica), y la línea de carbones de la base del nivel II (segunda quema), con edad 1880-1420 AC, se solapan casi íntegramente. Esto indica que no sólo los procesos erosivos son coetáneos con las quemas sino que también es muy probable que se hayan reiterado en el tiempo. Síntesis cronológica de la génesis y los procesos que aparecen reflejados en el ranker atlántico de Coto da Fenteira (Monte Penide, Redondela, Pontevedra). NE: niveles estratigráficos; Dt: dataciones, en sombreado las realizadas sobre carbones, el resto sobre materia orgánica del suelo; ER-1 a ER-4: principales episodios erosivos; PLsp-II y PLsp-I, paleosuperficies del ranker; las tasas de acumulación están en años necesarios para producir la acumulación de 1 cm; tasas de erosión equivalentes, expresadas en toneladas métricas por hectárea y año. cuenta la edad de la línea de carbones que señala el inicio del enterramiento de la superficie PLsp-II, de 2900-2590 AC, la inestabilidad del paisaje se habría mantenido entre esta fecha y el 365 AC -5 AD: un período de inestabilidad sostenida de unos 2300 a 3000 años. Debemos señalar, por otro lado, que previa a la sedimentación causada por la quema más antigua tuvo lugar otra, fruto de un episodio erosivo anterior, tal como señalan los FE de algunos elementos (Cu, Y, Pb y U). Así pues, entre el 4605-4340 AC y el 2900-2590 AC podría haberse producido ya una cierta presión sobre los suelos de ladera, que desencadenaría una erosión de baja intensidad que dio lugar a una acreción superficial asimilativa -nivel identificado en la figura 4 como IVb-. Este podría no haber sido un proceso local, ya que unos kilómetros al sur de Cota da Fenteira, en Mongas, Costa et alii (1996) dataron un nivel de carbones en un suelo policíclico, marcador de un proceso erosivo/ sedimentario, en el 5530±60 BP que en cronología calibrada da un 4510-4310AC, plenamente coincidente con Coto da Fenteira. Finalmente, la superficie PLsp-II también es enterrada durante un episodio que es posterior al primera fase de acreción del ranker habría, resultado en la formación de 1 cm de suelo cada 150-170 años (10 cm acumulados entre el 4605-4340 BC y 2900-2590 BC); la segunda tiene una tasa de sedimentación de 1 cm cada 40-50 años; la formación del nivel II ocurriría con una tasa de 1 cm cada 60-70 años; mientras que la tasa de sedimentación para el nivel I es de 1 cm cada 25-40 años (estimada a partir de la edad calculada empleando los factores de enriquecimiento). Las tasas de erosión equivalentes -considerando que la densidad de estos suelos se encuentra entre 0.8 y 1.2 Mg m^ con una media de 1.0 Mg m"^-serían de 1 tm por hectárea y año para ER-1, de 3-4 tm por hectárea y año para ER-2, de 2-2.5 tm por hectárea y año para ER-3 y de 4-6 tm por hectárea y año para ER-1. Debe entenderse que se trata de estimaciones mínimas para las tasas de erosión, pues en su cálculo se presupone que todo el material erosionado habría alcanzado el área de Coto da Fenteira y no habría sido removilizado ulteriormente, algo poco probable. Aún así, ER-2 se manifiesta como una perturbación profunda y sin precedente en la evolución del paisaje, ya que la tasa de erosión es de tres a cuatro veces superior a la del episodio previo; lo cual induce a pensar en un cambio sustancial en las relaciones hombre/medio en Monte Penide, a partir del 2900-2590 AC. Esta dinámica no se cortaría de forma clara hasta una época muy posterior pues, aunque las tasas de erosión disminuyen ligeramente, no es hasta el 365 AC-5 AD en que aparece reflejado un episodio de estabilidad en el ranker. No obstante, a la hora de valorar el efecto de la actividad humana en la evolución del paisaje, se debe tener en cuenta que otros cambios ambientales, como los climáticos, podrían haber jugado un papel importante. El registro más fiable de los paleoclimas del Holoceno final en el Noroeste de la Península Ibérica (Martínez Cortizas et alii, 1999b) indica que, los procesos erosivos ER-2 y ER-3, aquí descritos, son coetáneos con una fuerte regresión climática que finalizó hacia el 3000 BP (período de la Neoglaciación). De igual modo, la edad estimada para el episodio ER-4 se solaparía al menos en parte con el desarrollo del último periodo frío relevante, la Pequeña Edad del Hielo. Mientras que las edades de las superficies PLsp-I y PLsp-II las remiten a sendos periodos de bonanza climática: el óptimo holoceno y el periodo cálido que comienza poco antes del cambio de era y finaliza hacia el 1500 BP. Estos resultados, en consonancia con las investigaciones geoarqueológicas y paleoambientales realizadas hasta el momento (Martínez Cortizas y Moarés Domínguez, 1995; Martínez Cortizas, 1996) sugieren que, en buena medida, la actividad humana ha estado en metacronicidad con los cambios de origen natural. El desarrollo de las actividades se ha acoplado a las condiciones ambientales y la intensidad de los procesos de indución antrópica ha dependido, a su vez, de la sensibilidad del medio en cada momento de su estado evolutivo; lo que hemos dado en denominar carga crítica del medio (Martínez Cortizas y Llana, 1996). Quiere esto decir, que en periodos de degradación climática la capacidad del medio para amortiguar los efectos de las actividades humanas es menor y los procesos de cambio inducido se ven intensificados. Los resultados que acabamos de exponer permiten una lectura metodológica y al mismo tiempo proporcionan argumentos para terciar en un debate que tiene que ver con la naturaleza de las actividades de los grupos humanos del Noroeste de la Península Ibérica durante el III/II milenios, así como el ritmo y la continuidad del impacto de aquellas sobre el entorno. Comenzando por el primer aspecto, el método de análisis de suelos expuesto aquí abre nuevas vías para el conocimiento de la evolución del medio que pueden completar o, en su caso, cubrir la falta de otras fuentes de información. Los estudios edafológicos y geoquímicos efectuados nos revelan la dilatada cronología y compleja génesis de un depósito aparentemente homogéneo y deben servir de paso para poner un punto de prudencia, tanto en las apreciaciones estratigráficas hechas por el arqueólogo meramente J^ visu como en el actualismo subyacente a muchas investigaciones sobre la relación de las sociedades humanas con su entorno en el curso del Holoceno. Por lo que respecta a la diacronía de las actividades humanas, tal como se reflejan en el depósito de Coto da Fenteira, tenemos un primer punto de interés en la parte superior del nivel IV donde hacia el 4600-4300 AC se constata un primer, y leve, episodio erosivo que podemos atribuir con probabilidad a las primeras actividades agropastoriles, con su cortejo de quemas y la consiguiente exposición del suelo en las áreas de pendiente. Es interesante anotar la genérica coincidencia temporal con indicadores semejantes en depósitos cercanos como el de Mougás (Costa et alii, 1996) Ramil, 1993), así como la precedencia en unos pocos siglos de estas prácticas productoras con respecto a la aparición del primer megalitismo (4300-4200 AC). No es casual el hecho de que Monte Penide se enclave en el Suroeste de Galicia, una zona donde se conocen una serie de yacimientos al aire libre o bajo abrigo con cerámicas inciso/ impresas, que se atribuyen al Neolítico inicial regional (Fábregas y Suárez, 1999). El segundo episodio erosivo, que da lugar a la formación del nivel III a partir de los inicios del III milenio AC, coincide con una fase de auge de los grupos humanos entre el final del Neolítico y los comienzos de la Edad del Bronce, caracterizada por la multiplicación de asentamientos, que además aumentan de tamaño y disponen de una cultura material más rica y diversificada (Fábregas y Ruiz-Gálvez, 1997), de lo que son muestra las cerámicas inciso-metopadas de tipo Penha y, posteriormente, la alfarería campaniforme. Todos estos cambios en el registro arqueológico se fundamentan en el proceso de consolidación del sistema agropastoril, observable en los análisis polínicos y carpológicos, o -mucho más escasos por problemas postdeposicionales-paleontológicos (Fábregas ^í a///, 1997). Lógicamente, el impacto de esas actividades humanas se manifiesta en un incremento correlativo de los procesos erosivos en áreas de ladera, que quedan expuestas a los arrastres motivados por la disminución de la cobertera vegetal a consecuencia de los incendios, un fenómeno que se verá coadyuvado por el enfriamiento climático que tiene lugar a lo largo del III milenio AC y, más atenuado-, durante parte del II (Martínez Cortizas et alii, 1999b). Otro episodio erosivo, si bien algo menos violento que el precedente, tiene lugar a partir de los siglos XX/XIX AC y no finaliza hasta bien entrado el I milenioAC. Coincide parcialmente con un período, comenzando a finales del Bronce inicial y prolongado hasta la transición Bronce/Hierro, tildado de "edad oscura" a causa de la alegada ausencia de restos habitacionales o funerarios (Peña y Rey, 1993). En otro lugar (Fábregas, 1995; Fábregas y Bradley, 1995) hemos expuesto nuestro desacuerdo con la idea de una regresión socioeconómica durante el II milenio, argumentando que más bien habría tenido lugar una "evolución silenciosa", patente en la continuación de la deforestación y en las innovaciones tecnológicas y formales en el campo de la metalurgia. La "invisibilidad arqueológica" de este proceso se debería fundamentalmente a los cambios que se registran en las costumbres funerarias, así como a la documentada tendencia a la fragmentación del habitat, adaptándose a la constitución de unidades sociales de menor tamaño. A este proceso de desagregación -que no disolución-social podría haber contribuido un mayor énfasis en las actividades ganaderas, sin que ello implique un abandono de la agricultura (que tenemos documentada indirectamente en los molinos manuales analizados, así como en los restos de vasos de almacenaje). La mayor importancia de las prácticas pastoriles estaría indicada por la tendencia a situar los asentamientos de esta época (y esto se repite por todo Monte Penide) en las inmediaciones de vaguadas o brañas, que actúan como reservas de pasto fresco, especialmente idóneas para el ganado bovino (Méndez, 1998). La continuidad de la presión humana sobre el medio en las inmediaciones de Coto da Fenteira durante todo el II milenio apoya nuestra tesis de una "evolución silenciosa", y la caída detectada en las relaciones carbono/nitrógeno (C/N) en el nivel II apuntan en la misma dirección: la persistencia durante esa etapa de actividades de clareo en las laderas que dominan Coto da Fenteira desde el Sur, impidiendo la regeneración del bosque. Creemos más lógico, por otra parte, que esa perseverante roza obedecería más a la necesidad de favorecer la extensión y mantenimiento de los pastizales que a la práctica de la agricultura, especialmente complicada a causa de las fuertes pendientes.
En este trabajo se describen una serie de láminas enrolladas de plomo aparecidas en el nivel iberorromano de Castellones de Céal y que habitualmente son empleadas como lastres en redes de pesca. Se deduce de ello el empleo de la pesca fluvial como recurso económico, revisándose los ejemplos conocidos de esta actividad en el registro arqueológico. El conocimiento de la vida económica concreta de los poblados ibéricos es aún muy escaso, dado que ni los objetivos de la investigación ni a menudo las condiciones de conservación han permitido obtener una información suficientemente completa. De todas las labores que se llevaban a cabo en los pequeños asentamientos antiguos hay algunas, además, que resultan aún más difíciles de detectar, dado que implican el uso de un instrumental no duradero y la obtención de unos recursos cuya preservación puede considerarse como un hecho excepcional. Este es el caso de la pesca, que debió practicarse habitualmente en los ríos, y de la que sin embargo rara vez encontramos evidencias arqueológicas. El acceso a este recurso ha sido constante en la Historia, y supone tanto actividades especializadas como complementarias a las economías de carácter campesino del tipo que podemos esperar en un poblado ibérico de pequeñas dimensiones como el de Castellones de Céal. Asimismo, la práctica de la pesca implica todo un conjunto de enseres y de actividades que se engranan en las prácticas sociales, y de las que apenas sabemos nada hasta el momento. El asentamiento de Los Castellones (Lám. I) es bien conocido en la bibliografía por los trabajos desarrollados en los años cincuenta (Fernández Chicarro, 1955a) y por nuevas campañas (Chapa et alii, 1998). Consiste en un pequeño poblado, de menos de 2 Ha, situado en el estrecho y difícil pasillo que une el Alto Guadalquivir con las altiplanicies granadinas. Ocupa un cerro protegido de forma natural por bruscos acantilados formados por la erosión de dos cursos fluviales que se unen al pie del yacimiento: el Guadiana Menor y el arroyo de Céal. El habitat (Fig. 1) se ciñe a la parte superior del promontorio, emplazándose la necrópolis a una cota más baja en la ladera norte. Tras una breve ocupación que se remonta probablemente al siglo VII-VI a.C, el poblado se refunda a finales del siglo V a.C, y permanecerá activo hasta algo antes del cambio de Era, mostrando por tanto los cambios correspondientes a la progresiva ocupación romana. La existencia de una red de pesca se deduce de la presencia de un conjunto formado por 44 láminas enrolladas de plomo más los restos parcialmente fundidos de otras 20. Estos cilindros son habitualmente utilizados como lastre de redes tanto en ejemplos antiguos como modernos. Son piezas bastante uniformes, con longitudes entre 4.3 y 3.2 cm, situándose la mayoría de ellos entre 3.5 y 3.7 cm. Su peso oscila entre los 25 y los 30 g, lo que implica un lastre total de aproximadamente 1.800 g. Junto a ellos apareció una piedra con perforación (10 X 12 cm) que pudo cumplir las funciones de borlón o lastre más grueso, así como una fusayola (Fig. 2). Todo ello pertenecía a un patio-almacén semicubierto, situado en el espacio A de la vivienda 1, en la parte más alta del poblado (Mayoral, 1996). La acumulación de materiales era aqui muy notable, destacando los recipientes cerámicos entre los que se cuentan dos ánforas vinarias de tipo greco-itálico y Dressel 1-A, y cuatro ánforas ibéricas. Los plomos se encontraron caldos entre las ánforas como resultado del desplome del chamizo que las cobijaba. La posición en hilera de algunos de ellos sugiere que la red estuviera montada y colgada de la pared en el momento del violento incendio que arrasó la estructura. El uso del plomo resulta frecuente en este contexto, aprovechándose para tapaderas o recipientes, pero transformado en goterones informes en aquellos lugares en los que el fuego fué más intenso. Su fundición, fácil de conseguir, pudo efectuarse en el mismo lugar, si tenemos en cuenta la presencia de un recipiente de tipo mortero con pico vertedor, en el que se advirtieron residuos de plomo (Mayoral, 1996: 239). Junto a todo ello se recuperaron instrumentos de muy diverso carácter, tanto de uso agrícola como de caza, lo que confirma el carácter polifuncional de este espacio. SISTEMAS DE PESCA FLUVIAL TRADICIONAL El conocimiento de las técnicas pesqueras en la antigüedad ha recabado el interés de muchos investigadores, siendo habitual en las primeras monografías el referirse a los tiempos prehistóricos junto a la descripción de los sistemas de pesca entre los pueblos "primitivos". Los autores griegos y romanos son una fuente primordial para comprender tanto la importancia de la pesca en esas épocas como los sistemas empleados en esta actividad, si bien las noticias que poseemos se ciñen al entorno marítimo, ya sea desde embarcaciones o a nivel de costa. Sin embargo, el conocimiento de las artes de pesca tradicionales, tanto en Francia como en España, se apoya especialmente en obras de la época ilustrada como las de Duhamel (1769-1779) o Sáñez Reguart (1791). En ellas se describen cuidadosamente los sistemas entonces en uso, tanto en el campo marítimo como el fluvial, con ilustraciones precisas y de gran calidad (Figs. Estas monografías son muy utilizadas actualmente para interpretar el material arqueológico de diversos yacimientos (Sternberg, 1995, con referencias sobre el área francesa). La bibliografía específica sobre la pesca fluvial en época reciente no es demasiado abundante en la Península Ibérica. Resulta fundamental en este sentido el libro de Pardo (1950), que analiza la evolu- clon histórica incluyendo algunas notas sobre épocas prerromanas. Es también interesante la obra de Merino (1986), aunque más localizada en el País Vasco y con un lógico interés prioritario en la pesca marítima. En el campo de la Etnografía deben resaltarse los trabajos de Lorenzo Fernández (1979), Ladra Fernández (1998), Ladra Fernández y Pereiras Magariños (e.p.). Agudo Tónico (1992) y Mora Ahseda (1988), que aportan interesante información sobre el uso de la pesca fluvial como recurso económico en las áreas gallega, andaluza y extremeña respectivamente, y que estudian con detenimiento la elaboración de redes que probablemente tienen mucho en común con el ejemplo que presentamos. La pesca de anzuelo ha sido seguramente el sistema más habitual para la obtención de peces en los cursos fluviales, documentándose numerosos anzuelos de bronce en diversos yacimientos iberorromanos peninsulares (Gracia Alonso, 1981-1982). Sin embargo, como hemos indicado, en Castellones de Céal aparecen plomos que deben interpretarse como pesas para una red. Hay dos tipos principales de redes empleadas tradicionalmente en la pesca fluvial y en las que se usan este tipo de lastres: a) El Esparavel o Tarraya (Fig. 3). Es un sistema muy empleado, tanto en su variedad común como en la de anillo, ya que puede ser manipulado por una sola persona. El pescador se situa en la orilla, en una embarcación o dentro del agua, pero siempre en cursos poco profundos, ya que es preci-so detectar la presencia del pez antes de lanzar el arte. Su elaboración requiere un proceso complicado, puesto que son necesarias doce docenas de mallas enlazadas en círculo formando una. corona, rematada por una capa de doble tejido, y la llamada bolsa, que forma el vértice central y que es el punto en el que queda atrapado el pescado cuando se recoge el esparavel. El tamaño, tanto de la red como de la malla, depende del medio en el que se pesca, del tamaño de los peces que se espera obtener y de la propia fuerza y capacidad de manipulación del pescador. La pieza se remata en la base con cuerda o hilos por los que se hacen pasar los plomos cilindricos. Estos deben ser más numerosos y algo más largos si el esparavel es grande, quedando entre uno y otro una distancia no mayor de 10 cm. La red debe arrojarse con destreza y asegurarse a la muñeca del pescador mediante un cordel que servirá igualmente para recuperarla con su contenido de peces. Además de un uso individual mediante lanzamiento puede practicarse también la pesca por rastreo, sujetando sus bordes dos personas -una en cada orilla del río-y estirando otra la red desde atrás. Este sistema suele emplear también a otros pescadores que remueven con palos las orillas, dirigiendo los peces hacia la red a la vez que evitan que ésta se enganche en plantas y piedras. Esta pesca por rastreo fue descrita por Duhamel y recogida por Sáñez Reguart (1791) quien sin embargo no documenta su uso en España. b) El Trasmallo (Fig. 4), que en su versión simplificada suele llamarse traviesa. Se trata de una red rectangular formada por tres paños de distinta luz de malla. Su elaboración requiere tejer primero el manto o lienzo de la red, reforzándolo después mediante las albitranas o tejido de ajuste. La pieza se remata en la parte superior e inferior con los llamados cordeles, trallas o relingas. En la de arriba se enfilan los corchos que permitirán mantener la línea de flotación, mientras que en la de abajo se situarán los plomos cilindricos, cuyo número variará según el tamaño total de la red. Para arrojarla y mantenerla fija se le aplica un lastre de mayor tamaño que suele ser una piedra, perforada o no, o algún otro elemento de peso. Si la red es grande, se le añaden además lastres adicionales denominados borlones, rítmicamente dispuestos en el cordel inferior. Pueden ser bloques de barro cocido horadados, de forma muy parecida a las pesas de telar, pero también pueden emplearse simples piedras atadas. La longitud de las redes depende de la anchura del río o de la zona que se quiera abarcar. Este sistema permite una pesca activa -removiendo las orillas y obligando a los peces a dirigirse hacia la red-o pasiva, montando el arte y dejando pasar un tiempo hasta recoger los pescados que hayan caído en ella, incluyendo si acaso algo de cebo. EJEMPLOS ARQUEOLÓGICOS DE PESCA CON RED El uso de redes con lastres de plomo se remonta al menos al segundo milenio a.C, sustituyendo a los pesos de piedra que eran habitualmente empleados con este fin. Las ventajas aportadas por las piezas de plomo se refieren a su mayor regularidad y peso por unidad. Al tratarse de simples planchas hechas en un molde que se pliegan sobre el propio cordel, se pueden conseguir muchas del mismo tamaño y peso, lo que asegura un comportamiento uniforme de la parte inferior de la red. Por otra parte, como señala Powell (1996: 106), un plomo supone cinco veces el peso de una piedra de igual tamaño, por lo que resultan necesarias menos piezas, y éstas se adaptan mejor a la cuerda. Esta autora recoge todos los hallazgos conocidos de pesas de plomo en la Grecia micénica, destacando los ejemplos de redes procedentes de los pecios de Cabo Gelindoya y, sobre todo, Ulu Burun. Aquí fueron recuperados 77 plomos en tres conjuntos, uno de los cuales apareció dentro de un jarro, por lo que Pulak (1988: 107) consideró que se trataba de una red que figuraba como mercancía en el barco. Sin embargo, su asociación a una lámpara de aceite hace pensar a Powell (1996:120) que se trata de una red empleada en la pesca nocturna. Entre los hallazgos de este pecio apareció un gran peso piramidal de plomo que ha sido interpretado como lastre de red o como un ancla (Pulak, 1988: 32-33). Los hallazgos de este tipo no se limitan a contextos marítimos, sino que los conjuntos de plomo pueden ser incluidos en los ajuares funerarios, casi todos ellos fechados en la última fase de la Edad del Bronce en el Egeo (LBA). Su abundancia relativa debe entenderse en un contexto en el que la explotación de las minas de plata está en su apogeo, lo que provoca la producción de grandes cantidades de plomo que se comercializa y emplea de diversas maneras (Stos-Gale y MacDonald, 1991:268-9). De la misma época que las piezas de Céal y en un área más próxima hay que citar los interesantísmos hallazgos de Lattes (Lattara), un establecimiento costero del sureste francés en el que se practicó activamente tanto la pesca marítima como lagunar (Fig. 5.1). El estudio en extensión del yacimiento ha permitido recuperar una información global sobre las actividades pesqueras, ya que se conservan tanto elementos correspondientes a las artes empleadas -plomos de red, anzuelos-como de los instrumentos necesarios para elaborarlas -agujas, lanzaderas-, así como abundantes restos de ictiofauna y textos antiguos que hacen referencia a este lugar. Todo ello permite ofrecer una visión de conjunto sobre las estrategias de pesca y sus transformaciones a lo largo de la vida de este lugar entre los siglos III y I a.C. (Feugère, 1992; Sternberg, 1995). El conjunto principal de plomos proviene de la manzana 4-sur, y se fecha en los inicios Lastres de plomo y de piedra de Lattes (según Feugère, 1992). Plomos de Cancho Roano (según Celestino, 1996). Es muy similar a la evidencia de Céal, y va ligada también a la presencia de pesas de piedra con perforación, pero su número es inferior, por lo que los autores opinan que hay que entenderlo como un depósito de repuesto o como la prueba de que la muestra arqueológica implica una pérdida considerable respecto a su categoría inicial. Otros conjuntos cerrados, como el del pecio de Porto Vecchio, aportan un niímero y un peso total de los plomos muy aproximado al de Céal, aunque algo menor (Feugère, 1992: 152). En la Península Ibérica son aún pocos los testimonios arqueológicos relacionados con la pesca, y en general ceñidos al entorno costero. Es excepcio- nal la conservación en este medio de largas estructuras formadas por estacas de madera que conducían a los peces hacia una red de tipo nasa en un entorno de laguna próximo a la línea de costa, como la documentada en Silvade (Portugal) (Alves et alii, 1988-89). Por su parte, los plomos cilindricos que pueden ser considerados como pesos de red apenas han sido recopilados o estudiados. Sin embargo, estas piezas son frecuentes en las colecciones debido a su fácil localización visual o mediante detectores de metales, sin que haya por tanto contextos arqueológicos fiables. Un caso especial es el del palacio-santuario de Cancho Roano, en Zalamea de la Serena, donde aparecieron piezas de estas características que los excavadores interpretan de manera diversa. Un grupo de piezas de pequeño tamaño encontradas en distintas habitaciones fueron consideradas como lastres para vestimentas o piezas de tela (S. Celestino, com.pers.). Otro grupo (Fig. 5.2), de dimensiones algo mayores, apareció en una de las habitaciones perimetrales del sector oeste, y es posible que se emplearan como pesos de red (Celestino, 1996: 86). En todo caso, queda claro que el empleo de este tipo de piezas es aquí muy anterior al que se constata en Céal o en Lattes, ya que en el yacimiento extremeño pueden remontarse al siglo Va.C. En época ibérica tardía aún no se ha sistematizado el instrumental dedicado a la pesca, probablemente porque antes de la presencia de lastres de plomo se emplearían otros materiales, como piedras, "fusayolas" o pondera, lo que las hace prácticamente indétectables en el primer caso, e indistinguibles de los elementos dedicados a labores de tejido en el segundo y tercero. La iconografía nos puede servir de ayuda a través de ejemplos que ya rastreó Pardo (1950: fig. 12), y de los que destacamos la gran vasija del Departamento 15 delTossal de San Miguel de Liria, en la que se representa una embarcación con posibles aparejos y un personaje sujetando una red con una mano y un hilo con un pez enganchado en su extremo (Ballester et alii, 1954: 47; Bonet, 1995, fig. 44). Es difícil saber hasta qué punto la ideología de la Alta Andalucía compartía las valoraciones religiosas que los peces parecen tener en otros lugares del Mediterráneo y en especial en la propia zona valenciana ( Aranegui, 1996). Las mismas artes se han empleado en fases más recientes. Un caso documentado arqueológicamente es el de la Cueva del Peñascal de los Infiernos, en Liétor (Albacete), donde apareció un conjunto de Lám. Vado sobre el río Guadiana Menor. 60 pequeños cilindros de plomo y 3 flotadores de madera que sus excavadores (Navarro Palazón y Robles Fernández, 1996: 63) interpretaron sin lugar a dudas como evidencia de un trasmallo o red lineal. El conjunto fue fechado entre los siglos X y XI d.C. Los ejemplares de trasmallos y esparaveles conservados en el Museo Nacional de Antropología de Madrid confirman que estos sistemas tradicionales permanecen casi invariables hasta épocas muy recientes, utilizando los mismos tipos de lastres que encontramos en los yacimientos arqueológicos. La muestra, procedente en su mayor parte del área valenciana, corresponde al instrumental empleado para la pesca en áreas de albufera, y estaba generalmente ligada al uso de embarcaciones. El tamaño de los cilindros de plomo varía en función de la entidad de la red, y su número en función de su longitud, pero en general siguen las mismas pautas que han sido descritas. HL APROVECHAMIENTO PISCÍCOLA EN EL ENTORNO DE CASTELLONES DE CÉAL La excavación del yacimiento ibérico no ha proporcionado por el momento restos de ictiofauna, pero la caracterización ambiental y fluvial del entorno permiten evaluar las posibilidades de un recurso como la pesca en esa zona. El río principal es el Guadiana Menor (Lám. II), principal afluente y en realidad cabecera del Guadalquivir (Romero Díaz, 1989:11). Su cuenca incluye como tributarios a los ríos Orce, Cúllar, Baza, Baúl, Fardes y Alicún por su margen izquierda, y a los ríos Guardal, Castril, Guadalentín, Turrilla, Céal y Toya por la derecha. El régimen hidrológico de estos ríos es pluvial, con un importante caudal en invierno y primavera y fuerte estiaje en los periodos secos. Ño obstante, la proximidad de las sierras de Cazorla, el Pozo o la Sagra, con su elevada altitud y el predominio de materiales calizos hace que en la margen derecha el estiaje sea mucho menos pronunciado, y que por lo tanto a la altura de Céal los cursos de agua permanezcan constantes (Picazo y AlbaTercedor, 1996: 156-157). En la actualidad se documentan en esta zona varias especies endémicas susceptibles de pesca. Dtst2iC2ín Barbus sclateri (barbo gitano), que puede alcanzar los 40 cm y que evita las aguas estancadas o las excesivamente frías y rápidas; Chondrostoma polylepis (boga), de unos 30 cm, que ocupa los tramos medios de los ríos y busca aguas limpias en los cauces altos para la puesta; Leuciscus pyrenaicus (cacho o cachuelo), menor de 30 cm y que se adapta a medios fluviales variados; Tropidophoxinellus alburnoides (Calandino), especie pequeña, menor de 13 cm, que se desarrolla en aguas de montaña (Doadrio et alii, 1991; Gómez Caruana y Díaz Luna, 1991). En el siglo XIX, elDiccionario de Madoz (1988: 216), añade para el término de Pozo Alcón la presencia de anguilas en aguas calmas, siendo ésta una especie para la que es frecuente la pesca con red. También indica la abundancia de "exquisitas y abundantes" truchas en el Guadalentín, así como en el Guadiana Menor a la altura de Hinojares y Huesa, lo que incluye el entorno de Céal. Ambas especies han estado presentes en la zona hasta fechas muy recientes, en las que ha existido una sobrepesca, así como un cambio en las características de los ríos, con la construcción de presas y embalses, y con la incorporación de vertidos contaminantes de diverso tipo. movían las aguas asustando a los peces para hacer que se dirigieran contra la red. En el cordel inferior del trasmallo se disponían plomos de las mismas características que los encontrados en el yacimiento, formados por láminas enrolladas de unos 6x2 cm, y espaciándolos aproximadamente 20 cm. No existe, sin embargo, una tradición en la confección de estas redes, y las que se han utilizado han venido ya hechas en tejidos modernos como el nylon. En los pueblos de la zona ha existido la posibilidad de comprar pescado fluvial fresco, que llegaba después del trabajo de los pescadores nocturnos, los cuales desarrollaban su actividad especialmente en el curso alto del Guadalquivir. No ha existido costumbre de hacer conserva de él, sino de consumirlo inmediatamente. Las elaboración de conservas se reservaba para los arenques, que venían de áreas mucho más lejanas. Como ya señaló Fletcher (1968: 50), la obtención de peces fué sin duda un recurso económico sistemáticamente explotado en zonas litorales durante la época ibérica, y no sólo en el entorno más relacionado con el mundo fenicio (Roselló y Morales, 1994; Frutos Reyes y Muñoz Vicente, 1996). Probablemente tuvo una importancia más limitada en el interior, donde debía vincularse a los cursos fluviales (2). Su carácter de actividad complementaria, el empleo de elementos perecederos para la elaboración de las artes de pesca, y la dificultad de conservación de la ictiofauna hace muy difícil su detección arqueológica. Incluso si preguntamos actualmente a los habitantes del lugar sobre sus actividades económicas, no se citará la pesca entre ellas (Chaparía///, 1984; Fernández Rodríguez^í alii, 1994). Sin embargo, ante cuestiones directas, hay muy pocos que no reconozcan haberla practicado de forma eventual o constante, empleando como hemos visto, sistemas diversos. La pesca fluvial resulta, por tanto, un recurso económico enmascarado pero que es preciso tener presente a la hora de valorar la subsistencia tanto en los asentamientos costeros como en los de interior. (2) Un ejemplo esclarecedor lo proporciona el asentamiento de Numancia (Soria), donde además de la presencia de anzuelos y cerámicas con representación de peces (Jimeno Martínez et alii, 1999: 803) se ha podido confirmar el consumo de pescado mediante el análisis químico de los huesos humanos (Alfredo Jimeno, com. pers.). La ocupación más tardía de Los Castellones de Céal revela una actividad acusada en la estrategia de comunicaciones entre las altiplanicies granadinas y el Alto Guadalquivir. Muchos de los materiales presentes en el "espacio A" del poblado son importados mostrando, como es natural en esta época, evidentes signos de romanización. Varios de ellos parecen estar en relación con el consumo del vino, no sólo por los envases anfóricos antes citados, sino por la presencia de un cazo de bronce, cubiletes y algún resto de cerámica megárica (Beltrán Lloris et alii, 1999). Además de estos objetos de procedencia lejana pueden señalarse también importaciones de otras áreas de la Península Ibérica, como un kálatos pintado de tipo Fontscaldes, una jarrita gris ampuritana y otras jarras idénticas a las procedentes del yacimiento almeriense de Villaricos. La existencia del asentamiento debe ponerse en relación, por tanto, con su papel de apoyo en la red de comunicaciones, lo que le permite incorporar numerosos elementos foráneos. Sin embargo, también resulta evidente que su subsistencia se basó en una explotación intensa de su entorno inmediato (Chaparía///, 1984). En los niveles tardíos se documentan (3) tanto Vitis vinifera como pólenes correspondientes a olivo (López, 1984), que se complementan con el hallazgo casual de una prensa de aceite en las campañas antiguas (Blanco, 1962). Los restos carpológicos señalan a la cebada vestida {Hordeum vulgare) como especie de cereal mejor representada, mostrando indicios de un proceso previo de trilla y aventado. También hay evidencias de trigo, avena, legumbres fVzc/a sativa )ycioTiSiS leguminosas de difícil precisión. Los restos de fauna indican una diversidad de animales domésticos, destacando ovicápridos y cerdos, junto a un empleo frecuente de la caza como complemento comprensible en un entorno con un rico componente forestal. La situación de Castellones de Céal en un punto clave de la ruta que transita por el pasillo de Pozo Alcón ha sido vinculada desde su descubrimiento con la antigua Fraxinum, una mansio citada en el Itinerario de Antonino y situada entre Tugia y Bactara en la vía que desde Cástulo llevaba a Málaga (Fernández Chicarro, 1955b). Se trate o no del lugar indicado en las fuentes, el poblado domina un vado de paso obligado que ha sido empleado tradicionalmente en el sistema local de comunicaciones. Por tanto, no resulta descabellado pensar en el asentamiento de Los Castellones no sólo como una ex- plotación estrictamente local, sino como un emplazamiento en el que no sería rara la presencia de viajeros. Por todo ello, resulta razonable la explotación intensiva del medio inmediato, recurriendo a todo tipo de productos, naturales y cultivados. La pesca fluvial supone en este sentido un recurso idóneo, ya que se cuenta con dos ríos en los que vivieron diversas especies económicamente rentables y que, con los medios adecuados, no presentaban grandes dificultades para su obtención. Los plomos de red encontrados en el espacio A de la vivienda 1 son numerosos y suponen un peso considerable, lo que parece excluir que se trate de un esparavel, haciendo más plausible su lectura como correspondientes a un trasmallo, en el que también se insertaría la piedra perforada que actuaría como lastre principal. La presencia de más de 60 unidades revela que la longitud de la red sería como mínimo de 6 m., lo que supera el ancho del arroyo de Céal y se aproxima a la anchura del Guadiana Menor, siempre considerando la dificultad que implican estos cálculos, teniendo en cuenta además que no se conoce el número exacto de lastres y que éstos se pueden disponer a mayor o menor distancia según las necesidades de la red. De los flotadores, que necesariamente deberían insertarse en el cordel superior, y que están habitualmente hechos en corteza de madera, no ha quedado resto alguno debido a la combustión del local. Lo mismo puede decirse de la propia red, que estaría hecha con lino o cáñamo. Desconocemos si existía una tradición local en el empleo de este tipo de artes de pesca, y lo cierto es que no se han recuperado todavía instrumentos que puedan ponerse en relación con la manufactura de las redes, si bien sus características harían difícil su conservación. No resulta descabellado pensar, sin embargo, que al igual que se importan recipientes y contenidos de áreas alejadas, también se pudieran incorporar al yacimiento estas redes como objetos manufacturados, siendo más fácil repararlas localmente, así como añadir o reponer los plomos de lastre o los flotadores. En todo caso, la valoración y el estudio de los diversos sistemas de pesca fluvial en el mundo ibérico irán progresivamente detallando las diversas características de esta estrategia económica. Este trabajo no hubiera podido realizarse sin la eficaz colaboración de varias personas, a las que agradecemos sinceramente su ayuda. Debemos citar especialmente a Raimundo Jordán por las informaciones relativas a los sistemas tradicionales de pesca empleados en la zona del yacimiento, así como a M^ Antonia Herradón, conservadora del Museo Nacional de Antropología por las facilidades otorgadas en la revisión de las colecciones de redes de pesca depositadas en ese Museo. X.L. Ladra nos ha hecho partícipes de sus interesantes trabajos sobre la pesca fluvial en Galicia, y finalmente, Luis de Ambrosio y José Ambrosio González, del Museo Nacional de Ciencias Naturales, han colaborado proporcionándonos información sobre la fauna piscícola actual del Guadiana Menor. AGUDO TORRICO, J. (1992): "Tejido de los paños de mallas y enjahelgado de las redes corianas".
IGNACIO DE LA TORRE SÁINZ (*) RAFAEL MORA TORCAL (**) MANUEL DOMÍNGUEZ-RODRIGO (***) En este trabajo se presenta un análisis sistemático de los materiales líticos hasta ahora estudiados en el Complejo ST de Peninj, en el lago Natron (Tanzania). Este complejo está constituido por un grupo de 11 yacimientos arqueológicos muy próximos topográficamente y situados en la misma posición estratigráfica, por encima de la Toba 1 en las Upper Sandy Clays (Arcillas Arenosas Superiores) de la Formación Humbu de Peninj, cuya cronología se estima entre los 1,6-1,4 ma. Desde una perspectiva tecnológica, se estudiarán conjuntamente los objetos líticos recuperados en cada uno de estos yacimientos, incidiendo en la relevancia de las conclusiones obtenidas para el conocimiento del Olduvayense africano. En la actualidad, los trabajos en Peninj se están desarrollando en tres áreas geográficas distintas, denominadas Escarpe Norte, Escarpe Sur y Sección Tipo. Las dos primeras se sitúan en un ambiente fluvial alejado del lago, y en ellas se documentan yacimientos con industria achelense y hasta ahora sin fauna asociada (Isaac 1965;1967; Domínguez-Rodrigo et al. 2001). La Sección Tipo, por su parte, se localiza en un medio deltaico muy próximo al margen del lago, presentando concentraciones discretas de restos líticos y óseos adscritos al Olduvayense (Domínguez-Rodrigo et al. 2002; de la Torre et al. 2003; de la Torre y Mora 2004). El Complejo ST se encuentra en la parte septentrional de la Sección Tipo, y está compuesto por un grupo de once yacimientos que comparten una serie de rasgos comunes, como son la similar posición estratigráfica, las condiciones tafonómicas y la proximidad topográfica, localizándose todos los conjuntos en un área de unos 3.500 m 2. Las características sedimentarias, estratigráficas, geomorfo-Ignacio de la Torre, Rafael Mora y Manuel Domínguez-Rodrigo lógicas y zooarqueológicas del Complejo ST han sido presentadas de forma sistemática en otro lugar (Domínguez-Rodrigo et al. 2002), por lo que no es necesario insistir más en ellas. Tan solo conviene señalar, a modo de contextualización, que el Complejo ST se sitúa en la parte baja de las Upper Sandy Clays (miembro superior de la Formación Humbu), localizándose todos los yacimientos en un contexto de arenas gruesas que descansan sobre la Toba 1 lo que, a partir de las dataciones radiométricas (Manega (1); Isaac and Curtis 1974), paleomagnéticas (Thouveny and Taieb 1986;1987) y correlaciones bioestratigráficas (Geraads 1987; Denys 1987), permiten situar estas evidencias arqueológicas en torno a los 1,6-1,4 ma (véase una síntesis de esta cuestión en Domínguez-Rodrigo 1996; de la Torre y Domínguez-Rodrigo 2001). En este trabajo vamos a presentar la industria lítica hasta el momento estudiada del Complejo ST, centrándonos en los aspectos tecnológicos de la colección, con el objeto de ampliar y tratar con más detalle las conclusiones preliminares ya expuestas en otro lugar (de la Torre et al. 2003). De esta forma, el análisis pormenorizado de los métodos de explotación observados en la industria del Complejo ST de Peninj nos permitirá ahondar en la comprensión del Olduvayense africano y enmarcar estas estrategias tecnológicas en el contexto de las formas de vida de los homínidos a comienzos del Pleistoceno inferior. La caracterización petrológica y la localización de las áreas de abastecimiento de las materias primas representadas en los yacimientos del Complejo ST se encuentran todavía inconclusas, por lo que los resultados son en este aspecto aún preliminares. A partir de sus características macroscópicas, se llevó a cabo una clasificación de las piezas en cinco categorías, una de nefelinitas (con cinco subtipos distintos), tres de basaltos (en función del grado de alteración o de la presencia de cristales conspicuos) y una de cuarzos (de hecho cuarcitas y metacuarcitas en términos petrológicos). Era necesario contrastar esta división de visu con la consecución de analíticas más precisas, por lo que se rea-lizaron análisis de difracción de rayos X y láminas delgadas en el Laboratorio de Petrología del MNCN-CSIC, que han permitido identificar distintos tipos de basaltos (basanitas tipo limburgita, basaltos afíricos, hawaíticos, tobas basálticas afíticas, etc), así como nefelinitas piroxénicas y metacuarcitas. Estas analíticas han demostrado la gran variabilidad de rocas volcánicas representadas en los conjuntos del Complejo ST, advirtiendo del riesgo de establecer subtipos usando criterios exclusivamente macroscópicos. De este modo, muchas de las piezas que externamente parecían iguales tienen petrologías distintas, mientras que algunas que presentaban superficies diferentes corresponden a las mismas formaciones. Por todas estas razones se ha optado por simplificar la clasificación a las categorías más evidentes (nefelinitas, basaltos y cuarzos), a la espera de contar con un estudio petrológico sistemático que permita definir con mayor exactitud la composición de los distintos conjuntos. Con todo, es obvio que los homínidos no atendían a las características físico-químicas de las rocas sino que elegían las mismas a partir de criterios de visu, en función seguramente de la aptitud para la talla de las distintas materias primas. A partir de las réplicas experimentales, se deduce que el cuarzo es la materia prima de peor calidad, siendo difícil reducir estos bloques a partir de una estrategia de talla organizada. Por lo que se refiere a los basaltos, la variabilidad es enorme, encontrando piezas con un grano muy fino, sin impurezas y perfectamente aptas para la talla, y otros recubiertos de vacuolas, con numerosas fracturas internas, de grano grueso, etc, en las que sería difícil conseguir fracturas concoideas. La impresión al observar los ejemplares en nefelinita es que ésta debió ser una materia prima preciada, pues en general se trata de piezas con grano muy fino, en las que se consiguen bordes muy afilados, y que no presentan habitualmente impurezas internas. De este modo, serían las nefelinitas y algunos tipos de basalto las materias primas con mayor aptitud para la talla, algo que se observa perfectamente en la calidad de la manufactura en los objetos que compartían estas características. La materia prima predominante en todos los conjuntos del Complejo ST es siempre el basalto, con las distintas variedades que presenta, y que supone un 74,3% del total. Le sigue en importancia la nefelinita, con un 16,9%. La representación de elementos en cuarzo es muy inferior (8,6%), pese a que en algunos conjuntos como ST2E o ST3 lle- ga a superar a la nefelinita. El trabajo del hueso, por último, es meramente testimonial, contando con dos únicos casos anecdóticos en dos yacimientos (ST2C y ST3), pese a que en ambas lascas se identifican aristas que sugieren un trabajo sistemático de los restos óseos que se tallaron. Con respecto a la representación de las materias primas en función de las categorías de artefactos, tanto los porcentajes calculados (Figura 1a) como las pruebas estadísticas inferenciales (Figura 1b-d) sugieren una predilección por el uso del cuarzo para los percutores, algo que ya se ha observado en otros conjuntos olduvayenses [URL]. Schick y Toth 1994), y que puede explicarse por la plasticidad con la que esta materia prima absorbe los impactos. El test de Lien también resalta el carácter positivo de las nefelinitas con respecto a los núcleos (Figura 1c), si bien el resto de categorías líticas no presentan ninguna preferencia en cuanto a su asociación con la materia prima. Siguiendo la tendencia general, en los productos de talla (lascas, debris y fragmentos de lasca) hay un predominio absoluto de las piezas en los distintos tipos de basalto (75,4%), seguidos por la nefelinita (18,4%) y el cuarzo (5,3%). Los productos retocados también respetan esta línea, predominando el basalto (77,8%), seguido por las nefelinitas (18,5%) y los cuarzos (3,7%). Los núcleos proporcionan la coherencia requerida para explicar los porcentajes de las distintas materias primas entre los productos de talla, al representar los basaltos el 72,4% de los núcleos, seguidos por las nefelinitas (24,1%) y los cuarzos (3,4%). De este modo, encontramos en el Complejo ST un uso de las materias primas acorde con la distribución de las mismas en el paisaje, en el que los bloques naturales más abundantes eran los de los distintos tipos de basaltos, siendo las nefelinitas y cuarzos elementos poco disponibles en el territorio y por tanto explotados sólo de manera ocasional por los homínidos. LAS CATEGORÍAS DE OBJETOS En la colección del Complejo ST (tabla 1 y figura 2) contamos con la diversidad de categorías líticas típicas del Olduvayense; de esta forma, los objetos más numerosos son los productos de talla, que incluyen lascas, fragmentos de lascas, productos de acondicionamiento, debris y fragmentos informes o chunks. Igualmente, están representados los retocados, núcleos, percutores y los denominados manuports. Comenzando por estos últimos, lo cierto es que Tab. Representación porcentual de las distintas categorías tecnológicas en cada uno de los yacimientos del Complejo ST. * Objetos incluidos en más de una categoría. Frecuencias absolutas de las distintas categorías de objetos en el conjunto del Complejo ST. T. P., 61, n. o 1, 2004 los manuports u "objetos no modificados aportados antrópicamente" no son en absoluto abundantes en la industria del Complejo ST. Únicamente los encontramos en tres yacimientos (ST30, ST31 y ST4), y en conjunto suponen sólo un 3,4% del total de la colección. A excepción de un ejemplo en cuarzo, todos los manuports son de basalto. Esto coincide con la materia prima más abundante entre los núcleos y los productos de talla, por lo que cabría plantear la hipótesis de que los manuports fueron introducidos en los yacimientos como núcleos potenciales. Si este fuera el caso, sería lógico pensar que el tamaño medio de los manuports, esto es, aquellos nódulos aún no explotados, fuera mayor que el de los núcleos, que no serían más que esos mismos bloques naturales sujetos a un proceso de reducción antrópico. Con el objeto de comprobar esta hipótesis, se llevó a cabo el análisis de la comparación de las dos medias de los tamaños de ambas categorías (t de Student). Sorprendentemente, sin embargo, esta prueba ha dado como resultado la ausencia de diferencias significativas (95% de confianza). Esto quiere decir que los tamaños de los manuports son prácticamente idénticos a los de los núcleos; si asumimos que por definición un núcleo ha experimentado una pérdida más o menos importante de materia, el hecho de que los manuports tengan unas dimensiones similares obliga a descartar su papel como núcleos potenciales. Obviamente, un análisis estadístico puede no ser suficiente para descartar la hipótesis de los manuports como reservas almacenadas para una posterior reducción. Sin embargo, se observa también que la materia prima de la mayoría de los manuports es de muy baja calidad (numerosas diaclasas, vacuolas, etc), por lo que la talla de los mismos sería problemática. De este modo, ambos factores introducen cierta ambigüedad en la interpretación de los manuports, ya que es difícil proponer usos alternativos a la de reserva de materia prima para esta categoría de objetos. Es posible entonces que algunos de ellos hubieran sido usados como percutores durante la talla y que no se hayan conservado los repiqueteados típicos o que, con más probabilidad, estos manuports participaran en los procesos de consumo medular, actividades estas últimas que no acostumbran a dejar marcas conspicuas en los materiales líticos. Con todo, tampoco excluimos la posibilidad de que estos supuestos manuports tengan una historia deposicional distinta a la de los materiales arqueológicos y, que, pese a su heterometría con respecto al resto de la matriz sedimentaria, se trate en realidad de clastos depositados naturalmente y no aportados antrópicamente. Los núcleos, por su parte, suponen un 8,2% del total de la colección lítica del Complejo ST. Se trata de un índice relativamente alto, lo que indica que los procesos de talla in situ en los yacimientos fueron siempre una actividad relevante. De hecho, al calcular un índice general de negativos de lascas por cada núcleo recuperado, obtenemos un porcentaje de 7,3 lascas por núcleo, algo plausible puesto que varios de los núcleos presentan un número similar de negativos. No obstante, también es cierto que muchos de los núcleos se encuentran en un estadio de reducción muy avanzado, por lo que es necesario subrayar que la suma de sus negativos no refleja en absoluto el número de lascas que pudieron haberse obtenido en fases de explotación anteriores. Los percutores constituyen un porcentaje muy bajo del total de la colección (2,6%). La mayor parte de ellos son de cuarzo (62,5%), y el resto de diferentes tipos de basalto. Como ya se ha señalado anteriormente, la preferencia por el cuarzo para los percutores se repite en yacimientos de la misma cronología en el resto de Africa oriental (Schick y Toth 1994). De hecho, se ha llegado a sugerir que la asociación cuarzo-percutores es una de las claves del cambio tecnológico que se observa en las industrias a partir de los 1,7-1,5 ma, y es un elemento característico de la tradición del Olduvayense Desarrollado (2). Sin llegar a esos extremos, sí queremos resaltar al menos la evidente preferencia que se observa en el Complejo ST por usar el cuarzo para los percutores. Esto se debe seguramente a dos causas complementarias, la escasa calidad para la talla de los cuarzos y su capacidad en cambio para absorber los golpes sin fracturarse. Se han incluido en esta categoría piezas completas y fragmentos que presentan los piqueteados típicos de la percusión. Se ha de advertir, no obstante, que algunos de los objetos clasificados en este grupo podrían ser adscritos a la categoría de los poliedros o subesferoides si seguimos a Texier y Roche (1995), ya que estos tipos a menudo tienen estigmas de percusión. Sin embargo, la duda acerca de la intencionalidad de los negativos que presentan algunas supuestos poliedros de cuarzo nos llevó finalmente a integrarlos entre los objetos de percusión. Ignacio de la Torre, Rafael Mora y Manuel Domínguez-Rodrigo En el Complejo ST las piezas retocadas constituyen un 7,9% del total de la colección lítica. Un 22,2% de estos retocados se realizaron sobre lascas completas, siendo fragmentos de lascas el resto de los soportes. El tamaño de los objetos retocados (longitud máxima con una media de 42, 5 mm) es similar al del conjunto de las lascas (40,4 mm), por lo que no se observa una preferencia en la elección de los soportes. Tampoco encontramos diferencias en las materias primas de los retocados con respecto a la tendencia general de la colección, predominando el basalto (77,8%), seguido por la nefelinita (18,5%) y los cuarzos (3,7%). Son las raederas denticuladas y laterales (sensu Laplace, 1972) -que en la terminología acuñada por Leakey (1971) se engloban en los llamados light duty sidescrapers-los tipos más abundantes (71,4%), seguidas por las muescas (17,8%) y los raspadores (7,1%) (Fig. 3). Pese a su escasa representación, es importante resaltar la posible presencia de buriles (7,1%), raramente citados en conjuntos olduvayenses, y nunca numerosos en los yacimientos en los que se documentan, como en Olduvai (Leakey 1971; en contra Potts 1991). Las categorías líticas más numerosas en todos los yacimientos del Complejo ST son las que comprenden los productos de talla, que en conjunto suman el 66,4% del total. Predominan en la mayor parte de los yacimientos los fragmentos de lasca, que suponen el 30,5% del total, seguidos por las lascas completas (21,5%). Los restos de talla o debris, con un 6,5% del conjunto, son siempre escasos, con una representación desde luego muy inferior a la que cabría esperar a partir de las réplicas experimentales de yacimientos con características similares, lo que nos lleva a asumir ciertos sesgos tafonómicos en los conjuntos. Las lascas, con una longitud media en torno a los 4 cms, tienen una morfología cuadrangular que se repite en todos los conjuntos, sugiriendo unos módulos tipométricos muy homogéneos en la colección. De igual modo, en todos los yacimientos los porcentajes de córtex son muy escasos entre los productos de talla. Sólo un 20,6% de estas piezas presentan alguna parte cortical, y ninguna de ellas pertenece a las fases de descortezado inicial (Tabla 2). No se aprecian tampoco diferencias significativas entre los porcentajes de córtex de los distintos yacimientos, de modo que no es posible proponer distintos modelos de la cadena operativa. En suma, los porcentajes de córtex aportan unos resultados muy interesantes al tiempo que plantean nuevas incógnitas. Es incuestionable que los procesos de talla fueron una parte importante de las actividades realizadas en los yacimientos; los núcleos, percutores, productos de reavivado, etc, así lo sugieren. Sin embargo, no se ha documentado ni una sola lasca perteneciente a los procesos iniciales de desbastado. De este modo, cabe plantear que los procesos iniciales de configuración de los núcleos fueron realizados en otro lugar distinto al de los yacimientos, quizás en los puntos de aprovisionamiento de la materia prima. Los atributos tecnológicos de las lascas también apuntan en este sentido. Así, se manifiesta que el 90,9% de los talones de los productos de talla no tienen córtex, lo que indica bien que existía una limpieza previa de las superficies corticales en las plataformas de percusión, o bien que se habían extraído ya lascas consecutivas en esa misma dirección. Esos talones son, además, mayoritariamente unifacetados (79%), si bien se documenta también la presencia de piezas bifacetadas (8,4%) y un 3,5% de plataformas multifacetadas, sugiriendo que en repetidas ocasiones se puso especial cuidado en la extracción de los productos. El análisis de las superficies dorsales de las lascas también es muy relevante para comprender las estrategias tecnológicas empleadas. Así, de 161 efectivos en los que se pudo realizar el recuento, más del 70% contaban con tres o más negativos de extracciones anteriores, y entre ellos el 15% de las lascas superaban las cinco extracciones previas. La presencia de aristas de negativos anteriores no es en sí un argumento para hablar de complejidad en la talla. Sin embargo, el elevado número de lascas de este tipo indica sin lugar a dudas la explotación recurrente de las mismas superficies de talla, algo desde luego poco habitual en una produccción asistemática como la que a veces se ha propuesto para el Olduvayense. La dirección de las extracciones anteriores en las lascas también puede aportar nuevos datos para Tab. Porcentajes de córtex en los productos de talla analizados. Ejemplos de lascas y fragmentos de lascas retocados. deducir los sistemas de explotación por los que se obtuvieron los productos. Hemos de subrayar que las características de la superficie de las lavas dificulta enormemente el estudio de la dirección de las extracciones anteriores en las caras dorsales, por lo que, aunque se pudo estimar con fiabilidad el número de negativos, no siempre fue posible averiguar el origen de los mismos. Por ello, es muy probable que los patrones de direccionalidad fueran aún más complejos de lo que aquí hemos podido deducir. En nuestro estudio concluimos que la mayoría de las caras dorsales sugieren esquemas unidireccionales (unipolares y bipolares) de explotación (70,3%). De este modo, gran parte de ellos indican una dirección longitudinal con respecto a la plataforma de percusión, en una talla en la que la superficie de explotación era reducida sistemáticamente desde una misma posición (unipolar). Junto a este grupo, el más abundante, encontramos lascas que representan una estrategia bipolar, en la que se usaron dos plataformas de percusión opuestas para trabajar también de manera longitudinal (es decir, extrayendo lascas paralelas) y recurrente la misma superficie de explotación. Junto a estos esquemas de talla, contamos sin embargo con una serie de lascas (29,7%) que sugieren una estrategia de explotación más compleja que la anterior. Tal y como se puede observar en la figura 4, en los primeros ejemplos se advierte una explotación longitudinal unipolar (Fig. 4a) y bipolar (Fig. 4b), seguida por lascas con extracciones perpendiculares entre sí (Fig. 4c), que nos hablan de una rotación más o menos recurrente de la superficie de talla. Este giro se hace evidente en los últimos ejemplos (Fig. 4d), donde nos encontramos ya con un sistema de explotación claramente centrípeto, en el que se extraen lascas desde toda la periferia del núcleo, presentando algunas de estas lascas incluso patrones dorsales totalmente radiales. En resumen, con lo anteriormente expuesto podemos concluir que los productos de talla en el Complejo ST de Peninj suelen caracterizarse por una tipometría estandarizada que tiende hacia formas cuadrangulares, el predominio del basalto como materia prima, la escasez de elementos corticales, los talones poco preparados, y unas caras dorsales bien configuradas que sugieren un trabajo recurrente y sistemático de las mismas superficies de talla. En definitiva, pensamos que la producción de lascas en el Complejo ST no fue en absoluto desorganizada, y que responde a una estrategia de reducción intencional y perfectamente estructurada. LOS MÉTODOS DE REDUCCIÓN DE LOS NÚCLEOS Las estrategias de explotación de los recursos líticos pueden deducirse fundamentalmente a través del estudio de los núcleos documentados en los yacimientos. Hasta la fecha no se ha llevado a cabo una sistematización de las estrategias de talla predominantes en el Olduvayense africano que permita una aplicación directa al registro de Peninj. Esto, junto a la idiosincrasia particular que presenta cada colección, nos ha llevado a realizar una clasificación propia de los núcleos (de la Torre et al. 2003; de la Torre y Mora 2004), basada en estudios anteriores aplicados al Paleolítico medio (3) (Mora 1994). En dicha clasificación se ha considerado a los núcleos como volúmenes en los que se pueden definir, al menos, seis superficies esquemáticas. El trabajo de estas superficies y la interacción resultante entre ellas es lo que nos permite hablar de sis- temas unifaciales, bifaciales, trifaciales, multifaciales, etc, la dirección de las extracciones distinguir entre unipolares, bipolares, centrípetas, etc y el ángulo formado por la intersección de los distintos planos de explotación, describirlos como simples o abruptos. A partir de estos atributos, en la colección del Complejo ST se han definido los siguientes sistemas de explotación de los núcleos (Fig. 5): -Tipo 1: Unifacial simple parcial. Lo constituyen los choppers o cantos trabajados unifaciales. Se caracterizan por presentar extracciones sobre una superficie a partir de un plano natural o cortical. La plataforma de percusión y la superficie de talla forman un ángulo agudo, es decir, un filo, que ocupa sólo una parte del perímetro de la pieza. -Tipo 2: Unifacial centrípeto. Consiste en la explotación del plano horizontal a partir de los planos sagital y transversal. La talla también se configura a partir de plataformas de percusión no preparadas. Se diferencia del Tipo 1 en el desarrollo del filo o borde, que ocupa todo el perímetro de la pieza en este caso. Además, la única superficie de explotación se gestiona a través de extracciones radiales. Se puede definir también como la explotación del plano transversal y/o sagital a partir de uno o los dos planos horizontales. De este modo, a partir de plataformas de percusión naturales o preparadas, se obtienen lascas longitudinales y paralelas, formando con la plataforma de percusión un ángulo que tiende a recto. Pueden ser uni o bipolares. -Tipo 4: Bifacial parcial. Son los chopping tools o choppers bifaciales (Leakey 1971). Los negativos de las extracciones en uno de los planos sirven como plataformas para obtener lascas en otro adyacente. Se constituye así una arista de configuración que forma un ángulo agudo. Este filo ocupa sólo un área concreta de la pieza, no todo su perímetro. -Tipo 5: Bifacial secante centrípeto jerárquico. El volumen de estos núcleos se divide en dos superficies convexas asimétricas y secantes, que delimitan un plano de intersección. Ambas superficies están jerarquizadas; la subordinada sirve como plano de preparación para obtener las extracciones radiales que caracterizan a la superficie principal. Además, la superficie de la plataforma de talla que recibirá la percusión está orientada con respecto a la superficie de débitage (o de talla) de tal modo que el borde creado por la intersección de las dos superficies es perpendicular al eje de talla del levantamiento centrípeto. En todos estos núcleos, los pla-nos de fractura de los levantamientos centrípetos son paralelos o subparalelos al plano de intersección de las dos superficies. Se incluyen en este grupo los núcleos que presentan varias superficies de explotación sin una organización clara de la estructura de reducción. En el Complejo ST son generalmente de pequeño tamaño y con escasos porcentajes de córtex, lo que nos lleva a pensar que posiblemente se trate de núcleos agotados que en una etapa anterior de explotación pudieron ser reducidos a través de métodos más estructurados de talla. -Tipo 7: Sistema poliédrico. Como en el caso anterior, se trata de bloques trabajados desde varios planos o plataformas de talla. Sin embargo, y a diferencia de los núcleos multifaciales irregulares, en este caso se eligen unos planos de percusión que van dando una forma precisa a la pieza, con una tendencia esférica. No se ha observado una sobrerrepresentación de ninguno de los distintos sistemas de explotación identificados. De este modo, y aunque el sistema centrípeto jerárquico (Tipo 5) es el más numeroso (30%), es seguido de cerca por el Tipo 3 o sistema unifacial abrupto (20%), el multifacial irregular o Tipo 6 (también con un 20% del total) y el Tipo 2 o unifacial centrípeto total (16,7%). Por su parte, los choppers unifaciales (Tipo 1), bifaciales (Tipo 4) y los poliedros (Tipo 7) están muy mal representados (3,3%, 6,7% y 3,3% respectivamente), lo que aleja enormemente a Peninj de la tendencia observada en Olduvai (Leakey 1971), donde los choppers constituyen siempre porcentajes relevantes en los conjuntos olduvayenses. Tampoco se advierte una tendencia clara al comparar los tipos de explotación según los diferentes yacimientos, estando representados los distintos sistemas técnicos de manera aleatoria en cada conjunto. La única excepción es ST3, donde los núcleos analizados hasta el momento corresponden al sistema multifacial irregular, lo que quizás podría estar hablando de la mayor intensidad de los procesos de reducción en este yacimiento. Siguiendo la tendencia general, son los basaltos la materia prima más abundante en cada sistema de explotación. La única ocasión en la que las nefelinitas superan a los basaltos es en la representación de los núcleos multifaciales irregulares, con un 50% y un 33,3% respectivamente. Su explicación podría ser la siguiente; antes hemos propuesto que la nefelinita debió ser una materia prima muy valo-rada, tanto por su escasez en el paisaje como por su calidad para la talla. De igual modo, al definir los tipos de explotación en el Complejo ST se planteó la hipótesis de que el sistema multifacial corresponde a núcleos muy agotados. Así, si nos encontramos con el hecho de que los núcleos más explotados acostumbran a coincidir con la nefelinita, podríamos deducir entonces que fue precisamente el carácter preciado de esta materia prima lo que llevaría a explotar al máximo los bloques, hasta dejarlos reducidos a núcleos multifaciales agotados, tal y como sugieren también sus dimensiones, mucho menores que el de otros sistemas de explotación. En síntesis, observamos que los métodos de reducción más relevantes son cuatro de los descritos, el Tipo 2 (sistema unifacial centrípeto), el Tipo 3 (unifacial abrupto), el Tipo 5 (bifacial centrípeto jerárquico) y el Tipo 6 (multifacial irregular). Todos ellos está bien representado en la colección, tanto por los núcleos adscritos a los distintos sistemas, como por las inferencias realizadas a partir de los productos de talla. Vemos así que, junto al sistema unifacial abrupto, predomina la talla centrípeta, uni y bifacial. Como ya se ha dicho, el sistema unifacial centrípeto se caracteriza por la extracción de lascas radiales en la superficie de talla a partir de plataformas de percusión no preparadas. El sistema bifacial centrípeto jerárquico, por su parte, contempla la disposición de dos superficies de talla relacionadas entre sí a partir de una arista de configuración que divide el núcleo en dos partes. En esta estrategia, la superficie de explotación principal sirve para la extracción radial de lascas anchas y cortas. Dichos productos se obtienen a partir de la superficie secundaria, utilizada como una plataforma de percusión preparada a través de extracciones longitu-dinales y paralelas entre sí. A nuestro juicio, ambas estrategias (centrípetas uni y bifaciales) pueden responder a una misma secuencia de reducción, relacionada además con los núcleos multifaciales irregulares. En nuestra hipótesis de reducción distinguimos varias fases (Fig. 6); -Fase 1: Los bloques comenzarían siendo explotados en un único plano, el horizontal, siguiendo un patrón radial de extracción. En esta fase las plataformas de percusión serían naturales, es decir, se usarían las superficies corticales como planos para explotar de manera unifacial y centrípeta los núcleos. -Fase 2: Conforme avanzara el proceso de reducción, la pérdida de materia en el núcleo iría acompañada de la desaparición de las convexidades necesarias para continuar explotando la superficie de talla. -Fase 3: Esto obligaría a replantear la estructura del núcleo, comenzándose a trabajar los planos naturales transversal y sagital para conseguir así reactivar el volumen de la superficie de talla. Fase 4: La preparación de los planos naturales habría resultado en una morfología bifacial, en la que una arista de configuración separa la superficie de talla principal, que continúa siendo de carácter centrípeto, de una superficie subordinada o de preparación con extracciones paralelas alrededor de todo el perímetro del núcleo. Fase 5: Una vez adoptado el sistema bifacial centrípeto jerárquico, la talla del núcleo continuaría según este modelo durante un largo proceso de reducción. Se llegaría así a una etapa de plena explotación, en la que los núcleos presentarían una estructura completamente condicionada por la estrategia técnica empleada. Esquema ideal de las fases de explotación según nuestra hipótesis de reducción de los núcleos. Fase 6: Algunos núcleos continuarían siendo explotados hasta llegar un momento en el que sería imposible (ya bien por incapacidad técnica o por las limitaciones de la materia prima) mantener la estructura bifacial. En este caso, la imposibilidad de seguir creando convexidades lleva a aprovechar todos los ángulos disponibles sin importar la configuración general de la pieza. De este modo, se llegaría a una explotación multifacial irregular que reflejara el claro agotamiento de los núcleos. Esta hipótesis de reducción que aquí planteamos cuenta con un argumento adicional; así, se observa que las dimensiones generales de los núcleos son siempre mayores entre los núcleos unifaciales centrípetos, seguidos por los bifaciales centrípetos y los núcleos multifaciales. El peso en cada uno de los sistemas es muy ilustrativo, ya que oscila entre los 690,20 gr del método unifacial centrípeto hasta los escasos 92,17 gr de media entre los núcleos multifaciales, pasando por los 467,33 gr de los bifaciales centrípetos jerárquicos. La característica principal de un núcleo según avanza el proceso de reducción es su pérdida de materia, de modo que las diferencias evidentes entre el peso de las tres estrategias de explotación puede suponer un argumento más para defender nuestra hipótesis. A este modelo pueden ponerse varias objeciones. Así, por ejemplo, se podría cuestionar la asociación entre núcleos bifaciales centrípetos y núcleos multifaciales, ya que no existe un vínculo técnico entre ambos, y se podría llegar a estos últimos (caracterizados simplemente por su agotamiento y por la irregularidad de la explotación) a través de otras estrategias de talla distintas. Aunque no puede excluirse esta posibilidad, lo cierto es que en el Complejo ST son los núcleos bifaciales jerár-quicos los que presentan una mayor explotación, asociada a porcentajes inferiores de córtex y tamaños reducidos. Por esta razón, lo lógico es pensar que la fase siguiente en este sistema fuera la pérdida de la arista de configuración y el comienzo de una explotación multifacial en la que no sería posible mantener una estructura regular. Otra posible crítica a nuestra hipótesis es la que se refiere a la relación que establecemos entre el sistema unifacial centrípeto y el bifacial jerárquico, ya que se podría argumentar que se ha realizado a partir de criterios exclusivamente morfológicos (ambos comparten el carácter radial de las extracciones). En realidad, no excluimos que a partir de la estrategia unifacial abrupta se pueda pasar a un sistema bifacial centrípeto. De este modo, se ha de subrayar que las fases iniciales de la secuencia de Fig. 7. La hipótesis de reducción representada idealmente en la figura 6 a partir de ejemplos reales del Complejo ST. reducción pueden ser muy variables, contemplando diferentes modos de abordar la talla. No obstante, seguimos pensando que la asociación más lógica sería la formada por los núcleos centrípetos uni y bifaciales. Esto se debe a que contamos con varios ejemplos del sistema unifacial abrupto que nos sugieren una explotación recurrente y muy estructurada siguiendo ese patrón concreto de talla, por lo que sería difícil reorganizar el núcleo para adoptar una estrategia bifacial centrípeta. Por el contrario, todos los núcleos centrípetos unifaciales son de gran tamaño y están poco explotados, por lo que sería lógico que la continuación de su reducción contemplara la preparación de la superficie de talla creando una arista bifacial y una superficie subordinada. Además, y lo que es más importante, la hipótesis de reducción propuesta no se basa en simples inferencias, sino que cuenta con ejemplos reales en la colección para cada una de las fases. De este modo, podemos acudir a los propios casos concretos para justificar nuestra interpretación, tal y como se representa en el esquema de la figura 7 y en los ejemplos de las figuras 8, 9 y 10. En suma, pensamos que los núcleos del Complejo ST representan la continuidad de una misma secuencia tecnológica, que comenzaría con la explo-tación de una única superficie del bloque (método centrípeto unifacial), y que seguiría con una reducción sistemática que llevaría a la estrategia bifacial centrípeta, en la que los núcleos presentan una estructura realmente compleja, y finalmente a la multifacial, ya con una morfología irregular. De este modo, se puede llegar a proponer que el único método de talla organizado sería el representado por la etapa bifacial centrípeta, momento en el que el núcleo se encontraba en plena fase de explotación. Es por ello esencial que profundicemos en la naturaleza de este sistema de talla. Insistamos entonces de nuevo sobre qué entendemos por sistema bifacial centrípeto jerárquico. Estos núcleos (véase el ejemplo de la figura 9) se caracterizan por presentar dos superficies opuestas, separadas por una arista de configuración que rodea el perímetro del núcleo; -La superficie considerada como principal es gestionada a partir de un patrón radial de explotación, con el que se obtienen lascas anchas y cortas con caras dorsales centrípetas. Sus negativos forman un ángulo paralelo o subparalelo con respecto a la arista de configuración del núcleo, lo que permite mantener en la superficie de talla las convexidades adecuadas para continuar con la reducción. -La plataforma de talla o superficie subordinada se caracteriza por sus extracciones paralelas, que forman además un ángulo secante con respecto a la arista de configuración. Se considera que los negativos generados por estas extracciones funcionan como plataformas de percusión preparadas para obtener las lascas de la superficie principal. Este método de talla es en realidad extraordinariamente complejo, ya que no sólo supone conseguir una forma bifacial de explotación a través de una arista de configuración artificial, sino mantener esta estructura a lo largo de todo el proceso de reducción. Dicha estructura bifacial no se mantiene con una simple alternancia de los golpes (método discoide), sino a través de configurar una de las superficies como plano subordinado que sirve para explotar una cara principal. La preocupación por mantener las convexidades adecuadas en la superficie principal es constante, y de ahí la recurrencia de los productos de acondicionamiento (figura 11), que sirven para recuperar los ángulos necesarios. Así, este proceso continuaría hasta llegar al agotamiento de los núcleos (véanse los ejemplos de la figura 10). Lo que se pretende demostrar en suma es que los artesanos estaban manteniendo el mismo método de talla a lo largo de un dilatado proceso de reducción, que comprendería no sólo las etapas unifaciales sino también diversos estadios de producción dentro del sistema bifacial jerarquizado. Esto es un hecho extraordinariamente relevante, puesto que revela la capacidad de los homínidos tanto para conseguir estructuras de re-ducción complejas a partir de una arista bifacial, como para mantenerlas durante toda la secuencia de talla. Las habilidades técnicas, conceptuales y de abstracción implícitas son de este modo más que evidentes. Según el modelo de Geneste (4), un sistema de producción lítica puede ser organizado cronológicamente. Así, la secuencia o cadena operativa lítica comienza con la fase de adquisición de la materia prima. Continúa después con la transformación y modelado inicial, o lo que es lo mismo, con la preparación del núcleo. La siguiente etapa es la de débitage, en la que se obtienen productos y soportes. Continúa con la fase de transformación, en la que los soportes se convierten en útiles a través del retoque (faconnage), y con la etapa de consumo, en la que los retocados o los productos en bruto funcionan como instrumentos para acciones concretas. Finalmente, llega la etapa de abandono de los recursos líticos. El pormenorizado modelo de Geneste (ibidem) no puede ser aplicado directamente al registro de Peninj, ya que fue elaborado para cadenas operativas más complejas como las de los sistemas de explotación Levallois de la Dordoña. No obstante, la filosofía implícita en su marco referencial es perfectamente válida para estudiar los conjuntos olduvayenses, de modo que podemos recurrir a su esquema general para plantearnos cuál es la naturaleza de la cadena operativa de Peninj. En la figura 12 podemos observar los resultados de aplicar el esquema de Geneste al registro del Complejo ST. En el caso de que considerásemos los manuports como reservas de materia prima (algo en realidad muy cuestionable, como ya vimos), tendríamos que los procesos de adquisición de recursos líticos representan un 3,4% de las actividades realizadas. Se consideran productos de desbastado inicial aquellas lascas que conservan más de un 50% de córtex en su superficie (Geneste ibidem). Como ya señalamos, no tenemos ni un solo ejemplo de productos completamente corticales, y en realidad únicamente siete lascas (2% del total) presentan más del 50% de córtex, por lo que las actividades de desbastado inicial serían puramente anecdóticas en el Complejo ST. Es entonces la fase de producción (en la que incluimos el resto de los productos, los núcleos y los percutores) la más representada en el conjunto, con un 85,8%. Pese a haberlos incluido en un principio entre los sistemas de producción, podría considerarse que los choppers y poliedros corresponden más a un proceso de formateado de los objetos (façonnage) (Roche 1980; Texier y Roche 1995, 1995b) que meramente de obtención de lascas (débitage) (Schick y Toth 1994; Sahnouni et al. 1997), por lo que, junto a los retocados sobre lasca, indicarían que las actividades de la Fase 3 de Geneste (ibidem) alcanzaron una importancia moderada (9% del total). Nada podemos señalar de momento sobre las actividades de utilización, ya que no disponemos aún de análisis traceológicos que puedan aportarnos información en este sentido. No obstante, la asociación sistemática que encontramos entre huesos y artefactos líticos en todos los yacimientos del Complejo es un obvio indicativo de que la industria tuvo un papel importante en el procesamiento de las carcasas, tal y como viene a demostrar también la presencia de marcas de cortes en algunos restos óseos (Domínguez-Rodrigo et al. 2002). En suma, la colección de Peninj corresponde fundamentalmente a actividades de producción. Sin embargo, es importante recordar que los conjuntos olduvayenses están formados básicamente por núcleos y lascas. De esta forma, los relativamente bajos porcentajes de objetos retocados no implican de ningún modo la ausencia de actividades de consumo. Simplemente, responden a la tradición técnica olduvayense, donde los procesos de façonnage nunca constituyen porcentajes relevan-tes, y donde se asume que fueron las lascas simples los objetos más utilizados para todo tipo de actividades. En todo caso, sí parece claro que las fases iniciales de la cadena operativa están casi ausentes de Peninj. De este modo, cabe plantearse que las etapas de obtención y desbastado inicial de la materia prima fueron realizadas en un lugar distinto al del Complejo ST, posiblemente en el propio lugar de aprovisionamiento de los recursos líticos. Este proceso debió incluir no sólo a las etapas de desbastado inicial, sino probablemente también a fases posteriores de reducción, ya que los porcentajes de lascas con restos de córtex son siempre escasas en los yacimientos. No obstante, es obvio que también fueron muy importantes las actividades de talla; la presencia de fracturas Siret, la abundancia de núcleos y percutores, etc, así lo sugiere. Además, estos procesos de talla estaban con seguridad relacionados con las actividades de consumo, como demuestra la sistemática asociación entre artefactos líticos y restos óseos. Para concluir, proponemos que en Peninj nos encontramos ante una cadena operativa fragmentada, en la que faltan varias etapas de la secuencia de reducción. Algunas ausencias pueden ser explicadas por criterios tafonómicos, como en el caso de los bajos índices de restos de talla. No obstante, otros como los porcentajes de córtex no pueden sino atribuirse a decisiones conductuales, relacionadas con la separación geográfica entre los procesos de adquisición y desbastado inicial y los de plena explotación y uso de los recursos líticos. En opinión de Pelegrin (1990), son cadenas operativas complejas aquellas que comprenden varias etapas, marcadas por cambios en las operaciones (preparación, débitage, reavivado, etc) y/o en las técnicas de reducción empleadas. Según este autor, tales secuencias han de conducir a la obtención de productos estandarizados con características que se definen independientemente de la materia prima utilizada, y que al mismo tiempo requieren una organización compleja de extracciones predeterminadas y predeterminantes (Pelegrin 1990). Todo esto lo observamos en los casi 28 kilos de material lítico de Peninj; los núcleos se introducen preformateados en los yacimientos, son preparados para explotarse según una estructura de talla específica (tanto uni como bifacial), se reavivan cuando pierden las convexidades, mantienen el método de talla a lo largo de todo un proceso de reducción, obteniéndose productos centrípetos predeterminados que a su vez condicionan la extracción de las lascas posteriores. En resumen, parece claro que los procesos tecnológicos implicados requieren de un conocimiento técnico preciso y de una gran capacidad de abstracción y planificación por parte de los homínidos de Peninj, lo que nos obliga así a replantear cuál pudo ser el potencial cognitivo de los grupos humanos del Olduvayense. Pasemos ahora a reflexionar sobre ello. LA NATURALEZA DE LA TECNOLOGÍA DEL COMPLEJO ST Como se habrá podido observar, la definición que hemos ofrecido del método centrípeto jerárquico (tipo 5 de nuestra clasificación) se basa casi literalmente en varios de los criterios propuestos por Böeda (1988Böeda (, 1993Böeda (, 1994) ) para la identificación del concepto Levallois. Y es que, en nuestra opinión, la distancia entre la tecnología de Peninj y las representadas en el Paleolítico medio es muy reducida. Para relacionar el sistema centrípeto jerárquico de Peninj con el método Levallois, hemos de precisar primero qué entendemos en realidad por Levallois. No es ésta una tarea fácil, ya que prácticamente cada autor ha propuesto una definición distinta. Como todos sabemos, los productos de talla son indicadores de escaso valor. Así, cabe preguntarse incluso si la distinción entre una lasca Levallois y una ordinaria corresponde a unos criterios objetivos, o más bien refleja una frontera arbitraria fijada por cada investigador (Perpère 1986: 115). Como señala Van Peer (1992), la predeterminación de una forma y un tamaño es un concepto independiente de la estandarización de tales atributos, por lo que es incorrecto correlacionarlos. Igualmente, es también erróneo pensar que una lasca con una morfología identificada como Levallois tenga necesariamente que corresponder al método Levallois. Como comenta Sellet (1995), no tiene sentido enfatizar la regularidad de las lascas, sus atributos métricos o los tipos de plataformas, ya que esta perspectiva morfológica está sujeta a equifinalidad; dos lascas tipológicamente idénticas pueden haber sido producidas por métodos distintos de reducción. Por todo ello es fundamental acudir al estudio de los núcleos, que proporcionan una información más precisa sobre los métodos de explotación aplicados a un conjunto. Aunque se le han planteado numerosas objeciones (p.e. Vemos así que el concepto Levallois se estructura a partir de dos nociones interactivas: la concepción volumétrica del núcleo y su modo de explotación. Estas nociones están ligadas a seis criterios técnicos específicos e indisociables (Böeda 1994: 255), que desarrollan la definición anterior: El volumen del núcleo Levallois se divide en dos superficies convexas asimétricas, secantes y que delimitan un plano de intersección. Esas superficies están jerarquizadas; una sirve para extraer lascas predeterminadas, la otra para preparar esa superficie Levallois. Sus papeles no son intercambiables dentro de una misma secuencia de producción de lascas predeterminadas. La superficie de talla se prepara de tal modo que los productos son predeterminados. En este sentido, los criterios técnicos de predeterminación son la existencia de convexidades laterales y distales, que guiarán así la extracción. La superficie de preparación está trabajada de tal modo que los levantamientos predeterminantes y predeterminados responden a objetivos fijos. Estos levantamientos son específicos de métodos que persiguen la obtención de productos predeterminados. Así, la superficie de la plataforma de talla que recibirá la percusión está orientada con respecto a la superficie de talla de forma que el borde creado por la intersección de las dos superficies sea perpendicular al eje de talla del levantamiento predeterminado. Los planos de fractura de los levantamientos predeterminados son paralelos o subparalelos al plano de intersección de las dos superficies. La técnica empleada es la percusión directa con percutor duro a pocos milímetros de la cornisa de la plataforma de talla. Si bien algunos investigadores opinan que la concepción de Böeda es demasiado laxa, otros como Slimak (1998Slimak ( -1999) ) aseguran justamente lo contrario, señalando que el modelo de Böeda es excesivamente estricto y rígido, no pudiéndose aplicar al registro empírico de los distintos yacimientos. Pese a estos problemas y al supuesto anacronismo que conlleva, podemos a modo de hipótesis evaluar la presencia de los criterios de Böeda en la colección olduvayense de la Sección Tipo; como se puede ver en el núcleo representado en la figura 13, las piezas de Peninj constan de dos superficies con un plano de intersección que las separa. Ambas están jerarquizadas; una se configura como superficie de explotación principal y la otra como plataforma de preparación, conservándose esta estructura a lo largo de la secuencia de reducción. De igual modo, en los núcleos centrípetos jerárquicos de Peninj la superficie subordinada presenta extracciones secantes con respecto al borde creado por la intersección de las dos superficies, con el objeto de preparar la extracción de las lascas de la superficie principal. Además, los planos de fractura de los levantamientos centrípetos son paralelos o subparalelos al plano de intersección de las dos superficies y, por supuesto, son obtenidos a través de la percusión directa con percutor duro. Hemos omitido intencionalmente el tercero de los rasgos propuestos, el referente a la predeterminación de los productos, para prestarle ahora más atención. Según Böeda (1994), el concepto de predeterminación consiste en la aplicación de unos criterios técnicos específicos que condicionen el desarrollo de las ondas de fractura de un levantamiento. Para ello, la superficie de talla ha de presentar unas convexidades laterales y distales que guíen las ondas de fractura. Esta concepción no lleva implícita la búsqueda de morfologías simétricas, y los soportes son predeterminados en tanto que usan aristas preexistentes y convexidades en la superficie principal del núcleo. Algo así también encontramos en la industria de Peninj, tal y como podemos observar en la figura 14. Nos interesa especialmente la idea del núcleo Levallois de levantamientos múltiples o núcleo Levallois recurrente centrípeto (Böeda 1993(Böeda, 1994)), concebido como un volumen que presenta Fig. 13. Ejemplo de explotación del método centrípeto jerárquico y esquemas diacríticos de los productos correspodientes a cada fase de configuración (a partir de de la Torre et al. 2003: 218). Todos los materiales representados corresponden a ejemplos de la colección del Complejo ST. Las lascas centrípetas predeterminadas se obtienen de la superficie de talla. El mantenimiento de las convexidades se consigue con los flancos de núcleo, que reactivan los ángulos adecuados en el plano de intersección de ambas superficies. Las lascas longitudinales y paralelas entre sí alrededor de todo el perímetro del núcleo permiten preparar la plataforma de talla para continuar con la explotación de la superficie principal. sobre su superficie Levallois negativos procedentes de levantamientos sucesivos que ocuparon el máximo de la superficie de talla. En este método, el plano de extracción de cada uno de los productos es paralelo al plano de intersección de las dos superficies, a diferencia de los levantamientos anteriores a esta serie (negativos en la superficie de preparación), que presentan planos secantes o de intersección de ambas superficies. Desde esta perspectiva, pensamos que denominar método bifacial secante centrípeto jerárquico a los núcleos de Peninj puede no ser más que un eufemismo de lo que se conoce como método Levallois recurrente centrípeto; en ambos, las extracciones de la superficie principal adquieren una dirección radial, siendo las aristas de los negativos predeterminados anteriores predeterminantes de los futuros levantamientos. ¿Es entonces correcto denominar al sistema centrípeto jerárquico de Peninj como método Levallois?. Para Böeda (1994), el término Levallois designa un concepto, una representación abstracta de un objeto vinculada a la predeterminación. Pero la idea de predeterminación (concebida como un conjunto de criterios técnicos aplicados a un núcleo para controlar el desarrollo de la onda de fractura del levantamiento predeterminado) no es específica del método Levallois, tal y como señala Böeda (1994) y subraya especialmente Slimak (1998Slimak ( -1999)). Según Böeda, la originalidad del concepto Levallois reside en la concepción volumétrica del núcleo, al que se le añaden los criterios técnicos de predeterminación (convexidades laterales y distales en una superficie de talla preferencial). En definitiva, si asumimos la propuesta conceptual de Böeda no tendremos más remedio que aceptar que la noción de método Levallois está presente en el Olduvayense de hace 1,5 ma. Los núcleos de Peninj pueden ser relativamente bastos, con multitud de zonas embotadas y fracturas (algo que podría estar relacionado sin embargo con la mala calidad de la materia prima), etc. No obstante, encontramos una jerarquización de las superficies, un plano de intersección con extracciones secantes al mismo que sirven de preparación para la superficie principal, un patrón centrípeto en esta última con planos de extracción paralelos o subparalelos con respecto a dicho plano de intersección, y una estructura no intercambiable de los planos de talla a lo largo de todo el proceso. Desde esta perspectiva, y aunque morfológicamente pueda parecer más burdo (no olvidemos que hablamos de una industria de hace 1,4 ma), nos encontraríamos ante la concepción volumétrica del núcleo que propone Böeda para el método Levallois. La denominación que le demos aquí es irrelevante; Slimak (1998Slimak ( -1999)), por ejemplo, opina que es absurdo multiplicar inútilmente las denominaciones. Así, para este autor la proximidad tecnológica de métodos como el discoide y el Levallois recurrente centrípeto permite agrupar los dos métodos en un concepto similar que podríamos denominar recurrente centrípeto (aunque ver en contra Böeda 1993Böeda, 1994)). La impresión obtenida tras un estudio sistemático de la industria es que las secuencias de talla y los sistemas técnicos implícitos fueron extraordinariamente complejos en la Sección Tipo; los homínidos explotaban grandes bloques siguiendo un sistema de talla concreto, consistente en la oposición entre dos superficies jerarquizadas gestionadas según un esquema específico, que mantenían a lo largo de todo un proceso a través del reavivado de las convexidades de las aristas, y que llevaba al agotamiento de unos núcleos que aún conservaban la misma estructura de reducción inicial. Creemos haber demostrado en los párrafos anteriores la coherencia de esta hipótesis. Que ésta responda al nombre de Levallois o a otro distinto puede ser algo accesorio, mientras asumamos la complejidad de los procesos implicados. Tampoco esto último es fácil de conseguir, ya que los distintos investigadores no se ponen de acuerdo en el alcance cognitivo implícito en el método Levallois. Así, algunos como Pigeot (1991) o Davidson y Noble (1993) denuncian la excesiva importancia que se ha dado al método Levallois en la evolución de los homínidos. Estos últimos, por ejemplo sugieren que la intencionalidad se reduce a las decisiones sobre la próxima lasca. Esta postura se ha considerado incluso reaccionaria (Schlanger 1996), ya que reduce la estandarización a los efectos de la materia prima o a simples constantes técnicas, negando así cualquier tipo de planificación en la secuencia de talla. Schlanger (1996) se incluye en la visión opuesta, aquella que enfatiza la existencia de una imagen mental, en la que el artesano cuenta con una representación abstracta pero precisa del producto deseado, que precede a la extracción y asegura la estandarización de la misma (Böeda 1994; Pelegrin 1990, etc). Esto último no implica de ningún modo que los distintos artesanos (separados por el tiempo, la geografía o la filogenia) compartieran exactamente los mismos gestos técnicos. Al contrario, podemos estar ante una misma filosofía tecnológica (la predeterminación Levallois) gestionada a partir de distintas soluciones técnicas. Si se trata entonces de una constante tecnológica o, dicho de otro modo, que "the extent of the diffusion of Levallois technology merely corresponds to the universality of the human mind confronted with the same mechanical laws (...) in order to meet technical needs" (Otte 1995: 119), cabe plantearse si la predeterminación que observamos en Peninj, sea Levallois o no, aparece en otros registros olduvayenses de Africa oriental. LA TECNOLOGÍA DEL "COMPLEJO ST" EN EL CONTEXTO DEL OLDUVAYENSE DE ÁFRICA ORIENTAL La pregunta en torno a si en alguno de estos yacimientos de cronología similar a Peninj se documenta una industria con las características que nosotros hemos identificado en el Complejo ST tiene una difícil respuesta, ya que las monografías y estudios sistemáticos de los materiales líticos de estos yacimientos son realmente escasos. No debe ser casualidad entonces que el único estudio verdaderamente tecnológico de una colección olduvayense de cronología similar a Peninj, como el realizado por Texier (1995Texier (, 1997) ) en Nyabusosi (Uganda), llegue a conclusiones idénticas a las nuestras. Así, este autor habla de núcleos con superficies preferenciales de explotación y una organización radial de la talla, obtenida a partir de plataformas de percusión cuidadosamente preparadas. De esta forma, se preparaba una plataforma de percusión parcial o periférica con la que se conseguía el ángulo adecuado para llevar a cabo una producción de lascas en serie en la superficie principal, que explotaban de manera exhaustiva manteniendo las convexidades a través de los productos de reavivado. En definitiva, se asumen entonces que los homínidos de Nyabusosi eran capaces de organizar la talla para obtener varias series de lascas recurrentes en un proceso que requería de un alto grado de habilidad y de conocimientos técnicos, en una gestión de los núcleos más cercana a lo normalmente observado en el Paleolítico medio que en los supuestamente arcaicos conjuntos olduvayenses (Texier 1995). El paradigma clásico que defiende la simplicidad de la tecnología olduvayense propone que los homínidos del Plio-Pleistoceno contaban con la misma capacidad que los chimpancés actuales, o poco más (Wynn 1981; Wynn y McGrew 1989). Sin embargo, es probable que en los próximos años futuros trabajos contribuyan a derribar esta visión tradicional. Junto a algunas ideas propuestas hace ya algunos años [URL]. A lo largo de las páginas anteriores hemos llegado a sugerir la posibilidad de que, hace 1,5 ma, existiera en el Complejo ST de Peninj una predeterminación tecnológica muy similar a la que observamos en conjuntos de no más de 40.000 años. La cuestión de si es Peninj un ejemplo atípico o representa una tendencia normal de la tecnología del Olduvayense es difícil de responder, en parte debido a la heterogeneidad de los criterios descriptivos empleados en la caracterización de las primeras indus-trias africanas. El número de trabajos dedicados a la descripción en detalle de los conjuntos líticos es además muy limitado. Así mismo, la perspectiva con la que se realizan tales estudios está más centrada en el análisis de atributos cuantitativos meramente descriptivos que en la verdadera comprensión de los sistemas tecnológicos que caracterizan a los conjuntos. De este modo, la investigación sobre la industria lítica del Olduvayense africano presenta carencias graves, que a nuestro juicio no pueden justificarse con excusas como la de Chazan (1997), quien llega a decir que la aproximación tecnológica de autores como Böeda, Pelegrin o Geneste, es poco conocida debido a su publicación en revistas sin difusión y a la insularidad de su investigación. Por todo ello, es difícil evaluar la posible excepcionalidad de Peninj dentro de la tecnología predominante en Africa oriental a comienzos del Pleistoceno inferior. Somos conscientes de lo reducido de la colección estudiada y de los importantes vacíos que presenta. Sin embargo, la información que aporta el Complejo ST es cualitativa, no cuantitativa. Por esta razón, pensamos firmemente que la industria de Peninj presenta las características típicas de las estrategias tecnológicas complejas, como son la planificación de las secuencias de talla según un modelo de explotación preestablecido y el mantenimiento de una misma estructura de reducción durante todo el proceso de talla. Este sistema buscaba además la obtención de un tipo de productos concretos, para lo que se reactivaban las convexidades necesarias a través del sistemático reavivado de los núcleos. En suma, pensamos que las estrategias tecnológicas en Peninj seguían un patrón de explotación predeterminado. Esta predeterminación se asemeja al llamado método Levallois, que gestiona de una forma específica la materia prima a partir de una concepción volumétrica del núcleo. No pretendemos sin embargo asimilar acríticamente el registro de Peninj con el Levallois clásico europeo. Ciertamente no se trata del mismo método de explotación. Pero sí, probablemente, la sistemática implícita sea parecida. Como sugieren Pigeot (1991), Slimak (1998Slimak ( -1999) ) y otros autores, quizás los métodos discoides, levallois y otros deban agruparse en un único sistema denominado centrípeto recurrente. Pero, en cualquier caso, todos ellos requieren de lo que llamamos una predeterminación técnica. Es decir, el artesano ha de tener una imagen mental previa, debe conocer los procedimientos adecuados para plasmarla en el bloque de materia prima, y contar con una capacidad técnica y habilidad suficiente como para conseguir el producto deseado a través de una preparación previa del núcleo, gracias a un esquema de actuación que se adecua a cada circunstancia concreta. Todo ello lo encontramos en Peninj, donde los homínidos mostraban una habilidad técnica y una capacidad cognitiva suficiente como para explotar de manera racional un recurso preciado y escaso en el paisaje, el material lítico. Todos los dibujos de la industria han sido realizados por Noemi Morán. Los análisis petrológicos han sido realizados por Luis Luque y Eduardo Rodríguez en el Museo Nacional de Ciencias Naturales.
La revista Gladius es el órgano de expresión del Instituto de Armas Antiguas de Jaraíz de la Vera en la provincia de Cáceres. Este Instituto se funda en 1960 en Dinamarca, país de origen del matrimonio formado por Fernando E. Hoffmeyer y su esposa, Ada Bruhn, y un año mas tarde se emprende la publicación de su revista. En 1962 comienza a editarse en España, después del traslado de sus fundadores a nuestro país. Desde 1964 la sede del Instituto se fija en la citada localidad de Jaraíz, vinculándose inmediatamente al CSIC, asociación que queda definitivamente fijada en 1992, cuando el Consejo de Ministros acuerda la aceptación de la herencia de Dña. Ada, en la que el Instituto se incorpora al CSIC. En todo este periodo es el matrimonio Hoffmeyer y, a partir de 1975, la propia Ada Bruhn, los que dirigen, coordinan y realizan una revista que alcanza un gran prestigio internacional, gracias en gran medida al esfuerzo de esta investigadora por conseguirlo. En esta etapa se publican 17 números y varios volúmenes monográficos. En 1994 se firma un convenio entre la Junta de Extremadura y el CSIC, y entre otros compromisos fija la continuidad de la revista Gladius, órgano de expresión, como se ha indicado anteriormente, del Instituto Hoffmeyer para el Estudio de las Armas Antiguas, nombre que adquiere con fecha 29 de mayo de 1997, siendo éste un Centro con Patronato. Este último queda constituido con fecha 4 febrero de 1998, y en el intervienen el CSIC, la Junta de Extremadura, la Diputación de Cáceres, el Ayuntamiento de Jaraíz, y la Caja de Ahorros de Extremadura. Poco después se incorpora Patrimonio vNacional. Desde la primera reunión del Patronato se hace mención de que nuestro primer interés debe ser relanzar la revista con el mismo prestigio que tuvo en su momento, cumpliendo con ello varios deseos: el de la propia Ada Bruhn, que tanto luchó por su nacimiento y continuidad, el de los numerosos suscriptores que nunca dejaron de solicitar nuevos números y nuestro compromiso de cumplir el primer objetivo de todo investigador, y que es dar a conocer el resultado de nuestro trabajo a través de una publicación. En esta nueva etapa la revista, dirigida por Fernando Quesada y Alvaro Soler, se inicia con un número homenaje al matrimonio Hoffmeyer. En éste nuevo número se presentan trabajos de gran interés, cuya línea común es comprender los sistemas sociales a través de sus equipos de armamento y estrategias de guerra, prestando una especial atención a las relaciones en-tre las culturas oriental y occidental con un ámbito cronológico amplio, desde la Prehistoria hasta los inicios del siglo XIX. Directora del Instituto de Historia. Duque de Medinaceli, 8. Correo electrónico: [EMAIL] J. ALCINA FRANCH (coord.): Diccionario de Arqueología. Alianza Editorial ha publicado Diccionario de Arqueología (Madrid, 1998) bajo la coordinación del arqueólogo español José Alcina Franch; una obra que, sin duda, viene a cubrir un vacío en el mundo de los lectores en lengua castellana. Pero cabe preguntarse: ¿qué es un diccionario? Según la edición de 1969 de la Encyclopaedia Britannica, se trata de un libro de referencia que contiene palabras, por lo general puestas en orden alfabético, y seguidas de información sobre su pronunciación, etimología, significado, etc. El término diccionario (que procede del latíndictio, "acto de hablar") se aplica a compilaciones similares, y también puede ser la designación genérica para cualquier publicación de locuciones ordenadas alfabéticamente, relativas a un área particular del conocimiento, y acompañadas de una explicación de sus significados, derivaciones y aplicaciones. Una enciclopedia, en cambio, es una obra más amplia y, en sus orígenes la palabra significaba para los griegos el aprendizaje de un sistema total del saber. Una suerte de compromiso es cuando el diccionario condene la información característica de una enciclopedia -que trata o se ocupa de un amplio campo del conocimientoy entonces se dice que es un diccionario enciclopédico: éste parece ser el caso de la obra que nos ocupa. El Diccionario de Arqueología es el resultado de un largo y complejo proceso en el que intervinieron como directores de área J. Alcina Franch (coordinador del volumen), J. Alvar Ezquerra, J.M. Blázquez, M.^I. Martínez Navarrete y G. Ruiz Zapatero; además de la colaboración de reconocidos arqueólogos europeos y americanos. Según palabras de Alcina Franch, se trataba de hacer un manual de contenido universal, de gran densidad en cuanto a su contenido, y que cada entrada estuviera acompañada de ilustraciones y una bibliografía bien elegida. La obra está dirigida a estudiantes y egresados jóvenes de las Facultades de Geografía e Historia de las T. P, 57, n." 1, 2000 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es universidades españolas, que tuvieran inclinación hacia la arqueología, prehistoria e historia antigua, sin que se excluya a los universitarios con intereses similares de la América Latina. Pero, además, está pensada como herramienta explicativa y auxiliar para un público culto, aunque no especializado, con curiosidad por el arte y la arqueología de las sociedades antiguas de todo el mundo. El alcance geográfico del diccionario es, como se dijo, universal y también se han incluido términos procedentes de áreas del conocimiento afines a la arqueología, como son la geología del Cuaternario, paleobotánica, paleozoología, paleoantropología y mitología. La obra presenta un sistema sencillo de referencias cruzadas, además de un índice analítico de nombres propios, topónimos y materias. La bibliografía ha sido seleccionada con amplio y actualizado criterio, lo que permite profundizar con relativa facilidad el conocimiento sobre determinados temas o materias. Al final se anexan quince mapas con las localidades arqueológicas mencionadas en el texto. Las ilustraciones, que en todos los casos han sido tomadas de las publicaciones originales, agilizan la lectura y ayudan a una mejor comprensión de las entradas. Todo revela la acertada tarea de coordinación de un equipo amplio de especialistas, que desde el inicio mismo del trabajo se manejó con criterios muy actualizados de divulgación científica. Al respecto podemos leer en la Introducción: "La mayor parte de los diccionarios conocidos dan escasa importancia a la bibliografía, mientras que en nuestro caso hemos tratado de llevar este aspecto hasta el extremo de lo posible en un volumen de esta naturaleza, tanto por lo que se refiere a la cantidad, cuanto a la novedad de los textos seleccionados y a su calidad. Eso quiere decir que el lector de la obra no solamente tiene un estado de la cuestión puesto al día de manera sintética y con buenos juicios de valor, sino que a la vez se le ofrece la oportunidad de ampliar y profundizar cualquier tema, con lo que el lector tiene a su alcance una incomparable biblioteca de arqueología mundial actualizada". Es importante señalar varios aspectos de franca novedad en los contenidos, sobre todo si se tiene en cuenta que en este tipo de obras predomina una visión conservadora y tradicionalista. Uno de ellos se refiere a la orientación teórica y metodológica del texto, que ha contemplado la actual renovación en los planteamientos de la arqueología en todo el mundo. Como bien se dice, el hecho de que el Diccionario esté dirigido, preferentemente, a un público universitario joven, puede tener una notable repercusión sobre los futuros modos de hacer y entender la arqueología. Respecto al papel de la disciplina fuera del ámbito académico, ese campo que los arqueólogos han abandonado en manos de Indiana Jones, es abordado, por ejemplo, en voces como "arqueología fantástica" o "medios de comunicación social y arqueología". En realidad, lo que se está señalando es la incidencia que tienen los medios masivos de comunicación social en el futuro desarrollo de la arqueología como disciplina histórico-social. Por último, es reconfortante que los responsables del Diccionario de Arqueología, cuando de política se trata no se desentienden del problema. Como muestra pueden tomarse las entradas dedicadas al arqueólogo catalán -y también mexicano-Pedro Bosch Gimpera, de quien se dice que, al igual que otros muchos intelectuales españoles, tiene su vida partida en dos: antes y después de la guerra civil española (1936)(1937)(1938)(1939). Para Diderot, el más renombrado de los enciclopedistas franceses, el propósito de una enciclopedia era reunir el saber que estaba disperso sobre la superficie de la tierra, explicar su sistema general a los contemporáneos y transmitirlo a las generaciones futuras. No es ésta, por cierto, una tarea fácil si pensamos en sus dimensiones. Preferimos imaginar al Diccionario de Arqueología como una cartografía que nos impulsa a aventurarnos por los paisajes exuberantes del pasado, más próximos -en términos científicos y políticos-a los museos y a los relatos de viaje. En 1995 la editorial Síntesis me pidió que dirigiera una serie dedicada a la investigación de la Prehistoria en la Península Ibérica. Muchas son ya las personas de nuestro reducido mundo que se han visto implicadas de una forma u otra en este proyecto, del que hasta hoy han visto la luz tres obras. En el grupo de afectadas están el autor y la autora de este libro; de hecho, me siento algo responsable de su gestación, ya que les convencí para que dedicaran una buena parte de su tiempo a la a veces ingrata y desde luego dura tarea de historiar lo próximo. Sobre los grupos cazadores-recolectores -es decir, sobre el clásico Paleolítico-se ha escrito mucho en nuestras regiones -aunque mucho más antes que ahora-y las ideas, los principios, los objetivos y las finalidades han ido modificándose a lo largo del tiempo, recibiendo influencias muy diversas y llegando a conclusiones o a conocimientos de naturaleza muy distinta. Poner todo eso en orden, relatar cómo se ha contado la historia de nuestros principios como seres humanos en estas tierras, qué es lo que se ha intentado, lo que se ha conseguido y lo que falta o puede faltar, no es en absoluto una misión fácil. Su obra, al acabar, resultó demasiado extensa para las necesidades editoriales iniciales, y demasiado atrevida para los gustos del editor, así es que buscaron otro lugar en el que darla a conocer. Por eso ha salido en los BAR, en su versión íntegra, detallada y, desde luego, exhaustiva. Aunque los adjetivos clave para hablar de Para empezar hay que resaltar el hecho de que se trata de una obra única: nunca se había escrito una historia de la investigación peninsular sobre el Paleolítico. Y creo que el motivo principal queda sobradamente claro cuando se lee el trabajo de Estévez y Vila: su enorme dificultad. Parece casi imposible abrirse camino en ese bosque cerrado de obras de toda índole, de ideas preconcebidas, de asunciones previas nunca demostradas pero de enorme peso, de terrazas, cuevas, algunos huesos y mucho, mucho material lítico. Jordi y Assumpció han ido poco a poco, como dice su precioso título Piedra a piedra, y para hacerlo se han armado de una postura crítica divertida y atractiva que se manifiesta en detalles muy aparentes, como los títulos de sus apartados ("Las huestes victoriosas", "El papel carbón no siempre produce copias nítidas", "Conclusión desesperada", "¿Qué se hizo de aquellas bellas piezas?", etc.) o la manera de representar la numeración de los capítulos (con dibujos de raspadores), o la forma en que aprovechan las palabras para hacer juegos muy intencionados con ellas ("(re)-formulado", "(Pre)historia", "(des)integrando", "te(cn)ocracia", "fi-abili/deli/habili-dad", "(m)hito", "des-espera", "(ne) fastos", etc), pero también en cuestiones más pro fundas, como la selección de las citas textuales o los inusuales y a veces atrevidos comentarios, algunos francamente jocosos (el quinto párrafo de la columna derecha de la p. 27 puede servir de ejemplo) incluidos entre corchetes, como todos los comentarios "desde el presente" de la pareja autora. Es evidente que también se han armado, además de esa postura crítica, de toneladas de paciencia, dedicación y entusiasmo. Como él y ella escriben en más de una ocasión, este libro no es una enciclopedia ni un ensayo historiográfico descriptivo, sino un estado de opinión desde el que se escribe una historia de lo que se ha hecho en Paleolítico, un estado asumido como parcial, como subjetivo y, por lo tanto, como único. Para comprenderlo bien es necesario conocer la sólida y coherente trayectoria investigadora y productora de Jordi y Assumpció, lo que ambas personas han representado y representan para la investigación paleolítica de nuestro país y el lugar que ocupan en ella como pioneras en tantos aspectos (análisis funcional, arqueozoología, etnoarqueología, gestión de recursos, materialismo histórico, etc.) Se nos presenta dividido en una dedicatoria/introducción y seis capítulos (seis raspadores) ordenados cronológicamente; las cifras en las que se fijan las divisiones están muy pensadas: 1920, la guerra civil, 1960, 1975, y 1985. Se han incluido al final amplios resúmenes en portugués y en inglés, muy prácticos, y una larga y trabajada lista bibliográfica. Cada uno de los capítulos ha sido estructurado de forma similar: tras un ensayo sobre el ambiente político, social y académico de la época, se revisa cómo avanza o cambia el esquema crono-cultural, cómo se modifica o no la explicación histórica, y quiénes son las personas que escriben sobre el tema. Además se estudian algunas monografías a modo de ejemplos y se dedica un apartado innovador y bastante sorprendente a la divulgación y los libros de texto. Esta estructuración, repetida en cada capítulo, le da al libro una homogeneidad, una coherencia y una fuerza que contrastan con la aparente -sólo aparentesuperficialidad del lenguaje que emplean. Una de las muchas cuestiones de esta obra que llaman la atención es la abundancia y riqueza de "cuadros" en los que se establecen secuencias cronológicas y culturales. La pareja autora ya resalta la existencia de esta obsesión como uno de los ejes de la investigación. Pero hay que mirar simultáneamente varios de estos cuadros pertenecientes a distintas épocas para comprobar la escasa variación de terminologías y entidades desde el principio hasta el final del siglo. En la introducción -para mí una de las partes más deliciosas del libro-se incluye un ensayo sobre el siglo XIX, durante el que se construyen los dos argumentos básicos de esta investigación en nuestras tierras: las secuencias crono-culturales y la lucha entre el Evolucionismo y el Creacionismo. Al decir de Jordi y Assumpció, los datos empíricos no sirvieron durante ese siglo para confirmar o refutar ideas, sino tan sólo para decorar un escenario que explicaba y justificaba a la sociedad de la,época. A pesar de la pobreza teórica, sorprende la cantidad de datos -y de autores-que existen antes del inicio del siglo XX (un buen ejemplo: en 1896 G. Puig i Larraz describe nada menos que 1.509 cavernas y abrigos españoles). El capítulo de un raspador nos lleva hasta unos años bastante conocidos, sobre todo por el peso y la personalidad de sus dos principales figuras: Breuil y Obermaier, pero también por el de muchas otras, como Carbailo, Wernert, Vega del Sella, Cerralbo, Pérez de Barradas, Hernández Pacheco o Cabré. Entre clero y nobleza, la investigación sobre el Paleolítico en estos años tendrá un carácter eminentemente elitista en el que la principal preocupación es ya la formulación de la secuencia crono-cultural, mientras que aspectos sobre la vida cotidiana, la sociedad o la economía se contemplan sólo en ámbitos no especializados, de divulgación o difusión. De acuerdo con esto, la escasa historia que nos cuenta esta investigación es prácticamente idéntica a la del siglo anterior. Los cambios se notan sobre todo en un intento por incluir en sus esquemas el evolucionismo que, al no estar aceptado en plenitud, se reinterpreta de diversas formas para que sea compatible con la creación. En el capítulo de dos raspadores continúan la mayor parte de las figuras anteriores, añadiéndose algunas tan importantes como Pericot o los Siret. La actividad excavadora y exploradora en estas décadas es enorme, y buena prueba de ello es la larga lista de sitios paleolíticos publicados por Obermaier en su edición de El Hombre Fósil de 1925. Tanto los esquemas crono-culturales como las explicaciones históricas de estos años están teñidos de racismo: los conjuntos líticos con supuestas cronologías concretas se presentan como "culturas" y estas, lógicamente, como "pueblos" o "razas". Se construyen así unas bases relativamente sólidas, por su atribución de "naturales", para la edificación de los nacionalismos. El tercer raspador es la "época oscura". Pocas son las personalidades de la etapa anterior que sobreviven, mientras que las nuevas, como Almagro Basch, Santa Olalla, Fletcher, Jordá, Beltrán, etc. sobrellevan un fuerte peso político. Se observa éste en las interpretaciones históricas, que ahora giran en torno a tres ejes: la unidad de España, el anticomunismo religioso y el europeísmo ario o anti africanismo -este último sujeto a un sorprendente e interesantísimo movimiento de sube y baja-. En estos años comienzan también a proliferar los congresos y reuniones masivas en los que se mezclan todo tipo de temas y en los que la Academia delimita y defiende sus rígidas fronteras. Los esquemas crono-culturales se centran ahora en el Paleolítico superior y se complican enormemente. Jordi y Assumpció nos muestran su sorpresa -que a lo largo del libro se convertirá en costumbre-ante el hecho de que las distintas interpretaciones se realizaran siempre con los mismos datos, y que lo que variase tan sólo fueran los puntos teóricos de partida, en los que se mezclaban cuestiones políticas evidentes. Y aunque se supone que el Paleolítico o la propia Prehistoria tienen ya en estos momentos una sobrada carta de naturaleza, es muy frecuente su omisión en enciclopedias, textos escolares y discursos académicos que comienzan la antigüedad en épocas protohistóricas. Así se evitaban problemas tan graves como el de tener que tomar posturas ante el Evolucionismo. En el cuarto raspador se nos presenta la historia de la investigación entre 1960 y 1975, a los que el autor y la autora denominan "los años de la fiesta nacional" o "de la espera". Comienzan con la muerte del abate Breuil y con la sustitución paulatina de los nombres antiguos por otros menos matizados por las situaciones políticas concretas, aunque nunca independientes de ellas. La influencia francesa, sobre todo la ejercida desde los focos de Burdeos -la parte más conservadora-y desde Arudy -la más heterodoxa-llegará a sus más altas cotas a finales de este periodo, ya en los 70. El resultado principal de tal influencia es que la investigación sobre el Paleolítico se centra en insistir aún más en la investigación crono-cultural a través del análisis de los conjuntos industriales. Se introducen técnicas de las "ciencias duras" y figuras como Barandiarán o González Echegaray inician un renovado y aún presente interés por las reconstrucciones medioambientales. Sin embargo, por lo que respecta a las explicaciones históricas, los relatos sobre la organización de la sociedad paleolítica no pasaban de ser "variaciones sobre el tema anterior", publicándose incluso las mismas ilustraciones que en las obras de Obermaier. Respecto a estas exphcaciones, Estévez y Vila resaltan una constante que nos puede parecer curiosa: el hecho de que todos los autores -y las escasísimas autoras-anteriores a los años 70 insistan mucho en que las explicaciones sobre la forma de vida cotidiana y sobre las formaciones sociales sólo se pueden llegar a conocer "con la ayuda de la Etnografía", de manera que se establecen comparaciones directas entre "pueblos primitivos" y grupos del pasado de los que sólo se recogen sus piedras o, cuando mucho, sus huesos. Pero después de anunciar esta limitación y de reconocerla como tal -disculpándose, relativizando-este principio se olvida y al público lector se le hace creer sin problemas que las conclusiones a veces incluso detallistas a las que se llega sobre la vida cotidiana, se basan -tal vez milagrosamente-en el estudio de los materiales líticos y óseos. Los años de "las grandes esperanzas", entre 1975 y 1985, ocupan el capítulo siguiente, el del quinto raspador. Los afanes políticos vuelven a marcar la Arqueología en el contexto de la transmisión de competencias a las Comunidades Autónomas, lo que también influye en un tratamiento muy desigual de la investigación -en fondos, en personas, en publicaciones-, antes bastante uniforme en las distintas regiones. Se forman o consolidan equipos españoles con un número de publicaciones monográficas sobre el Paleolítico que en ninguna otra época había sido o fue después superado. Pero se repite la clasificación "cultural" y la ordenación de las culturas resultantes llegándose al mismo tipo de conclusiones que en los años de Breuil. Pero como el mundo occidental y la ciencia han cambiado, se pretende modernizar las investigaciones con el uso de complejos sistemas de registro, con técnicas estadísticas y con lenguajes depurados. Aunque visto desde el presente, todo este esfuerzo sirvió de poco, ya que con todo ello no se consiguió nada que no hubiera podido proporcionar la mera aproximación cualitativa anterior. las nuevas generaciones y medita sobre el contenido y el significado de la obra en su totalidad, intentando explicar cómo es posible que los muy viejos y decrépitos paradigmas sobrevivan y buscando salidas, aunque sean "rendijas, para poder escapar antes de que se hunda el edificio". El sabor final que deja la lectura de esta impresionante obra no es optimista. Cualquiera puede preguntarse hasta qué punto tiene algo de lógica esta historia, si pudo haber sido de otra manera y, sobre todo, si hay alguna posibilidad de cambio radical en el futuro. A esta actitud la pareja autora nos contesta que ésta no es más que una de las muchas historias que pudieron ser, porque antes había alternativas y ahora también las hay. Y nos presentan su reto: trabajar y pensar más, profundizar más en nuestros conocimientos de la Antropología, definir mejor nuestros presupuestos teóricos, acercarnos más a la sociedad desarrollando teorías y medios cuyos cimientos ya están tan construidos como los de la dialéctica materialista. Para que la historia continúe. Facultad de Geografía e Historia. M.^ DOLORES FERNANDEZ-POSSE: La investigación Protohistórica en la Meseta y Galicia, Editorial Síntesis. La editorial Síntesis inicia con este volumen una serie de trabajos en los que bajo la dirección de M.^ Angeles Querol se presenta una visión panorámica sobre la investigación de la Prehistoria Peninsular. Partiendo de una selección geográfica y cronológica coherente, se pretende ofrecer una revisión crítica no sólo de los aspectos historiográficos de la investigación, sino también de los planteamientos actuales y de las expectativas hacia las que la investigación parece encaminarse. La principal dificultad de un proyecto de este tipo y parte de su principal aportación es la de mantener el compromiso crítico del autor, en este caso autora, responsable de cada uno de los temas y periodos elegidos. En la investigación arqueológica española la crítica en cualquiera de sus manifestaciones se difunde en un marco donde priman los extremos desde la moderación al enfrentamiento en este último caso sobre todo de quien la recibe, no hay más que releer cualquiera de los números de la extinta ARQRITICA. En este caso concreto, la Protohistoria del Cuadrante Noroccidental de la Península, por su proyección en interpretaciones históricas, sociales y políticas, la atención que varias de las figuras más señeras de la investigación le dedicaron a lo largo del presente siglo y su identificación como línea de investigación prioritaria de departamentos universitarios, ilustra sobre la dificultad antes aludida. La autora, que no pertenece al mundo académico, por su trayectoria personal, profesional e investigadora de su enfoque es que a la postre no se trata tanto de la crítica y valoración de los datos y propuestas que maneja la investigación, que puede dar lugar a minuciosas discusiones en un enfoque limitado, como de si ésta es capaz o no de percibir que se consigue aumentar la comprensión de los desarrollos culturales protohistóricos. Lo significativo no es tanto si las contestaciones a unas determinadas preguntas son satisfactorias, como la necesidad de valorar la idoneidad de dichas preguntas, por originales que puedan parecer, y el planteamiento teórico que subyace en ellas, que en ocasiones orienta las conclusiones hacia posiciones cercanas a los presupuestos anteriores. La posición de la autora es preguntar desde otras perspectivas y enfoques, prácticos y teóricos y a pesar de que las respuestas puedan parecer incompletas, comprobar que nuestro conocimiento avanza significativamente aunque sólo sea en la valoración de la complejidad de los procesos culturales. Así en Cogotas I se propone su análisis desde una perspectiva adaptativa, en la que se integre su contingente demográfico y su movilidad característica en un espacio amplio y diversificado. Su desarrollo durante un largo período con pocos cambios que parecen concentrarse sólo en su fase final, se orientan hacia una propuesta de una sociedad flexible y extensa con un cierto equilibrio entre recursos y población, cuyos atisbos de jerarquización social se engloban en el término de liderazgo. En el caso de la Edad del Hierro en la Meseta, ante la propuesta presente de unidad cultural en torno al grupo Soto, se plantea la posibilidad de convivencia con una regionalización "inevitable" a partir de un sustrato diversificado y dinámico de los distintos Bronces Finales mésetenos. Para los grupos culturales de la Segunda Edad del Hierro la recuperación del factor étnico, en el que destacan como avances, el enfoque holístico, un modelo más complejo para explicar lo "céltico" y la propuesta de que las etnias y núcleos urbanos de la Meseta son el resultado de un desarrollo continuo, que no lineal. En este ámbito destacan las aportaciones enriquecedoras sobre el poblamiento, a partir de los trabajos de enfoque espacial sobre los asentamientos vacceos, junto con los que intentan la delimitación de la estructura social a partir de la estructura interna de los asentamientos y la lectura matizada de las necrópolis. Para la cultura castreña del Noroeste señala la paradoja entre la abundante información proporcionada por un único tipo de asentamiento, de fácil localización y delimitación en un paisaje no demasiado transformado y las carencias cronológicas y espaciales de la investigación plasmadas en los problemas de identificación de los castros como prerromanos o romanos que corresponderían no sólo a dos fases sino a dos sociedades diferentes. La revisión de las inconsistencias cronológicas y los resultados de los estudios espaciales llevan a la autora a la propuesta desde una perspectiva macro -externa-de un modelo de sociedad campesina que desarrolla durante el período prerromano grupos cerrados, autosuficientes, de asentamientos no sólo reducidos, sino muy parecidos que coexisten en el territorio de manera independiente. El período romano no sólo supone la Por distintos conceptos se puede considerar el presente trabajo como una muy estimable aportación al panorama de la investigación protohistórica peninsular. Cabe destacar su consecuente sentido crítico frente a la significativa ausencia del mismo en bastantes planteamientos de la investigación presente. Desde está posición puede faltar una cierta perspectiva más general en los aspectos sociales e históricos que enmarcaban las hipótesis interpretativas que caracterizaron el pasado de la investigación, cuya crítica se efectúa desde un enfoque cercano en el que se centra la atención sobre aspectos personales. Sin duda, el sentido y precisión de sus críticas -autocrítica en ocasiones-para el momento presente, no será compartido en su totalidad, en aspectos fundamentales y secundarios, pero la mera formulación de las mismas dota de un atractivo notable a este trabajo, en lo que de orientador y propiciador de nuevas posiciones puede tener para un sector del mundo académico: los alumnos y alumnas del 2° ciclo y Doctorado. Hay también ausencias llamativas, como es el caso del invisible mundo funerario de la fase indígena de la cultura castreña gallega. Siendo como es un "clásico" en el pasado y el presente de la investigación, resulta incomprensible que la autora no le dedique espacio ni para su valoración, ni para una propuesta alternativa, que si se ofrecen para otros "clásicos" de la protohistoria peninsular. También sería deseable en la clara orientación de la autora por el enfoque espacial en su más reciente concepción de arqueología del paisaje, una mayor extensión en los fundamentos teóricos de los distintos proyectos de investigación que la utilizan; procesualistas, materialistas estructuralistas etc.. En resumen, en el presente trabajo y desde una perspectiva coherente se asume de modo integrador las que se apuntaban como nuevas visiones críticas dispersas en la literatura científica más reciente para el ámbito cronológico y espacial elegidos. La argumentación que se presenta y las alternativas que se proponen, conforman un panorama complejo con difíciles interrogantes cuya exposición, suscita sin embargo repetidas y sugerentes lecturas. Juan Pereira Sieso Area de Prehistoria. Facultad de Humanidades de Toledo. Universidad de Castilla-La Mancha. ANA M.^ MARTIN BRAVO: Los orígenes de Lusitania. C. en la Alta Extremadura. Real Academia de la Historia. Con el sugerente título Los orígenes de la Lusitania. C. en la Alta Extremadura el segundo número de la serie Bibliotheca Archaeologica Hispana recoge la síntesis de resultados de la Tesis Doctoral defendida, en noviembre de 1996, por A.M."" Martín Bravo en la UCM. Un título que, conviene resaltar, da continuidad en fondo y forma a una línea investigadora y editorial que tiene sus más recientes referencias en los trabajos de A. Lorrio Alvarado (1997) y J. Alvarez Sanchís (1999) sobre "Los Celtíberos" y Los Vettones, respectivamente, o el editado anteriormente por M. Almagro-Gorbea y G. Ruiz Zapatero (1992) sobre la "Paleoetnología de la Península Ibérica". Por otra parte, el estudio de Martín Bravo participa de lleno de la efervescencia investigadora y bibliográfica que sobre los más diversos aspectos y períodos de la "Extremadura Protohistórica" se está produciendo en los últimos años (VV. Una coyuntura que, dicho sea de paso, está contribuyendo a diluir, desde ópticas y planteamientos distintos, la polarizada y singular imagen que de la "protohistoria extremeña" han mantenido y realimentado durante largo tiempo las investigaciones sobre Medellín y Cancho Roano. El libro se estructura en siete capítulos y varios apartados complementarios a través de los cuales su autora marca los hitos principales de un particular recorrido por los tiempos protohistóricos de la Alta Extremadura. Dicho recorrido, que desde un principio se plantea como objetivo principal caracterizar socioeconómica y etnoculturalmente las sociedades prerromanas del Tajo extremeño, se inicia por un capítulo que incluye la historia de la investigación sobre la Edad del Hierro en nuestra región y los fundamentos conceptuales y metodológicos del trabajo. Entre éstos, destacamos de entrada la meritoria tarea prospectiva realizada en entornos especialmente extensos y difíciles, en los que el enorme esfuerzo desplegado no siempre recompensa los resultados buscados. A pesar de ello, la autora parte del convencimiento de que el estudio de los patrones de asentamientos constituye una de "las vías más fructíferas y que mejor reflejan las transformaciones experimentadas en las sociedades". En un segundo capítulo, Martín Bravo desarrolla una introducción geográfica -quizá algo escueta en sus apartados sobre aprovechamientos y recursos mineros, especialmente relevantes a nuestro juicio para entender la dinámica interna de estos grupos-en la que trata de ofrecer las claves que definen y singularizan la cuenca extremeña del Tajo como espacio transicional entre el Suroeste y el interior peninsular. Los capítulos siguientes (III al VI) constituyen el núcleo del presente estudio, en la medida que tratan de ilustrar y explicar la evolución del poblamiento protohistórico de esta zona desde el Bronce Final hasta época romana. Ante la imposibilidad de contar con estratigrafías o resultados de excavaciones propias, la línea argumentai de dichos capítulos se fundamenta en una propuesta evolutiva del poblamiento en la que se concede una particular atención a las fortificaciones y a la paulatina relocalización topográfica de los asentamientos. A partir de dichos aspectos y desde una concepción continuista y acumulativa, se propone un proceso de transformación poblacional que, en virtud de los aspectos geoestratégicos, socioeconómicos y culturales propios de cada etapa, se concreta en la definición de poblados cada vez más estables que evolucionan desde los encumbrados núcleos serranos del Bronce Final, sin ningún tipo de defensa artificial, hasta las discretas elevaciones en las que se asientan los llamados "castros de rivero" del Hierro Pleno, con sólidos y complejos sistemas defensivos. Dichos asentamientos constituyen la célula básica de un poblamiento desarrollado entre Lusitania y el núcleo vettón, articulado en populi diversos que "por su pequenez y poca importancia" no fueron dignos de mención en las fuentes. A pesar de ello, su reconocimiento arqueológico permite vislumbrar unas señas de identidad que, ajuicio de Martín Bravo, radican en la síntesis y reinterpretación progresiva de los influjos atlánticos, mésetenos y meridionales que se fueron sucediendo a lo largo de casi mil años de historia, y que acabarían diluyéndose en el orden territorial y político-administrativo impuesto por los romanos. Concluye el libro con una síntesis de resultados (capítulo VII) y los correspondientes apartados de bibliografía, índices de figuras, yacimientos y dos anexos dedicados al "Análisis antropológico de la incineración del yacimiento de Sierra de Santa Cruz (Cáceres)" y a la "Prospección eléctrica en el castro de El Castillejo de la Orden (Alcántara)". Sin desmerecer en absoluto el esfuerzo realizado por su autora, el presente trabajo invita, no obstante, a la reflexión y al análisis crítico de algunos de los aspectos e hipótesis que en él se recogen. Necesariamente, dicha reflexión tiene como punto de partida y de llegada la falta de estratigrafías, excavaciones sistemáticas y bases cronológicas firmes que fundamenten arqueológicamente las propuestas de Martín Bravo. Si bien es cierto que la autora refiere en distintos momentos del trabajo la imposibilidad de realizar sondeos, dicha circunstancia en no pocos casos da la impresión de convertirse en cómplice y aliada de ciertas propuestas tan valientes como arriesgadas sobre la evolución del poblamiento. Todo ello encuentra su mejor expresión en el propio ordenamiento y presentación del catálogo de yacimientos. En contra de lo que suele ser habitual en este tipo de trabajos, dicha catalogación no se recoge como capítulo independiente que ilustre y comente de forma individualizada y crítica la información arqueológica disponible. Sin ningún tipo de prioridad para los lugares excavados y con un lenguaje a veces tajante, los sitios aparecen directamente adscritos a los horizontes crono-culturales contemplados al comienzo de la obra, lo cual acaba resultando confuso y, sobre todo, determinante en el desarrollo del discurso interpretativo. En este sentido, resulta llamativa la rotundidad con que se contemplan fases ocupacionales, se datan estructuras defensivas o se adscriben a una etapa concreta algunos yacimientos claves en la caracterización del habitat a partir de muéstreos cerámicos especialmente indefinidos o de piezas metálicas de procedencia incierta; elementos éstos que, dicho sea de paso, no siempre justifican una ocupación de un enclave determinado. A veces se tiene la impresión, quizá equivocada pero no por ello menos espontánea, de que dicho discurso depende en exceso de una concepción interpretativa preconcebida sobre el grado de estabilidad del poblamiento durante el Bronce Final, el auge y final del Orientalizante, el origen e identidad cultural de los castros, la celtiberización o el contacto con los romanos. Sin faltar propuestas sugerentes y asumibles acerca de la singularidad cultural del Tajo o los mecanismos de interacción con el mundo tartésico, el discurso en su globalidad deviene en una visión un tanto uniforme y simplificada de la "protohistoria altoextremeña". Tal impresión se nos hace especialmente intensa en el tratamiento dado a los siempre complicados períodos de crisis y transición acaecidos durante la Edad del Hierro. Cómo se encararon y cómo se resolvieron son cuestiones que se nos antojan claves en la valoración y caracterización del proceso histórico-cultural desarrollado en un espacio periférico y fronterizo como el que representa la actual región extremeña. Si bien es cierto que, salvando los propios particularismos regionales, el tránsito entre el Bronce Final y el Orientalizante parece desarrollarse en un claro ambiente de continuidad cultural como evidencian las estratigrafías recientemente obtenidas en El Risco y Aliseda, y mucho antes en Medellín y Badajoz, no es tan sencillo definirse en los mismos términos sobre la transición de la Primera a la Segunda Edad del Hierro. Dicho tránsito exige, a nuestro entender, un mayor rigor y precisión en la caracterización del habitat postorientalizante, en su evolución socioeconómica y cultural y en su definición cronológica. Dichas cuestiones se resuelven en el estudio de Martín Bravo apelando a planteamientos y periodizaciones tradicionales, que a la luz de los últimos resultados arqueológicos obtenidos en nuestra región invitan cuanto menos a la reflexión, si no ya a la revisión. En este sentido y en función de estos resultados, nuestra percepción de estos siglos post-orientalizantes nos sitúan ante una fase de tránsito y de respuesta a la crisis tartésica que parece tener hondas repercusiones en la estructuración social y económica de esta zona. La intensificación de las actividades agropecuarias tras la desaparición de la demanda tartésica de materias primas y la fragmentación del poder orientalizante en células de poder aristocrático, como las posiblemente representadas en Cancho Roano, La Mata de Campanario y quizá también El Torrejón de Abajo, se perfilan como aspectos esenciales de un sistema abocado a una crisis irreversible. Dicha crisis, que en parte puede explicar la tensa dialéctica surgida entre un pujante mundo rural y un proceso urbano en ciernes y el carácter expansivo de los pueblos ganaderos de la Meseta, podría justificar el abandono hacia el 400 a.C. de los sitios referidos o la propia Aliseda, que no volverá a ocuparse hasta el cambio de Era. En este sentido, nos sorprende sobremanera la lectura que Martín Bravo hace de la estratigrafía obtenida por nosotros en Aliseda, defendiendo una ocupación durante el Hierro II de este lugar, en absoluto documentada en los sondeos realizados (Rodríguez y Pavón, 1999). En cualquier caso, a la luz de los trabajos arqueológicos llevados a cabo hasta el momento en nuestra región, parece evidente que es a partir de este momento y no antes cuando tiene lugar el proceso de reestructuración territorial, socioeconómica y cultural que personaliza el Hierro II extremeño. Dicho panorama parece T. R, 57, n." 1, 2000 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es tener en los "castros de rivero" del Tajo la mejor expresión de un tiempo en el que los vínculos con el mundo vettón parecen relegar a un segundo plano las conexiones meridionales. De este modo, tanto el material recuperado de los poblados como los expresivos ajuares procedentes de las necrópolis del Tajo extremeño dejan entrever un panorama sociocultural predominantemente vettón, especialmente remarcado por el casi centenar de esculturas zoomorfas que, con sus propios particularismos tipológicos y una manifiesta gradación Este-Oeste, se reparten por la actual provincia cacereña. Por todo ello, nos resulta un tanto desconcertante la indefinición etnocultural con que Martín Bravo resuelve la caracterización de las poblaciones prerromanas altoextremeñas y, más aún, nos sorprende la utilización del término Lusitania en el título de la obra. Da la impresión que la autora queda en cierto modo atrapada entre sus concepciones continuistas y un registro arqueológico de difi'cil conexión con los patrones poblacionales, paleoeconómicos e incluso tecnoculturales precedentes. Otro de los momentos críticos de la "protohistoria extremeña" es el que representa el contacto con los romanos. Aunque reconocido en un capítulo independiente, su valoración en los términos "de acumulación" que presiden el trabajo a veces camufla la trascendencia histórica de esta etapa. De hecho, en las páginas iniciales del libro la autora prolonga la cronología del Hierro Pleno hasta el siglo I a.C, minimizando a nuestro juicio los convulsos momentos que desde mediados del siglo II a.C. parecen vivir los castros extremeños, en general. De hecho, en los excavados hasta ahora se detectan de forma clara restos de destrucciones y de rápidas reconstrucciones que parecen asociarse de forma evidente a la presencia romana. Justo en los momentos previos a todo ello, hacia finales del siglo III o comienzos del II a.C, Martín Bravo sitúa el origen de los oppida y la celtiberización de este territorio. Aunque sobre ambas cuestiones la autora pasa de puntillas, de nuevo sus consideraciones parecen dar la espalda al registro arqueológico regional en favor de posturas y planteamientos en mayor o en menor grado contrastados en otras geografías. En concreto, nos referimos, por un lado, al hecho de relacionar el origen de los oppida con la cohesión y la defensa del territorio frente a Roma; y, por otro, a la vinculación de elementos celtibéricos con élites ecuestres o expediciones de fortuna procedentes de la Meseta oriental en un contexto de celtización acumulativa que incluso pudo desarrollarse durante época republicana. Por el momento, ni las fuentes ni el registro arqueológico extremeño han ofrecido pruebas concluyentes de que dichos acontecimientos rebasen los comienzos del siglo II a.C, lo cual a nuestro juicio invita a contemplar otras opciones interpretativas que, sin excluir las anteriores, contemplen tanto el origen de los oppida como la presencia de celtíberos en este ámbito dentro de las "soluciones de tránsito" tuteladas por los propios romanos que conforman la antesala de la plena integración de este espacio al Imperio. En su conjunto, estas consideraciones sobre el trabajo de Martín Bravo ni mucho menos han de entender-se como críticas severas a un meritorio trabajo, cuyo principal activo en nuestra opinión es el prometedor horizonte investigador que abre sobre los territorios protohistóricos extremeños. Las ideas que hemos esbozado sobre el mismo constituyen ante todo reflexiones sobre la aplicación de los modelos acumulativos a un espacio como el nuestro, cuyo carácter periférico y fronterizo quizá precise de otras formas explicativas en las que la continuidad y discontinuidad cultural constituyan elementos no excluyentes en el discurso histórico. Los Vettones se incorpora de forma oportuna a la cada vez más nutrida serie de estudios y monografías sobre los pueblos prerromanos de la llamada área céltica peninsular. No es que antes no se hubiera escrito sobre ellos; pero, al hacerlo, los arqueólogos los presentaban exclusivamente como entidades arqueológicas desarrolladas en las Edades del Hierro regionales y dejaban a los historiadores de la antigüedad los problemas de su identidad étnica, el carácter de sus instituciones y, en definitiva, de su estructura social. Esta división de tareas y materias no sólo provenía del tipo de T P, 57, n." 1, 2000 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es RECENSIOlSfES argumentos y documentación que utilizaba cada disciplina, sino, y sobre todo, de los presupuestos desde los que se elaboraba esa arqueología regional, todavía sujeta a una inercia positivista y empeñada en la construcción de secuencias histórico/culturales. ALMAGRO-GORBEA, M. y MARTÍN De esta forma, la primera novedad del libro de Alvarez-Sanchís reside precisamente en el título (sea la correcta grafía de los vettones "t" doble o sencilla). En efecto, sólo en los años noventa los nombres que los textos clásicos dan a los pueblos prerromanos remontan la Historia para entrar de forma expresa en la arqueología protohistórica. Eso sucede tras largos años de titular los estudios sobre áreas culturales y periodos del Hierro por tipos de asentamientos y geografías administrativas, como es el caso de los castros zamoranos y Sorianos, o por elementos singulares, como las culturas de los verracos y la "celtibérica" de la cerámica pintada. Denominaciones no menos comunes que las de culturas bautizadas con el nombre de su primer yacimiento conocido y circunscritas a un espacio geográfico natural, cuyo mejor y más repetido ejemplo es sin duda el Soto de Medinilla en la Cuenca del Duero. Aquellas construcciones culturales no dejaban de ser tan artificiales como las que ahora se titulan con el evocativo nombre de una etnia. Pero el cambio, aunque convencional, es elocuente. Además, vacceos, celtíberos, astures y, ahora, vettones, vuelven a la arqueología de la mano de una espléndida generación de investigadores que con mayor o menor generosidad los han alimentado con enfoques territoriales, económicos y sociales y que no acusan la menor inhibición a la hora de discutir otras fuentes que las arqueológicas. Baste recordar las propuestas de investigadores de la Universidad de Valladolid para los vacceos, el pródigo trabajo de Burillo sobre los celtíberos que, desde esa plataforma que desde 1987 son los Simposios sobre esta etnia hasta su último libro editado por Crítica en 1998 (y aún tenemos noticias de otro a punto de publicación), ha sido un acicate para los estudios sobre el Hierro peninsular. También los celtíberos han sido atendidos recientemente, aunque desde una óptica diferente, por Lorrio, cuya síntesis presenta no pocos paralelismos con la del libro que hoy comentamos; no en vano ambos son el resultado de un planteamiento que vimos nacer con interés hace una década en la Universidad Complutense, de la que significativamente provienen estos dos jóvenes autores. Me refiero a la iniciativa que reunió a fines de 1989 a un grupo numeroso y dispar de investigadores bajo la pretensión de aunar los datos de las fuentes literarias, epigráficas y lingüísticas sobre esos pueblos prerromanos con las arqueológicas. Su objetivo era definir tales etnias en sus manifestaciones arqueológicas. A ese cruce de registros se unía, además, un claro renacer del celtismo y la aspiración normativista de construir filiaciones culturales de larga diacronía en un esquema regional. En definitiva, un programa que había funcionado ya en las primeras décadas del siglo, había sido luego objeto de un profundo escepticismo que determinó su abandono y se retomaba cuando la arqueología peninsular tenía ya otras aspiraciones y planteamientos. Las colaboraciones no secundaron ese programa, como puede observarse en el libro a que dio lugar aquella reunión (1992) y en el acertado comentario que Gilman (1995) realizó sobre él. Pero sus inspiradores, Almagro-Gorbea y Ruiz Zapatero, abrieron una vía que ha resultado positiva y en la que los prehistoriadores han demostrado más generosidad que los historiadores y lingüistas, quizás porque estos últimos sigan considerando sus fuentes más directas y explícitas que el registro arqueológico. La obra de Álvarez-Sanchís participa de ese afán integrador de la etnogénesis, pero en ella subyace la idea de lo escasamente automático de la correspondencia en el territorio entre cultura, lengua y etnia. Aún así, reúne -más que discute-en un capítulo final, de moderada extensión y contenidos, las cuestiones referentes a la identidad vettona, desde la religión al bagaje lingüístico pasando por los propios límites territoriales. Bajo el epígrafe de "Sociedad y etnia", ese capítulo final consta de dos partes (bien diferenciadas y nada integradas) que son, en mi opinión, una clara muestra de escuela. La primera es un riguroso análisis social de las necrópolis y ciertos materiales arqueológicos cuyo producto son unas acertadas reflexiones, algunas de las cuales ya conocíamos de mano del propio autor en colaboración con Ruiz Zapatero (1995). En la segunda simplemente se asume para los vettones una religión y una estructura social celtas, dentro de las cuales, por ejemplo, la arqueología sólo presta algunos elementos seleccionandos -como las llamadas saunas-para llegar a la existencia de unos guerreros de los que, al menos, debería decírsenos que son los mismos que habíamos visto enterrados en las necrópolis. Este tipo de asunciones las hemos leído también en trabajos del autor, esta vez escritas en colaboración con Almagro-Gorbea (1993). Si me he permitido comenzar por el final es porque no deja de ser ilustrativo que en él estén reflejadas, con mayor peso específico la primera pero con la misma desconexión de siempre, dos formas de aproximación al estudio de los pueblos peninsulares en el momento inmediatamente anterior a la presencia romana; pero también porque refleja cierto envaramiento académico en la adjudicación de contenidos. Por ejemplo, a la información que proporcionan los asentamientos y el territorio (dentro de las que está la interesante visión económica de los verracos, como elementos de definición de recursos y de regulación de su acceso, propia del autor) no se les otorga la oportunidad de una lectura final de carácter social que se le da, casi en exclusiva, al registro funerario; o que, tras un tratamiento reservado y cuidadoso de la cuestión del celtismo, como corresponde a la idea de desarrollo endógeno que preside el libro, se inserten explicaciones sobre la sociedad vettona dentro del paradigma céltico. Es decir, la presencia de algún referente al imaginario céltico o una mención en la documentación histórica se consideran suficientes para trasponer una generalista estructura social celta a una comunidad concreta, como es el caso. Pero la visión de los vettones que da el autor es básicamente arqueológica. T. R, 57, n.' ^ 1, 2000 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es en parte, a que el libro fue primero una tesis doctoral, pero también a que se trata de una zona donde el registro presenta una incómoda desigualdad de información que bascula entre la copiosa de esos extensos cementerios excavados y el vacío de elementos menores, sobre todo los de carácter territorial. A ello se añade la tan dilatada como parcial investigación de que ha sido objeto, que ha terminado por generar una historiografía confusa donde son frecuentes las reinterpretaciones y los tópicos. Es decir, un material que necesitaba, como primera medida, ser ordenado. Esas dificultades del propio registro son sorteadas convincentemente a lo largo de este libro sensato y práctico donde la información arqueológica termina por estar bien jerarquizada. Pero hay que esperar un centenar de páginas para que los vettones salgan a escena. En efecto, aparte de los inevitables apuntes sobre el medio físico, en los dos primeros capítulos se reúnen los (¿también ineludibles?) antecedentes culturales. Es decir, el autor traza un desarrollo general desde la Edad del Bronce a la época romana. Con independencia de su validez -que la tiene-me parece prescindible la extensión con que se trata ese sustrato cultural, sobre todo cuando una continuidad o una ruptura entre poblaciones del Bronce y las del Hierro en la Meseta norte no afectan al periodo concreto que al autor interesa; incluso dentro de los enfoques de proceso o tiempo largos tan en boga. Es algo que de forma irremediable tuvo que analizar en su día, pero que podía haber expuesto con claridad mediante un par de párrafos y varias referencias bibliográficas. Los síntomas incipientes hacia la jerarquización territorial y política que ve en Cogotas I son, por otro lado, tan comunes en otros ámbitos y épocas como la cristalización de tales tendencias en el Primer Hierro. Es evidente que a Alvarez-Sanchís le pesa la historiografía anterior, aunque en ella le esperen las enmarañadas secuencias de los castros clásicos abulenses con sus buscadas continuidades, sus no explicados hiatos y sus correspondencias con la dinámica cultural del resto de la Meseta norte. Pero, ¿quién que vaya a escribir sobre esa zona renuncia a dar su opinión sobre Cogotas I y el Grupo Soto? Además, tales dificultades tienen sus contrapartidas. Parece provechoso, por ejemplo, que esa continuidad de comunidades en el espacio se pueda mantener también en el tiempo. Desde esa premisa de continuidad los que ya pueden denominarse protovettones se jerarquizan mediante el modelo de intercambio de bienes de prestigio y suntuarios. De esta forma, una élite receptora de influjos externos (sean atlánticos, continentales o tartésicos) medra desde el siglo VII actuando como intermediaria comercial y marca sus diferencias, en su tipo castreño de asentamiento, por ejemplo, con la mucho más poblada Cuenca del Duero. Otra contrapartida de esa intensa presencia del sustrato es la frontera que marca con esta última zona la propia cultura material anterior al momento vettón que permite, por su parte, dar credibilidad a la incansablemente planteada dualidad de tradiciones económicas entre pueblos pastores y agricultores, basadas precisamente en los suelos más pobres y la menor densidad de población de este reborde montañoso suroccidental de la Cuenca. pectos más territoriales, funcionales y simbólicos que, de forma conveniente, el autor hace aparecer cuando el poder generado en el modelo comercial pasa, en el Hierro vettón, al que proporciona la posesión de la tierra, con todo lo que ello implica. Uno de los temas que, por su interés, espero que el autor desarrolle en próximos trabajos. Finalmente, esta recomendable síntesis inaugura una nueva serie de arqueología que bajo el título de Biblioteca Archaeologica Hispana publicará la Real Academia de la Historia. Le deseamos el futuro brillante que le augura este primer número. ALMAGRO-GORBEA, M. y ÁLVAREZ-SANCHÍS, J. (1993): "La 'Fragua' de Ulaca: saunas y baños iniciaticos en el mundo céltico". Con esta monografía aparece la primera publicación avalada por el Centro andaluz de arqueología ibérica, cuyo anagrama consta en el libro junto a los de la Junta de Andalucía y la Universidad de Jaén, del que cabe esperar un trabajo riguroso de documentación y renovación metodológica, en la línea desarrollada por el departamento de Territorio y Patrimonio de la Universidad de Jaén que ha impulsado su creación. Vaya, por lo tanto, por delante la llamada de atención hacia una nueva serie editorial y la mejor disposición para acogerla en el panorama científico. El objetivo de esta obra es dar a conocer la necrópolis ibérica de Los Castellones de Céal reuniendo la documentación de las excavaciones realizadas entre 1955 y 1960 bajo las direcciones de C. Fernández Chicarro y de A. Blanco Freijeiro y la de las campañas efectuadas entre 1985 y 1991 por los autores y aplicando, a la vez, una interpretación que permita una aproxi-mación a la sociedad ibérica a través del registro funerario, de acuerdo con los planteamientos señalados por distintos especialistas ingleses y americanos contemporáneos, relacionados, por adscripción o reacción, con la New Archaeology, así como con la percepción de la cultura ibérica de la Alta Andalucía generada por la bibliografía española más reciente, en parte debida a los firmantes de este estudio, del que han avanzado algunas conclusiones parciales en diversos artículos. Unas noventa tumbas excavadas con métodos tradicionales recuperan con los nuevos inventarios de que son objeto una actualidad como archivo de cultura material que se incrementa al unirse a las aproximadamente diez nuevas tumbas resultado de las últimas excavaciones las cuales destacan por su calidad en las observaciones extraídas del suelo, en la documentación planimétrica y topográfica que han generado y, muy particularmente, en la información que proporcionan respecto a las estructuras de cremación, perfectamente apreciadas por los excavadores. Los ustrina de Castellones de Céal son, a partir de esta publicación, una referencia obligada para la comprensión de una parte del ritual funerario ibérico, puesto que queda bien identificada tanto su situación con respecto a las tumbas como los objetos y los restos óseos que permanecen en la pira, efecto de la selección motivada por una determinada escala de valores de la sociedad de su tiempo. La segunda parte del libro está encabezada por el epígrafe las lecturas de la información funeraria y contiene, en primer lugar, una reflexión sobre la viabilidad de deducir del ritual funerario las relaciones de poder de una sociedad desaparecida, según los principios teóricos ya enunciados en la introducción del trabajo. Sigue, a continuación, la descripción de aspectos crono-estratigráficos que dan a conocer las características materiales de los enterramientos, con algunas tumbas de piedra, madera y adobe que son exponente de tipos de categoría media en el contexto ibérico meridional, hasta este momento poco conocidos en sus soluciones constructivas, aquí acertadamente resueltas. La estratigrafía señala, así, dos niveles de ocupación de desigual potencia, uno del siglo VI a.C, no afectado por las excavaciones modernas, y otro de los siglos V/IV a II a.C, separados entre sí por un periodo de abandono de la necrópolis de alrededor de un siglo. Establecidas esas bases, la reconstrucción del ritual propiamente dicho destaca la visibilidad del cementerio en el paisaje, en la ladera de la colina en donde se levanta el poblado y sobre la vía de paso secundaria del Guadiana Menor, de reconocido interés pecuario. La recuperación de distintas cantidades y morfologías de restos óseos humanos en urnas y en espacios de cremación se convierte en argumento de diferenciación de tumbas y ustrina, proporcionando su análisis una aproximación a la distribución por géneros y grupos de edad de las tumbas que, en repetidas ocasiones, contienen huesos calcinados de más de un ser humano. La metodología empleada para interpretar socialmente los elementos de los ajuares funerarios apunta hacia el planteamiento de un análisis factorial en el que puedan combinarse distintos grupos de ofrendas con la T. R, 57, n." 1, 2000 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es estructura de la tumba, el número de ocupantes de la misma y su género y edad, si bien los resultados alcanzados se quedan lejos de conseguir una pauta medianamente operativa al respecto. La alta variabilidad de las combinaciones de objetos, por una parte, y, especialmente, la escasa valoración del significado de las ofrendas más comunes, dan lugar a que lo que podríamos llamar ajuar tipo esté aún pendiente de definir para Los Castellones de Céal, ya que este estudio apenas avanza en la consecución de ese nada simple objetivo. En efecto, al margen de la presencia/ausencia de armasque parece razonable (sic) asociar a los guerreros-o de joyas, indicadores jerárquicos junto a la categoría de la construcción funeraria, se soslaya la interpretación de otras ofrendas, no tan anodinas como el silencio que las encubre deja suponer. La simplificación de los ajuares de la mayoría de las tumbas femeninas y la frecuencia con que éstas se incluyen en sepulturas múldples, se presta a una interpretación más profunda que la desarrollada por los autores. La composición de las panoplias, la ausencia de elementos propios del jinete y la tipología de las urnas cinerarias podrían, igualmente, haber sido tratadas más extensamente. La cerámica ática como reflejo probable de la presencia del vino en los funerales, las vasijas ibéricas para guardar alimentos, las piezas de indumentaria o de adorno, la falta de fusayolas y pesas de telar, la aparente disminución de objetos importados en los ajuares de la última fase de la necrópolis, sugieren comportamientos sometidos a prácticas que tienen que ver con el imaginario, con variantes entre sí y en comparación con otras necrópolis, cuya más extensa consideración podría haber enriquecido la advertencia de una evolución en la tipología de las tumbas del siglo III a.C. en adelante, bien señalada por los autores. Son tan escasos nuestros conocimientos acerca de la sociedad ibérica que cualquier contribución de la arqueología para llenar el vacío existente debe ser aprovechada con la máxima intensidad, aunque para ello haya que recurrir, por ejemplo, a resaltar elementos tan dispares como la fipología de las cámaras decoradas con pintura mural y el probable significado del calato como recipiente de transporte y su papel en el rango de un sector social de comerciantes ibéricos que lo incorporan a su ajuar funerario, privado, sin embargo, de otros significantes de prestigio. El estudio concluye con un capítulo en el que Los Castellones de Céal aparece integrado en su territorio, como un centro secundario, estratégicamente situado en una ruta orográficamente accidentada, que une la Alta Andalucía y el Sureste, enriquecido por el tráfico comercial. En consonancia con esa posición, las estructuras tumulares, fosas de adobe, pequeñas cista y cámaras de su necrópolis, perfectamente identificadas, representan los distintos niveles de riqueza y rango de los habitantes de un oppidum activo hasta el principio del siglo I a.C. que queda, gracias a esta publicación, científicamente documentado a partir de su necrópolis. Como viene siendo habitual en los planteamientos de trabajo arqueológico en equipo, diversos apéndices explican los resultados de determinadas analíticas aplicadas al registro arqueológico. En este caso aparece, en de un conjunto de enterramientos de cronología amplia, pertenecientes a un oppidum de categoría media. Carmen Aranegui Gaseó Dpto. de Prehistoria y Arqueología. LOS IBEROS, ¿PRINCIPES DE OCCIDENTE? A lo largo de los años 1997 y 1998 los iberos, muchos siglos después de su desaparición, volvieron a viajar por Europa. París, Barcelona y Bonn fueron testigos de una exposición que con el título "Los iberos, príncipes de Occidente", reunió, bajo el comisariado de los profesores Carmen Aranegui, Jean Pierre Mohen y Pierre Rouillard, una amplia e interesante muestra de materiales de esta cultura. El proyecto, de larga gestación, había pasado por diversos avatares que llegaron a ponerlo en peligro, pero el apoyo de la Fundación "La Caixa", la. El resultado final fue dar a conocer en Europa, de una forma digna e incluso podríamos decir que espectacular, una de las principales culturas de la España Antigua. Entre los acontecimientos que con este motivo tuvieron lugar, y como colofón de la exposición de Barcelona, se celebró entre los días 12 y 14 de marzo de 1998 un congreso que reunió a la mayor parte de los iberistas españoles y extranjeros. En un tiempo extraordinariamente corto para lo habitual en las publicaciones científicas, las actas han visto la luz en 1999, en forma de dos volúmenes de muy cuidada edición publicados por la Fundación "La Caixa". El congreso se estructuró en torno a tres ponencias, a cargo de los profesores Manuel Bendala, Ricardo Olmos y Arturo Ruiz, que versaron respectivamente sobre urbanismo, iconografía y procesos socioeconómicos, y constituyeron los ejes conductores de las comunicaciones expuestas. A modo de presentación, se incluyen "Las estructuras de poder en la sociedad ibérica", de Carmen Aranegui, que 'pone en suerte' al lector sobre lo que va a encontrar en las páginas siguientes, y "Funciones, formas y figuras del poder político", de Maurice Godelier, un ensayo general de etnología comparada que marca algunas pautas aplicables al mundo ibérico. Se celebraron también varias mesas' redondas que no han sido recogidas en la publicación. Como colofón, una conferencia de clausura sobre "El te y la magdalena: en busca de la Iberia perdida", a cargo de Enríe Sanmartí, recrea el hallazgo proustiano del pasado perdido a través del sabor de la magdalena mojada en te, como evocación del desencanto que para la ilustración española de finales del siglo XX supuso el hallazgo y subsiguiente pérdida de la Dama de Elche, y punto de arranque de una síntesis de los estudios sobre el mundo ibérico a lo largo del siglo XX. tónica similar a la de otras grandes culturas mediterráneas del momento. La segunda ponencia, obra de Ricardo Olmos, lleva por título "Naturaleza y poder en la imagen ibérica". Parte de dos presupuestos básicos: primero, que no se pueden entender las imágenes ibéricas de la naturaleza sin ver en ellas el poder que para representarse a sí mismo se sirve de la imagen o de la metáfora natural; y segundo, que no puede comprenderse la representación humana en sí misma sin la continua referencia a la naturaleza que la envuelve, penetra y limita. Todo ello se articula a través de un discurso expositivo que incluye visiones históricas de la naturaleza ibérica, la relación entre ésta y la physis griega, el carácter ambiguo de los signos, la relación entre metamorfosis y poder, las imágenes y los mitos de fundación y la pregunta de si en los seres fantásticos que pueblan su imaginario, los iberos veían seres del ámbito divino o simples monstruos. En torno a esta ponencia se desarrolla un conjunto de trabajos sobre la aristocracia y su representación figurada, una de las formas de autoafirmación de los grupos dirigentes respecto al resto de la sociedad. Se incluyen interesantes contribuciones acerca del santuario de El Pajarillo, la aristocracia y la caballería, el poder, la imagen en el mundo ibérico, la representación de la clase sacerdotal en los bronces y el estilo de Porcuna. Pero se abordan también temas más genéricos como la figura de la mujer, la imagen en determinados grupos pictóricos y aspectos estilísticos como la difícil y escurridiza frontera entre las esculturas ibérica y romana. Por último, la tercera ponencia, obra de Arturo Ruiz, se titula "Los príncipes ibéricos: procesos económicos y sociales" y se centra en la conversión de una sociedad gentilicia en otra principesca; ello se refleja, según el autor, en la sustitución del culto a los antepasados en general por el culto y ensalzamiento de los antepasados de un grupo familiar como fórmula de culto colectivo; esto sería un reflejo del paso de las formaciones sociales aldeanas a las clientelares, paralelo a otros fenómenos como la transformación de la aldea en núcleo urbano y los problemas en torno a la propiedad que todo ello conlleva. Esta tercera ponencia viene a enlazar, pues, con la primera, aunque pone especial énfasis en los principios teóricos del desarrollo de las sociedades ibéricas. Las comunicaciones que se articulan a su alrededor están también en algunos casos bastante próximas. Se incluyen estudios territoriales como el dedicado al noroeste de la Contestania en el siglo IV a.C, que los autores interpretan como un espacio de frontera en torno a una serie de grandes yacimientos que actúan como organizadores del territorio, sobre la hipótesis ya apuntada por varios investigadores de la evidente relación de la Contestania histórica con los espacios limítrofes occidentales. En otros trabajos se tratan aspectos más concretos, como los tipos de asentamiento de la costa central de Cataluña, que parecen reflejar una fuerte jerarquización del poblamiento con estructuras estatales dominadas por un estamento aristocrático, o el análisis de una casa de La Bastida de Les Alcuses, para la que se propone una posible función palacial. El mismo tema de una base social fuertemente jerarquizada en época arcaica se sugiere para el sureste a partir del estudio de un conjunto de monumentos funerarios y la relación entre poder, símbolo y territorio se estudia también a partir de la impresionante fortaleza de Arbeca. Los procesos de conformación del poder se abordan también en el valle del río Vinalopó en los momentos iniciales y en una parte del territorio jiennense en otros más avanzados. Otras comunicaciones valoran aspectos acerca de las relaciones entre los príncipes ibéricos y sus referentes cartagineses y romanos, el papel de los artesanos, el armamento y la sociedad y la importancia de productos como vino, aceite y salazón. En resumen, estamos ante un conjunto de estudios de gran interés científico y divulgativo, que viene a rematar una de las iniciativas más ambiciosas de la Arqueología española en los últimos años y a poner a disposición de los investigadores un conjunto de datos, ideas, hipótesis y modelos teóricos de extraordinario interés. Junto a los catálogos de las exposiciones, editados en castellano, catalán, francés y alemán, marcarán sin duda un antes y un después para todos cuantos nos dedicamos al estudio de la cultura ibérica en Europa. Campus de S. Vicente del Raspeig. En la recensión de A. Uriarte sobre el libro de S. Mithen Arqueología de la Mente. Orígenes del arte, de la religión y de la ciencia, publicada en el número anterior {TP 56(2): 188) se cita por error como traductora del texto a M.^ Eugenia Aubet, cuando debe figurar M.' ^ José Aubet. interés los depósitos rituales de restos de óvidos de La Penya del Moro en Sant Just Desvern, que los autores valoran como prueba de la existencia de una posible clase sacerdotal. Otra vía de estudio es la de la relación entre la arquitectura y el poder. El trabajo genérico de Francisco Gracia dedica especial atención a los esfuerzos requeridos para la construcción de edificios colectivos o de representación y al tipo de sociedad que los permitió y edificó. Pierre Moret presenta un caso específico: la construcción de murallas, uno de los pocos programas arquitectónicos conscientemente elaborados que se pueden documentar en el ámbito cultural ibérico; ello reafirma la idea del ponente de que el desarrollo social ibérico no tuvo su reflejo en una complejidad arquitec-
Texto en ruso e inglés. Se realiza una actualización y ordenación cronológica de las culturas que engloban las Provincias Metalúrgicas Carpato-Balcánica y Circumpóntica definidas por Chernyj mediante 1338 fechas de radiocarbono calibradas. La revisión cubre desde el Calcolítico al Bronce Medio, que equivaldría al periodo entre el V y II milenio cal AC. Se discuten las principales fases establecidas y los problemas de agrupamiento y solapamientos de fechas, resaltando la consistencia cronológica de las Provincias Metalúrgicas y el vacío de casi medio milenio entre ambas que acentúa su discontinuidad. Contiene gráficas, mapas, bibliografía y el listado de las fechas convenientemente identificadas y agrupadas en tablas por regiones y periodos estudiados. Referente indispensable para el tratamiento comparativo y comprensión del desarrollo de las culturas metalúrgicas de la Europa oriental y Próximo Oriente. IMR DELGADO FERNÁNDEZ, María del Rosario: La explicación del cambio cultural en la prehistoria. Una revisión crítica de las propuestas para la prehistoria reciente de Andalucía.